© Libro N° 8937. Cerebro. Cook, Robin. Emancipación. Agosto 14 de 2021.
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Cerebro. Robin Cook
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Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Robin
Cook
Cerebro
Robin Cook
Dedicado a Barbara,
con amor.
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Del cerebro y sólo del cerebro provienen
nuestros placeres, alegrías, risas y
humoradas, así como nuestras
aflicciones, sufrimientos, penas y
lágrimas...
HIPÓCRATES
1
7 de marzo
Llevada por una frágil resolución, Katherine Collins subió los tres
peldaños de entrada, llegó hasta la puerta de vidrio y acero inoxidable y le
dio un empujón. No se abrió. Se echó hacia atrás y leyó la inscripción grabada
en el dintel: «Centro Médico de la Universidad de Hobson: Para enfermos y
accidentados de la Ciudad de Nueva York». A su modo de ver, hubiera debido
decir: «Abandonad toda esperanza, los que aquí entráis».
Dio la vuelta, entornando los párpados ante el sol matinal de primavera;
sentía el impulso de huir y regresar a su apartamento confortable. Lo último
que deseaba en el mundo era volver al hospital. Pero antes de que pudiera
moverse subieron varios pacientes, que la rozaron al pasar. Sin detenerse,
abrieron la puerta que conducía a la clínica principal; la ominosa mole del
edificio los devoró instantáneamente.
Katherine cerró los ojos por un instante, asombrada por su propia
estupidez. ¡Claro, las puertas de la clínica se abrían hacia afuera! Con el
bolso apretado contra el cuerpo, abrió la puerta y entró en el submundo del
hospital.
Lo primero que la atacó fue el olor. En sus veintiún años de experiencia
no había registrado nada semejante.
El elemento principal era algo químico, una mezcla de alcohol con un
desodorante asquerosamente dulzón. Comprendió que el alcohol respondía a un
intento de dominar la enfermedad, que acechaba en el aire, y en cuanto al
desodorante, sabía que servía para cubrir los olores biológicos que siempre la
acompañan. Hasta su primera visita al hospital, algunos meses antes, nunca
había pensado en su propia muerte, como si la salud y el bienestar fueran un
derecho propio. En ese momento, al entrar en la clínica y sentir ese olor, las
cosas cambiaron; sus recientes problemas de salud le invadieron la conciencia.
Mordiéndose el labio inferior para dominar sus emociones, se abrió paso hacia
los ascensores.
A Katherine la perturbaba el gentío de los hospitales. Hubiera querido
recogerse en sí misma como una crisálida, para que no la tocaran, para que no
le respiraran ni le tosieran encima. Le costaba mirar los rostros
distorsionados, los sarpullidos escamosos, las erupciones supurantes. En el
ascensor resultó aún más desagradable, pues allí se vio apretada contra una
humanidad similar a los grupos pintados por Brueghel. Mantuvo los ojos fijos en
el indicador de pisos, tratando de no prestar atención a lo que la rodeaba,
mientras ensayaba el discurso que le diría a la recepcionista de Ginecología:
«Hola; soy Katherine Collins, estudiante de la universidad. He venido cuatro
veces a visitarme. Estoy a punto de volver a casa, para consultar al médico de
mi familia, y quisiera una copia de mi historial ginecológico».
Parecía bastante simple. Sus ojos vagaron hasta el ascensorista. Tenía
el rostro sumamente ancho, pero cuando se ponía de perfil la cabeza era chata.
Katherine, involuntariamente, fijó la vista en su imagen deforme; y cuando el
ascensorista se volvió para anunciar que estaban en el tercer piso, se encontró
con la mirada fija de la muchacha. El hombre tenía un ojo desviado hacia abajo
y hacia un lado; el otro se clavó en Katherine con una maligna atención. Ella
apartó la vista, sintiendo que enrojecía. Un hombre corpulento y velludo la
empujó para descender. Katherine se apoyó en la pared del ascensor para no
perder el equilibrio y bajó la vista hacia una niñita rubia de cinco años. Un
ojo verde le devolvió la sonrisa. El otro estaba perdido bajo los pliegues
violáceos de un gran tumor.
Las puertas se cerraron y el ascensor siguió subiendo. Una sensación de
mareo se abatió sobre Katherine. No se parecía al que había presagiado los dos
ataques sufridos el mes anterior, pero aun así la atemorizaba, dado el ambiente
cerrado del recinto. Cerró los ojos para combatir la claustrofobia. Alguien
tosió detrás, rociándole el cuello. El ascensor se detuvo bruscamente y las
puertas se abrieron. La muchacha bajó al cuarto piso de la clínica y se acercó
a la pared para apoyarse, mientras los otros se adelantaban. El mareo pasó
pronto. Cuando volvió a la normalidad, tomó a la izquierda por un pasillo que,
veinte años antes,
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habría sido verde.
El pasillo se ensanchó, convirtiéndose en la sala de espera de
Ginecología. Estaba atestado de pacientes, niños y humo de cigarrillo.
Katherine cruzó la zona central y entró en un vestíbulo sin salida que se abría
a la derecha. La clínica ginecológica de la universidad, que atendía a los
estudiantes así como al personal del hospital, tenía su propia sala de espera,
aunque el decorado y el mobiliario eran idénticos a los del salón principal.
Cuando Katherine entró había siete mujeres sentadas en las sillas de vinilo y
acero. Todas hojeaban, nerviosas, ejemplares atrasados de distintas revistas.
La recepcionista, una mujer de unos veinticinco años, de pelo desteñido y
aspecto de pájaro, piel pálida y facciones estrechas, estaba sentada ante su
mesa. Un cartelito firmemente prendido sobre su pecho plano proclamaba que su
nombre era Ellen Cohen. Al ver que se aproximaba un paciente levantó la vista.
-Hola. Soy Katherine Collins...
Su voz carecía de la seguridad que había pensado darle. En realidad,
cuando llegó al final de su solicitud parecía estar suplicando. La
recepcionista se la quedó mirando unos momentos.
-¿Quiere su historial? -preguntó, su voz reflejaba una mezcla de desdén
e incredulidad.
Katherine asintió, tratando de sonreír.
-Bueno, tendrá que hablar con la señorita Blackman. Siéntese, por favor.
La voz de Ellen Cohen se había tornado brusca y autoritaria. Katherine
consiguió asiento cerca de la mesa, mientras la recepcionista sacaba su
historia clínica de un archivo y desaparecía por una de las diversas puertas
que llevaban a los consultorios.
La muchacha, sin darse cuenta, empezó a alisarse el pelo brillante
estirándolo hacia abajo sobre el hombro izquierdo, en un gesto habitual que
hacía cuando estaba nerviosa. Era una joven atractiva, de ojos azul grisáceos,
relucientes y atentos. Medía un metro cincuenta y seis, pero su enérgica
personalidad la hacía parecer más alta. Los amigos de la universidad le tenían
mucho aprecio, tal vez por su franqueza, y sus padres la adoraban. A ellos les
preocupaba que su única hija se encontrara, sola y vulnerable, en la jungla de
Nueva York. Sin embargo había sido la actitud excesivamente protectora de sus
padres lo que decidió a Katherine a marcharse a estudiar allí, convencida de
que la gran ciudad le ayudaría a demostrar su individualidad, su fuerza innata.
Y hasta que apareció su enfermedad lo había logrado, burlándose de las
advertencias paternas. Nueva York era suyo; Katherine amaba su palpitante
vitalidad.
La recepcionista volvió a su puesto y se sentó ante la máquina de
escribir.
Katherine observó subrepticiamente la sala de espera, observando las
cabezas inclinadas de las jóvenes que esperaban turno, como ganado anónimo. Se
sentía muy agradecida por no tener que someterse a un nuevo examen,
desagradable experiencia por la que había pasado cuatro veces; la última, hacía
tan sólo cuatro semanas. Acudir a la clínica había sido el más difícil de todos
sus actos de independencia. En realidad, habría preferido con mucho volver a
Weston, Massachussetts, para consultar con su propio ginecólogo, el doctor
Wilson; hasta entonces él había sido el primero y el único en atenderla. El
doctor Wilson era mayor que los internos de la clínica y tenía sentido del
humor, lo cual disimulaba los aspectos humillantes de aquella situación,
tornándola siquiera tolerable. Allí era distinto. La clínica resultaba
impersonal y fría; combinada con el ambiente general, cada visita se convertía
en una pesadilla. Sin embargo, Katherine había insistido. Su sentido de la
independencia lo exigía, al menos hasta presentarse la enfermedad.
La señorita Blackman, la enfermera, salió de un consultorio. Era una
mujer robusta, de unos cuarenta y cinco años de edad; tenía el pelo negro como
el carbón recogido en un apretado moño sobre la nuca. Vestía un impecable
uniforme blanco, rígido de almidón. Su atuendo revelaba de qué modo le gustaba
manejar el departamento de Ginecología: con fría eficiencia. Llevaba once años
trabajando en el Centro Médico.
La recepcionista le dijo algo; Katherine oyó mencionar su propio nombre.
La enfermera, haciendo un gesto afirmativo, se volvió a mirarla por un momento.
Sus ojos, de color oscuro, daban una impresión de gran calidez, a pesar de ese
exterior rígido.
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Súbitamente, a Katherine se le ocurrió que fuera del hospital aquella
mujer debía ser mucho más agradable.
Pero la señorita Blackman no se acercó a hablar con ella. En cambio
susurró algo a Ellen Cohen y volvió a la zona de los consultorios. Katherine
sintió que la sangre le subía al rostro. Pensó que la estaban olvidando
deliberadamente, como si el personal de la clínica eligiera ese medio para
demostrarle su disgusto porque ella deseaba consultar con su propio médico.
Nerviosa, tendió la mano hacia un ejemplar de Ladies'Home Journal; era de un
año atrás y le faltaba la cubierta pero, aun así no podía tampoco concentrarse.
Para entretenerse, trató de pensar en el momento en que llegara a su
casa, esa noche; en la sorpresa que se llevarían sus padres. Ya se imaginaba
entrando en su antiguo dormitorio. No iba allí desde Navidad, pero sabía que el
cuarto estaría tal como ella lo había dejado. El cubrecama amarillo, las
cortinas haciendo juego, todos los recuerdos de su adolescencia, cuidadosamente
preservados por su madre. La imagen materna, tranquilizadora, la indujo a
preguntarse una vez más si no sería mejor llamarlos para advertirles de su
llegada. La ventaja era que irían a buscarla al aeropuerto; la desventaja, que
probablemente la obligarían a dar una explicación sobre el motivo de ese
regreso, y ella prefería hablar de su enfermedad cara a cara, no por teléfono.
Veinte minutos después volvió a aparecer la señorita Blackman, que
conversó con la recepcionista en voz baja. Katherine fingió estar absorta en la
revista. Al fin la enfermera se le acercó.
-¿Señorita Collins? -pronunció, con sutil irritación.
Katherine levantó la vista.
-Me han dicho que ha pedido usted su historial clínico.
-Así es -respondió ella, dejando la revista.
-¿No está satisfecha con nuestra atención? -inquirió la señorita
Blackman.
-Nada de eso. Es que deseo que me visite el médico de mi familia y
quiero una copia de las anotaciones para llevársela.
-Eso es bastante irregular -observó la señorita Blackman-. Sólo enviamos
los informes cuando los solicita un médico.
-Esta noche salgo para mi casa y quiero llevarme esos informes. Si mi
médico los necesita, prefiero no esperar a que los envíen.
-No se ajusta a los procedimientos que seguimos aquí, en el Centro
Médico.
-Pero yo sé que tengo derecho a pedir una copia.
Un incómodo silencio siguió a este último comentario. La señorita
Blackman, que no estaba acostumbrada a esos enfrentamientos, la miraba con la
expresión exasperada de un padre que no sabe qué hacer ante un niño testarudo.
Katherine le devolvió la mirada, traspasada por los ojos oscuros y brillantes
de la enfermera.
-Tendrá que hablar con el médico -dijo la mujer, abruptamente.
Y se alejó sin esperar respuesta, para desaparecer por una de las
puertas cercanas. La cerradura resonó a su espalda con mecánica determinación.
Katherine tomó aliento y echó una mirada a su alrededor. Las otras
pacientes la miraban con cautela, como si compartieran el desdén del personal
por quien se atrevía a alterar los procedimientos normales del hospital.
Katherine se esforzó por mantener el dominio de sí, diciéndose que se había
comportado como una paranoica. Fingió leer su revista, pero sentía las miradas
fijas de las otras mujeres. Hubiera querido esconderse dentro de sí como una
tortuga, o levantarse y desaparecer. No podía hacer ninguna de las dos cosas.
El tiempo transcurría lenta, penosamente. Varias pacientes fueron atendidas. Ya
era obvio que la pasaban por alto.
Sólo tres cuartos de hora después, el médico del departamento, vestido
con pantalones y chaquetilla blancos, arrugados, apareció con la historia
clínica de Katherine. La recepcionista la señaló con la cabeza, y el doctor
Harper se adelantó a grandes pasos hasta
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detenerse frente a ella. Era calvo, a excepción de una franja de pelo
que se iniciaba sobre las orejas, curvándose en rizos sobre el cuello. Él era
quien la había visitado dos veces, y Katherine recordaba claramente sus manos
peludas, que adquirían un aspecto extraño dentro de los guantes de látex
semitransparente.
Levantó la vista hacia él, con la esperanza de encontrar cierta calidez
en su actitud, pero no la había. El médico hojeó silenciosamente la carpeta,
sosteniéndola con la mano izquierda mientras seguía el contenido con el índice
derecho. Parecía a punto de pronunciar un sermón.
Katherine bajó la vista. El médico llevaba una serie de manchitas de
diminutas gotas de sangre en la pierna izquierda del pantalón. Enganchado en el
cinturón, a la derecha, se veía un trozo de tubo de goma; a la izquierda, un
estetoscopio.
-¿Por qué quiere llevarse su historial ginecológico? -preguntó, sin
mirarla.
Katherine explicó nuevamente sus planes.
-Me parece una pérdida de tiempo -observó él, sin dejar de hojear la
carpeta-. La verdad, esta historia clínica no tiene casi nada. Un par de
Papanicolau levemente atípicos y una pequeña hemorragia que queda explicada por
una ligera erosión cervical. En realidad, esto no le sirve a nadie. Aquí tuvo
un episodio de cistitis, causado sin duda por haber realizado el acto sexual el
día anterior al comienzo de los síntomas, según usted admitió.
Katherine se ruborizó de humillación. Sabía que todo el mundo en la sala
de espera estaba escuchando la conversación.
-Vea, señorita Collins, sus ataques no tienen nada que ver con
Ginecología. Le sugiero que consulte al departamento de Neurología...
-Ya fui a Neurología -interrumpió ella-. Y ya tengo ese historial.
Se esforzaba por contener las lágrimas. No solía ceder a las emociones,
pero las pocas veces en que se sentía a punto de llorar le era difícil
dominarse. El doctor David Harper apartó lentamente los ojos de la carpeta.
Tomó aliento y lo despidió ruidosamente, por entre los labios parcialmente
ahuecados. Parecía aburrido.
-Vea, señorita, aquí se la ha atendido muy bien...
-No me quejo de la atención -replicó Katherine, sin levantar la vista.
Las lágrimas que le llenaban los ojos amenazaban con correrle por las
mejillas-. Sólo quiero mi historial.
-Lo que quiero decir -prosiguió el médico- es que no necesita pedir
otras opiniones sobre su condición ginecológica.
-Por favor -dijo ella, lentamente-; ¿me va a dar mi historial o quiere
que hable con el administrador?
Alzó la mirada poco a poco y atrapó con el nudillo la lágrima que se le
había escurrido por encima del párpado. El médico acabó por encogerse de
hombros. Katherine lo oyó maldecir por lo bajo mientras arrojaba la carpeta en
la mesa de la recepcionista ordenándole que hiciera una copia. Sin despedirse,
sin siquiera mirar atrás, desapareció hacia los consultorios.
Katherine se puso el abrigo; notó que estaba temblando y que volvía a
marearse. Al acercarse a la mesa de recepción, tuvo que aferrarse al borde para
no perder el equilibrio.
La rubia de la cara de pájaro optó por no prestarle la menor atención y
siguió escribiendo una carta. Al ver que ponía también el sobre en la máquina,
la muchacha le recordó su presencia.
-Está bien, espere un momento -dijo Ellen Cohen, destacando con
irritación cada palabra.
Sólo cuando tuvo el sobre preparado, lleno, cerrado y sellado se dignó
levantarse, tomar la carpeta de Katherine y desaparecer por el pasillo.
Mientras tanto ni siquiera la miró a los ojos.
Pasaron otras dos pacientes antes de que Katherine recibiera su sobre de
papel manila. Consiguió dar las gracias, pero la recepcionista no se molestó en
contestarle. A ella no le importó. Con el sobre bajo el brazo y el bolso
colgado del hombro, cruzó casi corriendo por entre el tumulto que atestaba la
sala principal de Ginecología.
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Se detuvo en aquel ambiente invadida por una sofocante oleada de mareos.
Su frágil estado emotivo, combinado con el súbito esfuerzo físico del paso
rápido, habían sido demasiado. Se le nubló la vista. Alargó una mano hacia el
respaldo de una silla. El sobre de papel se le deslizó bajo el brazo hasta caer
al suelo. La sala giraba velozmente. Se le doblaron las rodillas.
Katherine sintió que unas manos fuertes la sujetaban por los brazos
sosteniéndola. Oyó que alguien trataba de tranquilizarla, diciéndole que no
pasaría nada malo. Quiso decir que se repondría con sólo sentarse un momento,
pero la lengua no le respondía. Vagamente, tuvo conciencia de que la llevaban
en vilo por un corredor; los pies le golpeaban inútilmente contra el suelo,
como los de una marioneta.
Una puerta después, un cuarto pequeño. Aquella horrible sensación de
vértigo se prolongaba. Katherine tuvo miedo de vomitar, y la frente se le
cubrió de sudor frío. Sintió que la dejaban en el suelo. Casi de inmediato se
le despejó la visión y el cuarto dejó de girar. Dos médicos vestidos de blanco
la estaban atendiendo. Con cierta dificultad, le sacaron una manga del abrigo
para aplicarle un torniquete. Era un alivio no verse en esa atestada sala de
espera, donde hubiera sido un espectáculo para todo el mundo.
-Creo que me siento mejor -dijo, parpadeando.
-Bueno -dijo uno de los médicos-. Le vamos a dar algo.
-¿Qué?
-Una cosa para tranquilizarla.
Katherine sintió el pinchazo de una aguja en la piel tierna del brazo.
Cuando le sacaron el torniquete, el pulso le latió en las puntas de los dedos.
-Pero me encuentro mucho mejor -protestó.
Giró la cabeza y vio que una mano apretaba el émbolo de una jeringa.
Ambos médicos estaban inclinados sobre ella.
-Me encuentro bien, de veras.
Ellos no contestaron. Se limitaron a mirarla, sujetándola.
-Ya estoy mucho mejor, en serio -repitió Katherine, mirándolos
alternativamente. Uno de los médicos tenía los ojos más verdes que había visto
en su vida; parecían
esmeraldas. Trató de moverse, pero él la sujetó con más fuerza.
De pronto se le nubló la vista; el médico parecía estar muy lejos. Al
mismo tiempo sintió un silbido en los oídos. Su cuerpo pesaba demasiado.
-Estoy mucho...
Hablaba con voz gangosa, moviendo los labios con gran lentitud. La
cabeza se le cayó a un lado. Vio que estaba en el suelo de un cuarto que servía
de almacén. Luego, la oscuridad.
8
2
14 de marzo
El señor Wilbur Collins y su esposa se consolaban mutuamente, esperando
que les abrieran la puerta. Al principio la llave no entró en la cerradura; el
portero la retiró, pensando que quizá no fuera la del número 92, pero entonces
vio que la tenía al revés. Cuando la puerta se abrió, se hizo a un lado para
dejar paso a la directora del Colegio Mayor Femenino de la universidad.
-Bonito apartamento -dijo la directora.
Era una mujer menuda, de unos cincuenta años, que gesticulaba con
rapidez y nerviosismo. Resultaba evidente que se sentía muy incómoda. Los
esposos Collins la siguieron, junto con dos policías uniformados.
Se trataba de un apartamento pequeño, de un solo dormitorio, que se
anunciaba como «con vista al río». La tenía, pero sólo desde una diminuta
ventana abierta en el cuarto de baño cuyas dimensiones eran las de un ropero.
Los dos policías permanecieron a un lado, con las manos a la espalda. La señora
Collins, de cincuenta y dos años, vaciló ante la puerta, como temerosa de lo
que podía encontrar allí. Su esposo, en cambio, entró renqueando hasta el
centro de la habitación. La polio, en 1952, le había afectado la pierna
derecha, pero no su capacidad para los negocios. A los cincuenta y cinco años,
era el segundo personaje en importancia dentro del imperio constituido por el
First National City Bank de Boston. Exigía de todos actividad y respeto.
-Si sólo ha pasado una semana -sugirió la directora-, tal vez no sea
tiempo de preocuparse.
-Nunca debimos permitir que Katherine viniera a Nueva York -dijo la
señora Collins, retorciéndose las manos.
El marido pasó por alto los dos comentarios. Se encaminó al dormitorio y
miró hacia
dentro.
-La maleta está sobre la cama.
-Es buena señal -observó la directora-. Muchos estudiantes, ante la
tensión nerviosa de los exámenes, reaccionan yéndose de la facultad por algunos
días.
-Si Katherine se hubiera ido, se habría llevado la maleta -afirmó la
señora Collins-.
Además, nos hubiera llamado el domingo. Llama a casa todos los domingos.
-Por mi condición de directora sé muy bien que muchos estudiantes
necesitan un respiro, hasta los buenos, como ella.
-Katherine es diferente -afirmó el señor Collins, desapareciendo en el
interior del cuarto de baño.
La directora puso los ojos en blanco para beneficio de los policías, que
siguieron impávidos. El padre volvió a la salita, siempre renqueando.
-No ha ido a ninguna parte -afirmó rotundamente.
-¿Qué quieres decir, querido? -preguntó la señora, con ansiedad
creciente.
-Lo que dije. No puede haber ido a ninguna parte sin llevarse esto.
Y arrojó una caja de píldoras anticonceptivas, medio vacía, sobre el
sofá.
-Está aquí, en Nueva York, y quiero que la encuentren. -Miró a los
policías.- Créanme, no voy a dejar que este caso se quede durmiendo en un
cajón.
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3
15 de abril
El doctor Martin Philips recostó la cabeza contra la pared del cuarto de
control; la frescura del yeso le produjo una agradable sensación. Frente a él,
contra la mampara de vidrio, se apretaban cuatro estudiantes de tercer año de
medicina, observando, completamente boquiabiertos, la preparación de un
paciente para una tomografía axial. Era la primera clase de Radiología,
asignatura optativa, y empezaban con Neurorradiología. Philips los había
llevado a ver la computadora en primer término, pues sabía que eso los dejaría
impresionados y aplacaría sus ínfulas. A veces, los estudiantes de medicina
tienden a mostrarse bastante sabelotodo.
Dentro de la sala de tomografías, el técnico estaba inclinado sobre el
paciente, verificando la posición de la cabeza con respecto a la gigantesca
máquina en forma de rosquilla. Ahora se irguió, arrancó treinta centímetros de
cinta adhesiva y sujetó la cabeza del paciente a un bloque de espuma sintética.
Philips alargó la mano hacia el mostrador para tomar el formulario de
solicitud y la historia clínica del paciente, en busca de información.
-Este hombre se llama Schiller -dijo. Los estudiantes estaban tan
absortos en los preparativos que no se volvieron a mirarlo-. Su principal
molestia es una debilidad del brazo y la pierna derechos. Tiene cuarenta y
siete años.
Observó al paciente. La experiencia le decía que ese hombre debía estar
asustadísimo. Philips volvió a dejar en su sitio el formulario y la historia
clínica, mientras el técnico, dentro del cuarto de tomografía, activaba la
mesa. Poco a poco, la cabeza del paciente se deslizó dentro del orificio de la
máquina, como si se la fueran a devorar. Con una última
mirada a la posición de la cabeza, el técnico se retiró hacia los
controles.
-Bueno, apártense un momento -dijo Philips.
Los cuatro estudiantes obedecieron instantáneamente, alejándose hacia un
lado de la computadora, que hacía parpadear sus luces, como si se preparara a
entrar en acción. Tal como él había supuesto, los muchachos estaban
impresionados hasta la sumisión.
El técnico cerró bien la puerta de comunicación y tomó el micrófono.
-Quédese muy quieto, señor Schiller. Muy quieto.
Con el dedo índice, apretó el botón de arranque del panel de control.
Dentro del cuarto de tomografías, la gigantesca mole en forma de rosquilla que
rodeaba la cabeza del señor Schiller inició unos movimientos rotativos abruptos
e intermitentes, como si fuera la pieza principal de un enorme reloj mecánico.
Los ruidos metálicos, de gran intensidad para el paciente, sonaban apagados
para los que estaban del otro lado del vidrio.
-En estos momentos -explicó Martin-, la máquina está efectuando
doscientas cuarenta lecturas radiológicas separadas por cada grado de rotación.
Uno de los estudiantes puso cara de no comprender absolutamente nada.
Martin, pasando el gesto por alto, se llevó las manos a la cara para cubrirse
los ojos y frotarse las sienes. Todavía no había tomado su café y se sentía
aturdido. Por lo común solía detenerse al llegar en la cafetería del hospital,
pero esa mañana, debido a los estudiantes, no había tenido tiempo.
Philips, como subdirector de Neurorradiología, no dejaba nunca de
encargarse personalmente de introducir a los estudiantes a su asignatura. Esa
obligación impuesta por sí mismo se estaba convirtiendo en una verdadera
molestia, porque le acortaba el tiempo dedicado a la investigación. Las
primeras veinte o treinta veces le había divertido impresionar a los
estudiantes con su exhaustivo conocimiento de la anatomía cerebral, pero esa
novedad
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estaba perdiendo atractivo. Ya sólo le resultaba agradable cuando se
presentaba algún mucha-cho de inteligencia poco habitual, cosa que rara vez
ocurría en su departamento.
Algunos minutos después, la máquina-rosquilla detuvo su movimiento
rotativo y el panel de la computadora cobró vida. Era un despliegue imponente,
como el de las películas de ciencia ficción. Todas las miradas pasaron del
paciente al parpadeo luminoso de la máquina, salvo la de Philips, que la bajó a
sus manos, tratando de quitar un pedacito de piel seca de una uña. Sus
pensamientos vagaban por otros derroteros.
-En los próximos treinta segundos, la computadora resuelve
simultáneamente cuarenta y tres mil doscientas ecuaciones de mediciones de
densidad de tejidos -dijo el técnico, ansioso por tomar el papel de Philips.
Él lo alentaba a hacerlo. En realidad, se limitaba a dar las lecciones
teóricas, permitiendo que sus compañeros de neurorradiología, o los técnicos,
magníficamente preparados, se encargaran de las enseñanzas prácticas.
Levantó la cabeza para observar a los estudiantes, que estaban alelados
frente al panel de la computadora. Luego desvió la mirada hacia los pies
descalzos del señor Schiller, olvidado participante de ese drama en desarrollo.
Para los estudiantes, la máquina era infinitamente más interesante que el
paciente.
Philips se observó en el pequeño espejo situado sobre el botiquín de
primeros auxilios. Todavía no se había afeitado, y su barba del día anterior
parecía las cerdas de un cepillo. Siempre llegaba más de una hora antes que el
resto del personal del departamento, y había adquirido el hábito de afeitarse
en el vestuario de cirugía. Su rutina diaria consistía en levantarse, correr un
rato, darse una ducha y, después de afeitarse en el hospital, detenerse en la
cafetería para tomar el café. Eso le proporcionaba normalmente, dos horas
libres para trabajar en sus investigaciones sin que lo interrumpieran.
Siempre mirándose al espejo, se pasó una mano por el pelo espeso y muy
rubio, echándolo hacia atrás. Había tal diferencia entre la palidez de las
puntas y el rubio más oscuro de las raíces que algunas enfermeras bromeaban con
él, acusándolo de teñirse. Nada más lejos de la verdad. Philips no solía pensar
en su aspecto físico; a veces hasta se asesinaba el pelo por su cuenta, si no
tenía tiempo para ir a la peluquería del hospital. Sin embargo, a pesar de ese
descuido, Martin era un hombre apuesto. Tenía cuarenta y un años, y las arrugas
que se le habían formado últimamente alrededor de los ojos y de la boca no
hacían sino realzar su aspecto, que hasta entonces era demasiado juvenil. Había
adquirido una apariencia más recia; uno de los últimos pacientes había
comentado que se parecía más a un vaquero de la televisión que a un médico. Ese
comentario le agradó; en realidad, no carecía de fundamento. Philips medía casi
un metro ochenta de estatura; su constitución era delgada, pero atlética, y su
rostro no impresionaba como el de profesional universitario. Era anguloso, de
nariz muy recta y boca expresiva. Los ojos, de un vívido azul celeste,
reflejaban, por encima de todo, una gran inteligencia. Se había graduado con
todos los honores en la Universidad de Harvard, en la promoción de 1961.
En el panel se encendió el tubo de rayos catódicos, al aparecer la
primera imagen. El técnico se apresuró a hacer los ajustes necesarios para
mejorar la imagen en lo posible. Los estudiantes se agolparon alrededor de la
pequeña pantalla como si estuvieran a punto de contemplar algún campeonato; en
su lugar, la imagen que apareció era ovalada, con reborde blanco e interior
granuloso. Era una imagen del interior de la cabeza construida por la
computadora y proyectada como si alguien mirara desde arriba al señor Schiller,
una vez retirada la parte superior del cráneo.
Martin echó un vistazo al reloj. Eran las ocho menos cuarto. Contaba con
que la doctora Denise Sanger llegara en cualquier momento y se hiciera cargo de
los estudiantes. Lo que más ocupaba la mente de Philips, esa mañana, era una
reunión con su colaborador de investigaciones, William Michaels. Lo había
llamado el día anterior, diciendo que iría a verlo temprano por la mañana, pues
le tenía una pequeña sorpresa. A esa altura, la curiosidad de Martin estaba más
afilada que una navaja; la intriga lo estaba matando. Llevaban cuatro años
trabajando en un programa que permitiera a una computadora realizar la
interpretación de las
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radiografías de cráneo, reemplazando así al radiólogo. Si tenían éxito,
las compensaciones serían increíbles. Como que los problemas en la
interpretación de las radiografías craneales equivalían, esencialmente, a las
de cualquier otra radiografía, el programa acabaría por adaptarse a todo el
campo de esa disciplina científica. Y si lo conseguían... Philips se permitía
soñar, a veces, con un departamento de investigación propio, y hasta con el
premio Nóbel.
La siguiente imagen que apareció en la pantalla 1o devolvió a la
realidad.
-Esta imagen es trece milímetros más alta que la anterior -entonó el
técnico, mientras señalaba con el dedo la base del óvalo-. Aquí está el
cerebelo y...
-Hay una anormalidad -dijo Philips.
-¿Dónde? -preguntó el técnico, que estaba sentado en un banquillo,
frente a la computadora.
-Aquí.
Philips se escurrió junto a la máquina para poder señalar. Su dedo tocó
la zona que el técnico acababa de denominar «cerebelo».
-Esta luminosidad, aquí en el hemisferio cerebelar derecho, es anormal.
Debería presentar la misma densidad que el otro lado.
-¿Qué es? -preguntó uno de los estudiantes.
-A esta altura resulta difícil determinarlo. -Philips se inclinó para
estudiar más de cerca la zona cuestionable.- El paciente ¿ha tenido algún
problema locomotor?
-En efecto - confirmó el técnico - . Hace una semana que está atáxico.
-Un tumor, probablemente -decidió Philips, incorporándose.
Las cuatro caras estudiantiles, fijas en la inocente luminosidad de la
pantalla, reflejaron una inmediata consternación. Por una parte, los
deslumbraba presenciar una demostración positiva del poder que alcanzaba la
moderna tecnología del diagnóstico. Por la otra, el concepto de un tumor
cerebral los asustaba; asustaba la idea de que cualquiera podía tenerlo,
incluso ellos mismos.
La imagen siguiente comenzó a borrar la anterior.
-Aquí hay otra zona de luminosidad en el lóbulo temporal -observó
Philips, apresurándose a señalar una zona que ya iba siendo reemplazada por la
imagen siguiente-. Lo veremos en la próxima imagen, pero necesitaremos un
estudio de contraste.
El técnico se levantó y fue a inyectar material de contraste en la vena
del paciente.
-¿Qué efecto tiene el material de contraste? -preguntó Nancy McFadden.
-Ayuda a destacar lesiones tales como los tumores, cuando se rompe la
barrera sanguínea -explicó Philips, volviéndose para ver quién entraba al
cuarto, pues había oído abrirse la puerta que daba al corredor.
-¿Contiene yodo?
El médico no oyó la última pregunta, porque Denise Sanger acababa de
entrar y le sonreía cálidamente, a espaldas de los absortos estudiantes de
medicina.
Se quitó la corta chaqueta blanca que llevaba y fue a colgarla junto al
botiquín de primeros auxilios. Era su modo de ponerse manos a la obra. Su
efecto, produjo en Philips el resultado contrario. Denise llevaba una blusa
color rosa, de pechera plisada, con una fina cinta azul atada en un lazo. Al
estirar los brazos para colgar la chaqueta, los pechos se irguieron contra la
tela; él apreció la imagen como un experto apreciaría una obra de arte, pues
Denise le parecía la más hermosa de las mujeres que había conocido en su vida.
Ella decía medir un metro sesenta y dos, cuando en realidad era un metro
sesenta; tenía silueta delgada -no llegaba a los cuarenta y nueve kilos- y
pechos no muy grandes, pero de forma y firmeza maravillosas. El pelo era
castaño, espeso y reluciente; solía peinarlo hacia atrás, sujetándolo con un
pasador bajo la nuca. Los ojos, de color castaño claro con estrías grises, le
otorgaban un aspecto vivaz y travieso. Pocos adivinaban que había sido la
primera de su clase en el momento de la graduación, tres años antes, y también
eran pocos los que le calculaban sus veintiocho años.
Una vez atendida su chaqueta, Denise pasó rozando a Philips y aprovechó
para apretarle furtivamente el codo izquierdo. Fue tan rápida que él no pudo
responder. La muchacha se sentó ante la pantalla, ajustando a su placer los
controles de visión, y se presentó
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a los estudiantes. En ese momento volvió el técnico, anunciando que ya
había suministrado el material de contraste, y preparó la máquina para otra
serie de imágenes.
Philips se inclinó de modo tal que tuvo que apoyarse en el hombro de
Denise para señalar la imagen de la pantalla.
-Aquí hay una lesión en el lóbulo temporal, y una más, o quizás dos, en
el frontal. -Se volvió hacia los estudiantes.- Veo, por su historial, que el
paciente fuma mucho. ¿Qué les sugiere eso?
Los jóvenes miraron fijamente la pantalla, temerosos de hacer un solo
gesto. Para ellos, era como hallarse sin dinero en una subasta: cualquier
pequeño movimiento podía ser interpretado como una oferta.
-Les daré una pista -dijo Philips-. Los tumores cerebrales suelen ser
solitarios; los que proceden de otras partes del cuerpo, en cambio, en lo que
llamamos metástasis, pueden ser simples o múltiples.
-Cáncer de pulmón -soltó uno de los estudiantes, como si estuviera en un
concurso de televisión.
-Muy bien. A esta altura no se puede estar del todo seguro, pero me
atrevería a apostar que de eso se trata.
-¿Cuánto tiempo de vida le queda al paciente? -preguntó el estudiante,
obviamente sobrecogido por el diagnóstico.
-¿Quién lo atiende? -preguntó Philips a su vez.
-El equipo neuroquirúrgico de Curt Mannerheim -respondió Denise.
-En ese caso no le queda mucha vida -dictaminó Martin-. Mannerheim lo
operará.
Denise se volvió con prontitud.
-¡Pero si ese caso no es operable!
-No conoces a Mannerheim. Opera cualquier cosa, sobre todo los tumores.
Martin volvió a inclinarse sobre el hombro de Denise, aspirando el aroma
inconfundible de su pelo recién lavado. Para Philips era tan distintivo como
una huella digital, y a pesar del ambiente profesional sintió una leve
agitación. Para quebrar el hechizo, se irguió, diciendo súbitamente:
-Doctora Sanger, ¿puede venir un momento?
Y le hizo señas de que lo acompañara a un rincón. Denise obedeció
prontamente, aunque con cara de desconcierto.
-Como profesional, opino que... -empezó Philips, con el mismo tono serio
y formal.
Luego hizo una pausa; al continuar, su voz era un susurro:
-... usted está hoy increíblemente atractiva.
La expresión de Denise tardó en cambiar, pues le llevó un instante
captar el significado del comentario. Al fin estuvo a punto de echarse a reír.
-Me pescaste desprevenida, Martin. Parecías tan severo que esperaba un
reproche por alguna equivocación.
-Te lo merecías. Te has puesto esa ropa tan incitante sólo para inhibir
mi capacidad de concentración.
-¡Incitante! ¡Si voy abrochada hasta el cuello!
-En ti cualquier cosa es incitante.
-Eso es porque tienes la mente sucia, viejecito.
Martin tuvo que soltar la risa. Denise tenía razón: cada vez que la veía
no podía dejar de recordar lo maravillosa que era cuando estaba desnuda. Hacía
ya seis meses que salía con ella, y aún se sentía como un adolescente excitado.
Al principio habían tomado precauciones para evitar que el resto del personal
se enterara de su idilio, pero a medida que iban adquiriendo confianza en la
seriedad de esa relación, el secreto les fue importando menos, sobre todo,
porque la diferencia de edades se acortaba cuanto más se conocían. Y el hecho
de que Martin fuera subdirector de Neurorradiología, mientras Denise realizaba
su segundo año como interna de Radiología, actuaba como estímulo profesional
para los dos, especialmente desde hacía tres semanas, al disponer el turno
rotativo que ella empezara a trabajar bajo sus
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órdenes. Denise ya era capaz de igualar en habilidad a las dos personas
que acababan de terminar las prácticas de radiología. Y además, se divertían.
-¿Así que viejecito? -susurró Martin-. Por ese comentario recibirás un
castigo. Dejo a estos estudiantes en tus manos. Si empiezan a aburrirse,
mándalos al cuarto de angiografía. Les daremos una sobredosis de práctica
clínica antes de entrar en la teórica.
Denise asintió, resignada.
-Y cuando termines las tomografías de la mañana -continuó Philips, aún
susurrando-, ven a mi despacho. ¡Tal vez podamos hacer una escapada hasta la
cafetería!
Antes de que pudiera responderle, él tomó la bata blanca y se marchó.
Las salas de Cirugía estaban en el mismo piso que Radiología, y Philips
se encaminó en esa dirección. Esquivando la aglomeración de camillas cargadas
de pacientes que esperaban ser sometidos a fluoroscopia, acortó camino por la
sala de rayos X. Era una zona amplia, con separaciones formadas por hileras de
pantallas, regentada habitualmente por diez o doce internos que charlaban y
tomaban café. La diaria avalancha de radiografías todavía no se había iniciado,
aunque los proyectores estaban ocupados desde hacía media hora. Al principio
serían unas cuantas placas; después, un torrente. Philips lo recordaba muy bien
desde sus tiempos de interno. Había hecho las prácticas en el Centro Médico y,
respondiendo a las exigencias del departamento de Radiología, uno de los
mejores del país, había pasado allí muchas jornadas de doce horas.
La recompensa a aquellos esfuerzos fue una invitación para hacer la
especialización en Neurorradiología. Al terminarla, su actuación había sido tan
sobresaliente que se le ofreció un puesto de responsabilidad, vinculado a una
de las cátedras de la Facultad de Medicina. De ese puesto, sin mayor
importancia, ascendió rápidamente hasta el cargo que ocupaba en la actualidad,
esto es, subdirector del departamento de Neurorradiología.
Philips se detuvo un momento en el centro mismo de la sala. Su
iluminación característica, de baja altura, que procedía de los tubos
fluorescentes encendidos tras el vidrio esmerilado de los visores, arrojaba una
luz fantasmal sobre la gente. Por un instante, los internos le parecieron
cadáveres de piel blanca, muerta, y cuencas oculares vacías. Philips se
preguntó por qué no lo había notado hasta entonces. Cuando se miró las manos,
vio que tenían el mismo tono de yeso. Continuó avanzando, dominado por una extraña
sensación de inquietud. En el transcurso de este último año, no era la primera
vez que contemplaba alguna conocida escena del hospital con acritud y una
cierta decepción. Tal vez la razón fuera una ligera pero creciente
insatisfacción con su trabajo, que había ido tornándose cada vez más
administrativo, y la impresión de sentirse estancado en su carrera. En efecto,
el director del servicio de Neurorradiología, Tom Brockton, tenía cincuenta y
ocho años y consideraba aún lejano su retiro, y por otra parte el jefe del
servicio de Radiología, Harold Goldblatt, era neurorradiólogo como Martin.
Tenía que admitir que su meteó-rica ascensión en el seno del departamento se
había detenido no por falta de habilidad por su parte sino porque los dos
cargos superiores al suyo se hallaban sólidamente ocupados en un futuro
inmediato. Hacía ya casi un año que Philips consideraba, a disgusto, eso sí, la
idea de abandonar el Centro Médico por otro hospital que le ofreciera mejores
perspectivas.
Las tres enfermeras, levantando la cabeza, empezaron a hablar
simultáneamente. Martin era una visita siempre bienvenida a la sala de
operaciones, pues todavía estaba soltero. Cuando las mujeres se dieron cuenta
de lo que ocurría, se echaron a reír e iniciaron una complicada ceremonia,
consistente en cederse mutuamente la palabra.
-Voy a tener que preguntar en otra parte -dijo Philips, fingiendo que se
iba.
-Oh, no -exclamó la rubia.
-Podemos encerrarnos en el cuarto de la ropa blanca para hablar de eso
-sugirió la morena.
La sala de operaciones era el único sitio del hospital donde se perdían
todas las inhibiciones; su ambiente difería por completo de los demás sectores.
Philips pensó que tal vez tuviera alguna relación con el hecho de que todo el
mundo lucía el mismo atuendo, con ese aspecto de pijama, y con la posibilidad
constante de riesgo y crisis a lo que las
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insinuaciones sexuales proporcionaban una válvula de escape. Fuese el
motivo que fuese, él lo recordaba muy bien; había sido interno de cirugía
durante un año, antes de decidirse por la radiología.
-¿Cuál de los casos de Mannerheim le interesa? -preguntó la enfermera
rubia-. ¿El de la señorita Marino?
-Eso es.
-La tiene detrás de usted.
Philips se volvió. A unos seis metros de distancia, una camilla sostenía
la silueta cubierta de una mujer de veintiún años. La chica debió oír su nombre
a través de la niebla cernida por la medicación preoperatoria, pues giró
lentamente la cabeza en dirección a Philips. Tenía el cráneo totalmente
afeitado, listo para la operación, y su imagen hizo que Philips pensara en un
pajarillo sin plumas. La había visto dos veces, brevemente, cuando se le
tomaron las radiografías preparatorias, y ese aspecto tan distinto fue un
desagradable impacto. Hasta entonces él no se había dado cuenta de lo pequeña y
delicada que era. Sus ojos tenían la expresión suplicante de los niños
abandonados, y él sólo pudo volverle la espalda para dirigir su atención a las
enfermeras. Uno de los motivos por los que había elegido la radiología y no la
cirugía era su imposibilidad de dominar la simpatía por ciertos pacientes.
-¿Por qué no han empezado todavía con ella? -preguntó a la enfermera,
enojado porque habían dejado a la paciente tanto rato librada a sus temores.
-Mannerheim está esperando unos electrodos especiales que deben enviarle
desde el Hospital Gibson -explicó la rubia-. Quiere tomar ciertos datos de la
parte del cerebro que va a extirpar.
-Comprendo -dijo Philips, mientras trataba de planificar el trabajo de
esa mañana.
Mannerheim era especialista en alterar los horarios de todo el mundo.
-Tiene dos visitantes japoneses -agregó la enfermera-, y se ha pasado
toda la semana dándose mucho pisto. Pero van a empezar dentro de unos minutos.
Ya han pedido a la paciente, pero no teníamos con quién enviarla.
-Bueno -replicó él, mientras echaba a andar hacia la puerta-. Cuando
Mannerheim pida las radiografías de localización llamen directamente a mi
oficina. Así se ahorrarán unos minutos.
Mientras volvía sobre sus pasos, Martin recordó que aún debía afeitarse
y se dirigió al saloncito de Cirugía. Como eran las ocho y diez, estaba casi
desierto, pues los casos de las siete y media ya estaban en marcha y los
siguientes no tenían esperanzas de iniciarse hasta dentro de un buen rato.
Había un solo cirujano, que se rascaba distraídamente mientras hablaba por
teléfono con su corredor de bolsa. Philips pasó al vestuario e hizo girar la
combinación de su pequeño casillero, que conservaba gracias a Tony, el anciano
encargado de la limpieza de la sección de Cirugía.
En cuanto tuvo la cara completamente enjabonada, su señal de
localización empezó a emitir sonidos, haciéndole dar un brinco. No se había
dado cuenta hasta entonces de lo tenso que estaba. Para contestar la llamada,
utilizó el teléfono de la pared, tratando de no llenar el auricular de crema.
Era Helen Walker, su secretaria, para informarle que William Michaels ya lo
esperaba en su oficina.
Philips reanudó el afeitado con renovado entusiasmo. La excitación por
la sorpresa de William volvió precipitadamente. Se puso una generosa cantidad
de colonia y forcejeó para calzarse las mangas de la bata blanca. Al pasar por
el saloncito notó que el cirujano seguía al teléfono, hablando con el agente de
bolsa.
Martin llegó a su despacho medio corriendo. Helen Walker apartó la vista
de la máquina de escribir, sorprendida por la imagen borrosa de su jefe, que
acababa de pasar. Iba a levantarse, lista para llevarle un montón de
correspondencia y mensajes telefónicos, pero se detuvo al ver que la puerta del
despacho se cerraba con un golpe. Encogiéndose de hombros, volvió a su trabajo.
Philips se recostó contra la puerta cerrada, respirando pesadamente.
Michaels hojeaba como al descuido una de las revistas especializadas que había
en la oficina.
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-¿Y bien? -preguntó Philips, excitado.
Su amigo vestía, como de costumbre, una chaqueta de tweed algo gastada,
que no le caía bien, comprada cuando cursaba el tercer año de carrera. Aunque
tenía treinta años, aparentaba veinte; su pelo, de tan rubio, hacía que el de
Martin pareciera castaño por comparación. Cuando sonrió, su boca pequeña y
traviesa expresó satisfacción, entre un chisporroteo de los ojos azules muy
claros.
-¿Qué pasa? -preguntó fingiendo volver a la revista.
-Vamos -protestó Philips-. Estás tratando de impacientarme. Y lo malo es
que lo consigues muy bien.
-No sé de qué... -empezó Michaels.
Pero no dijo más. Con un veloz movimiento, el radiólogo cruzó el cuarto
y le arrancó la publicación.
-Basta de hacer el tonto -dijo- . Sabías que con eso de hacerme decir
por Helen que tenías «una sorpresa» me ibas a volver loco. Estuve a punto de
llamarte anoche a las cuatro de la madrugada. Ojalá lo hubiera hecho porque te
lo merecías.
-Ah, sí, la sorpresa. Casi me olvido.
Y Michaels, burlón, empezó a revolver en su cartera. Un minuto después
sacó un paquetito envuelto en papel oscuro y atado con una gruesa cinta
amarilla. Martin quedó carilargo.
-¿Qué es eso?
Esperaba recibir algunos papeles, especialmente papel de computación con
algún adelanto en las investigaciones. Pero no un regalo.
-¿Para qué diablos me traes ese regalo?
-Porque eres un colaborador magnífico en esta investigación -repuso
Michaels, tendiéndole el paquete-. Vamos, toma.
Philips alargó la mano, lo bastante recobrado de la sorpresa para
avergonzarse de su falta de tacto; sintiera lo que sintiese, no quería herir
los sentimientos de Michaels. Después de todo había sido un gesto muy amable.
Le dio las gracias, mientras sopesaba el paquete. Era liviano; medía unos diez
centímetros de longitud por dos de grueso.
-¿No lo vas a abrir? -preguntó Michaels.
-Claro.
Philips estudió por un momento la cara de su amigo. Eso de comprar un
regalo era muy poco característico del joven genio del Departamento de
Computación. No porque careciera de generosidad o calidez, sino porque, al
estar completamente absorbido por sus investigaciones, solía pasar por alto los
detalles de ese tipo. En realidad, aunque trabajaban juntos desde hacía cuatro
años, nunca se habían tratado en un plano social. Philips había acabado por
decidir que la mente increíble de ese hombre no se detenía nunca. Después de
todo lo habían elegido para encabezar la División de Inteligencia Artificial,
de creación reciente, cuando sólo tenía veintiséis años. Y había terminado el
doctorado en Física del MIT a los diecinueve.
-Oh, vamos -insistió, impaciente.
Philips desató el lazo y lo dejó caer ceremoniosamente entre el caos que
desbordaba de su mesa. Luego quitó el papel verde. Debajo había una cajita
negra.
-En eso hay un pequeño simbolismo -comentó Michaels.
-¿Eh?
-Sí, ya sabes lo que dice la psicología refiriéndose al cerebro: que es
como una unidad sellada.1 Bueno, tienes que mirar dentro.
El radiólogo sonrió débilmente. No sabía de qué estaba hablando aquel
hombre. Abrió la tapa de la cajita y apartó un papel de seda. Para su sorpresa,
se encontró con una cassette titulada Rumores, de Fleetwood Mac.
-Qué diablos... -exclamó, sonriendo, pues no tenía la menor idea de lo
que había
1 Juego de palabras: en los EE.UU.
se llama black box (literalmente, «caja negra») a las unidades selladas (N de
la T).
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llevado a Michaels a comprarle esa grabación.
-Más simbolismo -explicó el físico-. El contenido de esa cinta será
mejor que la música para tus oídos.
De pronto el acertijo cobró sentido. Philips abrió la cajita y sacó la
cassette. No era una grabación musical, sino un programa de computación.
-¿Hasta dónde hemos llegado? -susurró.
-Hasta el final.
-¡No! -exclamó Martin, incrédulo.
-¿Sabes lo que era el último material que me diste? ¡Funcionó como un
hechizo! Este programa incorpora todo lo que incluiste en tus diagramas.
Interpretará cualquier radiografía que le des, siempre que la pongas en ese
aparato.
Señaló algo al fondo del despacho. Sobre la mesa de trabajo había un
aparato del tamaño de un televisor eléctrico. Obviamente, se trataba de un
prototipo y no de un modelo para producción en serie. La parte frontal estaba
hecha de simple acero inoxidable; de la chapa sobresalían las tuercas que la
sujetaban. En la esquina izquierda había una ranura para introducir el
programa. De los lados salían dos cables eléctricos, uno de los cuales
alimentaba un artefacto de entrada y salida acoplado a una máquina de escribir.
El otro partía de una caja de acero inoxidable rectangular que mediría unos
ciento veinte centímetros de lado y treinta de altura. Al frente ese aparato
metálico tenía una ranura larga, con rodillos visibles, para insertar placas
radiográficas.
-No te creo -dijo Philips, temeroso de que Michaels siguiera bromeando.
-Yo tampoco -admitió Michaels-. Todo salió muy de repente. -Y fue a dar
unas palmaditas a la computadora.- Todo lo que hiciste para resolver los
aspectos de solución de problemas y reconocimiento de esquemas en radiología,
no sólo hizo evidente que necesitábamos nuevos equipos, sino que también
sugirió la forma de diseño. Aquí está.
-Desde fuera parece simple.
-Como de costumbre, las apariencias engañan -afirmó Michaels-. El
interior de este aparato va a revolucionar el mundo de la computación.
-Y piensa en lo que será para la radiología, si de veras puede
interpretar placas.
-Lo hará, pero todavía puede tener interferencias en el programa. Lo que
debes hacer es usar ese programa con tantas placas como puedas, de las que
hayas interpretado hasta ahora. Si hay problemas, creo que se presentarán en el
plano de los falsos negativos. O sea, el programa dirá que la radiografía es
normal cuando en realidad haya algo patológico en ella.
-Lo mismo ocurre con los radiólogos -observó Philips.
-Bueno, creo que podremos eliminar ese problema. Queda en tus manos.
Ahora bien, para hacer funcionar esto, primero enciéndelo. Creo que hasta un
médico es capaz de hacerlo.
-Sin duda -reconoció Philips-, pero hace falta un físico para
enchufarlo.
-Muy bueno -rió Michaels-.Tu sentido del humor está mejorando. Una vez
que tengas la computadora enchufada y encendida, insertas el programa en la
unidad central. La impresora de salida te dirá cuándo insertar la radiografía
en el visor.
-¿En qué posición?
-No tiene importancia, siempre que el lado de la emulsión vaya hacia
abajo.
-De acuerdo -dijo Philips, mientras miraba el aparato frotándose las
manos, como un padre orgulloso-. Todavía no lo puedo creer.
-Tampoco yo. ¿Quién hubiera adivinado, hace cuatro años, que podríamos
lograr un adelanto así? Todavía recuerdo el día en que llegaste a Computación
sin hacerte anunciar, preguntando en tono quejumbroso si a alguien le
interesaba el reconocimiento de esquemas.
-Di contigo por pura casualidad -repuso Philips-. En ese momento creí
que eras uno de los estudiantes. Ni siquiera sabía qué era la División de
Inteligencia Artificial.
-En todo descubrimiento científico, la suerte juega un papel importante
-concedió el físico-. Pero después de la suerte queda mucho trabajo pesado por
hacer, como el que tienes por delante. Recuerda: cuantas más radiografías
craneales utilices con ese programa, mejor será, no sólo porque lo depurarán,
sino también porque el programa es heurístico.
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-No me vengas con palabras raras -protestó Philips-. ¿Qué quiere decir
«heurístico»?
-Con que no te gusta que te paguen con tu propia moneda -rió Michaels-.
Parece increíble que un médico se queje de las palabras raras. Programa
heurístico es el que puede aprender.
-¿Me quieres decir que este aparato se hará más inteligente?
-Lo has captado -replicó el físico, mientras se dirigía hacia la
puerta-. Pero ahora ya todo corre de tu cuenta. Y no olvides que el mismo
formato es aplicable a otras áreas de la radiología. En tu tiempo libre, si es
que lo tienes, empieza con los esquemas para interpretación de angiogramas
cerebrales. Después te llamaré.
Al cerrar la puerta, Philips se acercó a la mesa de trabajo para
contemplar el aparato de interpretación radiológica. Estaba ansioso por iniciar
de inmediato su trabajo con él, pero sabía que la carga de sus obligaciones
diarias se lo impediría. Como para confirmarlo, entró Helen con una pila de
cartas, mensajes telefónicos y una alegre noticia: la máquina radiográfica de
uno de los cuartos de angiografía cerebral no funcionaba correctamente.
Philips, a regañadientes, volvió la espalda a la máquina nueva.
4
-¿Lisa Marino?
La voz hizo que Lisa abriera los ojos. Por encima de ella se inclinaba
una enfermera llamada Carol Bigelow, cuyos ojos de color castaño oscuro
constituían la única parte visible de su cara. El pelo estaba oculto bajo un
gorro de estampado floral; la nariz y la boca, por la mascarilla.
Lisa sintió que le levantaba el brazo, haciéndoselo girar para verle el
brazalete de identificación. Después se lo dejó en su sitio con unas
palmaditas.
- ¿Está lista para que la preparemos, Lisa Marino? -preguntó Carol,
mientras soltaba el freno de la camilla con el pie.
-No sé -admitió Lisa, tratando de ver la cara de la enfermera.
Pero ella se había apartado, diciendo:
-Claro que está lista -empujó el vehículo hasta dejar atrás el
escritorio blanco.
Las puertas automáticas se cerraron tras ellas, y Lisa inició su
fatídico viaje por el corredor, hacia la Sala de Operaciones N.° 21. Por lo
común, las operaciones de neurocirugía se llevaban a cabo en uno de cuatro
quirófanos: los de los números 20 a 23, equipados para satisfacer las
necesidades de toda intervención en el cerebro. Contaban con microscopios Zeiss
instalados arriba, sistemas de video en circuito cerrado que también podían
grabar y mesas de operación especiales. El N.° 21 tenía también una galería
para espectadores, lo cual lo convertía en el favorito del doctor Curt
Mannerheim, jefe del servicio de Neurocirugía y catedrático de la facultad.
Lisa había tenido la esperanza de entrar dormida, pero no fue así. Por
el contrario, parecía más consciente que nunca, con todos los sentidos bien
alerta. Hasta el olor de los esterilizantes químicos le pareció
excepcionalmente fuerte. Todavía estaba a tiempo, se dijo. Podía bajarse de la
camilla y echar a correr. No quería que la operaran, y menos aún en la cabeza.
Hubiera preferido que la operaran de cualquier cosa, pero no de la cabeza.
El movimiento se detuvo. Al mover los ojos vio que la enfermera
desaparecía por un recodo. La había dejado estacionada, como un coche junto a
la acera de una calle muy transitada. Un grupo de personas pasó junto a ella,
transportando a otro paciente que iba haciendo arcadas. Uno de los enfermeros
que empujaban la camilla le sostenía la barbilla hacia atrás; su cabeza era una
pesadilla con vendas.
Por las mejillas de Lisa empezaron a caer lágrimas. Aquel paciente le
recordaba la prueba de fuego que tenía por delante. Iban a abrirle bruscamente
el centro de todo su ser, violándolo. No se trataba de una parte periférica,
como los pies o los brazos, sino de la
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cabeza, en donde residía su personalidad, su alma misma. ¿Podría ser
después la misma persona?
A los once años había sufrido una apendicitis aguda. En aquel entonces,
la operación le había dado miedo, por cierto, pero no como el que experimentaba
en esos momentos. Estaba segura de perder su identidad, si no la vida. En
cualquiera de los dos casos, iba a quedar reducida a fragmentos, y allí
quedaban los pedazos para que la gente los recogiera y los examinara.
Carol Bigelow apareció de nuevo.
-Bueno, Lisa, estamos listos para atenderla.
-Por favor -susurró ella.
-Vamos, Lisa. No querrá que el doctor Mannerheim la vea llorar.
Lisa no quería que nadie la viera llorar y sacudió la cabeza,
respondiendo a la observación de Carol Bigelow, pero sus emociones se
convirtieron en enojo. ¿Por qué le estaba pasando todo eso? No era justo. Un
año antes era una estudiante universitaria como cualquier otra. Había decidido
hacer el curso básico de Literatura y prepararse, tal vez, para estudiar
Derecho. Las clases le encantaban y había sido una excelente alumna, al menos
hasta que conoció a Jim Conway. Estaba descuidando los estudios, lo sabía, pero
de eso hacía sólo un mes. Antes de conocer a Jim había probado el sexo unas
cuantas veces, pero nunca con verdadera satisfacción, y empezaba a preguntarse
por qué se hacía tanta bulla al respecto. Pero con Jim fue diferente.
Comprendió de inmediato que el sexo, con él, era lo que debía ser. Y fueron
responsables; ella no tenía confianza en la píldora, pero hizo el esfuerzo de
acudir a Planificación Familiar, pues prefería un diafragma. Recordaba muy bien
lo mucho que le había costado reunir el valor suficiente para hacer esa primera
visita a la clínica y volver cuando fue necesario.
La camilla entró en la sala de operaciones. Era completamente cuadrada,
de unos siete u ocho metros de lado. Las paredes estaban cubiertas por azulejos
de cerámica gris hasta la galería superior, cerrada con cristales. En el
cielorraso se veían grandes reflectores de acero inoxidable, cuya forma era la
de dos timbales invertidos. En el centro de la habitación se levantaba la mesa
de operaciones: una cosa estrecha y fea, que Lisa comparó con el altar de algún
rito pagano. En un extremo de la mesa se veía un acolchado redondo con un
agujero en el centro, y ella comprendió instintivamente que debía ser para
sujetarle la cabeza. Totalmente fuera de lugar en ese sitio, los Bee Gees
cantaban desde una pequeña radio de transistores, colocada en un rincón.
-Bueno -dijo Carol Bigelow-. Ahora quiero que se pase a la mesa.
-Está bien -dijo Lisa-. Gracias.
Su propia respuesta la fastidió. Lo que menos había pensado era darle
las gracias a nadie. Pero quería caerle bien a la gente, porque dependía de sus
cuidados. Al pasarse de la camilla a la mesa de operaciones, se aferró a la
sábana en un vano intento por conservar un mínimo de dignidad. Una vez en
aquella superficie se acostó muy quieta, con la vista fija en los reflectores.
Hacia el lado distinguió los paneles de cristal. Los reflejos le dificultaban
la vista a través de ellos, pero al fin vio las caras que la miraban desde
arriba. Cerró los ojos: estaba convertida en un espectáculo.
Su vida se había vuelto una pesadilla. Hasta aquella noche fatal, todo
había sido maravilloso. Estaba con Jim, y los dos estudiaban. Ella había ido
notando que tenía dificultades para leer, cada vez más, especialmente al llegar
a una frase determinada que empezaba con la palabra «Ese». Estaba segura de
conocer la palabra, pero la mente se negaba a proporcionársela. Tuvo que
preguntársela a Jim. Su única respuesta fue una sonrisa, pues creyó que ella
bromeaba. Cuando Lisa insistió, se la dijo: «Ese». Aun después de que Jim se la
hubo leído, no pudo reconocer la palabra escrita al mirarla. Recordaba su
fuerte sensación de miedo y frustración. Y entonces empezó a percibir ese olor
extraño. Era un olor feo, y aunque le parecía haberlo sentido alguna vez, no pudo
identificarlo. Jim dijo que no olía nada, y eso era lo último que ella
recordaba. Lo que siguió fue el primer ataque. Al parecer había sido horrible,
porque cuando ella recobró el sentido Jim estaba temblando; lo había golpeado
19
varias veces, arañándole la cara.
-Buenos días, Lisa -dijo una agradable voz masculina, de acento
británico.
Lisa levantó los ojos hacia atrás y se encontró con las pupilas oscuras
del doctor Bal Ranade, un médico de la India que había estudiado en la
universidad.
-¿Recuerda lo que le recomendé anoche?
-Nada de toser ni de hacer movimientos bruscos -respondió ella, deseosa
de agradar. Recordaba vividamente la visita del doctor Ranade. Había aparecido
después de la
cena, presentándose como el anestesista que la atendería durante la
operación. Le hizo las mismas preguntas sobre su salud que ya le habían hecho
varias veces, pero con una diferencia: al doctor Ranade no parecían interesarle
las contestaciones. Su rostro de caoba no cambió de expresión, salvo cuando
Lisa habló de la apendicectomía sufrida a los once años. Entonces hizo un gesto
afirmativo, al decir ella que no había tenido problemas con la anestesia. Sólo
una información más pareció interesarle: su falta de reacciones alérgicas.
También entonces afirmó con la cabeza.
Por lo común, Lisa prefería a las personas expresivas. El doctor Ranade
era todo lo contrario; no revelaba emociones, sólo una tranquila atención. Pero
en sus circunstancias, ese sereno afecto era lo mejor para ella. Le resultaba
agradable encontrarse con alguien para quien su suplicio fuera cosa de rutina.
Y entonces el doctor Ranade la dejó pasmada. Porque había dicho, con el
mismo y exacto acento de Oxford:
-Supongo que el doctor Mannerheim ha hablado con usted de la técnica
anestésica que piensa utilizar.
-No -dijo Lisa.
-Qué extraño...
El anestesista había tardado en responder, y ella presintió que había
problemas. La idea de que podía haber fallos en la comunicación la alarmó,
llevándola a preguntar:
-¿Qué tiene de extraño?
-Por lo general se utiliza anestesia total para la craneotomía. Pero el
doctor Mannerheim nos ha informado que prefiere anestesia local.
Lisa no sabía que su operación se llamaba «craneotomía». El doctor
Mannerheim le había dicho que iba a «abrir una ventanita» en su cabeza, para
poder retirar la parte dañada del lóbulo temporal derecho. Afirmaba que una
parte de su cerebro se había lesionado por alguna causa, y que esa sección era
la que originaba los ataques. Si podía quitarla, las crisis desaparecerían.
Había practicado cien operaciones de ese tipo, siempre con magníficos
resultados. En aquel momento Lisa quedó en éxtasis, porque hasta entonces los
médicos se habían limitado a menear compasivamente la cabeza.
Y los ataques eran horribles. Por lo común preveía el momento en que se
iban a producir porque percibía ese olor extrañamente familiar. Pero a veces se
presentaban sin previo aviso, cayendo sobre ella como una avalancha. Una vez,
después de un largo tratamiento con abundante medicación, le habían asegurado
que el problema estaba resuelto pero un día, en el cine, había vuelto a sentir
ese espantoso olor. Dominada por el pánico, se levantó de un salto, salió al
pasillo como pudo y corrió hacia el vestíbulo. En ese momento perdió la
conciencia de sus actos. Al volver en sí, estaba recostada contra la pared del
vestíbulo, junto a la máquina expendedora de golosinas, con la mano entre las
piernas. Tenía las ropas desabrochadas y se había estado masturbando. Varias
personas la miraban fijamente, como si estuviera chiflada; entre ellas, Jim, a
quien había atacado a trompadas y puntapiés. Más tarde le dijeron que había
agredido a dos muchachas, hiriendo a una lo bastante como para que la llevaran
al hospital. Cuando volvió en sí, sólo pudo cerrar los ojos y llorar. Todo el
mundo temía acercarse. Recordaba haber oído, a distancia, la sirena de la
ambulancia; en ese momento creyó volverse loca.
La vida de Lisa había entrado en un punto muerto. No estaba loca, pero
no había medicación capaz de terminar con sus ataques. Por eso el doctor
Mannerheim apareció como un salvador. Sólo con la visita del doctor Ranade
empezó a comprender la realidad de lo que
20
iba a sucederle. Al retirarse el anestesista había llegado un enfermero
para afeitarle la cabeza.
A partir de ese momento, Lisa sintió miedo.
-¿Hay algún motivo para que prefiera la anestesia local? -preguntó ella.
Las manos empezaban a temblarle. El doctor hindú sopesó cautelosamente
su respuesta.
-Sí -dijo, por fin - . Quiere localizar la parte enferma del cerebro, y
para eso necesita que usted lo ayude.
-Eso quiere decir que voy a estar despierta cuando...
No concluyó la frase. Se le apagó la voz. La idea le parecía absurda.
-Así es.
-Pero él sabe cuál es la parte enferma -protestó Lisa.
-No del todo. Pero no se preocupe. Yo voy a estar allí. No sentirá
ningún dolor. Sólo debe acordarse de no toser y de no hacer movimientos
bruscos.
Un dolor en el brazo izquierdo interrumpió los recuerdos de Lisa. Al
levantar la vista vio subir diminutas burbujas en un frasco suspendido encima
de su cabeza. El doctor Ranade había iniciado la aplicación intravenosa.
Repitió la operación en el antebrazo derecho, fijándole un largo tubito de
plástico. Después graduó la mesa de modo que se inclinara levemente hacia
abajo.
-Lisa -advirtió Carol Bigelow-. La voy a sondar. Ella movió la cabeza
para mirar. Carol desenvolvía una caja cubierta de plástico. Nancy Donovan,
otra enfermera, retiró la sábana que la cubría, dejándola expuesta de la
cintura hacia abajo.
-¿Sondarme? -preguntó Lisa.
-Sí. -Carol Bigelow se puso unos guantes de goma holgados.- Le voy a
introducir un tubo en la vejiga.
Lisa dejó caer la cabeza. Nancy Donovan le tomó las piernas y se las
puso de modo tal que las plantas de los pies se tocaban, con las rodillas bien
separadas. Allí estaba expuesta, a la vista del mundo entero.
-Voy a aplicarle una medicina llamada Mannitol -explicó el doctor
Ranade-, que provoca una gran abundancia de orina.
Lisa asintió como si comprendiera, mientras sentía que Carol Bigelow
empezaba a desinfectarle los genitales.
-Hola, Lisa. Soy el doctor George Newman. ¿Se acuerda de mí?
Ella abrió los ojos y se encontró con otra cara enmascarada. Aquellos
ojos eran azules.
Al otro lado había otro rostro con ojos pardos.
-Soy el jefe de internos de Neurocirugía -aclaró el doctor Newman-, y
aquí, el doctor Ralph Lowry, uno de nuestros internos. Como le expliqué ayer,
nosotros ayudaremos al doctor Mannerheim.
Antes de que ella pudiera responder, sintió un dolor súbito y agudo
entre las piernas, seguido por una extraña sensación de tener la vejiga llena.
Tomó aliento. Le estaban pegando esparadrapo a la cara interior del muslo.
-Ahora afloje el cuerpo -prosiguió Newman, sin esperar respuesta-.
Enseguida estará
lista.
Y los dos médicos se dedicaron a la serie de radiografías alineadas en
la pared trasera. El ritmo del quirófano se aceleró. Nancy Donovan apareció con
una humeante bandeja de acero inoxidable, llena de instrumentos quirúrgicos, y
la dejó sobre una mesa cercana, con
gran estruendo. Darlene Cooper, otra enfermera, ya con guantes y bata,
se inclinó sobre el instrumental para ordenarlo en una bandeja. Lisa volvió la
cabeza al ver que sacaba un gran taladro.
El doctor Ranade le envolvió el antebrazo con una banda para tomarle la
presión sanguínea. Carol Bigelow le descubrió el pecho para fijar los cables
del electrocardiógrafo. Pronto, las señales acústicas que emitía el monitor
cardíaco compitieron con John Denver, cuya música brotaba de la radio.
El doctor Newman dejó las radiografías para poner en la posición debida
la cabeza
21
afeitada de Lisa. Poniéndole el meñique sobre la nariz y el pulgar en la
parte superior de la cabeza, dibujó una línea con marcador. El primer trazo iba
de oreja a oreja, por encima de la coronilla. El segundo lo cruzaba,
iniciándose en el medio de la frente para extenderse hasta la zona occipital.
-Vuelva la cabeza hacia la izquierda, Lisa -pidió Newman.
Ella mantenía los ojos cerrados. Sintió que un dedo le palpaba el borde
óseo que corría desde el ojo derecho hacia la oreja. Luego, el marcador trazó
una línea curva desde la sien, hacia arriba, hacia atrás, hasta la oreja;
definía una zona en forma de herradura, con la oreja como base. Esa sería la
solapa que el doctor Mannerheim había descrito.
Un inesperado adormecimiento le corrió por el cuerpo. Era como si el
aire de la habitación se hubiera tornado viscoso, como si sus extremidades
fueran de plomo. Le costó un gran esfuerzo levantar los párpados El doctor
Ranade le sonrió; tenía en una mano el tubo intravenoso; en la otra, una aguja
hipodérmica.
-Es para relajarla -explicó.
El tiempo se hizo discontinuo. Los sonidos, a la deriva, le llegaban a
la conciencia o se apartaban de ella. Quería dormirse, pero su cuerpo,
involuntariamente, se negaba al sueño. Sintió que la volvían sobre un costado,
con el hombro derecho elevado sobre una almohada. Como si no se tratara de su
persona, sintió también que le ataban las muñecas a una tabla que sobresalía en
ángulo recto de la mesa de operaciones. Los brazos le pesaban tanto que, de
cualquier modo, no hubiera podido moverlos. Una correa de cuero le rodeó 1a
cintura, sujetándole el cuerpo. Le frotaron y pintaron la cabeza. Después hubo
varios pinchazos agudos, acompañados de breves dolores, hasta que le sujetaron
la cabeza en una especie de torno. A pesar de sí misma, se quedó dormida.
Despertó sobresaltada, ante un dolor intenso y repentino. No tenía idea
del tiempo transcurrido. El dolor, localizado encima de la oreja derecha, se
repitió. En la boca se le formó un grito y trató de moverse. Con excepción de
un túnel de tela formado directamente frente a su cara, estaba cubierta con
capas de sábanas y toallas quirúrgicas. Al final del túnel se veía la cara del
doctor Ranade.
-Todo va bien, Lisa -le dijo él-. No se mueva. Le están inyectando la
anestesia local.
Sólo dolerá un momento.
El dolor se repitió una y otra vez, hasta que Lisa sintió el cráneo a
punto de estallar.
Trató de levantar los brazos, pero las ligaduras la retuvieron.
-Por favor -quiso gritar, pero su voz era débil.
-Todo va bien, Lisa. Trate de relajarse.
El dolor cesó. Sentía la respiración de los médicos sobre la oreja
derecha.
-Bisturí -pidió el doctor Newman.
La muchacha se encogió de miedo. Percibió una presión, como si le
apretaran un dedo contra el cuero cabelludo, siguiendo la línea dibujada por el
marcador. Sintió un fluido caliente en el cuello, a través de las telas.
-Hemostatos -dijo Newman.
Se oyeron agudos chasquidos metálicos.
-Pinzas de Raney. Y llamen a Mannerheim. Díganle que estaremos listos
dentro de treinta minutos.
Lisa trató de no pensar en lo que le estaban haciendo en la cabeza.
Pensó, en cambio, en la incomodidad de la vejiga. Llamó al doctor Ranade y le
dijo que necesitaba orinar.
-Tiene una sonda en la vejiga -le recordó el anestesista.
-Pero quiero orinar.
-Tranquilícese, Lisa. Le daré algo más para que duerma.
Lo siguiente que ella percibió fue el agudo gemido de un motor de
gasolina combinado con una presión vibrante contra el cráneo. El ruido la
asustaba, porque sabía a qué se debía: le estaban abriendo el cráneo con una
sierra; no sabía que a eso se le llamaba «craneotomía». Por suerte no dolía,
aunque ella se preparó para que así ocurriera en cualquier momento. El olor del
hueso chamuscado penetró por entre las gasas que le cubrían la cara.
22
Sintió que la mano del doctor Ranade tomaba la suya y, agradecida, se
aferró a él como si fuera su única esperanza de sobrevivir.
Se apagó el sonido de la craneotomía y la señal rítmica del monitor
cardíaco emergió del súbito silencio. Entonces Lisa volvió a sentir dolor; en
esa ocasión era casi como la molestia de una cefalalgia localizada. La cara del
doctor Ranade apareció en la boca del túnel, observándola mientras inflaba la
banda de la presión sanguínea.
-Fórceps -pidió el doctor Newman.
Lisa oyó y sintió un crujir de huesos, muy cerca de la oreja derecha.
-Elevadores.
Varías punzadas más,
seguidas por algo
que le pareció
un fuerte chasquido.
Comprendió que tenía la cabeza abierta.
-Gasa húmeda -pidió Newman, con voz indiferente.
El doctor Curt Mannerheim, sin dejar de restregarse las manos, se
inclinó para mirar por la puerta del quirófano N.° 21. En el reloj de pared vio
que eran casi las nueve. En ese momento vio que el jefe de internos, el doctor
Newman, se apartaba un paso de la mesa. Cruzó las manos enguantadas sobre el
pecho y fue a estudiar la hilera de radiografías dispuestas en el visor. Eso
sólo podía significar una cosa: la craneotomía había sido realizada y estaban
esperando al catedrático. Mannerheim sabía que no disponía de mucho tiempo. La
comisión investigadora del N.I.H. debía llegar a mediodía, y estaba en juego un
fondo para investigación de doce millones de dólares, que solventaría sus
problemas financiando sus experimentos en los cinco años siguientes. Tenía que
conseguir esos fondos. De lo contrario, tal vez perdiera todo el laboratorio,
con sus animales y, con ellos, el resultado de cuatro años de trabajo.
Mannerheim tenía la seguridad de estar a punto de descubrir el punto exacto del
cerebro responsable de la agresión y la cólera.
Mientras se enjuagaba vio pasar a Lori McInter, subdirectora de la
sección de Quirófanos. La llamó con un grito y ella se detuvo en seco.
-¡Lori, encanto! Tengo dos médicos de Tokyo aquí. ¿No puedes mandar a
alguien al saloncito, para que les den ropa esterilizada y todo eso?
Lori McInter asintió con la cabeza, aunque dio a entender que la
petición no le era nada grata. Mannerheim la irritaba con esos gritos en el
corredor. El cirujano captó su silencioso reproche y maldijo en voz baja.
-Estas mujeres -murmuró.
Para él, las enfermeras se estaban convirtiendo en un incordio cada vez
peor.
Entró en el quirófano como un toro al ruedo, y la atmósfera cordial
cambió de inmediato. Darlene Cooper le entregó una toalla esterilizada para que
se secara las manos. Él empezó con una, siguió con la otra y fue subiendo por
los antebrazos, inclinándose para mirar el interior del cráneo de Lisa Marino.
-Qué porquería Newman -bramó-. ¿Cuándo aprenderá a hacer una craneotomía
decente? Le he dicho una y mil veces que bisele mejor los bordes. ¡Qué diablos,
esto es un desastre!
Lisa, bajo las sábanas, experimentó un nuevo ataque de miedo. Algo había
salido mal en su operación.
-Yo... -empezó Newman.
-No me venga con excusas. Si no aprende de una vez, puede ir buscándose
otro puesto. Tengo unos visitantes japoneses. ¿Qué van a pensar cuando vean
esto?
Nancy Donovan estaba de pie junto a él, lista para recoger la toalla,
pero Mannerheim prefirió arrojarla al suelo. Le gustaba crear disturbios; como
los chicos, exigía una atención total dondequiera que estuviese. Y la
conseguía. Se le consideraba, desde el punto de vista técnico, uno de los
mejores neurocirujanos del país, si no el más rápido. Por usar sus propias
palabras, gustaba de decir: «Cuando uno entra en la cabeza, no hay tiempo para
andar a tientas». Y con su enciclopédico conocimiento de la neuroanatomía
humana y todos sus recovecos, era de una eficiencia soberbia.
Darlene Cooper le presentó, bien abiertos, los guantes de goma
especiales, de color
23
pardo, que él exigía. Introdujo en ellos las manos, mirándola a los
ojos.
- Ahhh -arrulló, como si el meter allí las manos le provocara un
orgasmo-. Querida, eres una maravilla.
La enfermera esquivó sus ojos azul grisáceos, mientras le entregaba una
toalla húmeda para que quitara el talco de los guantes. Estaba habituada a esos
comentarios, y sabía, por experiencia propia, que la mejor defensa era pasarlos
por alto.
Después de instalarse a la cabecera de la mesa, con Newman a la derecha
y Lowry a la izquierda, Mannerheim observó la duramadre semitransparente que
cubría el cerebro. Newman había practicado cuidadosas suturas tomando parte de
ella para sujetarla a los bordes de la craneotomía. Esos puntos levantaban la
corteza cerebral, manteniéndola tirante hacia arriba.
-Bueno, adelante -dijo Mannerheim-. Gancho dural y escalpelo.
Los instrumentos fueron puestos con mucha firmeza en la mano de
Mannerheim.
-Despacio, nena. No estamos actuando para la televisión. No quiero
sentir dolor cada vez que pido un instrumento.
Y se inclinó para levantar diestramente la dura con el gancho. Hizo una
pequeña abertura, y por el agujero quedó a la vista un montículo gris-rosado de
cerebro humano.
Una vez iniciada su actividad, Mannerheim tomaba una actitud
completamente profesional. Sus manos, relativamente pequeñas, se movían con
económica deliberación; sus ojos prominentes no se apartaban del paciente.
Contaba con una extraordinaria sincronización de pulso y vista. Su poca
estatura, de un metro sesenta y tres, representaba para él una fuente de
irritación constante. A su modo de ver, lo habían estafado al privarlo de los
quince centímetros que le faltaban para igualar su estatura intelectual, pero
se mantenía en excelentes condiciones físicas y no representaba, ni con mucho,
los sesenta y un años que tenía.
Con tijeras pequeñas y tampones de algodón, que fue insertado entre la
duramadre y el cerebro a manera de protección, abrió la cubierta del cerebro en
toda la extensión de la ventanilla practicada en el hueso. Utilizando el dedo
índice, palpó suavemente el lóbulo temporal de Lisa. Dada su experiencia, era
capaz de detectar la más leve anormalidad. Para Mannerheim, esa íntima
interacción entre él y un cerebro humano, vivo y palpitante, era la apoteosis
de la existencia. En muchas operaciones el mismo entusiasmo le provocaba una
erección.
-A ver, el estimulador y los registros del electroencefalograma.
Los doctores Newman y Lowry maniobraban con profusos cablecitos. Nancy
Donovan, en su papel de enfermera, tomó los terminales que los médicos le
entregaban y los conectó a los tableros cercanos. El jefe de internos ubicó
cuidadosamente los electrodos en dos hileras paralelas: una, cruzando por el
medio el lóbulo temporal; la otra, por encima de la cisura de Silvio. Los
electrodos flexibles y sus bolitas de plata entraron bajo el cerebro. Nancy
Donovan operó una llave y la pantalla de EEG, próxima al monitor cardíaco, se
encendió en señales fluorescentes que trazaban líneas erráticas.
Los doctores Harata y Negamoto entraron en el quirófano. A Mannerheim no
le complacía tanto la posibilidad de que los visitantes pudieran aprender
alguna cosa como el hecho de tener público a su alrededor.
-Ahora fíjense -dijo Mannerheim, haciendo ademanes-, se dicen muchas
tonterías sobre si se debe o no quitar la parte superior del lóbulo temporal
durante una lobectomía temporal. Algunos médicos temen que afecte el habla del
paciente. La respuesta es hacer la prueba.
Con un estimulador eléctrico en la mano a manera de batuta, Mannerheim
hizo una seña al doctor Ranade, que se inclinó para levantar la sábana.
-Lisa -llamó.
La muchacha abrió los ojos; reflejaban aturdimiento por la conversación
que había escuchado.
-Lisa -dijo el doctor Ranade-. Quiero que recite tantas rimas infantiles
como pueda.
Ella obedeció, en la esperanza de que, si cooperaba, todo aquello
terminaría pronto.
24
Empezó a hablar, pero mientras lo hacía, el doctor Mannerheim tocó la
superficie de su cerebro con el estimulador. Ella se interrumpió en la mitad de
una palabra. Sabía lo que intentaba decir, pero le era imposible. Al mismo
tiempo tuvo la imagen mental de una persona que cruzaba una puerta.
El cirujano, observando la interrupción del habla, dijo:
-¡Ahí está la respuesta! En este caso no sacamos la circunvolución
temporal superior.
Los japoneses sacudieron afirmativamente la cabeza» indicando que
comprendían.
-Ahora vamos a la parte más interesante de este ejercicio -continuó
Mannerheim, tomando uno de los dos electrodos de profundidad que le había
prestado el hospital Gibson-. A propósito, que alguien llame a Radiología.
Quiero una diapositiva de estos electrodos, para que más tarde podamos saber
dónde estaban.
Las rígidas agujas de los electrodos eran, a un tiempo, instrumentos de
registro y de estímulo. Antes de someterlas a esterilización, el neurocirujano
había marcado un punto a cuatro centímetros de la punta aguzada. Con una
pequeña regla metálica, midió cuatro centímetros desde el borde frontal del
lóbulo temporal; sostuvo el electrodo en ángulo recto con respecto a la
superficie del cerebro y lo empujó a ciegas, sin dificultad, hasta la marca de
los cuatro centímetros. Los tejidos cerebrales presentaron una resistencia
mínima. Después tomó el segundo electrodo y lo insertó dos centímetros más
atrás. Cada uno sobresalía unos cinco centímetros del cerebro.
Por suerte, Kenneth Robbins, el jefe de técnicos de Neurorradiología,
llegó en ese momento. Si se hubiera retrasado un poco más, Mannerheim habría
tenido uno de sus célebres arrebatos. Como el quirófano estaba preparado para
obtener radiografías, el jefe de técnicos tardó sólo unos pocos minutos en
tomar las dos imágenes.
-A ver -dijo Mannerheim, mirando el reloj; comprendió que debía acelerar
las cosas-. Estimulemos los electrodos profundos para ver si podemos generar
ondas cerebrales epilépticas. Según mi experiencia, si se producen, hay sólo un
uno por ciento de posibilidades de que la lobectomía solucione los ataques.
Los médicos se reagruparon alrededor de la paciente.
-Doctor Ranade -dijo Mannerheim-, pregunte al paciente qué experimenta y
qué piensa después del estímulo.
El anestesista, asintiendo, desapareció bajo el borde de las sábanas. Al
sacar la cabeza indicó al cirujano que podía proseguir.
Para Lisa, el estímulo fue como una bomba que estallara sin sonido ni
dolor. Después de un período en blanco que pudo haber sido de una hora o una
fracción de segundo, un calidoscopio de imágenes se confundió con la cara del
médico indio, al final del largo túnel. No reconoció al doctor Ranade, no sabía
quién era ella misma. Sólo tuvo conciencia del terrible olor que presagiaba sus
ataques, y eso la aterrorizó.
-¿Qué sintió? -preguntó el doctor Ranade.
-Ayúdeme -gritó Lisa. Trató de moverse, pero las ligaduras la contenían.
Comprendió que el ataque era inminente-. Ayúdeme.
El anestesista se alarmó.
-Lisa, Lisa, todo va bien. Tranquilícese.
-Ayúdeme -gritó Lisa, y perdió el dominio de su mente.
La cabeza seguía fija en su sitio, al igual que la correa de la cintura.
Toda su fuerza se concentró en el brazo derecho: tiró con una fuerza enorme,
imprevista. La ligadura de la muñeca se soltó, y el brazo libre se arqueó hacia
arriba entre las sábanas.
Mannerheim, hipnotizado por los registros anormales del EEG, vio la mano
de Lisa por el rabillo del ojo. Si hubiera reaccionado con mayor prontitud,
quizá hubiera podido evitar el incidente. Tal como ocurrieron las cosas, la
sorpresa le impidió reaccionar por un momento. La mano de Lisa, agitándose
salvajemente para liberar el cuerpo aprisionado en la mesa de operaciones»
golpeó los electrodos que sobresalían y los clavó directamente en el cerebro.
25
Philips hablaba por teléfono con un pediatra llamado George Rees en el
momento en que Robbins llamó a la puerta y abrió. Le hizo señas de que pasara
al despacho mientras terminaba su conversación con Rees; el pediatra quería
saber ciertos datos de una radiografía craneal de un niño de dos años, que
supuestamente se había caído por las escaleras. Martin se vio obligado a
informarle que, en su opinión, había indicios de castigos corporales, debido a
antiguas fracturas de costillas que había visto en la radiografía de tórax del
paciente. Era un asunto para tomar con pinzas, y Philips se sintió aliviado al
terminar la conversación.
-¿Qué hay de nuevo? -preguntó a Robbins, haciendo girar la silla.
Robbins era el jefe de técnicos de Neurorradiología, contratado por él,
y entre los dos existía una relación especial.
-Sólo las placas de localización que se mandó hacer para Mannerheim.
Philips asintió, mientras el técnico las sujetaba en el visor del
despacho. No era habitual que ese hombre saliera del departamento para tomar
radiografías, pero él le había pedido que atendiera personalmente a Mannerheim,
para evitar cualquier problema.
La radiografía operativa de Lisa Marino se encendió en la pantalla. La
placa lateral mostraba una luminosidad poliédrica allí donde se había abierto
la ventana ósea. Dentro de su área, bien definida, se veían las siluetas
blancas y brillantes de los numerosos electrodos. Los de profundidad, parecidos
a agujas, eran los más visibles; fue la posición de esos instrumentos lo que
interesó a Philips. Con el pie, activó el motor de un visor del tamaño de un
mural, llamado alternador. Mientras él mantuviera el pie sobre el pedal, la
pantalla cambiaría, porque la unidad se podía cargar con una cantidad
indefinida de placas y películas. Philips mantuvo 1a máquina en funcionamiento
hasta llegar a las placas anteriores de Lisa Marino.
Al comparar las nuevas con las antiguas, le sería posible determinar la
situación exacta de los electrodos de profundidad.
-Caramba -exclamó-. Tus radiografías son una verdadera preciosidad. Si
pudiera reproducirte por multiplicación, tendría solucionada la mitad de mis
problemas.
Robbins se encogió de hombros, como si no le importara, aunque el
cumplido le había agradado. Philips era un jefe exigente, pero sabía reconocer
los méritos del personal que trabajaba para él.
Martin utilizó una regla calibrada para medir las distancias asociadas
con los diminutos vasos sanguíneos de las radiografías anteriores. Su
conocimiento de la anatomía del cerebro y de la ubicación habitual de esos
vasos le permitía formarse una imagen mental en tres dimensiones de la zona que
le interesaba. Al aplicar esa información a las nuevas imágenes, captaba la
posición en que habían sido colocadas las puntas de los electrodos.
-Sorprendente -dijo, recostándose hacia atrás-. Esos electrodos están
perfectamente colocados. Mannerheim es fantástico. Si al menos su buen juicio
igualara a su habilidad técnica...
-¿Quieres que lleve estas placas a la sala de operaciones?
El radiólogo sacudió la cabeza.
-No, las llevaré personalmente. Quiero hablar con Mannerheim. Voy a
llevar también algunas de estas placas viejas. La posición de esta arteria
cerebral posterior me preocupa un poco.
Philips recogió las radiografías y se dirigió hacia la puerta.
Aunque la situación, en el quirófano 21, había vuelto a una especie de
normalidad, Mannerheim estaba furioso por el incidente. Ni siquiera la
presencia de los visitantes extranjeros sirvió para atemperar su enojo. Newman
y Lowry llevaron la peor parte, como si el neurocirujano los creyera
deliberadamente confabulados para provocar el problema.
Habían iniciado la lobectomía en cuanto Ranade hubo aplicado a Lisa una
anestesia total endotraqueal. El ataque de la paciente provocó un pánico
inmediato, pero todo el mundo actuó con serenidad y eficacia. Mannerheim logró
atrapar la mano de Lisa antes de que provocara más daños y Ranade, el verdadero
héroe, reaccionó inmediatamente, inyectando
26
una dosis de ciento cincuenta miligramos de Tiopental, seguido por un
paralizante muscular llamado D-tubocurarina. Esas drogas, no sólo durmieron a
la paciente, sino que además acabaron con el ataque. En cuestión de pocos
minutos, el médico indio había colocado el tubo endotraqueal, después de poner
en funcionamiento el óxido nitroso e instalar sus monitores.
Mientras tanto, Newman extraía los dos electrodos profundamente hundidos
y Lowry retiraba los superficiales, colocando tampones de algodón húmedos sobre
el cerebro que quedaba al descubierto; después cubrió la zona con una toalla
esterilizada. Hubo que cambiar las sábanas que cubrían a la paciente, las batas
y los guantes a los médicos. Todo volvió a la normalidad, excepto el humor de
Mannerheim.
-Mierda -dijo, enderezándose para aliviar la tensión de la espalda-.
Lowry, si quiere ser alguna cosa cuando sea mayor, avíseme. Si no, sostenga los
retractores de modo que yo pueda ver.
El interno, desde su posición, no veía lo que estaba haciendo.
Se abrió la puerta del quirófano y Philips entró con las radiografías.
-Cuidado -le susurró Nancy Donovan-. Napoleón está de un humor
espantoso.
-Gracias por la advertencia -respondió Philips, exasperado.
Lo irritaba la tolerancia de todo el mundo por la personalidad
adolescente de Mannerheim, por muy buen cirujano que fuera. Puso las
radiografías en el visor, sabiendo que el cirujano ya lo había visto. Pasaron
cinco minutos antes de que Philips comprendiera que lo estaba ignorando
deliberadamente.
-Doctor Mannerheim -llamó Martin, haciéndose oír por encima del monitor
cardíaco. Todas las miradas se volvieron hacia Mannerheim. que se enderezaba;
el reflector que
llevaba en la cabeza cayó directamente sobre la cara del radiólogo.
-No sé si se ha dado cuenta -dijo, dominando la furia-, pero estamos
haciendo cirugía de cerebro y quizá no esté bien interrumpir.
-Usted pidió radiografías de localización -repuso Philips,
calmosamente-, y considero mi deber proporcionarle esa información.
-Dé su deber por cumplido -replicó el cirujano, volviendo a la incisión
que estaba ampliando.
Lo que preocupaba a Philips no era la posición de los electrodos, pues
los sabía perfectamente ubicados, sino la orientación del electrodo posterior o
hipocampal en relación con la formidable arteria cerebral posterior.
-Hay algo más -dijo-. Quisiera...
Mannerheim levantó bruscamente la cabeza. El rayo del reflector cruzó la
pared y el techo; su voz fue como un látigo.
-Doctor Philips, ¿le molestaría salir de aquí con esas radiografías para
que podamos terminar esta operación? Cuando necesitemos ayuda, ya se la
pediremos.
Después, ya en voz normal, pidió a la instrumentista ciertos fórceps y
volvió a su trabajo.
Martin, tranquilamente, sacó sus radiografías y abandonó el quirófano.
Mientras volvía a ponerse la ropa de calle, en el vestuario, trató de no pensar
demasiado, cosa que le era fácil en ese estado de ánimo. Después, al volver a
Radiología, se permitió evaluar el conflicto de responsabilidad que evocaba el
incidente. Tratar con Mannerheim requería recursos que nunca había creído
necesitar como radiólogo. Todavía no había resuelto nada cuando llegó al
departamento.
-Lo están esperando en la sala de angiografía -le dijo Helen Walker, y
se levantó para seguirlo al interior.
Helen era una mujer negra, de treinta y ocho años, sumamente agraciada;
procedía de Queen y era secretaria de Philips desde hacía cinco años. Entre los
dos había una magnífica relación. Él se aterrorizaba de sólo pensar que esa
mujer pudiera renunciar a su puesto, pues, como toda buena secretaria, era
indispensable para ordenar la rutina diaria de Philips. Hasta la ropa que él
usaba actualmente era resultado de sus esfuerzos. Aún emplearía la de sus
épocas de estudiante si Helen no lo hubiera convencido de que se encontraran en
una de las grandes
27
sastrerías, un sábado por la tarde. De aquello salió un nuevo Philips;
las ropas modernas caían de maravilla a su cuerpo atlético.
Arrojó las radiografías sobre el escritorio, donde se mezclaron con
otras placas, papeles, libros y periódicos. Era el único sitio que a Helen le
estaba prohibido tocar.
Aunque aquello parecía un revoltijo, él sabía dónde tenía las cosas.
Helen, de pie tras él, le leyó un torrente de mensajes que tenía la
obligación de transmitirle. El doctor Rees había llamado para preguntar por la
tomografía de su paciente; la unidad de Rayos X de la segunda sala de
Angiografía estaba reparada y funcionando normal-mente; habían llamado de
Urgencias, diciendo que esperaban a un paciente gravemente herido en la cabeza,
y necesitarían una tomografía urgente. Todo interminable y rutinario. Philips
le dijo que se encargara de todo, lo cual era lo que ella había pensado hacer,
de todos modos, y la vio regresar a su mesa.
El se quitó la chaquetilla blanca para reemplazarla por el delantal de
plomo que utilizaba durante ciertos procedimientos radiológicos, a fin de
protegerse de las radiaciones. En la pechera se veía un desteñido monograma de
Superman, que resistía todos los intentos de borrado. Dos años antes lo habían
dibujado allí, en broma, sus compañeros de Neurorradiología. Martin no se
fastidió; sabía que era una muestra de admiración.
Cuando estaba para salir, recorrió con la vista la superficie de su
mesa, buscando la cassette con el programa; necesitaba asegurarse de que no
había imaginado las noticias de Michaels. Como no la halló, fue a revolver las
capas superiores del desorden; allí estaba bajo las radiografías pedidas por
Mannerheim. Philips se dio vuelta para irse, pero volvió a detenerse para
recoger la cassette y la última placa lateral de Lisa Marino. Levantando la
voz, pidió a Helen, a través de la puerta, que se encargara de avisar a la sala
de Angiografía que iría en seguida. Luego fue a su mesa de trabajo.
Dejó caer el delantal de plomo en una silla y se quedó mirando fijamente
el prototipo computado, preguntándose si en verdad funcionaría. Después puso la
radiografía de Lisa Marino contra la luz que surgía de los visores. No le
interesaban las siluetas de los electrodos, de modo que su mente las eliminó.
Lo que le intrigaba era lo que la computadora podía decir de la craneotomía.
Philips sabía que ese procedimiento no estaba incluido en el programa.
Movió la llave del procesador central; cuando se encendió la luz roja,
insertó lentamente la cassette. No la había introducido en sus tres cuartas
partes cuando la máquina se la tragó como un perro hambriento. De inmediato, la
máquina de escribir conectada cobró vida. Philips cambió de posición para leer
lo que escribía.
¡HOLA! SOY RADIOINTERP, CRÁNEO I. POR FAVOR, SUMINISTRE NOMBRE PACIENTE.
Philips pulsó «Lisa Marino» con los índices y lo hizo ingresar.
GRACIAS. POR FAVOR, SUMINISTRE SÍNTOMAS.
El escribió: «Ataques».
GRACIAS. POR FAVOR, SUMINISTRE INFORMACIÓN CLÍNICA RELACIONADA.
«Sexo femenino -escribió Martin-; edad 21 años, un año padeciendo
epilepsia del lóbulo temporal».
GRACIAS. POR FAVOR, INSERTE PLACA EN VISOR LÁSER.
Philips vio que los rodillos que cerraban por dentro la ranura de
inserción ya estaban en movimiento. Introdujo cuidadosamente la placa, con la
emulsión hacia abajo, y el aparato la tomó para arrastrarla hacia dentro,
mientras se activaba la máquina de escribir. Decía:
GRACIAS. TOME UNA TAZA DE CAFÉ.
El radiólogo sonrió. El sentido del humor de Michaels aparecía cuando
menos se lo esperaba.
Se produjo un ligero zumbido eléctrico, pero la máquina de escribir
permaneció inactiva. Philips tomó su delantal de plomo y salió de la oficina.
28
El quirófano 21 permanecía en silencio total, a medida que Mannerheim
iba retirando lentamente el lóbulo temporal derecho de Lisa. Unas venas
pequeñas ligaban el espécimen a los senos venosos. Newman las coaguló
hábilmente para cortarlas. Cuando al fin quedó libre, el neurocirujano retiró
el trozo de cerebro del cráneo y lo depositó en una bandeja de acero inoxidable
que le tendía Darlene Cooper. Mannerheim miró la hora; iba bien. A medida que
avanzaba la operación, su humor había vuelto a cambiar. Se sentía eufórico y
justamente complacido con su actuación: había cumplido con todo el
procedimiento en la mitad del tiempo habitual, y estaba seguro de llegar a su
oficina antes del mediodía.
-Todavía no hemos terminado -dijo, tomando el succionador metálico en la
mano izquierda y los fórceps en la derecha.
Con cuidado, trabajó en el sitio donde había estado el lóbulo temporal,
absorbiendo más tejido cerebral. Estaba eliminando lo que se denomina núcleo
gris profundo. Era, probablemente, la parte más peligrosa de la operación, pero
la que más le gustaba. Con suprema confianza, manejó el succionador esquivando
las estructuras vitales.
En cierto punto, un gran lóbulo de tejido cerebral bloqueó
momentáneamente la boca del aparato. Se oyó un ligero silbido antes de que el
fragmento desapareciera por el tubo.
-Ahí van las lecciones de música -dijo Mannerheim.
Era un chiste común entre los neurocirujanos, pero resultaba más
gracioso que de costumbre por provenir de Mannerheim, después de tanta tensión
como había provocado. Todo el mundo lo festejó, hasta los dos médicos
japoneses.
En cuanto Mannerheim hubo terminado de retirar el tejido, Ranade aminoró
el ritmo de ventilación de la paciente. Quería que la presión sanguínea de Lisa
ascendiera un poco mientras Mannerheim inspeccionaba la cavidad, en busca de
pérdidas de sangre. Después de una meticulosa verificación, el cirujano quedó
convencido de que la zona operada estaba seca. Entonces tomó una aguja para
cerrar la duramadre, esa gruesa cobertura del cerebro. En ese momento el médico
indio empezó a aligerar cautelosamente la anestesia de Lisa. Quería estar en
condiciones de retirar el tubo de su tráquea, al terminar la operación, sin que
ella tosiera ni se pusiera tensa, y eso requería una delicada orquestación de
todas las drogas que había estado empleando. Era imperativo que la presión
sanguínea no subiera.
El cierre de la corteza se llevó a cabo con prontitud; con una diestra
rotación de muñeca, colocó el último punto interrumpido. El cerebro de Lisa
estaba nuevamente cubierto, aunque la duramadre se veía algo hundida y más
oscura allí donde faltaba el lóbulo temporal. Mannerheim inclinó la cabeza a un
costado para admirar su obra de arte; después, dando un paso atrás, se quitó
los guantes de goma. El chasquido resonó en todo el quirófano.
-Bien -dijo-. Ciérrenla, pero no tarden toda la vida para ello.
Y salió de la habitación, indicando con un gesto a los dos médicos
japoneses que lo siguieran.
Newman tomó su puesto a la cabecera de la mesa.
-Bueno, Lowry -indicó, imitando a su jefe-, a ver si puedes ayudarme en
vez de molestarme.
Con un par de pinzas quirúrgicas, tomó el borde de la herida y la volvió
parcialmente hacia fuera. Después hundió profundamente la aguja en la piel del
cráneo, asegurándose de pinchar también el pericráneo, y sacó la aguja dentro
de la herida. Después de retirar el portaagujas de su posición original, en la
parte trasera, lo usó en la punta, ajustando la sutura. Más o menos con la
misma técnica, pasó el hilo por el otro lado de la herida, pasando la sutura
por la mano presta del doctor Lowry, a fin de atar el punto. Repitieron el
procedimiento hasta que la herida quedó cerrada con puntos negros, dando la
impresión de que la cabeza tenía un gran cierre de cremallera.
Durante esa parte de la operación, el doctor Ranade seguía ventilando a
Lisa por medio de una bolsa de ventilación. En cuanto echaron el último punto,
planeaba suministrar a Lisa oxígeno al cien por ciento y revertir el resto del
paralizante muscular que el cuerpo no hubiera metabolizado. A su debido tiempo,
volvió a comprimir la bolsa de ventilación, pero en esa ocasión sus dedos
experimentados detectaron un sutil cambio con respecto a la presión
29
anterior. En los últimos minutos Lisa había empezado a hacer esfuerzos
para respirar por cuenta propia, y eso causaba cierta resistencia a la
respiración artificial. Ranade, observando la vejiga respiratoria y escuchando
con su estetoscopio de esófago, determinó que la muchacha había dejado de
respirar. Controló el estimulante del nervio periférico; indicaba que el
paralizante muscular estaba perdiendo efecto, tal como había sido programado.
Entonces ¿por qué respiraba? Al anestesista se le aceleró el pulso; para él,
manejar la anestesia era como estar de pie en una cornisa segura, pero
estrecha, al borde de un precipicio.
Se apresuró a medir la presión sanguínea. Había ascendido a 150 sobre
90. Durante la operación se había mantenido estable a 105 sobre 60. ¡Algo
andaba mal!
-Un momento -pidió el doctor Newman, mientras miraba rápidamente el
monitor cardíaco.
Las pulsaciones eran regulares, pero se iban haciendo lentas, con largas
pausas entre los picos.
-¿Qué pasa? -preguntó el jefe de internos, percibiendo la ansiedad en la
voz.
-No sé.
El doctor Ranade consultó la presión venosa de Lisa, mientras se
preparaba para inyectar una droga llamada Nitroprusside para bajar la presión
sanguínea. Hasta entonces, creía que la variación en los signos vitales de la
paciente eran una respuesta del cerebro, que reaccionaba contra el insulto de
la cirugía. Pero en ese momento empezó a temer que se tratara de una
hemorragia. Lisa podía estar sangrando, y la presión aumentaría dentro de la
cabeza. Eso explicaría la secuencia de los síntomas.
Volvió a tomar la presión sanguínea: había subido a 170 sobre 100.
Inmediatamente inyectó el Nitroprusside. Al hacerlo experimentó ese
desagradable vacío en el abdomen que se asocia con el terror.
-Podría ser una hemorragia -explicó, inclinándose para levantar los
párpados de Lisa.
Vio lo que temía ver: las pupilas se estaban dilatando.
-¡Estoy seguro! ¡Es una hemorragia! -chilló.
Los dos internos se miraron fijamente por encima de la paciente.
Pensaban lo mismo. -Mannerheim se va a poner furioso -dijo Newman-. Tenemos que
llamarlo. -Y ordenó
a Nancy Donovan-: Vaya. Dígale que es una emergencia.
Nancy voló al intercomunicador para llamar al personal de la entrada.
- ¿La volvemos a abrir? -preguntó Lowry.
-No sé -fue la nerviosa respuesta de Newman-. Si la hemorragia está en
el cerebro, será mejor pedir una tomografía de emergencia. Si está en el sitio
de la operación, entonces habrá que abrirla.
-La presión sanguínea sigue subiendo -observó el doctor Ranade, mirando
su medidor con cara de incredulidad.
Y se preparó para darle más medicación, a fin de bajarla.
Los dos internos permanecían inmóviles.
-¡Y sigue subiendo! -les gritó el hindú-. ¡Por el amor de Dios, hagan
algo!
-Tijeras -ladró Newman.
Se las plantaron en la mano. Cuando cortó los últimos puntos, la herida
se abrió espontáneamente; bastó levantar el colgajo de cuero cabelludo para que
el sector de hueso que había quitado la craneotomía empujara hacia ellos.
Parecía palpitar.
-Tráiganme las cuatro unidades de sangre preparada -gritó Ranade.
El doctor Newman cortó las dos suturas que sostenían el trozo de hueso
en su sitio: cayó a un costado antes de que pudiera retirarlo. La duramadre se
abultaba, con una ominosa sombra negra. La puerta del quirófano se abrió de
golpe. El doctor Mannerheim entró como un ciclón, con la bata desabrochada casi
hasta abajo.
-¡Qué diablos pasa! -aulló. De inmediato vio la duramadre palpitante y
abultada-. ¡ Santo Dios! ¡ Guantes, denme guantes!
Nancy Donovan empezó a abrir un par nuevo, pero el cirujano se los
arrancó y se los puso sin lavarse.
30
En cuanto cortaron unos pocos puntos, la duramadre se abrió como si
estallara y un chorro de sangre roja, brillante, saltó al pecho de Mannerheim,
empapándolo, en tanto él cortaba a ciegas el resto de la sutura. Tenía que
hallar la fuente de la hemorragia.
-Succionador -chilló.
La máquina, con un tosco sonido, empezó a absorber la sangre. De
inmediato fue evidente que el cerebro se había movido o hinchado, porque el
cirujano dio con él en seguida.
-La presión sanguínea está descendiendo -indicó Ranade.
Mannerheim pidió a gritos un retractor cerebral para que le facilitara
la vista del sitio operado, pero en cuanto retiró el succionador la sangre
subió en un chorro.
-Presión sanguínea... -dijo el anestesista. Una pausa-. No hay registro.
El ruido del monitor cardíaco, tan constante en el curso de la
operación, aminoró hasta convertirse en una penosa pulsación y se detuvo.
-¡Paro cardíaco! -gritó el doctor Ranade.
Los internos retiraron bruscamente las pesadas sábanas arrojándolas
sobre la cabeza de Lisa para descubrir el cuerpo. Newman trepó al banquillo que
estaba junto a la mesa e inició un masaje cardíaco, apretando el esternón de la
paciente. El anestesista colgó los frascos de sangre que le habían traído y
abrió todos los tubos intravenosos, para inyectar el fluido con toda la
celeridad posible.
-¡Paren! -chilló Mannerheim, que había dado un paso atrás en el momento
en que Ranade anunciaba el paro cardíaco.
Invadido por una frustración absoluta, arrojó el retractor de cerebro al
piso y permaneció inmóvil por un momento, con los brazos caídos. Por los dedos
le chorreaban sangre y fragmentos de cerebro.
-Basta -dijo al fin-. No hace falta. Es obvio que reventó alguna arteria
principal. Ha de haber sucedido cuando esta maldita paciente apretó los
electrodos. Probablemente traspasó una arteria y la dejó en espasmo. El ataque
lo disimuló pero al relajarse el espasmo empezó a sangrar. ¡No hay modo de
resucitar a esta paciente!
Y se volvió para salir, sujetándose los pantalones esterilizados, que
estaban a punto de caer. Ya en la puerta ordenó a los dos internos:
-Quiero que la cierren como si estuviera viva. ¿Entendido?
5
-Soy Kristin Lindquist -dijo la joven que esperaba en la sala de
Ginecología de la universidad. Logró sonreír, pero las comisuras de la boca le
temblaban un poco-. Tengo hora con el doctor John Schonfeld, a las once y
cuarto.
Según el reloj de pared, eran exactamente las once.
Ellen Cohen, la recepcionista, levantó la vista de su novela barata para
mirar aquella cara bonita que le sonreía. Vio de inmediato que Kristin
Lindquist tenía cuanto a ella le faltaba: pelo rubio natural, fino como la
seda, nariz pequeña y respingona, grandes ojos de un azul intenso y piernas
largas, bien torneadas. Ellen la detestó instantáneamente; para sus adentros,
la clasificó como «una de esas locas de California». El que Kristin Lindquist
proviniera de Madison, Wisconsin, no le hubiera importado mucho. Aspiró
largamente su cigarrillo, despidiendo el humo por la nariz, en tanto revisaba
el libro de visitas. Tachó el nombre de Kristin y le indicó que tomara asiento,
agregando que la atendería el doctor Harper en vez del doctor Schonfeld.
-¿Y por qué no me atiende el doctor Schonfeld? -preguntó la chica; ése
era el médico que le había recomendado una de sus compañeras, en la residencia
universitaria.
-Porque no está. ¿Basta con eso?
Kristin asintió, pero Ellen no se dio cuenta. Había vuelto a su novela;
sin embargo, cuando la paciente se alejó, Ellen la miró con envidiosa
irritación.
31
Ese fue el momento en que Kristin debió haberse marchado. En realidad
pensó hacerlo, comprendiendo que nadie se daría cuenta; bastaba con seguir
caminando en la misma dirección. Ya le disgustaba el aspecto ruinoso del
hospital, que sugería enfermedad y decadencia. El doctor Walter Peterson, de
Wisconsin, tenía un despacho limpio y fresco; aunque a ella no le gustaba el
examen semestral, al menos allí no resultaba deprimente.
Pero no se fue. Le había hecho falta bastante coraje para pedir hora, y
ella era casi maniática cuando se trataba de terminar lo comenzado. Por eso se
sentó en la silla manchada, cruzó las piernas y esperó.
Las manecillas del reloj avanzaban penosamente. A los quince minutos
Kristin notó que le sudaban las palmas de las manos y, comprendiendo que estaba
cada vez más nerviosa, se preguntó si sufriría algún desequilibrio psicológico.
Había otras seis mujeres en la pequeña sala de espera, y todas parecían
tranquilas; eso aumentó la incomodidad de Kristin. Pensar en su estructura
interna la descomponía, y la visita al ginecólogo la obligaba a ello de un modo
brutal y desagradable.
Tomó una maltratada revista para intentar distraerse. No tuvo éxito.
Casi todos los anuncios le recordaban la tortura inminente. Entonces vio la
foto de un hombre y una mujer, que vino a causarle una nueva preocupación: ¿por
cuánto tiempo quedaría esperma en la vagina después del acto sexual? Dos noches
antes se había acostado con Thomas Huron, su novio, estudiante de los últimos
cursos. Sería humillante que el médico se diera cuenta.
La relación con Thomas era el motivo de que Kristin hubiera decidido
acudir a la clínica. Salían con frecuencia desde el otoño y, al intensificarse
la relación, ella comprendió que elegir los días «no peligrosos» ya no era un
método anticonceptivo razonable. Thomas se negaba a aceptar responsabilidades y
la presionaba constantemente para que hicieran el amor con más frecuencia. Ella
había hecho averiguaciones sobre las píldoras anticonceptivas en el dispensario
de la facultad, pero le dijeron que primeramente debía hacerse un examen
ginecológico en el Centro Médico. Kristin hubiera preferido consultar a su
antiguo médico, en la ciudad natal, pero ahí no habría sido posible mantener el
secreto, como deseaba.
Al aspirar profundamente notó que tenía el estómago hecho un nudo;
sentía unos rumores perturbadores en el abdomen. Sólo le faltaba pescar una
diarrea a causa de los nervios. El mismo pensamiento la mortificó.
Volvió a mirar el reloj, rogando que no la hicieran esperar mucho.
Una hora y veinte después, Ellen Cohen hizo pasar a Kristin a uno de los
consultorios. Mientras se desvestía tras un pequeño biombo, sintió en los pies
el frío del linóleo del suelo. Colgó toda su ropa en un único perchero y,
siguiendo las indicaciones, se puso una bata de hospital que le llegaba a la
mitad del muslo y se ataba adelante. Al mirar hacia abajo se vio los pezones,
erectos por el frío, sobresaliendo como botones duros bajo la tela de algodón
gastada. Rogó que volvieran a su estado normal antes de que la viera el médico.
Al salir de tras la cortina vio que la señorita Blackman, la enfermera,
disponía los instrumentos en una toalla. Desvió la vista, pero no antes de
divisar, involuntariamente, una serie de instrumentos de reluciente acero
inoxidable, incluidos un espéculo y algunos fórceps. Con sólo ver aquellos
artefactos se sintió débil.
-Ah, muy bien -dijo la señorita Blackman-. Es rápida, y eso nos gusta.
¡Venga! - Palmeó la camilla.- Ahora súbase aquí. El doctor llegará en seguida.
Y movió un banquillo con el pie, para ponerlo en una posición
estratégica.
Utilizando las dos manos para sujetar su frágil bata, Kristin avanzó
hacia la camilla. Los estribos metálicos que salían de un extremo le daban el
aspecto de un artefacto medieval para tortura. Subió al banquillo y se sentó de
cara a la enfermera.
La señorita Blackman procedió entonces a confeccionar con todo detalle
una historia médica que impresionó a Kristin por su meticulosidad. Nadie se
había tomado nunca el trabajo de hacer un trabajo completo, que incluyera
concienzudas preguntas sobre la historia familiar. Al ver por primera vez a la
enfermera se había sentido intranquila, temiendo que fuera tan fría y áspera
como lo sugería su aspecto. Pero durante aquel interrogatorio se reveló tan
agradable, tan interesada en Kristin como persona, que la muchacha empezó a
relajarse.
32
Los únicos síntomas que la señorita Blackman anotó fueron un leve flujo
que la chica había notado en los últimos meses y algunas pérdidas
intermenstruales que había tenido desde siempre, por lo que ella podía
recordar.
-Está bien, vamos a prepararnos para cuando venga el doctor -indicó la
señorita Blackman, apartando la hoja-. Acuéstese y ponga los pies en los
estribos.
Kristin hizo lo indicado, tratando vanamente de sostener los bordes de
la bata para que no se separaran. Era imposible, y una vez más empezó a perder
la compostura. Los estribos de metal estaban helados y los escalofríos le
recorrían el cuerpo.
La enfermera desplegó con una sacudida una sábana recién planchada y se
la tendió encima. Después levantó un extremo para mirar por debajo. Kristin
tuvo la impresión de que sentía la mirada de la mujer sobre la antepierna,
totalmente descubierta.
-Bueno -dijo-, muévase hasta el borde de la camilla.
La chica, con un movimiento rotatorio de las caderas, se deslizó hacia
abajo. La señorita Blackman, que seguía mirando por debajo de la sábana, no
quedó satisfecha.
-Un poco más.
Kristin siguió bajando hasta que las nalgas le quedaron medio fuera de
la camilla.
-Eso es -dijo la enfermera-. Ahora descanse hasta que venga el doctor
Harper.
¿Quién hubiera podido descansar? Se sentía como un trozo de carne
colgado de un gancho, esperando a que los compradores vinieran a palparlo.
Detrás de ella había una ventana, y el hecho de que las cortinas no estuvieran
del todo cerradas la preocupaba mucho.
La puerta del consultorio se abrió con un golpe seco, y un mensajero del
hospital metió la cabeza. ¿Dónde estaban las muestras de sangre que debían ir
al laboratorio? La señorita Blackman dijo que se lo indicaría y desapareció.
Kristin quedó a solas en la atmósfera esterilizada, envuelta por el aséptico
olor a alcohol. Cerró los ojos y aspiró profundamente, varias veces. Era
esperar lo que empeoraba tanto las cosas.
Se abrió la otra puerta. Ella levantó la cabeza, con la esperanza de que
fuera el médico, pero en cambio vio a la recepcionista, que preguntó por la
señorita Blackman. La chica se limitó a sacudir la cabeza. Cuando la
recepcionista se marchó, dando un portazo, volvió a recostarse y a cerrar los
ojos. No le sería posible resistir mucho más.
Cuando estaba pensando en levantarse y salir de allí, se abrió la puerta
y entró el médico, a grandes trancos.
-Hola, querida; soy el doctor David Harper. ¿Cómo se siente?
-Bien -respondió ella, en tono desmayado.
El doctor David Harper no era lo que ella esperaba. Parecía demasiado
joven para tener el título de médico; la cara mostraba facciones juveniles,
toscas, que contrastaban con la cabeza casi calva. Tenía unas cejas tan espesas
que no parecían auténticas.
El doctor Harper fue hacia el pequeño lavabo y se lavó rápidamente las
manos.
-¿Es estudiante de la universidad? -preguntó, leyendo la ficha que había
quedado sobre la mesa.
-Sí -respondió Kristin.
-¿Y qué estudia?
-Arte.
La chica comprendió que el doctor Harper se limitaba a buscar una
conversación liviana, pero no le importó. En realidad, era un alivio hablar
después de la interminable espera.
-Arte, qué interesante -replicó Harper, indiferente.
Después de secarse las manos, abrió un paquete de guantes de goma y,
frente a Kristin, metió en ellos las manos, tirando ruidosamente de ellos para
cubrirse las muñecas; después ajustó los dedos, uno por uno. Lo hacía
meticulosamente, como en un rito. Kristin notó que el doctor Harper tenía mucho
pelo en todos lados, salvo en el cráneo. El vello de las manos, visto a través
del látex, hacía un efecto muy vulgar.
Mientras se dirigía hacia el pie de la camilla, interrogó a Kristin
sobre su leve flujo y sus pérdidas ocasionales. Era obvio que ninguno de los
dos síntomas lo preocupaba. Sin más
33
demora, se sentó en el banquillo, desapareciendo del campo visual de
Kristin. Ella tuvo un momento de pánico cuando se levantó el borde de la
sábana.
-Muy bien -dijo él, indiferente-. Quiero que se corra un poco más hacia
abajo.
En el momento en que Kristin volvía a deslizarse, se abrió la puerta del
consultorio y la señorita Blackman volvió a entrar. Kristin se alegró de verla.
Sintió que le apartaban las piernas al máximo; nunca se había sentido tan
vulnerable y expuesta.
-Déme el espéculo de Graves -pidió el médico.
La chica no podía ver lo que ocurría, pero oyó el agudo choque del metal
contra otro metal, que le hizo sentir un vacío en el abdomen.
-Bueno -dijo el médico-. Ahora relájese.
Antes de que ella pudiera responder, un dedo enguantado le separó los
labios de la vagina y los músculos de las piernas se le contrajeron por
reflejo. En seguida sintió la fría intrusión del espéculo.
-¡Vamos, relájese! ¿Cuándo se hizo el último Papanicolau?
Kristin tardó algunos segundos en comprender que la pregunta se dirigía
a ella.
-Hace cosa de un año -respondió, con la sensación de que algo se
expandía dentro de
ella.
El doctor Harper guardaba silencio. Kristin no tenía idea de lo que
estaba ocurriendo; con el espéculo en su interior, no se atrevía siquiera a
mover un músculo. ¿ Por qué tardaba tanto? El instrumento se movió un poco y
ella oyó murmurar al médico. ¿Acaso le pasaba algo malo? Al levantar la cabeza
vio que él ni siquiera la miraba. Estaba inclinado sobre la mesita, haciendo
algo con las dos manos. La señorita Blackman asentía y susurraba. Kristin,
recostándose, rogó que se apurara a quitar el espéculo. En eso lo sintió
moverse, y experimentó una extraña sensación de vacío en el estómago.
-Bueno -dijo al fin el doctor Harper.
El espéculo salió con tanta prontitud como había entrado y con sólo una
breve punzada de dolor. Kristin lanzó un suspiro de alivio, sólo para verse
atacada por el resto del examen. Finalmente el médico se quitó los guantes
sucios y los dejó caer en un balde con tapa.
-Sus ovarios están bien.
-Me alegro -replicó Kristin, aunque se refería, ante todo, al hecho de
que la experiencia hubiese acabado.
Después de un breve examen de mamas, el doctor Harper le indicó que
podía vestirse. Actuaba de modo seco, como preocupado. Ella fue al pequeño
cubículo y cerró las cortinas. Se vistió a toda velocidad, temiendo que el
médico pudiera salir antes de que ella hubiera tenido oportunidad de hablarle.
Salió del vestidor abotonándose la blusa; la sincronización fue buena, pues el
doctor Harper estaba completando la ficha.
-Doctor -dijo Kristin-, quisiera consultarle sobre los anticonceptivos.
-¿Qué quiere saber?
-Quisiera saber qué método me conviene más.
El médico se encogió de hombros.
-Cada método tiene sus ventajas y sus desventajas. En lo que a usted
respecta, no creo que haya contraindicaciones; puede emplear cualquiera de
ellos, según sus preferencias. Consulte a la señorita Blackman.
Kristin, asintió. Hubiera querido preguntar más, pero los modales
abruptos del médico le despertaban la timidez.
-En cuanto a su examen -prosiguió él, mientras se levantaba, guardando
el bolígrafo en el bolsillo de la chaqueta-, todo está esencialmente normal.
Noté una ligera erosión en el cuello de la matriz, lo que podría explicar esa
leve pérdida. Pero no es nada. Quizá convenga hacer otra revisión dentro de un
par de meses.
-¿Qué es una erosión? -preguntó la chica, aunque no estaba segura de
querer saberlo. -Simplemente una zona desprovista de las células epiteliales
acostumbradas. ¿Alguna
otra pregunta?
34
El doctor Harper dejaba bien en claro que tenía prisa por concluir con
la consulta.
Kristin vaciló.
-Mire, tengo que atender a otros pacientes -agregó él, apresuradamente-.
Si necesita información sobre anticonceptivos, consulte con la señorita
Blackman, que es muy buena consejera. Una advertencia: quizá sangre un poco
después de la revisión pero no se preocupe. Nos veremos dentro de dos meses.
Y con una sonrisa de despedida, acompañada por uña palmadita dada en la
cabeza de la paciente, se marchó.
Un momento más tarde se abrió la puerta. La señorita Blackman asomó la
cabeza, sorprendida de que el médico no estuviera allí.
-Terminaron pronto -comentó, mientras recogía la ficha-. Venga al
laboratorio para que terminemos con usted; así podrá irse.
Kristin la siguió a otro consultorio que tenía dos camillas y largas
mesas llenas de instrumentos médicos, incluido un estetoscopio. Contra la pared
opuesta se veía una vitrina llena de objetos de aspecto maligno. Junto a ella
colgaba una cartilla de oculista; Kristin sólo reparó en ella porque era una de
esas que únicamente contienen la letra E.
-¿Usa gafas? -preguntó la señorita Blackman.
-No.
-Bien. Ahora acuéstese para que le saque una muestra de sangre.
La chica obedeció, diciendo:
-Me mareo un poco cuando me sacan sangre.
-Es algo muy corriente. Por eso le pedimos que se acueste.
Kristin apartó la vista para no ver la aguja. La enfermera trabajó con
mucha celeridad; después le tomó el pulso y la presión sanguínea. Por fin
oscureció el cuarto para hacerle un examen de la vista.
Aunque la muchacha trataba de consultarla sobre los métodos de
anticoncepción, ella no respondió a preguntas mientras no hubo concluido con su
tarea. Después se limitó a aconsejarle que acudiera al Centro de Planificación
Familiar de la universidad, diciéndole que, como ya tenía aprobado el examen
ginecológico, no tendría ningún problema. En cuanto a la erosión, tomó nota
para aclarar el punto más adelante. Anotó también el número de teléfono de
Kristin, asegurándole que se le avisaría de cualquier irregularidad que
denunciaran los análisis.
Kristin salió apresuradamente de allí, muy aliviada por haber terminado
con aquello. Después de las tensiones experimentadas, le pareció mejor no ir
esa tarde a clase. Cuando llegó al centro de la sala se sintió algo
desorientada: se había olvidado del camino. Giró en redondo, buscando el cartel
que indicaba la dirección de los ascensores, y lo divisó en la pared del
corredor más próximo. Pero en cuanto la imagen de la palabra cayó en su retina,
algo extraño se produjo en su cerebro. Sintió una sensación peculiar, un leve
mareo, seguido por un olor detestable. No pudo identificarlo, pero le pareció
extrañamente familiar.
Con una extraña sensación de malos presagios, trató de no prestar
atención a los síntomas y siguió caminando por el corredor atestado de gente.
Tenía que salir del hospital. Pero el mareo iba en aumento. El corredor empezó
a girar. Ella se aferró del marco de una puerta, en busca de apoyo, y cerró los
ojos. El vértigo cesó. Al principio tuvo miedo de volver a mirar, temiendo que
los síntomas se repitieran, pero lo hizo gradualmente. Por suerte, el mareo no
volvió a presentarse, y en pocos segundos pudo soltar el marco de la puerta.
Antes de que pudiera dar un paso, una mano la tomó por el antebrazo,
haciéndola retroceder, asustada. Fue un alivio descubrir que se trataba del
doctor Harper.
-¿Se siente bien? -preguntó él.
-Sí, perfectamente -respondió Kristin, avergonzada de admitir sus
síntomas. -¿Seguro?
Kristin asintió y, para dar paso a su respuesta, retiró el brazo que
Harper le sujetaba.
-Perdone si la molesté -se disculpó el médico, y se alejó por el
vestíbulo.
Kristin lo observó mezclarse con la multitud. Después tomó aliento y
echó a andar
35
hacia los ascensores, con las piernas inseguras.
6
Martin salió de la sala de angiografía en cuanto estuvo seguro de que el
interno lo tenía todo bajo control y que el catéter había salido de la arteria.
Mientras se aproximaba a su oficina, apretando el paso, rogó que Helen hubiera
salido a almorzar; pero en cuanto dio vuelta al último recodo ella lo divisó y
fue a entregarle su omnipresente manojo de mensajes urgentes. No se trataba de
que Philips no quisiera verla, pero sabía que ella le traería toda clase de
malas noticias.
-La segunda sala de angiografía está nuevamente fuera de servicio -dijo,
en cuanto él le prestó atención-. No es el aparato de rayos X en sí, sino la
máquina que mueve la película; no funciona.
Philips, asintiendo, colgó su delantal de plomo. Ya estaba enterado del
problema y confiaba en que Helen hubiera llamado a la compañía que se encargaba
de las reparaciones. Echó un vistazo al aparato instalado en su mesa de
trabajo, donde se veía toda una página de notas escritas por computadora.
-También tenemos problemas con Claire O'Brian y Joseph Abbodanza -dijo
Helen. Claire y Joseph eran dos técnicos de neurorradiología que ellos habían
adiestrado
durante años.
-¿Qué clase de problema? -preguntó Philips.
-Han decidido casarse.
-Bueno -exclamó él, riendo-, ¿y han estado haciendo cosas feas en el
cuarto oscuro?
-¡No! -saltó Helen-. Pero están decididos a casarse en junio y tomarse
todo el verano para hacer un viaje por Europa.
-¡Todo el verano! -gritó Philips-. ¡No nos pueden hacer eso! Ya va a ser
bastante difícil dejar que se tomen las dos semanas de vacaciones al mismo
tiempo. Supongo que usted se lo habrá dicho.
-Por supuesto -afirmó Helen-. Pero contestaron que no les importaba.
Piensan hacerlo de todos modos, aunque los despidan.
-Caramba -protestó él, dándose una palmada en la cabeza.
Sabía que Claire y Joseph, dado el adiestramiento con que contaban,
podían conseguir trabajo en cualquier centro médico de importancia.
-Además -continuó la secretaria-, el decano de la facultad llamó para
decir que, en una reunión de la semana pasada, se decidió doblar el número de
estudiantes para los turnos de Neurorradiología. Dijo que los estudiantes del
año pasado votaron este servicio como uno de los mejores para la materia
optativa.
Philips cerró los ojos y se masajeó las sienes. ¡Más estudiantes! Sólo
eso le faltaba, por todos los diablos.
-Y por último -prosiguió Helen, ya caminando hacia la puerta-, el señor
Michael Ferguson llamó desde Administración para decir que debemos desocupar el
cuarto que estamos utilizando para almacén de materiales. Lo necesitan para
servicio social.
-¿Y tendría a bien decirme qué se propone que hagamos con los
materiales?
-Eso mismo le pregunté yo. Me contestó que ese espacio nunca fue
asignado a Neurorradiología y que usted lo sabía. Que pensara alguna solución.
Bueno; salgo un ratito para almorzar. Vuelvo en seguida.
-Por supuesto. Buen provecho.
Philips aguardó algunos minutos hasta que su presión volvió a ser
normal. Los problemas administrativos eran cada vez menos tolerables. Se
encaminó a la computadora y sacó el informe.
36
RADIOINTERP, CRÁNEO I
MARINO, LISA
INFORMACIÓN CLÍNICA:
Edad 21 años, sexo femenino, un año de epilepsia lóbulo temporal.
Presentación de una sola proyección lateral izquierda tomada con unidad rayos X
portátil. Parece tomada aproximadamente ocho grados fuera de verdadero lateral.
Hay una gran luminosidad en la región temporal derecha, que representa una zona
desprovista de hueso. Los bordes de esa zona son nítidos, sugiriendo origen
yatrogénico. Esta impresión queda confirmada por una zona de tejido pesado y
suave por debajo de extirpación ósea, sugiriendo un gran colgajo de cuero
cabelludo. Radiografía muy probablemente de una operación.
Numerosos cuerpos metálicos representando electrodos superficiales. Dos
estrechos electrodos metálicos cilíndricos parecen ser electrodos de
profundidad en el lóbulo temporal, probablemente ubicados en el núcleo
amigdaloide y el hipocampo. Las densidades del cerebro muestran finas
variaciones lineales en el lóbulo occipital, el parietal medio y el lateral
temporal.
CONCLUSIÓN:
Placa de operación, con gran extirpación ósea en la región temporal
derecha. Múltiples electrodos de superficie y dos de profundidad. Extendidas
variaciones en densidad de naturaleza no programada.
RECOMENDACIONES:
Se recomiendan proyecciones anterosposterior y oblicua, así como
tomografía, para mejor caracterización de las variaciones de densidad lineales
y para localización de los electrodos profundos. Se requieren datos
angiográficos para asociar la posición de los electrodos profundos con vasos
sanguíneos mayores. ****Programa requiere inserción en unidad de memoria
central de lo relevante en variaciones lineales de densidad.
GRACIAS. SÍRVASE ENVIAR CHEQUES A WILLIAM MICHAELS, DOCTOR EN FÍSICA, Y
MARTIN PHILIPS, DOCTOR EN MEDICINA
Philips no podía creer en lo que acababa de leer. Era bueno; mejor que
eso, era fantástico. Y con esa pequeña muestra de humor al pie, resultaba
sobrecogedor. Philips repasó algunas partes del informe. Le parecía increíble
estar leyendo algo redactado por una máquina y no por otro neurorradiólogo.
Aunque la unidad no había sido programada para craneotomías, parecía capaz de
razonar con la información que poseía y dar la respuesta correcta. Además,
estaba aquello de las variaciones de densidad. Philips no tenía idea de qué se
trataba.
Sacó la placa de Lisa Marino del visor de láser y la puso en una
pantalla común. Como no encontraba las variaciones que sugería la computadora,
empezó a sentirse algo alarmado. Tal vez el nuevo método de trabajar con
densidades, que había sido el obstáculo infranqueable desde el principio, no
era tan bueno, después de todo. Philips activó su alternador y las placas
fueron desfilando por su pantalla hasta llegar al estudio del angiograma de
Lisa Marino. Entonces detuvo el alternador y sacó una de las primeras placas
laterales de cráneo. La puso junto a la de la operación y volvió a buscar las
variaciones de densidad descritas en el informe. Para su desilusión, la imagen
parecía normal.
En ese momento se abrió la puerta de su oficina, dando paso a Denise
Sanger. Martin, después de una sonrisa, volvió a lo que estaba haciendo:
doblando por la mitad una hoja de
37
papel, cortó un pedacito diminuto. Al desplegar la hoja, ésta tenía un
pequeño agujero en el centro.
-Bueno -dijo Denise, rodeándolo con los brazos- . Veo que estás muy
ocupado haciendo pajaritas de papel.
-La ciencia progresa de modos extraños y maravillosos -replicó él-. Han
pasado muchas cosas desde que nos vimos, esta mañana. Michaels entregó la
primera unidad interpretadora de radiografías craneales. Aquí tienes el primer
informe.
Mientras Denise lo leía, Philips puso la hoja de papel agujereada contra
la placa de Lisa Marino, que estaba en el visor. La función del papel era
eliminar todos los aspectos complicados de la imagen, con excepción de la
pequeña zona visible por el agujero. Retiró el papel para ver si Denise, podía
detectar alguna anormalidad. Ella no pudo. Cuando volvió a poner el papel,
Denise siguió sin ver nada, hasta que él señaló unas diminutas notas blancas
orientadas linealmente. Al retirar nuevamente la hoja siguieron siendo visibles
para los dos, puesto que los ojos ya las habían localizado.
-¿Qué puede ser? -preguntó Denise, mientras examinaba la imagen desde
muy cerca.
-No tengo la menor idea.
Philips se acercó al tablero y preparó la pequeña computadora para que
aceptara la primera placa de Lisa Marino. Confiaba en que el programa pudiera
ver las mismas variaciones de densidad. El visor de láser se tragó la placa con
tanta avidez como antes.
-Pero me preocupa -agregó, observando la máquina de escribir, que
parloteaba activamente.
-¿Por qué? Yo encuentro este informe fantástico.
La pálida luz del visor iluminaba el rostro de Denise.
-Lo es, y ahí está la cosa. Sugiere que el programa puede interpretar
radiografías mejor que su creador, porque yo no vi esas variaciones en ningún
momento. Me recuerda la historia de Frankenstein.
Y súbitamente, Martin se echó a reír.
-¿En dónde está la gracia? -preguntó Denise.
-¡Este Michaels! Al parecer, ha programado este artefacto de modo que,
cuando le proporciono una radiografía, me manda descansar mientras él trabaja.
La primera vez me dijo que tomara un café. Ahora dice que vaya a comer algo.
-Me parece buena idea -comentó la muchacha- ¿Qué hay de la romántica
cita que me habías prometido, en la cafetería? No tengo mucho tiempo; debo
volver al visor de tomografía.
-En este momento no puedo salir -se disculpó él. Recordaba haberla
invitado a almorzar y no quería desilusionarla-. Esto me tiene entusiasmado de
veras.
-De acuerdo. Pero yo voy a comer un sandwich. ¿Quieres que te traiga
algo? -No, gracias -dijo él, notando que la máquina cobraba vida.
-Me alegro de que tu investigación marche tan bien -afirmó la muchacha
desde la puerta-. Sé lo mucho que te importa.
Y desapareció.
En cuanto la máquina de escribir se detuvo, Philips sacó la hoja. Al
igual que la primera vez, el informe era muy completo; para deleite suyo, la
computadora volvía a describir las variaciones de densidad, recomendando nuevas
radiografías tomadas desde diferentes ángulos, y otra tomografía.
Philips echó la cabeza atrás, con una exclamación de entusiasmo,
mientras batía la superficie de la mesa como si fuera un gran tambor. Varias de
las placas se deslizaron desde los visores y cayeron al suelo. Cuando él se
inclinó para recogerlas vio a Helen Walker, de pie en el vano de la puerta,
observándolo como si lo creyera loco.
-¿Se siente bien, doctor Philips? -preguntó.
-Por supuesto -contestó él, enrojeciendo, mientras recogía las placas-.
Estoy bien. Algo entusiasmado, nada más. ¿No iba a salir a almorzar?
-Ya salí -dijo Helen-. Me traje un sandwich a mi mesa.
38
-Pues, comuníqueme, por favor, con William Michaels.
Helen, con un gesto afirmativo, desapareció. Philips volvió a colgar las
radiografías, preguntándose qué podían significar esas sutiles manchitas
blancas. No parecían concentraciones de calcio; tampoco estaban orientadas
según el esquema de los vasos sanguíneos. Se preguntó cómo determinar si los
cambios se habían producido en la materia gris, esa zona celular del cerebro
llamada córtex, o si estaban en la materia blanca, la capa fibrosa.
Sonó el teléfono: Philips se inclinó para tomar la extensión. Era
Michaels. Con evidente entusiasmo, Philips le describió el increíble
funcionamiento del programa y dijo que parecía capaz de detectar un tipo de
variación de densidades que hasta entonces había sido pasado por alto. Hablaba
a tal velocidad que Michaels se vio forzado a tranquilizarlo.
-Bueno, me alegro de que esté trabajando tan bien como esperábamos -fue
su comentario, cuando al fin Martin hizo una pausa.
-¿Tan bien como esperábamos? Es más de lo que yo soñaba.
-Magnífico. ¿Cuántas radiografías le suministraste?
-En realidad, sólo una -admitió Martin-. Pasé dos, pero eran de la misma
paciente.
-¿Sólo dos? -protestó Michaels, desencantado-. Caramba, no te agotes.
-Está bien, está bien. Por desgracia, durante el día no tengo mucho
tiempo para nuestro proyecto.
Michaels dijo que comprendía, pero imploró a Philips que aplicara el
programa a todas las placas que hubiera interpretado en los últimos años, en
vez de dejarse llevar por las ramas con un solo hallazgo positivo. Volvió a
destacar que, en esa etapa del trabajo, eliminar las interpretaciones
falsamente negativas era lo más importante.
Martin siguió escuchando, pero no podía dejar de estudiar las
variaciones de densidad en la placa de Lisa Marino; parecían telas de araña.
Sabía que esa paciente padecía de ataques, y su mente científica se preguntaba
si podía existir una asociación entre esos síntomas y el sutil descubrimiento
detectado en la placa. Quizá representara alguna vaga enfermedad neurológica.
Terminó su conversación con Michaels lleno de un nuevo entusiasmo. Había
recordado que, en el caso de Lisa Marino, uno de los diagnósticos sugeridos
había sido el de esclerosis múltiple. ¿Y si hubiera dado con un diagnóstico
radiológico de la enfermedad? Sería un descubrimiento fantástico. Los médicos
llevaban años buscando la forma de detectar en el laboratorio los casos de
esclerosis múltiple. Martin sabía que necesitaba más placas y otra tomografía
de Lisa. No sería fácil, porque acababan de operarla, y haría falta la
aprobación de Mannerheim. Pero el neurocirujano apoyaba las investigaciones, y
Martin resolvió dirigirse francamente a él.
Desde su despacho, pidió a Helen que lo comunicara con el neurocirujano
y volvió a estudiar las placas de la paciente. En términos radiológicos, los
cambios de densidad se llamaban reticulares, aunque las finas líneas parecían,
antes bien, ser paralelas. Por medio de una lupa estudió aquel diseño,
preguntándose si podían ser causadas por las fibras nerviosas. Eso no tenía
sentido, pues los rayos X que se necesitaban para atravesar el cerebro eran
relativamente fuertes. El timbre del teléfono interrumpió esos pensamientos.
Tenía a Manner-heim en la línea.
Inició la conversación con algunas amabilidades de rigor, pasando por
alto la reciente escena que habían tenido a causa de las placas en el
quirófano. Tratándose de Mannerheim, siempre era preferible dejar a un lado
esos choques. El cirujano parecía peculiarmente silen-cioso; por lo tanto,
Martin pasó a explicar que llamaba porque había detectado algunas densidades
peculiares en la placa de Lisa Marino.
-Creo que convendría explorarlas; me gustaría tomar otras radiografías
de cráneo y una nueva tomografía, en cuanto la paciente esté en condiciones de
tolerarlo. Eso, por supuesto, siempre que usted esté de acuerdo.
Se hizo un silencio incómodo. Cuando Philips estaba a punto de hablar.
Mannerheim
bramó:
39
-¿Me está haciendo una broma? En ese caso me parece de muy mal gusto.
-No se trata de ninguna broma -aseguró Martin, desconcertado.
-Oiga -gritó Mannerheim, subiendo cada vez más la voz-. Ya es un poco
tarde para que Radiología se ponga a interpretar placas. ¡Qué diablos!
Se oyó un chasquido y en la línea quedó el tono de marcar. La conducta
egocéntrica de Mannerheim parecía haber llegado a alturas insuperadas. Martin
colgó, pensativo. No podía dejar que sus emociones interfirieran; por otra
parte, había otra forma de encarar las cosas. Como aquel hombre no seguía el
postoperatorio de sus pacientes con mucha minuciosidad, era Newman, el jefe de
internos, quien se encargaba de esa parte. Martin decidió ponerse en contacto
con Newman para averiguar si la muchacha seguía en la sala de recuperación.
-¿Newman? -dijo la recepcionista de Cirugía-. Se fue hace un rato.
-Oh -Philips cambió el teléfono a la otra oreja-. Lisa Marino, ¿sigue en
la sala de recuperación?
-No -dijo la recepcionista-. Por desgracia no llegó hasta allí.
-¿Cómo que no llegó?
De pronto, Philips comprendía la conducta de Mannerheim.
-Murió en la mesa de operaciones -informó la enfermera-. Una tragedia,
sobre todo porque para Mannerheim era la primera vez.
Philips se volvió hacia el visor. Ya no veía la placa, sino la cara de
Lisa Marino, tal como la había visto esa mañana, ante los quirófanos. Recordó
su aspecto de pájaro desplumado, pero eso lo perturbó, y forzó la atención para
concentrarse en la radiografía, preguntándose qué podría haber descubierto.
Siguiendo un impulso, se bajó del banquillo. Quería revisar la historia clínica
de Lisa, ver si podía asociar el esquema de la radiografía con cualquier
síntoma o señal clínica de esclerosis múltiple. No sería igual que una nueva
serie de placas, pero sí mejor que nada.
Al pasar junto a Helen, que comía un sandwich ante su mesa, le ordenó
llamar a la sala de Angiografía para decir a los internos que comenzaran sin
él, pues tardaría un ratito. La secretaria se apresuró a tragar el bocado y
preguntó qué debía contestar al señor Michael Ferguson con respecto al cuarto
de materiales, cuando él volviera a llamar. Philips no respondió. Fingió no
oírla.
-Al diablo con Ferguson -dijo para sus adentros, mientras tomaba el
corredor principal hacia Cirugía.
Había aprendido a despreciar a los administradores del hospital.
Todavía quedaban algunos pacientes en el vestíbulo de Cirugía, pero
aquello no se parecía en nada al caos de la mañana. Philips reconoció a Nancy
Donovan, que acababa de salir de un quirófano. Lo recibió con una sonrisa.
-¿Hubo problemas con el caso Marino? -preguntó él, solidario.
La sonrisa de Nancy Donovan desapareció.
-Fue horrible. Espantoso. Una chica tan joven... Lo siento mucho por el
doctor Mannerheim.
Philips asintió, aunque le parecía pasmoso que Nancy pudiera simpatizar
con un hombre tan detestable como Mannerheim.
-¿Qué ocurrió?
-Estalló una arteria principal al terminar la operación.
Philips meneó la cabeza, comprensivo y desconcertado. Recordaba la
proximidad del electrodo y la arteria cerebral posterior.
-¿Dónde estará la historia clínica? -inquirió.
-No losé - admitió la Donovan-. Déjeme averiguar en Recepción.
Philips la vio hablar con las tres enfermeras de la mesa. Al volver,
ella le dijo:
-Creen que quedó en Anestesia, junto al quirófano 21.
Philips volvió a la antesala de Cirugía, que en esos momentos estaba
atestada, para ponerse un equipo esterilizado. Al regresar al vestíbulo notó
que en el corredor principal, entre los quirófanos, se veían señales de las
batallas libradas por la mañana. Alrededor de los
40
lavabos quedaban charquitos de agua, con las superficies irisadas de
jabón. Había esponjas y cepillos en los bordes, y algunos esparcidos por el
suelo. Un cirujano dormía en una de las camillas, empujada hasta un lado del
pasillo; probablemente se había pasado la noche en pie, operando, y al terminar
había pensado descansar por un momento en la camilla. Nadie lo molestaba.
Philips llegó a la sala de Anestesia, junto al quirófano 21, y probó la
puerta. Estaba cerrada. Dio un paso atrás para mirar por la ventanilla de la
sala. Estaba oscura, pero la puerta cedió al empujarla. Movió un interruptor, y
uno de los enormes reflectores se encendió con un zumbido eléctrico. Lanzaba un
rayo concentrado directamente sobre la mesa de operaciones, dejando en relativa
oscuridad el resto de la sala. Philips vio entonces, con desagradable sorpresa,
que el quirófano no había sido limpiado después del desastre acaecido a Lisa
Marino. La mesa vacía, con su aparato mecánico inferior, tenía un aspecto
particularmente maligno. En el suelo, a la cabecera de la mesa, se veían
charcos de sangre espesa. En todas direcciones, huellas de pisadas marcadas en
sangre.
Aquella escena hizo que Martin se sintiera mal; le recordaba los
episodios desagradables de la época estudiantil. Se estremeció, y la sensación
quedó atrás. Esquivando concienzudamente aquella carnicería, dio la vuelta a la
mesa para cruzar las puertas de vaivén que comunicaban con la sala de
Anestesia. Mantuvo la puerta entreabierta con el pie, a fin de ver dónde estaba
el interruptor de luz. Empero, el cuarto no estaba tan oscuro como él esperaba.
La puerta que daba al vestíbulo estaba abierta un palmo y dejaba entrar algo de
luz desde el pasillo. Philips, sorprendido, encendió los tubos fluorescentes
del cielorraso.
En el centro de la habitación, que medía tan sólo la mitad del
quirófano, se veía una camilla con un cuerpo amortajado. El cadáver estaba
cubierto por una sábana blanca, con excepción de los dedos de los pies, que
asomaban obscenos. Philips hubiera podido soportarlo perfectamente, pero allí
estaban los dedos, anunciando al mundo que ese bulto cubierto era, en verdad,
un cuerpo humano. Y sobre el cadáver, puesta como al descuido, estaba la
historia clínica.
Respirando apenas, como si la muerte fuera contagiosa, Martin esquivó la
camilla y abrió del todo la puerta que daba al corredor. Desde allí se veía al
cirujano dormido y a varios enfermeros. Miró hacia ambos lados, preguntándose
si anteriormente se habría equivocado de puerta. Incapaz de resolver la
discrepancia, decidió pasarla por alto y volvió a la historia clínica.
Estaba por abrir la carpeta cuando sintió el impulso irresistible de
levantar el sudario. No quería mirar el cadáver, pero su mano se extendió para
retirar lentamente la sábana. Antes de descubrir la cabeza, Philips cerró los
ojos. Al abrirlos se encontró ante el inanimado rostro de porcelana de Lisa
Marino. Tenía un ojo parcialmente abierto, descubriendo una pupila vidriosa y
fija. El otro estaba cerrado. En la parte derecha de la cabeza afeitada se veía
una incisión en forma de herradura, meticulosamente suturada. La habían lavado
al concluir la operación y no había sangre a la vista. Philips se preguntó si
Mannerheim lo había ordenado así para poder decir que había muerto después de
la operación, y no en su transcurso.
La fría irrevocabilidad de la muerte barrió la mente de Martin como un
viento polar. Se apresuró a cubrir la cabeza afeitada y se llevó la carpeta
hasta el banquillo del anestesista. Lisa Marino, como casi todos los pacientes
del hospital tenía ya una historia clínica abultada, aunque sólo llevaba dos
días en el hospital. Había largas anotaciones hechas por internos y estudiantes
a diversos niveles. Philips ojeó abultados informes de Neurología y
Oftalmología y hasta una nota de Mannerheim que resultaba totalmente ilegible.
Lo que deseaba ver era el resumen final hecho por el jefe de internos de
Neurocirugía.
En resumen, la paciente es una mujer de veintiún años, caucásica, con un
año de padecimiento de epilepsia lóbulo temporal progresiva, que ingresa en el
hospital para someterse a una lobectomía temporal derecha con anestesia local.
Los ataques de la paciente no han respondido en absoluto a las terapias con
dosis máximas de medica-
41
ción y se han hecho más frecuentes, presagiados por lo común por un aura
de olor desagradable, y caracterizados por agresividad creciente y
exhibicionismo sexual. El centro de los ataques ha sido localizado en ambos
lóbulos temporales, pero especialmente en el D, por EEG. No hay antecedentes de
traumatismos o daños cerebrales conocidos. La paciente ha gozado de buena salud
hasta la afección actual, aunque se informaron varios Papanicolau atípicos.
Excluyendo los datos anormales detectados por EEG, todo el sistema
neurológico parece normal.
Los análisis de laboratorio, incluyendo angiografía cerebral y
tomografía ofrecen resultados normales. Subjetivamente, la paciente ha
informado de algunos problemas visuales de concepto, pero ni Neurología ni
Oftalmología los han confirmado. La paciente tiene también parestesias
pasajeras repetidas y debilidad muscular, pero éstas no han sido documentadas.
Se considera la posibilidad de una esclerosis múltiple, pero sin confirmación.
La paciente, examinada en consulta médica por Neurología y Neurocirugía, fue
declarada buena candidata para una lobectomía temporal derecha.
Firmado: George Newman.
Philips volvió a depositar la carpeta sobre el cuerpo de Lisa Marino,
tímidamente, como si ella aún pudiera sentirla. Luego volvió apresuradamente a
la antesala para ponerse la ropa de calle. Debía admitir que la historia
clínica no había sido tan útil como él esperaba. Mencionaba la posibilidad de
una esclerosis múltiple, tal como él recordaba, pero no ofrecía informaciones
que pudieran reemplazar la ayuda de nuevas radiografías y otras tomografías.
Mientras acababa de vestirse, no podía quitarse de la mente la pálida máscara
mortuoria de Lisa. Le recordaba que, como había muerto en Cirugía,
probablemente tuvieran que hacerle una autopsia. Entonces utilizó el teléfono
de pared para llamar al doctor Jeffrey Reynolds, de Patología, amigo y ex
compañero de estudios, y le habló del caso.
-Todavía no me han dicho nada -dijo el doctor Reynolds.
-Murió alrededor de mediodía, en la mesa de operaciones. Pero se tomaron
la molestia de cerrarla.
-No me extraña. A veces los llevan a toda prisa a la sala de
Recuperación, para poder decir que murieron allí y no estropear sus
antecedentes.
-¿Vas a hacer la autopsia? -preguntó Philips.
-No sé. Eso depende del inspector.
-Si tuvieras que hacerla, ¿cuándo sería?
-En este momento estamos muy ocupados. Probablemente esta noche,
temprano.
-Este caso me interesa mucho -dijo Philips-. Mira, me quedaré por el
hospital hasta que termine la autopsia. ¿Podrías ordenar que me busquen cuando
hagan el cerebro?
-Por supuesto -prometió Reynolds-. Pediremos que nos manden la comida y
nos divertiremos de lo lindo. Y si no piden autopsia te lo haré saber.
Philips amontonó todo dentro de su casillero y salió a la carrera. Desde
sus tiempos de estudiante sufría un desmesurado nerviosismo cuando se atrasaba
en su trabajo. En tanto corría por el atareado hospital, volvió a sentir esa
desagradable inquietud. Sabía que lo estaban esperando en la sala de
Angiografías; que debía llamar a Ferguson, por mucho que quisiera perder de
vista a ese hijo de puta; que debía conversar con Robbins acerca de los
técnicos que deseaban tomarse todo el verano de permiso. Y sabía también que
Helen lo estaría esperando con diez o doce asuntos igualmente apurados.
Al pasar junto a la pantalla de tomografías, decidió hacer un rápido
desvío. Después de todo, ¿qué importaban dos minutos más, si ya llegaba tan
tarde? Entró al cuarto de Computación, recibiendo como una bienvenida el aire
acondicionado frío que necesitaban las máquinas para seguir funcionando. Denise
y los cuatro estudiantes, agrupados en torno a la pantalla semejante a la de un
televisor, estaban completamente absortos. Detrás de ellos, de
42
pie, se veía al doctor George Newman. Philips se unió al grupo sin que
nadie lo viera y contempló la pantalla. Denise describía un gran hematoma
subdural izquierdo, indicando a los estudiantes el modo en que la sangre
acumulada había impulsado el cerebro hacia la derecha. Newman interrumpió para
sugerir que el coágulo sanguíneo podía ser intracerebral; en su opinión, la
sangre estaba dentro del cerebro y no en la superficie.
-¡No! -exclamó Martin-. La doctora Sanger tiene razón.
Todos se volvieron, sorprendidos de ver a Philips allí. Él se inclinó
para señalar con el dedo los rasgos radiológicos del hematoma subdural. No
cabían dudas de que Denise estaba en lo cierto.
-Bueno, eso cierra la discusión -reconoció Newman, cordialmente-. Mejor
que me lleve a este tipo a Cirugía.
-Cuanto antes, mejor -afirmó Philips.
También sugirió el sitio en que Newman debía hacer la perforación del
cráneo para facilitar la salida del coágulo. Estaba por preguntar al jefe de
internos algo sobre Lisa Marino, pero lo pensó mejor y dejó que Newman se
marchara.
Antes de salir a su vez, apresuradamente, se llevó a Denise aparte.
-Oye, para compensarte por haberte dejado plantada a la hora del
almuerzo, ¿aceptas una cena romántica?
Sanger sacudió la cabeza, sonriendo.
-Te traes algo entre manos. Sabes que esta noche estoy de guardia aquí,
en el hospital.
-Lo sé -admitió él-. Pensaba en la cafetería del hospital.
-Qué maravilla -contestó Denise sarcástica-. ¿Y no vas a jugar al
frontón?
-Esta noche no -afirmó Philips.
-Entonces sí que te traes algo entre manos.
Martin se echó a reír. En verdad, sólo cancelaba sus sesiones de frontón
en casos de emergencia nacional. Pidió a Denise que lo esperara en su oficina
para revisar las placas de la jornada, cuando hubiera terminado la tarea de
tomografía. Si los estudiantes querían acompa-ñarla, que los trajera. Se
despidieron apresuradamente en el vestíbulo y él se marchó, otra vez corriendo.
Quería tomar bastante velocidad, a fin de pasar junto a la mesa de Helen como
un soplo incontenible.
7
Mientras esperaba en una larga cola, Lynn Anne Lucas se preguntó si
había sido buena idea presentarse en urgencias. Anteriormente había acudido al
dispensario de la universidad, confiando que la atendieran allí pero el médico
se había ido a las tres, y le habían dicho que el único sitio donde podrían
atenderla de inmediato era en el departamento de urgencias del hospital. Lynn
Anne había considerado la posibilidad de esperar hasta el día siguiente, pero
con sólo coger un libro e intentar su lectura se convenció de que debía ir
inmediatamente. Estaba asustada.
La sala de urgencias estaba tan concurrida, al caer la tarde, que la
cola para ingresar se movía a paso de tortuga. Era como si todo Nueva York se
hubiera reunido allí. El hombre que seguía a Lynn Anne estaba borracho, y
cubierto de harapos; olía a vino y orina. Cada vez que la cola avanzaba, él se
iba encima de la muchacha y se aferraba a ella para no caer. En frente de Lynn
Anne había una mujer enorme que llevaba a una criatura envuelta en una manta
sucia. Una y otra esperaban en silencio a que les tocara el turno.
Unas grandes puertas se abrieron a la izquierda de Lynn Anne, y la cola
tuvo que dar paso a una invasión de camillas que transportaban los despojos de
un accidente automovilístico, acaecido algunos minutos antes. Muertos y heridos
fueron llevados por la sala de espera a la sala de guardia, directamente.
Quienes estaban esperando comprendieron que acababan de perder otros tantos
turnos. En un rincón, una familia portorriqueña comía
43
pollo frito, agrupada en torno a un cesto; no parecía preocuparles lo
que ocurriera en la sala y ni siquiera repararon en la llegada de las víctimas.
Por fin le tocó el turno a la mujerona que precedía a Lynn Anne. En
cuanto habló, su origen extranjero resultó evidente, pues, señalando a su bebé,
dijo a la recepcionista: «Ella nena no llorar más». La empleada observó que
generalmente las madres se quejaban de lo contrario, y pidió que le mostrara a
la criatura. Cuando la mujer retiró el borde de la manta, dejó al descubierto a
una niña cuyo color era el del cielo antes de una tormenta estival: un oscuro
azul grisáceo. Llevaba tanto tiempo muerta que estaba rígida como una tabla.
Lynn Anne quedó tan impresionada que, al llegar su turno, no pudo casi
hablar. La recepcionista, comprensiva, le dijo que allí debían estar preparados
para ver cualquier cosa. Entonces la muchacha se apartó el pelo rojizo de la
frente y consiguió dar su nombre, su número de matrícula de estudiante y los
síntomas que padecía. Le dijeron que tomara asiento y esperara un rato,
asegurándole que la atenderían lo antes posible.
Después de casi dos horas más de espera, la condujeron por un vestíbulo
muy concurrido y la dejaron en un cubículo, separado de la sala por unas
manchadas cortinas de nailon. Una eficiente enfermera diplomada le tomó la
temperatura oral y la presión sanguínea antes de dejarla sola. Lynn Anne
sentada en el borde de una vieja camilla, escuchaba los múltiples sonidos que
la rodeaban, con las manos húmedas de ansiedad. Tenía veinte años; acababa de
ingresar en la universidad y había estado considerando la posibilidad de
prepararse para estudiar medicina. Pero en esos momentos, al mirar a su
alrededor, vacilaba. Eso no era lo que ella había pensado.
Se trataba de una joven saludable, que hasta entonces sólo había estado
una vez en un dispensario a causa de un accidente de patinaje sufrido a los
once años. Por una extraña casualidad, la habían llevado a ese mismo hospital,
pues su familia había vivido en un barrio cercano antes de mudarse a Florida.
Pero Lynn Anne no guardaba malos recuerdos de aquel episodio. Probablemente el
Centro Médico había cambiado tanto como su vecindario desde aquel entonces.
Media hora después apareció el interno, el joven doctor Huggens; como
era de West Palm Beach, le encantó saber que Lynn Anne era de Coral Gables, y
los dos charlaron de Florida mientras él revisaba su historia clínica.
Evidentemente estaba encantado de haber en-contrado a una paciente bonita y
además americana por los cuatro costados, de las que le tocaban una entre mil.
Más adelante llegó hasta a pedirle el número de teléfono.
-¿Qué la trae por urgencias? -preguntó, dando comienzo a su trabajo.
-Algo difícil de describir -respondió ella-. A ratos no veo bien. Empezó
hace cosa de una semana, mientras estaba leyendo. De pronto comencé a tener
problemas con ciertas palabras; las veía, pero no estaba segura de lo que
querían decir. Y al mismo tiempo me atacaba un terrible dolor de cabeza. Aquí -
Lynn se puso la mano en la parte trasera de la cabeza y se la deslizó por el
costado hasta por encima de la oreja-. Es un dolor sordo que viene y se va.
El doctor Huggens asintió.
-Además, siento como un olor -agregó Lynn Anne.
-¿Qué olor?
La chica pareció algo confundida.
-No sé -confesó-. Desagradable; no puedo identificarlo, pero me parece
conocido.
El doctor Huggens asintió. Era obvio que los síntomas de Anne no se
ajustaban a ninguna categoría conocida.
-¿Algo más?
-Un poco de mareo. También siento las piernas pesadas. Y me pasa cada
vez con más frecuencia, casi siempre cuando trato de leer.
El doctor dejó la historia clínica y revisó a la muchacha. Le examinó
los ojos y los oídos, le miró la boca, escuchó el corazón y los pulmones, le
probó los reflejos. La hizo tocar objetos, caminar en línea recta y recordar
secuencias de números.
-Para mí, usted está perfectamente normal -comentó al fin-. Quizá le
conviniera
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tomarse dos doctores y venir a ver a una aspirina.
Él festejó su propio chiste; Lynn Anne, no. Había decidido no dejarse
despedir tan fácilmente, sobre todo después de esperar tanto. El doctor Huggens
notó que seguía seria y la imitó.
-Bromas aparte, creo que debería tomar una aspirina para que se alivien
los síntomas y volver mañana a Neurología. Tal vez ellos puedan descubrir algo.
-Quiero ir a Neurología ahora mismo -dijo Lynn Anne.
-Esto es una sala de guardia, no una clínica -observó el doctor Huggens,
con firmeza.
-No me importa.
La muchacha estaba ocultando sus emociones, desafiante.
-Bueno, está bien - cedió Huggens-. Me comunicaré con Neurología. Y ya
que estamos hablaré también con Oftalmología, pero tal vez deba esperar
bastante.
Lynn Anne asintió. Temía abrir la boca en ese momento, por si su firmeza
se disolvía en lágrimas.
Y en verdad tuvo que esperar bastante. Eran más de las seis cuando se
abrió la cortina y Lynn Anne se encontró con el rostro barbudo del doctor Wayne
Thomas, un negro oriundo de Baltimore. La tomó por sorpresa, pues nunca la
había atendido un médico negro. Sin embargo olvidó rápidamente su reacción
inicial y respondió a sus exigentes preguntas.
El doctor Thomas logró descubrir otros datos que le parecieron
importantes. Unos tres días antes, Lynn Anne había sufrido uno de sus
«episodios», como ella los llamaba, que la hizo saltar inmediatamente de la
cama donde estaba leyendo. Cuando recobró la conciencia se encontró en el
suelo: se había desmayado. Al parecer se había golpeado la cabeza, pues tenía
un gran chichón en el lado derecho. El médico descubrió también que le habían
hecho un par de Papanicolau con resultados atípicos y que debía volver a Ginecología
a la semana siguiente. También había sufrido de una infección reciente en las
vías urinarias, que se curó con un tratamiento de sulfuro.
Después de terminar el interrogatorio, el doctor Thomas llamó a una
enfermera y le efectuó el examen médico más completo de su vida. Repitió todo
lo efectuado por el doctor Huggens y mucho más. La mayor parte de los tests
eran totalmente misteriosos para la chica, pero su meticulosidad le resultó
alentadora. Sólo le disgustó la punción lumbar: acurrucada sobre un costado,
con las rodillas tocándole el mentón, sintió que una aguja le perforaba la piel
de la zona lumbar, pero sólo dolió un momento.
Una vez terminadas las pruebas, el doctor Thomas le dijo que deseaba
hacerle obtener algunas radiografías para comprobar si no se había fracturado
el cráneo en la caída. Antes de retirarse, le dijo que los exámenes sólo habían
probado la existencia de ciertas zonas del cuerpo en las que ella parecía haber
perdido la sensibilidad, pero admitió no saber qué importancia tenía eso. Lynn
Anne siguió esperando.
-¿Qué me dices de eso? - comentó Philips, mientras se llenaba la boca
con un pedazo de pavo. Masticó rápidamente y tragó el bocado-. La primera vez
que a Mannerheim se le muere un paciente en la mesa de operaciones, y tenía que
ser un caso del que yo quería más radiografías.
-Tenía sólo veintiún años, ¿no? -preguntó Denise.
-Sí. -Martin echó más sal y pimienta a la comida para darle sabor.- Una
tragedia. Una doble tragedia, en realidad, porque ahora no puedo conseguir esas
placas.
Se habían llevado las bandejas de la cafetería al rincón más apartado
del mostrador, tratando de aislarse en lo posible de aquel ambiente. Pero
resultaba difícil. Las paredes estaban pintadas de color mostaza sucio; el
suelo era de linóleo gris, y las sillas de plástico moldeado, de un horrible
amarillo verdoso. Los altavoces, como fondo, recitaban monótonamente los
nombres de distintos médicos y los números telefónicos con que debían
comunicarse.
-¿Por qué la operaron? -preguntó Denise, picoteando en su ensalada.
45
-Tenía ataques. Pero lo interesante es que quizá padecía esclerosis
múltiple. Cuando te fuiste, esta tarde, se me ocurrió que tal vez los cambios
de densidad que vimos en la placa representaban alguna enfermedad neurológica
muy extendida. Revisé su historia clínica. Habían dado, como diagnóstico
posible, la esclerosis múltiple.
-¿Revisaste alguna placa de pacientes con esclerosis simple comprobada?
-Empezaré con eso esta noche. Para poner a prueba el programa de
Michaels tengo que suministrarle tantas radiografías craneales como sea
posible. Será muy interesante, si logro encontrar otros casos con el mismo
cuadro radiológico.
-Se diría que tu proyecto de investigación va muy bien encaminado.
-Eso espero. -Martin tomó un bocado de espárragos y decidió no seguir
comiéndolos. - No quiero entusiasmarme demasiado a esta altura, pero ¡por
Dios!, parece que funciona. Por eso me indigné tanto con el caso Marino.
Prometía resultados tangibles inmediatos. En realidad, todavía hay algo que
puedo hacer. Como esta noche le van a hacer la autopsia, trataré de relacionar
el cuadro radiológico con lo que descubran en Patología. Si es esclerosis
múltiple, estaremos otra vez sobre la pista. Pero te digo una cosa: necesito
algo que me saque de esta carrera de ratas que es el hospital, aunque sólo sea
por un par de días a la semana.
Denise dejó el tenedor para mirar los ojos inquietos, azules, de Martin.
-¿Salir del hospital? No puedes hacer eso. Eres uno de los mejores
neurorradiólogos que existen. Piensa en todos los pacientes que se benefician
de tu habilidad. Si dejaras la radiología clínica, sería una tragedia.
Martin también dejó su tenedor y le tomó la mano izquierda. Por primera
vez no le importaba quién pudiera estar mirando.
-Denise - dijo, suavemente-, en este momento hay sólo dos cosas que me
importan en la vida: tú y mi investigación. Y si pudiera ganarme la vida con
sólo estar contigo, hasta podría olvidarme de la investigación.
Denise no supo si sentirse halagada o cautelosa. Cada vez confiaba más
en su cariño, pero no tenía idea de que él estuviera tan cerca del compromiso
sentimental. Desde un principio se había sentido apabullada por la reputación
de Martin, por su conocimiento de la radiología, al parecer enciclopédico. Él
era, a un tiempo, amante e ídolo profesional; por eso no quería pensar,
siquiera, que aquel idilio pudiera tener futuro. Ni siquiera estaba segura de
encontrarse preparada para algo así.
-Escucha -continuó Martin-. Este no es momento ni lugar para semejante
conversación. -Apartó los espárragos, como para subrayarlo.- Pero me interesa
que sepas de dónde sale esto. Tú estás en una primera etapa de tu carrera
profesional, y es muy satisfactoria; pasas el día entero aprendiendo y tratando
con los pacientes. Yo, por desgracia, paso poquísimo tiempo dedicado a esas
cosas. La mayor parte de mi trabajo consiste en lidiar con problemas
administrativos y disparates burocráticos. Y ya estoy hasta la coronilla.
Denise levantó la mano izquierda, que aún estaba firmemente presa en la
de él, y le rozó los nudillos con los labios, lo hizo con celeridad y lo miró
por debajo de las cejas oscuras. Se mostraba coqueta a propósito, sabiendo que
eso le borraría el súbito enojo. Funcionó, como de costumbre, y Martin se echó
a reír. Con un leve apretón le soltó la mano y echó un vistazo a su alrededor
para ver si alguien los había visto.
La señal acústica de Philips, al ponerse en funcionamiento, los
sorprendió a los dos. El se levantó inmediatamente para acudir a los teléfonos
del hospital, seguido por la mirada de Denise. La había atraído desde el primer
momento, pero cada vez le gustaban más su humor, su asombrosa sensibilidad; esa
nueva confesión de que se sentía insatisfecho, de que era vulnerable, parecía
realzar los sentimientos de la muchacha.
Y sin embargo, ¿era, en verdad, vulnerable? Quizá la excusa de Philips
con respecto a los problemas administrativos era sólo una racionalización para
explicar su descontento ante el hecho de envejecer, de verse obligado a admitir
que, en el plano profesional, su vida se había convertido en algo predecible.
Denise no estaba segura; desde que lo conocía, lo había visto enfrentarse a su
trabajo con tanta diligencia que nunca lo hubiera creído insatisfecho. Pero le
conmovía el que compartiera con ella su modo de sentir. Eso debía significar
que daba
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a su relación con Denise más importancia de la que ella creía.
Mientras lo veía hablar por teléfono, analizó otro aspecto de su idilio.
Él le había dado fuerzas para dar por terminada, por fin, otra relación que
resultaba totalmente destructiva. Siendo aún estudiante, Denise se había
encandilado por un interno de neurología que supo manipular hábilmente sus
sentimientos. Debido al aislamiento impersonal de los estudios, Denise era
susceptible a la idea del compromiso sentimental. Interiormente, nunca puso en
duda que podría combinar la atención del hogar con su carrera, si se casaba con
alguien que conociera a fondo las exigencias de la medicina. Richard Druker, su
amante, fue lo bastante astuto para adivinar su modo de sentir y convencerla de
que él pensaba lo mismo. Pero no era así. Prolongó la relación años enteros,
esquivando toda formalización y fomentando en cambio, con mucha amabilidad, la
dependencia de Denise. Como resultado, a ella le fue imposible romper con ese
hombre, aun después de descubrirlo tal como era y de sufrir la humillación de
varias traiciones. Volvía constantemente a él, como un perro castigado que
buscara al amo, en la vana esperanza de que él se corrigiera y se transformara
en la persona que decía ser. La esperanza empezó a convertirse en
desesperación, en tanto ella ponía en tela de juicio su propia femineidad y no
la inmadurez de Druker. Y sólo pudo dejarlo cuando conoció a Martin Philips.
Al verlo regresar hacia la mesa que ocupaban, experimentó una oleada de
afecto y gratitud. Al mismo tiempo, no dejaba de pensar que Martin era un
hombre y temía asumir un compromiso que él no sintiera.
-Hoy no es mi día -dijo Martin, sentándose frente a ella-. Era el doctor
Reynolds. No harán la autopsia a Lisa Marino.
Denise, sorprendida, trató de volver sus pensamientos a la medicina.
-Yo hubiera dicho que era obligatorio -observó.
-Claro. Era un caso para el forense, pero por respeto a Mannerheim, él
mismo envió el cadáver a nuestro departamento de Patología. Pidieron permiso a
la familia, pero no se lo dieron. Al parecer, los parientes estaban histéricos.
-Es comprensible -dijo la Sanger.
-Supongo que sí -aceptó Philips, decaído-. ¡Maldición, maldición!
-Podrías pensar un poco más en la paciente y un poco menos en tu propia
desilusión. Martin la miró fijamente durante varios minutos, hasta que ella se
sintió culpable de
haber traspasado un límite tácito. No había sido su intención ponerse
moralista. En eso, la cara del radiólogo se transformó con una amplia sonrisa.
-¡Tienes razón! -exclamó-. En realidad, acabas de darme una idea
fabulosa.
Justo frente a la mesa del Departamento de Urgencias, había una puerta
gris con un letrero que decía: PERSONAL DE URGENCIAS. Era un cuarto de estar
para los internos y practicantes, aunque rara vez se usaba para descansar. En
la parte trasera había un cuarto de baño con duchas para los hombres; las
doctoras tenían que subir a la sala de enfermeras. A lo largo de la pared
lateral se veían tres cuartitos, cada uno con dos camitas estrechas, que sólo
se utilizaban para alguna siesta muy breve. Nunca había tiempo de nada más.
El doctor Wayne Thomas había ocupado la única silla cómoda del salón: un
viejo monstruo de cuero al que le salía parte del relleno por una costura
abierta, como si fuera una herida sin cicatrizar.
-Creo que Lynn Anne Lucas está enferma -estaba diciendo, convencido.
A su alrededor, apoyados contra la mesa o sentados en las sillas de
madera, estaban los doctores Huggens, Carolo Langone, interno de
Endocrinología; Ralph Lowry, de Neurocirugía; David Harper, de Ginecología, y
Sean Farnsworth, de Oftalmología. Aparte del grupo, otros dos médicos
interpretaban un electrocardiograma ante una mesa de trabajo.
-Me parece que, en realidad, estás entusiasmado... -sugirió el doctor
Lowry, con una sonrisa cínica, y agregó-: Es la chica más bonita que nos ha
tocado hoy y quieres buscar una excusa para tenerla a tu cuidado.
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Todo el mundo se echó a reír, con excepción del doctor Thomas, que sólo
movió los ojos para mirar al doctor Langone.
-Ralph no anda muy descaminado -admitió Langone-. No tiene fiebre, sus
signos vitales son normales, la sangre y la orina también, y lo mismo el fluido
espinal.
-Las radiografías de cráneo también dan normales -agregó Lowry.
-Bueno -dijo Harper, levantándose de la silla-. Si tiene algo, no
corresponde a Ginecología. Le hicimos un par de Papanicolau que dieron
resultados atípicos, pero el departamento la está vigilando. Así que los dejo
resolver el problema sin mí. A decir verdad, me parece que sólo está histérica.
-Estoy de acuerdo -afirmó Farnsworth -. Asegura tener problemas de
visión, pero el examen oftalmológico da resultados normales; no le cuesta leer
la línea inferior de la cartilla.
-¿Y los campos visuales? -preguntó el doctor Thomas.
Farnsworth se levantó para retirarse.
-A mí me parecen normales. Mañana podemos hacer una prueba de Goldmann,
pero eso no se lleva a cabo en casos de urgencia.
-¿Y las retinas?
-Normales -respondió el oftalmólogo-: Gracias por la consulta. Ha sido
un placer. -Y recogió su maletín para abandonar la reunión.
-¡Un placer, mierda! -protestó Lowry-. Que venga otro interno presumido
a decirme que no se hacen pruebas de Goldmann por la noche y me lío con él a
bofetadas.
-Silencio, Ralph -dijo Thomas - . Ya pareces un cirujano.
El doctor Langone también se levantó desperezándose.
-Yo también me voy. Dime, Thomas, ¿por qué dices que esa chica está
enferma? ¿Sólo por esa sensación de sensibilidad disminuida? Eso me parece algo
subjetivo.
-Es una corazonada que tengo. Está asustada, pero no histérica; de eso
no me cabe duda. Además, sus anormalidades sensoriales son fáciles de
reproducir. No está fingiendo. Tiene algo torcido en el cerebro.
El doctor Lowry se echó a reír.
-Lo único torcido es lo que te gustaría hacer con ella si te la
encontraras en otras circunstancias. Vamos, Thomas. Si fuera una pobre
desgraciada le dirías que volviera por la mañana.
Todos los presentes se echaron a reír. El doctor Thomas los despidió con
la mano, mientras se levantaba del sillón.
-Sois todos unos payasos. Renuncio. Me encargaré personalmente de esto.
-No dejes de pedirle el teléfono -aconsejó Lowry.
Huggens rió, aunque pensó que no era mala idea.
Thomas, nuevamente en la sala de Urgencias, miró a su alrededor. Entre
las siete y las nueve se producía un relativo respiro, como si la gente hiciera
una pausa en la miseria, el dolor y las enfermedades para comer. Hacia las diez
empezarían a llegar los ebrios, las víctimas de accidentes de tráfico y las de
los ladrones o psicópatas; a las once serían los crímenes pasionales. Disponía,
por lo tanto, de un ratito para pensar en Lynn Anne Lucas. Algo le molestaba de
este caso, como si estuviera pasando por alto una clave importante.
Se detuvo ante la mesa principal y preguntó a una de las recepcionistas
si ya había llegado de los archivos la historia clínica de Lynn Anne Lucas.
Después de consultar, la empleada dijo que no, pero le aseguró que volvería a
llamar. El médico asintió, distraído, mientras se preguntaba si la chica no
habría consumido drogas exóticas. Tomó por el corredor principal para volver al
consultorio, donde Lynn Anne seguía esperando.
Denise no tenía idea de lo que podía ser la «fabulosa» ocurrencia de
Martin. Él le había pedido que volviera a su despacho a eso de las nueve de la
noche. Se le hicieron las nueve y cuarto antes de que pudiera hallar una pausa
mientras interpretaba radiografías traumatológicas en la sala de guardia.
Usando las escaleras que partían de los locales
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comerciales cerrados, llegó al piso de Radiología, donde el corredor
parecía muy distinto, sin el caos y el tumulto habitual del día. Al final del
vestíbulo, uno de los porteros lustraba el piso plastificado con un producto en
polvo.
El despacho de Philips tenía la puerta abierta; desde fuera, Denise oyó
la voz monocorde de su dictado. Al entrar lo encontró terminando con los
angiogramas cerebrales de la jornada. En el alternador, frente a él, tenía una
serie de estudios angiográficos. En cada una de las placas, los millares de
vasos sanguíneos se destacaban en forma de hilos blancos, como si fueran el
sistema radicular de un árbol patas arriba. Sin dejar de hablar, señaló el
visor para que Denise comprendiera. Ella asintió, aunque le parecía imposible
que él pudiera saber los nombres, el tamaño normal y la posición de cada vaso.
-Conclusión -dijo Philips-: la angiografía cerebral muestra una gran
malformación arterovenosa de los ganglios basales derechos en este hombre de
diecinueve años. Punto. Esa malformación circulatoria está alimentada por la
arteria cerebral media derecha, por medio de las ramas lenticulostriadas, así
como desde la arteria cerebral posterior derecha por medio de las ramas
tálamoperforada y tálamogeniculada. Punto final. Por favor, envía una copia de
este informe a los doctores Mannerheim, Prince y Clauson. Gracias.
El grabador se detuvo con un chasquido, mientras Martin giraba en
redondo con la silla. Con una sonrisa traviesa, se frotó las manos como los
picaros de las tragedias de Shakespeare.
-Sincronización perfecta -dijo.
-¿Qué te ha dado? -preguntó ella, como si estuviera asustada.
-Ven conmigo.
Philips se la llevó fuera. Apoyada contra la pared esperaba una camilla
con todo el equipo: frascos de inyección intravenosa, sábanas y una almohada.
Martin, sonriendo ante su sorpresa, empezó a empujar el vehículo por el
pasillo. Denise lo alcanzó ante el ascensor reservado a las camillas.
-¿Y dices que yo te di esta idea fabulosa? -comentó, mientras le ayudaba
a meter la camilla en el ascensor.
-Así es -afirmó él, mientras apretaba el botón para bajar al sótano.
Las puertas se cerraron.
Salieron a las entrañas del hospital. Un laberinto de tuberías que, como
vasos sanguíneos, corrían en ambas direcciones, retorciéndose y girando unas en
torno a las otras, como atormentadas. Todo estaba pintado de gris o de negro,
eliminando las sensaciones cromáticas. La luz, escasa, provenía de tubos
fluorescentes protegidos por tela metálica, y situados entre sí a gran
distancia, lo cual creaba parches de resplandor blanco separados por largos
trechos de sombras densas. Frente al ascensor se veía un cartel que decía:
MORGUE: Siga la línea roja.
La línea, como un reguero de sangre, corría por el centro del pasillo,
marcando una complicada ruta por pasajes oscuros; y girando bruscamente en las
encrucijadas. Por fin descendió por una pendiente inclinada, que estuvo a punto
de arrancar la camilla de manos de Martin.
-En el nombre de Dios, ¿qué estamos haciendo aquí abajo? -preguntó
Denise.
Su voz rebotó, junto con el ruido de los pasos, en los corredores
vacíos.
-Ya verás.
Pero la sonrisa de Philips había desaparecido y parecía tenso. El aire
juguetón del comienzo había cedido paso a una nerviosa preocupación por la
imprudencia que estaban cometiendo.
Abruptamente, el corredor se abrió formando una enorme caverna
subterránea. Allí la iluminación era igualmente escasa, y el cielorraso, dos
pisos más arriba, se perdía en la sombra. En la pared izquierda se veía la
puerta del incinerador; estaba cerrada, pero dejaba oír el siseo de las llamas
hambrientas.
Dos puertas de vaivén, más adelante, constituían la entrada de la
morgue. Allí acababa la línea roja del piso, con brusca determinación. Philips
dejó la camilla para avanzar hacia la
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puerta. Abrió la hoja derecha y miró hacia el interior.
-Estamos de suerte -dijo, volviendo a la camilla-. No hay nadie aquí.
Denise lo siguió contra su voluntad.
La morgue era una habitación grande y descuidada; la habían dejado
deteriorar hasta tal punto que parecía uno de esos pórticos desenterrados en
Pompeya. Del cielorraso pendían múltiples bombillas eléctricas, pero la mayoría
estaban quemadas. El suelo era de un mosaico manchado y las paredes estaban
revestidas de cerámica resquebrajada. En el centro de la habitación, un foso
parcialmente inclinado albergaba la vieja losa de mármol para autopsias, que no
se utilizaba desde la década de 1920; allí, entre tanto deterioro parecía un
antiguo altar pagano. Por lo común, las autopsias se llevaban a cabo en el
departamento de Patología, con su ambiente moderno, de acero inoxidable,
instalado en el quinto piso.
Numerosas puertas se alineaban en las paredes; había una de madera
maciza que parecía la de un frigorífico de carnicería. Al fondo, un corredor
ascendía, en completa oscuridad, hasta una puerta que se abría hacia un
callejón trasero del enorme complejo hospitalario. El silencio era mortal. Sólo
se oía, de vez en cuando, una gota que caía dentro de una pileta y el ruido
hueco de los pasos.
Martin dejó la camilla y colgó el frasco de transfusiones.
-Toma - ordenó, entregando a Denise una punta de la sábana limpia para
que la metiera bajo el colchón de la camilla.
Quitó el cerrojo a la gran puerta de madera y la abrió con esfuerzo. Una
vaharada de niebla helada brotó de su interior, depositándose en el mosaico. Al
encontrar el interruptor de la luz, Martin se volvió, descubriendo que Denise
no se había movido.
-¡Ven aquí!, y trae la camilla.
-No pienso moverme mientras no me digas qué está pasando.
-Jugamos a estar en el siglo XV.
-¿Qué significa eso?
-Vamos a robar un cadáver por el bien de la ciencia.
-¿El de Lisa Marino? -preguntó Denise, incrédula.
-Exactamente.
-Bueno, yo no quiero tener nada que ver con esto.
Y Denise retrocedió, como a punto de escapar.
-No seas tonta. Sólo quiero hacer una tomografía. Después traeremos el
cadáver otra vez. No creerás que voy a quedarme con él, ¿verdad?
-Ya no sé qué creer.
-¡Vaya imaginación!
Philips tomó de la camilla por un extremo y la arrastró hasta la antigua
cámara frigorífica. El frasco de transfusiones resonó contra su soporte
metálico. Denise lo siguió, explorando rápidamente el interior, que estaba
completamente embaldosado: piso, paredes y techo, con unos azulejos que habían
sido blancos en otro tiempo, pero que ahora tenían un indefinido tono gris.
La habitación medía unos nueve metros de longitud por seis de ancho. A
cada lado había una hilera de viejas camillas de madera, cuyas ruedas tenían el
tamaño de las de bicicleta. En el centro quedaba un amplio pasillo abierto.
Cada camilla sostenía un cadáver amortajado.
Philips avanzó lentamente por el pasillo central, mirando a un lado y al
otro. Al llegar al fondo giró en dirección opuesta y comenzó a levantar una
punta de cada sábana. Denise temblaba en aquel frío húmedo. Trató de no mirar
los cadáveres más cercanos a ella, que habían sido el sangriento resultado de
un accidente automovilístico ocurrido en las horas punta. Un pie, todavía
calzado, sobresalía en un ángulo descabellado, anunciando que la pierna estaba
fracturada por la mitad. En alguna parte se puso en funcionamiento un
com-presor.
-Ah, aquí está -dijo Philips, espiando bajo una sábana.
Para alivio de Denise, dejó el sudario en su sitio y le indicó que
acercara la camilla.
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Ella obedeció como un autómata.
-Ayúdame a levantarla.
La muchacha tomó el cadáver por los tobillos, con la sábana puesta, para
no tocarlo. Philips lo levantó por el torso. Contaron hasta tres y movieron el
cuerpo, notando que ya estaba rígido. Luego sacaron la camilla de la cámara;
Martin empujaba mientras ella tiraba desde delante. El radiólogo cerró la
puerta y volvió a asegurarla.
-¿Para qué trajiste el frasco? -preguntó Denise.
-No quiero revelar que llevamos un cadáver. Y para eso, el frasco es un
toque maestro. Retiró un poco la sábana, descubriendo el rostro sin sangre de
Lisa Marino. Denise apartó la vista mientras él levantaba la cabeza del cadáver
para ponerle la almohada y
acomodaba el tubo intravenoso bajo la tela. Por fin dio un paso atrás
para apreciar el efecto.
-Perfecto.
Y dio una palmadita al brazo del cadáver, preguntando:
-¿Está cómoda?
-Martin, por el amor de Dios, ¿no podrías ser menos grosero?
-Bueno, para serte sincero, es una forma de defensa. No estoy seguro de
que esto sea correcto.
-Y ahora me lo dices -gimió Denise, mientras lo ayudaba a pasar con la
camilla por las puertas dobles.
Volvieron sobre sus pasos por el laberinto subterráneo, hasta el
ascensor reservado a las camillas. Para desconcierto de los dos, se detuvo en
el primer piso. Dos enfermeros esperaban allí, con un paciente en silla de
ruedas. Martin y Denise se miraron fijamente por un instante, asustados. Por
último ella apartó la vista, castigándose por haberse involucrado en esa
absurda aventura.
Los enfermeros introdujeron al paciente con la cara hacia la parte
posterior del vehículo, cosa que les estaba prohibida. Iban muy entretenidos
hablando de la próxima temporada de béisbol, y si el aspecto de Lisa Marino les
llamó la atención, ninguno de los dos dijo nada. Pero con el paciente no
ocurrió lo mismo, porque a la primera mirada distinguió la enorme herida en
forma de herradura que el cadáver tenía en la cabeza.
-¿La operaron? -preguntó.
-Eh, sí -respondió Philips.
-¿Se va a reponer?
-Está un poco cansada. Necesita reposo.
El paciente asintió como si comprendiera. Las puertas se abrieron en el
segundo piso, y allí bajaron Philips y Denise; uno de los enfermeros les ayudó
a empujar la camilla para sacarla del ascensor.
-Esto es ridículo -dijo Denise, mientras cruzaban el vestíbulo
desierto-. Me siento como un delincuente.
Cuando entraron en la sala de Tomografía, el técnico pelirrojo los vio a
través del vidrio emplomado que separaba los controles y se acercó a ayudarles.
Philips le dijo que se trataba de un examen de urgencia. En cuanto el técnico
terminó de acomodar la mesa, se instaló tras la cabeza de Lisa Marino y le puso
las manos bajo los hombros, listo para levantarla. Pero dio un brinco hacia
atrás al sentir la carne helada y sin vida.
-¡Está muerta! -exclamó, alelado.
Denise se cubrió los ojos.
-Digamos que ha tenido un día difícil - corrigió Philips-. Y usted no
diga nada de este pequeño ejercicio.
-¿Quiere una tomografía? -preguntó el técnico, incrédulo.
-Sin lugar a dudas.
Armándose de coraje, el técnico ayudó a Martin a acomodar el cadáver
sobre la mesa. Como no había necesidad de inmovilizarla con ataduras, activó
los controles de inmediato y la cabeza de Lisa se deslizó dentro de la máquina;
en cuanto estuvo seguro de la posición, el hombre hizo que Philips y Denise
pasaran al cuarto de control.
51
-Estará pálida -comentó el técnico-, pero tiene mejor aspecto que
algunos de los pacientes que nos llegan de Neurocirugía.
Oprimió el botón que daba comienzo al proceso; la enorme máquina en
forma de rosquilla cobró vida abruptamente e inició su rotación alrededor de la
cabeza de Lisa.
Los tres esperaron, agrupados frente a la pantalla del visor. En la
parte superior de la pantalla apareció una línea horizontal que fue
descendiendo, como si retirara el velo de la primera imagen. El cráneo era bien
visible, pero en su interior no se notaba nada definido. Todo era oscuro y
homogéneo.
-¿Qué diablos pasa? -exclamó Martin.
El técnico se acercó al tablero para verificar los controles. Volvió
meneando la cabeza, y todos esperaron la imagen siguiente. Una vez más, el
perfil del cráneo era visible, pero con un interior uniforme.
-¿Ha funcionado bien esa máquina, hoy? -preguntó Philips.
-Perfectamente -fue la respuesta del técnico.
El radiólogo estiró una mano para ajustar los controles de visión, el
vertical y el horizontal.
-Dios mío -susurró, un segundo después-, ¿saben qué es lo que vemos?
¡Aire! No hay cerebro. ¡Ha desaparecido!
Los tres cambiaron una mirada, compartiendo la sorpresa y la
incredulidad. De pronto, Martin se volvió y corrió hacia la sala de Tomografía,
seguido por Denise y su colaborador. Levantó con las dos manos la cabeza de
Lisa, y todo el torso se levantó de la mesa, debido a la rigidez. El técnico le
echó una mano para que pudiera ver la parte trasera de la cabeza. Hubo que
buscar bien en la piel exangüe, pero allí estaba: una fina incisión en forma de
U, que se extendía por la base del cráneo, cerrada con puntos subcutáneos para
que la sutura no fuera visible.
-Será mejor que devolvamos el cadáver a la morgue -dijo Martin,
intranquilo.
El trayecto de regreso se cubrió deprisa, y casi en silencio. Denise no
hubiera querido ir, pero sabía que Martin necesitaría ayuda para sacar el
cadáver de la camilla. Cuando llegaron al incinerador, él volvió a verificar
que la morgue estuviera desierta y sostuvo las puertas de par en par, ayudando
a Denise a empujar la camilla hacia la cámara. Cuando abrió la pesada puerta de
madera, Denise notó que su aliento formaba breves volutas en el aire frío, en
tanto caminaba de espaldas, tirando de la camilla. La pusieron junto a la vieja
mesa rodante. Estaban por levantar el cuerpo cuando un ruido súbito reverberó
en el aire helado. Denise y Martin sintieron un vuelco en el corazón: tardaron
varios segundos en comprender que se trataba de la señal de llamada de Denise.
Ella se apresuró a apagarla, azorada, como si la intrusión fuera culpa suya;
luego tomó a Lisa por los tobillos y contaron hasta tres para ponerla en su
mesa.
-Fuera, en la morgue, hay un teléfono de pared -dijo Martin, levantando
el sudario-. Contesta a la llamada mientras yo me encargo de que este cuerpo
quede como lo encontramos.
Denise, que no necesitaba ser alentada, se apresuró a salir. Pero no
estaba preparada para lo que ocurrió. Al volverse en dirección al teléfono
chocó de frente contra un hombre que se acercaba a la puerta abierta de la
cámara. Se le escapó un grito involuntario y tuvo que levantar las manos para
absorber el impacto.
-¿Qué está haciendo usted aquí? -le espetó el hombre.
Se llamaba Werner, y era el encargado de la morgue. Alargó una mano y
atrapó a Denise Sanger por una de las muñecas levantadas. Martin, al oír la
conmoción, apareció en el umbral de la cámara.
-Soy el doctor Martin Philips; la señorita es la doctora Denise Sanger.
-Trató de que su voz sonara potente, pero sólo consiguió un tono hueco y
apagado. Werner dejó a Denise. Era un hombre flaco, de pómulos altos y cara
cavernosa. La luz escasa dejaba invisibles sus ojos, profundamente hundidos.
Las órbitas parecían vacías, como si fueran agujeros abiertos a fuego en una
máscara. Tenía la nariz estrecha y afilada, como una hachuela. Vestía un jersey
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de cuello alto, negro, y un delantal de goma, también negro.
-¿Qué están haciendo con mis cadáveres? -preguntó, pasando junto a los
médicos y la camilla. Una vez en la cámara, contó los cuerpos y al fin señaló
el de Lisa Marino.
-¿Sacaron éste de aquí?
Philips, ya recobrado de la sorpresa inicial, se maravilló ante esa
actitud posesiva para con los muertos.
-No creo que sea correcto hablar de «mis» cadáveres, señor. ¿Cómo se
llama usted?
-Werner -dijo el encargado, acercándose a él para sacudirle un largo
dedo índice frente a la cara-. Mientras no me los pidan mediante nota firmada,
son mis cadáveres, porque yo soy el responsable.
Al radiólogo le pareció mejor no discutir. La boca de Werner, de labios
finos, marcaba una línea firme, inexorable. Ese hombre parecía un resorte
apretado. Philips empezó a hablar, pero su voz surgió como un chirrido
vergonzante. Se aclaró la garganta y lo intentó otra vez.
-Queremos hablar con usted sobre uno de esos cadáveres. Creemos que ha
sido violado.
La señal de llamada de la doctora Sanger sonó por segunda vez. Ella se
disculpó y fue a contestar desde el teléfono.
-¿De qué cuerpo me habla? -saltó Werner, sin apartar los ojos de la cara
de Martin.
-Lisa Marino. -Él señaló el cuerpo, parcialmente tapado.- ¿Qué sabe de
esa mujer?
-No mucho -respondió el hombre, algo más relajado-. Lo recogí en
cirugía. Creo que
se la llevan esta noche o mañana a primera hora.
-¿Y del cadáver en sí?
Martin notó que el encargado tenía el pelo muy corto, cepillado hacia
atrás sobre las sienes. Werner seguía mirando a Lisa.
-Precioso -respondió.
-¿Qué quiere decir con eso de «precioso»?
-Que es la mujer más bonita que me ha tocado desde hace tiempo.
Y se volvió para mirar a Martin, con la boca curvada en una sonrisa
obscena. El médico, momentáneamente desarmado, tragó saliva; tenía la boca
seca. Fue un alivio que Denise regresara diciendo:
-Tengo que irme. Me llaman de la sala de Guardia para examinar una
radiografía de
cráneo.
-De acuerdo -concordó Martin, tratando de ordenar sus pensamientos-.
Cuando termines ve a mi oficina.
Denise asintió y se fue, aliviada. Philips, claramente incómodo al verse
solo con Werner en la morgue, se obligó a acercarse a Lisa Marino. Retiró la
sábana y levantó el hombro del cadáver para señalar la prolija incisión.
-¿Qué sabe de esto?
-De eso no sé nada -respondió el hombre, rápidamente.
Philips no estaba seguro de que hubiera visto lo que le señalaba. Dejó
que el cuerpo volviera a caer sobre la mesa y se dedicó a estudiar al
encargado. Su rígida expresión tenía algo de nazi.
-Dígame -insistió-, ¿estuvo por aquí alguien del equipo de Mannerheim?
-No sé. Me dijeron que no se haría ninguna autopsia.
-Bueno, esa incisión no es de autopsia. -Philips volvió a cubrir la cara
de la muerta.-Aquí pasa algo raro. ¿Está seguro de no saber nada?
Werner sacudió la cabeza.
-Ya veremos -afirmó el médico.
Y salió de la cámara, dejando que Werner se encargara de la camilla. El
hombre esperó hasta que se oyó el ruido de las puertas exteriores al cerrarse.
Entonces tomó el vehículo y le dio un poderoso empujón. Salió disparado de la
cámara, hasta estrellarse en una esquina de la mesa de autopsias, volcándose
con un tremendo estruendo. El frasco de transfusiones estalló haciéndose
añicos.
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El doctor Wayne Thomas se recostó contra la pared, con los brazos
cruzados. Lynn Anne Lucas estaba sentada en la vieja camilla, y los dos pares
de ojos quedaban a la misma altura; los del médico, alertas y contemplativos;
los de ella, exhaustos y vacíos.
-¿Y esa infección urinaria reciente? -preguntó el doctor Thomas-. Se
calmó con sulfamidas. ¿Hay algo que usted no haya mencionado sobre eso?
-No -respondió Lynn Anne, lentamente-, pero me recomendaron ver a un
urólogo. Me dijo que retenía demasiada orina en la vejiga después de ir al baño
y me aconsejó que me visitara un neurólogo.
-¿Consultó con alguno?
-No, porque el problema desapareció solo y creí que ya no importaba.
Se separó la cortina, dando paso a la cabeza de la doctora Sanger.
-Disculpen. Alguien me ha llamado para consultar sobre una placa de
cráneo.
Thomas se apartó de la pared, diciendo que sólo tardaría un minuto.
Mientras caminaban hacia el saloncito, puso rápidamente a Denise al tanto del
caso de Lynn Anne, diciendo que, si bien la radiografía le parecía normal,
necesitaba una confirmación sobre la zona de la pituitaria.
-¿Cuál es el problema? -preguntó Denise.
-Ese es el problema -confesó Thomas, abriendo la puerta del salón-. La
pobre chica lleva cinco horas aquí, y no he podido resolverlo. Pensé que podía
ser drogadicta, pero no; ni siquiera fuma marihuana.
Thomas puso la placa contra el visor y Denise la inspeccionó por orden,
comenzando por los huesos.
-El resto del personal de Urgencias me ha dado un mal rato -comentó él-.
Creen que me interesa el caso tan sólo porque la chica es preciosa.
Denise interrumpió el estudio de la radiografía para echarle una mirada
intensa.
-Pero no es cierto -continuó él-. Esa muchacha tiene algo en el cerebro.
Y sea lo que sea, está muy extendido.
Denise Sanger volvió su atención a la placa. La estructura ósea era
normal, incluso en la zona pituitaria. Luego revisó las vagas sombras en el
interior del cráneo. A fin de orientarse, se fijó en la glándula pineal, por si
estuviera calcificada. No lo estaba. Cuando estaba por declarar que la
radiografía era normal, percibió una ligerísima variación de textura. Cubrió la
placa con las dos manos, dejando una pequeña zona abierta para estudiarla en
especial, en una triquiñuela similar a la que había visto emplear a Philips con
el papel agujereado. Al sacar las manos estaba convencida: había descubierto
otro ejemplo de los cambios de densidad que Martin le mostrara anteriormente en
la radiografía de Lisa Marino.
-Quiero mostrársela a otra persona -dijo Denise, sacándola del visor.
-¿Ha encontrado algo? -preguntó Thomas, alentado.
-Creo que sí. No deje ir a la paciente hasta que yo vuelva.
Y Denise desapareció antes de que
Thomas pudiera decir una palabra. Dos minutos después estaba en el despacho de
Martin.
-¿Estás segura? -preguntó él.
-Bastante. -Y le entregó la placa.
Martin tomó la radiografía, pero no la observó de inmediato; se quedó
manoseándola,
como si temiera verse ante otra desilusión.
-Vamos -dijo ella, ansiosa porque confirmara sus sospechas.
La radiografía se deslizó bajo las grapas y la luz del visor se encendió
con un parpadeo. El ojo adiestrado de Philips trazó un sendero errático sobre
la zona adecuada.
-Creo que tienes razón -dijo.
Y utilizó la hoja perforada para
examinar con más cuidado la imagen. No cabían
dudas: el mismo esquema de densidad anormal que había visto en la de
Lisa Marino se repetía en aquélla. La diferencia era que, en la nueva placa,
las variaciones no eran tan pronunciadas
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ni tan extensas.
Tratando de dominar su entusiasmo encendió la computadora de Michaels y
suministró el nombre. En seguida se volvió hacia Denise para preguntarle cuáles
era los síntomas de la paciente. Ella le informó que se trataba de dificultades
en la lectura, combinadas con períodos de inconsciencia. Philips suministró la
información y se acercó al visor de láser. Al encenderse la lucecita roja,
introdujo el borde de la radiografía. La máquina de escribir se puso en acción
con un «GRACIAS, DUERMA UNA SIESTA».
Mientras esperaban, Denise le contó cuanto sabía de Lynn Anne Lucas; sin
embargo, el dato más interesante que pudo darle fue que la paciente estaba viva
y presente en la sala de emergencias. En cuanto la máquina cesó en su veloz
repiqueteo. Philips arrancó el informe y lo leyó mientras Denise hacía lo mismo
por encima de su hombro.
-¡Sorprendente! -exclamó, al terminar-. La computadora está de acuerdo
con tu impresión, por cierto. Y recuerda haber visto el mismo esquema de
densidad en la radiografía de Lisa Marino, y por si eso fuera poco me pide que
le diga de qué se trata. ¡Quiere aprender! Es tan humana que me asusta. En
cuanto me descuide querrá casarse con la computadora de tomografías y tomarse
todo el verano de vacaciones.
-¿Casarse? -exclamó Denise, riendo.
Martin descartó aquello con un gesto de la mano.
-Líos administrativos. ¡No empecemos con eso! Traigamos a esa tal Lynn
Anne y hagamos la tomografía, y las radiografías que no pude tomarle a Lisa
Marino.
-Es un poco tarde, date cuenta. El técnico cierra la unidad a las diez y
se retira. Tendremos que hacerle venir. ¿Estás seguro de que quieres hacer todo
eso esta misma noche?
Philips miró su reloj de pulsera; eran las diez y media.
-Tienes razón. Pero no quiero perder a esta paciente. Me encargaré de
que la internen siquiera por esta noche.
Denise acompañó a Martin hasta la sala de Urgencias y lo condujo
directamente a una de las salas grandes. Le señaló el rincón de la derecha y
retiró una cortina que separaba un pequeño cubículo de revisión. Lynn Anne
Lucas levantó los ojos irritados. Estaba junto a la camilla, apoyada en ella,
con el rostro entre los brazos.
Antes de que Denise pudiera presentar a Philips, su señal de llamada
empezó a sonar; entonces dejó que él lo hiciera por su cuenta.
Martin no tardó en notar que la chica estaba exhausta; le sonrió
cálidamente y le preguntó si le molestaría pasar la noche en el hospital, para
que pudieran hacerle algunas radiografías especiales por la mañana. Lynn Anne
respondió que no le molestaba, siempre que le sacaran de la sala de Urgencias y
la llevaran a algún lugar donde pudiera dormir. Philips le apretó suavemente el
brazo y le aseguró que se encargaría de todo.
En Administración tuvo que actuar como si estuviera en una liquidación:
chilló y hasta golpeó el mostrador con la mano abierta para llamar la atención
de los atareadísimos empleados. Preguntó quién estaba a cargo de Lynn Anne
Lucas, y el recepcionista, después de consultar los registros, le informó que
era el doctor Wayne Thomas; en ese momento se encontraba en la habitación N.°
7, atendiendo a un cardíaco.
Al entrar, Philips se encontró en medio de un ataque cardíaco. El
paciente era un hombre obeso, que parecía un enorme pastel tendido sobre la
camilla. Un negro de barba (el doctor Thomas, según descubriría después) estaba
de pie sobre una silla, aplicándole masajes al corazón. Con cada movimiento de
compresión, las manos del médico desaparecían entre pliegues de carne. Al otro
lado del paciente, un interno sostenía unas almohadillas de defibrilación,
mientras vigilaba los trazos del monitor cardíaco. A la cabecera del paciente,
una anestesista lo ventilaba con una bolsa coordinando sus esfuerzos con los
del doctor Thomas.
-Un momento -dijo el interno del defibrilador.
Todo el mundo retrocedió, mientras él ubicaba las almohadillas sobre la
grasa conductora del indefinido tórax del paciente. Cuando apretó el botón del
polo pectoral anterior, una descarga eléctrica corrió por el pecho del
paciente, provocando varias sacudidas.
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Las extremidades del hombre se sacudieron inútilmente, como las de un
pollo gordo que quisiera volar.
La anestesista recomenzó inmediatamente la ayuda respiratoria. El
monitor se reajustó por sí solo, mostrando un trazo lento, pero regular.
-Hay buen pulso en la carótida -observó ella, apretando con la mano el
cuello del paciente.
-Bueno -dijo el interno, que no quitaba la vista del monitor.
En cuanto se presentó el primer pico ventricular ectópico, ordenó:
-Setenta y cinco milímetros de lidocaína.
Philips se acercó al doctor Thomas y atrajo su atención con una
palmadita en la pierna.
El interno bajó de la silla y se apartó del enfermo, aunque sin perderlo
de vista.
-Vengo por Lynn Anne Lucas, su paciente -dijo Philips-. Tiene algo
interesante en la zona occipital, que se extiende hacia adelante.
-Me alegro de que hayan encontrado algo. La intuición me decía que a esa
chica le pasaba algo, pero no sabía qué.
-Todavía no lo puedo ayudar a hacer el diagnóstico. Pero me gustaría
tomarle otras radiografías por la mañana. Qué le parece si la internamos por
esta noche.
-Muy bien -concordó Thomas- . Me encantaría, pero los muchachos me van a
dar un rapapolvo si no presento cuanto menos un diagnóstico provisional.
-¿Qué le parece esclerosis múltiple?
Thomas se acarició la barba.
-Esclerosis múltiple. Es un poco arriesgado.
-¿Hay algún motivo por el que no puede ser esclerosis múltiple? -No,
pero tampoco hay muchos motivos para afirmar que sea eso. -En una etapa muy
inicial, ¿eh?
-Podría ser, pero la esclerosis múltiple suele ser diagnosticada más
adelante, cuando aparece el síndrome característico.
-Precisamente de eso se trata. Estamos sugiriendo el diagnóstico
anticipándonos, en vez de hacerlo tardíamente.
-De acuerdo -dijo Thomas-. Pero en la nota de admisión diré
específicamente que el diagnóstico fue sugerido por Radiología.
-Como guste. Pero no deje de anotar que mañana se deben efectuar pruebas
de tomografía axial y politomografía. Yo me encargo de darle turno en
Radiología.
Y Philips volvió a Recepción, donde soportó el amontonamiento y las
aperturas el tiempo suficiente para obtener la historia clínica de Lynn Anne y
el informe de Urgencias. Se llevó las dos cosas al saloncito desierto, donde
tomó asiento.
Primero leyó las anotaciones del doctor Huggens y de Thomas. No había
nada fuera de lo común. Después revisó la historia clínica. Por el código
cromático de los bordes, notó que había un informe de Radiología y lo buscó.
Describía una radiografía de cráneo a la edad de once años, tras un accidente
de patinaje; la interpretación había sido hecha por un interno al que Philips
conocía, condiscípulo suyo, aunque algunos años atrasado, que ahora estaba en
Houston. La placa era normal.
Retrocediendo un poco en la historia clínica, leyó las anotaciones de
los dos últimos años, relacionadas con infecciones respiratorias que habían
sido atendidas en el dispensario de la universidad. También echó un vistazo a
una serie de visitas a Ginecología, donde habían anotado que los Papanicolau
daban resultados levemente atípicos. Philips admitió para sí que la información
no le resultaba demasiado útil, debido a la vergonzosa cantidad de datos de
clínica general que había olvidado desde sus tiempos de interno. Entre 1969 y
1970 no había anotaciones en la carpeta.
Martin la devolvió a Urgencias antes de iniciar el regreso a su oficina.
Subió los peldaños de dos en dos, incitado por una maravillosa sensación de
entusiasmo investigador. Tras la desilusión del caso Marino, el descubrimiento
relativo a Lynn Anne Lucas era mucho más emocionante. Ya en su despacho, sacó
los polvorientos textos de medicina general y
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buscó Esclerosis Múltiple.
Tal como recordaba, el diagnóstico de la enfermedad era circunstancial.
No había pruebas de laboratorio concluyentes, salvo en la autopsia. Entonces
Philips volvió a comprender el valor y las apreturas del diagnóstico
radiológico. Siguió leyendo; los síntomas clásicos de la enfermedad incluían
anormalidades de la vista, así como un mayor funcionamiento de la vejiga.
Después de leer las dos frases siguientes, Philips se detuvo para leerlas otra
vez en voz alta.
El diagnóstico puede ser incierto durante los primeros años de la
enfermedad. Demoran el diagnóstico definitivo los largos períodos de latencia
entre los síntomas iniciales, y el subsiguiente desarrollo de otros más
característicos.
Philips tomó el teléfono y marcó el número particular de Michaels. Un
diagnóstico radiológico de la enfermedad evitaría que fuera detectada
tardíamente. Sólo cuando el teléfono empezó a sonar reparó en la hora: le
sorprendió ver que ya eran las once pasadas. En ese momento Eleanor, la esposa
de Michaels, a quien Philips no conocía, atendió la llamada. Él lanzó
inmediatamente una larga disculpa por haber llamado tan tarde, aunque la mujer
no parecía haberse levantado de la cama para atender al teléfono. Eleanor le
aseguró que nunca se acostaban antes de medianoche y le comunicó con su esposo.
Michaels se burló de lo que tomaba por «entusiasmo adolescente», al
saber que Martin seguía en su despacho.
-He estado ocupado -explicó él-. Tomé una taza de café, comí e hice una
siesta.
-No dejes que cualquiera que entre vea esos informes -advirtió Michaels,
riendo otra vez-. Programé también algunas sugerencias obscenas.
Philips, entusiasmado, le contó entonces que el verdadero motivo de su
llamada era el haber encontrado a otra paciente, en Urgencias, llamada Lynn
Anne Lucas, quien presentaba las mismas anormalidades de densidad que Lisa
Marino. Le dijo que, si bien no había podido seguir el caso anterior, tendría
radiografías definitivas por la mañana, y agregó que la computadora le había
preguntado, nada menos, por el significado de esos cambios en la densidad.
-¡Esa cosa endiablada quiere aprender!
-Recuerda que el programa enfrenta la radiología tal como la enfrentas
tú -le advirtió Michaels-. Es tu técnica la que utiliza.
-Sí, pero ya me ha superado. Captó las diferencias de densidad cuando yo
no las veía. Si utiliza mi técnica, ¿cómo explicas eso?
-Fácil. Recuerda: la computadora digita la imagen en una red de
doscientos cincuenta y seis por doscientos cincuenta y seis puntos, con valores
de gris entre cero y doscientos. Cuando te sometimos a examen, tú sólo podías
diferenciar valores entre cero y cincuenta. Evi-dentemente, la máquina es más
sensible.
-Lamento haber formulado la pregunta -confesó Philips. -¿Sometiste al
programa algunas radiografías viejas? -No -admitió él-. Estoy a punto de
hacerlo.
-Bueno, no hace falta que lo hagas todo en una sola noche. Ni Einstein
lo hacía. ¿Por qué no esperas a mañana?
-Cállate -replicó el radiólogo, de buen humor, y cortó.
Armado con el número de registro de Lynn Anne Lucas, Philips encontró su
archivo de radiografías con bastante facilidad. Contenía sólo dos placas de
tórax recientes y la serie craneal tomada tras el accidente de patinaje, cuando
tenía once años. Puso una de las placas viejas en el visor, junto a la que
había tomado esa tarde. Al compararlas comprobó que la densidad anormal se
había desarrollado a partir de los once años. Para cerciorarse, suministró una
de las viejas a la computadora. Concordaba.
Philips volvió a guardar las placas antiguas en el sobre y dejó las
nuevas sobre ellas. Después dejó la pila en su escritorio, donde Helen no las
iba a tocar. Mientras Lynn Anne no
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fuera sometida a nuevos estudios, no había nada más que pudiera hacer en
su caso.
Se preguntó qué debía hacer. A pesar de lo tardío de la hora, se
encontraba demasiado excitado para dormir. Además, quería esperar a Denise,
confiando que pasaría por su oficina en cuanto hubiera terminado con lo que
estaba haciendo. Pensó en hacerla llamar por los altavoces, pero después
prefirió no hacerlo.
Decidió pasar el rato buscando algunas radiografías viejas en el
archivo. Y quizá pudiera comenzar también el proceso de verificar el programa
de la computadora. Por si Denise regresaba antes que él, le dejó una nota en la
puerta: «Estoy en Radiología Central».
En una de las terminales de la computadora central del hospital, marcó
penosamente lo que deseaba: una lista de nombres y números de inscripción de
los pacientes que hubieran sido objeto de radiografías craneales en los últimos
diez años. Cuando terminó, oprimió el botón de «ingreso» e hizo girar la silla
para observar la impresora. Hubo una breve demora. Después la máquina comenzó a
escupir papel a una velocidad alarmante. Una vez terminada la lista, Philips se
encontró con que abarcaba miles de nombres; el solo mirarla lo dejaba
extenuado.
Sin dejarse acobardar, buscó a Randy Jacobs, uno de los empleados
nocturnos del departamento, contratado para archivar las radiografías y sacar
las que se requirieran al día siguiente. Era un estudiante de farmacología,
flautista bien dotado y homosexual declarado. A Martin le resultaba
inteligente, alegre y muy trabajador.
Para comenzar, le pidió que sacara las radiografías de la primera página
de la lista; equivalía a unos sesenta pacientes. Randy, con su eficiencia
habitual, puso veinte placas laterales en el alternador de Philips en otros
tantos minutos. Pero el radiólogo no pasó las imágenes por la computadora, como
Michaels le había pedido, sino que empezó a examinarlas atentamente, sin
resistir la tentación de buscar las densidades anormales descubiertas en las
placas de Marino y Lucas. Utilizando el papel agujereado, empezó a revisarlas
una por una, haciendo avanzar las pantallas visoras mediante presiones del pie
contra el pedal eléctrico. Así había procesado más o menos la mitad cuando
llegó Denise.
-Tanto hablar de que quieres abandonar la radiología clínica y estás
estudiando placas casi a medianoche.
-Es un poco tonto -reconoció Martin, recostado en la silla, mientras se
frotaba los ojos con los nudillos-, pero hice sacar estas radiografías viejas y
se me ocurrió revisarlas por si encontraba otro caso con densidades anormales.
Denise fue a detenerse tras él y le frotó el cuello. Se le veía cansado.
-¿Descubriste alguna?
-No. Pero sólo estudié diez o doce.
-¿Estrechaste el campo?
-¿Qué quieres decir?
-Bueno, ya has visto dos casos. Los dos son recientes, del sexo femenino
y de unos veinte años de edad.
Philips gruñó, mirando la pila de radiografías que tenía frente a sí.
Era su modo de reconocer que Denise tenía razón sin decirlo abiertamente. Se
preguntó por qué no se le había ocurrido a él mismo.
La muchacha lo siguió a la terminal principal de la computadora, con un
torrente de comentarios sobre lo ajetreada que había sido la noche. Philips la
escuchaba a medias mientras ingresaba su pregunta. Pidió los nombres y números
de inscripción de pacientes femeninas, entre quince y veinticinco años, que
hubieran sido objeto de radiografías craneales en los últimos dos años. Cuando
la impresora cobró vida, fue sólo para escribir una línea: informaba a Philips
que los bancos de datos no estaban preparados para clasificar las radiografías
craneales por sexo. Philips ajustó su pregunta en el tablero y la máquina se
reactivó a gran velocidad, aunque sólo por unos momentos. La lista comprendía
solamente ciento tres pacientes. Una rápida inspección sugería que menos de la
mitad eran mujeres.
A Randy le gustó la lista nueva. Dijo que la longitud de la otra era
desmoralizante. Mientras esperaban, sacó siete sobres, diciendo que podían
empezar con ésos mientras él
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reunía los otros.
De regreso en su oficina, Martin admitió que estaba deshecho; la fatiga
empezaba a desgastar su entusiasmo. Dejó caer las radiografías frente al
alternador y abrazó a Denise, apretándola contra sí para apoyarle la cabeza en
un hombro. Ella lo estrechó a su vez; por un momento estuvieron abrazados sin
hablar. Por fin Denise levantó la vista y le apartó el pelo rubio de la frente.
Él seguía con los ojos cerrados.
-Por qué no damos el día por terminado -sugirió ella.
-Buena idea -reconoció Philips, abriendo los ojos-. Podrías venir a mi
apartamento.
Sigo un poco excitado y necesito conversar.
-¿Conversar?
-O lo que sea.
-Por desgracia, es seguro que me llamarán del hospital.
Philips vivía en un edificio de pisos llamado Las Torres, construido por
el Centro Médico de la Universidad de Hobson en un terreno contiguo al
hospital. Aunque diseñado con muy poca originalidad, era nuevo, cómodo y muy
práctico. Además, estaba cerca del río, y el apartamento de Martin daba a él.
Denise, por el contrario, vivía en un edificio viejo de una calle muy ruidosa.
Su apartamento estaba en el tercer piso y las ventanas daban a un pozo de aire
muy oscuro.
Martin señaló que su piso estaba tan cerca del hospital como el salón de
enfermeras, y tres veces más próximo que el de ella.
-Si te llaman, mala suerte -dijo.
Ella vaciló. Verse estando ella de guardia era una experiencia nueva, y
temía que la intensificación de sus relaciones exigiera una decisión.
-Puede ser - dijo-. Déjame ir a Urgencias por si hay algún problema en
perspectiva. Mientras la esperaba, él empezó a poner en el visor algunas de las
radiografías recién
obtenidas. Colgó tres ante sus ojos antes de que la primera le atrajera
la atención, haciéndolo saltar de la silla para arrimar la nariz a la placa.
¡Otro caso! Allí estaban las mismas motas, que se iniciaban detrás del cerebro
y corrían hacia adelante. Philips buscó el sobre. La paciente s« llamaba
Katherine Collins; tenía veintiún años; el informe de radiología pegado al
sobre daba, como información clínica, la presencia de «ataque».
Llevó la placa a la pequeña computadora y la colocó ante el visor.
Después tomó los otros cuatro sobres y sacó una radiografía craneal de cada uno
para ponerlos en la pantalla. Pero antes de soltar siquiera la primera, supo
que había detectado otro caso. Sus ojos ya estaban muy sensibles a aquellas
sutiles variaciones. Ellen McCarthy, de veintidós años; información clínica:
dolores de cabeza, perturbaciones visuales y debilidad de las extremidades
derechas. Las otras placas eran normales.
Utilizando un par de placas laterales que habían sido tomadas en ángulos
ligeramente divergentes, Philips encendió la luz del visor estéreo. Al mirar
por la parte superior le fue difícil detectar mancha alguna; lo que veía
parecía superficial, como si estuviera en la corteza cerebral y no en un sitio
más profundo, en las fibras nerviosas de la materia blanca. Ese dato era algo
inquietante, pues las lesiones de la esclerosis múltiple solían presentarse en
la materia blanca del cerebro. Por fin arrancó la hoja de la computadora para
leer el informe.
En el extremo superior de la página se leía: «GRACIAS», anotación hecha
en el momento en que Philips había insertado la película: seguía un nombre de
mujer y un número de teléfono ficticio. Otra muestra del humor de Michaels.
El informe, en sí, era lo que Philips esperaba. Había una descripción de
las densidades y, como en el caso de Lynn Anne Lucas, la computadora volvía a
pedir información sobre la importancia de las anormalidades no programadas.
Casi en el mismo instante regresó Denise. También llegó Randy, con otros
quince sobres. Philips dio a su novia un beso resonante, diciéndole que,
gracias a su consejo, había descubierto otros dos casos, ambos correspondientes
a mujeres jóvenes. Estaba por comenzar con las placas recién traídas por Randy
cuando Denise le puso una mano en el hombro.
-En Urgencias no pasa nada en estos momentos. Dentro de una hora, ¿quién
sabe?
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Philips suspiró. Se sentía como un niño cuando se le pide que deje el
juguete nuevo para ir a dormir. Dejó los sobres, de mala gana, y pidió a Randy
que buscara los correspondientes a la segunda lista y se los dejara sobre el
escritorio. Después, si le quedaba tiempo, podía empezar a sacar los de la
lista principal y ponerlos contra la pared del fondo, tras la mesa de trabajo.
Como si acabara de tener otra idea, le pidió que llamara a Archivos para pedir
las historias clínicas de Katherine Collins y Ellen McCarthy.
-Me parece que me olvido de algo -dijo al fin, mirando a su alrededor.
-Sí, de ti -afirmó Denise, exasperada-. Hace dieciocho horas que estás
aquí. Por el amor de Dios, vámonos.
Como Las Torres era parte del Centro Médico, estaba comunicado con el
hospital por un pasaje subterráneo bien iluminado y pintado de alegres colores.
La electricidad y la calefacción viajaban por la misma ruta, ocultos en el
cielorraso del túnel, tras los paneles acústicos. Martin y Denise, tomados de
la mano, pasaron primero bajo la vieja Facultad de Medicina y despues, bajo el
nuevo edificio que la albergaba. Más allá estaban las bifurcaciones que
llevaban al Hospital Pediátrico Brenner y al Instituto Psiquiátrico Goldman.
Las Torres estaba al final del túnel y representaba el límite de la creciente
expansión del centro médico hacia el barrio circundante. Un tramo de escaleras
llevaba directamente al vestíbulo inferior del edificio. El guardia apostado tras
el cristal a prueba de balas reconoció a Philips y le abrió con el portero
electrónico.
Las Torres era una residencia lujosa, habitada sobre todo por médicos y
profesionales del Centro. También vivían allí algunos otros profesores de la
universidad, pero por lo común los alquileres les parecían caros. De los
médicos, la mayor parte estaban divorciados, aunque existía un nuevo
contingente de jóvenes casados con mujeres agresivas y de carrera. No había
prácticamente niños, salvo en los fines de semana, cuando los pequeños le
tocaban a papá. Martin había notado también que eran pocos los psiquiatras y
que abundaban los maricas.
Él era uno de los divorciados. Había ocurrido cuatro años antes, tras
seis de estancamiento matrimonial. Martin, como la mayor parte de sus colegas,
se había casado durante su época de interno, un poco como reacción contra las
exigencias de la vida académica. Había amado a Shirley; al menos, creyó amarla;
ella lo tomó por sorpresa al rebelarse y abandonarlo. Por suerte no habían
tenido hijos. Reaccionó ante el divorcio con depresiones, que trató de combatir
trabajando más que antes, si eso era posible. Gradualmente, con el correr del
tiempo, había logrado analizar el episodio con la suficiente objetividad para
comprender lo que había ocurrido. Estaba casado con la medicina, y su esposa
era, en realidad, una amante. Shirley había elegido para abandonarlo el año en
que lo nombraron subdirector de Neurorradiología, pues al fin había comprendido
cuál era su escala de valores. Antes del ascenso, la excusa que daba a su mujer
por trabajar setenta horas a la semana era el deseo de llegar a subdirector.
Una vez logrado el puesto, comenzó a aducir que era el jefe y debía dar
ejemplo. Shirley llegó a comprender, aunque él no lo hiciera. Como se negaba a
estar casada y sola, se fue.
-¿Llegaste a alguna conclusión sobre la desaparición del cerebro de Lisa
Marino? - preguntó Denise, devolviéndolo al presente.
-No. Pero Mannerheim ha de tener alguna responsabilidad en el asunto.
Estaban esperando el ascensor bajo una araña enorme y vistosa. La
alfombra era de color naranja oscuro, con círculos dorados entrelazados.
-¿Piensas hacer algo al respecto?
-No sé qué. Y me gustaría saber por qué lo retiraron.
Lo mejor del apartamento de Philips era la vista al río y la graciosa
curva del puente. Por lo demás, se trataba de una vivienda muy poco original.
El se había mudado repentinamente después de alquilarlo por teléfono y de
contratar a un decorador para que lo amueblara. El resultado era un sofá, un
par de mesitas rinconeras, una de café, dos sillas para el living, un comedor y
una cama con mesita de noche haciendo juego. No era gran cosa, pero
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bastaba, pues sólo se trataba de una residencia provisional. El hecho de
que llevara cuatro años viviendo allí no cambiaba su modo de verla.
Martin no era aficionado al alcohol, pero esa noche quería relajarse, de
modo que se sirvió un poco de whisky con hielo. Por cortesía ofreció la botella
a Denise, pero ella sacudió la cabeza, como él esperaba. Sólo tomaba vino y, de
vez en cuando, ginebra con agua tónica; jamás cuando estaba de guardia. En
cambio fue a buscar un vaso grande de jugo de naranja a la nevera.
Una vez en el living, dejó que Martin siguiera parloteando con la
esperanza de que se agotara pronto. No tenía interés en conversar de
investigaciones ni de cerebros desaparecidos. No había olvidado su confesión de
que la quería, y la posibilidad de que hablara en serio la excitaba,
permitiéndole reconocer sus propios sentimientos.
-La vida puede ser asombrosa -decía Martin-. En un solo día toma giros
sorprendentes. -¿A qué te refieres? -preguntó Denise confiando que él hablara
de la relación entre los
dos.
-Ayer no tenía idea de que estábamos tan próximos a conseguir el
programa de interpretación radiológica. Si las cosas siguen...
Ella, exasperada, se levantó y lo obligó a ponerse de pie. Mientras le
tironeaba de los faldones de la camisa, le aconsejó relajarse y olvidarse del
hospital. Levantó la vista hacia la cara divertida de Martin con una sonrisa
tentadora, para que, pasara lo que pasase, no resultara embarazoso.
Philips admitió que estaba excitado y dijo que se sentiría mejor después
de una ducha rápida. No era exactamente lo que Denise tenía pensado, pero él le
pidió que entrara al baño y le hiciera compañía. Ella lo contempló mientras se
duchaba; el vidrio de las mamparas, escarchado de un lado y cincelado del otro,
fracturaba y suavizaba el cuerpo desnudo de Philips, de un modo extrañamente
erótico, mientras él se contorsionaba e iba girando bajo el chorro de agua.
Sorbiendo su jugo de naranja, Denise oía la voz de Martin, que trataba
de seguir con la conversación por encima del estruendo del agua. No entendía
una palabra; mejor así: en ese momento prefería mirar. El efecto se henchía
dentro de ella, llenándola de calidez.
Al terminar, Martin cerró el grifo y tomó la toalla, saliendo de la
ducha. Entonces Denise descubrió, disgustada que seguía hablando de médicos y
computadoras. Llena de fastidio, le arrebató la toalla para secarle la espalda,
pero cuando hubo terminado lo hizo girar en redondo.
-Hazme un favor -dijo, como si estuviera furiosa-. Cállate, ¿quieres?
Luego lo tomó de la mano para arrastrarlo fuera del baño. Philips,
confundido por aquel arrebato, se dejó llevar al dormitorio oscuro. Allí, ante
el panorama del río silencioso y el dramático puente, Denise le echó los brazos
al cuello para besarlo apasionadamente.
Martin respondió al instante, pero antes de que empezara siquiera a
desnudar a la muchacha, la señal de llamada de la doctora Sanger pobló el
cuarto con un ruido insistente. Por un momento se quedaron abrazados,
postergando lo inevitable, disfrutando de la proxi-midad. Aunque no lo dijeran,
los dos sabían que aquella relación acababa de entrar en una nueva etapa.
A las dos y cuarenta de la madrugada, una ambulancia municipal entró en
la zona de Recepción del Centro Médico de la Universidad de Hobson. Había ya
otras dos ambulancias allí estacionadas, y la recién llegada retrocedió entre
ellas hasta que su parachoques chocó con una defensa de goma. Después de apagar
el motor, el chófer y su pasajero bajaron de la cabina para dirigirse a paso
vivo hasta la plataforma, con la cabeza inclinada bajo la persistente lluvia de
abril. El más delgado de los dos abrió la puerta trasera de la ambulancia,
mientras el otro, un hombre más musculoso, sacaba una camilla vacía. A
diferencia de las otras, ésa no llevaba un caso urgente: había ido a recoger a
un paciente, cosa bastante habitual.
Los hombres desplegaron la camilla portátil, haciendo que las patas
bajaran como las
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de una tabla de planchar, y la empujaron hasta pasar las puertas
correderas automáticas de la sala de Urgencias. Sin mirar a derecha ni a
izquierda, tomaron por el corredor principal para subir a un ascensor que los
dejó en Neurología Oeste, situado en el 14° piso. Había dos enfermeras
diplomadas y cinco auxiliares de guardia en la sala, pero una de las enfermeras
y tres de las ayudantes estaban descansando, de modo que la señorita Claudine
Arnette, enfermera profesional, había quedado a cargo de todo. A ella fue a
quien el hombre más delgada presentó los documentos de transferencia. La
paciente debía ser trasladada a una habitación privada del Centro Médico de
Nueva York, donde su médico particular tenía influencia.
La señorita Arnette verificó los documentos, maldiciendo por lo bajo,
pues acababa de terminar con los papeles de ingreso, y firmó el formulario.
Luego pidió a María González que acompañara a los hombres hasta el cuarto 1420
y volvió al control de narcóticos antes de tomar su turno de descanso. A pesar
de lo escaso de la luz, había notado que el conductor tenía unos ojos
asombrosamente verdes.
María González abrió la puerta del cuarto 1420 y trató de despertar a
Lynn Anne, pero fue difícil. Explicó a los de la ambulancia que habían recibido
una indicación telefónica ordenando administrarle una doble dosis de
somníferos, además de Fenobarbital, debido a la posibilidad de que sufriera un
ataque. Los hombres afirmaron que no importaba. Pusieron la camilla en la
posición debida y, después de arreglar los cobertores, levantaron a la paciente
con toda facilidad instalándola en la camilla con mantas y todo. Lynn Anne
Lucas ni siquiera despertó.
Los hombres dieron las gracias a María, que ya estaba, retirando las
sábanas de la cama, y sacaron la camilla al pasillo. La señorita Arnette
levantó la vista cuando pasaron junto a la sala de enfermeras para volver al
ascensor. Una hora después, la ambulancia salió del Centro Médico de Hobson. No
había necesidad de hacer funcionar la sirena ni la luz rotatoria: el vehículo
iba vacío.
8
Momentos antes de que sonara el despertador, Martin oprimió el botón que
lo desconectaba y permaneció de espaldas, con la vista fija en el cielorraso.
Estaba tan habituado a despertarse a las cinco y veinticinco que rara vez
necesitaba del reloj, por tarde que se hubiera acostado. Reuniendo todas sus
fuerzas, se levantó con prontitud y se puso la ropa de gimnasia.
La lluvia nocturna había saturado el aire de humedad, y una niebla
elástica pendía por encima del río, dando a los soportes del puente aspecto de
pilares que sostuvieran nubes vaporosas. La humedad apagaba los ruidos, de modo
que el tránsito matinal no interrumpió sus pensamientos, centrados
principalmente, en Denise.
Hacía años que no sentía el entusiasmo de un amor romántico. Había
tardado un par de semanas en reconocer el motivo de sus insomnios y de sus
extraños cambios de humor; al fin, cuando se descubrió recordando la ropa que
Denise usaba cada día, comprendió finalmente la verdad, con una mezcla de
cinismo y deleite. El cinismo provenía de haber observado a varios de sus
colegas, también cuarentones, convertidos en estúpidos por obra de un nuevo
amor juvenil; el deleite procedía de la relación en sí. Denise Sanger no era
sólo un cuerpo joven que sirviera para negar la inexorabilidad del tiempo. Era
una fascinadora combinación de traviesa inventiva y penetrante inteligencia. El
hecho de que fuera tan bonita era como el baño de azúcar de una torta. Philips
se vio forzado a admitir que no sólo estaba loco por Denise; además empezaba a
depender de ella como medio de escapar a la rutina obsesiva en que se había
convertido su existencia.
Cuando llegó a la marca de las dos millas y media, dio la vuelta y
regresó. Los corredores eran ya más numerosos, y algunos le resultaban
conocidos; de cualquier modo,
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prefería ignorarlos, tal como ellos a él. Su respiración se había vuelto
más agitada, pero mantuvo un paso fuerte y elástico.
Philips sabía que, por mucho que le gustara la medicina, la utilizaba
como excusa para no desarrollar otros sectores de su vida. El impacto causado
por el abandono de su esposa había sido causa principal de esa toma de
conciencia. Qué hacer al respecto era otra cosa. Para Martin, la investigación
se había convertido en una tabla de salvación. Mientras continuaba con sus
fastidiosos compromisos cotidianos, había ampliado las investigaciones con la
esperanza de ganar finalmente la libertad. No quería renunciar a la medicina
clínica, sino tan sólo aflojar el nudo corredizo que representaba en su
existencia. Y su relación con Denise lo hacía sentirse aún más comprometido con
sus objetivos. Juró que no volvería a cometer la misma equivocación. Si las
cosas salían bien entre los dos, Denise sería su esposa en todo el sentido de
la palabra. Pero para eso debía triunfar en su investigación. A las siete y
cuarto ya estaba bañado, afeitado y ante la puerta de su oficina. En cuanto
entró se detuvo, pasmado. Durante la noche, el cuarto parecía haberse
transformado en un basurero de antiguas radiografías. Randy Jacobs, con su
eficiencia habitual, había sacado la mayor parte de las placas que Martin
necesitaba. Los sobres de la lista principal estaban precariamente apilados
tras la mesa de trabajo; las radiografías laterales, sacadas de sus sobres, ya
estaban en las pantallas visoras.
Con una nueva oleada de entusiasmo, Philips se sentó frente al
alternador y empezó a revisarlas inmediatamente, en busca de anormalidades
parecidas a las descubiertas en Marino, Lucas, Collins y McCarthy. Ya iba por
la mitad cuando entró Denise.
Venía exhausta. Su pelo, habitualmente sedoso y brillante, aparecía
grasiento, la cara pálida mostraba grandes círculos oscuros bajos los ojos. Le
dio un rápido abrazo y se sentó.
Philips, al ver su expresión extenuada, le sugirió que hiciera una
siesta de un par de horas. Se verían en la sala de Angiografía cuando ella
estuviera en condiciones de volver. Y eso significaba, por supuesto, que él se
encargaría de atender el caso.
-No -dijo Denise-. Nada de contemplaciones especiales para la amante del
jefe. Me toca el turno en la sala de Angiografía cerebral y allí estaré, aunque
no haya dormido.
Martin comprendió que había cometido un error. Denise nunca dejaría de
adoptar una actitud profesional con respecto a su trabajo. Sonriendo le dio una
palmada en la mano, expresándole su satisfacción al ver que los dos pensaban
igual. Ella, algo ablandada, dijo:
-Corro a darme una ducha. Vuelvo dentro de media hora.
Philips la contempló mientras salía. Después giró hacia la pantalla. Al
hacerlo, sus ojos cruzaron la mesa y detectaron algo nuevo en el caos que allí
reinaba. Había dos historias clínicas y una nota de Randy. La nota decía tan
sólo que el resto de las radiografías llegaría a la noche siguiente. Las
historias clínicas correspondían a Katherine Collins y Ellen McCarthy.
Philips se las llevó al asiento frente a la pantalla.
Empezó por la de Collins. Le llevó sólo algunos minutos recoger la
información esencial, a saber: que Katherine Collins era una mujer blanca de
veintiún años, con imprecisos síntomas neurológicos sin diagnóstico confirmado.
Como diagnóstico probable se sugería una esclerosis múltiple.
Philips leyó meticulosamente toda la carpeta. Al llegar al final notó
que las visitas de Katherine Collins y las pruebas de laboratorio cesaban
abruptamente un mes antes. Hasta esa fecha las anotaciones eran cada vez más
frecuentes, y alguna de las últimas indicaban que debía regresar para nuevos
controles. Al parecer, no había vuelto a presentarse.
La otra carpeta, la de Ellen McCarthy, era bastante menos abultada.
Tenía veintidós años, y su historia neurológica incluía dos ataques. Las
anotaciones se interrumpían en medio de los estudios, dos meses antes. Hasta
había una nota indicando que la paciente debía presentarse para otro
electroencefalograma con secuencia de sueño a la semana siguiente. No habían
llegado a hacérselo. Su estudio no estaba completo y no había diagnóstico
establecido.
Helen llegó con su acostumbrado puñado de problemas, pero antes de decir
nada ofreció a Martin una taza de café recién hecho y una rosquilla. Después se
dedicó a la tarea de informarle: Ferguson había vuelto a llamar, diciendo que
los materiales debían salir del cuarto
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en cuestión antes del mediodía si no querían que se los tiraran a la
calle. Helen hizo una pausa, esperando la respuesta.
Martin no tenía la menor idea de qué hacer con todo el equipo. El
departamento ya estaba atestado, pues disponían de la mitad del espacio
necesario. Pero para deshacerse del problema por el momento, indicó a su
secretaria que lo llevara todo a su oficina y lo apilara contra la pared,
diciendo que hacia el fin de semana tendría algo pensado.
Satisfecha, la mujer pasó al problema de los técnicos que querían
casarse. Philips le indicó que lo dejara en manos de Robbins. Entonces Helen,
con toda paciencia, explicó que Robbins era quien se lo había comunicado a fin
de que Philips lo resolviera.
-Maldición -protestó Martin.
En realidad no había solución posible. Era demasiado tarde para
adiestrar a técnicos nuevos antes de que ellos se fueran. Si los despedían, no
les costaría nada hallar nuevos puestos de trabajo, Philips, en cambio, tendría
problemas para reemplazarlos.
-Averigüe cuánto tiempo piensan estar de viaje, exactamente -dijo,
tratando de sofocar su exasperación, pues por su parte llevaba dos años sin
tomarse vacaciones.
Helen volvió a sus notas, para decirle que Cornelia Rogers, de
Mecanografía, se había declarado otra vez indispuesta con lo cual iban nueve
días en ese mes. En los cinco meses que llevaba trabajando para
Neurorra-diología había enfermado cuanto menos siete días de cada treinta. La
secretaria preguntó a Philips qué debía hacer.
Él hubiera querido azotarla, descuartizarla y hacerla arrojar al East
River.
-¿Qué haría usted en mi lugar? -preguntó, dominándose.
-Creo que deberíamos darle un aviso.
-Muy bien, encárguese de ello.
A Helen le quedaba un último comentario antes de salir, Philips debía
dar una clase sobre tomografía axial comprobada a los alumnos de prácticas, a
las 13.00. Estaba por retirarse cuando Philips la detuvo.
-Oiga, hágame un favor. Hay una paciente internada que se llama Lynn
Anne Lucas. Encárguese de que tenga turno para una tomografía axial y una
politomografía esta mañana. Y diga a los técnicos que me llamen antes de
empezar con ella. Si hay problemas, bastará con que diga que es un encargo
especial de mi parte.
Helen tomó el mensaje y se retiró, mientras Martin volvía a las
historias. Era alentador que las dos jóvenes presentaran síntomas neurológicos,
especialmente considerando que en el caso de Katherine Collins se mencionaba
específicamente la posibilidad de una esclerosis múltiple. En el de Ellen
McCarthy, Philips buscó la frecuencia con que se presentaban los ataques como
parte del cuadro clínico de la esclerosis muscular. Menos del diez por ciento,
pero los había. Y sin embargo, ¿por qué habían dejado de presentarse las dos
muchachas para continuar con las pruebas? Martin no pudo evitar una cierta
preocupación al pensar que sería difícil convencerlas de que se dejaran tomar
radiografías si ya estaban siguiendo un tratamiento en otro centro, o hasta
incluso en otra ciudad.
En ese preciso momento llamó Helen, para informarle que el interno lo
esperaba en la sala de angiografía cerebral. Philips se puso el delantal de
plomo con el desteñido monograma de Superman, recogió las historias de Collins
y de McCarthy y salió del despacho. Se detuvo ante el escritorio de su
secretaria para pedirle que averiguara el destino de las dos pacientes y las
convenciera de acudir a tomarse unas radiografías gratuitas. Era importante que
no las asustara, aunque sin dejar de hacerles comprender que era importante.
Abajo se encontró con Denise, que lo estaba esperando. Estaba recién
bañada, con el pelo húmedo y ropa limpia, milagrosamente transformada en
treinta minutos. Ya no parecía cansada, y sus ojos de color castaño claro
chisporroteaban por encima de la mascarilla.
A Philips le hubiera encantado tocarla, pero en cambio dejó que sus ojos
se demoraran un segundo de más en los de ella.
Ella ya había efectuado angiogramas en número suficiente como para que
él, Philips, permaneciera desempeñando un simple papel de ayudante. No hubo
conversaciones mientras ella manejaba diestramente el catéter, inyectándolo en
la arteria del paciente. Philips
64
observaba con atención, listo para hacer sugerencias si le parecían
necesarias. No hizo falta. El paciente era Harold Schiller, a quien se había
efectuado una tomografía el día anterior. Tal como Philips había supuesto,
Mannerheim pedía un angiograma cerebral, probablemente como preparación para
operar, aunque evidentemente el caso no era operable.
Una hora después todo estaba casi listo.
-Te digo que ya me has superado -susurró Martin-, y eso que llevas unas
pocas semanas en esto.
Denise se ruborizó, pero Martin notó que estaba complacida. La dejó
terminar sola, indicándole que lo llamara cuando estuviera por iniciar el caso
siguiente. Quería terminar de revisar las radiografías de cráneo en el
alternador para poder suministrarlas a la computadora de Michaels. Había
calculado que, si podía procesar un centenar por día, terminaría con todas
ellas en un mes y medio. También pensó que podía proporcionar a Michaels las
discrepancias, a fin de que, al concluir pudiera actualizar el programa. En ese
caso tendrían algo que presentar al desprevenido mundo médico hacia el mes de
julio.
Pero en tanto doblaba el recodo hacia su oficina, Helen lo atrapó con
noticias desalentadoras. No había tenido suerte con ninguno de sus encargos.
Lynn Anne Lucas no podía someterse a radiografías ni exámenes tomográficos
porque durante la noche la habían trasladado al Centro Médico de Nueva York. En
cuanto a Katherine Collins y Ellen McCarthy, había localizado su última
dirección en la universidad, donde figuraban como estudiantes. Sin embargo,
Katherine Collins parecía haber huido un mes antes y figuraba como persona
buscada. Ellen McCarthy, por el contrario, había muerto en un accidente
automovilístico fatal, hacía dos meses.
-¡Por Dios, dígame que es una broma! -exclamó Philips.
-Lo siento -replicó Helen-. Es todo lo que pude conseguir.
El radiólogo sacudió la cabeza, con incredulidad. Hasta entonces se
había sentido seguro de poder examinar siquiera un caso de los tres. Entró en
su oficina y se quedó mirando la pared del fondo, con la mente en blanco. Su
apremiante personalidad no estaba habituada a vérselas con tales reveses.
De pronto se golpeó la palma de la mano con el puño y se levantó para
pasearse de un lado a otro, tratando de pensar. Collins quedaba descartada. Si
la policía no podía encontrarla, menos podría él. ¿Y McCarthy? Si había
fallecido, seguramente la habrían llevado a un hospital, pero ¿a cuál? Y
Lucas... Al menos ella estaba en el Centro Médico de Nueva York, donde contaba
con un buen amigo.
Indicó a Helen que tratara de averiguar el motivo de que Lynn Anne
hubiese sido trasladada, y que lo comunicara por teléfono con el doctor Travis,
del Centro Médico de Nueva York. También podía averiguar si la policía sabía a
donde habían llevado a Ellen McCarthy después del accidente.
Aún distraído, se obligó a concentrarse en las radiografías craneales
que tenía delante. Todas eran normales con respecto a su textura. Cuando salió
para hablar nuevamente con Helen, ésta le tenía pocas buenas noticias. El
doctor Travis estaba ocupado y tendría que llamarlo cuando terminara. Sobre
Lucas no había podido averiguar gran cosa, pues la enfermera que estaba de
turno en el momento de su salida se había retirado a las siete de la mañana y
no había modo de hablar con ella. La única información positiva era que Ellen
McCarthy había sido devuelta al Centro Médico de la Universidad de Hobson
después del accidente.
Antes de que Philips pudiera pedirle que siguiera esta pista, apareció
un operario de mantenimiento con un enorme carro de cajas, papeles y otros
desechos. Sin decir palabra, lo empujó hasta la oficina de Philips y empezó a
descargarlo.
-¿Qué diablos es eso? -preguntó Philips.
-Lo que había en el cuarto de materiales. Usted ordenó que lo trajeran
aquí -explicó
Helen.
-Mierda -fue el único comentario del radiólogo, en tanto el hombre
apilaba las cosas contra la pared. Tenía el desagradable presentimiento de que
las cosas se le escapaban de la
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mano.
Sentado en medio del caos, marcó el número de Ingresos. Mientras el
teléfono sonaba sin cesar al otro lado de la línea, sentía que el humor se le
deterioraba cada vez más.
-¿Tienes un momento libre? -preguntó William Michaels, subiendo la voz.
Estaba apoyado en el marco de la puerta, y su sonrisa alegre contrastaba
con el ceño fruncido de Martin. Recorrió la habitación con la mirada, mudo de
asombro.
-No preguntes nada -se adelantó Philips, para evitar todo comentario.
-Dios mío, cuando trabajas no armas poco jaleo.
Al fin alguien contestó a su llamada, pero era sólo una recepcionista
provisional, que comunicó a Martin con otra persona. Esa persona sólo se
encargaba de los ingresos y no de los traslados ni de las salidas, de modo que
Philips tuvo que esperar otra vez. Sólo entonces supo que la persona con quien
debía hablar se había retirado a tomar un café. Por fin cortó, frustrado por la
burocracia, protestando:
-¿Por qué no me habré dedicado a fontanero?
Michaels, riendo, le preguntó cómo andaba el proyecto. Philips le indicó
que había hecho sacar casi todas las radiografías, y le mostró el montón con la
mano. Creía poder procesarlas en el curso de un mes y medio.
-Perfecto -dijo el técnico-. Cuanto antes, mejor porque estamos
trabajando en un centro de memoria y un sistema de asociación que está
superando todas nuestras expectativas. Cuando hayas terminado, ya tendremos una
procesadora central capaz de encargarse del programa actualizado. No tienes
idea de la maravilla que va a ser.
-Por el contrario -afirmó Philips, levantándose-, tengo una idea
bastante aproximada.
Deja que te enseñe lo que detectó el programa.
Martin despejó una pantalla visora para poner las radiografías de
Marino, Lucas, Collins y McCarthy. Utilizando el índice y el papel agujereado,
trató de mostrarle las densidades anormales de cada una.
-A mí me parecen todas iguales -admitió Michaels.
-Esa es la cuestión. Así comprenderás las excelencias de este sistema.
Con sólo hablar con Michaels volvía a sentir el mismo entusiasmo que
pocas horas
antes.
Entonces se oyó el timbre del teléfono. Era el doctor Donald Travis, del
Centro Médico de Nueva York. Martin le explicó el problema de Lynn Anne Lucas,
pero sin mencionar la anormalidad radiológica, y preguntó a Travis si podía
ordenar que tomasen una, tomografía y algunas radiografías especiales a la
paciente. Travis se mostró de acuerdo y cortó. De inmediato volvió a sonar el
teléfono. Helen quería informarle que Denise estaba lista para efectuar la
siguiente angiografía.
-De cualquier modo tengo que irme -aclaró Michaels-. Buena suerte con
las placas.
Recuerda que ahora todo corre por tu cuenta. Necesitamos esa información
cuanto antes.
Philips sacó el delantal de plomo de su percha y lo siguió al exterior
de la oficina.
9
Uno de los grandes tubos fluorescentes, situado directamente encima de
la cabeza de Kristin Lindquist, funcionaba mal; parpadeaba con rápida
frecuencia y emitía un zumbido constante. Ella trató de no prestarle atención,
pero resultaba difícil. No se sentía bien; había despertado esa mañana con un
leve dolor de cabeza y la luz vacilante le intensificaba la molestia. Era un
dolor sordo y pertinaz y Kristin notó que el esfuerzo físico no lo empeoraba,
como solía suceder con sus molestias habituales.
Contempló al modelo desnudo que posaba en la plataforma, en el centro de
la habitación, y volvió la vista a su trabajo. Era un dibujo insípido, carente
de perspectiva y sin vida. Por lo común le gustaban las clases de dibujo con
modelo vivo, pero esa mañana no la
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disfrutaba, y eso se reflejaba en su obra.
Si al menos la luz dejara de parpadear... La estaba volviendo loca. Se
puso la mano izquierda sobre los ojos, a manera de visera, y eso la alivió. Con
un trozo de carboncillo nuevo, empezó a dibujar una base sobre la que apoyar la
figura. Comenzó con una línea perpendicular, llevando el carboncillo
directamente hacia abajo sobre el papel. Al levantar la barrita notó,
sorprendida, que no había dejado raya alguna. Sin embargo, en la punta se veía
una zona plana allí donde había frotado contra el papel. Pensando que podía ser
material defectuoso, Kristin giró levemente la cabeza para probar la barrita en
la esquina de la hoja. Al hacerlo vio surgir la línea perpendicular que acababa
de hacer, en la periferia de su campo visual. Cuando se volvió a mirarla, la raya
desapareció. Si giraba un poquito la cabeza, volvía a aparecer. La muchacha lo
comprobó varias veces, para asegurarse de que no eran alucinaciones: sus ojos
no percibían la línea perpendicular cuando estaba frente a ella, pero sí cuando
giraba la cabeza hacia cualquiera de los lados. ¡Extrañísimo!
Kristin nunca había tenido una jaqueca, pero sabía algo de ellas y
supuso que estaba padeciendo una. Después de dejar el carboncillo y guardar los
materiales en el casillero, explicó a su profesor que no se sentía bien y
volvió a su apartamento.
Mientras cruzaba el recinto de la universidad, experimentó el mismo
mareo que había notado a la ida. Era como si el mundo se desplazara
abruptamente una fracción de grado, lo suficiente como para que los pasos de la
muchacha se desequilibraran un poquito. Además, sentía un olor desagradable,
vagamente familiar, y un leve zumbido en los oídos.
A una manzana del recinto estaba el apartamento que compartía con Carol
Danforth, en un tercer piso con escalera exterior. Kristin subió los peldaños
experimentando una gran pesadez en las piernas; seguramente le rondaba una
gripe.
El apartamento estaba vacío. Carol debía estar en clase. En cierto modo,
era preferible así, porque Kristin adivinaba que le convenía descansar
tranquila; pero al mismo tiempo le hubiera gustado contar con la simpatía y la
presencia de su compañera. Tomó dos aspirinas, se quitó la ropa y se acostó con
un paño frío sobre la frente. Casi de inmediato se sintió mejor. Era un cambio
tan súbito que se limitó a permanecer inmóvil, temiendo que los síntomas
volvieran si cambiaba de posición.
Fue un alivio que sonara el teléfono, junto a su cama, porque deseaba
hablar con alguien. Pero no era ninguno de sus amigos, sino una secretaria del
servicio de Ginecología para decirle que el Papanicolau realizado días antes
daba un resultado anormal.
Kristin prestó atención, tratando de mantener la calma. Le dijeron que
no se preocupara, porque los Papanicolau anormales no eran raros, especialmente
si se presentaban asociados con la leve erosión en el cuello de la matriz que
ella tenía; de cualquier modo, sólo para asegurarse, querían que volviera esa
tarde a la clínica para repetir el examen.
Kristin trató de protestar y habló de su jaqueca, pero los de
Ginecología insistieron, diciendo que cuanto antes lo hiciera, mejor. Tenían
una hora libre esa misma tarde, y terminarían enseguida con el asunto.
La muchacha, aunque a disgusto, aceptó ir. Tal vez tuviera en verdad,
algo malo, y en ese caso debía mostrarse responsable. Pero no quería ir sola.
Trató de llamar a Thomas, su novio, pero él, por supuesto, no estaba. Aun
sabiendo que su temor era irracional, Kristin no podía evitar la sensación de
que en el Centro Médico había algo maligno.
Martin aspiró profundamente antes de entrar en Patología. En sus tiempos
de practicante, ese departamento había sido el «coco» para él. Su primera
autopsia fue una prueba de fuego para lo que no estaba preparado. Había
imaginado que se parecería a los cursos de anatomía de primer año, con un
cadáver tan poco parecido a un ser humano como una estatua. El olor era
desagradable en aquellos tiempos, pero al menos se trataba de productos
químicos; además, el laboratorio de anatomía se caracterizaba por las bromas y
los chistes, que aliviaban la tensión. En Patología no era así. El sujeto de su
primera autopsia había sido un niño de diez años, fallecido de leucemia. El
cadáver estaba pálido, pero blando
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y con demasiado aspecto de vida. Cuando estuvo toscamente abierto y
eviscerado como un pollo, a Martin se le aflojaron las piernas y el almuerzo se
le subió a la boca. Logró evitar el vómito girando la cabeza, pero el esófago
le quemaba por el ácido de sus propios jugos digestivos. El profesor siguió
disertando, pero él no oía nada. Se quedó, aunque sufriendo, y sus sentimientos
se volcaron hacia ese cuerpo sin vida.
Philips empujó las puertas para entrar en Patología. El ambiente era muy
distinto de lo que él había conocido en sus tiempos de estudiante. Trasladado a
la nueva facultad de medicina, e instalado en un ambiente ultramoderno, ya no
había allí espacios pequeños y som-bríos, altos cielosrrasos y pisos de mármol,
donde los pasos levantaban ecos sobrenaturales. La nueva sección de Patología
era un lugar abierto y limpio. Los materiales más abundantes eran la fórmica
blanca y el acero inoxidable. Los cuartos individuales habían sido
reem-plazados por zonas demarcadas por divisores que llegaban a la altura del
hombro, y las paredes estaban cubiertas por coloreadas reproducciones de
cuadros impresionistas, especialmente de Monet.
El recepcionista indicó a Martin el departamento de autopsias, donde el
doctor Jeffrey Reynolds estaba ayudando a los internos. Martin había abrigado
la esperanza de encontrarlo en su despacho, pero el empleado insistió en que
fuera al quirófano porque al doctor no le molestaban las interrupciones. Sin
embargo, Philips no se preocupaba por el patólogo, sino por sí mismo. De
cualquier modo, siguió la dirección que le indicaba el dedo del recepcionista.
Hubiera hecho mejor no obedeciendo. Frente a él, sobre la mesa
inoxidable, había un cadáver que parecía un trozo de carne. La autopsia se
había iniciado por una incisión en forma de Y que cruzaba el pecho y bajaba
hasta el pubis. La piel y los tejidos subyacentes estaban retirados hacia
atrás, dejando al descubierto la caja torácica y los órganos abdominales. Al
entrar Philips, uno de los internos cortaba ruidosamente las costillas.
Reynolds vio al radiólogo y salió a su encuentro, con un gran bisturí de
autopsia en la mano, como si fuera un cuchillo de carnicero. Martin echó una
mirada a la habitación para no ver el espectáculo que se desarrollaba frente a
él. El ambiente se parecía al de un quirófano: nuevo, moderno y completamente
embaldosado, a fin de limpiarlo con facilidad. Había cinco mesas de acero
inoxidable y, en la pared del fondo, una serie de puertas cuadradas
correspondientes al refrigerador.
-Saludos, Martin -dijo Reynolds, secándose las manos en el delantal-.
Lamento lo del caso Marino; me hubiera gustado ayudarte.
-No importa. Gracias por la buena intención. Como no iban a hacer la
autopsia, quise hacer una tomografía axial del cadáver, pero me llevé una
sorpresa. ¿Sabes qué descubrí?
Reynolds sacudió la cabeza.
-No tenía cerebro. Alguien le quitó el cerebro y la volvió a coser, de
modo que prácticamente no se veía.
-¡No!
-Sí.
-¡Dios! ¿Te imaginas el escándalo que podría armarse si los periódicos
se enteraran? Por no hablar de la familia: fueron terminantes con respecto a la
autopsia.
-Por eso quería hablar contigo.
Hubo una pausa. Al fin Reynolds dijo:
-Un momento. No pensarás que Patología tuvo algo que ver con eso, ¿no?
-No sé -admitió Philips.
La cara del patólogo enrojeció; en la frente aparecieron unas venas.
-Bueno, yo estoy seguro. Ese cadáver nunca subió aquí. Fue directamente
a la morgue. -¿Y qué me dices de Neurocirugía?
-Bueno, los chicos de Mannerheim son todos unos locos, pero no creo que
tanto. Martin se encogió de hombros. Luego dijo a Reynolds la verdadera razón
por la que
quería hablarle. Era por una paciente llamada Ellen McCarthy, que había
llegado muerta a la sala de Urgencias, unos dos meses antes. Quería saber si le
había hecho la autopsia.
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Reynolds se quitó los guantes y pasó a la oficina departamento.
Utilizando la terminal de la computadora principal, escribió el nombre de
McCarthy y el número de inscripción. De inmediato apareció su nombre en la
pantalla, seguida por la fecha y el número de la autopsia, así como la causa de
su muerte: herida de cráneo, resultante en una gran hemorragia intracerebral y
hernia del tronco cerebral. El patólogo halló rápidamente una copia del informe
y se la entregó a Philips.
-¿Revisaste el cerebro? -preguntó éste.
-¡Por supuesto que lo revisamos! -exclamó él, arrebatándole el informe-.
¿Cómo no íbamos a hacerlo si allí estaba la herida?
Y buscó apresuradamente en el papel, mientras Philips lo observaba.
Reynolds había aumentado unos veinticinco kilos desde los tiempos en que
trabajaban juntos en el laboratorio de la Facultad; un pliegue de piel, en la
parte trasera del cuello, cubría la parte superior del cuello de la camisa. Las
mejillas estaban abultadas, con una fina red de diminutos capilares rojizos
bajo la piel.
-Quizá haya sufrido un ataque antes del accidente -dijo, aún leyendo.
-¿Cómo se puede determinar?
-La lengua presentaba varios mordiscos. No hay seguridad; es sólo una
suposición. Philips quedó impresionado. Sabía que esos detalles sólo eran
percibidos por los
patólogos forenses.
-Aquí está la parte del cerebro. Hemorragia grave. Pero hay algo
interesante. Parte de la corteza del lóbulo temporal mostraba células nerviosas
muertas aisladas. Muy poca reacción neuroglial. No se hizo diagnóstico.
-¿Y la zona occipital? -preguntó Philips-. En una radiografía vi algunas
sutiles anormalidades por allí.
-Se tomó una placa. Salió normal.
-Sólo una. Caramba, ojalá hubieran sido más.
-A lo mejor tienes suerte. Aquí dice que se retiró el cerebro. Espera.
Reynolds se acercó a un tarjetero y sacó el cajón correspondiente a la
M.
Philips se sintió más o menos alentado.
-Bueno, fue retirado y conservado, pero no lo tenemos. Como lo pedían de
Neurocirugía, debe estar en el laboratorio de ellos.
Philips se encaminó a Cirugía, deteniéndose tan sólo para observar a
Denise, que llevaba a cabo un impecable angiograma. Esquivando el tránsito de
camillas en la zona de Recepción, se dirigió a la mesa.
-Busco a Mannerheim -dijo a la enfermera rubia-. ¿Tiene idea de cuándo
saldrá de Cirugía?
-Lo sabemos con exactitud.
-¿A qué hora?
-Hace veinte minutos. -Las otras dos enfermeras rieron. Al parecer, las
cosas marchaban muy bien en los quirófanos puesto que estaban de tan buen
humor.
-Sus ayudantes están cerrando. Mannerheim está en el saloncito.
Philips lo encontró rodeado de su habitual cortejo. Los dos visitantes
japoneses, uno a cada lado, sonreían e inclinaban la cabeza de tanto en tanto.
En el grupo había otros cinco cirujanos, todos tomando café. Mannerheim
sostenía un cigarrillo y una taza en la misma mano. Había dejado el tabaco
hacía un año, y eso significaba que, en vez de comprar cigarrillos, se los
pedía a todo el mundo.
-¿Y saben qué le dije al sinvergüenza del abogado? -decía Mannerheim,
entre dramáticos ademanes de la mano libre- : ¡Claro que juego a ser Dios!
¿Usted cree que mis pacientes se dejarían escarbar el cerebro por un, basurero?
El grupo celebró ruidosamente la ocurrencia y comenzó a dispersarse.
Martin se acercó a él y bajó la vista: para mirarlo.
-Bueno, aquí está nuestro servicial radiólogo.
-Se hace lo que se puede -dijo Philips, con amabilidad.
69
-Le diré, no me gustó esa bromita que me hizo por teléfono.
-No era broma -aclaró Philips-. Lamento que mi comentario haya caído tan
inoportunamente, pero yo no sabía que Lisa Marino había muerto y acababa de
notar unas leves anormalidades en la placa.
-Se supone que usted debe estudiar las placas antes que muera el
paciente -observó el cirujano, en tono desagradable.
-Verá, yo quería preguntarle qué pasó con el cerebro de la chica, que
fue retirado del cadáver.
A Mannerheim se le dilataron los ojos; la cara redonda tomó un color
opaco. Tomando a Philips del brazo, se lo llevó lejos de los japoneses.
-Permítame que le diga algo -bramó-. Por pura casualidad, sé que usted
sacó anoche el cadáver de Lisa Marino sin autorización, para tomarle unas
radiografías. Y le aseguro una cosa: no me gusta que nadie meta mano a mis
pacientes. Especialmente a los que se me com-plican.
-Escuche -replicó Martin, liberando su brazo - . Sólo estoy interesado
en unas extrañas anormalidades visibles en la radiografía, que podrían ayudar a
un gran descubrimiento científico. No me interesan sus complicaciones.
-Mejor así. Si algo raro le pasa al cadáver de Lisa Marino, será culpa
suya. Que se sepa, fue usted el único que se llevó el cuerpo. No lo olvide.
Y Mannerheim agitó un dedo amenazador frente a la cara de Philips.
Un súbito temor por su vulnerabilidad profesional hizo que Martin
vacilara. Por mucho que le disgustara admitirlo, el cirujano estaba en lo
cierto. Si divulgaba la desaparición de ese cerebro, a él tocaría probar que no
era culpa suya. Su única testigo era Denise, con la cual mantenía relaciones
íntimas.
-Muy bien, olvidemos lo de Marino -dijo-.Descubrí a otra paciente con
una radiografía similar. Una tal Ellen McCarthy. Por desgracia, murió en un
accidente de tráfico. Pero le hicieron la autopsia aquí, en el Centro Médico, y
el cerebro fue entregado a Neurocirugía. Me gustaría verlo.
-Y a mí me gustaría que me dejara en paz. Soy un hombre ocupado. Yo
atiendo a pacientes de carne y hueso, en vez de pasarme el día sentado, mirando
placas.
Mannerheim le volvió la espalda para retirarse, y Philips sintió un
arrebato de furia. Hubiera querido gritarle: «Grandísimo maleducado,
presumido», pero no lo hizo. Ese hombre no merecía otra cosa; quizás hasta lo
estaba esperando. Martin, en cambio, fue directamente a su famoso talón de
Aquiles. Con voz calma y comprensiva, le dijo:
-Doctor Mannerheim, usted necesita de un psiquiatra.
El cirujano giró en redondo, listo para entablar combate, pero Philips
ya había salido. Para él, la psiquiatría representaba la antítesis absoluta de
todo cuanto apoyaba. Era como un cenagal de vacuidades hiperconceptuales. Que
le dijeran que él necesitaba de eso era el peor de los insultos. Ciego de
furia, se lanzó a través de la puerta para pasar a los vestidores; se arrancó
los chanclos de cirugía, manchados de sangre, y los arrojó al otro extremo de
la habitación, donde se estrellaron contra los casilleros, para resbalar bajo
los lavabos.
Luego se apoderó del teléfono para hacer dos ruidosas llamadas: la
primera, a Stanley Drake, director del hospital; la otra, al jefe del servicio
de Radiología, el doctor Harold Goldblatt. Ante los dos insistió en que debían
tomar medidas contra Martin Philips. Ambos lo escucharon en silencio, porque el
cirujano era un personaje poderoso dentro de la comunidad hospitalaria.
Philips no era de los que se enojan con facilidad, pero llegó a su
oficina echando chispas. Helen levantó la vista al verlo entrar.
-Recuerde que debe dar esa clase dentro de quince minutos.
Él pasó de largo, murmurando algo por lo bajo. Para su sorpresa,
encontró a Denise sentada frente al alternador, estudiando las historias
clínicas de las pacientes Collins y McCarthy.
-¿Qué te parece si almorzamos?
70
-No tengo tiempo para almorzar -le espetó Philips, dejándose caer en una
silla.
-Estás de un humor maravilloso.
Él apoyó los codos en el escritorio y se cubrió la cara con las manos.
Hubo un momento de silencio, hasta que la muchacha dejó las carpetas para
levantarse.
-Disculpa -murmuró él, sin retirar las manos de la cara-. He tenido una
mañana difícil. Este hospital es capaz de levantar barreras increíbles ante
cualquier averiguación. Pude haber dado con un descubrimiento radiológico
importante, pero el hospital parece decidido a no alentarme para que lo
investigue.
-Hegel escribió: «En el mundo no se ha logrado nada grande sin pasión»
-comentó Denise, guiñando el ojo. Su tesis de curso opcional había versado
sobre filosofía, y no ignoraba que a Martin le agradaba su capacidad de citar a
algunos de los grandes pensadores. Por fin él apartó las manos de la cara y
sonrió.
-No me hubiera venido mal un poco más de pasión, anoche.
-Interpretar la palabra en ese sentido, queda enteramente a tu criterio.
Pero difícilmente creo que sea lo que Hegel quiso decir. De cualquier modo, me
voy a almorzar algo. ¿Seguro que no me puedes acompañar?
-Ni por asomo. Tengo una clase con los de prácticas.
Denise echó a andar hacia la puerta.
-A propósito, mientras revisaba las carpetas de Collins y de McCarthy,
descubrí que las dos habían tenido resultados atípicos en varios Papanicolau.
Denise se detuvo ante la puerta.
-Me pareció que los exámenes ginecológicos daban normales -respondió él.
-Todo normal, salvo los Papanicolau de ambas pacientes. Eran atípicos,
lo cual quiere decir que, sin ser francamente patológicos, no resultaban
completamente normales.
-¿Es raro eso?
-No, pero se supone que el control debe prolongarse hasta que la prueba
dé resultado normal. Y no hay ningún informe de normalización. Bueno, a lo
mejor no es nada. Me pareció mejor comentártelo. ¡Hasta luego!
Philips la saludó con la mano, pero permaneció ante su escritorio,
tratando de recordar la historia clínica de Lisa Marino. Le parecía recordar
que allí también se mencionaba un examen de Papanicolau. Se dirigió hacia la
entrada, para llamar la atención a Helen:
-Recuérdeme que esta tarde debo ir a Ginecología.
A las 13.05, armado con una caja de diapositivas en cuya etiqueta se
leía «Introducción a la Tomografía Axial Computada», Philips entró en el salón
de conferencias. Se diferenciaba mucho del resto del departamento de
Radiología, amueblado de estilo funcional y atestado en un espacio
insuficiente. El salón de conferencias era desacostumbradamente lujoso; se
parecía más a una sala de proyecciones de Hollywood que al auditorio de un
hospital. Las sillas estaban tapizadas de suave terciopelo y dispuestas a distintos
niveles, para tener una buena visión de la pantalla. Cuando Philips entró, el
salón ya estaba completo.
Mientras preparaba el proyector y subía al estrado, los estudiantes se
instalaron rápidamente en las butacas, ya atentos a él. Philips bajó la
intensidad de las luces y colocó la primera diapositiva.
La clase estaba bien preparada, porque Philips la había repetido muchas
veces. Comenzaba con el concepto de la tomografía axial, elaborado por Godfrey
Hornsfield, de Inglaterra, y seguía con un recuento cronológico de su
desarrollo posterior. Philips destacó minuciosamente que, si bien se utilizaba
un tubo de rayos X, la imagen resultante era, en realidad, la reconstrucción
matemática de la información, analizada por una computadora. Una vez que los
estudiantes comprendían el concepto básico, para él había sido alcanzado el
principal objetivo de la clase.
Mientras disertaba, la mente de Martin empezó a divagar, pero el
material le era tan
71
conocido que no se notaba. Su admiración por los que habían creado la
máquina de tomografía computada incluía un toque de envidia; pero también
comprendía que, si su propia investigación daba resultados, se vería
catapultado hacia el éxito y los honores científicos. Su obra podía tener un
impacto aún más revolucionario sobre la radiología de diagnóstico, y le
valdría, sin duda alguna, una candidatura al premio Nóbel.
En medio de una frase descriptiva sobre la capacidad del sistema para
detectar tumores, se encendió su señal de llamada. Encendió las luces de la
sala, pidió disculpas y corrió al teléfono. Philips sabía que Helen no lo
hubiera llamado de no tratarse de una emergencia, pero la operadora le informó
que se trataba de una llamada desde fuera del hospital, y antes de que pudiera
protestar le comunicaron con el doctor Donald Travis.
-Donald -dijo Martin, rodeando el micrófono con la mano-. Estoy en mitad
de una clase. ¿No te puedo llamar después?
-¡No, qué diablos! -chilló Travis-. He perdido buena parte de la mañana
buscando a esa mítica paciente que, según dijiste trasladaron aquí.
-¿No encuentras a Lynn Anne Lucas?
-No. Más aún no nos han enviado ningún paciente del Centro Médico de
Hobson en lo que va de semana.
-Qué raro. Me dijeron muy claramente que había ido al Centro Médico de
Nueva York; voy a hablar con Ingresos, pero te ruego que pruebes una vez más.
Es importante.
Philips cortó la comunicación, pero dejó la mano apoyada en el teléfono
un momento. Luchar contra la burocracia era casi tan desagradable como luchar
contra Mannerheim y sus congéneres. Volvió al estrado e hizo un intento por
reanudar la clase, pero había perdido completamente la concentración. Por
primera vez desde que empezara la docencia, se excusó aduciendo una emergencia
y abandonó el aula.
De regreso en su oficina, Helen le pidió disculpas por la interrupción,
diciendo que el doctor Travis había insistido. Él le dijo que no importaba,
pero la secretaria lo siguió a su despacho, con un chorro de mensajes y
recados. El director del hospital había llamado dos veces para que se
comunicara con él lo antes posible. El doctor Robert McNeally había llamado
desde Houston, preguntando si Philips podría presidir la ponencia de
Neurorradiología en el congreso anual de Radiología de Nueva Orleans; necesitaba
una respuesta en menos de una semana. Iba a pasar al tema siguiente cuando
Philips levantó la mano.
-¡Basta por favor!
-Pero, hay algunas cosas más.
-Ya sé que hay más. Siempre hay más.
Helen quedó sorprendida.
-¿Va a llamar al doctor Drake?
-No. Llámelo usted y dígale que estoy demasiado ocupado, que lo llamaré
mañana. Helen, con su buen criterio, sabía cuándo dejar en paz a su jefe.
Philips, de pie en el
umbral de su oficina, echó una mirada a su alrededor. El desorden
provocado por las pilas de placas radiográficas había sido retirado, y en
cambio se veían los angiogramas de la mañana. Al menos Kenneth Robbins, jefe de
su equipo técnico, tenía las cosas bajo control.
El trabajo era, para Philips, calma y estabilidad. Por eso tomó asiento,
buscó el micrófono y empezó a dictar. Había llegado al último angiograma cuando
notó que alguien había entrado en su oficina y esperaba de pie a sus espaldas.
Se volvió, pensando que era Denise, pero se encontró ante la cara sonriente de
Stanley Drake, el director del hospital.
A los ojos de Philips, Drake era como un político bien preparado. Se le
veía siempre elegante y bien vestido, con su traje azul oscuro de tres piezas,
a rayas muy finas, y su reloj de oro con cadena. Llevaba corbatas de seda
sujetas con una aguja que las levantaba horizontalmente por encima de las
camisas blancas almidonadas. De todos los conocidos por Philips, sólo él usaba
grandes gemelos franceses. De algún modo se las componía para estar bronceado,
aun durante las lluviosas primaveras de Nueva York.
Philips volvió a sus angiogramas y siguió dictando.
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-En conclusión, el paciente tiene una gran deformación arteriovenosa en
la zona del ganglio basal izquierdo, alimentada por la arteria mediocerebral
izquierda y por la coroidal posterocerebral izquierda. Punto final. Gracias.
Dejando el micrófono, Martin se volvió para enfrentarse al director. Le
molestaba que en ese hospital se tuviera tan poco en cuenta la intimidad, que a
Drake no le pareciera mal entrar directamente en un despacho ajeno sin llamar.
-Me alegro de verlo, doctor Philips -dijo el director, sonriendo-. ¿Cómo
está su esposa?
Philips lo miró fijamente por un segundo, sin saber si enojarse o reír.
Por fin dijo, sin levantar la voz:
-Me divorcié hace cuatro años.
Fue un golpe bajo. Drake tragó saliva y su sonrisa vaciló por un
instante. Entonces cambió de tema, para comentar lo complacido que estaba el
director del hospital con el buen funcionamiento del departamento de
Radiología, desde que Philips se había hecho cargo de él. Hubo una pausa.
Philips se limitaba a esperar, sabiendo a qué había ido ese hombre. No pensaba
facilitarle las cosas.
-Bueno -dijo el administrador; tomando un tono más serio, frunció la
boca pequeña-.
He venido para que hablemos del triste caso de Lisa Marino.
-¿De qué se trata?
-De que el cadáver de la pobre chica fue irreverentemente tratado y
sometido a rayos X sin autorización de examen postmortem.
-También se le retiró el cerebro -observó Philips-. Sacar una
radiografía a un cadáver y quitarle el cerebro no son cosas que entren en una
misma categoría.
-Sí, por supuesto. Ahora bien, en este momento no importa si usted tuvo
algo que ver con la extracción del cerebro. El hecho es que...
-¡Un momento! -Philips se irguió en su silla-. Quiero aclarar una cosa.
Yo tomé una radiografía al cadáver, eso es cierto. Pero no extirpé el cerebro.
-Doctor Philips, a mí no me importa quién lo extirpó. Me importa que el
cerebro haya sido extirpado. Soy responsable por la publicidad que reciban el
hospital y su personal, además de las imposiciones financieras.
-Bueno, a mí me importa quién lo haya extirpado, especialmente si hay
quien piensa que pude haber sido yo.
-Doctor Philips, no hay por qué asustarse. El hospital ya ha hablado con
la funeraria, y la familia no se enterará de este infortunado episodio. Pero
debo recordarle que su posición es muy delicada en este caso. Le ruego que no
insista sobre el asunto. Eso es todo.
- ¿Fue Mannerheim el que le encargó esta gestión? -preguntó Philips, que
ya empezaba a perder la compostura.
-Por favor, comprenda mi situación -pidió Drake-. Yo estoy de su parte.
Estoy tratando de apagar una llama antes de que se convierta en un incendio y
ocasione daños serios. Es por el bien de todos. Sólo le pido que sea razonable.
-Gracias -dijo Philips, levantándose-. Gracias por la visita. Tendré en
cuenta su opinión y estudiaré el asunto.
Philips sacó a Drake de su oficina y cerró la puerta. Mientras repasaba
la conversación, le costó bastante creer que fuera cierta. A través de la
puerta se oía la voz de Drake hablando con Helen, de modo que no había soñado.
Eso, más que ninguna otra cosa, lo decidía a liberarse de la carrera de ratas
del hospital. Más que nunca, supo que su investigación debía tener éxito.
Acrecentada su motivación, Philips tomó la lista grande de radiografías
de cráneo efectuadas en los últimos diez años y comparó los números de
inscripción con las series de placas, para determinar rápidamente el orden en
que habían estado archivadas. Tomó el primer sobre, tachó el nombre de la lista
y sacó las placas. Tomó dos radiografías laterales y guardó el resto. Después
de proporcionar a la computadora las informaciones necesarias, puso una de las
radiografías en el visor de láser. La otra fue a parar a su pantalla. El
informe de la
73
placa quedó junto al panel de la máquina.
Como casi todas las personalidades apremiantes, a Martin le gustaban las
listas. Había anotado los nombres de Marino, Lucas, Collins y McCarthy cuando
sonó el teléfono. Era Denise, para decirle que estaba lista para practicar el
primer angiograma de la tarde. Philips, después de pensarlo por un momento,
dijo que su presencia era innecesaria y le sugirió que prosiguiera con el
estudio mientras pudiera. Como sospechaba, a ella le agradó ese voto de
confianza.
Volviendo a su lista, tachó el nombre de Collins. Junto al de Marino
escribió: «Morgue; ver a Werner». Tenía la poderosa sensación de que el
encargado no ignoraba lo que había ocurrido con el cuerpo de Lisa Marino.
Junto al de McCarthy: «Laboratorio de Neurocirugía». Quedaba Lucas. Por
su conversación con Travis, estaba seguro de que la chica no estaba en el
Centro Médico de Nueva York, a menos que la hubieran internado bajo seudónimo,
cosa que no tenía sentido. Por eso escribió: «Enfermera turno noche Neuro 14
Oeste».
Después tomó el teléfono para llamar nuevamente a Ingresos. Contó
treinta y seis señales de llamada antes de que alguien contestara, y una vez
más la persona con quien él necesitaba hablar no estaba disponible. Philips
dejó su nombre y un mensaje para que lo llamaran.
Por entonces la computadora había terminado de funcionar. Philips leyó
el informe con entusiasmo, comparándolo con la interpretación anterior, y
verificó los resultados con la radiografía. La computadora, no sólo había
detectado todo lo mencionado en el informe, sino que hasta había descubierto
algunos leves engrosamientos del hueso y una opacidad en los senos frontales
que no figuraban en la interpretación original. El radiólogo, al observar la
placa, tuvo que coincidir con ella. Era asombroso.
Cuando estaba repitiendo el procedimiento con otra radiografía, Helen
asomó la cabeza para decir, como si se disculpara, que «el gran jefe» quería
verlo cuanto antes.
La oficina del doctor Harold Goldblatt estaba situada en el otro extremo
del departamento, en un ala del edificio que sobresalía hacia el patio central
como un pequeño tumor rectangular. Todo el mundo se daba cuenta de que había
entrado en sus dominios porque el suelo estaba alfombrado y en las paredes
lucían paneles de caoba. Para Philips, era como esos gabinetes jurídicos que
proliferan en las grandes capitales, y cuyos socios son tantos como los nombres
de la guía telefónica.
Llamó a la pesada puerta de madera. Goldblatt estaba sentado ante una
enorme mesa de caoba. El cuarto tenía ventanas por los tres lados y la mesa
quedaba frente a la puerta; su parecido con el despacho presidencial de la Casa
Blanca no era del todo casual. Goldblatt codiciaba los atributos del poder y,
después de una vida entera de maquiavélicas maniobras, se había convertido en
una celebridad en el campo de la radiología. En otros tiempos había destacado
dentro de la neurorradiología, pero al convertirse en una verdadera
institución, su conocimiento profesional quedó estancado. Aunque Martin
reprobaba en secreto la aversión de Goldblatt por innovaciones tales como la
máquina de radiografías seriadas, aún sentía admiración por ese hombre, que
había representado un eslabón importante en el proceso de elevar la ciencia
radiológica a su estado actual.
Goldblatt se levantó para estrecharle la mano y le indicó una silla
frente a la mesa. Era un hombre vigoroso, de sesenta y cuatro años, que aún
vestía como en 1939, año en que se graduó en Harvard. Su traje era un
convencional conjunto de tres piezas, de pantalones abolsados y tan cortos que
no llegaban a cubrirle los tobillos. Usaba una fina corbata de lazo, anudada a
mano y, en consecuencia, torcida y asimétrica. Tenía el pelo casi blanco, y lo
llevaba cortado según una variante del estilo americano que permitía una mayor
longitud sobre las orejas.
-Doctor Philips - comenzó a decir. Mirando a Martin por encima de sus
gafas sin montura, tomó asiento y apoyó los codos sobre la mesa, uniéndose las
manos en un sólido nudo-. No apruebo esa práctica de sacar de la morgue, en
mitad de la noche, cadáveres que apenas han tenido tiempo de enfriarse.
74
Philips admitió que parecía incongruente. A manera de explicación y no
de excusa, le habló primero del programa de interpretación de radiografías que
habían creado William Michaels y él; después le habló de la densidad anormal
detectada por la computadora en la radiografía de Lisa Marino, diciendo que
necesitaba más radiogramas para caracterizar la anormalidad. Le parecía
indispensable, agregó, insistir sobre aquel descubrimiento, pues podía ser
utilizado para lanzar el concepto de un análisis de rayos X por computación.
Después de escucharlo, Goldblatt sonrió con benignidad, asintiendo.
-Al oírlo, Martin, me pregunto si usted sabe exactamente lo que está
haciendo.
-Creo que sí.
El comentario de Goldblatt sorprendió a Philips. Era difícil no sentirse
ofendido.
-No me refiero a la parte técnica de su esfuerzo, sino a las
implicaciones de su obra. Francamente, no creo que el departamento pueda apoyar
un proyecto cuya meta es alejar aún más al paciente del médico. Usted propone
un sistema en el cual una máquina reemplaza al radiólogo.
Martin quedó pasmado. No estaba preparado para enfrentarse a una
acusación de herejía por parte de Goldblatt. Sólo había esperado esa reacción
por parte de los radiólogos menos competentes, de los que había demasiados.
-Usted cuenta con un futuro prometedor - continuó Goldblatt-, y me
gustaría ayudarlo a que lo conserve. También es mi responsabilidad preservar la
imagen de nuestro departamento dentro del Centro Médico. Es mi opinión que
usted debería orientar sus investigaciones en una dirección más aceptable. En
todo caso, no debe radiografiar más cadáveres sin autorización. Eso no debería
tener necesidad de decirlo.
Philips tuvo un súbito presentimiento: Mannerheim debía haberse puesto
en contacto con Goldblatt. No cabía otra explicación. Pero el neurocirujano era
una estrella que no gustaba de compartir sus laureles con nadie más. ¿Por qué
motivos estaba trabajando con Goldblatt y, probablemente, con Drake? No tenía
sentido.
-Una última observación -continuó el director, formando una pirámide con
los dedos-. Se me ha comunicado que usted mantiene una cierta vinculación con
una de las internas. No creo que el departamento pueda tolerar ese tipo de
relaciones.
Philips se levantó abruptamente, con los ojos entornados y la cara
tensa.
-A menos que mi conducta profesional se vea afectada -dijo, lentamente-,
mi vida privada no es asunto del departamento.
Y se volvió para abandonar esa oficina. Goldblatt levantó la voz,
diciendo algo sobre la imagen del departamento, pero él no se detuvo.
Pasó junto a Helen sin echarle una mirada, aunque ella se había
levantado con el bloc en la mano. Cerró su despacho con un portazo, se sentó
frente al alternador y tomó el micrófono. Era mejor trabajar un rato antes de
enfrentarse a sus sentimientos. El teléfono empezó a sonar, pero no le prestó
atención. Fue Helen quien atendió e hizo sonar el timbre avisador. Philips fue
a la puerta para preguntarle, por señas, quién era. El doctor Travis.
Travis dijo a Martin que, definitivamente, no había ninguna Lynn Anne
Lucas en el Centro Médico de Nueva York. Había revisado todo el hospital,
investigando cualquier medio concebible por el que el traslado hubiese podido
pasarse por alto. Finalmente preguntó a Philips qué le habían dicho en el
departamento de Ingresos.
-Poca cosa -respondió él, indefenso.
Le avergonzaba decir que no había comprobado nada, después de haber
echado sobre Travis semejante trabajo. En cuanto cortó la comunicación llamó a
Ingresos. Su insistencia rindió fruto, y por fin consiguió hablar con la
encargada de salidas y traslados para preguntarle cómo era posible que una
paciente hubiera salido del hospital en medio de la noche.
-Los pacientes no están prisioneros aquí -dijo la encargada-. ¿Esa
enferma fue ingresada por Urgencias ?
-Sí.
-Bueno, eso es lo habitual. Con frecuencia se traslada a los internados
por Urgencias
75
una vez que están estabilizados, si sus médicos particulares no trabajan
con nosotros.
Philips gruñó, para expresar que comprendía, y pidió detalles referidos
a Lynn Anne Lucas. Como la computadora procesadora de datos utilizada por
Ingresos trabajaba por el número de inscripción o la fecha de nacimiento, la
mujer dijo que necesitaba averiguarlos a través de la ficha de Urgencias antes
de conseguir información. Lo llamaría lo antes posible.
Martin trató de reanudar el dictado, pero le costaba concentrarse. Allí,
delante de sus narices, estaban las historias clínicas de Collins y McCarthy.
Recordó los comentarios de Denise sobre las pruebas de Papanicolau. Lo que él
sabía sobre ginecología en general y sobre Papanicolau en particular era más
bien escaso, de modo que se puso el delantal blanco y salió de la oficina, con
la carpeta de Katherine Collins en la mano. Al pasar junto a Helen, le dijo que
volvería pronto y le dejó instrucciones para que sólo lo llamara en caso de
emergencia.
El primer paso era acudir a la biblioteca. Como vio a varios pacientes
equipados para mal tiempo, decidió utilizar el túnel. Se llegaba al edificio
nuevo por el mismo ramal que Philips empleaba para llegar a su apartamento.
Estaba más allá de la escalera que llevaba al edificio viejo de la Facultad de
Medicina, abandonado dos años antes, al terminarse la construcción.
Se suponía que las viejas instalaciones serían renovadas para
proporcionar el espacio que tanto necesitaban algunos departamentos, como el de
Radiología, pero debido a los enormes aumentos de costo, se habían quedado sin
dinero cuando la facultad nueva estaba a punto de terminarse. Dos años después,
quedaba aún una parte de la construcción que aguardaba nuevos fondos para ser
concluida, de modo que la reconstrucción del edificio antiguo había quedado
pospuesta indefinidamente, con lo que los diversos departamentos clínicos no
tenían más salida que esperar.
La facultad nueva era muy distinta de lo que Philips había conocido en
sus tiempos de estudiante y en especial la biblioteca. En ella no se habían
economizado fondos (de ahí, probablemente, que la escuela vieja hubiese quedado
abandonada). El vestíbulo era amplio y estaba alfombrado; dos escaleras curvas,
simétricas, ascendían al piso alto.
Los ficheros estaban bajo el balcón que formaba el descansillo. Philips
obtuvo el número de un texto de ginecología elemental; quería leer algo sobre
el examen de Papanicolau, pero no necesitaba un libro entero sobre citología.
Conocía ya la eficacia de la prueba; como detectora de cáncer, era
probablemente la mejor y la más segura. El mismo la había practicado siendo
estudiante, y sabía que era sumamente fácil; bastaba raspar ligeramente la
superficie del cuello de la matriz y depositar el material en una placa de
vidrio. Lo que no recordaba era la clasificación de los resultados y lo que
debía hacerse si el informe daba resultados «atípicos». Por desgracia, el texto
no le ayudó mucho. Sólo decía que cualquier caso sospechoso debía ser sometido
a una prueba de Schiller, que consistía en manchar el cuello con yodo, para
determinar zonas anormales; o quizás a una biopsia o a una colposcopia. Como
Philips no tenía idea de lo que eran colposcopias, tuvo que usar el índice.
Resultó ser un procedimiento por el cual se introducía un instrumento similar
al microscopio para examinar el cuello de la matriz.
Lo que más sorprendió a Philips fue descubrir que entre el diez y el
quince por ciento de los casos de cáncer cervical se producían en mujeres cuyas
edades abarcaban entre los veinte y los veintinueve años. Tenía la errada
impresión de que esa enfermedad correspondía a una edad más avanzada. No
existía mejor argumento en favor del examen ginecológico anual.
Martin devolvió el texto y se abrió paso hasta el departamento de
Ginecología de la Universidad. Recordaba que esa parte del departamento había
estado, en sus tiempos, prohibida a los estudiantes de medicina, lo cual
equivalía a colgar un pedazo de carne frente a un animal hambriento, puesto que
las pacientes eran, por lo común, lindas compañeras de estudios. Los sujetos
disponibles para los estudiantes eran las viejas multíparas, pacientes
habituales, y el contraste tornaba a las estudiantes tan codiciables como si
fueran modelos de Playboy.
Al acercarse a la recepcionista, Philips se sintió muy fuera de lugar.
En cuanto se
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detuvo frente a ella la vio hacer caídas de ojos y aspirar hondo para
elevar el pecho plano. Martin la miró fijamente; parecía tener algo muy extraño
en la cara. Al comprender que se trataba de los ojos, anormalmente pegados a la
nariz, apartó la vista.
-Soy el doctor Martin Philips.
-Qué tal. Soy Ellen Cohen.
Él volvió a mirarle los ojos, involuntariamente.
-Quisiera hablar con el médico de turno.
Ellen Cohen volvió a hacer caídas de ojos.
-En este momento el doctor Harper está ocupado con una paciente, pero
terminará enseguida.
En cualquier otro departamento, Philips hubiera entrado directamente a
la zona de consultorios. Allí, en cambio, se volvió hacia la sala de espera,
tan intimidado como se había sentido a los doce años, cuando esperaba a su
madre en la peluquería. Cinco o seis jóvenes lo miraban fijamente. En cuanto él
se dio la vuelta, todas volvieron a sus revistas.
Martin ocupó una silla junto a la mesa de la recepcionista. Ellen Cohen,
a hurtadillas, ocultó en uno de los cajones del escritorio, la novela barata
que había estado leyendo. Cada vez que Philips, por casualidad, miraba en su
dirección, ella sonreía.
Philips dejó que sus pensamientos volvieran hacia Goldblatt. ¡Caramba
con el descaro de aquel hombre, creer que podía mangonear en la vida privada de
Martin, o tan siquiera en su investigación! Era pasmoso. Tal vez si el
departamento hubiera costeado las investigaciones habría existido alguna
justificación, pero no era así. La única contribución de Radiología era el
tiempo de Martin. Los fondos necesarios para materiales y programación -por
cierto, bastante importantes- provenían del departamento de Ciencia de la
Computación, que los entregaba por medio de Michaels.
De pronto Martin reparó en que una paciente se había aproximado a la
recepcionista para preguntar qué significaba un Papanicolau atípico. Parecía
hablar con dificultad, y se apoyaba en el escritorio como si se sintiera débil.
-Eso es algo que debe preguntarle a la señorita Blackman, queridita
-respondió Ellen Cohen, percibiendo inmediatamente la atención de Philips.
Especialmente para él, agregó riendo-: Yo no soy médico. Siéntese. La señorita
Blackman saldrá enseguida.
Kristin Lindquist ya no podía soportar más frustraciones en el mismo
día.
-Me dijeron que me atenderían de inmediato -dijo.
Y explicó a la recepcionista que tenía dolores de cabeza, mareos y
dificultades en la vista desde la mañana, de modo que no podía esperar, como el
día anterior.
-Por favor, informe a la señorita Blackman que estoy aquí. Enseguida.
Cuando ella me llamó, dijo que no habría demoras.
Kristin fue a ocupar una silla frente a Philips. Avanzaba con lentitud,
como quien no está seguro de su equilibrio. Ellen Cohen, al captar la mirada
del radiólogo, puso los ojos en blanco, sugiriendo que la muchacha era
demasiado exigente, pero se levantó en busca de la enfermera. Martin se dedicó
a estudiar a Kristin, mientras su atareada mente hacía asociaciones entre los
Papanicolau atípicos y los vagos síntomas neurológicos. Como la muchacha tenía
los ojos cerrados, pudo estudiarla sin hacerla sentir incómoda. Calculó que
tendría unos veinte años. De inmediato abrió la carpeta de Katherine Collins y
la hojeó rápidamente hasta hallar la primera nota de neurología: como motivo de
la visita, describía dolores de cabeza, mareos y síntomas visuales.
¿Acaso esa joven sentada frente a él podía ser otro caso del mismo
cuadro radiológico? A Philips le pareció posible. Con todas las dificultades
con que había tropezado al tratar de obtener más radiografías de las otras
pacientes, la idea de descubrir un nuevo caso le seducía terriblemente. Ahora
podría tomar, desde el principio, todas las que necesitara.
Sin necesidad de pensarlo más, se acercó a Kristin y le dio un golpecito
en el hombro. La chica dio un respingo de sorpresa y se apartó de la cara un
mechón de pelo rubio. El miedo le daba un aspecto especialmente vulnerable, y
Martin reparó súbitamente en su belleza.
Se presentó con
palabras cautelosamente elegidas,
diciendo que pertenecía
al
77
departamento de Radiología y que acababa de oír, por casualidad, los
síntomas que ella había descrito a la recepcionista. Le habló de las cuatro
radiografías que acababa de ver, correspondientes a otras tantas jóvenes con
los mismos problemas, y le sugirió que quizá le conviniera hacerse un estudio
de rayos X. Puso mucho cuidado en destacar que se trataba de una medida
puramente preventiva, sin motivos para alarmarse.
Para Kristin, ese hospital estaba lleno de sorpresas. El día de su
primera visita la habían hecho esperar horas enteras. De pronto, se encontraba
con un médico que parecía estar buscando pacientes.
-No me gustan mucho los hospitales -dijo; hubiera querido agregar: «Ni
los médicos», pero le pareció demasiado irrespetuoso.
-A decir verdad, yo pienso lo mismo -replicó Philips, sonriendo, pues
aquella joven le había caído simpática y se sentía protector-. Pero una
radiografía no le llevará mucho tiempo.
-Sigo pensando que lo mejor sería volver a casa cuanto antes.
-No tardaremos nada. Se lo prometo. Una sola placa, yo mismo la llevaré.
Kristin vaciló. Por una parte detestaba ese hospital. Por la otra, aún
se encontraba indispuesta, y el interés de Philips no la dejaba indiferente.
-¿Qué me dice? -insistió él.
-De acuerdo -aceptó ella, por fin.
-Magnífico. ¿Cuánto tiempo va a estar aquí?
-No sé. Dijeron que sería poco.
-Bueno. No se vaya sin mí.
A los pocos minutos llamaron a Kristin. Casi simultáneamente se abrió
otra puerta, por la cual apareció el doctor Harper.
Philips reconoció al doctor Harper; era uno de los internos que había
visto entrar y salir del hospital; no se conocían personalmente, pero esa
cabeza pulida era difícil de olvidar. Philips se levantó para presentarse. Hubo
una pausa incómoda. Harper, como interno, no contaba con un despacho y como los
dos consultorios estaban ocupados, no tendrían dónde conversar. Terminaron en
el pasillo.
-¿En qué puedo ayudarle? -preguntó el ginecólogo, con cierta suspicacia.
No era habitual que el subdirector de Neurorradiología visitara su
sección, ya que el objeto y la práctica de sus respectivas especialidades
ocupaban los extremos opuestos del espectro médico.
Philips inició su interrogatorio en términos bastante vagos, expresando
interés por el modo en que se manejaba la clínica; preguntó cuánto tiempo
llevaba Harper en ella y si le gustaba. Las repuestas del interno fueron
abruptas; sus ojitos se movían bruscamente por la cara de Philips, en tanto
explicaba que la clínica de la universidad era un cargo rotatorio optativo para
internos con experiencia, y que se había convertido en un peldaño simbólico
previo a la propuesta de ingresar en la nómina del personal estable, en cuanto
se completaran los estudios de especialidad. Al fin concluyó:
-Mire, me espera un montón de pacientes.
Martin comprendió que, en vez de tranquilizarlo, estaba logrando
inquietarlo más con esas preguntas.
-Una pregunta más -dijo-. Cuando un Papanicolau da resultados atípicos,
¿qué se suele
hacer?
-Depende -respondió Harper, cauteloso-. Hay dos categorías de células
atípicas. Una de ellas es atípica, pero no sugiere la presencia de tumores; la
otra, en cambio, es atípica y sugiere un tumor.
-Sea cual fuere la categoría, ¿no debería hacerse algo? Quiero decir, si
no es normal, habría que vigilar, ¿no es cierto?
-Sí -respondió Harper, evasivo- . ¿Por qué me lo prengunta? Tenía la
poderosa impresión de que lo estaban arrinconando.
-Por mero interés -dijo Martin, y le mostró la carpeta de Collins-. He
dado con varias pacientes que tienen pruebas de Papanicolau con resultados
atípicos efectuados en esta
78
clínica, pero al leer las anotaciones de Ginecología no veo referencias
a pruebas de Schiller, ni biopsias ni colposcopias, sino sólo exámenes de
Papanicolau repetidos. ¿Eso no es...
irregular? -Le clavó la mirada, presintiendo su incomodidad.- Verá, no
quiero echarle la culpa a nadie. Es puro interés.
-No podría decirle nada sin ver la historia clínica -dijo Harper, como
si intentara poner fin a la conversación con ese comentario.
Philips le entregó la carpeta, observándolo mientras él la abría. En
cuanto el interno leyó el nombre, «Katherine Collins», su rostro se puso tenso.
Martin lo estudió con curiosidad, viéndolo hojear las páginas con demasiada
rapidez como para leer nada debidamente. En cuanto llegó al final, levantó la
vista y se la devolvió.
-No sé qué decirle.
-Es irregular, ¿verdad? -preguntó el radiólogo.
-Digamos que no es el modo en que yo llevaría las cosas. Pero ahora debo
volver a mi trabajo. Disculpe.
Y pasó junto a Martin, que tuvo que apretarse contra la pared para
cederle paso. Sorprendido por el precipitado final de la conversación, Martin
lo vio entrar apresuradamente en uno de los consultorios. No había sido su
intención plantear las preguntas en un plano personal, y se preguntó si su tono
habría sido más acusador de lo que él creía. Sin embargo, el interno había
reaccionado de modo extraño ante la historia clínica de Katherine Collins;
sobre eso no cabían dudas.
Convencido de que no tenía sentido seguir hablando con él, Martin volvió
a la mesa de la recepcionista para preguntar por Kristin Lindquist. Ellen Cohen
fingió al principio no haber oído la pregunta, pero cuando él la repitió, le
contestó que la señorita Lindquist estaba con la enfermera y que saldría
enseguida. Kristin le había disgustado desde un principio, pero ahora la
odiaba, puesto que el radiólogo parecía interesarse en ella. Martin, sin tomar
conciencia de esos celos, se sintió increíblemente confundido por la clínica
ginecológica de la universidad.
Pocos minutos después la muchacha salía de un consultorio, apoyándose en
una enfermera. Martin había visto antes a esa mujer, tal vez en la cafetería;
recordaba su espesa melena negra, que llevaba recogida sobre la cabeza en un
moño apretado. Se levantó, mientras la mujer se aproximaba a la mesa, y oyó que
daba instrucciones a la recepcionista para que reservara hora para Kristin
dentro de los cuatro días siguientes. La muchacha estaba muy pálida.
-Señorita Lindquist -la llamó Martin-, ¿terminó ya?
-Creo que sí -dijo ella.
-¿Qué me dice de esa radiografía? -preguntó él-. ¿Se siente dispuesta?
-Creo que sí -logró repetir Kristin.
La enfermera de pelo negro volvió súbitamente al escritorio, a grandes
pasos. -Disculpe que pregunte, pero ¿de qué clase de radiografía están
hablando? -Una toma lateral de cráneo.
-Ya -musitó la enfermera-. Lo pregunto porque Kristin ha dado resultados
anormales en un Papanicolau y preferiríamos que evitara toda radiografía
abdominal o pélvica hasta que el examen dé normal.
-No hay problema -dijo él-. En mi departamento sólo nos ocupamos de la
cabeza. Nunca había oído que existiera tal asociación entre los Papanicolau y
los rayos X, pero
parecía razonable. La enfermera hizo un gesto afirmativo y se retiró.
Ellen Cohen plantó una tarjeta con fecha y hora en la mano de Kristin, antes de
volverle la espalda y fingir que estaba ocupada con la máquina de escribir.
-Una de esas locas de California -murmuró por lo bajo.
Martin condujo a Kristin por entre el ajetreo de la clínica hasta una
puerta que comunicaba con el resto del hospital. Más allá, la escena parecía
muy agradable, en contraste con la clínica, y la muchacha se sorprendió.
-Estas son las oficinas particulares de algunos cirujanos -le explicó
Philips, mientras recorrían un largo pasillo alfombrado. Hasta había cuadros al
óleo en las paredes recién
79
pintadas.
-Pensaba que todo el hospital era viejo y ruinoso -comentó ella.
-Nada de eso. -Una imagen de la morgue subterránea pasó por la mente de
Philips, confundiéndose inmediatamente con su reciente impresión de la clínica
ginecológica.-Dígame, Kristin: como paciente, ¿qué opina de la clínica
universitaria?
-Es una pregunta difícil. Detesto hasta tal punto las consultas
ginecológicas que no puedo dar una respuesta justa.
-¿Comparada con otras experiencias?
-Bueno, es terriblemente impersonal; al menos lo fue ayer, cuando me
revisó el médico. Pero hoy, como sólo traté con la enfermera, me pareció mejor.
Además no tuve que esperar, como ayer, y no hicieron sino sacarme más sangre y
examinarme otra vez la vista. No me hicieron ningún examen ginecológico.
Gracias a Dios.
Habían llegado a los ascensores. Philips apretó el botón de llamada.
-La señorita Blackman también se molestó en explicarme lo de
Papanicolau. Al parecer no era grave. Dijo que correspondía al Tipo II, que es
muy común y suele revertir a normal espontáneamente. Según dijo, tal vez se
deba a una erosión cervical; me aconsejó que no usara el bidet con chorro
fuerte y que no tuviera relaciones sexuales.
Martin quedó momentáneamente sorprendido ante la franqueza de la chica.
Como muchos médicos, permanecía en una sorprendente ignorancia con respecto al
hecho de que su condición de médico alentaba a los demás a confiarle sus
secretos.
En cuanto llegó a Rayos X, Philips buscó a Kenneth Robbins y dejó a
Kristin en sus manos para que le tomara la única placa lateral que deseaba.
Como eran más de las cuatro, el departamento estaba relativamente en calma y
una de las salas de Radiografía había quedado desierta. Robbins tomó la
radiografía y desapareció en el cuarto oscuro para suministrar la película al
revelador automático. Mientras Kristin aguardaba, Martin se estacionó en la
ranura del vestíbulo principal, por donde emergería la placa.
-Pareces un gato ante la cueva de un ratón- comentó Denise, que había
aparecido tras Philips tomándolo por sorpresa.
-Así me siento. En Ginecología descubrí a una paciente con síntomas
parecidos a los de Marino y las otras. Aquí me tienes, conteniendo el aliento
para ver si presenta el mismo cuadro radiológico. ¿Cómo te fue esta tarde con
los angiogramas?
-Muy bien, gracias. Te agradezco que me hayas dejado trabajar sola.
-No me lo agradezcas. Te lo has ganado.
En ese momento apareció el borde de la placa, salió del rodillo y cayó
en la bandeja receptora. Martin la arrebató de allí para ponerla en el visor.
Ayudándose con el dedo, fue revisando una zona aproximada a la oreja de
Kristin.
-Maldición -dijo-. No tiene nada.
-¡Oh, vamos! -protestó Denise-. ¿Acaso te gustaría que la paciente
tuviera esa patología?
-Tienes razón -replicó él-. No se la deseo a nadie. Sólo quiero un caso
que pueda radiografiar debidamente.
Robbins salió del cuarto oscuro.
-¿Quiere alguna otra placa, doctor Philips?
Martin, sacudiendo la cabeza, entró en el cuarto donde Kristin lo
esperaba, seguido por Denise.
-Buenas noticias -dijo, agitando la placa en el aire-. Su radiograma es
completamente normal.
Luego le dijo que tal vez conviniera repetirla al cabo de una semana, si
los síntomas persistían. Le pidió el número telefónico y le dio el de su línea
directa, por si deseaba hacerle alguna pregunta.
Kristin se lo agradeció y trató de levantarse, pero inmediatamente tuvo
que sostenerse de la mesa de rayos X, atacada por una oleada de mareos. El
cuarto parecía girar en la dirección de los relojes.
80
-¿Se siente bien? -preguntó él, sujetándola por el brazo.
-Creo que sí. -Kristin parpadeaba. - Es el mismo mareo. Pero ya pasó.
No le dijo que acababa de percibir ese mismo olor, tan horrible y
familiar. Era un síntoma demasiado absurdo como para compartirlo con él.
-Estoy bien. Preferiría ir a casa.
Philips quiso buscarle un taxi, pero ella insistió en que estaba bien.
Al cerrarse la puerta del ascensor lo saludó con la mano y hasta logró esbozar
una sonrisa.
-Un truco muy inteligente para conseguir el teléfono de una joven
atractiva -observó Denise, mientras volvían a la oficina.
Al doblar el recodo, él notó, aliviado, que Helen ya no estaba. Denise
echó un vistazo al cuarto y lanzó una exclamación de incredulidad.
-¿Qué diablos es esto?
-No digas nada. -Philips se abrió paso hasta su mesa avanzando, por
entre el desorden.- Mi vida se está desintegrando, y los comentarios agudos no
me la van a solucionar.
Tomó los mensajes que Helen había dejado. Tal como esperaba, había
llamadas importantes de Goldblatt y Drake. Después de mirarlas durante un
minuto, dejó que las dos hojas de papel cayeran en una suave espiral hasta su
gran cesto. Finalmente se volvió hacia la computadora y le suministró la
radiografía de Kristin.
-¡Bueno! ¿Cómo anda eso? -preguntó Michaels, desde la puerta.
Por el desorden adivinaba que poco habían cambiado las cosas desde su
visita anterior, efectuada por la mañana.
-Según a qué te refieras -dijo Philips -. Si hablas del programa, va
bien. Sólo he procesado unos pocos radiogramas, pero hasta el momento funciona
con una precisión de un ciento diez por ciento.
-Magnífico -aplaudió Michaels.
-Mejor que magnífico. ¡Es fantástico! La única cosa de este lugar que
resulta bien. Sólo lamento no tener más tiempo para trabajar en ello. Por
desgracia, estoy atrasado con mi trabajo, pero esta noche me quedaré un rato
para procesar todas las radiografías que pueda.
Philips vio que Denise se volvía a mirarlo. Trató de interpretar su
expresión pero el ruidoso metralleo de la máquina de escribir, que escupía
rápidamente su informe, atrajo su atención. Michaels apareció por detrás de él
para leer por encima de su hombro. Denise pensó que parecían dos padres
orgullosos de su retoño.
-Está interpretando la radiografía que acabo de tomarle a una muchacha
-explicó Martin- . Se llama Kristin Lindquist. Se me ocurrió que ella podía
tener la misma anormalidad que los otros pacientes que te describí. Pero no es
así.
-¿Por qué te interesa tanto esa anormalidad en especial? -preguntó
Michaels-. Personalmente, preferiría que te dedicaras al programa en sí. Más
adelante tendrás tiempo para divertirte con esa clase de cosas.
-Cómo se ve que no eres médico -comentó el radiólogo-. Cuando
presentemos esta pequeña computadora a la aletargada y soñolienta clase médica,
será como confrontar a la Iglesia Católica del Medioevo con la astronomía de
Copérnico. Si logramos presentar una nueva señal radiológica que el programa
haya descubierto, la aceptación será mucho más fácil.
Cuando la máquina de escribir hizo una pausa, Philips arrancó el
informe. Después de recorrer velozmente la página, volvió al párrafo central.
-No lo puedo creer.
Tomó la placa y la puso otra vez en el visor. Bloqueando con las manos
la mayor parte de la imagen, aisló una pequeña zona en la parte trasera del
cráneo.
-¡Ahí está! ¡Dios mío! Yo sabía que la paciente tenía los mismos
síntomas. El programa recuerda los otros casos y ha podido encontrar este
pequeño ejemplo de la misma anormalidad.
-Y nos pareció que en los otros casos había sido muy sutil -comentó
Denise, mirando por encima del hombro de Philips-. Aquí sólo está afectada la
punta del polo occipital, no la
81
región parietal ni la temporal.
-Tal vez sea una primera etapa en el proceso de la enfermedad -sugirió
Philips.
-¿Qué enfermedad? -preguntó Michaels.
-No lo sabemos con seguridad, pero varias de las pacientes que
presentaban la misma anormalidad estaban siendo objeto de estudio por probable
esclerosis múltiple. Se trata de un tiro a ciegas.
-Yo no veo nada -admitió el físico.
Acercó la cara a la radiografía, pero fue inútil.
- Es una cualidad de la textura. Tienes que conocer cómo es la textura
normal antes de apreciar la diferencia. Créeme, existe. El programa no la ha
inventado. Mañana llamaré otra vez a la paciente y estudiaré esa zona en
particular. Tal vez con algunas radiografías mejores puedas detectarla.
Michaels admitió que su apreciación de la normalidad no era muy buena y,
después de rechazar una invitación, a cenar en la cafetería, se disculpó.
Cuando estaba en la puerta volvió a insistir para que Martin dedicara más
tiempo a procesar películas viejas con la computadora, diciendo que existía una
buena posibilidad de que el programa detectara muchas clases de nuevas señales
radiológicas y, si Philips perdía el tiempo investigándolas una por una, jamás
ajustarían el sistema. Luego se marchó, agitando la mano por última vez.
-Está preocupado, ¿verdad? -observó Denise.
-Y con razón. Hoy me dijo que para manejar ese programa han diseñado
otra procesadora cuya memoria es aún más eficiente. Al parecer estará lista
dentro de poco, y entonces yo seré la única causa de demora.
-¿Y por eso piensas trabajar esta noche?
-Por supuesto.
Al mirarla, Martin notó por primera vez lo cansada que estaba. Había
trabajado todo el día casi sin dormir.
-Tenía la esperanza de que quisieras venir a mi apartamento para cenar
algo y quizá para terminar lo que comenzamos anoche.
Se estaba mostrando deliberadamente erótica, y Martin era blanco fácil.
La manifestación sexual sería un modo fantástico de eliminar las frustraciones
y la exasperación de todo el día. Pero tenía trabajo por hacer y Denise era
demasiado importante para usarla, como había usado a las enfermeras, en sus
tiempos de interno, cuando necesitaba liberar tensiones.
-Tengo aún trabajo por hacer -replicó al fin-. ¿Por qué no vuelves
temprano a tu casa? Te llamaré; tal vez vaya más tarde.
Pero Denise insistió en esperar mientras él revisaba todos los
angiogramas y las tomografías del día, que ya habían sido examinadas por sus
compañeros de Neurorradiología. Aunque su nombre no apareciera en los informes,
Philips revisaba lo que se hacía en su departamento.
Eran las siete menos cuarto cuando echó la silla atrás y se incorporó
para desperezarse.
-¿Qué te pasa? -preguntó a Denise, viendo que ocultaba el rostro.
-No quiero que me veas la horrible cara que tengo.
Él, sacudiendo la cabeza como si no pudiera creerlo, alargó una mano
para levantarle la barbilla, pero ella se la retiró. En pocos segundos, desde
el momento en que apagaron el visor, se había transformado, de una profesional
eficiente, en una mujer sensible. En lo que a Martin concernía, tal vez tuviera
aspecto de cansada, pero estaba tan atractiva como siempre. Trató de decírselo,
pero ella no quiso creerle. Le dio un beso rápido y dijo que iba a su casa a
darse un largo baño. Que esperaba verlo más tarde. Y se marchó como un pájaro
en vuelo.
Martin tardó algunos segundos en ordenar sus ideas. Denise tenía la
facultad de ofuscarle el cerebro. Estaba enamorado y lo reconocía. Buscó el
número de Kristin y lo marcó en el teléfono, pero no obtuvo respuesta. Entonces
decidió llevarse la carpeta de la correspondencia para revisarla mientras
cenaba en la cafetería.
Eran las nueve y cuarto cuando Martin terminó con los dictados y la
correspondencia.
82
Mientras tanto había podido procesar otras veinticinco placas por la
computadora, que funcionaba impecablemente. Randy Jacobs iba y venía entre el
archivo y su despacho; había estado guardando los sobres devueltos, pero como
al mismo tiempo traía otros cientos de ellos, la oficina de Philips estaba más
desorganizada y revuelta que antes.
Desde su mesa, Martin trató nuevamente de hablar con Kristin. Ella
atendió a la segunda señal de llamada.
-Va a tener que disculparme -dijo él-, pero al mirar su radiografía con
más detenimiento detecté una zona que necesita un examen más intenso. Quisiera
pedirle que viniera otra vez, mañana por la mañana, digamos.
-Por la mañana no -repuso la muchacha-. Van dos días seguidos que no voy
a clase, y no quiero seguir faltando.
Se pusieron de acuerdo para que ella se presentara a las tres y media.
Martin le aseguró que no la harían esperar. Al llegar, debía entrar
directamente en su despacho.
Después de cortar, Martin se recostó en la silla y dejó que los
problemas del día cayeran sobre él. Las conversaciones con Mannerheim y Drake
eran exasperantes, pero al menos correspondían y encajaban con la personalidad
de ambos. En cambio, el diálogo con Goldblatt había sido diferente. Philips no
esperaba semejante ataque de alguien que había sido su profesor. Estaba casi
seguro de que el anciano había sido responsable de que lo nombraran subdirector
de Neurorradiología, cuatro años antes. Por eso no tenía sentido. Si tras la
conducta de Goldblatt se ocultaba una franca hostilidad hacia el trabajo de la
computadora, les esperaban más problemas de los que él y Michaels habían
supuesto. Al pensar en eso, Martin se incorporó para buscar la lista de los
pacientes que presentaban la posible señal radiológica. La corroboración de la
nueva técnica de diagnóstico había asumido una tremenda importancia. En cuanto
halló la lista, agregó el nombre de Kristin Lindquist.
Aun aceptando el disgusto que Goldblatt sentía por la nueva computadora,
su conducta seguía careciendo de sentido. Sugería una coalición con Mannerheim
y Drake. Y para que Goldblatt se aliara con aquel neurociruja-no, algo
extraordinario debía estar ocurriendo. Algo muy extraño.
Philips tomó la lista de un manotazo: Marino, Lucas, Collins, McCarthy y
Lindquist. Después de McCarthy había escrito: «Laboratorio de Neurocirugía». Si
Mannerheim podía ser tortuoso, también él lo sería.
Salió de su oficina, apenas iluminada, hacia el resplandor del pasillo.
En la zona de las salas de Fluoroscopia vio lo que buscaba: los carritos de
limpieza del personal de portería.
Acostumbrado a trabajar hasta muy tarde, Martin contaba con muchas
oportunidades de relacionarse con el personal de limpieza. Varias veces habían
tenido que limpiarle la oficina estando él allí. En broma, le decían que
realmente vivía en secreto bajo la mesa de su despacho. Era un grupo
interesante, compuesto por dos hombres de veintitantos años, uno blanco y el
otro negro, y dos mujeres mayores, portorriqueña una e irlandesa la otra.
Philips quería hablar con la irlandesa, que llevaba catorce años trabajando en
el centro y era la supervisora, al menos en teoría.
Encontró al equipo en la sala de Fluoroscopia, en plena pausa del café.
-Oiga, Tesoro -dijo a la irlandesa.
«Tesoro» era su sobrenombre, porque así llamaba ella a todo el mundo.
-¿Puede entrar en el laboratorio de Investigaciones de Neurocirugía?
-Puedo entrar en cualquier parte de este hospital, excepto en los
armarios donde se guardan los narcóticos -afirmó Tesoro, orgullosa.
-Magnífico. Voy a hacerle un ofrecimiento que no podrá rehusar.
Y pasó a decirle que necesitaba su llave maestra durante quince minutos,
para sacar de ese laboratorio un espécimen que necesitaba radiografiar. A
cambio le haría una tomografía gratuita.
Tesoro tardó un minuto en dejar de reír.
-No tendría que dársela, pero siendo usted quien es... Por favor,
tráigala antes de que salgamos de Radiología. O sea, tiene veinte minutos.
83
Philips usó el túnel para entrar en el Edificio de Investigaciones
Watson. El ascensor esperaba en el vestíbulo desierto; entró y pulsó el piso
deseado. Aunque estaba en medio de un concurrido centro médico, situado en una
ciudad populosa y en expansión, se sentía aislado y solo. Las investigaciones
se realizaban entre las ocho y las cinco, de modo que el edificio estaba vacío.
Sólo se oía el viento que silbaba en el pozo del ascensor, a medida que
ascendía. Cuando las puertas se abrieron, salió a un vestíbulo mal iluminado.
Pasó por una puerta de incendios que lo condujo a una larga sala; debía ocupar
toda la longitud del edificio. Para ahorrar energía, casi todas las luces
estaban apagadas. Tesoro no le había dado una llave, sino todo el manojo, que
tintineaba en el silencio del edificio desierto.
Al laboratorio de Neurocirugía le correspondía la tercera puerta a la
izquierda, próxima al otro extremo del corredor. Martin, al acercarse, se
sintió tenso. La puerta del laboratorio era metálica, con un vidrio central
esmerilado. Tras echar una mirada por encima del hombro, introdujo la llave
maestra en la cerradura y la puerta se abrió, girando despacio. Philips entró
rápidamente y cerró tras de sí. Trató de tomar a broma su propia sensación de
suspenso, pero no sirvió de nada. Su nerviosismo había superado toda proporción
con lo que estaba haciendo. Decidió que no servía para ladrón.
El interruptor de luz emitió un sonido desacostumbradamente audible y un
bloque de tubos fluorescentes bañaron de luz el inmenso laboratorio, cruzado de
punta a punta por dos mostradores centrales provistos de equipo completo:
fregaderos, mecheros de gas y estantes con diversos utensilios. En el otro
extremo había una zona para cirugía de animales, con todo el aspecto de un
quirófano moderno, pero más pequeño; tenía reflectores, una pequeña mesa de
operaciones y hasta una máquina para anestesia. No había separación entre el
quirófano y el laboratorio, pero aquél estaba embaldosado. En conjunto,
constituía un espectáculo impre-sionante, tributo a la capacidad de Mannerheim
para obtener fondos para la investigación.
Aunque Philips no tenía idea de dónde podía guardarse un cerebro, se le
ocurrió que podía existir una colección, de modo que sólo buscó en los armarios
más grandes. No encontró nada, pero descubrió que había otra puerta cerca de la
zona destinada a cirugía. Tenía un panel de vidrio transparente protegido con
tela metálica. Arrimándose a esa ventanita, echó una mirada al cuarto oscuro
que había detrás. Se veía una serie de estantes con frascos de vidrio, que
contenían cerebros sumergidos en líquidos conservadores.
Con cada segundo que transcurría, el nerviosismo de Martin iba en
aumento. En cuanto vio los cerebros sintió la necesidad de buscar el de
McCarthy y salir de allí. Abrió la puerta de un empujón y se puso a revisar
apresuradamente las etiquetas. De pronto sintió el impacto de un fuerte olor
animal; en la oscuridad, a la izquierda, percibió varias jaulas, pero los
frascos acaparaban su interés; cada uno tenía una etiqueta con su nombre, un
número de inscripción y una fecha. Philips recorrió a paso rápido aquella larga
fila de frascos, suponiendo que la fecha correspondía al fallecimiento del
paciente. Como la única luz era la que pasaba por el vidrio de la puerta, tenía
que acercarse a los frascos a cada paso. El de McCarthy estaba precisamente en
el otro extremo de la habitación, junto a la puerta de salida.
Al alargar la mano para tomar el espécimen, Philips quedó alelado por un
grito escalofriante que resonó por toda la habitación. De inmediato se oyó un
ruido de metal chocando contra metal. Philips, flexionando las rodillas, giró
en redondo para defenderse y se golpeó el hombro contra la pared. Otro alarido
restalló en el aire, pero el ataque no se produjo. En cambio, Martin se
encontró mirando de frente a un mono enjaulado. El animal estaba completamente
encolerizado; los ojos eran carbones ardientes y mostraba la dentadura, en la
que faltaban dos piezas, rotas al tratar de morder los barrotes de acero de su
prisión. De la cabeza le salía un grupo de electrodos, semejantes a fideos
multicolores.
Philips comprendió que estaba ante uno de los animales que Mannerheim y
sus muchachos habían convertido en monstruos aullantes. En el Centro Médico se
sabía bien que el más reciente interés del neurocirujano consistía en hallar la
ubicación exacta del centro cerebral asociado con la cólera. El hecho de que
otros investigadores negaran la existencia de ese punto no había frenado el
interés de Mannerheim.
En tanto la vista de Philips se ajustaba a la luz escasa de la
habitación, fue
84
descubriendo varias jaulas más. Cada una encerraba un mono, y en los
prisioneros se veía todo tipo de mutilaciones cefálicas. A algunos se les había
reemplazado toda la parte trasera del cráneo por semiesferas de plexiglás, a
través de las cuales pasaban cientos de electrodos. Unos cuantos se mostraban
dóciles, como si hubieran sido objeto de lobectomías.
Philips se puso de pie. Sin perder de vista al animal rabioso, que
seguía gritando y sacudiendo ruidosamente la jaula, levantó el frasco que
contenía el cerebro de McCarthy, parcialmente disecado. Detrás había una serie
de platinas de microscopio ligadas por una anilla de goma. Se las llevó
también. Iba a retirarse cuando oyó que se abría la puerta exterior del
laboratorio y volvía a cerrarse; enseguida se percibieron unos ruidos sordos.
Martin se dejó ganar por el pánico. Sujetando frasco, platinas y llaves,
abrió la puerta trasera. Frente a él, las escaleras de incendio se hundían en
una interminable serie de ángulos. Se detuvo en lo alto de la escalera,
comprendiendo que huir no era ninguna solución. Y entonces, sujetando la puerta
antes de que se cerrara, volvió al laboratorio.
-Doctor Philips -dijo el sorprendido guardia. Se llamaba Peter
Chobanian. Formaba parte del equipo de baloncesto del Centro Médico y solía
conversar con Philips, cuando estaba de servicio -. ¿Qué está haciendo por
aquí?
-Necesitaba comer un bocado -respondió Martin, francamente, levantando
el frasco.
-Ahhhh -Chobanian apartó la vista-. Hasta que entré a trabajar aquí
pensaba que sólo los psiquiatras estaban chiflados.
-Bromas aparte -dijo Philips, adelantándose sobre sus flojas piernas-,
tengo que tomar unas radiografías de este espécimen. Debía retirarlo hoy, pero
no lo hice.
Y saludó con la cabeza al otro guardia, a quien no conocía.
-La próxima vez que suba, avísenos -advirtió Chobanian-. Los
microscopios de este edificio parecen tener patas, así que estamos tratando de
vigilar bien.
Philips pidió a uno de los técnicos radiólogos del turno de noche que
fuera a Neurorradiología, si le dejaban tiempo los múltiples accidentes que se
atendían en Urgencias, para brindarle su opinión. Había tratado inútilmente de
tomar una radiografía del cerebro par-cialmente disecado, que había depositado
sobre una hoja de papel. Sin embargo, hiciera lo que hiciese, las imágenes
resultaban deficientes. En todas las placas era difícil distinguir la
estructura interna. Trató de reducir el kilovoltaje, pero no sirvió de nada. El
técnico, al echar un vistazo al cerebro, se puso verde y se fue.
Por fin Martin creyó descubrir en qué radicaba el problema. Aunque el
cerebro había estado en formol, la estructura debía haberse descompuesto lo
bastante como para borrar cualquier definición radiológica. Philips lo dejó
caer nuevamente en su frasco y lo llevó a Patología, junto con las platinas
para observación.
El laboratorio no estaba cerrado, pero allí no había nadie. Quienquiera
tuviese ganas de robar microscopios debía ir a esa sección, pensó Philips.
Cuando abrió la puerta de la sala de autopsias la encontró también vacía. Se
acercó a la larga mesa central, donde se veía toda una hilera de microscopios,
cada una con su grabador al lado, recordando la primera vez que había estudiado
su propia sangre. Rememoró su temor al pensar que la muestra pudiera resultar
leucémica. La época de estudiante había sido fértil en enfermedades
imaginarias, y Martin las había contraído todas.
En el fondo del cuarto encontró un calentador Bunsen en donde hervía una
probeta con agua. Dejó el frasco y las platinas y se quedó esperando. No tuvo
que aguardar mucho antes que un interno de patología, de gordura rayana en la
obesidad, entrara con paso de pato. Obviamente no esperaba tener compañía, pues
se estaba subiendo el cierre de la bragueta. Se llamaba Benjamín Barnes.
Philips se presentó y preguntó si podía hacerle un favor.
-¿Qué clase de favor? Estoy tratando de terminar con esta autopsia para
poder escaparme de aquí.
-Tengo unas cuantas platinas para observación. ¿No podría echarles un
vistazo?
-Aquí tenemos muchos microscopios. ¿Por qué no las mira usted mismo?
Era un modo presuntuoso de tratar a un superior, aunque fuera de otro
departamento, pero Martin se obligó a contener la irritación.
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-Hace años que no he utilizado un microscopio -dijo-. Además se trata de
un cerebro.
Nunca fue mi punto fuerte.
-Le convendría esperar a que abra Neuropatía, por la mañana.
-Quisiera tener una primera impresión ahora mismo.
Philips, por experiencia, no creía que los gordos fueran alegres, y ese
patólogo le estaba confirmando su opinión. De mala gana, tomó las platinas y
puso una bajo un visor. Después puso otra. Le llevó unos diez minutos terminar
con el lote.
-Interesante -comentó-. Mire, vea esto.
Y se apartó para que Philips pudiera ver.
-¿Ve esa zona abierta? -preguntó.
-Sí.
-Allí tendría que haber una célula nerviosa.
Philips lo miró fijamente.
-Todo este material marcado en rojo muestra zonas donde faltan las
neuronas o están en mal estado -explicó el interno-. Lo extraño es que casi no
se nota inflamación alguna. No tengo idea de qué se trata. Tendría que
describirlo como «muerte multifocal y discreta de las neuronas, de etiología
desconocida».
-¿No quiere hacer un intento de adivinar la causa?
-No.
-¿No podría ser esclerosis múltiple?
-Quizás. De vez en cuando se producen lesiones de la materia gris en la
esclerosis múltiple, aunque por lo común se la distingue en la materia blanca.
Pero no tienen ese aspecto. Tendría que haber una mayor inflamación. Para
asegurarme debería hacer un análisis de mielina.
-¿Y qué me dice del calcio? -preguntó Philips, sabiendo que entre las
pocas cosas que afectaban la densidad de los rayos X, el calcio era una.
-No veo nada que hable de calcio. Repito: tendría que analizar la
mielina.
-Otra cosa -pidió Philips-. Quisiera algunas muestras del lóbulo
occipital.
Y palmeó la parte superior del frasco.
-¿No quería solamente que echara un vistazo a las platinas que trajo?
-En efecto. No quiero que estudie el cerebro: sólo que lo seccione.
Martin había tenido un mal día y no estaba de humor para tratar con
internos perezosos. Barnes tuvo el suficiente sentido común de no decir nada
más. Tomó el frasco de vidrio y entró en el cuarto de autopsias, seguido por
Philips. Sacó el cerebro del formol y lo puso en el mostrador de acero
inoxidable, junto al fregadero. Blandiendo uno de los grandes cuchillos de
autopsia, permitió que Philips le indicara la zona deseada y practicó cortes de
un centímetro para ponerlos en parafina.
-Las muestras las haré mañana. ¿Qué clase de pruebas quiere?
-Todas las que se le ocurra -dijo Philips-. Y una cosa más. ¿Conoce al
encargado nocturno de la morgue?
-¿Se refiere a Werner?
Philips asintió.
-Más o menos. Es un tipo algo raro, pero de confianza, y trabajador.
Hace muchos años que está aquí.
-¿Cree que se deja sobornar?
-No tengo idea. ¿Para qué podrían sobornarlo?
-Vaya a saber. Glándulas pituitarias para obtener hormonas del
crecimiento, dientes de oro, favores especiales.
-No sé, pero no me sorprendería.
Tras la perturbadora experiencia en el laboratorio de Neurocirugía,
Philips se sentía bastante inquieto mientras seguía la línea roja que llevaba a
la morgue, en el sótano. La
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enorme sala oscura, semejante a una caverna, le parecía el escenario
ideal para alguna obra de horror. Las ventanas de cuarzo, en la puerta del
incinerador, relucían en la oscuridad como el ojo de un monstruo ciclópeo.
«Por el amor de Dios, Martin, ¿qué diablos te pasa?», se dijo, tratando
de fortalecer su menguante confianza.
La morgue tenía el mismo aspecto que en la noche anterior; las lámparas
sin bombillas colgadas de los alambres daban a la escena un aire extraño y
ultraterreno. Se percibía un ligero olor a podredumbre. La puerta del
refrigerador estaba entreabierta, y la luz del interior se volcaba parcialmente
por una corriente de neblina fría.
-¡Werner! -llamó Philips.
Su voz levantó ecos en la antigua sala embaldosada. No hubo respuesta.
Entró en la habitación y la puerta se cerró tras él.
-¡Werner!
Sólo una canilla que goteaba quebraba el silencio. Philips, vacilando,
se adelantó hasta el refrigerador para echar un vistazo. Werner estaba
forcejeando con uno de los cadáveres que, al parecer, se había caído de la
camilla; el encargado luchaba con el cuerpo desnudo y rígido, tratando
torpemente de volverlo a su sitio. Necesitaba ayuda, pero Philips permaneció
donde estaba, observándolo. Cuando Werner consiguió dejar el cadáver en la
camilla, él se adelantó para llamarlo otra vez, con una voz que sonó como a
madera.
-¡Werner!
El encargado flexionó las rodillas y alzó las manos, como una criatura
de la selva a punto de atacar. Philips lo había tomado por sorpresa.
-Quiero hablar con usted. -Tenía intenciones de mostrarse autoritario,
pero su tono era débil. Allí, rodeado de muertos, se le desmoronaban las
defensas.- Comprendo su posición y no quiero causarle problemas, pero necesito
cierta información.
Werner, al reconocerlo, se tranquilizó pero siguió inmóvil. El aliento
le brotaba en pequeñas nubes de vapor condensado.
-Tengo que encontrar el cerebro de Lisa Marino. No me importa quién se
lo haya llevado ni por qué motivos. Sólo quiero la oportunidad de echarle un
vistazo por motivos de pura investigación científica.
Werner era como una estatua. Hubiera podido ser uno de los muertos, de
no ser por el aliento visible.
-Vea -agregó Martin-, estoy dispuesto a pagarle.
Nunca en su vida había sobornado a nadie.
-¿Cuánto? -preguntó el encargado.
-Cien dólares.
-No sé nada del cerebro de la Marino.
Philips observó las facciones heladas de ese hombre. Dadas las
circunstancias, se sentía impotente.
-Bueno, si en algún momento recuerda algo, llámeme a Rayos X. -Se volvió
para salir, pero al llegar al corredor no pudo contener el impulso de echar a
correr hacia los ascensores.
Philips inspeccionó los nombres en el vestíbulo exterior del edificio
donde vivía Denise. Sabía aproximadamente cuál era el departamento de ella,
pero había tantos que siempre debía fijarse. Después de apretar el botón negro,
esperó, con la mano en el picaporte, a que el zumbido del portero electrónico
lo dejara entrar.
El interior olía como si todo el mundo hubiera sofrito cebollas para la
cena. Philips empezó a subir las escaleras. Había ascensor, pero si no estaba
en el vestíbulo tardaba demasiado en llegar, y Denise vivía sólo en el tercer
piso. Sin embargo, al ascender el último tramo, Philips empezó a darse cuenta
de lo cansado que estaba. La jornada había sido larga y difícil.
Denise había vuelto a metamorfosearse. Había dormido un ratito después
de bañarse y
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ya no parecía cansada. Tenía suelto el pelo reluciente, que le caía en
una cascada de suaves ondas. Vestía una camisa de satén rosado con pantalones
de la misma tela, que dejaban un conveniente espacio al juego de la
imaginación. A Martin se le evaporó parte de la fatiga; siempre lo sorprendía
esa capacidad de Denise para abandonar su eficiente personalidad del hospital,
aun comprendiendo que ella confiaba lo bastante en sus facultades intelectuales
como para permitirse fantasías femeninas. Se trataba de un equilibrio raro y
maravilloso.
Se abrazaron en la puerta; luego, sin decir nada, entraron al dormitorio
tomados del brazo. Martin la atrajo hacia la cama. Al principio ella se limitó
a ceder, disfrutando de la ansiedad masculina, pero por fin se le unió,
equiparando su propia pasión a la de él, hasta que los dos quedaron exhaustos
en una mutua satisfacción.
Pasaron un rato acostados, felices de estar juntos, con el deseo de
retener en la mente el placer compartido. Al fin Martin se incorporó sobre un
codo, para seguir con el dedo la nariz cincelada de Denise y la línea de sus
labios.
-Creo que esta relación se nos está yendo de las manos por completo
-comentó, sonriente.
-Estoy de acuerdo.
-Tengo síntomas desde hace un par de semanas, pero sólo en estos últimos
días he podido establecer un diagnóstico. Estoy enamorado de ti, Denise.
Para la muchacha, esa palabra nunca había tenido un significado más
poderoso. Hasta entonces, Martin nunca había hablado de amor ni siquiera al
decirle lo mucho que contaba para él.
Se besaron levemente. No hacían falta las palabras, pero agregaban una
nueva dimensión de intimidad. Después de algunos segundos, él añadió:
-Admitir que te amo me asusta en un sentido. La medicina acabó con mi
matrimonio, y temo que vuelva a ocurrir.
-No lo creo.
-Yo sí; sabe cómo apoderarse de uno con exigencias cada vez mayores.
-Pero yo comprendo esas exigencias.
-No estoy seguro de que las comprendas todavía.
Reconocía que el comentario debía sonar condescendiente, pero sabía que,
en ese punto de la carrera de Denise, sería imposible convencerla de que
dirigir un departamento convertía a la medicina en una diaria carrera de ratas,
como cualquier otra actividad. Además, la amenaza de Goldblatt contra las
relaciones entre los dos estaba muy presente en su memoria, y la preocupación
no era del todo hipotética.
-Creo comprenderlas mejor de lo que piensas -observó ella-. Me parece
que has cambiado desde tu divorcio. Por entonces parecías albergar la creencia
machista de que podías obtener casi todas tus satisfacciones de tu carrera.
Ahora, creo que eso ha cambiado. Has comprendido que la mayor parte de tu
satisfacción debe provenir de tus propias relaciones personales.
Se produjo un silencio. Martin estaba pasmado, tanto por su propia
transparencia como de la clarividencia de Denise. Ella rompió el silencio.
-Sólo una cosa no puedo comprender. Si te interesa vivir un poco más
fuera del hospital, ¿por qué no trabajas menos en tu investigación?
-Porque puede ser la clave de mi libertad -repuso él, estrechándola -.
Tú te has convertido en mi promesa de satisfacción, y la investigación tiene la
facultad de otorgarme lo que deseo de la medicina, así como más tiempo para
pasarlo contigo.
Se besaron, seguros en ese mutuo afecto recién expresado. Pero mientras
se abrazaban empezaron a sentir la fatiga y comprendieron que debían dormir.
Denise fue a lavarse los dientes, mientras Martin dejaba que su mente regresara
a la misteriosa desaparición de Lynn Anne. Echando una mirada al baño cerrado,
decidió hacer una rápida llamada al hospital, para recordar a la enfermera que
Lynn Anne había sido hospitalizada a través de Urgencias y trasladada
inmediatamente. La enfermera tenía presente el caso, pues el traslado se había
producido en cuanto ella terminó de llenar la ficha del ingreso. Martin le
preguntó si
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recordaba a donde había sido llevada la paciente, pero ella respondió
que no. Después de darle las gracias, el radiólogo cortó.
En la cama, acurrucado contra la espalda de Denise, le costó conciliar
el sueño. Empezó a hablarle de su perturbadora experiencia con los monos llenos
de electrodos y le preguntó si, en su opinión la información obtenida por
Mannerheim justificaba esos sacrificios. Ella, a punto de quedarse dormida, se
limitó a gruñir, pero la mente excitada de Martin volvió a su visita a la
clínica ginecológica de la universidad.
-Oye, ¿conoces la clínica ginecológica del hospital?
Se incorporó sobre un codo, para poner a Denise de espaldas, y ese
movimiento la despertó.
-No, no he estado nunca.
-Yo estuve hoy y ese lugar me produjo una impresión extraña.
-¿A qué te refieres?
-No sé. Es difícil de expresar, pero a decir verdad no conozco muchas
clínicas ginecológicas.
-Son muy divertidas -afirmó ella, sarcástica, y volvió a darle la
espalda.
-¿Me harías un favor? ¿Por qué no te das una vuelta por allí?
-¿Como paciente, quieres decir?
-Me da lo mismo. Quisiera tu opinión con respecto al personal.
-Bueno, estoy un poco retrasada con mi control anual. Podría hacérmelo
allí. Iré mañana.
-Gracias -dijo Martin.
Y por fin se acomodó para dormir.
10
Eran más de las siete cuando Denise despertó y echó mano al reloj. Al
ver la hora quedó horrorizada. Estaba tan acostumbrada a que Martin se
levantara a las seis que no había puesto el despertador. Arrojando las mantas,
corrió al baño para entrar en la ducha. Philips abrió los ojos a tiempo para
divisar su espalda desnuda en el pasillo. Una imagen maravillosa con la que
iniciar el día.
Quedarse dormido había sido un gesto deliberado por parte de Philips, en
desafío a su antigua vida, y se estiró perezosamente en la cama tibia. Pensó
volver a dormir, pero acabó diciendo que sería mejor ducharse junto con Denise.
Ya en el baño, descubrió que ella casi había terminado y no estaba de
humor para jugueteos. Al entrar en la ducha le estorbó el camino, y ella le
recordó petulante, que debía estar en Radiología a las ocho en punto.
-¿Por qué no hacemos otra vez el amor? -ronroneó Martin-. Te daré un
certificado médico por llegar tarde.
Denise le arrojó la esponja mojada a la cabeza y salió a la alfombrilla.
Mientras se secaba, se hizo oír por encima del ruido del agua.
-Si terminas a una hora decente, esta noche prepararé una cena.
-No quiero sobornos -gritó Martin-. Voy a ver qué dicen en Patología de
mis secciones de cerebro, y también espero tomar unas politomías y una
radiografía seriada de Kristin Lindquist. Además tengo que procesar un montón
de radiografías viejas en la computadora. La investigación será soberbia.
-Eres terco -dijo Denise.
-No: apremiante.
-¿Cuándo quieres que vaya a la clínica ginecológica ?
-Lo antes posible.
-De acuerdo. Iré mañana.
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Mientras Denise usaba el secador de pelo era imposible conversar. Martin
salió de la ducha y se afeitó con una de las navajitas desechables que ella
tenía. Los dos tuvieron que efectuar complicados pasos de danza para adaptarse
a los límites del pequeño baño.
-¿A qué piensas que pueda deberse esa variación de densidad en las
radiografías? - preguntó Denise, mientras se acercaba al espejo para
maquillarse los ojos.
-En realidad no lo sé -respondió él, tratando de domar su espeso pelo
rubio-. Por eso llevé el material a Patología.
Denise se echó hacia atrás para estudiar el resultado de sus esfuerzos.
-Se diría que averiguar eso debería ser el primer paso, en vez de
asociar la anormalidad con una enfermedad específica, como la esclerosis
múltiple.
-Tienes razón -dijo Philips-. La idea de la esclerosis múltiple surgió
por las historias clínicas, Pero ¿sabes una cosa? Acabas de darme otra idea.
Philips entró en el viejo edificio de la facultad desde el túnel, pues
hacía tiempo que la entrada de la calle permanecía clausurada. Mientras subía
las escaleras hasta el vestíbulo experimentó una sorprendente nostalgia por esa
época de su vida, en que el futuro sólo contenía promesas. Al llegar a la
familiar puerta de madera oscura, con los gastados paneles de cuero rojo, se
detuvo. El cartel, pulcramente escrito, que decía FACULTAD DE MEDICINA, había
sido reemplazado por una tosca tabla clavada sobre la puerta, de cualquier
modo; debajo, sujeto con chinchetas, un letrero de cartón decía «Facultad de
Medicina en el Edificio Burger».
Más allá de las venerables puertas, el decorado se deterioraba. El
antiguo vestíbulo había sido demolido; su revestimiento de roble, vendido en
subasta pública. Los fondos para la renovación se habían agotado aun antes de
concluir la demolición.
Martin siguió una senda despejada de escombros, abierta en torno de lo
que había sido una cabina de información, y empezó a subir la escalera curva.
Del otro lado del vestíbulo se veía la entrada de la calle. Las puertas estaban
cerradas por una cadena.
El destino de Philips era el Anfiteatro Barrow. Al llegar reparó en un
nuevo cartel que
decía: DEPARTAMENTÓ DE
CIENCIA DE LA
COMPUTACIÓN: DIVISIÓN DE
INTELIGENCIA ARTIFICIAL. Philips abrió la puerta y, acercándose a las
tuberías de hierro
que formaban la barandilla, miró hacia abajo, al auditorio semicircular.
Las butacas habían
sido retiradas y reemplazadas por toda clase de elementos, dispuestos a
intervalos en los
diversos niveles. En el foso se veían dos grandes unidades de
construcción similar a la de la
pequeña procesadora que Philips tenía en su despacho. Un joven vestido
con chaquetilla de
manga corta estaba trabajando en una de ellas con un soldador en la mano
derecha y alambre
en la otra.
-¿En qué puedo servirlo? -gritó.
-Busco a William Michaels -chilló Philips a su vez.
-Todavía no ha llegado. -El hombre dejó sus herramientas y se abrió paso
hacia él.-¿Quiere dejarle algún recado?
-Dígale que se comunique con el doctor Philips, ¿quiere?
-Ah, usted es el doctor Philips. Encantado de conocerlo. Soy Cari
Rudman, uno de los graduados que trabajan con el señor Michaels.
Rudman le tendió la mano por entre la barandilla. El se la estrechó,
impresionado por aquel equipo.
-¡Qué maquinaria tienen aquí! -Martin nunca había visitado el
laboratorio de computación hasta entonces y no imaginaba que fuera tan grande-.
Me da una impresión rara estar en este lugar. Estudié medicina en este
edificio, y aquí, en el anfiteatro, teníamos microbiología.
-Bueno, le estamos sacando bastante utilidad, por lo menos. Si no se
hubieran quedado sin dinero para la remodelación, probablemente no nos habrían
dado lugar. Y para el trabajo de computación, este lugar es perfecto, porque
nunca viene nadie.
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-Los laboratorios de microbiología, ¿aún siguen estando detrás del
anfiteatro?
-Por supuesto. Y los usamos para nuestras investigaciones sobre memoria.
El aislamiento es perfecto. Usted no puede ni imaginar el espionaje que
sufrimos en el mundo de la computación.
-Tiene razón -dijo Philips.
En ese momento, su señal de llamada lanzó su insistente sonido. Después
de apagarla, preguntó:
-¿Sabe algo sobre el programa de interpretación de radiografías
craneales?
-Por supuesto; es nuestro programa prototipo de inteligencia artificial.
Todos sabemos bastante de eso.
-En ese caso tal vez pueda contestarme usted mismo. Quería preguntar a
Michaels si se puede imprimir por separado el subprograma que trata de
densidades.
-Claro que sí. Bastará con que lo pida a la computadora. Ese aparato es
capaz de hacer cualquier cosa, salvo lustrarle los zapatos.
A las ocho y cuarto, Patología estaba ya en pleno funcionamiento. El
largo mostrador, con su hilera de microscopios se encontraba rodeado de
internos. Desde hacía quince minutos llegaban las muestras congeladas desde
cirugía. Martin encontró a Reynolds en su pequeña oficina, frente a un
complicado microscopio provisto de una cámara de treinta y cinco milímetros
para fotografiar lo que estaba viendo.
-¿Tienes un minuto disponible? -le preguntó.
-Por supuesto. Ya miré esas muestras que trajiste anoche. Benjamín
Barnes me las dio esta mañana.
-Es un tipo muy simpático.
-Es irritable, pero excelente en patología. Además, me gusta verlo
cerca. Me hace sentir flaco.
-¿Qué descubriste en esas platinas?
-Son muy interesantes. Quiero que las vea alguien de Neuropatía, porque
no sé de qué se trata. Las células nerviosas focales se han desprendido o están
en mal estado, con los núcleos oscuros y desintegrados. No hay inflamación,
prácticamente. Pero lo más extraño es que la destrucción de células nerviosas
se ha producido en forma de columnas estrechas, perpendiculares a la superficie
del cerebro. Nunca vi nada parecido.
-¿Y qué me dices de las pruebas? ¿Qué resultados dan?
-Nada. No hay calcio ni metales pesados, si a eso te refieres.
-Es decir, no hay nada que pueda aparecer en una radiografía.
-Absolutamente nada. Y menos aún esas microscópicas columnas de células
muertas. Barnes dijo que habías sugerido una esclerosis múltiple. Ni por asomo.
No hay cambios en la mielina.
-Si tuvieras que arriesgar un diagnóstico, ¿qué dirías?
-Me sería difícil. Tendría que hablar de algún virus. Pero lo haría sin
ninguna seguridad. Este material es muy extraño.
Cuando Philips llegó a su oficina, Helen estaba esperándolo en una
especie de emboscada. Se levantó de un salto y trató de bloquearle la entrada
con un manojo de mensajes telefónicos y correspondencia, pero Philips fingió
lanzarse hacia la izquierda y la esquivó por la derecha, sin dejar de sonreír.
La noche pasada con Denise le había cambiado totalmente el ánimo.
-¿Dónde estaba? Son casi las nueve.
Helen empezó a transmitirle los mensajes telefónicos, mientras él
revolvía su mesa en busca de la radiografía de Lisa Marino. Estaba bajo las
historias clínicas, que a su vez habían quedado bajo la lista grande de
radiografías craneales. Con la placa bajo el brazo, Philips se acercó a la
pequeña computadora y la encendió. Ante el fastidio de Helen, empezó a
suministrarle la información, para indicarle después que le proporcionara el
subprograma de densidad.
-La secretaria del doctor Goldblatt llamó dos veces -dijo Helen-. Le he
dicho que usted
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llamará en cuanto llegue.
La unidad impresora quedó activada y preguntó a Martin si deseaba datos
digitales y/o análogos. Como él no lo sabía, pidió los dos. La máquina le
solicitó que insertara la placa.
-Además -siguió Helen- el doctor Clinton Clark, jefe de Ginecología,
llamó personalmente. No su secretaria, sino él. Y parecía muy enojado. Quiere
que lo llame. El señor Drake también.
La máquina se puso en actividad y empezó a escupir página tras página de
números. Philips la observaba en confusión creciente. Era como si el pequeño
artefacto hubiera sufrido una especie de colapso nervioso.
Helen alzó la voz para competir con el rápido metralleo de las teclas.
-Llamó William Michaels, y dijo que lamentaba no haber estado en el
laboratorio cuando usted estuvo. Quiere que lo llame. Llamaron de Houston para
preguntar si va a presidir el Congreso Nacional de Neurorradiología; dijeron
que necesitaban la respuesta hoy mismo. A ver qué más.
Mientras Helen barajaba sus mensajes, Philips fue levantando las
incomprensibles hojas cubiertas por miles de cifras. Por fin la impresora dejó
de producir números y dibujó un esquema del cráneo lateral, donde las diversas
zonas estaban indicadas por un código alfabético. Philips comprendió que,
buscando el código correspondiente, podría obtener la hoja correspondiente a
las zonas que le interesaban. Pero aun entonces la impresora no se detuvo. Lo
siguiente fue un esquema de las diversas zonas del cerebro, con los valores de
la densidad impresos en diversos tonos de gris. Era la impresión por analogía,
más fácil de interpretar.
-Oh, sí -dijo Helen-. La segunda sala de Angiografía quedará inutilizada
durante todo el día, porque van a instalar un nuevo cargador de película.
A esa altura Philips había dejado totalmente de prestarle atención. Al
comparar la impresión por analogía, vio que las zonas anormales tenían una
densidad total menor que las zonas normales adyacentes. Eso lo tomó por
sorpresa, pues aunque los cambios eran sutiles, había pensado, erróneamente,
que la densidad era mayor. Lo comprendió al fijarse en el indicador digital;
resultaban manifiestos los grandes saltos que se producían entre los valores de
las cifras vecinas, razón por la cual se podía pensar, al interpretar las
radiografías, que quizás hubiera pequeñas notas de calcio u otro material
denso. Pero la máquina le estaba informando que las zonas anormales eran, en
total, menos densas o más luminosas que el tejido normal, por lo cual los rayos
X podían pasar con mayor facilidad. Philips pensó en las células nerviosas
muertas que había visto en Patología; sin embargo, eso no era suficiente para
afectar la absorción de los rayos X. Ese misterio escapaba a toda explicación.
-Mire esto -dijo, mostrando a Helen los datos digitales.
La secretaria, asintiendo, puso cara de entender.
-¿Qué significa? -preguntó.
-No sé, a menos que...
Martin se interrumpió en medio de la frase.
-¿A menos que qué?
-Consígame un cuchillo. De cualquier clase -exclamó él, con voz
excitada.
Helen le trajo el de la manteca de cacahuete, maravillada por las
rarezas de su jefe. Pero cuando volvió a la oficina, desprevenida, contuvo una
arcada: Philips estaba sacando un cerebro humano de un frasco de formol. Lo
dejó sobre un periódico y sus circunvoluciones familiares centellearon a la luz
del visor. Combatiendo una oleada de náuseas, Helen lo vio cortar una sección
de la parte trasera. Tras devolver el resto a su frasco, Martin se dirigió
hacia la puerta, llevando la sección del cerebro sobre el papel de diario.
-Y la esposa del doctor Thomas lo está esperando en la sala de
mielogramas -agregó ella, al ver que se iba.
Martin, sin responder, recorrió velozmente el pasillo hasta el cuarto
oscuro. Le llevó algunos minutos ajustar la vista a la luz opaca y rojiza.
Cuando pudo ver correctamente, tomó las placas vírgenes, dejó la sección de
cerebro sobre una de ellas y volvió a guardarlas en el
92
estante superior. Cerró un sobre con cinta adhesiva, agregando un cartel
que decía: «Placa sin revelar. No abrir. Dr. Philips».
Denise llamó a la clínica ginecológica en cuanto salió de su clase. Se
limitó a decir que pertenecía a la universidad suponiendo que, para calibrar al
personal, sería mejor no revelar su condición de facultativa. Le sorprendió que
la recepcionista la hiciera esperar. Cuando la comunicaron con otra persona,
ésta le solicitó una impresionante cantidad de información antes de darle hora.
La clínica deseaba saberlo todo sobre su salud general, su estado neurológico y
su historia ginecológica.
-Será un placer atenderla -dijo la mujer, por fin-. Justamente tenemos
un turno libre esta tarde.
-No tengo tiempo. ¿No podría ser mañana?
-Cómo no. ¿A eso de las doce menos cuarto?
-Perfecto -dijo Denise.
Al colgar, se preguntó por qué Martin se mostraba tan suspicaz con
respecto a la clínica. Por su parte, acababa de experimentar una reacción muy
positiva.
Philips, arrimado a una radiografía colocada en el visor, trataba de
descubrir exactamente qué había hecho el traumatólogo con la espalda de la
señora Thomas. Al parecer, le habían practicado una extensa laminectomía que
involucraba la cuarta vértebra lumbar. En ese momento se abrió de par en par la
puerta de su oficina, dando paso a un furioso Goldblatt. Estaba enrojecido, con
las gafas bailándole sobre la punta de la nariz. Martin, después de echarle un
vistazo, volvió a su radiografía. Eso aumentó la cólera del jefe.
-Su desfachatez es pasmosa -gruñó.
-Me parece que usted ha entrado aquí violentamente y sin llamar, señor.
Yo he respetado su oficina; creo merecer igual actitud por su parte.
-Su reciente conducta con respecto a la propiedad privada no lo hace
acreedor a tales cortesías. Mannerheim me llamó al romper el alba, gritando que
usted había irrumpido en su laboratorio de investigaciones para robar un
espécimen. ¿Es cierto?
-Para tomarlo prestado -corrigió Philips.
-¡Para tomarlo prestado, Santo Dios! -gritó Goldblatt-. Y ayer tomó en
préstamo un cadáver de la morgue. ¿Qué diablos le pasa, Philips? ¿Tiene ganas
de cometer un suicidio profesional? En ese caso dígamelo y será más fácil para
los dos.
-¿Eso es todo? -preguntó Martin, con estudiada calma.
-¡No, no es todo! Clinton Clark dice que usted estuvo aleccionando a uno
de sus mejores internos en la clínica ginecológica. Philips, ¿se ha vuelto
loco? ¡Usted es neurorradiólogo! Y si no fuera tan bueno ya estaría en la
calle.
Martin guardó silencio.
-Ese es el problema -continuó el jefe, cuya voz iba perdiendo el filo de
la furia-. Usted es un neurorradiólogo sobresaliente. Vea, Martin, quiero que
se mantenga en la sombra por un tiempo, ¿eh? Sé que Mannerheim suele ser un
verdadero incordio. Manténgase fuera de su vista. Y por Dios, no se meta en su
laboratorio. A ese tipo no le gusta que nadie ande por allí en ningún momento y
mucho menos, por las noches.
Por primera vez desde su llegada, Goldblatt permitió que sus ojos
recorrieran la atestada oficina de Philips. El increíble desorden lo dejó
boquiabierto. Pasó todo un minuto con la vista clavada en su subordinado.
-La semana pasada usted se estaba portando muy bien y realizando un
interesante trabajo. Ha sido escogido entre los mejores para que, a su debido
tiempo, se haga cargo de este departamento. Le pido que vuelva a ser el antiguo
Martin Philips. No comprendo tampoco por qué este despacho está como está. Pero
una cosa puedo decirle: si no cambia de actitud tendrá que buscarse otro
trabajo.
Goldblatt giró en redondo y salió de la habitación, mientras Philips lo
miraba fijamente, en silencio, sin saber si reír o ponerse furioso. Después de
todo lo que había
93
pensado sobre la independencia, la idea de que lo despidieran era
espantosa. Como resultado, se convirtió en un torbellino de ordenada actividad.
Empezó a correr por el departamento, verificando todos los casos que estaban
siendo atendidos y haciendo las sugerencias necesarias. Interpretó todas las
radiografías acumuladas por la mañana. Llevó a cabo personalmente el angiograma
cerebral de un caso difícil, con lo cual quedó definitivamente demostrado que
el paciente no necesitaba una intervención quirúrgica. Reunió a los estudiantes
y les dio una conferencia sobre la máquina de tomografía axial que los dejó
deslumbrados o confundidos por completo, según el grado de concentración de
cada uno. Y mientras tanto mantuvo atareada a Helen contestando toda la correspondencia
y los mensajes acumulados en los últimos días. Encima de todo eso, hizo que un
empleado ordenara sistemáticamente las radiografías craneales que inundaban su
oficina, de modo tal que, hacia las tres de la tarde, había logrado procesar
sesenta placas viejas por la computadora, además de comparar los resultados con
las interpretaciones dadas en su momento. El programa funcionaba a la
perfección.
A las tres y media sacó la cabeza de su despacho para preguntar a Helen
si había llamado una tal Kristin Lindquist. Ella sacudió la cabeza. Entonces
Philips fue a la sala de Rayos X para preguntar a Kenneth Robbins si la joven
había aparecido por allí. Le dijeron que no.
A las cuatro de la tarde había pasado otras seis placas por la
computadora, y una vez más la máquina daba a entender que, como radiólogo, era
mejor que Philips: había detectado un rastro de calcificación que sugería un
tumor de meningiona. Philips, al revisar la radiografía, tuvo que darle la
razón. Dejó la placa a un lado y fue a ver si Helen podía localizar al
paciente.
A las cuatro y cuarto llamó a Kristin Lindquist. Al segundo timbre
atendió su compañera de cuarto.
-Lo siento, doctor Philips, pero no he visto a Kristin desde que salió
esta mañana para ir al Museo Metropolitano. No asistió a la clase de las once
ni a la de la una y cuarto, cosa muy rara en ella.
-¿Quisiera tratar de localizarla y pedirle que me llame? -preguntó él.
-Con mucho gusto. Para serle franca, estoy algo preocupada.
A las cinco menos cuarto Helen entró en su despacho para hacerle firmar
la correspondencia del día, a fin de despacharla camino a su casa. Un poco
después de las cinco y media entró Denise.
-Parece que tienes las cosas bajo control -observó, echando una mirada
satisfecha a su alrededor.
-Pura apariencia -corrigió Philips, mientras el visor de láser le
arrebataba una radiografía de las manos.
Cerró la puerta del despacho para abrazarla con ganas. No quería dejarla
ir; cuando por fin la soltó, ella levantó la vista, diciendo:
-Caramba, ¿qué he hecho para merecer esto?
-Me he pasado el día pensando en ti y reviviendo lo de anoche.
Ansiaba desesperadamente hablarle de las inseguridades que Goldblatt le
había despertado esa mañana, declararle su deseo de que pasara con él el resto
de su vida. La dificultad consistía en que él mismo no se había dado tiempo
para pensar y, si bien no quería dejarla ir, también necesitaba estar solo,
siquiera por un rato. Cuando ella le recordó que había prometido prepararle una
cena, Philips vaciló. Al ver su expresión dolorida, le dijo:
-Pensaba adelantar el procesamiento de estas placas para disponer de
tiempo libre, así podríamos ir a la isla el sábado por la noche.
-Eso sería magnífico -reconoció Denise, ablandada-. Ah, a propósito:
llamé a Ginecología y pedí turno para mañana a mediodía.
-Bien. ¿Con quién hablaste?
-No sé, pero se mostraron muy simpáticos y pusieron mucho interés para
darme hora. Oye, si terminas temprano, ¿por qué no vienes?
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Una hora después que ella se fue, llegó Michaels, encantado de saber que
Philips, por fin, había empezado a trabajar seriamente con el programa.
-Está superando todas mis expectativas -dijo Martin-. No he tenido una
sola interpretación negativa falsa.
-Fabuloso -dijo Michaels-. Tal vez estemos más adelantados de lo que
suponíamos.
-Así parece, sin duda. Si esto sigue así, a comienzos de otoño,
podríamos tener en funcionamiento un sistema fiable, comercializable,
susceptible de ser comercializado. El congreso anual de radiología sería una
buena oportunidad para presentarlo.
Cuando Michaels se marchó, Philips volvió a su trabajo. Había ideado un
sistema para alimentar a la máquina con las radiografías viejas con vistas a
acelerar el procedimiento. Pero mientras se ocupaba de eso empezó a sentirse
cada vez más incómodo por la desaparición de Kristin Lindquist. Su irritación
inicial por la aparente falta de palabra de la muchacha iba siendo reemplazada
por un creciente sentido de su propia responsabilidad. Sería demasiada
coincidencia que algo le ocurriera a esa mujer, impidiéndole hacerse más
radiografías.
A eso de las nueve volvió a telefonearla. La compañera de cuarto atendió
al primer timbrazo.
-Lo siento, doctor Philips. Debí haberlo llamado, pero no puedo
encontrar a Kristin por ninguna parte. Nadie la ha visto en todo el día. Hasta
llamé a la policía.
Philips colgó, tratando de negar la realidad con el pensamiento de que
eso no era posible. ¡Marino, Lucas, McCarty, Collins, y ahora Lindquist! No, no
podía ser, era absurdo. De pronto recordó que no tenía noticias de Ingresos. Al
telefonearles, tuvo la sorpresa de que le contestaran a la cuarta señal. Pero
la mujer que se encargaba del asunto se había retirado a las cinco y no
volvería hasta las ocho de la mañana; no había nadie más que pudiera ayudarlo.
Philips colgó con violencia.
-¡Maldición! -gritó, abandonando su banquillo para pasearse por el
cuarto.
De pronto recordó que aún tenía la sección del cerebro de la joven
McCarthy en el armario. Tuvo que esperar ante el cuarto oscuro a que un técnico
acabara de procesar algunas radiografías de emergencia. En cuanto pudo, abrió
el armario para retirar la placa virgen y la sección de cerebro, ya seca. Sin
saber qué hacer con el espécimen, acabó por dejarlo caer en el cesto de los
papeles. La placa pasó al revelador.
Mientras esperaba en el pasillo, junto a la ranura por donde aparecía la
radiografía, se preguntó si la desaparición de Kristin podía ser una
coincidencia más. Y si no lo era, ¿qué significaba? Más aún, ¿qué podía hacer
él?
En ese momento la radiografía cayó en la bandeja de recepción. Él
esperaba que fuera totalmente oscura, pero al ponerla en el visor se llevó una
sorpresa.
-¡Santo Dios! -exclamó, boquiabierto de incredulidad.
Había una zona luminosa con la forma exacta de la sección de cerebro. Él
sabía que había una sola causa posible: ¡radiación! La densidad anormal de los
rayos X provenía de una cantidad notable de radiaciones.
Philips cubrió corriendo todo el trayecto hasta Medicina Nuclear. En el
laboratorio próximo al betatrón halló lo que necesitaba: un detector de
radiaciones y una caja de embalaje con cobertura de plomo, de tamaño regular.
Aunque hubiera podido levantarla, no tenía interés en hacerlo, de modo que la
puso en una camilla.
Su primer objetivo fue su propio despacho. El frasco del cerebro estaba
decididamente contaminado, de modo que se calzó unos guantes de goma para
ponerlo en la caja de plomo. También halló el periódico donde había apoyado el
espécimen, y lo arrojó allí. Hasta fue en busca del cuchillo que había usado
para cortar el cerebro a fin de guardarlo en la caja. Después con el detector,
revisó el cuarto. Estaba libre de radiaciones.
Vació en la caja de plomo todo el contenido del cesto de papeles que
había en el cuarto oscuro; luego comprobó el cesto y quedó satisfecho. De
regreso a su despacho, se sacó los guantes de goma, los arrojó a la caja y la
cerró herméticamente. Tras volver a revisar el cuarto con el detector, comprobó
que sólo había una insignificante cantidad de radiaciones. El paso siguiente
consistió en sacar la película del dosímetro que llevaba en el cinturón y
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prepararla para el revelado. Quería saber exactamente cuánta radiación
había recibido el cerebro.
Durante esa febril actividad física, trató inútilmente de relacionar dos
hechos dispares: cinco mujeres jóvenes, presumiblemente con altos niveles de
radiación en la cabeza y quizás en otras partes del cuerpo... síntomas
neurológicos que sugerían una enfermedad similar a la esclerosis múltiple...
todas con visitas a la clínica ginecológica y análisis de Papanicolau
atípicos...
Philips no tenía explicación para esos hechos, pero le parecía que la
radiación podía ser el factor central. Se dijo que los altos niveles de
radiactividad general pueden provocar alteraciones en las células de la matriz
y, por lo tanto, Papanicolau atípicos. Pero resultaba peculiar que todos los
casos los tuvieran. Una vez más, tuvo la sensación de explicar un fenómeno
específico a través de una simple coincidencia. Y sin embargo, ¿qué otra
explicación cabía?
Cuando la limpieza quedó terminada, anotó los números de inscripción de
Collins y McCarthy, así como las fechas de sus consultas ginecológicas, en la
lista que ya tenía preparada. Con ella corrió por el pasillo central de
Radiología y cortó camino por la sala principal de interpretación de Rayos X.
Apretó el botón de llamada a los ascensores con creciente urgencia. Comprendía
que Kristin Lindquist era una bomba de relojería ambulante. Para que la
radiación de su cerebro apareciera en una radiografía común, debía tener una
buena cantidad. Y para encontrarla, al parecer, tendría que solucionar todos
los enigmáticos hechos de la semana anterior. Ante su sorpresa, encontró a
Benjamín Barnes derrumbado en su banquillo; quizás el interno de patología no
fuera muy simpático, pero Martin debía reconocer su eficiencia para su trabajo.
-¿Qué lo trae por aquí, por segunda noche consecutiva? -preguntó Barnes.
-Pruebas de Papanicolau -replicó Philips, sin preámbulos.
-Supongo que debo interpretar algún análisis urgente -adivinó el
interno, sarcásticamente.
-No, sólo quiero cierta información. Quiero saber si las radiaciones
pueden provocar resultados atípicos en un Papanicolau.
Barnes tardó un momento en contestar.
-Nunca me hablaron de eso en radiología de diagnóstico, pero ciertamente
la radioterapia afecta las células de la matriz y, por lo tanto, el resultado
de los Papanicolau.
-Si le presentara un análisis atípico, ¿podría decirme si se debe a la
radiación? -Tal vez.
-¿Se acuerda de las platinas que le traje anoche? -continuó Philips-.
Las de secciones de cerebro. Esas lesiones en las células nerviosas, ¿podrían
ser causadas por la radiación?
-Me parece difícil -respondió Barnes-. Habría que apuntar la radiación
con una mira telescópica. Las células nerviosas contiguas a las dañadas tienen
aspecto normal.
Philips dejó la mirada en blanco mientras intentaba relacionar aquellos
hechos incongruentes. Las pacientes habían absorbido radiaciones en cantidad
suficiente como para que aparecieran en una radiografía; sin embargo, a nivel
celular, una célula se hallaba totalmente dañada y su vecina, en cambio, en
perfectas condiciones.
-Las muestras para los exámenes de Papanicolau ¿se guardan o se tiran?
-preguntó por
fin.
-Creo que se guardan, al menos por un tiempo. Pero aquí no; en el
laboratorio de Citología, que funciona con horario de oficina. Abren por la
mañana, a partir de las nueve.
-Gracias -suspiró Philips, preguntándose si debería tratar de obtener
acceso a ese laboratorio inmediatamente. Tal vez si llamaba a Reynolds...
Estaba a punto de retirarse cuando se le ocurrió algo más-. Al interpretar las
muestras de Papanicolau, ¿se anota sólo la clasificación o también la
patología?
-Creo que las dos cosas. Los resultados quedan grabados en cinta. Sólo
hace falta saber el número de la paciente para leer los informes.
-Muchísimas gracias - repitió Martin-. Con lo ocupado que está, le
agradezco el
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tiempo que me ha dedicado.
Barnes hizo un ligero ademán con la cabeza y volvió a su microscopio.
La terminal de computación de Patología estaba separada del laboratorio
por una serie de mamparas divisorias. Martin arrimó una silla y se sentó frente
a la unidad. Era similar a la de Radiología; tenía una gran pantalla como de
televisión detrás del tablero. Tomando la lista de las cinco pacientes,
escribió el nombre de Katherine Collins, seguido de su número y el código
correspondiente al Papanicolau. Hubo una pausa. Al fin aparecieron varias
letras en la pantalla, como si alguien estuviera escribiendo a máquina. Primero
deletrearon aceleradamente el nombre de Katherine Collins. Tras una breve pausa
apareció la fecha de su primer Papanicolau y el resultado:
EXTENSIÓN ADECUADA: BUENA FIJACIÓN Y DENSIDAD, CÉLULAS MUESTRAN
MADURACIÓN Y DIFERENCIACIÓN NORMALES. EFECTO DE ESTRÓGENO NORMAL O/20/80.
ALGUNAS CÉLULAS DE CÁNDIDA. RESULTADO: NEGATIVO.
Philips comparó la fecha de ese primer análisis mientras la máquina
escupía el informe siguiente. Correspondía a lo que Philips había anotado en su
lista. Con incredulidad, volvió a observar la pantalla, mientras la computadora
describía el segundo análisis de Collins... ¡que también era negativo!
Philips apagó la pantalla y le suministró rápidamente el nombre de Ellen
McCarthy, su número y el código correspondiente. Con el estómago hecho un nudo,
leyó la información. Era la misma: Negativo.
Volvió a bajar las escaleras, aturdido. En medicina le habían enseñado a
creer lo que leía en las historias clínicas, sobre todo en los resultados de
laboratorio. Eran los datos objetivos; los síntomas de los pacientes y las
impresiones de los médicos, en cambio, eran lo subjetivo. Philips sabía que
cabían muy pocas posibilidades de que se produjera un error en las pruebas de
laboratorio, así como sabía que también se podía pasar algo por alto o
interpretarlo mal en una placa radiográfica. Pero la escasa probabilidad de
error estaba muy lejos de la falsificación deliberada. Eso requería una especie
de conspiración, y él se lo tomó muy a pecho.
Sentándose ante el escritorio, con la cabeza entre las manos, se frotó
los ojos. El primer impulso fue llamar a las autoridades del hospital, pero eso
significaba hablar con Stanley Drake, y decidió no hacerlo. La reacción de
Drake sería evitar que la prensa se enterara, ocultarlo todo. ¡La policía!
Imaginó la conversación: «Hola, me llamo Martin Philips, soy médico y quiero
denunciar que en el Centro Médico Universitario de Hobson está pasando algo
raro. Hay muchachas cuyos análisis de Papanicolau dan resultados normales, pero
que se anotan en las historias clínicas como atípicos». Sacudió la cabeza. Era
absurdo; necesitaría más información antes de dar parte a la policía.
Intuitivamente presentía que la radiactividad tenía algo que ver, aun cuando
pareciera no tener sentido. En realidad, la radiactividad podía provocar
resultados atípicos en esa clase de pruebas, y, en opinión de Philips, si
alguien quería evitar que se descubriera la presencia de radiaciones, bien
podía informar de un resultado normal. Lo inexplicable era que se hiciese lo
contrario.
Philips volvió a pensar en el encargado de la morgue. Tras la
infructuosa entrevista de la noche anterior, estaba convencido de que ese
hombre sabía mucho más sobre Lisa Marino de lo que estaba dispuesto a decir.
Tal vez no había sido suficiente ofrecerle cien dólares. Tal vez debía
ofrecerle más. Aquello había dejado de ser un ejercicio académico.
Comprendió que era imposible enfrentarse a Werner con éxito dentro de la
morgue. Allí, rodeado de muertos, él estaba en su elemento; Martin, en cambio,
sentía que ese lugar le alteraba los nervios. Y si deseaba hacerlo hablar,
tendría que mostrarse altivo y arrogante. Echó una mirada a su reloj: eran las
once y veinticinco. Werner, obviamente, realizaba el turno de noche, entre las
cuatro y las doce. Martin decidió impulsivamente seguirlo hasta su casa y
ofrecerle quinientos dólares.
97
Algo estremecido, marcó el número de Denise. Sonó seis veces antes de
que una voz soñolienta contestara:
-¿Vienes?
-No -respondió él, evasivo-. Estoy en medio de una pista y quiero
seguirla hasta el
final.
-Aquí tienes un rinconcito caliente.
-Este fin de semana nos pondremos al día. Que sueñes con los angelitos.
Sacó del armario su chaqueta de esquiar de color azul oscuro y se puso
la gorra de capitán griego que tenía en el bolsillo. Aunque estaban a
principios de primavera, el viento del noroeste era muy frío.
Salió del hospital por la puerta de emergencia, saltando desde la
plataforma al asfalto del estacionamientos lleno de charcos. Pero en vez de
salir a caminar hacia la calle tomó por la derecha, doblando la esquina del
edificio principal, y bajó por el cañón que formaba la pared norte del Hospital
Infantil Brenner. Cincuenta metros más allá se abría el patio interior del
centro médico.
Los edificios del hospital se elevaban en la neblina de la noche como
verdaderos acantilados que formaran un valle irregular de cemento. El centro
había sido construido anárquicamente, sin un plan general razonable. Eso era
obvio en el patio, donde las paredes se elevaban hacia el espacio formando
ángulos caóticos. Philips reconoció el ala pequeña que albergaba a la oficina
de Goldblatt y, utilizándola como guía, consiguió orientarse. Estaba sólo a
unos veinticinco metros de allí cuando halló la plataforma sin letrero que
conducía a las profundidades de la morgue. Al hospital no le gustaba anunciar
que también trataba con la muerte, y los cuerpos eran subrepticiamente
conducidos a los negros coches fúnebres, lejos de la vista del público.
Martin se apoyó contra la pared, metiendo las manos en los bolsillos.
Mientras esperaba, intentó repasar los complicados acontecimientos ocurridos
desde que Keenneth Robbins le entregara la radiografía de Lisa Marino. No
habían pasado aún dos días, pero parecían dos semanas. Su entusiasmo inicial al
contemplar la extraña anormalidad radiológica se había convertido en un vacío
temor. Casi temía descubrir lo que estaba ocurriendo en el hospital. Era como
una enfermedad en el seno de su propia familia. La medicina siempre había sido
su vida, y si no hubiera sido por su sentido de responsabilidad con respecto a
Kristin Lindquist, quizá habría podido olvidar lo que sabía. Aún le resonaba en
los oídos el discurso de Goldblatt sobre aquello del suicidio profesional.
Werner salió a la hora debida, volviéndose para asegurar la puerta a sus
espaldas. Philips se inclinó hacia adelante, protegiéndose los ojos del
resplandor, para asegurarse de que en verdad se trataba de Werner. El encargado
se había cambiado de ropa; vestía traje oscuro, camisa blanca y corbata. Para
sorpresa de Martin, tenía el aspecto de un próspero comerciante que cerrara su
negocio al retirarse. Su rostro flaco, que en el interior de la morgue parecía
tan maligno, le daba en ese momento un aire casi aristocrático.
Werner se volvió y, vacilando un instante estiró la mano con la palma
hacia arriba como para ver si llovía. Satisfecho, echó a andar hacia la calle.
En la mano derecha llevaba una cartera negra. Del brazo izquierdo le colgaba un
paraguas bien cerrado.
Martin, que lo seguía a prudente distancia, notó que caminaba con un
paso extraño. No se trataba exactamente de una verdadera cojera, sino de un
pequeño salto, como si una de las piernas fuera mucho más fuerte que la otra.
Pero avanzaba con celeridad y a ritmo estable.
Las esperanzas que Martin albergaba, en cuanto a que ese hombre viviera
cerca del hospital, desaparecieron en cuanto lo vio doblar la esquina para
tomar por Broadway y descender las escaleras del metro. Apretó el paso para
acortar la distancia y bajó la escalera apresuradamente. En un primer momento
no vio a Werner. Al parecer, el hombre tenía ya su ficha preparada. Philips se
apresuró a comprar una y pasó por el molinete. Como la escalera mecánica estaba
desierta, bajó a saltos por allí hacia el andén. En cuanto giró en el recodo
divisó la cabeza de Werner, que desaparecía escaleras abajo, hacia la planta
inferior.
Philips sacó un periódico de un cesto de papeles y fingió leer. Werner
estaba apenas a
98
nueve o diez metros, sentado en una de las sillas de plástico, absorto
en un libro cuyo título era, nada menos, Aperturas de ajedrez. A la luz blanca
y espesa del metro, Philips pudo apreciar mejor el atuendo de aquel hombre. El
traje era azul oscuro entallado. El pelo corto mostraba señales de un cepillado
reciente; las mejillas tostadas, de huesos altos, le daban el aspecto de un
general prusiano. Sólo una cosa estropeaba su buena apariencia: los zapatos,
desgastados, que pedían a gritos una buena limpieza.
Como era la hora en que cambiaba la guardia del hospital, el andén del
subterráneo estaba atestado de enfermeras, ayudantes y técnicos. Cuando llegó
el expreso que iba al centro, Werner subió a él, seguido por Philips. El
encargado de la morgue se sentó como una estatua, con el libro ante los ojos
recorriendo las páginas con su mirada hundida. La cartera la tenía en el suelo
sujeta entre las rodillas. Philips se sentó hacia el centro del vagón, frente a
un apuesto latino que vestía un traje de poliéster.
En cada parada, Martin se preparaba para descender, pero Werner no se
movía. Cuando pasaron la calle 59, el radiólogo empezó a preocuparse. Tal vez
ese hombre no fuera directamente a su casa, posibilidad que, por alguna razón,
él no había calculado. Fue un alivio verlo descender, finalmente, en la calle
42. Ya no era cuestión de que Werner fuera a su casa o no, sino de hacia dónde
iba. Cuando salieron a la calle, Philips se sentía estúpido y desalentado.
Los noctámbulos de la ciudad estaban todos en la calle. A pesar de la
hora y el frío húmedo, la calle 42 se encendía en raros espectáculos. Werner,
tan elegantemente vestido, ignoró a la gente ridícula y grotesca que se
apretaba frente a los espectáculos y las librerías pornográficas. Parecía
acostumbrado a las perversiones psicosexuales del mundo. Para Philips la cosa
era diferente. Era como si un mundo extraño estorbara voluntariamente su
avance, obligándolo a desviarse y, a veces, hasta a bajar a la calzada para
esquivar a los apretados grupos, sin perder a Werner de vista. De pronto lo vio
girar abruptamente y entrar en una librería para adultos.
Martin se detuvo frente al escaparate, decidido a permitir que Werner
disfrutara de esas tonterías durante una hora. Si el hombre no volvía a su
apartamento en ese plazo, él renunciaría. Mientras esperaba se vio rodeado por
una horda de vendedores callejeros, mercachifles y mendigos. Eran insistentes,
y para evitarlos Philips optó por entrar en la tienda.
En el interior, sentada en un palco cercano al cielorraso, que parecía
un pulpito, se veía a una mujer de aspecto recio, con el pelo color liláceo,
que contempló a Philips con ojos muy hundidos entre las ojeras; escrutándole el
cuerpo como para cerciorarse de que podía permitirle la entrada. Él, desvió la
mirada, azorado al pensar que podían verlo en semejante lugar, y se dirigió
hacia el pasillo más cercano.
Werner no estaba a la vista.
Un cliente pasó junto a Philips, con los brazos estirados a los lados de
modo tal que le rozó con las manos. Sólo cuando el hombre estaba ya lejos,
Martin comprendió lo que había pasado. Aquello le dio asco y estuvo a punto de
gritarle, pero lo último que deseaba era llamar la atención.
Recorrió el local para asegurarse de que Werner no estuviera oculto tras
alguna estantería o entre los puestos de revistas. La mujer del pelo liláceo
parecía seguir todos sus movimientos desde su nido de águila, de modo que él
tomó una revista para llamar menos la atención. Por desgracia estaba envuelta
en plástico, y tuvo que dejarla nuevamente en su sitio. En la cubierta se veía
a dos hombres en acrobática cópula.
De pronto Werner salió por una puerta trasera y pasó junto al
sorprendido Philips, que se apartó apresuradamente, fingiendo examinar unos
videocassettes pornográficos. De cualquier modo, el hombre no miraba ni a
derecha ni a izquierda. Como si llevara anteojeras, salió de la librería en
cuestión de segundos.
Martin se demoró cuanto pudo sin perderlo de vista, pues no quería
revelar que lo estaba siguiendo. Sin embargo, al salir vio que la mujer se
inclinaba para seguirlo con la vista; había adivinado que se traía algo entre
manos.
Al salir a la calle, Philips vio que el de la morgue estaba subiendo a
un taxi. Temiendo
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perderlo después de tanto esfuerzo, bajó a la calzada y detuvo un taxi
con frenéticas señales.
El vehículo paró junto a la acera de enfrente; él tuvo que esquivar el
tránsito para subir.
-Siga a este taxi Checker que va tras el autobús -ordenó, excitado.
El taxista se limitó a mirarlo.
-Vamos -insistió él.
El hombre, encogiéndose de hombros, puso la marcha.
-¿Es policía, o algo así?
Martin no respondió. Tenía la sensación de que, cuanto menos se hablara,
mejor sería. Werner descendió en la esquina de la 45 y la Segunda Avenida.
Martin, a unos treinta metros de la esquina. Echó a correr tras él y lo vio
entrar en un local, tres puertas más allá.
Cruzó la avenida para echar un vistazo a la tienda. Se llamaba Auxilios
Sexuales y era muy distinta de la librería de la calle 42, pues su fachada
parecía muy conservadora. Él notó que estaba situada entre negocios de
antigüedades, restaurantes de moda y comercios de ropa cara. Al levantar la
vista comprobó que los edificios y los apartamentos correspondían a una clase
media; Werner apareció en la puerta, acompañado por otro hombre que reía, y que
le llevaba cogido del brazo, Después de despedirse con un apretón de manos, el
encargado de la morgue se marchó caminando por la Segunda Avenida. Philips lo
siguió, procurando siempre mantener cierta distancia.
Si hubiera tenido alguna idea de que al ir tras aquel hombre iba a
meterse en esa clase de locales, no lo habría hecho. Tal como estaban las
cosas, no le quedaba más remedio que seguirlo hasta que la odisea terminara.
Pero Werner tenía otras ideas. Cruzó a la Tercera Avenida y continuó hasta la
calle 55, donde entró en un pequeño edificio, acurrucado a la sombra de un
rascacielos de vidrio y cemento. Era un saloon que parecía sacado de una
fotografía de 1920.
Tras un prolongado debate consigo mismo, Martin lo imitó, temiendo
perderlo si no lo tenía a la vista. Se llevó la sorpresa de encontrar el local
atestado de ruidosos parroquianos a pesar de la hora; le costó entrar. Se
trataba de un conocido bar para solteros, pero a Philips tampoco le era
familiar ese ambiente. Mientras inspeccionaba a la multitud en busca de Werner,
se sobresaltó al encontrarlo precisamente a su izquierda, con una jarrita de
cerveza, sonriéndole a una secretaria rubia. Philips se bajó un poco más el
sombrero sobre la frente.
-¿De qué trabajas? -preguntó la secretaria, gritando para hacerse oír a
pesar del barullo.
-Soy médico -respondió él-. Patólogo.
-¿De veras? -comentó la rubia, obviamente impresionada.
-Tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Por lo común trabajo hasta
tarde, pero tal vez quieras tomar una copa conmigo un día de estos.
-Me encantaría -gritó la mujer.
Martin se acercó al bar, preguntándose si esa chica tenía la menor idea
del lío en que se estaba metiendo.
Pidió una cerveza y se abrió paso hasta el fondo del local, donde halló
un sitio desde donde observar a Werner. Mientras sorbía su bebida, comenzó a
darse cuenta de lo absurdo de la situación. Después de tantos años de
instrucción, estaba en un bar para solteros, en medio de la noche, siguiendo a
un individuo extraño cuyo aspecto era terroríficamente normal. En realidad, al
echar una mirada a su alrededor le impresionó la facilidad con que Werner se
confundía entre los comerciantes y los abogados.
Tras anotar el número de la secretaria, el encargado de la morgue
terminó su cerveza, reunió sus pertenencias y tomó otro taxi en la Tercera
Avenida. Martin tuvo que discutir un poco con su taxista para que lo siguiera,
pero lo solucionó con un billete de cinco dólares.
El viaje se hizo en silencio. Philips contempló las luces de la ciudad
hasta que las borró un abrupto diluvio. Los limpiaparabrisas del taxi se
aceleraron para ganarle a la lluvia. Cruzaron el centro en la calle 57 y
siguieron en diagonal hacia el norte, por Broadway, hasta tomar la avenida
Amsterdam. Philips reconoció, a la izquierda, la Universidad de Columbia. La
lluvia cesó tan súbitamente como se había iniciado. En la calle 141 tomaron a
la derecha;
100
entonces él se incorporó en el asiento para preguntar en qué sector de
la ciudad estaban.
-Hamilton Heights -dijo el conductor.
Tomaron a la izquierda en Hamilton Terrace; luego aminoraron la marcha.
El taxi de Werner se detuvo allá adelante. Philips pagó su viaje y bajó.
Aunque el panorama de la ciudad se había deteriorado al avanzar en dirección
norte, se encontró en un barrio muy atractivo. En la calle se alineaban
pintorescas casas cuyas fachadas reflejaban todos los estilos arquitectónicos
desde el renacimiento. La mayoría mostraba señales de haber sido renovadas;
otras estaban en proceso de serlo. Al final de la calle, frente a Hamilton
Terrace, Werner entró en una casa con fachada de piedra caliza blanca, cuyas
ventanas estaban rodeadas por una decoración gótica veneciana.
Cuando Philips llegó al edificio, se habían encendido ya las luces en
las ventanas del tercer piso. Vista de cerca, la casa no estaba en tan buenas
condiciones como parecía, pero su baja calidad no disminuía el efecto de
conjunto; daba una impresión de pulida elegancia, y Philips quedó impresionado
por la prosperidad con que Werner se ganaba la vida.
Al entrar al vestíbulo comprendió que no podía sorprender a Werner
llamando directamente a su puerta. Igual que en el departamento de Denise,
había un hall cerrado con timbres individuales para llamar a cada apartamento.
El nombre de Helmut Werner era el tercero desde abajo. Philips, con el dedo en
el timbre, vaciló; no estaba seguro de querer pasar por todo aquello. Ni
siquiera estaba seguro de lo que debía decir, pero el sólo pensar en Kristin
Lindquist le dio valor. Oprimió el timbre y aguardó.
-¿Quién es? -preguntó la voz del encargado desde un pequeño altavoz,
cargada de estática.
-El doctor Philips. Tengo dinero para usted, Werner. En abundancia.
Se hicieron algunos momentos de silencio. Martin podía sentir su propio
pulso.
-¿Con quién ha venido, Philips?
-Estoy solo.
Un zumbador de estridente sonido llenó el vestíbulo, en otros tiempos
suntuoso. Philips empujó la puerta y entró, encaminándose hacia las escaleras
para subir al tercer piso. Detrás de la última puerta se oyó el ruido de
múltiples cerrojos al descorrerse. La puerta se entreabrió, dejando pasar un
rayo de luz que atravesó la cara de Philips. Uno de los hundidos ojos de Werner
lo miraba fijamente, con una ceja levantada en visible sorpresa. Por fin se oyó
un ruido de cadena y la puerta se abrió de par en par.
Martin entró rápidamente en la habitación, haciendo que Werner
retrocediera para evitar el choque, y se detuvo en el centro del cuarto.
-No me molesta pagar, amigo mío -dijo, con toda la seguridad que pudo
reunir-, pero quiero saber qué pasó con el cerebro de Lisa Marino.
-¿Cuánto quiere pagar?
Las manos del encargado se abrían y cerraban rítmicamente.
-Quinientos dólares -repuso el médico, en la intención de que la cifra
sonara tentadora sin ser ridícula.
La boca fina de Werner se estiró en una sonrisa que le cavó arrugas
profundas en las mejillas huecas. Tenía los dientes pequeños y cuadrados.
-¿Seguro que está solo?
Philips asintió.
-¿Dónde está el dinero?
-Aquí lo tengo -respondió Martin, palpándose el bolsillo izquierdo de la
pechera.
-Muy bien. ¿Qué quiere saber?
-Todo.
Werner se encogió de hombros.
-Se trata de una historia larga.
-Tengo tiempo.
-Iba a servirme la comida ¿Quiere cenar?
Philips sacudió la cabeza. Tenía el estómago hecho un nudo apretado.
101
-Como guste.
El hombre le volvió la espalda para entrar en la cocina, con su
característica renquera. Philips, al seguirlo, aprovechó la oportunidad para
echar un vistazo al apartamento. Tenía las paredes tapizadas de una especie de
terciopelo rojo y el mobiliario era Victoriano. Rezumaba una elegancia pesada,
realzada por la luz baja proveniente de una sola lámpara de estilo Tiffany.
Sobre la mesa estaba la cartera de Werner; al lado, una cámara Polaroid que él
debía haber traído y una pila de fotos.
En el otro cuarto, muy reducido, había una fregadera, una cocinita y una
nevera de un tipo que Martin no veía desde la infancia: se trataba de una caja
con superficie de porcelana, con un serpentín en la parte superior. Werner la
abrió para sacar un sandwich y una botella de cerveza. De un cajón, situado
debajo del fregadero, extrajo un abridor para quitar la tapa de la botella y
volvió a guardar el utensilio en su sitio.
-¿Quiere un trago? -preguntó, levantando la botella.
Philips sacudió la cabeza. Entonces el encargado volvió a salir de la
cocina, seguido por él. Apartó la cartera y la cámara colocándolos a un lado de
la mesa e indicó a Martin que tomara asiento. Después de tomar un largo trago
de cerveza, soltó un audible eructo, dejando la botella. Cuanto más se
demoraba, más intranquilo se sentía Philips. Había perdido la ventaja inicial
de la sorpresa. Para evitar que le temblaran las manos las apoyó sobre las
rodillas. Mantenía los ojos muy fijos en Werner, vigilando todos sus
movimientos.
-Nadie puede vivir con un sueldo de encargado -dijo el hombre.
Philips asintió y siguió a la espera mientras Werner daba un mordisco a
su sandwich. -Usted sabrá que yo vine de Europa -continuó Werner, con la boca
llena-. De
Rumania. No es una historia agradable, porque los nazis mataron a mi
familia y me llevaron a Alemania cuando tenía cinco años. A esa edad empecé a
manejar cadáveres, allá en Dachau...
Werner le contó su vida con todo lujo de detalles: la forma en que
habían matado a sus padres, cómo lo trataban en los campos de concentración y
de qué modo se había visto obligado a vivir, en medio de los muertos. El
repugnante relato se prolongaba, sin que Werner ahorrara a Martin uno solo de
sus asquerosos capítulos. Él trató de interrumpirlo varias veces, pero el
hombre seguía, y Philips sintió que su firmeza se derretía como la cera junto a
una brasa.
-Entonces vine a América -dijo Werner, terminando su cerveza con un
ruidoso sorbo. Corrió la silla hacia atrás y fue a la cocina en busca de otra.
Philips, entumecido por el relato, lo observaba desde la mesa-. Conseguí
trabajo en la morgue de la Facultad de Medicina - chilló el encargado, mientras
abría el cajón de debajo de la fregadera.
Allí, además del abridor, había varios cuchillos grandes para autopsia,
que Werner había birlado de la morgue cuando esas operaciones se practicaban
aún en la vieja mesa de mármol. Tomó uno de ellos y se lo metió por la manga de
la chaqueta, con la punta hacia adelante.
-Pero necesitaba más dinero que el que me pagaban.
Abrió la botella de cerveza y dejó el abridor en su sitio. Una vez
cerrado el cajón, volvió a la mesa.
-Yo sólo le preguntaba por Lisa Marino -observó Martin tímidamente. La
historia de Werner le había hecho percibir su propia fatiga física.
- A eso iba -dijo el hombre. Tomó un trago de cerveza y de jó el vaso-.
Empecé a ganar un poco más de dinero en la morgue cuando la anatomía era más
popular que ahora. Pequeñas cosas a montones. De pronto se me ocurrió lo de las
fotografías. Las vendo en la calle 42, desde hace años.
Y señaló el apartamento con un ademán de la mano. Philips dejó que sus
ojos vagaran por la habitación en penumbra. Apenas había reparado en que las
paredes de terciopelo rojo estaban cubiertas de fotografías. Al mirar mejor vio
que se trataba de obscenas, asquerosas fotografías de cadáveres femeninos
desnudos. Poco a poco volvió su atención al sonriente Werner.
-Lisa Marino fue una de mis mejores modelos -dijo él. Tomó la pila de
fotos que tenía
102
sobre la mesa y las arrojó al regazo de Philips-. Véalas. Me están dando
mucho dinero, sobre todo en la Segunda Avenida. Tómese el tiempo que quiera. Yo
voy al baño. Es la cerveza: me baja directamente.
Esquivó la silla del aturdido Philips y desapareció por la parte del
baño. Martin, contra su voluntad, contempló aquellas fotografías sádicas y
repugnantes de Lisa Marino. Temía tocarlas, como si la aberración mental que
representaban pudiera ensuciarle los dedos. Era obvio que aquel hombre había
interpretado mal su interés. Tal vez no sabía nada del cerebro desaparecido, y
su conducta sospechosa se debía sólo a su ilícito comercio con las fotos
necrofílicas. Philips sintió la sacudida de la náusea.
Werner había atravesado el dormitorio para entrar en el baño. Allí hizo
correr el agua para que sonara como si alguien estuviera orinando; mientras
tanto metió la mano en la manga para sacar el largo y delgado cuchillo de
autopsias. Con él en la mano derecha a manera de daga, volvió silenciosamente a
cruzar el dormitorio.
Philips estaba sentado a cuatro metros de distancia, de espaldas a
Werner y con la cabeza inclinada, contemplando las fotografías que tenía en el
regazo. El otro cruzó el umbral del dormitorio, con los finos dedos apretados
sobre el mango del bisturí y los labios ceñidos.
El radiólogo recogió las fotografías como para dejarlas boca abajo sobre
la mesa, pero sólo las tenía a la altura del pecho cuando percibió un
movimiento detrás de sí. Empezó a girar el cuerpo. ¡Se oyó un grito!
La hoja del cuchillo se hundió justo tras la clavícula derecha, en la
base del cuello, cortando el lóbulo superior del pulmón antes de seccionarla
arteria pulmonar derecha. La sangre se volcó en los bronquios abiertos,
provocando una tos refleja de agonía, que la lanzó en arco por encima de la
cabeza de Philips, empapando la mesa situada frente a él.
Martin se movió impulsado por un reflejo animal: dio un brinco a la
derecha y se apoderó de la botella de cerveza. Al girar en redondo se vio
frente a Werner, que se tambaleaba hacia adelante, con la mano buscando
vanamente el estilete hundido hasta la empuñadura en su cuello. Con un solo
gorgoteo, su cuerpo agitado cayó hacia adelante, sobre la mesa, antes de
estrellarse acurrucado contra el suelo. El cuchillo de autopsia que tenía en la
mano hizo un ruido metálico al chocar contra la mesa y se deslizó con un golpe
seco.
-¡No se mueva, no toque nada! -chilló el atacante de Werner, que había
entrado desde el pasillo por la puerta abierta-. Suerte que decidimos ponerlo a
usted bajo vigilancia. Lo mejor es afectar una arteria principal o el corazón,
pero este tipo no me iba a dar tiempo. -Era el hispano-americano del gran
bigote y traje de poliéster que Philips recordaba haber visto en el metro.
El hombre se inclinó, tratando de retirar su cuchillo del cuello de
Werner. El encargado había caído con la cabeza apretada contra el hombro
derecho, y el arma estaba atrapada allí. Su atacante tuvo que pasarle por
encima para forcejear mejor.
Philips se había recobrado lo bastante de la sorpresa inicial como para
reaccionar. En cuanto el hombre se inclinó junto a la mesa, Martin balanceó la
botella describiendo un amplio arco y la estrelló contra la cabeza del intruso.
El otro la había visto venir, y a último momento, se volvió levemente, de modo
que recibió parte del golpe sobre el hombro. De cualquier modo cayó
despatarrado sobre su víctima moribunda.
Philips, presa del pánico más absoluto, echó a correr sin soltar la
botella. Al llegar a la puerta creyó oír ruidos en el vestíbulo y temió que el
atacante no hubiera ido solo. Entonces, aferrándose en el marco para cambiar de
dirección, volvió a cruzar el apartamento. Vio que el asesino se había puesto
de pie, pero seguía aturdido, y se sujetaba la cabeza con ambas manos.
Martin corrió hasta la ventana trasera del dormitorio y levantó el marco
corredizo. Trató de abrir la persiana, pero como no pudo, la empujó hacia
afuera con el pie. Una vez en la escalera de incendios, bajó a toda velocidad.
Fue un milagro que no tropezara, porque su descenso era, más bien, una caída
controlada. Ya en el suelo no pudo escoger la dirección: tuvo que correr hacia
el este. Después de dejar atrás el edificio vecino cruzó una huerta sembrada en
un terreno baldío. A su derecha tenía una empalizada que cerraba el paso de
regreso a Hamilton Terrace.
103
Tomó hacia el este; la tierra descendía bruscamente, y se encontró
resbalando y rodando por una colina escarpada, sembrada de rocas. Tenía la luz
a sus espaldas y avanzaba hacia la oscuridad. Pronto dio con una alambrada. Más
allá había una pendiente de tres metros que bajaba hacia un cementerio de
automóviles, y después, la calzada débilmente iluminada de la avenida St.
Nicholas. Philips estaba por escalar la alambrada cuando vio que la habían
cortado. Entonces se deslizó a duras penas por la oportuna abertura y se
descolgó por la pared de cemento, cayendo a ciegas los últimos centímetros.
No era, en realidad, un depósito de chatarra, sino sólo un terreno
baldío donde se oxidaban algunos automóviles abandonados. Martin se abrió paso
cuidadosamente entre cascos de metal retorcido hacia la luz de la avenida,
esperando oír a sus perseguidores en cualquier momento.
Ya en la calle pudo correr con más facilidad. Quería poner tanta
distancia como le fuera posible entre él y el apartamento de Werner. Buscó un
coche-patrulla de la policía, pero no había ninguno. Los edificios de esa
calle, a ambos lados, estaban muy deteriorados y, al contemplarlos mejor,
Philips advirtió que muchos se habían incendiado y estaban abandonados. Las
enormes viviendas vacías parecían esqueletos en la noche oscura y neblinosa,
con las aceras cubiertas de escombros y basura.
De pronto Philips se dio cuenta de dónde estaba. Había corrido
directamente hacia Harlem, y al comprenderlo aminoró el paso. El escenario
oscuro y desierto acentuó su terror. Dos manzanas más allá vio a un grupo de
harapientos negros callejeros, que se llevaron una considerable sorpresa al
verlo correr. Interrumpieron sus regateos por la droga para observar a ese
blanco chiflado que pasaba corriendo, en dirección al centro de Harlem.
Aunque Martin estaba en buena forma, ese paso extenuante no tardó en
agotarlo. Se sentía a punto de caer, y cada aliento le provocaba punzadas en el
pecho. Por fin desesperado, se agazapó en un zaguán sin puertas; la respiración
le brotaba en ásperos jadeos mientras iba tropezando con ladrillos sueltos.
Logró mantener el equilibrio apoyándose contra la pared húmeda. De inmediato,
un olor rancio le asaltó las fosas nasales, pero no le prestó atención; era un
alivio dejar de correr.
Con mucha cautela, se asomó hacia afuera para ver si alguien lo había
seguido. El silencio era mortal. Philips sintió el olor de aquella persona
antes de sentir la mano brotada de las negras profundidades del edificio para
aferrarlo por el brazo. En la garganta se le formó un alarido, que al salir de
la boca se había convertido, más bien, en un débil gemido. Saltó fuera del
zaguán, sacudiendo el brazo como si fuera presa de un insecto venenoso. El
propietario de la mano se vio inadvertidamente arrancado del zaguán, y Martin
se vio entonces frente a una ruina deshecha por las drogas, apenas capaz de
mantenerse en pie.
-¡Dios mío! -exclamó, en tanto volvía a huir hacia la noche.
Decidido a no detenerse otra vez, tomó su habitual paso de carrera.
Estaba irremediablemente perdido, pero se dijo que, si seguía en línea recta,
tarde o temprano llegaría a alguna zona poblada.
Había empezado otra vez a llover; era una fina llovizna que se
arremolinaba en torno al resplandor de las escasas lámparas de la calle. Dos
manzanas más allá, Philips encontró su oasis: había llegado a una amplia
avenida, y en la esquina se veía un bar de los que permanecen abiertos toda la
noche, con un vistoso letrero de neón que parpadeaba, lanzando un reflejo rojo
sangre sobre la intersección de las dos calles. Unas cuantas siluetas se
acurrucaban en los portales vecinos, como si el letrero rojo les ofreciera
abrigo o protección contra la ciudad.
Martin se deslizó una mano por el pelo mojado y sintió algo pegajoso. A
la luz del neón se dio cuenta de que era una salpicadura de la sangre de
Werner. No quería parecer recién salido de una pelea callejera, de modo que
trató de limpiarse la mano. Después de varias pasadas, lo pegajoso desapareció.
Entonces empujó la puerta del bar.
La atmósfera del local estaba espesa de humo, y la ensordecedora música
«rock» vibraba tanto que Martin sentía los compases en el pecho. Había unas
doce personas en el bar todas negras y todas en trance. Además de la música
«rock» había un pequeño televisor a
104
color que transmitía una película de pistoleros de los años treinta. El
único que la miraba era el fornido cantinero, que llevaba un sucio delantal
blanco.
Todas las caras se volvieron hacia Philips. Una súbita tensión saturó el
aire como la electricidad estática antes de una tormenta. Philips la sintió
instantáneamente, a pesar del pánico. Aunque llevaba casi veinte años viviendo
en Nueva York, había procurado aislarse de la desesperada pobreza que
caracterizaba a la ciudad casi tanto como la riqueza ostentosa.
Al avanzar cautelosamente hacia el interior del bar, casi esperaba que
lo atacaran en cualquier momento. Las caras amenazadoras se volvían a su paso
para seguirlo con la vista. Más adelante, un hombre de barba giró en su
taburete y se plantó directamente en el camino del recién llegado. Era un negro
musculoso, cuyo cuerpo lanzaba destellos de pura energía bajo la luz mortecina.
-A ver, blanquito -bramó.
-Tranquilo, Rayo -saltó el cantinero. Y agregó, dirigiéndose a Philips-:
Oiga, ¿qué mierda está haciendo aquí? ¿Tiene ganas de que lo maten?
-Necesito un teléfono -logró decir Philips.
-Allá atrás -le indicó el hombre, sacudiendo la cabeza, incrédulo.
Philips, conteniendo el aliento, esquivó al hombre llamado Rayo y sacó
una moneda del bolsillo. Halló un teléfono cerca de los aseos, pero estaba
ocupado por un tipo que discutía con su novia.
-Vamos, nena, ¿qué te pasa que estás llorando?
Un poco antes, debido al pánico, Martin hubiera tratado de quitarle el
teléfono, pero ahora había recuperado un poco el dominio de sí; volvió al
mostrador y esperó en un extremo. La atmósfera se había aliviado un poco y las
conversaciones se reanudaban.
El cantinero pidió que le pagara por adelantado antes de servirle el
coñac. El líquido ardiente le tranquilizó los nervios destrozados y lo ayudó a
ordenar sus pensamientos. Por primera vez desde la increíble muerte de Werner
podía analizar lo que había ocurrido. En el momento del hecho, él había creído
ser un testigo casual, pensando que se trataba de una lucha entre Werner y su
atacante. Pero ese hombre había dicho algo, como si hubiera estado siguiéndole
a él. ¡Era absurdo! Él había estado siguiendo a Werner. Y había visto el
cuchillo en su mano. ¿Acaso el encargado había querido matarlo? Tratando de
pensar en ese episodio, Martin quedó aún más confundido, especialmente al
recordar que había visto al atacante en el metro, esa misma noche. Bebió su
coñac y pidió otro. Después preguntó al cantinero en dónde estaba. Cuando el
hombre se lo dijo, los nombres de las calles no le revelaron nada.
El negro que estaba discutiendo por teléfono pasó por detrás de Philips
y salió del bar. Entonces Martin se levantó de su taburete y se llevó la copa
al fondo de la habitación. Se sentía algo más tranquilo y capaz de hacerse
entender ante la policía. Bajo el teléfono había un pequeño estante donde pudo
apoyar la copa mientras introducía la moneda y marcaba el 911.
Por encima del ruido de la música y el televisor pudo oír los timbres
del otro lado de la línea. Se preguntó si debía hablar de sus descubrimientos
en el hospital, pero decidió que eso no haría sino aumentar la confusión de un
asunto ya confuso de por sí. No diría nada de sus preocupaciones médicas a
menos que le preguntaran, específicamente, el motivo de su presencia en el
apartamentó de Werner en medio de la noche. Atendió la voz aburrida y áspera de
un sargento.
-División Seis. Habla el sargento McNeally.
-Quiero denunciar un asesinato -dijo Martin, tratando de hablar con voz
calmada. -¿Dónde?
-No estoy seguro de la dirección, pero podría reconocer el edificio si
lo volviera a ver.
-¿Está usted en peligro en este momento?
-No creo. Estoy en un bar de Harlem.
-¡Un bar! Bueno, oiga -interrumpió el sargento-, ¿cuántas copas ha
tomado? Philips comprendió que ese hombre lo creía chiflado. -Escuche. Vi
apuñalar a un hombre.
105
-En Harlem se apuñala a mucha gente, amigo mío. ¿Cómo se llama usted?
-Soy el doctor Martin Philips, radiólogo del Centro Médico Universitario
Hobson. -¿Philips, dijo?
La voz del sargento había cambiado. Martin, sorprendido ante esa
reacción, confirmó.
-Eso es.
-Por qué no lo dijo antes. Vea, estábamos esperando que llamara. Se me
ha dicho que lo comunique inmediatamente con el Bureau. ¡No corte! Si se corta
la comunicación, vuelva a llamarme enseguida.
El policía no esperó respuesta. Se oyeron una serie de chasquidos
mientras se establecía una conexión. Martin se apartó el teléfono de la oreja y
lo miró como si el aparato pudiera explicarle aquella extraña conversación. ¿De
veras el sargento había dicho que estaba esperando su llamada? ¿Y a qué Bureau
se refería?
La serie de chasquidos terminó con un ruido, como si alguien tomara la
comunicación al otro extremo de la línea. La voz era tensa y ansiosa.
-Bueno, Philips, ¿dónde está?
-En Harlem. ¿Quién habla?
-Me llamo Sansone. Soy subdirector del Bureau aquí, en la ciudad.
-¿De qué Bureau?
Los nervios de Philips, que habían empezado a relajarse, se agitaban
otra vez como conectados a una fuente galvánica.
-¡El FBI idiota! Oiga, a lo mejor no tenemos mucho tiempo. Tiene que
salir de aquí.
-¿Por qué? -preguntó Martin, que a pesar de su confusión percibía la
seriedad de Sansone.
-No tengo tiempo para explicarle, pero ese hombre que usted golpeó era
uno de mis agentes, encargado de protegerlo. Acaba de presentarse. ¿No
comprende? La intervención de Werner fue sólo un accidente, cosa de locos.
-No comprendo nada -gritó Philips.
-No importa -le espetó Sansone-. Lo importante es sacarlo de ahí.
Espere, voy a ver si esta línea es segura.
Se produjeron nuevos chasquidos mientras Philips esperaba. Fulminando
con la vista al aparato silencioso, él sintió que sus emociones, a fuerza de
prodigarse, llegaban al enojo. Todo eso debía ser una broma cruel.
-La línea no es segura -dijo Sansone-. Déme su número y yo lo llamaré.
Philips se lo dio y cortó. Su cólera empezaba a fragmentarse en un nuevo
terror. Era el FBI, después de todo.
El teléfono se agitó bajo la mano, asustándolo. Era Sansone.
-Bueno, Philips, escuche. Hay una conspiración que afecta al Centro
Médico Hobson y la estamos investigando secretamente.
-Y la radiación tiene algo que ver -barbotó Philips, sintiendo que las
cosas empezaban a tener sentido.
-¿Está seguro?
-Segurísimo.
-Muy bien. Escuche, Philips, lo necesitamos para esta investigación,
pero tememos que usted esté bajo vigilancia. Tengo que hablarle. Nos hace falta
alguien que esté dentro de la institución, ¿comprende? -Sansone no esperó
respuesta-. No nos conviene que usted venga aquí, por si alguien lo sigue. En
este momento lo peor sería que ellos supieran que los estamos investigando.
Espere.
Sansone dejó el teléfono, pero Philips oyó una discusión desde lejos.
-Los Claustros, Philips. ¿Conoce los Claustros? -preguntó Sansone.
-Por supuesto -respondió él, confundido.
-Nos encontraremos allí. Tome un taxi y baje ante la entrada principal.
Haga que el taxi se vaya. Eso nos dará la oportunidad de ver si lo siguen.
-¿Si me siguen?
106
-¡Haga lo que le digo, Philips, por el amor de Dios!
Martin se encontró con el auricular muerto en la mano. El subdirector
del FBI no había esperado que él hiciera preguntas ni se mostrara de acuerdo.
Sus instrucciones no eran sugerencias, sino órdenes. Philips no pudo dejar de
sentirse impresionado por la total seriedad de aquel hombre. Volvió al
mostrador y preguntó si podía llamar un taxi.
-Difícil que vengan a Harlem por la noche -dijo el cantinero.
Un billete de cinco dólares le hizo cambiar de idea. Al verlo utilizar
el teléfono que tenía tras la caja registradora, Martin vio que también tenía
una pistola 45 en el mismo lugar.
Para conseguir que viniera un taxi, Martin tuvo que prometer una propina
de veinte dólares a su conductor y explicar que iba a Washington Heights. Pasó
quince minutos, muy nervioso, antes de que el coche apareciera frente al bar.
En cuanto subió, el conductor arrancó a toda prisa por aquella avenida, en
otros tiempos tan elegante, y pidió a su pasajero que pusiera el seguro a todas
las puertas.
Se alejaron diez manzanas antes de que la ciudad empezara a parecer
menos amenazadora. Pronto se vieron en una zona familiar para Philips, donde
las fachadas de los iluminados comercios reemplazaban a la desolación anterior.
Martin divisó incluso a algunos transeúntes con paraguas.
-Bueno, ¿adonde vamos? -preguntó el taxista, obviamente aliviado, como
si acabara de rescatar a alguien de entre las líneas enemigas.
-A los Claustros.
-¡A los Claustros! Hombre, son las tres y media de la mañana. Toda esa
zona estará desierta.
-Le voy a pagar - dijo Martin, sin deseos de discutir.
-Espere un poco. -El conductor aprovechó un semáforo en rojo para
volverse a mirarlo a través de la separación de plexiglás.- No quiero
problemas. No sé en qué diablos anda usted, pero no quiero problemas.
-No habrá ningún problema. Sólo quiero que me deje en la entrada
principal y se vaya. En cuanto la luz cambió a verde, el hombre aceleró. El
comentario de Martin debió dejarlo satisfecho, pues no volvió a quejarse, y el
pasajero se sintió agradecido por la
oportunidad que ello le ofrecía para pensar.
Los modales autoritarios de Sansone habían sido una ayuda. En esas
circunstancias, Philips no hubiera podido tomar una decisión por cuenta propia.
Todo era demasiado extraño. Desde su salida del hospital, había descendido a un
mundo donde no existían los límites habituales de la realidad. Hasta empezaba a
preguntarse si sus experiencias no habrían sido imaginarias, pero entonces vio
las manchas de sangre sobre su chaqueta de esquí. En cierto sentido sirvieron
para tranquilizarlo; al menos le aseguraban que no se había vuelto loco.
Contempló por la ventanilla las luces danzarinas de la ciudad, tratando
de concentrarse en la intervención del FBI. Philips tenía suficiente
experiencia, tras su carrera en el hospital, como para saber que las
organizaciones actúan, típicamente, en interés propio y no en el de los
individuos. Si ese caso, cualquiera que fuese, era tan importante para el FBI,
Martin no podía esperar que tuvieran en cuenta su propia conveniencia. Esa idea
lo intranquilizó bastante con respecto a la entrevista de los Claustros. La
misma distancia del lugar lo perturbaba. Se volvió para espiar por la
ventanilla trasera, tratando de determinar si lo seguían. Había poco tránsito y
parecía difícil, pero no hubiera podido asegurarlo. Estaba por indicar al
taxista que cambiara de dirección cuando se dio cuenta, con una sensación de
impotencia, que tal vez no había ningún lugar seguro donde pudiera ir.
Permaneció quieto y tenso casi hasta llegar a los Claustros. Entonces se
inclinó hacia adelante y dijo:
-No se detenga. Siga adelante.
-Pero usted dijo que quería bajar aquí -protestó.
El vehículo acababa de entrar al espacio oval empedrado que servía de
entrada principal. Sobre la puerta medieval había una lámpara grande, cuya luz
se reflejaba sobre el granito mojado.
-Haga el favor, dé una vuelta -pidió él, mientras inspeccionaba el área.
Dos caminos
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para coches se perdían en la oscuridad. Hacia arriba se veían algunas de
las luces interiores del edificio. En la noche, el complejo tenía el ambiente
amenazador de un castillo de las Cruzadas.
El conductor soltó una maldición, pero siguió la ruta circular que se
abría hacia el río Hudson. Martin no llegaba a ver el río, pero sí el puente
George Washington, que con sus graciosas parábolas de luz, se erguía contra el
cielo. Giró la cabeza hacia un lado y otro, en busca de cualquier señal de
vida. No la había. Ni siquiera se veía a los habituales amantes estacionados
junto al río. Hacía demasiado frío, o quizás era demasiado tarde, o las dos
cosas a un tiempo. Luego de describir la vuelta completa hasta la entrada, el
taxi se detuvo.
-Bueno, ¿qué diablos quiere hacer? -preguntó el conductor, observando a
Philips por el espejo retrovisor.
-Salgamos de aquí.
El conductor respondió con una brusca acelerada que lo apartó del
edificio.
-Espere. ¡Deténgase! -chilló Martin.
El coche se detuvo con un abrupto frenazo. Philips había visto a tres
vagabundos que miraban sobre el muro de piedra, a los costados de la entrada.
Habían oído el ruido de las cubiertas y, cuando el taxi se detuvo, estaban a
unos treinta metros.
-¿Cuánto es? -preguntó Martin, mirando por la ventanilla.
-Nada, pero bájese.
Philips puso un billete de diez dólares en la bandejita de plexiglás y
se bajó. Cuando cerró la portezuela, el coche salió a toda velocidad; el ruido
del motor se apagó rápidamente en el aire húmedo de la noche. Quedó, como
estela, un pesado silencio que sólo quebrantaban los siseos ocasionales de
algún coche sobre la invisible vía Henry Hudson. Philips echó a andar hacia los
vagabundos. A la derecha, un sendero pavimentado se alejaba de la ruta para
bajar hacia los árboles reverdecidos. Philips creyó ver que se bifurcaba; uno
de sus ramales parecía virar bruscamente hacia atrás para correr bajo el arco
de la entrada.
Bajó por él y miró hacia el interior. Los vagabundos no eran tres, sino
cuatro. Uno estaba de espaldas, roncando. Los otros tres se habían sentado a
jugar a las cartas, junto a una pequeña fogata que iluminaba dos botellas de
vino vacías. Philips los contempló por un rato, hasta asegurarse de que eran lo
que aparentaban ser. Lo que deseaba era idear algún modo de utilizarlos como
amortiguador entre Sansone y él mismo. Aunque no esperaba que lo arrestaran, su
experiencia con las instituciones lo llevaba a investigar y a hacerse una idea
de lo que cabía esperar; el único medio que se le ocurrió para eso era utilizar
a un intermediario. Después de todo, aun si tuviera sentido, una entrevista en
los Claustros en medio de la noche no era, ni con mucho, un procedimiento
normal.
Después de observarlos durante uno o dos minutos más, Philips pasó bajo
el arco de entrada, fingiendo estar algo borracho. Los tres vagabundos lo
observaron un momento y, convencidos de que no tenía malas intenciones,
volvieron a sus naipes.
-¿Alguno de ustedes quiere ganarse diez dólares? -preguntó.
Por segunda vez, los tres levantaron la vista.
-¿Qué hay que hacer para ganarlos? -preguntó el más joven.
-Hacerse pasar por mí durante diez minutos.
Los hombres intercambiaron una mirada y se echaron a reír. El más joven
se levantó.
-Sí, y qué tengo que hacer cuando sea usted.
-Suba hasta los Claustros y camine por las inmediaciones. Si alguien le
pregunta quién es, diga «Philips».
-A ver esos diez.
Philips sacó el dinero.
-¿Y qué tal yo? -preguntó el mas viejo, levantándose con dificultad.
-Silencio, Jack -dijo el joven-. ¿Cómo se llama?
-Philips.
-Okey, Philips, trato hecho.
Martin se quitó la chaqueta y el sombrero para que el hombre se los
pusiera,
108
cubriéndose la cara todo lo posible. A su vez, tomó el abrigo del
vagabundo y, venciendo su aprensión, pasó los brazos por las mangas. Era un
sobretodo harapiento, con una estrecha solapa de terciopelo. En el bolsillo
tenía un pedazo de sandwich sin envoltorio alguno.
A pesar de las objeciones de Martin, los otros dos hombres insistieron
en acompañarlo. Rieron y bromearon hasta que Philips amenazó con anular el
trato si no se callaban.
-¿Tengo que caminar bien derecho? -preguntó el joven.
-Sí -replicó Martin, que estaba teniendo sus dudas sobre la pantomima.
El sendero llegaba al patio por debajo del camino principal. Ante la
zona empedrada había una abrupta cuesta, con un banco en la zona superior. El
muro de piedra que bordeaba la entrada terminaba bruscamente ante la
intersección, y justo enfrente estaba la puerta principal de los Claustros
propiamente dichos.
-Bueno -susurró Martin-. Camine hasta aquella puerta, trate de abrirla,
y cuando vuelva aquí los diez dólares son suyos.
-¿Cómo sabe que no me voy a fugar con su sombrero y su abrigo?
-Corro el riesgo. Además, lo alcanzaría.
-¿Cómo dijo que se llamaba?
-Philips, Martin Philips.
El vagabundo se encasquetó el sombrero tan abajo que para ver le era
necesario levantar la barbilla. Echó a andar por la pendiente, pero perdió el
equilibrio. Martin le dio un empujoncito por la parte baja de la espalda. El
hombre se lanzó hacia adelante y se arrastró gateando hasta la parte alta del
camino.
Martin subió poco a poco la cuesta hasta que pudo ver por encima del
muro. El vagabundo ya había cruzado el camino y estaba sobre el empedrado, cuya
superficie irregular le dificultaba el equilibrio. Estuvo a punto de caer, pero
se mantuvo en pie. Caminó en torno al espacio central, que servía como parada
de autobuses, y avanzó hasta la puerta de madera.
-¿Hay alguien aquí? -chilló. Su voz levantó ecos en el patio. Caminó a
tropezones hasta el centro del patio y gritó-: Soy Martin Philips.
No se oía sino el leve rumor de la lluvia que acababa de recomenzar. El
antiguo monasterio, con sus toscos baluartes, daba al escenario un aspecto
irreal, alejado del tiempo. Martin volvió a preguntarse si no sería víctima de
una gigantesca alucinación.
De pronto, un disparo quebró el silencio. El vagabundo, en el patio, se
vio levantado en el aire y estrellado contra el pavimento. El efecto fue el de
una bala que penetrara en un melón maduro: la entrada del proyectil marcó una
incisión quirúrgica; su salida fue una horrible fuerza desgarrante que se llevó
casi toda la cara del hombre, esparciéndola en un arco de diez metros.
Philips y sus dos compañeros quedaron pasmados. Cuando se dieron cuenta
de que alguien acababa de disparar contra el vagabundo, giraron en redondo y
echaron a correr, tropezando unos contra otros por la inclinada pendiente que
llevaba al monasterio.
Martin nunca había sentido tal desesperación. Ni siquiera al huir de la
casa de Werner, su terror había sido tan grande. En cualquier momento esperaba
oír otro estallido de fusil y sentir el dolor ardiente de una bala mortífera.
Sabía que quienquiera lo perseguía no tardaría en examinar el cadáver del patio
y darse cuenta del error. Tenía que huir.
Pero la rocosa ladera de la colina era un serio peligro. Philips perdió
pie y cayó de cabeza; por poco no se golpeó con una roca saliente. Al
levantarse vio un sendero que viraba hacia la derecha y, apartando la maleza,
se abrió paso hacia él.
Se oyó un segundo disparo, seguido por un grito de agonía. El corazón se
le subió a la boca. Una vez fuera de la maleza, corrió tan rápido como pudo,
lanzándose por el sendero hacia la oscuridad.
Antes de darse cuenta de lo que ocurría se había lanzado al vacío desde
lo alto de una escalera. Pareció transcurrir un tiempo increíble antes de que
golpeara nuevamente contra el suelo. Por instinto se lanzó hacia adelante para
absorber el impacto, con la cabeza encogida, y dio un salto de gimnasta. Cayó
de espaldas y se incorporó, aturdido. Detrás de él se oían pasos
109
de alguien que corría por el camino, de modo que se obligó a levantarse
y a seguir corriendo, luchando contra el mareo.
Esa vez vio las escaleras a tiempo para aminorar el paso. Bajó los
peldaños de tres en tres y de cuatro en cuatro, para seguir corriendo,
vacilantes las piernas. El sendero se cruzó con otro en ángulo recto, pero fue
tan inesperado que Martin no tuvo tiempo de cambiar de dirección.
En la intersección siguiente se acababa el sendero que había seguido.
Allí vaciló un momento. Hacia abajo y a la derecha se veía el límite del
bosque. Donde acababan los árboles había una especie de terraza, con una
balaustrada de cemento. De pronto oyó pasos tras él, y en esta ocasión tuvo la
impresión de que lo seguía más de una persona. No tenía tiempo para pensar.
Echó a correr hacia la terraza. Más abajo, a unos cien metros, había un patio
de juegos con columpios, bancos y una depresión central que, en verano, debía
ser una pequeña laguna. Más allá de la placita se veía una calle de la ciudad
por la que pasaba un taxi amarillo.
Como los pasos se acercaban, se obligó a bajar la amplia escalinata de
cemento que descendía desde la terraza a la placita. Sólo entonces, al oír que
los pasos se acercaban cada vez más, comprendió que no podría cruzar el terreno
descubierto antes de que su perseguidor, quienquiera que fuese, llegara a la
terraza. Quedaría expuesto a su vista.
Apresuradamente, se arrojó a la oscuridad que reinaba bajo la terraza,
sin importarle el olor a orina vieja. En ese momento oyó pasos trabajosos que
llegaban a la explanada. Retrocedió a ciegas hasta chocar contra una pared.
Allí se dejó resbalar lentamente hasta quedar sentado, tratando de dominar sus
audibles jadeos.
Las columnas que sostenían la terraza se erguían contra la imagen difusa
de la placita. Desde allí se veían algunas luces de la ciudad. Los pesados
pasos cruzaron la terraza y bajaron por la escalera. De pronto vio una silueta
oscura y andrajosa, cuya respiración sibilante y frenética llegó hasta donde
estaba Martin. Quedó claramente recortado contra la luz por un momento, antes
de lanzarse hacia el campo de juegos, en dirección a la calle.
En la terraza resonó una serie de pasos más ligeros. Philips oyó unas
palabras pronunciadas en voz baja. Después, el silencio. Allá adelante la
silueta iba cruzando en diagonal la pequeña laguna.
El fusil resonó ásperamente por encima de Philips, y la silueta que huía
por la plaza cayó de bruces. En cuanto golpeó contra el cemento quedó inmóvil:
el hombre había muerto instantáneamente. Martin se resignó a su suerte. Era
inútil seguir huyendo: estaba acorralado como un zorro después de la
persecución y sólo faltaba el golpe de gracia. Si no hubiera estado tan
exhausto quizá se le hubiera ocurrido resistir, pero en esas condiciones se
limitó a permanecer inmóvil, escuchando los pasos ligeros que cruzaban la
terraza y bajaban por la escalera.
Esperó, conteniendo el aliento, a que las siluetas se recortaran por un
momento entre las columnas que se erguían frente a él.
11
Denise Sanger despertó súbitamente. Permaneció inmóvil; respirando
apenas, mientras escuchaba los ruidos de la noche. Podía percibir el pulso en
las sienes, martilleando a causa de la adrenalina que había entrado en su
sistema. Sabía que se había despertado a causa de un ruido extraño, pero el
ruido no se repitió. Sólo se oía el rumor de la vieja nevera. Poco a poco, su
respiración volvió a la normalidad. Hasta la nevera se detuvo con un golpe
final, dejando el apartamento en silencio.
Cambió de posición preguntándose si no había sido un mal sueño, y fue
entonces cuando sintió la necesidad de ir al lavabo. La presión en la vejiga
fue en aumento hasta que le resultó imposible pasarla por alto. Por mucho que
le disgustara la idea, tenía que levantarse.
Abandonó la cama tibia para ir al baño. Al sentarse en el frío inodoro
se recogió el
110
camisón arrugándolo sobre la falda. No se molestó en encender la luz ni
en cerrar la puerta. La adrenalina parecía haberle inhibido la vejiga; le llevó
unos cuantos minutos poder
orinar. Acababa de terminar cuando oyó un golpe sordo, como si alguien
hubiera golpeado la pared desde otro piso. Forzó el oído, tratando de percibir
otros ruidos, pero el apartamento estaba en silencio. Reuniendo todo su coraje,
cruzó silenciosamente el pasillo hasta ver la puerta de entrada. La alivió
comprobar que el cerrojo de seguridad estaba en su sitio.
En el momento en que se volvía hacia el dormitorio percibió una
corriente de aire por el suelo y un leve susurro de las notas y papeles
clavados en su tablero. Entonces cambió de dirección y volvió al vestíbulo para
mirar hacia el living oscuro. La ventana que daba a la escalera de incendios
estaba abierta.
Denise trató desesperadamente de no dejarse dominar por el pánico, pero
desde su traslado a Nueva York, su mayor miedo había sido que algún intruso
entrara en su apartamento. Durante un mes entero le había costado mucho poder
dormir. Y, ante la ventana entreabierta, su peor pesadilla parecía estar
volviéndose realidad. Había alguien en su apartamento.
Con el pasar de los segundos recordó que tenía dos teléfonos: uno, junto
a la cama; el otro, en la pared de la cocina, allí, delante de ella. Cruzó el
vestíbulo de un solo paso, sintiendo el antiguo linóleo bajo los pies. Al pasar
junto a la fregadera se apoderó de un pequeño cuchillo de pelar patatas. Un
destello de luz tenue centelleó en la hoja, y con esa diminuta arma en las
manos Denise experimentó una falsa sensación de seguridad.
Dejó atrás la nevera y tendió la mano hacia el teléfono. En ese momento
el viejo compresor se puso en marcha, con un ruido similar al de los trenes
subterráneos. Denise, asustada por el estruendo, con los nervios demasiado
tensos, soltó el teléfono y empezó a gritar.
Pero antes de que pudiera hacerse oír, una mano la tomó por el cuello y
la levantó con fuerza poderosa, quitándole toda energía. Los brazos le quedaron
laxos y el cuchillito cayó al suelo. La hicieron girar en el aire como a una
muñeca de trapo. Se vio llevada por el vestíbulo, con los pies tocando apenas
el piso. Al entrar en el dormitorio, a tumbos, distinguió varios relampagueos,
una sensación de quemadura en la cabeza y el estallido de una pistola con
silenciador.
Las balas se incrustaron en las mantas que había sobre la cama. Un
último empujón lanzó a Denise de rodillas, mientras los cobertores eran
retirados de un manotazo hacia atrás.
-¿Dónde está? -bramó uno de los atacantes, mientras el otro abría los
armarios.
Ella, acurrucada junto al lecho, levantó la vista. Frente a ella se
erguían dos hombres vestidos de negro, con anchos cinturones de cuero.
-¿Quién? -logró balbucear.
-Martin Philips, su amante.
-No sé. En el hospital.
Uno de los hombres estiró una mano para levantarla un poco y la arrojó
sobre la cama.
-Entonces lo vamos a esperar.
Para Philips, el tiempo había pasado como en un sueño. Tras el último
disparo no oyó nada. La noche permanecía silenciosa, con excepción de algún
automóvil que pasaba por la calle, más allá de la placita. Comprobó que su
pulso había vuelto a la normalidad, pero aún le costaba ordenar los
pensamientos. Sólo al asomar imperceptiblemente el sol sobre el patio de
juegos, logró que su mente volviera a funcionar. Según se iba encendiendo el
alba, pudo distinguir algunos detalles del paisaje, como la serie de recipientes
para basuras, modelados en cemento a imitación de las rocas naturales que le
rodeaban. Los pájaros convergían hacia esa zona, y varias palomas vagabundeaban
sobre el cadáver despatarrado en el estanque seco.
Martin trató de mover las piernas rígidas. Poco a poco fue comprendiendo
que ese hombre muerto allá abajo, en el campo de juegos, era una nueva amenaza.
Alguien llamaría a la policía en cualquier momento, y tras la noche pasada
Martin le tenía un comprensible
111
terror.
Cuando logró levantarse, se apoyó contra la pared hasta que la sangre
empezó a circularle bien. Volvió a subir cautelosamente las escaleras de
cemento, con el cuerpo dolorido, inspeccionando toda la zona. Desde allí se
veía el sendero por el cual había huido, espantado, algunas horas antes. Un
poco más allá alguien paseaba a su perro. No pasaría mucho antes de que alguien
descubriera el cadáver de la placita.
Bajó las escaleras y cruzó apresuradamente el parque, pasando cerca del
vagabundo muerto. Las palomas se estaban dando un festín con los fragmentos de
materia orgánica esparcidos por la bala. Martin apartó la vista.
Al salir del parque se subió las estrechas solapas del sobretodo y cruzó
la calle. Se hallaba en Broadway. En la esquina había una entrada de metro,
pero a Martin le aterrorizó la idea de verse atrapado bajo tierra. No sabía si
sus perseguidores aún estaban en las inmediaciones.
Se ocultó en un portal para observar la calle. Estaba aclarando cada vez
más, y el tránsito iba en aumento. Eso le hizo sentir mejor. Cuanta más gente
hubiera, más seguro estaría; además no había nadie sospechoso en los
alrededores ni sentado en los coches estacionados.
Un taxi se detuvo para esperar la luz verde del semáforo, justo frente a
él. Martin se lanzó a la carrera y trató de abrir la puerta trasera, pero
estaba cerrada. El conductor se volvió a mirarlo y aceleró, a pesar de la luz
roja.
Martin quedó en medio de la calle, con la vista fija en el coche que se
alejaba. Sólo al regresar al portal, cuando se vio reflejado en el vidrio,
comprendió por qué había huido el taxista. Martin parecía un verdadero
vagabundo: tenía el pelo horriblemente enredado, con sangre seca en un lado y
lleno de hojas secas. La cara sucia lucía una barba de veinticuatro horas, y el
sobretodo harapiento completaba su aspecto de pordiosero.
Al buscar su billetero, tuvo el alivio de sentir su forma familiar en el
bolsillo trasero. Lo sacó para contar el dinero que llevaba: treinta y un
dólares. En esas circunstancias, la tarjeta de crédito le resultaría inútil.
Sacó uno de los billetes de a cinco y volvió a guardar el billetero.
Cinco minutos después apareció otro taxi. Esa vez Philips se le acercó
por delante, de modo que el taxista lo viera. Se había arreglado un poco,
dentro de lo posible, y llevaba el sobretodo abierto para que no se viera tanto
su triste condición. Lo principal era tener a la vista el billete de cinco
dólares. El taxista le hizo señas de que subiera.
-¿Adónde le llevo?
-Derecho -dijo Philips-. Siga derecho.
Aunque el hombre lo miraba con cierta desconfianza por el espejito
retrovisor, puso la marcha en cuanto cambió la luz y siguió por Broadway.
Philips se volvió a mirar por el vidrio trasero. Fort Tyrom Park y la placita
desaparecieron rápidamente. Martin aún no sabía adonde ir, pero comprendía que
estaría más a salvo en medio de una multitud.
-Quiero ir a la calle 42 -dijo por fin.
-Por qué no me lo dijo antes -se quejó el conductor-. Pudimos haber
tomado por la
cuesta.
-No -dijo Philips-, no quiero ir por allí. Quiero que me lleve por East
Side.
-Eso le va a costar como diez dólares, señor.
-¡Está bien!
Sacó el billetero y mostró diez dólares al conductor, que lo observaba
por el espejo retrovisor.
Cuando el coche volvió a avanzar, Martin relajó el cuerpo. Aún no podía
creer lo que había ocurrido durante las últimas doce horas. Era como si todo el
mundo se hubiera venido abajo y todavía le costaba contener el natural impulso
de acudir a la policía en busca de ayuda. ¿Por qué lo habían puesto en manos
del FBI? ¿Y por qué diablos querían aniquilarlo los del Bureau, sin hacerle
preguntas? Mientras el coche volaba por la Segunda Avenida se le volvió a
despertar el miedo.
112
La calle 42 le procuró el anonimato que deseaba. Seis horas antes esa
zona le había parecido extraña y amenazadora. En esos momentos, ese mismo
aspecto le resultaba reconfortante. La gente llevaba su psicosis a la vista en
vez de ocultarla tras una fachada de normalidad. Los peligrosos eran
identificables y se les podía evitar.
Pidió un gran vaso de jugo de naranja y se lo bebió. Pidió otro. Después
bajó por la calle 42. Necesitaba pensar. Todo aquello debía tener una
explicación racional. Como médico, sabía que, por muchos síntomas y señales
dispares que presentara una enfermedad, invariablemente se podían rastrear
hasta descubrir una sola afección. Al acercarse a la Quinta Avenida entró en el
pequeño parque contiguo a la biblioteca. Buscó un banco vacío y allí se sentó,
arropándose con el sobretodo, en la posición más cómoda que pudo encontrar.
Tenía que repasar los acontecimientos de la noche. Todo había empezado en el
hospital...
Despertó con el sol casi en el cénit. Al mirar a su alrededor por si
alguien lo observaba, vio que el parque estaba lleno de gente, pero nadie
parecía prestarle atención. Estaba haciendo calor, y él sudaba profusamente. Al
levantarse percibió un fuerte olor. Una vez fuera del parque, echó una mirada a
su reloj; le sorprendió descubrir que eran las diez y media.
A varias manzanas de allí encontró un café griego. Después de hacer una
bola con el sobretodo para ocultarlo bajo la mesa, pidió huevos, patatas
fritas, tocino, tostadas y café. Utilizó el aseo de caballeros, pero decidió no
lavarse. Con ese aspecto nadie lo tomaría por un médico, y si necesitaba huir
no podía pedir mejor disfraz.
Cuando terminó el café encontró la lista arrugada con los nombres de las
cinco pacientes. Marino, Lucas, Collins, McCarthy y Lindquist. ¿Era posible que
esas pacientes y sus respectivas historias estuvieran relacionadas con el
extraño hecho de que las autoridades lo estuvieran persiguiendo? Pero aun así,
¿por qué trataban de matarlo? ¿Y qué había sido de esas mujeres? ¿Acaso las
habían asesinado? Todo ese asunto, ¿tenía alguna relación con el sexo y el bajo
mundo? Y en ese caso, ¿qué tenía que ver la radiactividad? ¿Y por qué estaba
involucrado el FBI? Tal vez la conspiración tenía alcance nacional y afectaba a
los hospitales de todo el país.
Martin pidió más café. Estaba seguro de que la respuesta al acertijo se
encontraba en el Centro Médico Universitario Hobson, pero sabía que ése era
exactamente el lugar donde las autoridades esperarían hallarlo. En otras
palabras, era el sitio más peligroso para él. Sin embargo, era también el único
donde tendría una oportunidad de adivinar lo que estaba ocurriendo. Abandonó el
café para utilizar el teléfono público. Su primera llamada fue para Helen.
-¡Doctor Philips, cuánto me alegro de que haya llamado! ¿Dónde está?
-Fuera del hospital.
-Ya me había dado cuenta, pero ¿dónde?
-¿Por qué? -preguntó Martin.
-Por saberlo nada más.
-Dígame, ¿alguien me ha estado buscando? ¿El FBI, por ejemplo?
-¿Y por qué lo iba a buscar el FBI?
Martin quedó casi convencido de que Helen estaba vigilada. No era
habitual en ella responder a una pregunta con otra, especialmente a una
pregunta tan absurda como esa del FBI. En circunstancias normales, se hubiera
limitado a decirle que estaba chiflado. Sansone o alguno de sus agentes debía
estar con ella. Philips cortó bruscamente. Necesitaba pensar en otro modo de
obtener las historias clínicas y la restante información que tenía en su
oficina.
A continuación llamó al hospital e hizo que buscaran a la doctora Denise
Sanger. Lo último que deseaba era que ella acudiera a la clínica ginecológica.
Pero Denise no atendió la llamada y él tuvo miedo de dejarle un recado. Después
de cortar hizo una última llamada a Kristin Lindquist. Atendió la compañera de
cuarto, al primer timbrazo, pero cuando Philips dijo quién era y preguntó por
la muchacha, ella respondió que no podía darle ninguna información y que por
favor no volviera a llamar. Después cortó.
Philips, de nuevo ante la mesa, desplegó ante sí la lista de pacientes y
tomó un
113
bolígrafo. «Fuerte radiactividad en los cerebros de mujeres jóvenes (¿y
otras zonas?) - escribió-; Papanicolau anotados anormales cuando eran normales.
Síntomas neurológicos similares a esclerosis múltiple».
Se quedó mirando lo que había escrito; su mente corría en círculos
descabellados. A continuación anotó: «Neurología - Ginecología - Policía -
FBI», seguido por «Werner necrofilia». No parecía haber relación alguna entre
todas esas cosas, pero daba la impresión de que la clínica ginecológica
estuviera en el medio. Si lograba descubrir por qué se habían anotado como
anormales aquellos Papanicolau, tal vez encontrara una pista.
De pronto lo abatió una oleada de desesperación. Era obvio que se
enfrentaba a algo demasiado poderoso para él. Su antiguo mundo, con los diarios
quebraderos de cabeza, ya no le parecía tan terrible. Bien hubiera soportado el
aburrimiento y la rutina si hubiese podido acostarse por las noches con Denise
entre los brazos. No era muy religioso, pero se sorprendió tratando de llegar a
un acuerdo con Dios: si Él lo rescataba de esa pesadilla, Martin no volvería a
quejarse de su existencia.
Al mirar el papel notó que tenía los ojos llenos de lágrimas. No tenía
sentido que la policía lo persiguiera a él, justamente a él.
Volvió al teléfono para tratar nuevamente de comunicarse con Denise,
pero ella no respondía a las llamadas. En su desesperación, pidió que lo
comunicaran con la recepcionista de la clínica ginecológica.
-Denise Sanger ¿ha acudido ya a su visita?
-Todavía no -dijo la mujer-. Tiene que llegar en cualquier momento.
Martin pensó rápidamente antes de hablar.
-Soy el doctor Philips. Cuando llegue, dígale que he cancelado su visita
y que debe hablar primero conmigo.
-Se lo diré -aseguró la recepcionista.
Martin notó que estaba auténticamente sorprendido. Salió del café y fue
a sentarse en el pequeño parque. Se sentía incapaz de tomar una decisión
sensata. Tratándose de un hombre que creía en el orden establecido y en la
autoridad, el no poder acudir a la policía cuando lo habían atacado a tiros era
el colmo de lo irracional.
La tarde pasó entre sueños inquietos y ratos de confusión. Su falta de
decisión se convirtió en una decisión de por sí. Mientras tanto, se iniciaba la
hora punta y el tránsito iba en aumento. Después, la multitud empezó a
disiparse. Entonces Martin volvió al café para cenar. Eran poco más de las
seis.
Pidió un plato de carne y trató de comunicarse con Denise, una vez más,
mientras se lo preparaban. Ella seguía sin contestar. Al fin trató de llamarla
a su apartamento, preguntándose si la policía estaba lo bastante enterada de su
vida como para tenerla bajo vigi-lancia.
-¿Martin? -respondió su voz al primer timbrazo, desesperada.
-Sí, soy yo.
-¡Gracias a Dios! ¿Dónde estás?
Martin, pasando por alto la pregunta, inquirió:
-¿Dónde te habías metido? Te hice buscar todo el día.
-No me sentía bien. Me quedé en casa.
-Y no se lo dijiste a la telefonista del hospital.
-Ya sé que... -De pronto la voz de Denise cambió. Se convirtió en un
chillido.- ¡No vengas!
Pareció que se sofocaba. Philips oyó un forcejeo y el corazón se le
subió a la boca.
-¡Denise! -gritó.
En el café, todo el mundo quedó petrificado; las cabezas se volvieron
hacia el teléfono.
-Philips, habla Sansone.
El agente había tomado el teléfono. Martin aún oía a Denise que trataba
de gritar.
-Un momento, Philips.
114
Se apartó del teléfono y le dijo a alguien:
-Sáquenla de aquí y háganla callar.
Después, otra vez al teléfono:
-Oiga Philips...
-¿Qué diablos está pasando, Sansone? -gritó Martin-. ¿Qué está haciendo
con Denise? -Tranquilícese, Philips. La chica está bien. Hemos venido a
protegerla. ¿Qué le pasó
anoche en los Claustros?
-¿Qué me pasó a mí? ¿Está loco? Los suyos quisieron matarme.
-No diga tonterías, Philips. Sabíamos que no era usted el de la plaza.
Pensamos que ya lo habían atrapado.
-¿Quiénes? -preguntó él, confundido.
-¡ Philips! No es cosa que pueda decirle por teléfono.
-¡Dígame siquiera qué diablos está pasando!
Los concurrentes del café seguían inmóviles. Como buenos neoyorquinos,
estaban habituados a toda clase de cosas raras, pero no a que sucedieran en el
café del barrio.
Sansone se mostraba frío y objetivo.
-Lo siento, Philips. Tendrá que venir aquí, y ahora mismo. Con eso de
andar solo no hace sino complicarnos el problema. Y ya sabe que hay varias
vidas inocentes en juego.
-Dos horas -chilló Philips-. Estoy a dos horas de distancia.
-De acuerdo. Tiene dos horas y ni un segundo más.
Se oyó un último chasquido y la línea quedó muerta. Philips sintió
pánico; en un segundo perdió toda su indecisión. Después de arrojar un billete
de cinco dólares, salió corriendo a la calle, en dirección al metro de la
Octava Avenida.
Iría al Centro Médico. No estaba seguro de lo que haría allí, pero iría
al hospital. Contaba con dos horas de plazo y necesitaba unas cuantas
respuestas. Cabía alguna posibilidad de que Sansone no estuviera mintiendo.
Quizá pensaba, realmente, que alguna potencia desconocida se lo había llevado.
Pero Philips no estaba seguro, y la incertidumbre lo aterrorizaba. La intuición
le decía que Denise estaba ya en peligro.
En el tren que iba al centro había sólo sitio para estar de pie, aunque
la hora punta había pasado, pero Philips se sintió mejor así. Lo ayudó a
templar el pánico y le permitió utilizar su inteligencia. Cuando bajó del
vehículo ya sabía cómo entrar en el Centro Médico y qué hacer cuando estuviera
dentro.
Salió a la calle junto con la multitud y se encaminó a su primer
destino: una licorería. En cuanto el empleado echó un vistazo a su desaliñado
aspecto, salió de detrás de la caja registradora para tratar de echarlo, pero
cedió al ver el dinero que Martin exhibía.
Le tomó exactamente treinta segundos comprar una botella de whisky. En
una de las calles que desembocaban en Broadway, encontró un pequeño callejón
atestado de barriles. Allí destapó el whisky, tomó un buen trago e hizo
gárgaras con él; tragó una pequeña canti-dad, pero el resto fue al suelo.
Después, utilizando la bebida a manera de agua de colonia, se untó la cara y el
cuello; por fin guardó la botella medio vacía en el bolsillo del abrigo. Entre
todos los barriles escogió uno en la parte de atrás, lleno de arena, quizá para
esparcir en la acera durante el invierno. Allí cavó un pequeño hueco donde
enterrar su billetera, después de guardar el resto de su efectivo junto con la
petaca de whisky.
Su meta siguiente fue un almacén pequeño, pero concurrido. En cuanto
entró, los clientes se apartaron para abrirle bastante espacio. De cualquier
modo tuvo que empujar a algunas personas para encontrar un sitio bien a la
vista de los cajeros.
-¡Ahhh! -gritó como si se ahogara.
Y se arrojó al suelo, arrastrando en la caída un expositor lleno de
latas de judías. Mientras las latas rodaban en todas direcciones, se retorció
como si fuera víctima de un fuerte dolor. Cuando uno de los comerciantes se
acercó a preguntarle si se sentía bien, jadeó:
-Duele. ¡El corazón!
En pocos momentos llegó la ambulancia. Le pusieron una máscara de
oxígeno y un electrocardiógrafo hasta llegar al Centro Médico Universitario
Hobson. Cuando llegaron, el
115
resultado, esencialmente normal, ya había sido analizado por radio y
habían decidido que no requería ningún medicamento ni drogas cardíacas.
Mientras los enfermeros lo llevaban a la sala de Urgencias, Martin notó
que había varios policías en la plataforma, pero ni siquiera le echaron un
vistazo. Lo llevaron a una de las salas principales, donde fue puesto en cama.
Una de las enfermeras le revisó los bolsillos en busca de documentos de
identificación, mientras el interno le tomaba otro cardiograma. Como el trazo
era normal, los cardiólogos se dispersaron, dejando que el interno se hiciera
cargo.
-¿Cómo es ese dolor, amigo? -preguntó el médico, inclinado sobre
Philips.
-Necesito Maalox -gruñó Martin-. A veces, cuando tomo whisky barato, se
me pasa con Maalox.
-Me parece bien.
Una encallecida enfermera de treinta y cinco años le dio el Maalox;
parecía tener ganas de darle una paliza por el triste estado en que estaba.
Cuando le pidió los datos para la ficha, Martin dijo llamarse Harvey Hopkins,
tomando prestado el nombre de su ex compañero de cuarto en la universidad. La
enfermera le dijo que le concederían algunos minutos de descanso hasta ver si
le volvía el dolor del pecho, y cerró las cortinas alrededor de su cama.
Philips esperó algunos minutos antes de levantarse. En una mesita de la
sala de Urgencias, apoyada contra la pared, halló una navaja desechable y una
barra de jabón utilizado para limpiar las heridas. También consiguió varias
toallas, una gorra y una mascarilla. Así armado, espió por entre las cortinas.
La sala de Urgencias era un mar de confusión, como ocurría siempre a esa
hora. La cola para entrar se prolongaba desde la mesa de recepción casi hasta
la entrada, y las ambulancias seguían llegando a intervalos regulares. Nadie lo
miró siquiera mientras bajaba por el corredor central y abría la puerta gris,
frente a la asediada mesa principal. Había un solo médico en el saloncito;
cuando Philips pasó hacia las duchas, estaba absorto en el estudio de un
electrocardiograma.
Se duchó y afeitó rápidamente, abandonando sus ropas en un rincón del
cuarto. Junto a los lavabos encontró un montón de ropa esterilizada para
cirugía, vestimenta favorita del personal de Urgencias. Después de ponerse la
camisa y los pantalones, se cubrió el pelo mojado con la gorra y hasta se ató
la mascarilla. Con frecuencia el personal usaba mascarilla fuera de los
quirófanos, sobre todo cuando estaba resfriado.
Al mirarse al espejo quedó convencido de que hacía falta conocerlo muy
bien para identificarlo. No sólo había podido penetrar en el hospital, sino que
además parecía pertenecer a él. En cuanto a Harvey Hopkins, los pacientes de
sala de Urgencias solían marcharse sin previo aviso. Una mirada al reloj le
reveló que había pasado una hora de su plazo.
Salió del saloncito, cruzó la sala de Urgencias y pasó corriendo frente
a dos policías. Para llegar al primer piso utilizó la escalera contigua a la
cafetería. Necesitaba un detector de radiaciones, pero decidió que sería
demasiado peligroso tomar el de su oficina; tuvo que revolver la sección de
Radioterapia hasta encontrar otro. Después corrió escaleras abajo hasta la
planta baja y entró apresuradamente en los edificios de clínicas.
Los ascensores, muy antiguos, requerían un servicio de operadores, y
éstos ya se habían retirado. Martin tuvo que subir cuatro pisos hasta
Ginecología. En el subterráneo, apretado entre dos comerciantes muy
desdichados, había decidido que la radiactividad podía tener alguna relación
con ese departamento; sin embargo, al llegar allí, con el detector en la mano,
su decisión empezaba a flaquear. No tenía idea de lo que estaba buscando.
Después de cruzar la sala de espera principal entró en la clínica
universitaria. Como aún no la habían limpiado, estaba llena de papeles y
ceniceros repletos. Bajo aquella magra luz, todo tenía aspecto de inocencia y
normalidad.
Quiso revisar el escritorio de la recepcionista, pero lo encontró
cerrado. Al probar las dos puertas que había detrás, descubrió que todo estaba
bajo llave. Pero las cerraduras eran sencillas, del tipo en que la traba
funciona en el centro del picaporte, y bastó una tarjeta plástica tomada del
escritorio para abrir una. Martin cerró la puerta a sus espaldas y encendió
116
las luces.
Se encontró en el pasillo donde había hablado con el doctor Harper. A la
izquierda estaban los dos consultorios; a la derecha, el laboratorio y la
antecocina. Prefirió los consultorios. Manejando el detector con mucha
minuciosidad, lo acercó a todos los armarios y rincones, lo pasó por las
camillas. Nada. Todo estaba libre de radiaciones. Repitió la misma operación en
los laboratorios, empezando con las estanterías, para abrir después los cajones
y los envases. En un extremo de la habitación había grandes armarios para
instrumentos, que también revisó con resultados negativos.
La primera respuesta surgió del cesto para papeles. Era una reacción muy
débil, totalmente inofensiva, pero aún así delataba radiactividad. Philips
comprobó que el tiempo se le acababa rápidamente. En media hora debería estar
en el departamento de Denise. Decidió que sólo se presentaría tras comprobar
que Sansone no la retenía.
Una vez obtenida aquella reacción en el cesto, volvió a revisar el
laboratorio una vez más. No halló nada, hasta que revisó de nuevo el armario.
Los estantes inferiores estaban llenos de sábanas y batas de hospital; los de
arriba contenían diversos artículos para laborato-rios y oficina. Debajo había
un cesto grande lleno de sábanas sucias, que provocó otra reacción positiva al
empujar la sonda casi hasta el suelo.
Martin vació el cesto y revisó la ropa con el detector. Nada. Pero al
pegar la sonda al canasto vacío volvió a obtener una respuesta débil cerca de
la base. Entonces se agachó para meter la mano en el espacio vacío. El fondo y
las paredes eran de madera pintada, aparente-mente sólidos, pero al golpear el
fondo con el puño sintió una vibración. Sin apresurarse, dio golpecitos en toda
la periferia. Al golpear en un determinado punto, la tabla se inclinó
ligeramente y volvió a caer en su lugar. Martin empujó en ese sitio y pudo
levantar el fondo. Debajo había dos capas de plomo con la conocida etiqueta de
peligro por radiactividad. Los rótulos indicaban que provenían de los
laboratorios Brookhaven, proveedores de todo tipo de isótopos médicos. Sólo una
de las etiquetas era totalmente legible: la caja contenía 2-/18F/fluoro-2
deox-D-glucosa. El otro rótulo estaba arrancado en parte, pero también se
trataba de un isótopo de reoxi-D-glucosa.
Martin se apresuró a abrir las cajas. La primera, la del rótulo legible,
tenía una moderada radiactividad. La otra caja, en cambio, tenía una cobertura
de plomo mucho más gruesa que enloqueció al detector. Fuera lo que fuese, se
trataba de algo muy peligroso. Philips cerró herméticamente el envase y volvió
el fondo del cesto a su posición normal.
Nunca había oído hablar de esos dos compuestos, pero el solo hecho de
que estuvieran en la clínica los hacía altamente sospechosos. El hospital
mantenía una estricta vigilancia sobre el material radiactivo que se utilizaba
para radioterapia, trabajos de diagnóstico e investigación controlada. Pero
ninguna de esas categorías era aplicable a la ginecología. Sólo faltaba
averiguar para qué se utilizaba la dioxi-glucosa radiactiva.
Sin dejar el detector de radiaciones, Philips descendió las escaleras
hasta el sótano. Una vez en el sistema de túneles tuvo que aminorar el paso
para no sorprender a los grupos de estudiantes, pero al acercarse a la
biblioteca nueva se apresuró de tal modo que llegó sin aliento.
-Dioxi-glucosa-jadeó-.Necesito buscarla. ¿Adonde? -No sé -respondió la
bibliotecaria, sorprendida. -Mierda.
Y Philips se volvió hacia el fichero.
-Pruebe en la mesa de Informaciones -le aconsejó la mujer, levantando la
voz.
Martin cambió de dirección hacia la Hemeroteca. Una muchacha que no
parecía tener más de quince años atendía el escritorio de Informaciones. Había
oído el barullo y lo observó acercarse.
-Rápido. Dioxi-glucosa. ¿Dónde puedo buscarla?
-¿Qué es? -preguntó la muchacha, mirándolo con alarma.
-Debe ser una especie de azúcar, hecha de glucosa. Mire, no sé qué es;
por eso necesito buscarla.
117
-Creo que podría empezar con el Compendio de productos químicos y probar
el índice de medicinas. Después...
-¡El Compendio de productos químicos! ¿Dónde está?
La chica le señaló una mesa larga, detrás de la cual había una
estantería. Philips corrió a sacar el índice. Tenía miedo de mirar la hora.
Halló la referencia como subtítulo, bajo Glucosa, con el número de volumen,
pero su frenesí lo convirtió en una mezcla sin sentido.
Tuvo que obligarse a tomar las cosas con más calma para concentrarse;
entonces leyó que la dioxi- glucosa era tan similar a la glucosa, el alimento
biológico del cerebro, que atravesaba la barrera sanguínea del cerebro y era
recogida por las células nerviosas activas. Pero una vez en su interior, no
podía metabolizarse como la glucosa y se acumulaba. Al terminar, el artículo
decía: «La dioxi-glucosa radiactiva ha demostrado ser una gran promesa en las
investigaciones sobre el cerebro».
Martin cerró el libro con manos temblorosas. Todo aquello empezaba a
tener sentido. Alguien, dentro del hospital, estaba llevando a cabo
experimentos sobre el cerebro en sujetos humanos que no habían dado su
consentimiento.
«¡Mannerheim!», pensó, tan furioso que sentía sabor a veneno.
Aunque no era químico, recordaba lo bastante como para comprender que,
si a un compuesto como la dioxi-glucosa se le agregaba suficiente
radiactividad, se lo podía inyectar a las personas para estudiar su absorción
por parte del cerebro. Si la radiactividad era mucha, como en el caso de la
caja escondida en Ginecología, mataría las células nerviosas que lo
absorbieran. Y si alguien deseaba estudiar un sendero de células nerviosas en
el cerebro, podía destruirlas selectivamente con ese método. Había sido esa
destrucción, llevada a cabo en cerebros de animales, la que sirviera de base a
la ciencia de la neuroanatomía. Para un científico lo bastante implacable,
emplear los mismos métodos en seres humanos era sólo un paso más. Philips se
estremeció: una persona tan egocéntrica como Mannerheim bien podía descartar
los aspectos morales de la cuestión.
Se sentía aplastado por ese descubrimiento. No tenía idea de lo que
habría hecho para conseguir la participación de Ginecología en aquello, pero
forzosamente debían colaborar con los estudios. Y también el administrador del
hospital debía saber algo. ¿Por qué, si no, había defendido a Mannerheim, el
astro de la cirugía, el semidiós del hospital? Martin perdió el ánimo ante las
horribles implicaciones de todo aquello.
Sabía que Mannerheim recibía gran apoyo del gobierno, el cual aportaba
millones y millones del dinero público para sus investigaciones. Tal vez ése
fuera el motivo por el que había intervenido el FBI. Quizá sobre Martin pesaba
la acusación de poner en peligro un importante descubrimiento apoyado por el
gobierno. El Bureau podía ignorar que involucraba la experimentación en seres
humanos; Martin no era ningún ingenuo tratándose de barullos institucionales,
donde la mano derecha no tenía idea de lo que estaba haciendo la izquierda.
Pero era muy triste que el gobierno, sin saberlo, estuviera protegiendo el
sacrificio de seres humanos en bien de la investigación médica.
Giró lentamente la muñeca para ver el reloj. Le faltaban cinco minutos
para llamar a Denise. No estaba seguro de que los agentes quisieran hacerle
daño, pero tras haber visto el tratamiento aplicado a los vagabundos no pensaba
correr ningún riesgo. Se preguntó qué podía hacer.
Sabía algo de lo que estaba ocurriendo... No todo, pero sí algo. Sabía
lo bastante como para poder desenredar toda la conspiración, si lograba la
ayuda de una persona poderosa. Pero ¿quién? Debía ser alguien ajeno a la
jerarquía del hospital, pero que conociera la institución y su estructura. ¿El
ministro de Salud Pública? ¿Alguien de Intendencia? ¿El jefe de Policía?
Habrían oído ya tantas mentiras con respecto a Martin que sus advertencias
caerían en oídos sordos.
De pronto pensó en Michaels, el niño prodigio. ¡Él podía comunicarse con
el rector de la universidad! Su palabra sería suficiente para provocar una
investigación. Quizá diera resultado. Martin corrió a uno de los teléfonos y
consiguió línea externa. Al marcar el número de su compañero, rezaba para que
estuviera en su casa. Hubiera podido gritar de alegría
118
cuando oyó la conocida voz.
-Michaels, estoy en un problema terrible.
-¿Qué pasa? -preguntó Michaels-. ¿Dónde estás?
-No tengo tiempo para darte explicaciones, pero he descubierto algo
horrible, tremendo, relacionado con ciertas investigaciones, aquí en el
hospital. Y parece que el FBI les presta apoyo. No me preguntes por qué.
-¿Qué puedo hacer?
-Llama al rector. Dile que se trata de un escándalo referido a
experimentos con seres humanos. Eso bastará, a menos que el rector también esté
implicado. Y en ese caso, que el cielo nos ayude a todos. Pero el problema más
inmediato es Denise. El FBI la tiene retenida en su apartamento. Llama al
rector para que se comunique con Washington y la haga liberar.
-¿Y tú?
-Por mí no te preocupes. Estoy bien. Estoy en el hospital.
-¿Por qué no vienes aquí, a mi apartamento?
-No puedo. Quiero subir al laboratorio de Neurocirugía. Te espero en
Computación dentro de quince minutos. ¡Date prisa!
Después de cortar, Philips marcó el número de Denise. Alguien descolgó
el teléfono, pero no dijo nada.
-Sansone -gritó Martin-, soy yo, Philips.
-¿Dónde está, Philips? Tengo la molesta impresión de que usted no se
está tomando esto en serio.
-¡Cómo que no! Estoy al norte de la ciudad. Voy en camino, pero necesito
más tiempo. Veinte minutos.
-Quince -dijo Sansone, y cortó.
Martin volvió corriendo a la biblioteca con una sensación de vacío en el
estómago. Estaba completamente seguro de que Sansone retenía a Denise como
rehén, para lograr que él se entregara. Querían matarlo, y probablemente la
matarían también a ella para atraparlo. Todo dependía de Michaels. El tenía que
ponerse en contacto con alguien de autoridad que no estuviera involucrado. Pero
Martin sabía que necesitaba más informaciones para apoyar sus sospechas.
Mannerheim, sin duda, tendría alguna historia con que cubrirse. Era preciso
saber cuántos especímenes de cerebros radiactivos tenían en Neurocirugía.
Tomó un ascensor vacío hasta el piso correspondiente, en el edificio
dedicado a investigaciones; quitándose el gorro de cirugía, se pasó los dedos
nerviosos por el pelo enredado. Le quedaban unos pocos minutos.
La puerta de la oficina de Mannerheim estaba cerrada. Martin miró a su
alrededor, buscando algo con que romper el vidrio, y un pequeño extintor de
incendios le llamó la atención. Tras descolgarlo de la pared, lo arrojó contra
el panel de vidrio. Apartó con el pie los trozos de vidrio y manipuló el
picaporte.
En ese momento se abrió violentamente la puerta, al otro extremo del
corredor, y dos hombres se lanzaron a la carga por el pasillo, armados de
pistolas. No pertenecían a la guardia del hospital; vestían trajes de calle de
poliéster. Uno de ellos puso rodilla en tierra, sujetando el revólver con las
dos manos, mientras el otro gritaba:
-¡No se mueva, Philips!
Martin se lanzó de cabeza al suelo, entre los fragmentos de vidrio
caídos en el interior del laboratorio, desapareciendo de la vista. Se oyó el
golpe seco de un silenciador, y una bala rebotó contra el marco metálico de la
puerta. El se incorporó y cerró la puerta con un golpe violento, haciendo que
cayeran más fragmentos de vidrio roto.
Al entrar en el laboratorio oyó pasos pesados que venían por el
vestíbulo. La habitación estaba a oscuras, pero él, recordando su disposición,
corrió entre los dos mostradores. Cuando llegó al cuarto de los animales, sus
perseguidores estaban abriendo la puerta exterior. Uno de los hombres dio un
manotazo al interruptor, inundando el laboratorio con un crudo resplandor
fluorescente.
Martin, obrando frenéticamente, tomó la jaula donde estaba el mono
enfurecido por
119
los electrodos. El animal trató de agarrarle la mano para mordérsela a
través de la tela metálica. Necesitó de toda su fuerza para poner la jaula
contra la puerta del laboratorio. En cuanto sus perseguidores aparecieron tras
el mostrador más próximo, contuvo el aliento y abrió la puerta del animal.
Con un chillido que hizo temblar los recipientes del laboratorio, el
mono escapó de su prisión y alcanzó los estantes superiores en un solo salto,
esparciendo instrumentos en todas direcciones. Los dos hombres vacilaron,
sorprendidos por la aparición de aquella bestia furiosa que arrastraba tras de
sí un manojo de cables. Empujado por la furia acumulada día tras día, la fiera
se lanzó desde el estante para aterrizar sobre el hombro del agente más
cercano, desgarrándole la carne con los dedos poderosos, hundiéndole los
dientes en el cuello. Aunque su compañero trató de prestarle ayuda, el mono fue
demasiado rápido.
Martin no se detuvo a esperar los resultados. En cambio atravesó
velozmente la habitación de los animales y dejó atrás las largas hileras de
cerebros en formol, para salir a la escalera. Por allí se lanzó, a toda
velocidad, brincando de descansillo en descansillo, volviendo la cabeza y
tornando a bajar con un esfuerzo vertiginoso.
Al oír que la puerta de la escalera se abría ruidosamente allá arriba,
se apretó a la pared, pero sin disminuir la velocidad de su descenso. Aunque no
estaba seguro de que no pudieran verlo, prefirió no detenerse a averiguar.
Había sido un error no adivinar que el laboratorio de Mannerheim estaría
custodiado. Oyó un fuerte ruido de pasos a la carrera por las escaleras, pero
él ya había ganado mucha distancia y pudo llegar al túnel del sótano sin oír
nuevos disparos de pistola.
Las puertas que daban al viejo edificio de la facultad crujieron sobre
sus goznes de doble giro al cederle paso. Tras subir a grandes brincos las
escaleras curvas de mármol, se lanzó por el pasillo parcialmente demolido hasta
alcanzar la entrada al antiguo anfiteatro. Allí se detuvo abruptamente. Todo
estaba oscuro, y eso significaba que Michaels no había llegado aún. A sus
espaldas todo era silencio: había dejado muy atrás a sus perseguidores. Pero
las autoridades sabían ya que él estaba en el complejo del Centro Médico
Universitario; ser descubierto era cuestión de tiempo.
Trató de recobrar el aliento. Si Michaels no llegaba en seguida, tendría
que presentarse en el apartamento de Denise, por desamparado que se sintiera.
Ansioso, empujó la puerta del anfiteatro, que, para su sorpresa, no estaba
cerrada con llave. Al entrar quedó envuelto por una fría oscuridad.
El silencio se quebró ante un chasquido eléctrico y grave, que Philips
conocía bien desde sus tiempos de estudiante. Era el ruido que emitía el
sistema de iluminación cuando se activaba. Y como en aquellos tiempos, el
cuarto se llenó de luz. Martin, viendo un movimiento por el rabillo del ojo, se
volvió hacia el foso. Michaels le hacía señas desde abajo.
-¡Martin, qué alivio verte!
Philips se agarró de la barandilla para impulsarse con más velocidad a
lo largo del pasillo horizontal, antes flanqueado por butacas a ambos lados. Su
compañero de investigaciones estaba al pie de las escaleras, indicándole por
señas que bajara.
-¿Hablaste con el rector? -gritó Philips.
Al ver a Michaels se le encendía la primera chispa de esperanza en
muchas horas.
-Todo está arreglado -chilló el físico-. Baja.
Martin inició el descenso de las escaleras, estrechas y entrecruzadas de
cables conectados a los aparatos electrónicos que ocupaban el sitio de las
butacas desaparecidas. Había otros tres hombres junto a Michaels. Al parecer ya
había conseguido ayuda.
-Tenemos que hacer algo por Denise, cuanto antes. La tienen...
-Ya se están ocupando de eso.
-¿Ella está bien? -preguntó él aún, deteniéndose por un instante.
-Está bien y a salvo. Pero baja.
Cuanto más se aproximaba al foso, más abundante era el equipamiento y
más difícil se tornaba esquivar los cables.
-Acabo de escapar a duras penas de dos hombres que quisieron matarme a
tiros en el
120
laboratorio de Neurocirugía -dijo; aún estaba sin aliento y la voz le
surgía como a trompicones.
-Aquí estás a salvo -le aseguró Michaels, mientras lo observaba.
Al llegar al borde del foso, Martin levantó la vista para mirarlo de
frente.
-No pude buscar nada en Neurocirugía -explicó.
En ese momento pudo ver a los otros tres hombres. Uno de ellos era el
simpático estudiante a quien había conocido en su primera visita al
laboratorio: Cari Rudman. A los otros dos no los conocía; vestían ropas negras.
Su amigo, pasando por alto el último comenta-rio, se volvió hacia uno de los
desconocidos.
-¿Ahora están satisfechos? Les dije que podía hacerlo bajar. El hombre,
que no apartaba los ojos de Philips, respondió: -Lo hizo venir, pero ¿podrá
manejarlo? -Creo que sí -aseveró Michaels.
Martin escuchaba aquel extraño diálogo, mirando alternativamente a su
amigo y al desconocido de negro. De pronto recordó aquella cara: ¡era el hombre
que había matado a Werner!
-Martin -dijo Michaels, suave, casi paternalmente-. Tengo que mostrarte
algunas
cosas.
El desconocido interrumpió:
-Doctor Michaels, puedo asegurar que el FBI no actuará precipitadamente,
pero lo que haga la CÍA no depende de mí. Confío en que usted lo comprenda.
El físico giró en redondo.
-Señor Sansone, sé perfectamente que la CÍA no corresponde a su
jurisdicción.
Necesito un rato más para hablar con el doctor Philips.
Y agregó, dirigiéndose a su amigo:
-Martin, quiero mostrarte algo. Acompáñame.
Dio un paso hacia la puerta que se abría hacia el anfiteatro vecino.
Pero Martin estaba paralizado, con las manos apretadas a la barandilla de
bronce que rodeaba el foso. El alivio se había convertido en perplejidad, y con
la perplejidad le llegaba el rumor profundo del temor renovado.
-¿Qué está pasando aquí? -preguntó, asustado; hablaba con lentitud, casi
deletreando las palabras.
-Eso es lo que quiero mostrarte. Vamos.
Philips siguió sin mover un músculo.
-¿Dónde está Denise?
-Está perfectamente a salvo, créeme. Ven conmigo.
Michaels dio un paso atrás y lo tomó por la muñeca, alentándolo a bajar
al foso.
-Deja que te muestre algunas cosas. Tranquilízate. Dentro de algunos
minutos verás a Denise.
Philips se dejó llevar, pasando junto a Sansone. El joven estudiante,
que los había precedido, encendió la luz, y Martin se vio ante otro anfiteatro
sin butacas. En el foso donde él estaba se levantaba una enorme pantalla,
constituida por millones de células fotorreceptivas de sensibilidad lumínica,
cuyos cables terminaban en una unidad de procesamiento. De la primera
procesadora surgía un número menor de cables, separados en dos manojos que se
conectaban con dos computadoras. Estas estaban vinculadas con otras similares,
que a su vez se conectaban entre sí. El conjunto llenaba la habitación entera.
-¿Tienes idea de lo que estás viendo? -le preguntó Michaels.
Martin sacudió la cabeza.
- Es el primer modelo del sistema visual humano, reproducido con
computadoras. Aunque para nuestros adelantos actuales es extenso y primitivo,
funciona sorprendentemente bien. Las imágenes se proyectan en la pantalla, y
estas computadoras asocian la información. - Hizo un ademán abarcándolo todo
entre sus manos.- Lo que estás viendo, Martin, equivale a la primera pila
atómica que construyeron en Princeton. Este será uno de los descubrimientos
121
científicos más grandes de la historia.
El radiólogo lo miraba fijamente, preguntándose si su amigo no estaría
loco.
-¡Hemos creado la cuarta generación de computadoras! La primera
generación consistía sólo en artefactos que superaban en muy poco a las
calculadoras comunes.
La segunda generación apareció con el advenimiento de los transistores.
La tercera fue la de los microaparatos. Acabamos de dar a luz la cuarta
generación, y esa pequeña procesadora que tienes en tu despacho es una de
nuestras primeras aplicaciones. ¿Sabes lo que hemos hecho?
Philips volvió a sacudir la cabeza. El físico parecía encendido de
entusiasmo.
-¡Hemos creado una verdadera inteligencia artificial. Computadoras que
piensan. Aprenden y razonan. Tenían que aparecer; ¡y lo conseguimos!
Tomó a Martin por el brazo y lo arrastró al pasillo que comunicaba los
dos antiguos anfiteatros. Allí, entre las dos viejas salas de actos estaba la
puerta del antiguo laboratorio de Microbiología y Fisiología. Cuando Michaels
la abrió, Martin Philips vio que la parte interior había sido reforzada con
acero. Detrás había otra puerta, también reforzada. El físico abrió con una
llave especial. Era como entrar en una bóveda.
Martin se tambaleó ante el impacto de lo que preveía. Los pequeños
cuartos y las mesas de experimentación habían sido retiradas; quedaba una
habitación de treinta metros de longitud, sin ventanas. Dividiéndola por el
medio se veía una fila de enormes recipientes cilíndricos de vidrio llenos de
un líquido claro.
-Esta es nuestra preparación más valiosa y productiva -dijo Michaels,
palmeando el primero de los recipientes-. Ahora bien, sé que tu primera
impresión será emocional. Lo mismo nos pasó a todos. Pero créeme que las
recompensas valen los sacrificios realizados.
Martin empezó a caminar lentamente alrededor del recipiente. Medía,
cuanto menos, un metro ochenta de altura y uno de diámetro. En el interior,
sumergidos en algo que, según descubriría más tarde, era fluido cerebroespinal,
flotaban los restos vivientes de Katherine Collins. Parecía estar sentada, con
los brazos suspendidos sobre la cabeza. La unidad respiratoria funcionaba,
indicando que la mujer vivía. Pero el cerebro estaba completamente expuesto. No
había cráneo. Casi toda la cara había desaparecido, con excepción de los ojos,
liberados de sus órbitas y cubiertos por lentes de contacto. Del cuello le
surgía un tubo endotraqueal.
También le habían abierto cuidadosamente los brazos para extraer los
terminales de los nervios sensoriales, que estaban echados hacia atrás como si
fueran hebras de telaraña, a fin de conectarlos con electrodos sepultados en el
cerebro.
Philips dio una vuelta completa alrededor del recipiente. Lo invadía una
horrible debilidad, como si las piernas fueran a fallarle en cualquier momento.
-Tal vez sepas -explicó Michaels-, que los grandes adelantos de la
ciencia de la computación, como la retroalimentación, provienen del estudio de
los sistemas biológicos. En realidad, de eso trata la cibernética. Bueno, hemos
dado el paso más natural al ocuparnos del cerebro humano como tal, pero no para
estudiarlo como la psicología, que lo considera una misteriosa unidad sellada.
De pronto Philips recordó que su amigo había utilizado ese enigmático
término al ofrecerle el programa de computación. Por fin comprendía.
-Lo estudiamos como si se tratara de una máquina cualquiera, compleja y
delicada pero nada más. Y hemos tenido un éxito que no soñábamos. Descubrimos
cómo hace el cerebro para archivar su información, cómo lleva a cabo el
procesamiento paralelo de la información, tanto más eficaz que el procesamiento
seriado de las computadoras de ayer, y de qué modo está organizado, en un
sistema funcionalmente jerárquico. Más aún, hemos aprendido a diseñar y
construir un sistema mecánico que imita al cerebro y realiza las mismas
funciones. ¡Y sirve, Martin! ¡Los resultados sobrepasan todo lo que puedas
imaginar!
Michaels había espoleado a Martin para que fuera recorriendo la fila de
recipientes y observara los cerebros expuestos de las jóvenes, todos en
diferentes etapas de vivisección. Ante el último recipiente, Philips se detuvo.
La sujeto estaba en la primera fase de la
122
preparación, y los restos de la cara aún eran reconocibles. Se trataba
de Kristin Lindquist.
-Ahora escucha -prosiguió el físico -. Sé que, a primera vista, parece
horrible. Pero este adelanto científico es tan grande que resultaría
inconcebible calcular sus beneficios inmediatos. Solamente en el campo de la
medicina revolucionará todas las especialidades. Ya has visto lo que puede
hacer tu programa, tan prematuro, con una radiografía de cráneo. No quiero que
tomes ninguna decisión apresurada, Philips, ¿comprendes?
Habían completado el circuito por la habitación, que era una combinación
de hospital y centro de cálculo. En un rincón se veía algo similar a un
complicado equipo de terapia intensiva, ante cuyos monitores vigilaba un hombre
de largo delantal blanco. La llegada de Michaels y Philips no había estorbado
su concentración.
El radiólogo volvió a detenerse frente a Katherine Collins y recuperó,
por primera vez, el uso de la palabra. En voz inexpresiva, insensible,
preguntó:
-¿Qué es lo que entra en el cerebro de esta sujeto?
-Son nervios sensoriales -respondió Michaels, entusiasmado-. Como el
cerebro es irónicamente insensible a su propia condición, hemos vinculado los
nervios sensoriales periféricos de Katherine con electrodos, para que ella
pueda decirnos qué partes de su cerebro están funcionando en un momento dado.
Equivale a un sistema de retroalimentación para el cerebro.
-¿Me estás diciendo que esta preparación se comunica contigo? -exclamó
Philips, auténticamente sorprendido.
-Por supuesto. Es lo mejor de todo esto. Hemos logrado que el cerebro
humano se estudie a sí mismo. Te lo mostraré.
Fuera del cilindro, pero alineado con los ojos de Katherine Collins,
había una unidad que parecía una terminal de computadora. Contaba con una gran
pantalla vertical y un tablero, electrónicamente conectado a otra unidad que
estaba dentro del cilindro, así como a la computadora central, instalada al
costado de la habitación. Michaels escribió una pregunta en la máquina y la
proyectó en la pantalla: ¿CÓMO TE SIENTES, KATHERINE?
La pregunta se desvaneció. En su lugar aparecieron las palabras: BIEN,
ANSIOSA POR EMPEZAR EL TRABAJO. POR FAVOR, ESTIMÚLEME.
Michaels, sonriendo, miró a su compañero.
-Esa chica no se cansa nunca. Por eso ha sido tan útil.
-¿Qué significa eso de «estimúleme»?
-Le hemos implantado un electrodo en el centro del placer. Así la
recompensamos y la alentamos a cooperar. Cuando la estimulamos tiene una
sensación equivalente a cien orgasmos. Debe ser sensacional, porque lo pide
constantemente.
Michaels escribió en la unidad: SÓLO UNA VEZ, KATHERINE. DEBE TENER
PACIENCIA. En seguida apretó un botón rojo, al costado del tablero. Philips vio
que el cuerpo de la muchacha se arqueaba levemente, con un estremecimiento.
-Te diré - explicó el físico-. Ya está demostrado que el sistema de
recompensas del cerebro es la fuerza motivadora más poderosa, aun más que la
autodefensa. Y hemos llegado a descubrir el modo de incorporar ese principio en
nuestra última procesadora. Hace que la máquina funcione con mayor eficacia.
-¿A quién se le ocurrió todo esto? -preguntó Philips, no muy seguro de
poder creer en todo lo que veía.
-No hay una sola persona que pueda considerarse responsable, todo
ocurrió por etapas.
Pero los dos más influyentes hemos sido tú y yo.
-¡Yo! -exclamó Philips, como si le hubieran dado una bofetada.
- Sí. Ya sabes que siempre me interesó la inteligencia artificial; por
eso me atrajo la idea de trabajar contigo, en un principio. Los problemas que
me presentabas sobre la interpretación de radiografías cristalizaron todo el
tema central, llamado «reconocimiento de esquemas». Los humanos pueden
reconocer esquemas, pero hasta la más sofisticada de las computadoras tenía
grandes dificultades para hacerlo. Con tus meticulosos análisis de la
metodología utilizada para evaluar radiografías, tú y yo aislamos los pasos
lógicos que era
123
preciso resolver electrónicamente a fin de reproducir su funcionamiento.
Parece complicado, pero no lo es. Necesitábamos saber ciertas cosas sobre el
modo como el cerebro humano reconoce objetos familiares. Me incorporé a un
grupo de fisiólogos interesados en neurología y con ellos inicié un estudio muy
modesto, utilizando dioxi-glucosa radiactiva; la inyectábamos a ciertas
pacientes que después eran sometidas a un esquema específico. Empleamos las
cartillas con la letra E, que suelen usar los oftalmólogos. La glucosa
radiactiva provocaba entonces microscópicas lesiones en el cerebro de las
sujetos, matando las células que tenían como función el reconocimiento y la
asociación del esquema con la letra E. Luego era sólo cuestión de trazar un
mapa de esas lesiones para determinar cómo funcionaba el cerebro. La técnica de
la destrucción selectiva está en uso en laboratorio desde hace años, aplicada a
cerebros de animales. La diferencia es que, al emplearla en seres humanos,
aprendimos tanto y con tanta rapidez que eso nos alentó a efectuar mayores
esfuerzos.
-¿Y por qué en mujeres jóvenes? -preguntó Martin, sintiendo que la
pesadilla se convertía en realidad.
-Sólo por comodidad. Necesitábamos un grupo de sujetos saludables a
quienes pudiéramos llamar cuando nos hicieran falta. Las pacientes de
Ginecología se ajustaban a esos requerimientos. Preguntaban muy poco sobre lo
que les estaban haciendo y, con sólo alterar los resultados de los Papanicolau,
podíamos hacerlas volver con tanta frecuencia como queríamos. Mi esposa está a
cargo de la clínica desde hace años. Ella seleccionaba a las pacientes y les
inyectaba el material radiactivo en que un cerebro humano reconoce los objetos
familiares. Me asocié con algunos fisiólogos interesados en neurología, y en
corriente sanguínea, a fin de retirarles sangre para el examen de rutina. Era
muy fácil.
Martin imaginó súbitamente a la severa mujer de pelo negro que atendía
la clínica ginecológica. Le costaba asociarla con Michaels, pero acabó por
comprender que, de entre todas las cosas por las que se había interesado
últimamente, eso era lo más concebible.
La pantalla, situada frente a Katherine Collins, volvió a la vida:
ESTIMÚLEME, POR FAVOR.
Michaels escribió a su vez: YA CONOCE LAS REGLAS. DESPUÉS, CUANDO SE
INICIEN LOS EXPERIMENTOS.
Y se volvió hacia Martin, diciendo:
-El programa era tan sencillo y tan satisfactorio que nos alentó a
buscar nuevas metas en nuestra investigación. Pero todo se produjo
gradualmente, a lo largo de varios años. Nos instigaron a inyectar dosis
mayores de radiactividad para delinear las zonas asociativas finales del
cerebro. Por desgracia esto provocó cierto síndrome en unas cuantas pacientes,
especialmente cuando empezamos a trabajar con las conexiones del lóbulo
temporal. Esta parte de la obra se tornó muy delicada, pues debíamos equilibrar
la destrucción que provocábamos con el nivel de síntomas tolerables en las
pacientes. Si la sujeto presentaba demasiados síntomas teníamos que traerla, y
entonces iniciamos esta etapa de la investiga-ción. -Michaels señaló la fila de
recipientes. - Aquí, en esta sala, se han hecho los principales
descubrimientos. Por supuesto, ni siquiera lo imaginábamos al comenzar.
-¿Y qué me dices de estas últimas pacientes, como Marino, Lucas y
Lindquist?
-Ah, sí. En realidad nos causaron algunos problemas. A ellas se les
aplicaron las mayores dosis de radiactividad, y sus síntomas aparecieron con
tanta rapidez que algunas acudieron a otros médicos antes de que las
atrapáramos. Pero los médicos jamás se acercaron al diagnóstico correcto.
Mannerheim, menos que nadie.
-¿O sea que él no está involucrado? -exclamó Martin sorprendido.
-¿Mannerheim? ¿Estás bromeando? En un proyecto de esta magnitud no se
puede dejar participar a un tipo egocéntrico como él. Querría apropiarse de
todos los descubrimientos, por pequeños que fueran.
Philips miró a su alrededor. Estaba horrorizado y sobrecogido. No
parecía posible que pudiera ocurrir algo así, y menos aún en medio de un centro
médico universitario.
-Lo que más me asombra es que hayan podido hacer todo esto sin problemas
- comentó-. Cualquier pobre tipo de Farmacología maltrata a un ratón y le cae
encima la
124
Sociedad Protectora de Animales.
-Contamos con mucha ayuda. Quizá hayas notado que esos hombres, los de
afuera, son del FBI.
Philips lo miró fijamente.
-No hace falta que me lo recuerdes. Trataron de matarme.
-Lo lamento. No tenía idea de lo que pasaba hasta que me llamaste. Hace
más de un año que estás bajo vigilancia. Pero me dijeron que era para
protegerte.
-¿Que yo estaba bajo vigilancia?
Martin no lo podía creer.
-Tú y todos nosotros. Philips, deja que te diga algo. El resultado de
esta investigación cambiará completamente la sociedad. No estoy exagerando.
Cuando comenzamos era un pequeño proyecto, pero obtuvimos resultados positivos
muy al comienzo, y lo patentamos. Eso hizo que las grandes compañías de
computación nos inundaran con fondos para la investigación y toda clase de
ayuda. No les importaba qué ni cómo hiciéramos para seguir descubriendo cosas;
sólo querían resultados, y competían entre sí para colaborar con nosotros. Pero
sucedió lo inevitable. La primera aplicación de importancia para nuestra cuarta
generación de computadoras se destinó para el Ministerio de Defensa. Ha
revolucionado todo el concepto de armamentos, pues, utilizando una pequeña
unidad de inteligencia artificial combinada con un sistema de memoria molecular
holográfica, diseñamos y construimos el primer sistema realmente inteligente
para guiar misiles. Ahora el ejército cuenta con un prototipo de «misil
inteligente». Es el mayor adelanto en cuestión de defensa desde el
descubrimiento de la energía atómica. Y al gobierno le interesa aún menos el
origen de nuestros descubrimientos que a las compañías de computación. Nos
gustara o no, nos cargaron con el mayor sistema de seguridad jamás organizado,
mayor aún que el impuesto al Proyecto Manhattan cuando estaban fabricando la
primera bomba atómica. Ni siquiera el presidente hubiera podido entrar aquí. De
modo que todos estamos bajo custodia. Y estos tipos son bastante paranoicos. A
cada instante creen que los rusos están a punto de invadir el laboratorio.
Anoche dijeron que te habías desmandado y que eras un peligro para la
seguridad. Pero yo puedo dominarlos... hasta cierto punto. Gran parte depende
de ti. Tú eres el que debe tomar una decisión.
-¿Qué clase de decisión? -preguntó Martin, cansado.
-Tendrás que decidir si puedes seguir viviendo con todo esto sobre la
conciencia. Sé que es un golpe desagradable. Confieso que no pensaba decirte
cómo habíamos logrado nuestros adelantos. Pero si ya has descubierto lo
suficiente como para que estuvieran a punto de liquidarte, debes saberlo todo.
Escucha, Martin. Sé que va contra todos los conceptos tradicionales de la ética
médica experimentar con seres humanos sin su consentimiento, especialmente
cuando deben ser sacrificados. Pero creo que el fin justifica los medios.
Diecisiete jóvenes han sacrificado la vida sin saberlo. Es cierto. Pero ha sido
para el mejoramiento de la sociedad, y la futura superioridad defensiva de los
EE.UU. Desde el punto de vista de cada sujeto, es un gran sacrificio. Desde el
punto de vista de doscientos millones de norteamericanos, es una nimiedad.
Piensa cuántas muchachas se quitan voluntariamente la vida en el curso de un
año, cuántos se matan en las autopistas, ¿y para qué? Estas diecisiete mujeres
han agregado algo a la sociedad y han sido tratadas con misericordia. Se las
atendió bien y no experimentaron dolor. Por el contrario, han sentido puro
placer.
-No puedo aceptarlo -dijo Philips, con voz fatigada-. ¿Por qué no
dejaste que me mataran? Así no habrías tenido que preocuparte por mi decisión.
-Me gustas, Philips. Hace cuatro años que trabajamos juntos. Eres
inteligente. Tu contribución al desarrollo de la inteligencia artificial ha
sido y puede ser enorme. Las aplicaciones médicas, especialmente en el campo de
la Radiología, constituyen la cobertura para toda esta operación. Te
necesitamos, Philips. Eso no quiere decir que no nos podamos arreglar sin ti.
Nadie aquí es indispensable. Pero te necesitamos.
-No me necesitáis.
-No voy a discutir contigo. Lo cierto es que nos haces falta. Y déjame
destacar otra
125
cosa: ya no usaremos más sujetos humanos. En realidad, el aspecto
biológico del proyecto será clausurado muy pronto. Ya hemos obtenido la
información que necesitábamos y ahora debemos mejorar electrónicamente los
conceptos. La experimentación con seres humanos ha concluido.
-¿Cuántos son los investigadores involucrados?
-Este es uno de los puntos mejores de nuestro programa -respondió
Michaels, orgulloso-. En relación con la magnitud de los logros, el número de
personal empleado ha sido muy pequeño. Tenemos un equipo de fisiólogos, uno de
técnicos en computación y varias enfermeras diplomadas.
-¿No hay ningún médico?
-No -dijo el físico, sonriendo-. ¡Espera! Eso no es del todo cierto. Uno
de nuestros fisiólogos especialista en neurología es también doctor en
medicina.
Se hizo un instante de silencio, mientras los dos se observaban.
-Algo más -terminó Michaels-. Tú, como evidentemente mereces, recogerás
todo el crédito por los adelantos médicos que se producirán en cuanto
apliquemos esta nueva tecnología.
-¿Es un soborno?
-No, es un hecho. Pero te convertirá en uno de los investigadores
médicos más célebres de los EE.UU. Podrás programar todo en el campo de la
Radiología, de modo tal que las computadoras emitan su diagnóstico con un
ciento por ciento de eficacia. Será un beneficio enorme para toda la humanidad.
Tú mismo me dijiste una vez que los radiólogos, aun los más eminentes, sólo
aciertan en un setenta y cinco por ciento. Y un último detalle. - Michaels bajó
la vista, moviendo los pies como si algo lo azorara.- Como te dije, sólo puedo
dominar a los agentes hasta cierto punto. Si piensan que alguien representa un
riesgo para la seguridad del proyecto, se me escapan de las manos. Por
desgracia ahora también Denise Sanger está implicada. No sabe los detalles de
esta investigación, pero sí lo suficiente para ponerla en peligro. En otras
palabras, si preferís no aceptar el programa» no sólo te eliminarán a ti, sino
también a ella. Sobre eso no puedo hacer nada.
Al oír mencionar la amenaza que pendía sobre Denise, una nueva emoción
abatió la indignación moral de Philips, llenándolo de odio. Sólo con gran
dificultad se contuvo para no lanzarse en un ataque ciego. Se sentía exhausto;
cada uno de sus nervios estaba tenso hasta el punto de ruptura. Tuvo que reunir
todas sus fuerzas para volver a un estado racional. Entonces lo sobrecogió la
inutilidad de su resistencia, dados el poder y el impulso con que contaba el
proyecto. Philips hubiera podido inmolarse, pero no podía sacrificar a Denise.
Una triste resignación se posó sobre él, como una manta que lo sofocara.
Michaels le puso una mano en el hombro.
-Y bien, Martin, creo que ya te lo he dicho todo. ¿Qué dices?
-No creo tener alternativa... -respondió él, lentamente.
-La tienes, pero muy escasa. Es obvio que tú y Denise quedaríais bajo
estrecha vigilancia. No tendréis oportunidad de revelar el asunto ni al
Congreso ni a la prensa. Hay planes para cualquier eventualidad. Tu opción es:
la vida para ti y para Denise, o una muerte instantánea e inútil. No quisiera
ser tan franco. Si decides lo que yo espero, sólo diremos a Denise que nuestra
investigación estaba bajo un reglamento del Ministerio de Defensa y que tú, al
ignorarlo, te convertiste en un aparente riesgo. Le harán jurar que guardará
silencio y allí acabará todo. Será responsabilidad tuya evitar que se entere de
los orígenes biológicos.
Philips tomó aliento, apartándose de la fila de cilindros.
-¿Dónde está Denise?
Michaels sonrió.
-Sígueme.
Volvieron sobre sus pasos por las puertas dobles y por los dos
anfiteatros. Después de cruzar el corredor sembrado de escombros, entraron en
la oficina administrativa de la antigua facultad.
-¡Martin! -gritó Denise.
126
Se levantó de un salto de la silla plegable en que estaba sentada y
corrió hacia él, pasando entre dos agentes, para arrojarse en sus brazos,
deshecha en lágrimas.
-¿Qué ha pasado? -sollozó.
Martin no podía hablar. Sus emociones acumuladas se desbordaban de
alegría con sólo ver a Denise. Estaba sana y salva. ¿Cómo hubiera podido
hacerse responsable de su muerte?
-El FBI trató de convencerme de que te habías convertido en un peligroso
traidor -dijo ella-. No les creí ni por un momento, pero dime tú que no es
verdad. Dime que todo es una pesadilla.
Philips cerró los ojos. Al abrirlos recobró el uso de la voz. Habló
lentamente, eligiendo sus palabras con gran cautela, consciente de que tenía en
las manos la vida de Denise. Por el momento lo tenían atrapado, pero ya
buscaría el modo de liberarse, algún día, aunque tuviera que esperar años.
-Sí. Es una pesadilla. Es una terrible equivocación. Pero ya ha
terminado.
Le alzó la cara para besarla en la boca. Ella le devolvió el beso,
segura de que no se había equivocado en sus sentimientos hacia él, que mientras
confiara en Martin estaría segura. Por un momento él ocultó el rostro en su
pelo. Si la vida de los individuos tenía importancia, también era importante la
de Denise. Para él, más que ninguna otra.
-Ya pasó -repitió ella.
Philips echó una mirada a Michaels por sobre el hombro de Denise. El
experto en computadoras asintió, aprobando. Pero Martin sabía que jamás iba a
aceptarlo...
NEW YORK TIMES
________________________________________________________________
UN INVESTIGADOR ASOMBRA A LA COMUNIDAD CIENTÍFICA AL SOLICITAR ASILO
POLÍTICO EN SUECIA
A. P. ESTOCOLMO. En circunstancias misteriosas, desapareció ayer por la
tarde en Suecia el doctor Martin Philips, médico cuyas recientes
investigaciones lo lanzaron a la celebridad internacional. Aunque debía dar una
conferencia a las 13 horas en el famoso Carolinska Institute, el
neurorradiólogo no se presentó ante la numerosa concurrencia que esperaba para
escucharle. Junto con el famoso científico desapareció la doctora Denise
Sanger, que es su esposa desde hace cuatro meses.
Las especulaciones iniciales sugerían que la pareja había buscado
intimidad para ocultarse a la atención que llovió sobre ellos desde que el
doctor Philips comenzara a revelar su serie de sorprendentes descubrimientos e
innovaciones en el campo de la medicina, hace seis meses. Sin embargo, la idea
fue descartada al saberse que la pareja contaba con una formidable protección
del Servicio Secreto, y que su desaparición dependía, definitivamente, de la
cooperación de las autoridades suecas.
Todas las averiguaciones ante el Departamento de Estado han tropezado
con un tenso silencio, lo cual ha despertado aún mayor curiosidad al saberse
que el caso había desatado una febril actividad en varios niveles
gubernamentales, al parecer fuera de toda proporción con el suceso. El interés
mundial suscitado por este acontecimiento alcanzó hoy su cota máxima ante la
siguiente declaración, suministrada anoche por las autoridades suecas:
«El doctor Martin Philips ha solicitado y recibido asilo político en
Suecia. Él y su esposa se hallan bajo protección. En un plazo de veinticuatro
horas se hará público un documento redactado por el doctor Philips para
informar
127
a la comunidad internacional sobre un grave atentado contra los derechos
humanos perpetrado bajo la égida de la medicina experimental. Hasta ahora, el
doctor Martin Philips había sido obligado a callar sus opiniones por un
consorcio de vastos intereses, incluido el gobierno de los EE.UU. Una vez que
el documento haya sido dado a la publicidad, el doctor Philips convocará una
conferencia de prensa televisada, bajo los auspicios de la televisión sueca.»
No se sabe en qué consiste, exactamente, el «grave atentado contra los
derechos humanos», aunque la extraña secuencia de sucesos que rodearon la
desaparición del doctor Philips ha suscitado toda clase de cábalas y
especulaciones. La especialidad del doctor Philips incluye la interpretación
computada de imágenes médicas, lo cual difícilmente puede violar la ética de la
experimentación. Sin embargo, la reputación del doctor Philips (los
investigadores más célebres consideran muy probable que este año reciba el
Premio Nóbel de Medicina) le asegura una gran repercusión. Obviamente, el caso
ha de ofender profundamente la moral del doctor Philips para llevarlo a
arriesgar su carrera en este drástico y dramático paso. También sugiere que el
campo de la medicina no es inmune a sufrir su propio Watergate.
NOTA DEL AUTOR
Las investigaciones sobre el ser humano llevadas a cabo desde la Segunda
Guerra Mundial han creado complejos problemas relacionados con el empleo de
pacientes como sujetos de experimentación. Resulta evidente que no habría sido
posible contar con esos sujetos si hubieran conocido cabalmente el uso que se
haría de ellos.1
Este es el comentario que a modo de introducción encabeza un artículo en
el que un reconocido catedrático de Investigaciones sobre Anestesia, de la
Facultad de Medicina de Harvard, describe veintidós ejemplos que, de acuerdo
con su opinión, violaron la ética médica. El profesor eligió los ejemplos de un
grupo de cincuenta casos y menciona también en su artículo a un profesor inglés
que confeccionó una lista de quinientos casos.2 No se trata de episodios
aislados o poco frecuentes, sino de un problema endémico que se desarrolla a
partir del sistema básico de valores inherentes a la imagen del médico
investigador engendrada por la actual comunidad médica dedicada a la
investigación.
Consideremos algunos ejemplos...
En los últimos años ha sido noticia en la prensa y tema de una grabación
en video para televisión realizada por el programa Sixty Minutes un experimento
en el que estuvieron involucrados varios organismos gubernamentales de los
Estados Unidos. Estas organizaciones se valían de algunos de sus miembros
-completamente ignorantes de la situación- para determinar sobre ellos los
efectos de distintas drogas alucinógenas. Un experimento llevado a cabo sobre
pacientes de avanzada edad a quienes se les inyectó células cancerosas vivas,
sin su consentimiento, resulta más alarmante y se aproxima más a la línea
argumental de CEREBRO.3 En el momento de realizarse esa investigación, los
investigadores no sabían si el cáncer se extendería o no; aparentemente, se
arrogaron el derecho a decidir que, siendo los pacientes tan ancianos, la
cuestión, en realidad, carecía de importancia.
Son numerosos los casos en que se ha inyectado material radiactivo a
personas totalmente desprevenidas, a retrasados mentales que se hallaban
internados e, incluso, a bebés recién nacidos.4 De ninguna manera pueden
justificarse estos procedimientos por el beneficio terapéutico que ello reporta
al individuo y no cabe duda de que esas personas estuvieron
128
sujetas al riesgo de lesiones y enfermedades, sin contar los malestares
y dolor que debieron soportar. Por otra parte, los resultados obtenidos de esta
clase de estudios son a menudo de escasa relevancia y contribuyen más a
engrosar la bibliografía del investigador que al adelanto de la ciencia médica.
Muchos de estos experimentos, como es sabido, fueron aprobados por agencias
gubernamentales de los Estados Unidos.
En el curso de otra investigación se inyectó suero infectado a unos
setecientos u ochocientos niños mentalmente retrasados, con el objeto de
producirles hepatitis.5 Aparentemente, este estudio fue aprobado y apoyado,
entre otros, por la Junta Epidemiológica de las Fuerzas Armadas. Se alegó
contar con el consentimiento de los padres pero las circunstancias llevan a
preguntarse cómo se obtuvo ese consentimiento y qué grado de información les
fue suministrado a esos padres previamente; aún más, ¿acaso el consentimiento
paterno ampara los derechos del sujeto? La cuestión es: ¿alguno de los
investigadores habría consentido a que un miembro mentalmente retrasado de su
propia familia participara en ese estudio o en cualquiera de las otras
investigaciones mencionadas? ¿Habrían permitido ellos que uno de sus familiares
fuera sujeto de esos experimentos? Lo dudo sinceramente. El elitismo cultural
sustentado por la medicina y la investigación médica crea una sensación de
omnipotencia y, con ella, una ética moral doble.
Sería irresponsable suponer que la mayor parte de las investigaciones
sobre seres humanos que se realizan en los Estados Unidos se basa en principios
faltos de toda ética, porque eso, definitivamente, no es cierto. El estímulo a
la investigación existente en nuestros centros médicos universitarios sigue
siendo tan poderoso como siempre y el entusiasmo que, por consiguiente, ello
suscita así como el ambiente de competencia profesional pueden hacer perder de
vista las posibles consecuencias negativas para los pacientes. Además, no ha
sido hasta hoy convenientemente resuelta la confusión de valores existentes
entre el riesgo para el paciente-sujeto y el posible beneficio para la
sociedad.6 Por otra parte, la idea de que el consentimiento del paciente evita
todo posible abuso ha demostrado ser absolutamente erró-nea. Tomemos como
ejemplo el caso de cincuenta y una mujeres que fueron sujetos de estudio con
una droga experimental para inducir el parto. Todas ellas firmaron un documento
de consentimiento pero lo hicieron en circunstancias muy poco honradas. Una
investigación al respecto dejó en claro que muchas de esas mujeres habían dado
su consentimiento en el momento de ser internadas o, incluso, en la misma sala
de partos.7 Al ser entrevistadas, se comprobó que casi un cuarenta por ciento
de ellas no tenían conocimiento de que habían sido sujetos de tal experimento,
aun cuando, efectivamente, habían dado su consentimiento para ello. Uno de los
métodos más sutiles usados para obtener el consentimiento fue el de explicar
que se estaba estudiando «un medicamento nuevo»; los investigadores sabían muy
bien que el adjetivo «nuevo» sugería que el preparado en cuestión era mejor que
«un medicamento anti-cuado».
No siempre se recurre a un subterfugio para obtener el consentimiento
del paciente. El truco más frecuente es el de sugerirle que si no «coopera», su
problema no podrá ser atendido con el grado máximo de cuidados. Siguen en
porcentaje los casos de investigadores que sugieren astutamente al enfermo que
el proceso de la experimentación podría resultarle beneficioso, y lo hacen aun
en casos en que esa posibilidad es ínfima. Finalmente, existe el método de no
informar al sujeto potencial sobre la existencia de otras terapias alternativas
o, más aún, ya establecidas por el uso.
Todo esto no es nuevo. Durante más de veinte años las publicaciones
médicas se han ocupado de las violaciones a la ética médica producidas en el
curso de investigaciones con seres humanos. El hecho de que esas violaciones
sigan ocurriendo, en la proporción en que ocurren, constituye una tragedia de
magnitud considerable. En la década del 80, con la medicina embarcada en un
nuevo idilio con la física, las oportunidades de que se produzcan excesos
alcanzan un nivel nuevo y alarmante. El escenario donde se realiza la unión de
la medicina y de la física es la neurociencia, con el cerebro humano
-considerado por muchos como la creación más misteriosa y amenazadora del
universo - como principal actor. Las cuestiones éticas y morales referentes a
la experimentación con seres humanos deben
129
resolverse antes...
...antes de que la ficción y la fantasía puedan convertirse en realidad.
ROBIN COOK, Doctor en Medicina
1 Beecher, H.K., «Ethics and
Clinical Research», Neij England Journal of Medicine, vol. 274, 1966, pags.
1354-
60
2 Pappworth, M.H., Human Guines Pigs
Expentnentation on Man, Beacon Press, Boston, 1967.
3 Barber, B , «The Ethics of
Experimentaron With Subjects», Saentific American, vol. 234, N.° 2, February
1976, págs 25-31.
4 Pappworth, M H., op cit
5 Veatch, R.M., Case Studies in
Medical Ethics, Harvard University Press, 1977, págs. 274-77.
6 Jonas H , «Philosophical
Reflections on Expenmenting with Human Sub|ects», expenmentation with Human
Subjects, P A Freud, ed , George Brazilíer, 1969
7 Barber, B., op cu

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