© Libro N° 8120.
El Barco Naufragado. De
Maupassant, Guy. Emancipación. Diciembre 26 de 2020.
Título
original: © El Barco Naufragado. Guy
De Maupassant
Versión Original: © El Barco Naufragado. Guy De Maupassant
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Guy De Maupassant
El Barco Naufragado
Guy De Maupassant
Esto ocurrió ayer, treinta y uno de diciembre.
Acababa yo de almorzar con mi entrañable amigo
Jorge Garín. El criado le entregó una carta, cuyo sobre iba cubierto de
membretes y sellos extranjeros.
-¿Me permites?
-Por supuesto.
Y comenzó a leer ocho páginas de magnífica letra
inglesa, cruzadas en todas direcciones. Leía despacio, con atención profunda,
con interés verdadero, ese interés que solo se manifiesta en los afectos del
alma.
Luego dejó la carta sobre la chimenea y dijo:
-Ahí tienes una historia muy extraña, que nunca te
conté; una sentimental aventura que me ocurrió en un día treinta y uno de
diciembre, hace veinte años. Entonces tenía yo treinta.
Verás. Desempeñaba el cargo de inspector de la
Compañía marítima que ahora dirijo. Me disponía a pasar en París la fiesta de
Año Nuevo, cuando recibí una carta del director encargándome que marchara
inmediatamente a la isla de Re, donde acababa de naufragar un navío asegurado
por nosotros.
Al momento fui a las oficinas para recibir
instrucciones, y por la tarde salí en el expreso, que al día siguiente me dejó
en La Rochela. Era el treinta y uno de diciembre.
Me sobraban dos horas hasta la salida del vapor
Juan Guiton, que había de llevarme a la isla de Re. Di un paseo por la ciudad.
Verdaderamente, La Rochela es una ciudad curiosa, con las calles laberínticas y
las aceras a la sombra de galerías prolongadas; galerías con arcos, parecidas a
las de la calle de Rívoli, pero más bajas; todo aplastado, confuso, misterioso,
como si todo aquello fuera construido y conservado para servir a eternos
conspiradores, recordando las antiguas luchas, las heroicas y bárbaras luchas
religiosas. Aparece aún con todo el carácter de una ciudad hugonote, grave,
discreta, prudente y humilde, sin monumentos magníficos y soberbios, como los
que se hacen admirar en Ruán; pero interesante por su fisonomía severa y
también algo solapada, la patria de combatientes obstinados, en la cual deben
florecer los fanatismos, el rincón donde se exaltaba la fe de los calvinistas y
donde nació la cábala de los cuatro sargentos.
Después de vagar por las calles bastante rato, me
embarqué en el vaporcito negro y panzudo que debía conducirme a la isla de Re.
Salió silbando, como si estuviera lleno de ira, pasó entre los dos torreones
antiguos que cierran el puerto, atravesó la rada y, dejando atrás el dique
mandado construir por Richelieu, cuyas enormes piedras aparecen a flor de agua
rodeando la ciudad como un collar inmenso, torció hacia la derecha.
Era uno de esos días tristes que oprimen, que
aplastan el pensamiento, que hielan el corazón, que inutilizan toda fuerza y
toda energía espiritual; un día gris, frío, encapotado en una bruma pesada,
húmeda y desapacible.
Bajo esa techumbre plomiza y siniestra, el mar
amarillento, el mar poco profundo y arenoso de aquellas playas interminables
mostraba la superficie lisa y quieta, sin una ola, sin un movimiento, sin un
ruido; ninguna señal de vida; un mar de agua turbia, gruesa; un estanque.
Rompía el Juan Guiton aquella sábana oscura,
produciendo espuma y agitándola con sus ruedas, y dejaba tras de sí
ondulaciones que se calmaban al instante.
Hablé con el capitán, un hombre bajo, de piernas
muy cortas y panzudo como su barco. Le pedí detalles del siniestro que
necesitaba yo comprobar. Un navío de tres palos había sido arrastrado por el
huracán a las playas de la isla de Re, donde quedó encallado.
El impulso fue tan violento -según escribía el
armador, que, siendo imposible poner el casco a flote, recogieron
apresuradamente cuanto pudo salvarse. Yo debía estudiar las condiciones en que
se hallaba la embarcación y deducir su estado al naufragar, juzgando al mismo
tiempo si habían empleado todos los recursos para poner el navío a flote. Si la
indemnización ocasionaba un pleito, en mis informes había de fundar la Compañía
su defensa.
El capitán del Juan Guiton conocía el asunto
perfectamente, habiendo tomado parte con su vapor en las tentativas de
salvamento.
Me refirió el desastre, muy sencillo por cierto. El
navío, empujado por el huracán, perdido en la noche, navegando sin rumbo en un
mar espumoso, “un mar de sopas de leche” -decía el capitán-, había encallado en
los inmensos bancos de arena que al bajar la marea se ofrecen como inacabables
desiertos.
Mientras hablábamos, yo miraba en torno mío y hacia
delante. Me parecía distinguir entre las brumas del cielo y las aguas del mar
una franja de tierra.
-¿Es la isla de Re?
-Sí, caballero.
Y al poco rato el capitán me indicó un objeto
apenas perceptible que se alzaba sobre la superficie del mar.
-Allí está el navío náufrago.
-¿El María José?
-Justo, el mismo.
Me dejó atónito; aquel punto negro se ofrecía entre
las aguas a tres kilómetros de la costa.
-Pero ¿habrá cien brazas de profundidad en el sitio
que usted indica?
El capitán sonrió.
-¿Cien brazas? Acaso no haya dos, puedo asegurarlo.
Llegaremos con marea alta a las nueve y cuarenta. Después de almorzar en el
hotel Delfín tranquilamente, puede usted irse andando por la playa, despacio y
con las manos en los bolsillos; a las dos cincuenta, o lo más tarde a las tres,
podrá usted entrar en el navío sin haberse mojado siquiera los pies, y podrá
usted permanecer allí reconociéndolo una hora y media aproximadamente mientras
dure la marea baja; pero no se retrase usted mucho, porque se vería de pronto
cercado por el agua. Cuanto más el mar se retira, con más presteza vuelve. Es
llana como un plato esta costa. Regrese usted un poco antes de las cuatro y
cincuenta y véngase al vapor que, saliendo a las siete, le dejará en La Rochela
esta misma noche.
Agradecí al capitán sus consejos, y me senté junto
a la proa, contemplando el pueblecito de San Martín, al cual nos aproximábamos
rápidamente.
Se parecía a todos los puertos en miniatura que
sirven de capitales a las pobres islas diseminadas a lo largo de los
continentes. Era un pueblo de pescadores, con un pie metido en el agua y otro
apoyado en la tierra de labor, alimentándose con pescados y aves, legumbres y
mariscos.
La isla me pareció muy baja, de cultivo escaso y
poca población; pero a punto fijo no puedo precisarlo, porque no me interné en
ella.
Después de almorzar subí despacio la cuesta de un
pequeño promontorio y descendí por la otra parte, dirigiéndome a la playa. Como
el mar se iba retirando rápidamente, avancé, caminando en dirección de un
objeto negro que se alzaba sobre la superficie azul, allá, lejos, lejos.
Avancé sobre aquella extensión arenosa, elástica
como la carne y que parecía sudar al sentir la presión de mis pies. El mar se
alejaba, huía, perdiéndose de vista, y era difícil distinguir la línea que
separaba el arenal y el agua. Aquel espectáculo me pareció una magia
sobrenatural y gigantesca. El océano estuvo a mis pies minutos antes y
desaparecía de pronto dejando arenas desnudas, como desaparece una decoración
en los telares de un escenario. Yo caminaba por un desierto. Solamente la
sensación del aire impregnado con los perfumes y sabores del agua salada
persistía en mí. El penetrante olor de las algas, la humedad marítima, llenaban
mi olfato y mis pulmones. Yo, avanzando rápidamente, no sentía frío, miraba el
buque náufrago, que me parecía cada vez más grande y fue tomando a mi vista el
aspecto de una enorme ballena.
Se destacaba más con el sol, y en la inmensa
llanura solitaria y amarillenta adquiría proporciones colosales. Al fin llegué
a tocar el casco del buque hundido, roto, mostrando su armazón como las
costillas de un cadáver; su esqueleto de madera embreada y hendida por gruesos
clavos. La arena lo cegaba, oprimiéndolo, poseyéndolo, sujetándolo, entrando en
él por todas las rendijas. Era la dueña, la señora de aquel despojo. El navío
tenía hundida profundamente su proa en la playa dulce y pérfida, y con la popa levantada
parecía lamentarse de aquella opresión, mostrando al cielo con actitud
suplicante y desesperada los dos nombres puestos allí con letras blancas: María
José.
Subí al navío por la parte que había quedado al ras
del suelo, y llegando al puente, bajé al interior. Entraba claridad por las
compuertas y también por las rendijas de los costados, alumbrando tristemente
aquella especie de cueva larga y sombría.
Sentado sobre una cuba reventada, comencé a tomar
notas acerca del estado lastimoso del buque. A través de una hendidura recibía
luz bastante para escribir y veía la extensión arenosa, desierta y sin límites.
Una sensación de frío y de soledad se apoderaba poco a poco de mí. A veces
interrumpía mis apuntes para escuchar los ruidos misteriosos que resonaban en
el vientre del náufrago; los cangrejos y otros pequeños habitantes del mar se
habían instalado ya entre aquellas paredes, que varios moluscos taladraban y
carcomían sin cesar con su rechinamiento de barrena.
De pronto sonaron cerca de mí voces humanas. Di un
brinco, sorprendido como ante una sobrenatural aparición. Creí un momento que
se alzaba del fondo la sombra de algún ahogado refiriéndome los martirios de su
muerte. Rápido, a saltos, llegué al puente, ayudándome con los puños, y vi en
pie, junto al navío, a un caballero de buena estatura con tres muchachas; o más
bien, un inglés con tres inglesitas. Seguramente sintieron más terror del que
yo había sentido al ver surgir con rápido movimiento una figura humana sobre
aquel navío abandonado. La menor de las niñas huyó, las otras dos se agarraron
a una manga del caballero, el cual había entreabierto la boca, único signo
visible de su emoción.
Luego habló:
-¡Ah señor! ¿Será usted el propietario del buque?
-Sí, caballero.
-¿Nos permitiría visitarlo?
-Sí, caballero.
Entonces endilgó una larga frase inglesa, y creí
que me daba las gracias con extremosa cortesía.
Comprendiendo que buscaban por dónde encaramarse, y
mostrándoles el mejor sitio, les ofrecí la mano. Subió el caballero, y entre
los dos ayudamos a las niñas. Eran encantadoras, la mayor sobre todo: una rubia
de dieciocho años, lozana como un capullo, ¡tan esbelta y tan bonita!
Ciertamente, las inglesas bonitas me parecen tiernos frutos del mar. Parecía
que aquéllas acababan de brotar en la húmeda y suave arena. Sus colores,
rosados y finos, recordaban los de las conchas nacaradas, las madreperlas misteriosas
ocultas en las profundidades incógnitas de los océanos.
Hablaba mejor que su padre y me servía de
intérprete. Fue necesario explicar el naufragio con minuciosos detalles, que yo
inventé, como si hubiese presenciado la catástrofe. Luego toda la familia bajó
a las bodegas. Cuando entraban en la medrosa galería lanzaron gritos de
sorpresa y admiración, y al punto el padre y las tres hijas empuñaron sus
álbumes, que llevaban sin duda en los bolsillos de sus impermeables, y
empezaron a trazar croquis y bosquejos, cada uno a su manera, del triste y
singular aspecto de aquella ruina.
Se habían sentado juntos en el extremo saliente de
una viga, y los cuatro álbumes sobre las ocho rodillas se cubrían de pequeños
trazos negros que debían representar el vientre abierto del María José.
Sin desatender su dibujo, la mayor de las muchachas
hablaba conmigo mientras yo seguía inspeccionando el esqueleto del buque.
Supe que pasaban el invierno en Biarritz y que
habían ido a la isla de Re con el objeto único de contemplar el navío
embarrancado. Aquella familia, exenta en absoluto de la tiesura inglesa,
ofrecía el simpático aspecto de sencillez y chifladura que distingue a los
curiosos vagabundos que salen de Inglaterra para derramarse por el universo. El
padre, alto, enjuto, con los carrillos muy rojos y las patillas muy blancas,
era una especie de sándwich viviente: su cabeza parecía, en realidad, una
loncha de jamón cortado en forma de rostro humano y oprimido entre dos
rebanadas de pan. Las niñas eran también larguiruchas y delgadas, así como
zancudas, pequeñas de cría, exceptuando a la mayor, que tenía formas correctas.
Las tres eran bonitas; pero la mayor sobre todo.
Hablaba, sonreía, escuchaba, interrogaba con sus
ojos azules, de manera muy graciosa; y atendiéndome y dibujando, lo hacía todo
con tanta gracia, tenía tal atractivo para mí, que hubiera estado junto a ella
oyéndola y contemplándola eternamente.
De pronto me dijo:
-El buque se mueve.
Fijando mi atención, oí un ligero murmullo extraño,
continuo. ¿Qué sucedía? Me levanté para ir a mirar por una hendidura, y lancé
un grito violento. El mar nos rodeaba. En un instante subimos todos al puente.
Se nos había hecho tarde. El agua corría con prodigiosa velocidad, invadiendo
la costa. Se deslizaba, extendiéndose y agrandándose como una mancha infinita.
Cubría ligeramente la arena; pero la cubría en una extensión tan considerable,
que no era posible distinguir su límite lejano.
El inglés quiso lanzarse a la playa; lo detuve; la
huida era, más que arriesgada, imposible, a causa de los hoyos profundos que
pudimos bordear estando la playa en seco y donde caeríamos inevitablemente.
Sentimos un momento de angustia cruel. Luego la
inglesita sonrió, diciéndome:
-¡Ahora somos los náufragos!
Quise reírle la gracia, pero el miedo no me lo
consintió; un miedo estúpido, vergonzoso y ruin. Todos los peligros que podían
sobrevenir se me ofrecieron juntos en la imaginación. Estuve a punto de gritar:
“¡Socorro! ¡Socorro!” Pero ¿a quién dirigirme?
Las dos inglesitas menores habíanse arrimado a su
padre, y éste miraba consternado el mar inmenso que nos rodeaba.
Y la noche iba cerrando con tanta prisa como el
agua iba subiendo; una noche pesada, húmeda, fría como el hielo.
Entonces dije:
-No hay más remedio que aguardar aquí.
El inglés murmuró:
-¡No hay más remedio!
Y allí estuvimos media hora, una hora; en verdad,
no sé cuánto tiempo, mirando en torno el agua que subía, giraba, hinchándose,
haciendo espuma, como si jugueteara sobre aquel inmenso arenal reconquistado.
Una de las niñas se quejó de frío, y quisimos bajar
al interior del buque para ponernos a cubierto de la brisa ligera y helada que
nos hería con sutiles alfilerazos.
Pero el agua lo había invadido todo y tuvimos que
recogernos contra la borda, que nos resguardaba un poco.
La oscuridad era cada vez mayor, y allí estábamos
los cinco apiñados entre las negruras del cielo y los murmullos del mar. Yo
sentía estremecerse contra mi pecho la espalda de la inglesita, cuyos dientes
rechinaban a cada punto; a través de las ropas también sentía el calor
agradable de su cuerpo, que me resultaba delicioso como una caricia. No
hablábamos, permaneciendo inmóviles, mudos, acurrucados como bestias en un hoyo
para guarecerse del huracán. Y, sin embargo, a pesar de todo, a pesar de la
noche, a pesar del peligro que aumentaba por momentos, empecé a sentir la dicha
de hallarme allí, gozando con el frío y el riesgo de aquellas horas eternas de
oscuridad y angustia, cerca de aquella deliciosa muchacha.
Reflexionando, no sabía yo mismo a qué atribuir la
extraña sensación de bienestar y de alegría que me penetraba.
¿Por qué? ¿Alguien lo sabe? ¿Porque la tenía junto
a mí? ¿A quién? ¿A ella? ¿Y quién era ella? Una inglesita desconocida. No me
sentía enamorado ni apasionado, y me inspiraba una ternura muy grande, un
encanto, una irresistible atracción. Hubiera querido a toda costa salvarla,
consagrarme a ella, realizar locuras por ella. ¡Cosa extraña! ¿Es posible que
la presencia de una mujer nos trastorne de tal modo? ¿Es ese poder de su gracia
lo que nos envuelve? ¿Es la seducción de la hermosura y de la juventud, que nos
embriagan como el vino?
Será tal vez una especie de contacto amoroso,
afinidad, misterio de amor que procura sin descanso unir a los seres, que pone
sus artes en juego desde que se miran un hombre y una mujer por vez primera, y
que los hiere con una emoción difusa, una emoción secreta, diseminada en todo
el ser, como se humedece la tierra para que germinen las flores.
Pero el silencio de la oscuridad causaba espanto;
el silencio del cielo, porque las aguas, removiéndose constantemente con un
murmullo vago, ligero, infinito, con el rumor de un mar que sube
tranquilamente, nos amenazaban.
Oí sollozos: la menor de las niñas lloraba. Su
padre, queriendo consolarla, le explicaba no sé cuántas cosas en su idioma.
Comprendí que su largo discurso tenía por objeto distraerla de los temores que
la inquietaban.
Pregunté a la que se hacía dueña de mí con la dulce
presión de su cuerpo:
-¿Tiene usted frío, señorita?
-¡Oh, sí! ¡Tengo mucho frío!
Quise darle mi abrigo, pero lo rechazó. Ya me lo
había quitado y la envolví, a su pesar. En la breve lucha que sostuvimos,
tropezando su mano con la mía, un latigazo de placer estremeció toda mi carne.
Pasados algunos minutos, arreció el aire y el mar
chocaba con más fuerza en las maderas del buque. Me incorporé; una ráfaga me
azotó el rostro. Se había levantado el viento.
Advirtiéndolo también el inglés, dijo
sencillamente:
-Malo; esto es malo para nosotros…
Era la muerte segura si el menor oleaje azotaba y
sacudía el deshecho casco.
Crecía nuestra angustia de segundo en segundo; el
viento era cada vez más fuerte. Poco a poco aparecían en la oscuridad movedizas
rayas blancas; el mar se agitaba, y el María José, balanceándose, nos hacía
estremecer.
La inglesa temblaba; sintiéndola vibrar sobre mí,
me costaba trabajo contenerme y no estrecharla entre mis brazos.
A lo lejos, detrás de nosotros, al frente, a
derecha y a izquierda, brillaban los faros de las costas: luces blancas,
amarillas, rojas; unas girando como gigantescos ojos, otras fijas como
estrellas del cielo; todas parecían contemplarnos aguardando la hora en que nos
hundiríamos para siempre. Sobre todo una de aquellas luces me irritaba,
encendiéndose y apagándose de medio en medio minuto; aquello era una mirada
viva, de fuego, a intervalos cubierta, en regular y desesperante parpadeo.
De cuando en cuando el inglés encendía un fósforo
para ver la hora; luego se guardaba el reloj en el bolsillo. Al fin, una de las
veces, con el reloj en la mano y alzando la cabeza sobre las de sus hijas, me
dijo con soberana gravedad:
-Le deseo a usted un feliz Año Nuevo.
Eran las doce. Le ofrecí una mano y la oprimió;
luego pronunció una frase inglesa y de pronto sus hijas entonaron el himno Dios
Salve a la Reina, que se alzó en la oscuridad, perdiéndose a través del
espacio.
La primera impresión que aquello me produjo fue de
risa; luego me sentí profunda y extrañamente conmovido.
Era imponente y siniestro aquel himno de náufragos,
de condenados, algo como una plegaria; más grande aún; algo comparable al
antiguo y sublime Ave, Cesar, moriture te salutant.
Cuando acabaron supliqué a mi vecina que me cantase
una balada, una leyenda, lo que fuese más de su agrado, para distraer nuestras
angustias. Accedió, y su voz clara y juvenil revoloteaba entre las negruras de
la noche cantando una canción, triste sin duda, porque las notas lentas se
arrastraban como pájaros heridos rozando las crestas de las olas.
El mar, enardecido, sacudía el casco del buque. Yo
sólo pensaba en aquella voz, que me hacía recordar el canto de la sirena. Si
una barca de pescadores hubiese cruzado cerca de nosotros, ¿qué hubieran dicho
los tripulantes? Mi espíritu, atormentado, se desvanecía en ensueños. ¡Una
sirena! En verdad, ¿no era una sirena, una hija del mar aquella criatura que me
había retenido en el buque abandonado y que muy pronto se hundiría conmigo
entre las olas?
Bruscamente rodamos todos. Había mudado el María
José de postura, echándose de pronto hacia el costado derecho. La inglesa cayó
sobre mí; la estreché entre mis brazos, y, sin darme cuenta de lo que hacía,
sin atender a nada, sin meditar nada, creyendo llegado el último instante de mi
existencia, la besé como un loco en el pelo, en la frente y en las mejillas. El
buque ya no se movía, estaba quieto; nosotros también.
El padre dijo:
-¡Kate!
La que oprimía yo entre mis brazos respondió:
-¡Sí!
Y procuraba desasirse.
Hubiera yo querido en aquel momento que se partiera
en pedazos el buque y que ella cayese conmigo al agua.
El padre añadió:
-Una pequeña sacudida, nada. Conservo a mis tres
hijas.
Al caer, no viéndola junto a las otras, la creyó
perdida.
Me levanté y vi una luz en el mar, cerca de
nosotros. Era una barca. Grité; me contestaron; iban a buscarnos, porque había
supuesto nuestra imprudencia el dueño del hotel.
¡Salvados al fin! ¡Esto me contristaba! Nos
recogieron y nos llevaron a San Martín.
El inglés murmuraba, frotándose las manos:
-¡Buena cena! ¡Buena cena!
Cenamos juntos; pero yo estaba triste, sentía la
nostalgia de aquellas horas de peligro y ternura en el María José.
Al día siguiente nos despedimos. Ella me prometió
escribirme. Se fueron a Biarritz. Estuve a punto de ir tras ella.
Me había impresionado profundamente; si aquello
dura siquiera una semana, me caso con la inglesita. ¡Cuántas veces el hombre se
muestra débil, incomprensible!
Durante dos años no tuve noticias. Luego recibí una
carta de Nueva York. Se había casado y me lo participaba.
Desde entonces nos escribimos todos los años a
primeros de enero. Ella me refiere su vida, me habla de sus hijos, de sus
hermanas, ¡jamás de su marido! ¿Por qué? ¡Ah! ¿Por qué? Yo le recuerdo
solamente aquellas horas pasadas en el buque abandonado. Es la única mujer que
me ha enamorado; es decir, que me hubiera enamorado si… ¿quién sabe? Las
circunstancias nos conducen… Y luego… Todo pasa… Debe ya ser vieja… No la
reconocería… ¡Oh, la de mi juventud, la de aquel día!… ¡Encantadora! En sus
cartas me dice que ya tiene blanco el pelo… ¡Dios mío! Saberlo me angustia. ¡Su
cabello rubio…, tan rubio!… No, la que yo conocí no existe!… No es la misma…
¡Qué tristeza!
FIN

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