Libro N° 8061. Alfonsina. Collado Gómez, Juan Lorenzo.
© Libro N° 8061.
Alfonsina. Collado
Gómez, Juan Lorenzo. Emancipación. Diciembre 12 de 2020.
Título
original: ©
Alfonsina. Juan Lorenzo Collado Gómez
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Juan Lorenzo
Collado Gómez
Alfonsina
Juan Lorenzo Collado Gómez
La lluvia me empapa, pero me importa muy poco, es
casi mágico sentirla correr por la piel de forma torrencial. Queda todo tan
lejos de aquí, de este momento de soledad en el que el dolor apenas me deja un
segundo de plena lucidez.
Qué lejano queda todo, incluso el instante en el
que hace unos segundos miraba la lluvia desde la ventana y el sufrimiento era
intenso, apenas lo puedo soportar, diciéndome que no vale la pena continuar
aquí porque, además, ya sólo es cuestión de días, quizá algún mes y además yo
tengo mucho miedo, sobre todo al dolor.
Le dije en una ocasión a mi amigo Fermín Estrella
que me llamaron Alfonsina porque quiere decir dispuesta a todo y ahora lo estoy
más que nunca.
No recuerdo nada de Lugano, simplemente me dijeron
que nací allí, pero yo he sido siempre argentina, aquí esta mi corazón, mis
palabras, mis primeros recuerdos de cuando tenía cuatro años y estaba en San
Juan, en el umbral de mi casa, sosteniendo un libro del revés mientras miraba a
la gente que pasaba. De entonces recuerdo que siempre me consideré una niña fea
con la cara redonda y regordeta.
Posiblemente ocurrieron muchas cosas importantes
pero yo sólo recuerdo aquello de cuando era tan pequeña y cuando nos marchamos
a Rosario. Una familia pobre. Mi madre puso una pequeña escuela domiciliaria y,
posteriormente, mis padres abrieron el Café Suizo, cerca de la estación del
tren. Me encantaba mirar pasar los trenes en los ratos libres en los que a mis
diez años atendía las mesas y fregaba los cacharros. Pero siempre había un rato
para sentarme a esperar su paso y escribir algún verso o describir la realidad
en un papel. Pero el café fue un fracaso cuando papá murió y entonces yo me
empleé en una tienda de gorras para ganar algún dinero.
Entonces llegó la compañía de teatro de Manuel
Cordero y quiso la suerte que pudiera sustituir a una actriz que enfermó.
Mi madre me dejó ir con ellos y se abrió un mundo
nuevo para mí representando “Espectros”, de Ibsen; “La loca de la casa”, de
Galdós; y “Los muertos”, de Florencio Sánchez. Era una niña que a mis trece
años parecía una mujer y la vida me pareció que apenas valía la pena porque el
ambiente me aplastaba cada día y regresé a casa para escribir mi primera obra
de teatro.
Con mi madre casada otra vez y sintiéndome
fracasada, ya tenía muy claro lo dura que era la vida y que nadie me iba a
regalar nada. Por eso me matriculé en la Escuela Normal Mixta de Maestros
Rurales de Coronda hasta obtener el título. Comencé a estudiar para maestra
rural y conseguí un puesto y, en mis ratos libres, escribía en las revistas
“Mun rosarino” y “Monos y monadas”. ¡Qué poemas aquellos!
Hace frío aquí y quizá debería regresar a la
pensión y meditar un poco, pero es que no tengo nada que pensar y quiero
caminar hacia el mar.
Diecinueve años tenía cuando llegué a Buenos aires
con una maleta más pesada por los libros de Rubén Darío que por mi ropa y mis
versos.
Llegué embarazada de un hombre mucho mayor, al que
quería y no quiso de mí algo más que placer. Fue allí donde decidí tener mi
hijo y empezar de nuevo, con un niño sólo para mí al que llamé Alejandro. Mis
recursos para vivir fueron trabajar como cajera en una tienda y en las revistas
“Caras y Caretas”. Pero lo más placentero era recitar mis poemas en las
bibliotecas de barrio.
Tardé cuatro años en conseguir, con un esfuerzo
enorme, que mi primer libro viera la luz. Fue otro hijo que vio el mundo siendo
un homenaje a Manuel Gálvez, a quien admiraba. Lo llamé “La inquietud del
rosal”
Al mirar mis mejillas, que ayer estaban rojas
he sentido el otoño; sus achaques de viejo
me han llenado de miedo; me ha contado el espejo
que nieva en mis cabellos mientras caen las
hojas...
Publiqué el poema “Versos otoñales” en “Mundo
Argentino”, donde también lo hacía publicaba Rubén Darío y eso fue fantástico,
tanto como conocer a Nervo, que llegó a Argentina como embajador.
Cuando presenté el libro “El dulce daño”, en 1918,
las cosas eran diferentes porque mis amigos me ofrecieron una comida en el
restaurante Génova, donde se reunía el grupo Nosotros y leyeron mis poesías
Roberto Giusti y José Ingenieros, mi gran amigo.
Fue en ese año agradable cuando comencé a realizar
visitas a Montevideo y ya no he dejado de hacerlo nunca.
Tú me quieres alba,
me quieres de espumas,
me quieres nácar.
Que sea azucena
sobre todas, casta.
Corola encerrada
¡Qué aguacero! Parece que se hundieran las nubes,
pero no quiero entrar en casa, el malestar me hace desistir de ello, prefiero
caminar hasta el mar.
Un año más tarde me hice cargo de una sección fija
en la revista “La Nota” y en el periódico “Nación”, en el que, entre otras
cosas, escribía sobre el papel que debiera corresponder a la mujer en la
sociedad mucho más allá de buscar sólo el matrimonio. Como no podía ser de otro
modo las críticas más feroces no se hicieron esperar por mis ideas, pero
también hubo muchísimas adhesiones a mis palabras.
Ese fue un tiempo de dura pero agradable labor, me
sometí a un esfuerzo que no me daba apenas tiempo para otra cosa que no fuera
trabajo y más trabajo dando conferencias, clases en el colegio Marcos Paz, en
la Escuela de Niños Débiles del Parque Chacabuco, en el Instituto de Teatro
Infantil Labardén y en la Escuela Normal de Lenguas Vivas. Fue a partir de 1926
cuando dispuse de una cátedra en el conservatorio de Música y Declamación
impartiendo Arte escénico y, no teniendo bastante con eso, di clases de castellano
en la Escuela de Adultos Bolivar.
Todo este trabajo desembocó en un agotamiento
físico que me llevó a un obligado descanso y así comenzaron mis viajes a Mar
del Plata y Córdoba.
Horacio Quiroga el escritor que vivía en la selva.
¡Qué buen amigo, cuánta admiración! No sé por qué no lo seguí al infinito.
“Cuentos de la selva”, “El desierto”, “Anaconda”. Sus poemarios me atraían,
disfrutaba con su lectura y para entonces yo ya había publicado
“Irremediablemente” y “Languidez”.
Éramos tan diferentes...Pero me atraía su
personalidad, su mirada, su poesía. Me robó un beso una tarde mientras
jugábamos a las prendas y debíamos besar ambas caras de un reloj a la vez, y él
lo quitó en el momento justo. Me hace sonreír el recuerdo de los tangos de
entonces, cantar un tango, cuanta tristeza y pasión en ellos.
Cuando Horacio decidió volver a Misiones me dijo
que lo acompañara, pero yo no me atreví a hacerlo. Quizá me equivoqué, pero eso
ya no importa. No importa nada.
Esta noche al oído me has dicho dos palabras
comunes. Dos palabras cansadas
de ser dichas. Palabras
que de viejas son nuevas.
Casi coincidió la publicación de “Ocre” con la
muerte de José Ingenieros y sin mi amigo me quedé mucho más sola de lo que
siempre había estado.
Me reiría, como hice en otras ocasiones, de lo
curioso de mi encuentro con Gabriela Mistral. Le habían dicho que yo era fea,
no soy una belleza, pero de eso a ser tan fea... Y cuando llegó a casa y le
abrí la puerta pregunto por Alfonsina pesando que tenía que ser alguien mucho
menos agraciada.
Qué triste fue el estreno de mi primera obra de
teatro, “El amo del mundo”. Hasta el presidente Alvear y su esposa, Regina
Pacini, asistieron, pero fue un fracaso y la crítica se ensañó conmigo. Quizá
no entendieron la visión que quería mostrar sobre la mujer. Un cronista llegó a
decir que Alfonsina Storni denigraba al hombre. Todo lo que hay alrededor de mi
obra de teatro fue un trago muy amargo.
Después vinieron viajes a muchos lugares, entre
ellos España, a donde volví en 1931 conociendo escritores de allá como fue
Concha Méndez, que me dedico algunos poemas. Y un año después publiqué mis dos
farsas pirotécnicas: “Cimbelina y Olixene” y “La cocinerita” casi a la vez que
me di cuenta de que las canas abundaban en mi cabello.
En “Mundo de siete pozos” intenté conseguir
imágenes dentro de un mundo precario e inestable donde ojos, oídos, fosas
nasales, boca, son los encargados de hacernos llegar el miedo, toda la angustia
de la vida, recurriendo una y otra vez a los elementos que integran la ciudad.
Igual que yo fui a España y conocí a algunos
escritores, otros vinieron de allá y así fue como conocí a Federico García
Lorca, el de los gitanos. Su poesía me encantó y le dediqué un poema; “Retrato
de García Lorca”:
Salta su garganta
hacia afuera
pidiendo
la navaja lunada...
Y cuando menos lo esperas el mazazo, el golpe frío
que te sobrepasa y te hablan de una enfermedad y de que hay que operar antes de
que sea demasiado tarde para atajar el cáncer de mama que me aquejaba. Y sin
tener tiempo para salir al paso del abatimiento se suicidó Horacio Quiroga.
Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como en tus cuentos, no está mal
un rayo a tiempo y se acabó la feria...
Qué difícil parece ser todo. ¿Por qué tiene que
haber tanto dolor en la vida cuando sólo se pretender vivir... Tan sólo eso?
Hace frío, el aguacero apenas me deja ver el mar,
tan fuerte, tan hermoso, tan atrevido, y yo quiero dejarme acoger por sus
brazos.
Nunca llegué a pensar que me pudieran considerar
tan importante como para invitarme a compartir un acto con Juana de Ibarbourou
y Gabriela Mistral. Tenía que hablar de mi forma de crear y disponía de un día
para escribir mi conferencia. Lo hice sobre mis rodillas y se me ocurrió el
título de “Entre un par de maletas a medio abrir y las manecillas del reloj”.
Fue fantástico escucharlas, compartir sus secretos
de escritoras con los demás y leer sus versos.
No ha pasado tanto tiempo, unos meses y mi vida ha
dado un giro terriblemente brusco. La tensión, saber que todo está perdido es
demasiado duro...
No podía aguantar más en la habitación y he tenido
que salir, el dolor... Siempre este dolor que no me deja descansar, pero el mar
está ahí, esperando siempre con su mirada capaz de llevar en ella el olvido.
He venido a Mar del Plata a descansar, a intentar
reponerme cuando yo sé que no me queda ninguna posibilidad y no soporto más la
angustia. Ni tan siquiera la lluvia torrencial es capaz de mitigarla un poco.
Hace unas horas llamé a la dueña de la pensión y le
dicté una carta para mi hijo y he escrito un poema que quiero titular “Voy a
dormir”.
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...
Sigue lloviendo y ya sólo espero que el agua del
mar no esté muy fría.
Juan Lorenzo COLLADO GÓMEZ
Albacete, España

