Libro N° 8059. La Mano Junto Al Muro. Meneses, Guillermo.
© Libro N° 8059.
La Mano Junto Al Muro. Meneses, Guillermo.
Emancipación. Diciembre 12 de 2020.
Título
original: ©
La Mano Junto Al Muro. Guillermo Meneses
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Meneses
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Guillermo Meneses
La Mano Junto Al Muro
Guillermo Meneses
La noche porteña se desgarró en relámpagos, en
fogonazos. Voces de miedo y de pasión alzaron su llama hacia las estrellas. Un
chillido (¡«naciste hoy!») tembló en el aire caliente mientras la mano de la
mujer se sostuvo sobre el muro. Ascendía el escándalo sobre el cielo del
trópico cuando el hombre dijo (o pensó): «Hay aquí un camino de historias
enrollado sobre sí mismo como una serpiente que se muerde la cola. Falta saber
si fueron tres los marineros. Tal vez soy yo el que parecía un verde lagarto; pero
¿cómo hay dos gorras en el espejo del cuarto de Bull Shit?... La vida de ella
podría pescarse en ese espejo... O su muerte...».
La mano de la mujer se apoyaba en la vieja pared;
su mano de uñas pintadas descansaba sobre la piedra carcomida: una mano
pequeña, ancha, vulgar, en contacto con el frío muro robusto, enorme, viejo de
siglos, fabricado en épocas antiguas para que resistiese el roce del tiempo y,
sin embargo, ya destrozado, roto en su vejez. Por mirar el muro, el hombre
pensó (o dijo): «Hay en esta pared un camino de historias que se enrolla sobre
sí mismo, como la serpiente que se muerde la cola».
El hombre hablaba muchas cosas. Antes -cuando
entraron en el cuarto, cuando encontró en el espejo los blancos redondeles que
eran las gorras de los marineros- murmuró: «En ese espejo se podía pescar tu
vida. O tu muerte».
Hablaba mucho el hombre. Decía su palabra ante el
espejo, ante la pared, ante el maduro cielo nocturno, como si alguien pudiese
entenderlo. (Acaso el único que lo entendió en el momento oportuno fue el
pequeño individuo del sombrerito ladeado, el que intervino en la historia de
los marineros, el que podía ser considerado -a un tiempo mismo- como detective
o como marinero).
Cuando miraba la pared, el hombre hizo serias
explicaciones. Dijo: «Trajeron estas piedras hasta aquí desde el mar; las
apretaron en argamasa duradera; ahora, los elementos minerales que forman
—122→ el muro van regresando en lento desmoronamiento
hacia sus formas primitivas: un camino de historias que se enrolla sobre sí
mismo y hace círculo como una serpiente que se muerde la cola». Hablaba mucho
el hombre. Dijo: «Hay en esa pared enfermedad de lo que pierde cohesión: lepra
de los ladrillos, de la cal, de la arena. Reciedumbre corroída por la angustia
de lo que va siendo».
La mano de la mujer se apoyaba sobre el muro. Sus
dedos, extendidos sobre las rugosidades de la piedra, sintieron la fría dureza
de la pared. Las uñas tamborilearon en movimiento que decía «aquí, aquí». O,
tal vez, «adiós, adiós, adiós».
El hombre respondió (con palabras o con
pensamientos): «La piedra y tu mano forman el equilibrio entre lo deleznable y
lo duradero, entre la apresurada fuga de los instantes y el lento desaparecer
de lo que pretende resistir el paso del tiempo».
El hombre dijo: «Una mano es, apenas, más firme que
una flor; apenas menos efímera que los pétalos; semejante también a una
mariposa. Si una mariposa detuviera su aletear en un segundo de descanso sobre
la rugosa pared, sus patas podrían moverse en gesto semejante al de tu mano,
diciendo «aquí, aquí», o, acaso, «adiós, adiós, adiós».
El hombre dijo: «Lo que podría separar una cosa de
otra en el mundo del tiempo sería, apenas una delgada lámina de humana
intención, matiz que el hombre inventa; porque, al fin, lo que ha de morir es
todo uno y sólo se diferencia de lo eterno».
Eso dijo el hombre. Y añadió: «Entre tu mano y esa
piedra está sujeta la historia del barrio: el camino de historias enrollado
sobre sí mismo como una serpiente que se muerde la cola. Aquí está la lenta
decadencia del muro y de la vida que el muro limitaba. Tu mano dice qué sucede
cuando un castillo frente al mar cambia su destino y se hace casa de
mercaderes; cuando, entre las paredes de una fortaleza defensiva, se confunde
el metal de las armas con el de las monedas».
Rio el hombre: «¿Sabés qué sucede?... Se cae,
simplemente, en el comercio porteño por excelencia: se llega al tráfico de los
coitos». Cerró su risa y concluyó severo: «Pero tú nada tienes que ver con
esto; porque cuando tú llegaste, ya estaba hecha la serie de las
transmutaciones. El castillo defensivo ya había pasado por casa de mercaderes y
era ya lupanar».
Cierto. Cuando ella llegó, el comercio de los
labios, de las sonrisas, —123→ de los vientres, de las
caderas, de las vaginas, tenía ya sentido tradicional. Se nombraba al barrio
como el centro comercial de los coitos en el puerto. Cuando ella llegó ya esto
era -entre las gruesas paredes de lo que fue fortaleza- el inmenso panal
formado por mínimas celdas fabricadas para la actividad sexual y el tiempo
estaba también dividido en partículas de activos minutos. (-Tú ahora. Ya. Adiós.
Tú ahora. Ya. Adiós. Tú ahora. Ya. Adiós) y las monedas tenían sentido de
reloj. Como las espaldas, cuyo sitio habían tomado dentro de los muros del
antiguo castillo, podían cortar la vida, el deseo, el amor. (Se dice a eso
amor, ¿no es cierto?).
Pero cuando ella llegó ya existía esto. No tenía
por qué conocer el camino de historias que, al decir del hombre, se podía leer
en la pared. No tenía por qué saber cómo se había formado el muro con orgullosa
intención defensiva de castillo frente al mar, para terminar en centro
comercial del coito luego de haber sido casa de mercaderes. Cuando ella llegó
ya existían los calabozos del panal, limitados por tabiques de cartón.
Inició su lucha a rastras, decidida y
aprovechadora, segura de ir recogiendo las migajas que abandona alguien,
ansiosa de monedas. Con las uñas -esas mismas uñas gruesas y mordisqueadas que
descansaban ahora sobre la rugosa pared- arrancaba monedas: monedas que valían
un pedazo de tiempo y se guardaban como quien guarda la vida. Angustiosamente
aprovechadora, ella. El gesto de morderse las uñas, sólo angustia: nada más que
la inquieta carcoma, la lluvia menuda de angustia, dentro de su vida.
Ahora, su mano se apoyaba sobre el muro. Una mano
chata, gruesa, con los groseros pétalos roídos de las uñas sobre la piedra
antigua, hecha de historias desmoronadas, piedra en regreso a su rota
insignificancia, por haber perdido la intención de castillo en mediocre empresa
de mercaderes.
Ella nada sabía. Durante muchos años vivió dentro
de aquel monstruo que fue fortaleza, almacén, prostíbulo. Ella nada sabía. El
barrio estaba clavado en su peso sobre las aristas del cerro, absurdamente
amodorrado bajo el sol. Oscuro, pesado, herido por el tiempo. Bajo el sol, bajo
el aliento brillante del mar, un monstruo el barrio. Un monstruo viejo y
arrugado, con duras arrugas que eran costras, residuos, sucio, oscura miel
producida por el agua y la luz, por las mil lenguas de fuego del aire en roce
continuo sobre aquel camino de historias que se enrolla en sí mismo -igual que
una serpiente- y dice cómo el castillo sobre el mar se convirtió en barrio de
—124→ coitos y cómo la mano de una mujer angustiada
puede caer sobre el muro (lo mismo que una flor o una mariposa) y decir en su
movimiento «aquí, aquí», o «adiós, adiós, adiós».
Ella nada sabía. Cuando llegó ya existía el
presente y lo anterior sólo podía estar en las palabras de un hombre que mirase
la pared y decidiese hablar. Ya existía esto. Y ella estuvo en esto. Los
hombres jadeaban un poco; echaban dentro de ella su inmundicia. (O su amor).
Ella tomaba las monedas: la medida del tiempo. Encerraba en la gaveta de su
mesa de noche un pedazo de vida. O de amor. (Porque a eso se llama amor).
Dormía. Despertaba sucia de todos los sucios del mundo, impregnada de sucia
miel como el barrio monstruo bajo el viento del mar. Su cabeza sonaba
dolorosamente y ella podía escuchar dentro de sí misma el torpe deslizarse de
una frase tenaz. «Te quiero más que a mi vida». (¿Cuándo? ¿quién?). Uno. Ella
piensa que tenía bigotes, que hablaba español como extranjero, que era moreno.
«Te quiero más que a mi vida». ¿Quién podría distinguir en los recuerdos? Un
hombre era risa, deseo, gesto, brillo del diente y de la saliva, arabesco del
pelo sobre la frente. Luego era una sombra entre muchas. Una sombra en el
oscuro túnel cruzado por fogonazos que era la existencia. Una sombra en la
negra trampa cruzada por fogonazos, por estallidos relampagueantes, por cohetes
y estrellas de encendido color, por las luces del cabaret, por una frase
encontrada de improviso: «Te quiero más que a mi vida».
Pero todo era brillo inútil, como la historia
enrollada sobre sí misma y ella nada sabía de la piedra ni de las historias ni
de las luces que rompían la sombra del túnel.
Sólo cuando habló con aquel hombre, cuando lo
escuchó hablar la noche del encuentro con los tres marineros (si es que fueron
tres los marineros) supo algo de aquello. Ella estaba pegada a su túnel como
los moluscos que viven pegados a las rocas de la costa. Ella estaba en el
túnel, recibiendo lo que llegaba hasta su calabozo: un envión, una ola sucia de
espuma, una palabra, un estallido fulgurante de luces o de estrellas.
Dentro del túnel, moviéndose entre las sombras de
la existencia, fabricó muchas veces la pantomima sin palabras de la moza que
invita al marinero: la sonrisa sobre el hombro, la falda alzada lentamente
hasta el muslo y mirar cómo se forma el roce entre los dedos del marino.
Así llegó aquel a quien llamaban Dutch. El que
ancló en el túnel para mucho tiempo. Dutch. Amarrado al túnel por las
borracheras. —125→ La llamaba Bull Shit. Seguramente
aquello era una grosería en el idioma de Dutch. (¿Qué importa?). Cuando él
decía Bull Shit en un grupo de rubios marinos extranjeros,
todos reían. (¿Qué importa?). Ella metía su risa en la risa de todos. (¿Qué
importa, pues?, ¿qué importa?). Bien podía Dutch querer burlarse de ella. Nada
importaba porque él también estaba hundido en el túnel, amarrado a las entrañas
del monstruo que dormía junto al mar. Él cambiaba de oficio; fue marino,
chofer, oficinista. (O era que todos -choferes, oficinistas o marinos- la
llamaban Bull Shit y ella llamaba a todos Dutch). Y si él cambiaba de oficio,
ella cambiaba de casa dentro del barrio. Todo era igual. Alrededor de todos,
junto a todos, sobre todos -llamáranse Dutch, Bull Shit o Juan de Dios- estaba
el barrio, el monstruo rezumante de zumos sombríos bajo la luz, bajo el viento,
bajo el brillo del sol y del mar.
Daba igual que Dutch fuera oficinista o chofer.
Daba igual que Bull Shit viviese en uno u otro calabozo. Sólo que, desde
algunos cuartos, podía mirarse el mundo azul -alto, lejano- del agua y del
aire. En esos cuartos los hombres suspiraban; muchos querían quedarse como
Dutch; decían: «¡qué bello es esto!».
La noche del encuentro con los tres marinos (si es
que fueron tres los marineros) apareció el que decía discursos. Era un hombre
raro. (Aunque en verdad, ella afirmaría que todos son raros). Le habló con
cariño. Como amigo. Como novio, podría decirse. Llegó a declarar, con mucha
seriedad, que deseaba casarse con ella: «Contraer nupcias, legalizar el amor,
contratar matrimonio». Ella rio igual que cuando Dutch le decía Bull Shit. Él
persistió; dijo: «Te llevaría a mi casa; te presentaría a mis amigos. Entrarías
al salón, muy lujosa, muy digna; las señoras te saludarían alargando sus manos
enjoyadas; algunos de los hombres insinuarían una reverencia; nadie sabría que
tú estás borracha de ron barato y de miseria; pretenderían sorprender en ti
cierta forma rara de elegancia; pretenderían que eres distinguida y extraña; tú
te reirías de todos como ríes ahora; de repente, soltarías una redonda palabra
obscena. ¿Sería maravilloso?».
La miró despacio, como si observase un cuadro
antiguo. La mujer apoyaba sobre el muro su gruesa mano chata de mordisqueadas
uñas. Él continuó: «Te llevaría a la casa de un amigo que colecciona vitrales,
porcelanas, pinturas, estatuillas, lindos objetos antiguos, de la época en la
que estas piedras fueron unidas con argamasa duradera
—126→ para formar la pared del castillo frente al mar.
Él te examinaría como si observase un cuadro antiguo; diría, probablemente, que
pareces una virgen flamenca. Y es cierto, ¿sabes? Son casi iguales la castidad
y la prostitución. Tú eres, en cierto modo, una virgen: una virgen nacida entre
las manos de un fraile atormentado por teóricas visiones de ascética
lubricidad. ¡Una virgen flamenca! Si yo te llevara a la casa de ese amigo, él
diría que eres igual a una virgen flamenca, pero... Pero nada de eso es
posible, porque el amigo que colecciona antigüedades soy yo y hemos peleado
hace unos días por una mujer que vive aquí contigo... y que eres tú».
Un hombre raro. Todos raros. Uno se sintió
enamorado. («Te quiero más que a mi vida»). Uno la odió: aquél a quien ella no
recordaba la mañana siguiente. («¿Tú?, ¿tú estuviste conmigo anoche?». «¿No
recuerdas?», dijo él). Había temblor de rabia en su pregunta; como si estuviese
esperando un cambio de monedas y mirase sus manos vacías. Los hombres son
raros. Una mujer no puede conocer a un hombre. Y menos, cuando el hombre se ha
desnudado y se ha puesto a hacer coito sobre ella: cuando se ha puesto a jadear,
a chillar, a gritar sus pensamientos. Algunos gritan «¡madre!». Otros recuerdan
nombres de mujeres a las que -dicen ellos- quieren mucho. Como si desearan que
la madre o las otras mujeres estuviesen presentes en su coito. Jadean, gritan,
chillan, quieren que ella -la que soporta su peso- los acompañe en sus
angustias y se desnude en su desnudez. Luego sonríen cariñosos: «¿No
recuerdas?».
Todos raros. Ella nunca recuerda nada. Está metida
en la sombra del túnel, en las entrañas del monstruo, como un molusco pegado a
la roca donde, de vez en cuando, llega la resaca: la sucia resaca del mar, el
fogonazo de una palabra, el centelleo de las luces del cabaret o de las
estrellas. Ella está aquí, unida al monstruo sin recuerdos. Lejos, el mar.
Puede mirarlo en el tembloroso espejo de su cuarto donde, ahora, están dos
gorras de marineros. (Pero ¿es que no eran tres los marineros?). Hasta parece hermoso
el mar a veces. Cargado de sol y viento. Aunque aquí dentro poco se sepa de
ello. Gotas de sucia miel lo han carcomido todo; han intervenido en la historia
del muro sobre el cual tamborilean los dedos de la mujer («aquí, aquí» o
«adiós, adiós, adiós»); han hecho la historia de los elementos minerales que
regresan hacia sus formas primitivas, después de haber perdido su destino de
fortaleza frente al mar, han escrito la historia que se enrolla sobre sí misma
y forma círculo como la serpiente que se muerde la cola.
Ella nunca recuerda nada. Nada sabe. Aquí llegó.
Había un perro en sus juegos de niña. Juntos, el perro y ella ladraban su
hambre por las noches, cuando llegaban en las bocanadas del aire caliente las
músicas y las risas y las maldiciones. Ella, desde niña, en aquello oscuro,
decidida a arrancar las monedas. Ella, en la entraña del monstruo: en la oscura
entraña, oscura aunque fuera hubiese viento de sol y de sal. Ella, mojada por
sucias resacas, junto al perro. Como, después, junto a los otros grandes perros
que ladraban sobre ella su angustia y los nombres de sus sueños. De todos
modos, podía asomarse alguna vez a la ventana o al espejo y mirar el mar o las
gorras de los marineros. (Dos gorras; tal vez tres los marineros).
Porque casi es posible afirmar que fueron tres los
marineros: el que parecía un verde lagarto, el del ladeado sombrerito, el del
cigarrillo azulenco. Si es que un marinero puede dejar olvidada su gorra en el
barco y comprarse un sombrero en los almacenes del puerto, fueron tres los
marineros; si no, hay que pensar en otras teorías. Lo cierto es que fue el otro
quien tenía entre los dedos el cigarrillo. (O el puñal).
Ella miraba todo, como desde el fondo del espejo
del cielo. Acaso como desde el fondo del espejo de su cuarto, tembloroso como
el aletear de una mariposa, como el golpetear de sus dedos sobre la rugosa
pared. Si le hubieran preguntado qué pasaba, hubiera callado o, en el mejor de
los casos, hubiera respondido con cualquier frase recogida en el lenguaje de
las borracheras y de los encuentros de burdel. Hubiera dicho: «¡madre!» o «te
quiero más que a mi vida» o, simplemente, «me llamaba Bull Shit». Quien la escuchase
reiría pero, si intentaba comprender, enseriaría el semblante, ya que aquellas
expresiones podían significar algo muy grave en el odio de los hambrientos
animales que viven en la entraña del monstruo, en el habla de las gentes que
ponen su mano sobre el muro de lo que fue castillo y mueven sus dedos para
tamborilear «aquí, aquí», o «adiós, adiós, adiós».
Lo que le sucedió la noche del encuentro con los
tres marineros (digamos que fueron tres los marineros) la conmovió, la hundió
en las luces de un espejo relumbrante. Verdad es que ella siempre tuvo un
espejo en su cuarto: un espejo tembloroso de vida como una mariposa, movido por
la vibración de las sirenas de los barcos o por los pasos de alguien que se
acercaba a la cama. En aquel espejo se reflejaban, a veces, el mar o el cielo o
la lámpara cubierta con papeles de colores -como un globo de carnaval- o los
zapatos del que —128→ se bahía echado a dormir su
cansancio en el camastro revuelto. Se movía el espejo, tembloroso de vida como
la angustiada mano de una mujer que tamborilea sobre el muro, porque colgaba de
una larga cuerda enredada a un clavo que, a su vez, estaba hundido en la madera
del pilar que sostenía el techo. Así, el espejo temblaba por los movimientos
del cuarto, por el paso del aire, por todo.
Desde mucho tiempo antes, la mujer vivía allí, en
aquel cuarto donde los hombres suspiraban al amanecer: «¡Qué bello es esto!» y
contaban cuentos de la madre y de otras mujeres a las que -decían ellos- habían
querido mucho. Cuando el hombre que decía discursos estaba allí, también
estaban los marineros; al menos, el espejo recogía la imagen de dos gorras de
marineros, tiradas entre las sábanas, junto al pequeño fonógrafo. (Dos gorras
de marineros). La mujer que apoyaba la mano sobre el muro podía mirar los círculos
blancos de las gorras en el espejo de su cuarto. Dos círculos: dos gorras. (Lo
que podría hacer pensar que fueron dos los marineros, aunque también es posible
que otro marino desembarcase sin gorra y se comprase un sombrero en los
almacenes del puerto). En el espejo había dos gorras y por ello, acaso, el que
hablaba tantas cosas extraordinarias dijo: «En ese espejo se podría pescar tu
vida».
A través del espejo se podría llegar, al menos,
hasta el encuentro con los dos marineros. (Digamos que fueron dos; que no había
uno más del que se dijera que dejó su gorra en el barco y compró un sombrero en
los almacenes del puerto). A través del espejo se puede hacer camino hasta el
encuentro con los dos marineros, igual que en la piedra donde se apoya el
tamborileo de los dedos de la mujer puede leerse la historia de lo que cambió
su destino de castillo por empresas de comercio y de lupanar.
Ella estaba en el cabaret cuando los marineros se
le acercaron. Uno era moreno, pálido el otro. Había en ellos (¿junto a ellos?)
una sombra verde y, a veces, uno de los dos (o, acaso, otra persona) parecía un
muñeco de fuego. Una mano de dulzura sombría -morena, con el dorso azulenco- le
ofreció el cigarrillo, el blanco cigarrillo encendido en su brasa: «¿Quieres?».
Ella miró la candela cercana a sus labios, la sintió, caliente, junto a su
sonrisa. (La brasa del cigarrillo o la boca del marinero). Ya desde antes (una
hora; tal vez la vida entera) había caído entre neblinas. El humo del
cigarrillo una nube más, una nube que atravesó la mano entre cuyos dedos venía
el tubito blanco. Ella lo tomó. Puede recordar su propia mano, con la
—129→ ancha sortija semejante a un aro de novia. Junto
a la sortija estaban la brasa del cigarrillo y la boca del hombre: la saliva en
la sonrisa; al lado del que sonreía, el otro la silueta rojiza y, también, el
que parecía un verde lagarto. No tenía gorra sino sombrerito de fieltro
ladeado. (Casi cierto que eran tres, aunque luego se dijera que fueron dos los
marineros y esa tercera persona un detective, lo que resultaba posible, ya que
los detectives, como lo sabe todo el mundo, usan sombrero ladeado, con el ala
sobre los ojos).
La cosa comenzó en el cabaret. Ella -la mujer de la
mano sobre el muro- vivía en el piso alto. Sobre el salón de baile estaba el
cuarto del tembloroso espejo donde se podía mirar el mar o las gorras de los
marineros o la vida de la mujer. Treinta mujeres arriba, en treinta calabozos
del gran panal; pero sólo desde el cuarto de ella podía mirarse el lejano azul,
como también sólo ella tenía el lujo del fonógrafo, a pesar de lo cual era nada
más que una de las treinta mujeres que vivían en los treinta cuartuchos de piso
alto, lo mismo que, en el cabaret, era una más entre las muchas que bebían
cerveza, anís o ron. Una más, aunque sólo ella tenía su ancha sortija,
semejante a un aro de novia.
De pronto, las luces del cabaret comenzaron a
moverse: caminos azules, puntos amarillos, ruedas azules y la sonrisa de los
marineros, la saliva y el humo del cigarrillo entre los labios. Ella sorbió las
azules nubes también; pero ya antes había comenzado la danza de las luces en el
cabaret. Caminos rojos, verdes, ruedas amarillas, puntos de fuego que repetían
la brasa del cigarrillo. Ella reía. Podía oír su propia risa caída de su boca.
Las luces daban vueltas, la risa también se desgranaba como las cuentas de un
collar encendido y junto con las luces y la risa, se movían las gentes muy
despacio, entre círculos de sombra y de misterio. Los hombres -cada uno- con la
sonrisa clavada entre los labios: la silueta rojiza igual que el que semejaba
un verde lagarto y el del sombrero ladeado. (El que produjo la duda sobre si
fueron tres los marineros). Ella cabeceaba un ademán de danza y sentía cómo su
cabeza rozaba luces y risas cuando se encontró frente a un espejo: el
tembloroso espejo de su cuarto en cuyo azogue nadaban las dos gorras marineras.
Todo ello sucedió como si hubiese ascendido hacia la muerte. Por eso, una vez
chilló: «¡naciste hoy!» y el hombre dijo: «En ese espejo se podría pescar tu
vida».
Pero, eso fue después. Ciertamente, los marineros
se acercaron: una mano, una boca, la sombra verde y el rojizo resplandor. Aquel
a —130→ quien llamaban Dutch había estado esa noche o,
tal vez, otra noche parecida a ésta. (Una noche como tantas de las noches
nacidas en el túnel, en la entraña del monstruo, en un instante de la gran
oscuridad cruzada por fogonazos que era la vida allí). Estaba Dutch. O, acaso,
no. No; ciertamente, no. Era el de los discursos, el paciente hablador, quien
estaba presente. La mujer alzó su mano en un gesto de danza; sus uñas abrieron
cinco pétalos rojos a la luz de las bombillas. Se levantó; sintió en su cuerpo
cómo ella toda tendía a estirarse. Miró (en el espejo de sí misma o en el
espejo tembloroso de su cuarto) su cabeza deslizada en ascensión entre las
bombillas del cabaret y entre las luces del alto cielo sereno. Se movió -lenta
y brillante- sobre bombillas, estrellas, espejos. La voz, la sonrisa, el
cigarrillo de los marineros eran palabras, gestos, señales que indicaban el
pecho del hombre. (Su cartera o su corazón). Como si atravesara rampas de
misterio los pasos de ella la llevaban hacia el que descansaba sobre la mesa
del cabaret. Apartó espejos, luces, estrellas; atravesó nubes de humo. Estaba
acompañada por los tres marineros (eran tres, entonces): el que parecía un
verde lagarto, el del rojizo resplandor y la sombra azulenca en las manos, el
del pequeño sombrero ladeado sobre la sien izquierda. Cuando llegó a la mesa,
rozó el pecho del hombre que dormía. «Bull Shit», dijo él. «¡Ah! ¡Eres Dutch!».
«¿Dutch? ¿Dutch? Sacas de tu sombra una palabra y piensas que es un hombre. No,
no soy Dutch; tampoco soy el que te dijo te quiero más que a mi vida ni
el que te habló de otras mujeres a quienes quiere mucho. Soy otro corazón y
otra moneda». Las voces de los dos (¿o tres?) marineros ordenaron: «Sube con
él».
Ante el espejo se miraron. Ella diría que no pisó
la escalera, que no caminó frente al bar, que caminaron -todos- las rampas del
misterio y atravesaron las puertas que hay siempre entre los espejos. Por los
caminos del misterio, por los caminos que unen un espejo a otro espejo,
llegaron (o estaban allí antes) y se miraron desde la puerta del espejo. (Ellos
y sus sombras: la mujer, los marineros y el que, antes, dormía sobre la mesa
del cabaret mostrando a todos su corazón). El del pequeño sombrero ladeado no
estaba en el espejo. El otro, el que dormía cuando estaban abajo, habló; al
mirar las gorras de los marineros, dijo a la mujer: «En ese espejo se podía
pescar tu vida». (Igual pudo decir, «tu muerte»).
La mujer estaba fuera del cuarto, apoyada la gruesa
mano de roídas uñas sobre la rugosa piedra del muro. A través de la puerta veía
las gorras de los marineros en el cristal del espejo. El hombre había
—131→ echado a andar el fonógrafo, del cual salía la
dulce canción. Los marineros se acercaban. Suspendida sobre el negro disco, la
aguja brillante afilaba la música: aquella melodía donde nadaban palabras,
semejantes a las palabras de Dutch cuando Dutch decía algo más que Bull Shit,
semejantes a gorras suspendidas en el reflejo de un vidrio azogado.
El hombre escuchaba tendido hacia el fonógrafo.
Hacia él avanzaba uno de los marinos; el que antes había ofrecido el cigarrillo
de azulados humos. La mujer miraba la mano del marinero, nerviosa, activa,
cargada de deseo. (Si una moneda es la medida del amor, puede alguien desear
una moneda como se desea un corazón). Ella lo entendía así: «El gesto de quien
toca una moneda puede ser semejante a la frase te quiero más que mi
vida; acaso, ambos, espejos de una misma tontería o de una misma angustia».
La mano -deseosa, inquieta, activa- se dirigía al sitio de la cartera o del
corazón. El hombre volvió la cabeza, miró cara a cara al marinero. El que tenía
en sí un resplandor de brasa rio con risa hueca como repiqueteo de tambor, como
el movimiento de los dedos de la mujer sobre el antiguo muro. El hombre volvió
a inclinarse sobre la melodía del fonógrafo. La risa del otro caía sobre el
ritmo de la música y el hombre se bañaba en la música y en la risa.
El gesto del marinero amenazó de nuevo cuando la
mujer llamó la atención del que escuchaba la música. Quieta -su mano sobre el
muro- lo siseó. Él fue hasta ella; se quedó mirándola, como un conocedor que
mira un cuadro antiguo; fue entonces cuando habló: «Hay en esta pared un camino
de historias que se muerde la cola. Trajeron estas piedras desde el mar, las
apretaron en argamasa duradera para fabricar el muro de un castillo defensivo;
ahora, los elementos que formaban la pared van regresando hacia sus formas
primitivas: reciedumbre corroída por la angustia de un destino falseado».
La mujer lo miraba desde el espejo del cielo, alta
entre las estrellas su cabeza. Antes de que ello fuera cierto, la mujer miraba
cómo entre los dedos del marinero brillaba el cigarrillo: un cigarrillo de
metal, envenenado con venenos de luna, brillante de muerte. Los dedos de ella
(y sí que resultaba extraordinario que dos manos estuviesen unidas a elementos
minerales y significaran a un tiempo mismo, aunque de manera distinta, el lento
desmoronamiento de lo que fue hecho para que resistiese el paso del tiempo),
los dedos de ella repiquetearon sobre el muro. «No, no, no».
Fue entonces cuando él propuso matrimonio, cuando
la comparó a una virgen flamenca, cuando dijo: «Te llevaré a la casa de un
amigo que colecciona antigüedades; él diría que eres igual a una virgen
flamenca; pero no es posible, porque ese amigo soy yo y hemos peleado por una
mujer que vive en esta casa y que... eres tú».
El gesto del marinero con el envenenado metal del
cigarrillo -o del puñal- era tan lento como si estuviese hecho de humo. Lento,
alzaba su llama, su cigarrillo, su puñal, el enlunado humo encendido de la
muerte. Ella movía los dedos sobre el muro; tamborileaba palabras: «no, no,
cuidado, aquí, aquí, adiós, adiós, adiós». El hombre dijo: «Te quiero más que a
mi vida. Pareces una virgen flamenca. Bull Shit».
Ya el marinero bajaba su llama. Ella lo vio. Gritó.
La noche se cortó de relámpagos, de fogonazos. (Tiros o estrellas). El del
sombrero ladeado lanzaba chispazos con su revólver. Alguien saltó hacia la
noche. Hubo gritos. Una mujer corrió hasta la que se apoyaba en el muro;
chilló: «¡Naciste hoy!». El hombre repetía: «Bull Shit, virgen, te quiero».
La mano de ella resbaló a lo largo del muro; su
cuerpo se desprendió; sus dedos rozaron las antiguas piedras hasta caer en el
pozo de su sangre; allí, junto al muro, en la sangre que comenzaba a enfriarse,
dijeron una vez más sus dedos: «Aquí, aquí, cuidado, no, no, adiós, adiós,
adiós». Un inútil tamborileo que desfallecía sobre las palabras del hombre: «Te
quiero más que a mi vida, Bull Shit, virgen». El del sombrero ladeado afirmó:
«Está muerta».
Más tarde el de los discursos comentaba: «Ésta es
una historia que se enrolla sobre sí misma como una serpiente que se muerde la
cola. Falta saber si fueron dos los marineros». El del sombrerito se opuso:
«Hay dos gorras en la cama de Bull Shit». «En el espejo», rectificó el de los
discursos; «la vida de ella puede pescarse en ese espejo. O su muerte».
Voces de miedo y de pasión alzaban su llama hacia
las estrellas. La mano de la mujer estaba quieta junto al muro, sobre el pozo
de su sangre.

