Libro N° 8046. La Teoría Económica De Marx. Erice, Francisco.
© Libro N° 8046.
La Teoría Económica De Marx. Erice, Francisco.
Emancipación. Diciembre 5 de 2020.
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La Teoría Económica De Marx. Francisco Erice
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Erice
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Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Francisco Erice
La Teoría Económica
De Marx[1]
Francisco Erice
1. LA ECONOMÍA COMO ANATOMÍA DE LA SOCIEDAD
BURGUESA.
El hecho de que Marx haya desarrollado
fundamentalmente su análisis científico en el ámbito de la Economía no es,
ciertamente, casual. Marx estaba convencido, como señala en el conocido
Prefacio de la Contribución a la Crítica de la economía Política, de que “la
anatomía de la sociedad hay que buscarla en la economía política”. Por
consiguiente, lo que pretende ante todo es “poner al desnudo la ley económica
de los movimientos de la sociedad moderna”, partiendo (en expresión del
sociólogo Andrés Bilbao) de “la centralidad de las relaciones industriales en
la configuración de las sociedades modernas”.
Hay que resaltar en todo caso que, en primer lugar,
para Marx lo económico tiene un sentido distinto del que adquiere más tarde
para la Economía académica burguesa. Para él, como para los economistas
clásicos que lo precedieron, la Economía es sobre todo Economía
política; no puede reducirse a pura tecnología, pues trata de relaciones
sociales. Marx es, como se ha señalado, un clásico interdisciplinar,
que mezcla Economía con Sociología, Política y Filosofía. Los
Grundrisse y El Capital están plagados de filosofía hegeliana.
Concretamente en los citados manuscritos preparatorios se reformulan ideas del
economista David Ricardo en lenguaje del filósofo Hegel y a la inversa; y en
cuanto a El Capital, ya Lenin subrayó que no podía entenderse
cabalmente el texto de su capítulo I sin conocer la Lógica de
Hegel. Realmente, lo que prima en Marx es la visión totalizadora:
“La totalidad de su visión en cuanto
totalidad, se impone en cada detalle y es precisamente la fuente del atractivo
intelectual que Marx ejerce sobre todo aquel que estudia su obra, amigo o
enemigo” [J. Schumpeter, 1982, pp. 438-439].
En segundo lugar, la Economía
política de Marx no habla de individuos en cuanto tales; está, como
veremos, en las antípodas de la visión subjetivista de la Economía. En el
Prólogo a la primera edición del libro I de El Capital (1867),
Marx se esforzaba en resaltar que “aquí sólo se trata de personas en la medida
en que son personificación de categorías económicas, portadores de determinadas
relaciones e intereses de clase” [EC, vol. 1, p. 8]. Unos años antes, en los Grundrisse,
lo formulaba con idéntica claridad:
“El ser humano es, en el sentido más literal del
término (…), animal político, no sólo un animal social, sino además un animal
que sólo se puede aislar en sociedad. La producción del individuo aislado al
margen de la sociedad -una rareza que bien puede ocurrirle a un individuo
civilizado, que posee en sí ya dinámicamente las fuerzas de la sociedad, cuando
se extravía casualmente en una comarca salvaje- es algo tan absurdo como el
desarrollo del lenguaje sin individuos que vivan juntos y hablen entre sí [G, t.
I, p. 7].
En tercer lugar, la visión económica
de Marx es esencialmente histórica. Una de las principales críticas que
Marx hace a los economistas clásicos, precisamente, es querer
presentar como naturales unas leyes económicas que son básicamente producto de
la evolución histórica. Engels lo explicaba así en el Anti-Dühring:
“La economía política, fundamentalmente, es
una ciencia histórica; su materia es histórica, es decir, perpetuamente
sometida al mudar y estudia, desde luego, las leyes particulares de cada fase
de la evolución de la producción y el cambio, y sólo al término de su
indagación podrá formular un reducido número de leyes enteramente generales,
verdaderas para la producción y el cambio como tales” [AD, p. 166].
En cuarto lugar, Marx otorga una
clara primacía a la producción sobre las demás fases del proceso (circulación,
distribución, consumo), precisamente porque es en las relaciones de producción
donde tiene su origen la explotación capitalista. Eso no significa, por
ejemplo, como señalaba Engels [AD, p. 165] que el cambio no
influya a su vez en la producción; pero partir del mercado en vez de la
producción contribuye a mistificar la realidad, a confundir la apariencia con
lo esencial:
“La relación de intercambio, en el
contexto de la sociedad industrial, aparece bajo una forma aparente que el
análisis desvelará como la superficie de una subyacente realidad” [A. Bilbao,
1999, p. 19].
Aunque la preocupación de Marx por la
Economía data ya de sus años de juventud, no es hasta finales de los
años 50 cuando define su propia perspectiva y completa lo esencial de su teoría (conceptos
ya perfilados del valor-trabajo, la plusvalía, etc.)[2]. Marx descubre la Economía
a través de su preocupación por algunos problemas sociales (como la situación
de los campesinos del Mosela) y por sugestión de Engels, que en 1843 elabora
su Esbozo de crítica de la economía política, donde critica el
liberalismo de Adam Smith, David Ricardo y otros (aunque, según Mandel, no
parece haber entendido a Ricardo). Luego profundiza sus lecturas en París,
escribiendo el primero de sus trabajos de contenido parcialmente económico:
los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 (publicados por
primera vez en 1932). En estos Manuscritos, intenta fundamentar
económicamente su concepto de la alienación, ocupando un lugar central la
teoría del trabajo enajenado; pero aún no distingue, por ejemplo, capital
constante y capital variable, ni resuelve todavía el problema del valor y la
plusvalía.
El primer gran avance se produce en los años
siguientes. En Miseria de la Filosofía (1847) se acerca ya a
la teoría del valor-trabajo, y, casi simultáneamente, en su breve texto Trabajo
asalariado y capital, presiente por primera vez lo esencial de la teoría de
la plusvalía, aunque sin llegar a utilizar este término y expresándose aún de
manera poco precisa.
En todo caso, son las lecturas posteriores a 1848
las que le permitirán cimentar sus conceptos fundamentales y su esquema, que
perfila ya en los manuscritos de 1857-58 (los Grundrisse), la Contribución
a la Crítica de la Economía Política (1859), otros manuscritos
elaborados entre 1861 y 1863 (que incluyen análisis de historia de la teoría
económica, publicados póstumamente, en 1905-1910, como Teorías sobre la
plusvalía) y textos más breves como Salario, precio y ganancia (1865;
publicado en 1898). El libro I de El Capital (1867) culmina
esas tareas, mientras que los manuscritos preparatorios de los dos libros
siguientes serán preparados por Engels para su publicación, que tendrá lugar,
ya después de la muerte de Marx, en 1885 (libro II) y 1894 (libro III)
respectivamente.
2. LA CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA CLÁSICA.
Marx forma parte, en cierto modo, de la escuela
clásica de Economía política, y se consideraba de alguna manera
discípulo de uno de sus más eminentes representantes, David Ricardo,
Schumpeter, a quien atribuía una especial “honradez científica”[3]. En trabajos como
sus Teorías de la plusvalía resaltó los méritos -aunque
también los defectos- de las teorías de los clásicos más
importantes, que contrapuso a los economistas vulgares.
El interés de Marx por estos economistas burgueses incluye
ya a los fisiócratas y Quesnay, capaces de relacionar los diferentes fenómenos
económicos entre sí y buscar una explicación global[4]. Y, por supuesto, dedica
su atención a Adam Smith que, entre otras cosas, había sido capaz de
diferenciar valor de uso y valor de cambio y apuntar a la medición de este
último por el trabajo incorporado[5].
Pero sin duda alguna la influencia económica
preponderante en Marx procede de Ricardo[6]. Éste, como los
economistas clásicos en general, pero de forma especialmente penetrante, busca
la esencia del sistema capitalista en la producción y no en el mercado,
explicando las relaciones de intercambio en función de las de producción, y
considerando los precios del mercado (en caso normal y
condiciones puras de libre competencia) por la cantidad de trabajo que su
producción incluye, junto con las condiciones técnicas de producción (lo que
Marx expresará al hablar de la composición orgánica del capital). Ricardo
es, pues, quien primero formula, en lo esencial, la teoría del valor-trabajo,
verdadero pivote de la teoría económica de Marx. El precio natural de
las mercancías, según Ricardo, se deriva de su valor, medido éste
por la cantidad de trabajo incorporado. Bien es verdad que luego Ricardo no
desarrolla otros aspectos fundamentales de la visión de Marx, que tienen que
ver con la idea de tensión entre partes antagónicas, el concepto de plusvalía,
la distinción trabajo abstracto-trabajo concreto, la diferencia capital
constante-capital variable, el concepto de composición orgánica del capital, la
noción de trabajo socialmente necesario, etc. Pero el germen de la
teoría del valor-trabajo está ya presente en el economista británico.
Tanto es así que ya algunos de sus discípulos, los
denominados socialistas ricardianos, intentaron extraer de las
teorías de su maestro conclusiones críticas con el capitalismo, aunque no por
ello llegaran a sustentar propuestas revolucionarias claras. Así, William Thompson, uno de ellos, tal vez el
primero que usa el termino plusvalía, llegaba a afirmar que
“el trabajo es el único padre de la riqueza”, y que las rentas agrarias y
beneficios eran fracciones del valor robado a los trabajadores. Thomas Hodgskin,
por su parte, negaba la productividad del capital y defendía que revirtiera a
los trabajadores el “valor íntegro” de lo producido. Se trata de ideas bastante
simples, que a menudo Marx criticaría, pero que también le sirvieron de
inspiración en sus propias teorías.
Las deudas teóricas de Marx con los clásicos no
impiden, con todo, su total rechazo a lo que considera su carácter
eminentemente burgués, de apología del naciente capitalismo. Engels decía, en el Anti-Dühring, que
estos economistas sólo habían mostrado el lado positivo del capitalismo. Para
Marx, el orden capitalista no es un orden natural, sino una fase
del desarrollo histórico destinada a ser superada. La idea de las leyes
económicas como leyes naturales o inexorables repugnan a quien, como Marx,
tenía su horizonte puesto más allá del capitalismo. Es lo que expresaba con
claridad ya en los tempranos tiempos de la Miseria de la Filosofía,
con palabras como éstas:
“Los economistas razonan de singular
manera. Para ellos no hay más que dos clases de instituciones: unas
artificiales y otras naturales. Las instituciones del feudalismo son
artificiales y las de la burguesía son naturales. Aquí los economistas se
parecen a los teólogos, que a su vez establecen dos clases de religiones. Toda
religión extraña es pura invención humana, mientras que su propia religión es
una emanación de Dios. Al decir que las actuales relaciones -las de producción
burguesa- son naturales, los economistas dan a entender que se trata
precisamente de unas relaciones bajo las cuales se crea la riqueza y se
desarrollan las fuerzas productivas de acuerdo con las leyes de la naturaleza.
Por consiguiente, estas relaciones son en sí leyes naturales, independientes de
la influencia del tiempo. Son leyes eternas que deben regir siempre la
sociedad. De modo que hasta ahora ha habido historia pero ahora ya no la hay”
[MF, p. 104].
El desacuerdo de Marx con los
economistas clásicos, en todo caso, parte del reconocimiento de los
grandes méritos de su análisis de la sociedad capitalista. Pero el
desencuentro entre marxismo y Economía académica comenzó a
hacerse más profundo con el desarrollo de la Economía neoclásica y la llamada
revolución marginalista, desde finales del siglo XIX. Las
diferencias aparecen, ahora, muy definidamente subrayadas: frente a la primacía
de la producción (Marx y los clásicos), se defiende ahora la de la distribución;
frente al énfasis en los problemas del crecimiento, predomina la idea de
equilibrio; frente a la visión objetivista de la realidad económica, un
subjetivismo que explica la economía por las preferencias y comportamientos
individuales. No es extraño que surgiera en esta escuela, cuyo carácter
apologético (del capitalismo) es más que evidente, el concepto de homo
oeconomicus, de individuo maximizador racional de los
recursos al margen y por encima de la estructura social, que busca su propia
utilidad, tanto si es empresario como si es trabajador (importa más, de hecho,
como consumidor). La idea misma de la democracia de los consumidores,
tan querida del neoliberalismo globalizador, enlaza perfectamente con estas
concepciones.
3. MERCANCÍA Y VALOR. [7]
El análisis económico de Marx empieza por la mercancía,
pues el capitalismo es un sistema productor de mercancías y tiende a
transformarlo todo en mercancía. Las
mercancías, por una parte, satisfacen necesidades humanas; la naturaleza de
esas necesidades (“el que se originen, por ejemplo, en el estómago o en la
fantasía”) “en nada modifica el problema” [EC, vol. 1, p. 43]. Las mercancías
tienen, por tanto, un valor de uso, una utilidad para los seres
humanos; hay también, por cierto, valores de uso que no son mercancías (el
aire, por ejemplo). Pero, por otra parte, en tanto que mercancías, los
productos tienen un valor de cambio, según la proporción con que se intercambia
con otras mercancías. En contraste con la Economía subjetivista,
que intenta explicar los fenómenos económicos por la utilidad de los productos,
su demanda, etc., Marx excluye de lo esencial de su análisis el valor de uso;
cuando habla de valor a secas, se refiere al valor de cambio.
El intercambio de mercancías exige que sus
poseedores puedan prescindir de ellas, e implica por tanto una
cierta división social del trabajo, una especialización que se
desarrolla históricamente. Pero como se trata de mercancías cualitativamente
diferentes (por ejemplo un traje o una lavadora), es preciso que
exista algo en común que permita su intercambio en una determinada proporción;
proporción que en un sistema de trueque se establece entre mercancías concretas
(por ejemplo “x” ovejas por “y” cantidad de trigo), pero que en sistemas más
evolucionados está mediada por el dinero. Tras examinar otras
posibilidades, Marx llega a la conclusión de que el único elemento
común a todas las mercancías, que permite su mutuo intercambio, es ser producto
del trabajo humano. Los productos que se intercambian como mercancías llevan
incorporada una cierta cantidad de fuerza de trabajo, y es esa
cantidad la que determina su valor; ésta es la base argumental de la teoría del
valor-trabajo, que Marx toma esencialmente de Ricardo, pero que, de
manera más general y burda, había sido atisbada por otros economistas clásicos.
Pero si el intercambio está regido por la ley del
valor, es decir, por la cantidad de trabajo incorporado, se plantean algunos
problemas prácticos, derivados de la constatación de que no todos los trabajos
son iguales, como no lo son las capacidades de los trabajadores o su grado de
cualificación. Marx intenta resolver estas cuestiones diferenciando trabajo
concreto y trabajo abstracto, trabajo simple y trabajo
complejo, y acuñando la noción de trabajo socialmente necesario.
Veamos estas distinciones.
El trabajo concreto, diferente en cada
caso (el del productor de trajes o lavadoras) es aquél que produce valores de
uso también distintos, e implica el consumo de energía humana (la fuerza
de trabajo); como productor de valores de cambio en general (de valores a
secas), el trabajo, cuantificable e intercambiable, es trabajo
abstracto; bien entendido que no se trata de dos procesos distintos, sino
de dos formas de manifestarse el mismo proceso. Además, hay que distinguir
el trabajo simple del complejo o más
cualificado (el que requiere una formación especial); en términos de valor
incorporado, el trabajo complejo puede ser considerado como un múltiplo del
trabajo simple.
La teoría del valor-trabajo afirma, por tanto, que
el valor de las mercancías está determinado por la cantidad de trabajo
incorporado a ellas, que se mide en términos de tiempo empleado por los
trabajadores. Pero cabe objetar, entonces, que el valor variará según la
pericia de los operarios concretos (unos producen más que otros); Marx replica
que la medida apropiada no es el tiempo de trabajo de cada individuo,
sino el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir
una mercancía, es decir, el “requerido para producir un valor de uso
cualquiera, en las condiciones normales de producción vigentes en una sociedad
y con el grado social medio de destreza e intensidad del trabajo” [EC, vol. 1,
p. 48].
La teoría del valor-trabajo, esencial en el
análisis de Marx, tiene diversas implicaciones, que iremos viendo. Refuerza
o reafirma la convicción marxiana del trabajo como diferenciador del Hombre y
la Naturaleza; sitúa, como luego veremos, lo esencial de la economía (la
explotación e incluso la fijación de los precios) en el campo de la producción
y no de la distribución o el consumo. De todos modos el valor se
despliega históricamente a través de una serie de formas, que se inician con
la forma simple (mercancía por mercancía, M-M) hasta la más
desarrollada, en la que una mercancía (el dinero) actúa como equivalente
general (M-D-M). El dinero permite activar la circulación de los
productos, funciona como medida de valor y medio de pago y puede además ser
objeto de atesoramiento.
El dinero no es una relación entre objetos, sino
que materializa una relación social. Lo que caracteriza al trabajo que crea valor de cambio -según Marx-
“es que las relaciones sociales de las personas aparecen, por decirlo
así, invertidas, como la relación social de las cosas” [CCEP, p. 53]. La
esencia oculta tras la apariencia externa (fenoménica) de las relaciones de
mercado es lo que Marx formula con su concepto de fetichismo de la
mercancía, enlazando con muchas de sus preocupaciones intelectuales juveniles
y mostrando bien a las claras que la Teoría económica de Marx no es
separable de sus bases filosófico-antropológicas.
La noción de fetichismo parte de
las prácticas religiosas que dotan a objetos inanimados de poderes
sobrenaturales. En concreto el llamado fetichismo de la
mercancía es el ejemplo más sencillo y universal de cómo las formas
externas del capitalismo esconden las relaciones sociales subyacentes.
Aunque lo desarrolla sobre todo en El Capital [EC, vol. 1, pp.
87-102], Marx anticipa ya el tema en escritos anteriores, especialmente en
los Grundrisse:
“El cambio general de actividades y productos se
convierte en condición de vida para cada individuo; su conexión mutua se
les presenta como algo extraño, independiente de ellos, como una cosa. En el
valor de cambio la relación social entre personas se transforma en una relación
social entre cosas; la capacidad personal se transforma en capacidad de las
cosas” [G, I, 85].
A primera vista, una mercancía parece
ser algo trivial y de fácil comprensión, pero su análisis demuestra que es un
objeto “endemoniado, rico en sutilezas metafísicas y reticencias teológicas”.
Nada de ello se deriva de su valor de uso, sino de las relaciones implicadas en
la producción de mercancías, de la relación mercantil:
“Lo misterioso de la forma mercantil consiste
sencillamente, pues, en que la misma refleja ante los hombres el carácter
social de su propio trabajo como caracteres objetivos inherentes a los
productos del trabajo, como propiedades sociales naturales de dichas cosas, y,
por ende, en que también refleja la relación social que media entre los
productores y el trabajo global, como una relación social entre los objetos,
existente al margen de sus productores” [EC, vol. 1, p. 88].
Ello transforma -señala Marx- “a todo
producto del trabajo en un jeroglífico social”. El carácter histórico se
difumina frente a la aparente naturalidad de las cosas. Este
fetichismo se aprecia, entre otros, en los economistas, que se dejan llevar por
las apariencias, atribuyendo por ejemplo a la naturaleza la determinación del
valor de cambio, analizando el dinero no como representativo “de una relación
social de producción, sino bajo la forma de objetos naturales adornados de
insólitos atributos sociales”.
4. TRANSFORMACIÓN DEL DINERO EN CAPITAL. LA
PLUSVALÍA[8]
La modalidad característica de funcionamiento
del dinero como equivalente general en la circulación mercantil, como ya
señalamos, reviste la fórmula M-D-M (mercancía-dinero-mercancía); es decir,
venta de una mercancía por dinero y compra de una nueva mercancía, que presta
servicios de valor de uso, con el dinero adquirido. Pero la fórmula
general del capital, de la conversión de dinero en capital, es D-M-D, en la
cual el dinero sirve para adquirir mercancías que luego volverán a
transformarse en dinero, tras una venta posterior.
M-D-M refleja la circulación mercantil
simple; D-M-D, la circulación del dinero como capital. Obviamente, en la
fórmula segunda, el dinero que se retira al final del proceso no puede ser el
mismo que el que se pone al principio. El dinero impuesto sirve para adquirir
mercancías que, mediante un proceso de “valorización”, devuelvan mayor cantidad
de dinero. Por tanto la fórmula correcta sería realmente D-M-D’, siendo
D’ cuantitativamente superior a D. El incremento obtenido en este proceso
(D’-D) es la plusvalía o plusvalor, que acompaña, por tanto, a la
conversión del dinero en capital.
¿De dónde surge este incremento? Marx
afirma taxativamente que no puede proceder de la circulación de las mercancías,
es decir, de que determinados productos se vendan por encima de su valor o de
que otros los adquieran por debajo de su valor; eso explicaría situación
particulares, pero no la globalidad del proceso económico, que es lo que le
interesa a Marx; porque si unos ganan vendiendo por encima del valor, otros
deben perder en sentido inverso, compensando en el cómputo global la ganancia de
los primeros. En la circulación, globalmente considerada, se produce un
intercambio de equivalentes:
“La transformación del dinero en capital ha de
desarrollarse sobre la base de las leyes inmanentes al intercambio de
mercancías, de tal modo que el intercambio de equivalentes sirva como punto de
partida” [EC, vol. I, p. 202].
Si el intercambio en el mercado es cambio
de equivalentes, el incremento D’-D sólo puede generarse en la fase previa, es
decir, en la producción; es allí donde el poseedor del dinero encuentra una
mercancía muy especial, que se vende (como todas las mercancías) por su valor
(mediante el pago del salario), pero que es capaz de producir un valor
adicional que se incorpora a la mercancía: la capacidad de trabajo o fuerza de
trabajo. Ese valor adicional, la parte del trabajo que no ha sido pagada
por el capitalista pero de la que se apropia, es la plusvalía, obtenida por
tanto en el proceso de producción y realizada luego en el
intercambio de equivalentes:
“El valor de una mercancía se determina por
la cantidad total de trabajo contenido en ella. Pero una parte de esa
cantidad de trabajo se materializa en un valor por el que se paga un
equivalente en forma de salario, mientras que otra parte toma cuerpo en un
valor por el que no se paga equivalente alguno; una parte es trabajo no
retribuido. Por tanto, si el capitalista vende la mercancía por su valor, es
decir, como cristalización de la cantidad total de trabajo empleado en ella,
necesariamente tiene que venderla con ganancia. No vende solamente lo que le ha
costado un equivalente, sino que vende también lo que no le ha costado nada,
aunque haya pagado el trabajo de su obrero. Lo que la mercancía le cuesta al
capitalista y su costo real son dos cosas distintas. Repito, por tanto, que la
ganancia normal y media se obtiene vendiendo las mercancías, no por más de lo
que valen, sino por sus valores reales” [SPG, en EEM, p. 497].
El valor producido mediante la mercancía fuerza de
trabajo luego se distribuye socialmente (la producción es, en definitiva, un
proceso que sólo puede entenderse socialmente -más allá de sus actores
inmediatos- y en el conjunto de la economía). Así, la renta de la tierra, el
capital mercantil o el usurario no crean plusvalía, sino que captan parte
de la plusvalía generada en el proceso productivo:
“La renta del suelo, el interés y el
beneficio industrial no son más que otros tantos nombres distintos para
designar las distintas partes de la plusvalía, de la mercancía o del trabajo no
retribuido materializado en ella. No nacen de la tierra como tal o del capital
en cuanto tal, sino que la tierra y el capital permiten a sus propietarios
reclamar las partes respectivas que les corresponden en la plusvalía estrujada
al obrero por el capitalista industrial. Para el obrero mismo, tiene una
importancia secundaria el hecho de que aquella plusvalía que es el fruto de su
plustrabajo o trabajo no retribuido se la embolse íntegramente el capitalista
industrial o que éste tenga que ceder a otros algunas partes de ella bajo el
nombre de renta o interés” [SPG, en EEM, pp. 497-498].
Para que la mercancía fuerza de trabajo pueda
ser vendida y se lleve a cabo el proceso de valorización, se precisan varias
condiciones, que no se dan de forma natural, sino como consecuencia
del proceso histórico que conduce a la implantación del modo de producción
capitalista. La primera de esas condiciones es que el propio poseedor
de esa mercancía (la persona a quien pertenece esa fuerza de trabajo) la pueda
ofrecer como mercancía, y por tanto, “que sea propietario libre de
su capacidad de trabajo, de su persona”; es decir, que sea un trabajador
libre y no, por ejemplo, siervo o esclavo. Ello le permite
encontrarse en el mercado en condiciones de igualdad jurídica con el poseedor
del dinero, intercambiando sus mercancías como personas jurídicamente libres e
iguales[9]. Por ello esta venta de
fuerza de trabajo no puede ser sino temporal:
“Para que perdure esta relación es
necesario que el poseedor de la fuerza de trabajo la venda siempre por un
tiempo determinado, y nada más, ya que si la vende toda junta, de una vez para
siempre, se vende a sí mismo, se transforma de hombre libre en esclavo, de
poseedor de mercancía en simple mercancía. Como persona tiene que comportarse
constantemente con respecto a su fuerza de trabajo como con respecto a su
propiedad, y por tanto a su propia mercancía, y únicamente está en condiciones
de hacer eso en la medida en que la pone a disposición del comprador -se la
cede para el consumo- sólo transitoriamente, por un lapso determinado, no
renunciando, por tanto, con su enajenación, a su propiedad sobre ella” [EC,
vol. I, p. 204].
La segunda condición es que el poseedor de
la fuerza de trabajo no posea otras mercancías que vender más que su propia
capacidad de trabajo; exige, por tanto, la separación del trabajador y
los medios de producción. Históricamente, ello implica la expropiación de
los pequeños productores independientes (artesanos, campesinos) y su
proletarización. El propio proceso de conversión generalizada de los productos
en mercancías conlleva un proceso histórico, el del desarrollo del modo de
producción capitalista. Lo cual supone, entre otras cosas, una división
del trabajo tan desarrollada como para que se consume la división entre valor
de uso y valor de cambio, que apenas se inicia con el comercio directo de
trueque.
Es por ello que el capitalismo, modo de producción
en que la forma-mercancía se consagra y generaliza, representa el triunfo de
los principios abstractos de libertad, igualdad y propiedad que la burguesía
defendiera en su programa revolucionario, y que Marx recuerda en
frases no exentas de ironía e indignación al mismo tiempo:
“La esfera de la circulación o del intercambio de
mercancías, dentro de cuyos límites se efectúa la compra y la venta de la
fuerza de trabajo, era en realidad un verdadero Edén de los derechos humanos
innatos. Lo que allí imperaba era la libertad, la igualdad, la propiedad y
Bentham[10].(Libertad!,
porque el comprador y el vendedor de una mercancía, por ejemplo, de la fuerza
de trabajo, sólo están determinados por su libre voluntad. Celebran su contrato
como personas libres, jurídicamente iguales. El contrato es el resultado final
en el que sus voluntades confluyen en una expresión jurídica común. (Igualdad!,
porque sólo se relacionan entre sí en cuanto poseedores de mercancías, e
intercambian equivalente por equivalente. (Propiedad!, porque cada uno dispone
sólo de lo suyo. (Bentham!, porque cada uno de los dos se ocupa sólo de sí
mismo. El único poder que los reúne y los pone en relación s el de su egoísmo,
el de su ventaja personal, el de sus intereses privados. Y precisamente porque
cada uno sólo se preocupa por sí mismo y ninguno por el otro, ejecutan todos,
en virtud de una armonía preestablecida de las cosas o bajo los auspicios de
una providencia omniastuta, solamente la obra de su provecho recíproco, de su
altruísmo, de su interés colectivo” [EC, vol. I, p. 214].
Con estas condiciones, que permiten la normalización de
estas relaciones entre trabajador libre y capitalista
igualmente libre, la transacción entre uno y otro supone para el
trabajador recibir un salario, que es el pago o remuneración de la
fuerza de trabajo que éste emplea, es decir, la reproducción de esa mercancía o
reposición de la fuerza de trabajo desgastada. El valor de la fuerza de
trabajo, como el de cualquier otra mercancía, se mide por el tiempo de trabajo
necesario para su producción y reproducción; en este caso, se trata de los
medios de subsistencia (alimentación, vestido, etc.) necesarios para la
conservación del trabajador. Pero las necesidades humanas, más allá de
los límites físicos imprescindibles para la supervivencia o de la preservación
de la energía mínima del obrero, son siempre relativas, están socialmente
determinadas:
“Por lo demás, hasta el volumen de las
necesidades imprescindibles, así como la índole de su satisfacción, es un
producto histórico y depende por tanto en gran parte del nivel cultural de un
país, y esencialmente, entre otras cosas, también de las condiciones bajo las
cuales se ha formado la clase de los trabajadores libres, y por tanto de sus
hábitos y aspiraciones vitales. Por oposición a las demás mercancías, pues, la
determinación del valor de la fuerza laboral encierra un elemento histórico y
moral. Aun así, en un país determinado y en un período determinado, está dado
el monto medio de los medios de subsistencia necesarios [EC, vol. I, p. 208].
Acerca de los mencionados límites
físicos, en todo caso, Marx resalta igualmente su elasticidad, aludiendo de
paso a fenómenos bien conocidos de la historia de las condiciones de vida de la
clase obrera:
“…Para poder mantenerse y reproducirse, para
poder asegurar a la larga su existencia física, la clase obrera necesita
recibir los medios de vida absolutamente indispensables para vivir y
reproducirse. El valor de estos medios de vida imprescindibles constituye,
pues, el límite extremo del valor del trabajo. Y, de otra parte, la duración de
la jornada de trabajo tropieza asimismo con límites extremos, siquiera sean muy
elásticos. Su límite máximo lo trazan las energías físicas del trabajador. Si
el agotamiento diario de sus energías vitales excede de determinado límite, no
podrá ponerse de nuevo en tensión un día tras otro. Sin embargo este límite,
como ya hemos dicho, es muy elástico. Una rápida sucesión de generaciones
entecas y de corta vida abastecería el mercado de trabajo con sus brazos ni más
ni menos que una serie de generaciones robustas y longevas”.
5. LA PRODUCCIÓN DE PLUSVALÍA[11].
Es, pues, en el proceso de producción donde
tiene lugar la valorización de las mercancías. Para
llevarlo a cabo se necesitan medios de producción (fábricas, máquinas,
edificios, materias primas…) y fuerza de trabajo. El capitalista adquiere en el
mercado ambos elementos y los pone en funcionamiento en un proceso de trabajo
cuyo resultado son los productos que el capitalista lleva al mercado
(mercancías). Pero medios de producción y fuerza de trabajo no se comportan
de la misma manera en el proceso de valorización. En efecto, los medios de
producción tienen un valor, que procede de haber sido, a su vez, producidos
anteriormente por el trabajo humano (podría definirse el capital como medios
de producción producidos). En el proceso en el que concurren ya como tales,
no añaden nuevo valor al producto, sino que transfieren al
mismo el valor que ya poseían; esa transferencia se da de forma completa en el
caso de las materias primas (que desaparecen como tales en el proceso) y de
forma parcial en la maquinaria, edificios, etc., que sólo se desgastan
totalmente al cabo de muchos procesos. Marx llama a unas y otras la
parte constante del capital o capital constante, porque no cambian
su valor en el proceso productivo. Por el contrario la fuerza de
trabajo sí cambia de valor (transfiere su equivalente más un incremento, la
plusvalía, por lo que Marx lo califica de capital variable. El
valor total equivaldría, pues, a la suma del capital constante (c) y el capital
variable (v) que entran en el proceso, más la plusvalía (p), según la fórmula
c+v+p
La diferencia entre capital constante y capital
variable es propia de Marx y esencial, obviamente, para su concepción del
proceso de valorización. Los
economistas de la época distinguían capital fijo (maquinaria,
edificios…) y capital circulante (fuerza de trabajo y materias
primas); el primero sólo se consumía parcialmente en cada ciclo productivo,
mientras el segundo se consumía totalmente. Con esta diferenciación, según
Marx, se fundían en una sola categoría salarios y materias primas, representando
el conjunto como una simple reparación de los valores desembolsados, y
ocultando por tanto el origen de la plusvalía.
Marx pretende ante todo señalar que el valor de las
mercancías procede del trabajo excedente del obrero; por tanto el beneficio empresarial, como veremos,
no es el resultado de la contribución al proceso productivo del “factor
capital” (que no crea valor, y además procede de trabajo acumulado en fases
anteriores) ni el pago del “salario de dirección” o la supuesta remuneración al
riesgo del empresario, sino el producto de la explotación del trabajo ajeno. La
plusvalía es la sustancia del beneficio, aunque una y otra cosa son distintas.
Habría que distinguir, así, la cuota de plusvalía de la cuota de ganancia o
cuota de beneficio.
La cuota de plusvalía o tasa
de plusvalía -señala
Marx- “es la expresión exacta del grado de explotación de la fuerza de
trabajo por el capital, o del obrero por el capitalista [EC, vol.
I, p. 262]. Refleja la relación entre la cantidad de plusvalía producida (o las
horas que el obrero trabaja para el capitalista, su trabajo excedente)
y el capital variable invertido por el capitalista (las horas que el obrero
trabaja para sí, su trabajo necesario). La cuota de plusvalía (p’)
es, pues, la relación existente en plusvalía (p) y capital variable (v)
p’=p/v=plusvalía/valor de la fuerza de
trabajo=trabajo excedente/trabajo necesario
En cambio la cuota de ganancia (g’) no
denota el grado de explotación, sino los beneficios que obtiene el empresario
por el incremento de valor obtenido en el proceso productivo, en relación
con el capital adelantado para el pago de medios de producción y fuerza de
trabajo; en otras palabras, es la relación entre plusvalía obtenida y capital
total invertido (constante+variable)
g’=p/(c+v)
La cuota de ganancia depende de muchos
elementos: cantidad de capital variable respecto al constante (lo que Marx
denomina, como señalaremos más adelante, composición orgánica del
capital), rotación del capital (tiempo que necesita para completar un ciclo
productivo) y también cuota de plusvalía; es evidente que cuanto más elevadas
sean la cuota y masa de plusvalía producidas (cuanto mayor sea la explotación),
más alta tiende a ser la cuota de beneficio.
En relación con la producción de plusvalía, Marx
distingue también entre trabajo productivo e improductivo[TP, pp. 216-224], tema importante en debates
marxistas posteriores (por ejemplo a propósito del desarrollo del trabajo en la
administración pública). Para Marx, es “productivo” el “aquél que produce
plusvalía para su patrón”, lo cual concierne sólo a las relaciones bajo las
cuales está organizado el obrero y no a la naturaleza del proceso de producción
o el producto. Cuando Milton escribía El paraíso perdido -ejemplifica
Marx- era un obrero improductivo; en cambio es productivo “el autor que
suministra a su editor originales para ser publicados”, así como “la tiple que
vende sus arpegios por cuenta propia”, ya que “produce capital”. Por el
contrario, hay valores de uso que no dejan tras de sí resultados tangibles
distintos de las personas que los realizan o bien dejan resultados que no
pueden venderse como mercancías. En tiempos de Marx, la gran mayoría de
trabajadores “improductivos” eran los comerciales, sirvientes domésticos o
personal empleado del Estado; los comerciales eran “improductivos” porque no estaban
implicados en la producción, única fuente de plusvalía para el capital como un
todo, incluso si sus actividades tenían como resultado un beneficio comercial
para sus patronos. Sin embargo Marx y Engels se refieren al proletariado
comercial sugiriendo que el ser improductivo no anula la
pertenencia de este sector al proletariado.
La obtención de plusvalía (o plusvalor) ha asumido
históricamente dos formas distintas: la de la plusvalía absoluta y la
plusvalía relativa. Marx las define de la siguiente manera:
“Denomino plusvalor absoluto al producido mediante
la prolongación de la jornada laboral; por el contrario, al que surge de la
reducción del tiempo de trabajo necesario y del consiguiente cambio en la
proporción de magnitud que media entre ambas partes componentes de la jornada
laboral, lo denomino plusvalor relativo [EC, t. 2, p. 383].
En efecto, la plusvalía absoluta es la que
se obtiene mediante el incremento del valor producido sin cambiar la
cantidad de trabajo necesario, es decir, sin modificar la parte de la jornada
laboral por la que el trabajador recibe lo necesario para
reproducir su fuerza de trabajo. Ello se puede lograr de dos maneras:
aumentando la duración de la jornada laboral (para que quede una porción mayor
de trabajo excedente) o forzando al obrero a realizar un trabajo
más intensivo. Esto tiene unos límites físicos (la salud del obrero) e
históricos (la organización de los trabajadores, que rechazan el aumento de la
jornada o la intensificación de los ritmos de trabajo).
Por eso el capitalista tiene que recurrir a la
plusvalía relativa, disminuyendo el tiempo de trabajo necesario dentro de la
jornada (por tanto, reduciendo el valor de la fuerza de trabajo). La
plusvalía obtenida así puede tener lugar a partir de dos formas: reduciendo la
cantidad de valores de uso que consume el obrero o el tiempo socialmente
necesario para producir los mismos valores de uso; esto puede chocar con los
mismos límites (físicos e históricos) que la producción de la plusvalía
absoluta. La segunda fórmula, que ha dado al capitalismo su dinamismo
histórico, es la mejora de las tecnologías productivas, que reducen el
tiempo de trabajo socialmente necesario en la producción de bienes concretos, y
permiten dedicar más proporción de la jornada al trabajo excedente.
La obtención de la plusvalía relativa no es
resultado consciente de la acción de los capitalistas individuales, cuyo
objetivo es reducir sus propios costes a fin de incrementar sus beneficios
particulares. Luego la competencia garantiza que los beneficios inmediatos
obtenidos por encima de los rivales se acaben perdiendo, distribuyéndose la
ganancia entre los capitalistas.
Que el resultado definitivo sea la obtención o no
de plusvalía relativa es algo que no importa al capitalista individual; él se
ve obligado por las fuerzas de la competencia y, a la larga, pierde sus
ventajas individuales.
La obtención de plusvalía absoluta es
característica de las primeras etapas del desarrollo capitalista y la relativa
lo es de etapas más avanzadas. Pero con frecuencia se da una combinación de
ambas formas. Por ejemplo, el
acceso de las mujeres casadas al trabajo ha permitido obtención de plusvalía
relativa, puesto que sus bajos salarios representan un valor inferior de fuerza
de trabajo; pero este hecho ha constituido al mismo tiempo la base de obtención
de plusvalía absoluta, ya que la familia como conjunto realiza un trabajo que
crea más valor sin un incremento correspondiente de sus costes de reproducción
ni de la cantidad de trabajo necesario remunerado por el capital.
En definitiva, el capital no es una cosa, sino un
conjunto de relaciones sociales, y la producción capitalista es sobre todo
producción de plusvalía. En ese sentido Marx habla, sobre todo en su capítulo
VI inédito del libro I de El Capital, de la subsunción del
trabajo en el capital; concepto éste, el de subsunción, que implica
tanto subordinación (o sometimiento) como inclusión. Hay, en ese
sentido, una subsunción formal y una subsunción real. La primera se
desarrolla con la producción de plusvalía absoluta, en la fase en la que el
proceso laboral preexistente (precapitalista) aún no ha sido modificado
radicalmente; se desenvuelve dentro de la fábrica o centro productivo. Por el
contrario la subsunción real se relaciona con la extracción de
la plusvalía relativa y corresponde a fases más avanzadas del desarrollo
capitalista; no afecta ya sólo a la fábrica, sino que permea todas las
relaciones sociales, implicando el paso del obrero individual al obrero
colectivo.
La producción y distribución de plusvalía es un
proceso colectivo. Eso supone, en primer lugar, que la plusvalía
obtenida se escinde luego en formas diversas, concretamente en beneficios
empresariales, intereses (para banqueros) y rentas (para los propietarios de la
tierra); una parte va también a satisfacer el coste del trabajo improductivo
(de supervisión y vigilancia y de comercialización). Ello contribuye a
difuminar la procedencia única de este ingreso, que es la plusvalía obtenida en
el proceso productivo y que ahora se reparte; lo cual significa que, por
ejemplo, ni la tierra ni el dinero dado en préstamo producen valor alguno.
En segundo lugar, la cuota de la ganancia
empresarial (g’), cuya base es la plusvalía, tiende a homogeneizarse en el
sistema productivo como consecuencia de la competencia; la misma
competencia que es responsable de la concentración y centralización del
capital, del crecimiento anárquico y de las crisis. Si en un sector la cuota de
ganancia supera a la media, los capitales afluyen a ese sector, y la
competencia reduce necesariamente los precios en él hasta que la cuota de
ganancia se iguale a la media. Todo ello, claro está, suponiendo una
competencia perfecta; la existencia, por ejemplo, de barreras a esta
competencia distorsiona ya el resultado.
Realmente si la competencia fuera perfecta los
precios de los productos dependerían directamente de los valores; pero las
cosas son más complejas y por ello, sin cuestionar la teoría del
valor-trabajo, Marx no niega la discrepancia habitual entre valores y
precios, y hace derivar estos últimos de lo que denomina los precios de
producción. El tema del paso de valores a precios (el llamado problema
de la transformación) es uno de los más discutidos de la obra de Marx,
toda vez que él lo desarrolló insuficientemente y además, en los ejemplos y
cálculos utilizados, incurrió en errores admitidos por los propios defensores
de sus teorías (así, calcula los productos en precios de producción y los
“insumos” o inputs -incluida la fuerza de trabajo- en valores).
Los precios de producción son la suma del coste de
producción como gasto de capital (c+v) y la ganancia media que corresponde al
sector como resultado del reparto de la plusvalía social; el precio de producción asegura la reproducción
del sistema, permitiendo recuperar las sumas adelantadas y realizar la ganancia
media. Ello no significa negar la ley del valor, sino que el precio de
producción, según Marx, es “una forma transmutada del valor”. El valor de lo
producido y la plusvalía total permanecen inalterados en este proceso de
igualación intersectorial de cuotas de ganancia; las desviaciones responden al
citado proceso de redistribución social de la plusvalía, y no a las hipotéticas
oscilaciones de la oferta y la demanda:
“La oferta y la demanda sólo regulan las
fluctuaciones pasajeras de los precios en el mercado. Explican por qué el
precio de mercado de una mercancía excede de su valor o es inferior a él, pero
no dice nada acerca del valor mismo. Suponemos que la oferta y la demanda
coincidan o se equilibren, como dicen los economistas. En el momento mismo en
que estas dos fuerzas contrapuestas sean iguales se contrarrestarán la una a la
otra y no podrán actuar en una dirección ni en otra. En el mismo momento en que
la oferta y la demanda se equilibran, dejando por tanto de actuar, el precio de
mercado de una mercancía coincide con su valor real, con el precio normal en
torno al cual oscilan sus precios de mercado. Por tanto, para investigar la
naturaleza de este valor, de nada nos sirve fijarnos en las influencias
transitorias de la oferta y la demanda sobre los precios de mercado” [SPG,
en EEM, p. 482].
[1] Para citar las obras
y recopilaciones de Marx y Engels seguiré la siguiente equivalencia: AD=
Anti-Dühring; CCEP= Contribución a la Crítica de la Economía Política; CPG=
Crítica del Programa de Gotha; CSI= Capítulo Sexto Inédito de El Capital; EC=El
Capital; EEM=Escritos Económicos Menores; G=Grundrisse; IC= Imperio y Colonia;
MF=Miseria de la Filosofía; SPG= Salario, Precio y Ganancia; TP= Teorías de la
Plusvalía; TAC= Trabajo Asalariado y Capital.
[2] Un seguimiento
detallado de la evolución del pensamiento económico de Marx, en E. Mandel
(1974).
[3] David Ricardo
(1772-1823), cuya obra es considerada de algún modo la culminación de la
Economía política clásica, es autor de un libro esencial
en la historia de la Teoría económica: Principios de economía política
y tributación (1817).
[4] Los fisiócratas,
escuela del economistas del siglo XVIII, pensaban que la agricultura era la
base de la riqueza y que las leyes económicas eran naturales como las de la
Física; fueron los primeros que hablaron de laisser faire (la
libertad económica). Uno de ellos, François Quesnay (1694-1774), médico y
economista francés, es autor de Tableau economique (1758),
primera tentativa de representar de manera cifrada el mecanismo de la vida
económica en un régimen capitalista.
[5] El escocés Adam Smith
(1723-1790), economista y filósofo moral, es considerado el padre de
la Economía clásica; es autor de Investigación sobre la naturaleza y
las causas de la riqueza de las naciones (1776).
[6] Amplio comentario de
Marx acerca de la obra de Ricardo, en TP, pp. 227-557.
[7] Un resumen correcto y
relativamente breve de las teorías económicas de Marx en C. Berzosa y M. Santos
(2000). Más amplio y en confrontación con teorías económicas posteriores o con
el pensamiento económico actual, en A. Pesenti y otros (1979) y L. Gill (2002).
Muy asequible es el librito de E. Mandel (14973) y, más amplio y sugerente,
otro del mismo autor (Mandel, 1977). Cabe citar también, como visión de
conjunto, el libro de P.M. Sweezy (1982). Un léxico o glosario de conceptos
básico de la teoría económica de Marx, en J. G. Beramendi y E. Fioravanti
(1974), t. 2, pp. 295 – 322.
[8] Las cuestiones
relativas a este capítulo se tratan en el Libro I de El Capital,
sección 2 (“La transformación del dinero en capital”). Véase EC, vol. I, pp.
179 – 215.
[9] Obviamente la
libertad es estrictamente jurídica; la necesidad de sobrevivir obliga al
trabajador a vender su fuerza de trabajo.
[10] Se refiere al inglés
Jeremy Bentham (1748 – 1832) al que en otro lugar califica de “un genio de la
tontería burguesa”, fundador del utilitarismo. Bentham afirmaba que
el hombre se rige por su interés propio, de búsqueda del placer y evitación del
dolor; esta especie de principio de la felicidad debe regir
también la vida social, aplicarse a la mayor cantidad de individuos.
[11] Los contenidos de
este apartado se corresponden básicamente con las Secciones 3 a 5 del Libro I
de El Capital, (EC, vol. I, pp. 215 – 378 y también, t. II, pp. 379
– 649).

