Libro N° 8047. Unilinealismo Y Multilinealismo. El Debate Sobre El “Marx Tardío”. Erice, Francisco.
© Libro N° 8047.
Unilinealismo Y Multilinealismo. El Debate Sobre El
“Marx Tardío”. Erice, Francisco.
Emancipación. Diciembre 5 de 2020.
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Unilinealismo Y Multilinealismo. El Debate
Sobre El “Marx Tardío”. Francisco Erice
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Debate Sobre El “Marx Tardío”. Francisco Erice
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UNILINEALISMO Y MULTILINEALISMO
EL DEBATE SOBRE EL “MARX TARDÍO”
Francisco Erice
Unilinealismo Y
Multilinealismo
El Debate Sobre El “Marx
Tardío”
Francisco Erice
6.1. Eurocentrismo y unilinealismo.
Parece
indudable que la visión de Marx y Engels acerca
del desarrollo histórico, como la de sus contemporáneos, estaba impregnada
de un claro eurocentrismo y se caracterizó, al menos hasta
sus años finales, por un patente unilinealismo [1] .
Tal es la perspectiva que se manifiesta en el conocido pasaje del Prólogo a la
primera edición del libro I de El Capital:
Lo que he de investigar en esta obra es el modo de producción capitalista y las
relaciones de producción e intercambio a él correspondientes. La sede
clásica de ese modo de producción es, hasta hoy, Inglaterra.
Es éste el motivo por el cual, al desarrollar mi teoría, me sirvo de este país
como principal fuente de ejemplos. Pero si el lector alemán se encogiera
farisaicamente de hombros ante la situación de los trabajadores agrícolas e
industriales ingleses, o si se consolara con la idea optimista de que en
Alemania las cosas distan aún de haberse deteriorado tanto, me vería obligado a
advertirle: ¡De te fabula narratur! [A ti se refiere la
historia](…). El país industrialmente más desarrollado no hace sino mostrar al
menos desarrollado la imagen de su propio futuro”[C, t. I, p. 7].
Ciertamente Marx, como
hombre de su tiempo, piensa en términos de evolución más o menos lineal [2] . Pero lo que
a veces parece dudoso es qué alcance otorga al de te fabula narratur;
es decir, qué significa exactamente pasar por las mismas fases: ¿total
uniformidad en el desarrollo o simplemente, en términos generales, difusión en
todas partes, con la universalización de las relaciones económicas modernas, de
las formas capitalistas? Este problema surge a propósito de sus artículos sobre
la India publicados en el New York Daily Tribune en 1853,
presentados frecuentemente como modelo de unilinealidad y –en gran parte lo
son-, pero que presentan algunos matices peculiares y no exentos de interés.
En
el primero de esos artículos [en OE, t. I, pp. 352-359] Marx, rechazando
las visiones idealizadoras del pasado de la India, afirmaba sin embargo que “la
miseria ocasionada en el Indostan por la dominación británica ha sido de
naturaleza muy distinta e infinitamente más intensa que todas las calamidades
experimentadas hasta entonces por el país”. Inglaterra había destruido el
entramado de la vieja sociedad sin aportar nada nuevo; había acabado
con la industria textil tradicional y desvinculado el artesanado de la
agricultura. Con ello había producido “la única
revolución social que jamás se ha visto en Asia”. Porque la función
histórica del colonialismo británico se revelaba ambivalente:
“…Por muy lamentable que sea desde el punto de
vista humano ver cómo se desorganizan y descomponen (…) esas decenas
de miles de organizaciones sociales laboriosas, patriarcales e inofensivas; por
triste que sea verlas sumidas en un mar de dolor, contemplar cómo cada uno de
sus miembros va perdiendo a la vez sus viejas formas de civilización y sus
medios hereditarios de subsistencia, no podemos olvidar al mismo tiempo que
esas idílicas comunidades rurales, por inofensivas que pareciesen, constituyeron
siempre una sólida base para el despotismo oriental; que restringieron el
intelecto humano a los límites más estrechos (…). No debemos olvidar que esa
vida sin dignidad, estática y vegetativa, que esa forma pasiva de existencia
despertaba, de otra parte y por oposición, unas fuerzas destructivas salvajes,
ciegas y desenfrenadas, que convirtieron incluso el asesinato en un rito
religioso en el Indostaní. No debemos olvidar que esas pequeñas comunidades
estaban contaminadas por las diferencias de castas y por la esclavitud (…).
Bien es verdad que al realizar una revolución
social en el Indostan, Inglaterra actuaba bajo el impulso de los intereses más
mezquinos, dando pruebas de verdadera estupidez en la forma
de imponer esos intereses. Pero no se trata de eso. De lo que se
trata es de saber si la humanidad puede cumplir su misión sin una revolución a
fondo en el estado social de Asia. Si no puede, entonces, y pesar de todos sus
crímenes, Inglaterra fue el instrumento inconsciente de la historia al realizar
dicha revolución (…) (…)
En tal caso, por penoso que sea para nuestros
sentimientos personales el espectáculo de un viejo mundo que se derrumba, desde
el punto de vista de la historia tenemos pleno derecho a exclamar con Goethe:
¿Quien lamenta los estragos / Si los frutos son placeres? / ¿No aplastó miles
de seres / Tamerlán en su reinado?”.
En
el segundo artículo de la serie [en OE, t. I, pp. 360-367], Marx atribuía
a Inglaterra en la India una doble misión: “destruir la vieja
sociedad asiática y sentar las bases materiales de la sociedad occidental en
Asia”. La obra regeneradora había comenzado ya, con la
unificación política, la organización de un ejército hindú, la introducción de
la prensa libre, la educación europea de los indígenas o el desarrollo de los
transportes modernos; todo ello preparaba al país para su futura independencia.
Particularmente, al introducir los ferrocarriles en un país que poseía hierro y
carbón, no podría evitarse un desarrollo industrial propio; la industria
moderna destruiría la división hereditaria del trabajo, base de las castas.
Ciertamente con ello la burguesía inglesa no mejoraría la situación de las
masas populares hindúes, que no dependía del desarrollo de las fuerzas
productivas, sino de su apropiación por el pueblo, pero permitía crear “las
premisas materiales necesarias” para ese objetivo. Los hindúes sólo podrían
recoger los frutos cuando las clases dominantes inglesas fueran desalojadas por
su proletariado, o cuando ellos mismos acabaran con el yugo británico. En todo
caso, en la India, “la profunda hipocresía y la barbarie propias de la
civilización burguesa se presentan desnudas ante nuestros ojos cuando, en lugar
de observar esa civilización en su casa, donde adopta formas honorables, la
contemplamos en las colonias, donde se nos ofrece sin ningún embozo”
(rapiña, confiscaciones, destrucciones). La otra cara de esos abusos era, sin
embargo, el inicio de una serie de cambios históricos trascendentales:
“El período burgués de la historia está llamado
asentar las bases materiales de un nuevo mundo: a desarrollar, por un lado, el
intercambio universal, basado en la dependencia mutua del género humano, y los
medios para realizar ese intercambio; y, de otro lado, desarrollar las fuerzas
productivas del hombre y transformar la producción material en un dominio
científico sobre las fuerzas de la naturaleza. La industria y el comercio
burgueses van creando esas condiciones materiales de un nuevo mundo del mismo modo
como las revoluciones geológicas crearon la superficie de la tierra. Y sólo
cuando una gran revolución social se apropie las conquistas de la época
burguesa, el mercado mundial y las modernas fuerzas productivas, sometiéndose
al control común de los pueblos más avanzados, sólo entonces el progreso
humano habrá dejado de parecerse a ese horrible ídolo pagano que sólo
quería beber el néctar en el cráneo del sacrificado”.
El
contenido de estos dos interesantes artículos muestra, sin duda, la
agudeza y también algunas limitaciones de la visión de Marx acerca de la
expansión colonial europea. Destaca su negativa a idealizar el pasado
precolonial (que hoy, sin duda, podría alertarnos acerca de los excesos de
muchos indigenismos), así como su sutil argumentación acerca de la
ambivalencia de los fenómenos históricos y la necesidad de juzgarlos no en
términos moralistas sino objetivos. Aquí hay ramalazos del
mejor Marx, y podemos considerar relativamente correcto su
diagnóstico acerca de cómo los británicos preparaban algunas de las bases para
la maduración de la sociedad colonizada y su futura independencia; en cambio
habría que cuestionar seriamente, visto el proceso histórico
posterior, su visión del desarrollo económico de la colonia. Pero lo
que nos interesa ahora no es el caso específico de la India, sino la forma de
argumentar y algunas ideas claves para entender la visión de la historia de Marx.
En
primer lugar, Marx analiza el caso de la India desde la perspectiva de
un proceso histórico mundial que conduce a la superación del capitalismo.
Esta visión histórica, impregnada de elementos dialécticos (por ejemplo la
imagen hegeliana de una historia de avanza por el lado malo, la
burguesía como instrumento inconscientede la historia, etc.), es la
que está presente en su visión de las etapas o fases de desarrollo. G.
Bueno ha subrayado cómo estas etapas no deben ser entendidas a modo de
fases empíricamente verificables, sino como “momentos sistemáticos
solidarios de una ontología revolucionaria”. Partiendo del presente, Marx constata
la ausencia de algunas de sus categorías en el pasado, en la medida en que el
propio presente es concebido a la luz de un futuro diferente: “la
reorganización del material pretérito estaría, según esto, inspirada por la
visión que del presente nos ofrece la práctica de un futuro representado” [3] .
En
segundo lugar, no cabe duda de que, por debajo de todo ello, late una visión
marcadamente eurocéntrica (lo que no significa necesariamente errónea,
aunque sí seguramente parcial) y una fe evidente en el progreso tecnológico,
muy en consonancia con otras corrientes intelectuales del siglo XIX [4] .
En
tercer lugar, esta valoración del papel histórico progresivo de
la burguesía (al igual que en el Manifiesto Comunista) no supone en
modo alguno una justificación moral de sus comportamientos. Marx pensaba
que el desarrollo del capitalismo preparaba el futuro comunismo, pero no por
ello aconsejaba a los trabajadores que dejaran de resistir contra esta labor
histórica objetiva de la burguesía [véase por ejemplo Salario,
precio y ganancia, en OE, t. I, pp. 459-465]. Por si se dudara del anticolonialismo
de Marx y Engels, pueden leerse sus artículos
de denuncia sobre las atrocidades inglesas en China, las torturas en la India o
(de Engels) sobre la violencia francesa en Argelia [AC, pp.
113-117, 153-158 y 168-174].
6.2. Los problemas de la periodización
histórica.
Sería
excesivo, en cualquier caso, juzgar la perspectiva de análisis marxiana como
plenamente unilineal y eurocentrista. Marx que, como ha
señalado Wallerstein, ponía a veces énfasis alternativamente
en uno u otro aspecto que le interesaba resaltar, ofrece otras posibles lecturas más
matizadas. Hobsbawm, que resalta la importancia de la idea de
progreso en Marx, ha argumentado convincentemente la tesis de
que en los Grundrisse no se defiende como elemento esencial e
incuestionable una estricta secuencia de etapas históricas de obligado
tránsito. También E. M. Wood considera perfectamente
desligable la validez del esquema marxista respecto al establecimiento de una
secuencia unilineal de formas sociales o modos de producción sucesivos. Wallerstein distingue
al Marx eurocentrista y unilineal (el del capitalismo
progresista y la revolución burguesa) del Marx de
la multiplicidad de las relaciones sociales. El historiador P.
Burke, por su parte, observa que el modelo de Marx cuenta con la
posibilidad de cambios en la dirección errónea (piénsese en
procesos como la refeudalización o en el desarrollo
del subdesarrollo), aunque esta observación la ejemplifica más con
marxistas posteriores (y ese es otro cantar) que con el
propio Marx [5].
La
imagen habitual de la visión marxiana de la historia como un proceso unilineal
de etapas prefijadas requiere, por tanto, muy serias matizaciones,
particularmente la teoría de los cinco estadios convertida en
versión canónica del marxismo en la época de Stalin. Nada más
lejos de la intención de Marx y Engels que
ofrecer un esquema acabado de la historia de la humanidad y de la sucesión
inevitable de los modos de producción y formaciones sociales.
En
realidad, las observaciones de Marx y Engels sobre las sociedades
precapitalistas (los modos de producción precapitalistas), sobre
todo las de Marx, son comparativamente escasas, y casi siempre aparecen
relacionadas con el análisis del capitalismo, que es lo que prioritariamente
les interesa. Así, lo que pretende Marx en los Grundrisse,
por ejemplo, es presentar una serie de formas sociales en las que no se
encuentran los rasgos típicos del capitalismo (separación de los productores y
los medios de producción, etc.), para resaltar, como contraste, las
características del modo de producción capitalista [FEP].
Además
de ello, las visiones de Marx y Engels están
seriamente condicionadas por los conocimientos, bastante precarios, existentes
en su época, acerca de las distintas etapas históricas. Hobsbawm ha
señalado cómo Marx y Engels poseían unos
conocimientos de la Antigüedad clásica básicamente cimentados en los textos
literarios (la Arqueología o la Epigrafía estaban en su infancia), y mucho más
reducidos eran los datos que entonces se manejaban acerca de las sociedades
orientales o las sociedades primitivas; lo cual significa que muchas de sus
ideas en este terreno no son hoy en modo alguno defendibles (por ejemplo las
que se refieren al sistema de castas o al llamado despotismo asiático) [6]
El
pensamiento de Marx y Engels sobre
las sociedades precapitalistas estuvo, por consiguiente, modelándose
de manera continua a lo largo de su trayectoria intelectual. Godelier opina
que con ellos se demuestra su apertura intelectual:
“Lo que llama la atención en esta evolución es ante
todo su continuidad, su amplitud, su apertura permanente a informaciones y
problemas nuevos (…). Desde 1845, los temas de la propiedad tribal, de la
oposición ciudad-campo, de la desigualdad en el seno de las sociedades
primitivas, son los temas planteados, que se enriquecen constantemente hasta
1884 (…). Esta riqueza teórica explica que Marx y Engels hayan tenido la capacidad de incorporarse a los
descubrimientos hechos por los especialistas como Marurer y Morgan, fundadores
de nuevas disciplinas científicas” [7]
En
algunos extremos, en concreto, sin excluir la continuidad de la problemática y
la persistencia de focos de interés, los cambios de perspectiva son de tal
calibre que quizás lo mejor sea seguir las ideas de Marx y Engels sucesivamente,
en distintos períodos.
Un primer
momento correspondería a los años 1845-1848, desde La Ideología Alemana al Manifiesto
Comunista. En La Ideología Alemana, se distinguen tres
épocas en la historia europea (Oriente está ausente del esquema): la
tribal-comunal, con escaso desarrollo económico; la propiedad comunal y de
Estado de la Antigüedad; y la feudal, que es al que más atención se le dedica,
para hablar del paso al capitalismo. En el Manifiesto, al enumerar
las sociedades caracterizadas por la lucha de clases, se habla de la antigua,
la feudal y la burguesa; parece que las dos primeras son concebidas como vías alternativas
hacia la fase burguesa desde la comuna primitiva [8] .
En
1853, con la aproximación a los problemas de la India, la sociedad oriental
viene a complejizar el esquema. Marx comienza a dibujar los
perfiles de unas sociedades asiáticas caracterizadas por la combinación de
comunidades agrícolas aisladas entres sí y con formas de propiedad diversas por
un lado, y un Estado despótico, que percibe tributos de los
campesinos y lleva a cabo grandes obras de irrigación, por otro. Estas
sociedades representarían una forma de transición de la barbarie a la civilización,
y se caracterizarían por su pertinaz estancamiento. La imagen marxiana de las
sociedades asiáticas está lejos de la idealización, y es heredera del
estereotipo europeo del momento acerca de Asia (despotismo e inmovilidad);
imagen cuya evidente falsedad han señalado los estudiosos posteriores [9]
Una
nueva etapa se abre con la Contribución a la Crítica de la Economía
Política de 1859, y sobre todo tras los Grundrisse de
1857-58, donde se presenta ya, en un capítulo específico, un esquema
más completo, complejo y flexible de la evolución de las sociedades. [10] Según Godelier,
Marx, habiendo descubierto el secreto del modo de
producción capitalista (la plusvalía como mecanismo de extracción del
excedente), puede plantearse en términos más rigurosos la comprensión de su
génesis y la ordenación de los procesos del pasado en secuencias
significativas. Lo más llamativo de los Grundrisse, y que contrasta
con los tópicos habituales, es que se presenta la relación de modos de
producción precapitalistas no como una sucesión lineal y cronológica, sino como
una serie de vías alternativas desde la comunidad primitiva al capitalismo.
Estas vías, tal como aparecen esquematizadas, serían la antigua (con
el desarrollo de las ciudades y la esclavitud); la asiático-oriental (con
unidades productivas agro-artesanales autosuficientes, propiedad colectiva y
posesión privada, y un sistema político despótico); la germánica (con
colonización dispersa en grupos familiares autosuficientes y menor fuerza de lo
comunal); y la eslavónica (parecida a la asiática) [11] .
Con
posterioridad no vuelve a aparecer en la obra de Marx ningún
texto amplio y relativamente sistemático como éste que aborde el tema de las
formaciones precapitalistas. Lo que sí se encuentra es un interés renovado por
afinar los análisis acerca del feudalismo y la comunidad germánica
y rusa, en este segundo caso por el atisbo de que en Rusia podía estar
incubándose un proceso revolucionario. Hay además en Marx y Engels una
influencia de estudios innovadores en el campo de la Antropología, como Morgan (que
publica su Ancient Society en 1877), el cual resaltó la
importancia del parentesco en las sociedades primitivas, estableció la
secuencia de fases salvajismo-barbarie-civilización, y apuntó a una correlación
(de ahí la admiración de Marx y Engels) entre
formas productivas, sistemas de parentesco y formas de conciencia social. Bajo
el influjo de Morgan y otros escritos de la época y
continuando (y remodelando a la vez) viejos esquemas, Engels planteará
el problema del surgimiento de las diferencias sociales y el nacimiento del
Estado en el Anti-Dühring y sobre todo en El origen de
la familia, la propiedad privada y el Estado (1884). En el Anti-Dühring se
establecen dos vías de diferenciación social y aparición del Estado: la
oriental, con el surgimiento de una aristocracia de funciones religiosas o de
control de grandes obras colectivas y con un Estado despótico; y la occidental,
con desarrollo de la explotación parcelaria familiar y luego la esclavitud.
En El origen…, analiza el surgimiento del Estado por
varias vías diferentes [12]
En
síntesis, las obras de Marx y Engels no ofrecen (salvo el limitado intento
tardío engelsiano) indicaciones suficientes acerca de las sociedades
precapitalistas, que permitan hablar de una teoríaacabada como la
del modo de producción capitalista. Su visión de las formas pretéritas se
deriva, en general, del interés por esclarecer los problemas del presente. No
hay, por tanto, una periodización estricta de las etapas previas al
capitalismo, puesto que los modos de producción que se presentan en el Prefacio
de la Contribución a la Crítica de la Economía política (asiáticos,
antiguos, feudales y burgueses) no representan etapas sucesivas de obligado
tránsito.
Lo
que sí parece claro es que, para Marx, el elemento clave de la
periodización histórica es el modo de producción de la vida material. Pero sólo
tras su muerte se fue acentuando la tendencia a simplificar sus esquemas, que
acabaría santificando la sucesión de los cinco estadios (suprimiéndose
el asiático y añadiendo al antiguo, feudal y burgués la
comunidad primitiva y el socialismo), como una especie de llave maestra de la
comprensión histórica; Materialismo dialéctico e histórico (1938)
de Stalin representa la culminación de esas tesis, que a duras
penas podríamos encajar, siendo un poco rigurosos, en la visión de Marx, salvo
que aislemos en su obra algún párrafo o formulación especialmente
simplificados. Las dificultades de aplicar este modelo mecánico al
análisis histórico han provocado además soluciones realmente pintorescas, como
en algún ejemplo de la Cuba inmediatamente posterior a la Revolución en el que
llegó a identificarse la comunidad primitiva con los indios taínos (previos a
la llegada de Colón), el esclavismo antiguo con la esclavitud de indios y
negros tras llegar los españoles, y el feudalismo con la etapa del patronato,
intermedio entre la abolición de la esclavitud y el capitalismo; según este
esquema, el feudalismo duraría en Cuba desde el 10 de enero de 1883 al 15 de
marzo de 1885; ¡Todo un record! [13] .
Para ajustar la realidad al esquema de los cinco
estadios, hubo que hacer, desde luego, muchos más malabarismos. Por
ejemplo, llevar a cabo algunos reajustes, como la omisión del modo
de producción asiático, las limitaciones del antiguo o la expansión
indiscriminada del modo de producción feudal (buscando desesperadamente
feudalismo por todas partes) [14] .
6.3. El Marx tardío:
¿un replanteamiento del unilinealismo?.
En
cualquiera de los casos, hay muestras bien patentes de que, en los
últimos años de su vida, Marx puso en cuestión –o matizó significativamente- el
esquema unilineal y eurocentrista de desarrollo. A ello contribuyeron la
consideración del problema irlandés como residuo colonial y la situación de
Rusia –donde llegó a vislumbrar una revolución más o menos inminente- a
través de sus contactos con algunos dirigentes del movimiento populista [15] .
El
tratamiento del tema de Irlanda por parte de Marx y Engels es
importante para las reflexiones marxistas acerca del asunto, antes descuidado,
de la cuestión nacional, la cual, en este caso específico, llega a
plantearse como condición para la emancipación social. Al analizar los
entresijos del colonialismo en Irlanda, según una opinión cualificada, “el
Marx europeísta y privilegiador de los efectos objetivamente progresivos del
capitalismo cede el lugar a un Marx inédito, matizado, profundamente dialéctico
y hasta, podríamos decirlo, tercermundista…” [16] .
Más
interés reviste incluso la reconsideración de la realidad rusa por
parte de Marx. En carta a Vera Zasúlich (1881),
dirigente populista, Marx llegaba a afirmar que el análisis
de El Capital (en particular sobre cuestiones relacionadas con
la propiedad de la tierra) se refería a Europa occidental, admitiendo la
posibilidad de que la comuna agrícola sirviera de base a la regeneración social
de Rusia; lo cual era tanto como decir que Rusia no tenía necesariamente que
pasar por las mismas fases que Europa occidental [CC, pp. 234-235]. En el
Prefacio a la edición rusa de 1882 del Manifiesto [en OE, t.
I, pp. 15-16], Marx y Engels opinaban que “si
la revolución rusa da la señal para la revolución proletaria en Occidente, de
modo que ambas se completen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia
podrá servir de punto de partida a una evolución comunista”.
Dos años antes, en carta a Danielson, Marx hacía
una serie de sugerentes afirmaciones acerca del papel de los ferrocarriles, que
habían dado un enorme impulso al desarrollo del comercio exterior; pero ese
comercio –añadía- “en países que exportan principalmente materias primas, ha
acrecentado la miseria de las masas”. Puede compararse esta enfoque,
significativamente, con el tratamiento en 1853 del papel de los ferrocarriles
en la India.
Por el contrario, todo indica que las opiniones
de Engels sobre Rusia eran algo distintas, más en la línea de
considerar inevitable la implantación del capitalismo en el país, enlazando así
con el Lenin de El desarrollo del capitalismo en Rusia.
Así lo muestra por ejemplo la carta que remite al propio Danielson en
septiembre de 1892 [CC, pp. 299-301], que recuerda las observaciones de Marx en
los años 50.
Marx, por el
contrario, en carta a una publicación populista rusa, se mostraba aún más
explícito y genérico en sus observaciones, al rechazar la intención de los
críticos liberal es de El capital de “metamorfosear mi
esbozo de la génesis del capitalismo en Europa occidental en una teoría
histórico-filosófica de la marcha general impuesta fatalmente da
todos los pueblos en cualquier situación en que se encuentren”. Por el
contrario, él proponía estudiar separadamente los fenómenos y luego compararlos
entre sí, cosa que “nunca se conseguirá con el passe-partout de
una filosofía de la historia, cuya suprema virtud es la de ser suprahistórica”
[IC, pp. 52-53] [17] .
¿Hasta qué punto estas observaciones constituyen un
giro significativo en las concepciones de Marx? Ciertamente no
tuvo tiempo de integrarlas en ninguna obra acabada que hubiera podido matizar
tal vez la tendencia a ver la historia de manera unilineal a la que –como
hombre europeo del siglo XIX- tenía necesariamente que rendir tributo.
Probablemente lo que demuestran, por encima de toda, es que Marx consideraba
su trabajo intelectual abierto a los cambios y a las reconsideraciones que
fueran necesarias para comprender mejor el capitalismo y transformarlo de
manera revolucionaria. Fernández Buey defiende los últimos
textos de Marx en ese sentido, como atisbos profundos de la
complejidad de los procesos históricos y como muestras de un Marx que,
con el paso de los años, fue incluso radicalizándose políticamente [18]
Yendo
aún más lejos, Theodor Shanin, un conocido especialista en
problemas del campesinado y los movimientos campesinos, nos recuerda que Marx dejó
20.000 páginas de notas de sus últimos años, en las que daba paso a una
conceptualización histórica más compleja, con la aceptación del desarrollo
desigual, bajo los efectos de la Comuna de París, los progresos científicos
en los campos de la Prehistoria y la Arqueología, y el conocimiento de la
situación rusa. La última década de Marx habría constituido,
así, “un salto conceptual, detenido por su muerte” [19]
NOTAS
[1] Véanse
observaciones de D. Bell (1989), pp.73-82.
[2] Según J. J.
Carreras (véase Varios, El marxismo en España, 1984, pp. 114-117 y
123), “creía que sólo había una escalera, pero que también había solamente un
pueblo que lo recorría: el europeo occidental”.
[3] G. Bueno
(1973), p. 38.
[4] Una crítica a
esta fe en el progreso desde posiciones marxistas, relacionándola con Adam
Smith y la llamadaescuela escocesa, fundamental en el origen del
liberalismo, en J. Fontana (1982), pp. 150-152.
[5] . J.
Hobsbawm (1975), pp. 42y ss.; E. M. Wood (1984), pp. 1 y 7-8; I. Wallerstein
(1983); P. Burke (1987), pp. 114-115.
[6] E. J.
Hobsbawm (1975), pp. 44-52; M. Godelier (1971), pp. 119 y ss.
[7] M. Godelier
(1971), p. 19.
[8] M,. Godelier
(1971), pp. 13-22; E. J. Hobsbawm (1975), pp. 53-60.
[9] M. Godelier
(1971), pp. 24-42.
[10] Este esquema,
en opinión de L. Krader (1979), pp. 128-129, luego se empobrecerá por la
influencia del antropólogo Morgan, que orientó a Marx y Engels a una teoría
mucho más basada en el parentesco.
[11] M. Godelier
(1971), pp. 45-71; E. J., Hobsbawm (1975), pp. 60-68.
[12] M. Godelier
(1971), pp. 75-114; E. J. Hobsbawm (1975), pp. 83-95. Sobre Morgan y
Engels, E. Fioravanti (1974), pp. 93-100.
[13] Ejemplo
citado por Manuel Moreno Fraginals y recogido por P. Pagés (1983),
p. 82.
[14] M. Godelier
(1971), pp. 5-8; E. J. Hobsbawm (1975), pp. 97-101.
[15] Cambios en
las perspectivas de Marx sobre Rusia en F. Fernández Buey (1984) y (1898).
Consideraciones breves en J. Fontana (2001), pp. 158-160 . Tratamiento más
pormenorizado en T. Shanin (1990).
[16] Introducción
a IC (1979), p. 11.
[17] Opiniones de
Marx sobre Rusia en A. Walicki (1980). Las opiniones de Engels sobre el futuro
ruso, por el contrario, iban más en la línea de considerar inevitable su
desarrollo capitalista, enlazando en ese sentido con el Lenin
de El desarrollo del capitalismo en Rusia; véase por
ejemplo la carta de Engels a Danielson de septiembre de 1892 [CC,
pp. 299-301], que recuerda a las citadas observaciones de Marx d los años 50.
[18] F. Fernández
Buey (1998).
[19] T. Shanin
(1990).

