Libro N° 8058. El Cuentista. Saki.
© Libro N° 8058.
El Cuentista. Saki. Emancipación.
Diciembre 12 de 2020.
Título
original: ©
El Cuentista. Saki
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Saki
Saki
Era una tarde calurosa y el vagón del tren también
estaba caliente; la siguiente parada, Templecombe, estaba casi a una hora de
distancia. Los ocupantes del vagón eran una niña pequeña, otra niña aún más
pequeña y un niño también pequeño. Una tía, que pertenecía a los niños, ocupaba
un asiento de la esquina; el otro asiento de la esquina, del lado opuesto,
estaba ocupado por un hombre soltero que era un extraño ante aquella fiesta,
pero las niñas pequeñas y el niño pequeño ocupaban, enfáticamente, el compartimiento.
Tanto la tía como los niños conversaban de manera limitada pero persistente,
recordando las atenciones de una mosca que se niega a ser rechazada. La mayoría
de los comentarios de la tía empezaban por «No», y casi todos los de los niños
por «¿Por qué?». El hombre soltero no decía nada en voz alta.
-No, Cyril, no -exclamó la tía cuando el niño
empezó a golpear los cojines del asiento, provocando una nube de polvo con cada
golpe-. Ven a mirar por la ventanilla -añadió.
El niño se desplazó hacia la ventanilla con
desgana.
-¿Por qué sacan a esas ovejas fuera de ese campo?
-preguntó.
-Supongo que las llevan a otro campo en el que hay
más hierba -respondió la tía débilmente.
-Pero en ese campo hay montones de hierba -protestó
el niño-; no hay otra cosa que no sea hierba. Tía, en ese campo hay montones de
hierba.
-Quizá la hierba de otro campo es mejor -sugirió la
tía neciamente.
-¿Por qué es mejor? -fue la inevitable y rápida
pregunta.
-¡Oh, mira esas vacas! -exclamó la tía.
Casi todos los campos por los que pasaba la línea
de tren tenían vacas o toros, pero ella lo dijo como si estuviera llamando la
atención ante una novedad.
-¿Por qué es mejor la hierba del otro campo?
-persistió Cyril.
El ceño fruncido del soltero se iba acentuando
hasta estar ceñudo. La tía decidió, mentalmente, que era un hombre duro y
hostil. Ella era incapaz por completo de tomar una decisión satisfactoria sobre
la hierba del otro campo.
La niña más pequeña creó una forma de distracción
al empezar a recitar «De camino hacia Mandalay». Solo sabía la primera línea,
pero utilizó al máximo su limitado conocimiento. Repetía la línea una y otra
vez con una voz soñadora, pero decidida y muy audible; al soltero le pareció
como si alguien hubiera hecho una apuesta con ella a que no era capaz de
repetir la línea en voz alta dos mil veces seguidas y sin detenerse.
Quienquiera que fuera que hubiera hecho la apuesta, probablemente la perdería.
-Acérquense aquí y escuchen mi historia -dijo la
tía cuando el soltero la había mirado dos veces a ella y una al timbre de
alarma.
Los niños se desplazaron apáticamente hacia el
final del compartimiento donde estaba la tía. Evidentemente, su reputación como
contadora de historias no ocupaba una alta posición, según la estimación de los
niños.
Con voz baja y confidencial, interrumpida a
intervalos frecuentes por preguntas malhumoradas y en voz alta de los oyentes,
comenzó una historia poco animada y con una deplorable carencia de interés
sobre una niña que era buena, que se hacía amiga de todos a causa de su bondad
y que, al final, fue salvada de un toro enloquecido por numerosos rescatadores
que admiraban su carácter moral.
-¿No la habrían salvado si no hubiera sido buena?
-preguntó la mayor de las niñas.
Esa era exactamente la pregunta que había querido
hacer el soltero.
-Bueno, sí -admitió la tía sin convicción-. Pero no
creo que la hubieran socorrido muy deprisa si ella no les hubiera gustado
mucho.
-Es la historia más tonta que he oído nunca -dijo
la mayor de las niñas con una inmensa convicción.
-Después de la segunda parte no he escuchado, era
demasiado tonta -dijo Cyril.
La niña más pequeña no hizo ningún comentario, pero
hacía rato que había vuelto a comenzar a murmurar la repetición de su verso
favorito.
-No parece que tenga éxito como contadora de
historias -dijo de repente el soltero desde su esquina.
La tía se ofendió como defensa instantánea ante
aquel ataque inesperado.
-Es muy difícil contar historias que los niños
puedan entender y apreciar -dijo fríamente.
-No estoy de acuerdo con usted -dijo el soltero.
-Quizá le gustaría a usted explicarles una historia
-contestó la tía.
-Cuéntenos un cuento -pidió la mayor de las niñas.
-Érase una vez -comenzó el soltero- una niña
pequeña llamada Berta que era extremadamente buena.
El interés suscitado en los niños momentáneamente
comenzó a vacilar en seguida; todas las historias se parecían terriblemente, no
importaba quién las explicara.
-Hacía todo lo que le mandaban, siempre decía la
verdad, mantenía la ropa limpia, comía budín de leche como si fuera tarta de
mermelada, aprendía sus lecciones perfectamente y tenía buenos modales.
-¿Era bonita? -preguntó la mayor de las niñas.
-No tanto como cualquiera de ustedes -respondió el
soltero-, pero era terriblemente buena.
Se produjo una ola de reacción en favor de la
historia; la palabra terrible unida a bondad fue una novedad que la favorecía.
Parecía introducir un círculo de verdad que faltaba en los cuentos sobre la
vida infantil que narraba la tía.
-Era tan buena -continuó el soltero- que ganó
varias medallas por su bondad, que siempre llevaba puestas en su vestido. Tenía
una medalla por obediencia, otra por puntualidad y una tercera por buen
comportamiento. Eran medallas grandes de metal y chocaban las unas con las
otras cuando caminaba. Ningún otro niño de la ciudad en la que vivía tenía esas
tres medallas, así que todos sabían que debía de ser una niña
extraordinariamente buena.
-Terriblemente buena -citó Cyril.
-Todos hablaban de su bondad y el príncipe de aquel
país se enteró de aquello y dijo que, ya que era tan buena, debería tener
permiso para pasear, una vez a la semana, por su parque, que estaba justo
afuera de la ciudad. Era un parque muy bonito y nunca se había permitido la
entrada a niños, por eso fue un gran honor para Berta tener permiso para poder
entrar.
-¿Había alguna oveja en el parque? -preguntó Cyril.
-No -dijo el soltero-, no había ovejas.
-¿Por qué no había ovejas? -llegó la inevitable
pregunta que surgió de la respuesta anterior.
La tía se permitió una sonrisa que casi podría
haber sido descrita como una mueca.
-En el parque no había ovejas -dijo el soltero-
porque, una vez, la madre del príncipe tuvo un sueño en el que su hijo era
asesinado tanto por una oveja como por un reloj de pared que le caía encima.
Por esa razón, el príncipe no tenía ovejas en el parque ni relojes de pared en
su palacio.
La tía contuvo un grito de admiración.
-¿El príncipe fue asesinado por una oveja o por un
reloj? -preguntó Cyril.
-Todavía está vivo, así que no podemos decir si el
sueño se hará realidad -dijo el soltero despreocupadamente-. De todos modos,
aunque no había ovejas en el parque, sí había muchos cerditos corriendo por
todas partes.
-¿De qué color eran?
-Negros con la cara blanca, blancos con manchas
negras, totalmente negros, grises con manchas blancas y algunos eran totalmente
blancos.
El contador de historias se detuvo para que los
niños crearan en su imaginación una idea completa de los tesoros del parque;
después prosiguió:
-Berta sintió mucho que no hubiera flores en el
parque. Había prometido a sus tías, con lágrimas en los ojos, que no arrancaría
ninguna de las flores del príncipe y tenía intención de mantener su promesa por
lo que, naturalmente, se sintió tonta al ver que no había flores para coger.
-¿Por qué no había flores?
-Porque los cerdos se las habían comido todas
-contestó el soltero rápidamente-. Los jardineros le habían dicho al príncipe
que no podía tener cerdos y flores, así que decidió tener cerdos y no tener
flores.
Hubo un murmullo de aprobación por la excelente
decisión del príncipe; mucha gente habría decidido lo contrario.
-En el parque había muchas otras cosas deliciosas.
Había estanques con peces dorados, azules y verdes, y árboles con hermosos
loros que decían cosas inteligentes sin previo aviso, y colibríes que cantaban
todas las melodías populares del día. Berta caminó arriba y abajo, disfrutando
inmensamente, y pensó: «Si no fuera tan extraordinariamente buena no me habrían
permitido venir a este maravilloso parque y disfrutar de todo lo que hay en él
para ver», y sus tres medallas chocaban unas contra las otras al caminar y la
ayudaban a recordar lo buenísima que era realmente. Justo en aquel momento, iba
merodeando por allí un enorme lobo para ver si podía atrapar algún cerdito
gordo para su cena.
-¿De qué color era? -preguntaron los niños, con un
inmediato aumento de interés.
-Era completamente del color del barro, con una
lengua negra y unos ojos de un gris pálido que brillaban con inexplicable
ferocidad. Lo primero que vio en el parque fue a Berta; su delantal estaba tan
inmaculadamente blanco y limpio que podía ser visto desde una gran distancia.
Berta vio al lobo, vio que se dirigía hacia ella y empezó a desear que nunca le
hubieran permitido entrar en el parque. Corrió todo lo que pudo y el lobo la
siguió dando enormes saltos y brincos. Ella consiguió llegar a unos matorrales
de mirto y se escondió en uno de los arbustos más espesos. El lobo se acercó
olfateando entre las ramas, su negra lengua le colgaba de la boca y sus ojos
gris pálido brillaban de rabia. Berta estaba terriblemente asustada y pensó:
«Si no hubiera sido tan extraordinariamente buena ahora estaría segura en la
ciudad». Sin embargo, el olor del mirto era tan fuerte que el lobo no pudo
olfatear dónde estaba escondida Berta, y los arbustos eran tan espesos que
podría haber estado buscándola entre ellos durante mucho rato, sin verla, así
que pensó que era mejor salir de allí y cazar un cerdito. Berta temblaba tanto
al tener al lobo merodeando y olfateando tan cerca de ella que la medalla de
obediencia chocaba contra las de buena conducta y puntualidad. El lobo acababa
de irse cuando oyó el sonido que producían las medallas y se detuvo para
escuchar; volvieron a sonar en un arbusto que estaba cerca de él. Se lanzó
dentro de él, con los ojos gris pálido brillando de ferocidad y triunfo, sacó a
Berta de allí y la devoró hasta el último bocado. Todo lo que quedó de ella
fueron sus zapatos, algunos pedazos de ropa y las tres medallas de la bondad.
-¿Mató a alguno de los cerditos?
-No, todos escaparon.
-La historia empezó mal -dijo la más pequeña de las
niñas-, pero ha tenido un final bonito.
-Es la historia más bonita que he escuchado nunca
-dijo la mayor de las niñas, muy decidida.
-Es la única historia bonita que he oído nunca
-dijo Cyril.
La tía expresó su desacuerdo.
-¡Una historia de lo menos apropiada para explicar
a niños pequeños! Ha socavado el efecto de años de cuidadosa enseñanza.
-De todos modos -dijo el soltero, cogiendo sus
pertenencias y dispuesto a abandonar el tren-, los he mantenido tranquilos
durante diez minutos, mucho más de lo que usted pudo.
«¡Infeliz! -se dijo mientras bajaba al andén de la
estación de Templecombe-. ¡Durante los próximos seis meses esos niños la
asaltarán en público pidiéndole una historia impropia!»
FIN
“The Storyteller”, 1914
SAKI - HECTOR HUGH MUNRO
(1870/12/18 - 1916/11/14)
Escritor inglés
- Obras: La Alicia de Westminster, Bassington el
insoportable...
- Género: Cuento, teatro, novela
- Padres: Charles Augustus Munro y Mary Frances Mercer
- Nombre: Hector Hugh Munro
Saki nació
el 18 de diciembre de 1870 en Akyab, Birmania Británica.
Hijo de Mary Frances Mercer y Charles Augustus Munro, inspector general de la
policía imperial india.
En 1872, cuando tenía solo dos años, su madre falleció y su padre lo envió
junto a su hermana Ethel a Inglaterra, para vivir con su abuela y sus tías.
Asistió a la Pencarwick School en Exmouth y después en la Bedford School.
En 1893, se unió a la Policía Imperial India, en Birmania, pero su mala salud
lo obligó a regresar a Inglaterra dos años después.
Escribió en periódicos como Morning Post y Daily Express. También trabajó como
periodista para las revistas Outlook y Bystander. En 1894 entró en la redacción
del periódico Westminster Gazette, donde escribió artículos políticos
ligeramente satíricos que se hicieron muy populares siendo recopilados en La
Alicia de Westminster (1902).
En 1900, apareció su primer libro: The Rise of the Russian Empire.
Entre 1902 y 1908, trabajó como corresponsal del Morning Post en los Balcanes,
Varsovia y Rusia.
En 1904, se publicaron sus cuentos de Reginald. Después una serie de historias
cortas entre 1904 y 1911 que incluyeron Reginald en Rusia, en 1910 y Las
crónicas de Clovis en 1911.
Reconocido por sus cuentos, muchos de los cuales se desarrollan en lugares
imaginarios y tienen personajes fantásticos. Destacan por su ingenio sutil y
por su ironía delicada y cáustica. Además fue autor de novelas como Bassington
el insoportable (1912) y Cuando llegó William Came (1913).
En 1930, se publicaron las historias cortas completas de Saki.
Al inicio de la I Guerra Mundial, se alistó como soldado en el 2º King Edward's
Horse, a los 43 años. Más tarde fue sargento de lanza en el 22 ° Batallón de los
Fusileros Reales.
Saki murió en combate el 14 de noviembre de 1916 en Beaumont-Hamel,
Francia, por el disparo de un francotirador alemán.
*buscabiografias.com
Artículo:
Biografía de Saki - Hector Hugh Munro
Autor:
Víctor Moreno, María E. Ramírez, Cristian de la Oliva, Estrella Moreno y otros
Website:
Buscabiografias.com
URL:
https://www.buscabiografias.com/biografia/verDetalle/11011/Saki%20-%20Hector%20Hugh%20Munro
Publicación:
2019/11/17
-dateModified- Última actualización:
2019/12/04

