Libro N° 8034. Arte Y Capital. Releyendo. El Capítulo VI (Inédito) De «El Capital». José-Maria Durán.
© Libro N° 8034.
Arte Y Capital. Releyendo. El
Capítulo VI (Inédito) De
«El Capital». José-Maria Durán. Emancipación.
Diciembre 5 de 2020.
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Arte
Y Capital. Releyendo El
Capítulo VI (Inédito) De
«El Capital». José-Maria Durán
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Y Capital. Releyendo El
Capítulo VI (Inédito) De
«El Capital». José-Maria Durán
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Releyendo El
Capítulo VI (Inédito) De
«El Capital»
José-Maria
Durán
Arte Y
Capital
Releyendo El
Capítulo VI (Inédito) De
«El Capital»
José-Maria Durán (1)
Cuando en el conocido como capítulo sexto (inédito)
de El Capital trata Marx de explicar la
diferencia esencial entre trabajo productivo y trabajo improductivo (“productive
und unproductive Arbeit”) se llega a referir, y en más de una ocasión, a
los productos culturales como ejemplos evidentes de trabajo improductivo. En
este artículo se procura limar esta diferencia retrotrayendo el arte a la
esfera de la producción para buscar en su interior la relación, inevitable, de
la producción artística con el capital. Para ello, se ha de recurrir al
concepto de la subsunción como herramienta básica que nos llegará a mostrar,
con claridad, de qué manera el arte se sitúa en los procesos de valorización
del capital.
La relación entre el arte y el capital es compleja.
El capital no domina la producción artística como domina la producción, por
ejemplo, en la fábrica, que es, esta sí, una producción determinada por la
existencia misma del capital. Sin embargo, reconocemos con normalidad al
capital actuando al lado mismo de la producción artística ya que está detrás de
los instrumentos apropiados para su producción o, en otras palabras, ya que ha
conformado todos aquellos instrumentos de los que el arte se vale para poder ser
formulado como tal. Y a parte de estos instrumentos y materiales, también
existen conformados bajo la dinámica del capital toda la red social en la que
el arte se exhibe y en donde es comentado. Y sin embargo, no parece que el
capital domine por entero la práctica productiva del arte. La mayoría de los
economistas que se han ocupado del tema han diferenciado, rutinariamente, la
producción artística: dirigida por aquellos elementos estéticos e históricos
que la conforman, de la comercialización del arte: en donde sí que
encontraríamos actuando las dinámicas más propias del capital (Frey/Pommerehne,
1989; Blaug, 1992; Frey, 2003; Throsby, 2003). Existiría, entonces, un momento
de separación, un instante de independencia en el que el arte, al ser creado, aparecería
asediado por el capital: no directamente manipulado pero sí tentado en una
siempre embarazosa relación para ambas partes que, finalmente, se encontrarían,
pues, enfrentadas y, por lo tanto, separadas.
Pero detenernos en esta forma de entender la
producción artística supone aceptar, implícitamente, una capacidad de
producción social al margen del capital, autista a su manera, que no es tanto
una forma de respuesta al capital y sus usos sociales como una forma de
aquiescencia ausente en la que el arte se regocija de su independencia no
manoseada, aunque sí tentada, por el capital. Y sin embargo, no queremos, aquí,
ni siquiera comentar una posible independencia del arte ante los movimientos
del capital. Todo lo contrario, lo que se pretende es demostrar la relación
constitutiva que experimenta el arte, en cuanto producción, con el capital. Por
ello, son la producción y el valor los elementos que surgen como fundacionales
de una relación semejante. Se hace necesario, así, volver siempre a Marx y
a una de sus tesis que nos parece, en este sentido, esencial:
El producto del trabajo es objeto de uso en todos
los tipos de sociedad; sólo en una época históricamente dada de progreso,
aquella que ve en el trabajo invertido para producir un objeto de uso una
propiedad “materializada” [“gegenständliche Eigenschaft”] de este objeto, o sea
su valor, se convierte el producto del trabajo en mercancía. (Marx [I], 1973: 28)
Ahora bien, sabemos que esta producción de valor es
en realidad una producción de plusvalor. Y sabemos también que la producción de
plus-valor, o el modo de valorizar (verwerten), resulta de un no intercambio
con el cuerpo del trabajo, resulta de una apropiación: pues la plusvalía es el
valor que no se le devuelve al obrero. Todo trabajo constituido de esta forma
es, para Marx, trabajo productivo (“productive Arbeit”): o
el trabajo destinado a la producción de plus-valor:
tan pronto como es introducida en ese proceso
preliminar que forma parte de la circulación, su fuerza de trabajo es
incorporada directamente como factor vivo, al proceso de producción del capital
y deviene incluso una de sus partes constitutivas, la parte variable, la cual
no sólo conserva y reproduce los valores del capital avanzado sino que también
los aumenta y, creando plusvalor, los transforma en valor que se valoriza, en
capital. En el curso del proceso de producción, esa fuerza de trabajo, magnitud
fluida de valor se materializa directamente en objetos. (Marx, 1997: 93 [110]) (2)
Esta relación, así formulada, no aparece de ningún
modo en la creación artística. Lo que la creación artística revela, por el
contrario, es algo mucho más sutil, a la vez que simple: es a través de la
constitución del trabajo como creación de valor que percibimos la relación
ineludible del arte con el capital. Pues la producción artística acoge en su
seno esta forma generalizada y jerarquizada del producir: movimiento del sujeto
al objeto como propiedad materializada en este último, es decir, como su valor.
Es así que el valor también se expresa en el arte
como un traspaso (Übertragung). En este caso del sujeto productor: capacitado
como artista, al objeto producido: reconocido como obra de arte. Este traspaso
aparece teorizado, por primera vez, en el Renacimiento florentino y va a llegar
hasta la tercera crítica de Kant (3). Lo que en este proceso
histórico podemos observar es la constitución de una praxis y su teoría que han
fundado unas determinadas disposiciones productivas como aquellas pertinentes a
lo que hemos llegado a conocer como arte, o mejor: bellas artes. Las relaciones
que, a partir de aquí, han hecho posible la socialización del arte en el
entorno del patronazgo cortesano y eclesiástico, o en el mismo del entrepeneur
burgués, son las relaciones del arte con un capital social que lo destinaba a
un uso privado. Es por ello que es posible referirse, en este contexto, a una
subsunción formal del arte bajo ese capital. En el interior del marco
productivo, el arte, como una cosa (Ding) heterónomamente determinada por un
sujeto que la engendra, revela, pues, toda la teoría kantiana del genio, que en
este sentido no es más que una teoría del sujeto productor. Si el genio era ese
productor capaz de engendrar en el corpus específico de las “bellas artes”,
el arte aparecía formalmente subsumido en un marco social mayor que lo
determinaba -pues era este marco el que lo hacía (producía) adecuado a su
consumo social privado: el artista se disponía, así, como productor en la
belleza, lo cual no dejaba de ser, nunca lo ha dejado de ser en realidad,
producción de valor.
Sin embargo, el arte del siglo 19 va experimentar
un tipo diferente de relaciones entre la producción, el objeto de la producción
y la fuerza de trabajo. Y es esta una muy concreta experiencia de modernidad.
Para Marx, la consolidación capitalista, que ya estaba en marcha en
la propia época de Kant, se resumía en la configuración renovada
del trabajo como trabajo productivo:
El trabajo productivo no es más que una expresión
resumida para designar el conjunto de la relación y la manera en la cual el
obrero y el trabajo se presentan en el proceso de producción capitalista. Por
trabajo productivo entendemos, por tanto, un trabajo, socialmente determinado
(“gesellschaftlich bestimmte Arbeit”), que implica una relación, bien precisa,
entre vendedor y comprador de trabajo. Así, el trabajo productivo se
intercambia directamente por dinero-capital, un dinero que, en sí, es capital,
que tiene, por destino, funcionar como tal y hacer frente, como tal, a la
fuerza de trabajo. Sólo es, pues, productivo, el trabajo del obrero que
reproduce el valor, determinado previamente, de su fuerza de trabajo y valoriza
el capital (“das Capital verwertht”) por medio de una actividad creadora de
valores que erige, frente al obrero, los valores producidos en tanto que
capital. La relación específica, entre trabajo objetivado y trabajo vivo
“vergegenständlichte und lebendige Arbeit”), que hace del primero capital, hace
del segundo trabajo productivo (“productive Arbeit”). (Marx, 1997: 97 [112])
Es a partir de aquí que podemos observar, como
dinámicas históricas del capital, la producción de plusvalía absoluta y
relativa así como la subsunción forma y real del trabajo en el capital. En lo
que concierne a la circulación, no debemos nunca menospreciar la fuerza de
estructuración social que la fórmula D – M – D’ revela: en el sentido, como lo
expresara Marx, de que todo el mundo deviene mercantil (“Waarenhändler”), esto
es, lo que todo el mundo quiere es hacer dinero “Geldmachen”) (Marx, 1997: 94-95
[110-111]). Sin embargo, no todo hacer dinero implica un trabajo productivo,
pues no toda venta en el mercado implica el uso de un capital.
Ahora pongamos un ejemplo: poco me importa que yo
compre un pantalón de confección o que haga venir un sastre, a casa, y le pague
su servicio (es decir, el trabajo de sastre)… En ninguno de los dos casos,
convierto mi dinero en capital, sino en un valor de uso que corresponde a mi
necesidad y a mi consumo personales. El obrero sastre me rinde el mismo
servicio, ya trabaje para la sastrería o para mí. Pero el obrero, si trabaja
para la sastrería, rinde otro «servicio»
al capitalista… (Marx, 1997: 101-102 [115])
Ese otro servicio que se rinde es, por supuesto, la
explotación del trabajo del obrero con el fin de valorizar el capital.
Para Marx, existía aquí una diferencia precisa entre el trabajo
puesto al servicio de un capitalista que lo usaba y el trabajo artesanal en el
que el obrero era al mismo tiempo su propio empresario y asalariado, y en el
que, por tanto, el producto es inseparable del acto productor (“das Product ist
nicht trennbar vom Act des Producirens”): algo que diferencia la
ejecución de un servicio que se presta, de la producción de objetos como
mercancías (Marx, 1997: 103 [116]).
Claro que esta diferencia era un hecho que el siglo
19 estaba contemplando con temor e interés al mismo tiempo. Georg
Simmel hablaba de la inadecuación que se desarrollaba entre la
existencia del trabajador y aquella de su producto: apareciendo ambos
completamente separados: divorciados en el interior de la cadena productiva;
hecho que para Simmel era consecuencia de la creciente
especialización laboral. Emile Durkheim también advertía, con
preocupación, la sustitución progresiva de los hombres por las máquinas, la
degradación de la mano de obra y, en general, el conflicto de clases, que
podían llegar a ocasionar una ruptura en la solidaridad social cuando se
producía una organización inadecuada de la división del trabajo (Lukes, 1985).
En este sentido, Thompson ha contemplado la novela de Dickens: Hard
Times (1854), como una descripción significativa de dos fases bien
diferentes de la revolución industrial: simbolizada en las figuras de Mr.
Bounderby y su sofisticado primo Mr. Gradgrin. Si Bounderby era
el avaricioso manufacturero que representaba la primera acumulación y
explotación extensiva y brutal de la mano de obra, Gradgrin,
gracias a toda esa acumulación lograda, personificaba ya el utilitarismo típico
de la clase media inglesa: las leyes de la oferta y la demanda eran las leyes
de Dios (God’s laws) y el mercado el determinante final del valor.
Gradgrin no sólo tenía poder, riqueza e influencia política, escribe Thompson,
sino también toda una teoría para justificar la explotación (Thompson, 1955:
21-22). Ante estas condiciones, ampliamente reconocidas en la época, Simmel observaba
la creación artística de una muy diferente manera:
La división del trabajo independiza el producto
como tal de cada uno de los contribuyentes; el producto está ahí en una
objetividad autónoma que, sin duda, lo hace apropiado para acomodarse a un
orden de las cosas o para servir a un fin particular objetivamente determinado;
pero con ello se le escapa aquel estado interno dotado de alma que sólo el
hombre en su totalidad puede dar a la obra en su totalidad y que porta su
inclusión en la centralidad anímica de otros sujetos. Por ello la obra de arte
es un valor cultural tan inconmensurable, porque es inaccesible a toda división
del trabajo, esto es, porque aquí… lo creado conserva al creador de la forma
más íntima. (Simmel,
2002: 358-359.)
Y lo que Simmel estaba constatando
era un muy determinado momento socio-cultural que había predispuesto a la obra
de arte para un tipo de creación en la que se llegaba a producir una unidad e
identificación entre productor y producto. Marx tampoco había
estado tan alejado de una visión semejante acerca de los productos
culturales:
Por ejemplo, Milton, el autor de Paraíso perdido,
es un trabajador improductivo, mientras que un escritor que proporciona, a su
editor, un trabajo de fabricación (“Fabrikarbeit”) es un trabajador productivo.
Milton ha producido su poema como un gusano de seda produce la seda, expresando
su naturaleza por medio de esa actividad. Vendiendo, más tarde, su producto por
la suma de 5 £, fue, en esa medida, un comerciante. En cambio, el literato
proletario de Leipzig que, bajo pedido de su editor, produce libros; por
ejemplo, manuales de economía política, se aproxima al trabajador productivo en
la misma medida en que su producción está sujeta (“subsumiert”) [subsumida] al
capital y no existe más que con vistas a su valorización. (Marx, 1997: 98 [113].)
Marx continúa
afirmando que en la medida en que ejercicios laborales como el de Milton no
pueden ser utilizados más que como un “servicio” (Dienst): servicio que
se me presta a mí que lo he solicitado para mi consumo privado, por ejemplo, el
hecho de comprar un volumen de Paraíso perdido, y que como tal “servicio”
su producto es “inseparable de su prestatario” (“nicht in von den
Arbeitern trennbare”), son ejercicios laborales que no pueden devenir
mercancías autónomas, lo que no quiere decir que no puedan ser explotados de
una manera capitalista (Marx, 1997: 99 [113]). Marx había
diferenciado el hecho de que una obra como Paraíso perdido pudiera ser comprada
y vendida, es decir, tratada como una mercancía más en el mercado capitalista
de mercancías, del hecho laboral de Milton como autor: que
cuando se expresa en la obra Paraíso perdido se refiere a un autor
independiente: él es su propio empresario; y para nada se refiere a una fuerza
de trabajo dispuesta para el uso capitalista de la misma: esto es, dispuesta
para la valorización del capital o producción de plusvalía. El escritor Milton estaría
actuando, pues, como un trabajador improductivo (“unproductiver Arbeiter”) (4).
A partir de aquí no sería difícil poder llegar a
inferir una diferencia esencial entre el trabajo productivo y el trabajo
artístico o creativo: o aquel que no se dispone a la creación de plusvalor; por
lo que en lo que respecta a éste, al trabajo creativo, su relación con el
capital se verificaría no tanto en el momento de su producción como en el hecho
de su explotación en el mercado: por ejemplo, cuánto se le paga a Milton por
la edición de Paraíso perdido. Sin embargo, un análisis semejante de las condiciones
de producción nos estaría alejando de nuestro propósito para alentarnos a
seguir en la línea de las falsificaciones que el valor de uso propone (5).
No obstante, no querría dejar de comentar, brevemente, cómo esta supuesta
contraposición entre trabajo productivo y trabajo creativo, ahora expuesta, ha
funcionado ideológicamente muy bien para un arte que ha buscado alejarse de las
contradicciones a las que la sociedad industrial lo sometía. Cuando el
escritor Edward Young afirmaba en 1759 que:
“An Original may be said to be of a vegetable
nature; it rises spontaneously from the vital roots of genius; it grows, it is
not made”, estaba, muy conscientemente, separando la “auténtica” creación
artística de los productos manufacturados; algo que para Raymond Williams era
síntoma de un profundo malestar cultural ante el utilitarismo burgués (Williams, 1958: 37).
Aunque lo que expresaba Young fue un tema caro al
romanticismo, ese: original que crece (grows) y que no es hecho (made), ¿no
refleja, también, una buscada contraposición con el trabajo que es un mandato,
con el trabajo que no es autónomo, con el trabajo que es, en definitiva,
trabajo forzado? Wolfgang Ruppert también ha señalado cómo en
el siglo 19 el taller del artista aparece como el lugar en donde surge la
individualidad creativa como obra de arte, en claro enfrentamiento a la
fábrica: símbolo del progreso industrial, en donde la producción de la máquina
y no del individuo es lo importante (Ruppert, 2000: 78 ss.). Desde mi punto de
vista, no habría, sin embargo, que confundir esta reivindicación de la
individualidad creativa alejada del capital: como construcción ideológica, esto
es, falsa conciencia en los términos althusserianos, con una tal reivindicación
que es, por el contrario, el resultado de una muy específica lógica productiva
del capital social.
Cuando Marx hablaba de que
al comprar una mercancía para el consumo privado de la misma no ha lugar para
referirnos al trabajo productivo: porque no cambio mi dinero directamente por
trabajo sino por una mercancía, no dejaba de tener razón. Ello es cierto para
mí (como comprador) pues no soy un inversor capitalista que lo que busca es la
valorización continua de su capital. El hecho del consumo me atañe a mí como
individuo particular. Ahora bien, ello no es tan cierto cuando me atañe a mí
como individuo social, pues a través del mismo acto de comprar posibilito la
reproducción del trabajo del artista: que gracias a la venta de su mercancía
puede satisfacer, ya no sólo sus necesidades vitales, sino también reproducir
su propia capacidad de trabajo y volver a reiniciar, así, el ciclo del valor:
la producción de una mercancía. Y atendamos a un hecho crucial en este sentido:
las mercancías no sólo se intercambian, ellas también se producen. Cuando me
ejercito, entonces, como consumidor privado de mercancías al poner en
circulación mi dinero, no compro directamente fuerza de trabajo. Aunque sí
indirectamente, es decir, socialmente. Si la mercancía es la encarnación de la
fuerza de trabajo consumida en su producción -y es en este preciso instante
cuando surge toda la teoría metafísica del valor, tan bien formulada por Marx como:
aquella que ve en el trabajo invertido para producir un objeto de uso una
propiedad “materializada” (“gegenständliche Eigenschaft”) de este
objeto, o sea su valor -todo consumo de mercancías supone la puesta
en marcha de un proceso productivo: aquel que se dispone para la producción de
mercancías. “Desde el simple punto de vista del proceso de trabajo en
general, es productivo el trabajo que se realiza en un producto o, mejor dicho,
en una mercancía.” (Marx, 1997: 91 [108])
Si para el comprador, la inversión en arte
supone una mera circulación de dinero: M – D – M; para el artista es una
circulación de capital: D – M – D’: donde el dinero que se consigue por la
venta de esa particular mercancía que es el arte es un dinero que está
revalorizando su capacidad de trabajo como artista y, por tanto, supone una
valorización también del capital social general: gracias al cual todo el
proceso de la producción de esa mercancía que es el arte puede iniciarse de
nuevo. Pero esta valorización del trabajo artístico no ocurre en el sentido de
la creación de plus-valor (como expropiación del trabajo del obrero), sino en
el sentido de un capital que posibilita la reproducción del artista como
productor socialmente capacitado, esto es, como productor de un valor (el arte)
que es forma-mercancía destinada a una circulación.
¿Quiere decir esto que el proceso artístico produce
un propio capital? Sí, de alguna manera. Manera que es interpretación – una
propia forma de formalización -de lo que el capital social es o representa; y
esto a través de toda la valorización que se produce gracias al trabajo del
propio artista. En este sentido, la fuerza de trabajo que el artista posee como
capacidad propia e individual se ha materializado, históricamente, de dos
formas diferentes:
(a) como fuerza de trabajo que se valoriza en el
interior de un marco productivo específico: el de las bellas artes, marco en el
interior del cual el artista se ejerce como tal artista: habilidoso,
profesional. En este sentido, observamos a un arte formalmente subsumido en el
capital, pues de lo que esta subsunción nos está hablando es de la utilización
de una capacidad productiva, previamente existente, en el interior de un marco
que la determina: el artista produce formalmente en el interior de una estructura.
Sólo es artista, así, quien es capaz de producir en las artes. A partir de
aquí, el valor como traspaso simbólico circula socialmente en la forma de la
obra de arte.
(b) La fuerza de trabajo que el artista posee llega
a producir, siempre de forma renovada, el concepto mismo del arte; con lo que
se crea una identificación/confusión extrema entre producto y productor. El
arte que se corresponde con esta situación es un arte realmente subsumido bajo
el capital, o mejor expresado: nos enfrentamos a un artista subsumido realmente
en el capital, pues el trabajo es proceso de valorización en el sentido de que
sólo un artista valorizado previamente por el capital social es el apropiado
para producir el arte, que a partir de aquí queda confinado a la decisión
productiva del artista individual: el artista produce realmente en el interior
de una sociedad, no más en el interior de una estructura. Pero este paso,
ahora, sólo pudo ser dado sobre una estructura precedente: sólo un artista
(socialmente y no individualmente considerado) que previamente había sido
reconocido como tal en el interior de una estructura (i.e., formalmente
subsumido), es aquél capaz de procurar su valorización en la sociedad
(subsunción real) más allá de la estructura artística tradicional. Lo que
quiere decir que en el momento en que el artista es consciente de producir una
obra de arte para un mercado anónimo está produciendo de hecho una valorización
de su propia capacidad productiva, es decir, está interpretando los procesos de
valorización del capital social. Muy en el sentido de cómo A. Negri ha
analizado otras formas de valorización que no se reducen a la típica relación:
capitalista vs. obrero (Negri/Hardt, 2003: 13-18). Es aquí cuando se produce
una inversión realmente curiosa y disparatada en el interior de las prácticas
artísticas: la mercancía-arte llega a convertirse en símbolo cultural
(contingente, por tanto) del valor, esto es, en símbolo del artista: ella es su
moneda de cambio, la que le permite una continua revalorización de su trabajo
como artista. Cuando el artista es él mismo el valor (ya que en él reside toda
capacidad de realizar un trabajo o traspaso simbólico, y reside en él mismo:
nunca más en el interior de una tradición que lo determina), el proceso de
valorización de este valor, a través del trabajo artístico, convierte a la
producción en capital. En el interior de la circulación este capital adquiere
la forma de la obra de arte: que en el fondo no es más que la forma-valor del
artista incrementada a través de lo que el trabajo creativo representa como
traspaso. Por ello, todos los estudios económicos acerca del arte tienden a
estudiarlo en el interior del mercado, pues no son capaces de ver los procesos
de valorización social que en el momento productivo se están produciendo. Lo
que quiere decir que en el interior de los procesos artísticos contemporáneos
no se produce, en realidad, una obra de arte sino un artista.
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NOTAS
(1) Doctorando en la facultad de Historia del Arte
de la UNED (Madrid) bajo la dirección del Prof. Dr. Alberto R. de Samaniego
(Universidad de Vigo). Mi tesis: “La subsunción del artista en capital.
Presupuestos histórico-teóricos”, explora las relaciones históricas que el arte
moderno ha mantenido con la categoría marxiana de la subsunción.
(2) En cuanto al Capítulo VI (inédito) y para
facilitar la lectura de las citas de Marx he optado por seguir la traducción
española que, aunque no es del original alemán sino de la versión francesa de
Roger Dangeville (1971), en la mayoría de los casos me parece buena. Entre
corchetes se indica la página correspondiente en la edición del MEGA. Las citas
originales en alemán, que van entre comillas, respetan la grafía original tal y
como aparece en el MEGA. Cf. Marx, 1988 y 1997.
(3) No me puedo extender, ahora, en la teoría que
ha fundamentado este traspaso y que podríamos resumir como una teoría que ha
identificado al artista como ese individuo productor capaz de fecundar en el
corpus específico de las bellas artes. El artista se ha constituido, a lo largo
de la modernidad, como un productor que ejerce un traspaso en el objeto, que no
ha dejado de ser forma-valor (Wertform) en el sentido de que el objeto, como
objeto bello, vale o es reconocido como tal porque el traspaso se ha producido.
Kant habría de teorizar al genio artístico, precisamente, en este sentido. Mi
tesis doctoral se centra en la teoría de este “traspaso” de valor que
identifico, concretamente, en los contextos de la subsunción formal.
(4) No deja de ser curiosa la elección de Milton
por Marx. En la historia del copyright, Milton aparece como uno de los primeros
escritores modernos que firma un contrato profesional de publicación por
Paraíso perdido, con el impresor Samuel Simmons en 1667. Milton aparece, así,
como un trabajador independiente (“selfemploying laborer”). Ver Lindenbaum, P.,
“Milton’s Contract”, 1999: 175-190.
(5) Mantengamos junto a Postone que todo análisis
de la mercancía en los términos de su necesidad es, según Marx, un análisis que
tiende a confundir el valor de uso con el valor, y que el análisis del valor de
uso no es, en ningún caso, el más adecuado para iniciar un estudio de la
producción. Postone, 2003: 271.

