Libro N° 8060. El Barril De Amontillado. Poe, Edgar Allan.
© Libro N° 8060.
El Barril De Amontillado. Poe, Edgar
Allan. Emancipación. Diciembre 12 de 2020.
Título
original: ©
El Barril De Amontillado. Edgar Allan Poe
Versión Original: © El Barril De Amontillado. Edgar Allan
Poe
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Edgar Allan Poe
El Barril De Amontillado
Edgar Allan Poe
Edgar Allan Poe
(Boston, 1809 - Baltimore, 1849)
El barril de amontillado
(“The Cask of Amontillado”, 1846)
Originalmente publicado in Godey’s Lady’s Book
(noviembre 1846)
Había
yo soportado hasta donde me era posible las mil ofensas de que Fortunato me
hacía objeto, pero cuando se atrevió a insultarme juré que me vengaría.
Vosotros, sin embargo, que conocéis harto bien mi alma, no pensaréis que
proferí amenaza alguna. Me vengaría a la larga; esto quedaba definitivamente
decidido, pero, por lo mismo que era definitivo, excluía toda idea de riesgo.
No sólo debía castigar, sino castigar con impunidad. No se repara un agravio
cuando el castigo alcanza al reparador, y tampoco es reparado si el vengador no
es capaz de mostrarse como tal a quien lo ha ofendido.
Téngase en cuenta que ni mediante hechos ni palabras había yo dado
motivo a Fortunato para dudar de mi buena disposición. Tal como me lo había
propuesto, seguí sonriente ante él, sin que se diera cuenta de que mi sonrisa
procedía, ahora, de la idea de su inmolación.
Un
punto débil tenía este Fortunato, aunque en otros sentidos era hombre de
respetar y aun de temer. Enorgullecíase de ser un connaisseur en materia de
vinos. Pocos italianos poseen la capacidad del verdadero virtuoso. En su mayor
parte, el entusiasmo que fingen se adapta al momento y a la oportunidad, a fin
de engañar a los millonarios ingleses y austriacos. En pintura y en alhajas
Fortunato era un impostor, como todos sus compatriotas; pero en lo referente a
vinos añejos procedía con sinceridad. No era yo diferente de él en este
sentido; experto en vendimias italianas, compraba con largueza todos los vinos
que podía.
Anochecía ya, una tarde en que la semana de carnaval llegaba a su locura
más extrema, cuando encontré a mi amigo. Acercóseme con excesiva cordialidad,
pues había estado bebiendo en demasía. Disfrazado de bufón, llevaba un ajustado
traje a rayas y lucía en la cabeza el cónico gorro de cascabeles. Me sentí tan
contento al verle, que me pareció que no terminaría nunca de estrechar su mano.
—Mi
querido Fortunato —le dije—, ¡qué suerte haberte encontrado! ¡Qué buen
semblante tienes! Figúrate que acabo de recibir un barril de vino que pasa por
amontillado, pero tengo mis dudas.
—¿Cómo? —exclamó Fortunato—. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y a
mitad de carnaval…!
—Tengo
mis dudas —insistí—, pero he sido lo bastante tonto como para pagar su precio
sin consultarte antes. No pude dar contigo y tenía miedo de echar a perder un
buen negocio.
—¡Amontillado!
—Tengo
mis dudas.
—¡Amontillado!
—Y
quiero salir de ellas.
—¡Amontillado!
—Como
estás ocupado, me voy a buscar a Lucresi. Si hay alguien con sentido crítico,
es él. Me dirá que…
—Lucresi es incapaz de distinguir entre amontillado y jerez.
—Y sin
embargo no faltan tontos que afirman que su gusto es comparable al tuyo.
—¡Ven!
¡Vamos!
—¿Adónde?
—A tu
bodega.
—No,
amigo mío. No quiero aprovecharme de tu bondad. Noto que estás ocupado, y
Lucresi…
—No
tengo nada que hacer; vamos.
—No,
amigo mío. No se trata de tus ocupaciones, pero veo que tienes un fuerte
catarro. Las criptas son terriblemente húmedas y están cubiertas de salitre.
—Vamos
lo mismo. Este catarro no es nada. ¡Amontillado! Te has dejado engañar. En
cuanto a Lucresi, es incapaz de distinguir entre jerez y amontillado.
Mientras decía esto, Fortunato me tomó del brazo. Yo me puse un antifaz
de seda negra y, ciñéndome una roquelaure, dejé que me llevara apresuradamente
a mi palazzo.
No
encontramos sirvientes en mi morada; habíanse escapado para festejar
alegremente el carnaval. Como les había dicho que no volvería hasta la mañana
siguiente, dándoles órdenes expresas de no moverse de casa, estaba bien seguro
de que todos ellos se habían marchado de inmediato apenas les hube vuelto la
espalda.
Saqué
dos antorchas de sus anillas y, entregando una a Fortunato, le conduje a través
de múltiples habitaciones hasta la arcada que daba acceso a las criptas.
Descendimos una larga escalera de caracol, mientras yo recomendaba a mi amigo
que bajara con precaución. Llegamos por fin al fondo y pisamos juntos el húmedo
suelo de las catacumbas de los Montresors.
Mi
amigo caminaba tambaleándose, y al moverse tintinearon los cascabeles de su
gorro.
—El
barril —dijo.
—Está
más delante —contesté—, pero observa las blancas telarañas que brillan en las
paredes de estas cavernas.
Se
volvió hacía mí y me miró en los ojos con veladas pupilas, que destilaban el
flujo de su embriaguez.
—¿Salitre? —preguntó, después de un momento.
—Salitre —repuse—. ¿Desde cuándo tienes esa tos?
El
violento acceso impidió a mi pobre amigo contestarme durante varios minutos.
—No es
nada —dijo por fin.
—Vamos
—declaré con decisión—. Volvámonos; tu salud es preciosa. Eres rico, respetado,
admirado, querido; eres feliz como en un tiempo lo fui yo. Tu desaparición
sería lamentada, cosa que no ocurriría en mi caso. Volvamos, pues, de lo
contrario, te enfermarás y no quiero tener esa responsabilidad. Además está
Lucresi, que…
—¡Basta! —dijo Fortunato—. Esta tos no es nada y no me matará. No voy a
morir de un acceso de tos.
—Ciertamente que no —repuse—. No quería alarmarte innecesariamente. Un
trago de este Medoc nos protegerá de la humedad.
Rompí
el cuello de una botella que había extraído de una larga hilera de la misma
clase colocada en el suelo.
—Bebe
—agregué, presentándole el vino.
Mirándome de soslayo, alzó la botella hasta sus labios. Detúvose y me
hizo un gesto familiar, mientras tintineaban sus cascabeles.
—Brindo —dijo— por los enterrados que reposan en torno de nosotros.
—Y yo
brindo por que tengas una larga vida.
Otra
vez me tomó del brazo y seguimos adelante.
—Estas
criptas son enormes —observó Fortunato.
—Los
Montresors —repliqué— fueron una distinguida y numerosa familia.
—He
olvidado vuestras armas.
—Un
gran pie humano de oro en campo de azur; el pie aplasta una serpiente rampante,
cuyas garras se hunden en el talón.
—¿Y el
lema?
—Nemo
me impune lacessit.
—¡Muy
bien! —dijo Fortunato.
Chispeaba el vino en sus ojos y tintineaban los cascabeles. El Medoc
había estimulado también mi fantasía. Dejamos atrás largos muros formados por
esqueletos apilados, entre los cuales aparecían también barriles y pipas, hasta
llegar a la parte más recóndita de las catacumbas. Me detuve otra vez,
atreviéndome ahora a tomar del brazo a Fortunato por encima del codo.
—¡Mira
cómo el salitre va en aumento! —dije—. Abunda como el moho en las criptas.
Estamos debajo del lecho del río. Las gotas de humedad caen entre los huesos…
Ven, volvámonos antes de que sea demasiado tarde. La tos…
—No es
nada —dijo Fortunato—. Sigamos adelante, pero bebamos antes otro trago de
Medoc.
Rompí
el cuello de un frasco de De Grâve y se lo alcancé. Vaciolo de un trago y sus
ojos se llenaron de una luz salvaje. Riéndose, lanzó la botella hacia arriba,
gesticulando en una forma que no entendí.
Lo
miré, sorprendido. Repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
—¿No
comprendes?
—No
—repuse.
—Entonces no eres de la hermandad.
—¿Cómo?
—No
eres un masón.
—¡Oh,
sí! —exclamé—. ¡Sí lo soy!
—¿Tú,
un masón? ¡Imposible!
—Un
masón —insistí.
—Haz
un signo —dijo él—. Un signo.
—Mira
—repuse, extrayendo de entre los pliegues de mi roquelaure una pala de albañil.
—Te
estás burlando —exclamó Fortunato, retrocediendo algunos pasos—. Pero vamos a
ver ese amontillado.
—Puesto que lo quieres —dije, guardando el utensilio y ofreciendo otra
vez mi brazo a Fortunato, que se apoyó pesadamente. Continuamos nuestro camino
en busca del amontillado. Pasamos bajo una hilera de arcos muy bajos,
descendimos, seguimos adelante y, luego de bajar otra vez, llegamos a una
profunda cripta, donde el aire estaba tan viciado que nuestras antorchas
dejaron de llamear y apenas alumbraban.
En el
extremo más alejado de la cripta se veía otra menos espaciosa. Contra sus
paredes se habían apilado restos humanos que subían hasta la bóveda, como puede
verse en las grandes catacumbas de París. Tres lados de esa cripta interior
aparecían ornamentados de esta manera. En el cuarto, los huesos se habían
desplomado y yacían dispersos en el suelo, formando en una parte un
amontonamiento bastante grande. Dentro del muro así expuesto por la caída de
los huesos, vimos otra cripta o nicho interior, cuya profundidad sería de unos
cuatro pies, mientras su ancho era de tres y su alto de seis o siete. Parecía
haber sido construida sin ningún propósito especial, ya que sólo constituía el
intervalo entre dos de los colosales soportes del techo de las catacumbas, y
formaba su parte posterior la pared, de sólido granito, que las limitaba.
Fue
inútil que Fortunato, alzando su mortecina antorcha, tratara de ver en lo hondo
del nicho. La débil luz no permitía adivinar dónde terminaba.
—Continúa —dije—. Allí está el amontillado. En cuanto a Lucresi…
—Es un
ignorante —interrumpió mi amigo, mientras avanzaba tambaleándose y yo le seguía
pegado a sus talones. En un instante llegó al fondo del nicho y, al ver que la
roca interrumpía su marcha, se detuvo como atontado. Un segundo más tarde
quedaba encadenado al granito. Había en la roca dos argollas de hierro,
separadas horizontalmente por unos dos pies. De una de ellas colgaba una cadena
corta; de la otra, un candado. Pasándole la cadena alrededor de la cintura, me
bastaron apenas unos segundos para aherrojarlo. Demasiado estupefacto estaba
para resistirse. Extraje la llave y salí del nicho.
—Pasa
tu mano por la pared —dije— y sentirás el salitre. Te aseguro que hay mucha
humedad. Una vez más, te imploro que volvamos. ¿No quieres? Pues entonces,
tendré que dejarte. Pero antes he de ofrecerte todos mis servicios.
—¡El
amontillado! —exclamó mi amigo, que no había vuelto aún de su estupefacción.
—Es
cierto —repliqué—. El amontillado.
Mientras decía esas palabras, fui hasta el montón de huesos de que ya he
hablado. Echándolos a un lado, puse en descubierto una cantidad de bloques de
piedra y de mortero. Con estos materiales y con ayuda de mi pala de albañil
comencé vigorosamente a cerrar la entrada del nicho.
Apenas
había colocado la primera hilera de mampostería, advertí que la embriaguez de
Fortunato se había disipado en buena parte. La primera indicación nació de un
quejido profundo que venía de lo hondo del nicho. No era el grito de un
borracho. Siguió un largo y obstinado silencio. Puse la segunda hilera, la
tercera y la cuarta; entonces oí la furiosa vibración de la cadena. El ruido
duró varios minutos, durante los cuales, y para poder escucharlo con más comodidad,
interrumpí mi labor y me senté sobre los huesos. Cuando, por fin, cesó el
resonar de la cadena, tomé de nuevo mi pala y terminé sin interrupción la
quinta, la sexta y la séptima hilera. La pared me llegaba ahora hasta el pecho.
Detúveme nuevamente y, alzando la antorcha sobre la mampostería, proyecté sus
débiles rayos sobre la figura allí encerrada.
Una
sucesión de agudos y penetrantes alaridos, brotando súbitamente de la garganta
de aquella forma encadenada, me hicieron retroceder con violencia. Vacilé un
instante y temblé. Desenvainando mi espada, me puse a tantear con ella el
interior del nicho, pero me bastó una rápida reflexión para tranquilizarme.
Apoyé la mano sobre la sólida muralla de la catacumba y me sentí satisfecho.
Volví a acercarme al nicho y contesté con mis alaridos a aquel que clamaba. Fui
su eco, lo ayudé, lo sobrepujé en volumen y en fuerza. Sí, así lo hice, y sus
gritos acabaron por cesar.
Ya era
medianoche y mi tarea llegaba a su término. Había completado la octava, la
novena y la décima hilera. Terminé una parte de la undécima y última; sólo
quedaba por colocar y fijar una sola piedra. Luché con su peso y la coloqué
parcialmente en posición. Pero entonces brotó desde el nicho una risa apagada
que hizo erizar mis cabellos. La sucedió una voz lamentable, en la que me costó
reconocer la del noble Fortunato.
—¡Ja,
ja… ja, ja! ¡Una excelente broma, por cierto… una excelente broma…! ¡Cómo vamos
a reírnos en el palazzo… ja, ja… mientras bebamos… ja, ja!
—¡El
amontillado! —dije.
—¡Ja,
ja…! ¡Sí… el amontillado…! Pero… ¿no se está haciendo tarde? ¿No nos estarán
esperando en el palazzo… mi esposa y los demás? ¡Vámonos!
—Sí
—dije—. Vámonos.
—¡Por
el amor de Dios, Montresor!
—Sí
—dije—. Por el amor de Dios.
Esperé
en vano la respuesta a mis palabras. Me impacienté y llamé en voz alta:
—¡Fortunato!
Silencio. Llamé otra vez.
—¡Fortunato!
No
hubo respuesta. Pasé una antorcha por la abertura y la dejé caer dentro. Sólo
me fue devuelto un tintinear de cascabeles. Sentí que una náusea me envolvía;
su causa era la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo.
Puse la última piedra en su sitio y la fijé con el mortero. Contra la nueva
mampostería volví a alzar la antigua pila de huesos. Durante medio siglo,
ningún mortal los ha perturbado. ¡Requiescat in pace!

