Libro N° 7077. Hernán Cortés, Inventor De México. Miralles, Juan.
© Libro N° 7077.
Hernán Cortés, Inventor De México. Miralles, Juan. Emancipación. Marzo 14 de 2020.
Título
original: © Hernán
Cortés, Inventor De México. Juan Miralles
Versión Original: © Hernán Cortés, Inventor De México. Juan
Miralles
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Miranda
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HERNÁN CORTÉS, INVENTOR DE MÉXICO
Juan Miralles
Hernán Cortés, Inventor De
México
Juan Miralles
CONTENIDO
Prólogo
1. El trampolín antillano
2. El hidalgo de Medellín
3. La expedición de Los Ángeles
4. Cozumel
5. El retorno de Quetzalcóatl
6. Prendimiento de los Calpixques
7. Alianza con Tlaxcala
8. Tenochtitlán
9. Ejecución de Cuauhpopoca
10. La casa real Texcocana
11. Narváez
12. Matanza del templo mayor
13. La noche triste
14. Siete contra México
15. Comienza el asedio
16. La conspiración de Villafaña
17. Todos contra Tenochtitlán
18. Demolición total
19. El banquete de la victoria
20. Expansión y nuevas conquistas
21. Interviene Martín Cortés
22. La rebelión de Olid
23. Juan Flechilla
24. La especiería
25. El Marqués del Valle
26. El retorno a México
27. Don Hernando el Navegante
28. El Virrey Mendoza
29. Enemigos
30. Argel
31. ¿Hombre de dos mundos?
Epílogo
Galería de cronistas
Apéndices
Prólogo
A mi esposa Eliana
A mis hijos Gonzalo y Sebastián
A Manuel González Cosío,
por el interés tan grande
con que siguió el progreso
del libro desde su nacimiento.
Al maestro emérito
don Ernesto de la Torre Villar,
quien bondadosamente
se dignó a revisar el manuscrito
y formular valiosas sugerencias.
El autor desea expresar
su reconocimiento,
por demás obligado,
al distinguido académico
don José Luis Martínez,
cuya compilación "Documentos",
facilitó en inmensa medida
la elaboración de este trabajo.
Cortés escribió mucho, pero prácticamente nada
sobre sí mismo. En el inmenso cúmulo de documentos que dejó, asoman apenas unos
datos mínimos; por ello, para trazar su biografía, descansamos en lo que otros
escribieron acerca de él. Pero el problema no tarda en presentarse, pues
mientras unos dicen una cosa, otros afirman lo contrario. Se habían desatado
las pasiones y era mucho lo que estaba en juego, de allí que cada cual
escribiese según el bando al que se había alineado; y para complicar aún más
las cosas, ocurrió que junto al testimonio de los cronistas originales se
mezcló el de otros de segunda generación, que aunque próximos a los hechos,
hablaron de oídas, recogiendo de manera indiscriminada versiones muchas veces
disparatadas.
La intención de este libro es la de separar el
trigo de la paja, y efectuar una depuración para quedarnos únicamente con los
cronistas originales; aún así, se encontrará, con más frecuencia de la que
sería deseable, que sus testimonios no sólo no coinciden, sino que serán contradictorios
a un grado tal que uno llega a preguntarse si no se estará hablando de personas
distintas. Y por otra parte, como biografía de Cortés y conquista de México son
hechos inseparables, la Conquista vendrá a ser el telón que sirva de fondo al
relato. El enfoque de este libro será un poco a la manera de « Rashomón», en que una misma circunstancia será narrada de
maneras diversas desde distintas perspectivas. La preocupación principal será,
después de escuchar a los testigos, establecer cuáles son los que merecen mayor
crédito, para esclarecer como ocurrieron realmente los hechos, y cómo fue que
la historia se embrolló de tal manera. Visto que Cortés no conquistó México a
solas, se ofrecerán pinceladas tanto de algunos de sus colaboradores como de
personalidades indígenas, en un intento por ponerles rostro humano y destacar
cuál fue su actuación y el grado en que influyeron en el curso que tomaron los
acontecimientos. Y por último —y no menos importante—, se incluyen unos apuntes
biográficos sobre aquellos de cuyos labios escucharemos el relato. Será apenas
una semblanza, sólo lo suficiente para que el lector tenga una idea de quién es
el que habla en cada caso, y establezca el crédito que le merece. A pesar de
que este libro, primordialmente, va dirigido a una audiencia integrada por un
público amplio, ello no excluye que, incluso los especialistas, puedan
encontrar en él datos que les resulten novedosos.
Capítulo 1
El trampolín antillano
Contenido:
§. Grijalva, un capitán que no hiciera mal fraile
§. El mundo maya
Colón volvió a España hablando maravillas de lo que
había encontrado. Era la tierra de Jauja. Fue tan grande el entusiasmo que
despertó, que pocos meses después partía de nuevo, para el que sería su segundo
viaje, al frente de una flota de diecisiete navíos, llevando consigo a un
número cercano a los mil quinientos hombres, que habrían de establecerse en La
Española (isla compartida hoy día por Haití y República Dominicana). Pero
pronto se apagaría el entusiasmo, pues antes de transcurrir tres años la mayoría
sucumbió al hambre y a las enfermedades. La colonización española en América, o
las Indias, como entonces se les llamaba, comenzó con el pie equivocado. Ni
Colón tenía madera de colonizador, ni los hombres que trajo eran los indicados.
Hidalgos y gente de palacio. Se dio el caso de que Bernardo Buil, un
benedictino que Fernando el Católico había colocado a manera de comisario
político, desertó regresándose a España por diferencias que tuvo con él, y
porque consideró que aquello era inviable. Ante un fiasco de esa magnitud, se
revisaron las coordenadas del proyecto. Ciertamente, no era lo que se esperaba.
No existían riquezas. Pero como Isabel y Fernando habían asignado a España la
tarea de evangelizar el orbe, se resolvió seguir adelante.[1]
La cristianización pasó a ser el objetivo
prioritario. El problema con que se topó entonces fue que las Indias habían
perdido rápidamente el atractivo. Nadie quería ir. Y como escaseaban los
voluntarios, se llegó a acudir al recurso de poblar con convictos a quienes les
era conmutada la pena por el destierro a La Española. Así, el Nuevo Mundo pasó
de la tierra de Jauja a una colonia penal. El capítulo de los convictos es poco
conocido; sin embargo, el padre fray Bartolomé de Las Casas ha dejado el testimonio
siguiente: «déstos cognocí yo en la isla a algunos, y aun alguno, desorejado, y
siempre le congnoscí harto hombre de bien».[2] Se desconoce el
número de «desorejados» desterrados a la Española; lo que sí se sabe, es que se
trató de una práctica que pronto se abandonaría. Colón, que demostró una
notoria incapacidad para gobernar, terminó mal y es bastante conocido el capítulo
de su retorno a España, cargado de cadenas, junto a sus hermanos Bartolomé y
Diego. Francisco de Bobadilla, el juez que lo remitió, tuvo un encargo muy
breve, y fue sucedido por Nicolás de Ovando. Con éste llegó un regular número
de labradores y artesanos. Es entonces cuando comienza a cimentarse la
infraestructura de la colonización; de su época datan las construcciones más
antiguas conservadas hoy día en Santo Domingo. Comenzaba a asentarse su
gobierno, cuando en 1509 llegó a sustituirlo Diego Colón, el primogénito del
descubridor, quien venía investido del nombramiento de virrey-gobernador. La
designación, más que a un acto derivado de la Capitulación de Santa Fe, que
según interpretaba la familia Colón, les daba derecho al gobierno de las Indias
a perpetuidad, respondía a la circunstancia de que Diego se casó con doña María
de Toledo, sobrina del duque de Alba, y fue éste quien obtuvo para él el cargo,
mismo que el monarca tuvo cuidado en señalar que sería sólo por «el tiempo que
mi merced e voluntad fuere».[3] Antes de su partida,
Fernando el Católico, quien conocía a Diego desde su infancia, pues lo tuvo
como paje, le impartió instrucciones muy precisas, delimitando los términos de
sus atribuciones; pero llegado a Santo Domingo lo primero que hizo fue apartarse
de lo ordenado. Fue amonestado, en carta cuyo portador fue su tío Bartolomé;
pero como persistiera, y llovieran las quejas en contra suya, se le llamó de
regreso, abandonando la isla a fines de 1514 o comienzos de 1515; confiaba en
volver pronto, por lo que dejó atrás a la esposa y dos hijas. Pero antes de su
partida, había tomado una decisión que tendría resultados trascendentales:
ordenó a su lugarteniente Diego Velázquez, que procediese a la ocupación de
Cuba.
Mal podría hablarse aquí de una conquista, pues
aquello, más que una campaña, se redujo a una toma de posesión llevada a cabo
con muy escasa resistencia. Prácticamente, el único en oponerse fue Hatuey.
Éste era un cacique haitiano, que huyendo de los españoles, se Había asentado
en el extremo oriental de la isla con un grupo de sus seguidores. Muy pronto
fue capturado, y sentenciado por Velázquez a morir en la hoguera. Al ser atado
al palo, se le acercó un religioso franciscano, exhortándolo a que muriese como
cristiano. Hatuey preguntó si los españoles iban al Cielo, y al respondérsele
afirmativamente, en el caso de que fueran buenos, expresó que entonces él no
quería ir.[4] Muerto Hatuey,
Pánfilo de Narváez, quien tenía detrás la experiencia de la conquista de
Jamaica, continuó la campaña. El padre Las Casas, que lo acompañó en su
andadura cubana durante cerca de dos años, como capellán castrense, lo describe
como: «alto de cuerpo, algo rubio, que tiraba a ser rojo, honrado, cuerdo, pero
no muy prudente, de buena conversación y de buenas costumbres, y también para
pelear con indios esforzado».[5] Y sobre lo que fue su
campaña cuenta lo siguiente: montado en una yegua y al frente de treinta
españoles flecheros, recorría la región de Bayamo. Como era tan confiado, una
noche, encontrándose en despoblado, él y los suyos se echaron a dormir descuidando
poner centinelas. Se encontraban en lo más profundo del sueño, cuando fueron
rodeados por centenares de indios; pero éstos, en lugar de atacarlos, perdieron
el tiempo saqueando la impedimenta. Despertaron los españoles al sentir a los
intrusos y, a toda prisa, como pudieron, ensillaron la yegua. Narváez montó
vistiendo sólo una camisa, y con un pie descalzo, puso un pretal de cascabeles
en el arzón y comenzó a galopar entre los indios sin arremeter a ninguno. Fue
tanta la confusión y el temor que les infundió, que al momento se dispersaron
por los montes. Con esa cabalgata en solitario terminó de consumar la conquista
de la isla.[6]
Diego Velázquez quedó firmemente asentado como
gobernador de Cuba. Provenía del grupo de hidalgos llegados con Colón en su
segundo viaje (1493); pertenecía, por tanto, al pie veterano. Era uno de los
sobrevivientes de las hambres de la Isabela, la primera ciudad española fundada
en América, misma que terminó en desastre total. Pronto fue abandonada y la
maleza no tardó en apoderarse de ella, convirtiéndose en un lugar espectral,
cuya memoria quedó maldecida. Las Casas refiere una conseja que, aunque no sea
más que eso, sirve para ilustrar el temor y respeto que, con el paso del
tiempo, continuó infundiendo el lugar. La historia cuenta que, unos años más
tarde, cuando la población de puercos introducidos en la isla se había
multiplicado considerablemente, un vecino que andaba dándoles caza se introdujo
entre las breñas que crecían en las ruinas, topándose con un grupo de recién
llegados. Se trataba de hidalgos y gente de palacio, como lo denotaban las
capas negras y demás indumentaria. Le extrañó verlos, pues no tenía noticia de
que por esos días hubiese llegado algún barco de España. Éstos se mantenían a
prudente distancia sin decir palabra, ocultando el rostro bajo las alas del
sombrero y el embozo de la capa. El hombre se acercó a ellos y los saludó, a lo
que éstos respondieron descubriéndose. Y con los sombreros se quitaron
igualmente las cabezas.[7] Una fábula, sí, pero
que a las claras manifiesta el recuerdo triste que dejó la primera ciudad
española fundada en el Nuevo Mundo. Un lugar que era morada de espectros.
Habrían de transcurrir algunos años para que los sobrevivientes, una vez aclimatados,
se dieran a la tarea de colonizar las islas. Velázquez fue uno de ellos. La
leyenda tiende a ridiculizarlo, al poner un excesivo acento en su incipiente
gordura, haciéndolo pasar por un apoltronado conquistador a control remoto. Las
Casas, quien lo trató ampliamente, nos ha legado de él el siguiente retrato:
hombre simpático y de trato afable, pero que cuando montaba en cólera era
terrible; sin embargo, los arrebatos se le pasaban pronto. Sabía hacerse
respetar, emanando un aire de autoridad, y en presencia suya nadie se atrevía a
sentarse, «aunque fuese muy caballero».[8] Por la fecha en que
nos ocupa, debería andar por los últimos cuarentas, si no es que era ya un
cincuentón. Había enviudado unos cinco años atrás. Acerca de ese matrimonio, el
propio Las Casas agrega un hecho singular: se casó un sábado y para el siguiente
ya era viudo. La difunta que se llamó doña María de Cuéllar, fue hija de un
hombre de Corte y se desconocen las causas de su fallecimiento; aquí el
cronista se limita a decir que, siendo una doncella tan virtuosa, Dios se la
llevó para evitarle los sinsabores de este mundo.[9]
Velázquez probó ser promotor eficiente; en cosa
de cinco años, había fundado siete villas; a todo lo largo de la isla había
poblados, y las tierras se encontraban repartidas. No existen cifras acerca de
los españoles establecidos en esos momentos, pero por algunos datos
disponibles, podría asumirse que su número superaría con mucho los tres mil. El
despegue económico era ya una realidad. Y con el jefe al otro lado del océano,
Diego Velázquez, que en realidad sólo era teniente de gobernador, se movía con
toda autonomía, y ya se veía como gobernador. El centro del poder político para
el gobierno de las Antillas residía en Santo Domingo; pero Velázquez gozaba de
una autonomía inmensa. Para ello contaba con el favor del obispo Juan Rodríguez
de Fonseca, y con tal respaldo hacía y deshacía como le venía en gana.
No es posible hablar de los primeros pasos de la
penetración española en América, sin traer a cuento el nombre del obispo Juan
Rodríguez de Fonseca, quien como presidente del Consejo de Indias, era el hombre
que tenía en el puño las nuevas tierras, manejándolas como feudo propio.
Provenía de una de las familias más prominentes de Castilla que, durante la
guerra de sucesión, desde un primer momento abrazó el partido de la reina
Isabel, frente a las pretensiones de Juana la Beltraneja. Existe una anécdota
que, de manera muy gráfica, nos muestra quién era este personaje. En uno de sus
arrebatos, Juana la Loca resolvió viajar a Flandes para reunirse con su esposo.
Pero no estando preparada una flota, quiso hacerlo por tierra, atravesando
Francia.
El riesgo de que fuese retenida como rehén era
grande, por lo que, al persistir en su propósito, Fonseca la encerró en el
castillo de la Mota de Medina del Campo, al tiempo que mandaba recado urgente a
sus padres. La desventurada princesa se pasó todo un día gimoteando, asida a
los barrotes de la reja. La responsabilidad asumida por el obispo fue muy
grande, pues Juana, además de archiduquesa de Borgoña, era la heredera al trono
de Castilla. La reina Isabel llegó rápidamente y hubo de soportar todas las
injurias que le dirigió la hija en su acceso de locura. Los reyes aprobaron la
actuación de Fonseca, a quien le quedaron reconocidos. Así, el eclesiástico
consolidó enormemente el ascendiente que ya tenía. A la vuelta del viaje
descubridor, le fue encomendada por los monarcas la organización de la flota
que habría de conducir Colón en el que sería su segundo viaje. Un reto. Por vez
primera, se enviaba a tanta gente, a una distancia tan grande. A pesar de ello,
no se perdió un solo hombre ni una sola acémila. Todo funcionó a la perfección,
lo cual habla de las dotes organizativas del eclesiástico. Vistos los buenos
resultados, a partir de ese momento, los monarcas descansarán en él para
atender los asuntos del Nuevo Mundo. En la época del Descubrimiento, Fonseca
era arcediano de la catedral de Sevilla, de donde dio el salto a obispo de
Badajoz y Palencia, y de ahí pasó a obispo de Burgos al propio tiempo que era
nombrado presidente del recién creado Consejo de Indias (los consejos fueron
los órganos antecesores de los ministerios). En fin, la autoridad que le
confirieron fue tan grande, que a Indias pasaba quien él quería, y se hacía lo
que él mandaba. Estaba allí como un cancerbero, que cumplió a cabalidad la
misión de evitar que los señores feudales andaluces enviaran sus carabelas al
mundo recién descubierto. Con él chocarían un sinnúmero de navegantes y
conquistadores; fue él quien se encargó de frenar a Colón en sus aspiraciones
desmedidas sobre el gobierno de Indias, a las que casi consideraba como de su
propiedad, por haberlas descubierto.
Al morir la reina (1504), Fernando ejerció la
regencia; pero decepcionado por las intrigas que movían a su alrededor los
partidarios del archiduque Felipe el Hermoso (el futuro Felipe I de Castilla),
se fue a Nápoles, que formaba parte del reino de Aragón, manteniéndose alejado
de los asuntos castellanos. Por aquellos días, en que no rendía cuentas a
nadie, Fonseca aumentó todavía más su autoridad sobre las Indias; la lista de
aquellos que sintieron en carne propia los dictados de su autoritarismo es
larga, e incluye al propio fray Bartolomé de Las Casas. Pero se daba el caso de
que Diego Velázquez figuraba entre el reducido grupo de aquellos que gozaban de
su favor. Y, para consolidar todavía más su posición, estaba a punto de unirse
a él por lazos familiares, casándose con una sobrina suya. El compromiso
matrimonial ya estaba concertado.[10] Velázquez se
encontraba a punto de dar un gran salto al recibir el nombramiento de
gobernador que lo liberaría de la subordinación formal a Diego Colón. Aspiraba,
además, a la adelantaduría, lo cual colocaría bajo su jurisdicción todos los
territorios que descubriese. Estaba a punto de convertirse en un hombre muy
poderoso.
En vísperas del descubrimiento de Yucatán,
España tenía firmemente asentado el pie en dos áreas: por una parte en las
cuatro islas mayores del Caribe —la Española, Jamaica, Puerto Rico y Cuba—.
Fuera de éstas, no había ocupado ninguna otra. Y en la tierra firme, estaba la
región del Darién en Panamá, que pasó a ser llamada Castilla del Oro. El nombre
ya parece indicarlo todo: eran muy grandes las expectativas cifradas en la
zona. Se esperaba encontrar el estrecho que permitiría el paso a la Especiería.
Ése fue uno de los puntos donde a partir de 1508 los primeros conquistadores
intentaron penetrar en el continente. No pudieron con la naturaleza y la
«hierba» (las flechas envenenadas de los indios), amén de las disensiones entre
ellos mismos; de esa fallida intentona nos quedan los nombres de Diego Nicuesa,
Alonso de Hojeda, Lope de Olano, Martín Fernández de Enciso… La población
española del Darién quedó reducida a un núcleo de alrededor de quinientos
supervivientes, a cuyo mando se colocó Vasco Núñez de Balboa, un evadido de
Santo Domingo (donde se hallaba arraigado por deudas), quien consiguió llegar
allí entrando subrepticiamente en el navío de Enciso, donde se escondió
envuelto en una vela.
Por informes recibidos de los indios, Balboa
tuvo noticia de la existencia de un ancho mar, y con una partida de sesenta y
siete compañeros, se lanzó a cruzar selva y montañas para ir en su búsqueda, y
el martes 25 de septiembre de 1513, a eso de las diez de la mañana, desde lo
alto de un monte, Balboa, quien iba a la cabeza, fue el primero en divisar el
océano. El Mar del Sur, como lo llamaron. Luego de ese primer avistamiento,
todavía les tomó cuatro días descender de la montaña y ganar la orilla. El acto
de toma de posesión, que tuvo lugar el 29, «día de Sanct Miguel», es sin lugar
a dudas el más solemne de que se tenga memoria, el cual conocemos en todos sus
detalles, gracias al puntual pormenor que dejó el notario real Andrés de
Valderrábano. Cuando Balboa y los veinticinco compañeros que eligió para
acompañarlo llegaron a la orilla, el mar había retrocedido y el lecho se
encontraba cubierto de lama, por lo que decidieron aguardar a la pleamar, lo
que ocurrió en horas del atardecer. El acto dio comienzo con todos los hombres
metiendo la mano en el agua y llevándosela a la boca, para comprobar que era
salada, y dar fe de que, efectivamente, se trataba de otro mar. Luego,
sosteniendo la bandera en una mano y la espada en la otra, Balboa se adentró en
el Pacífico, hasta que el agua le llegó a las rodillas, y allí lanzó su pregón:
«Vivan los muy altos e muy poderosos reyes don Fernando e doña Joana, Reyes de
Castilla e de León e de Aragón, en cuyo real nombre, e por la corona real de
Castilla, tomo e aprehendo la posesión real a corporal, e actualmente, destas
mares e tierras e costas e puertos e islas australes con todos sus anejos e
reinos e provincias que les pertenescen o pertenescer pueden, en cualquier
manera e por cualquier razón o título que sea o ser pueda, antiguo o moderno, e
del tiempo pasado e presente o por venir, sin contradicción alguna…». El tiempo
que marcaría la validez del acto, lo fijó «en tanto el mundo durare hasta el
universal final juicio de los mortales». Hasta el fin de los tiempos. Uno de
los que presenciaban la escena se llamaba Francisco Pizarro.[11]
Pero Balboa carecía de valedores en la Corte,
por lo que no es de extrañar que tuviese mala prensa. El bachiller Enciso y
otros enemigos suyos, lo acusaban ante el rey de una serie de desafueros, entre
los que figuraba el de ser responsable directo de la muerte de Diego Nicuesa,
por haberlo embarcado en una carabela en mal estado, que se perdió en el mar.
Además, ponían en entredicho su lealtad hacia la Corona. Las intrigas
prosperaron, y en este contexto se decidió enviar una expedición, al frente de
la cual partiría Pedrarias Dávila, candidato propuesto por el obispo Fonseca,
el cual se haría cargo del gobierno de la recién rebautizada Castilla del Oro,
nombre que se haría extensivo a toda la región de Panamá. La decisión del envío
se adoptaba antes de conocerse la nueva del descubrimiento del Mar de Sur.
Pedrarias era un viejo de setenta años, duro como pocos, a quien se le conocía
por el sobrenombre de El Justador, por su afición a los torneos y la destreza con que manejaba la lanza.
En el caso de esta expedición, al igual que en los viajes del ciclo colombino y
el de Ovando, la Corona asumiría las gastos (más tarde, ante la insuficiencia
de medios, se volvería a la práctica de capitular con particulares, a cuyo
cargo correrían). Con Pedrarias embarcaron en veintidós navíos algo más de dos
mil expedicionarios, incluido un contingente femenino, integrado por esposas,
hijas, hermanas y mancebas. Se trataba, en su mayoría, de hidalgos y gente de
corte, quienes al darse a conocer que habría una nueva expedición del Gran
Capitán para dirigirse a Nápoles, vendieron todo lo que poseían para adquirir
atuendos costosos, ya que para ésa no regirían las pragmáticas que limitaban el
uso de sedas y brocados. En su pasión por el lujo, esas gentes eran capaces de
todo. Pero el proyecto fue cancelado, quedándose todos vestidos y alborotados,
y sobre todo, empeñados hasta la médula. Surge entonces el viaje de Pedrarias,
y como ya tenían el atuendo, sobraron voluntarios (no pasaría mucho tiempo para
que muchos de ellos murieran de hambre, aunque eso sí, vestidos de sedas). En
el pliego de instrucciones no se menciona que entre los propósitos de la
expedición figure la búsqueda del otro océano; Oviedo se limita a señalar: «…
acordó el Rey de enviar a Pedrarias Dávila con una hermosa armada a conoscer de
las culpas de Vasco Núñez de Balboa, e a gobernar a Castilla del Oro, en la
Tierra Firme».[12] La Corona había
centrado sus esfuerzos en Panamá, pero, ¿por qué ahí y no en otro sitio? Y
resultó ser el lugar indicado; ¿olfato muy fino, que permitió desde España oler
las marismas de la otra costa?; ¿disponían ya de algún indicio? La pregunta resulta
interesante. Está ese tan traído y llevado lugar común de que Colón murió en la
creencia de que había llegado a la India. Pero a pesar de lo divulgado que se
encuentra, quizás estemos frente a algo que no puede afirmarse tan
rotundamente. Si se analiza el que sería su cuarto y último viaje (1502-1504),
veremos que se empeñó a fondo en explorar con detenimiento esa costa; ¿esperaba
encontrar allí algo? A los treinta días del retorno a Sevilla, el contador de
la armada preparó un informe para efectuar el pago de sueldos a la marinería, y
una de las cosas que escribió, fue que andaban en busca del estrecho que
permitiría el paso a la Especiería. En igual sentido se expresaron varios de
los marineros al ser interrogados años más tarde.[13]
La expedición de Pedrarias zarpó de San Lúcar el
11 de abril de 1514. En altamar se cruzarían con una carabela. Allí iba la
noticia del descubrimiento del Mar del Sur. La primera tierra americana
avistada fue la isla de Doménica, adonde bajaron para hacer aguada. Pedrarias
resolvió mudarle el nombre al sitio en que desembarcaron, que era conocido como
Aguada, para que pasara a llamarse Bahía de Fonseca, en homenaje a quien debía
el cargo. Oviedo, el veedor de la armada y futuro cronista de Indias, no deja de
reprochárselo. Tomaron el agua, y a la hora de reembarcar faltaban varios
hombres, que se habían internado tierra adentro, por lo que tuvieron que
demorarse, mientras una partida iba en su búsqueda, llamándolos y tocando
trompetas. Cuando los reunieron, hubo uno, un tal San Martín, criado de
Pedrarias, quien por lo duro de las condiciones a bordo de los navíos, se negó
a reembarcar, pidiendo quedarse. Notificado Pedrarias, ordenó que sin más
trámite fuese ahorcado. Cuando levaban anclas dejándolo colgado, se acercó a
Pedrarias un clérigo para pedir de parte del obispo que venía a bordo, que
diese licencia para poder enterrarlo, puesto que era cristiano. Lo sepultaron
al pie del árbol que le sirvió de horca. Quedaron advertidos de quién era
Pedrarias Dávila.[14]
Pedrarias desembarcó en Panamá con el pie
equivocado. El saludo de bienvenida lo constituiría la noticia de que el Mar
del Sur ya estaba descubierto. Resulta obvio el disgusto que ello le ocasionó.
El descubrimiento le valdría a Balboa que mejorara su imagen en la Corte,
otorgándosele el nombramiento de adelantado del Mar del Sur (aunque subordinado
a Pedrarias), lo cual produjo una tregua entre ambos…; al menos en apariencia.
Emparentaron. Balboa se casó con una hija de Pedrarias (que se encontraba en España),
pero éste se la tenía jurada y de nada valió que fuese su yerno. En la primera
coyuntura que encontró lo acusó de alta traición. Luego de un proceso amañado,
en el que no se le dio la oportunidad de defenderse, fue sentenciado a muerte.
En lugar de ser remitido a España, como correspondía, le fue cortada la cabeza,
lo mismo que a cuatro de sus compañeros.
A la muerte de Balboa, como encontraran que en
Castilla del Oro no tenían futuro, un grupo de soldados que sentían que allí
estaban de más, solicitaron licencia a Pedrarias y se dirigieron a Cuba (Oviedo
se cuenta entre los que salieron, sólo que él se dirigió a España, «por dar
noticia a mi Rey, e por vivir en tierra más segura para mi conciencia e vida».[15] La situación en las
islas era muy distinta, pues éstas habían logrado la autonomía alimentaria, con
lo cual dejaron de ser una carga para la Corona. Por así decirlo, habían
alcanzado la mayoría de edad. Disponían de medios propios. La agricultura y la
ganadería se desarrollaban rápidamente, y en La Española, Jamaica y Puerto
Rico, comenzaba a extenderse la cría de ganado caballar y vacuno. Ya no era
preciso traerlo desde España; en cuanto a Cuba, por ser la última en pasar a
dominio español, todavía dependía en parte de las otras islas para proveerse de
caballos y vacas. En lo referente a puercos, en eso no había problema, pues se
habían multiplicado inmensamente en las cuatro islas. Ésa era la situación. Las
islas estaban listas para servir como trampolín para lanzarse sobre la tierra
firme. La conquista de México será una empresa antillana, o quizás sea más
propio decir cubana, la cual se llevaría a cabo sin participación de la
metrópoli.
El desarrollo de las Antillas topaba con una
limitante muy seria. Faltaban brazos. La llegada del hombre europeo resultó
calamitosa para la población local. Ya de por sí, las islas se encontraban
escasamente pobladas y, con los malos tratos y el trabajo que les fue impuesto
a sus habitantes, su número comenzó a declinar. Se trataba de grupos humanos en
un estado de desarrollo muy primitivo, al grado de que en algunas de las islas
iban completamente desnudos, arropados sólo por la benignidad del clima. Eran
básicamente recolectores, con una agricultura incipiente, y complementaban su
alimentación con la caza y la pesca. Practicaban una especie de comunismo
primitivo, en que todo lo compartían, resultándoles extraños los conceptos de
«tuyo» y «mío»; además, por ser tan escasos sus bienes, difícilmente
comprendían los problemas originados por la propiedad privada. Como se
conformaban con lo estrictamente necesario, carecían de motivaciones para
seguir trabajando en cuanto satisfacían sus necesidades. Y ése fue el problema.
Los españoles los pusieron a trabajar. Los trabajos forzados, y las hambres
padecidas por los que huían a los montes para evitarlos, cobraron una elevada
cuota de vidas. Pero lo que realmente vino a barrerlos fueron las epidemias. De
un solo golpe les cayeron encima todos los gérmenes del Viejo Mundo. Algo semejante
a la peste negra, que procedente de Asia, azotó a Europa en el siglo catorce.
La tierra se despobló rápidamente y, para resolver el problema de la mano de
obra, se organizaban auténticas cacerías en las islas vecinas, con el fin de
capturar indios a los que destinaban al trabajo en minas a cielo abierto o en
la agricultura. Y conforme se fue agotando la población de éstas, las capturas
se fueron efectuando en lugares cada vez más distantes. Esa era, en vísperas
del descubrimiento de Yucatán (1517), la situación política social y económica
del Nuevo Mundo controlado por España. En cuanto a conocimientos geográficos,
hacía tres años que se había descubierto la Florida; y muy arriba, por el
norte, Labrador y Terranova eran conocidos desde comienzos del siglo. Por el
sur, a partir del Golfo de Honduras, hasta más abajo de la desembocadura del
Amazonas, era tierra conocida. Faltaban por explorar parte del litoral de
Estados Unidos, y un pequeño segmento muy significativo: justo el que se
encontraba frente a Cuba. ¿Casualidad? Dos datos ameritan atención: el primero,
la distancia tan corta entre ambos puntos, y el segundo, la deriva de las
corrientes. Una embarcación que zarpando del sur de la isla, quede al pairo, la
corriente la llevará a Yucatán, como es frecuente hoy día, en el caso de los
balseros cubanos, que aportan a Cozumel o Isla Mujeres. Ello lleva al
planteamiento de la pregunta siguiente: ¿se tenía o no se tenía conocimiento de
la existencia de Yucatán y del territorio que hoy es México? No puede
responderse en forma categórica, pero indicios, de haberlos, los hay. A partir
del cuarto viaje colombino, se tuvo el primer barrunto del mundo maya; vemos
que la marinería, a su llegada a Sevilla, ya habla de una tierra de «Maya»,
situada al norte del Golfo de Honduras. Otro antecedente se encuentra en los
viajes de Vicente Yáñez Pinzón, el antiguo capitán de La Niña, quien en 1500, recorrió el litoral del Brasil hasta
alcanzar el Amazonas, en el cual se internó. En 1508, realizó un segundo viaje
en compañía de Juan Díaz de Solís, en el que llegaron al Golfo de Honduras,
recalaron en la isla de la Guanaja y prosiguieron costeando hacia el norte y,
al parecer, se habrían internado en el Golfo de México, hasta alcanzar un punto
a la altura de Tampico. Al no haberse encontrado el informe de ese viaje, los
únicos datos disponibles provienen de las declaraciones del piloto Ledesma
(mismo que acompañó a Colón en el último viaje, y vino luego con Pedrarias).[16] Por tanto, saber si
llegaron hasta esa altura, depende de que las estimaciones del piloto hayan
sido correctas. Lo que sí se conoce con certeza, es que en ese viaje Vicente
Yáñez Pinzón encontró en esa área una tierra, a la que impuso el nombre de «Punta
de las Veras». El nombre pronto saldrá a relucir en un par de ocasiones.
Oviedo, quien conversó ampliamente con Vicente Yáñez Pinzón, y dice de él que
era el marino más bien hablado que le tocó tratar, asevera que el
descubrimiento del Golfo de Higüeras (Golfo de Honduras) fue anterior al del
río Marañón (Amazonas).[17]
Una pregunta flota en el aire: ¿sabía Cortés
adónde iba?, ¿tenía algún conocimiento anticipado de lo que hallaría en esas
tierras? No hay pruebas, pero un dato interesante, que pronto veremos, consiste
en que cuando desde la carabela tenga a la vista los templos de Yucatán no se
interesará en ellos, sino que seguirá de largo, directamente hasta el arenal de
Chalchicuecan. Como si de antemano tuviera fijado su punto de destino.
Ése era el estado de las cosas cuando aparece en
escena Bernal Díaz del Castillo. Según él mismo lo cuenta, formaba parte de un
grupo de ciento diez soldados ociosos, quienes al no haber recibido de Diego
Velázquez las encomiendas e indios que esperaban, y no tener cosa en qué
emplearse, decidieron participar en una expedición que se organizaba para ir a
capturar indios en la vecina isla de la Guanaja. Así da comienzo la historia.
La expedición la comandaba un hombre acaudalado, llamado Francisco Hernández de
Córdoba, quien la había organizado en colaboración con Lope Ochoa de Caicedo y
Cristóbal Morante, dos amigos suyos. Al momento de iniciar la aventura, Bernal
era un joven de veintidós a veinticuatro años, de quien se poseen escasos
datos, pues sólo se sabe lo que él mismo dice, ya que ninguno de sus compañeros
habla de él. Refiere que pasó a Castilla del Oro con Pedrarias y, al ver que
allí no tenía futuro, fue uno de los que le solicitaron licencia para probar
suerte en Cuba. Por los años que tenía, se nota que no sería uno de los
veteranos de Italia, pues aparte de no tener edad para ello, tampoco él lo
menciona. Aunque comenzó muy joven la andadura indiana (tendría veinte años
cuando pasó con Pedrarias), no daría comienzo a su libro sino muchos años
después, de allí los numerosos errores y fallos de memoria que se observan. A
su libro le impuso el título de Historia verdadera de la
conquista de la Nueva España, el cual será
uno de los hilos conductores de esta narración. Su relato contrastará con el de
Cortés, pues mientras éste, como comandante supremo, expone el panorama desde
la cúspide, Bernal, desde abajo, es un subordinado que refleja la situación tal
cual la veían los que se limitaban a cumplir órdenes. El uno expone las líneas
maestras del proyecto, y el otro, las habladurías de la tropa. Por supuesto,
como antes se advirtió, intervendrán otros más; pero para armar la estructura
de este libro, los hilos conductores principales serán estos dos.
Una vez obtenida la licencia del gobernador, los
expedicionarios fletaron dos navíos y un bergantín. Como piloto mayor,
encargado de dirigir la navegación, iría Antón de Alaminos, aquel que cuatro
años antes había conducido a Juan Ponce de León en el viaje en busca de la
Fuente de la Juventud Eterna, que si bien no dieron con ella, en cambio, tuvo
como resultado el descubrimiento de la Florida. Los otros pilotos fueron
Camacho de Triana y Juan Álvarez el Manquillo; a bordo llevaban como capellán al padre Alonso
González y, como veedor, a un tal Bernardino Iñiguez.[18] Este último tenía
como función llevar cuenta de todo el oro y joyas que se obtuviesen, teniendo
especial cuidado de asegurar el quinto real [el quinto real era un impuesto
medieval que debía cubrirse al monarca del producto del botín obtenido en correrías
en tierras de moros]. Resulta extraño que esperasen hallar tesoros, puesto que
hasta ese momento en Indias, fuera de perlas, no se había encontrado ninguno;
es más, ni siquiera se habían topado con una sola casa de cal y canto. Y aquí
surge la pregunta: ¿se trataba de una expedición para capturar indios?, o,
¿tenían ya una idea de lo que buscaban? En el primero de los casos, el veedor
sobraba. Las Casas refiere que Alaminos habría dicho a Hernández de Córdoba que
esperaba encontrar tierra nueva, «porque cuando andaba con el Almirante viejo
[Colón], siendo él muchacho, vía que el Almirante se inclinaba mucho a navegar
hacia aquella parte, con esperanza grande que tenía que había de hallar tierra
muy poblada y muy más rica que hasta allí, e que así lo afirmaba, y porque le
faltaron los navíos no prosiguió aquel camino».[19] En términos
semejantes se expresa el cronista Francisco Cervantes de Salazar, quien pone en
labios de Alaminos el discurso siguiente: «siendo yo pajecillo de la nao en que
el almirante Colón andaba en busca desta tierra, yo hube un librito que traía,
en que decía que, hallando por este rumbo fondo […] hallaríamos grandes tierras
muy pobladas y muy ricas, con sumptuosos edificios de piedra…».[20] Según eso, no irían
tan a ciegas, casi podría asegurarse que iban a tiro hecho; Las Casas
puntualiza, incluso, que lo que en su origen se concibió como una expedición
para esclavizar indios, sobre la marcha cambió de objetivos en cuanto el piloto
Alaminos confió el secreto a Hernández de Córdoba, quien habría solicitado a
Velázquez la autorización correspondiente, para que si encontraban una nueva
tierra fuese con licencia suya, otorgada como teniente de gobernador. Concedida
ésta, partieron.[21] Por otro lado se
advierte que Oviedo, quien a diferencia de Las Casas y Cervantes de Salazar sí
habló con él («del mesmo piloto Alaminos yo me informé»), no menciona nada de
esto.[22] Y finalmente, se
dispone del testimonio del propio piloto, quien en una probanza efectuada en
1522, en respuesta a una pregunta concreta, se limitó a decir que Hernández de
Córdoba le pidió: «que pues era piloto y había ido a descubrir otras veces, que
viniese con la dicha armada en busca de tierra nueva, e ansí lo hizo e
aportaron en la parte que se dice Yucatán».[23] Aquí hay que dejar
sentado que, aunque Alaminos no dejó memorias, en ninguna de las respuestas a
las preguntas que entonces se le formularon afirmó haber navegado con Colón.
La flota zarpó de La Habana el 8 de febrero de
1517; doce días después dejaban atrás Punta San Antonio, el extremo más
occidental de Cuba y, para el primero de marzo, tenían a la vista una tierra en
la que se distinguían grandes edificios de piedra, razón por la que llamaron al
lugar el Gran Cairo. Construcciones de cal y canto por primera vez en Indias.
Por su planta evocaban mezquitas, de ahí el nombre. Parecería que se
encontraban en las inmediaciones de Cabo Catoche, adonde desembarcarían al día
siguiente. La acogida fue amistosa. Escucharon a los naturales decir algo que,
a sus oídos sonó como «cones cotoche», y que, según interpretaron, querría
decir «vengan a nuestras casas». De ahí el nombre que le impusieron.[24] A pesar de lo
amistoso de ese primer encuentro, en cuanto hicieron intento de internarse
tierra adentro, fueron acometidos. Ante lo inesperado del ataque, se retiraron
enseguida, resultando algunos heridos. Atrás dejaron quince indios muertos. Al
retirarse se llevaron a dos jóvenes, a quienes impondrían los nombres de
Julianillo y Melchorejo, los cuales en lo sucesivo servirían como intérpretes.
Mientras se libraba la refriega, el padre Alonso González no perdió el tiempo;
entró a un adoratorio, apropiándose de algunas figurillas de terracota y piezas
de oro. Prosiguieron la navegación por el litoral norte costeando la península,
para largar el ancla en una tierra cuyo nombre les resultó impronunciable, y
sonó a sus oídos como Campeche, a la cual llamaron indistintamente con ese
nombre, o el de tierra de Lázaro, por haber llegado en el día fijado por la
Iglesia para la lectura del evangelio sobre ese santo. Pronto encontraron un
buen pozo y comenzaron a henchir pipas y vasijas, y se encontraban en ello, cuando
llegaron unos indios que al par que decían «castilan, castilan», gesticulaban
señalando hacia donde sale el sol, preguntándoles si era de allí de donde
venían. Fueron llevados al pueblo, donde vieron adoratorios en los que se
encontraban ídolos y figuras de serpientes, detectando costras de sangre, como
indicio de algún sacrificio reciente. Algo que también les llamó poderosamente
la atención, fue el ver cruces esculpidas en las paredes. Se encontraban en eso
cuando aparecieron unos sacerdotes, cuyas túnicas les llegaban hasta los pies,
y traían la cabellera en desorden, endurecida por la sangre seca, los cuales
les dirigieron una mirada de pocos amigos. Encendieron unos sahumerios y
hogueras, que interpretaron como advertencia de que les daban como plazo para
irse, el tiempo que aquello tardara en consumirse. Ante esa actitud francamente
hostil, que no dejaba lugar a dudas, subieron a bordo toneles y vasijas con el
agua recogida y reembarcaron. Prosiguieron la exploración de esa costa, donde
los sorprendió un norte, que sopló cuatro días seguidos; a poco, volvieron a
encontrarse sin agua, y efectuaron una recalada para aprovisionarse en
Champotón. Ése sería para ellos el lugar del desastre; fueron atacados,
resultando muchos muertos, y los sobrevivientes cubiertos de heridas, a
excepción de uno que salió ileso. En vista de ello, reembarcaron
apresuradamente, sin haber hecho provisión de agua, poniendo rumbo a la
Florida, que era tierra conocida para Alaminos, quien esperaba encontrar
vientos favorables que facilitasen el retorno a Cuba. Fueron tantos los muertos
y heridos, que al faltar brazos para gobernar las naves, tuvieron que abandonar
la más pequeña, a la que prendieron fuego. Por el camino, fueron arrojando por
la borda a los que morían a consecuencia de las heridas. Bernal cuenta que él
recibió tres flechazos; «uno de ellos peligroso, en el costado izquierdo, que
me pasó a lo hueco». Al lugar el autor lo llama unas veces Champotón, y otras,
Potonchán. Ha prevalecido el primer nombre, aunque durante mucho tiempo se le
conoció como «Costa de la mala pelea».
Y en cuanto pusieron pie a tierra en la Florida,
fueron atacados. Más heridas, y con grandes trabajos consiguieron coger un poco
de agua. A Berrio, el único que venía ileso y que se alejó para sacar un
palmito, los indios se lo llevaron vivo. Cuando partieron rumbo a Cuba faltaban
cincuenta y siete hombres. Nadie se ocupó de anotar la fecha del retorno, pero
si se asume que la andanza por tierras mexicanas no excedería los treinta días,
a los que se agrega la breve recalada en la Florida, más el tiempo de travesía
de la costa cubana a Yucatán, y viaje de retorno, la correría no habría llegado
a tres meses.
§. Grijalva, un capitán que no hiciera mal fraile
Al llegar a Cuba, los expedicionarios se
dispersaron por la isla, tomando cada cual por su lado y, según recuerda
Bernal, el capitán Hernández de Córdoba, quien traería encima cosa de treinta
heridas, se dirigió a la hacienda que poseía en Sancti Spiritus, adonde moriría
a los diez días. [25] Pasó un tiempo y,
luego de numerosas vicisitudes, Bernal consiguió llegar a Santiago. Allí se
encontró con la novedad de que Velázquez ya preparaba una segunda expedición.
Se encontraba éste con ánimo exultante, ante los objetos de oro que tenía a la
vista, traídos por el padre González y, al momento, lo invitó a participar en
ella. Bernal dice haberse sorprendido al enterarse de que la nueva tierra ya
tuviera nombre: Yucatán. Supuestamente, ello se originaría de un mal entendido,
pues cuando los españoles hablaban, los indios les respondían, «tectetán,
tectetán», ello es, «no te entiendo, no te entiendo», a lo que los españoles
interpretaron que sería el nombre de la tierra. Y la llamaron tal como les sonó
a sus oídos: Yucatán. [26]
Para el mando, Velázquez había elegido a Juan de
Grijalva, un sobrino suyo, quien llevaría como capitanes a Francisco de
Montejo, Pedro de Alvarado y Alonso de Ávila. Gente nueva. La designación de
estos últimos parece haberse debido a razones fortuitas: se encontraban en
Santiago y el gobernador echó mano de ellos. Se trataba de hombres prominentes
en la isla, de entre los cuales, el de mayor fortuna personal era Montejo. Los
tres aventajaban en edad a Grijalva, quien por aquel entonces andaría por los
veintiocho años y, como el tiempo lo demostraría, eran individuos que se
sentían llamados a empresas mayores.[27] Velázquez cometió una
equivocación mayúscula al designarlo: en medio de ellos, el sobrino aparecía de
talla minúscula. Nada extraño que se le fueran de control. En cuanto a la
marinería, volverían los pilotos Alaminos, Camacho de Triana y el Manquillo, a
los que se agregaría otro, llamado Sopuerta. Se reunieron así hasta unos
doscientos cuarenta hombres, que embarcarían en cuatro navíos, dos de los que
antes habían ido con Hernández de Córdoba y los otros dos aportados por
Velázquez. Como capellán iría el padre Juan Díaz, quien se convertiría en el
relator del itinerario de la armada. Aquí procede una observación: Bernal
sostiene que Hernández de Córdoba habría muerto, pero se dispone de dos
testimonios autorizados asegurando que éste, a pesar de encontrarse con vida,
fue apartado por Velázquez, para despojarlo de su descubrimiento. El primero de
éstos proviene de Alaminos, quien expresa que Hernández de Córdoba quería
viajar a España para quejarse, pero que no lo hacía porque «había miedo que el
dicho Diego Velázquez le destruiría por ello».[28] Las Casas, quien en
aquellos momentos se encontraba en Zaragoza, recibió carta de su «harto amigo»
Hernández de Córdoba relatándole lo ocurrido y, sintiéndose desposeído, le
rogaba que intercediese a su favor ante la Corona, en tanto que él estaba en
condiciones de viajar a España.[29] Frente a estos dos
testigos calificados, y por sus aseveraciones, se nota que a Bernal le ha
fallado la memoria. Acerca de fray Bartolomé de Las Casas cabe señalar que,
aunque se trata de una figura ampliamente conocida en su papel de defensor del indio,
en cambio, fuera del gremio de los historiadores, sus otras actuaciones ya no
resultan tan familiares. En general se desconoce que, sin duda alguna, se trata
del máximo historiador del descubrimiento de América y, a la vez, tuvo un
protagonismo importante en los comienzos de la colonización española. El
espacio que dedicó a la conquista de México fue breve, pero, a pesar de ello,
es de suma importancia. Mientras Bernal habla como testigo de primera fila, Las
Casas en muchas ocasiones lo hace desde las antesalas de los personajes más
prominentes, allí donde se resolvían los asuntos de Indias (incluidos Adriano
de Utrecht, el futuro Papa, y el propio Carlos V); llegó a influir a tal grado,
que algunas decisiones fundamentales fueron adoptadas a instancias suya. Como
llegó a Santo Domingo en época temprana (primer sacerdote ordenado en Indias),
y anduvo en la conquista de Cuba, conoció a muchos de los personajes que
posteriormente tendrían una participación destacada. Sus observaciones son
valiosas en extremo para familiarizarnos con algunas facetas de la personalidad
de Hernán Cortés, a quien llegó a conocer muy bien; lo trató primero en Cuba, y
luego, en un lapso de varios años, conversaría con él en España. La inmensa
actividad que desplegó, y lo frecuente de sus desplazamientos, hacen que nos
refiera la acción lo mismo desde Cuba, Santo Domingo, España o México. Su
descomunal Historia de Indias viene a constituir un
testimonio de primera mano proveniente de distintos estratos, desde el más
modesto, hasta la cúspide. Al igual que Bernal, presenta el inconveniente de
haber escrito en edad avanzada. En ocasiones los fallos de memoria son patentes,
al grado de que olvidándose de lo escrito con anterioridad, luego se
contradiga; incluso en varias ocasiones manifiesta no recordar bien lo
acontecido debido al tiempo transcurrido. Se estima que terminó de revisar su
manuscrito unos quince años antes de que Bernal le pusiese punto final al suyo.
Por lo mismo, está algo más cercano a los sucesos que narra. Aunque el nombramiento
de Grijalva aparece fechado el 20 de enero de 1518, los preparativos se
prolongaron algo más de dos meses, zarpando a finales de abril. Para el 3 de
mayo, día de la Santa Cruz, ya estaban frente a Cozumel. Por la fecha, llamaron
a la isla Santa Cruz de Puerta Latina, denominación que muy pronto quedó de
lado. Ésta se encontraba desierta, pues sus pobladores habían corrido a
ocultarse en cuanto divisaron los navíos. Encontraron únicamente a dos viejos,
a quienes, a través de Julianillo y Melchorejo les pidieron que fuesen a llamar
a los caciques. Éstos partieron y, mientras los aguardaban, se acercó una mujer
joven, de buen parecer, en opinión de Bernal. Era una india de Jamaica. Y según
contó, haría cosa de dos años embarcó en una canoa que salió a pescar en
compañía de su marido y otros diez hombres. La deriva de las corrientes los
empujó a la isla, donde los isleños sacrificaron a los hombres. A ella la
conservaban como esclava. Como ya se encontraba familiarizada con los
españoles, y entre éstos había algunos que comprendían la lengua de Jamaica,
les resultó posible entenderse. Dado que hablaba la lengua maya, fue enviada a
llamar a los caciques, pero a los dos días volvió diciendo que, por más que
insistió, ninguno aceptó venir. Al ver que allí ya no tenía nada que hacer,
Grijalva resolvió continuar el viaje, recogiendo a la mujer, que pidió que no
la dejasen allí; es curioso que ya no vuelva a oírse hablar de ella, quien, por
el conocimiento que tenía del idioma, pudo haberse convertido en una precursora
de Malintzin. [30]
En Cozumel, Grijalva hizo redactar al notario
Diego de Godoy una escritura en la que dejaba asentado que la toma de posesión
se hacía en nombre de Diego Velázquez. Allí quedó formalmente desconocida la
autoridad de Diego Colón. Navegaron alrededor del litoral de la isla y, para el
día once, ya surgió una controversia: Alaminos pidió a Grijalva que lo dejase
hacer su oficio en lo referente a la navegación. Éste accedió, pero las
diferencias volvieron a surgir; Alaminos quiso dimitir, pidiéndole que nombrase
a otro piloto mayor. Las cosas iban mal. Las razones no están claras, pero está
visto que ya desde un primer momento, Grijalva comenzó a tener dificultades.
Estos datos los aporta Gonzalo Fernández de Oviedo, quien es persona informada,
pues fue a él a quien Velázquez entregó toda la documentación relativa al viaje
de Grijalva, «e yo llevé este testimonio a España a su ruego para dar noticia
de ese descubrimiento suyo a la Cesárea Majestad».[31] Y como nos
encontramos frente al autor de esa crónica monumental que es la Historia general y natural de las Indias, y éste viene a ser otro
de los hilos conductores de este relato, antes de pasar adelante justo será
decir unas palabras sobre su persona, a manera de introducción, para que sepa
el lector quién es el que habla, a reserva de ofrecer más adelante una semblanza
más amplia. Oviedo es un hombre que viene de abajo; sus acomodos en la Corte
fueron, invariablemente, en cargos de tercera o cuarta fila. Lo modesto del
plano en que se desenvolvía le aseguraba tener siempre un empleo,
desempeñándose las más de las veces como simple comparsa. Y desde su modesta
atalaya observaba todo lo que se movía a su alrededor. Es como el fotógrafo de
una época, y la galería de personajes que conoció es impresionante. Oviedo
aparece en escena por vez primera cuando, siendo un mozalbete, sostenía la
brida del caballo de su amo, el joven duque de Villahermosa, formando parte del
acompañamiento de los reyes, mientras aguardaban frente a las murallas de
Granada la llegada de Boabdil, quien haría entrega de las llaves de la ciudad.
Un año más tarde, sirviendo en la Corte, le correspondió presenciar en
Barcelona el momento en que Colón llegó ante los reyes para informarles del
Descubrimiento. Después de numerosas andanzas por tierras de España e Italia,
pasó a Panamá y, como el ambiente con Pedrarias Dávila no le era muy propicio,
retornó a Santo Domingo y de allí pasó a España; viajó a Flandes esperando
recibir alguna prebenda de Carlos V. No lo logró en esa ocasión, pero con el
paso del tiempo el monarca le otorgaría el nombramiento de Cronista de Indias.
El cargo lo desempeñaría simultáneamente con el empleo de alcaide de la
fortaleza de Santo Domingo, donde se encerró para concluir su descomunal Historia general y natural de las Indias. A corta distancia de su
fortaleza, en el convento de Puerto Plata, fray Bartolomé de Las Casas escribía
su magna obra; pero nunca llegaron a hablar ni mucho menos a comparar notas.
§. El mundo maya
Los expedicionarios de Grijalva cruzaron el
brazo de mar que separa la isla de Cozumel de la tierra firme, y prosiguieron
la navegación muy pegados a la costa. Es en ese momento cuando divisaron los
templos de Tulum, que por encontrarse en alto y junto al mar debieron haber
constituido una sorpresa inusitada. Llama la atención el escaso énfasis puesto
por Bernal, y otros cronistas, al hablar de ese encuentro inesperado. Luego de
tantos años de no ver otra cosa que casas con techo de palma, aquello necesariamente
debió impresionarlos. Situados en lo alto de un acantilado, para cualquiera que
los observa por primera vez desde el mar, la visión puede producir el mismo
efecto que observar el Partenón en lo alto de la Acrópolis. El estado de
abandono en que se encontraban debía darles un aspecto fantasmal. Todavía hoy
día asombran al visitante, por lo cual no se acierta a comprender que los
cronistas no hayan descrito con detalle ese encuentro. Por alguna razón, bien
fuese a causa de los vientos, o de las mareas que no eran favorables, el caso
es que pasaron de largo. Prosiguieron la navegación, siempre hacia el sur. El
jueves trece de mayo ya estaban frente a la entrada de una gran bahía. Como era
día de la Ascensión, le impusieron ese nombre, mismo que a la fecha conserva
(tanto Oviedo como Las Casas subrayan que, en aquel año, el día de la Ascensión
cayó en esa fecha).[32] Allí permanecieron
dos días intentando entrar, pero desistieron ante el arrecife que impide el
acceso. No sería sino hasta mediados del siglo XIX cuando en las cartas marinas
aparecería señalado el paso que permite la entrada. Aquí, al describir este
tramo del trayecto aparece un aparente olvido de Bernal, que omite la vista de
bahía de la Ascensión, sosteniendo, en cambio, que de Cozumel navegaron por la
costa de Yucatán dirigiéndose al norte. El error es notorio; Bernardino Vázquez
de Tapia, quien también tomó parte en ese viaje, escribe que de Cozumel se
dirigieron a «la costa de Yucatán, por la parte del Sur, hasta bahía de
Ascensión». Oviedo, Las Casas, al igual que la restante documentación
disponible, coinciden en afirmar que la navegación fue en dirección sur.[33] Abandonado el intento
de penetrar en bahía de la Ascensión, se dieron la media vuelta, y prosiguieron
el viaje costeando la península de Yucatán en dirección norte. En el trayecto
encontraron en el mar las nasas de unos pescadores, a las que retiraron el
pescado.
El veintidós de mayo, que era sábado y víspera
de la Pascua del Espíritu Santo, llegaron a unas playas arenosas, y allí
Alaminos cayó en la cuenta de que habían pasado de largo por la tierra de
Lázaro (Campeche), en cuya busca iban para proveerse de agua; según estimó,
estaban precisamente junto a Champotón, allí donde Hernández de Córdoba
sufriera el descalabro. Volvieron atrás, pero no encontraron otra cosa que
ciénagas, por lo que el lunes, Alaminos, Grijalva, y Diego de Godoy se pasaron
a la Santa María de los Remedios, que por ser la de menor porte, requería de menos calado. Era tanta la
necesidad que tenían, que llevaban tres días en que no bebían otra cosa que
vino. Oviedo, quien tenía a la vista el diario de navegación, describe la
acción de esta manera: «Miércoles, veinte e seis días de mayo de mill e
quinientos e diez e ocho, cuasi dos horas antes de que fuese de día, al cuarto
del alba, el general Joan de Grijalva se embarcó en el batel de la nao capitana
con toda la gente que pudo caber en él; e mandó que los otros capitanes
particulares de los otros navíos hiciesen lo mismo en sus barcas con toda la
gente que en ellas cupiese, e salieron en tierra lo más secreto y sin ruido que
les fue posible, e sacaron tres piezas de artillería, e muy concertadamente,
sin ser sentidos, salieron junto a una casa que estaba en la costa».[34] Pero su desembarco no
pasó inadvertido para unos indios, quienes fueron a dar la voz de alarma,
mientras las barcas regresaban para bajar al resto de los hombres. Conforme
amanecía, sentían llegar más gente, cada vez en números mayores, y cuando aclaró
del todo, pudieron ver la inmensa multitud que tenían enfrente, armados de
arcos y flechas. Por medio de Julián, Grijalva les hizo saber que sólo venían
por agua, y que en cuanto llenaran sus toneles se irían. En esas condiciones se
acercaron al pozo, cuando sucedió una situación confusa, pues mientras unos los
intimidaban para que se fuesen cuanto antes, otros se acercaban trayéndoles
tortillas, un guajolote u otra cosa de comer, partiendo rápidamente con la
fruslería que les dieran a cambio. Se dijo la misa, y así estuvieron el resto
del día, mientras por medio del intérprete se les daba a entender quién era ese
rey de España, a quien estaban obligados a dar la obediencia. Llenaban las
vasijas con lentitud, pues del pozo manaba poca agua. Llegó la noche, y no
cesaron de oír caracolas y batir de tambores. Amaneció, y un indio que parecía
persona principal, se acercó a ellos poniendo en tierra un sahumerio. Julián
advirtió que cuando éste terminara de arder, atacarían. Mientras, unos gritaban
y otros seguían trayendo guajolotes para cambiar por cuentas o lo que les
dieran. Se extinguió la lumbre y los indios comenzaron a atacar; Grijalva
ordenó que se estuviesen todos quietos, pidiendo al escribano que le diese una
constancia de que se veía obligado a pelear para defenderse. Acto seguido hizo
disparar las tres piezas de artillería que había bajado a tierra. Repuestos del
susto, los indios respondieron con una lluvia de flechas, peleándose
denodadamente. Bernal recuerda que, para complicar aún más las cosas, en esos
momentos cayó en el campo una manga de langosta dificultando la visión; cuando
creían que era una flecha, se cubrían con la rodela y resultaba una langosta, y
cuando de veras era la flecha, los sorprendía con la guardia baja. Siete
muertos, entre los cuales figuraba Juan de Guetaria, hombre destacado, y unos
sesenta heridos. Ése fue el balance para los españoles. En cuanto a los indios,
no pudieron calcular las bajas, pues la mayor parte cayó dentro de la espesura.
Grijalva recibió un flechazo en la boca que le tumbó dos dientes.[35]
Embarcaron a los heridos, y Grijalva permaneció
en la playa mientras completaban la provisión de agua. Cada vez que los indios
comenzaban a acercarse, se disparaba un cañonazo para dispersarlos. Así
estuvieron, acercándose ocasionalmente algunos para asegurar que su cacique
quería hacer las paces y ser amigo del capitán. Ofreció venir, pero nunca lo
hizo. En señal de paz envió una máscara de madera dorada. Grijalva reembarcó
largando velas. Partieron del lugar llevándose a cuatro jóvenes que en lo sucesivo
habrían de servirles de intérpretes; fueron bautizados, y al que parecía más
despierto, se le impuso el nombre de su padrino, y así pasó a llamarse Pedro
Barba.
La recalada siguiente fue en un punto situado en
la boca de la laguna de Términos, al cual llamaron Puerto Deseado (Puerto Real,
en Isla del Carmen). Ante la anchura de la bahía, cuya ribera opuesta no
alcanzaba a distinguirse en el horizonte, Alaminos supuso que se encontraban
ante el brazo de mar que comunicaba con bahía de la Ascensión, y seguro de que
Yucatán sería una isla, sentenció: «aquí parte términos la tierra».[36] La escasa profundidad
les hizo desistir de internarse en ella; otro argumento que reforzaba la
opinión del piloto era que en Yucatán no habían visto un solo río. Y sin más,
reembarcaron. Luego de una breve navegación estaban frente a un río caudaloso,
que tenía obstruida la desembocadura por una barra, de cuya existencia advertía
la espuma de los rompientes. Bajaron los bateles internándose en él y, a
continuación, por tratarse de tierra nueva, a la que no había llegado Hernández
de Córdoba, procedió Grijalva al acto de toma de posesión. Encontró allí buena
acogida por parte de los moradores; se acercó a verlo un cacique, efectuándose
un trueque de objetos. Los españoles demandaban oro, a lo que los indios
replicaban que no lo tenían, y señalando en dirección norte, decían «Colhúa,
Colhúa», expresando que allí lo encontrarían. A oídos de los expedicionarios la
voz sonó como «Ulúa» y, comprendiendo que de allí provenía, partieron en su
busca. El río perpetuaría el nombre de su capitán.
Pasaron de largo frente a la desembocadura del
caudaloso Coatzacoalcos, sin realizar el intento de entrar en él por lo crecido
que venía; siguieron costeando. Alvarado, que se había separado de la flota
tomando la delantera, sin molestarse en obtener la autorización de Grijalva, se
internó a explorar el Papaloapan. Venía a bordo del bergantín San
Sebastián, el navío de menor porte de los
cuatro que traían. Subió hasta Tlacotalpan, donde le ofrecieron algún pescado,
y de allí volvió para reunirse con el resto de la flota que lo aguardaba en la
bocana. Grijalva, indignado, le reprochó haber emprendido tal acción sin su
consentimiento, y de allí en adelante se agrió la relación entre ambos.
Siempre pegados a la costa, prosiguieron su
rumbo. Un soldado llamado San Martín fue el primero en descubrir un pico nevado
que sobresalía por encima de las nubes. En un principio se rehusaron a creer
que eso fuera posible, ya que navegaban en medio de los calores del trópico;
pero no tardaron en convencerse de que aquello era una realidad. En memoria de
quien lo avistó primero, le impusieron su nombre.[37] El Citlaltépetl o
Pico de Orizaba fue conocido durante algún tiempo como Sierra de San Martín.
Frente al río Jamapa distinguieron a unos hombres que los llamaban agitando
mantas y estandartes para atraer su atención. Por tal motivo llamaron al lugar
Rio de las Banderas, y como el tiempo era bueno, Grijalva envió a tierra a
Francisco de Montejo con un grupo de soldados para que averiguase qué querían.
Fueron bien acogidos, contándose entre los indios tres caciques —uno de los
cuales era el designado por Motecuhzoma para gobernar la tierra—, por lo que
bajaron también Grijalva y el resto de los hombres. Todo fue agasajo, y a los
obsequios correspondió éste con cuentas de vidrio; pero pese a la cordialidad
reinante, no prosperaron en el diálogo, pues Julián no comprendía la lengua que
allí se hablaba. Los españoles se retiraron en términos muy amistosos,
ignorando que aquellos caciques se encontraban allí por mandado de Motecuhzoma,
quien al tener conocimiento del encuentro librado por Hernández de Córdoba contra
los de Champotón, tenía ordenado que se mantuviesen vigilantes, y que si
aparecían navíos por esa costa, averiguasen de qué gente se trataba.
Reanudaron la navegación, y a muy corta
distancia divisaron una isla verde y, a continuación, otra blanca. Frente a
ellas, otra algo mayor, en la que se advertían unas construcciones de piedra.
Esta última se hallaba situada más próxima a la costa y, como ofrecía un lado
abrigado, se dirigieron a ella. Encontraron una pequeña torre, en la que, para
su sorpresa, descubrieron los cuerpos de dos jóvenes con el pecho abierto,
recién sacrificados, a quienes habían arrancado el corazón. Ésa fue la primera
advertencia de lo que encontrarían en el interior del país. Según entendieron,
aquello se hacía por mandato de los de Colhúa. Junto a la piedra de los
sacrificios se encontraba la figura de «un león con la cerviz agujereada, en la
cual vierten la sangre de los infelices».[38] La descripción
recuerda al instante al jaguar con un hueco al dorso, que figura como una de
las piezas estelares en la sala mexica del Museo de Antropología e Historia de
la ciudad de México. Informe tan puntual procede de la pluma de Pedro Mártir de
Anglería, quien habló extensamente con Alaminos, Montejo y Puerto Carrero,
quienes llegaron con noticias frescas de primera mano. Mártir de Anglería era
un clérigo italiano que se movía en los primeros niveles de la Corte, y aparte
de bon vivant, era hombre talentoso, como lo muestra el que los Reyes Católicos
lo hubiesen enviado como embajador ante el sultán de Egipto, con la
delicadísima misión de convencerlo para que no tomase represalias contra los
cristianos residentes en su reino luego de la toma de Granada. En términos
actuales, diríamos que este activísimo clérigo fue un precursor del periodismo
moderno, algo así como el corresponsal del Vaticano en España. Debido a su
elevada posición, no había noticia del Nuevo Mundo que se le escapara, misma
que se apresuraba a comunicar. Cultivó el género epistolar, consistente en
mensajes breves dirigidos a papas, cardenales y otras personalidades, a la
manera de despachos de prensa. Un ejemplo de nota, de gran exclusiva, lo da la
carta en que comunica la nueva del descubrimiento de América, por cierto, sin
concederle excesiva importancia: «Un italiano llamado Cristóbal Colón propuso a
los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel y los persuadió a que partiendo
de nuestro continente habría de hallar unas islas confinantes con las Indias…».[39] Se advierte aquí que,
si desde un principio nos hubiésemos tomado el trabajo de leer cuidadosamente
sus epístolas, nunca se hubiera suscitado la duda en torno a la patria de
Colón. En varias de ellas menciona claramente que se trataba de un genovés, y
eso era algo que sabía bien, puesto que los hijos de éste eran alumnos suyos en
las clases de retórica que impartía en la escuela para jóvenes de la nobleza, a
la cual tuvieron acceso. Los avances noticiosos de Pedro Mártir son de gran
frescura y permiten conocer la forma en que la metrópoli iba enterándose de los
sucesos que ocurrían en ese mundo novedoso, así como la interpretación que a
éstos se daba. Este cronista es el primero en destacar que habían encontrado un
país donde existían «antiguas torres y vestigios de otras derruidas que daban a
entender su gran antigüedad».[40] Se advierte que,
desde un primer momento, se cayó en cuenta de que aquellas soberbias
construcciones de la zona maya pertenecían a una civilización colapsada. Al
momento surge la pregunta: ¿cómo lo averiguaron? En Tulum no desembarcaron, ni
tampoco buscaron internarse en punto alguno de la península de Yucatán.
Julianillo y Melchorejo eran dos rústicos incapaces de comunicar una
información de tal índole, y además, no llegaron a aprender el español. Ningún
cronista menciona cuál sería el informante que les dio ese dato, pero la
evidencia está a la vista. Una pregunta que parece destinada a no recibir
respuesta. Grijalva y los suyos, sin que al parecer les hubiera impresionado
mayormente lo que acababan de presenciar, procedieron a instalarse en el arenal
que tenían enfrente. El nombre indígena del lugar era Chalchicuecan, y según
dice Bernal, como el capitán se llamaba Juan, «y era por San Juan de junio,
pusimos a aquella isleta San Juan de Ulúa»; Oviedo, en cambio, escribe que
sería el sábado diecinueve de junio, y no el veinticuatro, cuando «saltó en
tierra el capitán general Joan de Grijalva, con parte de la gente, e tomó la
posesión de aquella Tierra Firme, e hizo sus autos de posesión en forma».[41] El sitio sería más
tarde el elegido por Cortés para fundar la Villa Rica de la Vera Cruz.
Permanecieron en el arenal siete días dedicados a la tarea de intercambiar
cuentas de vidrio por objetos de oro, artículos de plumería y otras cosas;
durante ese periodo aparece con claridad la tirantez existente entre Grijalva y
sus capitanes. No se entendían; la mayor parte de los expedicionarios venía con
la idea de que el propósito era tomar posesión de la tierra y poblar, mientras
que Grijalva sostenía que ello iba en contra de sus instrucciones. En vista de
lo tenso de la situación decidió deshacerse de Alvarado, que era quien más
problemas le daba, enviándolo de regreso a Cuba para que informase al
gobernador. Con él regresarían los enfermos y heridos; además, llevaría todo lo
habido por vía de trueque. Nos encontramos aquí frente a un pasaje en el que
los testigos están en desacuerdo: Bernal asegura que Grijalva se vio impedido
de poblar porque sus capitanes se opusieron, pero los emisarios de Cortés y del
cabildo de la Villa Rica, dirían a Pedro Mártir lo contrario. Las Casas
sostiene, en forma reiterada, que Grijalva partió con unas instrucciones muy
rígidas de su tío, que le prohibían terminantemente poblar; debería tomar
posesión de la tierra, efectuar rescates (así llamaban al trueque de oro por
baratijas) y regresarse. Al respecto, asevera: «Todo esto me lo refirió a mí el
mismo Grijalva en la ciudad de Santo Domingo».[42] Eso ocurría en 1523,
a cinco años de distancia del suceso. De esa situación confusa, lo que queda
claro es que Grijalva no tenía la talla requerida para una empresa de tal
magnitud; de igual manera, Alaminos, quien leyó las instrucciones, asevera que
éstas eran en el sentido de no poblar.[43] Nuevamente, Bernal
vuelve a incurrir en un error.
A la partida de Alvarado, Grijalva continuó la
exploración dirigiéndose al norte. Arribaron al río Pánuco (tomó el nombre del
cacique del lugar) y, cuando llegaron a un promontorio, Alaminos aconsejó darse
la vuelta, en vista de las dificultades que se presentaban para la navegación.
Volvieron sobre sus pasos, cruzando de nuevo frente al Coatzacoalcos, que
continuaba crecido, para más adelante adentrarse en el Tonalá. Permanecieron
allí unos días dando carena a un navío que hacía agua; la estadía fue amistosa,
y de varias leguas a la redonda acudían los lugareños a intercambiar objetos
por cuentas de colores. En especial, unas hachas que los españoles asumieron
que serían de oro bajo. Allí, en ese paraje, tuvo lugar la anécdota narrada por
Bernal, de que sembró las semillas que conservaba de una naranja, las cuales
darían origen a todos los naranjales de la región.
Diego Velázquez se consumía de impaciencia. La
ausencia de Grijalva ya excedía con mucho a la duración del viaje de Hernández
de Córdoba, y el estar sin noticias lo tenía sobre ascuas. Tras él había
enviado una carabela al mando de Cristóbal de Olid, con un refuerzo de ochenta
o noventa hombres; pero llegado éste al punto en que debían reunirse ya no lo
encontró, y fue en su seguimiento. Costeó el litoral norte de la península de
Yucatán, internándose a continuación en el golfo. Pero al ser sorprendido por
un temporal que le desarboló la nave, perdió las anclas y, en vista de que
tenía dificultades para la navegación, resolvió retornar a Cuba.[44] Justo en esos
momentos llegó Alvarado, y por él, Velázquez supo que no habían recibido el
refuerzo de Olid, y que, en vista de ello, el sobrino ya preparaba el retorno.
A la vista de los objetos de oro y de los informes que Alvarado le proporcionaba
acerca de la riqueza de la tierra, la alegría al escucharlo se trocaba en
indignación, al saber que Grijalva, en lugar de poblar y permanecer a la espera
de refuerzos, se disponía ya a darse la media vuelta. Alvarado se encargaba de
magnificar los hechos, destacando que volvía desoyendo la opinión de los
capitanes, quienes abiertamente favorecían la idea de quedarse. Sin aguardar su
regreso, Velázquez puso manos a la obra para enviar una nueva expedición. Su
prisa estaba justificada, pues razones no le faltaban. Se trataba de una
carrera contra reloj, antes de que otros fueran a adelantársele. Precisamente,
por esas fechas, Francisco de Garay, el gobernador de Jamaica, obtendría la
autorización de la Corona para fundar una colonia en una mal delimitada región,
en el área del Pánuco.
Las Casas, quien en esos momentos se hallaba en
la Corte, escribe que en cuanto llegó la noticia del descubrimiento de Yucatán,
el almirante de Flandes, uno de los tantos flamencos y borgoñones que llegaron
acompañando a Carlos V, se apresuró a pedir a éste que le cediese Cuba y
Yucatán como feudos. Accedió el monarca, quien por encontrarse recién llegado
no tenía idea de lo que pudieran ser las Indias. La intención del almirante era
colonizar Yucatán con flamencos. Las Casas, que entonces privaba mucho en la
Corte, se movió activamente para echar abajo el proyecto, y para ello habló al
Gran Canciller y al cardenal Adriano de Utrecht (futuro papa Adriano VI). Diego
Colón también se mostró activo, al saber que se le desposeía de Cuba; el
resultado fue que se dio marcha atrás, dejándose sin efecto la cesión. El
proyecto debió de encontrarse bastante avanzado, pues el propio Las Casas nos
da cuenta de cómo llegaron de Flandes varios barcos con labradores, a quienes
luego se les vería deambular por San Lúcar de Barrameda, muertos de hambre y
abandonados a su suerte.[45]
El candidato lógico para el mando de la nueva
expedición hubiera sido Pánfilo de Narváez, quien tenía atrás la experiencia en
cabalgadas contra indios en La Española y las conquistas de Jamaica y Cuba.
Pero ocurría que en aquellos momentos se encontraba en España. Por tanto, en
ausencia de su lugarteniente, Velázquez se dio a la tarea de barajar otros
nombres, mismos que no tardaba en descartar; Gómara asegura que al primero a
quien llamó fue a Baltasar Bermúdez, retirándole la oferta en cuanto éste le pidió
tres mil ducados para gastos. Bernal menciona que, en un momento dado pensó en
Vasco Porcallo, un pariente del duque de Feria, pero que luego recapacitó, pues
temió que por tratarse de un hombre muy osado pudiera rebelársele. Lo que sí se
advierte es que Alvarado no fue tomado en consideración, a pesar de ser buen
candidato. Uno con vocación de conquistador.
Mientras tanto, Cortés se mantenía al margen.
Una versión habla de que el contador Amador de Lares y Andrés de Duero, el otro
secretario de Velázquez, en secreta connivencia con él, habrían sugerido su
candidatura. El cronista Gómara se limita a decir que Velázquez le propuso que
armasen a medias, afirmación que al punto Las Casas rechaza indignado,
aduciendo que por aquellos días Cortés era un don nadie que no se atrevía a
alzar la voz en presencia del gobernador, y que éste, para montar la expedición
no tenía necesidad de su dinero.[46] El comentario de fray
Bartolomé no parece muy acertado, ya que a continuación se contradice cuando
habla de que Cortés maniobró a través de sus amigos y socios para obtener el
mando y, según apunta: «era muy astuto y sabía bien disimular». Al contador
Amador de Lares lo pinta como un maestro de la intriga, que había pasado
veintidós años en Italia, donde llegó a ser maestresala del Gran Capitán, y eso
sin saber leer ni escribir. Acerca de éste, solía decir a Velázquez: «Señor,
guardaos de veintidós años de Italia».[47] Un testimonio que
difiere de los anteriores es el de Francisco Dávila, quien asegura que
encontrándose en la hacienda de Cortés, llegó un mensajero. Éste era portador
de una carta de Amador de Lares urgiéndolo para que se presentase sin dilación
ante el gobernador, para tratar un asunto del mayor interés. Éste mostró la
carta a Dávila, preguntándole qué pensaba de ella, a lo que él repuso que no
tenía ni idea. Partió Cortés, y «dende a doce o quince días, el dicho don
Hernando Cortés escrebió a este testigo una carta por la cual le facía saber
cómo Diego Velázquez le inviaba por capitán con ciertos navíos para Yucatán, de
donde había venido el dicho Joan de Grijalva».[48] Cortés refiere lo
sucedido de la forma siguiente: a su llegada a Santiago, Velázquez lo habría
puesto al tanto de la situación, diciéndole que Alvarado había llegado en busca
de refuerzos, pues Grijalva quedaba en mala situación. Pensaba enviar una
expedición en su ayuda, y fue en ese momento cuando le propuso el mando, por
ser él quien disponía de mayores medios, y que, «aunque no hobiese licencia,
por virtud de la pasada, diciendo que iba a buscar socorrer al dicho Joan de
Grijalva, podría ir, que le sería de mucho interés».[49] Esto aparece
consignado en el cuestionario elaborado por Cortés, años más tarde, para el
interrogatorio de los testigos que rendirían declaración durante el juicio de
residencia. El ofrecimiento le habría llegado sin buscarlo, como llovido del
cielo. El hombre que aparece en escena es un individuo acaudalado, con medios
suficientes para financiar una expedición, y era en función de su fortuna que
recibía esa propuesta; pero, ¿quién era en realidad Hernán Cortés?
Capítulo 2
El hidalgo de Medellín
Contenido:
§. Las órdenes militares
§. Limpieza de sangre
§. Catalina Suárez Marcaida
Fernando Cortés Monroy Pizarro Altamirano vino al
mundo en Medellín, una villa extremeña, siendo sus padres Martín Cortés Monroy
y Catalina Pizarro Altamirano, ambos reconocidos como hijosdalgos, lo cual,
para el entorno social de la época, era algo muy importante. El cronista
Gómara, quien pasa por ser el biógrafo autorizado, asegura que nació en 1485,
sin precisar día ni mes. Pero se trata de un dato que queda en entredicho, pues
otros indicios apuntan que pudo haber nacido uno, o incluso, dos años antes.
Todo dependerá del mayor o menor crédito que merezcan las distintas fuentes.
Medellín deriva su nombre de la antigua Castra Metellina, un campamento fundado por el general romano Quinto Cecilio Metelo,
allá por el año 80 a. C., durante la guerra contra Sertorio y su ejército
hispánico. Se trata de una zona donde la historia comienza en época temprana.
La villa se encuentra en las márgenes del Guadiana, a la sombra del castillo de
los condes de Medellín, situado en lo alto de un collado. El Medellín actual es
una población dedicada a las agroindustrias, cuyo crecimiento ha sido tan
moderado, que si su antiguo hijo volviese a la vida, podría recorrer sus calles
sin equivocar el camino a su casa. Pero la villa no es el lugar adecuado para
encontrar huellas de él; lo único que se conserva es un solar baldío frente a
la plaza, con el césped cuidadosamente recortado, donde se lee en una placa que
allí se alzó la casa donde nació Hernán Cortés. Enfrente, una estatua en la que
se le representa vestido de hierro, con la visera alzada y sosteniendo una
bandera. Allí se interrumpe todo contacto del conquistador con su terruño
natal. Existen tres iglesias: Santiago, San Martín y Santa Cecilia, siendo lo
más probable es que haya sido bautizado en alguna de las dos primeras, ya que
la tercera se terminó de construir en fecha posterior.
Solar en la plaza central de Medellín, donde tuvo asiento la casa de Cortés,
destruida por los franceses durante la guerra de la Independencia
La búsqueda en los archivos parroquiales resulta
infructuosa, pues el registro de nacimientos se comenzó a llevar observando un
mandato del Concilio de Trento, el cual es de data posterior. Como en Medellín
no encontramos ningún dato sobre él y su familia, la búsqueda debe hacerse en
otra parte.
La vida de Cortés la conocemos a trancos;
existen épocas en las que se sabe día a día lo que hizo, mientras que, en
otras, se dan larguísimos periodos en que se pierde de vista por completo.
Infancia, adolescencia y entorno familiar corresponden a la época oscura. Se
conoce más de esa etapa de las vidas de Alejandro o Julio César, que vivieron
siglos atrás, que de la suya propia. Para el conocimiento de ese período, se
descansa por entero en el testimonio de un autor único: Francisco López de
Gómara, o simplemente Gómara, que es como mejor se le conoce. Éste irrumpe en
escena en 1552, cuando habían transcurrido cinco años de la muerte de Cortés.
En ese año, en Zaragoza, salió de prensa su Historia general de las Indias. Se
trataba del libro más importante que se publicaba sobre las conquistas
españolas en América, pues hasta ese momento únicamente había aparecido la
primera parte de la obra de Oviedo, la cual, en lo que a México atañe, cubre
únicamente hasta la expedición de Narváez. La Historia general de las Indias,
es una obra en dos tomos, siendo el segundo el que trata sobre la conquista de
México, y está dedicado a don Martín Cortés; «A nadie debo dedicar, muy ilustre
señor, la conquista de Méjico, sino a vuestra señoría, que es hijo del que lo
conquistó». [50]Aparece el libro y al
momento, ocurren dos hechos que confieren a la obra un aire de sensacionalismo.
El primero fue la prohibición. No había transcurrido un año de su aparición,
cuando ya era obra prohibida; «porque no conviene que se lea», reza la cédula
de prohibición, y quien la firma es el príncipe Felipe (el futuro Felipe II),
quien en aquellos momentos se encontraba a cargo del reino por ausencia de su
padre.[51] No sólo se prohibió
la reimpresión, sino que se ordenó la recogida de los ejemplares que se
encontraban en poder de los libreros, y de aquellos que ya habían sido
vendidos. Se desconocen las razones que llevaron la persecución hasta tales
extremos, que no logró otra cosa que darle notoriedad a la obra, la cual quedó
clavada como telón de fondo en la historia de la Conquista. Referencia
obligada, porque en mayor o menor grado, influirá en prácticamente todos los
autores que aparecerán posteriormente, comenzando por el propio Bernal, quien
impuso a su libro el título de Historia verdadera, precisamente para implicar
que la de Gómara no lo era. El siguiente hecho que contribuyó a darle realce,
fue que ésta no tardó en caer en manos de fray Bartolomé de Las Casas, quien
encontró reproducido un pasaje del libro de Oviedo que lo deja muy mal parado.[52] Fray Bartolomé
estalló indignado, y «colérico», como se califica a sí mismo, arremetió contra
Gómara.[53] Le lanzó toda suerte
de epítetos altisonantes, llamándolo entre otras cosas criado de Cortés y que
no había hecho otra cosa, que poner por escrito lo que éste le dictó: «el mismo
Hernando Cortés le dijo y dio por escrito siendo su capellán y criado después
de marqués, cuando volvió a España la postrera vez».[54] Y por obra de esos
exabruptos, Gómara aparece convertido en el historiador oficial, sin importar
que muchas de las cosas que escribe no tengan sentido. Lo dice Gómara, y basta.
Habría recibido la información directamente de Cortés. Resulta evidente que Las
Casas no leyó el libro con cuidado, pues de haberlo hecho, habría advertido que
contiene una serie de afirmaciones que jamás hubieran salido de boca de Cortés
por lo desfavorables que le resultan. Si se comenzara a destacar los errores
más notorios de ese texto, sería cuestión de nunca acabar, corriéndose el
riesgo de abrumar al lector. Por eso, lo más sencillo es irlos mencionando
conforme van apareciendo, y dejar que los hechos hablen por sí solos. De
momento, existe un dato que no hay que perder de vista: Gómara, en ninguno de
sus escritos, afirma haber conocido a Cortés. Es cierto que, hacia el final de
su libro, aparece una frase que indujo a muchos a error, pero en cuanto se
llegue a ella, ya se verá cómo se desvanece por sí sola. Debe quedar bien claro
que no se trata de un impostor, sino que todo el enredo ha sido obra de Las
Casas. Gómara, quizás sin proponérselo, compró pleito ajeno. Los datos que
aporta acerca de la familia y primera parte de la vida de Cortés son mínimos,
pero son los únicos disponibles. Sobre Martín —su padre—, se limita a decir que
en los desórdenes de la Castilla feudal, participó como teniente de una
compañía de jinetes, a favor de un pariente suyo llamado Alfonso de Hermosa,
quien militaba en el bando de Alonso de Monroy, el clavero de Alcántara, que
aspiraba a convertirse en maestre de la Orden (el clavero era el depositario de
las llaves del convento de la Orden, de allí la importancia del cargo). Aquello
iba contra los deseos de la reina, por cuya causa, lo enfrentó don Alonso de
Cárdenas, maestre de Santiago. Lo único que se saca en claro es que Martín
Cortés, en sus años mozos, habría sido un hombre de armas que militó en el
bando perdedor. Y en cuanto a los primeros años del niño Fernando, el cronista
sólo refiere que fue muy enfermizo, y que en una ocasión, encontrándose en
trance de muerte, su nodriza tiró a suertes los nombres de los apóstoles y
salió San Pedro. Se dijeron misas y oraciones y sanó. A partir de ese momento
lo tuvo por su intercesor, celebrándole una misa en su día. A los catorce años
habría pasado a Salamanca, donde estudió gramática en casa de Francisco Núñez
de Varela, quien se encontraba casado con Inés de Paz, hermana de su padre.
Pero un par de años más tarde regresó a Medellín, bien fuera por falta de
dinero o por no tener interés en los estudios, lo cual causaría la natural
pesadumbre a sus padres, quienes deseaban que estudiase leyes. Ocasionó muchos
disgustos a sus padres, por su temperamento altivo y bullicioso, por lo que
siguiendo su natural inclinación, se decidió a abrazar la carrera de las armas.
Se le ofrecían dos alternativas: ir a Nápoles para militar bajo las banderas
del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, o pasar a Indias en la flota de
Nicolás de Ovando, próxima a zarpar. Se decidió por lo segundo, dado que era
conocido de éste, por lo que pensaba que lo favorecería. Pero mientras
aguardaba la partida, sucedió que una noche escaló la tapia del corral de la
casa de una recién casada, para hablar con ella. Cedió la pared y al venirse
abajo, con el estruendo de las piedras, de las armas y el broquel que portaba,
salió el marido, quien al verlo en el suelo, sospechando algo, estuvo a punto
de matarlo, y lo hubiera hecho de no habérselo impedido la suegra. Agrega
Gómara que «quedó enfermo de la caída, y le reaparecieron las cuartanas [fiebre
palúdica] que le duraron mucho tiempo; y así no pudo ir con el gobernador
Ovando. Cuando curó, determinóse a pasar a Italia, según primero había ya
pensado, y para ir allí se encaminó a Valencia; mas no pasó a Italia, sino que
se anduvo a la flor del berro, aunque no sin trabajos y necesidades, cerca de
un año. Volvióse a Medellín con determinación de pasar a las Indias, y sus
padres le dieron la bendición para ir. — Tenía Hernán Cortés diecinueve años,
cuando el año 1504 de nacer Cristo, pasó a las Indias».[55] Y eso es todo. En
esas breves líneas, el cronista ha despachado un periodo que abarca diecinueve
años. En lo del año de la llegada a Santo Domingo, la afirmación de Gómara
concuerda con la de Cortés, pero en lo de la edad discrepa con otras evidencias
disponibles. Por principio de cuentas, este autor se equivoca al señalar que en
1547, fecha de su muerte, tenía sesenta y tres años, pues de haber nacido en
1485, como antes dijo, tendría sólo sesenta y dos al morir. A este respecto,
Bernal puntualiza: «en el año que pasamos con Cortés desde Cuba a la Nueva
España fue el de quinientos diez y nueve, y entonces [Cortés] solía decir,
estando en conversación de todos nosotros los compañeros que con él pasamos,
que había treinta y cuatro, y veintiocho que habían pasado hasta que murió, que
son sesenta y dos».[56] Pero por otra parte
nos enteramos de que Cortés, en la última carta dirigida al Emperador dice
«porque he sesenta años»; como eso lo escribe el 3 de febrero de 1544, ello
conduce a fijar el nacimiento en 1484 y por ende, la muerte a los sesenta y tres.[57] Para evitar estar
haciendo aclaraciones, tomaremos como bueno el dato proporcionado por él. Año
más, año menos, en poco o nada afecta a la historia.
Las Casas, quien llegó a conocer a Martín
Cortés, se expresa de él de manera despectiva, llamándolo «un pobre escudero»,
calificativo que, desde luego, no concuerda con la otra información disponible,
pues fue un hombre que gozó de un relativo desahogo económico y se encontraba
bien relacionado con personalidades de las altas esferas.[58] La documentación
existente muestra que, durante largo tiempo, fungió como regidor y procurador
de la villa, lo cual lo exhibe como individuo que gozaba de consideración.
Diego Alfonso Altamirano, el abuelo materno de Cortés, además de notario, fue mayordomo
del castillo de Medellín, correspondiéndole estar al servicio de la condesa
viuda, doña Beatriz Pacheco. Ser notario ya indicaba un cierto nivel, y en
cuanto a mayordomo de los condes, el cargo era de importancia. Toda la
administración pasaba por sus manos, incluyendo el cobro de impuestos y
alcabalas. La infancia transcurrió en Medellín, según el testimonio de un
paisano suyo, quien dijo ser de la misma edad, y que asistieron juntos a la
escuela de primeras letras de la villa. Puede asumirse que además de la
educación básica, daría comienzo el adiestramiento en la equitación y en el
manejo de las armas. Cortés era un caballista de primer orden e individuo
diestro en el manejo de la espada, actividades que requieren mucha práctica, y
que, por lo demás, hacían parte de la formación de un joven de su estrato
social. Existe un testimonio proveniente de Juan Suárez de Peralta, cronista un
tanto tardío que en más de una ocasión muestra estar muy mal informado (se
trata del hijo de Juan Suárez, hermano de la primera esposa de Cortés), quien
acerca de él cuenta lo siguiente: «Vióse en tierna edad de mozo muy pobre, y
como sus padres lo fueran tanto que no lo podían sustentar, dio en servir de
paje, y no hallando a quien, acordó de servir en una iglesia en la villa de
Medellín, que llaman Santa Cecilia».[59] Esta afirmación es
altamente dudosa, puesto que los testimonios existentes señalan que se trataba
de una familia que disfrutaba de una cómoda situación económica. Gómara, al
omitir cualquier referencia a que Cortés tuviese hermanos, de hecho lo presenta
como hijo único; pero por allí se encuentran indicios que apuntan a la
existencia de varias hermanas, hasta tres, quizá. Oviedo señala a una, cuando
dice: «avisado Hernando Cortés, envió a un caballero, cuñado suyo, llamado
Francisco de Las Casas». Por otro lado, encontramos alusiones a dos más.[60]
Consumada la Conquista, a Cortés le cayó encima
una cauda de sobrinos, que venían en busca de acomodo al amparo del tío. Un
caso muy concreto es el de uno que lo acompañó en el viaje a las Hibueras,
«quebrándose una pierna por tres o cuatro partes». En carta al Emperador, al
referir el hecho, Cortés escribe de su puño y letra que era sobrino suyo.[61] Es posible que
tuviera medias hermanas, hijas naturales de Martín Cortés, o habidas en un
matrimonio anterior de éste. La presencia de esas hermanas (si efectivamente
existieron), y de las cuales parece encontrarse muy distante, resulta un dato
de escaso relieve; pero, en cambio, destaca el desconocimiento que Gómara
muestra tener acerca de la familia.
El punto más controvertido de sus días
estudiantiles, reside en saber si Cortés fue o no bachiller en leyes. Gómara no
menciona que asistiese a la universidad, limitando sus estudios en Salamanca a
los cursados en la escuela de gramática; Bernal, quien siempre se expresa con
admiración sobre su cultura, asevera que dominaba el latín (aunque mal podría
opinar quien desconocía esa lengua), y dice que escuchó decir que era bachiller
en leyes, y que respondía en latín a aquellos que le hablaban en ese idioma. En
cuanto a Las Casas, cuya erudición y conocimiento del latín no se ponen en tela
de juicio, pues es autor de varios escritos en esta lengua, afirma que, además
de latino, era bachiller en leyes. Pedro Mártir, refiriéndose a la forma en que
instruía a los indios, puntualiza: «Cortés, con estas palabras, transformándose
de jurisconsulto en teólogo, les mostró para que la adorasen, la Cruz y la
estampa de la Virgen que consigo traía». La frase corrobora que era jurista (o
que era tenido como tal); además, en otra carta, agrega que fue juez en Cuba.[62] Así queda la
cuestión: de acuerdo con éstos últimos era jurista, o al menos, eso es lo que
se pensaba en la Corte, según la información disponible en aquellos momentos,
pero Cortés nunca manifestó haber pisado las aulas de la universidad (de hecho,
nunca habla de sus días estudiantiles). Suárez de Peralta afirma que en
Valladolid, durante un año, trabajó con un notario y que sería con él con quien
aprendió el oficio.[63] Total, la duda
subsiste; pudo ser el caso que durante una temporada hubiese cursado estudios
de derecho, que luego interrumpiera, o que la cultura jurídica que asoma en sus
escritos fuera producto de lecturas, sin haber pisado nunca la universidad.
Autodidacta o bachiller que nunca sacó a relucir su título. Pero sus
conocimientos jurídicos son algo que salta a la vista; poseía, además, una
regular cultura histórica. Dentro de su formación, se detectan un par de cosas
que no van de acuerdo con su nivel cultural: una es el manejo de la pluma. Una
redacción pobre e inexpresiva, que hace que en ocasiones sus escritos, aparte
de pesados, resulten poco claros. Y algo que se advierte, es la indiferencia
hacia el arte. Eso se hace patente cuando vemos que, a su regreso de España, no
trajo consigo arquitectos para trabajar en las numerosas obras que se
iniciaban, echándose de menos la presencia de un pintor que hubiese dejado una
galería de retratos. Bernal, en cambio, que no cursó altos estudios, redacta
incomparablemente mejor, con una prosa más clara, fresca y emotiva. Ésa es una
de las limitaciones de Cortés, que unida a la falta de expresividad,
contribuyen a que el personaje se nos escape. Contraste notorio con el
extrovertido Bernal. En la ocasión única en que Cortés se refiere a sí mismo,
lo hace diciendo «un escudero como yo». Eso lo escribió en 1526 en la Quinta Relación dirigida al Emperador. Además, Las Casas, en
otro pasaje, también se refiere a él como «un pobrecillo escudero».[64] ¿Cómo queda la
cuestión?; ¿jurista o escudero?
Es importante aclarar qué era realmente un
escudero en esos días. La precisión no está por demás, pues se trata de una
connotación que puede inducir a error, ya que, por asociación de ideas,
podríamos pensar en Sancho. Escudero, en los días de Cortés, era otra cosa. Se
trataba de un grupo de hombres de un cierto relieve social, cuyo anhelo era ser
armados caballeros. El grupo lo constituían, mayoritariamente, hidalgos que
aspiraban a subir en la escala social. Escuderos fueron los Alvarado, Sandoval,
Olid, Ordaz y un regular número de los que militaron a sus órdenes (Bernal, en
cambio, que procedía de las filas de tropa, era de una posición más modesta);
y, como se trata del orden social de la época, no está por demás que antes de
seguir adelante dejemos bien sentado de qué estamos hablando. Una cosa fue la
caballería andante, aquella que Don Quijote quiso revivir, y otra, muy
distinta, las órdenes militares de caballería. Ambas coexistieron durante largo
tiempo, pues hubo una época en que por los caminos de Europa discurrían
caballeros andantes (estos sí, llevando atrás al escudero que cargaba a cuestas
el escudo); pero en los días de Cortés eso era cosa del pasado. Se había
extinguido sola, de muerte natural, pero su desaparición era reciente y se
conservaba fresca su memoria.
§. Las órdenes militares
En su día, las órdenes militares de caballería
llegaron a ser poderosísimas; tan importantes eran, que en la estructura del
gobierno existía un Consejo de Órdenes. Para interiorizarnos en lo que fueron y
del papel que desempeñaron en la Reconquista, es preciso hacer un poco de
historia. Su nacimiento remonta al siglo doce, en momentos en que los reyes, o
bien carecían de ejércitos permanentes o disponían de fuerzas escasas, por lo
que éstas vinieron a asumir sobre sus espaldas la defensa de castillos y villas
en zonas fronterizas con tierra de moros, los cuales quedaron a cargo de
maestres y priores. Las órdenes militares llegaron a constituir centros de un
poder paralelo al de los monarcas, variando su influencia según la época. En
España, las más importantes fueron la de Santiago de la Espada (ése es el
nombre completo), Alcántara, Calatrava y Montesa. Por otro lado, como órdenes
llegadas de fuera estaban el Temple y la del Hospital de los caballeros de San
Juan, las cuales venían a ser las grandes trasnacionales de la época. En la
actualidad, de todas ellas, sin duda alguna, la del Temple es la que tiene el
reflector encima; últimamente ha proliferado un género de literatura acerca de
supuestos rituales secretos de los templarios, misterios cabalísticos, tesoros
ocultos y otros tópicos, que atrapan la imaginación del lector. El ciclo
aparece centrado en los sucesos que marcarán el fin de la orden, cuando Felipe
el Hermoso de Francia, en connivencia con el papa Clemente V, decidió acabar
con ellos para apoderarse de sus bienes. Los templarios habían llegado a ser
tan poderosos que venían a ser un estado dentro de otro estado. Constituían una
amenaza para el poder real. Novelísticamente el tema da para mucho, en especial
la escena de Jacques de Molay, el último maestre, quien antes de morir en la
hoguera, emplazó a Felipe y al Papa, los artífices de la destrucción de la
orden, para comparecer ante el juicio de Dios en el plazo de un año. Murieron
los dos con pocos meses de diferencia, al igual que Guillermo de Nogaret,
personaje que desempeñó un papel en el proceso para terminar con la Orden. Con
esas muertes la leyenda quedó servida. Pero de tanto fijar la atención a lo acontecido
en Francia, se tiende a pasar por alto la importancia que la orden tuvo en
España. Para tener una idea de su influencia, cabe recordar que Alfonso el
Batallador legó sus estados a templarios y hospitalarios; por lo que de haberse
respetado el testamento, Aragón hubiera sido un estado manejado enteramente por
órdenes militares. Años más tarde, Jaime I, el futuro conquistador de Valencia
y Mallorca, fue educado por los templarios, quienes se encargaron de su
formación en el castillo de Monzón. De hecho, el Temple parecería encontrarse
en el origen de las órdenes de caballería españolas. En España, al igual que en
otras partes, el Temple corrió la misma suerte que en Francia, al ser acordada
su supresión. Y así terminó esa trasnacional que tanto incidió en la vida
española del medievo. En su día, Fernando el Católico consolidaría su poder al
asumir personalmente el maestrazgo de las órdenes. Sólo el rey podía armar
caballeros.
Ésa era la situación en tiempos de Cortés. La
aspiración de un hombre de armas era ser ennoblecido con un escudo de armas y
el ingreso a una orden militar. Las afirmaciones de Las Casas, que en una parte
lo llama escudero y en otra bachiller en leyes, no son contradictorias, pues
una cosa no excluía a la otra. Entre los conquistadores veremos que son legión
los escribanos metidos a hombres de armas. Está ahora la concepción de la
hidalguía, un ordenamiento de la sociedad tan antiguo, que hunde sus raíces en
el alto medievo: «Santa Gadea de Burgos / do juran los fijosdalgo». Así dice el
romance; pero una cosa era ser hidalgo en la época del Cid, y otra, en la de
Cortés. En esta última, el hidalgo constituía el peldaño más bajo de la
nobleza, o si se quiere, una clase intermedia entre la alta nobleza,
propietaria de grandes extensiones de tierras, y el pueblo llano. Y además, en
últimas fechas se habían multiplicado enormemente, sobre todo en el norte.
Como la hidalguía también es un concepto que
puede inducir a equívocos, no estará por demás que nos asomemos a su mundo. Una
de las características del hidalgo era el orgullo de casta: un orgullo feroz,
que les vedaba trabajar con las manos. Con esa mentalidad tenían pocas salidas,
sobre todo aquellos que no disfrutaban de rentas. Podían aspirar a cargos
públicos, seguir la carrera de las armas, ingresar en religión o practicar
alguna de las contadas profesiones consideradas honrosas, tal cual era el caso
de la de leyes. A las filas de la hidalguía se accedía por varios caminos: los
más frecuentes eran los de solar conocido y los de bragueta. En el primero de
los casos figuraban los que poseían casa solariega o la habían poseído; y los
segundos, eran aquellos que recibían el privilegio por haber engendrado siete
hijos varones en el matrimonio. Eran tiempos en que se precisaban hombres para
empuñar la lanza, y los hidalgos constituían el brazo armado que acudía en
defensa del reino en momentos de peligro. Un hidalgo sin dinero era un
segundón, un don nadie; pero eso sí, contaban con algunos privilegios, como la
exención del pago de impuestos. Además, en el caso de ser sentenciados a
muerte, les asistía la prerrogativa de ser decapitados, en lugar de morir
ahorcados (así murieron Balboa y Olid. Se les guardó la hidalguía).
Cortés tenía arraigadísimos los prejuicios de
casta, y es así como encontraremos que, en el interrogatorio
general, al presentar los descargos en el
juicio de residencia, impugnó a varios testigos por las razones siguientes: a
Antonio de Carvajal, porque es «hijo de una pescadera e de un clérigo, y tiene
ansí mesmo un hermano que vende pescado guisado, públicamente, en la cibdad de
Sevilla».[65] Rechaza a Juan
Coronel por haber desempeñado oficios bajos, como es el de calcetero;[66] y a Francisco de
Orduña, porque cuando se emborracha vomita, y además, por incontinencia, se
ensucia en las calzas.[67]
Cuando Cortés solicitó el ingreso a la orden de
Santiago, el monarca, como administrador perpetuo de la misma, trasladó el
pedido al encargado de interrogar a los testigos para comprobar si reunía los
requisitos exigidos, «porque la persona que se ha de recibir a la dicha Orden e
darle el hábito della ha de ser hijodalgo al modo e fuero de España».[68] Venían a continuación
las pruebas de limpieza de sangre, ello es, demostrar no tener algún antepasado
judío o moro. Las pruebas se hacían extensivas a los cuatro abuelos e iban tres
generaciones atrás; sólo así podía comprobarse que se era cristiano viejo.
También estaba de por medio el lustre; el aspirante debía demostrar que nunca
desempeñó algún trabajo manual o considerado como bajo.
§. Limpieza de sangre
La tan llevada y traída limpieza de sangre fue
un prejuicio tan arraigado en la sociedad española, con unas repercusiones tan
hondas, que no está por demás volver la mirada atrás para indagar de qué se
trató, y el cómo se originó. El sentimiento antijudío es anterior al nacimiento
de España como nación. En la época romana estaban prohibidos los matrimonios
entre hispanorromanos y judíos (cosa también prohibida por la ley judía), y la
prohibición no quedó ahí, decretándose diversas limitaciones para estos
últimos: no podían desempeñar cargos públicos; se les autorizaba a reparar las
sinagogas, pero no a construir nuevas. Esa era la situación en los momentos en
que el imperio se desplomó. Llegaron los visigodos y, desde el primer momento,
Alarico II publicó en el 506 un código de leyes (el Breviarium
Alaricianum) que endureció las
restricciones: judío que convirtiese al judaísmo a un cristiano, fuese libre o
esclavo, sería reo de muerte.[69] La legislación
claramente se orientaba a evitar el proselitismo. En el año 589, durante el III
Concilio Toledano, Recaredo da un paso importantísimo: abjura del arrianismo y
se convierte al catolicismo (en realidad, la conversión habría ocurrido unos
dos años antes, bautizándose en secreto). Nace así el estado católico visigodo,
y a partir de ese momento, sobre todo en el 613, por las disposiciones de
Sisebuto, los judíos son excluidos del conjunto de la sociedad, convirtiéndose
en perseguidos. Y si algunos de sus sucesores mostraron alguna tolerancia, no
tardarían en venir otros que apretaron cada vez más: Recesvinto y Chintila
fueron más lejos, intentando eliminar el judaísmo de raíz. Bajo este último, en
el 654, se arrancó una profesión de fe a los judíos toledanos, a quienes se
impuso bautismo forzoso, comprometiéndolos así a que ni ellos ni sus mujeres e
hijos tendrían trato con judíos no bautizados. No practicarían la circuncisión,
no celebrarían el sábado, la Pascua ni otras fiestas del rito judío; y aunque
no les gustase, deberían comer carne de cerdo. En caso de faltar al compromiso,
la pena sería muerte en la hoguera (bajo Recesvinto era por lapidación).[70] Una verdadera
limpieza ideológico-religiosa. Pero llegaron los musulmanes, y bajo el Islam,
los judíos pudieron tener un respiro; vivieron tranquilos bajo el califato,
pero a comienzos del siglo XI, éste se desintegra para fraccionarse en pequeños
reinos de taifas. A mediados de la centuria siguiente, bajo el dominio de los
almohades, se endureció la intolerancia hacia las comunidades mozárabe y judía
residentes en Al-Ándalus (la España musulmana). A consecuencia de ello,
numerosos judíos fingieron su conversión al islamismo, o se trasladaron a
reinos cristianos, dirigiéndose sobre todo a Toledo. Éste fue un periodo de
tolerancia, que no duraría demasiado, pues no tardará en aflorar el sentimiento
antijudío, que por momentos alcanza altas cotas (Enrique II, con quien da
inicio la casa de Trastámara, para justificarse por haber apuñalado a su medio
hermano Pedro I, entre los múltiples cargos que le formuló, figura el de que
mantenía una actitud amistosa hacia los judíos); de manera que, cuando los
Reyes Católicos firmaron el decreto de expulsión, la medida no fue otra cosa
que la culminación de un proceso que ya venía gestándose de siglos atrás. Y no
serían los únicos en ser expulsados, pues en 1609 ya les llegaría el turno a
los moriscos, contra quienes, además del factor religioso, pesaron razones de
índole político, pues se temía que de producirse un desembarco de los turcos y
sus aliados, los corsarios berberiscos, en la costa de Levante (riesgo siempre
latente en aquellos días), hicieran causa común con ellos. Pero algo que no
deja de asombrar es el caso de los gitanos, a quienes los Reyes Católicos, por
la pragmática de 1499, ordenaron abandonar el reino en caso de no enmendarse:
«Mandamos a los egipcianos [gitanos] que andan vagando por nuestros Reynos y
señoríos con sus mujeres e hijos, que el día que esta ley fuere notificada y
pregonada en nuestra Corte, y en las villas, lugares y ciudades que son cabeza
de partidos hasta sesenta días siguientes, cada uno dellos vivan por oficios
conocidos, que mejor supieren aprovecharse, estando de estada en los lugares
donde acordaren asentar, o tomar vivienda de señores a quien sirvan, y los den
lo que hubieren menester; y no anden más juntos vagando por nuestros Reynos,
como lo hacen, o dentro de otros sesenta días primeros siguientes salgan de
nuestros Reynos, y no vuelvan a ellos en manera alguna; so pena que si en ellos
fueren hallados, sin oficios o sin señores juntos, pasados los dichos días, que
den a cada uno cien azotes por la primera vez, y los destierren perpetuamente
destos Reynos: y por la segunda vez, que les corten las orejas, y estén sesenta
días en la cadena, y los tornen a desterrar, como dicho es; y por la tercera
vez, que sean captivos de los que los tomaren por toda su vida; y si hecho el
dicho pregón, fueren o pasaren contra lo susodicho, mandamos a los nuestros
alcaldes de la Corte e Chancillería, y a todos los corregidores, asistente,
justicias y alguaciles, de cualesquiera ciudades, villas y lugares de nuestros
Reynos y señoríos, que ejecuten las dichas penas en las personas y bienes de
cualesquiera susodichos, que vinieren e pasaren contra lo suso dicho».
En tiempos de Felipe II no lo pasaron mejor, ya
que todos los varones fueron etiquetados como delincuentes y condenados a remar
en galeras; en 1619, vino el decreto de expulsión final, cuando en las cortes
celebradas en Madrid en ese año, se acordó: «… ordenamos y mandamos que todos
los gitanos, que al presente se hallaren en nuestros Reynos, salgan de ellos
dentro de seis meses, que se han de contar desde el día de publicación de esta
ley, y que no vuelvan a ellos so pena de muerte: y que los que quisieren
quedar, sea avecindándose en ciudades, villas y lugares de estos nuestros
Reynos de mil vecinos arriba; y que no puedan usar del trage, nombre y lengua
de gitanos y gitanas, si no que, pues no lo son de nación, queda perpetuamente
este nombre y uso confundido y olvidado: y otro sí, mandamos que por ningún
caso puedan tratar en compras ni ventas de ganados mayores ni menores, lo cual
guarden y cumplan so la misma pena».[71] Asombrosa la
capacidad de supervivencia de la etnia gitana. Se procuraba a toda costa la
unidad del reino, de ahí la importancia que se prestaba a la limpieza de
sangre. Es comprensible que, en una época en que la seguridad del Reino
descansaba en las órdenes militares, no pudieran permitirse que se infiltrara
en ellas gente sospechosa. A don Martín Cortés se le admitió como comendador en
la orden de Santiago, sin importar que su madre fuese india, lo cual vendría a
demostrar que la exclusión no era precisamente racista, sino que respondía a
factores de índole político-religioso. Podrían citarse innumerables ejemplos en
ese sentido. Entre los casos de conversos más conocidos, figuran el de fray
Hernando de Talavera, confesor de la reina Isabel, el del máximo inquisidor
fray Tomás de Torquemada, el tesorero Luis de Santángel, Andrés Cabrera,
alcaide de Segovia, y su esposa Doña Beatriz de Bobadilla, marquesa de Moya,
camarera mayor de la soberna, y persona que gozaba de gran ascendiente sobre
ella. Un caso que amerita destacarse es el de Juan Sánchez de Toledo, quien
luego de llevar durante varios años el sambenito de penitenciado, al serle
retirado, una vez cumplida la pena, se cambió de nombre e hizo fortuna. Una de
sus nietas (sin que, por lo visto, fuera impedimento que proviniera de estirpe
de conversos) subió a los altares y es doctora de la Iglesia. Nos referimos a
Santa Teresa.
Ese recorrido por la sociedad española de la
época ya nos permite adelantar que, inevitablemente, Cortés y sus hombres
serían hijos de su tiempo. El pensamiento medieval aflorará a cada paso;
oráculos, hechizos, apariciones, espejos mágicos, y un largo etcétera. La Edad
Media seguía viva; y no se quiera atribuir esto a que en España el reloj
marcara las horas con atraso. Nada de eso; si se mira con cuidado, se advertirá
que entre todos los capitanes y soldados de Cortés, que desempeñaron algún
papel relevante, no figura uno solo que fuese analfabeto, o al menos no existen
registros en ese sentido. Eso, para la media de su tiempo, era un porcentaje
elevadísimo; se diría que allí venía lo mejor de Europa. Generalmente se parte
de una idea equivocada, de un criterio simplista que lleva a pensar que es
posible trazar una raya marcando el paso de Edad Media a Renacimiento; algo así
como si por todas las ciudades y villas hubieran ido pregoneros anunciando a
toque de trompeta: «Constantinopla cayó en poder de los turcos…; ha terminado
el medievo. Comienza la edad moderna». Como esas advertencias en los
periódicos, que recuerdan que no hay que olvidar mover las manecillas del
reloj, porque principia el cambio de horario. Ese es el error. En realidad, el
término «Edad Media» es algo convencional; no comienza en un momento preciso y
varía de un lugar a otro. Por ejemplo, Boccaccio escribió el Decamerón, libro francamente renacentista, adelantándose en un
siglo a la caída de Constantinopla, y en el Pirineo catalán, hay obras del
románico que se adelantaron todavía más; se diría que alboreaba el
Renacimiento. Por el contrario, a todo lo largo del dieciséis, siglo que,
conforme a esa línea divisoria, debería ser claramente renacentista, existen
usos que corresponden al medievo. La Inquisición estuvo muy activa, y lo mismo
quemaba en Valladolid que en Roma; a su vez, lo propio hacían calvinistas en
Ginebra, anglicanos en Londres y luteranos en Alemania. París vivió una Noche
de San Bartolomé que todavía se recuerda. Muy avanzado el siglo, veremos que
Elizabeth I de Inglaterra, tenía en nómina al astrólogo oficial del reino, y
que a Felipe II le habían confeccionado un horóscopo, mismo que consultó para
elegir la fecha de la colocación de la primera piedra del Escorial, y para el
traslado de la capital a Madrid. La realidad es que resulta prácticamente
imposible establecer cuándo termina la Edad Media, ya que los tiempos son
distintos para cada país, y además, éstos varían según los criterios que
apliquen distintos historiadores. No debe extrañar, por tanto, la mentalidad de
los soldados de Cortés que, como esparcimiento, tenían la lectura de novelas de
caballería. La caballería andante había terminado, pero quedaba una cierta
nostalgia por ella, que se traducía en que se mantuviesen muy en boga las
novelas de amadises y palmerines, de hecho el gusto por ellas se mantuvo muy
vivo hasta mediados del siglo dieciséis, en que su lectura en Indias fue
prohibida[72].
Cortés pasó a Santo Domingo en 1504, cosa que él
mismo señala en carta dirigida al Emperador: «que desde el año de cuatro que
pasó a las partes de las Indias».[73] Andaría entonces por
los veinte años, y si no los había cumplido, poco le faltaría. Recién llegado
vivió en extrema pobreza, a un grado tal que compartía casa con tres amigos, y
como sólo disponían de una capa, tomaban turnos para salir a la plaza. Una
imagen reminiscente del escudero del Lazarillo , con el palillo entre los dientes aparentando haber comido. Hasta
esos extremos podía llegar el orgullo de los hidalgos. Esto último lo cuenta
Francisco Cervantes de Salazar, y como será éste otro de los hilos conductores
de este relato, convendrá adelantar un breve apunte sobre su persona, a reserva
de que, al final del libro, se ofrezca una semblanza ampliada, al igual que con
los demás cronistas. Hoy día, se le recuerda como el primer cronista de la
ciudad de México, y fuera del círculo de los estudiosos de la historia, pocos
están enterados de que es autor de una obra voluminosa, que tituló Crónica de la Nueva España.[74] Cervantes de Salazar,
además de haber tenido oportunidad de conocer y tratar en España a un Cortés ya
viejo, cuando éste asomaba por el Consejo de Indias, también alcanzó a mantener
trato directo con un regular número de antiguos conquistadores, algunos de los
cuales le facilitaron las relaciones que habían escrito, y que al haberse
perdido, se conocen a través de los fragmentos que asoman en su Crónica. Se trata de un individuo dotado de una sólida
cultura humanística, que se vio involucrado en diversos proyectos, entre los
que figuró la fundación de la universidad.
Cortés, en el memorial de servicios prestados
dirigido al Emperador, evoca lo que vendría a ser su primera actuación en
Indias, consistente en haber participado en una cabalgada contra los caciques
haitianos, en las regiones de «Higuey, Bauruco, Dayguao, Iutagna, Xuaragua,
Amguayagua, que hasta ese momento no estaban conquistadas».[75] Se emplea el término
cabalgada, porque aquello no puede equipararse a una campaña, dado que la
resistencia fue mínima. Como recompensa, recibió de Ovando algunas tierras y la
escribanía de la villa de Azúa. A esto sigue un oscurísimo período en el que no
vuelve a oírse de él. Gómara dice que pasó así de cinco a seis años, mientras
Cervantes de Salazar precisa que fueron seis. Un hombre tan inquieto como él,
¿residiría ahí en forma ininterrumpida durante los años que se le asignan? No
se sabe. Era el notario del lugar; pero el caso es que no se conserva una sola
de las escrituras de su notaría. Los indicios apuntan a que sus ocupaciones le
dejarían mucho tiempo libre, encauzando sus energías a la ganadería
(«granjerias») como señala Cervantes de Salazar.[76] Se ignora si en
aquellos años de juventud convivió con alguna mujer. Y así se cierra la página
de Azúa. Seis años sobre los cuales prácticamente no se sabe nada. Se limitó a
sobrevivir. Y allí se encontraba cuando da comienzo la ocupación de Cuba, siendo
entonces designado tesorero por Miguel de Pasamonte, el agente que se encargaba
de controlar a Diego Colón. Eso, según una versión; de acuerdo con otra, habría
sido el propio Velázquez quien lo invitara a unírsele. El nombramiento debió
producirse hacia finales de 1511.
§. Catalina Suárez Marcaida
Un hecho capital en la vida de Hernán Cortés fue
su matrimonio con Catalina Suárez Marcaida, una mujer que rechazaba, y con la
cual tuvo que casarse. Se trató de una aventura que le salió mal. El cazador
cazado. La historia da comienzo con la llegada a Cuba de doña María de Cuéllar,
la esposa efímera de Diego Velázquez, a cuyo servicio venía Catalina. Muerta
aquélla, ésta quedó en casa de su hermano Juan, con quien, al parecer, Cortés
compartía una pequeña encomienda. Juan Suárez era un granadino llegado con
Ovando, que más tarde hizo venir de España a su madre viuda y a tres o cuatro
hermanas. Se trataba de personas de condición muy humilde, aunque según el
decir de algunos, con pretensiones de hidalguía. Gómara afirma que Catalina era
bonita, pormenor omitido por aquellos que la conocieron. El caso es que apenas
llegada, Cortés comenzó a cortejarla, convirtiéndola en su amante. Pronto se
cansó, pero cuando quiso dejarla, ella le exigió el cumplimiento de la palabra
de matrimonio. La cosa no hubiera pasado a mayores, de no haber sido porque
Diego Velázquez, a su vez, se había enredado con otra de las hermanas; ésta le
pidió que interviniese, y él, que no tenía intención de casarse con ella
—metido a moralista en casa ajena—, para complacer a su amante, exigió a Cortés
que le guardase la palabra a Catalina.[77] Allí comenzaron para
él los problemas.
En fin, ésa es una versión. Pero al propio
tiempo concurrían otras circunstancias que se entrecruzan. Al momento en que
Diego Colón encomendó a Velázquez la conquista de Cuba, le colocó como capitán
a un Francisco de Morales, hombre de su confianza, para que le hiciera
funciones de contrapeso. En ausencia del jefe, Velázquez se deshizo de él,
haciéndole proceso y remitiéndolo preso a Santo Domingo. Eran días en que
Cortés, junto con Andrés de Duero, fungía como uno de los dos secretarios que
tenía Velázquez y, según apreciación de Las Casas, quien conoció a ambos,
Cortés aventajaba en mucho a Duero por su condición de hombre culto, dotado de
facilidad de palabra y gran sentido del humor, «hablador y decía gracias, y más
dado a comunicar con otros que Duero».[78] Un simpático, a quien
el cargo le venía chico. Demasiado independiente. Las quejas contra el gobierno
de Velázquez fueron en aumento, y en un momento dado, los agraviados decidieron
hacer llegar a la Audiencia una serie de memoriales denunciando sus manejos; y
como portador se habría ofrecido Cortés, quien planeaba llegar a La Española en
una canoa. Supo el gobernador lo que se tramaba y lo puso preso. El caso es que
duró poco tiempo en prisión; consiguió evadirse buscando refugio en la iglesia.
Con el paso de los días fue confiándose, y en una ocasión en que se paseaba
frente a ella, fue apresado por el alguacil Juan de Escudero ayudado por otros.
Esta vez lo encerraron en la bodega de un navío, pero escapó de nueva cuenta.
Intercedieron varios amigos en favor suyo, hasta que, finalmente, cuando se le
pasó el enojo, el gobernador le concedió el perdón. Pero ya no lo quiso más
como secretario. Gómara cuenta que Cortés se casó con Catalina para vivir en
paz y que un día se encaminó armado en compañía de su cuñado al encuentro de
Diego Velázquez, a quien tomó descuidado en su casa mientras revisaba el libro
de despensa. Una vez frente a frente, le preguntó por las quejas que tenía en
su contra, manifestándole que sólo deseaba ser su amigo. Se reconciliaron, tumbándose
a dormir en una cama, adonde al día siguiente los encontraría un sirviente. A
partir de ese momento se reanudó la amistad.[79]
Las Casas, al leer ese pasaje, estalló colérico:
« ¡que diga Gómara que no le quiso hablar por muchos días y que había ido
armado a preguntar que qué quejas tenía dél y que iba a ser su amigo y se
tocaron las manos y que durmieron aquella noche en una cama! Yo vide a Cortés
en aquellos días, o muy poco después, tan bajo y humilde, que del más bajo
criado que Diego Velázquez tenía quisiera tener favor».[80] A grandes rasgos, y
conciliando algunas pequeñas discrepancias entre los cronistas, ésa es la
historia.
En el relato de Las Casas, el motivo de la
prisión aparece más centrado en la conjura y no en el rechazo a Catalina; pero
la evidencia disponible muestra lo contrario: Cortés estuvo preso por negarse
al casamiento. El cronista Cervantes de Salazar escribe: «Acabadas las
pasiones, Diego Velázquez procuró que Cortés se casase con Catalina Suárez».[81] Bernal, por tratarse
de un hecho anterior a su llegada a Cuba, y como además es discreto y
pudibundo, se limita a decir que «se casó con ella por amores, y esto de este
casamiento muy largo lo decían otras personas que lo vieron, y por esta causa no
tocaré más en esta tecla».[82] Pero, pese a ello,
páginas más adelante, vuelve sobre el tema diciendo que los parientes de
Velázquez andaban muy resentidos, por no habérseles confiado a ellos el mando;
«que estaban afrentados cómo no se fiaba el pariente ni hacía cuenta de ellos y
dio aquel cargo de capitán a Cortés, sabiendo que había sido su gran enemigo,
pocos días había, sobre el casamiento de Cortés ya por mí declarado».[83] Hasta aquí lo que
dicen los cronistas. Existe una segunda parte.
En México, en el Archivo General de la Nación,
adonde fue trasladado el archivo particular de Cortés, que existía en el
Hospital de Jesús, duerme un expediente en el que consta que éste, una vez
efectuado el matrimonio, evitó convivir con ella durante un largo periodo. Ello
sale a la luz en el proceso que María de Marcaida, su antigua suegra, inició
contra él en 1529 por los gananciales del matrimonio de su hija. Le reclamaba,
ni más ni menos, la mitad de su fortuna. El proceso nunca se resolvió, pero lo
que aquí interesa son las declaraciones de diez de los testigos, de los cuales
nueve se encontraron presentes en la boda. Existen varios puntos a destacarse
en esas declaraciones: el primero es la pobreza de la contrayente, al grado que
la única ropa que poseía fueron los vestidos de la difunta doña María, que su
hermano adquirió para ella. A continuación, está lo referente a que era persona
muy delicada y enfermiza, que pasaba largo tiempo en cama. Y hay un dato que
resulta revelador, y eso es, el tiempo que Cortés dejó transcurrir entre el
matrimonio y el momento en que comenzaron a vivir juntos: Juan de Madroñas: «…
le parece que fueron dos años o más»; Bernardino de Quesada: «pasó mucho tiempo»;
Juan Pérez Zamorano: «dos años y medio»; Diego Ruiz: «dos años poco más o
menos.»; Antonio Velázquez: «no pasaron tres años antes de que se velasen»; y
Pedro de Jerez: «dos años y medio».[84] Este último testigo
agrega, además, que la había conocido en Santo Domingo, donde servía en casa
del secretario Aguilar. Casado con una antigua sirvienta. Aquello era algo
imposible de tragar para un individuo con prejuicios de clase tan arraigados.
Una poderosa razón para el rechazo. No comenzarían a vivir bajo el mismo techo
sino hasta el momento en que Cortés puso casa en Santiago. Para entonces ya era
un hombre rico. Según declaración suya en ese proceso, iniciaron la vida
marital a los tres años de celebrado el matrimonio. En 1515, el padre Las Casas
conversó con él en Santiago de Cuba, en época en que ya convivía con Catalina
y, según apunta, le dijo «que estaba tan contento con ella como si fuera hija
de una duquesa».[85]Excusatio non petita accusatio manifesta; pero pasando eso por
alto, queda establecido que esa conversación habría tenido lugar en la primera
mitad del año, pues para el mes de julio, Las Casas ya se encontraba en Santo
Domingo, de paso para España. Esos datos nos permiten establecer con bastante
aproximación la fecha del matrimonio: si la conversación ocurrió en el primer
semestre de 1515 y estuvieron sin hacer vida matrimonial durante un periodo que
va de dos y medio a tres años, eso nos lleva a 1512, de donde se desprende que
Cortés se casó cuando andaría por los veintiocho años.
Capítulo 3
La expedición de Los Ángeles
Contenido:
§. La rebelión de Cortés
El Hernán Cortés que en Santiago de Cuba va a
lanzarse a la aventura, a los treinta y cinco años de edad, aparece como un
triunfador. Hombre acaudalado que se movía en el círculo del dinero, pero que
parecía no tener resuelto el problema de puertas adentro. Según las
apariencias, la mujer que tenía por esposa no era la indicada, tanto por
extracción social, como por no haber tenido hijos con ella, asunto que, como se
verá, para él era definitivo. Ése era el Cortés de aquellos momentos, en quien
no se advierte que albergara propósitos de meterse a conquistador. Se conoce
sólo una ocasión en que se interesó en participar en una expedición, y ello
habría sido ocho años atrás, cuando Diego Nicuesa partía para establecer una
colonia en la costa panameña del Darién. En vísperas de embarcar, le sobrevino
una infección en una corva, lo cual le impidió tomar parte en ella, y quizás
eso lo haya salvado de compartir la suerte trágica de aquél.[86] En realidad, sus
únicos hechos de armas conocidos eran riñas por mujeres, de resultas de las
cuales, conservaba como recuerdo una cicatriz bajo el labio, misma que buscaba
disimular con la barba. Bernal, quien es el único en aportar el dato, omite decir
dónde recibió la cuchillada. Se produce el sorpresivo ofrecimiento de
Velázquez, y sin pensarlo un minuto lo acepta.
Sin tener ninguna experiencia militar, partirá al
frente de la mayor expedición que jamás se haya organizado en las Antillas;
aunque era, según apunta Bernal: «buen jinete y diestro de todas las armas, así
de a pie como a caballo, y sabía muy bien menearlas». Se trataba de habilidades
corrientes en un individuo de su condición social. Por ello, casi podríamos
asegurar que los afanes de meterse a conquistador responderían a una vocación
tardía. Su currículo era tan pobre hasta ese momento, que de haber muerto por
aquellos días, el mundo nunca se habría enterado de que una vez existió un
hombre llamado Hernán Cortés. Su personalidad resulta compleja y
contradictoria. Por un lado, el individuo que ama la violencia y gusta de
emociones fuertes, pero que, como contrapartida, habla en voz baja y da órdenes
en tono reposado, siendo verdaderamente excepcional que, en algún momento,
llegue a perder la compostura. A diferencia de cualquier rudo soldado, nunca
blasfema ni profiere palabras altisonantes. Un bienhablado. Tenía vena de poeta
y versificaba con facilidad.[87] Poseía un fino
sentido del humor y resultaba un conversador ameno, pero esa exquisita
sensibilidad no era óbice para que, llegado el caso, con la mayor frialdad
cometiera crueldades espeluznantes. Aunque no tuviera un título universitario
que exhibir, se echa de ver que era hombre de gran cultura, y que había pasado
muchas horas ejercitándose en el manejo de las armas. Sus batallas las libró lo
mismo con la espada que con la pluma. Y como cualquier banquero del
Renacimiento, muy emprendedor en materia de negocios y realización de obras
públicas. De esa vertiente de constructor daría posteriormente sobradas pruebas
durante sus actuaciones en México. Sabía seleccionar lugares, como lo demostró
al elegir Cuernavaca para edificar su casa palaciega. En ello fue un precursor,
señalando el camino a los futuros promotores turísticos.
Cortés tenía aires de príncipe, solía vestir con
elegancia sobria: jubón negro y, como atavío, dos medallas, una con la Virgen y
el Niño en brazos, y otra con la efigie de San Juan Bautista, complementando el
atavío con unas lazadas de oro. En cuanto fue investido con el cargo, se adornó
el sombrero con plumas y pronto se hizo dar el tratamiento de señoría. Y ya en
La Habana comenzó a rodearse de todos los atributos de un gran señor, sentándose
bajo dosel y nombrando maestresala, mayordomo y secretario particular. Ni más
ni menos como cualquier grande de España.[88] Esas actitudes, que
en otro hubieran parecido ridículas, en él aparecían perfectamente naturales;
al decir de Las Casas, daba la impresión de haber nacido entre brocados.[89] Era un elegante
natural, que como un príncipe sin estados, partía en busca de tierras donde
reinar. No es de excluirse que, aunque muy brevemente, hubiese tenido
oportunidad de asomarse a la Corte, lo cual explicaría el conocimiento que
mostraba tener de modales cortesanos.
¿Cómo era físicamente? De entre aquellos que lo
trataron personalmente, Bernal es el único que se ocupó de consignar sus
rasgos, describiéndolo como «de buena estatura y cuerpo, y bien proporcionado y
membrudo, y la color de la cara tiraba algo a cenicienta, e no muy alegre; y si
tuviera el rostro más largo, mejor le pareciera; y los ojos en el mirar
amorosos, y por otra parte graves; las barbas tenía algo prietas y pocas y
ralas, y el cabello que en aquel tiempo se usaba era de la misma manera que las
barbas, y tenía el pecho ancho y la espalda de buena manera, y era cenceño, y
de poca barriga y algo estevado de las piernas y muslos bien sacados…».[90] Aparte de este
testimonio, se dispone de una galería de retratos que pretenden recoger su
imagen; en México los más conocidos son tres, todos de autor anónimo, de los
cuales dos se encuentran en el Museo Nacional de Historia, y el otro en el
Hospital de Jesús, y aunque se conjeture que pudo haber posado para alguno de
ellos, el problema reside en que en los tres aparece representado con rostro
alargado y barba abundante, exactamente lo opuesto a lo dicho por Bernal; en
cambio, sí concuerdan con la descripción de éste los rasgos recogidos por el
escultor y pintor alemán Christoph Weiditz, quien se encontraba en España
cuando Cortés regresó por primera vez y consiguió que posara para él. Weiditz
realizó una acuarela y cinceló una medalla. El dibujo lo muestra de cuerpo
entero y corresponde a un hombre vigoroso, de pecho ancho y piernas no
demasiado largas, la cabeza claramente redonda y escasa la barba (el apego es
completo). Al reverso de la medalla aparece una inscripción señalando que tenía
cuarenta y cuatro años. El inconveniente de este retrato es el de que por ser
de un trazo demasiado esquemático no alcanza a recoger sus rasgos fisonómicos.
Existió otro retrato para el que se sabe que posó, que fue aquel que el propio
Cortés remitió a Paulo Jovio, obispo de Nocera, atendiendo a un pedido, el cual
iba destinado a la colección de éste de retratos de varones ilustres; pero aquí
el problema radica en las dudas que surgen acerca de su fidelidad, pues el
original se perdió y subsiste sólo una copia de un grabado en madera. El hombre
que allí aparece representado es ya un viejo cargado de espaldas y barba
abundante.[91] Existe otro cuadro de
autor desconocido, en cuya orla aparece la leyenda « Ferdinandus Cortesius dux, invictisimus, aetatis 63», o sea hecho en el último
año de su vida, el cual pasa por ser copia fiel de un original enviado a
Alemania a Carlos V, para el que supuestamente habría posado. La atribución se
presta a dudas, pues el hombre allí representado tiene un rostro notoriamente
alargado, barba más poblada que rala, y sobre todo, una prominente nariz
aguileña que en nada se parece a la dibujada por Weiditz.
En Madrid, en el Cuartel General del Ejército se
conserva un poco conocido retrato de Cortés, obra de autor desconocido, del
cual se afirma que posó para él, sin que exista la menor prueba documental para
comprobarlo, salvo «una antiquísima tradición» que va en ese sentido. El cuadro
resulta interesante por varios conceptos: es el trabajo de un buen artista y
corresponde a la época, por lo que su antigüedad no se presta a dudas.
Hernando Cortés, retrato a la acuarela de Matías Weiditz. Hasta donde se
sabe de cierto, ésta es la única imagen para la que haya posado Hernán Cortés;
tendría a la sazón 44 años cumplidos y sus rasgos corresponden a la descripción
hecha por Bernal Díaz del Castillo.
Cortés aparece representado en los días de su
primera vuelta a España, y aquí la cabeza sí coincide con la trazada por
Weiditz, la barba es escasa, y además se observa un detalle curioso consistente
en un trazo bajo el labio inferior, que podría corresponder a la cicatriz de la
cuchillada. No existen más datos, pero si se tratara de elaborar un retrato
hablado con base en los testimonios de Bernal y el artista alemán, ése sería el
rostro de Cortés.
Es de notar que siendo Cortés un hombre tan
inquieto, sea tan poco lo que se conoce de lo que vendría a constituir su
prehistoria: esos oscurísimos años pasados en Azúa, donde sepultó la mayor
parte de su juventud. La información disponible es tan escasa, que viene a ser
la punta del iceberg: juego, lectura y aventuras galantes. Se sabe que al menos
en dos ocasiones echó mano a la espada en riñas por mujeres: de una conservó
como recuerdo la cicatriz bajo el labio, y en la otra fue él quien hirió a su
rival, como se verá más adelante. La prontitud con que aceptó el ofrecimiento
para pasar a Cuba lleva a pensar que en Azúa no había nada que lo retuviera. Ya
en Cuba, encontrándose casado, tuvo una hija con una india cubana (de la cual
Velázquez sería padrino).[92] En cuanto a su
entrega al juego, éste vino a ser para él una auténtica pasión. Sobresalía como
gran jugador, tanto de naipes como de dados, y existen referencias abundantes a
las interminables partidas en su casa de Coyoacán, que se encontraba convertida
en un auténtico garito. Allí no se hacía otra cosa que jugar. En cambio, en lo
concerniente a la bebida, las referencias son de que era sumamente parco, al
grado de que, según apunta Bernal, diluía el vino en agua.[93] Podría hablarse de
una extraordinaria capacidad para sufrir el dolor, el hambre, la sed, el
cansancio y la falta de sueño. Por las noches, a semejanza de como más tarde
actuaría Napoleón, rondaba por el campamento para comprobar que ningún centinela
se hubiese dormido. En ninguno de los escritos, así sean de sus más acérrimos
enemigos, se hace la menor alusión a que en algún momento le hubiese flaqueado
el valor. Estamos frente a una faceta que podría servirnos para explicar
algunas cosas; evidentemente, en mayor o menor medida, su ejército estaba
compuesto por hombres valerosos, pero lo que ocurre con él, es que su estatura
se agiganta frente al peligro. Parecería que una manera de controlar a esa masa
de indisciplinados, sería el irlos metiendo en situaciones cada vez más
comprometidas, de manera que apareciese como factor indispensable: el único que
podría sacarlos del apuro. En reiteradas ocasiones será él quien mediante una
acción individual, decida la batalla. En los momentos que preceden al combate,
lo planea todo cuidadosamente, y cuando el dispositivo está a punto, deja el
puesto de mando, para incorporarse como un soldado más de primera fila. No
dejaba pasar la oportunidad de participar en la lucha. A todo lo largo de la
Conquista, veremos que no se da una sola ocasión en que se haya conformado con
presenciar la pelea desde su puesto de mando; por una u otra razón, en un
momento dado, entraba en acción, haciéndolo siempre en el punto donde se
combatía con mayor intensidad. Parecería que se sintiera atraído por el
peligro, como si éste fuese una especie de droga, un estimulante fuerte que le
era necesario. En el lenguaje moderno de la psiquiatría se habla de la
«ordalía», eso es, de las tendencias suicidas ancladas en lo más profundo del
subconsciente de algunos individuos, que los llevan a buscar siempre
situaciones de peligro. El peligro será una constante que habrá de acompañarlo
como su sombra, de manera que, inclusive, por momentos tendrá que cuidarse más
de sus hombres que del enemigo que tiene enfrente.
Bernal asegura que, al plantearse el envío de
una nueva expedición, se alzaron voces en favor de que ésta fuera al mando de
Grijalva: «y todos los más soldados que allí nos hallábamos decíamos que
volviese Juan de Grijalva, pues era buen capitán y no había falta en su persona
y en saber mandar».[94] Mal pudo haber sido
así, puesto que éste todavía no regresaba; pero el caso es que Velázquez ya
había dado con el candidato que juzgó idóneo: el antiguo notario de Azúa, uno
de los hombres más acaudalados de la isla, de manera tal, que podría montar la
expedición con muy poco gasto. El paso siguiente fue redactar la escritura
correspondiente, cosa que hicieron ambos el 23 de octubre de 1518 ante el
notario de su majestad, Vicente López.
El pliego de instrucciones constituye la base
jurídica en que descansa la aventura de Cortés; éste fue un documento que ni
Las Casas ni Gómara parecen haber llegado a conocer; en cambio, Oviedo sí da
muestras de haberlo leído, puesto que sintetiza lo más importante. Y otro que
lo tuvo en sus manos y lo leyó con todo detenimiento, fue Francisco Cervantes
de Salazar, quien además de reproducirlo, subraya: «y porque Gómara, que
siguiendo a Motolinia, dice, por no haber sido bien informado ni vio, como yo,
las capitulaciones que entre Diego Velázquez y Cortés se hicieron» (aquí se
observa que Gómara, de capellán de Cortés según Las Casas, pasa ahora a ser
tildado de plagiario).[95] Una de las constantes
de Cervantes de Salazar será tratar de desacreditar a Gómara, y así cada vez
que descubre que ha copiado a Motolinia, al momento procede a pregonarlo por
todo lo alto. Y eso lo afirma de manera categórica, pues según asevera, tenía
en las manos el escrito de éste último (el problema consiste en que se
desconoce el manuscrito de referencia). Para una mejor comprensión del pliego
de instrucciones, procede ante todo conocer hasta dónde llegaban las
atribuciones de Velázquez. Por principio de cuentas, éste, lisa y llanamente,
se estaba extralimitando en sus funciones. Como teniente de gobernador carecía
de facultades para enviar expediciones de conquista fuera de su área, sin la
correspondiente autorización de la Corona. En el caso de Grijalva, para darle
un aire de legalidad a su actuación, solicitó la autorización a los frailes
jerónimos, y éstos se la dieron ya que la planteó como un viaje de exploración.
Una licencia dudosa. Y ahora, para despachar a Cortés, consideró que no sería necesario
solicitar una nueva, ya que ésta sería una extensión de la anterior. El centro
del poder político en las Antillas radicaba en Santo Domingo, pero, ¿quién
gobernaba en esos momentos?; ello es, ¿quién tenía la autoridad para dar ese
tipo autorización? La pregunta no es ociosa. A la partida de Diego Colón, el
gobierno quedó en manos de la Audiencia, pero ocurrió que, a instancias de Las
Casas, quien en la Corte no cesaba de denunciar los atropellos que se cometían
contra el indio, el cardenal Cisneros, de común acuerdo con Adriano de Utrecht
(ejercían la regencia conjuntamente), resolvió enviar una comisión integrada
por fray Luis de Figueroa, fray Alonso de Santo Domingo y fray Bernardino de
Manzanedo, todos de la orden de San Jerónimo. Esos fueron conocidos como los
frailes gobernadores. Pero viene ahora el establecer el alcance de su cometido;
en todas las fuentes disponibles se les da el tratamiento de gobernadores, a
excepción de Las Casas, quien es enfático en señalar que su mandato se limitaba
a tratar de frenar los excesos contra la población nativa, pero que, una vez
llegados, comenzaron a entrometerse en toda suerte de asuntos, excediéndose en
sus funciones; asegura, asimismo, que el pliego de instrucciones que llevaron
fue redactado por él, con algunas adiciones del propio Cisneros y de los
miembros del Consejo de Indias. La instrucción que llevaban estaría encabezada
de la manera siguiente: «Memorial o instrucción que han de llevar los padres
que por mandado de su reverendísima señoría y del señor embajador [tratamiento
que da a Adriano] han de ir a reformar las Indias».[96] Se trata de un
documento muy extenso, por lo que aquí no se reproduce, pero del que hay que
destacar que, aunque se ocupa mayormente de la forma en que deberá organizarse
la vida de los indios, también en algunos de sus puntos toca aspectos de gobierno.
El caso es que aunque la decisión de enviarlos se adoptara a partir de una
iniciativa de Las Casas, ocurre que muy pronto los frailes se distanciaron de
él, pues al momento mismo de embarcar en España, ya no lo esperaron, por lo que
él hubo de transportarse en otro navío.
Como se advierte, no es fácil establecer el
alcance de los poderes de los frailes Jerónimos; lo que sí está claro, es que
no se encontraban facultados para expedir licencias para nuevas conquistas. Y
la Audiencia tampoco lo estaba. El caso es que los frailes, que al parecer no
encontraban muy de su agrado una misión que los desbordaba, pronto fueron
llamados de regreso a España. Aunque su retorno no esté bien documentado, para
febrero de 1520 ya se detecta la presencia de los tres en España.[97] Al decir de Las
Casas, fueron ganados por los encomenderos, y a la postre nada resolvieron en
favor del indio. Lo que sí se advierte es que se trató de un periodo en que no
queda del todo claro quién era la autoridad suprema, si ellos o la Audiencia.
El caso es que si Velázquez envió a España a su capellán, Benito Martín, para
solicitar la autorización para incursionar por Yucatán, ello ya nos está
señalando que estaba consciente de que, tanto frailes como Audiencia, carecían
de facultades suficientes para otorgar licencias para una empresa de esa
magnitud.
El pliego de instrucciones es un documento que
consta de treinta apartados, y dado lo extenso que resulta, se analizarán sólo
los más importantes; el objetivo primario será partir en busca de la flota de
Grijalva y de la carabela de Olid para, en caso de necesidad, impartirles la
ayuda necesaria; otro de los encargos, consistirá en rescatar a seis españoles,
quienes, al decir de Melchor, se encontrarían en el interior de Yucatán en
poder de caciques. Se presumía que uno de ellos podría ser el propio Nicuesa. Y
a continuación se incluyen una serie de apartados normales en un documento de
la época: el viaje es para exaltar la mayor gloria de Dios y aumento de la fe,
por lo que no deberán consentirse actos carnales «con ninguna mujer, fuera de
nuestra ley». Se reitera que deberá poner especial cuidado en no permitir los
juegos de naipes y dados, y no subir a bordo a ninguno de quien «se tenga
noticia que es bullicioso e amigo de novedades» (se diría que la participación
quedaba reservada para los ángeles). Llevaba también el encargo de averiguar si
ya se habría predicado el evangelio en esas tierras, pues mucho intrigaban las
cruces encontradas en las paredes de los templos. Hoy día se puede admirar en
el Museo de Antropología e Historia la llamada Cruz de Palenque, que es una
pieza única; pero, a juzgar por el tenor del pliego de instrucciones, éstas
abundaban en su día. Debería dar a conocer a los caciques quién era el
emperador Carlos V, señalándoles, al mismo tiempo, la obligación en que estaban
de enviarle un tributo. También llevaba el encargo de averiguar si existían
hombres con cabeza de perro, «e porque diz que hay gentes de orejas grandes y
anchas y otras que tienen las caras como perros».[98] El país de los
hombres con cabeza de perro fue una leyenda recurrente, que se mantuvo muy viva
a todo lo largo del Medievo. Colón, en la carta al tesorero Santángel, en que
comunica la nueva del Descubrimiento, creyó necesario aclarar que no encontró
hombres con hocico de perro. No se terminaba de salir de la Edad Media.
En la comunicación que su capellán Benito Martín
llevó a España para solicitar para él la adelantaduría, Velázquez se atribuyó
el descubrimiento de Yucatán; sin embargo, por un descuido, se deslizó en el
pliego un párrafo ordenando a Cortés presentar una disculpa a los naturales por
estropicios causados por Hernández de Córdoba, que «a mí me pesó mucho». Aquí,
tácitamente está la admisión de que existió una incursión anterior a la de Grijalva.
Aparte de esos enunciados, se advierte una cierta indefinición en los
propósitos, pues por otra parte se establece que deberá guardar en arca de tres
llaves todo el oro, joyas y artículos de valor que pudiese «rescatar». Hasta
aquí se trata de una empresa mercantil, pero deberá efectuar, con toda
solemnidad y guardando las formalidades del caso, la toma de posesión de las
nuevas tierras en nombre de la Corona. Además, hay algo que no se aclara, y
ello es, cómo se podrá exigir que los caciques presten juramento de vasallaje a
Carlos V, para que «se sometan debajo de su yugo e servidumbre e amparo Real» y
paguen el tributo correspondiente, sin el empleo de la fuerza. Se deja en el
aire lo relativo a si se trata de establecer una ocupación permanente. Pero ocurre
que Cortés, en presencia de Andrés de Duero, que era el alcalde de la villa,
pidió al escribano que le extendiera un traslado de la escritura para
conservarlo en su poder. En el párrafo consignando la petición, el notario hace
constar que Cortés «iba por el dicho señor Adelantado en nombre de Sus Altezas
a poblar las dichas islas e tierras, e a descubrir otras».[99] Aquí queda al
descubierto el verdadero propósito de la expedición. Por tanto, se pone de
manifiesto que una cosa era lo que se puso por escrito, y otra muy distinta
cuáles eran las verdaderas intenciones que había detrás. La autoridad de
Velázquez era limitada, y por escrito no podía comprometerse a más; parecería
que la prisa en no esperar el retorno de Benito Martín con la autorización
correspondiente, obedeciera a que se sabía que Garay no tardaría en incursionar
por la zona y, por lo mismo, se trataba de dejar establecida una cabeza de
playa, para confrontarlo con el hecho consumado. Sería, por lo que se ve, una
carrera contra el tiempo. Esos planes se hacían en momentos en que se
desconocía la existencia del imperio de Motecuhzoma.
§. La rebelión de Cortés
Cortés se volcó en cuerpo y alma a organizar la
expedición, pero, desde un primer momento, apartándose de lo convenido, comenzó
a gastar en forma desmedida. Cambia el proyecto: de una expedición de refuerzo,
se comienza a dar forma a una fuerza de conquista. Para ello ha reclutado un
contingente de desocupados, entre los cuales figuraban veteranos de las
campañas de Italia. Aquello pone en guardia a Velázquez, pero se trata ya de
algo que le resulta imparable. Cortés, además de haber gastado su fortuna,
contrata empréstitos cuantiosos. Éste es un punto que amerita verse con
detenimiento: ¿cómo es que obtiene esos empréstitos con tanta facilidad?
Sencillamente, era un mercader de altos vuelos (empresario, se diría hoy día),
que se movía en el círculo del dinero. Su hacienda era una de las mejores de la
isla; en las márgenes del río Cubanacán que la cruzaba, los indios le sacaban
oro, había introducido la cría del ganado vacuno y caballar (si no fue
precisamente el primero en hacerlo, sí sería en ello uno de los pioneros), y lo
mismo puede decirse de algunos cultivos. Además estaba dedicado al comercio
ultramarino en gran escala, dándose el caso de que en ese momento, de los cinco
barcos que había al ancla en el puerto, tres eran de él, «tres navíos suyos propios»,
y en los otros dos iba a medias: en uno con Andrés de Duero, y en el otro con
Pedro de Santa Clara. Uno de los navíos tenía en sus bodegas un cargamento de
vinos, indicio de que recién llegaba de España. [100] Ése era el nivel de
los negocios que movía. Minero, ganadero, agricultor, mercader y naviero. El
perfil del hombre elegido respondía ampliamente a las necesidades del caso, sin
que pareciera importar que su experiencia militar fuera mínima, prácticamente
inexistente; pero eso, por lo visto, no parecía contar demasiado, puesto que
reunía los otros requisitos que se consideraban más importantes, porque, ¿a
quién mejor encomendar la expedición, que a un individuo que había dado
sobradas pruebas de talento empresarial? Además, era respetado y sabía mandar,
por lo que se confiaba en que, dada su reputación, no faltarían voluntarios que
aceptaran alistarse bajo su mando. Si los mercaderes que tenían en sus manos el
comercio ultramarino, depositaron en él su confianza, sería porque se trataba
de uno de los suyos. Velázquez se dio cuenta de que eso no era lo pactado. Y su
desconfianza fue todavía en aumento al enterarse de que, encima de gastar lo
suyo, se había endeudado con Andrés de Duero, Pedro de Jerez, Antonio de Santa
Clara, Jaime y Jerónimo Tría y demás mercaderes, por un monto de cuatro mil
castellanos de oro. Suma cuantiosa. Cortés era buen sujeto de crédito, pues
tenía con qué responder. Su hacienda garantizaba sobradamente el pago. En un
documento público la estimó en quinientos mil pesos de oro, una suma
exageradísima (es evidente que se le iría la mano al tasarla); y refiriéndose a
ella, manifestó que no existía otra mejor en la isla. Si los capitalistas lo
financiaron, sería sin duda, porque esperaban ver multiplicada su inversión. A
los dueños del dinero los tendría sin cuidado ensanchar los dominios de la
Corona. Ésta es la poco estudiada faceta de Cortés: la de mercader y hombre de
empresa. Es cierto que podría argumentarse que, en los registros de la Casa de
Contratación, en Sevilla no aparece ningún embarque realizado por él o por sus
socios, pero eso no es definitivo. Los registros de esos años se encuentran
incompletos. Ni siquiera quedó constancia de su paso a Santo Domingo. La
primera tarea que tuvo entre manos, en cuanto abandonó el puerto de Santiago,
fue manejar a aquella masa desordenada de aventureros, para conformar un
ejército. Y, al parecer, desde el principio lo hizo bien, pues no aparece
consignado un solo caso de antiguos soldados que desobedeciesen sus órdenes por
no tomarlo en serio. Enseguida supo darse su lugar, para dejar bien claro quién
era el que mandaba, adoptando posturas de gran señor, lo cual iba a tono con la
época, pues de otra manera no lo hubieran respetado. Poseía dotes de mando y
emanaba autoridad. Ése es el Cortés en quien se despierta una vocación tardía
por meterse a conquistador. La hacienda la había empeñado; atrás dejaría un
barco al que se le daba carena y una esposa. ¿Alguna relación entre el lanzarse
a la aventura y el deseo de verse lejos? El matrimonio se lo había impuesto
ella.
Los parientes se encargaron de calentarle la
cabeza al gobernador, señalándole que los preparativos que hacía mostraban a
las claras que Cortés no tenía intención de volver. Un astrólogo vaticinó que
se rebelaría y los parientes llegaron al extremo de enviar a un bufón para que
en plan de chanza, a la salida de misa, cuando Velázquez iba en compañía de
Cortés y otros notables de la villa, le dijese entre risas que pronto tendrían
que ir a «montearlo»; Andrés de Duero le dio de pescozones, diciéndole: «Calla
borracho loco, no seas más bellaco, que bien entendido tenemos que esas
malicias, so color de gracias no salen de ti, y por más golpes que le daba no
cesaba de hablar.» [101] Cervantes el Chocarrero, así era conocido ese gracioso y medio atronado
borrachín.
Llegó el momento en que Velázquez quedó
totalmente desbordado por Cortés; mientras él contaba con un puñado de
alguaciles, éste, en cambio, se movía siempre en medio de una multitud de
aventureros que se habían enganchado, respondiendo a los pregones, y a que
comían y bebían a expensas suyas, amén de recibir anticipos en metálico. Se le
había escapado de control, y como tratar de reducirlo equivaldría a un
rompimiento abierto, en el que llevaba todas las de perder, no le quedó otro
camino que el disimulo. Se inicia entonces por ambas partes un juego de
astucias; Cortés, sin descuidarse, con la guardia alta, fingiendo lealtad, y
Velázquez tratando bajo cuerda de obstaculizarlo en todo lo posible. Como
primera providencia, ordenó que no se le suministrasen víveres. Luego, a través
de intermediarios, procuró hacerlo desistir, ofreciendo que lo indemnizaría por
todos los gastos en que había incurrido. Las versiones de los distintos
cronistas presentan leves variantes, pero coinciden en lo fundamental.
Velázquez intenta detenerlo, pero Cortés sigue adelante. En una de esas
comilonas, en que corrió vino en exceso, se suscitó una riña y hubo un muerto.
Un tal Juan de Pila. Aquello precipitó las cosas; Cortés, seguido de un pequeño
grupo, se dirigió a la iglesia, y allí, fray Bartolomé de Olmedo bendijo la
bandera. Andrés de Tapia dice de ella que era de unos fuegos blancos y azules,
con una cruz colorada en medio, y la leyenda era: Amici,
sequamor crucem, et si nos fidem habemus, vere in hoc signo vincemus (Amigos, sigamos la Cruz, que si tenemos fe, con esta
señal venceremos); una paráfrasis del in hoc signo vinces de Constantino. Una bandera de cruzado. Y como
ya nada lo retenía, dio la orden de embarcar al momento, antes de que la
situación fuera a complicarse a causa del muerto.
Bernal describe la salida de Santiago diciendo
que después de muchos ofrecimientos y abrazos entre Cortés y Velázquez, se
dispuso la partida, y al día siguiente, luego de escuchada la misa, «nos fuimos
a los navíos, y el mismo Diego Velázquez fue allí con nosotros; y se tornaron
[a] abrazar y con muchos cumplimientos de uno al otro; y nos hicimos a la vela,
y con próspero tiempo llegamos al puerto de la Trinidad». [102] La misma escena y
circunstancias previas a la partida, Gómara las reseña de manera distinta:
«Fray Luis de Figueroa, fray Alonso de Santo Domingo y fray Bernaldino
Manzanedo, que eran los gobernadores, dieron la licencia para Hernán Cortés,
como capitán y armador, con Diego Velázquez, mandando que fuese con él un
tesorero y un veedor para procurar y tener el quinto del rey»; prosigue
señalando que Velázquez hubiera querido impedirle la partida, pero se vio
imposibilitado de hacerlo, pues de haberlo intentado habría habido una revuelta
en la ciudad, con el saldo inevitable de muertes, por lo que optó por
disimular, y «todavía mandó que no le diesen vituallas, según muchos dicen.
Cortés procuró salir enseguida de allí. Publicó que iba por su cuenta, puesto que
había vuelto Grijalva, diciendo a los soldados que no habían de tener qué hacer
con Diego Velázquez. Les dijo que se embarcasen con la comida que pudiesen.
Cogió a Fernando Alfonso los puercos y carneros que tenía para pesar al día
siguiente en la carnicería, dándole una cadena de oro, en forma de abrojos, en
pago y para la pena de no dar carne a la ciudad. Y salió de Santiago de
Baracoa». Parte casi subrepticiamente y, sobre todo, ya iría rebelado. La
afirmación de que los frailes jerónimos le habrían dado la licencia resulta
errónea, pues si hubiera contado con esa autorización sencillamente ya no sería
un rebelde. Asimismo, se equivoca cuando afirma que Grijalva ya había
regresado, «llegó en esto a Santiago Juan de Grijalva, y no le quiso ver Diego Velázquez,
porque se vino de aquella rica tierra, y sentía que Cortés fuese allí tan
pujante; mas no le pudo estorbar la marcha, porque todos le seguían, tanto los
que allí estaban, como los que venían con Grijalva». [103] La versión de
Cervantes de Salazar sostiene que Cortés habría ordenado a sus hombres que
embarcasen, y cuando sólo faltaban por subir él y cinco o seis soldados, llegó
Velázquez montado en una mula y en compañía de cuatro mozos de espuelas,
demandándole a qué obedecía esa mudanza, y por qué se embarcaba sin contar con
víveres suficientes: «Deteneos por vida vuestra […] llegó el batel de la
capitana, y entrando en él con los soldados, quitando el sombrero a Diego
Velázquez le dijo: Señor, Dios quede con vuestra merced, que yo voy a servir a
Dios y a mi Rey, y a buscar con estos mis compañeros mi ventura». A Diego
Velázquez, aunque congestionado por la ira, no le quedó otro recurso que
disimular. Iba rebelado. Las Casas lo refrenda. [104]
Cortés, en ocasión del juicio de residencia,
redactó en México un documento que contiene una serie de preguntas que deberían
formularse a los testigos, tanto de cargo como de descargo. Éste se
titula interrogatorio general,
y según todos los indicios, debió prepararlo hacia 1534. Se trata, por tanto,
de una escritura pública que debería ceñirse a la verdad, pues en caso
contrario, sus enemigos lo harían pedazos, destacando las falsedades que
encontrasen en él. En este cuestionario se pregunta a los testigos, entre otras
tantas cosas, si estaban enterados de que en el puerto de Santiago tenía mucha
gente y cinco navíos suyos, cuando Diego Velázquez cambió de parecer e hizo
intento de impedirle la salida, cosa que no pudo hacer por la mucha gente que
él tenía. Además, para crearle dificultades, tenía ordenado que no se le
vendiesen provisiones, ante lo cual decidió precipitar la partida; de tal
forma, esa noche sus amigos subieron subrepticiamente a los navíos todo el pan
de cazabe que pudieron reunir, y mandó a sus criados a los corrales de la
carnicería para que requisaran todos los puercos y carneros transportándolos a
los navíos. Al poco rato se presentó el propietario de la carnicería a rogarle
que le devolviera sus animales o algunos de ellos, para que no le impusiesen
una multa por dejar sin carne a la ciudad. Cortés se despojó de una cadena de
oro y se la dio diciéndole: «tomad para que paguéis la pena, e para que os
paguéis de la carne que os he tomado». [105] Este diálogo con el
carnicero, narrado por el propio Cortés, conlleva un peso inmenso, puesto que
viene a ser la primera de las pruebas de que partía subrepticiamente. Bernal o
no recuerda o no se enteró de lo que estaba ocurriendo; pero el caso es que
esta circunstancia es ampliamente subrayada por Gómara, Cervantes de Salazar y
Las Casas. Al respecto, este último enfatiza que, en una conversación que en
1542 sostuvo con Cortés en Monzón, a raíz de celebrarse Cortes en esa villa,
éste le confirmó el incidente del pago efectuado a Fernando Alonso con un
collar de oro: «y esto el mismo Cortés a mí me lo dijo». [106] Al amanecer del día
siguiente, que según puntualiza Cortés, fue sábado, Amador de Lares, en su
papel de contador real, fue a efectuar la revista a los navíos. Y conforme
pasaban el registro, iban abandonado el puerto. Cuando estaba por partir el último,
llegó Diego Velázquez. Cortés mandó a tierra en una barca al contador, y en
otra se aproximó a la costa, despidiéndose de él a prudente distancia. Nada que
ver con el relato pródigo en abrazos ofrecido por Bernal. A la salida del
puerto ordenó al navío de Pedro González Gallinato (en otra parte se le llama
Pedro González de Trujillo), que con el cargamento de barricas de vino que
llevaba en sus bodegas se dirigiese a Jamaica para cargar pan de cazabe y
tocinos. El hecho de que en lugar de dinero contante llevara para el pago un
cargamento de vino, ya está hablando de que quien realiza la operación es un
mercader a gran escala, que desvía un embarque recién llegado de España, para
venderlo en Jamaica donde alcanzaría mejor precio. [107] La situación muestra
claramente que, in pectore ya iba rebelado,
aunque en lo formal se guardasen las apariencias. Al parecer, ninguno de los
dos quería precipitarse en hacer público que el rompimiento era definitivo. El
testimonio de Cortés se encuentra respaldado por actuaciones y escrituras diversas,
que se verán páginas adelante.
Algo que intrigó a fray Bartolomé de Las Casas
fue saber si desde un primer momento Cortés contó con la complicidad de los
capitanes para rebelarse, preguntándose al respecto: « ¿cómo se embarcaron de
noche sin despedirse de Diego Velázquez?». Pero a pesar de que en Santo Domingo
habló con Juan de Grijalva, y de todas las indagaciones que hizo, todo resultó
en vano: «no pude averiguarlo». [108] No obstante todo lo
embrollado del caso, hoy día se dispone de unos testimonios que él no tuvo a la
vista, por lo que quizá se pueda hacer un poco de luz sobre el particular.
Andrés de Tapia, es otro de los soldados
cronistas, autor de una historia sumamente importante, pero que presenta el
inconveniente de quedar interrumpida en el momento en que se produce la
victoria sobre Narváez. Y además, concurre la coyuntura de ser el único a quien
Gómara identifica como informante suyo. Sobre las circunstancias en torno a la
partida, este soldado y futuro capitán, cuenta que, en el momento en que él se
presentó ante Diego Velázquez para saludarlo y pedirle la venia para tomar
parte en la expedición, éste le habría dicho: «No se que intención lleva Cortés
conmigo, y creo que mala, porque él ha gastado cuanto tiene y ha recibido
oficiales como si fuera un señor de España». [109] Velázquez entonces le
habría propuesto que se le uniese, ya que no le resultaría difícil alcanzarlo,
puesto que sólo hacía quince días que había partido. Recibió de él un vale por
cuarenta ducados para abastecerse de lo necesario en su tienda, y en compañía
de otros, partió al alcance de Cortés. Esto comienza a darnos un poco de luz
sobre el asunto: cuando Cortés partió llevaba únicamente cuatro barcos, y no
había asignado los mandos, por la sencilla razón de que será más adelante
cuando se le incorporen aquellos que pasarán a ser sus más destacados
capitanes; que se sepa, de la gente del entorno de Velázquez en Santiago, entre
los principales subieron Diego Ordaz, Francisco de Moría, Escobar el Paje, Juan
Escudero, y probablemente Alonso de Grado. En esos momentos, Grijalva todavía
no aparecía por Santiago; además, en el caso de que hubiera llegado, las naves
no podían zarpar de nuevo al momento, pues después de una navegación tan
prolongada, deberían someterse a carena y practicárseles algunas reparaciones.
Será al retorno de esas naves, cuando Velázquez permitirá que se le unan
hombres de su confianza, (se dice que «permitirá», porque no debe olvidarse que
aquella era una empresa comercial, en la que Montejo, Alvarado y Ávila habían
invertido su hacienda en la compra de las naves y, por lo mismo, tenían derecho
a opinar). Y como sería una necedad estar enviando refuerzos a un rebelde, lo
que aquí puede asumirse, a la luz de lo que sostiene Tapia, sería que, en vista
de que la rebelión no se había producido de manera abierta, la intención de
Velázquez sería la de ir rodeando a Cortés con gente suya, para poder
someterlo. Proceder de otra manera habría sido una torpeza, y Velázquez estaba
muy lejos de ser un tonto; lo que ocurre es que Cortés le ganó la mano. Al
momento de producirse la salida de Santiago, en torno a Cortés apenas se
consigue identificar a unos contados amigos suyos, como es el caso de
Villarroel, quien venía como alférez, de Juan de Escalante, Pedro González de
Trujillo, y también el padre Olmedo. Los incondicionales de Velázquez nada
pudieron hacer por sujetarlo, ya que se vieron desbordados por ese contingente
de veteranos de Italia, cuya lealtad estaba con Cortés, que era quien les
pagaba.
Según el diario de navegación transcrito por
Oviedo, para el ocho de octubre Grijalva ya se hallaría de regreso en el puerto
de Matanzas, adonde encontró a Olid y recibió una carta de Velázquez
ordenándole conducir sin demora los navíos al puerto de Santiago. [110] Pero la cronología no
encaja, pues de ser eso exacto, se habría recibido la noticia de su retorno
antes de que Velázquez capitulara con Cortés, lo cual, desde luego, carece de
sentido. El diario pudo haber sido manipulado o tampoco debe descartarse que
Oviedo transcribiese mal (aunque lo primero es lo más probable); el caso es que
cuando Grijalva apareció por Santiago, Velázquez lo trató mal por no haber
poblado habiendo encontrado una tierra tan rica. No quiso saber más de él, y lo
despachó con cajas destempladas. Alaminos, que presenció la escena, es quien lo
cuenta. [111] En el fondo, el tío
reprochaba al sobrino el haberse apegado como un autómata a las instrucciones:
explorar, recoger todo el oro posible y regresarse. Grijalva, que era un
simple, no alcanzó a captar que el escrito constituía una mera formalidad, destinada
a guardar apariencias. Velázquez le habría dado las instrucciones en ese
sentido, por la sencilla razón de que no podía poner por escrito algo que le
estaba vedado. La licencia de los frailes jerónimos (cuyo texto desconocemos),
al parecer, no sería lo suficientemente amplia como para lanzarse a una empresa
de esas dimensiones. Lo probable es que despachó la expedición en el entendido
de que, llegado el caso, Grijalva sabría cómo actuar y de esa manera, presentar
a la Corona un hecho consumado. Por tal razón, decía que había confiado el
mando a un bobo, mientras que, en su descargo, el sobrino aducía que el tío le
había impartido instrucciones muy rígidas, prohibiéndole terminantemente
poblar. Y así se lo aseguró a Las Casas cuando tocaron el tema: «todo esto me
refirió a mí el mismo Grijalva en la ciudad de Sancto Domingo» {1523}; y, de
igual manera se expresa Alaminos, quien, asevera que leyó varias veces el
pliego de instrucciones. [112] Caído en desgracia,
Grijalva marcharía a Santo Domingo, donde sostuvo esa conversación con Las
Casas, y de allí partió para Nicaragua, donde guerreando en el valle de
Ulanche, en una acción oscura lo mataron los indios junto con otros españoles;
de su paso por México sólo conserva su memoria el río que lleva su
nombre. [113] Las Casas nos ha
dejado de él el apunte siguiente: «era de tal naturaleza, en cuanto a
obediencia, que no hubiera sido un mal fraile». [114]
* * * *
Macaca fue la primera recalada. Se trata de un
sitio cuya identidad no se ha establecido satisfactoriamente, pero que bien
podría corresponder al actual Puerto Pilón, junto a Cabo Cruz, en la costa sur
de la isla. La estadía ahí tuvo una duración cercana a los dos meses, mismos
que Cortés aprovechó para completar el aprovisionamiento, lo cual corrobora lo
precipitada que fue la salida de Santiago. Partieron casi sin provisiones, como
si se tratara de una fuga, lo cual opone un desmentido rotundo a lo afirmado
por Bernal. En el interrogatorio, Cortés expresa que llegó
con tres navíos, «e allí fizo más de mil cargas de pan que compró a un Tamayo,
e de otros que allí tenían haciendas». [115] Tapia también se
refiere a esa escala que, curiosamente, Bernal olvida mencionar. [116] Cortés dice que
encontrándose en Macaca, «supo como el dicho Joan de Grijalva era llegado a
cierto puerto de la dicha isla, con los navíos e gente». Señala que por temor a
que Velázquez no le hiciese algunos requerimientos, argumentando que Grijalva
se encontraba ya de regreso, y el propósito de la expedición era, precisamente,
el de ir en su ayuda, «despachó dos de sus tres navíos que tenía, que se fueron
a la punta de la isla con todo el bastimento que allí había podido haber; y el
dicho don Hernando Cortés se fue con el otro al puerto de Trinidad, donde así
mesmo compró mucho pan, e fizo mucha carne, e compró otro navío de un Alonso
Guillén, vecino de la dicha villa de la Trinidad». [117] Aquí, en un documento
público, afirma que al partir de Macaca contaba sólo con tres navíos, por lo
que se desprende que todavía no se le incorporaban las naves de Grijalva. Hasta
ese momento, Alaminos no era hombre de Cortés, como tampoco lo serían la
marinería y aquellos que volvían del viaje; si toda esa gente fue a su
encuentro, se puede conjeturar que unos irían voluntariamente, mientras que
otros lo harían un tanto coaccionados por alguien que tenía la autoridad para
ello. Y en cuanto a las naves que Grijalva trajo de regreso, no cabe pensar que
la marinería las llevase sin mediar el consentimiento de Velázquez.
Partieron de Macaca, y el siguiente punto de
escala sería la Trinidad. Una villa importante en aquellos días. Como alcalde
se encontraba Francisco Verdugo, casado con una hermana de Velázquez. Allí
Cortés lanzó pregones de enganche, e hizo poner frente a su morada el
estandarte real y el suyo propio, al tiempo que despachó cartas al interior
invitando a unírsele. Aquí se le incorporará buen número de aquellos que serán
figuras destacadas en la Conquista; según Bernal, entre ésos se contarían Pedro
de Alvarado en compañía de sus cuatro hermanos, Alonso de Ávila, Juan de
Escalante, Cristóbal de Olid, Gonzalo Mejía, Pedro Sánchez Farfán; de la vecina
Sancti Spiritus llegaron Gonzalo de Sandoval, Alonso Hernández Puerto Carrero y
Juan Velázquez de León. [118] También se provee de
artillería y recoge a dos herreros que tan útiles le serían en lo futuro.
Continúa el acopio de víveres y consigue los dieciséis caballos, ya que hasta
ese momento no llevaba a bordo ninguno. El costo de los animales es tan elevado,
que hay soldados que van a medias en uno, para montarlo en días alternos.
Alonso Hernández Puerto Carrero, primo del conde de Medellín, carecía de
recursos, por lo que Cortés, que se encontraba muy interesado en que
participase en la expedición, le compró una yegua. Y como ya no disponía de
dinero contante, pagó por ella con una cadena de oro que llevaba sobre los
hombros. Bernal ofrece una descripción de los caballos: Cortés traía
inicialmente uno de pelaje zaino, que luego se le moriría en el arenal de San
Juan de Ulúa; Pedro de Alvarado y Hernán López de Ávila iban a medias, con una
yegua que resultó muy buena, de la cual Alvarado le compró su mitad a Ávila, o
bien se la tomó por la fuerza (no recuerda bien); Alonso Hernández Puerto
Carrero, la yegua rucia comprada por Cortés; Juan Velázquez de León, otra yegua
rucia que resultó muy buena, ésa fue «la Rabona»; Cristóbal de Olid, un castaño
oscuro, muy bueno; Francisco de Montejo, a medias con Alonso de Ávila, un
alazán tostado que no resultó bueno; Francisco de Moría, un castaño oscuro,
revuelto y gran corredor; Juan de Escalante, un castaño claro, tresalbo, que no
resultó bueno; Diego Ordaz, una yegua rucia, machorra, pasadera, que corría
poco; Gonzalo Domínguez, jinete extraordinario, un castaño oscuro, muy bueno;
Pedro González de Trujillo, un buen castaño, que corría muy bien; Morón, un
overo, labrado de las manos y bien revuelto; Baena, otro overo, algo sobre
morcillo, que no salió bueno; Lares, a quien se conoce como «el Buen Jinete»,
un castaño claro muy bueno; Ortíz, el Músico, en sociedad con Bartolomé García,
el famoso «Arriero», uno de los buenos caballos. [119] A éstos se agregaría
la yegua de Juan Núñez Sedeño.
Bernal confunde enteramente las circunstancias
en que este último se sumó a la expedición; según él, en la Trinidad se habría
presentado a saludar a Cortés, y sería entonces cuando fue invitado a
participar, cosa que habría hecho de buen grado. Andrés de Tapia lo cuenta de
forma distinta: ocurriría que, en cuanto Cortés tuvo conocimiento de que en las
inmediaciones navegaba un navío cargado de víveres, despachó al momento a Diego
Ordaz con órdenes de apresarlo. Era el de Núñez Sedeño, quien traía a bordo un
cargamento de pan de casabe, tocinos y maíz que llevaba a vender a unas minas.
Cortés requisó la embarcación y el cargamento pagándolos con unas lazadas de
oro, según él mismo lo afirma. [120] Las Casas corrobora
esta segunda versión, y al efecto añade que en 1542, en la conversación aquella
que sostuvieron en la villa de Monzón, cuando tocaron ese punto, Cortés, entre
risas, le habría dicho: «A la mi fe, anduve por allí como un gentil corsario». [121] El incidente de la
captura en alta mar de la nave de Núñez Sedeño, tuvo como consecuencia el
enconado pleito que éste sostendría en su contra. Por otro lado, las
incidencias de ese apresamiento vienen a ser un hecho que Cortés,
jactanciosamente, menciona en repetidas ocasiones. Además del cargamento de pan
de cazabe, Sedeño traía a bordo un esclavo negro y una yegua, que quedaron
igualmente incorporados. Bernal agrega que fue el soldado más rico que pasó, y
concluida la conquista fue un prominente hombre de negocios que vio muchas
veces multiplicada su inversión. Cortés nunca logró ganárselo. Se contará entre
sus enemigos.
Llegaron cartas de Velázquez dirigidas a su
cuñado y a otros personajes del ejército, en las que ordenaba el arresto de
Cortés. El mando debería recaer en Vasco Porcallo. Éste viene a ser el momento
del rompimiento abierto. Bernal manifiesta que, en cuanto Cortés lo supo, habló
a Ordaz, a Verdugo, y a otros que no le eran tan afectos, tratando de
ganárselos. Ordaz habría dicho que no se hablase más del asunto y que se
disimulase, puesto que hasta ese momento no habían visto nada sospechoso en
Cortés, quien por otro lado se mostraba como muy servidor de Velázquez. [122] Bernal aquí nos
sorprende; o bien no se enteraba de lo que sucedía a su alrededor, o ya tendría
muy confundidos los recuerdos cuando escribió eso. Ocurría todo lo contrario.
Ordaz, en aquellos momentos, lo que intentaba era sujetar a Cortés por todos
los medios, pues no existía la menor duda de que, desde el momento de la
partida, iba rebelado. La realidad de lo ocurrido fue que Francisco Verdugo
carecía de medios para acatar la orden, y así se lo haría saber a su pariente.
Optó por el disimulo, pues Cortés estaba muy fuerte y existía el riesgo de que
sus hombres saqueasen la villa. Se dio, inclusive, el caso de que Pedro Laso de
la Vega, uno de los mensajeros que trajeron las cartas, también se unió a la
expedición. Allí mismo, en la Trinidad, Cortés compró un navío nuevo a Alonso
Guillén, vecino de la villa. [123]
La Trinidad quedó atrás, y en el trayecto a La
Habana, la nave en que viajaba Cortés perdió contacto con la armada, sin que se
supiera de él durante días. En ausencia del jefe, al punto se suscitaron
disputas acerca de quién asumiría el mando. Bernal cuenta que Ordaz, como
cabeza de la facción velazquista, intentó alzarse con la flota, pero la
oportuna aparición de Cortés frustró el intento. Andrés de Tapia, quien escribe
en fecha más cercana a los acontecimientos, apunta que el tiempo en que anduvo
desaparecido fue de entre quince y veinte días. [124] Todo fue debido a que
la nao capitana derivó hacia unos bajos, en las proximidades de la isla de
Pinos, donde embarrancó. Para ponerla a flote fue preciso aligerarla de peso, y
volverla a cargar en cuanto alcanzó agua más profunda. Y todavía antes de
apartarse de la costa cubana, en acatamiento a las órdenes de Velázquez se
produjo una última intentona por capturar a Cortés. Gómara refiere que Ordaz lo
invitó a un convite en su carabela, más aquél, sospechando de lo que se
trataba, lo rechazó pretextando encontrarse mal del estómago. Bernal lo niega
tajantemente, pero Las Casas, quien como ya estamos en antecedentes, habló con
Cortés en varias ocasiones, expresa que sí existió esa intentona: «Quisiérale
convidar Diego Ordaz a Cortés al navío de que venía por capitán, para allí
apanallo». Cervantes de Salazar es otro que también confirma la conjura:
«determinóse muy en secreto que en el navío de Diego de Ordás hiciesen un
banquete, para el cual convidando a Cortés, después de haber comido, le pudiese
prender». Cortés habría aceptado la invitación, pero al entrar en una barca
para trasladarse al navío, alguien lo previno de lo que se tramaba, y fingiendo
un vómito, se excusó de asistir. [125]
Y si Francisco Verdugo no pudo detener a Cortés,
menos podría hacerlo Pedro Barba, el alcalde de La Habana, ya que ésta era una
villa de menor población. Para evitar posibles confusiones, procede aclarar
aquí que la primitiva villa de La Habana se encontraba en el litoral sur, en un
lugar que no se conoce con precisión, posiblemente en las inmediaciones de
donde hoy tiene asiento el puerto de pescadores de Batabanó (en cuanto a La
Habana actual, en aquella época no pasaba de ser un fondeadero conocido como
Puerto Carenas). En ese último punto, el ejército se vio aumentado por varios
hombres; es el propio Cortés quien afirma que: «en el dicho puerto de La
Habana, llegó Francisco de Montejo e Alonso Dávila e Cristóbal De Olid e otros
caballeros que venían en un navío de los de Diego Velázquez, que el dicho
Grijalva había traído, que se llamaba San Sebastián». [126] Como se advierte,
tres que pasarán a ser piezas fundamentales del ejército se habrían incorporado
en el último momento. A punto estuvieron de perderse el viaje. Esta
puntualización del propio Cortés ayuda a esclarecer aquel punto oscuro, que en
su día tanto intrigó a fray Bartolomé. No hubo complicidad de parte de los
capitanes en el momento de la partida porque, sencillamente, aún no se
incorporaban. Lo que queda sin aclararse es saber si en esa nave vendría
Alaminos, ya que ningún documento consigna el momento en que se unió a Cortés.
Dado que Bernal es uno de los principales hilos
conductores de la historia, no está por demás detenerse un momento para repasar
la serie de errores en que ha incurrido al narrar los pormenores del viaje. La
memoria lo ha traicionado en varios aspectos que resultan cruciales en la
historia de la Conquista; vemos así que en la controversia surgida en el
arenal, él es el único en afirmar que Grijalva quería quedarse a poblar (ya
conocemos lo dicho por Alaminos y Las Casas). Las circunstancias en torno a la
partida de Santiago están descritas al revés: no hubo tales abrazos de
despedida, omite el paso por Macaca, equivoca las circunstancias en que Núñez
Sedeño se unió a la expedición, ignora el intento de apresamiento de Cortés por
parte de Ordaz, así como la forma en que algunos de los personajes de mayor
relieve se unieron a la expedición. Otro fallo consiste en señalar que Alvarado
y hermanos, Alonso de Ávila y Cristóbal de Olid se unieron en La Trinidad,
cuando Cortés, sostiene que fue en La Habana. Gómara cita erróneamente al
afirmar que Diego Ordaz y Alonso Hernández Puerto Carrero participaron en el
viaje de Grijalva. El fallo es notorio, por tratarse de dos personajes de
primera fila; que Ordaz no tomó parte, es cosa bien sabida, y en cuanto a
Puerto Carrero, su no participación en él no admite dudas, pues en abril de
1520 sería interrogado en La Coruña por Juan de Sámano, el secretario de Carlos
V, y en respuesta a una pregunta expresa, declaró: «que en el armada de que fue
capitán general Joan de Grijalva este testigo no fue». [127]
Por otra parte, se dispone de un documento
público, redactado antes de cumplirse los dos años de la partida de Cuba, que
desvela numerosos aspectos poco conocidos sobre los preparativos de intendencia
realizados por Cortés, a partir del momento en que sale de Santiago, hasta que
abandona la isla. Se trata de un escrito muy extenso, en el cual se lee:
«porque en la dicha villa de la Trinidad no halló el dicho señor capitán
general Hernando Cortés a comprar tantos bastimentos como para su viaje eran
necesarios, se fue a un puerto de la villa de San Cristóbal de La Habana,
adonde y fasta salir de la dicha villa, tardó desde el día que salió del puerto
de Santiago, que fue a 23 de octubre, fasta 23 de febrero, que fueron cuatro
meses; e que siempre cuatrocientos hombres de tierra, sin los marineros,
estuvieron a su costa, e todos comían en su posada; e los que no querían venir
a comer, les daban su ración de pan y carne». [128] Salta a la vista el
desembolso tan grande, que significaba dar de comer y beber a cuatrocientos
hombres durante meses (en el detalle de lo gastado se hace ascender s unos
seiscientos el número de puercos, de los cuales ciento cincuenta provenían de
la finca de Francisco de Montejo, los cuales adquirió a un peso y dos reales
cada uno, «los cuales se comieron en la dicha armada»), A continuación figuran
las cargas de pan, de las cuales Pedro Barba suministró quinientas, y el propio
Montejo fue otro de los proveedores. Está además la compra de la carabela, de
la cual Pedro González era propietario y maestre, por la que pagaba un alquiler
de dieciocho pesos de oro mensuales, y que tuvo en arrendamiento durante unos
diez u once meses, comprándosela más tarde, «e se la pagó, e se perdió en dicho
viaje». Sin duda, uno de los navíos que barrenó. Se consigna ahí que Alonso
Dávila compró un navío a un Hernando Martínez, «que es uno que vino en la
armada», el cual pagó Cortés. Con éste, son ya tres los navíos comprados
durante el trayecto. Se consignan los sueldos pagados a la marinería, que
ascendieron a seiscientos pesos de oro, más doscientos a Alaminos y «al maestre
de la nao capitana ciento»; además de los aprovisionamientos, está el renglón
de lo gastado en caballos, artillería, fraguas y herraje comprado a los dos
herreros que se sumaron a la expedición y, finalmente, figura el gasto de los
«ciento y tantos» hombres que lo aguardaban en Guaniguanico, en el extremo
occidental de la isla, a los cuales recogió en último momento, y quienes
vivieron a sus expensas todo ese tiempo. Independientemente de que contrajera
cuantiosas deudas, queda claro que se requería ser inmensamente rico para dar
de comer y beber a centenares de hombres durante esos meses, equiparse y comprar
más navíos de los que ya poseía.
[En el documento que acaba de verse se da a
Cortés como partido de Santiago el 23 de octubre de 1518, o sea, en el mismo
día en que capituló con Velázquez, lo cual desde luego no hace sentido, pues de
haber sido así no habrían tenido lugar las tensiones que se produjeron en
fechas subsiguientes. Una posible explicación sería que Cortés comenzara a
llevar el cómputo a partir de la fecha en que el gasto comenzó a correr por
cuenta suya, que sería la misma en que firmó la capitulación. Ni él ni Bernal
consignan la fecha de la partida de Santiago; Gómara y Cervantes de Salazar lo
dan como salido el 18 de noviembre.] [129]
La composición de la flota al momento de dejar
atrás Cuba, la podemos establecer con relativa aproximación de la manera
siguiente: sale de Santiago con cuatro navíos, tres de los cuales eran propios
y el cuarto alquilado, mismo que más tarde compraría a Pedro González. Van
cuatro. Y vienen a continuación los comprados a Alonso Guillén y Hernando
Martínez. Seis. Figuran luego los dos en que iba a medias; en uno con Andrés de
Duero y otro con Pedro de Santa Clara. Suman ocho. Está el navío que le
confiscó a Juan Núñez Sedeño. Nueve. Finalmente, el bergantín San
Sebastián y la Santa
María de los Remedios. Once: ésa es la cifra
que da Cortés [130] . Tendríamos, por
tanto, que de las naves de Grijalva sólo participarían las dos últimas. Montejo
y Puerto Carrero, los procuradores que serán enviados a España, en la
declaración rendida en La Coruña los días 29 y 30 de abril de 1520, señalaron
que los navíos fueron diez: siete aportados por Cortés y sus amigos, y tres por
Velázquez. No incluían al que había quedado recibiendo carena, y que más tarde
Saucedo llevará a la Villa Rica.
Capítulo 4
Cozumel
Contenido:
§. La lebrela
§. Centla
Y en diez días del mes de febrero año de mil
quinientos diez y nueve años, después de haber oído misa, hicímonos a la
vela». [131] Así describe Bernal
el momento en que salieron de Cuba. La travesía fue accidentada; durante la
noche, un temporal dispersó la flota, y un golpe de mar arrancó el timón al
navío de Francisco de Moría. Al amanecer abonanzó, y los barcos dispersos comenzaron
a reunirse. En cuanto el mar estuvo en calma, justo al lado del barco de Moría
apareció flotando el timón perdido, éste se ató una cuerda a la cintura y se
tiró al mar para recobrarlo. Aquello se tuvo por un hecho prodigioso. [132] Otro suceso que se
prestaba al optimismo, fue que la yegua de Núñez Sedeño parió un potrillo. Ello
dio lugar a pensar que la expedición comenzaba con buen pie. [133]
Cozumel vendría a constituir la primera prueba
de fuerza. Apenas desembarcado, Cortés se encontró con la novedad de que
Alvarado, contraviniendo las instrucciones recibidas, se había adelantado,
apartándose de la flota. Llevaba allí dos días. Bernal, quien venía en su
compañía en el bergantín San Sebastián, relata lo ocurrido de la siguiente manera: a su
llegada, los indios huyeron a ocultarse en el interior de la isla. Ante ello,
Alvarado ordenó una requisa de gallinas («gallipavos», o sea, guajolotes), al
propio tiempo que se apoderaba de los objetos de oro que se hallaban en los
adoratorios. [134] Cortés mandó echar
grillos al piloto Camacho de Triana, y luego, para dejar bien sentada su
autoridad, lo hizo azotar. Alvarado recibió el mensaje. A través de Melchor, se
mandó recado con dos indios y una india para que volviesen los que habían huido.
Cuando éstos estuvieron de retorno, Cortés ordenó que les fuese restituido lo
que les habían tomado; pero como ya se habían comido las aves, fueron obligados
a pagarlas con cuentas de colores y cascabeles. Aquello condujo a que se
tuviera una pacífica convivencia durante los días que duró la estadía en la
isla.
Cortés refiere el arribo a la isla de manera
distinta: a causa del temporal, que dispersó la flota, al amanecer encontró que
le faltaban cinco navíos; pero guiándose por la opinión de Alaminos, de que
habrían ido a parar a Cozumel, fueron en su busca, encontrando dos «en la punta
que llaman de las Mujeres, que es en la tierra de Yucatán, e recogidos, fueron
a la dicha isla de Cozumel e hallaron los otros dos, y el otro no supieron de
él por entonces». [135] Ya vemos las
discrepancias: Alvarado no se habría adelantado, sino que fue el temporal lo
que lo condujo a esa costa; y además, llegó acompañado de otro navío. El
comentario aquí es que Cortés consigna los hechos en documento notoriamente más
cercano a la fecha en que éstos ocurrieron.
Playa de San Juan se encuentra localizada en la
parte que mira hacia la tierra firme; el agua allí es tan transparente que, por
las mañanas, cuando el mar está en calma, la claridad es tal que al observarse
el fondo arenoso se ve a los peces nadando bajo los cascos de los navíos. Se
tiene entonces la impresión de que éstos, más que flotar en el agua, estuviesen
suspendidos en el aire. En ese sitio se encuentra un monumento desvelado en
1962 por Jacqueline Kennedy, señalando que allí fue el desembarco. A pesar de
que no existe testimonio histórico en ese sentido, la lógica de los hechos
indica que no pudo ser de otra manera, por tratarse de la parte más abrigada de
la isla. Por el lado que mira al Caribe, adonde se encuentran las ruinas de un
pequeño templo, en relativo buen estado de conservación, el mar bate con
extrema fiereza. Sería por tanto allí, en esas playas donde Cortés haría el
alarde, o sea, la revista de su ejército. Bernal dice que se contaron
quinientos ocho soldados, sin incluir a pilotos y marinería, y dieciséis
caballos; Andrés de Tapia apunta que eran quinientos sesenta hombres, marinería
incluida. En la carta que, cuatro meses más tarde, el cabildo de la Villa Rica
dirigirá al Emperador, se habla de «cuatrocientos hombres de guerra, entre los
cuales vinieron muchos caballeros e hidalgos y dieciséis de caballo». [136] En el momento en que
Cortés inicie la marcha hacia el interior del país, se comprobará que esta
última cifra es la más próxima a la realidad. En cuanto a armamento, venían
treinta y dos ballesteros y trece escopeteros; el número de piezas de artillería
aparece en blanco en el manuscrito de Bernal, pero, desde luego, no deberían
ser muchas, ya que los artilleros eran solamente tres. Como capitán responsable
de la artillería nombró a Francisco de Orozco, veterano de las campañas de
Italia. Será en Cozumel donde, por primera vez, Cortés asigne los mandos del
ejército.
Bernal refiere que Cortés lo mandó llamar, junto
con otro soldado, para pedirles su opinión acerca de ese «castilan, castilan»,
que habrían oído decir a los indios de Campeche cuando vinieron con Hernández
de Córdoba. [137] De acuerdo con ello,
Cortés habría intuido que en la región estarían algunos españoles prisioneros
de los caciques. Estamos aquí frente a uno de los múltiples actos jactanciosos
del viejo soldado, quien en un afán de magnificar su actuación, en ocasiones le
da por fantasear. Las cosas no siempre le salen bien, como es en este caso
concreto, en el cual resulta muy sencillo comprobar que el episodio no pasa de
ser invención suya. Cortés, como ya se ha visto por el pliego de instrucciones,
estaba al corriente de la existencia de náufragos españoles en la zona. Y como
Tapia incurre en el mismo error, al sostener que fue en Cozumel donde tuvieron
conocimiento de ello, eso no hace más que poner de manifiesto que ninguno de
ambos llegó a enterarse de lo que decía el pliego. La distancia que Cortés
guardaba con sus hombres era tan grande, que la mayoría desconocía sus planes.
Fueron contadísimos aquellos en quienes confiaba; fray Bartolomé de Olmedo,
Escalante y Puerto Carrero, fueron unos de los pocos en esa primera etapa. Y no
son sólo Bernal y Tapia quienes se equivocan en ese punto, pues también Gómara
y Las Casas incurren en el mismo error; en cambio, la carta que escribirá el
cabildo de la Villa Rica es muy clara al respecto y, al referirse a los
náufragos españoles, señala que Cortés ya tenía aviso de ello cuando partió de
Cuba. Eso habla de que muy pocos serían los que conocieron el contenido de la
carta. [138]
En Cozumel, toda la atención de Cortés aparece
centrada en conocer el lugar donde se encontrarían los náufragos. No le tomó
mucho tiempo averiguarlo y, en cuanto lo hizo, les escribió una carta dándoles
a conocer su llegada y pidiéndoles que vinieran a su encuentro. Para facilitar
la liberación de manos de los caciques que los tenían en su poder, dio una gran
cantidad de cuentas de colores a los portadores, para que las entregasen como
rescate. Despachó a los mensajeros indígenas, quienes partieron en una canoa y,
tres días más tarde, repitió la operación. Esta vez los acompañaban cuarenta
españoles, al mando de Diego Ordaz, distribuidos en dos de los navíos de menor
porte. Las instrucciones fueron en el sentido de esperar seis días. Y como
transcurrió ese término sin que ninguno apareciese, Ordaz se volvió a Cozumel.
La versión de Bernal sostiene que Cortés, muy contrariado por haber fracasado
en el intento de conseguir un intérprete, resolvió ya no perder más tiempo y
dio la orden de embarcar. Partieron con muy buen tiempo y, a eso de las diez,
hicieron señas de que se anegaba el navío de Juan de Escalante. La flota entera
regresó a Cozumel, donde se puso en seco el navío para carenarlo y, uno o
varios días después, aparecería una canoa en la que venía el náufrago Jerónimo
de Aguilar, a quien en un primer momento tomaron por indio. Andrés de Tapia
habría sido el primero con quien habló. Ahora, la misma historia narrada por el
propio Tapia ya presenta una variante: Cortés, al retorno de Ordaz con las manos
vacías, ordena la partida. Embarcaron todos, pero «de improviso el viento se
tornó tan contrario, que fue necesario tomar el puerto, sin poder hacer otra
cosa, que tornarse a desembarcar». [139] Cortés, en cambio,
dice que el barco que se anegaba era el San Sebastián de Alvarado. [140] Finalmente, en la
famosa carta del cabildo (que se verá más adelante) se cuentan las cosas al
Emperador de manera distinta: en vista de haber fracasado en esos intentos,
Cortés habría resuelto desembarcar en el área con todo el ejército e ir en fuerza
al rescate de los cautivos. Estaba dispuesto a no apartarse de esa costa sin
recoger un intérprete. Se impartieron las órdenes, subió a bordo la gente y,
cuando sólo faltaban por subir él y una veintena de soldados, el tiempo que
hasta ese momento había sido bonancible, cambió de improviso. Sopló un viento
contrario y se desataron aguaceros torrenciales, ante lo cual los pilotos
aconsejaron suspender la partida en espera de que mejorase la situación
meteorológica. Se dio la orden de que todo el mundo bajase a tierra. Al día
siguiente apareció Aguilar: «Y túvose entre nosotros aquella contrariedad de
tiempo, que sucedió de improviso, como es verdad, por un gran misterio y
milagro de Dios». [141] La carta del cabildo,
que es un documento colectivo, escrito a dos meses de distancia de este suceso,
da a conocer que, a la llegada del náufrago, Cortés suspendió una operación de
gran envergadura que ya tenía decidida. Tapia refiere el encuentro con Aguilar
en los términos siguientes: al ver que se aproximaba una canoa procedente de
tierra firme, él y otros «gentileshombres» fueron a esperarla. Ya en la playa,
bajaron de ella tres individuos desnudos «tapadas sus vergüenzas, atados los
cabellos atrás como mujeres, e sus arcos e flechas en las manos, e les hicimos
señas de que no oviesen miedo, y el uno de ellos se adelantó, e los dos
mostraban haber miedo y querer huir a su bajel, e el uno les habló en lengua
que no entendimos, e se vino hacia nosotros, diciendo en nuestro castellano:
señores, ¿sois cristianos e cuyos vasallos?». Bernal, en cambio, escribe que
sus primeras palabras habrían sido «Dios y Santa María y Sevilla», pronunciadas
en un pésimo español. Gómara agrega que, inmediatamente, demandó si era
miércoles, pues conservaba un libro de horas en el que rezaba todos los
días. [142] Ante Cortés, dijo su
nombre y contó su historia. Era oriundo de Écija y llevaba allí cerca de ocho
años. Los hechos se remontaban a la época en que estallaron en el Darién las
pasiones entre Diego Nicuesa y Vasco Núñez de Balboa. Para informar a Diego
Colón de lo que allí estaba ocurriendo, partió a un tal Valdivia, cuya carabela
dio en unos bajos en las proximidades de Jamaica, naufragando. Los que iban a
bordo, veinte entre hombres y mujeres, subieron al batel y, sin agua ni
provisiones, anduvieron a la deriva durante trece o catorce días. Murieron a la
postre siete u ocho, hasta que la corriente los arrojó a esa costa. Valdivia y
otros cuatro terminaron en la piedra de los sacrificios, para ser comidos
luego. Eso es lo que dice Gómara, pero Las Casas hace notar que él nunca tuvo
conocimiento de que entre los mayas se practicase la antropofagia. [143] Aguilar y otros cinco
consiguieron escapar, aunque, según su decir, en aquellos momentos sólo
sobrevivían él y un marinero oriundo de Palos, llamado Gonzalo Guerrero. Al
recibo de la carta de Cortés, Aguilar solicitó licencia a su amo para ir al encuentro
de los suyos, quien se la otorgó, ganado por el copioso presente de cuentas de
colores. Luego partió en busca de Gonzalo Guerrero, pero éste, que ya tenía la
vida resuelta, casado y con tres hijos, optó por quedarse. Jerónimo de Aguilar
no parece haber sido hombre llamado a altas empresas; encontrándose ordenado de
menores, no realizó una sola conversión en todos sus años de cautiverio. Se
limitó a sobrevivir. Los caciques lo tuvieron empleado en el acarreo de agua y
leña. Un desperdicio inmenso. Aquí, los mayas de la zona, se perdieron la
oportunidad de haberse enterado de lo que era el mundo exterior, lo cual habla
de la decadencia de su cultura. No hubo nadie que captase el valor de la
información que hubieran podido obtener de ellos. Cayeron en manos de caciques
cuya visión no iba más allá de sus narices. Y, por supuesto, la noticia de esos
náufragos nunca llegó a oídos de Motecuhzoma, evidencia que la zona no caía
dentro de sus dominios, ni tenía conocimiento de lo que ocurría en ella.
Oviedo ha sido el primero en asignar el nombre
de Gonzalo al náufrago que eligió quedarse. Tapia no proporciona el nombre;
Gómara ya le pone apellido y pasa a llamarse Gonzalo Guerrero; Cortés, en
cambio, se refiere a él como «un tal Morales». [144] No debe pasarse por
alto que habló larguísimamente con Aguilar, quien en una primera época,
permanecía constantemente a su lado.
Cortés tenía el intérprete que tanto deseaba y,
como ya nada lo retenía, decidió partir enseguida. En la carta del cabildo se
dice que, según informó Aguilar, los españoles que quedaron en Yucatán se
hallaban muy dispersos por la tierra, por lo que hubiera tomado mucho tiempo
recogerlos. Algo que merece destacarse es que, durante los diez o doce días que
duró la estadía en Cozumel, Cortés no dio muestras de interesarse por la tierra
de Yucatán que tenía enfrente; pudo haber enviado algunos hombres a explorar
mientras aguardaba, máxime que, a poca distancia, hacia el sur se recorta la
imponente silueta de Tulum, situada sobre un acantilado. No debe descartarse
que ése sea el Gran Cairo del que habla Bernal, equivocándose sólo en que
habría sido avistado en el viaje de Grijalva y no en el de Hernández de
Córdoba. Esta era la primera construcción de piedra de proporciones descomunales
con que topaban en Indias, y la dejaron de lado sin tratar siquiera de
averiguar su secreto. Resulta extraño que no intentaran un desembarco en la
playa de Tulum. Es cierto que frente a la costa corre paralelo un arrecife,
pero ello no significaba un obstáculo infranqueable para los bateles. La
indiferencia de Cortés hacia las cosas de Yucatán guarda relación con la
descripción que los procuradores darían a Pedro Mártir de Anglería, en el
sentido de que se trataba de una cultura colapsada; pero, ¿cómo es posible que,
con los contactos periféricos de las dos expediciones anteriores, se llegase a
la conclusión de que estaban frente a una cultura extinta? El caso da que
pensar.
Tapia ofrece un dato curioso que Gómara repite:
en Cozumel habrían encontrado en un templo un ídolo de barro cocido, hueco y de
la altura de un hombre, que se encontraba adosado a la pared. Por detrás tenía
una entrada oculta por donde se introducía un sacerdote, simulando que éste
hablaba. [145] Resulta extraño, pues
en el resto de México, no se ha descubierto nada semejante. En Cozumel Cortés
inició la prédica evangélica, instando a sacerdotes y caciques a que se
apartasen de su religión y destruyeran los ídolos. Al no atreverse éstos, a una
orden suya, los soldados se encargaron de acabar con ellos. A continuación,
mandó encalar la plataforma de un templo y allí plantó la cruz de madera que
había hecho construir. El padre Juan Díaz ofició una misa (posiblemente la
primera en tierras de México), y antes de partir, dejó la Cruz muy encomendada
a los isleños, recomendándoles que la adornasen con flores y le tuviesen mucho
acato, para que les diese buena suerte. El cuatro de marzo iniciaron la
singladura con destino a la desembocadura del Grijalva, haciendo sólo breves
paradas que podrían considerarse como escalas técnicas para hacer aguada, sin
ningún intento por adentrarse en tierras yucatecas, lo cual una vez más
demuestra que Cortés ya tendría resuelto cuál sería su punto de destino.
Directo al arenal de Chalchicuecan, el punto más próximo al centro del poder
político. No se quedó corto, ni tampoco se pasó de largo para dirigirse a la
zona del Pánuco, donde ya Francisco de Garay hacía intentos a distancia para
fundar una colonia. Al momento en que Cortés partía de Cuba, Garay, a través de
sus capitanes, ya tenía explorada un área que se extendía desde la Florida
hasta la desembocadura de ese río, y, posiblemente, todavía mucho más al sur.
Bernal y Tapia sazonan con algunas anécdotas esa navegación; según el primero,
salieron con buen tiempo, mas al anochecer comenzó a soplar un viento contrario
que dispersó los navíos. Cuando amaneció faltaba el de Juan Velázquez de León.
Alaminos ordenó un alto para volver atrás, a una pequeña ensenada adonde suponía
que habrían buscado refugio. Y en efecto, allí lo encontraron; el piloto, Juan
Álvarez el Manquillo, quien ya conocía el paraje por los viajes precedentes,
encaminó allí la nave para ponerla a salvo, encontrándose luego con que un
viento contrario le impedía la salida. Había allí unas salinas, por lo que
hicieron acopio de sal, permaneciendo allí un día. Francisco de Lugo, que
exploró el lugar con algunos hombres, encontró en los adoratorios numerosas
figuras vestidas con túnica, por lo que las tomó por mujeres. Llamaron al lugar
Punta de Mujeres, sin reparar, al parecer, que era una isla. Se trata
precisamente de la isla que da abrigo al actual centro turístico de Cancún.
Tapia refiere una anécdota curiosa, ocurrida durante este tramo de la
navegación, consistente en que atraparon con anzuelo un tiburón, y al abrirlo,
le encontraron dentro «más de treinta tocinos de puerco, e un queso, e dos o
tres zapatos, e un plato de estaño, que parecía después haberse caído el plato
y el queso de un navío que era del adelantado Alvarado». Se trataba de la carne
que habían puesto en remojo para desalar. [146]
§. La lebrela
En la primera expedición quedó olvidada una
perra. El incidente no pasaría de un dato anecdótico, si no fuera por el valor
que tiene para fijar el alcance de la navegación de Hernández de Córdoba.
Acerca de este episodio, Tapia cuenta que el temporal que los sorprendió,
cuando dejaron atrás Cuba, dispersó los navíos, los cuales volverían a reunirse
en Cozumel. Todos, excepto uno. Partieron de Cozumel y, en un punto de la
costa, encontraron el faltante. La jarciería del navío se encontraba cubierta
de pieles de conejos, liebres y venados puestas a secar al sol. Según
refirieron los marineros, cuando llegaron al lugar, se acercó a ellos una perra
que les hacía muchas fiestas ladrando y moviendo la cola. La lebrela resultó
una gran cazadora que, durante días, los estuvo abasteciendo de carne. Gómara
refiere el episodio en términos semejantes, señalando que no sabían si el
animal fue olvidado durante el viaje de Hernández de Córdoba o en el de
Grijalva. Bernal narra que Cortés se encontraba preocupado por el navío
faltante en el que venía por capitán Escobar, pero que Alaminos lo
tranquilizaba, diciendo que el viento lo habría metido en una ensenada donde no
lo dejaba salir. En efecto, así fue; cuando llegaron a puerto de Términos allí
lo encontraron. A la lebrela, según Bernal, la habrían dejado atrás cuando
vinieron con Grijalva. Cortés sitúa este episodio en «una bahía grande, que
agora se llama puerto de Términos; y en una isleta questaba dentro de la dicha
bahía […] e se mantenían de conejos e venados que mataban en la dicha isleta,
con una perra que en la dicha isleta hallaron, que se había quedado, de los
navíos del dicho Francisco Hernández de Córdoba». [147] Bien. Antes Bernal
afirmó que en esa expedición, luego del desastroso resultado del encuentro de
Champotón, abordaron los navíos dirigiéndose directamente a la Florida. La
entrada a la bahía de Términos (como hoy día se le conoce) se encuentra en esa
costa, a unos noventa kilómetros más adelante de Champotón. Por lo mismo, de
acuerdo con el dato proporcionado por Cortés, la navegación de Hernández de
Córdoba habría llegado considerablemente más arriba de lo que Bernal recuerda.
§. Centla
El llano de Centla, preservado como reserva
natural de la biosfera para refugio de las aves que allí anidan, se encuentra
situado en la margen izquierda de la desembocadura del Grijalva, y es zona de
lagunas y pantanos. Ése vendría a ser el primer punto en que Cortés tuvo
contacto con la tierra firme, pues habían costeado el litoral yucateco sin
abandonar los navíos. En cuanto a la elección de ese sitio para el desembarco,
en la carta al Emperador se lee que se «propuso no pasar más adelante hasta
saber el secreto de aquel río y pueblos que en la ribera de él están, por la
gran fama que de riqueza se dice tenían»; desde luego estaba de por medio una
razón acuciante: agua. Bernal da cuenta de que, cuando pasaban a lo largo de
Champotón, Cortés quiso bajar a tierra para cobrarse las muertes de los hombres
de Hernández de Córdoba, pero hubo de desistir ante las razones de Alaminos,
quien le hizo ver que si se arrimaban a esa costa, el viento no los dejaría
salir en ocho días. Es el único en mencionarlo. [148]
Se dispusieron a desembarcar. Esta vez no fue la
acogida amistosa dispensada a Grijalva. En la playa se encontraban miles de
indios que, a gritos y señas, les prohibían el desembarco, indicándoles que
volviesen a los navíos. Penetraron en el río a bordo de los bateles y al llegar
a la vista de un pueblo, Cortés intentó tranquilizarlos por boca de Aguilar,
diciéndoles que no venía a hacerles daño y que era portador de un mensaje del
rey de España. Los indios le indicaron que hablase desde la barca sin hacer el
intento de saltar a tierra. Siguió una lluvia de flechas. No había forma de
convencerlos y, como ya declinaba la tarde, se retiraron a unos arenales que
estaban frente al pueblo para pasar la noche. Bernal atribuye el cambio de
actitud a que los de Champotón los habían tachado de cobardes, por dar
obsequios a Grijalva, mientras que ellos, en cambio, habían expulsado a los
extraños de su territorio, causándoles muchas muertes. En efecto, los muertos
fueron cincuenta y seis. Hasta la Noche Triste, Champotón sería la acción en que más bajas tuvieron
los españoles.
Apenas amanecido, luego de escuchada la misa,
Cortés envió a Francisco de Lugo con instrucciones de internarse por un sendero
al frente de cien hombres, mientras él desembarcaba por otro punto. Saltaron de
los bateles, pero tuvieron que detenerse con el agua a la cintura para
mantenerse fuera del alcance de las flechas que les enviaban. Alineados en la
playa estaban centenares de guerreros batiendo tambores y dando una gritería
inmensa, dispuestos a impedir el desembarco. Los españoles permanecieron sin
avanzar un paso, mientras Aguilar les traducía el requerimiento, ese alegato
jurídico redactado por el doctor Palacios Rubios, para justificar conquistas y
tranquilizar la conciencia de Fernando el Católico: «Uno de los pontífices…
como señor del mundo hizo donación de estas islas y tierra firme del Mar Océano
a los dichos rey y reina y a sus sucesores en estos reinos, con todo lo que en
ella hay, según se contiene en ciertas escrituras que sobre ellas pasaron… y
que podréis ver si quisiéreis». Ofrecían a los indios mostrarles el título de
propiedad de los reyes de España sobre esas tierras; esto es, la bula Inter
coetera de 4 de mayo de 1493 (las bulas
derivan su nombre de las primeras palabras con que comienzan), expedida por
Alejandro VI, el papa Borgia, por la cual el mundo por descubrir quedó dividido
entre España y Portugal. Continuaba leyendo el escribano, mientras silbaban las
flechas a su alrededor y Aguilar traducía: «Por ende, como mejor podemos os
rogamos y requerimos que entendáis bien eso que os hemos dicho… y reconozcáis a
la Iglesia por señora y superiora del universo mundo y al sumo pontífice,
llamado Papa en su nombre, y al Emperador y reina doña Juana nuestros señores
en su lugar como señores y reyes de estas islas y tierra firme, por virtud de
dicha donación y consintáis y deis lugar a que estos padres religiosos os
declaren y prediquen lo susodicho». Ya han sido requeridos; corresponderá a
ellos elegir… «Si así lo hiciereis, sus altezas, y nos en su nombre, os
recibiremos con todo amor y caridad y os dejaremos vuestras mujeres e hijos e
haciendas libres y sin servidumbre… y no se os compelerá a que os hagáis
cristianos, salvo si vosotros, informados de la verdad os quisieseis convertir
a nuestra fe católica…». Pero en caso de negarse… «con la ayuda de Dios
nosotros entraremos poderosamente contra vosotros y os haremos guerra por todas
partes y maneras que pudiéremos y os sujetaremos al yugo y obediencia de la
Iglesia y de sus Majestades, y tomaremos vuestras personas y las de vuestras
mujeres e hijos y les haremos esclavos y como tales los venderemos… y os
tomaremos vuestros bienes y os haremos todos los males y daños que
pudiéremos…». De resistirse, suya será la culpa; por tanto: «… protestamos que
las muertes y daños que de ello se recrecieren, sean a vuestra culpa y no de
sus majestades ni nuestra, ni de estos caballeros que con nosotros vienen y de
cómo lo decimos y requerimos pedimos al presente escribano que nos lo de por
testimonio signado, y a los presentes rogamos que de ello sean testigos». [149] Poco importaría si
Aguilar era escuchado o no en medio de esa algarabía; aquello se hacía para ser
oído en España, por si acaso el día de mañana hubiera que deslindar
responsabilidades. De manera que, cuando el notario Diego de Godoy hubo
asentado por escrito que desoían el llamado de paz, ya todo estuvo en orden,
dándose la orden de avanzar. Existía escaso fondo y el piso era cenagoso, por
lo que progresaban con dificultad. Cortés llegó a la orilla espada en mano y
con un pie descalzo, pues había perdido una alpargata en el cieno (pronto sería
encontrada y ya pudo combatir calzado); y, bajo una lluvia de flechas, continuó
el avance. En lo más reñido de la refriega, atacando él por un lado con su
contingente, y Lugo por otro, al punto los pusieron en fuga. En cuanto llegaron
a los patios de un templo se ordenó suspender la persecución. Bastaba de
combate por el día. El balance fue el de una acción indecisa; pocos indios
muertos y algunos españoles heridos, entre los que se contó Bernal, quien
recibió un flechazo en un muslo, mas «de poca herida» (un alivio para los
conquistadores fue que las flechas no tuvieran «hierba»; esto es, que no
estuviesen envenenadas como era el caso en Panamá. Sería hasta años más tarde,
al llegar a Sinaloa, cuando enfrentaron a los primeros indios que empleaban
veneno en sus flechas). En el sitio se alzaba una ceiba frondosa y, con la
solemnidad del caso, frente a todo el ejército, Cortés procedió a realizar el
acto oficial de toma de posesión de la tierra en nombre de los reyes de España.
Dio al árbol tres cortes con la espada, pronunció las palabras rituales y el
escribano hizo constar en el acta que levantó, que nadie le disputó la toma de
posesión. Tabasco quedaba como posesión de la Corona española. Por la noche
hubo murmullos soterrados en el campo, pues en el acto se omitió mencionar el
nombre de Velázquez. [150] Procede consignar
aquí lo que nos cuenta Oviedo, quien dice que cuando partía para participar en
una entrada, allá en Panamá, Pedrarias le puso en las manos el requerimiento,
mismo que él como escribano sería el encargado de darlo a conocer, «como si yo
entendiera a los indios». Se produjo el encuentro con éstos, y al no tener
intérprete, comenzó a leérselos en castellano; pero percatándose de la
futilidad de lo que hacía, optó por enrollar el pliego y guardárselo. Más
tarde, en presencia de varios testigos, lo entregó al teniente Juan de Ayora,
diciéndole: «Señor, parésceme que estos indios no quieren escuchar la teología
de este requerimiento». Como el caso le intrigaba, «yo pregunté después el año
de mil e quinientos e diez y seis, al doctor Palacios Rubios, por qué él había
ordenado aquel Requerimiento, si quedaba satisfecha la conciencia de los
cristianos con aquel Requerimiento; e díjome que sí, si se hiciese como el
Requerimiento lo dice. Mas parésceme que se reía muchas veces, cuando yo le
contaba lo desta jornada y otras que algunos capitanes después habían hecho. Y
mucho más pudiera yo reir dél y de sus letras (que estaba reputado por gran
varón, y por tal tenía lugar en el Consejo Real de Castilla), si pensaba que lo
que dice aquel Requerimiento lo habían de entender los indios…». [151]
Al día siguiente, a hora de vísperas, llegaron
dos indios trayendo algunas joyas de oro de escaso valor, que entregaron de
parte de los caciques, solicitando al propio tiempo que se retirasen de la
tierra. Cortés les hizo saber que la presencia española era ya algo
irreversible; habían pasado a tener por señores a los más altos príncipes del
mundo, a quienes estaban en la obligación de servir en su nueva condición de
vasallos; pero, como contrapartida, éstos los ampararían frente a sus enemigos.
Y como primera obligación de la recién contraída amistad, les pidió que
trajesen de comer, a lo que respondieron que así lo harían. Pero como pasara un
día y luego otro, y no cumplieran lo ofrecido, Cortés sospechó que serían
atacados, por lo que ordenó que se desembarcasen los caballos. Éstos, al bajar
a tierra, se mostraron muy torpes de movimientos, pero al día siguiente, en
cuanto se hubieron repuesto, ordenó a Pedro de Alvarado que al frente de una
capitanía de cien hombres, se adentrase en la tierra hasta dos leguas, llevando
como intérprete a Melchor. Pero, al ir en su busca, ya no lo encontraron; más
tarde verían abandonados sus vestidos españoles, que dejó colgados de las ramas
de un árbol. Un contratiempo, por los informes que podría dar. Al mismo tiempo,
Francisco de Lugo, al frente de otros cien hombres, se internaría dos leguas en
otra dirección. A poco andar, ambas capitanías fueron atacadas y, al tener
conocimiento de ello, Cortés ordenó que intervinieran los caballos. Centla será
la batalla en que la caballería jugará un papel decisivo. Bernal describe en
forma pormenorizada la forma en que se organizó el escuadrón. A quienes no eran
jinetes sobresalientes se les apeó de su caballo, para entregarlo a otro más
diestro. A Diego Ordaz, que era incomparablemente más valioso como combatiente
de a pie, Cortés le retiró su yegua, pero a cambio, hubo de nombrarlo capitán
de una compañía.
La batalla fue de grandes proporciones; por
todas partes aparecían escuadrones de indios que cargaban, poniendo a los
españoles en situación cada vez más difícil. Fue entonces cuando apareció
Cortés al frente de un pelotón de diez jinetes y cambió el curso de la
contienda. Ante la vista de esos monstruos, pues los indios tomaban como un
solo ser a caballo y jinete, el pánico cundió en sus filas y huyeron en
desorden. Esa misma tarde llegaron dos emisarios de parte de los caciques,
pidiendo que ya no se les hiciese daño. Posteriormente, vinieron éstos, y
quedaron concertadas las paces. Aceptaron ser vasallos de ese lejano rey de quien
nunca antes habían oído hablar. El número de participantes en la batalla fue
tan elevado que, en la carta al Emperador, dijeron que, al ser interrogados los
caciques, éstos aseguraron que habían tomado parte cuarenta mil hombres. [152] En el llano de Centla
no había espacio suficiente para que maniobrase esa masa de gente;
evidentemente, estamos aquí frente a la aritmética de lo superlativo; y ésta
será una constante en las cifras que, a lo largo del relato, usarán tanto
Cortés como Bernal y los demás cronistas. Por ello, para disponer de una visión
más verosímil, lo más indicado será deflacionar números, suprimiendo un cero a
las cifras proporcionadas, así estaremos más próximos a la realidad.
En su libro, Bernal dice que en el primer día
murieron dos soldados de la capitanía de Francisco de Lugo, y otro, que resultó
herido en un oído, moriría poco después; en cambio, en la carta al Emperador,
que vendría a hacer las veces del parte oficial, se habla de doscientos veinte
indios muertos (ochocientos en el cómputo de Bernal) y que, por parte española
hubo veinte heridos que luego se recuperarían, sin que hubiese un solo muerto.
Ése fue el balance de Centla. Una victoria de una resonancia tal, que sus ecos
no tardaron en llegar a oídos de Motecuhzoma. Con el paso del tiempo su impacto
se magnificaría, al grado de que, a posteriori se fabricaría la leyenda de que allí habría
ocurrido un hecho milagroso. Ante una masa tan grande de indios, la victoria
sólo se explicaría por una intervención de la Providencia. El Apóstol Santiago,
patrón de España, montado en un caballo blanco, habría tomado parte en la
batalla, sembrando el pánico en el campo contrario.
Llegaron ante Cortés treinta caciques portadores
de regalos, que venían a dar la obediencia; ésa será una de las contadas
ocasiones en que se le verá actuar como un bromista, burlándose de los indios.
Antes de que éstos llegaran preparó el escenario. Hizo traer el caballo de
Ortíz el Músico, que era muy
fogoso, y lo amarraron a un poste; luego, a la llegada de los caciques, situó a
éstos frente al animal, diciéndoles que éste se encontraba muy enojado con
ellos porque viniendo él en paz y en busca de su amistad, lo habían recibido
como enemigo. En ese momento, tal como estaba planeado, trajeron la yegua de
Núñez Sedeño; sintió el garañón el calor de la yegua y, al momento, quiso
abalanzarse sobre ella. Sujeto por las ataduras, se revolvía relinchando y, con
los belfos levantados, agitaba las manos en el aire frente a los rostros de los
caciques, que contemplaban aquello aterrorizados. Retiraron la yegua, y poco a
poco se serenó el caballo. Cortés explicó a los caciques que había dicho a éste
que ya no volverían a tomar las armas en su contra y que, por lo tanto, el
animal los había perdonado. Se escuchó entonces el estampido del disparo de una
lombarda preparada al efecto, y al sobresaltarse los caciques, de igual manera
les aseguró que ya había dicho a ésta que, en lo sucesivo, serían amigos. [153]
Como era Domingo de Ramos, Cortés resolvió que
la festividad se celebrase con toda solemnidad; para ello, fray Bartolomé de
Olmedo y el padre Juan Díaz se revistieron con sus ornamentos y, a la vista de
los indios que en silencio contemplaban la escena, el ejército entero participó
en la procesión, llevando cada uno un ramo entre las manos. Al término de la
ceremonia, fray Bartolomé de Olmedo dio una plática sobre cristianismo a veinte
mujeres que los caciques les habían obsequiado para que les hiciesen de comer,
siendo éstas bautizadas. Se levantó una cruz de madera que les dejó
encomendada, con el encargo de que la reverenciasen y le pusieran siempre
flores. Al pueblo se le impuso el nombre de Santa María de la Victoria. Pasaron
allí cuatro o cinco días, y como ya nada los retenía en el lugar, abordaron
nuevamente los navíos para reanudar el viaje. Al igual que en Cozumel, Cortés
tampoco dejó allí a nadie. Los indicios apuntan a que iba de paso.
Capítulo 5
El retorno de Quetzalcóatl
Contenido:
§. La Villa Rica de la Vera Cruz
§. La Segunda Villa Rica
§. Hundimiento de las naves
Una crónica indígena afirma: «De que los españoles
partieron de la ribera de la mar para entrar la tierra adentro, tomaron un
indio principal que llamaban Tlacochcalcatl para que les mostrase el camino, el
cual indio el capitán D. Fernando Cortés trajo consigo, y sabía ya de la lengua
española algo». [155] Sorprendente; pero,
¿y éste Tlacochcalcatl?; ¿quién era? Francisco y Tlacochcalcatl, ¿serían la
misma persona? Es dudoso. De este Francisco es muy poco lo que se conoce, pero
por los escasos datos disponibles, no parece haber sido un personaje de alto
rango. Su única actuación conocida la veremos cuando ejerza como intérprete de
Alvarado, en el interrogatorio de algunos principales sometidos a tormento. La
crónica señala que, al tener conocimiento de que habían llegado los navíos a
las playas de Chalchicuecan, Motecuhzoma pensó que sería Quetzalcóatl quien
volvía, enviando a cinco dignatarios para darle la bienvenida, cuyos nombres
serían: Yoallichan, Tepuztecatl, Tizaoa, Vevetecatl y Veicazmecatlheca. El
mensaje que recibieron fue: «Id con prisa y no os detengáis; id y adorad en mi
nombre al dios que viene, y decidle, acá nos envía vuestro siervo Motecuhzoma,
estas cosas que aquí traemos os envía, pues habéis venido a vuestra casa que es
México». Podría tratarse de un diálogo imaginario, que es lo más probable, pero
tampoco puede excluirse que sea verdadero, en cuyo caso, ya se echa de ver que
estaba derrotado de antemano. Los emisarios llegaron al arenal trayendo consigo
un inmenso número de servidores, por lo que pronto el lugar bullía con una
actividad continua. Se levantaron chozas más confortables y se les dio de comer
lo mejor que se pudo. Un tratamiento a cuerpo de rey; para muchos de aquellos
aventureros, que llevaban años dando tumbos por Panamá y las islas, aquello era
haber llegado a una tierra de promisión. Por vez primera, en muchos años,
podían disfrutar de una comida suculenta, que luego de las dietas pobres e
insípidas de Cuba, venía a ser una bendición. En materia culinaria, el grado de
desarrollo de los indios antillanos era notablemente inferior, frente a todo lo
que ahora tenían a la vista. La palabra maíz es voz taina; los españoles lo
habían conocido en Haití, pero hasta ese momento sólo lo habían visto comer en
forma de mazorcas cocidas o asadas. No sabían preparar con él nada semejante a
las tortillas, tamales, atole, pozole y toda esa extensa gama de platillos que
ofrecía la cocina de los pueblos del México prehispánico. Y mientras
reconfortaban el estómago, grupos de artistas plasmaban en lienzos los rostros
de Cortés, Malintzin, y de los principales personajes del ejército; de igual
manera dibujaban caballos, perros, barcos, cañones y todo aquello que
constituyese novedad. Se estableció un servicio de mensajería con Tenochtitlán,
y los correos partían constantemente, relevándose en el trayecto con el objeto
de mantener puntualmente informado a Motecuhzoma. Los enviados de éste se
ausentaron durante unos días, para volver más tarde cargados de presentes.
Entre lo que traían destacaba una rodela revestida de oro, del diámetro de una
rueda de carreta, totalmente labrada, y otra de plata de tamaño semejante, a
las que se conoció como la «rueda del sol» y la «rueda de la luna»,
respectivamente. La crónica indígena mencionada ofrece una relación de las
piezas que componían el tesoro; pero, extrañamente, omite esas dos obras, que
eran las más valiosas. [156] Según parece, se
trataría de un presente que ya tenían preparado, y que estaba destinado a
Grijalva, a quien, por su inesperada partida, ya no pudieron entregar. Esa
sería la oportunidad en que el nombre de Motecuhzoma saldría a relucir por vez
primera. Haciéndose pasar por embajador del monarca español, Cortés comunicó a
los enviados que abrigaba el propósito de viajar a Tenochtitlán para
entrevistarse con su soberano. Tenía cosas muy importantes que comunicarle,
unas relativas al vasallaje que debería prestar, y otras concernientes a la
salvación del alma. Los dioses a quienes reverenciaban eran falsos y deberían
abandonarlos. Se puede imaginar la cara que pondrían Teuhtlille y Cuitlalpitoc
ante la idea de tener que comunicar ese mensaje. Y como obsequio para
Motecuhzoma les hizo entrega de una silla de brazos, con incrustaciones de
piedras de colores, para que se sentara en ella, así como de una gorra carmesí,
con una medalla con la imagen de San Jorge y el dragón. Llamó la atención a
Teuhtlille el casco de un soldado, y dijo que era muy parecido a uno que les
habían legado sus antepasados, el cual conservaban ofrecido a Huitzilopochtli;
pidió entonces que se lo facilitaran para mostrarlo a Motecuhzoma y compararlo
con el que tenían. Cortés lo entregó para ese efecto, a condición de que se lo
devolviesen lleno de granos de oro. Bernal agrega aquí que en cuanto el casco
llegó a poder de Motecuhzoma, y éste lo comparó con el que tenían, «tuvo por
cierto que eramos de los que le habían dicho sus antepasados que vendrían a
señorear aquella tierra». [157] ¿Indicios de algún
contacto anterior?
§. La Villa Rica de la Vera Cruz
Los días pasaban y no se recibía la aprobación
para que pudieran desplazarse al interior. Ante la insistencia de Cortés, los
enviados replicaron que se presentaban numerosos inconvenientes; por principio
de cuentas, era necesario atravesar por tierras sujetas a otros señores,
enemigos de Motecuhzoma y, además, los aguardarían fatigas sin cuento por lo
penoso del trayecto. La réplica de Cortés fue en el sentido de que, a quien ha
viajado por mar dos mil leguas, poco le importaba recorrer por tierra setenta
más. Mientras tanto, en el campamento bullía la inquietud. Había opiniones
encontradas. Aquello, propiamente hablando, no era un ejército constituido por
hombres sujetos a una disciplina militar. Todos opinaban. Cortés era el jefe,
dado que era quien había realizado la aportación económica mayor; pero de allí
a que su autoridad se aceptara sin protestas, había un gran trecho. Estaba la
facción velazquista, formada por aquellos que medían las consecuencias de
romper con el orden establecido. No podrían volver a Cuba y, posiblemente,
tampoco a España sin exponerse a ser castigados como rebeldes. La cuantía del
tesoro enviado mostraba la riqueza de Motecuhzoma, pero al propio tiempo exhibía
su poderío. Sería en extremo arriesgado, para un grupo tan reducido, internarse
en el país. Ante esa oleada de rumores, la primera medida adoptada por Cortés
fue alejar a Montejo, quien era figura prominente en el ejército y se inclinaba
hacia el bando velazquista. Para conseguirlo, le confió una misión importante.
Los navíos peligraban por encontrarse en lugar desprotegido, expuestos a que el
primer norte que soplase acabara con ellos; por tanto, le encomendó que, en
compañía de Alaminos, partiese a explorar el litoral en busca de un fondeadero
que ofreciese resguardo.
Por otro lado, los incondicionales de Cortés no
se encontraban cruzados de brazos e iban de choza en choza, buscando ganar
adeptos para su bando. Bernal cuenta que hasta él se acercaron Alonso Hernández
Puerto Carrero, Juan de Escalante y Francisco de Lugo para sentir su parecer,
comentando que sería improcedente darse la media vuelta, pues cuando en Cuba se
lanzaron pregones anunciando la expedición, se dijo que partían para
poblar. [158] Y así fueron, de
soldado en soldado, y cuando estimaron que contaban con el número suficiente de
adeptos, hicieron aparecer que la opinión opuesta al retorno procedía de la
base. Al partir se les habría dicho que iban a tomar posesión de una tierra muy
rica, por lo que no veían la razón de cambiar los objetivos, aunque en el
pliego de instrucciones se dijese lo contrario (puede darse como cierto que
Cortés habría lanzado pregones diciendo que iban a una conquista); además, no
tenía sentido que, una vez rebelado, pensase en retornar con Velázquez. Ante el
desconcierto que prevalecía en el campo, dada la magnitud del desafío que se
ofrecía a sus ojos, Cortés encontró una salida: fundar una ciudad. Allí mismo,
en el arenal, con toda la solemnidad del caso, se leyó el acta fundacional, por
la que cobraba vida la Villa Rica de la Vera Cruz. Una argucia jurídica. Una
ciudad trazada a cordel, en la que unos cobertizos techados de palma
constituían las casas, y los soldados eran los vecinos. Luego se pasó a designar
autoridades y, como era de esperarse, los nombramientos importantes recayeron
en incondicionales suyos. Una vez que estuvo constituido el cabildo, Cortés
procedió a renunciar ante él los cargos de capitán y justicia mayor,
encerrándose en su choza. Como se encontraban sin jefe, los miembros del
cabildo deliberaron, acordando nombrarlo para los cargos que antes ostentaba.
Pero existía una diferencia: ahora su nombramiento no provenía de un teniente
de gobernador, sino que era libremente elegido por las autoridades de una
ciudad, conforme a la costumbre y usos de España. La batalla jurídica estaba
ganada. Los movimientos fueron tan bien calculados, que tomaron por sorpresa a
la facción velazquista, que no supo reaccionar a tiempo. Cuando quisieron
protestar se encontraron frente al hecho consumado. Se ha prestado a confusión
saber si el acto fundacional tuvo lugar en el arenal, o si sería en el
siguiente lugar en que se asentaron, que es lo que hoy se conoce como la Villa
Rica. Cortés no lo aclara; si nos atenemos a Bernal, por la secuencia del
relato, se desprende que la fundación habría tenido lugar en el arenal. Y
cualquier duda que hubiese quedado la disipa Montejo, quien al retorno de su
viaje exploratorio en unión de Alaminos, en busca de un fondeadero que
ofreciera mayor protección, se encontró con que la villa española ya estaba
fundada y elegidas las autoridades, según él mismo lo cuenta en la declaración
rendida en La Coruña, donde manifestó: «que llegaron a la bahía de Sant Juan
que es en Coluacan y que este testigo estuvo ausente algunos días y cuando
volvió halló que la gente había fecho pueblo y elegido alcaldes y regidores,
elegido el dicho Cortés por capitán general en nombre de Su Majestad hasta que
Su Alteza proveyese lo que fuese servido, y que es verdad quel dicho capitán
dijo que él había acabado de hacer su rescate y se quería volver y que la gente
le requirió que poblase porque ellos con tal pensamiento vinieron y quel dicho
Cortés lo hizo así». [159]
Teuhtlille volvió con la respuesta de
Motecuhzoma. No habría visita. Y como una cortesía, a manera de despedida, era
portador de un tesoro constituido por piezas de oro y piedras de jadeíta, los
famosos chalchihuites, tenidos en gran estima por los indios. Con ese obsequio
los despedía su soberano, deseándoles buen viaje. Y para demostrar que estaba
dicha la última palabra, se retiró llevándose consigo a todo el ejército de
servidores. Unas pocas semanas habían sido suficientes para sacarlos de su
error. No se trataba del señor Quetzalcóatl. Quedaron solos. No había indígena
que se acercara y pronto comenzaron a resentir la falta de alimentos. Con la
escasez de comida renació el malestar, y la facción velazquista volvió a
levantar cabeza. Aducían que los nombramientos de capitán y justicia mayor se
habían llevado a cabo sin tomar en cuenta su parecer. Cortés salió al paso de
esa situación con dos tipos de medidas: a unos, aparte de hacerles muchas
promesas, les untó las manos con oro y, a otros, que se mostraban reacios, como
fueron los casos de Juan Velázquez de León, Diego Ordaz, Escobar el Paje, y
Escudero, los envió unos días a las bodegas de los navíos, cargados de cadenas.
Allí tendrían tiempo para reflexionar. [160]
Pronto el hambre apretó, y aunque algunos
marineros pescaban con redes, la captura resultaba insuficiente, por lo que
Cortés ordenó a Alvarado que, al frente de cien hombres, se internase algunas
leguas a la redonda para reconocer el terreno y buscar comida. El grupo que
partió estaba integrado en su mayoría por parciales de Diego Velázquez, y según
asevera Bernal, fueron escogidos precisamente por esa razón, para mantenerlos
alejados y evitar que revolvieran el campamento. Los pueblos que recorrieron eran
muy chicos y habían sido abandonados precipitadamente, al sentir sus moradores
su presencia. Encontraron varios templos en los que había cuerpos de muchachos
recién sacrificados, a algunos de los cuales ya habían cortado brazos o
piernas. Comida la hallaron en abundancia y volvieron todos cargados de maíz y
guajolotes.
Una vez que se retiraron los mexica, al dejar
éstos el campo libre, comenzaron a acercarse al campamento otros indios de
aspecto muy distinto. El labio inferior les colgaba a causa de una piedra
circular que traían incrustada, lo cual, a ojos de los españoles, les daba un
aspecto horroroso. Eran totonacas. Bernal los llama los «lope luzio», porque
así sonó a sus oídos la forma en que se dirigieron a Cortés al saludarlo, «lope
luzio, lope luzio» (señor y gran señor). [161] Entre ellos se
contaban algunos que hablaban algo de náhuatl y, de esa forma, resultó posible
iniciar una conversación. Lo primero que dijeron fue que su cacique los
invitaba a que fuesen a visitarlo a su pueblo. Llevaban varios días merodeando
por ahí sin atreverse a acercarse, debido a la presencia de los mexica, pero al
irse éstos, desapareció el obstáculo. Fue justo en ese momento cuando volvieron
Alaminos y Montejo, con la noticia de haber encontrado un buen fondeadero. Se
hallaba situado al norte, a pocas jornadas de distancia, y como el pueblo de
los totonacas quedaba en el mismo sentido, Cortés dispuso la marcha. Los navíos
levaron anclas, mientras el ejército marchaba por tierra. Atrás quedó la recién
fundada Villa Rica de la Vera Cruz, que sólo existía en escrituras.
Los totonacas hicieron de guías, conduciéndolos
a Cempoala, una población de varios millares de habitantes, y que era cabecera
de su nación. En las afueras los esperaba Quauhtlaebana, un individuo notable
por su gordura, por lo que entra en la historia con el remoquete de ElCacique
Gordo. [162] Tuvieron buena
acogida. Este cacique los tomó por unos justicieros que venían a poner coto a
los abusos de los mexica y, explayándose ante Cortés, le expuso las desgracias
de su pueblo. Veinte años atrás los totonacas eran libres, pero sus penas comenzaron
cuando los mexica les enviaron sus dioses; en un principio se trató de que les
rindieran culto, pero luego sus exigencias fueron en aumento. Pago de tributos
y, finalmente, la obligación de entregar jóvenes de su nación para ser
sacrificados en Tenochtitlán. En muy breve tiempo, Quauhtlaebana puso a Cortés
al tanto de cuál era la situación en el interior del país. Motecuhzoma era un
déspota que tenía subyugados a muchos pueblos. Para Cortés fue una gran
revelación enterarse de que la tierra se encontraba dividida en bandos. Ello
facilitaría su tarea.
El fondeadero elegido se encontraba un poco más
adelante. Se trata de una rada en forma de media luna, rematada al norte por
una pequeña elevación frente a la cual, mar adentro, a cosa de un centenar de
metros, se alza una roca aislada, de regulares proporciones, que le da abrigo.
Allí el oleaje rompe fuerte; en cambio, en la playa, las olas mueren mansas. Un
lugar protegido. Cortés debió vivir horas angustiosas cuando llegó y lo
encontró desierto. La flota podía haber desertado volviéndose a Cuba. Pero ese
mismo día cesarían sus preocupaciones al aparecer las velas en el horizonte. No
faltaba un solo navío.
§. La Segunda Villa Rica
Cortés había llegado para quedarse, por lo que
inmediatamente dio comienzo a la edificación de la ciudad. Las casas serían de
piedra para subrayar el carácter de un establecimiento permanente. No se
trataba de una nueva fundación, sino que, sencillamente, la Villa Rica se había
mudado de asiento. Se realizó el trazado de calles asignándose solares a los
vecinos y, además, se echaron los cimientos para alzar una fortaleza. Para
evitar que los hidalgos se negaran a empuñar picos y palas, por tratarse de un
trabajo que iba en menoscabo de su condición. Cortés les salió al paso,
despojándose del jubón y poniéndose a cavar él mismo, actitud que imitaron sus
más adictos. [163] Ante ese ejemplo, a
los reticentes no les quedó otra salida que ponerse manos a la obra. La ciudad
pronto comenzó a tomar forma. Hoy día, para acceder al sitio, cuando se viene
del sur, el punto de referencia es la central nuclear de Laguna Verde; se la
deja atrás, y se sigue por la carretera costera (única existente), y a poco,
aparece un letrero en el que se lee: Villa Rica. Se abandona entonces la
carretera para entrar a una vereda de terracería y, a unos centenares de
metros, ya se está en el fondeadero. Una playa recoleta, concurrida sólo por
gente de la localidad y, allí, junto a los restos de una construcción de
ladrillo y concreto, se encuentra un letrero colocado por algún avispado, en el
que se lee que ésa fue la casa de Hernán Cortés. Nada que ver con la realidad,
pues aparte del disparate ese, de apuntar a unas ruinas fabricadas con cemento,
hay que dejar bien sentado que ése fue el fondeadero, mientras que la Villa
Rica de la Vera Cruz es cosa muy distinta; ésta se alzó en la ladera de una colina
que se halla en las proximidades, vecina a Quiahuiztlan, un poblado totonaca
hoy desaparecido. Al lugar se accede con dificultad a causa de la maleza y
arbustos espinosos. Allí están los vestigios nunca excavados del primer
asentamiento español en México.
Para aquellos que en un principio pensaron que
se trataría de una incursión de breve duración, quedó claro cuáles eran las
intenciones de Cortés. Entonces decidieron actuar, presentándose ante él en
grupo para recordarle que, cuando se encontraban en el arenal de Chalchicuecan,
les había ofrecido que aquellos que no estuviesen conformes podrían regresarse
a Cuba cuando las circunstancias lo permitieran. Como en ese momento no tenían
enemigo al frente, demandaron el cumplimiento de lo ofrecido. Cortés accedió y
puso a su disposición un navío. Dieron comienzo los preparativos y los que
partían pusieron en orden sus asuntos, desprendiéndose de aquello que no
necesitarían. Bernal cuenta el caso de Juan Ruano, que siendo hombre rico, pudo
más en él el gusto por la aventura y, habiendo decidido quedarse, compró el
caballo a un tal Morón, que partía. La operación de compra-venta se pasó ante
notario, y en pago, Ruano cedió la hacienda que poseía en Cuba. Cuando los
preparativos para la partida estaban a punto, los que se quedaban fueron en
masa ante Cortés para pedirle que cancelase el permiso, pues su ida equivalía a
una deserción frente al enemigo. Aquello parece haber estado amañado de
antemano, de manera que éste, inclinándose al bando de los que así lo solicitaban,
revocó la autorización. Morón pidió su caballo de regreso, mas Ruano se negó a
devolvérselo, pues la compra la había hecho en toda forma. [164]
Por aquellos días a Cortés se le murió el
caballo castaño y para reemplazarlo obtuvo que Bartolomé García y Ortíz el
Músico le cedieran el que traían a medias, el renombrado Arriero. [165] Más tarde, la campaña
la haría montando al Romo, que no figura entre los
iniciales mencionados por Bernal. Se impidió el retorno a Cuba de los
descontentos, pero éstos ya se habían puesto en evidencia, y así Cortés pudo
conocer quiénes eran y a cuántos ascendía su número. Y visto que con la
fundación de la Villa Rica había quedado roto todo vínculo con Velázquez, el
paso siguiente, para legalizar esa situación, sería dirigirse directamente al
monarca. Para ello se acordó el envío de procuradores.
Como los emisarios no podían partir con las
manos vacías, los personajes de mayor monta entre los más cercanos a Cortés se
dedicaron a hacer una labor de persuasión entre los soldados para obtener su
consentimiento, a fin de que no se dividiese el tesoro. Sobre todo, tratándose
de piezas excepcionales, como era el caso de las dos ruedas, que de
fraccionarse perderían su valor; en cambio, facilitaría el trabajo de éstos si
se presentaban en la Corte con un tesoro de esa naturaleza. El monarca
constataría que eran buenos vasallos, con fervientes deseos de servir a la
Corona. Al par que sus seguidores se dedicaban a realizar esa labor, Cortés se
recluyó en su alojamiento para escribir, y lo propio hizo el cabildo de la
ciudad. Nacieron así tres documentos: la primera Carta de
Relación de Cortés, la carta del
cabildo (10 de julio de 1519), y el pliego de instrucciones a los procuradores.
La Primera Relación de
Cortés se encuentra desaparecida, conociéndose por ese nombre a la que en
realidad es la carta del cabildo. Se le ha dado esa denominación, asumiéndose
que la carta perdida no debería ser muy distinta a ésa (presunción tomada un
tanto a la ligera, como se verá después). La existencia de esa primera carta de
Cortés queda fuera de toda duda, pues cuando en 1520 escriba nuevamente,
iniciará su escrito diciendo: «envié a vuestra Alteza muy larga y particular
relación», refiriéndose a ella, la cual desconocía si habría llegado a su
destino. Por Cervantes de Salazar se sabe, inclusive, que para escribirla pasó
ocho noches seguidas recluido en su morada. El dato se lo proporcionó Diego de
Coria, su antiguo maestresala. [166]
La carta del cabildo y el pliego de
instrucciones son dos documentos escritos en paralelo, hacia las mismas fechas
(principios de julio), y que, en cierta medida, resultan redundantes. El
primero pasa por ser una carta colectiva, mientras que el segundo, como su
nombre lo indica, contiene las instrucciones impartidas por el cabildo de la
villa, aunque en él se adivina la mano de Cortés, quien a no dudarlo, debió de
haber intervenido en gran medida en su redacción, a juzgar por los términos tan
favorables que se expresan de su persona. Básicamente, constituye un alegato en
su defensa, justificando su actuación y solicitando que se le ratifique en el
cargo de capitán y justicia mayor que le han sido otorgados por el cabildo de
la ciudad. Contiene además una reseña de los sucesos, dejando claro que fue
Hernández de Córdoba el descubridor de Yucatán, ya que Velázquez pretendió
atribuírselo; por tal razón, se pide que por ningún motivo se le vaya a dar la
adelantaduría o cualquier otro nombramiento en las nuevas tierras, sino que por
lo contrario, solicitan que se le celebre residencia y sea removido del puesto,
pues según aducen, en el juicio saldrían a relucir numerosas irregularidades.
Al propio tiempo, en muy pocas páginas, se formula una reseña sucinta y muy
precisa, dando cuenta de todo lo ocurrido desde que pusieron pie en Cozumel,
hasta el momento presente, en que se encuentran en vísperas de internarse en el
territorio. Según dicen, ya han realizado incursiones adentrándose hasta cinco
leguas en el interior y diez o doce a lo largo de la costa, lo cual no ofrece
dudas, pues algunas de las descripciones que ofrecen, sobre todo de templos,
van más allá de lo que podrían haber visto en una ciudad tan pequeña como
Cempoala. En la carta se observa una omisión notoria: no se habla de
Tenochtitlán ni se menciona el nombre de Motecuhzoma. Al final figura un
inventario detallado de todas las piezas que forman parte del tesoro que se
remite, pero sin mencionar de quién lo recibieron. La carta va sin firmas,
aunque al final de la lista de inventario aparecen las de Alonso Hernández
Puerto Carrero y Francisco de Montejo, dando fe de haber recibido las piezas
allí detalladas, y las de Alonso de Ávila y Alonso de Grado, quienes en su
capacidad de tesorero y veedor, respectivamente, hicieron entrega de las
mismas; en cuanto al pliego de instrucciones a los procuradores, éste aparece
suscrito por las autoridades de la ciudad, que en esos momento eran: Alonso de
Ávila, alcalde; Alonso de Grado, alcalde; Cristóbal de Olid, Bernardino Vázquez
de Tapia, Gonzalo de Sandoval, regidores; «y, por mandado de los dichos señores
justicia e regidores. Diego de Godoy, escribano público e del concejo. En la
Villa Rica de la Vera Cruz». [167] Una vista a las
firmas permite advertir la correlación de fuerzas en ese momento; la facción
velazquista se encontraba representada por Alonso de Ávila y Alonso de Grado
(se desconoce de qué lado se encontraría alineado Vázquez de Tapia en aquellos
momentos). Como se echa de ver, no figura la firma de Cortés. Una peculiaridad
a destacarse, consiste en que la carta del cabildo va dirigida a los «Muy altos
y muy poderosos, excelentísimos príncipes, muy católicos y muy grandes reyes y
señores». Ante este encabezamiento hay que detenernos un instante, pues al
punto se advierte que ha mojado la pluma alguien que está al tanto de que, por
una disposición adoptada por las cortes castellanas reunidas en Valladolid
(1518), Carlos no podría llamarse rey mientras su madre viviese, ya que estaba
dada la posibilidad de que ésta recobrase la razón, en cuyo caso accedería al
trono, por ser la heredera legítima. Por tanto, todas las cédulas se
encabezarían con el nombre de ambos. Aunque Juana nunca firmó un solo papel como
reina, se gobernará en nombre suyo. En realidad, Carlos V sólo utilizó el
título de rey de España durante un periodo muy breve, a partir de la muerte de
su madre (12 de abril de 1555), a quien apenas sobrevivió algo más de tres
años. Eso nos aclara el curioso encabezamiento de «Don Carlos, por la divina
gracia emperador semper augusto, y doña Juana, su madre, etc.», que aparece en
la generalidad de las cédulas y demás documentos.
El pliego de instrucciones a los procuradores es
un documento en el que se señalan los puntos que deberán solicitar al monarca,
que en orden de importancia serían no conceder a Diego Velázquez la
adelantaduría, y si por alguna circunstancia se le hubiera otorgado algún
cargo, que éste le fuera revocado. Se pide ratificar a Cortés en sus nuevos
nombramientos, destacando para ello que ha sido él quien corrió con la mayor
parte del gasto para montar la expedición, y que por tratarse de un individuo
bienquisto, será quien mejor pueda gobernarlos. Se solicitan, asimismo, una
serie de mercedes de tipo económico (exención de impuestos); autorización para
traer esclavos y esclavas de España o de las islas, así como obtener que «Sus
Altezas nos fagan merced de ganar del Sumo Pontífice bula para que sean
absueltos a culpa y a pena todas las personas que murieren en estas partes, en
las conquistas dellas ensalzando la fe o yendo a descobrir tierras nuevas o las
poblar nuevamente, pareciendo [sic] en ellas señales de cristianos, como los
que mueren en África». [168] La Conquista vendría
a ser una prolongación de la Cruzada.
El envío de los procuradores constituye el acto
formal de ruptura con Velázquez. Golpe de astucia de Cortés, en el que una
fracción involucra a la mayoría, hablando en su nombre sin haberla consultado.
Y ese grupo minoritario es el que se hará pasar como vocero de todo el
ejército. Ya se ha visto, y continuará saliendo a la luz, que tanto Bernal como
Andrés de Tapia desconocían lo escrito por aquellos que hablaban a nombre del
común. La gente menuda no era consultada (Tapia, en aquellos momentos, todavía
no era figura de primera línea); Bernal dice: «Cortés escribió por sí, según él
nos dijo, con recta relación, mas no vimos su carta». [169] En la comunicación
del cabildo encontramos varios datos, a cual más importante; uno que no tiene
desperdicio, es el siguiente: «… y llegados allá anduvieron por la costa de
ella del sur hacia el poniente, hasta llegar a una bahía a la cual el dicho
capitán Grijalva y el piloto mayor Alaminos pusieron por nombre Bahía de la
Asunción, que según opinión de los pilotos, es muy cerca de la punta de las
Veras, que es la tierra que Vicente Yáñez Pinzón descubrió y apuntó». [170]
Aquí estamos frente a dos puntos a destacarse:
el primero corrobora lo que antes vimos en el diario de navegación de Grijalva;
ello es, que al abandonar Cozumel, se dirigió al sur (y no al norte, como
afirma Bernal), hasta llegar a la entrada de la Bahía de la Asunción, adonde no
consiguió adentrarse por las dificultades para la navegación planteadas por el
arrecife que bloquea la entrada. Y a continuación, merece leerse con todo
detenimiento eso de que los pilotos creían encontrarse en las inmediaciones de
unas tierras que ya aparecían en un mapa, supuestamente levantado por el
antiguo capitán de la Niña,
el cual desconocemos. En todo caso, hablan de que se encontraban en las
inmediaciones de una tierra cuya existencia era conocida de años atrás. El
problema, radica en que no se sabe dónde se encontraba ese punto que Vicente
Yáñez Pinzón bautizó como Punta de las Veras. Por otro lado, en esa carta, el
ejército corrobora lo antes afirmado por Cortés, en el sentido de que además de
propietario de tres navíos iba a medias en otros dos, señalándose que además de
acaudalado, era hombre bienquisto, razón por la que vino con él más gente de la
que lo habría hecho de ser otro el jefe. Para justificar la autoridad detentada
por Cortés en esos momentos, se hace saber que fue electo para el cargo por las
legítimas autoridades de una ciudad, conforme a la costumbre y uso de España.
Concluyen diciendo: «… y así está y estará hasta que vuestras majestades
provean lo que más a sus servicio convenga». [171] Cortés aprovechó para
escribir a su padre y remitirle dos mil pesos de oro.
En aquellos momentos en que se ultimaban los
preparativos para la partida, se descubrió la intentona de un grupo de la
facción de Velázquez que planeaba apoderarse de un navío, para advertir a éste
de lo que se tramaba. Con el envío de los procuradores lo estarían haciendo de
lado, para tratar directamente con el monarca. Se trataba de prevenirlo, para
que evitase que los emisarios, junto con el tesoro, llegasen a España. Eso se
descubrió porque uno de los involucrados, habiéndose arrepentido a último
momento, denunció a sus compañeros. El grupo era numeroso, y figuraban en él
personajes de fuste; ante ello, Cortés disimuló e hizo proceso sólo a unos
pocos: Juan Escudero (Bernal lo llama Pedro) y Diego Cermeño fueron condenados
a muerte; Gonzalo de Umbría a serle amputados los dedos de un pie; y a unos
marineros llamados los Peñates, quienes ya en Cozumel habían sido azotados por
el robo de unos tocinos, les correspondió nueva ración de látigo. Al padre Juan
Díaz, que también andaba involucrado en el asunto, lo salvó sólo su condición
de hombre de iglesia. A partir de ese momento, su figura se apagará
notoriamente. El director espiritual del ejército pasará a ser fray Bartolomé
de Olmedo. En las actuaciones de Cortés se topa en ocasiones, con actos a los
que no se les encuentra una explicación lógica. Ese es el caso de Gonzalo de
Umbría a quien, una vez mutilado, lo conservó en el ejército, como si pensara
que éste pudiera algún día olvidarse del castigo que le fue infligido.
Bernal es sumamente parco al narrar el hecho, y
lo hace sin concederle la importancia que realmente tuvo. Empieza equivocando
los tiempos: «Después de cuatro días que partieron nuestros procuradores»; el
error es patente, pues en la carta que éstos portaban ya se habla del complot,
y se adelanta que los culpables serían castigados conforme a justicia. [172]
Para ahondar sobre ese complot acudimos al
testimonio de fray Francisco de Aguilar, quien proporciona mayores informes.
Éste forma parte de la media docena de antiguos conquistadores que se metieron
a frailes. Ingresó en la orden de Santo Domingo y tuvo una larga vida, de la
cual pasó cuarenta y dos años en el convento, para morir a los noventa y dos.
En la vida monástica se sintió atraído por la historia, como él mismo lo
manifiesta, y más que escribir su libro lo dictó a sus hermanos de hábito, pues
a causa de la enfermedad —supuestamente artritis— se hallaba impedido para
empuñar la pluma. Su libro fue titulado Relación breve de la
conquista de Nueva España. Se trata,
efectivamente, de un relato muy compendiado, pero que tiene el mérito de estar
bien balanceado; y es en éste donde se lee que Diego Ordaz participó la
conjura, salvándose de morir merced a que los capitanes intercedieron en favor
suyo. [173] Se trataba de un
personaje de mucha monta para proceder contra él. Pagó gente de segunda. Como
existe el antecedente de que Escudero fue el alguacil que apresó a Cortés en
los días en que rehusaba casarse, cabe preguntarse si éste, al sentenciarlo, no
se estaría cobrando una deuda. Aguilar menciona que Escudero reclamó su
hidalguía, demandando ser decapitado, pero Cortés se negó a reconocérsela y fue
ahorcado. [174] En el caso de
Cermeño, como no pasaba de ser un simple piloto, es posible que su sentencia se
explique como una advertencia a la marinería. De éste apenas se sabe un par de
cosas; que era muy ágil, pudiendo saltar la altura de una lanza, y que a varias
millas de distancia olía la costa. Según Bernal, al firmar las sentencias,
Cortés habría dicho: « ¡Oh, quien no supiera escribir para no firmar sentencias
de muertes de hombres!» Para evitar que a última hora intercediesen por ellos,
se alejó del lugar, siendo Sandoval el ejecutor de las sentencias.
§. Hundimiento de las naves
El paso siguiente de Cortés para evitar futuras
deserciones, fue cortar la retirada, hundiendo las naves. Un hecho tan osado
que, autores posteriores, se encargaron de adornar diciendo que las había
quemado. La frase hizo fortuna, incorporándose al idioma universal. Quemar
naves, sinónimo de una decisión de no volverse atrás. Pero la realidad es que
no hubo quema. El primero en hablar de fuego fue Cervantes de Salazar, quien lo
hizo en una elogiosa epístola, al dedicar a Cortés en 1546 uno de sus trabajos:
«vuestra señoría desembarcó para la entrada, quemando luego los navíos en
testimonio de su mucho valor». Pero hay que decir que se trató de un escrito
que tuvo escasa difusión, y que más tarde rectificó, pues en su Crónica señala correctamente que la destrucción de los
navíos se llevó a cabo dándolos de través. [175] Por tanto, la
difusión de la especie del fuego corresponde a Juan Suárez de Peralta, quien en
su libro, que se supone terminado en 1589, escribió con todo lujo de detalles:
«Pareciéndole [a Cortés] que se pusiese en ejecución lo pensado, determinó de
tratarlo con dos o tres amigos suyos, sin que nadie lo entendiese, y que se
pusiese fuego a los navíos y que se quemasen; y como lo trató con los amigos,
acordaron que se hiciese y dieron su traza. Si Hernando Cortés tuviera mando,
que no le tenía porque no venía por más de caudillo, él los mandara quemar
luego como llegó, mas no osó hasta dar parte a quien le ayudase, como la dio; y
fue que estando que estuviesen todos muy descuidados, fuesen y pegasen fuego a
los navíos, y sólo dejasen en qué enviar aviso a Santiago de Cuba [sic]. Así lo
hicieron, y cuando no se cataron, vieron arder los navíos y procuraron
socorrerlos, y no pudieron porque algunos se holgaron de ello, y el tiempo no
les daba lugar, porque soplaba un airecito que los ayudó a quemar muy presto». [176] Así nació la leyenda.
Lo que no deja de extrañar es que, después de tantos años, ésta cundiera,
máxime cuando en su día el hecho fue descrito claramente por Cortés, y lo
propio hicieron Gómara, Bernal, e igualmente figura así en toda la documentación
cercana al suceso. Pero está visto que se trataba de una idea que atrapaba la
imaginación, y se dejó volar la fantasía. La realidad resulta menos aparatosa,
pues se trató de un gradualismo cuidadosamente calculado. Un día, en momentos
en que Cortés se encontraba departiendo en medio de un grupo, se acercaron unos
maestres que le eran adictos, y de acuerdo con el plan convenido de antemano,
le hicieron saber en público, de manera que todos lo oyesen, que unos navíos, a
causa del tiempo que llevaban sin navegar, se encontraban comidos por la broma,
e incapacitados para navegar (Montejo señaló en su declaración que uno ya se
había hundido por sí solo). Aparentando que no había otra salida, Cortés ordenó
que se sacase de ellos todo lo aprovechable y que los echasen sobre la playa.
Los marinos confabulados, fueron abriendo vías de agua en otros buques para, a
continuación, declararlos inservibles. La circunstancia de que los hundimientos
ocurriesen uno a uno, lleva a suponer que se trataba de ir midiendo la posible reacción
del ejército. No debía excluirse la posibilidad de que los descontentos se
amotinasen, e intentaran matarlo a él y a sus incondicionales.
Bernal escribe que se había señalado a los
procuradores que por ningún motivo tocasen Cuba (cosa que no se lee en el texto
de instrucciones), pero que desoyendo esa indicación, en altamar, Montejo logró
convencer a Alaminos para que se dirigiese a ella, para hacer acopio de
provisiones en la hacienda que poseía en el Marién, en el extremo occidental de
la isla, «y la noche que allí llegaron desde la nao echaron un marinero en
tierra con cartas y avisos para Diego Velázquez, y supimos que Montejo le mandó
que fuese con las cartas; y en posta fue el marinero por la isla de Cuba, de
pueblo en pueblo, publicando todo lo por mí dicho, hasta que Diego Velázquez lo
supo». Según esto, se trataría de un doble juego de Montejo, quien de esa
manera buscaría congraciarse con él para evitar que le confiscase la propiedad.
Velázquez, al saber la noticia, habría enviado dos navíos a interceptar la
carabela en el canal de las Bahamas, pero ya no le dieron alcance. [177] Pese a todo lo
enfático que es Bernal, más adelante aparecerá un testimonio que desmiente en
todos sus puntos lo aquí afirmado. Los procuradores navegaron sin contratiempo,
y llegados a Sevilla, el tesoro y todo lo que portaban les sería confiscado por
funcionarios de la Casa de Contratación, por lo que optaron por dirigirse a
Medellín, para informar a Martín Cortés.
Apareció un navío frente al fondeadero de la
Villa Rica. Se trataba de aquel que Cortés dejó en el puerto de Santiago
recibiendo carena, al mando del cual venía Francisco de Saucedo, de quien dice
Bernal que le apodaban el Pulido, porque se preciaba de galán y cuidaba mucho
su presentación. Se decía que había sido maestresala del almirante de Castilla.
Hombre de Corte. Precisa Cortés que «trajo setenta e tantos hombres, e siete o
nueve caballos e yeguas» (es posible que entre ellos figurasen el Romo y Motilla, que pasarían a ser las monturas de Cortés y
Sandoval, respectivamente). [178] Una posible
explicación para que Velázquez le hubiera permitido zarpar, sería la de que
éste todavía no tenía conocimiento de que Cortés había roto ya abiertamente con
él, enviando procuradores para pasar por encima de su autoridad, pues de otra
forma, sería un despropósito que actuara en esa forma. Entre los recién
llegados figuró Luis Marín, quien traía una yegua. Se trataba de un andaluz de
San Lúcar, simpático, de palabra fácil, valeroso y diestro con la espada. Se
distinguió en numerosas acciones, lo que le valió llegar a capitán. Bernal
refiere cómo embobaba con su conversación a Sandoval, a la vez que manifiesta
que fue gran amigo suyo. En el borrador del manuscrito escribió que no sabía
leer ni escribir, pero luego tachó eso, bien sea por no ser verdadero, o porque
pensó que con ello no favorecía a su amigo. [179]
El lado amable de la llegada de Saucedo lo
constituía el refuerzo que trajo; en cambio, era portador de una nueva
inquietante: Benito Martín, el capellán de Velázquez, había retornado de
España, trayendo para éste el nombramiento de gobernador y adelantado, con lo
que saltaba sobre Diego Colón. La pugna de Cortés ya no era contra un teniente
de gobernador que en ausencia de su superior se extralimitaba en sus funciones.
La rebelión era ahora contra un gobernador en funciones, designado por la
Corona. El punto fue tema de conversación obligado entre los soldados. Estaban
siguiendo en su aventura a un rebelde, sin duda, un momento aciago para Cortés;
allí pudo haberse derrumbado todo, y ser remitido cargado de cadenas en la
bodega de un navío, para que Velázquez hiciese justicia con él. En la carta del
cabildo no se hace alusión a la llegada de Saucedo, lo cual puede tomarse como
indicio de que su arribo ocurriría en fecha posterior a la partida de los
procuradores. En la declaración que éstos rindieron en La Coruña, señalaron que
al momento de su partida todavía permanecían a flote tres navíos, a los cuales
se sumaría el de Saucedo, siendo más tarde hundidos los cuatro. En total,
fueron diez los destruidos.
Capítulo 6
Prendimiento de los calpixques
Contenido:
§. El pensamiento del ejército
§. La marcha al interior
En Quiahuiztlan aparecieron los recolectores de
impuestos de Motecuhzoma. Eran cinco y, ensoberbecidos, pasaron ante los
españoles sin dignarse volver la cara para mirarlos. Cada uno sostenía entre
las manos una flor que venía oliendo; y, así, en actitud prepotente, se
dirigieron a los notables recriminándoles el haber dado acogida a esos
extranjeros sin licencia de Motecuhzoma. Los notables temblaban, mientras
los calpixques (así se denominaban esos funcionarios)
exigieron como reparación la entrega de veinte jóvenes destinados al
sacrificio. Cortés, que presenciaba la escena, una vez que se enteró de qué se
trataba, instó a Quauhtlaebana a sacudirse de una vez por todas el yugo de
Motecuhzoma. Éste vaciló un momento, pero al fin, sopesando el ofrecimiento de
ayuda que se le hacía, dio la orden y al momento sus hombres se abalanzaron
sobre los calpixques, atándolos de pies y
manos. A uno que se resistió lo molieron a palos. En el poblado totonaca hubo
euforia al constatar lo fácil que había resultado sacudirse el yugo mexica. Los
prisioneros fueron entregados a Cortés, quien solicitó tenerlos bajo su
custodia y, apenas llegada la noche, ordenó que dos de ellos fuesen llevados a
su presencia; en cuanto los tuvo delante, les preguntó qué les había ocurrido.
Los asombrados calpixques no daban crédito a
que se les hiciese esa pregunta, replicándole que se hallaban reducidos a ese
estado por instigación suya, pues de otra forma los totonacas no se hubieran
atrevido a alzar un dedo en su contra. Con toda naturalidad y cinismo, Cortés
les aseguró ser ajeno a lo ocurrido, ordenando que se les diese de comer y
beber. Y cuando se hubieron repuesto lo suficiente, a través de los intérpretes
les trasmitió un mensaje para Motecuhzoma, en el que le reiteraba su amistad y
el deseo de ir a visitarlo. Para evitar que pudiesen caer nuevamente en manos
totonacas, fueron embarcados en un navío de poco porte, que partió para
depositarlos en una playa fuera de la jurisdicción de Cempoala. A la mañana
siguiente, al tener conocimiento de lo ocurrido, el Cacique Gordo tuvo un sobresalto. Pidió explicaciones y
Cortés negó su participación en el hecho y, fingiéndose enojado, para evitar la
fuga de los restantes, hizo subirlos a un navío cargados de cadenas. Esa misma
noche repitió con ellos la acción, poniéndolos en libertad. La angustia de los
caciques aumentó a tal grado, que no encontraban la forma de volver a
granjearse la gracia de Motecuhzoma. Cortés los atajó con firmeza: no habría
marcha atrás; el paso dado era irreversible. Además, allí estaba él para
brindarles protección.
Antes de que transcurriese mucho tiempo, los
totonacas pusieron a prueba los ofrecimientos de su protector, diciéndole que
los de un pueblo vecino, por instigación de los mexica, se disponían a
atacarlos. Cortés, quien, al parecer, intuyó que allí había una trampa y lo
querían involucrar, para ser ellos quienes saqueasen el pueblo vecino,
discurrió entonces una salida que no deja de tener un toque humorístico. Les
respondió que enviaría un soldado y que con eso sería suficiente. El designado
fue un vasco apellidado Heredia, veterano curtido de las guerras de Italia,
quien tenía una catadura impresionante: barba espesa, tuerto, con una cicatriz
que le cruzaba la mejilla y, por añadidura, cojeaba. Bernal cuenta cómo entre
risas les dijo que siendo un hombre tan feo, lo tomarían por un ídolo. Heredia,
muy ufano por la misión que se le encomendaba, escuchó las instrucciones y con
la escopeta al hombro partió rengueando, seguido por un nutrido grupo de
totonacas que no acertaban a comprender de qué se trataba. Llegado a un arroyo
se detuvo a lavarse las manos y, luego, dirigiéndose hacia unos árboles, tras
los cuales sabía que se encontraban infinidad de ojos observándolo (incluidos
algunos mexica), se encaró la escopeta al hombro y disparó en dirección al
bosque. Luego, dándose la vuelta, retornó al campamento. [180] Imposible saber cómo
interpretarían la acción totonacas y mexica, pero el caso es que la jugarreta
surtió efecto. Con un solo disparo, Cortés había ganado una batalla.
Se presentó en la Villa Rica una embajada de
Motecuhzoma. La encabezaban dos jóvenes, aparentemente sobrinos suyos (podría
tratarse de hijos de Cuitláhuac). Traían un doble encargo: por una parte,
agradecer la libertad de los calpixques, y, por otra, reclamarle que anduviese
fomentando la sedición. Cortés, revirtiéndoles la demanda, los acusó de una
grave falta de cortesía, por haberlo dejado solo en el arenal, privado de
alimentos; en cambio, los totonacas sí habían demostrado ser sus amigos. De
nueva cuenta insistió en la visita a Motecuhzoma. Aquello era inexcusable,
pues, según dijo, se lo había ordenado su soberano. Como gran final, para
impresionarlos, el pelotón de jinetes, con Alvarado a la cabeza, escaramuceó e
hizo todo tipo de evoluciones. Eso formaba parte del mensaje. Sin más, los
emisarios se retiraron. No hubo acuerdo.
Antes de marchar hacia el interior, Cortés
quería asegurarse de que tenía las espaldas cubiertas; para ello buscó
concertar una alianza con Cempoala. Malintzin tuvo a su cargo traducir
fielmente los alcances del juramento de vasallaje a los reyes de España, que Diego
de Godoy dejó consignado en una escritura pública, para los efectos de darle
solemnidad al acto. A su vez, los caciques ofrecieron ocho doncellas, hijas de
notables, para que los españoles tuviesen descendencia con ellas, de manera que
ambas naciones quedaran unidas por lazos de sangre. Cortés expuso que, para
aceptarlas, primero tendrían que bautizarse, y a su vez, Cempoala debería
abandonar el culto a sus dioses. En un principio los caciques rehusaron,
aduciendo que sus dioses eran quienes les daban las buenas cosechas. Pero
Cortés se mostró irreductible. No podía existir alianza entre cristianos e
idólatras. Se trataba de hacer que rompieran lazos con el pasado. El dilema
fue, o aceptaban la protección en los términos en que les era ofrecida, o quedarían
a merced de Motecuhzoma. Ante trance tan doloroso, los caciques repusieron que
ellos no tocarían a sus dioses, pero… tampoco interferirían si otros lo hacían.
Aquello fue suficiente; a una señal de Cortés, cincuenta hombres escalaron la
pirámide, y al momento comenzaron a rodar ídolos gradas abajo; mientras, los
totonacas contemplaban la escena paralizados por el terror. A golpe de martillo
se continuó la destrucción, arrojándose los pedazos a una hoguera para que
quedasen calcinados. Se trataba de borrar la memoria de los dioses de Cempoala.
Concluida la destrucción, de manera meticulosa se procedió a limpiar las
costras de sangre de la pirámide para blanquearla con cal a continuación.
Terminado eso, se le coronó con la Cruz y se colocó una imagen de la Virgen.
Fue bautizada la sobrina del Cacique
Gordo, que le correspondió a Cortés (ésta,
según apunta Bernal, era muy fea), recibiendo el nombre de Catalina, mismo de
su madre y de la esposa que dejó atrás, y que más tarde impondría a tres de sus
hijas, ¿algún oscuro recoveco freudiano? Una vez concertada la alianza prohibió
los sacrificios humanos y la antropofagia, exhortándolos a que abandonasen la
sodomía. El travestismo era cosa corriente en Cempoala; según refiere Bernal,
numerosos jovencitos vestidos de mujer se ganaban la vida ejerciendo el
oficio. [181] El desenfado con que
se movían llamó poderosamente la atención a los españoles. La repugnancia con
que era vista la homosexualidad en el siglo dieciséis no era exclusiva de
España, puesto que en varios países europeos se hallaba penada con la hoguera.
§. El pensamiento del ejército
En vísperas de la marcha hacia el interior,
aparece patente que la mayoría de aquellos hombres no tenía una idea clara de
lo que venían a buscar. Constituían una masa heterogénea en la que los
pareceres variaban; un grupo lo constituían desocupados y antiguos soldados de
los tercios del Gran Capitán, gente que se ganaba el pan con la espada, quienes
habían venido con el propósito exclusivo de obtener un botín; aventureros que
embarcaron porque no tenían mejor cosa que hacer. Por otra parte, se contaban
aquellos quienes ya comenzaban a tener una situación estable en Cuba, y que,
movidos por la ambición o porque se aburrían, se embarcaron en la aventura.
Algunos de éstos ya habían llenado su cuota de emociones fuertes y ansiaban regresar,
conscientes de la magnitud del peligro que tenían enfrente. Estaba la facción
velazquista, muchos de los cuales favorecían la idea de permanecer sin
apartarse de la costa, en espera de que les llegasen refuerzos, conscientes
además del riesgo que entrañaba seguir a un rebelde. Velázquez era el
gobernante legítimo, y desconocerlo equivalía a oponerse a la voluntad real.
Como cabezas visibles, además de Diego Ordaz, se identifica a Juan Velázquez de
León, Francisco de Moría, Escobar El Paje, Alonso de Ávila y Alonso de Grado,
entre los más notorios. Se trataba de una facción numerosa, y en la que se
contaban personajes de monta, pero Cortés les ganó la mano. Las ejecuciones
sirvieron para afianzar su autoridad. Se impone la voluntad de internarse en el
país, pero en ese momento se plantea la pregunta: ¿cuál era el plan? Las ideas
de Cortés las conocemos, pues éstas se manifestaron claras desde el comienzo,
pero, ¿las compartía el ejército? Por la carta del cabildo, se diría que
quienes estuvieron detrás de ella sí suscribían el proyecto, pero al parecer,
estaban lejos de constituir mayoría. Eso parece desprenderse de los términos de
la escritura redactada por el notario Diego de Godoy el 5 de agosto de 1519, o
sea, diez días antes de que iniciaran la marcha hacia el interior del país. En
ésta se recoge un acuerdo celebrado entre Cortés y el cabildo de la Villa Rica
de la Vera Cruz de Archidona (este es el nombre completo), estipulando la
igualdad de condiciones para aquellos que permanecerían en la costa con
respecto a los que partían hacia el interior. El propósito fundamental era
garantizar a estos últimos, que habrían de recibir partes iguales a las de
aquellos que Cortés llevaba a las provincias de Coluacan. Se trataba de no quedar en desventaja a la hora del
reparto. Hay varios puntos que se consideran en este documento: el primero, que
si los totonacas eran atacados y derrotados, podrían quedarse aislados en el
interior del país; por ello, era imperativo dejar una guarnición que les
cubriese las espaldas y, para eso, quedaban los de la Villa Rica. Por tanto,
deberían corresponderles partes iguales «de todo el oro, joyas e piedras e
otras cualesquier cosas de valor que en la dicha entrada se obieren, hasta
volver a la dicha Villa». [182] Eso habla de una
incursión de ida y vuelta. Se obtenía un botín y se regresaba a la costa.
Ninguna mención a lo que seguiría después. Una incursión a la manera de las que
se realizaban durante la Reconquista, cuando llegado el verano las tropas musulmanas
organizaban la aceifa para adentrarse en
reinos cristianos, asolándolo todo a su paso y traer de regreso esclavos,
ganado y todo lo que hubieran encontrado en el camino. A su vez, los cristianos
respondían con las entradas o cabalgadas, que venían a ser lo mismo. Pues esos
fueron los alcances fijados para la incursión. El acuerdo está redactado en
unos términos vagos, en los que, aparentemente, se contempla el retorno a la
Villa Rica pero sin precisar lo que harían a continuación; ello es, si
permanecerían allí en espera de refuerzos o si se volverían a Cuba a disfrutar
de sus riquezas. Y, por demás está decirlo, en ninguna parte aparece la menor
alusión a ganar adeptos para la fe de Cristo y agregar nuevos territorios a la
Corona de España. En materia de tiempo, son muy pocos los días que separan esta
carta de aquella que llevaron los procuradores, pero en contenido son algo
diametralmente distinto. La primera, en la que se trasluce la mano de Cortés,
contiene una visión de estadista; en ella se dan a conocer los informes que ya
se tienen sobre el interior del país —tierras aptas para apacentar ganado—, así
como de las muchas almas que se ganarán para la fe una vez erradicada la
práctica de los sacrificios humanos; en fin, la creación de un nuevo país a imagen
y semejanza de España. Una de las características de la segunda escritura es
que lleva nada menos que veinte firmas, señal evidente de que fue un documento
ampliamente discutido y en el que hubo muchos que metieron mano. La comparación
de esta escritura con la carta llevada por los procuradores pone al descubierto
que, en vísperas de iniciarse la marcha hacia el interior, no terminaban de
ponerse de acuerdo acerca de los objetivos perseguidos; obtendrían un botín, ¿y
después, qué? La escritura contiene otro punto que reviste importancia: se
otorga a Cortés el quinto de todo lo que «se obiere en las dichas entradas»,
después de sacado el quinto correspondiente a la Corona, en virtud de los
cuantiosos gastos hechos por él para socorrer a todos los que vinieron en su
compañía. [183] Éste es el segundo
documento, en que sus propios hombres reconocen que ha sido él, quien de su
peculio personal, ha cargado con la mayor parte del gasto para el
financiamiento de la expedición.
§. La marcha al interior
En Cempoala, Cortés convocó a los caciques para
notificarles que era llegado el momento en que debería iniciar la marcha al
interior. El propósito era entrevistarse con Motecuhzoma. Los totonacas
aportaron un número suficiente de esclavos para transportar el fardaje y, lo
que es más importante, un contingente militar cuyo número, en una parte se
cifra en trescientos, y en otra, en seiscientos hombres. La participación de
estos primeros aliados de los españoles, que sería de gran importancia en los
combates que sostendrían con los tlaxcaltecas, tiende a soslayarse; imposible
saber cómo se hubiera escrito la historia de no haber contado con su ayuda.
Está claro que, en un primer momento, este contingente contribuyó en buena
medida a inclinar la balanza a favor de Cortés. Los nombres de los jefes
militares totonacas recogidos por Cervantes de Salazar serían Teuch, Mamexi y
Tamalli (Torquemada, versado en lenguas indígenas, los escribe de la misma
manera). [184] Los tres demostraron
ser esforzados. En su Segunda
Relación, Cortés apunta que tomó
rehenes; «Y para más seguridad de los que en la villa quedaban, traje conmigo
algunas personas principales de ellos con alguna gente, que no poco provechosos
me fueron en mi camino». [185] Ningún autor menciona
los nombres de esos rehenes; pudiera ser que los propios jefes militares fuesen
esas personas principales a que alude.
Cortés se disponía a iniciar la marcha hacia el
interior, cuando fue informado de la presencia de un navío que, ignorando todas
las señales que le hicieron para que fondease en la Villa Rica, se siguió de
largo. Como navegaba tan próximo a la costa, Escalante galopó a lo largo de la
playa, llevando sobre los hombros una capa grana que ondeaba al viento. Estaba
seguro de que lo habían visto. Cortés, sin pérdida de tiempo, se dirigió a la
Villa Rica y allí, éste le informó que el navío había largado el ancla en un
paraje distante tres leguas. Y hacia allá se encaminó acompañado de cuatro
jinetes y seguido a distancia por cincuenta de a pie, seleccionados entre los
más ágiles. Bernal dice que él fue uno de ellos. Llegaron hasta donde se
encontraba el navío, y allí, ocultos entre los arbustos, permanecieron largas
horas al acecho. Bajaron a tierra cuatro hombres y al momento les pusieron la
mano encima. Se trataba de gente de Francisco Álvarez Pineda, un capitán de
Garay, que había poblado en la desembocadura del río Pánuco y que ahora los
enviaba a tomar posesión de la tierra. Se enteraron entonces que desde el año
anterior, Garay había obtenido de la Corona la autorización para poblar del río
de San Pedro y San Pablo hacia el sur (no está claro de cuál se trate); esta
sería otra evidencia de que en el momento en que Cortés puso pie en tierra
mexicana ya era conocido todo el litoral del Golfo. Mientras las expediciones
partidas de Cuba iban costeando de sur a norte, las originadas en Jamaica lo
hacían en sentido inverso a partir de la Florida. A la muerte de Garay,
ocurrida en la ciudad de México, se perdieron todos sus papeles, de manera que
no hay forma de saber cuándo inició los viajes de exploración, cuántos fueron,
y hasta dónde llegaron. Cortés concedió suma importancia a la presencia de ese
navío, como lo pone de manifiesto el hecho de que alterase sus planes de marcha
y que, teniendo capitanes disponibles, acudiera en persona a ocuparse del
asunto. Todavía no se internaba en el país y ya tenía que cuidar que no se le
fuera a meter otro en sus terrenos para disputarle la Conquista.
Hicieron señas al navío, pero éste no respondió.
Visto eso, Cortés dispuso que cuatro de sus hombres vistiesen las ropas de los
capturados, mientras él y el resto de su gente hicieron ademán de alejarse de
la playa. Los cuatro disfrazados hicieron su aparición y comenzaron a llamar a
los del navío. Para que no se advirtiese el engaño, lo hacían bajo unos
arbustos que les daban sombra. Llegó el batel a recogerlos y, en ese momento,
hicieron aparición Cortés y los suyos. Los del batel emprendieron la huida,
pero dejaron en tierra a seis que no consiguieron reembarcar, siendo apresados.
El navío levó anclas y Cortés se encontró con que su ejército había aumentado
en diez hombres. Entre los capturados figuró Alonso García Bravo, el Jumétrico. Éste sería el hombre que más tarde habría de
auxiliarlo en el trazo de la ciudad de México.
De regreso en Cempoala, el 16 de agosto de 1519,
Cortés dispuso la partida. Habían transcurrido cuatro meses menos cinco días,
desde aquel jueves santo en que llegó al arenal de Chalchicuecan. En ese
periodo había instigado una rebelión, sustrayendo a la obediencia de
Motecuhzoma una parte de la región totonaca. Atrás, para cuidarle la
retaguardia, quedaría Juan de Escalante, quizás su mejor amigo y, quien
figuraba como uno de sus colaboradores más destacados. Éste permanecería al
mando en la Villa Rica, con el encargo de concluir la construcción de la
fortaleza; con él quedaría un contingente de ciento cincuenta hombres, entre
los que se contaban los enfermos y buena parte de la marinería. También le
dejaba dos caballos y unos tirillos de campo. Según explicó a los caciques,
Escalante quedaba allí para protegerlos, y ellos, a su vez, deberían velar por
que no le faltasen víveres y acudir cuando los llamase. Gómara se equivoca al
decir que quien quedó al mando fue Pedro de Ircio (error que Bernal advierte al
momento); se trata, desde luego, de un yerro importante, ya que en aquellos
momentos en que dividió el ejército, el mando de Escalante era el más
importante después del suyo. [186] En Cempoala quedó
como ermitaño a un soldado cojo para cuidar el adoratorio colocado en la
pirámide, y también dejó encomendado con el Cacique Gordo a Juan Ortega, un chico de doce años. [187] Se trata del único
niño español participante en la Conquista. Este venía con su padre, un soldado
veterano de las guerras de Italia.
Pedro de Alvarado, sobre los lomos de su yegua,
marchaba en punta al frente de un centenar de hombres; Cortés lo seguía, con el
grueso del ejército, con un día de diferencia. Iban separados para no resultar
una carga excesiva para los poblados por donde pasarían. La forma despreocupada
como la vanguardia se internaba en territorio desconocido, pone de manifiesto
que no esperaban sorpresas, como en efecto sucedió. Avanzaban por terreno
dependiente del área totonaca, siendo bien acogidos por dondequiera que
pasaban. La subida al altiplano transcurrió sin incidentes. De pronto el
paisaje cambió y, en lugar de la vegetación tropical, comenzaron a discurrir
por bosques de pinos de gran altura, cubiertos de brumas. Se sentía frío.
Bernal informa que, en una jornada, llegaron a Jalapa, mas fray Juan de
Torquemada al momento le enmienda la plana, señalando que serían de tres a cuatro,
máxime encontrándose en medio de la temporada de lluvias. [188] Fray Juan de
Torquemada fue un inquieto franciscano que pudo seguir muy de cerca las pisadas
de los conquistadores, pues vino a muy corta distancia de ellos. En Guatemala
alcanzó a conversar con Bernal Díaz del Castillo cuando éste se encontraba «ya
en su última vejez, y era hombre de todo crédito». [189] Los testimonios de
fray Juan, recogidos en su Monarquía
indiana, son valiosos en extremo,
pues se trata de un autor muy ponderado que pasó por el tamiz de la crítica
muchos de los relatos iniciales; además, se trata de la obra de alguien que
llegó a dominar varias lenguas vernáculas. Por lo mismo, pudo aquilatar debidamente
los relatos de algunos de sus informantes indios, quienes fueron testigos
presenciales de los hechos que le relataron. Existen pasajes verdaderamente
interesantes de la obra de este franciscano, que aportan luz sobre algunas
situaciones confusas. Torquemada vendrá a ser el cronista más tardío cuyo
testimonio se recoja en estas páginas. Su libro fue publicado en 1616.
En Jalapa, la antigua Xalapan, que en aquellos
días no pasaba de ser un caserío insignificante, unieron fuerzas Cortés y
Alvarado, para marchar juntos en lo sucesivo. Fue allí donde se les perdió el
potro de la yegua de Juan Núñez Sedeño, al cual encontrarían año y medio más
tarde conviviendo con una manada de venados. Resultó un buen caballo. A la
vista estaba el cono nevado del Pico de Orinaba, que en aquellos momentos, para
ellos continuaba siendo la Sierra de San Martín. Hasta allí habían llegado sin
contratiempos, prueba de que los aliados totonacas resolvieron adecuadamente
todos los problemas de logística. Pronto el paisaje varió abruptamente,
entrando en terreno inhóspito donde sólo crecían cactáceas. El agua faltaba por
completo y lo único que podían llevarse a la boca eran tunas. Esa fruta
desconocida les ocasionaría un gran sobresalto, pues algunos, al ver que la
orina se les tornaba roja, pensaron que expulsaban sangre. Fueron tres los días
de pesadilla que pasaron deambulando por ese páramo. Hambre y sed, y por la
noche se helaban si el viento venía de la Sierra de San Martín. Una granizada
de grandes pedruscos, que los sorprendió a campo abierto, les hizo mucho daño,
muriendo varios indios cubanos, según menciona Cortés en su Relación. Llegaron
a un paso donde se encontraba apilada mucha leña. Ese sería llamado el Puerto
de la Leña; de allí en adelante el paisaje comenzó a tornarse más amable.
Volvieron a adentrarse por senderos que discurrían por bosques de coníferas.
Finalmente, llegaron a Zocotlan (la actual Zautla), dentro ya de los límites de
la Sierra de Puebla. Unos soldados portugueses dijeron que, por lo blanco de
las casas, se parecía a la villa de Castilblanco en Portugal (Castelo Branco,
evidentemente), y así llamaron al lugar. De tan maltrechos que venían, apenas
podían sostenerse de pie. En el trayecto pudieron haberlos matado a todos con
facilidad, pero está visto que los caciques de la Sierra de Puebla tuvieron
razones para abstenerse de hacerlo. Acerca de las penalidades que padecieron,
atribuibles a la ruta seguida, no estará por demás que escuchemos lo que
Cervantes de Salazar dice al respecto: «muchos conquistadores de quien yo me
informé, que se hallaron en la jornada, dicen que dos Capitanes de Motezuma que
gobernaban lo subjeto al imperio de Culhúa, le acompañaron desde Cempoala hasta
Tlaxcala y más adelante, y que con malicia llevaron a Cortés por la rinconada,
por tierras ásperas y fragosas, de diversos temples, unas muy calientes, para
que con las asperezas de los caminos y destemplanza de las tierras enfermasen y
muriesen los nuestros y así excusase su ida a México». [190]
Zautla era entonces una población importante,
con casas labradas de piedra y muchas huertas. Allí les dieron de comer y les
volvió el alma al cuerpo. El cacique se llamaba Olintetl y era un individuo tan
obeso que, para moverse, tenía que apoyarse en dos mancebos. Un rictus nervioso
ocasionaba que sus carnes se estremecieran a cada momento, de allí que los
españoles le impusieran el mote de el Temblador. Este temblador se encontraba verdaderamente
angustiado, sólo de pensar cuál sería la reacción de Motecuhzoma cuando se
enterase de que había dado acogida a esos forasteros sin licencia suya. Cortés
lo acorraló a preguntas y, cuando le demandó si era vasallo suyo,
apesadumbrado, respondió con otra pregunta: « ¿pero es que hay alguien que no
sea vasallo de Motecuhzoma?». [191] Eso marcaba el
horizonte visual del cacique: Motecuhzoma señor del universo. Cortés lo atajó
de inmediato, haciéndole saber que él venía en representación de un señor
todavía más alto, a quien todos deben rendir vasallaje, incluido el propio
Motecuhzoma. El mundo de El Temblador se cimbró hasta los
cimientos. Eso era más de lo que podía comprender. Dejándose llevar por un
impulso, Cortés quiso destruirles los ídolos y poner en su lugar una Cruz, como
había venido haciéndolo, pero fue refrenado por fray Bartolomé de Olmedo, quien
le hizo ver que ello sería prematuro, pues no los veía bien dispuestos y
podrían cometer algún desacato con ella. Cortés se limitó a decir a Malintzin
que repitiese el mensaje que iba dejando por todos los sitios donde pasaba: deberían
apartarse de los ídolos que los traían muy engañados, dejar la sodomía,
abandonar los sacrificios humanos y la antropofagia. En Zautla los españoles
vieron lo que era un verdadero tzompantli, con centenares de cráneos sostenidos por varas que los atravesaban por
las sienes. Se escuchó que muchos murmuraban por lo bajo, y aconsejaban darse
la media vuelta, para regresarse por donde habían venido. La respuesta de
Cortés fue en tono grandilocuente; «buscaba engrandecerse en grandeza y no en
pobreza». Entre más le ponderaban el poderío de Motecuhzoma, mayor era el deseo
que sentía de ir a su encuentro.
Por la región se esparció la fama de esos
extranjeros, siendo los totonacas los principales propaladores, puesto que con
grandes exageraciones decían todo aquello de lo que eran capaces: «traíamos
buenos echacuervos», apunta Bernal. [192] Cuando, intrigados
por el mastín de Francisco de Lugo, que ladraba mucho de noche, preguntaban si
acaso era león o tigre, éstos les respondían que lo traían para matar a todo
aquel que se les opusiera. Y también esparcían la historia de cómo se habían
sacudido a los recaudadores de impuestos de Motecuhzoma. Cuando Cortés preguntó
por la mejor ruta para ir a ver a éste, Olintetl manifestó que era por Cholula,
a lo que los totonacas replicaron que por allí resultaría peligroso a causa de
las guarniciones mexica, señalando que lo mejor sería ir por Tlaxcala. Tanto lo
afirmado por Bernal, como la lectura de la carta al Emperador, producen la
impresión de que sería hasta ese momento, un tanto tardío, cuando Cortés
vendría a tener noticia de las rivalidades entre mexica y tlaxaltecas. Decidió,
por tanto, ir por tierra de éstos últimos y, para anticiparles su visita, envió
a cuatro totonacas como emisarios. Dio a éstos una carta que, aunque no la
podrían leer, les haría comprender que se trataba de cosa de mensajería. Como
presente acompañó una ballesta y un sombrero de Flandes. Pasó allí cuatro o
cinco días descansando y, a continuación, resolvió moverse a Ixtacamaxtitlan,
un pueblo vecino, cuyo cacique, Tenamaxcuicuitl, esto es, «Piedra pintada», lo
invitaba a visitarlo. [193] Llegado el momento de
la partida, Cortés pidió a El
Temblador que le
diese oro, a lo que éste replicó que, aunque lo tenía, no podía entregarlo sin
la autorización de Motecuhzoma; en cambio, aceptó facilitar a veinte notables
para que los acompañasen, quienes supuestamente irían para indicar el camino,
aunque su verdadera condición sería la de rehenes. Y como ya nada lo retenía en
Zautla, se encaminó a Ixtacamaxtitlan. Junto con «Piedra pintada» y el
acompañamiento de dignatarios, lo seguían agentes de Motecuhzoma, atentos a
cada paso que daba. En ese pueblo reposaron tres días y, al seguir sin noticias
de los emisarios enviados desde Zautla, resolvió no aguardar más, por lo que
demandó a Tenamaxcuicuitl un contingente militar y, en cuanto lo tuvo, emprendió
la marcha. En su compañía iban el cacique y algunos notables que decidieron
acompañarlo un trecho. Durante el trayecto, el cacique y los agentes de
Motecuhzoma intentaban persuadirlo para que mudase de parecer tomando el camino
de Cholula, mientras los totonacas le aseguraban que podría confiar en la
amistad de los de Tlaxcala. Y así, avanzaban por valles muy verdes, cuando, de
improviso, toparon con una muralla de piedra. Se trataba de una impresionante
obra defensiva que se encontraba abandonada. Ese era el límite con Tlaxcala.
Aquella construcción llamó poderosamente la
atención, al grado de que todos los autores hablan de ella. Cortés, en su Segunda
Relación, dice al Emperador que iba de una
montaña a otra, cerrando por completo el valle, y que sería tan alta como
estado y medio, o sea, en medidas actuales, unos tres metros; tenía veinte pies
de ancho y una entrada estrecha, curvada en forma de ese, lo que la hubiera
hecho difícil de franquear en el caso de haber estado defendida. Lo que más
intrigó a los españoles, y sigue siendo hoy día una incógnita, es que aquella
formidable obra aparentemente carecería de sentido, pues bastaba dar un breve
rodeo para franquearla. A una pregunta de Cortés, el cacique de Ixtacamaxtitlan
repuso que se encontraba allí a causa de las guerras que ellos, como vasallos
de Motecuhzoma, sostenían periódicamente con Tlaxcala; sin embargo, no supo
decir quién la había construido. Por lo visto, se trataba de una obra tan
antigua, que ya se había perdido la memoria del constructor. En cuanto a su
finalidad, ésa no llega a comprenderse, salvo que se tratase de un proyecto
inconcluso, de algún déspota que pretendió levantar una especie de Gran Muralla
china. Hoy día no queda de ella la menor traza. [194] Permanecieron largo
rato contemplándola admirados y luego, tranquilamente, la traspusieron por la
puerta La acción tendría lugar el veintinueve o el treinta de agosto de mil
quinientos veinte. Hasta ese punto llegó Tenamaxcuicuitl, quien facilitó un
contingente de trescientos hombres de guerra, conforme le había sido demandado.
Este contingente indígena, que igualaba en número a la fuerza española,
resultará invaluable para Cortés en los encuentros con los tlaxcaltecas, ya que
se convertirán en los segundos «colaboracionistas». Se desconocen los nombres
de sus jefes, ya que ninguna crónica se ocupó de recogerlos.
A poco de andar, cuando cruzaban en medio de un
espeso bosque de pinos, encontraron que el sendero se encontraba atravesado por
multitud de hilos, de los que pendían papeles. Aquello, según fueron
informados, era un maleficio, obra de los hechiceros de Motecuhzoma, con el que
confiaban detenerlos. En el caso de que siguieran adelante, el maleficio
surtiría efectos, haciendo que perdiesen las fuerzas. Los españoles rieron al
enterarse de lo que era aquello, cortaron los hilos y prosiguieron la
marcha. [195] Caminaron durante
horas sin ver a nadie, y ya al atardecer, al subir una loma, encontraron un
grupo armado. Serían una treintena de hombres. Los de a caballo, que iban en
descubierta, picaron espuelas para alcanzarlos, instándolos a que no huyesen.
De pronto, los fugitivos se dieron la media vuelta, plantaron cara y de unos
golpes certeros de macana, mataron dos caballos. La acción resultó sorpresiva
para los españoles, que no esperaban esa respuesta. El resto de los jinetes los
alanceó, matándolos a todos. Uno de los caballos muertos fue el de Cristóbal de
Olid —según refiere Francisco de Aguilar—, al que de un tajo le hicieron un
corte profundo en el cuello. [196] Era el primer día en
tierras de Tlaxcala, y ya se había venido abajo el mito del caballo. No
tardaron en hacer aparición escuadrones de guerreros, obligándolos a
replegarse. Parecía que Tlaxcala entera estaba en armas. Se sabía que Cortés
iba en camino para visitar a Motecuhzoma y, como además, venían en su compañía
los de Ixtacamaxtitlan, de allí que lo tomaran como enemigo. Se combatió hasta
el oscurecer, hora en que los tlaxcaltecas se retiraron sin haber conseguido
capturar o matar a algún español. No tenían por costumbre combatir de noche.
Los españoles y sus auxiliares indígenas acamparon en un caserío próximo a un
arroyo. Se presentaron entonces dos de los totonacas enviados como emisarios, a
quienes acompañaba una delegación de tlaxcaltecas. Estos se excusaron diciendo
que quienes habían dado muerte a los caballos fueron otomíes, una fuerza de
bárbaros al servicio de Tlaxcala; pero que, de todas formas, ellos asumirían la
responsabilidad pagando su importe. Cortés declinó el ofrecimiento diciéndoles que
lo único que buscaba era ser su amigo. No obstante lo manifestado por esa
delegación, permanecieron con la guardia alta, recelando ser atacados en
cualquier momento. A poco de estar allí comenzaron a aparecer esos perritos
mudos que los indios criaban para comer; en la huida los habían llevado
consigo, pero, en cuanto los soltaron, comenzaron a volverse a sus casas. Esa
fue la cena de esa noche. Según Bernal, las heridas las cauterizaron con el
unto sacado del cadáver de un indio gordo. [197]
A la mañana siguiente, los otros dos enviados
totonacas estaban de regreso, diciendo que habían huido para escapar a una
muerte cierta. En ese momento aparecieron escuadrones de guerreros portando la
enseña de Xicoténcatl, uno de los paladines de Tlaxcala. Los españoles
comenzaron a batir el terreno con escopetas y cañones pedreros. El efecto
psicológico causado fue grande, pues los tlaxcaltecas veían caer a sus hombres
sin atinar a comprender qué era lo que los mataba. Los trece jinetes restantes,
a media rienda, recorrían el campo apuntando a la cara con las lanzas. Los
tlaxcaltecas centraron su empeño en tratar de capturar vivo algún español, cosa
que estuvieron en un tris de lograr. Bernal refiere que ese día Pedro Morón,
quien era consumado caballista, entró en combate montando la yegua de Núñez
Sedeño, la cual cayó muerta de un golpe de macana. Intentaron echar mano a
Morón que se encontraba malherido, pero éste sería rescatado por sus
compañeros, muriendo dos días después. [198] Se combatió hasta el
crepúsculo, hora en que los tlaxcaltecas abandonaron el campo. La yegua sería
cortada en cuartos para ser exhibida por todos los rincones de la señoría, y
las herraduras ofrendadas a Camaxtle, deidad máxima de Tlaxcala.
Entre los tlaxcaltecas tomados prisioneros,
figuraban algunos que denotaban ser personas importantes. Cortés tuvo para con
ellos un trato deferente, y luego de asegurarles, a través de los intérpretes,
que sólo buscaba su amistad, los puso en libertad. Pero el gesto no tuvo eco.
En el día que siguió casi no se combatió; pero uno más tarde, apenas amanecido,
ya estaba en el campo un ejército que doblaba en número a los combatientes de
los encuentros anteriores. El estandarte era la grulla blanca, emblema de
Tlaxcala. Esta vez habían unido fuerzas Xicoténcatl y Chichimecatecutli. Tantos
eran, que Teuch sintió que había llegado su última hora. En ese trance,
Malintzin lo alentó para levantarle el ánimo. Ese gesto de ella es relatado por
Cervantes de Salazar; Bernal, por su parte, alaba su temple: «jamás vimos
flaqueza en ella, sino muy mayor esfuerzo que de mujer». [199]
Los tlaxcaltecas no atacaban de manera
coordinada; por antiguas rencillas entre sí, los capitanes no se consultaban.
Cada cual lo hacía de forma independiente, de manera tal, que en determinados
momentos, la masa en lugar de favorecerlos iba en su contra, pues los
contingentes se entorpecían mutuamente. Se combatió todo el día sin que los
españoles tuvieran una sola baja. No debe perderse de vista que buena parte de
la acción recayó sobre los hombros de los de Cempoala e Ixtacamaxtitlan. Y así
transcurrió durante los días sucesivos. Cervantes de Salazar recoge una acción
ocurrida entonces. Sucedió que en una de las batallas, en un momento dado, uno
de los otomíes al servicio de Tlaxcala, se adelantó de entre sus filas para
dirigirse al campo español. Venía armado de macana y escudo, y cuando estuvo lo
suficientemente cerca, desafió a los indios auxiliares, para que el más
valiente se enfrentase contra él. Uno de los guerreros de Cempoala aceptó el
desafío y luego de recibir la autorización de Cortés, salió al campo a
enfrentarlo. Los dos ejércitos suspendieron el combate, y a la vista de todos
se inició aquel duelo individual. Ambos rivales se acometieron vigorosamente,
pero muy pronto el cempoalteca logró asestar a su adversario un golpe en el
cuello, derribándolo. Una vez caído lo remató, cortándole la cabeza, y
sosteniéndola por los cabellos la mostró ante los tlaxcaltecas como trofeo.
Estos, cabizbajos, se retiraron. Fue la acción individual más notable de un
aliado indio. [200] Los llanos al pie del
monte Matlalcueye serían escenario de una serie de encuentros que se librarían
a lo largo de dos semanas. Xicoténcatl, desconcertado al ver que no conseguían
matar o capturar a un solo español, para poner en claro contra quiénes
combatía, si eran hombres o dioses, discurrió enviarles a cuatro viejas con el
mensaje siguiente: «tomad esas cuatro mujeres para que las sacrifiquéis y
podáis comer de sus carnes y corazones; y por qué no sabemos de la manera que
lo hacéis, por eso no las hemos sacrificado ahora delante de vosotros, y si
sois hombres, comed de esas gallinas y pan y fruta, y si sois teules mansos,
ahí os traemos copal». [201] En vez de seguirle la
corriente para mantenerlo en el engaño, Cortés replicó diciendo que eran
hombres enviados por un poderoso monarca, y que, si salían con bien de las
batallas, ello era porque contaban con la protección del único Dios verdadero.
La reacción del adalid tlaxcalteca fue enviarles trescientos guajolotes y
doscientas canastas de tamales, «para que no les faltasen las fuerzas». [202] Tapia cuenta que,
concluido el combate del día, los tlaxcaltecas se apersonaban en el campamento
español con objeto de saber si habría muerto algún soldado, atribuyendo el
ataque a los otomíes, y que, a manera de reparación, entregaban tortillas, guajolotes
y fruta, para luego inquirir: «¿Qué daño han hecho estos bellacos en
vosotros?». Unos espías que traían de comer. [203] Y así continuó esa
singularísima guerra; los tlaxcaltecas enviaban comida y Diego de Godoy, el
notario real, expedía a Cortés la constancia de que, pese a haber sido
requeridos para que viniesen de paz, porfiaban en continuar la guerra. Los
hechiceros vaticinaron que los españoles perderían la fuerza en la oscuridad,
aconsejando atacar de noche. Para la preparación del ataque nocturno
introdujeron algunos espías entre los portadores de la comida, que iban por el
campamento mirándolo todo. A Teuch, el totonaca, le sorprendió el tipo de
preguntas que hacían a los de Ixtacamaxtitlan. Comunicó sus sospechas a Cortés,
y éste hizo detener a uno, quien al ser interrogado, confesó el propósito de su
misión. Detuvieron a otros, que también manifestaron lo mismo, y así hasta
llegar a cincuenta. Cortés en esa ocasión se mostró tajante y despiadado,
ordenando cortarles las manos a todos. Bernal habla de que sólo serían
diecisiete a quienes se aplicó el castigo y que a unos únicamente les fueron
cortados los pulgares; empero, Cortés, en su carta al Emperador, dice
claramente que fueron cincuenta. [204]
En previsión del ataque nocturno, se pusieron
pretales de cascabeles a los caballos, y cuando éste se produjo, los jinetes
salieron a batir el campo. Era noche de luna, y se movían sin obstáculos,
creando una confusión inmensa en las filas contrarias. El ejército tlaxcalteca
se puso en fuga. Otra noche, mientras realizaba una de sus habituales rondas,
Cortés al pasar junto a una choza escuchó lo que adentro se hablaba: «si el
capitán quiere ser loco e ir donde le maten, que se vaya solo. No le sigamos». [205] Por el campamento, se
decía en los corrillos, que les había de acontecer lo mismo que a Pedro
Carbonero, aquel renombrado personaje que, por adentrarse imprudentemente en
tierras de moros, con fuerzas insuficientes, resultó muerto con todos sus acompañantes.
La situación llegó a ser tan tensa, que siete de los principales personajes del
ejército, cuyos nombres, «por su honor», Bernal silencia (pero que es de
suponerse quienes serían, pues resultan conocidos los que hacían cabeza del
bando velazquista), realizaron una representación ante Cortés, pidiéndole que
aprovechasen ese momento en que los tlaxcaltecas habían aflojado en sus
ataques, para darse la media vuelta y ganar la costa. La respuesta fue que Dios
estaba de su lado, ya que de otra manera, no se explicarían las victorias a
partir del día en que perdieron la yegua. [206]
Transcurrieron tres días de calma, al término de
los cuales Cortés resolvió tomar la iniciativa. Salió al campo con cien
españoles, trescientos de Ixtacamaxtitlan y cuatrocientos de Cempoala. [207] La acción de esa
noche sería la primera en la que el peso de la contienda recaería sobre los
auxiliares indígenas. Quemó algunos caseríos, regresando sin resentir pérdida
alguna. Lo ocurrido se presta a la conjetura de que, quizás, quiso demostrar a
todos aquellos a quienes flaqueaba el ánimo, que él solo, con un puñado de
españoles que le eran adictos y los indios aliados, sería capaz de llevar
adelante la Conquista. Y algo muy importante a destacar es que, a pesar de que
los indios auxiliares poseían lenguas distintas (mientras los de Cempoala eran
de habla totonaca, los de Ixtacamaxtitlan tenían el náhuatl como idioma), la
diversidad lingüística no parece haber representado un impedimento para
coordinar la acción. Sin embargo, la hazaña de esa noche no impresionó
mayormente al ejército, y continuó prevaleciendo el derrotismo. Seguía fuerte
la idea del regreso a Cuba. Ante tal situación, a la noche siguiente, salió a
batir el campo al frente del pelotón de jinetes y sus auxiliares indígenas.
Hacía frío y, a poco andar, uno de los caballos rodó por tierra. Mandó que el
jinete volviese con él al campamento, y a poco caía un segundo. Repitió la
orden y prosiguió la marcha. Vino por tierra un tercero, luego un cuarto y, a
continuación, el quinto, y la orden era siempre la misma: que se volviesen.
Mientras, él seguía adelante. Finalmente cayó su propio caballo. Llegados a ese
punto, sus acompañantes espantados le pidieron que no fuera loco y volviera al
campamento. [208] Los agüeros eran
funestos. Y aquello de los agüeros era algo a tomarse muy serio, pues, como se
verá más adelante, en el ejército figuraba un astrólogo, quien ejercía un
ascendiente inmenso y llegó a ser quien estuviera detrás de una acción decisiva
que más abajo se verá. Cortés los exhortó a no creer en agüeros, logró que su
montura se incorporara y siguió adelante. Vio unos fuegos y hacia allá se
dirigió. Aquello era Tzompantzinco, un poblado grande, donde cayó por sorpresa.
Los moradores huyeron apresuradamente, presa del pánico, mientras Cortés
ordenaba que no se les persiguiese ni se les hiciese daño. Y una vez dueño del
campo, subió a una torre y, desde allí, pudo contemplar una gran ciudad:
Tlaxcala. A la vista de ella, dijo a Alonso de Grado, alcalde mayor y uno de
los personajes de monta en el ejército, que no hubiera tenido caso matar a los
pocos que huían habiendo allí tanta gente. El de Grado, que aparte de hombre
sensato, no andaba muy excedido de valor, repuso que lo pertinente sería retirarse
a la costa y escribir a Diego Velázquez en demanda de refuerzos. La respuesta
de Cortés fue que si en ese momento emprendían la retirada, hasta las piedras
se volverían contra ellos. [209] En este punto, Bernal
afirma que el malestar provenía de que iban muertos ya cincuenta y cinco
soldados desde la partida de Cuba. Su cómputo aparece fuera de lugar; cincuenta
y cinco muertes habrían significado un agujero inmenso en el ejército. [210] Cortés, en cambio, al
dirigirse a Carlos V, expresa que Dios estaba de su lado, pues de otra forma no
se explicaría que hubiesen muerto tantos enemigos «y de los nuestros
ninguno». [211] Es importante
subrayar esas incursiones nocturnas, pues por primera vez Cortés aparece como
adalid de indios, conduciendo una guerra entre indios. Se tiene muy presente el
odio que se profesaban mexica y tlaxcaltecas, pero suele pasarse por alto que
los grupos de la sierra de Puebla y los tlaxcaltecas se tenían un odio
semejante. Eso explica la ferocidad con que combatieron los de Ixtacamaxtitlan.
No deja de sorprender que Bernal, luego de saltarse el paso por ese lugar,
omita igualmente la participación de esos guerreros. Sería de suponerse que la
lectura del libro de Gómara le hubiera servido para refrescar sus recuerdos.
Pero no fue así; Cortés, en cambio, da el crédito debido a los guerreros de
Ixtacamaxtitlan. Una vez más, téngase presente que, mientras Bernal escribía a
más de treinta años de distancia, en este caso concreto, Cortés lo haría a los
trece meses de ocurrida la acción (Segunda Relación, 30 de octubre de 1520).
Llegó el día en que los tlaxcaltecas dejaron de
combatir, limitándose a proveer de víveres el campo español. Frente a su
campamento, levantaron unos cobertizos, en los cuales quedaron instaladas unas
mujeres encargadas de prepararles la comida, a la vez que hasta allí llegaban
numerosos porteadores, trayendo los víveres. Aquello era un ir y venir de
emisarios; mientras, la tropa española empleaba su tiempo en reponerse de las
fatigas y hacer saetas. Se vivía una tregua, presagiándose ya que la paz era
inminente. Aprovechando esa calma, se presentaron ante Cortés embajadores de
Motecuhzoma. Éstos, que habían seguido paso a paso, como observadores
militares, las incidencias de los combates, venían ahora con un mensaje de su
soberano: estaba dispuesto a rendir vasallaje a Carlos V, y a pagar el tributo
que se le fijase. [212] Aquello significó un
triunfo enorme para Cortés; sin haberse visto las caras, ya Motecuhzoma se
reconocía como vasallo. Además, había demostrado a los vacilantes que le eran
suficientes unos pocos, dispuestos a seguirlo, para conquistar todo el país. Al
conocer las rivalidades entre los pueblos indígenas, escribió citando el
evangelio de San Marcos: Omne regnum
in se ipsum divisum desolavitur (todo reino dividido contra sí mismo será destruido). [213]
Los caciques enviaban mensajes de paz, pero la
paz no llegaba. El obstáculo lo constituía Xicoténcatl. Por fin, una mañana, a
eso de las diez, éste se presentó en el campo español rodeado de un nutrido
acompañamiento de notables. En cuanto llegaron ante Cortés, realizaron el
saludo, poniendo la mano en el suelo y llevándosela a los labios a
continuación. Antes de que comenzaran a hablar, Cortés los atajó, y fingiéndose
el agraviado, se dirigió a ellos en términos especialmente duros. Había venido
de muy lejos para buscar su amistad y enviado emisarios para anunciar su
visita, y ellos, no obstante sus buenas intenciones, lo habían combatido.
Xicoténcatl esgrimió la disculpa de que los había engañado aquello de que en su
compañía venían los de Ixtacamaxtitlan, que como tributarios de Motecuhzoma,
eran enemigos suyos. Se hicieron las paces, y se ofició una solemne misa de
acción de gracias. Pero Cortés todavía se mantuvo cauteloso, permaneciendo
«seis o siete días» en el adoratorio donde tenía el puesto de mando, antes de
decidirse a entrar en Tlaxcala. [214]
Antes de proseguir con el paso siguiente,
conviene detenernos un instante, para efectuar un post
mortem de lo realmente ocurrido durante
la campaña de Tlaxcala, pues ésta nos ha sido presentada como el más
esperpéntico de los relatos. Un bando envía la comida al otro, y éste, luego de
comer, les hace un requerimiento para que vengan de paz. No hay respuesta y se
entabla la batalla. Resulta demasiado, inclusive para una novela del absurdo.
Pero así fue, y ambos modos de actuar resultan perfectamente coherentes. Para
desenredar la madeja comenzaremos por tratar de fijar fechas; Cortés no
menciona qué día entraron en términos de Tlaxcala, pero ateniéndonos a las
jornadas, que va marcando a partir de la salida de Cempoala («un día», «al día
siguiente», «cinco días que me detuve en ese lugar») ello lleva a finales de
agosto, entre el veintinueve y el treinta. Por su lado, Bernal, aunque tampoco
precisa la fecha, en cambio, apunta dos cosas: una, que los combates se
extendieron a lo largo de quince días, y otra, que ocurrieron tres grandes
batallas en las que tomó parte. La primera de éstas la ubica el dos de
septiembre, la segunda el cinco, y para la tercera, que vendría a ser el
combate nocturno, no fija fecha, pero podría asumirse que sería inmediatamente
a continuación. Cervantes de Salazar señala que la noche del primero de
septiembre, luego de las escaramuzas de los dos días anteriores, durmieron con
grandes precauciones, pues al atardecer habían observado a multitud de indios
que comenzaban a asomar por los cerros cercanos. El día dos, apenas amanecido,
Cortés habría enviado mensajeros invitándolos a ser sus amigos, a lo que éstos
respondieron montando un ataque mayor (coincide con Bernal); a continuación
agrega que otro día, «que fue seis de septiembre» ocurre el episodio de los
espías descubiertos y amputados. [215] A muy corta
distancia, seguirá el combate nocturno, y después ya no atacarán. Será entonces
cuando Cortés les arrebate la iniciativa, y sea él quien realice las
incursiones de que tenemos noticia; siguen los enfrentamientos con Xicoténcatl,
hasta que finalmente éste se presenta en el campamento, y se ajusta la paz,
¿qué día?; eso lo sabremos si a la fecha en que entrará en Tlaxcala, que será
el veintitrés, le restamos esos seis o siete días de inactividad, de que antes
ha hablado, lo cual nos lleva a que el cese definitivo de hostilidades habría
ocurrido entre el quince y el dieciséis. Una campaña de muy corta duración.
Pero, ¿qué ocurrió en el intervalo que va de la última batalla a la entrada en
la ciudad? Comencemos por el lado tlaxcalteca. Lo primero que se detecta, es
que desde un primer momento, existió una facción que estuvo por buscar un
entendimiento, como parecería desprenderse del ofrecimiento de pagar los dos
caballos muertos. Sobreviene la primera batalla, en la que participan todos los
caciques, o al menos la mayoría. Son derrotados, y comienzan las deserciones;
los que están por la paz, para demostrar su buena voluntad comienzan a enviar
provisiones al campo español. Se produce el segundo encuentro con resultados
desastrosos, mientras los totonacas hacen una labor de zapa, dándoles
seguridades de que las cosas no son como aparentan ser; que a pesar de que los
de Ixtacamaxtitlan vengan en su compañía, y que Cortés se encamine a verse con
Motecuhzoma, ello no significa que busque la amistad de éste, sino todo lo
contrario, pues a Cempoala la libró del pago del tributo; deliberaron los
caciques y acordaron enviar a cuatro principales para que se acercasen al campo
español llevando comida, al par que ordenaban a Xicoténcatl que cesase la
guerra, pero éste no quiso obedecer; «y desde que vieron la desobediencia de su
capitán, luego enviaron los cuatro principales que otra vez les habían mandado,
que viniesen a nuestro real y trajesen bastimento y para tratar paces…»; pero
Xicoténcatl, que era soberbio y muy porfiado, así ahora como en las otras
veces, no quiso obedecer. [216] Se queda solo, y
continúa la lucha al frente de su facción. Pasan los días, y no logra capturar
o matar a un solo español. Mientras tanto, por su lado, el acercamiento de los
caciques es cada vez más abierto; ahora hacen levantar cobertizos, en los que
instalan mujeres encargadas de preparar la comida para los soldados españoles.
Dos Tlaxcalas; una busca la paz, y la otra quiere proseguir la guerra.
Finalmente, llega el día en que Xicoténcatl ya no puede sostenerse solo y, muy
a su pesar, se presenta en el campo español para buscar el cese de
hostilidades. Pasamos al bando español. El proceder de Diego de Godoy,
levantando testimonios por escrito, no debe verse como algo descabellado; como
explica Bernal, era para que «no nos demandasen las muertes y daños que se
recreciesen, pues los requeríamos con la paz». De entre todos los
conquistadores españoles en América, Cortés se cuenta entre los más
escrupulosos en aquello de guardar las formas. No combatía si antes no les leía
el requerimiento. Sabía que tenía que cuidarse de todos los
desafectos que se contaban en sus filas, y que el día de mañana podrían
acusarlo (como en efecto, lo hicieron). Algo a tenerse muy presente es que, una
vez obtenida la victoria en la batalla nocturna, y perdida la iniciativa por los
tlaxcaltecas, la facción velazquista levantó cabeza, iniciando una especie de
huelga de brazos cruzados. Se niegan a participar en las correrías, limitando
su actuación a la de meros espectadores. Con esa actitud presionan para
volverse a la costa.
Bernal recuerda que participó «en tres batallas
que hubimos con los de Tlaxcala», de lo cual se desprende que durante los
quince días la mayor parte de los enfrentamientos se limitaría a
escaramuzas. [217] Batallas campales,
propiamente dichas, habrían sido únicamente las tres mencionadas. El balance lo
conocemos: un español muerto, algunos heridos y la pérdida de tres caballos:
los dos muertos por los otomíes en el primer momento, y la yegua de Núñez
Sedeño. Evidentemente, debió de haber ocurrido un regular número de bajas en
las filas de indios aliados, pero éstas no fueron contabilizadas, como tampoco
disponemos de cifras sobre las sufridas por los tlaxcaltecas, que evidentemente
serían numerosas. La aparición del caballo y de las armas de fuego fue una
novedad que, a no dudarlo, tendrían un peso considerable en inclinar la
victoria hacia el bando español. Pero no fueron el argumento decisivo. Una vez
muerto el primer caballo, el mito de esos seres monstruosos se habría
desvanecido. Eran mortales. Y lo propio podría decirse de las armas de fuego;
en un principio sería el estampido del trueno y un hombre que caía, por lo que
quedarían desconcertados, sin atinar a darse cuenta de la causa de la muerte.
Pero los escopeteros eran muy pocos, y además, entre disparo y disparo mediaba
un largo intervalo. Una carga decidida hubiera cambiado el curso de la guerra.
La explicación de la derrota podemos encontrarla en la manera de guerrear del
mundo indígena; los números contaban poco, pues no acostumbraban atacar en
forma coordinada. Los que se encontraban en primera fila se trababan en
encuentros individuales con el adversario que tenían enfrente. No maniobraban
de conjunto apoyándose unos a otros; si los de una fila fracasaban, eran
reemplazados por los de la siguiente, y así sucesivamente. Además, lo que
importaba era capturar vivo al adversario, para poder conducirlo a la piedra de
los sacrificios. Eso puede explicar el resultado de la contienda; por un lado,
los jinetes españoles dispersando a la masa, para propiciar que chocasen unos
con otros, y por otro, los tlaxcaltecas centrando todos sus esfuerzos en
capturar vivos a los españoles.
Capítulo 7
Alianza con Tlaxcala
Contenido:
§. Matanza de Cholula
§. Ascensión al Popocatépetl
La entrada en la ciudad (23 septiembre 1519) la
hicieron ante la mirada de una ingente multitud de hombres, mujeres y niños,
algunos llegados de lugares distantes para no perderse el espectáculo de ver a
esos seres provenientes de un mundo extraño. [218] Todo era novedad. A
Cortés, inicialmente, lo llamaron el capitán Chalchihuitl, por ser ésa la gema que más preciaban; posteriormente se referirían a
él como Malinche (así lo escribe Bernal atropellando la fonética); ello
obedecía a que al no existir en la lengua náhuatl la letra erre, los caciques
no pudiendo pronunciar su nombre, daban un rodeo, diciendo el capitán que viene
con la señora Malintzin. A Alvarado, por lo rubicundo, lo llamaron Tonatiuh (el sol). Los caballos, como monstruos nunca
vistos, imponían respeto; además, se pensaba que el freno era para impedir que
se comiesen a la gente. Los esclavos negros atrajeron mucho la atención y los
llamaron teocacatzacti; esto es, dioses
sucios. [219] Para darles la
bienvenida se hallaban presentes los caciques de las cuatro cabeceras en que se
encontraba dividida la señoría de Tlaxcala: Maxixcatzin por la de Ocotelulco;
Xicoténcatl por Tizatlán; Tlehuexolotzin por Tecticpac, y Citlalpopoca por Quiahuiztlán.
Y uno a uno, los fue recibiendo Cortés; el primero con quien habló fue
Xicoténcatl el Viejo, quien por haber perdido la vista, alargaba las manos para
examinar la cara y barba de Cortés. Bernal dice que había enceguecido de viejo,
aunque lo probable es que fuera debido a alguna enfermedad. [220] Resulta interesante
constatar que en el mundo indígena un ciego podía desempeñar funciones de
gobierno; éste era el padre del capitán que infructuosamente les había hecho la
guerra, y fue él quien se ocupó de frenar los ímpetus del hijo. A través del
diálogo con los caciques, Cortés redondeó el conocimiento sobre Motecuhzoma y
su circunstancia. Se enteró así de que la enemistad entre tlaxcaltecas y mexica
databa de tiempo antiguo, al menos de tres generaciones y, que, de habérselo
propuesto, el señor de Tenochtitlán hubiera podido acabar fácilmente con
Tlaxcala, dada la gran desproporción de fuerzas; pero estaba interesado en
mantener ese estado de cosas. Así, a la juventud mexica se le ofrecía la
oportunidad de probar su valor y ganar experiencia en la guerra, sin necesidad
de desplazarse a regiones apartadas. Además, la vecindad resultaba cómoda para
hacer los prisioneros necesarios para el sacrificio durante las grandes
solemnidades. Este es un punto que Andrés de Tapia corrobora: «yo que esto
escribo pregunté a Muteczuma y a otros sus capitanes, que era la causa porque
finiendo aquellos enemigos en medio no los acababan en un día, e me
respondieron: bien lo pudiéramos hacer; pero luego no quedara donde los
mancebos ejercitaran sus personas, sino lejos de aquí; y también queríamos que
siempre oviese gente para sacrificar a nuestros dioses». [221] Se trataba del xochiyaoyotl, o «guerra florida», concebida únicamente para
hacer prisioneros destinados al sacrificio. Otra penalidad que resentían de los
mexica, era que se encontraban obligados a comer sin sal, ya que no la había en
su territorio, y Motecuhzoma impedía que tuvieran acceso a ella. Estaba también
la imposibilidad de vestir prendas de algodón, pues éste no se producía en sus
tierras, pero preferían vivir sin ellas antes que doblegar la cabeza. Los
españoles fueron considerados como aliados valiosísimos. Ya los habían visto
actuar en el campo de batalla. Para tener descendencia de ellos, los caciques
propusieron cruzar las sangres. Como una cuestión de principios, Cortés adujo
que su religión le prohibía tener trato con paganas, pero el impedimento, era
más bien pro forma, y pronto quedó superado. Fue suficiente un sermón de fray
Bartolomé de Olmedo sobre los rudimentos de la fe seguido del bautismo.
Maxixcatzin ofreció una hija suya muy hermosa, que Cortés adjudicó a Juan
Velázquez de León. Ésta recibió el nombre de doña Elvira. Y así procedió con
las restantes. A Pedro de Alvarado le correspondió una hija de Xicoténcatl, de
manera tal, que por la mano izquierda, el capitán Tonatiuh pasó a ser cuñado del adalid tlaxcalteca que
les fuera más contrario. Esa joven recibió el nombre de doña Luisa. Con ella
tuvo dos hijos: don Diego y doña Leonor. Esta última se casaría con un primo
del duque de Alburquerque.
El paso siguiente de Cortés fue exhortar a los
caciques para que, abandonando la idolatría, abrazaran el cristianismo. Éstos
pidieron tiempo para reflexionar. En Tlaxcala la conversión, aunque rápida, no
revestiría la precipitación que tuvo en Cempoala. Se fueron retirando los
ídolos, se rasparon las costras de sangre de la pirámide y se plantó la Cruz.
El cambio religioso no requirió de demasiados esfuerzos, pues los totonacas se
encargaban de propalar, que nada malo había sucedido cuando les destruyeron sus
dioses. Más que consideraciones éticas o teológicas, la victoria militar
aparecía como argumento contundente. Camaxtle había sido derrotado en el campo
de batalla. El dios de los cristianos era más poderoso.
Como preámbulo a la conversión de Tlaxcala, se
llevó a cabo el bautizo de los caciques; aquí los crónicas difieren, pues
mientras unos lo sitúan como ocurrido inmediatamente a continuación, otros lo
ubican más tarde. Esto último es lo más probable. En el convento de San
Francisco en Tlaxcala, se encuentra un cuadro de pobre factura, obra de pintor
anónimo, que recoge la ceremonia del bautizo. El mérito de esa obra es el de
que, según tradición oral, el artista que lo pintó lo hizo siguiendo la
descripción que le hiciera un testigo. En el cuadro, Malintzin aparece junto a
Cortés, vistiendo un huipil bordado, sin que se advierta la presencia de
Aguilar; esa pintura es la única referencia disponible sobre el posible aspecto
físico de esa mujer. Los padrinos, además de Cortés, fueron Pedro de Alvarado,
Andrés de Tapia, Gonzalo de Sandoval y Cristóbal de Olid. De esa manera,
Xicoténcatl pasó a llamarse don Vicente; Maxixcatzin, don Lorenzo;
Citlalpopoca, Bartolomé, y Tlehuexolotzin, Gonzalo. [222] Bautizados los
caciques, la conversión en masa de la población debió esperar a la llegada de
los misioneros franciscanos. Los bautizos serían en forma multitudinaria, y el
orden que se seguía era el siguiente: un día a todos se les imponía el nombre
de Juan, al siguiente podría ser el de Antonio, Pedro o Pablo —siempre el mismo
para todos—; y con las mujeres se procedía de manera semejante: Anas, Marías,
etc., y para que no lo olvidasen, se les daba escrito en un papel. [223] Así fue la conversión
de Tlaxcala.
Aquellos días fueron aprovechados para conocer
las antigüedades de la tierra. Hubo una época en que Tlaxcala estuvo habitada
por gigantes; pero en esos momentos su estirpe se encontraba extinta, pues los
antepasados de los tlaxcaltecas fueron hombres tan esforzados, que acabaron con
ellos, y para demostrar que no mentían, exhibieron huesos fósiles, entre los
que sobresalía uno que semejaba un fémur, cosa que impresionó sobremanera.
Bernal señala: «me medí con él y tenía tan gran altor como yo que soy de
razonable cuerpo». [224] A Cortés le llamó
tanto la atención, que lo menciona en su carta al Emperador, enviándolo a
España. [225] Y, de esa forma, fue
interiorizándose en las diferentes historias sobre las rivalidades de los
diversos pueblos; así, cuando llegaron emisarios de Huejotzingo, ciudad que
mantenía una disputa con Tlaxcala por cuestión de tierras, fungió como árbitro
reconciliando a ambos pueblos. Su fama comenzó a esparcirse por todos los
ámbitos; mientras, aquello era un constante ir y venir de los agentes de
Motecuhzoma. Éste, que ya había aceptado el vasallaje, rehusaba en cambio
concederle licencia para que fuese a visitarlo. Cortés, que ya había
comprendido cómo funcionaba la estructura política, se dio cuenta de que el
pueblo no contaba. Había que ir directamente a la cabeza. Y, para salir al paso
a tantas evasivas, resolvió enviar sus propios embajadores, eligiendo para la
misión a Pedro de Alvarado y Bernardino Vázquez de Tapia. [226] Éstos partieron a
pie, en previsión de que si algo les ocurría, no tuviera que lamentarse además
la pérdida de dos caballos.
Mientras tanto, los agentes de Motecuhzoma
realizaban una intensa labor, tendiente a embrollar la situación. Para evitar a
toda costa que los españoles siguiesen adelante, ordenaban a todos los pueblos
que tenían sometidos que no les permitiesen el paso. Pasaban los días, y los de
Cholula no enviaban emisarios; en vista de ello y, aconsejado por los de
Tlaxcala, Cortés los mandó llamar. Éstos se hallaban muy confiados en la
protección de su dios Quetzalcóatl, que creían prevalecería sobre el de los
barbudos. Finalmente, los cholultecas enviaron emisarios, pero, como los de
Tlaxcala lo hicieron notar, se trataba de individuos de baja condición. Como
aquello no era serio y daba la apariencia de un doble juego, se les hizo un
requerimiento en toda forma. El notario real redactó una escritura en la que se
les conminaba a acudir sin dilación, ya que, de no hacerlo, serían considerados
como rebeldes, haciéndose acreedores a las penas reservadas para todos aquellos
que se niegan a acatar la soberanía de los reyes de España y, por tanto,
«serían castigados conforme a justicia». [227] La escritura fue
explicada a los mensajeros para que supieran trasmitirla fielmente. El envío
del escrito no constituía un absurdo, pues ya los españoles habían advertido
que los indios se sentían muy intrigados por los papeles que hablaban. Creían
que eso era cosa de magia, pues no contenían ningún género de pinturas o
dibujos. A poco de enviado ese requerimiento, los cholultecas reaccionaron
enviando embajadores de rango apropiado. A éstos, Cortés les expresó
enfáticamente que pasaría por su ciudad, en camino a la entrevista con
Motecuhzoma. Por su lado, los caciques tlaxcaltecas le desaconsejaron ese
derrotero, haciéndole ver los peligros y sugiriéndole rutas alternas. Pero
Cortés ya tenía tomada su decisión. En eso volvió Pedro de Alvarado, que sólo había
llegado hasta Iztapalapa y de allí hubo de volverse, pues no le consintieron
seguir adelante. Efectuó el viaje solo, pues a poco de la salida, Vázquez de
Tapia cayó enfermo. El mensaje que traía era el de que Motecuhzoma no podría
recibirlos por «encontrarse malo de un gran dolor de cabeza». [228] Cortés decidió ya no
aguardar más; había permanecido veinte días en Tlaxcala, periodo que demostró
ser suficiente para consolidar una alianza que probaría ser firme y duradera.
Como nota final, Cortés narra una ejecución que
le tocó presenciar en Tlaxcala. Ocurrió que un indio robó oro a un español, por
lo que él presentó la queja a Maxixcatzin. Se hizo la pesquisa y el autor del
hurto, que había huido a Cholula, fue localizado y traído a la ciudad.
Maxixcatzin lo entregó a Cortés para que lo castigase, pero él se rehusó,
diciendo que deberían ser ellos quienes lo juzgaran conforme a sus propias
leyes. El hombre fue hallado culpable y llevado por las calles, mientras el
pregonero anunciaba su delito y, una vez llegados al mercado, lo subieron a un
estrado que se encontraba en el medio; allí, a la vista de la multitud, se
proclamó en voz alta la sentencia. Acto continuo, de un mazazo le deshicieron
la cabeza. [229]
§. Matanza de Cholula
L a entrada de Cortés en Cholula fue
la de un triunfador; tras él marchaban miles de hombres. Los dignatarios de la
ciudad lo sahumaron con copal, disculpándose por no haber acudido cuando fueron
llamados. En cuanto advirtieron lo numeroso del contingente tlaxcalteca, se
opusieron a recibirlos por temor de que saqueasen la ciudad. Cortés accedió a
medias a sus deseos, dejando fuera el grueso de la fuerza, pero reservándose un
contingente de cinco mil hombres. En las cercanías se encontraba una guarnición
mexica y los tlaxcaltecas temían una celada. El primer día les dieron de comer
«muy bien y abastadamente», recuerda Bernal; pero al segundo, comenzaron a
disminuir la provisión y, al tercero, la suspendieron por completo. Agua era lo
único que les proporcionaban. Advirtieron que algunas calles se encontraban
tapiadas y que tenían armadas unas trampas, consistentes en grandes hoyos, en
los cuales enterraron varas muy afiladas para que se mancasen los caballos. Las
trampas se encontraban cubiertas con ramas. Las sospechas fueron en aumento
cuando observaron que las mujeres y los niños abandonaban la ciudad. Una vieja
previno a Malintzin, advirtiéndole de lo que se tramaba. [230] Por su lado, los
tlaxcaltecas dieron cuenta de que esa mañana habían sacrificado a unos niños,
lo cual era parte del ritual para obtener la victoria. Cortés reunió a los
notables de la ciudad. Faltaba uno, que era precisamente el de mayor jerarquía;
lo buscaron y, cuando lo encontraron y los tuvo reunidos a todos, los fue
interrogando uno a uno, por separado. Asombrados, decían: «éste es como
nuestros dioses que todo lo saben; no hay por qué negarle cosa». [231] Confesaron que todo
lo habían preparado los agentes mexica. Pasó a la sala continua, adonde éstos
se encontraban confinados, diciéndoles lo que acababan de confesarle los de
Cholula, sin embargo, agregó que él no les había dado crédito. No creía posible
que un gran señor como Motecuhzoma fuese capaz de consentir una traición tan
vil. En consecuencia, iba a castigar a los cholultecas, pero a ellos, los
embajadores, no les haría daño.
Sonó un disparo. Era la señal. Todos a una,
españoles y aliados indígenas, se lanzaron sobre los cholultecas tomándolos por
sorpresa. Fue una masacre. Como carecían de jefes que dirigieran la defensa,
casi no opusieron resistencia. Los de Tlaxcala extremaron la crueldad, movidos
por resentimientos antiguos. Cuando cesó la matanza, pasarían tres días sacando
de la ciudad los cadáveres que ya hedían. En su relación, Cortés dirá a Carlos V que el número de muertos fue
de tres mil y, al referirlo, lo dice a manera de un parte de guerra. No
considera necesario justificarse. [232] Para él todo está
claro; se le preparaba una celada y no hizo otra cosa que ganarles la mano. Esa
matanza es una de las máculas que pesan sobre Cortés; ¿se trató de una acción
de guerra, o fue una atrocidad innecesaria? En el juicio de residencia será
acusado por lo segundo; sin embargo, después de muerto, cuando las aguas se
serenaron, comenzaron a asomar otros pareceres, como es el de uno que se contó
entre sus más implacables enemigos: Bernardino Vázquez de Tapia. Éste, que en
sus primeras declaraciones arremetió contra él de manera indiscriminada, más
tarde, en segundos pensamientos, revisaría algunas de las cosas que dijo y,
así, al referirse nuevamente a esa acción, destacará que había motivos para
sospechar que se trataba de una celada, por lo que Cortés se habría adelantado.
Más adelante se verá su testimonio.
Por conducto de uno de los notables, Cortés
ordenó que volviesen a la ciudad sus moradores, y como había muerto el cacique
principal, se procedió a la designación de otro, misma que él aprobó. Ya en
funciones los nuevos dirigentes, expuso a éstos el plan de gobierno, que se
resumía en vasallaje y destrucción de los ídolos. En el templo de Quetzalcóatl
se plantó la Cruz. La matanza fue como una gran caja de resonancia, no tardando
en presentarse emisarios de Huejotzingo (a quienes ya antes había reconciliado
con los tlaxcaltecas), que ahora lo invitaban a que fuese a su territorio. Los
de Tepeaca hicieron lo propio y, además de un obsequio en oro, le trajeron
veinte esclavas. Antes de llegar a Tenochtitlán ya comenzaba a desmoronarse el
imperio de Motecuhzoma. En su relación, Cortés expresa admiración por la grandeza de
Cholula; dice haber subido a un templo (lo llama mezquita) contemplando desde
lo alto «cuatrocientas treinta y tantas torres en la dicha ciudad, y todas son
mezquitas». [233] La cuenta está
exagerada, pero servirá para explicar más tarde el alto número de iglesias de
Cholula, ya que se edificó una sobre cada pirámide y adoratorio, lo que daría
pie a la leyenda de que había una para cada día del año. Nunca hubo tantas. En
la actualidad, quedan en pie cincuenta y dos cúpulas. A la ciudad la califica
como el lugar más apropiado para que se establezcan españoles, tanto por la
abundancia de aguas para el regadío como por los pastizales para el ganado. Y,
frente a esas condiciones privilegiadas, menciona un dato contradictorio: era
la primera ciudad en la que advertía la existencia de mendigos, que iban
pidiendo por las casas de los ricos, «como hacen los pobres en España y en
otras partes que hay gente de razón». [234] A Cholula la compara
con Granada, diciendo que tenía tan buenos edificios como ésta y que la
superaba en habitantes. Cuenta que en el mercado había a diario más de veinte
mil gentes comprando y vendiendo. La exageración es evidente Y otro dato que proporciona
es sobre la administración de justicia, y al respecto dice que vio que tenían
en prisiones a numerosos individuos que habían cometido robos y diversos
delitos. [235]
§. Ascensión al Popocatépetl
En Cholula se presentó la ocasión para hacer un
poco de alpinismo. Tenían enfrente el cono nevado del Popocatépetl, y Ordaz
obtuvo de Cortés la autorización para intentar la escalada. Partió con diez
españoles y algunos indios. Por aquellos días el volcán daba signos de
actividad; rugía a intervalos y lanzaba fumarolas. A medio camino, los indios
no se atrevieron a seguir adelante por temor a irritar al dios de la montaña.
Siguieron sólo los españoles, y algunos fueron deteniéndose por el camino. A la
postre, únicamente Ordaz y dos más, consiguieron asomarse al cráter, cuyo
interior —según dijo— hervía como horno de vidrio. Desde la cima pudieron
contemplar Tenochtitlán en medio de las lagunas, con las calzadas que la
comunicaban con la tierra firme. Desde ese punto de observación fue posible
corroborar los informes recogidos acerca de la disposición de la ciudad; es
posible que el verdadero móvil que estuvo detrás de esa acción de Ordaz fuese
el de levantar su prestigio, pues siendo hasta ese momento uno de los más
destacados miembros de la facción velazquista, resulta muy difícil aceptar que
no se hubiera contado en ese grupo de siete, cuyos nombres Bernal omite «por su
honor»; a no dudarlo, la posterior proeza de Cortés de correr el campo enemigo
con sólo cien españoles y los indios aliados habría hecho mella en un hombre
como Ordaz. La ascensión al volcán causó honda impresión a los indios, pues, al
parecer, para ellos la montaña era tabú. Ordaz, quien por aquellos días debería
andar por los cuarenta, y veía pasar la vida sin salir de su condición de
escudero pobre, sintió el desafío de la montaña. A través de lo poco que se
sabe de él, su ideario estaría centrado en la caballería y la realización de
hechos hazañosos. Podría decirse que, a partir de ese momento, se registrará en
él un giro de ciento ochenta grados, inclinándose hacia el bando de Cortés
hasta llegar a convertirse en uno de los hombres de su confianza, al extremo
que éste lo enviará a España como representante suyo.
En los días que permaneció en la ciudad, Cortés
fungió como árbitro entre tlaxcaltecas y cholultecas, haciendo que se
reconciliaran olvidando viejas rencillas. Después de todo, ahora ambos eran
vasallos de un mismo rey. Luego de destruidos Camaxtle y Quetzalcóatl, tenía
las espaldas cubiertas para ir al encuentro de Motecuhzoma. Para el español de
aquellos días, la religión se encontraba en el centro de la vida, y lo propio
ocurría con los pueblos indígenas. Cortés, desde un primer momento, tuvo muy
claro que para no dejar enemigo en la retaguardia, debía realizar la conquista
espiritual de todos los lugares por donde iba pasando, aunque esa conquista
fuese mediante la espada y no con la prédica evangélica. Por lo pronto, al
destruirles sus creencias, les quebraba la espina dorsal. Atrás vendrían
frailes que se encargarían de catequizarlos.
Cuando se dispuso a proseguir la marcha, los
emisarios de Motecuhzoma le propusieron una ruta; pero él eligió otra, la que
pasaba por Huejotzingo, cuyos habitantes se habían mostrado muy bien
dispuestos. Llegó a ésa sin contratiempo y, de nueva cuenta, llegaron a
alcanzarlo otros embajadores. El propósito era hacerlo desistir de continuar
adelante. Le trajeron un nuevo presente de oro, y la reiteración de que su
soberano estaba dispuesto a pagar la cantidad que se le fijase como vasallo de
los reyes de España. Al propio tiempo, le subrayaron los peligros que
afrontaría de seguir adelante; el camino era accidentado y se fatigarían. La
ciudad se encontraba en el medio de una laguna, por lo que existía el riesgo de
que alguno pudiera caer al agua y ahogarse. Se le dijo también que Motecuhzoma
tenía muchos lagartos, tigres y leones que podrían comérselos. [236] Podemos imaginar la
hilaridad que les produciría escuchar eso. Entre mayores eran los
inconvenientes aumentaba el deseo de Cortés de verse en la ciudad sin dilación,
lo que escuchaba, aquello era un castillo de naipes que se vendría abajo de un
soplo.
A la salida de Huejotzingo, tomaron un camino
que pasa en medio de los volcanes. Acamparon en lo alto, precisamente en el
sitio hoy conocido como Paso de Cortés, allí donde se encuentra una estela con
un altorrelieve en bronce que recuerda el hecho. Como venían del trópico, todos
se encontraban mal abrigados. Encendieron fogatas y pasaron la noche tiritando.
Por obra del tiempo, los recuerdos de Bernal acerca de los padecimientos
sufridos parecen haberse desvanecido, limitándose a decir: «y subiendo a lo más
alto, comenzó a nevar y se cuajó de nieve la tierra, caminamos la sierra
abajo»; por su parte, Cortés pasa de largo por semejante proeza, diciendo:
«otro día siguiente subí el puerto por entre las dos sierras que he
dicho». [237] Así de escueto.
Y téngase presente que gran número de la gente
que allí venía provenía del trópico; además, a esas alturas, cercanas a los
cuatro mil metros, se movían por senderos tortuosos y arena suelta, que
dificultarían la marcha de hombres y caballos. Y no debe olvidarse que
transportaban la artillería. Cualquier excursionista que recorra la zona puede
hacerse una idea de lo que sería eso. Y por lo visto, realizaron el ascenso en
una jornada y en otra descendieron. Ello habla de la excepcional condición
física tanto de la fuerza española, como de los aliados indígenas y mujeres de
servicio.
Cuando iniciaron el descenso pudieron disfrutar
de la vista de las lagunas, de Tenochtitlán y demás poblaciones ribereñas.
Amecameca fue la primera ciudad adonde llegaron. Permanecieron en ella dos
días, y fueron agasajados por el cacique local, quien expuso muchas quejas en
contra de Motecuhzoma. [238] Lo mismo expresarían
los representantes de Chalco, Tlalmanalco y Chimalhuacán, que llegaron hasta
allí para llevar presentes y buscar su amistad. Cortés escuchó sus lamentos y
les ofreció protección, la cual aceptaron al momento. Siguieron adelante y,
poco antes de entrar en Iztapalapa, salió a su encuentro un joven de alrededor
de veinticinco años, que era transportado en andas. Se trataba de Cacama, señor
de Texcoco y sobrino de Motecuhzoma. En cuanto puso pie a tierra, sus
servidores iban por delante barriendo el suelo. Ése sería el último y
desesperado esfuerzo por detener a Cortés. Cacama reiteró lo ya ofrecido: su
tío juraría vasallaje y pagaría tributo, pero a condición de que se diesen la
media vuelta. Tanto porfió el príncipe texcocano, que, en la carta al
Emperador, Cortés dice que sólo le faltó decir que se opondría por la
fuerza. [239]
Capítulo 8
Tenochtitlán
Contenido:
§. Prisión de Motecuhzoma
La mañana del 8 de noviembre de 1519, a hora
temprana, llegaron a la calzada que desde Iztapalapa daba acceso a la ciudad
por el sur. Como avanzada partió un mensajero indígena, que corriendo a lo
largo del trayecto, iba advirtiendo que todo mundo debería despejar el camino.
Al que estorbase el paso se le daría muerte. [240] En cuanto la calzada
estuvo libre, comenzó la procesión. Cortés abría la marcha con su pelotón de
jinetes —trece en total—, llevando a su lado a Malintzin. A continuación venían
los de a pie, cuyo número se sigue calculando en trescientos, lo cual viene a
corroborar aquello de que sólo uno habría muerto en los encuentros librados.
Seguía el contingente de guerreros de los pueblos aliados, que podrían sumar
más de cinco mil, y cerraba la marcha una larga procesión de mujeres, las naborías, encargadas de preparar la comida. Mientras
avanzaban, a su lado discurrían centenares de canoas, cuyos ocupantes no
querían perderse ese espectáculo insólito. En la retaguardia, jalados por tamemes y esclavos africanos, venían los tiros de
campo montados sobre ruedas. Ése sería el momento en que, ante los ojos
atónitos de la multitud, apareció la utilidad de la rueda, la gran ausente de
las culturas del hemisferio.
Poco antes de la entrada a la ciudad, se
encontraba un pequeño baluarte construido en la isleta de Xoloc: ése fue el
lugar del encuentro. Torquemada precisa que, en el sitio exacto, se levantó la
ermita de San Antón (hoy día junto a la estación San Antonio Abad del
metro). [241] Motecuhzoma venía en
andas, siendo descendido en cuanto llegó a corta distancia de los españoles.
Lucía un penacho vistoso, cubriéndose con una manta muy rica. Llamó mucho la
atención que viniese calzado con unas sandalias, cuya parte superior era de
oro, en contraste con Cacama y Cuitláhuac, que caminaban descalzos a su lado,
lo mismo que los cerca de doscientos dignatarios que componían el séquito.
Mientras avanzaba, unos servidores con la cabeza muy baja, para evitar mirarle
a la cara, barrían el terreno colocando a continuación mantas para evitar que
pisase el suelo. Una vez que se encontraron frente a frente, Cortés descabalgó,
mientras que Motecuhzoma, Cacama y Cuitláhuac ponían la mano derecha en la
tierra y luego se la llevaban a los labios en señal de saludo. Cortés intentó
abrazarlo, pero los parientes lo impidieron; no obstante, consiguió echarle al
cuello un collar de cuentas de colores. Realizados esos saludos, se acercaron
los cerca de doscientos dignatarios, quienes, uno a uno, repetían la misma
salutación. Cuando hubieron desfilado todos, Motecuhzoma se dio la media vuelta
y, del brazo de Cacama, comenzó a caminar mientras Cuitláhuac ofrecía el suyo a
Cortés. De esa manera, la procesión entró en la ciudad y, mientras andaban,
trajeron a Motecuhzoma dos collares que a su vez echó al cuello a Cortés para
corresponder a su obsequio. Este los describe como hechos de huesos de caracol
colorado, «que ellos tienen en mucho», y que de cada collar colgaban ocho
camarones de oro de tamaño de un jeme. [242] Fueron conducidos
directamente al palacio de Axayácatl, padre de Motecuhzoma, el cual había sido
acondicionado para albergarlo a él y al ejército completo. Al trasponer el
umbral, Motecuhzoma tomó a Cortés de la mano conduciéndolo a una sala donde lo
hizo sentar en un estrado que se le tenía preparado y, diciéndole que lo
esperase, se retiró.
Bernal señala que cuando Motecuhzoma calculó que
ya habrían comido y reposado, volvió trayendo gran cantidad de joyas de oro y
plata, y de plumajes y mantas muy ricas que le entregó como presente. A
continuación, sentándose a su lado, inició un largo parlamento diciendo que,
por sus escrituras, tenían conocimiento de no ser originarios de la tierra que
habitaban, sino extranjeros, y que a sus antepasados los había traído un señor
que volvió a su lugar de origen, de hacia dónde sale el sol; y como ellos decían
que venían de esa dirección, se daba cuenta de que eran súbditos de ese señor.
Por tanto, manifestó su disposición a obedecer los mandatos de éste. Acto
seguido, le pidió no dar crédito a todo lo que los de Cempoala y Tlaxcala le
habrían dicho acerca de él, pues ni las paredes de su casa eran de oro, ni él
era un dios y, para enfatizarlo, se alzó la manta diciendo: «véisme aquí que
soy de carne y hueso». Evidentemente, padecía una gran confusión acerca de los
recién llegados y de ese lejano monarca de quien hablaban. Cortés no se esforzó
en sacarlo del error; «me pareció que convenía, en especial en hacerle creer
que vuestra majestad era a quien ellos esperaban; y con esto se despidió; e
ido, fuimos muy bien proveídos de muchas gallinas y pan y frutas y otras cosas
necesarias, especialmente para el servicio de aposento, y de esta manera estuve
seis días, muy bien proveído de todo lo necesario, y visitado de muchos de
aquellos señores». [243] A continuación,
Motecuhzoma se excusó de que si antes no los había invitado a entrar en la
ciudad, ello era para evitar el temor de sus súbditos, a quienes les habían
dicho que echaban rayos y relámpagos y que, con los caballos, mataban a muchos
hombres, pero que él estaba convencido de que eran hombres mortales muy
esforzados, y que les daría de todo lo que tenía. Cortés, en este punto, le
expresaría su reconocimiento. Este es, a grandes líneas, el relato de ambos que
coincide en lo fundamental; la variante principal consiste en que Bernal divide
en dos la conversación: una parte habría tenido lugar la tarde de la llegada, y
la otra, durante la primera visita que efectuaron a Motecuhzoma en su palacio.
Agrega, también, algo que resulta interesante: el diálogo habría sido muy
cordial, y ambos interlocutores hablaron entre risas, lo cual en Cortés no es
de extrañar pues es conocido que, además de poseer un fino sentido del humor
era un bromista; pero, en cuanto a Motecuhzoma, cuyo nombre significaba «señor
sañudo» y además mantenía una distancia abismal con sus súbditos, el dato no
deja de llamar la atención. Festejaba bromas y reía. [244] Posiblemente fuera
ésa la primera oportunidad que se le ofrecía para hacer gala de su sentido del
humor; al fin se hallaba frente a alguien que no agachaba la cabeza en su
presencia, y con quién podía hablar de igual a igual. Ésta es la primera referencia
acerca de que Motecuhzoma sabía reír. Además, algo que se advierte en su
parlamento, es que no dio muestras de estar enterado de la presencia española
en Panamá, lo cual pone de manifiesto que los pochtecas (mercaderes), no llegaban tan al sur en sus correrías.
Tenochtitlán. A los ojos de los conquistadores,
otra Venecia. Cortés comienza a describirla diciendo que se alza en medio de
una laguna de agua salada, que tiene mareas de la misma manera que el mar, y
que, en el momento de la creciente, sus aguas corren hacia la laguna de agua
dulce, con la que se comunica, con la misma fuerza que lo haría un río
caudaloso. Y a la inversa, al momento del reflujo, son las aguas dulces las que
invaden la salada; continúa diciendo que se accedía a la ciudad lacustre por
cuatro calzadas que la comunicaban con la tierra firme; aunque en realidad eran
tres, no está del todo errado en afirmar que eran cuatro, pues en la de
Iztapalapa existía una derivación que iba a Coyoacán. La anchura de éstas la
fija en «dos lanzas jinetas». A continuación habla del acueducto que traía el
agua desde Chapultepec. Un doble caño, de los cuales uno se mantenía en
servicio mientras el otro era limpiado; desde luego, un crédito a la ingeniería
de los constructores mexica, quienes supieron darle la pendiente justa para que
fluyese el agua sin interrupción. En cuanto a las dimensiones de la urbe sólo
dice que era «tan grande como Sevilla y Córdoba» (ninguna de las cuales
llegaría entonces a los cincuenta mil habitantes); aunque no ofrece un estimado
de la población, en cierta manera se contradice, pues cuando habla del mercado
de Tlatelolco, manifiesta que en las horas de actividad se movían en él
alrededor de sesenta mil almas. [245] Una exageración
inmensa. Basta un vistazo al área que éste ocupó, para apreciar que allí
difícilmente hubiera cabido una quinta parte de la cifra mencionada. La
cuestión del número de habitantes que pudieron haber tenido las ciudades
gemelas de Tenochtitlán-Tlatelolco es tema muy debatido. Las cifras fluctúan
enormemente, y van desde los setenta mil que le asigna el Conquistador anónimo hasta los trescientos mil citados por
Torquemada. [246] Existen otros datos
que pueden arrojar mayor luz sobre el particular; el primero es el área que
ocupaba. La ciudad tenía una forma más o menos rectangular, con el eje norte
sur notablemente más alargado que el que iba de oriente a poniente. Para hacerse
una idea muy gráfica, si se superpone el plano antiguo sobre el actual, se verá
que el eje mayor iría de la calle de José María Izazaga al mercado de la
Lagunilla. Allí se interrumpía por la existencia de una pequeña laguna (por eso
el nombre del mercado), y a continuación se encontraba Tlatelolco, que abarcaba
lo que hoy día comprende ese barrio. Eso en cuanto a lo largo, y en lo que toca
a lo ancho, el eje iría en forma un tanto irregular desde las calles de
Corregidora y Correo Mayor, a la desembocadura de la calle Tacuba, justo frente
al palacio de Correos. Como se advierte, el área no era muy grande, y de allí
habría que deducir el espacio ocupado por huertas, jardines, y los numerosos
canales. No da para acomodar a mucha gente, sobre todo teniendo en cuenta que
la mayoría de las casas era de una sola planta. El otro dato es el del agua.
Para su abastecimiento la ciudad dependía por entero del acueducto, ya que la
lluvia no era captada en aljibes. Cortés y el Conquistador anónimo dicen que el caudal de éste era como «del gordor de un cuerpo de
hombre». [247] A ello debe tenerse
presente que la mayor parte se desperdiciaría, habida cuenta de una
distribución ineficiente por parte de quienes la recogían en tinajas para
llevarla en canoas a vender; por tanto, el abastecimiento de agua vendría a ser
la limitante para aceptar que el número de habitantes fuera tan alto como
algunos pretenden. Una cosa sí está clara, y ello es que Tenochtitlán nunca
tuvo las dimensiones de una Teotihuacán, con una avenida equiparable a la de
los Muertos, de dos kilómetros de longitud, y con una población que pudo haber
alcanzado los doscientos cincuenta mil habitantes. Faltaba espacio. Texcoco
estaba más poblado. [Cortés y Bernal llaman indistintamente «lagunas» a los
lagos de Texcoco, Chalco y Zumpango; para ir en consonancia con ellos, en este
escrito se les denominará de igual manera.]
No quedó memoria del palacio de Axayácatl; lo
único que cabe conjeturar es lo obvio, que sería de muy grandes dimensiones,
puesto que tuvo capacidad suficiente para albergar a semejante multitud, aunque,
eso sí, fue necesario utilizar como anexo unas casas situadas enfrente, donde
se habilitaron grandes letrinas. Torquemada las llama maxixato, donde un gran número de servidores «tenían gran
cuenta, para que siempre estuviesen limpias y ajenas de mal olor». [248] Se alzaba en terrenos
donde hoy día se encuentra el Nacional Monte de Piedad. Frente a él se
encontraba el coatepantli, la barda que rodeaba el
centro ceremonial, a la cual le venía el nombre por encontrarse rematada por
cabezas de serpiente, esculpidas en la piedra. A un costado, un poco hacia la
izquierda, la mole del Templo Mayor, al que Bernal llama el Gran Cú; y, como sus gradas miraban hacia poniente, al
alba del día siguiente a su llegada debieron presenciar el momento en que
subirían a los que fueron sacrificados en la jornada. Y, a un costado del
templo, se alzaba el tzompantli, el osario gigantesco,
donde se encontraban expuestos los cráneos de los sacrificados. Las
proporciones de esa construcción daban una idea del número de sacrificados.
Estaban, cara a cara, frente a la cultura de la muerte.
Cortés no dedicó mucho espacio a la descripción
del recinto ceremonial, limitándose a decir que abarcaba una superficie lo
suficientemente grande como para establecer una villa de quinientos vecinos.
El Conquistador anónimo repite
el dato, mientras que Tapia reduce el número a cuatrocientos. [249] Es este último quien
ofrece la descripción más pormenorizada del tzompantli; al respecto, dice que sobre una gran plataforma de piedra (él la llama
teatro) se encontraban unas torres que tenían la peculiaridad de estar
construidas con calaveras unidas con argamasa, con los dientes hacia afuera; y
estas torres, separadas una de otra por la distancia de una vara de medir,
sostenían unas varas, en cada una de las cuales se encontraban cinco cráneos
atravesados por las sienes. Este testigo, en compañía de Gonzalo de Umbría, se
dedicó a contar el número de varas y, multiplicándolas luego por cinco,
encontraron que habría ciento treinta y seis mil cráneos, sin contar los de las
torres. Sin duda, un número altísimo. Se le pasó la mano. Gómara reproduce
textualmente el dato cuando escribe: «Andrés de Tapia, que me lo dijo, y
Gonzalo de Umbría, las contaron un día, y hallaron ciento treinta y seis mil
calaveras en las vigas y gradas. Las de las torres no las pudieron
contar». [250] Esta es la única
ocasión en que este autor identifica a uno de sus informantes. En realidad,
eran dos los tzompantli que se alzaban en el
recinto del Templo Mayor; uno pequeño y otro de grandes proporciones, el huei tzompantli. En total, había seis en la ciudad.
Las descripciones de Cortés resultan
desconcertantes, pues mientras habla con todo detalle del mercado, ofreciendo
incluso el dato de que no empleaban medidas de peso, sino únicamente las de
capacidad, en cambio pasa muy por encima al hablar de la traza de la ciudad.
Sobre ésta dice que la mitad de sus calles eran de tierra muy bien apisonada y
las otras eran canales; el dato más explícito que da acerca de la arquitectura
civil es el siguiente: «Hay en esta ciudad muchas casas y muy buenas y muy grandes,
y la causa de haber tantas casas principales es que todos los señores de la
tierra, vasallos del dicho Mutezuma, tienen sus casas en la dicha ciudad y
residen en ella cierto tiempo del año, y demás de esto hay en ella muchos
ciudadanos ricos que tienen asimismo muy buenas casas. Todos ellos, además de
tener muy grandes y buenos aposentamientos, tienen muy gentiles vergeles de
flores de diversas maneras, así en los aposentamientos altos como bajos». [251] De aquí se desprende
que al área de por sí reducida de la ciudad, para espacio habitacional habría
que restar el terreno destinado a jardines. Bernal tampoco describe las casas
de los ricos; Francisco de Aguilar apunta que cuando Diego Ordaz y otros
capitanes subieron a las azoteas, apreciaron que era una ciudad fortísima,
«porque cada casa era una fortaleza, todas de puentes levadizas, llena aquella
gran laguna de canoas y gentes que ponía espanto…». No es mucho lo que
dice. [252] Lo único que hace es
confirmar que existían casas sólidamente construidas. Cortés, quien no se ocupó
en describir el palacio de Axayácatl, donde estuvo alojado, tampoco lo hace con
el de Motecuhzoma, que se encontraba casi enfrente del primero, en los terrenos
ocupados hoy por Palacio Nacional. Acerca de la casa de este último sólo nos
dice que allí la actividad daba comienzo al amanecer, y que tenía tres patios y
seiscientas personas de servicio. El dato ayuda a formarnos una idea de sus
dimensiones, pero, en ambos casos olvida aclarar si eran de una o dos plantas;
en cambio, habla con mayor detalle de la casa de las aves y la casa de las
fieras. Se comprende que a todos los testigos originales les haya sorprendido
este refinamiento de Motecuhzoma, pues en aquellos días ningún monarca europeo
mantenía un zoológico. Al igual que Cortés, lo mismo ocurrió con Bernal y
Tapia, quienes omitieron la descripción de los palacios de Axayácatl y
Motecuhzoma en favor de esta novedad. Bernal las describe como situadas en
edificios separados, mientras que Cortés las ubica en los jardines de una casa
de recreo que, aunque algo menos suntuosa que el palacio de Motecuhzoma, era
igualmente de grandes proporciones. De ésta le llamaron la atención los pisos
de mármoles de colores intercalados a manera de tablero de ajedrez, así como
los diez estanques en los que se alojaban todo género de aves acuáticas; unos
llenos de agua dulce y en otros salada, según el hábitat de las mismas. A las
que comían insectos, insectos les daban; maíz y semillas a las que tenían esa
dieta, y a las que se alimentaban de pescado daban cada día diez arrobas de
pescado sacado de la laguna. Prosigue diciendo que había trescientos hombres
encargados del cuidado de los animales. Sobre cada uno de los estanques había
unos miradores para que Motecuhzoma pudiera recrearse contemplándolos cada vez
que la visitaba. En otra parte había jaulas para aves de presa, tan grandes,
que los animales podían ponerse a cubierto de noche y cuando llovía, y durante
el día tomaban el sol en un área que se encontraba cubierta por una red. En los
bajos estaban jaulas que albergaban jaguares, pumas, ocelotes, lobos, zorros y
coyotes. El edificio se encontraría en el borde de la ciudad, donde más tarde
estuvo el hoy desaparecido convento de San Francisco, del cual sólo queda la
iglesia que mira a la calle de Madero. Bernal nos habla de otra sección
dedicada a la reproducción de las serpientes más venenosas, las cuales tenían
en tinajas y eran alimentadas con las vísceras de los sacrificados. Existían
grandes edificios como el Calmecac y algunas residencias de potentados, de cuya
existencia tenemos conocimiento por algunas alusiones; pero como no las
describieron nos quedamos sin saber cómo eran las casas de los poderosos. El
único dato que poseemos es que tenían azoteas. Motecuhzoma poseía otra casa
donde se alojaban albinos, enanos, jorobados y contrahechos con todo tipo de
deformidades.
§. Prisión de Motecuhzoma
La prisión de Motecuhzoma resulta un hecho único
en los anales de la historia, pero, ¿se trató de un plan preconcebido, o
respondió a una decisión desesperada, dictada por el sesgo desfavorable que
tomaban los acontecimientos? Aquí las versiones de los participantes discrepan
diametralmente, y visto que no resulta posible refundirlas en una sola, se
examinarán por separado. Bernal refiere que al día siguiente de la entrada en
la ciudad, Cortés habría informado a Motecuhzoma que tenía el propósito de ir a
visitarlo. Para la entrevista se hizo acompañar de cuatro capitanes, que serían
Pedro de Alvarado, Juan Velázquez de León, Diego Ordaz y Gonzalo de Sandoval,
junto con cinco soldados, entre los cuales se contaría él. Con ellos,
naturalmente, irían Malintzin y Jerónimo de Aguilar, encargados de la
traducción.
Se presentaron en palacio. Entraron como Pedro
por su casa. No había guardia, ni ningún otro tipo de controles. El propio
Motecuhzoma salió a recibirlos. En el interior se encontraba un gran número de
dignatarios y personal de servicio; pero como el soberano se encontraba tan
alto, todos mantenían la cabeza baja, sin atreverse a mirarlo a la cara. Ésa
era la protección de Motecuhzoma: la distancia abismal que guardaba con sus
súbditos. El dato no pasaría desapercibido a los españoles (ya habían advertido
que en la ciudad nadie circulaba portando armas). La conversación —siempre
según este autor— habría dado comienzo con una presentación hecha por Cortés
diciendo quiénes eran y a qué habían venido: cristianos y enviados por un
poderoso monarca que, dolido de lo engañados que los traían los ídolos, los
mandaba para sacarlos de ese error y hablarles del Dios verdadero. Les pedía,
por tanto, que ya no practicaran sacrificios humanos ni sodomías. Ése era el
mensaje. Mientras Malintzin terminaba de traducir, Cortés se volvió hacia los
suyos diciendo: «Con esto cumplimos por ser el primer toque». [253] A su vez, Motecuhzoma
expresó que sus enviados ya lo habían enterado del recado que le envió desde el
arenal acerca de los tres dioses, la Cruz, y de todo lo que venía anunciando
por los pueblos donde pasaba. En cuanto a sus dioses, manifestó que los tenían
como buenos, y volvió a decir que tenía la certeza de que los españoles eran
aquellos de quienes les habían hablado sus antepasados, hombres que vendrían de
la dirección de donde sale el sol. Hasta ese momento Motecuhzoma parecía
encontrarse aplastado por el peso de la profecía. Al término de la visita hubo
obsequios para todos; Bernal recuerda que recibió dos collares de oro, que
valoró en diez pesos cada uno, y dos cargas de mantas.
Lo que viene a continuación resulta una página
confusa. Bernal habla de que estuvieron acuartelados cuatro días sin que nadie
abandonara los aposentos, salvo para ir a las casas de enfrente (donde estaban
las letrinas) y a unas huertas que, al parecer, formarían parte del recinto del
palacio de Axayácatl. Un extraño inmovilismo que sólo él menciona. El
acuartelamiento habría sido de lo más estricto, lo cual resulta explicable,
pues si la gente se dispersaba por la ciudad se encontraría expuesta a graves
riesgos. Ese encierro de cuatro días sin hacer nada; ¿a qué se debió? El
testigo no se ocupa de explicarlo; pero es indudable que algo no marcharía
conforme al plan de Cortés. [254] No se viene de tan
lejos para encerrarse y quedar en una posición vulnerable, expuesto a que los
mexica le interrumpieran los suministros en cualquier momento. Es posible que
esperase una reacción de Motecuhzoma que no llegó a producirse; salieron de ese
punto muerto (siempre según Bernal), cuando Cortés decidió efectuar una visita
al templo de Tlatelolco, en la ciudad gemela. Llama la atención que, en lugar
de comenzar por el Templo Mayor que tenían justo enfrente, lo hiciese por el
más alejado. Queda abierta la posibilidad de que esa determinación fuera tomada
para, así, tener oportunidad de realizar un recorrido a lo largo del eje mayor
de la ciudad, o que, simplemente, se trate de una confusión de Bernal
atribuible a un fallo de memoria.
Para la visita, envió aviso a Motecuhzoma
solicitándole licencia. Los encargados de llevar el mensaje fueron Malintzin y
Jerónimo de Aguilar, a quienes acompañó Orteguilla. Ésa es la primera ocasión
en que se detecta en Tenochtitlán la presencia de ese niño, a quien Cortés
había dejado encomendado al cacique de Cempoala para que aprendiese el idioma.
Está visto que pronto cambió de planes con respecto a él, pues ya lo traía
consigo cuando entró en la ciudad. Jugará un papel importante. Motecuhzoma
aprobó la visita y, para evitar que pudiera producirse algún incidente, quiso
hallarse presente. Para el traslado al templo fue llevado en andas sólo hasta
mitad del camino, continuando después a pie, ya que, de otra manera, se
consideraría un desacato a sus dioses. Caminó rodeado de grandes señores y,
cuando llegó al pie del templo, subió acompañado de los sacerdotes principales.
Por su lado, Cortés llegó a Tlatelolco montado a caballo junto con su pelotón
de jinetes y un grupo escogido de soldados, además de los intérpretes, que en
aquellos momentos eran como su sombra, ya que no daba un paso sin que lo
acompañasen. A su lado iba un grupo de personajes mandados por Motecuhzoma para
guiarlo en su recorrido. Algo que los impresionó en gran medida fue el mercado.
Después de los años pasados en las Antillas habían olvidado lo que era ver un
gentío de tal magnitud comprando y vendiendo. A Bernal le hizo evocar la feria
de su natal Medina del Campo, que era la más famosa entre las celebradas en
Castilla (duraba cien días a lo largo del año, divididos en dos periodos), y
algo que le llamó la atención fue la venta de esclavos y esclavas; «digo que
traían tantos de ellos a vender a aquella plaza como traen los portugueses los
negros de Guinea, y traíanlos atados en unas varas con colleras a los
pesquezos, porque no se les huyesen». [255]
El templo de Tlatelolco se encontraba circundado
por una cerca que es probable que no difiriese de la que rodeaba al de
Tenochtitlán. Se trata, desde luego, de un supuesto, pero como no se dispone de
otra descripción más precisa, no queda otro remedio que atenerse a lo que él
dice; según esto, el área ocupada por los patios era mayor «que la plaza que
hay en Salamanca, y con dos cercas de calicanto». [256]
Llegó Cortés y puso pie a tierra. En ese momento
dos sacerdotes y algunos principales se acercaron dispuestos a ayudarlo a
subir, como antes lo habían hecho con Motecuhzoma. Y pese a que eran ciento
catorce peldaños (uno más que el templo de Tenochtitlán), éste rechazó el
ofrecimiento. Una vez en la plataforma superior, pudieron ver la piedra de los
sacrificios. En ese momento Motecuhzoma salió del adoratorio para darles la
bienvenida, y al preguntar los sacerdotes a Cortés si le había resultado penoso
el ascenso, éste replicó que ni él, ni sus acompañantes, se fatigaban con cosa
alguna. Motecuhzoma le dio la mano, invitándolo a pasear la mirada alrededor
para que disfrutase de la vista que se ofrecía ante sus ojos. Algunos que
conocían Roma y habían estado en Constantinopla, aseguraron no haber visto otra
ciudad de esas proporciones [257] . Vieron las tres
calzadas que comunicaban con la tierra firme y el acueducto que la abastecía de
agua desde Chapultepec; de la misma manera pudieron percatarse del número de
canales y acequias que cruzaban la ciudad. Ahí advirtieron lo vulnerable que
era su situación; bastaría cortar unos pocos puentes para que quedasen aislados
por completo en el palacio de Axayácatl.
Luego de haber examinado el panorama, Cortés
dijo a fray Bartolomé de Olmedo que podría probarse de hacer «un tiento» a
Motecuhzoma, para ver si éste autorizaba que se pusiese la Cruz en ese sitio,
junto con una imagen de la Virgen. Al fraile de la Merced no le entusiasmó la
idea, pues juzgaba que era precipitar las cosas; de todas formas Cortés que no
había quedado muy convencido, preguntó a Motecuhzoma si podrían pasar a la
cámara donde se encontraban los ídolos. Éste lo consultó con los sacerdotes —a
quienes Bernal llama papas— y, al no encontrarlo inconveniente, les franquearon
la entrada. [258] Allí, según Bernal,
verían por primera vez a Huitzilopochtli y a Tezcatlipoca; aunque hay que
advertir que incurre en un error, pues éstos no se encontraban juntos. El
primero estaba en el Templo Mayor y, el segundo, en Tlatelolco.
Cortés tenía prisa en acabar con la religión
indígena, por lo que, desoyendo todo consejo de prudencia, pidió a Motecuhzoma
autorización para plantar allí la Cruz y erigir un adoratorio a la Virgen. Al
escuchar el pedido, éste se sobresaltó diciendo que de haber sospechado que se
haría tal desacato a sus dioses, nunca habría consentido en mostrárselos. Tan
alterado estaba, que Cortés ya no insistió más y se despidió. Motecuhzoma
permaneció en el lugar para efectuar un acto de desagravio.
Según recuerda Bernal, llegó el quinto día de su
permanencia en la ciudad y, hasta ese momento, Cortés se habría entrevistado
sólo en tres ocasiones con Motecuhzoma. Vendrían a continuación cuatro días en
los que, inexplicablemente, no habría habido comunicación. El diálogo se
reanudará con ese encuentro sostenido en la plataforma superior del templo de
Tlatelolco, mismo que concluye ríspidamente. No vuelve a producirse ningún
contacto entre ambos. El siguiente movimiento lo hará Cortés. Habida cuenta del
antecedente de que Motecuhzoma rechazó la idea de que se pusiese la Cruz en lo
alto del templo, y como desde el día de la llegada la misa se venía oficiando
en un altar improvisado, montado con unas tablas, se pidió a los mayordomos de
palacio que proporcionaran algunos albañiles para construir uno en toda forma.
Éstos repusieron que sin la autorización del soberano no podrían acceder. Por
tanto, Cortés envió como emisarios a Malintzin, Jerónimo de Aguilar y
Orteguilla para solicitar la licencia, misma que fue otorgada. A los dos días
estaba habilitado un adoratorio dentro del palacio de Axayácatl, donde los
soldados hacían oración a la vista de los indios, para darles el ejemplo. Lo
que resulta extraño en este relato es que hubiesen pasado esos días mano sobre
mano, sin hacer nada, pues aquello habría tenido un efecto desmoralizador en la
tropa. Cortés habría pasado como un jefe irreflexivo que los metió en la boca
del lobo.
Durante ese paréntesis, ocurrió que a un
carpintero, llamado Alonso Yáñez, le llamó la atención una puerta clausurada
que, por lo fresco de la cal, daba la impresión de que estuviera recién
tapiada. Comunicó su descubrimiento a los capitanes Juan Velázquez de León y
Francisco de Lugo, quienes a su vez procedieron a informar a Cortés. En este
punto, Bernal aprovecha la coyuntura para dejar sentado que ambos capitanes
eran deudos suyos; esto es, que tenía con ellos algún grado de parentesco,
aunque lejano [259] . Antes dijo lo mismo
de Diego Velázquez. Ante ese descubrimiento, Cortés ordenó que se abriese la
puerta tapiada. La sorpresa fue mayúscula. Ante su mirada apareció un tesoro
inmenso, compuesto por joyería, tejuelos de oro, piedras de jadeíta —los
chalchiuites, la preciada gema del mundo indígena—, y muchísimas mantas
ricamente adornadas y obras de plumería. Los españoles quedaron absortos ante
la vista del tesoro. Satisfecha la curiosidad del primer momento, Cortés ordenó
que, sin tocarse nada, se volviese a tapiar la puerta dejando todo como lo
encontraron. No era aquella situación propicia para ocuparse del tesoro. Las
preocupaciones eran otras. Un detalle al que no se ha prestado atención es el
siguiente, ¿por qué los indios tapiaron la habitación? Lo más sencillo hubiese
sido remover ese tesoro trasladándolo a otra parte antes de que llegasen los
españoles, pero, al parecer, por alguna razón debería permanecer en ese sitio.
Eso induce a pensar en una especie de cámara faraónica. El tesoro de Axayácatl no
debería moverse de allí. Cortés, en una de las visitas a Motecuhzoma, refirió a
éste cómo sus hombres («porque los españoles son traviesos») habían dado con el
tesoro. Éste, que ya se encontraba al corriente, respondió que podrían quedarse
con el oro, pero que no tocasen los artículos de plumería, pues eso «pertenecía
a los dioses de la ciudad». Fray Diego Durán, refiriéndose a este episodio,
escribe que por boca de un conquistador religioso, compañero suyo en el
convento (alusión clara a Francisco de Aguilar), pudo saber que ese tesoro no
era adquirido por Motecuhzoma, ni podía servirse de él, «y así, en muriendo el
rey, ese mismo día que moría, todo el tesoro que dejaba en oro, piedras, plumas
y armas, finalmente toda su recámara, se metía en aquella pieza y se guardaba
con mucho cuidado, como cosa sagrada y de dioses, procurando el rey que entraba
a reinar adquirir para sí y de que no se dijese de él que se ayudaba de lo que
otro había adquirido, y así se estaba allí aquello como tesoro de la ciudad y grandeza
de ella». [260]
En boca de Bernal, la idea de apresar a
Motecuhzoma habría cobrado cuerpo cuando encontrándose Cortés en el adoratorio,
se acercaron a él cuatro capitanes y doce soldados —«y yo era uno de ellos»—,
quienes le plantearon la situación tan peligrosa en que se encontraban. En
cualquier momento les podrían hacer la guerra; bastaría con interrumpirles el
suministro de agua y víveres. Con cortar los pasos de algunos puentes quedarían
aislados, y sin esperanza de recibir refuerzos. Según eso, Cortés habría respondido:
«No creáis, caballeros que duermo ni estoy sin el mismo cuidado, que bien me lo
habréis sentido; mas, ¿qué poder tenemos nosotros para hacer tan grande
atrevimiento, prender a tan gran señor en sus mismos palacios, teniendo sus
gentes de guarda y guerra?». [261] Los capitanes, que
serían Juan Velázquez de León, Diego Ordaz, Gonzalo de Sandoval y Pedro de
Alvarado, lo apremiaron para que, con buenas palabras, sacasen a Motecuhzoma de
su palacio llevándolo adonde se encontraban aposentados, y que, de oponer resistencia,
allí mismo se le diese muerte. En el caso de que Cortés no lo quisiese hacer
personalmente, le pedían licencia para hacerlo ellos. Agrega además, que en ese
momento se acercaron unos soldados para informar que los mayordomos de
Motecuhzoma encargados de los suministros ya no estaban cumpliendo como durante
los primeros días. Y también dijeron que algunos tlaxcaltecas habían advertido
a Jerónimo de Aguilar que era notorio el cambio que se advertía en la actitud
de los mexica. Durante una hora o más se discutió sobre el tema, habiéndose
llegado al acuerdo de apresar a Motecuhzoma a la mañana siguiente. Esa noche la
habrían pasado en oración. La situación aparece planteada como si se tratara de
un proyecto concebido de improviso y que partió de las bases.
Por la mañana, llegaron dos tlaxcaltecas
trayendo una carta de la Villa Rica, en la que se informaba que Juan de
Escalante había muerto, junto con seis soldados, a manos de los mexica, quienes
también mataron un caballo. En la acción, los mexica capturaron vivo a un
soldado llamado Argüello, al que traían para mostrarlo a Motecuhzoma; pero
venía tan malherido, que se les murió por el camino. Le cortaron la cabeza y,
como era hombre de barba hirsuta, Motecuhzoma quedó muy impresionado al verla,
ordenando que la apartaran de su presencia, y que por ningún motivo la
ofrendaran en Tenochtitlán, sino en cualquier otro lugar. [262] La versión que ofrece
Bernal sobre el suceso es la siguiente: Cuauhpopoca, el comandante de la
guarnición mexica, exigió a los totonacas el pago del tributo, por lo que éstos
buscaron la protección española. Salió en su defensa Escalante, con una fuerza
de cuarenta y cinco españoles y alrededor de dos mil totonacas. Se trabó la
pelea y, aunque los totonacas huyeron, la fuerza española batió a la guarnición
mexica y quemó Nautla. Pero el precio a pagar fue que Escalante resultó
malherido, muriendo de ahí a poco, lo mismo que otros seis españoles. Cortés,
en cambio, en su informe al Emperador expresa que Escalante fue víctima de un
engaño; Cuauhpopoca le habría mandado un mensaje expresándole que quería
prestar la obediencia, pero que no podía acercarse, por tener que atravesar
territorio hostil. Por tal motivo, pedía que le enviase algunos soldados para
que sirviesen de escolta; Escalante mandó a cuatro españoles, pero en cuanto
los tuvo a su alcance, de manera solapada, Cuauhpopoca mandó atacarlos. Murieron
dos, y los otros dos sobrevivientes, aunque heridos, consiguieron regresar para
informar. Escalante resolvió no dejar sin castigo esa acción y salió al campo.
Resultó vencedor, pero al precio ya señalado. [263] Esas son las dos
versiones de la historia que, aunque discrepantes, coinciden en lo esencial.
Juan de Escalante, el segundo personaje del ejército, había muerto. Cortés
encontró en esas muertes la justificación para el paso que tenía planeado dar. Y
así, a la mañana siguiente, seleccionó a aquellos que habrían de acompañarlo en
la aprehensión; éstos serían los capitanes Pedro de Alvarado, Gonzalo de
Sandoval, Juan Velázquez de León, Francisco de Lugo, Alonso de Ávila, los
intérpretes Malintzin y Aguilar, y a mí —agrega
Bernal—, mencionándose como el único de entre los elementos de tropa que
participaría (el grupo, como se expone más adelante, era notoriamente más
numeroso). [264] Se dio aviso a
Motecuhzoma de que irían a verle, para que su llegada no lo tomara por
sorpresa, y así, de tal manera, provistos de sus armas, los hombres entraron en
palacio. No despertaron sospechas, ya que los indios se habían habituado a
verlos armados día y noche. Conforme a lo que recuerda Bernal, Cortés no se
anduvo con rodeos, y yendo directo al punto, lo cuestionó sobre el ataque
sufrido por los hombres que dejó en la costa. De igual manera, le reclamó que
en Cholula sus capitanes hubieran preparado una celada para darles muerte a
todos, de la cual escaparon por haberse adelantado. Le reprochó, asimismo, que
al momento presente, a las calladas, se iniciaran preparativos para aislarlos
en su alojamiento y darles muerte. Por tales razones, para evitar que estallase
la guerra y salvar a la ciudad de la destrucción, era necesario que, sin
provocar alboroto alguno, los acompañase al palacio de Axayácatl donde sería
servido como si estuviese en su propia casa. En caso de resistirse o llamar en
demanda de ayuda, sería muerto por los capitanes, «que no los traigo para otro
efecto», anonadado, Motecuhzoma repuso que era ajeno a esas muertes y, para
esclarecer el caso, al momento ordenó que fuesen en busca de los responsables.
Se despojó de un brazalete con su sello, que traía sujeto a un brazo,
entregándolo a los que partirían para traerlos. Se sabría la verdad, y serían
castigados. En cuanto a salir de su palacio contra su voluntad, se negó
rotundamente. Siguió una larga discusión; Cortés exponía sus argumentos y
Motecuhzoma replicaba con los suyos. En un momento dado ofreció entregar como
rehenes a un hijo y dos hijas legítimas; « ¿qué dirán mis principales si me
viesen llevar preso?» El tiempo apremiaba y los capitanes comenzaban a
impacientarse; Juan Velázquez de León, quien era hombre corpulento, con la voz
alta y «espantosa», que así era su forma natural de hablar, comenzó a demandar
que ya no esperasen más y que allí mismo lo matasen a estocadas. Motecuhzoma,
alarmado, preguntó a Malintzin qué era lo que decía aquel hombre con su
vozarrón, y ella le aconsejó que, tranquilamente y sin demora, los acompañase,
pues de otra forma lo matarían. [265] Accedió finalmente,
ordenando que trajesen sus andas. Había consternación en palacio, pero nadie se
movió. Motecuhzoma se encargó de refrenar toda violencia, diciendo que iba por
su propia voluntad. Salió en andas seguido por un gran cortejo, para quedar
instalado en una sala espaciosa donde le harían compañía dignatarios y
sirvientes. La nueva se esparció al momento por la ciudad, dejando a todo el
mundo paralizado. No hubo reacción de ninguna especie. Ahora la versión de
Andrés de Tapia, otro que se halló presente en la captura. La reseña que ofrece
es muy imprecisa; según expone, Cortés, el mismo día de la llegada, luego de
reposar un rato, se anduvo paseando por su aposento y sería él quien
descubriera la pared tapiada que ocultaba el tesoro. Se abrió ésta para ver lo
que ocultaba «e tornose a salir sin llegar a cosa alguna dello. E luego por la
mañana hizo apercibir su gente»; de acuerdo con esta descripción que resulta
poco clara, sería al segundo día cuando se apoderaron de Motecuhzoma. Sostiene
que, antes de entrar en Tenochtitlán, Cortés ya estaba informado de la muerte
de Juan de Escalante, pero que la razón que lo movió a actuar fue el tener
conocimiento de que «quitando una o dos puentes de las por donde habiemos
entrado no pudiésemos escapar las vidas». La acción respondería a una decisión
personal de él, adoptada para conjurar el peligro de quedar aislados. Para
llevar a cabo la captura habría ordenado que su gente de dos en dos, o de
cuatro en cuatro, se fueran aproximando a la puerta, mientras que él entraba
con treinta hombres. Una vez dentro, reprocharía a Motecuhzoma las muertes
ocurridas en Nautla, exigiéndole que lo acompañase, mientras se averiguaba la
verdad de lo ocurrido. Le ofreció que cuidaría de él como un hermano; «e que
esto hago porque si lo disimulase, los que conmigo vienen se enojarían de mí»;
por tanto, actuaba así para no ser desbordado por los suyos, que exigían que
las muertes no quedasen sin castigo. Motecuhzoma se habría negado: «No es
persona la mía para estar presa, y ya que yo lo quisiese, los míos no lo
sufrirían». [266] Pasaron cuatro horas
discutiendo antes de que éste cediera.
Francisco de Aguilar, quien vivió muy de cerca
la prisión de Motecuhzoma, «porque tuve cargo de velarle muchos días», ofrece
otra versión de los hechos. [267] Según este antiguo
soldado metido a fraile, serían los capitanes quienes, al ver lo precario de la
situación en que se encontraban, comenzaron a requerir a Cortés para que lo
aprehendiese. Pasamos a Cervantes de Salazar, y vemos que éste, pese a moverse
en el círculo de antiguos conquistadores, tuvo dificultades cuando trató de
reconstruir los sucesos previos a la captura. Aparte de la información verbal,
contó además con documentos de primera mano, hoy desaparecidos, como son el
manuscrito del franciscano que participó en la conquista, y los memoriales que
le fueron facilitados por Alonso de Ojeda, quien hizo un sumario de los sucesos
de aquellos días. Pero ni así logró esclarecer satisfactoriamente lo ocurrido;
y es así que afirma que los que escribieron memoriales, «difieren entre sí, y
lo que es más, muchos de los conquistadores de quien yo con cuidado me informé
para la verdad de esta historia». [268] Lo único que este
cronista logró poner más o menos en claro, podría resumirse así: al sexto día
de estar en México, Cortés habría recibido la carta (sin poder precisar si el
remitente fue Francisco Álvarez Chico o Pedro de Ircio); en ella se detallaban
las muertes, y es a la luz de ese informe que decide actuar, aunque ya en
Cholula hubiera tenido la primera noticia del suceso. Vio que la única salida
sería apoderarse de Motecuhzoma. El paso siguiente fue llamar a sus capitanes,
para comunicarles su propósito. En la versión de este autor, aparece que el
plan habría sido ampliamente debatido, por lo que se trataría de una iniciativa
colectiva, adoptada luego de sopesarse los pro y los contra. Es probable
que a posteriori, los antiguos conquistadores, deseosos de
compartir honores, hayan dicho que fueron ellos quienes animaron a Cortés a
llevar a cabo el plan. El factor sorpresa resultó decisivo. No hubo capacidad
de reacción. Motecuhzoma lo era todo. Las previsiones de Cortés resultaron
acertadas; con el soberano en su poder era dueño del país.
Finalmente, el testimonio de Cortés, escrito a
sólo once meses de distancia de los sucesos. En primer lugar, éste es muy claro
al señalar que la captura se habría producido al sexto día. Ésta se efectuaría
para estar a salvo de cualquier mudanza que pudiera producirse en el ánimo del
soberano. Al estar cavilando sobre los argumentos que utilizaría para
justificar la captura, recordó que, encontrándose en Cholula, tuvo noticia de
las muertes ocurridas en Almería (Nautla), decidiendo utilizar ese incidente
como pretexto. Se desconoce, puesto que él no lo aclara, si la noticia le
llegaría antes o después de cometida la matanza de Cholula. Si fue este último
el caso, eso ayudaría a comprender los extremos de crueldad con que ésta se
llevó a cabo. Pudo tratarse de un mensaje a Motecuhzoma. Cuando hacía
escarmientos, Cortés era implacable, pero no puede decirse que gustara de
verter sangre innecesariamente. Prosigue diciendo que al sexto día «me fui a
las casas del dicho Mutezuma como otras veces había ido a le ver»; se observa
aquí que emplea el plural al referirse al número de visitas efectuadas a
Motecuhzoma (lo probable es que fuesen a diario), con lo cual opone un
desmentido a esos cuatro días de inactividad que antes señaló Bernal. [269] En cuanto salió del
palacio de Axayácatl, sus hombres fueron discretamente apostándose en las
encrucijadas de las calles para tomar posiciones, mientras él, rodeado de un
grupo selecto, entró a ver a Motecuhzoma, quien estaba por completo ajeno a lo
que se tramaba, pues ya se había habituado a esas visitas. La conversación
daría comienzo en forma distendida; Motecuhzoma obsequió unas joyas de oro y, a
continuación le ofreció a una de sus hijas, así como a hijas de señores para
los capitanes que lo acompañaban. Estaban en esa plática amable, cuando Cortés
bruscamente le dijo que ya estaba enterado de lo acontecido en Nautla, así como
de la circunstancia de que Cuauhpopoca aducía haber actuado de esa manera por
órdenes suyas, ya que no podía ser de otra manera, puesto que era su vasallo.
Por tanto, le solicitó que enviase a traerlo para que pudiera aclararse el
caso. Motecuhzoma manifestó ser ajeno a esas muertes y, despojándose de un
sello de piedra que tenía atado a un brazo, ordenó a unos capitanes que fuesen
en su busca. A éstos los acompañarían Andrés de Tapia, un Valdelamar, «y yo»,
puntualiza Francisco de Aguilar. [270] En cuanto partieron
los comisionados, Cortés le indicó que, mientras traían al responsable y se
aclaraba la verdad, él debería acompañarlo a su alojamiento y permanecer junto
a ellos. No estaría preso, pues desde allí seguiría gobernando y, además,
tendría consigo a todos los mayordomos y personal de servicio para su atención.
Motecuhzoma se negó, pero, pasado un tiempo y después de mucho porfiar,
finalmente accedió. No se trató sólo de la captura del monarca, sino que un
grupo de colaboradores lo acompañó en el nuevo alojamiento. No se dispone de la
nómina de dignatarios que lo acompañaron, pero, por documentos que aparecerán
más adelante, se desprende que constantemente estarían turnándose a su lado
personajes de primera fila, de manera tal que continuaría ejerciendo las
funciones de gobierno igual que antes. La circunstancia de ver a su soberano
hecho prisionero frente a sus narices, debió constituir un trago muy amargo
para las castas dominantes de guerreros y sacerdotes. Cortés concluye diciendo:
«y aún me acuerdo que me ofrecí […] a vuestra alteza que lo habría, preso o
muerto, o súbdito de la corona real de vuestra majestad». Durante la Noche Triste, Cortés, quien era muy cuidadoso con sus archivos,
perdió todas sus escrituras; de allí que por citar de memoria deslice ese: «… y
aún me acuerdo que me ofrecí…». [271] Por su lado, Oviedo
escribe: «En la primera relación que hizo Hernando Cortés a Su Majestad
Cesárea, después que hobo dicho las cibdades e pueblos que tenía conquistados,
dio asimesmo noticia de lo que los naturales le habían dicho en aquella tierra,
de la persona e grand estado de Montezuma […] E aún se ofresció por su letra,
de haber a Montezuma muerto o preso, o subjetarlo a la corona de Su Majestad
Cesárea, e irle a buscar do quiera que estuviese. E con este propósito se
partió de la cibdad de Cempual». [272] No aclara si tuvo
oportunidad de leer la Relación desaparecida, o si parafrasea la Segunda; en todo caso, lo que sale a la luz es que antes
de internarse en el país, Cortés ya tendría concebida la idea de apresar a
Motecuhzoma, y, además, se comprometió a ello por escrito. Eso nos obliga a
releer la carta enviada por el cabildo de la Villa Rica el 10 de julio de 1519;
en ella, ni éste ni su imperio aparecen mencionados, lo cual da la impresión de
que quienes la redactaron, al momento de hacerlo, desconocieran su existencia,
circunstancia que induciría a pensar que ése sería un secreto que Cortés se
reservaba, o si acaso, lo compartiría sólo con sus más íntimos. Pero el asunto
no queda nada claro, pues por una parte, se supondría que todos, o al menos la
mayoría, ya conocerían la procedencia del tesoro que remitían a España, pero,
por otra, si ya sabían acerca de la existencia de Motecuhzoma, ¿por qué lo
callaron? Esa es una pregunta destinada a quedar sin respuesta.
Capítulo 9
Ejecución de Cuauhpopoca
Contenido:
§. El cautivo de palacio
§. Orteguilla, el Paje
§. La supresión de cultos
Motecuhzoma quedó instalado en el palacio de
Axayácatl junto con sus más allegados, mujeres, y servidores, procurándose que
el cambio le resultase lo menos traumático posible, pues el propósito era que
el gobierno continuara funcionando. Y para que no sufriese menoscabo su
autoridad, Cortés ordenó a sus soldados que tuviesen con él las consideraciones
correspondientes a su alto rango; aunque, eso sí, sus movimientos estarían
estrictamente controlados. Una guardia de treinta españoles no lo perdía de vista
ni de día ni de noche. Permanentemente había un guardián situado a tres pasos
de distancia. El primer capitán a quien se asignó su guarda fue Pedro de
Alvarado, luego otros se alternarían en la tarea. En el primer día de
cautiverio, Tenochtitlán durmió tranquila. No se tiene referencia de que
ocurriesen disturbios o de que alguna multitud se congregara a gritar frente al
palacio de Axayácatl. Cervantes de Salazar menciona unos pálidos esfuerzos por
rescatarlo, consistentes en arrojar teas sobre el edificio, con el propósito de
desatar un incendio. Hubo también intentos de perforar boquetes en paredes, por
lo que Cortés dispuso que Rodrigo Álvarez Chico vigilase el frente del edificio
con sesenta hombres, que se turnaban en grupos de veinte, mientras el cuidado
de la parte trasera quedó a cargo de Andrés de Monjarraz con otros
sesenta. [273] Con ello cesaron esos
intentos. Se afirma que, en un momento dado, intentó lanzarse desde la terraza
para caer en brazos de los suyos, pero no se dice cómo se amortiguaría la
caída. La anécdota parece dudosa, pero, si fuera cierta, el caso es que se
trataría de unos esfuerzos a medias, que pronto cesaron. Motecuhzoma pasó a
comportarse como un preso ejemplar.
La vida en Tenochtitlán siguió su curso normal;
al menos, ninguna crónica española o indígena señala lo contrario. Es notable
el silencio que se observa sobre la forma en que los habitantes de la ciudad
acogieron la noticia, y las implicaciones que ésta tendría en las poblaciones
sometidas al dominio mexica. El país siguió funcionando, como si nada hubiera
ocurrido. A los quince o veinte días, según el cómputo de Cortés, ya estaban de
regreso los que fueron en busca de Cuauhpopoca. A éste, por ser persona de
consideración, lo traían en andas; junto a él conducían a su hijo y a otros
quince principales que habían tenido parte en la muerte de los españoles. Al
llegar fueron entregados a Cortés, quien procedió a interrogarlos. En un
principio, Cuauhpopoca se condujo con arrogancia, y en actitud desafiante,
manifestó haber actuado por iniciativa propia. Cortés lo sentenció a morir en
la hoguera lo mismo que a su hijo y a los demás. Al conocer el suplicio que les
aguardaba, todos cambiaron sus declaraciones, diciendo que habían actuado por
instrucciones de Motecuhzoma. Cortés fue a donde éste se encontraba y luego de
decirle que los acusados lo culpaban de ser quien dio la orden, le echó
grilletes. Al verse encadenado quedó anonadado; en cuanto salió Cortés, los
señores que le hacían compañía procuraban introducir tejidos muy suaves por
dentro de los hierros para evitar que le lastimasen la piel. Para llevar a cabo
las ejecuciones, se clavaron en el suelo diecisiete postes, colocando a su
alrededor grandes cantidades de flechas, arcos y macanas que los españoles
habían encontrado en el tlacochalco, una bodega que venía a hacer las veces de armero —«quinientas carretadas»—,
puntualiza Tapia [274] . Con esa leña los
quemarían. Al ser sujetos al poste, todos proclamaron a gritos que actuaron
cumpliendo órdenes de Motecuhzoma. A respetuosa distancia, la multitud
presenciaba en silencio la escena. No se tiene registro de que se hubiese
producido alguna reacción. Bernal habla de que fueron cuatro los ejecutados;
Tapia únicamente menciona a Cuauhpopoca, mientras que Cortés precisa que fueron
diecisiete. [275] Concluido el
suplicio, se dirigió adonde se encontraba Motecuhzoma para retirarle los
grilletes. Éste se encontraba destrozado, abatido por completo. Había perdido
el gusto por la vida. Pero no tardaría mucho en recobrarlo, y muy pronto, por
cierto. A partir de ese momento, daría comienzo una nueva etapa en la vida de
Motecuhzoma, como Jefe de Estado de la Tenochtitlán ocupada.
§. El cautivo de palacio
Motecuhzoma era el solitario de palacio. Llevaba
dieciocho años en el trono y, cada vez, estaba más aislado. La etimología de su
nombre, «señor grave y sañudo», parecía venirle como anillo al dedo. [276] A la muerte de
Ahuizotl, hubo varios aspirantes a la sucesión, pero fue elegido él por ser
quien inspiraba mayor respeto. Provenía de la casta sacerdotal, pero antes
había tenido experiencia en el campo de batalla; o sea, en él confluían los
intereses de las dos castas dominantes. En la nación mexica, el sacerdocio no
necesariamente se ejercía de por vida. Apenas subió al trono, modificó muchas
de las prácticas seguidas por sus predecesores, y aduciendo que los plebeyos no
reunían las calificaciones necesarias, dispuso que, en lo sucesivo, todos los
servidores de palacio deberían provenir de las familias principales; de tal
forma, toda la casta nobiliar quedó concentrada en palacio para servirlo. Se
refugió detrás de un nuevo protocolo, por el que se establecía que nadie podía
entrar en palacio sin antes descalzarse y, así se tratase de personajes de
alcurnia, todos debían cubrir sus vestidos ricos con humildes capas de
henequén. Al entrar en la sala de audiencia debían humillarse; antes de hablar
hacer tres reverencias, y luego, en voz muy baja y sin alzar la vista, deberían
decir a la primera vez, «señor»; a la segunda, «mi señor», y a la tercera,
«gran señor». Nadie se encontraba exento de ese ritual. [277] En los dieciocho años
que llevaba de gobierno, había acumulado tanto poder, que sólo faltaba que se
le rindiese culto como a un dios. Pero no las tenía todas consigo, pues desde
algún tiempo a esa parte, los augurios se mostraban funestos, vaticinando un
final desastroso para su reinado. Diez años atrás había aparecido un gran
cometa, que parecía como una gran llama en el cielo; otro agüero fue el
incendio inexplicable en el templo de Huitizilopochtli, en el que ocurrió que,
entre más agua arrojaban para sofocarlo, con mayor fuerza ardía. En un día de
calma, sin que soplara una brizna de viento, el agua de la laguna se agitó con
gran oleaje, derribando casas que se encontraban en las riberas. Por aquellos
días, se escuchaban por los aires los lamentos de una mujer que decía: « ¡Oh
hijos míos! Ya estamos a punto de perdernos». Otras veces exclamaba: « ¡Oh
hijos míos!», « ¿adónde os llevaré?» Y ocurrió que, unos cazadores o
pescadores, capturaron en sus redes un ave del tamaño, color y aspecto de un
águila, que tenía un espejo en medio de la cabeza. La llevaron ante Motecuhzoma
y, en el espejo, pudo ver gente a caballo y un tropel de hombres armados. Llamó
a los adivinos y astrólogos a quienes mostró el prodigio; estaban
contemplándolo cuando el ave desapareció, quedando todos muy espantados. [278] Como sacerdote que
era, Motecuhzoma sabía que eso no presagiaba nada bueno. ¿Cómo era Motecuhzoma?
Cortés no se ocupó de ofrecernos su retrato; se dispone únicamente de dos
descripciones válidas de aquellos que tuvieron trato frecuente con él. La primera
proviene de Bernal, quien dice que era de unos cuarenta años. Por tanto, si
entonces llevaba dieciocho en el poder, debió acceder muy joven al trono,
cuando apenas andaría por los veintidós. Continúa diciendo que era «de buena
estatura y bien proporcionado, y cenceño, y pocas carnes, y el color ni muy
moreno, sino propio color y matiz de indio, y traía los cabellos no muy largos,
sino cuanto le cubrían las orejas, y pocas barbas, prietas y bien puestas y
ralas, y rostro algo largo y alegre, y mostraba en el mirar, por un cabo amor y
cuando era menester gravedad». [279] El antiguo
conquistador, fray Francisco de Aguilar, a quien tantas noches le correspondió
vigilarlo, complementa el retrato diciendo: «de mediana estatura, delicado en
el cuerpo, la cabeza grande y las narices algo retornadas, crespo, asaz astuto,
sagaz y prudente, sabio, experto, áspero, en el hablar muy determinado». [280] Chato y cabezón. Y
eso es todo; los demás datos que circulan proceden de personas que hablan de
oídas. El padre Durán cuenta en su crónica que, en una ocasión, pidió a un
indio que le describiese cómo era Motecuhzoma, a lo que éste repuso que no podría
decírselo, porque nunca osó mirarle a la cara, pues si se atreviera, «también
muriera». [281]
Una de las primeras provisiones de Cortés fue la
abolición de los sacrificios humanos; «y en todo el tiempo que yo estuve en la
dicha ciudad, nunca se vio matar ni sacrificar criatura alguna», escribió al
Emperador. [282] Evidentemente, eso no
es del todo exacto, pues como se verá más adelante, todavía se continuaría
sacrificando, aunque a ocultas y en escala restringida. Esa práctica iría
despareciendo de manera gradual, aunque no deja de llamar la atención cómo la
casta sacerdotal pudo soportar una prohibición que vino a significar el
comienzo de la abolición de cultos, dado que los sacrificios ocupaban el lugar
central de la religión mexica. Lo que siguió fue un periodo que duraría algo
más de seis meses, en el que la estrecha convivencia inevitablemente
propiciaría que, en la clase dirigente, comenzase a permear la nueva
civilización. La transculturación de algunos miembros de la élite. Los
inevitables «colaboracionistas». Hombres que captaron que la era de Huitzilopochtli
tocaba a su fin y que estaban frente a un tiempo nuevo. Esta circunstancia, que
suele pasarse de largo, se hará patente cuando vengan los sucesos de la Noche Triste. En el orden práctico, hubo unos avances que,
enseguida, fueron asimilados por el pueblo llano, como sería el caso de la
rueda. Bernal y Gómara nos ofrecen el dato curioso de que los indios se
sintieron muy cohibidos al ver que, disponiendo de cera y algodón, nunca se les
hubiera ocurrido cómo hacer velas. [283] El uso de ellas
traería cambios en la vida diaria, pues se podrían prolongar los momentos de
actividad social en horas de oscuridad. Las teas empleadas con anterioridad
eran de una duración efímera. Además, algo novedoso fue advertir que, en lugar de
frotar durante mucho tiempo dos maderos para producir el fuego, los recién
llegados lo obtenían de un solo golpe, dando al pedernal con un hierro. Un
avance inmenso. Pero claro, aquello estaba fuera de sus alcances, porque no
manejaban el hierro.
La temprana muerte de Juan de Escalante debió
constituir una pérdida sensible para Cortés, pues todos los indicios apuntan a
que, aparte de la amistad existente entre ambos, era una de las figuras más
destacadas del ejército. El hecho de que le haya confiado el mando de la Villa
Rica, parece indicar que en esos momentos era para él su más confiable
lugarteniente. Para ocupar su puesto designó a Alonso de Grado, uno de los
individuos connotados del ejército, pero cuyas dotes no sobresalían
precisamente en el campo de batalla. Bernal lo pinta como hombre de buen nivel
cultural, hábil para negocios, de buena presencia, simpático y de amena
conversación, quien, además de escribano, era músico. Es probable que Cortés lo
haya designado para el puesto sólo por quitárselo de encima, por tratarse de
una de las cabezas visibles de la facción velazquista; y si no era el
principal, sí uno de los que más revolvían el campo. En los días aciagos de
combates contra los tlaxcaltecas, fue él quien agitó al ejército, proponiendo
la retirada a la costa. Su nombramiento fue sólo en calidad de teniente, por lo
que solicitó a Cortés que, asimismo, le diese la vara de alguacil mayor, tal
como tenía Escalante; pero éste rehusó, diciéndole que ya la había otorgado a
Gonzalo de Sandoval. Bernal refiere que, al momento de comunicarle el
nombramiento, en tono irónico, le expuso que allí veía cumplidos sus deseos de
regresar a la Villa Rica, recomendándole que no corriese riesgos innecesarios
aventurándose en alguna entrada que pudiese costarle la vida, como le ocurrió a
Escalante. Eso lo decía con aire burlón, guiñando un ojo a los soldados, pues
era sabido que no lo haría ni aunque se lo mandasen. [284] Llevó el encargo de
cuidar que no se deteriorase el trato con los aliados totonacas y de concluir
la construcción de la fortaleza. La designación de Alonso de Grado para ese
puesto, muy pronto demostró ser una equivocación, pues llegado a su destino,
sólo se ocupó del juego, de buen comer y de tratar de sacar oro a los indios,
desentendiéndose de la construcción de la fortaleza. Y en lo que anduvo muy
activo fue en preparar un clima favorable para pasarse a Velázquez, en el caso
de que apareciese por allí alguna nave enviada por éste. Cortés no tardó mucho
en enterarse de esas andanzas, y mandó traerlo preso a México. En su lugar
envió a Gonzalo de Sandoval, nombramiento que probaría ser de lo más acertado,
pues, de no haberse hallado éste al mando al momento de la llegada de Narváez,
muy distinto pudo haber sido el desenlace. Alonso de Grado estuvo preso en el
cepo durante dos días (Bernal agrega el dato anecdótico de que la madera de
éste olía a ajos y cebollas), al cabo de los cuales, como era hombre de muchos
recursos, logró que Cortés le levantase el castigo. Poco más adelante,
recibiría la contaduría que tenía a su cargo Alonso de Ávila, cuando quedó
vacante al marchar éste como procurador a Santo Domingo.
§. Orteguilla, el Paje
A partir del momento en que Motecuhzoma fue
detenido, se le asignó a Juan Ortega como paje, de ahí el apelativo con el que
este niño entra en la historia: Orteguilla el Paje. Pronto aprendió el idioma y
Motecuhzoma, quien siempre quería tenerlo a su lado, se valía de él para informarse
de todo. En un santiamén se convirtió en sus ojos y oídos para enterarse de
todo lo que ocurría entre los soldados españoles. Venía a ser un poco la
contraparte de Aguilar y Malintzin. Funcionaba en los dos sentidos, pues
también daba cuenta a Cortés de los asuntos que los caciques habían tratado en
el día. Bernal refiere que llegó a hacerse indispensable para Motecuhzoma.
Aparte del afecto que llegó a profesarle, le consultaba algunas cosas. Debió de
haber sido un chico muy despierto.
La rutina diaria consistía en que, después del
rezo matinal (hubo momentos en que no pudo oficiarse la misa por haberse
agotado el vino), Cortés y sus capitanes pasaban a saludar a Motecuhzoma —«a
tenerle palacio»—, como escribe Bernal. Comienza entonces un proceso de
confraternización entre cautivo y captores. El «síndrome de Estocolmo», se
diría hoy día. Había una serie de cortesías y se guardaban las formas,
preguntándosele al rehén qué era lo que mandaba. Uno de sus esparcimientos era
un juego al que Bernal denomina el totoloque, que se jugaba arrojando unos tejos. A Motecuhzoma le
llevaba la cuenta un sobrino, y Pedro de Alvarado a Cortés, quien procuraba
marcar más tantos a su jefe. A Motecuhzoma le divertía ver las trampas y reía
mucho. Decía que hacía mucho ixoxol. [285] Y todo terminaba
entre bromas y risas; si Cortés era el ganador, daba las joyas a sobrinos y
privados de Motecuhzoma; y si había sido éste, como gran señor, distribuía sus
ganancias entre los soldados de la guardia.
Había un soldado al que pronto Motecuhzoma cobró
un afecto muy especial. Se apellidaba Peña y era un individuo muy simpático.
Cervantes de Salazar recoge algunas anécdotas. Dice que, en broma, Motecuhzoma
gustaba de tomarlo por sorpresa quitándole el capacete que arrojaba desde la
azotea. Le divertía mucho ver los andares de Peña cuando iba escaleras abajo a
buscarlo. Se cuenta que en una ocasión, unos soldados, entre los que éste se
encontraba, al advertir que unos indios de servicio entraban a un almacén a
robar panes de liquidámbar, se unieron al saqueo. Ese bálsamo, de propiedades
medicinales, era usado como ungüento para mitigar dolores, y en el mercado se
vendía a buen precio. En cuanto Cortés lo supo, mandó detenerlos. Llevaban dos
días presos y Motecuhzoma, al extrañar su ausencia y enterarse de lo sucedido,
pidió a Cortés que lo soltase. Quedaron todos libres y, en lo sucesivo, Peña ya
no se apartaría de su lado. Sería su gran amigo, el único de que se tenga
noticia. Cervantes de Salazar apunta: «amó muy de veras a éste». [286] Al dar comienzo las
alteraciones que condujeron a la Noche Triste, Peña se contará entre los primeros españoles que mueran a manos de los
indios.
Bernal cuenta que, valiéndose de Orteguilla como
traductor, fray Bartolomé de Olmedo procuraba indoctrinar a Motecuhzoma, quien
habría abandonado su cerrazón inicial, «pues parecía que le entraban algunas
razones en el corazón, pues las escuchaba con atención mejor que al
principio». [287] Pero el progreso era
lento y Cortés tenía prisa; para él la cuestión religiosa resultaba
fundamental. Asunto de vida o muerte. En este aspecto era un producto de su
tiempo; por aquellos días (aunque él lo ignoraba) Lutero iniciaba la prédica
que vendría a encender la hoguera que incendiaría media Europa. En Cempoala,
Tlaxcala y Cholula la acción directa había funcionado; pero en Tenochtitlán se
perdía el tiempo aguardando a la conversión del soberano, con la idea de que
sería seguida por la del pueblo en masa. En eso se anticipaba a los príncipes
alemanes, quienes solventarían la cuestión religiosa de manera tajante, con la
fórmula: cuius regio, eius religio. Los súbditos deberían
seguir la religión del gobernante. Esa era la receta aplicada por Cortés; su
conquista nada tendría en común con la seguida años más tarde por los ingleses
en la India, que se limitaron a imponer una administración, pero sin tocar las
raíces de la nación. Cuando se fueron, la India ancestral seguía en pie. Cortés
no sólo quería gobernantes dóciles, buscaba un cambio radical en mentalidad y
conciencias. Entendía que la vida de los pueblos indígenas giraba en torno a la
religión, por ello su intransigencia. Deberían convertirse y, para la
conversión, sus métodos no diferían mucho de los seguidos por Cisneros en
Granada, arrojando a la hoguera a cuanto Corán echó mano. Por tanto, no resulta
extraño que su paso siguiente fuese contra los ídolos. Optó por la acción
directa, echándolos a rodar gradas abajo.
Existe discrepancia en la forma en que se narra
la secuencia de los hechos, por lo que se hace necesario ir a los testigos
presenciales. Este suceso tan importante, Bernal lo trata en su libro de forma
ambigua; en cambio, hace referencia a una ocasión (seguramente a comienzos de
su cautiverio) en que Motecuhzoma fue autorizado a ir al Templo Mayor a hacer
sus devociones. Se le condujo bajo fuerte escolta, y cuando llegó frente a
Huitzilopochtli, ya le tenían a cuatro sacrificados desde la noche anterior. «Y
después que hubo hecho sus sacrificios, porque no tardó mucho en hacerlos, nos
volvimos con él a nuestros aposentos, y estaba muy alegre, y a los soldados que
con él fuimos luego nos hizo merced de joyas de oro». [288] Más adelante, refiere
el paso siguiente de manera distinta a como lo hacen los otros cronistas; según
ello, Cortés, resuelto a abreviar el proceso, se habría presentado ante
Motecuhzoma acompañado de sus capitanes, solicitándole licencia para retirar
los ídolos. La demanda obedecía sólo al deseo de evitar derramamiento de
sangre, pues si los sacerdotes que los tenían a su cuidado se oponían, sería
inevitable que hubiese algunas muertes. Lo del retiro era ya decisión tomada.
Motecuhzoma se opuso, y como manera de buscar una salida, Cortés le habría
sugerido que, para aplacar a sus capitanes y no llevar a cabo el derribo,
convendría que convenciese a los sacerdotes para que vaciaran una de las
casetas en lo alto del «Gran Cú», con objeto de colocar en ella la Cruz y una
imagen de la Virgen. A la postre, Motecuhzoma accedió. Una fórmula de
compromiso. Se habría instalado un altar y fray Bartolomé de Olmedo celebró
allí una misa cantada, asistido por el padre Juan Díaz y varios soldados. Según
esto, en lo alto del Templo Mayor, en un momento dado, coexistirían ambos
cultos. Un centro biconfesional. [289] La versión se presta
a muy serias dudas; resulta difícil aceptar que un hombre como Cortés, con
mentalidad de cruzado, pudiese admitir un trato así: colocar un cuadro de la
Virgen pared de por medio con Huitzilopochtli y Tláloc. Tapia, otro de los tres
testigos presenciales que dejaron constancia escrita, dirá algo muy distinto;
en su relato señala que, caminaba un día por el patio del coatepantli, cuando Cortés le ordenó: «Subid a esa torre, e
mirad que hay en ella». Llegó arriba («ciento trece gradas», apunta), y
encontró frente a la entrada una manta de cáñamo, de muchos dobleces, en la
cual había numerosos cascabeles y campanitas, que sonaron en cuanto entró;
llamó a Cortés, quien subió acompañado de un grupo de ocho o diez españoles, y
como el lugar se encontraba en la penumbra, arrancaron la manta con las
espadas. Al aclararse el recinto, pudieron distinguir a los ídolos con
claridad. Estos tenían mucha sangre en la boca y en el cuerpo «de gordor de
tres dedos», y mucha pedrería. Ésa es la descripción de uno que estuvo cara a
cara con Huitzilopochtli. Cortés envió a decir con un español que trajesen a
Motecuhzoma fuertemente custodiado, y mientras aguardaba, llegó un momento en
que, impacientándose, no se pudo contener, y volviéndose a los sacerdotes exclamó:
«Mucho me holgaré yo de pelear por mi Dios contra vuestros dioses». Tomó una
barra de hierro y comenzó a arremeter contra Huitzilopochtli. Se encontraba tan
poseído, que este testigo asevera que se alzaba por los aires; «yo prometo mi
fe de gentilhombre, e juro por Dios que es verdad que me parece agora que el
marqués saltaba sobrenatural, e se abalanzaba tomando la barra por en medio a
dar en lo más alto del ídolo, e así le quitó las máscaras de oro con la barra».
(Uno de los tantos hechos portentosos que se narran y que Motolinia repetirá).
Trajeron a Motecuhzoma. Discutieron. Y como éste viera que la suya era una
causa perdida, se limitó a rogar que se les entregasen los ídolos, los cuales
fueron bajados con sumo cuidado. Se procedió a lavar y encalar las paredes y,
acto seguido, como a Cortés le pareciera que faltaba espacio, se demolió una
pared, encontrándose un recinto donde aparte de unos objetos de culto «hubo
algún oro en una sepultura que encima de la torre estaba». Quedaron, por tanto,
dos capillas; en una se colocó «la imagen de Nuestra Señora en un retablico de
tabla, e en otro la de Sant Cristóbal, porque no habie entonces otras imágenes;
e dende en adelante se dicie [decía] allí misa». [290] El Templo Mayor
convertido en iglesia cristiana, de la misma manera en que una vez lo estuvo el
Partenón, durante la ocupación catalana. Cortés, quien lo primero que vería
cada mañana al levantarse sería la mole del Templo Mayor, que tenía casi enfrente,
al referirse a las casetas que se hallaban en la plataforma superior dice: «Hay
tres salas dentro de esta gran mezquita». Ello va en contra de las
representaciones actuales, en las que sólo figuran dos; una dedicada a
Huitzilopochtli y la otra a Tláloc. Cierto que los autores que vinieron luego
dijeron que eran dos, pero ellos escribieron algunos años más tarde, mientras
Cortés lo hacía a tres meses de distancia. Y otra de las cosas que apunta, es
que «estas torres son enterramiento de señores». (Esto es algo que la
arqueología moderna no termina de suscribir, aunque sin explicar las causas del
rechazo.) Señala a continuación: «los más principales de estos ídolos, y en
quien ellos más fe y creencia tenían, derroqué de sus sillas y los hice echar
por las escaleras abajo e hice limpiar aquellas capillas donde los tenían,
porque todas estaban llenas de sangre que sacrifican, y puse en ellas imágenes
de Nuestra Señora y otros santos». Motecuhzoma y algunos principales habrían
asistido a la escena «con alegre semblante». [291] Esto sí va en
consonancia con la forma de actuar de Cortés, aunque resulte difícil aceptar
que no se produjeran sobresaltos por ello. La Virgen y la Cruz quedaron
entronizadas en lo alto de la pirámide, sin compartir el sitio como lugar de
culto (aunque resulte difícil de admitir eso de «con alegre semblante»).
Las descripciones que tanto Bernal como Tapia
hacen de Huitzilopochtli y Tezcatlipoca son pobres, pero ocurre que son las
únicas disponibles de testigos autorizados, por haberlos visto cara a cara. Las
que se manejan corrientemente son versiones un tanto idealizadas, provenientes
de autores que hablan de oídas, y que escribieron unos veinte o treinta años
más tarde, por lo que está por verse qué tanto apego puedan tener con la
realidad; es por ello que nos asomamos a la descripción que hace Bernal, que
aunque burda, intenta trasmitir lo que vio: «… y en cada altar estaban dos
bultos, como de gigantes, de muy altos cuerpos y muy gordos, y el primero que
estaba a mano derecha, decían que era el Uichilobos, su dios de la guerra, y
tenía la cara y rostro muy ancho y los ojos disformes y espantables; en todo el
cuerpo tanta de la pedrería y oro y perlas y aljófar pegado con engrudo, que
hacen en esta tierra de unas como raíces, que todo el cuerpo y cabeza estaba
lleno de ello, y ceñido el cuerpo unas a manera de grandes culebras hechas de
oro y pedrería, y en una mano tenía un arco y en otra unas flechas». Pasa luego
a ocuparse de Tezcatlipoca, al que describe como «del altor de Uichilobos, y
tenía un rostro como de oso, y unos ojos que le relumbraban, hechos de sus
espejos, que se dice tezcal, y el cuerpo con ricas piedras pegadas según y de
la manera del otro su Uichilobos, porque, según decían, entrambos eran
hermanos, y este Tezcatepuca era el dios de los infiernos, y tenía a cargo de
las ánimas de los mexicanos, y tenía ceñido el cuerpo con unas figuras como
diablillos chicos y las colas de ellos como sierpes, y tenía en las paredes
tantas costras de sangre y el suelo todo bañado de ello, como en los mataderos
de Castilla no había tanto hedor». [292] Aparece claro que
Bernal, aquí, por obra del tiempo, se confunde y sitúa a Huitzilopochtli y
Tezcatlipoca en un mismo templo. Antes de cerrar este capítulo, conviene
destacar que este autor es otro en afirmar que los templos del recinto
ceremonial eran tumbas, «pasemos adelante del patio, y vamos a otro cú donde era enterramiento de grandes señores mexicanos, que también
tenía muchos ídolos». [293] Es conveniente
recordar que nunca se encontraron las tumbas de los reyes de México. Y otra
cosa; de acuerdo con la versión de los conquistadores, el templo más alto que
encontraron fue el de Quetzalcóatl en Cholula, sin que precisaran cuántas gradas
tenía; a continuación, seguía el de Tlatelolco con ciento catorce, mientras que
el de Tenochtitlán tenía ciento trece, como apunta Tapia, quien las subió una a
una.
§. La supresión de cultos
La praxis religiosa del pueblo mexica descansaba en los
sacrificios humanos. Una peculiar visión los hacía sentir la necesidad de
alimentar al cosmos. El sol perdería su fuerza si al romper el alba no recibía
la sangre de los primeros sacrificados del día, ya que ésta era la fuerza vital
que movía el universo. Esa concepción se difundiría más tarde por todos los
ámbitos adonde llegó su influencia. La vida en Tenochtitlán daba comienzo al
alba con los sacrificios diarios, tanto en el Templo Mayor, como en el de
Tlatelolco. No se dispone de cifras, pero por algunos datos aislados, puede
asumirse, con un relativo grado de certeza, que en días normales serían unos
pocos los sacrificados en cada templo; en cambio, en las grandes solemnidades,
el número aumentaba considerablemente. Eso, en cuanto a los que morían en lo
alto de las pirámides, ya que, en forma paralela, también a diario se mataba en
otros lugares. Los destinados al sacrificio eran esclavos y cautivos apresados
en las guerras. De estos últimos, salvo alguna rarísima excepción, todos
acababan en el tajo de la piedra de sacrificios. En cuanto a los primeros, no
necesariamente estaban destinados al sacrificio; esto dependería de su
conducta. En Tenochtitlán los esclavos se movían libremente, sujetos por
cadenas invisibles; el que intentaba huir era apaleado, y los irreductibles
corrían el riesgo de ser vendidos en un mercado donde se proveían los
comerciantes y artesanos, quienes por no poder hacer cautivos en las guerras,
cada vez que querían organizar un festín, acudían allí a comprarlos. Un esclavo
que supiese bailar bien se cotizaba en cuarenta mantas. [294] Resulta un enigma el
por qué esa especie de plusvalía, que recaía sobre un hombre que, en la mayor
parte de los casos, era comprado para ser sacrificado y comido a continuación.
Acerca de ese comercio, se lee: «Había una feria ordinaria donde se vendían y
compraban esclavos, hombres y mujeres en un pueblo que se llama Azcapotzalco
que es dos leguas de México. Allí los iban a escoger entre muchos, y los que
compraban miraban muy bien que el esclavo o esclava no tuviese alguna
enfermedad o fealdad en el cuerpo. A estos esclavos, hombres y mujeres, después
que los compraban criábanlos con mucho regalo y vestiánlos muy bien; dábanlos a
comer y beber abundantemente y bañábanlos en agua caliente, de manera que los
engordaban porque los habían de comer y ofrecer a su dios». [295] Sobre el sacrificado,
en Alvarado Tezozomoc se lee que, una vez muerto, dejaban caer el cuerpo gradas
abajo, «de donde le alzaban los que lo habían ofrecido, que eran los mercaderes
cuya fiesta era, y llevábanlo a la casa del más principal y allí lo hacían
guisar en diferentes manjares para celebrar en amaneciendo el banquete». [296] Los informantes de
fray Bernardino de Sahagún describen así el acto ritual del sacrificio: «Cuando
llevaban los señores de los cautivos a sus esclavos al templo, donde los habían
de matar, llevábanlos por los cabellos; y cuando los subían por las gradas del
cú, algunos de los cautivos desmayaban, y sus dueños los subían arrastrando por
los cabellos hasta el tajón donde habían de morir. Llegándolos al tajón que era
una piedra de tres palmos en alto o poco más, y dos de ancho, o casi,
echábanlos sobre ella de espaldas y tomábanlos cinco: dos por las piernas y dos
por los brazos y uno por la cabeza, y venía luego el sacerdote que le había de
matar y dábale con ambas manos, con una piedra de pedernal, hecha a manera de
hierro de lanzón, por los pechos, y por el agujero que hacía metía la mano y
arrancábale el corazón, y luego le ofrecía al sol; echábanle en una jícara.
Después de haberles sacado el corazón, y después de haber echado la sangre en
una jícara, la cual recibía el señor del mismo muerto, echaban el cuerpo a
rodar por las gradas abajo del cú, e iba a parar a una placeta, abajo; de allí
le tomaban unos viejos que llamaban quaquacuíltin y le llevaban a su calpul donde le despedazaban y le repartían
para comer. Antes de que hiciesen pedazos a los cautivos los desollaban, y
otros vestían sus pellejos y escaramuzaban con ellos con otros mancebos». [297] La antropofagia es un
capítulo que muchos autores prefieren pasar por alto; pero no se puede andar a
vueltas con la Historia. El testimonio es unánime, tanto de fuentes españolas
como indígenas. No se trataba de una antropofagia ritual, sino de un canibalismo
que podría etiquetarse de gastronómico, y que se encuentra perfectamente
documentado. Motolinia escribe «aparejaban aquella carne humana con otras
comidas, y otro día hacían fiesta y le comían». [298] El padre Durán, quien
al decir «nosotros» se refería a los indios, razón por la que durante algún
tiempo se pensó que también él lo era, ofrece numerosas pruebas de ello:
«después de muertos, y echados abajo, los alcanzaban los dueños, por cuya mano
habían sido presos y se los llevaban y repartían entre sí y se los comían
celebrando la solemnidad con ellos». [299] Este mismo escribe
que cuando el sacrificado era un prisionero de guerra, y eran varios los que
habían intervenido en su captura, la carne se distribuía «según el número de
los que habían sido en prenderle, que no habían de pasar de cuatro, y así, si
eran tres los prendedores entre tres se lo repartían, y si eran cuatro, entre
cuatro se repartía». [300]
El padre Las Casas, quien como ferviente defensor
del indio se encuentra por encima de toda sospecha, cuenta: «Los cuerpos
después de los sacrificados echábanlos de las gradas abajo, y de allí los
ministros los llevaban a las cocinas, donde los hacían pedazos, y a la mañana y
a la hora de comer enviábanse a los señores y personas principales buenos
presentes, y a los demás que según su reputación los merecían». [301] Sahagún refiere que,
aquel que había apresado al cautivo, no comía de su carne; «empero comía de la
carne de otros cautivos». [302] Es en su libro, donde
se encuentran las dos únicas descripciones de cómo se preparaban platillos a
base de carne humana; «y después de muertos, luego los hacían pedazos y los
cocían en esta misma casa; echaban en las ollas flores de calabaza; después de
cocidos comíanlos los señores; la gente popular no comía de ellos»; [303] otra cita más
explícita consigna: «llevaban los cuerpos al calpulco, adonde el dueño del
cautivo había hecho su voto o prometimiento; allí le dividían y enviaban a
Moteccuzoma [sic] un muslo para que comiese, y lo demás lo repartían por los
otros principales o parientes; íbanlo a comer a la casa del que cautivó al
muerto. Cocían aquella carne con maíz y daban a cada uno un pedazo de aquella
carne en una escudilla o cajete, con su caldo y su maíz cocido, y llamaban
aquella comida tlacatlaolli». [304] Por la descripción
parecería tratarse de un platillo antecesor del pozole.
Y dado que buena parte de las descripciones más
crudas que se han visto, así como otras igualmente estrujantes que se
encontrarán más abajo, están sacadas del libro de Sahagún, será bueno detenerse
a examinar qué tanto crédito debemos dar a éste. Por principio de cuentas, hay
que señalar que, sin lugar a dudas, su obra es una de las más relevantes del
Renacimiento en todo el mundo. Un libro fundamental para la antropología de
todos los tiempos. El franciscano fray Bernardino de Sahagún escribió su Historia general de las cosas de la Nueva España por mandato de sus
superiores, quienes estimaron que no debería perderse la memoria del pasado
indígena. Para dar cumplimiento a lo ordenado, fray Bernardino hizo que sus
ayudantes y discípulos interrogaran a cuatro hombres «sabios», a quienes en sus
mocedades les tocó vivir en Tenochtitlán, para que dijesen todo lo que
recordaban de la época prehispánica. Esto ocurría unos veinte o veinticinco
años después de la caída de la ciudad. Eso se sabe debido a que al final del
Libro Sexto, figura una anotación que dice: «Fue traducido en lengua española
[…] después de treinta años que se escribió en lengua mexicana, en el año de
1577». [305] Eso conduce a 1547.
Se trata, por tanto, de una obra indígena, escrita en náhuatl clásico, que
constituye una verdadera enciclopedia. El libro incursiona en todos los
aspectos de la vida diaria y en todas las artes y ciencias; lo mismo trata de
medicina, ciencias naturales, literatura, costumbres, religión, festividades,
etc.; en fin, ahí está compendiada una cultura. Es cierto que también otros
misioneros dejaron apuntes muy valiosos, pero ninguno profundizó en la medida
que lo hizo fray Bernardino, al grado que puede decirse que su obra es la que
rescata el pasado indígena de la manera más completa. En el presente libro se
escribe Motecuhzoma, en lugar de la forma
moderna de Moctezuma; ¿la razón? Porque en
la Historia de fray Bernardino así aparece escrito. Y eso
lo escribieron, precisamente, amanuenses que manejaban el náhuatl clásico. De
la misma forma, nunca se emplea la voz azteca,
utilizándose en su lugar el vocablo mexica, que es
como se llamaron a sí mismos los antiguos mexicanos. Cuauhtémoc, Motecuhzoma y
su pueblo entero, murieron ignorando que un día serían conocidos como aztecas. El término aparece empleado, por primera vez, por
Alvarado Tezozomoc, a finales del siglo dieciséis, pero al parecer no hizo
fortuna en ese momento; de la misma manera, fray Antonio Tello, a mediados del
siglo diecisiete, lo utilizó en su Crónica miscelánea, pero tampoco trascendió, por tratarse de una obra de escasa difusión;
todavía a finales del dieciocho, el insigne Francisco Javier Clavijero lo
emplea sólo en contadísimas ocasiones, prefiriendo el de mexicanos; por tanto, es al historiador norteamericano
William H. Prescott a quien corresponde el crédito de haber propalado por el
mundo el vocablo azteca, el cual fue de aceptación
generalizada pues estaba bien elegido (hombres procedentes de un lugar llamado
Aztlán).
Las mujeres no estaban exentas del sacrificio,
al igual que los niños, a los cuales se daba muerte durante el mes atlcahualo, en el cual tenían lugar las solemnidades de los
dioses del agua o de la lluvia, llamados Tlaloque. Llevaban a matar a los niños
en los lugares conocidos como Tepetzinco, Tepepulco, Pantitlan, Quauhtépetl e
Ioaltécatl; «gran cantidad de niños mataban en estos lugares; [y] después de
muertos los cocían y comían». [306] En Alvarado
Tezozómoc, al hablar del tzompantli, se lee: «Eran estas cabezas de los que
sacrificaban, porque después de muertos y comida la carne, traían la calavera y
entregábanla a los ministros del templo, y ellos la ensartaban allí». [307]
Un habitante de Tenochtitlán, al desplazarse por
la ciudad, topaba a cada paso con la muerte. Hacia donde volviese la mirada la
encontraba; si se situaba frente a los tzomplantli, eran hileras de calaveras que lo observaban con sus
órbitas vacías, y prácticamente, por donde quiera que se moviera, encontraría
algún tipo de sacrificio. Si bien las muertes en lo alto de la plataforma del
templo sólo eran presenciadas por aquellos que intervenían en ellas, en cambio,
había otras que servían como diversión. Estaba en primer término el sacrificio
gladiatorio (algo a semejanza del Coliseo romano), en el que al cautivo, que
siempre era un guerrero, se le sujetaba con una cuerda a un tobillo sobre la
piedra ceremonial. Como armas se le entregaban un escudo y un palo delgado que
en lugar de tener insertadas piedras afiladas como las macanas, se encontraba
adornado con plumas. Contra él acudían a medirse cuatro jóvenes, estos sí,
provistos de macanas que cortaban muy bien. El desenlace era de suponerse; sin
embargo, se daban casos de algunos cautivos que conseguían esquivar muchos
golpes y daban espectáculo. Otros, sabiéndose sin salvación, se dejaban golpear
sin oponer resistencia. Los desollados siempre eran motivo de jolgorio, pues
unos jóvenes llamados tototecti,
vestían los pellejos e iban danzando por las calles y el mercado. [308] En otra parte, los
señores de los esclavos recién muertos, junto con los sacerdotes, iniciaban una
danza acompañada de cánticos, mientras sujetaban por los cabellos las cabezas
de los muertos. El festejo se llamaba motzontecomaitotía. [309] Durante las
festividades en honra de Xiuhtecutli, el dios del fuego, tenían una forma
especial de matar, de acuerdo con la ocasión. Preparaban en círculo un lecho de
brasas, y al desventurado que iban a sacrificar lo traían atado de brazos y
pies. Luego, entre dos, lo arrojaban al fuego: «adonde caía se hacía un grande
hoyo en el fuego, porque todo era brasa y rescoldo, y allí en el fuego
comenzaba a dar vuelcos y a hacer bascas el triste del cautivo; comenzaba a
rechinar el cuerpo como cuando asan algún animal…». En los estertores de la
agonía lo sacaban con unas pértigas para extraerle el corazón antes de que
muriese. [310] Con un criterio
simplista, Cortés atribuyó la antropofagia a falta de ganado y, como remedio,
propuso la introducción del puerco, lo cual se hizo enseguida, con el resultado
de que a los pocos años eran tantos los que andaban sueltos por las calles de
México, que en las actas de las reuniones del cabildo invariablemente se trata
el tema y se anuncian multas para quienes no mantengan encerrados a sus
animales. [Por demás señalar que la antropofagia no ha sido una práctica
exclusiva de las sociedades mesoamericanas; numerosos pueblos pasaron por esa
fase, desde Atapuerca hasta nuestros días. Un nieto de Rockefeller, con toda
probabilidad, terminó comido por caníbales en Nueva Guinea. Y todavía está
fresca la memoria del avión siniestrado en los Andes, en el cual sus ocupantes
sobrevivieron comiéndose a los compañeros muertos.]
Capítulo 10
La casa real texcocana
Contenido:
§. Vasallaje a Carlos V
§. Motecuhzoma, el colaboracionista
El año 6 tecpatl (seis
navajas, correspondiente a 1472), a los setenta y dos años de edad, y cuarenta
y dos de sentarse en el trono, murió Nezahualcóyotl. Concluía así el que quizá
haya sido el reinado más esplendoroso del mundo indígena. Se trató de un
monarca que, además de guerrero valeroso, destacó como legislador, filósofo,
poeta y gran constructor. Fue dado a las mujeres, y engendró ciento diecisiete
hijos. Lo sucedió en el trono Nezahualpilli, quien sobrepasó a su padre: reinó
cuarenta y cuatro años, y engendró ciento cuarenta y cinco hijos. Murió sin
designar sucesor, y allí es cuando da comienzo la inestabilidad política en el
reino texcocano. [311]
Texcoco, junto con Tenochtitlán y Tacuba, hacía
parte de la triple alianza que señoreaba sobre los pueblos de Anáhuac, de allí
que la sucesión texcocana era algo que interesaba a los gobernantes de las
otras dos partes, en especial a Motecuhzoma, que con mucho, era el más poderoso
y, a la vez, tío de los príncipes en disputa. Optó éste por Cacama, que era el
primogénito entre los hijos legítimos, con cuya designación se inconformó
Ixtlilxóchitl, quien consideró que éste sería un dócil instrumento en manos del
tío, «como cera blanda», dijo. Secundado por algunos de sus hermanos, este
príncipe texcocano se alzó en armas. Ello ocurría allá por 1517, el mismo año
en que Hernández de Córdoba asomó por costas yucatecas.
Al no poder apoderarse de Texcoco, Ixtlilxóchitl
se retiró con sus seguidores a Otumba, la cual tomó. A continuación se apoderó
de Huehuetoca y continuó incursionando por los confines del reino, sustrayendo
poblaciones al dominio de Cacama. Mediaron algunos nobles que tenían
ascendiente sobre los hermanos, y de esa manera se llegó a una tregua. Cacama
sería reconocido como rey de las poblaciones de la llanura, mientras que
Ixtlilxóchitl lo sería de las tierras altas, situadas en el confín norte del
señorío, y sin mantener ninguna liga con Tenochtitlán. La unidad del reino de
Acolhuacan se encontraba rota. Esa era la situación a la llegada de los
españoles.
Los días pasaban y, en apariencia, la tierra
estaba tranquila. Pero la reacción no tardaría en levantar cabeza. Cacama, el
señor de Texcoco, al ver que su tío no daba muestras de querer sacudirse a esos
huéspedes molestos, optó por regresarse a sus dominios y allí comenzó a
conspirar. Aspiraba a ser el nuevo gobernante de Tenochtitlán; para ello,
convocó a los señores de Coyoacán, de Matlatzinco, a Totoquihuatzin, señor de
Tacuba, y Cuitláhuac, señor de Iztapalapa y hermano de Motecuhzoma. En la
reunión expuso que su tío no era digno de seguir en el trono por la sumisión
que mostraba a los extranjeros. Comenzó a alardear de que él, en pocos días,
los mataría a todos. Ofreció cacicazgos y recompensas a los allí presentes si
lo seguían en su aventura. Pero no se llegó a ningún acuerdo; unos se
excusaron, diciendo que no querían ser traidores y, otros, porque ya la
ambición los había alcanzado y aspiraban ellos mismos a sentarse en el trono de
Tenochtitlán. La conjura no tardó en llegar a oídos de Cortés, quien se
presentó ante Motecuhzoma para plantearle la situación. Era peligroso que un
príncipe desconociese su autoridad. Todo el tinglado corría el riesgo de
venirse abajo. Cortés propuso marchar en fuerza contra Texcoco, pero
Motecuhzoma desaprobó la idea. Envió entonces Cortés un mensaje a Cacama, al
que éste respondió en tono desafiante, de franca rebeldía. Ante ello, pidió a
Motecuhzoma que procurase resolver esa situación, y éste replicó diciendo que
mandaría llamar a Cacama, aunque dudaba que acatara el mandato. En efecto, así
sucedió. Motecuhzoma, que conocía de sobra cuál era la situación interna del reino
de Acolhuacan, llamó a seis de sus capitanes dándoles la orden de que le
trajesen a Cacama, indicándoles para ello a quienes deberían contactar en
Texcoco. Al despacharlos les entregó su sello, así como una adecuada cantidad
de joyas para ganar algunas voluntades.
En Texcoco, los emisarios contaron con la
colaboración de los enemigos de Cacama, pues éste, por su talante soberbio, se
hallaba malquisto con muchos. Para su captura, se urdió una trampa consistente
en hacerlo ir con engaños a una casona situada en la ribera de la laguna. Ésta
se encontraba construida mitad sobre tierra firme y mitad sobre estacas, de
manera que en canoa se podía llegar bajo su piso. En un momento dado, Cacama y
su hermano Coanacoch, junto con tres más, fueron tomados por sorpresa, y antes
de que sus partidarios, que aguardaban afuera, se enterasen de lo que ocurría,
se les hizo descender por la escalera para abordar una canoa que los esperaba,
la cual partió a toda prisa. Ahí se frustraron las ambiciones de ambos
príncipes texcocanos.
Llevados ante Motecuhzoma, éste interrogó
primero a los otros detenidos, quienes no tardaron en confesar; a continuación
compareció Cacama y, en su presencia, se insolentó. El tío montó en cólera al
conocer los detalles de la conjura y de saber que hubiera alguien que hubiese
pensado en destronarlo. Puso en libertad a los que no encontró culpables y
entregó a Cortés sus sobrinos. Cacama y Coanacoch fueron los primeros en quedar
sujetos a la gruesa cadena de un navío, recién traída de la Villa Rica. Los
caciques de Coyoacán, Matlacinco, y el propio Cuitláhuac, como andaban con
conciencia culpable por haber tenido algún grado de participación en la
conjura, se hallaban temerosos y dejaron de «tener palacio» a Motecuhzoma, como
antes solían. [312] Éste, siguiendo los
dictados de Cortés, los mandó llamar, siendo apresados conforme fueron
llegando. Totoquihuatzin, señor de Tacuba, Cuitláhuác de Iztapalapa y el
cacique de Coyoacán pasaron a hacer compañía a Cacama y Coanacoch. Los cinco
quedaron sujetos a la misma cadena. Y como el trono de Texcoco quedó vacante,
Motecuhzoma aconsejó a Cortés que se nombrase para ocuparlo a Cuicuitzcatzin,
hermano menor del depuesto (Cortés lo llama Cucuzcacin). Este príncipe se
encontraba en Tenochtitlán, adonde se había refugiado buscando el amparo del
tío frente a sus hermanos. [313] . Para allanar el
camino, Motecuhzoma envió embajadores a Texcoco para notificar la designación,
y poco después partió el nuevo monarca con un acompañamiento de dignatarios
mexica y asesores españoles. Cortés agradeció a Motecuhzoma su intervención y,
supuestamente, sería en esa ocasión cuando le dijo que, en el momento que lo
desease, podría retornar a su palacio. No estaba preso. Motecuhzoma lo
agradeció, y sea porque tenía razones para suponer que si retornaba a su
palacio se vería sujeto a presiones inmensas de parte de los guerreros y de los
sacerdotes, o bien, porque recelase que le decía eso solo para probarlo,
declinó el ofrecimiento. Al escribir esto, Bernal apunta que, inclusive,
consultó a Orteguilla «y también Orteguilla, su paje, se lo había dicho a
Montezuma, que nuestros capitanes eran los que le aconsejaron que le
prendiesen, y que no creyese a Cortés, y que sin ellos no lo soltaría». [314] Un tanto dudoso lo
que dice aquí, pero tampoco debe rechazarse por completo. Para Motecuhzoma
habría llegado el punto de no retorno.
A esto sigue un periodo de calma. Los indicios
apuntan en el sentido de que la convivencia era pacífica; al menos ningún
testimonio indica lo contrario. Motecuhzoma, adaptado a su nuevo estado, lleva
con gran naturalidad su cautiverio; inclusive, exagerando un poco, podría
decirse que hasta lo disfrutaba. Al menos, el «señor sañudo» se divierte,
juega, ríe, y ha ganado un amigo. A no dudarse, con el paso de los días, tanto
él, como todas las cabezas pensantes del reino, se irían haciendo una idea de
lo que era el mundo de donde procedían esos extranjeros. Por el trato diario,
la cultura europea comenzaría a permear en algunos miembros de la clase
dirigente (aparecerán nombres cuando ocurran los sucesos de la Noche
Triste). Otro dato: no hay el menor asomo de
un intento de fuga. Si hubiese querido escapar no habría resultado demasiado
difícil rescatarlo, pero está visto que era él quien contenía a su gente. Sus
razones tendría. Para comer, los españoles dependían por entero de los
suministros proporcionados por los indios; de manera que de haber existido el
propósito, habría resultado sumamente sencillo darles hipnóticos o cualquier
tipo de veneno, ya fuese de resultados inmediatos o de acción retardada.
Contaban con el toloache (datura stramonium) y los hongos alucinógenos (nanacátl), entre otras opciones. La herbolaria indígena era
rica en recursos. Faltó la orden de actuar. No se conoce un solo caso en que se
haya empleado el veneno contra los españoles. [315] . Todo apunta en el
sentido de que Motecuhzoma era el principal interesado en perpetuar ese orden
de cosas. Era un hombre sujeto a todo tipo de presiones: por un lado, Cortés
instándolo a la conversión, y por otro, la casta sacerdotal y los guerreros,
quienes pedían manos libres para actuar. Él fungía como elemento moderador; es
posible que buscase evitar a Tenochtitlán la suerte corrida por Cholula. Se
desconoce qué tanto pesaría la influencia de los «colaboracionistas», de
aquellos que captaron que comenzaba algo nuevo y que no habría retorno al
pasado. Porque ese grupo existía. Había gobierno. El orden se mantenía, y no
eran precisamente los españoles los encargados de preservarlo; no mantenían
rondines que patrullaran la ciudad, ni eran ellos los que se encargaran de
juzgar a delincuentes comunes. En aquellos meses Tenochtitlán era una ciudad
viva, con todos los servicios funcionando. Por su situación lacustre y el
escaso espacio disponible, la urbe dependía por entero de los suministros
llegados de fuera. Éstos continuaron afluyendo normalmente, y lo mismo parece
haber ocurrido con los tributos. Cortés había delegado todas las funciones de
gobierno, a condición de ceñirse —claro está— a las grandes directrices
marcadas por él, puesto que no podía ocuparse de cuestiones de detalle.
Prácticamente no sabemos nada acerca de la vida diaria de la ciudad durante
esos meses, pero la ausencia de noticias parece indicar que no ocurrieron
desórdenes, y que tampoco se experimentaron carencias, a pesar de lo crecido del
número de huéspedes forzosos que había que alimentar. Como medida precautoria,
para afrontar cualquier riesgo de quedar cortados dentro de la ciudad, Cortés
ordenó a Martín López la construcción de unos bergantines. Éste, que era
carpintero de ribera, esto es, constructor naval, conforme a las instrucciones
impartidas se puso manos a la obra, y pronto tuvo a punto cuatro. Se trataba de
embarcaciones sin cubierta y de fondo plano, dada la escasa profundidad de la
laguna, que navegaban tanto a remo como a vela, y eran tan rápidos que no había
que no había canoa que se les escapase. Fueron cuatro los que construyó y no
dos como escribe Bernal. [316]
La vista de los bergantines surcando la laguna
impulsados por el viento, causó gran impresión entre los habitantes de la
ciudad, que nunca habían visto cosa semejante. Motecuhzoma tuvo conocimiento de
ello y, al momento, sintió deseos de subir a ellos. Habló con Cortés
manifestándole que quería realizar una excursión de caza, en el coto privado
que tenía en una de las islas de la laguna. Cortés le dio el permiso y la
excursión se organizó en gran estilo. Bernal la describe con detalle.
Motecuhzoma abordó el más velero y, con él, muchos de los señores que le hacían
compañía. En otro, se acomodó uno de sus hijos, acompañado de un grupo de
notables que participaban como invitados especiales. La custodia de Motecuhzoma
quedó encomendada a los capitanes Juan Velázquez de León, Pedro de Alvarado,
Cristóbal de Olid, y Alonso de Ávila, con un fuerte contingente de soldados.
Cortés, por su parte, permaneció vigilante en la ciudad, por aquello de que
algo pudiera ofrecerse. En el bergantín principal se acondicionó un toldo y se
izaron la bandera con las armas reales y la propia de Cortés. Era la Corte que
salía de paseo. Cada navío llevaba dos piezas de artillería. Zarparon, y como
tenían buen viento de popa, hincharon velas y fueron dejando atrás a los
centenares de canoas en que se transportaban los monteros y personal de
servicio. A Motecuhzoma le divertía mucho ver cómo los remeros, por más que se
esforzaban, no conseguían darles alcance, «y decía que era gran maestría lo de
las velas y remos todo junto». [317]
Para complacerlo, los marineros realizaron
algunas maniobras y aumentaron la velocidad. Llegaron a la isleta, y allí cazó
con cerbatana todas las aves y conejos que quiso (en ninguna pintura mural
figuran escenas de caza con cerbatana, como tampoco existe alguna de estas
piezas en el Museo de Antropología e Historia; sin embargo, su uso por parte de
Motecuhzoma está bien acreditado. Cortés menciona en su carta que éste le
obsequió una docena de ellas, artísticamente labradas y emboquilladas en oro.
Por lo visto, se trataba de un tipo de caza practicada a una escala
considerablemente mayor de lo que cabría suponer). Al retorno, como el viento
soplaba con fuerza, los bergantines redoblaron la velocidad y, para dar mayor
efecto, dispararon salvas de artillería. Así de aparatosa habría sido esa
primera salida.
§. Vasallaje a Carlos V
L legó el día en que Cortés se
sentía ya tan dueño de la situación, que dijo a Motecuhzoma que tanto él, como
los demás caciques que gobernaban en sus dominios, deberían prestar juramento
solemne de vasallaje a Carlos V. Las crónicas no recogen la forma en que el
soberano acogió la propuesta, pero dada su situación, poco tendría que decir.
Partieron los mensajeros, y de allí a diez días comenzaron a llegar caciques
procedentes de los cuatro puntos cardinales. Una vez reunidos, Motecuhzoma
habló a todos a solas; lo que allí se trató se sabría más tarde a través del
paje Orteguilla, quien fue el único español que estuvo presente. Según contó,
Motecuhzoma se habría referido a la profecía que afirmaba que, un día, habrían
de llegar de Oriente unos hombres que iban a señorear sus tierras. Ya los
sacerdotes habían hecho la consulta a Huitzilopochtli, pero éste rehusaba
contestarles. Les dijo entonces que él tenía la certeza de que ésos eran los
hombres que esperaban, por lo que instó a todos a que diesen el juramento de
vasallaje exigido. Les recordó, asimismo, que durante los dieciocho años que ya
duraba su reinado, había sido para ellos un buen gobernante que a todos había
enriquecido. Una vez que se pusieron de acuerdo, se envió un mensaje a Cortés
participándole que estaban dispuestos a prestar el juramento. La ceremonia se
fijó para el día siguiente. Llegado el momento, comenzando por Motecuhzoma
todos fueron desfilando ante el escribano Pedro Hernández, secretario de
Cortés, quien les explicaba el alcance de la escritura que se levantaba en cada
caso. Se dice que Motecuhzoma estaba muy triste y que hubo un momento en que le
corrieron unas lágrimas. De todo ello se llevó registro escrito, pero como las
escrituras se perdieron, se desconoce la forma como se desarrolló el acto. Se
dio el caso único del cacique de Tula, quien por no encontrarse dispuesto a dar
la obediencia exigida, se ausentó para no hallarse presente. Motecuhzoma envió
a algunos de sus capitanes para que lo fuesen a buscar, pero éste, puesto sobre
aviso, se ocultó en su provincia y no pudieron encontrarlo. Se dice que por su
linaje aspiraba a sucederlo en el trono. Bernal dejó un espacio en su
manuscrito para rellenarlo con la fecha en que prestaron el juramento, pero,
por lo visto, ya no consiguió establecerla y lo dejó en blanco. Sin otro
disparo que el efectuado por Heredia, Cortés se había adueñado del Imperio. En
la confrontación directa contra los mexica, la única sangre española vertida
hasta ese momento, sería la de Escalante, Argüello y cuatro más, muertos por
Cuauhpopoca.
El paso siguiente fue comenzar a enterarse de
los recursos del país; para ello, Cortés pidió a Motecuhzoma que le informase
sobre la ubicación de las minas de donde sacaban el oro; al mismo tiempo, le
pedía un informe sobre la costa del Golfo, pues quería averiguar si existía un
buen puerto en que pudieran entrar navíos de gran porte. Ésta es una parte en
la que los relatos de Bernal y Cortés son muy semejantes; el primero ofrece más
detalles y da nombres de los soldados participantes, mientras que el segundo es
muy conciso. Refundiendo ambas narraciones se obtiene una relación muy
coherente. Motecuhzoma le habría señalado que el oro provenía de cuatro
regiones y, en consecuencia, Cortés habría despachado cuatro grupos de
españoles que partieron con el consiguiente acompañamiento de indios. Unos
fueron a la región de Zacatula (Bernal escribe el nombre correctamente,
mientras Cortés pone Cuzula); otros, partieron a las zonas de Malinaltepec,
Tuxtepec, y Chinantla. Los primeros en retornar fueron Gonzalo de Umbría y sus
acompañantes, quienes habían ido a la zona de Zacatula, en la costa del
Pacífico, y volvían con buenas muestras de oro. Con ellos vinieron dos
emisarios que traían el encargo de dar la obediencia a Cortés; es aquí donde
Bernal apunta que «Umbría y sus compañeros volvieron ricos, con mucho oro y
bien aprovechados, que a este efecto le envió Cortés para hacer buen amigo de
él». [318] Resulta una
ingenuidad pensar que con un poco de oro pudiera ganarse a un hombre al que
hizo amputar los dedos de un pie. Esta es una actuación de Cortés que escapa a
toda explicación: si ordenó mutilar a Umbría, ¿cómo no lo mantuvo alejado?
Cerca era un peligro constante. Como era de esperarse, más tarde se alineará en
el bando de sus más acérrimos enemigos, presentando contra él numerosas
acusaciones en la Corte. Una cosa que podría explicar este proceder de Cortés,
es que aquí haya actuado movido por sus fuertes prejuicios de clase, que lo
hacían mirar hacia abajo a todos aquellos que no consideraba de su condición.
Es posible que estimara que un puñado de oro pagaba el pie de un hombre del
pueblo. El enviado a Tuxtepec, un joven capitán del linaje de los Pizarro,
volvió con la noticia de que, aparte de las minas, había encontrado muy buenas
tierras. Al cacique local Cortés lo llama Coatelicamat, y éste se habría
ofrecido como vasallo del rey de España, enviando a dos emisarios, portadores
de un presente, quienes traían el encargo de trasmitir los saludos de su señor
y hacer el acto de acatamiento. Procedían de la región de Chinantla y se
trataba de gente muy aguerrida, que no permitió que ingresara a su territorio
ninguno de los guías mexica; en cambio, los españoles fueron acogidos muy
amistosamente. Faltaban Hernando de Barrientos, Heredia el Viejo, Escalona el
Mozo y Cervantes el Chocarrero, y al preguntar Cortés por ellos, Pizarro
repuso, con toda naturalidad, que los había dejado para que iniciaran una
plantación de cacao y continuasen visitando minas. A Cortés no le pareció bien
la iniciativa desplegada por ese joven capitán, del tronco de los
conquistadores del Perú, que además era pariente suyo por parte materna, al
igual que los demás Pizarro. [319]
De la región de Malinaltepec llegaron buenos
informes, y como además de tener oro parecía ser muy buena tierra, Cortés pidió
a Motecuhzoma que se hiciese allí una estancia para el rey de España. Según
datos proporcionados en su carta, ésta se construyó en un tiempo récord, y ya
habría allí grandes sembradíos de maíz, frijol y cacao, «que se trata por
moneda en toda la tierra». Además, en lugar de una, se construyeron cuatro, una
de las cuales tenía un estanque en el que se habían colocado quinientos patos.
Pedro Mártir llama al cacao «el árbol de la moneda».
Muy pronto Motecuhzoma le hizo entrega de un
plano pintado en tela de henequén, en el que aparecía dibujada toda la costa y
las desembocaduras de los ríos. Había uno, en particular, que le llamó la
atención: el Coatzacoalcos. Entre las versiones de Bernal y Cortés se observan
algunas variantes; en la primera, Diego Ordaz habría partido en compañía de
algunos dignatarios mexica, recibiendo en el trayecto numerosas quejas por los
abusos de los capitanes de Motecuhzoma. Ordaz amenazó a éstos con castigarlos
si no enmendaban su conducta, recordándoles la suerte corrida por Cuauhpopoca.
El cacique superior se llamaría Tochel, y éste y otros caciques subalternos, en
cuanto conocieron el propósito de su viaje, le proporcionaron canoas para
sondear la desembocadura del río. Ellos en persona participaron en la tarea.
Durante el recorrido le fue mostrado a Ordaz el sitio donde se libró una
batalla en que los mexica fueron derrotados. Bernal le da el nombre imposible
de Cuylonemiquis, que supuestamente querría decir el lugar «donde mataron a los
putos mexicanos». Ordaz repartió las cuentas de colores que traía entre los
caciques y, a su vez, recibió de éstos valiosos obsequios consistentes en oro,
joyas y una india muy hermosa. Volvía complacido; tenía la receta dada por el
Arcipreste para una vida confortable: «haber mantenencia y ayuntamiento con
fembra placentera».
En la Relación de Cortés no se habla de una expedición en
solitario, sino que habrían sido diez los hombres enviados, entre los que se
contaban pilotos y gente entendida en cosas de la mar. Anduvieron sondeando
ríos hasta llegar a la región del Coatzacoalcos, a cuyo cacique da el nombre de
Tuchintecla (¿Tochintecuhtli?). Este se habría mostrado sumamente amistoso,
proporcionándoles canoas y todo lo que les fue necesario. Reitera lo ya dicho
por Bernal, en el sentido de que eran enemigos de los mexica, por lo que no se
permitió que ingresaran a su territorio a aquellos que los acompañaban. A
través de los de Tabasco, Tuchintecla ya estaba sobre aviso acerca de los
españoles, y conocía el desenlace de la batalla de Centla. Envió a Cortés
grandes presentes consistentes en joyas de oro, plumajes, piedras preciosas,
mantas y pieles de jaguar. [320] Al propio tiempo, se
ofreció como vasallo del rey de España, invitando a los españoles a que se
establecieran en su territorio. La única condición impuesta fue que los de
Colhua no entrasen en su tierra. El ofrecimiento era tan inesperado que, con los
emisarios de ese señor, Cortés envió más hombres para que ampliaran datos y
obtuvieran información adicional para resolver lo conducente. La colonización
de la cuenca del Coatzacoalcos le resultaba muy tentadora; además, con ella,
alejaría el peligro de que Francisco de Garay fuera a fundar allí una colonia.
§. Motecuhzoma, el colaboracionista
Motecuhzoma despachaba los asuntos de estado al
igual que lo hacía antes, con la salvedad de que ahora gobernaba en nombre del
rey de España. Un soberano vasallo. Esa situación produjo algún desconcierto,
dándose el caso de que, algunos caciques y notables decidieron saltarlo, y
acudieron directamente ante Cortés para pedir instrucciones, sabiendo que era
la verdadera fuente del poder; pero él, en lugar de atenderlos, los refería a
Motecuhzoma. Una manera de respaldar su autoridad. Es así como lo informa al
Emperador «siempre publiqué y dije a todos los naturales de la tierra, así
señores como los que a mí venían, que vuestra majestad era servido que el dicho
Mutezuma se estuviese en su señorío, reconociendo el que vuestra alteza sobre
él tenía, y que servirían mucho a vuestra alteza en le obedecer y tener por
señor, como antes que yo a la tierra viniese le tenían». [321] Apuntalaba a
Motecuhzoma, para que su autoridad no se viniese abajo. Las medidas que dictó,
para que se le siguiese dando tratamiento de rey, fueron estrictas. Los
soldados españoles deberían tratarlo con todas las deferencias del caso,
descubriéndose siempre al saludarlo (cortesía novedosa, desconocida para los
indios, que no usaban sombrero). Motecuhzoma era muy sensible a las deferencias
que se le tenían y a los soldados que se descubrían y le hacían reverencia,
«daba presentes y joyas y comida». La rutina de aquellos días la recogen los
soldados encargados de su custodia, quienes refieren algunos hábitos de la vida
diaria de palacio. Una de las cosas que más les impresionó fue la forma en que
hacía sus comidas. Aguilar, Bernal y Tapia, tres de sus antiguos custodios,
hablan de ello con autoridad, pues fueron testigos presenciales. Los tres
relatos se complementan entre sí, aunque el de Bernal viene a ser, con mucho,
el más extenso. Motecuhzoma se sentaba a la mesa como único comensal,
manteniéndose todo el mundo a distancia, excepto los guardianes españoles,
alguno de los cuales siempre se hallaba a pocos pasos de distancia. En este
aspecto, durante todo el tiempo que duró su cautiverio, no tendría un momento
de intimidad. Antes de sentarse pasaba a ver la comida, consistente en treinta
guisados distintos, colocados cada uno sobre un anafre con brasas para que no
se enfriasen. Allí los mayordomos respondían a sus preguntas, indicándole de
qué aves u otro tipo de carne estaba confeccionado cada platillo, y cuáles eran
los que recomendaban como más apetitosos. Apunta Bernal: «cotidianamente le
guisaban gallinas, gallos de papada, faisanes, perdices de la tierra,
codornices, patos mansos y bravos, venado, puerco de la tierra, pajaritos de
caña, y palomas y liebres y conejos, y muchas maneras de aves y cosas que se
crían en esta tierra, que son tantas que no las acabaré de nombrar tan presto».
Tapia hace subir a cuatrocientos el número de platos que traían; por supuesto,
después de él, comía de ellos todo el personal de palacio. Y, en cuanto a los
preparativos para la mesa (es nuevamente Bernal quien tiene la palabra), «si
hacía frío, teníanle hecha mucha lumbre de ascuas de una leña de cortezas de
árboles que no hacía humo […] y él, sentado en un asentadero bajo, rico y
blando, y la mesa también baja, hecha de la misma manera de los sentadores; y
allí le ponían sus manteles de mantas blancas y unos pañizuelos algo largos de
lo mismo, y cuatro mujeres muy hermosas y limpias le daban agua a manos en unos
como a manera de aguamaniles hondos, que llaman xicales le ponían debajo, para recoger el agua, otros
a manera de platos, y le daban sus toallas, y otras dos mujeres le traían el
pan de tortillas. Y ya que encomenzaba a comer echábanle delante una como
puerta de madera muy pintada de oro, porque no le viesen comer, y estaban
apartadas las cuatro mujeres aparte; y allí se le ponían a sus lados cuatro
grandes señores viejos y de edad, con quien Montezuma de cuando en cuando
platicaba y preguntaba cosas; y por mucho favor daba a cada uno de estos viejos
un plato de lo que él más le sabía, y decían que aquellos viejos eran sus
deudos muy cercanos y consejeros y jueces de pleitos, y el plato y manjar que
les daba Montezuma comían en pie y con mucho acato, y todo sin mirarle a la
cara». Mientras comía no se escuchaba ruido alguno, todos debían hablar en voz
muy baja. Le traían todo tipo de frutas, pero apenas las probaba. Para
finalizar, le servían unas copas de chocolate muy espumoso. Esta bebida llamó
mucho la atención de los españoles, que se hacían lenguas ponderando su sabor
exquisito y supuestas virtudes afrodisíacas, «decían que era para tener acceso
con mujeres». [322] Cuando retiraban los
platos, le traían una pipa alargada, sorbía el humo y se quedaba adormecido.
Así transcurrían los días durante su prisión.
Se ha hablado mucho del baño de Motecuhzoma.
Bernal menciona que lo hacía una vez al día, por la tarde, dato que corrobora
Francisco de Aguilar. Este último es el único de los testigos presenciales que
se ocupó en describir cómo se llevaba a cabo. El ritual era curiosísimo: «Su
ropa nadie la tomaba en las manos, sino con otras mantas la envolvían en otras,
y eran llevadas con mucha reverencia y veneración. Al tiempo de lavar venía un
señor con cántaros de agua, que le echaba encima, y luego tomaba agua con la
boca y metía los dedos, y se los fregaba; y luego estaba otro con unas toallas
grandes, muy delgadas, que le echaba encima de sus brazos y muslos, y se
limpiaba con mucha autoridad y las tomaba sin ninguno de aquellos mirarle a la
cara.» [323] A propósito de la
prohibición de verle la cara a Motecuhzoma, refiere Cortés que los indios
principales reprendían a los soldados españoles por atreverse a mirarlo a él
directamente a la cara, considerando que ello constituía un desacato grave. [324] . Entre los sucesos
ocurridos por aquellos días, figura el caso de un marinero de apellido
Trujillo, quien molesto por haberle tocado servicio nocturno para cubrir el
cuarto de la vela en la vigilancia de Motecuhzoma, expresó su disgusto haciendo
y diciendo cosas que Bernal, por acato a los señores leyentes, no publica.
Motecuhzoma entendió de lo que se trataba, y preguntó a Orteguilla quién era y
por qué se comportaba de esa manera. El paje le explicó que era un rudo
marinero, quien por haber pasado su vida en el mar, desconocía los buenos
modales. Motecuhzoma lo mandó llamar para reprocharle su comportamiento y le
dio una joya de oro. Días más tarde, Trujillo repitió su acción, creyendo que
con ello obtendría otra joya, pero esta vez Motecuhzoma se quejó ante Juan
Velázquez de León, quien era el nuevo capitán de la guardia. Éste amonestó a
Trujillo y lo apartó de ese servicio. Ocurrió que otro soldado, llamado Pedro
López, renegando por las horas de sueño que perdía, tildó de «perro» a
Motecuhzoma, y éste, que ya comenzaba a tener alguna idea de lo que se hablaba,
pidió a Orteguilla que le explicase el significado. Al día siguiente se quejó
ante Cortés, quien hizo azotar públicamente al soldado. [325]
Bernal cuenta que Motecuhzoma ya conocía por
nombre a todos los soldados de la guardia y estaba enterado de los pormenores
de cada uno. Y es así que, cada vez que se encontraba de servicio, al pasar
frente a él se descubría quitándose el casco. Refiere, asimismo, que habló a
Orteguilla para que trasmitiese a Motecuhzoma una petición para que le
concediera una india hermosa. Este, quien ya lo conocía bien, lo hizo llamar
para comunicarle que le daría una buena moza, encargándole que la tratase bien
por tratarse de la hija de un señor principal. Bernal le respondió con mucho
acato, diciendo que le besaba las manos por la merced recibida. La joven
pasaría a llamarse doña Francisca. [326]
Comenzó a llegar el oro que, de todas las
regiones, enviaban los caciques para pagar a Carlos V el tributo de vasallaje
exigido por Cortés. En este punto, Bernal, que nunca quedó conforme con la
parte que recibió, es quien se ocupa con mayor detenimiento del tema. Según
dice, era tanta la cantidad del oro ornamental que hubo que desprender de los
trabajos de plumería, que se llamó a tres indios orfebres de Atzcapotzalco para
que se encargasen de la tarea. Y en cuanto al oro en polvo, conforme iba llegando
se fundía en unos pequeños lingotes que él llama tejuelos. Pronto se reunió una
cantidad que estima en seiscientos mil pesos. Allí, a la vista del tesoro, fue
cuando comenzaron los problemas. En un principio, Cortés posponía el reparto,
pues por una parte quería mandar un gran obsequio al Emperador y, por otra,
necesitaba fondos para sus proyectos de compra de barcos, y traída de caballos
de Jamaica y Santo Domingo. Se improvisaron unas pesas de hierro para tratar de
estimar su monto y se confeccionó un sello para marcar los lingotes. Mientras
llegaba el momento de repartir, el montón comenzó a disminuir a ojos vistas.
Cortés y otros capitanes entregaban a los indios orfebres platos y jarras de
latón para que sirviesen a éstos de modelo para fabricarles vajillas de oro. Un
tal Pedro Valenciano se las agenció para confeccionar unos naipes con el parche
de un tambor y allí, en el juego de «a la primera», comenzaron a apostarse
fortunas. Eran muchos los que habían metido mano. Alonso de Ávila era el
tesorero encargado de la recepción del quinto real, mientras que Gonzalo Mejía
tenía a su cuidado la parte correspondiente a la tropa, y en el desempeño de
esa función, trataba de recuperar el oro que andaba rodando. Juan Velázquez de
León se había mandado hacer una cadena de oro de gruesos eslabones, la
famosa Fanfarrona. Mejía le
demandó que devolviese el oro, a lo que éste se negó, y como según Bernal,
ambos eran de «sangre en el ojo», desenvainaron las espadas. Y allí se hubieran
matado si no los separan, aunque cada uno sacó un par de heridas. Cortés
castigó a ambos cargándolos de cadenas. Por las noches, Velázquez de León metía
mucho ruido al pasearse arrastrando la cadena, el cual llegó a oídos de
Motecuhzoma, que preguntó de qué se trataba, y al enterarse de quién era el
castigado, como Velázquez de León fue uno de los capitanes que comandó la
guardia encargada de su custodia, en la primera conversación que tuvo con
Cortés intercedió por él, pidiéndole que lo soltase (otra vez, el síndrome de
Estocolmo). Es interesante observar la relación que Motecuhzoma desarrolló con
sus custodios. [327]
El oro causó muchos problemas, pues ahora pesaba
a muchos el que, una vez sacado el quinto real, todavía se sacase otro
destinado a Cortés, tal como le habían ofrecido en la Villa Rica al momento de
elegirlo capitán y justicia mayor; estaba luego el pago de otros gastos que
éste había hecho: los barcos, el caballo que se le murió, la yegua de Juan
Núñez Sedeño y otros conceptos varios. Hechas esas deducciones, la cantidad a
repartir se había reducido de tal manera, que apenas tocaría una suma irrisoria
por cabeza. Visto el malestar generalizado que aquello provocó, Cortés renunció
a recibir el quinto acordado, y a los que se mostraban más críticos, procuraba
ganárselos dándoles algún oro.
Capítulo 11
Narváez
Contenido:
§. Espíritu Santo, Espíritu Santo
parece en escena Narváez, episodio importantísimo
que marca un parteaguas histórico, pues echará a rodar por la borda todo lo
conseguido por Cortés hasta ese momento. Las circunstancias en torno a su
llegada aparecen dadas en dos versiones no sólo distintas, sino que resultan
radicalmente opuestas. Bernal escribe que todo se originó en un oráculo.
Motecuhzoma, en un inesperado giro de ciento ochenta grados, habría pedido a
Cortés que se fuese con su gente, pues de otra manera no podría evitar que los
matasen. Lo ocurrido, según le dijo, obedecía a que los dioses habían hablado
para manifestar su disgusto por la Cruz y el retablo de la Virgen colocados en
lo alto del Templo Mayor. Amenazaban con irse del país si no se daba muerte a
los españoles. Eso sería lo que dijeron a los sacerdotes, y éstos se
apresuraron a comunicarlo a Motecuhzoma. [328] Orteguilla, quien
habría escuchado parte de las conversaciones, refirió lo que alcanzó a oír. La
situación era tan grave, que la requisitoria de Motecuhzoma equivalía a un
ultimátum: o se iban o morirían. Al captar que aquello no admitía réplica, Cortés
trató de ganar tiempo aduciendo que no disponía de barcos, pues aquellos en que
llegó los había hundido; por tanto, pidió ayuda para que le proporcionase
leñadores para cortar la madera y carpinteros que ayudasen en la construcción,
a lo que éste accedió al momento.
Por su lado, al narrar esta parte, Gómara dice
que las instrucciones que Cortés dio a Martín López y Andrés Núñez fueron de
aparentar que se trabajaba pero «que pongáis la mayor dilación posible,
pareciendo que hacéis algo, no sospechen ésos mal». [329] Bernal lo objeta,
sosteniendo que él habló con Martín López y éste le confirmó que se daba toda
la prisa del mundo en terminar cuanto antes los navíos; «mas muy secretamente
me dijo Martín López que de hecho y aprisa los labraba, y así dejó en astillero
tres navíos». [330] Al mismo tiempo,
expresa que se vivieron días de extremada angustia por el inmenso peligro que
corrían, ya que los indios aliados a cada momento les informaban de la
hostilidad creciente, y que, en la ciudad, no se hablaba de otra cosa que de
matarlos. Orteguilla no cesaba de llorar, y los hombres no se desnudaban ni de
noche ni de día, siempre con las armas al alcance de la mano y los caballos
ensillados y enfrenados permanentemente. Sería la llegada de Narváez lo que
pusiera término a esa situación; y es así como, un día a la hora en que Cortés
fue a visitar a Motecuhzoma, éste le comunicó que ya no tenía que apurarse en
la construcción, pues en el arenal se encontraban anclados dieciocho navíos.
El panorama presentado por Cortés, señala
exactamente lo contrario: «estando en toda quietud y sosiego en esta dicha
ciudad, teniendo repartidos muchos de los españoles por muchas y diversas
partes, pacificando y poblando esta tierra…». [331] Tapia se refiere a
esa época diciendo: «e Muteczuma siempre daba a los españoles algunas sortijas
de oro, e a otros guarniciones de espadas de oro, e mujeres hermosas, e
largamente de comer». [332] Francisco de Aguilar
lo corrobora: «Estando las cosas en ese estado, con mucho sosiego, quitados de
contienda y rebato, sucedió que Narváez, persona noble, llegó al puerto con
bien ochocientos hombres, poco más o menos». [333] Las historias son
excluyentes: es lo uno o lo otro; ¿a quién dar crédito? Los hechos hablan por
sí solos: la llegada de Narváez fue tan inesperada, que habría tomado a Cortés
por sorpresa, pues éste, como era dueño de la situación y tenía tropas de
sobra, comenzó a dispersar el ejército, dedicándose a explorar y ocupar otras
regiones. Justo en el momento en que le llegó la noticia, acababa de despachar
un fuerte contingente, al mando de Juan Velázquez de León, a colonizar la zona
de Coatzacoalcos. Tan reciente era su partida, que todavía se encontraba en
camino, «al capitán que con los ciento y cincuenta hombres enviaba a hacer el
pueblo de la provincia y puerto de Quacucalco [Coatzacoalcos]». [334] Por otro lado, había
despachado a Oaxaca a Rodrigo Rangel al frente de un contingente menor. Eso
parece aclararlo todo. El ejército de Cortés en Tenochtitlán originalmente era
de trescientos hombres; si la situación hubiera revestido la gravedad señalada
por Bernal, resultaría inconcebible que prescindiera de más de la mitad,
enviándolos a otras áreas. Si lo hizo así, sería porque tenía la situación bajo
control, y no le resultaban indispensables. Además, existe abundante
documentación que da la razón a Cortés, misma que se verá a continuación.
Andrés de Tapia, quien vivió muy de cerca ese
episodio, por la participación que en él le cupo, lo narra diciendo que
Motecuhzoma habría informado a Cortés de la llegada de una flota, presentándole
una manta de henequén donde aparecían dibujados dieciocho navíos. Se
encontraban fondeados frente al arenal de Chalchicuecan. Para Cortés era
urgente averiguar de qué gente se trataba, pues como él mismo lo dice en su
carta, se encontraba en espera de noticias de sus procuradores. En especial,
ansiaba conocer cómo habría sido acogida su Relación en la Corte; pero, ¿quiénes vendrían en esos
barcos? Si al frente de la flota llegaba Velázquez, ya podía dar por descontado
que una buena parte de sus hombres rehusaría enfrentarlo. Hacerlo equivaldría a
desobedecer al Emperador, a convertirse en rebelde. Si era así, las cosas
podrían terminar muy mal para él. Por ello, para salir cuanto antes de dudas,
mandó llamar a Tapia, quien recién ese día retornaba de Cholula, adonde se
había trasladado para servir como árbitro en una disputa sobre tierras entre
señores cholutecas y tlaxcaltecas. Sin permitirle un minuto de reposo, le
ordenó que se trasladase al punto a la costa para informarse acerca de esa
armada. Viajó sin detenerse, y según refiere en su historia, de día marchaba a
pie y de noche era llevado en una parihuela hecha con una hamaca. [335] El viaje duró tres
días y medio. Medio menos que el tiempo promedio, que era de cuatro. Se
menciona el caso de Antón del Río, quien conseguía hacerlo en tres días.
Mientras tanto, como iban transcurridos cerca de diez meses de la partida de
Montejo y Puerto Carrero, la tropa que se hallaba en Tenochtitlán se encontraba
ansiosa en espera de noticias suyas de un momento a otro; por tanto, al oír
hablar de que andaba un barco por la costa, lo primero que pensaron fue que
podrían ser ellos. Así lo supuso el español que Cortés había apostado como
vigía en la costa, quien le comunicó que: «había asomado un navío, frontero del
dicho puerto de San Juan, solo, y que había mirado por toda la costa de la mar
cuanto su vista podía comprender, y que no había visto otro, y que creía que
era la nao que yo había enviado a vuestra sacra majestad, porque ya era tiempo
que viniese». [336] Pero algo importante,
y que Cortés ignoraba en esos momentos, era la escala realizada en Cuba por
Montejo y Puerto Carrero, que puso a Velázquez sobre aviso. Éste, al tener
conocimiento de lo que estaba ocurriendo y de que lo hacían de lado enviando
directamente un tesoro al Emperador, montó en cólera y, al momento, se dio a la
tarea de organizar una expedición para castigar al rebelde. En carta de 17 de
noviembre de 1519 informó de lo sucedido al licenciado Rodrigo Figueroa, juez
de residencia de la Audiencia de Santo Domingo, para que ésta, como suprema
autoridad de las islas, lo comunicase a la Corona (de ello se desprende que,
para esas fechas, los frailes jerónimos ya no se encontrarían en Santo
Domingo). Acerca de la forma en que se enteró de la defección de Cortés,
escribe que el 23 de agosto anterior había llegado una carabela en la que
venían Montejo y Puerto Carrero a un «Puerto Escondido de la dicha Habana […] y
que llegados al dicho puerto habían tomado un español que estaba en una estanza
[sic] del dicho Montejo, cerca del dicho pueblo, y lo juramentaron que no los
descubriese; y que tomaron de la dicha estanza todo el pan, cazabe y puercos, y
todos los otros mantenimientos que pudieron y cuarenta botas de agua, y
hurtaron ciertos indios de los desta; y metiendo todo en el dicho navío,
mostraron al español mucha parte del oro y riquezas que en la dicha carabela
llevaban; y con juramento que dél se ha tomado dice, que vio tanto, que cree
que iba lastrada dello, además de piezas señaladas de trescientos mil
castellanos arriba». (Opone un mentís a lo afirmado por Bernal, acerca de que
Montejo hubiera realizado un doble juego, previniendo secretamente al
gobernador.) Concluía Velázquez diciendo que para castigar a Cortés, había
decidido enviar a Pánfilo de Narváez «con todos los navíos que se han podido
haber, e con los más mantenimientos que en ellos se han podido meter, y con mi
información de todo lo que se ha de facer; e para que con más diligencia todo
se ponga en efecto, me parto hoy día de la fecha desta, del puerto desta ciudad
a la villa de La Habana e Guaniguanico, desde donde con toda brevedad pienso
despacharle». [337] Como era de
esperarse, la Audiencia se alarmó ante la perspectiva de una lucha fratricida
entre españoles en tierra extraña, procediendo a toda prisa a despachar al
oidor Lucas Vázquez de Ayllón, con el propósito de impedirla. El oidor embarcó
y llegó a la localidad de Yagua, donde habló con Narváez, quien no lo escuchó.
Juntos viajaron al puerto de Guaniguanico, y durante días estuvo tratando de
persuadir a Velázquez. Le hizo ver que constituía una imprudencia grave dejar
indefensa la isla, lo cual podría propiciar un levantamiento de los indios,
pero no consiguió hacerlo desistir. Logró, en cambio, algo que fue definitivo:
que Velázquez aceptara no abandonar Cuba, delegando el mando en Narváez, «A
causa de lo cual el dicho adelantado hubo por bien de se quedar en la dicha
isla Fernandina», escribiría más tarde en su informe. [338] Quizás sin
proponérselo, ganaba allí una batalla para Cortés. Por su lado, Velázquez no
podía ignorar del todo al oidor, quien llegaba investido con plenos poderes de
la Audiencia; por lo mismo, pese al respaldo del obispo Fonseca, corría el
riesgo de ser destituido. Vázquez de Ayllón llegó a un compromiso con
Velázquez, consistente en que Narváez requeriría pacíficamente a Cortés,
mostrándole los poderes que lo investían como gobernador y capitán general: si
aquél lo acataba, poblaría allí; en caso contrario, en lugar de internarse en
la tierra, enviaría sus naves a explorar. Una contemporización por parte del
oidor, pero debe tenerse presente que carecía de medios para imponer su
autoridad. Con el propósito de evitar que Cortés y Narváez llegaran a un enfrentamiento
armado, el oidor resolvió unirse a la expedición. Viajaba en barco propio.
Vázquez de Ayllón puntualiza en su informe que,
incumpliendo lo ofrecido, Narváez subió a bordo un crecido número de indios, a
pesar de que en esos momentos la epidemia de viruela arrasaba Cuba. A la
llegada a Cozumel, ofrece un dato significativo: se hallaba prácticamente
despoblada, pues la mayoría de sus habitantes había sucumbido a causa del mal.
Por tanto, la epidemia la habrían introducido los que pasaron antes, Grijalva o
Cortés, y no el esclavo negro llegado con Narváez. [339] El oidor largó velas,
siendo su navío el primero en arribar frente al arenal de Chalchicuecan. Esa
misma noche se acercó a él una canoa en la que venía un español, y a través de
éste se enteró de todo lo ocurrido. Supo así, cómo Cortés mandaba ya en un
territorio inmenso, recibiendo una información muy aproximada de lo que era
Tenochtitlán, a la que supuestamente se le habría impuesto el nombre de Venecia
la Rica. Ningún otro cronista corrobora el dato, en cambio, ese nombre se dio a
la vecina localidad de Tláhuac, mismo que no prosperó. El informante añadió que
Cortés había prevenido a los indios para que no admitiesen más españoles, ya
que sólo vendrían a hacerles daño. No está claro si la actuación de ese español
obedecía a que, aunque puesto allí por Cortés, sus simpatías estaban del lado
de la facción velazquista, pero el caso es que con base en esos informes, en
cuanto Narváez llegó, el oidor le prohibió que bajase a tierra, ya que aparecía
claro que Cortés no se encontraría dispuesto a acogerlo amistosamente. Para
evitar trastornos, y que los indios se rebelasen, lo instó a trasladarse a
poblar en otra parte. Narváez lo ignoró, procediendo a nombrar alcaldes
ordinarios a Francisco Verdugo y a Juan Yuste. Mediante esa acción, al igual
que Cortés, se colocaba fuera de la legalidad por desobedecer una orden de la
Audiencia. [Narváez había tenido una travesía accidentada a causa de un
temporal, perdiéndose el navío que venía al mando de Cristóbal Morante. Todos
se ahogaron. Así terminó uno de los organizadores de la expedición descubridora
de Yucatán]. [340]
El oidor procedió con sus diligencias
judiciales. El lunes veintitrés de abril hizo comparecer a Francisco Serrantes,
el español que había encontrado en la costa, y luego de haberle tomado
juramento en debida forma, le sometió un cuestionario de ocho preguntas; de
éstas, destacan por su interés dos respuestas. Según este testigo, «los
cristianos andan por toda esta tierra seguros, e un solo cristiano la atraviesa
toda sin temor», y que, de proponérselo Cortés, podría enviar cincuenta mil
indios contra Narváez. [341] Hubo algunos que se
acercaron a Vázquez de Ayllón con ánimo de intimidarlo, por lo que éste ordenó
al alguacil que lo acompañaba que procediera en su contra. La respuesta de
Narváez fue arrestarlo en su navío, junto con su secretario y el alguacil.
Mientras tanto, en Tenochtitlán los soldados
celebraban con júbilo la llegada de refuerzos; Cortés, en cambio, se mostraba
caviloso, pues el desconocer quién vendría al mando lo tenía sumamente
preocupado. Por ello, para ganarse voluntades, comenzó a distribuir oro entre
sus hombres. Pronto recibió cartas notificándole quién comandaba la expedición.
Ello le significó un alivio. Enfrentar a Velázquez hubiera sido algo
infinitamente más difícil. No podemos saber si en ese caso el ejército lo
hubiera seguido. En aquellos momentos críticos a Cortés se le huyó un soldado
(un tal Pinelo), con intenciones de pasarse a Narváez. Envió tras él a unos
indios para que le dieran caza, los cuales volvieron con sus ropas, para
mostrar que lo habían matado. Su cuerpo nunca apareció. [342]
Una vez que Cortés supo a quién tenía que
enfrentar, la primera providencia que adoptó fue escribir a Velázquez de León,
indicándole que se detuviese y quedara en espera de instrucciones. Éste ya
tenía conocimiento de lo que ocurría, pues Narváez, quien también tuvo
informantes que lo pusieron al tanto de la situación, le había hecho llegar una
carta invitándolo a pasarse a su bando. Confiaba en que por ser cuñado suyo,
además de pariente de Diego Velázquez, y porque en dos ocasiones Cortés lo
había disciplinado, cargándolo de cadenas, no vacilaría en unírsele. [343] En aquellos momentos
que resultaron ser cruciales, Cortés contó con la lealtad de dos hombres cuyo
apoyo resultaría definitivo: Velázquez de León, con los ciento cincuenta
hombres a su mando, y Gonzalo de Sandoval, con un número algo inferior, que permanecía
como comandante de la Villa Rica. Las fuerzas de este último tenían menor valor
militar, debido al alto número de enfermos y viejos. La segunda decisión
adoptada por Cortés, consistió en enviar a fray Bartolomé de Olmedo a
entrevistarse con Narváez. Éste es el momento en que el fraile mercedario pasa
a ocupar un primerísimo plano. Su actuación resultaría definitiva en los
esfuerzos encaminados a contrarrestarlo. Podría decirse que la labor
político-diplomática corrió a su cargo. Cortés disponía de un grupo numeroso de
capitanes valerosos a la hora del combate, pero no parece que ninguno de ellos
le fuese útil a la hora de planear estrategias. Fuera de Escalante, que había
muerto, al parecer el único con quien se aconsejaba era el padre Olmedo. De los
dos clérigos que figuraron en el ejército a la partida de Cuba, éste estuvo
presente desde el primer momento en que bendijo la bandera y, a partir de
entonces, ya no se separará de él. El padre Juan Díaz, en cambio, es una figura
gris; su perfil se escapa un tanto y no se acierta a conocérsele bien;
parecería que no consiguió superar la mácula de ser uno de los que se vieron
involucrados en el fallido intento de secuestrar un navío. Fray Bartolomé de
Olmedo viene a ser el director espiritual de la empresa de la Conquista. De
este fraile singular se sabe que era teólogo, buen cantor, y que «era muy
cuerdo y sagaz», dotado de sentido del humor y de gran perspicacia. [344] Su actuación en esos
sucesos va a mostrar que era un habilísimo diplomático; amén de eso, dotado de
un gran valor personal. Concluida la Conquista, no obstante el inmenso
ascendiente que tenía tanto en Cortés como en la mayor parte de los conquistadores,
su figura se desvanecerá. No se advierte que aspirara a cargos o prebendas.
Parecería que se encontrara por encima de cualquier vanagloria.
La primera noticia del avistamiento de un navío,
Cortés debió recibirla a finales de abril pues para el veintitrés, el oidor
Vázquez de Ayllón desahogaba la diligencia de la que ya se habló, por lo que la
llegada de la flota de Narváez ocurriría a continuación. Unos tres o cuatro
días después Motecuhzoma recibiría la noticia pintada en la manta de henequén;
por consiguiente, la partida del padre Olmedo debió de haber sido poco después
de la de Tapia, hacia finales del mes, para llegar allá cuatro días más tarde.
Evidentemente, sería transportado en andas, viajando de noche, inclusive.
Llevaba consigo las cartas que Cortés, junto con los alcaldes y regidores,
dirigían a Narváez. Además, iba provisto de sólidos tejos de oro. La razón de
que viajase solo podría atribuirse a que, mientras no dispusiese de mayores
informes, Cortés prefería evitar contactos entre sus hombres y los recién
llegados.
Otros tres hombres se desertaron de las filas de
Cortés, entre ellos, el atronado Cervantes el Chocarrero, quienes al llegar
junto a Narváez, interiorizaron a éste de todo lo que ocurría; fue así como se
enteró por dónde andaba Velázquez de León y pudo hacerle llegar la carta. Esos
tres individuos, que ya tenían algunos conocimientos de la lengua, le sirvieron
para comunicarse con los indios. Mientras comía y bebía, el Chocarrero que era
muy gracioso hacía chistes sobre Cortés y, según aseguró, los soldados estaban
tan a disgusto con él, que se le desertarían en masa. Eso era lo que el
confiado de Pánfilo de Narváez quería oír, y al escucharlo, se confió todavía
más.
Cuando Narváez supo que «Cortesillo» (como
despectivamente lo llamaba el veedor Salvatierra) tenía construida una
fortaleza en la Villa Rica, envió a unos representantes suyos para que tomasen
posesión de ella. [345] Los enviados fueron
un clérigo llamado Juan Ruiz de Guevara, el escribano Alonso de Vergara, y un
tal Amaya, persona de significación. Llegaron a la Villa Rica, y lo único que
vieron fue indios trabajando en las edificaciones, ya que Sandoval había
replegado a los enfermos a los poblados vecinos, y los sanos aguardaban
ocultos. Al no ver españoles, se dirigieron a la iglesia, y luego de haber
permanecido en ella un momento, fueron a la casa principal. Allí encontraron a
Sandoval, quien los aguardaba sentado en una silla. Saludó el clérigo y éste le
respondió lacónicamente. Ante esa recepción tan fría, Guevara, quien había sido
elegido para ese cometido por ser hombre de palabra fácil, comenzó a disertar
sobre la traición cometida por Cortés contra Velázquez y el rey. Sandoval lo
atajó al instante, diciendo que allí todos eran mejores servidores del rey que
Diego Velázquez, y que si no lo castigaba, era por su condición de hombre de
iglesia. Enmudeció el clérigo, y viéndose imposibilitado de utilizar sus dotes
de convicción, indicó al escribano que diese lectura al mandamiento que traía.
De nueva cuenta, Sandoval cortó tajante y, sin escucharlos, les expuso que
Cortés, quien era justicia mayor y capitán general, se encontraba en
Tenochtitlán, y era ante él donde deberían exhibir esos documentos. Sin decir
más, los puso en manos de indios, quienes los colocaron «en hamaquillas de
redes, como ánimas pecadoras», agrega con sorna Bernal; y a volandas, los
condujeron a la ciudad. [346] Cuando Cortés tuvo
conocimiento por Sandoval de que ya venían en camino, escribió a éstos,
ofreciéndoles disculpas por la brusquedad del trato recibido, y les envió
caballos para que entrasen montados, como correspondía a personas de su
condición. Ésta es la primera acción en que Sandoval desempeña un papel
protagónico de primera fila; éste, que en aquellos días andaba en los primeros
veintes, forma parte del grupo de soldados de extrema juventud que en el curso
de la campaña exhibirían dotes de mando extraordinarias. Se trataba de un
escudero, hijo del alcaide de una fortaleza (posiblemente del propio castillo
de Medellín); su formación había sido la de un hombre de armas, sumamente
sencillo y carente de malicia. Su único ideario parece haber sido la milicia;
aunque él y Cortés eran paisanos, no pudieron haberse tratado en Medellín, dada
la diferencia de edades. Cuando el primero abandonó la villa, el segundo no
llegaría a los ocho años. Oviedo asegura que existía deudo entre ambos; esto es, que se encontraban emparentados. [347]
Los recién llegados creían encontrarse bajo los
efectos de un encantamiento ante todo lo que se ofrecía a sus ojos. Cortés los
agasajó mucho, además de tener para con ellos todo género de atenciones les
deslizó en la faltriquera buenos tejos de oro. Cuando volvieron a la costa ya
iban ganados por el trato recibido. Es interesante destacar el servicio de
transporte tan eficaz que permitía comunicar en un plazo tan breve: cuatro
días, o tres y medio, si el viajero cooperaba viajando algunos trechos a pie.
Este servicio express funcionaba
a base de una especie de camilla, hecha de una red, donde el viajero iba
acostado. Para mayor comodidad podían utilizarse unas andas; y dado el peso tan
grande que sostenían, está claro que los portadores deberían turnarse
constantemente, de allí que cada pasajero iría a cargo de todo un equipo. Las
crónicas no dejaron testimonio sobre cuántos hombres serían necesarios para ese
servicio, pero habida cuenta de que se viajaba sin detenerse —incluso de
noche—, necesariamente se trataría de un grupo numeroso. Para mantenerlo
funcionando debería contarse con gente estacionada a todo lo largo del
trayecto. Una infraestructura sólida. Cortés la tenía. Otra cosa a observarse,
es que los españoles podían viajar solos o en grupos pequeños con toda
seguridad.
Ruiz de Guevara era portador de cerca de un
centenar de cartas, dirigidas por parientes y amigos a los hombres de Cortés,
instándolos a cambiar de bando. Una especie de quinta columna. Por este mismo
conducto, Cortés se comunicó con Narváez y, con inmenso cinismo, le reclamó que
no le hubiese escrito, dada la antigua amistad entre ellos, al tiempo que
protestaba por su actitud, de estar incitando a sus hombres a la deserción. Y
de manera semejante, le manifestaba extrañeza por la circunstancia de que
hubiese nombrado alcaldes y regidores, siendo que ya existían autoridades en la
tierra. Terminaba diciéndole que si traía órdenes expresas del monarca, que las
exhibiese ante él y el cabildo de la Villa Rica. Sólo en ese caso serían acatadas
las provisiones. Aprovechó para escribir al oidor Lucas de Ayllón, en cuya
ayuda confiaba. Buscaba ganar tiempo.
Supuestamente, Narváez habría entrado en
comunicación con Motecuhzoma, escribiéndole que Cortés era un rebelde que había
cometido tropelías sin cuento, y que su soberano lo enviaba para aprehenderlo y
llevarlo a su tierra para que recibiese el castigo merecido. En respuesta,
Motecuhzoma habría enviado instrucciones a su gobernador en la zona para se
diese a Narváez la comida y ayuda que fuera precisa. Esperaba sacar partido del
enfrentamiento entre teules.
Ésa fue una versión que circuló inicialmente, y que más tarde sería desmentida
por Cortés (quedaría por verse cómo hubiera podido Narváez comunicarse con
alguien que no podía leer ni conocía el idioma).
Fray Bartolomé de Olmedo llegó al arenal de
Chalchicuecan y dio comienzo a su labor. Entregó la carta de Cortés, y para que
Narváez se confiara, le dio a conocer que en el ejército prevalecía un gran
malestar, por lo que muchos estaban ansiosos por pasársele. Fue hablando por
separado a los principales personajes, y a cada uno decía algo distinto; pero
eso sí, a todos les deslizaba lingotes de oro. En eso se mostraba pródigo.
Procuró entrevistarse con el oidor Lucas Vázquez de Ayllón, pero no le fue
posible, por encontrarse confinado en la bodega de un navío. Hecha esa primera
labor exploratoria, emprendió el regreso sin toparse en el trayecto con Ruiz de
Guevara, prueba de que había dos caminos distintos. Cuando este último y sus
acompañantes volvieron al campamento, se hacían lenguas acerca de lo que habían
visto. Sus descripciones, aumentadas por la fantasía, exaltaron la imaginación
de muchos. Narváez se disgustó con ellos, acusándolos de revolverle el campo.
Por las mismas razones que Cortés (navíos
expuestos a los vientos y el arenal inhóspito), Narváez se desplazó a Cempoala,
y envió los navíos al fondeadero de la Villa Rica. El Cacique
Gordo lo acogió con reserva; les dio
víveres y alojamiento, pero se abstuvo de tomar partido. No quería verse
envuelto en esa disputa. Por su parte, Cortés resolvió ir a su encuentro, y
para ello escribió a Juan Velázquez de León, ordenándole que se moviera a
Tlaxcala con los ciento cincuenta hombres bajo su mando y que allí lo esperase.
De igual manera mandó llamar a Rodrigo Rangel, que en esos momentos andaba con
una veintena de hombres por la región de Tuxtepec. La llegada de Narváez lo
había sorprendido en un momento en que sólo disponía en Tenochtitlán de poco
más de un centenar de soldados. Comunicó a Motecuhzoma la intención de ir a
saludar a los recién llegados, al par que lo responsabilizaba por la seguridad
de los encargados de su custodia. En Tenochtitlán quedaría Pedro de Alvarado al
mando de una fuerza que inicialmente sería de setenta españoles, de los cuales
cinco eran de a caballo, catorce escopeteros y ocho ballesteros. El resto,
peones de espada y rodela. Eso era todo por el momento, aunque su número se
vería aumentado posteriormente; en cuanto a los indios aliados no se tienen
cifras. Además de Motecuhzoma, atrás quedaban otros personajes con autoridad
suficiente, encargados de tener la situación bajo control, quienes ya serían
adictos al bando español, o al menos, colaboraban con él. La salida de
Tenochtitlán fue hacia el diez de mayo; «entrante el mes de mayo», dice Cortés
en su carta. [348] En su compañía
llevaba ochenta y cuatro hombres, así como un grupo de principales mexica, que
se encargarían de velar para que en el trayecto no le faltasen suministros, al
par que servirían de rehenes. En Cholula topó con Juan Velázquez de León, procediendo
a remitir a Alvarado algunos soldados que le parecieron dudosos, por el riesgo
de que se le pasaran a Narváez. El padre Juan Díaz figuró entre los que dejó
atrás. Bernal escribe que pidió a los de Tlaxcala que le proporcionasen cinco
mil hombres de guerra, pero que éstos habrían respondido que de tratarse de una
guerra entre indios gustosamente lo harían, pero que en un conflicto entre
españoles preferían mantenerse al margen. [349] Cortés no menciona
que hubiese solicitado esa ayuda. Por el camino se topó con fray Bartolomé de
Olmedo, quien lo puso al tanto de la situación en el campo de Narváez.
Prosiguieron la marcha y a poco se encontraron con Alonso de Mata, un escribano
que venía a hacerle una notificación. Antes de que pudiera hablar, Cortés le
exigió que mostrara su título, y como no lo traía encima, no lo dejó proseguir,
acusándolo de ejercicio indebido de la profesión. (Mata será el autor de unas
memorias que utilizará Cervantes de Salazar.) A poco más de andar les salieron
al encuentro un tal Villalobos y cinco soldados más, entre ellos un portugués,
que se le habían huido a Narváez. Llegaron a un sitio en las inmediaciones de
Cempoala que Bernal llama Panganequita, donde se encontraron con Sandoval, que
venía con sesenta hombres, pues a los enfermos los había distribuido por los
pueblos amigos. Con grandes risas se celebró la humorada de éste, consistente
en introducir en el campo de Narváez a dos españoles disfrazados de indios, los
cuales se colaron entre los que llevaban bastimentos. Acuclillados, escuchaban
las pláticas, sobre todo a Salvatierra, que era quien más vociferaba contra
Cortés. Volvieron en cuanto oscureció y dirigiéndose a donde éste tenía su
caballo, lo enfrenaron y ensillaron, llevándoselo. Todavía encontraron un
segundo animal, y así, los dos montados, se presentaron en el campo de
Sandoval. [350]
Fray Bartolomé de Olmedo fue enviado de nueva
cuenta al real de Narváez. Llevaba cartas, y en su compañía iba Bartolomé de
Usagre, hermano de quien tenía a su cargo la artillería en el campo contrario.
Se intercambiaban ofertas y contraofertas; a Cortés se le ofrecía un barco para
que, con aquellos que quisiesen seguirlo, se trasladase a donde deseara; éste,
a su vez, proponía a Narváez que se fuese a poblar a la región de
Coatzacoalcos, o si lo prefería, a la tierra del cacique Pánuco. Se produjeron
múltiples intercambios entre ambos bandos; entre los más significados, figura
la visita que recibió Cortés de Andrés de Duero. En la conversación, éste
ofreció a su antiguo socio enriquecerlo o traspasarlo con una lanza si lo
traicionaba. Lo hizo portador de un mensaje: no entregaría la tierra a menos
que recibiese una orden escrita de mano del monarca. [351] Se concertó una
entrevista entre ambos jefes. Para ello se intercambiaron ofrecimientos dándose
mutuamente todo tipo de salvaguardas. Pero el encuentro no llegó a celebrarse,
pues Cortés tuvo conocimiento de que Narváez tenía apalabrados a algunos de sus
hombres para que le diesen muerte. En un esfuerzo de último momento, envió a
Juan Velázquez de León, ordenándole que llevase puesta la Fanfarrona. A su llegada al real de Narváez fue muy bien
acogido, ya que era hombre que gozaba de grandes simpatías. La Fanfarrona, que era de gruesos eslabones, le daba dos vueltas
al pecho. Así era como corría el oro en el bando de Cortés. Por su parte, para
impresionarlo, Narváez hizo hacer un alarde formando a su gente en escuadrón y
mostrando la artillería; y a continuación lo invitó a comer, ofreciéndole ser
segundo en el mando si se pasaba a su lado. Eso lo daba como un hecho, dado el
vínculo familiar que los unía, pero para sorpresa suya, rechazó el
ofrecimiento. Un sobrino de Diego Velázquez, que llevaba el mismo nombre que el
tío, se hizo de palabras con él, desafiándolo. En medio de la comida echaron
mano a las espadas, mas fueron frenados por Narváez, quien no autorizó el
desafío. Velázquez de León montó en La Rabona y abandonó el campo.
§. Espíritu Santo, Espíritu Santo
Llovía. Era la noche del veintisiete de mayo,
Pascua del Espíritu Santo. En vista de que no podían dormir, Cortés ordenó
proseguir la marcha. Los hombres querían detenerse para asar unos jabalíes y
venados alanceados por los de a caballo, pero no les fue permitido encender
fuego, para evitar ser sentidos. Fray Bartolomé de Olmedo y Juan Velázquez de
León ya se encontraban de retorno. Fracasado todo intento de conciliación,
Cortés resolvió atacar. Reunió a sus hombres y comenzó a hablarles, rememorando
todos los peligros vividos juntos. Habían ganado una tierra muy rica y, después
de tantas penalidades no irían a entregarla a Diego Velázquez. Defenderían lo
ganado sin cederlo a nadie, hasta no tener una respuesta del Emperador a la
carta que le habían enviado. No debería preocuparles encontrarse en
inferioridad numérica, pues es Dios quien siempre decide el desenlace de las
batallas y ya habían visto que, hasta ese momento, siempre los había
favorecido. Se ponía, por tanto, en sus manos. Bernal, al escribir el libro,
rememora que para que peleasen con mayor decisión, no les comunicó los arreglos
a que había llegado con alguna gente del campo de Narváez. [352] La tropa, integrada
en su mayoría por soldados muy jóvenes y adictos a él, lo aclamó alzándolo en
brazos, hasta que hubo de pedirles que lo bajasen. [353] Comenzaba a dictar
las disposiciones para el ataque cuando llegó un desertor. Era un soldado
llamado el Galleguillo, quien lo puso al corriente acerca de la disposición del
campo contrario. En honor a la fecha, para identificarse durante el combate, se
adoptó la contraseña de «Espíritu Santo», «Espíritu Santo». Cortés afirma que
llevaba en total doscientos cincuenta hombres, los cuales procedió a dividir en
capitanías; a su pariente Pizarra le habría asignado sesenta hombres, a
Sandoval ochenta, y por ser éste el alguacil mayor, le dio el encargo de la
captura de Narváez, vivo o muerto. [354] A Velázquez de León
le confió otros sesenta, dándole la encomienda de apresar a Salvatierra. No
menciona si se reservó el mando directo de los restantes. Emprendieron la
marcha, y a poco andar sorprendieron a un escucha de Narváez. Se trataba de Gonzalo
Carrasco, compadre de Cortés, que al ser capturado dio grandes voces, con lo
cual alertó a su compañero Hurtado, quien corrió a dar la alarma. Valido de su
compadrazgo, Carrasco se mostraba desafiante y nada inclinado a responder a lo
que se le preguntaba. Le echaron una soga al cuello, y aun así continuaba
negándose. Hubieron de izarlo. Cuando lo bajaron, informó lo que sabía.
Narváez fue advertido por los indios de la
proximidad de Cortés, por lo que salió a enfrentarlo. Caminó cerca de una
legua, y al no dar con él, supuso que lo habrían engañado. Volvió al real, y
como llovía, estimó que hasta el día siguiente no aparecería, metiéndose en la
cama, pero la lluvia cesó. Era noche oscura. Atrás, en una barranca, habían
quedado los caballos al cuidado de fray Bartolomé, Malintzin y Aguilar.
Sigilosamente los atacantes se aproximaron y cuando ya estuvieron encima, el
tambor Canillas comenzó a redoblar, y a la voz de «Espíritu Santo», «Espíritu
Santo», se lanzaron al ataque. Sonó la alarma, y los atacados respondían en la
oscuridad con la contraseña «Santa María», «Santa María». Narváez fue avisado,
procediendo en el acto a ponerse el peto. Algunos de sus hombres salieron
precipitadamente a subirse a sus caballos, pero apenas lo hacían, rodaban por
tierra. Momentos antes, unos soldados de Cortés se habían introducido en el
campo y habían cortado las cinchas de algunas sillas. [355] La noche se llenó con
luces de los cocuyos que, en el fragor del combate, los de Narváez las tomaban
por mechas de las escopetas. Sandoval y los suyos acometieron la pirámide
principal. Un artillero acercó la mecha a los cañones, pero no se produjeron
disparos. Tenían el cebadero cubierto con cera. En el curso de la refriega
únicamente se dispararía un cañonazo. Andrés de Tapia narra que, en lo alto de
la pirámide que le correspondió asaltar al grupo de que formaba parte, se
encontraba almacenada la pólvora de los contrarios. Un joven soldado lanzó,
contra un barril abierto un haz de pajas en llamas, al par que se arrojaba al
suelo. No se produjo la explosión, y cuando entre varios lo examinaron,
encontraron que, en lugar de pólvora, contenía alpargatas. Mientras Tapia
agujereaba con la espada otro barril, llegó Cortés y lo detuvo, diciéndole: «
¡Oh, hermano, no hagáis eso, que moriréis e muchos de los nuestros que por aquí
cerca están!». Y con los pies, fue apagando las pavesas que ardían en torno a
los barriles. [356]
Narváez y un grupo de sus incondicionales se
hicieron fuertes en lo alto de la pirámide. Gonzalo de Sandoval llegó hasta
ellos, y en su carácter de alguacil mayor, los conminó a rendirse. Se burló de
ello Narváez y comenzaron a defenderse. Martín López arrojó una tea al techo
que era de palma y, cuando comenzó a arder, Diego de Rojas, el alférez,
apareció con la bandera en una mano y la espada en otra. En la refriega salió
malherido, y Cortés, que andaba cerca, evitó que lo remataran para que tuviera
oportunidad de confesarse (el oidor Zorita lo llama Juan de Rojas, y dice que
quedó muerto en medio del patio a causa de las numerosas heridas
recibidas). [357] Narváez, blandiendo
un montante, combatía valerosamente, hasta que de un golpe de pica le vaciaron
un ojo. Fue apresado, y cuando estuvo frente a Cortés, dijo: «tened en mucho la
ventura de que hoy habéis en tener presa a mi persona»; a lo que éste habría
replicado: «lo menos que he hecho en esta tierra es haberos prendido». [358]
Con su captura, por todo el real se pregonaba la
victoria, « ¡Cierra Espíritu Santo!»; sin embargo, había algunos que,
parapetados en un edificio, no combatían pero tampoco se entregaban. Cortés les
mandó un cañonazo intimidatorio, para que se diesen prisioneros. Algo semejante
ocurrió con un grupo de aproximadamente cincuenta jinetes, quienes abandonaron
el real sin combatir, situándose en un campo cercano. Se les hicieron repetidas
exhortaciones, hasta que, finalmente, todos se entregaron. El encuentro contra
Narváez, más que una batalla fue una refriega de corta duración; fueron pocos
los hombres de éste que combatieron. La mayor parte permaneció a la
expectativa. Muchos venían contra su voluntad, empujados por Velázquez, y si
habían aceptado participar era por el temor de que éste tomase represalias
contra ellos, quitándoles los indios y tierras que tenían. Cortés tenía
asegurada la victoria antes de atacar. En su carta al Emperador informa que
sólo hubo dos muertos (ambos del campo de Narváez); Bernal, por el contrario,
habla de que fueron cinco por el bando contrario y cuatro por el propio. La
crónica de Andrés de Tapia llegó trunca, cubre hasta el momento de la victoria
sin alcanzar a dar cifras de los caídos. El maestro Cervantes de Salazar apunta
que fueron once los muertos de Narváez por dos de Cortés. [359] El informante de este
cronista fue el propio Gonzalo Carrasco, quien además le comentó que, de
aquellos que traicionaron a Narváez, muy pocos se salvarían durante la Noche Triste. Dos españolas que venían con los de Narváez,
Francisca Ordaz y Beatriz Ordaz (posiblemente hermanas), comenzaron a increpar
a éstos por su cobardía, diciendo que gustosas se entregarían a los vencedores.
Ya frente a Cortés dejaron de gritar y le hicieron acatamiento. El bufón de
Narváez, un negro llamado Guidela, que presenció la refriega subido a un árbol,
iba por el campo bailando y diciendo gracias, mientras parangonaba a Cortés con
Alejandro Magno. [360] Restablecida la
calma, Cortés fue hablando con los prisioneros para ganar voluntades; a todos
honraba, con excepción de Narváez y Salvatierra, a quienes mantuvo presos. Una
vez que le manifestaban su adhesión, ordenaba que les fueran devueltas sus armas
y caballos. En este punto Bernal se muestra muy quejoso de la liberalidad de su
jefe, pues ya se había apropiado de un caballo, que tenía ensillado y
enfrenado, así como de dos espadas, tres puñales y una daga. Tuvo que
devolverlo todo. [361]
Bernal cuenta con lujo de detalle cómo, al día
siguiente, una vez restablecida la calma, aparecieron los indios de Chinantla,
capitaneados por Hernando de Barrientos, quienes llegaron tarde para participar
en la batalla. Supuestamente serían dos mil hombres de guerra, armados de picas
y lanzas, «que son muy más largas que no las nuestras»; y con sus banderas
tendidas, daban vivas al rey y a Cortés. Al verlos, los hombres de Narváez
quedarían admirados, comentando entre sí que, de haber llegado esos guerreros
la víspera, muchos de ellos no habrían sobrevivido para contarlo. Pasada la
revista, Cortés les dirigió unas palabras amables, dándoles cuentas de colores
e indicándoles que podían volverse a sus pueblos. Barrientos regresó con ellos.
Cervantes de Salazar narra el hecho en términos muy semejantes, aunque
aumentando a ocho mil el número de guerreros. [362] Este último relato
parecería ser un episodio imaginario, pues según se desprende de una
información que se verá más adelante, Barrientos nunca se habría presentado en
Cempoala al frente de los de Chinantla; eso es algo que puede afirmarse con
toda certeza, pues se trata de un soldado cuyas hazañas impresionaron de tal
manera a Cortés, que las recogió en forma pormenorizada. Que Cervantes de
Salazar equivoque los tiempos, puede comprenderse: sencillamente, alguien le
informaría mal; pero que se confunda uno que se encontró en Cempoala, como es
el caso de Bernal, eso es algo que resulta difícil de entender. Cuando
Torquemada se ocupe de este asunto, lo referirá situando correctamente tiempo y
lugar.
El triunfo de Cortés hubiera sido redondo, de
haber podido liberar al oidor Vázquez de Ayllón, pues pasaría por el
restaurador de la legalidad; pero ocurría que a éste ya Narváez lo había
remitido a Cuba en calidad de detenido, junto con su alguacil y secretario.
Pero en el trayecto, el oidor impuso su autoridad y ordenó que pusieran rumbo a
Santo Domingo. Ahí puso al tanto a la Audiencia de lo ocurrido y comenzó a
redactar su informe al monarca. Este trae fecha de 30 de agosto de 1520, o sea,
se trata del documento más cercano a los hechos (anterior en dos meses al
informe que enviará Cortés); y, además, procede de un testigo imparcial. El
informe Vázquez de Ayllón, al señalar el derrotero seguido por la flota de
Narváez, ofrece un dato de la mayor importancia: «… de allí seguimos el viaje
por toda la costa de Yucatán, de la banda del norte, hasta llegar al fin de
dicha isla, que es muy junta con la otra tierra que llaman de Ulúa, que á lo
que se cree é allá se pudo comprender es tierra firme, y junta con la que Juan
Díaz de Solís y Vicente Yáñez Pinzón descubrieron». [363] Otra vez se vuelve a
oír hablar de una tierra descubierta años atrás, lo cual corrobora lo que antes
decía la carta dirigida por el cabildo al monarca, expresando que se
encontraban en un punto situado en la proximidad de la Punta de las Veras. Vázquez
de Ayllón era persona informada, y según da a entender, se trataba de una zona
que no sería del todo desconocida para navegantes españoles.
Cortés despachó un mensajero para comunicarle a
Alvarado la inmensa victoria obtenida, y, a continuación, comenzó a trazar las
líneas maestras de su gran proyecto: Juan Velázquez de León iría con doscientos
hombres a colonizar la tierra del cacique Pánuco, y Diego Ordaz, con otros
doscientos, a las del cacique Tuchintecla en la cuenca del Coatzacoalcos. Y a
doscientos más los enviaba a la Villa Rica, adonde permanecerían los navíos
traídos por Narváez. Como comandante de la flota nombró a Pedro Caballero,
persona de su amistad y entendido en cosas del mar. Era dueño del litoral, y su
siguiente paso era taparle la entrada a Garay, para que no estableciese en esa
zona su proyectada colonia, a la que a distancia ya tenía bautizada como
Victoria Garayana. Pero en sus planes ocurrió un contratiempo, cuando los
hombres que habían quedado en la Villa Rica y más tarde participaron en el
encuentro con Narváez, reclamaron su parte en el reparto del tesoro. La
prodigalidad mostrada por Cortés para ganar voluntades en el campo de los
recién llegados, provocó malestar entre el pie veterano. Las cosas amenazaban
con pasar a mayores, y Alonso de Ávila, que era hombre que no se achicaba ante
nadie, como representante de los intereses de los descontentos tuvo un violento
enfrentamiento con Cortés. [364] Fray Bartolomé de
Olmedo también terció en la controversia, aconsejando que no se demorase más la
entrega de las partes que correspondían a cada uno. Aquí, como señala Bernal,
Cortés se vio acorralado y hubo de acceder a lo que le pedían; por tanto,
procedió a designar representantes que se desplazarían a Tlaxcala para recoger
el tesoro allí depositado. En ese momento ocurrió algo inesperado: Blas Botello
se acercó a Cortés para anunciarle que había tenido una visión: «señor no os
detengáis mucho, porque sabed que don Pedro de Alvarado, vuestro capitán que
dejásteis en la ciudad de México, está en muy grave peligro, le han dado gran
guerra y le han muerto un hombre, y le entran con escalas, por manera que os
conviene dar prisa». Francisco de Aguilar, quien se hallaba presente, es quien
recoge sus palabras.
Blas Botello de Puerto Plata, un hidalgo
montañés, era un personaje misterioso, cuya presencia inquietaba al ejército.
Un nigromante, dedicado de lleno a la astrología y ciencias ocultas; el parecer
unánime era que tenía «familiar». [365] En el lenguaje de la
época eso quería decir tener un demonio familiar, o sea, pacto diabólico.
Bernal nos dice que además de hidalgo era latino, lo cual ya lo presenta como
hombre culto y de un nivel social más bien alto; lo que cabe preguntarse es qué
andaba haciendo un individuo de sus características en una empresa de
conquista. Por la forma en que todos lo describen, como brujo o nigromante, no
sorprendería que fuese un prófugo de la Inquisición que, para huir de ella,
hubiese puesto el océano de por medio. En la Europa de aquellos días, en que
daban comienzo las guerras de religión, Botello no habría escapado de la
hoguera. Poco después llegaron dos tlaxcaltecas confirmando el vaticinio y, a
continuación, una carta de Alvarado ampliando detalles. Se había producido una
sublevación. Los indios habían atacado intentando tomar el palacio, aunque por
el momento se observaba una tregua, ya que Motecuhzoma había conseguido imponer
su autoridad para que cesasen los combates, pero continuaban manteniéndolos cercados
sin permitirles salir. Los bergantines habían sido quemados. [366]
Cortés hubo de modificar planes, llamando de
regreso a Ordaz y Velázquez de León. Allí quedaron cancelados los proyectos
colonizadores. A Narváez y Salvatierra los envió presos a la Villa Rica y
emprendió el viaje a Tlaxcala. Lo que sigue es un episodio que resulta difícil
de creer, y ello es el inmenso desorden en que se escenificó esa marcha. A lo
largo del trayecto iban quedando pequeños grupos de rezagados, que progresaban
penosamente por esa región de malpaís carente de agua. Unos setenta kilómetros
antes de llegar a Tlaxcala, Cortés y los jinetes que venían en vanguardia
toparon con Alonso de Ojeda, quien les salía al encuentro con una columna
de tamemes portadores de
comida y agua. Todo era producto de la iniciativa de dos soldados, Ojeda y
Márquez, quienes organizaron un servicio de suministros. Uno se encargaba de
obtenerlos, y el otro, los hacía llegar. Cervantes de Salazar es quien trata
con detalle esta página, que habla de un descuido inadmisible por parte de
Cortés, sobre todo si se tiene presente que ocurrió en una ruta de la que ya
conocía lo inhóspita que era. [367] Cabe destacar que la
región en que se dispersó la columna se encuentra lejos de Tlaxcala, en
territorios anteriormente sujetos a Motecuhzoma, por lo que los españoles se
hubieran encontrado en extremo vulnerables de haberse decidido a atacarlos los
caciques locales. Parecería que hubieran tomado la actitud de permanecer como
observadores en ese conflicto.
En Tlaxcala pusieron a Cortés al tanto de la
situación en Tenochtitlán. No se combatía, pero se mantenía el cerco. Aguardó a
los rezagados, y en cuanto los hubo reunido reanudó la marcha. Según su propia
cuenta, una vez reunidas las divisiones de Ordaz y Velázquez de León, la fuerza
española quedó constituida por setenta de a caballo y quinientos peones, «con
toda la artillería que pude». Las cifras dadas por Bernal difieren
notablemente: «Y luego Cortés mandó hacer alarde de la gente que llevaba, y
halló sobre mil trescientos soldados, así de los nuestros como de los de
Narváez, y sobre ochenta y seis caballos y ochenta ballesteros, y otros tantos
escopeteros […] y demás de esto, en Tlaxcala nos dieron los caciques dos mil
indios de guerra». [368] Esa discrepancia tan
grande lleva a pensar que Cortés reduce aquí las cifras para paliar la magnitud
del desastre durante la Noche Triste, que ocurrirá a
continuación. Los números ofrecidos por Bernal, aunque exagerados, parecen más
cercanos a la realidad.
Llegaron a Texcoco y allí se encontraron con que
la ciudad estaba sin gobierno. Coanacoch, quien había estado al frente, no
disponiendo de fuerzas suficientes, al sentir que los españoles se aproximaban
buscó refugio en Tenochtitlán. Aquí hay un punto oscuro. Antes se vio que el
gobernante impuesto por Cortés era Cuicuitzcatzin, y Coanacoh quedó haciéndole
compañía a su hermano Cacama, sujeto a la cadena del navío; ¿qué ocurrió? No se
sabe, ya que ningún autor se ocupa de explicarlo; el caso es que Cuicuitzcatzin
se encontraba en paradero desconocido y Coanacoch se había hecho con el poder.
Una posible explicación sería la de que quizás Bernal no haya sido del todo
exacto al decir que éste quedó encadenado junto al hermano. Si no fue así, se
desconoce el cómo o quién lo soltaría. Aclarado esto, volvemos al hilo de la
narración.
Como Cortés no encontró caras conocidas en
Texcoco, tomó a un hombre que juzgó que sería persona importante, ordenándole
que le proporcionase una canoa para que un español viajase a la ciudad.
Mientras, él quedaría como rehén. Antes de que se iniciara el viaje, apareció
otra canoa en la que venía un español enviado por Alvarado y, en su compañía,
traía dos emisarios de Motecuhzoma. Éstos eran portadores del encargo de
asegurarle que su señor había sido ajeno al levantamiento; le dijeron, además,
que ya podía entrar tranquilo en la ciudad, con la certeza de que se había
restablecido el orden y todo volvería a ser como antes. Durmieron en Texcoco y,
al día siguiente, luego de escuchada la misa, se pusieron en marcha. Al
adentrarse en la calzada y cruzar un puente donde había unas tablas separadas,
el caballo de Solís Casquete hundió una pata por una hendedura y se la quebró.
Se escuchó la voz de Botello señalando que aquello era un mal augurio. [369] La entrada en
Tenochtitlán ocurrió poco después del mediodía. Era el veinticuatro de junio,
día de San Juan. La ciudad ofrecía un aire lúgubre y trágico. Las señales de la
lucha se advertían por todas partes: casas quemadas, muros caídos y puentes cortados.
Las calles permanecían desiertas, y asomados a las puertas, los moradores los
veían con mirada hostil. La ciudad lloraba a sus muertos. Llegaron frente al
palacio de Axayácatl, cuyas puertas se encontraban reforzadas. Alvarado se
asomó al pretil de la azotea y, al verlos, hizo que les abrieran. Eran tantos,
que una parte tuvo que alojarse en el recinto del Templo Mayor. Esa tarde no se
combatió, como tampoco al día siguiente. Ello indujo a Cortés a sacar
conclusiones equivocadas, pues pensó que con su llegada la situación estaba
resuelta. Venía tan engreído por su reciente victoria contra Narváez, que el
éxito se le había subido a la cabeza, llegando al extremo de hacerle a
Motecuhzoma el desaire de no visitarlo, cosa que éste resentiría profundamente.
Años más tarde, Cortés recapacitaría sobre los errores cometidos; Cervantes de
Salazar narra que cuando la Corte se encontraba en Madrid tuvo oportunidad de
escucharle referir los pormenores de su entrada a México, y según contaba,
«cuando tuvo menos gente, porque sólo confiaba en Dios, había alcanzado grandes
victorias, e cuando se vio con tanta gente, confiando en ella, entonces perdió
la más della y la honra y gloria ganada». [370] Así hablaría Cortés
cuando estaba en el tramo final de su vida.
Capítulo 12
Matanza del templo mayor
Contenido:
§. Muerte de Motecuhzoma
Cortés demandó una explicación a Alvarado, y éste
dijo que llegó el mes Tóxcatl, en el cual tenía lugar una solemne festividad en
honor a Tezcatlipoca, y los mexica le pidieron licencia para celebrarla. La
otorgó a condición de que no realizaran sacrificios humanos (el padre Durán
señala que la festividad era celebrada el primer día de ese mes, que
correspondía al veinte de mayo). [371] Ningún cronista se
ocupa de comentar cómo recibiría Cortés las explicaciones ofrecidas por su
subordinado para justificar su actuación; en cierta medida, el haber otorgado
el permiso equivalía a dar marcha atrás, pues el culto a los antiguos dioses
había quedado suprimido desde el día en que hizo remover sus efigies. Pero
debió de haber tomado en cuenta que dejó a Alvarado con sólo setenta hombres, a
los que se agregaron unos pocos más enviados desde Tlaxcala (Vázquez de Tapia
dice que en total eran ciento treinta). [372] La justificación de
Alvarado fue que la celebración resultó ser sólo una estratagema, pues
calladamente, habían estado introduciendo armas para matarlos, cuando más
descuidados estuvieran presenciando el espectáculo. Todo lo que había hecho fue
ganarles la mano.
El festejo consistía en una danza en la que
participaban guerreros águilas y tigres, lo más granado de las órdenes
militares; en lo alto del Templo Mayor sonaba música de flautas, caracoles,
tambores y teponaxtles, mientras los danzantes ejecutaban los pasos de baile. A
una señal, Alvarado y los suyos, auxiliados por los tlaxcaltecas, arremetieron
contra ellos. Como las puertas habían sido tomadas y se hallaban inermes, no
tuvieron escapatoria. Allí mismo los acabaron. Unos hablan de trescientos
muertos, mientras que otros hacen subir el número a seiscientos; pero, ¿qué fue
lo que ocurrió realmente? Cortés no menciona la matanza en su carta al
Emperador, limitándose a decir que encontrándose en la Villa de la Vera Cruz,
recibió carta de Alvarado anunciándole que los indios los habían atacado y
puesto fuego a muchas partes del palacio de Axayácatl, «y todavía los mataran
si el dicho Mutezuma no mandara cesar la guerra; y que aún los tenían cercados,
puesto que no los combatían, sin dejar salir ninguno de ellos dos pasos fuera
de la fortaleza». [373] Vázquez de Tapia,
quien tomó parte en la matanza, en el proceso contra Alvarado describió los
hechos así: «que estaban bailando obra de trezientos o quatrozientos yndios que
todos los más eran señores bailando asidos por las manos e más de otros dos o
tres mil asentados por allí mirando». [374] Fue ése el momento en
que los atacaron por sorpresa. Es posible que Alvarado actuara movido por el
deseo de emular la matanza realizada por Cortés en Cholula. Años más tarde, sus
enemigos comenzarían a circular la versión de que lo hizo movido por la
codicia, al ver los medallones que lucían los guerreros. Siempre quedará la
duda acerca de si ese complot realmente existió, o si fue una fabricación de
los tlaxcaltecas o de los otros indios aliados. El odio que sentían hacia los
mexica era profundo. En el proceso, Vázquez de Tapia declararía que fueron los
tlaxcaltecas quienes denunciaron la conjura. Para conocer detalles, Alvarado
torturaba a unos sacerdotes colocándoles brasas en el vientre, y cuando
preguntaba al intérprete, que era un indio llamado Francisco, éste, como a todo
respondía afirmativamente, hacía autoinculparse a los interrogados
(posiblemente se trate del Francisco ya conocido). Resultan de interés algunos
de los párrafos escritos por Bernal en el manuscrito, y que más tarde tachó;
entre éstos destaca el siguiente: «dicen algunas personas que él Pedro de
Alvarado, por codicia de haber mucho oro y joyas de gran valor conque bailaban
los indios, les fue a dar la guerra, yo no lo creo, ni nunca tal oí, ni es de
creer que tal hiciese, puesto que lo dice el obispo fray Bartolomé de Las
Casas, aquello y otras cosas que nunca pasaron, sino que daría en ellos por
meterles temor». [375]
Cortés, creyendo que la rebelión ya había sido
sofocada, ordenó a Motecuhzoma que se hiciera tianguez (mercado) para poder comprar víveres, a lo que éste,
que se hallaba ofendido, replicó que por estar preso no sería obedecido. Para
que la orden fuese acatada se requería que la trasmitiera un personaje de
monta, por lo que se liberó a Cuitláhuac. Ése sería otro error de Cortés. No se
abrió el mercado y Cuitláhuac fue entronizado. El hambre comenzó a morder a los
sitiados, quienes comenzaron a hacer salidas. Ganaban algunas casas, las
incendiaban, pero se veían obligados a retornar a su alojamiento. El agua no
resultó problema, pues cavaron un pozo y, portentosamente, ésta manó dulce.
Sandoval, Velázquez de León y otros jinetes hicieron una salida y adentrándose
por la calzada de Tepeaquilla consiguieron llegar a la tierra firme. Como
prueba de haberla alcanzado trajeron unas flores. Se desaprovechó la
oportunidad de haber salido en esa fecha. Seguirían cinco días de lucha. Los
combates daban comienzo antes de romper el alba, y empezaba entonces a alzarse
un griterío ensordecedor. Esa era la concepción indígena de hacer la guerra:
requería de un periodo previo de calentamiento en el que había que enardecer
los ánimos y, para ello, lanzaban todo tipo de insultos, acompañándose de
silbidos de caracolas y toques de teponaxtle. Cuando se habían insultado lo
suficiente, entonces estaban listos para pelear. Francisco de Aguilar dice que
«era tanta la piedra tirada con honda de una vuelta y flechas y varas a manera
de dardos, que no había quien lo pudiese sufrir». [376] En los combates
diarios, el objetivo de los españoles era derribar casas, abrir claros y cegar
canales. Se requería de espacios abiertos, donde pudiesen correr los caballos.
Un grupo de señores, con varios cientos de
guerreros, ocupó el Templo Mayor. Subieron agua y comida, y allí se hicieron
fuertes. Cortés ordenó a Ordaz que los desalojara, pero por más esfuerzos que
éste y sus hombres hicieron, no pasaban de las primeras gradas. La lluvia de
piedras era incontenible. Cortés decidió ser él mismo quien condujera el
ataque. Tenía destrozados dos dedos de la mano izquierda a causa de una herida
recibida la víspera, por tanto, como no podía asir la rodela, se la ató al
brazo, y empuñando la espada en la diestra, se lanzó al ataque. (Se trataba de
lesiones de consideración, ya que ambos dedos le quedarían inutilizados de por
vida, desconociéndose cómo recibió las heridas.) De lo alto dejaban caer
troncos pero, inexplicablemente, en lugar de caer rodando, éstos venían de
punta, dando saltos. Siempre bajo una lluvia de piedras, continuaron subiendo.
Algunos de los defensores intentaban abrazarse a los atacantes para caer
juntos, pero no tenían suerte. Con Cortés a la cabeza, los españoles llegaron a
la plataforma superior, matando hasta el último de los defensores. [377] Una batalla cuesta
arriba, ganada con un mínimo de bajas. La Cruz y el cuadro de la Virgen ya no
se encontraban en el sitio. A continuación, pusieron fuego a las casetas de la
plataforma superior, que al arder profusamente sirven de indicio de que, además
de los techos de palma, habría allí muchos objetos de material combustible. Ese
día los aliados comieron hasta hartarse, y según cuenta Torquemada, «los indios
tlaxcaltecas y cempoales tuvieron buen día porque se comieron a los caballeros
mexicanos muertos». [378] Ante el hambre,
Cortés hacía de la vista gorda.
Se narraban muchas historias de hechos
sobrenaturales acaecidos durante los días en que Alvarado repelía los
incesantes ataques de que era objeto: según se contaba, mandó disparar un cañón
cargado con perdigones, pero al acercársele la mecha no disparó; empujados por
los atacantes, los españoles se replegaban, y en ese preciso instante se
produjo espontáneamente el disparo, causando numerosas bajas a los indios, que
ya no siguieron adelante. Entre las tachaduras de Bernal figura otra, que
cuenta que Pedro de Alvarado interrogó a muchos de los indios, y que éstos le
habrían dicho que, cuando peleaban contra él, una gran tecleciguata (la Virgen) les arrojaba tierra en los ojos
cegándolos. También existen referencias a un caballero montado en un caballo
blanco, que les causó un daño inmenso. Esta segunda aparición del Apóstol la
recoge igualmente el libro de Cervantes de Salazar. [379] Bernal concluye: «si
aquello fue así, grandísimos milagros son, e de continuo hemos de dar gracias a
Dios e a la Virgen Santa María Nuestra Señora». [380]
Luego de la toma del Templo Mayor se produjo un
alto momentáneo en la lucha. Habían caído los que desde lo alto dirigían la
acción. Cortés juzgó que, después de esa victoria, el momento era apropiado
para que Motecuhzoma le hablara al pueblo y lo apaciguara. Unos nobles se
acercaron al pretil de la azotea, y luego de pedir silencio, anunciaron que
éste hablaría. Comenzó Motecuhzoma reprochándoles que hubiesen elegido un nuevo
señor siendo que él se encontraba con vida. Les pidió que no fuesen necios, que
depusieran las armas, dado que por cada español que caía, morían docenas de
ellos; además, si continuaba la lucha la ciudad entera sería destruida… Pero no
le fue posible continuar a causa de una ensordecedora gritería y silbidos que
apagaban sus palabras: ¡puto!, ¡mujerzuela!, ¡querida de los extranjeros! La
repulsa fue seguida de una lluvia de piedras. Aguilar, quien presenció el
hecho, refiere que éste se encontraba situado en medio de Cortés y del
comendador Leonel de Cervantes, quienes lo cubrían con sus rodelas y, al
parecer, sería a causa de un descuido de éste último que pasaría una piedra
golpeando en la sien. Esto ocurrió entre las ocho y nueve de la mañana. [381] Fue retirado del
sitio. La herida no parecía de gravedad extrema, pero la piedra había acertado
a golpearlo en lo más profundo del espíritu. La humillación sufrida iba más
allá de lo que podía soportar. Perdió todo interés por la vida.
§. Muerte de Motecuhzoma
Los mexica trataron de incendiar el palacio de
Axayácatl para obligar a salir a los sitiados. Cortés cuenta que se vieron
obligados a derribar algunos muros para matar el fuego. La situación empeoraba.
En esa fase de la lucha, las referencias a la participación de los indios
aliados son escasas, pero dado su número —al menos unos cuatro mil— se
desprende que recaería sobre sus hombros una parte importante en los combates.
Una de las anécdotas contadas al respecto, es la siguiente: se encontraban éstos
bajo un racionamiento estricto: una tortilla al día. Un tlaxcalteca se disponía
a comer su ración diaria en la azotea, cuando un grupo de mexica comenzó a
insultarlo, y entre vituperios le decían que pronto moriría de hambre. Éste los
miró desdeñosamente y, arrojándoles la tortilla, les dijo que ésa le había
sobrado de su comida, que la comiesen ellos. [382]
La situación dentro del palacio era angustiosa,
casi no había soldado español que no estuviese herido. El maestro Juan, un
cirujano venido con Narváez, era quien se dedicaba a entrapajar heridas, pero
había otro tipo de enfermería que funcionaba en forma paralela, los
ensalmadores, aquellos que curaban con ensalmos, esto es, musitando oraciones.
Cervantes de Salazar, al hablar de las españolas que participaban en la
contienda, menciona el caso de Isabel Rodrigo, una piadosa mujer que con sus
rezos y una imposición de manos cortaba la sangre. [383] Bernal habla de Juan
Catalán, quien tenía las mismas aptitudes, «y nos dejaban listos para combatir
al día siguiente». [384] Francisco de Aguilar
recuerda: «y aquí milagrosamente nuestro Señor obró, porque dos italianos, con
ensalmos y un poco de aceite y lana de Escocia sanaba en tres a cuatro días, y
el que esto escribe pasó por ello, porque estando muy herido, con aquellos
ensalmos fue en breve curado». [385] Así funcionaban los
servicios médicos.
Al tercer día de recibida la pedrada Motecuhzoma
expiró, «a hora de vísperas», puntualiza Aguilar. [386] Poco antes había
hablado con Cortés, encomendándole mucho a sus hijas. Vázquez de Tapia, quien
también se hallaba presente, testimonia que pidió a Cortés que «mirase por su
hijo Chimalpopoca, que aquel era el heredero y el que había de ser Señor». Se
pidió silencio a los atacantes, comunicándoseles el deceso. Las hostilidades se
suspendieron un momento, para permitir que sacasen su cuerpo dos altos
dignatarios que se encontraban presos. Vázquez de Tapia dice que se cometió un
grave error, «y fue que, habiéndose de encubrir la muerte de Montezuma, le
metieron en un costal y le dieron a unos indios, de los que servían a
Montezuma, que le llevasen; al cual, como la gente de guerra le vio, creyeron
que nosotros le habíamos muerto, y aquella noche todos hicieron grandes llantos
y con grandes cerimonias quemaron el cuerpo e hicieron sus obsequias». [387] En la crónica
indígena se lee: «lo transportaron a un lugar llamado Copulco, Allí lo
colocaron sobre una pira de madera, luego le pusieron fuego, le prendieron
fuego. Comenzó a restallar el fuego, crepitaba como chisporroteando. Cual
lenguas se alzaban las llamas, era un haz de espigas de fuego, se levantaban
las lenguas de fuego. Y el cuerpo de Motecuhzoma olía como carne chamuscada,
hedía muy mal al arder». [388] No andaba muy errado
Vázquez de Tapia en su apreciación. Poco tiempo después, en las crónicas
indígenas, aparecerá la versión de que fueron los españoles quienes le dieran
muerte.
Los sitiados se hallaban en posición
desventajosa al salir a la calle, a causa de la lluvia de piedras que les
arrojaban desde las azoteas. Para remediar eso, se construyeron mantas. Se
trataba de unos ingenios a manera de torres de madera portátiles, dentro de las
cuales iban treinta hombres impulsándolas. Arrimaban éstas a las azoteas, y de
allí saltaban a tomar por asalto las casas defendidas. Refiriéndose a ellas,
Bernal expresa: «salimos de nuestros aposentos con nuestras torres, que me
parece a mí que en otras partes donde me he hallado en guerras […] les llaman
muros y mantas». [389] Por los datos
biográficos que él mismo aporta, sabemos que no era veterano de guerra, pues
cuando la de Granada todavía no nacía, y durante las campañas de Italia del
Gran Capitán era un niño de apenas diez años. Es posible que aquí se refiera a
alguna acción posterior, ocurrida en Guatemala, ya que de otra manera su
afirmación resultaría inexplicable. Oviedo da el nombre de tortugas a esos
ingenios.
La lucha diaria consistía en salidas de los
españoles y sus aliados para incendiar y derribar casas, utilizando los
escombros para cegar canales. Al anochecer se retraían a su alojamiento,
perdiendo el terreno ganado. En medio de esa brega, se acercaron unos capitanes
mexica pidiendo hablar con Cortés. Éste se asomó a la azotea, y allí le
propusieron que si se iba lo dejarían partir sin ser molestado. Colocarían los
puentes y, además, ofrecían quedar como vasallos del rey de España. Para sellar
ese trato, pidieron que se dejase salir a un alto dignatario religioso que se
encontraba preso. Salió éste y quedó acordado el cese de hostilidades. En el
entendimiento de que la guerra había concluido, Cortés se retiró a su
habitación disponiéndose a comer. [390] En ese momento
vinieron a avisarle que los indios habían recuperado los tres puentes ganados
esa mañana. Los indicios señalan que los mexica se encontraban divididos; unos
buscaban la paz, y otros, querían el aniquilamiento de los extranjeros.
¿Pudo haberse evitado la Noche
Triste? En los planes de Cortés no figuraba
el abandono de la ciudad, ya que en su poder tenía a una serie de notables con
los que esperaba controlar la situación. Una especie de gobierno paralelo.
Habían alzado a Cuitláhuac como rey, pero al parecer éste no tenía todas las
riendas en la mano. No terminaba de afianzarse y había otros que también daban
órdenes. Una cosa está muy clara: Cortés no contemplaba la salida. Sus razones
tendría. Pero sus planes fueron torcidos por un horóscopo. El astrólogo Blas
Botello Puerto Plata vino a decirle que deberían salir precisamente esa noche,
pues de otra forma ya no tendrían escapatoria. Cortés, que no creía en agüeros,
lo hizo a un lado. Pero Botello encontró quien lo escuchara. Francisco de Aguilar
narra con detalle lo ocurrido: había ido con su historia a Alonso de Ávila,
éste a Alvarado y así la voz fue cundiendo. Era tal el ascendiente que Botello
tenía por haber resultado ciertas sus predicciones, que en un momento dado
alborotó al ejército. Los capitanes fueron a ver a Cortés, y éste en un
principio no les hizo caso; fray Bartolomé de Olmedo apunta que les habría
respondido que «antes lo sacarían hecho pedazos que salir de la dicha
ciudad». [391] Pero los capitanes,
«juntándose todos ellos y habiendo llamado a otros, tuvieron consejo sobre
ello, y se determinaron de salir aquella noche». [392] El propio Cortés
confirma que la salida fue contra su voluntad, «porque de todos los de mi
compañía fui requerido muchas veces que me saliese». [393] Ese «muchas veces»
indica que hubieron de insistirle mucho. Acerca de la determinación de Cortés,
Andrés de Tapia cuenta que cuando le notificaron que ya no había más plomo para
hacer balas, éste les ordenó a él y a un camarero que tomasen el oro y la plata
suyos y con ello las fabricasen. [394] No hay registro
acerca de si se llegó al extremo de dispararse con balas de oro. Lo probable es
que no hubiera tiempo. Parecería que hasta el último momento, Cortés confió en
que podría darle vuelta a esa situación mediante una solución política; tenía
en su poder a Chimalpopoca y a una serie de notables, con los cuales
seguramente confiaría formar un nuevo gobierno. Pero no le dieron tiempo para
ello; conforme a la premonición de Botello, la salida debería efectuarse
precisamente esa noche, pues de otra manera «no quedaría hombre de ellos a
vida». [395]
Capítulo 13
La noche triste
Contenido:
§. Otumba
Lloviznaba. Antes había caído una fuerte
granizada. [396] Era el treinta de
junio. En cuanto fue noche cerrada comenzó la salida. Abrían la marcha los
capitanes Gonzalo de Sandoval y Antonio de Quiñones al frente de veinte de a
caballo y doscientos de a pie. Venía a continuación Magariño, con cuarenta hombres
escogidos que transportaban el puente. Cortés iba en el medio, en un grupo
selecto, del que formaban parte Diego Ordaz, Francisco Saucedo, Francisco de
Lugo, Alonso de Ávila, Cristóbal de Olid y cien de a pie. Su misión era acudir
como refuerzo adonde fuese necesario. Seguían treinta rodeleros españoles y
trescientos tlaxcaltecas, encargados de proteger a Malintzin y a una serie de
notables indígenas. En este grupo venía la familia de Motecuhzoma, dos hijas,
un hermano y el heredero Chimalpopoca, doña Luisa, la hija de Xicoténcatl, y
algunos rehenes, de entre los cuales Cacama era el más significado
(Cuicuitzcatzin también figuraba entre ellos). Los miles de guerreros aliados
venían a continuación, seguidos por centenares de mujeres de servicio. Cerraba
la marcha otro grupo de españoles del que hacían parte Pedro de Alvarado, Juan
Jaramillo y Juan Velázquez de León.
En los momentos que precedieron a la salida, Cortés
llamó a los oficiales reales y, mostrándoles el tesoro, les dijo que allí se
encontraba la parte correspondiente al Emperador. Para transportarlo les
facilitó una yegua y un grupo de tamemes. Ellos deberían hacerse cargo y allí
daba por terminada su responsabilidad. Y de lo que no pudiera cargarse, puesto
que de todas formas se perdería, cada cual podría tomar lo que quisiese. Bernal
apunta que algunos de los soldados llegados con Narváez, y otros «de los nuestros»,
le echaron mano a todo el oro que pudieron, mientras que él sólo tomó unos
cuatro chalchiuis, esa piedra tan preciada
entre los indios, que se echó entre peto y pecho. Las escrituras y toda su
documentación se cargaron en otra yegua y, antes de salir, encargó Cortés a
Alonso de Ojeda que revisase todos los rincones del palacio para asegurarse de
que no dejaban a nadie. Éste encontró a un joven soldado que se hallaba
profundamente dormido, y en cuanto lo despertó dio comienzo la salida.
Enfilaron para tomar la calzada que llevaba a Tacuba. Una elección obvia, tanto
por ser la más corta, como por tener sólo tres cortaduras, mientras que la de
Iztapalapa tenía siete. [397] No había nadie en las
calles. Marchaban en silencio, tal cual se había ordenado, pero de ninguna
manera la salida podría pasar inadvertida. Se trataba de miles de hombres, que
aparte de arrastrar la artillería llevaban consigo caballos y perros; además,
había salido la luna y en las azoteas ardían numerosos braseros. [398] La actual calle
Tacuba, a grandes rasgos, corresponde en su trazo a la antigua, y por allí
avanzaron hasta llegar al primer puente cortado, a un costado de donde se
encuentra hoy día el Correo Central. Esa cortadura se llamaba Tecpantzinco. Colocaron el puente y comenzaron a pasar. Una
versión recogida por Sahagún y divulgada más tarde por Torquemada, afirma que
fueron advertidos por una mujer que había salido a buscar agua, y a las voces
que ésta diera alertaría a la ciudad. [399] Evidentemente, se
trata de una conseja que no resiste el menor examen. Los habitantes de
Tenochtitlán no tendrían un sueño de piedra que les impidiese advertir a toda
esa humanidad que cruzaba la ciudad. Simplemente esperaron a que llegasen al
sitio en que serían más vulnerables. Cortés es claro al respecto; en el momento
mismo en que procedían a colocar el puente, ya encontraron resistencia de parte
de los centinelas que guardaban el sitio, los cuales a grandes voces daban la
alarma; «apellidaban tan recio que antes de llegar a la segunda [cortadura]
estaba infinita gente de los contrarios sobre nosotros». [400] La vanguardia avanzó
hasta alcanzar la siguiente cortadura (la Toltecaacaloco, justo enfrente de donde hoy se alza la iglesia de San Hipólito), y
allí quedaron detenidos. Con la precipitación con que se resolvió la salida,
que debía ser precisamente esa noche, según la premonición de Botello, sólo
alcanzaron a hacer un puente. La idea era que una vez que hubiesen cruzado la
primera cortadura, lo levantarían para colocarlo en la segunda y así,
sucesivamente, en la tercera. Quedaba por otro lado la esperanza de no ser
atacados, que al ver que se iban los dejasen partir sin molestarlos. Ya en una
ocasión se lo habían propuesto a Cortés. El caso es que como el suelo se
encontraba reblandecido a causa de la lluvia, las vigas del puente se
enterraron profundamente, y en la confusión ya no pudieron moverlo. En ese
momento dio comienzo el ataque. A ambos lados aparecieron centenares de canoas
desde donde eran flechados. Lo que siguió fue el caos; gritos de horror, ayes y
desesperación. Cruzaban a nado los que sabían hacerlo. La zanja era poco
profunda y pronto comenzó a llenarse con fardos, cañones y todo lo que podían
arrojar en ella. Luego la ocuparían los muertos. El paso se haría pisando sobre
cadáveres. Los que consiguieron cruzar llegaron a la siguiente cortadura, y
como era de menor profundidad, los jinetes la vadeaban sin mucha dificultad; en
cuanto a los de a pie, lo hacían con el agua al pecho. Además, pronto se fue
cegando con bultos de la impedimenta. Allí el desastre fue de menores
proporciones. Cortés y su grupo ganaron la tierra firme, pero al advertir que
eran tantos los que faltaban, pidió a Juan Jaramillo que se hiciese cargo de
reorganizar a los que habían conseguido salir, y él volvió grupas, para
auxiliar a los que quedaban atrás. En la calzada topó con María de Estrada, que
armada de espada y rodela se abría paso a estocadas. [401] Ya eran pocos los que
salían; por el camino, Cortés y sus capitanes auxiliaban a los heridos que
venían en la rezaga. Encontraron a Pedro de Alvarado, lanza en mano y cubierto
de heridas. Con él venían cuatro españoles y ocho tlaxcaltecas, heridos todos.
Eran los que cerraban la marcha. Después de él ya no salió nadie. Le habían
matado la yegua, y utilizando la lanza como pértiga habría realizado su
asombroso salto. [402] Un grupo de los de la
retaguardia ya no consiguió cruzar, regresándose al Templo Mayor, donde se
hicieron fuertes. Resistirían durante tres días. Las estimaciones sobre su
número fluctúan mucho: entre cincuenta y doscientos. Los que fueron atrapados
con vida terminaron en la piedra de los sacrificios. [403]
Por Popotla, ya en la tierra firme, pasaron a
todo correr; por tanto, no hubo ocasión para que Cortés se sentara a llorar
bajo la fronda de un ahuehuete, como quiere una tradición tardía. Llegaron a
Tacuba. Todavía estaba oscuro y comenzaron a arremolinarse en la plaza. La
confusión era tan grande que la mayor parte no sabía qué hacer.
Cortés, que iba y venía por la calzada
auxiliando a los rezagados, llegó allí para hacerse cargo. Puso orden, y en
cuanto tuvo reunidos a los que consiguieron salir, los hizo proseguir la
marcha.
Acerca de esa noche, Alonso de Villanueva recuerda:
«era hora en que quería amanecer, e que allí se comenzó a remolinar la gente,
porque no sabían el camino por donde habían de ir, e porque algunos creían que
habían de parar allí; e que a esta sazón e por esta causa, el dicho don
Hernando Cortés se pasó a la vanguardia a guiar la dicha gente con algunos de a
caballo» [404] .No había tiempo para
detenerse.
Cervantes de Salazar cuenta que, en aquellos
momentos, recordó la predicción de Botello, asegurándole que habría de volver
sobre la ciudad y ser señor de ella; preguntó entonces si Martín López se
encontraba entre los sobrevivientes, y cuando le respondieron afirmativamente,
sintió un gran alivio, pues le sería muy útil para construir los bergantines
para volver contra la ciudad. [405] A continuación,
demandó si Malintzin y Aguilar habían salido. [406] Se resistía a darse
por vencido; en aquellos momentos en que cada cual luchaba por salvar la vida,
al parecer, ya vendría pensando en el retorno. Con las primeras luces del
amanecer llegaron a un templete y allí se hicieron fuertes permitiéndose un
descanso. [En la actualidad, se alza allí la basílica de la Virgen de los
Remedios], Andrés de Tapia recuerda que Cortés venía herido en una mano, y por
no poder valerse de ella, traía la rienda atada a la muñeca. [407]
Amaneció el primero de julio de mil quinientos
veinte. Cuando el sol se alzó lo suficiente, paseando la mirada a su alrededor,
Cortés pudo realizar una primera apreciación de lo ocurrido. Le faltaba
muchísima gente, y además, de los que sobrevivieron, no había uno que hubiese
salido ileso. En ese momento todos estaban ocupados en vendarse las heridas. El
balance definitivo tardaría días en conocerlo; en la carta en que informa del
desastre al Emperador, disminuye notoriamente el número de muertos: esa noche
habrían caído ciento cincuenta españoles y dos mil indios aliados; a éstos
habría que agregar un número indeterminado de notables que llevaba entre
rehenes y prisioneros. De la familia de Motecuhzoma murieron todos, así como
«todos los otros señores que traíamos presos» (Bernal es muy claro al señalar
que Cacama se contó entre los caídos, aunque más tarde se acusaría a Cortés de
haber ordenado darle garrote antes de la salida). [408] Entre las mujeres de
servicio la mortandad fue altísima. Casi todas sucumbieron. Se desconocen las
razones que tuvo para minimizar pérdidas. En los días que vinieron a
continuación, aumentó notoriamente el número de bajas españolas, ya que un
regular número de aquellos que se encontraban dispersos por el país, fueron
muertos. La nómina de los caídos es extensa; entre los más significados
faltaban Juan Velázquez de León, Francisco de Lugo, Pedro González de Trujillo;
de los soldados, ese excepcional caballista llamado Lares el Buen Jinete, y
Orteguilla el Paje, junto con su padre. Un caído notable fue Blas Botello.
Fallaron sus predicciones. Ésa no era su noche. Más tarde hallarían su petaca
y, entre sus enseres, Bernal refiere que se encontraban unas tiras
adivinatorias con el «morirás…, no morirás…». [409] Aparte de la inmensa
pérdida de vidas humanas, estaba la del tesoro y la de cuarenta y cinco
animales de silla entre caballos y yeguas. La artillería se perdió íntegra. En
las zanjas quedaron sepultados más de seis meses de pacífica convivencia. Una
convivencia difícil, pero pacífica a fin de cuentas.
¿Por qué los dejaron escapar? Bernal nos dice
que estaban entretenidos en buscar el oro de los muertos. Ésa es una opinión.
El oro no era especialmente valorado como instrumento de cambio en el mundo
indígena, pero concurren dos circunstancias que pudieron influir para que
cesara la persecución: una sería la búsqueda de la gente de palacio, servidores
de Motecuhzoma, «y así mataron muchos, en especial de los serviciales o pages
de Mocthecuzoma que traían bezotes de cristal que era particular librea o señal
de la familia de Moctecuhzoma, y también a los que traían mantas delgadas que
llaman ayatl que era
librea de los pages de Moctecuhzoma: a todos los acusaban y decían que habían
entrado a dar comida a su señor y a decir lo que pasaba fuera, y a todos los
mataban, y de allí adelante hubo gran vigilancia que nadie entrase, y así todos
los de la casa de Mocthecuzoma se huyeron y escondieron porque no los matasen».
Éste es un relato de fuente indígena, recogido por Sahagún. [410] Eso se complementa
con un pasaje que leemos en Torquemada: «Dícese en un memorial, que dejó
escrito el indio que se halló en la conquista, (que después de cristiano
aprendió a leer y escribir, el cual tengo en mi poder) que luego que los
españoles salieron de la ciudad, hubo diferencias muy grandes entre los
mexicanos, condenando los enemigos de los españoles, a los que habían sido
amigos, y les habían socorrido en su cerco con bastimentos, y cosas de su
regalo; y que llegando a las manos, como eran más los enemigos que los amigos,
mataron algunos señores, entre los cuales murieron Cihuacohuatl,
Tzihuacpopocatzin, Cipocatli, Tencuecuenotzin, hijos de Motecuhzoma, y de
Axayácatl, su padre, que debieron ser algunos de estos, los dos que dexamos
dicho, aver muerto en la retirada». [411] El párrafo parece muy
explícito. Ese «llegando a las manos» está indicando que hubo lucha, y que a la
postre, por ser mayoría, prevalecieron los enemigos de los españoles. La lista
no aclara gran cosa, aunque indudablemente, debería de tratarse de personajes
de alcurnia; lo que sí se advierte, es que entre ellos figuraba el cihuacoatl, aunque sin dar su nombre. Como cihuacoatl era el grado máximo de la milicia, se
advierte que Cortés contaba con el jefe militar del Reino, de allí su oposición
a abandonar la ciudad. Eso muestra hasta qué grado el factor Botello lo
trastocó todo. La lucha interna para acabar con ese grupo de
«colaboracionistas», unida al esfuerzo por terminar con los que retrocedieron
para hacerse fuertes en el Templo Mayor, podría explicar el por qué no
continuaron la persecución. Tenían las manos ocupadas en liquidarlos.
Bernardino Vázquez de Tapia, quien llevaba nota
de todo, señala: «Había en México, con la gente que el Marqués había traído,
más de mil y ciento hombres y más de ochenta caballos», de los cuales habrían
sobrevivido «cuatrocientos y veinticinco hombres y veinte y tres caballos,
todos heridos». [412] El post-mortem de la Noche Triste en números de Bernal es de ochocientos sesenta soldados muertos, a
los que deberán agregarse setenta y dos caídos en Tuxtepec junto con cinco
españolas. [413]
En el curso del día, todavía alcanzaron a llegar
algunos rezagados que vagaban extraviados por los maizales. No tenían bocado
que llevarse a la boca, pero en cambio, sed no pasaron, pues a los pies del
montículo discurría un arroyo. Al menos, los caballos pudieron pastar y
reponerse un poco, lo cual sería importante en los días por venir. A medianoche
—según refiere Cortés—, lo más calladamente posible, para evitar ser sentidos,
abandonaron el lugar, dejando encendidas numerosas hogueras. La artimaña dio resultado,
pues los perseguidores tardarían horas en advertir la fuga. La retirada fue en
perfecto orden; unos heridos fueron puestos de a dos en cada caballo, y otros
llevados a cuestas, sin dejar abandonado a ninguno. La intención era dirigirse
a Tlaxcala, pero ocurría que, por haber salido por la calzada que conduce al
poniente de la ciudad, se encontraban precisamente en el sitio más alejado.
Para llegar deberían bordear todo el lago, pero contaban con un tlaxcalteca que
dijo conocer el camino y comenzó a guiarlos. Marchaban en orden cerrado. La
consigna era no apartarse de la formación. A un soldado que abandonó las filas
para coger unos capulines Alonso de Ávila le dio un golpe de lanza en un brazo.
Éste se llamaba Hernando Alonso, y a consecuencia de ello pasaría a ser el
Manquillo. [414] Finalmente, cuando
llevarían andada media legua, los indios se percataron de la huida y comenzaron
a seguirlos, observando su avance ocultos tras los arbustos, pero sin lanzar
ningún ataque a fondo. Cuando se aproximaban demasiado eran rechazados. Llegaron
a Cuautitlan, y según recuerda Bernal, lo atravesaron en medio de gran gritería
y de una lluvia de varas, piedras y flechas que les lanzaban. Siguieron de
largo para alcanzar Tepotzotlán, y aquí las versiones difieren en cuanto al
trato recibido: Torquemada (que sigue a Sahagún) afirma que fueron bien
acogidos y les dieron de comer. Durmieron ahí y al día siguiente entraron en
Zitlaltepec, pueblo que encontraron desierto, pues sus moradores habían huido a
esconderse por los montes. Siguieron a Xolox, que encontraron en iguales
condiciones, y de allí a Aztaquemecan. En el trayecto tuvo lugar un encuentro
con un grupo numeroso de indios que se encontraba emboscado en una barranca.
Sancho de Barahona, el alférez de Diego Ordaz, tomó la bandera en una mano y la
espada en otra, y al grito de « ¡Santiago y cierra España!» condujo el ataque,
causándoles graves estragos. Esa escaramuza fue la primera acción victoriosa de
los españoles luego de la huida de México. Continuaron la marcha a campo
traviesa. Por el camino comían asadas las mazorcas de maíz que cogían. Ese día,
o al siguiente, les mataron un caballo. Era el de Martín de Gamboa, y lo
comieron sin dejar un pellejo. Continuaron la marcha con constantes escaramuzas
con los perseguidores, que los seguían pisándoles los talones. Llegaron a un
pueblo grande. Allí junto, sobre un cerro, encontraron un grupo de indios, y
para descubrir si habría más ocultos, Cortés se adelantó con cinco de a caballo
y una docena de a pie. El grupo emboscado era numeroso, y luego de pelear con
él, se replegaron al pueblo. Una escaramuza sin importancia, de no ser porque
Cortés resultó muy malherido de una pedrada de honda recibida en la cabeza, y
que más tarde habría de causarle serios quebrantos. [415] (En esa acción sitúa
éste la muerte del caballo de Gamboa). A partir de ese momento, hizo que
desmontaran los heridos que traían en ancas, y que se hicieran muletas para que
caminaran por su propio pie. La medida liberó a los caballos para la acción que
se libraría al día siguiente, y que resultaría decisiva.
§. Otumba
Amaneció. Estaban en el llano de Otumba y,
frente a ellos, las alturas de Aztaquemecan. Las faldas del monte albeaban con
las túnicas de la multitud de indios que descendían. Parecía estar cubierto de
nieve. Nunca habían visto a tantos juntos. Eran decenas de miles. En ello están
de acuerdo todos los autores. Entre aquella marea vestida de blanco, destacaban
puntos de colores muy vivos. Eran los penachos de los capitanes. Frente a esa
masa inmensamente abrumadora, para detenerlos estaban alrededor de trescientos
españoles con veintidós caballos y una cifra cercana a los dos mil indios
aliados. Al mando de los tlaxcaltecas se encontraba Calmecahua, un capitán que
se había distinguido como hombre esforzado. Cortés hizo una arenga, invocó la
ayuda de Dios y dispuso a la gente para el combate. El mando de la infantería
lo dio a Ordaz, mientras que los capitanes, junto a él, combatirían montados.
Las órdenes a los de a pie fueron cerrar filas y por ningún motivo romper la
formación, mientras que los de a caballo, a rienda suelta, deberían correr el
campo apuntando siempre a la cara, pero sin detenerse a alancear. Y dio
comienzo la batalla. En un primer momento, ante la avalancha humana que se les
vino encima, la caballería retrocedió buscando abrigo entre la infantería. Los
de a pie se defendían a estocadas. No se hacía un solo disparo, pues la pólvora
la habían mojado en los canales. El caballo de Cortés resultó herido en el
hocico, por lo que cambió de montura. El animal lastimado se soltó del mozo de
espuelas que lo llevaba por la brida, arremetiendo a coces contra los
atacantes. De entre aquella multitud vestida de blanco, destacaba por su
colorido un personaje ricamente ataviado, llevado en andas, el cual con un
estandarte hacía señales dirigiendo el ataque. Cortés, seguido de Juan de
Salamanca, se dirigió a él abriéndose paso entre las filas, y en cuanto lo
alcanzó lo derribó de una lanzada. Al caer al suelo, Salamanca lo remató y
entregó a Cortés el estandarte. Aguilar, quien presenció de cerca la escena,
recuerda: «Diego de Ordaz con la gente de a pie estábamos todos cercados de
indios que ya nos echaban mano, y como el capitán Hernando Cortés mató al
capitán general de los indios, se comenzaron a retirar». [416] En cuanto Cortés alzó
la insignia, se produjo la desbandada. Esa impresionante victoria es atribuible
no sólo a ese rasgo de valor personal sino también a la debilidad de la
estructura social indígena. Caída la cabeza, la masa ya no sabía cómo reaccionar.
Además, los humildes macehuales, que quizás nunca antes
habrían entrado en combate, fueron conducidos a una guerra que no era la suya.
En su mayoría, se trataba de gente de los alrededores de Teotihuacán. Frente al
pánico generalizado, los indios de guerra nada pudieron hacer para contenerlos.
Otumba vino a significar una batalla de unas repercusiones políticas inmensas.
Allí se revirtió la marea. Los españoles, que hasta el momento eran una partida
de fugitivos, pasaron a ser los vencedores de la más grande batalla, en número
de participantes, jamás librada en suelo mexicano. Y ello se logró sin las
armas de fuego y sin experimentar la pérdida de un solo hombre. Acerca de
Otumba, prácticamente todos, hasta los más acérrimos enemigos de Cortés, están
de acuerdo en afirmar que el golpe de audacia de éste resultó definitivo para
el desenlace de la batalla. No deja de llamar la atención la extrema modestia
con que Cortés refiere el hecho en su relación: «…
porque eran tantos, que los unos a los otros se estorbaban que no podían pelear
ni huir […] hasta que quiso Dios que murió una persona tan principal de ellos,
que con su muerte cesó toda aquella guerra». [417] Ni una palabra acerca
de su actuación personal; fue la mano de la Providencia. Así era Cortés. Andrés
de Tapia es el único en señalar que la batalla dio comienzo entre las ocho y
las nueve de la mañana, y que «allí pareció tanto número de gente a todas
partes, que mirando este testigo se admiraba de ver tanta gente junta, porque
la vista no la podía alcanzar […] acometieron la gente con tan gran alarido y
grita que parecía que rompían el suelo, llegaban pie con pie a los españoles
peleando con ellos; y que por una parte donde más priesa daban y más gente
parecía pareció una seña o bandera en medio de la gente»; Cortés se habría
encaminado hacia el portaestandarte; «y vido este testigo como se metió entre
todos peleando y vido que dende a rato el dicho don Fernando vino a la gente y
trajo la señal consigo que parecía que este testigo ha dicho, y que con el
dicho don Hernando vino un Salamanca, que la traía y otros españoles, los
cuales dijeron a este testigo que el dicho don Hernando había muerto al principal
que venía con aquella seña». [418] Bernal admite que,
efectivamente, fue Cortés quien de un golpe de lanza derribó de las andas al
comandante mexica, pero que sería Juan de Salamanca quien lo remató, y que en
reconocimiento a ello, el monarca concedió a éste su escudo de armas. [419] De no haberse
obtenido esa victoria, ¿Tlaxcala los habría acogido con los brazos abiertos?
Gómara asegura que la huida de México, «esta
triste noche» (allí acuñaría el término), fue el 10 de julio, error que Bernal
repetirá, y al cual Cortés viene a oponer un desmentido, cuando en su carta,
redactada a poco más de tres meses de los sucesos, informe sobre la entrada en
términos de Tlaxcala: «y así salimos este día, que fue domingo a 8 de julio, de
toda la tierra de Culúa, y llegamos a tierra de la dicha provincia de
Tascaltecatl». [420] Queda claro que la
salida de México se habría efectuado varios días antes; de acuerdo con la
secuencia de los hechos, habida cuenta de que está muy claro que su entrada en
la ciudad fue el 24 de junio, si se siguen los combates que se libraron, así
como los días de marcha antes de entrar a tierras de tlaxcaltecas, la cuenta
regresiva nos lleva al 30 de junio, que es la fecha generalmente aceptada para
la salida de México. Hueyotlipan sería el primer pueblo de la señoría de
Tlaxcala en que entraban. Fueron bien recibidos, y ese mismo día, por la tarde,
llegaban los caciques para darles la bienvenida. Estaban al corriente de lo
ocurrido en Otumba. Cortés tomó el tlahuizmatlaxopilli, el estandarte ganado a Cihuacatzin (así se llamaba el comandante
derrotado), entregándolo a los caciques para que se conservase en Tlaxcala como
trofeo. [421] Y al par de la
victoria, los caciques conocieron con detalle lo acontecido en la Noche Triste, lo cual les tocaba en carne propia, pues en la
señoría todos tenían que lamentar la muerte del hijo, del esposo, del hermano o
de algún pariente o amigo. Maxixcatzin, que en ese momento se enteró de la
muerte de su hija, doña Elvira, recién había sufrido la pérdida de otro hijo,
caído combatiendo al lado de un grupo de españoles emboscado por los mexica. Se
trataba de la partida conducida por los capitanes Juan Yuste y Francisco de
Moría, quienes al frente de treinta hombres se dirigían a Tenochtitlán,
ignorantes de lo ocurrido. Un anticipo de lo que sería la suerte corrida por
todos los hombres que andaban dispersos por el país. Reposaron tres días en
Hueyotlipan antes de entrar en la ciudad de Tlaxcala. En ella toparon con
sentimientos encontrados; había júbilo por la victoria, pero éste era empañado
por el duelo por los muertos. Xicoténcatl el Mozo, que no había asimilado su
derrota en el campo de batalla, se movía activamente procurando quebrantar la
alianza. Para ello, buscaba capitalizar el dolor de todos los que lamentaban la
pérdida de un ser querido. Proponía entregar los españoles a los mexica para
concertar las paces con éstos. [422]
Cervantes de Salazar cuenta que Cortés habría
dejado en Tlaxcala a Juan Páez al frente de setenta españoles, quienes en su
mayoría se encontraban enfermos o convalecientes, para que se restablecieran, y
que resultó de gran consuelo para él encontrar a ese núcleo con el que ya podía
contar. Páez no le habría dado mayores explicaciones, pero más tarde habría de
enterarse de que cuando se conoció en Tlaxcala la nueva de que se encontraba en
dificultades en Tenochtitlán, los caciques le habrían propuesto ir en socorro
de los sitiados. Estaban dispuestos a proporcionar un contingente, si él se
ponía al frente. Páez habría declinado el ofrecimiento, diciendo que se le
había ordenado permanecer allí, y por lo mismo no se movería. Cuando Cortés
tuvo conocimiento de ello habría estallado en cólera, cubriendo de improperios
a Páez, diciéndole que merecía ser ahorcado. Este sentir, de que existió una
posibilidad de haber recibido unos refuerzos que hubieran permitido romper el
cerco, lo recogió Cervantes de Salazar dentro del círculo de antiguos
conquistadores en que se movía, mismo que Torquemada repite. [423] Bernal no habla de
ello y, lo que es más importante, Cortés se limita a decir que a su paso rumbo
a Tenochtitlán, «había dejado ciertos enfermos», con lo que da a entender que
se trataría de un núcleo mínimo. [424] Es posible que esa
leyenda haya sido fabricada años más tarde por los malquerientes de Páez.
Además, las cifras no cuadran; ¿de dónde habrían salido esos setenta hombres?
A consecuencia de la pedrada recibida, Cortés
sufrió unos desvanecimientos y durante unos días estuvo como pasmado. Lo
atendió el maestro Juan, el único cirujano disponible, y también se menciona
que fue asistido por otros médicos, quienes «sacáronle muchos huesos». [425] No debe descartarse
que se haya tratado de curanderos indígenas, quienes al parecer, le habrían
removido algún fragmento de hueso. En cuanto a la lesión de la mano, de la que
antes se habló, una paité del pedernal le quedó dentro y no pudieron extraérselo.
A causa de ello perdió el uso de dos dedos de la mano izquierda [426] . Y mientras se
restablecía, lo propio ocurría con el resto del ejército. Todos tenían que
atenderse de sus heridas. En esos días terminó de redondearse el balance de
bajas de la Noche Triste. Al número de los muertos
en la calzada, deberían sumarse los caídos en días subsecuentes, cuando muchos
españoles, ignorantes de lo ocurrido, eran sorprendidos en caminos y poblados
creyéndose seguros. Cortés sintió temor por la suerte corrida por los de la
Villa Rica, ya que de haberlos matado, se encontrarían aislados a una distancia
enorme de la costa. Escribió informando de lo ocurrido, aunque procuró manejar
la noticia en tono menor, para evitar alarmarlos y que huyesen a Cuba. Mientras
tanto, trataba de minimizar las quejas que le daban los soldados acerca de las
burlas de que eran objeto de parte de los simpatizantes de Xicoténcatl el Mozo,
quienes les decían que pronto habrían de morir. Las pruebas de amistad de los
caciques eran sinceras, pero éste procuraba socavar la alianza. Cuando
trascendió que Cortés, lejos de escarmentar, abrigaba intenciones de marchar
nuevamente contra Tenochtitlán, la nueva conmocionó al ejército, pues la
mayoría esperaba que, en cuanto hubieran recuperado fuerzas, se trasladarían a
la Villa Rica. Las opiniones estaban divididas entre los que optaban por
permanecer en ella, en espera de refuerzos y, los que lisa y llanamente, no
querían otra cosa que el retorno a Cuba. Ya habían cubierto la cuota de
emociones fuertes. Los amigos de Cortés le notificaron cuál era el sentir
prevaleciente, aconsejándole la retirada, «fui por muchas veces requerido que
me fuese a la Villa de Vera Cruz, y que allí nos haríamos fuertes antes de que
los naturales de la tierra, que teníamos por amigos, viendo nuestro desbarato y
pocas fuerzas se confederasen con los enemigos». [427] Pero él permanecía
inconmovible. Los descontentos, en cuanto apreciaron que daba comienzo a los
preparativos para el inicio de una nueva campaña, le presentaron un
requerimiento hecho en toda forma y protocolizado ante notario, solicitándole
el retorno inmediato a la costa. [428] Eran mayoría. Cuando
los tuvo delante, Cortés les hizo un largo razonamiento. Trajo a cuento las
grandes batallas en que habían resultado vencedores, y dada la notoria
inferioridad numérica en que siempre combatieron, estaba visto que se
encontraban bajo el amparo de la Providencia, pues de otra manera, no podrían
explicarse sus victorias. Les recordó, además, que en España tenían los ojos
fijos en ellos, y que en la Corte se encontraban pendientes de sus noticias. Se
habían comprometido a colocar esos reinos bajo la corona del Emperador, y en
esas circunstancias darse la media vuelta constituiría un deshonor. En cuanto a
todas las maquinaciones de Xicoténcatl para congraciarse con los mexica, les
aseguró que éstas no irían a ninguna parte. Confiaba en la alianza con
Tlaxcala, y para demostrarles que ésta era sólida, les dijo que la sometería a
una prueba. Planeaba iniciar una campaña contra Tepeaca. Allí se vería el
comportamiento de Tlaxcala; por otro lado, si mostraban flaqueza ante sus
aliados, corrían el riesgo de que éstos los abandonasen. Unos se dejaron
envolver por su elocuencia, y otros pospusieron su decisión, supeditándola a
los resultados de la campaña que se iniciaría.
Llegaron embajadores de Cuitláhuac. Eran
portadores de ricos presentes, que consistían en mantas lujosas, objetos de
pluma y sobre todo, sal, ese bien tan preciado que tanta falta les hacía; el
mensaje que traían para los tlaxcaltecas era que, olvidando las viejas
disputas, unieran fuerzas para acabar con los extranjeros. El senado de la
señoría se reunió para deliberar. No se confiaba en la palabra de los mexica;
demasiado bien los conocía. La única voz discordante fue la de
Xicoténcatl el Mozo, quien a
toda costa quería la muerte de los extranjeros. La discusión se caldeó, al
grado de que en un momento dado, Maxixcatzin hubo de quitárselo de enfrente,
dándole un empellón que lo hizo rodar gradas abajo. Lo tildó de traidor a
Tlaxcala. [429] Libre de la presencia
de Xicoténcatl, el senado aprobó por unanimidad rechazar el ofrecimiento de
Cuitláhuac. En esos momentos llegó noticia de que los que se encontraban en la
Villa Rica se hallaban sin novedad. Ya estaban enterados de lo ocurrido a
través de Quauhtlaebana, el Cacique Gordo, pues la nueva se había
esparcido por toda la tierra. En la carta, el comandante de la Villa Rica
anunciaba que ya se disponía a enviar los refuerzos solicitados.
Capítulo 14
Siete contra México
Contenido:
§. La guerra relámpago
§. Las epidemias
Se aprontaron los preparativos para iniciar la
campaña de Tepeaca. Sería de carácter punitivo, pues sus habitantes, luego de
haber prestado el juramento de vasallaje, faltaron a la palabra dada. En esos
momentos se recibió aviso de que llegaban refuerzos. Salieron a su encuentro.
Lo que vieron fue a siete hombres enfermos, que de lo débiles que se
encontraban avanzaban rengueando, utilizando las espadas como bordones. Al
frente de ellos venía un tal Lencero. Eso era todo lo que enviaba la Villa
Rica. No había más. Bernal, con notoria insensibilidad, dice con sorna: «El
socorro de Lencero, que venían siete soldados y los cinco llenos de bubas, y
los dos hinchados con grandes barrigas». [430] Es indudable que,
tanto Lencero como sus seis acompañantes, tendrían un exagerado concepto de sí
mismos. Siete insensatos que pensaban que con su actuación podrían cambiar el
curso de la guerra. Pero el caso es que sí contribuyeron a hacerlo, [concluida
la guerra, Lencero montaría una venta que fue muy renombrada.]
Iban transcurridos veinte días en Tlaxcala y,
visto que ya no cabía esperar refuerzos adicionales, Cortés resolvió iniciar
operaciones. Todavía muchos no sanaban del todo, pero no quería que el ejército
permaneciese ocioso mucho tiempo. Consideró que habían descansado lo
suficiente. La elección de marchar contra Tepeaca respondía a un doble
propósito: aparte del castigo por haberse separado de la obediencia y matado a
diez españoles que transitaban por allí, el lugar tenía una situación
estratégica por encontrarse en el camino hacia la costa. Contaba con pocos
españoles, pero en cambio, disponía de un fuerte contingente indígena, por lo
que el peso de la contienda recaería sobre un ejército formado por fuerzas de
Tlaxcala, Cholula y Huejotzingo. Por vez primera estas tres naciones harían
causa común. La victoria de Otumba había facilitado las cosas. Conforme a la
costumbre, antes de atacar envió un mensaje conminándolos a la rendición; pero
como los de Tepeaca confiaban en el apoyo de las guarniciones mexica apostadas
en las inmediaciones, rechazaron el llamado. Cortés atacó. Había salido con un
número reducido de españoles y un contingente de cuatro mil flecheros de los
pueblos confederados. Atrás lo seguía Xicoténcatl al frente del grueso del
ejército. Este, después de haber fracasado en su intento de romper la alianza,
para no quedar al margen, resolvió participar en la campaña. En las
proximidades de un pueblo llamado Zacatepec fueron atacados. El encuentro se
escenificó en unos sembradíos de maíz, y como las sementeras ya se encontraban
crecidas, difícilmente podían verse. En esas condiciones comenzó la batalla.
Fue suficiente que los jinetes galopasen un poco, seguidos de los tlaxcaltecas,
para que se produjese la desbandada. Acatzingo fue la siguiente acción. Un
poblado dependiente de Tepeaca. Allí se luchó encarnizadamente. La acción
recayó casi por entero en las fuerzas confederadas, que sufrieron algunas
bajas, mientras que tecpanecas y mexica resintieron pérdidas enormes. Una
batalla librada mayoritariamente entre indígenas. Esa noche, los españoles se
alimentaron de esos perrillos mudos, a los que atrapaban cuando se acercaban
para comerse los cadáveres. [431]
La entrada en Tepeaca se hizo ya sin
resistencia. Aquí Cortés se comportó con extremada dureza; a los prisioneros,
por la muerte de los españoles y el quebranto del juramento de vasallaje, los
redujo a la esclavitud. A hombres y mujeres se les marcó a hierro en una
mejilla con la letra G, por
guerra. [432] Los así marcados,
fueron remitidos a Tlaxcala para ser vendidos. A la señoría le tocaba una parte
proporcional del botín. Para consolidar lo ganado, decidió fundar allí una
villa española, Segura de la Frontera. Ésta, por su ubicación estratégica, vendría
a constituir un nudo en las comunicaciones entre Tlaxcala, Cholula y
Huejotzingo.
Bien. Hasta este momento hemos visto, en
versiones diametralmente opuestas, uno de los capítulos cruciales de la
conquista: una habla de que Motecuhzoma habría exigido que se fueran, y otra,
que la llegada de Narváez interrumpió la ocupación pacífica que se realizaba
sin tropiezos; ¿con cuál nos quedamos? Dado que ya se asistió a la fundación de
Segura de la Frontera, es ahora el momento de abordar el tema, pues fue precisamente
en esa villa donde se celebraron unas actuaciones que arrojan luz sobre el
particular. Se trata de las probanzas. Ello tiene lugar cuando, movido por
Cortés, Juan Ochoa de Lejalde, uno de sus incondicionales, se presentó ante
notario público, demandando que se desahogaran una serie de pruebas con objeto
de deslindar responsabilidades por los trastornos ocurridos por la venida de
Narváez. Se trataba de pasarle la factura por los platos rotos. Conforme a lo
solicitado, dieron comienzo las actuaciones notariales, consistentes en tres
probanzas realizadas entre el 20 de agosto y el 18 de octubre de 1520. Dado que
las escrituras de Cortés se habían perdido, se trataba de reconstruir archivos
en un momento en que la memoria se encontraba fresca. El propósito evidente de
las probanzas era el de dejar constancia de que encontrándose la tierra en paz,
la llegada de Narváez vino a trastornarlo todo. Se trataba de achacarle las
culpas por las muertes ocurridas y por la pérdida del tesoro. En especial, del
quinto correspondiente a la Real Hacienda. En sus declaraciones, los testigos
dejaron asentado que una parte del tesoro se cargó a lomos de una yegua
facilitada por Cortés, y que otra fue entregada a un cacique de Huejotzingo, a
quien se dio el encargo de transportarla con sus hombres (el que se diese a
éste una encomienda tan importante, muestra que desde un primer momento
Huejotzingo se sumó al bando español). En la segunda de las probanzas, se culpa
directamente a Narváez de haber trastornado el orden al informar a Motecuhzoma
que venía a prender a Cortés, con lo cual habría convulsionado la tierra.
Firman nueve testigos. [433] Por la tercera de
esas actuaciones, se busca dejar bien establecido a cargo de quién corrieron
los gastos de la expedición (es de este documento de donde proceden algunos de
los datos que ya se han manejado, como ése de que durante cuatro meses, cuatrocientos
hombres comieron a expensas de Cortés). Avalan lo dicho dos docenas de firmas,
entre las que se alcanzan a identificar las de Alonso de Ávila, Bernardino
Vázquez de Tapia y Baltasar Bermúdez, quienes no eran precisamente amigos
suyos. Se encuentra también el testimonio neutral de fray Bartolomé de
Olmedo. [434] Algo que presta un
valor muy especial a esas probanzas, es que allí firmaron tirios y troyanos; o
sea, desde los incondicionales de Cortés hasta sus más declarados enemigos. Y
además están los tiempos, pues no iban transcurridos cuatro meses de los
sucesos que allí se buscaba poner en claro. En lo que todos no tuvieron empacho
en dejar asentado, fue que Cortés era un hombre acaudalado, quien de su peculio
personal cargó con la mayor parte del gasto. En una de las diligencias,
practicada el 4 de septiembre de 1520 contra Velázquez y Narváez, se redactó un
cuestionario, en una de cuyas cláusulas se preguntaba a los testigos si sabían
que a la llegada de este último se encontraba «toda la tierra pacífica e
sojuzgada e puesta debajo del dominio e señorío de Sus Altezas, e sirviendo los
indios della muy bien e con mucha voluntad en todo lo que les mandaban, en
nombre de Sus Altezas, e estando el dicho señor capitán general en la dicha
cibdad de Tenustitán, entendiendo en otras cosas que convenían a servicio a Sus
Altezas e a la buena población e pacificación desta tierra, e queriendo ir a
descobrir muchas tierras otras de que tenía noticia, muy más ricas,
especialmente las minas de la plata que, segund la muestra, se tienen por muy
ricas, de que Sus Altezas fueran muy servidos e su corona real aumentada, vino
a su noticia que era venido al puerto de San Juan, que se dice Chalchicueca,
una armada de trece navíos, con mucha gente de pie e caballo e artillería e
munición». [435] Ratifican esa versión
con su firmas: Rodrigo Álvarez Chico, Bernardino Vázquez de Tapia, Alonso de
Benavides, Diego Ordaz, Jerónimo de Aguilar, Juan Ochoa de Lejalde, Pedro
Sánchez Farfán, Cristóbal de Olid, Cristóbal de Guzmán, Pedro de Alvarado, el
comendador Leonel de Cervantes, Sancho de Barahona y Gómez de Valderrama. En
otro documento se asienta que en aquellos días estaba en construcción un navío
para transportar a España el oro del real quinto; firman este último fray
Bartolomé de Olmedo, el padre Juan Díaz, Diego Ordaz y Alonso de Benavides. Así
está el asunto; ni uno solo de los testigos que prestaron declaración durante
las distintas probanzas menciona que en algún momento Motecuhzoma les hubiese
demandado la partida. El origen de esa mayúscula confusión apunta a Oviedo,
quien en un principio describió la situación de esta manera: «Y en este
ejercicio gastó de tiempo Hernando Cortés, desde los ocho de noviembre de mill
e quinientos e diez y nueve años, hasta entrante el mes de mayo del siguiente año
de mill e quinientos e veinte, que estando en toda quietud e sosiego en la gran
cibdad de Temistitán, e teniendo repartidos muchos de los españoles por muchas
e diversas partes, pacificando e poblando aquella tierra, e con mucho deseo que
fuesen navíos con la respuesta de la relación que él había hecho de aquella
tierra a Su Majestad, para enviar con los navíos que fuesen la que después
envió, e las cosas de oro e joyas que había después rescibido para Su
Majestad». [436] Clarísimo. El país en
calma y todo bajo control. Pero, ocurre que por una de esas actitudes que son
peculiares a este cronista, en un afán de mostrarse como hombre abierto a todo
lo que le contaban, insertó en su libro datos que le fueron facilitados por
«personas fidedignas que se hallaron presentes en la conquista», a quienes,
cosa rara en él, no identifica. Y como parece haber estado consciente de que se
metía en un berenjenal, en aras de la objetividad cree necesario aclarar: «E no
le parezca al que lee que es contradecirse lo uno a lo otro, porque los hombres
así como son de diversos juicios e condiciones, así miran y entienden las cosas
diferenciadamente». [437] Total, enmarañó aún
más las cosas; aunque más adelante buscará componerlas cuando dice: «
¿Queréislo ver claro? Si aquel capitán Joan Velázquez de León, no estoviera mal
con su pariente Diego Velázquez, e se pasara con los ciento e cincuenta hombres
que había llevado a Guazacoalco, a la parte de Pánfilo de Narváez, su cuñado,
acabado hobiera Cortés su oficio». En aquellos días en que el ideario
caballeresco guiaba la mentalidad de esos hombres, la actuación de Velázquez de
León fue objeto de controversia, ya que había opiniones divididas acerca de a
quién debía la lealtad. Acerca de esa discusión, señala: «Visto he platicar
sobre esto a caballeros e personas militares, sobre si este Joan Velázquez de
León hizo lo que debía o no, en acudir al Diego Velázquez, o al Pánfilo en su
nombre; e convienen los veteranos milites, e a mi parecer…». [438] Al margen de
establecer si, conforme a los idearios de la hidalguía caballeresca, Velázquez
de León actuó como debía, lo que sí queda claro es que a la llegada de Narváez
éste iba camino de Coatzacoalcos para fundar una colonia. El país estaba en paz.
Motecuhzoma no les habría demandado la salida. Aparentemente, Gómara leyó sólo
la segunda versión ofrecida por Oviedo, y de allí lo tomarían Bernal, Cervantes
de Salazar, Torquemada, y todos los que vinieron a continuación. Se comprende
que incurran en ese error aquellos que no fueron testigos oculares, pero, ¿qué
decir tratándose de Bernal?; ¿hasta ese grado fue influido por su detestado
Gómara? Leyó eso en él y lo reprodujo sin más, lo cual exhibe lo gastados que
se encontrarían sus recuerdos, al par que muestra lo equivocado que anda Las
Casas cuando afirma que Gómara se limitó a escribir lo que Cortés le dijo. Por
supuesto, éste nunca habría sostenido algo tan contrario a sus intereses.
Por esos días, arribó a la Villa Rica un navío
de poco porte. Venía al mando de Pedro Barba, el alcalde de La Habana, quien
era portador de cartas para Narváez; traía algunos hombres de refuerzo, además
de un caballo y una yegua. En cuanto largaron el ancla, Pedro Caballero fue a
saludarlos y, al preguntar los recién llegados qué había sido de Cortés, éste
repuso que, una vez derrotado, había buscado refugio en las montañas, por donde
andaba a salto de mata en compañía de veinte que lo seguían. Se confiaron Barba
y los suyos y, una vez en tierra, cuando más descuidados se encontraban, fueron
aprehendidos y remitidos a Tepeaca. [439] Y como se trataba de
un antiguo conocido, Cortés no tuvo mayor dificultad en ganárselo, lo mismo que
a sus acompañantes. No tardaría en presentarse un segundo navío, al mando de
Rodrigo Morejón de Lobera, enviado igualmente por Velázquez. A continuación,
con pocos días de diferencia, se recibió noticia de que había aportado otro
navío, al mando de un tal Camargo. Se trataba de refuerzos para la expedición
de Álvarez Pineda, enviada por Garay a poblar Pánuco, cuyos miembros habían
sido desbaratados por los indios. Camargo, al ver que allí no tenía nada que
hacer, se dirigió a la Villa Rica. Serían unos setenta hombres, y venían tan
flacos y amarillentos, que por burla los llamaron los «panciverdetes», según
dice Bernal, «porque traían los colores de muertos y la barrigas muy
hinchadas.» Y de esa forma, Cortés veía reforzado su ejército por sus
apoltronados rivales, metidos a conquistadores a distancia.
Como habían transcurrido ya quince meses de la
partida de los procuradores, y se seguía sin noticias suyas, Cortés juzgó
oportuno volver a escribir. El ejército lo haría por su lado. Estamos aquí
frente a dos cartas que resultan altamente reveladoras sobre la situación que
se vivía en el campo español; la última de las cuales es un documento que
refleja la opinión de la mayoría, y en esencia, lo que piden es que se confirme
a Cortés (como antes lo solicitaron) en los cargos de justicia mayor y capitán
general, «porque dél somos tenidos en paz y justicia»; y previenen que si otro
viniese investido con esos cargos, como fue el caso de Narváez, «sería causa de
que los indios se tornasen a rebelar». El tenor del escrito ya nos indica que
Cortés ha retomado las riendas y es dueño de la situación. Y aun a riesgo de
ser reiterativos, no está por demás subrayar que en esta carta se asegura que
Cortés se encontraba «en la dicha ciudad entendiendo en lo que a su real
servicio convenía, e dando orden para ir o enviar a otras muchas tierras, de
que tenía noticia por un señor de la dicha ciudad e de las otras a ella sujetas
e de otras muchas, que tenía preso por seguridad de la tierra e para saber los
secretos de ella». Y así se encontraban las cosas, cuando la aparición de
Narváez todo lo trastocó. Ni por asomo se menciona que Motecuhzoma les hubiese
demandado la salida del territorio. La carta trae quinientas cuarenta y cuatro
firmas, la inmensa mayoría de quienes en ese momento integraban el ejército.
Curiosamente no se advierte la de Bernal. [440]
Por su lado, Cortés encabeza su escrito
dirigiéndolo al «Muy alto y poderoso y muy católico príncipe invictísimo
emperador y señor nuestro», con lo cual ya se echa de ver que se encontraba al
corriente de la elección de Carlos V a la corona imperial (28 de junio de
1519), información que debió llegarle a través de los venidos con Narváez. Es
en esta carta, en la que refiriéndose a su anterior, escribe: «envié a vuestra
Alteza muy larga y particular relación» (de allí el nombre con el que serán
conocidas sus comunicaciones); y a continuación, dice a éste que ya se puede
intitular emperador de las nuevas tierras con «no menos mérito que el de
Alemaña [Alemania]». [441] En esta Segunda Relación, fechada en Segura de la Frontera el 30 octubre
1520, da cuenta de todo lo ocurrido y expone planes futuros. Ya procede a
enviar cuatro navíos a la Española, «para que luego vengan cargados de caballos
y gente para nuestro socorro; y asimismo, envío a comprar otros cuatro para
que, desde la dicha isla Española y ciudad de Santo Domingo, traigan caballos y
armas y ballestas y pólvora». A continuación, señala que ha ordenado la
construcción de doce bergantines para el asedio a Tenochtitlán. Menciona el
auxilio prestado a los sobrevivientes de las expediciones de Garay, destacando
que éste es un inepto que envía a sus hombres a la muerte (aunque absteniéndose
de decir que ésos pasan a engrosar sus filas). Pero no se trata sólo de una
campaña militar; Cortés está lanzado a un proyecto de altos vuelos: con todas
las naciones dispersas proyecta fundar una nueva entidad, que en lo político
quedará bajo la Corona de España. Por este magno proyecto busca agregar a los
territorios antes gobernados por Motecuhzoma, la región del Coatzacoalcos,
Pánuco, Cholula, Tlaxcala, partes de Oaxaca, y con la ulterior intención de
sumar el reino de Michoacán, y demás tierras que con el tiempo se fuesen
ocupando. Ya le tiene escogido nombre: pasará a llamarse Nueva España del mar Océano. Una nación nueva. En esa
carta notifica al Emperador que ya se ha dirigido a los oidores de la Audiencia
de Santo Domingo, máximo órgano de gobierno en Indias, «y escribo al licenciado
Rodrigo de Figueroa, y a los oficiales de vuestra alteza que residen en la
dicha isla». [442] Alonso de Ávila y
Francisco Álvarez Chico fueron los designados para viajar a Santo Domingo para
informar a la Audiencia y comprar armas y caballos; pero por otros documentos
nos enteramos de que su viaje hubo de postergarse, debido a la falta de navíos.
Los pertrechos no llegarían a tiempo. La designación de un hombre valioso para
la guerra, como lo era Alonso de Ávila, la atribuye Bernal a que Cortés quiso
quitárselo de encima, por lo osado que era, y lo difícil que le resultaba
controlarlo; además, de esa manera podría ofrecer a Andrés de Tapia la
capitanía que éste tenía a su mando. [443] El encargado de
llevar la Relación a España sería Alonso
de Mendoza, quien igualmente, por razones que Cortés atribuye a falta de
navíos, no partirá sino hasta cuatro meses después (5 de marzo de 1521), y en
su compañía viajará Diego Ordaz, que irá como nuevo procurador ante la Corte. Y
como ya nada lo retenía en Segura de la Frontera dejó en ella a Pedro de Ircio,
al mando de sesenta hombres, la mayor parte enfermos, y se dirigió a Cholula,
donde se requería su presencia.
Llegaron emisarios del señor de Quahuquechollan.
Éste formaba parte del grupo de caciques que, en Tenochtitlán, prestaron
juramento de vasallaje al monarca español. Ahora pedía ayuda contra las
guarniciones mexica que saqueaban su territorio. Aparte de comerles los
alimentos, les tomaban las mujeres. Cortés resolvió acudir en su auxilio. Para
ello irían Diego Ordaz y Alonso de Ávila con diecisiete de a caballo y
doscientos peones. Los auxiliaría un contingente aportado por Tlaxcala, Cholula
y Huejotzingo. Pero por el camino surgió un problema. Al aproximarse a
Huejotzingo fue tan alto el número de guerreros que se les unieron, que los
capitanes españoles recelaron que pudiera tratarse de una celada para matarlos
a todos. Allí se detuvieron, remitiendo a los capitanes indígenas a Cortés para
que los interrogase. Éste, que se encontraba pluma en mano, hubo de interrumpir
la carta que dirigía al Monarca. A través de Malintzin los interrogó
minuciosamente. El malentendido pareció originarse a causa del idioma, y de que
siendo tan grande el odio que los de Huejotzingo sentían hacia los mexica,
abrazaron la causa con un entusiasmo tal, que desconcertó a los españoles. Para
disipar dudas, Cortés decidió tomar el mando personalmente. Llevaba un ejército
cercano a los cien mil hombres. [444] Este pasaje relativo
a la sospecha de que pudiera tratarse de una traición, Cervantes de Salazar lo
tomó de ese manuscrito que asegura provenía de Motolinia. Torquemada no hace
sino repetirlo. [445]
Quauhquechollan (la actual Huaquechula) se
encontraba en un llano. Una urbe de «cinco a seis mil vecinos», lo cual haría
ascender el número de habitantes a más de veinte mil, si se considera a cada
vecino como jefe de familia. Eso sin incluir a los esclavos. Se hallaba en las
cercanías de unos cerros altos y ásperos, presentando además la peculiaridad de
tratarse de una ciudad amurallada. Ésa fue la primera plaza fuerte encontrada
por los conquistadores en territorio mexicano; estaba rodeada por un muro de cal
y canto de cuatro estados de alto por fuera, y por dentro, casi igualaba el
nivel del suelo. Disponía de cuatro entradas, con varias vueltas para facilitar
su defensa. Cada entrada tenía el ancho y alto suficientes para permitir el
paso de un hombre montado a caballo. La plaza se encontraba tan bien defendida
que dentro de ella los mexica se sentían seguros; además, como los alrededores
eran llanos, confiaban en que sus centinelas avistarían con anticipación
suficiente a cualquier ejército que se aproximase. Pero no previeron que los de
Quauhquechollan se darían maña para ir apresando uno a uno a los vigilantes,
antes de que pudieran dar la alarma. Cuando Cortés se aproximó salieron a su
encuentro unos habitantes de la ciudad para informarle donde se encontraban
alojados los mexica, pues por tratarse de una ciudad que no disponía de muchas
facilidades, en ella sólo se habían instalado capitanes y personajes de alto
rango; en cuanto a los individuos de tropa, ésos se encontraban acampados en un
bosque cercano, en chozas improvisadas. Se produjo el ataque, y la sorpresa fue
total; cuando quisieron reaccionar ya tenían dentro a los atacantes. El asalto
fue tan rápido, que los que se hallaban fuera no alcanzaron a llegar a tiempo a
la ciudad. Las macanas de los aliados caían implacables segando vidas, mientras
Cortés corría de un lado a otro, pidiendo que no los matasen a todos.
Necesitaba algunos prisioneros para interrogarlos. La matanza fue de tales
proporciones, que sólo a uno pudieron capturar, con heridas de consideración,
«más muerto que vivo», apunta Cortés. Y a través de él, pudo enterarse de la
situación dentro de Tenochtitlán; sobre todo, le interesaba conocer a quién
habían alzado por rey a la muerte de Motecuhzoma. [446] Se reconstruía parte
de lo destruido, y convencido de que los españoles no abandonarían el país,
Cuitláhuac emprendía una acción diplomática enviando embajadores por toda la
tierra. Ofrecía una exención del pago de tributos, durante un año, a todos los
que participasen en la lucha contra los extranjeros. Además, por muchos sitios
anduvieron exhibiendo las cabezas de los españoles y de los caballos muertos.
Hacían circular la versión de que Cortés había muerto.
Los de Iztucan (Izúcar de Matamoros) solicitaron
ayuda a Cortés para que los librase de las guarniciones mexica que
incursionaban por sus tierras. Éste, posesionado del papel que se había
atribuido de defensor de todos los que solicitasen su protección, partió en su
socorro. Alcanzó una victoria fácil. Eran pocos en número, y los que no
murieron en combate, perecieron ahogados en un río que corría crecido. El
cacique huyó a buscar refugio en Tenochtitlán, por lo que aquellos que habían
solicitado su intervención le pidieron que les señalase un nuevo señor. Cortés
estudió quién tenía los mejores títulos, de acuerdo con la costumbre indígena,
eligiendo a un muchacho de doce años, hijo de un anterior señor de
Quauhquechollan y de una parienta de Motecuhzoma, el cual venía a ser nieto del
huido. Para ejercer la regencia designó a cuatro principales, quienes estarían
a cargo mientras alcanzaba la mayoría de edad. [447]
A Iztucan llegaron otros caciques a prestar el
juramento de vasallaje. Algunos venían desde Oaxaca y, según afirmaron, no lo
habían hecho antes, por no poder acercarse a causa de las guarniciones mexica.
Los ecos de la victoria de Otumba y de la campaña de Tepeaca, al parecer,
llegaban hasta tierras distantes. A continuación, Cortés resolvió castigar a
todos aquellos pueblos donde hubieran matado españoles, comenzando con los de
Tecamachalco, adonde envió un capitán que no tardó en someterlos. Hacia Tuxtepec
se encaminaron Diego Ordaz y Alonso de Ávila, al frente de un contingente que
Torquemada cifra en veinte mil hombres, para aplicar un castigo por la muerte
de setenta y dos de los llegados con Narváez y de cinco mujeres. [448] Es en este punto
donde Cervantes de Salazar y Torquemada sitúan el retorno de Hernando de
Barrientos, afirmación que no encaja, pues la carta de éste se halla fechada en
abril de 1521; por lo mismo, el suceso tendrá lugar meses más tarde, cuando ya
Cortés se encuentre en Texcoco ocupado en los preparativos del ataque a
Tenochtitlán. Y cabe destacar que ninguno de estos autores menciona que
Barrientos haya llegado al frente de ocho mil hombres, como aseguró Bernal.
§. La guerra relámpago
La campaña de Tepeaca llegó a su término en un
lapso menor a dos meses. En ese periodo tan breve, Cortés le había dado un
vuelco a la situación. A partir de Otumba todo habían sido victorias, y
obtenidas todas en rápida sucesión. Un precursor de la blitzkrieg, la guerra relámpago. Había inflingido pérdidas
inmensas a los mexica tanto en hombres como en territorios de donde los había
expulsado, «sin que en toda la dicha guerra me matasen ni siquiera un solo
español». [449] Se desconoce la fecha
exacta de la fundación de Segura de la Frontera, pero como la primera de las
actuaciones promovidas por Ochoa de Lejalde aparece fechada el dos de agosto,
resulta evidente que, para esa fecha, ya estaba fundada allí la villa española.
Ello manifiesta la velocidad que imprimió a esa campaña. La característica
principal de ésta fue que se trató de una guerra librada entre distintos
pueblos indígenas, asumiendo él el papel directriz. Había demostrado a los
suyos que le bastaban muy pocos hombres para ganar la guerra. La exitosa
conclusión de esa campaña sirvió para constatar la solidez de las alianzas
concertadas. Funcionaban. Y también quedó demostrada la capacidad de coordinar
en el campo de batalla la acción de guerreros de distintas naciones.
§. Las epidemias
U n mal nuevo apareció en la tierra.
Se trataba de algo totalmente desconocido, que se extendía con toda rapidez. La
gente moría a montones. La viruela. Un azote para el que no se conocía remedio,
que no respetaba edades y que atacaba por igual a ricos y pobres. Bernal,
Gómara, Cervantes de Salazar y Torquemada hablan del esclavo negro traído por
Narváez, quien lo habría introducido en la tierra. Pero según lo afirmado por
el oidor Vázquez de Ayllón, es probable que desde el momento en que Grijalva puso
pie en Cozumel, el mal comenzara a avanzar desde la costa hacia el interior.
Los cronistas hablan del grado de morbilidad que tuvo esta epidemia, pero la
generalidad omite decir que no llegó sola; un tanto inadvertida, queda la
aparición del sarampión, tifo y otras enfermedades contagiosas. Todos los
gérmenes del Viejo Mundo entraron de golpe. Una especie de guerra
bacteriológica, introducida inconscientemente por los conquistadores. Era
inevitable. Algún día tenían que unificarse todos los gérmenes del mundo. Lo
verdaderamente asombroso, es que los españoles se vieran libres de la
enfermedad; es cierto que tenían mayores resistencias, pero no la inmunidad
total, basta ver el número de muertes ocasionadas en Europa por este flagelo.
Casos muy notorios son los del príncipe Diego, uno de los hijos de Felipe II, y
de Luis I, rey de España, quienes murieron de este mal. Y como no se registró
el caso de un solo soldado español que sucumbiese a la epidemia, los indios no
podían imaginar que fueran ellos quienes la habían introducido. En cuanto a los
coaligados, no existen alusiones a que la epidemia diezmase sus filas. Para
muchos fue un hecho portentoso el que ningún español sucumbiese. Bernardino
Vázquez de Tapia, refiriéndose a la campaña de Tepeaca, dice: «En esta sazón
vino una pestilencia de sarampión, y vínoles tan recia y cruel, que creo que
murió más de la cuarta parte de la gente de indios que había en toda la tierra,
la cual mucho nos ayudó para hacer la guerra y fue causa de que mucho más
presto se acabase, porque, como he dicho, en esta pestilencia murió gran
cantidad de hombres y gente de guerra y muchos Señores y Capitanes y valientes
hombres, con los cuales habíamos de pelear y tenerlos por enemigos; y
milagrosamente Nuestro Señor los mató y nos los quitó delante». [450] En opinión de este
soldado, ello sería uno de los tres hechos milagrosos más señalados que se
produjeron durante la Conquista; aquí lo interesante es observar que hace una
clara distinción entre sarampión y viruela. Es el primero en hacerlo. Por aquellos
días, en España ya se sabía distinguir los síntomas de ambas enfermedades. A la
llegada a Cholula, Cortés se encontró con que habían muerto una serie de
notables, por lo que hubo de ocuparse en estudiar quiénes tendrían los mejores
títulos para sucederlos en los cargos. En cuanto dotó de nuevo gobierno a la
ciudad, emprendió viaje a Tlaxcala. Allí se le recibió con grandes festejos,
pues la Señoría celebraba como propias las victorias alcanzadas por éste. La
nota luctuosa la constituyó el enterarse de que Maxixcatzin se contaba entre
las víctimas cobradas por la epidemia. Cortés parece haber sentido mucho esa
pérdida; al menos, dio muestras externas, como fue vestirse de luto. El
desaparecido había sido el puntal más firme con que contó para sellar la alianza
con Tlaxcala, y en respeto a su memoria, nombró para sucederlo a su hijo mayor,
un muchacho que andaba por los doce años, a quien en el bautizo se le impuso el
nombre de Juan Maxixcatzin. Contra lo acostumbrado, no se dio a éste un
apellido español para que así se preservase el nombre del difunto. Por la edad
del muchacho, que era el primogénito, podría pensarse que, dado que los indios
se casaban jóvenes, Maxixcatzin al morir debería de andar mediados los treinta.
Por aquellos días Cuitláhuac también sucumbía en Tenochtitlán, víctima de la
epidemia, aunque Cortés tardaría algún tiempo en enterarse.
Bernal sitúa en ese tiempo el bautizo de
Xicoténcatl el Viejo, quien pasaría a llamarse don Lorenzo de Vargas, aunque su
versión no termina de encajar muy bien con otros testimonios. Se trata de un
punto en el que los cronistas no terminan de ponerse de acuerdo. Frente a su
dicho está el de Diego Muñoz Camargo, hijo de conquistador y de mujer noble
tlaxcalteca, quien en su Historia de Tlaxcala, habla de que los cuatro caciques se bautizaron en
una misma ceremonia. [451] Fue por esas fechas
cuando se produjo un nuevo enfrentamiento dentro del ejército. Los
irreductibles de siempre, que se negaban a seguir adelante. En esa ocasión,
Cortés no opuso resistencia a que se fueran; sobre todo, tratándose en algunos
casos de hombres de alcurnia, que ejercían gran ascendiente en el ejército.
Permitiéndoles la partida se quitaba de encima ese foco de constante
subversión; además, los acontecimientos recientes habían demostrado que le
bastaban pocos hombres para ganar batallas. La Conquista la podría llevar a
cabo con los coaligados indios. Bernal menciona hasta una docena de nombres,
agregando que partieron ricos, pues Cortés, para ganárselos, les deslizó buenos
tejos de oro; a ésos, «los teníamos por sobrehuesos, especialmente poniendo
temores que siempre nos ponían, que no seríamos bastantes para resistir el gran
poder de los mexicanos». [452] Entre los más
señalados que partieron figuraban Andrés de Duero (su antiguo socio), y Agustín
Bermúdez, personaje de mucho peso, a quien en un principio se había ofrecido el
mando de la expedición. Estaba el compadre Gonzalo Carrasco, quien más tarde
retornaría para ser uno de los primeros pobladores de Puebla, y el comendador
Leonel de Cervantes, quien se apresuró en ir a España en busca de sus seis
hijas, para no desaprovechar lo oportunidad de casarlas con conquistadores,
como en efecto lo lograría (un drama para un hidalgo el de no disponer de
dinero para la dote de las hijas). Era éste comendador de la orden de Santiago,
y es uno de los contados miembros de las órdenes militares que participaron en
la primera fase de la Conquista (en Pánuco se detecta la presencia de un prior
de los caballeros de San Juan, aunque su actuación no fue relevante. En una
fase posterior, aparecerán don Luis de Castilla y don Alonso de Luján,
caballeros ambos de la orden de Santiago). [453] No deja de llamar la
atención que los maestres de las órdenes no hayan etiquetado la empresa como
cruzada contra idólatras, volcándose de lleno en ella.
La estrategia de Cortés para el asedio de
Tenochtitlán, consistiría en un bloqueo riguroso, para rendir la plaza por
hambre, si es que antes Cuauhtémoc no se avenía a parlamentar. Se cortarían las
calzadas de acceso y, para impedir que a través de la laguna, ésta continuase
recibiendo víveres, la solución serían bergantines, cuya construcción quedó
encomendada a Martín López. Acerca de éste, Bernal apunta: «y me parece que si
por desdicha no viniera en nuestra compañía de los primeros, como vino, que
hasta enviar por otro maestro a Castilla se pasara mucho tiempo o no viniera
ninguno, según el estorbo que en todo nos ponía el obispo de Burgos» (pero a
pesar de lo que aquí dice, pronto veremos que no era el único entendido en
construcción naval que figuraba en el ejército). [454] Inicialmente, Cortés
había pensado en doce bergantines, pero más adelante decidió que fueran trece.
Con esas instrucciones, Martín López quedó instalado en Tlaxcala; en las faldas
del monte Matlalcueye (la Malinche), había bosques frondosos que aportarían la
madera. Allí mismo, integró un equipo con media docena de carpinteros,
calafates y herreros españoles, auxiliados por centenares de indígenas. Un
proyecto de envergadura que requirió de unos esfuerzos de coordinación
inmensos, quedando convertida Tlaxcala de la noche a la mañana, en un centro de
construcción naval. Lo probable es que Martín y sus auxiliares españoles
construyeran los prototipos, que serían luego copiados por carpinteros
tlaxcaltecas que nunca antes habían visto un navío. Los mayores podrían
acomodar a más de treinta hombres, llevando a proa una pieza de artillería. La
tarea duró cuatro meses, desde el corte de la madera, hasta el día en que
fueron puestos a flote en el río Zahuapan, que entonces tenía mayor calado. Una
vez probados, fueron desmontados para ser transportados a Texcoco. Cervantes de
Salazar refiere, como cuarenta años más tarde, los trece bergantines
permanecían atados en las atarazanas, admirándose este autor del acierto con
que se eligieron los días para cortar los árboles, pues a pesar de que no hubo
tiempo para curar la madera, ésta resistía muy bien el paso de los años. [455]
Sandoval regresó a Tlaxcala. Volvía de una
expedición punitiva contra Jalacingo y Cecetami, lugares adonde habían matado
españoles. El primero de éstos se localiza al norte de Veracruz; en cuanto al
segundo, no se le identifica bien. Podría tratarse de Zautla. Sandoval hizo un
escarmiento, perdonando a continuación a los caciques, quienes ofrecieron
sumisión, ya que resultaba imposible volver a la vida a los muertos. La
política de Cortés consistía en no dejar sin castigo a aquellos que,
quebrantando el juramento de vasallaje, hubiesen matado algún español. El
veintisiete de diciembre procedió a pasar la revista al ejército, encontrando
que disponía de cuarenta de a caballo y quinientos cincuenta de a pie; contaba
además con seis tiros de campo. Una fuerza inferior a aquella con la que salió
huyendo de México, pero con moral de victoria. Ya se tenía noticia de que a la
muerte de Cuitláhuac —quien gobernó cuarenta días—, lo había sucedido
Cuauhtémoc, un jovencísimo sacerdote a quien Cortés no llegó a conocer en los
días pasados en Tenochtitlán, evidencia de que entre la clase dirigente el
escalafón se corrió con extrema rapidez. Se habían producido grandes claros en
las filas. Por un lado, la matanza del Templo Mayor; por otro, la eliminación
de los «colaboracionistas», y a ello debían sumarse las bajas causadas por la
epidemia.
Antes de emprender la marcha, Cortés promulgó
una ordenanza militar. Habría un marco jurídico para someter a una disciplina a
aquella masa de aventureros, quienes hasta ese momento seguían a un jefe por
voluntad propia. Por ese acto, pasarían a constituir un ejército. El primer
mandato venía a ser la prohibición de blasfemar contra Dios, la Virgen y los
santos (punto obligado en la época); como segundo, figuraba la prohibición de
que ningún español riñese con otro, contemplándose graves penas para el que
echase mano a la espada. Prohibido, igualmente, jugarse el caballo o las armas,
lo mismo que forzar mujeres. Nadie podría castigar a indios que no fuesen sus
esclavos; se prohibía el robo y realizar correrías no autorizadas. Quedaba
igualmente prohibido tratar mal a los indios coaligados. Las ordenanzas no
fueron letra muerta, como muy pronto se vería cuando el propio Cortés hizo
ahorcar a dos negros, esclavos suyos, por haber robado un guajolote y mantas a
un indio. Las disposiciones también alcanzaron a un español. Un tal Mora robó
otro guajolote, y Cortés ordenó ahorcarlo a la vista de todo el ejército. No
valieron las intervenciones en su favor. Le retiraron la escalera, y cuando se
encontraba pataleando en el aire, Alvarado se acercó y cortó la cuerda con la
espada. Cortés no se opuso. Durante varios días Mora no pudo pasar bocado,
según recuerda Bernal. [456]
El veintiocho de diciembre, día de los Santos
Inocentes, fue la fecha fijada para la partida. Cortés, luego de dejar muy
encomendado a los caciques que no descuidasen la ayuda a Martín López en la
construcción de los bergantines, salió de Tlaxcala. Iba al frente de un
ejército compuesto por quinientos noventa españoles y diez mil tlaxcaltecas. El
contingente de estos últimos sería reforzado posteriormente. Según datos de
Cervantes de Salazar (quien asegura haberlos tomado de Motolinia), éste, en la
fase final del ataque a Tenochtitlán, ascendería a cien mil hombres. Y Alonso
de Ojeda en sus Memorias todavía
hace ascender el número a ciento cincuenta mil. [457] No cabe duda que
estamos frente a la aritmética de lo superlativo. Lo que sí está claro, es que
Tlaxcala se volcó de lleno al esfuerzo bélico. Se detuvieron a dormir en
Texmelucan, población dependiente de la señoría de Huejotzingo, donde fueron muy
bien acogidos, pues «tienen con nosotros la misma amistad y alianza que los
naturales de Tlaxcala», escribiría Cortés. [458]
Al día siguiente, oída la misa, reanudaron la
marcha. Caminaron cuatro leguas, hasta que los sorprendió la noche, ya en un
paraje alto, pues se movían por las estribaciones del Iztaccíhuatl. Los
cronistas registran que pasaron una noche de frío intenso, aunque tuvieron el
alivio de encontrar mucha leña, que ya se encontraba dispuesta. Una mirada al
mapa nos indica que el lugar no pudo ser otro que el actual Río Frío. A la
jornada siguiente, encontraron el camino embarazado por gruesos troncos recién
cortados. Aquello no pasaba de ser un ligero estorbo para los caballos, pero
dado lo espeso del bosque, se movieron con cautela extrema, pues sentían que
los mexica podrían emboscarlos en cualquier momento. Finalmente, la montaña
quedó atrás y salieron a campo abierto. A la vista tenían los pueblos ribereños
de la laguna. Grandes ahumadas se alzaban de lo alto de los templos anunciando
su llegada. La alarma se trasmitía de uno a otro, hasta llegar a Tenochtitlán.
Entraron en Coatepec, población dependiente del
reino Alcolhua que encontraron desierta. Eso los hizo extremar precauciones,
ante el temor de ser atacados en cualquier momento. Cortés, con otros diez
jinetes, cubrió el cuarto de la prima (para la vigilancia, la noche se dividía
en cuatro turnos de guardia: el de la prima, el de la vela, el de la modorra, y
el del alba). Nada aconteció aquella noche. Al día siguiente, cuando apenas
iniciaban la marcha, aparecieron cuatro principales portando en alto una
insignia que era una especie de bandera. Eran parlamentarios que venían de
parte de Coanacoch. Cortés reconoció a uno de ellos, y aunque los recibió en
son de paz, lo primero que hizo, iniciada la plática, fue reprocharles la
suerte corrida por cinco jinetes y cuarenta peones españoles, quienes junto a
trescientos tlaxcaltecas fueron capturados en Tultepec, durante los días que
siguieron a la Noche triste.
Éstos fueron llevados a Texcoco, para ser sacrificados. Los emisarios se
disculparon, aduciendo que eso se había hecho por instigación de Cuitláhuac,
pero que muerto éste, pedían que lo pasado quedase olvidado. Y en cuanto al oro
que tomaron a los muertos, dijeron que los de Tenochtitlán se habían apoderado
de él. Prometieron obediencia en lo sucesivo, y hechas las paces preguntaron a
Cortés si pernoctaría en Coatlichán o en Huexotla, a lo que éste repuso que no
se detendría sino hasta llegar a Texcoco.
Fue el último día del año de 1520 cuando tuvo
lugar la entrada en Texcoco. Cortés se alojó en el palacio de Nezahualpilli, y
dados los signos ominosos que estaban a la vista, ordenó bajo pena de muerte
que nadie se apartase del sitio sin autorización. Texcoco era una población
bien conocida por los españoles, a quienes extrañó el escaso número de personas
que veían por las calles, y en especial, la ausencia de mujeres y niños. El
recelo aumentó cuando en uno de los templos descubrieron la ropa de los
españoles sacrificados junto con los cueros y herraduras de los caballos.
Cortés mandó llamar entonces a los emisarios, mas ya no fue posible
localizarlos. A última hora de la tarde, Alvarado y Olid subieron a lo alto del
templo para echar una ojeada sobre la laguna. Bernal, quien también subió,
refiere cómo vieron centenares de canoas que se alejaban, llevando a un gran
número de moradores que portaban consigo sus pertenencias. El envío de los
emisarios resultó ser una estratagema de Coanacoch para facilitarles la huida.
Capítulo 15
Comienza el asedio
Contenido:
§.Los bergantines
Texcoco figuraba en aquellos días entre las urbes
más populosas del Hemisferio, pero no tuvo un cronista que se ocupara de
conservar su memoria. Cortés, que tan bien describió el mercado de Tlatelolco y
habla con detenimiento sobre algunos usos y costumbres, en cambio, a Texcoco
apenas le dedica unas líneas. Y eso, muy de pasada. La arquitectura indígena no
parece haberlo impresionado, y lo mismo acontece con Bernal y otros
conquistadores. A fuerza de reunir datos dispersos, y con apoyo en la prueba
arqueológica, se ha podido elaborar una maqueta de Tenochtitlán, que permite
reconstruir con alguna aproximación lo que fue el centro ceremonial. Pero de
Texcoco, nada. Es tan escasa la información, que ni siquiera existe una idea de
lo que fue ésta. Se conoce tan solo que el actual Palacio Municipal se
encuentra edificado donde estuvo el palacio de Nezahualpilli, y que la catedral
ocupa el asiento del que fuera el mayor de los teocallis. Cuatro peldaños más alto que el Templo Mayor.
Zorita aporta el dato de que el mercado se encontraba enfrente, rodeado de
portales. Eso es todo. Cuando fray Diego Durán, el historiador de las
antigüedades texcocanas, llegó allí siendo muy niño, traído por su padre (hacia
1542-1544), iban transcurridos veinte años de la Conquista. La urbe
prehispánica ya había desaparecido.
Preparativos para el asedio a Tenochtitlán. 1. Olid y
Alvarado parten de Texcoco el 10 de mayo de 1521 al frente de sus respectivas
columnas y pernoctan en Acolman. 2. Entran sin resistencia en Zitlaltepec donde
pernoctan. 3. Se detienen en Cuautitlán, abandonada igualmente. 4. Llegan a
Tacuba que ha sido despoblada. 5. Marchan a Chapultepec (15-20 mayo) para
destruir el caño del acueducto. 6. Olid sienta su real en Coyoacán mientras
Alvarado lo hace en Tacuba. 7. Sandoval inicia operaciones contra Iztapalapa.
8. Cortés, quien permanecía en Texcoco con los 13 bergantines se suma el ataque
contra Iztapalapa desde la laguna (31 mayo).
Es de suponerse que desde el punto de vista arquitectónico guardaría numerosas
similitudes con la vecina Tenochtitlán. Existen referencias en el sentido de
que el Templo Mayor era de grandes proporciones, y de que existían numerosos
adoratorios y casas señoriales. Cortés se alojó con su tropa en el palacio de
Nezahualpilli y, según escribió, era éste de unas proporciones tales, que
todavía podía albergar a un contingente doblemente mayor. Y en otra parte
agrega el dato de que la ciudad se extendía a lo largo de tres leguas. Un área
considerablemente mayor a la ocupada por Tenochtitlán, lo cual es explicable,
al no existir las limitaciones de espacio de la ciudad isla. Torquemada
refrenda el dato, señalando que tenía un número de casas considerablemente
mayor que Tenochtitlán. [459]
Texcoco, la cabecera del reino de Acolhuacan, fue abandonada sin oponer
resistencia. El hecho de que Coanacoch haya optado por la huida, muestra las
grandes divisiones existentes en el reino. Una vez dueño de la ciudad, Cortés
permaneció a la expectativa, aguardando alguna señal del campo contrario. Tenía
la esperanza de que se avinieran a parlamentar. Pasaron dos días sin que nada
ocurriese; al tercero, llegaron ante él los caciques de Coatlichán, Huexotla y
Ateneo, las tres populosas ciudades aledañas, quienes venían a ofrecer la
obediencia. Se disculparon por haber abandonado sus tierras. Cortés, a través
de Aguilar y Malintzin, les hizo saber el compromiso que adquirían de obedecer
en lo sucesivo todos los mandatos del rey de España. Prestaron los caciques el
juramento de obediencia y partieron a cumplir el mandato de ordenar a sus
hombres que retornasen a las ciudades.
Al enterarse de lo ocurrido, Cuauhtémoc envió emisarios a los caciques
invitándolos a que diesen marcha atrás; la respuesta de éstos fue apresar a los
enviados, entregándolos a Cortés atados de pies y manos. Este, cuando los tuvo
delante, ordenó que los desataran, tratándolos con toda clase de miramientos y,
acto continuo, comenzó a dialogar con ellos, haciéndoles ver la futilidad de
toda resistencia. Luego de un extenso parlamento, los envió de regreso a
Tenochtitlán. Sus términos eran que si se entregaban sin resistencia no habría
represalias. Cuitláhuac, el principal responsable, había muerto; «que lo pasado
fuese pasado», fueron sus palabras. [460] Durante siete u ocho días no se combatió.
Estaba en espera de una respuesta de Cuauhtémoc que no llegó. La actitud de
Cortés no iba del todo desencaminada, pues dentro de Tenochtitlán no todos
estaban por la defensa a ultranza; entre la clase dirigente hubo un grupo de
notables del más alto nivel, que favorecía la idea de parlamentar, evitando así
los horrores del sitio y la destrucción de la ciudad. Pero éstos fueron
suprimidos por la facción más radical, que se mostró intransigente. Ya veremos
cómo está esa página tan relegada al olvido, cuando más abajo se trate de la
situación interna.
Transcurrido ese plazo, al no recibir ninguna señal, Cortés decidió pasar a la
ofensiva. El sitio elegido para iniciar operaciones fue Iztapalapa. Iba al
frente de doscientos españoles, de los cuales dieciocho eran de a caballo,
treinta ballesteros y diez escopeteros. Lo seguían de tres a cuatro mil indios
aliados. Los de la ciudad estaban prevenidos; a poco de andar, surgieron
centenares de canoas desde las cuales los combatían desde ambos lados de la
calzada. Se luchó ferozmente. Los tlaxcaltecas, por odios antiguos buscaban
venganza, matando indiscriminadamente a mujeres, niños y ancianos. Saqueaban y
pusieron fuego a la ciudad. En medio de ese desorden Cortés advirtió que, casi
imperceptiblemente, el agua comenzaba a subir, inundando la calzada por donde
iban. Rápidamente ordenó la retirada. Una estratagema indígena que ha pasado un
tanto inadvertida, con el propósito de ahogar al ejército atacante. Los
defensores, anticipando que el ataque vendría por allí, destruyeron el dique
que separaba las aguas de las lagunas dulce y salada, mientras ellos
combatirían desde canoas. Se trataba del famoso dique construido en tiempos de
Netzahualcóyotl (hoy, que el lago ha sido desecado, es preciso recordar que
Iztapalapa se encontraba en el borde mismo del agua). Era noche cerrada cuando
comenzó la retirada. A eso de las nueve, el contingente español consiguió
pasar, haciéndolo con el agua al pecho. Los indios aliados, que venían atrás,
encontraron el agua más crecida. En la carta al Emperador, Cortés dice que de
haberse demorado la retirada tres horas más, no habría sobrevivido ninguno,
aunque tal aseveración es dudosa, pues no se sabe que la diferencia de nivel
entre ambas lagunas fuese tan acentuada. [461] Esa noche la pasaron al raso, calados hasta
los huesos, mientras los tlaxcaltecas perdieron todo el botín obtenido. En la
lucha murió un soldado español que fue llevado a Texcoco para ser sepultado en
secreto. Ese fue el primer caído en el sitio.
Al día siguiente, llegaron mensajeros de Otumba que venían a buscar la amistad
de los españoles. Se disculparon por la batalla pasada, diciendo que habían
sido compelidos a ello por los mexica. Cortés, al aceptarlos como aliados, les
repitió lo que ya venía diciendo, que en lo sucesivo, cada vez que los
visitasen emisarios de éstos deberían entregárselos atados de pies y manos.
Ofrecieron que así lo harían, y Otumba quedó como aliada de los españoles. A
continuación se presentaron los de Mixquic con idéntico propósito. Bernal
cuenta que a este pueblo lo llamaron Venezuela, por tener muchas de sus casas
edificadas sobre estacas en el agua. [462] Cortés era dueño de Texcoco y sus
alrededores, pero tenía interrumpido el contacto con Tlaxcala. Para mantener
abierta la comunicación envió a Sandoval, quien partió al frente de veinte
jinetes y doscientos de a pie. La operación perseguía objetivos diversos: uno,
el de escoltar a un contingente de tlaxcaltecas, quienes sintiéndose ricos con
el botín obtenido, regresaban a sus hogares a disfrutarlo; otro, el de
restaurar las comunicaciones con la Villa Rica. Debería, además, buscar a unos
principales de Chalco que habían enviado aviso de que querían dar la
obediencia. En el trayecto se topó con fuerzas mexica, pero como el terreno era
llano, los caballos no encontraron impedimento para correr y los jinetes
alancearon a placer. Esa misma noche volvió a Texcoco trayendo a una comitiva
de notables, entre quienes figuraban los dos hijos del recién fallecido cacique
de Chalco. Ese cacique, cuyo nombre se ignora, aunque buscó la amistad de
Cortés no llegó a conocerlo, pues sucumbió víctima de la epidemia. Cuando sobrevinieron
los sucesos de la Noche Triste, se encontraban dos españoles en sus
dominios, con el encargo de supervisar la recolección de una partida de maíz.
Para evitar que pudieran matarlos, el cacique los hizo conducir a Huejotzingo,
donde quedaron a salvo, ya que esta ciudad se mantuvo firme en respetar el
juramento de vasallaje. Los hijos del fallecido eran dos adolescentes, quienes
refirieron que, antes de morir, su padre les encargó que fuesen en su busca
para ponerse bajo su amparo. Estudió el caso, escuchando el parecer de los
notables y procedió a dividir el señorío; al mayor le correspondió Chalco,
junto con los pueblos que le eran sujetos, y al otro, dio Ayotzingo,
Chimalhuacán y Tlalmanalco. Por ser menores asignó preceptores a ambos, que gobernarían
en su nombre, hasta alcanzar la mayoría de edad. [463] Sandoval los escoltó de regreso a Chalco, y a
continuación se dirigió a Tlaxcala. Llevaba igualmente el encargo de traer al
Príncipe elegido por Cortés para gobernar Texcoco.
Durante la huida de México, Cortés había llevado consigo a tres príncipes
texcocanos: Cacama, Cuicuitzcatzin y Tecocoltzin; el primero murió en los
puentes, mientras los otros dos sobrevivieron. El segundo, Ypacsuchil
Cucuscazin, como lo llama Cortés, había sido designado por éste como soberano
de Texcoco, pero está visto que algo no funcionó bien. El caso es que, como él
mismo dice, «teniéndolo en son de preso se soltó y volvió a la dicha ciudad de
Tesuico [Texcoco]». Al llegar a ésta, se encontró con la novedad de que ya
habían alzado por rey a su hermano Coanacoch; no está del todo claro si lo que
buscaba era recuperar el trono o servir de mediador para alcanzar la paz. El
caso es que al actuar como un Rudolph Hess, se hizo sospechoso ante los suyos,
quienes no creyeron que actuase por iniciativa propia, y tomándolo por un
agente enviado por los españoles para sembrar disensión, Coanacoch le dio
muerte aconsejado por Cuauhtémoc. [464] Muerto éste y Texcoco sin gobierno por la
huida de Coanacoch, Cortés hizo venir de Tlaxcala a Tecocoltzin. Ese sería el
soberano de repuesto. En el bautismo se le había impuesto el nombre de
Fernando; a éste lo había venido preparando para reinar y, en cuanto puso los
ojos en él, le asignó al bachiller Estrada y a Antonio de Villarreal como
preceptores. Fernando Tecocoltzin pasa a ser el primer hispanizado en sentarse
en el trono de Texcoco.
Hacia finales de enero Tecocoltzin hizo su entrada en Texcoco; para entonces
llevaría ya unos siete meses de estar sujeto a cursos intensivos de
hispanización. Fue bien recibido. La nobleza le hizo acatamiento y muy pronto
se repobló la ciudad. El reino Alcolhua, cuya cabecera era Texcoco, se pasó
abiertamente el bando español. Su entrada en la contienda significó un duro
golpe para los de Tenochtitlán, pues se trataba de gente de su propia sangre,
con quienes los unían lazos de parentesco.
Llegó un mensajero. Traía nuevas de que los bergantines se encontraban a punto,
y que a la Villa Rica había aportado un navío «en que venían sin los marineros
treinta o cuarenta españoles y ocho caballos y algunas ballestas y escopetas y
pólvora». Aunque Cortés no proporciona más datos, se trata sin duda de la
carabela de Juan de Burgos, un intrépido mercader, quien llegó directamente
desde España vía Canarias. Como maestre de la nave venía un tal Medel y, una
vez vendida su mercancía, Burgos y acompañantes, incluida la marinería, se
quedaron para participar en la Conquista. La llegada de éste habla del
entusiasmo que comenzaba a despertar en España la aventura de Cortés. Ese
refuerzo fue un alivio, pero, lo que realmente causó viva impresión en el campo
español, fueron las circunstancias como se supo la noticia. Las comunicaciones
con Tlaxcala se encontraban interrumpidas; ello no obstante, no faltó un joven
soldado adicto a Cortés, quien sabiendo la alegría que ocasionaría a su jefe,
emprendió la aventura por decisión propia. Cruzó territorio enemigo viajando de
noche y permaneciendo oculto durante el día. Con el retorno de Sandoval
trayendo a Tecocoltzin, las comunicaciones habían vuelto a interrumpirse, y no
podía pensarse en el empleo de tlaxcaltecas, pues éstos eran claramente
identificables por el tipo de horadaciones de las orejas. Esa acción imposible
impresionó de tal manera, que el propio Cortés la refirió al Emperador,
destacándola como una de las más grandes proezas individuales ocurridas durante
la campaña. [465] Omitió mencionar su nombre. Cervantes de
Salazar sólo aporta el dato de que tenía veinticinco años. [466]
Visto que los bergantines ya se encontraban terminados, Cortés dispuso que
Sandoval fuese en su busca. En ese momento llegaron emisarios de Chalco. Venían
en demanda de ayuda, pues Cuauhtémoc, al enterarse de que se habían pasado al
bando español, mandaba contra ellos una fuerza considerable. Cortés les hizo
ver que, aunque quisiera, en esos momentos no estaba en condiciones de distraer
gente para ayudarlos, en cambio, les propuso que buscasen la ayuda de los de
Cholula, Huejotzingo y Texcoco. No terminó de agradarles la propuesta, pero al
darse cuenta de que no tenían otra alternativa, le solicitaron que les diese
una carta. (Aunque no comprendieran lo que estaba escrito, reverenciaban las
cartas como si tuvieran un poder mágico. Con una orden escrita los demás
pueblos aliados no podrían rehusarles ayuda.) Justo en ese momento llegaban
emisarios de Huaquechula y Huejotzingo. Cortés los reunió y les hizo ver que
siendo súbditos de un mismo soberano todos deberían ayudarse. Allí, en Texcoco,
terminó de perfeccionarse la gran alianza orquestada por Cortés contra los
mexica; en lo sucesivo, los pueblos coaligados rechazarían todos los ataques
lanzados por Cuauhtémoc, sin que en esas acciones hubiesen participado un solo
español o tlaxcalteca. Toda el área de Chalco había sido sustraída al control
mexica sin la participación directa de fuerzas españolas. Cuauhtémoc iba
quedándose solo.
Partió Sandoval. Llevaba quince de a caballo y doscientos peones, pero antes de
ir a Tlaxcala, por el camino debería desviarse dirigiéndose a Zultepec. Allí
habían matado españoles y el propósito de Cortés fue que no quedasen sin
castigo. En las inmediaciones, en la pared de una casa encontraron un mensaje
escrito con carbón: «aquí estuvo preso el sin ventura de Juan Yuste». [467] Se trataba del Pueblo morisco (Calpulalpan).
El capitán del grupo era Francisco de Moría (aquel que se tiró al mar para
recuperar el timón de su nave). En el teocalli encontraron las
caras de dos de los sacrificados. Habían sido desollados y conservaban barbas y
facciones. Horrorizados ante ello, sentaron la mano sin piedad; mataron a
muchos y apresaron a mujeres y niños. La matanza cesó sólo cuando un grupo de notables
consiguió aplacar la ira de Sandoval.
§. Los bergantines
Antes de entrar en Hueyotlipan, los jinetes de Sandoval que avanzaban en
descubierta toparon con un contingente tlaxcalteca. Los bergantines venían en
camino. Ocurrió que, como éstos estaban terminados y se encontraban sin
comunicación con Texcoco, Martín López, Alonso de Ojeda y Márquez, quienes se
encontraban a cargo de la operación, no le vieron sentido a continuar cruzados
de brazos y resolvieron ponerse en camino. Abría la marcha Chichimecatecutli al
frente de diez mil hombres con los bergantines desarmados; a continuación
seguían Ayotecatl y Teuctepitl con ocho mil tamemes, transportando
la jarciería y otra impedimenta. Cerraban la formación dos mil aguadores y
avitualladores. El haberse puesto en marcha sin aguardar órdenes muestra a las
claras el talante entusiasta con que Tlaxcala participaba en la campaña. Era su
propia guerra.
Llegados a los límites del territorio Alcolhua, Sandoval procedió a cambiar el
orden de la columna, disponiendo que Ayotecatl y Teuctepitl pasasen al frente,
mientras que Chichimecatecutli ocuparía la retaguardia. Aquí se sucedió un
altercado grave, pues éste se sintió afrentado al considerar que se le retiraba
del sitio de mayor peligro. Fue necesario un largo razonamiento para
convencerlo de que se trataba exactamente de lo contrario, y para
demostrárselo, Sandoval pasó a marchar junto a él. Cuando la columna entró en
Texcoco, Cortés presidió la recepción sentado en un escaño. A su lado tenía a
Fernando Tecocoltzin y a un grupo de dignatarios. La entrada en la ciudad se hizo
con música, vítores y toques de caracoles. Los hombres de guerra ataviados con
sus penachos lanzaban sus gritos de combate. Cortés asegura que la columna
tardó seis horas en desfilar, mientras que Bernal dice que medio día.
Xicoténcatl no participaba. [468]
Mientras se iniciaba la construcción de una inmensa zanja que permitiría poner
en el agua los bergantines, Cortés, para no mantener ocioso el ejército,
decidió no aflojar la presión. El punto elegido fue Xaltocan, una ciudad
situada en medio de la laguna del mismo nombre. Para evitar filtraciones, en
vista de que desconfiaba de algunos principales texcocanos, el objetivo se
mantuvo secreto hasta el último momento. Se obtuvo la sorpresa y la ciudad fue
tomada sin dificultad. Pasaron por Cuautitlan, que encontraron despoblada.
Pernoctaron allí y al día siguiente siguieron rumbo a Tenayuca, despoblada
igualmente. A ésta la llamaron El pueblo de las sierpes, por dos
inmensas esculturas de serpientes que encontraron en el teocalli.
Siguieron adelante y pasaron por Azcapotzalco, sin tampoco encontrar
resistencia. Continuaron la marcha y alcanzaron el punto de destino: Tacuba. El
plan de Cortés respondía a razones muy claras, puesto que se trataba de la
segunda ciudad ribereña en importancia, superada sólo por Texcoco; además,
según escribe al Emperador, lo movía un doble propósito: cobrarse las muertes
ocasionadas durante la Noche Triste, y acercarse a Tenochtitlán
para intentar el diálogo con sus dirigentes, convenciéndolos de la inutilidad
de toda resistencia. Tacuba fue ocupada y se alojaron en el palacio de
Totoquihuatzin, que debió ser un edificio de grandes proporciones, pues en él
hubo acomodo para toda la fuerza española. Los tlaxcaltecas se dedicaron a
pasar a saco la ciudad, poniéndole fuego; en un momento dado, las llamas
comenzaron a devorar una de las alas del palacio que les servía de
alojamiento. [469]
Vieron a un grupo de guerreros de quienes sólo los separaba una acequia, y
Cortés se acercó para hablarles. Preguntó si entre ellos se encontraba algún
señor, a lo que replicaron que todos eran señores. Ante tal respuesta comenzó a
hacerles exhortaciones, diciéndoles que no soportarían un sitio y que a la
postre morirían de hambre, a lo que éstos respondieron que tendrían comida en
abundancia, pues para alimentarse dispondrían de las carnes de los españoles y
los tlaxcaltecas. No llegó ningún parlamentario, y como estaba claro que no
existía disposición para hablar, optó por retirarse. Durante los seis días que
permanecieron en Tacuba, se sucedían a diario combates entre capitanes mexica y
tlaxcaltecas; éstos se desafiaban, y «peleaban unos con otros muy hermosamente». [470] Aquí se muestra como un camorrista que
disfrutaba de una buena pelea, al igual que el público que asistía al Coliseo
para presenciar los combates entre gladiadores.
Ocurrió un incidente que pudo haber sido de graves consecuencias; Cortés lo
omite, pero Bernal lo trata con lujo de detalles. Durante una de las diarias
escaramuzas en la calzada los defensores se replegaron, y los atacantes,
llevados por el entusiasmo, se lanzaron en su persecución para explotar el
éxito obtenido. Esperaban una victoria fácil, pero de pronto los papeles se
invirtieron; los fugitivos se dieron la vuelta y atacaron a los perseguidores
con determinación. Juan Volante, el alférez que portaba la bandera, cayó en una
zanja, salvándose a duras penas, pues ya varios enemigos lo tenían sujeto. Con
grandes dificultades salió del aprieto y todavía pudo rescatar la bandera.
Bernal, quien según se aprecia a lo largo del libro, no quería a Pedro de
Ircio, cuenta que éste, por afrentar a Volante le dijo que «había crucificado
al hijo y que quería ahogar a la madre», en clara alusión a la imagen de la
Virgen que figuraba en la bandera. Una referencia a que Volante era de estirpe
de conversos. [Cuando esa anécdota le fue referida a Carlos V, éste alabó la
presencia de ánimo de Pedro de Ircio, quien en medio de una situación tan
crítica decía gracias.] [471] Esa noche llegaron a dormir a Acolman, adonde
los aguardaban con sus fuerzas Sandoval y Tecocoltzin.
Una vez más, otro contingente de tlaxcaltecas que ya se encontraban satisfechos
con el botín obtenido, solicitó licencia a Cortés para retornar a su tierra
para disfrutar de esas riquezas, ofreciendo que volverían en cuanto fueran
llamados. Este la concedió sin oponer reparos, pues los bergantines todavía no
estaban listos; además, con la participación de los texcocanos y demás pueblos
aliados, tenía hombres de sobra. La partida de ese grupo significaba menos
bocas que alimentar. Regresaron a Texcoco, y al cuarto día de estar allí
llegaron emisarios de Tuxpan, Mexicaltico y Nautla. Venían a pedir disculpas
por las muertes de Escalante y los suyos, achacándolo todo a instigaciones de
Cuauhpopoca, quien ya había pagado por ello. Se echaron las culpas al muerto y
Cortés los recibió como vasallos del rey de España. [472]
La tropa española pasaba unos días de relativo descanso, mientras se terminaba
el ensamble de los bergantines; a su vez los mexica, a través de sus espías,
seguían el progreso de la obra. Estaban conscientes del daño que les podrían
ocasionar, por lo que mediante un audaz golpe de mano intentaron ponerles
fuego. Los bergantines se encontraban bien custodiados y la operación fracasó.
Se capturó a quince de los infiltrados, quienes fueron interrogados por Cortés,
y a través de ellos supo que Cuauhtémoc no contemplaba la posibilidad de hacer
la paz. [473]
Llegaron los de Chalco en demanda de socorro. Una fuerza reunida por Cuauhtémoc
se encontraba pronta a marchar contra ellos. Solicitaban ayuda urgente. Cortés
designó a Sandoval, quien iría con veinte jinetes y trescientos infantes
españoles, y como el grueso de los tlaxcaltecas se había ausentado, el
contingente se complementaría con guerreros de Huejotzingo y Huaquechula. El
núcleo mayor estaría compuesto por texcocanos. Esa sería la primera acción en
que éstos participarían hombro con hombro con los españoles. Curiosamente, la
lucha no se escenificaría en las riberas de la laguna, sino a gran distancia,
tierra adentro, en lo que hoy es el estado de Morelos. El objetivo seleccionado
fue Oaxtepec, y hacia allá se encaminó la fuerza coaligada. En el trayecto
ocurrieron algunas escaramuzas en medio de bosques de pinos. Los atacantes
vencieron con facilidad y prosiguieron la marcha, aunque en un momento dado se
llevaron un sobresalto. Ello ocurrió cuando desmontaron para que los caballos
pudieran pastar; fue entonces cuando inesperadamente se produjo un contraataque
que los tomó por sorpresa. Montaron apresuradamente, y con la ayuda de los
confederados los rechazaron, persiguiéndolos por más de una legua. Bernal,
quien no participó en ese combate por encontrarse recuperando de una herida de
lanza recibida en el cuello en Iztapalapa, cuenta que en esa acción murió
Gonzalo Domínguez, quien «era uno de los mejores jinetes y esforzado que Cortés
había traído en nuestra compañía, y teníamosle en tanto en las guerras, por su
esfuerzo, como a Cristóbal de Olid y Gonzalo de Sandoval, por la cual muerte
hubo mucho sentimiento entre todos nosotros». [474] Domínguez, junto con Lares el Buen Jinete
eran consumados caballistas. Acabó sus días en una escaramuza sin importancia:
el caballo perdió pisada, cayendo a una barranca. Murió aplastado por el
animal.
Ocuparon Oaxtepec. Allí se detuvieron dos días a descansar. Tuvieron entonces
noticia de que, en el vecino pueblo de Yecapixtla, se había hecho fuerte una
guarnición mexica y hacia allá se encaminaron.
Campaña en territorio del actual estado de Morelos, concluida con
anterioridad al 28 de abril de 1521. 1. Chalco; 2. Tlalmanalco;
3. Ozumba; 4. Chimalhuacan; 5. Huaxtepec; 6. Tlayacapan; 7. Yecapixtla; 8.
Yautepec; 9. Tepoztlan; 10. Jiutepec; 11. Cuauhnahuac (Cuernavaca); 12.
Xochimilco.
Los defensores se encontraban en lo alto de un peñón de tan difícil acceso, que
Sandoval estuvo tentado a pasar de largo; sin embargo, intervino Luis Marín
aduciendo que se envalentonarían si no los enfrentaban. Se ordenó el ataque,
mas los indios aliados no se movían por lo difícil del terreno y la lluvia de
piedras que no cesaba de golpear. Ante esa situación, Sandoval puso el ejemplo,
y seguido de la tropa española comenzó la escalada. Los coaligados no tardaron
en seguirlos. Pese a la desventaja de pelear cuesta arriba, pronto se
posesionaron de las alturas. Una vez que fueron dueños de la situación, los
españoles andaban a la rebatiña con sus aliados, buscando cada cual adueñarse
de una buena hembra. [475] En cuanto a los defensores, un gran número de
ellos murió despeñado en la huida, al caer en un barranco por cuyo fondo
discurría un arroyo. Según Cortés, fue tan grande la mortandad que la tropa
padeció sed, pues durante largo tiempo las aguas bajaban teñidas de rojo.
Gómara repite lo mismo; y en cuanto a Bernal, éste apostilla que «no duró
aquella turbieza más de media Avemaría». [476] Sandoval regresó a Texcoco, con «muy buenas
piezas de indias», según Bernal, quien siempre da muestras de estar muy atento
a la belleza femenina. Todavía no rendía Sandoval el parte, cuando ya estaban
de nueva cuenta ante Cortés emisarios de Chalco, anunciando que se les venía
encima un fuerte ataque. Cuauhtémoc no les perdonaba el cambio de bando, y
deseaba hacer con ellos un escarmiento, enviando en su contra todas las fuerzas
disponibles. Cortés se molestó, interpretando que el ataque que se fraguaba se
debía a flojedad de Sandoval, por no haberse esforzado en perseguir a las
guarniciones mexica que huían de Oaxtepec. Por tanto, cuando éste compareció
ante él, lo trató en forma desabrida, responsabilizándolo por su supuesta
tibieza. Sandoval, que era hombre muy elemental y de pocas palabras, quedó muy
dolido. Sin tener tiempo para el reposo, a pesar de que venía herido, partió
con sus hombres a impartir el socorro solicitado. Llegó tarde a la batalla. Los
mexica acababan de ser derrotados en campo abierto. En ese combate, en el que
no intervino un solo español, la participación de los de Huejotzingo, que
llegaron en auxilio de los de Chalco, resultó decisiva. En Tenochtitlán la
derrota causó gran pesar, pues habían sido vencidos por pueblos antes sujetos a
ellos. Y como ya nada tenía que hacer allí, Sandoval se regresó a Texcoco
llevando a cuarenta prisioneros, capturados por los coaligados, entre los
cuales se contaba un jefe militar y personajes de monta. Una vez llegado al
campamento, se retiró a su alojamiento sin pasar a informar a Cortés; éste,
durante la ausencia de su subalterno se enteró de cómo se había desarrollado la
acción durante los combates de Oaxtepec y Yecapixtla, por lo que le envió un
recado muy afectuoso, pero aún así, Sandoval se rehusaba a verlo. Finalmente,
Cortés volvió a ganarse la voluntad de su subalterno. Cabe destacar que, al
parecer, ésa sería la ocasión única en que hubo un malentendido entre
ambos. [477]
La buena estrella brillaba para Cortés. En cuanto se restableció la
comunicación con la costa, tuvo conocimiento de que habían aportado a la Villa
Rica tres naves de gran porte, trayendo buena copia de soldados. Un socorro que
le llegaba como llovido del cielo. A los pocos días, entraban en Texcoco los
primeros de esos hombres. En el curso de la campaña ya se había visto
favorecido por el refuerzo involuntario de las naves de Garay, las de Velázquez
y la de Juan de Burgos. Llegaron otras dos naves de Garay. Una venía al mando
de un tal Ramírez el Viejo; a los que venían con él, los apodaron
los de las «albardillas», a causa del vestuario acolchado para protegerse de
las flechas. Vinieron a continuación los de Miguel Díaz de Aux. Éste era un
aragonés, antiguo compañero de Colón en el segundo viaje. Se trataba, por
tanto, de un miembro del pie veterano en las Antillas; era además hombre rico,
por lo que su participación a una edad avanzada, prueba que con el paso de los
años no había perdido el gusto por la aventura. [478] A sus compañeros los apodaron los de
los lomos recios, por tratarse de individuos vigorosos. De entre
todos los hombres de Garay, este contingente fue el más valioso, tanto por la
buena condición física como por su número. Llegó también otro navío procedente
de España. En éste vinieron Julián de Alderete, fray Pedro Melgarejo de Urrea,
y Jerónimo Ruiz de la Mota, personajes que habrían de desempeñar un papel
relevante en la Conquista, en especial los dos primeros. Julián de Alderete
traía el nombramiento de tesorero. Aquello para Cortés significaba una noticia
buena y otra mala. Después del rompimiento con Velázquez, la intromisión de
Narváez y el silencio del monarca, que no daba respuesta a su carta, la llegada
de un tesorero nombrado por la Corona venía a ser una especie de reconocimiento
tácito. La España oficial tomaba nota de que existía. Ya no era un rebelde
fuera de la ley. El lado malo lo representaba el hecho de que ahora tendría una
cuña. Y como pronto se vería, una cuña que apretaría mucho. El tesorero
procedía de una de las familias prominentes de Castilla. En Tordesillas, en la
iglesia de San Antolín, se encuentra una riquísima tumba en la que reposa uno
de los miembros de la familia junto a su esposa. Del franciscano fray Pedro
Melgarejo de Urrea disponemos del retrato que Bernal hace de él: «Y vino un
fraile de San Francisco que se decía fray Pedro Melgarejo de Urrea, natural de
Sevilla, que trajo unas bulas del Señor San Pedro, y con ellas nos componían si
algo éramos en cargo en las guerras en que andábamos; por manera que en pocos
meses el fraile fue rico y compuesto a Castilla». [479] Según esto, se trataría de un pícaro
redomado; lo único que aquí se puede adelantar, es que esa apreciación es muy
personal, existiendo testimonios que muestran otra cosa. Se da el caso de que
este fraile fue una de las contadísimas personas con quienes Cortés se
aconsejó. Más adelante le confiaría misiones delicadas. Acerca de los refuerzos
traídos por esas naves, sólo se conoce en forma aproximada el número de hombres
que trajeron; y en cuanto al orden en que llegaron, eso es algo prácticamente imposible
de establecer, ya que ningún cronista puso especial cuidado en registrarlo. Es
más, está dada la posibilidad de que tanto Alderete como fray Pedro Melgarejo
hayan llegado en el navío de Juan de Burgos. El miércoles santo, que ese año
cayó en 27 de marzo, Cortés hizo traer a su presencia a los notables mexica
apresados en Chalco. La exhortación que les hizo fue que aceptaran el cese de
hostilidades, pues la suya era una causa sin esperanza. Se habían quedado solos
y no tenían de dónde esperar ayuda. Los pueblos que antes tenían sometidos se
habían rebelado pasándose al campo español.
Los dignatarios no se atrevían a presentarse ante Cuauhtémoc con tal embajada;
finalmente, hubo dos que se prestaron a hacerlo, pidiendo sólo que se les diese
una carta. Se redactó una, explicándoseles su contenido. Cinco de a caballo los
escoltaron hasta el borde de la laguna para que abordaran una canoa. Un
esfuerzo que a nada condujo. Al día siguiente, de nueva cuenta, estaban de
retorno los de Chalco. En una manta traían pintado el dispositivo de las tropas
que Tenochtitlán tenía preparadas para lanzarlas contra ellos. Esa era la
respuesta de Cuauhtémoc. Cortés se dispuso a la pelea saliendo de Texcoco para
ir a su encuentro; llevaba treinta de a caballo y trescientos de a pie.
Llegando a Chalco se les unirían cuarenta mil más; mientras, Sandoval quedaría
en Texcoco con veinte de a caballo y trescientos de a pie, con el encargo de
cuidar el ensamble de los bergantines.
En la espera habían transcurrido varios días, era ya viernes, cinco de abril
(tanto Bernal como Cortés coinciden en la fecha). El propósito de éste
consistía en bordear la laguna. Las referencias constantes a las acciones de
Sandoval podrían dar la impresión de que todo el peso de la campaña descansaba
sobre sus hombros, mientras los demás capitanes se encontraban ociosos, pero lo
que ocurre es que en la reseña de los sucesos de esos días, es el único al que
Cortés identifica por nombre.
Fueron a dormir a Tlalmanalco, y según recuerda Bernal, nunca antes habían marchado
en medio de un número tan grande de aliados. Llegaron a un peñón (cuya
identificación no puede establecerse con precisión), e intentaron tomarlo por
asalto. Los ataques resultaron infructuosos. La naturaleza del terreno
presentaba serias dificultades para escalarlo. Luego de sufrir la muerte de dos
soldados y de otros más, que resultaron heridos, Cortés renunció a tomarlo y
siguió de largo. Ésa sería la ocasión única en toda la guerra en que se habría
dado la vuelta sin ocupar el objetivo. El precio en sangre hubiera resultado
muy alto y la posición carecía de valor estratégico. En las cercanías se
encontraba otro peñón de más fácil acceso, y hacia allá se dirigió. Ante la
embestida, los defensores comenzaron a replegarse. Con ellos había un regular número
de mujeres y niños. El calor y la falta de agua tornaban precaria la situación;
de pronto, las mujeres comenzaron a agitar mantas pidiendo que cesase la lucha,
al par que dirigiéndose a los españoles batían las palmas, señalando que
servirían para hacer tortillas, por lo que pedían que no las matasen. [480] Cortés aceptó la rendición dando órdenes a
los aliados para que no se cebasen en los vencidos. En este punto viene al caso
ocuparse de una disputa ocurrida entre Bernal y Pedro de Ircio. Ocurre que a
todo lo largo de su libro, Pedro de Ircio es la cabeza de turco sobre la que
descarga sus golpes. Está visto que tiene por él una profunda antipatía, y no
pierde ocasión en zaherirlo. Lo considera un inútil para la guerra, y cuando no
tiene otro argumento, lo llama paticorto. Pero por las demás referencias se nota
que se trata de un capitán ameritado, al menos así lo considera Cortés. Pues
bien, en la acción del peñol ocurrió un suceso que quizás explique el origen de
esa animadversión. Bernal en esa ocasión iba a las órdenes de Ircio, y cuando
ocuparon el sitio cargó a cuatro de sus naborías con sacos de
maíz que allí encontraron. Ircio se opuso a ello, y hubo de desistir. Pero aquí
hay algo más que no debe pasarse de lado: ésta no será la única ocasión en que
Bernal hable de los indios a su servicio, lo cual muestra que cada soldado
español, durante las batallas, tendría a su lado a varios de ellos como
auxiliares personales.
Prosiguieron la marcha rumbo a Oaxtepec, alojándose en el trayecto en la casa
del señor local, situada en medio de huertas y jardines. Cortés, que es tan
poco dado a describir lugares, en esa ocasión se hace lenguas al hablar; según
esto, tendría dos leguas de circunferencia, y en ella había grandes jardines
muy frescos, árboles frutales, hierbas aromáticas y flores olorosas, «que
cierto es cosa de admiración ver la gentileza y grandeza de toda esta
huerta». [481] Bernal, quien repuesto ya del bote de lanza,
esa vez sí participó en la acción, habla muy admirado de la huerta, expresando
que tanto Cortés, como Alderete y fray Pedro Melgarejo, dijeron que no habían
conocido cosa semejante en Castilla. [482] (En la actualidad, los paseantes de fin de
semana pueden disfrutar de ese parque, que sirve de asiento al conocido centro
vacacional que allí opera.) Yautepec fue ocupado sin resistencia. Los
defensores, al ver aparecer el enorme ejército atacante, se desbandaron al
momento. En Jilotepec sus moradores fueron tomados por sorpresa y muchos
sucumbieron en el ataque. Cortés permaneció allí dos días en espera de que el
cacique viniera a ofrecer la obediencia y, como no apareció, le puso fuego al
lugar. Allí mismo se presentaron los caciques de Yautepec que andaban huidos,
para prestar el juramento requerido. El punto siguiente de destino fue
Cuauhnahuac. (El nombre comenzó a corromperse desde el primer momento; Cortés
—quien más tarde fijaría allí su residencia— la llama Coadnabaced; Bernal, que
al principio comenzó llamándola Cornavaca, termina por escribir Cuernavaca. No
debe descartarse que haya sido él quien le impusiera el nombre.) Se trataba de
un lugar de muy difícil acceso, protegido por barrancas profundas. Los
defensores habían levantado los puentes y, con la seguridad de encontrarse a
salvo, lanzaban flechas e insultos a los asaltantes. Se encontraban en eso,
cuando un tlaxcalteca encontró un paso. Fue seguido por cinco españoles, y
cuando estuvieron dentro del recinto cayeron por la espalda a los defensores.
Estos, creyendo que era un ejército numeroso el que atacaba, se desbandaron al
momento. Unos murieron desbarrancados, y otros huyeron por los cerros. Al
declinar el día, el cacique del lugar, acompañado de algunos principales, se
acercó a dar la obediencia. [483]
Al día siguiente, concluida victoriosamente esa campaña, Cortés resolvió
marchar sobre Xochimilco; es entonces cuando ocurrirá uno de los sucesos más
sorprendentes e inexplicables de toda la campaña. Una imprevisión que estuvo a
punto de costarle la vida, tanto a él como a todo el ejército. Los hechos
ocurrieron así: se internaron por un sendero entre bosques de pinos frescos y
aromáticos, el cual, a grandes rasgos, sigue el trazo de las actuales
carreteras. Es la ruta obvia que va serpenteando entre montañas y valles. Y
como cualquier automovilista lo puede apreciar, en todo el trayecto no se
encuentra ni un solo río, arroyo o manantial. El día era caluroso, y a la caída
de la tarde la sed comenzó a morder a toda aquella masa humana. Siguieron
avanzando, y al día siguiente, como no dieran con un pozo que supuestamente
estaría a mitad del camino, Cortés destacó a seis jinetes para que fuesen de
avanzada, explorando en busca de agua. Bernal refiere que la sed lo atormentaba
de tal manera, que junto con tres tlaxcaltecas servidores suyos se fue tras los
de a caballo. Olid, cuando se dio cuenta de que los seguía, le ordenó volverse,
pues corría riesgo en caso de que tuviesen un mal encuentro. Argüyó Bernal, y
como eran amigos, le permitió que los siguiera, advirtiéndole que en caso de
que toparan con los mexica, debería aparejar los puños para pelear, y los pies
para ponerse a salvo. Media hora antes de llegar a Xochimilco, encontraron agua
dentro de unas casas; Bernal y sus servidores bebieron hasta saciarse, y luego,
con un cántaro lleno, se regresaron a buscar al ejército. Se toparon con Cortés
quien venía al frente de los jinetes, y allí les ofrecieron el agua que habían
traído oculta, «porque a la sed no hay ley». [484]
Desfalleciente por la sed, el ejército llegó a Xochimilco, aunque tuvieron que
ganarse el agua, pues los habitantes del lugar presentaron una resistencia
firme. Cortés se metió dentro de las filas enemigas, y en un momento
dado, el Romo se echó al suelo de puro fatigado. El animal
llevaría al menos tres días sin beber. Defendiéndose con la lanza, mantenía a
raya a los que lo rodeaban intentando capturarlo vivo; fue en esos momentos
críticos cuando apareció un tlaxcalteca, quien lo ayudó a salir del trance.
Juntos se abrieron paso combatiendo. La batalla se resolvió con victoria para
los atacantes, y dueños ya del campo, Cortés preguntó por su salvador. Nunca lo
encontró. Años después, cuando comenzaron a forjarse las leyendas, se quiso ver
en ese hecho una intervención de la Providencia. Cervantes de Salazar escribe
que Cortés quedó convencido de que su misterioso salvador no habría sido otro
que el apóstol San Pedro. [485] Por supuesto, él nunca afirmó tal cosa.
La actuación de Cortés en este caso resulta desconcertante; ¿cómo explicar que
hubiera emprendido esa marcha de Cuernavaca a Xochimilco sin antes informarse
debidamente si encontrarían agua en el trayecto? En ese momento se estima que
venía al frente de sesenta mil hombres, y lo acompañaban otros caudillos
indígenas, que se supondría conocerían bien el terreno. Y para saciar la sed de
una masa humana de esa magnitud no bastaba ese pozo aislado que nunca
encontraron; ¿de quién fue la culpa, por haber dado un informe erróneo? Además,
se trataba de terreno conocido para los españoles. Cortés, en su carta no
señala culpables; lo que sí dice es que «muchos de los indios que iban con
nosotros perecieron de sed». Bernal apunta que los muertos fueron un español y
un indio. [486] Una imprudencia que pudo haberle costado la
vida al ejército entero. Nunca se aclararon las razones que lo decidieron a
lanzarse a esa marcha forzada. Un contraste notorio con la llegada ordenada de
los tlaxcaltecas a Texcoco, cuya columna venía seguida por una legión de
aguadores y avitualladores.
A través de cinco notables hechos prisioneros, se tuvo conocimiento de que se
planeaba un contraataque para recuperar Xochimilco. Cortés subió a lo alto del
templo, y desde allí pudo contemplar cómo la laguna se hallaba cubierta de
canoas que se aproximaban. Estimó que serían unas dos mil, y doce mil los
atacantes que venían por tierra. Se trabó la pelea. Los capitanes mexica
esgrimían espadas españolas, de las capturadas durante la Noche Triste,
movidos por algún factor psicológico, pensando quizás que con ello se
igualarían a los españoles. El uso de la espada por parte suya constituyó un
desacierto, pues prescindieron de la macana con la que eran eficientes, para
utilizar un arma cuya esgrima desconocían. [487] Pronto fueron rechazados. En ese combate
resultaron heridos numerosos españoles y hubo dos muertos. Bernal apunta que
cuatro españoles fueron capturados vivos en sorpresivo golpe de mano y llevados
a Tenochtitlán; y allí, luego de interrogados, fueron sacrificados y sus
cabezas exhibidas por los pueblos. [488] Ese sería el destino deparado a los
españoles.
Cortés permaneció a la espera de que los notables de Xochimilco vinieran a
prestar el juramento de vasallaje y, al no aparecer éstos, ordenó quemar el
lugar. Y así desapareció el Xochimilco prehispánico; la única referencia que ha
quedado de él, es lo que escribió: «… y cierto era mucho para ver, porque tenía
muchas casas y torres de sus ídolos de cal y canto, y por no me alargar, dejo
de particularizar otras cosas bien notables de esta ciudad». [489] Se movieron rumbo a Coyoacán, adonde llegaron
a las diez de la mañana. La ciudad se encontraba despoblada. El propósito de
Cortés era completar el recorrido de todas las márgenes de la laguna para
reconocer el terreno e identificar los puntos por los cuales los sitiados
podrían recibir refuerzos, así como los más apropiados para el ataque.
Reposaron allí dos días, para proseguir la marcha rumbo a Tacuba. En ésa, hizo
una breve parada; sólo lo suficiente para estudiar su situación defensiva.
Cuando reanudaron la marcha, los mexica equivocadamente pensaron que huían y
atacaron el centro de la columna, donde iba la impedimenta. El terreno era
llano, por lo que los jinetes lo recorrían a media rienda, alanceando a todos
los que se les ponían por delante. De pronto, en medio de la confusión del
combate, pasó inadvertido a Cortés que dos de sus incondicionales mozos de
espuelas, quienes siempre corrían combatiendo a su lado, habían desaparecido.
Se trataba de Pedro Gallego y de Francisco Martín, a quien apodaban Vendaval,
por lo alocado que era. Después del tropiezo de la Noche Triste,
ésta vendría a ser la segunda ocasión en que Cortés se sentiría más afectado;
según Bernal, la emoción hizo que se le quebrara la voz. El franciscano fray
Pedro Melgarejo de Urrea hacía esfuerzos por consolarlo. El bachiller Alonso
Pérez, quien andando el tiempo sería fiscal en la ciudad de México, se acercó
para decirle, «Señor capitán, no esté vuestra merced tan triste, que en las
guerras estas cosas suelen acaecer». Cortés, al referir este episodio al
Emperador, escribió: «Sabe Dios el sentimiento que hube». [490] Y como se vivía en una época en la que
todavía se componían romances, al momento surgió un cantar que recogía el
trance:
En Tacuba está Cortés
con su escuadrón esforzado
triste estaba y muy penoso
triste y con gran cuidado,
una mano en la mejilla
y la otra en el costado[491]
Siguiendo el borde de la laguna llegaron a
Cuautitlan. Entraron sin combatir. Se hallaba despoblada. Venían calados hasta
los huesos. No cesaba de llover, de hecho, nadie logró dormir. No conseguían
hacer fuego para calentarse, de puro mojada que se encontraba la leña. Eso
ocurre a comienzos de la segunda semana de abril, lo cual indica que fue un año
en el que la temporada de lluvias se adelantó. De Cuautitlan pasaron a Acolman,
donde los aguardaba Sandoval con un grupo de españoles y aliados texcocanos, quienes
ya se encontraban preocupados por no saber de ellos. Las noticias eran buenas.
Los bergantines se encontraban ya a punto, y habían llegado más españoles.
Capítulo 16
La conspiración de Villafaña
Al segundo día de haber retornado a Texcoco se descubrió una conspiración. Se
planeaba matar a Cortés y a sus más allegados; de ello se tuvo conocimiento a
última hora, cuando uno de los involucrados se arrepintió, denunciando a sus
compañeros. La cabeza aparente del complot era un zamorano, llamado Juan de
Villafaña. Sin pérdida de tiempo, Cortés reunió a un grupo de soldados de su
confianza, dirigiéndose a la morada del conspirador, donde lo aprehendió junto
con otros que se hallaban en su compañía. Bernal, quien tomó parte en los
arrestos, señala que se trataba de una conjura de ramificaciones muy vastas, de
la que formaban parte un buen número de los llegados con Narváez. La
conspiración había ido cobrando cuerpo durante los días en que Cortés estuvo ausente.
La idea de los conjurados era darle muerte a él, lo mismo que a Sandoval,
Alvarado, y Andrés de Tapia, entre otros. Al ser arrestado, se le encontró un
papel en el que aparecían los nombres de los conjurados, y como era tan larga
la lista, Cortés le celebró un juicio sumarísimo. Por sentencia dictada por él,
conjuntamente con los alcaldes ordinarios y el maestre de campo Olid, se le
condenó a muerte, concediéndosele apenas el tiempo suficiente para que pudiera
confesarse con el padre Juan Díaz. Fue ahorcado en una ventana de su propia
morada. Era hidalgo y no se le guardó la hidalguía. Murió sin abrir la boca.
Cumplida la sentencia, Cortés hizo correr la voz de que Villafaña se había
comido el papel con la lista de los comprometidos, y que éste, como varón
esforzado que era, murió sin inculpar a nadie. Según Cervantes de Salazar, el
número de involucrados ascendería a trescientos, o sea, alrededor del cuarenta
por ciento del ejército. Bernal, quien conoce muy bien este capítulo, señala
sólo que los involucrados procedían de las filas de la gente llegada con
Narváez, y no da nombres «por su honor». [492] Cortés se limita a señalar que la conjura
venía gestándose desde los días en que se encontraban en Tepeaca, y como eran
tantos los involucrados, optó por disimular. [493] La versión más completa del suceso la tenemos
a través de los relatos de Cervantes de Salazar y del oidor Zorita, que vienen
a complementarse. [494] Según esa reconstrucción de los hechos, el
instigador habría sido el tesorero Julián de Alderete; otros que también
tuvieron una participación importante, serían Pedro Barba y un tal Taborda. A
este último, a pesar de que se le dio tormento, no dijo nada. Cortés lo condenó
a destierro. [495] Por su lado, Cervantes de Salazar escribe que
García Holguín (futuro captor de Cuauhtémoc) tuvo una participación destacada
en ella. [496] Torquemada, al hablar de Holguín, antepone
el don, lo cual indica que era hijodalgo notorio. En cuanto a
Alderete, aparte de la alcurnia de su nacimiento, había estado al servicio del
todopoderoso obispo Fonseca, con lo cual todo queda dicho. El plan de los
conjurados consistía en matar a Cortés y a sus más allegados y entregar el
mando a Francisco Verdugo. Una vez conseguido eso, Narváez sería puesto en
libertad. Verdugo, según todas las referencias, era ajeno a la conjura. Una vez
desactivada la conspiración, antes de que los descontentos pudieran urdir otra
cosa, Cortés, para mantenerlos ocupados, decidió dar comienzo al asedio de
Tenochtitlán. A partir de ese momento, se haría rodear de una guardia personal
de media docena de hombres al mando de Antonio de Quiñones.
Se consigna ahora una página desconcertante. Procede del libro de Oviedo, y no
termina de encajar. Según cuenta, Diego Velázquez, al tener conocimiento de lo
ocurrido a Narváez, habría armado una nueva expedición, poniéndose él mismo al
frente de ella. Se trataría de una flota compuesta por seis u ocho navíos. Pero
un tal licenciado Parada habría logrado convencerlo de lo infructuoso de la
operación, y cuando ya se encontraban a la vista de Yucatán se habría dado la
media vuelta. [497] Así está escrito, y nadie más lo corrobora.
Pero antes de desechar del todo esa versión por disparatada, se debe recordar
que este autor habló largamente con Velázquez, y que a petición suya, llevó a
España el informe sobre el viaje de Grijalva, ¿algún embuste que Velázquez le
deslizara, pensando que con ello su caso saldría favorecido ante la Corte? Hay
que decir que en los escritos de Cortés figura la alusión a una frustrada
expedición del licenciado Parada, quien efectivamente, habría llegado a
Cozumel. [498] Cuando el río suena, agua lleva; parecería
que en este confuso asunto, hubiera un fondo de verdad, aunque desde luego, sin
la participación directa de Velázquez (se verá más adelante que Cortés envió
una carabela a recoger a un grupo de españoles abandonados en la isla por el
licenciado Parada). Antes de proseguir, no está por demás dejar aclarado que en
el relato de Gómara se confunden los tiempos al describir los sucesos que se
acaban de reseñar. Principia por adelantar la fecha de la entronización de Te
cocoltzin, y sitúa la conspiración de Villafaña en enero, anteponiéndola a la
acción contra Iztapalapa. [499] Bernal es muy preciso al señalar que ocurrió
a los dos días del retorno a Texcoco; [500] y Cortés va por el mismo camino, expresando
que ocurrió al momento en que se disponía «a poner cerco a Tenochtitlán». [501] Además, en los días señalados por Gómara
todavía no aparecía en escena Alderete.
El domingo 28 de abril, en medio de un ambiente festivo, se llevó a cabo la
botadura de los bergantines. El acto dio comienzo con un tedeum oficiado
por fray Bartolomé de Olmedo y, a continuación, se procedió a abrir la
compuerta para que éstos se deslizasen dentro de la laguna; para ello, Cortés
dice que fue necesario cavar una zanja de media legua de largo y más de dos
estados de ancho y otro tanto de profundidad, con los bordes reforzados por
troncos a todo lo largo. Trabajaron en ella durante cincuenta días los ocho mil
hombres facilitados por Tecocoltzin. [502] Cervantes de Salazar, quien tuvo en sus manos
las notas que le facilitó Martín López, agrega que tenía represas, ello es, se
trataría de un verdadero dique seco, provisto de esclusas. A primera vista,
parecería desproporcionado un trabajo de tal magnitud, pero si se realizó,
evidentemente, sería porque las condiciones del terreno así lo requerían.
Cincuenta días y ocho mil hombres para concluirlo.
Con los bergantines en el agua, el siguiente paso fue asignarles las
tripulaciones. Serían veinticinco hombres en cada uno; el problema surgió a la
hora de designar a los doce que en cada uno actuarían como remeros. Un buen
número protestó aduciendo razones de hidalguía. Remar era oficio para galeotes
y gente de baja condición. Cortés estableció quiénes habían sido marineros y
salían a pescar, y a éstos, sin más, les ordenó empuñar el remo. En cuanto a
los capitanes, la mayor parte de los designados provenía de las filas de los
llegados con Narváez. Procuraba ganárselos ofreciéndoles puestos honrosos. En
total fueron trescientos los hombres distribuidos en los trece bergantines, y
como capitanes de éstos, nombró a Juan Rodríguez de Villafuerte, Juan
Jaramillo, Francisco Verdugo, Francisco Rodríguez Magarino, Cristóbal Flores,
García Holguín, Antonio de Carvajal, Pedro Barba, Jerónimo Ruiz de la Mota,
Pedro Briones, Rodrigo Morejón de Lobera, Antonio de Sotelo y Juan de Portillo.
La información procede de Cervantes de Salazar, quien al efecto señala: «Esta
relación, tan debida a los que bien trabajaron, debo yo a Jerónimo Ruiz de la
Mota, varón sagaz, muy leído y cuerdo y de gran memoria y verdad en lo que
vio». [503] En el curso de la guerra se produjeron varios
cambios en los mandos, debido a la necesidad de reemplazar a los que morían,
como fueron los casos de Pedro Barba, Juan de Portillo y Cristóbal Flores. Un
punto que no puede pasarse por alto es el silencio que Cortés observa con
respecto a Martín López. No lo relaciona nunca con la construcción de los
bergantines; en la primera ocasión en que se refiere a ellos, se limitó a decir
a Carlos V que quedaba haciendo doce bergantines, y sigue por ese tenor: «Cuando
a esta cibdad llegué [Tlaxcala] hallé que los maestros y carpinteros de los
bergantines se daban mucha priesa en hacer la ligazón y tablazón para ellos […]
y en quince días que en ella estuve no entendí en otra cosa salvo en dar priesa
a los maestros». [504] Y así en las cartas sucesivas. Su nombre
siempre relegado al anonimato colectivo. Pero independientemente de que tanto
Bernal, Cervantes de Salazar y demás cronistas lo señalen como el constructor,
está de por medio el enconado pleito que éste puso a Cortés por una crecida
suma que le quedó a deber. Al parecer, había contratado con él un precio que
nunca le pagó.
Listos los bergantines, Cortés puso a punto el dispositivo para el ataque a
Tenochtitlán. Pasó revista a sus fuerzas: disponía de ochenta y seis de a
caballo, ciento dieciocho ballesteros y escopeteros, y «setecientos y tantos»
soldados de espada y rodela. [505] Los cuarenta caballos y quinientos cincuenta
hombres que contó en la revista pasada en Tlaxcala, se habían visto aumentados
por los refuerzos llegados en tres barcos. Procedió luego a despachar emisarios
a Tlaxcala, Huejotzingo y Cholula, indicándoles que en el plazo de diez días
deberían presentarse con sus respectivos contingentes. Y por los pueblos
vecinos, se distribuyó muestra de casquillos de saeta, para que en cada uno se
fabricasen ocho mil piezas. En cuanto a la artillería, contaba en ese momento con
tres tiros gruesos de hierro, y quince pequeños de bronce. En la Villa Rica se
encontraban otros tres tiros gruesos de hierro traídos por los navíos recién
llegados. Alonso de Ojeda, al frente de un contingente de tlaxcaltecas, partió
en su búsqueda.
Capítulo 17
Todos contra Tenochtitlán
Contenido:
§. Barrientos
§. Muerte de Xicoténcatl
§. Desafío en Acolman
§. La situación interna
§. Contragolpe en la Quebrada
§. Los aliados al ataque
§. Chichimecatecutli
Los aliados acudieron puntuales a la cita. A los
diez días justos, los tlaxcaltecas entraban en Texcoco. En cuanto Cortés tuvo
conocimiento de que se aproximaban, se adelantó a recibirlos fuera de la
ciudad, en compañía de varios capitanes. Venían muy galanes, ataviados con sus
mejores prendas, portando estandartes de entre los cuales destacaba la grulla
blanca, emblema de Tlaxcala. Cortés señala que, según la cuenta que le dieron
los capitanes, pasaban de cincuenta mil.[506] Al frente del
contingente venían Xicoténcatl y Chichimecatecutli. Los guerreros de Cholula y
Huejotzingo, en lugar de dirigirse a Texcoco, fueron directamente a Chalco,
conforme lo indicado. Al día siguiente, en la plaza principal de Texcoco, Cortés
pasó revista a la tropa y procedió a asignar los mandos. A Pedro de Alvarado le
confió treinta de a caballo, dieciocho ballesteros y escopeteros, ciento
cincuenta peones de espada y rodela, y veinticinco mil tlaxcaltecas. Recibió el
encargo de fijar su campamento en Tacuba. Cristóbal de Olid recibió el mando de
treinta y tres jinetes, dieciocho ballesteros y escopeteros, ciento sesenta
rodeleros y veinte mil hombres de guerra «de nuestros amigos», debiendo fijar
el real en Coyoacán. Finalmente, a Sandoval le correspondieron veinticuatro de
a caballo, cuatro escopeteros, trece ballesteros, y ciento cincuenta infantes,
entre los que se contaba el grupo selecto que Cortés llevaba en su compañía;
además, le asignó íntegros los contingentes de Chalco, Cholula y Huejotzingo,
que sumaban más de treinta mil hombres, con los cuales iniciaría operaciones en
el sector de Iztapalapa.[507] Bernal, como una
observación suya, expresa que hasta ese momento la actuación de Cholula había
sido cautelosa; aunque nominalmente ya hacía parte del bando español, se movía
con suma discreción observando el sesgo que tomaban los acontecimientos. Sería
hasta el momento en que daría comienzo el asedio de Tenochtitlán cuando
abiertamente tome partido en la lucha.
§. Barrientos
P or aquellos días, Pedro de Ircio,
que se encontraba al mando en Segura de la Frontera, reexpidió a Corté, una
carta que acababa de recibir. Era de Hernando de Barrientos, el soldado que
andaba desaparecido, cuyo nombre resulta familiar, pues ya antes Bernal lo ha
mencionado. Este, como ya se vio, hizo aparecer a Barrientos en Cempoala al
frente de dos mil hombres, llegados un día después de la batalla, con cuyo
retraso se habría evitado una carnicería. Cervantes de Salazar recoge esa
versión pasando por ella muy por encima, para luego adherirse a la de Cortés,
la cual amplía. Por principio de cuentas, hay que dejar bien sentado que
Barrientos no pudo aparecer por Cempoala, por la sencilla razón de que no se
había movido de Chinantla, adonde se encontraba desempeñando la misión que le
había sido encomendada. Éste es un caso singularísimo, que debió impresionar
mucho a Cortés, pues se trata del único individuo de tropa, cuyas hazañas
refirió puntualmente al Emperador, dando su nombre y apellido. Los hechos se habrían
originado en cuanto Cortés se enteró de que el cacao circulaba como moneda de
curso corriente, y con ese sentido mercantilista que lo caracterizaba, resolvió
hacer grandes plantaciones. En cierta forma, se lanzaba a emitir moneda La
llegada de Narváez dejó trunco el proyecto (lo cual posiblemente salvó al mundo
indígena del proceso inflacionario que se habría desatado, al inundar de cacao
el mercado). Pues bien, a cargo de cuidar una plantación en Chinantla quedaron
Barrientos y otro soldado. Y allí se encontraban a la llegada de Narváez y
sucesos que vinieron a continuación, en los cuales muchos españoles que se
encontraban dispersos fueron muertos. Pero ocurre que Barrientos, en cuanto
conoció la magnitud del desastre de la Noche Triste, en lugar de desmoralizarse emprendió su propia
guerra contra los mexica. Como probó ser valeroso, los de Chinantla lo alzaron
por jefe, y en repetidas acciones mantuvo a raya a los atacantes.
Transcurrieron así los meses, hasta que tuvo conocimiento de que en Tepeaca
había españoles y comenzó a escribir cartas hasta que, finalmente, una llegó a
manos de Cortés. Así expone los hechos al monarca: «… estaba en la ciudad de
Temixtitan, luego de la primera vez que a ella vine, proveí, como en la otra
relación hice saber a vuestra majestad, que en dos o tres provincias aparejadas
para ello se hiciesen para vuestra majestad ciertas casas de labranzas y otras
cosas[…] Y a una de ellas, que se dice Chinanta, envié para ello dos
españoles[…] y de estos españoles que estaban en Chinanta se pasó casi un año
que no supe de ellos[…] Y así, se estuvieron estos dos españoles en aquella
tierra, y al uno de ellos, que era mancebo y hombre para guerra, hiciéronle su
capitán, y en este tiempo salía con ellos a dar guerra a sus enemigos, y las
más de las veces él y los de Chinanta eran vencedores…» (Como se aprecia,
Cortés es claro al señalar que Barrientos no se habría movido de Chinantla,
desde el momento en que le confió la misión de supervisar las labranzas); la
carta de este soldado, aparte de su buena redacción, es modelo de modestia.
Leámosla: «Nobles señores… Hágoos, señores, saber cómo todos los naturales de
esta tierra de Culúa andan levantados y de guerra, y muchas veces nos han
acometido; pero siempre, loores a Nuestro Señor, hemos sido vencedores. Y con
los de Tuxtepeque y su parcialidad de Culúa cada día tenemos guerra; los que
están en servicio de sus altezas y por sus vasallos son siete villas de los
Tenez [nombre que los de Chinantla daban a los mexica], y yo y Nicolás siempre
estamos en Chinanta, que es su cabecera. Mucho quisiera saber adónde está el
capitán para le poder escribir y hacer saber las cosas de acá. Y si por ventura
me escribiéredes de dónde él está, y enviáredes veinte o treinta españoles,
iríame con dos principales de aquí, que tienen deseo de ver y hablar al
capitán; y sería bien que viniesen, porque, como es tiempo ahora de coger el
cacao, estorban los de Culúa con las guerras. Nuestro señor guarde las nobles
personas de vuestras mercedes, como desean. De Chinanta, a no sé cuántos del
mes de Abril de 1521 años. Al servicio de vuestras mercedes. Hernando de
Barrientos». [508] Cortés escribía eso
en mayo de 1522, o sea, con los recuerdos muy frescos, mientras que Bernal y
Cervantes de Salazar no lo harían sino hasta treinta o treinta y cinco años más
tarde: ¿de dónde pudieron éstos tomar tal historia? Oviedo, que sigue a Cortés,
sitúa correctamente el episodio. Gómara no lo menciona. Bernal y Cervantes de
Salazar escribían por separado, ignorando cada cual lo que el otro hacía; pero
lo curioso en este caso, es que unos capítulos más adelante Bernal vuelve sobre
el tema, y en esta ocasión cita correctamente el momento en que se recibió la
carta de Barrientos, diciendo que éste era uno de los que se encontraban en
Chinantla, en el tiempo en que nos echaron de México, pero mantiene la
confusión, al insistir en hacerlo presente en Cempoala al frente de los
piqueros. [509] En el terreno
anecdótico, Cervantes de Salazar se refiere a una astucia de Barrientos,
mediante la cual logró imponerse. Ocurrió que, en un momento en que éste
recelaba de que los indios pudieran estar tramando algo, regó pólvora sobre el
piso de tierra de su choza, convocándolos a continuación. Una vez que
estuvieron reunidos, los indios según su costumbre se acuclillaron en derredor
suyo, y entonces Barrientos los recriminó, diciéndoles que ya estaba enterado
de que algo tramaban en contra suyo, y para demostrarles que conocía sus
pensamientos, por poderes especiales que poseía, acercó al suelo la llama que
ardía en la punta de la varita que sostenía en la mano. El flamazo que se
produjo sobresaltó a los indios, que en lo sucesivo lo siguieron incondicionalmente. [510] En opinión de Cortés,
se trató de la hazaña más sobresaliente realizada por un individuo de tropa.
§. Muerte de Xicoténcatl
La muerte de Xicoténcatl, ocurrida durante la
primera fase de las operaciones, es un incidente que aparece diluido entre
tanto suceso importante ocurrido en aquellos días; Cortés no parece haberle
concedido importancia, ya que ni siquiera la menciona en su informe al monarca.
Sobre las causas que condujeron a ella existen dos versiones, y como son
radicalmente diferentes, se hace necesario verlas por separado. Según Cervantes
de Salazar, un noble tlaxcalteca llamado Piltechtl habría sido descalabrado por
dos españoles en circunstancias que no se aclaran debidamente. Para evitar que
las cosas pasasen a mayores, y sobre todo, para que Cortés no tuviese
conocimiento del hecho y los castigase con extremo rigor, Alonso de Ojeda, para
encubrirlos, autorizó el retorno de Piltechtl a Tlaxcala para curarse. Al
saberlo Xicoténcatl, calladamente abandonó el campo retirándose igualmente a
ésa durante la noche. [511] La deserción de
Xicoténcatl es un episodio que Bernal parece conocer bien, pues ambos militaban
juntos a las órdenes de Alvarado; según su relato, al iniciarse la marcha hacia
Tacuba los tlaxcaltecas iban en vanguardia y, llegada la noche, Xicoténcatl se
apartó sigilosamente de la columna, regresándose a Tlaxcala con ánimo de
hacerse con el poder mediante un golpe de estado. Como su padre se encontraba
ciego, esperaba que podría contar con él; por otro lado, Maxixcatzin ya había
muerto, y con Chichimecatecutli ausente, que era su principal opositor,
confiaba que todo lo lograría con facilidad. Pero no encontró la acogida que
esperaba. Chichimecatecutli, en cuanto se enteró de la deserción coligió de lo
que se trataba y fue a quejarse ante Cortés. Éste, luego de saber lo ocurrido,
envió a cinco principales de Texcoco y a dos tlaxcaltecas amigos del evadido
con el encargo de persuadirlo a regresar. La respuesta que dio fue soberbia:
mandó decir que, de haber sido escuchado por su padre y Maxixcatzin, los españoles
no habrían señoreado la tierra. Se negó en redondo a volver. En cuanto Cortés
lo supo ordenó que un alguacil, acompañado de cuatro jinetes y cinco
principales texcocanos, fuesen en su búsqueda y le diesen muerte. Tlaxcala lo
entregó voluntariamente; Bernal llega al extremo de afirmar que su propio padre
habría dicho a Cortés que «no se confiase de él y procurase de matarle». [512] Lo ahorcaron en un
pueblo vecino a Texcoco.
Sobre este caso, Bernal apunta que Alvarado (que
venía a ser su cuñado por tener por amiga a Doña Luisa) habría intercedido en
su favor, mas Cortés se mostró irreductible. Está claro que aprovechó la
circunstancia para quitarse de encima un peligro siempre latente; además, con
su fuga, Xicoténcatl le facilitó las cosas. Se limitó a aplicarle la ordenanza.
Deserción frente al enemigo. Cervantes de Salazar aporta el dato de que fue
ahorcado en lo más alto de un árbol, para que todos pudiesen verlo desde lejos,
agregando que los indios procuraban apropiarse de algún fragmento de su manta,
para conservarlo como reliquia. Este mismo autor reproduce una anécdota que a
las claras se ve que está sacada de las memorias de Alonso de Ojeda. Según
ello, este soldado, quien tuvo el encargo de apresar y colgar a Xicoténcatl,
habría referido a Cortés que éste le habría ofrecido el equivalente a dos mil
ducados a cambio de que no lo matase, a lo que él se habría negado a pesar de lo
crecido de la suma. Cortés le reprocharía no haber aceptado el oro, ya que de
nada le serviría a alguien que va a morir. [513] La muerte de
Xicoténcatl debió de ocurrir en la primera quincena de mayo —posiblemente entre
el nueve y el diez—, puesto que para esa última fecha, Alvarado y Olid se
pusieron en marcha, para sentar sus reales en Tacuba y Coyoacán,
respectivamente. Bernal dejó de él el siguiente retrato: «era este Xicotenga
alto de cuerpo y de grande espalda y bien hecho, y la cara tenía larga y como
hoyosa y robusta». [514]
§. Desafío en Acolman
Ala llegada a Acolman, Alvarado se encontró con
la novedad de que las mejores casas de la localidad, donde esperaba alojarse
con su gente, ya estaban tomadas. Olid había enviado como avanzada a unos
hombres que se encargaron de señalarlas con unas ramas, para indicar que
estaban reservadas. Aquello dio lugar a que estallara la rivalidad entre ambos,
ya que ninguno aceptaba estar por debajo del otro. Los soldados secundaron a
sus jefes, y éstos se desafiaron. En cuanto Cortés fue informado de lo que
ocurría, a toda prisa envió a fray Pedro Melgarejo de Urrea y al capitán Luis
Marín para que detuvieran ese duelo. Llegaron a tiempo, consiguiendo apaciguar
los ánimos. [515] La escena que
protagonizaron permite conocer las interioridades de los temperamentos de
Alvarado y Olid; altaneros y orgullosos, de cara al enemigo, discutían por un
asunto de pundonor. Es evidente que ambos aspiraban a la jefatura del ejército.
Esa situación fue superada, pero ya nunca volvieron a ser buenas las relaciones
entre ambos. Un aspecto que no debe pasarse por alto, es que en esa situación
tan delicada, Cortés haya elegido a fray Pedro como amistoso componedor. Ya se
ha visto que en las situaciones difíciles suscitadas anteriormente, se había
valido de fray Bartolomé de Olmedo. La figura de éste se desvanece notoriamente
a partir del momento en que bendijo los bergantines. Pasará algún tiempo antes
de que se le vea reaparecer. Lo ocurrido hace ver que no existía un segundo en
el mando; de haber caído Cortés en alguna de las acciones, no se sabe qué es lo
que habría ocurrido. Posiblemente hubieran tenido que replegarse a la costa.
Una vez apaciguados, Alvarado y Olid marcharon a
Chapultepec para destruir el acueducto que abastecía la ciudad. Encontraron
resistencia, pues se trataba de un movimiento anticipado por los defensores; no
obstante, la operación se realizó sin demasiadas dificultades. Ese acto marca
el inicio del asedio a la ciudad. Cumplido eso, Olid se retiró con su gente a
Coyoacán. Bernal le censura ese movimiento, pues dice que dejó a Alvarado y a
los suyos en situación comprometida [516] . Según escribe
Cortés, el asedio a la ciudad habría durado setenta y cinco días, lo cual
remite al 31 de mayo como fecha en que daría inicio; Bernal, en su cuenta, le
asigna una duración de noventa y tres. Obviamente, prevalece el dato del
primero. El siguiente paso le correspondió a Sandoval, quien atacó Iztapalapa.
El asalto era esperado por allí, y desde un peñón situado en el centro de la
laguna (¿Cerro de la Estrella?), comenzaron a hacer señales de humo. A ese
llamado acudieron en sus canoas los habitantes de las poblaciones ribereñas,
Coyoacán, Churubusco, Mexicaltzingo y Xochimilco. Serían unas quinientas, las
cuales pudieron haber puesto a Sandoval en un aprieto, de no ser por la
oportuna aparición de Cortés con los bergantines. En cuanto las tuvieron a la
vista, ordenó que dejasen de remar, simulando que su número les inspiraba
temor. Los remeros indios fueron acercándose con cautela, y cuando acortaron la
distancia, Cortés dio la orden de arremeter. Un viento de popa vino a favorecer
a los españoles. Se produjo la desbandada, y centenares de canoas volcaron en
el alcance, ahogándose un número considerable de sus tripulantes. La
persecución se prolongó durante un largo trecho. Cortés consideró a esa primera
acción como una gran victoria, puesto que había logrado el propósito de que los
bergantines inspirasen gran respeto, «porque la llave de toda la guerra estaba
en ellos». [517] Mientras tanto,
Sandoval se dedicaba a quemar Iztapalapa. Así terminó el día. Cortés sintió que
la Providencia estaba de su lado al haberle enviado ese viento favorable. En
esa acción apareció por primera vez la canoa blindada; se trataba de una embarcación
reforzada con gruesas tablas de madera, capaces de resistir los tiros de los
arcabuces. No probaron ser efectivas. [518]
Los combates en Iztapalapa se prolongaron
durante varios días. En una de esas acciones Sandoval resultó herido por una
vara que le atravesó un pie. Cortés, mientras tanto, se dirigió a Coyoacán.
Alvarado, quien se encontraba en Tacuba, hizo saber a éste que por una pequeña
calzada que entroncaba con la principal, los defensores entraban y salían
libremente. Para cerrar ese paso envió a Sandoval, quien a pesar de encontrarse
herido, partió al frente de una fuerza de veintitrés caballos y ciento once
infantes. Llegó al entronque de las calzadas y allí junto instaló el
campamento. A partir de ese momento los sitiados perdieron todo contacto por
tierra con el exterior.
Otro día, Cortés se puso en marcha, internándose
por la calzada de Iztapalapa. Venía con el contingente de Olid, y lo
acompañaban ochenta mil aliados. A ambos lados navegaban los bergantines
cubriendo los flancos. Se abrieron paso combatiendo hasta llegar a un muro
defensivo. Lo franquearon, y superado ese obstáculo llegaron al coatepantli, la barda de serpientes que rodeaba el recinto
sagrado. Penetraron en él los de a caballo y un grupo de soldados se lanzó
gradas arriba del Templo Mayor, en cuya plataforma superior se habían hecho
fuertes un reducido grupo de principales. Los mataron a todos.
A la caída de la tarde, Cortés ordenó el
repliegue, no sin antes cegar los pasos con los adobes del parapeto derribado.
Se retiraron combatiendo, pues los mexica al verlos retroceder pensaron que
huían. Los jinetes revolvían sus caballos y arremetían contra ellos,
alanceándolos. En cuatro o cinco ocasiones repitieron la arremetida. Se
retiraron por la calzada, no sin antes haber puesto fuego a algunas casas,
desde las cuales habían sido hostilizados. Cortés no precisa el día en que
ocurrió esa acción, pero a juzgar por otros hechos que vienen a continuación y
cuyas fechas son conocidas, ello debió tener lugar a comienzos de junio.
Sorprende, por tanto, que a tan poca distancia de comenzado el asedio hubiesen
penetrado tanto; y sorprende todavía más que obtenido ese éxito se replegaran.
Ésa va a ser la rutina diaria. Avanzar para luego retroceder. Propiamente
hablando, una guerra de desgaste. A lo largo de la carta al Emperador se
encuentran varias referencias que podrían explicar esa peculiar táctica. Las
razones expuestas son varias; en primer término, se señala que siendo tan pocos
los españoles, no les resultaba posible permanecer toda la noche guardando los
puntos ganados. Lo prudente resultaba volver al campamento a dormir. Otro
motivo era el hecho de que pensaba que tarde o temprano Cuauhtémoc se avendría
a llegar a un entendimiento. En este último punto parece ser sincero en lo que
afirma, puesto que al menos en cuatro ocasiones suspendió los ataques y envió
mensajeros invitándolo a parlamentar. [519] Y finalmente, está el
argumento de que no quería destruir la ciudad, «me pesaba en el alma». [520]
Mientras tanto, don Fernando Tecocoltzin, el
soberano de Texcoco, en cuanto se consolidó en el trono, envió a llamar a sus
hermanos y a todos los caciques del reino de Acolhuacan, para que fuesen en
auxilio de los españoles. Al mando del ejército puso a su hermano
Ixtlilxóchitl, quien se presentó ante Cortés al frente de un fuerza de treinta
mil texcocanos. Ésta viene a ser la primera mención en crónicas españolas del
príncipe texcocano entrando en batalla. Bernal se refiere a él como hombre muy
esforzado; y en la Tercera carta al Emperador, Cortés al ponderar sus servicios, dice que «es de
edad de veinte y tres o veinte y cuatro años, muy esforzado y temido de todos».
Cervantes de Salazar escribe: «era este mozo de veinte y cinco o veinte y seis
años, y como dice Motolinia, que le conoció, muy esforzado e un poco
alocado». [521] La toma de posición
de los texcocanos afectó gravemente la moral de los sitiados, ya que a
diferencia de otros señoríos, que también se habían coaligado con los
atacantes, esta vez se trataba de gente de su propia sangre, unida por
estrechos lazos de parentesco. Tanto afectó a Cuauhtémoc la noticia, de que sus
parientes marchaban contra él, que un esforzado capitán de Iztapalapa le
ofreció que saldría al campo y le traería a Ixtlilxóchitl atado de pies y
manos. Llegó a oídos de éste la baladronada y se desafiaron. Al momento de
encontrarse, ambos paladines se trabaron en singular combate a la vista de sus
propios ejércitos. Se impuso en la lucha Ixtlilxóchitl, dominando a su rival, a
quien ató de pies y manos; hizo luego que acarrearan carrizos secos, y arrojándolo
sobre ellos le prendió fuego. Ése fue el mensaje que el texcocano envió a su
hermano Coanacoch y a su pariente Cuauhtémoc. [522] La toma de partido
por parte de Texcoco tuvo un efecto multiplicador; muy pronto vinieron ante
Cortés los de Xochimilco a prestarle la obediencia, seguidos a continuación por
los otomíes. Para poner a prueba su lealtad, les señaló que disponían de dos
días para presentarse con sus armas para combatir hombro con hombro con los
españoles.
La guerra se resolvía favorablemente para Cortés
con extrema rapidez, y como se encontraba sobrado de medios, envió tres
bergantines al real de Alvarado y otros tres al de Sandoval. Este último
permanecía en Tepeaquilla (actual asiento del santuario de Guadalupe), desde
que quedó cerrado el cerco por tierra. Olid atacaba por el sureste, a lo largo
de la calzada de Iztapalapa, mientras que Alvarado lo hacía por el poniente,
desde Tacuba. Y ahora era llegado el momento de que Sandoval avanzase desde el
norte. No se montaban ataques desde el oriente por no existir por ese punto
comunicación con tierra. La aparición de los bergantines, surcando sin
oposición las aguas de la laguna, fue un elemento que vino a aumentar las
tribulaciones de los sitiados. En un principio, al serles cortadas las calzadas
e interrumpido el contacto por tierra, burlaban el bloqueo con canoas; pero en
cuanto los bergantines entraron en acción, ya no hubo una que se les escapase.
Además, los sitiados se fueron quedando solos, llegó el momento en que todas
las poblaciones ribereñas les dieron la espalda. Lo notable del caso es que los
bergantines no constituían algo novedoso que los tomara por sorpresa; adelantándose
a su entrada en acción, comenzaron a tomar providencias y, en una acción
reminiscente de las playas de Normandía, cuando los alemanes plantaban
obstáculos a base de rieles, que quedaban al descubierto con la bajamar, los
defensores de Tenochtitlán hicieron trampas consistentes en estacas aguzadas
clavadas en el cieno, donde quedasen atrapados los barquichuelos atacantes. Y
de hecho, en más de una ocasión el ardid dio resultados. [523] Como contramedida al
ataque de los bergantines, los mexica urdieron una celada. Ésta consistió en
que unas canoas se pasearon ostensiblemente visibles, y al ser detectadas, se
dirigieron a una zona en que crecían los tulares. Fueron en su persecución los
bergantines y, de pronto, se vieron inmovilizados por la estacada oculta. En
ese momento fueron atacados por infinidad de canoas, que habían permanecido
escondidas al acecho. Se trató de una acción muy reñida, en la que a duras
penas logró escapar el bergantín sorprendido. Allí murió el capitán Portillo. A
su vez, los atacantes tendieron otra celada: simulando un descuido, hicieron
aparecer a Buscarruido, el más pequeño de los
bergantines, navegando solitario. Numerosas canoas se lanzaron en su
persecución, y el barquichuelo bogando de prisa se dirigió al sitio donde se
encontraban otros bergantines al acecho. Salieron éstos de su escondite y
lanzándose sobre las canoas causaron en ellas inmenso daño. Buscarruido pronto sería retirado de las operaciones, pues por
lo reducido de su tamaño, se pensó que podría ser apresado por los
defensores. [524] Bernal dejó una
descripción muy viva de lo que ocurría en el campo de Alvarado, en el cual
militaba. El día, al igual que en los otros reales, comenzaba con la misa y,
acto continuo, se trasladaban al sitio donde habían combatido la víspera. El
resultado era que, invariablemente, durante la noche los defensores volvían a
levantar los muros defensivos que les habían sido derribados, y de igual
manera, ahondado de nuevo la zanja. Otra vez a lo mismo, llegar y comenzar de
nuevo. Y una vez tomada la cortadura, procedían a cegarla con adobes, cañas y
todo lo que hallaban a mano. Penetraban algunas calles, demolían unas casas
más, y al atardecer (hora de vísperas), de nueva cuenta la retirada para
recogerse en el campamento. Esa era la oportunidad en que se producía el
contraataque de los defensores. Visto lo estrecho de la calzada, en el momento
del repliegue, en ocasiones el alto número de indígenas aliados en lugar de
servir de ayuda constituía un estorbo. Las alusiones frecuentes a que dormían
empapados, o en ocasiones peleaban bajo la lluvia, vienen a corroborar que no
se han producido modificaciones significativas en el régimen de aguas durante
los últimos cuatro siglos y medio. Y así transcurría la rutina diaria; batallar
de día, para ceder lo ganado durante la noche. Nada extraño, por tanto, que la
estrategia de Cortés comenzase a ser cuestionada. Las condiciones de vida de
los sitiadores no eran demasiado holgadas; tortillas no les faltaban, aunque
tenían poca cosa con qué alternarlas. Capulines —llamados cerezas de la tierra—
los había en abundancia, pues era la temporada. Un barril de sardinas llegado
en uno de los navíos, sirvió para romper momentáneamente la monotonía de la
dieta. En cuanto a las armas empleadas por la parte indígena, si nos atenemos a
los grabados de los códices y a algunas pinturas murales, las usuales serían la
macana, la lanza, el arco y la flecha. Curiosamente, no se conserva un solo
documento que ilustre el empleo de la honda, siendo que ésta fue precisamente
el arma más empleada. En inmensa medida, fue una guerra a pedradas. Bernal,
Cortés y otros cronistas no cesan de hablar de heridas recibidas en la cabeza,
ocasionadas por piedras, lanzadas tanto a mano como con honda. Torquemada, al
citar casos individuales, habla de Tzilacatzin, un esforzado guerrero, quien en
una ocasión se plantó frente al ejército español llevando tres piedras en las
manos. Lanzó la primera, y de un golpe en la cabeza derribó a uno; tiró la
segunda, y luego la tercera, y en cada caso tumbó a alguien. [525] Por otra parte,
Cervantes de Salazar refiere que durante muchos años tuvo como vecino a un
aserrador llamado Diego Hernández, a quien conoció ya viejo, que había sido un
hombre de unas fuerzas descomunales, y que en medio de la batalla arrojaba una
piedra del tamaño de una naranja con la potencia de una bala. [526]
§. La situación interna
Se encuentra muy divulgada la impresión de que,
en el momento en que iba a dar comienzo el asedio de Tenochtitlán, toda la
población, como un solo hombre, estaría detrás de Cuauhtémoc. Pero la realidad
muestra otra cosa; aunque la información disponible de lo que ocurría dentro
del campo de los sitiados sea sumamente escasa, aparecen por allí indicios que
permiten entrever que no era así; al menos, eso es lo que parece demostrar la
actuación de un grupo de notables de Tenochtitlán, quienes al ver que Cortés se
encontraba en Texcoco, y lo tenían a las puertas de la ciudad, resolvió reunir
provisiones para enviarle un presente. Un gesto de buena voluntad. La intención
evidente era la de facilitar negociaciones (después de todo, ya estaban
familiarizados con los españoles a través de esa convivencia pacífica de más de
seis meses). El hecho se encuentra reseñado en el Anónimo de
Tlatelolco, manuscrito escrito en 1528, que
viene a constituir la crónica indígena más antigua. Su autor fue testigo de los
sucesos que relata, conservándose el documento original en la Biblioteca de
París. El Anónimo relata
cómo se luchó dentro de la ciudad: «Cuando él [Cortés] se fue a situar a
Tetzcoco fue cuando comenzaron a matarse unos con otros los de Tenochtitlán. En
el año-3 Casa [mataron] a sus príncipes el Cihuacóatl Tzihuacpopocatzin y a
Cicpatzin Tecuecuenotzin. Mataron también a los hijos de Motecuhzoma Axayaca y
Xoxopehualoc. Esto más: cuando fueron vencidos los tenochcas se pusieron a
pleitear unos con otros y se mataron unos a otros. Esta es la razón por qué
fueron matados estos principales: conmovían, trataban de convencer al pueblo
para que juntaran maíz blanco, gallinas; huevos, para que dieran tributos a
aquéllos». (Se refiere a los españoles) «fueron sacerdotes, capitanes, hermanos
mayores, los que hicieron esas muertes; pero los principales jefes se enojaron
porque habían sido muertos aquellos principales». [527] El pasaje, pese a su
brevedad, está hablando de que en la ciudad ocurrieron disturbios muy serios,
que culminaron con las muertes de esos principales. Allí quedaría eliminada la
facción de la clase dirigente, que estaba por la entrega de la ciudad para
evitar su destrucción; se advierte aquí una repetición en los nombres, pues las
muertes de éstos Torquemada las sitúa como ocurridas en torno a la Noche Triste. Ante esta discrepancia, debe recordarse que
el Anónimo está escribiendo a siete años de distancia de
los sucesos, mientras que aquél lo haría mucho más tarde. Cortés, en sus
informes al Emperador, asegura que por todos los medios buscó entrevistarse con
Cuauhtémoc, y lo propio dice Bernal. El conquistador Francisco de Aguilar habla
de algunas defecciones de señores indios, quienes al no compartir el ideario de
una defensa numantina, abandonaron la ciudad pasándose a Cortés; entre los
casos más notables, cita: «en especial se salió Ixtlilxóchitl, capitán general
de Texcoco y hermano de Cohuanacotzin, señor de Texcoco, y se presentó al dicho
capitán y se le ofreció con su persona y otros sus aliados amigos,
prometiéndole de ayudarle a él y a los cristianos en la guerra y ser contra sus
naturales; por manera que éste por ser muy valiente fue gran cuchillo para los
suyos. Juntamente con éste se salió otra noche, otro señor de Xochimilco, y
Cuitláhuac [Tláhuac] y de la laguna, que es de creer le pesaría a los
mexicanos, porque después les hicieron crudelísima guerra con sus
canoas». [528] Este pasaje muestra
que en un principio un caudillo de tanto relieve, como lo era Ixtlilxóchitl, se
contaba dentro de las filas de los defensores, pero que cambió de campo al
tener un desacuerdo con Cuauhtémoc. Es evidente que no existía unidad de criterio,
puesto que su defección no consistió en un caso aislado, sino que fue una
facción la que abandonó la ciudad para pasarse al bando español. En el mismo
texto del Anónimo se habla de una embajada enviada por Tecocoltzin, que habría
sido recibida con toda consideración por los sitiados; al parecer, el monarca
texcocano procuró in extremis de servir como
mediador para evitar la lucha. En esa relación se dan los nombres de aquellos
que dialogaron con los embajadores, que serían Tecucyahuacatl, Topantemoctzin,
Tezcacohuacatl, Quiyotecatzin, Temilotzin, Coyohuehuetzin, y Matlacatzin, personajes
de alcurnia de Tlatelolco. A nada condujo ese intento, y al darse por
terminadas las conversaciones, uno de los embajadores de Texcoco expresó el
mensaje de su soberano con estas palabras: «Que por su sola voluntad lo
disponga el tenochca [Cuauhtémoc]: nada ya haré en su favor, ya no esperaré en
su palabra» [529] . Ése fue el último
intento de Tecocoltzin para evitar a sus parientes la destrucción de la ciudad.
Otro pasaje que habla acerca de la situación que se vivía dentro de la ciudad,
se encuentra en Sahagún, mismo que, a su vez, Torquemada amplía. En éste se
menciona que los de Xochimilco, Cuitláhuac y otras poblaciones ribereñas,
vinieron a Tenochtitlán para ofrecer su ayuda a Cuauhtémoc. Fueron admitidos en
la urbe, pero una vez dentro se dedicaron a saquear y robar mujeres, que
sacaban en canoas. Los mexica se dieron cuenta de la traición, y entablándose
la lucha, consiguieron atrapar a algunos de esos falsos amigos. A los de
Xochimilco y Cuitláhuac los llevaron ante Cuauhtémoc, a cuyo lado se encontraba
Mayehuatzin, el cacique de Cuitláhuac. Sacrificó cada uno a cuatro de los
saqueadores y el resto fue distribuido por los templos donde se les dio
muerte. [530]
La lucha se mantuvo con un flujo-reflujo. La
táctica española seguía siendo la misma: tomar las zanjas, cegarlas, y
retirarse a la caída de la tarde. Las horas de oscuridad eran aprovechadas por
los defensores para ahondarlas de nuevo. Una de las trampas que ponían
consistía en cavar agujeros profundos en el fondo de las zanjas, que pasaban
inadvertidos para los españoles. Cruzaban éstos con el agua al pecho, y de
pronto perdían pie; el peso del hierro con que venían cubiertos, los colocaba
en situación desesperada. Era en ese momento cuando caían sobre ellos para
atraparlos vivos. En el avance, los atacantes recibían el mayor daño a causa de
la lluvia de piedras que les arrojaban desde las azoteas; de allí que se
adoptara la práctica de ir demoliendo todas las construcciones que se
encontraban en la ruta de penetración. La referencia a los ataques desde las
azoteas es tan frecuente en todos los cronistas, que ello sirve para
ilustrarnos que existía un regular número de casas sólidas, de cal y canto, y no
jacales de techo de palma, tal cual se advierte en ilustraciones de planos de
fecha posterior a la Conquista. Sobre este punto, Cervantes de Salazar señala
que los muchachos de corta edad, y aquellos que se encontraban incapacitados,
participaban igualmente en el esfuerzo defensivo preparando piedras para las
hondas, que los hombres lanzaban con mucha fuerza. Y en cuanto a la actuación
de la mujer Tenochtitlána, agrega que «peleaban como romanas, desde las
azoteas, tirando tan recias pedradas como sus padres y maridos». [531]
La penetración más profunda fue por el sur. Casi
desde un primer momento gran parte de la ciudad cayó en manos de los
asaltantes. Huitzilopochtli fue evacuado, trasladándosele a un templete en el
barrio de Amazac. Los defensores se replegaron a Tlatelolco. En los días
siguientes la resistencia parecía desmoronarse, razón por la que Alvarado,
quien de los tres atacantes era el que había realizado la penetración más
profunda, mudó su real para no tener que regresar todos los días a dormir a
Tacuba. (En el juicio de residencia, Vázquez de Tapia acusaría a éste de que se
iba para «dormir con una yndia que tenía por su manceva». [532] ¿Doña Luisa?). Para
llegar a la plaza del mercado de Tlatelolco le faltaban por ganar únicamente
tres cortaduras; en vista de ello, y de que se había establecido una
competencia entre los tres reales por ver quiénes eran los primeros en
conquistarla, sus hombres comenzaron a apremiarlo para que apretase en el
ataque. Sintiendo la victoria a su alcance, Alvarado avanzó, mas los defensores
contraatacaron con determinación. En el repliegue hubo confusión, chocando los
españoles con sus aliados indios, y muchos cayeron en las trampas bajo el agua,
donde braceaban desesperados para no ahogarse. Allí le llevaron vivos cinco
hombres. Bernal, quien también había sido aprisionado, recuerda con horror cómo
lo llevaban en vilo, hasta que pudo zafar un brazo y, desenvainando la espada,
logró salvarse a punta de estocadas. Cuenta que, del extraordinario esfuerzo
que realizó y de la impresión tan fuerte, en cuanto se vio libre tuvo un
desvanecimiento. [533] Ese revés ocurrió un
domingo, en fecha no precisada, pero por otros acontecimientos que vienen a
continuación, puede establecerse que tuvo lugar con anterioridad al
veinticuatro de junio. Cortés menciona que, al día siguiente, se trasladó al
real de éste para reprenderlo; pero que al considerar lo mucho que se hallaba
adentrado en la ciudad, y todos los puentes y malos pasos que había ganado, ya
no le imputó tanta culpa como antes le pareció que tendría. [534] Agrega que en los
días siguientes todo se limitó a algunas entradas en la ciudad, mientras los
bergantines se dedicaban a la caza de canoas. Explica que su renuencia a
adentrarse más provenía de que, por un lado, todavía sentía que los defensores
se encontraban muy fuertes, y por otro, a que continuaba alentando la esperanza
de que, con el paso de los días, éstos mudarían de manera de pensar y cesarían
los combates.
§. Contragolpe en la Quebrada
La estrategia de Cortés consistía en marchar con
pies de plomo. Tenía el tiempo a su favor. La vía de suministros se hallaba
cortada y los bergantines señoreaban la laguna. Con haber mantenido un bloqueo
efectivo, la ciudad, tarde o temprano, hubiera caído en sus manos. Ante tal
coyuntura, cabe preguntarse por qué no se limitó a esperar a que se rindiese
por hambre. En sus escritos no aclara las razones, como tampoco Bernal ni
ningún otro cronista lo hace; ¿buscaba la gloria de tomarla por asalto? Es
probable que no, puesto que ya se ha visto que procedía sin prisas, con un
gradualismo calculado, en espera de que los defensores mudasen de parecer y se
entregasen. En ese caso, la salida lógica era mantener el bloqueo y sentarse a
esperar. Pero la lógica no siempre prevalece: es así que, inclusive, en la
pasada contienda mundial, cuando los rusos coparon en Stalingrado al sexto
ejército alemán, a finales de noviembre, en lugar de limitarse a mantener el
cerco esperando que el hambre y la llegada del invierno hicieran su obra, se
empeñaron en una serie de ataques frontales, que les costaron decenas de miles
de soldados. Un costo inútil, pero Zhukov era un general que poco se preocupaba
por las bajas, así fueran sus propios hombres. Y atrás tenía la presión de
Stalin. Si eso ocurrió en tiempos modernos, ¿por qué reprochárselo a Cortés?
Esta es una interrogante destinada a quedarse sin respuesta.
Como es natural, con el paso de los días la
situación de los sitiados fue cada vez más angustiosa; al hambre se sumaron las
enfermedades. Ni la menor idea de cuántas muertes hubo por esas últimas causas;
la sed pudo mitigarse debido a transcurrir la acción en medio de la temporada
de lluvias, y además se trató de un año de gran pluviosidad, por lo que
pudieron captar agua de lluvia para diluir la salinidad de la que tomaban de la
laguna. Debe recordarse que durante los días en que los españoles permanecieron
sitiados, cavaron un pozo que manó agua dulce. Queda abierta la posibilidad de
que los defensores hubiesen cavado varios con buenos resultados. La crueldad
con que los indígenas, de uno y otro lado, combatieron entre sí, reviste
características espeluznantes. Los tlaxcaltecas mostraban a los defensores los
brazos y piernas de aquellos que habían muerto, diciéndoles que eso sería su
almuerzo del día; a su vez, éstos les correspondían arrojándoles miembros
asados de los enemigos capturados; más tarde, en el juicio de residencia Cortés
sería acusado de lenitud en el caso del canibalismo cuando era practicado por
los indios aliados. Entre los muchos que le formularon ese cargo figura Bernardino
Vázquez de Tapia, quien aseveró: «quel dicho D. Fernando proybió a los yndios
que no tuviesen ydolos ni sacrificar pero quel comer de la carne humana muchos
días se les permitió porque yvan en ayuda de los españoles a las guerras e con
codicia de comerse aquella carne de la gente que matasen los españoles». [535] En descargo suyo,
Cortés aduciría que no pudo evitarlo, por ser muy pocos españoles en medio de
tantos indios. Bernal señala, como una opinión muy personal, que el deseo de
comer carne humana constituía uno de los incentivos que atraían a aquellos que
habían acudido a batallar en el bando español.
Visto que los defensores no daban señales de
rendirse, Cortés cambió de táctica y comenzó a arrasar la ciudad. En un solo
día incendió la casa de las aves, y el palacio de Motecuhzoma, el Quauhquiahuac (Torquemada afirma que recibía ese nombre porque
tenía dos águilas de piedra a la entrada del primer patio), e igualmente puso
fuego al palacio de Axayácatl. [536] Asegura que tal
acción le pesó en el alma. Es posible que pensara en preservar estos dos
últimos para que sirvieran de alojamiento al ejército en cuanto la ciudad
cayera en sus manos. A partir de ese momento comenzará a arrasarlo todo de
forma sistemática. Hacia el veinte de junio, los defensores habían sido
arrinconados en un tercio de la ciudad. Tlatelolco resistía. La facilidad con
que los atacantes penetraron durante los primeros días, podría explicarse en
función de que en Tenochtitlán encontraron menos obstáculos naturales. A pesar
del avance logrado, Cortés seguía resistiéndose a mover su real al perímetro
del Templo Mayor, por temor a pasar de sitiador a sitiado. En la diaria
penetración alcanzaban el sitio ocupado hoy por el Monte de Piedad y comienzo
de la calle Cinco de Mayo. Ésa era la situación. La victoria parecía estar a la
vista, cuando en el campo español ocurrieron una serie de cosas que trastocaron
los planes de Cortés. Luego de veinte días de combates ininterrumpidos, los
soldados comenzaron a fastidiarse de esa rutina: salir cubiertos de heridas
para abandonar la posición y tener que regañarla al día siguiente. En el campo
surgieron las murmuraciones, y Julián de Alderete, recogiendo ese sentir tan
generalizado, se presentó ante Cortés demandándole el cambio de táctica.
Prevalecía la idea de que una vez capturada la plaza del mercado de Tlatelolco
toda resistencia cesaría. Ése era el centro de la vida económica. Luego de una
discusión, acordaron que ése sería el objetivo. «Y al fin tanto me forzaron,
que yo concedí que se haría en este caso lo que yo pudiese, concertándose
primero con la gente de otros reales». [537] Procedió, por tanto,
a los preparativos para coordinar un ataque general en el que participaría todo
el ejército.
El día señalado, terminada la misa, dio comienzo
la acción. En la laguna aparecieron siete bergantines seguidos por tres mil
canoas, tripuladas por los aliados recientes de las poblaciones ribereñas. Eran
tres las calles que conducían al mercado; por una, avanzaba Alvarado, quien era
el que había penetrado más profundamente. Para esa acción se vería reforzado
por Sandoval, que pasó a unir fuerzas con él. Por el centro marchaba Alderete,
al frente de setenta españoles y un contingente de entre quince y veinte mil
auxiliares indígenas. Cortés venía con la vanguardia de la columna de Olid,
consistente ésta en ocho de a caballo y cosa de cien de infantería, a los que
se agregaba «infinito número de nuestros amigos». Se internó por una calleja y
avanzaron hasta topar con un parapeto recién levantado. Lo derribaron de un
tiro y, a continuación, ganaron dos puentes; mientras tanto, los aliados saltaban
por las azoteas, tomando casas. Vinieron a informarle que las fuerzas de
Alderete habían penetrado tan profundamente, que ya alcanzaban a oír el fragor
del combate, proveniente del frente en que luchaban Alvarado y Sandoval. Al
enterarse, Cortés previno que no prosiguieran el avance, sin antes cegar
cuidadosamente las zanjas que dejaban a sus espaldas y, a continuación, se
trasladó a una isleta, desde donde podía observar el desarrollo de los
combates. El mercado de Tlatelolco estaba a punto de caer. De pronto, sin que
se sepa cómo, la situación se dio vuelta. Los defensores lanzaron un
contragolpe vigorosísimo, rechazando a los atacantes. Comenzaron éstos a
retroceder en desorden, empujándose los unos a los otros. Allí comenzó el
desastre. A sus espaldas habían dejado un paso mal cegado (Cortés lo llama
«cortadura»), que tendría unos cuatro metros de ancho y algo más de dos de
hondo, la cual, durante el avance, exaltados como iban con el frenesí de
victoria, cegaron imperfectamente arrojando sólo algunas cañas y maderos.
Pisando cuidadosamente, en grupos pequeños, era posible cruzar; pero cuando se
produjo la estampida, aquella delgada capa no resistió el peso. En medio de una
confusión inmensa caían al agua. Aquello vino a ser como una escena
reminiscente del Aleksandr Nevski de Eisenstein, en los momentos en que al ceder la capa de hielo,
los caballeros teutónicos se hunden en el lago. [538]
Al presenciar aquello, Cortés se lanzó al
rescate metiéndose en medio de la confusión. Daba voces tratando de contener el
pánico, mientras alargaba el brazo para tender una mano a los que se hundían
bajo el peso de las armas. Los mexica aparecieron en canoas, atrapando a todos
los que podían; en un momento dado, el propio Cortés fue aprisionado por varios
guerreros que pugnaban por llevárselo. Fue entonces cuando Cristóbal de Olea,
un joven soldado, se lanzó contra ellos con toda determinación. Mató a cuatro,
consiguiendo que lo soltaran, aunque a costa de su vida. En los esfuerzos por
salvarlo, intervino Hernando de Lerma, otro incondicional, quien recibió una
lanzada en la garganta. [539] Apareció Olid, y
acudieron otros; a pesar de encontrarse herido en una pierna, Cortés pugnaba
por volver a la lucha. Estaba dispuesto a permanecer en el sitio y morir junto
a sus hombres, mas Antonio de Quiñones, el capitán de su guardia, lo sujetó por
detrás apartándolo del sitio. Lo subieron sobre un caballo, pero era tan
angosto y resbaladizo el sitio, que allí le resultaba imposible salir montado.
De la isleta que se encontraba enfrente partió Cristóbal de Guzmán, un criado
suyo, llevándole otro caballo. Antes de que pudiera entregárselo cayó muerto
junto con el animal. (Ésa sería otra de las muertes más sentidas por Cortés;
nueve meses más tarde, al escribir sobre el hecho, menciona que el dolor por la
muerte de éste todavía se encontraba vivo en la memoria de todos.) [540] Atrás, en el sitio
del paso mal cegado, se ahogaron o fueron capturados decenas de españoles.
Frente a la columna de Alderete arrojaron dos o tres cabezas, y otras cinco
ante la de Alvarado, diciéndoles que así matarían a todos, como ya habían hecho
con Malinche. En aquellos momentos de confusión se dio a Cortés por muerto. El
ataque de los defensores fue tan determinado, que también obligaron a
replegarse a las otras dos columnas atacantes. Ambas consiguieron hacerlo en
forma más o menos ordenada, aunque no sin sufrir algunas bajas. En los canales
la situación no fue mejor para los bergantines; dos de ellos, habiéndose
internado profundamente en el interior de la ciudad, quedaron atrapados por
trampas de estacas. Apareció entonces una multitud de mexica, quienes
amarrándolos con cuerdas intentaban llevárselos. Hubieron de intervenir al
rescate los hombres de Alvarado. Allí murió un regular número de tripulantes. A
los que iban en el bergantín de Flores, desde una azotea les arrojaron un jubón
y unas calzas. En el rescate de uno de los bergantines, que se encontraba
atravesado en un puente, destacó Pedro de Ircio, quien «aunque estaba muy
herido y harto cansado, se metió en el agua, e como era hombre de grandes
fuerzas y de buena maña, ayudándole algunos de los suyos, que eran pocos, puso
el hombro al bergantín con tanto ímpetu que lo sacó en peso hasta ponerlo de la
otra parte de la puente». [541]
Está claro que se trató de un día aciago para
los españoles. Bernal cuenta que, al tener conciencia de la magnitud del
desastre, a Cortés le brotaron las lágrimas. La desmoralización del ejército
fue general; pensaban que la victoria estaba a la vuelta de la esquina y
recibieron un revés contundente. Los sitiados se mofaban de ellos,
desafiándolos a que volviesen a intentar otro ataque. La ciudad se llenó de
luminarias, toques de caracoles y batir de tambores. La acción se celebraba con
una algarabía inmensa. Lo que más desmoralizó a los atacantes fue ver cómo sus
compañeros capturados eran obligados a empellones a subir las gradas del teocalli, para una vez arriba, ser cubiertos de plumas y
obligados a bailar. Luego, a la vista de todos, eran sacrificados. El
sentimiento de impotencia, de no poder ir en su auxilio teniéndolos tan
próximos, tuvo un efecto desmoralizador en grado extremo. Las bajas
contabilizadas por Cortés fueron: «en este desbarato mataron los contrarios
treinta y cinco o cuarenta españoles, y más de mil indios nuestros amigos, e
hirieron más de veinte cristianos, y yo salí herido en una pierna». [542]
La sorpresiva victoria mexica, o inesperada
derrota española, amerita un pormenorizado examen post mortem; la pregunta que flota en el aire es, en el momento
en que los sitiadores se disponían a darles la puntilla, ¿de dónde sacaron
fuerza para asestar un contragolpe tan contundente? Las explicaciones habrá que
buscarlas en ambos campos. Por el lado indígena, según referencia de Bernal,
Huitzilopochtli habría hablado, prometiendo la victoria. En el plazo de ocho
días todos los atacantes habrían muerto. Un oráculo. Se comprende que
Cuauhtémoc, como sacerdote que era, acudiera a recursos mágicos. La versión indígena
sobre este suceso —recogida por Sahagún— es muy escueta. Se limita a decir que
fueron apresados cincuenta y tres españoles y muertos cuatro caballos. Acerca
de los cautivos indígenas, señala que al ser llevados a Yacacolco, para ser
sacrificados, unos lloraban, otros cantaban y los demás «se van dando palmadas
en la boca, como es costumbre en la guerra». [543] En otra parte, se lee
que Cuauhtémoc y sus capitanes revistieron a un individuo llamado Opochtzin con
el ropaje del tecolote de quetzal; acto continuo, el joven sacerdote habría
dicho: «esta insignia era la propia del gran capitán, que fue mi padre
Ahuizotzin. Llévela éste, póngasela y con ella muera. Que con ella espante, que
con ella aniquile a nuestros enemigos. Véanla nuestros enemigos y queden
asombrados. Y se la pusieron. Muy espantoso, muy digno de asombro apareció [… ]
Le dieron aquello en que consistía la dicha insignia de mago. Era un largo
dardo colocado en vara que tenía en la punta un pedernal [… ] Ya va enseguida
el tecolote de quetzal. Las plumas de quetzal parecían irse abriendo. Pues
cuando lo vieron nuestros enemigos, fue como si se derrumbara un cerro. Mucho
se espantaron los españoles: los llenó de pavor, como si sobre la insignia
vieran otra cosa». [544] El tecolote de
quetzal… A los españoles, si acaso, aquella danza pudo haberlos movido a risa;
pero entre texcocanos, tlaxcaltecas y otros aliados que compartían las
creencias de los mexica, la danza de Opochtzin sembró el pánico.
Huitzilopochtli contraatacaba. Además, según referencia de Bernal, éstos no las
tenían todas consigo, pues Xicoténcatl les había minado la moral diciéndoles
que ningún tlaxcalteca saldría con vida de esa campaña. [545] Esa noche,
calladamente, miles de aliados abandonaron sigilosamente el campo. Efectos del
oráculo. Al amanecer quedaba sólo un núcleo reducido, en el que figuraba
Ixtlilxóchitl (a quien sólo le restaba un puñado de hombres), permanecía el
cacique de Huejotzingo (de quien se ignora el nombre) y por parte de Tlaxcala
estaban Chichimecatecutli, con buena parte de su gente, y los dos hermanos
menores de Xicoténcatl. La circunstancia de que estos últimos permanecieran
leales a Cortés parece indicar que éste no representaba los intereses de
Tlaxcala. [546] Cuauhtémoc despachó
emisarios, que fueron mostrando las cabezas de los españoles muertos y las de
dos caballos por todos los rumbos a que tuvieron acceso. Adonde quiera que
iban, daban a conocer el oráculo de Huitzilopochtli.
En el campo de los sitiadores, mientras tanto,
todo es confusión. Campea el abatimiento. Se ha esfumado la expectativa de una
victoria que ya se daba por cierta. No se termina de digerir lo ocurrido, y
ocurre algo insólito: nadie manda. Por unos días, la autoridad de Cortés parece
esfumarse. Se había visto desbordado por la fuerte personalidad de Alderete,
llegándose a producir una situación de mando dual: mandaban los dos y no
mandaba ninguno. Ya se ha visto que la tentación de desbordarlo por parte de
sus lugartenientes era fuerte; Olid era el maestre de campo, esto es, el jefe
militar sobre el terreno; Alvarado, al mando de su columna, tenía sus ideas
propias acerca de su valía personal, por lo que mantenía una rivalidad
constante con éste, de quien se negaba a ser segundo. Sandoval, que era muy
sencillote, resultaba más manejable para Cortés, de allí que en sus cartas sea
del que más habla; a éste no se veía obligado a estar refrenándolo. Era de una
lealtad canina, a prueba de todo. Con la marcha exitosa de la campaña la talla
de algunos capitanes había crecido; es obvio que, con la estatura adquirida,
tanto por ellos como por algunos soldados, éstos se preguntaran, « ¿y después,
qué?». La victoria estaba al alcance, pero, ¿qué vendría a continuación? Iban
transcurridos veinte meses y no tenían noticias de los procuradores y el
Monarca no se dignaba dar respuesta. No sabían bien a bien cómo eran
considerados en la Corte. Cortés parecía encontrarse en mala posición frente a
Alderete, representante de la legalidad, pues había sido designado por el
obispo Fonseca. Por lo mismo, tenía que contemporizar con él, al menos para
mantener las formas, aparentando ser el súbdito leal que obedecía una orden
llegada de Castilla. Hubo de disimular ante la intentona de darle muerte
promovida por el tesorero, y todavía tendría que ceder ante otras exigencias
suyas. Para comprender mejor las repercusiones de lo ocurrido, conviene sacar
el suceso del contexto general de la campaña y examinarlo de forma particular.
Por principio de cuentas, debe señalarse que ningún cronista se ocupó de
registrar la fecha en que ocurrió la acción, pero basándonos en otros hechos,
ésta se puede establecer con bastante aproximación. Bernal da cuenta de la
captura de una canoa en la que viajaban dos notables, quienes al ser interrogados
adelantaron que Cuauhtémoc preparaba una operación de envergadura para el día
de San Juan. [547] Se buscaba que ésta
coincidiese con el aniversario de la entrada de Cortés en la ciudad, cuando
llegó en socorro de Alvarado. Al parecer, la efeméride revestía gran
importancia. Por otro lado, Cortés ha escrito que iban transcurridos veinte
días de combates cuando Alderete le presentó el requerimiento a nombre del
ejército, mismo que, de acuerdo al cómputo que llevaba, ello debió de haber
ocurrido entre el diecinueve y el veinte de junio. Concediendo un par de días
para los preparativos de coordinar la acción, eso nos lleva a los días
inmediatamente anteriores al veinticuatro de junio, o sea, el desastre en el
canal ocurrió muy posiblemente una o dos fechas antes de San Juan, sino es que
en el mismo día. Conviene tener muy presente esta acción, ya que se trata del
único contragolpe importante de los defensores, que hasta ahora se había pasado
de largo, englobada dentro del contexto general del ataque a la ciudad. Para
destacarla no vendría mal adjudicarle un nombre, quizá no le viniera mal el de
Batalla de la Quebrada, que es como Cortés la llama. Esta se habría librado en
momentos en que los defensores tenían en su poder apenas un tercio de la
ciudad. Iban transcurridas poco más de tres semanas de asedio.
Cortés, quien dio ejemplo a sus hombres, tanto
en la toma del Templo Mayor como en Otumba, en cambio, en la quebrada es él
quien debe ser salvado. El tropiezo fue seguido por un desaliento que se hizo
extensivo al resto del ejército. Se percibía la ausencia de mando; el
requerimiento que le había sido presentado cuestionaba su autoridad. No
reaccionaba, parecía sumido en un estupor en el que no supiera qué hacer.
Tampoco sus capitanes tomaban iniciativas. Alderete había erosionado su
autoridad y no conseguía regañar el control de la situación. Por lo que se
desprende del relato de Bernal, se entabló una disputa muy agria en la que
ambos se inculpaban mutuamente y a su vez, Cortés buscaba exculparse: «no soy
tan culpable como me ponen todos nuestros capitanes y soldados, sino que es el
tesorero Julián de Alderete, a quien encomendé que cegase aquel paso donde nos
desbarataron, y no lo hizo, como no es acostumbrado a guerrear, ni a ser
mandado de capitanes». A su vez, Alderete lo responsabilizaba, diciendo: «que
el mismo Cortés tenía la culpa y no él», y la causa que dio fue: «que como
Cortés iba con victoria, por seguirla muy mejor, decía: adelante caballeros, y
no él, y no les mandó cegar puente ni paso malo, y que si se lo mandara, que
con su capitanía y los amigos lo hiciera, y también culpaba a Cortés en no mandar
salir con tiempo de las calzadas los muchos amigos que llevaba» (el número tan
alto de indios aliados en lugar de servir de ayuda había constituido un
estorbo), «y porque hubo otras muchas pláticas de Cortés al tesorero, que iban
dichas con enojo, se dejarán de decir». [548] El choque entre ambos
resulta evidente: Alderete será otro hombre al que a Cortés le resultará
sumamente difícil controlar. El obispo Fonseca había colocado un contrapeso
efectivo. La confrontación saltó al ejército, motivando una parálisis momentánea.
Agrega Bernal que, en aquellos momentos de desazón, Ixtlilxóchitl aconsejó a
Cortés que se tomase unos días de reposo, para sanar de la herida de la pierna,
y que concediese un descanso a todo el ejército. Proponía, asimismo, un cambio
de estrategia: en lugar de atacar frontalmente, sugería retirarse y esperar a
que el bloqueo mantenido por los bergantines surtiera efecto. Siendo tan
numerosos los sitiados, en poco tiempo agotarían las provisiones. En este
momento un jefe aliado propone a Cortés lo que debería hacerse; por su lado,
Bernal apunta que en los corrillos que formaban los soldados ya se hablaba
abiertamente de librar la guerra a distancia, «y este consejo ya lo habíamos
puesto en pláticas muchos soldados; más somos de tal calidad, que no queríamos
aguardar tanto tiempo, sino entrarles en la ciudad». [549]
§. Los aliados al ataque
Iban transcurridos cinco días sin combatir, y
cuando Sandoval se disponía a reanudar operaciones, recibió la orden de
permanecer quieto durante tres más. Se cumplieron los ocho señalados por el
oráculo, y en cuanto los indios se percataron de que los españoles seguían
vivos, perdieron el miedo y comenzaron a retornar. Ixtlilxóchitl pidió a su
hermano que le enviase todo el socorro posible, y a los dos días llegó un
contingente texcocano integrado por más de dos mil hombres. Volvieron muchos
tlaxcaltecas, quienes venían al mando de un cacique al que Bernal llama
Tepaneca. [550] Llegaron también
muchos de Huejotzingo, y también de Cholula, aunque estos últimos en menor
número. Cortés les hizo un gran recibimiento, diciéndoles que quedaba olvidada
su pasada acción de haber abandonado el campo de batalla sin permiso.
§. Chichimecatecutli
En medio de la incertidumbre, y vista la
parálisis imperante en el campo español, Chichimecatecutli resolvió tomar
cartas en el asunto. Pasaría a la ofensiva. En la carta enviada al Emperador,
Cortés escribe que éste, viendo que «por el desbarate pasado los españoles no
peleaban como solían, determinó sin ellos entrar él con su gente a combatir a
los de la ciudad». La estratagema de ese guerrero consistió en llegar al sitio
del desastre, adonde dejó ocultos cuatrocientos arqueros, internándose a continuación
en la ciudad. Se entabló el combate y los tlaxcaltecas comenzaron a replegarse,
simulando que huían. Llegaron a la zanja y se arrojaron al agua. Los mexica,
creyendo que repetirían la victoria, se precipitaron en su seguimiento. En ese
momento emergieron los cuatrocientos arqueros flechándolos a mansalva. La
mortandad fue inmensa. [551] Cortés es muy claro
al conceder el crédito a éste, apuntando que en aquellos momentos de
indecisión, los indios aliados hubieron de poner el ejemplo. Las actuaciones de
Chichimecatecutli, Ixtlilxóchitl y demás caudillos indígenas, hablan de que no eran
unos meros instrumentos de Cortés, sino que se trataba de jefes militares que
libraban una guerra que respondía a los intereses de sus pueblos respectivos.
Aparecieron en el campamento diez delegados
otomíes. Venían a pedir ayuda frente a los de Matalcingo, que les asolaban la
tierra. Cortés pospuso, una vez más, las operaciones contra la ciudad enviando
a Sandoval en socorro de ellos. Llevaba éste dieciocho de a caballo y cien
peones. La fuerza combinada de españoles y otomíes chocó con los de Matalcingo,
derrotándolos por completo. En la batalla ocurrió que en medio de la confusión,
los jinetes alancearon por error a media docena de otomíes. Ésa es la ocasión
única registrada en toda la contienda, en que se produjo una confusión de esa
naturaleza. Algo asombroso que no hubieran ocurrido más casos, dado el inmenso
número de combatientes y la diversidad de pueblos que militaban bajo la bandera
de Cortés. En la pasada contienda mundial, lo mismo que en otras guerras, un
número no desdeñable de soldados cayó víctima de fuego amigo.
Las cosas comenzaron a componerse para Cortés,
volviendo a retomar la situación en sus manos, aunque ya nunca conseguiría
quitarse de encima la sombra de Alderete. En el ínterin llegó otro barco; sobre
éste Cortés escribe que, «a la Villa Rica había aportado un navío de Juan Ponce
de León que habían desbaratado en la tierra o isla Florida, y los de la villa
inviáronme cierta pólvora y ballestas, de que teníamos mucha necesidad». [552] [Ocurrió que ese
viejo hidalgo no cejaba en la quimera de encontrar la fuente del agua que
habría de devolverle la juventud, y montó una nueva expedición con dos navíos
siendo desbaratado por los semínolas en la Florida. Gravemente herido volvió a Cuba
donde murió. El segundo de esos navíos es el que llegó de arribada forzosa a la
Villa Rica, que vino a reforzar a Cortés con sus hombres y el contenido de su
bodega.] La llegada de pólvora fue como maná caído del cielo; en cuanto a las
ballestas, según indica Cortés, las recibidas sirvieron para reponer las
perdidas en la quebrada. La ballesta fue un arma ampliamente utilizada durante
el asedio, al grado que, conforme escribe Bernal, los mexica recuperaron las
pérdidas durante la Noche Triste, junto con las caídas en
la zanja, y para servirse de ellas obligaron a los prisioneros a que les
enseñasen su manejo e, incluso, fabricaron saeta; sin embargo, por falta de
destreza no les fueron de utilidad. En toda la campaña no lograron acertar un solo
disparo. Y algo semejante fue lo ocurrido con las espadas. Todas las capturadas
fueron a dar a manos de los capitanes, quienes cometieron el desacierto de
dejar de lado la macana, arma en la que eran diestros, para empuñar otra cuyo
manejo desconocían. En el curso de la contienda se dieron varios casos de
guerreros indígenas que se presentaban a desafiar a los españoles, resultando
vencidos siempre. Entre ellos, se cita el de uno muy reputado, quien a la vista
de ambos ejércitos, se acercó al campo español para proponer un desafío. Venía
armado con una rodela y espada, de las capturadas a los muertos. Cortés designó
a Juan Núñez Mercado, un jovencísimo paje; en un principio el guerrero se
rehusaba, aduciendo que sería indigno de él medirse con alguien que era casi un
niño; de todas formas, el duelo se llevó a efecto a la vista de los dos bandos,
y Núñez Mercado, en la primera ocasión en que su oponente alzó la espada para
tirar un golpe de arriba a abajo, como si empuñase una macana, lo atravesó de
una estocada, tomándole las armas y el plumaje, que entregó a Cortés. En un
segundo desafío, este paje mató a otro capitán. [553] Se dio el caso de
otro capitán, que esgrimiendo una espada, la mostraba a los españoles,
increpándolos y diciendo que la habían perdido por cobardes. Con ella dijo que
los mataría, y desafió a que el más valiente se midiera con él. Hernando de
Osma aceptó el reto, y saltando de azotea en azotea, llegó a aquella en que el
guerrero se encontraba, y allí, a la vista de ambos ejércitos, se escenificó el
combate. Osma sacó partido de la impericia de su oponente, y al primer error lo
atravesó con la espada. [554] Esos duelos
resultaron muy desmoralizadores para los sitiados. Se cuenta el caso de un
soldado llamado Rodrigo Castañeda, quien llegó a aprender la lengua y era muy
conocido por los mexica, los cuales se acercaban al parapeto llamándolo por su
nombre para desafiarlo. Éste, quien además era un gran ballestero, mató a
varios en encuentros singulares, escenificados a la vista de ambos campos.
Capítulo 18
Demolición total
Contenido:
§. El final
Con la llegada de los caciques de Malinalco y
Matlazinco, que vinieron a pedir la paz, para los sitiados se esfumó toda
esperanza de recibir socorro. Ya no tenían de dónde, y así se les hizo saber.
El catorce de julio, cuando iban transcurridos cuarenta y cinco días del
asedio, Cortés, viendo que Cuauhtémoc no aceptaba la idea de la capitulación,
pese a todos los ofrecimientos que le había hecho de respetar su persona,
honrarlo y darle tierras, resolvió mudar de táctica. Ya no se limitaría a poner
fuego a unos pocos edificios principales, sino que demolería por completo la
ciudad, de manera que el asiento de Tenochtitlán quedase convertido en un
llano. Para ello, pidió a los caciques aliados que le proporcionasen el número
suficiente de brazos. La mudanza en el ánimo de Cortés parecería provenir de
una doble motivación: por un lado desmoralizar a los sitiados, y por otro,
cobrarse el golpe que le habían propinado. Transcurrieron tres o cuatro días
sin combatir, durante los cuales los sitiadores estuvieron dedicados a trabajos
de demolición. Cuando se preparaban para reanudar los ataques se acercó a ellos
una comitiva de señores para solicitar que suspendiesen las hostilidades.
Querían el fin de la guerra, asegurando que ya habían ido a llamar a Cuauhtémoc
para que hiciese la paz. [555] Cortés esperó en
vano. La respuesta fue una nueva rociada de piedra y flechas. La circunstancia
de que esos notables se hubiesen acercado a parlamentar, habla de que se
producían fisuras cada vez más profundas entre los defensores, y que no todos compartían
la idea de resistir cuando ya no había esperanza. Evidentemente, triunfaron los
de la línea dura, quienes suprimieron a los que hablaban de rendición. En los
días sucesivos, Cortés subió a lo alto del gran teocalli, y desde allí, como espectador, contemplaba la
lucha. Lo hacía, según dice, para hacerse visible a los sitiados y
desmoralizarlos. Allá por el veintitrés, se libró una acción importante: los
españoles de a pie, secundados por decenas de miles de aliados, iniciaron un
ataque, simulando luego que retrocedían; salieron al descubierto los sitiados,
siendo alanceados por los jinetes que se hallaban ocultos tras el Templo Mayor.
El parte del día, resumido por el Conquistador, es como sigue: «se mataron más
de quinientos, todos los más principales y esforzados y valientes hombres; y
aquella noche tuvieron bien que cenar nuestros amigos, porque los que se
mataron, tomaron y llevaron hechos piezas para comer». [556] La matanza hizo tanta
mella en los sitiados, que los días siguientes se mantuvieron a la defensiva.
Por unos prisioneros que se hicieron, los españoles tuvieron conocimiento de
los estragos que hacía el hambre. Los bergantines se encargaban de dar caza a
las canoas de todos aquellos que se atrevían a salir de pesca, y los aliados se
mostraban implacables con los que andaban en busca de hierbas y raíces que
caían en su poder. Para el veinticuatro, Alvarado penetró profundamente y quemó
la casa de Cuauhtémoc en Tlatelolco. El veinticinco de julio, día del apóstol
Santiago, prosiguió la penetración, dedicándose los atacantes a quemar y
arrasar todo lo que tomaban. El veintiséis continuó el avance, ganándose en ese
día un pequeño adoratorio, donde se encontraron ensartadas cabezas de españoles
junto con otras de caballos. Bernal refiere con espanto cómo reconoció allí a
tres de sus compañeros, agregando que tenían muy crecidas las barbas y los
cabellos. [557]
A las nueve de la mañana del veintisiete, Cortés
vio desde su puesto de mando cómo se elevaba una columna de humo de lo alto del
templo de Tlatelolco; momentáneamente tuvo dudas acerca de si se trataría de
sahumerios de alguna ceremonia, pero pronto pudo comprobar que era la
plataforma superior que ardía. Un grupo de soldados subió combatiendo las
ciento catorce gradas, y Francisco Montaño, el primero en llegar, plantó la
bandera en el recinto de Tezcatlipoca. [A este soldado le sería concedido un
escudo de armas en el que figuraba el templo; Bernal, en cambio, sostiene que
Gutierre de Badajoz sería quien llegó primero.] Cortés subió a lo alto del
templo, y desde allí pudo contemplar cómo los defensores se encontraban
apiñados en un área que vendría a ser la octava parte de la ciudad. Eso era
todo lo que les restaba. Y como resultaba evidente que ya se encontraban al
límite de sus fuerzas, decidió conducir la guerra a un ritmo más lento,
confiando en que no tardarían mucho en rendirse. Mientras tanto, como escaseaba
la pólvora, se dejó influenciar por Sotelo, un veterano de las campañas de
Italia, quien lo convenció de que debería construirse una catapulta. Y bajo la
dirección de éste, se inició la construcción del aparato, al que tanto Bernal
como Cortés llaman trabuco. Durante varios días trabajaron los carpinteros,
mientras los sitiados contemplaban extrañados cómo iba cobrando forma aquel
extraño artilugio. A los que preguntaban qué era aquello, los aliados los
atemorizaban diciéndoles que con esa máquina los matarían a todos. Una vez
terminada la catapulta, procedieron a instalarla en la plaza del mercado,
asentada en una plataforma de cal y canto, de unos dos metros de altura (se
trataba de un escenario en el que actuaban los danzantes en las fiestas, construido
de forma tal, que pudiesen ser vistos por todos los espectadores, acomodados
tanto arriba como abajo de los portales). A la vista de todo mundo, tanto
amigos como enemigos, se apuntó la máquina, y al producirse el disparo, la
piedra se elevó a lo alto y fue a caer a pocos pasos de distancia. Un fiasco
completo. [558] Para disimular, los
indios aliados dijeron a los sitiados que eso se había hecho por compasión,
para evitar tener que acabar con todos.
§. El final
Para tener una idea de lo que fueron los últimos
días de la ciudad, vividos desde adentro, hay que asomarse a los relatos
del Anónimo de Tlatelolco y
de Sahagún. Refundiendo ambos manuscritos, que vienen a complementarse, se lee
que los españoles tomaron prisionero a un personaje llamado Xóchitl, de
Alcolnahuac, a quien eligieron como emisario para llevar el mensaje demandando
la rendición. Tepantemoctzin, Coyohuehuetzin y Temilotzin, tres de los jefes
militares, informaron a Cuauhtémoc de la llegada de éste, acordándose que diera
a conocer el mensaje: «Oigan por favor, Cuauhtémoc, Coyohuehuetzin y Topantemoc:
¿no tienen compasión de los pobres, de los niñitos, de los viejitos, de las
viejitas? ¡Ya todo acabó aquí! ¿Acaso todavía pueden las vanas palabras…?»
Fueron consultados los augures: « ¿Qué miráis en vuestros libros?». El sabedor
de papeles expresó: «Solamente cuatro días y habremos cumplido ochenta. Y acaso
es disposición de Huitzilopochtli de que ya nada suceda…; dejemos que pasen
esos cuatro días para que se cumplan ochenta». [559] Se reanudaron los
combates. La nómina de los que en aquellos momentos constituían lo que vendría
a ser la Junta de Defensa, eran el cihuacóatl Tlacotzin, Petlauahtzin,
intendente de la Casa Negra (Tlilancacalli); Motelchiuhtzin (el jefe de
Huitznahuatl, una sección de Tlatelolco); Achcauhtli, el gobernador de México,
príncipe de los sacerdotes; el tlacochcalcatl Coyohuehuetzin; el tlacatecatl
Temilotzin, el ticociahuacatl Tepantemoctzin, y el mixcoatlailotlácatl
Ahuelitoctzin. [560] Los nombres y cargos
de esos personajes no nos dicen gran cosa, pues el caso es que desconocemos
cómo se encontraba estructurada la milicia indígena; esto es, si los
combatientes se encontraban encuadrados en formaciones que hoy día equivaldrían
a sección, compañía, o algo parecido, que pasarían luego a agruparse en
unidades mayores (batallón, brigada, etc.). Existía un jefe superior, como es
obvio, pero lo que se desconoce es si había un escalón de mando intermedio, el
equivalente a capitanes, tenientes, sargentos, quienes al frente de unidades
menores, serían los encargados de ejecutar las órdenes. Ningún cronista habla
de ello, pero de la lectura de sus escritos, se tiene la impresión de que no
llegó a existir ese tipo de estructura de mando. Es más, existe confusión en
cuanto a si el grado máximo era el de tlacochcalcatl o el de ciguacóatl, ya que en este punto los
autores no se ponen de acuerdo. Respecto a esto, Cortés es muy claro al señalar
que quien comandó la defensa de la plaza fue Tlacotzin, cuyo grado militar
era ciguacóatl. [561] La crónica indígena
recoge las hazañas del tlacochcalcatl Coyohuehuetzin, pero
siempre lo presenta participando como muy aguerrido en acciones individuales.
Un valiente capitán, pero no el hombre que comanda la acción. Existían las
órdenes de los guerreros águilas y tigres, que constituían una tropa de élite,
pero no se precisa si tenían un mando específico; estaban también los quachic, grado altamente honorífico en la milicia, a
quienes Torquemada, en un intento por definir su jerarquía, los llama
«matasiete»; lo cual puede interpretarse como guerrero esforzado, con una bien
sentada fama de valeroso, pero que no nos dice nada en cuanto a sus
atribuciones de mando, si es que las tenían. En cuanto al grado de tlacaltecacatl, resulta francamente imposible encontrarle una
equivalencia.
La presión se mantenía a ritmo lento. El hambre
apretaba, y los sitiadores practicaban una guerra psicológica, instando
constantemente a los mexica a deponer las armas. Hacia el nueve de agosto,
Cortés resolvió mandar un nuevo requerimiento a Cuauhtémoc. El encargado de
llevarlo sería un tío del soberano de Texcoco, quien había sido capturado unos
días antes. Éste aceptó la encomienda, y al volver a los suyos fue recibido con
el acatamiento correspondiente a su alta posición. Fue conducido ante
Cuauhtémoc, quien lo interrumpió antes de que pudiera concluir el mensaje y lo
hizo sacrificar. [562] Se reanudaron los
combates.
Al día siguiente, Cortés se dirigió a un
parapeto y, desde allí, valiéndose de Malintzin habló con algunos principales a
quienes conocía. Ofrecieron hablar con Cuauhtémoc y traerle la respuesta.
Cuando volvieron, dijeron que éste no vendría ese día «por ser ya tarde»; no
obstante, quedó concertada la entrevista para el día siguiente. Para dar realce
al encuentro, Cortés hizo levantar un estrado en el centro de la plaza, en el
mismo sitio en que se asentó la catapulta. [Seguramente preparaba un acto
reminiscente de la rendición de Breda, que Velázquez recogería en el cuadro
conocido como las Lanzas. Tal
ceremonial no existía en el mundo indígena.] Cuauhtémoc no se presentó; en su
lugar envió a cinco principales, quienes lo excusaron diciendo que se
encontraba indispuesto, pero que ellos podrían escuchar las propuestas. Cortés
los invitó a comer, dándoles seguridades de que a Cuauhtémoc «no le sería hecho
enojo ni sería detenido». Los emisarios descartaron la posibilidad de que su soberano
aceptara acudir a entrevistarse con Cortés, pero tanto les insistió éste, que
ofrecieron volver al día siguiente trayendo una respuesta. Con ellos envió un
obsequio a Cuauhtémoc, consistente en guajolotes, fruta y tortillas. [563]
Lunes, doce de agosto. A hora temprana,
volvieron los embajadores trayendo unas mantas muy ricas para corresponder al
obsequio, al tiempo que trasmitieron una condición única para celebrar la
entrevista: los aliados indios deberían abandonar la ciudad. Cortés accedió y
los emisarios fijaron la plaza del mercado como sitio para la reunión. Durante
cuatro horas estuvo aguardando, hasta que, convencido de que Cuauhtémoc no se
presentaría, ordenó regresar a los que había hecho salir. Se dio orden de
avanzar. La entrada en lo que restaba de la ciudad se hizo sin que los
defensores ofrecieran ya resistencia. El parte del día Cortés lo resume así:
«se mataron y prendieron más de cuarenta mil ánimas; y era tanta la grita y
lloro de las mujeres y los niños, que no había persona a quien no quebrase el
corazón, y ya nosotros teníamos más que hacer en estorbar a nuestros amigos que
no matasen ni hiciesen tanta crueldad que no en pelear con los indios». [564] Aunque no especifica
cuántos serían los muertos y cuántos los prisioneros, lo que resulta indudable
es que aquí se le fue muy larga la mano en el conteo. La exageración está fuera
de toda proporción; y aunque estaba a su alcance concluir ese día la toma de la
ciudad, decidió no hacerlo, pues según explicó, pensaba que si los apretaba
hasta lo último arrojarían a la laguna todo lo de valor y los aliados se
apoderarían de todo lo que pudiesen. Llegada la noche, como la pestilencia
resultaba insoportable, regresaron al real.
Amaneció el que vendría a ser el último día del
asedio. Había llovido toda la noche. Los sitiados disponían de tan poco
espacio, que casi no podían moverse. Muchos de ellos estaban metidos dentro del
agua. El dispositivo montado por Cortés consistía en que Alvarado atacase lo
que todavía les restaba de tierra, empujándolos hacia la laguna, adonde se
encontraban vigilantes los bergantines. El objetivo era impedir la fuga de
Cuauhtémoc. Antes de dar la señal de ataque, Cortés subió a una azotea y desde
allí comenzó a hablar a unos principales, a quienes pidió que fuesen a buscar a
Cuauhtémoc. Partieron a buscarlo, y a poco apareció Tlacotzin, el gobernador y
jefe militar. Cortés le hizo un largo razonamiento para que persuadiese a
Cuauhtémoc a entregarse, a lo que éste replicó que no se rendiría nunca. Antes
prefería morir. Viendo que no se avanzaba, Cortés le indicó que volviese con
los suyos y que se preparasen para el ataque. Habían transcurrido cinco horas
de conversaciones. [565] Antes de que diera
comienzo el asalto final, comenzaron a salir algunos habitantes de la ciudad,
dirigiéndose hacia los españoles para evitar caer en manos de los indios
aliados. Cortés señala que, a pesar de las órdenes impartidas a éstos, no resultó
posible controlarlos, por lo que «aquel día no mataron y sacrificaron más de
quince mil ánimas». [566] (Otra vez, la
aritmética de lo superlativo). Los que salían eran del pueblo bajo; dentro
quedó el grupo de guerreros, sacerdotes, dignatarios y mujeres de clase alta.
Ya no disponían de flechas, piedras o lanzas, ni les quedaban fuerzas para
luchar; pero allí estaban, quietos, sin atinar qué hacer. Vivían una situación
nueva; en su concepción semejante a la de los espartanos o de los samuráis, no
cabía la idea de rendición. Ese era un concepto que no entraba dentro de su
esquema mental. Sabían que habían sido derrotados y que ya no les quedaba
alternativa. Como dieran las cinco de la tarde y no se entregaran, Cortés
impartió la orden de avanzar, y en un instante se ocupó ese rincón sin
combatir. Los defensores se entregaron, pero Cuauhtémoc no se encontraba entre
ellos. La atención se centró entonces en algunas canoas que escapaban, a las
que los bergantines comenzaron a dar caza; de entre ellas destacó una, de
mayores dimensiones y muy ataviada. El bergantín comandado por García Holguín
pronto la alcanzó; en ella, además de Cuauhtémoc, viajaban Tetlepanquetzal,
señor de Tacuba, y otros notables. La huida de éstos aparece como un gesto sin
esperanza; en el caso de que hubiesen conseguido escapar a los bergantines,
¿adónde dirigirse? Todas las poblaciones ribereñas estaban ya en su contra.
En ocasión de la captura se produjo una
discusión entre García Holguín y Sandoval, pues éste, como su superior
jerárquico, le exigía la entrega de los cautivos. [567] Ambos se disputaban
los honores de la captura. Cortés hubo de enviar a un mediador y los llevaron a
presencia suya junto con Cuauhtémoc. Una vez que estuvieron frente a frente, el
vencedor, queriendo mostrarse magnánimo, invitó al vencido a sentarse a su lado
en un asiento que se le tenía reservado, y a través de Malintzin, le dio
seguridades de que sería bien tratado y que nada tenía que temer. La respuesta
de éste fue decir que ya había hecho todo lo que estaba de su parte para
defender a su pueblo, y que ahora hiciese de él lo que quisiese. Y posando la
mano sobre un puñal que Cortés llevaba al cinto, le pidió que con él le diese
muerte. [568]
Bernal, como testigo de vista de los sucesos que
refiere, cuenta que luego de haber pedido a Cortés que lo matara, a Cuauhtémoc
lo dominó la emoción y prorrumpió en sollozos, «y también lloraban otros
grandes señores que consigo traía». [569] Cortés lo consoló,
pero no sin reprocharle que no se hubiera rendido antes, «cuando iban de
vencida», con lo cual se hubieran evitado muchas muertes y la destrucción de la
ciudad. Y puesto que lo pasado era pasado, le pidió que se tranquilizase, ofreciéndole
que él y sus capitanes continuarían mandando en México y sus provincias, al
igual que antes lo hacían. Le preguntó luego por su esposa, a lo que repuso
Cuauhtémoc que tanto a ella, como a las demás mujeres de principales, que
permanecían en las canoas, las había dejado encomendadas a la custodia de
Sandoval, hasta saber qué era lo que él disponía; «Y luego Cortés envió por
ellas y a todos les mandó dar de comer lo mejor que en aquella sazón había en
el real, y porque era tarde y comenzaba a llover, mandó que luego se fuesen a
Coyoacán, y llevó consigo a Guatemuz y a toda su casa y familia y a muchos
principales». [570] Mientras tanto, los
águila y los tigre aguardaban impasibles. Nunca un guerrero mexica se había
rendido. No sabían cómo hacerlo. Aguardaban resignados a lo que viniera. Grande
sería su sorpresa cuando se les notificó que la guerra había terminado. [571] Eso era todo. Había
concluido por completo, y no habría represalias; no era el caso de un ejército
«cautivo y desarmado», que sería internado en un campo de prisioneros mientras
se deslindaban responsabilidades. Eran libres para ir a donde quisieran;
aquello debió dejarlos estupefactos; pero una cosa sí se les dijo, y ello es,
que el capitán ordenaba que deberían abandonar la ciudad cuanto antes. Existía
riesgo de epidemia. Al oscurecer comenzaron a salir, retirándose hacia
Tepeyácac. Los más, marchaban por la calzada, mientras otros lo hacían en
canoas. Los soldados españoles miraban con ojo atento a las mujeres para
retener a las bonitas. Algunas se habían untado la cara con lodo y vestido con
harapos para pasar inadvertidas. [572] Esa noche, la otrora
opulenta Tenochtitlán quedó convertida en un lugar lóbrego y triste, en el
cual, los contados habitantes que permanecían, se movían como zombis entre las
ruinas. La página negra corrió a cargo de texcocanos, huejotzincas, chalcas,
cholultecas, y demás coaligados, quienes, según cuenta Bernal, al retorno a sus
tierras, «llevaron harta carne de cecina de los mexicanos que repartieron entre
sus parientes [y] como cosas de sus enemigos, la comieron por fiestas». [573]
Los hechos ocurrieron el trece de agosto de
1521, día de San Hipólito, que ese año cayó en martes (la fecha viene dada en
términos del antiguo calendario juliano entonces vigente). Ya anochecido se
desató una tormenta con muchos truenos y relámpagos, seguida de un aguacero
torrencial que duró hasta la medianoche. [574] Cortés estableció en
Coyoacán el asiento provisional del nuevo gobierno.
Capítulo 19
El banquete de la victoria
Contenido:
§. Cortés y Cuauhtémoc
§. Tormento de Cuauhtémoc
Y mientras los vencidos procuraban encontrar
acomodo en Cuautitlán y otras poblaciones ribereñas, en Coyoacán los vencedores
celebraban la victoria con un banquete. Para tal efecto, Cortés contaba con
puercos y vino en abundancia, traídos por un navío llegado de Cuba. Bernal, con
ese espíritu tan crítico que le es característico, destaca que «cuando
asistimos al banquete no había asientos ni mesas puestas para la tercia parte
de los soldados y capitanes que fuimos, y hubo mucho desconcierto». Luego de decir
que el vino corrió generosamente, y que hubo una borrachera descomunal, con
algunos caminando sobre las mesas, señala que una vez que se alzaron los
manteles, «salieron a danzar las damas». Este dato, en boca suya, resulta
desusado, pues a todo lo largo de su relato, las únicas citas que tiene para la
participación de la mujer española en la conquista, son al hablar de María de
Estrada, cuando ésta se abría paso a estocadas en la calzada, durante la huida,
y la alusión a aquellas llegadas con Narváez, que fueron muertas en Tuxtepec. Y
es en esta ocasión en que revela que hubo un grupo de mujeres entre las filas
de los conquistadores, aunque parecería que el dato se le hubiera escapado
inadvertidamente, y que arrepintiéndose de haberlo mencionado, tachó el párrafo
en el manuscrito original. Pero a pesar de la tachadura, la mención quedó; y es
así como aparecen algunos nombres de las asistentes al festejo: Francisca
Ordaz, la Bermuda (se advierte que hay dos con este nombre), Mari Hernández,
Isabel Rodríguez, una de apellido Gómez, y «otra señora, mujer del capitán
Portillo, que murió en los bergantines, y ésta por estar viuda no la sacaron a
la fiesta». [575] Sólo da nombres, y
aparte de María de Estrada, no dice si llegaron a empuñar las armas para entrar
en acción; parecería que se tratara de levantar un muro de silencio, en torno a
la participación de la mujer española en la Conquista. En ninguno de sus
escritos Cortés las menciona; Gómara va por el mismo camino, al igual que
Oviedo; Francisco de Aguilar recoge los nombres de María de Estrada e Isabel
Rodrigo, y nada más; así estaba el estado de la cuestión hasta llegar a
Cervantes de Salazar, quien es el primero en ofrecer algunos detalles acerca de
su participación; es así como sabemos de Beatriz de Palacios, esposa de Pedro
Escobar, quien suplía al marido en las guardias nocturnas, «y cuando dejaba las
armas salía al campo a coger bledos y los tenía cocidos y aderezados para su
marido y demás compañeros. Curaba los heridos, ensillaba los caballos e hacía
otras cosas como cualquier soldado». [576] Está la actuación de
Beatriz Bermúdez de Velasco, esposa de Francisco de Olmos, quien en uno de los
reflujos de la lucha callejera en Tenochtitlán, cuando flaqueaba un grupo de
españoles, se plantó espada en mano en un puente, amenazando con traspasar de
una estocada al que retrocediese. Allí, esa amazona evitó un pánico. [577] En las páginas de
este autor surgen otros nombres: Beatriz Ordaz, Juana Martín, María de Vera,
Elvira Hernández, Isabel Rodríguez… una veintena, quizás. La mayor parte fueron
ignoradas a la hora del triunfo; la única a quien se reconoció su actuación en
el campo de batalla fue María de Estrada; ésta, además de su actuación durante
la Noche Triste, según el decir de Muñoz Camargo, en Otumba habría
combatido montada a caballo y lanza en ristre [578] (testimonio altamente
dudoso, pues aparte de provenir de autor tardío, en Otumba los pocos caballos
disponibles fueron reservados para los mejores jinetes). En recompensa, recibió
en encomienda el pueblo de Tetela. Estuvo casada con Pedro Sánchez Farfán, y al
enviudar contrajo nuevas nupcias con Alonso Martín Partidor. Figura entre las
pobladoras originales de Puebla, donde vivió hasta el término de sus días. Esta
mujer trae atrás un largo historial: antes de que Cuba fuese conquistada, se
hundió el barco en que viajaba, llegaron a tierra los náufragos, y los indios
mataron a los hombres, quedando ella como esclava del cacique. Pasó cinco años
en esa condición, siendo liberada al ser conquistada la isla. [579] En recuerdo a los
muertos, el lugar recibiría el nombre de Matanzas, mismo que conserva en la
actualidad.
§. Cortés y Cuauhtémoc
Por boca de Bernal asistimos al acto final de la
toma de Tenochtitlán. Cortés refiere el inicio del nuevo gobierno, a partir del
momento en que él se hace cargo: «Aquel día de la prisión de Guatimucín y toma
de la ciudad, después de haber recogido el despojo que se pudo haber, nos
fuimos al real dando gracias a nuestro Señor por tan señalada victoria como nos
había dado. Allí en el real estuve tres o cuatro días dando orden en muchas
cosas que convenían, y después nos venimos a la ciudad de Coyoacán, donde hasta
ahora he estado entendiendo, en la buena orden, gobernación y pacificación de
estas partes». [580] Así, de manera tan
parca, es como lo anuncia. Se había desplomado una estructura política, pero no
era el caso de que el país hubiera caído en la anarquía. No se produjo un vacío
de poder, ni la situación fue aprovechada por grupos de maleantes para saquear
y realizar todo género de tropelías. Desaparecido un orden político, al momento
ya estaba funcionando uno de repuesto. La mayoría de las poblaciones vecinas
tenían ya autoridades designadas por Cortés. Este, en lugar de imponer alcaldes
y corregidores a la usanza de España, utilizó la infraestructura indígena,
cuidándose sólo de que los recién designados fueran gente que no escapara a su
control. En general, el sistema funcionó; el núcleo reducido de españoles se
estableció en Coyoacán, mientras el resto del país estaba en paz. Un punto a
destacar, es el de que a la milicia la conservó intacta; eran los profesionales
de la guerra y pronto tendría empleo para ellos; y, en cuanto a los señores y
demás principales, se les ordenó permanecer en Cuauhtitlán, hasta que hubiese
desaparecido el riesgo de epidemia. Ya serían llamados cuando comenzara a
reconstruirse la ciudad. Ellos serían la piedra angular sobre la que se basaría
la nueva sociedad, no se dio el caso de que los suplantara con los esclavos:
los señores seguirían siendo señores, y los esclavos continuarían en su misma
condición. El desplome del viejo régimen no significaría su emancipación.
Pronto los señores comenzarían a peregrinar a Coyoacán para suplicar que les
devolviera sus tierras y sus esclavos, las cuales les iría restituyendo con
cuentagotas, «aunque no tanto como ellos tenían». [581] Algo que debe quedar
muy claro, es que a partir del momento en que se produjo la captura de
Cuauhtémoc, las hostilidades cesaron por completo. La guerra había terminado, y
había concluido de forma definitiva. En el ámbito mexica no se daría el caso de
que algunos irreductibles se echaran al monte para librar una guerra de
guerrillas. En el momento de la caída, el imperio mexica sucumbió para siempre.
Y lo mismo ocurrió con Tlaxcala, Cholula, y todos los demás pueblos que
inicialmente ofrecieron resistencia. El intento de revuelta de Xicoténcatl no
llegó a ninguna parte. Propiamente hablando no se trató sólo de una derrota
militar, sino del colapso de una cultura, que se vio suplantada por otra.
Cortés estaba tan consciente de ello, que ni siquiera se tomó la molestia de
informarse acerca de las cosas de la religión indígena. Para la casta
sacerdotal no tenía ningún empleo. No encajaba en su proyecto y era un estorbo.
La liquidó por completo. Acerca de los más significados que mató, en el Anónimo de Tlatelolco se lee: «Allá [en Coyoacán]
ahorcaron a Macuilxóchitl, rey de Huitzilopocho. Y luego al rey de Culhuacan,
Pizotzin. A los dos allá ahorcaron. Y al Tlacatecatl de Cuauhtitlan y al
Mayordomo de la Casa Negra los hicieron comer por los perros. También a unos de
Xochimilco los hicieron comer por los perros. Y a tres magos [sacerdotes,
evidentemente] de Ehecatl de origen texcocano los comieron los perros. No más
ellos vinieron a entregarse. Nadie los trajo. No más venían trayendo sus
papeles con pinturas [códices]. Eran cuatro, uno huyó […] En ese tiempo también
dieron por libres a los señores de Tenochtitlán. Y los libertados fueron a
Atzcapotzalco». [582] Lo ocurrido en los
días inmediatos se encuentra muy escasamente documentado. Por principio de
cuentas, Cortés retuvo como prisionero a Cuauhtémoc, así como a unos pocos más,
a quienes se llevó consigo a Coyoacán. Tenía planes para él en el nuevo gobierno
que daba comienzo.
Cuauhtémoc, Águila que cae, parecería haber tenido trazado su sino en el nombre.
Se trata de un personaje profundamente clavado en el alma del pueblo mexicano,
pero del cual es poquísimo lo que se sabe; desde luego, del Cuauhtémoc histórico,
porque tratándose de una figura idealizada, en torno suyo se han bordado
infinidad de leyendas. La realidad es que fuera de unos contados momentos
estelares, viene a ser un desconocido. Por ejemplo, a excepción de la escena
del tormento a que fue sometido, son mínimos los datos conocidos acerca de lo
que fue su vida durante los tres años y medio que van desde su captura a la
muerte. Evidentemente, algún papel le correspondería desempeñar como gobernante
subordinado, pero lo que ocurre es que faltan datos, por tanto, lo primero,
será saber cómo era; Bernal pinta de él el siguiente retrato: «Guatemuz era de
muy gentil disposición, así de cuerpo como de facciones, y la cara algo larga,
alegre, y los ojos más parecían que cuando miraba que era con gravedad que
halagüeños, y no había falta en ellos, y era de edad de veintiséis años, y la
color tiraba su matiz algo más a blanco que a la color de indios morenos, y
decían que era sobrino de Montezuma, hijo de una su hermana, y era casado con
una hija del mismo Montezuma, su tío muy hermosa mujer y moza». [583] [Es frecuente entre
los cronistas, al hablar de indios de clase alta, subrayar que eran de color
más claro que la gente del pueblo, como si con ello se quisiese apuntar a que
pertenecieran a otro grupo racial; obviamente, no hay nada de eso. Eran más
claros por la sencilla razón de que no pasaban el día entero trabajando bajo
los rayos del sol, algo que podría parangonarse con lo ocurrido en Europa,
donde los aristócratas tampoco se asoleaban, y por tener la piel tan blanca, se
les notaban más las venas, y de allí nació el término de sangre azul…; al
menos, eso es lo que comúnmente se dice.] El anterior, viene a ser el único
retrato de Cuauhtémoc trazado por alguien que lo conoció y trató; los demás son
testimonios de segunda o tercera mano. Y aquí se advierte una inmensa
discrepancia con lo que dice Cortés, quien señala que tenía dieciocho años
(Francisco de Aguilar coincide en ello). Un diferencial inmenso, ¿con quién
quedarnos? Bernal escribía evocando recuerdos de treinta años atrás, mientras
Cortés lo hacía en vida de Cuauhtémoc, cuando lo tenía preso. [584]
Primera cosa a destacar: se trataba de un
adolescente, procedente de la casta sacerdotal y, ¿cómo un jovencísimo
sacerdote pudo acceder a la cúpula del poder? Su llegada vendría a marcar la
reacción de la casta sacerdotal, la cual, en los poco más de seis meses de
convivencia pacífica, había presenciado impotente cómo, día a día, Motecuhzoma,
dócil a los dictados de Cortés, permitía que éste se fuera adueñando de todos
los resortes del poder, y conforme se consolidaba, ellos iban siendo apartados.
No se requería de excesiva perspicacia para que comprendieran que en el nuevo
reordenamiento de la sociedad que se estaba produciendo, ellos no tendrían un
papel que jugar. Durante ese periodo, no sólo se vieron impedidos de continuar
con los diarios sacrificios humanos, sino que además les habían plantado la
Cruz y la imagen de la Virgen en lo alto del Templo Mayor. Pronto quedarían
marginados; su desaparición como casta estaba a la vista. Como hemos visto, en
los días inmediatos y posteriores a la Noche Triste, se produjeron grandes claros en las filas de la
clase dirigente. Por un lado, la matanza del Templo Mayor; por otro, la
eliminación de los «colaboracionistas», y a ello debían sumarse las bajas
causadas por la epidemia. La poco aireada página que marca el camino de
Cuauhtémoc al trono podría trazarse de la manera siguiente: a la muerte de
Motecuhzoma le sucede Cuitláhuac (quien incluso habría asumido el poder en vida
de éste); el heredero Chimalpopoca muere durante la Noche Triste, y su muerte es seguida por la de Cuitláhuac, quien
tras un efímero reinado de cuarenta días (Oviedo consigna que fueron sesenta),
sucumbe a causa de la viruela. El siguiente en la línea de sucesión era el
príncipe Axopacatzin, hijo igualmente de Motecuhzoma, pero éste no alcanza a
reinar al ser muerto por Cuauhtémoc. El oidor Zorita nos da cuenta de que
Axopacatzin no quería la guerra, y para evitarla, proyectaba viajar a Tepeaca
para entrevistarse con Cortés llevándole un valioso presente, «y estando
Axayacagim [Axopacatzin] con muchos señores y teniendo juntas las riquezas que
había de llevar a Cortés vino Guatemuçi [Cuauhtémoc] con gente una noche y los
tomaron a traición estando seguros y descuidados de ello y mataron a Axayacaçim
y a muchos otros señores y principales sus deudos y con esto estaba toda la
ciudad con gran confusión en ver tan grande mal como se había hecho y luego
Guatimuçi PAPA [sic] se cortó el cabello que era señal de no querer estar más
en aquella religión de sus ídolos y de se querer casar y tomó la hija de Moctençuma
hermana del muerto que era de hasta diez años por mujer y se hicieron las
ceremonias que con las mujeres legítimas se solían hacer conforme a sus leyes y
usos y luego se intituló señor de México. [585] Así es como llegó al
poder, pues de los otros dos hijos de Motecuhzoma, uno estaba loco, y el otro
era perlático, ello es, epiléptico». Consumada la Conquista aparecerán otros
hijos, siendo probable que en los momentos en que se debatía la sucesión no
alcanzasen la edad necesaria o quedasen fuera por otras razones. Además,
Cuauhtémoc por su condición de sacerdote ( tlamacazque), traería detrás el apoyo de su casta. Juan Cano (futuro marido de su
viuda), afirma que «era papa o sacerdote mayor entre los indios»; [586] y por el mismo camino
va Torquemada, quien igualmente lo presenta como «sacerdote mayor de los
ídolos». [587] Estos tres autores
son los únicos en proporcionar datos acerca de su vida anterior a la aparición
en la escena pública. A los tlamacazques los españoles los
llamaban papas, a causa de que, según
explica Gómara, al serles preguntada la razón por la que traían los cabellos
tan largos y enmarañados, respondían diciendo algo que a sus oídos sonaba
como papa. [588]
Entre lo poco que se conoce de Cuauhtémoc,
figura que era el menor, o uno de los menores, entre los hijos de Ahuizotl,
hermano de Motecuhzoma y quien lo precedió en el trono. Por tanto, era de
sangre real por parte paterna; en cuanto a la madre, la situación no es del
todo clara. Bernal dijo que ésta era hermana de Motecuhzoma; Torquemada afirma
que fue una señora principal de Tlatelolco, sin aportar mayores datos; [589] Cano sostiene que se
casó con su prima de tan corta edad sólo por razones de estado, para consolidar
su posición. [590] Dado que la poligamia
era práctica corriente entre las clases altas, no resulta nada extraño que los
monarcas tuvieran hasta más de un centenar de hijos, pero los habidos fuera del
matrimonio o con mujeres a quienes no se considerarse de alto linaje, se
encontraban inhabilitados para ascender al trono; por tanto, la acción de
Cuauhtémoc de casarse con una hija de su tío Motecuhzoma, podría interpretarse
como indicio de que su madre no formaba parte de la primera nobleza del reino.
Ese es el Cuauhtémoc histórico, lo demás son añadidos posteriores. La
circunstancia de no ser un guerrero vendría a explicar el por qué no participó
en los combates en la ciudad, a diferencia de Cortés, quien como combatiente de
primera línea, amén de recibir varias heridas, en dos ocasiones se vio a punto
de caer en manos de los mexica; él, en cambio, dirigió la lucha desde su puesto
de mando. La crónica indígena lo presenta en funciones propias de tlamacazque: «Los que llevan a los cautivos son los capitanes
de Tlacatecco. De un lado y de otro les abren el vientre. Les abría el vientre
Cuauhtemoctzin en persona y por sí mismo». [591] Y no sería sino hasta
el momento de ser hecho prisionero, cuando los españoles pudieron verle la cara
por primera vez. Existe una versión tardía, recogida por Sahagún, que sostiene
que antes de que diesen comienzo los ataques a Tenochtitlán habría tenido lugar
una entrevista entre Cortés y Cuauhtémoc, en la cual no se llegaría a nada. Esa
afirmación es completamente apócrifa. Cortés, según lo afirman tanto él como
Bernal, trató por todos los medios de entrevistarse con Cuauhtémoc sin
conseguirlo. Una vez capturado, Cortés le dio seguridades de que nada tenía que
temer, procediendo a decirle que continuaría en el mando. Volvería a gobernar,
aunque claro está, ya no como soberano independiente, sino como subalterno
suyo. Se trataba de que mantuviera bajo control a su pueblo. Pero por lo visto,
no le funcionó en el nuevo papel asignado, y es así como se observa que Cortés,
luego de notificar al Emperador su captura y posterior traslado a Coyoacán,
solo volverá a mencionar su nombre en dos ocasiones: en la Cuarta Relación, cuando escribe «tengo al señor de ella preso»; y
en la Quinta (3 de septiembre de
1526), cuando notifique su muerte. Será a través de otras fuentes como
conozcamos algunos datos aislados; según Bernal, las primeras órdenes que
Cuauhtémoc recibió de Cortés, serían que debería enterrarse a los muertos,
reparar el acueducto y procederse a limpiar los escombros para dar comienzo a
la reedificación de la ciudad. Le fue señalada, además, la parte en que debería
asentarse la población indígena, y dónde, la española. El plazo para que los
antiguos habitantes volvieran a asentarse sería de dos meses. Esas órdenes
muestran que Cortés, desde un primer momento y sin consultar con nadie, ya
habría adoptado la determinación de construir la ciudad en su antiguo asiento.
Y algo que cae por su propio peso, es que al confiar a Cuauhtémoc esa tarea,
éste debería contar con medios materiales y el mínimo de autoridad necesarios.
Es de suponerse que se le mantendría estrechamente custodiado, mas dejándole la
autoridad suficiente para que pudiese sacar adelante el cometido que se le
asignaba. Se conoce un incidente que muestra que, poco o mucho, Cuauhtémoc en
un principio era escuchado por Cortés. Ello ocurrió cuando, una vez que
comenzaron a serenarse las cosas, a nombre de un grupo de notables, realizó una
gestión para que les fueran devueltas las esposas que les habían sido
arrebatadas por los soldados. En atención a ello, Cortés dio licencia para que
las buscasen por los tres reales, dando un mandamiento para que fuesen
devueltas. La condición impuesta fue que todas las que encontrasen fuesen
llevadas ante él, para preguntarles si aceptaban libremente volver a ellos.
Bernal refiere que a pesar de que las mujeres se ocultaban, los esposos no
tardaron en encontrarlas. Llevadas ante Cortés sólo tres aceptaron retornar con
sus maridos. [592] El relato no precisa
de cuántas se trataría, pero de la manera como está escrito, da la impresión de
que el grupo sería numeroso. Eran mujeres de clase alta y prefirieron seguir
con los soldados. Sus razones tendrían. Aquí podría aducirse que no se
sustrajeron a esa situación tantas veces repetida, consistente en que las
clases altas tienden a aliarse con el invasor (recordemos al duque del
Infantado y buena parte de la nobleza en el besamanos a José Bonaparte).
Se desconoce cuánto tiempo duró el mandato de
Cuauhtémoc bajo las órdenes de Cortés; pero hay por allí un par de indicios que
apuntan en el sentido de que pudieron ser varios meses. Vemos así que, cuando
los enemigos de éste lo acusaron en España de que se hacía construir mansiones
suntuosas, sus procuradores replicaron que en ello no se hacía mayor gasto, ya
que abundaba la piedra, pues eran muchos los templos que se estaban demoliendo,
«que no había menester traerla de fuera, y que para labrarlas que no hubo
menester más que mandar al gran cacique Guatemuz que las labrasen con los
indios oficiales, que hay muchos de hacer casas y carpinteros, y el cual
Guatemuz llamó de todos sus pueblos para ello, y que así se usaba entre los
indios hacer las casas y palacios de los señores». [593] El dato resulta
ilustrativo. Seguía teniendo autoridad.
Pedro Mártir recoge un dato curioso acerca de la
relación existente entre ambos, referido a abril de 1524, fecha en que aquel
que se lo proporcionó partió de Veracruz: «Permite Cortés que entienda en las
causas del pueblo un personaje de sangre real, con vara de justicia, pero sin
armas. Cuando este individuo anda entre los nuestros, o con Cortés, lleva
trajes españoles que don Hernando le ha dado; pero cuando está en su casa con
los suyos viste a la usanza del país». [594] La alusión apunta
claramente a Cuauhtémoc, pues era el único de sangre real entre sus
colaboradores en Tenochtitlán en aquel momento. Torquemada escribe que Cortés
llevaba a Cuauhtémoc «siempre consigo, así a pie, como a caballo, todas las
veces que salía por la ciudad». [595] Y lo mismo asegura el
alguacil Cristóbal Pérez, quien llegó a la ciudad de México acompañando a
Francisco de Garay. Este último, al referir a Pedro Mártir la forma en que
Cortés se movía por las calles de México, dijo que llevaba un sencillo vestido
negro, «pero de seda, y que no da muestras de ostentación, como no sea ir
acompañado de numerosos servidores, tales como mayordomos, administradores,
maestros de danza, camareros, porteros, peluqueros y otros cargos semejantes,
propios de un gran monarca […] y donde quiera que va, lleva siempre cuatro
caciques, a los que ha dado caballos, precediendo no obstante, alcaldes y
funcionarios de justicia con sus varas; cuando él pasa póstranse, a la usanza
antigua, cuantos se hallan presentes». [596] Otro que vio a Cortés
llevando a caballo a notables indígenas. En ello hay una gran congruencia:
siempre procurando ganarse a los caciques, pues necesitaba de ellos. Serían la
cantera donde buscaría a los que serían sus futuros colaboradores o «colaboracionistas»,
si es que se les quiere llamar así. Y es dentro de ese esquema donde figuraba
Cuauhtémoc. Si lo confirmó como gobernador, es porque esperaba que le sería
útil, sólo que los sucesos que vinieron a continuación impidieron que el plan
funcionara.
§. Tormento de Cuauhtémoc
Mientras tanto, los vencedores continuaban
establecidos en Coyoacán. Todo tranquilo. Los españoles, en pequeños grupos, o
solos, podían desplazarse con seguridad por los caminos. La gran transformación
comenzaba a darse sin sobresaltos; en aquellos momentos Cortés era el
indisputado rey sin corona de los pueblos indígenas. Pero el enemigo estaba
dentro de casa. En las filas del ejército se producía un malestar creciente en
contra suya. A un regular número de soldados, lo único que les interesaba era
recibir su parte para disfrutarla. La impaciencia iba en aumento, y una de las
formas de manifestarse fue con leyendas en las paredes. Se desató una guerra de
pintadas. La casa de Cortés tenía grandes muros blancos, donde cada mañana aparecían
nuevos escritos acusándolo de apropiarse del tesoro. El ingenio satírico
escribió: « ¡Oh, qué triste está el ánima mea hasta que todo el oro que tiene
tomado Cortés y escondido lo vea!». Este, quien al decir de Bernal, tendría
algo de poeta, replicó tajante: «Pared blanca, papel de necios». [597] En la carta al
Emperador, Cortés dice que una vez fundido el oro, éste ascendió a más de
ciento treinta mil castellanos, «de que se dio el quinto al tesorero de vuestra
majestad, sin el quinto de otros derechos que a vuestra majestad pertenecieron de
esclavos y otras cosas […] Y el oro se repartió en mí y en los españoles, según
la manera y servicio y calidad de cada uno». [598] La versión de Bernal
difiere un poco; según éste, ante la impaciencia de los soldados, se realizó
una estimación del monto que correspondería a cada uno, y el resultado fue
«después de que lo hubieron tanteado dijeron que cabían a los de a caballo a
ochenta pesos, y a los ballesteros y escopeteros y rodeleros a sesenta o a
cincuenta pesos, que no se me acuerda bien. Y desde que aquellas partes nos
señalaron, ningún soldado las quiso tomar». Según eso, todo lo encontrado
montaría a trescientos ochenta mil pesos, y de allí todavía se sacó primero el
quinto real y luego el correspondiente a Cortés. Era tan poco, que fray
Bartolomé de Olmedo, Alvarado y Olid propusieron a Cortés que, en lugar de
repartírselo entre todos, se distribuyese únicamente entre aquellos que
quedaron lisiados o se encontraban enfermos. Agrega Bernal que eso se lo
dijeron como algo calculado, para ver cómo reaccionaba, pues existía la
sospecha de que tenía oro escondido, habiéndole ordenado a Cuauhtémoc que
dijese que no había ninguno. Éste es un capítulo en el que el testimonio de
Bernal resulta particularmente valioso por varias razones: por principio de
cuentas, se trata de un individuo de quien no puede decirse exactamente que
fuese un incondicional de Cortés. Lo ensalza, pero por ahí se le escapa algún
reproche, pues nunca llegó a perdonarle el que no hubiera incluido su nombre en
la relación que dio al Emperador; está luego la circunstancia de que no sintió
que sus servicios hubieran sido recompensados en la medida en que creía merecerlo.
Y por último, y no menos importante, se trata de alguien que anduvo muy atento
al rastreo del tesoro. Es así como refiere que una parte del oro habría sido
arrojada a la laguna, y otra a «una como alberca grande de agua, y de aquella
alberca sacamos un sol de oro como el que nos dio Montezuma, y muchas joyas y
piezas de poco valor que eran del mismo Guatemuz». Y tan ansioso andaba para no
perder su parte, que fue uno de los que se zambulleron en el sitio que les
indicaron, y «siempre sacábamos piecezuelas de poco precio, lo cual nos lo
demandó Cortés y el tesorero Julián de Alderete por oro de Su Majestad, y ellos
mismos fueron con nosotros adonde lo habíamos sacado y llevaron buenos
nadadores, y tornaron a sacar obra de ochenta o noventa pesos en sartalejos, y
ánades, y perritos, y pinjantes, y collarejos y otras cosas de nonada». [599] La situación, tal
cual la describe, habla de unas presiones muy fuertes por parte del ejército;
«Y por estas causas acordaron los oficiales de la Real Hacienda de dar tormento
a Guatemuz y al señor de Tacuba, que era su primo y gran privado, y ciertamente
mucho le pesó a Cortés y aún a muchos de nosotros que a un señor como Guatemuz
le atormentasen por codicia de oro». Existía, por otro lado, la sospecha de que
«por quedarse con el oro Cortés no quería que prendiesen a Guatemuz, ni le
prendiesen sus capitanes, ni diesen tormentos, y porque no le achacasen algo a
Cortés sobre ello y no lo pudo excusar, le atormentaron, en que le quemaron los
pies con aceite, y al señor de Tacuba». [600] Páginas más adelante,
Bernal vuelve sobre el tema, y al referirse a los descargos que daban en España
los procuradores enviados, señala: «y a lo que dijeron que Cortés había mandado
quemar los pies con aceite a Guatemuz y a otros caciques porque diesen oro, a
esto respondieron que los oficiales de Su Majestad se los quemaron contra la
voluntad de Cortés». [601] La redacción de esos
párrafos deja en duda si Cortés presenció el suplicio; lo que sí aclara, es que
se oponía a ello. Este siempre negó el cargo, achacando toda la responsabilidad
a Alderete. Existen otros testimonios: en los descargos presentados por García
de Llerena, para responder a nombre de Cortés de las imputaciones que le hacían
en el juicio de residencia, expuso: «… que si el dicho don Hernando Cortés
atormentó a Guatenuca [Cuauhtémoc] e a los demás señores que dice, sería e fue
a pedimento e requerimiento de los oficiales de Vuestra Majestad e del tesorero
Alderete […] e los tormentos no fueron tales como en el dicho cargo se
contiene, e se dieron contra la voluntad del dicho don Hernando Cortés». [602] Luis Marín, testigo
presencial, dice; «que porque este testigo vido dar el dicho tormento al dicho
Guatinuca e a otros principales e señores; e que sabe e vido quel dicho
tormento se dio a pedimento e requerimiento del dicho Julián de Alderete […] e
questo sabe porque lo vido e se halló presente». [603] De acuerdo con su
dicho, serían más de dos los sometidos a tormento. Juan de Salcedo afirma: «y
vido como el dicho tesorero Julián de Alderete vino a la posada del dicho
marqués a le requerir, con mucho enojo que traía, que atormentase a Guatemuz […]
y así fue público y notorio que por pura importunación y requerimientos que el
dicho Alderete hizo que se dieran los dichos tormentos, no embargante que le
pesaba al dicho marqués». [604] Zorita viene a ser el
primer autor que contradice las declaraciones anteriores, atribuyendo a Cortés
la responsabilidad del tormento, «y lo puso en un gran cepo y un brasero a los
pies y le untaban con aceite las plantas de ellos para que dijese del
oro». [605] En la Tercera Relación informando sobre la toma de Tenochtitlán,
este episodio se pasa en silencio; pero aquí hay que destacar que, a
continuación de la firma de Cortés figura un añadido en el que se lee: «y
porque los oficiales de vuestra majestad somos obligados a le dar cuenta del
suceso y estado de las cosas de estas partes, y en esta escritura va muy
particularmente declarado, y aquello es la verdad y lo que nosotros podríamos
escribir, no hay necesidad demás nos alargar, sin remitirnos a la relación del
dicho capitán». [606] Firman Julián de
Alderete, Alonso de Grado y Bernardino Vázquez de Tapia. Está visto que el
tesorero era hombre de cuenta en el ejército.
La crónica del Anónimo de Tlatelolco es sumamente parca al hablar de
ese episodio: «Fue cuando le quemaron los pies a Cuahutemoctzin [no precisa el
tiempo en que ocurre la acción]. Cuando apenas va a amanecer lo fueron a traer,
lo ataron a un palo en casa de Ahuizotzin en Acatlicayapan». [607] Eso es todo. Ni
siquiera menciona que tuviera como compañero de infortunio al soberano de
Tacuba. Gómara, en cambio, que sí lo menciona, agrega que cuando éste
desfallecía por el dolor, dirigió la mirada a Cuauhtémoc, implorándole
autorización para hablar, a lo que éste «le miró con ira y lo trató vilmente,
como persona muelle y de poco, diciendo si estaba él en algún deleite o baño.
Cortés quitó del tormento a Cuahutemoctzin, pareciéndole afrenta y crueldad […]
Acusaron esta muerte a Cortés en su residencia como cosa fea e indigna de tan
gran rey, y que lo hizo de avaro y cruel, mas él se defendía con que se hizo a
petición de Julián de Alderete». [608] El tormento se aplicó
untándole los pies con aceite y aproximándolos al fuego. Acerca de este triste
capítulo, cabe señalar que no es posible precisar en qué momento tuvo lugar;
esto es, si habrían transcurrido días, semanas, o incluso meses, después de la
toma de Tenochtitlán. Por otro lado, se desconoce dónde escucharía Gómara la
información relativa al «baño o deleite», y no deja de sorprender que Bernal,
quien se muestra como simpatizante de Cuauhtémoc, al leerla en el libro de
aquél, la pase de largo sin externar el menor comentario. Y lo propio ocurre
con Marín y los otros testigos presenciales, que no mencionan haberla
escuchado. La frase fue retomada por Torquemada y continuaron repitiéndola los
autores que vinieron a continuación; todavía William H. Prescott, quien dio su
libro a la imprenta en 1843 la reproduce textualmente. [609] Como a decir verdad,
la versión original de baño o deleite resultaba un tanto desangelada, con el
paso del tiempo alguien la transformó en ese « ¿acaso estoy yo en un lecho de
rosas?». Esta sí, una hermosa frase heroica.
Capítulo 20
Expansión y nuevas conquistas
Contenido:
§. El obispo contraataca
§. Muerte en Coyoacán
Bernal dice: «como Cortés siempre tuvo los
pensamientos muy altos, y en la ambición de mandar y señorear quiso en todo
remedar a Alejandro Macedonio, y con los muy buenos capitanes y extremados
soldados que siempre tuvo, y después que se hubo poblado la gran ciudad de
México, y Guaxaca, y a Zacatula, y a Colima, y a la Veracruz, y a Pánuco, y a
Guazacualco, y tuvo noticia que en la provincia de Guatemala había recios
pueblos y de mucha gente, y que había minas, acordó de enviar a
conquistarla». [610] Sea por la pasión por
mandar, o un poco por quitarse de encima las presiones de que era objeto por
parte de los inconformes, el caso es que no se mostró dispuesto a concederle
reposo al ejército. Iban apenas transcurridos dos meses de la toma de Tenochtitlán
y ya traía entre manos un magno proyecto, que incluía exploración y nuevas
conquistas. En esos momentos, llegaron unos emisarios de Michoacán y, con
ellos, despachó a dos españoles con el encargo de realizar la toma de posesión
del Mar del Sur, del cual ya tenía noticia que se hallaba a doce o catorce días
de distancia. Según más tarde escribiría a Carlos V, se encontraba muy ufano,
«porque me parecía que en la descubrir se hacía a vuestra majestad muy grande y
señalado servicio». Según se advierte, cuando todavía tiene muchos territorios
por conquistar, ya alberga un plan de vastas dimensiones para volcarse en
descubrir los secretos del océano, donde espera encontrar «muchas islas ricas
de oro y perlas preciosas y especiería». [611] Los exploradores
pronto estuvieron de regreso, trayéndole muestras de oro y la noticia de que
habían llegado hasta las playas del Mar del Sur, del cual, conforme a la
práctica establecida, tomaron posesión con todas las formalidades de rigor,
plantando cruces en la costa. Pero para ponerse en marcha e iniciar las nuevas
campañas se topaba con el inconveniente de la falta de pólvora. No es que ésta
fuese indispensable, como lo habían demostrado Otumba y la campaña de Tepeaca
que se ganaron sin disparar un tiro, pero de todas formas Cortés consideró que
el estampido de la pólvora sería de gran utilidad, como factor psicológico, en
las nuevas tierras en que incursionarían. Estaba seguro que habría azufre en el
cráter del Popocatépetl, y como Ordaz, el escalador inicial, estaba en España,
comenzó a buscar voluntarios para la ascensión, hasta dar con Francisco Montaño
(el mismo que clavó la bandera en lo alto del templo de Tlatelolco), quien
tenía atrás la experiencia de haber subido al Teide en Tenerife, asomándose a
su cráter.
Este capítulo lo cuenta Cervantes de Salazar,
quien lo conoce muy bien por habérselo referido con todo detalle su amigo
Montaño. Éste se habría hecho acompañar por Mesa, el artillero, por Peñalosa,
capitán de gente de a pie, y por Juan Larios. Se proveyeron de dos gruesas
cuerdas, un canasto tejido de cáñamo, cuatro costales de fibra revestidos de
cuero de venado y llevaban, para protegerse del frío, un edredón relleno de
pluma de ave. Partieron de Coyoacán seguidos de un grupo de porteadores
indígenas y, para destacar la importancia de su misión, Cortés los acompañó un
trecho fuera de la villa. Llegaron a Amecameca, y allí frente a los ojos de una
muchedumbre venida desde lejos, iniciaron la marcha. Los indios levantaron
cobertizos para aguardar su retorno. Comenzaron la ascensión caminado sobre
tierra suelta, en la que se hunden los pies dificultando la marcha. La noche
los sorprendió en la falda de la montaña. Para dormir removieron la tierra para
hacer un agujero en el que todos cupiesen, cubriéndose con el edredón. Pero era
tanto el frío, que no consiguieron conciliar el sueño, por lo que decidieron
continuar la ascensión en lugar de esperar el día (lo probable es que fuese
noche de luna, aunque el relato no lo menciona), andaban a tientas en la
oscuridad, y uno de ellos cayó en una grieta, de la cual sus compañeros lo
sacaron con muchas magulladuras. Esperaron la salida del sol. Cubrieron con el
edredón al compañero lastimado y prosiguieron la marcha. Llegaron al cráter;
allí echaron suertes sobre a quién le correspondería descender el primero. Le
tocó a Montaño, le ataron una cuerda bajo los brazos y lo bajaron. Comenzó a
llenar canastos, que inmediatamente eran izados, y así continuó hasta ser
relevado por otro compañero. En cuanto tuvieron una cantidad que consideraron
suficiente, emprendieron el descenso. Recogieron al compañero lastimado, y a
eso de las cuatro de la tarde encontraron a una multitud de indios que se
encontraban aguardándolos en la falda de la montaña. Les ofrecieron comida y se
hicieron cargo del azufre, transportándolos a ellos en andas hasta el borde de
la laguna, donde fueron seguidos por infinidad de canoas de indios que querían
verlos. Según cuenta Cervantes de Salazar, Montaño le habría dicho que tardó
muchos días en reponerse del miedo que pasó mientras se encontraba en el
interior del cráter. [612]
En cuanto elaboraron la pólvora, las
expediciones estuvieron listas para partir. Gonzalo de Sandoval iría al frente
de la primera, con treinta y cinco de a caballo y doscientos de a pie, «y gente
de nuestros amigos y con algunos principales y naturales de Temixtitan». [613] Lo notable de esa
campaña es que Cortés no tuvo necesidad de efectuar una leva para reclutar un
ejército. Le bastó hablar con los jefes. La estructura militar mexica se
mantenía en pie. Los antiguos defensores de Tenochtitlán, ahora macana al hombro,
marcharían como soldados suyos. En lo sucesivo su lealtad estaría con él. El
destino de esa expedición fueron las regiones de Huatusco, Tuxtepec y
Tatatetelco. Al mismo tiempo, a petición de los de Tepeaca se organizó otra,
para castigar a aquellos que, desde Oaxaca, incursionaban en sus términos. El
teniente de Segura de la Frontera iría al mando de ésta, consistente en doce de
a caballo y ochenta infantes. Cortés menciona que ambas expediciones salieron
de Coyoacán el 30 de octubre de 1521, siendo trescientos veintisiete el total
de españoles que integraban esa fuerza, o sea, aproximadamente el cuarenta por
ciento del total de los hombres de que disponía en el centro del país. Bernal,
quien le solicitó licencia para ir en compañía de su amigo Sandoval, ofrece un
relato muy variado, dando una serie de pormenores aunque confundiendo los
tiempos. Cortés, en cambio, es muy preciso al consignar la fecha. Bernal
recuerda que en Tuxtepec había tantos mosquitos, que de noche se subía a dormir
en lo alto de una pirámide, donde el viento lo libraba de ellos. Sandoval, con
la ayuda de los nuevos aliados, apresó a los capitanes que se habían visto
involucrados en las muertes de españoles, y realizadas sus pesquisas, le hizo
proceso al que encontró más culpable y lo quemó vivo, disimulando con los
demás. «Y aquel pagó por todos», apostilla Bernal. [614] En las inmediaciones,
fundó una villa a la que impuso el nombre de Medellín, según el encargo que
traía.
El señor de Tehuantepec (zona a la que habían
sido despachados otros dos españoles) envió a unos principales, que venían como
emisarios, para ofrecer el vasallaje al rey de España. A continuación,
Caltzontzin, el soberano del reino de Michoacán, le envió una embajada
integrada por más de mil personas, encabezada por uno de sus hermanos. [En
realidad, en lengua purépecha el nombre de este soberano era Tzintzincha
Tangaxoan; Caltzontzin era
el nombre náhuatl que le daban los mexica. La voz «tarascos», con que fueron
conocidos, fue acuñada por los españoles]. Venían a presenciar con sus propios
ojos la destrucción de Tenochtitlán, su otrora rival, y eran portadores de
ricos presentes, entre los que destacaban unas rodelas de plata. Para
impresionarlos se realizó una demostración: los jinetes escaramucearon y desde
una torre disparó la artillería. Luego los llevaron a ver las ruinas de la
ciudad, «y aún traían consigo a sus hijos pequeños y les mostraban a México, y,
como solemos decir, aquí fue Troya, se lo declaraban». [615] Sin disparar un tiro,
Michoacán, que se mantuvo neutral en la contienda, sin mover un dedo a favor de
uno u otro bando, pasaba a ser estado vasallo de la Corona española.
§. El obispo contraataca
En diciembre de 1521, Cristóbal de Tapia, el
flamante gobernador designado para la Nueva España, desembarcaba en la Villa
Rica. Su llegada tomó por sorpresa a Gonzalo de Alvarado, que se hallaba al
mando. Éste sólo atinó a ponerse las provisiones sobre la cabeza, en señal de
acatamiento, respondiendo que una vez que se reunieran los alcaldes y regidores
de la villa, ya se vería lo que procedía hacer. Por otro lado, no faltaron
algunos descontentos, que instaron a Tapia a viajar a Coyoacán para
entrevistarse con Cortés. Eso ocurría a escasos cuatro meses de la caída de
Tenochtitlán.
A Cortés ni por un instante le pasó por la
cabeza la idea de entregar el mando. Se encontraba muy fuerte. Es cierto que
entre sus filas abundaban los descontentos pero, en cambio, entre los pueblos
indígenas gozaba de prestigio. No se sabe qué ideas bullirían en su cabeza,
pero está claro que debería estar muy consciente de lo que hacía al enfrascarse
en un pulso con la Corona. Si las cosas salían mal, no le quedaría otra
alternativa que, lisa y llanamente, la ruptura completa. Proclamarse
independiente, apoyándose en los soldados jóvenes que le eran incondicionales y
en los señores indios. Un reino indígena con un español a la cabeza. Un ensayo
de lo que pudo ocurrir, se encuentra en la fase final de los combates contra
los tlaxcaltecas, en aquella ocasión en que sus hombres se negaban a seguirlo y
él les demostró cómo, al frente de los indios aliados y un puñado de españoles,
podría llevar a cabo la Conquista. Por lo que se alcanza a percibir del perfil
de Hernán Cortés, quien se muestra como hombre frío y calculador, es de
suponerse que, al momento de iniciar ese enfrentamiento, ya habría sopesado las
consecuencias en caso de que las cosas salieran mal. Cortaría vínculos con
España, pues de lo contrario le estaría entregando la cabeza al verdugo; aunque
hay un detalle que no debe pasar desapercibido: no se trataba de una
desobediencia directa al Emperador, pues éste se encontraba en Flandes. La
orden provenía de Fonseca. Una consideración de peso es que a la hora de tomar
la decisión, aunque no había recibido noticias directas de España, se hallaba
al corriente de lo que allá sucedía a través de barcos llegados de las
Antillas. Es por ello que tenía conocimiento de que la tierra se encontraba
convulsionada por la rebelión de los Comuneros y la de las Germanías
(hermandades de menestrales) en Mallorca y Valencia. La baja nobleza en el
primero de los casos, y los artesanos en el segundo; en consecuencia, dado el
desorden prevaleciente en España, la primera providencia que adoptó consistió
en evitar todo contacto personal con Tapia. Con ello buscaba disminuirlo. Como
representante suyo designó a fray Pedro Melgarejo de Urrea, el mismo que
actuara como conciliador en la disputa entre Alvarado y Olid, allá en Actopan,
y a quien confía un tipo de misión que en otra época hubiera encomendado a fray
Bartolomé de Olmedo. Acerca de ese personaje que vestía el hábito franciscano,
Bernal escribe «tenía buena expresiva». [616] La observación
confirma que se trataba de un hábil negociador. En la carta al Emperador,
Cortés se referirá a fray Pedro como «comisario de la Cruzada». Resulta
importante observar que al puntualizar acerca de las instrucciones impartidas a
éste, destaca: «Lo cual yo le rogué en presencia del tesorero de Vuestra
Majestad, y él asimismo se lo encargó mucho». [617] Aquí, Cortés se
presenta actuando de común acuerdo con su mortal enemigo Alderete; y no hay que
pasar por alto que éste era hombre del obispo: ¿cómo fue eso posible? Diríase
que la designación de Tapia fue un movimiento tan torpe, que obró el prodigio
de unificar en su contra a los antiguos enemigos. Se desconoce qué pensamientos
albergaría Alderete; podría suponerse, incluso, que aspirara a suplantar a
Cortés. El caso es que a partir de ese momento se produce un acercamiento entre
ambos (es posible, incluso, que éste ya se hubiera producido con anterioridad,
pues como saldrá a relucir más adelante, en el juicio de residencia, Alderete
era un asiduo asistente a la casa de Cortés en Coyoacán, donde los concurrentes
vivían entregados al juego).
Habida cuenta de los escasos alcances del
gobernador designado, deshacerse de él no significó mayor problema. Cortés
envió una orden a Gonzalo de Sandoval para que, abandonando las conquistas que
traía entre manos, se presentase en la Villa Rica provisto de un poder suyo. Y
con él, además de fray Pedro, estarían Pedro de Alvarado, Diego de Soto y Diego
de Valdenebro, quienes actuarían como plenipotenciarios. Al flamante
gobernador, que ya venía en camino rumbo a Coyoacán, lo hicieron regresar para
dirigirse a Cempoala, sitio designado como sede de las conversaciones. Estas
tuvieron lugar del 24 al 30 de diciembre de 1521, y en ellas también tomaron
parte los miembros del cabildo de la Villa Rica y los procuradores enviados por
Tenochtitlán, Segura de la Frontera y Medellín. El rechazo a aceptarlo fue
unánime. Tapia, que no era hombre de grandes alientos, optando por la
prudencia, se reembarcó olvidándose de su gubernatura. Lo llenaron de oro.
Bernal agrega que le compraron a muy buen precio sus esclavos negros, tres caballos
y un navío; así regresó rico a Santo Domingo, con lo cual causó mala impresión
a la Audiencia y a los frailes Jerónimos. En esto último se equivoca el
cronista, pues los frailes llevaban cerca de un año de haber abandonado la
isla. [618] En la carta en que
Cortés dará cuenta al Monarca del desenlace de esa situación, señala que tanto
Diego Colón, como los jueces y oficiales de la Española, habían requerido a
Tapia para que no se presentase en México sin que antes el Emperador fuese
informado, «y para ello le sobreseyeron su venida so ciertas penas; el cual,
con formas que con ellos tuvo, mirando más su particular interés que a lo que
al servicio de vuestra majestad convenía, trabajó que se alzase el
sobreseimiento de su venida» [619] . Pero por otra
parte, con gran desparpajo, en el mismo escrito expresa que en cuanto recibió
la carta de Tapia avisándole de su llegada le habría respondido manifestándole
la alegría que ello le producía, por haber recaído en su persona el nombramiento
«por el conocimiento que entre nosotros había, como por la crianza y vecindad
que en la Española habíamos tenido». El argumento de mayor peso que esgrimirá
para justificar la forma como actuó, será el de que en aquellos momentos la
Conquista no estaba consolidada, y que de haberle cedido la gobernación, se
habría producido un levantamiento generalizado. En España decidieron ignorar
por el momento su desobediencia, pues otra cosa no podía hacerse; si tiraban
demasiado de la cuerda, existía el riesgo de que se proclamara independiente.
Al menos, ése era el sentir de la Corte en aquellos momentos, según lo refleja
Pedro Mártir de Anglería.
Para cerrar de una vez por todas el capítulo de
la fugaz aparición de Cristóbal de Tapia, que no deja de tener características
insólitas, será preciso asomarse primero a la cédula de su nombramiento, para
conocer las razones que motivaron su envío. Se trata de un documento muy breve,
en cuyo encabezado se detectan tres errores: el primero consiste en afirmar que
la expedición de Cortés se despachó con la autorización de los frailes
jerónimos; el segundo, que ésta partió con el propósito de «contratar con los
indios» y poblar las nuevas tierras; y el tercero, que el descubridor de
Yucatán habría sido Juan de Grijalva. En cuanto al encargo que trae Tapia, no
es otro que el de interponerse entre Cortés y Narváez, para evitar que lleguen
a las manos, asumiendo él el gobierno. Salta a la vista que la decisión se ha
adoptado luego de recibirse el informe del oidor Lucas Vázquez de Ayllón, quien
fuera ignominiosamente expulsado por Narváez, con lo cual incurrió éste en
flagrante desacato a la Audiencia de Santo Domingo. El documento está fechado
en Burgos el 11 de abril de 1521, o sea, por los días en que Cortés iniciaba
operaciones en Iztapalapa para preparar el camino al inicio del asedio a
Tenochtitlán, lo cual pone de relieve que la Corte se encontraba completamente
en ayunas de lo ocurrido en los últimos once meses. Firmaba el documento, en
primer término, el cardenal Adriano, como corregente del reino, y al reverso,
aparecía la firma de Fonseca. En una diligencia practicada el sábado 28 de
diciembre de 1521, ante escribano público, el alcalde y regidores de la Villa
Rica (a los que se sumaban Pedro de Alvarado, Cristóbal Corral y Andrés de
Monjaráz, como procuradores de los otros cabildos de la Nueva España, y Gonzalo
de Sandoval, Diego de Soto y Diego de Valdenebro como procuradores de Cortés),
fueron refutadas las aseveraciones contenidas en el documento, dejando además
constancia de que el autor del descubrimiento había sido Francisco Hernández de
Córdoba, a quien se señala ya como fallecido. [620]
La fecha del reembarque de Tapia no quedó
consignada, pero puede asumirse que ocurriría a principios de enero, pues Pedro
de Alvarado pronto estuvo de regreso en Coyoacán, y para el «último de enero de
este presente año», partía al frente de una expedición que se encaminaba a la
zona de Tautepeque. Por el camino, al llegar a Oaxaca, se le sumarían cuarenta
jinetes y doscientos infantes que ya habían realizado sin tropiezos la
incorporación de esa zona. El paso siguiente de Cortés fue montar un astillero
en Zacatula, emprendiendo la construcción de «dos carabelas medianas y dos
bergantines». Objetivo: la exploración del Mar del Sur. Las carabelas para
internarse en profundidad, y los bergantines para recorrer el litoral. Para
ello, envió a una «persona de recaudo» que llevaba cuarenta hombres, entre
carpinteros, herreros y marineros, e hizo transportar desde la Villa Rica toda
la jarciería, clavazón y aparejo necesario. Lo notable del caso es que no
perdió tiempo en hacerlo, pues apenas había tenido informes fidedignos de la
existencia de esa costa, y ya se había puesto manos a la obra [621] . El número tan alto
de españoles enviado muestra la importancia que concedía al proyecto.
Durante los días en que Tapia permaneció en la
Villa Rica, conversó ampliamente con Narváez; por ello, Cortés resolvió que le
remitieran el prisionero a Coyoacán, donde podría controlarlo de cerca. Narváez
quedó asombrado ante todo lo que vio, y al llegar a presencia de Cortés, hincó
las rodillas en tierra e intentó besarle las manos, pero éste lo contuvo y con
gran deferencia lo invitó a sentarse a su lado. Narváez se mostró muy
obsequioso, exaltando la proeza de haber conquistado una ciudad tan poderosa
como Tenochtitlán, a lo que Cortés, con gran modestia, respondió que los
hombres con que contaba no hubieran sido suficientes para un hecho de tal
magnitud; todo debería atribuirse a la misericordia de Dios. [622]
Llegó finalmente el momento en que Cortés se
sentó a escribir para rendir «el parte». Debía dar cuenta de su gran victoria,
y empuñó la pluma para escribir la que vendría a ser la Tercera
Carta de Relación (15 de mayo 1522). Le
tomó casi diez meses decidirse a hacerlo. El tono del escrito es muy directo,
achacando el no haberlo hecho antes a que no se hubiese respondido a sus
comunicaciones anteriores, «la causa creo ha sido, o no ser bien recibidas mis
cartas y servicios, o la distancia de la tierra, o la negligencia de las
personas que solicitan mis negocios». [623] Después de esa rápida
introducción, retoma el relato allí donde lo dejó en la anterior; por tanto,
ésta abarca desde que se recupera del descalabro de la Noche Triste hasta la toma de Tenochtitlán y primeras
campañas de expansión y consolidación de lo ganado. Evidentemente, se trata de
una síntesis apretada, pues son demasiadas cosas de las que da cuenta en
espacio tan breve, por ello el riesgo de confundirse para aquel que no esté muy
enterado de los sucesos que allí se relatan; pero, en cambio, funciona a la
perfección como una guía cronológica, frente a los textos de otros autores que
no tienen muy claros los tiempos, como es el caso de Bernal. Los puntos
salientes de esa comunicación ya resultan conocidos para el lector, pues han
servido de guía hasta el momento, por ello resultaría redundante insistir en
ellos. Lo que sí constituye novedad es que hacia el final de ella, en pocas
líneas comunicaba a Carlos V una decisión trascendental. Acababa de crear la
Encomienda. Esa institución, que remonta sus orígenes a los Repartimientos
practicados en Andalucía con el avance de la Reconquista, pasó a las Antillas y
ahora saltaba a México. El argumento esgrimido fue «no se pudo ni puede tener
otra cosa que sea mejor, que convenga más, así para la sustentación de los
españoles como para conservación y buen tratamiento de los indios». [624]
Los encomendados fueron los hombres del pueblo
llano, pues a los grandes señores, los feudales del Nuevo Mundo, les devolverá
parte de las tierras que antes poseían. Frente a la esclavitud, la única
preocupación de Cortés era que los esclavos fuesen «jurídicamente
válidos». [625] Pero una cosa era la
Encomienda, y otra muy distinta la esclavitud; en el primero de los casos, los
encomendados se encontraban arraigados a la tierra, y debían trabajarla para
cubrir un tributo al encomendero, quien a cambio de ello, adquiría la obligación
de velar por su indoctrinación en la fe cristiana. No podía disponer de ellos
vía comercio.
Acerca de Texcoco, la única novedad a consignar
es la muerte de Tecocoltzin (don Fernando) «que a todos nos pesó porque era muy
buen vasallo de vuestra majestad y muy amigo de los cristianos». Lo sucedió en
el trono un hermano menor al que en el bautizo se le impuso el nombre de don
Carlos, quien «lleva las pisadas de su hermano y aplácele mucho nuestro hábito
y conversación». [626] La identificación de
los príncipes texcocanos se presta a confusión, a causa del relato de Fernando
de Alva Ixtlilxóchitl, autor por cierto muy tardío, que se apoya en fuentes
altamente dudosas. El don Carlos de que habla aquí Cortés, según Bernal,
vendría a ser nada menos que el propio Ixtlilxóchitl, a quien llegó a conocer
muy bien, y del que hasta en dos ocasiones manifiesta que en el bautismo tomó
el nombre de don Carlos. [627] Pero no obstante lo
bien que llegara a conocerlo, aquí el cronista parece haberse confundido por
obra del tiempo, pues como se verá más adelante, Ixtlilxóchitl no asumirá el
gobierno de Texcoco sino hasta unos cuatro años más tarde.
Alonso de Ávila ya se encontraba de regreso de
Santo Domingo, y cuenta Bernal que como resultado de su gestión, obtuvo para
Cortés la autorización de la audiencia y de los frailes jerónimos, «para poder
conquistar toda la Nueva España, y [para] herrar los esclavos según y de la
manera que llevaron en una relación, y repartir y encomendar los indios como en
las islas Española y Jamaica se tenían por costumbre; y esta licencia que
dieron fue hasta en tanto que Su Majestad fuese sabedor de ello o fuese servido
mandar otra cosa». [628] Aquí hay tres reparos
que oponer: hacía más de dos años que los jerónimos habían salido de la isla, y
la autorización para establecer la encomienda, así fuese con carácter
provisional, nunca fue otorgada, ni por ellos, ni por la Audiencia, ni por Diego
Colón. Y todavía habrían de transcurrir más de dos años para que llegase el
llamado «hierro del rey».
El encargado de llevar la Tercera
Relación, junto con el tesoro, será Juan de
Ribera, a quien acompañarán Alonso de Ávila, Alonso de Quiñones y Julián de Alderete
(a Ávila, según Bernal, Cortés lo enviaba sólo por quitárselo de encima).
Alderete no llegó muy lejos, pues murió durante la travesía, en el trayecto
entre la Villa Rica y La Habana. [Años más tarde los enemigos de Cortés
acusarían a éste de haberlo mandado envenenar; inclusive, llegarían al extremo
de decir que el tóxico le fue suministrado en una ensalada, cuando cenó en casa
de Pedro de Ircio, la víspera de la partida. En un documento Cortés se refiere
a Alderete como amigo suyo, a quien dice haber tratado con consideración, lo
cual no sería de extrañar, pues para él las amistades y odios no eran eternos;
es así, que supo ganarse a Ávila, Ordaz, Velázquez de León y otros más que en
algún momento conspiraron en su contra.] Bernal dice que Cortés hizo relación
en su carta de todo lo acaecido, «que fueron veinte y una plana, y porque yo
las leí todas y lo entendí muy bien, lo declaro aquí como dicho tengo; y además
de esto enviaba a suplicar Cortés a Su Majestad que le diese licencia para ir a
la isla de Cuba a prender al gobernador de ella, que se decía Diego Velázquez,
para enviárselo a Castilla para que allá su Majestad le mandase
castigar». [629] Una precisión: el
propósito de ir a Cuba y apresar a Velázquez, no lo manifiesta Cortés en esa
carta, sino en la siguiente, la que vendrá a ser la Cuarta Relación (ello induce a pensar que, aunque Bernal en
algún momento leyó las Cartas de
Relación, cuando escribía no las
tenía a la vista). La navegación resultó accidentada: llevaban a bordo tres
tigres en sus jaulas (jaguares, evidentemente), y con el mar agitado, se soltó
uno de los dos que llevaban en un navío, hiriendo a un marinero. Tuvieron que
matarlos. El tercer tigre iba en el otro barco. En carta a su padre, Cortés ya
le había anunciado el envío de un tigre que tenía en su casa y que era muy
manso. [630] En la escala
realizada en la isla Terceira de las Azores, Quiñones, quien era un hombre muy
lanzado, por amores de una mujer recibió una cuchillada que le ocasionó la
muerte. Los emisarios viajaban en dos naves, y al dejar atrás las islas,
aquella en que iba Alonso de Ávila, que era la que transportaba el tesoro, fue
capturada por el pirata Juan Florín, quien la llevó a Dieppe. Juan de Ribera,
que escapó al ataque, logró llegar a España llevando consigo la Relación, así como la carta que Cortés dirigía a su padre
junto con algún dinero. [631] [A Juan Florín la
suerte pronto le volvió la espalda, y en un ataque a naves vizcaínas las cosas
le salieron mal, siendo apresado. Ofreció un fuerte rescate por su vida, pero
de nada le valió. Fue ahorcado en el puerto de El Pico.]
Para cuando la Relación llegó a España, la noticia de la toma de
Tenochtitlán ya era conocida desde dos meses antes. Eso se sabe a través de una
nota, agregada por el impresor Jacobo Cromberger, al sacar de prensa la Segunda
Relación, que a la letra dice: «Después
desta, en el mes de marzo primero que pasó vinieron nuevas de la dicha Nueva
España cómo los españoles habían tomado por fuerza la grande ciudad de
Temixtitán, en la cual murieron más indios que en Jerusalén judíos en la
destrucción que hizo Vespasiano, y en ella asimesmo había más número de gente
que en la dicha cibdad santa. Hallaron poco tesoro a causa que los naturales lo
habían echado y sumido en las lagunas. Solos ducientos mill pesos tomaron. Y
quedaron muy fortalecidos en la dicha cibdad los españoles, de los cuales hay
al presente mill y quinientos peones y quinientos de caballo. Y tiene[n] más de
cien mili de los naturales de la tierra en el campo en su favor. Son cosas
grandes y extrañas y es otro mundo sin duda, que de solo verlo tenemos harta
cobdicia los que a confines dél estamos. Estas nuevas son hasta principio de
abril de 1522 años, las que acá tenemos dignas de fee». [632] Aunque se desconoce
el conducto por el que llegó la noticia, puede darse por descontado que sería a
través de algún barco proveniente de las Antillas. La tardanza en informar y el
haber recibido la noticia por otra vía, darían pábulo a todo tipo de
habladurías, alimentando la suspicacia con que los movimientos de Cortés eran
seguidos desde la Corte, misma que sus adversarios se encargaron de atizar,
atribuyéndole la intención de que pensaba alzarse por Rey.
Por esos días se escenificará el que vendrá a
ser el último forcejeo con el obispo Juan Rodríguez de Fonseca. A la villa del
Espíritu Santo, aguas arriba del Coatzacoalcos, en un «bergantinejo harto
pequeño», llegó Juan Bono de Quexo procedente de Cuba. [633] Era éste el maestre
del navío que condujo a Narváez, y que ahora retomaba enviado por el
eclesiástico, quien en la creencia de que Tapia gobernaba la tierra, dirigía
cartas a numerosos conquistadores haciéndoles ofrecimientos a cambio del apoyo
que dieran a éste. Muchos de los pliegos venían firmados en blanco para que
Quexo escribiera lo que fuese necesario. Bernal apunta que él recibió una de
esas cartas. [634] Cortés, al referir el
episodio al Emperador, mañosamente incrimina al obispo, acusándolo de ser el
responsable de que ya algunos comenzaran a hablar de trasladar a las recién
conquistadas tierras la rebelión comunera; de manera que si se presentaba una
reedición de las Comunidades, que él no pudiera controlar, Fonseca debería
cargar con las culpas. La batalla de Villalar, en la que fue aplastado el
movimiento comunero, ocurrió el 23 de abril de 1521, o sea, se trataba de un
hecho muy reciente (para evitar confusiones, conviene dejar bien sentado que
aunque Bono de Quexo llegó en una fecha no precisada, durante el segundo
semestre de 1521 no será sino hasta 1524, en la Cuarta Relación, cuando Cortés aluda a este hecho). Como las filas
de los comuneros estuvieron formadas por hidalgos y miembros de la baja
nobleza, que reivindicaban privilegios de clase frente al poder central y la
alta nobleza, hipotéticamente podría asumirse que, de haberse extendido el
movimiento a México, tanto Cortés como la mayoría de los capitanes e hidalgos
que militaban en sus filas, por identificación de clase, se habrían alineado en
el bando de la Comunidad; siempre existió un caldo de cultivo propicio para que
en tierras mexicanas se escenificara un acto de rebelión, como años más tarde
ocurriría en el Perú, donde Gonzalo Pizarra se alzó en armas contra el poder
real.
Cortés, al igual que todos sus hombres, seguía
sin comunicación directa con España. Un periodo que ya se alargaba demasiado,
sin noticias de sus procuradores, a quienes se había unido Ordaz, y tampoco de
su padre. A todo lo largo de 1522 y primera mitad de 1523, no recibe una sola
carta. Pero ello no significa que no se le hubiera escrito, lo que ocurrió es
que la cédula del monarca tardó casi diez meses en llegar a sus manos; no
obstante, estaba más o menos al corriente de lo que allá sucedía, como se
desprende de su alusión a la rebeldía de los comuneros. Se sabe que fueron
muchos los barcos llegados de las Antillas en ese período; el dato se deduce a
través del alto número de caballos que para esas fechas se advierten en México.
Algo a destacar es que ese aparente silencio de la Corte no parece haberle
afectado; ningún cronista le presta atención. Está fuera de dudas que en ese
periodo era el gobernante indisputado. Nadie le hacía sombra. En cuanto al
país, en aquellos sitios en que los españoles ejercían el control efectivo, se
habían prohibido los sacrificios humanos, lo cual equivalía a la supresión de
la antigua religión (al menos, no podía practicarse abiertamente); pero, al
propio tiempo, se daba el caso de que la nueva todavía no arrancaba, pues no
había clérigos en número suficiente para enseñarla. Podría considerarse como un
periodo de transición, en el que nadie parecía llorar la muerte de los antiguos
dioses; al menos, ninguna crónica registra disturbios ocasionados por
nostálgicos del viejo culto que se hubiesen echado a protestar a las calles. La
casta sacerdotal estaba liquidada. Otro dato significativo, consiste en que la
tierra continuaba en paz. Los españoles podían trasladarse con seguridad por
los caminos, en pequeños grupos, e incluso solos. No se encuentra registrado
que, por aquellos días hubiese ocurrido una sola agresión. Eso, naturalmente,
en la zona conquistada, ya que en otras áreas, sobre todo en el norte, la
penetración tomaría más de medio siglo. Es en estos momentos cuando Cortés
emprende la construcción de la ciudad de México, un magno proyecto al que se
presta poca atención, quizás a causa de lo escasa que resulta la información
disponible. No se trató de reconstruir lo destruido, sino de edificar algo que
nada tenía que ver con lo anterior. Ninguna similitud con un ave Fénix que
renaciera de sus cenizas. La ciudad que se levantará será una urbe europea,
tanto en su traza como en sus edificios. A pesar de que Vázquez de Tapia y
otros conquistadores enemigos suyos, lo acusarán en su momento de haber elegido
el asiento de la antigua Tenochtitlán desoyendo una opinión mayoritaria, al
parecer, éste no fue un asunto que haya estado sujeto a debate. Lo decidió él y
nada más; ya se vio que Bernal refiere que una de las primeras órdenes dictadas
a Cuauhtémoc, fue la de retirar los escombros para preparar la construcción de
la nueva ciudad. La razón de haber elegido el antiguo asiento obedecería, sin duda
alguna, a móviles de orden político. El caso es que Cortés, convertido en
urbanista, se volcó de lleno en el proyecto, imprimiéndole un sello personal.
Para el trazado de la planta, contó con la ayuda de Alonso García Bravo, uno de
los soldados de Garay que pasaron a engrosar sus filas. A éste se le
llama el Jumétrico, lo cual
evidencia que tenía conocimientos de geometría. En términos actuales vendría a
ser un topógrafo práctico. (Será él quien realizará el trazo de Oaxaca, la
Nueva Antequera.) Por su parte, comenzó a levantar su propia casa, que por sus
inmensas dimensiones, debió absorberle mucho tiempo. Será hasta mediados de
1523 cuando los españoles comenzarán a ocupar las casas de la ciudad; pero es
evidente que los indios se mudarían antes, pues ellos serían los encargados de
realizar los trabajos. Pero tratándose de algo totalmente nuevo, tanto por el
tipo de edificaciones, como por sistemas constructivos, los españoles deberían
adiestrar a sus contrapartes nativas. Eran muchos los métodos novedosos,
comenzando por la rueda, que al momento se aplicó en carretas y carretillas;
hubo, por otra parte, la introducción de polipastos, y en la carpintería se dio
un inmenso paso adelante al darse a conocer las sierras y los clavos, elementos
hasta ese momento desconocidos, puesto que no manejaban el hierro. Fue una
auténtica revolución la que se operó en cuanto se refiere a la introducción de
herramientas y métodos constructivos, pues las nuevas edificaciones serían de
planta europea. Resulta asombrosa la prontitud con que los artesanos indígenas
asimilaron las nuevas técnicas.
§. Muerte en Coyoacán
Hacia mediados de julio o comienzos de agosto de
1522, Catalina Suárez Marcaida, en compañía de su hermano Juan, y de las
esposas y familiares de otros conquistadores, abordó un navío que largó anclas
en el río de Ayagualulco, cercano a Coatzacoalcos, adonde se encontraba
Sandoval. Éste, en cuanto tuvo noticia, la fue a cumplimentar. Tuvo con ella
toda clase de miramientos, proporcionándole una escolta para que la acompañase
en el trayecto a Coyoacán. Acerca de su llegada, Bernal cuenta que Sandoval se apresuró
a informar a Cortés; y a continuación, la acompañó en el camino a México, junto
con otros capitanes y soldados, «y desde que Cortés lo supo dijeron que le
había pesado mucho de su venida, puesto que no lo mostró, y les mandó salir a
recibir, y en todos los pueblos les hacían mucha honra hasta que llegaron a
México». [635] En cambio, su sobrino
Juan Suárez de Peralta, presenta las cosas de esta manera: «y el marqués
esperaba por horas a su mujer doña Catalina Suárez, que había enviado por ella;
y ya pasados muchos días, que estaban con esta esperanza, llegó nueva al marqués
cómo su mujer estaba en el puerto, y trae socorro de muchas cosas. Holgó de
ello mucho, y luego despachó a unos capitanes, que fueron con cosas de regalos
a recibirla y la trajesen a México». [636]
Frente a la aparente discrepancia que parece
advertirse entre ambas versiones, sólo queda recordar que Bernal en aquellos
momentos se hallaba en Coatzacoalcos, justo en el área donde ella desembarcó.
El caso es que Catalina llegó a Coyoacán, reanudando la vida conyugal con su
marido. Pero de lo ocurrido entre los esposos muy poco es lo que puede decirse,
pues el tiempo que pasaron juntos fue breve, apenas algo más de tres meses. La
noche del primero de noviembre hubo una gran fiesta en casa de Cortés, y Catalina
danzó y estuvo muy alegre. Al día siguiente, los moradores de Coyoacán se
despertaron con la noticia de su fallecimiento. El deceso se produjo en horas
de la noche, encontrándose en la cama, en compañía de su esposo. Su
fallecimiento se atribuyó a causas naturales, según nos lo da a entender
Bernal; «a obra de tres meses que había llegado oímos decir que la hallaron
muerta de asma una noche, y que habían tenido un banquete el día antes y en la
noche, y muy gran fiesta, y porque yo no sé más de esto que he dicho no
tocaremos en esta tecla». [637] Su paso por México
fue fugaz. Prácticamente, se ignora el tipo de vida que llevaron y lo que
Catalina hizo o dejó de hacer en ese tiempo; uno de los escasos datos
conocidos, es el de que, unos días antes, visitando la huerta de Juan Garrido,
tuvo un desvanecimiento que alarmó a todos los que se hallaron presentes, pues
llegó a tenérsele por muerta. [638] Cortés no juzgó
necesario informar al monarca acerca de su fallecimiento.
Capítulo 21
Interviene Martín Cortés
Contenido:
§. Gobernador y capitán general
§. Los funcionarios reales
§. La avanzada franciscana
§. La esclavitud
Antes de asomar a las nuevas campañas de Cortés,
conviene pegar un salto a España, para conocer lo que allí ocurría. Lo primero
que se advierte es la notoria discrepancia de las versiones acerca de la
acogida dispensada a los procuradores, lo cual obliga a examinarlas por
separado. Bernal, grosso modo, refiere lo sucedido de la
siguiente manera: llegaron Montejo y Puerto Carrero y el obispo Fonseca no los
quiso escuchar. Les decomisó el tesoro, apropiándose de la mitad, y enviando la
otra al monarca, al par que le decía que era Diego Velázquez quien lo enviaba.
Y como Puerto Carrero le insistiera en que le diese licencia para viajar a
Flandes para entrevistarse con el Emperador, lo puso preso bajo el cargo de que
tres años antes había sacado de Medellín a una mujer casada para llevarla a
Cuba. Moriría en prisión. [639] Pero en otra parte
agrega que «ciertos caballeros muy curiosos», le preguntaron cómo era eso de
que escribiera acerca de cosas que no vio, a cuya pregunta responde: «nuestros
procuradores nos escribían a los verdaderos conquistadores lo que pasaba, así
lo del obispo de Burgos como lo que Su Majestad fue servido mandar en nuestro
favor, letra por letra, en capítulos, y de qué manera pasaba. Y Cortés nos
enviaba otras cartas que recibía de nuestros procuradores a las villas donde
vivíamos en aquella sazón, para que viesen cuán bien negociaban con Su Majestad
y cuán contrario teníamos al obispo». [640] Como se advierte, se
está contradiciendo, pues si los procuradores fueron bloqueados por Fonseca y
el Emperador se encontraba en Flandes, mal podrían éstos negociar. Además,
nunca escribieron. Vamos a Las Casas, y éste nos dice que a la llegada a España,
los oficiales de la Casa de Contratación les decomisaron el tesoro, enviándolo
a Valladolid para que lo viese el monarca, quien ya volvía de Barcelona para
embarcarse en La Coruña. Al verse despojados, Montejo y Puerto Carrero, en
compañía de Alaminos, fueron a Medellín con el poco dinero que les habían
dejado los oficiales, y allí recogieron a Martín Cortés. Como supieran que el
soberano iba ya camino de La Coruña, allá se dirigieron, «y en ese camino los
cognoscí yo». [641] Pero los informes de
ambos no concuerdan con los datos que aparecen en el preámbulo de la
llamada Primera Relación (introducidos por
algún funcionario del Consejo de Indias o del propio impresor), en el cual se
lee: «y partiéndose los procuradores de la dicha Rica Villa de la Vera Cruz
vinieron a España, y llegaron a Valladolid en el principio del mes de abril de
año de quinientos veinte en la Semana Santa, estando el rey don Carlos, nuestro
señor, en principio de camino para Alemania a recibir la corona imperial; y
presentaron a su Majestad lo que traían y una carta que el cabildo, Justicia y
regidores de la dicha Villa de la Vera Cruz escribieron a Sus Altezas». [642] Carlos V tomó nota de
lo que se le informaba, y prosiguió viaje a La Coruña para embarcar rumbo a
Flandes. En esa última ciudad, durante los días 29 y 30 de abril, Montejo y
Puerto Carrero fueron interrogados, el primero en presencia del doctor Lorenzo
Galíndez de Carvajal, un alto funcionario de la Corona, y el segundo por Juan
de Sámano, secretario del Emperador. Se conserva el acta y, en ella, se observa
que defendieron los intereses de Cortés a cabalidad, señalando que éste, junto
con amigos suyos, había aportado siete de diez navíos que participaron en la
expedición. [643] La circunstancia de
que Puerto Carrero aparezca desahogando una diligencia, opone un desmentido a
su supuesta prisión y muerte en la cárcel. Éste es el momento apropiado para
destacar la importancia tan grande que tuvo la intervención de Martín Cortés,
pues de no haber revertido éste la situación, neutralizando a Fonseca, está
claro que los acontecimientos hubieran tomado un sesgo muy diferente: de
haberse adoptado hacia Cortés la línea dura por la que abogaba el eclesiástico,
el rompimiento hubiera resultado inevitable, y la Historia se habría escrito de
manera distinta. En marzo de 1520, Martín dirigió un memorial al monarca,
solicitando autorización para que la Santa María de la Concepción, el navío en que llegaron Montejo y Puerto
Carrero, regresase a México: «suplico a Vuestra Majestad mande dar su provisión
real para que la dicha carabela se pueda despachar con las cosas susodichas
para la dicha tierra de Coluacán, no embargante cualquier mandamiento que
Vuestra Alteza haya mandado dar para que ningún navío vaya a la dicha isla.
Porque de la tardanza se podía seguir daño e detrimento a la dicha villa e
vecinos de ella por falta de los dichos bastimentos e provisiones». [644] Éste será el único
escrito suyo llegado a nuestros días. No logró lo solicitado, posiblemente
debido a que el Obispo se interpuso, pero de todas formas, queda claro que para
haber conseguido obtener audiencia con el Emperador, pasando por encima de
éste, sería algo más que un «pobre escudero», como despectivamente quiso
hacerlo aparecer Las Casas. Se requería de muy influyentes valedores en la
Corte para lograrlo, y está visto que los tenía; entre otros, su pariente, el
licenciado Francisco Núñez, quien era nada menos que relator del Consejo
Real. [645]
Carlos V embarcó en La Coruña el 20 de mayo de
1520, pero antes de partir autorizó el retorno a Santo Domingo de Diego Colón.
La Audiencia continuaría en funciones, por lo que éste regresaría con
atribuciones disminuidas. Su segundo mandato comprenderá de 1520 a 1526, año en
que nuevamente sería llamado de retorno (esta vez definitivo). Aunque Diego
pretendía que las nuevas tierras, en las que incursionaba Cortés, caían dentro
de su jurisdicción, para efectos prácticos no llegó a producirse ningún enfrentamiento
directo entre ambos, siendo el caso de que, incluso, no llegaron a intercambiar
una sola carta. Por lo demás, el monarca se marchaba dejando la casa revuelta:
España quedaba convulsionada por la rebelión comunera y las gemianías. La idea
de coronarse Emperador encontraba oposición de parte de personajes muy
encumbrados por sentir que no correspondía a los intereses de España, sobre
todo, cuando veían a los flamencos como una partida de depredadores, que no
hacían otra cosa que medrar y acaparar cargos públicos. Un caso escandaloso
ocurrió cuando, a instancias de Carlos V, un jovencito de diecisiete años,
sobrino de su favorito Guillermo de Croy (monsieur de Chiévres), que llevaba su mismo nombre, fue
creado cardenal y luego arzobispo de Toledo y primado de España, para ocupar el
puesto vacante por defunción del cardenal Cisneros (la temprana muerte del
recién nombrado cardenal evitó posibles males). En España, el tesoro de
Motecuhzoma pudo ser admirado por muchos, tanto en el Consejo de Indias como en
la antecámara del monarca, y de él nos hablan Las Casas, Oviedo y Pedro Mártir.
Este último describe con estas palabras a las dos piezas capitales: «dos muelas
de molino como de brazo, una de oro y de plata la otra, macizas, de idéntica
circunferencia y de 28 palmos; la primera pesaba 3880 castellanos, moneda áurea
que según he dicho supera en una cuarta parte al ducado. En el centro de la
misma figuraba, como rey sedente en su trono, una imagen de a codo, vestida
hasta la rodilla, parecida a un zema, y con un rostro semejante al que entre
nosotros sirve para representar los espectros nocturnos. El fondo lo
constituían ramas, flores y follaje. La misma cara tenía la de plata y casi
igual peso; ambas eran de metal puro». [646] Carlos V llevó
consigo el tesoro y en Bruselas lo tuvo en exhibición, contándose Alberto
Durero entre aquellos que tuvieron oportunidad de examinarlo; «nada he visto
que regocije tanto mi corazón como estas cosas. Entre ellas he encontrado
objetos maravillosamente artísticos, y he admirado los sutiles ingenios de
hombres de estas tierras extrañas». [647] Eso es lo que dijo
este ilustre artista del Renacimiento. Lástima que no haya empuñado un
carboncillo para realizar un bosquejo de ellas. El tesoro de Motecuhzoma se
perdió, desconociéndose adonde fueron a parar esas piezas excepcionales.
Si la muerte de Catalina afectó poco o mucho a
Cortés, eso es algo que se desconoce; lo que sí sabemos con certeza, es que no
parece haberse concedido mucho tiempo para duelos. El año de 1523 será de
grandes empresas. Su estrategia se mueve en dos direcciones; primero, hacia la
cuenca del Pánuco, una operación ya planeada de antemano desde el año anterior
y, a continuación, despachará otra expedición de gran envergadura, cuyo destino
será Las Hibueras (la costa de Honduras). Una estrategia de altos vuelos. Se
diría que quisiera cerrar la entrada al país, evitando que otros pudieran
incursionar en lo que considera su área. En cuanto a la primera, el caso es
delicado, pues va a meterse en una región de la cual la Corona ya había
concedido la adelantaduría a Francisco de Garay; por tanto, para justificarse,
aduce que de la región de Pánuco, donde mataron a españoles enviados por éste,
algunos de los naturales han venido para disculparse por esas muertes,
aduciendo que «lo habían hecho porque supieron que no eran de mi compañía y
porque habían sido de ellos maltratados; y que si yo quisiese allí enviar gente
de mi compañía, que ellos los tendrían en mucho y los servirían en todo lo que
pudiesen, y que me agradecerían mucho en que los enviase». En fin, le abren las
puertas; pero, unas líneas más adelante, dice al Emperador que, por un navío
llegado de Cuba, ha tenido noticias de que Diego Colón, Diego Velázquez y
Francisco de Garay se encuentran juntos en la isla y se han confabulado para
venir en contra suya. Efectivamente, Diego Colón viajó a Cuba llevando consigo
a dos oidores de la Audiencia de Santo Domingo, pero no llegó a participar en
acción alguna en su contra. Velázquez permanecía en el cargo, pero para esas
fechas ya se encontraba notoriamente disminuido a resultas del envío de la
expedición de Narváez. Se antoja difícil que Diego Colón pudiera olvidarse de
la pasada deslealtad de éste hacia él, por lo que se diría que aquí, lisa y
llanamente, Cortés está enmarañando las cosas para justificarse. Y contra lo
que se supondría, va a incursionar en una región donde no será bienvenido.
Antes habló del cacique Pánuco, con quien dijo haber tenido comunicación
amistosa a través de intermediarios. Pero la realidad es que cuando llegue a
esa zona, Pánuco no aparecerá. No se sabe qué fue de él, desapareció de la
historia sin dar la cara. Su nombre sólo sirvió para designar a una región (que
luego se reduciría a una ciudad), y a un río muy importante. En su
argumentación, Cortés expone que, para evitar que se produjese una situación semejante
a la ocurrida con la venida de Narváez, decidió pasar a la acción tomando la
delantera: «Y así me partí con ciento y veinte de caballo, y con trescientos
peones y alguna artillería, y hasta cuarenta mil hombres de guerra de los
naturales de esta ciudad y sus comarcas». [648] Una vez más, el peso
de la campaña recaerá sobre guerreros águilas y tigres, sus antiguos enemigos,
los profesionales de la guerra. Esta vez no lleva tlaxcaltecas, sino mexica y
texcocanos. Queda fuera de dudas que sus cifras están notoriamente abultadas.
Cuarenta mil hombres son muchos hombres. Bernal, en cambio, reduce su número:
«y también llevó diez mil indios mexicanos». [649] El mando directo lo
asume él, pues tiene a sus más destacados capitanes ocupados en otras partes.
Dejó a Diego de Soto encargado de la ciudad y partió a su nueva conquista. A
poco de adentrarse en términos de la Huasteca, en un lugar al que da el nombre
de Aintuscotaclán (corrompido, evidentemente), se escenificó el
primer encuentro importante. Resultó vencedor dada la gran superioridad
numérica que traía y a la circunstancia de que el terreno resultaba favorable
para la caballería; no obstante, aunque no muriera ningún español, varios
resultaron heridos, lo mismo que algunos caballos, «y murieron algunos de
nuestros amigos». [650] No precisa el número,
aunque Bernal asegura que fueron doscientos. Acerca de esa batalla, Cortés
afirma que nunca antes había visto a guerreros que atacaran con la
determinación con que lo hacían los huastecos. Pasados veinte días, los
caciques comenzaron a acercarse para dar la obediencia. Para consolidar la
conquista, fundó la villa de Santiesteban del Puerto [el actual Pánuco], Una
vez nombradas las autoridades, quedaron allí como vecinos treinta de a caballo
y cien peones. Bernal cuenta que recorriendo el área, en un adoratorio
encontraron las caras desolladas y adobadas como cuero de guantes, con barbas y
cabellos, de los soldados de Garay sacrificados, «y muchas de ellas fueron
conocidas de otros soldados que decían que eran sus amigos, y a todos se les
quebró los corazones de lástima de verlas de aquella manera». [651] Consumada esa
conquista, regresó a Coyoacán.
Acerca de las costumbres de los huastecos,
Bernal se escandaliza por lo extendida que se encontraba la homosexualidad
masculina. [652] Aquí hay que precisar
que en la España de aquellos días se trataba de una práctica fuertemente
reprimida. Durante el reinado de Enrique IV de Castilla, el medio hermano de
Isabel la Católica, es explicable que hubiese una relativa permisividad, máxime
cuando su conducta sexual se encontraba bajo sospecha; pero al sucederle ella,
quizás como un mecanismo de reacción, se extremaron las penas. En la pragmática
antes aludida, por la que se conmutaban penas por destierro a La Española,
quedaban excluidos los homosexuales, para quienes resultaba muy difícil escapar
de la hoguera. Es notorio como todavía en época muy avanzada del reinado de
Felipe II, en el último cuarto del siglo XVI, en el pliego de instrucciones que
éste da a don Juan de Austria cuando parte a tomar el mando de la escuadra que
combatirá al Turco en Lepanto, figura la cláusula siguiente: «los que sean
cogidos por sodomíticos, instantáneamente serán quemados en la primera tierra
que se pueda haber a presencia de todos los de la armada… y en esto serán
comprendidos el haciente y paciente, sin ningún miramiento a empeño ni otras
réplicas». [653]
Por esos días ocurre un acto político de tintes
notorios: Cortés entrega el gobierno de la parte de la ciudad, adonde deberán
asentarse los indios, a Tlacotzin. Su antiguo adversario, el ciguacóatl que comandó la defensa, aquel con quien
conferenciaba para que le entregase la plaza, pasa ahora a ser su
lugarteniente. La lealtad de éste estuvo con Cuauhtémoc hasta lo último, pero
concluida la lucha, pasará a ser confiable colaborador suyo. En la Relación afirma que ya lo conocía desde los días de
Motecuhzoma, y que, para que tuviera más autoridad, «tornéle a dar el mismo
cargo que en tiempo del señor tenía, que es Ciguacóatl, que quiere decir tanto
como lugarteniente del señor. A otras personas principales, que yo también
asimismo de antes conocía, les encargué otros cargos de gobernación, de esta
ciudad, que entre ellos se solían hacer». [654] Lo que aquí expresa
viene a contradecir el dato proporcionado a Torquemada por sus informantes, en
el sentido de que habría confiado el gobierno a Ahuelitoczin. [655] Coyohuehuetzin, el
otro destacado defensor de la ciudad, no se incorporará al nuevo gobierno, pues
murió por aquellos días en Cuautitlán. [656] El país funcionaba,
descansando la buena marcha de la administración en la colaboración de notables
indígenas. La justicia se encontraba por entero en sus manos, y al conocer los
delitos de orden común, continuaban aplicando las penas dictadas por la
costumbre. Y por todo el territorio, otros Tlacotzin llevaban sobre sus hombros
la carga de la recolección de los impuestos y de que no hubiese desabasto de
víveres. Acerca de ese periodo no se registra un solo caso de jueces españoles
conociendo delitos de orden común entre indios. Si Cortés se hubiera propuesto
colocar autoridades españolas, su ejército no le habría bastado para poner un
alcalde en cada poblado.
Francisco de Garay acariciaba la idea de fundar
una colonia, para la cual ya le tenía elegido nombre: Garayana, o Victoria
Garayana. Habría de perpetuar su memoria. Pensaba establecerla en los dominios
del cacique Pánuco, en esa zona mal definida que vendría a situarse en las
márgenes del río de este nombre. A grandes rasgos, comprendería lo que hoy se
conoce como la Huasteca veracruzana, extendiéndose por el norte hasta otro río
que, posiblemente, haya sido el Soto la Marina. Para abordar el estudio de esa
intentona de conquista, las operaciones pueden dividirse en tres fases: la
primera sería aquella en que, desde Jamaica, enviaba uno tras otro a sus
capitanes a poblar, y que desbaratados por los indios, los sobrevivientes,
forzados o de buen grado, se irían incorporando al ejército de Cortés. La
segunda ocurre cuando éste, para cerrarle la puerta, ocupó la zona fundando
Santiesteban del Puerto. La tercera, cuando Garay en persona desembarque en el
área. Llegó en fuerza: venía con once navíos y dos bergantines, trayendo a
bordo ciento treinta y seis caballos y ochocientos cuarenta soldados. El
desembarco tuvo lugar en el río de las Palmas, el día del señor Santiago; o
sea, el 25 de julio de 1523. Cortés se encontraba lesionado, con un brazo roto:
«aunque estaba manco de un brazo de una caída de un caballo, y en la cama, me
determiné de ir allá a me ver con él [Garay] para excusar aquel
alboroto». [657] Según refiere,
llevaba sesenta días sin dormir (querría decir que dormía mal); una mala caída,
sin duda alguna. El dato resulta ilustrativo para dar a conocer que las grandes
decisiones de esos días hubo de adoptarlas en medio de atroces dolores.
En cuanto tuvo conocimiento de la llegada de
Garay, la primera providencia que adoptó fue detener a Pedro de Alvarado, quien
se encontraba a punto de partir rumbo a Guatemala, enviándolo como avanzada
para contenerlo. A continuación, él mismo, con el brazo en cabestrillo, volvió
a montar a caballo y se puso en marcha; pero apenas se había alejado diez
leguas de Coyoacán, cuando un mensajero procedente de la Villa Rica le entregó
un despacho traído por un navío que recién llegaba de España. Una cédula
firmada por el propio emperador. En ella se ordenaba a Garay que no
incursionase en el río Pánuco ni en ninguna otra zona donde Cortés hubiese
poblado. Aquello fue un alivio, y se dio la media vuelta, «por lo cual cien mil
veces los reales pies de vuestra cesárea majestad beso». [658] Su arribo oportuno
constituyó un golpe de efecto in extremis, pues de haberse demorado unos días más, aquello hubiera terminado en
una reedición del enfrentamiento contra Narváez. Habría corrido sangre entre
españoles. Alvarado no necesitaba mucho para calentarse, y Garay traía como
comandante de la flota a un Juan de Grijalva que no le iba a la zaga. Este
Grijalva era un homónimo del sobrino de Velázquez y la cara opuesta de la
medalla en cuanto a arrojo se refiere.
En Santiesteban del Puerto estaba por teniente
de Cortés un Pedro de Vallejo, soldado de mucha iniciativa; de manera que,
cuando los de Garay llegaron a demandarle la entrega de la villa, se negó en
redondo. Cortés es sumamente parco al hablar de ese episodio, en cambio Bernal
amplía detalles, por lo que nos atendremos a su relato. El caso es que Garay no
tuvo suerte al elegir el sitio en que desembarcó, pues todo lo que encontró
fueron lagunas y un gran río donde cruzaron con dificultad y se les ahogaron
cinco caballos. Llegaron a la tierra del cacique Pánuco, y allí, en lugar de
encontrar comida, las penalidades fueron en aumento. En las inmediaciones de
Santiesteban del Puerto toparon con uno de los vecinos que andaba prófugo por
un delito cometido, y como éste les hablara maravillas del interior del país,
diciéndoles que era mejor tierra que Jamaica, los soldados comenzaron a
desertar, dirigiéndose a México. Viéndose impotente para controlar a sus
hombres, Garay envió a Gonzalo de Ocampo, hombre de buen discernimiento, a
parlamentar con Vallejo, quien al momento escribió a Cortés. Y como a Garay le
pareciera bien la respuesta que trajo, fue a instalarse en la proximidad de la
villa. Allí, los de Vallejo los sorprendieron, aprehendiendo a cuarenta que se
llevaron presos. En respuesta al mandato de Cortés, Alvarado, Sandoval y Diego
de Ocampo, se dirigieron a Santiesteban del Puerto. Este Diego de Ocampo quien
fungía como alcalde mayor en México, y Gonzalo eran hermanos. Comenzaron las
pláticas con Garay, y mientras iban y venían las respuestas, a éste cada día se
le iban más hombres, al tiempo que el número de los de Cortés aumentaba. En la
bocana del Pánuco los buques de Garay se encontraban desprotegidos, y pronto se
hundieron dos a causa de un norte que sopló. Vallejo requirió a Grijalva para
que llevase las naves restantes a la villa, para que allí estuviesen a
cubierto, a lo que éste se negó. Hubo una serie de contubernios y algunos
capitanes estuvieron dispuestos a entregárselos, pero cuando se apersonó
Vallejo en el sitio donde estaban fondeados, Grijalva le respondió a cañonazos.
Pero poco le duraron a éste sus ardores bélicos, pues sus hombres lo dejaron
solo. Vallejo lo capturó junto con los que lo secundaban, pero pronto los dejó
en libertad. Viéndose en situación tan precaria, Garay pidió a los capitanes de
Cortés que le devolviesen sus naves y le trajesen de regreso a sus hombres,
para retirarse a poblar al río de las Palmas. Se le dieron bastimentos y
comenzaron a concentrar a todos los soldados que andaban dispersos por los
pueblos, pero de poco aprovechó, pues de nuevo volvían a desertarse, aduciendo
que no sabía mandar. Garay se rindió ante lo que era evidente, pidiendo a
Alvarado y a Sandoval que intercediesen por él ante Cortés, el cual, cuando
supo sus desgracias, lo invitó a dirigirse a México. En el trayecto se le
tuvieron todo tipo de atenciones y, al llegar a Texcoco, le tenía preparado un
banquete para recibirlo. Según refiere Cortés, en cuanto llegó a México le
reiteró la propuesta que ya antes le había hecho por carta: que su hijo mayor
casase con «una hija mía pequeña». El proyecto de Garayana quedó en eso, en una
capitulación matrimonial. En la carta al Emperador expresa: «En manera que, de
más de nuestra amistad antigua, quedamos con lo contratado y capitulado entre
nosotros, juntamente con el deudo que habíamos tomado con los dichos nuestros
hijos». [659] Se trataba de
Catalina, hija natural, como lo aclara en otra parte. Acerca de su identidad ya
se verá eso, cuando se aborde el tema de los hijos.
Ya en México, Garay habló ampliamente con
Narváez, con quien lo unía una antigua amistad, e incluso intercedió por él
ante Cortés, para que le permitiese volver a Cuba con su esposa, doña María de
Valenzuela, «que estaba rica de minas». Ésta ya le habría escrito una carta muy
atenta, en la que al pedirle la libertad de su marido, invocaba el deudo que
los unía. Según Bernal, Cortés y Narváez eran compadres. [660] Cortés le otorgó la
licencia para que partiese y le dio dos mil pesos de oro. Oviedo, por su parte,
se expresa en términos muy encomiosos acerca de doña María, a quien considera
esposa ejemplar, aportando el dato de que era muy industriosa, y que durante la
ausencia del marido, a más de cuidar muy bien de los hijos, aumentó en trece o
catorce mil pesos el patrimonio familiar merced a la buena administración de la
hacienda y al oro de minas que le sacaron los indios. Agrega que en 1525,
cuando habló con Narváez en Toledo, lo instó a que se olvidara ya de andar en
conquistas y se reintegrara al seno del hogar, pues era hombre rico. [661] El consejo fue
desoído. Con esa fortuna Narváez montaría la expedición a la Florida que le
costó la vida.
Cuando Francisco Garay viajó a México, dejó al
mando a su hijo. Pero ocurrió que éste fue desobedecido por un grupo de
capitanes, quienes se dedicaron a ir por la tierra cometiendo todo tipo de
tropelías. Aquello les acarreó las iras de los indios, quienes comenzaron a
matarlos. Cortés despachó a toda prisa a Sandoval con cincuenta de a caballo y
cien de a pie y, al mando del contingente de indios aliados, a dos jefes
militares, «naturales de esta ciudad con cada quince mil hombres de
ellos». [662] Una acción en la que
antiguos defensores de Tenochtitlán se apresuran a socorrer a un grupo de
españoles. Llegaron a tiempo. Santiesteban del Puerto resistía. Pedro de
Vallejo había muerto de un flechazo, pero siete de los conquistadores veteranos
habían logrado organizar a la gente de Garay, que andaba dispersa, consiguiendo
sostenerse. El epílogo de Garayana en boca de Bernal sería como sigue: «y en
pocos días sacrificaron y comieron más de quinientos españoles, y todos eran de
los de Garay; y en un pueblo hubo que sacrificaron sobre cien españoles
juntos». [663] Las cifras de Cortés
son: «de la gente del adelantado eran muertos doscientos y diez hombres, y de
los vecinos que yo había dejado en aquella villa, cuarenta y tres […] Y aún
créese que fueran más de los de la gente del adelantado, porque no se acuerdan
de todos». A continuación, agrega que Sandoval aprisionó a cuatrocientos
indios, y a los principales que confesaron haber tenido responsabilidad en esas
muertes los «quemaron por justicia». [664] Soltaron al resto y
se procedió a designar a nuevos señores según el derecho a la sucesión,
conforme a la costumbre indígena. No se conoce el nombre de uno solo de
aquellos caudillos huastecos. Ningún cronista se ocupó de consignarlo.
El fin de Garay, en versión de Cortés, habría
sido así: llegó un mensajero portador de la noticia (que luego probaría ser
falsa) de que los indios habían tomado Santiesteban del Puerto matando a todos
sus moradores. Como Garay tenía allí a su hijo, «del gran pesar que hubo adoleció,
y de esta enfermedad falleció de esta presente vida en espacio y término de
tres días». [665] Ahora bien, como sus
enemigos no tardarán en atribuirle la muerte de Garay, y éste será un asunto
que lo traerá de cabeza, resulta inevitable ver cómo se manejó en su día este
asunto. Según Oviedo: «otros terceros juzgaron esta súbita muerte, o tan
acelerada, del dicho adelantado, en diferentes maneras e sentidos, en que yo no
me entremeto». [666] No se pronuncia.
Gómara escribe que Cortés y Garay, luego de haber asistido a maitines, la noche
de Navidad almorzaron juntos con gran regocijo, y que a este último le
sobrevino un dolor de costado a causa de un aire que le dio al salir de la
iglesia. Hizo testamento dejando por albacea a Cortés y moriría quince días
después, aunque luego apunta, «otros dicen que cuatro. No faltó quien dijese
que le habían ayudado a morir […] pero eso era falso, pues murió de mal de
costado [pleuresía], y así lo juraron el doctor Ojeda y el licenciado Pero
López, médicos que lo asistieron». [667] Bernal no hace otra
cosa que repetir a Gómara: «yendo una noche de Navidad del año de mil
quinientos veintitrés juntamente con Cortés a maitines [rezo que antiguamente
se hacía antes del amanecer], después de vueltos de la iglesia almorzaron con
mucho regocijo, y desde ahí a una hora, con el aire que le dio a Garay, y él
que estaba mal dispuesto, le dio dolor de costado con grandes calenturas;
mandáronle sangrar y purgáronle, y de que veían que arreciaba el mal le dijeron
que se confesase e hiciese testamento, lo cual luego hizo; dejó por albacea a
Cortés, y después de haber recibido los Santos Sacramentos, de allí a cuatro
días que le dio el mal dio el alma a Nuestro Señor Jesucristo […] y como
algunos maliciosos estaban mal con Cortés, no faltó quien dijo que le había
mandado dar rejalgar en el almuerzo, y fue gran maldad de los que tal le
levantaron, porque ciertamente de su muerte natural murió, porque así lo juró
el doctor Ojeda y el licenciado Pedro López, médicos que lo curaron». [668]
Al otro lado del Atlántico, Pedro Mártir
informaba de la llegada de un tal Santiago García, vecino de San Lúcar de
Barrameda, quien habría salido del puerto de Veracruz hacia primeros de abril
de 1524, fallecido ya Garay: «Su testimonio viene a eximir a Cortés de toda
sospecha de haberle suministrado veneno, pues asegura que la muerte le
sobrevino al mencionado de la misma enfermedad de dolor de costado o
pleuresía». [669] Cristóbal Pérez, el
alguacil de Garay quien se halló a su lado durante su enfermedad, corrobora el
dato. [670]
Francisco de Garay formaba parte de la familia
Colón por lazos matrimoniales. Se casó con una parienta de Felipa Moniz, la
difunta esposa del Descubridor. Sería a través de esa relación familiar como
pasó a Indias acompañando a éste en su segundo viaje (1493). En esos momentos
llevaba treinta años en el Nuevo Mundo; por lo mismo, se trataba de un
individuo que debería andar muy avanzados los cincuenta o próximo a los sesenta
años. Su actuación como alguacil mayor en Santo Domingo fue discreta; viajó a España
y el rey Fernando le concedió la franquicia para que fuesen a medias en el
desarrollo de la ganadería en Jamaica. [671] Era hombre
acaudalado, pues de otra manera no hubiera podido afrontar los gastos inmensos
que realizó: sólo en barcos, envió diecisiete, incluidos los que trajo, los que
se pasaron a Cortés y los perdidos. Una fortuna inmensa dilapidada. La vocación
de meterse a conquistador le había surgido tardíamente, y como la experiencia
lo demostró, carecía de dotes para lo que se había propuesto. Victoria
Garayana, en términos de vidas humanas, tuvo para los españoles un costo
altísimo, en ese fallido intento murieron más que en todas las campañas de
Cortés, Noche Triste incluida. Ni Garay ni
ninguno de sus capitanes dejaron memoria escrita, por lo que la historia de ese
fracaso queda en el olvido.
Muerto Garay, Cortés reanudó las operaciones que
quedaron en suspenso a causa de su llegada. El primero en partir sería Pedro de
Alvarado con destino a Guatemala, y según informa al Emperador, «le despaché a
seis días del mes de diciembre de 1523 años». Un tropiezo. Ya no concuerdan las
fechas. Según esta carta, Garay no habría llegado vivo a la Navidad, como
pretenden otros testigos. En fin. Ante la discrepancia, lo único que cabe
aducirse es que Cortés está escribiendo a sólo nueve meses de ocurridos los
hechos. Alvarado llevó consigo ciento veinte jinetes, con cuarenta caballos más
de remuda y trescientos hombres de a pie, con cuatro tiros de campo. Los
acompañaban algunas personas principales, «así de los naturales de esta ciudad
como de otras ciudades de esta comarca, y con ellos alguna gente, aunque no
mucha por ser el camino tan largo». [672] Aquí se ofrece otro
dato adicional, acerca de la importancia que revistió la participación de los
antiguos dirigentes mexica en la penetración de nuevos territorios; además, el
número tan alto de caballos que lleva Alvarado, es la prueba de lo que antes se
dijo acerca del tráfico marítimo con las Antillas.
Para el ocho de diciembre, o sea, dos días
después, despachaba a otro capitán con treinta de a caballo y cien peones, que
partían a sofocar un levantamiento ocurrido en «las provincias comarcanas a la
villa del Espíritu Santo». La cuenca del Coatzacoalcos. Para el 11 de enero,
partía la gran expedición de Cristóbal de Olid, quien llevaba cuatrocientos
hombres a bordo de «cinco navíos gruesos y un bergantín», cuyo destino
inmediato era La Habana. Allí terminarán de abastecerse y subirán a bordo los
caballos que se habrían encargado de comprar dos criados suyos, enviados como
avanzada, y provistos de ocho mil pesos de oro. Una vez completado el
abastecimiento, la flota debía dirigirse al golfo de Las Hibueras, donde
bajaría a Cristóbal de Olid y al grueso de la fuerza. Los tres navíos mayores
habrían de regresar a La Trinidad, por ser el puerto de mayor abrigo, mientras
que «los otros navíos más pequeños y el bergantín, con el piloto mayor y un
primo mío que se dice Diego de Hurtado, por capitán de ellos, vayan a recorrer
toda la costa de la bahía de la Ascensión en demanda de aquel estrecho que se
cree que en ella hay». La primera expedición fue para taparle el acceso a
Garay, y la segunda, en busca del estrecho que acortaría la ruta a la
Especiería: «porque hay opinión de muchos pilotos que por aquella bahía sale
estrecho a la otra mar, que es la cosa que yo en este mundo más deseo topar,
por el gran servicio que se me representa que de ello vuestra cesárea majestad
recibiría». [673] Algo que llama la
atención, es la naturalidad con que Cortés utiliza a Cuba como base de
aprovisionamiento: al momento de la partida dejó dándose carena a un navío en
la misma bahía de Santiago; éste sería conducido más tarde por Saucedo a la
Villa Rica, y en lo sucesivo, sus naves entrarán y saldrán de la isla sin
tropiezos. Velázquez confiscó las propiedades de aquellos que lo siguieron en
su aventura, pero ya para esas fechas era una sombra del que había sido. Morirá
ese mismo año. El 5 de febrero despacha otra expedición al mando de Rodrigo
Rangel rumbo a Oaxaca, a la zona de los mixes y zapotecas, adonde éste había
incursionado ya anteriormente aunque sin sacar provecho, debido a que lo hizo
durante el tiempo de aguas. Esta vez lleva ciento cincuenta hombres, todos a
pie. Por las cifras que da, y sumados todos, ha despachado a mil cien hombres.
Eso montaba a más de dos tercios del total del ejército, que se había visto
aumentado por algunos recién llegados. Debería sentirse muy confiado en sus
nuevos aliados mexica para realizar una cosa así; además, manteniendo a
distancia a los capitanes más conflictivos, evitaba que éstos fueran a
desbordarlo.
§. Gobernador y capitán general
«Hernando Cortés, nuestro gobernador e capitán
general de la Nueva España llamada Aculuacan e Ulúa…». Así aparece encabezada
la cédula firmada por Carlos V en Valladolid, el 15 de octubre de 1522. En ella
le da cuenta de su retorno a España, ocurrido tres meses antes, y le dice que
apenas desembarcado en Santander, una de sus primeras preocupaciones fue
enterarse del estado que guardaban las nuevas tierras, y para ello, «quise por
mi real persona ver y entender vuestras Relaciones e las cosas de esa Nueva
España, e de lo que en mi ausencia de estos reinos en ella ha pasado». Por este
acto queda superado el episodio de Cristóbal de Tapia, «que había seido
proveído de la gobernación de esa tierra por nuestros gobernadores en nuestro
nombre». Se aclara lo que Cortés supuso, que la designación sería cosa de
Fonseca, quien para esos días ya se encontraba en franco declive. En la cédula,
el Emperador le dice que para entender de los asuntos de la Nueva España,
«mandé oír a Martín Cortés, vuestro padre, y a Alonso Hernández Puertocarrero y
Francisco de Montejo, vuestros procuradores y de los pueblos de esa
tierra». [674] Antes se vio la
declaración rendida por éstos en La Coruña, y ahora es el propio Carlos V
quien, en carta firmada de su mano, confirma haber sido él quien ordenó que
fuesen escuchados (descartado lo dicho por Bernal). El tenor del escrito da la
impresión de que en esos momentos, Puerto Carrero se encontraba vivo; además,
ni Cortés ni ningún otro de los testigos, que depusieron en torno al envío de
los procuradores, corrobora el dato de Bernal. Se desconoce la suerte corrida
por Alonso Hernández Puerto Carrero; para mayo de 1521 parecía haber salido de
la escena, puesto que Diego Ordaz irá a sustituirlo; sin embargo, en 1522
reaparece su nombre en diversos documentos, en los que se le continúa dando el
tratamiento de procurador. Pero el desmentido categórico a la pretendida
prisión y muerte de Puerto Carrero en prisión, lo ofrece el licenciado
Francisco Núñez, quien en el memorial que elaboró sobre sus intervenciones en
defensa de los intereses de Cortés, escribe: «después que vino Su Majestad de
Flandes [1522], todo el tiempo que estuve en Palencia, entendiendo en los
dichos negocios juntamente con el señor Martín Cortés y los procuradores de la
tierra Montejo y Portocarrero». [675] Vivo y en libertad.
Poco después se pierde de vista, y esta vez de manera definitiva. A pesar de lo
breve de su paso por México, su actuación fue relevante; además de su
participación en la batalla de Centla, fue uno de los artífices que ayudaron a
Cortés a montar el tinglado para que, una vez que renunció a los poderes que
traía de Velázquez, el ejército lo eligiera como capitán general. Fue uno de
los políticos del bando cortesiano.
Por causas atribuibles bien sea a la distancia,
interferencia de Fonseca, o por las razones que fueren, este documento del
monarca (como antes se vio) tardó nueve meses en llegar a sus manos. Será su
primo, Francisco de Las Casas, quien se lo entregue en julio del año siguiente,
junto con la cédula que ordenaba detenerse a Garay, dejando sin efecto la
anterior, que lo autorizaba a poblar en el área. En esta misma cédula, el
Emperador le comunicaba, entre otras cosas, que ya había ordenado a Diego
Velázquez que se mantuviera alejado de los asuntos de la Nueva España. Era una
buena noticia. Pero también recibió otras de signo contrario, entre ellas, dos
cédulas que debieron mandarle el alma a los pies. En ésas se le comunicaban los
nombres de los nuevos funcionarios designados para ocupar los puestos clave de
gobierno: Alonso de Estrada, tesorero; Rodrigo de Albornoz, contador; Alonso de
Aguilar, factor; y Peralmíndez Chirino, veedor (en lugar de Alonso de Aguilar
llegaría Gonzalo de Salazar). Cuatro cuñas que lo atarían de manos. Y si mal
efecto le causaron esos nombramientos, mayor desazón le ocasionaría la lectura
de otra cédula, convirtiéndolo en un asalariado. Se le asignaban, como sueldo,
trescientos sesenta mil maravedíes anuales (cantidad inferior a la que
percibirían los funcionarios designados); y como hombres de armas con cargo al
erario, diez escuderos y treinta peones. Ése sería su ejército. Los escuderos
tendrán un salario anual de 18.000 maravedís y, los peones, 11.832. El sueldo
comenzaba a contar a partir de la fecha de la cédula, que sería cuando se le
puso en nómina. Por otra cédula se concedían algunos privilegios a pobladores y
conquistadores, consistentes en que si alguno cogiere oro de minas, durante los
dos primeros años pagara, únicamente, la décima parte, al tercero la novena, al
cuarto la octava y así hasta llegar al quinto. Asimismo se concede a todos la
exención de pago del impuesto por la sal producida en el país, y se establece
una gratificación de cincuenta pesos de oro —por una sola vez— para todos
aquellos que a resultas de las heridas hayan quedado mancos, cojos o con
cualquier otro impedimento. Recibió también otra cédula que, por su contenido,
viene a hacer las veces de pliego de instrucciones y, aunque firmada el 26 de
junio de 1523, o sea, un año más tarde, llegó a sus manos casi al mismo tiempo que
las anteriores. En esta última se le encomienda que la indoctrinación de los
indios deberá comenzar por los señores principales (cosa que ya venía
haciendo), porque «no sería muy provechoso [sic] que de golpe se hiciese mucha
instancia a todos los dichos indios que fuesen cristianos y que recibieran
dello desabrimiento». [676] Por otro lado, llama
la atención que, tanto hablar de la propagación de la fe, y por parte de la
Corona no se atendiese al envío de misioneros. Se le ordena, asimismo, que se
cuide de multiplicar los ganados como remedio para desterrar la antropofagia.
Eso ya se le había ocurrido a Cortés. Y de manera muy especial se le encomienda
la búsqueda del estrecho que se supone ha de comunicar los dos océanos. Si bien
en esto ya estaba empeñado, ahora deberá hacerlo no como iniciativa propia,
sino como un mandato de la Corona. Amargas debieron ser las meditaciones de
Cortés al enterarse de esas nuevas; por tanto, no es de extrañar que no se
diese mucha prisa en responder al monarca. Bernal dice que en la Corte se
recibieron las cartas de Cortés, «dando en ellas muchas gracias y ofrecimientos
a Su Majestad por las grandes mercedes que le había hecho en darle la
gobernación de México». [677] La realidad es que
dejó transcurrir cerca de catorce meses antes de volver a empuñar la pluma para
escribirle al Emperador. Y nunca le dio las gracias por la designación de
gobernador, pues ésta se le confirió con tantas ataduras, que con ellas se le
disminuía notoriamente. Un gobernador que actúa como un procónsul altivo que se
niega a mostrar acatamiento. Pronto daría comienzo el forcejeo con los
oficiales reales. La situación, vista desde España, la da a conocer Pedro
Mártir: «Cortés, desde que el pirata francés Florín robó su flota con los
muchos objetos preciosos que tanto él como los demás funcionarios de la Nueva
España, partícipes de sus victorias, enviaban al Emperador, no volvió,
apesadumbrado y lleno de dolor por tamaña desgracia, a escribir al monarca ni a
nuestro Consejo, a pesar de las muchas personas que de allá regresaban, De aquí
se originó la sospecha de su defección». [678]
§. Los funcionarios reales
Entran en escena Alonso de Estrada y Rodrigo de
Albornoz, los funcionarios reales. Dos personajes de larga trayectoria,
enviados para maniatar a Cortés. El nombre del primero aparece por primera vez
el 20 de marzo de 1524 al calce de las Ordenanzas de buen
gobierno, dictadas por el propio Cortés, lo
cual indica que para esa fecha ya estaba en funciones. [679] Acerca de él, Bernal
cuenta que se hacía pasar por hijo natural de Fernando el Católico, con lo
cual, por la mano izquierda, vendría a ser nada menos que tío de Carlos V. [Su
nombre no figura en la lista de los bastardos conocidos.] [680] En cuanto a Rodrigo
de Albornoz, éste no perdió el tiempo en escribir a la Corte en cartas
cifradas; es otra vez el propio Bernal quien da cuenta del tenor del informe
enviado por éste al obispo Fonseca, acusando a Cortés de haberse construido
casas fortaleza, y «ha juntado muchas hijas de grandes señores para casarlas
con españoles, y se las piden hombres honrados por mujeres, y que no se las da
por tenerlas por amigas […] y todos los caciques y principales le tenían en
tanta estima como si fuera rey, y que en esta tierra no conocen otro rey ni
señor […] y que no ha sentido bien de su persona si está alzado o será leal, y
que había necesidad que Su Majestad, con brevedad, mandase venir a estas partes
un caballero con gran copia de soldados muy apercibidos, para quitar el mando y
señorío». [681]
En uno de los informes enviados al papa, Pedro
Mártir dice: «Han venido igualmente cartas secretas y particulares remitidas
por el contador Albornoz, secretario real, escritas en caracteres desconocidos,
que llaman cifras y que se le asignaron cuando marchó, por existir entonces
sospechas acerca de las intenciones de Cortés». [682] (El sistema de
escribir en mensajes cifrados databa del reinado de los Reyes Católicos, cuando
Miguel Pérez Almazán adoptó un sistema de criptografía basado en números
romanos.) Para contrarrestar el mal ambiente en torno al hijo, Martín Cortés se
dirigió a la opinión pública, haciendo imprimir «un libro que aquél le envió y
anda en los puestos de las plazas», según da a conocer Pedro Mártir. [683] No quedó huella de
ese libro. Es posible que se refiera a la impresión de una de las Cartas de Relación. Ésa será otra batalla ganada por el padre en
favor del hijo.
§. La avanzada franciscana
A mediados de 1523, justo cuando estaban por
cumplirse dos años de la caída de Tenochtitlán, llegaron a México los primeros
misioneros. Se trataba de tres franciscanos que, curiosamente, no eran
españoles sino flamencos. Ésa era la avanzada de la orden; tres varones de
excepción, cuyos nombres eran fray Johann Dekkers, que será conocido como fray
Juan Tecto, al castellanizarse su nombre; fray Johann Van den Auwera, que
pasará a llamarse fray Juan de Ayora, y fray Pedro de Gante. Para tener una
idea del fuego interior que los abrasaba, cabe mencionar que el primero en
alguna ocasión fue confesor de Carlos V, pero para él no estaban hechos los
obispados y las dignidades; el segundo, un destacado teólogo y, en cuanto al
tercero, hay que señalar que aunque tenía la capacidad y preparación necesaria
para ordenarse sacerdote, rechazó hacerlo por humildad. Así evitaba todo riesgo
de que pudiesen hacerlo obispo. En una de las cartas que dirigió al Emperador,
se lee: «Y dame atrevimiento ser tan allegado a V.M., y ser de su tierra», lo
que ha dado pábulo a sospechar que pudiese existir algún oculto vínculo de
sangre entre ambos, aunque quizás peque de excesiva suspicacia quien quiera
sacar conclusiones de esa frase. [684] Ésos serían los
primeros franciscanos, pues aunque es cierto que ya que se encontraba en el
país fray Pedro Melgarejo, a éste, a pesar de que vistiera el hábito de la
orden, no puede considerársele como misionero. Era ave de distinto plumaje. Un
año más tarde, en 1524, llegarían doce franciscanos españoles, al frente de los
cuales venía fray Martín de Valencia. El famoso grupo de «los doce», el cual,
propiamente hablando asumiría la tarea de iniciar la conquista espiritual de
México. En su libro, Bernal escribe que en cuanto Cortés tuvo conocimiento de
su arribo, ordenó que por todos los sitios donde transitasen los saliesen a
recibir y repicasen las campanas que, supuestamente, ya habría en cada pueblo
(dudoso que las hubiese en época tan temprana), y les diesen la bienvenida
portando velas encendidas. Cuando estaban próximos a la ciudad de México, salió
a su encuentro con gran acompañamiento de españoles, caciques y notables, entre
ellos Cuauhtémoc. Para dar ejemplo ante los indios, se arrodilló frente a fray
Martín e hizo intento de besarle las manos, pero al no consentírselo éste, le
besó el hábito, lo mismo que a los otros. A continuación, hicieron lo propio
todos los capitanes y soldados que lo acompañaban. Los indios contemplaron
sorprendidos cómo eran reverenciados aquellos hombres descalzos, de hábitos
raídos, que en lugar de montar a caballo venían a pie, rotos y macilentos por
la larga jornada que traían encima. Uno de ellos, fray Toribio Paredes, al
enterarse de que motolinia quería decir «pobre o humillado» en lengua náhuatl,
adoptó ese sobrenombre. Nace allí la recia figura de Motolinia, sin lugar a
dudas, el principal artífice de la conquista espiritual de México; es él el
orientador de la obra misionera de los franciscanos. De Motolinia han quedado
dos libros: Los
Memoriales, que
viene a ser una crónica y reflexión sobre la prédica y pacificación, y otro,
llamado Historia de los indios, que equivale al compendio
de una obra perdida. En reiteradas ocasiones, Cervantes de Salazar, al acusar a
Gómara de plagiario, no cesa de repetir que está copiando a la letra de un
manuscrito cuya autoría atribuye a Motolinia. Se desprende que las alusiones
van referidas a un libro desaparecido que versaba sobre la Conquista, y que lo
mismo pudo haber sido escrito por Motolinia que por otro fraile. El caso es que
Cervantes de Salazar, que lo tenía a la vista, estaba convencido que era de la
pluma de Motolinia. [685]
Montejo se encontraba de regreso. Había vuelto
en el mismo barco que trajo a fray Martín y sus frailes; y también, en su
compañía, llegaron el factor Gonzalo de Salazar y el veedor Peralmíndez
Chirinos. Había conseguido para sí la adelantaduría de Yucatán, de cuyo
territorio sería adelantado y gobernador en cuanto consiguiera conquistarlo.
Después de cambiar los primeros saludos, Cortés tendría un sobresalto:
Cristóbal de Olid se le había rebelado. Ese fue el conducto por el que se
enteró, y según lo cuenta, sería en el mar, a la altura de La Habana, donde
«topó con un navío de Francisco de Montejo, adelantado e gobernador de la
provincia de Yucatán, en el cual venía a esta Nueva España el dicho adelantado
e Gonzalo de Salazar e Peralmíndez Chirino, fator e veedor de Su Majestad, en
esta Nueva España, e ciertos frailes franciscos que venían a entender en la
conversión de los naturales della; el cual dicho navío e gente, quiso tomar por
fuerza como corsario […] e metieron velas e huyeron, e desta manera escaparon». [686] Malas noticias. Por
otra parte, Montejo le hizo entrega de una cédula firmada por el monarca, en la
cual éste lisa y llanamente, le pedía dinero: «yo vos ruego y encargo cuanto
puedo que luego que ésta recibáis […] tratéis de me enviar la más suma de oro
que vos fuere posible». [687] Si bien aquello le
haría mella en sus finanzas, por otro lado su ego saldría potenciado; el
pedigüeño era nada menos que el señor de media Europa, y eso para Cortés, con
sus aires de príncipe, era importante. También, por aquellos días llegó una instrucción
fechada en Valladolid el 26 de junio del año anterior: la orden era dar marcha
atrás en el establecimiento de las encomiendas; «Dios Nuestro Señor crió los
dichos indios libres y no sujetos, no podemos mandarlos encomendar, ni hacer
repartimientos dellos a los cristianos, y así es nuestra voluntad que se haga».
Cortés desobedecerá abiertamente esa orden, y en defensa de su actitud, alega
que los indios han salido tan mejorados con la Encomienda, que para
espantarlos, se les dice que si no sirven bien, serán devueltos a sus antiguos
señores «y esto temen más que otra ninguna amenaza ni castigo que se les pueda
hacer». [688] Gómara da muestras de
encontrarse totalmente despistado cuando escribe: «y como tuvo cédula del
Emperador de poder encomendar y repartir la Nueva España a los conquistadores y
pobladores de ella, hizo muchos y grandes repartimientos». [689] Posiblemente, con el
fin de cubrirse las espaldas frente a lo que hacía, Cortés publicó una
ordenanza fijando a los encomenderos los límites en que podrían servirse de los
indios; se trata de un documento breve, que comienza señalando a los que tuviesen
indios depositados la obligación primordial de instruirlos en «las cosas de
nuestra santa fe, porque por este respecto el Sumo Pontífice concedió que nos
pudiésemos servir de ellos y para este efecto se debe creer que Dios nuestro
Señor ha permitido que estas partes se descubriesen, e nos ha dado tantas
victorias contra tanto número de gentes». Queda establecido el título legal, y
una vez que siente que está procediendo conforme a derecho, pasa a enumerar una
serie de limitantes para evitar el maltrato; la primera es la prohibición de
que se haga trabajar en las labranzas a mujeres y niños menores de doce años. A
quien contravenga esa disposición le serán retirados los indios, y si los
encargados de velar por el cumplimiento de esa disposición no la observasen,
recaerá sobre ellos una multa de doscientos pesos de oro. Se señala que no
deberán servir más de veinte días (sin especificar si ese periodo será por mes
o por año); se fijan las raciones que deben suministrárseles, y en el caso de
que sean ellos quienes traigan su comida, deberá pagárseles medio marco de oro.
Acerca de las condiciones laborales, se dispone que «el español a quien
sirvieren no los saque a la labranza hasta que sea salido el sol, y no los
tenga en ella más tiempo de hasta una hora antes de que se ponga, e que a medio
día los deje reposar e comer una hora, so pena que cada vez que no lo
cumpliere, así como en este capítulo se contiene, pague medio marco de oro
aplicado como dicho es […] la mitad para la cámara e fisco, e la otra mitad para
obras públicas de la dicha villa […] e si tres veces se le probare haberlo
hecho, pierda los dichos indios». [690] Aquí se exhibe Cortés
en su vertiente de jurista, en la que vendría a ser la primera legislación
laboral de México; una reglamentación que para las condiciones de la época,
hasta podría calificarse de paternalista. Evidentemente, todo quedó en el papel,
pero el caso es que la Encomienda se mantuvo en abierta desobediencia a lo
ordenado y muy pronto sería la propia Corona, que olvidándose de la prohibición
que había decretado, diera marcha atrás y comenzara a expedir cédulas de
encomienda. La institución se irá extinguiendo paulatinamente, hasta concluir
por completo en el siglo dieciocho.
§. La esclavitud
La esclavitud en México fue la prolongación de
una situación ya existente. Los españoles llegaron a una sociedad esclavista, y
mantuvieron el estado de cosas tal cual se encontraba. Las causas por las
cuales un individuo podía ser esclavizado en el mundo indígena eran numerosas,
y variaban de una zona a otra; las diferencias fundamentales entre la manera
como se practicaba la esclavitud en España y entre las naciones indias, pueden
reducirse a dos: en España, el hijo de esclavos, o de hombre libre y esclava,
nacía esclavo; en el mundo indígena, en cambio, el hijo de esclavos, era hombre
libre. En España, el amo podía castigar al esclavo, pero estaba impedido para
mutilarlo o matarlo; en el mundo indígena, el esclavo podía ser vendido para
ser sacrificado y comido posteriormente. Por otro lado, en aquellos días en
España, para distinguirlos con facilidad, a los delincuentes se les cortaban
las orejas y los esclavos podían ser marcados a hierro. Esa fue la novedad
introducida en México: «el hierro del rey». Aunque no se dispone de cifras
acerca de la proporción de esclavos a la llegada de los españoles, por algunos
datos aislados se desprende que su número sería elevado. Y quizás no sería muy
remoto atribuir a esa circunstancia la pasividad con que los indios toleraron a
los nuevos amos. Los esclavos siguieron siendo esclavos, pero su condición en
algo mejoró. A los esclavos indios se agregarían los negros, y en menor grado
los moriscos.
En el renglón correspondiente a esclavitud, en
el libro de Actas del
cabildo de la ciudad de México se lee que el 14 de junio de 1527, se adoptarían
varias decisiones con respecto a los esclavos negros, las cuales no dejan de
sorprender por lo insólito. Una de ellas prohíbe a éstos portar armas durante
la noche, so pena de cien azotes y pérdida de las mismas, y, por otra, se les
niega la facultad de que ellos a su vez posean esclavos. Lo que aquí interesa
es el dato de que algunos esclavos africanos pudiesen a su vez tener esclavos
indios y andar armados. Por lo visto, se trataba de una situación que se venía
dando de tiempo atrás, de allí las prohibiciones; aquí es preciso recordar que
Motolinia, al enumerar las «diez plagas» que cayeron sobre los indios, incluye
a los negros, «que luego que la tierra se repartió, los conquistadores pusieron
en sus repartimientos y pueblos a ellos encomendados, criados o sus negros para
cobrar los tributos y entender en sus granjerías»; fray Pedro de Gante,
igualmente, menciona que «los indios de servicio son esclavos de los
negros». [691] El hombre de raza
negra era un elemento que ya se hacía sentir en la naciente sociedad
novohispana. En realidad, estuvo presente desde un primer momento; recuérdese a
los teocacatzacti, los dioses sucios, entrando en Tlaxcala.
Parecería que en un principio a algunos negros les hubiese correspondido
realizar un papel análogo al de los kapos en
los campos de concentración.
La edificación de la Nueva España se inició
sobre la base de la esclavitud, y puede decirse que, fatalmente, eso era
inevitable. No podía ser de otra manera. En todo el orbe, salvo contadísimas
excepciones, el sistema de producción se apoyaba en la sangre y sudor de
esclavos. La Conquista se produce en momentos en que la esclavitud, si bien ya
iba de salida en algunos países, en otros se encontraba plenamente vigente. Y
en la España que cruzó el océano todavía existían esclavos.
Capítulo 22
La rebelión de Olid
Contenido:
§. La selva
§. Muerte de Cuauhtémoc
¿Qué motivó la rebelión de Olid? Existen evidencias
demostrando que las cosas ya no andaban bien entre él y Cortés; si examinamos
la Tercera Relación, en la que este último informa al Emperador acerca
de la caída de Tenochtitlán, se observa algo muy peculiar: Alvarado aparece
mencionado treinta y siete veces, Sandoval dieciséis, mientras que el nombre de
Olid, sólo aparece en dos ocasiones. Y eso tratándose del maestre de campo. El
jefe militar sobre el terreno. Ese afán por disminuirlo parece demostrar que la
mala relación entre ambos ya vendría de tiempo atrás. A su vez, Pedro Mártir
dice: «Quienes conocen a Olid lo conceptúan valiente soldado y hábil capitán,
juzgando que desde los comienzos de la guerra contribuyó bastante a las
victorias; pero que, como suele suceder, inspiraba recelo a Cortés, por lo que
éste con pretexto de honrarle, lo había apartado de su lado, no sin que alguien
le hiciera ver el peligro de confiar misión alguna a persona a la que había
humillado de palabra». [692] Eso explicaría el
resentimiento que lo movió a rebelarse. Parece fuera de dudas de que se trató
de una iniciativa personal suya, sin que nadie le hubiera metido ideas en la
cabeza. Llegó a La Habana conforme a las instrucciones recibidas, procediendo a
completar el aprovisionamiento. Embarcó unos catorce o dieciséis caballos y
yeguas que Alonso de Contreras, uno de los agentes de Cortés, ya había
comprado, y comenzó a escribir cartas a Diego Velázquez, Andrés de Duero y al
bachiller Parada, anunciándoles que se había rebelado y que buscaba
confederarse con ellos. La confabulación no parece haber ido más allá de ese
envío de cartas, y sin más levó anclas, dirigiéndose al Golfo de Honduras. Al
recibir la primera noticia de la rebelión, Cortés saltó como impulsado por un
resorte, y sin aguardar confirmación, se lanzó a organizar una expedición para
someterlo. Al frente puso a su pariente Francisco de Las Casas, quien iría al
mando de cuatro navíos, con alrededor de cuatrocientos hombres y abundante
artillería. Las Casas se dirigió a Cuba a completar el aprovisionamiento, y una
vez terminado, zarpó rumbo a Las Hibueras. La idea de que su antiguo maestre de
campo se le hubiera rebelado, traía a Cortés fuera de juicio. Pedro Mártir
apunta: «fue tanta la cólera que se apoderó de don Hernando, que parecía no
querer vivir mientras su subordinado siguiese impune; dilatábanse sus narices,
hinchábansele las venas de ira y daba otras señales de su ánimo hondamente
conturbado». [693] Francisco de Aguilar
corrobora que actuó «movido con pasión o enojo que le cegó». [694] Sin aguardar a tener
noticias de Francisco de Las Casas, resolvió ser él mismo quien fuese en
persona a castigar al rebelde. En su ánimo pudo haber pesado la idea de que se
había precipitado, enviando a un bisoño contra un conquistador tan experimentado
como Olid. La elección habría sido hecha a la ligera, pues disponiendo de
capitanes ameritados, que habían demostrado su valía sobre el terreno, delegó
un mando tan importante en alguien que se encontraba inédito, sólo por razones
de parentesco. El nepotismo siempre presente en sus acciones.
Este Cortés en nada se parece a aquel de quien
hablara Bernal, que era un individuo que impartía órdenes en voz baja, y que no
perdía la compostura. Cabe preguntar, entonces, qué es lo que ha ocurrido y,
¿por qué actúa así? Es importante indagar sobre su estado de salud. Era un
hombre que, además de verse sometido a grandes tensiones, sufría atroces
dolores a causa de la fractura del brazo. Por la carta que dirigió al
Emperador, dándole cuenta del accidente se vio que llevaba sesenta días de mal
dormir; de manera tal, mediante un conteo regresivo, podríamos establecer, con
bastante aproximación, la fecha del percance. Garay desembarcó en 25 de julio,
lo cual, yendo atrás los sesenta días que menciona, más otros pocos en que
tardaría en llegarle la noticia, sitúa el percance a finales de mayo o
comienzos de junio. En el momento en que se decide a salir de México rumbo a
Las Hibueras, todavía no debía encontrarse restablecido del todo, según
escribió: «porque me pareció que ya hacía mucho tiempo que mi persona estaba
ociosa y no hacía cosa nuevamente de que vuestra majestad se sirviese, a causa
de la lesión de mi brazo, aunque no más libre de ella, me pareció que debía de
entender en algo». [695] Ese no más libre de
ella da a entender que todavía experimentaba dolores. Ni que decir tiene que la
caída del caballo le aguó el disfrute de su gran victoria. Las grandes
decisiones de aquellos días hubo de tomarlas en momentos en que se encontraba
presa de intensos dolores y con el brazo en cabestrillo.
Al momento de realizar los preparativos para la
partida, sus finanzas no andaban muy boyantes. Había tenido desembolsos muy
fuertes. Las expediciones lo habían dejado sin flujo de caja y, además, se
encontraba empeñado; en la que vendrá a ser la Cuarta Relación (15 de octubre de 1524), que suscribirá en
México al momento de la salida, dirá al Emperador, refiriéndose a los
comprobantes que ha presentado: «por la dicha carta-cuenta parece haber yo
gastado de las rentas de vuestra majestad sesenta y dos mil y tantos pesos de
oro en la conquista y pacificación de estas partes, además de haber gastado
todo cuanto tenía, que son más de otros cien mil pesos de oro, sin contar que
estoy empeñado en más de otros treinta mil pesos, que ahora me han emprestado
para enviar a esos reinos». [696] Según eso, Carlos V
resultaba debiéndole dinero, pues tan sólo el montaje de la expedición de Olid
le habría costado sobre cuarenta mil pesos y, como la búsqueda del estrecho le
había sido ordenada por la Corona, esperaba cargarle el gasto (no obstante que
él la tuviera decidida con antelación); por supuesto, los oficiales reales se
negaron a reconocérselo. Como no tenía otra alternativa, acabó remitiendo
sesenta mil pesos de oro al monarca. También, por aquellos días, envío a la
Corte un obsequio extravagante: se trataba de la famosa culebrina
denominada El Fénix, fundida enteramente de
plata y oro bajo, en la que grabó la dedicatoria siguiente:
«Aquesta nació sin par
Yo en serviros sin segundo;
Vos sin igual en el mundo».
Andrés de Tapia, quien a lo que se ve, también
tenía ingenio vivo, apuntó:
«Aqueste tiro, a mi ver,
Muchos necios ha de hacer».[697]
Oviedo deja constancia: «Esta pieza vi yo en el
palacio de Su Católica Majestad el año de mili e quinientos e veinte e cinco,
cuando aqueste caballero Diego de Soto la llevó». [698] Se trataba de la
primera plata extraída de las recién descubiertas minas de Taxco. Y también
para ganar voluntades remitió un valioso presente al infante don Fernando,
hermano menor de Carlos V, que en 1526 sería rey de Hungría y de Bohemia, y más
tarde Emperador, cuando éste abdique en él el título. Lo único que se sabe de
ese obsequio proviene de Bernal, quien nos dice haber visto la carta en que el
infante acusaba recibo, «y acuérdaseme que en la firma decía: Yo, el rey e
infante de Castilla, y refrendada de su secretario, que se decía fulano de
Castillejo; y esta carta yo la leí dos o tres veces en México, porque Cortés me
la mostró para que viese en cuán gran estima éramos tenidos los verdaderos
conquistadores». [699] Acerca de la región
de Taxco hay una curiosidad que consignar; aquí Cortés señala: «topé entre los
naturales de una provincia que se dice Tachco, ciertas piecezuelas de ello
estaño a manera de moneda muy delgada, y procediendo por mi pesquisa, hallé que
en la dicha provincia, y aún en otras, se trataba por moneda». [700] Alboreaba el
monetarismo.
Finalmente, llega el momento en que Cortés
empuña la pluma para escribir lo que será su Cuarta Relación, que aparece fechada el 15 de octubre de 1524; algo a
tenerse muy presente, aparte del prolongado silencio, es la prepotencia que
asoma en ella (es en la que habla de ir a Cuba para apresar a Velázquez), pues
contiene una línea en la que dice «vuestra alteza debe suplicar a su Santidad
que conceda su poder y sean sus subdelegados en estas partes las dos personas
principales de religiosos que a estas partes vinieren, uno de la orden de San
Francisco, y otro de la orden de Santo Domingo, los cuales tengan los más
largos poderes que vuestra majestad pudiere». [701] Ese «debe suplicar»
parece un término fuera de lugar para dirigirse a un monarca, máxime que, en
las audiencias para hablar con él, hasta sus más cercanos colaboradores lo
hacían puestos de rodillas (en ello no debe verse nada de extraordinario, pues
se trata de una práctica que venía de la época de sus abuelos, los Reyes
Católicos. Éstos como una deferencia muy especial que tuvieron con Colón, le
permitieron que se sentara en presencia suya.) Es más que probable que los
términos de la relación hayan sentado mal en los ambientes cortesanos. Se
advierte además que, al exponer sus proyectos futuros, señala que espera
explorar de la costa de la Florida al norte, «hasta llegar a los Bacallaos»;
adonde esperaba encontrar el estrecho que comunicaría ambos océanos para
acortar el camino a la Especiería (por Bacallaos se designaba el área de los
grandes bancos pesqueros comprendida entre las costas de Terranova e Islandia,
conocidas desde finales del siglo anterior). [702] Aunque grandioso, no
debe considerarse tan descabellado el proyecto, pues todavía en época tan
tardía como es 1778, el capitán Cook recorría la costa de Oregón hasta el
estrecho de Behring en busca de un hipotético Pasaje del Norte, que resultara navegable, que supuestamente existiría en esa área. La
sugerencia cayó en el vacío. Ya no volverá a insistir.
En cuanto Cortés hizo público el propósito de
ausentarse de México, se alzaron numerosas voces pidiéndole reconsiderar. Le
hicieron ver que la Conquista no estaba consolidada, y que faltando él los
indios podrían rebelarse. Aparte de las dudas que lo hayan acometido sobre la
capacidad de su primo Francisco de Las Casas, existen otras razones que ayudan
a entender el por qué de esa decisión, que hoy parece descabellada, y que
vendrá a marcar el comienzo de su declive. Así lo vemos con criterios actuales,
en que la atención aparece centrada en torno al castigo de Olid. Pero ése no
era el único propósito, ya que como telón de fondo yacía un argumento de peso
considerable: la búsqueda del estrecho que comunicaría ambos océanos. Se
suponía que se hallaría en esa región. Hoy, que se sabe que no existe tal paso,
ese objetivo se pierde de vista; pero en aquellos días eso era de primerísima
importancia. No podía permitirse que un subalterno rebelde fuese el
descubridor. Al parecer, cuando concibió el plan de ausentarse, lo consideraría
como un paseo. Una especie de revista de inspección, para conocer territorios
conquistados por sus subalternos. La sorpresa la constituirían los ríos
crecidos y las ciénagas de Tabasco. Para ver lo despistado que andaba, sólo hay
que fijarse en la forma en que montó la expedición. La nómina de los que
llevaba consigo incluía mayordomo, maestresalas, camarero, repostero, médico,
músicos (tanto sacabuches como chirimías), botiller, muchos pajes, dos
halconeros y hasta un indio acróbata, de esos que jugaban un palo con los pies
y un prestidigitador y titiritero. Para su servicio, vajillas de oro y plata. Y
para que no faltase carne a su mesa, lo seguiría una inmensa piara de puercos.
Llevaba la casa a cuestas. Un boato inmenso, el de un sátrapa oriental que se
desplazaba. Ello marca un cambio substancial con aquel Cortés, ágil de
movimientos, que cuatro años atrás saliera a batir a Narváez. El triunfo se le
había subido a la cabeza. Cuando llegue la hora de informar al Emperador, se
mostrará cauteloso, omitiendo todo aquello que le resultara desfavorable. Por
ello, Bernal se convertirá en el Jenofonte de ese viaje. El relato de este
último, además de vibrante, aporta muchos datos que ayudan a un mejor
conocimiento de las condiciones en que se llevó a cabo. En vista de que las
cosas han salido mal, Cortés se maneja en tono menor al señalar el número de
los participantes «algunos deudos y amigos míos, y con ellos Gonzalo de Salazar
y Peralmíndez Chirinos». Ninguna alusión al excéntrico séquito que llevó. El
número de soldados, incluidos los recogidos en la zona de Coatzacoalcos, sería
de noventa y tres jinetes, quienes con las remudas llevaban ciento cincuenta
caballos y «treinta y tantos peones»; las cifras de Bernal son «doscientos y
cincuenta soldados, los ciento y treinta de a caballo, y los demás escopeteros
y ballesteros, sin otros muchos soldados nuevamente venidos de Castilla». [703] Es también éste quien
proporciona una nómina más detallada, figurando entre los capitanes más
destacados, Gonzalo de Sandoval, Luis Marín, Pedro de Ircio, Juan Jaramillo,
Diego de Godoy, Juan de Herrada y Jerónimo Ruiz de la Mola. Entre los bisoños,
se contaban Diego de Mazariegos y Francisco de Montejo el Mozo, futuros conquistadores de Chiapas y Yucatán,
respectivamente. Y para evitar que durante su ausencia pudiesen provocar
disturbios, se traía consigo a los principales que no le inspiraban confianza, figurando
entre los más significados, Cuauhtémoc, Tetlepanquétzal y Coanacoch. Bernal
menciona a algunos más, pero como lo hace por el nombre cristiano, resulta
difícil establecer de quiénes se trata; es así que habla de un Juan Velázquez,
que fue uno de los jefes militares de Cuauhtémoc; de Tapiezuela, de quien nos
dice que era personaje de primera fila, y dos caciques michoacanos. Como
intérprete figuró únicamente Malintzin, «porque Jerónimo de Aguilar ya era
fallecido». Aquí Bernal se equivoca, pues seis años más tarde lo encontraremos
declarando contra Cortés en el juicio de residencia. [704] La comitiva la
completaban los religiosos flamencos fray Juan Tecto y fray Juan de Ayora,
quienes sucumbirían en el viaje de retorno. Bernal alude a un tercer clérigo,
que no resulta posible identificar. La fuerza principal la constituían tres mil
indios mexica. El núcleo español marchaba diluido entre ellos. La desproporción
entre españoles e indios parece indicar que Cortés confiaba más en sus antiguos
enemigos que en su propia gente.
Antes de proseguir es preciso detenerse un
momento para tener muy claro cuál era la situación de Cortés en esos momentos:
sin lugar a dudas un rey sin corona. No había nadie que le hiciese sombra. Sólo
así, estando completamente seguro de sí mismo, se comprende el inmenso embuste
que va presentar al Emperador. El 15 de octubre de 1524, fecha en que iniciará
el viaje firma en México (que todavía llama Temixtitan) la que vendrá a ser
conocida cómo Cuarta Relación.
Se trata de un escrito muy extenso, que salta a la vista que se habría
confeccionado mucho tiempo atrás, pero que por alguna razón no se remitió (casi
al final anuncia que Gonzalo de Salazar que había llegado hacía dos días,
siendo que este llevaba ya cinco meses en el país). Pues bien, está ya con un
pie en el estribo y no dice una sola palabra anunciando el viaje; quizá para
encubrir ese silencio, ese mismo día firma una segunda carta (que no titula
«relación»), que va como complemento de la anterior. En ésta dice al Emperador
que tenía planeado «ir hasta donde está o puede estar Cristóbal de Olid para
saber la verdad del caso, y si así fuese, castigarle conforme a justicia;
porque para ir, según soy informado hay por tierra muy buen camino». Agrega más
adelante que al discutir el proyecto con los oficiales reales, éstos lo
hicieron desistir por todos los inconvenientes que le señalaron; por tanto
«mudé el propósito, por de cualquier manera que sea, yo espero nuevas de aquí a
dos meses, y según fueren así proveeré lo que me pareciere que más convenga al
servicio de vuestra majestad». [705] Esto lo está diciendo
sin que le tiemble la mano al estampar la firma, el mismo día en que se ponía
en marcha… Si es que ya no iba en camino «en la Quinta Relación, que escribirá a su retorno, señalará que la
partida fue el 12 de octubre». Lo que se pone de manifiesto es que el Cortés
que actúa de esa manera es un hombre que no espera que algún día tenga que
rendir cuentas.
Partió dejando el gobierno en manos del tesorero
Alonso de Estada y del licenciado Alonso Suazo. El factor Gonzalo de Salazar y
el veedor Peralmíndes Chirinos, al ver que no les daba un cargo de importancia,
en lugar de permanecer en la ciudad, prefirieron acompañarlo. Por el camino,
harían labor de zapa en contra de Estrada y, según recuerda Bernal, no paraban
de aconsejarle que se diese la media vuelta. Salazar cantaba, y en los cantos
decía « ¡Ay tío, volvámonos, que esta mañana he visto una señal muy mala!». Y
respondíale Cortés, cantando: ¡adelante mi sobrino, y no creáis en agüeros, que
será lo que Dios quisiere! [706] En las inmediaciones
de la actual Orizaba, en el «poblezuelo de un Ojeda, el Tuerto», tuvo lugar el
matrimonio de Malintzin con Juan Jaramillo. Siendo éste de condición hidalga,
no sabemos si con ello Cortés pretendió honrar a su fiel intérprete y compañera,
o si era a Jaramillo, al cederle a su amante. Gómara escribe: «creo que aquí se
casó Juan Jaramillo con Marina, estando borracho. Culparon a Cortés, que lo
consintió teniendo hijos con ella». [707] No sabemos de dónde
sacaría la versión de la borrachera de Jaramillo, y se advierte que al
mencionar hijos en plural, está
implicando que habrían tenido más de uno, lo cual es inexacto. Bernal, quien no
se halló presente, pues se unió a la expedición un poco más adelante, señala
que uno de los testigos fue un tal Aranda, «y aquel contaba el casamiento, y no
como lo dice el cronista Gómara». [708] Él mismo refiere que,
en cuanto tuvieron noticia en Coatzacoalcos de la proximidad de Cortés,
salieron a su encuentro treinta y tres leguas para darle la bienvenida. El
recibimiento que se le hacía en las villas por donde pasaba era con arcos triunfales
y grandes festejos. Gonzalo de Salazar no dejaba de prevenirlo contra la
imprudencia de haberle entregado el poder a Alonso de Estrada, recordándole
cómo éste se jactaba de ser hijo de rey. [709] Y antes de que
saliesen de la villa del Espíritu Santo, llegaron cartas de México hablando mal
del gobierno de Estrada y Suazo. No se entendían. Llegaron más cartas, y en
una, le informaban que ya en una ocasión habían echado mano a las espadas. Estaban
a matarse. Para poner remedio, Cortes resolvió enviar a México a Salazar y
Chirinos, provistos de un poder para que «supiesen quien era el culpado y lo
apaciguasen. Y aún les di otro poder secreto para que, si no bastase con ellos
buena razón, les suspendiesen el cargo que yo les había dejado de la
gobernación y lo tomasen ellos en sí, juntamente con el licenciado Alonso
Suazo, y que castigasen a los culpados, y con haber proveído esto se partieron
el dicho factor y veedor». [710] Si mal se encontraban
las cosas, peor fue el remedio. Resulta inconcebible cómo pudo cometer
semejante desatino.
En Coatzacoalcos hizo venir a todos los caciques
de la región y, según apunta Bernal, en esa ocasión acudieron la madre de
Malintzin y un hermano de ella que había adoptado el nombre de Lázaro. Se
presentaron con conciencia culpable, pues pensaban que los habría mandado
buscar para castigarlos por haberla entregado a mercaderes de Xicalango. Bernal
conocía su historia, pues «días había que me había dicho la doña Marina que era
de aquella provincia y señora de vasallos». Y, ¿por qué se deshicieron de ella?
No se sabe. Supuestamente sería para que no heredase, pero aquí debe quedar
bien sentado que lo único conocido de la vida pasada de Malintzin, antes de que
la entreguen como esclava en Tabasco, son estas pocas líneas de Bernal, quien
la llegó a conocer muy bien. Todo lo demás son leyendas. Siempre según este
testigo presencial, la madre y hermano se encontraban llorosos, pero ella los
consoló y les dio muchas joyas, oro y ropa, diciéndoles que Dios le había hecho
la merced de que se volviese cristiana, y de que hubiese tenido un hijo con su
amo Cortés y de estar casada con un caballero como Juan Jaramillo. A
continuación, Bernal afirma enfático: «Y todo esto que dígoselo yo muy
certificadamente». [En el original figura «y lo juro», que luego tachó]. Un
detalle interesante de testigo de vista es su observación de que Malintzin se
parecía mucho a su madre. [711] Gómara parece estar
muy despistado cuando habla de ella; según él, en el momento en que Cortés en
el arenal le preguntó por su historia, Malintzin le habría dicho: «que era de
cerca de Jalisco, de un lugar llamado Viluta, hija de padres ricos y parientes
del señor de aquella tierra; y que cuando era muchacha la habían robado algunos
mercaderes en tiempo de guerra, y llevado a vender a la feria de Xicalanco, que
es un pueblo sobre Coazacualco, no muy lejos de Tabasco; y de allí había
llegado a poder del señor de Potonchan». [712] Su historia, en
versión de Cervantes de Salazar, es como sigue: «diré quien fue, aunque en esto
hay dos opiniones: la una, es que era de tierra de México, hija de padres
esclavos, y comprada por ciertos mercaderes, fue vendida en aquella tierra; la
otra y más verdadera es que fue hija de un principal que era señor de un pueblo
que se decía Totoquipaque y de una esclava suya, y que siendo niña, de casa de
su padre la habían hurtado y llevado de mano en mano a aquella tierra donde
Cortés la halló». [713] Como vemos, tampoco
tiene sentido y, si a ambas versiones se les da cabida aquí, es sólo para
ofrecer el panorama completo. Tratándose de un personaje tan sugerente, es
mucho lo que se ha escrito sobre ella, pero fuera de las contadas líneas de Bernal,
quien la conoció muy bien, todo lo demás no pasa de ser ficción.
§. La selva
C ortés se informó sobre la ruta a
seguir. A través del interrogatorio de los caciques y de algunos mercaderes
llegados de la zona de Bahía de la Ascensión, se confeccionó un mapa. Según los
datos recogidos, podría ir por tierra. En consecuencia, ordenó que el carabelón
que se encontraba en Espíritu Santo, cargado de víveres que le había remitido
de Medellín su mayordomo Simón de Cuenca, descendiese aguas abajo, para
situarse en la desembocadura del río de Tabasco (el Grijalva), mientras él se
dirigiría allá por tierra. No disponía de barcos para transportar un
contingente tan numeroso, de manera que, ¡andando! Bernal rememora un episodio
importantísimo para él en el orden personal: es entonces cuando Cortés le
confió su primera comisión como capitán. Al frente de treinta españoles y «tres
mil guerreros mexica» debería ir a someter a unos pueblos situados en una zona
a la que llama Zimatán. Al estar escribiendo, dice que aún conservaba las
instrucciones, «las cuales tengo hoy día firmadas de su nombre y de su
secretario Alonso Valiente». [714] (La cifra dada está
notoriamente exagerada, pues vendría a ser el total de la fuerza indígena.)
La marcha propiamente dicha comenzó cuando
dejaron atrás Espíritu Santo en el alto Coatzacoalcos; a partir de ese momento
comenzaron las dificultades. Para dirigirse a Tonalá hubieron de cruzar el
Ayagualulco, que venía crecido. Pasaron en canoas llevando a los caballos del
diestro y se internaron en una provincia a la que Cortés da el nombre de
Cupilcon, a unas treinta y cinco leguas de Espíritu Santo, donde ya toparon con
el primer río que no consiguieron cruzar en canoas. Tuvieron que construir un
puente que tenía novecientos treinta y cuatro pasos, «y fue cosa bien
maravillosa de ver». En el mapa que traía figuraba una provincia llamada
Zagoatán, que venía a continuación; para llegar a ella hubieron de construir
«más de cincuenta puentes». [715] En cuanto entraron en
sus términos ya marchaban a tientas porque los ríos iban crecidos y no había
caminos. Preguntaban, pero los indios no sabían darles razón. Ellos viajaban en
canoas. Los árboles eran tan altos que por las noches no conseguían ver las
estrellas para orientarse. En el mapa aparecían los pueblos que supuestamente
encontrarían en el trayecto, y con base en ello, un piloto llamado Pedro López,
con ayuda de una brújula intentaba sacarlos de ese atolladero. Cortés,
igualmente recurría a ella, lo cual no pasó desapercibido a los indios, quienes
pensaban que aquello era cosa de magia, y que a través de ella se enteraba de
todo lo que ocurría; «yo también les hice entender que así era la verdad, y que
en aquella aguja y carta de marear veía y sabía y se me descubrían todas las
cosas». [716]
Cada vez se internaban más en zona despoblada y
de jungla más espesa. Bernal refiere que llegados a ese punto, entre las filas
de los soldados españoles se hablaba cada vez más de darse la media vuelta. A
la hora en que Cortés comía, los músicos tocaban y, según Bernal, más que
melodía aquello parecía un concierto de aullidos de zorros y coyotes; «valiera
más tener maíz que comer, que música». Ya para finalizar la expedición cesarían
los aullidos, pues los músicos enfermaron y llegó el momento en que quedó sólo
uno para amenizar las comidas. Cortés comía con regalo; siempre había carne de
puerco en su plato, mientras el hambre se hacía sentir en las filas. Se
encontraba muy cambiado: en un periodo muy breve los años le cayeron encima. Se
teñía la barba y comenzaba a echar barriga. Además, había adquirido el hábito
de dormir la siesta, por lo que debían tenderle una estera para que reposara y,
mientras tanto, la marcha se interrumpía. Ésta es la forma en que lo describe
Bernal por aquellos días. [717]
El hambre apretó. Cortés escribe en su carta al
Emperador, que un español sorprendió a un indio que comía un trozo de carne
humana y vino a informárselo. En cuanto lo supo, riñó con los caciques,
amenazándolos con castigarlos si reincidían. Uno de los franciscanos les
predicó, y cuando terminó el sermón, como escarmiento, hizo quemar vivo a uno
de ellos, disimulando con los demás. [718] No se volvió a
registrar otro caso de canibalismo durante la expedición. Este mismo incidente
lo narra Bernal con una ligera variante; según él, los caciques que venían en
rehenes, hicieron que sus servidores capturaran a dos o tres indios de los pueblos
por donde cruzaban. Los traían escondidos, y en un momento en que el hambre se
les hizo insoportable los mataron, asándolos bajo tierra «como en su tiempo lo
solían hacer en México, y se los comieron». [719]
Continuaron la marcha. Bernal dice que para
evitar que los soldados viesen los puercos de Cortés y se echaran sobre ellos,
éstos eran conducidos cuatro jornadas atrás. Las penalidades aumentaban; antes
de llegar a Acala toparon con una ciénaga que parecía imposible de pasar. Se
construyó otro puente, en que se emplearon vigas de «treinta y cinco y cuarenta
pies, y sobre ellas otras atravesadas». Llegaron a Chilapan, un pueblo de
«gentil asiento y harto grande». A pesar de que el lugar se hallaba desierto, allí
encontraron algunos víveres y descansaron dos días. Sólo consiguieron echarle
mano a dos indios, a los que utilizaron como guías. Al siguiente pueblo que
llegaron lo encontraron quemado, pero entre los rescoldos de los silos
encontraron algo de maíz que no terminó de quemarse. Eso fue lo que alcanzaron
a llevarse a la boca. A partir de ese momento, toparán con otros pueblos
incendiados. Política de tierra quemada ordenada por el señor de Zaguatán,
quien en una canoa iba por los pueblos ordenando que los abandonasen y todo lo
destruyesen.
Se toparon con unos mercaderes, quienes les
dieron referencias sobre el camino a seguir para llegar a Acala. Cortés
despachó a dos españoles en una canoa, los cuales volvieron para corroborar que
la información era correcta. El problema se presentó cuando llegaron a un
ancón, y al sondearlo desde una canoa, encontraron que tenía cuatro brazas de
profundidad. Cortés hizo que ataran varias lanzas para ver qué clase de suelo
era, hallando que además de las cuatro de profundidad, había otras dos de
cieno. Los españoles desmayaban ante la idea de construir el puente, y lo que
murmuraban a sus espaldas era que deberían darse la vuelta antes de fatigarse y
ya no tener fuerzas para el regreso. Viendo cuál era el sentir general, Cortés
hizo de lado a los españoles, diciéndoles que él haría el puente valiéndose de
los indios. Y luego de hablar con éstos y hacerles ver la necesidad de
construirlo, mientras todavía tenían energías para ello, puso manos a la obra a
su batallón de zapadores. Adelante estaba Acala, donde los esperaba la comida.
En cuatro días lo construyeron. En su carta al Emperador lo describe como
teniendo «más de mil vigas, que la menor es casi tan gorda como el cuerpo de un
hombre, y de nueve y de diez brazas de largura, sin otra madera menuda que no
tiene cuenta». [720] A poco andar dieron
con una ciénaga tan difícil de pasar, que los caballos desensillados se hundían
hasta la barriga y tuvieron que ponerles debajo grandes ramas para que pudieran
cruzar. Cuando la atravesaron, apenas podían mantenerse en pie de puro
fatigados. En ese momento aparecieron unos españoles que Cortés había
despachado a Acala y que volvían cargados de víveres. Bernal era uno de ellos,
y cuenta que junto con sus tres compañeros y los porteadores indígenas traían
ciento treinta cargas de maíz, ochenta gallinas, frijol, huevos, sal y otros
víveres. Llegaron de noche y los ocultaron, pero a pesar de la oscuridad no
pasaron inadvertidos, precipitándose los soldados sobre la comida. El mayordomo
Carranza y el despensero Guinea daban voces pidiendo que dejasen algo de
aquello para Cortés, a lo que los soldados les respondían «buenos puercos
habéis comido vos y Cortés». [721] No le dejaron ni un
grano para llevarse a la boca. Cortés quedó muy molesto y quería iniciar una
averiguación para saber quiénes habían sido los que mencionaron aquello, pero
viendo que eso no conducía a nada, habló a Bernal pidiéndole que si tenía
oculta alguna comida, la compartiese con él y Sandoval. A ello, éste habría
respondido diciendo que, al cuarto de la modorra, cuando estuviese reposado el
real, podrían ir a recoger unas cargas de maíz, veinte gallinas, unas jarras de
miel y dos indias que le habían dado para que preparasen la comida. Esa fue una
ocasión en que la tropa estaba ya prácticamente insubordinada. Este incidente
sirve para mostrar la distancia mantenida por Cortés con el grueso de sus
hombres, quienes no compartían su mesa. Las alusiones que tanto Cortés como
Bernal hacen de Acala resultan confusas, pues en ocasiones se refieren a los
pueblos de la región y, en otras, a la ciudad de ese nombre, que en aquellos
días era la cabecera.
Acala era, al parecer, un centro comercial y a
su cacique, Cortés le da el nombre de Apaspolom, diciendo de él que era el más
rico mercader de toda el área. Los subordinados de éste habían tenido contacto
con los españoles asentados en la costa. Acudieron otros caciques comarcanos, y
los frailes les hicieron la prédica habitual, que dio como resultado que
trajesen muchos ídolos y los quemasen en su presencia. Prestaron el juramento
de vasallaje y se despidieron en términos de lo más amistosos. Se movían en las
inmediaciones de la tierra en que había vivido Malintzin en sus días de
esclava, por lo que hablaría a la perfección el idioma de la zona.
§. Muerte de Cuauhtémoc
Se hallaban en un lugar llamado Izcancanac,
cuando uno de los caciques previno a Cortés acerca de que Cuauhtémoc andaba
promoviendo una conjura para matarlo a él junto con todos los españoles. Al
denunciante Cortés lo identifica como a un «ciudadano honrado» oriundo de
Tenochtitlán, llamado Mexicalcingo y quien más tarde, al bautizarse, adoptaría
el nombre de Cristóbal. La designación de «ciudadano honrado» ya está indicando
que, conforme a la terminología de la época, se trataría de persona principal. Según
la denuncia, Cuauhtémoc, Tetlepanquétzal, Coanacoch y un tal Tacitecle habrían
invitado a este Cristóbal o Mexicalcingo a unirse a la conjura. La idea era
matar a todos los españoles, ya que eran muy pocos, y una vez muertos todos,
poner guarniciones en las costas para evitar que viniesen más. A este
Mexicalcingo ya le habían ofrecido hacerlo señor de una provincia si se sumaba
a la conjura. [722] La oferta da a
entender que éste no poseería tierras con anterioridad, lo cual sugiere que
pudiera tratarse del jefe o uno de los jefes del contingente de guerreros
mexica que hacían parte de la expedición. Torquemada lo llama Mexicatzincatl,
reiterando el dato de que, al bautizarse, pasó a llamarse Cristóbal.
Como primera providencia, Cortés detuvo a los
sospechosos y comenzó a interrogarlos por separado y, de acuerdo con los datos
proporcionados por Mexicalcingo, decía a unos que eran los otros quienes los
acusaban. Del interrogatorio sacó en limpio que los principales responsables
eran Cuauhtémoc y Tetlepanquétzal y, en un juicio sumarísimo, los sentenció a
muerte. Por su lado, Bernal asegura que quienes denunciaron la conjura fueron
dos caciques llamados Tapia y Juan Velázquez: así, sin el nombre indígena y el
cargo que tenían, el dato no aporta nada. Pero, desde luego, a quien se debe
dar crédito es a Cortés, puesto que además de que escribía su informe a poco
más de un año de ocurridos los sucesos, fue él quien recibió la denuncia.
Bernal apunta que, antes de morir, Cuauhtémoc y Tetlepanquétzal se confesaron,
lo cual viene a dar fe de que ambos se encontrarían bautizados desde tiempo
atrás, ya que de no haber sido así, conforme a la liturgia de la iglesia, en
lugar de confesión con bautizarlos en el momento hubiera bastado. Las últimas
palabras de Cuauhtémoc, recogidas por Bernal habrían sido para reprocharle la
muerte injusta que le daba, « ¡Dios te la demande, pues yo no me la di cuando
te entregaba mi ciudad de México!». [723] Ese Dios te la
demande parecería indicar que el hombre que iba a morir había cortado todo
vínculo con el antiguo tlamacazque. Murió como cristiano.
Las ejecuciones ocurrieron en Izcancanac el
martes de carnaval, que en aquel año de 1525 cayó en 28 de febrero. En torno a
la muerte de Cuauhtémoc se han tejido diversas leyendas, pero aquí se
contemplan tan sólo las aseveraciones de los únicos testigos presenciales que
dejaron testimonio escrito: Cortés y Bernal. Años más tarde, Torquemada
introducirá la versión de que Coanacoch sería otro de los ahorcados. Según
afirma, el dato lo encontró «en una historia texcocana (escrita en lengua
mexicana, que la tengo por verdadera, porque en otras cosas, que en ella se
dicen, he hallado mucha puntualidad y verdad)», prosigue diciendo que fueron
ahorcados de noche, «de un árbol, que llaman pochotl, que los castellanos
llaman ceiba, que es muy grande, y muy copado. Aquí amanecieron todos estos
tres reyes colgados, y otros cinco señores con ellos». [724] Aquí ya hace ascender
a ocho el número de muertos. En realidad, se desconoce cuál sería el fin de
Coanacoch; en la crónica de Alva Ixtlilxóchitl existe un testimonio truculento,
que habla de que al ser avisado Ixtlilxóchitl de que ahorcaban a su hermano, se
encaró a Cortés, por lo que a éste no le quedó otro recurso que cortar la
cuerda con la espada, salvándolo momentáneamente, ya que moriría pocos días más
tarde. (No deja de extrañar que siendo Ixtlilxóchitl un personaje de
considerable relieve, tanto Cortés como Bernal pasen por alto su nombre al
referirse a esos sucesos, mientras que Sahagún claramente apunta que sí fue a
ese viaje, y que sería a su retorno cuando gobernó Texcoco durante ocho
años.) [725] Los ahorcados fueron
únicamente Cuauhtémoc y Tetlepanquétzal, en eso ambos testigos y protagonistas
son muy claros. Cortés puntualiza que sólo los mató a ellos por ser los
instigadores; en cuanto a los demás, no tenían otra culpa que la de haber prestado
oído atento, «aunque aquella bastaba para merecer la muerte». Absolvió a éstos
últimos, pero dejó pendiente sobre sus cabezas la amenaza de que los procesos
quedarían abiertos. Existen otras versiones sobre su muerte, pero se trata de
testimonios tardíos. Bernal dedica un sentido recuerdo a los muertos: «… y
verdaderamente yo tuve gran lástima de Guatemuz y de su primo, por haberles
conocido tan grandes señores, y aun ellos me hacían honra en el camino en cosas
que se me ofrecían, especial en darme algunos indios para traer yerba para mi
caballo. Y fue esta muerte que les dieron muy injustamente, y pareció mal a
todos los que íbamos». [726] Cuauhtémoc fue
ejecutado a la vista de un contingente de más de un millar de guerreros mexica,
muchos de los cuales, a no dudarlo, habrían sido combatientes suyos. Éstos
presenciaron la escena impasibles. Ninguno movió un dedo para salvarlo. Su lealtad
estaba ahora del lado de Hernán Cortés. Nadie se ocupó de marcar su tumba.
Bernal no aclara si marchaba a pie, iba a caballo, o era llevado en andas, lo
cual nos hubiera aclarado si llegó a recuperarse del todo de las secuelas del
tormento. Para finalizar con este triste pasaje, hay que señalar que Gómara
hace ascender a tres el número de ahorcados, agregando a un desconocido a quien
llama Tlacatlec. Ni idea de quién se trate. Este autor introduce el dato de que
aquellos caciques que no estaban involucrados, para demostrar su inocencia,
pedían a Cortés que consultase con la caja que traía (la brújula), para que
viese que ellos habían sido ajenos a la conjura. Es significativo que Bernal al
leer en el libro de Gómara este pasaje siga de largo, sin confirmarlo ni
rechazarlo, y sin que le merezca el menor comentario; en cambio, procede a
identificar a uno de los caciques que denunciaron a Cuauhtémoc con el nombre de
Juan Velázquez, lo cual revela que durante el período anterior a la llegada de
Narváez, en Tenochtitlán sí hubo bautizos de principales. Como en la práctica
seguida los nuevos cristianos recibían el nombre de su padrino, resulta obvio
que este cacique habría sido bautizado en vida de Juan Velázquez de León, quien
como se recuerda murió durante la Noche Triste. [727]
Acalan quedó atrás. Se internaron en la región
de Mazatlán. Los pueblos se encontraban muy apartados, pero la zona distaba
mucho de encontrarse deshabitada. El problema era el de la incomunicación a
causa de las aguas. Bernal refiere que en uno de los poblados Cortés se alojó
en un adoratorio, y de noche, no pudiendo dormir, se levantó de la cama.
Caminaba a oscuras y perdió pisada cayendo de una altura de más de «dos
estados» (unos tres metros),
descalabrándose. [728] Ésa sería otra de las
lesiones importantes que sufriría a lo largo de su vida. Prosiguieron la
marcha. Pronto encontraron un fuerte abandonado. Se hallaba construido
enteramente de madera, rodeado de un foso y con un pretil de tablones muy
gruesos. Tenía troneras desde donde se podía flechar a cubierto. Dentro, todas
las casas se encontraban alineadas en buen orden y concierto. Primera
construcción defensiva hecha enteramente de madera; una imagen reminiscente de
Fort William Henry en la primera versión de El último de los mohicanos. Bernal lo describe como un pueblo cercado. [729] Conforme avanzaban,
encontraron más fuertes de madera, todos prácticamente iguales. Una sorpresa la
constituyó encontrar en medio de la selva, en un adoratorio, una alpargata y un
bonete colorado ofrecidos a los ídolos.
Abandonaron la región de Mazatlán para entrar en
los dominios de Canee, uno de los caciques más importantes del área. Cortés lo
mandó llamar, pero como tardara en presentarse, reiteró la demanda ofreciendo a
un español en rehenes. Finalmente, el cacique se presentó acompañado de treinta
de los suyos. Fue muy bien acogido, y como era hora de la misa, Cortés dispuso
que fuera cantada. Para mayor solemnidad se acompañó con música de gaitas y
chirimías (los aullidos de que habla Bernal). A continuación, uno de los
frailes le predicó un sermón para darle a conocer lo errado que andaba en sus
creencias, mismo que sería traducido con toda fluidez por Malintzin. Es preciso
tener presente que iban transcurridos más de cinco años de que ella convivía
con los españoles, por lo que ya hablaría el idioma a la perfección,
circunstancia que volvió innecesarios los servicios de Aguilar, por lo que éste
no fue llevado al viaje, y quizás el no verlo haya ocasionado que Bernal se
confundiera y pensara que ya habría muerto.
Cortés sostuvo una larga conversación con Canee,
haciéndole ver que debería prestar juramento de obediencia a Carlos V, a lo que
éste repuso que nunca antes había reconocido a nadie por señor, aunque
manifestó estar enterado, a través de los de Tabasco, que unos cinco o seis
años atrás había aparecido por la costa un capitán con gente de su nación, que
los venció en batalla. Desde entonces habían pasado a ser vasallos de un gran
señor. Cortés le dijo entonces que ese capitán era él, y que a Malintzin, a
quien traía como lengua, se la habían dado allí junto con otras mujeres. Canee
dio la obediencia, comió con Cortés y, a preguntas que se le hicieron,
proporcionó amplia información acerca de los españoles que se encontraban
poblados en la costa. Conocía bien la zona por tener en las cercanías grandes
plantaciones de cacao y, con frecuencia, llegaban de allá mercaderes que lo
mantenían al tanto de la situación. Cortés le pidió guías que le mostraran el
camino, a lo que el cacique lo previno de la aspereza de las sierras que
tendría que atravesar, sugiriéndole que hiciese el viaje por mar. Cortés le
replicó que aquello le resultaba imposible, por lo numeroso que era el
contingente que traía. Canee lo invitó a que, antes de partir, fuese a conocer
su casa y viera cómo destruía los ídolos. Haciéndose acompañar de una escolta
de veinte ballesteros, abordaron unas canoas y partió en compañía del cacique.
Pasó con él el resto del día, y por la noche volvió al real. Dejó al cuidado de
Canee un caballo rosillo que se había lastimado una pata. El cacique prometió
cuidarlo. Nunca volvieron por él.
A lo largo del trayecto, a cada paso encontraban
plantaciones de cacao, lo cual habla de que la selva estaba poblada. Baja
densidad de pobladores, pero era zona habitada. Evidentemente, cruzarían por
alguna de las grandes poblaciones de la época del esplendor maya, pero todas
deberían de encontrarse en ruinas y abandonadas. No existe mención acerca de
que en la región de Chiapas hubiesen encontrado alguna de esas grandes
ciudades. La ausencia de menciones en ese sentido lleva a pensar que no las
vieron, que ya en aquellos días la selva se habría apoderado de ellas. Algo
notable es la constante alusión a las plantaciones de cacao que encontraban a
su paso y, siendo tan baja la densidad de población, es claro que una vez cubierta
la necesidad de consumo local quedaría un excedente importante destinado a la
zona del altiplano. Se hallaban, por tanto, en un área que pese a la escasa
población tenía un comercio muy activo.
Cortés cuenta que, conducidos por los guías de
Canee, a un día de marcha llegaron a unos llanos muy verdes donde pastaban
numerosos venados. Los jinetes se dedicaron a alancearlos y mataron dieciocho.
Como hacía mucho tiempo que los caballos no galopaban se les murieron dos a
causa del esfuerzo que se les exigió. Bernal, al corroborar esa cacería, agrega
que los venados no se espantaban ya que no eran molestados, pues los
reverenciaban como dioses. Esa era la tierra de los mazatecas, «que quiere
decir en su lengua los pueblos o tierras de venados». [730] Salieron de esa
región y enseguida cambió el panorama: ahora les tocó subir por país de
montaña. La parte alta de Chiapas. Comenzaron a moverse por una sierra con
piedras que cortaban como navajas. No cesaba de llover y el agua hacía que
resbalaran los caballos. Caían, y tanto montura como jinete se cortaban en los
filos de las piedras. Dos caballos murieron y los más de los que escaparon
quedaron desjarretados. Cortés ha dicho que un sobrino suyo se partió una
pierna en varias partes; aquí Bernal puntualiza que fue en ese mal paso donde a
un soldado se le quebró una pierna, y éste se apellidaba Palacios Rubios y era
deudo de Cortés. [731] El apellido del
sobrino viene a aportar un dato más acerca de las relaciones de la familia de
Cortés; según eso, una de sus hermanas estaría casada con un Palacios Rubios, y
ésta era una familia conocida en Castilla. Su más notorio representante fue el
doctor Palacios Rubios, aquel jurista cortesano autor del Requerimiento. También venían Juan de Avalos y Álvaro de
Saavedra, primos suyos; acerca del primero, Cortés escribe que «rodó él y su
caballo una sierra abajo, donde se quebró un brazo, y si no fuera por las
placas de un arnés que llevaba vestido, que le defendieron de las piedras, se
hiciera pedazos». Esta mención deja ver cómo esos hombres iban por la selva
vestidos de hierro. Avalos y Saavedra eran hermanos, lo cual, pese a la
diferencia de apellidos, no tendría nada de extraño, pues en aquellos días
existía una gran anarquía en la materia; cada cual podía adoptar el apellido
del pariente que mejor le acomodaba. Comenzaba a adoptarse la desinencia ez que habría de normar la formación de los apellidos; de manera que
Martínez indicaba hijo de Martín, como González era el hijo de Gonzalo. Uno de
los puntos que desafían toda comprensión, es que siendo Diego uno de los
nombres más comunes de la época, el apellido Diéguez no sea hoy día el más
generalizado. En un lugar al que Cortés llama Taniha, el hambre los mordía de
manera tal, que el ejército no tenía otra cosa que llevarse a la boca que
palmitos sin sal, que comían cocidos. Al referir al Emperador las penalidades
del viaje dirá: «y otros muchos trabajos, que serían largos de contar, que aquí
se nos ofrecieron, en especial de hambre, porque aunque yo traía algunos
puercos de los que saqué de México, que aún no eran acabados». [732] La afirmación resulta
desconcertante, ¡todavía quedaban unos puercos vivos! Mientras todos se morían
de hambre, había unos hombres entregados a la tarea de conducir una piara para
que no faltase carne en el plato del jefe. No se sabe qué pensar de esa
actuación de Cortés. Bernal no parece haber sido uno de los convidados, lo cual
mostraría que no figuraba entre los personajes de primera fila. No se requiere
de mucha imaginación para representarnos el esfuerzo que significó conducir
esos cerdos a través de la selva y hacerlos cruzar por esos pasos donde los
caballos perdían pie y caían desbarrancados. Sin lugar a dudas, los porquerizos
fueron los héroes anónimos de la jornada. Se trataría de puercos muy flacos,
pues en caso contrario se sofocarían al caminar. Pero de todas formas queda sin
explicarse cómo se agenciarían para franquear los pasos difíciles entre las
peñas, por lo que se plantea la pregunta si en algunos tramos no serían
transportados a hombros.
Unos indios dieron noticia de que un grupo de
españoles estaba establecido en Nito, a dos jornadas de distancia. Cortés
ordenó que, guiados por esos informantes, partiesen al momento quince soldados
para indagar de qué gente se trataba. Bernal especifica que Sandoval era el
capitán que iba al mando. Llegaron a la orilla de un río y allí estuvieron dos
días al acecho, hasta que salieron a pescar cuatro hombres en una barca. Los
cogieron por sorpresa y sin resistirse. Según refirieron, se encontraban allí
poblados sesenta hombres y veinte mujeres, que formaban parte de una expedición
colonizadora, enviada desde Panamá por Pedrarias Dávila al mando de Gil
González de Ávila. Este los había dejado allí, prosiguiendo su camino. Se
morían de hambre y muchos de ellos se encontraban enfermos. Tan débiles
estaban, que no se habían adentrado en la tierra más de una legua. Su única
esperanza era terminar de calafatear una carabela y un bergantín, que tenían
varados en la playa, y hacerse a la vela rumbo a Cuba en cuanto hubiesen
reunido víveres suficientes para la travesía. Avisado de quiénes se trataban,
Cortés llegó con el grueso de su contingente. En Nito sólo había hambre.
Debieron compartir con ellos los últimos puercos que quedaban. Como Cortés dice
«unos pocos puercos que me habían quedado del camino», resultaría que serían
más de dos los que llegaron al punto de destino. [733] Habían caminado
gruñendo desde Coatzacoalcos hasta el Golfo de Honduras. Allí hay un desafío a
repetirse: arrear una piara a través del sur de los estados de Veracruz,
Tabasco, Chiapas y parte del territorio de Honduras.
Cortés se puso manos a la obra para auxiliar a
aquella población que allí se encontraba perdida sin remedio; y en aquellos
momentos, por una de esas casualidades, apareció la carabela de un mercader que
venía de las islas con un cargamento para vender. Consistía en «trece caballos,
setenta y tantos puercos y doce botas de carne salada, y pan hasta treinta
cargas de lo de las islas». [734] Aquello fue un alivio
inmenso. Cortés compró en cuatro mil pesos de oro el cargamento junto con el
navío. Y además, en él venía un hombre que, «aunque no era carpintero» fue de
grandísima ayuda para dirigir la reparación de la carabela y el bergantín. A
poca distancia se encontraba un poblado llamado Lenguela, adonde se encontraban
unos españoles, y a través de ellos se tuvo conocimiento de lo ocurrido:
Cristóbal de Olid llevaba meses muerto. Lo habían matado Francisco de Las Casas
y Gil González de Ávila. Un esfuerzo vano. Pudo haberse ahorrado el viaje. Los
hechos ocurrieron en el vecino pueblo de Naco, y se desarrollaron de la
siguiente manera: Olid zarpó de La Habana dirigiéndose al Golfo de Honduras y
catorce leguas abajo del puerto de Caballos desembarcó y tomó posesión de la
tierra en nombre de la Corona, fundando una villa a la cual impuso el nombre de
Triunfo de la Cruz. Y cuando por unos mensajeros interceptados tuvo
conocimiento de que se aproximaba Gil González de Ávila, se puso en espera al acecho
en un paso del río, donde se suponía que habría de cruzar. Al no aparecer, dejó
allí a su maestre de campo y comenzó a preparar dos carabelas, para marchar
contra un poblado que éste tenía establecido costa arriba. En ese momento,
asomó Francisco de Las Casas con sus dos navíos, y Olid lo recibió a cañonazos.
Se entabló la lucha. Las Casas desembarcó a su gente y le tomó los navíos.
Olid, mañosamente, pidió una tregua esperando ganar tiempo para que llegaran
los hombres que había dejado emboscados. Suspendieron hostilidades. Esa noche
se desencadenó un temporal que le hundió los navíos a Las Casas. Se ahogaron
treinta y tantos hombres; los demás quedaron allí desamparados y desnudos. Olid
los aprehendió a todos fácilmente. Antes de que entraran al pueblo, uno a uno,
con la mano puesta sobre los evangelios, les hizo jurar que nunca harían armas
contra él. Luego los soltó. El maestre de campo, que Olid había dejado al
acecho, capturó a cincuenta y siete hombres de Gil González de Ávila,
dejándolos libres a continuación para que se fuesen a otra parte. Unos días más
tarde, Olid supo dónde se encontraba González de Ávila y envió de noche alguna
gente contra él. Lo capturaron junto a sus hombres, y también a éstos dejó
libres, luego de tomarles juramento. González de Ávila no cesaba de repetirle
que algún día había de matarle, pero como Olid era hombre que desbordaba
confianza en sí mismo, no tomaba en serio esas advertencias. Incluso, los
invitaba a su mesa. En una ocasión, terminada la cena, cuando se levantaron los
platos, quedó a solas con Las Casas y González Ávila, quienes se abalanzaron
sobre él. El primero sacó de entre sus ropas un cuchillo de escribanía,
hiriéndolo en el cuello. Dieron voces y sus partidarios fácilmente desarmaron a
la guardia. En un momento fueron dueños del campo. Olid había conseguido huir
pero muy pronto lo encontraron. Las Casas y González de Ávila le celebraron
juicio, siendo condenado a muerte. Fue decapitado en Naco. Se le guardó la
hidalguía, de la misma manera que Pedrarias Dávila lo hiciera con Balboa;
Cortés, en cambio, no se la reconoció a Escudero que la reclamaba, ni a
Villafaña, tenido como hijodalgo notorio. Cuestiones de honra. Para aquellos
hombres era fundamental la forma de morir. Así fue el fin de uno de los más grandes
capitanes que tuvo Cortés, de quien dice en sus escritos que era natural de
Úbeda o de Baeza, sin poder precisarlo (aunque ambas poblaciones son casi
vecinas, por lo próximas que se encuentran entre sí; el no poder precisar en
cuál de ellas nació, lleva a suponer que no tendría con él demasiada
familiaridad). Acerca de Olid, Bernal dice: «que si como era esforzado tuviera
consejo, fuera muy más temido, más que había de ser mandado». Tenía al morir
treinta y seis años. [735] Agrega que se
encontraba casado con Felipa de Araoz o Arauz, una bella portuguesa, con quien
tenía una hija, y que, supuestamente, habría abreviado la campaña cuando anduvo
por Michoacán para estar con ella, ya que por aquellos días había llegado a
México. Los llantos por viudez de la bella Felipa serían de corta duración,
pues para el 18 de septiembre de 1525 otorga el siguiente poder: «Felipa de
Araujo, viuda de Cristóbal de Olid, confiere poder a Juan de la Peña, estante
en Tenustitán, para que por mí y en mi nombre pueda comparecer ante el muy
reverendo padre fray Toribio Motolinia, guardián del monasterio del Señor San
Francisco desta dicha ciudad, juez apostólico que diz que es para la causa yuso
escrita…». Lo que pide es la nulidad del matrimonio recién contraído con Don
Diego López Pacheco: «por cuanto yo fui engañada por él, porque él es casado en
Castilla e tiene biva la muger, e a causa dello el dicho casamiento no debe
haver lugar de derecho…». [736] A juzgar por las
fechas, apenas se enteró de la muerte del marido volvería a contraer nuevas
nupcias (sería a través de Francisco de Las Casas y Gil González de Ávila como
le llegaría la noticia; el matrimonio ya no debería andar muy bien, puesto que
Olid no la llevó consigo). Aquí se pierde de vista Felipa; a quien sí se
volverá a ver es a su madre, quien aparecerá defendiendo los derechos de su
nieta Antonia. En carta que se verá más adelante, el mayordomo de Cortés,
cuando éste se encuentre en España, al darle cuenta de diversos asuntos, le
dirá que la suegra de Olid se había apersonado en la Audiencia, llevando de la
mano a la nieta, para demandar el castigo para los matadores del yerno. Acusó
de su muerte a Diego Becerra, Francisco de Las Casas, Juan Núñez, Rodrigo Peña,
Bello, y al bachiller Ortega, que fue quien instruyó el proceso. Unos huyeron,
otros buscaron refugio en San Francisco, y el bachiller Ortega, le dio «treinta
ovejas e dos carneros e cincuenta fanegas de trigo a la vieja porque se abajase
de la querella e le dejase de acusar e sacáronle de la cárcel e diéronle su
posada por prisión». [737] Por otra parte en el
libro de Actas de cabildo de la ciudad de México, aparece asentado que el 20 de
septiembre de 1529, se hizo donación de una huerta a doña Antonia, hija de
Cristóbal de Olid. No parece que, en cuanto a generosidad, se hayan distinguido
aquí los antiguos compañeros de éste; sobre todo, tratándose de la huérfana de
quien fue el maestre de campo. Existió una falta de compañerismo muy grande en
lo tocante a ayudas para los familiares de los caídos o de aquellos que
quedaron inválidos; tampoco Cortés se preocupó mayormente en ese sentido. A los
que murieron se les enterró, y nada más.
Parecería que muerto Olid, ya no tenía sentido
mantenerse más tiempo alejado de la Nueva España; además, Cortés disponía de un
navío en buenas condiciones para navegar, el cual, según se desprende por el
número de soldados que transportó, así como el cargamento de caballos y
puercos, debería ser de gran porte. Podía embarcarse y, en cuestión de pocos
días, encontrarse de regreso en Medellín, dando término a esa pesadilla. El
viaje había sido penoso en extremo; aunque sólo hubo algunas escaramuzas
aisladas con los indios, las avenidas de los ríos cobraron vidas; pero el
grueso de las bajas lo ocasionaron el hambre y las enfermedades. Fueron muchos
los que sucumbieron en el trayecto. Y cuando la mayoría de sus hombres lo único
que ansiaba era embarcar sin dilación, los lanzó en una expedición aguas arriba
en un río que desaguaba en ese golfo. El objetivo era llegar a unos poblados
donde le informaron que podrían encontrar víveres. Cortés lo explica diciendo
que era preciso hacer acopio del bastimento suficiente para la travesía a Cuba.
Remontaron el río, y antes del amanecer cayeron
sobre el poblado. Esperaban sorprender a los moradores en el sueño, pero cuando
tenían rodeada la casa principal un soldado bisoño comenzó a dar voces: «
¡Santiago!», « ¡Santiago y a ellos!» Los indios despertaron y rápidamente
salieron por los costados, ya que la casa carecía de paredes. Se entabló la
lucha. Capturaron hasta quince hombres y veinte mujeres, y murieron otros diez
o doce que no se dejaron prender. En esa primera acción se frustró todo intento
de penetración pacífica. Recogieron pocos víveres, encaminándose a un poblado
cercano donde, según les aseguraron, encontrarían provisión abundante.
Avanzaban extremando precauciones, pues según advirtieron, eran seguidos por un
gran número de indios que en cualquier momento, podrían emboscarlos. Iban en
esa formación, cuando sorpresivamente dieron con algo que los sobrecogió: ¡una
ciudad maya que se mantenía viva! Aquello fue como una vista espectral. Cortés
cuenta: «y con mi gente junta salí a una gran plaza donde ellos tenían sus
mezquitas y oratorios, y como vimos las mezquitas y los aposentos alrededor de
ellas a la forma y manera de Culúa, púsonos más espanto del que traíamos,
porque hasta allí, después que pasamos Acalan, no las habíamos visto de aquella
manera». [738] En medio de la selva
hondureña habían topado con la última población, de que se tenga memoria, en la
que la antigua civilización maya se mantenía viva. Chiapas abunda en
construcciones mayas, que a juzgar por lo que escribe Cortés, se encontrarían ya
abandonadas y engullidas por la selva; de allí el espanto que les produjera ver
esa ciudad que sobrevivía. Lástima que no haya dejado constancia de su nombre.
A partir del momento en que dejaron atrás Izcancanac, resulta muy difícil
trazar la ruta seguida, puesto que no existen puntos de referencia. Ya en su
día Gómara topaba con dificultades: «y aunque he procurado mucho informarme muy
bien de los propios vocablos y nombres de los lugares que nuestro ejército pasó
en este viaje de las Higueras, no estoy satisfecho del todo». [739] Aquí proclama a las
claras que no encontró a un interlocutor que supiera decírselo. Procede
recordar que Andrés de Tapia, al único que identifica como informante suyo, no
tomó parte en esa expedición.
Cortés habla de que durante esa incursión le
tocó vivir «la mayor agua que nunca se vido, y con la mayor pestilencia de
mosquitos que se podía pensar». Bernal escribe: «dejemos de decir de Cortés y
de sus entradas que hacía desde Puerto de Caballos, y de los muchos mosquitos
que en ellas les picaban, así de día como de noche, que, a lo que después le
oía decir, tenía con ellos tan malas noches, que estaba la cabeza sin sentido
de no dormir». La marcha por la selva era penosísima. Es el propio Bernal quien
refiere que Sandoval lo había puesto al mando de un grupo de ocho soldados y
cuatro indios mexicanos. Luego de unos reencuentros, consiguieron llegar al
campamento, y allí, al rendirle el parte, le hizo saber que en el trayecto se
les había muerto uno de los soldados recién llegados de España, y como venían
exhaustos, habían dejado el cuerpo abandonado. Sandoval estalló en cólera y lo
envió de regreso a él y a un tal Bartolomé de Villanueva, para que fuesen a
darle sepultura. Partieron en compañía de dos indios y, entre los efectos del
muerto, encontraron un papel donde tenía escrito todo lo relativo a él y a su
familia. Se trataba de un canario, hijo de padre genovés. Pusieron una cruz
sobre su tumba, «y el tiempo andando, se envió aquella memoria a
Tenerife». [740] El episodio pinta el
temple de Sandoval, que no dejaba abandonado el cuerpo de uno de sus soldados.
Refiere Cortés que, descendiendo por un río «yo me quité la celada que llevaba,
y me recosté sobre la mano, porque iba con gran calentura». [741] A poco fueron
sorprendidos por una lluvia de flechas y piedras, resultando herido en la
cabeza, que llevaba desprotegida. Ésta es otra de las heridas que se encuentran
registradas. Es interesante observar que, incluso en la selva, habitualmente se
movían cubiertos de hierro. El asiento en que se hallaban los dejados por
González de Ávila estaba mal elegido, por lo que Cortés los recogió a todos,
los puso a bordo de los navíos, y partió en busca de una mejor ubicación. La
encontró, y fundó una villa a la que impuso el nombre de Natividad de Nuestra
Señora. A ella se mudaron cincuenta de los vecinos asentados en Naco, y algunos
de los que venían con él. En la carta al Emperador dice: «señalé alcaldes y
regidores, y dejéles clérigos y ornamentos y todo lo necesario para celebrar, y
dejé oficiales mecánicos, así como herrero con muy buena fragua, y carpintero y
calafate y barbero y sastre. Quedaron entre estos vecinos veinte de caballo y
algunos ballesteros; dejéles también cierta artillería y pólvora». [742]
Pronto quedó claro para el ejército que Cortés
no tenía prisa en regresar. Bernal expresa el malestar del pie veterano de los
conquistadores, al ver que los había metido en una nueva aventura. Se había
propuesto conquistar toda el área, «porque tengo noticia de muy grandes y ricas
provincias… en especial de una que llaman Hueitapalan, y en otra lengua
Xucutaco, que ha seis años que tengo noticia de ella». [743] Es sorprendente el
desinterés por todo lo que ha dejado atrás; ahora sólo piensa en nuevas
conquistas. Parecería rejuvenecer con los nuevos proyectos. No consideraba un
fiasco el viaje. Se adaptaba a la nueva situación. Casi no tenía ejército; pero
eso no parecía importarle. Pensaba hacer las nuevas conquistas basándose en su
prestigio. Cuando llegó a la villa de Trujillo, fundada por Francisco de Las
Casas, envió a un español y a tres de los indios principales de Tenochtitlán
para que fueran por los pueblos informando quién era el que había llegado.
Sabía que, en mayor o menor grado, su nombre era conocido a través de los
mercaderes que divulgaban las noticias. Y no andaba tan equivocado; la noticia
del desplome del imperio mexica había permeado hasta el interior de las selvas
centroamericanas. Su objetivo inmediato eran dos lugares a los que denomina
Chapagua y Papayeca, cabeceras de diez pueblos el primero, y dieciocho el
segundo. Mandó llamar a los caciques y a los pocos días se presentaron ante él
enviados de ambos, trayéndole un presente de maíz, fruta y aves. Excusaron a
los caciques, ya que, según dijeron, éstos se encontraban temerosos a causa de
que otros españoles que incursionaron por el área, habían capturado a algunos
hombres a los que se llevaron en sus navíos. Estaban muy en guardia ante el
riesgo de ser capturados; a poca distancia se encontraba la isla de la Guanaja,
y tenían conocimiento de que, con frecuencia, aparecían por allí barcos que
venían a llevarse a sus pobladores. Cortés les dio seguridades de que eso ya no
volvería a suceder, y que procuraría que fuesen devueltos aquellos que
localizara. Por lo demás, a través de los notables mexica, les dio a conocer la
obligación en que estaban de dar la obediencia al rey de España, quien según
expuso, era el más poderoso monarca sobre la tierra. Tenía cosas muy
importantes que decirles para la salvación de sus almas; «y que esta era la
causa de mi venida, y que fuesen ciertos que de ella se les había de seguir
mucho provecho y ningún daño; y que los que fuesen obedientes a los mandatos
reales de vuestra majestad habían de ser muy bien tratados y mantenidos en
justicia y los que fuesen rebeldes serían castigados». [744] El mensaje estaba
entregado. En pocos días, se presentaron los caciques de quince o dieciséis
pueblos o señoríos a dar la obediencia. Aportaron víveres y hombres para talar
el bosque y construir el pueblo. Con esas provisiones se sostuvieron hasta que
regresaron los navíos enviados a las islas a comprar víveres. En los tres
navíos despachó a los dolientes, y a continuación llegó otro, que también
compró. Uno de los despachados iba al mando de su primo Juan de Avalos, quien
tenía el encargo de dirigirse a la Nueva España llevando cartas donde informaba
de todo lo ocurrido; el segundo, tenía como punto de destino La Trinidad, con
objeto de traer caballos, víveres y a todos aquellos que quisieran unírsele. El
tercero debería dirigirse a Jamaica con el mismo propósito; y en el bergantín
envió a un criado suyo, con cartas para los oidores de La Española,
informándoles de la situación. El navío al mando de Juan de Avalos, conforme a
las instrucciones recibidas, se dirigió primero a Cozumel para recoger a cincuenta
españoles, abandonados allí por el licenciado Parada. Los subió a bordo y
prosiguió el viaje. Con él iban los dos franciscanos flamencos. Ni Cortés ni
Bernal ofrecen una explicación de las razones que movieron a estos últimos para
apartarse de Trujillo; se desconoce si su intención era regresarse a México, a
España o a Flandes. Pero no llegaron lejos: el buque aportó en la punta de San
Antón, y allí un temporal lo lanzó contra la costa ahogándose Avalos, los
franciscanos fray y Juan Tecto y fray Juan de Ayora y treinta más. Los
supervivientes vagaron por los montes, y muchos murieron de hambre. En total,
de ochenta que iban a bordo, sobrevivieron quince que llegaron al puerto de
Guaniguanico. En aquellos momentos un vecino de La Habana que poseía una estancia
en las inmediaciones procedía a cargar un barco propiedad de Cortés, enviándole
bastimentos. Allí encontraron remedio a su necesidad. Fray Jerónimo de
Mendieta, el historiador de la orden franciscana, escribe que fray Juan Tecto
se encontraba tan débil, que se recostó en un árbol y allí expiró de hambre. El
relato de éste es de fecha tardía, mientras que el de Cortés está muy próximo a
los sucesos que narra. [745]
Los navíos que iban a La Española y Jamaica
aportaron en La Trinidad, donde se hallaba el licenciado Alonso Zuazo, quien
había sido expulsado de la Nueva España por los funcionarios reales. En el
puerto se encontraba un navío cargado con treinta y dos caballos, artículos de
montar y bastimentos, cuyo dueño, en cuanto tuvo conocimiento de que Cortés
vivía y dónde se encontraba, puso proa rumbo a Trujillo esperando vender todo a
mejor precio. Con él, el licenciado Alonso Zuazo le envió una carta informándole
de lo sucedido en México durante su ausencia. Bernal, que en aquellos momentos
andaba bajo las órdenes del capitán Luis Marín, cuenta que él y el grupo del
que hacía parte se encaminaron a Triunfo de la Cruz, que encontraron
despoblada. Sobre la playa yacían unas naves desarboladas y dadas de través.
Prosiguieron su caminata rumbo a Trujillo. Llegaron a hora de vísperas, y lo
primero que vieron fue a cinco jinetes que paseaban por la playa. Cortés era
uno de ellos. Este, en cuanto los reconoció fue hacia ellos y se apeó del
caballo. Estaba tan flaco que daba lástima verlo, «porque según supimos había
estado a punto de muerte de calenturas y tristeza que en sí tenía… y dijeron
otras personas que estaba ya tan a punto de muerte, que le tenían ya hechos
unos hábitos de Señor San Francisco para enterrarle con ellos». [746] Se encontraban allí
dos navíos chicos, llegados tres días atrás, procedentes de Santo Domingo, en
los que le enviaban caballos, potros, mulas, armas viejas, unas camisas y
bonetes colorados y cosas de poca valía. Trajeron una sola pipa de vino. En esos
momentos apareció el navío que traía la carta de Zuazo.
En cuanto puso pie a tierra, el capitán del
navío fue a cumplimentar a Cortés y entregarle la correspondencia. Las nuevas
eran tan dolorosas que, según Bernal, en cuanto hubo leído la carta de Zuazo,
«tomó tanta tristeza que luego se metió en su aposento y comenzó a sollozar, y
no salió de donde estaba hasta otro día por la mañana, que era sábado, y mandó
que se dijesen misas de Nuestra Señora muy de mañana». [747] Terminada la misa,
Cortés les leyó las cartas. Se les daba por muertos. Mientras tanto, la ciudad
de México vivía en un clima de terror bajo el mandato despótico del factor
Gonzalo de Salazar, quien en esos momentos venía a ser el mandamás. Se daba el
caso de que antiguos conquistadores como Andrés de Tapia y Jorge de Alvarado,
habían buscado refugio en el convento de San Francisco. Sólo faltaba que los
indios se rebelaran. Todo había comenzado cuando Gonzalo de Salazar y
Peralmíndez Chirinos llegaron provistos del doble poder otorgado por Cortés en
Coatzacoalcos. Uno era para la eventualidad de que se hubiese restablecido la
concordia entre el tesorero Alonso de Estrada y el contador Rodrigo de
Albornoz, en cuyo caso deberían gobernar los cuatro oficiales juntos, quedando
en manos del licenciado Zuazo la administración de la justicia. De no ser así,
los primeros quedarían fuera, pasando el gobierno a Salazar y Chirinos, con
Zuazo en el desempeño de su cargo. Este segundo poder fue el que mostraron.
Detuvieron durante unos días a Estrada y Albornoz, hasta que el magistrado
Zuazo, con su vasta experiencia como juez, logró un avenimiento para que
gobernasen los cuatro. Poco duró esa concordia. Y por otro lado, Rodrigo de
Paz, el primo y administrador de los bienes de Cortés, comenzó a marchar por su
lado. Se sentía importante. Estrada, Albornoz y Zuazo lo detuvieron; Salazar,
para ganárselo, lo puso en libertad. Por otra parte, Zuazo fue apresado; lo
pusieron en cadenas, y recordando que tenía pendiente de tomar un juicio de
residencia en Cuba, allá lo remitieron. El gobierno quedó en manos del factor
Salazar y el veedor Chirinos.
A su llegada a México, Francisco de Las Casas y
Gil González de Ávila fueron juzgados y sentenciados a muerte por Salazar y
Chirinos, bajo el cargo de haber matado a Olid. Apelaron a sus sentencias, y
fueron remitidos a la metrópoli. Ocurrió que en esos momentos, luego de pasar
una larga temporada en España (mayo de 1521-octubre de 1525), Diego Ordaz
volvió a México. El 2 de noviembre de 1525 era recibido como alcalde mayor por
orden de los tenientes de gobernador. [748] Y al saber que Cortés
se encontraba desaparecido, partió en su búsqueda. A bordo de una carabela fue
recorriendo el litoral y al llegar a Xicalango, le dieron noticias de que allí
habían matado a unos españoles (se trataba del grupo de Simón de Cuenca).
Escribió a México informando y prosiguió viaje a Cuba, adonde se dirigió para
comprar ganado.
Mientras tanto, como a Cortés y acompañantes se
les dio por muertos, Salazar y Chirinos les organizaron unas solemnes exequias,
para a continuación echarse sobre sus bienes. Ocuparon las casas de éste, pero
al no encontrar oro, detuvieron a su mayordomo Rodrigo de Paz para que les
dijese dónde lo tenía oculto. Este no pudo confesarlo, porque sencillamente no
lo había; pero no le creyeron y lo atormentaron, quemándole los pies con aceite
hirviente. A continuación, le instruyeron proceso y lo ahorcaron «por revoltoso
y bandolero». [749] Rodrigo de Paz tenía
un ascendiente inmenso sobre Cortés, según se desprende del apunte que sobre él
nos ha dejado Bernal: «mandaba absolutamente sobre el mismo Cortés». [750] Esa era la situación
en México. Por otro lado, a Narváez le habían otorgado licencia para conquistar
en la zona del río de las Palmas. Una buena noticia era la desaparición de
Fonseca. Había muerto.
El paso siguiente de Gonzalo de Salazar fue
hacerse proclamar gobernador y capitán general, y una de sus primeras
provisiones fue ordenar que todas aquellas mujeres cuyos maridos se daban por
muertos, deberían volverse a casar. Juana de Mansilla, la esposa de Alonso
Valiente, se opuso como otra Penélope, aduciendo que estaba segura de que
Cortés y su esposo se encontraban vivos, pues los viejos conquistadores eran
duros de roer y no para tan poca cosa como los recién llegados, que ahora
acompañaban a Chirinos en su incursión contra los zapotecas. Salazar la hizo
azotar por las calles, acusándola de hechicería. Y como nunca faltan serviles y
traidores, Bernal cita el caso de uno de ellos con fama de hombre honrado, «que
por su honor aquí no nombro», que fue ante el factor con el cuento de que se
encontraba malo de espanto, porque una noche, en el patio del antiguo teocalli de Tlatelolco, se le habían aparecido los
fantasmas de Cortés, Malintzin y Sandoval ardiendo en llamas vivas. [751]
Capítulo 23
Juan Flechilla
Contenido:
§. Malintzin
§. Jerónimo de Aguilar
§. Ponce de León
§. El drama de Tecuichpo
§. Desterrado
Finalmente, Cortés resolvió volver a México.
Viajaría por mar, mientras Sandoval lo haría por tierra con el resto de la
gente, incluidos los que se encontraban poblados en Naco. Bernal le suplicó que
lo llevase consigo, pero no hubo forma. Debería volver andando. Cortés levó
anclas pero no consiguió alejarse, pues el viento cesó por completo. Volvió a
intentarlo al día siguiente y, antes de que se alejase de la costa, fue
informado acerca de las alteraciones surgidas entre los que quedaban en
Trujillo. Bajó a tierra, hizo sus averiguaciones, «y con castigar algunos
movedores quedó muy pacífico». Volvió a embarcar y, cuando apenas había
navegado dos leguas, se rompió la entena mayor del navío, lo que lo obligó a
regresar. Reparada ésta, tres días más tarde, de nueva cuenta se hizo al mar, y
transcurridas dos noches y un día, un viento muy contrario rompió el mástil del
trinquete. Otra vez de regreso; «y viendo que habiendo salido tres veces a la
mar con buen tiempo me había vuelto, pensé que no era Dios servido que esta
tierra se dejase así». [752] Canceló la partida.
En lugar de viajar él, resolvió enviar a Martín
Dorantes, uno de sus hombres de confianza, provisto de un poder que revocaba
aquel que antes había dado al factor y al veedor. En su lugar, deberían
gobernar Francisco de Las Casas y Pedro de Alvarado, si es que éste se
encontraba en México. De no ser así, el gobierno quedaría en manos de Estrada y
Albornoz. Dorantes era igualmente portador de cartas para otros conquistadores.
El viaje de éste, según lo describe Bernal, tiene tales tintes novelescos que
parecería una página salida del Ivanhoe o de alguna otra novela de lo más truculento. De
los tres buques de que se disponía en ese momento, se alistó el de mayor porte,
y las instrucciones fueron navegar directamente hasta un paraje determinado de
la zona de Pánuco, adonde deberían desembarcar a Dorantes; él sería el único
que bajaría a tierra, volviéndose al punto el navío. Martín Dorantes iba
disfrazado de labrador, llevando las cartas cosidas entre sus ropas. Y sin más,
se puso a recorrer el trayecto a pie, procurando evitar topar con españoles,
«por no tener pláticas ni le confesasen, y ya que no podía menos de tratar con
españoles, no le podían conocer, porque ya había dos años y tres meses que
salimos de México y le habían crecido las barbas; y cuando le preguntaban
algunos cómo se llamaba o dónde iba o venía, que acaso no podía menos de
responderles, decía que se decía Juan Flechilla». Bernal se equivoca aquí en el
tiempo, pues de la salida de México al desembarco de Cortés en Medellín, transcurrieron
un año siete meses. Para él el cómputo sería otro, pues volvió andando.
Bajado a tierra en las inmediaciones de
Veracruz, en cuatro días «Juan Flechilla» se puso en México, e inmediatamente
se dirigió al convento de San Francisco, adonde encontró refugiados a Jorge de
Alvarado, Andrés de Tapia, Juan Núñez de Mercado y Pedro Moreno Medrano, entre
otros; en cuanto éstos supieron que Cortés estaba vivo y leyeron sus cartas,
bailaban de alegría; según Bernal, hasta Motolinia daba saltos de júbilo. [753] Con la debida reserva
fueron comunicando la novedad a los amigos de Cortés y quedó acordado que al
día siguiente aprehenderían a Salazar. Marcharon con Alonso de Estrada y
Rodrigo de Albornoz a la cabeza y como éste último no mostrara entusiasmo en lo
que hacía, el tesorero le llamó la atención. Salazar se encontraba prevenido y
tenía dispuestos a sus hombres con los cañones preparados y las mechas
encendidas. Pero a la llegada de los atacantes, éstos lo dejaron solo. Salazar
fue capturado y encerrado en una jaula. En el libro de actas del cabildo de la
ciudad, se lee que el 29 de enero Dorantes mostró la carta de Cortés nombrando
gobernador y capitán general a su primo Francisco de Las Casas y revocando los
poderes que dio a Gonzalo de Salazar y a Pedro Almíndez Chirinos; pero como
Francisco de Las Casas ya no se encontraba en México, designaron como tenientes
de gobernador y capitán general, a Alonso de Estrada y a Rodrigo de Albornoz.
Otros nombramientos de ese día fueron los del comendador Leonel de Cervantes
(quien ya estaba de retorno con su esposa e hijas casaderas), como alcalde
ordinario; a Juan de Ortega como alcalde mayor; Andrés de Tapia como alguacil
mayor y Jorge de Alvarado como alcalde de las atarazanas. [754] A continuación,
partieron mensajeros divulgando la noticia; a unos les placía y a otros
entristecía, pues habían recibido indios de los encomendados a aquellos a
quienes se dio por muertos. Y de la misma manera se enviaron cartas a Guatemala
a Pedro de Alvarado, para mantenerlo enterado de la situación. Una de las
disposiciones del tesorero Estrada, fue organizar un desagravio público para
Juana de Mansilla, ordenando cabalgar a todos los caballeros de México,
mientras él la conducía en ancas de su caballo. Decían que se comportó como una
matrona romana. En lo sucesivo le dieron el tratamiento de doña Juana de
Mansilla [755] .Por otra parte, como
estaba en el aire el riesgo de que surgieran nuevas discordias, se resolvió
pedir a los franciscanos que diesen licencia a fray Diego Altamirano para que
viajase a Trujillo para traer de regreso a Cortés. Este recién llegado fraile
era primo de él y, antes de tomar el hábito, había sido soldado.
Mientras tanto, allá en Trujillo, Cortés había
abandonado el proyecto de regresar; ahora acariciaba la idea de emprender la
conquista de Nicaragua. Tenía noticias de ella y había entrado en pláticas con
Francisco Hernández, el capitán enviado allá por Pedrarias Dávila. Buscó
ganárselo y lo consiguió. Y como algunos soldados percibieran que Francisco
Hernández, junto con otro capitán llamado Pedro de Garro, hablaban de pasarse a
Cortés, comunicaron sus sospechas a Pedrarias. Entre los acusadores se
encontraba un tal Andrés Garabito, enemigo de Cortés, pues según refiere
Bernal, de jóvenes habían cruzado la espada en Santo Domingo por amores de una
mujer, resultando herido Garabito. [756] Segunda referencia a
una riña por mujeres. Pedrarias dio alcance a Francisco Hernández, le instruyó
proceso y lo hizo decapitar. Garro alcanzó a refugiarse con Cortés.
Bernal refiere que Cortés se encontraba flaco y
quebrantado por la mar y «muy temeroso de ir a la Nueva España, por temor no le
prendiese el factor». Eso de que fuera el temor a Salazar lo que lo retenía en
el área, no pasa de ser una conjetura muy personal del cronista. Y en cuanto
resolvió lanzarse a la nueva conquista, envió mensajeros a matacaballo,
ordenando a Sandoval que se regresase con la gente. «Y después que vimos la
carta y que tan de hecho lo mandaba, no lo pudimos sufrir y le echábamos mil
maldiciones». Con el mismo mensajero, le enviaron una carta firmada por todos,
rehusándose a seguirlo. Cortés les replicó con grandes ofrecimientos, y
concluía su carta diciendo que si no querían obedecerlo, «que en Castilla y en
todas partes había soldados». [757] Aquello tocó la fibra
más sensible de Sandoval, quien con grandes ruegos pidió a los soldados que
aguardasen unos días mientras él iba a convencer a Cortés para que se
embarcara. Bernal agrega aquí el dato de que Sandoval fue montando a Motilla, el más notable caballo que pasaron los
conquistadores. Y lo realmente extraordinario es que éste hubiese hecho la
Conquista completa y todavía participara en lo de Las Hibueras. Sandoval no
conseguía convencer a Cortés para que desistiese de su propósito, cuando en
esos momentos llegó el navío que traía a fray Diego Altamirano. El fraile se
identificó haciéndole saber que eran primos, pues como hacía ya veintidós años
que Cortés faltaba de España, no lo recordaba. Éste lo puso al tanto de la
situación. Le habló de los desórdenes pasados y de los que se esperaban si él
no iba pronto a poner remedio. «Y a esta causa cesó mi ida a Nicaragua»,
escribiría al Emperador. [758] Dado que juzgó que su
presencia ya no era imprescindible en el área, se dispuso a preparar el viaje
de retorno, pero no sin antes proclamar unas ordenanzas para el buen gobierno:
«Yo, Fernando Cortés, capitán general e gobernador en esta Nueva España e
provincias de ella, por el emperador, e rey don Carlos, nuestro señor… yo he
fundado, en el real nombre de su Majestad, dos villas, la una que ha nombre la
Natividad de Nuestra Señora que fundé en esta costa en el puerto y bahía de
Santander; e la otra que se llama la villa de Trujillo, que fundé en la dicha
costa en el puerto y cabo de Honduras… y por virtud de sus reales poderes que
yo tengo: mando que en las dichas e términos e jurisdicción de ellas, y en
todas las otras que de aquí adelante en estas tierras se poblaren, se guarden
las Ordenanzas siguientes…». Lo que sigue es un documento de primer orden en
cuanto al buen gobierno de una ciudad se refiere; entre los puntos curiosos a
destacar, figura lo relativo a mercados: el cuidado en el control de pesos y
medidas, la obligatoriedad de que todos los artículos sean vendidos en el
mercado, sujeto el precio a supervisión; la obligación de que las reses y
puercos se sacrifiquen precisamente los sábados en la tarde, dada la
prohibición de hacerlo en domingo; que no se mate en ninguna carnicería, sino
que es obligación hacerlo en el matadero, «para que la hediondez no pueda
inficionar la salud de la dicha villa»; e igualmente se manifiesta una
preocupación por la higiene, al señalar a los vecinos la obligación de arrojar
la basura en el basurero, «e no en otra parte, so pena de medio real de plata».
Eso en cuanto a la salud del cuerpo; en cuanto a la del alma, se dispone que
todos los domingos y fiestas de guardar, «moradores estantes y habitantes en la
dicha villa vayan a oír misa mayor a la iglesia principal, y entren en ella
antes que se comience el Evangelio, y estén en ella hasta que el preste
diga ite misa est, y eche la bendición. [759] Para los que se
salieren antes, se fija una pena de medio peso de oro». Figuran otras
disposiciones sobre ubicaciones de potreros y el hierro con el que deberían
marcarse las reses, y ahí queda, porque el documento llegó incompleto. Pero lo
que aquí hay que destacar es que esa meticulosa ordenanza municipal viene a
hacer las veces de una cortina de humo para ocultar un fracaso, pues en la
villa de la Natividad y en Trujillo sólo quedaron como pobladores unas pocas
docenas de españoles macilentos y enfermos.
El 25 de abril de 1526, en una flota de tres
navíos, Cortés se hizo a la vela «con harto dolor y pena». [760] Al cabo de seis días
y a causa de un temporal, se vio obligado a buscar refugio en La Habana, adonde
saludó a antiguos amigos y conocidos y aprovechó para reparar los desperfectos
de los navíos. Al día siguiente entró en el puerto un barco procedente de la
Nueva España, y al segundo, otro, y al tercero uno más; de manera que estaba al
tanto de los últimos sucesos. La llegada de esos navíos muestra el tráfico
intenso existente en esos días. En el puerto se encontraba un navío recibiendo
carena, y como el suyo hacía agua, compró aquel y el 16 de mayo, a los diez
días de estadía, se hizo a la vela. Ocho días después estaba frente al arenal
de Chalchicuecan. Pero antes de que ponga pie a tierra, procede una pausa para
asistir al discreto adiós a Malintzin.
§. Malintzin
Malintzin sale de escena al retorno del viaje a
Las Hibueras, pero no por defunción (sobrevivirá unos años), sino porque a
partir de ese momento, su vida y la de Cortés marcharán por senderos separados.
Regresó en otro barco, en compañía de su esposo. Nunca volverá a aparecer junto
a él como colaboradora suya, y en las contadas ocasiones en que vuelva a
figurar su nombre, será en relación a otros temas. El ciclo histórico de esa
mujer quedaba cerrado. Es, por tanto, el momento de hacer una reflexión sobre
el papel que desempeñó. Desde luego, nada más ocioso que meterse a especular
sobre la historia que no fue; pero de lo que sí puede tenerse la certeza, es de
que, sin su participación, el proceso habría sido muy distinto. Está claro que
de no haber mediado ella, Cortés no habría podido poner en práctica su argucia
para empujar a los totonacas a sacudirse el yugo de Motecuhzoma y, al no
lograrse ese primer paso, los siguientes no se habrían dado. No se hubiera
efectuado la entrada pacífica en Tenochtitlán, y queda descartada la prisión de
Motecuhzoma. En ese caso, hubieran tenido que abrirse paso combatiendo desde
las mismas playas. Lo probable es que la penetración se convirtiese en un
proceso muy lento, a la manera de lo ocurrido en Norteamérica. La actuación de
esa mujer no fue la de una máquina de traducir que, de manera mecánica,
vertiera al náhuatl los mensajes que le daban. Fue trasladadora de culturas.
Puede imaginársele captando el misterio de un dios muerto, clavado a un madero,
pero que resucitó y vive, amén del dogma de la Trinidad, buscando las palabras
adecuadas para realizar el traslado a la mentalidad indígena. Y al parecer, no
lo habría hecho tan mal. Por ello, no resulta exagerado decir que fue la llave
que abrió las puertas de México. Pieza clave para la Conquista, y que, en su
día, fue altamente respetada por los caciques, al grado de que Bernal dice que
éstos, al no poder pronunciar el nombre de Cortés, por no existir la letra erre
en la lengua náhuatl, lo hacían llamándolo Malinche. Esto es, el capitán que
acompaña a la señora Malintzin; «y también se le quedó este nombre a un Juan
Pérez de Artiaga, vecino de la Puebla, por causa que siempre andaba con doña
Marina y con Jerónimo de Aguilar aprendiendo la lengua, y a esta causa le llamaban
Juan Pérez Malinche». [761]
Se ha fantaseado mucho acerca de su relación con
Cortés, haciéndola pasar como la historia de un gran amor; pero de acuerdo a
los datos disponibles, la prueba no parece sustentarlo. A juzgar por el
nacimiento de don Martín, ocurrido durante la segunda mitad de 1522, éste
ocurrió en momentos en que Cortés hacía vida conyugal con María de Marcaida;
pero a la muerte de ésta, ya no retornó a ella (andaba enredado con la
Hermosilla, de cuya relación nacería don Luis). Cuando en su momento se
mencionen las declaraciones de las sirvientas que depusieron contra Cortés
acusándolo de haber asesinado a su esposa, se advertirá que éstas dicen que
cohabitó con varias mujeres, pero ninguna señala a Malintzin en particular, lo
cual hace suponer que no viviría bajo el mismo techo que él, y si lo hizo,
sería por un periodo breve. Lo que salta a la vista es que Cortés la respetaba,
y por ello procuró buscarle un matrimonio que, a su manera de sentir, sería lo
más conveniente para ella. Se preocupó por dejarle asegurada su situación
económica y social, pero le retiró al hijo. Y allí terminó la relación. Bernal,
al describir con tanto detalle el boato de éste al partir hacia Las Hibueras
con ese impresionante séquito, omite toda alusión a que llevase compañía
femenina, lo cual hace suponer que no la cambió por otra. Sencillamente, se
deshizo de ella. Pero pese a que la arrojó en brazos de otro, ella seguirá
siendo la colaboradora abnegada que desempeñará un papel importante al hablar
con los caciques. En la Quinta Relación (3 de septiembre de 1526), será la ocasión única
en que la presente por nombre al Emperador cuando relate los servicios
prestados por ella: «Marina, la lengua». [762] En el viaje de
retorno a México —siempre en compañía de su esposo—, dio a luz a una niña, que
se llamó doña María. A partir de ese momento se eclipsa rápidamente; tuvo una
muerte temprana, ignorándose las causas de su defunción; en documento fechado
el 29 de enero de 1529 ya se la da por muerta: «e la mujer de Jaramillo, ya
difunta». [763] Jaramillo volvió a
casarse; esta vez con doña Beatriz de Andrada, una de las hijas del comendador
Leonel de Cervantes.
Malintzin es una mujer a quien correspondería
figurar en la galería de mujeres ilustres de todos los tiempos, pero ocurre que
ha tenido mala prensa, pasando su nombre a ser sinónimo de traición; pero: ¿a
quién traicionó? Una esclava que no hizo otra cosa que permanecer fiel a su
amo. Eso de la traición arranca de fecha reciente, de acuerdo con la línea del
pensamiento oficial; pero en vida suya, la opinión en que era tenida fue
distinta. Los relatos la pintan en los días de Coyoacán, allá por la época en
que nació su hijo Martín, como una matrona altamente respetada por los
indígenas, quienes llegaban para presentarle sus respetos y traerle regalos. Un
dato curioso es el de que le traían tabacos. [764] Ella es la primera
persona de quien se tiene referencia que fumara puros. Aunque durante muchos
años la línea del pensamiento oficial reflejada en los textos de historia, iba
en el sentido de cubrirla de vituperios, la realidad es que, calladamente, el
pueblo mexicano le ha rendido un homenaje espontáneo al imponer su nombre a una
montaña: la antigua Matlalcueye, testigo de las batallas libradas contra los
tlaxcaltecas, que pasó a llamarse La Malinche. Una leyenda tardía y carente de
visos de verosimilitud, atribuye el hecho a que se encuentra sepultada en sus
faldas; algo semejante a lo ocurrido con el Mulhacén, que pasó a llamarse así
por haberse dado sepultura en él a Muley Hassán, penúltimo rey granadino. El
padre Durán recuerda que los españoles fueron los primeros en mudarle el nombre
a la montaña, y para los días en que él escribía, la llamaban Doña Mencía (indicio de peso para descartar que ése sea
el lugar de reposo de sus restos). [765] Malintzin dejó dos
hijos: Don Martín, de quien se seguirá teniendo noticias, y Doña María. De esta
última, se sabe sólo, tanto por conducto de Cortés como del oidor Zorita, que
se casó con don Luis de Quesada, natural de Úbeda, y que del matrimonio nació
un hijo, que llevó el nombre de Pedro de Quesada. Este nieto, que ella no llegó
a conocer, compartiría, a partes iguales, la encomienda de Xilotepec con doña
Beatriz de Andrada, al enviudar ésta de Jaramillo, de quien no tuvo
descendencia. La Andrada contrajo nuevas nupcias con el comendador don
Francisco de Velasco, hermano del virrey Don Luis de Velasco, a quien tampoco
dio hijos. [766]
§. Jerónimo de Aguilar
Resulta obligada una mención al otro intérprete,
cuya actuación a fuerza de tanto hablar de Malintzin, ha pasado a un segundo
plano. Está claro que en un principio funcionaban como un binomio en el que,
empleando una figura, ella haría las veces de audífono, y él funcionaría como
micrófono, o sea, todas las respuestas llegaron a Cortés por labios de él, y es
así que los diálogos iniciales necesariamente llevaron su propia impronta; si
hubo alguna distorsión, él es el responsable. Conforme al paso del tiempo, ella
fue aprendiendo el español, y según los progresos que hacía, la labor de él fue
perdiendo importancia. La actuación de Aguilar recibe un debido crédito de
parte de los cronistas españoles, pero en cambio, en fuentes indígenas es tan
escasamente mencionado, que se llega al extremo de ignorársele por completo,
convirtiéndose a Malintzin en la traductora única, como lo evidencia el párrafo
que aparece a continuación, tomado del Códice Florentino: «y luego mandó el
capitán Don Hernando Cortés por medio de Marina que era su intérprete la qual
era una india que sabía la lengua de Castilla y la de México que la tomó en Yucatán, ésta
comenzó a llamar a voces a los tecutles, y piles mexicanos para que viniesen a dar a los españoles lo necesario
para comer…» [767] . La escena
corresponde al momento en que se instalan en el palacio de Axayácatl, lo cual
constituye un error evidente, pues en ese tiempo ella todavía no aprendía el
idioma; por tanto, aquí lisa y llanamente se ha borrado la presencia de Aguilar
(las crónicas españolas mencionan que en ese tiempo todavía seguían
comunicándose mediante la doble traducción); y de la misma forma, en las
viñetas que ilustran el Códice Florentino acerca de algunas actuaciones
ocurridas por aquellos días, ella aparece junto a Cortés mientras traduce, y lo
hace directamente, sin un intermediario de por medio. Aguilar como si nunca
hubiera existido. Pero es obvio que éste permanecería junto a Cortés día y
noche en esa primera etapa en la que sus servicios eran imprescindibles. Por lo
mismo, se pensaría que sería un hombre especialmente próximo a él, pero ya se
ha visto que no fue así; a la hora del reparto de encomiendas, la recompensa
recibida no parece proporcionada a los servicios prestados. No llegó a
entablarse una amistad entre ambos, sino todo lo contrario, siendo así que
desarrolló un fuerte resentimiento contra Cortés, contándose entre aquellos que
declararon en su contra en el juicio de residencia. No participó en el viaje a
Las Hibueras, pues para esas fechas Malintzin había aprendido el castellano,
por lo que sus servicios dejaron de ser imprescindibles. Además, es posible que
para esas fechas ya estuvieran enemistados.
Cortés llegó frente a Veracruz, pero a causa del
mal tiempo, no pudo desembarcar hasta llegada la noche. De allí se fue a pie a
Medellín, «que está cuatro leguas de donde yo desembarqué, sin ser sentido de
nadie de los del pueblo, y fui a la iglesia a dar gracias a Nuestro
Señor». [768] Los vecinos quedaron
extrañados ante aquellos recién llegados. Estaba tan flaco y envejecido que no
lo reconocieron hasta que se dirigió a algunos de ellos por sus nombres. Se
dijo la misa, e inmediatamente, los llevaron a aposentar en las mejores casas.
Al punto partieron mensajeros llevando la noticia. Permaneció allí once días,
mismos que empleó en recibir a los caciques, quienes al enterarse de su retorno
acudían a darle la bienvenida. El 31 de mayo, según se lee en las actas de
Cabildo, se recibía una carta de Cortés enviada desde Chalchicuecan, anunciando
su próxima llegada y confirmando en los cargos a Alonso de Estrada, Rodrigo de
Albornoz y Juan de Ortega. Comenzó el lento camino hacia México. Para ello
empleo quince días, pues a todo lo largo del trayecto era agasajado por los
indios, que para verlo se desplazaban distancias inmensas y al par que lo
saludaban le exponían sus quejas por los agravios sufridos en su ausencia. En
muchos pueblos pedían que los disculpara, pues por no haber tenido aviso con la
anticipación suficiente, no podían hacerle el recibimiento que hubieran
deseado. En Tlaxcala hubo un festejo por todo lo alto con bailes, juegos y gran
comilona. A tres leguas de Texcoco salió a su encuentro un gran número de
españoles e indios llegados de todos los pueblos a muchas leguas a la redonda.
En medio de esa multitud llegó a Texcoco, donde lo aguardaba el tesorero Alonso
de Estrada al frente del cabildo en pleno, la mayor parte de los vecinos de
México y una multitud de caciques. La entrada la hizo bajo arcos triunfales
levantados por los indios. Hubo danzas y todo tipo de juegos con grandes
luminarias al anochecer. [769]
Al día siguiente fue la entrada en México. A
ambos lados de la calzada, su marcha era flanqueada por centenares de canoas.
Los franciscanos lo recibieron con cruz alzada, conduciéndolo a su convento,
donde pasó seis días, «hasta dar cuenta a Dios de mis culpas». Dos días antes
de que abandonase el convento, un mensajero le trajo la nueva de que a Medellín
habían arribado tres navíos, en los que venía un juez pesquisidor. Al momento,
Cortés despachó un mensajero con instrucciones para el teniente de alcalde de
la villa, a efecto de que se tuviesen con él todo género de atenciones. Y al
respecto explica, «otro día, que fue San Juan, como despaché este mensajero,
llegó otro, estando corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras
fiestas». [770] No deja de llamar la
atención el hecho de que a tan corta distancia de la toma de la ciudad ya se
hubiese traído de España ganado de lidia.
§. Ponce de León
El juez que venía era el licenciado Luis Ponce
de León. Un hidalgo toledano, primo del conde de Alcaudete, «mancebo», apunta
Oviedo, con lo cual da a entender que era hombre joven. Fungía como teniente de
alcalde de Toledo, precisamente la ciudad que en esos momentos era asiento de
la Corte. [771] Se trataba de un
personaje bien situado y que venía investido de amplísimas facultades; en el
caso de encontrarlo culpable, debería proceder con el máximo rigor. Sin
miramientos. En cuanto recibió aviso de su llegada, Cortés supo que disponía de
poco tiempo antes de que el poder se le fuera de las manos. Por tanto, se dio a
la tarea de poner en orden sus asuntos, y lo primero que hizo fue ocuparse de
asegurar el futuro de las hijas de Motecuhzoma. En trance de muerte, éste se
las habría dejado encomendadas. Al menos, así lo expresa en el acta de
donación, que «tuviese por bien de tomar a cargo tres hijas suyas que tenía… a
las cuales después que yo gané esta Ciudad hice luego bautizar y poner los
nombres a la una que es la mayor su legítima heredera Doña Isabel y a las otras
dos Doña María y doña Marina». [772] Se trataba, por
tanto, de saldar una deuda pendiente. A Isabel le asignó el pueblo de Tacuba
con sus habitantes, así como Yetepec, Chimalpan, Jilocingo y Ecatepec, más
otras estancias, sumando en total mil doscientas cuarenta casas. El documento
está firmado el veintisiete de junio, o sea, justo a los tres días de tener
conocimiento de que dejaría el cargo; al dar fundamento jurídico al acto,
expone que, «la dicha doña Isabel, que es la mayor y legítima heredera del
dicho señor Moctezuma, más encargada me dejó que su edad requería tener
compañero, le daba por marido y esposo una persona de honra… el cual se dice y
nombra Alonso de Grado, natural de la villa de Alcántara… y doy en dote y arras
a la dicha doña Isabel y sus descendientes, en nombre de Su Majestad y como
gobernador y capitán general de estas partes, y porque de derecho les pertenece
de su patrimonio y legítima, el señorío y naturales del pueblo de
Tacuba». [773] Su título será el de
Señora de Tacuba. En esa misma fecha firmó otra provisión, nombrando a Alonso
de Grado juez visitador general de la Nueva España; entre sus funciones figura
la de investigar si son válidas las causas por las que se han venido haciendo
esclavos, «y los que ansí halláredes no ser hechos esclavos jurídicamente se
pongan en libertad». [774] En cuanto a Marina,
dice que la ha casado con el conquistador Juan Paz, asignándole Acoluacán y
Cuautitlán, «porque de derecho pertenecía a la dicha doña Marina de su
patrimonio y Legítima y porque todo era del dicho Motezuma su padre» [775] María no aparece
dotada.
Esa actuación de Cortés abre una página
escasamente aireada, que es la concerniente al tipo de relación que, en el
aspecto humano, se produjo entre él y Motecuhzoma. Mucho se ha oído hablar de
éste, y todos los relatos lo presentan como un pusilánime que hundido bajo el
peso de la profecía, no atinaba cómo actuar. Es capturado y, en un principio,
vivía rodeado por una guardia de treinta españoles que se mantenían en torno a
él como un cinturón de hierro; pero luego, las condiciones se irían suavizando,
como recuerda Francisco de Aguilar, uno de sus guardianes, «y sin prisión
ninguna lo pusieron en unos aposentos donde el se andaba suelto». [776] Parecería que el
cautiverio le hubiera resultado provechoso para liberarse de esa telaraña
protocolaria, en la que él mismo se enredó, «señor, gran señor…», y la
prohibición de mirarle a la cara. Bien, ese retrato parece ajustarse a la
realidad, a una realidad de los primeros momentos que quedó como foto fija;
pero lo que se pasa de largo, es que Motecuhzoma cambió mucho. Muchísimo. A lo
largo de los seis meses largos de convivencia diaria con sus captores, va
emergiendo un ser enteramente nuevo, lo cual habla de él como individuo dotado
de gran flexibilidad mental. Se acaba toda aquella parafernalia de servidores
que barren el suelo y colocan mantas a su paso, y desciende de su pedestal,
humanizándose. Alcanza entonces unos márgenes de libertad de los que antes
carecía. Por vez primera se encuentra entre hombres que son sus iguales, con
quienes puede hablar de tú a tú y bromear (hay que recordar, en especial, su
amistad con Peña); jugaba a los tejos (el tololoque), y sobre todo, reía. Bernal habla del paseo por la laguna con gran
aparato, y seguramente así sería el primero, pero omite las referencias
consignadas por Cortés, que manifiestan que, con el paso del tiempo, se iba
produciendo un grado de compenetración entre ambos, de lo que dan ejemplo las
salidas frecuentes que le permitía para trasladarse a sus casas de recreo, «y
muchas veces me pidió licencia para se ir a holgar y pasar tiempo a ciertas
casas de placer que él tenía, así fuera de la ciudad como dentro, y ninguna vez
se la negué. Y fue muchas veces a holgar con cinco o seis españoles a una o dos
leguas fuera de la ciudad y volvía siempre muy alegre y contento al aposento
donde yo le tenía». [777] Como se advierte, las
condiciones iban variando; ahora, era una escolta mínima la que lo acompañaba.
Ya no se temía que fuera a intentar la fuga. Una cosa debe quedar muy clara, y
ello es que Motecuhzoma no escapó y por la simple razón de que no quiso. En los
meses finales, cuando Cortés había dispersado su ejército y en Tenochtitlán
conservaba ciento y pico de españoles, hubiera resultado de lo más sencillo
someterlos; pero faltó la voluntad política para hacerlo. Motecuhzoma se negó a
dar la orden, y seguramente no le fue fácil refrenar a la casta sacerdotal y a
los guerreros, que se encontraban ansiosas por deshacerse de los intrusos. Lo
que queda por averiguar son los motivos por los que actuó de esa manera.
Pasadas las tensiones iniciales, es indudable que recapacitaría ante la nueva
situación que se presentaba. Los españoles habían llegado para quedarse y
aquello era irreversible (si los mataban vendrían más), por tanto, en lugar de
oponerse y obstaculizar en todo lo posible, resolvió colaborar en el cambio.
Con el paso de los días dejó de ser el gobernante supersticioso, atado por la
profecía.
La mutación no tardó en producirse. A todas
horas del día, a través de Orteguilla, Peña, y otros que no se apartaban de su
lado, escuchaba contar cosas de España, de ese mundo tan distinto del suyo,
además, por todas partes vería novedades. Es evidente que el antiguo sacerdote
de ídolos se encontraba sometido a un bombardeo constante de las cosas de
Europa y que en mayor o menor medida, iría compenetrándose con ellas. Resulta
un tanto aventurado intentar desentrañar cuáles serían los móviles que lo
indujeron a colaborar. Lo mismo pudo ser que buscara aferrarse a un poder
(aunque disminuido), que evitar la destrucción de la ciudad, ahorrándole
sufrimientos a su pueblo. Conocía de sobra la suerte sufrida por Cholula.
Además, un argumento a no desdeñarse, sería el de que Cortés, desde que inició
la marcha desde la costa, avanzó destruyendo todos los ídolos que encontró a su
paso. En Cempoala acabó con ellos, en Tlaxcala lanzó gradas abajo a Camaxtle
(deidad semejante a Huitzilopochtli), y en Cholula terminó con
Quetzalcóatl. [778] Y no pasó nada.
Una cosa hay que decir, que el propio Cortés
subraya, y ello es que a partir del momento en que Motecuhzoma presentó el
juramento de vasallaje a Carlos V, su colaboración fue abierta y sin dobleces.
A su vez, como se sabe, Cortés lo apuntaló para que no sufriera menoscabo en
sus atribuciones; por tanto, al referirnos a ese periodo, no sería exagerado
hablar de un gobierno del binomio Cortés-Motecuhzoma. Está fuera de toda duda
que las líneas maestras de la política las dictaba el primero, pero cuidar de
que todo se ejecutase debidamente era tarea del segundo. Por aquellos días, a
Motecuhzoma le correspondió desarticular la conjura de Cacama y Coanacoch,
asunto que suele pasarse un tanto por encima, considerándosele como un pleito
de familia. Pero la realidad es que se trató de una conspiración de mucho
fondo, en la que estuvieron comprometidos un regular número de caciques de
primera fila, y que si no triunfaron, fue porque éste les ganó la mano. ¡Menudo
problema para Cortés y su ejército si la conjura hubiese tenido éxito! Habrían
quedado atrapados en una ratonera. Y algo que no debe pasarse a la ligera es
que, durante ese periodo, la administración continuó funcionando normalmente,
lo cual es algo muy de tomarse en consideración, habida cuenta de la oposición
sistemática de aquellos que incesantemente lo instaban a que diese la orden
para expulsar a los españoles. [779] Todo funcionó gracias
al manejo político de Motecuhzoma, que no permitía que los hilos de la trama le
escapasen de la mano. Viene luego el acto de mayor envergadura, que seguramente
fue el lograr que todos los caciques, incluidos los de las regiones más remotas
de su imperio, viniesen a Tenochtitlán para prestar el juramento de vasallaje
(por lo que se sabe, sólo uno se rehusó). Evidentemente, ello requeriría de un
hábil trabajo político. Pero los resultados hablan por sí solos. Lo logró. Por
ello, quizás no resulte desacertado colocarle a Motecuhzoma la etiqueta de «el
político de la transición». Comprendió que ya no cabía la vuelta al pasado, y
decidió no perder el tren de la Historia. Son varios los conquistadores que
hablan de lo valiosos que le resultaron a Cortés los consejos que éste le daba;
Andrés de Tapia cuenta que, en varias ocasiones, vio cómo «Montezuma avisaba al
dicho don Fernando Cortés de muchas cosas, especialmente de cómo se habían de
tratar los naturales y orden que se había de tener en gobernallos». [780] Lo menos que puede
decirse de Motecuhzoma es que, sin sus consejos, Cortés se habría visto en muy
serias dificultades para salir adelante. Es un hecho que a su llegada Narváez
le escribió diciéndole que venía a liberarlo, lo que dio pábulo a que algunos
conquistadores (como es el caso de Francisco de Aguilar), lo responsabilizaran
de haber dirigido el levantamiento contra Alvarado, el cual ordenaría suspender
al enterarse de la derrota de Narváez. Pero está claro que él fue totalmente
ajeno a ello, y que los motivos hay que buscarlos única y exclusivamente en la
matanza del Templo Mayor; es más, usando de toda su autoridad logró imponerse,
consiguiendo que cesasen durante cinco días los ataques al palacio de
Axayácatl. Vino a continuación ese incidente motivado por la suficiencia de
Cortés, al tener la desatención de no visitarlo a su retorno, ocasionando que
Motecuhzoma, dolido, se hiciera a un lado. Allá él, que resolviese solo el
problema como pudiese. Cuando se le pide que intervenga para que ordene que se
celebre mercado, para poder proveerse de víveres, se rehúsa, aduciendo que ya
no será obedecido (Cervantes de Salazar en varias ocasiones le escuchó a Cortés
reconocer que ése había sido un inmenso desacierto suyo). La situación se torna
todavía más crítica y es conducido a la terraza para que hable al pueblo para
tratar de apaciguar los ánimos, y es entonces cuando recibe la pedrada. Pero
ahora, en los momentos en que Cortés empuña la pluma para firmar las actas de
donación a las hijas, van ya transcurridos siete años de su muerte, y el tiempo
se ha encargado de poner las cosas en su lugar. En su argumentación, Cortés
sostiene que se encontraba tan bien dispuesto, que «pidió ser baptizado, e se
difirió su baptismo hasta la Pascua florida, por hacerse con toda
solemnidad». [781] Posiblemente se
confiaba en que sería seguido por la conversión en masa de su nación, como
ocurrió en otras partes (antes se habló de la reticencia de Motecuhzoma a
abrazar la nueva religión, pero es probable que esa alusión de Bernal se
refiera a los primeros días). De ser verdadero lo que dice Cortés, ésa sería la
historia que no fue: la conversión en masa de la nación mexica, como antes
ocurrió en Cempoala, Tlaxcala, Cholula y otros lugares. Y prácticamente eso es
todo lo que se sabe de la mutación experimentada por Motecuhzoma a lo largo de
esos meses de transición. Además, Motecuhzoma ha tenido muy mala prensa; fuera
de Cortés, que enaltece su figura, no hay otro que hable bien de él. Pero,
¿cuál fue el papel que desempeñó?, ¿el de un traidor?, ¿un acomodaticio que
sólo buscaba su ventaja personal?, ¿era un hombre que deseaba que el cambio
resultase menos traumático a su gente? Esas son preguntas destinadas a quedar
sin respuesta; lo que sí aparece claro es que Cortés y Motecuhzoma llegaron a
estar tan compenetrados que, exagerando un poco, podría decirse que llegaron a
formar un equipo de trabajo. Ambos se necesitaban. Estaban saliendo adelante,
pero en el momento crucial Cortés lo hizo a un lado; fue sólo durante un día,
pero se trató de un día en que cada minuto contaba. Los acontecimientos los
desbordaron.
Todo esto tiene un peso tan considerable, que
obliga a volver, una vez más, sobre uno de los aspectos cruciales de la
Conquista. Se trata de establecer si Motecuhzoma, antes de la llegada de
Narváez, ya les habría exigido que se fuesen de sus dominios. Cortés, Aguilar,
Tapia, Oviedo, Vázquez de Ayllón y todos aquellos que declararon en las
probanzas de Tepeaca primero, y luego en el juicio de residencia, lo niegan de
manera explícita cuando afirman que la tierra estaba en paz y no se avizoraba
problema en el horizonte. El embrollo, como antes vimos, se originó cuando
Gómara copió de Oviedo la parte que no debía, puesto que este autor antes ha
descrito correctamente la situación; pero, ¿qué decir de Bernal y Cervantes de
Salazar?, ¿cómo se dejaron envolver en tamaño enredo? Por ahí se presenta un
resquicio que puede hacer un poco de luz; se trata de la refutación que Bernal
hace a Gómara, cuando éste afirma que Cortés habría dado instrucciones a Martín
López de trabajar con la mayor lentitud posible, a lo que Bernal agrega que,
para dilucidar el punto, se informó con el propio Martín: «remítome a lo que
ellos dijeren, que gracias a Dios son vivos en este tiempo; más muy
secretamente me dijo Martín López que de hecho y aprisa los labraba, y así los
dejó en astillero, tres navíos». [782] Al parecer, la clave
podría residir en éste último, pues es preciso no perder de vista el enconado
pleito que sostuvo con Cortés por falta de pago de un adeudo. No debe excluirse
que toda esa historia haya sido una invención suya para favorecer sus intereses
en el proceso que tenía. Y tampoco hay que olvidar que sobrevivió a Cortés por
muchos años, al grado de que cuando Bernal puso punto final a su manuscrito,
era uno de los últimos cinco conquistadores sobrevivientes. Por tanto, podía
decir lo que le viniera en gana, sin riesgo de ser contradicho. En todo caso,
el peso de la prueba parece estar del lado de Cortés. Motecuhzoma nunca le
habría exigido que abandonara el país. Como colofón de este controvertido
capítulo, cabe mencionar que en ninguno de sus escritos Cortés señala a Martín
López como el encargado de dirigir la construcción de los bergantines.
§. El drama de Tecuichpo
Otro de los cargos lanzados contra Cortés, que
en México surge a flor de piel y viene a constituir una herida no cicatrizada,
consiste en haber abusado de Tecuichpo, la joven viuda de Cuauhtémoc. El acta
de acusación trae consigo un peso considerable: mató al marido y luego se
apropió de la mujer. Tecuichpo, la hija preferida de Motecuhzoma, entra en la
historia como una princesa triste, utilizada por Cortés como moneda de cambio
en los sucesivos matrimonios que le arregló.
Y entre matrimonio y matrimonio, cohabitó con
ella, y como producto de esa relación vendría al mundo Leonor Cortés Moctezuma
(obsérvese que para ella, desde un principio, se utiliza como apellido la forma
moderna del nombre del abuelo). Evidentemente, aquí la figura de Cortés queda
muy mal parada; ¿pero realmente se produjo ese abuso? Y apurando todavía más
las cosas, ¿existió una mujer llamada Leonor Cortés Moctezuma? La pregunta no
es ociosa. Pasemos a ver el inicio de esta historia. Los orígenes son confusos,
y además no nace de golpe, sino que va cobrando cuerpo poco a poco. El
antecedente remoto se encuentra en el juicio de residencia, cuando sus enemigos
le atribuyeron a Cortés una serie de excesos sexuales, tanto con españolas como
con jóvenes de la nobleza mexica, incluidas dos hijas de Motecuhzoma. Pero al
no proporcionar los nombres de las agraviadas, los cargos quedaron en el aire.
Hubo sólo una española, quien lo acusó de que luego de haberse acostado en Cuba
con su hija, pretendió hacerlo con ella. Así estaban las cosas, hasta que su
encarnizado enemigo, Bernardino Vázquez de Tapia, dijo saber: «como Alonso de
Grado se había casado con otra hija de Motunzuma, que se llamaba doña Isabel, e
que al tiempo quel dicho Alonso de Grado falleció, el dicho don Fernando la
llevó a su casa e la tuvo en ella cierto tiempo hasta que la casó con Pero
Gallego, e que después de casada con el dicho Pero Gallego oyó decir que parió
desde en cinco o seis meses, e que se dijo públicamente que estaba preñada del
dicho don Fernando». [783] En ese «oyó decir» se
encuentra el antecedente remoto de la historia. Muerto Alonso de Grado,
Tecuichpo contraería nuevas nupcias encontrándose embarazada, para a poco dar a
luz a una criatura a quien se impondría el nombre de Leonor Cortés Moctezuma.
Nace el personaje, pero al punto surgen las objeciones. El nuevo matrimonio de
doña Isabel con Pedro Gallego fue tan efímero como el anterior; enviudó y
pronto volvió a casarse, esta vez con Juan Cano, quien fue su tercer y último
marido español. Pues bien, ocurre que en ocasión de que éste hizo una escala en
Santo Domingo, Oviedo le plantó enfrente un cuestionario sobre varios temas, y
en el relativo a su matrimonio, esto fue lo que dijo textualmente: «porque
Guatimucín, señor de Méjico, su primo, por fijar mejor su estado siendo ella
muy muchacha, la tuvo por mujer… e no hobieron hijos ni tiempo para
procreallos. Y ella se convirtió a nuestra sancta fe católica, e casóse con un
hombre de bien de los conquistadores primeros, que se llamaba Pedro Gallego, e
hobo un hijo en ella, que se llama Joan Gallego Montezuma. E murió el dicho
Pedro Gallego, e yo casé con la dicha doña Isabel, en la cual me ha dado Dios
tres hijos e dos hijas, que se llaman Pedro Cano, Gonzalo Cano de Saavedra,
Joan Cano, doña Isabel e doña Catalina». [784] El marido pone las
cosas en su lugar: la criatura nacida en el tiempo que estuvo casada con Pedro
Gallego fue varón y no hembra. Y es de suponerse que Cano sabría de lo que
hablaba cuando se refería a los hijos de su mujer. La situación estaba clara,
pero ocurrió que Juan Suárez de Peralta, quien escribía desde España entre los
años 1570 a 1580, con los recuerdos ya muy confusos, atribuyó a Cortés seis
hijos, habidos nada menos que con Malintzin, que serían: «don Martín Cortés,
caballero de la Orden del señor Santiago, y tres hijas, las dos monjas en la
Madre de Dios, Monasterio en San Lúcar de la Barrameda, y doña Leonor Cortés,
mujer que fue de Martín de Tolosa». [785] Cambia a la madre (ya
no es Tecuichpo); habla de que los hijos serían seis, para luego mencionar sólo
a cuatro, y confunde el nombre de Juanes de Tolosa. Más o menos por aquellos
días apareció la llamada Crónica
Mexicayótl, escrita
en náhuatl por Fernando Alvarado Tezozómoc, que vuelve a ocuparse de este
asunto al trazar la descendencia de Motecuhzoma. El autor señala que «según
dicen los ancianos», esa relación habría existido, naciendo de ella una niña
que se llamaría Doña María Cortés de Moteuczoma sic, «a quien diz que desposó
un minero de Zacatlan Zacatecas, allá la otorgó el Marqués del Valle,
convirtiéndose en esposo suyo el llamado Juan de Turosas Tolosa». [786] Finalmente, y para
embrollar todavía más las cosas, apareció Baltasar Dorantes de Carranza (hijo
de Andrés Dorantes, uno de los acompañantes de Álvar Núñez Cabeza de Vaca),
autor ya muy tardío, cuyo libro se publicó en 1614, y en éste dijo: «tuvo el
marqués viejo Cortés a Doña Leonor Cortés, que casó en Zacatecas con Joanes de
Tolosa, el rico; fue hija por la madre de Doña Isabel, hija mayor del señor
Motectzuma. La dicha doña Leonor tuvo dos hijas casadas, una con Don Juan de
Oñate, Capitán General del Nuevo México; tienen hijos. La otra casó con Xrval.
Cristóbal de Saldívar. Y otras monjas en Sevilla». [787] Aquí aparece
perfectamente identificada con nombre y apellido Leonor Cortés Moctezuma, la
hija habida de esa pretendida relación de Cortés con Tecuichpo. Pero ocurre
que, por otro lado, está el testimonio de Bernal, quien afirma que cuando
Cortés volvió de España en 1530, se encontró con la novedad de que durante su
ausencia Leonor se había casado sin su consentimiento con Juanes de Tolosa, un
rico vizcaíno, «del cual casamiento hubo mucho enojo el marqués cuando vino a
la Nueva España». [788] Para entonces Leonor
sería ya una joven muy independiente para su época, capaz de decidir su vida
por sí sola. Y viene ahora el argumento que constituye la losa que pone punto
final a esta historia: el matrimonio de Tecuichpo con Alonso de Grado tuvo
lugar en 1526; al año siguiente éste murió, y sería entonces cuando, según el
decir de Vázquez de Tapia, Cortés abusaría de ella al tenerla en su casa, antes
de darla en nuevo matrimonio a Pedro Gallego. Según esa cronología, para 1530,
año en que ocurre el retorno de Cortés, en el caso de que Tecuichpo hubiera
dado a luz a esa hija que se le atribuye, ésta no pasaría de los tres años. No
hay que olvidar que el escrito de Bernal acerca del matrimonio de la hija, que
tanto disgustó a Cortés, es anterior al nacimiento de la leyenda.
Evidentemente, la Leonor que se casó sin el consentimiento paterno, sería una
joven nacida en Cuba. Más adelante aparecerá otra Leonor, también hija natural.
Pero ésa es otra historia.
Ponce de León no perdió tiempo reponiéndose de
las fatigas del viaje, y emprendió el traslado a México. Gómara lo cuenta así:
«Salió Cortés a recibirle con Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Alonso de
Estrada, Rodrigo de Albornoz y todo el regimiento de caballería de México».
Antes de seguir adelante, es preciso dejar bien sentado que ni Alvarado ni
Sandoval pudieron ir a su encuentro, pues ambos se encontraban lejos de México.
El cuatro de julio, Ponce de León presentó la real provisión que lo acreditaba
como juez de residencia, con jurisdicción sobre asuntos de orden civil y
militar, lo cual consta tanto en el libro de actas de cabildo de la ciudad,
como en el acta respectiva. Cortés besó las provisiones, poniéndolas sobre la
cabeza en señal de acatamiento, y lo propio harían a su vez los miembros del
cabildo. Por ese acto, el licenciado Ponce de León asumió el gobierno. Su
primera actuación consistió en ratificar como alcalde al bachiller Juan de
Ortega, y lo mismo haría con el alguacil mayor y demás alguaciles,
devolviéndoles las varas de mando. Pero retuvo la de Cortés. Acto continuo,
ordenó al pregonero que anunciase la residencia. Y no tuvo tiempo para más,
pues al momento cayó en cama enfermo. La dolencia se agravó y ya no volvió a
pisar la calle. El deceso se produciría días más tarde, pero anticipando su
fin, dejó un mandamiento escrito, nombrando para sucederlo al licenciado Marcos
de Aguilar. La muerte de Ponce de León armó un revuelo inmenso y tuvo unas
repercusiones tales, que precipitaron el declive de Cortés. Es por ello que
conviene conocer con mayor detalle los pormenores de este capítulo.
Gómara asegura que a la llegada a Iztapalapa,
Ponce de León y su comitiva fueron agasajados con un banquete, y al término del
mismo, todos se habrían visto acometidos por vómitos y diarreas. Fray Tomás
Ortiz, el prior de los dominicos que venían con él, comenzó a dar voces
diciendo que les habían dado hierbas, y que el tóxico iba en unas natas, «pero
en verdad ello fue mentira, según después diremos; porque el comendador Proaño,
que iba como alguacil mayor, comió de cuanto comió el licenciado, y en el mismo
plato de las natas o requesones, y ni devolvió ni le hizo daño». [789] En lo que parecería
un mañoso doble juego, fray Tomás, a través de intermediarios, habría
solicitado a Cortés una entrevista, y cuando estuvo en su presencia, lo previno
acerca de que Ponce de León traía instrucciones directas del Emperador de cortarle
la cabeza. Cortés corrobora este dato, agregando que el dominico le envió el
mensaje valiéndose de varios amigos suyos, entre ellos Juan Suárez (de lo cual
se desprende que, a cuatro años de la muerte de Catalina, ambos cuñados
continuaban en términos amistosos). [790] La versión ofrecida
por Bernal es radicalmente distinta, pues según él, Ponce de León habría dicho
a Cortés que el Emperador le había dado el encargo de velar por que se diesen
buenas encomiendas a los conquistadores antiguos y, a su vez, le demandaría por
qué dejó abandonados a su suerte en Trujillo a Diego Godoy junto con treinta
españoles. También le habría demandado que explicase cómo fue que sin licencia
de la Corona abandonó México para ir a someter a Olid. Asimismo, le habría
preguntado por las razones que tuvo para despachar a Cristóbal de Tapia. Y
todos aquellos que se encontraban resentidos con Cortés, no se daban descanso
en formular cargos: «en toda la ciudad andaban pleitos, y las demandas que le
ponían». [791] Frente a lo aquí
apuntado, el notario Francisco de Orduña, en la escritura respectiva, asentó lo
siguiente: «doy fe que el dicho señor Hernando Cortés estovo personalmente en
esta dicha cibdad en la dicha residencia, y en todo el tiempo quel dicho señor
licenciado Luis Ponce de León la estovo tomando, fasta quel dicho Licenciado
Luis Ponce de León murió, que fue viernes e veinte días del mes de julio del
dicho año de mil e quinientos e veinte e seis años. En todo el dicho tiempo de
la dicha residencia, no fue puesta contra el dicho señor don Hernando Cortés,
por persona alguna, demanda ni acusación, ni querella civil ni criminal; lo
cual todo el dicho señor don Hernando pidió lo diese por testimonio, a mí, el
dicho escribano, para guarda de su derecho; e porque es ansí verdad, e pasó
ansí como dicho es, fice aquí este signo, en testimonio de verdad. Francisco de
Orduña». [792]
Bernal narra el desenlace: «cayó malo de modorra
el licenciado y fue de esta manera: que viniendo del monasterio del Señor San
Francisco de oír misa, le dio una muy recia calentura y echóse en la cama, y
estuvo cuatro días amodorrido sin tener el sentido que convenía, y todo lo más
del día y de la noche era dormir; y después que aquello vieron los médicos que
le curaban, que se decían el licenciado Pedro López y el doctor Ojeda y otro
médico que él traía de Castilla, todos a una les pareció que era bien que se
confesase y recibiese los Santos Sacramentos, y el mismo licenciado lo tuvo en
gran voluntad; y después de recibidos con humildad y con gran contrición, hizo
testamento y dejó por su teniente de gobernador al licenciado Marcos de
Aguilar… y ordenada su ánima, el noveno día después que cayó malo dio el ánima
a Nuestro Señor Jesucristo». Como colofón agrega: «oí decir a ciertos
caballeros que se hallaron presentes cuando cayó malo, que como Luis Ponce era
músico y de inclinación de suyo regocijado, que por alegrarle que le iban a
tañer una vihuela y dar música, y que mandó que le tañesen una baja, y con los
pies estando en la cama hacía sentido con los dedos y pies y los meneaba hasta
acabar la baja, y acabada y perdida la habla, que fue todo uno». Eso de que
Ponce de León se fue de este mundo marcando compases, debió de tomarlo de
Gómara, quien observa: «pocos mueren bailando como este letrado». [793] Es de rigor señalar
que el primero en mencionarlo fue Oviedo, autor que Bernal no parece haber
leído. [794]
Es el turno de Cortés. Este atribuye el deceso a
un mal contagioso que trajeron los recién llegados, «de la cual enfermedad
quiso Nuestro Señor que muriese él y más de treinta otros de los que en la
armada vinieron». La muerte le habría sobrevenido «a diez y ocho o diez y nueve
días después que a esta ciudad llegó». [795] En el libro de actas,
se lee que, cuando el cabildo sesionó la tarde del dieciséis de julio, Ponce de
León, por encontrarse enfermo, traspasaba sus poderes al licenciado Marcos de
Aguilar, a quien nombró alcalde mayor de la Nueva España. [796] En la sesión del
veinte, el cabildo discutió el derecho de Marcos de Aguilar para continuar en
el puesto del desaparecido. En España, Oviedo, quien por aquellos días se movía
en las antesalas reales, asegura: «yo vi en aquella Corte de Su Majestad tanta
murmuración contra Cortés, que andaba ya público que su oficio de gobernador se
había de proveer, e que el almirante don Diego Colón había de ir a la Nueva
España a le descomponer». Gómara, lo mismo que Bernal, repite esto
último. [797] Bien. Aparece el hijo
del Descubridor, nombrado o en vías de ser designado gobernador, pero quedaba
el problema de ponerle el cascabel al gato. Para asumir esa gobernación debería
montar a expensas suyas una expedición y luego aprehenderlo. En esos momentos
críticos, en que todo podría irse por la borda, de nueva cuenta Martín Cortés
entra al quite a favor de su hijo, buscando la ayuda del duque de Béjar, con
cuya sobrina, doña Juana de Zúñiga, ya le había concertado el matrimonio. Y
como el duque ya consideraba a Cortés como miembro de su familia, tomó a su
cargo el aplacar la ira del Emperador, haciéndole ver que no debería proceder
contra él sin antes escucharlo. Gómara apunta que fray Pedro Melgarejo de Urrea
fue uno de los que alertaron acerca de lo que se tramaba, [798] pero una lectura a
los papeles del licenciado Núñez, representante de Cortés en España, presenta
la otra cara de la moneda. El fraile se habría apropiado de los diez mil pesos
de oro que éste le confiara para entregar a su padre, y a continuación se había
vuelto contra él, ofreciéndose a volver a México en compañía de quien viniera a
aprisionarlo. [799] Ya no se volverá a
oír hablar de fray Pedro.
La decisión del envío de Ponce de León se adoptó
el 4 de noviembre de 1525 (la fecha figura en la cédula), pero veinte días más
tarde, Carlos V ordenaba a Cortés que se presentase ante él sin «ninguna
dilación ni escusa, e sin esperar otra carta ni mandamiento mío». [800] Está visto que no se
tenía muy claro lo que debía hacerse; primero, enviar a Diego Colón a que lo
capture, luego que sea Ponce de León quien vaya a tomarle cuentas, y más tarde,
se resuelve que lo mejor sería llamarlo. Las vacilaciones son patentes. Se
movían con pies de plomo, para evitar el paso en falso que pudiese provocar el
rompimiento definitivo. Desde luego, el último de esos mandatos cayó en el
vacío, pues por la fecha en que se expidió, Cortés se encontraba en paradero
desconocido, tragado por la selva. El principal propalador de la versión de su
muerte habría sido Gonzalo de Salazar, quien decía estar cierto de ello pues lo
había visto en su espejo mágico. [801] Cuando más tarde, a
su regreso a México, se le demande a Diego Ordaz por qué había escrito
comunicando su muerte, éste refutaría el cargo, argumentando que su carta fue
manipulada por Gonzalo de Salazar.
Las habladurías acerca de que Ponce de León
habría sido envenenado se desataron desde el primer momento. Bernal apunta: «y
quien más lo afirmaba era fray Tomás Ortíz, ya otras veces por mí memorado, que
venía por prior de ciertos frailes que traía en su compañía, que también murió
de modorra de ahí a dos meses, y otros frailes». [802] Las imputaciones
alcanzaron un revuelo tal, que a los seis meses Cortés se sintió obligado a
escribir una carta a fray Francisco García de Loaisa, superior general de los
dominicos y presidente del Consejo de Indias. En ella presenta a fray Diego Ortiz
como un enredador, que desde que llegó «me certificó que Luis Ponce traía
provisión de Su Majestad para me prender e degollar o tomar todos mis bienes, e
que lo sabía de muy cierta ciencia, como persona que venía de la Corte; y
porque él me deseaba todo bien y acrecentamiento, y le parecía que aquello era
muy al revés de lo que yo merecía, me aconsejaba que para lo remediar, yo no
recibiese al dicho Luis Ponce… y lo mismo hizo con los padres franciscos con
quien yo tenía mucha familiaridad, para que me persuadiesen a que no recibiese
al dicho Luis Ponce… Y después el dicho fray Tomás se determinó de ir a España,
como allá Vuestra Señoría habrá visto, y comunicólo conmigo, e segund me
informaron, estando para embarcar en el puerto, donde quiera que se hallaba decía
e publicaba algunas cosas feas en mi perjuicio, especialmente que yo había
muerto a Luis Ponce» [803] . Se descarta lo
afirmado por Bernal, cuando apunta que fray Tomás murió en México.
En lo que se podría dar en llamar la cara oculta
de la conquista, figuran las batallas libradas por su primo y procurador, el
licenciado Francisco Núñez, en las antecámaras reales y en la sala del Consejo
de Indias. Entre las más importantes, figura una que es prácticamente
desconocida, y que ocurrió en 1527, «por el mes de mayo», cuando ya estaba
acordado el envío de don Pedro de la Cueva con «cinco navíos de armada» para someter
a Cortés; pero en esos momentos llegaron de la Nueva España los testimonios del
licenciado Pedro López y del doctor Ojeda, eximiendo a éste de la acusación que
pesaba sobre sus hombros de haber dado muerte a Luis Ponce de León. Se
recibieron también cartas dirigidas al Emperador y al presidente del Consejo de
Indias, que el licenciado Núñez se encargó de hacer llegar a manos de sus
destinatarios, y con base en ello, moviéndose activamente, logró que se diera
marcha atrás al proyecto del envío de la fuerza de don Pedro de la Cueva. Como
testigos de su actuación pone a «todo el Consejo de las Indias e al doctor
Buendía que a la sazón era letrado del dicho marqués que entendía también en
ello». [804] Por su lado, Bernal
confirma que existió ese propósito: «porque este caballero don Pedro de la
Cueva fue el que Su Majestad había mandado que fuese a la Nueva España con gran
copia de soldados a cortar la cabeza a Cortés si le hallase culpado». [805] Don Pedro de la Cueva
era el Comendador Mayor de la orden de Alcántara.
Se produjo un vacío legal. Cortés y los
procuradores de las villas adujeron que Ponce de León carecía de autoridad para
investir en el cargo a Marcos de Aguilar. La propuesta de aquél fue demandar
que se celebrase una reunión de letrados para estudiar el asunto, pero al no
haberlos, los procuradores le pidieron que asumiera el poder. Así consta en el
acta de cabildo del día veinte. Marcos de Aguilar se negó a renunciar. Bien. Es
hora de decir dos palabras acerca de este personaje, por tratarse, ni más ni
menos, de quien le dé la vuelta a la tortilla. El hombre que le arrebató el
poder a Cortés (otros se encargarían de darle la puntilla). Bernal, quien
muchas veces se queda en la anécdota, lo presenta de forma tan derogatoria que
parece una caricatura. Lo interesante es que posiblemente esté reflejando la
opinión de muchos de sus compañeros. Al respecto dice que «caducaba», esto es,
chocheaba. Y tan mal de salud se encontraría, que para alimentarse, además de
beber la leche de unas cabras que traía consigo, por prescripción médica lo
amamantaba una mujer de Castilla. [806] En efecto, se trataba
de un hombre viejo y enfermo, pero que a juzgar por lo que será su actuación,
se encontraba lejísimos de estar caducado. Su nominación dio como resultado que
los procuradores de las villas, curtidos conquistadores todos, olvidaran
momentáneamente sus rencillas y cerraran filas en torno a Cortés. En esos
momentos, en que recobró fugazmente el poder, lo primero que hizo fue publicar
unas ordenanzas para el buen trato a los indios: «Manda el señor don Hernando
Cortés, capitán general y gobernador desta Nueva España y sus provincias por
sus Majestades, que porque Su Majestad le encomendó el buen tratamiento de los
naturales de la tierra». [807] Se autonombró su
protector (¿con ulteriores intenciones?). En las ordenanzas, Cortés usó los
títulos de gobernador y capitán general, a los cuales ya no tenía derecho por
haberle sido retirada la vara por Ponce de León. Pero está claro que, con vara
o sin ella, era el caudillo indiscutible; detrás tenía a un grupo de
conquistadores avezados y señores indios dispuestos a seguirlo. Siempre existió
una facción, integrada por renuentes a que la tierra se entregara al Monarca,
entre los cuales salen a relucir los nombres de Juan Rodríguez de Villafuerte,
Andrés de Tapia, Rodrigo Rangel, Pedro de Ircio y un largo etcétera, citándose
el caso del primero, quien en una ocasión pronunció un juramento, sacando a
medias la espada, para indicar cuál sería el recibimiento que daría a cualquier
enviado de España que llegase para hacerse cargo del poder. [808] Sentían que habían
ganado un reino a punta de espada y no veían la razón para entregarlo. Eran
individuos anclados en el medievo, que aspiraban a que el recién ganado país se
distribuyera en feudos. Bernal no parece ocultar su decepción al escribir
«cuando el rey don Jaime de Aragón conquistó y ganó mucha parte de sus reinos
los repartió a los caballeros y soldados que se hallaron en ganarlos». [809] Y si se presta
atención a lo que dice Francisco de Aguilar, se verá que Cortés no sería ajeno
en alentar esas expectativas: «el capitán algunas veces nos hacía unas pláticas
muy buenas, dándonos a entender que cada uno de nosotros había de ser conde o
duque y señores de dictados, y con aquello, de corderos nos tornaba en
leones». [810] ¿Un doble juego? ¿Les
tomaba el pelo, o mantenía una puerta abierta para el caso de un rompimiento
completo? Este punto saldrá a relucir en el juicio de residencia. Lo ocurrido a
continuación produce la impresión de que Cortés, en aquellos momentos, no tenía
muy claro cómo actuar; lo que hizo fue organizar una cabalgata por las calles
de la ciudad, con un lucido acompañamiento. Una demostración de fuerza. Se
vivieron días muy agitados. Circuló el rumor de que había escrito a Alvarado a
Guatemala, y que éste ya venía en camino al frente de quinientos hombres. Sus
opositores se habían concentrado en las casas de Marcos de Aguilar y Alonso de
Estrada, manteniéndose en constante vigilancia por temor a que en cualquier
momento marchase contra ellos. Otro de los movimientos de Cortés, que a nada
condujo, fue presentarse en la cárcel al frente de un grupo armado y exigir que
le fueran entregadas las llaves. Pretendía apoderarse de Gonzalo de Salazar. La
oportuna llegada de Sandoval frustró ese intento, al convencerlo de que el
licenciado, el tesorero y el contador ya venían con gente armada Pudo haber
corrido la sangre. El paso siguiente hubiera sido, lisa y llanamente, ocupar la
sede de gobierno, cosa que no intentó. En aquel momento no había fuerzas que
pudieran oponérsele. Vaciló. Parecería que no supo bien a bien cómo actuar.
Llegó a una situación límite, pero no dio el paso decisivo que hubiera sido el
rompimiento definitivo. Se limitó a sostener a Marcos de Aguilar, quien de otra
manera no hubiera logrado mantenerse. Eso lo expone en carta al Emperador: «me
pidieron y requirieron de parte de vuestra majestad cesárea, que tomase en mí
el cargo de la gobernación y justicia… y antes he sostenido con todas mis
fuerzas en el cargo a un Marcos de Aguilar, a quien el dicho licenciado Luis
Ponce de León tenía por su alcaide mayor… Y le he pedido y requerido proceda en
mi residencia hasta el fin de ella; y no lo ha querido hacer, diciendo que no
tiene poder para ello». [811] El escribano Diego de
Ocaña corrobora que, efectivamente, existió ese movimiento pidiendo a Cortés
que tomase el poder: «y el día que falleció Luis Ponce, los procuradores de los
pueblos, persuadidos por alguna persona diabólica, hicieron requerimiento a
Hernando Cortés que tornase a tomar la gobernación». [812] Ése fue el momento
que dejó pasar.
El requerimiento a Cortés para que renunciase al
cargo de justicia mayor y repartidor de los indios pasó ante notario, y la
escritura está fechada el 5 de septiembre. Marcos de Aguilar lo conminó y éste
cedió, limitándose a decir que en el caso de que llegara a producirse un
levantamiento de indios, aunque éste se lo pidiera, él no iría contra ellos
como capitán general, sino como un simple vecino. [813] Éste viene a ser el
momento en que Cortés inclinó la cabeza. Pero, ¿quién era este oscuro personaje
que consiguió doblegarlo? Se trataba de un jurista, antiguo alcalde de Sevilla,
que pasó a Santo Domingo acompañando a Diego Colón en su primer mandato, y allí
se encontraba, cuando Ponce de León lo invitó a que lo acompañase. Algo gordo
debió de haber hecho que ameritó que en diciembre de 1518, Carlos V suscribiese
en Zaragoza una cédula en la que decía al licenciado Figueroa, presidente de la
Audiencia: «yo soy informado quel licenciado Marcos de Aguilar, alcalde mayor
que ha sido de la dicha Isla Española por el almirante don Diego Colón, nuestro
gobernador de ella, es persona escandalosa, e a nuestro servicio no conviene
que esté en la dicha isla ni en otra alguna sino que venga a estos reinos». En
una segunda orden, despachada en esa misma fecha, se le señalaba un plazo
perentorio de sesenta días contados a partir de la fecha en que le fuera
notificada, para que se reintegrara a España, «e no volváis a las Indias, sin
mi licencia y especial mandato so pena de nuestra merced y de trescientos mil
maraveís para la nuestra cámara» (al calce aparecen las firmas siguientes: «Yo
el Rey.— Refrendada de Cobos.— Señalada del canciller e del obispo de Burgos e
del de Badajoz e de don García e Zapata». [814] Pese a todo lo
tajante de la destitución, Marcos de Aguilar no sólo sobrevivió, sino que
ascendió en sus acomodos políticos, colocándose como inquisidor. Cuando se
cierre la página Ponce de León y éste informe al Emperador, le dirá: «al tiempo
que Luis Ponce de León venía a estas partes, tocó en el puerto de la ciudad de
Santo Domingo de la Isla Española do yo residía con el oficio de la Santa
Inquisición». [815] Se desconoce de qué
artes se valió para colocarse dentro de la Suprema. El dato ya lo exhibe como
un maestro en el arte de caer siempre de pie. Para cerrar este capítulo, queda
sólo por decir que en la carta en que Marcos de Aguilar informa sobre el deceso
de Ponce de León, fechada diez días después de ocurrido, no menciona la
sospecha de que hubiese sido envenenado.
§. Desterrado
Llegó la hora a Marcos de Aguilar, quien murió a
causa de sus achaques. Su deceso aparece mencionado en el acta de cabildo del primero
de marzo de 1527, por lo que habría gobernado cerca de nueve meses. Y de nueva
cuenta, las malas lenguas dieron rienda suelta a la maledicencia. Esta vez,
aunque no llegó a decirse abiertamente que Cortés lo asesinó, sí se manifestó
que existió el propósito, habiendo salvado la vida por no haber comido del
torrezno envenenado que le envió. Todo lo relacionado con esa historia se sabe
a través de los descargos que, a nombre suyo, presentó ante la Audiencia su
representante Alonso de Paredes. En éstos, al abordar el tema, se dice que todo
da comienzo cuando un jovenzuelo al que sólo se conoce como Sepúlveda, comió
del torrezno y se sintió mal. En respuesta a esa acusación, al par que se
recusa al testigo calificándolo de mozuelo liviano, mentiroso y de mal vivir,
se aduce que el torrezno en cuestión había sido enviado por doña Leonor
(hermana de la difunta Catalina y mujer de Andrés de Barrios), y que así como
se recibió, se le remitió con un paje al licenciado Marcos de Aguilar. Sobre
este particular se destaca que tanto doña Leonor como su marido son personas de
honra, que se encuentran por encima de toda sospecha. Al margen de esa
acusación, que al parecer no tuvo la menor importancia, lo que sí se pone de
manifiesto es que Cortés seguía manteniendo buenas relaciones con su cuñada, al
igual que con el hermano de ésta. [816]
En su testamento, Marcos de Aguilar señaló para
sucederlo a Alonso de Estrada. Al momento se alzaron voces cuestionando esa
decisión; si antes se puso en duda el derecho que asistía a Ponce de León para
nombrar a Marcos de Aguilar, con mayor fuerza se rechazaba ahora que éste, a su
vez, pudiese designar sucesor. Hubo pareceres diversos; mientras unos instaban
a Cortés para que tomase las riendas, otros pedían que gobernase conjuntamente
con Estrada. Y no debe olvidarse que, sotto voce, seguían murmurando los que formaban la facción que
favorecía que el país se fraccionase en feudos. Por otro lado, en el horizonte
ha aparecido un recién llegado que no tardará en incursionar en el escenario
político: Nuño Beltrán de Guzmán. Acerca de su presencia, él mismo señala:
«estando en Toledo el año de veinte y cinco, me mandó su majestad ir a servirle
en las Indias por gobernador de la provincia de Pánuco e Vitoria
Garayana». [817] Aunque no precisa el
mes, lo probable es que se hubiese tratado de un doble movimiento llevado a
cabo simultáneamente; por un lado la designación de Ponce de León, y por otro,
la suya. En un principio Cortés pensó que podrían ser amigos, y es así que el
12 de junio de 1527, a dos meses de la muerte de Marcos de Aguilar, escribía a
García de Llerena, su representante en Santiesteban del Puerto: «según he
sabido, el señor Nuño de Guzmán es muy noble persona, y en todo mirará lo que
conviene al servicio de Su Majestad, sin dar oído ni crédito a bulliciosos, y a
vos os terná tendrá por mi criado para favoreceros con justicia en todo lo que
mediante a ella le pidiéredes y así me lo ha él escrito y certificado por su
carta». [818] Lejos estaba de
imaginar que se convertiría en su peor enemigo. (Cortés al referirse a García
de Llerena como «criado» suyo, lo hace en el sentido medieval de la palabra:
esto es, como persona de su casa.)
Mientras tanto, Alonso de Estrada rechazó la
idea de gobernar asociado a Cortés, como algunos proponían; y éste, por su
parte, tampoco mostró deseos de asumir abiertamente el poder. Pareció
encontrarse una fórmula salomónica: Sandoval gobernaría conjuntamente con
Estrada. Una manera de que Cortés se viera representado por su más leal
lugarteniente. Lo que no queda muy claro es si Sandoval le fue impuesto a
Estrada o si se trató de que él y su esposa buscaban captarlo para casarlo con
una de sus hijas. [819] En aquel mundillo de
hidalgos, en que todos se sentían miembros de una casta superior, las alianzas
matrimoniales eran algo importantísimo. De haber emparentado Sandoval con
Estrada, es posible que las cosas hubieran tomado otro sesgo, pero cualesquiera
que hayan sido las razones, el caso es que el matrimonio no se efectuó. El
gobierno conjunto Estrada-Sandoval duró pocos meses, apenas unos cuatro.
Volvieron a aflorar las tensiones. El motivo aparente fue la riña de un tal
Cristóbal Cortejo, mozo de espuelas de Cortés, con un servidor de Estrada, al
que acuchilló, siendo por ello sentenciado por este último a que se le cortase
una mano. El escribano Alonso Lucas, testigo ocular, refiere que una vez que
llevaron a Cortejo a la plaza, la sentencia tardó más de hora y media en
ejecutarse, «porque se dezía quel dicho D. Fernando Cortés andava trabajando
que se diesen mil pesos de oro para la cámara de su magestad por que no se la
cortasen». [820] Supo eso Estrada y
dio orden de que ejecutase la sentencia. Bernal refiere este episodio diciendo
que tanto Cortés como Sandoval se hallaban en esos momentos en Cuernavaca, y al
tener noticia de lo que acontecía (también se amputaba la mano a un mozo de
espuelas de este último por razones semejantes), rápidamente se trasladaron a
México, pero cuando llegaron era demasiado tarde, y «sintieron mucho aquella
afrenta que el tesorero hizo a Cortés y contra Sandoval, y dicen que le dijo
Cortés tales palabras al tesorero en su presencia, que no las quisiera oír, y
aún tuvo temor que le quería mandar matar». [821]
Bernal escribe que, por aquellos días, llegó de
España una cédula disponiendo que Estrada gobernase solo. Este se sintió ya
todopoderoso, interpretando que ello se debía a que el monarca tenía
conocimiento de que era tío suyo. [822] En la Corte nunca fue
considerado como tal. A continuación, pese a los numerosos cargos que pesaban
contra Salazar y Chirinos, procedió a ponerlos en libertad. Pensaba contar con
ellos como aliados. Esta última actuación exhibe a Estrada como un tornadizo,
pues en febrero de 1526, en cuanto había tenido conocimiento por Martín
Dorantes de que Cortés se encontraba vivo y que ya se disponía a regresar a
México, junto con Rodrigo de Albornoz se apresuró a escribir una carta a la
Audiencia de Santo Domingo acusando a Gonzalo de Salazar y a Peralmindez
Chirinos de haberse hecho jurar como gobernadores apoderándose de la
artillería, armas, casa y bienes de Cortés, de quien «decían tantas blasfemias
y maldades dél, que era cosa no oída ni vista en quien tantas buenas obras les
había hecho». La carta prosigue diciendo que Gonzalo de Salazar, quien se hizo
fuerte en la casa de Cortés, fue finalmente sometido, «y queda en una jaula con
prisiones a donde se le hace el proceso de tantos delitos que por cualquiera dellos
merece mil muertes». [823] Pero ahora la
situación había dado un giro de ciento ochenta grados. El paso siguiente de
Estrada fue desterrar a Cortés, prohibiéndole poner los pies en la ciudad de
México. La medida causó la expectación que sería de esperarse; pero para
sorpresa de muchos, cuando le fue notificada, Cortés se limitó a decir que la
acataría. Ya iría él a presentar su caso directamente ante el Emperador. ¿Qué
pesó en su ánimo en aquellos momentos? La situación era distinta a cuando se
deshizo de Cristóbal de Tapia. En España era visto con recelo y en México tenía
muchos desafectos, pero pese a ello, seguía siendo la única verdadera fuerza
política. El caudillo indiscutible. Bernal nos da cuenta de que en esos
momentos numerosos individuos bulliciosos y descontentos comenzaron a instarlo
a que se alzase como Rey. Se vivía una situación muy tensa, pues tenía a los
indios de su lado, y «estaban todos los caciques mexicanos y de Tezcuco y de
todos los más pueblos de alrededor de la laguna en su compañía para ver cuando
les mandaba dar guerra». ¡Salve Hernando!, ¡tú serás rey!, pero a diferencia de
Macbeth desoyó las instigaciones de las brujas. Frenó a los impacientes, e
incluso «echó presos a dos hombres de los que vinieron con aquellas pláticas y
los trató mal y estuvo por les ahorcar». [824] Ese fue quizás el
momento más propicio para cortar nexos con España. Otro momento que dejó pasar.
Capítulo 24
La especiería
Contenido:
§. Álvaro de Saavedra Cerón
§. El viaje a España
§. Muerte de Sandoval
§. Toledo
§. Llegada de la Audiencia
Un vistazo a lo que ocurría en aquellos momentos al
otro lado del Atlántico ayudará a entender mejor la situación: la pugna
ultramarina entre España y Portugal se encontraba en punto álgido. A lo largo
de la frontera común ambos reinos vivían en paz, sin embargo a distancia, el
Emperador y su cuñado, el rey de Portugal, se hallaban enfrascados en una
guerra sorda de baja intensidad (los puntapiés se daban bajo de la mesa). El
motivo de la disputa eran las Molucas, que ambos consideraban como propias, de
acuerdo con la partición del orbe efectuada en Tordesillas. España resolvió
zanjar la cuestión de una vez por todas, enviando una expedición a tomar
posesión de ellas. Con tal propósito, en 1525, se despachó una flota de siete
navíos al mando de frey García de Loaisa, un comendador de la orden de los
caballeros de San Juan de Rodas. [825] Y en ese mismo año de
1526, de nueva cuenta se había enviado otra con el mismo propósito. Esta última
iba al mando de Sebastián Caboto y la componían tres naves y una carabela; pero
en lugar de dirigirse a las Molucas se detuvo en Pernambuco, donde permanecería
cuatro meses para después internarse en el estuario del Río de la Plata,
dedicándose a explorar el Paraguay y el interior de la Argentina. En ello
emplearía tres años. Ante la falta de noticias de la flota de Loaisa, en España
se impacientaban; es así como el 20 de junio de 1526 (precisamente en los
momentos en que Ponce de León pisaba tierra en Veracruz) en los salones de la
Alhambra, el Emperador firmó una cédula ordenando a Cortés organizar una
expedición que fuese en su socorro. No debe perderse de vista que recibía esa
orden en momentos en que se encontraba desprovisto del poder, por hallarse
sujeto a residencia. La cédula contiene una breve reseña poniéndolo en
antecedentes sobre la situación (al menos lo que se sabía en España); en ella
se le dice que en el viaje de Magallanes dejaron atrás la Trinidad, la nao capitana, porque hacía agua, y con ella
quedaron cincuenta y siete tripulantes. En su búsqueda y socorro partieron esas
dos expediciones; además, Loaisa llevaba la instrucción de enviar de regreso
las naves más grandes cargadas de especias, mientras él, «con cierta gente que
de acá lleva, ordenando han de quedar en las dichas islas asentando su trato en
ellas y gobernándolas». [826] En el informe a
Cortés no está del todo especificada la función encomendada a Loaisa, pero en
el documento expedido a éste, se lee: «vos nombramos por nuestro gobernador y
Capitán general de las dichas islas de Maluco». [827] Como se pone de
manifiesto, no va como administrador de una factoría de intercambio comercial,
sino que se trata, lisa y llanamente, de ocupar las islas. Pero lo notable en
este caso, es que Cortés disponía de información más actualizada sobre las desventuras
de Loaisa (al menos hasta el momento en que cruzó el estrecho de Magallanes y
se internó en el Pacífico), la cual ya se había apresurado a enviar a la Corte,
pero su carta se cruzó en el camino con la instrucción que ahora le llegaba.
Los datos disponibles los había recibido a través de un navío llegado de
arribada forzosa. El patache Santiago. El viaje de éste
constituye un capítulo insólito en que concurren circunstancias muy
interesantes. Cuando Loaisa cruzó el Estrecho de Magallanes para adentrarse en
el Pacífico, ya sólo le restaban tres naves; unas habían perdido contacto, y
la Sancti Spiritus, que era la de Elcano, había dado contra las rocas
a la entrada del estrecho. Ya internados en el océano, sobrevino una tormenta y
los del patache perdieron de vista a la Santa María de la Victoria, que era la capitana, y que para ellos venía a ser el nodriza que los
abastecía de agua y víveres. El patache era una embarcación pequeña que en las
armadas cumplía la función de servir de enlace entre las naves mayores.
Posteriormente, a las naves que realizaban esa función se les dio el nombre
de avisos. Viéndose perdidos en la soledad del océano, con
una provisión de «cuatro quintales de bizcocho en polvo y ocho pipas de agua,
sin otra comida», siendo cincuenta los que iban a bordo, y con la tierra más
próxima que eran las Ladrones (Marianas), a dos mil doscientas leguas, el
capitán adoptó la resolución de darse la media vuelta y poner proa a la tierra
conquistada por Cortés, que «distaba 800 o 1,000 leguas», lo cual nos habla de
que el patache ya se había internado profundamente en el océano. [828] La tormenta ocurrió
el primero de junio, y para el doce de julio ya se encontraban frente a la
costa de Tehuantepec. Desde el navío alcanzaban a distinguir a mucha gente,
pero no podían poner pie a tierra por haber perdido el batel y por tratarse de
una costa rocosa donde el mar batía embravecido. Finalmente, Juan de Arízaga,
un clérigo que además era primo del capitán, decidió ser él quien corriese el
riesgo, y metiéndose dentro de una balsa improvisada con unas tablas, saltó a
bordo con su espada y provisto de tijeras y espejos para dar a los indios. El
mar estaba tan encrespado que la balsa volcó, por lo que Arízaga nadó
intentando ganar la tierra; pero por más esfuerzos que hacía no conseguía
llegar. Viéndolo desfalleciente, cinco indios se lanzaron al agua, sacándolo
semiahogado. Cuando se recuperó lo llevaron a su pueblo, escoltado por una
multitud inmensa. Ya en presencia del cacique local, éste le mostró una gran
cruz de madera, saludándolo con las voces de «Santa María», «Santa María». Supo
entonces que desde tiempo atrás se había plantado esa cruz, y que los
habitantes de la localidad se mantenían como vasallos de la Corona. Al quinto
día de estar allí, vio llegar a gran cantidad de gente, «reconociendo que venía
allí un cristiano en una hamaca que traían doce indios». [829] Se trataba del
gobernador puesto por Cortés. A cinco años de la conquista, ésa era la
situación en Tehuantepec. Un solo español controlaba a miles de indios, que
respetaban el juramento de vasallaje dado por su cacique. La tierra vivía en
paz. Por medio de canoas, los indios abastecieron el patache, que se dirigió a
un fondeadero seguro que, según indicaron, había en la proximidad. Como el
capitán venía enfermo, Arízaga informó al representante de Cortés y a
continuación prosiguió viaje a México, para poner a éste al tanto de lo
ocurrido. En la Quinta
Relación (3 de septiembre de
1526), Cortés ya informa que de Tehuantepec le han llegado nuevas del arribo de
un navío de la flota de Loaisa; y en la carta que escribiría días después (11
de septiembre), dice: «envío una relación que un Juan de Arízaga, clérigo
natural de Guipúzcoa, me dio del viaje que el dicho Loaisa hizo después que
salió de la Coruña hasta que embocó el estrecho de Magallanes, porque desde que
desembocaron, el navío Santiago donde él venía, perdió la
flota y arribó a esta costa, que yo tengo descubierta de la mar del Sur». [830] Cortés se abocó a la
tarea de cumplir lo que se le ordenaba, que era precisamente lo mismo propuesto
por él en la relación que se cruzó con la cédula, en la cual anunciaba que
disponía de navíos que se encontraban a punto, ofreciéndose a enviarlos al
Maluco, Malaca y la China. Y si fuera preciso, se ponía a la orden para ir él
en persona, «por manera que las sojuzgue y pueble y haga en ellas
fortalezas». [831] Está visto que
Cortés, al igual que los señores del Consejo de Indias, tenía una idea
remotísima de lo que pudiera ser China.
La empresa que ahora tenía entre manos era de
inmensa envergadura. Uno de esos grandes viajes al que extrañamente se presta
escasa atención, tratándose, ni más ni menos, que del primer cruce del Pacífico
partiendo desde México. Y lo asombroso del caso es que todo se hacía con
recursos propios, sin que la metrópoli tendiera una mano. ¿Cómo funcionó el
astillero que montó en Zacatula? No se sabe; pero está claro que no bastaban
unos pocos carpinteros de ribera y herreros con su fragua; lo que allí se
construía no eran bergantines de fondo plano para navegar en una laguna, sino
navíos que gobernasen bien y capaces de capotear un temporal en mitad del
océano. Los resultados hablan por sí solos. Allí se construyeron tres, uno de
ellos de gran porte. Está claro que hubo detrás un constructor experimentado
que se encargó del diseño y dirigió la construcción. Además, deberían tener
gran capacidad de carga para llevar el agua y provisiones que requería una
navegación tan prolongada; el caso es que, calladamente, esos constructores
navales que trabajaban en tan precarias condiciones dieron cima a su tarea. Las
naves pronto estuvieron a punto, y luego de habérseles sometido a pruebas de
mar y comprobarse que eran aptas para la travesía oceánica, fueron conducidas a
Zihuatanejo.
§. Álvaro de Saavedra Cerón
Cortés hizo entrega a su primo Álvaro de
Saavedra Cerón del pliego de instrucciones, junto con cartas dirigidas a los
reyes de Cebú y Tidore; al primero le explicaba el objetivo del viaje, y al
segundo, le agradecía el buen trato dispensado a los tripulantes de la flota de
Magallanes: «A vos el honrado e buen rey de la isla de Cebú, que es en las
partes del Maluco…». [832] «A vos, el honrado e
buen rey de la isla de Tidore, ques en las partes del Maluco, yo don Hernando
Cortés: Porque puede haber seis e ocho años que por mandado del emperador
nuestro señor, fue en esas partes un capitán suyo, cuyo nombre era Hernando de
Magallanes…». [833] Aquí parece estar en
lo suyo, carteándose con dos lejanos monarcas. Sus escritos tienen el sabor de
las cartas credenciales que hoy se expiden a un embajador. Aunque la versión de
ésas, llegada hasta nosotros, está en español, los originales fueron redactados
en latín, pues como lo explica: «… van escritas en latín, porque como lengua
más general del universo, podrá ser, segund hay contratación en esas partes de
muchas e diversas naciones a cabsa de las especierías, que halléis judíos o
otras personas que las sepan leer; e no hallando tales personas haréislas
interpretar a la lengua el intérprete arábiga que lleváis, porque ésta creo que
hallaréis más copia por la mucha contratación que con los moros tienen; e si no
tuvieron, lleváis un indio natural de Calicut; éste forzado fallará lengua que
lo entienda». [834]
Bernal asegura tener muy presente el episodio
relativo a la llegada de la cédula del Emperador ordenando ir en auxilio de
Loaisa, pues según cuenta, «Cortés me mostró la misma carta a mí y a otros
conquistadores que le estábamos teniendo compañía… le mandó Su Majestad a
Cortés que a los capitanes que enviase que fuesen a buscar una armada que había
salido de Castilla para la China, e iba en ella por capitán un don fray García
de Loayza, comendador de San Juan de Rodas. Y en esta sazón que se apercibía Sayavedra
para el viaje aportó a la costa de Teguantepeque un patache que era de los que
habían salido de Castilla con la armada del mismo comendador que dicho tengo, y
venía en el mismo patache por capitan un Ortuño de Lango, natural de
Portugalete, del cual capitán y pilotos se informó Alvaro de Sayavedra Zerón de
todo lo que quiso saber, y aun llevó en su compañía a un piloto y a dos
marineros». [835] Se advierte aquí que
Bernal equivoca el nombre del capitán, por haberlo copiado de Gómara, quien lo
llama Hortunio de Alango. Oviedo, en cambio, escribe que se llamaba Santiago de
Guevara, y refiriéndose a las conversaciones que sostuvo con Arízaga, trae a
cuento la anécdota que éste le refirió cuando hablaban de los patagones, cuya
estatura era tal, que ni él ni ninguno de los expedicionarios les llegaba con
la cabeza «a sus miembros vergonzosos, en el altor… y este padre no era pequeño
hombre, sino de buena estatura de cuerpo». [836]
Por aquellos días, o bien algo más importante
acapararía la atención de Cortés, o se encontraría indispuesto, pues el caso es
que no se desplazó a Zihuatanejo para supervisar la partida de la flota, lo
cual, tratándose de una expedición tan importante, no pasa inadvertido. Todo lo
manejó por carta, delegando por entero los preparativos en el primo. En las
instrucciones incluye puntos que eran obligados en un documento oficial de la
época, como vienen a ser el velar porque nadie blasfeme contra Dios, la Virgen
o los santos y las consabidas prohibiciones contra el juego (al que se tenía
como origen de muchos males). En este punto Cortés, que era impenitente
jugador, aparece como si fuera el demonio metido a predicador. Y se prohibía
también llevar mujeres a bordo, lo cual parece indicar que ya habría algunas
españolas muy lanzadas, dispuestas a correr la aventura. Al llegar a este
punto, es preciso detenerse un momento para hablar de algunas y algunos de los
personajes más movidos de esa primera época, cuyo paso a Indias no figura en
los registros de la Casa de Contratación: los «llovidos», aquellos que no
reunían los requisitos para que se les autorizara el paso a Indias (linaje de
judíos o moros, penitenciados por la Inquisición, arraigados por deudas), a los
cuales se agregaban aquellos que, para huir de un matrimonio desgraciado,
ponían el océano de por medio. Una vez que el barco, pasado el registro
reglamentario, se encontraba en altamar, comenzaban a aparecer hombres y
mujeres, salidos de barriles, cajas, cestos y cuanto escondrijo imaginable
hubiera. Aparecían como «llovidos». Evidentemente, subidos a bordo con la
complicidad del maestre o de algún marinero.
Luego de las prohibiciones antes señaladas, el
pliego establecía como primer objetivo ir en socorro de Loaisa y Caboto;
debería tratar de averiguar la suerte corrida por los tripulantes de la Trinidad que quedaron atrás, y después venía una
instrucción reservada: en España se tenía conocimiento de que los portugueses
habían edificado una fortaleza. Por lo mismo, como primera providencia,
deberían informarse si ello era cierto, y en caso de serlo, establecer si la
construcción se había hecho dentro de los territorios que la Corona española
consideraba como suyos, de acuerdo con la partición del mundo realizada en
Tordesillas. Si se establecía que se encontraba dentro de la jurisdicción
correspondiente a España, debería apoderarse de ella, dando a conocer «al señor
e naturales de la dicha isla la cabsa por que tomastes aquella fortaleza e
prendiste la gente de ella, que es la de tener en perjuicio de Su Majestad por
ser suyo e pertenecerle todas aquellas islas, digo, la contratación dellas».
Debería luego cargar de especias los navíos, enviándolos de regreso; ello sin
perjuicio de dejar bien pertrechada la fortaleza y con guarnición suficiente.
En caso de necesidad, solicitaría ayuda, la cual le sería enviada muy pronto,
dada la cercanía (es curioso cómo, hasta en tres ocasiones, Cortés alude a la
proximidad de la Nueva España con las Molucas; como si no hubiera tomado en
cuenta los datos que le dio Arízaga). Para el pronto despacho de los refuerzos,
se podría contar con los otros tres navíos que estaban por completarse en su
astillero de Zacatula. Existe otra disposición que muestra a Cortés, de cuerpo
entero, en su faceta de introductor de cultivos: pide que, con discreción, se
informe de todo acerca del cultivo de las especias, teniendo cuidado de enviar
en el viaje de regreso varias plantas para tratar de introducirlas en México;
y, en consecuencia, aconseja que al retorno, en cuanto los capitanes lleguen a
tierra, sin pérdida de tiempo «las hagan plantar en la tierra luego, porque no
se pierdan, avisándoles la manera que en ello han de tener, e las que se han de
plantar en parte húmida, e las que en parte seca, e las que requieren riego o
no, o si quisieren sierra o llano, e todas las otras particularidades
necesarias». [837] Un proyecto
ambicioso. Arrebatar a las Molucas el monopolio de las especias. El robo del
Vellocino de Oro. Finalmente, el 31 de octubre de 1527 la flota compuesta por
tres naves levó anclas en Zihuatanejo. Álvaro de Saavedra Cerón iba a bordo de La Florida, que era la capitana, con cincuenta hombres; Luis
de Cárdenas, al mando de la Santiago, con cuarenta y cinco, y
el bergantín Espíritu
Santo, comandado por Pedro de
Fuentes, con quince. Cortés no se halló presente para verla partir. Pasarían
años antes de que se conociera el resultado de ese viaje.
Bodas reales. El 3 de marzo de 1526 Carlos V
contrajo matrimonio en Sevilla con su prima Isabel de Portugal, y lo notable
del caso es que un hecho de tan señalada importancia haya sido pasado por alto
por el cabildo de la ciudad, que no decretó ningún tipo de festividad ni envió
parabién alguno a los reales esposos. En ninguna de las actas de ese año y del
siguiente figura que se haya tomado nota del suceso. Por su lado, Cortés cuando
meses más tarde desembarque en México, y necesariamente tenga conocimiento de
ello, aparte de no enviar un presente, ni siquiera se dará por enterado. Y al
año siguiente, cuando se produzca el nacimiento del príncipe Felipe, éste
igualmente será pasado en silencio. Se trata de unas faltas de cortesía en
extremo notorias, que no se alcanzan a comprender, de la cuales, sin lugar a
dudas, la Corte tomaría buena nota.
§. El viaje a España
Dado el sesgo que tomaron sus relaciones con el
tesorero Estrada, Cortés comenzó a barajar la idea de viajar a España para
presentar su caso al Emperador. Lo que terminó de decidirlo fue una amistosa
carta del obispo de Osma, fray García de Loaisa, presidente del Consejo de
Indias y confesor del Emperador, quien le hacía ver la conveniencia de que éste
lo conociera, ofreciéndose a la vez de servirle de intercesor (no confundirlo
con frey García de Loaisa, el comandante de la flota). [838] La sugerencia
equivalía a una orden, por lo que ya no lo pensó más, y teniendo noticia de que
en esos momentos se encontraban en Veracruz dos navíos nuevos y de buen porte,
despachó a su mayordomo Pedro Ruiz de Esquivel para que fuese a comprarlos.
Este partió en una canoa bien provisto de barras de oro, acompañado de un negro
y seis remeros indios. Días más tarde se encontró su cuerpo en una isleta de la
laguna, descompuesto y comido por aves carroñeras. El oro había desaparecido y
nunca volvió a saberse del negro y de los remeros indios. Cortés hubo de enviar
a otro de sus mayordomos, quien se encargó de la compra. Y como era un gran
señor el que viajaría, todo se haría de acuerdo a su estado. Comenzó por reunir
todo aquello que en la metrópoli tuviera un sabor exótico: aves características
de la tierra, armadillos, dos tigres, tlacuaches, que mucho llamaban la
atención por la bolsa en que guardaban a sus hijos, y a ello se añadía un
conjunto de indios acróbatas, jugadores del palo y danzantes. Completaba su
acompañamiento con una colección de enanos, albinos y jorobados. Eso iba muy a
tono con los monarcas y los grandes señores, y el gusto se mantendría en los
reinados siguientes; cabe recordar a Velázquez pintando a enanos y bufones de
la Corte de los monarcas. Bernal señala que los caciques de Tlaxcala le
pidieron que llevara consigo a principales de su nación, entre otros, al hijo
de Xicoténcatl el Viejo, el cual enfermará y
morirá en España. Gómara agrega que también llevó a un hijo de
Motecuhzoma. [839] Anunció entonces
pasaje gratuito a todos aquellos que quisiesen viajar. En aquellos momentos le
llegaron cartas de España. Su padre había muerto.
Luego de dejar sus asuntos encomendados a su
pariente, el licenciado Juan Altamirano, conjuntamente con Diego de Ocampo,
Alonso Valiente y el burgalés Santa Cruz, se hizo a la vela. Entre los
capitanes más significados que llevó en su compañía se contaban Gonzalo de
Sandoval, Andrés de Tapia y Vasco Porcallo. Y después de cuarenta y dos días de
navegación, con viento próspero y sin haber hecho escala en Cuba, ni en ninguna
otra parte, llegaron a España. Gómara dice que el arribo fue a finales de 1528;
pero no está en lo cierto, como no se tardará en ver; Bernal escribe: «y
llegaron a Castilla en el mes de diciembre de mil quinientos veintisiete
años». [840] Equivoca tanto mes
como año. Es significativo que en las actas de Cabildo de la ciudad de México
no figure alusión alguna a su partida. En la sesión del 31 de julio, entre
otros acuerdos, figura el de que el día de San Hipólito se celebren una corrida
de toros y juegos de cañas, para festejar el séptimo aniversario de la toma de
la ciudad. Los que tengan caballo deberán salir montados so pena de diez pesos
de oro para quienes no lo hagan. Alegrías por la efeméride y silencio total en
cuanto a la partida de Cortés. El México oficial lo ignoró.
Apenas desembarcado, Cortés se enteraría de lo
ocurrido en España mientras cruzaba el océano; a la carta del obispo de Osma
siguió una cédula fechada en Madrid el 5 de abril de 1528, y firmada por el
propio Emperador, notificándole que, para los efectos de que le fuera tomada la
residencia (interrumpida por el fallecimiento de Ponce de León), se ha acordado
el envío de cuatro oidores para que se hagan cargo del gobierno, bajo la
presidencia de Nuño de Guzmán. Se trataba de una Audiencia gobernadora, con
facultades jurídico administrativas. Salvo en el caso del presidente, no se dan
los nombres de los oidores. Y en términos inequívocos, se le ordena que, a la
brevedad posible, «vengáis en persona a nuestra Corte a nos informar». [841] Se daba por terminado
el gobierno del tesorero Alonso de Estrada. A los pocos días, el trece de
abril, se expide otra cédula, firmada igualmente por el Emperador, en la que al
reiterársele la noticia del nombramiento de la Audiencia, se le previene que en
cuanto ésta asuma funciones, deberá acatarla y obedecerla en todo lo que le
mande. [842] Para el 29 de junio,
encontrándose en la villa de Monzón, Carlos V envía una cédula dirigida a la
Audiencia (cuyos oidores todavía no embarcan), señalando que Cortés ya se
encuentra en España, y que mientras no se disponga otra cosa, se abstengan de
tocar sus bienes. [843] Evidentemente, habría
llegado algunos días o semanas atrás, con lo que quedan desmentidas las
afirmaciones de Bernal y Gómara acerca de la fecha. El licenciado Francisco
Núñez, procurador de Cortés, afirma que «el dicho marqués vino a esta corte por
el mes de mayo del año de veinte e ocho». [844]
§. Muerte de Sandoval
S andoval enfermó en Palos. Como su
estado se agravara, el propietario de la posada en que se alojaba persuadió a
sus sirvientes para que fuesen al vecino monasterio de La Rábida a buscar a
Cortés. Cuando éste llegó, Sandoval le expuso muy dolido que en cuanto se
encontró a solas, el posadero se apoderó de trece barras de oro que llevaba en
su equipaje. Como no se podía valer por lo débil que se encontraba, se tuvo que
mantener con los ojos cerrados por temor a que si hacía algún movimiento éste
lo estrangulara. Muy duro debió ser para él pasar por ese trance. Se encontraba
desfalleciente y la vida se le escapaba por momentos. Sintiendo próximo el fin,
se confesó, y según agrega Bernal, hizo testamento a favor de una o varias de
sus hermanas, nombrando albacea a Cortés. Y de allí a poco expiró. Está
sepultado en La Rábida. El posadero huyó al vecino Portugal llevándose el oro y
nunca más volvió a saberse de él. Por otra parte, existe el testamento que
Sandoval habría otorgado a favor de su primo Juan de Sandoval, residente en
Tenochtitlán, antes de partir rumbo a España. [845] Juan resulta un
anodino de quien no volverá a oírse. Cortés, quien ya vestía de luto por las
muertes de la esposa y de su padre, agregó un nuevo motivo para continuar
portándolo. La pluma de Bernal ha legado el apunte siguiente de Sandoval: «fue
capitán muy esforzado, y sería cuando acá pasó de hasta veinte y cuatro años;
fue alguacil mayor de la Nueva España y obra de diez meses fue gobernador de la
Nueva España, juntamente con el tesorero Alonso de Estrada: era del cuerpo y
estatura no muy alto, sino bien proporcionado y membrudo, el pecho alto y
ancho, y asimismo tenía la espalda, y de las piernas era algo estevado, y muy
buen jinete; el rostro tiraba algo a robusto, y la barba y el cabello que se
usaba algo crespo y acastañado, y en la voz no la tenía muy clara, sino algo
espantosa, y ceceaba tanto cuanto; no era hombre que sabía letras, sino a las
buenas llanas, ni era codicioso, sino solamente tener fama y hacer como buen
capitán esforzado, y en las guerras que tuvimos en la Nueva España siempre tenía
cuenta con los soldados que le parecían a él y lo hacían como varones, y los
favorecía y ayudaba; no era hombre que traía ricos vestidos, sino muy
llanamente; tuvo el mejor caballo y de mejor carrera, y revuelto a una mano y a
otra, que decían se había visto dos sic en Castilla ni en otras partes, y era
castaño y una estrella en la frente, y un pie izquierdo calzado; decíase
Motilla». [846]
Cortés escribió notificando su llegada al
Emperador, al obispo fray García de Loaisa, al duque de Béjar, al conde de
Aguilar y otras personalidades vinculadas con su familia, y a continuación se
trasladó a Sevilla, donde fue agasajado por el duque de Medina Sidonia, quien
le facilitó muy buenos caballos. Reposó allí dos días y a continuación
emprendió la marcha hacia el monasterio de Guadalupe, el más reverenciado
santuario de Extremadura. Y como Medellín viene a ser lugar de paso para el que
viene de Sevilla, hay lugar para suponer que antes de llegar al santuario se
detendría para visitar a su madre. Ningún autor describe la visita. Bernal
apunta que en el monasterio coincidió con doña María de Mendoza, esposa de don
Francisco de los Cobos, el todopoderoso comendador mayor de León, con quien
comenzó a tener conversación. Viajaba ésta con gran acompañamiento de damas,
contándose entre otras una hermana suya, doncella y hermosa, llamada doña
Francisca. Cortés comenzó a cautivar a las damas con su conversación, pues
«plática y agraciada expresiva no le faltaba». Hizo a éstas obsequios muy
generosos, y en especial a la hermana soltera. Ocurrió en aquellos momentos que
una de las acémilas de la litera de ésta se lastimó una pata, por lo que
encargó a sus mayordomos que comprasen dos muy buenas y se las obsequió. Y
siempre acompañando a las damas, marchó con ellas a Toledo, donde se encontraba
la Corte, agasajándolas a todo lo largo del trayecto. Parece ser que sería a
causa de esas atenciones, que doña María de Mendoza le insinuaría que se casase
con su hermana, «y si Cortés no fuera desposado con la señora doña Juana de
Zúñiga, sobrina del duque de Béjar, ciertamente tuviera grandísimos favores del
comendador mayor de León y de la señora doña María de Mendoza, su mujer, y Su
Majestad le diera la gobernación de la Nueva España». [847] Gómara escribe:
«trataron muchos de casar a Cortés, que tenía mucha fama y hacienda. Don Álvaro
de Zúñiga duque de Béjar, trató con mucho calor de casarle; y así, le casó con
doña Juana de Zúñiga, sobrina suya e hija del conde de Aguilar, don Carlos
Arellano, por los poderes que tuvo Martín Cortés». [848] Como se advierte, los
cronistas no se ponen de acuerdo sobre si estaba o no casado; la única
importancia que podría tener el dato, es la de saber si en ese momento, por
respetar un compromiso contraído por su padre, dejó pasar la oportunidad de haberse
asegurado el gobierno vitalicio de la Nueva España. ¿En qué momento contrajo
segundas nupcias? Diego Ordaz, en carta dirigida desde Toledo a su sobrino
Francisco Verdugo, decía: «El gobernador y nuevo marqués del Valle partió desta
corte el segundo día de Pascua Florida, que se contaron 29 de marzo. Váse a
Béjar a casarse, y de allí a ver a su madre, y a Sevilla a se embarcar». [849] En fin, así queda la
cuestión.
§. Toledo
En Toledo, en fecha que no es posible precisar,
Cortés compareció ante el Emperador. En su presencia se puso de rodillas, pero
éste le mandó levantarse. Estaban cara a cara el conquistador de un nuevo mundo
frente al señor de media Europa, como cabeza del Sacro Imperio Romano
Germánico. (Carlos había recibido en Aquisgrán la corona de emperador electo el
23 de octubre de 1520, quedando reservada al papa la coronación definitiva, lo
cual ocurriría casi diez años después.) Presenciaban la escena el duque de
Béjar, el conde de Aguilar, el comendador mayor de León, y muchos otros grandes
señores. Cortés inició la defensa de su caso y, según Bernal, entregó un
escrito, diciendo: «aquí tengo este memorial, por donde Vuestra Majestad podrá
ver si fuere servido, todas las cosas muy por extenso como pasaron». Realizada
la entrega, hizo un nuevo intento de besar los pies del Monarca, pero éste se
lo impidió. Podría decirse que salió bien librado en ese primer encuentro, pues
no salieron a colación los varios desacatos cometidos. Y si bien fueron muchos
los acusadores, también lo eran los valedores. El obispo Fonseca y Velázquez
estaban ya fuera de la escena, y Narváez dejaba de constituir un incordio, pues
se le había otorgado la adelantaduría para que fuese a conquistar la región del
río de Las Palmas, donde encontraría la muerte. Cuando todo parecía marchar
viento en popa, sorpresivamente, Cortés enfermó de tanta gravedad, que llegó a
temerse por su vida. Y como se esperaba su fallecimiento de un momento a otro,
el duque de Béjar y el comendador de los Cobos, intercedieron ante el soberano
para que, como un último tributo, fuese a hacerle una visita. Rodeado de los
grandes del Reino, Carlos V acudió a verlo, lo cual en la Corte se tuvo por una
señaladísima distinción. [850] Ningún cronista
especifica de qué enfermedad se trataría; lo único claro es que estuvo con un
pie en el sepulcro. Segunda vez en el término de tres años. Señal evidente de
quebrantos muy serios en materia de salud. Se repuso. No hay datos sobre la duración
de la convalecencia. Y la ocasión siguiente en que volveremos a oír de él, será
cuando protagonice un incidente en la catedral de Toledo. Al parecer, esa
visita del Emperador a su morada, en momentos en que se debatía entre la vida y
la muerte, se le subió a la cabeza. Se sentía una de las primeras figuras del
Reino y, para hacerlo ostensible, un día llegó tarde a misa en momentos en que
tanto el Monarca, como todos los grandes, habían ocupado sus puestos. Pasó de
largo frente a ellos y fue a sentarse junto al conde de Nassau, quien ocupaba
el sitio inmediato a Carlos V. Bernal dice que a su paso aquellos grandes
señores «murmuraron de su gran presunción y osadía y tuviéronle por
desacato…». [851] Un acto de presunción
que le valió enajenarse algunas voluntades.
Por aquellas fechas, supuestamente habría
ocurrido un hecho que tiene todo el aire de constituir un episodio fantasioso,
el cual proviene de Gómara y Bernal lo repite. El primero, que es quien lo
refiere con lujo de detalles, cuenta que la Emperatriz Isabel, al saber que
Cortés traía unas joyas de un valor extraordinario, mostró interés en verlas;
«traía Cortés cinco esmeraldas, entre otras que consiguió de los indios,
finísimas, y que las tasaron en cien mil ducados. Una de ellas estaba labrada
como rosa, la otra como corneta, otra era un pez con los ojos de oro, obra
maravillosa de los indios; otra era como una campanilla, con una rica perla por
badajo, y guarnecida de oro… por esta sola pieza, que era la mejor, le daban
unos genoveses, en la Rábida, cuarenta mil ducados, para revender al Gran
Turco… le dijeron que la Emperatriz deseaba ver aquellas piezas, y que se las
pediría y pagaría el Emperador; por lo cual las envió a su esposa con otras
muchas cosas, antes de entrar en la Corte, y así se excusó cuando le
preguntaron por ellas». [852] Un comentario que
sale al paso, es que en suelo mexicano no existe la esmeralda. Se encuentra la
jadeíta, una piedra semipreciosa. Los famosos chalchihuites. Este episodio hay que escucharlo con las debidas reservas, pues
reviste las características de apócrifo. Sencillamente, no va de acuerdo con el
estilo de Cortés, quien nunca hubiera desaprovechado esa oportunidad para
ganarse la voluntad de la Emperatriz.
§. Llegada de la Audiencia
Mientras tanto, los oidores designados para
integrar la que vendría a ser la primera Audiencia, llegaron a la Nueva España.
Formaban parte de este cuerpo colegiado Juan Ortíz de Matienzo, Diego
Delgadillo, Alonso de Parada y Francisco Maldonado, letrados los cuatro,
conforme lo requería la función de jueces que tenían encomendada. Apenas puesto
pie en Veracruz, emprendieron el viaje a México, sin aguardar a Nuño de Guzmán,
como lo tenían ordenado. El factor Gonzalo de Salazar, a quien Alonso de
Estrada mantenía encerrado en un jaula, había logrado entablar amistad con Nuño
a través de cartas y de valiosos obsequios; a su vez, el veedor Peralmíndez
Chirinos, salió a su encuentro llevándole entre otros presentes, unos galgos
para cazar liebres. Para el 9 de diciembre de 1528, la Audiencia ya estaba en
funciones, según se lee en el libro de actas, y a los pocos días fallecían
Parada y Maldonado de «dolor de costado» (pleuresía). Bernal, al informar de
este caso, comenta zumbón, «si allí estuviera Cortés, según hay maliciosos,
también le infamaran y dijeran que él los había muerto». [853] Da comienzo en ese
momento un gobierno de dos años (que más podría llamarse desgobierno), en el
que se cometieron todo tipo de excesos y arbitrariedades. Nuño, quien llegó con
la espada desenvainada, no perdió tiempo en dar comienzo al juicio de residencia,
y como había cobrado una especial inquina contra Cortés, excediéndose en las
instrucciones (o quizás malinterpretándolas), se propuso acabarlo. En los
primeros meses de 1529 se presentaron a declarar veintidós testigos de cargo,
todos enemigos suyos, encabezando la lista Bernardino Vázquez de Tapia, quien
ya comenzaba a significarse por la especial animadversión que sentía hacia él
(quizás por eso sería designado para llevar el proceso a España junto con
Antonio de Carvajal). En Sevilla, Cortés había logrado hacerlo encarcelar por
deudas, pero pronto se vio libre. Su enemistad será una de las que más daño le
harán, pues éste fue uno de los hombres que figuraron de manera prominente en
el cabildo de la ciudad de México. Podría decirse que fue uno de los políticos
del ejército; de esa forma se explica cómo un hombre que no se destacó de
manera significativa en la conquista, haya accedido a posiciones que le
permitieron tener un ascendiente muy grande en el cabildo durante muchos años.
Una muestra de sus actuaciones desde época temprana, es aquella en que
refiriéndose al envío de Alonso de Ávila a La Española y de Diego Ordaz y
Alonso de Mendoza a España, dice: «y los despachos que llevaron hicimos Alonso
de Grado e yo». [854] Vázquez de Tapia pasó
en 1514 con Pedrarias a Castilla del Oro, «adonde yo estuve dos años y medio,
poco más o menos»; de allí fue a Cuba, donde participó en algunas cabalgadas y
como recompensa recibió de Velázquez tierras e indios para que se las
trabajasen. Pronto fue hombre rico. Embarcó en la expedición de Grijalva con el
cargo de alférez de toda la armada y, cuando volvió con Cortés, era uno de los
de a caballo. A partir de la fundación de la Villa Rica, su firma
invariablemente aparece en todos los documentos importantes que se redactaron.
Formó parte del grupo de los ciento treinta españoles que quedaron con Alvarado
a cargo de la custodia de Motecuhzoma cuando Cortés marchó contra Narváez,
siendo por tanto uno de los participantes en la matanza del Templo Mayor.
Vázquez de Tapia tiene la peculiaridad de que presenta la historia en dos
versiones distintas, la de «antes» y la de «después»; es así que la primera
vendría a estar constituida por todo lo que declaró en el juicio de residencia,
en que arremete de firme contra Cortés. Presenta la matanza de Cholula como un
acto de crueldad inaudita por parte de éste, quien sin que mediaran razones,
encerró a cuatro o cinco mil indios en el patio del templo, dando orden a
continuación para que los masacrasen a todos. En cambio, en su Relación de méritos y servicios escribe algo muy
distinto: «y vimos que los de Cholula andaban de mal arte… y ni nos querían dar
de comer, ni maíz para los caballos, sino toda la gente de mal arte. Y como el
Marqués vio todas estas cosas, temió de alguna traición y mandó que toda la
gente estuviese muy apercibida, y andando con gran aviso inquiriendo, supo que
allí, cerca de Cholula, estaba una guarnición de gente de México y, ratificado
dello, determinó, que antes que nos tomasen durmiendo, de dar en los unos y en
los otros, y ansi lo hice, sic aunque con no poco peligro nuestro». [855] La mudanza es de
ciento ochenta grados, pero, ¿por qué? Algo que quizás ayude a explicar esa
conducta, sería que la primera declaración la hizo en 1529, cuando formaba
parte de un bando que buscaba lograr que no se permitiese a Cortés el retorno a
México; en cambio, cuando empuñó la pluma para escribir la Relación de méritos, el tiempo había pasado. Se ha establecido, con
razonable precisión, que ello ocurrió entre 1542 y 1546. Para ese tiempo Cortés
ya no constituía ningún peligro; y es más, en ésta no sólo se abstiene de
atacarlo, sino que incluye menciones que resultan francamente elogiosas para
él, como es el caso cuando refiere que los principales personajes del ejército
lo requirieron para retirarse a la costa, «y el Marqués dijo que antes quería
morir que volver un pie atrás». [856] En fin. Los hombres
cambian. Además, las acusaciones de Vázquez de Tapia resultan un tanto
candorosas, pues por un lado dice que la casa de Cortés en Coyoacán funcionaba
como un garito, donde no se hacía otra cosa que jugar, y por otro, se queja de
que un día, jugando «a la primera», Pedro de Alvarado le hizo trampa. Y al
admitir que también él jugaba, se exculpa diciendo que lo hacía porque se
sentía obligado. Entre los más asiduos jugadores menciona a Alderete, Alvarado,
Rangel y algunos más; censura la tolerancia de Cortés, que no castigaba a los
blasfemos, ni a aquellos que hablaban mal y, así, señala que Puerto Carrero no
cesaba de proferir juramentos, «voto a tal», «pese a tal»; que Sandoval tenía
la boca muy sucia, y que era incapaz de decir algo, si no soltaba una
palabrota; que Rangel era un blasfemo y que Pedro de Ircio, por hacerse el
gracioso, un día llegó a decir que no creía en Dios. [857] Algo a destacar, es
que de entre todas las crónicas, la suya quizá sea la que más abunda en hechos
sobrenaturales. Cita tres de muy importantes: el primero es la aparición del
misterioso jinete del caballo blanco, cuya participación sería decisiva en la
batalla de Centla; la intervención de la Virgen cuando se encontraban cercados
en el palacio de Axayácatl, «vieron los indios una mujer de Castilla, muy linda
y que resplandecía como el sol, y que les echaba puñados de tierra en los ojos
y, como vieron cosa tan extraña, se apartaron y huyeron y se fueron y nos
dejaron». [858] Y el tercero, sería
la epidemia de sarampión que mató a los enemigos. La primera consideración que
salta a la vista, sería que a Vázquez de Tapia se le escapa que el 10 de julio
de 1519, a escasos tres meses de la batalla de Centla, en la carta colectiva en
que informaron al Emperador, dijeron otra cosa: «Crean vuestras reales altezas
por cierto que esta batalla fue vencida más por la voluntad de Dios que por
nuestras fuerzas, porque para cuarenta mil hombres de guerra poca defensa fuera
cuatrocientos que éramos nosotros». [859] Pero con el paso del
tiempo comenzó a fraguarse una leyenda. Semejante victoria sólo se explicaba
por un milagro. Y así que fue el apóstol Santiago quien apareció en medio de la
batalla y, montado en su caballo blanco, puso en fuga a los indios. La
justificación de la Conquista. Dios siempre habría estado de parte de los
españoles. Esa tergiversación de los hechos no comenzó de golpe, sino que fue
tomando cuerpo poco a poco, a vuelta de tornillo; Andrés de Tapia menciona a un
misterioso jinete que montaba un caballo de pelaje rucio picado, quien hasta en
tres ocasiones arremetió contra los indios y luego desapareció. En un
principio, los de a pie pensaron que se trataría de Cortés o de alguno de los
de su pelotón, pero cuando éste apareció y le hablaron del misterioso jinete,
habría exclamado: «Adelante compañeros que Dios es con nosostros», y habría
cargado contra los indios. [860] Oviedo ya afirma que
se trató del apóstol. Gómara da una versión más confusa: en un principio
aparece Francisco de Moría sobre un caballo rucio picado, arremetiendo contra
los indios, y es tomado por Cortés. Hasta en tres ocasiones se aparece ese jinete
y, cuando llega Cortés y le preguntan si ha sido él o alguno de su pelotón
quien arremetía, caen todos en cuenta de que se habría tratado del apóstol
Santiago. Cervantes de Salazar repite lo anterior, pero introduce la duda de si
se habría tratado del apóstol Santiago, o si no sería San Pedro. Pero en lo que
viene a ser el colmo de la caradura, Bernardino Vázquez de Tapia, uno de los
que combatieron a caballo en esa batalla, quien, olvidándose de lo que en su
día el cabildo de la Villa Rica escribió al Emperador (de cuya carta él fue uno
de los firmantes), en su Relación de
méritos y servicios declaró, sin el menor rubor: «y aquí se vio un gran milagro, que
estando en gran peligro en la batalla, se vio andar peleando uno de caballo
blanco, a cuya causa se desbarataron los indios, el cual caballo no había entre
los que traíamos», [861] o sea, combatió
hombro con hombro con el Apóstol. Bernal, con gran honestidad, escribe: «y
pudieran ser que los que dice Gómara fueran los gloriosos apóstoles señor
Santiago o señor San Pedro, y yo como pecador no fuese digno de verlo». [862] Agrega, además, que
entre los conquistadores que se encontraron en esa acción, jamás oyó que alguno
se refiriera a que allí hubiese ocurrido un milagro. Cortés es totalmente ajeno
a ese embuste.
Durante el juicio de residencia, Juan de Burgos
consiguió que se celebrara un proceso paralelo, acusando a Cortés de haber dado
muerte a su mujer. Y es así que cuando Catalina llevaba más de seis años de
muerta y su recuerdo se encontraba muy desleído, de pronto vino a situársele en
un primer plano. La realidad es que los indicios apuntan en el sentido de que,
en su día, el deceso de Catalina se atribuyó a causas naturales (aunque
discrepando en cuanto a la enfermedad que la llevó a la tumba); pero el caso es
que ello no despertó sospechas, ni dio lugar a habladurías. Sería hasta que
Juan de Burgos introdujo el acta de acusación, cuando surgiría la versión del
asesinato; eso se desprende tanto de lo afirmado por Bernal, como de lo que
dicen otros autores, y del silencio que guardan algunos. Es así que Pedro
Mártir, quien a tantos interrogó para dilucidar las circunstancias en torno a
la muerte de Garay, en cambio, no hace la menor alusión a que circulasen
rumores acusando a Cortés en ese sentido; observamos igualmente el silencio de
Oviedo, y nótese que éste habló con mucha gente, especialmente con Narváez,
quien a su retorno a España llegó furibundo, formulando contra Cortés numerosos
cargos, pero sin llegar nunca a acusarlo de la muerte de la esposa. Y no se
olvide que Narváez pasó una temporada de residencia forzosa en Coyoacán, donde
de haber circulado habladurías en tal sentido, indudablemente las habría
escuchado. Otro silencio elocuente es el de Las Casas, quien viajó a México en
1531, y volvió en 1545 para permanecer hasta el año siguiente, y por la fobia
que le tenía a Cortés, es indudable que de haber escuchado algo no habría
desperdiciado la ocasión para lanzarlo a los cuatro vientos. Pero nada dice. Se
advierte, por otro lado, que durante el juicio de residencia prestaron
declaración el obispo Zumárraga, Motolinia, fray Pedro de Gante y otros
miembros del estamento religioso, quienes, aunque sin referirse a esta
acusación en particular, coincidieron todos en abonar su conducta,
calificándolo de buen cristiano. Es evidente que, de haberse encontrado bajo
sospecha de asesinato, no se habrían pronunciado en tal sentido.
Por demás está subrayar la importancia del caso,
ya que una de las primeras preguntas que sale al paso cuando se habla de
Cortés, es la de si mató o no a su mujer. Por tanto, para tratar de hacer
alguna luz sobre el asunto, es importante revisar la información disponible, en
un esfuerzo por reconstruir los hechos. Una cosa llama la atención, y ello es
que quienes llevan la acusación son un grupo de sirvientas, cuyos nombres
resultan familiares; se trata de mujeres quienes, no obstante haber tomado
parte en la Conquista, se encuentran desempeñándose como sirvientas. Por lo
visto, de nada les valieron los méritos en campaña. Ninguna recompensa. Por
tanto, no sería de descartarse que el resentimiento asome por sus bocas. A
grandes rasgos, todas coinciden en decir que la noche de aquel primero de
noviembre hubo un sarao en casa de Cortés; éste se llevó a cabo con la pompa
que él acostumbraba. Asistieron numerosos invitados y hubo profusión de
viandas, corrió el vino, hubo música y los maestros de danza dirigieron el
baile. Un festejo por todo lo alto. Catalina bailó y estuvo alegre. Concluida
la fiesta, se retiró a sus habitaciones. Lo ocurrido después lo narran los
testigos.
Ana Rodríguez, su camarera, declara que ambos
cónyuges hacían «vida maridable»; esto es, durante los meses que pasaron juntos
en Coyoacán habrían vivido como marido y mujer. Tiene muy presente que durante
la cena, Catalina se mostró alegre y no parecía estar enferma; al retirarse del
salón entró en un oratorio que tenía, y al salir, la testigo la vio con
semblante demudado, y al preguntarle si le ocurría algo, ésta le dijo que pedía
a Dios que se la llevase de este mundo. Los jueces demandaron a la testigo cómo
era aquello, ya que Catalina había conseguido salir de Cuba, donde era
maltratada por la justicia, y al presente vivía en prosperidad junto a su
esposo. La testigo replicó que quizás estaría celosa, porque su marido festejaba
a otras mujeres. Prosigue diciendo que los esposos se retiraron muy alegres a
acostarse, y que ella, como camarera, ayudó a desvestirse a Catalina y la dejó
en su cama sana y salva. Se retiró a dormir a su aposento y, al poco rato,
llegó una india a avisarle que Cortés la llamaba. Se vistió y lo primero que
éste le habría pedido fue que encendiese una vela. La habitación se encontraba
a oscuras. Ella fue la primera en entrar, y encontró que Catalina estaba echada
sobre un brazo de su esposo, quien la llamaba «pensando que estaba amortecida,
porque varias veces se solía amortecer». Cortés le habría dicho: «creo que es
muerta mi mujer». En respuesta a una pregunta, expresó que la guardia dormía en
una sala que se encontraba junto al dormitorio de los esposos, y que no
recuerda si aquella noche había más guardias que de ordinario; en todo caso,
fue a ella a quien se llamó primero. Ni en la declaración de esta mujer ni en
las de los otros testigos se menciona que los miembros de la guardia hubiesen
escuchado alguna discusión o ruidos extraños. Una india le habría entregado
unas cuentas de oro de un collar de Catalina, recogido junto a la cama. La
testigo advirtió que la cama estaba orinada y que la muerta tenía en el cuello
unas marcas, y sospechando que Cortés la habría estrangulado, preguntó por la
razón de esas marcas, a lo que éste explicó que la había asido por el cuello
para «hacerla recordar cuando se amorteció», pero que tanto ella como otros
criados sospecharon que la había matado. Finalmente, asegura que antes de que
la enterrasen escuchó que Cortés ordenaba que dijesen a Juan Suárez que su
hermana había muerto por su causa, por cierto disgusto ocurrido. Eso, en
sustancia, es todo lo que declara la testigo. [863] Juan no se presentó
en la casa.
Declara Violante Rodríguez: Catalina y su esposo
vivían bajo el mismo techo, como marido y mujer. La noche anterior hubo cena a
la que asistieron numerosos invitados, y «doña Catalina estuvo en las dichas
fiestas el dicho día hasta cerca de las doce de la noche, sana e buena e alegre
e regocijada e al parecer sin enfermedad alguna». A esa hora, Cortés y su mujer
se retiraron a sus aposentos. Él se acostó primero y, a continuación, la
testigo y otras mujeres desnudaron a Catalina, que pasó a acostarse junto a su
marido, encontrándose «sana e buena» al parecer de la testigo. Habrían
transcurrido dos horas, cuando una india fue a su aposento para decir que
Catalina estaba mala; se levantó y en compañía de Ana Rodríguez entró en la
alcoba, donde Cortés les pidió que trajesen una vela. Catalina yacía muerta,
con la cabeza descansando sobre un brazo del marido. La cama estaba orinada y
mostraba unos cardenales en el cuello, a lo que Ana Rodríguez explicó a la
testigo que había preguntado a Cortés cómo se habían originado esas marcas, a
lo que éste habría repuesto que la había estirado por ahí, en un intento por
hacerla recobrar el sentido. [864]
María de Vera, quien trabajaba como sirvienta en
casa de Juan de Burgos, recuerda que, quince días antes del fallecimiento, oyó
decir que Catalina se encontraba enferma, pero después se enteró de que ya
salía a misa, y también supo que esa noche hubo fiesta y que asistieron «muchos
hombres de honra e personas del pueblo, e que después de haber cenado se fueron
a acostar el dicho don Fernando e la dicha doña Catalina, según este testigo
oyó decir a todos los del pueblo». A eso de las once, un criado fue a buscarla
para decirle que fuese a la casa de Cortés porque su esposa se encontraba mal;
al llegar encontró a éste hablando con Cristóbal de Olid y Diego de Soto. Pasó
a la recámara, adonde encontró a Catalina, ya muerta, y rodeada de varias
mujeres. Esta testigo vio «quebradas e derramadas» las cuentas de un collar,
advirtiendo asimismo que la cama estaba orinada. Respondiendo a lo que le era
preguntado, afirmó que le vio un cardenal en la garganta, y que al demandar a
Ana Rodríguez qué era aquello, ésta dijo «que el dicho don Fernando le
respondió que él había asido a la dicha doña Catalina de allí para que tornase
en su acuerdo». La testigo amortajó a la difunta y se fue a su casa. Volvió
cuando ya había amanecido. Habrían transcurrido más de tres horas desde el
momento en que la amortajaron hasta que la metieron en el ataúd, siendo ella
una de las que intervinieron en ello. Entre las personas que vio en la casa
menciona a fray Bartolomé de Olmedo. [865] María Hernández
recuerda que los hechos ocurrieron hacia todos los Santos; que su esposo,
Francisco de Quevedo, le habría informado que «la dicha doña Catalina había
danzado e regocijándose a obra de las diez horas de la noche, e que a las once
de la dicha noche se dijo que era muerta la dicha doña Catalina». La testigo
oyó doblar campanas, y al preguntar quién había muerto, un maestresala de
Cortés le comunicó que doblaban por Catalina. Al enterarse de eso, al momento
sospechó que éste la habría matado, pues ella y Catalina se conocían desde
Cuba, por lo que conversaban mucho, y es así como la difunta le habría hecho
saber la mala vida que le daba el esposo, quien muchas veces durante la noche
la echaba de la cama. Esta le habría dicho que algún día la encontrarían
muerta. Con esa sospecha, ella y la Gallarda fueron a la casa a eso de las
ocho, encontrando a Catalina amortajada y colocada en una camilla con los pies
de fuera, los cuales todavía no estaban helados; y vio que tenía «los ojos
abiertos e tiesos e salidos de fuera, como persona que estaba ahogada e tenía
los labios gruesos e negros e tenía así mismo dos espumarajos en la boca, uno
de cada lado, e una gota de sangre en la toca, encima de la frente e un raguño
entre las cejas, todo lo cual pareció a este testigo e a la dicha Gallarda que
era señal de ser ahogada la dicha doña Catalina e no ser muerta de su muerte, e
así se dijo públicamente que el dicho don Fernando Cortes había muerto a la
dicha doña Catalina Xuárez, su mujer, por casar con otra mujer de más
estado». [866] Hasta aquí las
acusaciones; ahora los descargos.
Juana López. Se trata de una jovencita de trece
años que estuvo al lado de Catalina desde que ésta llegó a México, y la versión
que da es en el sentido de que, aquella noche, tanto ella como las demás
mujeres que se encontraban en la casa fueron llamadas para que acudieran a la
recámara, porque Catalina estaba mala. Cuando llegaron ya la encontraron
muerta, y ella ayudó a bajarla de la cama, para amortajarla en el suelo. A la
pregunta expresa de si habría visto en la garganta o en alguna otra parte de su
cuerpo alguna señal o desollada, dijo que no e aun que lo miró ella e las otras
personas que allí estaban. Agrega que, en horas de la tarde, «Ana Rodríguez
sacó una gargantilla de unas cuentas de su señora e la puso a una hija suya e
estaban quebradas algunas de ellas, pero que esta testigo, al tiempo que vido
muerta a la dicha Catalina Xuárez no las vido quebradas las dichas cuentas de
la dicha gargantilla». [867]
Isidro Moreno era sirviente en la casa y ayudaba
al mayordomo a llevar el libro del gasto; al respecto, manifiesta que a su
llegada a México Catalina fue bien recibida por su marido, y que ambos cónyuges
convivían «en haz y en paz» gustosamente. Recuerda que el día de los hechos,
Catalina estaba alegre y en aparente buen estado de salud. Éste es el único en
declarar que durante la cena ocurrió una disputa entre los esposos por un
asunto trivial. Catalina habría reclamado a Solís Casquete por estar empleando sus indios en otras
actividades, y Cortés no la habría apoyado, por lo que ella se sintió
desairada. Ése sería el tan llevado y traído pleito que, según los acusadores,
habría continuado en la alcoba; tuvieron lugar algunas palabras entre don
Fernando e la dicha su mujer e otras dueñas. Alzados los manteles ella se
retiró a su habitación, mientras Cortés todavía permaneció un rato departiendo
con los invitados. Habló un rato con el personal de servicio y fue a acostarse.
Cuando habrían transcurrido una o dos horas, fueron llamados el mayordomo, este
testigo y otros de la casa, porque Catalina estaba muerta. En la antecámara se
encontraban varias personas, y dentro de la recámara vieron a Cortés, quien
daba muestras de encontrarse muy afectado; el mayordomo Diego de Soto y el
camarero Alonso de Villanueva ordenaron a este testigo que fuese en busca de
fray Bartolomé de Olmedo para que viniese a reconfortar a Cortés, y al propio
tiempo le indicaron que dijese a Juan Suárez que no se apareciese por la casa,
pues sus importunidades habían sido causa de la muerte de su hermana. [868] Volvió de dar los
recados encomendados, encontrando que Catalina ya había sido amortajada y era
introducida en el ataúd. Precisó que los recados los fue a dar por encargo de
Alonso de Villanueva, sin tener la certeza y sin que le constara si así lo
había ordenado Cortés. Ésta será la última alusión a fray Bartolomé de Olmedo
en vida. Juan de Burgos, al referirse a él en su declaración, menciona «ques ya
fallecido». [869] Eso lo dijo el 29 de
enero de 1529. Un final silencioso para el hombre que durante un tiempo fue el
principal consejero político de Cortés, y sobre cuyos sus hombros descansó en
sus comienzos la fase espiritual de la Conquista.
De las cuatro mujeres que acusan, tres de ellas
(Ana Rodríguez, Violante Rodríguez y María de Vera) coinciden en destacar que
la cama estaba orinada, y que en el cuello mostraba moretones; de éstas, la
primera es la única en mencionar que el collar estaba roto, con las cuentas
esparcidas por el suelo. María Hernández no menciona que la cama estuviera
orinada. El primer comentario que sale al paso es que estas mujeres, al
atribuir un significado muy importante a la cama mojada, no sabían de lo que
estaban hablando, si con ello querían probar la hipótesis del asesinato. La
orina en algunos cadáveres puede producirse por un relajamiento de esfínteres,
dependiendo todo de lo llena que se encuentre la vejiga; pero una cosa está
clara: no constituye prueba de muerte por asfixia. Los ahorcados no se orinan.
Las marcas en el cuello sí constituyen un elemento incriminatorio. Y más
precisa es la acusación de María Hernández al señalar que tenía los ojos
abiertos, como saltados de las órbitas, pues ése sí es un indicio de asfixia;
en cambio, lo de los labios gruesos y negros nada tiene que ver con este tipo
de muerte.
Según Isidro Moreno, Cortés se lamentaba y era
reconfortado por fray Bartolomé de Olmedo. No parece haber advertido nada
sospechoso. Alonso de Villanueva; «… vido luego incontinenti como la dicha doña
Catalina murió, e que por estas señales, este testigo vio e conoció que al
dicho marqués le pesó mucho la muerte de la dicha su mujer». [870] Francisco Terrazas:
«… que se halló presente al tiempo que la dicha doña Catalina Xuárez estaba
muerta y vido que el dicho marqués hacía mucho sentimiento por ella». [871] Juan de Salcedo: «era
muy enferma del mal de madre y que muchas veces se amortecía y caía en el suelo
como muerta, y que este testigo lo sabe porque un día estando en Barucoa, que
es en la isla de Cuba, ya que querían comer, vino una india del dicho marqués
dando voces diciendo: que está muerta su señora. Y este testigo y el dicho
marqués fueron a ver qué cosa era y hallaron a la dicha doña Catalina Xuárez
caída en el suelo como muerta». [872] De aquellos que
fueron sus vecinos en Baracoa, Diego Ruiz la tenía «por mujer delicada»;
Antonio Velázquez, «que era delicada e que algunas veces le tomaba un mal que
estaba como muerta»; Francisco Osorio, Pedro de Jerez, Gonzalo de Escobar y
Juan de Madroñas, todos la tenían por mujer delicada y que continuamente estaba
en cama. [873]
Transcurridos más de seis años del deceso, María
de Marcaida, quien no se encontraba en México en el momento del fallecimiento
de su hija, acusó formalmente a Cortés de haberla matado, y lo mismo haría Juan
Suárez. Las acusaciones no prosperaron y más tarde éste retiraría la suya,
volviendo a la antigua amistad de Cortés. Según Bernal, habrían sido Nuño de
Guzmán, Matienzo y Delgadillo quienes se concertaron para orillarlo a
acusar. [874] A la luz de la
información proporcionada por los testigos, aparece que Catalina era una mujer
frágil y de salud precaria, aunque por los datos que aportan, resulta sumamente
difícil formular un diagnóstico acerca del mal que la aquejaba. Unos dicen que
era «mal de madre», y que sus hermanas fallecieron de la misma dolencia.
Dudoso. Bernal escribe que fue asma, pero no sabe de lo que está hablando. La
epilepsia es una posibilidad. Y aquí cabrían esos momentos en que permanecía
privada del sentido, como muerta; también existen fuertes indicios que
apuntarían hacia un padecimiento cardiaco. Juan Suárez de Peralta no alcanzó a
conocer a su tía, pues cuando él nació, ella llevaba varios años muerta; sin
embargo, resulta interesante saber qué es lo que escuchaba en su casa. Y esto
es lo que dice: «una noche, habiendo estado muy contentos, y aquel día jugado
cañas y hechos muchos regocijos y acostándose muy contentos marido y mujer, a
media noche le dio a ella un dolor de estómago, cruelísimo, y luego acudió el
mal de madre, y cuando quisieron procurar remedio, ya no le tenía; y así entre
las manos dio su ánima a Dios. Hallóse con ella una su camarera, que se llamaba
Antonia Hernández, mujer que fue segunda vez de Juan de Moscoso, el macero, a
la cual se lo oí contar, y con lágrimas, porque la quería mucho». [875] En cuanto a Cortés,
éste no parece haber dado excesiva importancia a los cargos, limitándose a
decir que Catalina era una mujer muy enferma, que padecía del corazón y que, en
la noche de los hechos, en la recámara contigua dormían las criadas de ella, y
en la otra, los pajes y criados de él. [876] Nadie habría
escuchado ruidos ni advertido nada extraño. No hay dudas acerca de que era un
hombre profundamente religioso; por ello, sería de esperarse que de haber
tenido algún cargo de conciencia, eso se reflejaría en el testamento. Pudo, por
ejemplo, haber incluido en él alguna cláusula ordenando misas por una culpa
secreta, o cualquier otro acto de expiación.
El principal promotor del odio hacia Cortés, en
el juicio de residencia, fue Gonzalo de Salazar, quien se ocupaba de elegir a
los testigos entre los principales enemigos de éste; eran tan burdos algunos de
los cargos, que fray Juan de Zumárraga, primer obispo y arzobispo de México, se
sintió obligado a empuñar la pluma para escribir al Emperador, denunciando que
se trataba de un juicio amañado. Y según refiere, el principal testaferro de
Salazar para reclutar falsos testigos era «un clérigo, que se dice Barrios,
apóstata de nuestra Orden, que le tengo amonestado de mí a él, y otra vez con
religiosos, y no hay enmienda en su persona, que ha andado con una diligencia
diabólica sobornando testigos de uno en otro en favor del factor, que digan
contra don Hernando». [877]
Capítulo 25
El marqués Del Valle
Contenido:
§. El obispo Zumárraga
§. El adiós a Medellín
En los primeros meses de 1529, Carlos V hacía
planes para ausentarse de España y trasladarse a Italia, con objeto de ser
coronado por el papa y conseguir que éste convocase un concilio que fijase con
exactitud los puntos del dogma cuestionados por los protestantes. Se trataba de
Clemente VII, el mismo pontífice al que dos años antes le había hecho la
guerra. Cayó éste prisionero, y Carlos V decretó luto oficial por los desmanes
cometidos por sus tropas durante el famoso sacco de
Roma. [878] Como cristianísimo
monarca, no podía hacer menos; pero, de todas formas, Clemente quedó retenido
como prisionero, habiéndosele impuesto una fuerte multa y la entrega de algunas
ciudades. Pero aquello era agua pasada; el castigo había sido para el príncipe
temporal. El sucesor de Pedro, que sólo en parte satisfizo las reparaciones de
guerra, había perdonado (más bien se habían perdonado mutuamente por interés
político) y, ahora, se encontraba dispuesto a prestar oído atento a la petición
del Emperador. Por lo mismo, ante la inminencia de la partida, ello lleva a
suponer que Cortés durante ese periodo andaría siguiéndole los pasos; de ser
ese el caso, se le ubicaría en Zaragoza, ciudad en la que el primero de abril
el monarca pone freno a sus aspiraciones diciéndole: «En lo de la gobernación…
que yo holgara que fuera cosa que se pudiera buenamente hacer, pero no
conviene, por muchos respectos; y porque veáis que tengo toda la voluntad para
haceros merced, he por bien que entre tanto que viene la residencia…». [879] Como premio de
consolación se le expedirá el título de capitán general de toda la Nueva España
y provincias y costas de la Mar del Sur. Y en esa misma fecha, le otorga una
cédula para que se le reembolse lo gastado en el envío de la armada de Álvaro
Cerón [880] . En mayo está en
Toledo, donde firma unos documentos. El seis de julio aparece en Barcelona,
«donde besé las manos a vuestra majestad» y, en esa fecha, el Emperador le
firma cuatro cédulas más. Por una, se le otorgan veintitrés mil vasallos, por otras,
el título de Marqués del Valle de Oaxaca, y se le refrenda el nombramiento de
capitán general de la Nueva España, siéndole concedidos dos cotos de caza,
situados en peñones en la laguna. [881] Para el veintisiete,
se expiden todavía dos cédulas más: una haciéndole mercedes, y otra ordenando
que se averigüe el destino de un dinero que le fue retenido. [882] Y eso fue todo, pues
al día siguiente el Emperador embarcaba.
En Sevilla, Cortés se topó con su pariente
Francisco Pizarro, con quien aparte de los vínculos de parentesco, mantenía una
buena amistad nacida durante los años que coincidieron en la Española. [883] Pizarro partía a su
conquista, y en la escarcela llevaba los nombramientos de gobernador, capitán
general, así como el título de adelantado y alguacil mayor, todos ellos a
perpetuidad. [884] Algo que él no logró
obtener.
Cortés, en plan de gran señor, envió una
embajada al papa. Como representante suyo iba Juan de Herrada (o Rada, como lo
llama el Inca Garcilaso), quien además de ser portador de ricos presentes,
llevó en su compañía a dos indios acróbatas, de esos que jugaban el palo con
los pies. Éstos hicieron las delicias del Papa y los cardenales con su
actuación, y Herrada informó cumplidamente sobre las novedades del nuevo país
ganado para la fe de Cristo. El pontífice lo hizo conde palatino y extendió sus
bulas concediendo indulgencias a los soldados (aunque se desconoce el texto), y
como una deferencia hacia Cortés, con fecha 16 de abril de 1529 legitimó a sus
tres hijos naturales: don Martín, don Luis y Catalina Pizarro, y por otra bula
de esa misma fecha, le otorgó el derecho de patronato (Jus
patronatus), extensivo a sus herederos, para
retener los diezmos y primicias para destinarlos a la construcción de templos y
hospitales. [885] Bernal señala que
Rada o Herrada, fue uno de los participantes en el viaje a las Hibueras, y que
más tarde, al no recibir en México una recompensa a la medida de sus deseos, se
dirigió al Perú, donde desempeñó un papel protagónico en los desórdenes que se
sucedieron. Se dice que fue él quien largó la estocada que alcanzó a Pizarro en
el cuello, hiriéndolo de muerte. No deja de llamar la atención que Cortés no
viajase a Roma para entrevistarse con el papa. Es indudable que ello le hubiera
sido de utilidad en las negociaciones que traía entre manos.
En ausencia del monarca, la Emperatriz Isabel de
Portugal quedó como gobernadora del reino, siendo con ella con quien Cortés
trató sus asuntos. El más importante fue una capitulación para descubrir,
conquistar y poblar islas o tierra firme situadas en la Mar del Sur; «todo a
vuestra costa y mención sin que en ningún tiempo, seamos obligados a vos pagar
los gastos que en ello hiciésedes». Queda advertido que deberá incursionar en
tierras que no se hayan descubierto, ni entre los límites y pasaje norte-sur de
la tierra que está dada en gobernación a Pánfilo de Narváez e Nuño de
Guzmán. [886] Las Molucas quedaban
fuera de su alcance, pues en abril de ese año, Carlos V había cedido a su
cuñado Juan III de Portugal sus derechos sobre la Especiería en 350,000 ducados
de oro. La capitulación fue hecha en Madrid el 27 de octubre de 1529. A continuación,
el 11 de noviembre, la Emperatriz, como reina gobernadora, expide otra cédula
ordenando restituir las multas impuestas a quienes habían jugado. [887]
Eso fue todo. Pero, en resumidas cuentas, ¿qué
había obtenido? Poco y mucho, todo depende como se mire. El título de marqués
lo colocaba en las filas de la grandeza del Reino, pero aquello no sustituía a
la ansiada gobernación; por más que porfió en obtenerla, no le fue concedida.
Se le nombró capitán general, pero el cargo militar se encontraba subordinado a
la autoridad civil. Y estaba perfectamente consciente de que en cualquier
momento la Audiencia podría nulificarlo. Todavía no sonaba en América la hora
del caudillaje militar. Se le había hecho la merced de veintitrés mil vasallos.
Una capitulación feudal. Una vuelta al pasado, pero resultaba evidente (como lo
comprobarían acontecimientos posteriores), que se trataba de un señorío que
estaba más en el papel que en la realidad. Además, los lugares que se le
otorgaron no formaban un todo compacto, sino que se encontraban dispersos, sin
comunicación entre sí en los más de los casos. Eso le acarrearía pleitos
interminables, aunque en eso la Corona no era de culpar, pues fue él quien así
los eligió. Solicitó el hábito de Santiago, y por una de esas cosas, se le
otorgó en grado de caballero, negándosele el de comendador. Aquello parecía una
afrenta premeditada, un afán de disminuirlo, y en esas condiciones resolvió no
aceptarlo. A Alvarado y a Ordaz, subordinados suyos, sin más trámite, se les
había concedido con encomienda, y lo mismo ocurriría años más tarde con sus
hijos y nietos, quienes ingresarían a la Orden como comendadores. Por tal
razón, nunca usaría la cruz de Santiago en sus ropas. La investigación
practicada sobre la «limpieza de sangre», permitirá tener un mayor conocimiento
acerca de los orígenes de su familia. Cumplía sobradamente los requisitos.
Cortés regresaba insatisfecho, de eso ni duda cabe; pero hay algo que él nunca
se detiene a considerar, y eso es, que los repetidos desacatos y desobediencias
pudieron haberle costado muy caros; de no haber movido su padre al duque de
Béjar, no se sabe lo que pudo haber ocurrido.
Para preparar el retorno, Cortés envió como
avanzada a uno de sus hombres de confianza, Juan González de Portillo, quien
era portador de diversos encargos. Pero llegado a México, nada pudo hacer.
Apenas puso pie a tierra en San Juan de Ulúa, los alguaciles le decomisaron lo
que llevaba encima, salvándose sólo una carta que no le encontraron. Ésa iba
dirigida a Francisco Terrazas, uno de sus mayordomos, quien inmediatamente
redactó un informe poniéndolo al tanto de la situación. Las cosas no podían
andar peor. Aquello era una casa de locos. Detrás del presidente de la
Audiencia y de los oidores, se hallaban tres mujeres, tres caprichosas cuyos
deseos eran ley. En primer lugar, doña Catalina, esposa del contador Rodrigo de
Albornoz (quien había vuelto de España casado y, al parecer, era marido
complaciente), «porque por ésta anda perdido el presidente Nuño de Guzmán y a
muchas horas del día y de la noche le han de hallar en su casa»; la segunda,
Isabel de Ojeda quien se había apoderado de la voluntad de Delgadillo, «que la
perdición de este oidor y la locura de ella no tiene par». [888] Y la tercera, que
mandaba mucho, por haberle sorbido el seso a Matienzo, era la mujer de Hernando
Alonso (parece tratarse de aquel que recibió el bote de lanza de Alonso de
Ávila); a ésta acababan de convertirla en viuda. Descubrieron que el marido era
judío encubierto y, sin más trámite, lo enviaron a la hoguera. La mujer, en
plan de viuda alegre, explotaba la pasión despertada en Matienzo, quien según
se manifiesta en la carta, tenía como alcahuete a un pastelero llamado Lerma
que era quien lo acompañaba en las serenatas a la dama. Nuño de Guzmán, so
color de organizar una entrada en la región de Pánuco, había logrado que los
oficiales le diesen seis mil pesos de oro, que «más se debe creer que será para
banquetes e burlerías que hace cada día para regocijar a su amiga». [889] El mayordomo señala
que redacta el informe desde su casa, donde se encuentra confinado bajo arresto
domiciliario por negarse a pagar un impuesto extraordinario que han creado,
para el pago del viaje de los procuradores que han de ir a España, con el
objeto de solicitar que no se permita el retorno de Cortés. La carta lleva
fecha del 30 de julio de 1529, y en ella ya anticipa el acuerdo que adoptaría
el cabildo el 27 de agosto, resolviendo enviar a Bernardino Vázquez de Tapia y
a Antonio Carvajal con tal objeto. Por parte de la Audiencia iría Gonzalo de
Salazar. [890] Los leales a Cortés
andaban a salto de mata o estaban asilados en el convento de San Francisco; se
ha iniciado una cacería de brujas, y a dos de ellos los han tildado de
«prohibidos», ello es, de linaje de judíos o moros, o descendientes de penitenciados
por la Inquisición. No han aceptado los testigos de descargo que presentan para
probar la limpieza de sangre. A su vez, a Cortés lo acusan de lenitud, por
haber hecho de la vista gorda frente a los «prohibidos».
En cuanto a su gestión como administrador, el
informe que rinde Terrazas es escueto. No quedó nada que administrar. La
Audiencia se había echado sobre sus bienes para cobrarse un adeudo por treinta
y dos mil pesos de oro que, supuestamente, tenía con la Corona y, para ello,
remataron en almoneda pública los esclavos, caballos, yeguas, potros, ovejas y
vacas. El resto lo están liquidando para cobrarle otra multa por un monto de
doce mil pesos de oro, que le han impuesto por haber ganado esa cantidad
jugando a las cartas; de manera que «no ha quedado sola una cabeza de ganado ni
un real de oro que se cogía en las minas y vuestra señoría no tiene en esta
Nueva España cosa de valor de diez pesos de oro». Lo dejaron en la calle. Según
dice, sus enemigos se han desternillado de risa al enterarse de que le ha sido
conferido el título de marqués; «y luego nos echaron presos a todos sus criados
y amigos porque supieron que nos regocijábamos y nos levantaron que habíamos
sembrado más nuevas de las que vuestra señoría escribió diciendo que venía por
visorrey y otros cargos». [891] En medio de aquel
desorden, una forma segura de salir adelante era hablando mal de él, y de esa
manera, uniéndose al coro, fue como Montejo consiguió quedar a salvo y que le
permitieran ir a Yucatán para iniciar su conquista. Luis Marín, quien llegó
como procurador por Coatzacoalcos, había sido uno de los contados que plantó
cara a los oidores, negándose a firmar a ciegas unos documentos incriminatorios
contra Cortés que Guzmán le puso enfrente. Concluye Terrazas diciendo que,
después de todo, la venida de González de Portillo no ha sido en vano, pues
hasta él se acercan sigilosamente los caciques para indagar acerca de si él
Cortés volverá. Con la noticia de su próximo retorno se retiran tranquilos,
apartando la idea que ya tenían de organizar un levantamiento general contra
los españoles.
La codicia y el desenfado del trío de oidores no
se detenía ante nada. Para allegarse fondos, en cuanto tenían conocimiento de
que alguien había ganado más de veinte pesos en el juego, procedían en su
contra. Caso de una hipocresía inmensa, pues la mayoría no hacía otra cosa que
vivir entregados al juego. Luego de referirle las vejaciones a que han sometido
a Alvarado, sin que nada les valiera que venía investido con los títulos de
gobernador y capitán general de Guatemala, el mayordomo previene a Cortés para
que no se presente en México sin traer cargo de justicia «muy favorable», pues
de otra manera en el mismo puerto lo enviarán de regreso y, con el pretexto de
que el monarca no estaba debidamente enterado de sus culpas, procederían contra
él «muy deshonradamente». Así las gastaba Nuño de Guzmán. Ése era el panorama
que lo esperaría a su regreso. El único dato abierto al optimismo en la carta,
era el de que Guzmán preparaba a toda prisa una expedición para ir a la conquista
de los teules chichimecas
(con ese nombre genérico se conocía a las tribus que habitaban el noroeste del
país), y con él iría Pedro Almíndez Chirinos. La designación de un hombre de
las características de Nuño para presidir la Audiencia, puede comprenderse si
se observan esos tiempos; aquellos eran momentos en que en la Corte no tenían
claro cuál era el juego de Cortés: por un lado, sus protestas de vasallo leal,
y por otro, sus continuas desobediencias. Nuño era la cuña enviada para
neutralizarlo, aunque como después se vería, resultó peor el remedio que la
enfermedad.
§. El obispo Zumárraga
Los dos años y días que duró el gobierno de la
primera Audiencia (diciembre 1528-principios enero 1531), constituyen una época
de desórdenes y actos atrabiliarios, a una escala tal, que no puede más que
preguntarse cómo fue posible que los indios no se rebelasen. Una posible
explicación podría radicar en que el gobierno que antes tenían era todavía más
despótico; de allí la pasividad de los esclavos. Un testigo de excepción para
conocer lo ocurrido en esos años, es el franciscano fray Juan de Zumárraga,
quien por haber llegado en el mismo barco que condujo a los oidores, desde el
primer momento siguió su actuación. Y como además de obispo y luego arzobispo,
venía investido del cargo de defensor de los indios, desde el comienzo de su
ministerio tomó partido a favor suyo. Ni qué decir tiene, que el involucrarse
de esa manera le valió el rechazo tanto por parte de la Audiencia como de los
encomenderos; Zumárraga se movía en terreno minado, era obispo electo o
presentado, pero viajó sin haber sin haber sido consagrado, de allí que
estuviera en desventaja al ser tomado por un simple fraile. Contó, eso sí, con
el apoyo incondicional de la orden franciscana a la que pertenecía; pero por
otro lado, también tuvo problemas con los dominicos, quienes se inclinaban por
las tesis de Las Casas. Sorprende que cuando apenas daba comienzos la
evangelización, ambas órdenes estuvieran ya enfrentadas por asuntos tales como
era el del bautismo de adultos. En el fondo, las disputas se originaban en un
exceso de celo. Pues bien, a Zumárraga le tocó enfrentarse no sólo a la
autoridad civil, sino también al estamento religioso. El choque frontal con
Nuño se produjo prácticamente desde el primer momento, y según cuenta ya en la
primera ocasión en que habló con él, pudo advertir que había cobrado una
inquina tal contra Cortés, que venía dispuesto a acabarlo. Zumárraga tomó muy
en serio su papel de defensor de los indios, y como Nuño había sido un despoblador
que despachó —según las cifras que ofrece— veintiún navíos cargados a tope con
esclavos destinados a Cuba, el choque resultó inevitable. Nuño llegó al extremo
de confiscarle la correspondencia a los franciscanos, impidiéndoles toda
comunicación con España, hasta que el propio Zumárraga, trasladándose a
Veracruz, encontró a un marinero vizcaíno que se ofreció a llevarle una carta,
la cual pudo pasar ocultándola en un pan de cera, que arrojó en una barrica de
aceite. Se trata de la carta de 27 de agosto de 1529, dirigida a Carlos V, la
cual es un extenso documento que hace las veces de un informe político,
denunciando los excesos de Nuño, Matienzo y Delgadillo. Acerca de las
francachelas y clima de desorden en que se vivía, describe un banquete celebrado
por Nuño en su casa durante la noche, en el cual tomó en brazos a una mujer mal
infamada, dando la vuelta al salón, para a continuación ser alzado él por un
grupo de alegres mujeres que lo pasearon a cuestas. Y aquí viene a corroborar
lo que por su parte Terrazas daba a conocer a Cortés, al señalar que había
presidente y «oidoras», porque todos los que «han de negociar y quieren favor
del presidente e oidores a ellas ocurren primero, porque no se les niega
cosa». [892] El informe de
Zumárraga contribuyó a abrir los ojos de la Corte y a que ésta decidiera el
envío de una nueva Audiencia.
§. El adiós a Medellín
A diferencia de otros conquistadores extremeños
que se construyeron palacios y casas solariegas, Cortés no dejó huella en su
Medellín natal. No edificó casa, ni obsequió retablos o custodias a las
iglesias y monasterios de la villa. En el testamento únicamente estableció una
misa anual que debería celebrarse en sufragio del alma de su padre, quien quedó
enterrado en el monasterio de San Francisco; fuera de eso, nada que perpetuase
su memoria. [893] Su última visita fue
sólo para recoger a su madre para llevarla con él a México. En ese momento
quedó cortado el vínculo. Atrás no quedaba nada, pues vendió hasta los campos
heredados de sus padres. [894] Y de allí se dirigió
a Sevilla para realizar los preparativos para el viaje. El 5 de abril de 1529,
en Toledo, donde se encontraba la Corte en aquellos momentos, la Emperatriz
había firmado una cédula ordenando que se diesen facilidades, en ocasión de su
partida a Béjar, adonde iba para recoger a su esposa, y de allí trasladarse a
Sevilla para embarcar. [895] La fecha aparece como
muy temprana, pues todavía permanecería un año largo en España; de igual
manera, la emperatriz enviará órdenes a Cuba y Santo Domingo para que se tenga
todo género de atenciones con el matrimonio. Honores todos, pero de poder nada.
Capítulo 26
El retorno a México
Contenido:
§. Llegada de los oidores
§. Cuernavaca
§. Viaje de Hurtado de Mendoza
Cortés embarcó en Sanlúcar emprendiendo el viaje de
regreso. Su desplazamiento era el de un gran señor; viajaba con una comitiva
cercana a cuatrocientas personas entre soldados, frailes, beatas que fundarían
conventos, señores indios y numerosos artesanos. Salta a la vista que traía
grandes proyectos. Luego de una escala de dos meses y medio en Santo Domingo,
en espera infructuosa de los oidores «creyendo que cada día me alcanzarían, y
como yo traía mucha costa con la mucha gente que traje, no pude detenerme, y
así me vine; verdad es que primero supe como la Emperatriz mi Señora, y los del
Consejo habían ya puesto fin a este remedio, y señalado todos los oidores, y
por presidente al obispo de Santo Domingo de la Concepción, y presidente de la
isla Española». [896] El 15 de julio de
1530 los dos navíos en que viajaba largaban anclas frente a Veracruz, y en
cuanto puso pie a tierra lo aguardaba una sorpresa: dos cédulas. Una,
ordenándole que debería abstenerse de entrar en la ciudad de México hasta que
la llegada de la nueva Audiencia, y la otra, señalándole que, para evitar
fricciones mientras esperaba, tendría que mantenerse al menos a diez leguas de
distancia de ella. Venían redactadas en términos perentorios, que no dejaban el
menor lugar a dudas. [897] En caso de
desobediencia, la pena sería de diez mil castellanos de oro. Aquello debió
dejarlo frío: por un lado se le apremiaba para que explorase el Mar del Sur y,
por otro, se le inmovilizaba atándolo de manos. Ambas cédulas firmadas por la
Emperatriz. Si se examina dónde fueron expedidas, quizás se pueda penetrar en
las razones que hubo detrás; están fechadas el 22 de marzo de 1530 en Torre
Laguna, patria de Cisneros y villa donde residiera dieciocho años San Isidro
Labrador. Por tratarse de una localidad pequeña, situada al norte de la
provincia de Madrid, y que no era asiento de la Corte, ello da pábulo a suponer
que vendrían de paso, y que si se expidieron las cédulas sobre la marcha, sería
porque se pensó que se trataba de un asunto grave, que requería atención
inmediata. La lectura de éstas nos hace ver las razones que las motivaron:
Gonzalo de Salazar, Bernardino Vázquez de Tapia y Antonio de Carvajal, en su
carácter de procuradores de la Nueva España, se habían presentado en la Corte,
y como es conocida la inquina que tenían contra Cortés, en especial el primero,
no es difícil conjeturar que habrían recargado las tintas al lanzar acusaciones
en su contra. Entre otras cosas, pedían que no se le permitiera el retorno al
país. Eso debe de haber preocupado y, por lo mismo, para evitar enfrentamientos
se buscó poner distancia entre ellos. Cortés volvía con la investidura de
capitán general, por lo que no debería descartarse la posibilidad de que,
extralimitándose en sus funciones, les pusiera la mano encima. Se sabía de lo
que era capaz, y no faltarían quienes recordasen aquella arrogante carta suya,
en la que expresaba intenciones de ir a Cuba a aprehender a Velázquez. En la
propia cédula se le da a conocer que ya se ha designado presidente para la nueva
Audiencia. El nombramiento ha recaído en el obispo don Sebastián Ramírez de
Fuenleal, quien al presente se desempeñaba como presidente de la Audiencia de
Santo Domingo. Se encarece a Cortés que mantenga la reserva del caso en lo que
a la designación atañe: «y en esto del nombramiento del presidente tendréis
secreto, porque ansí cumple hasta que él parta». [898] Parecería que la
Emperatriz le hubiese adelantado el nombre para tranquilizarlo, enterándolo de
que quien vendría a gobernar sería un hombre ecuánime, y con quien había
conversado extensamente durante la escala que hizo en la Española. Para el once
de abril, encontrándose ya en Madrid la Corte, se despachaba una cédula a don
Sebastián comunicándole su designación, al propio tiempo que se le pedía que,
lo antes posible, pusiera en orden los asuntos de gobierno, de manera que, en
cuanto lleguen a Santo Domingo los oidores designados, parta en su compañía sin
dilación, con destino a su nuevo encargo. Para apremiarlo, la emperatriz puso
al calce una nota de su puño y letra: «Avispo, por tener elegida vostra persoa
para esto, por men serviço que na aja dilaçao en vosa partida: de mina mao. De
Madrid a once de abril de mil quinientos años e treinta años. Yo la Reina,
refrendada de Sámano». [899] Ante esa jerigonza,
se advierte que el castellano de Isabel de Portugal dejaba mucho que desear. La
apostilla parece mostrar que de parte de la Corona, en esos momentos, existía
voluntad de cumplir; aunque por razones muy personales que se desconocen, el
bueno de don Sebastián no demostró tener prisa en salir de Santo Domingo.
A su retorno a la Nueva España, Cortés se
encontró con que el poder se hallaba por entero en manos de los oidores Diego
Delgadillo y Juan Ortiz de Matienzo, quienes hacían y deshacían a su antojo.
Ésa era la situación política. En una fecha que resulta imposible de
establecer, habida cuenta de las inmensas discrepancias de las fuentes
disponibles, que van de mediados de 1529 al veintidós de diciembre de ese año,
Nuño habría salido de la ciudad de México para lanzarse a la conquista de
nuevos territorios, «hizo mucha gente y ha ido por muchas provincias que yo
tenía vistas y andadas, y algunas de ellas muy pacíficas, y halas robado y
alborotado, en especial la de Mechuacán». [900] Por su parte,
Delgadillo y Matienzo se negaron a reconocerle los pueblos que le habían sido
asignados, lo que orilló a Cortés a trasladarse a Tlaxcala para exponer el caso
al obispo fray Julián Garcés, así como al prior de los dominicos y al guardián
de los franciscanos, buscando su mediación para llegar a un avenimiento. Se
trasladaron los eclesiásticos a México, pero no obtuvieron resultados. Escribió
al Emperador. La carta constituye un lamento desesperado, y lleva fecha del 10
de octubre de 1530, cuando todavía no se cumplen tres meses de su retorno. En
ella da cuenta de que, siempre obediente al mandato de la Emperatriz, se ha
abstenido de entrar en México estableciéndose en Texcoco, adonde en un
principio acudían los españoles descontentos y los caciques que venían a
hacerle acato y a traerle provisiones; pero la situación ha cambiado a causa
del cerco que le han tendido los oidores. Presenta su situación en tintes
dramáticos, llegando a decir que ya se le han muerto de hambre más de cien de
los que trajo en su compañía. Y en tono angustioso, demanda que no se demore
más la llegada de la Audiencia para «que no se me acabe de morir de hambre la
gente que me queda». [901]
Una de las pérdidas más sensibles para Cortés,
sería la de su madre, quien por aquellos días murió en Texcoco. La anciana doña
Catalina Pizarro Altamirano no alcanzó a conocer la ciudad conquistada por el
hijo; eso, sin duda, debió haberle pesado. En la primera carta al Emperador no
la menciona, pero sí lo hará más adelante, llegando incluso al extremo de
incluirla entre los muertos de inanición. [902] La afirmación de
Cortés está fuera de lugar, pues hasta Texcoco se desplazaban los caciques en
grandes números, para darle la bienvenida, llevándole obsequios; por tanto, las
causas de la defunción de doña Catalina habría que buscarlas en males propios
de su edad (si el hijo en aquellos momentos tenía cuarenta y seis años, ella
necesariamente andaría muy entrada en los sesentas, edad avanzada para la
época). Y también, en ese intervalo, en espera de la llegada de la Audiencia,
nacería en Texcoco el primer hijo del matrimonio, al que se impuso el nombre de
Luis, el cual moriría a los pocos días. Vemos que Luis, sin que se sepan las
razones, era un nombre que tenía especial significación para Cortés, puesto que
ya tenía otro hijo con ese nombre. Abuela y nieto fueron sepultados en la
iglesia del convento de San Francisco de Texcoco. [903] Y mientras espera a
esa Audiencia, que tanto se demora, para no perder tiempo se traslada a la
costa del Mar del Sur, adonde tenía montado el artillero. Para consternación
suya, lo encontró en ruinas. Antes de partir rumbo a España había dejado cuatro
navíos semiterminados y uno recién comenzado. Estaban destinados a ir en
socorro de Álvaro Cerón de Saavedra, «y en poblar alguna parte de aquellas
islas, como descubrir otras». [904] Los oidores se habían
asomado por allí llevándose preso al responsable y, una vez suspendida la
construcción, comenzó el latrocinio. Desapareció la jarciería, y cada cual se
llevó lo que quiso. Y encima, como fervientes defensores de los derechos de la
clase trabajadora, más tarde exigirían al encargado el pago de tres mil «y
tantos» castellanos de oro, destinados a cubrir los salarios caídos de los
maestros, por todo el tiempo que estuvieron sin trabajar. Para cubrir el adeudo
remataron gran parte de su hacienda. Cortés estima que entre los daños
ocasionados a los navíos y los bienes malbaratados, el costo para él ha sido de
trescientos mil castellanos. Pero no obstante el daño sufrido, reitera la firme
voluntad de seguir adelante en las empresas de exploración y conquista, «que yo
parejado estoy a seguir esta jornada hasta morir en ella». La acción lo llama,
y para no permanecer de brazos cruzados, reitera el pedido para que se apresure
la llegada de la Audiencia, «porque venida tengo esperanza que habrá remedio;
porque aunque no conozco los oidores, al presidente tengo por persona de mucha
rectitud y conciencia por el tiempo que le conversé en la isla Española». [905] Confiaba que con su
llegada se diera un vuelco la situación. La carta está fechada en Texcoco el 10
de octubre de 1530, y consciente de que están ocurriendo cosas de signo
contradictorio que no alcanza a comprender, antes de ponerle punto final suplica
al monarca que «vuestra majestad sea servido mandarme siempre avisar de su
voluntad porque yo acierte, pues este es mi principal deseo». [906] Se diría que esas dos
cédulas lo tienen desconcertado.
§. Llegada de los oidores
Finalmente, el dos de enero de 1531, el cabildo
nombra al comendador Diego Hernández Proaño para que salga a recibir a Cortés,
que entrará en la ciudad. El cuatro se designa una comisión para dar la
bienvenida a los oidores Juan Salmerón, Alonso Maldonado, Francisco Ceynos y
Vasco de Quiroga. Para dar realce al acto, se ordena que salgan montados todos
aquellos que tengan caballo. Multa de cinco pesos de oro para quienes no participen.
Iban transcurridos casi seis meses desde que desembarcó en Veracruz.
Cortés se presentó ante la Audiencia. Presidía
el licenciado Juan Salmerón, quien lo recibió junto con los restantes oidores,
aunque don Sebastián Ramírez de Fuenleal seguía sin darse prisa, y no llegaría
sino hasta septiembre de ese año. El encuentro debió transcurrir en un ambiente
distendido, pues los nuevos oidores tuvieron hacia él un trato deferente.
Cesaba la actitud hostil. En eso salía beneficiado. El viernes trece de enero,
otorgaría poderes a quienes fungirían como sus procuradores. En éstos se
asienta que eran extendidos en la casa en que residía la Audiencia, o sea, en
la construida por él y que había sido su residencia. Por real cédula, antes de
partir de España la Emperatriz le había notificado que, por tratarse de la
mejor que existía en la ciudad, le sería enajenada para servir de sede del
gobierno. Se le compensaría una vez hecho el avalúo. [907] Una compra forzosa.
Recibirá nueve mil pesos, cantidad que consideró como una parte del pago. Nunca
se le cubrió la diferencia, pues no consiguieron ponerse de acuerdo en la
valuación; aunque no se conservan los planos, el oidor Zorita, quien durante
diez años laboró en ella por tener allí su despacho, ha dejado una puntual
descripción. Se alzaba sobre los terrenos ocupados hoy día por el Palacio
Nacional, y en cuanto a dimensiones, allí tenían cabida todas las dependencias
del gobierno virreinal, incluyendo la residencia del propio virrey. Contaba con
cuatro grandes patios, y en ella se encontraba además la casa de fundición,
armería y la cárcel. No deja de causar asombro que una casa fortaleza de esas
proporciones se haya podido construir en cosa de dos años. [908] No parece tan
desencaminado Bernal cuando la compara con el Laberinto de Creta.
Pocos días debió permanecer en la ciudad, pues
para el diecisiete, Francisco de Esquivel, uno de sus procuradores, comparecía
en representación suya ante la Audiencia, solicitando que le fuesen restituidas
unas tierras y huertas compradas a los indios de Tacuba, mismas que le habían
sido confiscadas. La brevedad de su estancia viene a poner de manifiesto que,
en otros lados, tenía asuntos pendientes que reclamaban la atención. En los
días sucesivos, se le localizará en Cuernavaca. Es de rigor señalar que Bernal
conserva unos recuerdos muy falseados acerca de su retorno: «Y llegado a
México, se le hizo otro recibimiento, mas no tanto como solía, Y en lo que
entendió, fue presentar sus provisiones de marqués y hacerse pregonar por
capitán general de la Nueva España y de la Mar del Sur y demandar al virrey y
Audiencia Real que le contasen los vasallos». [909] La primera
observación consistiría en dejar bien sentado que aún habrían de transcurrir
cuatro años para la llegada del virrey Mendoza. El relato de Gómara es todavía
más confuso. Comienza por decir que los indios estaban a punto de rebelarse,
ante lo cual el obispo se alarmó, «y entonces, con acuerdo y parecer de los
oidores y de los demás vecinos que en la ciudad estaban, viendo que no tenían
mejor remedio ni más segura defensa que la persona, nombre, valor y autoridad
de Cortés, le envió a llamar y rogar que entrase en México. El fue enseguida,
muy acompañado de gente de guerra, y de veras parecía capitán general. Salieron
todos a recibirle, pues entraba también la marquesa, y fue aquél un día de
mucha alegría. Trataron la Audiencia y él cómo remediarían tanto mal. Tomó
Cortés las riendas, prendió a muchos indios, quemó algunos, aperreó otros, y
castigó a tantos, que en muy breve tiempo allanó toda la tierra y aseguró los
caminos; cosa que merecía galardón romano». [910] ¿De dónde sacaría
todo eso? Desde luego, quien le dio esos informes no sería persona calificada,
pues Cortés se mantenía alejado de México, y el levantamiento indígena de la
Nueva Galicia ocurrirá nueve años más tarde, en época del virrey Antonio de
Mendoza. Para entonces, se encontrará en España.
§. Cuernavaca
Cuernavaca fue el lugar elegido por Cortés para
fijar su residencia. El traslado a ésa ocurrió en los últimos meses de 1530 (la
primera referencia que lo ubica en el área, es una carta a García de Llerena en
la que le dice: «pasaré seis o siete días cazando». [911] Es posible que por
aquellos días diese comienzo la edificación de la casa palaciega, que hoy se
alza en el centro de la ciudad. Los detalles de su construcción se ignoran; ni
fecha de inicio de los trabajos, ni cuándo quedó concluida. Visto que su mayordomo
Terrazas, en la relación que le envió, no la incluye entre los bienes
confiscados por Nuño y asociados, y por otros indicios disponibles, se sabe que
inició la construcción a su regreso de España. Se desconoce el nombre del
arquitecto alarife, en aquellos días que la proyectó, pero como al punto nos
hace recordar al alcázar de Diego Colón en Santo Domingo, no sería de excluirse
que haya hecho venir a alguno de los que trabajaron en esa obra. A pesar de sus
grandes proporciones, es probable que se haya concluido en un tiempo récord,
pues disponía de abundante mano de obra, que además no le costaba. Una de las
acusaciones en su contra fue, precisamente, que tenía empleados a los indios en
levantarle esa casa. La referencia se encuentra en una carta fechada el 24 de
enero de 1533, en la que se lee «que ansímesmo le hacen una casa en el dicho
pueblo de Guanaváquez (Cuernavaca) e para no les pagar nada della, e que es de
cal y piedra e madera e a costa de los dichos indios». [912] A pesar de tratarse
de un proyecto de tal magnitud, ésa es una de las contadas menciones acerca de
su edificación. Y será allí, tras los muros de esa casa palaciega, donde
transcurrirán los años que tuvo de vida en familia, que vendrán a concluir en
diciembre de 1539-enero de 1549, cuando parta rumbo España. En total, un
periodo que vendría a ser de cuatro a cinco años, una vez deducidas sus
prolongadas ausencias (viaje a California, tiempo pasado en la costa
supervisando la construcción de navíos, etc.). Como se trata de una época en
que la documentación es tan escasa, la prueba de que esa casa era el hogar
familiar, la dan los nacimientos de los cuatro hijos, que allí vinieron al
mundo. Ésa fue la residencia a la cual siempre se reintegraba después de sus
andanzas. ¿Cómo discurriría la vida diaria dentro de los muros de esa casona?
Ni idea. La ausencia de documentación de carácter íntimo impide conocer el tipo
de relación que pudo haber existido en el orden afectivo. No se conserva una
sola de las cartas que Cortés pudo haber dirigido a su esposa, hijas o a algún
amigo. Sólo han llegado a nuestros días dos de las dirigidas a su padre, en las
cuales, lo único que asoma es una total falta de emotividad. Unos escritos que
van al punto y nada más. [913] Respecto a la esposa,
no hay una sola línea dedicada a ella por alguien que la hubiese conocido; de
tal manera, no se sabe si era bonita, graciosa, alta o bajita, o qué tal
ejercía como anfitriona. Gómara dice que era hermosa mujer, aunque su testimonio
debe recibirse con las reservas del caso, pues si en efecto llegó a conocerla,
sería cuando ya ella se encontraría entrada en años. [914] Si esta señora
realizó en Cuernavaca alguna actividad social, tal como la fundación de algún
colegio para niñas, un hospital, o siquiera un adoratorio, eso es cosa que se
ignora por completo, lo cual lleva a suponer que pasaría la mayor parte del tiempo
rodeada de su grupo de damas de compañía y sirvientas españolas, contemplando
desde los balcones la silueta de los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl. No
hubo cronista que recogiera algún apunte sobre la vida familiar de Cortés, ya
que Bernal, quien tan cercano a él se mantuvo en otra época, acerca de este
punto es muy poco lo que sabe, y además, habla de oídas. Un hecho que sirve
para mostrar el desconocimiento tan grande acerca de su vida familiar, consiste
en que ninguno de los cronistas menciona que a su vuelta de España trajo
consigo a su madre. Su venida y posterior muerte en Texcoco, hubieran pasado
completamente inadvertidas de no ser porque el propio Cortés y su representante
el licenciado Núñez la consignan en sus papeles. Otra muestra es que, fuera de
él, ninguno registra las muertes de los dos primeros hijos (Luis y Catalina)
habidos con la marquesa. En lo que a su matrimonio se refiere, lo primero que
se observa, es que él y doña Juana debieron formar una pareja muy desigual,
tanto por gustos e inclinaciones, como por el abismo que significaba la
diferencia de edades. Debería llevarle veinte o más años, según se verá en la
última carta que dirija al Emperador, en la que alude a la juventud de su
esposa en momentos en que él era ya un viejo. Ella le sobrevivió muchos años, y
es así como, el dos de junio de 1573, cuando estaban por cumplirse veintiséis
años de su muerte, doña Juana seguía viva, según testimonio del notario
sevillano Diego de la Barrera Farfán: «doy fe que hoy en este día de la fecha
desta carta, vi viva a la muy ilustre señora doña Juana de Zúñiga, mujer del
muy ilustre señor don Fernando Cortés, Marqués del Valle, que está en
gloria». [915] Un certificado de
supervivencia, otorgado a petición de parte, que le sería necesario para
pleitear en el juicio sucesorio que se verá más adelante. Fueron cerca de
diecinueve años los que pasó en Cuernavaca. Cuando regresó a España, la casa
quedó vacía. Se fue inédita. Cuernavaca no conserva memoria de ella. En cuanto
a su figura, lo único que puede decirse es que en Sevilla, en la llamada Casa de Pilatos, residencia de los duques de Medinaceli, existen
dos estatuas orantes de ella y de su hija Juana. Pero carentes de valor
documental, pues ambas se encuentran arrodilladas, cubiertas por mantos que
dejan al descubierto únicamente cara y manos. Doña Juana aparece representada
como mujer joven, siendo que la estatua fue realizada en 1575, cuando ya sería
casi anciana. Se trata, desde luego, de una obra idealizada, de esas en que el
autor no llegó a conocer a quién representaba.
Casa de Cortés en Cuernavaca
Cortés se muestra ahora en una faceta diferente: ha dejado de lado la espada y
se encuentra convertido en un negociante en escala mayor que, más que a un
conquistador, se asemeja a un mercader florentino del Renacimiento. Su
situación es la de un hombre que ha tenido un bache en sus negocios y se
dispone a ponerlos en orden. Bienes poseía muchos, pero estaban intervenidos;
en la ciudad de México, además de las «casas nuevas» (distintas a la que
albergaba la sede del gobierno), era dueño de los locales ocupados por las
tiendas de lo que venía a ser la arteria comercial de la ciudad (era el
propietario de los inmuebles, no de los negocios). Ello lo convertía en el
casero de los comerciantes de la ciudad. Eso en cuanto a casateniente; pero son
varias las otras vertientes en las que ahora se empeña a fondo. Por un lado, la
agricultura; desde un primer momento mostró preocupación por la introducción de
nuevos cultivos. En la Cuarta Relación (15 de octubre de 1524)
ya pedía a Carlos V que impartiese instrucciones a la Casa de Contratación para
que «cada navío traiga cierta cantidad de plantas, y que no pueda salir sin
ellas, porque será mucha causa para la población y perpetuación de ella». [916] Antes de viajar a España, en las tierras en
litigio, en los alrededores de la capital, comenzó a plantar trigo en gran
escala. El cultivo prosperó, como lo muestra el hecho de que pronto trabajara
la ley de la oferta y la demanda, y ante la abundancia del trigo se produjera
una baja en el precio del pan. Por otra parte, viene a ser el introductor del
cultivo de la caña de azúcar; de ello dan fe el número de plantaciones y
trapiches que poseía en las zonas calientes, inmediatas a Cuernavaca. Asimismo,
construyó un ingenio en las inmediaciones del sitio adonde trasladó la Villa
Rica en 1528, mismo que hoy día se conoce como La Antigua, al haberse
desplazado Veracruz a su actual asentamiento, que corresponde al de la
fundación original. La construcción de un beneficio de caña de azúcar en ese
lugar, claramente apunta a que lo hizo con la mente puesta en el mercado de
exportación. [917] A su retorno de España, trajo consigo a una
mujer que se encargaría de enseñar el proceso de beneficio de la seda. Fue tan
alto el número de moreras que plantó, que igualmente puede pensarse que lo hizo
con la mira puesta en el mercado español. También trajo un gran número de
sarmientos, para la rápida propagación de la vid, proveyendo así el abasto
local de vino. Por otra parte, en las instrucciones a su primo Álvaro Cerón de
Saavedra, le daba mucha importancia a la introducción de simientes de especias.
En cuanto a la ganadería, la idea de desarrollarla a gran escala estuvo
presente desde un primer momento; cuando todavía no consumaba la Conquista ya
hablaba al monarca de las regiones que le parecían más apropiadas por sus
praderas naturales; además, atrás tenía la experiencia de Cuba. En carta
escrita a su padre en 1526, le pedía «que se me busquen dos docenas de carneros
de lana merina muy fina de la mejor casta que se pudiere haber, y que los tenga
en Sevilla en casa para que se hagan caseros y mansos y los avecen acostumbren
a comer cebada e paja e pan. Y se me envíen en el primer navío que acá venga…
quel mismo navío tome de la Gomera algunas cabras, como ya otras veces a
vuestra merced he suplicado me mande enviar, las cuales asimismo han de ser caseras
y que sepan comer bastimentos para la mar porque no se mueran». [918] Aparece aquí como el primer introductor de
ganado menor. En la Cuarta relación, se quejaba al monarca de que
los oficiales residentes en La Española habían prohibido la exportación de
yeguas con destino a la Nueva España.
La minería será otra de sus vertientes. Explotará las minas de oro, plata y
cobre de los territorios que le correspondían, y en otros casos, cuando éstas
se localicen en tierras ajenas, comprará los derechos a sus propietarios. Algo
que conviene subrayar es que en ese periodo se abstuvo en absoluto de toda
actividad de índole política. Evitó crearle problemas a la Audiencia. La
atención la tuvo centrada por completo en sus asuntos. En teoría era
inmensamente rico, pero carecía de liquidez. Si sus ingresos eran muy grandes,
en igual medida lo eran sus gastos. El Emperador le entregó una cédula
ordenando a la Audiencia que le fuesen reembolsados los cuarenta mil pesos de
oro gastados en la expedición de Álvaro Cerón de Saavedra, pero hasta ese
momento, no había visto un peso (ni lo vería nunca); la Emperatriz dispuso que
se le reintegrasen los gastos ocasionados por la expedición de Olid, enviada
por órdenes de la Corona en busca del estrecho que, supuestamente, uniría ambos
océanos, deuda que tampoco sería pagada. Una orden que sí fue acatada fue la de
devolverle los locales de las tiendas intervenidas, que serían unas treinta y
cinco, aunque en la cédula de la Emperatriz se menciona «que pueden ser
cincuenta e dos casas, las cuales le rentan en cada un año tres mil
castellanos, e que vosotros, so color de le tomar una de las dichas casas para
esa audiencia, dizque le tomastes las dichas tiendas, no teniendo otra renta
tan cierta como la de las dichas tiendas» [919] .
Las relaciones con los nuevos oidores fueron buenas en un principio; después de
Nuño y asociados, todo lo que viniera sería para mejorar. Además, los nuevos
jueces venían imbuidos de un espíritu justiciero. Don Sebastián Ramírez de
Fuenleal todavía no llegaba, pero en cuanto asumió el cargo (septiembre de
1531), demostró estar a la altura de la tarea que se le había confiado. De esa
segunda Audiencia uno de sus miembros dejaría memoria imperecedera: Don Vasco
de Quiroga, futuro obispo de Michoacán. Un humanista de altos vuelos: Tata
Vasco, como lo llamarían cariñosamente los indios. A pesar del buen
comienzo, las relaciones no tardaron en deteriorarse. Muchas de las peticiones
de Cortés eran exageradas, por lo que la Audiencia procedía con pies de plomo.
Parecería que la línea oficial era darle una de cal por otra de arena. Se
impacientaba, y ya, en época tan temprana, como el siete de junio de ese mismo
año de 1531, escribía al Consejo de Indias quejándose de que sus peticiones no
eran atendidas. En cierta forma, no le faltaba razón, pero ocurría que la
Audiencia se veía obligada a frenarlo frente a pretensiones que afectaban
derechos de terceros. Los puntos de conflicto eran muchos: uno de los primeros,
fue el conteo de los veintitrés mil vasallos. Cortés se quejaba de que en el
cómputo le incluían mujeres, niños y esclavos, o sea, gente que no tributaba.
Por vasallos entendía cabezas de familia; a su vez, en un primer informe, la
Audiencia señalaba al monarca las dificultades tan grandes con que tropezaba
para ese conteo. Hasta el momento (1531), no habían conseguido establecer un
censo de pobladores del área de Cuernavaca, debido a que la inmensa mayoría era
tan pobre que nada poseían y se desplazaban continuamente, ya que sus únicas
posesiones eran su familia y lo que podían llevar a cuestas, por lo cual, los
oidores ofrecían ocuparse, en cuanto tuvieran oportunidad, de establecer en qué
se fundaba la opresión a que se encontraban sometidos por parte de los señores,
«y cuando más desocupados estemos, hemos de entender en alcanzar lo que fuere
más posible; esta tiranía entre ellos cómo se sufre y dónde nació, y el título
que tienen los principales y señores, a ser tan señores de los maceguales y
menores». [920] A diez años de distancia de la Conquista, la
esclavitud del indio sobre el indio continuaba siendo práctica corriente.
En el curso de ese año de 1531, se recibieron dos cédulas firmadas por la
Emperatriz: una de ellas, dirigida a Cortés, viene a ser repetición de otra
anterior, relacionada con exploraciones y conquistas en el Mar de Sur. Es
confirmado en los cargos de gobernador y alguacil mayor a perpetuidad de las
tierras que descubra y conquiste; y, en cuanto a la petición de que la doceava
parte de lo descubierto pase a perpetuidad a sus herederos, la Corona no se
pronuncia. Ya se estudiará en su momento. Se aprovecha la oportunidad para
recordarle que todos los gastos correrán por cuenta suya. La otra cédula está
dirigida a la Audiencia, y versa sobre dos temas distintos: por un lado, se
ordena notificarle a Cortés que en ese año deberá comenzar a construir la
flota, de forma que «dentro de dos años, después de la dicha notificación esté
la dicha armada a punto para se poder hacer a la vela, con apercibimiento, que
pasado el dicho término, el dicho asiento y capitulación sea en sí ninguna, y
nos lo podamos tomar con otras personas que fuéramos servidos y enviarnos heis
el testimonio de la notificación». [921] Clarísimo. Si en dos años no zarpa la flota,
capitularán con otro. Por otra parte, se reitera la cédula por la cual se
condonaba la multa impuesta por la primera Audiencia a Cortés, Alvarado y otras
personas, por haber jugado a «naipes, dados y otros juegos prohibidos, así en
tiempo de la conquista de la dicha tierra, como después de su pacificación y
población». [922]
Transcurre otro año y llega 1532. Por el contenido de una cédula firmada por la
Emperatriz el 20 de marzo, se advierten los roces de Cortés con la Audiencia.
Se le acusa de no permitir que nadie toque los montes de Cuernavaca, de los
cuales no se puede sacar madera sin su autorización. Y también se presentan
problemas por el agua y los pastos. Se ordena ver con cuidado el asunto y
resolver lo que mejor convenga a la buena gobernación. En otro orden de cosas,
Cortés recibe un palo. Se le retira el derecho a percibir el diezmo, haciéndose
caso omiso de tratarse de un privilegio que le había concedido el pontífice. La
Corona no podía permitirlo porque iba contra el tratado negociado por los Reyes
Católicos (el Jus patronatus), que se encontraba vigente, por el
cual, ésta tenía el derecho de nombrar a los prelados y cobrar los diezmos
correspondientes para el sustento de la Iglesia. Permitir ese estado de cosas
equivalía a tolerar que Cortés en sus territorios se equiparara con el monarca.
Por tanto, se ordenó a la Audiencia que le retiraran la bula papal y la
remitiesen a España. Y en cuanto al tema recurrente del conteo de los
veintitrés mil vasallos, la gobernadora encargada del reino no se pronuncia.
Manifiesta que lo ha turnado a Flandes para la atención del Emperador.
La Audiencia escribe denunciando a Cortés: ha empleado indios como cargadores
para el transporte a Acapulco y Tehuantepec, de la jarciería y el aparejo para
las naves que construía en esos puertos. Ya había procedido a ordenar a los
alguaciles que, conforme a las ordenanzas para el buen trato a los indios, se
impidiera que realizaran esas labores. Se intentó quitarlos de esa tarea, pero
Cortés se los arrebató a los alguaciles, escribiendo a la Audiencia que
procedería a enviarlos de nuevo. Se le acusa de desacato, además de impedir el
ingreso en sus tierras al visitador, y también se dice que, por tener la bula,
se niega a pagar el diezmo (la carta se cruzó en el camino con aquella de la
Emperatriz ordenando que ésa le fuera retirada). Casi al mismo tiempo, Cortés
escribe al Emperador (la carta de la Audiencia es del 19 de abril y, la suya
del 20); a pesar de su brevedad, esta última contiene una serie de cosas, a
cual más importante. Se encuentra fechada en México, razón que induce a suponer
que fue escrita luego de haber sostenido un agrio alegato con los oidores, en
el cual no se habría llegado a acuerdo alguno. Ello explica que cada una de las
partes se dirija por separado a la autoridad superior. Luego de recordar que ha
actuado como un vasallo respetuoso, cumpliendo al pie de la letra lo ordenado
por la Emperatriz en lo referente a abstenerse de entrar en la ciudad hasta que
no llegase la Audiencia, da a conocer lo poco que es tomado en cuenta para el
desempeño de las funciones del cargo de capitán general; de común acuerdo con
los oidores, ordenó que se hiciese una revista para así saber con cuánta gente
se contaba, dándose el caso de que muchos no acudieron. Quiso castigar a los
remisos, pero los oidores no lo permitieron, por parecerles que con eso ellos
se verían disminuidos. El asunto es grave, pues él, en su capacidad de capitán
general, es el máximo responsable de la seguridad del Reino. La situación se
presenta preocupante. El orden se ha alterado. En dos o tres lugares han matado
españoles. Parecería que los indios salen del estupor de la derrota y comienzan
a reaccionar. Para afrontar la nueva situación se ha juntado con los oidores,
pero no se llegó a nada concreto, pues «tenemos los pareceres muy
diferentes». [923] A escasos ocho meses de haber hecho su
entrada a México, las relaciones de Ramírez de Fuenleal con Cortés se habían
tornado en francamente malas, como lo evidencia la carta que en julio de 1532,
el primero dirigió al Emperador recomendando su expulsión: «debe V.M. mandar
que de cuatro hasta seis personas salgan desta Nueva España, entretanto que se
da la orden en ella, por ser de suyo alteradas y escandalosas; y si al Marqués
Cortés mandase V.M. llamar para aquel tiempo, creo que será provechoso y aún
necesario». [924] Surge otra área de conflicto. Visto que
andaba mucha gente ociosa, Cortés resolvió enviarla a una nueva conquista, al
mando de don Luis de Castilla, un personaje de alcurnia que trajo consigo de
España. Don Luis, que iría descuidado, fue sorprendido por Nuño de Guzmán,
quien lo retuvo prisionero unos días, soltándolo más tarde. Cortés quiere ir a
castigarlo. Presentó el caso a la Audiencia, mas los oidores son de otra
opinión: «hales parecido por algunas causas que le deben dejar». La Audiencia
no se atreve a meterse con Guzmán, quien continuará actuando de manera
independiente y sin rendir cuentas, situación que se mantendrá a lo largo de
los casi cinco años que ésta permanecerá en funciones. Cortés, exasperado, toma
una decisión drástica. Renuncia al cargo de capitán general: «lo que yo de mi
parte suplico es que Vuestra Majestad sea servido, pues tan poco concepto se
tiene que sabré servir en este oficio, me haga merced de encomendarlo a quien
mejor lo sepa». [925] Una renuncia en toda forma, pero que ni
siquiera merecerá una respuesta. No volverá a tocar el punto.
El desaliento campea en su carta. Capituló con la Emperatriz para realizar
exploraciones en el Mar del Sur, pero los oidores procuran entorpecerlo todo lo
que pueden. Respecto a los porteadores indígenas, aduce que si no es a hombros
de tamemes, resulta imposible transportar la impedimenta, por no
existir camino por el que puedan transitar carretas para el acceso a Acapulco y
a Tehuantepec. Además, los cargadores se contrataron libremente y se les pagó
un salario justo; por lo mismo, pide que se ponga remedio a ese estado de cosas
o, de lo contrario, se le libere de la obligación de proseguir con sus
exploraciones. El abatimiento se ha apoderado de él, a un grado tal, que
incluso abriga serias dudas acerca de cuáles son las verdaderas intenciones de
la Corte, «el ver los impedimentos y estorbos que en todo se me ponen, me hace
entibiar y creer que yo me engañé, y que Vuestra Majestad no ha tenido tanta voluntad
de esto cuanta yo pensé. Suplico a Vuestra Majestad me envíe a mandar aquello
de que más sea servido, porque no yerre contra su servicio». [926] Al final de la carta aparece una noticia
importante: Álvaro de Saavedra Cerón llegó a Tidore, y el auxilio que llevaba
resultó muy oportuno. Pero ahora se plantea la cuestión del envío de refuerzos
a los que quedan allá, que sería «inhumanidad no socorrerlos, habiendo tan bien
servido, y están en tanto peligro, así de los naturales, como de las armadas
del rey de Portugal». [927] Aquí Cortés sorprende, pues una noticia de
tamaña magnitud, la maneja en tan pocas líneas como si se tratara de una nota
de páginas interiores, máxime tratándose del gasto extraordinario que significó
para la Corona el envío de las flotas de Magallanes y Loaisa. Y algo todavía
más extraño: ni una palabra acerca de la suerte corrida por este último, que
sin lugar a dudas, sería lo primero que le comunicarían quienes le trajeron la
noticia. Buscando posibles explicaciones, se puede pensar en el viraje político
que se ha producido: los derechos sobre las Molucas pertenecen ahora a
Portugal, y Carlos V, quien por lo visto no quiere problemas con su cuñado, se
ha desentendido del asunto. Esa alusión a que sería inhumanidad no socorrerlos,
podría antojarse como un recurso suyo, para so pretexto de ir en su ayuda,
incursionar en un área que tiene vetada. Pero el silencio en torno a Loaisa
resulta inexplicable. El Emperador no se toma la molestia de responderle, y él
no vuelve a insistir. Los supervivientes quedarán abandonados a su suerte.
Cortés ha omitido señalar el conducto por el que se enteró de la llegada de
Saavedra Cerón a Tidore. Lo notable del caso es que lo supo dos años antes de
que Vicente de Nápoles llegara a España en 1534. Éste, que volvió en un navío
portugués, llevó consigo el diario de navegación de la Florida, de
cuya tripulación hacía parte. Y es así como se conocieron los pormenores de ese
viaje. Dos años más tarde regresaría Andrés de Urdaneta, uno de los
supervivientes de la expedición de Loaisa quien aportó mayores detalles sobre
las desventuras padecidas. Como se recordará, Saavedra Cerón se hizo a la vela
en Zihuatanejo el 31 de octubre de 1527, víspera de Todos los Santos, y la
noche del 22 de diciembre los navíos perdieron contacto entre sí durante una
tormenta. Nunca volvió a saberse de la Santiago y del
bergantín Espíritu Santo. La Florida acertó a
llegar a Tidore, aparentemente sin mayores tropiezos, y su arribo constituyó un
refuerzo oportuno como escribiría Hernando de la Torre, el hombre que se
encontraba al frente de los supervivientes de Loaisa. Cumplida su misión, Cerón
de Saavedra, luego de hacer las reparaciones necesarias, emprendió el viaje de
retorno. Traía las bodegas repletas con un cargamento de sesenta quintales de
clavo que le dio de la Torre. En el trayecto descubrió Nueva Guinea, bordeó
parte del litoral norte y subió hasta alcanzar las islas Marshall; allí, en un
punto situado entre Kwajalein y Bikini se dio la vuelta al no encontrar vientos
favorables. Llegó a las Marianas y de nuevo cruzó a lo largo de Mindanao para
regresar a Tidore. Reparó la nave, y al año siguiente repitió el intento. Subió
hasta un punto cercano a la isla de Midway y allí le sorprendió la muerte. Tuvo
el océano por tumba. La tripulación decidió seguir adelante y al mes murió el
nuevo capitán. Se encalmaron cuando ya se encontraban al norte de Hawaii, y en
cuanto la situación lo permitió, emprendieron el viaje de retorno a Tidore. La
clave del conocimiento anticipado que Cortés tuvo del arribo de Saavedra Cerón
a Tidore, nos la ofrece Bernal, cuando refiriéndose a esa expedición, escribe:
«yo vi de allí a tres años en México a un marinero de los que habían ido con
Sayavedra, y contaba cosas de aquellas islas y ciudades donde fueron que yo
estaba admirado». [928] Aquí se desvelaría el misterio. Un grupo se
separó y regresó a México. Ese retorno no aparece mencionado en el diario de
navegación, por lo que no puede descartarse que se tratase de algunos de los
marineros que se dispersaron por las islas. Lo probable es que hayan realizado
la travesía a bordo de un patache o de otro tipo de nave pequeña. Resulta
inusual que Bernal, quien acostumbra a ser tan reiterativo, en cambio, a este
asunto apenas le dedica cuatro líneas; los nautas de la Florida completamente
relegados al olvido. Lo sorprendente del caso es que haya que leer la letra
menuda de la Historia para enterarnos. Se trata, ni más ni menos, que del
primer cruce del Pacífico en sentido inverso al seguido por Magallanes.
A través de los informes proporcionados por Vicente de Nápoles y Andrés de
Urdaneta se tuvo conocimiento de las penalidades sufridas por los
expedicionarios que participaron en ambos viajes. De las siete naves de Loaisa,
sólo la Santa María de la Victoria consiguió llegar a Tidore.
Durante el trayecto, Loaisa enfermó y murió en mitad del océano el 30 de julio
de 1526; el mando recayó en el segundo comandante, Juan Sebastián Elcano, quien
ya se hallaba muy enfermo. Permaneció en el cargo tan sólo tres días, ya que
moriría el cuatro de agosto. [929] Elcano, igualmente, tuvo como tumba el fondo
del océano. Una página desconcertante sobre la forma en que Cortés ha procedido
en este caso; francamente no se le encuentra explicación. En la cédula en que
se ordenó a Cortés ir en socorro de Loaisa se le hacía mención de los cincuenta
y siete tripulantes de la expedición de Magallanes que quedaron atrás; de
éstos, sólo tres volvieron a España. Cuarenta y seis murieron u optaron por
quedarse en distintos puntos, mientras que los ocho restantes fueron apresados
por un jefezuelo local quien los vendió, terminando sus días como esclavos en
China. [930] Así se cierra la página de la primera vuelta
al mundo.
Queda un cabo suelto. Un lector atento habrá advertido que, en el pliego de
instrucciones, Cortés decía a Álvaro de Saavedra Cerón que llevaba consigo un
indio natural de Calicut; la pregunta obligada es, ¿qué hacía en México un
hindú en época tan temprana como 1527?, ¿cómo llegó? Las posibilidades serían
dos: que se tratase de un tripulante del patache Santiago, o que
hubiese llegado en alguna nave, cuyo arribo no quedó registrado. Y antes de
pasar adelante, es preciso detenerse sobre esa especie de legión extranjera que
acompañó a Cortés en la Conquista. El grupo más numeroso lo constituían los
portugueses, que vendrían a ser no menos de veinte; a continuación, seguían los
oriundos de diversas regiones de Italia, a quienes se identifica por sus
lugares de origen: napolitanos, sicilianos, genoveses y un veneciano. Vienen
luego los griegos, identificándose al menos a tres de ellos, siendo el más
significado Antón de Rodas; pero, ¿qué hacían en México individuos procedentes
del rincón más apartado del Mediterráneo? La explicación más obvia es que se
trataría de marineros. Su patria era el mar; en los puertos iban cambiando de
barco y, muchas veces, ya no volvían a su lugar de origen. Sin duda, la mayoría
de los extranjeros formaba parte de la marinería que Cortés bajó a tierra. La
situación no ha variado mucho hoy día, en que en los barcos liberianos,
malteses, panameños, o de cualquiera otra bandera de conveniencia, los
tripulantes proceden de todos los rincones del planeta.
§. Viaje de Hurtado de Mendoza
C on las Molucas fuera de su alcance, Cortés se lanza a explorar el
Mar del Sur. Para finales de junio de 1532, ya tiene a punto dos nuevos navíos.
Al mando irá Diego Hurtado de Mendoza, ese primo suyo a quien antes se vio
partir al mando de dos bergantines, rumbo a bahía de la Ascensión en busca de
ese hipotético estrecho que habría de comunicar ambos océanos. El propósito de
ese viaje es muy claro, y es conocido a través de la lectura del pliego de instrucciones.
Aunque antes dijo que le parecía una inhumanidad no ir en socorro de Saavedra
Cerón y sus expedicionarios, pronto se olvida de ellos. La nueva expedición
tiene otro destino. En el pliego, comienza por decir a su primo que deberá
trasladarse al puerto de Acapulco, adonde se encuentran los dos navíos que
habrá de llevar: el San Marcos y el San Miguel,
los cuales hará examinar por pilotos y gente de mar para ver si están en estado
de realizar el viaje (ello parece indicar que él no se encontraría presente).
Formula una recomendación en el sentido de poner especial cuidado en la
artillería y munición que subirá a bordo, lo cual ya está indicando que se
dirigen a unas aguas donde existiría el riesgo de ser atacados por otros
navíos. La instrucción más significativa consiste en que debería internarse en
el mar «ocho o diez leguas al sur, y en aquel paraje seguiréis la costa desta
tierra la vía del nordeste como la dicha costa se corriere, de manera que no la
perdáis de vista, y llevaréis mucho cuidado, e así lo amonestaréis a los
pilotos e a las otras gentes, de mirar hacia la mar por si alguna tierra
viéredes, e si alguna se viere, marcarla heis por el aguja, e pornéis la proa
en ella hasta la ver e descubrir». Una navegación estrictamente costera, lo cual
se corrobora cuando le indica que si encuentra gente, les haga saber que
procede de una tierra muy cercana. Lo previene también de no dejarse sorprender
en el caso de topar con navíos más poderosos, en cuyo caso deberá retroceder
rápidamente para buscar refugio. Y en otra parte le encarece tener mucho
cuidado durante la noche, «porque soy informado que hay bajos en toda aquella
costa muy dentro de la mar». [931] Cambio de planes, la exploración va
encaminada a encontrar tierras pobladas en las proximidades; y lo que resulta
verdaderamente desconcertante, es eso de prevenirlo acerca de los bajos que
encontrará adentrándose en el océano. Nada más apartado de la realidad, por lo
que salta al momento la pregunta: ¿y qué hay del viaje del patache Santiago?
Arízaga le informó detenidamente haciéndole entrega del diario de navegación,
mismo que, como antes vimos, Cortés remitió puntualmente a la Corte. La bitácora
del Santiago no menciona la existencia de esos supuestos
bajos. [932]
Volviendo a Hurtado de Mendoza, según la versión de Gómara, lo único que se
puede poner en limpio es que éste se hizo a la mar a bordo de su capitana que
era la San Marcos, y en la San Miguel posiblemente
iría como capitán Juan de Mazuela, quien figuraba como segundo personaje de la
expedición. Zarparon de Acapulco el jueves de Corpus de 1532 (30 de junio), y
al llegar al «puerto de Jalisco» (San Blas, Nayarit), fueron impedidos de tomar
víveres y agua por gente que Nuño tenía apostada a propósito, para evitar que
nadie incursionase en su jurisdicción. Por tanto, continuaron costeando hasta
que se produjo un motín; Hurtado entregó un navío a los amotinados y prosiguió
su navegación. Los amotinados emprendieron el retorno, y al llegar a Bahía de
Banderas para aprovisionarse de agua, fueron atacados por los indios, que
mataron a la mayor parte, salvándose sólo dos, quienes trajeron la
noticia. [933] La versión de Bernal va más o menos por el
mismo camino, sólo que en ésta los supervivientes afirmaron que Hurtado les
habría dado la nave de buen grado, cosa que el cronista pone en duda, «y Diego
Hurtado corrió siempre la costa, y nunca se oyó decir más de él, ni del navío,
ni jamás pareció». [934] Según Cortés, en carta fechada en Tehuantepec
el 25 de enero de 1533, al informar al Emperador sobre este suceso, desecha la
versión del motín, acompañando la carta que Hurtado le dirigió, explicándole
que «por falta de bastimentos hubo de hacer volver el navío». [935] No habría ocurrido motín. En su carta Cortés
decía: «aunque del otro navío tengo buena esperanza, pues pasó adelante en él
el capitán con mediano bastimento y gente necesaria para descubrir, de que
aguardo nueva de él muy en breve». [936] El final desgraciado de esa expedición se
conocerá cuando los capitanes de Nuño de Guzmán incursionen por el área de
Culiacán; será uno de los expedicionarios quien escribirá lo que hoy se conoce
como la Segunda Relación Anónima. Este desconocido autor cuenta que
cuando llegaron al río Tamachola (el Tamazula), encontraron indios que traían
collares de los que colgaban clavos, y puestos a indagar dieron con dos espadas
y algunos cuchillos de hierro. Posteriormente, interrogando a una mujer que se
encontraba en posesión de un pedazo de capa de paño, conocieron lo ocurrido:
«En este río mataron a un capitán que se decía Hurtado, que el marqués del
Valle envió desde México a que descubriese aquella costa para cuando él fuese
con el armada que después hizo. Matáronle desta manera, que él llegó a la boca
del río e traía necesidad de bastimento, y salió del bergantín con la gente que
llevaba en él, que sería hasta quince o veinte hombres, e siguió el río arriba
porque halló señales de indios en la costa, e por el rastro de los indios vino
a sus pueblos, e como venían ganosos de comer e reposar en tierra,
descuidáronse en estar apercibidos, y en aquella noche que durmieron en tierra,
los indios dieron sobre ellos e matáronlos, que no quedó ninguno; y ansí fueron
a un español o dos que quedaron en guarda del bergantín, y también los mataron,
por manera que no ovo quien llevase la nueva». [937] Bernal se ha equivocado en lo que acaba de
decir, pues como se verá más abajo, Cortés no tardaría en obtener puntual
conocimiento de las desventuras de su primo Hurtado de Mendoza.
Capítulo 27
Don Hernando El Navegante
Contenido:
§. California
§. El socorro a Pizarro
Cortés se va a la costa y se instala en
Tehuantepec. Y allí, como otro Don Enrique el Navegante, se lanza de lleno a impulsar los viajes de exploración en el Mar del
Sur. Pero a diferencia del infante portugués, que despachaba desde la comodidad
del castillo de Sagres, él lo hace desde una choza. Se diría que le hubieran
renacido arrestos juveniles; está a pie de obra, como lo hiciera antes, cuando
se desnudó del jubón y la camisa para cavar los cimientos de la Villa Rica.
Exhibe una voluntad de hierro para continuar en la brecha. Parte de cero.
Además de los criados, tiene con él a una treintena de artesanos españoles,
entre carpinteros, herreros y calafates, a uno de los cuales debe pagarle
cuatrocientos pesos de oro al año. Llegó en diciembre de 1532 y pasará allí
siete meses sudando los calores del trópico. Su alojamiento y el astillero
debieron ser instalaciones muy precarias, pues no quedó la menor traza de
ellos. Algo le dice que en el océano encontrará una rica ínsula. Parece
convencido de ello. Como inveterado jugador que era, todo lo aventuraba a un
golpe de dados, y sin que lo desanimara el esfuerzo descomunal que le
significaba la construcción y aprovisionamiento de los navíos. Como en
Tehuantepec no existía la más mínima infraestructura, todo debía traerse de muy
lejos con esfuerzos ingentes. Lo que no se fabricaba en la Nueva España era
traído desde la metrópoli, se desembarcaba en Veracruz, y luego «por mar hasta
Guazacualco y desde Guazacualco (Coatzacoalcos) hasta veinte leguas de aquí por
el río en canoas»; Esto es, se remontaba hasta Tecolotepec, cerca de su
nacimiento, y de allí a Tehuantepec a hombros de porteadores indígenas. Estima
que serían unas veinte leguas, o sea, más de cien kilómetros, y de selva todo
el trayecto. Cada clavo a precio de oro. En esas condiciones trabajaba.
El veinticinco de enero de 1533 escribe dos
cartas: una dirigida al Emperador que se encuentra en Flandes (a la que ya se
ha aludido en el capítulo precedente), y la otra al Consejo de Indias. Al
primero dice: «A vuestra Majestad he escrito haciéndole saber como yo estoy en
este pueblo de Tecoantepeque, costa de la Mar del Sur, despachando ciertos
navíos que en él he hecho para engolfarse y descubrir por ella». Se queja de
que entre más se esfuerza, «tantos más inconvenientes me ponen los jueces de
estas partes». Acusa a éstos de estar haciendo una labor de zapa, para
entorpecerlo en todo lo que pueden; continúa el problema de los tamemes. Aquí parece que le han hecho una jugarreta; por un
lado se le apremia para que no demore el envío de las naves, y por otro se
procede en su contra por emplear porteadores indígenas; ¿cómo llevar entonces
los implementos? No existe otra forma. Según señala en carta dirigida al
Consejo de Indias, se está procediendo con gran hipocresía en contra suya, pues
la Audiencia lo acusa, mientras hizo de la vista gorda cuando en ocasión de la
partida de Alvarado y hermanos, éstos emplearon dos mil tamemes para la impedimenta. Cita por igual el caso de
Delgadillo, quien para trasladarse a Veracruz, con motivo de su viaje a España,
utilizó también a cerca de un millar. Se empleaban varas de medir diferentes;
para él todo el rigor de la ley. La multa impuesta ha sido tan fuerte, que como
garantía del pago han quedado en depósito las joyas de la marquesa. A ese
estado habían derivado las relaciones con la nueva Audiencia. Vuelve con la
queja reiterada: sigue pendiente de cumplimiento la merced de los veintitrés
mil vasallos y, en lugar de que se le haga justicia, cada día se busca la forma
de disminuirlo. Suplica al monarca que escriba poniendo en claro que sus deseos
son en el sentido de que se le deje trabajar en paz, «y que entiendan todos que
Vuestra Majestad es servido en que yo sea bien tratado». [938] La respuesta será una
cédula dirigida por la Emperatriz a la Audiencia, autorizando que, en el caso
de no ser posible transportar la impedimenta en carretas o recuas, sean indios
quienes se encarguen de hacerlo, a condición de que se empleen libremente, se
les pague un salario justo, y que «las cargas que llevaren sean moderadas para
que las puedan llevar, e que las jornadas les sean convenientes para que no
sean fatigados, e no se deje de hacer el dicho proveimiento». [939] Por fin, una decisión
favorable. La cédula está fechada en Madrid el 16 de febrero de 1533, y viene a
ser un traslado de otra anterior otorgada en Segovia el diecisiete de octubre
anterior, que por alguna razón se retuvo su envío. A mediados de 1533 Cortés ha
trasladado su centro de operaciones a Santiago (Santiago en la Mar del Sur,
como él lo llama). Un lugar de gran belleza, situado más al norte, adonde hoy
día se levanta un conjunto hotelero. Ése será otro de los lugares que utilizará
como base de operaciones, junto con Acapulco, Zihuatanejo y Huatulco. No cabe
duda que sabía elegir los sitios; todos, en la actualidad, centros turísticos
de primerísimo orden. El 20 de junio escribe desde allí a su primo, el
licenciado Francisco Núñez, el encargado de velar por sus asuntos ante la
Corte. Se trata de un documento muy vivido que refleja el estado angustioso en
que se encontraba. Se siente acosado por todas partes. Le han tendido un cerco
que le limita los movimientos. Pero ya experimenta un respiro; llegó a sus
manos la cédula autorizándolo a emplear tamemes, aunque,
según dice, ha venido con tantas modificaciones que se muestra escéptico, pues
todo lo que se turna al presidente y oidores de la Audiencia, para que den su
parecer, «es como si se remitiese a los mayores enemigos e más parciales que he
tenido en mi vida». Insiste a su representante en que la cédula autorizando el
empleo de cargadores indios «deberá venir redactada en los términos en que os
he escrito, porque así conviene, porque ha más de siete meses que yo salí de mi
casa para el despacho destos navíos, y los cinco dellos he estado siempre
residiendo en este astillero sin quitarme de sobre la obra, y estaré hasta
volverme a México más de otros cuatro». No desmaya ante la adversidad, y hasta
se advierte una nota entusiasta cuando anuncia a su representante que tiene
casi terminados dos navíos de noventa toneles y otro de setenta, abundante
provisión de bizcocho de Castilla hecho en México, y un par de pilotos, tan
competentes, «que el uno de ellos no se puede mejorar en el mundo». [940] Al propio tiempo, la
carta constituye una fuerte requisitoria contra su representante. Prácticamente
un regaño. Estima que no pone el celo debido en la atención de los asuntos que
tiene encomendados. Le reprocha que no lo mantenga informado oportunamente, y
dice no comprender cómo puede dejar que transcurran quince días sin escribirle,
«pues siempre de allí parten correos para Sevilla que con porte de un real se
llevan las cartas». Se advierte, por tanto, que por aquellos días ya existía en
España un eficiente servicio de correos, que en nada desluciría comparándose
con las actuales agencias de mensajerías, y además, a un precio muy razonable;
asimismo, se queja de no haberle informado acerca de lo que Pedro de Alvarado
pudo haber capitulado en materia de descubrimientos, «especialmente cuando
podría ser en perjuicio mío, por ser en la Mar del Sur donde yo tengo
capitulado». Parecería que se encuentra obsesionado ante la idea de que su
antiguo subalterno le gane la mano en la carrera hacia esa tierra mítica,
arrebatándosela. Ésos son momentos en que todos sus afanes se encuentran
centrados en empresas de ultramar. Basta con imaginar esos once meses instalado
en chozas para supervisar de cerca los trabajos. En octubre del año anterior,
su procurador le había escrito informándole de la enfermedad de su hijo don
Martín, ofreciéndole que iría a verlo. Cortés le echa en cara que en los
últimos tres meses no lo haya mantenido informado, haciéndolo saber que «no le
quiero menos que al que Dios me ha dado en la marquesa y así deseo saber
siempre de él». [941] Esta línea y las que
vienen a continuación permiten examinar una página de su vida familiar: su hijo
don Martín quedó en España. El niño andaría entonces por los siete años,
permaneciendo al cuidado del conde de Miranda (nada se sabe acerca de este
personaje), a quien, según anuncia en la carta, está remitiéndole quinientos
pesos para su manutención. Más tarde, don Martín se educaría en la Corte.
Creció lejos de sus padres.
Poco después, ya tiene a punto dos carabelas de
gran porte. Se trata de La Concepción y la San Lázaro.
La primera de ellas, la capitana, irá al mando de Diego Becerra, otro pariente
suyo (como siempre, el nepotismo), y el piloto será un vizcaíno llamado Fortún
Jiménez; la segunda, tendrá por capitán a Hernando de Grijalva, y llevará a
bordo a Martín de Acosta, un piloto portugués. Como se advierte, se trata de
nombres nuevos. Personajes de quienes no se tenía referencia. Esta vez, en
lugar de delegar, él mismo se encarga de supervisar hasta el último detalle, y
el 30 de octubre de ese año de 1533, los navíos se hacen a la mar. Pero apenas
zarparon, surgieron los problemas. Becerra, según escribe Bernal en su libro,
«era muy soberbio y mal acondicionado… e iba malquisto con todos los más
soldados que iban en la nao». [942] Aquello era una bomba
de relojería, y el motín a bordo no tardó en producirse. Fortún Jiménez se
concertó con algunos vizcaínos, dando muerte a Becerra y a otros marineros y, a
continuación, se acercaron a tierra en un punto en tierras de Jalisco, para
bajar a los frailes y a los heridos. Los amotinados, capitaneados por Fortún
Jiménez (seguramente aquel de quien decía Cortés que no podía encontrar otro
mejor) pusieron rumbo al norte y, a los pocos días de navegación, descubrieron
la península de Baja California. Desembarcaron en un punto al que llamaron
bahía de Santa Cruz (La Paz), siendo atacados al momento por los indios. Fortún
Jiménez y veintidós más resultaron muertos. Los sobrevivientes reembarcaron
para ir a parar en manos de Nuño de Guzmán.
No llegó hasta nosotros el pliego de
instrucciones, pero se dispone, en cambio, del diario de navegación de la San
Lázaro. Comienza éste por registrar que, el
23 de octubre, subió a bordo Cortés para inspeccionar las naves, quedando la
gente embarcada. Zarparon el 30, como antes se apuntó, y al día siguiente
navegaron con vientos muy fuertes. La San Lázaro gobernaba mal y no conseguía alcanzar a la
capitana. Para la noche del primero de noviembre la habían perdido de vista. El
domingo dos de noviembre, todavía ventaba fuerte el norte, y en cuanto
abonanzó, pusieron proa al oeste, «como por vuestra señoría nos era
mandado». [943] Esta expresión, que
se menciona dos veces, está indicando que las instrucciones eran precisamente
ésas: explorar en profundidad el océano. Ninguna alusión a que anduviesen en
busca de Hurtado de Mendoza. El viernes diecinueve de diciembre, avistaron una
isla, pero entre lo mal que el navío tomaba la bolina, y la fuerza de las
corrientes, no fue sino hasta el jueves siguiente que pudieron poner pie en
ella. Una isla acantilada. Grijalva tomó posesión de ella, capturaron unos
pájaros, pero no encontraron otra agua que la salobre que había entre las
hendeduras de las rocas. Como en las barricas apenas tenían lo justo para el
viaje de retomo, se dieron la vuelta. A la isla le impusieron el nombre de
Santo Tomás, y el piloto la situó a los veinte grados y un tercio, cometiendo
en ello un error de más de dos grados. La descripción corresponde a Socorro, en
el grupo de las Revillagigedo, que se encuentra en los dieciocho grados. El
piloto Acosta consiguió regresar antes de que muriesen de sed. El viaje
concluyó sin otro resultado que el encuentro de una isla inhóspita; y en cuanto
al descubrimiento de California, éste todavía tardaría en conocerse, pues los
sobrevivientes fueron aprisionados por Nuño de Guzmán.
El año de 1534 será de muchos sinsabores para
Cortés. Se encuentra empeñado en un choque frontal con Nuño de Guzmán. El
motivo de la disputa es el bergantín San Miguel de la desafortunada expedición de Hurtado de
Mendoza, cuyos sobrevivientes lo condujeron a la costa de Jalisco, donde Nuño
se lo apropió. Para Cortés eso parece un punto de honra y no ceja en su
reclamo; a toda costa quiere su bergantín de regreso. Hasta la ciudad de
Compostela, en la Nueva Galicia, se acercó el notario Alonso de Zamudio, para
leerle a Nuño el traslado de una cédula del emperador Carlos V ordenándole que
devuelva la nave con la artillería y todo el aparejo, «lo cual haced e cumplid,
so pena de la nuestra merced e de mil pesos para la nuestra cámara». Aunque la
cédula da comienzo con el solemne encabezamiento de «Don Carlos, por la divina
clemencia, rey de Alemania. Doña Juana, su madre, y el mismo don Carlos, por la
gracia de Dios reyes de Castilla, etcétera. A vos Nuño de Guzmán…». [944] Por tratarse de un
traslado, no aparece la firma del monarca o de quien la haya suscrito en su
nombre, por la rapidez con que se atendió el asunto, nada de extraño sería que
lo hubiera hecho fray García de Loaisa, en su carácter de presidente del Consejo
de Indias (existen diversas cédulas con el mismo encabezamiento suscritas por
éste y por el secretario Sámano). Nuño respondió diciendo que su alcalde mayor,
que se encuentra en la villa de la Purificación, le ha informado que la nave
está hecha pedazos y enterrada en la arena.
§. California
C ortés ha remontado la cincuentena,
y con medio siglo a sus espaldas, es un individuo muy gastado por trabajos,
privaciones, heridas y enfermedades. Dos dedos de la mano izquierda
inutilizados, y el brazo fracturado por esa mala caída del caballo, de la cual
tardó tanto tiempo en sanar, según referencia de Bernal. Luego del final
desafortunado de la expedición de Diego Becerra, ha caído en un bache
emocional, según se desprende de la lectura de la carta que, desde Puerto de
Salagua (Manzanillo) dirigía al Consejo de Indias el 8 de febrero de 1535; en
ésta expresa amargura porque no se le toma en cuenta en su encargo de capitán
general, por tanto, no ve la necesidad de continuar en el puesto. Ya antes lo
había expuesto así, pero «no se me quiso hacer merced de respuesta». Visto que
en México nada le está saliendo bien, resuelve volver a su actividad inicial y
dedicarse al comercio con el Perú, y al efecto, expresa: «había acordado
tornarme mercader y con un navío que me había quedado, y otro que hacía, enviar
caballos y otras cosas al Perú para pagar las debdas que tenía y, para allegar
algo para tornar a seguir mi propósito y descubrimiento». [945] Para este propósito
acudió a su amigo Juan de Salcedo, con el objeto de formar una sociedad
mercantil; él aportaría la Santa Agüeda y el otro navío en
construcción, y su socio, quien sería el encargado de viajar al Perú para
vender la mercancía, pondría el capital, según reconoce el propio Cortés: «que
me los prestastes los dichos ocho mil pesos de oro de minas para comprar dellos
mercaderías e caballos e otras cosas para los cargar luego en un mi navío,
llamado Santa Agüeda». [946] Este Juan de Salcedo,
aparte de ser su gran amigo, es el financiero al que acude en los momentos de
agobios económicos. Cuando se preparaba para viajar a Castilla, se encontraba
tan escaso de fondos, que hubo él de prestarle una cierta suma de pesos de oro,
y que a su retorno, todavía le facilitaría otros mil quinientos pesos. La
amistad con Salcedo es algo que venía de antiguo, pues fue él quien se
encontraba a su lado, en la casa de Baracoa, cuando en el momento en que se
disponían a sentarse a la mesa, se acercó la sirvienta india para avisar que
Catalina Suárez había sufrido un desvanecimiento y parecía muerta. No deja de
llamar la atención que, tratándose de un hombre que tuvo participación
importante en algunos hechos, en cambio su actuación en la Conquista resulta
insignificante. Tomó parte en la expedición de Grijalva y, según él mismo nos
cuenta, al retorno, en el primer punto en que tocaron tierra cubana, en las
inmediaciones de la antigua Habana, compró un caballo y partió a galope para
llevarle la noticia a Diego Velázquez. Volvió a México con Narváez, y más
tarde, anduvo en Pánuco como capitán, sin que se conozcan sus hechos de guerra.
En otro orden de cosas, un dato bien documentado, y por cierto muy importante,
es el de que se encontraba casado con una antigua amante de Cortés. Ya saldrá a
relucir el nombre de esa mujer. Una situación análoga a la de Jaramillo.
Se hallaba Cortés en medio de los preparativos,
cuando «casi por milagro», supo que a tierras de la gobernación de Nuño de
Guzmán había aportado la nave capitana de Diego Becerra, con siete
supervivientes.
Fue entonces cuando conoció la suerte corrida
por éste y por Fortún Jiménez.
Retrato anónimo en el Hospital de Jesús. En este lienzo, los rasgos del
Conquistador han sido transfigurados, acaso bajo la inspiración del retrato de
Carlos V en la batalla de Mühlberg, de Tiziano.
Nuño de Guzmán mantenía en secreto la noticia, al par que se aprestaba para
enviar de nueva cuenta a la Concepción, pues los marineros trajeron
la versión de que en la costa adonde llegaron, abundaban las perlas. A Cortés
le hirvió la sangre al enterarse de que era el segundo navío que le quitaba. Se
quejó, y como resultado de ello, para el diecinueve de agosto de 1534 los
oidores suscriben el traslado de otra cédula expedida a nombre del Emperador,
que va dirigida a Nuño de Guzmán, ordenándole que devuelva el navío. [947] Pero Nuño ni por ésas. Resuelto ya a hacerse
justicia por propia mano, Cortés hizo de lado el proyecto de comerciar con
Perú, y comenzó a prepararse para marchar contra él. Los sesenta caballos,
junto con el armamento que tenía para vender, se destinarían a la nueva
expedición. Disponía de tres navíos: el San Lázaro de
Grijalva, que se encontraba de retorno, así como la Santa Agüeda y
el San Nicolás, salidos de su astillero de Tehuantepec. La decisión
responde a un impulso, pues no ha tenido oportunidad de escuchar de viva voz
los informes de alguno de los sobrevivientes. Parte rumbo a esa aventura,
guiándose únicamente por un informe de segunda mano. Salcedo será el financiero
de la expedición, quien en esa ocasión le facilitará diez mil quinientos pesos
de oro. Nuño de Guzmán, por su lado, cuando redacte una probanza que remitirá a
la Corona, dirá que a través de un mensajero tuvo conocimiento de que la nave
arribó a la villa del Espíritu Santo, con siete u ocho marineros, donde dio al
través, y que éstos publicaron que se trataba de una tierra muy rica en oro y
perlas, «e trajeron seis berruecos piedras de muestra medianos de los cuales
invié tres al Audiencia y publicaron que eran hanegas y como güevos por donde
el marqués se movió a hacer su armada para pasar allá y yo invié un capitán
para que me prendiese los que vinieron en el navío e pusiese en cobro en el
galeón y en lo que en él venía». [948] Según Nuño, serían unos guijarros los que
movieron a Cortés a montar esa expedición; de todas formas, la descripción que
ofrece aparece como más apegada a la realidad. Se trata de la tierra más pobre
del mundo, donde todo es desolación; en efecto, escaseaba el agua; el panorama
que ofrece la bahía de La Paz, con la isla de Espíritu Santo al frente, es de
gran belleza. Pero de una belleza desoladora, como si se tratara de un paraje
norafricano frente al mar. Vegetación arbustiva y cactus. Nada más. Y en cuanto
a los habitantes, se refiere a ellos como los más atrasados del planeta; no
habitaban en casas y desconocían la agricultura, alimentándose de hierbas,
raíces y pescado crudo. Los hombres iban desnudos, y como prueba de su
bestialismo, los testigos interrogados por Guzmán apuntaban que tomaban a las
mujeres por la espalda, «como los animales», practicando el acto sexual a la
vista de todos sin el menor recato (No tenían manera de anticipar que un día
llegaría en que ello aparecería como normal en los programas televisivos.) Pero
Cortés, a quien parecería que el tiempo lo apremiaba, precipita la salida. En
carta que desde «Salagua de la Mar del Sur desta Nueva España Manzanillo a 8 de
febrero de 1535 años» dirige al presidente y miembros del Consejo de Indias,
dando a conocer que parte a una nueva expedición (se abstiene de mencionar a
qué tierras se dirige, aunque obviamente está implícito que se dirige a Santa
Cruz), y como va a incursionar por la gobernación de Nuño, cosa que se
encuentra fuera de su alcance, curándose en salud aduce que a causa de que no
puede esperar dos navíos que tiene en Tehuantepec, y en los tres que lleva no
hay cupo para toda la gente y los caballos que lleva, «he acordado de tomar
otro poco de trabajo e irme con la gente por tierra otras cien o ciento veinte
leguas adelante deste puerto a embarcar, y porque los navíos puedan llevar más
copia de bastimentos yendo sin gente». Concluye la carta pidiendo que en
ausencia suya no se tengan con su esposa los malos comedimientos que «conmigo
se han tenido». [949]
Con pendón alzado, Cortés montó a caballo y partió dispuesto a todo. Cuando
pregonó la expedición, no faltaron voluntarios que se apresuraron a engancharse
bajo su bandera. Eran más de trescientos, gente bisoña que acudía al llamado,
atraída sólo por su prestigio. Tan ajenos se encontraban de lo que les
esperaba, que treinta y cuatro de ellos, que eran hombres casados, llevaron a
sus esposas. «Creyeron que era cosa cierta y rica», apostilla Bernal. Se
comprende que los bisoños actuasen de manera irresponsable, ¿pero él, cómo lo
permitía? Aquí su actuación resulta punto menos que incomprensible; con toda la
experiencia acumulada, y lo calculador que era, por momentos desconcierta con
su manera de proceder; lo menos que podría decirse es que actúa como un insensato
que se deja llevar por la emoción del momento (recuérdense las ocasiones
pasadas en que expuso al ejército entero a sucumbir de hambre y sed). Ahora
está procediendo como si fuera un principiante, que nada hubiera aprendido de
las experiencias anteriores. Los antiguos conquistadores no lo seguían; de
éstos, sólo consiguió llevar a Andrés de Tapia, quien sería su maestre de
campo, y a Francisco Terrazas. El hecho resulta elocuente. Se encontraba muy
devaluado, y sólo embaucaba incautos. Bernal parece reflejar el sentir general
del pie veterano de conquistadores cuando apostilla, «en cosa ninguna tuvo
ventura después que ganamos la Nueva España». [950]
Para la marcha, dividió sus fuerzas; los dos navíos que tenía en Tehuantepec
deberían navegar bien aprovisionados hacia Chametla, un fondeadero situado muy
al norte. El lugar idóneo. Justo frente a Bahía de Santa Cruz. Se suponía que
de allí resultaría fácil dar el salto sobre el brazo de mar. El, por su parte,
se internaba por el territorio de la Nueva Galicia con el grueso de los
expedicionarios. Se encontraba muy fuerte en caballería, con ciento cincuenta
caballos. Cruzando sierras llegó a Compostela, sede del gobierno de Nuño de
Guzmán. Era la primera vez que se veían las caras. Lo que sí resulta
extrañísimo, es que habiendo vertido tanta tinta acerca de su pleito con Nuño,
en cambio no dedique una sola línea para hablar de ese encuentro. Lo poco que ha
trascendido de ello, se encuentra en los escritos redactados por Nuño de
Guzmán, acusándolo de haber incursionado en su gobernación, a consecuencia de
lo cual (según él) se derivarían graves daños, responsabilizándolo por un
levantamiento indígena que, en realidad, se produciría años después y al cual
Cortés fue totalmente ajeno. Nuño, ante la fuerza que traía Cortés, que
constituía un argumento disuasorio suficiente, optó por la prudencia y
disimuló, alojándolo en su propia casa y facilitándole aprovisionamientos para
la jornada. Éste es uno de esos incomprensibles silencios de Cortés;
incomprensible, porque no se aciertan a comprender las razones que tuvo para
silenciar ese encuentro. Un año más tarde, caído ya en desgracia, Nuño
escribiría «yo le recibí en mi casa e le tuve en ella cuatro días dando a él y
a su ejército todo lo que había menester»; y más adelante, agrega que, incluso,
intentó hacerlo desistir de marchar en aquella jornada. [951] La afirmación de Nuño encuentra confirmación
en una carta que a su retorno, Cortés escribirá en Cuernavaca el 5 de junio de
1536, dirigida al Consejo de Indias, recomendando al padre Cristóbal de
Pedraza, en la que manifiesta: «en un pueblo que se dice Compostela, donde el
dicho Nuño de Guzmán reside, me detuve algunos días para darle descanso a la
gente». [952] Por otro lado, se advierte que, tanto Oviedo,
Gómara, Bernal y demás cronistas, ignoran el paso de Cortés por Compostela y
ese encuentro cara a cara con Nuño. Episodio extraño. Cortés estuvo en fuerza
frente a su mortal enemigo, y no corrió la sangre. Y más sorprendente todavía,
el silencio que observa sobre ese encuentro.
Los tres navíos llegaron puntuales a la cita en bahía de Chametla. Cruzó el
primer contingente. Cortés pasó con la tercera parte del ejército y cuarenta
caballos. El acto de toma de posesión tuvo lugar en Santa Cruz (La Paz), el
tres de mayo, «año del Señor de mil e quinientos e treinta e cinco; en este
día, podía ser a hora de medio día, poco más o menos, el muy ilustre señor don
Fernando Cortés, marqués del Valle de Oaxaca, capitán general de la Nueva
España e Mar del Sur por su Majestad, llegó en un puerto e bahía de una tierra
nuevamente descubierta». [953] El escribano Martín de Castro redactó el acta
correspondiente, dando fe de que todo se había hecho en buena forma. Las nuevas
tierras pasaban a quedar bajo la Corona española. Será ésa la última ocasión en
que Cortés realice un acto de toma de posesión. Hasta allí todo transcurrió sin
contratiempos; los buques volvieron a hacerse a la vela para ir en busca de los
que permanecían en Chametla, que habían quedado al mando de Andrés de Tapia. El
segundo contingente pasó sin contratiempos. Los problemas comenzaron cuando los
navíos zarparon de Santa Cruz para recoger a los restantes. Vientos contrarios.
Durante tres o cuatro meses estuvieron inmovilizados en un paraje de la costa.
Mientras, los que quedaron en Chametla, cansados de esperar y movidos por el
hambre, comenzaron a caminar hacia el norte y terminaron dispersándose. Los
capitanes de los navíos, al ver que no conseguían avanzar, optaron por
regresarse para desembarcar las provisiones Terminaron apartados por un
temporal. Uno de ellos consiguió volver a Santa Cruz, pero era el más pequeño y
traía en su bodega sólo cincuenta hanegas de maíz. El mayor había encallado, y
era precisamente el que traía el grueso de los víveres. En Santa Cruz reinaba
la desolación. Eran ya veintitrés los que habían sucumbido al hambre y a las
enfermedades. Algo que no acierta a comprenderse, es eso de que no hubieran
bajado a tierra las provisiones a la llegada. Otra de sus grandes
imprevisiones.
Con el navío disponible, Cortés partió en busca del faltante. Lo encontró
encallado. Ponerlo a flote fue una operación tan riesgosa, que hubo momento en
que todos se desnudaron para arrojarse al agua y ganar la tierra a nado, cuando
dos golpes de mar lo pusieron a flote. Hicieron las reparaciones del caso y,
según datos de Gómara, «compró en San Miguel, a diecisiete leguas del Guayabal,
que cae en la parte de Culuacán, mucho refresco y grano. Le costó cada novillo
treinta castellanos de buen oro, cada puerco diez, cada oveja y cada fanega de
maíz cuatro». [954] Lo sorprendente no son solo los precios
pagados, sino que esa costa, que se encontraba en un punto tan al norte,
estuviese ya poblada por españoles (Cortés no menciona el hecho). Prosiguieron
la navegación, y transcurridos dos días, cayó el palo de mesana y dio en la
cabeza del piloto, matándolo. Cortés hubo de hacerse cargo de dirigir la
navegación, pues no había a bordo quien supiera hacerlo. Logró llegar a Santa
Cruz. De tanto andar en el mar había aprendido a navegar. Según escribe Bernal,
en cuanto volvió con los tres navíos y abundante provisión de víveres, como los
soldados que lo aguardaban estaban tan debilitados de no comer cosa de
sustancia en muchos días, «les dio cámaras y tanta dolencia que se murieron la
mitad de los que quedaban». De allí a poco, llegaron dos naves suyas enviadas
por su esposa, que eran portadoras de una carta por la cual ésta le rogaba que
regresase, pues llevaba ya más de un año ausente (se trata de la única
actuación conocida de la marquesa doña Juana de Zúñiga en vida de su marido).
El capitán de la nave también era portador de otra carta de don Antonio de
Mendoza, el recién llegado virrey, quien igualmente le encarecía que volviera.
No se sabe cómo le sentaría a Cortés la noticia de ese nombramiento que lo
dejaba de lado. Antes de emprender el regreso, fundó allí una colonia, dejando
como pobladores a un grupo de treinta españoles con una docena de caballos.
Como gobernador designó a Francisco de Ulloa, el capitán de la nave recién
llegada. Les dejó víveres para diez meses y partió. El nombre de California
está tomado de las novelas de caballerías: en las Sergas de Esplandián se
habla de la reina Calaña, que gobernaba una mítica isla llamada
California. Sergas quiere decir hazañas, y Esplandián era el
hijo de Amadís de Gaula, personaje central de las novelas de caballerías. Se
atribuye a Cortés haberle puesto ese nombre, aunque a decir verdad, éste no
aparece en ninguno de sus papeles; el primero en mencionarlo ha sido Gómara,
seguido por Bernal; aunque aquí hay que precisar que éste no se aplicaba a todo
el territorio, sino sólo a una bahía. Existe discrepancia entre ambos autores
acerca de quién fue el descubridor de la bahía de California: según Bernal,
sería el propio Cortés, quien luego del retorno a Santa Cruz, por no ver tantos
males como tenía a la vista, «fue a descubrir otras tierras y entonces toparon
con la Cali forma, que es una bahía». [955] Gómara, en cambio, sitúa el hecho en 1539,
cuando Francisco de Ulloa, enviado por Cortés al frente de tres navíos, exploró
la costa de ese golfo hasta encontrarle fondo en la desembocadura del río
Colorado, y según refiere, «del ancón de San Andrés, siguiendo la otra costa,
llegaron a California». [956]
§. El socorro a Pizarro
Apenas desembarcado en Acapulco, le fue entregada una carta. Era de Francisco
Pizarro, solicitando ayuda. Se encontraba en difícil situación en Lima, y sólo
por mar podrían llegarle refuerzos. La petición venía dirigida a Pedro de
Alvarado, pero al no hallarse éste en el país, don Antonio de Mendoza la turnó
a él, por ser el único que podría atenderla. Sin pérdida de tiempo, Cortés
despachó en auxilio de su pariente y amigo una flota de dos navíos al mando de
Hernando de Grijalva. Aparte de los arreos militares, le envió un abrigo de
pieles de marta y unos guantes blancos, como usaba el Gran Capitán. El envío
arribó puntualmente a manos de Pizarro, quien correspondió con diversos
obsequios, entre otros, algunas joyas para la marquesa doña Juana de Zúñiga.
Nada de eso llegó a su destino. Grijalva nunca volvió. La suerte corrida por
éste es incierta; al parecer hubo motín a bordo y lo mataron. Gómara escribe
que huyó para quedarse con los presentes. [957] El caso es que no volvió a saberse de él.
Acerca de ese socorro, se observa que el virrey Mendoza manipularía más tarde
la información, presentando los hechos como si hubiese sido él quien lo envió:
«que estando el Gobernador Don Francisco Pizarro cercado en el Cuzco de los
indios y de Almagro, envió a pedir socorro a dicho virrey, el cual consultado
con la Audiencia real y con otras personas que tenían experiencia de guerra, se
acordó hacerle el socorro. Y para esto convino proveer de jarcia y municiones y
artillería, anclas y armas, pólvora y otras cosas, para proveer los navíos del
Mar del Sur, porque en ellos había de ir dicho socorro». [958]
Capítulo 28
El Virrey Mendoza
Contenido:
§. Álvar Núñez Cabeza de Vaca
§. Prisión de Nuño
§. Fray Marcos de Niza
§. Paz con Francia
En ausencia de Cortés, Don Antonio de Mendoza,
conde de Tendilla, tomó posesión de su cargo de virrey el 14 de noviembre de
1535. Su actuación resultará relevante, pues durante los quince años que dure
su mandato, quedará firmemente asentado el dominio español. Era hijo del
marqués de Mondéjar y hermano de Bernardino de Mendoza, nuevo titular del
marquesado de ese nombre. En fin, un Mendoza. Y decir Mendoza era referirse a
una de las familias prominentes de España. Cortés y Mendoza estuvieron en
buenos términos una temporada, para luego tener el enfrentamiento que los
convertiría en irreconciliables enemigos. Sin lugar a dudas, éste será el mayor
error político cometido por Cortés, y tendrá para él unas consecuencias tan
desfavorables, que le amargará el resto de su existencia. Vista la importancia
que reviste el suceso, se analizarán las causas que envenenaron esa relación.
Mendoza llegó a México provisto de un pliego de
instrucciones en el que se trazaban, en líneas maestras, las coordenadas a que
debería ajustarse su actuación; al leerlas, hay algo que llama la atención:
apenas se le dedica espacio a Cortés. Sólo unas líneas para enterar al nuevo
virrey que el Emperador hizo a éste una merced, consistente en veintitrés mil
vasallos, y que la misma se mantiene. Sobre el particular, lo único que se le
ordena es que mire si no se ha excedido en la cifra concedida, en cuyo caso,
deberá retirarle los que sobrepasen dicho número. Pero al propio tiempo se le
ordena velar para que la orden se cumpla, en el caso de que todavía no se haya
hecho: «Yo os mando que luego que llegáreis, veáis lo que acerca de ello
estuviere por cumplir y efectuar lo hagáis ejecutar conforme a mis
cartas». [959] La actitud de la
Corona es clara: se le mantienen las prerrogativas, pero se le retira el poder.
El documento está fechado el diecisiete de abril de 1535 y, para el
veinticinco, se amplían las instrucciones, sin que esta vez aparezca su nombre.
Será hasta una nueva adición, que viene fechada el catorce de julio, cuando
vuelve a mencionársele; ello es cuando se indica a Mendoza que deberá enviar
una relación «de la tierra e islas que el marqués Cortés ha descubierto o
descubriese, si buenamente se pudiere hacer, como quiera que por otras
provisiones y cédulas nuestras esté proveído y mandado lo que se ha de
hacer». [960] Firma Francisco de
los Cobos. De la lectura de ese documento se desprende que, para la Corona, los
anteriores forcejeos en que estuvo en duda su lealtad eran cosa del pasado; de
manera que borrón y cuenta nueva. Ese «si buenamente se pudiere hacer», parece
indicar que no debería forzársele la mano; aquello era empresa suya y, por las
buenas, cuando tuviera algo importante que comunicar, ya lo haría. Ni por asomo
se ve la menor alusión a que tuviera que mantenérsele vigilado; la impresión es
que no se abrigan mayores recelos acerca de su comportamiento futuro, dado que
se le había disminuido de tal manera, que podía considerársele neutralizado. El
interés en que se le cumpliera la merced otorgada, podría obedecer a que se
pensase que, de esa manera, se estaría tranquilo disfrutando de sus rentas, y
dejaría de ser un incordio. Si todavía le restaban energías, ya las desfogaría
en el océano, buscando islas y nuevas tierras. Pero lo importante a consignar
es que, para todo efecto práctico, se hallaba privado del poder. Lo habían
maniatado de tal manera, que la escasa cuota de autoridad que aún le quedaba le
podría ser retirada en cualquier momento. Además, se encontraba en paradero
desconocido desde hacía más de un año, cuando partió para la que sería su
última expedición.
Se ignora la fecha del retorno del viaje a
California; su primera actuación conocida, que pone en evidencia que ya se
encontraba de regreso, es del 5 de junio de 1536, fecha en que escribió en
Cuernavaca la carta a que antes se aludió, recomendando al padre Cristóbal de
Pedraza, quien viajaba a España. [961] Es posible que para
esos días ya se hubiera entrevistado con el virrey, aunque eso no pueda
aventurarse con mucha seguridad, pues volviendo de Acapulco, que fue donde
desembarcó, Cuernavaca se encuentra antes que México. En fin, el caso es que si
todavía no lo había visto, no tardaría mucho en hacerlo. Se puede dar por
sentado que la relación entre ambos comenzaría en el primer tercio o, a más
tardar, a mediados de ese año. El primer dato aportado por Cortés que ilustra
acerca del estado que guardan las relaciones con el virrey, se encuentra en una
carta que, en 1538, dirige al Consejo de Indias. Y por lo que se lee en ella,
hasta ese momento eran buenas. Valora negativamente lo que significó para él la
actuación de don Sebastián Ramírez de Fuenleal, puesto que nada se adelantó en
el conteo de los veintitrés mil vasallos y, además, le fueron retirados algunos
pueblos. Por su lado, el obispo don Sebastián ya había informado acerca de los
impedimentos para dar cumplimiento a la merced; por principio de cuentas, no
existía un censo de pobladores del área de Cuernavaca, y tratar de contar a los
que se hallaban a la vista equivalía a trazar rayas en el agua. Frente a la
anterior pasividad de don Sebastián, contrasta ahora la actitud de Mendoza,
quien se ha involucrado directamente en el asunto para solventarlo. Es un
amigo, pero ocurre que, precisamente por la amistad, ha querido manejar las
cosas con toda transparencia, para que más tarde no fuera a imputársele que lo
favorecía por nexos amistosos. Y el resultado ha sido que, por un exceso de
celo, dejó las cosas peor de lo que antes se encontraban, «puso tanta
diligencia en inquerir y saber lo que había en estos pueblos míos, que fue más
de la que era menester». Al decir de Cortés, en cuatro meses, «estando el visorrey
en persona en ello no se contaron sino dos pueblos, que me costó de mi parte
más de dos mil castellanos la cuenta, y de la suya harto más, porque se hacía
todo a su costa, está hoy con menos claridad y más confusión que hasta
aquí» [962] . Serían fallos
técnicos los que impidieron dejar resuelto el asunto; pero lo que sí pone en
claro la carta, es que para la fecha en que la escribió, ambos se encontraban
en buenos términos. Antes de proseguir, conviene detenerse para abrir un amplio
paréntesis destinado a examinar dos sucesos ocurridos poco antes: el retorno de
Alvar Núñez Cabeza de Vaca y la prisión de Nuño de Guzmán.
§. Álvar Núñez Cabeza de Vaca
Álvar Núñez Cabeza de Vaca había sido el
contador de la expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida, terminada en
desastre. Luego de diez años de penalidades sin cuento, logró llegar a México
en compañía de otros tres sobrevivientes: Andrés Dorantes (padre de Baltasar
Dorantes de Carranza, el futuro cronista), Alonso del Castillo y de Estebanico,
un esclavo moro. Prácticamente todo ese tiempo habían andado desnudos,
moviéndose entre grupos de indios paupérrimos, hasta que finalmente
consiguieron llegar a Culiacán, donde encontraron españoles, después de haber
caminado desde la Florida, Texas, Nuevo México, y los Estados de Chihuahua,
Sonora y Sinaloa. Un viaje que pone los pelos de punta, y del cual quedó
constancia a través de la relación escrita por el propio Álvar Núñez,
titulada Naufragios y comentarios, en la cual, al referirse a su llegada a la ciudad de México, apunta
que tuvo lugar «domingo, un día antes de la víspera de Santiago 23 de julio de
1536], donde del Visorey y del Marqués del Valle fuimos muy bien tratados y con
mucho plazer rescebidos, e nos dieron de vestir y ofrescieron todo lo que
tenían, y el día de Santiago ovo fiesta y juegos de cañas y toros». [963] De estas líneas se
desprende que, tanto Cortés como el virrey, contaron con unos informantes
calificados, quienes los habrían puesto al tanto de lo que podía encontrarse en
esos territorios del norte. Lo asombroso del caso es que ninguno de los dos
asimiló esa información, pues pronto estarán disputando unas hipotéticas
ciudades de oro que, supuestamente, se encontrarían en esa región.
§. Prisión de Nuño
Acomienzos de 1537, Nuño Beltrán de Guzmán se
acercó a México para presentar sus respetos al virrey. Era una decisión que no
podía postergar por más tiempo, visto que éste llevaba ya más de un año de
haber tomado posesión del cargo. Tanto por la investidura de gobernador y
justicia mayor de la Nueva Galicia, como por ser miembro de una de las familias
que hacían parte de la grandeza de España, Mendoza hospedó a Nuño. Así las
cosas, a los pocos días de encontrarse disfrutando de la hospitalidad de su anfitrión,
el 20 de enero, se presentó en la residencia virreinal el licenciado Diego
Pérez de la Torre. Éste, que había sido nombrado juez para tomarle la
residencia y sucederlo en el gobierno de la Nueva Galicia, lo puso preso, y sin
más trámite fue conducido a la cárcel pública, donde se le arrojó con los
presos comunes, «donde negros y ladrones y otras gentes estaban y allí estuve
diez e ocho meses y diez e ocho días preso sin salir della un día y delante de
mí daban los tormentos a ladrones y negros y otras personas». [964] Está claro que se le
encarcelaba por órdenes llegadas de España, pero el virrey no movió un dedo
para mitigar las condiciones de su prisión. La Audiencia sería la encargada de
sacarle las castañas del fuego, quitándole de encima un problema. Antiguo
gobernador de la provincia de Pánuco, presidente de la Audiencia y gobernador
de la Nueva Galicia y no se tuvo con él el menor miramiento. Una caída
estrepitosa. Se buscaba aniquilarlo en lo político.
En la Memoria sobre servicios prestados, Nuño escribe que embarcó
en San Lúcar de Barrameda el catorce de mayo de 1525, dirigiéndose a Santo
Domingo, donde cayó enfermo de «unas tercianas contínuas y después de cuartanas
dobles… y allí supe la muerte de Ponce de León». Se hizo la vela con destino a
su gobernación, adonde dice haber llegado el 24 de mayo de 1526 (contradicción
evidente, puesto que para esa fecha Ponce de León no sólo se encontraba vivo,
sino que ni siquiera llegaba México). En Santiesteban del Puerto fue recibido
por los vecinos de la villa, «que serían hasta cuarenta o cuarenta e cinco, que
no hay otra población de cristianos en la provincia». [965] Por otra parte, se
lee que en la lista de sus criados (todos hidalgos y «limpios»), cuyo paso a
Indias se autorizó, figuran sólo veintitrés nombres, incluidos el ama y un
clérigo de misa. A no ser que a su paso por Santo Domingo hubiese recogido a algunos
más, lo sorprendente del caso es que con ese núcleo tan reducido diera comienzo
a una intensa actividad en el año y siete meses, tiempo que, según sus propias
palabras, fue el que permaneció como gobernador. En ese periodo estuvo
particularmente activo despachando cargamentos de esclavos a vender a las
Antillas. Refiriéndose a esa actuación, argumenta, «me pareció cosa de buena
gobernación e que así convenía para la sustentación de la tierra y por el
servicio de su majestad y beneficio de los mismos esclavos, de dar la saca
dellos para las islas a trueco de ganados». Esclavos por ganado. El tipo de
cambio era de quince por un caballo o una yegua. Para justificarse argumenta
que se les hacían dos beneficios; el uno: «quitarlos de entre sus señores que
todos se los comían, averiguadamente sic o los vendían a los chichimecas de la
otra parte del río para lo mismo; el otro, que pasados en las islas serían
mejores cristianos conversando con cristianos y fuera de sus costumbres».
Sostiene que era muy cuidadoso en cerciorarse de que, efectivamente, se tratase
de esclavos legítimos, esto es, que concurriese causa válida para que lo fuesen
de acuerdo con la costumbre. Y como leguleyo (era egresado de la Universidad de
Alcalá de Henares), argumenta «pues no se me había mandado lo contrario por
instrucción ni cédula particular de su majestad». [966] Lo que no está
prohibido está permitido (esa situación quedó subsanada a partir del 4 de
diciembre de 1528, en que fueron expedidas en Toledo unas ordenanzas que
prohibían hacer esclavos).
Para organizar la expedición a lo que más tarde
sería la Nueva Galicia, Nuño arreó con todo. A los españoles que se resistían,
los forzó a seguirlo, so pena de quitarles los caballos y desposeerlos de sus
encomiendas, y a los caciques les exigió un contingente de ocho mil hombres,
tlaxcaltecas en su mayoría. Con esa fuerza ocupó el noroeste de México. Un área
inmensa, que comprende lo que hoy son los estados de Michoacán, Jalisco,
Nayarit, Colima y parte de Sinaloa. Fundó varias ciudades, algunas de ellas
importantes. En honor suyo, su subordinado Juan de Oñate impuso a una el nombre
de Guadalajara. Pero, ¿cómo pudo lanzarse a una empresa de ese tamaño, con un
grupo tan reducido, sobre todo, cuando muchos iban contra su voluntad? El
terror vendría a ser la respuesta. Antes de que llegara a un lugar, ya se tenía
noticia de las atrocidades de que era capaz. Y todo eso lo hacía apoyado en un
pequeño grupo de incondicionales. En todas las conquistas españolas en América,
el caso suyo quizás sólo encuentre parangón con el de Lope de Aguirre y sus
marañones, bajando por el Amazonas en busca de El Dorado, e imponiéndose por el
terror. Cortés acusó a Nuño de haber trastornado regiones que se encontraban en
paz, especialmente Michoacán, donde atormentó al señor de ella, arrancándole
una fuerte suma de oro y plata y, para que no se supiese, «le mató, diciendo
que el dicho señor tenía cierta gente para pelear con él, que fue muy contrario
a la verdad». [967] Nuño en su Memoria
intenta justificarse aduciendo que Caltzonzin «había muerto y desollado a
cuatro para hacer areito festejo con los cueros dellos en sus borracheces
privadas, que yo invié al Audiencia». [968] La Corona le pidió
que remitiese el proceso contra el soberano tarasco, cosa que nunca hizo. En
la Cuarta Relación Anónima, escrita por uno de los
expedicionarios de Nuño, se denomina a Caltzonzin con el nombre de don
Francisco, evidencia de que se encontraría bautizado. Este anónimo cronista
describe así los hechos: «sentenció por traidor a D. Francisco, y le mandó
arrastrar a cola de caballo, como todos vimos, y después atado a un palo, y
allí le quemaron, dicen que vivo: yo de compasión no le quise ver, mas de que
sé que dijo que por qué le mataban, que él nunca fue rebelde ni traidor, sino
que siempre dio lo que le pedían para el rey, y que sus vasallos siempre
sirvieron muy bien a los españoles que tenían por amos, y que como supo que la
cibdad de México era ganada, que luego vino de paz con parte de su hacienda al
capitán D. Hernando Cortés. Esto yo lo vi». [969] Tzintzincha
Tangaxoan, el Caltzonzin, murió en febrero de 1530.
Nuño quedó marcado por el suplicio del Caltzonzin, y así ha pasado a la
historia como un hombre durísimo.
Entre los capitanes más destacados de Nuño,
figuraron Gonzalo López, su maestre de campo, Lope de Samaniego, y los hermanos
Cristóbal y Juan de Oñate. El señuelo que lo atraía en su marcha hacia el norte
era llegar al país de las Amazonas, pero cuando Gonzalo López llegó a
Cihuatlán, donde se suponía que éstas se encontrarían y no las halló, se
desvaneció la leyenda; no obstante, no se volvieron atrás, pues según refiere
el cronista anónimo, otra quimera vino a sustituir a la anterior: «la demanda
que llevábamos era las Siete Cibdades, porque el gobernador Nuño de Guzmán
tenía noticia de ellas, e de un río que salía a la Mar del Sur, e que tenía
cuatro o cinco leguas en ancho, e los indios tenían una cadena de hierro que
atravesaba el río para detener las canoas e balsas que por él viniesen [sic], e
era gente muy belicosa». [970] Huelgan comentarios.
Este pasaje acerca de las motivaciones de Nuño es poco conocido, así como las
condiciones en que marchaba; hombre de pobre salud, pero dotado de una energía
inagotable, en la fase final de sus conquistas la enfermedad no basta para
detenerlo; cuando se vea impedido para andar se hará conducir en andas,
llevadas a hombros por «los señores y principales desta cibdad de
México». [971] El espectáculo no
podría ser más gráfico; llevaba a rastras a aquellos desventurados caciques,
que se resistían a continuar marchando por territorios cada vez más inhóspitos.
Y cuando se dé la media vuelta, dejará a muchos, que quedarán llorando, como
pobladores forzosos de esas tierras. Pero pese a sus métodos, los hombres lo
seguían; Bernal lo atribuye a que con los conquistadores era más dadivoso que
Cortés. Aparte de su pasión por el mando, Nuño se dejaba arrastrar en forma
desenfrenada por el lujo y los placeres. Gastaba sin medida y, a su sombra, se
formó una pequeña corte de españolas muy lanzadas, quienes junto a él y sus
incondicionales, vivían en escandalosas francachelas. Los excesos de Nuño no se
limitaban a ese círculo de mujeres galantes; su apetito sexual era insaciable.
Jóvenes doncellas indias, todas las que pudo tener. No formó familia, ni se le
conocen hijos; al menos, no se sabe de ninguno que haya reconocido. Pero, por
la actividad tan intensa que desplegó en ese campo, bien pudo haberlos dejado
por centenares, o al menos por docenas. En materia de obra pública, en sus días
de gobernador de Pánuco y, más tarde, al frente del gobierno de la Nueva
España, menciona haber construido una torre, encima de la cual se encendía un
fuego todas las noches, para ayudar a los navíos a encontrar la entrada del
puerto, o sea, el que vendría a ser el primer faro de México. Fue él quien
construyó un camino México-Veracruz apto para el tránsito de carretas. Lo hizo
aprovechando tramos del ya existente, que sólo permitía el paso de hombres o
recuas. Acerca de los enfrentamientos con el obispo Zumárraga y los
franciscanos, en su descargo aduce que los traía controlados para que no se
entrometiesen «en las cosas que fuera de su orden e religión querían hacer». [972] Separación de Iglesia
y Estado. Las cosas llegaron a tal punto, que tanto él, como Matienzo y
Delgadillo fueron excomulgados. Pero la excomunión no parece haberles
inquietado demasiado y hubieron de levantársela a los tres. Tal fue Nuño
Beltrán de Guzmán, el hombre que plantó cara a Cortés y a quien tantos
sinsabores ocasionó.
§. Fray Marcos de Niza
14 de febrero de 1538… Esa fecha encabeza una
carta dirigida por el virrey a Cortés, previniéndolo para que no se desgaste en
la búsqueda de una isla inexistente en que se encuentra empeñado. Según le
manifiesta, dispone de informes que le ha proporcionado un fraile, señalando
que todo obedece a un error del piloto y los marineros, quienes confundieron la
costa del Perú con esa isla. Y como bien señala el virrey, de existir ésta,
«Magallanes la topara después que desembarcó el estrecho». Como el fraile
parece entendido en conocimientos geográficos —«platica bien»—, le ha encargado
que le confeccione un mapa. [973] Se trata de fray
Marcos de Niza, el hombre que sembrará la discordia entre ambos. Este era un
inquieto franciscano italiano, quien luego de deambular por Panamá y Nicaragua,
viajó al Perú con Alvarado. Llegó a México en el viaje de retorno de uno de los
navíos enviados por Cortés en ayuda de Pizarro (evidentemente, en aquel cuya
tripulación no se amotinó), y cuyo piloto y marineros aseguraron haber divisado
a lo lejos una isla. Lo importante de la carta, es que viene a testimoniar que
en esos momentos el virrey procuraba estar en buenas relaciones con Cortés.
Ahora bien, en cuanto al error geográfico en que incurre Cortés, es preciso no
perder de vista la época en que transcurre la acción, en la cual los
conocimientos sobre el Oriente se encontraban en pañales. El viaje
Magallanes-Elcano sirvió para establecer la anchura del Pacífico, pero nada se
adelantó en el conocimiento de China y del Japón (el Cipango de Marco Polo);
además, a Cortés alguien le vendió la idea de que, en medio del océano, no muy
lejos de las costas de la Nueva España, se encontraban islas muy ricas. Y
estaba luego la tentación de China. Dice encontrarse dispuesto a ir a
conquistarla, al igual que en su momento se lo propondrá Alvarado; pero la
pregunta es, ¿sabían de lo que estaban hablando? Es cierto que en Europa se
conocía su existencia desde muy antiguo; para ser precisos, cuando los
generales de Alejandro en la India oyeron hablar de ella. De China llegaban a
Europa, en la antigüedad, la seda y el papel, pero fuera de las vagas alusiones
de Marco Polo, no hubo en el medievo referencias documentadas.
Lo anterior pone de manifiesto que existió un
periodo cercano a los tres años en el que Cortés y el virrey mantuvieron
relaciones aparentemente amistosas, el cual podría fijarse desde su retorno de
California, que ocurre en 1536, hasta parte de 1539, inclusive. Es ésa una
época en que le rondan por la cabeza proyectos de grandes viajes y conquistas;
la atención en esos momentos la tenía centrada en unas tierras míticas situadas
al norte, y en unas islas de fantasía, en el mar que tenía enfrente. Estaba seguro
de su existencia. Esas conquistas eran la asignatura pendiente. Seguía
enfrascado en la tarea de construir barcos. Y aquello era un barril sin fondo.
A pesar del interés que ponía en ello, la construcción marchaba a ritmo lento;
además, después de los fracasos tan sonados, no le resultaba fácil conseguir
gente de mar dispuesta a trabajar para él. Parecería que un maleficio pesara
sobre su persona. A este respecto, en la carta del 20 de septiembre de 1538 (a
que se viene aludiendo), se lee que tiene a punto nueve navíos muy buenos para
reanudar las exploraciones, pero que se encuentran ociosos por falta de
pilotos. Será Juan Galvarro, el portador de la misma, quien viajará a España en
su busca. La carta contiene la nota lastimera de que siente que la edad se le
echa encima y que, además, se encuentra cargado de deudas, al grado de que
«tengo harto que hacer en mantenerme en una aldea donde tengo mi mujer, sin
osar residir en esta cibdad México ni venir a ella por no tener qué comer en
ella; y si alguna vez vengo porque no puedo excusarlo, si estoy en ella un mes
tengo necesidad de ayunar un año». [974] La exageración mueve
a risa, pero, en cambio, la carta muestra que asomaría muy poco por la ciudad
de México.
En 1539, en fecha no precisada, Cortés redacta
un memorial dirigido al Emperador, en el cual, a pesar de que el tono sea
mesurado, y se exprese del virrey en forma respetuosa, ya se advierte que algo
no marcha bien. Se están produciendo intervenciones de Mendoza, que entorpecen
sus proyectos de navegaciones y conquista, por lo que cree del caso recordar
que se encuentra vigente la capitulación, negociada diez años atrás con la
Emperatriz, para el descubrimiento de las islas y tierra firme del Mar del Sur.
Y para demostrar que por parte suya no ha habido incumplimiento, enumera las
expediciones que lleva despachadas, detallando lo gastado y subrayando que,
inclusive, en la última participó personalmente y a punto estuvo de perder la
vida. Puntualiza que a su retorno de Santa Cruz, para hacer efectiva la
posesión de la tierra, dejó allá treinta españoles con doce caballos y víveres
suficientes para diez meses; pero ocurrió que algunos familiares de los que
allí quedaron se quejaron ante el virrey, y éste le ordenó que mandase
recogerlos, «lo cual yo hice». [975] Se advierte aquí un
primer roce. Se trata de una tierra descubierta a expensas suyas, y de la cual
tomó posesión «conforme a derecho», según consta en la escritura levantada por
el notario que dio fe del acto; por tanto, pide al monarca que ordene «que no
se me ponga embargo ni impedimento alguno para ir a la dicha tierra, y usar de
las dichas vuestras provisiones y capitulación, pues tengo navíos y aderezo…».
Demanda no ser obstaculizado, dado que tiene urgencia de despachar un navío,
con hasta treinta y cinco o cuarenta hombres, para llevar provisiones a Ulloa,
a quien, «como dicho es, a la postre tengo enviado». [976] Aunque no señala a
nadie en particular, está claro que la queja va contra Mendoza, quien es el
único con la autoridad suficiente para frenarlo. Los malentendidos han
aflorado.
§. Paz con Francia
Bernal dice: «En el año de treinta y ocho vino
nueva a México que el cristianísimo emperador nuestro señor, de gloriosa
memoria, fue a Francia, y el rey de Francia, don Francisco, le hizo gran
recibimiento en un puerto que se dice Aguas Muertas, donde se hicieron paces y
se abrazaron los reyes con grande amor, estando presente madama Leonor, reina
de Francia, mujer del mismo rey don Francisco y hermana del emperador de
gloriosa memoria». El autor se está refiriendo a la llamada Tregua de Niza (17
de junio de 1538), pactada merced a la intervención de Leonor, reina de
Francia, y María, reina viuda de Hungría, hermanas ambas de Carlos V, seguida
al mes siguiente, en el pequeño puerto de Aigües-Mortes, por la entrevista
entre Carlos y Francisco I, los eternos rivales. Éstos, como si nada hubiera
ocurrido, conversaron amistosamente durante dos horas (poco duraría la
concordia; Carlos V sostuvo cuatro guerras contra su cuñado el rey francés, y
una quinta contra Enrique II, hijo de éste). Se comprenderá que la noticia del
feliz acontecimiento fuera celebrada en México por todo lo alto, con una serie
de festejos que hicieron época. Nunca volvería a verse cosa igual. El relato de
Bernal constituye una pieza documental de primerísimo orden: «Y acordaron de
hacer grandes fiestas y regocijos; y fueron tales, que otras como ellas, a lo
que a mí me parece, no las he visto hacer en Castilla, así de justas y juegos
de cañas, y correr toros, y encontrarse unos caballeros con otros, y otros
grandes disfraces que había en todo. Esto que he dicho no es nada para las
muchas invenciones de otros juegos, como solían hacer en Roma… había dos
cabeceras muy largas, y en cada una su cabecera: en la una estaba el marqués y
en la otra el virrey, y para cada cabecera sus maestresalas y pajes y grandes
servicios con mucho concierto… y diré que para otro día hubo toros y juegos de
cañas, y dieron al marqués un cañazo en un empeine del pie, de que estuvo malo
y cojeaba… quiero poner una cosa de donaire, y es que un vecino de México… como
tiene nombre de maestre de Roa, le nombraron adrede maese de Rodas, porque este
comisario fue al que el marqués hubo enviado llamar de Castilla para que le
curase el brazo derecho, que tenía quebrado de una caída de caballo». [977]
La mención a ese curandero, a quien Cortés hizo
venir de España para que lo sanase, pone de manifiesto que se trató de una mala
caída, precisándose además que el brazo lesionado fue el derecho; más adelante
asienta que hubo de diferir dos meses el viaje a España, tanto por no haber
reunido el dinero suficiente, como porque cojeaba a causa del cañazo recibido.
Capítulo 29
Enemigos
Contenido:
§. Don Pedro de Alvarado y Maciá
Está a la vista un segundo documento, también de
1539, y escrito sin duda a muy corta distancia del memorial enviado al
Emperador. Se trata de las instrucciones impartidas por Cortés a los emisarios
que despacha a España, que son Jorge Cerón, Juan de Avellaneda y Juan Galvarro
(por el apellido, el primero podría ser pariente suyo). Llevan el encargo de
informar al Emperador y a los miembros del Consejo de Indias del estado en que
se encuentra el proyecto para una nueva empresa de conquista, y espera obtener
el favor de la Corona para no ser obstaculizado. Disponía en esos momentos de
cinco navíos, aprovisionados y listos para ir en seguimiento de los tres que
llevó Ulloa: «e otros cinco que al presente tengo a punto para ir en
seguimiento del dicho capitán Francisco de Ulloa, para ayudarle a pacificar e
poblar las tierras descubiertas, de que pienso enviar por capitán a don Luis,
mi hijo»; [978] dice además contar
con otros cuatro en astillero, en fase avanzada de construcción. Total, doce.
Como se advierte, aquí ya cambia la historia; en lugar del navío de
aprovisionamiento de que habló en la carta anterior, se trata ahora de una
expedición en toda forma. Don Luis, en aquellos momentos, era casi un niño que
apenas andaría por los catorce años, por lo que, de haberle confiado el mando,
allí pudo haberse quedado sin barcos y sin hijo. Tamaño disparate en un
conquistador tan avezado, se presta a todo tipo de conjeturas: pudo ser
producto de rabia y desesperación, causadas por la inmovilidad a que lo tendría
condenado la herida recibida en el pie, ya que lo obvio hubiese sido que fuese
él quien se pusiera al frente de la expedición. También pudo ser que pensara
que enviando al hijo mantendría a salvo sus derechos. Con los años se había
vuelto absorbente en grado superlativo. Resulta notorio que, encontrándose
disponibles un regular número de conquistadores probados en múltiples
ocasiones, los hiciera de lado. Podría ser que no se fiase de ellos, o que
fueran ellos quienes no quisieran seguirlo; al decir de Bernal, sería esto
último. El encargo que llevan sus procuradores es el de denunciar al virrey,
quien ya comienza a alistar gente para enviarla a esas tierras «no mirando a
que como virrey no solamente no ha de hacer agravios, pero no permitir que
nadie los haga… porque demás de ser en tan notorio perjuicio y agravio mío,
será muy dañoso y cabsa de grande escándalo, así entre las gentes que yo allá
tengo, como en los naturales». Aquí el rompimiento ya es abierto; y concluye
diciendo que teme que éste «como justicia me impida, o me quite la gente o
ponga otros impedimentos». [979] Lo que vino a
continuación, se sabrá por un documento que aparecerá más adelante. Porfió
Cortés, y el virrey impuso su autoridad atándolo de manos: en caso de
desobediencia, una «pena de cincuenta mil castellanos y la persona a merced de
Vuestra Majestad». [980] Esto es, lo remitiría
preso. Viendo que ésa era una batalla que no podría ganar, en vez de agachar la
cabeza, optó por viajar a España para dar la pelea. Defendería su caso ante
instancias más altas. Confiaba en que pronto estaría de regreso.
La primera referencia de que Cortés va camino de
España la da Oviedo, quien dice que éste le escribió desde La Habana el cinco
de febrero de 1540, «haciéndome saber cómo iba a Castilla, e otras cosas que no
son al propósito de la historia». [981] Eso último que
menciona ya indica que ambos se carteaban, y que su correspondencia abarcaría
temas diversos. Procede dejar bien sentado que, pese al trato epistolar, no
llegaron a conocerse personalmente, ya que de haber sido así, Oviedo no habría omitido
decirlo. La primera prueba de la presencia de Cortés en España, la ofrece la
carta que el 11 de abril firma éste en Sevilla, y que va dirigida a Diego de
Guinea, el encargado de velar por sus intereses en Oaxaca, instruyéndolo para
que atienda debidamente al deán de Guatemala, quien irá de paso por ésa. [982] En lo referente al
séquito que lo acompañó, los datos son escasos; se sabe, eso sí, que llevó
consigo a sus hijos don Luis y don Martín (el hijo de Malintzin no se había
movido de España. Volvería a encontrarlo luego de una separación cercana a los
diez años). En cuanto a antiguos conquistadores, serían muy pocos los que
viajaron en su compañía; se sabe sólo de Jorge de Alvarado y Andrés de Tapia. A
juzgar por los informes mínimos proporcionados por Bernal, se trataría de una
época en que no estuvieron especialmente próximos; entre lo poco que cuenta,
señala que cuando se presentaba por el Consejo de Indias, se tenían con él una
serie de deferencias, consistentes en que saliera un oidor a recibirlo,
colocándosele un asiento en lugar preferente, próximo al del presidente, que en
esos momentos lo era fray García de Loaisa, y por estar reciente la muerte de
la Emperatriz, todos vestían de luto, mismo que también él vistió. Llegó
Hernando Pizarro que venía del Perú con un acompañamiento de más de cuarenta hombres
enlutados, y en esos momentos apareció Cortés vistiendo luto al igual que sus
criados. «Y como en la corte nos veían así al marqués Cortés, como a Pizarro y
a Nuño de Guzmán y todos los que veníamos de la Nueva España a negocios, y
otras personas del Perú, tenían por chiste de llamarnos los indianos peruleros
enlutados». [983] Se advierte que otro
enlutado que se movía en la Corte era Nuño de Guzmán, a quien el monarca, sin
escucharlo siguiera, lo desterró a Torrejón de Velasco, donde moriría en 1544.
Salió relativamente bien librado, dada la gravedad de los cargos que pesaban en
su contra. Era un Guzmán, y la familia Guzmán se contaba entre las más
prominentes de Castilla. Su hermano Gómez Suárez de Figueroa se desempeñaba
como embajador de Carlos V ante la república de Génova; más tarde, Felipe II lo
haría duque de Feria y grande de España. En el claustro de la catedral de
Badajoz puede admirarse la notable laude sepulcral en bronce de Lorenzo Suárez
de Figueroa, otro miembro de la familia.
Ya se ha asistido al comienzo del deterioro de
la relación entre Cortés y Mendoza, pero falta ir al fondo del asunto, esto es,
saber si disputaban por algo tangible o se trataba de un choque de
personalidades. La crónica de lo ocurrido en los últimos meses equivale a leer
en un libro al que le faltara una página; pero reconstruirla no resulta
difícil, pues se puede hacer a través de otros hechos que son conocidos. La
realidad es tan asombrosa, que cuesta trabajo aceptarla. Un espejismo. Peleaban
por algo inexistente; unas míticas ciudades situadas al norte que,
supuestamente nadarían en oro. El título de propiedad que le asiste lo funda
Cortés en las tablas podridas del bergantín de Hurtado de Mendoza, «que partió
en el año pasado de treinta y dos y corrió toda la costa, y llegó muy cerca de
lo primero y principal que está poblado en esta tierra descubierta. Y porque el
navío en que el dicho capitán iba dio al través, no se acabó por entonces la
dicha conquista; y cuando yo en persona fui en otra armada, proseguí el mismo
pasaje y costa del sur, y llegué a la tierra de Santa Cruz y estuve en ella,
ques muy cercana a esta dicha tierra y que confina con ella, y que ningún otro
llegó aquí sino el dicho mi capitán Diego Hurtado de Mendoza». El origen de
tamaño equívoco lo funda en la razón siguiente: «truje algunos indios de los
naturales de la dicha tierra de Santa Cruz, los cuales, después que aprendieron
la lengua de la Nueva España, me informaron muy particularmente de las cosas de
la dicha tierra, de que ellos tenían entera noticia por estar más cercanos a
ella». [984] Luego de escuchar
eso, lo que queda claro es que, en cuanto esos primitivos comenzaran a
balbucear sus primeras palabras en español, serían atosigados a preguntas,
siendo lo más probable que a todo dijeran que sí: «¿hay oro?», y la respuesta
sería afirmativa. Es así como habría dado comienzo la leyenda, eso se entiende,
pero lo que de ninguna manera se acierta a comprender es que a Cortés, habiendo
estado en Santa Cruz, donde vio por sus propios ojos la desolación y pobreza de
la zona, y hablado luego con Alvar Núñez, quien le referiría lo que fueron esos
diez años vagando desnudo, pudiera habérsele disparado la imaginación: otra
Tenochtitlán que le estaba reservada para ser conquistada. Y del virrey, ¿qué
decir?; también él habló con Alvar Núñez y, muy probablemente, lo haría también
con los que, por mandato suyo, fueron regresados de Santa Cruz. El origen del
embrollo conduce a fray Marcos de Niza. Cortés ofrece su versión de la manera
siguiente: como estaba bajo la impresión de que el fraile era un entendido en
geografía, había decidido llevarlo consigo en el viaje proyectado, por lo que
le adelantó algunos informes de lo que sabía de esas tierras, a través de los
indios de Santa Cruz. Pero fray Marcos, traicionando la confianza depositada en
él, se fue corriendo a contárselo al virrey, y todo lo distorsionó. El caso es
que Mendoza, con base en esos informes, que le llegaban de rebote, despachó a
fray Marcos al frente de una expedición que partiría de México (7 de noviembre
de 1539), llevando consigo a Estebanico. [985] Los expedicionarios
retornaron con las manos vacías y sin Estebanico, quien fue muerto por los
indios. Según Gómara, trajeron la noticia de la existencia de los búfalos (las
«vacas corcovadas»), o los «toros disformes» como los llama Bernal, información
que no constituía novedad, puesto que ya antes había dado noticia de ellos
Alvar Núñez. Pero está visto que el tal fray Marcos era un fabulador de tal
especie, que dejaba chico al más pintado. Fray Marcos no llegó a entrar en
Cíbola, pero en su informe aseguraba que pudo verla desde una altura. Era
inmensa. Se advierte que esa fantasía no es del todo original, pues deriva de
la fábula de las Siete Ciudades que, ya antes le habían metido a Nuño en la
cabeza.
Ahora la versión de Mendoza ofrecida por Oviedo,
quien desde su atalaya en la fortaleza de Santo Domingo, escribe que el
dieciséis de octubre de 1539, se recibió en ésa una carta dirigida por el
virrey al tesorero Alonso de la Torre, dándole cuenta del resultado de la
expedición de fray Marcos: «envié a descubrir por la parte de la costa del Sur
a dos religiosos de la Orden de Sanct Francisco, e son vueltos con nueva de muy
buena tierra, grande e de muchas poblaciones; e lo que al presente yo proveo en
ello es enviar hasta doscientos de caballo por tierra e dos navíos por mar con
hasta cient arcabuceros e ballesteros, e aún éstos con algunos religiosos, a
solamente ver cómo serán rescebidos de aquellos naturales. Dios les encamine
como más se sirva». (Adelanta aquí la noticia del envío de la expedición de Coronado.)
Oviedo prosigue diciendo que el tesorero recibió otra carta, fechada con dos
días de diferencia (18 de octubre), del contador de la Nueva España Rodrigo de
Albornoz, la cual, como representa una versión neutral, y explica perfectamente
la situación, se reproduce íntegra: «No se si cuando ésta llegue, sabrá Vuestra
Merced nuevas de la tierra nueva que se ha descubierto en esta Nueva España
hacia la parte de la gobernación que tenía Nuño de Guzmán a la mar del Sur,
junto a la isla que agora últimamente descubrió el marqués del Valle, adonde ha
enviado tres o cuatro armadas, y que sabiendo nuevas e teniendo noticia desta
tierra el señor visorrey, envió un fraile e un negro que vino de la Florida,
con otros que de allí vinieron de los que escaparon de la gente que allá llevó
Pánfilo de Narváez; los cuales fueron a parar, con la noticia que tenía el
negro, a una tierra muy riquísima, segund dice, donde ha el dicho fraile (que
es vuelto) haber siete cibdades muy populosas e de grandes edificios. De la una
de las cuales daba nueva de vista, e de las demás, adelante, por oídas, que ha
nombre ésta donde ha estado, Cíbola, e la otra el reino de Marate; e otra
tierra muy poblada, de que da muy grandes nuevas, así de la riqueza della como
del concierto e buena manera e orden que entre sí tienen la gente della, así de
edeficios como de todo lo demás; porque tienen casas de cal y canto, de dos o
tres sobrados, y en las puertas e ventanas mucha cantidad de turquesas. E hay
animales de camellos y elefantes, e vacas de las nuestras e montecinas, que las
cazan por los montes la gente della, e mucha cantidad de ovejas como las del
Perú, e otros animales que tienen un cuerno, solamente, que le allega hasta los
pies; a cuya causa dice qué come echado de lado. Dice que no son unicornios,
sino otra manera de animales. La gente dice que anda vestida de unas ropas
largas hasta el cuello, de chamelote, e ceñidos, e que tiene manera de moros;
en fin, se conoce que es gente de razón, e no de la manera de los de esta
tierra. Sobre la conquista della hay diferencia entre el señor visorrey; dice
pertenecerle a él por haberla él descubierto, y el marqués Cortés alega e dice
haberla él descubierto mucho ha, e gastado en descubrirla mucha suma de pesos
de oro, e sobre ello ha habido de la una parte a la otra muchos requerimientos
e respuestas; y en fin, el marqués se tiene por muy cierto ir a España en los
primeros navíos que fueren. Y el visorrey envía a Francisco Vázquez de Coronado
con trescientos hombres, los doscientos de caballo e cient peones, a que tomen
larga relación e noticia de la tierra e hagan lo que buenamente pudieren,
juntamente con doce religiosos de la Orden de Sanct Francisco que van con ellos
para traerlos en conocimiento del camino verdadero a nuestra sancta fee católica.
Su partida será de aquí a mes y medio». Oviedo certifica que transcribe
fielmente los originales que tiene a la vista. [986] Todo esto apunta a
que Estebanico ha tenido lo suyo en tamaño enredo. Fue una alucinación medieval
lo que originó el enfrentamiento; eran tiempos en que la tierra todavía estaba
poblada por gigantes, volaban grifos, se iba en busca de El Dorado, de la
tierra de las Amazonas y de la fuente de la juventud eterna. Estebanico y fray
Marcos formarían una pareja de consumados fantaseadores. En fin, así se originó
lo que sería una comedia de errores, de no haber tenido un desenlace trágico,
en lo que a pérdida de vidas humanas se refiere. Según se echa de ver, detrás
de la fachada bondadosa de Mendoza, recogida por la historia, estaba un hombre
de mano muy pesada, que no admitía contradictores. Cortés desafió su autoridad,
y no podían coexistir dos gallos en un mismo gallinero. En el memorial dirigido
por Cortés al Emperador, redactado en Madrid (25 de junio de 1540), se advierte
el rompimiento abierto con Mendoza. Ya no más rodeos. Los cargos consisten en
que, conforme a lo que tiene capitulado con la Corona, descubrió y tomó
posesión de una tierra, a la cual ahora el virrey le niega la autorización a
trasladarse, so color de que el descubridor no ha sido él, sino fray Marcos de
Niza (confirmación de que éste estuvo en el centro de la discordia), con lo
cual, sostiene que falta a la verdad; «hace siniestra relación a Vuestra
Majestad». Refiere que desde que se comprometió a la tarea de descubrimientos
ha enviado cuatro armadas a sus expensas, con un costo de más de trescientos
mil ducados, y que al momento tiene a punto cinco barcos para ir a su
conquista. Acusa también al virrey de que cuando Ulloa regresaba de su viaje de
exploración, se encontró con que no pudo atracar en Santiago, pues tenía
apostada gente en todas las bahías y fondeaderos para interceptar a los
expedicionarios y, a través de ellos, saber «el secreto y aviso de la tierra».
Ulloa bajó a tierra un marinero para que fuera a informarle, pero éste fue
aprehendido. Continuó su navegación, pero «lo siguieron por la costa más de
ciento y veinte leguas, y no osando el dicho navío entrar en puerto alguno, de
temor surgía en costas bravas y así le tomó un temporal en que perdió las
anclas y batel, y de la necesidad entró en el puerto de Guatulco [Huatulco], e
allí prendieron al piloto e marineros».
El resultado de ese viaje fue que Ulloa, que era
un gran marino y llevaba en su compañía pilotos que probaron ser muy
competentes, costeó todo el litoral que hoy día corresponde a Sonora, con la
particularidad de que a todo lo largo del trayecto no divisaron a un solo ser
humano. Siempre el desierto (todavía se recuerda que, en época no demasiado
lejana, en más de una ocasión la prensa publicó noticias de excursionistas
muertos de sed a causa de la descompostura del vehículo que los transportaba);
los expedicionarios llegaron al fondo del golfo, hasta encontrar la
desembocadura del río Colorado, al que llamó Ancón de San Andrés. A partir de
ese punto, inició el descenso a lo largo del litoral de la península; navegaban
muy pegados a la costa y, esta vez sí, advertían señales de presencia humana.
Veían indios desnudos que, o bien pescaban con hilo y anzuelo, o se zambullían
en busca de marisco. También toparon con colonias inmensas de lobos marinos.
Así bajaron toda esa costa para volver a bahía de Santa Cruz donde tuvieron una
recalada de diez días, para reaprovisionarse de agua y leña, y continuaron la
navegación. Bordearon el extremo sur de la península, para pasar frente a donde
hoy se localiza el cosmopolita centro hotelero de Cabo San Lucas y luego subir
costeando hasta llegar a la altura de isla de Cedros, a la que impusieron ese
nombre que aún perdura, donde bajaron para reaprovisionarse. De allí
emprendieron, el retorno. (En 1541 el piloto Domingo del Castillo dará a
conocer el mapa que confeccionó. Resulta impresionante el apego a la realidad
que muestra. Ello habla de la competencia de los pilotos que iban en ese
viaje.)
Otro punto importante en la acusación, consiste
en que el virrey ya ha despachado una nueva expedición, al frente de la cual va
Francisco Vázquez de Coronado, el gobernador de la Nueva Galicia «en demanda de
la dicha tierra por mí descubierta, y que se comprende en los límites de mi
gobernación… y porque la tierra a donde dicen que van es mucha y la gente della
belicosa, y de más entendimiento e saber que otra ninguna que hasta hoy se haya
descubierto en las Indias». No puede consentir que la presa se le escape de las
manos y esgrime un argumento jurídico, para que se respeten sus derechos;
«porque es contrato oneroso que contiene recíproca obligación, y Vuestra Alteza
segúnd derecho es obligado al cumplimiento de lo que en su real nombre ha sido
contratado e capitulado conmigo tantos año ha, mayormente habiendo yo por mi
parte cumplido y hecho tan enteramente todo aquello que fui y soy obligado de
hacer, y habiendo en ello gastado los dichos trescientos mil ducados y más». En
efecto, la suma gastada es astronómica. Pide que Coronado ya no siga adelante,
y que a la gente que lleva se le dé una mejor ocupación, como sería pacificar
la Nueva Galicia, en la «que casi todo está por conquistar». Añade que en la
región se está produciendo un levantamiento indígena, y ya han matado a una
docena de españoles; eso lo sabe «porque después que yo llegué a estos reinos
han venido cartas de la Nueva España». [987] El paso siguiente lo
da la Corona. A dos semanas de distancia, expide una cédula ordenando a Cortés,
a Alvarado y a de Soto que no incursionen fuera de sus respectivas
jurisdicciones, «e vos los dichos: marqués del Valle e don Pedro de Alvarado e
don Hernando de Soto os habéis opuesto ante nos, en el nuestro Consejo de las
Indias, pretendiendo cada uno de vosotros que las dichas tierras e provincias
de que el dicho fray Marcos trajo razón salen u entran en vuestras
capitulaciones… no vos entremetáis a entrar ni entréis en lo que otro hobiere
descubierto y conquistado o esto viere conquistando, aunque pretendáis que
entra y así dentro de los límites de vuestras capitulaciones, y si algún
derecho entiendéredes tener a ello, vengáis e inviéis ante los del dicho
nuestro Consejo de Indias con los testimonios e otras escrituras». Al propio
tiempo, mientras se esclarece a quién corresponde el gobierno de esas tierras,
se autoriza al virrey Mendoza «para que prosigáis en el dicho nuestro nombre la
dicha conquista e descubrimiento». [988] Inmenso el revuelo
ocasionado por fray Marcos. Ahora bien, el error tan grande que se manifiesta
en la cédula, al frenar a Alvarado y de Soto en sus pretensiones de que Cíbola
pudiese caer dentro de sus respectivas jurisdicciones, sólo viene a evidenciar,
una vez más, la pobreza de conocimientos geográficos.
El mismo día en que se despachaba la cédula
reservando al virrey Mendoza la exploración de las nuevas tierras (10 de julio
de 1540), se emitía otra ordenándole que devolviera a Cortés los navíos intervenidos,
«e para ello alcéis cualquier embargo en los dichos sus navíos». [989] Una de cal y otra de
arena, como si con ello se quisiera balancear políticamente la situación; sin
embargo, la devolución aparece como un sarcasmo. Los navíos a su disposición,
pero a él no se le permite retornar. Han recordado que tiene pendiente el
asunto de la Residencia, y ésa será la argucia para mantenerlo arraigado. El
tiempo apremia, pero eso no parece preocupar a los señores del Consejo de
Indias, quienes tampoco le permiten viajar a Flandes para entrevistarse con el
Emperador. Se le dice que éste ya no tardará en retornar; mientras tanto, doce
barcos permanecen ociosos al ancla en sus fondeaderos. No tiene manera de
utilizarlos, pues atrás no dejó ninguna infraestructura montada. No existe un
segundo quien en ausencia suya se haga cargo; todo el programa de exploraciones
oceánicas se vino abajo en cuanto él faltó. Con el paso del tiempo se había
vuelto tan absorbente, que todo lo quería tener en el puño. Muy distinto a los
días cuando delegaba facultades amplísimas a sus capitanes; aunque también es
posible que no le interesara financiar una empresa en la que serían otros
quienes cosecharan los laureles. Y en este punto se dan por terminadas las
actividades marítimas de Cortés, queda ahora sólo el balance; desde luego, los
resultados fueron pobres en extremo. Volviendo atrás la mirada, encontramos que
en junio de 1533 escribía a su primo y procurador, el licenciado Francisco
Núñez: «porque ha más de siete meses que yo salí de mi casa para el despacho
destos navíos, y los cinco dellos he estado residiendo en este astillero sin
quitarme de sobre la obra, y estaré hasta volverme a México más de otros
cuatro»; por tanto, si se cumplió el plazo mencionado, en esa ocasión habría
estado nueve meses seguidos supervisando el avance de obra. [990] Sobre esta carta
procede una aclaración, pues aunque está fechada en Santiago (Santiago en la
Mar del Sur, como él la llama), en realidad se está refiriendo a un tiempo
pasado en Tehuantepec, que era donde tenía el astillero en aquellos momentos; se
lee, por otra parte, en una actuación de Jerónimo López, escribano de la
Audiencia, quien consignó que para acelerar la construcción de los navíos
Cortés se trasladó a Tehuantepec, adonde «fue en persona a hacer la dicha
armada e navíos, adonde estuvo fuera de su casa año y medio e más tiempo, e
hizo una choza en la playa del dicho puerto, adonde estuvo todo el dicho
tiempo, ayudando algunas veces con el trabajo de su persona a la dicha obra; y
en la dicha armada gastó asimismo mucha suma e cantidad de pesos de oro, de la
cual fue por capitán un Diego Becerra». [991] Si se considera que
la expedición a California le tomó algo más de año y medio, y se suma el tiempo
que pasó a pie de obra en astilleros, ello da tres años corridos, en los que
estuvo directamente involucrado en empresas marítimas. También se observa que,
en el memorial que dirigió al Emperador allá por 1540, escribe que hizo cinco
armadas, en las cuales gastó doscientos cuarenta mil ducados. Estas serían la
de Álvaro de Saavedra Cerón (1527), Hurtado de Mendoza (1532), Diego Becerra
(1533), la expedición a California conducida por él mismo (1535). Y todavía en
1539 despachará a Francisco de Ulloa en la exploración que penetró a fondo en
el Mar de Cortés (que de allí deriva el nombre). Se puede decir que se ha
quedado corto, porque omite la primera, la enviada en 1524 al mando de Hurtado
de Mendoza, consistente en un bergantín y otros navíos «más pequeños», para que
penetrasen en Bahía de la Ascensión en busca del estrecho que se suponía que
comunicaría ambos océanos; tampoco menciona los navíos que llevaron Olid y
Francisco de Las Casas, así como los perdidos en naufragios en viajes a las
Antillas, y las dos carabelas que le fueron confiscadas, una en Santo Domingo y
otra en Cuba. A ésos deben agregarse los doce buques que tenía destinados para
el último viaje que planeaba y que ya no llegaría a realizar. Un esfuerzo
inmenso tragado por el mar. Para cerrar este capítulo, quedan tan sólo dos
aspectos que amerita destacar, y ellos son, la calidad de los astilleros y la
competencia de los pilotos. En cuanto a lo primero, allí se construyeron navíos
de primer orden, capaces de internarse en el océano. En lo que respecta a las
calificaciones de los navegantes, baste decir que la Florida encontró sin dificultad la isla de Tidore. El
dato habla por sí sólo de la competencia del piloto, pero, ¿quién o quiénes
fueron los que hicieron eso posible? La información disponible es en extremo
escasa; lo que salta a la vista es que a seis años de distancia de la
Conquista, ya existía un centro de construcción naval, en el que se trabajó en
las condiciones más precarias. Entre los contadísimos datos disponibles, se
encuentra que, en 1541, un Juan de Castellón demandó a Cortés el pago de mil
setecientos pesos de oro, por concepto de «aderezalle ciertos navíos». [992] Este sería uno de los
constructores; otro que identifica, y cuyo nombre tampoco dice gran cosa, es
Francisco Maldonado. [993] Pero aparece un dato
que no deja de sorprender, y ello ocurre cuando afirma haber comprado unos
barcos a Juan Rodríguez de Villafuerte, mismos que irían en la expedición de
Hurtado de Mendoza, «presento estas escripturas de los navíos que compré a Juan
Rodríguez de Villafuerte» (como habla en plural, serían más de uno). Y en otra
parte escribe: «en el puerto de Acapulco está hecho otro navío grande y casi
acabado otro pequeño, que lo ha hecho allí en mi nombre Joan Rodríguez de
Villafuerte». [994] Eso lo está diciendo
en junio de 1533, por lo que podría tratarse de uno de los buques destinados a
la expedición de Diego Becerra. Lo que aquí queda de manifiesto es que a
Rodríguez de Villafuerte, a quien sólo se conocía como hombre de guerra, ahora
aparece como avezado constructor de navíos de alto bordo, lo cual pone en
entredicho la aseveración de Bernal, quien juzgó providencial la presencia de
Martín López, pues de no haberse contado con él, no habría sido posible la
construcción de los bergantines (juicio que repetirán Torquemada y autores
sucesivos). Hay que decir que Bernal nunca se asomó por los astilleros de
Cortés. Finalmente, para rematar el tema de las exploraciones oceánicas de
Cortés, queda por aclarar un punto: ¿adónde esperaba llegar? Oviedo opina que
alguien le colocó un mapa erróneo y él le dio entero crédito: «segund cierta
figura que él tiene del paraje adonde está aquel arcipiélago sic que descubrió
el capitán Magallanes, paresce que saldrá muy cerca de allí. E dábanle a
entender que se acortaría el viaje de la Especiería… Yo le tengo a Hernando
Cortés por mejor capitán e más diestro en las cosas de la guerra, de que
habernos tractado, que no por experto cosmógrafo al que tal le dijo; porque el
estrecho de Magallanes está muy alieno lejano de lo que es dicho, e muy fuera
de propósito que por donde Cortés, segund lo dicho, o su pintura que dice que
tiene, le han querido significar». [995] El comentario es
elocuente. Se dejó embaucar. Y no hay que olvidar que la opinión de Oviedo en
materia de observaciones geográficas merece respeto, pues en ello fue un
pionero. Es conocido el caso del erudito Ramusio, quien le escribió desde
Venecia, pidiéndole que, para los fines de calcular el diámetro terrestre,
observara la hora en que se produciría un eclipse. La carta le llegó once días
más tarde, sin que lo hubiera presenciado, pues en la fecha en que ocurrió se
encontraba en cama. [996] Por otro lado,
resulta difícil comprender cómo Cortés pudo aferrarse a una concepción tan
errónea del océano, pues dispuso de tres fuentes calificadas: en primer
término, el diario de bitácora del patacheSantiago, que le
entregó Arízaga; en segundo, los nautas de la Florida (con
uno de los cuales habló Bernal), quienes, a no dudarlo, proporcionarían una
descripción detallada de la anchura del océano. Y, en tercer lugar, viene un
argumento de mucho peso: contó con el informe del viaje de la Florida, que le fue proporcionado por Vicencio Napolitano,
uno de los sobrevivientes de la expedición de Álvaro de Saavedra Cerón, quien
logró volver a España siete años más tarde, o sea, en 1534, trayendo consigo un
traslado del diario de a bordo de la Florida, mismo
que Saavedra Cerón llevó hasta poco antes de su muerte. Se sabe que Cortés tuvo
conocimiento de lo acaecido en ese viaje por dos notas del memorial preparado
por el licenciado Francisco Núñez, al listar todos sus pleitos y negocios que
le correspondió atender, y al respecto escribe: «En Dueñas recogí a Vicencio
Napolitano, e dile de comer muchos días e dineros para el camino. Enviélo al
señor marqués para que le diese relación de la armada de Locusa [Loaisa].
Después vino el capitán Hernando de la Torre y Francisco Granado, recogílos y
diéronme el libro de la armada y envié traslado de él al señor marqués». [997] A través de ese
piloto y del libro de bitácora, se supondría que Cortés tendría puntual
conocimiento, tanto de lo ocurrido, como de la anchura del océano.
§. Don Pedro de Alvarado y Maciá
Alvarado apareció por la costa con una flota de
catorce naves. Unas quedaron en Acapulco para reparaciones, y otras largaron
anclas al abrigo del puerto de Santiago. En ellas había invertido todo su
caudal, e iba camino de su gran empresa de conquista. En la carta que escribía
desde Guatemala el 18 de noviembre del año anterior, dando cuenta de que ya
tenía pronta una armada para hacerse a la mar para una empresa de exploración y
conquista, decía: «Suplico a Vuestra Majestad no capitule con nadie en toda la
costa de la Nueva España, pues yo lo tengo sobre mí; e cuando ésta a Vuestra
Majestad llegare, yo andaré por allá con mi armada, placiendo a Nuestro Señor,
e hallando cosas de tomo, ansí en las Islas como en Tierras firmes». [998] Un punto de la carta
de Alvarado que requiere aclaración, es lo que él entendía por «Nueva España»,
pues en aquellos momentos se designaba así no sólo a los territorios de lo que
vendría a comprender el virreinato de ese nombre, sino a unas regiones del todo
imprecisas, situadas al norte, de las que, por supuesto, nada se sabía. Además,
en otra parte se lee que su expedición era: «con el fin de ir a descubrir
nuevas tierras por los rumbos de China y Californias». [999] En fin, una confusión
explicable, puesto que en aquellos días apenas se estaba levantando el mapa.
Para tener una idea de lo atrasado que se encontraba el conocimiento sobre
China, nos basta abrir el libro de Gómara, el cual está publicado cinco años
después de la muerte de Cortés, y en él veremos que, refiriéndose al norte de
la Nueva España, dice: «muchos piensan que se une por allí la tierra con la
China». [1000]
El arribo de Alvarado ocurrió durante 1540, en
fecha que no es posible precisar, y sería entonces cuando entraría en
conocimiento de la cédula, que otorgaba en exclusiva al virrey Mendoza la
facultad para incursionar por las nuevas tierras; de manera que no le quedó
otra salida que pactar con él. Y es así que el 29 de noviembre de ese año,
están los dos negociando en un pueblo de Michoacán. Se entendieron, y en el
acuerdo a que llegaron, se especifica que la expedición se dirigirá a «las
tierras y provincias y gentes que el padre Fr. Marcos de Niza y otros por S.S.
Su Señoría, Mendoza enviados, descubrieron». [1001] En el cuerpo del
escrito se menciona que el virrey había despachado una flota de tres navíos al
mando de Hernando de Alarcón, el cual ya se encuentra de regreso y ha
corroborado la existencia de Cíbola. El informe de ese viaje es muy confuso en
lo que concierne al derrotero seguido, pues salvo la referencia a que tocaron
Santa Cruz (La Paz), los demás puntos que menciona resultan de imposible
ubicación, por no corresponder los nombres citados a los actuales. Al parecer,
reprodujeron la navegación de Ulloa; y el método seguido para ubicar la
situación de Cíbola consistió en preguntar por ella a los indios, los cuales
respondían no saberlo. Finalmente, al internarse por un río, un indio, al ver
un perro que traían, señaló que el señor de Cíbola tenía otro igual, el cual se
lo había regalado un negro; y respecto a la distancia a que los separaba de
Cíbola, les señaló que pasando un despoblado ya se encontraba cerca. No
necesitaron más, con eso se dieron la media vuelta. Ya habían escuchado lo que
querían oír. Acerca de cómo se entenderían con ese hombre, lo mismo pudo haber
sido a señas, que a través de uno de los indios traídos por Cortés de Santa
Cruz. [1002]
El documento suscrito por Mendoza y Alvarado
pasa a referirse a la expedición recién despachada, al frente de la cual iba
Francisco Vázquez de Coronado, de quien todavía no se tenían noticias. Los
términos del acuerdo se encuentran contenidos en un documento extenso, pero
como el detalle reviste escaso interés, se echará una ojeada sobre las
cláusulas más relevantes. Estas serían como sigue: Mendoza cede a Alvarado un
quinto de todo lo que hasta al presente hubiere logrado Vázquez de Coronado,
pero a partir de ese momento, irán a medias en los beneficios; por su parte,
Alvarado cede al virrey la mitad de su flota. La capitana es la Santiago, quizás en recuerdo de aquel bergantín que comandó en
las expediciones de Grijalva y Cortés; pero no deja de llamar la atención de
que una de las naves lleve el nombre de Alvar Núñez. Eso huele a una connotación relacionada con las
tierras que éste recorrió. Una vez de acuerdo, Mendoza y Alvarado pusieron la
mano derecha sobre la cruz de Santiago que llevaban cosida al pecho, y lo mismo
haría Don Luis, quien fungía como testigo, «e hicieron pleito-homenaje como
caballeros hijosdalgo, una, dos y tres veces; según uso e costumbre e fueros de
España». [1003] Pero el compromiso no
habría de cumplirse, por causas ajenas a la voluntad de los contratantes. En
esos momentos se producía en la Nueva Galicia una rebelión indígena de grandes
proporciones.
Alvarado se encontraba ultimando los
preparativos para aprovisionar su flota, cuando recibió la noticia. La rebelión
cundía, y los alzados habían llegado ya a Guadalajara, donde Juan de Oñate,
quien había quedado como teniente de gobernador en ausencia de Francisco
Vázquez de Coronado, resistía, pero solicitaba auxilios urgentes. Alvarado
desembarcó a sus hombres, distribuyéndolos en pequeños grupos para la defensa
de algunos pueblos, mientras que él, al frente de algo más de un centenar,
marchó hacia el peñón de Nochistlán, donde el grupo más numeroso de rebeldes se
había hecho fuerte. Para ese momento, ya habían fracasado todos los intentos de
conciliación, y como algunos que habían sido bautizados se sumaron a la
rebelión, fray Juan Calero, que era el misionero que los catequizó, se acercó
al peñón, acompañado de tres indios jovencitos, intentando dialogar. La
respuesta fue una lluvia de flechas. Allí cayó fray Juan Calero, quien pasa por
ser el primer misionero muerto mártir en México. Oñate se unió a Alvarado con
su reducido contingente, y juntos marcharon al peñón, acompañados por un
contingente de indios aliados. El terreno era sumamente agreste, por lo que
tenían inmensas dificultades para moverse, e incluso, a los caballos que
llevaban del diestro, hubieron de dejarlos atrás, al cuidado de los indios
amigos. Y en esas condiciones llegaron al pie de la albarrada, donde fueron
recibidos con piedras y flechas. Por ese lado no había manera de entrarles, por
lo que Alvarado ordenó el repliegue. Se retiraban en buen orden, cuando
Baltasar de Montoya, un soldado bisoño (en realidad venía como notario de la
flota) que permanecía montado, se asustó picando espuelas a su caballo. El
animal perdió pisada y comenzó a rodar cuesta abajo, arrastrando en su caída a
Alvarado, que no pudo esquivarlo, y juntos fueron a dar al fondo de la
barranca. Allí quedó inconsciente, hasta que los soldados consiguieron
reanimarlo. En medio de los dolores y vómitos de sangre, Alvarado ordenó que lo
despojasen de la coraza y demás armas que vestía, para que se las pusiese otro
soldado y se hiciese visible a los indios, a efecto de que éstos no se
enterasen de que era él quien había caído. Y así se hizo. El soldado se paseó a
la vista de los atacantes, y éstos, al reconocer que era a Alvarado a quien
tenían enfrente, cesaron en sus embestidas. Un caso semejante al de la leyenda
que le fabricaron al Cid, de que muerto ganó una batalla. [1004]
Don Luis de Castilla fue uno de los primeros en
acercarse, y al preguntarle qué le dolía, recibió la famosa respuesta: «el
alma». Cuando le dijeron que lo llevarían a un médico para que lo curase, los
detuvo diciendo que lo único que importaba era la presencia de un sacerdote.
Oñate, que partió en su busca, por el camino se topó con el cura, que escoltado
por seis soldados, venía a toda prisa; Alvarado vio en ello una prueba de la
misericordia divina, que le brindaba la oportunidad de salvar el alma. Ordenó
hacer un alto, y a la sombra de unos pinos depositaron en tierra la parihuela,
y procedió a una larguísima confesión, con muchas lágrimas, al decir de quienes
lo vieron. Seguía con vida y lo llevaron a Guadalajara, donde lo acogieron en
casa de su parienta, doña Magdalena de Alvarado, esposa de Juan del Camino. El
deceso ocurrió el cuatro de julio de 1541, y según cuenta la crónica, cuando le
llegó el momento tomó un crucifijo entre las manos, y abrazado a él, expiró.
Tenía entonces entre cincuenta y tres y cincuenta y cinco años. Murió como
había vivido. Muerte a causa de heridas recibidas en acción de guerra. [1005]
El testamento lo hizo ante el notario Diego
Hurtado de Mendoza, y refrendado por Baltasar de Montoya (el mismo cuya
imprudencia le causó la muerte), en el cual dejó ordenado que sus capitanes
volviesen a Guatemala y entregasen la armada a doña Beatriz de la Cueva, su
mujer (cláusula que no se cumplió). El notario que redactó el testamento es un
homónimo del infortunado primo de Cortés. El detalle de tratarse de un apellido
ilustre, pone de manifiesto las vinculaciones familiares de éste. Diego Hurtado
de Mendoza era salido de la casa del conde de Baralas; hay otro homónimo suyo
que fue embajador de Carlos V en Venecia (1539-1547) y Roma (1547),
representando al Emperador en el Concilio de Trento (1545). Y encontramos
también a García Hurtado de Mendoza, hijo del marqués de Cañete, quien fue
gobernador de Chile y fundador de la ciudad de Mendoza en Argentina. Visto que
Alvarado fue uno de los más significados lugartenientes de Cortés, no está por
demás trazar una semblanza suya. Pedro de Alvarado y Maciá entra en la Historia
en el momento en que embarca con Grijalva; aunque se encontraba en Cuba desde
poco tiempo atrás, llevaba ya en Santo Domingo unos ocho años, por lo que no
deja de extrañar que un individuo de su talante hubiera podido pasar
inadvertido. Nacido en Badajoz, aparece en compañía de sus cuatro hermanos,
Jorge, Gonzalo, Gómez y Juan. Alguien vio que cosida en el sayo traía la cruz
de comendador de Santiago, misma que procuraba disimular cubriéndola con la
capa. Fueron con el cuento a Diego Colón, y éste lo mandó llamar para
reprenderlo, diciéndole que si en efecto era comendador, debería mostrar
orgulloso la encomienda. [1006] Sayo y capa eran
heredados de su tío, el comendador de Lobón; pero en lugar de aclarar esa
situación, a partir de ese momento pasaría a exhibirse abiertamente como tal.
Una impostura audaz, que lo pinta de cuerpo entero; lo que procede destacar aquí,
es la naturalidad con que portaba la encomienda, al grado de que nadie le
preguntara cómo la había obtenido. Pedro Mártir le da tratamiento de
comendador, lo cual pone de relieve que tanto Alaminos, como Montejo y Puerto
Carrero, quienes fueron sus informantes, lo tenían por uno auténtico, e igual
tratamiento le dispensa Oviedo. [1007] Años más tarde
ingresaría en la orden alcanzando esa dignidad, misma que le sería negada a
Cortés. El ingreso a la orden era un asunto tan serio, que incluso ciento y
tantos años más tarde, a Diego Velázquez de Silva, el eximio pintor de Corte y
grande entre los más grandes maestros de la pintura universal, en primera
instancia le fue negada la admisión (no está claro si sería por aquello de que
«trabajaba con las manos», o porque no pudo acreditar debidamente la limpieza
de alguno de sus ascendientes) y hubo de intervenir el rey (Felipe IV) para
revertir la decisión. Alvarado viene a ser el conquistador de tiempo completo,
que nunca tuvo lugar para el descanso. Y una de sus características, es que en
todo quiso ser el primero; quizás por ello, por mantenerlo alejado, Cortés lo
despacharía a la conquista de Guatemala. En esa campaña, en Acajutla, resultó
tan malherido de un flechazo, «que me quedó la una pierna más corta que la otra
bien cuatro dedos». Es posible que haya sufrido un encogimiento a causa de un
nervio lastimado; en todo caso, quedó cojo, y para compensar la diferencia, en
la bota de la pierna afectada usaba una suela de corcho de varios dedos de
espesor. [1008] Es raro que no haya
pasado a la historia con el apodo de El Cojo Alvarado. Viajó a España y supo
ganarse el favor del todopoderoso Francisco de los Cobos y, es a través de
éste, como se relaciona con doña Francisca de la Cueva, sobrina del duque de
Alburquerque, con quien contrae matrimonio. Una unión políticamente
conveniente. Boda suntuosa, en la que el propio Emperador, como regalo, le
devuelve una esmeralda que antes él le había dado. En ese matrimonio parece
haberse originado el distanciamiento con Cortés, pues dejó plantada a Cecilia
Vázquez Altamirano, sobrina de éste, faltando a la palabra que había dado de
casarse con ella. [1009] Junto con el hábito
de Santiago, recibió el nombramiento de gobernador y capitán general de
Guatemala; además se le hizo adelantado. Camino de Guatemala, regresó a México
en 1528 para atender sus asuntos, y apenas puso pie a tierra en Veracruz murió
su esposa (más tarde, y por la intercesión del Monarca, obtendría dispensa
papal para contraer nuevo matrimonio con doña Beatriz de la Cueva, hermana de
la difunta). Nuño de Guzmán, que no creía en nadie, comenzó por imponerle una
multa de diez mil pesos de oro por haber jugado, para a continuación,
despojarlo de una celada borgoñona, vajillas de oro y plata, tapices,
mantelería y cuanto objeto de valor portaba, sin importarle todos los títulos
que trajera encima. Alvarado, el temible Tonatiuh de
la matanza del Templo Mayor, se hallaba impotente y, dándose cuenta de en manos
de quiénes se encontraba, buscó librarse de la mejor manera posible. Negoció, y
la multa le fue rebajada a la mitad. El último desaire que se le hizo fue en
ocasión de haberse presentado en la Audiencia montado en una mula, la cual le
fue confiscada. [1010] Concluida la
conquista de Guatemala, quizá porque se aburría, sintió el llamado de la acción
y montó a sus expensas una expedición para incursionar en el Perú. Partió la
flota, llevando como explorador a bordo de un bergantín a García Holguín (el mismo
que capturó a Cuauhtémoc), quien tenía a su cargo reconocer la costa.
Desembarcó con su ejército, en el que se contaban más de quinientos hombres, y
se internó en el territorio. En Riobamba se encontró con Diego de Almagro,
quien contaba con fuerzas notoriamente inferiores, y en cuanto se hallaron
frente a frente, estaban a punto de llegar a las manos, cuando de pronto, los
soldados de ambos bandos, reconociendo a sus amigos en el campo contrario,
comenzaron a hablar unos con otros. Esa coyuntura favoreció a Almagro, quien no
contaba ni con la cuarta partear los hombres de Alvarado, y obligados por su
propia gente, ambos capitanes parlamentaron. Lo que acordaron fue que Alvarado
no interferiría en el Perú, cediéndoles a los que ya se encontraban allí toda su
artillería y arreos militares, regresándose a su gobernación en Guatemala. A
cambio, recibiría cien mil pesos de buen oro. Pizarra aceptó el compromiso
contraído por Almagro, y en Cuzco le entregó la suma convenida.
Es poco lo que se conoce acerca de antecedentes
familiares y juventud de Alvarado; los escasos datos disponibles provienen de
anécdotas recogidas por el Inca Garcilaso
de la Vega. Este autor fue hijo del capitán Garcilaso de la Vega, uno de los
llegados con Alvarado, y de una princesa inca. Cuenta el Inca que de niño asistió a varias misas celebradas
por el alma de Alvarado, y que escuchaba a su padre y a los compañeros de éste
anécdotas sobre su vida; es así como refiere que, antes de pasar a Indias,
encontrándose en Sevilla, Alvarado subió a la Giralda en compañía de otros
jóvenes caballeros. De la torre sobresalía una viga del andamiaje de unas obras
que se estaban realizando, y viéndola, un tal Castillejo se despojó de capa y
espada, y saltando sobre ella, la recorrió hasta el final y volvió sin decir
palabra. Alvarado, que sintió en aquello un desafío, se echó la mitad de la
capa sobre el brazo izquierdo, y sosteniendo la espada también en esa mano,
recorrió la viga hasta el final, y dándose una vuelta en redondo, volvió de
cara a la torre. Otra insensatez de Alvarado, narrada por este autor, habría
tenido lugar en sus mocedades, cuando andando de caza con unos amigos, vieron a
unos gañanes que, para demostrar su ligereza, saltaban sobre el brocal de un
pozo a pie juntillas. Algunos de sus acompañantes desmontaron y realizaron el
salto, aunque hubo quienes no se atrevieron; llegó el turno a Alvarado, y éste
exclamó: «Buen salto es a pie juntillas; no sé si me atreva a darlo». Saltó, y
simulando que no había alcanzado bien el borde, se impulsó hacia atrás con las
puntas de los pies y volvió al punto de partida. [1011]El Inca no llegó a conocerlo personalmente, pero a
quien sí trató fue a un hijo suyo, mestizo, llamado Diego de Alvarado, a quien
califica de «digno hijo de su padre». Este murió a manos de indios en una
oscura acción de guerra. [1012] Se diría que el salto
sobre el brocal del pozo sería un ensayo de aquel que realizó durante la huida
de México. Bernal pone en entredicho este último; pero Oviedo, a quien le
intrigaba este punto, pues ello era ya una leyenda en sus días, al paso de
aquél por Santo Domingo, le preguntó qué había de verdad en ello, a lo cual, el
propio Alvarado, viva voce le aseguró que fue
cierto. Ésta es la única ocasión en que este cronista manifiesta haber hablado
con él. [1013]
Los datos anteriores permiten tener una mejor
idea de quién fue Pedro de Alvarado; y en cuanto al propósito que lo embargó al
final de su vida, de emprender la conquista de China, aquí hay que precisar que
durante muchos años ésta vendría a ser la asignatura pendiente. Todavía en
1580, el virrey Martín Enríquez, en el pliego que deja a su sucesor, el conde
de La Coruña, le señala los beneficios que se derivarían de su conquista. [1014]
Capítulo 30
Argel
Contenido:
§. Ofensiva contra Mendoza
§. El último memorial
§. La tertulia cortesiana
Cortés reaparece en Palma de Mallorca. A golpe de
remo, la galera Esperanza se adentra en la
bahía, mientras que, desde la cubierta, contempla la colina de pinos rematada
por el castillo de Bellver, recuerdo de los días en que la isla fue reino
independiente. Por encima de la muralla árabe sobresalía la vista de la catedral
y, frente a ella, la Almudaina, antiguo palacio del walí, y muy cerca, la lonja
de mercaderes, uno de los más sobresalientes edificios de la arquitectura civil
gótica existentes en España. La acción tiene lugar hacia agosto-septiembre de
1541. Había transcurrido poco más de un año sin que se tuvieran noticias suyas.
Casi podría darse por seguro que permaneció en Madrid la mayor parte de ese
periodo, puesto que allí residió la Corte y, en ésa, aparece fechado el
memorial de agravios dirigido el año anterior al Emperador.
Lo que ha ocurrido puede conjeturarse. No ha
tenido éxito en solucionar sus asuntos; esperaba volver pronto a México para
reanudar sus conquistas, pero las cosas llevan un ritmo muy lento. Nadie
resuelve, y el Emperador continúa ausente; tampoco se le da la autorización
para viajar a Flandes para entrevistarse con él; es así que escribe: «quiso el
dicho marqués ir a Flandes o a Alemania donde Vuestra Majestad estaba… y de todas
partes fue avisado que estuviese quedo porque la venida de Vuestra Majestad
sería breve». [1015] Se encontraba
arraigado, pero de pronto, con el anuncio de la expedición contra Argel, creyó
que se le abría una puerta. No se le podía impedir que fuese a servir a su
Monarca. Y ésa sería la oportunidad para verlo. Carlos V marchaba contra Argel
para suprimir ese nido de piratería que constituía una constante amenaza para
el levante español. Estaba fresco el ataque de Barbarroja a Mahón de donde se
llevó cautivos a la mayoría de sus habitantes, para luego ser vendidos como
esclavos en Constantinopla. Las órdenes impartidas fueron que las galeras de
las distintas flotas participantes tendrían como punto de reunión la bahía
de Ciutat (Palma). La cita se fijó para el mes de agosto. El
puerto se encontraba entonces muy resguardado por las dos torres medievales de
Porto Pi, desde las cuales se tendía por las noches una cadena que cerraba la
entrada, fondeadero del yate real Fortuna;
precisamente donde ETA planeaba atentar contra la vida del rey don Juan Carlos
I. Pues bien, allí convergió una gran flota de galeras llevadas por Andrea
Doria. Cortés consiguió embarcar en la galera Esperanza, invitado por don Enrique Enríquez. No podía faltar a una cita que
además congregaba a destacadísimas figuras militares. Consigo llevaba a sus
hijos naturales, don Martín y don Luis. Seguramente daría por descontado que no
faltaría ocasión para mostrar sus dotes militares.
La llegada del Emperador ocurrió el trece de
octubre, y para el veinticuatro ya estaba la flota frente a Argel; ese día, que
fue domingo, mil quinientos hombres desembarcaban en una playa vecina a la
ciudad. El martes por la tarde sopló un cierzo muy fuerte acompañado de
granizo, y como se encontraban en una playa desprotegida, se perdieron trece
galeras y navíos. La Esperanza fue
una de las que dieron de través en la playa, y al abandonarla, Cortés se ciñó
al cuerpo con un paño las joyas que llevaba consigo, entre otras, las famosas
cinco esmeraldas de que se ha hablado. El oleaje se las arrebató, y allí entre
el cieno quedaron perdidos los cien mil ducados en que Gómara las valora. Por
su lado, Oviedo quien se encuentra más próximo a ese suceso en el tiempo, narra
lo ocurrido de la manera siguiente: «fue con Su Majestad a la empresa de Argel,
donde le cupo harta parte de aquel naufragio; e además del peligro e trabajo de
su persona le costó muchos millares de ducados, e perdió mucha hacienda en
atavíos de su casa e persona»; (como antes se dijo, la anécdota de las
esmeraldas se antoja del todo fantasiosa. Cortés no la menciona en sus
escritos, lo cual acarrea un peso considerable). [1016] El desánimo cundió en
el campo de los sitiadores; se convocó a consejo de guerra, y los más
prestigiosos jefes militares se pronunciaron por levantar el sitio. Argel
quedaría para otra ocasión. El dos de noviembre se produjo el reembarque. A
Cortés se le hizo el desaire de no invitársele a la reunión de consejo. El
Emperador no tenía deseos de recibirlo. Acerca de ese desaire, Gómara habría
escrito: «y yo, que me hallaba allí, me maravillé». [1017] En esta frase se ha
querido ver la prueba contundente de que viajaba en su compañía, por
encontrarse a su servicio; antes, se ha escuchado a Las Casas, quien en tono
violento y de manera reiterada, al llamarlo su capellán y criado lo califica
como un servil. Esos son los dos argumentos capitales en que descansa tal
aseveración; pero ocurre que, sencillamente, la frase en cuestión desapareció
en la edición siguiente, realizada en Zaragoza en 1554. El propio Gómara se
encargó de borrarla. En la carátula de la nueva impresión, se lee: «agora
nuevamente añadida y enmendada por el mismo autor». [1018] En ésta, el pasaje
relativo, lo reescribió de manera muy distinta, y sin hacer la menor alusión a
que él se hubiese encontrado presente. Es posible que la cita que diera origen
al equívoco se originara en un error de impresión; por otra parte, Gómara es
autor de un libro conocido como Crónica de los Barbarrojas, el cual, como su título ya lo indica, es una historia de la célebre
pareja de hermanos piratas, y al relatar el sitio de Argel para nada menciona o
da a entender que él se hubiese encontrado presente. En este caso la omisión es
muy significativa, pues en este libro el autor se hace presente en varias
ocasiones manifestando lo que él y sus amigos hacían y dónde se encontraban.
Ninguna alusión a haber participado en esa incursión.
Del viaje a Argel no se derivó resultado
concreto alguno; es más, se puede dar por sentado que Cortés no logró hablar
con el Emperador, pues de haberlo conseguido, lo habría mencionado en el
documento en que más tarde reseñaría las conversaciones que sostuvieron. Total,
un desplazamiento estéril, y sin lugar a dudas, una frustración inmensa. La
ofensa debió dolerle en lo vivo. Un eslabón más entre la cadena de amarguras
que iría cosechando.
El viaje de retorno fue desastroso. Eran tantos
los barcos perdidos, que para que hubiese acomodo para los hombres, hubieron de
arrojar caballos al mar. Y no terminaron allí las desventuras: nuevas tormentas
se abatieron sobre la flota, dispersándola. Unas naves fueron a dar a Bugía,
otras a Orán, otras a Sicilia, y otras, incluso, regresadas a Argel, donde los
hombres que conducían cayeron en manos de los berberiscos, quienes los
masacraron; aquella en que viajaba Carlos V aportó a Bugía, y allí permaneció
hasta que el tiempo abonanzó y pudo dirigirse a Mallorca. Cortés no habla de
ese retorno accidentado, ni menciona la vía que le correspondió seguir para el
retorno a España (según Bernal lo habría hecho por Bugía).
Al año siguiente dirige un largo memorial al
Emperador solicitando mercedes y, de manera sucinta, enumera los servicios
prestados. Esa relación lo hace valioso, pues aclara algunos puntos relativos a
la Conquista. [1019] Un documento
quejumbroso en el que asoma el desaliento; va para tres años que está en España
y no ha conseguido nada. Y lo que ha logrado no le aprovecha. En el papel
figuran como devueltos unos barcos que se pudren en los fondeaderos.
§. Ofensiva contra Mendoza
Mientras tanto, ocurre que se ha dispuesto
practicarle una visita al virrey Mendoza, y en cuanto a Cortés le llega la
noticia, cree ver llegada la oportunidad para defenestrar a su enemigo. Para
conseguirlo, echó mano a todos los medios a su alcance; será esa la última
batalla que libre. Ello ocurría en 1543. Al par que lo acusaba en la Corte,
escribió a todos los simpatizantes que aún tenía en México, para que en la
visita que efectuaría el enviado Francisco Tello de Sandoval, formulasen contra
él todos los cargos posibles. Hay que precisar que se trataba sólo de una
visita de inspección, aunque él trataría de conseguir, por todos los medios,
que se convirtiese en un juicio de residencia. Y al efecto, a través de sus
corresponsales, comenzó a elaborar una lista con todos los cargos susceptibles
de formularse. A las acusaciones de Cortés, respondió el virrey, y aquello fue
una serie de dimes y diretes; por ello, se rescataran exclusivamente las
acusaciones de mayor peso, o aquellas que permiten vislumbrar algo que se
esconde atrás. Comienza Cortés por acusar a Mendoza de que, desentendiéndose de
su oficio de virrey, en lugar de atender a los asuntos de gobierno, se metió a
andar en descubrimientos y conquistas, con los resultados de que desguarneció
la tierra, y que para abastecer las expediciones, impuso cargas excesivas,
tanto a españoles como a indios, lo cual dio origen a la rebelión en Jalisco.
Señala el costo tan grande en vidas humanas y daños materiales, destacando que
entre los caídos, hubo que lamentarse la muerte de Pedro de Alvarado, lo cual
ocasionó que subiese la moral de los alzados, yendo en aumento su número, por
lo cual, el virrey reunió un fuerte contingente de españoles e indios, «segund
se ha escrito de allá, quinientos de caballo españoles y quinientos o más
arcabuceros y ballesteros, e cincuenta mil indios naturales de la dicha tierra,
vasallos de Vuestra Alteza, y dejó toda la Nueva España desamparada, en
especial, la provincia de México, que a no ser los naturales como fueron, tan
leales vasallos de Vuestra Alteza, pudieran muy fácilmente matar todos los
españoles que allí quedaron… y ansí lo escribieron a estos reinos muchas
personas, obispos e religiosos, e legos regidores de la dicha ciudad e otras
personas». [1020] Por su lado, Mendoza,
quien muestra estar al corriente de los cargos que le formulaba, preparó un
extenso alegato en su defensa. En sus descargos, acusa a Cortés de haberse
empeñado en una campaña de desestabilización en su contra, y que no cesa de
escribir a sus incondicionales para que lo acusen ante el visitador Francisco
Tello de Sandoval. Al efecto, cita algunos nombres de conquistadores que
resultan desconocidos, pero entre aquellos que nos son familiares se encuentra
Gutierre de Badajoz (aquel quien al decir de Bernal, habría sido el primero en
escalar el templo de Tlatelolco): a éste lo señala como uno de los hombres más
acaudalados de la ciudad, y que le tenía mala voluntad, por ser muy allegado a
Cortés, quien lo casó con una hija de Francisco de Orduña, que éste Cortés
trajo de España. También menciona a Luis Marín, Francisco de Solís y Jerónimo
López, y dice que «son allegados de la casa de dicho marqués y siguen su
voluntad porque a dicho Luis Marín le casó con una criada suya que servía a la
marquesa, su mujer, (“criada” en el sentido medieval de la palabra, o sea, una
de las damas de su entorno.) Y a dicho Francisco de Solís le casó con una
cuñada del Dr. Ortega, y en dicho casamiento el marqués hizo el gasto y
regocijo, como a criado y allegado de su casa. Y fue su alguacil en la
conquista de esta tierra, y le dio los indios que tiene. Y Gerónimo López,
porque le casó con la primera mujer que tuvo y dicho marqués la dotó». [1021] Por lo que se ve,
todavía contaba con un reducido grupo de incondicionales, que le fueron fieles
hasta lo último. A Tapia no se le menciona, debido a que en la época en que
esto tiene lugar, permanecía en España. Mendoza rechaza toda responsabilidad
por el levantamiento indígena y, en su descargo, aduce: «que puede haber seis
años, poco más o menos, que ciertos indios de las sierras de Zacatecas
hechiceros, vinieron a los pueblos de Tlaltenango y Xuchipila y a otros de
Nueva Galicia, y subvirtieron y engañaron dichos pueblos, diciendo y haciendo
creer a los indios que habían resucitado sus abuelos y todos sus antepasados, y
que habían de matar a todos los cristianos que estaban en aquella provincia y
muertos éstos, pasarían a México y la habían de sojuzgar». [1022] Este es el desmentido
que opone, aunque reconoce que «para ir en descubrimiento de la tierra nueva de
Cíbola con el capitán general Francisco Vázquez de Coronado, fueron hasta 250
españoles de a caballo, los cuales así para sus personas como para su carruaje,
armas y bastimentos, y municiones y otras cosas necesarias para el viaje,
llevaron más de mil caballos y acémilas». [1023] En efecto, un
esfuerzo inmenso. Mendoza no da un estimado acerca del número de indios aliados
que contribuyeron a sofocar la rebelión, pero por otros datos que menciona, se
advierte que se trató de un levantamiento de grandes proporciones, en el que la
ayuda que éstos prestaron resultó decisiva; es así que, en sus papeles consta
que ha otorgado permiso para portar espada a don Francisco, cacique de
Tlalmanalco, a Don Juan, cacique y gobernador de Coyoacán, y a otro cacique
llamado Hernando de Tapia, por la participación tan decidida que tuvieron en
esa campaña, lo cual nos muestra que intervinieron en ella indios de distintas
regiones. Señala, asimismo, que a los prisioneros que se hicieron por haber
quebrantado el juramento de vasallaje, se les marcó con el «hierro del rey»
como esclavos, y fueron dados como botín de guerra a los indios aliados, que
reclamaban el pago por sus servicios. [1024] Otro dato de interés,
es que ha dado licencia para portar espada a don Antonio, que «es hijo de
Cazonci y es gobernador de la provincia de Michoacán, buen cristiano, y que
desde niño se crió en casa del virrey y después en el colegio de Michoacán, donde
aprendió latín. Y siempre se ha tratado y trata como español y se precia de
ello». [1025] Algo muy importante,
y que no se debe pasar por alto, es la forma en que Cortés acusa al virrey de
haber sido responsable indirecto de la muerte de Alvarado. Según él, las
razones habría que buscarlas en el momento en que Alvarado llegó frente a Huatulco
para aprovisionarse, siéndole negada la autorización para fondearse allí, donde
disponía para subir a bordo de mil quinientos quintales de bizcocho y dos mil
quinientos o tres mil tocinos, novillos, carneros, puercos, frijoles «e otros
bastimentos quel dicho marqués le mandó dar de su hacienda, de manera que
constreñido de necesidad, el dicho adelantado se fue con su armada al puerto de
Santiago, ques en la provincia de Colima, sin tomar los dichos
bastimentos». [1026] Habrían sido don Luis
de Castilla y Peralmíndez Chirinos, quienes por órdenes del virrey, se lo
impidieron. Lo único que puede decirse ante tal información, es que en nada
encaja con los demás datos disponibles. Cortés y Alvarado eran competidores y,
por cierto, muy celosos uno del otro. No consentían que hubiese intromisiones
en sus respectivas áreas. Por tanto, el alegato de Cortés en el sentido de que
él, graciosamente, iba a abastecer su flota, sencillamente es algo totalmente
fuera de lugar; ¿darle provisiones, y sobre todo, regaladas? Aparte de no
existir constancia de que hubieran llegado a reconciliarse luego de que Cortés
le pusiera pleito en marzo de 1529, acusándolo de haberse apropiado de una suma
de oro (en el fondo, parece que actuó movido por el resentimiento, al dejar
plantada Alvarado a la prima que le tenía reservada para esposa), llevaban
largos años sin verse, y hasta donde es sabido, sin comunicarse. Además se
trataba de algo que ya venía de antiguo, pues cuando Alvarado se enteró de que
Cortés se encontraba en mala situación en el Golfo de Honduras, pese a la
cercanía con Guatemala, no se molestó en acudir en su ayuda. Para Alvarado,
Cortés venía a ser como una sombra pesada que deseaba sacudirse. Aspiraba a
brillar con luz propia. Por más que busquemos, en ninguna parte se encuentra
constancia de que se hubiesen asociado para montar esa expedición; por tanto,
el peso de la prueba parece indicar que en esta ocasión, lisa y llanamente,
Cortés miente, con la certidumbre de que muerto Alvarado, no había ya quien
pudiera desmentirlo. Además, se le pasa por alto la existencia de una cédula
reservando al virrey la exploración y conquista en esa área. En su descargo,
Mendoza dirá que las armadas que ha hecho, «así por mar como por tierra, en descubrimiento
de la tierra nueva de Cíbola, costa del Mar del Sur e islas de Poniente, las ha
hecho con licencia e facultad de S.M. como consta por las capitulaciones de
S.M. y cartas que de ello ha escrito a dicho virrey». [1027]
Por la forma en que arremete, se nota que Cortés
se ha obcecado de manera tal que lanza cargos sin ton ni son, y es así como
acusa al virrey de que luego de haber acordado con Martín de Ircio el
casamiento de su hermana doña María de Mendoza, y de haber gastado éste seis
mil ducados para enviarla a buscar y alhajarla, a su llegada rehusó
entregársela, porque la mina de plata de Ircio no resultó tan rica como se
pensaba, habiéndosela retenido durante dos años. Mendoza responde que, a su
llegada, su hermana le informó «que tenía hecho cierto voto y que hasta tanto
no se aconsejase con letrados no podía disponer de sí, y por esa causa no se
efectuó dicho casamiento luego… después que fue informada y tuvo voluntad de
efectuar su casamiento, lo hizo y efectuó y se casó con dicho Martín Dircio,
como al presente están casados y con hijos». [1028] Entre otros cargos
muy serios, figura el de que a través de un hombre de paja en Veracruz,
introduce mercancías evadiendo el pago de los derechos de almojarifazgo
(aduana); y de que cobra unos derechos «para hacer un muelle en el dicho puerto
e otros reparos, e hay cogidos más de setenta mil ducados e la obra no se hace
sino muy despacio». Lo acusa también de cobrar un peso de oro por cada esclavo
negro que se introduce al país. [1029] Mendoza repuso
diciendo que el impuesto fue para la construcción del muelle que se hacía en
San Juan de Ulúa, que además de ser una obra necesaria, «de todo lo cual se dio
noticia a S.M. y S.M. lo aprobó y mandó que se prosiguiese y acabase». Acerca
de la alcabala cobrada por la introducción de esclavos negros, no ofrece
descargo alguno. El informe del visitador Tello de Sandoval resultó
desfavorable para el virrey, pero a pesar de ello, el Consejo de Indias lo
desechó, y éste se mantuvo en el cargo. Cortés, moviendo sus hilos a distancia,
había librado su última batalla. Jugó y perdió.
Carlos V embarcó en Barcelona con destino a
Génova (ello ocurrió el 30 de abril de 1543, pero vientos contrarios lo
obligaron a refugiarse en la cala de Palamós donde hubo de aguardar unos días
hasta que cambió el tiempo). Cortés y él ya no volverían a verse. En esa
ocasión permanecería fuera de España trece largos años (trece años, cuatro
meses y dieciséis días, para ser exactos). La situación europea se había
complicado enormemente, y su presencia era requerida en otras partes; había
guerra con Francia, guerra en Flandes, y Solimán, el sultán de Turquía, se
disponía a atacar Viena. En el Mediterráneo había alcanzado su cénit un poder
sobre remos. Barbarroja. Este pirata, que inicialmente operaba desde bases
norafricanas, había crecido mucho; Solimán lo nombró almirante y actuaba como
aliado suyo. Las operaciones de Barbarroja ya no se limitaban a ataques
sorpresivos para retirarse a continuación; era tan fuerte, que Francisco I
tenía tratos con él, como lo había descubierto Carlos V, cuando en la toma de
Túnez se encontró con las cartas que éste le dirigiera. Había crecido tanto,
que invernaba con su flota en Toulon. Ante tales enemigos, el Emperador se
había aliado con Enrique VIII de Inglaterra, excomulgado por haberse divorciado
de su esposa Catalina de Aragón (tía del propio Carlos). En el campo opuesto,
se encontraban en contubernio Francisco I de Francia, con el papa Clemente VII,
el Sultán de Turquía y Barbarroja. Mientras, Alemania ardía por la cuestión
religiosa. Asuntos más importantes demandaban la atención del Emperador, por
tanto, a Cortés, no le queda otro recurso que aguardar su retorno, ese retorno
que él no alcanzará a ver, pues cuando se produzca llevará ya casi nueve años
muerto.
Para el 17 de mayo de ese año Cortés se
encuentra en Valladolid. Su presencia en ésa puede establecerse con certeza,
pues en ese día compareció ante notario, para desahogar una diligencia acerca
de los bienes que pudo haber dejado Cordero, en relación a la herencia que
corresponde a su hija (Cordero es aquel piloto que murió al golpearlo en la
cabeza un mástil, durante el viaje a California). [1030] Permanece en
Valladolid (que es asiento de la Corte), y el 3 de septiembre reconoce ante
notario como suya la firma en una escritura, por la cual, en plan de gran
señor, condona a doña Juana (la hija de Ortíz de Matienzo) y a su marido, las
cantidades a que pudiesen ser condenados en el pleito que sostenía contra el
fallecido oidor. [1031]
En noviembre de 1543 ocurre un hecho importante:
el príncipe Felipe se casa con su prima hermana María Manuela de Portugal, una
jovencita de dieciséis años y veinte días; él la aventajaba en cinco meses
(eran nietos ambos de Juana la Loca, por lo que no es de extrañar que el
príncipe don Carlos haya salido medio atronado). A Juan Ginés de Sepúlveda, el
biógrafo de Carlos V, le tocó acompañar al obispo de Cartagena, encargado de
recoger a la princesa y trasladarla a Salamanca. Por el protagonismo que le correspondió
desempeñar en ese suceso, la descripción que hace resulta valiosa; entre otras
cosas, señala que en la comitiva que los escoltó figuraron el duque de Alba, el
de Medina Sidonia, el Almirante de Castilla, el marqués de Astorga, los grandes
maestres de las órdenes militares, el todopoderoso Francisco de los Cobos, y
otras prominentes figuras, entre quienes se contaba Hernán Cortés. [1032] Junto con los grandes
del reino, asistió a la boda bajo las naves de la catedral. Honor señaladísimo.
Entre los curiosos pormenores consignados por Sepúlveda, figura el de que tenía
pelo y barba rojizos (como ya antes Bernal nos ha dicho que muy pronto comenzó
a encanecer y se teñía, debe entenderse que el cambio de color obedecía al
tinte que usaba en aquellos momentos). Otra curiosidad ofrecida por ese
testigo, que viene a hacer las veces de encargado de escribir la reseña social,
consiste en describir el atuendo en uno de los saraos: «Don Martín Cortés, sayo
pardo, calzas blancas, capa y gorra negra. Danzó con doña María de Figueroa,
sayo de terciopelo negro, cordón de oro, sin gorra». [1033] No aclara cual de los
dos hermanos era el que participaba en el regocijo. Sepúlveda, de acuerdo con
los datos que aporta, habría coincidido con Cortés al menos en cuatro
ocasiones: dos en Valladolid, una en Barcelona y otra en Salamanca. No es mucho
lo que dice, pero de todas formas, los suyos figuran entre los contados
informes disponibles acerca de la vida de Cortés en los días que seguía a la
Corte. El primer encuentro que tuvo con él lo relata así: «En cierta ocasión
que coincidí con Cortés en Valladolid, en una reunión familiar, en época en que
el emperador Carlos se encontraba en aquella ciudad, y al recaer la
conversación sobre estos hechos, oí gustoso a Cortés hablar de las asechanzas
que se le prepararon, de la gran mortandad consiguiente, y añadió que cierto
joven de aquellos que habían venido a él a Tlaxcala, en calidad de legados para
tratar de la rendición, mientras se disculpaba y aseguraba que él jamás había
aprobado el plan de asechanzas, iniciado por otros, le pidió que, para que no
dudase de su inocencia, preguntase sobre ello a la “cajita” brújula y no
llevase a mal pedirle este oráculo…». [1034] El relato resulta
confuso, pues no aclara si la acción ocurría antes o después de la matanza de
Cholula, pero independientemente de ello, lo que aquí interesa es que de nueva
cuenta sale a colación la historia de la caja misteriosa.
Sepúlveda da cuenta de la parte medular de la
entrevista sostenida en Barcelona, entre Cortés y Carlos V, la cual habría
tenido lugar poco después de haber sido rechazados los franceses del asedio a
Perpiñán; y según refiere, cuando Cortés argumentaba no haber recibido una recompensa
adecuada, el Emperador lo habría atajado, diciéndole: «Deja de jactarte de tus
méritos, que no has recorrido una provincia tuya, sino ajena, a lo que Cortés
—como él mismo me recordó—, llevándolo con gran dolor, respondió de esta
manera: Conoce más a fondo mi causa, gran príncipe; yo no pido ningún perdón,
si has hallado en mí algo que será motivo de la última pena». [1035] No obstante lo
confusa que resulta la redacción del párrafo, pues lo mismo puede interpretarse
como que el soberano desautorizaba la empresa de la Conquista (algo que se
antoja impensable), o que constituía un reproche por haber incursionado en tierras
reservadas a Diego Colón, lo que sí queda claro es que Sepúlveda escuchó el
relato directamente de labios de Cortés. A este respecto, en carta fechada en
Madrid el 18 de marzo de 1543, Cortés volverá sobre ese reproche: «quiero traer
a la memoria a Vuestra Majestad lo que me dijo en esta villa, que no había sido
mía aquella conquista, porque me va mi honra». [1036] Se observa aquí una
discrepancia, pues mientras Sepúlveda señala que el reproche le habría sido
formulado en Barcelona, Cortés lo da como ocurrido en Madrid.
§. El último memorial
En los casi cinco años que ya duraba su
permanencia en España, Cortés había recibido muchos honores, se trataba de tú a
tú con los grandes del reino con quienes alternaba, pero en lo que respecta a
la resolución de sus asuntos no había avanzado un ápice. Siempre en espera de
que se reanudase el juicio de residencia, el cual se encontraba aplazado sine
die. Y mientras, permanecía arraigado.
Convencido de que aquello era una cuestión de nunca acabar, el 3 de febrero de
1544, encontrándose en Valladolid, empuñó la pluma para escribir un memorial al
monarca ausente, quien estaba visto, era el único que podía resolver sobre su
caso. Ésa será la última vez que le escriba. Tenía entonces sesenta años, según
él mismo lo menciona en el texto, y el desaliento asoma entre líneas: «Pensé
que el haber trabajado en la juventud, me aprovechara para que en la vejez
tuviera descanso…». Los esfuerzos han sido en vano; la Conquista ha sido obra
suya, sin ayuda de nadie, «antes muy estorbado por nuestros émulos e invidiosos
que como sanguijuelas han reventado hartos de mi sangre». Reconoce, sin
embargo, que no estuvo solo; «la divina Providencia quiso que una cosa tan
grande se acabase por el más flaco e inútil medio que se pudo hallar, porque a
solo Dios fuese el atributo». Luego de señalar que él ha sido sólo un
instrumento, pasa a recordarle al monarca la primera entrevista que
sostuvieron, y cómo rehusó recibir la recompensa que le daba, por juzgarla
insuficiente, «Vuestra Majestad me dijo y mandó que las aceptase porque pareciese
que me comenzaba a hacer alguna merced, y que no las recibiese por pago de mis
servicios, porque Vuestra Majestad se quería haber conmigo como se han los que
se muestran a tirar la ballesta, que los primeros tiros dan fuera del terrero y
enmendado dan en él y en el blanco y fiel; que la merced que Vuestra Majestad
me hacía era dar fuera del terrero, y que iría enmendado hasta dar en el fiel
en lo que yo merecía…». Esta figura del que tira a la ballesta en la
conversación sostenida con el Emperador, la manifiesta en tres ocasiones
distintas, por lo que asume que lo que se le otorgó inicialmente, era sólo a
cuenta de la recompensa definitiva. Algo que no llegó. Se queja de que no sólo
no se le ha cumplido la merced concedida, sino que encima se le ha retirado
parte de lo que se le dio inicialmente, «y demás destas palabras que Vuestra
Majestad me dijo y obras que me prometió, que pues tiene tan buena memoria, no
se le habrán olvidado, por cartas de Vuestra Majestad firmadas de su real
nombre». Le recuerda unas promesas quebrantadas, refiriendo que lo poco que ha
obtenido, lo ha gastado en defenderse de la persecución de que es objeto por
parte del fiscal de la Corona (Villalobos), la cual le resulta más difícil que
haber efectuado la Conquista. Aquí claramente le reprocha a Carlos V un
incumplimiento, cuando le recuerda: «díjome Vuestra Majestad que mandaría a los
del Consejo que me despachasen; pensé que se les dejaba mandado lo que habían
de hacer, porque Vuestra Majestad me dijo que no quería que trajese pleito con
el fiscal; cuando quise saberlo, dijéronme que me defendiese de la demanda del
fiscal, porque había de ir por tela de justicia, y por ella se había de
sentenciar». Manifiesta que don Sebastián Ramírez de Fuenleal y el licenciado
Salmerón, quienes se encuentran de regreso en España, «son los que me
despojaron sin oírme de hecho, siendo jueces de la Nueva España, como lo tengo
probado»; por tanto, de antemano anticipa que sentenciarán en su contra, por lo
que le pide que nombre a otros jueces, pues de no ser así, se verá forzado a
recusar a los primeros. Nuevos jueces y que sentencien sin dilación. Concluye
diciendo: «Véome viejo y pobre y empeñado en este reino en más de veinte mil
ducados, sin ciento otros que he gastado de los que traje e me han enviado, que
alguno dellos debo también… y en cinco años poco menos que ha que salí de mi
casa, es mucho lo que he gastado, pues nunca he salido de la Corte, con tres
hijos que traigo en ella, con letrados, procuradores y solicitadores». Así
resume lo que han sido esos últimos años: una permanente espera aguardando una
solución que nunca llega. Será la muerte la que se encargue de poner punto
final y, según parece, ya está consciente de que eso es lo que está decidido.
La amargura aflora cuando dice que de no concedérsele lo que solicita,
desistirá, dejando que todo se pierda, «porque no tengo ya edad para andar por
mesones, sino para recogerme a aclarar mi cuenta con Dios, pues la tengo larga,
y poca vida para dar los descargos, y será mejor perder la hacienda quel
ánima». La carta nunca llegó a su destinatario, al reverso de ella se encuentra
la anotación: «no hay que responder», en letra que al parecer es de De los
Cobos. [1037] El Cortés que aquí se
presenta es apenas una sombra de aquel que había sido; y aunque entre la misiva
y su muerte mediarán cuatro años y medio, ya no volverá a dirigirse al
Emperador. Se convencería de que no tenía caso. En total, Cortés habría sostenido
con él entrevistas en tres ciudades (Toledo, Madrid, Barcelona), siendo dudoso
que haya tenido en alguna otra, pues en ese caso lo habría mencionado.
Si bien es cierto que Cortés ya no volvió a
empuñar la pluma para escribir a Carlos V, ello no significa que desistiera de
pleitear; es así que en Valladolid, el 19 de septiembre de 1545 dirige un
escrito al Consejo de Indias recusando las actuaciones del fiscal Villalobos, a
quien califica como su más tenaz perseguidor. Se trata de un alegato
denunciando todos los atropellos jurídicos que asegura que se están cometiendo
en su contra: se dio comienzo al proceso sin haber sido debidamente notificado.
Hubo notificaciones, pero fue a terceros que tenían poderes suyos, pero como
aclara, éstos eran para conocer de otros asuntos y no de algo tan importante
como el juicio de residencia. Y otra irregularidad consiste en que el fiscal
Villalobos, pretende llevar la residencia a actos anteriores al momento en que
recibió el nombramiento de gobernador y capitán general, cuando actuaba como
particular, y a su propia costa. Al calce, aparte de su firma, aparecen las de
seis letrados, sin que entre ellas figure la de su pariente y abogado
principal, el licenciado Francisco Núñez. [1038] Pero no transcurrirá
demasiado tiempo sin que se aclare esa omisión: se ha disgustado con el primo.
El tema saldrá a la luz cuando sea éste quien le ponga pleito por la falta de
pago de diversas sumas adeudadas, tanto por concepto de honorarios, como por
cantidades que adelantó de su peculio personal para atender asuntos diversos.
Como es de suponerse, antes de acudir a los tribunales, el primo habría agotado
todos los esfuerzos posibles para persuadirlo a que le pagase. Por la demanda
que le pone, salta a la vista que entre ambos hubo un pleito mayúsculo. Para
fundamentar su dicho, presenta ante los jueces un memorial que contiene ochenta
y tres preguntas, a las que deberá responder Cortés, correspondientes a los
casos en que defendió sus intereses. Según se echa de ver, se ocupó de sus
asuntos desde el primer día, pues el escrito se retrae al momento en que los
representantes de Diego Velázquez se apersonaron ante el obispo Juan Rodríguez
de Fonseca, para quejarse de que Cortés se le había alzado con la armada. Narra
en él todas las gestiones que hubo de realizar, para obtener que el monarca
ordenara que el eclesiástico permaneciese al margen, designando para que
estudiasen el caso al gran canciller Mercurino de Gattinara, a La Chaux, Rocca,
y otros funcionarios, quienes fallaron en favor de Cortés. Ese sería el primer
triunfo que obtendría para él, y así durante años, siempre defendiendo sus
intereses. Junto con el memorial, entregó el mismo día (7 de abril de 1546), un
pliego en el que aparecen listadas todas las cédulas y cartas ejecutorias que a
lo largo de ese período logró obtener en favor suyo. [1039] Ambos documentos
constituyen una guía muy útil para conocer la cronología de algunas acciones, y
a la vez, vienen a mostrarnos los entresijos de lo que ocurría en el Consejo de
Indias; es así como se corrobora la gravedad de los cargos, cuando se le acusó
de haber ordenado la muerte de Ponce de León; también, entre tantas otras
cosas, se exhiben las actuaciones de Diego Colón, reclamando lo que consideraba
sus derechos, y la vía libre que ya se le había dado para seguir adelante,
viéndose truncadas sus ambiciones por la muerte. Salta a la vista el apoyo tan
importante que Cortés tuvo en su primo, pues éste, como relator del Consejo
Real, estaría al tanto de todo lo que se cocinaba, y aprovecharía toda ocasión
propicia para hablar en su favor con aquellos que tomaban las decisiones. Fue
el escudo que le guardó las espaldas, encargándose de pararle innumerables
golpes. Ésta es una circunstancia que suele pasarse por alto; frente a los
cargos de su antiguo representante, Cortés respondió de manera despectiva, «que
confiesa haber oído decir quel dicho licenciado Núñez es hijo de una mujer que
hubo su agüelo deste declarante en una fulana de Paz e que no era hija de su
agüela deste declarante e que sabe ques hijo de un Francisco Núñez, escribano
que era en Salamanca e que lo demás lo niega»… «dijo que confiesa que algunos
días entendió el dicho licenciado Núñez en algunos negocios porque se lo pagaba
muy bien e que confiesa que se despacharon algunas provisiones e cédulas por
procuradores que este declarante acá tenía en estos reinos, a las cuales e como
fueron despachadas se remite…». Esa expresión de «algunos días», abarca un
periodo cercano a los veinte años. [1040] Aparte de la
ingratitud aquí manifestada, su estado emocional viene a ser el de alguien que
se anda peleando con su propia sombra. Pleitos por todos lados; en su descargo
puede aducirse que a un individuo como él, que andaba metido en tantas cosas,
no era extraño que le llovieran contenciosos, aunque eso sí, muchos se los
buscó él. Uno de sus criados hubo de demandarlo porque no le pagaba el salario,
dato que resulta elocuente para mostrar la transformación que se fue operando
en él, quien de individuo que derrochaba sumas inmensas, pasó a ser un tacaño
(fenómeno, por demás, nada infrecuente en los viejos). [1041]
Los datos sobre la última etapa de la vida de
Cortés son ya tan escasos, que éste viene a ser otro de los periodos ignorados
de su vida. Se diría que se sumió en la oscuridad. Entre lo poco que se conoce,
una cosa salta a la vista, y ello es, que su casa no era sitio frecuentado por
los antiguos conquistadores. Muchos de entre ellos viajaron a España por
asuntos familiares o de negocios y, a su retorno a México, no se encuentra
registrado que mencionaran haberlo visitado (el caso más notorio es el de Andrés
de Tapia, quien coincidió con él la mayor parte del tiempo, durante el segundo
viaje a España; a pesar de ello, y de la lealtad que siempre le profesó, en
ningún documento se menciona que anduviesen juntos). La evidencia indica que
los lazos que mantenía con sus antiguos soldados y colaboradores se irían
debilitando cada vez más; se carteaba con unos pocos, con sus administradores y
unos cuantos incondicionales. Perdió el contacto con la base. Eso quizás
explique muchas cosas. ¿Cómo sería la vida diaria en su casa? Se desconoce; lo
único que puede colegirse es lo que se echa de menos. No se advierte una
presencia femenina a su lado, ni de dama de alcurnia ni de una criada de
posada. Tratándose de un hombre que siempre corrió tras las faldas, no deja de
ser un dato significativo: o bien se tranquilizó con la edad, o simplemente
todo se debe a que no existe noticia sobre sus amores otoñales. Era famoso, sin
que le faltaran dotes de seducción con palabra fácil y vena poética; además
rico, pese a todo lo que se quejara. La falta de datos sirve para resaltar lo
mucho que se ignora acerca de los años finales de su vida. Era una celebridad;
pero una celebridad que había sobrevivido a su época; salvo la casa en que
viene a morir en Castilleja de la Cuesta (que no era suya), en las otras
ciudades españolas en que residió temporadas largas (Madrid, Toledo,
Valladolid), no se conserva memoria de cuáles fueron aquellas que lo
albergaron. Es de suponerse que pasaría largas y aburridísimas jornadas en la
Corte en inútil espera, pues el príncipe Felipe parece haberse inhibido de
conocer sus asuntos; al menos, no existe ningún documento probatorio de que en
alguna ocasión le haya resuelto algo; lo único sabido es que asomaba por su
residencia. Al respecto, Sepúlveda en su Democrates alter, pone en boca de uno de sus personajes: «Hace pocos
días, paseándome yo con mis amigos en el palacio del príncipe Felipe, pasó por
allí casualmente Hernán Cortés, Marqués del Valle». [1042]
§. La tertulia cortesiana
Através de un clérigo llamado Pedro de Navarra,
que llegó a ser obispo de Coménge, sabemos que en 1547, en el que será el
último año de su vida, Cortés en su casa de Madrid acostumbraba celebrar una
tertulia que congregaba a varones talentosos, quienes disertaban sobre temas de
espiritualidad: «la casa del notable y valeroso Hernán Cortés, engrandecedor de
la honra y imperio de España. Cuya conversación seguían muchas personas
señaladas de diversas profesiones, por su gran experiencia y hechos
admirables». [1043] Según refiere este
contertulio, una de las normas establecidas consistía en que al último en
llegar le tocaba hacer una disertación sobre el tema que se fijase, habiéndole
correspondido a él, en una ocasión, hablar sobre la preparación del cristiano
ante la muerte. El tópico surgió en ocasión de que a los allí reunidos les
llegó la noticia de que el todopoderoso ministro Francisco de los Cobos
agonizaba. Y como éste murió en Úbeda, en mayo de ese año, la cita permite
establecer la presencia de Cortés en Madrid, donde tenía montada casa (nada que
ver con aquello de «andar por mesones»). La etapa madrileña podría explicarse
en función de que el entonces príncipe Felipe, a raíz de la muerte de su esposa
María Manuela (julio 1545), ocurrida de sobreparto al dar a luz al príncipe Don
Carlos, se ausentó de Valladolid para residir en Madrid hasta mediados de 1547
(Oviedo corrobora la residencia de Cortés en esa ciudad). En la tertulia
madrileña, el antiguo conquistador se presenta en una vertiente humanista, hasta
ahora desconocida, y que, por supuesto, ninguna relación guarda con su antigua
vida en los campamentos. Esta es la doble faceta de Cortés: por un lado, el
cruzado que hunde raíces en el Medievo, y, por otra, el humanista que tiene un
pie en el Renacimiento. Consciente ya de que no le queda mucho tiempo de vida,
tiene la mirada vuelta hacia Dios. La religiosidad de Cortés parece haber sido
sincera. Los testimonios en ese sentido abundan. Religiosidad entendida a su
manera, claro está, y acorde con su tiempo y condición. Era una época en que
los miembros de las clases altas atropellaban, e incluso mataban a los de
abajo, sin crearse mayores problemas de conciencia. Ello explica que pudiese
cometer las mayores atrocidades sin que le temblase la mano. En los grandes
momentos, cuando todo podría irse por la borda, actuaba con la seguridad que le
daba la certeza de que Dios le cuidaba las espaldas. Existen razones
suficientes para pensar que se sentía un instrumento de la Providencia. Cuando
sus enemigos lo acusaron de no ser un buen cristiano, entre los numerosos
cargos que le formularon, figuró el de que, habiéndose hecho construir en
México una inmensa casa fortaleza, en cambio, no edificó iglesia. A ello repuso
que la ciudad capital debería contar con una catedral como la de Sevilla, que
fuera en consonancia con ella, pero que, en aquellos momentos, en la Nueva
España no contaba con arquitectos capaces de llevar a cabo una obra semejante.
Es verdad que se preocupó por la predicación de la doctrina, pero fuera del
Hospital de la Concepción de Nuestra Señora, hoy conocido como Hospital de
Jesús, y de alguno que otro adoratorio, la realidad es que no resaltó
mayormente como constructor de iglesias. A la llegada de los primeros
franciscanos, cedió a éstos unas habitaciones de la casa que ocupaba en
Coyoacán. Eso es lo que se conoció eufemísticamente como el primer convento
franciscano. En general, las relaciones con la orden franciscana fueron buenas,
al grado de que tanto el obispo Zumárraga como Motolinia y fray Pedro de Gante,
se expresaron bien de él. Pero pese a todo lo buenas que fueran las relaciones
que observó con el estamento religioso, en un momento dado se vio excomulgado.
Todo ocurrió cuando se atravesó dinero de por medio. Aunque contaba con la
autorización del papa Clemente VII para quedarse con los fondos del diezmo, la
Corona fue más papista que el papa, y esgrimiendo el Jus patronatus se negó a reconocerle ese derecho. El 9 de
agosto de 1532, cayó sobre su cabeza la excomunión por negarse a entregar lo recaudado;
en esa fecha, el presidente de la Audiencia, en carta suscrita conjuntamente
por los oidores, decía a la Emperatriz, «y como en esta Audiencia se le mandó
que los pagase y conosciésemos su propósito, dijimos al juez de la iglesia que
él procediese como viese que le convenía, el cual procedió a le descomulgar».
Cortés se inconformó con la excomunión, considerándola inválida, por lo que
solicitó que el obispo de Tlaxcala conociese su caso «y que delegue la cabsa al
prior de Santo Domingo para que le absuelva». [1044] Conocida su
religiosidad, resulta difícil aceptar que hubiera vivido mucho tiempo con ella
a cuestas, aunque se desconoce en qué momento le fue levantada. Frente a los
ataques de sus enemigos, acusándolo de ser hombre que no temía a Dios, se
cuenta con el testimonio de Motolinia, quien escribe: «aunque, como hombre,
fuese pecador, tenía fe y obras de buen cristiano y muy gran deseo de emplear
la vida y hacienda por ampliar y aumentar la fe de Jesucristo, y morir por la
conversión de estos gentiles. Y en esto hablaba con mucho espíritu, como aquel
a quien Dios había dado este don y deseo y le había puesto por singular capitán
de esta tierra de Occidente. Confesábase con muchas lágrimas y comulgaba
devotamente, y ponía a su ánima y hacienda en manos del confesor para que le
mandase y dispusiese de ella todo lo que convenía a su conciencia». Esto lo
escribía Motolinia en 1552, a los cinco años de su muerte, y aunque en ninguna
parte se especifique con quién descargaría Cortés la conciencia, por la lógica
de los hechos, se diría que en una primera época sería con fray Bartolomé de
Olmedo, puesto que aparte de él sólo se encontraba el padre Juan Díaz, quien no
gozaba de su confianza. A su retorno a México, de regreso de Las Hibueras, se
encerró seis días en el convento de San Francisco para un retiro espiritual, y
dado que el número de frailes era muy reducido, contándose Motolinia entre esos
pocos, resulta altamente probable que haya sido éste quien lo confesara en esa
ocasión. Otro aspecto destacado por este insigne misionero, en abono de su
conducta, sería la reluctancia que —según dice—, mostró para que se continuaran
haciendo nuevos esclavos. Al respecto, esto es lo que escribe: «El hierro que
se llama de rescate de V.M., vino a aquesta Nueva España el año 1524, mediado
mayo. Luego que fue llegado a México, el capitán D. Hernando Cortés, que a la
sazón gobernaba, ayuntó en San Francisco, con frailes, los letrados que había
en la ciudad, E yo me hallé presente e vi que le pesó al gobernador por el
hierro que venía, y lo contradijo, y desque más no pudo, limitó mucho la
licencia para herrar esclavos, y los que se hicieron fuera de las limitaciones,
fue en su ausencia, porque se partió para las Higueras». [1045] Por supuesto, de ello
no se puede concluir que se hubiera tornado abolicionista, ni mucho menos…
sencillamente, se oponía a que los esclavos se hicieran en forma
indiscriminada. Para él, la esclavitud debería ceñirse a aquellos en quienes
concurriesen las «causas justas», según las normativas de la época.
Capítulo 31
¿Hombre de dos mundos?
Contenido:
§. La otra familia
Cuando se menciona a Cortés, es necesario precisar
de cuál de ellos se habla, porque hay varios: uno es el que hunde las naves
para iniciar una aventura que no tiene marcha atrás, y otro muy distinto, aquel
cuya atención se encuentra centrada en los matrimonios de sus hijas. Es
indudable que cambió mucho con el paso del tiempo. Ahora que aparece en la
etapa final de su vida, procede recapitular un instante, para tratar de
establecer los grandes cambios operados en él, y, sobre todo, saber si seguía
siendo español o si se sintió ganado por el Nuevo Mundo. Llegó a Santo Domingo
a los veinte años, y tendría sobre cincuenta y seis cuando retornó a España
definitivamente, de manera que habría vivido en Indias treinta y ocho años, o
treinta y seis, si se descuenta el tiempo pasado en España, cuando regresó por
primera vez. Treinta y seis años son muchos años, pero en su caso no parece que
le hubieran hecho mella. La cerrazón al pronunciar las voces indígenas, así
como otras tantas cosas, vienen a evidenciar que ya por dentro se encontraba
blindado. Nunca llegó a pronunciar correctamente el nombre de Tenochtitlán, el
cual escribía de tres maneras diferentes, así como tampoco se pone de acuerdo
con el de Motecuhzoma que, de semejante manera, escribe de distintas formas. Si
se observa el número de nahuatlismos que emplea, para contarlos sobran dedos de
las manos: tiánguez, maceguales,
tamemes, calpixques, tequitato… En cuanto al año y medio que pasó en zona de habla maya, durante
el viaje a Las Hibueras, no se detecta que se le haya pegado una sola palabra.
Otros vocablos, como maíz,
cacique, cazabe, canoa, procedentes de la lengua taina, formaban ya parte del castellano en
los momentos en que él llegó a las Antillas. En orden de precedencia, canoa viene a ser la primera voz antillana en incorporarse al idioma, ya
que Colón la emplea en la carta en que comunica al tesorero Santángel el
Descubrimiento. Esa dureza de oído pone de manifiesto su escaso interés por la
lengua y religión indígena. Y de igual manera, permaneció totalmente ajeno a la
sensibilidad estética del mundo conquistado, lo cual evitó, en buena medida,
que se produjese una mezcla de culturas. Lo que a él le interesaba era la
creación de un país a imagen y semejanza de España. No resultaría exagerado
decirse que murió tan español como nació.
Para conocer el trato que Cortés mantuvo con sus
amigos y colaboradores, existe un muro de silencio. No se conserva una sola de
las cartas que pudo haber intercambiado con ellos. Se dispone, eso sí, de
escritos en los que trasmite órdenes, como son, entre otros, los pliegos de
instrucciones a Saavedra Cerón, Hurtado de Mendoza y Diego Becerra, que no
pasan de ser eso: instrucciones, sin que en ellos aflore algún detalle
amistoso. En la correspondencia con García de Llerena y su representante en
España, el licenciado Núñez, es mínimo lo que asoma en el orden personal. Va a
lo suyo, limitándose a dar órdenes. Correspondencia de negocios. Existen
dos Relaciones redactadas
por Alvarado, informándole de sus conquistas en Guatemala. Son éstas unos
documentos muy secos, en los que le da el tratamiento de «señor», que tienen el
carácter de un parte militar y, en los que, por ninguna parte, asoma alguna
frase que denote amistad o confianza entre ambos. Se trata de escritos de un
subalterno a su superior jerárquico. Esa falta del toque familiar está
indicando que no eran amigos. Se necesitaban mutuamente. Se conoce la carta de
un colaborador muy cercano, como es Diego Godoy, enterándolo de su gestión en
Chiapas. Godoy es hombre inteligente y de pluma fácil, como enseguida se echa
de ver, pero salta a la vista el lenguaje tan respetuoso que emplea al
dirigirse a él, como si se tratara del monarca. No se advierte la mínima
familiaridad entre ambos. [1046] Siempre formalidad y
distancia de por medio; por ninguna parte aparecen la viveza y sentido del
humor de los que antes ha hablado Bernal. Pero lo que más se echa en falta, es
no contar con un solo escrito de los que pudo haber intercambiado con tres de
sus más allegados, como son los casos de Andrés de Tapia, Juan de Salcedo y
Juan de Escalante. Acerca de los dos primeros, ya se han visto los vínculos tan
estrechos que mantuvo con ellos; se sabe del respeto que sentía hacia fray
Pedro Melgarrejo de Urrea, así como del inmenso ascendiente que sobre él tenía
su primo Rodrigo de Paz, quien, si hemos de creer a Bernal «mandaba
absolutamente al mismo Cortés». [1047] Quiñones, el jefe de
su guardia personal, sin lugar a dudas sería hombre de todas sus confianzas; y
está Juan Galvarro, quien permanecerá a su lado hasta lo último. Algo fuera de
serie son los casos de Ordaz y Velázquez de León, dos a quienes retuvo en
cadenas para disciplinarlos, terminando más tarde por ganárselos. Lo notable en
el caso de Juan Velázquez de León, es la confianza inmensa que más tarde
depositaría en él, nombrándolo para comandar las fuerzas que iban a colonizar
la región de Coatzacoalcos. Su actuación a la llegada de su cuñado Narváez
resultó definitiva; de haberse pasado a éste, la historia se habría escrito de
manera muy distinta. Acerca de la vida pasada de Velázquez de León, Bernal
cuenta que en una riña en Santo Domingo atravesó con la espada a un hombre, y
que cuando intentaban arrestarlo, plantaba cara a los alguaciles, los cuales
nunca consiguieron ponerle la mano encima. [1048] Alderete fue otro a
quien también se ganó. Se advierte, por tanto, que época hubo en que sabía
ganarse hasta sus más enconados enemigos.
Un punto débil en la estructura de mando en el
ejército de Cortés, radica en que nunca estuvo claro quién era su segundo; en
caso de faltar él, ¿quién ocuparía su lugar? Nominalmente, como maestre de
campo, se diría que Olid; pero Alvarado y Ávila nunca aceptarían estar bajo sus
órdenes. Y por otro lado, el propio Cortés, al proyectar a Sandoval, buscaba
disminuir a su maestre de campo. Capitanes sobresalientes, de la talla de
Ordaz, Tapia, Marín, Ircio, Lugo, Rodríguez de Villafuerte, Rangel, Godoy,
Álvarez Chico y tantos más, a fuerza de ser relevados constantemente, nunca
consiguieron afianzarse. Se diría que eso formaba parte de un juego político:
no permitir que nadie destacara lo suficiente como para hacerle sombra. Y
tampoco en lo político se detecta un ideario común que los mantuviera unidos.
Lo estuvieron mientras duró la guerra, pero a la hora de la victoria afloraron
las ambiciones; por ello cuando quiso movilizar a sus adictos contra el virrey,
todo lo que logró fue incomodar un poco, y nada más. La experiencia vino a
demostrar que, como poder político, estaba acabado. Cortés salvó la vida en más
de una ocasión, debido a que hubo hombres dispuestos a dar la suya por él, y
también en una época sabía motivar a los suyos y comunicarles su entusiasmo.
Uno de esos jefes a los que sus hombres siguen hasta el infierno mismo.
Arrastraba multitudes. Esa descripción tan gráfica de los tlaxcaltecas entrando
en Texcoco, con los bergantines desarmados a cuestas, parece salida de una de
esas películas de grandes movimientos de masas producidas en cinemascope por Cecil B. de Mille en la década de los
cincuentas. Pero ese retrato corresponde al Cortés de una primera época. Por lo
que vino después, podría decirse que como caudillo y jefe militar envejeció
pronto, demasiado pronto. A solo tres años y pico de la toma de Tenochtitlán,
ya se vio el boato con que inició el viaje a Las Hibueras. Parecería también
que con el tiempo se acentuó la distancia que mantenía con el grueso del
ejército; Bernal, por ejemplo, durante ese viaje nunca se sentó a su mesa.
Cuando se pasa una mirada en torno a aquellos que fueron sus más cercanos
colaboradores, se advierte que un regular número de ellos quedó en difícil
situación económica. Se mostraba pródigo con los personajes encumbrados, con
quienes alternaba, pero olvidaba recompensar a aquellos que hicieron posible
sus triunfos, como es el caso de Andrés de Tapia, quien fue uno de los más
esforzados entre sus capitanes, según el propio Cortés lo manifestaría al
Emperador en la Tercera Relación, y a la vez, uno que le fue incondicional hasta el fin. Su último
maestre de campo. En 1554 el virrey don Luis de Velasco escribió una carta al
príncipe Felipe recomendando su caso: «tiene muchos hijos y está viejo y con
necesidad». Aparte de solicitar para él que se le haga alguna merced adecuada a
sus servicios, manifiesta «que tiene un hijo que es clérigo virtuoso […] de
edad de diez y ocho años y buen estudiante», para quien se solicita una de las
dignidades o canonjías vacantes en la iglesia catedral. [1049] Diego Ordaz y Alonso
de Ávila son dos que tuvieron un papel relevante en la Conquista, aunque no
participaran en el ataque final a Tenochtitlán. Ambos se hallaban desempeñando
misiones que les fueron asignadas por Cortés: el primero en España, y el
segundo en Santo Domingo; dos individuos valiosos para la guerra, pero ambos de
manejo tan difícil, que prefirió servirse de ellos manteniéndolos a distancia.
En España, Ordaz recibió como recompensa el hábito de comendador de Santiago y
escudo de armas, en el que aparecía representado el volcán, y de Cortés recibió
un dinero, con el que organizaría una expedición que tenía como meta establecer
una colonia en el Marañón (Amazonas), para lo cual el Emperador le otorgó el
nombramiento de capitán general y gobernador. Pero no llegó tan abajo, se
adentró en un río al que los indios llamaban Huyapari (el Orinoco), área en la
que con anterioridad habían incursionado españoles procedentes de Cubagua,
guiados por Juan Bono de Quejo. Intentó remontar el Huyapari, pero no tuvo
éxito. La expedición terminó en desastre. Regresó a Cubagua pensando recoger a
parte de su gente, pero los alcaldes y justicias de la isla lo remitieron en
calidad de preso a Santo Domingo, para que conociese su caso la Audiencia.
Murió a bordo de la carabela. [1050] Oviedo, quien para
los días en que escribía desde su fortaleza mirando al río Ozama, ya veía las
cosas de otra manera, parece reprocharle que no se hubiese quedado tranquilo a
disfrutar de su riqueza, porque de escudero pobre que no poseía otro capital
que una capa y una espada, «llegó a tener seis mili o siete mili pesos de oro
de renta en cada un año». [1051] Lo último que se sabe
de Ordaz, es que lo envolvieron en un serón y lo arrojaron al mar. Es probable
que descendiera a las profundidades con la cruz de Santiago cosida al pecho.
Alonso de Ávila se había perdido de vista cuando
la nave en que viajaba llevando el tesoro junto con la Tercera
Relación fue atacada por piratas. Como
era de esperarse, éste, espada en mano, luchó hasta lo último, siendo capturado
cuando ya sólo quedaban ilesos él y un criado suyo. Fue trasladado a Dieppe y
luego encerrado en la fortaleza de La Rochelle, donde estuvo confinado cerca de
tres años. Su captor, al verlo en posesión de un tesoro de tal cuantía, lo tomó
por un gran señor y fijó por su libertad un cuantioso rescate. Pero ocurrió la
batalla de Pavía (24 de febrero de 1525), en la que el rey francés Francisco I
cayó prisionero, para ser puesto en libertad luego de un año y días de
cautiverio. Ajustadas las paces con Francia, ambas naciones liberaron a los
prisioneros que retenían; es así como Alonso de Ávila salió de su encierro. [1052] Como recompensa a sus
servicios recibió la encomienda de Cuautitlán; pero sea porque la vida
sedentaria no era para él, o por los motivos que fuesen, se desentendió de
ella, cediéndola a su hermano Gil González de Ávila, para irse con Montejo a la
conquista de Yucatán. Las vidas de Ávila y Montejo correrán paralelas durante
el periodo en que ambos anden juntos. Montejo, como se recordará, había pasado
en 1514 a Castilla del Oro con Pedrarias Dávila; dejó eso marchándose a Cuba,
donde pronto estuvo convertido en próspero hacendado. Pero tampoco permaneció
mucho tiempo quieto, participando a sus expensas en la expedición de Grijalva.
Se unió a último momento a Cortés, y ya se sabe de su actuación como procurador
en España. Fue uno de los «políticos» del ejército. Volvió a México con título
de adelantado, y ennoblecido, pues según asegura Oviedo, el Emperador mandó que
se llamara «don Francisco», otorgándosele además escudo de armas, aunque no el
ingreso a una orden militar. Llegaron Ávila y Montejo a Santo Domingo con dos
grandes barcos, y allí subieron a bordo cincuenta y tres caballos y yeguas,
sumándoseles más gente, hasta alcanzar a trescientos ochenta el número de
expedicionarios. Oviedo, que es quien lo cuenta, no deja de reprochar a Montejo
el no haberse dedicado a disfrutar de su fortuna: «se halló en la conquista de
la Nueva España, medró en ella, e fue con tantos dineros después a España, que
se heredó muy bien en su patria, en Salamanca, de donde es natural, e que hizo
un mayorazgo de trescientos mili maravedís de renta o más, que le debiera
bastar si su ánimo inquieto le dejara sosegar, e no tornara a lo vender todo
por se emplear en cosas mayores, e volver a los trabajos pasados de las Indias,
e a otros mayores que le estaban esperando». [1053] Escribía eso en vida
de Montejo.
El lugar en que desembarcaron en Yucatán resultó
inhóspito; fueron presa de las enfermedades y comenzó a morir la gente. Para
contener a los descontentos, Montejo hundió sus navíos, emulando a Cortés, y
dio inicio a su conquista. Relatar esa campaña resulta muy complejo, pues todo
fueron escaramuzas; los enemigos a vencer fueron la selva, el hambre y las
enfermedades. Oviedo confiesa que se encontraba en serias dificultades para
escribir esa página, cuando llegó a Santo Domingo don Alonso de Luján,
caballero de la Orden de Santiago, quien anduvo en esa conquista y le relató
los pormenores. [1054] Fundaron una villa a
la que dieron el nombre de Salamanca, la cual no prosperó, siendo pronto
abandonada; entre las tantas peripecias que les tocó vivir, podría destacarse
que cuando Montejo tuvo conocimiento de que en el área se encontraba aquel marinero
llamado Gonzalo, «que estaba convertido en indio», le escribió instándolo a
unírsele. Pero éste le devolvió la carta, con un mensaje escrito con carbón al
reverso: «Señor, yo beso las manos de vuestra merced; e como soy esclavo, no
tengo libertad, aunque soy casado e tengo mujer e hijos, e yo me acuerdo de
Dios; e vos, señor, e los españoles, teméis buen amigo en mí». [1055] Al contrario de lo
que allí decía, indujo a los indios a que combatiesen a los españoles; sabido
eso por Montejo, encargó a Ávila que le echase mano para castigarlo. Pasado un
tiempo, cuando finalmente Ávila llegó a Chetumal y preguntó por él, los caciques
le aseguraron que ya había muerto, lo cual parece haber sido cierto. Otro
incidente que se narra consiste en que años después, yendo en demanda de Acalan
(que Cortés había dicho a Montejo que era buena tierra), Ávila y Luján,
marchando en cabeza, a punta de machete, abrían paso a sus hombres en la selva.
En el camino toparon con el gran puente construido por Cortés, que se
encontraba parcialmente en pie, y al que los indios llamaban el puente de
Malinche. Luego de infinitas peripecias, Ávila se fue a Campeche para reunirse
con Montejo, muriendo de allí a poco, sin que se puedan precisar sitio y fecha.
Si no llegó a más en sus conquistas fue porque se lo comió la selva. En lo que
viene a ser su obituario, Oviedo escribió: «el capitán Alonso Dávila, del cual,
sin ofensa de nadie, se puede tener e loar por uno de los valientes hidalgos e
de los más expertos e hábiles capitanes que en estas partes e Indias han
militado». [1056] En cuanto a Montejo,
éste todavía tendría por delante una larga andadura. En 1539, encontrándose
como gobernador de Honduras, apareció por allí Alvarado, quien reclamaba ese
territorio como parte de su gobernación de Guatemala. Luego de mucho discutir,
llegaron a un acuerdo: Montejo le entregaría el territorio de Honduras, y a
cambio, Alvarado le cedería su encomienda de Xochimilco y los derechos sobre la
villa de Ciudad Real en Chiapas; ello, claro está, sujeto a la aprobación del
monarca [1057]. Montejo viajó a México,
pero no hubo manera, pues Alvarado no se mostraba dispuesto a cumplir, y a la
muerte de éste, se complicó todavía más la implementación del trueque. Por
tanto, se regresó a Yucatán. Años después viajó a España, «por negocios», dice
Bernal. Murió arruinado, al decir de su hija Catalina, quien en esos momentos
aseguraba atravesar por una difícil situación económica. [1058]
El final de Narváez se conoce por boca de Alvar
Núñez. Todo terminó en desastre. Los barcos se perdieron y la mayor parte de
los hombres sucumbió al hambre y a las enfermedades, o acabaron con ellos los
indios. Dando ya todo por perdido, los supervivientes construyeron dos balsas
con los restos de los naufragios, con la esperanza de alcanzar la zona de
Pánuco. Les faltaba sólo aprovisionarse de agua y víveres para hacerse a la
mar. En esas circunstancias, una noche Narváez, en lugar de bajar a tierra, decidió
quedarse en la balsa que permanecía varada en la playa; con él se encontraban
un maestre enfermo y un paje. En eso sopló el norte, y como la balsa carecía de
ancla, el reflujo de una ola la sacó de la playa, y pronto, la corriente los
internó en el mar hasta perderse de vista. Nunca volvió a saberse de él. El
oidor Zorita agrega que el hijo de éste, decidido a meterse a conquistador,
viajó al Perú. Murió pobre. [1059]
Luis Marín es uno que envainó la espada pronto.
Se casó con una mujer del entorno de la marquesa doña Juana de Zúñiga, y se
llenó de hijos. Se comprende que se concentrara en sacar adelante su familia.
Un punto a consignarse, es que a ni uno solo de los conquistadores que viajaron
a España se le ofreció un mando en los ejércitos de Flandes. En toda la epopeya
de América, la Corona otorgó únicamente dos títulos nobiliarios; aparte de
Cortés, a Pizarro se le dio el de marqués de la Conquista. A la hora del reparto,
éste se hizo de manera muy desigual, pues mientras unos alcanzaron encomiendas,
otros no vieron recompensados sus esfuerzos; en eso Cortés es el único
responsable, pues fue él quien lo realizó a su arbitrio; por ello no es de
extrañar que fueran tantos los que se volvieron en su contra. Al término de la
contienda el ejército se desbandó y cada cual tomó por su lado; unos marcharon
a nuevas conquistas en otras regiones del país o se dirigieron a Guatemala o
Perú, y de los que permanecieron arraigados como pobladores (que fueron
mayoría), sólo unos pocos encontraron acomodo en los contadísimos cargos
públicos que ofrecía una administración incipiente, como fue el caso de varios
escribanos, y dado que no se constituyó un ejército profesional en el que
pudieran enrolarse, la gran mayoría hubo de buscarse la vida dedicándose a
actividades diversas, unos pusieron panaderías, otros carnicerías, o
pastelerías, mesones y ventas; y entre los que tenían oficios mecánicos, varios
de ellos hubieron de volver a empuñar sus antiguas herramientas de trabajo.
Caso aparte es el de Benito de Begel, el veterano tambor de las guerras de
Italia, aquél que redobló en el Garellano, en los llanos de Tlaxcala y en
Otumba. Este montó una escuela de danza. [1060]
Algo que no debe pasar desapercibido es el final
de los dos clérigos iniciales: el padre Juan Díaz se pierde de vista, sin que
se sepa a ciencia cierta dónde y cuándo murió; y en cuanto a fray Bartolomé de
Olmedo, de quien se diría que por su papel tan relevante, le hubiera
correspondido ser el primer obispo, desapareció silenciosamente de la escena.
En su correspondencia con el Emperador, Cortés nunca llegó a mencionarlo por
nombre. En la Segunda Relación,
al informar sobre su actuación a la llegada de Narváez, se refiere a él como
«el religioso que traje conmigo», «el clérigo», o «el padre religioso de mi
compañía». Acerca del final que tuvo este hombre, que en rigor viene a ser el
iniciador de la conquista espiritual de México, sólo se conoce lo que antes se
dijo: que en un documento fechado el 29 de enero de 1529 ya se le daba como
fallecido. Lo anterior contrasta con el caso de fray Pedro Melgarejo de Urrea,
un llegado de último momento, a quien en la Tercera Relación, presenta por nombre en dos ocasiones, haciéndolo
figurar como comisario de la Cruzada.
Lo que vendría a ser la fase terminal de Cortés
en México se encuentra resumida en un frase de Bernal cuando refiere la soledad
en que éste quedó, al apartarse de él sus antiguos compañeros, «e iban
renegando de él y aún maldiciéndole a él y a toda su generación y a cuanto
poseía, y hubiese mal gozo de ello él y sus hijas». Es importante recordar que
en su última expedición partió al frente de un grupo de bisoños, mientras en la
banca se encontraban sentados Jaramillo, Ojeda, Marín, Ircio, Sánchez Farfán, Rangel,
Rodríguez de Villafuerte y un largo etcétera; salvo Tapia y Terrazas, ningún
otro se sintió movido a acompañarlo. A pesar de lo escaso que son los datos
sobre esa etapa final, todo apunta a que pasaría larguísimos y aburridos días
de espera en las antesalas de los poderosos. Sería por entonces, cuando
comportándose como un viejo, narraría historias a todo el que estuviese
dispuesto a escucharlo. En la Corte se encontraba totalmente neutralizado;
existía un Consejo de Indias, que era el órgano competente para atender sus
asuntos, pero ésa era una puerta a la que consideraba ocioso llamar, pues allí
estaban don Sebastián Ramírez de Fuenleal y el oidor Salmerón, de quienes nada
podía esperar. Con de los Cobos no tenía caso, y el príncipe aparece totalmente
desinteresado de sus asuntos: tenía poder para ello, pero prefirió mantenerse
al margen: Cortés no menciona que en alguna ocasión haya tenido oportunidad de
tratar algo con él; por lo mismo, se movería como un león enjaulado. Su tiempo
había pasado; sobrevivió a su época. Paseando la mirada a su alrededor podía
percibir cómo cambiaba el panorama europeo. En 1546 morían Lutero y Barbarroja
y, en ese año de 1547, desparecerían, a su vez, Enrique VIII, Francisco I, y
luego llegaría el turno al propio de los Cobos. Presintiendo quizás, que el fin
ya estaba próximo, se desentendió de sus reclamaciones al Emperador, que en ese
momento se encontraba muy alto, al haber salido victorioso el 24 de abril en la
batalla de Mülhberg, que inmortalizara Tiziano. Al parecer, aceptó la realidad
de que en vida no vería una solución a sus asuntos. No tenía caso insistir;
quizá sus herederos… Se trasladó a Sevilla, según Gómara, «con voluntad de
pasar a Nueva España y morir en Méjico, y a recibir a doña María, su hija
mayor, que la tenía prometida y concertada de casar con don Alvar Pérez Osorio,
hijo heredero del marqués de Astorga». [1061] Bernal repite lo
mismo, pero aquí, quizá sea preferible el testimonio de Oviedo, quien parece
estar mejor informado. Señala éste que el desplazamiento lo hizo para escapar a
los rigores del invierno madrileño, sin mencionar que proyectara embarcarse
rumbo a México. [1062] No podía hacerlo
mientras no se resolviese el juicio de residencia, y además, él mismo se había
cerrado la puerta al pelearse con el virrey. No existe prueba de que hubiese
solicitado licencia para regresar, y como en el testamento se verá, ya había
aceptado la idea de que no retornaría, «mando que si muriese en estos reinos de
España». [1063] Una cosa que no
parece haberle pasado por las mientes, sería la de llamar a su esposa para
pedirle que acudiese a su lado.
§. La otra familia
Acerca de las andanzas extramatrimoniales de
Cortés, Bernal apunta: «dejó dos hijos varones bastardos que se decían don
Martín Cortés, comendador de Santiago; este caballero hubo en doña Marina, la
lengua; y a don Luis Cortés, que también fue comendador de Santiago, que hubo
en otra señora que se decía fulana de Hermosilla; y hubo otras tres hijas, la
una hubo en una india de Cuba que se decía doña fulana Pizarro, y la otra con
otra india mexicana, y otra que nació contrahecha, que hubo en otra mexicana».
Los hijos naturales fueron cinco, sin que proporcione los nombres de las
mujeres; y por el mismo camino va Gómara, cuando además de don Martín y don
Luis, agrega: «y tres hijas, cada una con su madre, y todas indias». [1064] Si se examina la
documentación de Cortés, y a pesar de que éste tuvo la singularísima costumbre
de repetir los nombres, resulta fácil poner en claro cuáles son los que
reconoce como hijos suyos; de tal manera, dos llevan el nombre de Martín, uno
el de Luis, dos Marías, dos Catalinas, una Juana y otra Leonor. Nueve, dejando
aparte a los dos muertos en la cuna. Pero en el conteo parece que ha dejado
fuera a una hija, a Leonor, la primogénita. En el testamento figura una
cláusula que dice: «mando que a doña Leonor y doña María, mis hijas naturales,
les sean dados para sus dotes e casamientos a cada una diez mil ducados». [1065] Ello demuestra que,
para finales de 1547 (año en que testa), esta segunda Leonor permanecía
soltera, al igual que el resto de sus hermanas. A través de Bernal se supo del
cabreo inmenso que le ocasionó a su regreso de España, enterarse de que en ausencia
suya Leonor se había casado sin su consentimiento. Lo que aquí se pone de
manifiesto es que ha sido él quien ha suprimido de la lista el nombre de la
primogénita, reconociendo únicamente a esa segunda Leonor, que permanece
soltera. Y no cabe considerar la posibilidad de que ésta hubiere enviudado,
pues Juanes de Tolosa, que fue hombre conocido, lo sobrevivió muchos años.
Además, a éste en ninguno de sus documentos lo identifica como yerno (de hecho,
nunca lo menciona), de lo que se concluye que no quiso saber nada de ese
matrimonio. Sencillamente, nunca perdonó a la hija por el paso dado.
En 1535, encontrándose en Colima, había
redactado el instrumento de mayorazgo. Se trata de una figura jurídica
medieval, que perseguía la finalidad de que determinados bienes no pudiesen ser
enajenados, de manera que la fortuna se conservase y pasara siempre al
primogénito, o a quienes se designase en el documento. La lectura de éste
permite adentrarse en el pensamiento de Cortés. Por principio de cuentas, deja
asentado que el heredero del marquesado será el segundo don Martín, el habido
con la marquesa, quien en esos momentos era un niño que andaría por los dos
años. A continuación, pasa a establecer el orden que deberá seguirse en el caso
de que ese niño no llegase a la edad adulta o que muriese sin descendencia. Los
varones tendrán preferencia sobre las hembras, y los hijos legítimos vendrán
antes que los nacidos fuera del matrimonio. Estos últimos heredarían sólo en el
caso de extinguirse el tronco legítimo; y también quedarían excluidos,
independientemente de ser o no legítimos, aquellos que se hubieren ordenado
sacerdotes o que ingresaran como caballeros en las órdenes de Calatrava o San
Juan, «o de otro cualquier Orden, que impida ser casado» (por este último
mandato parecería ponerse a cubierto de la aparición de cualquiera nueva orden
que impusiese el celibato a sus miembros); queda clarísimo el deseo de que no
se extinga su estirpe. Lo curioso en este caso, al establecer las precedencias,
es que Cortés se está refiriendo a unos hijos e hijas hipotéticos, que todavía
no han nacido. Por otro lado se advierte un tratamiento tan desigual para los
nacidos fuera del matrimonio, que parecería que se tratara de hijos de segunda;
es así que en 1544 (en la carta en que afirma tener sesenta años), decía
quejumbroso al Emperador: «no tengo más de un hijo varón que me suceda, y
aunque tengo la mujer moza para poder tener más, mi edad no sufre esperar
mucho; y si no tuviese otro, y Dios dispusiera de éste sin dejar sucesión, ¿qué
me habría aprovechado lo adquirido?, pues sucediendo hijas, se pierde la
memoria». [1066] ¿Y don Martín y don
Luis, legitimados por el papa?, ¿no eran hijos en todo el sentido de la
palabra? Podría argumentarse que no viene al caso traer a cuento esa relación
(o falta de ella) con los hijos; pero si bien es cierto que resulta irrelevante
para la historia de la Conquista, en cambio, es invaluable para sondear los
recovecos de su corazón.
La lectura del testamento deparará una sorpresa:
aparece Leonor Pizarra, una antigua amante, madre de Catalina, la hija que
figura en la bula de legitimación pontificia. Lo peculiar en este caso, es que
los indicios apuntan en el sentido de que se tratase de la hija predilecta; al
menos, es por la que más parece preocuparse (en el testamento aparece citada en
trece ocasiones; más veces que cualquiera de los otros hijos, incluido el
mayorazgo don Martín, y el nombre de Leonor Pizarra figura con mayor frecuencia
que el de la marquesa). Se diría que más que tratarse de otra amante y de una
hija más, fuera la «otra familia» de Cortés. La aparición de Leonor Pizarra en
el testamento es algo que no sorprendería a doña Juana, por tratarse de una
relación que venía de antiguo y que ella conocería muy bien, pues al redactar
el documento de establecimiento del mayorazgo, en él ya menciona que Catalina
se encontraba en poder de la marquesa; o sea, se la había introducido en la
casa. Además, en el testamento incluye una cláusula, ordenando al heredero que
«tenga cuidado especial de procurar que la dicha doña Catalina, su hermana, le
recalca el vínculo case como convenga a la honra de su casa y el bien y honor
de la dicha doña Catalina». Se trataría de una relación a la luz del día, que a
la marquesa no le quedó otro remedio que apechugar. Pero en esa relación hay
algo especial a destacar, y ello es, que anda de por medio el marido de Leonor,
que no es otro que su viejo amigo Juan de Salcedo. Y como parecería que se
tratara de un curioso ménage a trois, bueno será ocuparse de ellos: es conocido que la amistad venía de
antiguo, y que éste era el financiero que lo respaldaba, desconociéndose cómo
pudo amasar tamaña fortuna. Lo probable es que haya sido a la sombra de Cortés.
En apariencia, su relación con el matrimonio
discurrió por cauces tranquilos. Cuando se asista a la lectura del testamento,
se verá que Salcedo tuvo encomendada la administración de los bienes de su hija
Catalina, la cual desempeñó satisfactoriamente. Eso es todo lo que aparece por
escrito, y aunque no hay nada que hable de que entre Cortés y la madre de
Catalina haya existido una gran pasión, en cambio, por la forma en que se
refiere a ella, da la impresión de que se trata de una persona con la que
estuvo especialmente cercano. Para la fecha en que redactó el testamento,
Leonor había enviudado, y lo notable del caso es cómo, a siete años de
distancia de haber abandonado México, mantiene muy claro su recuerdo, como lo
atestigua la relación de cabezas de ganado, con el hierro de Catalina, que se
facilitaron a algunos amigos suyos, disponiendo que se abonen a ésta y a su
madre los adeudos; un ejemplo de ello es una de las cláusulas, en que aclara:
«todas las vacas y ovejas que están en Matalcingo son de la dicha Doña Catalina
mi hija y de la dicha Leonor de Pizarro y más todas las yeguas y potros que
están en Tlaltizapan, con su señal que es una C grande en el anca». [1067] Como no recibe el
tratamiento de «doña», lo probable (en el caso de ser española), sería que se
tratase de una mujer del pueblo; y está de por medio la decisión de separar de
su lado a la hija, para que se educase en un ambiente más elevado, junto a la
marquesa. Lo que sí está claro, es que nunca llegó a cortar por completo los
vínculos con ella. Para Cortés, las otras mujeres que hubo en su vida parecen
haber sido agua pasada. Ninguna de ellas aparece mencionada en el testamento,
siendo notoria la omisión de Elvira o Antonia Hermosilla (no existe seguridad
en cuanto al nombre), la madre de don Luis, un hijo especialmente próximo a él.
Y tampoco dice una palabra que ofrezca una clave para averiguar la identidad de
las madres de Leonor y María, esas hijas naturales. Por ello, destaca aún más
el espacio dedicado a Leonor Pizarro. Catalina es aquella hija pequeña a la que
comprometió para casarse con el primogénito de Garay. Ahora bien, como Cortés
en ninguno de sus papeles se refiere a Francisco de Garay como yerno suyo, ni
tampoco vuelve a mencionarlo, ello lleva a la conclusión de que el compromiso
matrimonial quedaría en papel mojado. Cortés se refirió a este matrimonio por
primera vez en 1524, cuando informa al Emperador, y lo repitió en 1528, al
señalar que a ella le había otorgado Chinantla como dote. [1068] Este último dato
permite establecer que la Catalina quien ahora nos ocupa, y la que estuvo
comprometida en matrimonio y fue legitimada por el papa son la misma persona,
pues al referirse a ella en el testamento, figura como la propietaria de Chinantla.
Se desconoce si Leonor Pizarro y la india cubana a quien Bernal llama «fulana»
Pizarro son la misma persona, aunque el caso se presta a dudas, pues la
circunstancia de tener apellido, favorece la hipótesis de que fuese española.
El testamento resulta una pieza capital para
conocer el pensamiento de Cortés en la fase final de su vida, pues lo entregó
en sobre cerrado al notario sevillano Melchor Portes el 12 de octubre de 1547,
o sea, dos meses antes de su muerte. Por ello se realizará una lectura atenta,
pero por tratarse de un documento extenso, sólo se analizarán los aspectos más
relevantes. En primer término, lo de cajón, o sea, las disposiciones para los
funerales; clérigos y frailes que habrán de acompañar el cortejo, limosnas y
ropas a darse a cincuenta pobres que participarán llevando hachones encendidos,
y luego el capítulo de las misas a celebrarse. Cinco mil en total. Mil por las
almas del purgatorio, dos mil por los muertos en sus campañas, y las otras dos
mil por aquellas personas con las que tenga algún cargo que no conozca o no
recuerde. Viene luego la compensación a sus criados, quienes deberán recibir un
traje de luto y una gratificación de seis meses de salario; a continuación, un
renglón al que dedica bastante espacio: se trata de la edificación en Coyoacán
de un monasterio para monjas franciscanas, y un colegio donde se estudiará
teología, y derechos civil y canónico. La atención que presta a ellos es
comprensible, puesto que la iglesia del monasterio va ser el panteón que será
el destino último de sus restos y de los miembros de su familia. Manda, por
tanto, que sus huesos sean trasladados a México para ser inhumados, y a su lado
deberán colocarse los de su madre y de su hijo Luis, que reposan en la iglesia
del monasterio de San Francisco en Texcoco. Y también del monasterio de
Cuernavaca deberán traerse los despojos de la Catalina, que murió en la cuna;
pero el caso es que la edificación no se llevó a cabo por falta de interés de
sus sucesores. En cuanto a su padre, que se encuentra enterrado en el
monasterio de San Francisco de Medellín, señala que todos los años deberán
celebrarse las «memorias y sacrificios que yo dejo mandados por una
instrucción». Dispone que se concluya el hospital de Nuestra Señora de la
Concepción, y para ello, «señalo especialmente la renta de las tiendas y casa
que yo tengo en la dicha ciudad de México». El proyecto ha de realizarse
conforme a la maqueta preparada por un tal Pedro Vázquez o según las
modificaciones que haga el escultor que ha enviado «este presente año de mili y
quinientos y cuarenta y siete»; el hospital se concluyó, y es el que hoy día se
conoce como Hospital de Jesús. No se disponen misas por Catalina Suárez
Marcaida, ni existe disposición alguna acerca de su sepultura. Sencillamente no
aparece mencionada.
Al señalar a su heredero la obligación que
tendrá de que se predique la doctrina en todos aquellos pueblos que le fueron
asignados por la Corona, vuelve a referirse al derecho que le asiste al Jus
patronatus. No termina de aceptar que ésta
le retire algo que le fue otorgado por el pontífice y, por lo visto, no le ha
hecho mella el que ya en una ocasión fuera excomulgado por retener las
recaudaciones. Sigue en sus trece. Para los hijos legitimados, don Martín y don
Luis, dispone que les sean entregados anualmente mil ducados de oro a cada uno.
A su esposa apenas le dedica una cláusula ordenando que le sean devueltos los
diez mil ducados de su dote y, como los gastó, el pago deberá hacerse «de lo
primero y mejor parado de mis bienes». Como se advierte, de hecho no le deja
nada, lo cual ya denota lo distantes que serían las relaciones entre ambos
cónyuges. Pasa a tratar lo relativo a sus hijas, y a éstas sí dedica una
atención más cuidadosa; primero lo relativo a las dotes de las hijas legítimas,
comenzando por María, cuyo enlace con el hijo del marqués de Astorga ya estaba
pactado. A ésta legaba cien mil ducados como dote, de los cuales ya había
entregado veinte mil; a continuación, las otras dos hijas del matrimonio,
Catalina y Juana, a las cuales deja cincuenta mil ducados de dote a cada una.
Pero aquí se observa algo que parece una trapacería; esas sumas deberán tomarse
de los bienes «que pertenecen a la dicha marquesa doña Juana de Zúñiga mi muger
e a mí». Pero como a ésta, fuera de devolverle la dote no le deja nada, se
diría que está disponiendo de lo ajeno. A sus hijas naturales Leonor y María,
diez mil ducados de dote a cada una y, en el caso de que decidan meterse a
monjas, recibirán sesenta mil maravedíes anuales a perpetuidad. Por lo visto,
éstas seguirían al lado de sus respectivas madres. Los casos de Catalina
Pizarro y de su madre, Leonor Pizarro, se cuecen aparte, pues a éstas en lugar
de señalarles una cantidad en metálico, les asignó tierras y ganados en la
forma que se acaba de ver. No olvida el adeudo que tiene con él el Emperador
por el gasto ocasionado por las expediciones de Álvaro de Saavedra a las
Molucas, y la de Cristóbal de Olid a Las Hibueras, y pide que se hagan cuentas
«y se cobre lo que a su magestad alcanzare pues el fue servido de me lo mandar
pague sic y lo que así se cobrare y alcanzare, quiero, y es mi voluntad que lo
aya y erede el dicho Don Martín Cortés, mi hijo subcesor de mi casa». [1069] Con un pie en la
eternidad, y sigue empecinado en cobrar. Está visto que no aprendió que a los
monarcas en lugar de tratar de sacarles dinero hay que hacerles presentes para
ganarse su voluntad. Nunca tuvo la atención de hacerle un obsequio a la Emperatriz
Isabel, o al de los Cobos. Envió eso sí, algunos objetos diversos,
principalmente de arte plumario, a varios personajes, iglesias y monasterios,
que si bien llamaban la atención por lo exótico, eran de escaso valor
intrínseco (el arte indígena no fue demasiado apreciado por los potentados,
como lo prueba que las famosas ruedas del sol y de la luna desaparecieran de la
escena, probablemente para ser fundidas).
Al parecer, encontrándose ya en la recta final,
se le plantearon algunas dudas sobre la legitimidad de los esclavos habidos
tanto en la guerra como de «rescate» (compra), razón por la que dispone que se
acate lo que se determine sobre la materia. Resuelve, igualmente, que se
averigüe si algunas tierras que tomó para huertas, viñas y algodonales eran propiedad
de señores indios y, en caso de ser así, les sean devueltas, junto con los
aprovechamientos que hubieran producido; en cuanto a los adeudos con sus
servidores, dispone que el contador Francisco de Santa Cruz, revise el libro
donde se lleva la contabilidad y sin más averiguaciones se pague todo lo que se
adeude. Entre los que reciben legados, figuran Pedro de Astorga, su paje de
cámara (a quien deja muy encomendado a su heredero), así como Antonio Galvarro,
su camarero, y Melchor de Moxica, el contador, de quien dice que a pesar del
corto tiempo que lleva a su lado, siempre le ha servido fielmente. Deja legados
para dotar a las dos hijas de su primo, el contador Juan Altamirano,
disponiendo que éste permanezca en el cargo todo el tiempo que sea su voluntad;
y para doña Beatriz y doña Lucía, hijas del primo fallecido, el licenciado
Francisco Núñez, con quien ha tenido el contencioso, y que se encuentran en
Cuernavaca como doncellas de la marquesa, hay un legado para sus dotes. Y como
algún remordimiento parecía inquietarlo, frente a las demandas de la viuda del
pariente, luego de expresar que tiene saneada la conciencia, dispone que el
asunto lo revisen dos contadores designados por sus albaceas, con dos de la
otra parte, para que «determinen amigablemente las dichas diferencias y
pleitos». Dentro del grupo de damas de compañía y doncellas, que integran la
pequeña corte que rodea a su esposa, recuerda a su prima Cecilia Vázquez
Altamirano, a quien han de dársele veinte mil maravedíes anuales; además, la deja
muy recomendada a don Martín para que siga a su lado o al de cualquiera de las
hijas. Ésta, que fue la esposa reservada a Pedro de Alvarado, se quedaría para
vestir santos. Otro personaje es Doña Elvira de Hermosa, que se desempeñaba
como doncella de la marquesa, la cual deja muy encomendada para que siga a su
lado, con sus hijas o con don Martín, por todo el tiempo que quiera, «y si
quisiere meterse monja o vivir honestamente sin casarse, se le den doscientos
mil maravedíes». Por los términos de la cláusula, se desprende que se trataría
de una persona de consideración, ya que al recibir el tratamiento de «doña», se
echa de ver que era hidalga (hija de Luis de Hermosa, vecino de Ávila).
Aparentemente, no se trata de una jovencita, advirtiéndose que el legado
aparece atado a la condición de meterse a monja o vivir honestamente, pero sin
casarse. La condición de no contraer matrimonio parece clara, pero, ¿por qué?
Llama la atención el parecido que su nombre guarda con el de Elvira Hermosilla,
la madre de don Luis. Pero aunque de ello no se deban sacar conclusiones a la
ligera, la cláusula sirve para exhibirlo como un manipulador, que desde la
tumba quisiera continuar dando órdenes. Los albaceas testamentarios fueron el
duque de Medina Sidonia, el marqués de Astorga y el conde de Aguilar (abuelo
del heredero), que se encontraban en España; por otro lado, de entre quienes
residían en México designó a su propia esposa, a fray Juan de Zumárraga, a fray
Domingo de Betanzos y a su primo, el licenciado Juan Altamirano. Una cosa
destaca: en todo el documento no existe una cláusula acordándose de sus
antiguos soldados y familiares de éstos, que quedaron en mala situación.
En agosto de 1547 Cortés se encuentra en
Sevilla. Llevaría poco tiempo allí, pues en junio estaba en su casa de Madrid.
El dato de su llegada se conoce por la circunstancia de que precisamente el
treinta de ese mes empeñó con el prestamista Jácome Boti, en seis mil ducados,
todas las piezas de servicio de oro y plata más algunas camas y brocados. Como
se echa de ver, por aquellos días andaba escaso de numerario, cosa habitual en
él, ya que con el boato con que vivía, alternando siempre con miembros de la
grandeza del reino, ningún dinero le bastaba. [1070] En su casa se
conducía con un séquito numeroso de criados, como un gran señor, y además,
andaba empeñado en unos gastos astronómicos, como es el caso ya mencionado de
la dote de su hija María, a cuenta de la cual ya había adelantado veinte mil
ducados; se diría que le andaba comprando un título. [1071] Cien mil ducados era
una suma elevadísima, baste decir que en ocasión de que Carlos V le pidió
dinero, la remisión fue de sesenta mil pesos de oro. Los locales que poseía en
la ciudad de México, que eran treinta y pico, unos mirando a la Plaza Mayor, y
los otros situados en las calles de Tacuba y San Francisco, que alquilaba para
tiendas, le rentaban todos juntos cuatro mil ducados anuales. Se requerían
veinticinco años de alquileres para la dote de la joven. Cierto que era muy
rico, pero sus bienes administrados a distancia producían una rentabilidad muy
baja.
Cortés se encontraba enfermo cuando llegó a
Sevilla, y pasó a instalarse en una casa situada en la calle Real de la vecina
localidad de Castilleja de la Cuesta, facilitada por su amigo, el jurado Juan
Rodríguez. Los males que lo aquejaban parecen haber sido de origen
gastrointestinal, «iba malo de flujo de vientre e indigestión», escribe
Gómara. [1072]. A partir del momento en
que entregó el testamento, lo único que se sabe de cierto es que el mismo día
de su muerte habría tenido un disgusto mayúsculo con su hijo don Luis, como
parece desprenderse del codicilo que redactó en esa fecha, desheredándolo. La
asignación de los mil ducados anuales la trasladó al duque de Medina Sidonia.
Un acto que parece responder a un arrebato, pues mientras antiguos soldados
suyos y familiares de los caídos pasaban necesidad, legaba esa suma a quien
posiblemente fuera el hombre más rico de España. [1073] Como don Luis se casó
con Guiomar Vázquez de Escobar, sobrina de Bernardino Vázquez de Tapia, su
mortal enemigo, hay razones para suponer que el enterarse de ese proyectado
enlace haya sido lo que le ocasionó el disgusto. Desheredar al hijo sería el
último acto de su vida, y tan débil se encontraba, que ya no tuvo fuerzas para
empuñar la pluma, firmando por él fray Diego Altamirano. Con esa amargura se
fue a la tumba. El deceso se produjo en horas de la noche del dos de diciembre,
que en ese año de 1547 cayó en viernes.
Al momento de la muerte, además de su primo fray
Diego, aquel que fue a buscarlo a Las Hibueras, tuvo a su lado a fray Pedro de
Zaldívar, el prior del vecino monasterio de San Isidoro, quien se encargó de
impartirle los auxilios espirituales; de entre sus hijos, únicamente se halló
presente don Martín, el mayorazgo, quien en aquellos momentos era un jovencito
de dieciséis años. [1074] Aparte de ésos se
encontraban dos de sus hombres de confianza, Juan Galvarro y el contador
Melchor de Mojica, también estaban el propietario de la casa, media docena de
sirvientes y aquellos que firmaron el codicilo como testigos. La única mujer presente
fue Juana de Quintanilla, a quien Cortés menciona en su testamento: «item,
mando, que Juana de Quintanilla que me vino a servir y curar en mi enfermedad
desde Valladolid, a esta ciudad de Sevilla, el dicho día de mi fin y muerte
hallándose presente se le de un bestido de luto conforme a lo que dexo mandado
en lo tocante y a mis criados y demás de esto se le den de mis bienes cinquenta
ducados de oro, que yo le hago gracia por lo que me ha servido». [1075] Visto que el sobre
con el testamento lo entregó mes y medio antes, y en éste ya se incluía esa
cláusula, ello demuestra que la dolencia venía de tiempo atrás. Fuera de esa
curandera, en su lecho de muerte, él, que fuera grandísimo mujeriego, no tuvo a
su lado una presencia femenina. Tampoco se halló presente uno solo de sus
antiguos capitanes y soldados, ni señores o sirvientes indios. Nada que
recordara a México. Tendría en ese momento sesenta y tres años cumplidos, según
el cómputo que se acepta como más fiable.
El domingo, día cuatro, a eso de las tres de la
tarde dieron comienzo los funerales en la villa de Santiponce, siendo
depositado su cuerpo en una tumba preparada frente al altar mayor de la iglesia
del monasterio. Era la sepultura del propio duque de Medina Sidonia, quien se
la cedía al efecto; allí permanecería algo más de dos años, siendo exhumado al
fallecimiento de éste. Vendrían luego seis enterramientos sucesivos, hasta
ocupar el sitio en que hoy reposan sus restos en una pared de la iglesia de
Jesús Nazareno, en la ciudad de México, cubiertos por una placa de bronce en la
que únicamente aparece inscrito: «Hernán Cortés, 1485-1547». La reseña acerca
de los funerales en Santiponce corre a cargo de Oviedo, quien los describe como
muy solemnes: «concurrieron cuantos señores e personas principales hobo en la
cibdad, e con luto el duque e otros señores e caballeros; y el marqués nuevo o
segundo del Valle, su hijo, lo llevó e tuvo el ilustrísimo duque a par de sí; y
en fin, se hizo en esto todo lo posible sic suntuosamente que se pudiera hacer
con el mayor grande de Castilla». [1076] Se echa de menos la
presencia de sus hijos, don Martín el mestizo y don Luis. En cuanto al primero,
como acompañaba al príncipe Felipe, y en esos días se celebraban cortes en
Monzón, es posible que se encontrase en esa villa. Por cierto, cabe añadir que
el matrimonio de don Luis con Guiomar salió adelante. La muerte de Cortés pasó
inadvertida en México. El mundo oficial lo ignoró. No hubo misas ni acto alguno
en su memoria. Las campanas de la Nueva España no doblaron a muerto por él.
Epílogo
El testamento de Cortés no se cumplió. El ocho de
julio de 1549, el escribano Francisco Díaz, en nombre del muy ilustre señor don
Pedro de Arellano, conde de Aguilar, así como tutor e curador de la persona e
bienes de don Martín Cortés, marqués del Valle, se apersonó en Cuernavaca, en
el palacete ocupado por doña Juana de Zúñiga, para hacer el inventario. La
marquesa se negó a recibirlo, siendo atendido por su hermano, el dominico fray
Antonio de Zúñiga, quien expuso que no procedía realizar con ella diligencia
alguna. Por tanto, el escribano, conducido por la camarera doña Lucía de Paz,
se limitó a inventariar los bienes muebles que se encontraban en la planta
baja, así como los esclavos y caballerías que se encontraban en las cuadras. Se
advierte aquí que ya hay guerra declarada por la herencia y, quien la promueve,
es el propio padre de la marquesa, ya que don Martín debe ser eximido de esa
acción, puesto que se trataba de un menor bajo la tutela del abuelo. Comenzó el
conteo de tapices, alfombras, platos, cubiertos, cacharros de cocina y demás
enseres, notándose que el número de piezas de plata fue más bien reducido. La
nota curiosa la da el que sólo se contaran trece libros, uno de ellos un
salterio, lo cual ya indica que en esa casa se leería poco. Procedió luego el
escribano a tomar declaración al mayordomo Juan Jiménez acerca de los esclavos
que trabajaban en la casa principal, molino y huerta, los cuales eran
veinticinco, entre negros e indios. En las cuadras se inventariaron doce
caballos de silla, diez potros sin domar y dos mulas. [1077]
Ante el bochornoso espectáculo que daba una
familia de la primera grandeza del reino, en que madre e hijo disputaban por la
herencia, hubo de intervenir el Emperador, exhortándolos a llegar a una
avenencia. [1078] El acuerdo a que
llegaron, consistió en que don Martín entregaría a su madre, cada año, tres
cuentos de maravedíes tres millones, así como quinientos ducados de oro a
perpetuidad a su tío, fray Antonio de Zúñiga, para su alimentación. Con ese
acuerdo madre y hermanas se dieron por satisfechas. La escritura de avenencia
se redactó en Sevilla el 20 de septiembre de 1550, en casa del conde de
Castellar, habiendo participado en la negociación los «muy excelentes señor
duque de Medina Sidonia y muy ilustres señores, don Pedro Ramírez de Arellano,
conde de Aguilar y doña Juana de Zúñiga y don Martín Cortés, marqués del Valle,
y doña María y doña Catalina y el dicho alcalde, firmaron sus nombres en el
registro. Testigos que fueron presentes, Alonso de Medina y Juan Inglés,
escribanos de Sevilla, y porque la dicha señora doña Juana dijo que no sabía
escribir, lo firmaron por ella los dichos testigos, escribanos de Sevilla. Yo,
Juan Inglés, escribano de Sevilla, soy testigo; e yo, Cristóbal del Puerto,
escribano público de Sevilla, la fice escribir y fice aquí mi signo y soy
testigo». [1079] Una mujer de la
primera nobleza del Reino que ni siquiera sabía poner sus nombre (se conoce un
autógrafo de ella, aunque bien pudiera darse el caso de que haya sido otra mano
la que lo estampó). Diez años más tarde, en Sevilla, el martes trece de agosto
de 1560, la marquesa otorgaría un poder a su capellán Lorenzo Cabello, para que
«pueda pedir y demandar y recibir y cobrar, ansí en juicio como fuera dél, de
don Martín Cortés, marqués del Valle, mi hijo, y de otras cualesquier persona o
personas que con derecho deba y de sus bienes todos y cualesquier mis bienes y
oro y plata, y otras cualesquier cosas, de cualesquier calidad o importancia
que sean y derechos y auciones que el dicho don Martín Cortés, marqués del
Valle, mi hijo, me deba y sea obligado a dar y pagar y hacer y cumplir, así a
mí propia, como por el dicho señor fray Antonio de Zúñiga, mi hermano…». [1080] Don Martín no pagaba.
Se dirá que estos últimos párrafos son superfluos, pues ya no hacen parte de la
vida de Cortés; sin embargo, quien esto escribe consideró que no estorban, pues
contribuyen a dar una idea más clara acerca de la clase de familia que tuvo.
En cuanto a Catalina, la que al parecer sería la
hija predilecta, la marquesa se cobraría en ella las infidelidades del marido,
despojándola primero de sus bienes y encerrándola luego en el monasterio
dominico de San Lúcar de Barrameda, donde es probable que terminara sus
días. [1081] Es posible que ella
haya sido la contrahecha de que habla Bernal.
Galería de cronistas
Este libro quedaría incompleto si se le pusiese fin
en este punto. Se ha escuchado todo lo que los cronistas tenían que decir, y
ahora corresponde el turno de conocerlos; sus nombres resultan familiares, pues
ya se ha ofrecido un esbozo sobre ellos; pero vistas las grandes discrepancias
que han salido a la luz, en ocasiones sobre cuestiones cruciales, ello obliga a
tratar de dilucidar, en cada caso en que se encuentran en desacuerdo, quién es
el que inspira más confianza, bien sea por haber sido autor o testigo del hecho
que narra, o por su mayor proximidad a él, en tiempo o en distancia. Por tanto,
lo que viene a continuación es una semblanza ampliada, pues trazar una
biografía, por mínima que ésta fuere, es algo que rebasa los límites de este
libro. Como en varios casos unos influenciaron a otros, y además, entre algunos
hubo sus dimes y diretes, este último capítulo vendrá a hacer las veces de un
apéndice, en el que a manera de una galería de espejos, los cronistas
aparecerán reflejados en ángulos diversos, para apreciar cómo se vieron los
unos a los otros, y cómo los ve un lector actual. En rigor, por orden
cronológico, el primer documento disponible es colectivo, y éste viene a ser la
carta del cabildo. Pero como ésta ya es conocida, se pasará al propio Cortés,
de quien tampoco queda nada por decir, pues tanto sus Relaciones, como demás correspondencia disponible, han sido
examinadas con amplitud.
* * * *
Sigue, por tanto, Pedro Mártir de Anglería. Éste es
un personaje nacido en una localidad vecina a Milán y, que según él mismo
refiere, residió diez años en Roma, donde estuvo al servicio de los cardenales
Ascanio Sforza y Juan Arcimboldo; o sea, se movía en las antecámaras vaticanas,
en el ombligo del mundo europeo. Se incorporó a la casa del conde de Tendilla,
don Juan Íñigo López de Mendoza, embajador de los Reyes Católicos ante la Santa
Sede, quien a su retorno a España lo introdujo en la Corte. Eso ocurrió en 1487
y, a partir de esa fecha, de una u otra manera, permanecería ligado a ella.
Acompañó a los monarcas en la última fase de la Reconquista. En el mismo año en
que Colón descubre América se ordenó sacerdote, quedando adscrito como capellán
de la Reina (aunque sin ser su confesor) y, en ese momento, recibió el encargo
de difundir la cultura entre los jóvenes de la nobleza, en lo que vino a ser
una especie de escuela palatina. Su elección ya habla del alto concepto en que
era tenido como humanista. Los monarcas le confiaron una misión diplomática
ante el sultán de Egipto, para persuadir a éste de que no expulsara de sus
dominios a los cristianos residentes en ellos, como represalia por la toma de
Granada. Hacia 1518 (año en que llega a España la noticia del descubrimiento de
Yucatán), fue designado consejero de la Junta de Indias; en 1520 recibe el
nombramiento de Cronista de Indias (el primero en detentar el cargo); al año
siguiente es propuesto por Carlos V para la abadía de Jamaica (aunque todo quedará
en un título honorífico, ya que no cruzará el océano). Finalmente, a partir de
1524, es miembro del Consejo de Indias, que por ser aquellos días era un cuerpo
integrado por un escaso número de miembros, presidido por fray García de
Loaisa, cardenal de Osma.
* * * *
En una época en que no existían agencias de
noticias, los grandes señores tenían en las Cortes agentes propios, quienes los
mantenían informados. Esta es una de las facetas en que sobresale Pedro Mártir.
A lo largo de treinta y seis años, aunque no de manera continua, escribió
cartas a distintos personajes de alcurnia. Sus destinatarios fueron miembros de
la nobleza, cardenales e, incluso, tres papas. Gente importante que se
interesaba por conocer lo que ocurría en ese mundo recién descubierto. Las cartas
se publicaron agrupadas en libros, recibiendo la denominación de Décadas. En total son ocho, la última de las cuales
concluyó en 1525 y va dirigida a Clemente VII. [1082]
A pesar de que Pedro Mártir de Anglería no llegó
a ver a Cortés cara a cara, es sin duda uno de los mejor informados acerca de
él, pues como miembro del Consejo de Indias, recibía directamente los informes
de todos aquellos que llegaban del otro lado del Atlántico, a quienes
interrogaba exhaustivamente. La lista de quienes trató es larguísima,
iniciándose con el propio Colón; en lo que a México se refiere, la encabeza
Benito Martín, el capellán de Velázquez, quien fuera el primero en llevar a
España la noticia del descubrimiento de Yucatán. La nómina incluye a Alaminos,
Montejo, Puerto Carrero, Alonso de Mendoza, Ordaz, Benavides, Diego de Soto,
Cristóbal Pérez, Lope de Samaniego («a quien tengo en mi casa»), Juan de Ribera
y un largo etcétera. Acerca de este último, el autor menciona que se trataba de
un criado de Cortés, educado por éste en su casa desde pequeño. [1083] Este es un dato que
muestra que Cortés, ya en sus primeros años en Cuba, era un hombre lo
suficientemente acomodado como para permitirse tener secretario. Como se ve,
Pedro Mártir parece ser el único que contó con un informante que conocía al
detalle las interioridades de la casa de Cortés durante ese periodo oscuro,
pero como estaba muy consciente de que no podía abrumar al papa y cardenales
con detalle menudo, se abstuvo de darlos a conocer y, de la misma manera,
tampoco se tragaba todo lo que le decían: «dejaré de lado las pequeñas pasiones
de mis informantes, para ceñirme a lo que juzgare digno de conocerse». [1084] Fue por esas razones
que el cronista que mejor conocía las intimidades de la vida de Cortés, dejó de
consignar lo que sabía. Serían muy probablemente Ribera y Samaniego, llegados
por aquellos días, de quienes el cronista escucharía los informes acerca de la
forma en que le afectó la defección de Olid, que lo condujo a dejarse arrebatar
por la ira, presentando una faceta que en nada concuerda con el hombre mesurado
y dueño de sí que Bernal ofrece. Algo a destacarse en las cartas de este
clérigo reportero, es el clima de instantaneidad que trasmite, pues como
escribe en momentos en que está ocurriendo la acción, el destinatario queda en
suspenso, en espera de conocer el desenlace. Un ejemplo de ello es cuando
informa que «un cierto Cristóbal de Olid, capitán de Cortés ha arribado con 300
hombres y 150 caballos, a la extrema punta occidental de Cuba, por donde ésta
mira al frente de Yucatán, añadiendo que proyecta llevarse de la mencionada
isla cien soldados más de refresco que le acompañen a explorar las tierras
situadas entre Yucatán, que aun no se sabe si es isla, y el supuesto
continente, y a fundar una colonia, según cuentan que ha dicho. Agregan los
oidores que han sabido esto y lo de Garay por un escribano de Cuba, y dicen al
mismo tiempo que, en su opinión, el reclutador Olid habrá hecho correr entre el
vulgo estos falsos rumores, para que perdida toda esperanza de pasar junto a
Garay, se vayan con él los vagabundos que desea llevarse». [1085] Como se aprecia, la
nota tiene el sabor de una noticia de última hora, dada por el comentarista al
momento de concluir la lectura del boletín informativo. En esta situación
particular, el avance informativo proviene de una carta que acaba de recibirse,
anterior a la noticia sobre el final desastroso de la expedición de Garay. Se
comprende, por tanto, el interés que éstas despertaban, al grado de que ya en
esos días, circulaban en Alemania en versión original en latín. Su estilo,
además de ágil y desenfadado, resulta muy directo. Enseguida va al punto. Esto
es algo digno de tomarse en cuenta, sobre todo cuando se están dando a conocer
cosas muy novedosas. Dice que teme repetirse innecesariamente, por ser ello
característica de los viejos, «mis setenta años de edad, en los que entraré el
2 del próximo febrero de 1526», pero el caso es que cumplió los setenta y
continuó escribiendo con la mente muy lúcida y una frescura envidiable. Se
advierte al momento que conoce al dedillo de lo que está hablando, pues en realidad
viene a desempeñar la tarea del analista encargado de interrogar a fondo a
todos los que llegan de Indias, y como en no pocas ocasiones los datos que le
proporcionan son contradictorios, con toda ecuanimidad debe intentar llegar a
la verdad, para elaborar el informe para los acuerdos que deberán adoptarse en
las reuniones del Consejo. De este personaje podría decirse que era el primer
filtro por el que pasaba la información llegada de Indias. Sus cartas son tan
breves, que en ellas no tiene cabida el cotilleo. Se advierte que la muerte de
Garay fue asunto que se prestó a numerosas suspicacias, pues en repetidas
ocasiones vuelve sobre el tema, trayendo a cuento las declaraciones de los
testigos que interroga. Finalmente, cierra el caso sentenciando que el alguacil
mayor de Garay, quien siempre fue su compañero y se encontró presente en su
enfermedad, «exime de toda sospecha a Cortés de haber envenenado a Garay y
asegura que éste falleció del dolor de costado que los médicos llaman
pleuresía». [1086] En cambio, es notable
advertir que omita toda alusión acerca de la muerte de Catalina Suárez, indicio
de que en 1525, cuando escribía esas líneas, nadie había lanzado la acusación
de asesinato.
Pedro Mártir, aparte de escuchar con ánimo
sereno a todos los que volvían, corrobora los informes con medios propios, y es
así como escribe que se encuentra ya de regreso Lope de Samaniego, educado en
su casa desde niño, quien «marchó con permiso mío hace tres años en compañía
del secretario real Albornoz». [1087] Tres años pasó en
México ese agente suyo, y precisamente en uno de los períodos más accidentados,
en que los oficiales reales estaban a matarse entre sí; pero a pesar de conocer
todas las intrigas y traiciones que se sucedieron en esa etapa tan agitada, no
la juzga de nivel suficiente para distraer la atención de Clemente VII. En
cambio, estima que éste sí debe saber que Cortés envió con Juan de Ribera una
serie de mapas, entre los que se cuenta uno de «diez palmos de largo» (que en
ese momento tiene en su casa), en el que aparecen representados todos los
dominios de Motecuhzoma y territorios de que se tenía noticia. Habla también de
otro, en el que aparece representada con toda fidelidad la ciudad de
Tenochtitlán (ambos hoy día en paradero desconocido). Entre los muchos datos
interesantes proporcionados en exclusiva, se encuentra el relativo a que, en
los momentos en que se disponía a partir Luis Ponce de León, ya habían llegado
a España rumores acerca de la muerte de Cortés; es así que, refiriéndose a la comisión
del primero, puntualiza: «Entre los encargos que lleva, figura el de atraerse a
Cortés, si lo encuentra vivo, con mil halagos, y reducido a la debida
fidelidad, de la cual nunca se ha apartado abiertamente». [1088] Las dudas sobre su
lealtad parecen haberse disipado; se trata sólo de que no se salga del redil.
Pedro Mártir es cauteloso. A sus oídos llegan
relatos, a cual más fantasioso; pero como se trata de un mundo desconocido,
abierto a toda clase de novedades, debe informar, pero manteniéndose alerta
para oponer el rechazo crítico, siempre que lo estima del caso, como ocurre al
tratar el espinoso tema de la Fuente de la Juventud Eterna. Por supuesto, no
cree en tamaña patraña; pero como se trata de algo que ha ocasionado un
considerable revuelo, se siente en la obligación de dar a conocer lo que está
ocurriendo, aunque no sin antes advertir al papa: «y no crea Tu Beatitud que
esto dicen por broma o de ligero. Sino que tan seriamente han osado propalarlo
por toda la Corte, que el pueblo entero, y no pocas personas a quienes el valor
o la fortuna distingue del vulgo, tiénenlo por verdad». [1089] El origen de esa
fábula parece haberse originado en el caso de un anciano decrépito que bebiendo
de esa fuente recobró el vigor y engendró un hijo, y fue precisamente ese hijo
el propalador de la versión. El «Viagra» de aquellos días. Otro tanto ocurre
cuando se ve obligado a hablar de la existencia de gigantes. El tema no parece
convencerlo, pero la evidencia es de tal modo abrumadora, que no le queda más
que informar. Ocurre que Diego Ordaz encontró en la bóveda de un templo un
fémur descomunal, el cual en esos momentos el propio Pedro Mártir conserva en
su casa. Agrega que algunos que han ido a recorrer los territorios del sur han
traído igualmente costillas de gigantes. Como no se excluye la posibilidad de
que topen con ellos, cumple con adelantar la información. A pesar de que la
evidencia la tiene en casa, algo parece ponerlo en guardia y da la noticia en
tono menor. Apenas cuatro líneas. En España, por lo visto, los restos fósiles
eran desconocidos. Todavía habrían de pasar cerca de tres siglos para que se
conociera la existencia de los dinosaurios. En una de sus cartas manifiesta que
recibió en su casa, en Madrid, la visita de Gonzalo Fernández de Oviedo. Es
importante tomar nota de que aquí, el respetado Pedro Mártir está dando el
espaldarazo a éste, presentándolo como «varón erudito y cronista real», aunque
es de rigor precisar que no sería sino hasta 1532 cuando Carlos V lo confirme
en el cargo, con el correspondiente emolumento. [1090] Oviedo vendrá a ser
el sucesor de Pedro Mártir como Cronista de Indias, circunstancia que no hay
que perder de vista. El encuentro a que alude ocurrió cuando Pedro Mártir era
ya un hombre de sesenta años y Oviedo andaría por los treinta y ocho.
* * * *
Es ahora el turno de Oviedo. Éste es un personaje
que parecería tener el don de la ubicuidad, pues se le encuentra siempre allí
donde ocurrían las cosas. Desde un discretísimo segundo plano, como comparsa,
es mucho lo que le corresponderá observar. Será testigo de una época. No
obstante que en Madrid exista un instituto de estudios históricos que lleva su
nombre, para el gran público es un desconocido. Oviedo, desde luego, es un
fuera de serie; sorprende que el cine y la televisión no lo hayan descubierto, pues
su vida da para muchos capítulos de una teleserie. Ya se vio que aparece en la
historia cuando sostenía la brida del caballo de su joven amo, el duque de
Villahermosa, junto al séquito de los monarcas, mientras aguardaban la salida
de Boabdil que haría entrega de las llaves de Granada. Y también desde su
atalaya como mozo de cámara del príncipe don Juan, le tocaría presenciar el
momento en que Colón se presentó ante los reyes para informarles del
Descubrimiento. A la muerte prematura del príncipe, pasa a Italia provisto de
unas tijeras que le servirán para abrirse paso en las Cortes. A Ludovico
Sforza, el duque de Milán, lo maravillaban las figuritas de papel que recortaba
y, en una ocasión, mostró a su artista Leonardo da Vinci uno de esos trabajos. Según
refiere, éste quedó encantado al ver que pudiesen hacerse tales cosas con unas
tijeras. Sirvió luego en la pequeña Corte de doña Isabel de Aragón, viuda del
marqués Francisco de Gonzaga, donde distraía a sus huéspedes con las maravillas
producto de sus tijeras. Por intervención de esta dama, logró colocarse con el
joven cardenal Juan de Borja, sobrino del papa Alejandro VI. Creía ya asegurado
su futuro, cuando en Mantua su amo fue invitado por César Borgia a un banquete.
Cayó enfermo, y todos los esfuerzos que realizaron los médicos por
contrarrestar los efectos del veneno resultaron infructuosos. Oviedo acompañó
al cortejo fúnebre que condujo el cadáver para ser sepultado en Roma. Por
aquellos días, circulaba por las calles de la ciudad la versión de que había
sido César quien hizo asesinar a su hermano Juan, el duque de Gandía. Viéndose
sin empleo, pasó a Nápoles para entrar al servicio del rey Fadrique. En la
corte napolitana, durante los banquetes, el rey le pedía que mostrara sus
habilidades con las tijeras para distraer a sus invitados. Allí conocería a
Alfonso, el hijo del rey Fadrique, quien se convertiría en el segundo marido de
Lucrecia Borgia. Acerca de ella, ofrece esta semblanza: «La ilustrísima señora
doña Lucrecia de Borja, persona muy hermosa, sabia e valerosa señora… a la cual
yo vi muchas veces». [1091] Destronado Fadrique,
Oviedo pasó a Palermo en calidad de guardarropa de la reina doña Juana (su
cometido consistía en guardar la plata, las vajillas y el vestuario), para un
año después retornar a España acompañando a la madre de ésta, doña Juana, la
reina vieja. En total, la andadura italiana duraría tres años. En Italia emerge
su faceta de literato, y es entonces cuando traduce al español El laberinto de amor, de Boccaccio. Entre 1502 y 1512 deambula por
España, se trata de un periodo poco conocido de su vida, del cual se sabe que
se contó entre los espectadores que, en Dueñas, asistieron al nuevo matrimonio
de don Fernando con Germana de Foix. En un documento de 1508 se ostenta como
«notario apostólico e secretario del consejo de la Santa Inquisición». Ya puede
verse a qué sombra se ha arrimado. En 1512 se encuentra empleado como
secretario del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba; aunque su desempeño
en el cargo fuera de corta duración, el hecho sirve para evidenciar que sabía
moverse en el entorno de personajes del nivel más elevado. Pasa a Panamá, y
como allí el ambiente con Pedrarias no le era muy favorable, retorna a España.
Viajó a Flandes esperando recibir alguna prebenda de Carlos V, cosa que por el
momento no consiguió. En 1520 parte nuevamente de España rumbo a Panamá,
llevando consigo a su mujer y dos hijos. Regresa a la zona del Darién en 1522,
convertido en teniente de gobernador de Pedrarias en Santa María del Antigua.
Llega un sábado de noviembre, y al día siguiente muere su esposa, que venía
enferma (Isabel de Aguilar, la segunda). Como gobernante aparece convertido en
un moralista, y manda pregonar que ninguno tuviera manceba pública y hace
quemar en la plaza todos los naipes que había en el pueblo. Emprendió el viaje
de regreso a España y a su paso por Santo Domingo, Diego Colón, su viejo amigo
de los días en que sirvieron juntos en la casa del príncipe don Juan, lo invitó
a acompañarlo, viajando en su propio navío. Oviedo conoció muy de cerca a la
familia Colón, y muerto Diego, continuaría el trato con ella. Podría
reprochársele que, conociéndolos tan bien, no haya escrito una biografía de
Colón; pero en su descargo podría aducirse que, si se hubiera puesto a relatar
de manera pormenorizada las vidas de todos los famosos a quienes le
correspondió conocer y tratar, su obra, ya de por sí voluminosa, habría
adquirido las características de una enciclopedia.
Para fray Bartolomé de Las Casas, Oviedo viene a
ser uno de los villanos del drama. El enfrentamiento entre ambos, que en
materia de pensamiento se encontraban en las antípodas, dio comienzo a raíz de
que Las Casas presentó su proyecto para colonizar, por medios pacíficos, una
amplia franja de la Tierra Firme. Oviedo, en su capacidad de conocedor de
Panamá, expuso ante el gran canciller Mercurino de Gattinara sus objeciones a
éste. Según Las Casas, habría actuado movido por el obispo Fonseca, quien lo
eligió para ello por ser «muy parlador y que sabía muy bien encarecer lo que
quería persuadir». [1092] Pero pese a toda su
elocuencia y dones de persuasión, no logró convencerlo; sin embargo, consiguió
que se redujese a Las Casas el área que éste pretendía, quedando fuera de ella
la nueva gobernación de Santa Marta, la cual le sería asignada a él. Fueron
competidores. Allí parece haber dado comienzo la rivalidad entre ambos. El
nombramiento de Oviedo como gobernador de Santa Marta y Cartagena y de las
fortalezas que debería levantar en su territorio, quedaron en el papel. Nunca
puso los pies en la zona.
Abreviando un poco la semblanza sobre Oviedo,
pues sus andanzas fueron muchas, se dará un salto, para situarlo en los días en
que se encuentra instalado ya en Santo Domingo, como alcaide de la fortaleza.
Un baluarte en estado ruinoso, en la desembocadura del Ozama, que guarda la
entrada de la ciudad, y que él se ocuparía de restaurar. Levantó, asimismo, la
torre que hoy día se encuentra en pie. Muy orondo debería sentirse de ser el
guardián encargado de velar por la seguridad de la isla, pues por la zona merodeaban
ya corsarios franceses e ingleses. Salvo el paréntesis de un viaje a España,
mientras montaba guardia como alcaide, se dio a la tarea de concluir su magna
obra, instalado definitivamente en Santo Domingo. Sorprende el entusiasmo con
que va narrando el crecimiento de la nueva ciudad, que por aquellos días apenas
contaba con media docena de calles. La pondera fuera de toda proporción; y eso
lo dice un hombre que, amén de España, había recorrido Italia de norte a sur, y
que incursionó por Flandes. Ya no más andanzas para él. Además, encontró la
seguridad económica: tuvo hacienda, ganados, y nueve casas de piedra en esa
ciudad que tanto alaba. Y quizás por ello lo haría. Allí estaba su bienestar.
Encastillado en su torre, parece haber encontrado la paz, de la misma manera
que el fraile la encuentra en el refugio del convento. Era viudo y su único
hijo varón, que militaba en el bando almagrista, pereció ahogado al cruzar el
río de Arequipa en Perú.
Oviedo no se limita a relatar lo que ha visto,
sino que también lo analiza, aunque su visión de las cosas difiera en ocasiones
de la ofrecida por Pedro Mártir. No es que alguno de los dos falsee la verdad,
sino que reflejan opiniones procedentes de ambientes distintos; mientras él
recoge el parecer de cortesanos que merodeaban por las antecámaras reales, y
que deseosos de hacer méritos, hablaban sólo de ir a castigar a un rebelde,
Pedro Mártir está trasmitiendo el parecer mesurado del Consejo que busca
atraerse a Cortés. Las inquietudes de Oviedo como naturalista, y su habilidad
para el dibujo, lo llevaron a elaborar el primer catálogo ilustrado de animales
y plantas del Nuevo Mundo que más le llamaron la atención. En ello fue un
precursor de Linneo. Cabe destacar que la iguana fue un animal que tanto lo
impresionó, que decidió enviar unos ejemplares como obsequio a personalidades
con quienes se carteaba, como eran Olao Magno, una de las luminarias que
asistieron al Concilio de Trento, y el erudito impresor Ramusio, secretario de
la Señoría de Venecia. Pero ocurre que hasta ese momento los españoles no se
habían percatado de que eran animales insectívoros, ya que nunca las veían
atrapar moscas. Estaban en la creencia de que comían tierra. Y con esa idea las
remitió en jaulas, sin otro tipo de comida. Ni que decir tiene que ninguna
llegó a su destino. En su carácter de Cronista de Indias, Oviedo se dirigió a
Cortés solicitándole información, y éste salió del paso enviándole copias de
susRelaciones (segunda,
tercera y cuarta), las cuales incluyó en su Historia, complementándolas con datos adicionales, a la vez
que le imprimió mayor fluidez al estilo. Y de igual manera, procuró sacar toda
la información posible de los actores que se movían en la escena: Vicente Yáñez
Pinzón, Benito Martín, Diego Velázquez, Pánfilo de Narváez, Pedro de Alvarado,
Antón de Alaminos, Juan Cano, y un largo etcétera, adoptando una actitud
cautelosa ante la discrepancia de pareceres, y procurando siempre mantenerse en
una posición neutral. Acerca de Narváez, a quien lo escuchó exponer sus argumentos
en la Corte, escribe, «lo decía todo exactamente al revés que Cortés». Con él
habló ampliamente, al grado de que además del consejo que le dio para que se
dejara ya de conquistas, refiere la anécdota de que juntos se desplazaron un
día fuera de Toledo para visitar la finca de un hombre que tenía un tigre en su
casa. [1093] Otro interlocutor
válido fue el licenciado Alonso Suazo, quien luego de salir de México se
estableció en Santo Domingo, donde fueron vecinos y grandes amigos hasta la
muerte de éste. Suazo era un hombre que conocía perfectamente a Cortés, y que
debió contarle muchas cosas acerca del turbulento periodo, en que le tocó
fungir como juez en México. Pese a la abundante información que manejaba,
Oviedo no se pronuncia, limitándose a decir que Cortés le merece un gran
respeto como conquistador, pero que como explorador del océano se ha dejado
embaucar por un mapa que le pusieron en las manos. Eso es todo. Una posición
neutra, de la cual, lo único que da a entender es que éste, con el paso del
tiempo, se volvería un tanto ingenuo. Y acerca de la anchura del Pacífico
estaba bien enterado, pues como dice, habló largamente con Juan Sebastián
Elcano al retorno de éste, luego de darle la vuelta al mundo. En total, los
años pasados por Oviedo en Santo Domingo suman veinticinco. Murió allí, y sus
restos reposan en algún lugar bajo el piso de la catedral.
El relato de Andrés de Tapia es poco conocido y,
además, presenta el inconveniente de encontrarse trunco, pues cubre sólo hasta
la derrota de Narváez. Pero pese a su brevedad, resulta valioso para aclarar
algunas situaciones confusas, como es la relativa a la precipitada salida de
Cortés de Santiago. Tapia, en los momentos en que parten de Cuba, era un joven
soldado que, por su ánimo y esfuerzo, muy pronto destacaría. Es uno que habla
exclusivamente sobre lo que vio, pero como era uno de los hombres de confianza
de Cortés, intervino en diversas encomiendas que escaparon al común de la
tropa. Fue además un capitán esforzado, como lo muestra el que Cortés lo
mencione varias veces en las Relaciones enviadas al Emperador. Concluida la Conquista,
permaneció muy allegado a él, a quien acompañó en los dos viajes a España,
sirvió en su casa como mayordomo, «aunque sin percibir salario por ello», como
él mismo puntualiza. Tapia, como recordamos, sería su último maestre de campo.
El manuscrito de su Relación fue escrito en fecha posterior a 1528, pues en éste se refiere a él
dándole el tratamiento de marqués; y una cosa que no puede pasarse inadvertida
es que a pesar de la convivencia tan íntima, mantenida a lo largo de los años,
no parece que hubiese familiaridad entre ambos. Siempre el mismo tratamiento
respetuoso del subordinado hacia un jefe que se encuentra muy alto. Pero no
obstante la distancia, no ofrece dudas que Tapia fue uno de los hombres de
quien Cortés más se fiaba. Una peculiaridad que se observa en la relación de
Tapia es el aire tan medieval que reviste, tanto, que por momentos se tiene la
impresión de tener entre las manos una novela de caballerías: Cortés elevándose
por los aires mientras destruía los ídolos, «el marqués saltaba contra natura».
Tapia encarna la lealtad. Le fue fiel hasta lo último, sin importarle que
Cortés no se hubiera acordado de recompensarlo adecuadamente. Ya en su vejez
tenía dificultades en lo económico, según lo expresa en carta dirigida a un licenciado
Chávez, «en la Corte de España», solicitando sus buenos oficios para que se le
haga alguna mejoría económica, pues según dice, «en dos veces que he ido a
España no se me ha hecho merced que valga dos reales»; agrega que ha estado muy
enfermo —a punto de muerte—, pero que ya está recuperado y aunque ha perdido
todos los dientes y tiene el cabello blanco, siente que ha rejuvenecido diez
años, y se encuentra con arrestos para emprender cualquier nueva empresa,
encontrándose libre de impedimentos, pues sus hijos ya han crecido. Un viejo
león desdentado que siente el llamado por la acción. La carta es del once de
marzo de 1550, y concluye diciendo: «Uno de mis hijos que se dice Alonso de
Sosa es muy aficionado a ser de la iglesia y síguela y es buen estudiante; si
acaso hubiere qué darle en esta iglesia suplico a vuestra merced lo tenga en
memoria». [1094] Las estrecheces
económicas de Tapia continuaban es 1554, como parece corroborarlo una carta que
el virrey don Luis de Velasco dirigió ese año al príncipe Felipe, recomendando
que se le otorgase un repartimiento que fuese de acuerdo con sus méritos por
los servicios prestados. El veinte de abril de 1562, Cristóbal, su primogénito,
escribía a Felipe II comunicándole la muerte de su padre, ocurrida ocho meses
antes. Entre las cosas que destacan en la carta está la afirmación de que en el
segundo viaje a España (el emprendido en 1540), permaneció en ella siete años
en espera de que se resolviese la petición para que le fuese devuelta la
encomienda de Cholula, que Cortés le retiró dándole en cambios unos pueblos que
rentaban muy poco. Finalmente, convencido de que su caso nunca sería resuelto,
se regresó a México. En la carta figura, asimismo, el dato curioso de que en
las festejos celebrados con motivo del matrimonio del entonces príncipe Felipe
con su prima María Manuela, en un torneo le rompieron una pierna. Aduce,
asimismo, que su hermana de veinte años se ha quedado soltera, porque su padre
no tuvo dinero para casarla conforme al nivel que le correspondía. [1095] Y algo a no pasarse
por alto: en ninguno de los documentos de Cortés relativos ese periodo, se
menciona que anduviesen juntos. Puede darse por descontado que sería durante su
segundo viaje a España cuando mostró su manuscrito a Gómara.
* * * *
El turno de Gómara. Un autor al que dos
circunstancias catapultaron a un primer plano: la primera, la prohibición; el
libro se publicó en 1552, y al año siguiente ya era obra prohibida. El príncipe
Felipe, entonces encargado del reino, firmó la cédula ordenando su recogida,
«porque no conviene que se lea»; y más tarde, al ascender al trono, la
reiteraría. Además, hubo una concienzuda labor de rastreo entre los libreros
para seguirle la pista a los ejemplares vendidos y decomisarlos a los
compradores. Una persecución sistemática, que además no cesó con su muerte,
pues ocurrida ésta, el corregidor de Soria, siguiendo órdenes superiores, se
presentó en casa del sobrino para demandarle los papeles del tío. ¿Qué hizo
este autor para desencadenar las iras del futuro Felipe II? Ni idea. Como ni en
la primera, ni en la segunda parte de su obra se encuentra algo que arroje
alguna luz sobre lo encarnizado de la persecución de que fue objeto, todo son
conjeturas. Posiblemente la explicación habría que buscarla en otra parte.
Parecería que Gómara, anticipando que encontraría dificultades para imprimir su
libro en Castilla, a pesar de tener la imprenta al lado, en Medina del Campo
(él residía por aquellos días en Valladolid), se fue a Zaragoza para
publicarla. Las disposiciones en el reino de Aragón eran distintas a las que
regían en Castilla. En todo caso, fue el arzobispo don Fernando de Aragón quien
le dio la licencia. Todo lo que se sabe de este personaje, que tanto escribió
sobre otros, puede resumirse en que nació el dos de febrero de 1511 en Gómara,
una aldea vecina a Soria, que fue un clérigo que viajó ampliamente por Italia,
presumiblemente al servicio del embajador de España ante la Santa Sede, que
residió una temporada en Valladolid y, al parecer, hacia el final de su vida
emprendió un viaje a Flandes, adonde se pierde de vista.[1096]Un dato muy curioso es el
de que, a pesar de lo enconada que resultó la persecución de su libro, en
cambio a él no parece que lo hayan molestado en su persona. Además de su Historia general de las Indias , los otros dos
libros sobre temas históricos que escribió, Crónica de los Barbarrojas y Anales de
Carlos V, lo presentan como un fino
y talentoso escritor. La segunda causa que contribuye a lanzarlo a la
celebridad, fueron los epítetos que le lanzó Las Casas. Ocurrió que éste, al
revisar el libro, encontró reproducido el pasaje de Oviedo que lo deja muy mal
parado, al referir el fracaso de su proyecto de colonización pacífica de la
costa de Venezuela, donde los indios mataron a todos los labradores. Oviedo
señala que Las Casas, para eludir responsabilidades se metió a fraile, y Gómara
al repetir el texto, compró pleito ajeno. El dominico, que no tenía pelos en la
lengua, le dijo de todo, llamándolo entre otras cosas, criado y capellán de
Cortés, y que residió en su casa cuando éste volvió a España por segunda vez.
Por tanto, sus informes los habría recibido directamente de labios suyos. Aquí,
por obra de Las Casas, Gómara quedó convertido en el biógrafo oficial. Pero
queda claro que él fue totalmente ajeno a ese enredo. Lo que ocurre es que los
que vinieron detrás lo copiaron, y es allí cuando cobra una dimensión
extraordinaria. Tiene un mérito que no puede escatimársele, y ello es que fue
el primero que le dio estructura a la historia de la Conquista. En ello,
prácticamente todos han seguido el esquema que él trazó. Pero si bien se ve, su
obra carece de originalidad; básicamente es una refundición de trabajos que ya
circulaban impresos. En primer término se sirvió de las Décadas de Pedro Mártir, dispuso de las Relaciones de Cortés (de la segunda a la quinta), tuvo
en sus manos el manuscrito de Motolinia, leyó la primera parte de la obra de
Oviedo (de donde tomó la carta de Alvarado) y, finalmente, tuvo como
interlocutor a Andrés de Tapia, quien le facilitó su manuscrito, cosa que se
advierte al momento, por los numerosos pasajes que reproduce a la letra. Éste
es el único informante a quien identifica («Andrés de Tapia que me lo dijo»),
aunque al parecer tuvo otros, como parece indicarlo que en su relato menudeen
los «dicen algunos», «opinan otros», «por más que traté de averiguarlo no lo
logré»…; pero nunca un «Cortés me dijo»; si Gómara armó su libro a base de esos
autores, la pregunta que sigue sería: ¿dónde está lo que Cortés le contó? En
cuanto al dicho de Las Casas, sólo cabe advertir que no sería la primera vez
que éste incurriera en un error de mucho bulto. En su obra, en reiteradas
ocasiones, aparece contradiciéndose a sí mismo. Gómara será un historiador
talentoso, pero en lo que se refiere a la conquista de México y vida de Cortés,
es mínimo lo que aporta; es patente que su estilo ha envejecido notoriamente,
por lo que hoy día es escasamente leído; sin embargo, ello no significa que
haya de restársele méritos. Pese a todos los errores que se le detectan, es uno
de los historiadores más importantes de la Conquista, aunque como biógrafo se
encuentre muy distante de su personaje. Frente al retrato cálido ofrecido por
Bernal, la imagen que éste trasmite de Cortés es tan lejana, que al momento
trasmite la impresión de no haberlo conocido. Acerca del aire de misterio que
rodea a este personaje, motivado por la falta de información sobre su persona,
se dispone del testimonio del Inca Garcilaso de la Vega, quien por lo visto es
el único que sí sabía de quién se trataba, pues uno de sus informantes «un
soldado de los más principales y famosos del Perú», se topó por las calles de
Valladolid con Gómara, reclamándole la forma en que había descrito un pasaje
del encuentro entre Carvajal y Centeno. Sería, al menos, a través de ese
soldado como el Inca supo de quién se trataba.
En sus escritos se refiere a él como «capellán real de la Majestad
Católica». [1097] Uno de los tantos
clérigos que cobraba un sueldo en la Corte. Ninguna alusión a que hubiese sido
capellán de Cortés. Otro dato: Anales de Carlos V, como su título lo indica, es una crónica de lo acontecido, año con
año, bajo el reinado de este monarca. El relato aparece sazonado por anécdotas,
en las que el autor se hace presente o externa alguna opinión acerca de los
personajes de quienes habla. Ése es un sello característico de Gómara, el de
hacerse presente en la narración. En las anotaciones correspondientes a 1547,
escribe: «muere Fernando Cortés capitán muy ilustre, y que se puede poner entre
los muy esclarecidos de nuestros años». [1098] Ningún comentario
acerca de haberlo conocido. Y para finalizar, la que quizá sea la prueba
definitiva: en el tomo primero de su Historia, Gómara
anuncia que tiene el propósito de escribir la historia de la Conquista de
México en cuanto termine el libro en el que se encuentra trabajando (la primera
parte de la Historia), y entre las razones que
lo mueven a hacerlo, señala que «por estar la Nueva España muy rica y mejorada,
muy poblada de españoles, muy llena de naturales, y todos cristianados, y por
la cruel extrañeza de la antigua religión, y por otras nuevas costumbres que
agradarán y aún espantarán al lector». [1099] Esta sería la
oportunidad en que era obligado decir que pondría por escrito todo aquello que
Cortés le contó; pero ni siquiera menciona haberlo conocido. Eso lo escribe al
menos un año después de la muerte de éste, pues en la primera parte alcanza a
incluir la nota sobre la ejecución de Gonzalo Pizarra, ocurrida el 9 de abril
de 1548. [1100]
* * * *
Fray Bartolomé de Las Casas: un hombre que además
del trato directo que tuvo con algunos de los participantes en la Conquista, se
movió en las más altas esferas de la Corte. Su testimonio hubiera sido
suficiente, si no fuera porque llevado por la pasión, no reparte los palos por
igual, pues mientras se muestra implacable con aquellos que detesta, a sus
amigos los trata con benevolencia. Sin lugar a dudas, el autor más
controvertido. El Apóstol del Indio para unos; el creador de la Leyenda Negra,
para otros. Lo menos que puede decirse de él, es que su nombre no pasa
indiferente. En cuanto se le menciona, la polémica está servida. Pero como el
propósito de este escrito no va por ese camino, aquí únicamente se trazará una
semblanza de lo más saliente de su vida, destinada a servir de guía a lectores
no familiarizados con su obra. Por principio de cuentas, conviene no olvidar
que ya se encontraba interiorizado con el Nuevo Mundo antes de pasar a él, pues
su padre, que fue uno de los compañeros de Colón en el segundo viaje, a su
retorno a España le llevó como obsequio un joven esclavo taino, mismo que sería
puesto en libertad y retornaría a La Española cuando Isabel la Católica ordenó
que no se hiciesen más esclavos. Las Casas era hombre de cultura, habiendo obtenido
la licenciatura en leyes, posiblemente en Sevilla, su ciudad natal, (de allí
que en muchos de sus escritos utilice el título de licenciado); otra de sus
peculiaridades, y por cierto, muy curiosa, es la de que al referirse a sí
mismo, lo hace en tercera persona: «el clérigo». Y, asimismo, se califica como
«colérico», en lo cual no hay ninguna exageración. [1101] Un dato anecdótico,
citado por él, consiste en que en los cerca de veinticinco años que anduvo en
Indias, nunca probó la carne de iguana, pese a lo mucho que le insistieran.
Esto lo muestra como carente de curiosidad, ya que éste fue un animal que llamó
mucho la atención a los españoles. Pasó a La Española en 1502 en la flota que
condujo a Nicolás de Ovando, por lo que viene a situarse dentro del pie
veterano de los colonizadores, y, a poco, se ordenó sacerdote. El primero en
ordenarse en Indias. De La Española pasó a Cuba, interviniendo en su conquista
como capellán castrense, de allí que tuviera un conocimiento directo de Cortés,
Velázquez, Grijalva, Narváez y tantos otros que participaron en ella. Como
recompensa recibió una encomienda, por tanto, en su vida se abre un parteaguas:
encomendero primero, para pasar luego a ser ardiente enemigo de la encomienda.
Marcha a España, y consigue ser recibido por el rey Fernando, quien se limita a
escucharlo; habla en el Consejo Real con los encargados de los asuntos de
Indias; primero con el secretario Lope Conchillos, y a continuación con el
obispo Juan Rodríguez de Fonseca, en quienes no encontró eco. Al año siguiente
(1516), en Madrid, logró hacerse escuchar por los cardenales Francisco de
Cisneros y Adriano de Utrecht, quienes en ausencia del Monarca, actuaban como
regentes y gobernadores del Reino. Como resultado de sus gestiones, Cisneros
designa a tres frailes jerónimos para que vayan a Indias y velen por el
bienestar del indio, poniendo término a los abusos a que era sometido. El
propio Las Casas fungirá como consejero de ellos y, según asegura, se le
confirió el nombramiento de defensor y
procurador universal de todos los indios (de esto último no se ha encontrado
constancia en archivos, siendo él el único en mencionarlo). El capítulo de sus
dificultades con los jerónimos es conocido. Vuelve a España para entrevistarse
con Cisneros, pero habiendo perdido el favor de éste, nada consigue. Viene a
continuación un periodo de alejamiento, pero llega Carlos V, y se abre camino
entre sus consejeros flamencos, siendo escuchado y favorecido por éstos. Este
quizás sea su mejor momento. Para 1519 logra que el Monarca le firme una
capitulación concediéndole una franja de la costa de Venezuela, para llevar a
cabo su proyecto de una colonización por medios pacíficos; una vez despachado
en la Corte, se dirigió a la región de Cumaná en Venezuela, llevando consigo
alrededor de trescientos labradores portadores de cruces, pues habían sido
ennoblecidos como caballeros de la «Espuela Dorada», distinción que había
obtenido para ellos. La idea consistía en que éstos se casarían con mujeres
nativas, y así se llevaría a cabo la colonización pacífica del Nuevo Mundo.
Pero ocurrió que al desembarcar se topó con dificultades. En el área ya estaba
asentado un grupo de españoles que había fundado una población a la que
llamaron Toledo. Exigió que le entregasen la tierra, mas Gonzalo de Ocampo, que
era quien se encontraba al mando, repuso que no lo haría sin órdenes expresas
de Santo Domingo. Las Casas fue a querellarse a Santo Domingo, y lo propio hizo
Ocampo, marchando tras él sus compañeros. El caso es que los labradores de la
Espuela Dorada quedaron abandonados a su suerte, y muy pronto los indios los
mataron a todos; viéndose sin colonos, Las Casas se recluyó en el monasterio
dominico de Puerto Plata en La Española. Éste es un período que comprenderá
alrededor de siete años (1524 -1531), y es en esa época cuando da inicio a la
tarea de escribir la Historia de
Indias. En 1532 viajó a México,
sin que haya quedado huella de su actuación; vuelve a La Española, y en 1534,
en compañía de otros religiosos de su orden, emprende un viaje al Perú, el cual
interrumpe en Panamá. Durante cerca de tres años anduvo por Nicaragua y
Guatemala, y para mediados de 1538 se encuentra de nuevo en México, donde
asiste al capítulo de la orden. En 1540 está ya de regreso en España y, dos
años más tarde, en ocasión de las Cortes en Monzón, coincide con Cortés (es
entonces cuando éste le refiere la anécdota aquella de que había navegado por
el sur de Cuba «como gentil corsario»). La presencia de Cortés en ésa se
explica en función de que Carlos V llevó consigo al príncipe Felipe, para ser
jurado como heredero de la Corona de Aragón; y siendo don Martín paje al
servicio de éste, necesariamente debía acompañarlo. Además durante todo el
verano de 1542, tiempo de duración de las Cortes, el Emperador permaneció en la
villa, acompañándolo Francisco de los Cobos, y el duque de Alba, entre las
primeras figuras del Reino. Era la Corte que se había mudado, y Cortés seguía a
la Corte. En ese mismo año tuvieron lugar las Juntas de Valladolid, más tarde
continuadas en Barcelona, adonde Las Casas leyó su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, obra en la que llevado
por su fervor en la defensa del indio, se excede en la descripción de las
atrocidades cometidas en contra de éste, incurriendo en notorias
contradicciones, ya que anteriormente, al describir en su Historia el primer viaje de Colón, refiere cómo éste
recorría la costa norte del litoral cubano, sin divisar signos de ocupación
humana. La isla estaba escasamente poblada. Y lo mismo ocurría con La Española;
pero luego, olvidándose de lo que antes había escrito, pasa a referir que, en
cuarenta años, los españoles habrían exterminado a «más de doce cuentos
millones de ánimas, hombres y mujeres y niños; en verdad que creo, sin pensar
engañarme, que son más de quince cuentos». En esa obra se traza el comienzo de
lo que más tarde se conocería como la Leyenda Negra. En febrero de 1545 llega a
Chiapas, de cuya diócesis ha sido nombrado obispo. Para finales de marzo retira
las licencias para confesar a todos los sacerdotes (salvo a dos), reservándose
para sí la facultad de absolver a aquellos que tuviesen esclavos indios. En la
primera semana de cuaresma del año siguiente, salió de Chiapas y se dirigió a
México para asistir a una junta de prelados y religiosos convocada por el
visitador Tello de Sandoval. Atrás quedaría su diócesis; embarca para España en
1547, y ya nunca volvería a poner los pies en el Nuevo Mundo. Para 1550 se
encuentra en Valladolid para asistir a las reuniones de una junta de teólogos y
canonistas, en la que se discutirán las bulas de donación papal del Nuevo
Mundo. Las Casas se enfrenta a Juan Ginés de Sepúlveda, el jurista cortesano
defensor de su validez. La confrontación entre ambos continuará al año
siguiente, sin ningún acuerdo. Sostenían posiciones antagónicas. A partir de
ese año, Las Casas centrará sus energías en revisar el texto de su Historia de Indias (que inexplicablemente dejó inconclusa), y
escribirá la Apologética
historia, así como algunas obras
más. Mientras, no cesará en sus esfuerzos por combatir la encomienda y se
preocupará por el reclutamiento de misioneros que vayan a Indias. Algo que no
deja de llamar la atención, es que se volcara únicamente contra la esclavitud
del indio y, en cambio, no comenzara por casa. En España había esclavos, de la
misma manera que en toda la cuenca del Mediterráneo; de hecho, con excepción de
algunos países del norte, la esclavitud era práctica vigente en Europa. Para su
abolición en Estados Unidos todavía habrían de pasar algo más de tres siglos y
librarse una sangrienta guerra (1860-1865), con un costo de más de dos millones
de muertos. No debe olvidarse que, para la liberación del indio, inicialmente
discurrió que se trajesen esclavos africanos. Cuando reconoció su error y dio
marcha atrás, ya era tarde. En su testamento, legó sus escritos al colegio de
San Gregorio en Valladolid. Murió en Madrid en 1566, a los noventa y dos años,
en el convento de Nuestra Señora de Atocha. Esta, en síntesis, no pasa de ser
una semblanza mínima de fray Bartolomé.
* * * *
Juan Ginés de Sepúlveda, el antagonista de Las
Casas, fue reclutado por Carlos V para que le sirviese de biógrafo; la cédula
de su nombramiento está datada en Roma el 15 de abril de 1536, razón por la que
se desprende que las ocasiones en que coincidió con Cortés necesariamente
ocurrieron al retorno de éste a España por segunda vez. Aunque es mínimo lo que
refiere acerca de él, su relato viene a ser uno de los pocos disponibles para
conocer algo de esa época oscura en que Cortés se veía obligado a seguir a la
Corte. Su narración ilustra que éste no cambió con el paso del tiempo,
mostrándose altivo y arrogante en su trato con el Emperador, quien en un
momento dado hubo que refrenarlo para que recordase con quién estaba hablando.
Ningún otro cortesano se atrevió a dirigirse a él en ese tono; es posible que
ello haya contribuido a su nulificación, pues a partir de la última entrevista
que sostuvieron, Carlos V se desentendió de él por completo, dando vía libre
para que actuase al fiscal de la Corona.
La pugna sostenida por Las Casas contra
Sepúlveda se origina cuando el primero se enteró de que el segundo había
escrito un opúsculo titulado Democrates alter (El otro Demócrates), justificando la encomienda
y la esclavitud. Las Casas se movilizó al momento para impedir la publicación
del escrito, lo cual estaría en el origen de las dos confrontaciones que
sostuvieron en Valladolid ante una junta de teólogos. Las tesis de Sepúlveda,
basadas en argumentos aristotélicos, serían que la guerra justa es causa de
justa esclavitud con pérdida de bienes por derecho de gentes. Se consideraba
como justa la guerra librada contra los indios, «porque si bien a los paganos
en general, por el solo hecho de su infidelidad no se les puede atacar con las
armas, según dicen con razón varios teólogos, sí se les puede obligar cuando su
idolatría usa prácticas inhumanas como sucedía en la Nueva España, donde cada
año solían inmolar a los demonios 20,000 hombres inocentes». [1102] Las Casas centró la
atención en los indios que se habían esclavizado injustamente, mientras que se
desentendió de los negros, dando como válida la esclavización a que habían sido
sometidos por parte de los portugueses.
* * * *
Motolinia: éste es un nombre asociado a la obra
misionera; se trata del último y, a la vez, el más conocido del grupo de los
«doce». Cuando se habla de misioneros, el primer nombre que viene a la cabeza
es el suyo. Fray Toribio Paredes, natural de la villa de Benavente, y Motolinia
por el sobrenombre que adoptó, al enterarse de que en lengua náhuatl esta
palabra significaba pobreza. Y ciertamente, no se apartó de esa línea; según
todos los testimonios existentes, vivió conforme a lo que predicaba. Este varón,
de un temple extraordinario, es el gran evangelizador de México; posiblemente
quien más indios bautizó y, por lo mismo, la atención sobre él se encuentra
centrada en su apostolado, por lo que se tiende a mirar de soslayo la
importancia de su obra histórica. Hasta nuestros días han llegado su Historia de los indios de la Nueva España y los Memoriales. Se trata de dos obras muy vinculadas entre sí, al
grado de que, en cierta medida, tienden a complementarse, aunque no sea esto
del todo exacto; en cuanto a la segunda, se trata de un manuscrito que, al
carecer de título, se le conoce por ese nombre; eso en lo referente a la obra
conocida. Pero está ese supuesto texto que se encuentra en paradero
desconocido, del cual, además de Cervantes de Salazar, también el oidor Zorita
en varias ocasiones alude a pasajes de la Conquista que, supuestamente,
estarían tomadas del texto desaparecido. Se trata, por tanto, de afirmaciones
que no pueden desecharse a la ligera, y que vendrían a significar la punta del
iceberg de la obra perdida (de Motolinia, o de quien haya sido). Son varios los
cronistas que no se sustraen a su influencia, y su obra (entera o en parte) fue
conocida por Las Casas, Gómara, Cervantes de Salazar, Zorita, Torquemada,
Suárez de Peralta, Mendieta y otros que vinieron a continuación. El testimonio
de Motolinia resulta invaluable, pues como llegó en 1524, pudo conocer a los
conquistadores más destacados y a una serie de personalidades indígenas, de lo
cual da cuenta en varias ocasiones; por ejemplo, se halló presente en el
bautizo del señor de Tenayuca, uno de los hijos de Motecuhzoma, e igualmente,
le correspondió presenciar el matrimonio de don Hernando Pimentel, hermano de
Cacama y señor de Texcoco, primero que se celebraba entre indios nobles. A su
muerte, en 1569, llevaba ya algo más de cuarenta años de labor misionera; o
sea, se trata de un hombre al que le tocó vivir la gran transformación que va
del paso de la idolatría al cristianismo, siendo él uno de los artífices que la
hicieron posible.
Las Casas-Motolinia, dos vidas paralelas; ambos
pugnaban por lo mismo: el bienestar del indio. Pero marchaban por senderos
distintos; mientras Las Casas oponía una serie de reparos sobre la ritualidad
para la administración del bautismo (con cuya actitud sembraba dudas acerca de
la validez de los que habían sido administrados), Motolinia se esforzaba porque
no quedase un solo indio sin bautizar. Lo asaltaba el escrúpulo de que alguno
muriese sin recibir el sacramento, y que por negligencia suya perdiese el alma.
Quería abrir a todos las puertas del paraíso. Aquí hay que traer a cuento los
roces entre dominicos y franciscanos en la tarea de evangelización: el bautismo
era uno de los puntos en conflicto. Los franciscanos se lanzaban a bautizar a
todos los que pudieran, mientras los dominicos se atenían a la bula de Paulo
III, aconsejando cautela en el caso de los indios adultos. A este respecto,
Motolinia trae a cuento el caso de un indio que llegó a solicitar el bautizo:
«Entonces yo, con otros frailes, rogábamos mucho al de Las Casas que baptizase
aquel indio, porque venía de lejos, y después de muchos ruegos demandó muchas
condiciones de aparejos para el bautismo, como si él solo supiera más que
todos, y ciertamente aquel indio estaba bien aparejado. Y ya que dijo que lo
baptizaría, vistióse una sobrepelliz con su estola, y fuimos con él tres o
cuatro religiosos a la puerta de la iglesia do el indio estaba de rodillas, y
no sé que achaque se tomó, que no quiso bautizar al indio, y dejónos y fuese.
Yo entonces dije al de Las Casas: ¿cómo?, Padre, ¿todos vuestros celos y amor
que decís que tenéis a los indios, se acaba en traerlos cargados y andar
escribiendo vidas de españoles y fatigando a los indios, que sólo vuestra
caridad traéis cargados más indios que treinta frailes?» La escena referida
corresponde a 1539, y a continuación agrega: «con unos poquillos cánones que el
de Las Casas oyó, él se atreve a mucho, y muy grande parece su desorden y poca
su humildad». Prosigue Motolinia: «porque él no procuró de saber sino lo malo y
no lo bueno, ni tuvo sosiego en esta Nueva España ni deprendió aprendió lengua
de indios ni se humilló ni aplicó a les enseñar… Quisiera yo ver al de Las
Casas quince o veinte años perseverar en confesar cada día diez o doce indios
enfermos llagados y otros tantos sanos, viejos, que nunca se
confesaron…». [1103] Se asiste aquí el
enfrentamiento de dos figuras respetables, y que tuvieron trato directo con
Cortés, siendo notable la visión tan diametralmente opuesta que trasmiten de
él: mientras que para el primero es un saqueador, esclavizador y asesino, el segundo
lo presenta como caballero y buen cristiano, que abrió el camino para la
prédica evangélica. Aunque en este juicio sus pareceres se encuentran en las
antípodas, coinciden ambos en el celo que muestran en la defensa del indio. Por
otro lado, resulta sorprendente la dureza de los términos contenidos en la
carta que en 1555 Motolinia dirigió al Emperador denunciando la conducta de Las
Casas; entre otras cosas, lo acusa de predicar una cosa y hacer otra muy
distinta, de que a su llegada a Tlaxcala llevaba consigo a ventisiete o treinta
y siete indios, para que le cargasen sus efectos, y que además, no les pagaba
por su trabajo. Lo considera un agitador que sólo sembró desorden y discordia
por donde quiera que pasó, y recomienda a Carlos V: «V.M. le debía mandar
encerrar en un monasterio porque no sea causa de mayores males: que si no, yo
tengo temor que ha de ir a Roma y será causa de turbación en la corte
romana». [1104] Una acusación de ese
calibre plantea un dilema terrible: ¿sería capaz Motolinia un calumniador, o
Las Casas era muy distinto a como él gusta presentarse?
* * * *
Aunque fray Juan de Zumárraga, primer obispo y
luego arzobispo de México, no escribió ningún libro, sus extensas cartas
dirigidas al Emperador y a la Emperatriz hacen las veces de informes políticos.
Su testimonio resulta en extremo valioso para conocer la actuación de la
primera Audiencia, siendo posible que éstos hayan contribuido en gran medida en
abrir los ojos de la Corte, para que se decidiera su remoción. Etapa difícil la
que le correspondió vivir a fray Juan, pues los palos le llovieron no sólo de la
autoridad civil, sino también del estamento eclesiástico, debido a las pugnas
con los dominicos. Hubo tantas quejas en su contra, que en España se vio con
desconfianza su actuación, llegándole una amonestación por haber enviado a la
hoguera al cacique don Carlos de Texcoco, al par que se le indicaba que
remitiese el proceso al Consejo de Indias, cosa que no hizo. A la luz de las
inmensas repercusiones que tuvo este caso, no está por demás decir dos palabras
al respecto: don Carlos Ometochtzin (a quien también se da el nombre de
Chichimecatecotl), cacique de Texcoco, fue acusado ante Zumárraga por su
cuñado, bajo los cargos de idolatría y amancebamiento con una sobrina suya,
llamada doña Inés. Fue detenido el dos de julio de 1539, y en cuanto dio
comienzo el proceso, comenzaron a ser interrogados los testigos que depusieron
en su contra. A través de su defensor Vicencio de Riverol, don Carlos negó los
cargos, aduciendo que provenían de personas resentidas contra él por haberlos
castigado cuando tuvo el gobierno. La prueba capital esgrimida por el fiscal
Cristóbal de Caniego consistió en la existencia de un adoratorio, que mostraron
sus acusadores, en cuyo interior se encontraron varios ídolos, que éstos
identificaron por sus nombres, siendo los principales un Quetzalcóatl y un
Xipe. Los denunciantes sostuvieron que había reincidido en el culto a los
antiguos dioses, y que los instigaba a hacer lo propio; y en cuanto al cargo de
amancebamiento incestuoso, hacía ya varios años que había interrumpido la relación
con su sobrina, con la cual procreó dos niñas (una de las cuales, incluso,
había muerto); sin embargo, por ser bautizado y casado in facie ecclesia, se le mantuvo el cargo por este concepto. Aunque
para esas fechas todavía no se instalaba formalmente el tribunal de la
Inquisición, durante ese periodo del llamado provisorato, algunos obispos
ejercieron funciones de inquisidores, como fueron los casos de Zumárraga en
México y Landa en Yucatán. Algunas dudas debió de abrigar Zumárraga acerca del
paso a darse, pues lo consultó con el virrey Mendoza y los miembros de la
Audiencia. Don Carlos fue hallado culpable, y el treinta de noviembre de 1539,
que era domingo, fue sacado de la cárcel del Santo Oficio con sambenito, coroza
y una vela en las manos, y llevado a la plaza pública de la ciudad de México,
siéndole leída la sentencia y traducida a continuación. Don Carlos pidió
permiso para hablar, y con gran entereza se dirigió a los suyos, exhortándolos
a que no siguiesen su ejemplo y evitaran recaer en prácticas idolátricas. Dio
por buena la sentencia, aceptándola como expiación por sus pecados. Acto
continuo, fue relajado a la justicia secular como hereje relapso, siendo
ejecutado a continuación; aunque en el acta no aparece mencionado el tipo de
muerte que se le dio, puede darse por sentado que moriría en la hoguera, que
era el suplicio corriente que aguardaba a los herejes, aunque en su caso la
culpa a imputársele no sería la de herejía, sino más bien de apostasía. Se
trató de un asesinato jurídico, qué duda cabe; quizás sobre los escrúpulos de
Zumárraga haya pesado más la intención de hacer un escarmiento, para que
sirviera de ejemplo. Aparte de Zumárraga, presenciaron el suplicio el virrey
don Antonio de Mendoza, los oidores y una serie de conquistadores cuyos nombres
figuran en el acta. No aparece mencionado que Cortés se contase entre los
asistentes. El notario que llevó puntual registro del proceso fue Miguel López
de Legazpi, el futuro fundador de Manila. [1105] Este don Carlos era
hermano menor de Ixtilxóchitl. En cuanto a la muerte de Hernando Alonso, se
desconoce si fue enviado a la hoguera directamente por los miembros de la
primera Audiencia o por el obispo Zumárraga. Ningún papel habla de ello, lo cual
es raro, pues dado el enfrentamiento que se produjo entre ambos, sería de
esperarse que el caso saliera a relucir cuando se incriminaban mutuamente. El
único dato disponible lo constituye la carta de Terrazas ya conocida, en la que
apunta que para la fecha en que escribía, éste ya había sido quemado.
Zumárraga sería el obispo, a quien según quiere
la tradición, le correspondería presenciar la aparición milagrosa de la Virgen
de Guadalupe, al extender en presencia suya el indio Juan Indio su tilma, para
entregarle las rosas (1531). Zumárraga en su correspondencia silencia el hecho;
al año siguiente, cuando viajó a España, tampoco lo mencionó en la Corte o en
el Consejo de Indias. Mantuvo una buena relasción con Cortés, al grado que éste
en su testamento lo designó como uno de sus albaceas. Nada pudo hacer para
ocuparse de ese encargo, pues moriría a los pocos meses.
* * * *
Bernal Díaz del Castillo, el soldado cronista. Bien
poco es lo que se conoce de su vida anterior a la Conquista; sabemos los
nombres de sus padres, que nació en Medina del Campo, y que muy joven pasó a
Panamá con Pedrarias. Cuando hace su aparición en la conquista de México andaba
por los veinticuatro años, pero comenzó a escribir mucho tiempo después; él
mismo nos lo dice: «Estando escribiendo en esta mi crónica por acaso vi lo que
escribían Gómara e Illescas y Jovio en las conquistas de México y Nueva España,
y desde que las leí y entendí y vi de su policía y estas mis palabras tan
groseras y sin primor, dejé de escribir en ella, y estando presentes tan buenas
historias; y con este pensamiento torné a leer y a mirar muy bien las pláticas
y razones que dicen en sus historias, y desde el principio y medio ni cabo no
hablan lo que pasó en la Nueva España». [1106] Eso lo escribe en el
capítulo XVIII, y como sus capítulos suelen ser muy breves, de apenas dos o
tres páginas, ello habla de que apenas comenzaría a escribir cuando cayó en sus
manos el libro de Gómara, y al leerlo experimentó un desaliento al advertir que
alguien se le había adelantado. Cesó en el empeño, pero luego, en una segunda
lectura, comenzó a encontrarle objeciones al libro, poniéndose de nuevo a la
tarea de escribir con el propósito de enmendar todo lo que a su juicio
resultaba inexacto. Como la obra de Gómara salió de prensa en 1552,
necesariamente, eso ocurriría en fecha posterior, o sea, se sienta a redactar
su libro cuando irían transcurridos, al menos, treinta y un años de la toma de
Tenochtitlán, y lo titula como Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, con el propósito obvio de
desautorizar a Gómara. Algo a destacarse es que no parece haber leído ni a
Pedro Mártir ni a Oviedo; en cuanto al primero, se comprende, porque sus cartas
circulaban en latín, e iban dirigidas a un auditorio culto. Lanzado a escribir,
Bernal tiene la obsesión de Gómara, al cual a cada momento busca enmendarle la
página (son cerca de un centenar las veces que lo refuta); pero como sus
observaciones son de baja entidad, meras cuestiones de detalle, lo que consigue
es el efecto contrario, pues no hace otra cosa que refrendar su relato. La
circunstancia de no haber cursado estudios superiores lo trae a mal traer,
siendo así que se califica de idiota y sin letras, con lo cual se subestima
notoriamente. [1107] No tendría estudios
cuando pasó a Indias, pero a través de su libro pone en evidencia que había
dedicado largas horas a la lectura. Un autodidacta, pero un autodidacta de
excepción. Su texto es más vivo que las Relaciones de Cortés, que la Historia del
erudito Gómara, o la Crónica de Cervantes de
Salazar, todo un señor catedrático de retórica. Bernal viene a ser un
impresionista, que en dos plumadas traza los retratos de sus compañeros.
Su Historia vibra de emoción; en ella está puesta su
vida, pero de ahí a que sea verdadera en todos sus términos, eso ya es otro
cantar. Ya se ha visto que, en ocasiones, dice cosas muy extrañas. Parecería
que la memoria lejana hubiera embrollado sus recuerdos más allá de lo
admisible. Una cosa a destacarse es que sus hechos nunca aparecen citados por
otros autores, y suman más de cuatrocientos los mencionados por Cortés, Pedro
Mártir, Oviedo, Tapia, Gómara, Cervantes de Salazar. Se advierte igualmente,
que en la carta que, hacia octubre de 1520, el ejército dirigió al Emperador,
su nombre no figura (y son quinientas treinta y cuatro las firmas que aparecen
al calce). No es que ello signifique un afán por disminuirlo, sino tan sólo
destacar que, según indicios, su actuación sería más modesta de lo que él
pretende. Torquemada y el oidor Zorita dicen haberlo conocido en Guatemala, y
el segundo menciona que le dio a leer parte de su manuscrito; el caso es que
estamos frente a algo sorprendente: el gran historiador de la Conquista viene a
ser un oscuro soldado, al cual sus compañeros parecen dar de lado. Algo está
diciendo que sus relaciones no debieron ser buenas con muchos de ellos. Sus
filias y sus fobias asoman en las páginas del libro. Habla mal de Rangel,
Godoy, Monjarraz, y, sobre todo, de Pedro de Ircio, un capitán cuyos hechos
impresionaron a Carlos V. En una ocasión, él y Diego de Godoy pasaron de las
palabras a los hechos, echando mano a las espadas, y se hubieran matado de no
intervenir otros que los separaron y «los hicieron amigos»; aunque eso sí,
ambos sacaron varias heridas. [1108] Se conserva la cédula
de 28 de febrero de 1551, dirigida a la Audiencia de los Confines de Guatemala,
por la cual se le autoriza a traer para su guarda hasta dos criados armados,
«en vista de él está enemistado en esa tierra con algunas personas». [1109] El dato parece
elocuente; en dos ocasiones viajó a España (1540 y 1550), sin obtener lo que
pretendía (no solicitó escudo de armas ni el ingreso a una orden militar);
tampoco menciona si volvió por su natal Medina del Campo y vio a sus padres.
Esto último es ilustrativo de lo poco que Bernal habla de sí mismo, en acusado
contraste de cómo lo hace con sus compañeros. Se radicó en Guatemala en fecha
posterior a 1539, pues con anterioridad había sido regidor de la villa del
Espíritu Santo (Coatzacoalcos). Se casó con Teresa Becerra, hija del
conquistador Bartolomé Becerra, y hasta la fecha se mantiene en pie su casa en
La Antigua, que ciertamente no corresponde a la de un hombre pobre. Fue en ella
donde durante dieciséis años estuvo laborando en su manuscrito, el cual
escribió en solitario. Entre las contadas referencias que proporciona acerca de
su trabajo, hay una en que menciona que, cuando lo tuvo pasado en limpio, lo
dio a leer a dos licenciados que se lo pidieron, a los cuales les pareció muy
bien la retórica, ya que iba «según nuestra común habla de Castilla la Vieja»;
luego de ese cumplido, uno de ellos le reprochó que en el escrito se alabara a
sí mismo. A ello replica Bernal «en blanco nos quedáramos si yo no hiciera esta
verdadera relación». Su Historia se da por concluida
en 1568, año en que se llevó una copia a España, la cual sirvió para sacar el
manuscrito Remón, conocido así por el
nombre de fray Alonso Remón, el mercedario que lo dio a la imprenta. En
Guatemala quedó únicamente un borrador manuscrito, lleno de correcciones,
tachaduras e interlineados; posteriormente, ha aparecido en España un tercer
manuscrito, el llamado manuscrito Alegría, conocido
así por el nombre del bibliófilo que fue su último propietario. La edición de
la obra de Bernal se ha hecho refundiendo los manuscritos Guatemala y Remón; las
lagunas que se advierten en el primero fueron cubiertas con el segundo. En el
manuscrito Alegría se encuentra un
prólogo que no existe en los otros. Pero lo que realmente importa es tomar en
cuenta todas las notas y tachaduras que figuran en el manuscrito Guatemala, pues arrojan luz sobre cuestiones cruciales; es
así que en una tachadura dice: «Ya he escrito a México a tres amigos míos, que
se hallaron en todas las más conquistas para que me envíen relación de todo,
para que no vaya ansí incierto si no se pusiese aquí lo que sobrello dixeren.
Remítome a los conquistadores para que ello lo enmiende». [1110] Esta supresión nos
hace ver que allí Bernal abrió la puerta para que se introdujeran algunas de
esas versiones que, como se ha visto, que no hacen sentido. Algo que no pasa
inadvertido, es la discrepancia tan marcada entre el Cortés que presenta este
soldado cronista, y el que se ofrece en otros documentos, al grado que se
podría decir que son dos individuos distintos; ¿cuál es el verdadero? El origen
de la confusión podría provenir de dos circunstancias: una, que Cortés hubiese
mudado de actitud, registrándose grandes cambios en su personalidad (lo cual no
sería de extrañar), y, la otra, que en esto haya de por medio una cuestión de
óptica (según sea el lente, será la visión). Para establecer si fue Cortés
quien mudó diametralmente en pocos años, o si todo se debe a una distorsión de
Bernal, lo pertinente será interiorizarnos un poco más en la figura de este
último. Lo primero a tomarse en cuenta, y que es muy importante, es el tipo de
relación que mantuvo con su jefe; aquí hay que señalar que no fue hombre de sus
confianzas, y que tampoco da muestras de haberse encontrado muy próximo a él,
como se desprende de la circunstancia de que Cortés no lo mencione en ninguno
de sus escritos (salvo, claro está, en la constancia de servicios, otorgada a
petición de parte); por lo mismo, permanecería ajeno a la toma de las grandes
decisiones. Obedecía órdenes. Su relación con él sería distante, de allí que
muchas de las cosas que cuenta las supiera de oídas; utilizando un símil,
podría decirse que su percepción fuera la de un espectador que contempla una
película, pero sin alcanzar a escuchar la banda sonora. Y si en ocasiones le
escapa el fondo, en cambio, resulta valioso en extremo en sus apreciaciones
anecdóticas. En ese terreno sus recuerdos se encuentran muy vivos. Desde luego,
su relato acusa una notoria falta de uniformidad, detectándose esos inmensos
baches que ya se han señalado en el cuerpo de este escrito. Eso en cuanto a la
Conquista, y en lo que concierne a la relación con Cortés, el relato es muy
irregular, pues mientras hubo días en que estuvo constantemente a su lado, en
otros permanece completamente distante, como es el caso cuando éste retorna de
España y se establece en Texcoco. Ese es un capítulo en el que se encuentra
completamente desorientado, pues desconoce que, si no entraba en México, era
porque lo tenía expresamente prohibido y, de igual manera, ignora que trajo
consigo a su madre, la cual moriría en esta ciudad. Ante esa falta de
información, huelgan comentarios. Por otro lado, están de por medio algunos
aspectos de la figura del narrador que conviene no perder de vista, pues ayudan
a conocerlo mejor. Se trataba de un hombre muy quisquilloso, y podría decirse
que resultaba conflictivo. Siempre inconforme, y es así que ya de viejo se
quejaba, arguyendo encontrarse pobre y cargado de hijos y nietos, «con mujer
moza» (dato que da a conocer que aventajaría en muchos años a Teresa Becerra,
su esposa); otra de sus peculiaridades, que no debe pasarse por alto, es la
tendencia al autobombo: alférez con Grijalva, cuando se sabe que lo fue
Bernardino Vázquez de Tapia. La impresión que produce es que, con el paso del
tiempo, conforme iban muriendo sus compañeros, comenzó a escribir lo que le
venía en gana, seguro de que no habría ya nadie que lo contradijera. Pero pese
a todas esas limitaciones, de entre todos aquellos que dejaron constancia
escrita sobre Cortés, es quien más tiempo pasó cerca de él (alrededor de cinco
años), lo cual lo convierte en el interlocutor más valioso, aunque con las
debidas reservas. Una cosa a no pasarse por alto, es que si en una parte se
muestra un tanto resentido porque Cortés no mencionó su nombre al Emperador y
tampoco le dio la recompensa que creía merecer, con el paso del tiempo parece
redimensionar las cosas, y es así como en los capítulos finales (que
posiblemente fueran los últimos que escribió), la figura de éste se agiganta, y
es todo corazón y ánimo. [1111] El jefe que en medio
de la batalla acudía al sitio de mayor peligro, y a todos daba ejemplo con su
valor. Y antes de pasar adelante, hay un punto que amerita destacarse, y ello
es, la influencia tan grande ejercida sobre él por su detestado Gómara, pues al
seguirlo, repite los errores que ya se han advertido. Buscó acercarse a Las
Casas hasta en cuatro ocasiones; en la última carta (1558) le decía: «Ilustre y
muy Reverendísimo Señor: Ya creo que V.S. no tendrá noticia de mí, porque según
veo que he escrito tres veces é jamás e abido ninguna respuesta». El 29 de
enero de 1567, siendo regidor de Santiago de Guatemala, Bernal escribió a
Felipe II informando acerca de algunos asuntos de gobierno y en uno de los
párrafos dice ser viejo de setenta y dos años; de ello se deduce que tendría
veintidós cuando vino con Hernández de Córdoba y no veinticuatro, como antes
dijo. En la carta figura la anotación: «Vista y no hay que responder». [1112]
* * * *
Fray Francisco de Aguilar es otro de los soldados
cronistas. Acerca de éste prácticamente ya se ha dicho todo: era hombre mayor
cuando vino a la Conquista. Cuarenta años. Aunque Bernal lo llama Alonso,
parece estar en un error, pues es una anotación en el Libro de Actas de Cabildo
(10 de octubre de 1525) aparece como Francisco, al consignarse que se le
adjudicaba un terreno para construir una venta en el camino a Veracruz, misma
que trabajó exitosamente hasta que sintió el llamado a la vida monástica, ingresando
en la orden de Santo Domingo. Su Relación breve (obra que corresponde a su título, puesto que, en efecto, es resumida en
grado sumo), tiene el mérito de ofrecer un relato bien balanceado. La escribió
hacia el final de su vida, «a ruego e importunación de ciertos religiosos que
se lo rogaron diciendo que pues estaba ya al cabo de la vida, les dejase
escrito lo que en la Conquista de esta Nueva España había pasado». [1113] Su relato, pese a su
brevedad, contiene lo fundamental, sin descender a cuestiones de detalle; pero
hay por ahí unas vivencias muy frescas y que de pronto afloran para hacer luz
en algunos puntos en que su testimonio es único, como fue el caso del involucramiento
de Ordaz en el intento de secuestrar el navío, o cuando describe el baño de
Moctecuhzoma; y también tiene la exclusiva al hablar de las platicas que les
hacía Cortés con grandes ofrecimientos para repartir el territorio en ducados,
marquesados y condados. Este testigo es quien habla con mayor detalle de las
premoniciones de Botello, y de la forma como agitó al ejército asegurando que
si no salían de Tenochtitlán precisamente en esa noche, ninguno quedaría vivo.
Es también él uno de los que más hablan de los ensalmadores, que imponiendo las
manos sobre las heridas, producían cicatrizaciones portentosas. Hoy día, en que
tan en boga están los estudios de fenómenos paranormales, el hecho aparecerá
como perfectamente aceptable. Fray Francisco de Aguilar escribió su Relación para la historia, pues encontrándose al final
de su vida, de cara frente a la eternidad, ya no esperaba obtener recompensa
alguna.
* * * *
Francisco Cervantes de Salazar llegó a México hacia
1550, cuando todavía no se cumplían treinta años de la toma de Tenochtitlán,
por lo que alcanzó a conocer a cerca de medio centenar de antiguos
conquistadores; su aparición en la escena pública sería unos tres años más
tarde, cuando se hace presente en el acto fundacional de la Real y Pontificia
Universidad de México, en el que tuvo a su cargo pronunciar el discurso
inaugural: «Doy fe que el año cincuenta y tres a tres de junio se hizo el
initio de las escuelas de esta cibdad el cual hizo el licenciado Cervantes de
Salazar en presencia del ilustrísimo visorrey don Luis de Velasco y de la Real
Audiencia y lunes cinco del dicho mes comenzaron a leer los catedráticos de
theología y cánones y gramática. Y por verdad lo firmé de mi mano. Esteban de
Portillo, notario apostólico». [1114]A partir de ese momento, su
vida permanecería ligada a esa casa de estudios, donde impartió la cátedra de
retórica y tendría siempre algún cargo, llegando a desempeñarse como rector de
la misma. Eso ya lo exhibe como hombre de cultura. Antes, en España, como
secretario latino del cardenal García de Loaisa, entonces presidente del
Consejo de Indias, tuvo oportunidad de tratar a Cortés; a un Cortés ya viejo,
cuando hacía antesala para ser recibido. Y al parecer, lo trataría en numerosas
ocasiones, según se desprende cuando escribe: «como yo le oí muchas veces
decir», refiriéndose a algo que le escuchó decir a menudo. [1115] Más tarde, en México,
en el círculo en que se movía, algunos de los antiguos conquistadores le
facilitaron las relaciones que habían escrito. Éste es un grupo de soldados
cronistas cuyos escritos se perdieron, y de los cuales se tiene referencia por
los fragmentos recogidos por él en su Crónica, como son
los casos de Alonso de Hojeda, Alonso de Mata, Martín López, y Rodrigo Morejón
de Lobera (Zorita y Torquemada, hacen también algunas alusiones a esas crónicas
desaparecidas). Cervantes de Salazar se ordenó sacerdote en México y llegó a
ocupar la dignidad de canónigo de la catedral, y entre otros empleos que tuvo,
figura el de cronista de la ciudad de México (el primero en detentarlo), como
él mismo se encarga de subrayarlo al virrey don Luis de Velasco. Se da a la
tarea de escribir su Crónica de la
Nueva España, pero
apenas la ha comenzado, cuando piensa que debería percibir un estipendio por
ello, y es así que se dirige al cabildo, exhibe una muestra de su trabajo, y
pide que se le asigne un salario, pues después de todo se tratará de la
historia oficial. Visto que se trataba de un distinguido maestro, no tuvo
dificultad en obtenerlo. Se le otorgó un estipendio de doscientos pesos de oro
anuales, y el acuerdo adoptado fue que, conforme avanzara su trabajo, lo
mostraría para ser aprobado por el cabildo y se le irían haciendo los pagos.
Eso ocurrió el 24 de enero de 1558, y junto al asiento correspondiente en el
libro de actas de cabildo de la ciudad, figura una nota marginal en la que se
lee: «Salario al maestro Cervantes. Con que venga de tres en tres meses a dar
quenta de lo que ha hecho: donde no, que no corra el salario». En aquellos
momentos, el gobierno de la ciudad era controlado, directa o indirectamente,
por antiguos conquistadores, entre quienes figura Andrés de Tapia. El plan de
trabajo seguido por Cervantes de Salazar consistió, en gran medida, en señalar
a su escribiente (pagado por el cabildo), qué párrafos debería copiar del libro
de Gómara, para a continuación intervenir él, y sobre ese texto realizar
algunas precisiones, enmiendas, o adicionar datos recibidos por otro conducto.
A primera vista se diría que se trata de un Gómara corregido y aumentado, pero
no es así: la Crónica de Cervantes de
Salazar va mucho más allá; a pesar de todo lo que tomó de este autor, su obra
es libro independiente. La tónica general consiste en derogar a éste, a quien
considera poco informado y acusa de plagiario, al sostener que copió extensamente
a Motolinia. Un problema que presenta esa obra atribuida por Cervantes de
Salazar a Motolinia, consiste en que el desconocido autor de ese escrito debe
reunir tres condiciones: ser franciscano (las referencias señalan que
pertenecía a esa orden), haber tomado parte en la Conquista y sobrevivido para
contarlo. Motolinia no reúne la segunda de ellas. Aunque son relativamente
pocos los pasajes novedosos aportados por la Crónica de la Nueva España, algunos revisten suma relevancia, puesto que sólo él los menciona; y
por otro lado, el libro tiene el interés de provenir de la pluma de un hombre
culto y bien informado, como él mismo gusta de recalcarlo. Algo que salta a la
vista, es que con Cervantes de Salazar ya son tres los coetáneos que arremeten
contra Gómara, aunque cada cual por distintas razones: Las Casas por
considerarlo un servil, que se limitó a escribir lo que Cortés le dictó, y
Bernal, porque piensa que no está calificado para hablar de sucesos que no
presenció. Pero lo realmente asombroso viene a ser cómo el cabildo, dominado
por antiguos conquistadores, algunos de ellos enemigos de Cortés, aceptó como
válida la Crónica de Cervantes de
Salazar, que hace un encendido elogio de éste, y además pagó por ella.
* * * *
El oidor Alonso de Zorita. Éste es un jurisconsulto
historiador, quien apenas concluidos en Salamanca los estudios de derecho, se
trasladó a Granada, adonde durante casi siete años (1540-1547) fungió como
«abogado de pobres», defensor de oficio, se diría hoy día. En 1548 pasó a La
Española, donde cumplió con rectitud la función de juez en Santo Domingo. Tanto
se distinguió por su honorabilidad, que fue enviado a la Nueva Granada
(Colombia) a tomar la residencia al gobernador Miguel Díez de Armendáriz, encomienda
de muy difícil desempeño, dado el alto número de incondicionales que éste
tenía. Mientras ejercía la residencia fungió como gobernador, y concluida ésta,
volvió a Santo Domingo. En 1553 fue despachado como oidor de la Audiencia de
Guatemala (también llamada de Los Confines), cuya jurisdicción comprendía
Centroamérica, Chiapas y Yucatán. Pasó a México y durante una década se
desempeñó como juez (1556-1566). Dieciocho años duraría su andadura en Indias.
En Santo Domingo, resulta inevitable que tratase con Oviedo, quien además de
alcaide de la fortaleza y cronista de Indias, fungía como regidor de la ciudad.
Se trataba de un Oviedo ya en pleno declive por la edad, y aunque no alude a
las conversaciones que sostendrían, sí menciona conocer su Historia. En Guatemala conoció y trató a Bernal, quien le
dio a leer lo que llevaba escrito: «Bernaldo Díaz del Castillo, vecino de
Guatemala, donde tiene un buen repartimiento y fue conquistador en aquella
tierra y en Nueva España y en Guazacqualco, quien me dixo estando yo por oidor
en la Audiencia de los Confines, que reside en la cibdad de Santiago de
Guatemala, que escribía la historia de aquella tierra, y me mostró parte de lo
que tenya escrito; no sé si la acabó ni si ha salido a luz». [1116] Las conversaciones
entre ambos debieron de haber sido frecuentes, pues mientras él se desempeñaba
como juez, Bernal lo hacía como regidor. A su llegada a México quedó situado en
el centro de la actividad pública, puesto que la Audiencia venía inmediatamente
después del virrey, e incluso servía para hacerle de contrapeso. En fin, un
funcionario importante. Casi desde el primer momento se relacionó con la
Universidad, de cuyo claustro pasó a formar parte, y donde necesariamente se
toparía a diario con Cervantes de Salazar, a quien da el tratamiento de
maestro. Alonso de Zorita es un jurista que, además de muy bien informado,
exhibe una inusual erudición, acompañada de muy buen sentido. Ese buen sentido
que presidiría todos sus actos durante los diecinueve años que actuó como juez.
Zorita es otro que se sirve del libro de Gómara, el cual comenta con amplitud,
aunque se salta muchas páginas. Y con él ya van cuatro que lo comentan, aunque
a diferencia de los anteriores, no lo refuta, sino que utiliza su relato.
A su retorno a España, Zorita se estableció en
Granada, y es a partir de 1567 cuando comienza a escribir su famosa Breve
y Sumaria Relación de los Señores de la Nueva España, que debió concluir antes de 1570; a continuación, en su vertiente de
jurista, completa su colección de Leyes y Ordenanzas de Indias, que constituye una recopilación realizada por
mandato de Felipe II; y hacia 1585 completa la Relación de las
cosas notables de la Nueva España, cuya
parte tercera trata sobre la Conquista. Para esas fechas, ya circulaban copias
manuscritas de la Historia de Indias de Las Casas, y con toda seguridad, de allí tomaría la cita de que
Gómara fue capellán de Cortés (es el primero en repetirlo). Por la época en que
vivió en México, le tocó conocer a Motolinia, a fray Bernardino de Sahagún, a
don Martín Cortés, el hijo de la marquesa (quien manifiesta que comparecía ante
él para desahogar diligencias de los diversos contenciosos que mantenía), así
como a un regular número de conquistadores y señores indios; por cierto, cabe
mencionar que Zorita fue tenido como más inclinado hacia el indio, lo que le
valió cosechar enemistades entre los encomenderos, y que, además, rara
avis, muriera pobre. Algo que llama la
atención en sus escritos es ese reiterado «dice fray Toribio», refiriéndose a
pasajes provenientes de la historia de la Conquista, que supuestamente éste
escribiría; y ya son dos lo que sostienen que esa historia existió. Son también
frecuentes las alusiones a «fray Andrés de Olmos dice». Otra crónica perdida. Y
otro que cita a menudo, hasta en una veintena de ocasiones, es Juan Cano, a
quien hace autor de una historia de la Conquista, «que yo he visto de mano»;
esto es, que circulaba manuscrita.[1117]De ésta sólo se conservan
las citas que él reproduce. Resumiendo, la aportación de Zorita viene a ser la
de uno que puso los puntos sobre las íes en algunos episodios cuyos entresijos
se desconocían.
* * * *
De fray Bernardino de Sahagún ya se ha destacado la
aportación universal que reviste su libro para el conocimiento de las
antigüedades del mundo indígena; aquí sólo queda agregar un dato que, por su
importancia, no debe perderse de vista: en lo que a la conquista se refiere, se
trata de la versión de los vencidos. Lamentablemente, las relaciones indígenas
resultan de difícil seguimiento, por tratarse de relatos las más de las veces
sin ilación, ni cohesión ni orden cronológico, y que, por lo general, narran
acciones individuales, sin precisar en qué momento ocurren, y sin que, en las
más de las ocasiones, resulte posible identificar a los personajes a quienes se
refieren. En síntesis, la obra de Sahagún es referencia obligada para conocer
las antigüedades, pero en cambio, no siempre será posible seguir la Conquista a
través de ella. Otro aspecto a tener muy presente es que se trata de un trabajo
de equipo, realizado con toda honradez, en el cual se dan los créditos a
quienes corresponden. Al comienzo de la obra se consignan los nombres de los
cuatro «hombres sabios» que fueron interrogados y aportaron todo lo que
recordaban del mundo antiguo, así como los de los tres escribanos indígenas que
recogieron la información. [1118] Además de ellos,
parece asomar la mano de otros misioneros franciscanos (como parecería ser el
caso de Motolinia), quienes aportarían a la obra.
* * * *
El dominico fray Diego Durán llegó a tan tierna
edad a México, que gráficamente expresa que aunque no nació en Texcoco, fue
allí donde mudó los dientes. Su llegada habría ocurrido, traído por su padre,
entre 1542 y 1544. Ingresó al convento como fraile y se ordenó sacerdote. Se
sumerge en la cultura náhuatl, convirtiéndose en otro de los historiadores que
rescatan las antigüedades del mundo indígena; a diferencia de Sahagún, cuya
obra es labor de equipo, la suya es individual, al igual que la de Motolinia. Pero
a pesar de la inmensa valía de su aportación, en este trabajo se le cita
relativamente poco, pues éste versa sobre la Conquista y no sobre el mundo
indígena. Acerca de la Conquista, la fuente más directa de Durán fue ese
antiguo conquistador metido a fraile, a quien tuvo por compañero en el
convento, y que no es otro que fray Francisco de Aguilar; pero en cuanto se
aparta de esa fuente autorizada, ateniéndose a datos que le fueron
suministrados por otros conquistadores e informantes indígenas no identificados,
su libro comienza a discurrir por senderos erráticos. Prueba de ello nos la
ofrece cuando refiere que en una historia que le había llegado a las manos, al
narrar la huida de México, aparecía escrito que en cuanto los españoles
salieron, los indios se precipitaron dentro del palacio de Axayácatl, con ánimo
de un ajuste de cuentas; pero que tanto a Motecuhzoma, como a los otros señores
principales que estaban presos, los encontraron muertos a puñaladas. Prosigue
fray Diego diciendo: «lo cual, si esta historia no me lo dijera ni viera la
pintura que lo certificara, me hiciera dificultoso de creer, pero como estoy
obligado a poner lo que los autores por quien me rijo en esta historia me dicen
y escriben y pintan, pongo lo que se halla escrito y pintado. Y porque no me
arguyesen de que pongo cosas de que no hay tal noticia, ni los conquistadores
tal dejaron dicho ni escrito, pues es común opinión que murió de una pedrada,
lo torné a preguntar y satisfacerme, porfiando con los autores que los indios
lo mataron de aquella pedrada. Dicen la pedrada no haber sido nada, ni haberle
hecho mucho daño, y que en realidad de verdad, le hallaron muerto a puñaladas y
la pedrada ya casi sana en la mollera». [1119] En otro escrito se
hacía pasar a Cortés como el autor de la matanza del Templo Mayor. Así de
rápido se le dio un vuelco a la historia. [1120]
* * * *
Fray Juan de Torquemada viene a ser el más tardío
de los cronistas originales que cierran el ciclo de autores incluidos en este
trabajo. Pero se trata del fray Juan original, porque la obra de este autor
podría dividirse en dos etapas: la de «antes» y la de «después». Como autor
primitivo es aquel que alcanzó a recoger informes de primera mano, tal cual fue
el caso cuando en Guatemala tuvo oportunidad de conocer a Bernal Díaz del
Castillo, a quien juzga «persona digna de todo crédito». [1121] De igual manera tuvo
acceso a historias de indios, testigos de los hechos, quienes cuando
aprendieron a escribir narraron lo que les tocó presenciar. Además, siguió muy
de cerca las huellas de los conquistadores, y es así que se advierte que, al leer
que Bernal dice que, en una jornada se trasladaron de Cempoala a Jalapa, al
punto le enmienda la plana, diciendo que eso es imposible, máxime en tiempo de
aguas, y trae a cuento que él hizo ese trayecto, agregando que su caballo
resbaló en el lodo. Sabe de lo que está hablando [1122]. Ese ir tras los pasos de
los conquistadores, y el conocimiento de las lenguas vernáculas, le permitieron
poner a punto algunos pasajes controvertidos. Hombre muy mesurado y de claro
juicio, que no se inclina por uno u otro bando. Se limita a referir los hechos
con objetividad, y algo muy notorio en él es que cuando escribe pone especial
cuidado en citar el nombre del autor que copia; es así que con toda honradez
señala lo que ha tomado de Motolinia, Sahagún, Gómara, Muñoz Camargo, Herrera,
entre otros; en su libro, al igual que ocurre en el caso de Cervantes de
Salazar, asoman fragmentos de las crónicas perdidas de Alonso de Mata, Alonso
de Ojeda y Martín López. Sin lugar a dudas, se trata de un autor que se
adelantó a su tiempo, para situarse dentro de los parámetros de la
historiografía moderna. Ese viene a ser el Torquemada de «antes»; pero se da el
caso de que existe otro, el de «después»: ocurre que fray Juan alcanzó a leer
la primera parte de la obra de don Antonio de Herrera, el cronista de la Corona,
y sin más, la incorporó a su libro. Y como Herrera es un autor que no
identifica sus fuentes, Torquemada se limitó a poner al margen el nombre de
éste cada vez que correspondía, aunque ignorando quiénes eran los autores
originales de donde había tomado la información. Fue así como, sin saberlo,
incorporó los textos de Bernal y de Cervantes de Salazar, cuyos manuscritos no
llegó a conocer. Y así, a trasmano, introdujo los errores contenidos en las
obras de éstos y de otros autores tardíos (en una ocasión única escribe al
margen el nombre de Bernal, seguramente por tratarse de algún dato que éste le
adelantara en Guatemala).
* * * *
Algún estudioso se preguntará el por qué en este
libro apenas en un par de ocasiones aparecen citas tomadas de don Antonio de
Herrera, cronista mayor de los monarcas Felipe II y Felipe III, autor de la
magna obra titulada « Historia
general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del Mar
Océano », más
conocida como «Décadas». Procede una explicación:
don Antonio de Herrera dispuso de documentos hoy desaparecidos, pero en lo
concerniente a la Conquista de México, no es el caso que se detecte la
presencia de alguno de esos escritos. Este cronista utilizó los textos
disponibles, inéditos algunos (Bernal, Cervantes de Salazar, Las Casas, Muñoz
Camargo), y otros que ya circulaban impresos, los cuales parafrasea uniformando
el estilo. Ahora bien, de acuerdo con la tónica seguida en el presente trabajo,
consistente en utilizar únicamente fuentes cercanas a los hechos, quien esto
escribe ha preferido evitar la vía indirecta de don Antonio de Herrera, yendo
directamente a los autores originales. Por razones semejantes, son escasamente
citados, o quedan completamente fuera de esta semblanza, autores tales como
Fernando de Alva Ixtlixóchitl (tataranieto del príncipe texcocano), Fernando
Alvarado Tezozomoc (supuesto hijo de Cuitláhuac), Diego Muñoz Camargo (hijo de
conquistador y mujer noble tlaxcalteca), y otros tantos, que sería largo de
enumerar. Para que el lector se haga una idea de hasta qué grado desvirtúan los
hechos, basta asomarnos a la Historia de éste último,
al Códice Ramírez y a la Crónica de
Fernando Alva Ixtlilxóchitl, para ver que han omitido toda referencia a los
combates con los tlaxcaltecas. Y no se detienen allí las distorsiones, pues no
tardará en dársele la vuelta a un hecho tan notorio como es el de la muerte de
Motecuhzoma. En un principio, todos los testigos y autores inmediatos
manifestaron sin ambages que murió a resultas de una pedrada (Cortés, Bernal,
Aguilar, Vázquez de Tapia, Oviedo, Gómara…); pero pese a todo lo claro que en
su día quedó ese suceso, con el paso del tiempo, poco a poco, a vuelta de
tornillo, se le fue dando un vuelco a la historia. Ello da comienzo con
el Anónimo de Tlatelolco (la crónica indígena más antigua); allí ya no
aparece mencionada la pedrada y tampoco se aclara la causa de muerte, tan sólo
se dice que murió al mismo tiempo que Itzcuahtzin, el gobernante de Taltelolco.
En el relato del padre Durán muere apuñalado a manos de los españoles, versión
que repetirá el padre Acosta, quien ofrece una distorsión adicional: elimina a
Cuitláhuac de la escena y en su lugar pone a Cuauthémoc, quien habría sido el
guía durante los hechos que precedieron a la Noche Triste: «un mozo generoso llamado Quicuxtemoc Cuauhtémoc, a quien ya trataban
de levantar por su rey, dijo a voces a Motezuma, que se fuese para vellaco sic,
pues había sido tan cobarde, y que no le habían ya de obedecer, sino darle el
castigo que merecía, llamándole por más afrenta de mujer. Con esto, enarcando
su arco, comenzó a tirarle flechas, y el pueblo volvió a tirar piedras y
proseguir su combate. Dicen muchos que esta vez le dieron a Motezuma una
pedrada, de que murió. Los indios de México afirman que no hubo tal, sino que
después murió la muerte que luego diré… al rey Motezuma hallaron los mexicanos,
muerto, y pasado según dicen, de puñaladas; y es su opinión que aquella noche
le mataron los españoles». [1123] En Alvarado Tezozomoc
se lee: «no faltó quien dijo que porque no le viesen herida le habían metido
una espada por la parte baja» [1124]; Alva Ixtlilxóchitl retoma
esta versión: «viendo la determinación de sus vasallos, se puso en una cierta
parte alta y reprendiólos, los cuales lo trataron mal de palabras, llamándole
de cobarde y enemigo de su patria y aun amenazándole con las armas, en donde
dicen que uno de ellos le tiró una pedrada de la cual murió, aunque dicen sus
vasallos que los mismos españoles lo mataron y por las partes bajas le metieron
la espada» [1125]. Torquemada repite
idéntica ambigüedad, pues aunque habla de la pedrada, a continuación reproduce
el pasaje siguiente: «Afirma Frai Bernardino de Sahagún en sus Libros de la
Conquista que los mismos españoles lo mataron, lo que dice por estas palabras formales…
y lo primero que hicieron, fue dar garrote a Motecuhzuma, y a Itzquatzin, señor
de Tlatelolco y a otros Señores». [1126] Como se advierte, ya
se está frente a tres versiones distintas sobre la forma en que muere
Motecuhzoma: estrangulado, apuñalado y atravesado por la espada por vía rectal.
En lo único en que coinciden es en que serían los españoles quienes lo mataran.
Para evitar en lo posible distorsiones semejantes, quien esto escribe tuvo
especial cuidado en no apartarse de las fuentes primarias.
Apéndices
Abreviaturas y referencias bibliográficas
AGI Archivo General de Indias, Sevilla
AGN Archivo General de la Nación,
México
CDHM Colección de Documentos para la
Historia de México, publicada por Joaquín García Icazbalceta, México, 1858, 2
vols.
NCDHM Nueva Colección de Documentos
para la Historia de México, publicada por Joaquín García Icazbalceta, México,
1866, 2 vols.
CDIAO Pacheco, Cárdenas y Torres de
Mendoza, Colección de documentos inéditos relativos al
descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas
de América y Oceanía… , Madrid,
1864-1894, 42 vols.
Cuevas Cartas y otros documentos de
Hernán Cortés novísimamente descubiertos en el Archivo de Indias de la Ciudad
de Sevilla e ilustrados por el P. Mariano Cuevas. S. J. México, 1914.
Puga Cedulario : Vasco
de Puga, Provisiones, cédulas, instrucciones de Su Majestad… y gobernación desta Nueva España… En México, en
casa de Pedro Ocharte, 1563.— Facsímiles: Ediciones Cultura Hispánica, Madrid,
1945 y Centro de Estudios Condumex, México, 1985.
Notas:
[1] El retorno del Rosellón a España es uno de
los grandes sucesos de 1492, que viene a ser opacado por los otros tres
acaecidos en ese mismo año: toma de Granada, expulsión de los judíos y
descubrimiento de América. Fray Juan de Mauleón y fray Bernardo Boyl, un
benedictino catalán, fueron los representantes españoles que negociaron el «tratado
de Barcelona», que logró para España su devolución. Hoy día, perdido éste,
el tema tiende a pasar inadvertido. — P. Fidel Fita; Fray Bernard Buyl y
Cristóbal Colón, Nueva Colección de Cartas Reales, Boletín Real Academia de la
Historia, t. XIX, 1891, pp. 196— 197.— En el testamento de Isabel la Católica
figura la cláusula siguiente: « Por cuanto al tiempo que nos fueron
concedidas por la Santa Sede Apostólica las islas y tierra firme del mar océano
descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue al tiempo que lo
suplicamos al papa Alejandro Sexto, de buena memoria, que nos hizo la dicha
concesión de procurar de inducir y atraer los pueblos de ellas y las convertir
a nuestra santafe católica y enviar a las dichas islas y tierra firme prelados,
religiosos, clérigos y otras personas doctas y temerosas de Dios para
instruirlos vecinos y moradores de ellas en la fe católica y los enseñar y
dotar de buenas costumbres y poner y poner en ello la diligencia debida, según
más largamente en las letras de la dicha concesión se contiene, suplico al rey,
mi señor, muy afectuosamente y ENCARGO Y MANDO a la dicha princesa, mi hija, y
al dicho príncipe, su marido, que así lo hagan y cumplan y que éste sea el
principal fin y que en ello pongan mucha diligencia», Leyes y ordenanzas reales
de las Indias del Mar Océano , Alonso Zorita, 1574, estudio crítico
por Beatriz Bernal, la edición de este documento del siglo XVI fue dirigida por
Miguel Ángel Porrúa, librero-editor, México, 1984, p. 5 [lib. I./ t. I./1.5*.].
[2] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia
de las Indias, edición de Agustín Millares Cario y estudio preliminar de
Lewis Hanke, Fondo de Cultura Económica, México-Buenos Aires, 1951, t. I, lib.
I, cap. CXII, p. 437.— De acuerdo con este autor, el proyecto de poblar La
Española con convictos, se habría adoptado respondiendo a una propuesta de
Colón: « y porque el Almirante consideraba que había menester gente
para su propósito en esta isla, y que la española era mal contentadiza y que no
había mucho de perseverar la que acá estaba y la que agora traía, y por otra
parte, temía que los reyes se hartasen o estrechasen en los gastos que con los
sueldos hacían, pensó esta industria para traer alguna parte de gente sin
sueldo […] que todas e cualesquiera personas, hombres y
mujeres, delincuentes, que hobiesen cometido hasta el día de la publicación de
sus cartas cualquiera crimen de muerte o heridas, y otros cualesquiera delitos
de cualquiera natura o calidad que fuesen, salvo de herejía o lesae maiestatis
o perduelionis o traición o aleve o muerte segura o hecha con fuego o con saeta
o de falsa moneda o de sodomía o de sacar moneda o oro o plata o otras cosas
vedadas fuera del reino, viniesen a servir acá en lo que el Almirante, de parte
de los reyes, les mandase, y sirviesen a su costa en esta isla, los que
mereciesen muerte, dos años, y los que no, un año, les perdonaban cualesquiera
delitos, y pasado el dicho tiempo, se pudiesen ir a Castilla libres».—
Historia , lib. I, cap. CXII, p. 437. — En la obra de Las Casas topamos
con varias referencias acerca de la presencia de los penados, durante los
disturbios que se produjeron en la isla: « Con los cuales hobo poco que
trabajar para haberlos de inducir, porque algunos y hartos eran homicianos,
delincuentes, condenados a muerte por graves delitos »; Historia,
lib. I, cap. CXLVII, p. 65.—; « y délos desorejados y homicianos, que
por sus delitos se habían desterrado de Castilla para acá, pedían que se les
diesen tal señor y cacique con su gente para que les labrase sus haciendas»,
Historia , t. II, lib. II, cap. CLV, p. 88.— Frente a lo afirmado por
este autor, se advierte que en la carta patente para los justicias queda
establecido que serán deportados a La Española aquellos «que fueren
culpantes [sic] en delitos que no merezcan pena de muerte»;
Fernández de Navarrete, Joaquín, Colección de los viages y
descubrimientos que hicieron por mar los españoles, desde fines del siglo XV,
prólogo de J. Natalicio González, Editorial Guarania, Buenos Aires, 1945, t.
II, pp. 242-244.
[3] El 17 de abril de 1492 Colón negoció con los
Reyes Católicos las condiciones para emprender el viaje descubridor. El acuerdo
alcanzado, conocido como Capitulaciones de Santa Fe, reviste un aspecto sui
generis, pues más que negociar, Colón presentó un pliego petitorio al
secretario Johan de Coloma, quien actuando en representación de los monarcas,
ponía «plaze a Sus Altezas» al final de cada párrafo; es así que en la primera
cláusula se le otorgó el nombramiento de Almirante a perpetuidad; en cambio, en
la segunda, donde se le designa Virrey y Gobernador General, no se especificó
el término. Cuando comenzó a tener dificultades, Colón adujo que siendo el
cargo de Almirante a perpetuidad, se sobreentendía que el de Virrey y
Gobernador General también lo era. La Corte no compartía ese punto de vista, y
ello dio origen a los llamados Pleitos colombinos. Véase: Rafael Diego
Fernández, Capitulaciones colombinas (1492-1506) El Colegio de
Michoacán, 1987, p. 147.
[4] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia,
t. II, Lib. III, cap. XXV, pp. 523-524.
[5] Las Casas, fray Bartolomé de, ob.
cit., t. II, Lib. III, cap. XXVI, p. 525.
[6] Las Casas, fray Bartolomé de, ídem,
t. II, Lib. III, cap. XXVII, pp. 526-527.
[7] Las Casas, fray Bartolomé de, ídem,
t. I, lib. I, cap. XCII, p. 378.
[8] Las Casas, fray Bartolomé de, ob.
cit., t. II. lib. III, cap. XXVII, p. 529.
[9] Las Casas, fray Bartolomé de, ídem,
t. II, lib. III, cap. XXVIII, pp. 531-532.
[10] Las Casas, fray Bartolomé de, ídem,
t. III, Lib. III, cap. CXXIV, p. 256.
[11] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia
General y Natural de las Indias, edición y estudio preliminar de Juan Pérez
de Tudela Bueso, Madrid, 1959, (BAE 119), t. III, lib. XXIX, cap. III, pp.
212-216.
[12] Fernández de Oviedo, Gonzalo, ob. cit.,
t. III, Lib. XXIX, cap. VI, pp. 221-231; El relato de Oviedo es el más
completo, puesto que participó en la expedición con el cargo de veedor.
[13] Diego de Porras, el contador de a bordo en el
cuarto viaje colombino, afirma que, al recorrer el litoral de Panamá, Colón iba
requiriendo puertos y bahías, pensando hallar el estrecho.— Fernández de
Navarrete, ob. cit., t. I., p. 406; véase, loc. cit. nota 2.
[14] Fernández de Oviedo, ídem, t.
III, lib. XXIX, cap. VI, pp. 224-225.
[15] Fernández de Oviedo, ibíd, t.
III, lib. XXIX, cap. IX, p. 239.
[16] El piloto Pedro de Ledesma quien acompañó a
Colón en el cuarto viaje, cuando descubrieron la isla de la Guanaja en el Golfo
de Honduras, guió en 1508 a Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís en su
viaje hasta el Amazonas. Al retorno los llevó a la isla de la Guanaja, y de
allí declaró « que llegaron por la vía del norte fasta 23 grados é
medio». Si el cómputo de este piloto es correcto, habrían alcanzado un
punto al norte de Tampico. Asimismo, menciona que atravesaron hacia una tierra
firme «que se dice Maya en lengua de indios». Fernández de Navarrete, t.
III, pp. 540-542 La declaración de Ledesma corresponde a 1513, por lo que se
advierte que, cuatro años antes del descubrimiento de Yucatán, los españoles ya
habrían oído hablar del mundo maya.
[17] « el golfo de Higüeras lo
descubrieron los pilotos Vicente Yáñez Pinzón e Joan Díaz de Solís e Pedro de
Ledesma con tres carabelas antes que el Vicente Yáñez descubriese el río
Marañón »; Fernández de Oviedo, Historia General, t. II,
cap. VII, p. 329. — « Yo le conoscí e tracté, e era uno de los hombres
de la mar más bien hablado y que mejor entendía su arte»; Fernández de
Oviedo, ídem, t. II, cap. II, p. 390.
[18] Díaz del Castillo, Bernal, Historia
verdadera de la conquista de la Nueva España, introducción y notas de
Joaquín Ramírez Cabañas, Editorial Porrúa, S.A., Av. República Argentina 15,
México, 1976., «SEPAN CUANTOS…», núm. 5, cap. I, p. 4.— Aunque la impresión más
cuidadosa de la Historia verdadera sea con mucho la publicada
en Madrid en 1982, por el Instituto «Gonzalo Fernández de Oviedo», edición
crítica a cargo del padre Carmelo Sáenz de Santa María, por tratarse de una
obra de tirada limitada, y difícil de obtener en México, las referencias vienen
dadas a la anterior, la cual, por otra parte, reviste el interés de incluir al
final unos apéndices no contenidos en la edición española, que la hacen
valiosa. Como la generalidad de los capítulos de la obra de Bernal son
sumamente breves, al aparecer indicado el capítulo en la cita, no revestirá
mayor problema remitirse a otras ediciones.
[19] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia,
t. III, lib. III, cap. XCVI, p. 157.
[20] Francisco Cervantes de Salazar, Biblioteca de
autores españoles, desde la formación del lenguaje hasta nuestros días, Crónica
de la Nueva España, edición de Manuel Magallón, estudio preliminar e
índices por Agustín Millares Cario, Ediciones Atlas, Madrid, 1971, t. I, lib.
II, cap. I, p. 152.
[21] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia,
t. III, lib. III, cap. XCVI, p. 157.
[22] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia
general, t. IV, cap. I, p. 10.
[23] D eclaración de Antón de Alaminos en
probanza realizada en la ciudad de México el 5 de mayo de 1522 , en
AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 271, exp. 13, Boletín del
Archivo General de la Nación, México, 1938, t. 2, pp. 230-234; reproducida
en Documentos cortesianos, t. I, 1518-1528, Secciones I a III,
edición de José Luis Martínez, UNAM, Fondo de Cultura Económica, México, 1990,
t. I, p. 222.
[24] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.;
cap. II, p. 6.
[25] Díaz del Castillo, Bernal, ídem.,
cap. VI, p. 13.
[26] Biblioteca Porrúa, Colección de
Documentos para la Historia de México, publicada por Joaquín García
Icazbalceta, primera edición facsimilar, Editorial Porrúa, S.A., México, 1971,
tratado III, cap. VIII, p. 192
[27] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia,
t. III, lib. III, cap. CXI, p. 210.
[28] AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 271,
exp. 13; Boletín del Archivo General de la Nación, México, 1938,
pp. 230-234. — Martínez, Documentos, t. I, p. 222.
[29] Las Casas, fray Bartolomé de, ob.
cit. t. III, lib. III, cap. XCVIII, p. 165.
[30] Díaz del Castillo, Bernal, Historia,
cap. VIII, p. 17; Fernández de Oviedo relata, con ligeras variantes, el
episodio de la india de Jamaica, Historia general, t. II, lib.
XVII, cap. X, pp. 123-124.
[31] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia
General, t. II, cap. XVII, p. 144.
[32] Las Casas, fray Bartolomé de, ob.
cit., t. III, lib. III, cap. CIX, p. 206.— En Fernández de Oviedo se lee:
« digo que llegado el día siguiente, se contaron trece de mayo y era
día de la Ascensión, e llegó el armada a una bahía de la costa de Yucatán, e
parescía a la vista remate o punta de la tierra, e entraba entre unos bajos e
isleos ». Aquí, correctamente, alude al arrecife que dificulta
la entrada. Historia General , t. II, lib. XVI, cap. X, p. 124.
[33] Relación de méritos y servicios del
conquistador Bernardino Vázquez de Tapia, vecino y regidor de esta gran ciudad
de Tenustitlan, México , estudio y
notas de Jorge Gurrría Lacroix, Universidad Nacional Autónoma de México,
Dirección General de Publicaciones, México, 1972., pp. 24-25.
[34] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
t. II, cap. XI, p. 125.
[35] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. IX, pp. 18-19.— Fernández de Oviedo, ibid, t. II, cap. XI, p. 129.
[36] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. X, p. 19.
[37] Díaz del Castillo, Bernal, ídem,
cap. XII, p. 22.
[38] Mártir de Anglería, Pedro, Décadas
del Nuevo Mundo, primer cronista de Indias, José Porrúa e hijos, Sucs.
México, MCMLXIV, t. I, p. 407; Fernández de Oviedo en Historia, t.
II, cap. XIV, p. 135, lo describe en términos muy semejantes: «una animalía que
queríaparescer león, asimismo de mármol, con un hoyo en la cabeza e la lengua
sacada».
[39] Mártir de Anglería, Pedro, ob. cit.,
t. I, p. 103.
[40] Mártir de Anglería, Pedro, ídem.,
1.1, p. 403.
[41] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap.
XIV, p. 25; Fernández de Oviedo, en cambio, afirma que el acto de toma de
posesión fue el sábado 19 de junio, imponiendo a la provincia el nombre de San
Juan, Historia, t. II, lib. XVII, cap. XV, p. 137.
[42] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap.
XVI, p. 27. Las Casas, fray Bartolomé de, Historia, t. III, lib.
III, cap. CXIV, p. 220.
[43] Martínez, Documentos, t. I, p.
222; Alaminos leyó la licencia varias veces.
[44] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XV, p. 26; Oviedo, Historia general, t. II, cap. XVIII, p. 147.
[45] Las Casas, fray Bartolomé de, ob.
cit., t. III, lib. III, cap. CI, p. 174.
[46] Las Casas, fray Bartolomé de, ob.
cit. t. III, lib. III, cap. CXV, p. 222.
[47] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia,
t. III, lib. III, cap. CXIV, p. 221.
[48] AGI. — CDIAO, t. XXVIII, pp. 16-27. —
Martínez, Documentos, t. II, p. 321.
[49] AGI. — CDIAO, t. XXVII, pp. 301-445. —
Martínez, Documentos, t. II, p. 225.
[50] López de Gómara, Francisco, Historia
General de las Indias, «Hispania vitrix», cuya segunda parte corresponde a
la Conquista de México, Modernización del texto antiguo por Pilar Guibelalde
con unas notas prologales de Emiliano Aguilera, Segunda parte, Nueva edición,
Editorial Iberia, S.A, Muntaner 180, Barcelona, 1966, pp. 7-8.
[51] El documento original de prohibición dice
como sigue: « EL PRINCIPE;.— Corregidores é Asistentes, Gobernadores,
Alcaldes é otros juezes y justicias cualesquier, de todas las ciudades, villas
y lugares destos Rey nos é señoríos é cada uno y qualquier de vos a quien esta
mi cédula fuere mostrada, ó su traslado signado de escribano público. Sabed que
Francisco López de Gómara, clérigo, ha hecho un libro intitulado “La Historia
de las Indias y conquista de México”, el qual se ha impreso, y porque no
conviene quel dicho libro se venda ni lea ni se impriman más libros, sino que
los que están ya impresos se recojan y traigan al Consejo Real de las Indias de
Su Majestad, vos mando a todos é a cada uno de vos, según dicho es, que luego
que ésta veáys os informéys y sepáis qué libros de los susodichos hay impresos
en esas ciudades, villas y lugares, é todos aquellos que hallaredes, los
recojáis y enviéis con brevedad al dicho Consejo de las Indias, é no consintáis
ni déis lugar que ningund libro de los susodichos se imprima ni venda en
ninguna manera ni por ninguna vía, so pena que el que lo imprimiere o vendiere,
por el mismo caso incurra en pena de dozientos mili maravedís para la Cámara y
Fisco de Su Majestad: é ansimismo haréis apregonar lo susodicho por esas ciudades,
villas y lugares, é que nadie sea osado á lo tener en su casa ni a lo leer, so
pena de diez mili maravedís para la dicha Cámara: y hecho el dicho pregón, si
alguno ó algunas personas fueren ó pasaren contra lo en esta cédula contenido,
executaréis en ellas y sus bienes las dichas penas, de lo cual teméis mucho
cuidado, como cosa que importa al servicio de Su Majestad; é los unos ni los
otros non fagades ni fagan ende al por alguna manera, so pena de la nuestra
merced é de diez mili maravedís para la nuestra Cámara, á cada uno que lo
contrario hiciese. Fecha en la villa de Valladolid a XVII días del mes de
noviembre de mili é quinientos é cinquenta é tres años. — YO EL PRINCIPE.—
Refrendada de Sámano . Archivo General de Indias, Estante 139, Cajón
1, Legajo II, Tomo 23, folio 8, Reprint of JOSE TORIBIO MEDINA’S
Bibliographical works, XXI, BIBLIOTECA HISPANO-AMERICANA 1493-18 10, TOMO
PRIMERO 1493-1600, N. ISRAEL —1968— AMSTERDAM, pp. 264-265».
[52] « El padre licenciado Bartolomé de
Las Casas, como supo del mal suceso de su gente y cognosció el mal recaudo que
había de su parte puesto en la conservación de las vidas de aquellos simples y
cudiciosos labradores, que al olor de la caballería prometida y de sus fábulas
le siguieron, y el mal cuento que hobo en la hacienda que se le encargó y que
él a tan mala guarda dejó, acordó que, pues no tenía bienes con que pagallo,
que en oraciones y sacrificios, metiéndose fraile, podría satisfacer en parte a
los muertos y dejaba de contender con los vivos; y asi lo hizo y tomó el hábito
del glorioso Santo Domingo de la observancia, en el cual está hoy día en el
monesterio que la orden tiene en esta ciudad de Sancto Domingo, etc. »
Esto dice Oviedo: « de donde parece la noticia y propósitos causa y fin
del clérigo Las Casas… ». Las Casas, Historia, t. III,
lib. III, cap. CLX, p. 387; « Escribió después dél un clérigo llamado
Gómara, capellán y criado del marqués del Valle, de quien ya hemos hablado, y
tomó de la Historia de Oviedo todo lo falso cerca del clérigo Casas y añadió
muchas otras cosas que ni por pensamiento pasaron, como adelante parecerá ».
Historia, t. III, lib. III, cap. CXLII, p. 321. « … Todo esto dice
formalmente Gómara, capellán y cronista del marqués del Valle ». Historia,
t. III, lib. III, cap. CLX, pp. 384-385.
[53] Las Casas, fray Bartolomé de, ibid,
t. III, lib. III, cap. CIII, p. 183.
[54] Las Casas, fray Bartolomé de, ob.
cit., t. III, lib. III, CXIV, p. 222 y t. II, lib. III, cap. XXVII, pp.
528-529.
[55] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
t. II, p. 10.— En Relación de salida…, manuscrito atribuido a Gómara, que se
conserva en copia de 1778, se menciona que nació en 1485, en fin del mes de
julio; vid. Martínez, Documentos, t. IV, p. 433.— Existe, por otra
parte, un texto fragmentario titulado De rebus gestis Ferdinandi
Cortesii, publicado por don Joaquín García Icazbalceta, en su Colección
de documentos para la historia de México, Editorial Porrúa, S.A., México,
1971, vol. I, pp. 309-357, el cual, como ha demostrado el señor Ramón Iglesia,
no es otra cosa que la traducción latina del texto de Gómara, en el cual éste
anunció que se encontraba trabajando; es por ese motivo que en este libro se
omiten citas referidas a ese fragmento; vid., Ramón Iglesia, Cronistas
e historiadores de la conquista de México, SepSetentas, México, 1972,
p. 235.
[56] Díaz del Castillo, Bernal, Historia,
cap. CCIV, p. 555.
[57] Existe un retrato de autor anónimo, que
ilustra la cubierta del libro publicado en 1588, de Gabriel Lobo Lasso de la
Vega, quien asegura que es copia de uno enviado al Emperador a Alemania, para
el cual habría posado. En la orla del marco está escrito: Ferdinandus
Cortesius dux invictissimus, aetatis 63; de acuerdo con ello, a los sesenta
y tres años seguía vivo. Y por otra parte, existen dos versiones señalando que
nació el mismo año que Lutero, una de las cuales precisa, incluso, que vinieron
al mundo el mismo día. —D. José Toribio Medina [Vid. Bio-Bibliografía de Hernán
Cortés. Santiago de Chile. 1952, pp. 55-60 incluye una nota junto con la ficha
del Peregrino indiano, cuyo autor, Antonio de Saavedra Guzmán, nacido en México
y biznieto del primer conde de Castelar, casó con una nieta de Jorge de
Alvarado. En Peregrino indiano Saavedra Guzmán dice: «Cuando nació Lulero en
Alemania, nació Cortés el mesmo día en España». Según eso, el caudillo
extremeño habría nacido el 10 de noviembre de 1483; de igual manera se observa
que Torquemada, en el prólogo a su libro cuarto, escribe: «que el mismo año que
Lutero nació en Islebio, villa de Saxonia, naciese Fernando Cortés en
Medellín», Fray Juan de Torquemada, Monarquía indiana, introducción por Miguel
León Portilla, de la Academia Mexicana de la Lengua, tomo primero, quinta
edición, Editorial Porrúa, S.A, México, 1975,1.1, p. 340.— Cortés, en la última
carta escrita al Emperador dice « porque be sesenta años»; como eso
lo escribe el 3 de febrero de 1544, ello nos lleva a que habría nacido en 1484;
AGI.— Vargas Ponce, Colección el Archivo de la Real Academia de la
Historia.— Prescott, Historia de la conquista, Apéndices, p.
II, doc. XV. — Gayangos, Cartas y relaciones, doc. XXVII, pp. 567—
572. — Martínez, Documentos, t. IV, cita en p. 270.
[58] Las Casas, fray Bartolomé de, ob. cit.,
t. II, lib. III, cap. XXVII, p. 528.
[59] Suárez de Peralta, Juan, Tratado del
descubrimiento de Indias (Noticias históricas de Nueva España) , 1589,
México, Secretaría de Educación Pública, México, 1949, pp. 30-31.
[60] Fernández de Oviedo en tres ocasiones
identifica a Francisco de las Casas como cuñado de Cortés; refiriéndose a él,
dice: « éste es un caballero, cuñado de Cortés, natural de Medellín », Historia,
t. II, cap. XIX, p. 150; lo reitera en t. IV, p. 233; y en t. V, cap. X, p.
352, escribe: « amigo del gobernador Hernando Cortés, cuyo cuñado era
este caballero [Francisco de las Casas], casado con hermana del
gobernador ».— Gómara, igualmente, escribe que Cortés y él eran
cuñados: Historia, t. II, p. 316. Existe, por otro lado, la
referencia siguiente que apunta hacia la probable existencia de dos hermanas
más: « Dejó, señores […] por sus tenientes a Diego Valadés y a Blasco
Hernández, cuñados del dicho Hernando Cortés », Colección de
Documentos para la Historia de México, primera edición facsimilar,
publicada por Joaquín García Icazbalceta, Bilioteca Porrúa México, 1971, t. I,
p. 535.— En otra parte se lee: « tovo por su alcalde mayor a Francisco
de Las Casas e Joan Suárez, por teniente en la provincia de Guaxaca, siendo los
susodichos sus cuñados »; AGI.— CDIAO, t. XXVII, pp. 5-59.— Martínez,Documentos,
t. II, p. 130.— Cortés siempre da a Francisco de Las Casas trato de primo,
circunstancia que no excluye que también fuera su cuñado. En las clases altas
el matrimonio entre parientes era frecuente en la época.
[61] Cortés, Hernán, Cartas de relación,
Quinta relación, nota preliminar de Manuel Alcalá, tercera edición,
editorial Porrúa, S.A., «Sepan cuantos…», núm. 7, México 1967, p. 205.
[62] Mártir de Anglería, Pedro, Décadas,
t. II, p. 483.
[63] Suárez de Peralta, Juan, ob. cit.,
p. 31.
[64] Cortés, Hernán, Quinta relación,
p. 234 (un escudero como yo); Las Casas, fray Bartolomé de, ob. cit.,
t. III, cap. CXV, p. 223 (unpobrecillo escudero).
[65] AGI. — CDIAO, t. XXVII, pp. 199-300. —
Martínez, Documentos, t. II, p. 290.
[66] AGI. — CDIAO, t. XXVII, pp. 199-300;
Martínez, Documentos, t. II, p. 195.
[67] AGI. — CDIAO, t. XXVII, pp. 199-300;
Martínez, Documentos, t. II, p. 196.
[68] Archivo Histórico Nacional, Archivo de
Ordenes Militares, Madrid, exp. 2169. — Manuel Romero de Terreros, Hernán
Cortés, sus hijos y nietos, caballeros de las Ordenes Militares , 2ª.
ed., Antigua Librería Robredo de José Porrúa e Hijos, México, 1944, pp. 31-34.
— Lo reproduce Martínez, Documentos, t. I, pp. 336-343.—
Vid. Chronica dé las tres órdenes y caballerías de Santiago, Calatrava
y Alcántara, compuesta por el licenciado frey Francisco de Rades y
Andrada, Capellán de su Majestad, de la Orden de Calatrava, impresa con
licencia en Toledo, en casa de Juan de Ayala, Año 1572.— Reimpresa por Servicio
de Reproducción de Libros, Librerías París-Valencia, Pelayo 7.— 46007.
[69] Thompson, E.H., Los godos en España, El
Libro de Bolsillo, Alianza Editorial, Madrid, 1969, p. 15.
[70] Thompson, E.H., ídem, p. 237.
[71] Bandos sobre los gitanos, (Novísima
Recopilación, libro XII, título XVI, leyes Iª y 4ª), reproducido en Historia
de España7, A. Domínguez Ortíz, J. L. Peset, M. Peset y F. Solano, Esplendor
y decadencia, de Felipe III a Carlos II, Historia 16, Año VI, Extra
XIX, octubre 1981, Madrid, p. 70.
[72] La lectura de libros de caballerías en Indias
quedó prohibida por cédula del príncipe Felipe, expedida en Valladolid el 21 de
septiembre de 1543; « que las audiencias de Indias no consientan ni den
lugar a que en aquellas partes se vendan libros de Amadís, ni otros de esta
calidad, ni historias mentirosas, ni que los indios los lean ni los tengan los
españoles »; Zorita, Alonso de, Leyes y ordenanzas reales, Ley
4. — pp. 132-133.
[73] La Iberia, Escritos sueltos, doc.
LX, pp. 309-324. — Martínez, Documentos, t. IV, p. 234.
[74] Cervantes de Salazar, Franciso, Crónica,
1.1, p. 177.
[75] La Iberia, Escritos sueltos, doc.
LX, pp. 309-324, lo reproduce Martínez, Documentos, t. IV, p. 234.
[76] « la escribanía del ayuntamiento de
Azúa, donde vivió Cortés cinco o seis años », López de Gómara, ob.
cit., segunda parte, p. 12.— « la escribanía del ayuntamiento de
Achúa, que el comendador había fundado, donde Cortés vivió seis años dándose a
granjerías y sirviendo su oficio a contento de todo el pueblo» ;
Cervantes de Salazar, Crónica, 1.1, cap. XVI, p. 178.
[77] López de Gómara, Francisco, ob. cit., segunda
parte, p. 13.
[78] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia, t.
II, lib. III, cap. XXVII, p. 528.
[79] López de Gómara, Francisco, ídem, segunda
parte, p. 14.
[80] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia, t.
II, lib. III, cap. XXVII, p. 529.
[81] Cervantes de Salazar, Francisco, 1.1, cap.
XIX, p. 180.
[82] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap.
XIX, p. 32.
[83] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XX, p. 34.
[84] Publicaciones del Archivo General de la
Nación, XXVII. — Documentos inéditos relativos a Hernán Cortés y su
familia, Talleres Gráficos de la Nación, México , 1935, pp. 45-63.
[85] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia.,
t. II, lib. III, cap. XXVII, p. 530.
[86] Cervantes de Salazar, Francisco. Crónica,
t. I., cap. XVI, p. 178.
[87] Díaz del Castillo, Bernal, Historia,
cap. CCIV, pp. 556-557.
[88] Díaz del Castillo, Bernal, ob, cit.,
cap. XXIII, pp. 38-39.
[89] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia,
t. III, lib. III, cap. CXVI, p. 227.
[90] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap.
CCIV, pp. 556-557.
[91] Texto de Paulo Jovio sobre Cortés: Elogios
o vidas breves de los cavalleros antiguos y modernos ilustres en valor de
guerra, que están al vivo. Es autor el mismo Paulo Jovio. Y tradújolo de latín
en castellano, el licenciado Gaspar de Baeza. Dirigida a la Catholica Magestad
del Rey don Pbilippe II nuestro señor. (Gr. E. de a.r.) En Granada. En casa de
Hugo de Mena. Con privilegio. 1568.— Lo reproduce D. Joaquín Ramírez
Cabañas en la edición a su cargo de la Historia de la Conquista de
México, de Francisco López de Gómara, t. I, Editorial Pedro Robredo,
México, D.F., 1943, pp. 331-334.
[92] Las Casas, fray Bartolomé de, ob
.cit., t. II, lib. III, cap. XXVIII, p. 530. La criatura a la que se hace
referencia, necesariamente debió de ser niña, puesto que al pasar a México
Cortés no tenía ningún hijo varón. Es posible que se trate de Leonor, la
presunta primogénita.
[93] Bernal, ob. cit., cap. CCIV, p.
557.
[94] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap.
XIX, p. 31.
[95] Cervantes de Salazar, Francisco, t. I, Crónica,
cap. XIII, p. 168.
[96] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia,
t. III, lib. III, cap. LXXXVIII, pp. 121-130.— Fernández de Oviedo lo presenta
de distinta manera: según él, Cisneros acordó « buscar tres religiosos
de la Orden de Sanct Hierónimo, personas de grand auctoridad e letras, e de
aprobada vida, y enviólos a esta cibdad de Sancto Domingo con muy bastantes
poderes para gobernar las Indias», Historia General , t. I, cap. II,
p. 93.
[97] « Estando el rey de partida de
Barcelona para Castilla y de allí a la Coruña, donde se aparejaba la flota de
cien naos para se volver a Flandes, llegaron los tres padres de Sanct Hierónimo
desta isla Española, y queriendo besar las manos del rey e hacelle relación de
cómo la tierra quedaba, nunca, ni en Barcelona, ni por el camino, ni en Burgos,
donde celebró, día de Sancto Matías, su nascimiento, ni en Tordesillas, donde
fue a ver a la reina, su madre, y ellos pensaron que allí los oiría, pudieron
jamás hablalle; acordaron, visto esto, de se ir cada uno a su
monasterio».— Las Casas, fray Bartolomé de,Historia, t. III,
lib. III, cap. CLIV, p. 359.
[98] Pliego de instrucciones en Francisco
Cervantes de Salazar, Crónica de la Nueva España, t. I, lib. II,
cap. XIII (incompleto) pp. 169-175.— En notas pp. 175-176 se completa la
transcripción que Cervantes de Salazar dejó incompleta, tomando la publicada
por don Luis Torres de Mendoza en su Colección de documentos de América,
t. XII, p. 225, donde se lee: «eporque diz que hay gentes de orejas grandes y
anchas y otras tienen las caras como perros». Aparece como nota en Cervantes de
Salazar, Crónica, 1.1, cap. XIV, p. 175.
[99] Publicaciones de la Sociedad de Estudios
Cortesianos, No.1, Cedulario cartesiano, compilación de
Beatriz Arteaga Garza y Guadalupe Pérez San Vicente, Editorial Jus, México,
1949, pp. 9-10.
[100] Cortés, Hernán, Primera Relación, p.
8; AGI.— CDIAO, t. XXVII, pp. 301-445.— Martínez, Documentos, t.
II, pp. 226-227.
[101] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia,
lib. III, cap. CXV, p. 223. — Díaz del Castillo, Bernal, Historia,
cap. XIX, p. 32.
[102] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XX, p. 34.
[103] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
segunda parte, pp. 20-21.
[104] « ¿Cómo, compadre, así os vais? ¿Es
buena manera ésta de despediros de mí? Respondió Cortés: “Señor, perdone
vuestra merced, porque estas cosas y las semejantes antes han de ser hechas que
pensadas; vea vuestra merced que me manda […] no tuvo
Velázquez qué responder, viendo su infidelidad y desvergüenza ”,
Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica, t. I, cap. XIII, p. 168;
Las Casas, ob. cit., t. III, lib. III, cap. CXV, pp. 224-225».
[105]Interrogatorio general , AGI.— CDIAO, t. XXV, pp. 301-445.— Martínez, Documentos,
t. II, p. 226.
[106] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia,
t. III, lib. III, cap. CXV, p. 224.
[107]Interrogatorio general , pp. 301-445; Martínez, Documentos, t. II, p. 227.
[108] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia,
t. III, lib. III, cap. CXV, p. 226.
[109] Tapia, Andrés de, Relación sobre la
conquista de México, en Colección de Documentos para la Historia de México,
publicada por Joaquín García Icazbalceta, primera edición facsimilar, Tomo
Segundo, Editorial Porrúa, S.A., Av. República Argentina 15, México, 1971, p.
565.
[110] Fernández de Oviedo, Francisco, ob.
cit., t. II, cap. XVIII, p. 147.
[111] AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 271,
exp. 13; Boletín del Archivo General de la Nación, México, 1938, t.
IX, núm, 2, pp. 230-234.— Martínez, Documentos, t. I, p. 223.
[112] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia,
t. III, lib. III, cap. CXIV, p. 220; Alaminos: « leyó algunas veces la
licencia otorgada por los frailes jerónimos »; Martínez, Documentos,
t. I, p. 222.
[113] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia,
t. III, lib. III, cap. CXIV, p. 220.
[114] Las Casas, fray Bartolomé de, ob. cit.
t. III, cap. CXIII, p. 216.
[115] AGI. — CDIAO, t. XXVII, pp. 301-304. —
Martínez, Documentos, t. II, p. 227.
[116] Tapia, Andrés de, Relación, p.
554.
[117] AGI. — CDIAO, t. XXVII, pp. 301-304. —
Martínez, Documentos, t. II, p. 227.
[118] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XXI, p. 35.
[119] Díaz del Castillo, Bernal, ídem,
cap. XXIII, p. 39.
[120] AGI.— CDIAO, t. XXVII, pp. 301-445. —
Martínez,Documentos, t. II, p. 226.— Bernardino Vázquez de Tapia, en la
declaración que prestó como testigo de Juan Núñez Sedeño, en el pleito
sostenido por éste contra Cortés, manifestó que él viajaba en el navío de
aquél, siendo abordados por Diego Ordaz y conducidos a la Trinidad. Por tanto,
fue allí donde se incorporó a la expedición.— AGN, Boletín del Archivo
General de la Nación, Documentos inéditos relativos a Hernán Cortés y su
familia, Talleres Gráficos de la Nación, México, 1935, p. 184.
[121] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia,
t. III, cap. CXVI, pp. 226-227.
[122] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XXII, pp. 36-37.
[123] AGI. — CDIAO, t. XXVII, pp. 301-445.—
Martínez, Documentos, t. II, p. 227.
[124] Tapia, Andrés de, ob. cit. p.
555.
[125] López de Gómara, Francisco, Historia,
segunda parte, pp. 22-23.— Bernal, ob. cit., cap. XXII, p. 37;
« Quisiérale convidar Diego de Ordás a Cortés al navío de que venía por
capitán, por allí apanallo»\ Las Casas, Historia, t. III,
lib. III, cap. CXVI, p. 227.— « determinóse muy en secreto que en el
navío de Diego Ordaz hiciesen un banquete »; Cervantes de Salazar, t.
I, Crónica, cap. XX, p. 182.
[126] AGI. — CDIAO, t. XXII, pp. 301-445. —
Martínez, documentos, t. II, p. 228.
[127] AGI, Patronato Real, est, 2, caj. 5, leg.
1/9. — Biblioteca Histórica Mexicana de Obras Inéditas, segunda
serie, I, Epistolario de Nueva España, 1505-1818, recopilado por Francisco del
Paso y Troncoso, t. I, 1505-1529, Antigua Librería Robredo, de José Porrúa e
Hijos, México, 1939, doc. 49 bis, t. I, p. 47.
[128]Copia enviada a J. García Icazbalceta por W.H. Prescott.— G.I., CDHM, t, I, pp.
411-420.— Martínez, Documentos, t. I, p. 150.
[129] López de Gómara, Francisco, Historia,
t. II, p. 21— Cervantes de Salazar, Crónica, t. I, cap. XX, p. 181.
[130] AGI, — CDIAO, t. XXVII, pp. 301-445. —
Martínez, Documentos, t. II, p. 229; Bernal corrobora el
dato, ob. cit. cap. XXV, p. 41.
[131] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XXV, p. 41.
[132] López de Gómara, Francisco, Historia,
segunda parte, p. 26; Bernal, cap. XXV, p. 41, asegura que le dieron el timón
de otro navio.
[133] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XXIII, p. 39. — « traxo una yegua e parió en la mar un potro»,
declaración de Vázquez de Tapia, Bernardino, AGN, Documentos inéditos
relativos a Hernán Cortés y su familia, p. 184.
[134] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap.
XXV, pp. 41-42.
[135]Interrogatorio general. — AGI.— CDIAO.—1. XXVII, pp. 301-445.—
Martínez, Documentos, t. II, p. 229.— Por otro lado vemos que
Vázquez de Tapia, quien iba a bordo del San Sebastián, dice lo
siguiente: « benía el dicho Pedro de Albarado por capitán de una nao de
la dicha armada el qual se adelantó sin querer esperar a la flota y llegó á la
Isla de Cozumel »;Relación, Apéndices, p. 106.
[136] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XXVI, p. 42; Cortés, Hernán, Primera Relación, p. 8.
[137] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit,
cap. XXVII, p. 43.
[138] Cortés, Hernán, Cartas, p.
10.
[139] Tapia, Andrés de, ob. cit. p.
556.
[140] GI.— CDIAO, t. XXVII, pp. 301-345, Interrogatorio
general. — Martínez, Documentos, t. II, p. 231.
[141] Cortés, Primera Relación, p. 10.
[142] Tapia, Andrés de, ob. cit., pp.
556-557. — Bernal, ob. cit., cap. XXIX, pp. 46-47. — Gómara, Historia, segunda
parte, pp. 29-31.
[143] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia,
t. III, lib. III, cap. CXVII, p. 231.
[144] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
segunda parte, p. 31.— Cortés dice en el interrogatorio general: « Gerónimo
de Aguilar, el uno, y el otro, un Morales, el cual no había querido venir,
porque temía ya horadadas las orejas, y estaba pintado como indio, e casado con
una india, e ternía hijos con ella »—, AGI-CDIAO, t. XXVII, pp.
301-445.— Martínez, documentos, t. II, p. 232.— Cabe recordar que
en los primeros meses Jerónimo de Aguilar permanecía constantemente junto a
Cortés en su labor de intérprete; Oviedo lo llama únicamente Gonzalo, sin
proporcionar apellido. En la playa de Akumal, Quintana Roo existe una estatua
dedicada a Gonzalo Guerrero, quien pasa por ser el padre del mestizaje en
México.
[145] Tapia, Andrés de, ob. cit., p.
555.— Gómara, ob. cit., segunda parte, p. 34.
[146] Tapia, Andrés de, Relación, p.
558.— Gómara, ob. cit ., segunda parte, p. 35.
[147] Tapia, Andrés de, ob. cit., p.
557; Gómara, Historia, segunda parte, p. 37.— Bernal, ob.
cit., cap. XXX, p. 49; Cortés: « agora se llama puerto de Términos;
y en una isleta questaba dentro de la dicha bahía, halló el navío que se había
perdido, e toda la gente muy buena; e se mantenían de conejos e venados que
mataban en la dicha isleta, questaba despoblada, con una perra que en la dicha
isleta hallaron, que se había quedado, de los navíos del dicho Francisco
Hernández de Córdoba, primero descubridor» ; AGI.—CDIAO, t. XXVII, pp.
301-445.— Martínez, documentos, t. II, p. 232.
[148] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap.
XXX, p. 49.— Gómara confunde a Pontochan-Champotón con Tabasco, ob. cit.,
segunda parte, p. 41.
[149] Fernández de Oviedo, Francisco, Historia,
t. III, cap. VII, 227-228; Las Casas, Historia, fray Bartolomé de,
t. III, lib. III, cap. LVII, pp. 26-28 « Este requerimiento ordenó el
venerable doctor Palacios Rubios, bien mi amigo, según él mismo (si no me he
olvidado) me dijo, el cual, como arriba he alguna vez tocado, fuera desto,
favorecía y se compadecía mucho de las angustias y daños de los indios».
[150] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap.
XXXI, p. 52.
[151] Fernández de Oviedo, Gonzalo, ob.
cit., t. III, cap. VII, p. 230
[152] Cortés, Hernán, Primera Relación,
p. 13.
[153] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XXXV, p. 58.
[154] Díaz del Castillo, Bernal, cap. XIII, p. 24.
[155]Historia General de las Cosas de Nueva España , escrita por Fr. Bernardino de Sahagún,
franciscano, y fundada en la documentación en lengua mexicana recogida por los
mismos naturales, La dispuso para la prensa en esta nueva edición, con
numeración, anotaciones y apéndices, Angel María Garibay K, t. I, Editorial
Porrúa, S.A., Av. República Argentina 15, México, D.F., 1969, t. IV, p. 36.
[156] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit.,
t. IV, pp. 27-29.— La omisión de las piezas más sobresalientes ya hace ver con
suspicacia la veracidad de esa relación, elaborada evidentemente muchos años
después.
[157] Díaz del Castillo, Bernal, cap. XXXVIII, p.
65.
[158] Díaz del Castillo, Bernal, cap. XLII, pp.
71-73.
[159] AGI, Patronato Real, est. 2, caj. 5, leg.
1/9. — Paso y Troncoso, Epistolario, t. I, p. 46.
[160] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XLIII, p. 74.
[161] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XLV, p. 77.
[162] Torquemada, fray Juan de, Monarquía,
t. I, p. 280.
[163] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XLVIII, p. 81.
[164] Díaz del Castillo, Bernal, cap. L, p. 85.
[165] Díaz del Castillo, Bernal, Historia,
cap. XLVIII, p. 82.
[166] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. I, cap. XI, p. 222
[167] AGI, Justicia, legs. 220-225, leg. 223;
Martínez, Documentos , t. I, pp. 84-85.
[168] AGI., Justicia, legs. 220-225, leg. 223. —
Martínez, Documentos, t. I, p. 83.
[169] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. LUI, p. 91.
[170]Cartas de relación , p. 7.
[171]Cartas de relación , p. 15.
[172] Díaz del Castillo, Bernal, Historia, cap.
LVII, p. 97; Cartas de relación, p. 18.
[173] Aguilar, Francisco de, Relación breve
de la conquista de la Nueva España, Universidad Nacional Autónoma de
México, Instituto de Investigaciones Históricas, México, 1977, p. 69.
[174] Aguilar, Francisco de, ídem, p.
69.
[175] En realidad, el primero en haber dicho que
Cortés quemó las naves fue Francisco Cervantes de Salazar; «quemando luego los
navíos en testimonio de su mucho valor, para quitar toda ocasión de
arrepentimiento». Esa aseveración se encuentra contenida en una epístola
laudatoria escrita en Alcalá de Henares en 1546, al dedicará este las glosas y
traducciones que había hecho de obras de Hernán Pérez de Oliva, Luis Mejía y
Juan Luis Vives; sin embargo, cuando escriba su Crónica de la Nueva
España, señalará correctamente que los navíos fueron dados de través, o
sea, arrojados sobre la playa.— Obras que Francisco Cervantes de
Salazar ha hecho, glosado y traducido… , Impresa en Alcalá de Henares,
en casa de Juan de Brocar, a XXV de mayo del año M.D. 1546.— Martínez,
Documentos, t. IV, p. 349.
[176] Juan Suárez de Peralta retomará la versión
del fuego, misma que hará fortuna en la cultura universal: « porque
soplaba un airecito que los ayudó a quemar muy presto », p. 42.—
Baltasar Dorantes de Carranza escribió: « barrenar y quemar los navíos
para perder la esperanza de la vuelta, o morir o vencer », Sumaria
Relación de las cosas de la Nueva España.— Con noticia individual de los
descendientes legítimos de los conquistadores y primeros pobladores españoles
por Baltasar Dorantes de Carranza, la publica por primera vez el Museo
Nacional de México, paleografiada del original por el Sr. D. José María de
Agreda y Sánchez, México, imprenta del Museo Nacional, 1902, p. 14.
[177] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. LV, pp. 93-94.
[178] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. LIII, p. 90; Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica, 1.1,
cap. XVIII, p. 233.
[179] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CCVI, nota en pie p. 575.
[180] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XLIX, pp. 83-84.
[181] Díaz del Castillo, Bernal, Historia,
cap. LI, p. 87.
[182] Cortés, Hernán, Cartas y documentos,
introducción de Mario Hernández Sánchez-Barba, profesor de la Universidad de
Madrid, Editorial Porrúa, S.A., México, 1963, Escritura convenida entre
Hernando Cortés y el regimiento de la Villa Rica en la Vera-Cruz, sobre defensa
de sus habitantes y derechos que había de recaudar , pp. 331-341.
[183] Hernández Sánchez-Barba, Mario, Cartas,
pp. 331-336. <
[184] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. I, cap. XXIV, p. 241.— Torquemada, Monarquía, t. I, cap. XXVI, p. 411.
[185] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 26.
[186] López de Gómara, Francisco, Historia, segunda
parte, p. 87; Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap. LVIII, p.
99.
[187] Torquemada, fray Juan de, Monarquía,
t. I, cap. XXVI, p. 411.
[188] Torquemada, fray Juan de, ob. cit.
t. I. p. 411.
[189] Torquemada, fray Juan de, ob. cit.,
t. I, p. XV.
[190] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. I, cap. XXV, p. 242.
[191] Cortés, Hernán, Segunda Relación, p.
28.— Tapia, Andrés de, Relación, p. 567.— Carta al rey
de Ruy González, publicada por Paso y Troncoso, Epistolario, t. VII, p. 33
( ¿pero es que hay alguien que no sea vasallo de Motecuhzoma? ).
[192] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit. cap.
LXI, p. 104.
[193] Historia de Nueva España, escrita por su
esclarecido conquistador Hernán Cortés, aumentada con otros documentos y notas
por el ilustrísimo señor Don Antonio Lorenzana, Arzobispo de México , Imprenta del Superior Gobierno, del Br. D. Joseph
Antonio de Hogal en la calle de Tiburcio, México, 1770, p. 5.
[194] Cortés, Hernán, Segunda Relación, p.
29; Bernal, ob. cit., cap. LXII, pp. 106-107.
[195] Torquemada, fray Juan de, ob. cit.,
t. I, cap. XXIX, p. 419.
[196] Aguilar, Francisco de, Relación breve,
pp. 70-71.
[197] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XLII, p. 107.
[198] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. LXIII, p. 109.
[199] « jamás vimos flaqueza en ella, sino
muy mayor esfuerzo que de mujer », Bernal, ob. cit., cap.
LXVI, p. 115; « Y aquí dixo Teutl, uno de los nobles de Cempoala a
Marina que veía la muerte delante de los ojos, y que no era posible que ninguno
escapase vivo. Respondióle Marina que no tuviese miedo, porque el Dios de los
cristianos, que es muy poderoso, y los quería mucho, los sacaría de
peligro », Torquemada, ob. cit., t. I, cap. XXX, p. 421;
Cervantes de Salazar, ob. cit., cap. t. I, cap. XX-XIV, p.
255.
[200] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. I, pp. 256-257.
[201] Tapia, Andrés de, Relación, p. 569; López de
Gómara, Francisco,Historia, t. II, p. 100; Díaz del Castillo,
Bernal, ob. cit., cap. LXX, 121-122; Cervantes de Salazar,
Francisco, ob. cit., t. I., p. 261; Torquemada, fray Juan de, t. I,
cap. XXXII, p. 424.
[202] Torquemada, fray Juan de, Monarquía,
t. I, cap. XXXI, p. 423.
[203] Tapia, Andrés de, ob. cit., p.
568.
[204] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 31; Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap. LXX, p. 122;
Cervantes de Salazar, Francisco, ob. cit., t. I, cap. XXXIX, p.
263; Torquemada, fray Juan de, Monarquía, t. I, cap. XXXIII, p.
426.
[205] Cortés, Hernán, Segunda Relación, p. 32;
Tapia, Andrés de, Relación, p. 571; López de Gómara, Francisco, Historia,
t. II, p. 106; Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap. LXIX, pp.
118-119. — « que había sido Pedro Carbonero que los había metido donde
nunca podrían salir »; Cervantes de Salazar, Crónica, cap.
XLII, t. I, p. 269.
[206] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit, cap.
LXIX, p. 119.
[207] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 30.
[208] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 32; Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit, cap. LXVIII, p.
117; Cervantes de Salazar, Francisco, ob. cit., t. I, cap. XLI, pp.
266-267.
[209] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit, cap.
LXIX, p. 120; Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica, t. I,
cap. XLI, p. 268.
[210] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. LXIX, p. 118.
[211] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 32.
[212] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. LXXII, p. 125.
[213] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 34.
[214] « Otro día siguiente, a hora de las
diez, vino a mí Sicutencal, el capitán general de esta provincia, con hasta
cincuenta personas principales de ella, y me rogó de su parte y de la de
Magiscasin, que es la más principal persona de toda la provincia, y de otros
muchos señores de ella, que yo les quisiese admitir al real servicio de vuestra
alteza y a mi amistad, y les perdonase los yerros pasados»; Cortés, Segunda
Relación, pp. 32-33.
[215] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. I, cap. XXXV, p. 257.
[216] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap.
LXVII, p. 116 y cap. LXIX, p. 121.
[217] Díaz del Castillo, Bernal, ídem,
cap. CCXII, p. 594.
[218] Bernal fija la entrada el 23 de
septiembre, Historia, cap. LXXV, p. 131; Gómara, ob. cit, t.
II, p. 111, señala en cambio que la entrada en Tlaxcala fue el dieciocho de
septiembre; Cervantes de Salazar, Crónica, XLVIII, pp. 277-278 y
Torquemada lo repiten, Monarquía, t. I., cap. XXXVII, p. 434. Nos
atenemos a la fecha proporcionada por Bernal que concuerda con la cronología de
Cortés.
[219] «teocacatzacti, los dioses sucios»,
Torquemada, ob. cit., t. I, cap. XXVIII, p. 418; «divinos sucios »,
Sahagún, ob. cit., t. IV, cap. VIII, p. 94.
[220] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. LXXVI, p. 132.
[221] Tapia, Andrés de, Relación, p.
572.
[222] « Fueron padrinos de los cuatro
señores, D. Fernando Cortés, Pedro de Alvarado, Andrés Tapia, Gonzalo de
Sandovaly Cristóbal de Olid. Tomó por nombre Xicoténcatl llamarse Vicente y
después se llamó D. Vicente, Maxixcatzin se llamó Lorenzo, Zitlalpopocatziny
Tlehuexolotzin; Diego Muñoz Camargo, Historia de Tlaxcala,
publicada y anotada por Alfredo Chavero, edición facsimile, 1966, editada por
Edmundo Aviña Levy, México, Oficina. Tip. de la Secretaría de Fomento, 1892,
pp. 204-205. En nota de pie de página, el señor Chavero observa que falta el
fin del párrafo, y propone acertadamente: “ lo supliremos diciendo que
Citlalpopocatzin se llamó Bartolomé y Tlehuexololotzin se llamó Gonzalo ”.—
Bernal sitúa el bautizo de Xicoténcatl el viejo en fecha posterior, después de
muerto Maxixcatzin, y en lugar de llamarlo Vicente, dice que se le impuso el
nombre de don Lorenzo de Vargas, y habría sido bautizado por fray Bartolomé de
Olmedo; Historia, cap. CXXXVI, p. 283».
[223] Muñoz Camargo, Diego, ob. cit.,
p. 205
[224] Díaz del Castillo, Bernal, Historia, cap.
LXXVIII, p. 135.
[225] Cervantes de Salazar, Francisco, ob.
cit, t. I, cap. XLIX, p. 278.
[226] « Entendiendo el deseo del dicho
Marqués, yo me ofrecí de ir, el cual lo agradeció mucho y aceptó mi
ofrecimiento. Después se ofreció también para ir Don Pedro de Alvarado, y
acordó el Marqués que fuésemos ambos y diónos instrucción de lo que habíamos de
hacer, y presentes y cosas de Castilla, para que diésemos a Montezuma. Y aunque
ambos teníamos caballos, nos mandó los dejásemos y que fuésemos a pie, porque
si nos matasen, no se perdiesen, que se estima un caballero a caballo más de
trescientos peones »; Vázquez de Tapia, Relación, pp.
34-38.
[227] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 35.
[228] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica, t.
I, cap. LII, p. 282.
[229] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 34.
[230] « a la lengua que yo tengo, que es
una india de esta tierra, que hube en Potonchán, que es el río grande que ya en
la Primera relación_a vuestra majestad hice memoria, le dijo otra natural de
esta ciudad cómo muy cerquita de allí estaban mucha gente de Mutezuma junta, y
que los de la ciudad tenían fuera sus mujeres e hijos y toda su ropa, y que
habían de dar sobre nosotros para nos matar a todos, y si ella se quería salvar
que se fuese con ella, que ella la guarecería »: Cortés, Hernán, Segunda
Relación, p. 36.— « Y una india vieja, mujer de un cacique, como
sabía el concierto y trama que tenían ordenado, vino secretamente a doña
Marina, nuestra lengua; como la vio moza y de buen parecer y rica, le dijo y
aconsejó que se fuese con ella [a] su casa si quería escapar la vida, porque
ciertamente aquella noche y otro día nos habían de matar a todos, porque ya
estaba así mandado y concertado por el gran Montezuma»; Bernal, ob.
cit., cap. LXXXIII, p. 146.— « Y como el Marqués vio todas esas
cosas, temió de alguna traición y mandó que toda la gente estuviese muy
apercibida, y andando con gran aviso inquiriendo, supo que allí cerca de
Cholula, estaba una guarnición de gente de México y, ratificado de ello,
determinó, que antes que nos tomasen durmiento, de dar en los unos y en los
otros, y ansí, lo hice , [sic] aunque no con poco peligro nuestro»;
Vázquez de Tapia, Bernardino, Relación, pp. 37-38.
[231] Tapia, Andrés de, Relación, p.
576; López de Gómara, Historia, t. II, p. 121.
[232] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 36.
[233] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 37.— « A esta Cholula tenían por gran santuario como otra Roma, en
la que había muchos templos del demonio; dijéronme que había más de trescientos
y tantos. Yo la vi entera y muy torreada y llena de templos del demonio, pero
no los conté»; Motolinia, tratado I, cap. VIII, p. 49, en Colección
de Documentos para la Historia de México, publicada por Joaquín García
Icazbalceta, primera edición facsimilar, Tomo Primero, Editorial Av. República
Argentina 15, México, 1971.
[234] Cortés, Hernán, Segunda Relación, p.
37.
[235] Cortés, Hernán, Segunda Relación, p.
34.
[236] López de Gómara, ob. cit., segunda
parte, p. 119.
[237] «comenzó a nevar y se cuajó de nieve la
tierra», Bernal,ob. cit., cap. LXXX-VI, p. 155; «subí al puerto
por entre las dos sierras»; Cortés, Segunda Relación, p. 39.
[238] En Amecameca el cacique local dio muchas
quejas de Motecuhzoma; López de Gómara, ob. cit, t. II, p. 128;
Cervantes de Salazar, ob. cit., t. I, cap. XLI, p. 298. — Cortés
omite mencionar el hecho.
[239] Cortés, Hernán, Segunda Relación, p.
40.
[240] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. I, cap. LXIII, p. 301.
[241] Torquemada, fray Juan de, Monarquía, t.
I, cap. XXLVI, p. 450.
[242] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 42 (jeme, distancia entre el pulgar y el índice extendidos).
[243] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 43.
[244] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XC, p. 165.
[245] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 51.
[246]El Conquistador anónimo—.«arriba de sesenta mil
ánimas» ; Icazbalceta, Documentos, t. I,
p. 391; Texcoco estaba más poblado, « porque el señorío de Texcoco no
era menos que el de México, antes mayor en el número de casas »,
Torquemada, ob. cit., t. I, cap. LXXXII, p. 527.
[247] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 53.
[248] Torquemada, fray Juan de, Monarquía,
t. I, p. 461.
[249] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 52.
[250] Tapia, Andrés de, Relación, p.
583; Gómara, ob. cit., segunda parte, p. 158.
[251] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 53.
[252] Aguilar, Francisco de, Relación breve,
p. 82.
[253] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XC, p. 165.
[254] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XCII, p. 171.
[255] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit. cap.
XCII, p. 171.
[256] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XCII, p. 172.
[257] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XCII, p. 173.
[258] Díaz del Castillo, Bernal, ídem,
cap. XCII, pp. 171-175.
[259] Díaz del Castillo, Bernal, ídem, cap.
XCIII, p. 178.
[260] Tapia, Andrés de, Relación, pp.
579-580.— Historia de las Indias de Nueva España e Islas de la Tierra
Firme , escrita por Fray Diego Durán, dominico, en el siglo XVI,
edición paleográfica del manuscrito autógrafo de Madrid, con introducciones,
notas y vocabularios de palabras indígenas y arcaicas, la prepara y da a luz,
Ángel Mª. Garibay, tomo II, Editorial Porrúa, S.A., México, D.F., t. II, cap.
LXXIV, P- 543.
[261] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XCIII, pp. 178-179.
[262] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XCIV, p. 181.
[263] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 44. — Díaz del Castillo, Bernal, ídem, cap. XCIV, pp.
180-181.
[264] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XCV, p. 182.
[265] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XCV, p. 183.
[266] Tapia, Andrés de, Relación, pp.
579-580.
[267] Aguilar, Francisco de, ob. cit.,
p. 82.
[268] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. I, cap. XXXI, p. 357.
[269] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 44.
[270] Aguilar, Francisco de, ob. cit.
p. 83.
[271] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 26.
[272] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
t. IV, cap. II, p. 11.
[273] Cervantes de Salazar, Francisco, t. I, cap.
XXVII, pp. 346-347.
[274] Tapia, Andrés de, Relación, p.
584.
[275] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 45; Tapia, Andrés de, Relación, p. 584; Díaz del Castilo, Bernal, ob.
cit., cap. XCV, pp. 184-185, menciona únicamente a Cuauhpopoca; López de
Gómara, ob. cit., segunda parte, p. 161, repite el dato de Cortés,
tomado de la relación que tenía a la vista; Bernal, ob. cit., cap.
XCV, pp. 184-185; este autor limita a cuatro los muertos: « Y digamos
los nombres de aquellos capitanes de Montezuma que se quemaron por justicia. El
principal se decía Quetzalpopoca, y los otros se decían el uno Coate y el otro
Quiavit; el otro no me acuerdo el nombre ».
[276] Motolinia, Tratado III, cap. VII, p. 180
« porque Moteuczoma quiere decir, hombre triste, y sañudo, y grave, y
modesto, que se hace temer y acatar »; Alonso de Zorita,Historia de
la Nueva España, facsímil de la edición de Madrid, 1909, Biblioteca
Mexicana de la Fundación Miguel Alemán, A.C., Ciudad de México, 1999, p. 112
( que quiere dezir hombre que está enojado o grave).
[277] Díaz del Castillo, Bernal, cap. XCI, p. 166.
[278] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit,
t. IV, cap. I, p. 24.
[279] Díaz del Castillo, Bernal, ídem,
cap. XCI, p. 166.
[280] Aguilar, Francisco de, Relación breve,
p. 81.
[281] Durán, fray Diego, Historia de las
Indias, t. II, p. 407
[282] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 53.
[283] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CCIX, p. 581; López de Gómara, Francisco, Historia, segunda parte, p. 436.
[284] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XCVI, p. 186.
[285] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XCVII, p. 188.
[286] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. I, cap. XXVIII, p. 350.
[287] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. C. p. 197.
[288] Díaz del Castillo, Bernal, ídem.,
cap. XCVIII, p. 191.
[289] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CVII, p. 208.
[290] Tapia, Andrés de, Relación, pp.
584-586.
[291] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 53.
[292] Díaz del Castillo, Bernal, cap. XCII, p. 174
[293] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XCII, p. 176.
[294] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit.,
t. III, cap. X, p. 44.
[295] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit.,
t. I, cap. XIX, p. 69 y t. III, p. 43. — Durán, fray Diego, ob. cit,
t. I, p. 64.
[296] Biblioteca Porrúa, Hernando Alvarado
Tezozomoc, Crónica mexicana, anotada por Manuel Orozco y Berra,
Códice Ramírez, manuscrito del siglo XVI, segunda edición, Editorial Porrúa,
S.A., México, D.E, p. 118.
[297] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit.,
1.1, cap. II, pp. 110-111.
[298] Motolinia, Historia de los indios de
la Nueva España, tratado I, cap. VI, p. 40.
[299] Durán, fray Diego, ob. cit., t.
I, cap. III, p. 33.
[300] Durán, fray Diego, ob. cit., t.
I, cap. XIII, p. 130.
[301] Las Casas, fray Bartolomé de, Los
indios de México y Nueva España, Antología, edición, prólogo, apéndices y
notas de Edmundo O’Gorman, de la Academia de la Historia, con la colaboración
de Jorge Alberto Manrique, Editorial Porrúa, S.A., «Sepan cuantos…», No.
57, México, 1971, cap. XXX, p. 101
[302] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit.,
t. I, cap. XXI, p. 146.
[303] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit.,
t. I, apéndice II, p. 241.
[304] Sahagún, fray Bernardino de, ídem,
1.1, cap. XXI, p. 143.
[305] Sahagún, fray Bernardino de, ibídem,
t. I, p. 13.
[306] Sahagún, fray Bernardino de, ibídem,
1.1, cap. XX, p. 139.
[307] Alvarado Tezozomoc, Hernando, Crónica,
p. 95.
[308] « los pellejos de los desollados se
vestían muchos mancebos, a los cuales llamaban tototecti »,
Sahagún, ob. cit, t. I., cap. XXI, p. 143. — «Tlacaxipehualiztli,
que quiere decir desollamiento de personas; Tezozomoc, ob.
cit., p. 120; “ Acabados de desollar, la carne daban a cuyo el
indio había sido, y los cueros vestíanlos otros tantos indios allí luego ”,
Durán, Historia, t. I, cap. IX, p. 97».
[309] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit.,
t. I, cap. XXI, p. 146.
[310] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit.,
1.1, cap. XXIX, p. 188.— « tomándolos los ministros de aquel templo,
uno a uno, dos de las manos y dos de los pies, y dando cuatro enviones en el
aire con él, al cuarto envión daban con él en aquella brasa y, antes que
acabase de morir, sacábanle de presto y poníanle así, medio asado, encima de
una piedra y cortábanle el pecho », Durán, fray Diego, ob.
cit., 1.1, cap. XIII, p. 128.
[311] Zorita, Alonso de, Breve y sumaria
relación de los señores y señoríos de la Nueva España , prólogo y
notas Joaquín Ramírez Cabañas, Universidad Nacional Autónoma de México, 1993,
pp. 49-50.
[312] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CI, p. 196.
[313] Cortés se expresa de manera confusa al
referirse al parentesco de Cuicuitzcatzin, y es así que al referir que ha
echado grillos a Cacama, continúa diciendo « Y tomado el parecer de
Mutezuma, puse en nombre de vuestra Alteza, en aquel señorío, a un hijo suyo
que se decía Cucuzcacin, al cual hice que todas las comunidades y señores de la
dicha provincia y señorío le obedeciesen por señor »; eso lo decía en
la Segunda Relación, pp. 48-49. Por la imprecisión en el lenguaje
queda la duda acerca de si se trataría de un hijo de Cacama o de Motecuhzoma;
pero más adelante aclara el parentesco cuando dice: «… los dos hermanos
del dicho Cacamacin, que por ventura se pudieron escapar; y el uno de estos dos
hermanos se decía Ipacsuchil, y en otra manera Cucuscacin, al cual de antes,
yo, en nombre de vuestra Majestad y con parecer de Mutezuma había hecho señor
de esta ciudad de Tesuico y provincia de Aculuacan…»; Tercera Relación ,
p. 95.
[314] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. C, pp. 194-195.
[315] Zorita, Alonso de, Relación de la
Nueva España, II, Cien de México, Consejo Nacional para la Cultura y las
Artes, edición, versión paleográfica, estudio preliminar e índice onomástico
Ethelia Ruiz Medrano y José Mariano Leyva, introducción y bibliografía Wiebke
Ahrndt, tercera parte, México, 1999, t. II, p. 550.
[316] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 51.
[317] Díaz del Castillo, Bernal, cap. XCIX, pp.
191-192.
[318] Díaz del Castillo, Bernal, Historia,
cap. CIII, p. 200.
[319] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CIII, pp. 201-202.
[320] Díaz del Castillo, Bernal, ídem,
cap. CI, pp. 200-201.
[321] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 45.
[322] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XCI, p. 167.
[323] Díaz del Castillo, Bernal, ídem,
cap. XCI, p. 166. — Aguilar, Francisco de, Relación breve, p. 81.
[324] Cortés, Hernán. Segunda Relación,
p. 56.
[325] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XCVII, p. 189.
[326] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XCVII, p. 189.
[327] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CVI, p. 207.
[328] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CVIII, p. 209.
[329] López de Gómara, Francisco, Historia,
segunda parte, pp. 177-179.
[330] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CVIII, p. 210.
[331] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 56.
[332] Tapia, Andrés de, Relación, p.
586.
[333] Aguilar, Francisco de, ob. cit.,
p. 83.
[334] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 57.
[335] Tapia, Andrés de, ob. cit., pp.
586-587.
[336] Cortés, Hernán, Segunda Relación, p.
57.
[337] AGI. — Copia enviada por W.H. Prescott a
García Icazbalceta. — GI, CDHM, t. I, pp. 399-403. — Martínez, Documentos,
t. I, p. 101.
[338] Informe Lucas Vázquez de Ayllón, en Cartas
y relaciones de Hernán Cortés, colegidas e ilustradas por don Pascual de
Gayangos , París, Imprenta Central de los ferrocarriles, 1866, pp.
39-49. La cita se encuentra en página 41.
[339] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica, t.
II, cap. XC, p. 27; Vázquez de Ayllón, Lucas, Gayangos, p. 42.
[340] Vázquez de Ayllón, Lucas, ob. cit.,
p. 43.— Díaz del Castillo, Bernal, cap. XC, p. 212.
[341] Vázquez de Ayllón, Lucas, ob. cit.,
p. 44.
[342] AGI. — CDIAO, t. XXVII, pp. 5-59. —
Martínez, Documentos, t. II, pp. 104-105.
[343] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia
General, t. IV, cap. XII, p. 54.
[344] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
caps. CVII, p. 226 y cap. CCV, p. 566.
[345] Díaz del Castillo, Bernal, ídem,
cap. CXIV, p. 220.
[346] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXI, p. 215.
[347] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia, t.
IV, cap. XLVIII, p. 235.
[348] Cortés, Hernán, Segunda Relación, p.
56.
[349] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXV, p. 222.
[350] Díaz del Castillo, Bernal, ídem,
cap. CXV, pp. 223-224.
[351] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXVI, p. 224 y cap. CXIX, p. 229.
[352] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXII, p. 237.
[353] Tapia, Andrés de, Relación, p.
589.
[354] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXII, p. 237.— Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica, t. II, cap.
LXXXIII, p. 18.
[355] « el marqués tuvo aviso de cortar é
hacer cortar los látigos de las cinchas de los caballos, que como pensaban
desde á poco salir al campo, todos tenían ensillados sus caballos é comiendo; é
algunos que acudien á enfrenarlos, como estaban los látigos cortados, en
cabalgando luego caien ». Tapia, Andrés de, ob. cit, p.
590.
[356] Tapia, Andrés de, Relación, p.
591.
[357] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. LXXXV, p. 21. — Zorita, Alonso de, Relación, t. II, p. 573.
[358] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXII, p. 240.— Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica, t. II, cap.
LXXXXV, p. 21
[359] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. LXXXVII, p. 24.— Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit, cap. CXXIII,
p. 241, da las cifras siguientes: « Murió el alférez de Narváez, que se
decía fulano de Fuentes, que era un hidalgo de Sevilla; murió otro capitán de
Narváez que se decía Rojas, natural de Castilla la Vieja, murieron otros dos de
Narváez; Murió uno de los tres soldados que se le habían pasado que habían sido
de los nuestros, que llamábamos Alonso García el Carretero; y heridos de los de
Narváez hubo muchos. Y también murieron de los nuestros otros cuatro y hubo más
heridos» ; Cortés, Segunda Relación, p. 62, cifra en dos
los muertos, «que un tiro mató».
[360] Díaz del Castillo, Bernal, cap. CXXIII, p.
240; Cervantes de Salazar, Francisco, ob. cit., t. II, cap.
LXXXVII, p. 24
[361] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXIV, 243.
[362] Díaz del Castillo, Bernal, ídem,
cap. CXXIII, pp. 241-242; Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. LXXXIX, p. 26.
[363] Vázquez de Ayllón, Lucas, ob. cit.,
p. 42.
[364] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXIV, p. 243.
[365] Aguilar, Francisco de, Relación,
pp. 88-89; López de Gómara,Historia, t. II, p. 205; Díaz del Castillo,
Bernal, ob. cit, cap. CXXVIII, p. 255.
[366] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 63.
[367] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, Caps. XCIV-XCVII, pp. 30-33.
[368] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 63.
[369] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica, t.
II, cap. IC, p. 34.
[370] Cervantes de Salazar, Francisco, ídem.,
t. II, cap. C, p. 35.
[371] « Al quinto mes llamaban Tóxcatl. El
primer día de este mes hacían gran fiesta a honra del dios llamado Titlacáuan,
y por otro nombre Tezcatlipoca », Sahagún, ob. cit., t. I,
cap. V, p. 114.— « Celebrábase la solemnidad de este ídolo a diez y
nueve de mayo, según nuestros meses », Durán, Historia, t.
I, cap. IV, p. 39; Alvarado Tezozomoc, Hernando, Crónica mexicana,
cap. II, pp. 104-105. —Torquemada, fray Juan de, Monarquía, t. I,
lib. IV, p. 489, en cambio, afirma que era en honor de Huitzilopochtli.
[372] Vázquez de Tapia, Bernardino, Relación,
pp. 41 y 109.
[373] Cortés, Hernán., Segunda Relación,
p. 63.
[374] Vázquez de Tapia, Bernardino, ob.
cit. pp. 65 y 111.
[375] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXVI, p. 247 (tachado en el original).
[376] Aguilar, Francisco de, Relación,
p. 87.
[377] Cortés, Hernán, Segunda Relación, p. 66; Díaz
del Castillo, Bernal,ob. cit., cap. CXXVI, p. 251; Fernández de Oviedo,
Gonzalo, Historia, t. IV, cap. XIV, p. 70; Cervantes de Salazar,
Francisco, Crónica, t. II, cap. CVIIII, pp. 41-42.
[378] Torquemada, fray Juan de, Monarquía,
t. I, cap. LXIX, p. 495.
[379] Cervantes de Salazar, Francisco, ob.
cit., t. II, cap. CX, p. 44.
[380] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXV, nota en p. 246.
[381] Aguilar, Francisco de, Relación,
p. 88.
[382] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. CIX, p. 43.
[383] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica, t.
II, cap. CLXV, p. 208.
[384] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLI, p. 338.
[385] Aguilar, Francisco de, Relación,
p. 87.
[386] Aguilar, Francisco de, ídem, p.
89.
[387] Vázquez de Tapia, Bernardino, Relación,
p. 43.
[388] Sahagún, fray Bernardino de, Historia
General, t. IV, cap. XXIII, p. 123.
[389] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXVI, p. 250.
[390] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 67.
[391] GN, Hospital de Jesús.— AGI, Patronato, leg.
180.— G.R.G.— Conway, La Noche Triste, Documentos… Paleografía
de Agustín Millares Cario, distribuido por Antigua Librería Robredo, de José
Porrúa e Hijos, México, 1945, doc. I, pp. 3-35 (Selección de documentos).—
Martínez, Documentos, t. I, p. 126.
[392] Aguilar, Francisco de, Relación,
p. 89.
[393] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 68; Vázquez de Tapia, Bemardino, probanza, reproducida por Martínez, Documentos, t.
I, p. 121.
[394] Tapia, Andrés de, AGI, Justicia, leg. 223,
2,ff, 309v.-434v, fragmentos. Paleografía Miguel González Zamora.—
Martínez, Documentos, t. II, p. 354
[395] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia
General, t. IV, cap. XLVII, p. 229
[396] Aguilar, Francisco de, ob. cit.,
pp. 90-91.
[397] Torquemada, fray Juan de, Monarquía,
t. I, cap. LXXI, p. 502-503 (la primera acequia donde colocaron el puente se
denominaba Tecpantzinco, la segunda, donde ocurrió el desastre Toltecaacaloco
(porque en ésta había tres [cortes] no más, y en la de Iztapalapan siete).
[398] Aguilar, Francisco de, Relación,
p. 90.
[399] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit,
t. IV, p. 125. — Torquemada, fray Juan de, ob. cit., t. I, p. 502.
[400] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 68.
[401] Torquemada, fray Juan de, Monarquía,
t. I, p. 504.
[402] López de Gómara, Francisco, Conquista,
t. II, p. 206, dice de Alvarado: « Llegó al último puente y saltó al
otro lado sobre la lanza. De este salto quedaron los indios espantados y aun
españoles, pues era grandísimo, y otros no pudieron hacerlo, aunque lo
probaron, y se ahogaron . Bernal, cap. CXXVIII, p. 257, lo refuta;
“ y todo lo que en aquel caso dice Gómara es burla porque ya que
quisiera saltar y sustentarse en la lanza, estaba el agua muy honda y no podía
llegar al suelo con ella; y además de esto, la puente y abertura muy ancha y
alta, que no la podría salvar por muy más suelto que era… ”. Oviedo
escuchó viva voce referir el episodio a Alvarado, Historia,
t. IV, cap. XLVII, p. 230».
[403] La estimación acerca del número de los que
retrocedieron, haciéndose fuertes en el recinto del Templo Mayor, fluctúa
mucho; Francisco de Aguilar dice que serían hasta cuarenta; Relación,
p. 91; Cervantes de Salazar dice « llegaron al tercer ojo que era el
postrero; pero del segundo se volvieron a la ciudad más de cien españoles;
subiéronse al cu, pensando de hacerse fuertes y defenderse, no considerando que
habían de perescer de hambre »; Crónica, t. II, cap. CXXI, p. 57.—
Torquemada dice: « y ciento que se bolvieron a la torre del Templo,
adonde se hicieron fuertes tres días »; Monarquía, t. I,
p. 503.— No deja de llamar la atención que al término de la guerra no se
practicasen diligencias para tratar de esclarecer quiénes fueron aquellos que
retrocedieron haciéndose fuertes en el recinto del templo mayor, así como las
circunstancias en que ocurrieron las muertes de Juan Velázquez de León y otros
destacados capitanes.
[404] AGI. — CDIAO, t. XXVII, pp. 481-569 y t.
XXVIII, pp. 5-16 (selección). — Martínez, Documentos, t. II, p.
307.
[405] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
cap. CXXIII, p. 58, dice: « preguntó si estaba allí Martín López;
dixerónle que sí, holgóse mucho, porque era el que había de hacer los
bergantines para volver sobre México».
[406] Torquemada, fray Juan de, Monarquía,
t. I, cap. LXXII, p. 503, señala: « preguntó por Martín López, halló
que estaba allí, y holgó de ello; y también de que no se hubiesen perdido
Gerónimo de Aguilar ni Marina».
[407] Declaraciones de Andrés de Tapia, en AGI,
Justicia, leg. 223, 2, ff. 309 v, fragmentos. — Martínez, documentos,
t. II, p. 355.
[408] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 69.
[409] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXVIII, p. 258.
[410] Sahagún, fray Bernardino de, t. IV, cap. XXI,
p. 49.
[411] «En el año 3-casa [mataron] a
sus príncipes el cihuacóatl Tzihuacpopocatzin y a Cicpatzin Tecuecuenotzin.
Mataron también a los hijos de Motecuhzoma Axayacay Xoxopehualoc»; Anónimo
de Tlatelolco, lo recoge Sahagún, ob. cit., t. IV, pp.
172-173. — Torquemada, Monarquía, t. I, cap. LXXIII, pp. 509-510.
[412] Vázquez de Tapia, Bernardino, Relación,
p. 44. — Ruy González, en carta al Emperador, dice: « en O tumba nos
hallamos trescientos y cuarenta peones y veinte y siete de caballo, y todos los
más heridos »; Paso y Troncoso, Epistolario, t. VII, p.
34.
[413] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXVIII, p. 260; López de Gómara, Francisco, ob. cit, t. II,
p. 207, dice que murieron « cuatrocientos cincuenta españoles, cuatro
mil indios amigos, cuarenta y seis caballos, y creo que todos los prisioneros».
[414] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. CXXVIII, p. 62; Bernal, en cambio, sitúa el episodio de la lanzada
como ocurrido cuando se dirigían a Quiahuiztlán (cap. XLVI, p. 78), lo cual no
hace sentido, pues en esa ocasión se trataba de una marcha tranquila, y sin
enemigo a la vista, por lo cual aparece como más verosímil la versión de
Cervantes de Salazar.
[415] Cervantes de Salazar, Francisco, ídem,
t. II, cap. CXXVIII, p. 62.
[416] Aguilar, Francisco de, Relación,
p. 93.
[417] Cortés, Hernán, Segunda Relación, p.
70.
[418] AGI, Justicia, leg. 223,ff,309v, fragmentos.—
Paleografió Miguel González Zamora.— Martínez, Documentos, t. II,
p. 356.
[419] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXVIII, p. 260. — Torquemada, ob. cit., t. I, cap. LXXIII, p.
509.
[420] «que fue el 10 de julio del año 20»;
Gómara, t. II, p. 207; influido por éste, Bernal repite la misma fecha para la
huida de México, y señala que la batalla de Otumba ocurrió el 14 de julio (cap.
CXXVIII, p. 260), lo cual es inexacto, puesto que Cortés expresa de manera
inequívoca que para el ocho de ese mes ya se encontraban en términos de
Tlaxcala, Segunda Relación, p. 70.
[421] Torquemada, fray Juan de, ob. cit. t.
I, cap. LXXIII, p. 509.
[422] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit. cap.
CXXIX, p. 264.
[423] Cervantes de Salazar, Francisco, ob.
cit., t. II, cap. II, p. 74; Torquemada lo llama Juan Pérez, Monarquía, t.
I, cap. LXXV, p. 512.
[424] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 71.
[425]Interrogatorio general. —AGI.— CDIAO, t. XXVII, pp. 301-445. —
Martínez, Documentos, t. II, p. 251; Torquemada, ob. cit.,
1.1, cap. LXXV, p. 512 ( pasmó sele a Cortés la cabeza de la herida,
dióle gran calentura, estuvo muy peligroso, pero quiso Dios que con la buena
cura que le hizo sanó).
[426] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 72, « quedé manco de dos dedos de la mano izquierda». —
Fernández de Oviedo, Historia, t. IV, cap. XV, p. 72.
[427] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 72.
[428] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXIX, p. 265.
[429] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
segunda parte, p. 212; Bernal, ob. cit., cap. CXXIX, pp. 263-264;
Cervantes de Salazar, Crónica, t. II, cap. VIII, pp. 80-81;
Torquemada, Monarquía, t. I, cap. LXXVI, pp. 513-514.
[430] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXIX, p. 263.
[431] Cervantes de Salazar, Francisco, ob.
cit., t. II, cap. XIV, p. 87.
[432] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXX, p. 269.
[433] Probanza hecha a pedimento de Juan Ochoa de
Lejalde, en nombre de Hernán Cortés .— AGN, Hospital de Jesús.— G.R.G., Conway, La Noche Triste,
Documentos, Segura de la Frontera, en Nueva España, año de MDXX, que se
publican íntegramente por primera vez con un prólogo y notas por…, paleografía
de Agustín Millares Cario, distribuido por Antigua Librería Robredo de José
Porrúa e Hijos, México, 1943, doc. I, pp. 3-35 (selección).— Martínez,
Documentos, t. I, p. 118.
[434] Declaración de fray Bartolomé de Olmedo,
Martínez, Documentos, t. I, p. 126.
[435] AGN, Hospital de Jesús, Conway, La
Noche Triste… doc. II, pp. 39-82 (selección). — Martínez, Documentos,
t. I, P— 136.
[436] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
t. IV, cap. XII, p. 52.
[437] Fernández de Oviedo, Gonzalo, ídem.,
t. IV, cap. XLVII, pp. 223-224
[438] Fernández de Oviedo, Gonzalo, ídem.,
t. IV, cap. XII, p. 59.
[439] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXXII, p. 271.
[440] Carta del ejército en AGI., Residencia
de Hernán Cortés, leg. 4, fF. 12— 22v. — Copia enviada por W.H. Prescott a
J. García Icazbalceta, GI, CDHM, t.I, pp. 427-436. — Martínez, Documentos,
t, I, pp. 156-163.
[441] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 25.
[442] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 78.
[443] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXXVI, p. 284.
[444] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
pp. 74-75.
[445] Cervantes de Salazar, Crónica, t.
II, cap. XIX, p. 91; Torquemada, fray Juan de, Monarquía, t. I,
cap. LXXVII, p. 518.
[446] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 75.
[447] Cortés, Hernán, Segunda relación,
77; Torquemada, fray Juan de, ob. cit, t. I, cap. LXXVII, p.
519
[448] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. XVII-XIX, pp. 98-99; Torquemada, Monarquía, t. I, cap.
LXXVIII, pp. 517-518.
[449] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 72.
[450] Vázquez de Tapia, Bernardino, Relación,
p. 46.
[451] Muñoz Camargo, Diego, Historia, pp.
204-205.
[452] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit, cap.
CXXXVI, pp. 281-284.
[453] Secretaría de Educación Pública, Cedulario
heráldico de conquistadores de Nueva España, publicaciones del Museo
Nacional, México, 1933, p. 35.— Se trata de frey Francisco Manos Albas, un
prior de la orden de los caballeros de San Juan, de quien el obispo Zumárraga
se expresa en los peores términos, calificándolo de tahúr, disoluto e individuo
de la peor ralea; y es así como refiere que, en ocasión de encontrarse en
capilla Cristóbal de Angulo, para evitar que Manos Albas pudiese confesarlo,
« mandé a Juan Díaz, clérigo anciano y honrado, que lo oyese en
penitencia y le encaminase a salvación al dicho Cristóbal de Angulo con el cual
estuvo en la cárcel el dicho confesor, oyéndole de confesión largamente, e no
lo desamparó hasta la hora que expiró, que aún a la horca estuvo con él ».
Colección de Escritores Mexicanos, Joaquín García Icazbalceta, Don Fray Juan de
Zumárraga, Primer Obispo y Arzobispo de México, edición de Rafael Aguayo
Spencer y Antonio Castro Leal, Editorial Porrúa, S.A., México 1988, t. III, pp.
20-21. Esta viene a ser la última actuación conocida del padre Juan Díaz.
[454] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXXVI, p. 282.
[455] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. CXCVIII, p. 238.
[456] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. XLII, p. 112; Bernal, en ob. cit, cap. LI, p. 86, señala el
percance de Mora como ocurrido antes de que Cortés promulgase las ordenanzas,
cuando iban camino de Cempoala. La versión de Cervantes de Salazar hace más
sentido.
[457] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. XL, p. 110.
[458] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 90.
[459] Torquemada, fray Juan de, Monarquía,
t. I, cap. LXXXII, p. 527.
[460] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 93.
[461] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 94.
[462] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXXIX, p. 291.
[463] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 96; Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap. CXXXIX, p. 294.
[464] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 95. — Torquemada, fray Juan de, Monarquía, 1.1, cap. LXXXII, p.
527.
[465] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 97.
[466] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. LXIII, p. 130.
[467] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 98. — Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap. CXL, p. 296. —
Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica, t. II, cap. LX-p. 131.
[468] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 98.— Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap. CXL, p. 296. —
Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica, t. II, cap. LX-p. 131.
[469] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 100.
[470] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 100.
[471] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXLI, p. 302.— Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica, t.
II, cap. LXXX.
[472] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 103; Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap. CXLI, p. 302.
[473] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXL, p. 298.
[474] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXLII, p. 305.
[475] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXLII, p. 307.
[476] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 102; Gómara, Historia, segunda parte, p. 237; Bernal, ob.
cit., cap. CXLII, pp. 307-308.
[477] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXLII, p. 308.
[478] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXXIII, pp. 274-275.
[479] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXLIII, p. 310.
[480] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXLIV, p. 314.
[481] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 104.
[482] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXLIV, p. 315.
[483] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 105.
[484] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXLV, p. 318.
[485] Cortés, Hernán, Tercera Relación, p. 106.—
Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap. CXLV, pp. 319; aquí el
autor se equivoca, pues la intervención de Cristóbal de Olea (que le costará la
vida), en socorro de Cortés ocurrirá en ocasión distinta, como más adelante se
verá.— Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica, t. II, cap. XCIV,
p. 154, apunta: « Otro día buscó Cortés al Indio, que le socorrió, y
muerto, ni vivo, no pareció ».— Torquemada, Monarquía, cap.
LXXXVIII, t. I, p. 537; « y Cortés, por la devoción que tenía a San
Pedro, juzgó que él le avía aiudado ».
[486] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 105.— Díaz del Castillo, Bernal, Historia, cap. CXLV, pp.
317-318.
[487] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
pp. 106-107.
[488] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXLV, p. 321.
[489] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 107.
[490] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 108.
[491] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXLV, p. 324.
[492] « y este concierto estuvo encubierto
dos días después que llegamos a Tezcuco »; Bernal, ob. cit.,
cap. CXLVI, p. 325. — Cervantes de Salazar, Crónica, t. II, cap. L,
pp. 118-119; este autor da a entender que la conjura habría sido descubierta al
tercer día de haber llegado a Texcoco. Fulano de Rojas habría sido quien la
puso al descubierto. Villafaña murió sin delatar a ninguno, « maravillados
todos los que sabían la trama del secreto que había tenido y del esfuerzo con
que había negado por salvar a los que él mismo había metido en la danza ».
[493] Cortés, Hernán, Tercera Relación, p. 143.
[494] Los relatos de Cervantes de Salazar y Zorita
se complementan: como eran tantos los involucrados, Cortés optó por disimular;
« y así dicen que muchos de los que con Narváez vinieron, amigos y
servidores de Diego Velázquez, tomando de secreto por cabeza la conjuración al
tesorero Alderete, criado que había sido de Don Fulano de Fonseca, Obispo de
Burgos, el cual favorescía a Diego Velázquez, por industria de un Villafaña, y
según dicen, ayudándole Garci Holguín» ; Cervantes de Salazar, Crónica,
t. II, cap. CVI, pp. 163-164.— « muchos se conjuraron contra Cortés y
el tesorero era el principal porque dijo que Su Majestad y los de su Consejo le
habían mandado que si pudiese sin alboroto matase a Cortés », Zorita,
Alonso de, Relación de la Nueva España, t. II, p. 592.
[495] Zorita, Alonso de, Relación, t.
II, p. 593 El complot lo descubrió un hermano de Juan de Rojas, aquel que
resultó muerto en Cempoala. Taborda fue otro de los implicados, y aunque fue
sometido a tormento, no delató a nadie. Cortés lo desterró.
[496] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. CVI, p. 163.
[497] Fernández de Oviedo, Historia, t.
II, cap. XIX, p. 150.
[498] AGI. — CDIAO, t. XXVII, pp. 301-445. —
Martínez, Documentos, t. II, p. 230.
[499] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
t. II, p. 229.
[500] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXLVI, pp. 325-326.
[501] Cortés, Hernán, Tercera Relación, p.
143.
[502] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 109.
[503] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. CV, p. 163.
[504] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 89.
[505] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 109.
[506] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 110.
[507] Cortés Hernán, Tercera Relación,
p. 110. — Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit. cap. CL, pp.
331-332. Visto que se observan discrepancias entre las cifras dadas por Cortés
y Bernal, nos atenemos a las del primero.
[508] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
pp. 108-109.
[509] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXLIX, pp. 330-331.
[510] Cervantes de Salazar, Francisco, ob.
cit, t. II, cap. CI, pp. 160-161.
[511] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. CXXII, pp. 174-175.
[512] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CL, pp. 332-333.
[513] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. CXXII, p. 175.
[514] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. LXXIII, p. 126.
[515] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
pp. 110-111.— Díaz del Castillo, Bernal, Historia, cap. CL, p. 333.
[516] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CL., pp. 333-335.
[517] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 112.
[518] Díaz del Castillo, Bernal, Historia,
cap. CL, p. 334.
[519] Díaz del Castillo, Bernal, Historia,
cap. CL, p. 334.
[520] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 118.
[521] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
pp. 116-117.— Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica, t. II, cap.
CXXXVI, p. 183.
[522] lva Ixtlilxóchitl, Fernando de, Obras
históricas, incluyen el texto completo de las llamadas Relaciones e
historia de la nación chichimeca en una nueva versión establecida con
el cotejo de los manuscritos más antiguos que se conocen.— tomo I.— Edición,
estudio introductorio y un apéndice documental por Edmundo O’Gorman.—
Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones
Históricas, México, 1975.— pp. 456-457.
[523] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLI, p. 337 y p. 345.
[524] Díaz del Castillo, Bernal, cap. CLI, p. 337.
[525] Sahagún, fray Bernardino de, Historia
general, t. IV, pp. 62-63; Torquemada, fray Juan de, Monarquía,
t. I, cap. XCIII, p. 551.
[526] Cervantes de Salazar, Francisco, ob.
cit., t. II, cap. CXXXII, p. 180.
[527] Sahagún, ob. cit. (Anónimo de
Tlatelolco), t. IV, p. 172.
[528] Aguilar, Francisco de, Relación breve,
p. 96.
[529] Sahagún, ob. cit. (Anónimo de
Tlatelolco), t. IV, p. 175.
[530] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit.,
t. IV, pp. 144-145; Torquemada, Monarquía, t. I, cap. XCIII, pp.
551-552.
[531] Cervantes de Salazar, ob. cit.,
t. II, cap. CXCVII, p. 237.
[532] Vázquez de Tapia, Bernardino, Relación,
apéndice II, pp. 113-114.
[533] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLI, p. 342.
[534] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 121.
[535] Archivo Mexicano, Documentos para la
Historia de México, 1.1, México, tipografía de Vicente García Torres, 1852,
paleografiado del original por el lie. Ignacio García López Rayón, p. 58
[536] Torquemada, fray Juan de, Monarquía,
t. I, cap. p. 547.
[537] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 122.
[538] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
pp. 123-124. — Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap. CLII, pp.
347-348.
[539] Cortés no menciona a Cristóbal de Olea por
nombre, limitándose a decir: « por un mancebo de su compañía, el cual,
después de Dios, me dio la vida; y por dármela como valiente hombre, perdió
allí la suya », (Tercera Relación, p. 123).
[540] Bernal dice que al conocer la magnitud del
desastre a Cortés le brotaron las lágrimas, ob. cit., cap. CLII, p.
350. A continuación agrega que, terminada la guerra, a través de tres capitanes
supieron que a Cristóbal de Guzmán lo mantuvieron vivo doce o trece días antes
de sacrificarlo, y que a él y a otros cinco ballesteros que tenían en su poder,
los obligaban a armar las ballestas y enseñarles como se disparaban, ob. cit,
cap. CLIII, pp. 357-358; Cortés, en cambio, al lamentar la muerte de Guzmán,
apunta que a éste lo mataron ante sus propios ojos, cuando intentaba entregarle
un caballo para que se pusiese a salvo. El caballo murió igualmente; Tercera
Relación, p. 124.— A1 informar al Emperador de este suceso, dice: « y a
él y al caballo antes que a mí llegase mataron los enemigos; la muerte del cual
puso a todo el real en tanta tristeza, que hasta hoy está reciente el dolor de
los que lo conocían ».
[541] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica t.
II, cap. CLXXIV, p. 216.
[542] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 124. — Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap. CLII, pp.
348-349.
[543] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit.,
t. IV, cap. XXXV, p. 149.
[544] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit.,
t. IV, pp. 158-159.
[545] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLIII, p. 356.
[546] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLIII, p. 355; aparte de Ixtlixóchitl, « quedaron con él otros sus
parientes y amigos hasta cuarenta, y en el real de Sandoval quedó otro cacique
de Guaxocingo con obra de cincuenta hombres, y en nuestro real quedaron dos
hijos de don Lorenzo de Vargas y el esforzado de Chichimecatecle con obra de
ochenta tlaxcaltecas, sus parientes y vasallos ». A Xicoténcatl el
Viejo, Bernal lo llama indistintamente Xicotenga o Don Lorenzo de
Vargas, ob. cit., cap. CL, p. 332.
[547] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLI, pp. 345-346.
[548] Díaz del Castillo, Bernal, Historia,
cap. CLII, p. 351.
[549] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLIII, p. 356.
[550] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLIII, p. 358.
[551] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
pp. 125-126.— Cervantes de Salazar, Francisco, ob. cit., t. II,
cap. CLXII, p. 205.
[552] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 127.
[553] Cervantes de Salazar, Francisco, ob.
cit., t. II, cap. CLXXVI, p. 218; Juan Núñez de Mercado fundó en 1528 la
ciudad de Antequera, que luego mudaría el nombre a Oaxaca.
[554] Cervantes de Salazar, Francisco, ídem,
cap. CLXXVII, p. 219.
[555] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 128.
[556] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 129.
[557] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 131; Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap. CLV, p. 364.
[558] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 132. — Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap. CLV, p. 366.
[559] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit,
t. IV, p. 180 ( Relato de la conquista por un autor anónimo de
Tlatelolco, redactado en 1528).
[560] Sahagún, fray Bernardino de, Historia
General, t. IV, cap. XXXIX, p. 160
[561] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 135.
[562] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 133.
[563] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 134. — Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap. CLV, p. 365.
[564] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
pp. 134-135.
[565] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 135.
[566] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 136.
[567] Bernal, ob. cit., cap. CLVI, pp.
368-369; este cronista menciona la disputa entre Sandoval y García Holguín
sobre el honor de la captura de Cuauhtémoc, mientras Cortés la pasa en
silencio.
[568] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 136.
[569] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLVI, p. 368.
[570] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLVI, p. 369.
[571] « y se dio pregón y se hizo bando
para que los cercados fuesen libres y saliesen de aquel rincón »,
Torquemada, fray Juan de, Monarquía, t. I, lib. IV, cap. CI, p.
571.— « El Marqués con pregón público lo mandó: que so pena de la vida,
que todos pusiesen en libertad a todos cuantos mexicanos tuviesen en su poder,
así hombres como mujeres ». Durán, fray Diego, Historia,
t. II, p. 569.
[572] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit.,
t, IV, p. 162.
[573] Díaz del Castillo, Bernal, ibid,
cap. CLVI, p. 372.
[574] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLVI, p. 369.
[575] Díaz del Castillo, Bernal, Historia, cap.
CLVI, p. 371, lo tachó en el original.
[576] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. CLXVI, pp. 208-209.
[577] Cervantes de Salazar, Francisco, ídem,
t. II, cap. CLXIX, pp. 211-212.
[578] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXXVIII, p. 258.— Torquemada, fray Juan de, Monarquía, t. I, cap. LXXII,
p. 504.— Muñoz Camargo, Diego, Historia de Tlaxcala, p. 227.
[579] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. VIII, p. 16.
[580] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 136.
[581] Cortés, Hernán, Cuarta relación,
p. 165.
[582] Sahagún, fray Bernardino de, Historia
General, t. IV, p. 184
[583] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLVI, p. 369.
[584] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 130.— Aguilar, Francisco de, Relación, p. 97.
[585] Zorita, Alonso de, Relación de la
Nueva España, t. II, p. 588.— Este autor toma el dato de la desaparecida
crónica de Juan Cano, que circulaba manuscrita.
[586] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
t. IV, cap. LIV, p. 260.
[587] Torquemada, fray Juan de, Monarquía,
1.1, cap. LXXX, p. 524.
[588] López de Gómara, Historia,
segunda parte, pp. 412-413.— « A los sacerdotes de México y de toda la
tierra los llamaron nuestros españoles papas, y fue que, preguntados por qué
llevaban así los cabellos, respondían papa, que es cabello».
[589] Torquemada, fray Juan de, Monarquía,
t. I, cap. LXXX, p. 524.
[590] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia, t.
IV, cap. LIV, p. 260.
[591] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit. (Anónimo
de Tlatelolco), t. IV, p. 179.
[592] Díaz del Castillo, Bernal, Historia
verdadera, cap. CLVII, p. 374.
[593] Díaz del Castillo, Bernal, ídem,
cap., CLXVIII, p. 437.
[594] Anglería, Pedro Mártir de, Décadas,
t. II, p. 679.
[595] Torquemada, fray Juan de, Monarquía,
t. I, cap. CIV, p. 576.
[596] Anglería, Pedro Mártir de, ob. cit.,
t. II, p. 670.
[597] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLVII, p. 376.
[598] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 136.
[599] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLVII, p. 375.
[600] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLVII, p. 374.
[601] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXVIII, p. 437.
[602] AGI. — CDLAO, t. XXVII, pp. 199-300. —
Martínez, Documentos, t. II, p. 168.
[603] AGI. — CDIAO, t. XXVIII, pp. 27-115. —
Martínez, Documentos, t. II, p. 329.
[604] AGI, Justicia, leg. 224, I, ff. 660 v-722.
Fragmentos. Paleografió Miguel González Zamora. — Martínez, Documentos,
t. II, pp. 381-382.
[605] Zorita, Alonso de, Relación de la
Nueva España, t. II, p. 602. Llama la atención que este autor, normalmente
tan escrupuloso en citar sus fuentes, en este caso concreto omita decir dónde
obtuvo la información.
[606] Cortés, Hernán, Tercera Relación, p.
144. — Nota aparece después de la firma de Cortés.
[607] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit. (Anónimo),
t. IV, p. 183.
[608] López de Gómara, Francisco, Historia
general, t. II, p. 275; Torquemada repite la versión de Gómara, Monarquía,
t. I, cap. CIII, p. 574.
[609] H. Prescott, William, Historia de la
Conquista de México, resumen integral realizado por Florentino M. Torner,
Cía., General de Ediciones, S.A., México, 1970, p. p. 255-256.
[610] Díaz del Castillo, Bernal, Historia
verdadera, cap. CLXIV, p. 410.
[611] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 137.
[612] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. XI, p. 253.
[613] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 138.
[614] Díaz del Castillo, Bernal, Historia,
cap. CLX, p. 390.
[615] Díaz del Castillo, Bernal, ídem,
cap. CLVII, p. 378.
[616] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLVIII, p. 379.
[617] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 140.
[618] En Tercera Relación, p. 141, Cortés menciona
que Diego Colón había asumido las funciones de gobierno, por lo que
implícitamente se infiere que los Jerónimos ya habrían abandonado la isla.— Las
Casas viene a corroborar el dato, cuando dice que a su retorno a España, los
frailes no consiguieron ser escuchados por el Emperador, quien se disponía a
viajar para ser coronado en Aquisgrán. No lo lograron, ni en Barcelona, de
donde salió el 20 de enero de 1520, «ni en Burgos, donde celebró, día de Sancto
Matías, su nascimiento, ni en Tordesillas, donde fue a ver a la reina, su
madre, y ellos pensaron que allí los oiría pudieron jamás hablalle; acordaron,
visto esto, de se ir cada uno a su monasterio y no pasar adelante»; Historia,
t. III, lib. III, cap. CLV, p. 359; por tanto, lo probable es que hayan salido
de Santo Domingo hacia finales de 1519.
[619] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 141.
[620] Las actuaciones de los procuradores de México
y demás poblaciones para no admitir como gobernador a Cristóbal de Tapia,
aparecen publicadas por Joaquín García Icazbalceta, en Colección
documentos, t. I, pp. 452-463. En p. 458 se lee: « Y demás desto,
ni se fallará que los dichos padres jerónimos dieron ni despacharon ningún
poder ni facultad para poblar; ni tampoco el dicho Diego Velázquez dio poder
alguno al dicho capitán para poblar, ni conquistar, ni permanecer en dichas
partes, ni el dicho Diego Velázquez tal poder tenía ni podía tener ».
En esa misma página ya se alude a Hernández de Córdoba como difunto.
[621] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 142.
[622] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLVIII, p. 381.
[623] Cortés, Hernán, carta al Emperador de 15 mayo
1522, incluida como antecedente Tercera Relación, p. 83.
[624] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 144; volverá sobre este tema en carta reservada, GI, CDHM, t. I, pp.
470-483. — Martínez, t. I, p. 287.
[625] Preocupación porque los esclavos fueran
jurídicamente válidos, aparece en el encargo dado a Alonso de Grado, quien
debería cerciorarse de que así fuere: Actas de Cabildo de la ciudad de México,
28 junio 1526.— Martínez, Documentos, t. I, p. 384.
[626] Cortés, Hernán, Tercera Relación,
p. 143.
[627] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLIII, pp. 355-356 y cap. CL-VI, p. 372.— En Alva Ixtilxóchitl,
ob. cit. p. 457, se dice que a la muerte de Fernando Tecocoltzin «los aculhuas
alzaron por su señor a Ahuaxpiczactzin, que después se llamó don Carlos, uno de
los infantes hijos naturales del rey Nezahualpiltzintli, el cual gobernó muy
pocos días, porque luego a pedimento de Cortés y los demás hicieron señor a
Itlilxúchitl por ser tan valeroso y uno de los hijos legítimos ». Una
serie de errores que se advierten a continuación, hacen que el relato de Bernal
aparezca como más digno de crédito.
[628] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit,
cap. CLIX, pp. 385-386.
[629] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLIX, p. 387.
[630] Hernández Sánchez-Barba, Mario, Cartas
y documentos, pp. 487-488. — Martínez, Documentos, t. I, p.
480.
[631] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLIX, 388.
[632] Cortés, Hernán, la nota aparece añadida al
pie de la Segunda Relación, p. 79.
[633] Cortés, Hernán, Cuarta relación,
p. 150.
[634] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit, cap.
CLX, p. 395.
[635] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLX, p. 394
[636] Suárez de Peralta, Juan, ob. cit.,
p. 76.
[637] Díaz del Castilo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLX, p. 394.
[638] AGI, Justicia, leg. 224, p. I, f. 789 v. y f.
457 v.— Hugh Thomas, Conquest, Montezuma, Cortés, and the fall of Old
México, Simón & Schuster, Nueva York, 1993, p. 581.—Juan Garrido fue
quien primero plantó trigo en México, y siendo de raza negra, él a su vez, tuvo
esclavos africanos.
[639] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. LVI, pp. 95-96.
[640] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. LVI, pp. 96-97.
[641] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia,
t. III, lib. III, cap. CXXIII, p. 255.
[642]Cartas relación , preámbulo, p. 4.
[643] AGI, Patronato Real, est. 2, caj.
5, leg. 1/9. — Paso y Troncoso, Epistolario, t. I, p. 45.
[644] AGI, Indiferente general, est. 145, cat. I,
leg. 15. — Cuevas, Cartas y otros documentos…, doc. I, pp. 1-5.— Martínez,
Documentos, 1.1, pp. 102-104.
[645] AGI, Papeles de Justicia de Indias,
Autos entre partes vistos en el Consejo de Indias , Audiencia de
México, est. 51, caj. 6, leg. 6/23.— Cuevas, Cartas y otros documentos…,
doc, XLI, pp. 245-248.— Martínez, Documentos, t. IV, pp. 285-295.
[646] Mártir de Anglería, Pedro, Décadas,
t. I, p. 429.
[647] Dürer, Albrecht, Tagebuch der Reise
in die Niederlande, Anno 1520; Ulrich Peters, Albrecht Dürer in
seinen Briefen und Tagebüchem, Frankfurt del Meno, 1925, pp. 24-25.—
William Martin Conway, ed. and translation, Literary Remains of Albrecht Dürer,
Cambridge University Press, Cambridge, 1889, p. 101.— Miguel León
Portilla, Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares,
Fondo de Cultura Económica, México, 1961, p. 155.— Otra opinión acerca del
tesoro es la ofrecida por Oviedo, quien en su Historia, t. IV, cap. I, p. 10,
dice: «… en especial dos ruedas grandes, una de oro e otra de plata, a manera
de planchas, e labradas de medio relieve; e la de oro tenían en reverencia del
sol, e la de plata en memoria de la luna. Pesaba, la de oro, cuatro mili y
ochocientos pesos, e la de plata, cuarenta e ocho e cincuenta marcos; cada una
tenía nueve palmos y medio de anchura, e treinta de circunferencia. Las cuales
yo vi en Sevilla en la casa de la Contractación de las Indias».
[648] Cortés, Hernán, Cuarta relación,
p. 151.
[649] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLVIII, p. 382.
[650] Cortés, Hernán, Cuarta relación,
p. 151.
[651] « y hallamos las caras propias de los
españoles desolladas en sus adoratorios, digo los cueros de ellas, curados en
tal manera que muchos de ellos se conocieron »; Cortés, Cuarta
relación, p. 153; Bernal, ob. cit., cap. CLVIII, p. 383: «y
adobadas como cuero de guantes».
[652] Díaz del Castillo, Bernal, Historia,
cap. CLIX, p. 385.
[653] Díaz-Plaja, Fernando, Otra historia
de España, Plaza &Janés, S.A, Editores, Barcelona, 1976, pp. 274-275.
[654] Cortés, Hernán, Cuarta relación,
pp. 164-165; el último Ciguacóatl, aquel con quien Cortés parlamentaba para que
rindiese la ciudad fue Tlacotzin; Sahagún, t. IV, p. 160.
[655] Torquemada, fray Juan de, ob. cit.,
t. I, cap. CII, p. 572.
[656] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit.,
t. IV, p. 183; la crónica dice: «Pero Coyohuehuetzin y Tepantemoctzin murieron
en Cuauhtitlan»; por la forma en que está redactada, da la impresión de que los
decesos serían por causas naturales. No aparece mención alguna que hable de que
se tomaran represalias contra jefes militares por actos cometidos en acción de
guerra; aunque eso sí, se castigó con las penas más severas a quienes
quebrantaron el juramento de vasallaje.
[657] «como estaba muy malo de un brazo que se
había quebrado», Cortés, cuarta relación, p. 155; « aunque
estaba manco de un brazo de una caída de caballo», Bernal, Historia, cap.
CLXII, p. 405.
[658] Cortés, Hernán, Cuarta relación,
p. 155.
[659] Cortés, Hernán, Cuarta relación,
p. 159.
[660] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXII, p. 403.
[661] Fernández de Oviedo, Gonzalo, ob.
cit., t. IV, p. 285.
[662] Cortés, Hernán, Cuarta relación,
p. 161.
[663] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXII, p. 404. — Cortés, Hernán, Cuarta relación, p. 161.
[664] Cortés, Hernán, Cuarta relación,
p. 161.
[665] Cortés, Hernán, Cuarta relación,
p. 160.
[666] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
t. IV, cap. XXXVI, p. 179.
[667] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
t. II, p. 290.
[668] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXII, p. 404.
[669] Anglería, Pedro Mártir de, Décadas,
t. II, p. 679.
[670] Anglería, Pedro Mártir de, Décadas,
t. II, p. 668.
[671] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
t. II, cap. I, p. 185.
[672] Cortés, Hernán, Cuarta relación,
p. 162.
[673] Cortés, Hernán, Cuarta relación,
p. 162.
[674] Archivo de Simancas. — AGN, Archivo del
Hospital de Jesús, leg. 446, exp. ff. 619-622. — Alamán, Disertaciones,
Apéndice primero.— Cedulario cortesiano, doc. 3, pp. 38-42. —
Martínez, Documentos, t. I, pp. 254-256. — En cédula expedida el
quince de octubre de 1522 en la villa de Vallejo, firmada por de los Cobos, se
continúa dando a Puerto Carrero el tratamiento de procurador; véase Cedulario
cortesiano, compilación de Beatriz Arteaga Garza y Guadalupe Pérez San
Vicente, Editorial Jus, México, 1949, pp. 50-51.
[675] El desmentido del licenciado Francisco Núñez
aparece en el Memorial sobre pleitos y negocios, en AGI, Papeles
de Justicia de Indias, Autos entre partes vistos en el Consejo de Indias ,
Audiencia de México, est. 51,caj. 6, leg. 6/23. — Cuevas, Cartas y
otros documentos…, Apéndices, doc. II, pp. 257-272. — Martínez, Documentos,
t. IV, p. 288.
[676] Cedulario, doc. 7, p. 52.
[677] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit,
cap. CLXX, p. 448.
[678] Anglería, Pedro Mártir de, Décadas,
t. II, p. 685.
[679] Hernández Sánchez-Barba, Mario, Cartas
y documentos, p. 352.
[680] Los hijos naturales de Fernando el Católico
fueron: Don Alfonso de Aragón, nacido en 1469 (el mismo año en que casó con
Isabel la Católica), siendo su madre doña Aldonza Roig, vizcondesa de Evol;
Doña Juana, habida de una señora de la villa de Tárrega, y dos, llamadas María,
hija la una de una señora vizcaína, y otra de una señora portuguesa. Estas dos
últimas fueron monjas y prioras del convento de Agustinas de Santa Llave de
Madrigal.— Véase César Silió Cortés, Isabel la Católica, fundadora de
España .—Grandes biografías, cuarta edición, Espasa Calpe, S.A.,
Madrid, 1967, p. 410.
[681] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit,
cap. CLXXII, pp. 452-453.
[682] Anglería, Pedro Mártir de, Décadas,
t. II, p. 720
[683] Anglería, Pedro Mártir de, ídem,
t. II, p. 721.
[684] Torre Villar, Ernesto de la, Fray
Pedro de Gante, Maestro civilizador de América, Seminario de Cultura
Mexicana, México, 1973, p. 98.
[685] «Los Memoriales de Motolinia»;
Biblioteca Porrúa, Colección de documentos para la Historia de México,
publicada por Joaquín García Icazbalceta, primera edición facsimilar, Editorial
Porrúa, S.A., México, D.F., 1971.— Cervantes de Salazar, Crónica, t. I, cap.
XIII, p. 168.
[686] AGI. — CDIAO, t. XXXVII, pp. 301-445. —
Martínez, Documentos , t. II, p. 270.
[687] Archivo de Alcalá de Henares. — Cedulario
cortesiano, doc. 11, pp. 69— 70. — Martínez, Documentos, t.
I, p. 276.
[688] GI, CDHM, t. I, pp. 470-483. —
Martínez, Documentos, t. I, pp. 285— 295, la cita aparece en p.
288. pp. 182-186.
[689] López de Gómara, Francisco, ob. cit,
t. II, p. 305; este autor incurre en un error al afirmar que Cortés dispuso de
una cédula otorgada por el Emperador, autorizándolo a dar indios en
encomienda.— El padre Durán ofrece una relación de las causas por las que un
individuo podía ser reducido a la esclavitud, así como la formas en que podía
recobrar la libertad; ob. cit, t. I, cap. XX, pp. 182-186.
[690]Ordenanzas para los encomenderos ; AGN, Archivo del Hospital de Jesús, partida
4ª. Del leg. 19 de 2º. Inventario; cuaderno 5, ff. 15-18. — Alamán, Disertaciones,
Apéndice primero, Documentos raros o inéditos relativos a la Historia de
México. — Martínez, Documentos, 1.1, pp. 324-327.
[691] Motolinia, t. I, Tratado I,
cap. I, p. 17; de la Torre Villar, ob. cit., IV, Apéndice
documental, p. 91.
[692] Anglería, Pedro Mártir de, Décadas,
t. II, p. 686.
[693] Anglería, Pedro Mártir de, ídem,
t. II, p. 720.
[694] Aguilar, Francisco de, Relación,
p. 99.
[695] Cortés, Hernán, Quinta relación,
p. 185.
[696] GI, CDHM, t, I, pp. 470-483. —
Martínez, Documentos, 1.1, p. 292 (Cortés, carta reservada, 15
octubre 1524).
[697] López de Gómara, Historia, t.
II, p. 308; Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap. CLXX, p. 447.
[698] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia
General, t. IV, cap. XLI, p. 191.
[699] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXVIII, p. 439.
[700] Cortés, Hernán, Cuarta relación,
p. 166.
[701] Cortés, Hernán, Cuarta relación,
p. 171.
[702] Cortés, Hernán, Cuarta relación,
p. 167.
[703] Díaz del Castillo, Bernal, Historia
verdadera, cap. CLXXIV, pp. 458— 459; López de Gómara, Francisco, ob.
cit., t. II, pp. 313-314.
[704] Díaz del Castillo, Bernal, ídem,
cap. CLXXIV, p. 458.
[705] La carta fechada el 15 de octubre de 1524
aparece incluida en Cartas de relación, pp. 175-182.
[706] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXXIV, p. 459.
[707] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
t. II, p. 321
[708] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XXXVII, p. 62; y cap. CLXXIV, p. 460.
[709] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit, cap.
CLXXIV, p. 460.
[710] Cortés, Hernán, Quinta relación,
p. 186
[711] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XXXVII, p. 62.
[712] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
t. II, p. 55
[713] Cervantes de Salazar, Crónica, t.
I, cap. XXXVI, pp. 203-204.
[714] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXXV, p. 462.
[715] Cortés, Hernán, Quinta relación,
p. 187.
[716] Cortés, Hernán, Quinta relación, p.
199.
[717] Díaz del Castillo, Bernal, ídem, cap. CCIV,
p. 559.
[718] Cortés, Hernán, Quinta relación,
p. 191.
[719] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXXV, p. 464
[720] Cortés, Quinta relación, p. 195.
[721] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXXVI, p. 467.
[722] Cortés, Hernán, Quinta relación,
p. 198.— Bernal, ob. cit.. cap. CLXXVII, p. 469 dice: « Y
quien lo descubrió a Cortés fueron dos grandes caciques mexicanos que se decían
Tapia y Juan Velázquez. Este Juan Velázquezfue capitán general de Guatemuz
cuando nos dieron guerra en México »; como se sabe, el último ciguacóatl fue
Tlacotzin.— Torquemada, ob. cit., t. I, lib. IV, cap. CIV, p. 575,
lo llama «un indio llamado Mexicatzincatl».
[723] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXXVII, p. 470.
[724] Torquemada, fray Juan de, ob. cit.,
1.1, cap. CIV, pp. 575-576.<<
[725] Alva Ixtlilxóchitl, Fernando de, ob. cit, p.
503.
[726] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXXVII, p. 470.
[727] López de Gómara, Francisco, ob. cit,
t. II, p. 329.
[728] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXXVII, p. 470.
[729] Cortés, Hernán, Quinta relación,
p. 200; Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit., cap. CLXXVIII, p. 471.
[730] Bernal, ob. cit, cap. CLXXVIII, p. 471.
[731] Bernal, ob. cit., cap. CLXXVIII,
p. 473.
[732] Cortés, Quinta relación, p. 207.
[733] Cortés, Quinta relación, p. 209.
[734] Cortés, Quinta relación, p. 210.
[735] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CCV, p. 560.
[736] Felipa de Araujo otorga poder; A. Millares
Cario y J.I. Mantecón, Indice y extractos de los Protocolos del Archivo
de Notarías de México , D.F., I (1524-1528), El Colegio de México,
Publicaciones del Centro de Estudios Históricos, 1945, pp. 40-41.
[737] AGI, Patronato Real, est. 2, caj. 2, leg.
1/1; Paso y Troncoso, Epistolario, t. I, p. 143.
[738] Cortés, Hernán, Quinta relación,
p. 213.
[739] López de Gómara, Francisco, Historia General,
t. II, p. 330.
[740] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXXXI, pp. 482-483.
[741] Cortés, Hernán, Quinta relación, p.
215.
[742] Cortés, Hernán, Quinta relación,
p. 216
[743] Cortés, Hernán, Quinta relación,
p. 224.
[744] Cortés, Hernán, Quinta relación, pp.
222-223.
[745] Mendieta, fray Gerónimo de, Historia
Eclesiástica Indiana, obra escrita a fines del siglo XVI, segunda edición
facsimilar, y primera con la reproducción de los dibujos originales del códice,
Editorial Porrúa, México, 1971, p. 607
[746] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXXXIV, p. 489.
[747] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXXXV, p. 490
[748] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXXXV, p. 491. — Ordaz recibido como alcalde mayor, Actas de Cabildo,
sesión del 2 de noviembre de 1525.
[749] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXXXV, p. 493.
[750] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXVIII, p. 440.
[751] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXXXV, p. 492.
[752] Cortés, Hernán, Quinta relación,
pp. 224-225.
[753] Díaz del Castillo, Bernal, cap., CLXXXVIII,
p. 498.
[754] Actas del Cabildo, sesión del 29 de enero de
1526.
[755] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,cap.,
CLXXXVIII, p. 499.
[756] Díaz del Castillo, Bernal, ídem, cap.
CLXXXVI, p. 495.
[757] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit. cap.
CLXXXVII, p. 496.
[758] Cortés, Hernán, Quinta relación,
p. 228.
[759] AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 271,
exp. 11, ff. 1-32. — Atamán, Disertaciones, Apéndice primero.—
Martínez, Documentos, 1.1, pp. 347-351
[760] Cortés, Hernán, Quinta relación, p. 229.
[761] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. LXXIV, p. 129.
[762] Cortés, Hernán, Quinta relación, p. 203.
[763] Sumario de la Residencia, t. I, pp. 159-167.
— Martínez, Documentos, t. II, p. 53.
[764] AGI. — CDIAO, t. XXVII, pp. 199-300. —
Martínez, Documentos, t. II, p. 167.
[765] Durán, fray Diego, ob. cit., t.
I, cap. XXI, p. 292.
[766] Zorita, Alonso de, Historia de la Nueva
España, p. 185.
[767] Códice florentino, manuscrito 218-20 de la
Colección Palatina del la Biblioteca Medicea Laurenziana, edición facsimilar
realizada por el Gobierno de México, Florencia, 1979, lib. Duodécimo, cap. 18,
f. 235v.— La Historia de fray Bernardino de Sahagún se encuentra contenida en
el Códice florentino, y las citas que a ella se hacen en este libro van
referidas a la edición Porrúa, y si en este caso se hace una excepción, ello es
debido a que entre ambos textos existen algunas variantes en la traducción al
texto castellano, dándose la circunstancia de que la mención a que se hace
referencia se encuentra únicamente en el manuscrito original. No se hacen más
referencias al Códice florentino, debido a que se trata e una edición muy
costosa de tiro limitado y que no se encuentra a la venta.
[768] Cortés, Hernán, Quinta relación,
p. 229.
[769] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXC, pp. 503-504. — Gómara, ob. cit., t. II, pp. 349-350.
[770] Cortés, Hernán, Quinta relación,
p. 230.
[771] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia
General, t. IV, cap. XLV, p. 214.
[772] AGI, escribanía de Cámara 178.— Colección
J.B. Muñoz, copia.— Prescott, Historia de la conquista de México,Apéndice,
doc. XII (sólo la concesión a doña Isabel).-Josefina Muriel, Apéndices a «Reflexiones
sobre Hernán Cortés», Revista de Indias, Estudios cortesianos, Madrid,
enero-junio 1948, año IX, núms. 31-32, pp. 241-245. — Martínez,Documentos,
t. I, p. 382.
[773] AGI, escribanía de Cámara 178. — Colección
J.B. Muñoz, copia.— Prescott, Historia de la conquista de México…Martínez,
Documentos, 1.1, pp. 380-381.
[774] Actas de Cabildo de la Ciudad de México, 28
de junio de 1526.
[775] AGI, escribanía de Cámara 178, Col. Muñoz…
Martínez, Documentos, t. I, pp. 381-382.
[776] Aguilar, Francisco de, Relación, p.
83.
[777] Cortés, Hernán, Segunda Relación,
p. 45.— Resulta interesante escuchar la opinión de Andrés de Tapia: «que este
testigo cree a lo que le pareció que el dicho Montezuma estaba de su
voluntad en el dicho aposento donde estaba porque algunas veces oyó este
testigo que decía al dicho marqués que se quería ir a holgar fuera de los
aposentos y al campo o casas de principales o donde el dicho Montezuma decía, y
el dicho don Hernando Cortés lo había por bien, inviando con él cinco o seis
españoles, y veía que se tornaba al dicho aposento y por esto cree este testigo
lo que dicho tiene» ; AGI, Justicia, leg. 223,2, ff, 309v— 434v,
fragmentos, Paleografió Miguel González Zamora. — Martínez, Documentos,
t. II, p. 350.
[778] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit.,
t. I, lib. I, cap. I, p. 43. — En este texto se da el nombre de Camaxtli al
ídolo máximo de Tlaxcala.
[779] Zorita, Alonso de, Relación de la
Nueva España, t. II, p. 550.
[780] Tapia, Andrés de, AGI, Justicia,
leg. 223, 2ff, 309v-434, paleografió Miguel González Zamora, reproducido por
Martínez, Documentos, t. II, pp. 351-352.
[781] AGI. — CDIAO, t. XXVII, pp. 301-445. —
Martínez, Documentos, t. II, p. 241.
[782] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit,
cap. CVIII, p. 210.
[783] Archivo Mexicano, Documentos para la
Historia de México, t. II, Continuación del Sumario de la Residencia
tomada a D. Fernando Cortés, gobernador y capitán general de la Nueva España y
a otros gobernadores y oficiales de la misma.— paleografiado del original por
el lie. Ignacio López Rayón. — Tipografía de Vicente García Torres, México,
1852, pp. 244-245.
[784] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia, t.
IV, pp. 260-261
[785] Suárez de Peralta, Juan, ob. cit.,
p. 41.
[786] Alvarado Tezozomoc, Fernando, Crónica
Mexicayotl,traducción directa del náhuatl por Adrián León, Universidad
Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, México,
1949, p. 156.
[787] Dorantes de Carranza, Baltasar, Sumaria
relación, p. 100.
[788] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CCIV, p. 556.
[789] López de Gómara, Francisco, Historia, t. II,
pp. 352.
[790] AGI. — CDIAO, t. XXVII, pp. 446-461. —
Martínez, Documentos, t. II, p. 293.
[791] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXCII, p. 508-510.
[792] AGI. — CDIAO, t. XXVI, pp. 223-226. —
Martínez, Documentos, t. II, p. 14.
[793] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
t. II, p. 353.
[794] Fernández de Oviedo, Gonzalo, t. IV, cap.
XLIX, p. 241; Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit, cap. CXCII, p.
510.
[795] Cortés, Hernán, carta al Emperador (11
septiembre 1526), Cartas de relación, p. 242
[796] Actas del Cabildo, sesión del 16 de julio de
1526.
[797] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia
General, t. IV, cap. XLIV, p. 213.
[798] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
t. II, p. 351.
[799] AGI, Papeles de Justicia de Indias,
Autos entre partes vistos en el Consejo de Indias, Audiencia de México ,
est. 51. caj. 6, leg. 6/23. — Cuevas, Cartas y otros documentos…, Apéndices,
doc. II, pp. 257-272. — Martínez, t. IV, p. 286.
[800] AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 123,
exp. 22. — Cedulario cortesiano, doc. 19, pp. 91-92.
[801] Interrogatorio general, AGI. — CDIAO, t.
XXVII, pp. 301-445.— Martínez, Documentos, t. II, p. 275.
[802] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXCII, p. 510.
[803] CDIHE, 1.1, pp. 21%. — Gayangos, Cartas
y relaciones, doc. XV, pp. 493— 496. — Hernández Sánchez-Barba, Cartas
y documentos, pp. 472-474.
[804] AGI, Papeles de Justicia de Indias,
Autos entre partes vistos en el Consejo de Indias, Audiencia de México ,
est. 51,caj. 6, leg. 6/23. — Cuevas, Cartas y otros documentos…, Apéndices,
doc. II, pp. 257-272. — Martínez, Documentos, t. IV, pp. 286-287.
[805] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXCIV, p. 517.
[806] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit, cap.
CXCIV, p. 516.
[807] AGI. — Copia enviada por W.H. Prescott a J.
García Icazbalceta. — GI, CDHM, t. I, pp. 524-537. — Gayangos,Cartas y
relaciones, doc. X, pp. 351— 367. — Martínez, Documentos,
1.1, pp. 398-399.
[808] López Rayón, Ignacio, « Sumario de la
Residencia tomada a D. Fernando Cortés, Gobernador y Capitán General de la
Nueva España y a otros Gobernadores y oficiales de la misma », t, I,
pp. 321-322.— El nombre de Rodríguez de Villafuerte sale a relucir en varias
ocasiones como una de las cabezas visibles del grupo que rehusaba entregar la
tierra al monarca; entre los más significados figurarían Andrés de Tapia, Jorge
de Alvarado, Rodrigo Rangel y otros.
[809] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CCVII, p. 577.
[810] Aguilar, Francisco de, Relación breve,
p. 84.
[811] Cortés, Hernán, Quinta relación,
p. 231.
[812] Carta de Diego de Ocaña, en G.
Icazbalceta, Colección de documentos, t. I, p. 529.
[813] AGI, Papeles de Justicia de Indias,
Residencias, Audiencia de México , estante 47, cajón 6, leg. 1/31. —
Cuevas, Cartas y otros documentos, doc. III, pp. 15-20. — Martínez,
t. I, p. 390.
[814] Biblioteca Histórica Mexicana de Obras
Inéditas, segunda parte, Epistolario de la Nueva España, 1505-1518, recopilado
por Francisco del Paso y Troncoso, tomo I, 1505-1529, Antigua Librería Robredo,
de José Porrúa e Hijos, México, 1939, pp. 36-37.
[815] Paso y Troncoso, Francisco del, Epistolario,
t. I, pp. 97-98.
[816] AGI. — CDIAO, t. XXVII, pp. 446-461. —
Martínez, Documentos, t. II, p. 300.
[817] Guzmán, Nuño de, Memoria, p. 40.
[818] AGI, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 265.
— AGN, Documentos inéditos, pp. 1-2. — Martínez, Documentos, t. I,
pp. 476-477.
[819] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXCIV, p. 516.
[820] López Rayón, Ignacio, Sumario de la
Residencia, pp. 307-308.
[821] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
t. IV, cap. XLIX, p. 242; sin precisar donde se encontraban Cortés y Sandoval,
ese autor destaca la gravedad del suceso que marca el rompimiento definitivo de
parte de Estrada, señalando que « se pensó que aquel día se dieran de
lanzadas todos los españoles ».— Díaz del Castillo, Bernal, ob.
cit, en cap. CXCIV, p. 519 escribe, en cambio, que tanto Cortés como
Sandoval se encontraban en Cuernavaca, y que al enterarse rápidamente se
trasladaron a México, pero llegaron tarde. Ya le había sido amputada la mano a
Cortejo. — Torquemada, fray Juan de, Monarquía, 1.1, cap. V, p.
599; este autor sigue a los anteriores.
[822] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXCIV, p. 518.
[823] Paso y Troncoso, Francisco del, Epistolario,
1.1, p. 93.
[824] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXCV, p. 520.
[825] Título de capitán general de la armada y
gobernador de las Molucas; Archivo de Indias, leg. 13, de autos de
fiscales.— Colección de los viages y descubrimientos que hicieron los
españoles desde fines del siglo XV, coordinada e ilustrada por Don
Martín Fernández de Navarrete, prólogo de J. Natalicio González, Expediciones
al Maluco.— Viages de Loaisa y de Saavedra., Editorial Guarania,
Buenos Aires, tomo V. pp. 190-193.
[826] Archivo de Simancas. — AGN, Archivo del
Hospital de Jesús, leg. 438, exp. I. — Fernández, de Navarrete, Martín, ob.
cit. t. V. pp. 404-405. — Martínez, Documentos, 1.1,
373-376.
[827] Fernández de Navarrete, Martín, Viages,
t. V, pp. 190-193.
[828] Fernández de Navarrete, Martín, ob.
cit., t. V, pp. 204-205.
[829] Fernández de Navarrete, Martín, ob.
cit., t. V, pp. 164-168.
[830] Cortés, Hernán, Cartas de relación,
(carta de 11 septiembre 1526), p. 244.
[831] Cortés, Hernán, Quinta relación (3
de septiembre de 1526), p. 235.
[832] AGI, leg. 6º del Patronato Real. — Fernández
de Navarrete, Martín, ob. cit., t. V, pp. 424-425. —
Martínez, Documentos, 1.1, pp. p. 461-462.
[833] AGI, leg. 6 del Patronato Real. — Fernández
de Navarrete, Martín, ob. cit., t. V, pp. 426-427. —
Martínez, Documentos, t. I, pp. 463-464.
[834] AGI, leg. 6 del Patronato Real. Fernández de
Navarrete, Martín, ob. cit., t. V, p. 415, Martínez, Documentos,
t. I, p. 445.
[835] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CC, p. 540.
[836] Fernández de Oviedo, Gonzalo, ob.
cit., t. II, cap. VI, p. 244.
[837] AGI., leg. 6 Patronato Real. — Fernández, de
Navarrete, Martín, Viajes y descubrimientos, ed. BAE, doc. XXX, t.
III, pp. 253-261. — Martínez, Documentos, t. I, p. 448.
[838] López de Gómara, Francisco, Historia,
t. II, p. 359.
[839] López de Gómara, Francisco, ídem.,
t. II, p. 360.
[840] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXCV, p. 522.
[841] Puga, ídem, 18v-29. — Cedulario
cortesiano, doc. 24, pp. 103-105.
[842] Puga, ídem, AHJ, leg. 300, exp.
107 y AHJ, leg. 293, exp. 135. AGNM. — Cedulario cortesiano, p.
106.
[843]Cedulario cortesiano , pp. 107-108.
[844] « el dicho marqués vino a esta corte
por el mes de mayo de 1528 » Memorial del licenciado Fco. Núñez acerca
de los pleitos y negocios de Cortés: AGI, Papeles de Justicia de Indias,
Audiencia de México, est. 51, caj. 6, leg. 6/23. Cuevas, Cartas y otros
documentos, Apéndices, doc. II, pp. 257-272. — Martínez, Documentos,
t. IV, pp. 285-295 (la cita figura en p. 287).
[845] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXCV, pp. 522-523. — A. Millares Cario y J.I, Mantecón, Índice y
extractos de los protocolos del Archivo de Notarías de México , D.F.,
I, (1524-1528), El Colegio de México, 1945, p. 236.
[846] Díaz del Castillo, Bernal, ibid,
cap. CCVI, pp. 573-574.
[847] Díaz del Castillo, Bernal, ídem.,
cap. CXCV, p. 524.
[848] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
t. II, p. 361.
[849] Enrique Otte, «Nueve cartas de Diego de
Ordás», Historia mexicana, El Colegio de México, julio-septiembre de 1964,
53, vol. XIV, núm. l, pp. 105 y 112.
[850] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXCV, p. 525. — Gómara, ob. cit., t. II, p. 360.
[851] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXCV, p. 525.
[852] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
t. II, pp. 361-362.
[853] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXCVI, p. 529.
[854] Vázquez de Tapia, Bernardino, Relación,
p. 47.
[855] Vázquez de Tapia, Bernardino, ídem,
pp. 37-38.
[856] Vázquez de Tapia, Bernardino, Relación,
p. 33.
[857] Archivo Mexicano, Documentos para la
Historia de México, t. I, México, tipografía de Vicente García Torres,
1852, paleografiado del original por el Lic. Ignacio López Rayón, pp. 49-50. —
Vázquez de Tapia, Relación, pp. 72-73.
[858] Vázquez de Tapia, Bernardino, Relación,
p. 41.
[859] En Cartas relación, carta
cabildo, p. 13.
[860] Tapia, Andrés de, Relación, p.
560. — Fernández de Oviedo hace aparecer al Apóstol en los combates en torno al
templo mayor, ob. cit., t. IV, XLVII, p. 228.
[861] Vázquez de Tapia, Bernardino, Relación,
p. 29.
[862] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XXXIV, 56.
[863] López Rayón, Ignacio, Sumario de la
Residencia, t. II, pp. 351-355. — Martínez, Documentos, t.
II, pp. 81-83.
[864] López Rayón, Ignacio, Sumario de la
Residencia, t. II, pp. 360-362. — Martínez, Documentos, t.
II, pp. 84-86.
[865] López Rayón, Ignacio, Sumario de la
Residencia, t. II, pp. 366-370.—Martínez, ídem, t. II, pp.
90-92.
[866] López Rayón, Ignacio, Sumario de la
Residencia, t. II, pp. 370-374. — Martínez, ibíd., t. II, pp.
94-96.
[867] López Rayón, Ignacio, Sumario de la
Residencia, t. II, pp. 250-251. — Martínez, Documentos, t. II, p. 75.
[868] López Rayón, Ignacio, Sumario, t.
II, pp. 362-366. — Martínez, Documentos, t. II, pp. 87-89.
[869] López Rayón, Ignacio, Sumario,
1.1, pp. 159-167. — Martínez, Documentos, t. II, p. 54.
[870] AGI. — CDIAO, t. XXVII, pp. 481-569 y t.
XXVIII, pp. 5-16 (selección). — Martínez, Documentos, t. II, p.
317.
[871] AGI, Justicia, leg. 224, I, ff. 189-235,
fragmentos. Paleografíados por Miguel González Zamora.— Martínez, Documentos, t.
II, p. 367.
[872] AGI, Justicia, leg. 224,1, ff.660v— 722.
Fragmentos. Paleografió Miguel González Zamora. — Martínez, Documentos,
t. II, p. 382.
[873] Publicaciones del Archivo General de la
Nación, XVII, Documentos inéditos relativos a Hernán Cortés y su
familia, Talleres Gráficos de la Nación, México, 1935, pp. 47-58.
[874] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXCVI, p. 531.
[875] Suárez de Peralta, Juan, ob. cit.,
p. 76.
[876] AGI. — CDIAO, t. XXVII, pp. 446-461. —
Martínez, Documentos, t. II, p. 299.
[877] Carta de Zumárraga a Carlos V, agosto 1529,
Simancas, 21 de noviembre de 1781. Tiene la original nueve planas; está harto
maltratada. — Muñoz.— Transcribed from the copy in the Collection of Muñoz,
tomo 78, in tbe Roy al Academy of History, and carefully corrected for my
friend Sr. D. José Fernando Ramírez of México.— Buckingham Smith, Aungust 18,
1858, Madrid; la reproduce Icazbalceta, Don fray Juan de Zumárraga, t. II, pp.
215-216.
[878] El asedio y el sacco de Roma
que vino a continuación duraron del seis de mayo al cinco de junio de 1527. —
El Emperador embarcó en Barcelona el 28 de julio de 1529 con el propósito de
dirigirse a Italia para entrevistarse con el Papa, desembarcando en Génova el
12 de Agosto 1529. La coronación seria al año siguiente en Bolonia; como ya
había recibido en Aquisgrán (23 octubre 1520), la primera corona, es decir, la
de «rey de romanos», le fue impuesta con mucha pompa la segunda, o sea, «la de
hierro», misma que ciñeron los reyes lombardos (aunque no es de hierro, sino de
oro) el 22 de febrero de 1530 en la iglesia de San Petronio; y dos días
después, el 24, coincidiendo con su cumpleaños, en el mismo templo y con
inusitado esplendor, la tercera, como Emperador de Occidente y sucesor de
Carlomagno.
[879] AGI. —CDIAO, t. XII, p. 379.— Cedulario
cortesiano, doc. 30, pp. 123— 124. — Martínez, Documentos, t.
III, p. 37.
[880] AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 438,
exp. 1, reproducido por Martínez, Documentos, t. III, p. 38.
[881] AGN, Vínculos, vol. 227 exp. 3,
ff. 16v-29. — Puga, Cedulario, ff. 66r— 67r. — Cedulario
cortesiano, doc. 32, pp. 125-132. — Martínez, Documentos, t.
III, pp. 49-52.
[882] Cédulas Carlos V: merced de tierras poseía en
la ciudad de México, y que se averigüe lo relativo al dinero que le fue
retenido . — Martínez, Documentos, t.
III, pp. 59-61 y p. 62.
[883] Herrera, Antonio de, Historia general
de los hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra Firme de el Mar
Océano .— prólogo de J, Natalicio González, t. V, Editorial Guarania,
Distribuidor exclusivo: librería El Ateneo, Buenos Aires, 1945, t. V, p. 316.
[884] Herrera, Antonio de, ídem, t, V,
pp. 298-299.
[885] Bula del papa Clemente VII legitimando a tres
de los hijos naturales de Cortés. — AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 1.
— Alamán, Disertaciones, Apéndice segundo. —Cedulario
cortesiano, n.61, pp. 333-336; Martínez, Documentos, t.
III, pp. 40-42. — Bula concediendo el Patronato, Martínez, Documentos,
t. III, pp. 43-46.
[886] AGI. — Puga, Cedulario, ff
36v-37r.— CDIAO, t. XXII, pp. 285-295. — Martínez, Documentos, t.
III, pp. 78-85.
[887] AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 123,
exp. I.— CDIAO, t. XII, pp. 510-514. — Cedulario cortesiano, pp.
168-172; CDIAO, t. XII, pp. 510-514. — Cedulario, pp. 188-189.
— Martínez, Documentos, t. III, pp. 90-92.
[888] AGI, Patronato Real, est. 2, caj. 2, leg.
1/1, la publica Paso y Troncoso, Epistolario, t. 1, pp. 136-152.
[889] Paso y Troncoso, Epistolario, t.
I, p. 148.
[890] Paso y Troncoso, Epistolario, t.
I, p. 138.
[891] Paso y Troncoso, Epistolario, t.
I, p. 140.
[892] García Icazbalceta, Joaquín, Don Fray
Juan de Zumárraga, t. II, p. 199.
[893] Testamento: Archivo del Protocolo de
Sevilla.— Codicilo: AGN (copia notarial).— Testamento de Hernán Cortés,
descubierto por el P. Mariano Cuevas, S. J., México, 1925.— Testamento
de Hernán Cortés, Iª. edición facsimilar del original del Archivo del
Protocolo de Sevilla, por el P. Mariano Cuevas, S.J., México, 1930. — Los
últimos codicilos de Hernán Cortés, Boletín del AGN, México, 1931, t. II,
núm. I, pp. 50-70. — Martínez, Documentos, t. IV, la cita sobre la
sepultura de Martín Cortés se encuentra en la p. 318.
[894] Archivo de Simancas, copia en la Colección de
J.B. Muñoz. — Gayangos, Cartas y relaciones, doc. XXVII, pp.
539-558. — GI, CDHM, t. II, pp. 41-61.— Martínez, Documentos, t.
IV, p. 70.— (vendió campos heredados de sus padres)
[895] AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 123,
exp. I. — AGN, Documentos inéditos, p. 9. — Cedulario cortesiano,
doc. 31, pp. 124-125. — Martínez, Documentos, t. III, p. 39.
[896] Kingsborough, Mexican Antiquities,
t. VIII, pp. 409ss. — Gayangos, Cartas y relaciones, doc. XVII, pp.
499-506. — Martínez, Documentos, t. III, p. 147.
[897] AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 123,
exp. I. — AGN,Documentos inéditos, pp. 15-17. —Cedulario
cortesiano, doc. 47, pp. 190-192. — Martínez, Documentos, t.
III, pp. 113-114 y t. III, p. 115.
[898] Martínez, Documentos, t. III, p.
114.
[899] Paso y Troncoso, Francisco del, Epistolario,
t. II, pp. 1-2.
[900] Cortés, Hernán, Carta de 10 octubre 1530,
incluida en Cartas de relación, pp. 253-254.
[901] « y que no se me acabe de morir de
hambre la gente que me queda »; Cortés, Carta al Emperador (10
octubre 1530), en Cartas de relación, p. 253. — «nos moríamos de
hambre »; Kingsborough, Mexican antiquities, t. VIII, pp.
409ss. — Gayangos, Cartas y relaciones, doc. XVII, pp. 499-506. —
Hernández Sánchez-Barba, Cartas y documentos, pp. 489-495.—
reproducido por Martínez, Documentos, t. III, p. 149.
[902] Martínez, Documentos, t. IV, p.
71.
[903] Archivo del Protocolo de Sevilla.— Codicilo:
AGN (copia notarial).— Testamento de Hernán Cortés, Iª. Ed.
facsímil del original del Archivo del Protoco lo de Sevilla, por el P. Mariano
Cuevas, S.J., México, 1925.— Postrera voluntad y testamento de Hernando
Cortés, Marqués del Valle , Introducción y notas de G.R. Conway,
Editorial Pedro Robredo, México, 1940.— Martínez, Documentos, t. IV, pp.
316-317.
[904] Cortés, Hernán, Cartas de relación (carta
10 octubre 1530), p. 254.
[905] Cortés, Hernán, Cartas de relación, p.
254.
[906] Kingsborough, Mexican Antiquities,
t. VIII, pp. 409ss. — Gayangos, Cartas y relaciones, doc. XVII, pp.
499-506. — Hernández Sánchez-Barba, Mario, Cartas y documentos, pp.
489-495. — Martínez, Documentos, t. III, pp. 152-153.
[907] AGI, Patronato Real 16, núm. 2, ramo 24. —
CDIAO, t. XIII, pp. 434— 436. — Martínez, Documentos, t. III, pp.
140-141.
[908] Zorita, Alonso de, Historia de la
Nueva España, facsímil de la edición de Madrid, 1909, Biblioteca Mexicana
de la Fundación Miguel Alemán, A.C., Ciudad de México, 1999, pp. 176-179.
[909] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CXCIX, p. 538.
[910] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
t. II, pp. 364-365.
[911] AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 265,
exp. 9, AGN, Documentos inéditos, p. 5. — Martínez, Documentos,
t. III, p. 158.
[912] AGI, Patronato, leg. 16, núm. 16, núm. 2,
ramo 37. — CDIAO, t. XIV, pp. 142-147. — Martínez, Documentos, t.
IV, p. 13.
[913] Cuevas, Cartas y otros documentos,
doc. VI, pp. 37-38. — Martínez, Documentos, t. I, p. 480 (carta a
su padre 23 nov. 1527). — y Cuevas, Cartas, doc. V, pp. 27-35. — Martínez,Documentos, t.
I, pp. 416-422 y Cuevas,Cartas y otros documentos, doc. VI, pp. 37-38. —
Martínez, Documentos, t. I. p. 480.
[914] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
t. II, p. 361.
[915]Certificado de supervivencia a doña Juana de Zúñiga ; Publicaciones del Archivo General de la
Nación, XXVII, Documentos inéditos relativos a Hernán Cortés y su familia,
Talleres Gráficos de la Nación, 1935, p. 395.
[916] Cortés, Hernán, Cuarta relación,
p. 172.
[917] AGI, Patronato, est. 1. — CDIAO,
t. XIV, pp. 329-347. — Martínez, Documentos, t. III, p. 269.
[918] Cuevas, Cartas, doc. VI. — Martínez, Documentos,
t. I, p. 421.
[919] AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 293,
exp. 142, t. 5. —Cedulario cortesiano, doc. 59, pp. 211-212.—
Martínez, Documentos, t. III, p. 264
[920] AGI, Patronato, est. 1. — CDIAO,
t. XIV, pp. 329-347. — Martínez, Documentos, t. III, pp.
266-267.
[921] Puga, Vasco de, Cedulario, ff. 41v-42r. —Cedulario
cortesiano, doc. 62, pp. 217-218. — Martínez, Documentos, t.
III, pp. 282-283.
[922] Puga, Vasco de, Cedulario, ff.
41v —42r. — Cedulario cortesiano, doc. 62, pp. 217-218. — Martínez, Documentos,
t. III, pp. 282-283.
[923]Carta de Cortés a Carlos V (20 abril 1532); Cartas, p. 259.
[924]Carta de Fuenleal de 10 de julio de 1532 ; la reproduce García Icazbalceta, Don Fray
Juan de Zumárraga, t. I, nota p. 99.
[925] CDIHE, t. IV, pp. 175-177. — Pascual de
Gayangos, Cartas y relaciones, doc. XX, pp. 511-514. — Hernández
Sánchez-Barba, Cartas y documentos, pp. 496-499. — Martínez,
documentos, t. III, p. 297.
[926] CDIHE, t. IV, 175-177. — Pascual de
Gayangos, Cartas y relaciones, doc. XX, pp. 511-514. — Hernández
Sánchez-Barba, Cartas y documentos, pp. 496-499. — Martínez,
Documentos, t. III, pp. 298-299.
[927] Cortés, Hernán, carta 20 abril 1532, incluida
en Relaciones, pp. 259-260.
[928] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit, cap.
CC., p. 540.
[929] Fernández de Navarrete, Martín, Viajes,
t. V, p. 372.
[930] Fernández de Navarrete, Martín, Viajes,
t. V, p. p. 433-444 « Después que este Sebastián de Puerta fue preso en
esta isla que digo, de allí dende a un año fue su amo a Zebú en canoas a
contratar, é llevólo consigo, y allí supo de los naturales de Zebú, cómo habían
vendido los de aquella isla á los de la China todos los españoles que allí
fueron presos de la armada de Magallanes, que fueron hasta ocho, y que hacía
cinco años que los habían vendido á trueco de unos bacanes de metal».
[931] CDIHE, t. IV, pp. 167-175. — La
Iberia, Escritos sueltos, doc. XXVI, pp. 196-204. — Hernández
Sánchez-Barba, Cartas y documentos, p. 388.
[932] Bitácora del Santiago en Fernández de
Navarrete, Martín, Colección de los Viages y Descubrimientos, t. V,
pp. 164-168.
[933] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
t. II, pp. 366-367.
[934] Díaz del Castillo, Bernal, Historia,
cap. CC, pp. 540-541.
[935] AGI. — CDIAO, t. XII, pp. 541-544. —
Gayangos, Cartas y relaciones, doc. XXI, pp. 521-524. — Hernández
Sánchez-Barba, Cartas y documentos, pp. 506-508. — Martínez,
Documentos, t. IV, p. 15.
[936] AGI. — CDIAO, t. XII, pp. 541-544. —
Gayangos, Cartas y relaciones, doc. XX pp. 521-524. — Hernández
Sánchez-Barba, Cartas y documentos, pp. 506— 508. — Martínez,
Documentos, t. IV, p. 16.
[937] Guzmán, Nuño de, Memoria,
Apéndice IV, Segunda relación anónima, p. 166-167.
[938] AGI. — CDIAO, t. XII, pp. 541-544. —
Gayangos, Pascual de,Cartas y relaciones, doc. XXI, pp. 521-524. —
Sánchez-Barba,Cartas y documentos, pp. 506— 508. — Martínez, Documentos,
t. IV, pp. 15-17.
[939] AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 123,
exp. 1. — AGN, Documentos inéditos, p. 26. — Cedulario
cortesiano, doc. 69, pp. 241-242. — Martínez, Documentos, t. IV, p. 27.
[940] AGI., — Cuevas, Cartas y otros
documentos, doc. XXII, pp. 107-122. — Martínez, Documentos, t.
IV, pp. 34-36.
[941] AGI, Cuevas, Cartasy otros documentos, doc.
XXII, pp. 107-122. — Martínez, Documentos, t. IV, p. 40.
[942] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CC, p. 541.
[943] AGI, Patronato. — CDIAO, t. XIV, pp. 128-142.
— Martínez, Documentos, t. IV, pp. 51-59.
[944] AGI, Patronato, est. I, caj. I, — CDIAO, t.
XII, pp. 439-448. — Martínez, Documentos, t. IV, p. 86-90.
[945] Gayangos, Pascual de, Cartas y
relaciones, doc. XXV, pp. 531-534. — Hernández Sánchez-Barba, Cartas
y documentos, pp. 524-527. — Martínez, Documentos, t. IV,
pp. 132-133.
[946] AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 123,
exp. 28. —Cedulario cortesiano, doc. 83, pp. 281-298. — Martínez, Documentos,
t. IV, p. 227.
[947] AGI, leg. 2º. de Cortés, núm. 2, ramo 40. —
CDIAO, t. XII, pp. 417— 429. — CDHM, t. II, pp. 31-40. — Martínez, ídem,
t. IV, pp. 97-103.
[948] Biblioteca José Porrúa Estrada de Historia
Mexicana, dirigida por Jorge Gurría Lacroix, 4, primera serie, La
Conquista, IV, Memoria de los servicios que había hecho Nuño de Guzmán,
desde que fue nombrado Gobernador de Panuco en 1525, estudio y notas por Manuel
Carrera Stampa, José Porrúa e Hijos Sucs., México, MCMLV, pp. 79-80.
[949] Gayangos, Pascual de, Cartas y
relaciones, doc. XXV, pp. 531-534. — Hernández Sánchez-Barba, Cartas
y documentos, pp. 524-527. — Martínez, Documentos, t. I, pp.
134-135.
[950] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CC, p. 544.
[951] Guzmán, Nuño de, Memoria, pp.
82-83.
[952] Gayangos, Pascual de, Cartas y
relaciones, doc. XXVIII, pp. 559-560. — Hernández Sánchez-Barba, Cartas
y documentos, pp. 528-529. — Martínez, Documentos, t. IV,
pp. 162-163.
[953] AGI, Patronato, 16, lo reproduce
Miguel León-Portilla, Hernán Cortés y la Mar del Sur, Ediciones
Cultura Hispánica, Instituto de Cooperación Iberoamericana, Madrid, 1985, pp.
105-106. — Martínez, Documentos, t. IV, pp. 146-147.
[954] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
t. II, p. 369.
[955] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CC, p. 543.
[956] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
t. II, p. 372.
[957] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
t. II, pp. 370-371.
[958] Biblioteca de Autores Españoles, desde la
formación del lenguaje hasta nuestros días (continuación), tomo CCLXXIII, Los
virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria, México,
I, Edición de Lewis Hanke con la colaboración de Celso Rodríguez, Ediciones
Atlas, Madrid, 1976, p. 99.
[959]Los virreyes españoles en América , t. I, p. 22.
[960]Los virreyes españoles , t. I, p. 37.
[961] Gayangos, Cartas y relaciones,
doc. XXVIII, pp. 559-560. — Hernández Sánchez-Barba, Cartas y
documentos, pp. 528-529.
[962] AGI. — CDIHE, t. IV, pp. 193-201. — CDIAO, t.
III, pp. 535-543. — Polavieja, Copias de documentos, pp. 438-443. —
Sánchez-Barba, Cartas y documentos, pp. 530-535. —
Martínez, Documentos, t. IV, pp. 183-188.
[963] Núñez Cabeza de Vaca, Alvar, Naufragios,
edición, introducción y notas de Trinidad Barrera, el Libro de Bolsillo,
Alianza Editorial, Madrid, 1985, p. 167.
[964] Guzmán, Nuño de, Memoria, p. 86.
[965] Guzmán, Nuño de, Memoria, p. 41.
[966] Guzmán, Nuño de, Memoria, pp.
47-48.
[967] Kingsborough, Mexican Antiquities,
t. VIII, pp. 409ss. — Gayangos, Cartas y relaciones, doc. XVII, pp.
499-506. — Hernández Sánchez-Barba, Cartas y documentos, pp. 489-495. —
Martínez, Documentos, t. III, p. 151.
[968] Guzmán, Nuño de, Memoria, p. 65.
[969] Guzmán, Nuño de, Memoria,
apéndice I, p. 100.
[970] « porque de la demanda que de las
Amazonas había tenido, ya se le había deshecho, é quiso seguir la de las Siete
Cibdades », Nuño, Memoria, Apéndice III, p. 157; « La
demanda que llevábamos cuando salimos a descobrir este río era las Siete
Cibdades»; Nuño, Memoria, Apéndice IV, p. 173.
[971] Guzmán, Nuño de, Memoria, Apéndice
I, p. 122.
[972] Guzmán, Nuño de, Memoria, p. 55.
[973] AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 68,
exp. 331.— Woodrow Borah, « Hernán Cortés y sus intereses marítimos en
el Pacífico, el Perú y la Baja California », Estudios de Historia
Novohispana, Universidad Nacional Autónoma de México. México, 1971, vol. IV, p.
19.— Martínez, Documentos, t. IV, p. 182.
[974] AGI., Hernández Sánchez-Barba, Mario, Cartas
y documentos, p. 533.
[975] CDIHE, t. IV, pp. 201-206. — La
Iberia, Escritos sueltos, doc. XXXVII, pp. 290-295. — Hernández
Sánchez-Barba,Cartas y documentos, pp. 403-406. — Martínez, Documentos,
t. IV, la cita se encuentra en p. 198.
[976] CDIHE, t. IV, pp. 201-206. — La
Iberia, Escritos sueltos, doc. XXXVII, pp. 290-295. — Hernández
Sánchez-Barba,Cartas y documentos, pp. 403-406. — Martínez, Documentos, t.
IV, p. 199.
[977] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CCI, pp. 544-548.
[978] CDIHE, t. IV, pp. 206-209. — La
Iberia, Escritos sueltos, doc. XXXVIII, pp. 296-298,— Hernández
Sánchez-Barba, Mario, Cartas y documentos, p. 390.—
Martínez, Documentos, t. IV, p. 201.
[979] CDIHE, t. IV, pp. 206-209. — La
Iberia, Escritos sueltos, doc. XXXVIII, pp. 296-298. — Sánchez-Barba, Cartas
y documentos, pp. 389-391. — Martínez, Documentos, t. IV, p. 202.
[980] Memorial sobre servicios, La Iberia,
Escritos sueltos, L.X, pp. 309-324; reproducido por Martínez,
Documentos, t. IV, p. 239
[981] .Fernández de Oviedo, Gonzalo, ob.
cit., t. IV, cap. I, p. 351.
[982] AGN, Archivo del Hospital de Jesús, gal. 4,
leg. 202, exp. 1, paleografió Celia Medina Mondragón, publicado por
Martínez, Documentos, t. lV, p. 205.
[983] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CCI, p. 549.
[984]Memorial de Hernán Cortés —, CDIHE, t. IV, pp. 209-207. — La
Iberia, Escritos sueltos, doc. XXXIX, pp. 299-308. — Hernández
Sánchez-Barba, Cartas y documentos, pp. 406-411.
[985] Herrera, Antonio de, Historia General,
t. VIII, pp. 183-184.
[986] Fernández de Oviedo, Francisco, ob.
cit., t. IV, cap. I. pp. 350-351.
[987] CDIHE, t. IV, pp. 209-217. — La
Iberia, Escritos sueltos, doc. XXXIX, pp. 299-308. — Sánchez-Barba,Cartas
y documentos, pp. 406-411. — Martínez, Documentos, IV, 210-215.
[988] AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 123,
exp. 31. — Cedulario cortesiano, doc. 78, pp. 267-274. — Martínez,
Documentos, t. IV, p. 218.
[989] AGN, Archivo del Hospital de Jesús, leg. 123,
exp. 33. —Cedulario cortesiano, doc. 70, pp. 275-278. — Martínez, Documentos,
t. IV, p. 221.
[990] AGI. — Cuevas, Cartas y otros documentos,
doc. XXII, pp. 107-122. — Martínez, Documentos, t. IV, p. 34.
[991] AGI, leg. 2º. de Cortés, núm. 2, ramo 40. —
CDIAO, t. XII, pp. 417— 429. — GI, CDHM, t. II, pp. 31-40. — Martínez, Documentos,
t. IV, la cita está en p. 100.
[992] G.R.G., Conway, Colection of
transcripts, California, Voayage of Juan de Ulloa en 1539, Juan Castellón
contra el marqués del Valle 1541-1542 , México, 1939, mss. LXII, pp.
11-13. — Cedulario cortesiano , doc. 82, pp. 279-281. —
Martínez, Documentos, t. IV, pp. 223-224.
[993] AGI, leg. 6 del Patronato Real. — Fernández
de Navarrete, Viajes y descubrimientos, ed. BAE, doc, XXX, t. III,
pp. 253-261. — Martínez, Documentos, t. I, p. 448.
[994] CDIHE, t. IV, pp. 201-206. — La
Iberia, Escritos sueltos, doc. XXXVII, pp. 290-295. — Hernández
Sánchez-Barba,Cartas y documentos, pp. 403-406. — Martínez, Documentos,
t. IV, p. 197.
[995] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
t. IV, cap. XLI, p. 189.
[996] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
t. IV, cap. LUI, p. 256.
[997] AGI, Papeles de Justicia de Indias,
Autos entre partes vistos en el Consejo de Indias, Audiencia de México ,
est. 51, caj. 6, leg. 6/23. — Cuevas, Cartas y otros documentos…,
Apéndices, doc. II, pp. 257-272. — Martínez, Documentos, t. IV, p.
294.
[998] Relación becba por Pedro de Alvarado a
Hernando Cortés, en que se refieren las guerras y batallas para pacificar las
provincias del antiguo reino de Goatbemala , Biblioteca José Porrúa Estrada de Historia Mexicana, dirigida por
Jorge Gurría Lacroix, 3, primera serie, La Conquista, III, José Porrúa e Hijos,
Sucs., México, MCMLIV, p. 52.
[999] Díaz del Castillo, Bernal, cap. CCI, p. 550 y
cap. CCIII, pp. 552-552.
[1000] López de Gómara, Francisco, Historia, t.
I, p. 364.
[1001] Alvarado, Pedro de, Relación, p.
56.
[1002] Herrera, Antonio de, Historia General,
Década VII, t. VIII, p. 183.
[1003] Alvarado, Pedro de, Relación,
Apéndice II, p. 62.
[1004] Alvarado, Pedro de, Relación,
Apéndice II, p. 93.
[1005] Alvarado, Pedro de, Relación,
Apéndice IV, p. 95.
[1006] «que puede aver diez y seys años poco mas o
menos questando el dicho Pedro de Alvarado en la Isla Española en la Ciudad de
Sto. Domingo vibiendo con el Almirante [sic] traya un sayo con una cruz
colorada de la encomienda de la corte y caballería del señor Santiago la qual
traya escondida por dentro del sayo hasta que se la vieron y lo dixeron al
dicho Almirante y el le preguntó que por que traya aquella cruz y el dicho
Pedro de Albarado le dixo quera comendador de aquella borden y que la traya ansi
cubierta porque se avia pasado a estas partes y estava donde no lo conocían ni
savian quien era y el dicho Almirante se lo reprehendió diziendo que pues hera
caballero de la borden de Santiago que no lo encubriese y desde allí el dicho
Pedro de Albarado traxo la dicha cruz de encomienda publicamente en todas sus
ropas y se llamaba y fyrmaba el comendador Pedro de Albarado y era por ello
honrrado y ansi traxo el dicho avito y cruz Humándose comendador como dicho es
y firmándolo en la Isla Española y en Cuba y en esta nueva España muchos
días…», Vázquez de Tapia, Relación de méritos, pp. 105-106. La versión de
Remesal va en el sentido siguiente: Alvarado habría recibido las ropas que le
obsequió el tío, desprendiendo de ellas la encomienda, pero la huella de ésta quedaría
marcada.— Fray Antonio de Remesal, O. R, Historia general de las Indias
Occidentales y particular de la Gobernación de Chiapa y Guatemala, estudio
preliminar del P. Carmelo Sáenz de Santa María, S.J., tomo I, Editorial Porrúa,
S.A., Av. República Argentina 15, México, 1988, pp. 23-24.
[1007] Anglería, Pedro Mártir de, Décadas,
t. I, p. 415.
[1008] Remesal, fray Antonio de, Historia, t.
I, p. 9 (la pierna encogida fue la izquierda).
[1009] «Dejó por ellas a Cecilia Vázquez,
honradísima mujer, Gómara, Historia, Iª. parte, p. 362; “ por
el sentimiento que don Fernando Cortés mostró que don Pedro de Alvarado le
faltase la palabra que le dio de casarse con su prima, por casarse con doña
Beatriz de la Cueva” , Remesal, ob. cit., t. I, p. 56
(aunque aquí el autor equivoca el orden en que se sucedieron los matrimonios
con las hermanas, pues el primero fue con doña Francisca)».
[1010]Carta del señor Zumárraga al Emperador; doc. 4, t. II, pp. 201-202, Declaration
faite á la Havanne, apud Ternaux, t. XVI, p. 100.—J.G.Icazbalceta, Don
fray Juan de Zumárraga, t. II, p. 202.
[1011] Garcilaso de la Vega, el Inca, Historia
General del Perú, (Segunda parte de los Comentarios Reales de los Incas) ,
Edición al cuidado de Ángel Rosenblat del Instituto de Filología de la
Universidad de Buenos Aires, Elogio del autor y examen de la segunda parte de
los Comentarios Reales por José de la Riva Agüero, tomo I, Emecé editores,
S.A., Buenos Aires, pp. 111-112.
[1012] Garcilaso de la Vega, el Inca, Historia,
t. I, p. 150.
[1013] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia, t.
IV, cap. XLVII, p. 230.
[1014]Los virreyes españoles , t. I, p. 208.
[1015]La Iberia, Escritos sueltos , doc. LX, pp. 309-324. — Martínez, Documentos,
t. IV, p. 240.
[1016] Fernández de Oviedo, Gonzalo, ob.
cit., t. IV, cap. LVI, p. 265.
[1017] López de Gómara, Francisco, Historia, t.
II, p. 443.
[1018] Ya en su día, la Academia de la Historia
observó que en Crónica de los Barbarrojas, que es el libro que
trata con mayor extensión acerca del sitio de Argel, Gómara omitiera mencionar
que él se halló presente, lo cual se atribuyó a que se había reservado para
tratar de ello en Batallas de Mar de nuestros tiempos, «obra cuyo paradero
ignoramos completamente»; al propio tiempo, la Academia observó que en la
edición de la Historia de Indias, realizada en Zaragoza en 1554 por
Agustín Millán fue suprimido ese « é yo que me hallé allí me maravillé»,
frase que se venía aduciendo como prueba de que viajaba acompañado a Hernán
Cortés, a cuyo servicio supuestamente se encontraría; si bien ambas
circunstancias fueron advertidas, de ello no se sacaron conclusiones. (Memorial
Histórico Español, año 1853. Vol. VI, pp. 331-439.) Pero algo que escapó a
la atención de la Academia es que Crónica de los Barbarrojas y
Batallas de mar de nuestros tiempos son un mismo libro, según se desprende de
lo que escribe Torquemada, quien en Monarquía, t. I, cap. XXV, p. 410, indica:
«y de Omich Barba-Roxa, el del brazo cortado, dice Francisco López de Gómara,
en lo que escribe de las Batallas de la Mar…». En la edición de Agustín Millán
el capítulo en que aparecía la frase en cuestión fue reescrito en forma
completamente distinta, desapareciendo el «éyo que me hallé allí…»; sabemos que
fue el propio Gómara quien retiró la frase, puesto que en la carátula de la
obra se lee: «La Historia General de la Indias y Nuevo Mundo, con más la conquista
del Perú y de México: agora nuevamente añadida y enmendada por el mismo autor»,
con una tabla muy cumplida de los capítulos, y muchas figuras que en otras
impresiones lleva. Se vende en Zaragoza en casa de Miguel de Zapila mercader de
libros. / fue impresa la presente obra en la muy insigne ciudad de Zaragoza en
casa de Pedro Bernuz; acabóse de imprimir a doze días del mes de octubre, año
de mil y quinientos y cincuenta y quatro. Ese «agora nuevamente añadida y
enmendada por el mismo autor» despeja toda duda. No acompañaba a Cortés. Cabe
destacar que esta edición se realizó ignorando la prohibición que pesaba sobre
el libro en Castilla, lo cual no debe sorprender, puesto que Aragón se guiaba
por sus propias normas. La unidad española estaba lejos de ser una realidad en
aquellos momentos.
[1019]La Iberia, Escritos sueltos , doc. LX, pp. 309-324. — Martínez, Documentos,
t. IV, p. 234-242.
[1020] AGI, Real Patronato, Nueva España,
Descubrimientos, descripciones y poblaciones, est. 1, caj. l, leg. 2/6. —
GI, CDHM, t. II, pp. 62-71. — Cuevas, Cartas y documentos, doc. XXXIII, pp.
201-213. — Martínez, Documentos, t. IV, p. 249.
[1021]Los virreyes españoles , t. I, pp. 100-101.
[1022]Los virreyes españoles en América , t. I, p. 81.
[1023]Los virreyes españoles, ob. cit. , t. I, p. 93.
[1024]Los virreyes, ídem . p. 89.
[1025]Los virreyes, ídem . p. 70.
[1026] AGI, Real Patronato, Nueva España,
Descubrimientos, descripciones y poblaciones, est. 1, leg. 2/16. — GI,
CDHM, t. II, pp. 62-71. — Cuevas, Cartas y otros documentos, doc.
XXXIII, pp. 201-213. — Martínez, Documentos, t. IV, pp. 252-253.
[1027]Los virreyes, ob. cit. , t. I, p. 80.
[1028]Los virreyes españoles , t. I, p. 63.
[1029] AGI, 48-1/23. — Pérez Bustamante, Don
Antonio de Mendoza, 1928, doc. XIV, pp. 175-181. — Martínez, Documentos,
t. IV, p. 259.
[1030] AGI, Papeles de Justicia de Indias,
Autos entre partes vistos en el Consejo de Indias , Audiencia de
México, est. 51, caj. 6, leg. 5/22. — Cuevas, Cartas y otros
documentos…, doc. XXXV, pp. 221-222. — Martínez, Documentos, t.
IV, p. 246.
[1031] AGI, Papeles de Justicia de Indias,
Autos entre partes presentados y no vistos en el Consejo de Indias., Audiencia
de México , est. 47, caj. 4, leg. 9/4. — Cuevas, Cartas y
otros documentos…, doc. XXXVII, pp. 227-228. — Martínez, Documentos,
t. IV, p. 247.
[1032] Losada, Ángel, Juan Ginés de
Sepúlveda a través de su «Epistolario» y nuevos documentos . —
reimpresión. — Consejo Superior de Investigaciones Científicas. — Instituto de
Derecho Internacional «Francisco de Vitoria», Madrid, 1973, p. 237.
[1033] Losada, Ángel, ídem, p. 249.
[1034] Losada, Ángel, ídem, p. 244.
[1035] Ginés de Sepúlveda, Juan, Hechos de los
españoles en el Nuevo Mundo, «De rebus hispanorum gestis de novum orbem
mexicumque», Edición y estudio de Demetrio Ramos y Lucio Mijares con la
colaboración de Losada, Ángel, Juan Ginés de Sepúlveda a través de su
«Epistolario» y nuevos documentos.— reimpresión.— Consejo Superior de
Investigaciones Científicas.— Instituto de Derecho Internacional «Francisco de
Vitoria», Madrid, 1973, p. 237Jonás Castro Toledo, Seminario Americanista de la
Universidad de Valladolid, 1976, p. 195.
[1036] Cuevas, Cartas y otros documentos,
doc. XXXIV, pp. 215-220. — Hernández Sánchez-Barba, Cartas y documentos,
pp. 535-538. — Martínez, Documentos, t. IV, p. 244.
[1037] AGI. — Vargas Ponce, Colección en el
Archivo de la Academia de la Historia de Madrid . — Prescott, Historia
de la conquista, Apéndices, parte II, doc. XX — Gayangos, Cartas
y relaciones, doc. XXVII, pp. 567-572. — Martínez, Documentos,
t. IV, pp. 267-270.
[1038] AGI, Papeles de Justicia,
Residencias, Audiencia de México, est. 47, caj. 6.1/31. — Cuevas, Cartas
y otros documentos…, doc. XI, pp. 235-243. — Martínez, Documentos,
t. II, pp. 388-393.
[1039] Lista de las cédulas, provisiones y cartas
ejecutorias obtenidas por Hernán Cortés de 1523 a 1543 , con la intervención del licenciado Núñez;
AGI, Papeles de Justicia de Indias, Autos entre partes vistos en el
Consejo de Indias, Audiencia de México , est., 51, caj. 6, leg. 6/23.
— Cuevas, Cartas y otros documentos…, Apéndices, doc. III, pp.
273-287. — Martínez, Documentos IV, pp. 296-306.
[1040] AGI, Papeles de Justicia de Indias,
Autos entre partes vistos en el Consejo de Indias, Audiencia de México ,
est. 51, caj. 6, leg. 6/23. — Cuevas, Cartas y otros documentos…,
doc. XLI, pp. 245-248. — Martínez, Documentos IV, pp. 307-309.
[1041] Díaz del Castillo, Bernal, Historia,
cap. CCIV, p. 559.
[1042] Losada, Ángel, ob. cit, p. 238.
[1043] Diálogos de la preparación de la muerte,
dictados por el Ilustrísimo Reverendísimo Señor Don Pedro de Navarra Obispo de
Coménge y del Consejo supremo del Cristianísimo Rey de Francia. Dirigidos al
muy magnífico señor Francisco de Eraso primer secretario y del Consejo secreto
del Rey Católico de España . Tolosa. En
casa de Jacobo Colomeno, Impresor del Universidad, 1565, pp. 42-43.
[1044] Paso y Troncoso, Francisco, Epistolario,
t. II, 1530-1532, pp. 196-197.
[1045] Motolinia, Carta al Emperador, ob.
cit., t. I, p. 274.
[1046] Godoy; Diego de, Biblioteca de Autores
Españoles, t. XXII, Historiadores primitivos de Indias, I,
Ediciones Atlas, Madrid, 1946, pp. 466-470.
[1047] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CLXVIII, p. 440.
[1048] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CCVI, p. 574.
[1049] Biblioteca Histórica Mexicana de Obras
Inéditas, segunda parte, Epistolario de Nueva España, 1508-1518, recopilado
por Francisco del Paso y Troncoso, t. VII, Antigua Librería Robredo, de José
Porrúa e Hijos, México, 1940, p. 184.
[1050] Fernández de Oviedo, Gonzalo, ob.
cit., t. II, cap. II, p. 399.
[1051] Fernández de Oviedo, Gonzalo, ob.
cit., t. II, cap. II, p. 389.
[1052] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. VI, p. 248.
[1053] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia
general, t. III, cap. I, p. 398.
[1054] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
t. III, cap. III, p. 401.
[1055] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
t. III, cap. III, pp. 404-405.
[1056] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
t. III, cap. VIII, p. 423.
[1057] Fernández de Oviedo, Gonzalo, ídem.,
t. III, cap. X, p. 392.
[1058] Paso y Troncoso, Francisco del, Epistolario,
t. VII, pp. 201-203.
[1059] Núñez Cabeza de Vaca, Alvar, Naufragios,
p. 113.— Zorita, Alonso de, Relación de la Nueva España, Consejo
Nacional para la Cultura y las Artes, Cien de México: 1999, t. II, p. 575.
[1060] Núñez Cabeza de Vaca, Alvar, Naufragios,
p. 113.— Zorita, Alonso de, Relación de la Nueva España, Consejo
Nacional para la Cultura y las Artes, Cien de México: 1999, t. II, p. 575.
[1061] López de Gómara, Francisco, Historia,
t. II, p. 443.— « acordó de salirse de Sevilla por quitarse de muchas
personas que le visitaban y le importunaban en negocios» ; Díaz del
Castillo, Bernal, ob. cit., cap. CCIV, p. 555.
[1062] Fernández de Oviedo, Gonzalo, ob.
cit., t. IV, p. 265.
[1063]Testamento: Archivo del Protocolo de Sevilla .— Codicilo: AGN (copia notarial).— Testamento
de Hernán Cortés, descubierto y anotado por el P. Mariano Cuevas, S.J.,
México, 1925.— « Los últimos codicilos de Hernán Cortés», Boletín
del AGN, México, 1930.— «Los últimos codicilos de Hernán Cortés»,
Boletín del AGN, México, 1931, t. II, pp. 50-70. — Postrera voluntad y
testamento de Hernando Cortés, marqués del Valle , Introducción y
notas de G.R.G. Conway, Editorial Pedro Robredo, México, 1940. —
Martínez, Documentos, t. IV, p. 315.
[1064] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. CCIV, p. 556.
[1065] Testamento, ídem, Martínez, Documentos,
t. IV, pp. 326-327.
[1066] AGI. — Vargas Ponce, Colección en el
Archivo de la Academia de la Historia de Madrid . — Prescott, Historia
de la conquista, Apéndices, parte II, doc. XV.-Gayangos, Cartas y
relaciones, doc. XXVII, pp. 567-572. — Martínez, Documentos, t.
IV, p. 270.
[1067] Hernández Sánchez-Barba, Mario, Cartas
y documentos, pp. 562-565. — Martínez, t. IV, p. 326.
[1068] Testamento, ídem, Martínez, Documentos, t.
IV, p. 325.
[1069] Testamento, ídem, Martínez, Documentos,
t. IV, p. 328.
[1070] Testamento, ídem, Martínez, Documentos,
t. IV, p. 358.
[1071] Testamento, ídem, Martínez, Documentos,
t. IV, p. 323.
[1072] López de Gómara, Francisco, ob. cit.,
t. II, p. 443.
[1073] « La renta total de que disponen en
1525 grandes y señores con título asciende a 1,100,000 ducados; y a decir de
los venecianos, el duque de Medina Sidonia goza de una renta anual de 50,000
ducados. En 1558 los ingresos del duque han subido a 80,000; en 1581, veintidós
duques, cuarenta y siete condes y treinta y seis marqueses disponen de 3
millones de ducados, y el duque de Medina Sidonia, de 150,000 ».
Fernand Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de
Felipe II , t. II, Fondo de Cultura Económica, México, Madrid, Buenos
Aires, 1976, p. 83.
[1074] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
t. IV, cap. LVI, pp. 265-266.
[1075] Testamento, ídem, Martínez, Documentos,
t. IV, p. 332.
[1076] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
t. IV, cap. LVI, pp. 265-266.
[1077] Publicaciones del Archivo General de la
Nación, XVII, Documentos inéditos relativos a Hernán Cortés y su
familia, Talleres Gráficos de la Nación, 1935, pp. 225-299. El inventario
correspondiente a la casa en Cuernavaca y esclavos en la misma, se encuentra en
pp. 229-263.
[1078] Archivo General de la Nación, XXVII, Documentos
inéditos, p. p. 121-132.
[1079] AGN, XVII, Documentos inéditos
relativos Hernán Cortés, p. 131.
[1080] AGN, Documentos inéditos, pp.
116-118.
[1081] « Y la otra su hija que estaba
contrahecha de un lado oí decir que la metieron monja en Sevilla o en
Sanlúcar »; Bernal, ob. cit., cap. CCIV, p. 559.—
Publicaciones del Archivo General de la Nación, VII, La vida colonial,
México, 1923, pp. 9-25. —Juicio reproducido en parte en la edición de Conway
del Testamento de Cortés, n. 11, pp. 72-77. — La marquesa daba un
trato humillante a Catalina, y con la complicidad del albacea testamentario de
Cortés, el licenciado Juan Altamirano, forzó a la muchacha a firmar documentos
por los que le cedía sus propiedades cercanas a Cuernavaca, y también contra su
voluntad, y con la complicidad del duque de Medina Sidonia, fue internada en el
monasterio dominico de la Madre de Dios, en Sanlúcar de Barrameda, donde debe
haber pasado el resto de su triste vida. Consta que estaba allí en 1565.
(G.R.G.C.M.) Martínez, Documentos, t. IV, nota en p. 325.
[1082] La bibliografía de Pedro Mártir de Anglería,
preparada por Joseph H. Sinclair la reproduce Edmundo O’Gorman como apéndice
III, en Décadas, ob. cit., t. I, pp. 45-71.
[1083] Mártir de Anglería, Pedro, Décadas,
t. II, p. 611.
[1084] Mártir de Anglería, Pedro, Décadas,
t. II, p. 554.
[1085] Mártir de Anglería, Pedro, ídem, t.
II, p. 615.
[1086] Mártir de Anglería, Pedro, ídem,
t. II, p. 670.
[1087] Mártir de Anglería, Pedro, ídem,
t. II, p. 713.
[1088] Mártir de Anglería, Pedro, ob. cit.,
t. II, p. 728.
[1089] Mártir de Anglería, Pedro, ob. cit.,
t. I, p. 281.
[1090] Mártir de Anglería, Pedro, ob. cit.,
t. I, p. 384 y pp. 389-390.— Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
lib. XIV, proemio, t. IV, cap. I, p. 8. « Demás desto digo que yo tengo
cédulas reales para que los gobernadores me envíen relación de lo que tocare a
la historia en sus gobernaciones, para estas historias. Y escribí al marqués
del Valle, don Hernando Cortés, para que me enviase la suya, conforme a lo que
subcesivamente mandaba, e remitióme a unas cartas misivas que le escribió a Su
Majestad, de lo subcedido en aquella conquista, e no curó de más; e de ésas, e
de lo que me informaron, de todo haré memoria en este libro XXXIII».
[1091] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
t. I, vid. nota de Juan Pérez de Tudela al pie de p. XXVI.
[1092] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia,
t. III, lib. III, cap. CXXXIX, p. 311.
[1093] Fernández de Oviedo, Gonzalo, Historia,
t. II, cap. X, p. 41.
[1094] Paso y Troncoso, Francisco del, Epistolario,
t. VI, p. 11.
[1095] AGI, Papeles de Simancas, Est.
59, caj. 4, leg. 3,- Paso y Troncoso, Epistolario, t. X, pp.
156-159.
[1096] El reconocido historiador, D. Pedro Aguado
Bleye, aunque sin citar fuente, escribe que Gómara realizó un viaje a Flandes
en 1558, perdiéndose allí su huella; Manual de Historia de España, t.
II, Reyes Católicos-Casa de Austria, (1474-1700), edición revisada por Cayetano
Alcázar Molina, duodécima edición, Espasa-Calpe, S.A., Madrid, 1981, p. 363.
[1097] Garcilaso de la Vega, el Inca, ob.
cit., t. I, p. 131.
[1098] Annals of the Emperor Charles V by Francisco
López de Gómara, Spanish text and English translation, edited with an
introduction and notes by Roger Bigelow Merriman, Oxford, 1912, p. 256.
[1099] López de Gómara, Francisco, Historia, t.
I, p. 83.
[1100] López de Gómara, Francisco, Historia
de las Indias, t. I, p. 326.
[1101] Las Casas, fray Bartolomé de, Historia, t.
III, lib. III, cap. CIII, p. 183.
[1102] Menéndez Pidal, Ramón, El Padre Las
Casas, su doble personalidad, Espasa-Calpe, Madrid, 1963, pp. 204-213.
[1103] Motolinia, Carta, en Icazbalceta, Colección
de documentos, 1.1, pp. 258-260.
[1104] García Icazbalceta, Joaquín, Documentos,
1.1, p. 261.
[1105] México 1539.— Proceso criminal del
Santo Oficio de la Inquisición y del Fiscal en su nombre contra Don Carlos,
indio principal de Tezcuco .— Secretario: Miguel López (57 fojas del
original y 46 de la copia simple; Archivo General de la Nación.— Siglo XVI.—
Inquisición procesos por proposiciones heréticas -2 — Primera Parte,
Presentación de Luis González Obregón, México.— Estados Unidos Mexicanos,
Secretaría de Relaciones Exteriores, publicaciones de la Comisión
Reorganizadora del Archivo General y Público de la Nación., I, Proceso
inquisitorial del cacique de Tetzcoco, México, Eusebio Gómez de la Puente,
editor, 2ª. De Nuevo México, 32, 1910.
[1106] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit.,
cap. XVIII, p. 30.
[1107] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit, agregado
en el borrador a cap. CCXII, p. 590.
[1108] Díaz del Castillo, Bernal, ídem, cap.
CLXVI, p. 429.
[1109] Díaz del Castillo, Bernal, ibídem,
Apéndice, pp. 635-636.
[1110] Díaz del Castillo, Bernal, ibíd.,
cap. LXXX, p. 140 (tachado en el original).
[1111] Díaz del Castillo, Bernal, ob. cit,
cap. CCIV, p. 556.
[1112]«Vista y no hay que responder»; Historia verdadera , ed. Sepan cuantos…, apéndice,
pp. 644-645.
[1113] Aguilar, Francisco de, Relación breve,
p. 63.
[1114] Carreño, Alberto María, Efemérides de
la Real y Pontificia Universidad de México, según sus claustros , t.
I, Publicaciones de la Coordinación de Humanidades y del Instituto de Historia,
Universidad Autónoma de México, 1963, p. 11.
[1115] Cervantes de Salazar, Francisco, Crónica,
t. II, cap. C, p. 35.
[1116] Zorita, Alonso de, Relación de la
Nueva España, t. I, p. 112.
[1117] Zorita, Alonso de, Relación de la
Nueva España, t. I, p. 413.
[1118] Sahagún, fray Bernardino de, ob. cit.,
t. I, p. 16 (sus informantes fueron: Antonio Valeriano, el principal y más
sabio, vecino de Azcapotzalco; Alonso Vegerano, poco menos que este, vecino de
Cuauhtitlan; Martín Jacobita, del Barrio de Santa Ana y Rector de Santa Cruz;
Pedro de San Buenaventura, también de Cuauhtitlan; los escribanos fueron: Diego
de Grado, tlatelolca; Bonifacio Maximiliano, también de este lugar, y Mateo
Severino de Utlac, en Xochimilco).
[1119] Durán, fray Diego, ob. cit., t.
II, cap. LLXXVI, 556.
[1120] Durán, fray Diego, ob. cit., t.
II, pp. 553.
[1121] Torquemada, fray Juan de, Monarquía,
t. I, cap. IV, p. 351.
[1122] Torquemada, fray Juan de, ídem,
cap. XXVI, p. 411: « Comenzaron a caminar con buen orden de Guerra, y
aunque dice Herrera, que llegó aquel día a Xalapa, no puede ser, porque al de
un Pueblo a otro quince leguas, y un Campo formado, y de Gente de a Pie, y con
Vagage, no camina tanto en un Día, harto harían en quedarse a medio Camino, que
aun a Caballo es mui malo de pasar, en tiempo de Aguas, que es cuando ellos
pasaron […] como yo lo he visto, y aun a costa de una mui
grande caída, que allí di, este Año de mil seiscientos y diez, que escribo
esto, por el mismo mes de Agosto».
[1123] Acosta, Joseph de, Historia natural y
moral de las Indias, edición preparada por Edmundo O’Gorman, Fondo de
Cultura Económica, Segunda edición revisada, México, 1962, pp. 369-370.
[1124] Alvarado Tezozomoc, Fernando, ob.
cit., pp. 144-145.
[1125] Alva Ixtlixóchitl, Frenando, ob. cit.,
p. 454.
[1126] Torquemada, fray Juan de, Monarquía,
t. I., lib. IV, cap. LXX, p. 498.

