© Libro N° 9011. Todos Vosotros Zombis… Heinlein, Robert A.. Emancipación. Septiembre 5 de
2021.
Título
original: © Todos Vosotros Zombis… Robert
A. Heinlein
Versión Original: © Todos Vosotros Zombis… Robert A.
Heinlein
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Robert A. Heinlein
Todos Vosotros Zombis…
Robert A. Heinlein
Uno de los titanes de la Edad de Oro del género, Robert Heinlein empezó a
escribir ciencia ficción en 1939 después de una
breve carrera militar y
pronto se convirtió en un prolífico colaborador de
las revistas de ciencia
ficción, especialmente de Astounding Science
Fiction, que publicó gran parte
de lo mejor de sus primeras obras. Su obra
destacaba por la sensación de
futuro «inmediato». En cuentos como «Las carreteras
deben rodar», «…
también paseamos perros», «Ocurren explosiones» y
otros, Heinlein ilustró
hasta qué punto los futuros avances en ciencia y
tecnología influirían en
todos los ámbitos de la cultura y la civilización.
La mayoría de los cuentos
de Heinlein recopilados en El hombre que vendió la
Luna, Las verdes colinas
de la Tierra y Revuelta en el 2100 se ajustan al
esquema de su serie
Historia del Futuro, que junto con la novela se
recopiló definitivamente en
Historia del futuro. La ficción de Heinlein también
es famosa por su
exploración de temas sociales y políticos y por
representar en entornos de
ciencia ficción sociedades en las cuales los
intereses privados y de grupo a
menudo se contradicen. Más allá del horizonte trata
de un mundo futuro
donde la eugenesia ha creado una sociedad perfecta.
La 100 vidas de
Lazarus Long trata de un grupo de inmortales,
resultado de
emparejamientos selectivos, que se enfrenta a la
aniquilación a manos de
aquellos que no comparten el mismo don. La luna es
una cruel amante
cuenta la rebelión de una colonia lunar que intenta
liberarse del control del
gobierno de la Tierra. Amos de títeres es su más
conocido estudio sobre la
conciencia individual y la colectiva, que describe
el esfuerzo de la Tierra por
repeler una invasión alienígena dispuesta a
absorber la humanidad en una
mente colectiva. En los años inmediatamente
posteriores a la Segunda
Guerra Mundial, Heinlein escribió influyentes
novelas de ciencia ficción para
jóvenes como Cadete del espacio, La bestia estelar,
Consigue un traje
espacial: viajarás y Tropas del espacio, una
controvertida novela sobre un
futuro militarista en el que la libertad y la
ciudadanía dependen de haber
servido en las Fuerzas Armadas. Su Forastero en
tierra extraña, la novela
de 1962 sobre un humano mesiánico criado en Marte
que expone la
corrupción y la hipocresía de la civilización en la
Tierra, fue la primera
novela que entró en la lista nacional de libros más
vendidos. Heinlein
también escribió varias innovadoras fantasías
modernas como Magic, inc. Y
las historias recopiladas en La desagradable
profesión de Jonathan Hoag.
«Todos vosotros zombis…»
ROBERT A. HEINLEIN
(marzo de 1959)
2217 ZONA TEMPORAL V. 7 NOV 1970. Nueva York. Bar
de Pop
Yo lustraba una copa de coñac
cuando entró la Madre Soltera. Anoté la hora: las 22.17, zona cinco, tiempo del
Este, 7 de noviembre de 1970. Los agentes temporales siempre apuntamos la fecha
y la hora. Es una norma.
La Madre Soltera era un hombre
de veinticinco años, no más alto que yo, de cara infantil y mal carácter. No me
gustaba su aspecto (nunca me gustó) pero yo había venido aquí para reclutarlo.
Era mi muchacho. Le obsequié mi mejor sonrisa de cantinero.
Tal vez soy demasiado severo.
No era maricón ni nada parecido. Lo llamaban así por lo que contestaba cuando
algún entrometido quería saber a qué se dedicaba: –Soy una madre soltera
–decía, y si no tenía ganas de pegarle a alguien continuaba: –A cuatro centavos
por palabra. Escribo confesiones.
Si estaba de mal humor se
quedaba esperando que alguien hiciese un chiste. Tenía un estilo letal para la
pelea cuerpo a cuerpo, como el de una mujer policía…, razón por la cual yo lo
lo buscaba. Y no la única.
Hoy estaba ya bastante servido
y parecía detestar a la gente más que de costumbre. Le serví en silencio una
ración doble de Old Underwear y dejé la botella. Bebió y se sirvió otro vaso.
Yo pasé el trapo por el mostrador.
–¿Cómo va el negocio de la
Madre Soltera?
Sus dedos apretaron el vaso.
Pensé que me lo iba a tirar a la cara y tanteé bajo del mostrador en busca de
la cachiporra. En la manipulación temporal uno trata de planearlo todo, pero
hay tantos factores que uno no debe correr riesgos innecesarios.
Vi que se relajaba en ese
grado pequeñísimo que nos enseñan a detectar en la escuela de la Agencia.
–Perdón –dije–. Sólo
preguntaba cómo iba el negocio. Haga de cuenta que le pregunté cómo está el
clima.
Se veía amargado. –El negocio
va bien. Yo escribo, ellos publican, yo como.
Me serví un trago y me incliné
hacia él.
–De hecho –le comenté–, usted
escribe bien. He leído algunas de sus historias. Le sale de maravilla el punto
de vista femenino.
Éste era un desliz al que
debía arriesgarme: él nunca había dicho qué seudónimos usaba. Pero estaba tan
enojado como para sólo oír lo último.
–¡El punto de vista femenino!
–repitió, bufando–. Ah, sí, yo me sé el punto de vista femenino. Claro que me
lo sé.
–¿Sí? –dije, como dudando–
¿Hermanas?
–No. Si se lo cuento no me lo
cree.
–Bueno –repuse suavemente–,
los psiquiatras y los cantineros aprenden que nada es más extraño que la
verdad. Mire, joven, si usted oyera las historias que yo oigo, bueno, se haría
rico. Increíble.
–Usted no sabe qué es
«increíble».
–¿De veras? A mí no me asombra
nada. Ya todo lo he oído.
La Madre Soltera volvió a
resoplar.
–¿Le apuesto el resto de la
botella?
–Le apuesto otra botella
entera –dije, y la puse en el mostrador.
–Bueno…
Le hice señas al otro barman
para que se ocupara del negocio. Estabamos en la punta del mostrador, un lugar
para un solo banquillo que yo tenía como refugio privado; para bloquearlo ponía
sobre el mostrador frascos con huevos en conserva y cosas por el estilo. En la
otra punta había unos parroquianos viendo el box en la televisión y alguien
hacía sonar la rocola. Estábamos tan en privado como en una cama.
–Muy bien –dijo la Madre
Soltera–. Para empezar, soy un bastardo.
–Eso no es una ninguna
distinción aquí –le contesté.
–Lo digo en serio –replicó–.
Mis padres no estaban casados.
–Es no es raro –insistí–. Los
míos tampoco.
–Cuando… –se interrumpió y,
por primera vez desde que lo conocía, me miró con alguna calidez–. ¿En serio?
–Claro. Bastardo cien por
ciento. De hecho –agregué– nadie se casa en mi familia. Puro bastardo.
–¿Y eso?
–Ah, esto –se lo mostré–.
Parece un anillo de compromiso. Es para ahuyentar a las mujeres –era una vieja
sortija que le compré en 1985 a un colega, que la había traído de la Creta
pre-cristiana–. La serpiente Uroboros –expliqué–; la Serpiente del Mundo que se
muerde eternamente la cola. Un símbolo de la Gran Paradoja.
Él apenas la miró.
–Si usted es realmente un
bastardo, sabe cómo se siente uno. Cuando yo era todavía una niña pequeña…
–¡Momento! –lo interrumpí– ¿Lo
oí bien?
–¿Quién está contando la
historia? Cuando yo era una niña pequeña… Mire, ¿nunca ha oído hablar de
Christine Jorgenson? ¿O de Roberta Cowell?
–¿Cambios de sexo? ¿Me está
tratando de decir…?
–Si me interrumpe, no hablo. A
mí me dejaron en un orfanato de Cleveland, en 1945, cuando tenía un mes de
edad. De chica envidiaba a los niños que tenían padres. Luego, cuando empecé a
saber de sexo…, y créame, Pop, que se aprende rápido en un orfanato…
–Lo sé.
–… juré solemnemente que si
tenía un hijo, tendría padre y madre. Esa idea me mantuvo «pura’, cosa que era
una hazaña en ese medio… Tuve que aprender a pelear. Después fui creciendo y
entendí que tenía muy pocas posibilidades de casarme…, por lo mismo por lo que
nadie me había adoptado –hizo una mueca–. Tenía cara de caballo, dientes de
conejo, pecho plano, pelo de cepillo…
–No está mucho peor que yo.
–¿A quién le importa cómo se
ve un cantinero? ¿O un escritor? Pero la gente que quiere adoptar elige a los
tarados de ojos azules y cabellos de oro. Y luego los hombres quieren pechos
grandes, caras lindas y esa actitud de «oh, qué hombre» –se encogió de
hombros–. Yo no podía competir. Por eso decidí meterme a R.A.M.E.R.A.S.
–¿A dónde?
–Red Astronáutica Múltiple
Especializada en Relajación y Atención Sanitaria. Lo que ahora llaman «Ángeles
del Espacio»: Auxiliares Navales, Grupo de Enfermería Lenitiva.
Reconocí ambas siglas cuando
las ubiqué en el tiempo. Nosotros usamos todavía una tercera sigla, la del
grupo de élite: Patrulla Unificada de Tareas de Animación y Solaz. El cambio de
vocabulario es el peor obstáculo en los saltos por el tiempo. ¿Sabían ustedes
que las «estaciones de servicio» servían gasolina en un tiempo? Una vez, cuando
yo cumplía una misión en la Era Churchill, una mujer me dijo: «Lo espero en la
estación de servicio de junto», pero las estaciones de servicio (en ese
entonces) no tenían camas.
La Madre Soltera continuó:
–Entonces fue cuando
admitieron que era imposible enviar hombres solos al espacio durante meses y
años sin aliviarles la tensión. ¿Recuerda cómo chillaron los puritanos? Yo
aproveché porque no había muchas voluntarias. Una debía ser respetable, de
preferencia virgen (querían adiestrarlas desde cero), mentalmente por arriba
del promedio y emocionalmente estable. Pero la mayoría de las voluntarias eran
prostitutas viejas o neuróticas que habrían acabado locas diez días después de
salir de la Tierra. Así que no hacía falta que yo fuera bonita; si me aceptaban
me arreglarían los dientes, me ondularían el pelo, me enseñarían a caminar y a
bailar, a escuchar a un hombre con expresión agradable, y todo lo demás… sin
contar el adiestramiento para los deberes fundamentales. De ser necesario hasta
me harían la cirugía estética… Nada era demasiado bueno para Nuestros
Muchachos.
«Y lo mejor de todo era que se
aseguraban de que una no quedara embarazada…, y, casi seguro, una se casaba al
terminar el tiempo del contrato. Igual que ahora con las A.N.G.E.L.es, que se
casan con los astronautas. Hablan el mismo idioma.
«A los dieciocho me pusieron
como auxiliar de casa de familia. La familia sólo quería una sirvienta barata,
pero a mí no me importaba. No podía alistarme antes de cumplir veintiuno. Hacía
las labores de la casa y luego iba a la escuela nocturna. Fingía estudiar
taquigrafía y mecanografía, pero en realidad iba a una clase de encanto, para
que fuera más fácil que me reclutaran.
«Fue entonces cuando conocí a
este tipo con sus billetes de cien dólares –la Madre Soltera torció la cara–.
Un imbécil, pero realmente tenía un fajo de billetes de cien… Una vez me los
enseñó y me dijo que tomara lo que quisiera.
«Pero yo no quise. Me gustaba.
Era el primero que se mostraba amable conmigo sin intentar ninguna otra cosa.
Dejé la escuela nocturna para verlo más seguido. Fue la época más feliz de mi
vida.
“Hasta que una noche, en el
parque, empezaron las otras cosas.
La Madre Soltera calló.
–¿Y luego? –pregunté.
–¡Luego nada! Nunca lo volví a
ver. Me acompañó a casa, me dijo que me quería, me dio un beso de buenas noches
y nunca volvió –tenía una cara lugubre–. Si pudiera encontrarlo, lo mataría.
–Bueno –le dije, en tono de
condolencia–, sé cómo se siente. Pero matarlo…, sólo por haber hecho lo más
natural… ¿Usted se resistió?
–¿Qué? ¿Eso qué importa?
–Mucho. Tal vez se merezca que
le rompan los brazos por irse así, pero…
–¡Merece algo peor! Espere a
que termine. Me las arreglé para que nadie sospechara, y me consolé pensando
que había sido para bien; que realmente no lo había querido y que probablemente
nunca querría a nadie… Y estaba más ansiosa que nunca por ingresar en
R.A.M.E.R.A.S. No estaba descalificada porque no se insistía mucho en lo de la
virginidad. Al fin me reanimé.
«Sólo entendí hasta que las
faldas empezaron a quedarme chicas.
–¿Embarazada?
–¡Como una vaca! Los tacaños
con los que vivía se hicieron tontos mientras pude trabajar, y entonces me
echaron a patadas. El orfanato no quiso recibirme otra vez. Acabé en un
hospital de caridad, rodeada de otras gordas y limpiando bacinicas hasta que
llegó la hora.
«Una noche me encontré en una
mesa de operaciones, con una enfermera que decía: «Relájese. Ahora respire
hondo…»
«Me desperté en la cama,
paralizada del pecho para abajo. Llega el cirujano y me pregunta muy contento:
«–¿Qué tal, cómo se siente?
«–Como una momia.
«–Es natural. Está envuelta
como una momia, y llena de anestésico para que no sienta. Va a salir bien, pero
una cesárea no es un cualquier cosa.
«–Una cesárea –dije–… Doctor,
¿perdí al bebé?
«–No, su bebé está bien.
«–¿Fue niño o niña?
«–Niña. Totalmente sana. Cinco
libras, tres onzas.
«Me tranquilicé. Ya era algo
haber hecho un bebé. Me iría a cualquier parte, pensé, me pondría ‘señora de’
en el apellido y dejaría que la niña pensara que su padre había muerto. Mi hija
no iba a acabar en un orfanato.
«Pero el cirujano seguía
hablando:
«–Dígame, este… –no dijo mi
nombre–. ¿Alguna vez pensó que su sistema glandular era… raro?
«Yo dije: –¿Qué? Claro que no.
¿A qué se refiere?
«Él, primero, se quedó
callado. –Se lo diré en una sola dosis. Luego una inyección, para que se duerma
y se le pasen los nervios. Le va a hacer falta.
«–¿Nervios? ¿Por qué? –le dije.
«–¿Alguna vez oyó hablar de ese médico escocés que
fue mujer hasta los treinta y cinco años? Después se operó, y fue un hombre,
desde el punto de vista medico y legal. Hasta se casó. Todo perfecto.
«–¿Eso qué tiene que ver conmigo?
«–Es lo que estoy tratando de explicarle. Usted es
un hombre.
«Me quise enderezar. –¿Qué?
«–Cálmese. Cuando la abrí, encontré un revoltijo.
Mientras sacaba al bebé llamé al jefe de cirugía; lo consulté con usted todavía
en la mesa, y trabajamos varias horas para salvar lo que se podía salvar. Usted
tenía dos juegos completos de órganos sexuales, ambos inmaduros, pero el
femenino estaba lo bastante desarrollado como para permitirle tener un bebé. Ya
no le iban a servir, así que los extirpamos y dejamos todo puesto para que
usted pueda desarrollarse adecuadamente como hombre –me puso una mano en el
hombro– No se preocupe. Es usted joven, los huesos se ajustarán, cuidaremos su
equilibrio glandular… y haremos de usted un hombre.
«Me eché a llorar. –¿Y qué va a pasar con mi hija?
–Bueno, no va a poder amamantarla… No tiene leche
ni para un gatito. Si yo fuera usted ni siquiera la vería: la pondría en
adopción…
«–¡No!
«A él no le importó. –Usted decide. Es la madre…,
es decir… Usted la engendró. Pero ahora no se preocupe. Lo primero es que se
ponga bien.
«Al día siguiente me dejaron ver a la niña, y seguí
viéndola a diario. Trataba de acostumbrarme a ella. Nunca había visto un recién
nacido, y no tenía idea de qué horribles son… Mi hija parecía un monito
anaranjado. Eso sí, mis sentimientos se volvieron una decisión firme de hacer
todo por ella. Pero cuatro semanas después, todo eso dio lo mismo.
–¿Cómo?
–La secuestraron.
–¿La secuestraron?
La Madre Soltera estuvo a punto de tirar la
botella.
–La raptaron. ¡La robaron de la enfermería del
hospital! –la Madre Soltera respiraba con fuerza– ¿Qué le parece cómo le pueden
quitar a un hombre la única razón que tiene para vivir?
–Qué feo –admití–. Tómese otro. ¿No hubo pistas?
–Nada que le sirviera a la policía. Alguien fue a
verla diciendo que era el tío. Cuando la enfermera le dio la espalda, se la
llevó.
–¿Cómo era?
–Un tipo cualquiera, con una cara en forma de cara,
como la de usted o la mía –frunció el ceño–. Ha de haber sido el padre. La
enfermera juró que era un hombre de más edad, pero seguro se maquilló. ¿Quién
más se iba a llevar a mi bebé? Las mujeres sin hijos hacen esas cosas, pero
¿quién iba a decir que un hombre…?
–¿Qué pasó después?
–Once meses más en ese lugar horrible y tres
operaciones. A los cuatro meses empezó a crecerme la barba. Antes de salir ya
me rasuraba todos los días…, y sin duda era hombre –sonrió ácidamente–. Ya
empezaba a mirarle el busto a las enfermeras.
–Bueno –le dije–, me parece al final le fue bien.
Helo aquí, un hombre normal que gana bastante dinero y que no tiene problemas.Y
la vida de la mujer no es fácil.
La Madre Soltera me miró con furia.
–¡Usted no tiene idea!
–¿Por qué?
–¿Alguna vez oyó esa expresion, «una mujer
arruinada»?
–Huy, hace años. Ya no tiene mucho sentido.
–Yo estaba tan arruinado como puede estarlo una
mujer. Ese maldito realmente me arruinó la vida. Yo ya no era una mujer y no
sabía cómo ser un hombre.
–Habrá tomado tiempo acostumbrarse…
–Usted no tiene la menor idea. No me refiero a
aprender a vestirme, o de no equivocarme de baño. Todo eso lo aprendí en el
hospital. ¿Pero cómo iba a vivir? ¿En qué iba a trabajar? Carajo, ni siquiera
sabía manejar. No sabía ningún oficio y no podía hacer trabajo manual: tenía
demasiadas cicatrices, demasiado tejido blando…
«Además, yo odiaba a aquel tipo por haberme quitado
esa posibilidad de entrar en R.A.M.E.R.A.S, pero fue peor cuando quise entrar
en el Cuerpo Espacial. Con verme el abdomen me declararon inepto para el
servicio militar. El oficial médico me dedicó un buen rato por pura curiosidad.
Ya había leído acerca de mi caso.
«Entonces cambié de nombre y vine a Nueva York.
Trabajé friendo cosas en un restaurante. Después renté una máquina de escribir
y quise ser escribano público…. ¡Qué risa! En cuatro meses escribí cuatro
cartas y un manuscrito. El manuscrito era para Casos de la Vida Real y
era puro desperdicio de papel, pero el idiota que lo escribió pudo venderlo.
Eso me dio una idea. Compré un montón de revistas
para mujeres y las estudié… –ahora tenía una cara cínica–, y ahora ya sabe cómo
puedo escribir el punto de vista femenino en mis cuentos sobre madres solteras.
Gracias a la única versión que no he vendido: la verdadera. ¿Me gané la
botella?
La empujé hacia él. Yo mismo me sentía bastante
trastornado, pero había trabajo que hacer.
Le dije:
–Joven, ¿todavía le gustaría agarrar a ese tal por
cual?
Sus ojos se encendieron con un brillo de fiera.
-¡Momento! –dije– No lo mataría, ¿o sí?
Soltó una risa maligna.
–Póngame a prueba.
–Calma. Sé más de este asunto de lo que usted
piensa. Lo puedo ayudar. Sé dónde está.
Él pasó un brazo sobre el mostrador. —¿Dónde
está?
–Suélteme la camisa, joven, o va acabar en el
callejón y le tendré que decir a la policía que desmayó.
La Madre Soltera me soltó.
–Perdón. Pero ¿dónde está? –me miró– ¿Y cómo sabe
tanto?
–Todo a su tiempo. Hay registros: del hospital, del
orfanato, de los médicos. La directora del orfanato era la señora Fetherage,
¿verdad? Y después vino la señora Gruenstein, ¿verdad? Y cuando usted era niña
su nombre era Jane, ¿verdad? Y usted no me dijo nada de esto, ¿verdad?
Había logrado desconcertarlo, tal vez asustarlo.
–¿De qué se trata? ¿Quiere meterme en problemas?
–Claro que no. Me interesa su bienestar. Puedo
poner al tipo junto a usted. Usted hace con él lo que quiera…, y le garantizo
que no le pasará nada. Eso sí, creo que no va a matarlo. Tendría que estar loco
para matarlo… y usted no está loco. No mucho.
No me hizo mucho caso.
–Menos habladas. ¿Dónde está?
Le serví un trago, chico. Seguía borracho, pero no
se notaba por la ira.
–No tan rápido. Yo le hago un favor, usted me hace
un favor.
–¿Cuál?
–A usted no le gusta su trabajo. ¿Qué me diría si
yo le ofrezco otro, bien pagado, permanente, gastos ilimitados, con usted de su
propio jefe, y un montón de diversión y aventuras?
Se me quedó mirando.
–Le diría que me contara otro cuento. Ya basta,
Pop. Ese empleo no existe.
–Hagámoslo de otro modo: yo le entrego el hombre,
usted se arregla con él y luego prueba el trabajo que le
ofrezco. Si no es como le digo, no pasa nada.
Él vacilaba, pero se decidió con el último trago.
–¿Cuándo me lo entrega? — dijo con voz pastosa.
–Sí está de acuerdo…, ¡ahora mismo!
Él extendió la mano. –¡Trato hecho!
Le hice una seña a mi ayudante para que vigilara
las dos puntas del mostrador, tomé nota de la hora –23.00– y cuando me agachaba
para cruzar la puertita bajo el mostrador, la rocola empezó a sonar con «¡Soy
mi propio abuelo!». El encargado tenía la orden de poner sólo clásicos y
Americano, porque yo no aguanto la “música» de 1970, pero yo no sabía que esa
grabación se hubiera infiltrado. Así que grité:
–¡Apaga eso! ¡Devuélvele el dinero al cliente! –y
agregué: –Voy al almacén. No tardo.
Y allá fui, seguido por la Madre Soltera.
El almacén estaba al fondo del pasillo, del otro
lado de los baños. Una puerta de acero de la que sólo el encargado de día y yo
teníamos llave. Adentro, había otra puerta que llevaba a un cuarto del que sólo
yo tenía llave. Entramos ahí.
La madre soltera miró, confundido, las paredes sin
ventanas.
–¿Dónde está?
–Ahora mismo viene.
No había nada en el cuarto salvo un estuche. Lo
abrí. Era un Equipo de Campo Transformador de Coordenadas de la U.S.F.F., serie
1992, modelo II. Una belleza, sin partes móviles, 23 kilos de peso a plena
carga y diseñado para parecer una maleta. Lo había ajustado con precisión desde
temprano. Todo lo que había que hacer era desplegar la red metalica que limita
el campo de transformación. Cosa que hice.
–¿Qué es eso? –preguntó.
–Una máquina del tiempo –respondí, y eché la red
sobre nosotros.
–¡Oiga! –gritó la Madre Soltera, y dio un paso
atrás. Hay una técnica para hacer esto: hay que lanzar la red de modo que el
sujeto retroceda instintivamente hacia la malla de metal, y entonces acabar de
cerrar la red para que los dos quedemos adentro. Si no, uno puede dejar detrás
la suela de un zapato, o la punta de un pie, o bien llevarse un trozo del
suelo. Pero no hace falta más. Algunos agentes engañan al sujeto para que se
meta en la red; yo digo la verdad y uso ese momento de asombro total para mover
el interruptor. Cosa que hice.
1030-VI-3 ABR 1963. Cleveland, Ohio. Edificio Apex
–¡Oiga! –volvió a decir él–. ¡Quíteme esta
porquería de encima!
–Lo siento –me disculpé, plegué la red y la guardé
en la maleta–. Usted me dijo que quería encontrarlo.
— Pero… ¡usted dijo que eso era una máquina del
tiempo!
Le señalé una ventana.
–¿Le parece que estamos en noviembre? ¿O en Nueva
York?
Mientras él veía, estupefacto, los capullos nuevos
y el cielo primaveral, reabrí el estuche, saqué un fajo de billetes de cien y
comprobé que la numeración y la firma fueran compatibles con 1963. A la Agencia
del Tiempo no le importa lo que uno gaste (no cuesta), pero tampoco le gustan
los anacronismos innecesarios. Si comete muchos errores, una corte marcial lo
puede exiliar por un año a algún periodo especialmente malo, 1974 por ejemplo,
con su racionamiento estricto y sus trabajos forzados. Yo nunca cometo esos
errores. El dinero era perfecto.
La Madre Soltera dio media vuelta y preguntó:
–¿Qué pasó?
–El tipo está aquí. Salga y vaya por él. Aquí tiene
dinero para sus gastos –le empujé el fajo y añadí: –Arréglese con él y después
yo lo recojo.
Los billetes de cien dólares tienen un efecto
hipnótico en la gente que los ve poco. Seguía pasándolos de a uno, con cara de
no poder creerlo, cuando lo empujé al vestíbulo y cerré por dentro. El
siguiente salto fue fácil: un pequeño desplazamiento en la misma era.
1700-VI. 10 MAR 1964. Cleveland. Edificio Apex
Habían echado un aviso por debajo de la puerta: el
contrato de mi renta expiraba la semana próxima. Salvo ese detalle, el cuarto
se veía como un momento antes. Afuera, los árboles estaban pelados y parecía
que iba a nevar. Me apuré, con sólo una pausa para recoger dinero contemporáneo
y saco, sombrero y un abrigo que había dejado allí al rentar el cuarto. Pedí un
taxi y fui al hospital. Tardé veinte minutos en aburrir lo suficiente a la
enfermera como para llevarme la criatura sin que nadie me viera. Regresamos al
edificio Apex. Los ajustes fueron más complicados ahora pues el edificio no
existía aún en 1945. Pero ya lo había calculado.
0100-VI-20 SEP 1945. Cleveland. Motel Skyview
El equipo, el bebé y yo llegamos a un hotel en las
afueras de la ciudad. Previamente me había registrado como «Gregory Johnson, de
Warren, Ohio», así que aparecimos en un cuarto con cortinas corridas, ventanas
cerradas, puertas atrancadas y el piso libre de obstáculos, como precaución
contra oscilaciones mientras la máquina se orientara. Uno puede darse un mal
golpe por una silla en el lugar equivocado…, no por la silla, desde luego, sino
la descarga retroactiva del campo.
No hubo problemas. Jane dormía profundamente. La
llevé afuera, la puse en una caja de cartón sobre el asiento de un automóvil
que había rentado previamente, la llevé al orfanato, la dejé en la escalera de
la entrada, recorrí dos cuadras hasta llegar a una «estación de servicio» (de
las que vendían gasolina) y llamé por teléfono al orfanato. Después regresé, a
tiempo para ver cómo metían la caja de cartón, seguí avanzando, dejé el coche
cerca del motel, caminé hasta la entrada y salté hasta adelante, hasta el
edificio Apex en 1963.
2200-VI-24 ABR 1963. Cleveland. Edificio Apex
Yo no me había dejado mucho margen. La exactitud en
el salto del tiempo depende de cuánto se salta, salvo cuando se regresa a cero.
Si no me había equivocado, Jane estaría descubriendo ahora, en el parque, en
esa noche perfumada de primavera, que no era una chica tan decente como había
creído. Tomé un taxi a la casa de los tacaños y le ordené al chofer que
esperara a la vuelta de la esquina, mientras yo me observaba en lo oscuro.
De pronto los vi venir por la calle, tomados del
brazo. El hombre la llevó hasta el porche y le dio un largo beso de buenas
noches: mucho más largo de lo que yo creía. Ella entró y él se alejó por la
vereda. Lo alcancé y lo tomé por el brazo.
–Eso es todo, joven –le anuncié en voz baja–. Ya
vine a recogerlo.
–¡Usted! –dijo, sin aliento.
–Sí, yo. Y ahora ya sabe quién es él, y
si lo piensa sabrá quién es usted…, y si lo piensa más sabrá quien es el bebé…
y quién soy yo.
No me contestó. La sacudida había sido grande. Es
un choque el que le prueben a uno que no puede resistir la tentación de
seducirse a sí mismo. Lo llevé al edificio Apex y saltamos otra vez.
2300-VII-12 AGO 1985. Base Sub-Rocallosas
Desperté al sargento de guardia, le mostré mi
identificación y le ordené que pusiera a mi acompañante en la cama, le diera
una pastilla y lo reclutara a la mañana siguiente. El sargento se veía de mal
humor, pero el rango es el rango en cualquier época. Hizo lo que le dije,
pensando, sin duda, que la próxima vez que nos encontráramos él podría ser el
coronel y yo el sargento. Cosa que, efectivamente, puede suceder en la Agencia.
–¿Qué nombre? –preguntó.
Se lo escribí. Él enarcó las cejas.
–Conque sí, ¿eh?
–Sólo haga su trabajo, sargento –me volví a mi
acompañante–. Joven, ya se acabaron sus problemas. Está por iniciarse en el
mejor empleo que un hombre puede tener Y le irá bien. Yo sé.
–¡Claro que sí! –se me unió el sargento–. Míreme a
mí: nacido en 1917, y todavía ando por aquí, todavía soy joven, todavía
disfruto de la vida.
Regresé al cuarto de saltos y ajusté todo para ir
al cero preseleccionado.
2301-V-7 NOV 1970. Nueva York. Bar de Pop
Salí del almacén con una botella de Drambuie para
justificar el minuto de ausencia. Mi ayudante discutía con el cliente que
quería oír «¡Soy mi propio abuelo!». Le dije:
–Déjalo que lo escuche. Después desconecta la
rocola.
Estaba muy cansado.
El trabajo es duro, pero alguien debe hacerlo, y
luego del Error de 1972 es difícil reclutar en los años tardíos. ¿Puede haber
una fuente mejor que seleccionar a gente más en la ruina, estén donde estén, y
ofrecerle un trabajo interesante y bien pagado (aunque peligroso) para una
buena causa? Todo el mundo sabe ahora por qué falló la Guerra del Fallo de
1963: la bomba que iba para Nueva York no explotó jamás, y otras mil cosas no
ocurrieron como habían sido planeadas…, todo gracias a gente como yo.
Pero no el Error de 1972. Ese no fue nuestra culpa,
y ya no tiene arreglo. No hay ninguna paradoja. Una cosa o es, o no es, ahora y
para siempre. Amén. Pero nunca habrá otro error así: una orden fechada 1992
tiene prioridad en cualquier año.
Cerré el bar cinco minutos antes de la hora, y dejé
en la caja registradora una carta donde le explicaba al encargado de día que
aceptaba su ofrecimiento de comprar mi parte, y que se entrevistara con mi
abogado, porque yo me iba a tomar unas largas vacaciones. La Agencia podía
cobrarle o no cobrarle, pero quiere que no se dejen cabos sueltos. Bajé al
cuartito en el almacén y salté a 1993.
2200-VII-12 ENE 1993. Anexo Sub-Rocallosas, Cuartel
de la Agencia del Tiempo
Me presenté al oficial de guardia y fui a mi cuarto
con la intención de dormir una semana. Me había traído la botella que habíamos
apostado (al fin y al cabo, me la había ganado) y tomé un trago antes de
escribir mi informe. Sabía horrible y me pregunté cómo me había gustado alguna
vez el Old Underwear. Pero era mejor que nada: no me gusta estar totalmente
sobrio, pienso demasiado. Pero tampoco le doy de verdad a la botella. Otras
personas ven serpientes…, yo veo personas.
Dicté mi informe: cuarenta reclutamientos, todos
aprobados por el Departamento de Psico, incluyendo el mío, que ya sabía que
aprobarían. Porque yo estaba aquí, ¿no? Luego grabé una solicitud para que me
pasaran a operaciones: estaba harto de reclutamientos. Metí las dos grabaciones
en la ranura y fui hacia la cama.
Me quedé mirando las «Leyes del Tiempo» sobre mi
cabecera:
No dejes para ayer lo que puedes hacer mañana
Si al final tienes éxito no vuelvas a intentarlo
Una puntada al Tiempo salva a nueve mil millones
Una paradoja puede ser pararreglada
Es más temprano cuando piensas
Los antepasados son sólo gente
El mismo Júpiter cabecea
Ya no me inspiraban como cuando era recluta;
treinta años subjetivos de saltos en el tiempo lo cansan a uno. Me desvestí y
me miré el abdomen. Las cesáreas dejan grandes cicatrices, pero tengo tanto
pelo ahora que no veo la mía a menos que la busque.
Le eché un vistazo al anillo que llevo en el dedo.
La serpiente que se muerde la cola, por siempre y
para siempre. Yo sé de dónde he venido…, pero ¿de dónde han venido todos
ustedes, zombis?
Sentí que me venía un dolor de cabeza, pero yo no
tomo analgésicos. Una vez tomé… y todos ustedes se fueron.
Así que me metí en la cama y apagué la luz.
En realidad ustedes no están ahí. No hay nadie más
que yo –Jane–, a solas, aquí en la oscuridad.
¡Los extraño tanto!

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