© Libro N° 8734. El Cazador De Escarabajos. Conan Doyle, Arthur. Emancipación. Junio 19 de 2021.
Título
original: © El Cazador De Escarabajos.
Arthur Conan Doyle
Versión Original: © El Cazador De Escarabajos. Arthur
Conan Doyle
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Arthur Conan Doyle
El Cazador De Escarabajos
Arthur Conan Doyle
—¿Algún sucedido curioso? —dijo el doctor—. Pues
sí, amigos míos, les voy a contar uno curiosísimo que me ocurrió a mí. No creo
que vuelva a ocurrirme otro como aquél, porque iría contra todas las leyes de
la probabilidad el que un hombre pasase en su vida por dos experimentos de esa
índole. Pueden ustedes creerme o no, pero la verdad es que el hecho ocurrió tal
y como voy a contárselo.
Acababa yo de obtener mi diploma de médico, pero
aún no había empezado a ejercer mi carrera, y vivía en unas habitaciones de
Gower Street. De entonces acá se ha cambiado la numeración de esta calle; pero
en aquel entonces era la casa donde yo vivía la única que tenía un mirador en
todo el lado izquierdo de la misma, conforme se avanza por ella desde la
estación del ferrocarril metropolitano. La dueña de la casa era una viuda de
apellido Murchison, y tenía de inquilinos a tres estudiantes de medicina y a un
ingeniero. Yo vivía en la habitación del último piso, que era la más barata,
aunque por barata que fuese resultaba cara para lo que yo podía gastar. Mis
escasos fondos se iban esfumando, y a cada semana que transcurría resultaba
para mí más indispensable el encontrar algo en qué trabajar. Sin embargo,
andaba reacio a dedicarme a la medicina general, porque mis aficiones me
empujaban hacia el terreno científico, y de un modo especial hacia la zoología,
por la que había sentido siempre una gran debilidad. Ya casi me daba por
vencido y estaba resignado a ser durante toda mi vida un mal medicucho, cuando
mis forcejeos acabaron de la manera más extraordinaria.
Compré una mañana el Standard y me puse a repasar
sus columnas. Venía casi falto de noticias, y ya estaba a punto de tirar a un
lado el periódico, cuando distinguí un anuncio en la cabecera de la columna de
empleos ofrecidos. Estaba redactado de la siguiente forma:
«Se necesitan por uno o varios días los servicios
de un médico. Es esencial que sea hombre de fuerte contextura física, nervios
firmes y carácter resuelto. Se exige que sea entomólogo, prefiriéndose la
especialidad de los coleópteros. Presentarse personalmente en 77 B, Brook
Street. Antes de las doce del día de hoy».
Pues bien, he dicho que yo era aficionadísimo a la
zoología. De todas las ramas de esta ciencia, la que mayores atractivos tenía
para mí era la que se refiere a los insectos, y entre todos los insectos, la
especie con la que yo estaba más familiarizado era la de los escarabajos. Son
muchos los coleccionistas de mariposas; pero en nuestras islas los escarabajos
son de mayor variedad de tipos y más accesibles que las mariposas. Era esto lo
que me había atraído a su estudio, y llegué a tener una colección de varios
centenares de distintas variedades de escarabajos. Por lo que se refiere a las
demás exigencias del anuncio, yo estaba seguro de mis nervios, y había salido
triunfador en la especialidad del lanzamiento de peso de una competición
deportiva entre el personal de los distintos hospitales. Evidentemente, yo era
el hombre indicado para ocupar aquella vacante. Antes de que hubiesen
transcurrido cinco minutos de mi lectura del anuncio me había metido ya en un
coche de alquiler y marchaba en la dirección de Brook Street.
Dentro del coche iba yo dándole vueltas en mi
cabeza al asunto, y trataba de adivinar qué clase de ocupación sería la que
requería unas cualidades tan curiosas. Fortaleza física, resolución,
conocimientos médicos y especialización en el estudio de escarabajos. ¿Qué
relación podía existir entre requisitos tan dispares? Se daba, además, el
detalle descorazonador de que no se trataba de un empleo permanente, sino que
podía terminar de un día a otro, según lo declaraba el anuncio. Cuanto más
vueltas le daba, menos claro lo veía; pero, al final de mis meditaciones,
siempre volvía yo a la realidad insoslayable de que nada tenía que perder,
fuese aquello lo que fuese, estando como estaba a punto de quedarme sin fondos.
Yo estaba preparado para cualquier aventura, por muy peligrosa que fuese, con
tal de que pudiera meterme en mi bolsillo algunos soberanos ganados
honradamente. El miedo a fracasar sólo cabe en quien tiene que pagar su
fracaso, pero a mí nada podía hacerme pagar la fortuna. Era como el jugador que
se ha quedado sin blanca, y al que se permite probar suerte en otra jugada.
La casa del número 77 B de Brook Street era una de
esas construcciones desaseadas pero imponentes, de color oscuro y fachada lisa,
con el aspecto de gran respetabilidad y de cosa maciza característico de los
constructores del periodo de los Jorges. Al apearme del coche salía por la
puerta un joven que se alejó con paso rápido calle abajo. Observé que al
cruzarse conmigo clavó en mí una mirada escrutadora y algo malévola. Tomé ese
incidente como buen augurio, porque su aspecto era el de un solicitante que no
había sido aceptado y, si mi presencia allí le molestaba, eso quería decir que
la vacante no estaba todavía cubierta. Subí muy esperanzado los anchos
escalones de la escalinata exterior y di unos golpes con la maciza aldaba.
Abrió la puerta un lacayo de peluca y librea.
Evidentemente, yo tenía que tratar con personas ricas y elegantes.
—Usted dirá, señor —dijo el lacayo.
—He venido por el anuncio de…
—Perfectamente, señor. Lord Linchmere lo recibirá
inmediatamente en el despacho.
¡Lord Linchmere! Yo tuve una vaga sensación de
haber oído aquel nombre, pero no recordaba de momento nada que con él tuviese
relación. Seguí al lacayo, y éste me llevó a una habitación amplia y llena de
estanterías de libros, en la que estaba sentado, detrás de una mesa escritorio,
un hombre pequeño, de cara simpática, completamente afeitada y expresiva,
cabello largo entrecano, peinado hacia atrás desde la frente. Me miró de arriba
abajo con mirada aguda y penetrante, teniendo en su mano derecha la tarjeta que
el lacayo le había entregado. Luego se sonrió con simpatía, y tuve la sensación
de que yo reunía, por lo menos, las cualidades externas que se requerían.
—¿De modo, doctor Hamilton, que viene usted por lo
referente al anuncio, verdad? —me preguntó.
—Sí, señor.
—¿Reúne usted las condiciones que aquí se exigen?
—Creo reunirlas.
—Es usted hombre fuerte; por lo menos, tal es su
aspecto.
—Creo que soy de alguna fortaleza.
—¿Y, además, resuelto?
—Así lo creo.
—¿Sabe usted por experiencia lo que significa el
verse expuesto a un peligro inminente?
—No; no creo haber pasado nunca por esa situación.
—Pero ¿tiene usted fe en que actuaría con rapidez y
serenidad en un caso como el que le he expuesto?
—Espero que sí.
—Sí, yo creo que sí. Y mi confianza en usted es
mayor porque no ha mostrado la pretensión de estar seguro de cómo se conduciría
en una situación que no conoce por experiencia. Saco la impresión de que, en
cuanto a cualidades personales, es usted precisamente el hombre que busco.
Aclarado esto, podemos pasar a lo siguiente.
—¿Y qué es lo siguiente?
—El que usted me hable de escarabajos.
Le miré para ver si no bromeaba; pero, muy al
contrario, había adelantado el busto y me miraba con expresión de ansiedad en
los ojos.
—Me estoy temiendo que no sepa usted nada de
escarabajos —exclamó.
—Todo lo contrario, señor, porque es ése el único
tema científico acerca del cual creo tener algunos conocimientos.
—Sus palabras me producen verdadero júbilo. Por
favor, hábleme algo de escarabajos.
Le hablé. No tengo la pretensión de haber dicho
ninguna cosa original en la materia, pero sí que le tracé un somero boceto de
las características del escarabajo, enumerando las especies más corrientes y
haciendo algunas alusiones a los ejemplares de mi pequeña colección y el
artículo sobre «escarabajos enterradores» que yo había publicado en el Diario
de la Ciencia Entomológica. Lord Linchmere exclamó:
—Pero, ¡cómo! ¿También coleccionista? ¿Debo
entender que se dedica personalmente a coleccionar? —Sólo ante aquella
perspectiva le bailaban los ojos de placer—. Es usted, sin duda alguna, el
único hombre de todo Londres que reúne las condiciones que yo buscaba. Me
imaginé que entre cinco millones de personas tenía por fuerza que existir un
hombre de esas características, pero la dificultad estaba en encontrarlo. Me
considero extraordinariamente afortunado con haberme puesto en contacto con
usted.
Golpeó un gong que había encima de la mesa y acudió
el lacayo.
—Diga usted a lady Rossiter que tenga la amabilidad
de acercarse hasta aquí —dijo su señoría, y a los pocos momentos entró en el
despacho la dama en cuestión. Era de baja estatura, edad mediana y aspecto muy
parecido al de lord Linchmere, porque sus facciones eran igualmente rápidas y
expresivas y también sus cabellos eran grises-negros. Sin embargo, la expresión
de ansiedad que yo había notado en las facciones del caballero era mucho más
marcada en las de la mujer. Se diría que algún gran dolor había proyectado su
sombra sobre sus facciones. Cuando lord Linchmere hizo mi presentación, ella me
miró cara a cara, y entonces descubrí, con sorpresa dolorosa, que tenía encima
de la ceja del lado derecho una cicatriz de dos pulgadas, a medio curar. Estaba
la cicatriz recubierta parcialmente con un parche, pero vi, a pesar de todo,
que se trataba de una herida importante y reciente. Lord Linchmere dijo:
—Evelina, el doctor Hamilton es el hombre que
necesitamos. Se dedica ya a coleccionar escarabajos y lleva escritos algunos
artículos acerca de ese tema.
—¿De verdad? —exclamó lady Rossiter—. Entonces
usted ha tenido que oír hablar de mi esposo. Quien sepa algo de escarabajos no
puede menos de saber quién es sir Thomas Rossiter.
Por primera vez vi que penetraba un pequeñísimo
rayo de luz en aquel asunto tan oscuro. Ahora sí que había encontrado una
relación entre esta familia y los escarabajos, porque sir Thomas Rossiter
estaba considerado como la mayor autoridad mundial acerca del tema. Había
dedicado toda su vida al estudio del mismo, y había escrito una obra que lo
agotaba por completo. Me apresuré a dar a lady Rossiter la seguridad de que yo
la había leído y que la apreciaba en todo su valor.
—¿Ha tratado usted personalmente a mi marido?
—preguntó ella.
—No, no lo he tratado personalmente.
—Pues lo tratará usted —dijo resueltamente lord
Linchmere.
La dama estaba de pie a un lado de la mesa, y apoyó
su mano en el hombro de lord Linchmere. Cuando vi sus dos caras juntas
comprendí claramente que eran hermano y hermana.
—¿Estás verdaderamente dispuesto a ello, Charles?
Es un acto de generosidad el tuyo, pero que me llena de temor. —Le temblaba la
voz por efecto de sus recelos, y me pareció que también el hermano estaba
conmovido, aunque hacía grandes esfuerzos por ocultarlo.
—Sí, sí, querida; éste es un asunto arreglado y
decidido; en realidad, yo no veo otro recurso posible.
—Sí que hay uno, y está muy claro.
—No, no, Evelina; yo no te abandonaré jamás, jamás.
Todo saldrá bien, confía en mí; saldrá bien, y parece como que la mano de la
Providencia es la que ha puesto en nuestras manos un instrumento tan perfecto.
Mi posición era embarazosa, porque me di cuenta de
que ellos se habían olvidado por un instante de que yo estaba allí. Pero lord
Linchmere volvió súbitamente a ocuparse de mí y de mi trabajo en perspectiva.
—Doctor Hamilton, lo que yo necesito de usted es
que se ponga por completo a mi disposición. Deseo que me acompañe en una breve
excursión, que durante la misma permanezca siempre a mi lado, y que me prometa
hacer, sin entrar en preguntas, lo que yo le pida, por muy disparatado que le
parezca.
—Eso es mucho pedir —dije.
—Por desgracia, no me es posible concretar más,
porque ni yo mismo sé el giro que pueden tomar las cosas. Puede usted, sin
embargo, tener la seguridad de que no le será pedido nada que repugne a su
conciencia; le aseguro, además, que, una vez terminado el asunto, se sentirá
orgulloso de haber contribuido a una obra tan buena.
—Si todo termina con felicidad —dijo la dama.
—Eso es: si todo termina con felicidad —repitió su
señoría.
—¿Y cuál es la remuneración? —pregunté yo.
—Veinte libras diarias.
Quedé atónito ante aquella cifra, y seguramente que
exterioricé mi sorpresa en la expresión de mi cara. Lord Linchmere prosiguió:
—Ya se fijaría, cuando leyó el anuncio, en que se
exige una combinación de cualidades poco frecuente, y ese hecho merece una
elevada recompensa. Tampoco le oculto que sus obligaciones quizá resulten
difíciles y hasta peligrosas. Además, quizá el trabajo no dure arriba de uno o
dos días.
—¡Dios lo quiera! —suspiró su hermana.
—¿Podemos, pues, contar con su colaboración, doctor
Hamilton?
—Sin género alguno de duda —le contesté—. Sólo
queda ya que me explique cuáles son mis obligaciones.
—La primera de todas será que usted regrese a su
casa y que disponga todo lo que crea necesitar para una breve excursión fuera
de Londres. Saldremos juntos de la estación de Paddington a las tres cuarenta
de esta tarde.
—¿Vamos lejos?
—Llegaremos a Pangbourne. Se reunirá usted conmigo
a las tres treinta en el quiosco de libros de la estación; tendré ya sacados
los billetes. Adiós, doctor Hamilton. Ahora que lo pienso, hay dos cosas que yo
me alegraría muchísimo que trajese usted, si es que las tiene: una, un estuche
para coleccionar escarabajos, y la otra, una garrota, cuanto más pesada, mejor.
Ya se imaginarán ustedes que tuve tema abundante en
que pensar desde que me retiré de Brook Street hasta que salí de casa para
reunirme con lord Linchmere en la estación de Paddington. Todo aquel fantástico
asunto se combinaba y se volvía a combinar de mil formas caleidoscópicas dentro
de mi cerebro, hasta que ideé una docena de explicaciones, todas ellas a cuál
más grotescamente improbables. Pero es que tenía el convencimiento de que
también la verdad suele estar a veces en algo grotescamente improbable. Renuncié,
por último, a todo intento de encontrar una solución, y me conformé con poner
exactamente en marcha las instrucciones que había recibido. Cuando lord
Linchmere llegó al quiosco de libros de la estación de Paddington, ya estaba yo
allí esperándole con mi maletín, mi estuche de ejemplares y un bastón
emplomado.
Era lord Linchmere más pequeño todavía de lo que me
había parecido, frágil y delgaducho, y daba pruebas de estar más nervioso que
por la mañana. Se cubría con un ulster de viaje, grueso y largo, y me fijé en
que llevaba también en la mano una pesada garrota de endrino.
—He sacado ya los billetes —dijo, avanzando delante
de mí por el andén—. Éste es nuestro tren. Hice reservar un coche, porque tengo
un interés grandísimo en hacerle comprender bien una o dos cosas.
Sin embargo, todo lo que él quería hacerme
comprender bien podía decirse con una sola frase, porque se limitaba a
recordarme que yo iba como protector suyo, y que bajo ninguna consideración
tenía que apartarme un solo instante de su lado. Me lo repitió una y otra vez
cuando llegábamos ya al final de nuestro viaje, y lo hizo con una insistencia
que demostraba a las claras que su sistema nervioso se había derrumbado.
—Sí, doctor Hamilton, estoy nervioso —dijo al fin,
en respuesta a la mirada mía, más bien que a mis palabras—. He sido siempre un
hombre tímido, y mi timidez nace de lo endeble de mi salud física. Pero el
temple de mi alma es bueno, y soy capaz de decidirme a hacer frente a peligros
ante los que otras personas menos nerviosas retrocederían. Esto que hago ahora
no me obliga nadie a hacerlo; me lo impone únicamente un sentimiento del deber
y, sin embargo, es, sin género de duda, correr un grave riesgo. Si las cosas se
tuercen, tendré buenos títulos para pretender el título de mártir.
Aquella serie interminable de acertijos era ya
excesiva para mí. Creí que estaba obligado a ponerle término y dije:
—Yo creo, señor, que sería con mucho preferible el
que usted confiase por completo en mí. Me resulta imposible actuar con
eficacia, desconociendo las finalidades que perseguimos y no sabiendo siquiera
a dónde vamos.
—En cuanto a lo de dónde vamos, no es preciso
andarse con misterios —dijo—. Nos dirigimos a Delamere Court, casa residencial
de sir Thomas Rossiter, con cuya obra está usted tan familiarizado. En cuanto a
la finalidad concreta de nuestra visita, no creo, doctor Hamilton, que se
adelante nada, estando las cosas en la etapa en que se encuentran, con que yo
me confíe totalmente a usted. Sí puedo decirle que actuamos —y digo actuamos
porque mi hermana, lady Rossiter, está de acuerdo conmigo— con la única finalidad
de impedir que se produzca un escándalo de familia. Ya comprenderá, pues, que
ande reacio a dar explicaciones que no son absolutamente indispensables. La
situación sería distinta, doctor Hamilton, si yo le pidiese su consejo. Tal
como se encuentran las cosas, sólo se requiere su colaboración activa, y yo le
haré comprender de vez en cuando cuál es la mejor manera de que usted colabore.
No quedaba más que decir, y aunque una persona
pobre puede pasar por muchas cosas cuando se le pagan veinte libras diarias, me
pareció, no obstante, que la actitud de lord Linchmere con respecto a mí era
bastante mezquina. Él pretendía hacer de mí un instrumento pasivo, algo así
como la garrota de endrino que llevaba en la mano. Sin embargo, yo comprendía
que, dado su carácter emotivo, le tenía que resultar odioso cualquier
escándalo, y me dije para mis adentros que sólo me haría sus confidencias
cuando ya no tuviese otro remedio. Tenía, pues, que fiar yo en mis ojos y oídos
para la solución del misterio, aunque estaba seguro de que mi confianza en
ellos no sería vana.
Delamere Court está situado a cinco millas largas
de la estación de Pangbourne, y cubrimos la distancia en un carricoche abierto.
Durante el trayecto, lord Linchmere permaneció profundamente abstraído, y no
despegó los labios hasta que ya estábamos próximos a nuestro punto de destino.
Si habló fue para darme un dato que me sorprendió.
—Quizá no sepa que yo también soy médico, como
usted —me dijo.
—En efecto, señor; no lo sabía.
—Pues, sí; saqué el título allá en mi primera
juventud, cuando se interponían varias personas vivas en mi camino hacia mi
aristocrático título. No tuve necesidad de practicar la profesión, pero he
podido comprobar que el conocimiento de la medicina es cosa útil. Nunca he
lamentado los años que consagré al estudio de la carrera de médico. Ya estamos
en la puerta exterior de Delamere Court.
Habíamos entrado por entre dos altas columnas
coronadas de monstruos heráldicos y que se alzaban a uno y otro lado de la
entrada de una gran avenida serpenteante. Distinguí por encima de los arbustos
de laurel y de los rododendros un palacio ancho y con muchos tejados
triangulares, recubierto de hiedra, y con la tonalidad cálida, animadora y
suave del viejo ladrillo de fachada. Estaba todavía contemplando absorto de
admiración aquella mansión encantadora, cuando mi acompañante me tironeó
nerviosamente de la manga y cuchicheó:
—Ahí tenemos a sir Thomas. Por favor, hable todo
cuanto pueda de escarabajos.
Por una abertura del seto de arbustos de laurel
había surgido un hombre alto, enjuto, curiosamente anguloso y huesudo. Empuñaba
una escardilla, y sus manos estaban revestidas de guantes de jardinero. Un
sombrero gris de anchas alas proyectaba sombra sobre su cara, pero me pareció
ésta de una extraordinaria austeridad, con barba rala y facciones ásperas e
irregulares. El carricoche se detuvo y lord Linchmere saltó a tierra,
exclamando cordialmente:
—¿Qué tal vamos, mi querido Thomas?
Pero la cordialidad no era en modo alguno
recíproca. El propietario de la finca me miró fijamente por encima del hombro
de su cuñado, y yo pude captar algunas frases sueltas, como «deseos bien
conocidos… odio a la gente extraña… entrometimiento injustificable… totalmente
inexplicable…». Farfullaron entre ellos una explicación, y luego se acercaron
juntos al cochecillo, y lord Linchmere dijo:
—Permítame que le presente a sir Thomas Rossiter,
doctor Hamilton. Ya verá usted cómo ambos tienen una fuerte coincidencia y
aficiones.
Contesté con una inclinación. Sir Thomas permanecía
erguido y rígido, mirándome con severidad por debajo de la ancha ala de su
sombrero. Luego dijo:
—Lord Linchmere me informa que entiende usted algo
de escarabajos. ¿Qué es lo que usted sabe de esos animales?
—Sé lo que he aprendido de su libro acerca de los
coleópteros, sir Thomas —le contesté.
—Cíteme los nombres de las especies más conocidas
del escarabajo británico sagrado —me dijo.
Yo no esperaba verme sometido a un examen, pero
estaba, por suerte, preparado para sufrirlo. Pareció que mis contestaciones le
agradaron, porque se suavizó la severidad de sus facciones y me dijo:
—Por lo que veo, ha sacado usted algún provecho de
la lectura de mi libro, señor. Me resulta cosa rara el tener ocasión de hablar
con una persona que se interesa de una manera inteligente en esta clase de
temas. Las gentes saben encontrar tiempo para insignificancias como el deporte
o la vida de sociedad y, sin embargo, pasan por alto a los escarabajos. Le
aseguro que la mayor parte de los imbéciles que viven en esta región no
sospechan siquiera que yo haya escrito en mi vida un libro, yo, el primero que
ha descrito jamás la función de los élitros. Me alegro de conocerle, señor, y
no dudo de que podré mostrarle algunos ejemplares que le interesarán.
Subió al coche y vino con nosotros hasta la casa,
explicándome algunas investigaciones realizadas últimamente por él acerca de la
anatomía de la escarabaja.
He dicho ya que sir Thomas Rossiter llevaba en la
cabeza un ancho sombrero echado hacia adelante. Al entrar en el vestíbulo se
descubrió y me di cuenta en el acto de una característica singular, que el
sombrero me había ocultado. Su frente, naturalmente alta, y que lo parecía más
aún debido al entrante que formaban sus cabellos, estaba en un estado de
continuo movimiento. Debido a alguna enfermedad nerviosa, los músculos se
mantenían en un espasmo constante, que en ocasiones se exteriorizaba únicamente
con una ligera contracción y otras con un curioso movimiento rotativo, distinto
de todo cuanto yo había visto en mi vida. Esa particularidad quedó sumamente
visible cuando se volvió hacia nosotros, después de entrar en su despacho, y
chocaba todavía más por contraste con sus ojos duros, que miraban por debajo de
aquellas cejas palpitantes.
—Lamento que lady Rossiter no se encuentre aquí
para ayudarme a hacer grata su estancia —dijo—. A propósito, Charles, ¿dijo
Evelin algo acerca de la fecha de su regreso?
—Desea permanecer todavía en Londres algunos días
más —contestó lord Linchmere—. Ya sabes que los deberes sociales de las señoras
se acumulan cuando permanecen ausentes en provincias algún tiempo. Mi hermana
tiene en la actualidad muchas viejas amistades en Londres.
—Bien, ella es muy dueña de su persona, y yo no
desearía alterar sus proyectos, pero me alegraré de verla otra vez por aquí,
porque me siento muy solitario sin su compañía.
—Ésos fueron mis temores, y eso ha sido en parte lo
que me ha hecho venir. Mi joven amigo el doctor Hamilton se interesa tanto en
el tema que tú has llegado a dominar, que me pareció que no tendrías
inconveniente en que me acompañase.
—Llevo una vida retirada, doctor Hamilton, y cada
vez es mayor mi aversión a ver gente extraña —contestó el dueño de la casa—. A
veces se me ocurre pensar que ya mis nervios van flaqueando. Los viajes que en
mi juventud hice para reunir ejemplares de escarabajos me obligaron a visitar
muchos países insanos y en los que reina la malaria. Sin embargo, siempre
recibo con agrado a un hermano en aficiones coleopteristas como es usted, y
veré con placer que examine usted mi colección. Sin exageración alguna, creo
que puedo calificarla de la más completa que hay en Europa.
Lo era, sin duda. Disponía de un inmenso armario de
roble dividido en estrechos cajones, y allí, cuidadosamente clasificados y
etiquetados, había escarabajos procedentes de todos los rincones de la tierra
negros, pardos, azules, verdes y moteados. De vez en cuando, a medida que
pasaba su mano por encima de filas y más filas de insectos ensartados, echaba
mano a algún ejemplar raro y, manejándolo con el mismo cuidado y reverencia que
si se tratase de una reliquia preciosa, se extendía en explicaciones acerca de
sus características y de las circunstancias en que llegó a poder suyo.
Evidentemente, era cosa extraordinaria para él tropezar con un oyente que le
escuchase con simpatía, y habló y habló hasta que el crepúsculo primaveral se
cerró, convirtiéndose en noche, y el gong anunció que era hora de vestirse para
ir a la mesa. Lord Linchmere no dijo nada en todo ese tiempo, pero permaneció
al lado de su hermano político, y yo lo sorprendí dirigiendo constantemente
miradas rápidas, curiosas y escrutadoras a la cara de éste. Sus propias
facciones delataban una fuerte emoción, que a veces era de recelo, otras de
simpatía y otras de expectación. Me pareció que yo las leía una después de
otra. Estaba seguro de que lord Linchmere temía y esperaba algo, pero no me imaginaba
qué pudiera ser.
La velada transcurrió tranquila pero agradable, y
yo habría estado por completo a mis anchas, a no ser porque percibía una
constante tensión de ánimo en lord Linchmere. En cuanto al dueño de la casa, me
pareció que ganaba en aprecio dándose a conocer. Hablaba siempre con cariño de
su esposa ausente, y también de su hijito, al que habían enviado hacía poco al
colegio. Dijo que la casa no parecía la misma faltando ellos. Los días le
habrían sido insoportables si no hubiera podido dedicarse a sus estudios científicos,
ahora que estaba solo. De sobremesa pasamos algún tiempo en el salón de
billares, fumando, y por último nos acostamos a una hora temprana.
Sólo entonces y por primera vez cruzó por mi
imaginación la sospecha de que lord Linchmere era un lunático. Una vez que el
dueño de la casa se hubo retirado, lord Linchmere se metió en mi dormitorio, y
me dijo en voz baja y hablando precipitadamente.
—Doctor, es preciso que venga conmigo. Tendrá que
pasar la noche en mi dormitorio.
—¿Qué significa eso?
—Prefiero no explicárselo, pero le diré que ésta es
una de sus obligaciones. Mi habitación está aquí al lado, y podrá volver a esta
suya antes de que venga por la mañana el criado a despertarlo.
—¿Pero, por qué es preciso hacer eso? —pregunté.
—Porque me pone nervioso el quedarme solo —me
contestó—. Ahí tiene usted cuál es el motivo, ya que exige el conocerlo.
Aquello me pareció una locura, pero el argumento de
aquellas veinte libras se sobreponía a muchas objeciones. Le seguí a su
habitación, y ya en ella, le dije:
—Bueno, pero en esta habitación sólo hay una cama.
—Porque sólo uno de nosotros ha de acostarse en
ella —me contestó.
—¿Y el otro?
—Debe permanecer de centinela.
—¿Por qué? —exclamé yo—. Cualquiera diría que
espera una agresión.
—Quizá la espero.
—En tal caso, ¿por qué no cerrar la puerta?
—Es que quizá quiero ser agredido.
Aquello parecía cada vez más un loco. Sin embargo,
no me quedaba otro recurso que ceder y someterme. Me encogí de hombros y me
senté en el sillón junto a la chimenea apagada, preguntando con desagrado:
—¿De modo, pues, que debo permanecer de vigilante?
—Dividiremos la noche en dos guardias. Si usted
vigila hasta las dos de la madrugada, yo montaré la guardia el resto de la
noche.
—Perfectamente.
—Pues entonces, despiérteme a las dos.
—Así lo haré.
—Manténgase con el oído bien atento, y en cuanto
escuche usted algún ruido despiérteme en el acto. En el acto, repito.
—Puede estar seguro de que así lo haré. —Yo procuré
adoptar una actitud la más solemne que pude.
—Y, por todo lo que más quiera, no se duerma —me
dijo mi acompañante. Acto continuo, despojándose únicamente de su smoking, se
cubrió con la colcha y se dispuso a pasar la noche.
Pasé unas horas de vigilia melancólica, tanto más
melancólica cuanto estaba convencido de que aquello era una estupidez. ¿Cómo
diablos lord Linchmere no cerraba la puerta de su dormitorio y se protegía de
ese modo contra todo peligro, suponiendo que, por cualquier razón que fuese,
tenía motivos para recelar que estaba expuesto a alguno dentro de la casa de
sir Thomas Rossiter? Su explicación de que quizá lo que deseaba era ser
agredido resultaba absurda. ¿Por qué podía desear ser agredido? ¿Y quién deseaba
que le agrediese? No cabía duda de que lord Linchmere sufría alguna manía
extraña, cuya consecuencia era el que yo no descansase durante la noche, por un
imbécil pretexto. Pero, por absurdo que aquello fuese, decidí obedecer sus
instrucciones al pie de la letra, mientras permaneciese al servicio suyo. Me
senté, pues, junto a la chimenea apagada y me dediqué a escuchar las sonoras
campanadas de un reloj que debía estar allá en el pasillo, y que sonaba,
después de un ligero gargarismo, cada cuarto de hora. Fue una vigilia
interminable. Fuera de aquel único reloj, reinaba por la enorme casa un
silencio absoluto. Una lámpara pequeña colocada sobre la mesa que tenía yo
junto a mi brazo proyectaba un círculo de luz alrededor de mi sillón, pero
dejaba envueltos en sombra los ángulos de la habitación. Lord Linchmere,
acostado en la cama, respiraba pacíficamente. Sentí envidia de su sueño
sosegado; mis párpados pugnaban una y otra vez por cerrarse, pero mi sentido
del deber acudía siempre en mi ayuda, y me erguía en mi asiento, me frotaba los
ojos y me pellizcaba, resuelto a llegar hasta el final de aquella absurda
velada.
Lo conseguí. Me llegaron desde el pasillo las
campanadas de las dos y apoyé mi mano en el hombro del durmiente. Se sentó
instantáneamente en la cama, con una expresión en el rostro del más vivo
interés y me preguntó:
—¿Oyó usted algo?
—No, señor. Son las dos.
—Perfectamente. Montaré yo la guardia. Puede
echarse a dormir.
Me tumbé debajo de la colcha tal como él lo había
hecho y no tardé en quedarme dormido. Mi último recuerdo fue el de aquel
círculo de luz de la lámpara, y en el centro del mismo la figura pequeña y
encogida de lord Linchmere, en cuyo rostro observé una expresión de tensa
ansiedad.
Ignoro el tiempo que dormí, pero un vivo tirón en
la manga me despertó súbitamente. La habitación estaba en completa oscuridad,
aunque un fuerte olor a petróleo me dio a entender que la habían apagado en
aquel mismo instante.
—¡Rápido! ¡Rápido! —me dijo al oído la voz de lord
Linchmere.
Salté de la cama, y él seguía tirándome del brazo.
—¡Colóquese allí enfrente! —cuchicheó, y me
arrastró hasta un ángulo de la habitación—. ¡Silencio! ¡Escuche!
Distinguí claramente en medio del silencio de la
noche el ruido de alguien que se acercaba por el pasillo. Eran unos pasos
sigilosos, furtivos e intermitentes, como de un hombre que se detenía cauteloso
después de cada zancada. A veces no se oía absolutamente nada durante medio
minuto, pero luego se percibía el roce y el crujido que anunciaban un nuevo
paso hacia adelante. Mi compañero temblaba de emoción. Su mano, que seguía
aferrada a mi manga, se movía lo mismo que una rama al soplo del viento.
—¿Qué es eso? —susurré.
—¡Él!
—¿Sir Thomas?
—Sí.
—¿Y qué pretende?
—¡Silencio! No haga usted nada hasta que yo se lo
diga.
En ese instante percibí que alguien trataba de
abrir la puerta. Se oyó un roce muy suave del manillar, y acto continuo
distinguí una rendija estrecha de luz tenue. En el pasillo había alguna lámpara
encendida, y ello bastaba para que desde la oscuridad de nuestra habitación se
distinguiese la parte de fuera. La línea grisácea se fue ensanchando cada vez
más, muy poco a poco, muy suavemente, y de pronto se siluetó sobre ese fondo
grisáceo la negra figura de un hombre. Avanzaba encogido y agazapado, produciendo
la impresión de la silueta de un enano voluminoso y disforme. La puerta se
abrió poco a poco por completo, quedando en el centro de la misma enmarcada
aquella figura ominosa. Y de pronto, la figura agazapada se irguió, cruzó la
habitación con un salto de tigre, y se oyeron tres golpes sordos producidos con
algún objeto pesado al chocar en la cama.
Me quedé paralizado de asombro, mirando con ojos
desorbitados y sin dar un paso, hasta que me sacudió un grito de socorro
lanzado por mi acompañante. La puerta, de par en par, dejaba pasar luz
suficiente para que yo distinguiese la silueta de las cosas y vi al pequeño
lord Linchmere sujetando con los brazos por el cuello a su cuñado, aferrado
valerosamente a su presa lo mismo que un valiente bull terrier que ha hundido
los dientes en un delgado galgo escocés. El hombre alto y huesudo se lanzaba a
derecha e izquierda, retorciéndose para lograr hacer presa en su asaltante;
pero éste, sujetándolo por detrás, no soltaba su abrazo, aunque los gritos
agudos y atemorizados daban a entender la conciencia que tenía de la
desigualdad de aquella lucha. Me precipité en su ayuda, y entre los dos
conseguimos derribar al suelo a sir Thomas, aunque éste me clavó sus dientes en
el hombro. A pesar de mi juventud, de mi peso y de mis músculos, tuvimos que
mantener un forcejeo desesperado antes de conseguir imponernos a sus frenéticos
forcejeos; pero logramos, por último, atarle los brazos con el mismo cordón del
batín que él llevaba. Yo lo sujetaba por las piernas, en tanto que lord
Linchmere trataba de volver a encender la lámpara, cuando oímos pataleo de
muchos pies en el pasillo, y vimos entrar precipitadamente al mayordomo y a dos
lacayos que acudían alarmados por los gritos. No tuvimos con su ayuda mayores
dificultades para sujetar a nuestro prisionero, que seguía en el suelo, echando
espumarajos y miradas furiosas. Bastaba contemplar aquella cara para
convencerse de que estábamos ante un loco peligroso, y el martillo corto y
macizo caído en el suelo junto a la cama decían bien a las claras los
propósitos asesinos que había traído.
—¡No empleemos ninguna violencia! —dijo lord
Linchmere, cuando poníamos en pie a aquel hombre que aún forcejeaba—. Después
de esta excitación entrará en un periodo de aplanamiento. Creo que empieza a
volver en sí.
Mientras decía esas palabras empezaron las
convulsiones a perder violencia, y el loco dejó caer la cabeza sobre su pecho,
como si se hubiese apoderado el sueño de él. Lo llevamos por el pasillo y lo
acostamos en su propia cama, donde quedó inconsciente y respirando
fatigosamente. Lord Linchmere dijo:
—Os quedaréis dos de vosotros vigilándolo. Y ahora,
doctor Hamilton, si tiene la amabilidad de acompañarme a mi habitación, le daré
una explicación que quizá demoré demasiado por mi horror al escándalo. Ocurra
lo que ocurra, no tendrá usted jamás motivos de lamentarse de la parte que ha
tomado en la tarea de esta noche.
Cuando estuvimos a solas, siguió diciendo:
—En pocas palabras se puede poner en claro el caso.
Mi pobre cuñado es uno de los hombres mejores que hay en toda la tierra, un
marido amante y un padre apreciable; pero viene de una raza profundamente
afectada de locura. En más de una ocasión ha tenido arrebatos homicidas, tanto
más dolorosos cuanto que le llevan siempre a acometer precisamente a la persona
por la que siente un afecto mayor. Hubo que enviar a su hijo al colegio para
ponerlo a salvo de ese peligro; pero ocurrió después la agresión a mi hermana,
la esposa suya, agresión de la que ella se salvó, pero sufriendo heridas que ha
podido usted observar cuando habló con ella en Londres. Compréndame. Mi cuñado
no tiene, cuando se encuentra en su sano juicio, la menor noción de lo que ha
hecho, y le parecería ridícula cualquier sugerencia que le hiciesen de que
había lastimado, fuese como fuese, a las personas a quienes más tiernamente
quiere. Usted sabe ya que una de las características de esa clase de
enfermedades es la imposibilidad absoluta de convencer a quien padece de ellas
que, en efecto, es una víctima suya. Se imponía, por consiguiente, el que
buscásemos la manera de colocar a mi cuñado en donde no pudiera manchar sus
manos con sangre, pero el asunto era muy espinoso. Es hombre muy retirado, y
por nada del mundo accedería a consultar con ningún médico. Además, era
indispensable, para la finalidad que nos proponíamos, el que el médico
adquiriese la plena certeza de que este hombre está loco, porque fuera de esos
accesos, muy raros, es un hombre tan equilibrado como usted o como yo. Por
suerte, antes de que le acometan estos accesos suele mostrar siempre ciertos
síntomas que sirven de aviso, de advertencia de peligro, una cosa providencial
que nos indica que estemos en guardia. El síntoma principal suele ser la
contracción nerviosa de la frente, que usted mismo ha podido observar. Es ése
un fenómeno que aparece siempre de tres a cuatro días antes de que le acometa
el acceso de locura furiosa. En cuanto observó este de ahora, su mujer marchó a
Londres con un pretexto cualquiera y se refugió en mi casa de Brook Street. Era
misión mía convencer a un médico de la locura de sir Thomas, porque sin ese
requisito es imposible colocarlo en lugar donde no pueda causar daño alguno. El
primer problema consistía en traer a esta casa a un médico. Pensé en el interés
que siente mi cuñado por los escarabajos, y en la afición que toma a cuantas
personas comparten sus gustos. Por eso puse el anuncio, y tuve la suerte de
encontrar en usted al hombre que me hacía falta. Era preciso que ese médico
fuese persona de mucha fuerza, porque yo sabía que sólo una agresión asesina
podía constituir prueba de locura, y tenía toda clase de razones para creer que
la agresión se realizaría contra mi persona, porque en sus momentos de lucidez
mi cuñado sentía por mí el más profundo afecto. Creo que la inteligencia de
usted suplirá todo lo restante. Yo no sabía si la agresión se produciría
durante la noche, aunque lo creía muy probable, porque en estos casos lo
corriente es que las crisis se presenten en las primeras horas de la mañana. Yo
soy hombre muy nervioso, pero no veía otro recurso para poner la vida de mi
hermana a cubierto de este peligro tremendo. Creo que no hará falta que le
pregunte si está usted dispuesto a firmar los documentos en que conste la
locura furiosa de mi cuñado.
—Los firmaré, desde luego. Pero se necesitan dos
firmas.
—Se olvida usted de que también yo tengo mi diploma
de médico. Los documentos necesarios están ya preparados ahí en esa mesa, de
modo que si usted tiene la bondad de firmarlos ahora mismo podemos sacar de
aquí al enfermo por la mañana.
Ahí tienen ustedes cómo fue el visitar yo al
célebre cazador de escarabajos sir Thomas Rossiter, y ahí tienen también cómo
subí el primer peldaño de la escala del éxito, porque lady Rossiter y lord
Linchmere demostraron ser unos amigos fieles y constantes, y no han olvidado
jamás cómo yo les serví en el momento en que ellos lo necesitaban. Sir Thomas
está ya fuera de la casa de salud y afirman que se ha curado. Sin embargo, sigo
pensando que si yo tuviese que pasar otra noche en Delamere Court, me sentiría inclinado
a cerrar mi puerta con llave por dentro.
Arthur Conan Doyle

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