© Libro N° 8115.
El Loco. De
Maupassant, Guy. Emancipación. Diciembre 26 de 2020.
Título
original: © El Loco. Guy De
Maupassant
Versión Original: © El Loco. Guy De Maupassant
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Guy De Maupassant
El Loco
Guy De Maupassant
Cuando murió presidía uno de los más altos
tribunales de Justicia de Francia y era conocido en el resto por su trayectoria
ejemplar. Se había ganado el profundo respeto de abogados, fiscales y jueces,
que se inclinaban ante su elevada figura de rostro grave, pálido y enjuto y
mirada penetrante.
Su única preocupación había consistido en perseguir
a los criminales y defender a los más débiles. Los asesinos y los estafadores
le tenían por su peor enemigo, ya que parecía ser capaz de leer sus
pensamientos y adivinar las intenciones que ocultaban en los rincones más
oscuros de sus almas.
Su muerte, a la edad de 82 años, había provocado
una sucesión de homenajes y el pesar de todo un pueblo. Había sido escoltado
hasta su tumba por soldados vestidos con pantalones rojos, e ilustres
magistrados habían derramado sobre su ataúd lágrimas que parecían sinceras.
Sin embargo, poco después de su entierro, el
notario descubrió un estremecedor documento en el escritorio donde solía
guardar los sumarios de sus grandes casos. Su primera hoja estaba encabezada
por el título: «¿POR QUÉ?».
* * *
20 de junio de 1851.
Acabo de dictar sentencia. ¡He condenado a muerte a
Blondel! Me pregunto por qué mató este hombre a sus cinco hijos. ¿Por qué? Uno
se encuentra a menudo con personas para quienes el hecho de quitar la vida a
otra parece suponer un placer. Sí, debe de ser un placer, quizá el mayor de
todos. ¿Acaso matar no es lo que más se asemeja a crear? ¡Hacer y destruir! La
historia del mundo, la historia del universo, todo lo que existe… absolutamente
todo se resume en estas dos palabras. ¿Por qué es tan embriagador matar?
25 de junio.
Un ser vive, anda, corre… ¿Un ser? ¿Qué es un ser?
Es una cosa animada que contiene el principio del movimiento y una voluntad que
dirige este principio. Pero esa cosa acaba convirtiéndose en nada. Sus pies
carecen de raíces que los sujeten al suelo. Constituye un grano de vida que se
mueve separado de la tierra; un grano de vida, procedente de un lugar que
desconozco, que puede ser destruido por deseo de cualquiera. Entonces ya no es
nada. Nada. Desaparece; se acaba.
26 de junio.
¿Por qué es un crimen matar? ¿Por qué, si es la ley
suprema de la Naturaleza? Todos los seres tienen esta misión: matar para vivir
y vivir para matar. Nuestra propia condición está sujeta a este hecho. Las
bestias matan continuamente, durante todos los instantes de cada uno de los
días de su vida. El hombre mata para alimentarse; pero, como también necesita
matar por puro placer, ha inventado la caza. El niño mata a los insectos, a los
pajaritos… a todos los animalillos que caen en sus manos. Todo ello no basta
para calmar la irresistible necesidad que todos sentimos. Matar animales no es
suficiente para nosotros; necesitamos también matar personas. Las
civilizaciones antiguas satisfacían su ansia con sacrificios humanos. Hoy,
vivir en sociedad nos ha obligado a convertir el asesinato en un grave delito
y, como no podemos entregarnos libremente a este instinto natural, cada cierto
tiempo desencadenamos una guerra para calmarlo. Así, todo un pueblo se dedica a
aplastar a otro en un derroche de sangre que hace perder la cabeza a los
ejércitos y que embriaga también a la población civil: mujeres y niños, que a
la luz de las velas, leen por la noche el exaltado relato de las matanzas.
Sería lógico suponer que se desprecia a los que
elegimos para llevar a cabo estas carnicerías. Pues bien, por el contrario, les
tributamos homenaje y les cubrimos de honores. Se les engalana con
resplandecientes vestiduras de oro y se atavían con sombreros de plumas. Les
otorgamos títulos, cruces, recompensas de todo tipo. Son admirados por las
mujeres y respetados y aplaudidos por las multitudes… ¡sólo porque su misión
consiste en derramar sangre humana! Desfilan por las calles con sus
herramientas de muerte mientras el ciudadano común, vestido de oscuro, los
contempla con envidia. Matar es la ley suprema que la Naturaleza ha impreso en
el corazón de cada ser. ¡No hay nada tan bello y honorable como matar!
30 de junio.
Matar es la gran ley. La Naturaleza ama la juventud
eterna y nos empuja a acabar con la vida sin que apenas nos demos cuenta. En
cada una de sus manifestaciones parece apremiarnos gritando: «¡Rápido!
¡Rápido!». A medida que destruye se va renovando.
2 de julio.
¿Qué es el ser? Todo y nada. A través del
pensamiento es el reflejo de todo. A través de la memoria y de la ciencia es un
resumen del mundo, porque guarda en sí la historia de éste. Como espejo de las
cosas y reflejo de los hechos, cada ser humano se convierte en un universo
dentro del Universo. Pero al viajar y contemplar la diversidad de las etnias el
hombre se convierte en nada. ¡Ya no es nada! Desde la cumbre de una montaña no
es posible distinguirlo. Cuando el barco se aleja de la orilla, plagada por la
muchedumbre, sólo se divisa la costa. El ser es tan pequeño, tan
insignificante, que desaparece. Crucen Europa en un tren rápido. Al mirar por
la ventanilla verán hombres, hombres, siempre hombres; hombres innumerables y
desconocidos que hormiguean por las calles, que hormiguean por los campos,
mujeres despreciables cuyo único cometido se limita a parir y dar la comida al
macho y estúpidos campesinos que sólo saben destripar terrones.
Viajad a China o a la India. Allí también verán
agitarse a miles de millones de seres, que nacen, viven y mueren sin dejar otra
huella que la de un insecto aplastado sobre el polvo de un camino. Vayan a las
tierras de los negros, alojados en cabañas de barro, y a las de los árabes,
cobijados bajo una lona parda que ondea al viento. Comprenderán que el ser
aislado, el individuo, no es nada. Nada. A estos pueblos, que son sabios, no
les inquieta la muerte. Para ellos el hombre no significa nada. Matan a sus enemigos
sin piedad; es la guerra. Hace tiempo nosotros hacíamos lo mismo de provincia
en provincia, de mansión en mansión.
Atraviesen el mundo y comprueben cómo hormiguean
los humanos, innumerables y desconocidos. ¿Desconocidos? ¡Esta es la clave del
problema! Matar constituye un crimen porque los seres están numerados. Cuando
nacen se les da un nombre, se les registra, se les bautiza. ¡De eso se trata!
La Ley los posee. El ser que no está inscrito no cuenta. Mátenlo en el desierto
o en el páramo; mátenlo en la montaña o en la llanura. ¿Qué importa? La
Naturaleza ama la muerte. ¡Ella no castiga!
Lo que, sin duda, es sagrado, es el Registro Civil.
Él es quien defiende al individuo. El ser se convierte en sagrado cuando es
inscrito en el Registro. Respeten al Dios legal. ¡Pónganse de rodillas ante el
Registro Civil!
Al Estado le está permitido matar porque tiene
derecho a modificar el Registro Civil. Cuando sacrifica a doscientos mil
hombres en una guerra, los borra del Registro; sus escribanos, sencillamente,
los suprimen. Acaban con ellos. Pero nosotros debemos respetar la vida; no
podemos cambiar los libros de los ayuntamientos. ¡Yo te saludo, Registro Civil,
divinidad gloriosa que reinas en los templos de los municipios! Eres más
poderoso que la Naturaleza. ¡Ja, ja, ja!
3 de julio.
Matar debe ser un extraño y maravilloso placer:
tener delante de uno a un ser vivo capaz de pensar; hacerle un agujerito, sólo
uno; ver como mana por él la sangre roja, que transporta la vida, y ya no tener
delante más que un montón de carne inerte y fría, vacía de pensamientos.
5 de agosto.
Me he pasado la vida juzgando y condenando, matando
con mis palabras y con la guillotina a quienes habían asesinado con un
cuchillo. ¡Yo! Si yo hiciera lo mismo que todos los hombres a quienes he
castigado, ¿quién lo descubriría?
10 de agosto.
Nadie lo sabría jamás. ¿Acaso sospecharían de mí,
de mí, si elijo a un ser al que no tengo el menor interés en hacer desaparecer?
15 de agosto.
La tentación ha penetrado en mí reptando como un
gusano y se pasea por todo mi cuerpo. Se pasea por mi cabeza, que no piensa más
que en matar; se pasea por mis ojos, que necesitan contemplar la sangre y ver
morir; se pasea por mis oídos, que no dejan de escuchar algo terrible y
desgarrador: el último grito de un ser; se pasea por mis piernas, que anhelan
dirigirse al lugar donde ocurrirá; se pasea por mis manos, que tiemblan por la
necesidad de matar.
¡Cuán extraordinario tiene que ser, tan propio de
un hombre libre, dueño de su corazón, que está por encima de los demás y busca
sensaciones refinadas!
22 de agosto.
Ya no podía esperar más. He matado un animalito
para ensayar, sólo para empezar.
Jean, mi criado, tenía un jilguero encerrado en una
jaula que estaba colgada en la ventana de la cocina. Lo he mandado a hacer un
recado y he aprovechado su ausencia para coger al pájaro. Lo he aprisionado con
mi mano; sentía latir su corazón. Estaba caliente. Después he subido a mi
cuarto. De vez en cuando apretaba con más fuerza al pajarito; su corazón latía
más deprisa. Era tan atroz como delicioso. He estado a punto de ahogarlo, pero
no habría visto su sangre.
He cogido unas tijeritas de uñas y, con suavidad,
le he cortado el cuello de tres tijeretazos. Abría el pico desesperadamente,
tratando de respirar. Intentaba escapar, pero yo lo sujetaba con fuerza. ¡Vaya
si lo sujetaba! ¡Habría sido capaz de sujetar a un dogo furioso! Por fin he
visto correr la sangre. ¡Qué hermosa es la sangre roja, brillante, viva! La
hubiera bebido con gusto. He mojado en ella la punta de mi lengua. Tiene un
sabor agradable. ¡Pero el pobre jilguero tenía tan poca! No he tenido tiempo de
disfrutar del espectáculo tanto como me hubiera gustado. Tiene que ser soberbio
ver desangrarse a un toro.
Para terminar, he hecho lo mismo que los asesinos
de verdad: he lavado las tijeras, me he enjuagado las manos y he tirado toda el
agua. Después he llevado el cadáver al jardín para ocultarlo. Lo he enterrado
debajo de una mata de fresas. Nunca lo encontrarán. Todos los días comeré un
fruto de esa planta. ¡Uno puede disfrutar realmente de la vida si sabe cómo
hacerlo!
Mi criado ha lamentado la pérdida del pajarito.
Cree que se ha escapado. ¿Cómo va a sospechar de mí? ¡Ja, ja, ja!
25 de agosto.
¡Necesito matar a una persona! ¡Tengo que hacerlo!
30 de agosto.
Ya lo he hecho. ¡Qué poca cosa!
Había ido a pasear por el bosque de Vernes.
Caminaba sin pensar en nada cuando, de repente, ha aparecido en el camino un
chiquillo que iba comiéndose una tostada con mantequilla.
Se ha detenido para verme pasar y me ha saludado:
«¡Hola, señor Presidente!».
En mi cabeza ha aparecido una idea muy clara: «¿Y
si lo mato?».
Le he preguntado:
-¿Estás solo, muchacho?
-Sí, señor.
-¿Completamente solo en el bosque?
-Sí, señor.
Los deseos de matarlo me han embriagado como el
vino. Me he acercado a él con sigilo, pensando que iba a tratar de huir. Lo he
agarrado por la garganta y he apretado, he apretado con todas mis fuerzas. Me
ha mirado aterrorizado con unos ojos espantosos. ¡Qué ojos! Eran muy redondos,
profundos… ¡terribles! Jamás había experimentado una sensación tan brutal… pero
tan breve. Sus manecitas se aferraban a mis puños mientras su cuerpo se
retorcía. He seguido apretando hasta que ha quedado inmóvil.
Mi corazón latía con tanta fuerza como el del
pájaro. He arrojado su cuerpo a la cuneta y lo he cubierto con hierbas.
Al volver a casa he cenado bien. ¡Qué poca cosa! Me
sentía alegre, ligero, rejuvenecido. Después he pasado la velada en casa del
prefecto. Todos los que allí se encontraban han juzgado mi conversación muy
ingeniosa.
¡Pero no he visto la sangre! Aún no estoy
tranquilo.
30 de agosto.
Han descubierto el cadáver y buscan al asesino.
¡Ja, ja, ja!
1 de septiembre.
Han detenido a dos vagabundos; pero no tienen
pruebas.
2 de septiembre.
Han venido a verme los padres llorando. ¡Ja,ja,ja!
6 de octubre.
No se ha descubierto nada. Suponen que algún
merodeador habrá cometido el crimen. ¡Ja, ja, ja! Estoy seguro de que estaría
más tranquilo si hubiera visto correr la sangre.
18 de octubre.
El ansia de matar sigue envenenándome. Es
comparable con los delirios de amor que nos torturan a los 20 años.
20 de octubre.
Otro más. Caminaba por la orilla del río después de
almorzar. Era mediodía. Bajo un sauce dormía un pescador. En un campo cercano,
sembrado de patatas, había una azada. Parecía que alguien la había dejado allí
expresamente para mí.
La he cogido, me he acercado, la he levantado como
si se tratase de una maza y con el filo, de un solo golpe, le he partido la
cabeza al pescador. ¡Oh! ¡Este sí que sangraba! Era una sangre muy roja que,
mezclada con sus sesos, se deslizaba muy suavemente hacia el agua. Me he
marchado sin que nadie me viera y con toda tranquilidad. ¡Yo habría sido un
asesino excelente!
25 de octubre.
Todo el mundo comenta el caso del pescador. Se
acusa a su sobrino, que estaba pescando con él.
26 de octubre.
El juez instructor del caso asegura que el sobrino
es culpable. En la ciudad todo el mundo lo cree. ¡Ja, ja, ja!
27 de octubre.
El sobrino se defiende muy mal. Afirma que había
ido al pueblo a comprar pan y queso. Jura que mataron a su tío durante su
ausencia. ¿Quién va a creerle?
28 de octubre.
Han mareado tanto al sobrino que ha estado a punto
de confesarse culpable. ¡Ja, ja, ja! ¡Vaya con la Justicia!
15 de noviembre.
Tienen pruebas abrumadoras contra el sobrino. Era
el único heredero de su tío. Yo presidiré el tribunal.
25 de enero.
¡A muerte! ¡A muerte! ¡Le he condenado a muerte!
¡Ja, ja, ja! El fiscal habló como un ángel. ¡Ja, ja, ja! Uno más. Asistiré a su
ejecución.
18 de marzo.
Se acabó. Lo han guillotinado esta mañana. ¡Bien
muerto está! Me ocasionó un grato placer. ¡Qué bello es ver cómo le cortan la
cabeza a un hombre! La sangre ha brotado como una marea. Si hubiera podido, me
habría bañado en ella. ¡Oh, qué maravilla tenderme debajo, dejar que empape mi
rostro y mi cabello y levantarme teñido de rojo! ¡Si supieran…!
Pero ahora debo esperar. Puedo hacerlo. Cualquier
descuido o imprudencia podría delatarme.
* * *
El manuscrito tenía muchas más páginas; pero
ninguna de ellas relataba un nuevo asesinato.
Los psiquiatras que lo han estudiado aseguran que
en el mundo existen muchos locos ignorados, tan hábiles y temibles como este
monstruoso lunático.

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