Libro N° 8048. Acción Política, Revolución, Dictadura Del Proletariado Y Comunismo. Los Planteamientos De Marx Y Engels. Erice, Francisco.
© Libro N° 8048.
Acción Política, Revolución, Dictadura Del
Proletariado Y Comunismo. Los
Planteamientos De Marx Y Engels. Erice, Francisco. Emancipación. Diciembre 5 de
2020.
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Acción Política, Revolución, Dictadura Del
Proletariado Y Comunismo. Los Planteamientos De Marx Y Engels. Francisco Erice
Versión Original: © Acción Política, Revolución, Dictadura
Del Proletariado Y Comunismo. Los Planteamientos De Marx Y Engels. Francisco
Erice
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ACCIÓN
POLÍTICA, REVOLUCIÓN, DICTADURA DEL PROLETARIADO Y COMUNISMO.
Los Planteamientos De Marx Y Engels
Francisco
Erice
Acción Política,
Revolución, Dictadura Del Proletariado Y Comunismo. Los Planteamientos De Marx
Y Engels
Francisco Erice
1. El
análisis político en Marx y Engels. Algunos rasgos generales [1]
Dentro de las aportaciones teóricas de Marx y
Engels, las referidas tanto a las estructuras y las formas como a la acción
política son seguramente las menos elaboradas y las más ligadas a los
problemas específicos de su tiempo; se trata, por tanto, de reflexiones que
aunque –como veremos- en modo alguno carecen de interés- conservan una utilidad
sólo parcial y relativa para el presente. A ello contribuiría,
según Hobsbawm, la idea de la primacía de lo económico sobre lo
político, pero también la limitada experiencia política de Marx y Engels,
activos participantes en las revoluciones de 1848 y la Asociación
Internacional de Trabajadores (Primera Internacional), pero que, por
ejemplo, apenas llegan a conocer partidos socialistas de masas (sobre todo
Marx), y que tienen que basar sus análisis en unas experiencias históricas
limitadas. A modo de ejemplo, su visión de las revoluciones remite
básicamente a la francesa de 1789, y sólo más tarde, a los peculiares
acontecimientos de la Comuna de París de 1871. Por eso,
aunque el volumen de sus escritos de carácter político es
bastante amplio, sus opiniones no siempre resultan claras, dejan temas
fundamentales sin tratar y, en general, no nos han legado, en este
terreno, un corpus de interés análogo, por ejemplo, al de sus escritos
económicos. En consecuencia –como añade el historiador marxista Eric
Hobsbawm-, es
“prácticamente imposible extrapolar de los escritos
clásicos algo parecido a un manual de instrucciones estratégicas y tácticas, e
incluso (es) peligroso usarlos a título de precedentes, aunque demasiado a
menudo se ha recurrido a ellos con este fin. De Marx se puede aprender el
método de análisis y de acción y no una serie de lecciones preparadas para su
utilización a partir de los textos clásicos” [2].
De hecho problemas del análisis y la práctica
política básicos (como la cuestión nacional, la contraposición
reformismo-revolución, las reflexiones sobre el partido, etc.) fueron
abordados especialmente por las generaciones marxistas posteriores (las
de la Segunda y Tercera Internacional), en función de las urgencias y
las necesidades del momento, que no eran ya las de los años de Marx.
El estatuto problemático de la política en
Marx está en cierto modo reflejado en la doble perspectiva que
señala Elster: por un lado, la política forma parte de las superestructuras y
representa un factor de resistencia al cambio o una derivación de los elementos
de la base; por otro, es un medio para la revolución y por tanto
para el cambio, con lo que las luchas políticas introducen o ayudan a
introducir nuevas relaciones de producción [3]. Otro analista, el
historiador y politólogo Ramón Máiz, ha subrayado también lo que considera
escasa sistematicidad y hasta contradicciones de la teoría política de
Marx, entreviendo incluso en sus textos un cierto reduccionismo que cancelaría-en
su opinión- el ámbito mismo de lo político, al limitarlo con frecuencia a un
simple consecuencia de las relaciones de producción o las contradicciones
sociales; reduccionismo predominante que, en todo caso, contrastaría con la
visión más fértil que aflora en algunos textos de análisis
histórico-político, como El 18 Brumario, La lucha de clases
en Francia o La guerra civil en Francia [4].
Además de ello, las formulaciones políticas de Marx
deben ser periodizadas, con el fin de entender sus cambios e incluso sus
contradicciones. El propio Máiz [5] distingue cuatro
etapas:
a) Los escritos de juventud previos a 1842,
como los relacionados con la censura prusiana, la libertad de prensa, los robos
de leña, etc. Su posición es la de un liberalismo radical.
b) El conjunto de textos de la Crítica de la
Filosofía del Estado de Hegel (1843), La Cuestión
Judía (1844) y la Introducción a la
Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel (1844).
Asumen ya la dialéctica y critican el idealismo hegeliano. Aflora también en
ellos la idea de la “verdadera democracia” y la “desaparición del Estado”.
c) Desde La Sagrada Familia (1844)
a La Miseria de la Filosofía (1846) y La
Ideología Alemana (1846). Continúan la crítica del formalismo del
Derecho y el Estado modernos y de la separación sociedad civil/Estado,
destacando a la sociedad civil como el verdadero escenario de la historia
frente a las “formas ilusorias” del Estado. El comunismo se perfila como
el objetivo inmanente de la sociedad capitalista y la realización de la esencia
del hombre, y el proletariado como “clase universal” cuya liberación
implica la de la sociedad entera.
d) El cuarto grupo estaría integrado por los
escritos “históricos” y “políticos” desde 1848: Manifiesto
Comunista (1848), La lucha de clases en Francia (1850), El
18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), La guerra civil en
Francia (1871) y la Crítica al Programa de Gotha (1875).
En estos textos, seguramente los más ricos para el tema que nos ocupa, se
otorga una mayor autonomía a lo político, frente a un cierto doctrinarismo
y reduccionismo que algunos han apreciado en otros anteriores.
e) Las investigaciones sobre el modo de
producción capitalista, sobre todo los Grundrisse (1857-58),
las Teorías de la plusvalía (1861-63) y El Capital (libro
I en 1867). En ellos, aunque aparecen referencias al papel del Estado, domina
el “paradigma de la producción”, que reduce la sustancialidad de
lo político.
Habría que mencionar, además, la aportación
específica de Engels (Anti-Dühring, Ludwig Feuerbach, El
origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, etc.), interesante
en algunos aspectos, como veremos, en temas relacionados con la
concepción de los hechos nacionales, el origen del Estado o –en la
etapa final de su vida- en las reflexiones sobre el papel de los nuevos
partidos socialistas de masas, la política electoral, etc.
2. Organización política y lucha de clases.
Marx y Engels (sobre todo Marx), como señalamos, no
llegaron a ver la formación de partidos socialistas de masas, y su experiencia
política militante, aunque intensa en ciertos momentos, es limitada. Puede
decirse, con Fernández-Buey, que “Marx no tuvo partido nunca”, al menos
en el sentido estricto del término; no lo fue la Liga de los
Comunistas, y la Asociación Internacional de Trabajadores se parecía
más a un movimiento sociopolítico heterogéneo [6]. No poseen por tanto, una
teoría desarrollada acerca de los modelos de organización o de los partidos,
acerca de los cuales incluso su opinión es bastante cambiante, desde su época
juvenil hasta las observaciones del viejo Engels, sobre la base de la experiencia
del Partido Socialdemócrata alemán, acerca de la posibilidad de la acción legal
de partidos de masas [7]. Antes de 1848 (época de
las sociedades o grupos secretos como la misma Liga de los Comunistas en que
participan), la concepción del partido es bastante nebulosa; cuando se habla
entonces de partido se evoca a grupos de afinidad, asociaciones, sectas, etc.
Desde la Nueva Gaceta Renana, presentado como “órgano de
la democracia”, Marx defiende la actuación junto a la burguesía alemana contra
la monarquía absoluta y el feudalismo, consolidando la revolución democrática,
pero manteniendo a la vez las organizaciones obreras. Sin embargo tras el
fracaso de la revolución de 1848-49, pasa a una concepción más
rígida del partido, criticando a la vez a burguesía alemana por su
inconsecuencia política. Ya en “la burguesía y la contrarrevolución”,
artículo publicado en la Nueva Gaceta Renana, a fines de 1848, calificaba
irónicamente a los participantes en el movimiento como “figuras burguesas
achaparradas”; y en el “Mensaje del Comité Central a la
Liga de los Comunistas” (marzo de 1850), criticaba la caída de la
Liga en manos de “los demócratas pequeñoburgueses” en algunos
lugares y de marchar a la cola de la burguesía, que había traicionado al
pueblo. El proletariado organizado no podía convertirse en apéndice de la
democracia pequeño-burguesa, sino ir más allá, en pos de su propio programa:
“La actitud del partido obrero revolucionario ante
la democracia pequeñoburguesa es la siguiente: marcha con ella en la lucha por
el derrocamiento de aquella fracción a cuya derrota aspira el partido obrero;
marcha contra ella en todos los casos en que la democracia pequeñoburguesa
quiere consolidar su posición en provecho propio (…) (…). Mientras que los
pequeños burgueses democráticos quieren poner fin a la revolución lo más
rápidamente que se pueda (…), nuestros intereses y nuestras tareas consisten en
hacer la revolución permanente, hasta que el Proletariado conquiste el poder
del estado, hasta que la asociación de los proletarios se desarrolle, y no en
un país, sino en todos los países predominantes del mundo (…). Para nosotros no
se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de
paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de
mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva” [OE, I, pp. 56 y
1001-05] [8]
La idea de la independencia organizativa del
proletariado, en todo caso, es una constante. La identificación de partido y
organización de clase, presente ya en el Manifiesto Comunista, se
refuerza después del 48. Los Estatutos de la Asociación
Internacional de Trabajadores recogían de manera inequívoca este principio
de la organización independiente de clase para lograr la emancipación delos
trabajadores:
“En su lucha contra el poder unido de las clases
poseedoras, el proletariado no puede actuar como clase más que constituyéndose
él mismo en partido político distinto y opuesto a todos los antiguos partidos
políticos creados por las clases poseedoras.
Esta constitución del proletariado en partido
político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y de
su fin supremo: la abolición de las clases”.
La coalición de las fuerzas de la clase obrera,
lograda ya por su lucha económica, debe servirle asimismo de palanca en la
lucha contra el Poder político de sus explotadores” [OE, I, pp. 400-401].
Años más tarde, en su Contribución al
problema de la Vivienda, Engels recordaba el carácter de clase,
independiente, que debían tener las organizaciones obreras, en términos como
éstos:
“…El partido obrero socialdemócrata alemán,
precisamente porque es un partido obrero, tiene por fuerza que hacer una
‘política de clase’, la política de la clase obrera. Como todo partido político
aspira a establecer su dominación dentro del Estado, el partido obrero
socialdemócrata alemán aspira, pues, necesariamente, a su dominación, a la
dominación de la clase obrera (…). Por lo demás cadapartido proletario
verdadero, desde los cartistas ingleses, puso siempre como primera condición de
su lucha política de clase, la organización del proletariado en
partido político independiente, y se asignó como objetivo inmediato de esta
lucha la dictadura del proletariado” [CPV, en OE, I, pp. 645-646].
En relación con estos principios generales, hay, en
todo caso, algunas otras orientaciones teóricas que pueden detectarse en los
textos marxianos. Una de ellas, sin duda fundamental, es precisamente ésta de
la dependencia de la política con respecto a lo social.
La dimensión política es esencialmente una exteriorización de los intereses de
clase; la sociedad civil y no el Estado es el “verdadero lugar y escenario
de toda la historia” [9]. La política es
esencialmente lucha de clases en el seno del Estado, que no está por encima de
las clases, sino que representa los intereses de la clase o clases dominantes.
Los partidos aparecen, en las obras histórico-políticas de Marx (Las luchas
de clases en Francia…, El Dieciocho Brumario…), como
representativos de los intereses de clases o fracciones de clase. La lucha de
los partidos puede ocultar los intereses de clase o de fracción de clase (la
apariencia externa de las luchas interpartidarias vela la
lucha de clases [DB, en OE, I, pp. 274 y ss.].
Un segundo principio es el de la superioridad de la
lucha política sobre la económica (sindical). Eso no supone negar la necesidad
de enfocar la acción práctica de los obreros hacia la consecución de mejoras
laborales o una legislación social favorable, pero la tarea esencial es ligar
todo ello a la actividad política. La lucha económica no es un fin en sí misma,
sino preparación para la lucha política [10]. Marx y Engels valoraron,
en algunas ocasiones, muy positivamente a los sindicatos (por ejemplo a los
sindicatos ingleses), como puede apreciarse en el texto juvenil de Engels La
situación de la clase obrera en Inglaterra. Marx, en su Miseria de
la filosofía, hablando sobre las trade unions inglesas,
resaltaba el valor de la lucha sindical, pero sobre todo “aprendizaje”
y como preparación de la lucha política, que representa un nivel
superior de conciencia:
“La gran industria concentra en un mismo sitio a
una masa de personas que no se conocen entre sí. La competencia divide sus
intereses. Pero la defensa del salario, este interés común a todos ellos frente
a su patrono, los une en una idea común de resistencia: la coalición (…). Si el primer fin de la
resistencia se reducía a la defensa del salario, después, a medida que los
capitalistas se asocian a la vez movidos por la idea de la represión, las
coaliciones, en un principio aisladas, forman grupos, y la defensa por los
obreros de sus asociaciones frente al capital, siempre unido, acaba siendo para
ellos más necesario que la defensa del salario (…). En esta
lucha –verdadera guerra civil- se van uniendo y desarrollando todos los
elementos para la batalla futura. Al llegar a este punto, la coalición toma
carácter político.
Las condiciones económicas transformaron primero a
la masa de la población del país en trabajadores. La dominación del capital ha
creado a esta masa una situación común, intereses comunes. Así pues, esta masa
es ya una clase con respecto al capital, pero aún no es una clase para sí. Los
intereses que defienden se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de
clase contra clase es una lucha política” [MF, pp. 157-158]
Marx y Engels enfatizaron siempre los límites de la
lucha sindical; por ejemplo, según se dice en Trabajo
asalariado y capital, su capacidad defensiva o de incrementar los salarios
se veía erosionada por la concentración del capital y las crisis periódicas.
Luego colaboraron con sindicatos en el seno de la AIT, pero instándoles a
ampliar sus objetivos [11] .
3. Estado y nación. Marco nacional e
internacionalismo.
Tal como ya hemos tratado en otro momento a lo
largo de este curso, la imagen habitual acerca de las tesis marxianas sobre el
Estado ha insistido, por un lado, en la presencia de un cierto
utopismo (tesis sobre la extinción del Estado y su sustitución por la “administración
de las cosas”, inspirada en el socialista francés Saint-Simon) y, por otro,
en la falta de un análisis sistemático de este campo de las “superestructuras”,
incluyendo asimismo la reducción, en lo sustancial, de lo político a
un reflejo de las fuerzas económicas [12].
El Estado es, para Marx, un aspecto o resultado de
la “sociedad civil” (prioridad de “lo social” frente a
lo “político”); es –como decía Engels- “un producto de la
sociedad cuando llega a un grado determinado de desarrollo”. Es, además, un
órgano de clase; la visión “clasista” del Estado se formula
una y otra vez en los textos de Marx y Engels, unas veces de manera más simple
y otras con mayores matices. “El Poder político –se dice en El
Manifiesto-, hablando propiamente, es la violencia organizada de
una clase para la opresión de otra”. Este carácter, además, no depende de
la “forma externa” del Estado, como subrayaba aún en 1891 Engels, en una
introducción a la reedición del texto marxiano La guerra civil en
Francia: el Estado es “una máquina de represión de una clase por otra,
sea monarquía o sea república democrática”. Esta visión “clasista” del
Estado no es incompatible con la idea de la autonomía relativa, que
Marx formula a propósito del bonapartismo, como régimen no estrictamente
burgués, pero que asegura a la burguesía el mantenimiento de sus intereses.
Como tampoco lo es con su aparente ubicación por encima de la sociedad, que le
permite enmascarar o mistificar su papel de clase y generar apariencia de
consenso [13].
Si el análisis del Estado en Marx y Engels, pese a
toda una serie de interesantes intuiciones e ideas certeras, adolece de claras
insuficiencias, otro tanto –o más- puede decirse acerca de sus ideas sobre las
naciones o lacuestión nacional [14].Tal como nos recuerda Löwy, Marx y Engels abordan
la cuestión de manera circunstancial, escasamente “teórica” e incluso
contradictoria. Parten de la primacía de la clase sobre cualquier otra
categoría, incluida la nación, a la que, en todo caso, consideran una categoría
transitoria que corresponde a la necesidad de desarrollo del capitalismo, cuyas
particularidades se irán borrando, en un proceso que culminará con el acceso
del proletariado al poder. El análisis de Marx y Engels del “problema
nacional” es por ello, según Máiz, escasamente teórico, tacticista e
instrumental, y reduccionista (economicista); no tratan de las naciones como
algo distinto de la nación-Estado [15]. La lógica de la
mundialización relega, pues, a las naciones a un papel subalterno. Esta laguna,
fruto, en expresión de Gallissot, del “capitalcentrismo”, no
impide que, al hilo sobre todo de acontecimientos con fuerte presencia de
problemas “nacionales” como las revoluciones de 1848, o
reflexionando sobre problemas concretos como el de Polonia o Irlanda, se
encuentren algunas indicaciones de interés en la obra de la “padres
fundadores”.
En todo caso, desde el punto de vista no ya del
análisis en sí, sino de las propuestas políticas prácticas, el primer elemento
que destaca es el férreo y nítido internacionalismo. Internacionalismo,
obviamente, de clase; por eso Marx y Engels cambiarán el lema de la
Liga de los Comunistas “todos los hombres son hermanos” por el de “¡proletarios
de todos los países, uníos!”, con el que se cierra el Manifiesto.
La visión marxiana del internacionalismo nada tiene que ver con vagas y
moralistas consignas de cosmopolitismo burgués, como se apresura a señalar Marx
en su Crítica del Programa de Gotha de la socialdemocracia
alemana, que hablaba de la “fraternización universal de los pueblos”:
“¿Y a qué reduce su internacionalismo el Partido
Obrero Alemán? A la conciencia de que el resultado de sus aspiraciones
‘será la fraternización
internacional de los pueblos’, una frase tomada de la
Liga burguesa por la Paz y la Libertad, que se quiere hacer
pasar como equivalente de la fraternidad internacional de las clases obreras,
en su lucha común contra las clases dominantes y sus gobiernos. ¡De los deberes
internacionales de la clase obrera alemana no se dice, por tanto,
ni una palabra! ¡Y esto es lo que la clase obrera alemana debe contraponer a su
propia burguesía, que ya fraterniza contra ella con los burgueses de todos los
demás países, y a la política internacional de conspiración del señor
Bismarck!” [CPG, en OE, II, p. 20].
Es cierto que –señalan- las naciones-Estado
modernas, producto del capitalismo y la burguesía en su fase revolucionaria,
desempeñan un papel “históricamente progresivo”; todavía en los últimos
de su vida, Engels defendía esta tesis de la conveniencia de los grandes “Estados
nacionales”, que ya habían argumentado Marx y el mismo al menos desde 1848:
“Sólo estos Estados representan la normal
constitución política de la burguesía dominante en Europa y son al mismo tiempo
una condición previa indispensable para la consecución de una armoniosa
colaboración internacional de los pueblos, sin la cual no es posible el dominio
del proletariado”. [16]
Pero la nueva fase de la revolución proletaria es
fundamentalmente un fenómeno internacional. Por eso no están a favor de
la “autodeterminación” de las naciones” (que Bakunin defendía)
como fin en sí mismo, subordinando siempre las propuestas concretas a los
intereses supremos de la revolución. Tampoco defienden el federalismo,
considerando que la unidad de los Estados-nación favorece el desarrollo de las
fuerzas productivas y por tanto prepara el camino para la revolución. Engels
(no Marx) incluso llega a desarrollar –inspirándose en Hegel- la noción de “pueblos
sin historia”. Estos pueblos (eslavos del sur, bretones, escoceses,
vascos…), residuos de naciones trituradas por la historia, no habían sido
capaces de desarrollarse cono las “grandes naciones históricas de Europa”,
y por su fragmentación lingüística, cultural y geográfica, no eran capaces de
reunir un volumen de población suficiente y una economía moderna en su
interior; tendían a convertirse en instrumentos de la reacción.
La segunda consideración de Marx y Engels -en
relación con la primera- es la anteposición de clase a nación, o la
subordinación de lo nacional a la lucha de clases. Por eso –aunque a la frase
se le haya intentado señalar su carácter irónico- “los proletarios no tienen
patria”, y la revolución abolirá la explotación de unas naciones por otras,
acabará con los antagonismos nacionales. Es verdad que el proletariado debe
constituirse en “clase nacional”, aunque no a la manera burguesa:
“Los obreros no tienen patria. No se les puede
arrebatar lo que no poseen. Mas, por cuanto el proletariado debe el primer
lugar conquistar el Poder político, elevarse a la condición de clase nacional,
constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el
sentido burgués” [MC, en OE, I, p. 40].
Según se precisa en otro lugar del Manifiesto,
la lucha del proletariado con su burguesía es en primer lugar una “lucha
nacional”; pero lo es “por su forma” y “no por su contenido”
(internacionalista) [MC, en OE, I, p. 33]. Por eso ponen en guardia a los
socialistas contra ”los filisteos que se inflaman por las nacionalidades”;
por eso criticaron al socialista y nacionalista alemán Lassalle. Ello no impide
que puedan ocasionalmente defenderse los derechos de naciones oprimidas (como
Polonia), pero sobre todo para debilitar a quienes las oprimen (como el Imperio
ruso) o con el fin de resolver los problemas “nacionales” para
evitar que interfieran en la lucha de los trabajadores por su
emancipación [17].
Tal es la razón esencial de la preocupación por el
problema de Irlanda (especialmente sentido por parte de Engels), y no tanto
–seguramente- la sensibilidad ante el sentimiento nacional en sí. Tampoco hay
que olvidar que, en los últimos años de su vida, Marx empezó a ver
posibilidades revolucionarias en países económicamente menos avanzados (como
Rusia o Irlanda), donde por cierto se estaban desarrollando movimientos
revolucionarios “prometedores”. El caso de Irlanda muestra
cómo el dominio de una nación por otra afecta negativamente al proletariado de
la nación dominante, y además paraliza el movimiento de las naciones oprimidas,
pues la lucha por los objetivos nacionales enmascara las contradicciones de
clase. En Irlanda, la lucha por la emancipación nacional puede favorecer la
revolución en Inglaterra, pudiendo por tanto ser complementarias. No se trata,
pues, de una inversión de las prioridades o los principios, sino de un
desarrollo táctico o práctico de los mismos [18]. Otra cosa es la reflexión
–que el fracaso de la AIT podía poner de relieve, perro que no
suscita elaboraciones amplias en Marx y Engels- sobre lo “prematuro” de
la organización “internacional” o la necesidad del marco
nacional de lucha (que los nuevos partidos socialdemócratas asumirán, en
tensión siempre con el internacionalismo, en un contexto de acceso de los
trabajadores a la “ciudadanía” dentro de sus respectivos Estados).
4. Revolución, transición y dictadura del
proletariado.
Se ha señalado con cierta frecuencia, en tono
critico, el escaso desarrollo de lo que podríamos denominar “teoría marxista
de la acción colectiva”, de la constitución de los sujetos colectivos o del
paso de la clase “en sí” a la clase “para sí”. Pero lo que sí
aparece nítida y reiteradamente desarrollado en Marx es la identificación del
proletariado como sujeto revolucionario. En gran medida, las
primeras formulaciones de esta tesis, más que emanar de un análisis de las
tendencias de la evolución y la dinámica social, tienen carácter
filosófico, y se producen en el contexto de la crítica a Hegel, concretamente
en su crítica a la Filosofía del Derecho de dicho pensador. Allí Marx
expresa por vez primera la idea de la misión histórica del proletariado y de la
revolución como el cumplimiento de tendencias intrínsecas de la historia [19]. La emancipación de los
alemanes –dice Marx- no será posible como resultado de la especulación
filosófica, porque “el arma de la crítica no puede suplir a la crítica de
las armas, (…) el poder material tiene que ser derrocado por el poder material”,
aunque también es cierto que “la teoría se convierte en un poder material
cuando prende en las masas” [CFDH, en EJ, p. 497]. La revolución
sólo puede ser llevada a cabo por una clase cuyos intereses
particulares coincidan con los de la sociedad; esa clase es el proletariado:
“¿Dónde reside, pues, la posibilidad positiva de la emancipación alemana?
Respuesta: en la formación de una
clase atada por cadenas radicales, de una clase de la sociedad
civil que ya no es un clase de ella; de una clase que es ya la disolución de
todas las clases; de una esfera de la sociedad a la que sus sufrimientos
universales imprimen carácter universal y que no reclama para sí ningún derecho especial,
porque no es víctima de ningún desafuero especial, sino del desafuero
puro y simple; que ya no puede apelar a un título histórico,
sino simplemente al título humano (…); que representa, en una
palabra, la pérdida total del hombre, por lo cual sólo puede
ganarse a sí misma mediante la recuperación total del hombre. Esta
disolución total de la sociedad cifrada en una clase especial, es el proletariado (…)”
Allí donde el proletariado proclama la disolución del orden universal anterior, no
hace sino pregonar el secreto de su propia existencia, ya que
él es la disolución de hecho de este orden
universal. Cuando el proletariado reclama la negación dela propiedad
privada, no hace más que elevar a principio de la sociedad lo
que la propia sociedad ha elevado a principio suyo, lo que ya
aparece personificado en él, sin intervención suya, como resultado
negativo de la sociedad (…).
Así como la filosofía encuentra en el proletariado
sus armas materiales, el proletariado encuentra en
la filosofía sus armas espirituales, y cuando el rayo del
pensamiento prenda en lo profundo de este candoroso suelo popular, la
emancipación de los alemanes como hombres será
una realidad” [CFDH, en EJ, pp. 501-502].
No debe pensarse, sin embargo, que Marx parte de la
simple especulación filosófica para llegar a estas conclusiones, aunque los
argumentos esgrimidos sean de ese carácter; Marx comienza, por entonces, a
conocer más de cerca la realidad obrera y a contactar con grupos organizados de
trabajadores. Este texto está escrito a fines de 1843 o en enero de
1844, pero desde octubre de 1843 residía ya en París, donde permanecerá hasta
enero de 1845. Allí asistirá a reuniones de sociedades secretas de obreros y
artesanos. Allí conocerá también a Engels, que –no lo olvidemos, era testigo
privilegiado de la situación de la clase obrera inglesa, tema sobre el que
escribirá su famoso informe en 1845. También estando en París, en junio de
1844, Marx tiene noticia de la insurrección de los tejedores de Silesia,
acontecimiento que, según Löwy, tuvo en él una influencia decisiva,
“desempeñó, para Marx, un papel de ‘catalizador’,
de trastorno profundo, teórico-práctico, de demostración concreta y violenta de
lo que se desprendía ya de sus lecturas y sus contactos parisienses: la
tendencia potencialmente revolucionaria del proletariado” [20]
Los Manuscritos Económico-Filosóficos de
1844 abordan ya, todavía de forma vacilante o inexperta, cuestiones
de la Economía política, y sobre todo desarrollan una serie de
reflexiones sobre la alineación o enajenación del
proletariado. Reflexiones como éstas:
“El trabajador se empobrece más cuanta más riqueza
produce (…) A medida que se valoriza el
mundo de las cosas y en relación directa con ello, se desvaloriza el mundo de
los hombres (…)
El objeto producido por el trabajo, el producto de
éste, se enfrenta a él como algo ajeno,
como una potencia independiente del producir. El producto del
trabajo es el trabajo plasmado en un objeto, convertido en cosa, es laobjetivación del
trabajo. La realización del trabajo es su . Esta realización del trabajo, tal
como se presenta en el economía política, aparece como la desrealización del
trabajador, la objetivación se manifiesta como la pérdida y
servidumbre del objeto, la apropiación como enajenación, como alineación (…)
Todas estas consecuencias se hallan implícitas en
lecho de que el trabajador se comporta hacia el producto de su trabajo como hacia un
objeto ajeno. Pues, partiendo de esta premisa, se ve claro que
cuanto más se mate el obrero a trabajar más poderoso es el mundo ajeno, de
objetos, creado por él en contra suya, más se empobrece él mismo y su mundo
interior, menos le pertenece éste a él como suyo propio. Lo mismo ocurre en la
religión. Cuanto más pone el hombre en Dios menos retiene para sí mismo (…).
La enajenación del trabajador en su producto no significa
solamente que su trabajo se traduce en un objeto, en una existencia externa,
sino que ésta existe fuera de él, independientemente de él, como
algo ajeno y que adquiere frente a él un poder propio y sustantivo” [MEF,
en EJ, pp. 596-597].
La posterior crítica de la
Economía política incorpora la explotación (teoría del
valor-trabajo y de la plusvalía) y establece la centralidad de la
contradicción capital-trabajo (burguesía-proletariado) en la dinámica del
capitalismo.
En todo caso, lo que está claro en los textos
marxianos es que la emancipación de los trabajadores requiere su
autoorganización; Marx habla, en el Manifiesto, de la “organización
del proletariado en clase y, por tanto, en partido político” [MC, en OE, I,
p. 31]. El objetivo es la transformación revolucionaria del orden existente,
frente al cual no es posible un cambio siguiendo los procedimientos del
reformismo burgués ni la senda de los “utopistas”, que creen
en la eficacia de la convicción del conjunto de la sociedad o en los
efectos radicales de la educación [21]. Para Marx –y esta es una
convicción con modulaciones diversas, pero que no cambia en lo esencial a lo
largo de su vida, la única salida es la revolución del proletariado. Así lo
apuntaba, por ejemplo, en 1850:
“La batalla de Junio en París, la caída de Viena,
la tragicomedia del noviembre berlinés de 1848, los esfuerzos desesperados de
Polonia, Italia y Hungría, el sometimiento de Irlanda por el hambre: tales
fueron los acontecimientos principales en que se resumió la lucha europea de
clases entre la burguesía y la clase obrera, y a través de los cuales hemos
demostrado que todo levantamiento revolucionario, por muy alejada que parezca
estar su meta de la lucha de clases, tiene necesariamente que fracasar mientras
no triunfe la clase obrera revolucionaria, que toda reforma social no será más
que una utopía mientras la revolución proletaria y la contrarrevolución
feudalista no midan sus fuerzas en una guerra mundial” [TAC, en OE, I, pp. 71-72].
Las ideas concretas que Marx maneja sobre la
revolución –como no podían ser de otro modo- están muy condicionadas por la
realidad histórica que conocía, concretamente por el “modelo” francés de
1789; de ahí, como señala Hobsbawm, su interés por la experiencia jacobina, que
influye mucho en su noción de Estado de transición o “dictadura del
proletariado” [22]. Pero, sobre todo, la
experiencia de 1848 resulta crucial para las posiciones de Marx y Engels. Ante
todo, les provoca el desengaño ante la falta de consecuencia revolucionaria de
la burguesía. En Las luchas de clases en Francia de 1848
a 1850, Marx afirma que, en 1848, el proletariado francés conquistaba
con la república “el terreno para luchar por su emancipación revolucionaria,
pero no, ni mucho menos, esta emancipación misma”; sin embargo el sufragio
universal conseguido hacía peligrar las bases mismas de la dominación burguesa.
“La legalidad nos mata”, exclama un conocido político de la burguesía,
clase que acabará renunciando por ello al sufragio universal [LCF, en OE, I,
pp. 142 , 171, 183, 229-230, etc.]. La burguesía, en su lucha contra el
feudalismo, ha forjado armas que luego se vuelven contra ella:
“La burguesía tenía la conciencia exacta de que
todas las armas forjadas por ella contra el feudalismo se volvían contra ella
misma, de que todos los medios de cultura alumbrados por ella se rebelaban
contra su propia civilización, de que todos los dioses que había creado la
abandonaban. Comprendía que todas las llamadas libertades civiles y los
organismos de progreso atacaban y amenazaban al mismo tiempo en la base social
y en la cúspide política a su dominación de clase, y por tanto se habían
convertido en socialistas” [DB, en OE, I, pp. 291-292].
Frente a esta defección de la burguesía, Marx y
Engels reivindican la independencia política del proletariado y esbozan la idea
de desbordar las pretensiones de la burguesía y la democracia pequeñoburguesa,
de llevar a cabo una revolución permanente, planteamiento
especialmente recogido en el Mensaje del Comité Central a la
Liga de los Comunistas de marzo de 1850:
“Y el papel de traición que los liberales burgueses
alemanes desempeñaron con respecto al pueblo en 1848 lo desempeñaran en la
próxima revolución los pequeños burgueses democráticos (…) (…).
La actitud del partido obrero revolucionario ante
la democracia pequeñoburguesa es la siguiente: marcha con ella en la lucha por
el derrocamiento de aquella fracción a cuya derrota aspira el partido obrero;
marcha contra ella en todos los casos en que la democracia pequeñoburguesa
quiere consolidar su posición en provecho propio (…) (…)
Mientras que los pequeños burgueses democráticos
quieren poner fin a la revolución lo más rápidamente que se pueda,
después de haber obtenido, a lo sumo, las reivindicaciones arriba mencionadas,
nuestros intereses y nuestras tareas consisten en hacer la revolución
permanente hasta que sea descartada la dominación de las clases más o menos
poseedoras, hasta que el proletariado conquiste el poder del Estado (…) (…).
Pero la máxima aportación a la victoria final la
harán los propios obreros alemanes cobrando conciencia de sus intereses de
clase, ocupando cuanto antes una posición independiente de partido e impidiendo
que las frases hipócritas de los demócratas pequeñoburgueses les aparten un
solo momento de la tarea de organizar con toda independencia el partido del
proletariado. Su grito de guerra ha de ser: la revolución permanente” [MLC, en OE, I, pp. 100-111]
Hay quien ha calificado estas posiciones como jacobinas o blanquistas [23], en el doble sentido de
querer “imitar” el proceso revolucionario francés de 1789-93,
de enfatizar el papel de la violencia o de resaltar excesivamente la
importancia de la dirección revolucionaria. Pero esta
caracterización debe ser matizada pues, entre otras cosas, los objetivos que se
marcan van más allá que los de la democracia jacobina, por lo que la supuesta
imitación se referíría más bien a los métodos o a
la contundencia y consecuencia de la acción más que a los objetivos,
como muestran observaciones de este estilo:
“Las carnicerías sin resultado que se han producido
desde los días de junio y octubre, el aburrido festín de sacrificios que se ha
desarrollado desde febrero y marzo, el canibalismo de la propia
contrarrevolución, convencerá a los pueblos de que sólo hay un medio para
abreviar, simplificar y concentrar los criminales estertores de la antigua
sociedad y los sangrientos dolores de parto de la nueva sociedad: el terrorismo revolucionario” [24].
Textos como éste suscitan el papel que Marx y
Engels atribuían a la violencia –o a la guerra. Al hablar de terrorismo tienen
como referente la experiencia del llamado Terror jacobino, entendido como
método para salvar a la revolución amenazada, en 1793. Sus observaciones no
tienen nada que ver con atentados individuales –que siempre rechazaron, o
violencia indiscriminada a la manera de algunos anarquistas-nihilistas de la
época [25]. Pero nunca pensaron que
la violencia en sí misma fuera rechazable, y siempre condenaron un pacifismo
genérico que les parecía ingenuo o hipócrita. La violencia y la guerra son una
consecuencia de la lucha de clases. Por eso en 1848 defienden una “guerra
revolucionaria” contra Rusia, o en Las luchas de clases en Francia…
afirman que “la guerra de clases dentro de la sociedad francesa se
convertirá en una guerra mundial entre naciones” [LCF, en OE. I,
p. 213]. En el Anti-Dühring, Engels defiende de forma clara
la necesidad de la violencia revolucionaria:
“Para el señor Dühring, la violencia es el mal
absoluto; para él el primer acto de violencia es la caída, y toda su exposición
es una jeremiada acerca del pecado original, que ha contaminado toda la
historia hasta el presente, y acerca de la corrupción ignominiosa de todas las
leyes naturales y sociales por ese poder diabólico: la violencia. Mas la
violencia juega también otro papel en la historia, tiene un papel
revolucionario; es, según la frase de Marx, la partera de toda vieja sociedad
preñada de otra nueva sociedad, es el instrumento con ayuda del cual el
movimiento social se abre paso y rompe formas políticas muertas; de todo esto
el señor Dühring no dice una palabra (…) ¡Y esto, cuando se sabe qué gran auge
moral e intelectual siguió a toda revolución victoriosa!” [AD, pp. 204-205].
La revolución exige violencia; “no somos –decía
Marx en 1867 ante el Consejo General de la AIT- apologistas de la paz a
cualquier precio”. O, como lo formula en otra ocasión, “no ha habido
ningún gran movimiento que haya nacido sin derramamiento de sangre”. Eso no
significa en modo alguno que Marx y Engels no se opongan a las guerras, cuando
éstas son producto de los intereses de las burguesías y no de los
trabajadores [26]. Particularmente, en el
seno de la I Internacional, Marx y Engels acentúan las críticas a las guerras
hechas contra los pueblos por intereses burgueses, como cuando, en 1869,
elogian la capacidad de la clase obrera para “imponer la paz allí donde sus
pretendidos amos vocean acerca de la guerra”; o cuando, en julio de 1870,
ante las amenazas de guerra (que pronto se cumplirán) entre Francia y Alemania,
Marx contrapone a la vieja una “sociedad nueva, cuya ley internacional será
la paz, porque su ley nacional será en todas partes la misma: el trabajo” [27]. Pero ya en el Manifiesto
inauguralde la AIT en 1864, Marx instaba a la clase obrera a vigilar a
favor de una política internacional de paz entre las naciones:
“Si la emancipación de a clase obrera exige su
fraternal unión y colaboración, ¿cómo va a poder cumplir esta gran misión con
una política exterior que persigue designios criminales, que pone en juego
prejuicios nacionales y dilapida en guerras de piratería la sangre y las
riquezas del pueblo? No ha sido la prudencia de las clases dominantes, sino la
heroica resistencia de la clase obrera de Inglaterra a la criminal locura de
aquéllas, la que ha evitado a la Europa occidental el verse precipitada a una infame
cruzada para perpetuar y propagar la esclavitud allende el océano. La
aprobación impúdica, la falsa simpatía o la indiferencia idiota con que las
clases superiores de Europa han visto a Rusia apoderarse del baluarte montañoso
del Cáucaso y asesinar a la heroica Polonia; las inmensas usurpaciones
realizadas sin obstáculo por esa potencia bárbara, cuya cabeza está en San
Petersburgo y cuya mano se encuentra en todos los gabinetes de Europa, han
enseñado a los trabajadores el deber de iniciarse en los misterios de la
política internacional, de vigilar la actividad diplomática de sus gobiernos
respectivos, de combatirla, en caso necesario, por todos los medios de que
dispongan; y cuando no se pueda impedir, unirse para lanzar una protesta común
y reivindicar que las sencillas leyes de la moral y de la justicia, que deben
presidir las relaciones entre los individuos, sean las leyes supremas de las
relaciones entre las naciones.
La lucha por una política exterior de este género
forma parte de la lucha general por la emancipación dela clase obrera” [MI-AIT, en OE, pp. 396-397].
Marx y Engels se manifestaron además, ya desde
1848, contra los ejércitos regulares, preconizando su sustitución
por milicias populares. Una de las razones fundamentales de esta opción era el
rechazo del militarismo, que Engels planteaba así en el Anti-Dühring:
“El ejército ha llegado a ser el principal fin del
Estado, el fin en sí; los pueblos no existen sino para dar y mantener soldados.
El militarismo domina y se traga a Europa. Más dicho militarismo lleva en sí
mismo también el germen de su propia destrucción. La concurrencia de los
estados particulares entre sí les obliga, de una parte, a gastar cada año más
dinero en el ejército (…), acelerando, de día en día, la catástrofe financiera;
de otra parte, a tomar cada vez más en serio el servicio militar
obligatorio y general, haciendo familiar al pueblo el manejo de las armas,
capacitándole para que en un momento dado pueda oponer su voluntad a la
soberanía militar del mando. Y ese momento llega cuando la masa del pueblo
–obreros de las ciudades y del campo y campesinos- tiene una voluntad (…). Lo
que la democracia burguesa de 1848 no pudo realizar, precisamente porque
fue burguesa y no proletaria –la tarea de dar a
las masas trabajadoras una voluntad cuyo contenido responda a una situación de
clase- se realizará infaliblemente por el socialismo. Y ello significa la
destrucción del militarismo y con él de los ejércitos permanentes…” [AD,
p. 190].
La otra razón de rechazo a los ejércitos
permanentes tiene que ver con su utilización al servicio del mantenimiento del
orden social o la contrarrevolución. Y al referirnos a ella enlazamos con el
otro aspecto relacionado con el supuesto jacobinismo de Marx y
Engels: el papel de la dirección revolucionaria y de la clase obrera en la
revolución. Y aunque Marx y Engels no profundizan en el tema como lo harán
algunos de sus herederos, la idea central que sustentan es la de la
autoemancipación obrera, lejos de cualquier postura dirigista de
una cúpula política revolucionaria [28]. Ya en 1850, en el
citado Mensaje a la Liga de los Comunistas, se defendía la
creación, en el proceso revolucionario, de lo que podríamos llamar un poder
obrero paralelo, incluido en el ámbito militar, en unos términos que
recuerdan mucho a procesos revolucionarios del siglo XX:
“Al lado de los nuevos gobiernos oficiales, los
obreros deberán constituir inmediatamente gobiernos obreros revolucionarios, ya
sea en forma de comités o consejos municipales, ya en forma de clubs obreros o
de comités obreros, de tal manera que los gobiernos democrático-burgueses no
sólo pierdan inmediatamente el apoyo de los obreros, sino que se vean desde el
primer momento vigilados y amenazados por autoridades tras las cuales se halla
la masa entera de los obreros (…).
Se procederá inmediatamente a armar a todo el
proletariado con fusiles, carabinas, cañones y municiones: es preciso oponerse
al resurgimiento de la vieja Milicia burguesa dirigida contra los obreros.
Donde no puedan ser tomadas estas medidas, los obreros deben tratar de
organizarse independientemente como Guardia proletaria, con jefes y un Estado
Mayor Central elegidos por ellos mismos, y ponerse a las órdenes no del
gobierno, sino de los consejos municipales revolucionarios creados por los
mismos obreros” [MLC, en OE,
I, p. 107].
La autoemancipación de los trabajadores y la
concepción del proceso revolucionario como un proceso de masas (nunca de sectas
o élites conspirativas a la manera blanquista) es una constante en todo el
pensamiento posterior de Marx y Engels. Lo es, desde luego, en su actuación en
el seno de la I Internacional, que inicia precisamente sus Estatutos
planteando que “la emancipación dela clase obrera debe ser obra de los
obreros mismos”. Luego la Comuna de París es saludada no tanto por su
oportunidad o viabilidad (de la que Marx, ciertamente, dudaba), sino por
tratarse de una genuina revolución popular, de las masas, la “primera
revolución en que la clase obrera fue abiertamente reconocida como la única
clase capaz de iniciativa social, incluso por la gran masa de la clase media
parisina” [GCF, en OE, I, p. 548]. Cuando, unos años más tarde, Marx y
Engels critican algunas tendencias dentro del Partido Socialdemócrata alemán,
se encargan de subrayar nuevamente la necesidad de la lucha de clases y el
principio de autoemancipación obrera:
“Desde hace cerca de 40 años hemos señalado que la
lucha de clases es el motor más decisivo de la historia y sobre
todo9 hemos señalado que la lucha social entre la burguesía y el proletariado
es la gran palanca de la revolución social moderna. Por consiguiente, de
ninguna manera podemos asociarnos con personas que quieren suprimir del
movimiento esta lucha de clases. En ocasión de la creación de la
Internacional, formulamos la divisa de nuestro combate: la
emancipación de la clase obrera será obra de la propia clase obrera. Por
consiguiente, no podemos hacer viaje común con personas que declaran
abiertamente que los obreros son demasiado incultos para liberarse a sí mismos,
y que deben ser liberados desde arriba, es decir, por grandes y pequeños
burgueses filántropos” [29]
Los últimos años de Marx y sobre todo de Engels,
con el cúmulo de novedades históricas que aportan, introducen algunos cambios
de percepción, no siempre incorporados plenamente a la reflexión teórica. Por
ejemplo, estaría la posibilidad de “saltar fases” en los países menos
desarrollados (como Rusia), y se ha hablado de la perspectiva, particularmente
en el último Engels, de una “revolución de las mayorías”, de posible
carácter pacífico [30].
En relación la primera de estas cuestiones, se ha
planteado que Marx habría iniciado la revisión –que, obviamente, no pudo
terminar- de su idea de que la revolución sólo podía producirse en los países
más avanzados, donde las condiciones objetivas se encontraban
más maduras. Es la tesis que se defiende, implícita o explícitamente, en El
Capital, en cuyo Prólogo a la 1ª edición se planeta que “el país
industrialmente más desarrollado no hace sino mostrar al menos desarrollado la
imagen de su propio futuro” [EC, I, p. 7]; o en el Prefacio de la Contribución
a la Crítica de la Economía Política, donde Marx asegura que “una
sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas
productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y
superiores no se sustituyen jamás antes de que las condiciones materiales de
existencia de esas relaciones hayan sido incubadas en el seno mismo de la vieja
sociedad” [CCEP, p. 38].
El contacto con algunos representantes del
activo movimiento populista ruso y la correspondencia que mantiene
con ellos, así como el conocimiento de nuevos estudios científicos acerca de
las formas comunales tradicionales en diversos lugares de Europa habría –en
opinión de algunos estudiosos- cambiado su percepción sobre el problema. Así lo
ha expuesto Shanin, pero también Fernández Buey, recordando algún
texto de Marx especialmente sensible a los problemas del capitalismo
atrasado y crítico con visiones unilineales del proceso
histórico [31]. Marx se negará entonces a
que su teoría (la de El Capital y otros escritos) se conciba
como una “teoría histórico-filosófica cuya virtud suprema es ser
suprahistórica”, y vislumbra incluso la posibilidad de que el pueblo ruso
pueda evitar “sufrir los tormentos del régimen capitalista”. La clase
era la comuna rural rusa, germen posible (regenerada) de un futuro socialismo;
así la revolución rusa podría “dar la señal” para la revolución en
Occidente, rompiendo por tanto la supuesta “lógica” de la prelación
revolucionaria de los países más avanzados:
“Si la revolución rusa da la señal para una
revolución proletaria en Occidente, de modo que ambas se complementen, la
actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida a
una evolución comunista” [32]
Estas observaciones no significan que Marx y Engels
se estuvieran replanteando radicalmente sus tesis anteriores; indican solamente
que no habían cesado en sus reflexiones sobre los problemas prácticos de la
revolución, y que van incorporando nuevos problemas a medida que surgen
conocimientos científicos o movimientos sociales también nuevos. Algo parecido
sucede con las reflexiones del viejo Engels sobre el papel del parlamentarismo,
el sufragio universal y la democracia. El texto clave sería la Introducción de
Engels, en 1895, al escrito de Marx sobre la lucha de clases en Francia [OE, I,
pp. 112-134); en él se enfatizaba la importancia tanto de los cambios militares
(que hacían “obsoleta” la lucha de barricadas y los métodos de
1848) como en el fuerte desarrollo de los partidos socialistas de masas y en
las nuevas posibilidades que brindaba la legalidad burguesa; particularmente
valoraba el arma del sufragio universal, “una de las más afiladas” que
los socialistas podían utilizar. La maduración del proletariado con los
progresos del capitalismo y la difusión de una teoría (la de
Marx) que permitía crear el “gran ejército único” de los socialistas en
continuo avance, creaban nuevas condiciones, que se sumaban a las cada vez
mayores dificultades de las insurrecciones al viejo estilo. Ahora las
revoluciones debían ser hechas por las masas:
“Si han cambiado las condiciones de la guerra entre
naciones, no menos han cambiado la de la lucha de clases. La época de los
ataques por sorpresa, de las revoluciones hechas por pequeñas minorías
conscientes a la cabeza de las masas inconscientes, ha pasado. Allí donde se
trate de una transformación completa de la organización social, tienen que
intervenir directamente las masas, tienen que haber comprendido ya por sí
mismas de qué se trata, por qué dan su sangre y su vida. Esto nos lo ha
enseñado la historia en los últimos cincuenta años. Y para que las masas
comprendan lo que hay que hacer, hace falta una labor larga y perseverante.
Esta labor es precisamente la que estamos realizando ahora, y con un éxito que
sume en la desesperación a nuestros adversarios” [OE, I; pp. 121 y 129].
El uso del sufragio universal permite, entre otras
cosas, medir las propias fuerzas, establecer un mejor contacto con las masas
del pueblo y usar el parlamento como tribuna “desde lo alto de la cual
pueden [los socialistas] hablar a sus adversarios en la Cámara
y a las masas fuera de ella con una autoridad y una libertad muy distintas de
las que se tienen en la prensa y los mítines” [OE, I, pp. 124-125]. El
énfasis aparece ahora puesto, ente todo, en la transformación de las
conciencias, como apuntaba el mismo Engels en 1891:
“Para arrebatar el timón a las clases poseedoras,
necesitamos en primer lugar una revolución dentro de las cabezas de las masas
obreras, tal como se está produciendo una actualmente (con una lentitud
relativa, es cierto) y para realizarla se precisa un ritmo todavía más rápido
en la revolución de los métodos de producción, más máquinas, más despidos de
obreros, más quiebras de campesinos y de pequeños burgueses, necesitamos que
las consecuencias inevitables de la gran industria moderna sean más palpables y
más masivas (…). Las masas obreras se harán escuchar por medio del sufragio
universal (…). Pero mi punto de vista es que no podrán ejecutarse acciones
realmente liberadoras hasta tanto la revolución económica haga que la gran masa
trabajadora tome conciencia de su situación, abriéndole así el camino hacia el
poder político”[33]
Pero todo esto –que sería utilizado por
sectores reformistas del nuevo movimiento-, no significa un
cambio radical de las viejas ideas. La violencia en ningún caso es desechada de
forma abstracta. Engels ni siquiera desecha la lucha callejera, si la nueva
desventaja en que se encuentran los trabajadores “se compensa con otros
factores”. El “derecho a la revolución” no puede ser
cuestionado, y en modo alguno ha de descartarse el enfrentamiento violento, que
probablemente, con el uso de las vías “legales”, podría ser
iniciado por la propia derecha contra los socialistas, adquiriendo la forma de
una lucha entre gobierno legítimo y contrarrevolución “rebelde”. Además,
Engels alertaba contra los peligros del “oportunismo” legalista,
sacrificando el futuro del movimiento a cambio de ventajas inmediatas o
estableciendo alianzas y compromisos inaceptables [34].
El triunfo de la revolución no significa la
inmediata instauración del comunismo, sino que inicia un período de transición
más o menos complejo. En el Manifiesto, se habla de “la
elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia”,
que implicará adoptar una serie de medidas:
“El proletariado se valdrá de su dominación
política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para
centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir,
del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor
rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.
Esto, naturalmente, no podrá cumplirse al principio
más que por una violación despótica del derecho de propiedad y de las
relaciones burguesas de producción, es decir, por la adopción de medidas que
desde el punto de vista económico parecerán insuficientes e insostenibles, pero
que en el curso del movimiento se sobrepasarán a sí mismas y serán
indispensables como medio para transformar radicalmente todo el modo de
producción.
Estas medidas, naturalmente, serán diferentes en
los diversos países”[35]
Esta fase de transición será denominada muy
pronto dictadura del proletariado. En Las luchas de clases
en Francia, Marx se refiere al socialismo revolucionario o comunismo en
estos términos:
“Este socialismo es la declaración de la revolución permanente, de
la dictadura de clase del proletariado como
punto necesario de la transición para la supresión de las diferencias
de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción
en que éstas descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que
corresponden a esas relaciones de producción, para la supresión de todas las
ideas que brotan de esas relaciones sociales” [LCF, en OE, I, p. 225].
En el mismo sentido, en la conocida
carta de Marx a Wedemeyer, en marzo de 1852, Marx afirmaba que “la lucha de
clases lleva necesariamente a la dictadura del proletariado” y que “esa
misma dictadura no representa más que una transición hacia la abolición de
todas las clases y hacia una sociedad sin clases”[36].
Este concepto –el de dictadura del
proletariado– hay que entenderlo en relación con la anterior experiencia de
la dictadura jacobina, pero sobre todo partiendo de la tesis de Marx de que
todo régimen político (independientemente de su forma) es una dictadura de
clase. Así lo subrayaba Engels en 1891, en su Introducción a La
guerra civil en Francia:
“En realidad, el Estado no es más que una máquina
para la opresión de una clase por otra, lo mismo en la república democrática
que bajo la monarquía” [OE, I, p.
504].
Eso no significa que Marx y Engels consideraran
idénticos todos los regímenes burgueses, aunque todos ellos tuvieran, a su
juicio, ese carácter clasista. En la Crítica del Programa
de Gotha, Marx ironizaba sobre los demócratas vulgares que
veían en la república democrática “el reino milenario”, sin darse cuenta
de que “es precisamente bajo esta última forma de Estado de la sociedad
burguesa donde se va a ventilar definitivamente por la fuerza de las armas la
lucha de clases” [CPG, en OE, II, p. 27]. También Engels, en carta a
Bernstein (1884) identificaba a la república democrática como la forma superior
y última de dominación burguesa:
“Lo que habría que decir, según mi opinión, es que
también el proletariado necesita, para la conquista del poder político, formas
democráticas; pero éstas sólo son medios como todas las formas políticas (…).
Además, no hay que olvidar que la forma consecuente de la soberanía burguesa es
la república democrática que, por otra parte, se ha hecho precaria con el
desarrollo del proletariado, aunque, como demuestran Francia y América, todavía
es posible como mera dictadura burguesa (…) Y desde luego la república
democrática resulta siempre la última forma de la soberanía burguesa; aquella
en la que revienta” [37].
Marx y Engels no llegan a definir con
mucha precisión cómo será la dictadura del proletariado, noción llena de
resonancias de la fase jacobina de la Revolución francesa y que será luego
reafirmada y matizada con la interpretación que hacen de la Comuna de Par. En
la Crítica del Programa de Gotha se habla de este concepto
identificándolo con una fase de transición:
“Entre la sociedad capitalista y la sociedad
comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en
la segunda. A este período corresponde también un período de transición, cuyo
Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado” [CPG, en OE, II,
p. 25].
Hay, ciertamente, en Marx y Engels una resistencia
a precisar los detalles de la sociedad comunista, e incluso de la fase de
transición, para no incurrir en “fantásticas descripciones de la sociedad
futura” propias de los utopistas [MC, en OE, I, p. 52]. Los obreros –dice
Marx –“no tienen ninguna utopía lista para implantarla par décret du
peuple [por decreto del pueblo]” [GCF, en OE, I, p. 547]. Como Marx y
Engels no conocieron un régimen semejante, salvo el caso específico de la
Comuna de París, basaron gran parte de sus apreciaciones sobre el hipotético
régimen de transición en este episodio concreto, al que por cierto mitificaron
hasta cierto punto, subrayando más sus rasgos obreros frente a
los pequeñoburgueses.
Para Marx, la Comuna había sido un “auténtico
gobierno nacional”, “verdadera representación de todos los elementos
sanos de la sociedad francesa”; y a la vez, un “gobierno obrero” y “campeón
intrépido de la emancipación del trabajo” , un “gobierno de la clase
obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora,
la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la
emancipación del trabajo”. Entre sus rasgos más característicos estaban,
según Marx, la composición mayoritariamente obrera de los consejeros
municipales, elegidos por sufragio universal, con bajos salarios
y revocables en todo momento; la separación de la Iglesia y el
Estado y “la expropiación de todas las iglesias como corporaciones
poseedoras”; la supresión del ejercito permanente y la policía; la idea de
elegir delegados en asambleas distrito, también revocables y con mandato
imperativo, para una futura Asamblea Nacional de delegados, etc. [GCF, en
OE, I, pp. 542-550].
Todos estos cambios muestran la necesidad de un
cambio en la maquinaria del Estado con la llegada al poder de la clase obrera,
rasgo por tanto ineludible de la dictadura del proletariado,
según apuntaba Engels en su ya citada introducción a este texto en
1891:
“La Comuna tuvo que reconocer desde el primer
momento que la clase obrera, al llegar al poder, no puede seguir gobernando con
la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién
conquistada, la clase obrera tiene, de una parte, que barrer toda la vieja
máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte,
precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos,
sin excepción, revocables en cualquier momento. ¿Cuáles eran las características
del Estado hasta entonces? En un principio, por medio de la simple división del
trabajo, la sociedad se creó los órganos especiales destinados a velar por sus
intereses comunes. Pero, a la larga, estos órganos, a la cabeza de los cuales
figuraba el Poder estatal, persiguiendo sus propios intereses específicos,
se convirtieron de servidores de la sociedad en señores de ella. Esto puede
verse, por ejemplo, no sólo en las monarquías hereditarias, sino también
en las repúblicas democráticas (…) (…)
Últimamente, las palabras ‘dictadura del
proletariado’ han vuelto a sumir en santo horror al filisteo socialdemócrata.
Pues bien, caballeros, ¿queréis saber qué faz presenta esta dictadura? Mirad a
la Comuna de París: ¡he ahí al dictadura del proletariado!” [OE, I, pp. 502-504].
5. Comunismo y “fin de la
prehistoria”
La etapa de transición permitirá eliminar los
obstáculos que conducen al comunismo y a lo que Marx denomina “fin de la
Prehistoria de la humanidad”. Marx, muy crítico con las elucubraciones y
los esbozos de sociedades perfectas de los socialistas utópicos, nunca quiso
diseñar al detalle los rasgos de esta sociedad futura. Engels, en ese sentido,
se adelantaba en 1867 a los posibles lectores de El Capital que
esperaran encontrar en el libro las claves de
“cómo advendrá el reino milenario comunista (…).
Ciertamente el lector aprende cómo no deben ir las cosas… y quien tiene ojos
para ver reconoce con bastante claridad la exigencia de una revolución social
(…) Pero acerca de la situación que se creará después de la revolución social,
se limita a darnos algunas oscuras sugerencias” [38]
Lo que sí se encuentran en Marx y Engels son
algunas observaciones genéricas y poco precisas sobre el carácter de esta nueva
etapa. Así lo plantea, por ejemplo, en los Manuscritos de
1844:
“El comunismo como superación positiva de la propiedad
privada en cuanto enajenación humana y, por tanto,
como real apropiación de la esencia humana por
y para el hombre; por consiguiente, como total retorno del hombre a sí mismo,
como hombre social, es decir, humano, retorno total, consciente y llevado a
cabo dentro de toda la riqueza del desarrollo anterior. Este comunismo es, como
naturalismo consumado = humanismo, y como humanismo consumado = naturalismo; e
sla verdadera solución del conflicto entre el hombre y la naturaleza y con el
hombre, la verdadera solución del conflicto entre existencia y esencia, entre
objetivación y propia manifestación, entre libertad y necesidad, entre
individuo y género. Es el secreto descifrado de la historia y que se sabe como
esta solución (…).
La superación de la propiedad privada representa,
por tanto, la plena emancipación de
todos los sentidos y cualidades del hombre (…) (…).
El comunismo es la posición de negación de la
negación y, por tanto, el momento real, necesario de la emancipación y la
recuperación humanas” [MEF, en EJ,
pp. 617-626].
Esta visión intensamente armonista de la
futura sociedad, muy impregnada de abstracciones filosóficas, se completa con
otras observaciones igualmente utópicas, como aquellas de La Ideología
Alemana donde se habla de la división del trabajo y su superación con
el comunismo:
“En efecto, a partir del momento en que comienza a
dividirse el trabajo, cada cual se mueve en un determinado círculo exclusivo de
actividades, que le es impuesto y del que no puede salirse; el hombre es
cazador, pescador, pastor o crítico crítico, y no tiene más remedio que
seguirlo siendo, si no quiere verse privado de los medios de vida; al paso que
en la sociedad comunista, donde cada individuo no tiene acotado un círculo
exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus actitudes en la rama que
mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con
lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a
aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche
apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a
criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o
crítico, según los casos [IA, p. 34].
Más allá de esta fantasía futurista,
sin embargo, lo esencial en Marx y Engels es, como se dice a continuación de
este texto, que las actividades humanos no se sustraigan a nuestro control y
dependan “de un poder material erigido sobre nosotros”. Como se apunta
en el Manifiesto, “en la sociedad burguesa el pasado domina al
presente; en la sociedad comunista es el presente el que domina al pasado”
[MC, en OE, I, p. 37]. El comunismo, será, ante todo, la etapa de superación de
las grandes contradicciones y de la sustitución de la explotación y la
desigualdad por la solidaridad:
“En la fase superior de la sociedad comunista,
cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la
división del trabajo, y con ella, la oposición entre el trabajo intelectual y
el trabajo manual; cuando el trabajo no sea sólo un medio de vida, sino la
primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos
sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran
a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo
entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho
burgués, y la sociedad podrá escribir en su bandera: ¡De cada cual, según su
capacidad; a cada cual, según sus necesidades!” [CPG, en OE, II, p. 17].
El comunismo, concebido además como sociedad de la
abundancia, supondrá la autorrealización del individuo y el control de su
propia vida; el fin de la alienación, la explotación o la división del trabajo,
y el trabajo atractivo; la superación de la contradicción
hombre-naturaleza; una sociedad de productores asociados y el fin
dela propiedad privada de los medios de producción , etc.
El comunismo es también el fin del Estado y su
sustitución por la “administración de las cosas”, idea en parte recogida
del socialista francés Saint-Simon. Se trata de superar la antinomia
Estado/sociedad civil, entendida como disolución del contenido de uno y otra en
una verdadera democracia, en una sociedad reconciliada en la que desaparecen los
antagonismos de clase y por tanto el Estado como tal (basado en esos
antagonismos) desaparece igualmente, al carecer de sentido. Se ha dicho que la
idea del desvanecimiento del Estado o la sociedad sin Estado
–que no significa sin una gestión de los problemas colectivos- es sobre todo de
Engels [39]. Cierto que ya
en elManifiesto se habla de la desaparición del poder
político con la de las clases:
“Una vez que en el curso del desarrollo hayan
desaparecido las diferencias de clase y se haya concentrado toda la producción
en manos de los individuos asociados, el Poder público perderá su carácter
político. El Poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada
de una clase para la opresión de otra. Si en la lucha contra la burguesía el
proletariado se constituye indefectiblemente en clase; si mediante la
revolución se convierte en clase dominante y, en cuanto clase dominante,
suprime por la fuerza las viejas relaciones de producción, suprime al mismo
tiempo que estas relaciones de producción las condiciones para la existencia
del antagonismo de clase y de las clases en general, y, por tanto, su propia
dominación como clase.
En sustitución de la antigua sociedad burguesa, con
sus clases y sus antagonismos de clase, surgirá una asociación en que el libre
desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de
todos” [MC, en OE,
I, p. 43].
Pérdida del carácter político del
Poder público o libre asociación son, pues, rasgos de la
visión marxista del comunismo, que es cierto que aparece formulada
especialmente en textos de Engels, como el Anti-Dühring:
“El
proletariado se apodera del poder del estado y transforma, desde luego, los
medios de producción en propiedad del Estado. De esta suerte se destruye él
mismo como proletariado, suprime todas las diferencias y antagonismos de clase
y también al Estado como Estado. La sociedad que se movía en los antagonismos
de clase tenía necesidad del Estado, es decir, de una necesidad de la clase
explotadora de cada época, a fin de mantener las condiciones exteriores de la
producción; a fin, en particular, de mantener por la fuerza a la clase
explotada en las condiciones de explotación exigidas por la forma de producción
existente (esclavitud, servidumbre, salariado). El Estado era el representante
oficial de toda la sociedad, su síntesis en un cuerpo visible, pero sólo en la
medida en que era el Estado de la clase que representaba en su tiempo toda la
sociedad: Estado de los ciudadanos propietarios de esclavos en la antigüedad;
estado de la nobleza feudal en la Edad Media y Estado de la burguesía en
nuestros días. Mas llegando al cabo a ser el representante efectivo de la
sociedad entera, se hace superfluo. Desde el momento en que ya no hay una clase
social que mantener oprimida; desde que se suprimen al mismo tiempo que el
dominio de clase y la lucha por la vida individual, fundada en la antigua
anarquía de la producción, las colisiones y los excesos que de ahí resultan, ya
no hay que reprimir nada y deja de ser necesario un poder especial de
represión, o sea el Estado. El primer acto por el cual se manifiesta el Estado realmente
como representante de toda la sociedad, es decir, la toma de posesión de los
medios de producción en nombre de la sociedad, es al mismo tiempo el último
acto propio del Estado. La intervención del Estado en los asuntos sociales se
hace progresivamente superflua y acaba por languidecer. Al gobierno de las
personas se sustituye la administración de las cosas y la dirección de los
procesos de producción. El Estado no es ‘abolido’; muere” [AD,
pp. 304-305].
El Estado no ha existido eternamente, y
desaparecerá con las clases:
“Las clases desparecerán de un modo tan inevitable
como surgieron en su día. Con la desaparición de las clases desparecerá
inevitablemente el Estado. La sociedad, reorganizada de un modo nuevo la
producción sobre la base de una asociación libre de productores iguales,
enviará toda la máquina del estado al lugar que entonces le ha de corresponder:
al museo de antigüedades, junto a la rueca y al hacha de bronce” [OFPE, en OE, II, p. 340].
El comunismo es la “negación de la negación”
(fruto de la dialéctica histórica), y por tanto el “momento real de la
emancipación”. Con él se inicia la verdadera historia humana:
“Las relaciones burguesas de producción son la
última forma antagónica del proceso de producción social, no en el sentido de
un antagonismo individual, sino en el de un antagonismo que nace de las
condiciones sociales de existencia de los individuos; las fuerzas productoras
que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa crean al mismo tiempo las
condiciones materiales para resolver este antagonismo. Con esta formación
social termina, pues, la prehistoria de la sociedad humana” [CCEP, p.38].
[1] Para citar
las obras de Marx y Engels, utilizaremos las siguientes siglas: AD = Anti-Dühring; CCEP
= Contribución a la Crítica de la Economía Política; CFDH
= En torno a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel; CPG
= Crítica del Programa de Gotha; CPV = Contribución
al problema de la Vivienda; DB = El Dieciocho Brumario de Luis
Bonaparte; EC = El Capital; EJ =Escritos de
Juventud; GCF = La guerra civil en Francia; IA
= La Ideología Alemana; LCF = Las luchas de clases en
Francia de 1848 a 1850; MC = Manifiesto Comunista;
MEF = Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844; MF
= Miseria de la Filosofía; MI-AIT = Manifiesto Inaugural de
la Asociación Internacional de los Trabajadores; MLC = Mensaje del
Comité Central a la Liga de los Comunistas; OE = Obras Escogidas;
OFPE = El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado;
TAC = Trabajo asalariado y capital.
[2] E. J.
Hobsbawm (1980), pp. 141 y ss., y 195-196.
[3] J. Elster
(1991), p. 148.
[4] R. Máiz
(1992).
[5] R. Máiz
(1992), pp. 108-113.
[6] F.
Fernández-Buey (1998), p. 158. La Liga nunca llegó a rebasar unos pocos
centenares de militantes.
[7] Véase voz
“Partidos políticos”, en C. D. Kernig (1975), serie Política, 6, pp. 138-144.
También M. Löwy (1973), pp. 187-256.
[8] F.
Fernández-Buey (1998), pp. 158-160.
[9] R. Máiz
(1992), pp. 104-105 y 126-127; F. Furet (1992), p. 21.
[10] L. Kolakowski
(1980), t. I, pp. 302-306.
[11] T. Bottomore
(1984), pp. 675-676. Voz “Sindicatos”, en C. D. Kernig (1975), Serie Política
7, pp. 126-129.
[12] P. Anderson
(1986), pp. 122-123; E. J. Hobsbawm (1980), pp. 142-144; R. Máiz
(1992).
[13] E. J.Hobsbawm
(1980).
[14] Visiones
generales en M. Löwy y G. Haupt (1980), pp. 13-25 y 85-91; H. B. Davis (1972);
R. Gallissot (1981), pp. 133-166.
[15] R. Máiz
(1993), pp. 128-129.
[16] El texto es
de un artículo de Engels en la revista socialdemócrata Neue Zeit,
en 1986. Citado por M. Rébèrioux (1981), p. 292.
[17] Marx lo
señalaba así en 1848: “un pueblo que oprime a otro no puede liberarse a sí
mismo”. Engels hablaba de “la desgracia que constituye para un pueblo el hecho
de sojuzgar a otro”. En 1866, Marx añadía: “el movimiento obrero se verá
constantemente interrumpido, obstaculizado y retrasado hasta que esa
gran cuestión europea quede resuelta”.
[18] Sobre la
“excepción de Irlanda” en el pensamiento de Marx y Engels, véase R. Gallissot
(1981), pp. 150-158. Textos sobre el tema en K. Marx y F. Engels (1979).
[19] L. Kolakowski
(1980), I, pp. 132-135.
[20] Sobre este
período de la vidas de Marx y su evolución intelectual en el mismo, hay
interesantes informaciones por ejemplo en F. Fernández Buey (1998), pp. 68-93,
o M. M. Löwy (1973), pp. 100-143. Relaciones de Marx con asociaciones de
artesanos y grupos de obreros, en N. Niicolaïevski y O. Maenchen-Helfen (1973),
pp. 102-114.
[21] Críticas a
estos planteamientos, en el Manifiesto Comunista o en el texto
de Engels del socialismo utópico al socialismo científico. Marx y
Engels, sin embargo, no desprecian a los “utopistas”, señalando entre otras
cosas su ingenuidad, pero valorando muchas de sus críticas al capitalismo.
[22] E. J.
Hobsbawm (1980), pp. 162 y ss. Sobre Marx y la Revolución francesa de 1789,
véase F. Furet (1992).
[23] Explicar qué
es jacobinismo y blanquismo. G. Lichtheim (1971) insiste mucho en ese supuesto
jacobinismo o blanquismo, por ejemplo a propósito de su teoría de
la revolución permanente (pp. 153-158). También lo hace F.
Claudín (1976), pp. 312-315.
[24] Citado en F.
Fernández Buey (1998), p. 170. En MLC (OE, I, p. 106) lo plantea en estos duros
y contundentes términos: “Durante el conflicto e inmediatamente después de
terminada la lucha, los obreros deben procurar, ante todo y en cuanto sea
posible, contrarrestar los intentos contemporizadores de la burguesía y obligar
a los demócratas a llevar a la práctica sus actuales frases terroristas. Deben
actuar de tal manera que la excitación revolucionaria no sea reprimida de nuevo
inmediatamente después de la victoria. Por el contrario, han de intentar
mantenerla tanto tiempo como sea posible. Los obreros no sólo no deben oponerse
a los llamados excesos, a los actos de venganza popular contra individuos
odiados o contra edificios públicos que el pueblo sólo puede recordar con odio,
no sólo deben tolerar tales actos, sino que deben tomar su dirección”.
[25] F. Fernández
Buey (1998), pp. 209-212. Explicar lo de “nihilismo”.
[26] T. Bottomore
(1984), pp. 351-357, voz “Guerra”; M. Rébèrioux (1981), pp. 289 y ss.
[27] Cit. en M.
Rébèrioux (1981), pp. 302-303.
[28] Así lo
plantea, creo que correctamente, M. Löwy (1973), pp. 233-256.
[29] Cit. en M.
Löwy (1973), pp. 253-254.
[30] Véase O. Negt
(1980).
[31] T. Shanin
ed. (1990); F. Fernández Buey (1998), pp. 216-226.
[32] La cita es
del Prefacio a la edición rusa de 1882 del Manifiesto Comunista [OE,
I, p. 16]. Sobre estos temas, también A. Walicki (1981). Al parecer Engels era
más escéptico que Marx sobre el tema.
[33] Carta de
Engels a Oppenheim, 24 de marzo de 1891; cit. en O. Negt (1891), p.
25.
[34] E. J.
Hobsbawm (1979), pp. 167-171; OE, I, pp. 128 y ss.
[35] MC, en OE, I,
pp. 42-43. si embargo, añade, en los países más avanzados se
aplicarán medidas como la expropiación de la propiedad territorial, un fuerte
impuesto progresivo, la abolición del derecho de herencia, la confiscación de
bienes de los sediciosos, la centralización del crédito y los medios de
transporte en manos del Estado, la multiplicación de empresas fabriles
pertenecientes al Estado, la obligación del trabajo para todos, la combinación
de agricultura e industria (para hacer desaparecer gradualmente la oposición
entre ciudad y campo) o la educación pública y gratuita de los niños.
[36] Cit. en T.
Bottomore (1984), p. 232.
[37] Cit.
en C. D. Kernig (1975), Serie Política, 2, p. 52.
[38] Cit. en O.
Negt (1981), p. 17.
[39] C. D. Kernig
(1975), Serie Conceptos Fundamentales, I, p. 103.
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