© Libro N° 9012. Réquiem. Hamilton, Edmond. Emancipación. Septiembre 5 de
2021.
Título
original: © Réquiem. Edmond Hamilton
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Edmond Hamilton
Réquiem
Edmond Hamilton
Réquiem
Edmond
Hamilton
Kellon pensaba exasperado que no estaba gobernando
una astronave, sino un circo ambulante. Llevaba a bordo hombres de la radio y
televisión con toneladas de equipo, espléndidos comentaristas que tenían
respuesta para todo, bellísimas muchachas expertas en cuestiones femeninas,
pomposos burócratas persiguiendo la publicidad y estrellas de variedades que
viajaban aquí por las mismas razones.
Su nave y tripulación habían sido de las mejorcitas
existentes en el servicio de Astrografía, pero ya habían deja o de serlo. Se
les había relevado de su peculiar misión de promover los conocimientos
astrográficos a las más remotas regiones de la Galaxia, y se les había
encomendado transportar este cargamento de gente dispendiosa, en una misión
totalmente innecesaria.
«Al diablo con los sentimentalismos», se dijo para
sí, y, en voz alta añadió:
—Señor Riney, ¿coincide la posición con la órbita
calculada? Riney, el segundo de a bordo, era un joven serio que había estado
sumamente atareado con los instrumentos en la cabina de astronavegación.
—Sí —respondió—. Justamente a proa. ¿Vamos a
desembarcar ya? Kellon no respondió inmediatamente. Aparecía a pie firme sobre
el puente como un hombre de mediana edad, fornido, de hombros cuadrados, y su
rostro basto y curtido no dejaba entrever el resentimiento que experimentaba.
Le dolía dar la orden pero tenía que hacerlo.
—Está bien; atraque.
Mientras descendían miraba tristemente por las
ventanillas filtrantes. En esta región espiral de la Galaxia las estrellas eran
relativamente escasas. Sólo se veían algunas a la deriva, destacando sobre la
oscuridad. Bien al frente refulgía un pequeño y compacto sol como si fuera un
diamante. Era un diminuto sol blanco que llevaba así dos mil años ofreciendo
tan escaso calor que los planetas que le rodeaban habían quedado helados y
aprisionados bajo sus propios hielos constantemente. Todos ellos eran planetas
muertos por el frío, excepto el más interior.
Kellon miró fijamente aquel planeta, parecido a una
burbuja tostada. El hielo que lo había cubierto desde el primer cataclismo,
estaba ahora derretido. Meses antes, un oscuro cuerpo errante había pasado muy
cerca de este sistema sin vida. Su paso perturbó las órbitas planetarias y los
planetas interiores habían comenzado a cerrar sus órbitas en espiral hacia el
sol lentamente, y el hielo iba desapareciendo de la superficie.
Víresson, uno de los jóvenes oficiales, entró, con
aspecto cansado, al puente y dijo aKellon:
—Desean verle abajo, señor. Especialmente el señor
Borrodale. Dice que es urgente.
«Bueno, ya empieza ese hatajo de comediantes a
hacer de las suyas. Tendré que decirles cuatro cosas», pensó con desgana.
Asintiendo con un movimiento de cabeza dirigido a
Viresson, el capitán bajó al camarote principal. Aquel espectáculo le sublevó.
En vez de encontrar allí a sus propios hombres, charlando y relajándose, lo que
había era una pequeña y ruidosa turba de hombres y mujeres, vestidos con
ropajes estrafalarios, que parecían hablar y reír todos al mismo tiempo, con
risas incoherentes y nerviosas.
—Capitán Kellon, quiero pedirle...
—Capitán, será tan amable...
Asintiendo y sonriendo pacientemente, el capitán se
abrió paso entre ellos hasta Borrodale. Había recibido instrucciones
particulares para que cooperase con Borrodale, el comentarista de telerradio
más famoso de la Federación.
Borrodale era un hombre ligeramente regordete, de
rostro redondo rosado y unos ojos negros, serios y desproporcionadamente
grandes. Cuando hablaba, uno se daba cuenta enseguida de la profundidad,
significado e increíble riqueza de su voz.
—Capitán, mi primer reportaje comienza dentro de
treinta minutos. Necesito una buena vista de aproximación. Si mis hombres
pudieran instalar las cámaras en el puente...
—Por supuesto —asintió Kellon—. El señor Viresson
está allá arriba para ayudarles en lo que sea.
—Gracias, capitán. ¿No le gustaría presenciar la
emisión?
—Sí, claro, pero...
Fue interrumpido por Lorri Lee cuyo rostro
—resplandecientemente hermoso—y tipo, así como su sofisticada palabrería,
habían hecho de ella el ídolo entre todas las reporteras femeninas.
—Recuerde que mi emisión tendrá lugar
inmediatamente después del desembarco. Me gustaría aparecer sola, teniendo por
fondo únicamente el vacío de aquel mundo. ¿Será tan amable de dar las órdenes
para conseguir ese efecto, capitán?
—Haremos lo que podamos —murmuró Kellon, y al ver
que todos le acosaban a la vez añadió con aspereza—: Hablaremos más tarde. El
programa del señor Borrodale...
Pasó entre ellos, echando a andar detrás de
Borrodale en dirección al camarote, que había sido preparado como sala de
transmisión de reportajes audiotelevisados. Kellon pensaba amargamente que este
camarote había servido en otros tiempos para propósitos más dignos, almacenando
las pruebas de agua, tierra y otras muestras tomadas de mundos lejanos. Pero
aquello era en los tiempos que tenían por misión el realizar un honrado trabajo
de astrografía, y no haciendo de carabina a un puñado de estúpidos charlatanes
en este viaje de peregrinación sentimental.
A Kellon no le hacía mucha gracia presenciar la
emisión, pero lo prefería a tener que soportar aquella gentuza del camarote
principal. Vio como Borrodale daba la señal. La pantalla del monitor cobró
vida.
En ella se veía un globo de color pardo girando en
el espacio, que se iba haciendo visiblemente mayor a medida que se aproximaban
a él. Ahora se destacaban sobre su superficie algunos mares dispersos. Pasaron
unos momentos sin que Borrodale dijera una sola palabra, dejando que la imagen
se extinguiera. Luego empezó a oírse su voz.
—Están ustedes viendo la Tierra —dijo.
Se hizo de nuevo el silencio y el parduzco globo
flotante se veía ahora más grande, envuelto por algunas nubes blancas.
Entonces, Borrodale habló otra vez.
—A todos los que están contemplando el programa
desde los numerosos mundos de la galaxia; esta es la patria de nuestra raza.
Pronuncien su nombre conmigo: La Tierra.
Kellon sentía un profundo desagrado. Todo aquello
era cierto, pero también era falso. ¿Qué significaba la Tierra para él, para
Borrodale o para sus billones de oyentes? Pero era un acontecimiento, una
ocasión sentimental que se les presentaba y tenían que sacar partido de ella.
—Hace tres mil quinientos años —seguía diciendo
Borrodale—que nuestros antepasados habitaron este mundo. Fue entonces cuando
saltaron por primera vez al espacio. En principio, llegaron hasta estos otros
planetas, pero, muy pronto, alcanzaron otras estrellas. Y así es cómo se fue
extendiendo nuestra Federación, nuestra comunidad de la civilización humana en
tantas estrellas y mundos.
Ahora, en el monitor, la vista correspondiente al
globo pardo de la Tierra había sido reemplazada por un primer plano del rostro
de Borrodale. Hizo una pausa dramática.
—Pero hace más de dos mil años, se había
descubierto que el Sol que alumbraba la Tierra estaba a punto de contraerse y
perder su calor. Por ello, quienes aún vivían en la Tierra la abandonaron para
siempre y, cuando se produjo el cambio solar, la Tierra y los demás planetas se
cubrieron de eternos hielos. Ahora, dentro de pocos meses va a tener lugar la
desaparición definitiva del viejo planeta que sustentó el origen de nuestra
raza. Lentamente se va acercando en espiral hacia el Sol y pronto se fundirá
con él como ya han hecho Mercurio y Venus. Y cuando esto ocurra habrá
desaparecido para siempre el mundo de origen del hombre.
Hizo una nueva pausa, prolongándola por el tiempo
justo, y luego, Borrodale continuó con voz hábilmente modulada en un tono bajo.
—Y nosotros a bordo de esta nave, humildes
reporteros y servidores de la vasta audiencia radiotelevisiva de todos los
mundos, hemos venido hasta aquí para ofrecerles, en las siguientes semanas, la
última visión de nuestro ancestral mundo. Creemos —y esperamos—que encuentren
ustedes interesante recordar un pasado que casi es leyenda.
Y Kellon pensaba en aquellos momentos: «Seguro que
este bastardo no siente mucho más interés que yo por ese viejo planeta, pero
ciertamente es un adulador».
Tan pronto como terminó la emisión, Kellon se vio
asediado una vez más por la clamorosa multitud del camarote principal. Levantó
la mano en señal de protesta.
—Un momento, por favor. Primero tenemos que
desembarcar. Doctor Darnow, ¿quiere venir conmigo?
El doctor Darnow pertenecía a la Oficina Histórica
y era el titular encargado de la expedición, pero nadie le prestaba mucho
interés. Era un hombrecillo mayor que hablaba excitado mientras iba con Kellon
hacia el puente.
Su interés, al menos, es sincero, pensaba Kellon.
Igualmente sinceros eran los numerosos científicos que iban a bordo, pero
quedaban anulados por los señorones buscadores de publicidad, por los intrusos
y sentimentalistas profesionales que les acompañaban. ¡Bonita misión le había
encomendado el servicio de Astrografía!
Ya en el puente, miró por la ventanilla al planeta
de color pardo y su satélite. Luego preguntó a Darnow:
—¿Dijo usted algo acerca del lugar exacto donde
quería desembarcar? El historiógrafo meneó la cabeza y empezó a desplegar un
gran mapa del estilo antiguo.
—¿Ve este continente? Pues, a lo largo de sus
costas orientales existían bastantes ciudades de las más grandes, como Nueva
York.
Kellon se acordaba de este nombre; lo había
aprendido hacía mucho tiempo en la escuela de Historia. El dedo de Darnow
señaló a un punto del mapa.
—Si fuera posible desembarcar aquí, sobre esta
isla... Kellon estudió las características de la superficie y meneó la cabeza.
—Demasiado bajo. A medida que transcurra el tiempo
se producirán grandes mareas y no podemos arriesgarnos. Sin embargo, puede que
en esta otra isla de terreno más elevado sea factible.
Darnow parecía decepcionado.
—Bueno, supongo que tendrá usted razón. Kellon
pidió a Riney que calculara la operación de desembarco. Luego le dijo a Darnow
con tono escéptico:
—Seguramente no espera usted encontrar mucho en
esas viejas ciudades, después de llevar dos mil años cubiertas de hielo,
¿verdad?
—No hay duda de que habrán sufrido un desgaste
terrible —admitió Darnow—. Pero deben quedar numerosas reliquias. Aquí hay
materia para pasarme muchos años estudiando.
—No disponemos de años; sólo contamos con unos
cuantos meses para que este planeta se aproxime demasiado al sol —repuso Kellon
y, luego, añadió mentalmente—:«Gracias a Dios».
La nave siguió su plan de desembarco. La atmósfera
friccionaba sobre el casco y, enseguida, espesas nubes grises se agitaban a su
alrededor. Después de traspasar la capa nubosa estuvo gravitando sobre un
paisaje oscuro y tristón, con manchas blancas en sus valles más profundos. Al
fondo se divisaba un océano gris. Pero la astronave descendió hacia una
quebrada llanura pardusca, posándose en ella, y acto seguido se produjo el
esperado estruendo de silencio que siempre sigue al paro de toda maquinaria.
Kellon miró a Riney, que volvió en un momento del
cuadro de pruebas con un tenue aire de sorpresa en el rostro.
—Presión, oxígeno, humedad... todo en condiciones
óptimas. Por supuesto —agregó—, éste «fue» un lugar óptimo.
Kellon asintió. Luego dijo:
—El doctor Darnow y yo daremos primero un vistazo
alrededor. Viresson, que no salgan los pasajeros.
Cuando fue en unión de Darnow a la cámara
reguladora de presión, situada abajo, oyó el clamor de las voces que venían
desde el camarote principal y pensó que a Viresson le había tocado una buena
papeleta que resolver. Aquellos tipos no estaban acostumbrados a que les
dijeran que no, y adivinaba su resentimiento contra aquella orden.
Guando salieron de la cámara reguladora de presión,
un aire frío y húmedo saludó a Kellon. Quedaron a pie firme sobre el terreno
embarrado y arenoso que se hundía un poco bajo sus botas a medida que se
alejaban trabajosamente de la nave. Se pararon, tiritando, y contemplaron las
inmediaciones. Bajo un cielo encapotado de nubarrones grises se extendía un
triste paisaje sin sol y de color pardo. Nada rompía el monótono color de
tierra pelada más que los ocasionales cascos de hielo que aún quedaban en las partes
bajas. Un viento recio y voluble agitó el crudo ambiente y luego cesó
totalmente. Tras ellos no se oía otro ruido que el tintineo que emitía la
corteza de la nave en sus contracciones al enfriarse. Kellon pensó que, por
encima de todo sentimentalismo, aquello no era más que un mundo de melancolía.
Pero los ojos de Darnow aparecían resplandecientes.
—Tendremos que aprovechar al máximo cada minuto que
estemos aquí —murmuró—. Hasta el último minuto.
En cosa de dos horas, el pesado equipo radiofónico
había sido cargado en dos grandes tractores y se alejaban de la astronave en
dirección Este. En uno de ellos viajaba Lorri Lee, vestida con un traje
resplandeciente de color lila y de seda sintética.
Kellon, temiendo la posibilidad de que cayeran
sobre algún terreno de arenas movedizas, acudió a los acantilados desde donde
se contemplaban las ruinas de Nueva York para estar presente en la primera
emisión. Cuando ésta estuvo en marcha se arrepintió de haber ido.
Porque Lorri Lee, con su cabeza rubia que destacaba
más aún con la luz tristona, dio rienda suelta a todos sus encantadores gestos,
ya ensayados, frente a las cámaras, señalando con gran excitación hacia las
ruinas que yacían a sus pies.
—¡Resulta tan increíble! —gritaba para oyentes de
mil mundos—. ¡Es increíble encontrarse aquí, en la Tierra, contemplar de nuevo
los viejos lugares! ¡Es algo que se apodera de una!
Algo, en efecto, se apoderó de Kellon. Le hizo
sentir náuseas. Dio media vuelta y se volvió hacia la nave, pensando en aquel
momento que, si Lorri Lee cayera en las arenas movedizas durante el camino de
regreso, después de todo, no sería una gran pérdida.
Pero aquel primer día fue sólo el principio. La
gigantesca nave se convirtió pronto en el centro de diversos y continuos
programas. Había sido especialmente equipada para conectar con la estación más
próxima de la red de la Federación, y sus transmisores raras veces estaban
callados.
Kellon se dio cuenta de que Darnow, a quien se le
suponía coordinador de todos estos programas, se hallaba totalmente ajeno a
ello. El diminuto historiador vivía sobre un séptimo cielo en este viejo
planeta, que había sido descubierto a la vista por vez primera desde hacía
miles de años, y se pasaba fuera la mayor parte del tiempo ocupado en otras
cosas de mayor interés para él. Y fue a su ayudante, un joven activo, inquieto
y fatigado, a quien cupo intentar una reconciliación con las insistentes demandas
y exigencias de las altamente temperamentales estrellas radiofónicas.
Kellon experimentaba un creciente hastío al tener
que estar allí, mientras salía al éter toda aquella sarta de disparates.
Aquella gente estaba pasando una especie de día decampo, pero a él le
importaban muy poco todos ellos y sus programas. Roy Quayle, el joven diseñador
de modas, formó un desfile semi—humorístico, semi—nostálgico, al estilo de la
antigua moda de la Tierra, vistiendo a las bellas muchachas con ciertos trajes
de época, que resultaban ridículos, de los cuales traía un duplicado. Barden, el
famoso productor de guiones, pasó antiguas películas referentes a los antiguos
dramas de la Tierra que hicieron llorar y reír en sus tiempos a todo el mundo.
Jay Maxson, un saliente político en el Congreso de la Federación, discutió con
Borrodale los sistemas políticos de los viejos tiempos, de forma previamente
calculada para no dejar en el peor lugar a su propio partido extendido por toda
la galaxia. Los Arcturus Players, un brillante grupo de jóvenes artistas,
dieron lectura a poemas y dramas de la vieja Tierra.
No era más que eso: una representación teatral,
pensaba Kellon malhumorado. Gente mayor y famosa, aprovechando por los pelos la
oportunidad que les brindaba la muerte ocasional de un planeta olvidado, para
ponerse ante la atención del público, igual que niños sabihondos. Mientras
tanto, había un verdadero trabajo que realizar en la galaxia, el trabajo de
Astrografía, el interminable y agotador pero siempre fascinante trabajo de
cartografiar los sistemas y mundos desconocidos. Y en vez de realizar esta importante
misión, le habían condenado a pasar aquí semanas y meses con esta cuadrilla de
comediantes.
A los científicos e historiadores los respetaba.
Estos aparecían pocas veces ante las cámaras y su interés era verdadero. Fue
uno de ellos llamado Haller, biólogo, quien excitadamente mostró a Kellon un
puñado de tierra húmeda, una semana después de su llegada.
—¡Mire esto! —dijo con orgullo. Kellon se quedó
mirando.
—¿Qué?
—Estas semillas son de cizaña. Véalas.
Kellon las estudió, viendo que de cada una de las
minúsculas semillas brotaba un tallo nuevo tan delgado como un cabello.
—¿Acaso están germinando? —preguntó incrédulo.
Haller asintió feliz.
—Sin duda alguna. Ya lo sospechaba yo. Cuando el
Sol perdió todo su vigor, de acuerdo con los antecedentes que tenemos, en el
hemisferio norte era casi primavera. Era cosa de pocas horas la temperatura
comenzó a descender y la hidrosfera y atmósfera iniciaron su proceso de
congelación.
—¡Pero eso, seguramente, acabó con la vida de todo
el planeta...!
—No —dijo Haller—. Ciertamente acabó con la vida de
las plantas superiores, árboles, arbustos de hoja perenne, etcétera. Pero las
semillas de plantas temporales se quedaron en animación suspendida a causa del
frío. Y ahora, el calor las está haciendo germinar.
—¿Entonces tendremos hierba y plantas menores?—Muy
pronto; a medida que vaya aumentando e! calor. En realidad, según transcurrían
las primeras semanas, el calor se iba acentuando más. Un día se dispersaron las
nubes y aparecieron en el cielo los débiles rayos blancos de aquel minúsculo
sol que parecía un diamante. Y llegó una mañana en que encontraron la quebrada
llanura de! paisaje ligeramente teñida de un verde pálido.
Y creció la hierba, y botaron las semillas, y
germinaron las vides, todas ellas como queriendo acelerar su crecimiento, como
si supieran que ésta, su última temporada, iba a durar poco. Pronto el barro
pelado y oscuro de las colinas y valles fue reemplazado por un tapiz verde y
por doquier rompía la vegetación y comenzaban a aparecer las flores. Tréboles,
campanillas, dientes de león, violetas, todas brotaron una vez más.
Kellon dio un largo paseo, ahora que no tenía que
esforzarse caminando por el barro. El griterío que rodeaba a la nave, el
constante discutir de aquellos antagónicos temperamentos y las agudas y
febriles voces le ahuyentaban de allí. Se encontraba mejor apartándose solo de
aquel bullicio.
Había vuelto la hierba y las flores pero, por lo
demás, seguía siendo un mundo vacío. Pese a ello, se encontraba cierta paz de
espíritu al pasear arriba y abajo por los largos y serpenteantes declives
cubiertos de verde. El sol era ahora brillante y alentador, y blancas nubes
moteaban el cielo. El viento susurraba cálido mientras Kellon se sentaba en una
ladera y extendía su mirada hacia poniente donde ya no vivía nadie ni viviría
jamás.
—Qué gran tristeza —pensaba—. Pero es mejor esta
paz que el bullicio de esos charlatanes.
Permaneció largo tiempo sentado frente a los
oblicuos rayos del sol, sintiendo que sus agarrotados nervios se relajaban. La
hierba se mecía a su alrededor, agitándose en largas olas, y las flores más
altas se inclinaban en una reverencia.
No había otro movimiento ni otra clase de vida. Que
pena, pensaba, que no hubiera ni siquiera pájaros en esta última primavera de
la vieja Tierra; ni siquiera una mariposa. Bueno, lo mismo daba, porque todo
ello iba a durar muy poco.
Cuando empezaba a caer la oscuridad del ocaso y
Kellon regresaba a la nave, de repente se apercibió de que en el apagado
firmamento había una burbuja brillante. Se detuvo a contemplarla y en seguida
recordó lo que era. Sin duda se trataba de la luna del viejo planeta, que no
había podido ver sobre el cielo encapotado de nubes durante las noches
anteriores. Prosiguió su camino, rodeado de aquella luz difusa.
Al regresar al iluminado camarote principal de la
nave, sus relajados nervios sufrieron una repentina sacudida. Se estaba
desarrollando una pendencia de primera clase, en la que todos intervenían o
comentaban el hecho. Lorri Lee, como si fuera una niña antojadiza quejándose de
algo, alegaba que deseaba ocupar el espacio de la emisión del día siguiente, en
favor de su programa de interés femenino, mientras que alguien contradecía sus
pretensiones. Mientras tanto, Vallely, el joven ayudante de Darnow, aparecía
inquieto y fuera de sí. Kellon pasó junto a ellos sin que se apercibieran de
él, cerró con llave la puerta de su camarote, se sirvió generosamente una copa
y maldijo de nuevo al servicio de Astrografía por la misión que le había
encomendado.
A la mañana siguiente tuvo buen cuidado en salir
temprano de la nave antes de que estallara la tormenta. Al cargo de la misma
dejó a Viresson, aunque nada había que hacer en aquellos momentos, y se alejó
paseando por las verdes laderas antes de que nadie tuviera tiempo de llamarle.
Kellon pensaba que aún tenían por delante otras
cinco semanas. Luego, gracias a Dios, la Tierra se acercaría tanto al Sol que
la nave habría de volver a su propio elemento espacial. Mientras llegaba este
día deseado, él permanecería fuera de la vista de todos en lo que fuera
posible.
Cada día caminaba varias millas. Tenía gran cuidado
en alejarse del Este y de las ruinas de Nueva York, donde los otros iban con
frecuencia. Pero paseaba en dirección norte, oeste y sur sobre las laderas
herbáceas y florecientes de un mundo vacío. Al menos había encontrado la paz,
aunque no hubiera nada que ver.
Pero, después de un tiempo, Kellon se apercibió que
había cosas por ver, si se las buscaba. Entre ellas destacaban los cambios
sufridos por el cielo, que nunca parecía igual. A veces eran recias nubes
blancas y de azul profundo que cruzaban como poderosas naves. Pero, de repente,
se tornaban grises y deprimentes y la lluvia le rociaba, para terminar con un
rayo de sol que traspasaba las nubes y las desgajaba como cintas voladoras. Y
hubo una ocasión en que contempló, desde una serranía, el paso de una vasta
tormenta que avanzaba sobre el continente, como si fuera un ejército,
cubriéndolo de oscuridad y sombras, con un fondo de gallardetes luminosos y
estruendos de tambores.
Los vientos y la luz del sol, la fragancia del
aire, la imagen de la luna y el contacto de la suave hierba bajo sus pies, todo
ello, parecía singularmente real y apropiado. Kellon había caminado por muchos
mundos bajo la luz de otros soles con colores muy distintos y algunos de ellos
no llegaron a gustarle, pero jamás había, encontrado un mundo, que pareciera
tan exactamente a tono con su cuerpo, como este planeta gastado y vacío.
Se preguntó vagamente cómo sería cuando estuviera
poblado de pájaros, árboles, animales de todas clases, carreteras y ciudades.
Por las noches se pasaba las horas solo en su camarote contemplando libros
ilustrados de la biblioteca de consultas, que Darnos y los demás habían traído
a bordo, y aunque realmente no le importaba aquello demasiado, al menos ofrecía
cierto interés y le apartaba del alboroto y pendencias que tenían lugar entre
los expedicionarios.
A partir de entonces durante sus paseos, Kellon
trataba de imaginarse el verdadero aspecto de todo aquello en tiempos remotos.
Sobre aquellos prados abundarían los petirrojos y azulejos, los abejorros
chupando el dulce de las corolas; elevados árboles cuyos nombres le eran
igualmente extraños, olmos, saúcos y sicómoros. Pequeños animalillos de fina
piel, nubes de insectos zumbadores; peces y batracios en las lagunas y ríos,
una vasta y compleja sinfonía de vida, tiempo ha desaparecida y olvidada.
¿Pero estaban menos olvidados todos los hombres,
mujeres y niños que habían vivido aquí? Borrodale y los otros hablaban mucho en
sus emisiones sobre la gente de la antigua Tierra pero éste era sólo un nombre
sin cara, un término carente de significado. Seguramente que ninguno de
aquellos millones de seres pensó jamás en sí mismo como parte integrante de una
multitud innumerable. Cada uno fue para sí, y para sus allegados, un ente
individual, único, que no se repetiría jamás. ¿Qué podían saber estos locuaces
charlatanes, ni nadie, acerca de aquellos individuos?
Kellon encontraba, aquí y allá, vestigios de ellos,
insignificantes pecios que habían sido respetados por la opresión de los
hielos. Una retorcida hoja de acero, una viga o un riel elaborado por alguien.
Una cantera con las marcas dejadas en la roca por las herramientas, donde
seguramente los hombres, en un tiempo, sudaron al sol. Los quebrados parches de
hormigón que se prolongaban en una línea rugosa para formar una carretera sobre
la que una vez viajaron nombres y mujeres, corriendo en pos de misiones de amor
o ambición, codicia o temor.
Pero encontró algo más: un sorprendente hallazgo
por mera casualidad. Siguiendo un arroyo que discurría por un valle muy
estrecho saltó a la otra orilla, mas, al levantar la vista, descubrió que había
una casa.
Kellon creyó al principio que todo estaría
milagrosamente entero y conservado y, seguramente, eso no podía ser. Pero,
cuando se aproximó más, vio que todo era una ilusión y que la destrucción había
operado también sobre ella. Sin embargo, la casa permanecía increíblemente
reconocible.
Era una casa de recreo, construida de piedra, con
bajas paredes y tejado de pizarra, situada junto al verde declive que formaba
la pared de un valle. Un alero y parte del extremo de un muro se encontraban
derruidos. Kellon, al estudiar su disposición sobre la pared, llegó a la
conclusión de que el hielo debió formar sobre la casa un caprichoso arco
natural, preservándola de la enorme presión que había destruido todas las demás
estructuras.
En las ventanas y puertas sólo se veían toscas
aberturas. Penetró dentro y estuvo mirando las frías sombras de lo que, en un
tiempo pasado, fuera una habitación. Había algunas destrozadas piezas de
mobiliario completamente podridas, y el polvo y barro seco acumulado a lo largo
de una pared contenía irreconocibles partículas de metal herrumbroso, pero no
había nada más. Adentro se sentía una fría y ahogada opresión, y entonces salió
a la terracita y se sentó al sol.
Mirando a la casa calculó que no podía haber sido
edificada después del siglo veinte. En ella debió vivir gente bastante distinta
durante los cientos de años que precedieron a la evacuación de la Tierra.
Kellon consideró extraño el que las fotografías
aéreas tomadas por los hombres de Darnow en busca de reliquias no la hubieran
descubierto. Pero luego no lo consideró tan extraño, porque los muros de piedra
ofrecían un color grisáceo poco visible y, además, se encontraba bastante
oculta por e! despeñadero que formaba el valle.
Sus ojos fueron a posarse sobre una corroída
inscripción que había en el cemento de la terraza y acercándose más limpió el
barro que la cubría. Las letras aparecían muy desgastadas y comidas por el paso
del tiempo, pero le fue posible leerlas.
«Villa Ross y Jennie», leyó.
Kellon dejó escapar una sonrisa. Bueno, al menos,
ya sabía quién vivió aquí en un tiempo, los que probablemente la habrían
construido. Se imaginaba a aquellos dos jóvenes grabando sus nombres sobre el
cemento húmedo, rebosantes de felicidad. ¿Quiénes habrían sido Ross y Jennie y
dónde estarían ahora?
Exploró los alrededores de la casa. Tras ella había
lo que antaño fuera un jardín de flores. En él brotaban, en anárquico desorden,
media docena de florecillas brillantes, de distintas especies, a diferencia de
las que crecían silvestres sobre las laderas. Eran las semillas de un viejo
jardín que habían estado esperando que acabara el largo invierno de la Tierra
para germinar, y habían dormido en suspendida animación hasta que se fundieran
los hielos y se presentara al fin la fértil y cálida primavera. Ignoraba qué
clase de flores podían ser, pero despedían una vistosidad que le agradaba.
Cuando hacía el camino de regreso sobre la tierra
verde a la luz suave del crepúsculo, Kellon pensó que debía contárselo a
Darnow. Pero si se lo decía, seguro que la cuadrilla de charlatanes de a bordo
acudirían como moscas al lugar. Se imaginaba la clase de emisiones que
Borrodale y Lee y el resto de ellos iban a preparar, teniendo como solemne
escenario la milenaria casa.
—No —pensó—. ¡Que se vayan al diablo!
En realidad, no le importaba demasiado la vieja
casa, pero le brindaba un refugio de paz y no quería atraer hacia ella las
ruidosas hordas de las que estaba tratando de escapar.
En los días que siguieron, Kellon se alegró de no
haberlo dicho. Aquella casa le proporcionaba un lugar de evasión donde
fisgonear y sacar conjeturas, atrayendo su interés durante aquel tiempo de
espera. Allí se pasaba las horas y no decía una palabra a nadie.
Haller, el biólogo, le prestó un libro sobre flores
de la Tierra y le traía con él para identificar las que veía en el derruido
jardín. Había verbenas, claveles, dondiegos de día y los llamados berros de
atrevidos colores rojos y amarillos. Muchas de estas plantas, según leyó en el
libro, no se adaptaban bien a otros mundos ni habían sido trasplantadas con
éxito. Si esto era cierto, aquella iba a ser la última floración de toda su
existencia.
Siguió investigando en el interior de la casa,
tratando de averiguar la clase de vida que llevaron sus moradores. Era una casa
extraña que en nada se parecía a las modernas de construcción metálica. Incluso
los tabiques interiores eran increíblemente recios y las ventanas parecían
sumamente angostas. Se veía claramente que en la habitación más grande era
donde aquellas gentes pasaban la mayor parte del tiempo, y sus ventanales daban
al pequeño jardín, al verde valle y al riachuelo.
Kellon reflexionaba sobre la clase de personas que
fueron Ross y Jennie, que en un tiempo estuvieron sentados juntos mirando por
estas ventanas. Se preguntaba qué cosas habrían sido importantes para ellos,
qué les habría agradado y desagradado. Kellon era un hombre que siempre fue
soltero, pues los capitanes de Astrografía, cuyo campo de operaciones era
ilimitado, raras veces se casaban. Pero estuvo ponderando acerca de aquel
matrimonio de tantísimos años atrás, y sobre lo que pudo dar de sí. ¿Habrían tenido
hijos y su sangre estaría corriendo por los lejanos mundos? Pero aunque así
fuera, ¿qué relación guardaba dicha sangre con la de aquellos dos antepasados
remotos?
Ahora recordaba parte de un poema escrito al final
del libro que le había prestado Haller, Decía así:
Flores y amantes ahora reunidos,
De vientos, campos y mares olvidados,
Sin un soplo del tiempo que ha pasado.
En el aire suave de un verano consumido.
Cierto, pensaba Kellon, ellos, Ross y Jennie
estaban ahora reunidos, con todas las cosas que habían hecho y pensado, todo
ello reunido bajo el polvo de este viejo planeta cuyo último y cálido verano
terminaría pronto, muy pronto. Físicamente, allí estaba toda la existencia de
aquel hombre llamado Ross y aquella mujer conocida por Jennie, allí estaba
convertida en átomos, exceptuando la pequeña fracción de su materia que hubiera
escapado hacia otros mundos.
Se acordó de los nombres que todavía eran famosos a
través de los mundos de la galaxia, nombres de hombres, mujeres y lugares.
Platón, Shakespeare, Beethoven, Blake, el antiguo esplendor de Babilonia, y los
despojos de Ankara, y las humildes casas de sus propios antepasados, todo ello
aquí, todavía aquí.
Kellon se estremeció mentalmente. Lo malo era que
no tenía otra forma mejor de ocupar el tiempo que venir a sacar conjeturas en
este pequeño y sombrío lugar. Ya había visto todos sus misterios y carecía de
objeto el seguir viniendo.
Pero volvió. No es que tuviera para él un valor
arqueológico sentimental, se dijo. De sentimentalismos ya había oído bastante a
los charlatanes que llevaba a bordo. Kellon era un hombre del servicio de
Astrografía y todo lo que deseaba era volver a su trabajo, pero mientras le
tuvieran retenido aquí le resultaba mejor vagar sobre la tierra verde o andar
curioseando en torno a esta vieja reliquia, que el tener que oír las
interminables algazaras de los otros.
Cada vez se peleaban más, porque se estaban
cansando de aquella monotonía. Les pareció de maravillas el salir en primer
plano por toda la galaxia, ayudando a realizar un reportaje sobre el fin de la
Tierra, pero, a medida que iba transcurriendo el tiempo, su voluble entusiasmo
se fue debilitando No podían marcharse de allí, pues la expedición tenía que
transmitir el desenlace final de la muerte del planeta, y éste no se realizaría
hasta dentro de varias semanas. Darnow, sus ayudantes y científicos, ocupados
en ir venir a muchos viejos sitios, habrían aguantado allí eternamente, pero
los otros estaban realmente aburridos.
Kellon, por otra parte, había descubierto en la
vieja casa el suficiente interés para soportar la espera sin que le resultara
demasiado opresiva. Había leído mucho ya sobre cómo eran aquí las cosas en los
pasados tiempos, y se pasaba largas horas sentado en la terracita, al sol de la
tarde, tratando de imaginarse la existencia que habían llevado aquel hombre y
aquella mujer, llamados Ross y Jennie.
¡Qué extraña y circunscrita parecía ahora aquella
clase de vida! Leía que, en aquellos viejos tiempos, la mayoría de las gentes
tenían automóviles de tierra que utilizaban para desplazarse a las ciudades
donde trabajaban. ¿Se desplazarían a trabajar los dos, o sólo el hombre? Tal
vez la mujer se quedara en la casa a cuidar de los niños, si los tenían, y por
la tarde a lo mejor se entretenía cuidando las flores del jardincito donde
todavía brotaban algunas semillas supervivientes. ¿Se les habría ocurrido pensar
alguna vez que, en un día futuro, cuando hiciera muchos siglos que ellos habían
muerto, su casa estaría solitaria y en silencio con un visitante de las
estrellas lejanas? Se acordó de un pasaje leído por los Arcturus Players,
correspondiente a una obra antigua: Vienen como la sombra y así se van.
No, pensaba Kellon; Ross y Jennie eran sombras
ahora, pero no lo habían sido entonces. Para ellos, y para todas las demás
gentes que se imaginaba entrando y saliendo de las ciudades en aquellos días
remotos, la sombra era él, el hombre del futuro que aún no existía. Aquí solo,
sentado, tratando de comprender aquel tiempo pretérito, Kellon tenía a veces el
fantástico presentimiento de que sus vivas imaginaciones acerca de las gentes,
las multitudinarias ciudades, los movimientos y las risas eran una realidad, y
que él no era más que un fantasma al acecho.
Los días del verano llegaron en seguida, cálidos,
sofocantes. El Sol aparecía blanco y más grande en lo alto de los cielos,
derramando sobre la Tierra más luz y más calor que recibiera en miles de años.
Y toda la vegetación parecía responder con ímpetu alborozado al desarrollo
final, como un acto de jubilosa afirmación que Kellon encontraba infinitamente
conmovedor. Ahora, incluso las noches eran cálidas; los vientos soplaban
temblorosos y suaves y, en la distancia, el océano saltaba sobre las playas en
una risotada de espuma y estruendo, presa de grandes mareas solares.
Con un sobrecogimiento, como si despertara de una
pesadilla, Kellon comprendió de repente que sólo faltaban unos días. La espiral
se iba cerrando velozmente y muy pronto el calor sería intolerable.
Se dijo a sí mismo que estaría muy contento de
partir. Luego tendrían que esperar en el espacio hasta que todo hubiera
concluido. Después podría volver a su propio trabajo, a su propia vida, y
dejarse de especular acerca de unas sombras que ya no existían. Cierto; se
alegraría con la marcha.
Pero cuando faltaban unos días—para el despegue,
Kellon volvió a visitar la vieja casa, y estaba meditando sobre ella cuando una
voz sonó a sus espaldas:
—Perfecta —dijo Borrodale—, es una reliquia
perfecta.
Kellon se volvió, en cierto modo, sobresaltado y
con espanto. Los ojos de Borrodale resplandecían de interés a medida que
inspeccionaba la casa. Luego se volvió hacia Kellon.
—Estaba dando un paseo, capitán, y al verle venir
hacia aquí se me ocurrió seguirle. ¿Es aquí donde venía usted tan a menudo?
Kellon, sintiéndose un poco culpable, trató de
eludirle.
—He venido unas cuantas veces.
—¿Por qué ha querido ocultarnos esto? —exclamó
Borrodale—. Desde aquí podemos rodar un formidable reportaje final. Es una
antigua y típica casa de la Tierra. Roy se encargará de vestir a los Players
con atuendos de aquella época y los filmaremos haciendo la clase de vida que
entonces llevaban...
Kellon, inesperadamente, sintió una violenta
reacción.
—No —dijo con aspereza. Borrodale arqueó las cejas.
—¿No? Pero, ¿por qué razón?
Efectivamente, poco podía importarle a Kellon que
se posesionaran de la casa, que se burlaran de su vetustez y falta de
condiciones, posando ridículamente ante las cámaras vestidos con trajes a la
moda antigua para hacer un espectáculo con todo ello. ¿Qué podía importarle a
él para quien tan poco significaba este olvidado planeta ni nada de lo que
había en su superficie?
Sin embargo, en sus adentros había algo que se
sublevaba contra lo que pudieran hacer aquí.
—Podríamos vernos obligados a despegar de
pronto—dijo—. Si se vienen todos ustedes hasta aquí, podría implicar un
peligroso retraso.
—¡Pues usted mismo dijo que aún faltaban unos
días!—exclamó Borrodale, y luego añadió firmemente—: Capitán, no comprendo por
qué quiere obstruir nuestra labor. Pero puedo recurrir a otra autoridad por
encima de la suya.
Se marchó de allí y, Kellon pensó de mal talante
que si Borrodale enviaba un mensaje al Cuartel General de Astrografía se iba a
salir con la suya y él quedaría en muy mal lugar.
Se sentó en la terraza y estuvo recreando su vista
hasta que cayeron las sombras de la noche. La Luna se alzó blanca y
resplandeciente pero, esta noche, la atmósfera no estaba en calma. Un viento
seco y abrasador había comenzado a soplar y al remover las altas hierbas hacía
que las laderas y planicies dieran la vaga impresión de estar vivas. Era como
si hubiese empezado a latir un pulso extraño en el aire y en el suelo, como si
el Sol llamara a su hija la Tierra y ésta se esforzase por responder. La casa
se ofrecía como de ensueño a la luz de plata y las flores del jardín emitían un
susurro.
Cuando regresó Borrodale, su regordeta figura negra
se recortaba a la luz de la luna.—He comunicado con su cuartel general —dijo
con aire triunfante—, y me han concedido plena cooperación. Mañana haremos
desde aquí nuestro primer reportaje.
—No —dijo Kellon poniéndose en pie.
—Kellon, no puede ignorar una orden...
—Mañana ya no estaremos aquí —agregó Kellon—. Soy
yo el responsable de sacar la nave de la Tierra con un amplio margen de
seguridad. Despegaremos a primera hora de la mañana.
Borrodale guardó silencio por un momento, y cuando
habló su voz llevaba un tono perplejo.
—No hay duda de que está usted adelantando las
cosas para impedir nuestra emisión. La verdad, no comprendo su actitud.
Claro que no lo comprendía, pensaba Kellon, pero
¿cómo hacérselo entender? Permaneció un rato en silencio Borrodale le miró a él
y luego a la vieja casa.
—Sin embargo, tal vez le comprenda, Kellon —dijo
Borrodale pensativo, después de un momento—. Usted ha estado viniendo aquí solo
con bastante frecuencia. El hombre puede encariñarse demasiado con los
fantasmas...
—No diga disparates —objetó Kellon bruscamente—Vale
más que regresemos a la nave. Tenemos mucho que hacer antes de despegar.
Borrodale no pronunció palabra mientras hicieron el
camino de vuelta por el valle plateado por la luna. Se volvió a mirar una sola
vez, pero Kellon ni siquiera giró su cabeza.
Doce horas más tarde despegaron de la Tierra, en
una mañana triste y ominosa a causa de las nubes que se agolpaban veloces.
Kellon sintió un ligero alivio cuando rebasaron la atmósfera y se internaron en
la estrellada negrura sin fondo. El espacio era su elemento, al que él
pertenecía. Recibiría una dura reprimenda por su arbitraria decisión final,
pero no le importaba.
Situó la nave en una órbita calculada y se puso a
esperar. Debían transcurrir varios días antes de que llegara el fin de la
Tierra. El blanco Sol aparecía ahora mucho más cerca, y su «Luna» se había
alejado de él en una nueva falsa órbita, pero aun así pasaría algún tiempo
antes de que pudieran retransmitir a la expectante galaxia el fin de su
ancestral mundo.
Kellon permanecía parte del tiempo en su camarote.
Los preparativos que estaban teniendo lugar, a medida que se aproximaba el gran
momento, le producían náuseas. Deseaba que todo hubiera terminado ya. Pensaba
que le iba a ser insoportable.
Cuando faltaba una hora y veinte minutos para la
«Hora E», pensó que debía salir al puente para presenciarlo. Allí habían sido
instaladas las cámaras móviles, y se encontraba abarrotado por Borrodale y por
cuantos pudieron entrar allí. A Borrodale le habían encomendado la emisión de
la última hora y, al parecer, los demás estaban resentidos.
—¿Por qué has de presentar tú sólo el reportaje
final? —se quejaba amargamente Lorri Lee a Borrodale—. Eso no es justo.
Ouayle defendía el mismo punto enfadado.
—Será presenciado por el mayor público de la
historia —decía—y todos deberíamos tener la oportunidad de hablar.
Borrodale les contestaba y las voces subían de
tono. Kellon se daba cuenta de que los técnicos de la emisión parecían
preocupados. Tras ellos, por la ventanilla filtrante, veía a la motita oscura
del planeta que se Iba acercando a la estrella blanca. El Sol la había llamado,
y la Tierra, con acelerada ansiedad, estaba recorriendo los últimos pasos de su
larga carrera. Mientras tanto, el clamor levantado por las voces de protesta
hizo que Kellon montara en repentina cólera.
—Escuchen —les dijo a los técnicos de la emisión—.
Cierren toda clase de sonido. Que aparezca sólo la imagen.
Aquellas palabras hicieron callar a todos.
Finalmente, Lorri Lee protestó:
—¡Capitán Kellon, no puede hacer eso!—Puedo hacerlo
y lo hago. Cuando navegamos por el espacio asumo el mando absoluto —dijo.
—Pero este reportaje necesita un comentario...
—Por Cristo —dijo Kellon con desgana—, callen todos
ustedes y dejen morir en paz a ese planeta.
Les volvió la espalda. Ni siquiera oía sus voces de
resentimiento, ni cuando guardaron todos un impresionante silencio y se
pusieron a contemplar la escena a través de las ventanillas filtrantes, como la
estaba contemplando él, la cámara y toda la galaxia.
¿Pero qué faltaba por ver sino una motita oscura
casi engullida por los brillantes vapores del Sol? Pensó que las piedras de la
vieja casa debían estar ya empezando a volatilizarse, ahora que los vapores de
luz y fuego ocultaban casi por completo al insignificante planeta, atraído por
la llamada de los suyos.
Kellon pensó que, en aquel momento, todos los
átomos de la vieja Tierra estaban siendo liberados para mezclarse con el ente
solar; todo lo que antaño fuera Ross y Jennie, Shakespeare y Schubert, alegres
flores y sonoros ríos, océanos, rocas y vientos, volvían a fundirse con el ser
que les dio vida.
Seguían contemplando en silencio, pero ya no
quedaba nada por ver; nada en absoluto. También en silencio, la cámara fue
desconectada.
Kellon dio una orden e inmediatamente la nave salió
de su órbita para comenzar el largo camino de retorno. Ya se habían marchado
todos de allí, excepto Borrodale. Sin volverse siquiera le dijo:
—Ahora ya puede enviar sus quejas al cuartel
general. Borrodale sacudió la cabeza.
—No formularé ninguna queja, capitán. El silencio
puede ser el mejor réquiem para todo. Ahora me alegro de que haya sido así.
—¿Que se alegra?
—Sí —añadió Borrodale—. Me alegro de que, al fin la
Tierra haya tenido un verdadero funeral.

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