Libro N° 8022. Marx Y Engels Frente A La “Cuestión Nacional”. Del Palacio Martín, Jorge.
© Libro N° 8022.
Marx Y Engels Frente A La “Cuestión Nacional”. Del Palacio
Martín, Jorge. Emancipación. Noviembre 28 de 2020.
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Marx Y Engels Frente A La “Cuestión Nacional”.
Del Palacio Martín, Jorge
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Nacional”. Del Palacio Martín, Jorge
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
MARX Y ENGELS
FRENTE A LA “CUESTIÓN NACIONAL”
Jorge Del
Palacio Martín
Marx Y Engels Frente A La
“Cuestión Nacional”
Jorge Del Palacio Martín
La llamada “cuestión nacional” ha constituido para
muchos estudiosos el verdadero “talón de Aquiles” de la teoría marxista. (1) Marx y Engels nunca
abordaron la “cuestión nacional” de modo autónomo y tampoco le otorgaron un
lugar prioritario entre sus categorías analíticas. De aquí se sigue que algunos
especialistas hayan reclamado que pese a las numerosas tomas de posición que
desde el marxismo –en cualquiera de sus versiones- se han hecho sobre el
problema, no puede hablarse con propiedad de una teoría marxista bien fijada y
delimitada sobre lo nacional. (2) Sin entrar a discutir este
punto, lo cierto es que Marx y Engels no
fueron ajenos a los grandes procesos de consolidación nacional que jalonaron
todo el siglo XIX, ni mucho menos a la importancia que éstos comportaban para
el diseño de sus estrategias revolucionarias. Es así que el hecho nacional -ora
tratado de manera directa, ora indirecta- cuenta entre los grandes problemas a
cuya explicación y evaluación dedicaron sus esfuerzos los fundadores del marxismo.
Por lo tanto, si bien no puede hablarse de una teoría acabada y explícitamente
formulada sobre la “cuestión nacional” en la obra de Marx y Engels,
sí que hay motivos suficientes para referirse a unos lugares comunes claramente
definidos que resumen la postura marxista en lo que a la “cuestión nacional”
toca. A la exposición de estos puntos de referencia dedicaré las siguientes
líneas.
A modo de adelanto anticiparé que la idea principal
en torno a la cual se articula el discurso de Marx y Engels sobre
la “cuestión nacional”: lo nacional es no es más que una problemática
subalterna, una cuestión de segundo orden, cuya solución vendrá dada por el
desarrollo mismo de la lógica del capitalismo. Y es esta idea, basada en una
visión progresista de la historia, la que da todo el sentido al siguiente
pasaje del Manifiesto comunista,
“Los particularismos nacionales y los antagonismos
de los pueblos desaparecen cada día más, simplemente con el desarrollo de la
burguesía, con la libertad de comercio, el mercado mundial, la uniformidad de
la producción industrial y las formas de vida que a ella corresponden”. (3)
Esta firme convicción en el carácter contingente y
pasajero de la nación como modelo de organización política hará que Marx y Engels -y,
por ende, la tradición socialista que se inspira en ellos- entiendan el
internacionalismo, expuesto a grandes rasgos, como el rechazo de todo lo
nacional por considerarlo ajeno a los intereses del proletariado. No obstante,
la realidad siempre es más compleja y veremos cómo este rechazo hacia “lo
nacional” no es óbice para que llegado el momento los marxistas sienten alianzas
con algunos movimientos nacionalistas.
No obstante, antes de seguir adelante con la
exposición creo necesario dejar sentado qué es aquello que Marx y Engels entendían
por nación y otras palabras pertenecientes a la misma serie léxica. Es decir,
intentar entender a qué realidades aplicaban términos como nación, nacionalidad
o nacionalismo cuyo uso indiscriminado puede dar pie a no pocas confusiones.
Cuando Marx y Engels hacen
referencia a la nación manejan un concepto moderno heredero de la tradición
revolucionaria francesa: léase, un concepto jacobino, centralista y, por tanto,
de raíz ilustrada. Es decir, entienden la nación como el pueblo
organizado políticamente en torno a un estado y cuyos habitantes hacen
abstracción de sus particularidades étnicas y/o culturales a través del
concepto de ciudadanía. Uno de los ejemplos más claros de este concepto de
nación reside en la reivindicación realizada por la Asamblea Constituyente
francesa en 1790 defendiendo la ciudadanía francesa de los alsacianos afirmando
que su voluntad de integrarse en la nación francesa estaba por encima de la
diferencia lingüística. Como ha señalado Erich Hobsbawm, a pesar de
la insistencia de la cultura revolucionaria francesa en la uniformidad
lingüística, a efectos prácticos no era el dominio del francés lo que
determinaba el acceso a la ciudadanía francesa. Lo que determinaba dicho acceso
era, más bien, “la disposición a adquirirla, entre las otras libertades,
leyes y características comunes del pueblo libre de Francia”. (4) Se
afirmaba, pues, la utilidad del francés pero no tanto en términos de
superioridad cultural como de herramienta de integración política. Por tanto,
para Marx y Engels la nación es,
ante todo, una construcción de carácter estrictamente político que
puede acoger en su seno diferentes nacionalidades y hace abstracción de las
mismas a través del concepto de ciudadanía.
Este carácter eminentemente político de la nación
se hace más explícito cuando atendemos a qué entendían Marx y Engels por
nacionalidad. El termino nacionalidad comprende al menos dos acepciones en los
textos de Marx y Engels. En primer lugar,
nacionalidad significa el estado de la persona nacida o naturalizada en una
nación y es este el sentido de la palabra cuando en el Manifiesto
comunista se afirma que “Se ha reprochado también a los comunistas
el querer suprimir la patria, la nacionalidad”. (5) Por
tanto, nacionalidad es, en una de sus acepciones, sinónimo de ciudadanía de un
país. Pero, en segundo lugar, con nacionalidad se designaba también a las
pequeñas comunidades que compartían un mismo origen étnico o cultural. Esta
distinción resulta de suma importancia porque a partir de la II Internacional
y, sobre todo, de la publicación en 1914 del opúsculo Sobre el derecho
de las naciones a la autodeterminación firmado por Lenin,
la querella entre naciones y nacionalidades adquirirá una relevancia de primer orden
en la estrategia socialista. Sin embargo, como veremos lo paradójico es que en
el socialismo de la I Internacional, en el socialismo de Marx y Engels,
la formación de grandes Estados nacionales era vista como un paso adelante en
el camino hacia la revolución proletaria, mientras que las pequeñas
nacionalidades no constituían más que rémoras del pasado cuyo único destino
pasaba por la incorporación a un Estado fuerte que sirviese como herramienta al
progreso. Uno de los textos donde mejor se bosqueja la diferencia entre nación
y nacionalidad, así como el destino político que a estas últimas aguardaba en
el proyecto socialista, es en una serie de artículos que Engels escribió
en 1866 para el periódico The Commonwealth bajo el título
de What have the working classes to do with Poland?
Engels, convertido en el especialista del dúo en torno a la “cuestión
nacional”, escribió esta serie de artículos a petición de Marx. Lo
que en ellos se ventilaba era la postura que la clase obrera debía tomar frente
a la independencia de Polonia. La Internacional, en el texto inaugural escrito
por el propio Karl Marx, había expresado el apoyo de la clase
obrera a la causa de la independencia polaca. Sin embargo, dicho apoyo a la
causa polaca no era unánime. Sobre todo porque los “proudhonistas” – buena
parte, junto a los llamados “blanquistas”, de los integrantes de la sección
francesa de la Internacional- alegaban que los objetivos de la Internacional
debían ser estrictamente económicos y la independencia polaca, al ser una
cuestión política, al ser una “cuestión de nacional”, en nada debía afectar al
movimiento obrero. Para entender mejor la animadversión de algunos de dichos
miembros de la sección francesa de la A.I.T. para con todo lo que desprendiese
cierto aroma a independencia nacional es necesario no peder de vista el
contexto de la política francesa de las décadas 50 y 60 del siglo XIX,
donde Napoleón III – emperador “por la gracia de Dios y la
voluntad nacional”, como recordará con sorna Engels– había
hecho del “principio de las nacionalidades”, con el que alentó
movimientos nacionalistas de grupos étnicos, el ariete de su política
imperial. (6) El objeto, por tanto, de estos artículos era
fundamentar, de cara al futuro congreso que se debía celebrar en Ginebra, por
qué el movimiento obrero debía unirse con otros movimientos a la causa de la
independencia polaca explicando que dicho apoyo nada tenía que ver con el “principio
de las nacionalidades” proclamado por Napoleón III.
En el segundo de los artículos, publicado el 31 de
marzo de 1866, Engels afirmaba que,
“After the coup d’état of 1851, Louis Napoleon, the
Emperor “by the grace of God and the national will”, had to find a
democraticised and popular-sounding name for his foreign policy. What could be
better than to inscribe upon his banners the “principle of nationalities”?
Every nationality to be the arbiter of its own fate – every detached fraction
of any nationality to be allowed to annex itself to its great mother-country –
what could be more liberal? Only, mark, there was not, now, any more question of
nations, but of nationalities. There is no country in Europe where there are
not different nationalities under the same government. The Highland Gaels and
the Welsh are undoubtedly of different nationalities to what the English are,
although nobody will give to these remnants of peoples long gone by the title
of nations, any more tan to the Celtic inhabitants of Brittany in France.
Moreover, no state boundary coincides with the natural boundary of nationality,
that of language. There are plenty of people out of France whose mother tongue
is French, same as there are plenty of people of German language out of
Germany; and in all probability it will ever remain so. It is a natural
consequence of the confused and slow-working historical development through which
Europe has passed during the last thousand years, that almost every great
nation has parted with some outlying portions of its own body, which have
become separated from the national life, and in most cases participated in the
national life of some other people; so much so, that they do not wish to rejoin
their own main stock. The Germans in Switzerland and Alsace do not desire to be
reunited to Germany, any more than the French in Belgium and Switzerland wish
to become attached politically to France. And after all, it is no slight
advantage that the various nations, as politically constituted, have most of
them some foreign elements within themselves, which form connecting links with
their neighbours, and vary the otherwise too monotonous uniformity of the
national character.
Here, then, we perceive the difference between the
“principle of nationalities” and the old democratic and working-class tenet as
to the right of the great European nations to separate and independent
existence. The “principle of nationalities” leaves entirely untouched the great
question of the right of national existence for the historic peoples of Europe;
nay, if it touches it, it is merely to disturb it. The principle of
nationalities raises two sorts of questions; first of all, questions of boundary
between these great historic peoples; and secondly, questions as to the right
to independent national existence of those numerous small relics of peoples
which, after having figured for a longer or shorter period on the stage of
history, were finally absorbed as integral portions into one or the other of
those more powerful nations whose greater vitality enabled them to overcome
greater obstacles. The European importance, the vitality of a people is as
nothing in the eyes of the principle of nationalities; before it, the Roumans
of Wallachia, who never had a history, nor the energy required to have one, are
of equal importance to the Italians who have a history of 2,000 years, and an
unimpaired national vitality, the Welsh and Manxmen, if they desired it, would
have an equal right to independent political existence, absurd though it would
be with the English. The whole thing is an absurdity, got up in a popular dress
in order to throw dust in shallow people’s eyes, and to be used as a convenient
phrase, or to be laid aside if the occasion requires it” (7)
Y en el tercero y último artículo de las serie,
publicado el 5 de mayo del mismo año sentenciaba que,
“Poland, like almost all other European countries,
is inhabited by people of different nationalities. The Poles proper, who speak
the Polish language, no doubt form the mass of the population, the nucleus of
its strength. But ever since 1390 Poland proper has been united to the Grand
Duchy of Lithuania, which has formed, up to the last partition in 1794, an
integral portion of the Polish Republic. This Grand Duchy of Lithuania was
inhabited by a great variety of races. The northern provinces, on the Baltic,
were in possession of Lithuanians proper, people speaking a language distinct
from that of their Slavonic neighbours; these Lithuanians had been, to a great
extent, conquered by German immigrants, who, again, found it hard to hold their
own against the Lithuanian Grand Dukes. Further south, and east of the present
kingdom of Poland, were the White Russians, speaking a language betwixt Polish
and Russian, but nearer the latter; and finally the southern provinces were
inhabited by the so-called Little Russians, [Ukranians] whose language is now
by most authorities considered as perfectly distinct from the Great Russian
(the language we commonly call Russian). Therefore, if people say that, to
demand the restoration of Poland is to appeal to the principle of
nationalities, they merely prove that they do not know what they are talking
about, for the restoration of Poland means the re-establishment of a State
composed of at least four different nationalities”. (8)
En los fragmentos extractados de estos artículos se
ve, por tanto, que era un lugar común, a mediados del siglo XIX, determinar
como “nacionalidades” a las comunidades que tenían un origen étnico o
cultural común. Hágase notar que aquí el vínculo “cultural” tiene un
sentido muy cercano al biológico en un sentido simbólico: lazos de religión, de
lengua, etc. como características ligadas a un proceso de especiación que
permite dirimir, de forma objetiva, la naturaleza nacional de cada individuo.
En el texto se vislumbra, además, que la estrategia internacionalista de Marx y Engels pasaba
por apoyar la creación de grandes Estados –entendidos éstos como entidades
políticas, no culturales- en cuyo seno debían integrarse las pequeñas
nacionalidades en aras del progreso hacia la revolución proletaria.
La justificación sobre la inviabilidad política de
las pequeñas nacionalidades que fundamenta buena parte del pensamiento de Marx y Engels sobre
la “cuestión nacional” tiene su origen en la cultura política de las
jornadas revolucionarias de 1848, donde nace la distinción entre naciones “progresistas”
y “reaccionarias”. Distinción a partir de la cual Engels creará
su propia teoría sobre los geschichtelosen völker: los pueblos sin
historia.
Lo que subyace a la concepción engelsiana de los “pueblos
sin historia” es la filosofía de la historia de Hegel, para
quien el término Welthistorische Volkgeister no aplicaba a
todos los pueblos, sino a aquellos que en mayor medida habían contribuido al
progreso de la humanidad. En la filosofía de Hegel la historia
era considerada como el despliegue y realización del Espíritu en el tiempo. Y
esta realización o concreción se materializaba a través de los pueblos, únicos
actores o unidades de la historia universal para el filósofo alemán. Ahora bien,
no todos los pueblos podían contarse entre los llamados “pueblos históricos”.
En la concepción hegeliana de la historia, el Espíritu realiza un peregrinaje
infatigable de pueblo en pueblo haciendo que se signifiquen aquéllos que con
mayor profundidad han sido capaces de concebir y revelar el Espíritu. Los
signos que dan fe de la hondura con la que un pueblo es capaz de aprehender el
Espíritu mientras éste reposa en él son la generación de una cultura
floreciente, la energía para llevar a cabo grandes empresas políticas y, en el
mundo moderno – o “Germánico”, como lo llama Hegel-, la
capacidad para darse un Estado.
Fue de esta vinculación orgánica entre Estado y
progreso humano – Hegel dirá que “Las transformaciones de
la historia acaecen esencialmente en el Estado” (9)– lo que
serviría de base a Engels para formular su particular teoría
de los “pueblos sin historia”.
Por lo tanto, cuando Engels hablaba
de los geschichtelosen völker se refería a pueblos que en el
pasado no pudieron procurarse un sistema estatal y que ya no reunían
condiciones para lograr autonomía política per se. Engels participó
activamente en el ciclo revolucionario de 1848 a través de la Neue
Rheinische Zeitung, periódico que fundó junto a Marx para
canalizar y dirigir la opinión de la izquierda radical alemana. Algunos años
después, en 1914, Lenin afirmaría que dicho periódico
constituía el modelo nunca superado de lo que debía ser un órgano del
proletariado revolucionario. (10) A través de sus
artículos Engels identificó claramente cuales eran a su juicio
los “pueblos sin historia”: los eslavos de Austria, Hungría y el Imperio
Otomano; léase, los checos, eslovacos, eslovenos, croatas, serbios y ucranianos
(rutenos), así como los rumanos austriacos y húngaros. (11) Las
razones que llevaron a Engels a esta conclusión hay que
buscarlas en el juego de alianzas políticas que presidió el curso de dicha
revolución. Durante la llamada “primavera de los pueblos” también los
grupos de eslavos dispersados por varios países de la Europa oriental buscaron
lograr autonomía política dando lugar a cierto sentimiento de pertenencia
nacional. Lo característico de este protonacionalismo es que era de signo
conservador. Los eslavos, que veían en los terratenientes germanos y magiares a
sus verdaderos opresores, vincularon sus aspiraciones políticas a la suerte de
los emperadores de Austria y Rusia. Al ponerse del lado de la política
imperial, los pueblos eslavos pasaron a ser, para el imaginario radical de la
época, títeres del zarismo y, por ende, elementos de la contrarrevolución. Así
las cosas, ser revolucionario en 1848 –es decir, republicano y demócrata-
equivalía a oponerse a las aspiraciones nacionales eslavas. (12) Engels afirmaba
que “El paneslavismo es la alianza de todas las pequeñas naciones y
nacioncitas de Austria y, en segundo término de Turquía, para luchar contra los
austroalemanes, los magiares y, eventualmente, los turcos (…) según su
tendencia fundamental está dirigido contra los elementos revolucionarios de
Austria, y por ende es reaccionario desde el comienzo”. (13)
Desde el punto de vista teórico las
reivindicaciones nacionales de los eslavos no encajaban en el cuadro de ideas
del marxismo. Como se ha puesto de manifiesto, de la veta ilustrada del
socialismo de Marx y Engels florece la idea
en virtud de la cual los hombres forman parte de una comunidad única, la
humanidad, que se irá afirmando a medida que el progreso disuelva los
particularismos. Desde el punto de vista de la estrategia política, la
hipotética existencia de una constelación de pequeños Estados eslavos al
servicio del zarismo ruso tampoco podía resultar del agrado de los fundadores
del marxismo,
“¡Se reclama de nosotros –diría Engels en la Neue Rheinische
Zeitung– y de las restantes naciones revolucionarias de Europa que
garanticemos a los rebaños de la contrarrevolución una existencia sin trabas
pegada a nuestras puertas, y el libre derecho a conspirar y armarse contra la
revolución; que constituyamos en medio del corazón de Alemania un reino checo
contrarrevolucionario y quebremos el poder de las revoluciones alemana, polaca
y magiar con puestos rusos de avanzada intercalados en el Elba, los Cárpatos y
el Danubio! No pensamos en eso… Ahora sabemos donde se concentran los enemigos
de la revolución: en Rusia y los países eslavos de Austria, y ninguna
palabrería, ninguna indicación sobre un indeterminado futuro democrático de
estos países nos impedirá tratar como enemigos a nuestros enemigos”. (14)
Buena parte del fracaso de la ola revolucionaria de
1848 vino dado por el choque de intereses entre las naciones “progresistas”
y “reaccionarias”. Es decir, entre las aspiraciones de alemanes, polacos
y húngaros –que vinculaban sus aspiraciones nacionales con la creación de
Estados liberales- y los pueblos eslavos –que buscaban el reconocimiento de su
nacionalidad, así fuera aliándose con el Imperio. Para Marx y Engels,
como veremos, el hecho de que una nacionalidad sea oprimida no significa que la
revolución tenga que tomar partido por ella. Tal apoyo se daría sólo y cuando
dichos intereses nacionales coincidiesen con los del movimiento obrero. Los
fundadores del marxismo identificaron el progreso con el nacimiento de grandes
Estados nación burgueses que facilitasen, a posteriori, el fortalecimiento del
proletariado como clase. De aquí que mostrasen su simpatía para con los
movimientos de unificación y liberación de Italia, Alemania, Polonia y Hungría.
Tal y como se sigue de este razonamiento, las pequeñas nacionalidades eslavas
que clamaban por tener autonomía no podían ser sino rémoras del pasado
susceptibles de ser movilizadas políticamente por Rusia, baluarte de la Santa
Alianza y reserva del absolutismo en Europa. Engels defenderá,
conforme a su visión de la historia, que los llamados a ser actores de la
política europea son las grandes naciones históricas: Francia, España,
Escandinavia, Inglaterra, Polonia, Alemania, Italia y Hungría. Todas ellas
naciones “vitales” y viables económica como políticamente que gozan de
soberanía plena –en el caso de las cuatro primeras; que buscan restablecer el
lugar que por su pasado les corresponde –como Alemania e Italia; o que han
sabido resistir la asimilación y por tanto han dado muestras de aspirar a una
existencia nacional independiente. (15) El resto, como las
pequeñas nacionalidades eslavas, no podían ser sino pueblos “sin historia”
o “ruinas de pueblos” (Völkerruinen). Pueblos que en su momento
no pudieron darse un Estado y que ahora, negándose a ser absorbidas por una
nación más grande, remaban contra el sentido de la historia.
Finalmente el nacionalismo, entendido como “el
principio político que sostiene que debe haber congruencia entre la unidad
nacional y la política” (16), será objeto de una doble crítica
por parte del marxismo. La primera, por su condición de ideología; la segunda,
por su naturaleza interclasista.
Para Marx y Engels las
ideologías, en tanto que conjunto de ideas sobre la sociedad, eran
mistificaciones de la realidad que no hacían sino esconder intereses de clase.
Así expresaba Marx su concepción de la ideología como reflejo
de las condiciones económicas y aspiraciones sociales de una clase en El
dieciocho Brumario de Luis Bonaparte,
“Sobre las distintas formas de la propiedad, sobre
las condiciones sociales de vida, se erige toda una superestructura de
sentimientos, ilusiones, modos de pensar y visiones del mundo diferentes y
configuradas de modo específico. La clase, en su totalidad, los crea y conforma
a partir de sus bases materiales y las correspondientes situaciones sociales.
El individuo particular, que los adquiere a través de la tradición y la
educación, puede creer que representan los verdaderos motivos determinantes y
el punto de partida de sus acciones. (…) Y así como en la vida privada se
distingue entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo, y lo que en
realidad es y hace, en las disputas históricas hay que distinguir todavía más
la retórica y las figuraciones de los partidos, de su verdadera organización y
sus verdaderos intereses, su concepto de sí mismos, de su realidad. (…) También
los tories en Inglaterra han mantenido durante mucho tiempo la ilusión de que
suspiraban por la monarquía, la Iglesia y las beldades de la vieja constitución
inglesa, hasta que el día del peligro les arrancó la confesión de que sólo
suspiraban por la renta del suelo”. (17)
En este sentido, el discurso nacionalista era un
epifenómeno de la cultura burguesa que legitimaba el dominio que esta clase
ejercía sobre el proletariado a través del Estado. Por lo tanto, el
nacionalismo, al generar una visión del mundo basada en un orden político que
tuviera como actores principales a Estados-nación, servía como catalizador de
la política burguesa. En lo que a la segunda crítica atañe, resulta importante
señalar que para la teoría marxista el nacionalismo suponía una seria amenaza
para la solidaridad supranacional que propugnaba el internacionalismo. El
nacionalismo convocaba al sentimiento de pertenencia a una comunidad concreta
esgrimiendo un discurso que buscaba reforzar los lazos de unión que trascendían
las distinciones de clase. Marx y Engels intuían
que el poder de apelación de la retórica patriótica podía desviar a los obreros
de sus verdaderos intereses de clase y atendiendo a cómo se desarrollaron la
guerra Franco-prusiana de 1871 y la Primera Guerra Mundial puede decirse que
los temores de los fundadores del marxismo tenían, cuando menos, algún
fundamento. La esencia, en última instancia, de la pugna entre el nacionalismo
y el internacionalismo se encarnaba en el duelo entre dos sujetos antagónicos
llamados a ser los actores de la política: clase versus nación.
Sin embargo, a pesar de que a priori el
nacionalismo y el marxismo estaban destinados a no entenderse dada su
incoherencia teórica, la realidad es mucho más compleja y la historia a sido
testigo de la alianza positiva entre ambas ideologías. Como se ha podido ver,
siquiera de manera tentativa, en el análisis de los términos nación,
nacionalidad y nacionalismo, Marx y Engels apoyaron
tácticamente el nacionalismo en algunos contextos determinados. Lo que
determinaba la simpatía de Marx y Engels para
con los nacionalistas estaba estrechamente ligado a la capacidad de dichos
movimientos para identificarse y confundirse con su idea de progreso social.
Llegados a este punto creo que merece dedicar unas líneas a la idea de progreso
que manejaban Marx y Engels.
El discurso de Marx y Engels es
un discurso ilustrado radicalizado. La razón de ser de esta radicalización
consiste en que el carácter emancipador que se arrogó originariamente el
proyecto ilustrado ya no se ciñe exclusivamente al ámbito moral del sujeto,
sino que se proyecta a lo político. En Kant el ideal de
emancipación se identificaba con el logro de la autonomía moral, encarnada ésta
en la capacidad del sujeto para legislarse; es decir, encarnada en el
reconocimiento de una esfera de acción subjetiva cuyo criterio de evaluación no
reside en un agente externo al propio sujeto. (18) En Marx,
que traslada la sede del proyecto ilustrado del individuo a un sujeto colectivo
como la clase obrera, el ideal de emancipación se confunde con la consecución
de una sociedad sin clases. Y al igual que para Kant el camino
hacia la salida de la “inmadurez autoculpable” del hombre pasaba por
pensar de manera libre y autónoma frente a las tutelas heredadas – de ahí la
fuerza retórica de su supere aude -, en Karl Marx el camino
hacia el ideal comunista se asocia a una praxis política de clase dirigida a la
superación de las organizaciones políticas heredadas. Entre ellas, claro está,
la nación, considerada elemento característico del modo de organización
política burguesa. Como decía en La guerra civil en Francia,
“Los obreros no tienen ninguna utopía lista para
ser implantada par décret du people. Saben que para conseguir su propia
emancipación, y con ella una forma superior de vida hacia la que tiende
irresistiblemente la sociedad actual por su propio desarrollo económico (…), no
tienen que realizar ningunos ideales sino, simplemente, liberar los elementos
de la nueva sociedad que la vieja sociedad burguesa agonizante lleva en su
seno”. (19)
Esta imagen de un sujeto autónomo y libre de
tutelas heredadas que generó la filosofía de la Ilustración encuentra su
escenario natural en un concepto de historia estrechamente vinculado a la
noción de progreso. La idea de progreso se convirtió por méritos propios en el
idolum saeculi decimonónico. El movimiento ilustrado, entendido éste en un
sentido lato, concebía la historia universal como el progreso constante y firme
de la humanidad hacia la perfección a través de fases alternativas de calma y
de crisis. (20) Para los ilustrados la raison d’être del
progreso radicaba en la vinculación entre la adquisición y gestión del
conocimiento y la consecución de mayores cotas de civilización. Marx y Engels,
en tanto que hijos tardíos de la Ilustración, también mantendrán una visión
progresista de la historia en la que el hombre supera etapas con paso firme
hacia su emancipación. Sin embargo, amén de compartir una visión de la historia
como proceso lineal hacia la emancipación, lo que diferencia de manera
definitiva la filosofía de la historia de Marx y Engels de
la que cultivaron los ilustrados es el radical determinismo teleológico que la
informa. Para los ilustrados la historia es concebida como un proceso de
gradual mejora de las condiciones materiales e intelectuales que llevan a la
humanidad a mayores cotas de civilización, pero sin que se imponga una forma
determinada a esa sociedad del futuro. Por el contrario, para los autores
del Manifiesto Comunista la historia es un proceso cerrado y
predeterminado en el que a través de la lucha de clases el proletariado llevará
a la humanidad al escenario único y distinto donde será emancipada: la sociedad
comunista.
La fe de Marx en la racionalidad
de sus teorías como pauta de progreso social encuentra su origen en la
filosofía de Hegel y su apología del poder demiúrgico de la
teoría cuando afirmó, en el prefacio a la Fenomenología del Espíritu (1807),
que la filosofía debía convertirse en ciencia, en saber real capaz de
aprehender la realidad. (21) Marx hizo de su filosofía una
herramienta para desenmascarar las leyes por las que se regía la historia para
hacer de la ella algo comprensible y, por ello, predecible. La historia para Marx,
tal y como quedaba expresado desde los primeros compases del Manifiesto
comunista, no era sino la historia de lucha de clases en movimiento
imparable hacia una sociedad comunista sin clases donde el hombre, finalmente,
se verá reconciliado consigo mismo y con la naturaleza. En la narración
que Marx hace de la historia consta que cada sociedad ha
generado su propio enterrador y así como la burguesía surgió de las
contradicciones del Antiguo Régimen para enterrar la sociedad del trono y el
altar, la burguesía misma había parido al sujeto que iba firmar su sentencia. “…la
burguesía no sólo ha forjado las armas que van a darle muerte; ha creado
también a los hombres que van a manejarlas, los obreros modernos, los
proletarios” (22). Esta visión teleológica de la historia
suponía que llegada la era de la burguesía capitalista, el proletariado, cada
vez más empobrecido y en peores condiciones pero superior en número a una
minoría acaudalada, se haría gradualmente consciente de su papel histórico.
Esto implicaría unificar sus esfuerzos en una empresa internacional y arrogarse
la tarea de hacer la revolución final que fundase un nuevo orden donde quedasen
abolidas todas las condiciones que generaron la dialéctica de la lucha clases –
la lucha entre opresores y oprimidos- a lo largo de la historia. No obstante, a
pesar del supuesto carácter científico de la filosofía de la historia de Marx toda
ella desprende un fuerte aroma a teológico. No es casual, por tanto, que
algunos autores hayan puesto de manifiesto que la filosofía de la historia
marxista es dependiente de un imaginario teológico de raíz judeocristiana y se
presenta como una lucha encarnizada entre el bien y el mal, o proletariado y
burguesía, en la que el primero –que hace las veces de pueblo elegido- conseguirá
inexorablemente su salvación con la consecución de la sociedad comunista. (23)
Las conclusiones que se siguen de estas
concepciones son de cierta importancia para entender cómo se materializa el
concepto de progreso en el marxismo. Que la historia para los ilustrados sea un
proceso abierto e indeterminado hacia mayores cotas de civilización convierte
en progreso todo paso que abunda en esa dirección. Sin embargo, lo que se sigue
de la visión marxista de la historia, en tanto que narración con un fin dado de
antemano, es que progreso sólo es aquello que incide en el sentido unívoco de la
historia; es decir, progreso es lo que se confunde con la afirmación de una
política de clase. Llegados aquí merece preguntarse cómo aplica lo dicho sobre
el progreso a la “cuestión nacional”.
La primacía de la clase obrera sobre cualquier otra
categoría histórica hizo que para los padres del marxismo la nación no fuera
más que una categoría transitoria que respondía a las necesidades de desarrollo
del capitalismo y cuyas particularidades se irían desvaneciendo precisamente
por el movimiento homogeneizador que generaría la propia economía
capitalista. (24) Sin embargo, si bien la nación era una
categoría destinada a desaparecer con el advenimiento de la sociedad comunista,
en primer lugar el socialismo debía contribuir a apuntalar un sistema de
Estados nacionales fuertes como paso previo al comunismo. En el análisis
marxista, por lo tanto, las naciones burguesas constituían un momento
ineludible entre la organización política del Antiguo Régimen y la sociedad sin
clases. De aquí que Marx y Engels apoyasen
estratégicamente los movimientos nacionalistas que buscaban la realización de
grandes entidades estatales. Ambos fueron, por ejemplo, firmes defensores de
los movimientos de unificación alemán e italiano, de su carácter modernizador y
ejemplar para otros movimientos revolucionarios. Marx se
expresaba como sigue al hablar del movimiento de unificación italiano en
el New York Daily Tribune para el que fue destacado
corresponsal en Europa,
“Regarding the Piadmontese army and people as
ardent champions of Italian liberty, they feel that the King of Piedmont will
thus have ample scope for aiding the freedom and independence of Italy, if he
chooses; should he prove reactionary, they know that the army and people will
side with the nation. Should he justify the faith reposed in him by his
partisans the Italians will not be backward in testifying their gratitude in a
tangible form. In any case, the nation will be in situation to decide on its own
destinies, and Keeling, as they do, that a successful revolution in Italy will
be the signal for a general struggle on the part of all the oppressed
nationalities to rid themselves of their oppressors, they have no fear of
interference on the part of France, since Napoleon III will have too much home
Business on his hands to meddle with the affairs of other nations, even for the
furtherance of his own ambitious aims. A chi tocca-tocca? As the Italians say.
We will not venture to predict whether the revolutionists or the regular armies
will appear first on the field. What seems pretty certain is, that a war begun
in any part of Europe will not end where it commences; and if, indeed, that a
war is inevitable, our sincere and heartfelt Desire is, that it may bring about
a true and just settlement of the Italian question and of various other
questions, which, until settled, will continue from time to time to disturb the
peace of Europe, and consequently impede the progress and prosperity of the
whole civilized World”. (25)
A pesar de que al frente de los movimientos de
unificación italiano y alemán figurasen políticos conservadores como Cavour o Bismarck,
los padres del marxismo aplaudieron su política nacionalista pues ésta se
confundía con su idea de progreso. En el fondo de su razonamiento, para los
fundadores del marxismo Cavour o Bismarck pasaban
por meros agentes del imparable desarrollo de la historia. Según rezaba el
famoso dictum marxista, “Los hombres hacen su propia historia, pero no la
hacen a su voluntad, bajo condiciones elegidas por ellos mismos, sino bajo
condiciones directamente existentes, dadas y heredadas”. (26)
Es interesante señalar que en la segunda mitad del
siglo XIX también fue un lugar común del progresismo liberal identificar las
grandes naciones con la idea de progreso. Para hombres como Mazzini o J.
S. Mill el principio de autodeterminación de las naciones solo
aplicaba a aquellas que hubieran demostrado ser viables tanto cultural como
económicamente. No debemos perder de vista que en el imaginario liberal,
también inspirado en la idea de progreso de raigambre ilustrada, las naciones
debían por fuerza armonizar con la evolución histórica y esto sólo se daba en
la medida en que sirvieran para extender la escala de la sociedad humana. Hobsbawm ha
afirmado que para estos liberales el hecho de ser viables respondía a la
capacidad de las naciones para cumplir con tres requisitos, a los que denomina
“principio del umbral”. En primer requisito indispensable era la
asociación de la nación en cuestión con un Estado que existiese o con un pasado
tangible, como podía ser el caso de Italia. El segundo criterio era la existencia
de una elite cultural reconocible como antigua y que estuviera en posesión de
una lengua vernácula con una fundada tradición tanto literaria como
administrativa. Finalmente, el tercer criterio consistía en una probada
capacidad de conquista. En la mentalidad de la época, el poder de conquista
suponía una prueba concluyente de vitalidad nacional. (27)
Estos liberales creían fervientemente en que las
leyes del progreso implicaban el gradual ensanchamiento de los ámbitos de
sociabilidad humana, lo que implicaba naturalmente la absorción por parte de
los estados más fuertes de las pequeñas nacionalidades. Mazzini dio
buena cuenta de su imaginario liberal cuando en 1857 trazó un mapa de Europa
que tan sólo contenía doce Estados. John Stuart Mill, por su parte,
en el capítulo dedicado a la nacionalidad en su On representative
government exponía de manera clara y concisa la postura liberal que
identificaba la integración de las pequeñas nacionalidades en una unidad
superior con el progreso hacia mayores cotas de civilización. Merece la pena
recordar este breve fragmento,
“Experience proves, that it is possible for one
nationality to merge and be absorbed in another: and when it was originally and
inferior and more backward portion of the human race, the absorption is greatly
to its advantage. Nobody can suppose that it is not more beneficial to a
Breton, or a Basque of French Navarre, to be brought into the current of the
ideas and feelings of a highly civilized and cultivated people –to be a member
of the French nationality, admitted on equal terms to all the privileges of
French citizenship, sharing the advantages of French protection, and the
dignity and prestige of French power- than to sulk on his own Rocks, the
half-savage relic of past times, revolving in his own little mental orbit,
without participation or interest in the general movement of the World. The
same remark applies to the Welshman or the Scottish Highlander, as members of
the British nation”. (28)
Además, es necesario precisar que el liberalismo
más avanzado no sólo apoyaba la creación de grandes Estados-nación por lo que
pudiera significar desde su visión del progreso en términos económicos. Detrás
del apoyo a la independencia de Polonia y Hungría, así como a los procesos de
unificación de Alemania e Italia, había otra cuestión de no poca importancia
para el progresismo europeo: el desmantelamiento del orden político surgido del
Congreso de Viena y de la Santa Alianza. O, lo que significaba lo mismo, romper
con el ordenamiento político heredado de los poderes del Antiguo Régimen
cambiando los Estados monárquicos por Estados nacionales. Es así como ser de
izquierda en la segunda mitad del siglo XIX, ser progresista, era sinónimo de
ser nacionalista. (29)
En este sentido, Marx y Engels sintonizaron
con los objetivos de los diferentes movimientos democráticos y nacionalistas
que so capa de promover la independencia de sus naciones estaban ayudando a
borrar del mapa europeo los vestigios de la política del trono y el altar. Sin
embargo, llegados a este punto de comunión entre el liberalismo y el marxismo
es necesario señalar que ni Marx ni Engels valoraron
nunca el derecho de autodeterminación de las naciones como un principio
absoluto en sí mismo tal y como hacían los liberales. La diferencia es
importante. Para Mazzini, por poner un ejemplo, la humanidad estaba
dividida en naciones de manera natural y la política debía tratar de ajustarse
a ese criterio. Para Marx, en cambio, la humanidad también estaba
dividida en naciones, mas de manera accidental y transitoria. Lo que para Mazzini constituía
el punto de llegada – léase, una Europa organizada en torno a lo que él
entendía que debían ser las naciones-, para Marx no era más
que un escalón más en el camino hacia la sociedad comunista. El apoyo a los
movimientos nacionalistas que trabajaban para la consecución, o consolidación,
de los Estados-nación que brindaron tanto Marx como Engels debe
entenderse –he aquí la clave- en términos instrumentales. En la siguiente carta
de Engels a Bernstein, fechada en febrero de 1882,
queda patente lo expuesto,
“Nosotros debemos colaborar en la liberación del
proletariado de Europa occidental, y todo debe subordinarse a este objetivo.
Por más interesantes que puedan ser los eslavos de los Balcanes, etc., pueden
irse al diablo si su esfuerzo de liberación entre en conflicto con el interés
del proletariado. También los alsacianos están oprimidos, y me alegraría si
pudiésemos poder desembarazarnos del problema. Pero si en vísperas de una
revolución claramente inminente intentaran provocar una guerra entre Francia y
Alemania, excitando de nuevo las pasiones de estos dos pueblos, y retrasar así
la revolución, les diría: ¡Alto! No toleraremos que pongáis palos en las ruedas
del proletariado en lucha. Lo mismo vale para los eslavos”. (30)
El caso que mejor ilustra lo expuesto es el de
Polonia. El grado de adhesión a la causa polaca fue, desde la revolución
francesa, la vara de medir del ardor revolucionario en Europa. Marx y Engels –quienes,
recordemos, habían hecho mención explícita a la causa polaca en el manifiesto
inaugural de la AIT- no desaprovecharon esta corriente cuando pudieron
canalizarla hacia sus propios objetivos.
“Otra razón de la simpatía del partido obrero por
la resurrección de Polonia es su particular situación geográfica, militar e
histórica. La división de Polonia es el cemento que une entre sí a los tres
grandes despotismos militares: Rusia, Prusia y Austria. Solo la restauración de
Polonia puede romper este vínculo y liquidar de esta forma el principal
obstáculo a la emancipación de los pueblos europeos”. (31)
Sin embargo, el apoyo fue siempre coyuntural y cada
vez que en el horizonte comenzó a bosquejarse la posibilidad de una revolución
rusa, la importancia de la restauración de Polonia pasó a un segundo plano. El
valor de una Polonia independiente para la AIT se justificaba en tanto que
freno al zarismo ruso, identificado por Marx y Engels como
la reserva reaccionaria de Europa. Lo que es tanto como decir que con una Rusia
liberal de fondo la restauración de Polonia hubiese perdido su razón de ser en
la estrategia del proletariado y, con ello, el apoyo a su independencia. (32)
En resumen, en estas líneas he querido mostrar cómo
el pensamiento político de Marx y Engels es
puramente internacionalista, en el sentido de que trabaja, promueve y cree en
la futura superación de los lazos nacionales. También he tratado de explicar
que amén del rechazo teórico del marxismo para con todo el hecho nacional, en
la práctica apoyó de manera estratégica e interesada aquellos movimientos
nacionalistas que promovían la creación de grandes Estados-nacionales y rechazó
las reivindicaciones de las pequeñas nacionalidades. Los grandes estados
nacionales suponían, en la visión progresista de la historia de Marx y Engels,
instrumentos hacia el progreso. En este sentido sus reivindicaciones se
confunden con las del liberalismo más progresista, que también veía en los
grandes Estados el camino de la humanidad hacia mayores cotas de civilización
mientras identificaba las pequeñas nacionalidades, en cambio, con rémoras del
pasado cuyas reivindicaciones eran instrumentalizadas por las fuerzas
reaccionarias. Ahora bien, lo interesante es apuntar que el apoyo que desde el
socialismo de Marx y Engels recibieron los
diferentes movimientos nacionalistas que jalonaron el siglo diecinueve fue
siempre coyuntural y supeditado al interés de su propia estrategia. El cuanto a
la “cuestión nacional”, el proletariado, tal y como lo veían los fundadores del
marxismo, debía ser un movimiento orientado a generar las condiciones de
superación de las divisiones nacionales y como tal, aunque parezca paradójico,
se pusieron del lado de aquellos nacionalismos que en su visión de la historia
creaban las condiciones más propicias para facilitar la llegada a la sociedad
sin clases y, por ende, sin distingos nacionales. Tanto es así que este apoyo
estratégico a los movimientos nacionalistas más progresistas no fue óbice para
generar y afianzar una de las características más robustas de la cultura
proletaria: el desapego para con todo lo que se predica del “hecho nacional”.
NOTAS
1 Stuart, R., Marxism and National Identity.
Socialism, Nationalism and National Socialism during the French Fin de Siècle,
NY, State University of New York Press, 2006. Pág. 2
2 Haupt, G. y Löwy, M. Los marxistas y la cuestión
nacional, Barcelona, Editorial Fontamara, 1980. Pág. 11
3 Marx, K. y Engels, F., Manifiesto comunista,
Madrid, Alianza, 2004. Pág. 65
4 Hobsbawm, E., Naciones y nacionalismos desde
1780, Barcelona, Editorial Crítica, 2004. Pág. 30
5 Marx, K. y Engels, F. Op. Cit. Pág. 65
6 Forman, M., Nationalism and the international
labour movement: the idea of the nation in socialist and anarchist theory,
Pennsylvania State University Press, 1998. Pág. 53
7 Engels, F., What have the working classes to do
with Poland? Marx&Engels Collected Works
8 Ibid. (la negrita es mía)
9 Hegel, G. W. F., Lecciones sobre la filosofía de
la historia universal, Madrid, Alianza Editorial, 2004. Pág. 123
10 Wilson, E., Hacia la estación de Finlandia.
Ensayo sobre la forma de escribir y hacer historia, Madrid, Alianza
Editorial, 1972. Pág. 206
11 Rosdolsky, R., El problema de los pueblos “sin
historia”, Barcelona, Editorial Fontamara, 1981. Pág. 8
12 Hobsbawm, E., La era de la revolución,
1789-1848, Barcelona, Crítica, 2005. Págs. 148-149; Breuilly, J., “The
German National Question and 1848” en History Today, Nº 48 (5), págs. 13-20
13 Rosdolsky, R., Op. Cit., Pág. 140
14 Ibíd. Pág. 141
15 Gallisot, R., “Nación y nacionalidad en los
debates del movimiento obrero” en Hobsbawm, E. (dir), Historia del
marxismo, Barcelona, Editorial Bruguera, 1981. Vol. 6, Pág. 144
16 Gellner, E., Naciones y nacionalismo, Madrid,
Alianza Editorial, 2001. Pág. 13
17 Marx, K., El dieciocho Brumario de Luis
Bonaparte, Madrid, Alianza Editorial, 2003. Págs. 71-73 Esta idea ya había
sido adelantada por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista: “Pero no
discutáis con nosotros midiendo la supresión de la propiedad burguesa
conforme a vuestras representaciones burguesas de libertad, educación,
derecho, etc. Vuestras propias ideas son un producto de las relaciones de
producción y propiedad burguesas igual que vuestro derecho no es otra cosa que
la voluntad de vuestra clase elevada a derecho, una voluntad cuyo
contenido se halla dado en las condiciones materiales de vida de vuestra
clase” Marx. K. y Engels, F. Manifiesto Comunista, Madrid,
Alianza Editorial, 2004. Pág. 63
18 “Porque siempre se encontrarán algunos que
piensen por su propia cuenta (…), quienes después de haber arrojado de sí
el yugo de las tutelas difundirán el espíritu de una estimación racional del
propio valer de cada hombre y de su vocación a pensar por sí mismos” Kant,
I., ¿Qué es la Ilustración?, Madrid, Alianza Editorial
19 La guerra civil en Francia
20 Bury, J., La idea de progreso, Madrid, Alianza
Editorial, 2009. Pág. 162
21 “La verdadera figura en que existe la verdad no
puede ser sino el sistema filosófico de ella. Contribuir a que la
filosofía se aproxime a la forma de la ciencia –a la meta en que pueda dejar
de llamarse amor por el saber (Liebe zum Wissen) para llegar a ser saber
real (Wirkliches Wissen): he ahí lo que yo me propongo” Hegel, G. F. H.,
Fenomenología del Espíritu, México, Fondo de Cultura Económica, 1966. Pág.
8
22 Marx, K. y Engels, F. Manifiesto comunista,
Madrid, Alianza Editorial, 2004. Pág. 50
23 “No es casual que el último antagonismo entre
los dos enemigos, la burguesía y el proletariado, corresponda a la lucha
final entre Cristo y el Anticristo en las postrimerías de la historia, y que la
tarea del proletariado sea análoga a la misión del pueblo elegido en la
historia del mundo. La función redentora universal de la clase oprimida
corresponde a la dialéctica religiosa de la cruz y la resurrección, y la
transformación del reino de la necesidad en el reino de la libertad a la
transformación de la era antigua en la nueva era. Todo el proceso
histórico, tal y como está escrito en el Manifiesto Comunista, refleja el
esquema general de la interpretación judeocristiana de la historia como
un acontecer providencial de la salvación, orientada a una meta final
plena de sentido” Löwith, K., Historia del mundo y salvación. Los
presupuestos teológicos de la filosofía de la historia, Buenos Aires, Katz
Editores, 2007. Pág. 62
24 Haupt, G. y Löwy, M., Op. Cit. Pág. 14
25 Marx, K. “On Italian Unity” (New York Daily
Tribune 24/1/1859) en Marx, K., Dispatches for the New York Tribune:
Selected Journalism of Karl Marx, London, Penguin Books, 2007 (Ed.
James Ledbetter)
26 Marx, K., El dieciocho Brumario de Luis
Bonaparte, Pág. 33
27 Hobsbawm, E., Op. Cit., Págs. 42-47
28 Mill, J.S., On liberty and other essays, New
York, Oxford University Press, 1991. Pág. 431
29 Haupt, G. y Löwy, M., Op. Cit. Pág. 17
30 Engels a Bernstein, 22-25 de febrero de 1882.
Citada en Gallisot, R., Op. Cit. Pág. 146
31 Ibid. Pág. 148
32 Haupt, G. y Löwy, M., Op. Cit., Pág. 19

