Libro N° 8024. Gramsci Contra Occidente. Del Roio, Marcos.
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Gramsci Contra Occidente. Del Roio, Marcos. Emancipación. Noviembre 28 de 2020.
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Gramsci Contra Occidente. Marcos Del Roio
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
Marcos Del
Roio
Gramsci Contra Occidente
Marcos Del Roio
I. Reafirmar
la vitalidad de la reflexión de Gramsci, a 60 años de su muerte, en
un momento en que la modernidad capitalista pasa por transformaciones que
afectan su propia materialidad y todo su contexto cultural, puede sugerir una
gran veleidad. Puede también parecer el reconocimiento de la incapacidad de las
izquierdas de pensar y actuar sobre el mundo de hoy, refugiándose en el pasado,
en lugar de hacer uso de un nuevo instrumental teórico práctico más de acuerdo
con los tiempos. Se trata entonces de cuestionar y localizar la vitalidad
de Gramsci para este cambio de siglo comenzando por encarar su
visión política y el contexto que le dio su foco. Como en este espacio no será
posible sino desentrañar parcialmente esa compleja problemática, por lo menos
algunas cuestiones deben ser inicialmente puntualizadas.
Antes que nada es preciso aclarar que Gramsci (de
modo que se preserve una cierta fidelidad a su universo categorial) no puede
ser considerado un autor inserto en el marco del “marxismo occidental”,
pues según Perry Anderson, “la primera y más fundamental de sus
características fue el divorcio estructural entre este marxismo y la práctica
política”(Anderson Perry, 1976: 43) 1 y su preocupación
por temas de la filosofía y de la cultura. A pesar de que ese
autor ubica a Gramci como un precursor del “marxismo occidental”,
es notorio que el concepto no implica la presencia del fundador del PCI, ya que
él dedicó su vida y obra (aun encarcelado) a los temas relativos a la
organización de las clases subalternas para la revolución socialista
internacional. Gramsci, entonces, sólo puede ser visto como “marxista
occidental” por el hecho de haber nacido en Italia, un país localizado en
Europa occidental, siendo ésta una acepción geográfica y no morfológica de
Occidente (como es propio de Gramsci). Esto no significa, no obstante,
que su elaboración teórica no haya ofrecido ricos elementos al “marxismo
occidental” propiamente dicho.
Por otro lado, por “izquierda occidental” se
puede entender, original y morfológicamente, aquella vertiente del movimiento
obrero socialista que se resignó ante la guerra imperialista de 1914 y que,
enseguida, en su mayoría, devolvió miradas adversas y pesadamente críticas a la
revolución popular socialista que se procesaba a partir de Rusia. Con esa
vertiente, que genéricamente puede ser designada como reformista
socialdemócrata, Gramsci no tiene ninguna relación de afinidad
teórica o proyectual. Mas si por “izquierda occidental” entendemos
(ahora geográficamente) aun a los partidos comunistas de Occidente y
particularmente el PCI (por obvio que parezca), la cuestión se vuelve más
compleja y se aproxima más a su herencia política y teórica.
Antes que nada es preciso observar que, en el
conjunto de Occidente, por lo menos hasta los años setenta, Gramsci fue
más conocido por algunos aspectos trágicos de su vida personal y por las
reflexiones particulares que lo aproximaban al “marxismo occidental” y
lo tornaban digerible también para el comunismo estalinista, vaciando su
influencia de cualquier contenido político. En el caso específico del PCI, se
trató, desde el principio, de una conjunción de relectura y de manipulación
hechas por Togliatti, lo que estimuló aquella visión de Gramsci en
el exterior, haciendo de él un gran intelectual italiano dentro de una vasta
galería, creando así al mismo tiempo una fuente de legitimidad para la política
de los comunistas y de su grupo dirigente dentro del orden social y jurídico de
la Italia republicana.
El análisis de Gramsci sobre la
cuestión meridional y sus reflexiones sobre el tema de la cultura
nacional-popular permitieron hacer de él un anticipador de aquello que el
estalinismo reformado, a partir de 1956, dio en llamar las “vías nacionales
al socialismo”, y que en Italia emergió con un rico contenido en la
formulación del propio Togliatti. Los límites de esa orientación
política se hicieron visibles, ya con Togliatti muerto, en
la dificultad de conducir la eclosión sociocultural de 1968-69
hacia un estuario revolucionario. A partir de ahí hubo un creciente esfuerzo
del PCI en el sentido de acentuar y enfatizar su carácter morfológico de “izquierda
occidental”, asumiendo y desenvolviendo la fórmula ideológica del “eurocomunismo”
que enfatizaba la cuestión de la democracia y del pluralismo, incorporando
conceptos producidos en el universo liberal y católico. De manera hasta cierto
punto paradójica, fue entonces que la obra de Gramsci se
convirtió en verdadera moda intelectual, habiendo sido usada para demarcar la
originalidad y particularidad del PCI dentro de la “izquierda occidental”,
evitando una inmediata identificación con la socialdemocracia y también una
ruptura clara y explícita con la herencia de Lenin y de la
revolución rusa. La relectura liberal de Gramsci, presente en
aquellos años, y que enfatizaba la cuestión de ampliación del consenso en la
construcción de la hegemonía, fue la que finalmente predominó, abriendo camino
para la resolución de aquella ambigüedad. En el momento precedente al colapso
generalizado del socialismo de Estado, decretada la disolución del PCI y su
substitución por el Partido Democrático de Izquierda, fue dado el paso para que
los pretensores herederos de Gramsci se convirtiesen
integralmente en una “izquierda occidental”. A partir de ese
momento Gramsci pasa a ser visto como el anticipador de un
nuevo reformismo para ser propuesto en este fin de siglo.
II. Pero, ¿qué
tan efectivamente plau sibles son todas esas relecturas de Gramsci?
¿Cuál es su grado de fidelidad a la letra y al espíritu de la obra gramsciana?
No está de más realzar otra vez que una cuestión de tal complejidad no puede
ser dirimida en un espacio de tan pocas páginas, donde apenas podemos enfatizar
su importancia teórico-política. En una primera aproximación, podríamos
preguntarnos cuál es efectivamente el lugar de Gramsci en la
historia del marxismo y del movimiento socialista. Por hipótesis, creo que no
está fuera de lugar afirmar que Gramsci se inserta en aquello
que Lukács llamó el “renacimiento del marxismo”,
aludiendo a los nombres de Lenin y Rosa Luxemburgo como
autores/actores decisivos. Gramsci y el propio Lukács podrían
ser vistos como exponentes de una segunda fase de ese “renacimiento”.
Podríamos incluso sugerir que esos autores ayudaron a conformar una corta época
de refundación de la praxis socialista que se gesta a partir
del debate con el “revisionismo” (1898), se define con la revolución
socialista internacional de 1917-1921, en oposición al reformismo y al
imperialismo, y se agota precisamente con la muerte de Gramsci (1937),
cuando era ya indudable el predominio del estalinismo en el seno de los
partidos comunistas.
La refundación comunista del marxismo se
caracteriza antes que nada por el rescate de la dialéctica histórico crítica
que estaba subsumida en la teoría socialista por la intrusión positivista y por
la revitalización de filosofías neokantianas. La subalternidad a la que
quedaron reducidos la teoría socialista crítica y el movimiento obrero se
expresó en la emergencia y predominio del reformismo. Éste vacía la
subjetividad antagónica presente en la clase obrera y apuesta al proceso
liberal de democratización, así como a la disolución de los conflictos
sociales, encarando la revolución socialista como momento puramente ético y/o
natural, cuando no como un falso problema. La perspectiva reformista, delineada
al inicio del siglo XX, sólo sería factible si el desarrollo capitalista
(expresión que ya denota la intrusión positivista) se encaminase a un pasaje
poco traumático al socialismo, facilitado por la formación de grandes empresas
que se disputarían un mercado mundial crecientemente “civilizado”,
regulado por la presencia de Estados democráticos bajo fuerte influencia del
movimiento socialista.
Es precisamente con el instrumental ofrecido por la
dialéctica histórico crítica que el movimiento de refundación se conforma,
enfatizando, por el contrario, la cuestión de la subjetividad antagónica al
orden del capital concentrada principalmente en el partido revolucionario de la
clase obrera. La acción política revolucionaria, por su parte, sólo podría
ocurrir a partir de la comprensión del momento particular en que se encontraba
el contradictorio movimiento del capital y la conflictividad generada en su
derredor. La teorización del imperialismo como época histórica de la
acumulación del capital caracterizada por una acendrada conflictividad
económico- política que implica guerras localizadas y generalizadas, síntomas
de un deslizamiento a la barbarie, dialécticamente opuesta a la actualidad de
la revolución socialista, define otro aspecto fundamental de agregación del
movimiento de refundación comunista de inicio del siglo XX. La plena
configuración de la refundación de la praxis socialista, en tanto, exige y sólo
se realiza con la escisión teórico-práctica, con el reformismo
y la fundación del partido comunista.
La definición explícita de Gramsci por
la escisión con el reformismo y, en consecuencia, por la adhesión a la
refundación, ocurrió cuando el movimiento de los consejos de fábrica de Torino
se encaminaba a la derrota y después el II Congreso de la Internacional
Comunista (1920), a partir de cuyo momento Gramsci pasó a
trabajar decididamente por la fundación del partido comunista en Italia. Gramsci es
un intelectual revolucionario con marcado perfil y postura universalizante,
como es propio de la tradición cultural intelectual de la península itálica. Es
continuador de la tradición laico historicista de un Maquiavelo y
de un Vico, y es el continuador de los primeros marxistas
italianos: Andrea Costa y, principalmente, de Antonio
Labriola.
La obra de Labriola sirvó de
puente para el contacto con el último Engels, con el cual trabara
calurosa correspondencia. Del revolucionario Georges Sorel y
del sociólogo alemán Max Weber (además de influencias
absorbidas también por Lukács), Gramsci incorporó
la importancia de la cuestión de la voluntad hecha acción y de la subjetividad,
instrumental que utilizaría en la lucha contra el reformismo positivista
presente en el PSI. En lugar del reformismo y del extremismo, adversarios en el
interior del movimento obrero, Gramsci eligió como
interlocutores a los grandes intelectuales del bloque histórico italiano entre
los que destacan Giustino Fortunato, Giovanni Gentile y,
principalmente, Benedetto Croce, que de alguna forma marcan la
continuidad y el pasaje del Risorgimento al fascismo, de una “revolución
pasiva” a otra.
Sin embargo, el planteamiento revolucionario
contemporáneo, que Gramsci captó con lucidez extraordinaria,
estaba presente en la obra de Lenin (y también en la obra
de Rosa Luxemburgo) y en el desenvolvimiento de la revolución
socialista internacional desencadenada en Rusia. Percibió que la revolución
socialista marcaba un parteaguas en la historia de la humanidad, con el inicio
del proceso de extinción del Estado y de las clases y de la construcción de una
nueva cultura y de un humanismo integral. Ese pateaguas, no obstante, para
realizarse presuponía la separación del reformismo y lo que éste representaba
de subalternidad en confrontación con la alta cultura de Occidente y de reconocimento
de la hegemonía liberal burguesa.
Gramsci estableció con Lenin y con el grupo dirigente
bolchevique una alianza política necesaria para enfrentar en Italia al
reformismo y, en seguida, al extremismo de Bordiga, tomando en
cuenta que, desde el punto de vista teórico, ambas concepciones se encontraban
en el naturalismo filosófico. Era necesario que se conformase en Italia un
grupo dirigente capaz de traducir la universalidad de la revolución socialista
para las particulares condiciones de un Occidente retardatario, como era el
caso de Italia, abstrayendo al mismo tiempo la particularidad de Rusia. En ese
mismo campo combatió la nueva intrusión positivista presente en la obra de
Bujarin y el naturalismo de la reflexión de Trotski.
III. La relación
de Gramsci con Lenin, ya dirigente del Estado
soviético, es más que política, es de fondo teórico paradigmático, ya que ambos
actúan en el campo de la refundación de la praxis socialista. Esa relación
con Lenin no se alteró después de la muerte de éste, ni
tampoco después de la prisión de Gramsci por el fascismo y la
instauración del estalinismo en la URSS. Una parte muy significativa de la obra
de Gramsci trató de la profundización y de la actualización de
temas presentes en la agenda leninista. Destaca en ella la lucha contra el
reformismo y la intrusión positivista, la cuestión de los intelectuales y del
partido revolucionario, así como el tema de la hegemonía y el análisis de la
época imperialista. El abordaje dado por Gramsci a esa agenda
fue permeado por la dualidad históricomorfológica Occidente/Oriente que permite
inclusive que se haga un contrapunto entre uno y otro autor.
El despliegue de la revolución socialista
internacional tiende a disolver la dualidad Occidente/Oriente, siempre y cuando
los ritmos, las alianzas sociales y la forma de ocupación/desconstrucción del
Estado sean diferenciadas de acuerdo con la herencia histórica y la particular
formación social en la cual se procesa, lo que impide cualquier generalización
formal. La derrota de la revolución en 1921 lanza la referida dualidad bajo
nuevas condiciones, cuando la Rusia soviética se vio aislada y dio inicio la construcción
de un capitalismo monopolista de Estado bajo la dirección del partido obrero.
Es cuando también emerge la nueva política del frente único, inicialmente
formulada por Paul Levi y otros continuadores de Rosa
Luxemburgo, y asumida por Lenin y por la IC. Esa política
obliga a repensar la forma de la alianza obrero-campesina en la construcción
del Estado soviético, así como la cuestión de la relación con el reformismo en
el núcleo de Occidente.
La cuestión teórico política alrededor de la cual
gira el pensamiento de Gramsci es precisamente el porqué de la
derrota de la revolución socialista internacional en el núcleo original de
Occidente y, por consiguiente, la búsqueda de hipótesis para la revertir esa
situación. Así, el análisis de Oriente, como ya fue sugerido, aparece apenas
como contrapunto. El Oriente ruso bajo el predominio de un Estado fuertemente
burocratizado y coercitivo, con una burguesía joven y débil que no conseguía
generar una sociedad civil que viniese a dar densidad y substancia a una
posible hegemonía, posibilitó una victoriosa revolución conducida por un
partido obrero que atendía a una táctica de “guerra de maniobra”.
A una conquista del poder relativamente tranquila
le seguiría un difícil proceso de construcción hegemónica que incluía la propia
materialidad de una sociedad civil casi inexistente y que debería, en el
proceso, subsumir al propio Estado político. Esa tentativa contenida en la
experiencia de la NEP fracasó, redundando en el estalinismo, y Gramsci percebió
que la implicación era el reflujo de la URSS hacia una fase
económicocorporativa incapaz de generar una nueva hegemonía sino apenas una
revolución pasiva específica de Oriente; para Gramsci, Oriente
significaba también grandes países asiáticos como China e India, sometidos al
núcleo de Occidente, en función del parasitismo de vastos núcleos sociales (“lo
que explica el estancamiento histórico de esos países y su impotencia
político-militar”)(Gramsci Antonio, 1975: 2145). 2
En la reflexión de Gramsci, la
contradicción del mundo contemporáneo está demarcada por el fenómeno de la
revolución: la revolución burguesa en Francia y su persistencia, y la
revolución socialista momentáneamente derrotada y circunscrita a Rusia.
Entendiendo la revolución francesa como época histórica que se prolonga de 1789
a 1871, Gramsci sugiere que la revolución socialista y su
contraparte, las revoluciones pasivas de la época imperialista, cubrirían
también una época histórica. La acción política revolucionaria (jacobina) en la
época de la revolución francesa se procesó por medio de la “guerra de
maniobra”. Esa fase y forma de lucha política fueron superadas con la
consolidación de la hegemonía liberal burguesa, y después de 1871, ocurrió por
medio de la difusión de un conjunto de aparatos civiles privados, o sea, de
instituciones sociales no directamente políticas.
El desdoblamiento de la esfera de los intereses
privados en una sociedad civil diferenciada de los inmediatos intereses
económicos creó un nuevo espacio para la lucha de clases, al tiempo que se
ampliaba el Estado, no sólo sofisticando sus instrumentos de coerción, sino
también ampliando su radio de acción por vía legislativa a dimensiones hasta
entonces adscritas a la esfera privada (como educación, salud y organización
del trabajo). En tal circunstancia, como ya había llamado la atención el último Engels,
aunque con un lenguaje menos elaborado, la lucha política sólo podría ocurrir
por medio de la “guerra de posición”. En lugar de enfrentar el inmediato
proceso productivo del capital y la fortalecida máquina coercitiva del Estado,
el movimiento obrero tendría que hacer frente a ese conjunto de aparatos
privados de hegemonía, capacitándose con una nueva cultura. Desde entonces, la
manifestación de la fuerza hegemónica del liberalismo y de la ideología
jacobina se desdobló en el movimiento obrero como reformismo economicista y
como voluntarismo estéril, explicándose así la inviabilidad de la revolución
socialista en el núcleo de Occidente.
La revolución burguesa, prácticamente en todo el
resto de la Europa continental, ocurrió de manera pasiva. Fue así en dos
sentidos: primero, la revolución burguesa se difundió por medio de las armas
del ejército francés y de la ideología liberal; segundo, las clases
subalternas, a pesar de la presión política ejercida sobre el orden social, no
consiguieron erigirse en sujeto sociocultural autónomo capaz de efectuar la
revolución por sus propias fuerzas. En esa situación de doble presión, las
clases dirigentes tradicionales trataron ellas mismas de restaurar su dominio
por medio de transformaciones en el Estado y en la economía, de modo de
garantizar su ingreso en el nuevo orden. Decisiva, en ese cuadro, fue la
cooptación de los intelectuales asociados a las clases subalternas. Ese proceso
de decapitación político-cultural de las clases subalternas, a fin de impedir
su autonomización, Gramsci lo designó con el nombre de “transformismo”,
reconociéndolo como elemento constitutivo fundamental de la “revolución pasiva”.
Ese análisis general sería válido tanto para
España, por ejemplo, donde las fuerzas capaces de conducir el pasaje al nuevo
orden se mostraron demasiado débiles o para Alemania, donde la revolución
pasiva fue capaz de proyectar sobre Europa una gran potencia económica y
militar. Gramsci se volcó, en tanto, sobre el Risorgimento italiano,
un caso particular de revolución pasiva, observando cómo eran insuficientes las
bases materiales para el jacobinismo, cómo el partido de Acción, victimado por
el “transformismo”, fue reducido a la subalternidad y cómo la alianza
entre los grandes propietarios agrarios del Sur con la burguesía industrial del
Norte formaron un bloque histórico en condiciones de impedir la emergencia
autónoma de las clases subalternas de Italia. Con eso Italia (pero también
Alemania) se constituye en un Occidente pasivo e incompleto, pues portan dentro
de sí elementos de Oriente. Las gradaciones entre Occidente y Oriente, como
sugería Gramsci, deben ser analizadas concretamente pues “la
proporción varía de Estado a Estado”. 3
Sin embargo, este tema tan importante no fue
desarrollado por Gramsci como hubiera sido necesario, lo que
posibilitó distorsiones significativas en su pensamiento, como las de lecturas
antinómicas y no dialécticas de la cuestión Oriente/Occidente y de la guerra de
movimiento/ guerra de posición. En ese Occidente “incompleto”, producto
de revoluciones pasivas de Alemania y de Italia, guerra de movimiento y guerra
de posición ¿no deberían ser utilizadas también en proporciones variables,
principalmente en aquel momento en que la revolución socialista internacional
tendía a diluir la dualidad Oriente/Occidente?
Creo, no obstante, que no está fuera de lugar la
hipótesis de que para Gramsci la derrota de la revolución
socialista en Occidente se debió más a la imposibilidad del movimiento obrero,
sometido a la hegemonía liberal- burguesa en la forma de reformismo, para
articular una larga cadena de alianzas sociales, particularmente con el
proletariado agrícola, que a un eventual error táctico de principio en la
utilización de la “guerra de maniobra”. Desde el momento en que hubiera
un partido obrero socialista que viniese trabajando una “guerra de posición”
por todo el periodo anterior, la utilización da la “guerra de maniobra”
en un momento de crisis y de irrupción revolucionaria venida del Oriente ruso
podría ser justificable. Un análisis más profundo de esa cuestión seguramente
esclarecería los puntos de contacto entre las formulaciones de Rosa
Luxemburgo y Gramsci.
De cualquier manera, la derrota de la revolución
socialista internacional a partir de 1921, exigió una reorientación política de
los comunistas, que se vendría a condensar en la fórmula del frente único, para
incluso hacer frente a la concentración hegemónica de las clases dominantes de
Occidente que se apresuraban para desencadenar una nueva revolución pasiva. La
diferencia fundamental ahora era que esa nueva revolución pasiva ocurría para
resolver una crisis de hegemonía en el interior del orden social del capital,
mientras que las revoluciones pasivas del siglo XIX se presentaron como forma
de ingreso al orden burgués. La necesidad de la revolución pasiva advino,
según Gramsci, de la entrada en escena de grandes masas sin que las
fuerzas políticas antagónicas al orden hubieran tenido condiciones de sacar
provecho de la situación. En el caso específico italiano, Gramsci observa
el fascismo como ejemplo práctico de una “revolución/restauración” y de
una fase de “guerra de posición”. La organización corporativa impuesta
por el Estado por la vía legislativa impone modificaciones significativas en la
vida social y económica, con el objetivo de sustentar las posiciones de las
clases medias, reproduciendo al mismo tiempo la cuestión meridional y lo que
ella contiene y preserva de “oriente”.
Entre tanto, la mayor parte de las clases
dirigentes del núcleo original de Occidente se volvía hacia el americanismo
fordista en busca de soluciones para la crisis. Esa forma de revolución pasiva
venía ya madurando incluso antes del inicio de la guerra y de la crisis de
Occidente, prácticamente desde el momento en que la forma social americana
capitalista ingresara en la fase imperialista de acumulación. La particularidad
de esa forma de revolución pasiva, que debería completar “el pasaje del
viejo individualismo económico a la economía programática”, 4 es
que ella no tenía aspectos de “oriente” con los cuales hacer las
cuentas, de modo que “no existen clases numerosas sin una función esencial
en el mundo productivo, o sea, clases absolutamente parasitarias”. 5 Se
trata, por el contrario, de promover una intensificación y radicalización de
Occidente en cuanto forma social adecuada a la acumulación del capital. En esa
particular forma de revolución pasiva la hegemonía se configura a partir del
propio proceso productivo y se explaya por la sociedad civil que, según sus
intereses, exige la intervención legislativa del Estado. La fuerza del
americanismo fordista se expresa en la capacidad de desarticular las
potenciales fuerzas antagónicas recurriendo a la coerción apenas para vencer
las resistencias a su generalización.
IV. Entonces,
la categoría de revolución pasiva pasa a ser para Gramsci la
clave interpretativa de una época histórica, la época imperialista que sigue a
la derrota de la revolución socialista internacional. Tanto el fascismo como el
americanismo articularon capacidad de dirección moral e intelectual de las
masas con gran capacidad coercitiva y militar. De esa forma, para el
intelectual comunista Antonio Gramsci, todas las energías deberían
estar volcadas en retomar la revolución socialista, lo que exigía hacer frente
y derrotar todas las formas de revolución pasiva que se diseñaban y fortalecían
a partir de los años veinte.
Es decir, revolución socialista significa
desorganizar y derrotar la revolución pasiva (en cualquiera de sus formas:
americanismo, fascismo, estalinismo) desencadenada para reorganizar la
hegemonía del capital y/ o el poder burocrático con su parasitismo social. Mas,
como la época de revoluciones pasivas reorganiza también el Occidente en crisis
y plantea de nuevo la dualidad Occidente/Oriente, la revolución socialista se
orienta contra el Occidente como forma sociocultural de dominación.
Correlativa a la revolución pasiva está la
necesidad dictada por la “guerra de posición”, y ésta debe ser
emprendida con la táctica de frente único. Esta formulación adoptada por la IC
en clave defensiva, contenía una gran potencialidad que Gramsci trató
de desarrollar. Por un lado, pasado el momento de la revolución socialista y de
la exigencia de separación con el reformismo, era el momento ahora de
establecer, en otro plano, formas de unidad del movimiento obrero, implicando
la alianza política con el reformismo, a la vez de disputar la dirección
general del movimiento. Frente único, por otro lado, no podría significar sólo
la unidad de la clase obrera, sino también su alianza con otros núcleos
subalternos, principalmente con el proletariado agrícola y con el campesinado,
llegando a los núcleos medios urbanos. No obstante, esa genérica formulación es
insuficiente, exige una reflexión sobre lo real para después proceder a una
nueva generalización.
Desde que consiguió la mayoría en la dirección del
PCI, Gramsci procuró desarrollar la orientación de forjar un
frente único en busca de un gobierno obrero-campesino, llamando la atención
sobre la necesidad de abordar los problemas concretos de la vida nacional,
particularmente la situación histórica concreta de las fuerzas populares. En
los comités obreros y campesinos se deberían hacer representar todas las
corrientes políticas de izquierda de la escena italiana, y allí se daría la
disputa por la dirección política del movimiento.
A partir de esa base organizativa de las fuerzas
antagónicas, sería trabada la “guerra de posición” teniendo a la vista
la desarticulación del bloque histórico consolidado en el Risorgimento italiano.
Elementos importantes en esa lucha serían la sustracción de la clase obrera del
Norte a la influencia del reformismo (o sea de la hegemonía liberal-burguesa) y
las masas agrarias de la influencia de la Iglesia. Lo decisivo, por tanto, es
la desagregación de todo el bloque intelectual que da consistencia al bloque
histórico, encabezado por los grandes intelectuales meridionales de la cultura
abstracta universalista.
Entonces, a los intelectuales orgánicos de ese
bloque histórico (filósofos idealistas y cientistas técnicos positivistas
ligados a la industria), que en medio de la revolución pasiva subsumieran a los
intelectuales tradicionales (padres, profesores, médicos), se debería oponer
una nueva intelectualidad revolucionaria, orgánicamente ligada a las clases
subalternas. Esa organicidad se realizaría primordialmente en el partido
político obrero, visto como un moderno príncipe maquiaveliano, y sería ésa la
principal arma de combate en la “guerra de posición”, enfrentando a la “revolución
pasiva” llevada a cabo por el fascismo. En ese contexto, la tarea de la
intelectualidad revolucionaria era primordialmente la de arrancar a las masas
del sentido común, substrato cultural de la hegemonía de las clases
dirigentes, e inculcar un nuevo sentido crítico.
Es a partir de ahí que se puede organizar una nueva
visión del mundo, lo que implica una nueva cultura nacional-popular como polo
de agregación y de oposición a la revolución pasiva. No está de más recordar
que la cultura y la identidad nacional-popular tiene raíces (y se conforma) en
el proceso de las revoluciones burguesas originarias, y debe ser utilizada en
la “guerra de posición” contra la revolución pasiva. Siendo cierto que
“las historias particulares viven sólo en el marco de la historia universal”, 6 lo
nacional-popular debe ser visto como una forma táctica de gran profundidad para
arrancar a las masas populares de su letargo teniendo a la vista su
involucramiento en la revolución socialista internacional, lo que indica que no
pudo ser encarada como un fin en sí mismo. Eso significa que lo
nacional-popular atiende a sus límites de realización y se disuelve
dialécticamente en la revolución socialista.
En primer lugar, esta lucha ocurre, en el seno de
la sociedad civil del Estado nacional constituido. En el caso italiano, se
trata de una sociedad civil gestada alrededor de una revolución pasiva y, por
tanto, con una pesada carga del pasado feudal señorial manifiesta en
el parasitismo social. Así también, la lucha comunista debería estar
volcada a la ocupación de espacios en ese conjunto de aparatos privados de
hegemonía, con el objetivo de desarticularlos o de cambiar su naturaleza. Éste
es apenas un aspecto menor en la “guerra de posición”, pues lo decisivo
en la estrategia revolucionaria es la conformación de otra sociedad civil
antagónica a la burguesa y privada, y que tenía por fundamento el espacio
público y una nueva cultura capaz de comportar una nueva hegemonía. Esa nueva
sociedad civil antagónica generada por las clases subalternas debe estar en
permanente escaramuza con el Estado político y la “legalidad” respaldada
por la sociedad civil que materializa la hegemonía burguesa.
Es por eso que Gramsci afirma que
la hegemonía puede ser alcanzada antes de la toma del poder político estatal.
En la “guerra de posición”, la nueva dirección moral e intelectual se
configura a partir de la sociedad civil antagónica, estableciendo una operación
de cerco al poder civil y represivo del Estado. Por tanto, la hegemonía sólo se
completa y establece con la toma del poder y el establecimento de una nueva
dictadura, ya que hegemonía es dirección moral e intelectual revestida de poder
coercitivo contra las clases antagónicas. A partir de entonces se desenvuelve
un nuevo bloque histórico, fundado en la hegemonía del mundo del trabajo, del
espacio público y de la cultura socialista, organizado en torno del
autogobierno de las masas y de la autogestión del proceso productivo.
Ese régimen profundamente democrático exige la
sobrevivencia todavía por un tiempo indeterminado de “una organización
coercitiva que tutelará el desenvolvimiento de los elementos de la sociedad
regulada en continuo incremento, y por tanto, reduciendo gradualmente las
intervenciones autoritarias y coercitivas”, 7 necesaria
para desestimular la resistencia de las antiguas clases dominantes. Para Gramsci y
para toda la concepción comunista, la dictadura aparece como una necesaria
dimensión de la democracia, y el ejercicio de una y de otra depende de los
fundamentos materiales de la vida social y política. Además, en esa tradición
cultural la cuestión de la democracia está subsumida a la cuestión más general
de la revolución socialista.
Ese es un momento histórico necesario para que se
allane el camino de aquello que Gramsci llamaba la “sociedad
regulada”, la cual verá “como fin del Estado su propio fin, su propia
desaparición, la reabsorción de la sociedad política en la sociedad civil”. 8 La
verdad, ése es un eufemismo para comunismo, cuando sociedad civil y Estado
político se deberían encontrar en una única dimensión de la vida social,
realizándose el “humanismo integral” con una humanidad enteramente
historizada.
V. Así, en esa
línea de argumentación no parece quedar ya ninguna duda de que Gramsci,
se oponía a Occidente en cuanto formación social regional, y que esa estrategia
de la revolución socialista contra el Occidente no se reduce a una mera “vía
nacional” en busca de algún “socialismo nacional”, y todavía menos,
la búsqueda de una democracia de tipo liberal occidental. Su formulación
teórica se inserta, por el contrario, en una dimensión mayor de enfrentamiento
con Occidente entero y con la dualidad Occidente/Oriente generada por su
dominio. Como fue visto, decisiva para retomar la revolución socialista era (y
todavía es) la derrota teórico-práctica de la revolución pasiva. Pero, al mismo
tiempo, con la propia utilización teórica de tal categoría se corre el riesgo
de un nuevo desliz hacia el reformismo, de modo que, para Gramsci,
se debe tener claro, no la teoría de la “revolución pasiva” como
programa, como fue para los liberales italianos del Risorgimento,
sino como criterio de interpretación en la ausencia de otros elementos activos
en modo dominante”. 9
La previsión de Gramsci vislumbraba
una gran reserva hegemónica para la continuidad del dominio del capital y de
Occidente, con especial distinción del americanismo fordista, esa particular
forma de revolución pasiva de la época imperialista. De allí deriva la
necesidad de trabar una larga y perseverante “guerra de posición” en
todos los frentes, específicamente en su propia trinchera que era la Italia
fascista. El corporativismo fascista implicaba un grado de coerción e
intervención estatal directa en la vida económica, posibilitado por la
existencia de un régimen abiertamente dictatorial. La derrota del fascismo no
sería seguida, según Gramsci, por una inmediata revolución
socialista de estilo oriental, como suponía la IC al inicio de los años
treinta, sino por un periodo intermedio, que Lukács llamó
de dictadura democrática.
La derrota del fascismo sería, conforme a su programa, obra
de un frente de fuerzas antifascistas organizadas a partir de los comités
obreros y campesinos, y suponer que eso ocurriera sin alguna forma de
enfrentamiento armado contra las instituciones del Estado fascista sería mera
ilusión. Por otro lado, esos mismos comités obreros y campesinos serían la base
de un poder constituyente expresado en una asamblea republicana. En suma, la
previsión y el proyecto político inmediato de Gramsci era y
siguió siendo aquel que germinaba en las cabezas más lúcidas de la IC en el
periodo que precedió al estalinismo.
Entonces, es muy difícil aceptar la hipótesis de
que Gramsci tenía anticipado alguna suerte de neo-reformismo
en los últimos años de vida, siendo más probable que él se haya mantenido atado
a la mejor tradición de la refundación comunista de inicio del siglo XX
(expresión que tiene una acepción mucho más amplia que el bolchevismo, se
entiende). ¿Dónde está entonces ahora la vitalidad del pensamiento de Gramsci?
¿Cuál es su pertinencia en un mundo tan diferente de aquel sobre el cual él
ejerció la crítica?
A mi modo de ver, la vitalidad del pensamiento
de Gramsci se encuentra mucho menos en las infinitas y ricas
relecturas inspiradoras de nuevas hipótesis teóricas y de actuación política
(aun fuera del campo teórico político original del revolucionario sardo), que
en la reafirmación de la actualidad siempre renovada de la revolución
socialista y del método crítico dialéctico en este momento que se realiza el
imperio universal de Occidente por obra de una revolución pasiva de carácter
global. Su inspiración y vitalidad se encuentra, en suma, en la indicación de
la necesidad de una nueva refundación de la praxis socialista, adecuada a las
nuevas condiciones de la modernidad capitalista para cuyo análisis su
asistemático universo categorial conserva gran capacidad de penetración.
NOTAS
1 Anderson, Perry, Considerações sobre o
marxismo ocidental, Porto, Afrontamento, 1976, p. 43.
2 Gramsci, Antonio, Quaderni del Càrcere,
Torino, Einaudi, 1975, p. 2145.
3 Idem, ibídem, p. 866.
4 Idem, ibídem, p. 2139.
5 Idem, ibidem, p.2141.
6 Idem, ibídem, p.2343.
7 Idem, ibídem, p.764.
8 Idem, ibídem, p.662.
9 Idem, ibídem, p.1827.
Bajo el Volcán, vol. 2, núm. 3, segundo semestre,
2001, pp. 183-199,
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
México

