Libro N° 8023. Marx, Mitad Comunista Francés, Mitad Socialdemócrata Alemán. Del Rio, Eugenio
© Libro N° 8023.
Marx, Mitad Comunista Francés, Mitad
Socialdemócrata Alemán. Del Rio, Eugenio. Emancipación. Noviembre 28 de 2020.
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Marx, Mitad Comunista Francés, Mitad
Socialdemócrata Alemán. Eugenio Del Rio
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Socialdemócrata Alemán. Eugenio Del Rio
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MARX, MITAD
COMUNISTA FRANCÉS, MITAD SOCIALDEMÓCRATA ALEMÁN
Eugenio Del
Rio
Marx, Mitad Comunista
Francés, Mitad Socialdemócrata Alemán
Eugenio Del Rio
Buena parte de los ideales de la izquierda moderna
-la que se constituye con la II Internacional (1888-1914)- son producidos por
el socialismo francés que la antecede, y llegan a la izquierda finisecular,
especialmente a la social-democracia alemana, que viene a ser su foco fundador,
no directamente sino sobre todo a través del peculiar eslabón intermedio que
representa Karl Marx. Éste, tal como se presenta en el Manifiesto comunista, es
un singular mediador entre ambos universos ideológicos.
Marx es moderno, muy moderno, pero al modo de
mediados del XIX, en una modernidad emergente, incompleta, cuajada de
tradición. Su personalidad se forja en una encrucijada, en la que se muestra
vigorosamente la tensión entre dos épocas. La potencia de Marx reside en buena
medida en su empatía con ese momento, y con lo que late en él de premoderno y
de moderno.
Es deudor, por de pronto, del horizonte premoderno.
Sus huellas son claramente perceptibles.
Se puede hablar de los signos que denotan la
presencia de una inclinación romántica en Marx, entendiendo por tal la
influencia de experiencias propias de las sociedades primitivas o medievales en
la configuración de sus valores y hasta de sus perspectivas, inclinación que
coexiste en él con una tendencia ilustrada-progresista con la que choca
inevitablemente.
Algo de esto encontramos en los reproches que
dirige a los inventos y progresos, que reducen la vida humana al nivel de la
fuerza bruta; o cuando lamenta el avance experimentado por el sentido del
tener, al que opone la riqueza interior.
Su socialismo toma como punto de partida las
críticas románticas de Fourier, de Moses Hess, de Pierre Leroux, de Thomas
Carlyle. Referencia al pasado la hay en el Marx humanista feuerbachiano;
particularmente en su noción de alienación. En ella confluye un entendimiento
del ser humano como dotado de cualidades inmanentes que la sociedad anula o
desvía (a él se dirige el lema de Ibsen: conviértete en lo que eres) con las
resonancias de un tiempo anterior en el que se supone que la vida era más
conforme a la esencia humana. La separación de los seres humanos respecto a sus
medios de trabajo, una de las facetas de la ajenación en la que más hincapié
hace Marx, parece adquirir sentido bajo una óptica romántica, tomando como
referencia el tiempo pretérito en el que tal disociación no se daba.
Pero la alienación es también separación de los
trabajadores en relación con su obra, que huye de su control, que le es
extraña. Los seres humanos crean el mundo, pero, en la medida en que la
actividad creadora está condicionada por la propiedad privada y por la división
del trabajo, ese mundo que forma ya no es suyo, ya no corresponde a sus fines.
“…El objeto producido por el trabajo, su producto, se le opone como algo
extraño, como un poder independiente del productor. El producto del trabajo es
el trabajo fijado en un objeto, convertido en una cosa, es la objetivación del
trabajo” (Manuscritos económico-filosóficos, 1844, Obras de Marx y Engels,
Barcelona: Crítica, t. 5, 1978, p. 349).
Y ya no es sólo que quien produce no domina el
producto; es que es dominado por él, dado que los obreros han de producir en
para incrementar el valor del capital y no para satisfacer sus propias
necesidades. Es difícil no sentir en esta percepción de Marx el eco de la
actividad anterior agraria o artesanal que parece servir de referencia a la
crítica anticapitalista.
Percibimos una inspiración romántica en la crítica
a la opacidad que descubre al comparar las relaciones sociales tradicionales
con las de la sociedad moderna. Marx veía aquellas como transparentes:
aparecían claramente como lo que realmente eran, esto es, relaciones entre
personas. Una vez establecido el predominio de la economía burguesa, en cambio,
las relaciones sociales se vuelven opacas. No se presentan como relaciones
entre personas sino como relaciones entre cosas, es decir, relaciones mercantiles,
monetarias y de capital.
Todavía en la última década de su existencia se
reactiva un enfoque romántico en Marx, cuando cree ver en la organización
agraria primitiva de Rusia, la comuna, una base útil para levantar una nueva
organización social socialista. No se trata ya de volver al pasado sino de
apoyarse directamente en un pasado para alcanzar el socialismo sin transitar
por un estadio capitalista intermedio, lo que choca, por cierto, con la
concepción de la revolución socialista que sostuvo durante varias décadas. Su
socialismo, hasta entonces, era estrictamente posmoderno: presuponía la
modernización y una clase obrera desarrollada. Era la superación de la
modernidad a partir de la modernidad misma. El socialismo a partir de la comuna
rural, por el contrario, antecede a la modernización y a la clase obrera.
La vinculación de Marx con el mundo premoderno se
manifiesta asimismo en su temprana asimilación de ideales y propósitos de ese
socialismo francés que finalmente quedará descalificado en el marxismo bajo el
epíteto de utópico. Recoge mucho, en efecto, de las corrientes francesas con
las que toma contacto en 1844.
Su acceso al socialismo y al comunismo lo realizó a
la francesa. Sabemos que, a la altura de 1844 y 45, conoce y aprecia a Babeuf,
Buonarotti, Fourier, Saint-Simon, Leroux, Considerant, Cabet, Dezamy, Proudhon…
Desde este punto de vista, Marx fue un socialista francés. Hizo suyos conceptos
e ideales característicos del socialismo del segundo cuarto del XIX.
Así, la visión bipolar de la sociedad (Godwin,
Considérant, Buchez y otros); la lucha de clases (Bazard, Blanqui, Weitling…);
una forma de entender la clase obrera como esencialmente orientada hacia una
organización social diferente; un entendimiento crítico del dinero, procedente
de Cabet y de Hess; la crítica de Fourier de la industria, del comercio y de la
agricultura; de Hall, Hodgskin, Thompson, Gray y Bray: diversas ideas sobre el
conflicto entre capital y trabajo, la plusvalía, la apropiación colectiva. El
propósito igualitario; la percepción de la propiedad privada como factor de
desigualdad y como foco principal de los males sociales, tal como aparecía en
Mably y en Morelly en el siglo XVIII; el ideal comunista de la comunidad de
bienes; la perspectiva de una sociedad sin clases; la igualdad entre hombres y
mujeres (Thompson, Fourier…); la idea de poner fin a la división del trabajo
(Fourier); el propósito de alcanzar una forma social superior en la que la
administración de las cosas suceda al gobierno de las personas; la aspiración a
la extinción del Estado (Saint-Simon); el anhelo fourierista de superar la
oposición entre la ciudad y el campo;el proyecto de transformar la sociedad,
las personas y sus relaciones mediante el cambio de sus condiciones de
existencia: cambiar las relaciones económicas para que puedan cambiar los seres
humanos (Pecqueur); la dictadura de la clase obrera durante un período
transitorio (Blanqui); la idea de una economía coordinada (Saint-Simon) y de
una gestión económica al modo cooperativo (inspirada por Owen); la
socialización de los medios de producción (Pecqueur); algunas de las
concepciones de Fourier sobre la educación.
Pero Marx, al tiempo que conserva la impronta
francesa, desborda el marco socialista inicial; muestra una mayor capacidad que
sus primeros inspiradores para tomar el pulso a la sociedad moderna y
sumergirse en ella. Conviven en él varias épocas y varios estilos. Eso le
permite ser entendido en distintos ambientes y actuar como un puente eficaz
entre el socialismo francés y la socialdemocracia alemana posterior. A lo largo
de su vida procedió a corregir su arsenal ideológico primero y a conjugarlo con
piezas más modernas, lo que le permitió dibujar un horizonte inteligible en las
sociedades de finales de siglo y de comienzos del siglo XX.
Hay en Marx una consideración dialéctica hegeliana
de la economía burguesa: en ella reside a un tiempo el mal (aunque éste no es,
ciertamente, el lenguaje de Marx) presente y las condiciones del bien,
condiciones que crea inevitablemente. El capitalismo conlleva la dinámica de su
superación. Este punto de vista otorga a Marx un grado de empatía con el
dinamismo capitalista que no se percibe en sus antecesores ni en sus
competidores, y que le hace conectar mejor que ellos con las mentalidades,
incluidas las obreras, del final de siglo.
Enlaza con la tradición de la crítica de la
economía política, pero, a la vez, se sitúa en la perspectiva del desarrollo
económico, que considera un bien del que han de partir las futuras tentativas
de transformación social. Crítica y propuesta se funden en una misma unidad
expresiva. Su socialismo se presenta emparejado a la expansión y desarrollo de
la economía moderna. La una permitirá el advenimiento del otro. El socialismo
representa una ruptura, pero una ruptura auspiciada por la modernización misma:
surge como resultado de la maduración de la economía capitalista. “La burguesía
no puede existir sin revolucionar permanentemente los instrumentos de
producción…” (Manifiesto del partido comunista, 1848, Obras de Marx y Engels,
Barcelona: Crítica, t. 9, 1978, p. 139). Atribuye a la época burguesa “el
continuo trastocamiento de la producción, una incesante conmoción de todas las
situaciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes…” (Ídem).
“En su dominación de clase apenas secular, la
burguesía ha creado fuerzas productivas más masivas y colosales que todas las
generaciones pasadas juntas. El sojuzgamiento de las fuerzas de la naturaleza,
la maquinaria, la aplicación de la química a la industria y a la agricultura,
la navegación de vapor, los ferrocarriles, los telégrafos eléctricos, la
urbanización de continentes enteros, la navegación fluvial, poblaciones
íntegras como surgidas de la tierra, ¿qué siglo anterior sospechaba que
dormitasen semejantes fuerzas productivas en el seno del trabajo social?”
(Manifiesto…, p. 141).
“El gran papel histórico del capital es crear este
trabajo excedente, este trabajo superfluo desde el punto de vista del mero
valor de uso, de la mera subsistencia. (…) El capital, por lo tanto, es
productivo, es decir, es una relación esencial para el desarrollo de las
fuerzas productivas sociales. Sólo deja de ser esa relación allí donde el
desarrollo de esas mismas fuerzas productivas encuentra un obstáculo en el
capital mismo” (Líneas fundamentales de la crítica de la economía política,
Grundrisse, 1857-8, I , Obras de Marx y Engels, Barcelona; Crítica, vol. 21,
1977, pp. 265-6).
Es sobre este dinamismo y las transformaciones que
lleva consigo, no prescindiendo de ellas, como cabe pensar en una
reorganización social radical. Marx comparte el espíritu activista de la
burguesía, al tiempo que le reprocha su incapacidad para encauzar adecuadamente
la potencia que ella misma ha generado: “…Se asemeja al hechicero que ya no
logra dominar las fuerzas subterráneas que ha conjurado” (Manifiesto…, p. 141);
“las relaciones burguesas se han tornado demasiado estrechas como para abarcar
la riqueza por ellas engendrada” (Ídem, p. 142). De ahí la necesidad de otra
fuerza social, el proletariado, apta para romper los límites del activismo
burgués. Probablemente bajo la inspiración de Saint-Simon, Marx descubre a la
clase obrera como la verdadera clase industrial, portadora de movimiento y
capaz de liberar las trabas que la economía burguesa impone al desarrollo
económico.
Este es un mensaje ciertamente más popular para las
clases trabajadoras del final de siglo que el del primer socialismo en el que
pesa demasiado la inspiración de la sociedad tradicional.
Por un lado, contiene un poderoso elemento crítico
y deslindador de campos sociales, cosa que responde a una necesidad del
naciente movimiento obrero. Y, por otro lado, resulta consolador y esperanzador
al anunciar, haciéndolo con un tono científico, que en el proceso de
industrialización, al que tantas energías consagra la clase obrera, late una
fuerza que conduce hacia una sociedad más satisfactoria. Este mensaje, además,
en tanto que combina oposición y reconocimiento de méritos, puede ser mejor
entendido que otros más extremos por una clase obrera que, en la última parte
del siglo XIX, empieza a beneficiarse de los resultados de la industrialización
y que comienza a ser admitida como titular de derechos políticos y,
consiguientemente, como parte de la nación. El proletariado del final de siglo
no puede pensar ya seriamente en una marcha atrás; las propuestas políticas
basadas en una perspectiva económica progresista tiene más posibilidades que
cualquier otra de sintonizar con una clase obrera que aspira cada vez más a
participar de los beneficios del desarrollo económico.
Al propio tiempo, Marx enlaza con más tino que sus
adversarios de otras escuelas socialistas con varias de las concepciones y
tendencias intelectuales más destacadas de la segunda mitad del XIX, tales como
la idea de la ciencia como una pieza nuclear de la cultura, la fe en su
capacidad y la ambición de asentar los movimientos de cambio social sobre
perspectivas científicas; la visión secularizada de la historia que entiende
ésta como un ascenso continuado de la condición humana, visión que, defendida en
el XVIII por Turgot y Condorcet, entre otros, alcanza su apogeo en el último
cuarto del XIX; el materialismo, que cuenta con versiones cultas y sutiles y
con vulgatas que tienen más que ver con un realismo ramplón; el evolucionismo,
que extiende su campo de acción desde las ciencias naturales hasta la
filosofía.
El marchamo científico, la respetabilidad de su
obra, su dedicación a prever el curso futuro, permitieron a Marx desbordar el
horizonte ideal, demasiado ingénuo y frágil, del socialismo de la primera mitad
del siglo. Su capacidad para mostrar científicamente que el socialismo estaba
sólidamente fundado en hechos y que el movimiento de la sociedad caminaba en el
sentido deseado otorgó a Marx una neta superioridad sobre sus contendientes, y
le permitió insertarse eficazmente en los gustos intelectuales del final del
XIX.
El movimiento socialista finisecular no requería
tanto de caudillos militares, santos, héroes revolucionarios o poetas
imaginativos cuanto de sabios en cuya guía poder descansar. Eso fue Marx, y
gracias a elló superó el marco de ideas del primer socialismo, al tiempo que lo
adaptaba a las nuevas condiciones sociales, culturales y políticas de finales
del XIX.
Pero hay otro aspecto en el que Marx resulta más
apto que los primeros socialistas para dar respuesta a las nuevas necesidades.
Me refiero a su manera de concebir la política. Sobre este particular hay que
destacar los puntos siguientes.
1. En su concepción de la revolución, la relación
entre sociedad y Estado es considerada a la luz de dos experiencias históricas
distintas y de los criterios que de ellas se derivan. La una es la
industrialización británica, de la que se desprende una visión sociológica, que
hace valer la importancia de la moderna sociedad civil; la otra es la
Revolución francesa, de la que resulta un enfoque radicalmente político. El
Marx británico está inmerso en la sociedad moderna; el Marx revolucionario
francés aborda el problema del cambio social en un mundo agrario.
2. Marx no entiende la política como una potencia
que se alza libremente sobre la sociedad. En esto es británico. Su crítica del
terror en la Revolución francesa implica un rechazo de la política de viejo
estilo que pretende elevarse libremente sobre lo social. Por el contrario,
depende de los movimientos profundos y de las disposiciones de la sociedad.
Marx se sitúa en el plano de la idea moderna de sociedad civil, suma de
intereses particulares independientes de la política y capaz de condicionar
fuertemente a ésta. En esto, Marx queda lejos de Blanqui, y muy cerca de
quienes sustentan un punto de vista sociológico, entre los que descuella
Proudhon.
3. De aquí resultan dos corolarios. El primero
tiene un carácter crítico: el Estado moderno alimenta la ilusión de una
comunidad política neutral, independiente de los intereses particulares, cuando
en realidad es la expresión de los intereses de las clases más poderosas.
El segundo hace referencia a los límites de los
cambios que pueden promoverse a partir de las palancas específicamente
políticas. Esos cambios sólo tienen sentido cuando responden a una maduración
de la sociedad (económica, técnica, social, etc.). La mejor de las revoluciones
no es plausible si no cuenta con una sociedad adecuada para las
transformaciones propuestas.
4. Con todo, y a diferencia de lo que postulan las
doctrinas anarquistas, el Estado en Marx está llamado a desempeñar un papel de
primer orden en la realización de los cambios sociales. En lo que hace al
conflicto entre estatismo-antiestatismo se puede percibir la función de Marx
como puente entre el primer socialismo y el del final de siglo. Aspira, con el
segundo, a una sociedad sin Estado; pero, antes de ello, y como vía para
conseguirlo, sostiene que es necesaria una etapa transitoria en la que habrá que
realizar funciones de naturaleza estatal si bien por un poder político de nuevo
tipo.
5. Marx se aleja también del anarquismo en lo
tocante al sufragio. No ve en él un instrumento destinado a asegurar la
servidumbre de las clases trabajadoras sino un medio con el que poder hacer oir
su voz, acrecentar su fuerza y aumentar su influencia en la sociedad.
En estos puntos, con sus diversas vertientes, Marx
conecta con una forma de ver la política y la acción política que va abriéndose
paso dentro del movimiento obrero a lo largo del siglo, más deseoso de influir
en el marco político existente que de derrocarlo.

