Libro N° 7076. El Mundo Es Uno. Clarke, Arthur C.
© Libro N° 7076.
El Mundo Es Uno. Clarke, Arthur C.. Emancipación. Marzo 14 de 2020.
Título
original: © El
Mundo Es Uno. Arthur C. Clarke
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL MUNDO ES UNO
Arthur C. Clarke
El Mundo Es Uno
Arthur C. Clarke
CONTENIDO
Prefacio
Parte 1. Cables en el Abismo
1. Introducción
2. La llegada del telégrafo
3. Cruzar el canal
4. Un gran norteamericano
5. El señor de la ciencia
6. Falso comienzo
7. Triunfo y desastre
8. Post-mortem
9. Al borde del triunfo
10. Alegría en el corazón
11. Batalla en el fondo del mar
12. Un cinturón alrededor de la Tierra
13. Los desiertos de las profundidades
14. El corazón del cable
Parte 2. La Voz sobre el Mar
15. Los cables empiezan a hablar
16. El precursor de Einstein
17. Espejo en el cielo
18. Teléfono transatlántico
19. La fábrica de sueños
20. «Radio sin hilos»
21. Explorando el espectro
22. Más allá de la ionosfera
Parte 3. Una Breve Historia de los Satélites de
Comunicaciones
23. En el salón de los caballeros
24. «Estás en rumbo de planeo… creo»
25. «Cómo perdí mil millones de dólares en mi
tiempo libre»
26. «Si tenéis un mensaje…»
27. La creación de una luna
28. «Recuerdo Babilonia»
Parte 4. Mensajeros Estelares
29. Echo y Telstar
30. Syncom
31. Early Bird
32. Los Estados Unidos de la Tierra
33. Satélites y saris
34. En la ONU
35. La tropa de Coop
36. Cita en el Vaticano
37. ¡Feliz cumpleaños, COMSAT!
38. Los premios Clarke
39. CNN en directo
40. Pazsat
Parte 5. ¡Hágase la Luz!
41. El regreso del cable
42. Hablando con luz
43. Hasta donde alcanza la visión
Epílogo
Referencias y Agradecimientos
Apéndice 1
Apéndice 2
Prefacio
Dedicado a los auténticos padres del satélite de
comunicaciones JOHN PIERCE y HAROLD ROSEN,
del padrino
Gran parte de Europa y
Japón estaba aún en ruinas cuando, dos años después del final de la Segunda
Guerra Mundial, el famoso historiador Arnold Toynbee dio una conferencia en la
Cámara Senatorial de la Universidad de Londres titulada «La unificación del mundo».
No recuerdo qué me impulsó a asistir, pero sí la tesis básica de la charla: que
los avances en transportes y comunicaciones habían creado —o crearían— una
única sociedad planetaria. En noviembre de 1947, ésa era una visión
inusitadamente avanzada; la expresión «aldea global» todavía se encontraba a
diez años de distancia, y Marshall McLuhan aún tenía que ser heraldo del
amanecer de la cultura electrónica.
Gracias al transistor y el microchip, ese
amanecer ha llegado ya, aunque utilicemos una definición algo generosa de la
palabra «cultura». El mundo, sin embargo, dista mucho de estar unificado; en
algunas regiones, de hecho, parece hacerse pedazos con rapidez.
No obstante, Toynbee acertaba en lo esencial. A
excepción de unas pocas tribus cada vez más reducidas en —ay— bosques
igualmente reducidos, la raza humana casi se ha convertido ahora en una única
entidad, dividida por zonas horarias en vez de por las fronteras naturales de
la geografía. Las mismas cadenas de noticias televisivas cubren el globo; las
bolsas del mundo están unidas por la máquina más compleja jamás inventada por
la humanidad, el sistema de transferencia internacional teléfono/télex/fax. Los
mismos periódicos, revistas, modas, bienes de consumo, automóviles y refrescos
pueden encontrarse en cualquier parte entre los dos polos; y en la final de un
campeonato mundial al menos el cincuenta por ciento de los varones de la
especie se encontrarán sentados delante de un televisor, probablemente
fabricado en Japón.
A pesar de todas las barreras lingüísticas,
religiosas y culturales que aún asolan a las naciones y las dividen en tribus
todavía más pequeñas, la unificación del mundo ha pasado el punto de no
retorno, aunque a veces sea un matrimonio forzoso entre compañeros reluctantes.
El problema ahora es preservar la diversidad de nuestro planeta, y salvar lo
mejor del pasado antes de que sea destruido. Un mundo es mejor que su
alternativa, demasiado probable: ningún mundo. ¿Pero quién querría que fuese un
mundo uniforme sin características?
La actual sociedad global ha sido creada
principalmente por las tecnologías del transporte y la comunicación, y podría
argumentarse que la segunda es la más importante. Puede imaginarse un planeta
(ofrezco con generosidad la idea a mis colegas escritores de ciencia-ficción)
donde el viaje a largas distancias fuera en extremo difícil, o incluso
imposible. Pero si los habitantes de ese mundo hubieran desarrollado comunicaciones
eficientes, aún podrían considerarse miembros de una única sociedad.
He estado relacionado con las comunicaciones
durante casi toda mi vida, en general como usuario, pero a veces como agente
activo. Y no fueron siempre telecomunicaciones: fui cartero a tiempo parcial
durante algunos años, y entregaba el correo en bicicleta a lo largo de una
veintena de kilómetros en Somerset por un modesto estipendio de mi tía Hepzibah
Grimstone, la encargada del correo del pueblo. De hecho, éramos una vieja familia
de correos: mi padre, Charles Wright Clarke, era ingeniero de comunicaciones, y
mi madre, Nora Mary Clarke (de soltera Willis) era telegrafista. Charlie la
cortejó en código Morse, que ella podía leer y transmitir a toda velocidad
incluso en su ancianidad.
El teléfono llegó a nuestra aislada granja a
principios de los años veinte, en circunstancias que siempre me parecieron
sospechosas. Un gran número de postes tuvieron que ser arrastrados por los
campos y erigidos puntualmente, ya que nos hallábamos al menos a un kilómetro
de la conexión más cercana. Debió de ser una operación bastante cara, y
adivinen qué granjero hizo el contrato… En lo referente al teléfono local,
debieron pasar años antes de que Bishop’s Lydeard 288 diera beneficios.
Después de entregar el correo de la mañana y
acabar mis clases en la escuela de gramática Huish en Taunton (lo que
significaba otros diez kilómetros en mi veloz bici), regresaba a la oficina de
correos y me pasaba la noche durmiendo junto a la centralita. Ésta era una enorme
caja de madera y bronce llena de enchufes y cables, y cubierta con pequeños
párpados mecánicos que se agitaban cuando había una llamada. Por fortuna, no
eran frecuentes durante la noche, y pronto aprendí a proteger mi sueño
inmovilizando los párpados más molestos con un lápiz bien colocado.
Una noche, cuando para variar hacía mi trabajo a
conciencia, sucedió algo extraordinario. Había una llamada de Estados Unidos.
Fascinado, empecé a escuchar… sólo para ser reprendido en otro circuito por el
supervisor de la conferencia internacional. Mi escucha ilícita había
sobrecargado el sistema, y me ordenaron con brusquedad que despejara la línea.
A menudo me he preguntado quién hacía aquella cara llamada a nuestro remoto
pueblo. Ya casi se había perdido en el siseo del ruido cósmico, incluso antes
de que yo empezara a absorber sus pocos microvatios restantes.
En aquellos días (alrededor de 1933) la única
forma de hacer una llamada telefónica intercontinental era por medio de una
radio de onda corta, con las limitaciones bien conocidas por un par de
generaciones de radioaficionados. Entablar contacto dependía del estado de la
ionosfera, que a su vez dependía del clima en el Sol (sí, el Sol tiene
tormentas, y lluvia ocasional… de partículas de carbono incandescentes). Era
una forma terrible de dirigir un negocio, pero a nadie se le ocurría nada
mejor. La única forma segura de comunicar a través de los océanos era por medio
de cables submarinos, y debido al parecer a restricciones fundamentales de su
diseño, éstos no podían manejar señales más complejas que los puntos y rayas de
los mensajes telegráficos.
La situación cambió de forma dramática como
resultado de los grandes avances en la electrónica estimulados por la Segunda
Guerra Mundial, cuando se planeó un cable telefónico transatlántico, en un
esfuerzo conjunto anglo-norteamericano, en 1953. Unos pocos años más tarde,
conociendo mi interés en todas las formas de comunicación, mi amigo el doctor
John Pierce (director de investigación en los laboratorios Bell), me persuadió
para que escribiera un ensayo no técnico sobre esta empresa histórica. El libro
aparecería para celebrar el inminente centenario del primer cable telegráfico
atlántico de 1858… un pedazo del cual cuelga en este mismo momento en la pared
de mi despacho (cortesía del comisionado de FCC y embajador Abbott Washburn,
que representó a Estados Unidos en las complejas negociaciones que desembocaron
en el INTELSAT; ver capítulo 32).
Voice across the Sea (dedicado «a
John Pierce, que me desafió a escribirlo»), fue publicado por Harper en 1958,
justo a tiempo para registrar el lanzamiento del Sputnik 1, que inauguró la Era
Espacial. Yo había escrito ya otro libro, The Making of a Moon (1957), sobre el planeado satélite artificial
norteamericano, y había dedicado un capítulo al inmenso potencial de lo que
ahora son conocidos por «comsats», satélites de comunicaciones. Así que incluso
mientras se tendía el TAT-1, el primer cable telefónico transatlántico, la
tecnología que sería su rival (y tal vez la derrocaría) iniciaba su doloroso
nacimiento, con espectaculares explosiones en Cabo Cañaveral y Baikonur. El
último capítulo de Voice across the Sea concluía: «Es posible que el cable submarino,
incluso en los momentos de su mayor triunfo técnico en cien años, esté ya
condenado. Aunque así sea, no hay duda de que aún tiene por delante décadas de
servicio. Tal vez no celebre su segundo siglo, pero no obstante su vejez será
aún más vigorosa y activa que su juventud».
Estas palabras, escritas en 1957, indican que
aunque yo creía que los cables durarían algún tiempo todavía, no esperaba que
tuvieran un futuro a largo plazo. Los satélites acabarían sustituyéndolos,
sobre todo porque no parecía haber forma de que los cables submarinos
proporcionaran la enorme amplitud de onda requerida para la más excitante forma
de comunicación: la televisión intercontinental. El pionero TAT-1 podía manejar
sólo treinta y seis circuitos de habla; habrían hecho falta al menos veinte
cables similares, trabajando en paralelo, para transmitir un solo canal de
televisión. No se trataba de una imposibilidad técnica, sino de locura
económica. Para este tipo de servicio, al menos, era imposible que el cable
pudiera competir con los satélites que se esperaba que fueran lanzados durante
las siguientes décadas.
Tendría que haber recordado la Primera Ley de
Clarke (ver Profiles of the Future): «Cuando un científico mayor y distinguido dice que algo es posible,
tiene casi siempre razón. Cuando dice que es imposible, es probable que se
equivoque».
Durante los años setenta y ochenta, los
satélites de comunicaciones actuaron más allá de mis más optimistas
suposiciones, como aparece en capítulos posteriores. Pero el sistema de cables
submarino contraatacó, proporcionando un claro ejemplo de la tesis del «desafío
y respuesta» de Toynbee. El transistor llegó justo a tiempo para sustituir a
los tubos de vacío, hambrientos de energía, usados en el TAT-1, y en cuestión
de veinte años la capacidad transatlántica de un simple circuito de treinta y
seis voces ha sido ampliada a varios miles. La televisión por cable entre
Europa y Norteamérica era en teoría posible, y si los satélites no hubieran
existido se podría haber intentado ocupar un centenar de circuitos telefónicos
para noticias importantes o acontecimientos deportivos.
Entonces, en uno de los logros más dramáticos e
inesperados de cualquier tecnología, el potencial de los sistemas por cable se
transformó bruscamente. El monopolio de dos siglos de la corriente eléctrica
terminó de repente; las ondas lumínicas podían ofrecer una mejor magnitud. Los
enormes cables de cobre fueron reemplazados por finos manojos de fibras de
vidrio y, por tercera vez desde 1850, los lechos marinos del mundo empezaron a
ser cubiertos con los más nuevos y sofisticados artefactos de la ingeniería
humana.
Por la naturaleza del tema, este libro (cuyo
título, ay, no puede ser traducido de forma adecuada a ningún otro
idioma) [1] encaja en dos
secciones distintas. La primera es más romántica, pues cubre los valientes días
pioneros cuando se ganaban y se perdían fortunas en arriesgadas apuestas contra
las fuerzas de la naturaleza, y el fabuloso Great Eastern dominaba los mares como ningún barco volvería a hacer. Por
contraste, la historia de hoy es una aventura científica, no física; sin
embargo, espero que atraiga a aquellos que no tienen formación técnica ni
intereses en el tema.
La primera sección está contenida en la primera
parte, «Cables en el abismo», que describe la colocación de los primeros cables
telegráficos en el Atlántico, el equivalente victoriano del Proyecto Apolo.
Olvidada desde hace tiempo, contiene aún muchas lecciones para nuestra época.
La segunda parte, «La voz sobre el mar», avanza un siglo hasta finales de los
años cincuenta, cuando los cables submarinos empezaron a hablar y nació la
auténtica telefonía intercontinental. La mayoría de estas partes apareció
originalmente en mi libro de 1958, pero he añadido tres capítulos para cubrir
los primeros días de la radio. La tercera parte, «Una breve historia de los
comsats», se refiere a mi relación personal con la historia del satélite de
comunicaciones; algunos lectores tal vez se sorprendan al encontrar ficción en
un libro de esta naturaleza, pero esa ficción es, en estas circunstancias,
parte de la historia. La cuarta parte, «Mensajeros estelares», describe cómo la
ciencia ficción se convirtió en ciencia real. Como ésta es una historia que
continúa, bien documentada en cientos de libros y revistas técnicas (por no
mencionar los medios de comunicación públicos) no he entrado tanto en detalle
como en las dos primeras partes. Hacerlo es no sólo innecesario, sino que
requeriría un libro mucho mayor que éste. Sin embargo, como conozco a muchos de
los personajes implicados en esta saga, no he vacilado en incluir un montón de
material personal. Y, en el capítulo titulado «CNN en directo» toco los
dramáticos hechos que tuvieron lugar mientras escribía este libro. Aunque desearía
que esa demostración se hubiera evitado, el primer (y esperemos que último)
«satélite bélico» del mundo demostró más allá de ninguna duda el poder de la
nueva tecnología. La quinta parte, «¡Hágase la luz!», toca con brevedad el
renacimiento del cable a través de las fibras ópticas: todavía en sus inicios,
este tema ya ha hecho que los constructores de satélites miren con ansia por
encima del hombro.
Muchos lectores pueden considerar el último
capítulo, «Hasta donde alcanza la visión», como otro ejercicio de
ciencia-ficción. No obstante, como demostró la tercera parte, casi todo este
libro era ciencia-ficción hace poco tiempo, y es una tontería imaginar que
nuestra tecnología actual representa la última palabra en telecomunicaciones… o
en cualquier otra cosa.
Con todo, yo no apostaría mucho dinero a ninguna
de las posibilidades (o imposibilidades) discutidas en el capítulo final.
Sospecho que la verdad, como siempre, será mucho más extraña.
Colombo, Sri Lanka
20 de abril de 1991
Parte 1
Cables en el Abismo
Capítulo 1
Introducción
Ésta es la historia de la
más reciente victoria del hombre en un conflicto antiguo: su lucha contra el
mar. Es una historia de gran valor moral, de habilidad científica, de apuestas
de millones de dólares, y aunque nos afecta a todos de forma directa o indirecta,
es casi por completo desconocida para la mayoría del público.
Nuestra civilización no podría existir sin
comunicaciones eficaces; nos resulta imposible imaginar una época en que se
tardaba un mes en mandar un mensaje al otro lado del Atlántico y otro mes (si
los vientos eran favorables) en recibir la respuesta. Es difícil ver cómo el
comercio internacional o los intercambios culturales pudieron florecer o
existieron siquiera bajo esas circunstancias. Las noticias de partes lejanas
del mundo debieron de ser como la información que los astrónomos dan sobre las
distantes estrellas: algo que sucedió hace mucho tiempo y sobre lo que no se
puede hacer nada.
Este estado de cosas ha existido durante la
mayor parte de la historia humana. Durante todo ese tiempo, los únicos métodos
de hacer señales a puntos distantes dependían del sonido o de la luz. La voz
humana, incluso ayudada por los ingeniosísimos medios de modulación empleados
por los pastores suizos o los montañeses vascos, llega, como máximo, a 2 km.
Los tambores de la jungla tienen un alcance mucho mayor, que puede ser
extendido indefinidamente al repetirse. Sin embargo, esto reduce la velocidad
de transmisión y, lo que es peor, aumenta enormemente la posibilidad de error.
La forma más sencilla, y tal vez la más antigua,
de enviar información a largas distancias fueron las señales de humo durante el
día y las hogueras durante la noche. Ambos métodos dependían del clima y eran
limitados en contenido, quedando restringidos a mensajes ya preestablecidos del
tipo «La Armada ha/no ha sido vista» o «Los ingleses vienen de día/de noche».
Mucho más sofisticado era señalar por medio de
banderas (que usan los barcos incluso hoy en día), los semáforos (vean su vía
del tren local, si tienen una) y los heliógrafos, los walkie-talkies de la India de Kipling, cuyos delicados espejos
usaban la luz del sol para anunciar en código Morse a lo largo del Paso de
Khyber.
La primera red telegráfica regular del mundo fue
establecida en Francia por Claude Chappe en 1793; la palabra misma, que
significa «escribir desde lejos», había sido inventada a partir del griego dos
años antes, así que está a punto de cumplir su bicentenario. El sistema de
Chappe usaba brazos móviles sobre torres alineadas, y los operadores leían los
mensajes por medio de telescopios. Era incómodo, pero efectivo, y, como no
había otra alternativa, pronto fue copiado en todas partes. Aunque sólo duró
unas pocas décadas, dejó su huella. Todavía hay muchas «Telegraph Hill» en el
mapa.
Pero cuando la reina Victoria ascendió al trono,
en 1837, no tenía medios más rápidos de enviar mensajes a las partes remotas de
su imperio que Julio César… o que Moisés. El caballo al galope y el velero
impulsado por los vientos seguían siendo los medios de transporte más veloces,
como lo habían sido durante cinco mil años. La auténtica telecomunicación, sin
limitación virtual de su alcance, velocidad o contenido, no fue posible hasta
que los científicos de principios del siglo diecinueve empezaron a investigar
las curiosas propiedades de la electricidad.
Aquí tenían un sirviente que en poco más de dos
generaciones transformaría el mundo hasta dejarlo casi irreconocible y rompería
las antiguas barreras del tiempo y la distancia. Pronto se descubrió que el
«fluido eléctrico» viajaba a través de cables conductores a una velocidad tan
grande que no había forma de medirla, y de inmediato los ingeniosos
experimentadores de muchos países intentaron usar este hecho para la
transmisión de mensajes. Hacia 1840 el telégrafo eléctrico había dejado el
laboratorio y se había convertido en un instrumento comercial de enormes
posibilidades. Diez años después había cubierto la mayor parte de Europa y las
zonas pobladas de Norteamérica… pero se detuvo al borde del mar.
Cómo fue derrotado por fin el océano es el tema
principal de este libro. En 1858 un puñado de hombres avanzados consiguieron
tender con éxito un cable telegráfico por el Atlántico Norte, y al conectar un
interruptor el abismo entre Europa y Norteamérica se redujo con brusquedad de
un mes a un segundo.
Pero este triunfo fue breve: el océano era
demasiado fuerte para ser reducido por un cable tan frágil, y en unos cuantos
días los continentes quedaron separados como antes. La forma en que, después de
una saga de ocho años de valor e insistencia increíbles, logró tenderse un
telégrafo trasatlántico con éxito es una de las grandes hazañas de ingeniería
de todos los tiempos, e incluso hoy tiene muchas lecciones para nosotros.
Los victorianos construían bien: algunos de los
cables colocados en el siglo pasado se usaban todavía en los años cincuenta,
después de haber transmitido incontables millones de palabras para la
humanidad. En mitad del Atlántico hay una sección de cable que empezó a
funcionar en 1873 y ha estado haciendo en silencio su trabajo mientras los
teólogos discutían sobre Darwin, los Curie descubrían el radio, un par de
mecánicos de bicicleta en Carolina del Norte unían un motor a una cometa
enorme, Einstein renunciaba a su trabajo en la oficina de patentes, Fermi
apilaba bloques de uranio en un patio de Chicago y el primer cohete subía al
espacio. Sería difícil encontrar otro artilugio técnico que haya dado un
servicio continuo mientras el mundo a su alrededor ha cambiado tanto.
Los primeros cables submarinos, sin embargo,
tenían una limitación fundamental. Podían transmitir señales telegráficas pero,
a excepción de distancias relativamente cortas, no podían hacerlo con las
pautas más complejas de vibraciones que constituyen el habla.
La invención del teléfono por parte de Alexander
Graham Bell en 1876 abrió una nueva era en las comunicaciones, pero no tuvo
ningún efecto sobre el sistema de cables submarinos mundial. Los requerimientos
para transmitir el habla eran tan severos que parecía no haber esperanza de
enviar la voz humana a través del Atlántico.
El descubrimiento de la radio cambió de forma
radical la situación, y también presentó un gran desafío a los cables
submarinos. Para gran sorpresa de la ciencia, y la gran fortuna de la industria
de comunicaciones, resultó que la Tierra está rodeada por un espejo invisible
que refleja las ondas de radio, que de otro modo escaparían al espacio. Cuando
este espejo (la ionosfera) coopera, es posible enviar el habla alrededor de la
curva del globo detrás de uno o más reflejos. Por desgracia la ionosfera no es
una capa suave y estable; cambia de continuo bajo la influencia del sol, y
durante las épocas de perturbación solar puede estar tan convulsa que la radio
a larga distancia es imposible. Incluso cuando las condiciones son buenas, las
comunicaciones de radio que dependen de la ionosfera pueden captar todo tipo de
curiosos chasquidos y golpes, pues el universo es un lugar muy ruidoso en el
espectro de la radio. Pascal, que se quejaba de que el silencio del espacio
infinito le aterraba, estaba un poco equivocado en ese tema. Se habría
sorprendido de saber que está lleno del sonido de las erupciones solares,
estrellas en explosión e incluso galaxias en colisión. Estos ruidos
electromagnéticos añaden un fondo, y muchas veces también un frente, a los
mensajes de radio transmitidos de un continente a otro.
Sin embargo, un servicio de radioteléfono se
estableció sobre el Atlántico en febrero de 1927; hasta 1956, fue el único
medio por el que la voz humana podía pasar de Europa a Norteamérica. Sin
embargo, es seguro decir que la mayoría de la gente que pensaba en el tema
suponía que el teléfono transatlántico dependía de cables, no de la radio. Un
espía alemán sostenía incluso haber oído conversaciones entre Roosevelt y
Churchill interceptando cables submarinos; por desgracia para la verdad de esta
historia, Roosevelt llevaba ya muerto una docena de años antes de que los
hombres hablaran unos con otros sobre el lecho del Atlántico.
En 1956 se consiguió lo imposible y el primer
cable telefónico submarino fue colocado entre Europa y Norteamérica. Las
inflexibles leyes que declaran que no se puede enviar el habla a más de una
docena de kilómetros a través de un cable submarino no habían sido eliminadas:
habían sido sorteadas por un nuevo y osado acercamiento al tema, implicando una
cadena de más de un centenar de amplificadores, cada uno más complejo que el
receptor de radio normal, por todo el lecho del océano.
Cualquier gran logro de ingeniería, sobre todo
si se considera imposible durante mucho tiempo, puede ser un estímulo a la vez
intelectual y emocional. Es cierto que el cable submarino no es algo que todo
el mundo pueda ver, como un puente gigante, un rascacielos o un transatlántico.
Hace su trabajo en la oscuridad del abismo, en un mundo inimaginable de noche,
frío y presión eternos, poblado por criaturas que ningún hombre habría
concebido en el más descabellado delirio. Sin embargo sirve a una función tan
vital como los nervios en el cuerpo humano; es una parte esencial del sistema
de comunicaciones del mundo, y si alguna vez fallara nos devolvería al instante
al aislamiento de nuestros antepasados.
Me gustaría recalcar que ésta no es la historia
de las comunicaciones submarinas. Creo que es precisa, pero no pretende ser
completa. Mi objetivo ha sido, con franqueza, entretener tanto como instruir, y
como resultado me he desviado por algunos caminos curiosos cada vez que el
escenario me ha intrigado. Contribuirá poco a la comprensión del telégrafo saber
cómo hacía el té Oliver Heaviside, por qué el monóculo de lord Kelvin
revolucionó las mediciones eléctricas, qué hacía un coronel de Kentucky en
Whitehall, cómo Western Union perdió tres millones de dólares en Alaska, y qué
improbables artículos hacían los victorianos con gutapercha.
Sin embargo, son estos datos triviales los que
hacen la historia tridimensional, y no me arrepiento de incluirlos.
Capítulo 2
La llegada del telégrafo
Como la mayoría de las
grandes invenciones, el telégrafo eléctrico tiene un antepasado ilustre y
discutido. Estados Unidos, Rusia, Alemania e Inglaterra reclaman su origen, y
aunque hoy Samuel Morse es recordado por encima de la mayoría de sus rivales, no
fue en modo alguno el primer hombre que transmitió información por medio de la
electricidad.
Morse envió su famoso mensaje «¿Qué ha dispuesto
Dios?» (una pregunta que, por cierto, todavía carece de respuesta) el 24 de
mayo de 1844. Pero una historia estándar sobre el tema encuentra no menos de
cuarenta y siete sistemas telegráficos entre los años 1753 y 1839, y aunque la
mayoría no eran más que propuestas sobre el papel, algunos de ellos
funcionaban.
Tal vez el primer intento realmente decidido de
comunicación eléctrica inteligente fue el «telégrafo químico» de Sommering,
construido en Münich en 1809. En este sistema, cada letra estaba representada
por un cable separado que terminaba al fondo de un contenedor lleno de agua.
Cuando pasaba corriente a través de un cable dado, se formaban burbujas en su
extremo, y un observador podía decir al ver dónde aparecían las burbujas qué
letra se transmitía. Aunque el método funcionaba a duras penas, fue un logro
notable y atrajo mucha atención en su momento.
Un sistema aún más elaborado, dependiendo de la
electricidad estática, fue elaborado en 1816 por sir Francis Ronald en su
jardín de Hammersmith, Londres. Ronald erigió no menos de doce kilómetros de
cable, y leía mensajes pasados a través de la línea por el movimiento de
ligeras bolas de médula de hueso en su extremo. Como estaban electrificadas, su
repulsión mutua las apartaba para dejar al descubierto la letra que se deseaba
transmitir.
Sir Francis merece ser considerado el primer
hombre que advirtió el posible negocio, las posibilidades sociales e
internacionales de este nuevo método de comunicación. Un folleto que publicó en
1823 fue el primer trabajo impreso sobre la telegrafía; incluso contenía
propuestas para localizar la posición de los fallos en una línea telegráfica.
Por desgracia, sir Francis llegó una generación demasiado pronto. Cuando
ofreció su sistema al Almirantazgo británico, le dijeron que sus señorías
estaban perfectamente satisfechos con el telégrafo que ya tenían, y no se
cuestionaban reemplazarlo por nada más. El «telégrafo» de la Marina en esa
época consistía en una cadena de torres de semáforos por las que, con buen
tiempo, se podían transmitir mensajes desde Portsmouth a Londres algo más
rápido que un «pony express».
Por una de las ironías de la tecnología, el
secretario del Almirantazgo que firmó la carta de rechazo vivió para escribir
el artículo sobre telegrafía en la Enciclopedia Británica; por otra ironía, la
casa de sir Francis fue ocupada más tarde por William Morris, líder del
movimiento romántico que propugnaba un regreso a la Edad Media, quien podía
sentir escasa simpatía por un invento que hacía tanto por lanzar a la humanidad
hacia un futuro extraño y tumultuoso.
Los sistemas diseñados por Ronald, Sommering y
otros inventores fueron ineficaces porque carecían de un medio sencillo y
sensato de detectar el flujo de electricidad. No obstante, en 1820 llegó el
gran descubrimiento que crearía el mundo que conocemos. El científico danés
Oersted descubrió que una corriente eléctrica podía producir una desviación en
un imán colocado cerca de ésta. Por primera vez, la electricidad había ejercido
fuerza. A partir de esa simple observación brotaron las miríadas de
generadores, motores, relés, teléfonos, metrónomos, altavoces y otros aparatos
electromagnéticos que ahora son los más ubicuos esclavos de la civilización.
Hacia 1825, este nuevo conocimiento fue aplicado
a la telegrafía por el barón Schilling, agregado a la embajada rusa en Münich,
que se sentía impresionado por el trabajo anterior de Sommering. Entre otros
logros, Schilling diseñó un telégrafo magnético donde las letras se indicaban
por movimientos de una aguja sobre los segmentos blancos o negros de una
tarjeta. Empleó un código basado en el mismo principio que más tarde fue hecho
famoso por Morse: en el alfabeto de Schilling, la A era «blanco, negro», la B
era «negro, negro, negro», la C era «negro, blanco, blanco» y así sucesivamente
(estos alfabetos con dos señales, por cierto, se remontan hasta los griegos y
los romanos).
Por fin aparecía la base de un telégrafo
realmente efectivo, y era el momento perfecto para su explotación, que ocurrió
casi de forma simultánea en Estados Unidos y Gran Bretaña. En 1836, W. F.
Cooke, un estudiante de medicina británico de Heidelberg, oyó hablar del trabajo
de Schilling, advirtió su importancia, y de inmediato abandonó su pretendida
profesión. Sabía reconocer algo bueno cuando lo veía, y corrió de vuelta a Gran
Bretaña para encontrar a un experto en electricidad que pudiera ayudarle a
llevar sus ideas a la práctica, ya que su propio conocimiento de la ciencia era
rudimentario.
El hombre con el que se puso en contacto fue
Charles Wheatstone, profesor de física en el King’s College, en Londres. El
nombre de Wheatstone es recordado a través de toda una serie de inventos
eléctricos básicos, el más famoso de los cuales es el puente de Wheatstone, un
método de medir resistencias equilibrando una desconocida respecto a una
conocida. Tengo cierto afecto hacia él tras pasar dos años en el Laboratorio
Wheatstone en King’s College, un período durante el cual, al menos según los
experimentos registrados en mi cuaderno de prácticas, las constantes de la
naturaleza eran notablemente variables.
Cooke y Wheatstone produjeron la primera patente
telegráfica en junio de 1837, e hicieron sus primeras pruebas el mismo año a lo
largo de una línea de algo más de dos mil metros entre dos estaciones de tren
londinenses. Los receptores que usaron fueron los llamados instrumentos de
aguja, donde las letras se indicaban por la desviación a derecha o izquierda de
marcadores verticales. El sistema era lento y algo complicado, pero los
mensajes podían ser enviados y leídos por personal no cualificado. Instrumentos
de este tipo se usaban todavía en estaciones de tren remotas bien avanzado el
siglo veinte.
Durante largo tiempo, los ferrocarriles y los
telégrafos fueron a la par; el nuevo medio de transporte no podría haber
funcionado sin una forma rápida de comunicación. En cuestión de pocos años los
raíles de acero y los cables de cobre se extendieron por gran parte de Europa,
y Cooke y Wheatstone ganaron fortunas en royalties. El éxito echó a perder
pronto su relación, que terminó en una brusca discusión sobre cuál de ellos
inventó en realidad el telégrafo. La respuesta, por supuesto, era que ninguno.
Mientras esto sucedía en Gran Bretaña, un
retratista con talento llamado Samuel Finley Breese Morse intentaba, sin mucho
éxito, conseguir apoyo para sus ideas al otro lado del Atlántico. Había oído
hablar de las posibilidades de la comunicación eléctrica durante una
conversación casual con un pasajero que regresaba a Estados Unidos desde Europa
en 1832, y el concepto prendió de inmediato en su mente. Sin embargo, como
tenía que ganarse la vida, no produjo su primer instrumento telegráfico hasta
1836.
Hay un sorprendente paralelo entre las historias
de Morse en Estados Unidos y Cooke en Gran Bretaña. Los dos eran científicos
aficionados y tuvieron que consultar a un profesional para hacer progresos.
Morse recibió la ayuda de Joseph Henry, el gran pionero del electromagnetismo,
que ha dado su nombre a la unidad de inducción; y también con el tiempo Morse y
Henry discutieron sobre la paternidad del invento, exactamente igual que habían
hecho Cooke y Wheatstone.
La belleza del sistema de Morse era su
sencillez. De hecho, es tan simple que tendemos a darlo por hecho y olvidamos
que alguien tuvo que inventarlo. Los anteriores sistemas telegráficos
implicaban muchos cables y molestos aparatos emisores y receptores. Morse
produjo un telégrafo que sólo necesitaba un cable (la Tierra era el circuito de
retorno), y su transmisor no era nada más que una clave para establecer y
romper la conexión. Por medio del código de puntos y rayas, la clave podía
enviar cualquier letra o combinación de letras.
El primer receptor que construyó Morse consistía
en un lápiz operado por magnetismo que escribía de forma automática los puntos
y rayas transmitidos en una cinta móvil, proporcionando así un registro
permanente. Sin embargo, muy pronto se descubrió que el oído podía interpretar
los zumbidos cortos y largos, y el zumbador de Morse se hizo de uso general;
sobrevive, virtualmente sin cambios, hasta hoy día. Morse fue también el
responsable de la introducción del relé, que al menos en teoría permitía
transmitir mensajes a distancias indefinidas. En ese aparato sencillo pero
básico, la débil corriente al final de una línea telegráfica se usaba para
cerrar un contacto que era, en efecto, un segundo transmisor Morse, comenzando
una nueva corriente de otro juego de baterías en la siguiente sección de la
línea. El relé fue la forma más antigua del «repetidor», un aparato que
encontraremos más tarde en formas más perfeccionadas.
Después de años de esfuerzo y de un infructuoso
viaje a Europa para vender su invento, Morse obtuvo finalmente, en 1842,
treinta mil dólares del Congreso para la construcción de una línea entre
Washington y Baltimore. El debate sobre su emplazamiento no dice mucho de los
representantes elegidos del pueblo norteamericano; muchos de ellos eran
incapaces de apreciar la diferencia entre magnetismo y mesmerismo. Pero Morse
consiguió su dinero, y dos años más tarde Estados Unidos tuvo el telégrafo. Sin
él, el inmenso país nunca habría sido una nación unida.
La manera en que el telégrafo se expandió desde
el Atlántico al Pacífico, las guerras entre las compañías en competencia
desesperada, el triunfo eventual de la Western Union sobre sus rivales, todo
ello forma parte de la historia estadounidense y también de su folclore.
Durante medio siglo, hasta que fue reemplazado por instrumentos automáticos
como la teleimpresora, el operador telegráfico fue una de las figuras
pintorescas y esenciales de la escena norteamericana. En este breve período
perfeccionó y ejecutó una habilidad que había permanecido dormida en la humanidad
desde el principio de la historia: la habilidad para leer y transmitir hasta
cuarenta palabras por minuto por medio de una serie casi continua de zumbidos
entrecortados, hora tras hora.
Algunas de las hazañas de estos hombres (de los
cuales el joven Edison fue el más famoso aunque no el más característico)
fueron increíbles y es probable que no se pudieran repetir hoy. Hay una
historia comprobada de un operador de telégrafo que, para alardear, ignoró
deliberadamente su receptor Morse mientras corría a toda velocidad durante un
par de minutos, y luego se sentó para recoger los mensajes que habían estado
llegando. Después de escribir quince minutos, llegó a alcanzar las palabras en
el momento en que llegaban. Tal hazaña memorística puede ser tal vez comparada
con jugar una docena de partidas de ajedrez simultáneas… y contrarreloj.
Estas habilidades han desaparecido ya de la
Tierra, porque no son necesarias. El código Morse ha sido sobrepasado por el
lenguaje digital de los bits y los bytes… que puede ser comprendido y hablado
sólo por las máquinas, no por los hombres.
Capítulo 3
Cruzar el canal
Hacia 1850 los tentáculos
del telégrafo eléctrico se habían extendido por toda Gran Bretaña, así como por
gran parte de Europa y las zonas más pobladas de Norteamérica. Pero los cables
se detenían al borde del mar, y estaba claro que habría que establecer el
primer cable submarino sobre el estrecho de Dover.
El primer plan serio para un telégrafo a través
del canal fue propuesto a un comité de la Cámara de los Comunes por el profesor
Wheatstone en 1840. Unos pocos años más tarde llevó a cabo experimentos en la
bahía de Swansea, Gales, enviando señales entre un barco y un faro. Éstas, sin
embargo, no fueron las primeras señales submarinas transmitidas; la prioridad
parece que se debe a un tal doctor O’Shaughnessy, director de la East India
Company’s Telegraphs, quien tendió un cable submarino primitivo por el río
Hooghly, en 1839. Un poco más tarde, en 1842, Morse realizó experimentos en la
bahía de Nueva York, enviando señales a través de un largo cable aislado por
goma introducido en una tubería de plomo. Aunque esto nos adelanta a nuestra
historia, estas pruebas llevaron a Morse a la conclusión, ya en 1843, de que
«la comunicación telegráfica podría sin duda establecerse sobre el océano
Atlántico. Por sorprendente que esto pueda parecer, confío en que llegará un
momento en que se realizará el proyecto».
Por un curioso giro de los acontecimientos, el
primer hombre que enlazó Gran Bretaña y Francia fue un anticuario retirado.
John Watkins Brett hizo una fortuna con este peculiar negocio, y a los cuarenta
y cinco años todavía estaba lleno de energía y preparado para intentar algo
nuevo. Jacob, su hermano menor, que era ingeniero, le hizo interesarse por las
posibilidades de la telegrafía submarina, y entre ellos formaron una compañía
grandilocuentemente llamada «Compañía Telegráfica General de Imprenta Eléctrica
Oceánica y Subterránea». Tal vez convenga aclarar que era la telegrafía, no la
«imprenta eléctrica», la que pretendía ser subterránea.
Después de negociar con el gobierno francés, los
Brett se aseguraron una concesión de diez años para el tendido de un cable
sobre el canal y contrataron a la compañía Gutta Percha para su manufactura.
Como sucedía demasiado a menudo con aquellos proyectos pioneros, el plan se
llevó a cabo con demasiada rapidez, sin comprender bien los problemas
implicados. Los Brett trabajaban contra reloj: si no podían establecer
comunicación entre Francia y Gran Bretaña el 1 de septiembre de 1850, su
concesión sería anulada.
El cable era tan primitivo que parece increíble
que alguien pudiera esperar que funcionara. No era más que un simple alambre de
cobre, rodeado por un cuarto de pulgada de gutapercha para aislarlo. Se suponía
que, una vez hubiera sido colocado en el fondo del mar, no le sucedería nada y
por eso no necesitaría ninguna protección. Sólo se dio protección a los
extremos al introducirlos en tubos de plomo.
Muy pocas personas se tomaron el plan en serio,
y normalmente quienes sabían menos eran los más críticos. Un caballero, al ver
la colocación del cable, declaró con rotundidad que los promotores debían de
estar locos: cualquiera podía ver que era imposible arrastrar un cable tan
largo por el lecho del canal. Creía que las señales se transmitirían tirando
del cable, como en el sistema de cables, poleas y campanas que empleaban los
victorianos adinerados para llamar a sus numerosos criados desde la cocina al
salón.
Los Brett sólo disponían ya de tres días hasta
el plazo fijado cuando cargaron sus 38 km de cable a bordo de un pequeño
remolcador de vapor llamado Goliath y zarparon de Dover la mañana del 28 de agosto de 1850. El cable
estaba enroscado en un largo tambor de 2 m de diámetro y 4,5 m de largo, que
iba colocado en la cubierta de popa con su eje horizontal, de forma que cubría
toda la anchura del pequeño barco. El tambor, que parecía un enorme carrete de
algodón, giraba a medida que se tendía el cable, de forma que el Goliath avanzaba como un pescador que lanza su caña
hacia atrás desde un punto donde se ha fijado el anzuelo. Este sistema era sólo
practicable con cables muy pequeños y ligeros; todos los posteriores estaban
enroscados en carretes circulares y se tendían capa tras capa.
Como el cable de los Brett era demasiado liviano
para hundirse de forma adecuada, era necesario atarle pesos de plomo cada
centenar de metros. A pesar del caos general causado por esta operación, y la
tensión sobre el cable cuando el Goliath se detenía para fijar los pesos, el final del
cable se colocó por fin en Cap Gris-Nez la tarde del día 28 después de cruzar
el canal sin incidentes.
Hubo gran excitación cuando se colocó la
impresora automática y el grupo de la costa francesa esperaba que llegase el
primer mensaje, un florido saludo de John Brett al príncipe Luis Napoleón
Bonaparte. Por desgracia, todo lo que surgió de la impresora fue una masa de
caracteres confusos que no tenía ningún sentido; casi parecía que los
operadores ingleses habían empezado a celebrarlo demasiado pronto. La impresora
automática fue desconectada y se puso en el circuito un instrumento de aguja;
esta vez algunas palabras llegaron sin ser mutiladas, así que al menos los
Brett pudieron sostener que habían cumplido los términos de su contrato. Pero
parecía muy improbable que se intercambiaran mensajes completos e inteligibles,
pues las señales en ambas direcciones resultaban igualmente confusas.
Todavía no lo sabían, pero los ingenieros
telegráficos acababan de enfrentarse con un enemigo que iba a causarles
problemas sin cuento en los años venideros. A primera vista, parecía que si un
cable aislado de forma adecuada funcionaba en tierra, debería funcionar también
en el mar. Pero esto no es así: cuando se sumerge en agua, y se rodea por un
medio conductor, las propiedades de transmisión del cable se alteran por
completo. Como veremos más tarde, se vuelve mucho más lento debido a que es
aumentada su capacidad eléctrica. Las señales ya no lo atraviesan a velocidades
comparables a la de la luz, sino que pueden moverse tan despacio que antes de
que una «raya» haya emergido al otro lado, un «punto» está ya pisándole los
talones. Fue este retraso lo que confundió a los Brett. Si sus operadores
hubieran reducido su ritmo normal de emisión para equipararse a las
características del cable, los mensajes habrían llegado.
Por desgracia, no hubo posibilidad de continuar
los experimentos. Cuando los telegrafistas, cansados y desanimados, se sentaron
ante sus instrumentos a la mañana siguiente, la línea estaba completamente
muerta. Pruebas eléctricas demostraron que se había roto en algún lugar cerca
de la costa francesa, y poco después se descubrió que un pescador había
enganchado la línea con su ancla. Como era tan liviana, pudo izarla a bordo, y
se sintió enormemente sorprendido ante esta nueva clase de alga con núcleo de
metal. Pensando que podría ser oro, cortó un trozo para enseñárselo a sus
amigos, y así dio comienzo la larga guerra entre las compañías de cables y los
otros usuarios del mar, que llega hasta nuestros días. Las anclas o los
anzuelos han hecho más daño a los cables submarinos que ninguna otra cosa, y la
molestia es mutua. Un pequeño bote que engancha su ancla en un moderno cable
reforzado es probable que pierda el ancla además de dañar el cable.
A pesar de su fracaso, el cable de 1850 había
demostrado que se podían enviar señales a través del canal. Sin embargo, los
Brett tuvieron muchos problemas para conseguir dinero para un segundo intento,
y la empresa no continuó hasta un año después. Esta vez el principal impulsor
fue Thomas Crampton, un ingeniero de ferrocarriles, que no sólo abonó la mitad
de las quince mil libras necesarias para el proyecto, sino que diseñó el nuevo
cable. Y esta vez era un cable real, no un simple alambre aislado. Los cuatro
conductores aislados producidos por la compañía Gutta Percha estaban protegidos
con cáñamo, y una capa de hierro galvanizado fue colocada encima para actuar
como coraza. Ningún pescador podría izar este cable; parecía una gran maroma y
pesaba más de treinta veces lo que su predecesor.
Este mismo peso casi derrotó el proyecto cuando
se tendió el cable el 25 de septiembre de 1851. El año anterior fue necesario
colocar pesos de plomo en el cable para hacer que se hundiera, pero este cable
estaba demasiado ansioso por alcanzar el fondo del mar. Se desenrollaba con
tanta rapidez que el inadecuado freno no podía impedir que lo hiciera en
exceso, y como el barco se desvió también de su rumbo debido a los vientos y
las mareas, la costa francesa quedó a 1,5 km de distancia cuando el cable se
acabó. Por suerte, tenían a bordo repuestos para una emergencia semejante y un
empalme temporal completó la conexión. Después de unas cuantas semanas de
prueba, el cable fue abierto al público, y ningún punto en Europa quedó a más
de unos pocos segundos de distancia de Inglaterra.
Después del fallo inicial y del escepticismo
total de todos menos de unos pocos entusiastas, el establecimiento de este
enlace a través del canal (el primer cable submarino eficaz del mundo), creó
una gran impresión. Con el típico optimismo victoriano, este nuevo milagro de
las comunicaciones fue saludado como un triunfo para la paz, que sin duda
mejoraría la comprensión y la cooperación entre naciones. Hoy somos tristemente
conscientes de que aunque la civilización no puede funcionar sin esos enlaces,
eso no significa que traigan automáticamente la paz. Como diría un matemático,
son necesarios… pero no suficientes.
Punch, la revista satírica de la época, celebró
el hecho con un dibujo que muestra lo que parece ser un ángel con dos cabezas y
una rama de olivo caminando por el fondo del canal, haciendo delicados
equilibrios sobre el cable como una bailarina de ballet en la cuerda floja.
Según el artista, el fondo del canal de la Mancha es un lugar mucho más
interesante de lo que jamás he encontrado: está cubierto de cuchillos,
pistolas, lanzas rotas y los cráneos de marinos desafortunados.
El boom del cable submarino se acercaba; dos
años después, la compañía Gutta Percha, que tenía virtual monopolio sobre el
aislamiento del núcleo, suministró no menos de 2.400 km de cable cubierto a los
fabricantes que proporcionaban la capa protectora. Si se pudiera ver, como en
un dibujo animado, un mapa de Europa que enseñara el progreso de los cables, el
período entre 1851 y 1856 habría mostrado una actividad notable, y a menudo
baldía. Finas líneas negras se extenderían desde Inglaterra en todas
direcciones, sólo para volver a desvanecerse después de un corto período de
existencia. Hubo dos intentos para cubrir el mar de Irlanda antes de que se
colocara un cable permanente; los de Dover y Ostend se tendieron con éxito, y
poco después nada menos que cuatro cables se colocaron entre Inglaterra y
Holanda.
En 1855 se tendió un famoso cable por el mar
Negro para que el gobierno británico acelerara las comunicaciones con la guerra
de Crimea (¡se acabó la paz y la comprensión entre las naciones!). Este cable
se necesitó con tanta prisa que no hubo tiempo para acorazarlo; como el primer
cable sobre el canal, no era más que un alambre aislado. Sin embargo, dio buen
servicio durante casi un año, y ayudó a acortar una guerra que la incompetencia
del personal general había hecho tanto por prolongar.
El Mediterráneo fue domado por primera vez en
1854, cuando se tendió un corto cable entre Córcega y Cerdeña. Luego se
estableció un enlace más largo entre Córcega y la costa italiana, pero los
ingenieros telegráficos se toparon con —literalmente— aguas profundas, y hubo
resultados desastrosos en los intentos de conectar Cerdeña y Argelia para que
Europa y África pudieran hablarse. Estos fallos debieron de ser dolorosos para
todos los implicados, pero sus causas (como veremos en el capítulo 8) ahora
parecen cómicas en extremo.
Los principios generales de la telegrafía
submarina se aprendían por medio de prueba y error; aunque no apreciaban el
privilegio, los accionistas estaban pagando la educación de sus ingenieros. Y
en cuanto unos pocos cables submarinos se tendieron con éxito, fue inevitable
que los pensamientos de los hombres se volvieran hacia el océano más importante
de todos, el Atlántico.
Con sus posesiones de ultramar, sus intereses
marítimos y su «saber hacer» técnico, por primitivo que nos parezca hoy, era
también inevitable que Gran Bretaña fuera la pionera en el campo de los cables
submarinos, y no es sorprendente que se mantuviera a la cabeza durante cien
años. De hecho, en 1950 más del 90 % de los cables del mundo habían sido
fabricados por una firma británica, la Telegraph Construction and Maintenance
Company. Sin embargo, la iniciativa y el impulso que por fin conseguirían
colocar un cable con éxito en el Atlántico, después de años de contratiempos y
desastres, vendrían de un norteamericano.
Es hora de conocer a Cyrus W. Field.
Capítulo 4
Un gran norteamericano
Cyrus West Field fue uno de
los más grandes norteamericanos del siglo diecinueve, pero hoy pocos de sus
compatriotas lo recuerdan. No abrió ninguna frontera, no mató a ningún indio,
no fundó ningún imperio industrial, ni ganó ninguna batalla; el trabajo que
hizo ha permanecido enterrado en el limo atlántico durante más de cien años.
Sin embargo, ayudó a cambiar la historia, y ahora que su sueño de un telégrafo
a Europa ha sido sobrepasado por logros aún más sorprendentes, es justo que
rindamos tributo al valor casi suprahumano que le permitió triunfar sobre
repetidos desastres.
Su cara me mira ahora, a través del siglo que se
extiende entre nosotros. No es la cara de un financiero internacional o del
promotor de una compañía, aunque Field era ambas cosas. La nariz fina y
sensible, los rasgos regulares, los ojos profundos y melancólicos son más
típicos de un poeta o de un músico, no del triste hombre de éxito
estereotipado, indistinguible de todos sus colegas ulcerosos que vemos hoy día
en la sección de negocios de la revista Time. «Visionario y caballeroso» fueron
las palabras aplicadas a Field muchos años más tarde, y nadie sin visión se
habría enzarzado en la larga y ardua aventura que dominó su vida durante casi
doce años. Pero la visión no habría sido suficiente sin la tozudez práctica que
le había hecho millonario para nuestros estándares cuando sólo tenía poco más
de treinta años.
Cyrus Field nació el 30 de noviembre de 1819, en
Nueva Inglaterra, descendiente de un tal Zechariach Field que había emigrado de
Inglaterra alrededor de 1629. Su padre era ministro congregacionista en
Stockbridge, Massachusetts, y tal vez porque era el más joven de siete hijos,
Cyrus maduró inusitadamente pronto. Cuando sólo tenía quince años pidió permiso
para marcharse de casa y buscar fortuna; con ocho dólares en el bolsillo
recorrió 75 km hasta el Hudson y navegó corriente abajo hasta Nueva York.
Como muchos otros muchachos antes y después,
descubrió que las calles de Manhattan, a pesar de lo que había esperado, no
estaban pavimentadas con oro. Durante sus primeros años como chico de los
recados de un almacén de Broadway, ganaba un dólar a la semana; aunque el
sueldo se dobló al segundo año, Cyrus llegó a la conclusión de que sus talentos
no eran apreciados en Nueva York y regresó a Massachusetts. A los dieciocho
años se hizo ayudante de su hermano Mathew, fabricante de papel, y tan sólo dos
años más tarde entró en el mismo negocio.
Pronto se dispuso a hacer fortuna; se hizo socio
de una gran firma de Nueva York de tratantes de papel, y, con sólo veintiún
años, se casó con Mary Bryan Stone, de Guilford, Connecticut. Seis meses
después, todo se le vino abajo. La firma en la que era asociado fracasó, y
aunque era el socio más joven tuvo que encargarse de las deudas. Tras el desastre
construyó Cyrus W. Field & Co, y trabajaba con tanta intensidad que su
familia sólo le veía los domingos. A los treinta y tres años canceló todas sus
deudas, y pudo retirarse con doscientos cincuenta mil dólares en el banco, que
había ganado en nueve años agotadores.
Ahora podía relajarse; de hecho, su médico le
ordenó que así lo hiciera. Como todos los norteamericanos adinerados, marchó a
Europa con su esposa; luego, de forma más bien aventurera, exploró Suramérica
con su amigo Frederick E. Church, un famoso paisajista de la época, cuyo
estudio de un tema imposible por completo, las cataratas de Niágara, es todavía
considerado el mejor llevado a un lienzo. Field y Church cruzaron los Andes
(cosa en modo alguno fácil en aquella época) y trajeron como recuerdos un
jaguar vivo y un muchacho indio. Sería interesante saber cuál les causó más
problemas.
Field podría haber pasado el resto de sus días
en un oscuro retiro si la casualidad no le hubiera puesto en contacto con F. N.
Gisborne, un ingeniero inglés dispuesto a construir una línea telegráfica sobre
Newfoundland. Este proyecto era mucho más importante de lo que puede parecer a
simple vista, pues si podía lograrse reduciría en varios días el tiempo que las
noticias tardaban en cruzar el Atlántico. Los vapores europeos podían recalar
en St. John y cualquier mensaje urgente podía ser transmitido a Nueva York. Por
desgracia construir una línea sobre Newfoundland es prácticamente tan difícil,
a causa del clima y la naturaleza salvaje del país, como tender un cable sobre
el Atlántico. Incluso la exploración original fue bastante mala. Gisborne
informó: «Los seis hombres blancos de mi grupo original fueron sustituidos por
cuatro indios; de este nuevo grupo, dos desertaron, uno murió unos días después
de mi regreso, y el otro se ha proclamado enfermo desde entonces».
A la vista de tales dificultades, no es
sorprendente que la Newfoundland Electric Telegraphic Company entrara en
bancarrota en 1853, después de que se hubieran tendido más de 60 km de línea.
Gisborne, quien se quedó con las deudas de la compañía, fue a Nueva York al año
siguiente en un intento de conseguir más dinero para el proyecto. Por suerte
conoció a Cyrus Field, que descansaba entonces de su viaje a Suramérica y al
principio no se sintió demasiado entusiasmado para implicarse en ningún nuevo
negocio. Escuchó con amabilidad a Gisborne, pero no se comprometió a nada. Sólo
trataron de la línea incompleta de Newfoundland, pero cuando la reunión acabó y
se encontró a solas en su biblioteca, Field empezó a jugar con el globo
terráqueo y advirtió de repente que el telégrafo de Newfoundland era sólo un
eslabón en un proyecto mucho más importante. ¿Para qué esperar a que los
vapores trajeran noticias de Europa? Que el telégrafo hiciera todo el trabajo…
A partir de ese momento, Field se obsesionó con
el telégrafo atlántico. Cierto, no era el primer hombre en concebir un cable
submarino que enlazara Europa y Norteamérica (ya hemos mencionado la predicción
de Morse), pero sí en hacer algo práctico. A la mañana siguiente escribió
cartas a Morse y al teniente Maury, fundador de la moderna ciencia de la
oceanografía.
El libro clásico de Mathew Fontaine Maury The
Physical Geography of the Sea todavía
no había sido publicado, pero ya era famoso; más famoso, según muchos de sus
oficiales superiores, de lo que debería ser un simple teniente. Aunque había
pasado algunos años en el mar, quedó cojo por accidente a la edad de treinta y
tres años y se convirtió entonces en jefe del Depósito de Cartas e Instrumentos
(la Oficina Hidrográfica de hoy). Esto le dio una oportunidad única de usar sus
talentos científicos, y al recopilar información de cientos de cuadernos de
bitácora reunió las primeras cartas detalladas que mostraban las corrientes
oceánicas y las direcciones del viento. Éstas resultaron pronto de un valor
inmenso para los navegantes; usando las cartas de Maury, por ejemplo, los
barcos que rodeaban el cabo de Hornos podían ahorrar tiempo entre Nueva York y
San Francisco, pasando de ciento ochenta días a sólo ciento treinta y tres.
Maury se habría sorprendido de saber que, un siglo más tarde, los pilotos de
avión se beneficiarían de un modo similar de un estudio de los vientos,
surcando las corrientes en chorro de la estratosfera para cubrir el viejo
continente en casi tantos minutos como días para los viejos veleros.
Por desgracia, los servicios del teniente a su
país y el mundo no fueron apreciados en su plenitud a niveles superiores; tal
vez una serie de artículos críticos que había escrito sobre la burocracia naval
no ayudaron a su popularidad. En 1855 un consejo secreto, dispuesto a
economizar, puso a Maury en la lista de espera permanente. Se podría pensar que
ya que se estimaba que sus cartas ahorraban ahora varios millones de dólares al
año al reducir el tiempo de los viajes, la Marina podría haberse permitido
mantenerlo en nómina. Muchos de los contemporáneos de Maury lo pensaron
también, y hubo tanta agitación en los periódicos que tres años después la
Marina se vio obligada a readmitirle con el grado de comandante. Hay un
parecido asombroso entre el caso del teniente Maury y el del almirante
Rickhover, que lanzó a la Marina de Estados Unidos a la Era Atómica, y a quien
se negó un ascenso. Pero por desgracia para sus perspectivas futuras, Maury,
que era de Virginia, se unió al bando perdedor en la guerra civil, y ése fue el
final de su carrera naval.
Por una de esas coincidencias inevitables cuando
mucha gente piensa en los mismos términos, Maury recibió la carta de Field en
una época en que había escrito al secretario de Marina sobre el mismo tema.
Esperaba un informe sobre una reciente exploración en el Atlántico Norte,
llevada a cabo por el teniente Berryman, quien había revelado la existencia de
una meseta entre Newfoundland e Irlanda. Maury había comentado al secretario el
22 de febrero de 1854 que esta meseta «parece haber sido colocada allí
especialmente para el propósito de sostener los cables de un telégrafo
submarino y para impedir que sufra daños».
Field no podría haber esperado noticias mejores,
y unos cuantos días después Morse le visitó para darle un consejo igualmente
animador. Con los nombres más reputados de la oceanografía y la telegrafía
apoyándole, Field sólo tenía ahora que convencer a los financieros.
Esto no fue tan difícil como resultó ser unos cuantos
años más tarde. El vecino de Field en Gramercy Square, el influyente millonario
Peter Cooper, le dio su apoyo, y esto animó a otros capitalistas. Los nombres
de estos hombres avanzados merecen la pena ser recordados: además de Peter
Cooper estaban Moses Taylor, Marshall O. Roberts y Chandler White. Con su
respaldo y el consejo legal de su hermano mayor Dudley, Cyrus se dirigió a
Newfoundland a principios de 1854 y se hizo cargo de los asuntos de la compañía
moribunda. Canceló sus deudas, estableciendo buena voluntad local, y obtuvo el
monopolio de todos los cables que alcanzaran Newfoundland y Labrador durante
los siguientes cincuenta años. Con todo esto en el bolsillo, regresó triunfal a
Nueva York, donde los suscriptores apenas tardaron unos minutos (a las seis de
la mañana, que no es una buena hora para discutir de negocios) en suministrar
1.250.000 dólares y poner a flote la New York, Newfoundland and London
Telegraph Company.
Hicieron falta dos años y medio de esfuerzos
para dar sustancia a la parte «Nueva York, Newfoundland» del título de la
compañía. La pérdida del cable submarino que iba a cubrir el St. Lawrence
retrasó el trabajo en más de un año, pero en 1856 la línea se abrió y la
primera parte del sueño de Field se convirtió en realidad. Sólo era un primer
paso hacia su objetivo principal, que nunca se había apartado de su mente.
Una de sus primeras acciones fue impulsar nuevas
investigaciones del Atlántico Norte por parte de las marinas británica y
norteamericana, que confirmaron la existencia de la llamada «meseta
telegráfica». No era tan lisa y llana como se suponía al principio, pero sus
cambios de inclinación no eran peores que los que se encontraban en muchas
calles metropolitanas. Las cartas submarinas tendían a ser confusas en este aspecto,
debido a la gran exageración de la escala vertical. Cuando se intenta mostrar
en un trozo de papel una franja de 3.200 km de ancho y 8 km de alto, incluso
las montañas más suaves parecen precipicios. Lo positivo de esta meseta
telegráfica, sin embargo, no era su relativa llanura sino el hecho de que la
mayor distancia de la superficie era menos de 460 m y los cables submarinos ya
se habían tendido a esta profundidad.
Field necesitaba apoyo: sus problemas,
financieros y personales, estaban empezando. Mientras intentaba conseguir
dinero para el cable proyectado, su único hijo murió y casi al mismo tiempo
perdió a su cuñado y socio. Le resultó imposible obtener el apoyo que
necesitaba en Estados Unidos, que se dirigía ahora a una de sus depresiones
periódicas. Así que en 1856 marchó a Inglaterra, con la esperanza de que
encontrar el dinero le resultara allí más fácil.
En este punto no puedo dejar de citar dos libros
modernos sobre telecomunicaciones, dejando al lector que imagine sus países de
origen: «Los capitalistas británicos vacilaron al principio en invertir en lo
que consideraban una empresa extravagante…». «Los grandes negocios
norteamericanos no tuvieron valor para suscribir 27.000 libras y fueron los
comerciantes de Liverpool, Manchester, Glasgow, Londres y otras ciudades
británicas quienes proporcionaron rápidamente el resto…».
Lo que sucedió en realidad fue lo siguiente. En
cuanto llegó a Inglaterra, Field se reunió con los pioneros telegráficos
ingleses, en especial John Brett, que buscaba aguas frescas que conquistar
después de su victoria sobre el canal. También se reunió con el famoso
ingeniero Isambard Kingdom Brunel, que entonces construía el Great
Eastern, que durante medio siglo sería el
barco más poderoso que jamás surcara los mares. En un momento profético, Brunel
le hizo una observación a Field: «Aquí tiene el barco para tender su cable».
Agotado por su trabajo en el leviatán, el gran ingeniero no vivió para ver sus
palabras hacerse realidad diez años más tarde, después de que Field y el Great
Eastern sobrevivieran a interminables
desastres y derrotas.
Por fortuna para el proyecto, el profesor Morse
estaba también en Londres en ese momento, y ejecutó una serie de experimentos
que demostraron sin ninguna duda que podían enviarse señales a través de 3.500
km de cable. Conectando diez circuitos de 350 km de longitud (se utilizó la
línea de Londres a Manchester), Morse construyó una réplica del cable atlántico
propuesto y consiguió pasar doscientas señales por minuto a través de él.
Este resultado positivo convenció al mundo
científico británico de que el plan era factible. Por fortuna, nadie advirtió
que el resultado era bastante confuso; la línea sobre la que Morse realizó sus
pruebas era eléctricamente muy superior al cable que se construyó y tendió. No
es la primera vez que un informe demasiado optimista ha impulsado un proyecto y
sostenido a sus valedores ante dificultades que nunca habrían encontrado si hubieran
conocido los hechos.
Armado con la evidencia proporcionada por los
expertos científicos, Field estaba ahora dispuesto a abordar al gobierno
británico, representado por la Marina y el Ministerio de Asuntos Exteriores. Es
agradable mencionar que no se encontró con escepticismo ni, lo que es más
letal, el tratamiento de «todo tipo de ayuda menos la necesaria». El ministro
de Exteriores, lord Clarendon, mostró un interés especial por el tema, pero
preguntó a Field: «¿Y si no tiene éxito? Y si hace el intento y fracasa, si su
cable se pierde en el mar, ¿qué hará entonces?» «Cargarlo a beneficios y
pérdidas, y ponerme a trabajar para hacer otro», respondió Field de inmediato.
Fue una respuesta dolorosamente profética.
Ante este optimismo y perseverancia, incluso el
Tesoro, esa tumba de esperanzas perdidas, dio su apoyo. Apenas unos días
después de explicar su plan al secretario, Field recibió la promesa oficial de
una subvención gubernamental de catorce mil libras al año, es decir, el cuatro
por ciento del capital de trescientas cincuenta mil libras que se esperaba
sería el coste del proyecto. La única condición fue que la compañía todavía por
formar transmitiera cualquier mensaje que el gobierno británico deseara enviar,
dándole prioridad sobre cualquier otro tráfico excepto el del gobierno de
Estados Unidos. La Marina inglesa también daría facilidades para explorar la
ruta y tender el cable.
El reparto de personajes de la inminente
producción estaba ya terminado. El más importante era un joven y brillante ingeniero
de telégrafos llamado Charles Tilston Bright, quien a los veinticuatro años se
convirtió en ingeniero jefe de uno de los más ambiciosos proyectos del siglo.
Charles Bright fue otro de aquellos fenomenales victorianos que a veces hacen a
uno preguntarse si la raza humana no se habrá deteriorado desde entonces.
Cuando sólo tenía diecinueve años, colocó un sistema completo de cables
telegráficos bajo las calles de Manchester en una sola noche, sin causar
ninguna molestia al tráfico. Un año más tarde registró veinticuatro patentes de
inventos básicos, algunos de los cuales (como el aislante de porcelana para los
cables aéreos) están todavía en uso. Hombre de acción y brillante ingeniero,
Bright fue elegido diputado a los treinta y tres años y murió a la temprana
edad de cincuenta y cinco, extenuado por su trabajo. Su monumento es una red de
cables telegráficos que se extienden por más de la mitad del globo y enlazan
todos los países del mundo.
Bright estaba interesado en el telégrafo
atlántico incluso antes que Field. Entre 1853 y 1855 realizó experimentos para
estudiar la propagación de las señales a través de 3.500 km de línea, usando
para este propósito los diez circuitos de 350 km entre Londres y Manchester,
conectados en serie. En el verano de 1855 exploró la costa irlandesa y decidió
que la bahía de Valentia, cerca del extremo suroccidental de Irlanda, era el
mejor lugar para colocar un cable transatlántico. Esta decisión la suscribieron
todas las compañías que hicieron llegar un cable a Irlanda durante los
siguientes cien años.
Un nombramiento mucho menos afortunado fue el
del doctor Edward Orange Wildman Whitehouse como técnico electricista de la
compañía. El doctor Whitehouse era un cirujano de Brighton que se había
interesado por la telegrafía y había adquirido un considerable conocimiento
sobre el tema por medio de experimentos prácticos. Era un hombre de
personalidad fuerte e ideas fijas, y aunque su entusiasmo hizo mucho por poner
en marcha la compañía en sus primeros días, su negativa a reconocer sus propias
limitaciones estuvo más tarde abocada al desastre.
La primera reunión de la Atlantic Telegraph
Company tuvo lugar en Liverpool el 12 de noviembre de 1856, y Field, Brett y
Bright esbozaron las perspectivas comerciales de la empresa con tanto afán que
las trescientas cincuenta mil libras fueron suscritas en unos pocos días. Field
se quedó con setenta y cinco mil, no para su propio beneficio, sino a cuenta de
sus compatriotas norteamericanos, como inocentemente imaginaba. Sin embargo,
cuando volvió a su país, tuvo problemas para conseguir siquiera veintisiete
mil, y tuvo que quedarse con el resto. La mayor parte del capital fue abonado
por las casas comerciales británicas, aunque entre los subscriptores privados
es interesante advertir los nombres de lady Byron y William Makepeace
Thackeray. Estas figuras literarias anhelaban más el progreso que su
contemporáneo Thoreau, quien había escrito en Walden dos años antes:
Tenemos mucha prisa por construir un telégrafo
magnético desde Maine a Texas; pero Maine y Texas, tal vez, no tengan nada
importante que comunicar. Ansiamos crear un túnel bajo el Atlántico y acercar
unas cuantas semanas el Viejo Mundo al Nuevo, pero tal vez la primera noticia
que llegue a los ansiosos oídos norteamericanos sea que la princesa Adelaida
tiene la tos ferina…
Con la Atlantic Telegraph
Company ahora organizada, trescientas cincuenta mil libras en el banco y con el
apoyo financiero y material del gobierno británico asegurado, Field regresó a
Estados Unidos a finales de 1856 confiando de pleno en que recibiría el mismo
apoyo en su país. Sin embargo, cuando solicitó al presidente Buchanan los
mismos términos que Gran Bretaña había garantizado, se encontró de inmediato
con la violenta oposición del Congreso. Como declararía más tarde su hermano
Henry:
Descubrió que era mucho más fácil tratar con los
ingleses que con el gobierno norteamericano… Aquellas pocas semanas en
Washington fueron aún peores que los icebergs de las costas de Newfoundland. El
cable atlántico ha tenido muchos contratiempos desde entonces, pero nunca
pareció haberse enzarzado en una situación más desesperanzada que entre los
políticos.
Los argumentos esgrimidos
contra una propuesta que tendría que haber sido considerada de importancia
obvia y vital para el país parecen ahora completamente fantásticos (pero no
olvidemos cómo el Congreso luchó con uñas y dientes contra el canal de St. Lawrence
durante más de un cuarto de siglo). Algunos senadores pusieron objeciones a la
enorme suma de setenta mil dólares al año que tendría que pagar el gobierno por
el privilegio de comunicación transatlántica rápida y eficiente. Otros pensaban
que el Estado no tenía derecho a intervenir en asuntos privados, y algunos se
negaron a la línea propuesta porque ambos extremos estaban en territorio
británico y por tanto el cable podría ser desconectado en el caso de una guerra
entre los dos países. Un tal senador Jones de Tennessee se opuso al proyecto
por la razón pura y simple de que «no quería tener nada que ver con Inglaterra
ni con los ingleses». Parecía existir el miedo generalizado (aún no del todo
apagado en Estados Unidos) de que si los británicos pretendían algo tenía que
haber una trampa, y era probable que los inocentes norteamericanos que se
implicaran en el tema perderían hasta la camisa.
Sin embargo, sobre todo gracias al apoyo del
senador Thomas Rusk de Texas, la ley se aprobó por un solo voto de diferencia
el 3 de marzo de 1856. El gobierno de Estados Unidos concedió la subvención que
daría a la compañía una fuente de ingresos garantizada, y también se encargó de
proporcionar los barcos que ayudarían al tendido del cable. Agradecido pero
algo exhausto, Cyrus Field regresó a Inglaterra para ver cómo les iba a sus
colegas británicos.
Hacían buenos progresos, colocando cable a un
ritmo que rara vez se ha igualado desde entonces, y no debería haber sido
intentado en ese momento. Como Field había prometido a sus inversores que el
telégrafo empezaría a funcionar en 1857, las especificaciones se enviaron a los
fabricantes incluso antes de que se estableciera el sistema de dirección, y la
producción del cable en el breve período de seis meses fue un logro notable.
Implicaba crear y enrollar 600.000 km de alambre de cobre y hierro y cubrirlos
con 500.000 km de cáñamo alambrado para formar un cable de 4.600 km (la
distancia desde Irlanda a Newfourndland es unos 900 km menor, pero la longitud
extra era necesaria para dejarlo relajado y permitir posibles pérdidas).
El progreso, aunque rápido, distaba mucho de ser
fácil. Aparte de la fabricación del cable, los barcos de la expedición tenían
que ser aprestados y una multitud de detalles supervisados. El ingeniero jefe
Bright, que tenía aún veinticuatro años pero envejecía con rapidez, comentó en
términos que encontrarán eco en el corazón de cualquiera que se haya visto
enzarzado en lo que a menudo se llama un «programa catástrofe»: «Al principio
uno casi se vuelve loco con los retrasos y contrariedades, pero pronto descubre
que son la norma, y entonces es necesario fingir una rabia que no se siente…
Considero el orden natural de las cosas que si doy una orden no será cumplida;
o si se cumple por accidente, no se cumplirá bien».
Los ingenieros de la compañía no fueron ayudados
por los consejos y críticas de los expertos externos, como el astrónomo real,
sir George Airy, quien declaró dogmáticamente que «era matemáticamente
imposible sumergir el cable con éxito a una profundidad tan grande, y si fuera
posible, ninguna señal podría ser transmitida por una distancia tan larga».
Cuando científicos distinguidos quedan en ridículo, es fácil excusar a los
numerosos inventores que escribieron a Bright con propuestas basadas en la antigua
falacia de que los objetos pesados no se hundían en el fondo del mar, sino que
quedarían descansando a un nivel donde su densidad fuera igual a la del agua
que los rodeaba. Por supuesto, no hay nada de cierto en esta idea, pues el agua
es casi tan incomprimible que incluso en las profundidades mayores encontradas
en el océano su densidad es sólo levemente superior a la del nivel del mar.
Algunos de los esperanzados inventores quisieron
suspender el cable en mitad del océano por medio de paracaídas o globos
subacuáticos; otros aún más optimistas querían conectarlo a una cadena de boyas
por todo el Atlántico, de forma que los barcos pudieran mantenerse en contacto
con tierra mientras cruzaban de un continente a otro. Estuvieran locos o no,
Charles Bright respondió con amabilidad a todas estas propuestas, pocas de las
cuales contenían el más leve conocimiento práctico de los hechos de la vida
oceanográfica y telegráfica.
La Atlantic Telegraph Company, en cualquier
caso, tenía poca necesidad de ayuda externa. En su propio consejo de dirección
había un genio científico (y por una vez no se trata de una exageración) que
más tarde haría más que nadie por salvar la causa perdida de la telegrafía
submarina y aliviar la fortuna de la compañía. El profesor William Thomson ya
había chocado con las opiniones del aficionado doctor Whitehouse, y por
desgracia para todos los implicados sus puntos de vista no prevalecieron sobre
los del oficial electricista del proyecto.
Capítulo 5
El señor de la ciencia
William Thomson, lord
Kelvin, no fue el mayor científico del siglo diecinueve; en cualquier lista
razonable, debería aparecer por debajo de Darwin y de Maxwell. Pero es muy
probable que fuese el hombre de ciencia más famoso de su tiempo, y el único a
quien el público general identificó con los sorprendentes inventos y los
avances técnicos de la época.
En esto, la opinión pública tenía razón, pues
Thomson fue un puente único entre el laboratorio y el mundo de la industria.
Fue un «científico aplicado» por excelencia, y utilizó su maravillosa capacidad
de reflexión para resolver urgentes problemas prácticos. Sin embargo, fue mucho
más que eso, pues también fue uno de los mayores físicos matemáticos. El
alcance de sus intereses y actividades fue enorme; la multiplicación de
conocimientos que han tenido lugar desde su época hace imposible que volvamos a
ver a alguien como él. No sería injusto decir que si tomáramos la mitad del
talento de Einstein, y la mitad del talento de Edison y consiguiéramos fundir
con éxito dones tan incompatibles en una sola persona, el resultado sería
similar a William Thomson. Lo que sus contemporáneos pensaban de él se
demuestra por el hecho de que fue el primer científico convertido en noble.
Aunque aquí sólo nos interesa Thomson en lo relativo a la historia de la
telegrafía submarina, es un personaje tan dinámico y fascinante que resulta
difícil pasarlo por alto. Aún más, es imposible comprender su parte en esta
historia a menos que tengamos alguna apreciación de sus extraordinarias cualidades
y el uso que hacía de ellas.
La herencia y el entorno no dejaron al joven
William Thomson ninguna oportunidad de escapar a su destino, aunque hubiera
deseado hacerlo. Su padre era profesor de matemáticas en la Universidad de
Glasgow, y desde la más tierna edad William fue entrenado de forma intensiva
para la vida académica. Nunca fue al colegio, y todas sus enseñanzas
provinieron de su padre, y como su madre murió cuando sólo tenía seis años, el
niño prodigio quedó claramente condenado a una vida de interesantes neurosis.
De hecho, casi el único signo de la poca ortodoxa educación de Thomson fue una
cierta carencia de gracias sociales y la incapacidad de impedir que su
brillante mente corriera en todas direcciones. Nadie puede estar seguro de que estos
pequeños defectos sean imputables a la educación de su devoto padre; aún más,
como señala J. G. Crowther en su biografía de Thomson, «la indisciplina que
lastraba su genio científico no se extendía a sus asuntos financieros». Resulta
casi refrescante leer acerca de un científico que consiguió un yate de ciento
veintiocho toneladas y una fortuna de ciento sesenta y dos mil libras por su
propio esfuerzo. Pero por supuesto, Thomson era escocés además de científico.
Tras licenciarse a la edad de diez años, el
joven genio pronto demostró que sus dotes no se limitaban a la ciencia. Dos
años después ganó un premio por traducir un diálogo del satírico griego Luciano
(autor, por cierto, del primer romance interplanetario, Historia
verdadera, en el año 160 d. C.). Y a la
madura edad de dieciséis años realizó un brillante trabajo de ochenta y cinco
páginas, Sobre la figura de la Tierra. Para beneficio de cualquier adolescente de mente matemática que quiera
profundizar en el tema, este ensayo contenía «una discusión sobre la
perturbación del movimiento de la Luna en longitud, y una deducción de la
elíptica por la constante de precesión combinada con la hipotética ley de
Laplace de la densidad del interior de la Tierra».
Con tales comienzos, no es sorprendente que Thomson
llegara a ser profesor de filosofía natural en la Universidad de Glasgow a los
veintidós años. Una de sus primeras actuaciones fue establecer un laboratorio
de física donde los estudiantes pudieran hacer prácticas; fue el primer
laboratorio de esas características de Gran Bretaña, si no del mundo, y a
Thomson le fue concedida la enorme suma de cien libras para la compra de
instrumentos.
Como profesor, Thomson no tuvo un éxito sin
precedentes; de hecho, cuando se convirtió en sir William, suscitó entre sus
alumnos comentarios más que desagradables. Sin embargo, por su personalidad y
su genio tuvo un efecto abrumador sobre dos generaciones de físicos e
ingenieros. Aparte de su interés en telegrafía, ayudó a poner los cimientos en
termodinámica (la ciencia matemática del calor), y también conquistó vastas
áreas de magnetismo, electricidad y óptica. Sus estudios de astronomía y
geofísica fueron también notables; algunos de sus más famosos cálculos se
centraron en las edades del Sol y la Tierra, y causó consternación entre los
geólogos al sostener que la Tierra no podía ser tan vieja como ellos decían; de
hecho, puso un tope de unos miserables veinte millones de años a su edad como
cuerpo sólido. Fue algo en lo que Thomson se equivocó por completo; vivió para
ver el descubrimiento de la fuente de energía (la radiactividad) que implicaba
que el universo era mucho más antiguo de lo que había supuesto. Pero para
entonces ya tenía más de setenta años y era incapaz de apreciar el logro en
nuevos campos de conocimiento, así que nunca reconoció su error.
Thomson se vio envuelto en la historia del
telégrafo como resultado de sus investigaciones en lo que son conocidas como
corrientes eléctricas transitorias. ¿Qué sucede, se preguntó en 1853, cuando se
conecta una batería a un circuito, en el intervalo de tiempo anterior a que la
corriente adquiera su valor fijo? Al principio no sucede nada; una fracción de
segundo después, fluye una corriente de cantidad definida. El problema era
descubrir qué sucedía durante el período de transición, que rara vez dura más
de una centésima de segundo, y que en general es mucho más corto. Nada podría
haber parecido más académico o de menos importancia práctica. Sin embargo,
estos estudios condujeron directamente a la comprensión de toda comunicación
eléctrica y, unos treinta años más tarde, al descubrimiento de las ondas de
radio. Si Thomson hubiera podido obtener un 5 % de royalties por el uso de las
ecuaciones que derivó, no habría dejado sólo 162.000 libras. Habría sido el
hombre más rico de la Tierra [2].
Thomson demostró que hay dos formas posibles en
que una corriente puede subir desde cero a su valor estable, dependiendo de las
características del circuito. Un péndulo oscilando en un medio resistente
(sumergido en agua, por ejemplo) da una analogía muy exacta. Si la fricción es
demasiado grande, el péndulo bajará con lentitud hasta su punto de reposo sin
volver a ponerse en movimiento, pero si la fricción es lo bastante pequeña,
tendrán lugar toda una serie de oscilaciones de amplitud cada vez menor. Eso
mismo sucede con la corriente eléctrica, aunque este hecho no era fácil de
demostrar experimentalmente en 1850. Ahora lo demostramos en nuestras casas una
docena de veces al día: cuando alguien enciende un aparato eléctrico y oímos un
chisporroteo en la radio, es una de las corrientes oscilatorias de Thomson
advirtiéndonos de su efímera presencia.
Un año más tarde, usando las mismas herramientas
matemáticas, Thomson empezó a investigar la conducta de los cables
telegráficos. Es posible comprender sus principales resultados, y apreciar su
importancia, sin ningún conocimiento de las matemáticas que empleó para
obtenerlas. En resumen, el problema era el siguiente: ¿cuánto tarda una señal
en llegar al otro extremo del cable?
Es un error común imaginar que la electricidad
viaja por un cable a la velocidad de la luz, 300.000 km/s. Esto no es cierto
nunca, aunque en algunas circunstancias esta velocidad puede ser aproximada. En
la mayoría de los casos, la velocidad de una corriente es mucho menor que la de
la luz; a veces, de hecho, es sólo una décima o una centésima parte de su
valor. Este retraso se debe a la capacidad eléctrica de la línea. No hay que
alarmarse por esta frase; significa exactamente lo que dice. Un cable telegráfico
se comporta de forma muy parecida a una manguera: hace falta cierta cantidad de
electricidad para «llenarla» antes de que haya ningún resultado apreciable al
otro extremo.
Por fortuna para el progreso del arte
telegráfico, este efecto no tenía ninguna importancia práctica en los primeros
días de las líneas de tierra. Su capacidad era tan baja que los mensajes
pasaban a través de ellos sin ningún retraso apreciable, y no fue hasta que se
tendieron los primeros cables submarinos a través del canal de la Mancha y el
mar del Norte que el retraso de las señales se convirtió en fuente de
problemas. Su causa principal es la presencia del agua del mar, conductora, que
rodea un cable y aumenta así enormemente su capacidad. Por este efecto, un
cable puede necesitar hasta veinte veces más electricidad para cargarse cuando
está sumergido que si estuviera suspendido en el aire.
El análisis de Thomson le llevó a su famosa «Ley
de los cuadrados», que dice que la velocidad con la que pueden enviarse los
mensajes a través de un cable dado disminuye con el cuadrado de su longitud. En
otras palabras, si se multiplica diez veces la longitud de un cable, la
velocidad de las señales se reducirá a una centésima parte. Esta ley es
obviamente de importancia fundamental para la telegrafía submarina a larga
distancia; la única manera de evitarla es aumentar el tamaño del núcleo
conductor.
Esto no fue apreciado por todos los ingenieros
telegráficos, y fue incluso negado por algunos… incluyendo, por desgracia, al
doctor Whitehouse, quien llevó a cabo experimentos para refutar la ley de los
cuadrados; éstos también le llevaron a concluir que un pequeño cable conductor
podría ser mejor que uno grande, lo que es exactamente lo contrario a la
verdad. Si tal confusión prevaleció entre los «expertos», no es sorprendente
que el primer cable atlántico estuviera mal diseñado. Tenía tanta posibilidad
de éxito como un puente construido por ingenieros que no comprendieran las
leyes que gobiernan la fuerza de los materiales.
Thomson era sólo uno de los directores de la
compañía, y no tenía ninguna autoridad, aparte de su prestigio científico,
sobre los hombres que estaban a cargo de los asuntos técnicos. Se encontraba en
la difícil postura, durante el primer acto del drama que ahora empezaba, de permanecer
fuera de escena y hacer críticas que el productor podría ignorar o aceptar a su
conveniencia.
Debido a su determinación de colocar el cable
durante el verano de 1857, los promotores del proyecto no tuvieron tiempo para
los experimentos y pruebas que eran esenciales para su éxito. La dinámica
energía de Cyrus Field fue en parte responsable de esto; cuando Thonmson llegó
a escena, descubrió que las especificaciones para el cable ya habían sido
enviadas a los fabricantes, y que ya era demasiado tarde para alterarlas. Aún
más, cuando tuvo una oportunidad para probar el artículo terminado, le
sorprendió descubrir que la calidad del cobre variaba tanto que algunas
secciones conducían el doble que otras. No se podía hacer nada al respecto,
excepto insistir para que las futuras partes se hicieran con el cobre más puro
posible, y la esperanza de que el cable existente fuera lo bastante bueno para
el trabajo.
El conductor en sí consistía en siete hebras de
alambre de cobre entrelazadas y aisladas por tres capas separadas de gutapercha
(ver capítulo 14). Si había un agujero o una imperfección en una capa, las
otras dos seguirían proporcionando una protección adecuada. Sólo en el caso muy
improbable de que se produjeran tres fallos exactamente en el mismo lugar habría
peligro de fallo eléctrico. El núcleo aislado se cubría entonces con una capa
de cáñamo, que a su vez era reforzado por dieciocho hebras de cable de hierro
trenzado. El cable resultante tenía un grosor de 1,5 cm, y pesaba una tonelada
por cada 1,5 km. Todo esto provocaba un problema serio, pues la longitud
necesaria para abarcar el Atlántico pesaba 2.500 toneladas… una carga demasiado
grande para ser transportada en ningún barco de la época.
El coste total del cable fue de 224.000 libras,
muchos millones de hoy, aunque es difícil relacionar nuestra moneda actual con
el poder adquisitivo real de la libra victoriana y del rublo ruso. El núcleo
fue suministrado por la Gutta Percha Company de Greenwich, Londres, pero a
causa del factor tiempo la protección fue dividida entre dos firmas: Glass,
Elliott & Co, también de Greenwich, y Newall & Co, de Birkenhead.
Debido a uno de esos fallos de supervisión que con tanta facilidad pueden dar
al traste con una empresa de esas características, el alambre que cubría las
dos mitades del cable fue colocado o trenzado en direcciones opuestas. Esta
cuestión es de gran importancia práctica cuando se trata de unir dos mitades de
cable en mitad del Atlántico: resulta un poco demasiado tarde para invertir una
de las secciones de 2.000 km para que toda la pesada cobertura señale a la
misma dirección cuando quieras hacer tu empalme.
El cable fue completado en el breve lapso de
seis meses, y en julio de 1857 estuvo listo para ir al mar. Whitehouse tendría
que haberlo acompañado, pero en el último momento se declaró enfermo y se pidió
a Thomson que lo sustituyera. El hecho de que accediera sin recibir ninguna
paga dice mucho de la grandeza de carácter del científico. El niño deforme que
le habían puesto en la puerta no era suyo, pero intentaría darle la mejor vida
que pudiera.
Capítulo 6
Falso comienzo
Para compartir el enorme
peso de cable entre ellos, los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña
proporcionaron los barcos de guerra Niagara y Agamemnon. El Niagara, con sus
noventa y un cañones, era el mejor barco de la Marina norteamericana, la
fragata a vapor más grande del mundo, con la línea de un yate, y su única
hélice podía impulsarla con facilidad a 19 km por hora. El Agamemnon, por su parte, no habría parecido fuera de lugar
en Trafalgar; era una de las últimas fortalezas de madera de Inglaterra, y
aunque podía impulsarse por vapor y vela, nadie lo habría supuesto al verlo.
Ambos barcos habían sido intensamente modificados para poder llevar y
distribuir sus 1.250 toneladas de cable. Sus sentinas habían sido convertidas
en pozos o tanques circulares donde enroscar el cable; incluso así, el Agamemnon se vio obligado a llevar varios cientos de
toneladas en cubierta… un hecho que más tarde lo llevaría al borde del
desastre.
El Niágara llevaba dos oficiales rusos como observadores,
cosa que no pudo resultar demasiado agradable para los británicos, pues la
guerra de Crimea había terminado tan sólo un año antes. No había periodistas a
bordo, ya que iba contra las regulaciones del servicio. Tal vez la Marina
norteamericana se escocía aún del impacto de una denuncia reciente en un libro
llamado White-Jacket, aunque podía consolarse un poco al saber que el último
libro del autor, una tediosa novela llamada Moby Dick, había sido un completo
fracaso.
Los británicos no tenían esas inhibiciones, y su
parte de la empresa fue plenamente cubierta por la prensa. En un número del
Times londinense fechado el 24 de julio de 1857 encontramos la mención a un
banquete ofrecido a los trabajadores de la compañía y la tripulación del Agamemnon justo antes de zarpar; sus sutiles matices dicen
más sobre las maneras de la época que muchos volúmenes de historia social:
Los fabricantes dieron un magnífico banquete a los
invitados, y uno sustancial para los marineros… Por un admirable acuerdo, los
invitados fueron acomodados en una vasta mesa semicircular, mientras que los
marineros y trabajadores se sentaban ante varias largas mesas colocadas en
ángulo recto, de forma que el efecto general era que todos cenaban juntos,
mientras que al mismo tiempo se preservaba la distinción suficiente para
satisfacer a los más fastidiosos…
Después de cargar sus
respectivas mitades de cable, los dos barcos de guerra (con las escoltas Susquehanna y Leopard) zarparon
hacia su punto de encuentro en la bahía de Valentia, en el condado de Kerry. El
plan adoptado, a insistencia de los directores, era que el Niágara colocara todo su cable hacia el oeste a
partir de Irlanda, y que el Agamennon empalmara en mitad del Atlántico y luego
se completara el trabajo. Esto tendría la ventaja de que la expedición estaría
en contacto continuo con tierra y podrían hacerse informes de progresos a
través del cable por todo el Atlántico. Por otro lado, si los barcos llegaban a
la mitad del trayecto con mal tiempo y era imposible hacer el empalme, la mitad
del cable se perdería.
La llegada de la flota telegráfica a este remoto
rincón de Irlanda atrajo a multitud de curiosos, y la nobleza local tributó
inspirados discursos para la ocasión. Todo el mundo comprendió la importancia
del suceso, y cuando el extremo del cable llegó a la costa el 5 de agosto de
1857 Henry Field informa:
La Bahía de Valentia estaba salpicada de
innumerables barcos decorados con vistosas banderitas, llenos de gente alegre,
los barquitos se bamboleaban de un lado a otro, y sus ocupantes saludaban con
entusiasmo mientras el trabajo avanzaba con éxito. Los barcos con el cable eran
dirigidos por los marineros del Niágara y el Susquehanna, y fue un cumplido
bien diseñado, indicador de la futura fraternidad de naciones, que la soga de
la orilla fuera presentada a este lado del Atlántico al representante de la reina,
por oficiales y hombres de la Marina de Estados Unidos, y que al otro lado
oficiales y marineros británicos hicieran una presentación similar al
presidente de la gran república.
Durante varias horas el lord Teniente de Irlanda permaneció en la playa,
rodeado de su séquito y los directores de la compañía, contemplando la llegada
del cable, y cuando por fin los marinos norteamericanos saltaron con la maroma
a la que estaba unido, su Excelencia fue de los primeros en echar una mano e
izarlo hasta la costa…
Era demasiado tarde para
zarpar ese día, así que el tendido del cable empezó a la mañana siguiente, el
jueves 6 de agosto de 1857. Casi de inmediato hubo un contratiempo menor pero
molesto: a 8 km de la costa, el cable se enganchó en el primitivo mecanismo
expedidor y se rompió. Fue necesario volver al principio, rescatar la sección
que ya había sido colocada, y seguirla hasta que se alcanzó la ruptura. Por fin
(continúa Henry Field):
El extremo se alzó del agua y se empalmó al
gigantesco rollo (es decir, a los 2.000 km a bordo del Niágara), y cuando se
dirigía al fondo del mar, el poderoso barco empezó a sacudirse. Al principio se
movió muy despacio, no más de 3 km por hora, para evitar el peligro de
accidente; pero la sensación de estar en marcha es ya un alivio. Los barcos
están a la vista, y tan cerca que se pueden oír las campanas respectivas. El
Niágara, como si supiera que se dirige a la tierra de cuyos bosques vino,
inclina la cabeza a las olas, mientras su proa se vuelve hacia sus costas
nativas.
Lentas pasaron las horas de ese día. Pero todo fue bien, y los barcos se
internaban en el amplio Atlántico. Por fin el sol se puso en el oeste y las
estrellas salieron en el rostro de la profundidad. Pero ningún hombre dormía.
Un millar de ojos contemplaban un gran experimento, igual que aquellos que
tenían intereses personales en el tema… Había un silencio extraño e innatural
en el barco. Los hombres caminaban por la cubierta con pasos quedos, hablando
sólo en susurros, como si una voz alta o una pisada fuerte pudiera romper el
vital cable. Tanto habían llegado a preocuparse por la empresa, que el cable
les parecía una criatura humana de cuyo destino colgaban, como si fuera a
decidir su propio destino…
Así pasaron los tres días
siguientes. Cambiemos de narrador, con un notable cambio de estilo, del
norteamericano Henry Field a la quintaesencia del Times londinense:
El cable era tendido a una velocidad un poco
superior a la del barco, para dar sitio a cualquier irregularidad en el fondo
del mar. Mientras iba pasando por la borda, las comunicaciones se mantenían
constantemente con tierra. En todo momento pasaba la corriente entre el barco y
la costa… El lunes se habían internado 320 km en el mar. Habían dejado atrás
las aguas poco profundas de la costa. Habían pasado sobre las montañas
submarinas, donde el cuaderno de bitácora del señor Bright indica un descenso
de 550 a 1.750 brazas en 12 km. Llegaron a las aguas más profundas del
Atlántico, donde el cable se hundió a la terrible profundidad de dos mil
brazas. El cable de hierro se enterró en las olas, y a cada instante el
destello de luz en la oscura sala de telégrafos indicaba el paso de la
corriente eléctrica…
Pero no durante mucho
tiempo, pues a las nueve de esa mañana la conexión se interrumpió. Se
produjeron sombrías consultas entre los ingenieros, y ya habían abandonado toda
esperanza cuando, de repente, las señales regresaron. Esta interrupción de dos
horas y media nunca fue explicada de forma satisfactoria; tal vez se debiera a
una conexión defectuosa del equipo a cada extremo, o a un fallo en el cable
mismo.
Fue un problema preocupante, pero el día
siguiente sobrevino la catástrofe. El cable había sido tendido tan rápidamente
(a 9,5 km por hora contra los 6,5 km del barco), que fue necesario tensar el
freno del mecanismo expedidor. Por un desgraciado error, la tensión se aplicó
con demasiada brusquedad, y el cable se rompió por el esfuerzo. No había nada que
hacer excepto posponer el intento hasta el año siguiente, ya que la cantidad de
cable en los tanques no era suficiente para arriesgarse a intentarlo de nuevo.
Pero Field y sus colegas, aunque decepcionados, no estaban abatidos. Habían
tendido con éxito 539 km de cable, un tercio en agua a más de 3 km de
profundidad, y habían mantenido comunicación telegráfica con tierra hasta el
momento en que la línea se rompió. Les pareció que esto demostraba que no había
nada imposible en el trabajo que intentaban.
Los barcos regresaron a Inglaterra y descargaron
los 3.589 km de cable sobrante. Lo guardaron en un muelle de Plymouth para
esperar a la siguiente expedición, mientras el Niágara y el Agamemnon regresaban a sus deberes navales, un poco lastrados
por los agujeros que habían abierto en sus entrañas.
Mientras tanto, los errores revelados por el
primer intento fueron estudiados por los ingenieros para impedir que volvieran
a producirse. El mecanismo expedidor, que había sido la causa principal del
fallo, fue rediseñado por completo. Se empleó un nuevo tipo de freno de
fricción que se liberaría de forma automática si se aplicaba demasiada tensión;
leemos con morbosa fascinación que «este inteligente invento ha sido
introducido en conexión con los cepos de las cárceles que regulan la cantidad
de trabajo en proporción a la fuerza del prisionero».
El infatigable Field regresó a Norteamérica para
recaudar más dinero, y se encontró con que la depresión barría el país y que
gran parte de su fortuna se había perdido. El fallo de la primera expedición
también había sacudido la confianza en el proyecto y fue difícil obtener apoyo
a ambos lados del Atlántico; sin embargo, el nuevo capital fue asegurado y se
ordenaron 1.100 km de cable nuevo.
Mientras se hacían los preparativos para la
siguiente expedición, el profesor Thomson no se quedó de brazos cruzados.
Además de su trabajo normal en la universidad, siguió estudiando el problema
del telégrafo atlántico. Un hecho importante que emergió de sus análisis
matemáticos fue que si un detector con la suficiente sensibilidad podía ser
usado en el extremo receptor del cable, la velocidad de las señales aumentaría.
Esto se debe al hecho de que cuando un impulso eléctrico repentino (digamos un
punto o una raya) se aplica a un extremo del cable, no aparece en el otro
extremo como un brusco aumento de voltaje. La primera insinuación en el
receptor es una suave oleada de electricidad en aumento que tarda un tiempo
apreciable en alcanzar su valor máximo. Si el primer impulso de esta ola pudiera
ser apreciado por un instrumento suficientemente delicado, no habría necesidad
de esperar a que llegara la cresta de la ola. La señal habría sido detectada, y
se podría enviar ya la siguiente.
La forma en que el pulso de electricidad
definido con claridad de una clave Morse se extiende mientras progresa a lo
largo de un cable submarino puede ser apreciada por la siguiente analogía.
Piensen en el agua tras una presa; forma una pared vertical, que podemos
equiparar al pulso original enviado en el cable. El momento de transmisión
corresponde al súbito rompimiento de la presa; de inmediato el agua empieza a
desplomarse, a aplanarse. En un punto a considerable distancia la primera
insinuación de que ha sucedido algo es una ola apenas visible que puede tardar
un tiempo considerable en adquirir su máximo valor. Y una vez has advertido
esta pequeña ola, ya no tienes por qué seguir esperando. Ya sabes lo que se te
viene encima.
El objetivo de Thomson, por tanto, era un
detector de extrema sensibilidad. Pero Whitehouse, con su notable talento para
hacer las cosas mal, hizo justo lo contrario. Propuso usar fuerza bruta en el
extremo transmisor del cable, introduciendo tanta corriente que incluso
instrumentos insensibles (como su propia impresora automática patentada) podían
leer los mensajes enviados. Ya veremos a su debido tiempo el resultado de esta
política.
La solución al problema de recepción la dio el
monóculo de Thomson; lo estaba haciendo girar un día y advirtió lo rápido que
bailaba alrededor de la habitación la luz reflejada. Esto le llevó a su famoso
galvanómetro de espejo, donde el diminuto reflejo de una bobina que transmite
una corriente eléctrica se amplía enormemente por un punto de luz reflejado en
un pequeño espejo unido a ella. Thomson, en efecto, había inventado un
instrumento con un indicador sin peso.
De pasada, se puede mencionar que la historia
del monóculo de Thomson parece más auténtica que la de Newton y la manzana
(aunque hay indicios para creer que también fue cierta). Y los descubrimientos
facilitados por este tipo de observaciones casuales nunca son accidentes: sólo
suceden a aquellos que han estado pensando largo y tendido sobre un problema y
sus mentes están, por tanto, en modo receptivo y sensible. ¿Cuántos filósofos
antes de Newton habían visto caer manzanas? ¿Cuántos bacteriólogos antes de
Fleming habían advertido moho inexplicable en sus cultivos?
El galvanómetro de espejo, a causa de su
delicadeza, sencillez y elegancia causó gran impresión en los contemporáneos de
Thomson. Clerk Maxwell, que se dedicaba a escribir versos en sus momentos de
relajación, hizo una parodia al estilo Tennyson celebrándolos que empieza:
La luz de la lámpara cae sobre ennegrecidas paredes
y fluyen arroyos a través de estrechas perforaciones
el largo rayo marca sus escalas
con lentas, decayentes oscilaciones.
¡Fluye, corriente, fluye! ¡Haz volar el rápido haz
de luz!
¡Fluye, corriente, responde haz de luz, destellando,
titilando, muriendo…!
En la primavera de 1858, la
gran empresa se reemprendió. Una vez más el Agamemnon y el Niágara tuvieron por misión
tender los cables, y el Almirantazgo proporcionó como escolta la corbeta Gorgon. La Marina de Estados Unidos había prometido que
el Susquehanna también estaría disponible como el año
anterior, pero se encontraba en cuarentena en las Indias Occidentales con
fiebre amarilla a bordo. En cuanto oyó esta noticia (que amenazaba el éxito del
proyecto), Field recurrió al Primer Lord del Almirantazgo, y preguntó si la
Marina británica podría añadir un tercer barco a los dos que ya había
proporcionado. El Primer Lord explicó que la Marina estaba tan escasa de barcos
que los estaba contratando, pero prometió hacer lo que pudiera. Unas pocas
horas después, el Valorous estuvo disponible.
Los victorianos podían moverse con rapidez cuando querían, aun sin el beneficio
del teléfono.
Esta vez, a insistencia de los ingenieros, se
decidió empezar desde mitad del Atlántico y dejar que los barcos tendieran el
cable en direcciones opuestas. No sólo sería más económico en tiempo, sino
también significaría que el importante empalme podría hacerse a placer, cuando
las condiciones climatológicas fueran más apropiadas.
Después de algunas pruebas iniciales en la bahía
de Vizcaya (donde, casi cien años más tarde, los componentes del cable
telefónico Atlántico también tuvieron su bautismo en aguas profundas), la
pequeña flota zarpó de Plymouth con buen tiempo el 10 de junio de 1858. Una vez
más Whitehouse pidió que le excusaran alegando motivos de salud, y una vez más
Thomson ocupó su puesto (sin cobrar). Fue una suerte para Whitehouse que se
quedara en tierra, pues sólo dos días después de dejar el puerto con cielos
claros los cuatro barcos se toparon con una de las peores tormentas atlánticas
jamás registradas.
Se esparcieron sobre la superficie del mar, cada
barco luchando con desesperación por su vida. El Agamemnon se encontró en gran peligro, pues casi no era
maniobrable debido a las 1.300 toneladas de cable que tenía en su bodega y, aún
peor, a las 250 toneladas enrolladas sobre cubierta. Gracias a Nicholas Woods,
corresponsal del Times londinense, tenemos un relato de la tormenta que debe
encontrarse entre lo más vívido de la literatura del mar. Escuchen su
descripción del Agamemnon en
su momento de peligro:
Las enormes vigas bajo la cubierta superior
chasqueaban y crujían con un ruido parecido al de la artillería, casi apagando
el temible rugido del viento que gemía y ululaba a través de las jarcias… A las
cuatro de la madrugada se plegaron velas, un trabajo largo y tedioso, pues el
viento rugía y aullaba tanto y el siseo del mar enfebrecido era tan
ensordecedor que las palabras de mando eran inútiles, y los hombres, agarrados
con todas sus fuerzas a las vergas mientras el barco danzaba sobre el agua,
eran incapaces de luchar con las masas de lienzo mojado que se sacudían y
restallaban como si todo junto, hombres y vergas, fuera a ser barrido… A eso de
las diez y media tres o cuatro olas gigantescas se acercaron al barco, viniendo
lentamente a través de la bruma, cerca, más cerca, rodando como montañas de
agua verde, con una corona de espuma que parecía doblar su altura. El Agamemnon
se alzó pesadamente ante la primera, y entonces se hundió con rapidez en la
profundidad del mar, escorándose al hacerlo, de forma que casi volcó. Hubo un
temible crujido mientras se enderezaba, pues todo se soltó… una confusa masa de
marinos, grumetes, oficiales, con baldes, cuerdas, escaleras y todo lo que
podía soltarse fueron lanzados en masa al otro lado del barco. El cabeceo del
barco se calculó a cuarenta y cinco grados durante cinco veces en rápida
sucesión. El cable en la bodega principal había empezado a ir a la deriva, y la
parte superior siguió trabajando mientras el barco cabeceaba, hasta que 70 u 80
km quedaron enmarañados; parecía un cargamento de anguilas vivas.
El sol se puso y una noche salvaje y oscura puso a prueba el valor y la firmeza
de los marineros. La noche era espesa y muy oscura, las negras nubes casi
engullían al barco; de vez en cuando un bramido más fiero que de costumbre
apartaba las negras masas de nubes, y mostraba la Luna, una mancha tenue y
viscosa en el cielo, con el océano, blanco como la nieve, rebulléndose e
hirviendo como un caldero. Pero no eran más que atisbos que pronto se perdían,
y una vez más todo quedaba oscuro, y las olas atacaban el barco como si
quisieran engullirlo. La grandeza de la escena casi se perdía en medio de
peligros y terrores, pues de todas las muchas formas en que la muerte aborda a
un hombre no hay ninguna tan terrible en apariencia como la muerte en un
naufragio…
Pero todas las cosas tienen un final, y esta larga galerna (de una semana de
duración) se consumió por fin, y el exhausto océano descansó. Mientras nos
acercábamos al lugar de encuentro el airado mar se calmó. El Valorous fue
avistado a mediodía; por la tarde llegó el Niágara por el norte, y poco después
apareció el Gorgon por el sur. Y entonces, casi por primera vez desde el
comienzo, el escuadrón se reunió cerca del punto donde el gran trabajo tendría
que haber comenzado quince días antes, tan tranquilos en mitad del Atlántico
como en las costas de Plymouth.
Después de esta prueba, se
podría pensar que la expedición se había ganado el derecho al éxito. Los barcos
fueron reparados, los extremos del cable se empalmaron, y el 26 de junio
el Niágara se dirigió hacia Newfoundland al oeste y
el Agamemnon hacia Irlanda en el este.
Sólo habían recorrido 4,5 km cuando el cable
forzó el mecanismo expedidor a bordo del Niagara y se rompió. Esto fue el anticlimax número uno,
pero nadie se sintió demasiado molesto pues habían perdido poco cable y poco
tiempo.
Luego, en el segundo intento, los barcos
recorrieron 128 km antes de que pasara nada. Entonces, de pronto, perdieron
contacto telegráfico, y cada parte supuso que el cable se había roto al otro
lado. Corrieron al punto de encuentro y se saludaron simultáneamente con las
palabras: «¿Cómo se rompió el cable?». Fue desconcertante no encontrar ninguna
explicación para lo sucedido; por algún motivo desconocido, el cable se había
roto en el lecho marino.
Se hizo un empalme por tercera vez y, con todos
preguntándose sin duda cuándo volverían a verse, los barcos partieron una vez
más. Por desgracia, a la tercera no fue la vencida. Después de que se tendieran
320 km, el cable se partió en el Agamemnon. Los barcos estaban ya escasos de provisiones, y
según los planes preestablecidos volvieron cada uno por su lado a Irlanda para
un consejo de guerra.
El comité de directores se reunió tristemente
para considerar el próximo movimiento. Algunos, desesperados, querían vender el
cable restante y abandonar toda la empresa. Pero Field y Thomson pidieron un
nuevo intento, y al final su consejo prevaleció. Los directores descorazonados
dimitieron disgustados ante tal muestra de estúpida testarudez, y el 29 de
julio los barcos volvieron al Atlántico, dispuestos para el cuarto intento.
Esta vez no hubo ninguna ceremonia ni entusiasmo
cuando el empalme pasó por la borda y los barcos se separaron. Muchos sentían
que estaban haciendo un trabajo baldío; como Field registra en sus memorias:
«Todos querían tener éxito, pero nadie se atrevía a esperarlo».
Y cierto que nadie podría haber imaginado que
estaban a punto de conseguir, en su más alto grado, a la vez éxito y fracaso.
Capítulo 7
Triunfo y desastre
Fue una suerte para la
prensa norteamericana que no tuviera ningún representante a bordo del Niagara, pues el viaje hacia el oeste fue monótono y
pacífico mientras el cable se tendía sin incidentes hora tras hora. La única
excitación estaba en el camarote de los electricistas, pues dos veces durante
la semana las señales del Agamemnon fallaron, aunque
volvieron con plena fuerza después de unas cuantas horas de ansiedad. Aparte de
esto, el cuaderno de bitácora del Niagara registra
«ligera brisa y mar moderada» casi todo el camino, hasta el momento de llegar a
Trinity Bay, Newfoundland, con sus 2.000 m de cable tendidos a salvo sobre el
lecho del Atlántico.
Por otro lado, el Agamemnon, rumbo al este, experimentó una vez más un viaje
repleto de incidentes, y varias veces rozó el desastre mecánico o eléctrico.
Considerando las condiciones bajo las que trabajaban Thomson y sus ayudantes,
es sorprendente que pudieran mantener sus instrumentos en funcionamiento. Vean
la descripción de la sala del telégrafo que da el Sydney Morning Herald:
La sala de electricidad está a estribor de la
cubierta principal. La disposición se ha alterado varias veces para evitar el
agua que cae de la cubierta superior. En un extremo están apiladas las baterías
sobre estanterías en rieles. La observación más valiosa se toma al transmitir
con el galvanómetro submarino. Tres segundos antes de que se tome, el encargado
que mide todas las observaciones con un reloj regulado por un cronómetro
demasiado valioso para introducirlo en un lugar tan húmedo dice «Cuidado». El
otro encargado fija de inmediato la mirada en la mancha de luz, y en cuanto se
da la palabra «Ahora» se registra la indicación. Esta medición se hace de
minuto en minuto, para que se detecte cualquier fallo en el momento en que
ocurra.
Los barcos habían empalmado
el cable el 29 de julio de 1858, a mitad de camino entre Europa y Norteamérica,
en aguas de 1.500 brazas de profundidad. Dejemos que el Times continúe la historia:
Durante las tres primeras horas los barcos
avanzaron muy despacio, tendiendo una gran cantidad de cable, pero después la
velocidad del Agamemnon fue aumentada a cinco nudos, y el cable a seis. Poco
después de las seis se vio acercarse una gran ballena por estribor, a gran
velocidad, balanceándose, zambulléndose y creando espuma por todas partes.
Parecía como si fuera directamente hacia el cable, y fue grande el alivio
cuando la poderosa masa viviente pasó despacio por babor, rozando el cable
donde entraba en el agua…
Unas cuantas horas después,
hubo una auténtica crisis, descrita vívidamente por el periodista del Sydney Morning Herald:
Habíamos indicado al Niágara «64 km sumergidos» y
empezaba a recibirnos cuando de repente, a las diez, la comunicación cesó.
Siguiendo las órdenes, los que estaban de servicio buscaron de inmediato al
doctor Thomson. Asustado, llegó en estado de excitación. La sola idea de
fracasar parecía abrumarle. Su mano temblaba tanto que apenas podía ajustar su
monóculo. Las venas de su frente estaban hinchadas. Su cara estaba letalmente
pálida. Tras consultar su galvanómetro marino, dijo que el cable conductor se
había roto, pero seguía aislado del agua. No parecía haber ninguna esperanza,
pero se decidió continuar expidiendo cable, pues podría haber alguna
oportunidad de resurrección. Nunca olvidaré la escena de la sala eléctrica. Los
dos encargados de guardia observaban, la ansiedad dibujada en sus rostros, una
señal propicia. El doctor Thomson, con una fiebre de excitación nerviosa,
temblando como una hoja, aunque con la mente despejada y serena, comprobaba y
esperaba. El señor Bright, de pie como un niño cogido en falta, los labios y
mejillas manchados de alquitrán, se mordía las uñas y miraba al profesor en
busca de consejo. Los ojos de todos se dirigían a los instrumentos, esperando
el más mínimo temblor que indicara vida. Una escena semejante no se ve más que
junto al lecho de los moribundos. El doctor Thomson y los demás dejaron la
sala, convencidos de que una vez más estaban condenados a la decepción…
Pero no lo estaban. Nadie
supo con exactitud qué había sucedido; tal vez el núcleo conductor del cable se
había roto bajo la tensión, pero al posarse sobre el lecho marino la tensión se
relajó, y la elasticidad de las coberturas unió a los cables de nuevo. En
cualquier caso, las señales regresaron por fin, y el cable volvió a hablar.
Nuestra alegría fue tan grande que no pudimos
hablar durante algunos segundos. Pero cuando el primer arrebato de sorpresa y
placer pasó, todos empezamos a expresar nuestros sentimientos de forma más o
menos enérgica. El doctor Thomson se echó a reír con todas sus ganas. Nunca
hubo más ansiedad comprimida en un espacio más pequeño. Duró exactamente una
hora y media, pero no nos pareció ni un tercio de ese tiempo…
El barco empezó a
internarse en aguas revueltas, y empezó a sacudirse y cabecear de forma que
produjo gran tensión al cable.
Durante el domingo la marejada y el viento
aumentaron, y antes de que cayera la noche llegó la galerna. Ahora la energía y
la actividad de todos los implicados en la operación fue puesta a prueba. Los
ingenieros se esforzaron en no perder de vista su ocupación ni un instante,
pues la seguridad del cable dependía por completo del freno o de la máquina
expedidora cada vez que la proa del barco se zambullía entre las olas. A lo
largo de toda la noche, pocos fueron los que esperaban que el cable aguantara hasta
la mañana, y muchos permanecieron despiertos, prestando atención al sonido que
todos temían oír: el cañonazo que anunciaría el fracaso de todas nuestras
esperanzas. Pero el cable, que en comparación con el barco que lo tendía y las
gigantescas olas entre las que era soltado, no era más que un mero hilo, siguió
aguantando, dejando sólo una línea fosfórea plateada sobre las enormes olas que
rodaban hacia el barco.
Aparte del peligro extremo
para el cable, la necesidad de mantener el ritmo hizo que el suministro de
carbón se redujera a velocidad alarmante. Pareció que sería necesario empezar a
quemar los mástiles y las tablas en un gran final digno de La vuelta al mundo
en ochenta días. Pero por suerte la galerna remitió; el Agamemnon y su cable habían capeado el temporal.
Hubo un breve alboroto hacia el final del viaje
cuando un curioso barco norteamericano se acercó a la flota telegráfica
mientras continuaba su curso predeterminado e inalterable. La escolta del Valoroustuvo que disparar sus cañones para espantar al
curioso, que sin duda se sorprendió ante tan ruda recepción. Por fortuna, no se
produjo ningún incidente internacional, aunque el Times comentó: «Fue imposible
decir si los que iban a bordo consideraron que estábamos enzarzados en una
expedición pirata o consideraron nuestra acción como otro estallido británico
contra la bandera norteamericana, pero permaneció al pairo con gran excitación
hasta que lo perdimos de vista».
Y por fin, la mañana del martes 5 de agosto:
… las montañas rocosas que rodean las salvajes y
pintorescas inmediaciones de Valentia se alzaron ante nosotros a unos pocos
kilómetros de distancia. Es probable que nunca fuese más bienvenida la vista de
tierra, ya que daba término a uno de los proyectos más grandes y a la vez más
difíciles emprendidos jamás. Si ante nosotros se hubiera extendido el pantano
más monótono y melancólico de la Tierra, nos habría parecido agradable, pero
mientras el Sol se alzaba en el estuario de Dingle Bay, tiñendo de un suave
púrpura las cumbres nevadas de las montañas que rodean sus costas e iluminando
las masas de rocío que gravitan entre ellas, fue una escena que podría
rivalizar en belleza con cualquier cosa que pudiera ser producida por la
imaginación más florida de un artista.
En la costa, al parecer, nadie fue consciente de nuestra llegada, así que el
Valorous se adelantó hasta la boca del puerto y disparó un cañonazo. En cuanto
los habitantes advirtieron nuestra llegada, todos abandonaron sus quehaceres, y
cientos de barcos nos rodearon, sus pasajeros excitados deseaban oír nuestras
hazañas. Poco después de nuestra llegada, se recibió una señal del Niagara,
avisando que se preparaban para atracar, después de haber tendido mil treinta
millas náuticas de cable, mientras que el Agamemnon había cubierto su porción
de la distancia con 1.600 km haciendo que la longitud total del cable sumergido
fuera de 3.300 km.
El doctor Thomson entró en la cabina eléctrica, en un estado de evidente
excitación tan intenso que casi absorbía toda el alma y creaba ausencia de
mente. Su semblante sonreía de plácida satisfacción. No habló durante algún
tiempo, pero se entretuvo arrancando tiras de gutapercha del globo de nuestra
lámpara, y los observaba ausente mientras se enroscaban y encogían. Cuando nos
acercamos a la costa, arriamos un bote, que alcanzó la orilla antes de que su
proa rozara el espigón. El Valorous, en la distancia, disparaba sus cañones. El
extremo del cable fue agarrado por los alegres vecinos; se produjo una disputa
humorística entre ellos y los caballeros de la isla por el honor de llevar el
cable a tierra. El caballero de Kerry cayó al agua…
Europa y Norteamérica
habían sido unidas. La noticia de este éxito por completo inesperado, cuando
todos excepto unos pocos entusiastas estaban convencidos de que la empresa era
una pérdida de tiempo, creó gran sensación. Al leer los periódicos de la época,
se podría pensar que había llegado el milenio. Incluso el serio Times, tan poco
dado a la hipérbole, informó a sus lectores: «El Atlántico se ha secado, y nos
convertimos en la realidad y en el deseo en un solo país. El Telégrafo
Atlántico ha deshecho la Declaración de 1776, y nos ha convertido una vez más,
a pesar de nosotros mismos, en un solo pueblo…».
Hubo, por supuesto, celebraciones por todo
Estados Unidos. Se hicieron incontables discursos, muchos de ellos basados en
el salmo «su línea rodea la tierra, y sus palabras llegan al fin del mundo».
Una poesía inspiradora, casi tan buena como la que ahora puede producir
cualquier ordenador electrónico que se precie, fue creada para celebrar la
ocasión. El entusiasmo se mantuvo a pesar del largo retraso en la apertura del
servicio para el público que esperaba ansioso; se explicó que el retraso era
debido a la delicadeza de los instrumentos y el cuidadoso ajuste requerido.
Cuando el 16 de agosto se recibió un mensaje de
la reina Victoria para el presidente Buchanan estallaron nuevas celebraciones,
con tal efecto que el tejado del ayuntamiento de Nueva York ardió con los
fuegos artificiales y toda la estructura apenas se salvó de las llamas. En
Inglaterra, Charles Bright fue nombrado caballero a la temprana edad de
veintiséis años por su trabajo como ingeniero jefe del proyecto; en Nueva York,
el 1 de septiembre, Cyrus Field fue recibido con una enorme ovación…
irónicamente, en el mismo momento en que el Telégrafo Atlántico expiraba.
Pues el cable que había sido colocado con tantos
gastos y dificultades, y después de tantos fracasos, moría lentamente. De
hecho, cuando se consideran las imperfecciones de su fabricación, y las
diversas peripecias por las que corrió, es sorprendente que llegara a
funcionar.
En sus esfuerzos por demostrar que ninguna línea
atlántica directa podría ser una proposición económica, el coronel Tal Shaffner
produciría más tarde una transcripción plena del funcionamiento del cable de
1858. Es un registro de derrota y frustración: una historia de cuatro semanas
de esperanzas difuminadas. Después de que se permitieran cinco días para montar
el equipo emisor y receptor, este diario de bitácora de todos los mensajes
enviados desde Newfoundland a Irlanda el sexto día habla por sí solo:
«Repita, por favor».
«Por favor, transmita más despacio». «¿Cómo?».
«¿Cómo reciben?».
«Transmitan más despacio».
«Por favor, transmitan más despacio».
«¿Cómo reciben?».
«Por favor, digan si pueden leer esto». «¿Pueden leer esto?».
«Sí».
«¿Cómo son las señales?».
«¿Reciben?».
«Por favor, transmitan algo». «Por favor transmitan uves y bes».
«¿Cómo son las señales?».
Recuerden que esto es el
trabajo de un día entero. El primer mensaje completo no llegó hasta más de una
semana después del tendido del cable. Parte del retraso se debió al hecho de
que en cuanto se recibieron mensajes inteligibles de Newfoundland en el galvanómetro
de espejo de Thomson, Whitehouse, en Valentia, hizo que de inmediato su
impresora automática patentada fuera conectada al circuito. Este instrumento
funcionaba de forma adecuada en líneas cortas, pero era incapaz de interpretar
las señales minúsculas y distorsionadas que llegaban a través del cable dañado.
Hubo una confusión similar al transmitir las
señales. Mientras que Thomson deseaba usar baterías de bajo voltaje para
proporcionar energía para las señales, Whitehouse insistió en emplear las
grandes bobinas de inducción o chispa que él había construido, y que tenían 1,5
m de largo y desarrollaban al menos 2.000 voltios. El uso de estas bobinas
crearía gran controversia pública cuando el cable falló por fin, y hay poca
duda de que la instalación defectuosa ayudó a estropearlo.
Pasaron nueve días antes de que una sola palabra
atravesara el cable de este a oeste, pero al duodécimo día (el 16 de agosto) la
línea funcionó lo bastante bien para transmitir un saludo de noventa y nueve
palabras de la reina Victoria al presidente Buchanan. El mensaje tardó
dieciséis horas y media en ser completado: hoy día llegaría más rápido a
Norteamérica por correo aéreo. El primer mensaje comercial telegrafiado sobre
el Atlántico se envió al día siguiente (17 de agosto), desde Newfoundland a
Irlanda. Todavía podemos apreciarlo: «Míster Cunard desea telegrafiar a McIver
Europa colisión Arabia. Arribada a St John. Ninguna vida perdida».
Pasaron más días mientras los operadores se
esforzaban en mantener el contacto y en transmitir los mensajes que se apilaban
a cada lado. A veces se intercalaba una nota personal, como cuando Newfoundland
se quejaba a Irlanda: «Los mosquitos siguen picando. Éste es un lugar curioso
para vivir, terriblemente pantanoso», o cuando Thomson, sin duda después de
poner patas arriba la oficina de Valentia, se vio obligado a preguntar a
Newfoundland: «¿Dónde están las llaves de los cajones y armarios de la sala de
aparatos?». (La valiosa respuesta: «No recuerdo»).
Al final, después de que Newfoundland
transmitiera: «Por favor, denos alguna noticia para Nueva York; están ansiosos
de noticias», el primer despacho de prensa se envió con éxito al día vigésimo
tercero (27 de agosto). Es interesante comparar los titulares de 1858 con los
de un centenar de años después: «El emperador de Francia regresó a París el
sábado. El rey de Prusia demasiado enfermo para visitar a la reina Victoria. Su
Majestad regresa a Inglaterra el 31 de agosto. Acuerdo en el problema chino. El
imperio chino abierto al comercio, la religión cristiana permitida, los agentes
diplomáticos extranjeros admitidos; indemnizaciones para Inglaterra y Francia.
Ejército insurgente Gwalior vencido. Toda la India está tranquila».
Sí, han pasado muchas cosas desde aquel lejano
verano. ¿Dónde están hoy el rey de Francia y el emperador de Prusia? Y si
hubiera habido unas Naciones Unidas en 1858, la indemnización la habrían tenido
que pagar Inglaterra y Francia. La última referencia del mensaje es el motín de
la India, que entonces se acercaba a su fin. Fue en conexión con el motín que
el cable dio una dramática prueba de su valor: un día antes de que se
estropeara por completo transmitió órdenes para que el 62 Regimiento no
embarcara en Nueva Escocia con destino a la India, pues ya no hacía falta. Se
calcula que este simple mensaje ahorró al Ministerio de la Guerra nada menos
que 50.000 libras… una séptima parte del coste total del cable.
El último mensaje se produjo a la 1.30 de la
tarde del 1 de septiembre. Irónicamente, se trataba de un mensaje de Cyrus
Field al banquete en su honor en Nueva York, pidiendo que informara al gobierno
norteamericano que la compañía podía ya enviar sus mensajes a Inglaterra…
Después, todo fue silencio. Tras su breve unión,
los continentes quedaron una vez más tan separados como antes. El Atlántico
había engullido los meses de esfuerzo, las 2.500 toneladas de cable, las
350.000 libras de capital difícilmente conseguidos.
La reacción pública fue violenta, y los que
habían mostrado con más fervor sus alabanzas ahora parecían avergonzados de su
anterior entusiasmo. De hecho, incluso llegó a sugerirse que todo el asunto
había sido una especie de fraude, tal vez una manipulación bursátil por parte
de Cyrus Field. Un periódico de Boston preguntó en un afilado titular «¿Fue un
timo?», y un escritor inglés demostró que el cable nunca había sido tendido.
Lo que había sido saludado como el mayor logro
del siglo se desplomó en ruinas; pasarían ocho largos años antes de que Europa
y Norteamérica volvieran a hablarse a través del lecho del océano.
Capítulo 8
Post-mortem
Con el fracaso del cable de
1858, 300.000 libras de capital privado se habían hundido sin remedio en el
Atlántico. Un año después, los ingenieros telegráficos submarinos consiguieron
una catástrofe aún mayor. Un cable a través del mar Rojo hasta la India, con un
coste de 800.000 libras, también fracasó por completo, y esta vez fue dinero
del gobierno el que se perdió. No es sorprendente que hubiera un clamor
general, mucha correspondencia en el Times de Londres y la demanda de una
comisión de investigación.
El informe de esta comisión, que se reunió desde
diciembre de 1859 hasta septiembre de 1860, debe de ser una de las
publicaciones más monumentales del Ministerio de Comunicaciones de Su Majestad.
Con más de quinientas páginas de letra pequeña, es más grande que la Biblia. Su
título es igualmente impresionante: Informe del Comité Conjunto
nombrado por los Lores del Comité del Concejo Privado para Comercio y la
Compañía Telegráfica Atlántica para investigar la construcción de los cables
telegráficos submarinos, junto con las actas de pruebas y apéndice .
Hay un extraño parecido, con casi un siglo de
diferencia, entre la investigación sobre el fracaso del cable atlántico y la
que tuvo lugar en 1954 para descubrir las causas de los desastres de los jets
de pasajeros Comet. En cada caso el prestigio de la ingeniería británica quedó
en entredicho, se perdieron sumas inmensas, grandes esperanzas surgieron y se
desmoronaron. Y no sería injusto decir que los veredictos finales fueron
similares: el atrevimiento de los ingenieros había sobrepasado su conocimiento
de una nueva tecnología [3].
El informe del Consejo Privado, que fue remitido
en abril de 1861, no es sólo un sumario del arte eléctrico de hace cien años:
proporciona fascinantes retratos de las personalidades implicadas, desde el
poderoso profesor Thomson al desafortunado doctor Whitehouse, que fue
considerado responsable como arquitecto jefe del desastre. También contiene
muchas propuestas para diseñar o tender cables submarinos que son
sorprendentemente absurdas, aunque algunas resultaron más proféticas de lo que
sus autores habrían podido imaginar.
Por ejemplo, un tal capitán Selwyn, de la marina
real, quería evitar tender el cable desde el interior del barco (con el
consiguiente riesgo de anudamientos y roturas) enroscándolo a un gran tambor
flotante que sería arrastrado por un remolcador. El tambor giraría en el agua
mientras el cable se desenrollaba, pero el comité observó: «Tenemos serias
dudas sobre la viabilidad de este plan». En lo que se refería al Atlántico, el
comité tenía razón. Sin embargo, en 1944 este tipo de tambores flotantes se usó
para colocar la tubería submarina PLUTO (Pipe Line Under The Ocean), a través
de la cual se suministró combustible por el canal de la Mancha para la invasión
de Europa en 1944. El comité constaba de ocho miembros, cuatro nombrados por la
Cámara de Comercio, y cuatro por la Compañía Telegráfica Atlántica, que así
tenía un pie en cubierta y otro en los juzgados. Pero aunque hubo virulencia
ocasional en las pruebas, parece que no hubo sobornos; el informe de 1861 llegó
a sus conclusiones, y su enorme información técnica marcó la transición de la
telegrafía submarina desde la mera suposición a la ciencia.
De los ocho hombres que pasaron casi un año
escuchando medio millón de palabras de pruebas, sólo uno es recordado hoy: el
profesor Charles Wheatstone, cuyas contribuciones a la telegrafía ya se han
mencionado.
Otro de los representantes de la Cámara de
Comercio fue George Parker Bidder, famoso en su día como prodigio matemático.
Tan asombrosas eran sus dotes, de hecho, que merece la pena que recordemos, en
la era de los ordenadores electrónicos, que el cerebro humano sigue siendo la
máquina calculadora más notable del universo conocido. He aquí algunas de las
proezas autentificadas de Bidder, por si alguien quiere emularlas.
A los nueve años, se le preguntó cuánto tiempo
se tardaría en recorrer 198.318 km a 6 km/min. Respondió que 21 días, 9 horas,
34 minutos… y tardó un minuto en hacer la operación en su cabeza. Un año más
tarde se graduó en problemas más difíciles; cuando se le preguntó cuántas veces
giraría una rueda de 177 centímetros de circunferencia para recorrer 1 billón
200 millones de kilómetros tardó menos de un minuto en responder:
«724.113.185.704 veces con 600 cm sobrantes». La raíz cuadrada de
119.550.669.121 (345.761) sólo le llevó treinta segundos.
Lo interesante sobre Bidder era que, al
contrario de otros muchos calculadores relámpago, era un hombre inteligente y
capaz que llegó a ser un ingeniero muy distinguido, y podía ofrecer un análisis
de los métodos que utilizaba.
También conservó sus poderes a lo largo de su
vida; cuando tenía más de setenta años un amigo le hizo un comentario sobre el
enorme número de vibraciones lumínicas que debían de golpear el ojo a cada
segundo, si había 36.918 ondas de luz roja cada 2,5 cm y la luz viajaba a
300.000 km por segundo. «No hay que calcularlo», respondió Bidder. «El número
es 444.443.651.200.000».
Cuando el comité presentó su informe en 1861, no
menos de 18.284 km de cable submarino habían sido tendidos en varias partes del
mundo… y sólo 4.827 km estaban funcionando. La mayoría de los fallos se debían
a malos diseños, a la fabricación o a los materiales, siendo el aislamiento de
gutapercha la causa principal de los problemas. Pero la gente que construyó los
cables no fue siempre responsable, como demostraron las ridículas desventuras
de la línea entre Cerdeña y Argelia.
Este cable se tendió en las aguas más profundas
intentadas hasta el momento, y la operación estuvo a cargo de John Brett, el
pionero del cable del canal de la Mancha. El gobierno francés proporcionó
barcos y navegación, y el lío resultante fue un soberbio ejemplo (y no el
último, me siento tentado de añadir) de ineptitud anglo-francesa combinada.
En el primer intento, el cable fue soltado con
tanta rapidez que la longitud proporcionada no fue suficiente para el trabajo;
Brett echó la culpa a los inesperados precipicios del lecho marino del
Mediterráneo, cuya presencia no había sido revelada por las cartas francesas.
Su capitán declaró en la vista, con una fina muestra del espíritu de Nelson:
«Había sido sondeado por franceses, y no confío en sus mediciones». Pero los
franceses tenían toda la razón. El cable no había desaparecido en abismos
desconocidos; simplemente había sido soltado del barco demasiado rápido. Unos
años más tarde otro contratista lo izó, y como dijo al comité: «Encontramos
grandes masas de cable enrolladas en una especie de nudo gordiano, y eso debió
de ser uno de los precipicios del señor Brett».
Sin embargo, al segundo intento, la culpa del
desastre fue sin duda de los marinos franceses. Vean la declaración del
indignado Brett refiriéndose a la forma en que no lograron el éxito por un
margen muy pequeño que en un caso así significa un fracaso total:
Pasamos todas las grandes profundidades durante la
noche, sin ningún problema, y llegamos a 16 km de tierra. Al amanecer, vi el
barco francés decorado con banderas. Según el capitán francés, estamos a salvo,
y debemos llevar a tierra nuestro cable con algunos kilómetros de sobra.
Decoraron sus barcos como señal de triunfo, y estaban bebiendo champaña.
Nuestro capitán nos había advertido durante la noche que pensaba que nos
estábamos desviando demasiado de nuestro rumbo. Se lo comuniqué a Monsieur De
la Marche, el oficial nombrado por el gobierno francés, y me respondió:
«Sabemos lo que hacemos». Me pareció que era probable que así fuera. A la
mañana siguiente, nuestro capitán dijo: «Pregúntenle al capitán francés cuál es
su posición, la latitud y longitud». Así se hizo, y se descubrió que estaba
equivocado, y que era más acorde con las opiniones de nuestro capitán. Supliqué
entonces a nuestro capitán que diera sus cifras, y le dije que me proporcionara
una pizarra grande de 60 cm, y escribí en ella para que no hubiera error. Vi,
por parte de los oficiales franceses, algo parecido a la consternación: se
retiraron a su camarote, y revisaron los cálculos. Cuando regresaron dijeron:
«Tienen ustedes razón y nosotros estamos equivocados».
Y de esta forma el señor
Brett se quedó sujetando su cable casi a la vista de la costa africana,
mientras el avergonzado Monsieur De la Marche se dirigía a Argelia en busca de
ayuda:
Le pregunté: «¿Cuánto tiempo tardará en volver?».
«Cinco o seis días», me contestó. La cuestión entonces se volvió absurda:
aguantamos como pudimos durante cuatro o cinco días; cogimos el extremo del
cable, lo pasamos alrededor del barco para que no tuviera ninguna tensión.
Entre otros muchos mensajes, enviamos uno a Londres para que enviaran lo más
pronto posible 50 u 80 km de cable. Aguantamos cinco días con sus noches; los
dos últimos hubo una tensión muy violenta, y un mar embravecido, y el barco se
agitaba y cabeceaba, pero el cable siguió sin romperse. La mayoría de los
jóvenes operarios, que eran italianos, se marearon [4] , y yo estaba solo en cubierta cuando llegó
un mensaje que decía que los kilómetros de cable estaban en marcha, y que nos
los enviarían pronto. Unos pocos minutos después el barco dio una de las
terribles sacudidas que se habían venido repitiendo durante la noche, y el
cable se rompió…
Después de esta debacle,
habría que esperar que el tercer intento se llevara a cabo con cuidado casi
excesivo. Sin embargo, lo que sucedió esta vez fue aún más ridículo: alguien
olvidó la diferencia entre libras y kilogramos, y como resultado el peso que
controlaba el freno del cable fue sólo la mitad de lo que debería. Así que una
vez más el fondo del Mediterráneo quedó adornado con lazos de caro cable, y una
vez más el suministro quedó corto a una veintena de kilómetros de la costa
africana…
Sí, sin duda era el momento de una Comisión Real
y para sustituir a los ingenieros aficionados por profesionales con firme
formación científica. Esos hombres existían (el profesor Wheatstone, los
hermanos Siemens, Latimer Clark, por ejemplo) pero eran demasiado escasos. El
estudio de la electricidad se hallaba en un estado tan primitivo que no existía
ninguna unidad acordada; aunque parece increíble, seguía sin haber forma de
medir la resistencia, el voltaje o la corriente en cantidades que pudieran ser
entendidas por todos. El mismo significado de estos términos no eran entendidos
generalmente; para la mayoría, incluso para aquellos que trabajaban con ella,
la electricidad seguía siendo un poder misterioso y casi oculto, y la forma en
que se lanzaban palabras como «intensidad», «tensión», «cantidad», «promedio»,
«velocidad» sólo servían para aumentar la confusión. El voltaje se definía en
términos de cuántas baterías Daniell; la corriente por los reflejos del
instrumento que el experimentador estuviera usando. Voltios, ohmios y amperios
todavía pertenecían al futuro, y uno de los testigos ante el comité se vio
obligado a señalar: «Es una pena que los que se enfrentan con esta cuestión no
estén familiarizados con las leyes de Ohm; eso impediría que todas estas
discusiones absurdas tuvieran lugar».
Puede haber poca duda de que el principal
responsable en hacer que la práctica del cable submarino pasara de ser un arte
esotérico con tanto éxito como la danza de la lluvia a convertirse en una
ciencia matemática exacta fue William Thomson. Aunque todavía era un hombre de
relativa juventud cuando compareció ante el comité, ya era famoso y le
escucharon con gran respeto. Debió de resultar interesante oír su acento
escocés cuando observó, a propósito de la propuesta de un inventor para
fabricar un cable con los cables de acero reforzado por dentro: «Está casi tan
bien planeado como un animal con el cerebro fuera del cráneo.» [5] Y sobre el
desafortunado relé patentado del doctor Whitehouse, con el que se pretendía
escribir de forma automática los mensajes telegrafiados según fueran recibidos,
dio este anonadador veredicto: «Encuentro dos o tres palabras y unas cuantas
letras más que son legibles, pero la palabra más larga que encuentro dada con
corrección es la palabra “es”». Habría sido interesante ver cómo el relé de
Whitehouse se enfrentaba con «Dampfschiffahrtsgesellschaft» (compañía de barcos
de vapor), término del cual se quejó un testigo, con un justificable sentido
del agravio, ya que se cobraba como una sola palabra en toda Europa según las
leyes telegráficas.
El doctor Whitehouse fue, por supuesto, uno de
los testigos principales. Su comparecencia debió de ser algo embarazosa para
todos, pues la mitad del consejo investigador estaba formado por ex colegas que
habían perdido fortunas y reputaciones por su culpa. Dice mucho de la nobleza
de espíritu del doctor Thomson (si no de sus poderes de juicio) que intentara
proteger a Whitehouse de la ira de los directores cuando el cable de 1858
fracasó declarando que era uno de los más leales y devotos servidores de la
compañía. Pero lo que los directores pensaban de «nuestro apreciado
electricista» queda muy claro en su respuesta a Thomson, escrita el 25 de
agosto de 1858, incluso antes de que el cable muriera:
El señor Whitehouse se ha enzarzado durante
dieciocho meses en investigaciones que han costado doce mil libras a la
compañía y ahora, cuando hemos tendido nuestro cable y todo el mundo nos
observa con impaciencia, nos salvamos de la risa generalizada porque los
directores tienen la fortuna de tener un ilustre colega cuyos inventos
producidos en su propio estudio (con pocos gastos) y con sus propios recursos
están dispuestos a superar el inútil aparato preparado con grandes esfuerzos y
enorme coste. El doctor Whitehouse ha ido en contra de los deseos de los
directores en muchas ocasiones, ha desobedecido una y otra vez sus
instrucciones positivas, ha puesto obstáculos a todo el mundo, y ha actuado en
todo momento como si su propia fama y auto-importancia fueran los únicos puntos
importantes a considerar…
Sin embargo, a pesar de
todo lo sucedido, Whitehouse se negó a admitir que había cometido errores, y
lanzó una cortina de humo de datos experimentales para apoyar sus teorías. No
quiso reconocer que sus gigantescas bobinas de inducción, con sus miles de voltios,
fueron responsables de la rotura del cable, y presentó complicados argumentos
para «demostrar» que las señales producidas por sus bobinas podían ser
transmitidas con más rapidez que con baterías. No obstante, dio un buen
argumento cuando intentó echar parte de la culpa a Cyrus Field, quien se había
negado a concederle el tiempo necesario para sus experimentos preliminares. «El
señor Field —declaró el doctor— fue el hombre más activo de la empresa, y tenía
tanta energía que no pudo esperar tres meses. Dijo: “Bah, tonterías, todo el
asunto se detendrá; el proyecto sufrirá un retraso de doce meses”».
Habría sido mejor para los promotores que el
proyecto se hubiera retrasado doce meses: la falta de preparativos lo retrasó
ocho años.
Uno de los personajes más notables que
aparecieron ante el comité fue el almirante Robert Fitzroy, FRS, científico
reputado y pionero en la meteorología y fundador del sistema de predicción del
tiempo de hoy día. Sin embargo, lo que le dio un pequeño pero seguro rincón en
la inmortalidad fue el hecho de que, veinte años antes, el capitán Fitzroy
zarpó de Inglaterra en uno de los viajes más famosos de todos los tiempos: el
crucero de cinco años del HMS Beagle, con un científico joven y tímido llamado Charles Darwin a bordo. Los resultados
de ese viaje se publicaron en tres volúmenes, los dos primeros escritos por
Fitzroy y el tercero por Darwin.
Su carrera, después, fue un poco irregular. Fue
nombrado sin éxito gobernador de Nueva Zelanda, donde enfureció a los colonos
al apoyar los derechos de los nativos [6]. El tacto no era su
fuerte, y en una ocasión incluso se enzarzó en una pelea ante un club
londinense; por fortuna, sus asaltos a su amable ex colega Darwin, cuya teoría
evolucionaria odiaba, fueron puramente verbales. Tal vez su temperamento,
brillante pero inestable, se debía a sus antepasados: era descendiente directo
de Carlos II y de la avariciosa amante real Barbara Villiers, duquesa de
Cleveland (también ella podía carecer de tacto: en una ocasión a Carlos le
costó todo su poder de persuasión impedirle que combinara su luna de miel con
su confinamiento).
Cinco años después, el almirante Fitzroy se
suicidaría en un ataque de depresión; pero no había ningún signo de inseguridad
o falta de confianza en él cuando presentó su idea sobre aislantes, las mejores
rutas para los cables atlánticos y los métodos para tomar las temperaturas del
mar. Quería recubrir el cable no con gutapercha sino con una forma flexible de
cristal o «sustancia vítrea», una sugerencia que también había sido hecha por
el Príncipe Consorte. El almirante señaló que cuando se sumerge en agua, el
cristal es una sustancia mucho más flexible y manejable que en el aire, y
mencionó el extraordinario hecho (que nadie creerá hasta que lo experimente por
sí mismo) de que una hoja de cristal bajo agua puede cortarse con un par de
tijeras corrientes. El almirante Fitzroy no explicó cómo esto ayudaría a los
cables submarinos. También se aventuró a disentir por completo con la teoría de
los circuitos antiguamente sostenidos generalmente, y tenía la novedosa idea de
que no había necesidad de tener excesivo cuidado para hacer junturas perfectas
cuando se unieran las secciones de cable. Pensaba que una simple unión como la
de un reloj de cadena sería suficiente, y que la elaborada soldadura y limpieza
promovida por los ingenieros eléctricos era innecesaria.
Almirantes, ingenieros, hombres de negocios,
contratistas de cable, científicos… durante semanas y meses dieron sus puntos
de vista y experiencias al comité, mientras que los empleados de la Cámara de Comercio
se esforzaban por anotar los miles de palabras de pruebas. Y entonces, entre
toda la gente pintoresca que apareció en Whitehall, llegó un coronel de
Kentucky con una propuesta que debió de producir gran ansiedad a la Compañía
Telegráfica Atlántica.
El coronel Tal P. Shaffner había construido
muchos de los primeros telégrafos a larga distancia en Estados Unidos,
incluyendo, para usar sus propias palabras, uno «desde el río Mississippi hasta
las fronteras occidentales de la civilización». («¿Quiere decir hasta Kansas?».
«Sí, fue antes de que Kansas fuera colonizado; en aquella época sólo lo
habitaban los indios»).
El coronel no creía que un cable transatlántico
directo fuera una proposición económica, y mostró la transcripción completa de
todos los mensajes transmitidos por la línea de 1858 para demostrar su teoría.
En cada dirección, el cable no había conseguido transmitir más que unos pocos
centenares de palabras al día, y muy pocas de esas palabras habían formado
mensajes comerciales, pues la mayoría eran instrucciones de manejo o intentos
desesperados para descubrir qué iba mal («¿Pueden leer esto?» etc. etc.). Según
los cálculos de Shaffner, un cable submarino de 3.200 km nunca podría pagar el
coste; aunque estuviera en buenas condiciones eléctricas, sería demasiado lento
para resultar de valor práctico.
La alternativa del coronel Shaffner era tender
un cable nortatlántico desde Escocia hasta las islas Feroe, luego hasta
Islandia, luego hasta Groenlandia, y finalmente a Labrador. La longitud mayor
de cable sumergido no superaría los 950 km, y todos los mensajes se volverían a
emitir desde estaciones de tierra en cuanto fueran recibidos, y la sección de
950 km determinaría la velocidad máxima de trabajo. Sería el punto más débil en
la cadena eléctrica; incluso así, sería muy superior a una longitud continua de
3.200 km, pues la teoría indicaba que sería unas diez veces más rápido.
El coronel había gastado mucho tiempo y dinero
promocionando su proyecto, había estudiado la ruta, y había obtenido una
concesión de Dinamarca para la sección Feroe-Islandia-Groenlandia de la línea
propuesta. Lo había hecho ya en 1854, y por tanto debió de ser uno de los
primeros hombres en advertir las posibilidades de la telegrafía transatlántica.
Pero aunque su proyecto parecía atractivo sobre el papel, implicaba construir
líneas de tierra sobre las regiones más desoladas del mundo, y tender cables submarinos
en aguas infestadas de icebergs.
El almirante sir James Ross, quizás el mayor
experto polar de la época, se pronunció con fuerza contra los peligros de los
hielos a la deriva, y concluyó que la línea directa por el sur sería mucho más
segura y fácil.
Si la ruta directa Irlanda-Newfoundland no
hubiera tenido finalmente éxito, parece posible que se hubiera intentado el
plan del coronel Shaffner; de hecho, hoy hay un cable desde Escocia a Islandia
vía las Feroe, aunque nunca se continuó hasta Groenlandia. Resultó que el
coronel subestimó la habilidad de los ingenieros submarinos y pensaba que todos
los cables de 3.200 km resultarían tan malos como el primero. Se equivocó; no
hubo necesidad de utilizar Groenlandia e Islandia como puntos intermedios, y el
caballero de Kentucky perdió su apuesta de un millón de dólares [7].
Tal vez la prueba más dura presentada al comité
fue la del señor Saward, secretario de la Compañía Telegráfica Atlántica, al
relatar sus esfuerzos para conseguir las 600.000 libras necesarias para tender
un nuevo cable. Informó con gran pesar:
Yo mismo he visitado casi todas las casas
capitalistas y mercantiles de Glasgow y Liverpool, y algunos de los directores
me han acompañado para el mismo propósito. Sin duda hemos hecho que muchas
personas nos apoyen, pero lo hicieron como si hicieran una obra de caridad, y
las sumas correspondientes alcanzan…
Pero la ola giraba con
lentitud. Ahora que todas las pruebas habían sido expuestas y los expertos
habían dado su opinión, las razones de los fallos anteriores quedaron claras, y
también quedó claro cómo podían evitarse. El comité resumió su hercúlea labor
de la siguiente forma:
Los fallos de las líneas submarinas existentes que
hemos descrito se deben a causas que podrían haber sido evitadas si se hubieran
hecho investigaciones preliminares. Y estamos convencidos de que si se hubieran
tenido en cuenta los principios que hemos enunciado para diseñar, fabricar,
tender y mantener los cables submarinos, este tipo de empresa habría resultado
un éxito en vez de un desastre.
En otras palabras: hemos
aprendido de nuestros errores; ahora podemos hacer el trabajo. Era cierto, pero
el éxito todavía se encontraba a cinco años en el futuro… todavía tendría que
haber una nueva catástrofe.
Capítulo 9
Al borde del triunfo
El primer problema era
encontrar el dinero. Se ha dicho que nada es más nervioso que un millón de
dólares, y una cantidad superior había desaparecido ya en el Atlántico. A pesar
de las pruebas técnicas, y el hecho de que cables mejorados se estaban colocando
en otras partes del mundo, Cyrus Field tenía ahora una agotadora batalla que
librar. Entre 1861 y 1864 viajó continuamente entre Europa y Norteamérica,
intentando convencer a los capitalistas de que la próxima vez no habría ningún
fallo. Su éxito en su propio país se resume en este párrafo de la biografía que
su hermano Henry escribió sobre él:
El verano de ese año (1862) lo pasó en América,
donde se aplicó con vigor a la tarea de encontrar dinero para la nueva empresa.
Un buen grupo de sólidos hombres de negocios de Boston lo recibió, y le escuchó
con atención que resultaba halagadora, no había duda de que sentían interés en
el tema. Fueron aún más lejos; aprobaron una serie de resoluciones donde
aplaudieron el proyecto del cable telegráfico sobre el océano como una de las
más grandes empresas jamás intentadas por el hombre, que con orgullo encomendaban
a la confianza y el apoyo del público norteamericano. Pero ninguno de ellos dio
un dólar.
En justicia, hay que
recordar que los grandes hombres de negocios norteamericanos tenían ahora una
buena excusa para su falta de iniciativa. La guerra civil estaba en su apogeo y
un país dividido tenía poca energía o ánimos para un proyecto de tal envergadura.
Aún más, las relaciones entre Inglaterra y el Norte se vieron aún más forzadas
por la declaración de neutralidad del 14 de mayo de 1861, donde se concedió a
la Confederación los derechos beligerantes de una nación soberana. El tacto y
los notables poderes de persuasión de Field debieron de ser ejercitados de
pleno mientras viajaba de un lado a otro del Atlántico con una velocidad que
sería incluso notable en estos días de transporte aéreo. ¡En 1864, había
cruzado ya el Atlántico no menos de treinta y una veces al servicio de la
compañía!
Las cosas tardaron más de dos años en ponerse de
nuevo en marcha, y esta vez el proyecto fue extensamente financiado y llevado a
cabo por Gran Bretaña, mientras que sólo una décima parte del capital procedió
de Estados Unidos. El 7 de abril de 1864, los dos contratistas que tenían más
experiencia en la fabricación de cables submarinos se fundieron en una sola
compañía. Hasta esa fecha el núcleo del cable y el aislamiento habían sido
manufacturados en exclusiva por la Gutta Percha Company, y la protección acorazada
por Glass, Elliott & Co. Ahora formaron la Telegraph Construction and
Maintenance Company, que todavía existe y que, con sus asociados, ha construido
la mayoría de los cables submarinos del mundo.
Los directores de la nueva firma, bajo su
presidente John Pender, diputado, confiaban tanto en el proyecto que de
inmediato suscribieron un capital de 315.000 libras esterlinas. El propio Field
tuvo que encargarse de buscar nada menos que 285.000 libras de inversores
privados, y con 600.000 libras en el banco el proyecto pudo comenzar una vez
más.
El siguiente problema fue decidir el diseño del
nuevo cable. Esta vez no había prisa en fabricarlo y colocarlo sin hacer
pruebas adecuadas; todo el mundo sabía lo que había costado esa política.
Docenas de muestras fueron examinadas y sometidas a todo tipo de pruebas
eléctricas y mecánicas; el diseño final aprobado tenía un núcleo conductor tres
veces superior al del cable de 1858, y estaba mucho más acorazado. Podía
soportar sin romperse una tensión de ocho toneladas, comparada con las tres del
cable anterior, y tenía más de 2,5 cm de diámetro. Aunque pesaba una tonelada y
tres cuartos por cada 1.600 m, casi el doble que su predecesor, su peso cuando
se sumergía en agua era en consideración menor. Esto significaba que la tensión
que tendría que soportar cuando estuviera siendo colocado quedaría también
reducida, debido a que había aumentado su flotabilidad. De hecho, 16 km de
cable podían colgar verticalmente en el agua antes de romperse bajo su propio
peso; esto era cuatro veces superior a cualquier peso suspendido de un barco
que surcara el Atlántico Norte, donde nunca podría haber más de 4 km de
profundidad bajo la quilla. En todos los aspectos, el nuevo cable era una
enorme mejora sobre todo lo construido antes. Y sin embargo, a pesar de todo el
cuidado y atención puesto en su construcción, en su interior estaban ocultas
las semillas del desastre.
A finales de mayo de 1865, los 4.183 km de cable
habían sido completados. Su peso era de 7.000 toneladas, el doble del cable
anterior, que requirió dos barcos para ser tendido. Pero esta vez, por uno de
los afortunados accidentes de la historia, el único barco del mundo que podía
transportar esa carga estaba disponible y en busca de empleo. En el cable
atlántico, el fabuloso Great Eastern encontró su destino y por fin consiguió el triunfo que durante
tanto tiempo se le había negado.
Este barco, magnífico pero desafortunado, había
sido botado siete años antes, pero nunca llegó a ser un éxito comercial. Eso se
debió en parte a la estupidez de sus propietarios, en parte a las maquinaciones
de John Scott Russell, a su constructor, brillante pero carente de escrúpulos,
y a los accidentes provocados por las tormentas y el mar [8]. Con 213 m de eslora,
desplazando 32.000 toneladas, el Great Eastern no fue superado en tamaño hasta que se botó el Lusitania en 1906,
cuarenta y ocho años más tarde. Fue creación de Isambard Kingdom Brunel, el
mayor genio de la ingeniería en la época victoriana; quizás el único hombre en
los últimos quinientos años que se ha acercado a Leonardo da Vinci. Brunel
construyó magníficos puentes de hierro y piedra que todavía están en pie (el
Clifton Suspension Bridge de Bristol es el más famoso, aunque se completó
después de su muerte), y tendió soberbias vías de ferrocarril por la mayor
parte del sur de Inglaterra. Era artista e ingeniero, y las implacables
especializaciones que han tenido lugar desde su tiempo hacen imposible que
ningún hombre llegue a igualar sus logros.
De estos logros, el Great Eastern fue el último y más poderoso. Aunque era cinco
veces superior a cualquier barco del mundo, no era un simple ejemplo (como
alguien ha sugerido) de megalomanía. Brunel fue el primer hombre en comprender
que cuanto más grande fuera el barco más eficaz puede ser, porque la capacidad
de transporte aumenta a un ritmo más rápido que la energía necesaria para
impulsarlo sobre el agua (lo primero depende del cubo de las dimensiones
lineares, lo segundo sólo del cuadrado). Al haber advertido esto, Brunel tuvo
entonces el valor de seguir las matemáticas hasta su conclusión lógica, y
diseñó un barco que era lo bastante grande para transportar el carbón necesario
para ir y volver a Australia (poco más de una década antes, los teóricos habían
«demostrado» que era imposible que un barco de vapor cruzara siquiera el
Atlántico).
Con sus cinco chimeneas, seis mástiles, y su
soberbia línea, el Great Eastern sigue siendo uno de los barcos más hermosos jamás construidos,
aunque la ausencia de una superestructura hace que parezca un poco extraño a
los ojos modernos. Es imposible escribir sobre él sin emplear superlativos: sus
paletas de 17 m de diámetro y su hélice de más de 7 m nunca han sido superadas
en tamaño, y ahora nunca lo serán. Este sistema de propulsión dual hizo que
fuera el transatlántico más maniobrable jamás construido; invirtiendo una
paleta, podía girar sobre su propio eje como si estuviera sobre un disco
giratorio.
En 1865, el Great Eastern había arruinado a una sucesión de propietarios y
había perdido más de un millón de libras esterlinas. Puesto en subasta sin
reservas, el elefante blanco flotante fue vendido por sólo 25.000 libras… una
trigésima parte de su coste. Los compradores, encabezados por Daniel Gooch,
presidente de la Great Western Railway, ya habían acordado con Cyrus Field
utilizar el barco para tender los nuevos cables; confiaban tanto en que podría
hacerlo que habían ofrecido sus servicios gratis si se producía un nuevo
fracaso.
Para proporcionar espacio para los enormes
cables, se abrieron tres grandes tanques en el corazón del barco. Los
cilindros, poleas y dinamómetros del mecanismo expedidor ocupaban una gran
parte de la cubierta de proa, y una chimenea y sus calderas fueron retiradas
para dar más espacio. Cuando el barco zarpó de Medway el 24 de junio de 1865,
llevaba 7.000 toneladas de cable, 8.000 toneladas de carbón y provisiones para
quinientos hombres. Como los días de la refrigeración estaban aún lejanos,
también se convirtió en una granja flotante. Su lista de pasajeros incluía una
vaca, una docena de bueyes, veinte cerdos, ciento veinte ovejas y todo un
corral de gallinas.
Muchos de los pioneros (uno diría
supervivientes) de las anteriores expediciones iban a bordo. Entre éstos se
encontraban el propio Field (el único norteamericano entre quinientos
británicos), el profesor Thomson, Samuel Canning, ingeniero jefe de la
Telegraph Construction and Maintenance Company, y C. W. de Sauty, el técnico en
electricidad de la compañía. El comandante del barco era el capitán James
Anderson, pero en todos los asuntos relativos a la colocación del cable Canning
tenía autoridad suprema. El doctor Whitehouse no iba a bordo, ni siquiera como
pasajero.
La división de deberes y responsabilidades del
viaje fue algo inusitada. La Atlantic Telegraph Company (representada
principalmente por Field, con Thomson como su experto consejero) era la
encargada del trabajo, pero como la Telegraph Construction and Maintenance
Company había puesto más de la mitad del capital, fabricado el cable y
aprestado el barco, no iba a dejar que sus clientes interfirieran con las
operaciones de colocación del cable. Por eso Field y Thomson eran virtuales
pasajeros, aunque si el trabajo no se hacía con las especificaciones que habían
dispuesto tenían, por supuesto, derecho a rechazarlo.
Esta vez, con todo el cable en un solo barco, no
había problemas de empalme en mitad del Atlántico: el Great
Eastern navegaría directamente desde
Irlanda a Newfoundland. Gracias a la presencia a bordo de W. H. Russel (que más
tarde se convertiría en sir William), el famoso corresponsal de guerra del
Times, tenemos un registro completo del viaje, que fue más tarde publicado en
un volumen espléndidamente ilustrado con litografías de Robert Dudley.
El extremo del cable fue fijado en la bahía de
Foilhommerum, un lugar salvaje y desolado a unos 8 km de la bahía de Valentia.
Cientos de personas se congregaron para observar desde las colinas cercanas,
que estaban dominadas por las ruinas de una fortaleza de la época de Cromwell.
La escena era parecida a una feria campestre, con malabaristas y todo tipo de
atracciones aprovechando la ocasión. Nada tan excitante había sucedido antes en
este remoto lugar de Irlanda, pero la multitud sufrió la decepción de no poder
ver al Great Eastern. No había necesidad, ni era seguro, que se acercara a la
costa. Permaneció mar adentro mientras el HMS Caroline llevaba a la costa el
extremo del pesado cable y lo desembarcaba sobre un puente de barcos.
El cable fue empalmado a bordo del Great Eastern, y la tarde del 23 de julio de
1865 puso proa a su distante objetivo. Lo escoltaban los barcos de guerra
Terrible y Sphinx, que se colocaron a ambos costados y enviaron a sus
tripulaciones a lo alto de los mástiles para darle un saludo, descargaron sus
amistosas baterías con vigor y recibieron un saludo similar. Izaron sus
colores, y mientras el sol se ponía un amplio abanico de luz dorada se extendió
ante las proas como para indicar e iluminar el rumbo marcado por la mano del
cielo. Se soltó el freno, y mientras el Great Eastern avanzaba, la maquinaria
del aparato expedidor empezó a funcionar, los cilindros empezaron a rodar, las
ruedas chirriaron, y la negra línea del cable empezó a brotar, hundiéndose en
la graciosa curva del mar por la popa.
Como observó Russell,
«feliz es la colocación de cables que no tiene historia». En esta ocasión no
iba a ser menos. A la mañana siguiente, a 130 km de la costa, los instrumentos
indicaron un fallo eléctrico a poca distancia del barco. No se podía hacer más
que izar el cable a bordo hasta encontrar el problema. A primera vista, parecía
una operación fácil. Pero con el Great Eastern en su actual estado, no era así. No podía retroceder y recoger el
cable por la proa, donde estaba siendo tendido, porque no podía virar bien
marcha atrás y además existía el peligro de que el cable se enredara con su
hélice. Así que el cable tuvo que ser asegurado, cortado y los 200 m
trasladados a la proa. Como Russell describe:
Comenzó un ordenado tumulto de hombres con bozas y
maromas por todo el macarrón, y en los obenques, y en los botes, de la proa a
la popa, mientras el cable era izado braza tras braza. Los hombres eran
diestros en su trabajo, pero mientras gritaban e izaban a los lados, sobre los
botes y alrededor de los tambores de las ruedas, tirando y fijando cabos, y
sujetando y soltando las bozas, ninguno podía desprenderse de la sensación de
riesgo y miedo por el cable.
Tardaron diez horas en izar
muchos kilómetros de cable. Cuando se descubrió el defecto, fue muy
preocupante. Un pedazo de alambre de hierro, de dos pulgadas de largo, se había
clavado en el cable, produciendo un cortocircuito entre el núcleo conductor y el
mar. Debió de ser un accidente, pero parecía sabotaje.
Se hizo un nuevo empalme y se comenzó otra vez a
tender el cable. Esta vez sólo habían soltado 800 m cuando el cable quedó en
silencio. Russell observó, desesperanzado:
Una tela de Penélope en veinticuatro horas, de un
simple hilo, era descorazonador. El cable de los tanques principales respondió
a las pruebas a la perfección. Pero el que pasaba al mar estaba malhumorado, y
no rompe su mohíno silencio. Incluso la amable ecuanimidad y confianza del
señor Field se tambaleó en aquella hora suprema, y en su corazón debió de
albergar la idea de que el sueño de su vida no era más que una quimera…
Por fortuna, el defecto se
aclaró: casi seguro que no se encontraba en el cable, sino en los instrumentos
o conexiones de Valentia o del mismo barco. «La luz indicadora reapareció de
repente en la sala de pruebas, y los cansados observadores se alegraron con el
rayo de esperanza una vez más».
Al cuarto día, el 26 de julio, el Great
Eastern se topó con un temporal que
hizo difícil que el Sphinx y
el Terrible se
mantuvieran cerca. Mientras se adelantaba a seis nudos, apenas afectado por las
olas que sacudían a sus pequeños escoltas, el Sphinx poco a poco quedó atrás, hasta perderse de
vista. Fue una seria pérdida para la expedición, porque debido a algún fallo de
previsión el Sphinx llevaba
el único equipo para sondear.
Los dos días siguientes carecieron de
incidentes, y pudieron relajarse. Los letrados caballeros editaron un periódico
del barco con noticias locales y chismorreos, y sería difícil mejorar esta
forma de hacer periodismo:
El profesor Thomson dio una conferencia sobre
«Continuidad eléctrica» ante un selecto público. Tras preparar su aparato, cuyo
objeto principal era una pequeña olla de latón, que parecía una linterna
pequeña con un largo pabilo asomado en lo alto, el distinguido caballero dijo:
«La conferencia que estoy a punto de dar trata sobre un tema que ha sido de
gran interés para las capas intelectuales de la humanidad…». La campana del
almuerzo sonó, y el distinguido profesor se quedó con la palabra en la boca.
A pesar de toda su
erudición, el profesor Thomson no asombraba demasiado a sus colegas, que
parecían tratarle con afecto y respeto. Uno de ellos observó más tarde: «Era un
magnífico camarada, también un buen compañero en los naipes cuando no había
trabajo, aunque a veces, cuando se sumergía momentáneamente en algún arrebato
de meditación, en su abstracción científica, apartaba la mirada de sus cartas y
preguntaba: “¿A quién le toca?”».
Mientras el Great Eastern avanzaba entre las olas, soltando su hilo de hierro
y cobre, había una maravillosa sensación de poder en el Gran Barco y en su
trabajo; era gratificante para el orgullo humano sentir que el hombre dominaba
el espacio, y triunfaba sobre el viento y las olas; que de sus manos, en medio
de la noche eterna de las aguas, había un frágil sendero por el que el
obediente rayo destellaría para siempre con las simpatías, pasiones e intereses
de dos poderosas naciones.
La tarde del séptimo día, cuando ya habían sido
tendidos 1.200 km de cable, las alarmas volvieron a sonar. El fallo estaba
cerca del barco, así que una vez más hubo que cortar el cable, asegurarlo con
maromas, e izarlo para inspeccionar.
Sabíamos que a miles de brazas de profundidad el
extremo del cable se arrastraba por el fondo, sujeto con firmeza por el Great
Eastern a través de su línea de hierro. Si la línea o el cable se rompían, el
cable se hundiría para siempre… Por fin nuestras mentes pudieron descansar: la
cuerda de hierro subía por la borda izada por la maquinaria. Mucho tiempo
después, el extremo del cable apareció sobre la superficie, y fue izado a bordo
y dirigido al tambor. La popa está desierta en estas ocasiones; el chasquido
del mecanismo, antes tan activo, cesa, y la parte delantera del navío se llena
sólo con aquellos enfrascados en el trabajo, y con aquellos que sólo quieren
mirar… los dos motores de extraño aspecto que hacen funcionar las ruedas y
tambores hacen tanto ruido como es posible, y toda la vida se acelera, mientras
con lento esfuerzo el cable es sacado de su lecho de agua.
Hicieron falta diecinueve
horas de este nervioso trabajo antes de que se detectara el fallo, aunque
habrían tardado sólo unos pocos minutos si en la proa hubieran instalado el
equipo adecuado. El cable volvió a ser empalmado, se empezó a tender una vez más,
y un comité de investigación empezó a examinar los trozos defectuosos apilados
sobre la cubierta.
La preocupación se volvió furia cuando se
descubrió que el cable se había cortado de la misma forma que antes, por un
pedazo de alambre. «Ninguno dudó que el alambre había sido introducido por una
mano diestra», comenta Russell, y se señaló que el mismo grupo de hombres
estaba trabajando cuando ocurrió el fallo anterior. La teoría del sabotaje
pareció virtualmente demostrada, y un equipo de inspectores se formó de
inmediato de forma que siempre hubiera alguien en la bodega del cable para
vigilar a los trabajadores.
La mañana del 2 de agosto, el Great
Eastern había completado casi tres
cuartas partes de su tarea. En Valentia, los técnicos recibían señales perfectas
a través de los 2.000 km de cable que habían sido tendidos. Incluso podían
decir, por el suave titilar del punto de luz del galvanómetro, con exactitud
cuándo avanzaba el barco, pues diminutas corrientes eran inducidas en el cable
por el campo del imán de 32.000 toneladas mientras se agitaba adelante y atrás
sobre la superficie del mar.
Y entonces, sin aviso, las señales cesaron.
Pasaron las horas, y siguieron sin llegar mensajes a través de aquel fino hilo
perdido en el Atlántico. Las horas se convirtieron en días; pasó una semana,
luego otra. El Great Eastern y
sus escoltas se habían desvanecido del conocimiento humano por completo como si
el océano se los hubiera tragado.
Capítulo 10
Alegría en el corazón
En Inglaterra, la total
desaparición de la flota telegráfica causó una tormenta de controversia y
especulación. El Great Eastern, decían los pesimistas,
era probable que se hubiese roto con las olas del Atlántico y se hubiese
hundido a plomo; había sido mal diseñado, de todas formas (no había problema en
decir esto, ya que Brunel llevaba seis años muerto). Argumentos y contraargumentos
abundaron en el Times, y en medio de todo el clamor la Atlantic Telegraph
Company convocó una asamblea general extraordinaria. Anunciaron no sólo su
completa confianza en que el cable estaba siendo tendido, sino que declararon
que pronto solicitarían capital para fabricar un segundo cable. Fue un acto de
enorme valor, y estaba plenamente justificado. En mitad del Atlántico, los
hombres del Great
Eastern demostraban
que nunca aceptarían la derrota.
Cyrus Field era uno de los vigilantes de guardia
en el tanque del cable la mañana del 2 de agosto. A las seis de la mañana hubo
un sonido rechinante y uno de los hombres gritó: «¡Allá va un trozo de
alambre!». Field gritó una advertencia, pero no llegó a tiempo al oficial
encargado de la maquinaria expedidora. Antes de que el barco pudiera ser
detenido, el fallo había pasado por la borda.
Esta vez, no fue un cortocircuito completo; el
cable era utilizable, pero no cumplía ya las especificaciones. Aunque el
profesor Thomson pensaba que todavía podía transmitir cuatro palabras por
minuto (lo que sería suficiente) el ingeniero jefe Canning decidió no correr
riesgos. Si completaba el cable, y el cliente rehusaba aceptarlo, su compañía
estaría arruinada. En cualquier caso, recoger una sección defectuosa de cable
era ya cuestión de rutina; los hombres habían adquirido bastante práctica en
este viaje. Canning no tenía ningún motivo para dudar que, después de unas
cuantas horas de retraso, el Great Eastern continuaría los últimos 1.100 km de su viaje. El
cable fue cortado, fijado y el proceso de izado comenzó de nuevo. Mientras esto
tenía lugar, uno de los trabajadores del tanque descubrió algunos cables de
refuerzo rotos en el pedazo de cable que se encontraba inmediatamente junto a
la sección defectuosa; el hierro era quebradizo, y se había roto bajo el
tremendo peso que tenía encima. Esto, dijo Russell, «dio una nueva perspectiva
a los hombres. ¡Lo que habían considerado asesinato podría haber sido
suicidio!».
El Great Eastern se encontraba ahora en aguas de más de dos mil
brazas de profundidad, aunque la profundidad exacta era desconocida debido a la
ausencia del Sphinx con
el único equipo sondeador. Por desgracia, olvidaron transmitir a Irlanda que el
cable iba a ser cortado; si se hubiera tenido en cuenta esta precaución
elemental, gran parte de la ansiedad que se sentiría en Inglaterra durante las
dos siguientes semanas se habría evitado.
Desde el principio, el proceso de recuperación
del cable no fue bien. Primero la maquinaria dio problemas, luego el viento
hizo que el Great Eastern virara,
de modo que el cable no llegaba recto sobre la amura. Empezó a golpear el
barco, y cuando la maquinaria de recuperación empezó a funcionar una vez más,
la tensión del cable resultó ser demasiado grande para la porción debilitada.
«El cable se partió… y con un chasquido se perdió en el mar. A nuestro
alrededor se encontraba el plácido Atlántico, sonriendo al sol, sin nada que
indicara dónde quedaban enterradas tantas esperanzas».
Entonces dio comienzo una batalla solitaria que
iba a encender la imaginación y excitar la admiración del mundo. Samuel
Canning, a pesar de que el Great Eastern no estaba equipado con el material necesario,
decidió recuperar el cable perdido a más de 4.000 m de profundidad en el limo
atlántico. Sus hombres habían recuperado con éxito cables a 700 brazas en el
Mediterráneo, pero la profundidad aquí era tres veces mayor. Aunque el cable
pudiera ser enganchado, muchos dudaban de que pudiera soportar la tensión al
ser izado desde aquel abismo.
Un arpeo de cinco puntas («El garfio con el que
el gigante Desesperación iba a pescar una presa de más de un millón») fue atado
a 8 km de cuerda y bajado por un lado. Tardó más de dos horas en llegar al
lecho marino, pero al menos la pérdida de la tensión mostró que había tocado
fondo. El Great Eastern, que
había navegado varios kilómetros con viento a favor, desconectó sus motores y
quedó bajo la fuerza de las velas, «el mayor barco de vela que verá jamás el
mundo», como señala Dugan. Toda esa noche avanzó con lentitud impulsado por el
viento, mientras el arpeo se arrastraba por la noche aún más oscura del lecho
oceánico. A primeras horas de la mañana del 3 de agosto el garfio encontró
algo, y entonces comenzó el trepidante trabajo de izarlo con su presa
desconocida.
La cuerda del garfio no era en absoluto adecuada
para la labor que estaba haciendo (y que nadie había imaginado necesaria)
porque no era una cantidad continua de cuerda sino dos docenas de secciones de
182 m cada una, unidas por eslabones. Eran los puntos débiles de la cuerda,
pues cuando ya habían izado más de un kilómetro un eslabón se rompió y la
cuerda, el arpeo y el cable que sin duda había enganchado volvieron al fondo.
Para aumentar las dificultades de Canning, cayó
la niebla y fue imposible hacer ninguna observación que pudiera fijar la
posición del barco. Sin embargo, a mediodía del 4 de agosto salió el sol
providencialmente, pudieron ver y descubrieron que el barco estaba a 74 km del
lugar donde el cable se había roto. Se improvisó una gran boya y la lanzaron
por la borda, anclada al fondo por 5 km del propio cable. Ahora el Great
Eastern tenía un punto fijo desde el
que poder trabajar, un indicador en medio del Atlántico.
No pudieron conseguir nada durante los dos días
siguientes debido a un viento desfavorable, pero el 7 de agosto Canning hizo su
segundo intento. Fue una repetición de lo anterior: el cable se enganchó con
bastante rapidez, lo llevaron la mitad del camino hasta la superficie… y otro
eslabón se rompió bajo la tensión.
Después de este infortunio, no quedó a bordo
cable suficiente para llegar al fondo, así que 700 brazas de cuerda se
empalmaron para hacer un cable improvisado. El mal tiempo y la mar picada
retuvieron las operaciones hasta el día 10; entonces lanzaron el arpeo por la
borda, parecieron enganchar algo, pero cedió con demasiada facilidad. Cuando lo
izaron a cubierta, se descubrió que el cable se había enroscado alrededor de
una de las orejas del ancla, impidiendo que el arpeo hiciera su trabajo.
Hicieron el cuarto intento al día siguiente, y
la tarde del 11 de agosto el cable fue enganchado de nuevo.
Era terrible (escribió Russell) estar allí de pie y
ser testigo de la espantosa pugna entre el cable, que cedía con rapidez, el
implacable cabestrante de hierro forjado, y la fiera resolución del negro mar.
Pero era indudable que el Cable Atlántico había sido enganchado, y subía de su
lecho de limo. ¡Qué alternancia de esperanzas y temores! Algunos permanecían en
los salones bajo cubierta, con los ojos fijos en libros que no leían, o dando
rienda suelta a sus sentimientos con notas tristes al piano o al violín. A
ninguno le gustaba ir a cubierta, donde cada sacudida de la maquinaria hacía
que el corazón les saltara a la boca.
Era una noche oscura y
desapacible, y Russell, después de cenar, dejó el salón y recorrió la cubierta
bajo el amparo del tambor de la rueda.
Iba hacia la proa cuando el silbato sonó, y oí
gritos de «¡Detenedlo!» en la popa, y «¡Cuidado!» y exclamaciones agitadas.
Entonces, hubo silencio. Supe de inmediato que todo había acabado. Las máquinas
permanecían silenciosas, y por un instante todos los hombres permanecieron
inmóviles, como convertidos en piedra. Nuestro último perno había saltado. El
cable había cedido, y casi cuatro kilómetros más de cables de hierro y alambre
se añadieron a la maraña del gran laberinto creado por el Great Eastern en el
fondo del océano.
Hubo un profundo silencio a bordo del gran barco. Se debatió contra el timón
por un instante, como si quisiera seguir su rumbo al oeste, y luego se inclinó
ante el mar airado en admisión de la derrota, y se volvió con lentitud para
recibir el sol naciente. Las linternas de señales destellaron desde el
Terrible, «¡Adiós!». Las luces de nuestra cabina taladraron la noche, «¡Adiós!
Gracias» con triste reconocimiento. Entonces cada barco se perdió solitario en
la oscuridad.
La expedición de 1865 había
sido otro fracaso, pero con una diferencia. Había demostrado tantos puntos
importantes que ya no podía haber ninguna duda razonable de que podía tenderse
un cable transatlántico. El Great Eastern había demostrado, con
su estabilidad y su marinería, que era el barco perfecto para la tarea; el
cable mismo era excelente, aunque la débil coraza podía ser mejorada con
facilidad, y, lo más importante de todo, había demostrado que un cable perdido
podía ser encontrado e izado a más de 4.000 m de profundidad. En cierto modo,
por tanto, el mismo fallo engendraba nueva confianza. Incluso así, uno siente
admiración casi rayana en el asombro hacia Cyrus Field y sus colegas cuando
considera su siguiente paso. Decidieron no construir y tender un cable
completamente nuevo, sino volver y terminar el que habían tendido ya en sus
tres cuartas partes.
Para esquivar algunas dificultades legales
provocadas por el fiscal general en Nochebuena, fue necesario crear una nueva
compañía; también fue necesario reunir otras 600.000 libras. A principios de
1866, Field, ayudado por Daniel Gooch y Richard Glass (director de la Telegraph
Construction and Maintenance Company), consiguió hacerlo, y es un tributo a la
confianza que el público tenía ahora en ellos que cuando necesitaron 370.000
libras para completar el capital necesario para la recién nacida Anglo-American
Telegraph Company, fue suscrito en dos semanas.
De inmediato se ordenaron 3.600 km de cable
nuevo y se incorporaron varias mejoras sobre el cable utilizado el año
anterior. Era algo más fuerte, aunque más liviano cuando se sumergía; y lo más
importante, la quebradiza protección había sido sustituida por una variedad más
dúctil hecha con hierro galvanizado.
También se aplicaron grandes mejoras a bordo
del Great Eastern. La
innovación más importante fue la maquinaria que podía izar el cable por la
popa, de modo que ya no tenía que ser transferido a la proa. Se había diseñado
un método de medir la corriente eléctrica continua, así que ahora era imposible
que fueran tendidos varios kilómetros de cable antes de que fuera detectado un
fallo. No menos de 35 km de cable, capaz de soportar una tensión de treinta
toneladas, fue fabricado para reemplazar el cable perdido en mitad del
Atlántico. Y el propio Great Eastern recibió una necesaria limpieza, pues su quilla «estaba cubierta
por una capa de 5 cm de lapas y conchas, y largas algas marinas flanqueaban sus
costados». Quitar estos cientos de toneladas de sedimentos marinos debió de
añadir un par de nudos a su velocidad, y como las paletas habían sido
modificadas para que pudiesen dar marcha atrás con independencia, Samuel
Canning se encontró con un barco mejorado y más maniobrable cuando zarpó del
Támesis el 30 de junio de 1866.
Esta vez, el Almirantazgo sólo pudo ceder un
barco (el HMS Terrible ),
pero la flota telegráfica era más grande que el año anterior, pues la compañía
había fletado el Albany y
el Medway. Este último
llevaba varios cientos de kilómetros del cable del año anterior, así como 150
km de pesado cable para tenderlo sobre el St Lawrence.
Como sir W. H. Russell estaba ahora cumpliendo
su papel más acostumbrado de corresponsal de guerra, tenemos que basarnos en
otros periodistas para recordar este viaje. Según el London News, cuando el
enorme extremo del cable de tierra (que pesaba más de ocho toneladas por
kilómetro y parecía una barra de hierro) fue desembarcado en Valentia sobre un
puente de pontones de cuarenta barcos de pesca,
la ceremonia presentó una sorprendente diferencia
con la del año pasado. Fue manifiesta una serena gravedad y una fija
determinación por reprimir toda muestra de entusiasmo de la que todos harían
gala. Había algo mucho más conmovedor en la tranquila y reverente solemnidad de
los espectadores que en la alegría de los campesinos del año pasado. Las
ancianas con sus ropas ajadas que se arracimaban, pipa en boca, con sus viejos
pañuelos sobre la cabeza y bajo la barbilla, los niños descalzos, los parches
de colores brillantes suministrados por capas y enaguas, la ropa remendada que
no se caía a pedazos por trozos de hilo y cinta…
Así eran los habitantes de
esta pobre región; puede comprenderse su interés en el cable mágico que
conducía a la tierra donde habían marchado tantos paisanos suyos en busca de
una vida mejor.
A 50 km mar adentro, el Great
Eastern esperaba la sección especial
del cable de costa, diseñado para resistir los mares furiosos y las anclas para
mayor seguridad. Cuando el extremo fue izado a bordo,
manos rápidas y febriles rasgaron la cobertura del
cable de la costa y el cable principal, hasta llegar al núcleo; luego, tras
desenrollar con rapidez los cables de cobre, los unieron, retorciéndolos con
tanto cuidado y fuerza como si fuese una trenza de seda. Entonces, este
delicado hijo del mar fue envuelto en tela, cubierto con muchas capas de
gutapercha, y cuerda de cáñamo, y fuerte cable de hierro, y todo fue rodeado
una y otra vez con pesadas tiras, y el empalme quedó completado.
Y así, el viernes 13 de
julio de 1866 el Great Eastern zarpó una vez más de
la bahía de Valentia. A quienes no gustaba la fecha se les recordó que Colón
zarpó hacia el nuevo mundo un viernes… y también llegó en uno.
Al ritmo firme y sin incidentes de cinco nudos,
la obra maestra de Brunel se internó en el Atlántico, tendiendo el cable con
regularidad milimétrica. El único incidente en los catorce días fue cuando el
cable que surgía del tanque se enganchó en una bobina adyacente, y se creó una
maraña que ocasionó momentos de ansiedad antes de que fuera desenredada.
En Inglaterra, donde el progreso de la
expedición era conocido al minuto, la excitación y la confianza se acumulaban
día a día. Sin embargo, en Estados Unidos fue distinto, pues no había noticias
de lo que estaba sucediendo, ni podría haberlas hasta que los barcos llegaran…
si lo hacían. Algunos espectadores esperaban en Newfoundland, pero como señala
Henry Field
no tantos como el año pasado, pues el recuerdo de
la decepción era demasiado fresco, y temían de nuevo el mismo resultado.
Pero con todo había unos pocos fieles que montaban guardia cada día. Es la
mañana del viernes 27 de julio. Se levantan temprano y miran hacia el este para
ver nacer el día, cuando se ve un barco en lontananza. Los catalejos se vuelven
hacia él. Se acerca, y luego hay otro, y otro. Y ahora la quilla del Great
Eastern aparece toda gloriosa en el cielo de la mañana. ¡Ahí vienen! Al instante
todo es excitación. El Albany es el primero en entrar en la bahía. El Terrible
le sigue de cerca. El Medway se detiene una hora o dos para preparar el pesado
cable de la costa, mientras el Great Eastern, deslizándose con suavidad como si
no hubiera hecho nada notable, suelta el ancla delante de la casa de
telégrafos, después de arrastrar tras de sí una cadena de 3.200 km, para unir
el viejo mundo con el nuevo.
Ningún nombre podía ser más
adecuado que el del lugar del desembarco: Heart’s Content, alegría en el
corazón. Era
una cala a cubierto donde los barcos podían echar
el ancla y ponerse a salvo de los temporales. No es más que una caleta del gran
brazo de mar conocido como Trinity Bay, que tiene 90 o 100 km de largo, y
treinta de ancho (el lugar de desembarco para la expedición de 1865 estaba en
la bahía de Bull’s Arm, en la cabeza de Trinity Bay, 30 km al norte).
Heart’s Content fue elegido
ahora porque sus aguas son tranquilas y profundas y un cable que bordee la
parte norte de las orillas de Newfoundland puede ser introducido en aguas
profundas hasta que toque la orilla. La tierra alrededor forma cumbres cubiertas
de pinos; y aquí la flota telegráfica, después de su memorable viaje,
permaneció tranquila, bajo la sombra de las colinas circundantes.
En cuanto el Great Eastern quedó anclado, el capitán Anderson y sus
oficiales desembarcaron y asistieron a misa en la iglesia local, donde el
predicador, no con mucho tacto, se dirigió a ellos con el texto «Ya no habrá
más mar» (un edicto, según Kipling en The Last Chantey, que causó tanta
protesta en el cielo que tuvo que ser eliminado:
¡A la gloria del Señor
que oyó a los tontos marineros y les devolvió
su mar!).
El triunfo quedó empañado
por una leve molestia: el cable de St. Lawrence se había roto, y por eso hubo
un retraso de dos días antes de que la conexión telegráfica con Estados Unidos
pudiera completarse. Nueva York no recibió hasta la mañana del domingo 27 de
julio este mensaje: «Heart’s Content, 27 de julio. Llegamos a las nueve de la
mañana. Todo bien. Gracias a Dios, el cable está tendido y en perfecto
funcionamiento. Cyrus W. Field».
El primer día de funcionamiento, el nuevo cable
ganó 1.000 libras esterlinas. Por fin el mar devolvía las fortunas que había
engullido. Field estaba agradecido, pero su propio corazón todavía no tenía
alegría. Había un trabajo más que hacer; ni él ni los hombres del Great
Eastern podrían descansar mientras en
el Atlántico, a 1.100 km de distancia, yaciera el extremo roto del cable del
verano anterior en la helada oscuridad bajo su maraña de eslabones de hierro.
Capítulo 11
Batalla en el fondo del mar
Tan ansiosa estaba la flota
telegráfica por reemprender su batalla contra el Atlántico que el Albany y el Terrible dejaron
Newfoundland casi de inmediato, y se encontraron en mitad del océano cinco días
después. El Great Eastern tardó un poco más en
ser aprestado; 950 km del cable de 1865 y varias miles de toneladas de carbón
tuvieron que ser cargados. El cable había venido en el Medway, el carbón en una pequeña flota de cargueros
enviados desde Inglaterra, uno de los cuales había naufragado en el camino.
El 9 de agosto el Great Eastern y el Medway zarparon de nuevo, para encontrarse con el Albany y el Terrible tres días más tarde. Los dos barcos ya habían
marcado con boyas la línea del cable perdido y entonces, «como gigantescas aves
marinas con las alas plegadas, esperaron a su presa». El Albany había hecho un valiente intento para alzar el
cable con su propia maquinaria, y había conseguido engancharlo y acercarlo a la
superficie antes de que volviera a perderse en las profundidades.
El Great Eastern se detuvo a unos pocos kilómetros de la línea de
balizas y lanzó su arpeo y su cabo de 3 cm de grosor. Cuando llegó al fondo,
empezó a acercarse a las boyas, con la esperanza de que, después de uno o dos
barridos, el cable fuera enganchado. Pero no fue tan fácil. Una y otra vez
el Great Eastern pasó de
un lado a otro sin resultado. A veces Cyrus Field iba a la proa, se sentaba
sobre el cabo, y decía según sus vibraciones que el arpeo estaba arrastrándose
sobre el lecho marino 3.200 m más abajo. El suelo oceánico
demostró ser blando limo. Cuando el cabo bajaba,
cien o doscientas brazas del final se arrastraban sobre el suelo, y cuando
subía, estaba cubierto con limo, muy fino y blando como barro, cubierto de
conchas diminutas. Pero no todo era limo en el fondo del mar, ni siquiera en
esta llanura. Había rocas ocultas en aquella amplia llanura. A veces la tensión
del dinamómetro subía bruscamente tres o cuatro toneladas, y bajaba de nuevo,
como si el arpeo hubiera sido prendido y se hubiera roto. Una vez subió con dos
de sus garfios doblados, como si hubiera entrado en contacto con una gran roca…
El cable no fue enganchado
hasta la noche del 16 de agosto. Por la mañana fue izado a la superficie, y
brotó un gran aplauso cuando el tesoro perdido de la compañía regresó a la luz
del día.
A todos nos sorprendió el hecho de que la mitad del
cable estaba cubierta de limo, manchada de un blanco fangoso, mientras la otra
mitad estaba en el estado en que dejó el tanque, lo que demuestra que yació en
la arena sólo medio cubierto. La tensión del cable lo había torcido, y parecía
que había sido pintado en espirales blancas y negras…
Por desgracia, el cable
había quedado debilitado por la tensión al alzarlo, y antes de que pudiera ser
asegurado de forma adecuada se rompió y volvió a caer al mar. Había sido
visible sólo durante cinco minutos, como para burlar a sus buscadores. Casi parecía
que la suerte de la expedición había cambiado una vez más. Día tras día, la
búsqueda continuó sin éxito. A veces el cable era enganchado, pero siempre se
rompía.
Hubo una amarga decepción cuando el Albany consiguió subir un extremo a bordo… sólo para descubrir
que lo hacía con demasiada facilidad. Simplemente había capturado un fragmento
de 3.700 m de largo, desprendido en anteriores intentos de izarlo.
Los suministros empezaban a acabarse, y el Terrible, que llevaba un mes en el mar, tuvo que regresar a la
base. Su tripulación estaba ya a base de media ración, pero el capitán ordenó
dar media vuelta con reluctancia, «lamentando su destino, como un valiente
oficial a quien le ordenan retirarse en mitad de la batalla».
A finales de agosto, los barcos restantes
decidieron intentar nuevas tácticas. Avanzaron 160 km hacia el este,
internándose en aguas algo más profundas, y lanzaron el arpeo por trigésima
vez. Otra vez fue prendido el cable… pero esta vez lo alzaron sólo la mitad del
trayecto hasta la superficie y lo dejaron allí con balizas, mientras el Great
Eastern se desplazaba unos cuantos
kilómetros y lanzaba otra vez el arpeo. Ahora que el cable estaba asegurado en
dos puntos, la tensión no era tan grande, y después de tirar con paciencia
durante veinticuatro horas, el gran premio fue por fin izado a bordo.
De inmediato el extremo fue llevado a la sala de
los técnicos en electricidad, el núcleo fue desnudado, y se conectaron los
instrumentos para ver si Irlanda estaba aún al otro extremo de la línea. Era
posible que todos aquellos duros esfuerzos fueran en vano si el cable había
desarrollado un defecto en su longitud, o hubiera resultado dañado de algún
modo durante el año que había estado sumergido. Una silenciosa multitud se
agrupó para esperar el veredicto; de los muchos momentos de tensión que había
conocido el Great Eastern,
éste era quizás el más dramático. Como describe Henry Field:
… la habitual tranquilidad de la sala de
pruebas aumenta, el tictac del cronómetro se hace monótono. ¡Pasó casi un
cuarto de hora, y todavía ninguna indicación! De repente el sombrero del
técnico vuela, y el hurra británico estalla de sus labios, resuena por toda la
cubierta con una andanada de vítores. Por toda la cubierta, por todo el barco,
el reprimido entusiasmo rebosa; e incluso antes de que la sala de pruebas quede
despejada, los rugientes bravos de nuestros cañones ahogaron los hurras de la
tripulación, y el zumbido de los cohetes se oyó en el claro aire de la mañana
para saludar a nuestros barcos-consorte con la alegre inteligencia…
La escena al otro extremo
del cable fue menos exuberante aunque, a su modo, igual de conmovedora. Ha sido
maravillosamente descrita en el Spectator:
Noche y día, durante todo un año, un técnico ha
estado siempre de guardia, observando el diminuto rayo de luz a través del cual
se dan las señales, y dos veces al día ha sido probada la conductividad y el
aislamiento de todo el cable (2.000 km). El objeto de la observación del rayo
de luz no fue por supuesto la espera de ningún mensaje, sino simplemente
mantener un registro adecuado del estado del cable. A veces, de hecho, llegaron
mensajes descabellados e incoherentes de las profundidades, pero no eran más
que el resultado de tormentas magnéticas y corrientes de tierra, que
deflectaron con rapidez el galvanómetro, y propiciaron las palabras más
extraordinarias y a veces incluso frases sin sentido. De repente, un domingo
por la mañana, mientras el señor May vigilaba la luz, observó una peculiar
indicación, que demostró de inmediato a su ojo experimentado que estaba próximo
un mensaje. En unos pocos minutos el inestable centelleo adquirió coherencia, y
el cable empezó a dar señales exactas en vez de los signos apresurados, el
habla rota y los gritos inarticulados del inculto Atlántico. Después de un
largo intervalo en el que no nos trajo más que los caprichosos y a veces
delirantes murmullos del mar, las palabras «Canning a Glass» debieron de
parecer las primeras palabras racionales murmuradas por un paciente febril,
cuando los espasmos han cesado y su consciencia regresa.
Se hizo el empalme, y
el Great Eastern se volvió una vez más hacia el oeste. Esta
vez, todo el mundo pudo seguir su avance. El barco podía hablar con Europa a
través del cable que estaba tendiendo; Europa podía hablar con Norteamérica a
través del cable que ya estaba tendido. Hubo escenas de tremenda excitación en
Heart’s Content cuando, a pesar de un encuentro con una severa tormenta,
el Great Eastern llevó su segundo cable transatlántico sólo
cuatro semanas después de haber llegado con el primero. La larga y agotadora
batalla había terminado. Desde ese día, Norteamérica y Europa nunca han estado
fuera de contacto más de unas cuantas horas seguidas.
El rey de los mares, completado su triunfo, se
volvió de nuevo hacia el este. El primer barco que superaría su tamaño estaba
todavía a cuarenta años en el futuro, y muchos recuerdos debieron de pasar por
la mente de Cyrus Field cuando se despidió de sus amigos. «Mientras bajaba del
barco, el comandante gritó “¡Denle tres hurras!”. “¡Y tres más por su
familia!”. Los resonantes vítores de la valiente tripulación fueron los últimos
sonidos que oyó. Las paletas del Great Eastern empezaron a moverse, y ese noble navío, con su
noble compañía, partió hacia Inglaterra».
La palabra «noble» era apropiada. La reina
Victoria, quien junto con el Príncipe Consorte siempre había estado enormemente
interesada en el proyecto, nombró de inmediato caballeros a Thomson, Glass y
Canning, así como al capitán Anderson. Daniel Gooch se convirtió en barón,
igual que Lamspon, presidente ejecutivo de la Atlantic Telegraph Company. Tal
vez no deberíamos ser criticones, ya que hubo suficientes honores para todos, y
todos lo merecían; pero parece un poco extraño que se concedieran distinciones
más altas a los hombres que proporcionaron el dinero que a los que hicieron el
trabajo.
Lo bien que lo habían hecho quedó demostrado por
un famoso experimento llevado a cabo en Valentia por el experto técnico Latimer
Clark unas semanas después de que el segundo cable fuera tendido. Dio la orden
de que se conectaran los dos extremos del cable de Newfoundland, proporcionando
así un circuito submarino de más de 6.400 km de longitud. Y a través de esos
6.400 km pudo enviar señales claras, usando como fuente de energía una batería
hecha con el dedal de plata de una dama que contenía unas cuantas gotas de
ácido. Por desgracia, no hay ningún registro de lo que pensó el doctor
Whitehouse, cuyas bobinas de inducción de 2 m estaban ahora criando polvo, ante
esta definitiva refutación de sus teorías de fuerza bruta.
Nunca llueve a gusto de todos; el logro de la
telegrafía transatlántica dio un golpe mortal a una empresa poderosa y ahora
olvidada al otro lado del globo. El proyecto del coronel Shaffner para una
línea vía Groenlandia ya ha sido mencionado en el capítulo 8; no llegó a nada,
pero un plan alternativo mucho más grandioso estaba en marcha cuando el Great
Eastern regresó triunfal a Inglaterra:
la llamada «Línea Terrestre a Europa», un circuito telegráfico que se extendía
desde Norteamérica a través de la Columbia Británica, Alaska, Siberia y Rusia.
En vez de 3.200 km de cable submarino habría 25.700 km de línea terrestre; el
estrecho de Bering, por supuesto, no presentaba ningún problema serio.
Convencida de que el cable atlántico, aunque
pudiera ser colocado, no sería económico, la Western Union Company empezó a
trabajar en la Línea Terrestre en marzo de 1864. Fletó barcos, organizó
expediciones de tierra y llevó a cabo exploraciones en las yermas y despobladas
regiones por las que pasaría el telégrafo. Tres años de esfuerzos y tres
millones de dólares fueron invertidos en el proyecto. Los ingenieros y
trabajadores estaban todavía entusiasmados a pesar de las penalidades que
habían soportado, cuando un barco que pasaba llevó la noticia a su remoto
campamento siberiano de que ahora no había uno, sino dos cables conectando
Europa con Norteamérica.
Robert Luther Thompson, en su trabajo histórico
Wiring a Continent, narra de forma amena la forma cómo se derrumbó el gran
proyecto:
Abrieron una especie de bazar internacional y se
dispusieron a acabar con los materiales sobrantes de la mejor manera posible.
Redujeron el precio del cable telegráfico hasta que ese lujo estuvo al alcance
de la más pobre familia de Korak. Inundaron el mercado con picos y palas, que
aseguraron a los nativos servirían para enterrar a los muertos, y entonces les
vendieron pepinos en salmuera helados que, garantizaron, fortalecerían la salud
de los vivos. Enseñaron a los nativos a hacer bebidas refrescantes y bizcochos
calientes, para crear una demanda de sus zumos de lima y su levadura sobrantes.
Dirigieron todas sus energías a la creación de necesidades artificiales en
aquella comunidad, antaño feliz y contenta. Pero al final el mercado se negó a
absorber más picos y soportes; el cable telegráfico no hacía redes de pesca tan
buenas y arneses para los perros como los norteamericanos predecían, y el zumo
de lima, incluso cuando se bebía fuera de los contenedores de cristal, bien
teñido de verde, no parecía apropiado para la mente aborigen…
Así, como un ejército
derrotado deja sus posesiones en el campo de batalla, los trabajadores e
ingenieros regresaron a casa. Sin embargo, aunque fracasaron en una empresa,
habían conseguido algo de igual importancia. Habían abierto la Columbia
Británica, y habían atraído la atención de Estados Unidos hacia la región,
hasta entonces ignorada, conocida por la «América rusa». El año en que la Línea
Terrestre fue abandonada, el territorio sobre el que habría pasado fue
adquirido a Rusia, principalmente por la instigación del secretario de Estado
Seward, quien tuvo que enfrentarse con tanta oposición en el Congreso como la
que encontraron Cyrus Field y el cable atlántico diez años antes; pero ahora se
reconoce que Estados Unidos hizo un buen negocio cuando compró Alaska por
7.200.000 dólares.
En cuanto a Cyrus Field, la gran obra de su vida
estaba ahora completa, aunque sólo tenía cuarenta y siete años. La forma en que
vio esa obra se demuestra mejor con sus propias palabras, en un discurso que
dio en el banquete ofrecido en su honor por la Cámara de Comercio de Nueva York
el 15 de noviembre de 1866. Son todavía tan válidas como cuando fueron
pronunciadas hace más de un siglo:
Como el telégrafo atlántico nos proporciona
relaciones más cercanas con Inglaterra, puede producir una mejor comprensión
entre los dos países. Las palabras de censura contra Inglaterra saldrán de
otros labios, no de los míos. He recibido demasiada amabilidad de los ingleses
para unirme a este lenguaje. He comido su pan y bebido su vino, y he recibido
de ellos, en las horas más sombrías de esta empresa, palabras de ánimo que
nunca olvidaré; y si alguna palabra mía puede producir paz y buena voluntad, no
la escatimaré. Norteamérica con toda su grandeza ha surgido de las entrañas de
Inglaterra, y aunque a veces haya habido peleas familiares, en nuestros
corazones sigue habiendo amor por nuestro antiguo hogar, la tierra de nuestros
padres; y quien busque pelea entre dos naciones que son una en raza, en lengua
y en religión es un enemigo de su patria y de la raza humana.
El año siguiente a la
apertura del cable, el Congreso enmendó su antiguo tratamiento y concedió a
Field un voto unánime de agradecimiento y una medalla de oro… que debido a la
estupidez de un empleado del gobierno tardaría varios años en llegarle. Había conseguido
la fama en su propio país, al que también sirvió de muchas otras formas.
Después de la guerra civil, ayudó a suavizar las controversias que se
desarrollaron entre Inglaterra y Estados Unidos, y cuando el presidente
Garfield fue asesinado en 1881 Field creó la fundación que recogió 362.000
dólares para sus familiares. Unos cuantos años más tarde intentó lanzar una
suscripción de ayuda a Grant, entonces enfermo y con problemas financieros,
pero una carta del orgulloso general lo detuvo.
Estos actos son prueba de la generosidad de
Field, y es triste decir que en sus últimos años de vida le asaltaron problemas
monetarios y personales. Cuando tenía más de setenta años, descubrió que
algunos de sus socios habían devaluado sus acciones, y que sólo le quedaban
unos pocos miles de su otrora considerable fortuna. Sin embargo, dos años antes
de su muerte, sucedida en 1892, a la edad de setenta y tres años, tuvo la
felicidad de celebrar sus bodas de oro rodeado de sus siete hijos y numerosos
nietos.
Hay pocos hombres que hayan logrado tanto ante
obstáculos tan abrumadores. Y lo hizo sin la implacable brutalidad que
caracterizaba a muchos de los otros financieros de la época. Según uno de sus
contemporáneos, era a la vez visionario y caballeroso, pero a causa de su
propia sinceridad a veces subestimaba el egoísmo y la ingratitud de los demás.
Sir William Thomson, por otro lado, adquiriría
aún más fama después de que el cable de 1866 fuera colocado. Cuatro años más
tarde consiguió crear un instrumento que registraba de forma automática incluso
las señales más débiles, para que hubiera un registro permanente grabado. Es
difícil imaginar cuál debió de ser la tensión de los empleados de telégrafos
antes de que este problema fuera resuelto: tenían que permanecer sentados
durante horas seguidas, contemplando un punto de luz titilando de un lado a
otro… y si apartaban los ojos un momento se perdía una palabra o una letra. No
es sorprendente que uno de los testigos de la investigación de 1861 declarara
que las discusiones entre los operadores eran una seria causa de tiempo
perdido, pues los empleados a veces se volvían tan irritables que se negaban a
trabajar.
En su previo galvanómetro de espejo, Thomson
había utilizado un rayo de luz para proporcionar un señalizador sin peso y sin
fricción; ahora produjo una pluma sin fricción. El corazón de su grabador de
sifón era un tubo de cristal muy fino, curvado en forma de U. Un extremo se
introducía en un frasco de tinta, mientras que el otro se sostenía a una
fracción de pulgada por encima de una cinta de papel móvil. No había contacto
físico, ni fricción, entre pluma y papel; la tinta estaba electrificada, de
forma que el papel la atraía y saltaba la distancia sin producir ningún roce
mientras la pluma escribía sus puntos y rayas en forma de una continua línea
temblorosa. Este duradero instrumento todavía se usaba bien avanzado nuestro
siglo.
Thomson sacó buen provecho a sus inventos; no es
ninguna coincidencia que el año en que produjo su grabadora de sifón también
comprara su yate Lalla Rookh. Después de eso pasó gran parte de su tiempo en el
mar, a menudo probando más inventos. Uno de los más importantes fue un nuevo
método de hacer mediciones submarinas, usando cuerda de piano en vez de las
cuerdas de cáñamo que se empleaban con anterioridad. Los sondeos podían ahora
hacerse mientras un barco estaba en marcha, pues el fino cable era mucho menos
afectado por el tirón del agua. Thomson no era un marino teórico; una vez surcó
el golfo de Vizcaya usando sólo su nueva máquina sondeadora, que ni siquiera ha
dejado obsoleta el moderno sonómetro. Y revolucionó el diseño de la brújula de
los marineros, a pesar de la habitual oposición de los lores del Almirantazgo.
También es agradable anotar que las actividades
telegráficas de Thomson le produjeron felicidad personal además de riqueza. Era
viudo cuando conoció a su segunda esposa en una expedición para tender un cable
a Sudamérica. A lo largo del siglo diecinueve su fama fue aumentando. En 1892
fue nombrado lord Kelvin de Largs, y cuando murió en 1907 su larga vida había
abarcado el golfo casi inimaginable entre la primera locomotora de vapor y el
primer aeroplano. Sin embargo, durante todo este tiempo (aunque nunca llegó a
saberlo), había estado enfrascado en una búsqueda inútil. Hasta el final se
esforzó por comprender el universo en términos mecánicos; era casi como si
esperara que algún día la ciencia pudiera producir a través de la ingeniería un
mapa del átomo.
Hoy sabemos de la futilidad de ese sueño: sólo
una docena de años después de que lord Kelvin de Largs fuera enterrado en la
abadía de Westminster, la primera prueba con éxito de la Teoría de la
Relatividad demostró que el universo es un lugar mucho más extraño de lo que
imaginaba.
Capítulo 12
Un cinturón alrededor de la Tierra
Con dos cables submarinos
funcionando a través del Atlántico, no podía haber más dudas sobre el futuro de
este método de comunicación. A partir de 1866, los cables se extendieron a gran
velocidad por los mares y océanos del mundo. En 1869 el Great Eastern tendió su tercer cable atlántico, esta vez de
casi 4.800 km de largo, entre Francia y Estados Unidos. En 1870, Gran Bretaña y
la India quedaron unidas (de nuevo por el Great Eastern), y los fracasos de una década anterior quedaron redimidos. Antes, los
telegramas tardaban una semana en llegar a la India por la ruta de tierra, y
con frecuencia llegaban en un estado indescifrable después de haber sido
repetidos por empleados de muchas nacionalidades diferentes. El cable submarino
evitaba todos los problemas lingüísticos y políticos, y Londres podía ahora
obtener una respuesta de Bombay en cuestión de minutos. Un año después, en
1871, se llegó a Australia a través de Singapur, y en 1874 se colocó el primer
cable a través del Atlántico Sur, conectando Brasil con Europa vía las islas de
Madeira y San Vicente. Antes de terminar su carrera, el Great Eastern colocaría cinco cables atlánticos.
Pocas cosas son más aburridas que un recuento
del éxito continuo e ininterrumpido; cuando la flota telegráfica ancló en
Heart’s Content el 27 de julio de 1866, los días aventureros de los pioneros
habían acabado, y con ellos la excitación que engendraban. A partir de entonces
la historia fue sobre todo de un sencillo desarrollo comercial, como demuestra
el hecho de que cuando terminó el siglo se habían colocado no menos de quince
cables a través del Atlántico Norte. Los cables de 1865 y 1866 duraron cinco
años antes de que tuvieran que ser reparados, pero secciones del cable de 1873
de Irlanda a Newfoundland estaban todavía en funcionamiento después de más de
un siglo de servicio. Una vez que un cable bien diseñado ha sido colocado en
aguas profundas, hay muy pocas cosas que pueden impedir que funcione, y sin
contar los accidentes su lapso natural de vida se mide por décadas. Pero como
veremos en el siguiente capítulo, los accidentes pueden darse y de hecho se dan
en el lecho del océano.
La misma longevidad del cable submarino (casi
sin precedentes para ningún artilugio técnico), ha actuado en cierto modo como
freno para el progreso de la telegrafía a larga distancia. Cuesta muchos
millones tender un cable transoceánico, y aunque alguien invente uno mucho
mejor diez años más tarde, hay poca incentiva para abandonar una pieza de
equipo que puede estar medio siglo en funcionamiento. Durante sus primeros cien
años, como veremos más tarde, hubo sólo tres mejoras importantes en el diseño
de los cables submarinos; fue el equipo transmisor y receptor el que cambió
hasta ser irreconocible, de los días en que un telegrafista tecleaba a un extremo
de la línea y otro observaba una aguja o un punto de luz bailando en el otro
extremo.
En los días de la operación manual, los mensajes
tenían que ser anotados y repetidos en cada estación a lo largo del cable;
podía haber seis o más repeticiones en una línea larga, con todas las
posibilidades de error y retraso que representaban. Había obviamente una
urgente necesidad de crear un aparato que recibiera de forma automática las
señales tal como llegaban de una sección del cable y las transmitiera a su vez,
como si fueran nuevas, a la siguiente, por muy débiles y distorsionadas que
pudieran llegar.
Ampliar o magnificar la señal de llegada (aunque
hubieran sabido cómo hacerlo en 1870) no era suficiente, porque eso también
ampliaría las imperfecciones que la señal hubiera recogido durante su viaje a
través de la línea. Después de dos o tres etapas, sería imposible distinguir un
punto de una raya.
Lo que se necesitaba era un instrumento que
pudiera ejecutar las mismas funciones que los relés humanos, los telegrafistas.
Reconocían si la señal que llegaba era un punto o una raya, y enviaban una
señal nueva si habían hecho una identificación adecuada.
Hasta los años veinte de nuestro siglo no hizo
su aparición un instrumento capaz de hacer eso. Su nombre, el «regenerador»,
describe su función a la perfección. Escrutaba cada impulso que venía en la
línea, decidía si era un punto o una raya y luego hacía un nuevo punto o una
raya que no era sólo una mera copia del que llegaba, sino material
completamente nuevo.
En este punto, hay que explicar que aunque las
compañías telegráficas todavía emplean el código Morse (además de otros
códigos), los términos «punto» y «raya» son algo confusos, pues los dos
elementos básicos del código no se distinguen ya por su longitud. Cuando un boy
scout envía señales en Morse con su linterna o haciendo sonar una bocina,
emplea los anticuados puntos y rayas, y un SOS viene a ser algo así como:
Dit Dit Dit Da Da Da Dit Dit Dit
o
Flick Flick Flick Flash Flash Flash Flick Flick
Flick,
donde las rayas duran
alrededor del doble que los puntos. Esto no es económico ni conveniente para el
funcionamiento automático, y en el código normal por cable un punto dura tanto
como una raya. Se distinguen convirtiendo al punto en un pulso de corriente
negativa, y la raya de positiva. Así, un SOS en código por cable sería, en
términos de una aguja móvil o un punto de luz
Izquierda Izquierda Izquierda Derecha Derecha
Derecha Izquierda Izquierda Izquierda
Cuando, por ejemplo, se
envía un mensaje desde Londres a Hong Kong, puede que pase a través de una
docena de regeneradores antes de alcanzar su destino aproximadamente un segundo
más tarde. En cada estación intermedia (Porthcurno en Cornualles, Caravelos en
España, Gibraltar, Malta, Alejandría, Suez, Port Sudan, Aden, las Seychelles,
Colombo, Penang, Singapur) todos los puntos y rayas habrán sido escrutinizados
y repetidos más rápido de lo que el ojo puede observar las máquinas
funcionando. Y hoy no hay ni siquiera un operador humano al extremo de la
línea; el mensaje se imprime de forma automática en una cinta de papel, se pega
a un impreso de telegrama y se entrega al interesado.
Uno de los más importantes desarrollos en los
primeros días de la telegrafía submarina fue el modo de enviar señales
simultáneas en cada dirección, un truco útil que casi dobló la capacidad del
circuito. Esto se conoce por operación dúplex, y como muchas otras hazañas
eléctricas parece algo milagroso hasta que te muestran cómo se hace. El secreto
se encuentra en hacer que el receptor de tu extremo de la línea sea insensible
a los impulsos que estás transmitiendo, mientras que sigue siendo capaz de
detectar las señales que llegan. Cuando uno se para a pensarlo, se advierte que
la naturaleza ha hecho exactamente lo mismo con nuestro sentido del oído.
Cuando hablamos, no podemos oír nuestra propia voz excepto como un leve
fantasma del original, como demuestra ampliamente el hecho de que nadie
reconoce una grabación de sí mismo. Pero podemos oír a otra persona hablar,
aunque estemos hablando al mismo tiempo. Lo mismo sucede con los instrumentos
telegráficos que operan en un circuito dúplex.
El siguiente desarrollo, que en algunos aspectos
parece todavía más notable, fue el funcionamiento multiplex, donde varios
mensajes podían ser enviados en la misma dirección al mismo tiempo. Así, un
cable puede transmitir ocho mensajes separados de forma simultánea, cuatro en
cada dirección. Una vez más, el truco fue simple, aunque como es normal la aplicación
práctica fue mucho más difícil que la teoría. Un rápido interruptor conectaba
por turnos la línea a cada uno de los instrumentos transmisores; cada uno usaba
la línea durante una fracción de segundo, y luego ésta pasaba al siguiente
transmisor. En el otro extremo, los instrumentos receptores se conectaban y
desconectaban al mismo ritmo. Es como si cuatro personas con un solo teléfono
hicieran turnos para hablar con otras cuatro personas al otro lado del hilo,
hablando por ejemplo un minuto en estricta rotación. Con el uso de estas
técnicas, fue posible en los años treinta enviar hasta cuatrocientas palabras
por minuto por el más moderno de los cables atlánticos. Esto es aproximadamente
un centenar de veces superior a lo que podía hacer el cable de 1858, incluso en
aquellos raros momentos en que funcionaba bien.
Uno de los resultados de la rápida expansión del
sistema telegráfico submarino sobre la faz del globo fue que algunos lugares
muy extraños y remotos, que con anterioridad no fueron más que nombres en el
mapa (y a veces ni siquiera eso), de repente adquirieron un gran valor
comercial y estratégico. Ya que la velocidad de funcionamiento de un cable
decrece con rapidez a medida que aumenta su longitud, es importante que todas
las secciones sean lo más cortas posible, enlazándolas con los relés o
regeneradores ya descritos.
Por desgracia, no hay ninguna isla adecuada en
mitad del Atlántico para comodidad de las compañías de cables (ni las aéreas).
El primer circuito directo entre Inglaterra y Estados Unidos (el TAT-3) no se
estableció hasta 1963. Por razones que quedan claras al mirar un globo
terráqueo en vez de un mapa, durante mucho tiempo los cables prefirieron tomar
la ruta corta del norte vía Newfoundland, o dirigirse al sur y detenerse en Fayal
en las Azores antes de continuar su viaje.
Puntitos de tierra tan remotos como Ascensión en
el Atlántico Sur, Fanning, Guam y Midway en el Pacífico, y Cocos en el océano
Índico se han convertido en encrucijadas de las comunicaciones mundiales tan
sólo por su posición geográfica. Más de una vez han resultado ser atolones de
coral que no parecían servir más que para objetivo militar.
El ejemplo clásico en la Primera Guerra Mundial
fue la isla de Cocos, punto de encuentro de los cables de Sudáfrica, las Indias
Orientales y Australia. El 9 de noviembre de 1914 el crucero alemán Emden
desembarcó un grupo en Cocos para destruir la estación y cortar los cables. Fue
una victoria pírrica: antes de que la línea muriera, la estación transmitió la
alarma que lanzó rápidamente al ataque al crucero australiano Sydney. El Emden
fue hundido, en la primera batalla naval importante de la guerra de 1914-1918,
lo que animó tanto la moral de los aliados como la batalla del Río de la Plata
veinticinco años más tarde.
En la Segunda Guerra Mundial los japoneses
intentaron repetir la operación cuando uno de sus barcos de guerra asedió la
isla el 3 de marzo de 1942. Quizá recordando el destino del Emden, el buque
incursor no se quedó a ver si la estación había sido destruida, y así los
británicos pudieron elaborar un farol que mantuvieron hasta el final de la
guerra. El circuito estaba todavía intacto, pero se enviaron mensajes por radio
a las estaciones adyacentes, en inglés claro e interceptables, ordenándoles que
destruyeran sus instrumentos porque Cocos había quedado puesta fuera de
circulación para siempre. Al mismo tiempo, por supuesto, se enviaron órdenes
por cable diciéndoles que no hicieran nada de eso y que ignoraran las
instrucciones por radio. Y así los japoneses no volvieron a molestar a la
indefensa Cocos hasta el final de la guerra.
Además de las estaciones, los cables han sido
objetivos principales durante ambas guerras mundiales. En 1939, los alemanes
sólo poseían dos cables propios, uno desde Emden a las Azores, y el otro desde
Emden a Lisboa. Ambos fueron cortados de forma rápida y eficaz a las
veinticuatro horas de iniciarse la contienda, en el primer movimiento de una
batalla de inteligencias que continuaría en el fondo del mar durante los
siguientes seis años.
No es difícil cortar un cable si se conoce su
posición aproximada; todo lo que hay que hacer es pescar a la rastra en ángulo
recto hasta que lo enganchas. Entonces se tiene la oportunidad de cortarlo,
usando las tenazas especiales que han sido diseñadas para hacerlo, o izarlo a
la superficie y tal vez aprovecharlo para tu propio uso. Es obvio que esto sólo
es posible si tienes dominio sobre los mares y puedes proteger tu barco-cable
de los ataques enemigos. Si no es éste el caso, tendrás que hacer el trabajo desde
un submarino; una operación semejante se llevó a cabo en 1945 cuando el XE4, un
submarino de bolsillo británico, cortó los cables Saigón-Singapur y Saigón-Hong
Kong.
Esta hazaña (una de las operaciones más notables
de la guerra), fue ejecutada por dos buzos, los subtenientes K. M. Briggs y A.
K. Bergius. Su diminuto submarino de cuatro plazas fue remolcado hasta la zona
por un submarino mayor, y entonces continuó su rumbo a pocos pies sobre el
fondo, arrastrando un arpeo.
Después de varios intentos, los cables fueron
enganchados, y los buzos salieron del submarino con tenazas. Fue una operación
arriesgada, pues trabajaban en una fuerte corriente a una profundidad donde
puede producirse envenenamiento por oxígeno. Pero cortaron los cables, y se
llevaron trozos de recuerdo. Para causar la máxima molestia al enemigo, hay que
cortar el cable en varios lugares, de forma que cuando reparen con éxito una
rotura descubran que aún tienen que localizar y empalmar todavía más. No
obstante, el mejor truco de todos es cortar el cable de forma que sus
instrumentos no demuestren dónde está el corte.
En los primeros días de la colocación de cables
se elaboraron técnicas para localizar la posición aproximada de los fallos, de
forma que los barcos de reparaciones no tuvieran que ir buscando a ciegas por
el fondo del mar durante cientos de kilómetros. En el caso de un cable que
tiene una clara rotura, de forma que su conductor tiene un cortocircuito, el
problema es particularmente simple. La resistencia eléctrica de cualquier cable
se sabe cuando se coloca, y si una sección se corta, la resistencia del trozo
que queda se reducirá en proporción. Una medida hecha en cualquier punto del
cable, seguida por un poco de aritmética simple, demostrará la localización de
la rotura (sin embargo, otros tipos de fallos pueden ser mucho más difíciles de
localizar).
Los lectores con suficiente mente antisocial
habrán deducido ya que un cable submarino puede ser saboteado de forma que sea
imposible localizar la rotura con pruebas eléctricas. En vez de dejar un trozo
cortado en el mar, se puede unir el extremo del cable a una «resistencia falsa»
que sea eléctricamente equivalente a la longitud cortada. Las pruebas
demostrarán entonces que el cable es igual de largo que siempre… pero no
transmitirá ninguna señal.
Una cosa es cortar los cables del enemigo, pero
sería aún mejor poder intervenirlos y leer sus mensajes. A primera vista (sobre
todo en estos días de teléfonos intervenidos), parece un problema bastante
simple, al menos en aguas poco profundas. No obstante, en la práctica sería
enormemente difícil que un submarino interpretara el torrente de impulsos
eléctricos que pasan por un cable moderno, aunque pudiera intervenirlo. Y tras
haber ejecutado una hazaña casi imposible, seguiría siendo necesario transmitir
la información a la base.
No he podido encontrar ninguna prueba de que los
cables submarinos hayan sido intervenidos con éxito, y algunos ingenieros de
telégrafos sostienen que es imposible. Aunque esto no sea del todo cierto, es
verdad que la seguridad del sistema de cables submarinos nunca ha sido
seriamente amenazada. En tiempo de guerra, todas las señales secretas tienen
que ir por cable; después de un centenar de años, los cables de cobre
extendidos por el lecho del océano siguen siendo los mensajeros más seguros que
la humanidad ha descubierto.
Capítulo 13
Los desiertos de las profundidades
Antes de la aparición de la
telegrafía submarina, no se sabía nada del estado de las profundidades
oceánicas. Para quienes pensaban en el tema, el profundo mar era un lugar de
completo misterio, poblado por monstruos horribles y cubierto con los restos de
naufragios y el tesoro de siglos. Era algo tan remoto e inalcanzable como la
cara oculta de la Luna.
El panorama cambió en cuanto los hombres
intentaron tender los primeros cables en el mar abierto, pues entonces adquirió
importancia vital recopilar conocimientos sobre este reino invisible que cubre
más de la mitad del mundo. Los barcos telegráficos tenían que conocer la
profundidad del agua bajo sus quillas, así como el tipo de terreno sobre el que
navegaban, a veces tan alto como una nube sobre la superficie de la Tierra. Sus
capitanes tenían que estar seguros de que sus cables no se enredaban o caían
por precipicios o montañas insospechados; también era importante saber si el
lecho marino estaba cubierto de rocas o tenía cualquier otra peculiaridad que
pudiera afectar al funcionamiento del cable, o imposibilitar su rescate si
había algún fallo.
Cuando el teniente Maury empezó a recopilar
material para su Physical Geography of the Sea, sólo se habían hecho ciento
ochenta sondeos en el Atlántico, más allá de las aguas poco profundas de la
placa continental. Esto se debía en parte a que nadie tenía un especial
interés, y en parte porque bajar y subir varios kilómetros de pesado cable era
un asunto tedioso que consumía mucho tiempo. Los sondeos en aguas profundas no
fueron practicables hasta que los tornos de vapor pudieron izar los cables con
rapidez y sin esfuerzo; no es ésta la primera vez que un simple invento
mecánico ha tenido importantes e inesperadas repercusiones científicas.
A partir de 1854, los sondeos empezaron a
aumentar en los océanos del mundo, y se diseñaron métodos para recoger
especímenes del lecho marino por medio de ingeniosos garfios y rastrillos.
Estas técnicas han culminado en máquinas que pueden subir a la superficie
muestras de varias decenas de metros, proporcionando a los geólogos millones de
años de historia submarina.
La invención de estos nuevos instrumentos, el
rápido desarrollo de los cables de profundidad, y el gran estímulo dado a los
estudios biológicos por el Origen de las especies de Darwin, produjeron la
primera gran expedición oceanográfica, el clásico viaje del HMS
Challenger. Entre 1872 y 1875 la corbeta de
2.306 toneladas con su motor auxiliar de 400 caballos de vapor circunnavegó el
mundo, extrayendo un volumen de conocimientos que nunca ha sido superado. La
expedición fue una aventura conjunta de la Royal Society y la Marina británica,
y aunque sólo había seis científicos civiles a bordo, dirigidos por el profesor
C. Wyville Thomson, fueron ayudados habilidosamente por oficiales de la Armada
muy bien cualificados. Los resultados de su trabajo llenaron cincuenta gruesos
volúmenes, que todavía son una mina de información marina.
El principal resultado de la expedición del
Challenger revolucionaría las ideas sobre la vida en los abismos oceánicos. La
imaginación popular llenaba las profundidades de monstruos, pero los
científicos de principios del siglo diecinueve opinaban lo contrario. Nada
podía vivir en medio de una oscuridad total, a una temperatura de sólo unos
pocos grados por encima del punto de congelación y, lo peor de todo, a una
presión de varias toneladas por centímetro cuadrado.
El Challenger demostró que los científicos
estaban equivocados. Había vida en las más grandes profundidades que las sondas
y redes podían alcanzar. Era carnívora, pues ninguna vegetación podía existir a
miles de metros por debajo del alcance de los últimos rayos de luz, y la única
fuente de alimento era la incesante lluvia de residuos biológicos de los
niveles superiores del océano [9]. Sobre esto, y unos de
otros, se cebaban legiones de seres de pesadilla, dragones diminutos, peces que
podrían engullir criaturas varias veces superiores a su propio tamaño,
calamares fosforescentes, tiburones con aletas alargadas que les permiten descansar
como trípodes sobre el fondo del mar…
Así es la extraña vida que nada y batalla sobre
los finos cables que llevan las palabras y los pensamientos de los hombres de
una tierra a otra. Y una cosa es segura: incluso ahora sólo hemos entrevisto
una pequeña fracción de las sorpresas del abismo, pues ¿qué podríamos saber de
la vida sobre la superficie de la Tierra si nuestra única información
procediera de sondeos hechos por helicópteros más allá de las nubes?
El lecho oceánico en sí estaba cubierto de un
denso limo o fango que se seca como dura arcilla cuando se expone al aire. Es
una suerte que esté lo bastante apiñado para soportar el peso de un cable
submarino sobre su superficie, ya que si los cables se hundieran profundamente
en el limo, recuperarlos para hacer reparaciones sería imposible. Este depósito
está principalmente compuesto de los esqueletos de miríadas de diminutas
criaturas conocidas como plancton, que hacen en el océano el mismo papel que
las plantas en tierra. Son el principio de la gran cadena alimenticia que
termina en los peces superiores (y a menudo en el mismo hombre); cuando mueren,
sus esqueletos silíceos o de yeso, que son milagros de diseño microscópico,
caen lentamente al fondo del mar, donde forman capas de millares de centímetros
de grosor. De hecho, en la llanura atlántica, las capas de sedimento llegan a
3.000 m de grosor. Estos depósitos deben de haber tardado no millones sino
veintenas de millones de años en acumularse. Su descubrimiento, que es bastante
reciente, fue un último golpe mortal a la leyenda de la perdida Atlántida.
Demuestran que ningún continente puede haber existido en el Atlántico mucho
después de la época de los grandes reptiles, por tanto, eras antes de la
aparición del hombre.
La interminable lluvia de diminutos esqueletos,
a la que hay que añadir también el lodo de los continentes que los grandes ríos
del mundo vierten en el mar, hace tiempo que ha igualado y enterrado todas las
irregularidades menores del lecho marino. Pero el suelo del océano no es una
llanura sin rasgos: la marcan montañas sumergidas, trincheras y valles, y está
salpicada acá y allá por misteriosas mesetas de cima plana. En medio del
Atlántico se encuentra la mayor cordillera de la Tierra, de 16.000 km de largo
y 800 km de ancho, que en ocasiones sale a la superficie en puntos como las
Azores, donde Pico se alza a 2.100 m de altura después de surgir de aguas de
6.000 m de profundidad.
Lo que las exploraciones de 1850 revelaron
fueron las montañas del norte de esta cordillera atlántica, y que el teniente
Maury bautizó como «Llanura Telegráfica». Esa etiqueta es demasiado simple
(aunque fue una propaganda excelente en la época); lo mejor que puede decirse
sobre esta «llanura» es que no contiene ningún abismo excepcionalmente profundo
que pudiera poner en peligro las operaciones del tendido de cables.
La profundidad no es ningún problema serio para
un cable bien diseñado, pero cualquier irregularidad brusca sí puede ser un
claro peligro, pues el cable podría perderse en un cañón submarino y quedar
sujeto a una tensión que podría acabar por partirlo. Es más, en las regiones
donde el lecho marino se hunde en grandes profundidades, es muy posible que se
produzcan disturbios sísmicos. Las rocas de la corteza de la Tierra están
sometidas a una enorme tensión en zonas inestables que a veces ceden, y el
resultado es un terremoto submarino. Un caso semejante causó gran alarma en
Australia en 1888, cuando tres cables al continente se rompieron a la vez y el
país perdió contacto con el mundo exterior. No sin razón, se asumió que los
cables habían sido cortados por un enemigo, y la marina fue movilizada a toda
prisa para enfrentarse a la esperada crisis.
El peligro de los terremotos tendría que haber
sido previsto; de hecho, desde los primeros momentos se hicieron intentos para
evitar tender cables por regiones donde pudiera haber actividad volcánica. Pero
un peligro más sutil no fue descubierto hasta tiempos recientes, y todavía
sigue siendo un misterio. El 18 de noviembre de 1929 una enorme convulsión
submarina en el Atlántico Norte rompió la mayoría de los cables entre Europa y
América. Pero no lo hicieron simultáneamente, sino uno tras otro, como si una
perturbación avanzara por el lecho marino. Ahora se cree que lo que rompió los
cables fue una «corriente de turbulencia», una avalancha submarina de agua
cargada de tierra producida por el terremoto y que viajaba inicialmente a 80 km
por hora. En cualquier caso, se tardaron seis meses en reparar los daños, y la
pérdida de las compañías de cables superó el millón de libras.
Quizás el accidente más extraordinario sucedido
a un cable submarino se produjo cerca de Balboa en abril de 1932. El barco de
reparaciones All America fue
enviado para reparar una rotura en aguas de más de mil metros de profundidad, y
cuando (con considerable dificultad) izó el cable dañado la causa del problema
subió con éste. Una cachalote de más de catorce metros se había enredado en los
hierros, que estaban liados alrededor de su mandíbula inferior y sus aletas
caudales y dorsales.
Esto fue muy molesto para la compañía (por no
mencionar a la desgraciada ballena), pero proporcionó una información
valiosísima sobre las costumbres de estos grandes animales. Se sabe que el
cachalote se alimenta de calamares gigantes, que caza en la oscuridad a lo
largo del lecho oceánico, pero muchos naturalistas consideraban difícil creer
que un mamífero que respira aire pudiera descender tantos miles de metros en
busca de su presa. Sin embargo, hubo una ballena que estableció un récord de
inmersión de 987 m antes de encontrar a un enemigo a quien no pudo conquistar,
y se ahogó en la pugna subsiguiente. ¿Confundió el cable de hierro con el
tentáculo de un calamar gigante? Parece posible, aunque nunca lo sabremos con
certeza. Ni sabemos aún a qué profundidades pueden descender estos buzos
supremos, y cómo consiguen evitar los problemas fisiológicos que limitan a los
exploradores humanos.
Para tratar con todos los problemas que pueden
ocurrir a los cables submarinos, una flota de barcos de reparaciones se
mantiene lista y dispersa por los océanos del mundo. Son barcos pequeños (de
unas 2.000 toneladas), y no tienen que transportar las pesadas cargas de sus
hermanos mayores, los barcos que tienden los cables. Su trabajo es difícil y
con frecuencia desagradable, pues a veces tienen que operar en las más adversas
condiciones climatológicas.
Hoy, recuperar un cable dañado ya no es la
empresa incierta que era en los días de la heroica hazaña del Great
Eastern. Cuando las estaciones costeras
informan de una rotura, y su emplazamiento se encuentra con la mayor precisión
posible permitida por las medidas eléctricas, el barco de reparaciones se
dirige al lugar y coloca una baliza para tener un punto de referencia con el
que trabajar. Entonces comienzan las operaciones de arrastre con un arpeo
escogido según la naturaleza del lecho marino. Si el fondo es arenoso, se usa
un arpeo rígido, con garfios que se internan bajo la superficie; si el cable se
encuentra sobre roca, el arpeo que se usa es una especie de serpiente flexible
con ganchos en toda su longitud. En aguas profundas, donde el cable tal vez no
es lo bastante fuerte para ser izado por completo, se emplea un arpeo para
cortar y sostener: corta el cable en cuanto lo agarra, de forma que sólo se
sube un extremo cada vez.
Es posible saber por los instrumentos que
registran la tensión del cabo con el arpeo si un cable ha sido enganchado o no.
Pero el oficial encargado tiene un modo de detectarlo mucho más sensitivo:
analiza las vibraciones que suben por la cuerda sentándose sobre ella, y muchas
viejas manos sostienen que esta técnica proporciona una información mucho más
adecuada que ningún instrumento. Había pioneros de la aviación que sostenían
ser capaces de pilotar con el fondillo de sus pantalones; los hombres de los
barcos reparadores trabajaron siguiendo este principio hace ya un centenar de
años.
Cuando los extremos del cable defectuoso han
sido asegurados, y mientras las condiciones climatológicas cooperen, localizar
el problema y empalmar una nueva sección es ya cuestión de rutina. Muchos de
los cables más antiguos contienen literalmente cientos de reparaciones; de
hecho, a veces lo único que queda del cable original es su ruta.
La batalla contra la corrosión, las anclas de
los barcos, perforadoras marinas, dragaminas e incluso los peces de dientes
afilados es algo interminable de lo que el mundo no sabe nada. Materiales
mejorados, como veremos en el siguiente capítulo, han volcado la batalla en
favor de las compañías de cables, pero todo el que tiene relación con el mar
debe estar siempre preparado para los problemas. A veces pueden preverse, pero
en ocasiones hay accidentes que nadie en sus cabales habría imaginado.
Consideren esta entrada que un operario intrigado pero poco imaginativo
introdujo en el archivo de una estación telegráfica que supervisaba el mar
Rojo, y recuerden que se refiere al extremo de costa de un cable, que pesaba
tal vez unas diez toneladas en total: «A las ocho y cinco minutos de la mañana,
el cable desapareció de pronto a través de una abertura y desde entonces no se
le ha vuelto a ver».
¿Qué había sucedido? Bueno, acababan de empezar
a tenderlo, y el barco estaba a menos de 1 km de la costa cuando el mecanismo
expendedor se atascó. El barco continuó su rumbo… y a pesar de la tensión el
cable no se rompió. Toda la línea, incluso la cabaña telegráfica, se fue detrás
del barco. Es de esperar que los ingenieros, cuando regresaron al principio y
empezaron a tender de nuevo el cable, tuvieran el detalle de enviar una nota de
agradecimiento a sus fabricantes.
Capítulo 14
El corazón del cable
Hay dos sustancias clave
sin cuya existencia el desarrollo de los cables submarinos (y de la ingeniería
eléctrica) habría sido imposible. Una, el cobre, es conocido desde el principio
de la civilización. La otra, la gutapercha, fue introducida en Europa menos de
diez años antes del tendido del primer cable bajo el canal de la Mancha.
El cobre, bien en estado de relativa pureza o en
la forma de su aleación, el bronce, fue el primer metal que el hombre aprendió
a trabajar. Durante miles de años fue apreciado por sus propiedades mecánicas,
aunque hoy son menos importantes que las eléctricas. Sólo la plata es mejor
conductora que el cobre (cerca de un 10 % más), y usarla para cables eléctricos
no es una gran proposición económica. Sin embargo, se ha hecho al menos en un
caso cuando el dinero no suponía ningún inconveniente. Durante el desarrollo de
la bomba atómica, fue necesario construir el mayor electroimán jamás creado
para separar los isótopos de uranio. El imán tenía más de 30 m de diámetro, y
proporcionar cobre para semejante monstruo habría creado una seria escasez en
los suministros que Estados Unidos tenía de este material vital. Algún genio
propuso por tanto utilizar la plata que había en las cámaras del Tesoro,
señalando que estaría igual de segura en los confines celosamente vigilados de
Oak Ridge. Así, el Tesoro entregó más de 15.000 toneladas del precioso metal
para los entresijos del imán, y recibió casi el 99,9 % de vuelta cuando el
separador de isótopos fue desmantelado y sus bobinas volvieron a fundirse.[10]
Es una suerte para la industria de las
comunicaciones que el cobre no sea todavía tan caro como la plata; incluso así,
las compañías telegráficas llevan más de cien años enzarzadas en una lucha
continua contra los ladrones que se especializan en robar sus líneas para
venderlas como chatarra. Ya en 1823 sir Francis Ronald, cuyo primitivo sistema
telegráfico ya ha sido mencionado, advirtió claramente el aumento de este
comercio parasitario y dio su consejo para tratar con la gente que pudiera
excavar los cables enterrados: «Aumenten sus dificultades haciendo que la zanja
sea más profunda, y si consiguieran romper la comunicación, cuélguenlos si
pueden capturarlos, maldíganlos si no, y reparen de inmediato la línea en ambos
casos».
Cuando se construyó el primer cable atlántico,
nadie advirtió que la conductividad del cobre quedaba enormemente influenciada
por la presencia de impurezas. Los contratistas suministraron lo que
consideraban era el mejor grado de cobre, pero sólo les preocupaba su calibre
(diámetro) y su ductibilidad. Mientras el metal fuera mecánicamente bueno, no
había problema. El cobre era cobre, ¿no?
No en lo que se refiere al ingeniero eléctrico o
telegráfico. Para él, el cobre con un rastro de arsénico o de azufre no es
mejor conductor que el hierro. Hoy en día, podemos entrar en una ferretería y
comprar, sin pensarlo dos veces, cobre más puro que el que los científicos
victorianos pudieran fabricar en sus laboratorios. El cable que transmitió los
primeros mensajes a través del Atlántico habría sido rechazado con indignación
por cualquier electricista de hoy.
Poder hacer que la electricidad vaya donde
quieras, con un mínimo de pérdida por resistencia, es sólo la mitad del
problema. Proporcionar un aislante eficiente para impedir las fugas resultó ser
un problema aún más difícil en los primeros días del telégrafo, y cuesta
trabajo imaginar cómo se habría desarrollado la industria si la gutapercha no
hubiera aparecido en el momento exacto en que era necesaria.
Estrictamente hablando, la gutapercha no es un
aislante, sino sólo un conductor muy malo. En cifras actuales, es un conductor
más pobre que el cobre por un factor de 1.000.000.000.000.000.000.000. Esto
significa, expresándolo de otra forma, que un cuadrado de gutapercha de 800.000
km de lado no dejaría pasar tanta electricidad como un pedazo de cobre de sólo
2,5 cm cuadrados, suponiendo que el grosor de cada muestra fuera igual.
La gutapercha es una sustancia mucho más
familiar para nuestros abuelos que para nosotros, pues ya ha sido sustituida por
los diversos plásticos sintéticos que ha producido la ciencia moderna. La goma
de un árbol encontrado en las junglas de Malaya, Borneo y Sumatra, fue
introducida en Europa en 1843, y sus notables propiedades fueron reconocidas de
inmediato. De hecho, fue el primer termoplástico natural utilizado de forma
general. Al contrario que la goma, no es elástica, sino dura y sólida a
temperatura ambiente. Sin embargo, en agua caliente se vuelve maleable como la
masilla, y vuelve a su dureza original con el frío. Esto hace que sea muy fácil
de moldear para que adquiera cualquier forma deseada, y en 1850 una
extraordinaria variedad de artículos de gutapercha salieron al mercado, como
muñecas, trompetillas, «utensilios de cámara para ser utilizados en
instituciones mentales», alfileres, tinteros, piezas de ajedrez «que no se
romperán ni siquiera aunque se las arroje con violencia contra el suelo», y
salvavidas para los viajeros oceánicos. («Ningún emigrante debería carecer de
ellos pues, al final del viaje, puede usar el material para suelas de
zapatos»).
Es curioso que uno de los primeros usos de la
gutapercha fuese en las comunicaciones no-eléctricas, por medio de tubos para
hablar. Es imposible no reírse cuando se leen los testimonios y anuncios de
éstos. No sé qué daría yo por ver a la familia Barret, un día de excursión por
Wimpole Street, empleando uno de los «pequeños y baratos tubos de conversación
ferroviarios, que permite a los grupos conversar con facilidad y placer,
mientras viajan, a pesar del ruido del tren. Puede hacerse con susurros tan
bajos que no les oirán sus compañeros viajeros. Son portátiles y se doblan y
pueden ser guardados dentro del sombrero». Y en los omnibuses (tirados por
caballos, por supuesto), «el ahorro de trabajo a los pulmones del revisor es
muy grande, pues los mensajes se dan con un tono de voz muy bajo que puede ser
oído con claridad por el conductor».
Es un poco difícil imaginar a un revisor cockney
hablar con un tono bajo de voz, a pesar de las ventajas del aparato de
gutapercha. Pero fue una delicia para los doctores, y uno de ellos escribió:
He hecho que pasen el tubo de mi puerta a mi
dormitorio, para la transmisión de comunicaciones con mis pacientes por la
noche. Lo he llevado hasta mi almohada, y puedo sostener con gran facilidad
comunicaciones con el mensajero de la calle, sin tener que levantarme para
abrir la puerta y exponerme al aire nocturno.
(¡Ah, ese letal «aire
nocturno»! ¡Cuánto aterraba a nuestros abuelos!)
Y qué imagen de una época pasada convoca este
informe:
El Aparato Auditivo Gutapercha dispuesto en la
catedral de Lismore, para el uso de SU GRACIA EL DUQUE DE DEVONSHIRE, ha
respondido plenamente al propósito para el que fue requerido. Los tubos van
desde el púlpito hasta el banco de Su Gracia (bajo el enlosado, fuera de la
vista), y aunque su longitud es de diez o doce metros, puede, con su ayuda, oír
con claridad cada palabra.
Pobre duque; debió de
maldecir con frecuencia la marcha de la ciencia.
Sin embargo, la gutapercha haría posible otro
tipo distinto de comunicación. El gran Michael Faraday fue el primero en
advertir que este nuevo material podría ser la respuesta al problema del
aislamiento eléctrico en presencia del agua. La goma ya se había probado, pero
se descubrió que era perecedera. El primer cable a través del canal, el de
1850, estaba recubierto de gutapercha y nada más; no había refuerzo de ningún
tipo, de forma que era un alambre más que un cable. Todos los cables
siguientes, durante ochenta años, fueron aislados con el mismo material o sus
derivados; hasta finales de los años treinta de nuestro siglo no apareció un
nuevo aislante… una vez más cuando los técnicos lo necesitaban.
El largo reino de la gutapercha terminó con un
insospechado experimento de laboratorio, un ejemplo clásico de que la
investigación científica pura, sin ningún pensamiento particular de una
aplicación práctica, puede producir resultados revolucionarios. Durante años
las compañías de cables submarinos habían intentado mejorar las cualidades
eléctricas del aislante que la naturaleza había proporcionado, y habían hecho
avances sustanciales. Pero en 1933 un grupo de científicos de la Imperial Chemical
Industries, trabajando en un campo distinto por completo, produjo una sustancia
eléctricamente muy superior a nada que se encuentre en el mundo natural, una
sustancia que no sólo ha tenido profundos efectos en las comunicaciones, sino
que también ha producido muchos cambios en el hogar.
Los institutos de la ICI tomaron el barato y
común gas etileno (C 2H4), y lo comprimieron a más de 1.000 atmósferas. Esta
presión es superior a la que se encuentra en el fondo del más profundo océano,
y el resultado fue sorprendente. El gas invisible se convirtió en un sólido
pastoso, y cuando la presión fue retirada permaneció en estado sólido. Esta
nueva sustancia, que nunca había existido en el mundo antes, fue bautizada
polietileno, un nombre que rápidamente fue reducido a politeno. Fue producido
justo a tiempo para proporcionar los miles de kilómetros de aislamiento para
radar y alta frecuencia usados en la Segunda Guerra Mundial. Era tan apreciado,
y el secreto de su manufactura estuvo tan bien guardado, que en una ocasión la
única fuente de politeno de los alemanes estalló a causa de los bombarderos
aliados. La pequeña fábrica que producía el suministro del mundo entero tuvo
así la distinción de suministrar a amigos y enemigos con esta maravillosa
sustancia nueva.
Hoy, el politeno es familiar a todo el mundo en
la forma de contenedores higiénicos e irrompibles y bolsas de plástico
transparentes. Hacemos con él muchas más cosas que los victorianos con la
gutapercha. ¿Considerarán nuestros descendientes que nuestros productos son tan
divertidos como nos parecen los salvavidas de los emigrantes y los tubos de
conversación de nuestros bisabuelos?
Creo que no, porque nos maldecirán por inventar
materiales que la naturaleza no puede reciclar.
Parte 2
La Voz sobre el Mar
Capítulo 15
Los cables empiezan a hablar
La mañana del 4 de agosto
de 1922, todo el sistema telefónico de Estados Unidos y Canadá desconectó
durante un minuto en un tributo de despedida al hombre que lo había hecho
existir, y que en ese momento era enterrado en la isla de Cape Breton, Nueva
Escocia. Hoy, el enlace terrestre de radio del teléfono transatlántico pasa por
la misma montaña donde se halla la tumba de Alexander Graham Bell, y es
igualmente apropiado que el extremo oriental del circuito esté en su Escocia
nativa.
El teléfono fue tal vez el último invento simple
que sacudió al mundo hecho por un aficionado trabajando con recursos limitados.
A veces se ha dicho que si Bell hubiera comprendido algo de electricidad, nunca
habría intentado crear un aparato tan ridículo, ya que cualquier experto real
habría sabido de inmediato que no podría funcionar.
Esto es a la vez falso e injusto: Bell sabía con
exactitud lo que hacía, aunque se sorprendió al descubrir que podía lograrse
con medios tan simples. Si intentamos olvidar que conocemos la respuesta, y nos
retrotraemos al siglo pasado, todos decidiríamos que la transmisión del habla a
través de largas distancias requeriría un equipo enormemente complicado… si es
que pudiese hacerse. Pues el habla humana es el fenómeno más complicado según
todas las pautas, y fantástico si se compara con los simples puntos y rayas del
código telegráfico. Graham Bell era más consciente de esto que la mayoría de
los hombres, pues era profesor de elocución, como lo fueron su padre y su
abuelo antes que él.
Cuando hablamos, lanzamos al aire una pauta
rápida y continuamente variada de ondas de presión. La frecuencia (tasa de
vibración) de esas ondas cubre una gama muy amplia. En el habla normal, se
extiende de un límite inferior de unos 50 c/s. para un bajo grave a 5.000 c/s.
para un soprano agudo; un alcance, en otras palabras, de cien a uno, o casi
siete octavas.
Es más, en el habla nunca tratamos con sonidos
puros y simples, como los que se obtienen con un diapasón o con una cuerda de
violín. Docenas de frecuencias diferentes coexisten al mismo tiempo, y su suma
increíblemente compleja compone una sola voz humana. Reconocemos las voces de
los demás porque nuestros oídos pueden detectar y analizar todas esas
frecuencias, igual que en una especie de análisis similar nuestro paladares
saben si estamos bebiendo leche, coñac o cerveza. Si los seres humanos se
comunicaran con notas musicales puras, como diapasones parlantes, podríamos
intercambiar información con tanta rapidez como ahora, pero nunca sabríamos con
quién estaríamos hablando, si tuviéramos que juzgar sólo por el sonido, sin la
ayuda de ningún otro sentido.
Cualquier método de transmisión del habla, por
tanto, requiere que una ancha banda de frecuencias sea llevada de un punto a
otro sin sufrir distorsiones. Por fortuna para el ingeniero telefónico, podemos
comprendernos mutuamente, y reconocer las voces de los demás, incluso cuando
las frecuencias superiores e inferiores se pierden, y el alcance necesario para
el habla inteligible se reduce entonces a la cifra más manejable de 200 a 2.000
c/s. Sólo si necesitamos reproducción de alta fidelidad (que el teléfono nunca
ha pretendido ofrecer) debemos preocuparnos por los extremos del alcance de
frecuencia.
Aunque el asunto es ahora sólo de interés
histórico, merece la pena advertir que el habla puede ser enviada a distancias
bastante sorprendentes por medios puramente mecánicos, sin la ayuda de la
electricidad. Ya hemos mencionado los tubos de habla, que todavía tienen
aplicaciones limitadas en las salas de máquinas de los barcos y en otras
partes, pero durante la década de los ochenta del siglo diecinueve «cables
telefónicos» de alcance mucho mayor fueron introducidos en un desesperado
intento de evadir las patentes de Bell. Todavía hay algunos como juguetes de
niños, pero por lo demás ya no existen. Consistían simplemente en un par de
ligeros diafragmas con un cable de metal uniendo sus centros; las vibraciones
del habla eran transmitidas a lo largo del cable, que no tenía que estar tenso
o recto e incluso podía colocarse en el suelo o bajo el agua. Se podían
alcanzar hasta cinco kilómetros, pero el límite práctico se acercaba a los
quinientos metros. En una ocasión se hicieron intentos para disponer sistemas
interruptores, de forma que diferentes hablantes pudieran ponerse en contacto;
sólo podemos maravillarnos ante tanta despistada ingenuidad [11].
Para nuestra sorpresa, la palabra «teléfono»
cobró vida antes de que naciera Graham Bell; fue empleada por el profesor
Wheatstone ya en 1840 para describir un aparato que había fabricado para
transmitir notas musicales a corta distancia a través de varillas de madera. En
1870, docenas de inventores de todo el mundo intentaban conseguir la
transmisión eléctrica del habla, y fue sólo cuestión de tiempo que alguien lo
consiguiera. De hecho, el desafortunado Elisha Grey llevó su diseño de teléfono
a la oficina de patentes norteamericana el mismo día que Bell, pero una o dos
horas después, con los subsiguientes beneficios, no hace falta decirlo, para la
profesión legal, que sacó buenos dividendos del invento.
No puede haber ninguna duda, sin embargo, de que
Alexander Graham Bell fue el primer hombre en producir, patentar y demostrar en
público un teléfono práctico; aunque otros se habían acercado, su trabajo no
había sido publicado o llegado a una conclusión con éxito. Bell recibió la
fama, y sus rivales son ahora sólo notas al pie de página de los libros de
historia. No hay segundos premios en la carrera para cualquier gran invento o
descubrimiento.
Alexander Graham Bell nació en Edimburgo en
1847, pero cuando dos de sus hermanos murieron de tuberculosis y él se vio
amenazado por la misma enfermedad, la familia se mudó a Canadá. Bell tenía
entonces veintitrés años, y como tenía setenta y cinco cuando murió, podemos
suponer que la cura tuvo éxito. Se estableció primero en Brantford, cerca de
Toronto, y luego marchó a Boston, donde llegó a ser profesor de fisiología
vocal, una frase resonante para un maestro de elocución y reproducción vocal.
Fue en Boston donde el teléfono fue inventado en 1876 [12], y Bell hizo el
descubrimiento básico que condujo a ello mientras trabajaba en un proyecto
bastante diferente, al que había bautizado telégrafo armónico. Merece la pena
echar un vistazo a este aparato, porque el principio subyacente a él se emplea,
de una forma mucho más sofisticada, en todo el campo de las telecomunicaciones
modernas.
Bell intentaba perfeccionar un método para
enviar varios mensajes telegráficos simultáneos por un solo cable. Su plan era
usar una serie de varillas de acero resonantes, cada una afinada con una nota
musical distinta, como instrumento transmisor, y hacer así que otras varillas
afinadas con las mismas notas se colocaran en el extremo receptor. Todas las
señales serían transmitidas a la vez a lo largo de la línea, pero cada varilla
del extremo receptor respondería sólo a las corrientes de su frecuencia
particular, e ignoraría a todas las demás. Los mensajes serían así clasificados
según su frecuencia característica, de la misma forma que separamos las
emisoras de radio sintonizando entre ellas.
La tarde del 2 de junio de 1875, Bell estaba
ajustando una de las varillas del receptor mientras su ayudante, Thomas A.
Watson, en una habitación situada a unos veinte metros de distancia, se
encargaba del transmisor. La varilla transmisora se había atascado, y Watson
intentó ponerla de nuevo en marcha golpeándola. No lo consiguió; lo que sucedió
fue que los contactos se habían soldado, y fluía una corriente continua en vez
de la normal interrumpida.
En el mismo momento que Watson estaba golpeando
la recalcitrante varilla, Bell tenía la oreja pegada contra el número opuesto
en la otra habitación. Oyó, débil pero con claridad, el eco espectral del
resorte, y en ese instante nació el teléfono… aunque tardaría muchos meses en
pronunciar palabras inteligibles [13]. Bell advirtió de
inmediato lo sucedido; aunque sólo se había transmitido una sola nota musical,
el principio había quedado demostrado. Otras frecuencias podrían transmitirse
por el mismo medio, incluyendo la amplia banda que constituye el habla.
Después de esto, el desarrollo del teléfono fue
sobre todo cuestión de elaborar los detalles. El instrumento que Bell produjo
finalmente era en extremo sencillo; consistía principalmente en un diafragma de
hierro situado dentro del campo de un imán en forma de herradura. El diafragma,
puesto a vibrar en el campo del imán por las ondas de presión del habla,
generaba las correspondientes fluctuaciones que eran transmitidas a lo largo de
la línea. Un instrumento idéntico en el otro extremo convertía de nuevo las variaciones
eléctricas en sonido.
El instrumento de Bell sobrevive todavía
virtualmente intacto en incontables receptores telefónicos, y la mayoría de los
altavoces de radio son también sus descendientes directos. Como transmisor, no
obstante, era ineficaz, y pronto fue superado, después de una larga guerra por
la patente, por el micrófono de carbono inventado por Edison, también todavía
de uso común, de un modo u otro.
Una vez inventado, el teléfono se extendió sobre
la faz de la Tierra con notable rapidez. Su valor era tan universal y su uso
tan sencillo (un anuncio de la época declaraba: «Su usuario no necesita ninguna
habilidad especial, ninguna educación técnica…»), que pueden haber muy pocos
inventos en la historia que entren en la cotidianidad con tanta rapidez. En
diez años había más de cien mil teléfonos sólo en Estados Unidos; en
veinticinco años había un millón, y cuando Bell murió, trece millones de
aparatos fueron silenciados en su honor.
La adopción del teléfono fue, por supuesto,
ayudada por el hecho de que el telégrafo, usando técnicas y equipo muy
similares, llevaba treinta años en uso, y era relativamente sencillo tender el
teléfono sobre muchas de las líneas existentes. Si el teléfono hubiera sido
inventado primero (un hecho improbable, pero no imposible), habría tardado
mucho más tiempo en ser de uso general, aunque fuera por la única razón de que
nadie habría creído en él.
Cuando William Preece, el ingeniero jefe del
servicio de Correos británico, oyó hablar del nuevo invento, pensó que podría
desenmascarar a Bell por fraude. Al no conseguirlo repetidas veces, negó que el
teléfono tuviera ningún valor práctico, y tres años más tarde dijo: «Tengo uno
en mi despacho, pero sólo como muestra. Si quiero enviar un mensaje, empleo a
un botones.» [14]
No nos interesa aquí la historia del veloz e
ininterrumpido avance del teléfono hasta su actual posición predominante en la
vida social y de negocios, pero unas pocas fechas y eventos merecen la pena ser
recordados. Un episodio ya olvidado es la igualmente increíble rápida respuesta
de Edison a la patente de Bell. Como ya se ha dicho, Edison tenía un excelente
transmisor, aún más simple que el de Bell; funcionaba sobre el principio de la
resistencia variable. Las vibraciones del habla recogidas por un diafragma
variaban la presión de un trozo de carbón, y esta presión cambiante producía
una resistencia (y por tanto una corriente) que fluctuaba en simpatía con el
habla original.
Cuando la Western Union Telegraphic Company
intentó introducir este aparato de brillante sencillez se encontró de inmediato
con dificultades. Un transmisor no servía de nada sin un receptor, y los
abogados de la compañía Bell esperaban dispuestos a dar guerra si su
instrumento se empleaba para el propósito. Cuando le informaron de esta
situación, Edison (que estaba ocupado con media docena de otros inventos al
mismo tiempo) prometió entregar un receptor que funcionara con un principio
completamente distinto al de Bell. Lo produjo cinco días más tarde; generaba
sonidos por la fricción de un contacto de platino contra un largo cilindro
rotatorio de yeso, y el usuario tenía que hacer girar una manivela de continuo
si quería oír lo que decía su interlocutor al otro lado de la conexión. Como es
natural, este aparato torpe y complicado no duró mucho, y cuando los intereses
de Edison y Bell se mezclaron el gran inventor pudo dedicar su mente a
búsquedas menos inútiles que reventar otras patentes.
Como curiosidad histórica, podríamos mencionar
que en 1878 el profesor Hughes produjo un micrófono que probablemente
representa lo último en simpleza para cualquier instrumento científico.
Consistía, créanlo o no, en tres clavos corrientes… y nada más. Dos de los
clavos se colocaban uno al lado del otro, y el tercero descansaba entre ellos
como el peldaño de una escalerilla de mano. Cuando una corriente eléctrica
pasaba a través de esta H, se convertía en un detector extremadamente sensible
de sonidos o vibraciones. Incluso una mosca que pasara podía ser oída en un
receptor telefónico conectado al circuito. Los diminutos temblores, que hacían
que los puntos de contacto de los clavos se movieran, producían variaciones de
corriente que se convertían en sonido audible.
Una vez terminado su gran invento, Bell pareció
perder interés en el teléfono. Es probable que el prolongado litigio que
inspiró le desencantase. Su fama y fortuna estaban aseguradas, y pasó el resto
de su larga vida experimentando en diversos campos de la ciencia, como la
aviación, aunque de manera algo estática. Todos los que siguen siendo niños de
corazón se sentirán un poco envidiosos de la diversión que Bell debió de sentir
cuando, en 1907, construyó la cometa más grande que el mundo ha visto jamás. De
15,5 m de largo y 3,5 m de altura, constaba de doce mil pequeñas alas
triangulares que formaban un gran panal. Podía alzar a un hombre hasta una
altura de 45 m; su pasajero fue el desgraciado teniente Selfridge, que unos
pocos meses más tarde tuvo el triste honor de ser el primer hombre muerto en un
aeroplano.
Uno de los más valiosos servicios públicos de
Bell fue su patrocinio de la pujante National Geographic Society, de la que fue
presidente en 1898 antes de cederla a su yerno Gilbert Grosvenor. En 1965 tuve
el placer de presentar al descendiente directo de Bell, ahora el presidente de
la NGS Gilbert (M.) Grosvenor algunas de las muchas atracciones de Sri Lanka
(ver «Ceylon: The Resplendent Land», por Donna K. y Gilbert M. Grosvenor,
National Geographic, abril de 1966).
Unos pocos años después de la patente de Bell,
las grandes ciudades del mundo quedaron unidas por una telaraña de cables
telefónicos en líneas colgantes, a menudo instalados por compañías en amarga
competencia. La guerra al hierro soldado no era extraña entre ellas, ya que
solían destruir los circuitos de sus rivales en hazañas de sabotaje aéreo.
Las líneas colgantes han desaparecido, al menos
en las ciudades, pero las centralitas permanecen como los centros nerviosos sin
los que el teléfono mismo sería inútil.
En los primeros días los operadores eran
muchachos, pero esto no duró mucho, probablemente debido al funcionamiento de
esa curiosa ley matemática con la que están familiarizados todos los expertos
en eficacia: «Un chico es igual a un chico; dos chicos es igual a medio chico;
tres chicos es igual a ninguno». Operadoras femeninas pronto tomaron el relevo
por completo; quizás el teléfono hizo tanto como la máquina de escribir por
emancipar a las mujeres y darles independencia. Es divertido leer, en la Pall
Mall Gazette del 6 de diciembre de 1883, una descripción de una centralita de
Londres:
Es agradable ver la despierta habilidad con que
se da la señal por la caída de una pequeña tapa del tamaño de una cucharilla de
té y con la que la dama conecta al solicitante con el número con el que desea
hablar. Aquí hay una ocupación a la que ningún «padre celoso» podría poner
reparos, y el resultado es que una clase superior de jovencita puede obtenerse
de la escogida carrera de telefonista comparada con la que ejerce esa especie
de camarera que es la telegrafista.
Era obvio que se harían intentos, lo más pronto
posible, por enlazar los sistemas telefónicos de Gran Bretaña y el continente,
y conseguir así con el nuevo aparato lo que se había hecho años antes con el
telégrafo. El primer cable telefónico anglo-francés fue tendido en 1891: era
poco más que un cable telegráfico levemente modificado, lo bastante bueno para
el trabajo dada la distancia relativamente corta implicada. Pero cuando se
hicieron intentos por establecer enlaces telefónicos submarinos a distancias
superiores (como desde Inglaterra a Irlanda), los ingenieros se toparon con
problemas. Las dificultades que asaltaron a los primeros telégrafos submarinos
reaparecían, de forma más severa. Ya hemos visto cómo la torpeza eléctrica de
los primeros cables telegráficos retrasaba y distorsionaba las señales que
pasaban a través de ellos. Hasta cierto punto, esto puede superarse reduciendo
el ritmo de funcionamiento, pero es obvio que esa solución no es posible para
un circuito que tiene que transmitir el habla, no códigos. Si se reduce a la
mitad la velocidad de funcionamiento de un cable telegráfico, se reducen a la
mitad sus ganancias, pero puede seguir funcionando. Un cable telefónico que
sólo puede transmitir la voz a la mitad de velocidad de lo que un hombre puede
hablar es, por su parte, inútil por completo.
El problema quedó resuelto, al menos en lo
referido a cables de unas docenas de kilómetros, por el trabajo de Oliver
Heaviside, un genio matemático brillante pero muy excéntrico cuyo nombre se
recuerda ahora en una conexión bastante distinta. La «Capa de Heaviside» de la
atmósfera superior se hizo familiar en los años veinte como resultado de la
radio de larga distancia, aunque hay gente que escribe «Heavyside» y lo
considera una descripción, no un nombre. Menos conocido, excepto para los
especialistas, es el notable trabajo de Heaviside en matemáticas y
comunicaciones. Y aún menos conocido es el hombre mismo; de todos los
personajes que participan en esta historia, seguramente es el más divertido,
pues pertenece a la galería de ingleses excéntricos de quienes Lewis Carroll es
el santo patrón.
Capítulo 16
El precursor de Einstein[15]
Todos los acontecimientos
en la tranquila vida de Oliver Heaviside pueden resumirse en unos pocos
párrafos. Nació el 18 de mayo de 1850 (tres meses antes del tendido del primer
cable submarino), y murió setenta y cinco años más tarde, el 3 de febrero de 1925.
Fue en gran parte autodidacta, nunca se casó, y durante casi toda su vida fue
virtualmente un recluso que llevó una existencia de ermitaño con apenas algunas
visitas.
Después de trabajar como operador telegráfico en
Dinamarca en su adolescencia, Heaviside regresó a la casa de sus padres con
poco más de veinte años y jamás volvió a salir al mundo. Produjo sus más
importantes estudios científicos durante la década de 1880, y su método de
trabajo no es excesivamente recomendable. Gran amante del calor, cerraba las
puertas y ventanas de su habitación, encendía una lámpara de gas, una estufa y
una pipa, y calculaba durante horas mientras la temperatura subía y el oxígeno
se quemaba lentamente. Heaviside tuvo mala salud durante la mayor parte de su
vida, cosa que no es sorprendente, y lo extraño es que no sufriera el mismo
destino que Emile Zola, muerto por envenenamiento de monóxido de carbono.
Después de la muerte de sus padres en 1896,
Heaviside vivió completamente solo durante doce años. Luego se mudó a una casa
en Torquay, Devon, donde pasó los restantes diecisiete años de su vida. Durante
algún tiempo lo cuidó una pariente amistosa (la cuñada de su hermano), pero la
tensión de cuidar a un genio demostró ser demasiado fuerte para esta alma
generosa, y después de ocho años abandonó a Oliver. Pero aunque Heaviside era
sin duda una persona difícil, unos cuantos amigos penetraron su armadura de
reserva. Desde 1919 hasta el final de su vida lo atendió un policía local,
Henry Brock, que hacía sus pedidos de alimentos y cuya hija se los llevaba a
casa. Heaviside expresó su gratitud en voluminosas cartas, ilustradas por
muchos bocetos; por desgracia, ninguna de ellas sobrevivió a la muerte del
comisario Brock en 1947.
Aunque pobre, Heaviside nunca estuvo necesitado.
Muchos individuos y organizaciones hicieron todo lo posible por ayudarle, pero
pocos tuvieron éxito. Sus primeras discusiones con matemáticos conservadores le
habían amargado y convertido en una persona tímida y apartada, y el hecho de
que fuera algo sordo contribuyó a apartarlo de la sociedad. Los intentos por
ayudarle financieramente fueron abortados por su testaruda independencia; con
frecuencia recordaba, por citar la famosa descripción de la señora de Patrick
Campbell que hace Shaw, «un barco que se hunde e incendia a quienes van a su
rescate».
Heaviside no fue un genio ignorado; mucho antes
de su muerte sus contribuciones al electromagnetismo y las telecomunicaciones
fueron reconocidas de pleno y recibió el más alto honor científico, la
integración en la Royal Society. (El profesor Bjeknes, el gran meteorólogo
noruego, declaró una vez: «Propuse a Heaviside para el premio Nobel; pero, ay,
lo hice cien años demasiado pronto»).
La Institución de Ingenieros Eléctricos (empresa
amigable y tolerante a la que serví entre 1949 y 1950) hizo claros esfuerzos
por ayudarle y honrarle, con moderado éxito. En 1921 instituyó su más alto
galardón, el premio Faraday, y Heaviside fue el primero en recibirlo. Con
cierto nerviosismo, el presidente del IEEE visitó al anciano, y más tarde
relató de esta forma cómo fue recibido:
Heaviside vivía completamente solo en una agradable
casa en Torquay, una casa desvencijada por su falta de cuidados. Lo encontré
esperando en un sendero cubierto de maleza, vestido con una vieja bata, armado
con una escoba, intentando en vano barrer las hojas caídas. Se alegró de verme
de una manera tímida y extraña, y me condujo por un salón repleto de muebles
polvorientos. Criticó enérgicamente el despilfarro del documento recubierto de
cuero que acompaña a la medalla, pero le consoló el hecho de que la medalla
fuera de bronce y no de oro…
Uno de los pocos visitantes
que le vio con regularidad en años posteriores recuerda los peligros de aceptar
la hospitalidad de Oliver:
Primero tuve que ayudarle a buscar escapes de gas
con una vela encendida. Reparamos un tubo de gas flexible que tenía
filtraciones y luego hizo el té. Metió todo el contenido de un paquete de un
cuarto de libra en la tetera. Tuve que beber la poción, que había fortalecido
con una pesada dosis de leche condensada. Ofreció una taza a mi esposa y a mí
una tinaja. La mayor parte de su vajilla se había roto. Una hoja del Times
sirvió de mantel…
Aunque excéntrico,
Heaviside no era ningún ogro. En su vejez fue descrito como guapo, con ojos
brillantes, una notable cabeza de pelo blanco y las maneras y el porte de «un
caballero de la vieja escuela». Es reconfortante añadir que acabó sus días de
forma más confortable de como vivió. El fiel comisario Brock le encontró
inconsciente una noche de enero, lo llevó al hospital (la ambulancia fue el
primer automóvil que utilizó), y fue revivido con rapidez. Muy apreciado por
las enfermeras, era muy divertido y disfrutaba de la buena comida; pero sus
setenta y cinco años fueron demasiado para él y murió cuatro semanas más tarde.
Esto en lo que se refiere al hombre; su vida
anodina queda plenamente eclipsada por su obra, que apareció en una larga serie
de estudios técnicos y tres enormes volúmenes titulados Teoría
Electromagnética. Muchos de sus resultados fueron obtenidos por una técnica
matemática (el cálculo operativo) que causó un pequeño escándalo cuando fue
publicada, pues los puristas fueron incapaces de demostrar que Heaviside estaba
justificado al usar sus ecuaciones de la forma en que lo hacía.
Para expresarlo en pocas palabras, Heaviside
trataba los operadores matemáticos como si fueran cantidades. Los signos
familiares de la aritmética corriente (+, -, x) son todos operadores: no tienen
valor en sí mismos, sino que son sólo órdenes o instrucciones. Operadores más
complejos son los signos de integrales y diferenciales que encontramos en el
cálculo, y a Heaviside le interesaban sobre todo los segundos. Cuando esas
entidades ocurren en las ecuaciones, se asocian normalmente con las cantidades
que modifican, pero Heaviside las dejaba en el aire, formando en efecto
ecuaciones que constaban sólo de operadores que no tenían nada con lo que
operar. Esto era tan malo como escribir frases que constaran sólo de verbos y
ningún nombre o incluso pronombres (¡inténtelo a ver hasta dónde llega!), así
que no es sorprendente que los colegas matemáticos de Heaviside se llevaran las
manos a la cabeza. Pero el método funcionaba… normalmente, aunque como declara
sir Harold Jeffreys: «Heaviside obtuvo muchas respuestas equivocadas, pero
gracias a su sorprendente ingenuidad y su afán en el cálculo pudo encontrar sus
errores. El hecho de que tuviera éxito, no obstante, no es garantía de que
todos los demás pudieran hacerlo».
Estas técnicas tan poco ortodoxas no hacen fácil
seguir los procesos mentales de Heaviside. A un científico que protestó que sus
trabajos eran muy difíciles de leer ofreció la ahora clásica respuesta: «Puede
ser… pero resultaron mucho más difíciles de escribir».
En sus estudios en los mismos cimientos de la
física, Heaviside advirtió que masa y energía eran equivalentes mucho antes de
que esto fuera advertido por el mundo científico en general. En 1890 ya había
llegado a una rigurosa prueba de la famosa relación E = mc2, anticipándose así en unos quince años a la
formulación más general de Einstein sobre esta ley. Éste es quizá su logro más
sorprendente, y el menos conocido. También al igual que Einstein, Heaviside
pasó los últimos años de su vida trabajando en una Teoría Unificada de Campos
que relacionaría la electricidad, el magnetismo y la gravitación. Incorporó sus
resultados en el cuarto volumen de su Teoría Electromagnética, pero nunca
fueron publicados, y a pesar de búsquedas intensivas el manuscrito de este
volumen nunca ha sido encontrado. Se sabe que existió, pues Heaviside lo envió
a un editor americano, quien comprensiblemente se asustó ante las mil libras de
anticipo que éste demandó.
Y aquí nos encontramos con un intrigante enigma
que tal vez nunca será resuelto, como el misterio de las últimas palabras de
Einstein, que escaparon a lo desconocido porque la enfermera que le atendía no
sabía alemán. Seguramente, debía de haber una copia del manuscrito en la casa
de Heaviside cuando lo llevaron al hospital, pero nadie pensó en buscarlo en
ese momento. Por desgracia, cuando el anuncio de la muerte de Heaviside fue
emitido por la BBC, un emprendedor ladrón irrumpió en la casa vacía. No pudo
encontrar gran cosa de valor (¡y con cuánta amargura debió de haber lamentado
el comisario Brock no poder realizar un último servicio a su viejo amigo!),
pero muchos libros y trabajos fueron robados y diseminados. Tal vez una de las
claves que los físicos de todo el mundo han buscado en vano durante una
generación se perdió aquella noche de febrero de 1925.
Sea como fuere, Heaviside dejó tras él lo
suficiente para asegurarle un lugar en las matemáticas y, sobre todo, en la
teoría de comunicaciones. Como había hecho lord Kelvin treinta años antes,
abordó el problema de la corriente que fluye en un largo cable submarino, pero
le preocupaban los complejos y velocísimos impulsos del habla, no los
relativamente lentos de la telegrafía. Para funcionar de manera satisfactoria,
un cable telegráfico debe ser capaz de transmitir entre 1 y 200 impulsos por
segundo, y una cierta cantidad de distorsión puede tolerarse, ya que la señal
pulsada puede ser rehecha o regenerada por un equipo receptor adecuado y
enviada de nuevo. Sin embargo, para transmitir el habla, deben manejarse al
menos 2.500 impulsos por segundo, sin ninguna distorsión apreciable. Las bajas
frecuencias de la voz masculina en su tono más áspero, las altas frecuencias de
una indignada soprano… todo debe viajar por la línea con igual facilidad.
No hace falta decir que en general no es así, y
hay dos efectos que imposibilitan enviar el habla a larga distancia a través de
un cable submarino. El primero es la atenuación, o el inevitable
desvanecimiento de las señales a medida que pasan por la línea. Para empeorar
las cosas, las frecuencias más agudas se desvanecen más aprisa que las más
graves, un efecto que también ocurre con los sonidos de la vida cotidiana. Si
se oye una banda de música a distancia (que es como mucha gente lo prefiere),
todo lo que se puede distinguir al principio es, en palabras de Omar, «la
valiente música de un tambor lejano». Hasta que la banda se acerca no se pueden
distinguir los instrumentos más agudos como los pífanos. Incluso en el aire,
las frecuencias bajas se transmiten mejor, y este efecto se exagera en un cable
submarino.
Esta tendencia podría ser contrarrestada
«potenciando» las frecuencias más altas, equilibrando así sus pérdidas
aumentadas. Eso es lo que hacemos cuando manejamos los controles de un
tocadiscos, en un intento de corregir las características de una grabación o
las deficiencias de un altavoz. Sin embargo, se llega a un punto en que no
queda nada que amplificar, y entonces ya no se puede potenciar más.
Una forma de distorsión más sutil, y aún más
seria, es causada por el hecho de que las diferentes frecuencias también viajan
a diferentes velocidades por el cable. Por suerte, este efecto no sucede con
los sonidos que se propagan a través del aire. Si lo hiciera, los resultados
serían terriblemente extraños. La música sería imposible; en un concierto
sinfónico, si todos los instrumentos tañeran a la vez una nota en mitad de sus
registros, el público oiría primero los flautines, luego los violines, después
los violoncelos, y los dobles bajos y contrabajos al final. Incluso el habla
sería imposible, a menos que accediéramos a conversar con los demás a una
distancia constante. Si yo pronunciara la palabra «Tonterías», para cuando
ustedes la oyeran la «s» final habría alcanzado la más grave «ton» del
principio, y la palabra se habría convertido en la cosa que describe.
Estos peculiares efectos se producen casi por
completo por la excesiva capacidad eléctrica de los cables submarinos, que ya
hemos mencionado en el capítulo 5, donde un cable se comparó con una manguera
que tarde una cantidad definida de tiempo en llenarse, de forma que hay que
esperar antes de que algo salga por el otro extremo.
Sin embargo, el cable también posee otra
característica eléctrica, conocida por inductancia. Su equivalente mecánico es
la inercia; un circuito eléctrico, como un objeto sólido, tiene cierta
viscosidad, y tarda algún tiempo en responder cuando se le aplica un impulso.
Un cable submarino tiene muy poca inductancia, y a primera vista esto podría
parecer buena cosa. Sin embargo, cuando completó su análisis matemático,
Heaviside descubrió, sin duda para su sorpresa, que si se aumentaba
deliberadamente la inductancia de un cable sus características de transmisión
mejorarían. Lo que sucede no puede ser explicado en términos no matemáticos,
pero podríamos decir que la inductancia y la capacidad de un cable tienden a
contrarrestarse. Por un ajuste correcto, pueden cancelarse por completo, y el
resultado es lo que Heaviside llamó una «línea sin distorsión», es decir, una
en la que todas las frecuencias viajan a la misma velocidad y sufren la misma
atenuación o desvanecimiento.
Pasaron diez años o más antes de que los
ingenieros apreciaran y aceptaran este peculiar resultado; tal vez recelaban
tanto de las ecuaciones de Heaviside como los matemáticos puros, aunque por
motivos diferentes. Pero al final se demostró por medio de experimentos que los
cables submarinos podían ser mejorados en gran medida si se les añadía
deliberadamente inductancia, insertando a intervalos bobinas a lo largo de su
longitud, o enroscando alambre de hierro alrededor del conductor central.
Este descubrimiento de Heaviside, llevado a la
práctica por Michael Pupin en Norteamérica y Krarup en Dinamarca (Heaviside
seguía siendo un profeta sin mucho reconocimiento en su propia tierra), hizo
posible la telefonía submarina a través de distancias de unos pocos cientos de
kilómetros. La carga inductiva, como fue llamada, se aplicó también a los
cables telegráficos, aumentando cinco veces su capacidad, un hecho de enorme
importancia comercial. Incluso antes de su muerte, las ecuaciones de Heaviside
ganaban miles de libras al día. Hay mucho dinero en las matemáticas, pero rara
vez para los matemáticos.
A finales de los años veinte, materiales
aislantes mejorados y aleaciones especiales para cargas inductivas hicieron
posible pensar seriamente en un cable telefónico sobre el Atlántico. El pionero
en este campo fue el doctor E. O. Buckley de los Bell Telephone Laboratories;
entre 1928 y 1931, en conjunción con el Ministerio de Comunicaciones británico,
llevó a cabo una serie de experimentos con cables de muestra en la costa de
Irlanda y en el golfo de Vizcaya. Por desgracia, un cable sólo podía transmitir
una sola conversación en esa distancia y eso hizo antieconómico el proyecto.
Para mejorar la función se pensó en usar amplificadores en el cable; primero se
imaginaron como globos hundidos, anclados al fondo del mar, y con baterías para
seis meses de funcionamiento.
Éste fue el germen de la idea que conduciría, una
generación más tarde, a los repetidores sumergidos de los cables telefónicos
del Atlántico de hoy en día. Pero el plan no se cumplió en esa época, por dos
motivos principales. El primero fue la incertidumbre económica de los años
treinta, que hacía improbable que una apuesta técnica de esa magnitud ofreciera
compensaciones; el segundo fue el desarrollo de la radio, que proporcionó un
método completamente nuevo e inesperado de comunicación a larga distancia,
aportando además a los cables submarinos el mayor desafío de su carrera.
En este punto, por tanto, tenemos que hacer un
amplio desvío hacia un campo que habría parecido milagroso a los pioneros de la
telegrafía atlántica, igual que pareció milagrosa su empresa a muchos de sus
contemporáneos. La voz humana abarcó el Atlántico cuarenta años antes de hacer
el mismo viaje por cable, y el sistema telefónico submarino nunca podría haber
sido construido sin el uso de muchas técnicas desarrolladas para la radio.
Capítulo 17
Espejo en el cielo
La existencia de las ondas
de radio fue descubierta por el gran físico matemático James Clerk Maxwell,
mientras permanecía sentado en su estudio de Cambridge y escribía ecuaciones.
Demostró teóricamente que cuando una corriente eléctrica oscila en un conductor,
emite ondas que viajan por el espacio a la velocidad de la luz, y que de hecho
sólo difieren de la luz al poseer longitudes de onda mucho más largas y por
tanto promedios menores de vibración.
Maxwell no vivió para ver sus ecuaciones
triunfalmente verificadas. Murió en 1879 a la temprana edad de cuarenta y ocho
años; ocho años más tarde, en una serie de experimentos clásicos, un joven
científico alemán llamado Heinrich Hertz se convirtió en el primer hombre que
generó y detectó las ondas que revolucionarían las comunicaciones y cambiarían
las pautas de la cultura y la sociedad por todo el mundo.
Irónicamente, Hertz no creía que su trabajo, por
importante que fuera para la comprensión del universo físico, tuviera ninguna
consecuencia práctica, y desdeñó específicamente que las ondas de radio
pudieran ser utilizadas para hacer señales. Este tipo de ceguera para los
resultados de su propio trabajo no es extraño entre los físicos (ni entre otra
gente). Lord Rutherford, el primer hombre en dividir el átomo y desentrañar su
estructura, solía reírse ante los periodistas imaginativos que querían saber si
la energía atómica sería dominada alguna vez. «Siempre tendremos que poner más
energía en el átomo que la que sacaremos de él», declaraba categóricamente… y
no vio cómo Hiroshima refutaba sus palabras por el mismo número de años que
Maxwell se perdió la confirmación de Hertz.
No es corriente que un solo hombre domine un
campo de tecnología importante y en rápido auge, pero durante treinta años
Marconi fue el coloso de la radio. Apenas era un adolescente cuando consiguió
transmitir ondas de radio a una distancia de un kilómetro cerca de Bologna,
Italia, y dos años más tarde (en 1896) se trasladó a Inglaterra, donde llevó a
cabo muchos de sus más famosos experimentos, con frecuencia en conexión con el
servicio de comunicaciones británico.
Muy pronto se descubrió que el equipo emisor y
receptor de radio podía ser sintonizado, de forma que podía escogerse la
emisora que uno quería escuchar, e ignorar todas las demás. Nos parece algo tan
obvio que nos cuesta trabajo advertir que alguien tuvo que descubrirlo; el
crédito se debe a sir Oliver Lodge, quien demostró el principio en 1897.
Mientras nacía el siglo veinte, la radio (o «sin
hilos», como la llamaba la mayoría de la gente) aumentó con rapidez su alcance,
y en 1901 saltó el Atlántico. Tras colocar una antena receptora en una cometa
en Newfoundland, Marconi pudo recibir señales en morse transmitidas desde
Poldhu, Cornualles.
Apareció un misterio de primera clase. Si las
ondas de radio se comportaban como la luz, no había forma de que pudieran
sortear la curvatura de la Tierra. Un faro en Cornualles, no importaba cuán
poderoso fuera, no podía ser visto más allá de una docena de kilómetros en el
Atlántico; después de esa distancia sus rayos se perdían en el espacio, muy por
encima de la curva descendente del mundo.
En 1902 Oliver Heaviside (y, simultáneamente,
Kennelly en Estados Unidos) propusieron una explicación que parecía casi tan
extravagante como los hechos. Sugirieron que, a una altura muy grande en la
atmósfera, había una capa reflectante que devolvía las ondas de radio a la
Tierra, impidiendo que escaparan al espacio. Como parecía muy improbable que la
naturaleza fuera tan considerada con la industria de las comunicaciones, y
también era difícil ver qué podría crear una capa con unas características tan
peculiares, los científicos tardaron en aceptar esta explicación. Hasta 1924
(sólo dos meses antes de la muerte de Heaviside), Appleton y Barnett no
demostraron concluyentemente que la atmósfera superior contenía no una capa
reflectante, sino al menos dos. Hoy día miles de cohetes (y docenas de
astronautas) han atravesado la ionosfera, y muchos de sus secretos han sido
descubiertos.
Los primeros trabajadores de la radio fueron
entorpecidos por dos serias deficiencias en su equipo: sus métodos para
detectar las ondas eran muy insensibles y torpes, y no tenían medios para
amplificar las señales cuando habían sido recibidas. La radio estaba aún en la
etapa anterior al cristal. El primer logro importante se produjo en 1904,
cuando Fleming inventó la válvula diódica, el antepasado primitivo de
incontables millones de tubos de electrones. El nombre «válvula» era muy
adecuado; el diodo permitía que las señales pasaran en una dirección, pero no
en la otra. Convertía las ondas de radio en señales audibles, pero no podía
ampliarlas.
Ese paso esencial se dio en 1907, con el invento
del triodo por parte de De Forest. Administrando los débiles impulsos a un
entramado de cables estratégicamente situados dentro del diodo de Fleming, De
Forest hizo el importantísimo descubrimiento de que era posible amplificar las
señales de forma casi ilimitada. El triodo provocó la era electrónica, y fue
por tanto uno de los auténticos inventos de la historia que crean época,
comparable sólo con el transistor de medio siglo más tarde. En el campo de las
comunicaciones, donde recibió su primer uso, el triodo y sus más complejos
sucesores dieron a la radio la herramienta básica necesaria para su rápido
desarrollo. Una vez descubierto el método para amplificar corrientes eléctricas
débiles y variadas, ejércitos de hábiles ingenieros, con Marconi al frente,
elaboraron el resto de la tecnología de la radio y construyeron la industria de
más rápida expansión que ha visto el mundo.
Los primeros experimentadores, después de
recuperarse de su sorpresa al descubrir que las ondas de radio podían curvarse
alrededor de la Tierra, investigaron con rapidez las leyes que controlan su
propagación. Descubrieron que cuanto más larga era la onda, mayor era la
distancia a la que podía ser recibida; para sus experimentos transatlánticos,
Marconi utilizó ondas de 1 km de longitud. Estas ondas largas necesitaban por
tanto enormes sistemas de antenas para su emisión y recepción, y una estación
de radio de onda larga era una visión impresionante, con una serie de torres de
100 m de alto y cubriendo varios kilómetros cuadrados de terreno. Hasta los
años veinte, estas inmensas instalaciones parecieron ser el único medio de
establecer circuitos de radio alrededor del mundo. Las ondas cortas, al no
servir más que para las comunicaciones locales, se dejaron para los
experimentadores aficionados o «hams», que las aceptaron a regañadientes,
protestando por la injusticia de su tratamiento. No lo sabían, pero eran como
los indios de Oklahoma que eran timados con un pedazo de desierto que nadie
quería y que por casualidad estaba empapado en petróleo.
A principios de los años veinte, los operadores
aficionados hicieron un descubrimiento que hizo que los gobiernos y firmas de
comunicaciones volvieran rápidamente al campo de la onda corta. Los primeros
testes de estas ondas habían demostrado que su alcance era muy limitado, y
también variable: desaparecían a unas pocas docenas de kilómetros del transmisor.
Lo que nadie había imaginado era que volvían a producirse, a menudo de forma
fuerte y clara, a miles de kilómetros de distancia, después de haber sido
reflejadas en la ionosfera.
No es sorprendente que se tardara aún un tiempo
en descubrir esto. Después de todo, si se ejecutaban las pruebas entre,
digamos, Nueva York y Washington, nadie se habría molestado en colocar
receptores adicionales en Groenlandia y Perú por si las señales pudieran ser
detectadas allí casualmente. La inesperada pauta de la recepción de la onda
corta no vio la luz hasta que el mundo quedó cubierto de entusiastas
aficionados investigando el espectro de radio y tratando de batir los récords
de distancia de los demás.
En 1924 Marconi, con gran valor técnico y
comercial, decidió explotar las posibilidades de las ondas cortas. En esa época
los enlaces de radio de larga distancia empleaban ondas de 5 a 10 km de
longitud, generadas con niveles de energía muy altos y emitidas desde enormes y
caros sistemas de antenas. Marconi creía que podrían obtenerse resultados mucho
mejores y más baratos usando ondas un millar de veces más cortas: metros, en
vez de kilómetros.
El resto del mundo se mostró escéptico; aunque
las ondas cortas podían ser recibidas a grandes distancias, la recepción era
errática y al parecer impredecible. Marconi esperaba superar esto usando
sistemas de rayos, de forma que la mayor parte de la energía se enviaba en la
dirección deseada y no se emitía por todo el espacio. Esto sólo se podía hacer
de forma económica con las antenas relativamente pequeñas que hacían posible el
uso de la onda corta; los intentos para hacer antenas direccionales en las
ondas largas tuvieron por resultado sistemas de hasta 15 km de largo, y con
pobre eficacia.
La apuesta de Marconi tuvo un brillante éxito, y
durante el período 1927-28 Gran Bretaña quedó enlazada por onda corta con
Canadá, la India, Suráfrica y Australia. El nuevo servicio de radio era tan
eficaz, de hecho, que se convirtió en una seria amenaza para los cables
submarinos existentes. En 1928, por tanto, los intereses británicos en radio y
cables se fundieron en un solo cuerpo (Cable and Wireless Ltd), que durante
medio siglo dominó las comunicaciones internacionales. C & W fue un típico
compromiso inglés entre la industria privada y el control estatal. El gobierno
estaba representado en la dirección de la compañía, y tenía derecho a
apropiarse de ella en tiempo de guerra. Es un considerable tributo a la
compañía que este derecho no fuera ejercitado en el período 1939-1945.
Ya hemos mencionado que Marconi superó al
Atlántico en 1901, cuando la letra S (punto punto punto) fue transmitida desde
Cornualles a Newfoundland. La voz humana no hizo el mismo viaje hasta 1915,
esta vez en dirección opuesta. Después de una larga serie de experimentos con
el transmisor de la estación naval de Estados Unidos en Arlington, la compañía
telegráfica y radiofónica norteamericana detectó habla inteligible a través de
un receptor situado en lo alto de la Torre Eiffel. Los experimentos fueron
llevados a cabo con dificultades, pues la Torre Eiffel era el centro del
sistema de comunicaciones del ejército francés y la antena sólo podía ser
utilizada durante un intervalo de diez minutos a primeras horas de la mañana.
Tras varios meses de paciente espera y ajuste del aparato, se detectaron
palabras ocasionales, y la primera frase completa se recibió a las 5.37 de la
mañana del 23 de octubre de 1915. Por cierto, las palabras que encendieron los
ánimos de tantos millones de personas al otro lado del Atlántico fueron:
«¡Hola, Shreeve! ¿Cómo está el tiempo esta mañana?».
El primer servicio comercial radio-telefónico
entre Nueva York y Londres se inauguró en febrero de 1927, usando una longitud
de onda de unos 6.000 m. Esto fue sesenta y un años después del establecimiento
de los cables submarinos, y cincuenta y uno después de la invención del
teléfono. Desde esa fecha hasta el tendido del primer cable telefónico
submarino en 1956, la radio fue el único medio de hablar a través del
Atlántico.
Por desgracia, no era un medio completamente
fiable. Aunque se hicieron grandes mejoras en receptores y transmisores, nada
pudo hacerse respecto al tercer eslabón de la cadena: la ionosfera. Cuando las
condiciones eran buenas, la transmisión transatlántica era de calidad excelente,
con pocas distorsiones o interferencias. Pero con demasiada frecuencia los
rayos radiados detectaban ruidos peculiares, como los sonidos de sartenes
cósmicas. Por lo normal sólo eran molestos, pero a veces podían anular la
señal. Podía haber períodos de horas, o incluso días, en que la radio-telefonía
era imposible, y los retrasos resultantes eran irritantes y caros para los
usuarios. El servicio telefónico transatlántico estaba en la misma posición que
las primeras líneas aéreas: nunca se podía garantizar su funcionamiento, todo
dependía del tiempo. En este caso, sin embargo, el tiempo no era algo que
concerniese a los primeros pocos kilómetros de la atmósfera, sino a los últimos
centenares.
El estudio de la ionosfera es una de las ramas
más complicadas de la ciencia moderna, así como una de las más importantes
desde el punto de vista práctico y desde la luz que arroja al universo que nos
rodea. Examinarla con detalle nos llevaría muy lejos, incluso más allá de los
generosos límites de divagación fijados para este libro, aunque es necesario
decir algo sobre las causas e idiosincrasia de la ionosfera para comprender por
qué, después de una batalla de treinta años, los ingenieros telefónicos
abandonaron la atmósfera superior y regresaron a las profundidades del mar.
La ionosfera no es una estructura sencilla ni
estable: consta de tres capas principales, la más baja (la capa E) de unos 125
km, las más altas (F y F2), oscilando entre los 250 y 400 km. Los nombres E y
F, por cierto, los puso Appleton, quien fue el primero en descubrir que había
más de una capa. Con encomiable previsión empezó por la letra E por si
aparecían nuevas capas más cerca del suelo… como de hecho ha sucedido.
Ahora sabemos que el agente principal en la
producción de esas capas es el flujo de luz ultravioleta del Sol al atravesar
la atmósfera de la Tierra. Ésta se considera por lo general como algo positivo,
y lo es… en dosis pequeñas y débiles. Los crudos rayos del sol, sin embargo,
destruirían toda la vida terrestre en cuestión de minutos si alcanzaran la
superficie de la Tierra; por fortuna para nosotros, son filtrados muchos
kilómetros por encima de nuestras cabezas. Como producto residual de este
proceso de filtración electrificarían (ionizarían) la atmósfera, gastando su
energía en arrancar electrones de los espaciados átomos de oxígeno y nitrógeno
que encuentran [16]. El aire que es
electrificado lo suficiente refleja (o, más adecuadamente, refracta) las ondas
de radio, igual que el aire bajo condiciones adecuadas de temperatura refleja
las ondas de luz produciendo espejismos.
Ya que la ionosfera es mantenida por la luz del
sol, cambia de forma natural en densidad y altitud entre el día y la noche, el
verano y el invierno. Es posible permitir para este efecto una considerable
extensión, variando la longitud de onda empleada, pero hay límites más allá de
los cuales no sirven de nada los trucos técnicos.
Como en la atmósfera inferior, el Sol es a la
vez el creador y el distribuidor del clima. Mantiene la ionosfera, pero a veces
la hace pedazos con estallidos de intensa radiación ultravioleta que emergen de
explosiones violentas en la superficie solar. Algunos de estos estallidos están
relacionados con las manchas solares, que varían de frecuencia en un ciclo de
once años, de forma que en un momento la cara del Sol puede estar moteada con
oscuros remolinos muchas veces superiores en tamaño a la Tierra, mientras que
en otro puede estar carente de marcas por completo. Es en los momentos de mayor
actividad solar cuando la ionosfera es más perturbada, y la comunicación por
radio alterada.
Por tanto, podemos considerar la ionosfera como
un espejo que engloba la Tierra y que late con los días y las estaciones, que
rara vez es liso ni refleja a la perfección, y que a veces queda tan hecho
añicos que puede tardar horas o días en reformarse. Un espejo semejante no
sería muy satisfactorio para el uso ordinario, y es sorprendente que los
ingenieros de radio hayan podido sacar tanto provecho de su existencia.
Pero antes de que abandonemos las cumbres
borrascosas de la ionosfera y regresemos a la silenciosa calma del lecho
marino, recordemos una deuda inconmensurable que la civilización debe a los
científicos que sondearon estas capas electrificadas. En 1925, Merle A. Tuve y
Gregory Breit, trabajando en el Laboratorio de Investigación Naval cerca de
Washington, desarrollaron una técnica pulsante que daba medidas directas de la
altura de la ionosfera sobre el terreno calculando el tiempo que el eco de las
ondas de radio tardaba en regresar a la Tierra. Esto, como es natural, fue la
base del radar, el arma que ganó la Batalla de Inglaterra y, más tarde, la
Batalla del Atlántico. Sin el radar, fruto de los trabajos pioneros de sir
Robert Watson Watt y un puñado de colaboradores a finales de los años treinta,
la Luftwaffe habría destruido la Royal Air Force, mucho más pequeña, la
invasión de Gran Bretaña habría continuado, y hoy viviríamos en un mundo muy
distinto.
Comparados con el radar, avances como los
cohetes, la propulsión a chorro e incluso la energía atómica tuvieron poco
efecto en el avance o el resultado de la Segunda Guerra Mundial. Y el radar
evolucionó directamente del método de pulso-y-eco para sondear la atmósfera,
esa capa remota e invisible cuya propia existencia era todavía desconocida hace
sólo una generación.
Todavía hay idiotas que insisten en preguntar
qué utilidad tiene la investigación científica pura. Nada podría haber parecido
más apartado de la vida cotidiana que los intentos de medir la densidad
electrónica a una altura de 100 km en el cielo. Sin embargo, de este trabajo
surgió el arma decisiva que ganó la mayor de las guerras, y cambió el curso de
la historia.
Capítulo 18
Teléfono transatlántico[17]
Hemos visto cómo el
teléfono se extendió con rapidez por todo el mundo pocos años después de que
Graham Bell lo inventara en 1876. Pero la telefonía a larga distancia (incluso
en tierra) no fue practicable hasta cuarenta años más tarde, cuando el problema
de amplificar las corrientes de habla fue resuelto por el tubo triódico de De
Forest. Resultaba bastante fácil impelir los débiles pulsos a lo largo de una
línea telegráfica por medio de un relé o repetidor, pero hacer lo mismo para el
teléfono preocupó a los mejores cerebros de este campo durante décadas. El
problema fue resuelto por completo en los años cuarenta, cuando cualquier
llamada de larga distancia era ampliada por bancos de tubos electrónicos en
estaciones repetidoras situadas cada 50 km; sin esa amplificación, la señal se
habría apagado después de unos cuantos centenares de kilómetros.
La tecnología de la radio también jugó un papel
importante permitiendo que cientos o incluso miles de conversaciones
simultáneas fueran llevadas a cabo en un solo conductor, usando cada uno una
frecuencia distinta (una técnica conocida como «transmisión de frecuencia
transportada»). Sin que el público se diera cuenta, gran parte del sistema
telefónico era realmente radio por cable, siendo el «cable» en sí el ahora
familiar cable coaxial con su único conductor central. ¡Cómo habría sorprendido
esto a gente como Bell y Edison, acostumbrados a cientos de cables aislados
separados, cada uno con su propia conversación privada!
El cable coaxial (el nombre ha sido ya desechado,
y el adjetivo contraído es coax) puede manejar una enorme gama de frecuencias.
La conexión de su aparato de televisión lleva señales que oscilan a cientos de
millones de ciclos por segundo, y podría encargarse de varios millares de
millones para distancias cortas, el equivalente a un millón de conversaciones
telefónicas separadas sin interferencia mutua.
Los tres elementos básicos en la moderna
telefonía a larga distancia, por tanto, son el cable coaxial que proporciona el
enlace físico, las estaciones de repetidores situadas cada 50 km más o menos
que impulsan las señales para compensar las pérdidas en la línea, y el equipo
terminal que funde (en el extremo emisor) y sortea (en el receptor) los miles
de mensajes que pasan por el núcleo del cable de cobre.
Con receptores bien diseñados, espaciados a los
intervalos adecuados, no hay límite práctico a la distancia que pueden cubrir
las conversaciones telefónicas. En efecto, la distancia no es ninguna
limitación física (aunque puede ser económica) a la telefonía en la superficie
de nuestro pequeño planeta. De hecho, es muy improbable que existiera un
planeta en cualquier lugar del cosmos cuyas antípodas no pudieran ponerse en
contacto entre sí por el mismo equipo que se usa cuando Nueva York habla con
San Francisco, o Londres con Roma.[18]
Poco después de la Segunda Guerra Mundial, y
como resultado directo de los avances en el radar, el cable coaxial fue
desafiado por un poderoso rival: el enlace de microondas. Todo el mundo está
ahora familiarizado con las altas torres, coronadas por enigmáticos cuernos o
reflectores parabólicos, que ahora surgen de los tejados de las centralitas
telefónicas o permanecen en solitario aislamiento en lo alto de remotas
colinas. Estas estaciones de repetidores están conectadas entre sí no por
cables de cobre, sino por estrechos haces de ondas de radio, enfocadas con
tanta brusquedad que si pudieran ser observados a simple vista parecerían
deflectores. Estas torres, por tanto, deben estar lo bastante cerca unas de
otras para «verse», y por eso están situadas en los lugares más altos posible.
Normalmente están tan separadas como los repetidores utilizados en los cables
coaxiales, cada 40 o 50 km, pero separaciones mucho mayores son posibles en
zonas montañosas.
La gran ventaja de los enlaces de microondas es
que pueden saltar sin esfuerzo a lo largo de países donde sería muy caro y
dificultoso tender un cable. Los obstáculos para las líneas terrestres, por
cierto, no son siempre geográficos. Los granjeros pueden ser una molestia tan
grande como los pantanos, los ríos y las cañadas, pero el rayo microondas los
ignora a todos. Y no propician un pujante mercado negro de cobre robado, cosa
que no es un problema trivial en los países subdesarrollados.
Si usamos cables coaxiales o torres de
microondas, por tanto, la longitud máxima de un único enlace en una cadena
telefónica que transmita un gran número de conversaciones simultáneas es de
unos 50 km. A partir de esta distancia, las señales tienen que volver a ser
amplificadas para transmitir mensajes hablados de buena calidad. Esto no
importa en tierra, pero significa que cualquier gran extensión de agua supone
una barrera en apariencia insuperable para los circuitos telefónicos.
Aunque los cables especialmente diseñados de los
años cincuenta podrían haber llevado un número limitado de conversaciones hasta
300 km de una sola vez, esto no era más que la décima parte de la distancia
necesaria para cubrir el Atlántico. Así que la solución obvia era colocar una
cadena de amplificadores a lo largo del océano, impulsando las señales antes de
que se perdieran en el ruido de fondo. Era bastante simple en teoría, pero las
dificultades prácticas eran tan grandes que durante largo tiempo pareció que no
había esperanza de superarlas. Los repetidores telefónicos de 1950 eran del
tamaño de grandes ficheros y requerían fuentes de energía de varios voltajes
diferentes. Y los tubos de vacío de los que dependían tenían vidas muy cortas;
no sería fácil reemplazarlos a un par de kilómetros de profundidad en el fondo
del mar.
Diseñar repetidores telefónicos que funcionaran
sin fallos durante décadas en el fondo del Atlántico, bajo presiones de
toneladas por centímetro cuadrado, debió parecer un problema tan formidable que
casi cualquier alternativa razonable habría sido aceptada. De hecho hay dos, y
merece la pena echarles un vistazo aunque sólo sea para ver por qué fueron
rechazadas.
Un circuito telefónico desde Europa a
Norteamérica podría ser construido casi completamente por tierra… si atravesara
la URSS. La única sección sumergida estaría bajo el estrecho de Bering, y éste
podía ser superado con facilidad con un solo tramo de cable. Como hemos visto
en el capítulo 11, esta ruta se intentó en 1864, después del fracaso del primer
cable atlántico. Un argumento en contra en la investigación de 1861 fue también
válido un siglo más tarde: «La objeción principal serían las regulaciones
internas, y el carácter político de Rusia». Incluso en el mundo algo más cuerdo
de hoy día, una ruta tan larga a través de un territorio tan duro no sería una
proposición económica.
Así que tenía que ser el Atlántico, y una forma
de sortearlo que se discutió en serio fue una cadena de aparatos voladores (o
dirigibles), estableciendo una línea de contacto radial alrededor de la curva
de la Tierra. Unos cinco relés habrían bastado, pero el capital y los costes
habrían sido enormes, ya que habrían sido necesarios aviones de asistencia (y
sus tripulaciones), y los problemas operacionales habrían sido severos. Sin
embargo, se podría haber hecho si no hubiesen habido más alternativas; y ésta
es esencialmente la solución que, sólo unos años más tarde, proporcionarían los
satélites de comunicaciones de una forma mucho más elegante. Sin embargo, en
los años cincuenta, la única respuesta práctica era un repetidor sumergido; y
el desafío fue aceptado por una combinación única de ingeniería norteamericana,
canadiense y británica.
Cuando, en noviembre de 1953, la British Post
Office, la Canadian Overseas Telecommunication Corporation y la American
Telephone and Telegraph Company firmaron el contrato para construir el primer
cable telefónico transatlántico, ya habían acumulado muchos años de experiencia
con repetidores sumergidos de varios tipos, aunque en circuitos mucho más
cortos que el que se proponía ahora. La Post Office había colocado un repetidor
en el mar de Irlanda, entre Anglesey y la isla de Man ya en 1943, después de
cinco años de trabajo experimental. Luego se colocaron otros repetidores en
cables telefónicos al continente, pero todos ellos en aguas menos profundas, y
no podrían haber resistido la enorme presión existente en el fondo del
Atlántico.
Por otro lado, en Estados Unidos, desde el
principio se enfocó el interés en los repetidores que pudieran colocarse en el
profundo océano. Desde los años treinta, los avances en la electrónica habían
hecho que Bell System pensara seriamente en cables transatlánticos con
repetidores sumergidos, y se llevaron a cabo muchos trabajos experimentales
sobre el desarrollo de los componentes que serían necesarios. En concreto,
pruebas de larga duración sobre tubos de vacío para descubrir, y si era posible
eliminar, las causas de los fallos. Cuando el TAT-1 estaba siendo diseñado, los
ingenieros de Bell pudieron señalar con orgullo que los tubos llevaban
funcionando de forma continua durante diecisiete años. No es extraño que
prefirieran no pasarse a los transistores, relativamente poco experimentados.
Todo este trabajo culminó en 1950 con el tendido
de un cable telefónico entre Cayo West (Florida) y La Habana (Cuba), una
distancia de unos 220 km. Se utilizaron seis repetidores, algunos a
profundidades de casi 2.000 m. Desde el principio, este cable se consideró el
modelo del propuesto cable atlántico, y su ejecución, por tanto, fue observada
con extremo cuidado. Cuando estuvo dos años de servicio sin problemas se pasó
al proyecto más ambicioso, y se iniciaron consultas entre los técnicos de la
British Post Office y la AT&T.
El problema fundamental, por supuesto, fue el
diseño de los repetidores submarinos. Éstos tenían que contener amplificadores
de banda ancha consistentes en tubos de vacío y sus circuitos asociados, para
impulsar las débiles señales por un factor de un millón antes de enviarlas
hacia la siguiente sección del cable coaxial.
Tendrían que estar sellados en contenedores
completamente estancos, con recubrimientos que soportaran la presión de hasta
4.000 m de profundidad. Esto significaba que serían enormes y pesados, lo que
suponía un problema importante en el tendido del cable, sobre todo en aguas
profundas.
Los británicos habían fabricado repetidores
insertados en tubos gruesos y rígidos del tamaño y la forma de torpedos, de
modo que el barco-cable tenía que detenerse por completo cuando había que
empalmar uno en el cable. Esto no importaba en las aguas poco profundas para
las que estas unidades estaban diseñadas, pero cuando una gran cantidad de
cable era tendida, como pasaría en el caso del Atlántico abierto, detener el
barco introducía serios problemas, pues el cable podía retorcerse. Los cables
en espiral de la coraza externa tienden a desliarse ligeramente cuando varios
kilómetros de cable cuelgan libremente del barco. Cuando el tendido es firme y
continuo, este desligamiento se extiende de manera uniforme por todo el cable
sin causar ningún prejuicio; pero detener el cable puede provocar retorcimientos
que pueden distorsionar el cable o incluso, en casos extremos, formar nudos. Es
sorprendente lo que puede hacer un pedazo de cable que parece rígido como una
barra de hierro durante su breve período de libertad entre los tanques del
barco y el fondo del mar; a veces se producen nudos que difícilmente podrían
ser superados por un gatito jugando con un ovillo de lana.
Para impedir esos desastres, los ingenieros de
Bell System se fijaron una meta. Diseñaron repetidores flexibles, de forma que
eran virtualmente parte del cable y podían ser tendidos con él; no habría
necesidad de parar el barco para hacer un empalme. Una sección del cable que
contuviera un repetidor así parecería una boa constrictor después de un
almuerzo ligero: sólo un bultito apenas perceptible muestra que algo inusitado
ha tenido lugar.
Ya era bastante difícil construir un equipo
basado en tubos de vacío que pudiera funcionar en el fondo del mar durante
décadas sin ser atendido; meterlo en un cilindro acorazado de sólo unos
centímetros de través y que fuera capaz de curvarse alrededor de un tambor de
sólo 2 m de diámetro (el tamaño de las mangas expedidoras del barco-cable),
hizo el diseño todavía más difícil. Aún peor, el diámetro pequeño en extremo de
los repetidores flexibles de aguas profundas implicaba que sólo podían
transmitir en una sola dirección: simplemente, no había espacio para los
circuitos que permitirían funcionar en dos direcciones. Por otro lado, los
repetidores británicos, mucho más gruesos, podían funcionar en ambas direcciones.
Ante estas dos diferentes formas de encarar el
problema, se alcanzó un pulcro compromiso. Los repetidores Bell se usarían para
cruzar el Atlántico, aunque esto significara tender dos cables: uno para
transmitir el habla de este a oeste, el otro para hacerlo de oeste a este. Los
repetidores de la British Post Office se usarían en el cruce más corto de las
aguas poco profundas desde Newfoundland (donde el cable transoceánico llegaría
a la costa) hasta la tierra firme de Nueva Escocia, y como podía amplificar las
señales que pasaran en ambas direcciones, sólo un cable sería necesario en esta
sección. Desde Nueva Escocia el servicio continuaría hasta Canadá y Estados
Unidos por líneas terrestres y enlaces de microondas.
La crítica tarea de tender el cable fue llevada
a cabo por el barco británico de 8.050 toneladas Monarch, el único capaz de transportar 4.000 km de cable.
Éste iba almacenado en cuatro grandes pozos o tanques circulares de 12 m de
diámetro; cada tanque podía contener un millar de toneladas de cable,
dispuestas en capas horizontales unos sobre otros. Enroscar una masa tan grande
para que pueda ser tendida de forma suave sin retorcerse o enmarañarse a un
ritmo de 15 km por hora es una labor altamente especializada… como estará de
acuerdo todo el que se ha enzarzado alguna vez en una pugna con una manguera de
jardín. Y la tripulación debió de experimentar algunos momentos de tensión
cuando los bultos en el cable que contenían los repetidores (cada uno de un
coste de una docena de Cadillacs) se doblaban en formas improbablemente bruscas
mientras pasaban por la máquina expedidora.
Ciento dos repetidores de este tipo fueron
colocados con éxito en el lecho del Atlántico, cincuenta y uno en dirección al
este y otros tantos en dirección al oeste, a intervalos de unos 60 km. Cada uno
contenía tres tubos de vacío (pentodos) especialmente avanzados, y unas sesenta
resistencias, amplificadores y otros componentes. A primera vista, el circuito
de un aparato de radio contemporáneo habría parecido más complicado, pero las
apariencias habrían sido engañosas.
Para compensar las pérdidas en los 60 km de
cable, cada repetidor tiene que amplificar las señales que recibe
aproximadamente un millón de veces, y esto nos trae la estadística más
asombrosa de toda la empresa. Ya que hay cincuenta y un repetidores en el
circuito, esto significa que las amplificaciones totales a lo largo de la línea
dan la colosal cifra de un millón multiplicado por sí mismo cincuenta y una
veces… ¡o un 1 seguido por 306 ceros!
Detengámonos a contemplar este número por un
instante. Sería una grave equivocación considerarlo astronómico: no hay ninguna
cantidad, en ninguna parte del cosmos natural, que se pueda comparar con él en
magnitud. ¿El número de granos de arena de todas las costas de la Tierra? Es
demasiado pequeño para considerarlo siquiera. Si el mundo entero estuviera
hecho de arena, el número total de granos podría escribirse en media línea;
tendría unos treinta ceros, no trescientos. ¿El número de electrones en todo el
cosmos? Bueno, eso es un poco mayor; puede que tenga un centenar de dígitos…
pero sigue estando muy lejos de diez elevado a la potencia de 306.
Este impresionante número aparece dos veces en
las matemáticas del cable telefónico atlántico. No es sólo la amplificación
total (o ganancia) producida por los repetidores, sino también la pérdida total
(o atenuación) a lo largo de la línea, que estos repetidores tienen que
contrarrestar. Por eso los ingenieros tuvieron que ejecutar una especie de acto
equilibrador, diseñando y ajustando el circuito general para que las pérdidas
igualaran con precisión las ganancias. Ahora apreciarán por qué no había
posibilidad de establecer un cable telefónico atlántico de canales múltiples
sin repetidores. La energía total de todas las estrellas del cosmos no sería
suficiente para dar una señal medible después de que haya sido dividida por un
factor de diez elevado a 306 en sucesión.
Y sin embargo, increíblemente, los hombres
sueñan ahora con tender un cable sobre el Atlántico sin un solo
repetidor. La posibilidad ha sido planteada
por la revolución de la fibra óptica (capítulo 42); tal vez suceda para cuando
regresemos a la Luna.
Capítulo 19
La fábrica de sueños
El único lugar en el mundo
que ha convertido la mayoría de los sueños científicos en industrias
multimillonarias son los famosos Laboratorios Telefónicos Bell de AT&T.
Aunque esta narración de mi primera visita a Bell Labs fue escrita hace más de
treinta años, no he cambiado nada. La dejo tal cual con una consciencia
perfectamente clara, por dos motivos:
Primero, narra una era clásica en la tecnología
de las comunicaciones que ahora parece tan remota, en algunos aspectos, como la
era de Edison y Marconi. Sin embargo, tan sólo unos pocos años después, como se
cuenta en el capítulo 29, Bell Labs vería algunos de sus mejores momentos.
Segundo, mi amigo Jeremy Bernstein ha escrito un
libro excelente, Three Degrees above Zero (Scribners, 1984), que relata la historia hasta
la traumática fecha del 24 de agosto de 1982, cuando la discutida sentencia del
juez Harold Green sentenció la división de AT&T, pero le dejó conservar su
«joya de la corona», los Bell Labs. Recomiendo vivamente el libro de Jeremy
para todo aquel que desee conocer más sobre el pasado (y probable futuro) de
esta organización única.
(Para otro safari de Bersntein, no a Nueva
Jersey sino a la algo más lejana Sri Lanka, para entrevistarme para el New
Yorker, vean su ensayo «Out of the Ego
Chamber», en Experiencing Science [Basic Books, 1987]. Me alegra reconocer mi deuda con Jeremy por
inducirme a escalar la Montaña Sagrada, el Pico de Adán, y ayudarme así a
inspirar Las fuentes del paraíso).
Sería interesante saber qué habría pensado el
joven Graham Bell, mientras se esforzaba en su par de cuartos pequeños con su
único ayudante, del grupo de inmensos laboratorios que ahora lleva su nombre, y
que ha jugado un papel tan importante en la telefonía transatlántica. A primera
vista, cuando los encontramos en su sorprendente emplazamiento rural, la sede
principal de los Laboratorios Telefónicos Bell en Nueva Jersey parece una
fábrica grande y moderna, cosa que en cierto sentido es. Pero es una fábrica de
ideas, y sus líneas de producción son invisibles.
La forma plural «laboratorios» es correcta, ya
que la planta física está en cuatro lugares separados, una en el centro de
Nueva York y las otras tres en Nueva Jersey. Sin embargo, «Bell Labs» se usa
invariablemente como nombre singular, como «Estados Unidos», así que nos
ceñiremos a esta convención aunque la gramática resultante sea a veces un poco
extraña.
Bell Labs no es único, ni en Estados Unidos ni
en ninguna otra parte, ya que hoy en día otras muchas grandes organizaciones
industriales patrocinan la pura investigación científica y lo que ha sido
llamado «tecnología creativa». Sin embargo, es la entidad más grande de su
estilo, y probablemente la más famosa. En este momento tiene un personal de
17.000 trabajadores, de los cuales unos 7.000 son científicos o ingenieros, y
cuesta a su compañía madre, la American Telephone and Telegraph Company, unos
modestos 600 millones de dólares al año.
AT&T puede permitírselo. Si nos preguntaran
a la mayoría cuál es la compañía con más capital del mundo, es probable que dijéramos
la Ford, General Motors o Metropolitan Life. De hecho, AT&T encabeza la
lista, y su renta anual alcanza la sobrecogedora cifra de 23.000 millones de
dólares [19]. En gran medida, Bell Labs
es responsable de esto.
El laboratorio tiene una obediencia dividida, ya
que la mitad de su stock pertenece a la Western Electric Company, constructores
de la mayoría del equipo para el enorme Bell Telephone System. Gran parte del
trabajo del laboratorio se centra en el diseño y desarrollo del campo de las
comunicaciones, que hoy incluye la radio, la televisión, el radar, los misiles
teledirigidos y el imperio de la electrónica en explosiva expansión. Pero su
actividad más importante e interesante es descubrir.
Esto no es algo que pueda ser planeado y
entregado en una fecha fija. Ningún vicepresidente ejecutivo puede decir:
«Tendremos veinte descubrimientos científicos básicos el próximo año
financiero». Lo único que puede hacerse es coger a un grupo de científicos
(preferiblemente jóvenes), pagarles dinero suficiente para que no se preocupen
por el alquiler, y darles oficinas agradables donde puedan estudiar lo que les
interese. Esto es caro, y no hay ninguna garantía de que todos los resultados
tengan el más mínimo valor comercial, ni hoy ni dentro de cien años. Pero esos
veintitrés mil millones sugieren que la apuesta merece la pena para cualquier
organización que pueda permitírsela.
Durante el medio siglo que ha transcurrido desde
la creación del laboratorio en 1925, sus trabajadores han acumulado dos premios
Nobel, y han sido pioneros de aparatos tan revolucionarios como los osciladores
y filtros de cristal, ondas guías y amplificadores negativos de feedback, cada
uno de los cuales ha creado campos nuevos dentro de la electrónica. El feedback
negativo, por ejemplo, fue inventado en 1930 y ahora es el principio sobre el
que se diseñan todos los amplificadores hifi del mundo. Y sin ondas guías, el
radar moderno sería imposible.
En el reino de la investigación básica, quizás
el más importante de los descubrimientos surgidos de Bell Labs fue el de la
difracción de los flujos de electrones (por el que Davisson ganó un premio
Nobel en 1937), y el ruido de radio cósmico, que Karl Jansky detectó en 1932, y
que seguramente le habría hecho ganar un Nobel si alguien en la época hubiera
tenido la más leve idea de su importancia. El primer descubrimiento demostró
que las partículas que componen lo que con ingenuidad se denomina materia
sólida tienen la propiedad de las ondas; el segundo fundó, una docena de años
más tarde, la nueva ciencia de la radioastronomía, que ha revelado un universo
nuevo e insospechado a nuestro alrededor.
En los últimos años, el ejemplo más dramático de
la forma en que la investigación pura puede devolver beneficios más allá de
todo cómputo fue el descubrimiento del transistor en Bell Labs en 1948. Este
maravilloso aparatito, que hizo que el laboratorio ganara su segundo premio
Nobel, surgió de las investigaciones de Brattain, Bardeen y Shockley sobre la
forma en que fluye la electricidad a través de ciertas sustancias conocidas por
semiconductores. Éstos son materiales (con frecuencia cristalinos) que, aunque
son peores conductores que el metal, dejan que la electricidad los atraviese a
un ritmo que los saca del grupo de aislantes. A veces pueden conducir mejor en
una dirección que en otra; el ejemplo clásico de esto fue el antiguo detector
de fibra de cristal que fue el corazón de tantas radios en los años veinte.
Aunque hizo un inesperado regreso durante la guerra en ciertos tipos de radar,
el detector de cristal desapareció por completo del campo de la radio. Podía
detectar señales, pero no ampliarlas… y el tubo electrónico o válvula podía
hacer ambas cosas.
Luego se descubrió que, en las circunstancias
adecuadas, ciertos tipos de cristal podían ampliar, y también poseían ventajas
muy grandes sobre los tubos convencionales (un tamaño pequeñísimo, bajo consumo
de corriente, ausencia de calentamiento, resistencia). Se acuñó el nombre
«transistor» (por parte de John Pierce, de quien hablaremos más adelante), para
describir tal aparato, y comenzó una revolución en la electrónica que cambiaría
el mundo en pocos años. Su primer impacto fue en el campo pequeño pero
importante de la ayuda a la audición, donde pronto encogió hasta un tamaño
invisible y redujo su consumo de batería a una fracción de su antiguo valor.
Luego llegaron las radios portátiles que realmente lo eran, ordenadores
«gigantes» que cabían en armarios; y dentro de poco tiempo habrá más diminutos
aparatos transistorizados velando por nuestra seguridad, supervisando nuestros
procesos industriales, proporcionándonos comunicaciones y entretenimiento, que
seres humanos sobre la superficie de este planeta.
Y todo empezó porque tres científicos curiosos,
por razones que sólo ellos conocen, quisieron averiguar qué sucedía cuando
hacían pasar corriente eléctrica a través de piezas minúsculas de un elemento
oscuro y poco importante llamado germanio.
Gran parte de la excitación y el estímulo que se
obtienen al visitar Bell Labs proceden de la comprensión de que se está siendo
testigo del nacimiento del futuro. Es imposible adivinar qué objeto concreto
resultará ser de importancia revolucionaria, y cuál no será más que una carta
que pasará desapercibida al final de Physical Review. Como muestra del tipo de investigaciones que lleva a
cabo Bell Labs, aquí hay algunos escogidos al azar de más de sesenta trabajos
en un solo número (enero de 1957), del Bell System Technical
Journal. Inspiren profundamente…
·
Recombinación
de centros templados en Silicio.
·
El Momento
Bipolar del NF3.
·
Observación
de las resonancias magnéticas nucleares a través de la línea de resonancia de
la órbita del electrón.
·
Espectros de
energía de los electrones secundarios de Mo y W para energías bajas primarias.
·
Instrumentación
balistocardiográfica.
·
Teoría
refinada de las parejas iónicas.
·
Desarrollo de
barreras intrínsecas de transistores.
·
Teoría de
resonancia plasmática.
·
Plantas
vivientes artificiales.
¿Cómo era esa última? Al
menos es inteligible, pero ¿qué significa?
Para evitar especulaciones estériles, tal vez
debería explicar que el último trabajo era un fragmento de un estudio de largo
alcance (vean E. F. Moore en el Scientific American de octubre de 1956),
referido a la posible creación de «plantas» mecánicas (a falta de una palabra
mejor), que irían pastando por el mar o por la tierra, recolectando y
procesando los materiales necesarios para la humanidad, y reproduciéndose en el
proceso. Moore es colega de Claude Shannon, otro pensador desinhibido al que
conoceremos dentro de un momento.
Ya que estamos, ay, en una época de ciencia
secreta, es inevitable que gran parte del trabajo que se lleva a cabo en Bell
Labs esté altamente clasificado. Mientras se camina por los pasillos dejando
atrás talleres, almacenes, oficinas y laboratorios, de vez en cuando te
encuentras con salas cerradas y selladas con carteles prohibiendo el paso, y a
veces patrullas de guardias desarmados. Es lógico suponer que lo que sucede en
esos lugares no es de interés científico fundamental. Mejorar la inteligencia
de los misiles, la seguridad de los sistemas de comunicación o la precisión del
radar es de gran importancia militar y tal vez tenga consecuencias valiosas en
otros campos, pero a la larga lo que importa en realidad es el trabajo que
parece no tener ninguna aplicación práctica.
Un escritor chino dijo que toda actividad humana
es una forma de juego. Habría considerado que este razonamiento quedaba
demostrado más allá de ninguna duda, al menos en lo que se refiere a la
actividad científica, si me hubiera acompañado en mis diversas visitas a Bell
Labs y hubiera visto a sus habitantes entreteniéndose con algunos de los
aparatitos que habían construido. Tal vez el más intrigante de todos sea el
ratón mecánico de Claude Shannon. A primera vista resulta algo sorprendente
encontrar a uno de los más eminentes matemáticos de Estados Unidos, y uno de
los fundadores de la Teoría de la Información (la base matemática de la
comunicación, usando la palabra en el sentido más general), jugando con un
ratoncito de juguete que obviamente había comprado en una tienda barata, pero
había un método en su locura.
El ratón de Shannon es un animal muy
sofisticado. Vive dentro de un laberinto de metal, a través de sus pasillos
vagando en busca de modelos fortuitos, por pura prueba y error, hasta que llega
al final y es «consciente» de su llegada cuando sus bigotes cierran un circuito
eléctrico. Si entonces se le coloca al principio del laberinto, irá directamente
hasta su objetivo de una manera en apariencia inteligente, sin cometer ningún
error o perderse por callejones sin salida. Para expresar su conducta en
términos antropomórficos, el ratón ha «recordado» cuál de todas sus pruebas ha
tenido éxito, y ha «olvidado» todas las demás.
¿Y qué sentido tiene esto? Bueno, hasta cierto
punto el ratón representa la conducta de un selector telefónico automático
buscando el circuito deseado una vez que se ha marcado un número. Pero las
implicaciones del ratón son mucho más amplias, pues aunque su logro es
relativamente trivial, es el prototipo de una máquina que puede aprender de la
experiencia. Es por tanto algo bastante nuevo, y no sólo un robot que puede
hacer sólo lo que se le dice. Cierto, podríamos decir que Shannon le ha
«enseñado» a aprender, pero cuando lo coloca en el laberinto está él solo. ¿Y
es el cerebro humano algo más que una máquina que puede aprender de la
experiencia mientras avanza por el laberinto de la vida?
Las máquinas que pueden remedar la conducta
inteligente no son sólo de gran interés filosófico y de posible importancia
práctica, sino que resultan enormemente estimulantes (y con frecuencia
frustrantes), para quien se enfrente a ellas. Por ejemplo, es humillante que un
montón de componentes electrónicos del tamaño de un pequeño archivador adivine
tus intenciones, como me sucedió en mi última visita a Bell Labs. Esta máquina
concreta depende para su funcionamiento del hecho de que un hombre es incapaz
de comportarse de forma completamente aleatoria; todo lo que hacemos tiene una
pauta, consciente o inconsciente. Así, si te piden que elijas al azar una serie
de caras o cruces, es imposible hacerlo.
La máquina contra la que me enfrenté era
informada, tras pulsar el interruptor adecuado, cada vez que yo pedía cara o
cruz, y tenía que adivinar qué elegiría a continuación. Cuando intenté hacerme
el listo y pedí una serie continua de caras, mi adversario sólo tardó tres o
cuatro movimientos en advertir lo que estaba haciendo y en predecir que seguiría
pidiendo cara. Cuando me pasé a las cruces, siguió prediciendo caras sólo un
par de veces antes de pillarme.
A la corta, un hombre puede derrotar a la
máquina. A la larga, sin embargo, le habrá dado suficiente información
estadística para que prediga su estrategia. Y hay implicaciones en esta última
palabra que oscilan desde los negocios a las relaciones sociales y la política
internacional.
En cuanto a aparatos esotéricos, tal vez sea un
alivio mencionar dos proyectos perfectamente corrientes que encontré y que
tienen aplicaciones inmediatas que todo el mundo puede comprender. El primero
era un programa para ver si se puede hacer algo para mejorar el diseño de algo
que el mundo entero ha dado por hecho durante una generación.
El aparato telefónico familiar parece lo último
en diseño funcional. Pero nada humano es perfecto, y tal vez aquí haya espacio
para mejoras. Si nunca hubieran visto un teléfono antes, pero les dijeran lo
que tenía que hacer, ¿cómo lo habrían diseñado? Ésta es la pregunta que se hizo
un equipo de Bell Labs, y produjo docenas de respuestas. Algunas de ellas no
parecían en absoluto teléfonos; había floreros, piezas de escultura abstracta,
saleros, encendedores de mesa… Tal vez el espécimen más interesante era el que
tenía el dial dentro del auricular mismo, sin formar parte de la base y la
horquilla. Micrófono, auricular y dial formaban una unidad compacta que
encajaba en la mano a la perfección; al Museo de Arte Moderno le habría
encantado.
Un segundo proyecto tenía aplicaciones igualmente
universales; tenía que ver con la psicología, y con una oscura rama de las
matemáticas conocida como Teoría de Particiones. Puede que parezca artillería
pesada para enfrentarse con un problema trivial: ¿cómo se recuerda un número
telefónico?
Grandes ciudades como Londres y Nueva York
tienen tantos abonados que son necesarios números de siete cifras. En ambos
casos, se usan letras como parte de la identificación, pero son simplemente una
ayuda para la memoria, ya que cada letra representa un número. El mecanismo
tras el dial no sabe nada de letras: sólo los dígitos 1 al 0. Sin embargo, el
número de nombres razonables para intercambiar es limitado; tarde o temprano no
podremos usar más que dígitos, y tal vez siete serán insuficientes. Cuando eso
suceda, ¿cómo va a recordar quien no sea matemático números como 3952841 o, aún
peor, 96821473? Muchas personas tienen problemas para llevar los números
existentes de la guía telefónica al dial, y en cuanto a recordarlos…
La respuesta parece ser que estos números largos
deben descomponerse en segmentos; el problema es decidir dónde colocar las
interrupciones. Un número de siete dígitos, aunque nos parezca sorprendente,
puede ser dividido en no menos de treinta formas… sin alterar, por supuesto, el
orden de los dígitos, que lo convertiría en otra cosa. Para poner un ejemplo,
el número 1234567 puede ser escrito, pronunciado y (más importante) recordado
como
123-4567
12-34-567
1234-567
y de veintisiete formas más
que pueden elaborar ustedes mismos. El guión representa una pausa verbal o
mental, y sólo estudios de campo y las encuestas Gallup pueden decidir dónde
prefiere el público hacer estas pausas. Un poco de reflexión mostrará que esto
dista mucho de ser un asunto trivial; una decisión incorrecta podría aumentar
enormemente el porcentaje de números equivocados al marcar y la irritación
general entre el público.
Acabo de encontrar entre mis recuerdos un
ejemplo perfecto de la forma en que funciona este tipo de división. Aunque no
he usado mi número de miembro de la RAF desde hace quince años, todavía lo
recuerdo porque lo almacené en mi cerebro no como 1097727, sino como 109-77-27.
Sin embargo, mi número de oficial, más corto, aunque utilizado durante un
período más largo y reciente, se ha desvanecido por completo. Lo recordé como
una entidad completa de seis dígitos, y ahora haría falta probablemente
hipnosis profunda para recuperarlo.
Éstos son, por tanto, algunos de los miles de
proyectos estudiados en Bell Labs. Probablemente no son representativos, pero
son los que vi en persona. Sin embargo, dan una leve idea de la inmensa gama de
actividad y el fermento intelectual general que tiene lugar cuando suficientes
científicos están juntos, con o sin problemas concretos que abordar.
Pero antes de continuar con el proyecto
específico que es el tema principal de este libro, y que es quizá la hazaña
técnica más arriesgada intentada jamás por la organización, no puedo dejar Bell
Labs sin mencionar un aparato más que vi allí, y que me asustó como asusta a
todo el mundo que lo ha visto en acción. Es la Máquina Definitiva, el Final de
la Línea. Más allá no hay nada. Estaba sobre la mesa de Claude Shannon,
volviendo loca a la gente.
Nada podría parecer más simple. Es sólo un
pequeño cofre de madera del tamaño y la forma de una caja de cigarros, con un
único interruptor.
Cuando se pulsa el interruptor, hay un zumbido
airado. La tapa se alza lentamente, y de ella surge una mano. La mano se
extiende, apaga el interruptor, y vuelve a la caja. Con la finalidad de un
ataúd que se cierra, la tapa se cierra, el zumbido cesa y la paz reina una vez
más.
El efecto psicológico, si uno no sabe qué
esperar, es devastador. Hay algo innombrablemente siniestro en una máquina que
no hace nada, nada en absoluto excepto apagarse.
En una época, versiones del diabólico aparato de
Shannon se vendieron como juguetes, aunque últimamente no los he visto. Serían
un regalo perfecto de despedida para los jefes ejecutivos fracasados.
Capítulo 20
«Radio sin hilos»
Me cuesta mucho trabajo
advertir que ha surgido toda una generación que nunca ha visto una de las
invenciones clave de nuestro siglo, el tubo de vacío, o «válvula», como
preferimos los británicos, y que hizo posible la telefonía a larga distancia y
propició la Era de la Radio.
Pintoresca pero no del todo inadecuadamente
descrito como «una pinza al rojo vivo en una botella», el tubo de vacío cambió
la sociedad de forma tan fundamental como esos otros grandes inventos con los
que ahora estamos familiarizados: la rueda, el estribo, el arado, el yugo, el
torno, el número cero, la imprenta, la contabilidad a dos entradas, las
acciones de bolsa… Al contrario de todos éstos, su reino duró menos de una
generación, aunque de un modo u otro, como los grandes rectificadores usados en
las centrales de energía, bien puede existir por tiempo indefinido[20].
Todavía puedo recordar, después de más de
sesenta años, la primera radio de nuestra familia. Era una caja de madera del
tamaño de un pequeño televisor, pero en vez de una pantalla la superficie
presentada al usuario era una placa de plástico negro aislante («ebonita»).
Sobre ésta había montados tres tubos de cristal que brillaban tenuemente, un
par de espirales planas que podían abrirse o cerrarse como la concha de una
almeja, y varios pomos, que se retorcían en busca de la única emisora que había
en el aire (Daventry, longitud de onda 1.500 m, si mi memoria no falla). La
recepción se hacía a través de toscos auriculares, conectados a través de un
par de metros de cordón a pequeños pilares de metal; los altavoces eran todavía
cosa del futuro.
Las casas con dinero suficiente para poseer una
radio podían ser identificadas con facilidad. A unos 20 m de la vivienda solía
haber un poste del que colgaba, a través de aislantes de cristal, una catenaria
de alambre de cobre pelado, conectado al aparato mismo. Otros postes en la
parte trasera del jardín sostenían largas y bamboleantes «antenas» que eran el
símbolo de finales de los años veinte, igual que las parabólicas lo serán de
los noventa. También éstas pasarán…
Los niños de la era del transistor no creerán
que hacían falta tres tipos distintos de batería para satisfacer las demandas
de las radios primitivas, y era una lucha constante asegurarse de que todas
funcionaban a la vez. Primero estaba la batería de bajo voltaje pero pesada
corriente, batería «mojada» que al mantener al rojo vivo el diminuto cable
calentador (o filamento) aseguraba un amplio suministro de electrones. Era una
simple célula de dos voltios, idéntica a las que se agrupan en grupos de tres o
de seis para formar la batería de un coche. Cada una o dos semanas había que
llevarla, goteando ácido sulfúrico diluido (todavía recuerdo el tacto en mis
dedos) a que la recargaran en un garaje local.
La batería número dos era un grueso (y caro)
mamotreto del tamaño de una caja de zapatos. Podía producir más de cien
voltios, pero con corriente muy baja, así que no suponía ningún peligro para la
vida (aunque los idiotas que lo prueben de la forma tradicional lamiendo los
cables unidos a las terminales lo lamentarán mucho). Tenía que ser sustituida
aproximadamente cada mes, después de haberse agotado al arrastrar corrientes de
electrones por el vacío entre el filamento negativo y el ánodo positivo.
En su viaje, los electrones pasaban a través de
un tercer electrodo, la parrilla de De Forest, una trama de finos cables, sobre
el que estaban impresos los diminutos voltajes fluctuantes de las Noticias de
las Nueve o lo que fuera. Colocada críticamente en la corriente de electrones,
la parrilla controlaba la corriente a través del tubo, y así se ampliaban las
señales que llegaban. Para operar con más eficacia, la parrilla tenía que ser
mantenida a unos seis voltios, y eso requería una tercera fuente de energía, la
batería «de rejilla». Por suerte, ésa requería tan poca corriente que duraba
meses.
Toda una generación de jóvenes ingenieros
eléctricos obtuvo su formación básica arreglando esas baterías. Si alguna de
las tres enfermaba, la radio se quedaba muda.
Todo esto parece muy primitivo, incluso
primigenio, pero había una magia en conjurar música y voces del cielo que
nuestra sofisticada época, saciada de maravillas, encontraría difícil igualar.
Y lo que tiene la misma importancia, el equipo necesario para ejecutar ese
milagro se podía construir de forma barata y fácil. Sólo había que comprar los
tubos de vacío, los auriculares y las baterías, y todo se colocaba sobre un
pequeño pedazo de madera. Si no funcionaba la primera vez, volver a soldarlo
sólo llevaba unos pocos minutos. Su ordenador personal, por amistoso que pueda
ser, no permitirá esas libertades, que sólo pueden ser intentadas por las
personas que tienen laboratorios bien equipados y escriben artículos que marean
para la revista Byte.
No es extraño que una tecnología que daba a sus
usuarios poderes inauditos, sino que además era en lo básico barata y simple, atrajera
no sólo a los profesionales de las comunicaciones y las industrias de
entretenimiento, sino a un enorme ejército de aficionados. La mayoría se
contentaban con escuchar con sus aparatos construidos en casa, pero miles (con
el tiempo, millones) decidieron jugar un papel más activo. Como se describió en
el capítulo 17, durante los años treinta miríadas de operadores de radio
aficionados («hams») establecieron una red global, hablando entre sí primero
por medio de los puntos y rayas del sistema Morse, luego con su propia voz. Su
Biblia era el Amateur Radio Handbook (Manual del radioaficionado) y su exploración del éter tuvo
consecuencias que nadie podría haber soñado.
Descubrieron uno de los pocos recursos naturales
de este planeta que nunca podría agotarse ni (excepto en breves momentos)
contaminarse.
Como dijo Wordsworth, «magnífico era en aquel
amanecer estar vivo». Y ser un radioaficionado era el mismo cielo, pues un
nuevo cielo esperaba ser explorado: el espectro electromagnético.
Capítulo 21
Explorando el espectro
La luz es algo que, como el
aire que respiramos, damos por garantizada. En la antigüedad, cuando se ponían
a pensar en el tema, la luz era un misterio total. Algunos filósofos incluso
creían que observamos el mundo que nos rodea por medio de partículas emitidas por nuestros ojos, y que actuaban, al
parecer, como radares en miniatura.
No hubo ningún progreso en la comprensión de la
naturaleza de la luz hasta los experimentos ópticos de Newton en 1666, que de
por sí habrían bastado para establecer su fama. En una serie de experimentos
clásicos con un prisma de cristal, Newton demostró que la luz «blanca»
ordinaria es en realidad un compuesto o mezcla de todos los colores posibles,
un hecho que el familiar arco iris había demostrado a la inculta humanidad desde
tiempo inmemorial. (O en cualquier caso desde que el Arca se posó sobre el
monte Ararat, si hay que creer al corresponsal científico del Antiguo
Testamento).
Aunque el descubrimiento de Newton era
fundamental, su enorme reputación bloqueó cualquier otro progreso en óptica
durante casi más de doscientos años, porque se creía que la luz estaba
compuesta de partículas, no de ondas. Aunque ahora sabemos que,
paradójicamente, ambos puntos de vista son ciertos, para la mayoría de las
aplicaciones cotidianas (desde luego para la radio) la teoría de las ondas es
la única que cuenta.
A principios del siglo diecinueve, en una serie
de experimentos muy sencillos que el propio Newton podría haber ejecutado si no
hubiera estado mirando en dirección contraria, se demostró que la luz está
compuesta de ondas. Los colores se distinguían (y se identificaban) por su
longitud de onda, teniendo la luz roja el doble de longitud de onda que la luz
azul.
Estas longitudes son, para los estándares
cotidianos, extremadamente pequeñas. Tienen que serlo, o de otro modo el mundo
que vemos parecería muy granulado, como uno de esos efectos especiales de
televisión donde todo se recorta en cuadraditos de colores. La luz azul tiene
una longitud de onda de unas cuarenta, y la roja de unas setenta millonésimas
de centímetro. Ya que la luz viaja a la colosal velocidad de 300.000.000 m/s (o
3 × 10 10 cm/s), el
número de ondas que destellan ante un observador en este mismo tiempo (es
decir, su frecuencia) es enorme. Simple aritmética da la frecuencia de la luz
roja de 400 billones (4 × 1014),
y la luz azul a 7 × 1014,
vibraciones por segundo.
Estos números, por supuesto, están más allá del
alcance incluso de los directores de presupuestos nacionales, aunque definen un
mero fragmento del espectro de todas las radiaciones posibles. Durante el siglo
diecinueve, se descubrió que la luz «visible» no era la única que existe. Tras
el extremo violeta está el más corto ultravioleta, percibido por algunos
insectos pero no por nosotros. Más allá del rojo está el más largo infrarrojo,
detectable (cuando es suficientemente intenso) como calor.
Según las ecuaciones de Maxwell (capítulo 17),
la luz sólo era la manifestación visible de un campo electromagnético vibrante,
libre de materia sólida y viajando por el espacio a una velocidad
característica (dispuesta por las especificaciones originales del universo) de
300.000 km/s. Esto suscitó una interesante posibilidad. Los victorianos sabían
cómo hacer campos electromagnéticos vibrantes (u oscilantes), pero sus jarras
de Leyden y sus bobinas de cable apenas producían frecuencias de más de unos
cuantos miles por segundo. No podrían conseguir los sorprendentes cientos de
billones de ciclos por segundo para generar luz visible. Pero si Maxwell tenía
razón, deberían producir algo,
incluso a frecuencias mucho más bajas. Fue este argumento el que llevó a Hertz,
trabajando con unos modestos pocos miles de millones de ciclos por segundo, al
descubrimiento de las ondas de radio. Su nombre está ahora inmortalizado en la
unidad de frecuencia: 1 hertzio = 1 ciclo/segundo; 1 megahertzio (o Mh) =
1.000.000 c/s; 1 gigahertzio (Gh) = 1.000.000.000 c/s y así sucesivamente.
Los físicos e ingenieros se abalanzaron a este
nuevo territorio como los traficantes de armas y los misioneros en un continente
virgen. Aunque Hertz descontó cualquier aplicación práctica de su
descubrimiento (después de todo, el teléfono ya había sido inventado, ¿y quién
necesitaría algo mejor?), otros fueron más previsores. No pasó mucho tiempo
antes de que se transmitieran puntos y rayas durante centenares de metros; y en
la última década del siglo, durante kilómetros.
Dos países, Rusia e Italia, honran a sus
ciudadanos como «el inventor de la radio» [21]. En 1895, Aleksandr
Stepanovich Popov construyó un detector primitivo que podía recibir los pulsos
de los transmisores de la propia naturaleza, las tormentas, y al año siguiente
generó sus propias señales y las usó para enviar código Morse a cortas distancias.
En 1899, trabajando con la marina rusa, consiguió comunicaciones entre la costa
y un barco situado a 50 km.
De forma independiente, y casi simultánea,
Guglielmo Marconi ejecutaba sus propios experimentos. Hizo la primera patente
de transmisión sin cables ya en 1896, y hasta su muerte en 1937 continuó
desempeñando un papel pionero en el medio. Y al contrario que demasiados
pioneros, Marconi consiguió a la vez fama y beneficios, porque poseía una
inusitada constelación de talentos. No era sólo un brillante ingeniero y
físico, sino también un excelente hombre de negocios, organizador y promotor.
Reconoció el valor de la publicidad, como demostró al superar el Atlántico en
1901 enviando los tres puntos de la letra S.
Once años más tarde, a primeras horas del 14 de
abril de 1912, habría una demostración aún más dramática de este maravilloso
medio nuevo, cuando John George Phillips también tecleó tres puntos en la «Sala
Marconi» del Titanic mientras enviaba el primer SOS de la historia. A partir de
ese momento, el futuro de la telegrafía sin hilos quedó asegurado, y la
telefonía sin hilos no tardaría mucho. Y algunos inventores locos incluso
soñaban con visión sin hilos…
Aunque las ondas de radio viajan casi a millones
de veces la velocidad de las ondas de sonido, ambas tienen dimensiones en la
escala humana, contrariamente a la luz invisible, donde las crestas y
depresiones están separadas por irresolubles milésimas de centímetro. Tal vez
la mejor forma de apreciarlo es considerando las familiares teclas del piano.
La nota do (la primera blanca a la izquierda del
teclado, para los que tocan con dos dedos como yo), tiene una frecuencia
aproximada de 256 hertzios, o ciclos por segundo [22]. Esto corresponde a una
longitud de onda de unos 134 cm. Así que podrían ustedes sostener una nota do
entre sus brazos extendidos, si permanecieran inmóviles. Bajar una octava hasta
la siguiente do (128 Hz) dobla la longitud de onda a 268 cm. La do más baja del
piano (32 Hz) tiene una longitud de onda de 1.200 cm. En la otra dirección, por
supuesto, cada octava significa doblar la frecuencia y reducir a la mitad la
correspondiente longitud de onda. La nota do más alta del piano (4.096
hertzios) sólo tiene 8 cm; fácil de abarcar con el pulgar y el índice.
Para la mayoría de las aplicaciones de radio es
más conveniente trabajar con frecuencias, como demuestra el listado de sus
programas locales, y las graduaciones de los diales de todos los aparatos
modernos. Sin embargo, las vibraciones por segundo no son unidades que nos
resulten naturales, mientras que las longitudes lo son, gracias a las
habilidades adquiridas por nuestros antepasados arbóreos. (Si no podían juzgar
la distancia hasta la siguiente rama, no podrían haber sido nuestros
antepasados). Y por una extraña pero conveniente coincidencia, las longitudes
de onda cubiertas por el piano son las mismas que las que tienen la parte más
valiosa del espectro radial. Los experimentos pioneros de Hertz fueron llevados
a cabo en el extremo izquierdo del teclado; el VHF, la FM y las emisoras de
televisión operan en el centro; los radares y satélites de comunicaciones en el
derecho. La analogía entre ondas de sonido y ondas de radio es aún más
sorprendente cuando consideramos que un órgano de tubo y una antena de radio de
la misma longitud sintonizarían también ondas de la misma longitud… aunque sus
frecuencias diferirían en un millón.
Y sintonizar fue el secreto para explorar el
espectro electromagnético; ahora nos parece cosa hecha, pero los primeros
receptores de radio eran sordos al tono, y recogían toda una gama de longitudes
de onda al mismo tiempo. Los ingenieros, por tanto, tuvieron que inventar
aparatos que pudieran imitar al oído humano en su habilidad para discriminar el
tono; hasta entonces, sólo un transmisor podía operar cada vez. Si se conectaba
otro, los dos tenían que gritar hasta que el más fuerte prevalecía.
En 1900 Marconi hizo su patente número 7.777,
que permitía a los operadores seleccionar la longitud de onda que deseaban
recibir, e ignorar todas las demás. Muy pronto pudieron estar en el aire hasta
cinco emisoras a la vez. A veces pienso que era el número justo.
Capítulo 22
Más allá de la ionosfera
Varias veces en la historia
humana, nuevas tierras se han abierto de pronto para su explotación y los
colonos han corrido a reclamar su parte.
El ejemplo más famoso (ahora encumbrado en la
mitología popular), es el del Oeste norteamericano. (Los cinéfilos tal vez
habrán advertido que debo a Hollywood el título original de este libro.) [23]
El territorio codiciado en la «fiebre del oro»
electromagnética del siglo veinte no habría podido ser imaginado décadas antes.
¿Qué habría pensado un típico barón ladrón victoriano si le hubieran dicho que
había una fuente natural sin explotar que valía no billones, sino trillones de dólares, completamente invisible e intocable…
y situada a 100 km sobre su cabeza?
La ionosfera también tiene otra característica
única; es el único recurso terrestre que nunca podrá agotarse. Si todos los
transmisores de radio del mundo se apagaran hoy, quedaría tan intacta como
cuando la crearon los primeros rayos del sol, antes de que comenzara la vida en
la Tierra (de hecho, es posible que la vida no pudiese comenzar, hasta que la
ionosfera fue creada, bloqueando las letales radiaciones del espacio).
Las emisoras locales de radio, sirviendo una
zona limitada, no necesitan la ionosfera para reflejar sus señales a la Tierra;
a veces, ésta puede ser una molestia y causar interferencia de fuentes
distantes, sobre todo de noche. Con el establecimiento de las
telecomunicaciones globales por radio este espejo natural en el cielo adquirió
enorme importancia comercial y política… aunque no hasta que se gastaron
fortunas en busca del espejismo de la «onda larga» [24].
Durante medio siglo, las ondas cortas y medias
han conducido gran parte de los negocios, las noticias y el entretenimiento de
la humanidad. Es probable que siempre jueguen un papel importante en las
telecomunicaciones, porque ninguna tecnología útil se abandona por completo.
Pero su dominio terminó el 4 de octubre de 1957, el último día que el planeta
Tierra tuvo una sola Luna.
Gran parte del resto de este libro se refiere a
la revolución de las comunicaciones producida por los satélites, y he tenido la
suerte de estar relacionado con ella desde sus primeros días.
La «Breve Prehistoria» que sigue es por tanto
altamente personal, y no he hecho ningún intento (ni habría tenido éxito
alguno) por representar el papel de observador por completo desinteresado e
imparcial. De hecho, espero que mis comentarios y apartes ocasionales sean más
entretenidos que el habitual informe tecnológico cuidadosamente esterilizado.
A lo largo de los últimos treinta años he
escrito varias versiones de la historia del comsat, ampliando más detalles a
medida que los recordaba, o me los recordaban. La más completa es tal vez el
discurso que di al recibir el octavo premio de la Asociación Internacional
Marconi en 1982, cuya citación decía: «Por especificar con detalle los
potenciales y los requerimientos técnicos para el uso de satélites
geoestacionarios para las comunicaciones globales; por otras innovaciones en
comunicaciones y en señales remotas del espacio a lo largo de toda una vida de
promoción del uso pacífico de la tecnología espacial avanzada».
Aquí aparece, exactamente como fue pronunciado
en el histórico Ridderzaal (Salón de los Caballeros) en La Haya el 11 de junio
de 1982, cuando Su Alteza Real el príncipe Claus de Holanda entregó el premio.
Parte 3
Una Breve Historia de los Satélites de Comunicaciones
Capítulo 23
En el salón de los caballeros
Su Alteza Real, señora
Marconi Braga, mis amables anfitriones de Philips, distinguidos invitados…
Mi gran placer al recibir este premio se dobla
al menos por el conocimiento de que ya ha sido ganado por dos buenos amigos,
quienes lo merecían mucho más que yo.
El doctor John Pierce fue el primer
ingeniero-científico en publicar un detallado análisis técnico sobre los
satélites de comunicaciones. Aún más importante, fue la fuerza impulsora tras
las primeras demostraciones prácticas con Echo y Telstar. Junto con el doctor
Harold Rosen (que jugó un papel similar con los primeros comsats [25] geoestacionarios), es
el verdadero padre de las comunicaciones vía satélite. Ese título se me ha
otorgado a veces, pero la honestidad me obliga a rechazarlo. No soy el padre de
los comsats, sólo el padrino.
El otro amigo, a quien me encanta ver aquí hoy,
es mi vecino del norte el doctor Yask Pal. Le conozco desde los primeros días
del proyecto hindú SITE (ver capítulo 33), que dirigió brillantemente después
de la desgraciada muerte de su fundador, el doctor Vikram Sarabhai, y cuyo
trabajo continúa aún como secretario general de Unispace. Por una feliz
circunstancia, me encontraba en Ahmedabad cuando el doctor Pal recibió la
notificación de su premio Marconi y se preguntaba cuál sería la mejor manera de
utilizarlo. Yash, me gustaría reemprender esa conversación, en cuanto sea
posible…
No se trata de falsa modestia (un concepto que
todos mis amigos rechazarían con risas histéricas) cuando digo que mi
contribución a las comunicaciones vía satélite fue principalmente cuestión de
suerte. Dio la casualidad de que me encontraba en el lugar adecuado en el
momento oportuno. En el invierno de 1944-45, la Segunda Guerra Mundial estaba
obviamente tocando a su fin, y se podía pensar en el futuro una vez más. El
doctor Wernher von Braun (otro buen amigo a quien echo mucho de menos) había
demostrado que los grandes cohetes eran practicables, para grave detrimento de
Londres como blanco y La Haya como lugar de lanzamiento. Era el momento
adecuado para revivir la British Interplanetary Society, que se encontraba en
animación suspendida desde 1939.
¿Pero cómo podría conseguirse dinero para una
empresa tan fantástica como el viaje espacial? Los cálculos anteriores a la
guerra realizados por la BIS habían sugerido que una expedición lunar podría
costar la suma verdaderamente astronómica de un millón de dólares, y era
ridículo imaginar que los gobiernos fueran a gastar cantidades tan asombrosas
en proyectos puramente científicos. Tendríamos que encontrar el dinero nosotros
mismos; ¿había alguna forma en que los cohetes pudieran ganarse la vida con
honradez? Se sugirió enviar el correo por cohete, pero ésa parecía una
aplicación bastante limitada, y podría tardarse algún tiempo en superar la mala
publicidad generada por las V2.
Yo reflexionaba sobre estos temas en mi tiempo
libre como oficial de radar de la RAF, mientras ayudaba a dirigir el sistema
GCA (Ground-Controlled Approach) inventado por el doctor Luis W. Alvarez y su
equipo del Laboratorio de Radiación (ver capítulo 24). Este sistema operaba a
la entonces fantásticamente alta frecuencia de diez gigahertzios, produciendo
rayos de una anchura de una fracción de grado. Puedo recordar, con cierto
embarazo, haber usado el viejo y querido Mark 1 para emitir señales a la Luna,
y esperado el eco tres segundos más tarde (como es obvio, la energía disponible
debería haber sido órdenes de magnitud demasiado baja).
Así que las comunicaciones y la astronáutica
estaban inextricablemente engarfiadas en mi mente, con resultados que ahora
parecen inevitables. Si yo no hubiera propuesto la idea de relés
geoestacionarios en mi carta al Wireless World de febrero de 1945, desarrollándola en más
detalle el octubre siguiente, media docena de personas lo habría hecho
rápidamente. Sospecho que mi primera revelación tal vez hiciera avanzar la
causa de las comunicaciones espaciales alrededor de quince minutos.
O tal vez veinte. Mis esfuerzos por promocionar
y hacer pública la idea quizá fueran mucho más importantes que concebirla. En
1952, The Exploration of Space introdujo
los satélites de comunicaciones a varios cientos de miles de personas,
incluyendo a John Pierce, a quien conocí en mayo de ese año e hice todo lo
posible por convertir en cadete espacial (ya lo era en secreto, pero como
director de investigaciones electrónicas en Bell Labs tenía que ocultar tan
desafortunadas aberraciones). Cuando publicó su influyente «Relés
radio-orbitales» en mayo de 1955, ni siquiera había visto mi propio estudio de
una década antes; pero por supuesto no tenía ninguna necesidad: la simple
sugerencia fue suficiente para un ingeniero del calibre de John.
Desde la perspectiva de hoy, es divertido
advertir que ese artículo fue publicado en Jet Propulsion, el periódico de la American Rocket Society. Poco
después, la ARS se convirtió en el American Institute of Aeronautics and
Astronautics, pero en 1955 no había la más mínima mención a los vuelos
espaciales en los estatutos de la sociedad. Incluso se evitaba la palabra
«cohete», por ser considerada demasiado infantil; sólo «propulsión a chorro»
era respetable…
En completo contraste, la British Interplanetary
Society estaba sólo interesada en los viajes espaciales, y se habría sentido
feliz de abandonar los cohetes en cuanto alguien consiguiera inventar la
antigravedad. No estoy diciendo que un punto de vista sea superior al otro. El
mundo necesita pensadores desinhibidos que no teman hacer especulaciones
descabelladas; también necesita ingenieros tozudos y conservadores que puedan
hacer que sus sueños se conviertan en realidad. Se complementan unos a otros, y
el progreso es imposible sin ambos. Si hubiesen habido investigaciones
gubernamentales (¿y me atreveré a decir industriales?) en la Edad de Piedra,
ahora tendríamos unas herramientas de pedernal absolutamente soberbias. Pero
nadie habría inventado el acero.
Déjenme terminar compartiendo con ustedes un
descubrimiento que he hecho por pura suerte, o serendipity, por usar la palabra ahora popular derivada del
antiguo nombre de Sri Lanka. Enlaza los días pioneros de la astronáutica
europea con el gran hombre en cuyo honor nos reunimos hoy.
En 1939, la British Interplanetary Society
buscaba siempre publicidad, y durante varias semanas nos enzarzamos en una
guerra verbal contra los escépticos de las dignas páginas de The
Listener de la BBC, hasta que el
director declaró al final que «este tema está zanjado». Había olvidado por
completo la controversia provocada por una charla radiofónica, «La vida y yo»,
del doctor W. E. Barnes, entonces obispo de Birmingham. Contiene palabras que
resultan tan relevantes hoy como cuando fueron pronunciadas hace cuarenta y
tres años:
No es posible que la Tierra sea el único planeta
donde existe vida. En otros planetas de otras estrellas debe haber
inteligencia, seres con mente, algunas más desarrolladas que las nuestras, y
los mensajes sin hilos de esos seres inteligentes deben de ser posibles. La
única vez que vi a Marconi, me habló de su búsqueda de esos mensajes. Hasta
ahora hemos fracasado y no hemos podido encontrarlos.
(The Listener, 9 de febrero de 1939)
Sí, hemos fracasado. Pero
un día tendremos éxito. Y entonces el último y más grande sueño de Marconi se
habrá cumplido.
Capítulo 24
«Estás en rumbo de planeo… creo»
Cuarenta años antes de mi
invitación a La Haya, me encontraba al otro lado del mar del Norte, vigilando
la costa de Holanda ocupada por los nazis con el recién inventado radar de
microondas, vistiendo un uniforme de oficial de la RAF que era aún más nuevo.
El corazón de nuestro transmisor de tres gigahertzios era el secreto más
importante de la guerra: el magnetrón de cavidad, inventado en 1940 por Boot y
Randall en la Universidad de Birmingham. Éste generaba ondas de radio de 1 cm
de largo, cuya energía carecía de precedentes, haciendo así posible los radares
voladores que ganaron la vital Batalla del Atlántico.
Cuando el principal consejero científico de Gran
Bretaña, sir Henry Tizard, llevó a Norteamérica el primer magnetrón
experimental, el curso de la guerra cambió en un fin de semana (el del 28 al 30
de septiembre de 1940), en una reunión que estableció el famoso Laboratorio de
Radiación del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT).
El feo bloque de cobre de sir Henry fue más
tarde considerado el cargamento más valioso que jamás alcanzara las costas de
Estados Unidos: aunque la bomba atómica terminó la guerra, sin el magnetrón tal
vez se habría perdido mucho antes de que el Proyecto Manhattan se hubiera
puesto en marcha.
Sin embargo (y éste es uno de los mayores
interrogantes de la historia), los científicos japoneses habían creado y
probado un aparato idéntico un año antes que los ingleses. Si hubieran continuado desarrollando su invento,
ahora viviríamos en un mundo muy distinto.
En 1941, el jefe de escuadrilla Edward Fennessey
(más tarde director de Post Office Telecommunications) me llamó al cuartel
general y me acribilló a preguntas. Al parecer quedó satisfecho con mis
respuestas, pues poco después me encontré en un aeródromo en Cornualles con un
puñado de jóvenes científicos e ingenieros del Laboratorio de Radiaciones.
Estaban probando un nuevo sistema de radar llamado GCA (Ground-Controlled
Approach), diseñado, para variar, para hacer algo constructivo. Podía
hablar con los aviones y hacerlos descender,
en vez de derribarlos.
El jefe del equipo, e inventor del GCA, acababa
de marcharse a Estados Unidos, en una misión de la que nadie sabía nada. Cuando
conocí a Luis Álvarez diez años más tarde, había ayudado a construir la bomba
atómica e iba camino de ganar el premio Nobel. A menudo me he preguntado qué
habría pensado de esta irónica coincidencia el inventor de la dinamita.
Trabajar con el equipo del GCA tuvo una
influencia decisiva en mi vida. Por primera vez conocía a científicos de
verdad, y me encontraba ante la tecnología electrónica más avanzada. Muchos
años después (en 1963), dedicaría mi única novela que no es de ciencia
ficción, Glide Path, a
Álvarez y sus colegas. Ahora sólo continúo en contacto con dos de ellos, el
teniente Noel Jolley, cuya unidad GCA patrulló el Pacífico, y el doctor Charles
(Bert) Fowler, que más tarde sería presidente del influyente Comité de Defensa
Científica del Pentágono.
Luis murió en 1988, después de una espectacular
carrera donde se encuentran la construcción de gigantescos aceleradores de
partículas, el descubrimiento de una reacción nuclear de «fusión fría» que
todavía no tiene aplicaciones prácticas (a pesar de recientes falsas alarmas) y
el uso de rayos cósmicos para demostrar que no hay cámaras ocultas en la Gran
Pirámide. Sin embargo, su contribución más famosa se produjo al final de su
vida, cuando con su hijo Walter, geólogo, propuso que la extinción de los
dinosaurios y muchas otras especies hace unos sesenta y cinco millones de años
fue causada (o al menos acelerada) por el impacto de un meteorito gigante.
Aunque en una de sus últimas cartas me decía que esto no es ya una hipótesis
sino un hecho indiscutible, algunos geólogos siguen buscando explicaciones más
mundanas.
Como el GCA fue un elemento clave en mis
reflexiones sobre los satélites de comunicaciones, me gustaría citar un
artículo, técnicamente correcto pero no del todo serio, que publiqué en The
Aeroplan el 23 de septiembre de 1949. Como el título sugiere, en aquellos días
pioneros los pilotos a veces necesitaban gran cantidad de persuasión antes de
seguir nuestras instrucciones por radio [26].
La única unidad existente del GCA Mark 1 había
sido construida a mano en el MIT, con fines puramente demostrativos, para
probar que el principio de «charla» funcionaría con todo tipo de pilotos y
aparatos. Ocupaba dos camiones grandes (el Mark 2 operativo empleaba un solo
camión y un tráiler), y era con toda probabilidad el aparato electrónico más
complejo existente en aquella época.
El Mark 1 estaba siendo probado en Estados
Unidos, al parecer sin despertar gran excitación, cuando fue descubierto casi
por accidente por un científico de la defensa británica, el doctor Richard
Grey, quien advirtió de inmediato su importancia y consiguió «capturar» a todo
el equipo y cargarlo en un barco de guerra británico. También secuestró al
doctor Álvarez y su equipo, enviándolos al Reino Unido con una prioridad tan
alta que desalojaron a Bob Hope del avión en Shannon. Me temo que he olvidado
el comentario que hizo Bob cuando se quedó en tierra.
El equipo fue montado de nuevo en Elsham Wolds,
entonces una estación de bombarderos, donde se hicieron con éxito las primeras
pruebas. Por desgracia, no mucho después un genio decidió que el tiempo en
Elsham era demasiado bueno, y ya que el GCA se suponía que era un sistema de
detección ciego, debería ir a una estación cerrada más o menos permanentemente
por las condiciones climatológicas. Así que la unidad fue trasladada a
Davistowe Moor, en las más remotas profundidades de Yorkshire.
Sólo vi este aeródromo en la estación de las
lluvias, que probablemente no duran todo el año, pero cuando llegué allí, como
oficial técnico en entrenamiento, encontramos a los científicos norteamericanos
ampliando su ya excelente vocabulario sobre los transformadores caducados, y
quejándose con amargura de que su maquinaria no estaba construida para
funcionar bajo el agua. De noche, cuando el equipo se desconectaba y se
enfriaba, la niebla se colaba alegremente en todas las rendijas, llenando de
humedad los circuitos de alto voltaje, de forma que había breves pero
espectaculares fuegos artificiales por la mañana. Por suerte la unidad fue
trasladada a St. Ewal, cerca de Newquay, Cornualles, antes de que todo el
aparato se estropeara; y fue aquí donde el Mark 1 prestó la mayor parte de su
servicio a la RAF.
Probar un aparato experimental de guía ciego en
estaciones operativas tiene sus desventajas. Teníamos nuestros propios Oxfords
y Ansons, que conseguían acercarse a extrañas pistas (e incluso con el viento
de cara en la pista que usábamos) cuando el control de vuelo intentaba hacer
aterrizar un aparato. Esto no ayudó a nuestra popularidad.
Para empeorar las cosas, ya que no había un
emplazamiento fijo para los aparatos, los grandes camiones del GCA y su
flotilla de camiones de servicio, furgonetas NAAFI y los coches de los
visitantes tenían que colocarse en una de las pistas en desuso, cerca de la
intersección principal. Con demasiada frecuencia, un cambio de viento demandaba
que toda la unidad se retirara con rapidez, un movimiento al que nos
resistíamos con uñas y dientes, ya que requería reajustar los controles y
desenchufar todos nuestros cables. Había tantos, de 2,5 cm o más de grosor,
enlazando los dos vehículos, que a veces parecía un encuentro de calamares
acorazados, pero con el tiempo lo tuvimos todo tan controlado que podíamos
cambiar de posición en unos veinte minutos.
Los oficiales de control de vuelo se
acostumbraron a ver lo que parecía un grupo salido de un circo avanzando por la
pista, girando en un cruce y luego avanzando campo a través con sublime
indiferencia a un centenar de metros del borde de la pista en uso. Una vez
tuvimos un fallo de cálculo y encontramos a un escuadrón de Spitfires
despegando tras nosotros. Por suerte, nuestros camiones de veinte toneladas
aceleraron y llegaron a la zona de hierba a tiempo.
Algunos de los emplazamientos del GCA estaban en
lugares más razonables, fuera del perímetro, y uno estaba rodeado por un
hermoso escenario de bombarderos Liberator estrellados. Siempre cuidábamos de
explicar a nuestros visitantes que habían llegado allí sin nuestra ayuda.
El equipo norteamericano original todavía estaba
con nosotros, durante la primera parte en St. Eval, aunque el doctor Álvarez
había regresado ya a Estados Unidos. Por cierto, Álvarez distaba mucho de ser
el concepto popular de científico. Tenía licencia de piloto, y fue uno de los
mejores, quizás incluso el primero, de los controladores GCA.
Según la leyenda, podía hacer que un avión
descendiera tranquilamente incluso cuando los tubos de rayos catódicos
chasqueaban en todas direcciones, los frenéticos mecánicos se arrastraban bajo
sus piernas y el humo surgía de sus paneles. Además, era un experto en batir
«resistencia de ventas», de la que había muchas en aquellos días, sobre todo en
los sistemas rivales.
Cuando el doctor Álvarez regresó a Norteamérica,
algunos de nosotros supusimos la razón; pero no supimos hasta mucho después que
fue uno de los miembros del equipo creador de la bomba atómica en Tinian en
agosto de 1945. Su ayudante, el doctor George Comstock, permaneció a cargo
hasta que regresó el resto del equipo. Nuestro recuerdo más querido de George
es el de su última noche en Inglaterra, tumbado en la cama y leyendo ávidamente
algo llamado Los asesinos de los rayos gamma.
Con la ayuda de los norteamericanos, entrenamos
a un equipo de mecánicos de la RAF, operadores y controladores que más tarde
formarían el núcleo del imperio GCA. Pero en gran medida estábamos solos, y no
podíamos acudir a los expertos cuando algo salía mal… cosa que era muy
frecuente. Nunca se pretendió que el Mark 1 construido en laboratorio fuera
usado de continuo, mes tras mes, para entrenamiento e innumerables
demostraciones en un país extranjero… y dirigido por gente que no lo había
visto crecer a partir de un plano.
A veces pensábamos que todo el mundo en la RAF
con cargo superior a capitán nos visitó en un momento u otro. Normalmente se
marchaban pensativos, si no convencidos. Había ocasiones en que el grupo del
camión de control era tan grande que los comodoros tenían que quedarse fuera,
sentados en la hierba, esperando su turno. Los operadores se acostumbraron a
trabajar con una masa apretujada de humanidad respirándoles en la nuca.
También se acostumbraron a la súbita
desaparición de todas las señales cuando desconectábamos para prevenir algún
fallo incipiente. Si el tiempo era malo y teníamos un aparato en el aire, era
una lástima: tendría que pedir a alguien más que le indicara el camino a casa.
Como con frecuencia decíamos al oficial de control de vuelo, era fácil
conseguir más aviones y pilotos, pero sólo había un GCA y no podíamos correr
riesgos con él. Pero el oficial se negaba con tozudez a ver nuestro punto de
vista.
En St. Eval cometimos todos los errores
imaginables, y bastantes más, hasta dominar la técnica y desarrollar la pauta
RT que ahora se ha vuelto universalmente familiar. Nada se podía dar por hecho,
y teníamos que aprender a base de prueba y error. Nadie, por ejemplo, parecía
seguro de cuál era el mejor rumbo de planeo: cualquier cosa entre dos y cinco
grados se sugería para distintos tipos de aviones. Cambiar el rumbo de planeo
implicaba reajustes mecánicos en un aparato Heath-Robinson lleno de marchas,
manivelas, solenoides y motores selsyn. Como el GCA no estaba emplazado en
tierra, sino junto a la pista, los operadores de radar «veían» una imagen
distorsionada del acercamiento del aparato: de hecho, el rumbo de planeo
aparecía en la pantalla como una hipérbole en vez de como una línea recta.
Esta distorsión era corregida por levas muy
peculiares, basadas en sistemas de coordenadas en espiral que giraban una vez
durante cada aproximación, excepto cuando se desprendían de sus barras. Cambiar
un rumbo de planeo significaba cambiar una leva, pero un día la leva equivocada
se quedó por accidente en la máquina, de forma que hicimos que un pesado
bombardero tomara el rumbo de planeo de un caza. No obstante, el piloto informó
de que tenía una aproximación excelente, así que decidimos no experimentar más
con nuestros clientes, y por tanto todo el mundo empezó a hacerlo a tres grados
y medio, lo supieran o no.
El mayor fallo que tuvimos con el Mark 1 podría
haber tenido serias consecuencias si nuestro avión no hubiera llevado
observadores que mantenían los ojos abiertos mientras el piloto obedecía
nuestras instrucciones, para así interrumpir el acercamiento si algo iba obviamente
mal. Un día, el pasajero del avión era un científico civil cuyo progreso de
estación en estación quedaba siempre marcado por el rastro de documentos
secretos olvidados que dejaba en su estela. Era la primera vez que visitaba el
GCA, y toda la fe que tenía en el sistema quedó hecha trizas cuando descubrió
que su avión descendía en el mar a varios kilómetros de la costa, mientras el
controlador decía: «En la pista, te falta un kilómetro, lo estás haciendo muy
bien…». Aguantó todo lo que pudo, hasta que tocó con amabilidad al piloto en el
hombro y le sugirió que el deprimente escenario húmedo de abajo tenía poco
parecido con la pista 320.
Más tarde se descubrió que el inexperto operador
de radar había detectado otro avión, y estaba siguiendo a alguien que hacía un
acercamiento visual normal, así que en efecto «lo estaba haciendo muy bien»,
mientras que nuestro aparato se había perdido. A la larga, el error fue
afortunado, pues enfocó nuestra atención en el problema de identificación y
causó mejoras en las técnicas de control. Pero pasó bastante tiempo antes de
que lo superáramos.
St. Eval fue uno de los primeros aeródromos en
ser equipados con FIDO (Fog Investigation Dispersal Operation), cuya
instalación fue colosal, quemando un millar de galones de gasolina por minuto.
No sólo había una doble fila de quemadores por toda la pista principal, sino
varias murallas de fuego situadas también en ángulo recto. Cuando todo el
sistema se encendía, iluminaba la mayor parte de Cornualles y causaba confusión
entre los bomberos de 80 km a la redonda.
Durante mucho tiempo, se intentó hacer un
aterrizaje combinado GCA-FIDO, pero el persistente buen tiempo lo impidió. Por
fin conseguimos lo que queríamos: una densa niebla con visibilidad cero. Era
tan mala que el avión nunca podría haber despegado sin la ayuda de FIDO.
A medianoche, todo quedó preparado. La escena
parecía surgida del Infierno de Dante: había grandes columnas de fuego ardiendo
a cada lado, nubes de vapor alzándose en la niebla, y un calor como el de un
horno abierto golpeándonos en la cara [27], pues estábamos sólo a
unos 30 m de los quemadores más cercanos. El avión esperaba la orden de
despegue, y en los camiones GCA los trazos de rayos catódicos eran normales,
dibujando en las pantallas las imágenes radar. En ese preciso instante, el
aparato que hacía girar la antena (360° de visión) decidió que ya había tenido
suficiente, y se detuvo, rompiendo la mitad de sus dientes en el proceso.
Nuestro sistema conjunto de control de tráfico
quedó así completamente ciego: pero las antenas del sistema de aterrizaje
estaban todavía funcionando, dándonos una imagen de unos 30° de ancho, centrada
en la pista, y apuntando en la misma dirección del viento. Se decidió correr el
riesgo manteniendo el avión en el estrecho sector de 30° (¡una duodécima parte
del cielo!) y usando el sistema de aterrizaje, que ahora era todo lo que
teníamos, para control y acercamiento.
En el momento en que el avión despegó, desapareció
de nuestro sector ciego en 330°, pero de inmediato giramos 180° y pronto
reapareció. Se le permitió volar en la dirección del viento durante unos
cuantos kilómetros (no nos atrevíamos a dejar que se alejara demasiado, pues el
sistema de aterrizaje tenía un alcance de menos de 16 km), y entonces viró para
regresar. El piloto no pudo aterrizar: se encontró en el borde de la pista,
pero la visibilidad era tan mala que sólo podía ver una sola fila de quemadores
FIDO y no sabía en qué parte de la pista estaba. La maniobra tuvo que
repetirse, y por suerte el segundo intento tuvo éxito, a pesar de los intentos
de la tormenta inducida por FIDO para desviar al aparato de su curso.
Esa hazaña fue una de las últimas de la carrera
del Mark 1. Ya había funcionado seis meses más de lo que se pretendía, y nos
enorgullece mucho el hecho de que, antes de que fuera finalmente desmontado,
funcionara tan bien como siempre, gracias a los extensos remiendos y
reconstrucciones parciales. Pero los Mark 2 estaban ya en camino, y el equipo
GCA se trasladó a un nuevo aeródromo que sería todo (o casi todo) suyo.
El Mark 1 hizo el viaje, pero nunca volvió a ser
montado, y al final pereció en una orgía caníbal. Mucho tiempo después me
encontré con los vehículos desguazados en un solar, y me entristecí al recordar
algunos de los momentos más felices y exasperantes de mi vida. Requiescat
in pace.
Capítulo 25
«Cómo perdí mil millones de dólares en mi tiempo libre»[28]
Mi contribución a los
satélites de comunicaciones empezó de forma bastante modesta cerca de
Stratford-upon-Avon en la primavera de 1945. Allí me vi pacíficamente envuelto
(toda mi guerra fue pacífica, por fortuna) en entrenar a hombres y mujeres para
mantener y operar los GCA Mark 2 que ahora salían de la línea de montaje.
Aunque el trabajo era fascinante, me dejaba mucho tiempo para pensar en los
viajes espaciales, mi principal interés desde que me uní a la British
Interplanetary Society en 1935. (También me dejaba tiempo para escribir ciencia
ficción, pero ésa es otra historia, vean Astounding Days).
Debido a la guerra, la BIS se hallaba en estado
de animación suspendida, aunque eso no importaba demasiado en lo que concernía
al resto del mundo. La sociedad había sido fundada por un hombre notable, el
ingeniero P. E. Cleator, en 1933, y en su momento álgido llegó a tener algo más
de un centenar de miembros (hoy tiene cuatro mil). Un duro núcleo de una docena
de entusiastas se mantuvo en contacto, por correo y a través de encuentros
ocasionales, a lo largo de la guerra.
A principios de 1945 el conflicto europeo había
acabado y el final se veía tenuemente, así que empezamos a hacer planes para
nuestras actividades de posguerra. Así me vi envuelto al mismo tiempo en
electrónica, astronáutica y ciencia ficción, que ahora el público general
tomaba mucho más en serio desde que las V2 demostraron que los cohetes de largo
alcance eran una propuesta practicable (a pesar de las opiniones de numerosos
«expertos», uno de los cuales declaró categóricamente: «Mi familia ha fabricado
fuegos artificiales durante cien años. Puedo asegurarles que ningún cohete
cruzará el canal de la Mancha.»).
Asumiendo un punto de vista algo más optimista,
escribí una carta a la revista británica Wireless World, que la publicó en su
número de febrero de 1945 bajo el titular, «¿V2 para investigaciones en la
ionosfera?». Yo señalaba que los cohetes que caían sobre Londres en ese mismo
momento podrían ser utilizados en «un inmediato proyecto de investigación
después de la guerra» para llevar instrumentos científicos a las capas E1 y F1.
Con el desarrollo de una segunda etapa, se podría alcanzar velocidad orbital, y
sería posible tener una carga instrumentada:
circundando la Tierra permanentemente fuera de los
límites de la atmósfera y emitiendo información mientras duren las baterías, ya
que el cohete estaría en la zona de luz solar la mitad del tiempo, el período
de funcionamiento podría prolongarse indefinidamente con el uso de elementos
termoacoplados y fotoeléctricos.
Estos avances no demandan nada nuevo en cuanto a recursos técnicos; el primero
y es probable que el segundo estarán disponibles dentro de cinco o diez años.
Sin embargo, me gustaría terminar mencionando una posibilidad del futuro más
remoto… quizá dentro de medio siglo.
Un «satélite artificial» a la distancia correcta de la Tierra daría una
rotación cada veinticuatro horas, es decir, permanecería estacionario sobre el
mismo punto y estaría dentro del alcance óptico de casi la mitad de la
superficie terrestre.
Tres estaciones repetidoras, separadas 120° en la órbita correcta, darían
cobertura de televisión y microondas a todo el planeta. Me temo que esto no va
a tener ningún uso para nuestros planificadores de la posguerra, pero creo que
es la solución definitiva al problema.
Ese «dentro de medio siglo»
(¡es decir, 1995!) hace que parezca un conservador marchito. Pero por favor
recuerden que cuando escribí esta carta la guerra en Europa todavía continuaba,
y después de eso nadie podía suponer cuánto tiempo se tardaría en tratar con
Japón. Y, por supuesto, yo todavía pensaba en términos de grandes estaciones
espaciales atendidas por hombres: el transistor y su prole todavía se
encontraban en el futuro.
Otra persona que estaba pensando en líneas
similares era el desaparecido George O. Smith, radio-ingeniero y escritor de
ciencia ficción, cuya serie de Venus Equilateral empezó con «QRM Interplanetario» en el Astounding
Science Fiction de octubre de 1942 y
continuó a lo largo de trece historias en otros tres años. Se referían a una
estación retransmisora de radio en la posición troyana situada a 60° sobre
Venus, colocada allí para mantener las comunicaciones entre la Tierra y Venus
cuando el Sol bloqueaba el rumbo directo entre los dos planetas. Como escribí
en mi introducción a The Complete Venus Equilateral (Ballantine Books, 1976): «Aunque ha habido
muchos relatos sobre “estaciones espaciales” mucho antes que la serie de Venus
Equilateral (“Power Planet” de Murray
Leinster es un ejemplo clásico de los primeros años treinta), George Smith fue
con toda probabilidad el primer escritor —desde luego el primer escritor
técnicamente cualificado— en advertir su uso para las comunicaciones espaciales.
Por tanto, es posible que estas historias me influyeran en mi subconsciente».
(La persona que me señaló esto es otro gran aficionado a la ciencia ficción, el
doctor John Pierce, que hace frecuentes apariciones en este libro).
En este punto, son necesarias unas cuantas notas
históricas más. A veces me han acreditado con el descubrimiento de la órbita
estacionaria, cosa que por supuesto es ridícula. Nadie podría haberla
descubierto, ya que su existencia estaba perfectamente clara desde la época de
Newton (¡si no de Kepler!). Me hubiese sorprendido que no apareciese con
frecuencia en la literatura astronómica, tal vez cuando Asaph Hall descubrió
los satélites de Marte en 1877. La pequeña luna exterior Deimos no está muy
lejos de la órbita estacionaria, y Phobos está dentro de ella.
El pionero ruso Tsiolkovski dio el concepto por
hecho pero no lo desarrolló; la radio, por supuesto, estaba en su infancia
cuando escribía a principios de siglo. No fue hasta 1928, cuando el misterioso
capitán austríaco H. Potocnik, escribiendo bajo el seudónimo de Hermann
Noordung, desarrolló los aspectos de ingeniería de las estaciones espaciales
tripuladas en gran detalle… ¡las colocó en órbita estacionaria! Naturalmente,
asumió que había enlaces por radio entre la Tierra y la estación.
Aunque yo no sabía nada de esto en 1945 (nunca
había visto sus libros en aquella época, y mucho menos soñaba que sería
invitado en mi casa seis años después), Hermann Oberth parece haber sido la
primera persona que asoció específicamente las estaciones espaciales y la
comunicación. En su primer libro, The Rocket into Planetary
Space (1923), lo hizo de una forma muy
interesante:
Con sus poderosos instrumentos podrían ver pequeños
detalles en la Tierra y comunicarse por medio de espejos que reflejaran la luz
del Sol. Esto podría ser útil para las comunicaciones con lugares que no
tuvieran conexiones por cable y no puedan ser alcanzados por las ondas
eléctricas.
Ya que, suponiendo que el cielo estuviera despejado, podrían ver una llama
ardiendo en la noche y un reflejo en un espejo de mano durante el día, si
supieran dónde y cuándo mirar, podrían mantener comunicaciones entre expediciones
y su tierra natal, colonias distantes y su madre patria, barcos en el mar… El
valor estratégico es obvio sobre todo en caso de guerra en zonas de baja
densidad de población…
Esta cita (extraída del
libro de Willy Ley Rockets,
Missiles and Men in Space [Viking, 1969]) es realmente impresionante, pero también dice
mucho del primitivo estado de la radio a principios de los años veinte, antes
de que se descubriera el enorme e insospechado potencial de la onda corta.
Willy Ley me dijo una vez: «¿Sabes por qué Oberth nunca inventó el satélite
relé de radio? Porque cuando escribía, las estaciones radiotelegráficas tenían
antenas de onda larga que cubrían kilómetros cuadrados de terreno».
Sin embargo, esta explicación no parece muy
buena, a la vista de que incluso en 1923 Oberth había concebido reflectores
solares orbitales de un centenar de kilómetros de diámetro, para fundir los
icebergs y aliviar el invierno en las latitudes altas.
El 25 de mayo de 1945 compuse un memorándum de
cuatro páginas describiendo de forma concisa todo el concepto de los satélites
geoestacionarios, y escribí con cuidado a máquina las cuatro o cinco copias en
carbón que eran todo lo que mi Remington portátil silenciosa podía manejar (¿se
acuerda alguien de las copias en papel carbón… o quiere hacerlo?). Envié la
primera a Ralph Slazenger (de la famosa firma de artículos deportivos), que se
había unido a nosotros en nuestros intentos de revivir la British Interplanetary
Society. Por suerte, la guardó y me la devolvió muchos años más tarde en
perfecto estado. Ahora está en el National Air and Space Museum, Washington DC;
para la conferencia mundial de 1979 de consejeros de radio en Ginebra (WARC
79), INTELSAT reprodujo varios miles de copias, tan bien que no se pueden
distinguir del original. Como Muestra A en el stand de INTELSAT, las firmé
durante horas para los VIPS visitantes.
Este corto memorándum fue el precursor de un
trabajo más detallado, preparado para un público posiblemente escéptico, que
envié a Wireles World el 7 de julio de 1945. Aunque algunos miembros del
consejo de dirección discutieron que no estaban publicando una revista de
ciencia ficción, apareció en el número de octubre bajo el título «Relés extraterrestres».
Puede que fuera una de las primeras apariciones impresas del término «E.T.»,
ahora tan familiar. El nuevo título era por cierto mucho más informativo que mi
original, «El futuro de las comunicaciones mundiales».
Las pruebas llegaron unos días después de
Hiroshima, y con rapidez añadí una posdata demasiado entusiasta sobre el
impacto de la energía nuclear sobre la astronáutica.
De hecho, pasaron diecinueve años antes de que
el primer cohete atómico fuera lanzado (Rover, Phoebus, 1964), y el programa
fue luego abandonado después de que se gastaran más de mil millones de dólares
en él. Pero algún día el trabajo se reemprenderá; alguna forma de propulsión
nuclear será necesaria para las exploraciones a larga escala del sistema solar.
El artículo, que aparece en el Apéndice,
contenía cuatro páginas y cuatro diagramas. Es probable que sea recordado
cuando toda mi ficción se olvide.
Por supuesto, a menudo me han preguntado por qué
no intenté patentar la idea. La respuesta es simple: falta de imaginación. Ni
por un momento soñé, en aquellos meses finales de la guerra, que el primer rudo
comsat (SCORE, diciembre de 1958) estaría en órbita trece años más tarde, y que
las operaciones comerciales comenzarían a los veinte. Ahora sé que, con toda
probabilidad, no podría haber patentado la idea en 1945 ni siquiera aunque lo
hubiera intentado. Un amigo abogado, que también intenta con honradez ganarse
la vida escribiendo ciencia ficción, estudió el asunto y resumió sus
conclusiones en un artículo-relato, «The Lagging Profession» (publicado
originalmente en Analog,
enero de 1951, y reeditado en el sexto Annual of the Year’s Best
SF).
Por lo que llego a comprender de mentes legales
y las complicaciones laberínticas de la ley de patentes, deduzco por la tesis
de mi amigo Leonard Lockhard [29] que a) yo no podría
haber patentado los comsats en 1945; b) si lo hubiera hecho, la patente habría
sido luego invalidada, y c), si hubiera sido válida, no habría servido de nada.
En apoyo de este argumento, tan animoso para todos los futuros inventores, citó
el notable caso de Moffet contra Fiske.
El almirante Fiske fue lo bastante ingenuo para
patentar el aeroplano transportador de torpedos en 1912. La Marina (¿he de
añadir «por supuesto»?) no quiso saber nada de una idea tan descabellada, y se
sorprendió un poco cuando el almirante la demandó mucho más tarde y consiguió
198.500 dólares. Pero, ay, en la apelación el caso fue sobreseído, y el
Tribunal Supremo argumentó que el almirante no tendría que haber conseguido su
patente de 1912 porque en aquella época no había aviones capaces de transportar
torpedos, y ningún torpedo capaz de soportar el shock de ser lanzado desde un aeroplano. No fue de
ninguna utilidad para el pobre almirante tratar de demostrar que esos avances
eran sólo cuestión de pocos años, y que los hechos le habían dado plenamente la
razón. No fue reconocido, y sólo demostró la verdad de la frase: «Una patente
no es más que una licencia para demandar (o ser demandado)». Es fatal estar
demasiado adelantado a tu tiempo, y hoy en día, ese «demasiado» se cifra en
unos cinco años.
Aunque hubiera conseguido colar una patente a
los examinadores en 1945, hay otro aspecto punzante en la situación. La vida de
una patente es de diecisiete años, así que habría expirado justo cuando la
Communications Satellite Corporation se fundaba…
Sin embargo, estoy seguro de que había todo tipo
de recursos que podría haber explotado si hubiera sido mejor hombre de
negocios, y si me hubiera dado cuenta de lo rápido que la astronáutica iba a
despegar. Tal vez podría haber registrado unas cuantas marcas (COMSAT, por
ejemplo…) y así me habría convertido en una rémora, para interceptar unos
cuantos de los miles de millones de dólares que pronto serían invertidos en el
cielo.
Pero no me amarga demasiado haber perdido el
barco (o el cohete), y mi ecuanimidad no se debe sin duda a ninguna nobleza de
carácter. Siento que he recibido todo el respeto que se me debía en términos de
reconocimiento de la gente que realmente cuenta, empezando por el premio del
Instituto Franklin y su medalla Stuart Ballantine en 1963. Esta medalla de oro
(para logros en comunicación) había sido concedida con anterioridad a John
Pierce, Claude Shannon y los equipos que inventaron el transistor, el máser y
el láser. Con semejante compañía, me siento un impostor.
Pues las personas que merecen el verdadero
reconocimiento por los satélites de comunicaciones son aquellas que tuvieron
que convertir mis planes sobre el papel en máquinas que funcionaran sin
defectos durante meses y años venideros, a miles de kilómetros de la Tierra. Yo
no arriesgué más que unas cuantas horas de mi tiempo, pero otros hombres
arriesgaron sus reputaciones y sus carreras.
Capítulo 26
«Si tenéis un mensaje…»
Sea cierto o no que Sam
Goldwyn dijo a sus guionistas «Si tenéis un mensaje, usad Western Union»,
siempre lo he considerado un consejo excelente. El primer deber de la ficción
es entretener, no instruir, y aún menos hacer propaganda. En este tema, el más
grande de todos los escritores de ciencia ficción tal vez sirva como una útil
advertencia. H. G. Wells, según recalcó alguien con acierto, «vendió su
primogenitura por un plato de mensaje». Dados los problemas y abusos que H. G.
intentó rectificar incansablemente, fue un noble defecto, pero un defecto que
siempre he intentado evitar.
No obstante, debo confesar que a veces he
utilizado mis relatos para hacer propaganda a causas que parecían de
importancia o de valor, sobre todo los viajes espaciales. Cuando H. G. Wells
escribió Los primeros hombres en la Luna (The First Men in the
Moon), ciertamente no intentaba promover la
astronáutica, pero yo intenté exactamente eso con Prelude to Space (escrito en
1947, diez años antes del Sputnik 1, y publicado en 1951). En el capítulo 4,
como una de las ventajas de la investigación espacial, hice hincapié en el
potencial de los satélites para las comunicaciones, a través de la voz del
relaciones públicas de «Interplanetary’s»: «Las grandes compañías de radio y
televisión tenían que salir al espacio, era la única forma de poder emitir
televisión a todo el mundo y proporcionar un servicio de comunicaciones
universal».
Di muchos más detalles al año siguiente (1952),
con Islands in the Sky. Como
escribía en la Primera Edad de la Neo-Electrónica, antes de la llegada del
transistor, así es cómo imaginé a los comsats:
… Sólo llevábamos unos pocos minutos fuera de
horario cuando entramos dramáticamente en la órbita de la Estación Relé Dos,
que se encuentra sobre la latitud 30 Este, en el centro de África. Ya estaba
acostumbrado a ver objetos peculiares en el espacio, así que la primera visión
de la estación no me sorprendió en lo más mínimo. Era un plano entramado
rectangular, con un lado apuntando a la Tierra. Cubriendo su cara había cientos
de pequeños reflectores cóncavos, los sistemas de enfoque que lanzaban las señales
de radio al planeta de abajo, o las recogían desde allí. Nos acercamos con
cautela, haciendo contacto con la popa de la estación. Un piloto que dejara
pasar su nave por delante de la estación se volvía muy impopular, y además
podría causar fallos temporales en un millar de circuitos, ya que bloquearía
los rayos de radio, pues todos los servicios a larga distancia del planeta, y
la mayoría de las emisoras de radio y televisión, eran transmitidos a través de
las estaciones relé. Mientras miraba con más atención, vi que había otros dos
conjuntos de sistemas reflectores de radio, apuntando no a la Tierra, sino en
las dos direcciones divergentes en 60° a ella. Enviaban los rayos hacia las
otras dos estaciones, de forma que las tres juntas formaban un enorme triángulo
que rotaba lentamente al ritmo de la Tierra…
Los relatos cortos «Envío
especial» y «La libertad del espacio» (ahora en la antología The Other Side of the Sky) tienen un trasfondo
similar. Formaban parte de un sexteto escrito a principios de 1957, y que
gracias a varias revisiones a toda velocidad pude poner al día para ser
publicados en el Evening
Standard de Londres pocos días
después del primer satélite mundial, el Sputnik 1 (4 de octubre). «Envío
Especial» narra un minidesastre en los días pioneros de la frontera
geoestacionaria, con un robot transportador del tipo que ahora se usa de forma
rutinaria para atender las estaciones espaciales Mir y Soyuz. «La libertad del
espacio» trata de un asunto que todavía no es de gran importancia práctica,
pero lo será… Ambas historias aparecen aquí exactamente como lo hicieron
durante el primer mes de la Era Espacial. Por favor, recuerden que los hechos
que pretenden describir están ya una década tras nosotros, en algún universo
paralelo. Una prueba más de un eslogan que una vez sugerí a mi sindicato, el
Science Fiction Writers of America: EL FUTURO YA NO ES LO QUE ERA .
Envío especial
Aún puedo recordar la excitación, allá en 1957,
cuando Rusia lanzó los primeros satélites artificiales y consiguió colocar unos
cuantos kilos de instrumentos en la atmósfera. Por supuesto, entonces yo no era
más que un chaval, pero como todo el mundo intentaba localizar aquellas
pequeñas esferas de magnesio mientras surcaban el cielo del atardecer a miles
de kilómetros por encima de mi cabeza. Es extraño pensar que algunas están
todavía allí, aunque ahora están debajo de mí, y tengo que mirar hacia la Tierra si quiero verlas…
Sí, han pasado muchas cosas en los últimos
cuarenta años, y a veces me temo que la gente de la Tierra considera normales
las estaciones espaciales, olvidando la habilidad, ciencia y coraje que
hicieron falta para construirlas. ¿Con qué frecuencia se paran a pensar que
todas sus llamadas telefónicas de larga distancia y la mayoría de sus programas
de televisión son transmitidos a través de algún satélite? ¿Y con qué
frecuencia hacen caso a los meteorólogos de aquí arriba por el hecho de que los
pronósticos del tiempo ya no son el chiste que eran para nuestros abuelos, sino
exactos un 99 % de las veces?
La vida fue dura en los setenta, cuando empecé a
trabajar en las estaciones exteriores. Entraron rápidamente en funcionamiento
para abrir los millones de nuevos circuitos de radio y televisión que estarían
disponibles en cuanto tuviéramos transmisores en el espacio que pudieran emitir
programas a cualquier parte del globo. Los primeros satélites artificiales
estaban muy cerca de la Tierra, pero las tres estaciones que formaban el gran
triángulo de la Cadena Relé tenían que estar a 32.000 km, espaciadas por igual
alrededor del ecuador. En esta altitud, y en ninguna otra, tardaban exactamente
un día en completar su órbita, y así permanecían por toda la eternidad sobre el
mismo punto de la Tierra.
He trabajado en las tres estaciones, pero mi
primer servicio fue a bordo de Relé Dos. Está casi exactamente sobre Entebbe,
Uganda, y da servicio a Europa, África y la mayor parte de Asia. Hoy es una
gran estructura de varios cientos de metros de diámetro que envía miles de
programas simultáneos al hemisferio de abajo mientras dirige el tráfico radial
de medio mundo. Pero cuando la vi por primera vez desde la portilla del cohete
ferry que me llevó a la órbita, parecía un puñado de chatarra a la deriva en el
espacio. Partes prefabricadas flotaban en una confusión total, y parecía
imposible que de aquel caos pudiera surgir orden alguno.
El alojamiento del personal técnico y las
cuadrillas de montaje era primitivo, pues consistía en unos cuantos cohetes
ferry fuera de servicio a los que se les había despojado de todo menos de los
purificadores de aire. «Las Carcasas», los llamábamos; cada hombre tenía
espacio suficiente para sí mismo y medio metro cúbico de pertenencias
personales. Había una fina ironía en el hecho de que estuviéramos viviendo en
medio del espacio infinito y no tuviéramos sitio para alojar un gato. Fue un
gran día cuando oímos que las primeras habitaciones presurizadas venían de
camino, completas con cuartos de baño con duchas de chorro que podían funcionar
incluso aquí, donde el agua (como todo lo demás), no tenía peso. A menos que
hayan vivido ustedes en una nave espacial abarrotada, no apreciarán lo que eso
significa. Podríamos arrojar nuestras esponjas humedecidas y sentirnos
realmente limpios por fin…
Las duchas no fueron el único lujo que se nos
prometió. De la Tierra venía un vestíbulo inflable para albergar no menos de
ocho personas, una biblioteca en microfilms, una mesa de billar magnético,
tableros de ajedrez flotantes, y novedades similares para los astronautas
aburridos. La sola idea de esas comodidades hacía que nuestra apretujada vida
en Las Carcasas pareciera soportable, aunque nos pagaban mil dólares a la
semana por hacerlo [30].
Tras zarpar de la Segunda Zona de
Reavituallamiento, 3.200 km sobre la Tierra, el cohete ferry que con tanta
ansia esperábamos tardaría unas seis horas en alcanzarnos con su cargamento. Yo
no estaba de servicio en ese momento, y me coloqué ante el telescopio donde
pasaba la mayor parte de mi tiempo libre. Era imposible cansarse de explorar el
gran mundo que gravitaba en el espacio junto a nosotros; con la energía
superior del telescopio, parecía que estábamos tan sólo a unos pocos kilómetros
sobre la superficie. Cuando la visibilidad era buena, podían detectarse objetos
del tamaño de una casa pequeña. Yo no había estado jamás en África, pero me
acostumbré a conocerla bien cuando no estaba de servicio en la Estación Dos.
Tal vez no lo crean, pero a menudo divisé elefantes recorriendo las llanuras, y
las inmensas manadas de cebras y antílopes eran fáciles de ver mientras corrían
de un lado a otro como olas vivientes en las grandes reservas.
Pero mi espectáculo favorito era ver salir el
Sol sobre las montañas del corazón del continente. La línea de luz barría el
océano Índico, y el nuevo día extinguía las diminutas y parpadeantes galaxias
de las ciudades que brillaban en la oscuridad por debajo de mí. Mucho antes de
que el sol hubiera alcanzado las tierras bajas a su alrededor, las cimas del
Kilimanjaro y el monte Kenya destellaban como estrellas brillantes todavía
rodeadas por la noche. A medida que el Sol se alzaba más y más, el día avanzaba
velozmente sobre sus laderas y valles llenando el mundo de luz. La Tierra
estaba entonces en su cuarto creciente, camino de llenarse.
Doce horas más tarde, veía el proceso inverso
mientras las mismas montañas captaban los últimos rayos del Sol al ponerse.
Destellaban un poco en el estrecho cinturón de la penumbra; luego la Tierra se
sumergía en la oscuridad, y la noche caía sobre África.
Ahora no me preocupaba la belleza del globo
terrestre. De hecho, ni siquiera miraba la Tierra, sino a una brillante
estrella blanquiazul situada sobre el borde occidental del disco del planeta.
El carguero automático quedaba eclipsado por la sombra de la Tierra; lo que yo
veía era la llamarada incandescente de sus cohetes mientras ascendían 32.000
km.
Había visto con tanta frecuencia la llegada de
las naves que nos atendían que conocía de memoria cada paso de su maniobra. Así
que cuando los cohetes no se apagaron y siguieron ardiendo firmemente, supe en
cuestión de segundos qué iba mal. Lleno de furia desesperada y asfixiante vi
todas nuestras ansiadas comodidades (¡y aún peor, nuestro correo!) moverse más
y más rápidamente a lo largo de la órbita no deseada. El piloto automático del
carguero se había estropeado; si hubiera habido un piloto humano a bordo, se
habría hecho cargo de los controles y apagado el motor, pero ahora todo el
combustible que tendría que haber impulsado al ferry en su viaje de ida y
vuelta estaba siendo quemado en una llamarada continua de energía.
Para cuando los tanques de combustible se
vaciaron y aquella estrella distante se apagó y murió en el campo de mi
telescopio, las estaciones de seguimiento confirmaron lo que ya sabía. El
carguero se movía demasiado rápido para que la gravedad de la Tierra volviera a
capturarlo… de hecho, se dirigía al desierto cósmico más allá de Plutón.
Tardamos bastante tiempo en recuperar la moral,
y las cosas empeoraron cuando alguien en la sección de ordenadores calculó la
historia futura de nuestro carguero errante. Verán, nada se pierde en el
espacio. Una vez has calculado su órbita, sabes dónde estará hasta el final de
la eternidad. Mientras observábamos nuestro vestíbulo, nuestra biblioteca,
nuestros juegos, nuestro correo internándose en los lejanos horizontes del
sistema solar, supimos que volverían algún día, en perfecto estado.
Si tenemos una nave dispuesta será fácil
interceptar el ferry la segunda vez que dé la vuelta al Sol… a principios de la
primavera del año 15.862.
La libertad del espacio
upongo que no muchos de ustedes pueden imaginar
cómo era la vida antes de que los relés satélites nos dieran nuestro actual
sistema mundial de comunicaciones. Cuando yo era niño, era imposible enviar
programas de televisión al otro lado del océano, o establecer siquiera contacto
radial sobre la curvatura de la Tierra sin detectar todo tipo de chirridos y
golpes. Sin embargo, ahora nos parecen normales los circuitos libres de
interferencias, y no nos parece extraño ver a nuestros amigos al otro lado del
globo tan claramente como si estuviéramos cara a cara. De hecho, podemos decir
que sin los relés satélites, toda la estructura del mundo del comercio y la
industria se desplomaría. Si no estuviéramos aquí arriba, en las estaciones espaciales,
para enviar sus mensajes por todo el globo, ¿cómo creen que las grandes
organizaciones comerciales del mundo podrían mantener sus cerebros electrónicos
en contacto?
Pero todo esto se hallaba aún en el futuro, a
finales de los años setenta, cuando terminamos de trabajar en la Cadena Relé.
Ya les he contado algunos de nuestros problemas y desastres; fueron bastante
serios en su momento, pero al final los superamos todos. Las tres estaciones
establecidas alrededor de la Tierra estaban situadas sobre montones de vigas,
cilindros de aire y cámaras de presión de plástico. Su montaje había quedado
completado, nos habíamos trasladado a bordo y podíamos trabajar con comodidad,
sin el lastre de los trajes espaciales. Y teníamos gravedad, ahora que las
estaciones habían empezado a girar lentamente. No gravedad real, por supuesto;
pero la fuerza centrífuga parece exactamente igual cuando estás en el espacio.
Era agradable poder servir nuestras bebidas y sentarnos sin que la primera
corriente de aire se nos llevara flotando.
Cuando las tres estaciones terminaron de ser
construidas, todavía nos quedaba por delante un año de trabajo para instalar
todo el equipo de radio y televisión que llevaría al espacio las comunicaciones
del mundo. Fue un gran día cuando establecimos el primer enlace televisivo
entre Inglaterra y Australia. La señal nos fue enviada al Relé Dos, mientras
nos encontrábamos sobre el centro de África, y nosotros la transmitimos al Tres
(situado sobre Nueva Guinea), y ellos la volvieron a lanzar a la Tierra, clara
y despejada después de su viaje de 144.000 km.
Éstas, sin embargo, fueron pruebas privadas de
los ingenieros. La apertura oficial del sistema sería el mayor evento en la
historia de las comunicaciones mundiales: una elaborada teleemisión global,
donde tomarían parte todas las naciones. Sería un espectáculo de tres horas,
mientras por primera vez las cámaras en directo surcarían el mundo, proclamando
a la humanidad que la última barrera de la distancia había caído.
La planificación del programa, decían algunos
cínicos, requirió tantos esfuerzos como la construcción de las estaciones
espaciales, y de todos los problemas que los planificadores tuvieron que
resolver, el más difícil fue elegir un maestro de ceremonias para presentar los
temas del elaborado programa global que sería visto por la mitad de la raza
humana.
El cielo sabe cuántos sobornos, presiones y
puñaladas por la espalda se dieron entre bastidores. Todo lo que supimos fue
que una semana antes del gran día, un cohete que no estaba previsto llegó a
nuestra órbita con Gregory Wendell a bordo. Fue toda una sorpresa, ya que
Gregory no era una gran personalidad televisiva como, digamos, Jeffers Jackson
en Estados Unidos o Vince Clifford en Gran Bretaña. Sin embargo, parecía que
los peces gordos se habían anulado unos a otros, y Gregg consiguió el preciado
trabajo a través de uno de esos compromisos tan bien conocidos por los
políticos.
Gregg había comenzado su carrera como disc
jockey en una emisora de radio universitaria en el Medio Oeste norteamericano,
y había ido escalando hasta los circuitos de night-clubs de Hollywood y
Manhattan hasta conseguir un programa propio de cobertura nacional. Aparte de
su personalidad, cínica aunque relajada, su característica más notable era su
profunda voz aterciopelada, debida probablemente a su sangre africana. Incluso
cuando estabas en completo desacuerdo con lo que decía (hasta cuando te hacía
pedazos en una entrevista), seguía siendo un placer escucharlo.
Lo llevamos a dar una vuelta completa por la
estación espacial, e incluso (estrictamente contra las normas), lo llevamos al
exterior con un traje espacial. Le encantó todo, pero había dos cosas que le
gustaron en particular. «Este aire que hacen ustedes —dijo—, supera al que
tenemos que respirar en Nueva York. Es la primera vez que mis problemas de
sinusitis desaparecen desde que entré a trabajar en la tele». También apreció
la baja gravedad; en la periferia de la estación, un hombre tenía la mitad de
su peso terrestre, y en el eje no tenía peso ninguno.
No obstante, lo novedoso del lugar no distrajo a
Gregg de su trabajo. Pasó horas en la central de comunicaciones, puliendo su
guión y corrigiendo sus entradas, y estudiando las docenas de monitores que
serían sus ventanas al mundo. Lo encontré una vez cuando repasaba su
presentación de la reina Isabel, quien hablaría desde el palacio de Buckingham
al final del programa. Estaba tan concentrado en su ensayo que ni siquiera se
dio cuenta de mi presencia.
Bueno, esa tele-emisión es ahora parte de la
historia. Por primera vez mil millones de seres humanos vieron un programa que
llegaba en «vivo» desde todos los rincones de la Tierra, y era un muestrario de
los más grandes ciudadanos del mundo. Cientos de cámaras en tierra, mar y aire
cubrían el globo con sus preguntas, y al final apareció aquella maravillosa
toma de la Tierra a través de un zoom de la estación espacial, haciendo que
todo el planeta retrocediera hasta perderse entre las estrellas…
Hubo algunos contratiempos, por supuesto. Una
cámara situada sobre el Atlántico no entró a tiempo, y tuvimos que pasar varios
minutos mirando el Taj Mahal. Y debido a un error de interruptores, subtítulos
en ruso fueron superpuestos en la transmisión sudamericana, mientras la mitad
de la URSS se encontraba intentando leer español. Pero esto no era nada
comparado con lo que podría haber sucedido.
A lo largo de las tres horas, presentando a
famosos y desconocidos con la misma tranquilidad, llegó la meliflua y nunca
molesta voz de Gregg. Hizo un trabajo magnífico; las felicitaciones llegaron a
cientos un momento después del final de la emisión. Pero él no las oyó; hizo
una breve llamada privada a su agente, y se fue a la cama.
A la mañana siguiente, el ferry con destino a la
Tierra esperaba para llevarle a cualquier trabajo que quisiera aceptar. Pero se
marchó sin Gregg Wendell, ahora locutor de la Estación Relé Dos.
—Pensarán que estoy loco —dijo, sonriendo
felizmente—, ¿pero para qué regresar a esa carrera de ratas de allá abajo?
Tengo todo el universo para contemplar, puedo respirar aire libre de
contaminación, y la baja gravedad me hace sentirme un Hércules, y mis tres
queridas ex esposas no pueden alcanzarme. —Lanzó un besito de despedida al
cohete que zarpaba—. Hasta la vista, Tierra. Volveré cuando eche en falta los
atascos de tráfico de Broadway y los amaneceres empañados desde los áticos. Y
si siento nostalgia, puedo contemplar cualquier parte del planeta con sólo
pulsar un botón. Aquí estoy más en el centro de las cosas de lo que podría
estarlo jamás en la Tierra, y sin embargo puedo apartarme de la raza humana
cada vez que quiera.
Todavía sonreía mientras contemplaba al ferry
comenzar la larga caída de regreso a la Tierra, hacia la fama y fortuna que
podrían haber sido suyas. Y entonces, silbando alegremente, dejó la sala de
observación dando largas zancadas para leer el informe meteorológico para la
Patagonia Inferior.
Capítulo 27
La creación de una luna
Hasta aquí la ficción (o la
propaganda). Desde luego nunca soñé, cuando escribí «La libertad del espacio»
en enero de 1957, que un día yo formaría parte de una de esas emisiones
globales vía satélite, como por ejemplo la celebración por parte de Worldnet
del vigésimo aniversario de COM-SAT en 1985.
Es hora de volver al mundo real, y ver qué
sucedió. Durante los primeros años cincuenta, la idea de satélites artificiales
para investigaciones ionosféricas y meteorológicas empezó a ser ampliamente
aceptada por la comunidad científica. Un hecho de importancia en el proceso
educativo fue el segundo congreso de la International Astronautic Federation,
celebrado en Londres durante septiembre de 1951 bajo los auspicios de la
British Interplanetary Society.
El tema del congreso fue «El satélite
artificial», y al releer los trabajos casi cuarenta años más tarde me divierte
ver lo ambiciosos que éramos la mayoría de nosotros. El énfasis principal se
hacía en la construcción de estaciones espaciales tripuladas, y en reabastecer
de combustible a las naves dirigidas a otros planetas en órbita… ¡probablemente
con cohetes de energía nuclear! Sólo había una breve mención a los satélites de
comunicaciones; como yo era presidente de los procedimientos, esto parece un
olvido sorprendente. Sin embargo, en aquella época esas baratijas me parecían
poco excitantes, y estaba ansioso por correr a la Luna y a Marte.
Por fortuna, algunos de mis colegas tenían
mentes más prácticas. Un trabajo ahora histórico a cargo de K. W. Gatland, A.
M. Kunesch y A.E. Dixon, titulado «Vehículos satélites mínimos», discutía los
cohetes más pequeños posibles que podrían ser puestos en órbita con un gasto
mínimo, como «globos metalizados para ser utilizados como reflectores de radio
que podrían ser lanzados al espacio». Veremos en el capítulo 29 qué fue de esa
idea, sólo una década más tarde.
Otro científico que pensaba en líneas igualmente
conservadoras (quizá porque había trabajado con cohetes auténticos, no de
papel) era un joven investigador de rayos cósmicos destinado a la Oficina
Norteamericana de Investigación Naval en Londres. El doctor Fred Singer hizo la
sensata sugerencia de que deberíamos gatear antes de intentar andar (y mucho
menos correr), y propuso construir el satélite más pequeño posible que pudiera
hacer una labor útil. En una fructífera sesión con el desaparecido A. V.
Cleaver (ingeniero jefe de la división de cohetes de Rolls-Royce) y yo mismo,
fue creado el acrónimo MOUSE (ratón), siglas de Minimun Orbital Unmanned
Satellite of Earth (Aunque «Orbital» es ciertamente redundante, queríamos un
nombre que pudiera pronunciarse con facilidad, y produjera sensación de
pequeñez). Nuestro plan funcionó; MOUSE recibió amplia publicidad, y jugó un
papel clave en los hechos siguientes, algunos de los cuales, como el Proyecto
Orbiter, no fueron revelados hasta años más tarde.
Un fin de semana de junio de 1954, cuando me
alojaba en Washington con mis amigos Fred y Pip Durant, me encontré con un
puñado de visitantes distinguidos pero silenciosos. El otro invitado de la casa
era el doctor Wernher von Braun, al que se unieron rápidamente el doctor Fred
Singer, el doctor Fred Whipple del Observatorio de Harvard (y famoso por su
teoría de la «bola de nieve sucia» sobre los cometas, que sería demostrada
treinta años más tarde durante las misiones al Halley) y una docena de
ingenieros y científicos, sobre todo de la Agencia de Misiles Balísticos del
Ejército y la Oficina de Investigación Naval. Las Fuerzas Aéreas destacaban por
su ausencia, y sospecho que éste era uno (si no el principal) motivo para todo
el secreto.
Era obvio lo que se cocía, pero yo no presté
tanta atención a los planeadores del Proyecto Orbiter como debía porque me
preparaba para explorar un nuevo elemento. Tras advertir que la «ingravidez»
podía disfrutarse dirigiéndose hacia abajo tanto como hacia arriba, y con un
gasto considerablemente menor, había empezado a bucear. Unos pocos meses
después me marcharía hacia el Gran Arrecife de Coral, y los equipos para
respirar bajo el agua fueron tan importantes para mí como los cohetes.
Y así, mientras el doctor Von Braun preparaba el
Proyecto Orbiter, yo me encargaba de lavarle el cerebro, con resultados que
quedaron claros unos cuantos años más tarde (1960), cuando escribió el prólogo
a The Challenge of the Sea:
«Tal vez les parezca extraño que yo, precisamente, escriba una introducción a
un libro dedicado al desafío del mar. Pero, en cierto modo, se lo debo a mi
amigo Arthur Clarke. Pues fue él quien me introdujo al deporte que con rapidez
se ha convertido en mi favorito: el submarinismo».
El Proyecto Orbiter, como se revelaría más
tarde, preparaba lanzar un satélite usando el gran misil Redstone del Ejército
como primer paso, y puñados de cohetes sólidos en etapas superiores. No era muy
elegante, pero tenía la gran ventaja de que la mayor parte de sus componentes
ya existían. Pero la política prevaleció, y Estados Unidos decidió desarrollar
un lanzador virtualmente nuevo para su programa satélite oficial, el Proyecto
Vanguard, un nombre desafortunado tal como fueron las cosas. Cuando los
Vanguards iniciales fallaron (con un par de sputniks surcando el cielo para
empeorar las cosas), el equipo de Von Braun recibió finalmente luz verde, y el
primer satélite norteamericano, el Explorer 1, fue lanzado por Orbiter
redux.
Cuando el 29 de julio de 1955 el presidente
Eisenhower anunció que Estados Unidos planeaba lanzar satélites artificiales
como parte de su contribución al Año Geofísico Internacional, 1957-1958 [31], yo estaba muy lejos de
Washington, a 60 km de la costa de Australia. Con mi compañero de buceo Mike
Wilson, me hallaba en la Gran Barrera de Coral recopilando material para The Coast of Coral(mucho tiempo alejada de la imprenta), y oímos la
noticia en nuestra radio portátil. Sospechando, correctamente, que Fred Singer
estaría implicado en el proyecto, me tomé la molestia de enviarle un telegrama
desde nuestra base en Heron Island: «¡Enhorabuena! ¡Tal vez el Ratón derribe
una montaña!». Cuando este críptico mensaje llegó por fin, semanas más tarde,
estaba confuso por completo, y para empeorar las cosas, Fred tuvo que pagarlo,
pues el coste fue misteriosamente revertido. Así eran las telecomunicaciones
globales en 1955.
Tras mi regreso a la civilización, pasé varios
meses entrevistando a los científicos e ingenieros que trabajaban en el
Proyecto Vanguard. El libro resultante, The Making of a Moon, tenía el subtítulo «La historia del programa de
satélites de la Tierra». Tal como fueron los resultados, debería haber sido «La
historia del programa de satélites de la Otra Tierra». Mi libro apareció en
septiembre de 1957, sólo un mes antes de que el Sputnik 1 abriera la Era
Espacial, y tuve que hacer algunos cambios apresurados para la segunda edición.
Sin embargo, no hice ninguno en el capítulo «Voices from the Sky», que
comenzaba con las palabras: «Tal vez parezca prematuro, si no ridículo, hablar
sobre las posibilidades comerciales de los satélites. Sin embargo, el avión
consiguió su importancia comercial treinta años después de su nacimiento, y hay
buenos motivos para pensar que esta escala temporal tal vez quede reducida en
el caso del satélite, a causa de su inmenso valor en el campo de las
comunicaciones…».
Hoy, esa predicción parece en efecto ridícula, a
causa de su timidez. Sputnik más treinta igual a 1987; para esa fecha, los
satélites de comunicaciones llevaban funcionando más de veinte años.
Capítulo 28
«Recuerdo Babilonia»
Ya que en efecto los
satélites circundaban la Tierra (aunque ninguno había emitido más que datos
científicos de la nueva frontera de la humanidad), empecé a explotar una vez
más las posibilidades ficticias de los comsats, y en una vena mucho más seria.
«Envío Especial» y «La libertad del espacio»
eran cuentecitos intrascendentes, cuya pretensión era informar a un público
todavía no acostumbrado a la idea de que el cielo familiar ya no era el límite.
Unos cuantos años después, en 1960 (Sputnik más 3), escribí una historia para
un público mucho más sofisticado, donde deliberada y casi desafiantemente violé
el dictado de Sam Goldwyn. Como para enfatizar este hecho, es la única historia
donde aparezco yo mismo (aunque el futuro tiene que decidir aún si como héroe o
como villano).
Pido disculpas por la cantidad de nombres y
referencias tópicas (ahora anticuadas). Pero recuerden que fue escrito para un
público de 1960, y yo estaba ansioso por «añadir un aire de verosimilitud a una
narrativa por lo demás plana y poco convincente». Por eso todas las referencias
y declaraciones contemporáneas son reales.
También debo explicar que «Mike» es Mike Wilson,
mi compañero en varias expediciones submarinas (ver The Coast of
Coral, The Treasure of the Great Reef, etc).
Después de una breve pero espectacular carrera en el cine como
escritor/director/fotógrafo, se reencarnó como Swami Siva Kalki y ahora escribe
profundos volúmenes de filosofía budista.
Me llamo Arthur C. Clarke, y desearía no tener
ninguna conexión con este sórdido asunto. Pero como la integridad moral
(repito, moral) de Estados Unidos está en juego, debo establecer primero mis
credenciales. Sólo así comprenderán cómo, con la ayuda del desaparecido doctor
Alfred Kinsey, he disparado sin querer una avalancha que puede barrer gran
parte de la civilización occidental.
En 1945, mientras era oficial de radar en la
Royal Air Force, tuve la única idea original de mi vida. Doce años antes de que
el primer sputnik empezara a emitir, se me ocurrió que un satélite artificial
sería un lugar magnífico para un transmisor televisivo, ya que una estación
emplazada a varios miles de kilómetros de altura podría emitir para la mitad
del globo. Escribí la idea la semana después de Hiroshima, proponiendo una
cadena de satélites relé a 36.000 km sobre el ecuador; a esta altura tardarían
exactamente un día en completar una rotación, y así permanecerían fijos sobre
el mismo punto de la Tierra.
El artículo apareció en el número de octubre de
1945 de Wireless World. Como
no esperaba que los mecánicos celestiales fueran comercializados en lo que me
queda de vida, no hice ningún intento por patentar la idea, y dudo que hubiera
podido hacerlo de todas formas (si estoy equivocado, prefiero no saberlo). Pero
seguí utilizándola en mis libros, y hoy la idea de los satélites de
comunicaciones es tan corriente que nadie sabe su origen.
Hice un intento de dejar las cosas claras cuando
fui abordado por el Comité de Astronáutica y Exploración Espacial de la Cámara
de Representantes; encontrarán mis pruebas en la página 32 de su informe, The
Next Ten Years in Space, 1959-1969
(Documento 115 H.R., 86 congreso, 1ª sesión). Y como verán en un instante, mis
palabras finales contenían una ironía que ni siquiera yo aprecié en ese
momento: «Viviendo como lo hago en el Lejano Oriente, se me recuerda siempre la
lucha entre el mundo occidental y la URSS por los millones de habitantes de
Asia no comprometidos… Cuando las transmisiones televisivas sean posibles
directamente desde los satélites del cielo, el efecto propagandístico puede ser
decisivo…».
Me reafirmo en esas palabras, pero había ángulos
en los que yo no había pensado… y en los que, por desgracia, sí lo había hecho
otra gente.
Todo empezó durante una de esas recepciones
oficiales que forman parte de la vida social en las capitales de Oriente. Son
todavía más corrientes en Occidente, por supuesto, pero en Colombo hay poca
competencia en cuestión de diversión. Al menos una vez a la semana, si eres
alguien, recibes una invitación para tomar un cóctel en una embajada o
delegación, el British Council, la US Operations Mission, L’Alliance Française
o una de las incontables agencias alfabéticas que las Naciones Unidas han
creado.
Al principio, sintiéndonos más a gusto en el
océano Índico que en los círculos diplomáticos, mi compañero y yo no éramos
nadie y nos dejaron en paz. Pero después de que Mike se encargara de la visita
de Dave Brubeck a Ceilán, la gente empezó a fijarse en nosotros todavía más
cuando él se casó con una de las bellezas más conocidas de la isla [32]. Así que ahora nuestro
consumo de cócteles y canapés se limita principalmente por la reluctancia a
abandonar nuestros cómodos sarongs por cosas absurdas
occidentales como pantalones, chaquetas y corbatas.
Era la primera vez que acudíamos a la embajada
soviética, que celebraba una fiesta para un grupo de oceanógrafos rusos que
acababan de llegar a puerto. Bajo los inevitables cuadros de Lenin y Marx,
deambulaban un par de cientos de invitados de todos los colores, religiones y
lenguajes, charlando con amigos o tragando absortos vodka y caviar. Me había
separado de Mike y Elizabeth, pero podía verlos al otro extremo de la sala.
Mike estaba haciendo su número «allí estaba yo a cincuenta brazas» ante un
público fascinado, mientras Elizabeth le miraba burlona… pero aún más gente
miraba a Elizabeth.
Desde que perdí un oído mientras buscaba perlas
en la Gran Barrera Arrecife, me he sentido en considerable desventaja en este
tipo de situaciones; el ruido de la superficie es unos doce decibelios
demasiado fuerte para mí. Y no es un hándicap pequeño cuando se te presenta a
gente con nombres como Dharamasiriwardene, Tissaveerasinghe, Goonetilleke, y
Jayawickrema. Cuando no estoy acabando con el buffet, por tanto, normalmente
busco una laguna de relativa calma donde haya oportunidad de seguir más del
cincuenta por ciento de cualquier conversación en la que pueda involucrarme.
Me encontraba a la sombra acústica de una gran
columna ornamental, observando la escena con mi despegado estilo a lo Somerset
Maugham, cuando advertí que alguien me miraba con la expresión típica «¿No nos
hemos visto antes?».
Lo describiré con cuidado, porque tal vez haya
personas que puedan identificarlo. Tenía algo más de treinta años, y supuse que
era norteamericano; tenía ese aspecto bien afeitado, con el pelo a lo cepillo
de alguien salido del Rockefeller Center que solía ser una característica
importante hasta que los jóvenes diplomáticos y consejeros técnicos rusos
empezaron a imitarlos con tanto éxito. Tenía más o menos un metro ochenta de
estatura, con ojos castaños y pelo negro, prematuramente gris en las sienes.
Aunque yo estaba seguro de que no nos habíamos visto antes, su cara me recordó
a alguien. Tardé un par de días en advertirlo. ¿Recuerdan al difunto John
Garfield? Se parecía tanto que casi no había diferencia.
Cuando un desconocido me mira en una fiesta, mi
procedimiento normal es entrar en acción automáticamente. Si parece una persona
agradable, pero no me apetece hacer presentaciones en ese momento, le dirijo la
Mirada Neutral, dejando que mis ojos lo barran sin mostrar un atisbo de
reconocimiento, aunque con clara falta de amistad. Si parece un bastardo,
recibe el Coup d’oeil, que
consiste en una larga mirada incrédula seguida de una lenta muestra de mi nuca.
En casos extremos, una expresión de repulsión puede aparecer durante unos
cuantos milisegundos. El mensaje normalmente llega al otro lado.
Pero este personaje parecía interesante, y como
me estaba aburriendo, le dirigí el Movimiento de Cabeza Afable. Unos cuantos
minutos después atravesó la multitud, y yo apunté mi oído bueno hacia él.
—Hola —dijo (sí, era norteamericano)—, me llamo
Gene Hartford. Estoy seguro de que nos hemos visto en otra parte.
—Es muy probable —respondí—. He estado muchas
veces en Estados Unidos. Soy Arthur Clarke.
Normalmente eso produce una mirada vacua, pero a
veces no. Casi pude ver las tarjetas IBM fluctuar tras aquellos duros ojos
castaños, y me halagó la brevedad de su tiempo de acceso.
—¿El escritor científico?
—Correcto.
—Vaya, es fantástico —parecía verdaderamente
sorprendido—. Ahora sé dónde le he visto. Yo estaba en el estudio cuando
apareció usted en el programa de Dave Garroway.
(Tal vez merezca la pena seguir esta pista,
aunque lo dudo; y estoy seguro de que «Gene Hartford» era un nombre falso. Era
suavemente sintético).
—¿Entonces trabaja usted en televisión?
—pregunté—. ¿Qué está haciendo aquí, recopila material, o sólo está de
vacaciones?
Me dirigió la mirada franca y amistosa del
hombre que tiene muchas cosas que ocultar.
—Oh, mantengo los ojos abiertos. Pero esto es
sorprendente. Leí su Exploración del espacio cuando salió en…
—Mil novecientos cincuenta y dos. El Club del
Libro del Mes nunca ha sido lo mismo desde entonces.
Todo este tiempo estuve calibrándole, y aunque
había algo en él que no me gustaba, no fui capaz de localizarlo. En cualquier
caso, estaba preparado para hacer concesiones sustanciales para alguien que
había leído mis libros y trabajaba en televisión; Mike y yo siempre estábamos
al acecho de mercados para nuestras películas submarinas. Pero ésa, por
expresarlo con suavidad, no era la línea de trabajo de Hartford.
—Mire —dijo ansiosamente—, tengo un gran acuerdo
con una emisora que le interesará… de hecho, usted me dio la idea.
Esto parecía prometedor, y mi coeficiente de
amabilidad saltó varios puntos.
—Me alegra oírlo. ¿Cuál es el tema general?
—No puedo hablar de eso aquí, ¿pero podríamos
vernos en mi hotel, a eso de las tres?
—Déjeme comprobar mi diario; sí, muy bien.
Sólo hay dos hoteles en Colombo frecuentados por
norteamericanos, y acerté a la primera. Estaba en el Mount Lavinia, y aunque
tal vez no lo sepan, han visto el lugar donde mantuvimos nuestra pequeña
charla. Hacia la mitad de El puente sobre el río Kwai, hay una breve escena en un hospital militar, donde
Jack Hawkins aborda a una enfermera y le pregunta dónde puede encontrar a Bill
Holden. Tenemos un cariño especial por este episodio, porque Mike era uno de
los oficiales convalecientes al fondo. Si miran con cuidado lo verán en el
extremo derecho, la barba en pleno perfil, invitando a Sam Spiegel a su sexta
ronda. Tal como resultó la película, Sam pudo permitírselo.
Fue en esta diminuta llanura sobre los
kilómetros de playa cubierta de palmeras donde Gene Hartford empezó a hablar, y
mis sencillas esperanzas de conseguir ventajas financieras empezaron a
evaporarse. Todavía no sé cuáles eran sus motivos exactos, ni si él mismo los
sabía. La sorpresa de conocerme, y sentimientos retorcidos de gratitud (sin los
que habría pasado perfectamente) jugaron sin duda un papel importante, y a
pesar de toda su confianza debía de ser un hombre amargado y solitario que
necesitaba con desesperación aprobación y amistad.
No obtuvo de mí ninguna de las dos cosas.
Siempre he sentido una furtiva simpatía por Benedict Arnold, como debe de saber
todo aquel que conozca el caso completo. Pero Arnold simplemente traicionó a su
país; nadie antes de Hartford intentó seducirlo.
Lo que disolvió mi sueño de dólares fue la
noticia de que la conexión de Hartford con la televisión norteamericana había
sido cortada, de manera algo violenta, a principios de los años cincuenta.
Estaba claro que lo habían expulsado de Madison Avenue por pertenecer al
partido, y que en su caso no se había hecho ninguna grave injusticia. Aunque
hablaba con cierta furia controlada de su lucha contra la censura cerril, y
lloraba por una brillante serie cultural (sin nombre) que había empezado antes
de que le dieran la patada, para entonces yo empezaba a oler a cuerno quemado y
mis respuestas fueron claramente evasivas. Sin embargo, aunque mi interés
pecuniario por el señor Hartford disminuyó, mi curiosidad personal fue en
aumento. ¿A quién tenía detrás? Seguro que a la BBC no.
Fue al grano por fin, cuando expulsó la
autoconmiseración de su sistema.
—Tengo una noticia que le dejará de piedra —dijo
torvamente—. Las cadenas norteamericanas van a tener pronto auténtica
competencia. Y se hará tal como usted predijo; la gente que envió un
teletransmisor a la Luna puede poner uno mucho más grande en la órbita de la
Tierra.
—Bien por ellos —dije con cautela—. Estoy a
favor de la sana competencia. ¿Cuándo es la fecha de lanzamiento?
—En cualquier momento. El primer transmisor será
colocado al sur de Nueva Orleans… sobre el ecuador, por supuesto. Así se
encontrará en el Pacífico abierto, no estará en territorio de nadie. Y no habrá
complicaciones políticas por ese lado. Sin embargo, estará en el cielo, a la
vista de todo el mundo desde Seattle hasta Key West. Piénselo… ¡la única cadena
de televisión con la que podrá sintonizar todo Estados Unidos! ¡Sí, incluso
Hawaii! No habrá forma de interferirla; por primera vez, habrá un canal claro
en todos los hogares norteamericanos. Y los boyscouts de J. Edgar no podrán hacer nada para
bloquearla.
«Así que ése es tu juego —pensé—. Al menos estás
siendo sincero». Hace mucho tiempo aprendí a no discutir con marxistas ni
cabezas cuadradas, pero si Hartford estaba diciendo la verdad, quería
exprimirle hasta el fondo.
—Antes de que el entusiasmo le consuma —dije—, hay
unos cuantos puntos que ha pasado por alto.
—¿Como cuáles?
—Eso funcionará en ambas direcciones. Todo el
mundo sabe que las Fuerzas Aéreas, la NASA, Bell Labs, IT&T, Hughes y una
docena de otras agencias están trabajando en el mismo proyecto. Haga lo que
haga Rusia en el tema de propaganda, lo recibirá con intereses compuestos.
Hartford sonrió sin humor.
—¡Vamos, Clarke! —dijo (me alegré de que no me
llamara por mi nombre de pila)—. Me siento un poco decepcionado. ¡Seguro que
sabe que Estados Unidos está a años por detrás en capacidad técnica! ¿Y cree
que el viejo T3 es la última palabra de Rusia?
En ese momento empecé a tomármelo en serio.
Tenía toda la razón. El T3 podía inyectar al menos cinco veces la carga de
cualquier misil norteamericano en la crítica órbita de los 36.000 km, la única
que permitiría a un satélite permanecer fijo sobre la Tierra. Y para cuando
EE.UU. pudiera igualarlos, el cielo sabe dónde estarían ya los rusos. Sí, desde
luego, el cielo lo sabría…
—Muy bien —concedí—. ¿Pero por qué querrían
cincuenta millones de hogares norteamericanos empezar a cambiar de canal en
cuanto puedan sintonizar con Moscú? Admiro a los rusos, pero su ocio es aún
peor que su política. Además del Bolshoi, ¿qué tienen? El ballet me parece muy
aburrido.
Una vez más me dirigió aquella peculiar sonrisa
sin humor. Harftod había estado guardando su golpe de los domingos, y ahora me
lo dio de pleno.
—Ha sido usted quien ha mencionado a los rusos
—dijo—. Están implicados, cierto, pero sólo como contratistas. La agencia
independiente para la que trabajo está contratando sus servicios.
—Debe de ser toda una agencia —recalqué con
sequedad.
—Lo es. La más grande. Aunque Estados Unidos
pretenda que no existe.
—Oh —exclamé, estúpidamente—. Entonces ése es su
patrocinador.
Había oído rumores de que la URSS iba a lanzar
satélites para los chinos; ahora parecía que los rumores ni siquiera se
acercaban a la verdad. Pero seguí sin tener ni idea de hasta qué punto.
—Tiene razón respecto al ocio ruso —continuó
Hartford, quien obviamente se lo estaba pasando muy bien—. Tras la novedad
inicial, el nivel de audiencia caería a cero. Pero no con la programación que
estoy planeando. Mi trabajo es encontrar material que eche a todo el mundo del
negocio cuando esté en el aire. ¿Cree que no puede hacerse? Acabe esa bebida y
venga a mi habitación. Tengo una película culta sobre arte eclesiástico que me
gustaría mostrarle.
Bueno, no estaba loco, aunque durante algunos
minutos me lo estuve preguntando. Se me ocurrieron unos cuantos títulos
calculados con más cuidado para hacer que el espectador cambiara de canal antes
que el que destelló en la pantalla: ASPECTOS DE LA ESCULTURA TÁNTRICA DEL SIGLO
TRECE.
—No se alarme —rió Hartford por encima del
zumbido del proyector—. Ese título me ahorra problemas con los inspectores de
aduanas inquisitivos. Es perfectamente veraz, pero cuando llegue el momento lo
cambiaremos a algo con más gancho.
Un par de cientos de metros más tarde, después
de algunas aburridas tomas arquitectónicas, vi lo que quería decir.
Tal vez sepan ustedes que hay ciertos templos en
la India cubiertos de tallas soberbiamente ejecutadas que nosotros en Occidente
apenas asociamos con la religión. Decir que son francas es quedarse corto; no
dejan nada a la imaginación… a ninguna imaginación. Sin embargo, al mismo tiempo son
genuinas obras de arte. Y también lo era la película de Hartford.
Por si les interesa, había sido rodada en el
Templo del Sol, en Konarak. Lo he buscado: está en la costa de Orissa, a unos
cuarenta kilómetros al noroeste de Puri. Los libros de referencia son muy
recatados; algunos piden disculpas por la «obvia» imposibilidad de proporcionar
ilustraciones, pero el Indian Architecture de Percy Brown no escatima palabras. Las tallas,
dice con claridad, son de «un carácter erótico tan desvergonzado que no tienen
paralelo en ningún edificio conocido». Es difícil de creer, pero yo lo hago
después de haber visto esa película.
El trabajo de la cámara y el montaje eran
brillantes, y las antiguas piedras cobraron vida bajo las lentes. Había tomas
sorprendentes mientras el sol apartaba las sombras de los cuerpos entrelazados
en éxtasis; súbitos primeros planos de escenas que al principio la mente se
negaba a reconocer; estudios de piedra que la mano de un maestro había moldeado
en todas las fantasías y aberraciones del amor; inquietos zooms y barridos cuyo
significado eludía el ojo hasta que se congelaban en pautas de deseo atemporal,
de plenitud eterna. La música (principalmente percusión, con un fino y agudo
sonido de un instrumento de cuerda que no pude identificar) encajaba a la
perfección con el tempo del montaje. En un instante podía ser lánguidamente
lenta, como los primeros acordes de L’Après-midi de Debussy; luego los tambores empezaban a
redoblar hasta alcanzar un clímax frenético y casi insoportable. El arte de los
antiguos escultores y la habilidad del moderno cameraman se habían combinado a
través de los siglos para crear un poema de embeleso, un orgasmo sobre el
celuloide que ningún hombre podría ver sin conmoverse.
Se produjo un largo silencio cuando la pantalla
se inundó de luz y la lasciva música se consumió.
—¡Dios mío! —dije cuando recobré parte de mi
compostura—. ¿Van a emitir eso?
Hartford se echó a reír.
—Créame —respondió—, eso no es nada. Es sólo la
única cinta que puedo llevar sin problemas. Estamos preparados para defenderla
basándonos en que es arte genuino, en su interés histórico, en la tolerancia
religiosa… Oh, hemos pensado en todo. Pero no importa: nadie puede detenernos.
Por primera vez en la historia, toda forma de censura es completamente
imposible. Es sencillo, no hay modo de conseguirlo: el cliente puede obtener lo
que quiera, en su propia casa. Cierra la puerta, enciende el televisor… los
amigos y la familia no lo sabrán nunca.
—Muy astuto —dije—, ¿pero no cree que la gente
se hartará pronto de esa dieta?
—Por supuesto. La variedad es la sal de la vida.
Tenemos un montón de programas convencionales, ya me encargo yo de ello. Y de
vez en cuando tendremos programas de información (odio la palabra
«propaganda»), para decir al alienado público norteamericano lo que sucede de
verdad en el mundo. Nuestros programas especiales serán sólo el cebo.
—¿Le importa si tomo un poco de aire fresco?
—dije—. Hace calor aquí.
Hartford descorrió las cortinas y dejó que la
luz del día entrara de nuevo en la habitación. Bajo nosotros se extendía la
larga curva de la playa, con los barcos de pesca varados bajo las palmeras, y
las pequeñas olas muriendo en forma de espuma tras su cansina marcha desde
África. Uno de los panoramas más hermosos del mundo, pero no podía concentrarme
en él ahora. Todavía veía aquellos miembros de piedra, aquellas caras
congeladas con pasiones que los siglos no podían reducir.
Aquella voz relamida continuó a mi espalda:
—Le sorprendería saber cuánto material hay.
Recuerde, no tenemos ningún tabú. Si se puede filmar, lo podemos emitir.
Se acercó a su mesa y sacó un pesado volumen.
—Esto ha sido mi Biblia —dijo— o mi Sears,
Roebuck si lo prefiere. Sin él, nunca habría vendido la serie a mis
patrocinadores. Son grandes creyentes en la ciencia, y lo han aceptado todo,
hasta el último punto decimal. ¿Lo reconoce?
Asentí. Cada vez que entro en una habitación,
siempre estudio el gusto literario de mi anfitrión.
—El doctor Kinsey, supongo.
—Supongo que soy el único hombre que lo ha leído
de cabo a rabo y no ha comprobado sólo sus estadísticas vitales. Verá, es la
única investigación de mercado en este campo. Hasta que aparezca algo mejor,
sacamos el mejor partido posible. Nos dice lo que quiere el consumidor, y vamos
a suministrárselo.
—¿Todo?
—Si la audiencia es lo bastante grande, sí. No
nos molestaremos con los granjeritos atontados que se divierten sólo con su
ganado. Pero los cuatro sexos principales recibirán tratamiento pleno. Ésa es
la belleza de la película que acaba de ver: los atrae a todo.
—Puede apostarlo —murmuré.
Vio que empezaba a aburrirme; hay algunos tipos
de obsesiones que me deprimen. Pero había sido injusto con Hartford, como en
seguida se apresuró a demostrar.
—Por favor, no piense que el sexo es nuestra
única arma. El sensacionalismo es igual de bueno. ¿Llegó a ver el trabajo que
hizo Ed Murrow con el santurrón de Joe McCarthy? Eso no fue nada comparado con
las biografías que estamos preparando para Washington
Confidencial.
»Y luego está nuestra serie. ¿Puede soportarlo?,
diseñada para separar a los hombres de los gallinas. Haremos tantas
advertencias por adelantado que todos los norteamericanos con sangre en las
venas sentirán que tienen que ver el programa. Empezará de manera bastante
inocente, con cosas preparadas por Hemingway. Se verán varias secuencias de
corridas de toros que levantarán al público de su asiento… o lo enviará
corriendo al cuarto de baño, porque mostrarán todos los pequeños detalles que
nunca se consiguen en esas pulidas películas de Hollywood.
»Continuaremos con un material realmente único
que no nos ha costado nada en absoluto. ¿Recuerda las pruebas fotográficas que
aparecieron en el juicio de Nüremberg? Nunca las ha visto, porque no eran publicables.
Había varios fotógrafos aficionados en los campos de concentración, que
aprovecharon las oportunidades que nunca volverían a tener. Algunos fueron
ahorcados ante el testimonio de sus propias cámaras, pero su trabajo no fue en
vano. Encajará a la perfección en nuestra serie La tortura a
través de los tiempos, muy erudita y
concienzuda, aunque con un atractivo notable…
»Y hay docenas de otros ángulos, pero ya habrá
visto cuál es la imagen general. En la avenida piensan que lo saben todo sobre
Persuasión Oculta… créame, no tienen ni idea. Los mejores psicólogos prácticos
del mundo están en el este. ¿Recuerda Corea y los lavados de cerebro? Hemos
aprendido mucho desde entonces. Ya no hay necesidad de violencia; a la gente le
gusta que le laven el cerebro, si lo haces de la forma adecuada.
—Y ustedes van a lavarle el cerebro a Estados
Unidos. Toda una misión.
—Exacto… y al país le encantará, a pesar de
todos los gritos del Congreso y las iglesias. Por no mencionar las emisoras de
televisión, claro. Harán más alboroto que nadie cuando descubran que no pueden
competir con nosotros.
Hartford consultó su reloj, y emitió un silbido
de alarma.
—Hora de empezar a hacer las maletas —dijo—.
Tengo que estar a las seis en ese aeropuerto impronunciable suyo. Supongo que
no será posible que venga alguna vez a Macao a vernos.
—No, pero ya tengo una idea bastante clara de lo
que pretenden. Por cierto, ¿no tiene miedo de que destape el tarro?
—¿Por qué? Cuanta más publicidad pueda darnos,
mejor. Aunque nuestra campaña publicitaria no empezará hasta dentro de unos
cuantos meses, creo que se merece saberlo por adelantado. Como dije, sus libros
ayudaron a darme la idea.
Su gratitud era genuina, por Dios. Me dejó sin
habla.
—Nada puede detenernos —declaró, y por primera
vez el fanatismo que acechaba bajo aquella pulida y cínica fachada no quedó por
completo bajo control—. La historia está de nuestro lado. Usaremos la propia
decadencia de Norteamérica como arma, y contra eso no hay ninguna defensa. Las
Fuerzas Aéreas no intentarán hacer piratería espacial derribando un satélite
que no estará cerca del territorio norteamericano. La FCC ni siquiera podrá
protestar a un país que no existe a los ojos del Departamento de Estado. Si
tiene usted alguna otra sugerencia, me interesaría mucho escucharla.
Yo no tenía ninguna entonces, ni la tengo ahora.
Tal vez estas palabras puedan dar una leve advertencia antes de que los
primeros anuncios aparezcan en los periódicos, y puedan causar una mastodóntica
alarma entre las emisoras. ¿Pero servirá de algo? Hartford pensaba que no, y
tal vez tuviera razón.
«La historia está de nuestro lado». No puedo
quitarme esas palabras de la cabeza. Tierra de Lincoln, Franklin y Melville, te
quiero y te deseo lo mejor. Pero en mi corazón sopla un frío viento del pasado,
pues recuerdo Babilonia.
Al leer este relato más de treinta años después,
parece a la vez anticuado sin remisión y más actual que nunca. Dos décadas más
tarde, el Canal Playboy estaba en el aire… ¡vía satélite! Ay, nunca he tenido
oportunidad de ver si alguno de sus programas cumplía mi predicción.
Fue el editor de Playboy, por cierto, quien cambió mi feo título «Emisora
azul» por el mucho más evocativo (y ominoso) «Recuerdo Babilonia». Mi mente
subconsciente debió de hacer un trabajo mucho mejor de lo que creía, pues la
elección de ese nombre fue sorprendentemente apropiada. Babilonia era la
«Babel» del Antiguo Testamento de donde se deriva nuestra palabra babble (murmullo). En mis conferencias sobre los
comsats me gustaba citar el Génesis 11, cuando «el mundo entero tenía una sola
lengua y unas mismas palabras» y los hombres decidieron construir una torre que
alcanzara los cielos. Pero el Señor dijo: «He aquí un pueblo uno, pues tienen
todos una lengua sola. Se han propuesto esto, y nada les impedirá llevarlo a
cabo. Bajemos, pues, y confundamos su lengua, de modo que no se entiendan unos
a otros». (Nueva versión internacional). Y añadía que con el tiempo los comsats
establecerían un lenguaje global, de manera que «mucho más alto de lo que los
constructores de Babel jamás aspiraron, podamos deshacer la maldición que cayó
sobre ellos».
La otra predicción del relato ya se ha
convertido en realidad: en este mismo instante los abogados están enzarzados en
un combate con los censores locales sobre lo que se puede y no se puede emitir
por los comsats. Hace tan sólo unas semanas leí en las cartas de Satellite
Week (18 de febrero de 1991) que Home
Dish Satellite Networks había sido multada con 15.000 dólares por transmitir
películas pornográficas a sus trescientos mil suscriptores. Al parecer hay una
ley federal de 1988 que prohíbe esa actividad; sería interesante ver qué haría
el Tribunal Supremo si, como yo sugería, el satélite estuviera situado sobre el
mar. En ese aspecto, no estoy seguro de hasta qué punto la jurisdicción puede
aplicarse a ninguna dirección extraterrestre.
Y recientemente ha habido una nueva amenaza en
órbita, que yo no había previsto: la propaganda religiosa. La pornografía y el
televangelismo tienen mucho en común. Normalmente son inofensivos, y pueden
incluso ser beneficiosos, en dosis moderadas. Por desgracia, ambos son
adictivos.
En exceso, la primera puede destruir el alma; la
segunda la mente. Y aún no he decidido qué es peor.
Parte 4
Los Mensajeros Estelares
Capítulo 29
Echo y Telstar
«Cuando se cuente la
historia de nuestra época, seremos recordados como los primeros hombres que
plantaron su firma entre las estrellas».
Éstas son las palabras con las que terminé The
Making of a Moon cuando fue publicado
en 1957. Una noche memorable tan sólo tres años después, las vi hacerse
realidad, de forma más espectacular de lo que había imaginado jamás.
Colombo, mi hogar durante más de un tercio de
siglo, está a sólo siete grados al norte del ecuador. Los días y noches son por
tanto de longitud casi igual a lo largo del año, y el sol nunca se pone más
tarde de las 6.30. Después de un breve interludio de crepúsculo, aparecen las
estrellas.
Me habían pedido que diera una conferencia sobre
los viajes espaciales en una de las universidades locales, y había cronometrado
mi charla con cuidado. Con una última mirada a mi reloj, concluí: «Ahora, si me
acompañan fuera…». Por fortuna, el cielo estaba despejado, y mis cálculos
habían sido (por una vez) correctos. Esperamos sólo unos minutos cuando una
brillante estrella se alzó en el oeste, desafiando la sabiduría astronómica de
los siglos, y salió del brillo del crepúsculo. Se movía a la velocidad de un
jet, y tardó unos minutos en alcanzar el meridiano. Entonces empezó a descender
hacia el este, pero mucho antes de que llegara al horizonte empezó a
desaparecer súbitamente. En cuestión de segundos, se perdió.
Estoy seguro de que ningún miembro de mi juvenil
público olvidará jamás su visión del Echo 1, que probablemente fue visto por
más ojos humanos que ningún otro artefacto en la historia del mundo. Sin
embargo, la misión de Echo no era ser pionero de la propaganda espacial, aunque
esas ideas se han propuesto, para consternación de los astrónomos [33]. Era un experimento serio
en los satélites de comunicaciones, para ver si un sencillo reflector pasivo
podía ser utilizado en vez de un complejo equipo electrónico para enviar
mensajes alrededor de la curva de la Tierra.
Ya se había intentado con la Luna, pero estaba
demasiado lejos (y era un radio-espejo demasiado malo) para ser de utilidad. Un
globo recubierto de una fina capa de película metálica reflectante, en órbita a
sólo unos centenares de kilómetros de altura, sería obviamente mucho más
eficaz.
En su memoria The Beginnings of
Satellite Communications, el doctor John
Pierce ha descrito cómo comenzó el Proyecto Echo. Aunque nos habíamos visto
varias veces desde mi primera visita a Estados Unidos en 1952, y a menudo
habíamos discutido sobre astronáutica (aunque es probable que no tanto como de
ciencia ficción, ya que John era un gran aficionado y autor ocasional), él no
había visto mi trabajo de 1945 cuando, en 1954, la rama de Princeton del
Instituto de Ingenieros de Radio le pidió que diera una charla sobre los viajes
espaciales. Sin embargo, para esa época, por usar su propia frase ligeramente
mal pensada, «el satélite de comunicaciones estaba ya en el aire».
La conferencia de John, «Radio-relés orbitales»
fue publicada en Jet Propulsion,
el periódico de la American Rocket Society, en abril de 1955. Consideraba tres
posibilidades: a) esferas reflectantes de 30 m a una altura de alrededor de
36.000 km; b) un espejo plano orientado de 30 m en una órbita de veinticuatro
horas; c) un repetidor activo en una órbita de veinticuatro horas. Concluyó que
las tres soluciones eran factibles, y cada una tenía grandes ventajas e
inconvenientes.
Los espejos «pasivos» serían baratos y
sencillos, pero extremadamente ineficaces, ya que sólo una fracción minúscula
de la energía transmitida sería recibida en la Tierra; por tanto harían falta
transmisores muy potentes y grandes antenas en tierra.
Los repetidores activos requerían una milésima
parte de energía, o incluso menos, y podían por tanto funcionar con sistemas de
antenas mucho más pequeños. Sin embargo, demandaban equipo electrónico que
pudiera operar bien durante largos períodos en el espacio, una fuente de
energía eléctrica a bordo, y medios para controlar su posición y orientación
cuando estuvieran en órbita, de forma que sus señales fueran enviadas a los
blancos adecuados.
En 1955 no estaba tan claro cómo podrían
resolverse todos estos problemas. No obstante, una década después, la
tecnología espacial había avanzado a tanta velocidad que los comsats pasivos
hicieron una breve pero espectacular aparición en el cielo nocturno antes de
ser sustituidos por los repetidores activos de hoy, que extraen su energía del
sol.
Echo, sin embargo, dejó un legado inesperado que
fue tal vez más importante que el proyecto original. Para recibir las débiles
señales de radio reflejadas desde el globo (¡una trillonésima parte de la
energía original transmitida!), Bell Labs construyó un inusitado tipo de
terminal de tierra en una colina cerca de Holmdel, Nueva Jersey. En vez del
familiar platillo parabólico, éste empleaba un cuerno, y parecía una gigantesca
trompetilla de costado.
En 1965, cuando ya no era necesario para los
experimentos de comunicaciones, este mismo cuerno fue empleado por Arno A.
Penzias y Robert W. Wilson para detectar el débil ruido de fondo de microondas
que cubre el cielo con extraordinaria uniformidad. El descubrimiento de esta
«radiación de tres grados» hizo ganar a Penzias y Wilson el premio Nobel de
Física en 1978: ha sido interpretado como un leve residuo de la bola de fuego
inicial con la que nació el universo, hace unos quince mil millones de años.
Como esto parecía proporcionar una prueba decisiva para el origen del universo
con el «Big Bang», la teoría rival, el «Estado Firme», invocada en los cincuenta
por Hoyle, Gold y Bondi, recibió un aparente golpe decisivo. Pero en forma
revisada, tal vez pueda levantarse del suelo antes de la cuenta de diez.
El universo parece un aparato creado para el
perpetuo asombro de los astrónomos. Hace muchos años, molesto por el dogmatismo
de ciertos cosmoteólogos, propuse mi propia teoría: el Bang Firme. Ya no estoy
seguro de que sea un chiste; de hecho, recientes propuestas del indomable sir
Fred y sus colegas se parecen de forma sospechosa. Espero que recuerden la
observación que Niels Bohr hizo a otro físico: «Tu teoría es descabellada, pero
no lo suficiente para ser verdad».
Aunque Echo fue un clamoroso éxito, tanto desde
el punto de vista técnico como de relaciones públicas, demostró que la
comunicación vía satélite no sería practicable sin reflectores pasivos. Esto se
cumplía en especial para la televisión, que necesitaba más la nueva tecnología,
como el único medio previsible de cubrir los océanos. El siguiente paso era
claramente un transmisor activo que pudiera recibir señales desde tierra,
amplificarlas y luego volver a emitirlas para el hemisferio de abajo.
John Pierce y sus colegas de Bell Labs habían
estado pensando en esto incluso antes de que Echo fuera lanzado, y su trabajo
pronto produjo un satélite aún más famoso, Telstar [34]. De un metro de diámetro,
y casi esférico, Telstar operaba con paneles solares; recibía señales de tierra
a 6,39 GHz y las retransmitía a 4,17 GHz, con la energía de una linterna de dos
vatios.
Sin embargo, esto fue suficiente para hacer
historia, en la primera emisión transatlántica en vivo del 23 de julio de 1962.
El impacto de este programa fue enorme; fue visto, por ejemplo, por más de la
mitad de la población de Gran Bretaña, y grandes audiencias de todo el mundo.
Hoy, los noticiarios de televisión ya no se molestan en superponer «Directo vía
satélite», porque todo el mundo lo da por hecho. Pero hace treinta años era
todavía un milagro.
Telstar (y su sucesor, Telstar 2, lanzado el 7
de mayo de 1963) demostraron que los satélites activos podían hacer todo lo que
se decía de ellos, y con energías muy modestas, siempre y cuando estuvieran
apoyados por grandes equipos de tierra. Bell System había construido una
antena-cuerno aún más grande para Telstar que para Echo; la gigantesca
trompetilla de Andover, Maine, pesaba 370 toneladas, aunque era capaz de seguir
al veloz satélite con una precisión superior a un venteavo de grado.
Y ése era el gran problema. A causa de su
altitud relativamente baja (entre 950 y 5.600 km) Telstar 1 circundaba la
Tierra varias veces al día; su período orbital era sólo una fracción de las
mágicas veinticuatro horas. Por tanto, desde cualquier punto de observación,
era visible sólo de forma intermitente, durante plazos de veinte minutos como
máximo. Entre dos estaciones sólo podía proporcionar breves intervalos de
servicio, luego desaparecía bajo el horizonte. Así no se podía dirigir una
emisora de televisión, mucho menos un sistema telefónico, que era lo que en
realidad interesaba a Bell/AT&T. La televisión era excitante y se llevaba
todos los titulares… pero el dinero estaba en las Páginas Amarillas.
Había dos soluciones obvias al problema: una
clara y sencilla, la otra tan complicada y dificultosa que a primera vista
parecía desesperanzadamente impracticable.
La respuesta clara y sencilla era usar la órbita
geoestacionaria o de veinticuatro horas, de manera que el satélite pareciera
fijo en el cielo. Luego podía proporcionarse un servicio continuo sin la
necesidad de elaborado y caro equipo de seguimiento. Por desgracia, a principios
de los años sesenta, los cohetes más poderosos disponibles (al menos para fines
no militares) sólo podían alzar cargas muy modestas hasta la altitud requerida;
paradójicamente, hace falta mucha más energía para aparcar a 36.000 km de
altura que para aterrizar en la Luna, situada diez veces más lejos. Parecía que
la órbita estacionaria tendría que esperar al desarrollo de sistemas de entrega
más poderosos.
Eso sería solamente cuestión de tiempo, pero
mientras tanto había un problema fundamental, que ningún avance técnico podría
superar. Nunca pensé en ello en mi trabajo de 1945, porque no afectaba a la
emisión televisiva, mi principal preocupación. Pero era de importancia vital
para cualquier servicio telefónico, y es posible que los satélites
geoestacionarios fueran inútiles para este fin.
Imaginen que están en un lado de la Tierra,
hablando con una amiga del otro lado a través de un satélite de comunicaciones.
Como las ondas de radio (como toda la radiación electromagnética) viajan a
300.000 km, su voz tarda casi un tercio de segundo en alcanzarla. Si ella
contesta al instante, eso hace otro tercio, componiendo un retraso total de dos
tercios de segundo antes de que su respuesta le alcance. No parece mucho; no lo
es, desde luego, para los flemáticos anglosajones. Pero es suficiente para
desmoralizar a una proporción sustancial de, por poner un ejemplo, el mundo
latino, como estará de acuerdo cualquiera que haya visto una película italiana.
Ambas partes se cansarían de esperar una respuesta y se interrumpirían
mutuamente. El resultado sería un caos total.
Durante algún tiempo, pareció que la telefonía
vía comsats requeriría que los abonados aprendieran los procedimientos RT y
hablaran como los pilotos: «Cambio…», etc. Por fortuna, este problema resultó
ser mucho menos serio de lo que se temía; los usuarios necesitaron muy poca
práctica para adaptarse, e interceptar una amable pausa entre frases [35].
Una forma de tratar con el preocupante problema
del retraso temporal, y la dificultad de llevar cargas dignas a la órbita
estacionaria, fue continuar en la ruta Telstar. Si se lanzaban suficientes
satélites a baja altitud, siempre habría al menos uno en el cielo en cualquier
momento dado. Las estaciones en tierra necesitarían dos antenas de rastreo
separadas, ya que sería necesario recibir señales de un satélite y volver a
enviarlas a otro. Y para asegurarse, una tercera antena haría falta para
encargarse de las interrupciones, el mantenimiento regular y los inconvenientes
que son inevitables con cualquier equipo electrónico avanzado.
Eso sería una forma costosa y complicada de
actuar. Por fortuna, resultó ser innecesaria, al menos para las cadenas de
televisión globales. Pero tal vez sea la respuesta para el por tanto tiempo
esperado «teléfono de muñeca». La compañía Motorola planea llevar al cielo el
teléfono celular, usando una constelación de setenta y siete satélites de baja
altitud, tejiendo una cesta orbital alrededor de la Tierra (mi amigo el doctor
Yash Pal ha acuñado la expresión «órbitas anti-Clarke» para esos sistemas).
Será interesante ver cómo se comporta este proyecto (bautizado «Iridio», en
honor al elemento 77) en competición con los satélites geoestacionarios.
Ciertamente, no será popular entre los radioastrónomos, que ya se quejan con
amargura de las interferencias de los satélites de todo tipo. Pero al menos la
mayoría de éstos se encuentran en el cinturón ecuatorial. El Iridio estará en todas
partes.
Me temo que la Tierra ya no es un buen lugar
para los astrónomos, ópticos o de radio. Afortunadamente, el sitio ideal para
ambas variedades está cerca, como recalqué en «The Uses of the Moon» (Harper’s
Magazine, diciembre de 1961; reeditado
en Voices from the Sky,
1965):
La cara oculta de la Luna es un lugar tranquilo,
probablemente el más tranquilo que existe a millones de kilómetros de la
Tierra. Estoy hablando, por supuesto, en sentido radial: durante los últimos
sesenta años [36] nuestro planeta ha estado lanzando cada vez
más basura al espacio. Esto ha demostrado ya ser un inconveniente para los
radioastrónomos, cuyas observaciones pueden ser estropeadas por una maquinilla
de afeitar eléctrica situada a 100 km de distancia.
Pero la tierra entrevista
por primera vez por el Lunik 3 está más allá del alcance de este tumulto
electrónico; está protegida del ruido de la Tierra por 3.200 km de roca sólida,
una protección mucho mejor que los millones de kilómetros de espacio vacío.
Aquí, donde la luz de la tierra nunca brilla, estarán los centros de
comunicaciones del futuro, enlazando con rayos de radio y luz todos los
planetas habitados. Y algún día, tal vez, para extenderse más allá del sistema
solar para entablar contacto con esas otras inteligencias cuya búsqueda ya ha
empezado. Esa búsqueda apenas puede esperar tener éxito hasta que hayamos
escapado de los ruidos de todas las emisoras de radio y televisión de nuestro
propio planeta.
Me alegra decir que la protección de la cara
oculta a las interferencias ha sido legislada ya por la ITU (International
Telecommunication Union), pero mi optimismo no es a largo plazo. Desde los
primeros días de la colonización, las redes lunares serán vitales, así que
antes de que pase mucho tiempo la Luna tendrá sus propios subsatélites
charlatanes.
Los radioastrónomos tendrán que mudarse de
nuevo. ¿A Saturno, tal vez? [37]
Capítulo 30
Syncom
En 1961, la American Rocket
Society (ahora el American Institute of Aeronautics and Astronautics) preparó
un histórico simposium en el Colosseum de Nueva York titulado «Informe de los
vuelos espaciales a la nación». Uno de los participantes era el presidente del
Consejo Espacial, que pronto se convertiría, bajo trágicas circunstancias, en
presidente de Estados Unidos: Lyndon B. Johnson.
Tuve que moderar un coloquio sobre los programas
espaciales soviéticos y norteamericanos, cosa que hice con mano dictatorial. La
amarga experiencia me había convencido de que cuando los expertos se reunían
para discutir sobre cualquier tema sin una guía firme, el resultado era más
humo que luz. Por tanto había preparado una serie de preguntas, que esperaba
provocaran respuestas útiles de mis víctimas. Éstas incluían al administrador
jefe de la NASA Hugh Dryden, al doctor Wernher von Braun y el general Bernard
Schriever, que era director del programa de misiles balísticos (ICBM) de las
Fuerzas Aéreas. Recuerdo haber preguntado al general, con la cara más seria que
pude, cuándo podrían combinarse los programas espaciales rusos y
norteamericanos… una pregunta prematura para hace más de treinta años.
No es de extrañar que no pudiéramos persuadir a
ninguno de los delegados soviéticos a unirse a la mesa redonda. Pero recuerdo
claramente al veterano astrónomo doctor Mikhailovich informando que acababa de
ver Desde Rusia con amor en
un cine local. «¿Qué le ha parecido?», le preguntamos. «No tan buena como el
libro», respondió al instante.
Durante la mesa redonda actué como transmisor,
ampliando y transmitiendo una sugerencia que había oído unas cuantas horas
antes: «¿No sería un impulso maravilloso para los satélites de comunicaciones
si pudiera lanzarse uno a tiempo para las olimpiadas de Tokio de 1964? Dentro
de tres años… ¡piénsenlo!».
Este desafío fue recogido por tres jóvenes
ingenieros de Hughes, Harold A. Rosen, Don Williams y Tom Hudspeth, quienes
creían (ante tanto escepticismo) que un «satélite de comunicaciones sincrónico
mínimo» podría ponerse en órbita, incluso con los vehículos de lanzamiento
relativamente débiles existentes. Diseñaron un modelo hueco, que no llevaba
baterías para que pudiera operar sólo con la luz solar. Como rotaría como un
giroscopio, su eje estaría fijo en el espacio y sólo requeriría ocasionales
empujes de gas para que sus transmisiones siguieran apuntando hacia la Tierra.
El primer Syncom fue lanzado el 14 de febrero de
1963. Alcanzó con éxito la órbita de veinticuatro horas… y el resto fue
silencio; de repente se desvaneció del espectro radial. Meses más tarde, un
poderoso telescopio localizó el diminuto cadáver flotando a la deriva sobre el
ecuador. Al parecer, un conducto de presión había explotado. Estoy seguro de
que algún día será exhibido en el Museo Smithsoniano del Aire y el Espacio,
como el primer pionero de una nueva frontera vital.
Rosen y compañía volvieron al tablero de dibujo,
y el Syncom 2 fue lanzado el 26 de julio de 1963. Fue un éxito total, igual que
el Syncom 3 el 19 de agosto de 1964. Los Syncom tuvieron una gran importancia
histórica pues sentaron un precedente; demostraron que ya no era posible dudar
del valor de la órbita de veinticuatro horas. Incluso el problema del retraso
temporal resultó ser mucho menos serio de lo que se temía.
Mientras que los ingenieros experimentaban, el
Congreso legislaba. En 1962 se aprobó una ley para crear la Communications
Satellite Corporation (COMSAT), que sería la única responsable del nuevo medio,
y prohibiría el tipo de libre empresa desinhibida que había creado el sistema
telefónico norteamericano. Como John Pierce, hablando como leal miembro de la
extensa familia de Mamá Bell, escribió en su memoria de 1968: «El Acta de los
Satélites de Comunicaciones me desanimó profundamente. En ese momento pareció
acabar con cualquier interés personal directo o la participación en los
satélites de comunicaciones. Preví que el Acta causaría, como así hizo, un
retraso considerable en la consecución de un sistema comercial de satélites».
Mis amigos de COMSAT no estarían sin duda de
acuerdo con esta última frase, y casi veinte años más tarde John señalaría con
amargura lo arriesgado que es hacer ninguna previsión en este explosivo campo:
Cuando, en conexión con la producción de 2001,
Arthur Clarke me pidió ayuda para suministrar al Orbital Hilton con logotipos y
equipos Bell, llamé al departamento de relaciones públicas de AT&T,
pensando que saltarían ante la oportunidad. No lo hicieron. Dijeron que tal vez
cuando llegara el 2001 las cosas no serían como Clarke y Kubrick predecían. ¿No
hará eso que Bell System parezca idiota?[38]
Bueno, los chicos de
relaciones públicas tenían toda la razón, pero no en la forma en que
imaginaron. Bell System no existirá en el 2001. Fue abolido, en una famosa
sentencia del 1 de enero de 1984. Así que el logotipo Bell que aparece cuando
el doctor Heywood Floyd hace su llamada de 1,70$ a su hijita (Vivian Kubrick,
por cierto) puede ser descrito como un anacronismo prematuro.
Mi esperanza de que las olimpiadas de Tokio de
1964 fueran emitidas vía satélite se cumplió gracias al Syncom 3, que sólo pudo
preparar un canal en blanco y negro. Sin embargo, a causa de la diferencia
horaria entre Japón y Estados Unidos, pocas cadenas mostraron el hecho «en
directo», suponiendo que la mayor parte de su público estaría en la cama.
Todavía tenían que aprender que los satélites enseñarían a las naciones a
arreglárselas sin dormir.
Había llegado el momento de colocar esta nueva
tecnología sobre una base comercial. Más de un cuarto de siglo después, es una
experiencia curiosa y nostálgica hojear un delgado folleto que anuncia en su
primera página:
FOLLETO PRELIMINAR FECHADO EL 27 DE MAYO DE 1964
10 MILLONES DE ACCIONES
COMMUNICATIONS SATELLITE CORPORATION
Este histórico documento
anunciaba que cinco millones de acciones a veinte dólares cada una habían sido
adquiridas por las compañías de comunicaciones: casi tres millones por
AT&T, un millón de IT&T, el resto por GTE, RCA y otras. Los cinco millones
restantes estaban al alcance del público general a través de una larga lista de
suscriptores, encabezados por el inevitable Merril Lynch.
Dudo que incluso en nuestros más descabellados
momentos anteriores a la Segunda Guerra Mundial los entusiastas interplanetarios
soñáramos que un día se invertirían 200 millones de dólares en el espacio, ¡a
cargo de organizaciones comerciales, y sólo como primera inversión! Todavía
recuerdo con cierto embarazo la proclama que hizo la British Interplanetary
Society, allá por 1938, sosteniendo que una nave lunar de tres hombres podría
construirse por, ejem, un
cuarto de millón de dólares. Incluso contando con la inflación, fue una clara
subestimación.
El párrafo inicial del folleto establece con
claridad los objetivos y lo igualmente importante el estatus de la
organización, que entonces tenía un año:
La Communications Satellite Corporation se fundó
bajo la ley del Distrito de Columbia el 1 de febrero de 1963, según autoriza el
Acta de Satélites de Comunicaciones de 1962. El Acta declara que la política de
Estados Unidos es establecer, en cooperación con otras compañías, un sistema de
comunicaciones vía satélite de la manera más rápida y practicable, como parte
de una cadena mejorada de comunicaciones, y que la participación de Estados
Unidos en el sistema será en forma de corporación privada, sujeta a la
regulación apropiada del gobierno. La Corporación ha sido creada para cumplir
esa política nacional, pero la Corporación no es una agencia o institución del
gobierno de Estados Unidos.
En una sección titulada «La
aventura y su riesgo», el folleto señala que los inversores se internarán en
territorio desconocido, y advierte cautelosamente: «Se cree que los sistemas de
satélite de diversos tipos serán utilizables para propósitos comerciales. Para
proporcionar más información relevante a la selección de un tipo o sistema, la
Corporación planea llevar a cabo nuevas informaciones y operaciones limitadas
por medio de un satélite que será lanzado a mediados de 1965».
Cuando el folleto fue editado, todavía no era
seguro que los satélites geoestacionarios fueran practicables, así que también
se consideró un Sistema de Altitud Media. Éste habría requerido hasta dieciocho
satélites a una altura de unos 10.000 km. Se recibieron tres propuestas para tales
cadenas orbitales (una de AT&T, esperando una continuación del Telstar), y
el asunto podría ser zanjado sólo por la experiencia práctica.
El folleto también tenía una sección titulada
«Competencia», refiriéndose a los cables y la radio. Aunque los cables
submarinos existentes empleaban aún tubos de vacío, la revolución de los
transistores estaba en marcha y estaba claro que el número de canales de voz o
telegráficos sería pronto multiplicado por un factor de al menos diez. En rutas
de alta densidad como el Atlántico Norte, los cables podrían ofrecer un
servicio mejor y más barato. Como veremos, la competición entre satélites y
cables sigue siendo un factor importante, para gran beneficio de los usuarios.
Curioso es que esta sección no menciona que sólo los satélites podrían
proporcionar televisión intercontinental. Parece que en 1964 nadie advertía lo
importante que esto llegaría a ser; sin embargo, en tan sólo una generación,
más de la mitad de la raza humana vería a veces el mismo acontecimiento «en directo
vía satélite».
El folleto de COMSAT fue editado casi
exactamente cien años después de la agotadora batalla de Cyrus Field para
conseguir capital para su nuevo cable. Esta vez, la historia fue diferente;
todo el mundo sabía que los satélites de comunicaciones funcionaban. Menos de
siete años después del Sputnik, Wall Street entró en la Era Espacial.
No, yo no compré acciones: normalmente me
exasperaba la cantidad de valioso tiempo de trabajo que Stanley Kubrick gastaba
telefoneando a su corredor, cuando deberíamos haberlo usado de forma creativa
para hablar de nuestra pequeña película. En cualquier caso, mi actitud hacia
las acciones es exactamente la misma que la de mi buen amigo Isaac Asimov,
quien me confesó una vez: «Procedo de generaciones de pobres, así que no sé qué
hacer con el dinero. Cuando lo tengo, dejo que se pudra en el banco».
A mí me ocurre lo mismo, y es algo muy sensato,
considerando lo que ha sucedido en la zona de Wall Street durante los últimos
años. Pero me alegro de tener cinco acciones de COMSAT, que me regalaron en los
años sesenta, porque
a) el certificado queda muy bonito en la pared
de mi despacho y
b) me gusta recibir los informes anuales.
Sin embargo, aun a riesgo de provocar un colapso
nervioso al ordenador de COMSAT, siempre rompo los minúsculos cheques de
dividendos. Los cargos de correos y el banco me dejarían sin cambio si los
cobrara.
Capítulo 31
Early Bird
Dada la responsabilidad de
establecer el primer servicio regular no experimental, COMSAT contrató al
equipo de Harold Rosen en Hughes para diseñar los sucesores de los Syncoms. El
primero fue Early Bird (luego llamado Intelsat 1); fue lanzado en Cabo Kennedy
el 6 de abril de 1965, y fui invitado a contemplar la cuenta atrás por medio de
un enlace de televisión con la sede de COMSAT, entonces una hermosa casa
particular en un barrio residencial de Washington.
Early Bird despegó a tiempo, y lo vimos ascender
al cielo. Entonces la televisión fue desconectada, y el vicepresidente Hubert
Humphrey empezó a hacer un discurso. Fue una charla elocuente e informativa,
pero después de varios minutos empecé a preguntarme si le estaba sucediendo
algo al cohete. Si hubiera estallado, los presentes en la sede de COMSAT
habríamos sido los últimos en enterarnos. Más tarde, cuando vicepresidente y
cohete llegaron ambos a una exitosa interrupción, le dije al señor Humphrey que
estaba escribiendo una película donde uno de los personajes sería presidente
del Consejo Espacial, dentro de treinta años. «Oh —dijo HHH con cierta
tristeza—, pretendo ser presidente hasta entonces». Al parecer, viviendo bajo
la enorme sombra de LBJ, ya había abandonado toda ambición superior.
Es interesante comparar las capacidades del
Early Bird con sus sucesores a lo largo de los siguientes veinte años, como
indicativo del sorprendente progreso tanto en diseño de los comsats como de las
cargas que pueden ser colocadas en órbita geoestacionaria.
|
1965 |
1975 |
1975 |
|
|
Intelsat 1 |
4A |
6 |
|
|
Circuitos de voz |
240 |
6.500 |
35.000 |
|
Canales TV |
(1) |
+2 |
+2 |
Adviertan que Intelsat 1 podía manejar un único
canal de televisión en blanco y negro o 240 circuitos telefónicos, no ambas
cosas al mismo tiempo. Sus sucesores pueden transmitir dos canales de
televisión en color, más miles de circuitos de voz. Y gracias al uso de
inteligentes técnicas de multiplicación digital, esto puede ser aumentado
(hasta 120.000 en el caso del Intelsat 6). Sin embargo, Intelsat 7 (lanzado en
1992) tiene sólo (!) la mitad de esta capacidad telefónica, aunque puede
transmitir tres canales de televisión. El período de gestación de un nuevo
comsat es de unos cinco años, y después de los fallos de lanzamiento de los
años ochenta Intelsat decidió no poner tantos huevos en cestas tan caras, que
cuestan millones de dólares asegurar [39].
Capítulo 32
Los Estados Unidos de la Tierra
El 20 de agosto de 1971,
tras varios años de negociaciones bizantinas, los acuerdos finales para
establecer el sistema mundial de comunicaciones vía satélite (INTELSAT) se
firmaron en el Departamento de Estado.
Por invitación del secretario William Rogers y
el embajador Abbot Washburn, representante de Estados Unidos ante INTELSAT, se
me pidió que hablara en la ceremonia, inmediatamente después del astronauta del
Apolo 8 William Anders, entonces secretario ejecutivo del National Aeronautics
and Space Council [40].
Señor secretario, excelencias, distinguidos
invitados… Cada vez que miro en mi bola de cristal y trato de visualizar el
futuro de los satélites de comunicaciones, recuerdo un incidente que ocurrió en
Inglaterra hace casi cien años.
Acababa de llegar de Estados Unidos la alarmante
noticia de que un tal señor Bell había inventado algo llamado teléfono. Por
tanto, como hacemos los británicos en una emergencia, establecimos una comisión
parlamentaria que escuchó las pruebas de los testigos expertos, quienes les
tranquilizaron diciendo que no se volvería a saber nada más de este invento
yanqui tan poco práctico.
Entre los testigos citados se encontraba el
ingeniero jefe de la British Post Office. Alguien de la comisión le dijo:
«Tenemos entendido que los norteamericanos han inventado una máquina que puede
transmitir el habla humana. ¿Cree que ese… teléfono será de alguna utilidad en
Gran Bretaña?». El ingeniero jefe replicó: «No, señor. Los norteamericanos
tienen necesidad del teléfono, pero nosotros no. Tenemos chicos mensajeros de
sobra».
Este hombre muy capaz [41] falló por completo al
no ver las posibilidades del teléfono, ¿y quién puede echarle la culpa? ¿Podría
alguien, en 1880, haber imaginado que llegaría una época en que todo el mundo
tendría un teléfono, y los negocios y la vida social dependerían de él casi por
completo?
Deduzco, caballeros, que el impacto final del
satélite de comunicaciones sobre toda la raza humana será al menos tan grande
como el del teléfono sobre las llamadas sociedades desarrolladas. De hecho, en
lo que respecta a las comunicaciones reales, todavía no hay sociedades
desarrolladas: todos estamos en la etapa del semáforo y las señales de humo. Y
ahora estamos a punto de ser testigos de una interesante situación donde muchos
países, sobre todo en África y Asia, van a saltarse toda una era de tecnología
de comunicaciones y entrar directamente en la Era Espacial. Nunca conocerán las
vastas cadenas de cables y enlaces de microondas que este continente ha
construido a un coste enorme. Los satélites pueden hacerlo mucho mejor, y con
menos gasto.
INTELSAT, por supuesto, se refiere
principalmente a comunicaciones de un punto a otro con grandes estaciones de
tierra, a menudo una sola por país. Proporciona la primera banda amplia, de
alta calidad y fiable, con enlaces entre todas las naciones que deseen unirse,
y la importancia de esto no puede ser subestimada. Sin embargo es sólo un
principio, y me gustaría mirar más hacia el futuro…
Dentro de dos años, la NASA lanzará el primer
satélite (el ATS-6) con poder suficiente para que sus señales sean detectadas
por un aparato de televisión doméstico, más unos doscientos dólares de equipo
adicional. En 1974 este satélite estará estacionado sobre la India y, si todo
sale bien, comenzará el primer experimento en el uso de comunicaciones
espaciales para la educación de masas.
Acabo de llegar de la India, donde he estado
haciendo una película en televisión, The Promise of Space[42]. Erigimos, en una aldea en
las afueras de Delhi, la antena prototipo: un simple conjunto de cables en
forma de paraguas, de 3 m de diámetro. Cualquiera puede montarla en unas
cuantas horas. Sólo hace falta una por aldea para comenzar una revolución social
y económica.
Los problemas de ingeniería de proporcionar
educación, cultura e higiene mejorada a todos los seres humanos de este planeta
han sido resueltos ya. El coste sería del orden de un dólar por persona y año.
Los beneficios en salud, felicidad y bienestar serían inconmensurables.
Pero, por supuesto, el problema técnico es el
fácil. ¿Tenemos la imaginación (y la capacidad política) necesaria para usar
esta nueva herramienta para el beneficio de toda la humanidad? ¿O se usará sólo
para vender detergentes y propaganda?
Soy optimista; todos los interesados en el
futuro tienen que serlo, o de lo contrario simplemente se suicidarían. Creo que
los satélites de comunicaciones pueden unir a la humanidad. Déjenme recordarles
que este gran país fue creado virtualmente hace cien años por dos inventos.
Sin ellos, Estados Unidos sería imposible; con
ellos, era inevitable. Esos inventos fueron, por supuesto, el ferrocarril y el
telégrafo eléctrico.
Hoy estamos viendo, a escala global, un paralelo
casi exacto de esa situación.
Lo que el telégrafo y los ferrocarriles hicieron
aquí hace cien años, lo están haciendo ahora los jets y los satélites de
comunicaciones por todo el mundo.
Espero que recuerden esta analogía en los años
venideros. Pues hoy, caballeros, lo pretendieran o no, lo desearan o no, han
firmado algo más que otro acuerdo intergubernamental.
Acaban de firmar el primer borrador de los
Artículos de la Federación de los Estados Unidos de la Tierra.
Capítulo 33
Satélites y saris
En mi alocución al
Departamento de Estado, me referí al inminente experimento del satélite
educativo hindú, entonces todavía a cuatro años en el futuro. También escribí
un artículo, titulado originalmente «El satélite maestro», para explicar la
finalidad (y las altas esperanzas) de este gran experimento, en muchos aspectos
la más prometedora de todas las aplicaciones de la tecnología espacial. Más
tarde fue leído en el Registro del Congreso (27 de enero de 1972) por el
representante William Anderson, famoso por su exploración del «Espacio
Interior» cuando, en 1958, comandó el submarino atómico Nautilus en su histórico viaje bajo el polo Norte.
Durante miles de años, los hombres han buscado
su futuro en el cielo estrellado. Ahora esta antigua superstición se ha
cumplido por fin, pues nuestros destinos dependen de cuerpos celestes… los que
nosotros mismos hemos creado.
Desde mediados de los años sesenta, los
inadvertidos satélites de reconocimiento han estado preservando en silencio la
paz del mundo, los satélites meteorológicos han protegido a millones contra las
furias de la naturaleza, y los satélites de comunicaciones han actuado como
mensajeros para la mitad de la raza humana. Sin embargo, éstas no son más que
las primeras modestas aplicaciones de la tecnología espacial a los asuntos
humanos; su verdadero impacto está todavía por llegar. E, irónicamente, el
primer país que recibirá los beneficios del espacio directamente en casa será
la India, donde, en una fecha tan reciente como febrero de 1962, millones de
personas se aterrorizaron ante la inusitada conjunción del Sol, la Luna y cinco
planetas.
En 1975 habrá una nueva estrella de la India;
aunque no será visible al ojo desnudo, su influencia será superior que la de
los signos zodiacales. Será el satélite ATS-6 (Satélite de Aplicaciones
Tecnológicas 6), el último en una serie de exitosos lanzamientos por parte de
la NASA. Durante un año, bajo un acuerdo firmado el 18 de septiembre de 1969,
el ATS-6 será alquilado al gobierno hindú por Estados Unidos, y será «aparcado»
a 36.000 km sobre el ecuador. En esta altitud dará una rotación cada
veinticuatro horas y permanecerá por tanto sobre el mismo punto de la Tierra;
en efecto, la India tendrá un repetidor de televisión de 36.000 km de altura,
desde el que podrán ser recibidos programas con casi la misma longitud por todo
el país.
Desde el lanzamiento del histórico Telstar en
1962, han habido varias generaciones de satélites de comunicaciones. El último,
Intelsat 4, puede transmitir una docena de programas de televisión o hasta
9.000 conversaciones telefónicas sobre los océanos del mundo. Pero todos estos
satélites tienen una cosa en común: sus señales son tan débiles que sólo pueden
ser recibidas por grandes estaciones terrestres, equipadas con antenas de
veinte o más metros de diámetro, y que cuestan varios millones de dólares. La
mayoría de los países sólo pueden permitirse una estación semejante, y de hecho
eso es cuanto necesitan para conectar su televisión, teléfono u otros servicios
(donde existen) al mundo exterior.
El ATS-6, construido por la Corporación
Fairchild, representa el siguiente paso en la evolución de los satélites de
comunicaciones. Sus señales serán lo suficientemente potentes para ser
detectadas no por estaciones terrestres de muchos millones de dólares, sino por
receptores simples que costarán doscientos o trescientos dólares, cosa que
todas las comunidades, menos las más pobres, pueden costearse. Este nivel de
coste abrirá el mundo en vías de desarrollo a todo tipo de comunicaciones
electrónicas, no sólo a la televisión. Las sociedades emergentes de África,
Asia y Sudamérica podrán evitar así gran parte de la tecnología terrestre de
hoy y saltar directamente a la Era Espacial. Muchas de estas sociedades ya han
hecho algo similar en el campo de los transportes, pasando del carro de bueyes
al aeroplano con sólo un guiño de complicidad a los coches y trenes.
Para las naciones que han tardado siglo y medio
en pasar del semáforo al satélite puede resultar difícil apreciar que unos
pocos cientos de kilogramos en órbita puedan reemplazar ahora a las amplias
cadenas de torres de microondas, cables coaxiales y transmisores terrestres que
han sido construidos durante la última generación. Y es tal vez aún más
difícil, para aquellos que piensan en la televisión exclusivamente en términos
de viejas películas de Hollywood, concursos tontos y anuncios de detergente,
encontrar algún sentido en extender estas facilidades a lugares que todavía no
las disfrutan. Casi podría argumentarse que cualquier otro empleo del dinero
sería más beneficioso. Una reacción así es típica de aquellos que proceden de
países desarrollados (o superdesarrollados), y que aceptan las bibliotecas, los
teléfonos, los cines, la radio, la televisión como parte de sus vidas diarias.
Como sufren con frecuencia el moderno azote de la contaminación informativa, no
pueden imaginar su letal opuesto: la falta de información. Para cualquier
occidental, por muy buenas que sean sus intenciones, decirle a un aldeano hindú
que estaría mejor sin acceso a las noticias, el conocimiento y el
entretenimiento del mundo es una impertinencia. Un hombre gordo predicando las
virtudes de la abstinencia al hambriento merecería la misma credibilidad.
Quienes viven en Oriente y conocen sus
problemas, están en la mejor posición para apreciar lo que las comunicaciones
baratas y de alta calidad podrían hacer para mejorar los niveles de vida y
reducir las desigualdades sociales. El analfabetismo, la ignorancia y la
superstición no son sólo los resultados de la pobreza, sino parte de su causa,
formando un sistema que se perpetúa a sí mismo y que ha durado siglos. Un
sistema que no puede ser cambiado sin avances fundamentales en la educación. La
India comienza ahora un Experimento de Televisión Instructiva por Satélite
(SITE), como un atrevido intento de aprovechar la tecnología del espacio para
esta tarea; si tiene éxito, las implicaciones para todas las naciones en
desarrollo serán enormes.
La primera misión de SITE será la instrucción en
asuntos de planificación familiar, de la que depende el futuro de la India (y
de todos los demás países). Ya se están produciendo programas de marionetas
para explicar los conceptos básicos; aquellos de nosotros que recordamos las
actividades tradicionales de Punch y Judy tal vez encontremos esta idea
levemente hilarante. Sin embargo, es probable que no haya un medio mejor para
llegar a audiencias que no saben leer pero están familiarizadas con los
titiriteros ambulantes que durante generaciones han llevado las sagas de Rama y
Sita y Hanuman a los pueblos. Algunos oficiales han declarado, quizá de forma
demasiado optimista, que la única manera en que la India puede frenar su
explosión demográfica es con propaganda de masas a través de satélites, que
pueden proyectar la autoridad única y el impacto de la televisión en todos los
pueblos de la Tierra. Si esto es cierto, tenemos una situación que debería
hacer pensar a aquellos que han criticado los miles de millones invertidos en
el espacio.
Los países emergentes de lo que llamamos el
Tercer Mundo tal vez necesiten los cohetes y satélites con más desesperación
que las naciones avanzadas que los construyeron. Convertir las espadas en
arados tal vez sea una metáfora obsoleta; ahora podemos convertir los misiles
en pizarras.
Junto a la planificación familiar, la mayor
necesidad de la India es aumentar la productividad agrícola. Esto implica
difundir información sobre la cría de ganado, nuevas semillas, fertilizantes,
pesticidas y todo lo demás; el ubicuo transistor ya ha jugado un papel
importante aquí. En ciertas partes del país, el famoso «milagro del arroz», que
dio insospechadamente a toda Asia unos cuantos años valiosísimos para evitar el
hambre, es conocido como «amigo radiofónico», por el medio con el que los
granjeros conocieron los nuevos cultivos. Pero aunque la radio puede hacer
mucho, no puede competir con la efectividad de la televisión; y por supuesto
hay muchos tipos de información que sólo pueden darse plenamente por medio de
imágenes. Decir sólo a un granjero cómo mejorar sus rebaños o sus cosechas es
rara vez efectivo. Pero ver es creer, si pueden comparar las imágenes de la
pantalla con el ganado flacucho y las cosechas raquíticas que le rodean. Aunque
el proyecto SITE parece muy bien sobre el papel, sólo la experiencia dirá si
funciona. El «hardware» es sencillo e incluso convencional en términos de la
tecnología satélite de hoy; es el «software» (el programa real) lo que
determinará el éxito o el fracaso del experimento. En 1967 un proyecto piloto
fue iniciado en ochenta aldeas alrededor de Nueva Delhi, que estaban equipadas
con receptores de televisión sintonizados con la cadena local (en sorprendente
contraste con un satélite transmisor, ésta tiene un alcance de sólo 40 km). Se
descubrió que una media de cuatrocientos aldeanos se reunían cada noche en los
tele-clubs para ver los programas sobre el control de rastrojos, fertilizantes,
empaquetado, semillas tratadas… más cinco minutos de canciones y bailes para
endulzar la píldora educativa.
Los que estamos acostumbrados a ver la
televisión de forma individual o familiar tendemos a olvidar que incluso un
aparato de doce pulgadas puede ser visto por varios cientos de personas. Aún
más, como en la India siempre está oscuro a las siete de la tarde, durante gran
parte del año el televisor puede ser colocado al aire libre; sólo durante el
monzón sería necesario retirarse a una sala.
Se han hecho estudios para calibrar la
efectividad de estos programas. En el terreno del conocimiento agrícola,
quienes ven la televisión han mostrado ganancias sustanciales sobre quienes no
la ven. Citando el informe del doctor Prasad Vepa del Comité Nacional Indio
para la Investigación Espacial: «Expresaron la opinión de que la información
dada a través de estos programas era más comprensible y clara que la de otros
medios. Otra razón citada para la utilidad de la televisión fue su atractivo
para los analfabetos y pequeños granjeros a quienes la información así no se
les escapa».
En febrero de 1971, mientras filmaba The
Promise of Space, visité una de estas aldeas
equipadas con televisión: Sultanpur, una comunidad próspera y progresista en
las afueras de Delhi, sólo a unos pocos kilómetros de la rugiente torre de
arenisca de Kutb Minar. El doctor Vikram Sarabhai, presidente de la Comisión de
Energía Atómica, nos había prestado amablemente un prototipo del receptor de
alambre trenzado de 3 m de diámetro que recogía las señales del ATS-6 mientras
flota sobre el ecuador. Mientras los niños de la aldea miraban, las piezas del
reflector fueron montadas, un trabajo que puede hacerse en un par de horas y
sin necesitar una mano experta. Cuando terminamos, teníamos algo que parecía un
gran parasol o paraguas de aluminio, con una antena receptora en lugar de
mango. Cuando todo el conjunto fue dirigido al cielo y colocado en el tejado
del edificio más alto, parecía como si un pequeño platillo volante hubiera
aterrizado en Sultanpur. Con el transmisor de Delhi esperando al satélite
todavía por lanzar, pudimos mostrar un preestreno de (esperamos) casi cualquier
aldea hindú de los años ochenta. El programa que mostramos en Sultanpur fue una
demostración sobre mecánica elemental que no podría tener gran interés para la
mayoría del público. Sin embargo, pareció absorber la atención de los
espectadores entre diez y setenta años. No obstante, no fue en Sultanpur, sino
en Amhedabad, a 600 km de distancia, donde realmente empecé a apreciar lo que
podía hacerse a través de la educación más elemental a nivel de aldeas.
Cerca de Ahmedabad está la gran antena
parabólica, de 16 m de diámetro, de la estación terrestre experimental de
satélites de comunicaciones, a través de la cual serán emitidos los programas
al satélite en órbita. También en esta zona está AMUL, la mayor cooperativa
láctea del mundo, a la que pertenecen más de un cuarto de millón de granjas.
Después de que termináramos de filmar en la gran antena, nuestro equipo se
dirigió a la sede de AMUL, y acompañamos al veterinario jefe en sus visitas.
En nuestra primera parada, nos topamos con un
pequeño drama conmovedor que nunca podríamos haber encontrado con deliberación,
y que resumía la mitad de los problemas de la India en un solo episodio. Una
búfala estaba muriendo, observada por una anciana llorosa que ahora veía que la
mayor parte de su bienes terrenos estaban a punto de desaparecer. Si hubiera
llamado al veterinario unos cuantos días antes (había un teléfono en la aldea
para este fin), éste podría haber salvado con facilidad al animal. Pero la
mujer había probado primero con magia y encantamientos; no siempre son
ineficaces, pero los antibióticos son más dignos de confianza…
No olvidaré fácilmente la cara demacrada y
surcada por las lágrimas de aquella anciana de Gujarat; sin embargo, su ejemplo
podría multiplicarse un millón de veces. La pérdida de riquezas reales en toda
la India a causa de la ignorancia y la superstición debe de ser terrible. Si se
salvaran tan sólo unos cuantos animales por año, o se aumentara la
productividad en sólo unos cuantos puntos, el televisor de la plaza de la aldea
amortizaría rápidamente su coste. Los hombres que dirigen AMUL lo comprenden;
están tan impresionados por las posibilidades de la educación televisiva que
planean construir su propia estación para emitir a su cuarto de millón de
granjeros. Tienen el dinero, y no pueden esperar al satélite, aunque éste
llegará a un público dos mil veces superior, pues más de quinientos millones de
personas estarán dentro del alcance del ATS-6.
Hay una forma menos obvia, aunque tal vez más
importante, por la que la prosperidad y a veces la propia existencia de los aldeanos
hindúes dependerá de la tecnología espacial. La vida del subcontinente está
dominada por el monzón, que produce el 80 % de las lluvias anuales entre junio
y septiembre. La fecha de la llegada del monzón, sin embargo, puede variar
algunas semanas, con desastrosos resultados para el granjero si no calcula bien
la plantación de sus cosechas.
Ahora, por primera vez, el todopoderoso ojo de
los satélites meteorológicos, suministrando información a ordenadores
gigantescos, puede dar esperanza real de mejoras dramáticas en la previsión
meteorológica. Pero las predicciones no servirán de nada si no llegan a los
granjeros en medio millón de aldeas dispersas, y como dice un reciente informe
hindú:
Esto no puede conseguirse con medios tradicionales
de telegramas y emisiones radiofónicas. Sólo un sistema de comunicaciones
espaciales por televisión podrá suministrar al granjero una información
personal. Puede esperarse que un sistema de emisión televisiva rural a toda la
nación efectúe un incremento en la producción agrícola de al menos el 10 % a
través de la prevención de pérdidas, ahorrando 1.600 millones de dólares al
año.
Aunque esta cifra sea
descabelladamente optimista, parece que el coste de un sistema así sería nimio
comparado con sus beneficios.
Y aquellos que no se dejan impresionar por los
dólares deberían considerar también el aspecto humano, como se demuestra por el
gran ciclón de Bangladesh de 1971. Éste fue localizado por los satélites
meteorológicos, pero la cadena de advertencia que podría haber salvado varios
cientos de miles de vidas no existía. Esas tragedias serán imposibles en un
mundo de eficaces comunicaciones espaciales.
Sin embargo, es la calidad y no la cantidad de
vida lo que importa. Los hombres necesitan información, noticias, estímulo
mental, entretenimiento. Por primera vez en cinco mil años existe una
tecnología que puede detener y quizás incluso revertir la huida del campo a la
ciudad. Las implicaciones sociales de este hecho son profundas; el gobierno
canadiense ha descubierto ya que tiene que lanzar un satélite para poder
desarrollar el Ártico. La gente acostumbrada a las amenidades de la civilización
simplemente no vivirá en lugares donde no puedan telefonear a sus familias o
ver sus programas de televisión favoritos. El satélite de comunicaciones puede
poner fin a la privación cultural causada por la geografía. Es extraño pensar
que, a la larga, la cura para Calcuta (por no mencionar Londres, Nueva York,
Tokio) pueda encontrarse a 36.000 km en el espacio.
El proyecto SITE durará un año, y emitirá para
cerca de cinco mil televisores en zonas cuidadosamente seleccionadas. Esta
cifra tal vez no parezca impresionante cuando se considera el tamaño de la
India, pero requiere sólo un receptor por aldea para empezar una revolución
social, económica y educativa. Si el experimento es el gran éxito que el doctor
Sarabhai y sus colegas esperan (y merecen), el siguiente paso será que la India
tenga su propio satélite de comunicaciones a tiempo completo. En cualquier
caso, esto es esencial para los servicios internos de radio, telégrafo,
teléfono y télex del país.
Es posible que, hasta que haya establecido un sistema
nacional de ese tipo, la India sea capaz de conseguir una auténtica realidad
cultural y siga siendo a la vez una colección de estados. Y uno no puede dejar
de preguntarse cuánto derramamiento de sangre y miseria se podría haber evitado
si las dos partes separadas de Pakistán hubieran podido comunicarse cara a
cara, a través de las facilidades que sólo un satélite de comunicaciones puede
proporcionar.
Kipling, que escribió una historia sobre —la
radio— el «sin hilos» y un poema a los cables submarinos, se habría sentido
complacido por el amanecer de la electrónica que está a punto de llegar al
subcontinente. Gandhi, por otro lado, es probable que hubiese sido menos
entusiasta, pues gran parte de la India que él conocía no sobrevivirá a los
cambios que van a producirse.
Uno de los momentos más mágicos de la obra
maestra de Satyajit Ray Pather Panchali es cuando el pequeño Apu oye por primera vez la
música eólica de los cables telegráficos en la ventosa llanura. Pronto estos
cables cantarines habrán desaparecido para siempre, pero una nueva generación
de Apus estará viendo, con los ojos muy abiertos, cuando la ciencia de una era
posterior traiga señales del cielo, y abra para todos los niños de la India una
ventana al mundo.
A principios de 1977, un equipo de ingenieros
hindúes voló a Colombo e instaló en mi tejado una enorme antena de 5 m (un
generoso regalo de ISRO, la Organización de Investigación Espacial India).
Cuando SITE se recibió fuerte y claro, la
televisión llegó por primera vez a Sri Lanka, y todo el mundo desde el
presidente para abajo vino a ver los programas. Mi factura de licores fue
enorme.
Se han escrito miles de palabras sobre los
éxitos y ocasionales fracasos del experimento SITE. El hombre mejor cualificado
para resumirlas es el doctor Yash Pal, que se hizo cargo del proyecto tras la
muerte de su iniciador, el doctor Vikiram Sarabhai:
Para las mil quinientas personas implicadas
directamente en el experimento, SITE fue una profunda experiencia humana.
Generó nuevas capacidades, desmitificó la tecnología espacial, y ayudó a
nuclear una gran isla de autoconfianza. Pero mucho más significativa fue la
generación de una nueva relación entre los técnicos y los problemas profundos
del país, una preocupación común por los objetivos sociales y humanos de fondo.
(Vatican Study Week,
octubre de 1984; ver capítulo 36)
El satélite ATS-6 por el
que se transmitieron los programas SITE fue alquilado a la India sólo durante
un año; luego fue «girado» en el ecuador para que pudiera emitir para Alaska,
una región que necesitaba comunicaciones de alta calidad casi con más desesperación
que la India (ATS-6 salvó bastante más que unas pocas vidas proporcionando
información durante emergencias médicas).
Durante sus doce apretados meses de
funcionamiento, el experimento SITE demostró sin ninguna duda que sólo los
comsats podían proporcionar a la India todas las variedades de
telecomunicaciones requeridas para administrar un país tan grande y
diversificado. Por tanto, se planeó un sustituto (Insat 1), aunque debido a una
serie de contratiempos el primer comsat diseñado en la India no empezó a
funcionar hasta casi seis años después.
Y, como se cuenta en el capítulo 35, yo tuve que
esperar aún más antes de poder recibir televisión vía satélite. Pero para
entonces, los programas llovían de todo el cielo.
Capítulo 34
En la ONU
Aunque yo había visitado la
sede de Naciones Unidas muchas veces desde los años cincuenta, ni en mis
momentos más descabellados llegué a imaginar que un día daría un discurso desde
el famoso podio del edificio de la Asamblea General. Pero esto es exactamente
lo que sucedió el Día de las Telecomunicaciones Mundiales, el 17 de mayo de
1983.
Aunque «Más allá de la aldea global» reitera
muchos de los temas ya tratados en este libro, me gustaría incluirlo completo,
añadiendo sólo unas pocas notas a pie de página para poner al día o ampliar mis
declaraciones.
Siempre hay algo nuevo que aprender del pasado,
y me gustaría comenzar con dos anécdotas de los primeros días del teléfono.
Ilustran a la perfección lo difícil (si no imposible) que es prever el impacto
social de un invento verdaderamente revolucionario. Aunque la primera historia
es ahora bastante famosa (y debo pedir disculpas a aquellos que ya la han oído
antes), espero que la mayoría no la conozcan [43].
Cuando la noticia del invento de Alexander
Graham Bell llegó al Reino Unido, el ingeniero jefe de la British Post Office
no se impresionó lo más mínimo. «Los norteamericanos —pontificó—, necesitan el
teléfono, pero nosotros no. Tenemos muchos chicos mensajeros…».
La segunda historia la he oído hace poco, y en
ciertos aspectos es aún más instructiva. En contraste con el ingeniero inglés,
el alcalde de una ciudad norteamericana se mostró vivamente entusiasmado.
Pensaba que el teléfono era un aparato maravilloso y aventuró esta sorprendente
predicción: «Puedo ver el día —dijo con solemnidad—, en que cada
ciudad tenga uno».
Si, durante el curso de esta charla, piensan que
soy demasiado optimista, recuerden a ese alcalde…
Hemos llegado a una etapa en la que virtualmente
todo lo que queramos en el terreno de las comunicaciones es posible: las
restricciones ya no son técnicas, sino económicas, legales o políticas. Así, si
quieren transmitir la Enciclopedia Británica a todo el mundo en un
segundo [44], pueden hacerlo. Pero tal
vez sea mucho más barato si están dispuestos a esperar un minuto entero… y
primero deben consultar con los abogados de la Británica.
Sin embargo, aunque reconozco y aplaudo todas
esas maravillas, soy bien consciente de las realidades actuales. En Sri Lanka,
por ejemplo, un problema importante es que el jefe de correos de la aldea tal
vez no tenga siquiera los sellos necesarios para ponerlos en los telegramas que
deben ser enviados, ya que los ladrones de cobre han robado los cables
colgantes. Y Sri Lanka, comparada con algunos países, es rica. Ya ha importado
más de cien mil televisores y miles de vídeos. Esto habría sido impensable hace
sólo unos años, pero los seres humanos necesitan información y entretenimiento
casi tanto como alimento, y cuando llega un invento que puede proporcionar
ambas cosas en cantidades sin precedentes, tarde o temprano todo el mundo
consigue encontrar el dinero para adquirirlo.
Esto se cumple en particular cuando el coste del
material se reduce diez veces cada década… ¡miren el ejemplo de las
calculadoras de bolsillo! Así que, por favor, no desprecien mi futuro porque
nadie puede permitírselo. La raza humana puede permitirse cualquier cosa si la
necesita en realidad, y las mejoras en telecomunicaciones normalmente se
amortizan mejor que las mejoras en transportes. Un país en vías de desarrollo
tal vez necesite más consejos sobre cómo construir enlaces telefónicos con sus
provincias lejanas que carreteras, si hay que tomar una decisión.
Déjenme centrarme en el único aspecto de la
revolución de las comunicaciones que tengo derecho a discutir, y que ha
afectado en profundidad mi estilo de vida, por no mencionar el de millones de
otras personas.
Hasta 1976, hacer una llamada internacional
desde mi casa en Sri Lanka era un ejercicio frustrante que podía durar varios
días.
Ahora, gracias al satélite del océano Índico,
puedo contactar con Londres o Nueva York en menos tiempo del que se tarda en
marcar el número de trece dígitos. Como resultado, puedo vivir exactamente
donde me place, y he reducido mis viajes a una fracción de su antiguo valor.
Los comsats han creado un mundo sin distancias y
ya han tenido un profundo efecto en los negocios internacionales, las noticias
y el turismo, una de las industrias más importantes de los países en vías de
desarrollo. Con todo, su impacto real apenas ha comenzado: antes de que termine
este siglo, y sólo quedan diecisiete años, habrán transformado el planeta,
acabando con muchas cosas malas y, por desgracia, algunas buenas.
El eslogan «Un teléfono en cada pueblo» debería
recordarles a aquel alcalde norteamericano, así que no se rían. Creo que es un
objetivo realista (e ¡igualmente importante!) para el año 2000. Puede
conseguirse ahora que millones de kilómetros de alambre de cobre cada vez más
escaso pueden ser sustituidos por un puñado de satélites en órbita
estacionaria. Y en tierra necesitamos un receptor sencillo de energía solar más
la antena, que podría ser producido en masa por docenas antes que por cientos
de dólares.
En este punto me gustaría tomar prestada una
expresión de los militares: «multiplicadores de fuerza». Un multiplicador de
fuerza es algo que puede aumentar la efectividad de un sistema existente. Por
ejemplo, puede que hagan falta cincuenta bombas anticuadas para volar un
puente. Pero si se las guía por televisión, sólo harán falta un par de ellas,
aunque el poder explosivo por cada bomba seguirá siendo exactamente el mismo.
Sugiero que el «teléfono en el pueblo» sería uno
de los multiplicadores de fuerza más efectivos de la historia, a causa de sus
implicaciones para la salud, la cría de ganado, las predicciones
meteorológicas, consejos de mercado, integración social y bienestar humano.
Cada instalación se amortizaría a sí misma en unos meses. Me gustaría ver un
estudio de coste y efectividad de un sistema telefónico rural vía satélite para
África, Asia y Sudamérica. Pero los beneficios financieros, aunque sin duda
serían importantes, serían insignificantes comparados con los sociales. Por el
contrario que su equivalente militar, este multiplicador de fuerza aumentaría
la salud, el bienestar y la felicidad de la humanidad.
Sin embargo, mucho antes de que la cadena global
de teléfonos fijos esté establecida, habrá un desarrollo paralelo que con el
tiempo la superará por completo, aunque tal vez no lo haga hasta bien avanzado
el siglo que viene. Está comenzando ahora, con redes celulares, radiófonos
portátiles, aparatos transmisores, y acabarán en nuestro viejo amigo de la
ciencia ficción, el teléfono de muñeca.
Antes de que lleguemos a eso, habrá una etapa
intermedia. Durante la siguiente década, más y más hombres de negocios,
turistas adinerados y virtualmente todos los periodistas llevarán maletines que
les permitirán comunicación biunívoca directa con sus casas u oficinas, a
través del satélite más conveniente. Éstos proporcionarán voz, télex y
facilidades de vídeo (fotos fijas, y si es necesario, cobertura televisiva en
directo). Como estos aparatos se irán haciendo más baratos, más pequeños y más
universales, los viajeros llegarán a ser totalmente independientes de los
sistemas nacionales de comunicaciones.
Las implicaciones de esto son profundas, y no
sólo para los periodistas que ya no estarán a merced de los censores o los
ineficaces (a veces inexistentes) servicios de correos y telégrafos. Significa
el fin de las sociedades cerradas y conducirá al final, por repetir una frase
que oí usar a Arnold Toynbee hace cuarenta años, a la unificación del mundo.
Tal vez piensen que esto es una predicción
ingenua, porque muchos países no dejarán que estas máquinas subversivas crucen
sus fronteras. Pero no tendrán elección; la alternativa sería económicamente
suicida, porque pronto no tendrían turistas ni hombres de negocios ofreciendo
moneda extranjera. Sólo conseguirían espías, que no tendrían ningún problema
para ocultar las poderosas herramientas nuevas de su viejo negocio.
Lo que de hecho estoy diciendo es que el debate
sobre el libre tránsito de información que lleva en vigor varios años pronto
será zanjado… por los ingenieros, no por los políticos (igual que los físicos,
no los generales, han determinado ya la naturaleza de las guerras).
Piensen en lo que esto significa. Ningún
gobierno podrá ocultar, al menos durante mucho tiempo, pruebas de crímenes o
atrocidades… ni siquiera a su propio pueblo. La misma existencia de miríadas de
nuevos canales de información, operando en tiempo real y por todas las
fronteras, será una poderosa influencia para la conducta civilizada. Si están
preparando una masacre, será inútil disparar al cámara que ha aparecido
inconvenientemente en escena. Sus imágenes ya estarán a salvo en el estudio
situado a 5.000 km de distancia; y su última imagen tal vez sirva para
colgarles.
Muchos gobiernos no se sentirán felices con
esto, pero a la larga todo el mundo se beneficiará. La revelación de escándalos
o abusos políticos (en especial por parte de equipos de televisión que vuelven
a sus hogares y hacen rudos documentales) puede ser dolorosa pero también muy
valiosa. Muchos gobernantes estarían todavía hoy en el poder, o incluso
vivirían, si hubieran sabido lo que sucedía en su propio país. Un sabio
político dijo una vez: «La prensa libre puede ser un infierno, pero puede
salvarte la piel». Esto se cumple aún más con las noticias televisivas, que
gracias a los satélites serán pronto instantáneas y ubicuas. Esperemos que
también sean responsables. Considerando lo que ha sucedido con frecuencia en el
pasado, el optimismo en este caso bien puede estar templado con la
preocupación.
Hace un cuarto de siglo, la radio de
transistores empezó a extenderse por el mundo, iniciando una revolución en las
comunicaciones de todos los países, desarrollados y subdesarrollados. Es una
revolución continua (una explosión firme, si se me permite la paradoja), y no
está completa. De hecho, acelerará cuando las radios baratas de energía solar
eliminen la dependencia de las pilas, tan caras y difíciles de obtener en
lugares remotos.
La radio de transistores ya ha proporcionado
noticias, información y entretenimiento a millones de personas que de otro modo
habrían estado del todo privadas de muchas cosas que nosotros damos por hechas.
Pero la televisión es un medio mucho más poderoso, y gracias a la nueva
generación de satélites, su tiempo ha llegado.
Dudo en añadir las megapalabras (o gigapalabras)
escritas sobre la televisión educativa y los satélites de emisión directa. Pero
a pesar de toda la verborrea, sigue habiendo varios temas que por lo general no
se comprenden, quizá porque a los humanos no nos gusta enfrentarnos a verdades
molestas.
En algunos lugares se han hecho intentos por
regular o incluso prohibir las emisiones en directo desde el espacio. Pero las
ondas de radio no conocen fronteras, y es totalmente imposible impedir que se
esparzan. Aunque el país A haga todo lo posible por impedir que sus programas
lleguen a su vecino B, no siempre podrá tener éxito. Durante el SITE de 1976 el
rayo del satélite ATS-6 fue apuntado directamente hacia la India para dar
máxima fuerza a la señal allí. Sin embargo, se recibieron en Inglaterra buenas
imágenes, a medio mundo de distancia.
Quienes desean promulgar leyes de lo que podría
llamarse «permiso para recibir» me recuerdan a la mítica ley del Estado
norteamericano que, en el siglo pasado, declaró que el valor de pi es
exactamente 3, como se dice en el Antiguo Testamento (ay, esta deliciosa
historia no es cierta: pero puede ser equiparada con absurdos similares de este
mismo momento).
En cualquier caso, la tecnología ha superado una
vez más a la política. Por todo Estados Unidos, el Caribe y Sudamérica,
pequeñas antenas «sólo receptoras» florecen como hongos, sintonizando con los
cientos de canales por satélite disponibles ahora, y hay poco que se pueda
hacer al respecto, sin gastar montones de dinero en difusores y aparatos
interceptores que a veces vencen a su propia finalidad.
En Sri Lanka, los radioaficionados con equipos
bastante sencillos han recibido imágenes excelentes de los poderosos satélites
soviéticos EKRAN; gracias a ellos, pudimos disfrutar de las olimpiadas de
Moscú. Me gustaría expresar mi gratitud a los ingenieros rusos por su continua
demostración a gran escala, por toda Asia, de que los políticos no sólo dicen
tonterías técnicas, sino que ignoran sus propias proclamas.
No son los únicos culpables de hipocresía, como
mi buen amigo el doctor Yash Pal recalcó con estas palabras hace varios años:
En las salas de estar de las grandes ciudades
hay mucha gente preocupada por el daño que se va a causar a la integridad de la
India rural al exponerla al mundo exterior.
Después de dar sermones sobre los peligros de
corromper a esta inocente y maravillosa masa de humanidad, normalmente se dan
la vuelta y añaden: «Bueno, ahora que tenemos un satélite, ¿cuándo vamos a ver
algunos programas norteamericanos?». Por supuesto, ellos son inmunes a la
dominación cultural o a las influencias extranjeras.
Cuando cité estas palabras
en la reunión de la IPDC de la UNESCO en París en 1981, añadí:
Me temo que los intelectuales de salón son iguales
en todas partes. Como sufrimos con frecuencia el azote de la contaminación
informativa, nos resulta difícil imaginar su letal opuesto, la falta de
información. Me molesta mucho cuando oigo argumentos, normalmente por parte de
personas que han sido educadas más allá de su inteligencia, sobre las virtudes
de mantener en la ignorancia a pueblos felices y retrasados. Esa actitud me
recuerda a la de un gordo predicando las ventajas del ayuno a un mendigo hambriento.
Y no me impresionan los ataques a la televisión por los espantosos programas
que a menudo emite. Todos los programas de televisión tienen algún contenido
educativo; el tubo catódico es una ventana al mundo, a muchos mundos en
realidad. Con frecuencia es una ventana muy sucia, pero he llegado lentamente a
la conclusión de que, haciendo balance, incluso la televisión mala es mejor que
no tener televisión alguna.
Muchos no estarán de
acuerdo con esto, y les compadezco. El imperialismo cultural electrónico
borrará muchas cosas buenas, y muchas malas también. Sin embargo, sólo
acelerará cambios que en cualquier caso eran inevitables; y en el aspecto
positivo, los nuevos medios preservarán para generaciones futuras las
costumbres, artes y ceremonias de nuestro tiempo, de un modo que nunca fue
posible en anteriores etapas.
Por supuesto, hay muchas costumbres actuales que
no deberían ser preservadas, excepto como advertencia para generaciones
futuras. La esclavitud, la tortura, las persecuciones raciales y religiosas, el
tratar a las mujeres como objetos, la mutilación de niños a causa de antiguas
supersticiones, la crueldad con los animales… la lista es interminable, y
ningún país puede proclamar su total inocencia. Pero la monstruosidad que
acecha sobre todos estos males es la omnipresente amenaza de la guerra nuclear.
Ojalá pudiera decir que la mejora en las
comunicaciones conducirá a la paz, pero ese asunto no es tan simple.
Comunicaciones excelentes (¡incluso un lenguaje común!) no han llevado la paz a
Irlanda del Norte, por citar uno de los muchos ejemplos posibles. Sin embargo,
buenas comunicaciones de todo tipo, y a todos los niveles, son esenciales si
queremos establecer la paz en este planeta. Como dirían los matemáticos: son
necesarias, pero no suficientes.
Me gustaría terminar esta exploración del futuro
de nuestras telecomunicaciones con una de las predicciones más notables hechas
jamás. En la última década del siglo diecinueve, un ingeniero técnico, W. E.
Ayrton, daba una conferencia en el Imperial Institute de Londres sobre el más
moderno de los aparatos de comunicaciones, el cable telegráfico submarino.
Terminó con lo que, para todos sus oyentes, debió de ser la más descabellada
fantasía:
No hay duda de que llegará el día, quizá cuando
ustedes y yo hayamos sido olvidados, en que los cables de cobre, las coberturas
de gutapercha y las vainas de hierro serán relegadas al Museo de Antigüedades.
Entonces, cuando una persona quiera telegrafiar a un amigo cuya localización no
sepa, llamará con una voz electromagnética, que será oída con fuerza por el que
tenga oído electromagnético, pero será muda para todos los demás. Dirá «¿Dónde
estás?» y la respuesta será «Estoy en el fondo de una mina de carbón», o
«Cruzando los Andes» o «en el medio del Pacífico»; o quizá no llegue ninguna
respuesta, y tal vez deduzca entonces que su amigo ha muerto.
Esta profecía realmente
sorprendente fue hecha en 1897, mucho antes de que nadie pudiera imaginar cómo
se cumpliría. Un siglo después, para 1997 [45], estará a punto de ser
conseguida, porque el teléfono de muñeca será de uso general. Y si creen que
ese aparato es improbable, pregúntense quién podría haber imaginado el reloj
personal, allá en la Edad Media, cuando los únicos relojes eran mecanismos chasqueantes
del tamaño de habitaciones, el orgullo y la alegría de unas pocas catedrales.
En ese aspecto, muchos de ustedes llevan en sus
muñecas milagros de la electrónica que habrían resultado increíbles hace sólo
veinte años. Los símbolos que parpadean en esas pantallas digitales ahora sólo
dan la hora y la fecha. Cuando llegue el final de siglo, harán mucho más que
eso. Les darán acceso directo a la raza humana, a través de las cadenas
invisibles que rodean nuestro planeta.
La aldea global, tan largamente anunciada, está
casi encima, pero sólo durará un breve instante en la historia de la humanidad.
Antes de que nos demos cuenta de que ha llegado, habrá sido superada por la
familia global.
Capítulo 35
La tropa de Coop
Aunque en mi estudio de
1945 yo había sugerido que la recepción de los satélites sería posible con
antenas parabólicas de 30 cm de diámetro, las primeras estaciones de tierra
medían cien veces ese tamaño, y costaban millones de dólares. Pero a medida que
la potencia de los satélites fue aumentando firmemente, y los detectores se
hicieron aún más sensibles, el equipo de tierra también se volvió más pequeño y
más barato. A mediados de los años setenta podían permitírselo muchas familias
norteamericanas… Una nueva industria había nacido.
Al principio, sólo unos cuantos aficionados
entusiastas (los descendientes directos de los radioaficionados de 1920 y 1930)
se pusieron a actuar, construyendo antenas de alambre en sus patios y soldando
sus propios circuitos. Pronto, sin embargo, completos sistemas Home TVRO (sólo
recepción de televisión) estuvieron en el mercado por un mínimo de mil dólares.
Los modelos de lujo tenían monturas casi ecuatoriales, como los telescopios, y
podían ser movidos a motor de un horizonte a otro hasta apuntar de forma
automática hacia cualquier satélite que estuviera en órbita geoestacionaria. A
principios de los ochenta había docenas de programas (noticias, espectáculos,
deportes y hasta un poco de cultura) cayendo desde el aire para disfrute de
todo el mundo.
Uno de los principales promotores (de hecho,
pionero) del Home TVRO fue un enérgico periodista y aficionado a la electrónica
llamado Robert Cooper, que empezó a publicar una revista mensual en 1979 llena
de chismorreos, noticias técnicas y anuncios. Coop’s Satellite Digest era una
lectura esencial para todo el mundo en el medio, y en su breve pero fructífera
vida ofreció la crónica del ascenso y (temporal) caída de una industria de
muchos millones de dólares.
En 1983, Home TVRO estaba aún en auge, y Bob
Cooper organizó una sorprendente hazaña logística por la que siempre le estaré
agradecido. Persuadió a tres de los principales fabricantes para que me donaran
sus unidades TVRO completas y vinieran a Sri Lanka para instalarlas. Me gustaría
registrar aquí y ahora los nombres y afiliaciones de los generosos donantes:
Bob Behar (antena de 7,5 m de Hero Communications, Hialeah, Florida); James
Gowen (antena de 6 m de ADM, Poplar Bluff, Missouri); Dave Johnson (antena
Paraclipse de 5 m de Paradigm Manufacturing, Redding, California). Además,
valiosos componentes electrónicos fueron suministrados por Avcom (Richmond,
Virginia) y California Amplifier (Newbury Park, California). Pido disculpas a
los otros generosos donantes cuyos nombres he olvidado, o nunca llegué a
conocer…
Transportar todo este equipo por medio mundo y
llevarlo a salvo a Sri Lanka fue una pesadilla, pero gracias a lo que ahora
parece una serie entera de milagros todo llegó en el momento adecuado al lugar
preciso. La Paraclipse de 5 m (la segunda fabricada: la primera fue al Centro
Espacial Kennedy) fue erigida en el balcón de mi casa en Colombo. La antena de
6 m ADM fue izada de algún modo tres pisos hasta el tejado del Departamento de
Electrónica de la Universidad de Moratuwa. Y la enorme antena Hero de 7,5 m,
fue erigida con la ayuda de una grúa ante el Centro Arthur Clarke de Tecnología
Moderna (ver capítulo 38), junto a la universidad.
Todo esto nunca se podría haber hecho sin la
habilidad y la energía de los veintinueve norteamericanos, canadienses y
japoneses que Coop reclutó para la operación. En concreto me gustaría dar las
gracias a John Zalenka y al padre Lee Lubbers, SJ, que desde entonces ha
erigido una cadena educativa vía satélite (SCOLA) en la Universidad de Creighton,
Omaha, Nebraska [46].
Siete años después, virtualmente todo este
equipo está todavía en funcionamiento, a pesar de las tormentas de los monzones
y la caída ocasional de algún rayo. La parabólica de 7,5 m fue particularmente
útil durante la crisis del Golfo, pues transmitió los informes de la CNN a la
cadena de televisión nacional. Y gracias a la antena de mi tejado, tuve acceso
a programas rusos, indonesios y chinos, además de a gran parte del tráfico de
los INTELSATS del océano Índico.
A finales de los ochenta, sin embargo, los días
salvajes y desinhibidos de la órbita geoestacionaria se acabaron. Las grandes
corporaciones habían llamado a sus abogados para limpiar la frontera y
encarcelar a los fuera de la ley que pudieran coger. Y, a pesar de los gritos
de angustia de los pioneros de TVRO, tenían un buen motivo. Costaba millones
construir y lanzar los satélites de comunicaciones, y millones más alimentar
sus voraces apetitos. Los que se beneficiaban de ellos no podían esperar usarlo
gratis para siempre.
Así empezó una batalla tecnológica de
inteligencias muy por encima de la Tierra, un análogo sin sangre
(habitualmente) de la guerra electrónica que sacudiría el Golfo unos años más
tarde. Se diseñaron sistemas «dispersores» o codificadores para que los
espectadores no autorizados sólo pudieran ver marañas sin significado en sus
televisores; si querían obtener una imagen, tenían que alquilar una caja negra
especial (decodificador) para que el caos adquiriera sentido. Incluso quienes
ignoraban por completo la tecnología implicada podían comprender cómo
funcionaba uno de los muchos sistemas con la cita:
La dispersión puede hacerse retrasando o
adelantando el principio de la información visual en una línea relacionada con
la línea previa, cortando en dos partes la información de cada línea y
transmitiendo la segunda antes que la primera, con un punto de corte distinto
en líneas sucesivas, o cambiando el orden en que las líneas se transmiten. O
con una combinación de ambas.
Leer esta descripción (del
capítulo «Satellite Channel Encryption in Europe» por Steven Birkill, World Satellite Annual, 1991) debería ser suficiente para dar dolor de
cabeza a cualquiera [47].
No hace falta decir que la introducción de la
codificación redujo enormemente las ventas del equipo TVRO, y puso a muchos
fabricantes fuera del negocio. Pero también fue una tentación irresistible para
la electrónica subterránea; en docenas de cuartos traseros y garajes, los
sucesores de aquellos que habían comenzado la revolución de los ordenadores
personales aceptaron con alegría este nuevo desafío. Muchos de ellos lo
hicieron por pura diversión, pero también hubo fortunas implicadas. Antes de
que pasara mucho tiempo, decodificadores piratas empezaron a ser fabricados en
Taiwan y Hong Kong, y pasados de contrabando por la frontera canadiense. La
guardia costera norteamericana tuvo un nuevo dolor de cabeza; cuando Coop
preparó una conferencia para discutir la codificación en las islas caribeñas
británicas de Turks y Caicos, algunos de los participantes tuvieron problemas
cuando volvieron al continente. Las autoridades no estaban simplemente al
acecho de los productos químicos tan populares en esa parte del mundo, sino de
los sospechosos microchips, mucho más difíciles de identificar.
Hoy, millones de ciudadanos que cumplen con la
ley en Estados Unidos, Europa y Asia pagan sus tarifas de decodificadores y
reciben una opción de noticias y diversión que ninguna otra época habría
imaginado. Y lo hacen con antenas cada vez más pequeñas, en algunas zonas de
alto nivel de fuerza y de 30 cm de diámetro. Incluso la tradicional (!) antena
parabólica tal vez sea pronto reemplazada por platos planos llenos de
componentes electrónicos que puedan engañar a las señales recibidas para que
crean que están enfocadas en un punto. También tienen ventajas estéticas;
cuando sus rayos puedan ser redirigidos de forma electrónica sin ningún
movimiento físico de la propia antena, podrán ser colocadas sin problemas en
tejados y paredes.
Así, a principios del siglo que viene, las
antenas parabólicas que florecieron como hongos por gran parte de Europa y
Norteamérica durante los años ochenta habrán desaparecido como las antenas
horizontales que bamboleaban entre las chimeneas de los años treinta.
Capítulo 36
Cita en el Vaticano
Todavía estaba oteando los
cielos de Colombo con la antena Paraclipse que la Coops Troop había instalado
en mi tejado cuando recibí una inesperada invitación: participar en una semana
de estudios sobre «El impacto en la humanidad de la exploración espacial»,
preparada por la Academia Pontificia de Ciencia. Como nunca había estado en
Roma, y aún menos en el Vaticano, fue una oferta que no pude rehusar. Llevé
conmigo, como consigliere y guía a este
territorio desconocido, a un viejo amigo de Sri Lanka, director del Instituto
de Educación Integral y gran astrónomo aficionado, el padre Mervyn Fernando.
La conferencia estaba limitada a treinta y seis
participantes de una amplia selección de países: Estados Unidos, Francia,
Italia, Chile, Australia, Nigeria, Cuba, India, Suiza, Indonesia… aunque no el
Reino Unido (a menos que yo pudiera ser considerado un sustituto). Tuvo lugar
durante la semana del 1 al 5 de octubre de 1984 en una hermosa villa no lejos
de la Capilla Sixtina; tuvimos oportunidad de ver la obra maestra de Miguel
Ángel, entonces en controvertido proceso de restauración.
Los actos fueron moderados por el profesor
Carlos Chagas, presidente de la academia, y entre los participantes se
encontraban el profesor Yash Pal y el doctor Cyril Ponnamperuma, famoso por su
detección de material orgánico (y posiblemente pre biótico) en los meteoritos.
El segundo día tuvimos una audiencia con el papa Juan Pablo II, y yo le ofrecí
un ejemplar de mi «autobiografía científica», Ascent to Orbit, para que la añadiera a su ya bien poblada
biblioteca.
Otro momento cumbre fue la visita a
Castelgandolfo, la residencia de verano del Papa y emplazamiento del
Observatorio Vaticano, cuyo director, el doctor George Coyne, SJ, nos condujo
por lo que debe de ser una de las instalaciones astronómicas más hermosas del
mundo. Desde entonces he tenido el placer de mostrar a George algunos de mis
lugares favoritos de Sri Lanka, que ha visitado en varias ocasiones. Pero en
nuestro primer encuentro no pude evitar decirle: «¿Sabe? Cuando me invitaron a
hablar en el Vaticano, el primer tema que pensé fue “Después de Giordano Bruno,
¿quién?”». Hubo un milisegundo de pausa antes de que George respondiera: «Si
hubiera usado ese título, la respuesta habría sido: usted.» [48]
Bien advertido, elegí como tema «Las
comunicaciones espaciales y la familia global». Como mi público incluía al
director general de INTELSAT y los secretarios generales de ITU (International
Telecommunications Union) y EUTELSAT, decidí que era una buena oportunidad para
resumir mi pensamiento sobre los comsats. Aquí aparece, exactamente como lo
editó la Pontificiae Academiae Scientarum Scripta Varia, 58 (1986), bajo el título «Las comunicaciones
espaciales y la familia global».
El desaparecido Herman Kahn solía usar la frase
«futuro libre de sorpresas». Pero, para bien o para mal, el futuro pocas veces
carece de sorpresas. En los campos de los descubrimientos científicos y los
asuntos humanos y políticos, los profetas se equivocan casi siempre.
Podría esperarse que hicieran un trabajo mejor
en el campo limitado y más manejable de la tecnología. Yo mismo lo intenté,
hace un cuarto de siglo, en Profiles of the Future. Sin embargo, el récord de predicciones tecnológicas
es pequeño, incluso para los expertos (siento la tentación de decir en
especial para los expertos). No parece
haber ningún medio de inocular a la sociedad contra el Shock del Futuro: la
mejor medicina descubierta es la ciencia ficción, y ni siquiera eso es
completamente fiable…
Así que estoy intentando lo imposible al tratar
de predecir el futuro de los satélites de comunicaciones, a pesar de su récord
de continuas sorpresas. En 1945, nunca soñé que las organizaciones globales
COMSAT e INTELSAT existirían tan sólo veinte años más tarde. En 1965, ¿quién
podría haber imaginado que habría un millón de estaciones terrestres en 1985,
algunas con menos de un metro de diámetro? Así pues, ¿qué sucederá en el 2005?
Como ejercicio mental preliminar, déjenme
contarles una historia del amanecer de la Era Telefónica, hace poco más de un
siglo. Cuando se enteró de la existencia de este nuevo invento maravilloso, un
alcalde norteamericano se sintió entusiasmado. A pesar de las risas histéricas
de sus amigos, hizo esta valiente predicción: «Puedo prever la época en que
cada ciudad tendrá uno».
Recuerden a ese alcalde antes de que empiecen a
reírse de mí. Estoy intentando dar la vuelta a la famosa orden de Diaghilev a
Jean Cocteau. Quiero impedir que se sorprendan.
Así que, primero, cojamos unos cuantos logros
tecnológicos recientes y veamos qué podemos aprender de ellos. Todos derivan de
lo que es con toda probabilidad el invento más importante desde la rueda y que,
de hecho, hará mucho para desinventar la rueda, y muy pronto. Me refiero por
supuesto al microchip, usando ese término en el sentido más amplio para cubrir
toda la gama de la electrónica de estado sólido.
Nadie habría soñado jamás que llegaría un día en
que habría más radios que personas en el planeta Tierra (si todavía no hemos
llegado a esa etapa, pronto lo haremos). Sin embargo, la revolución de los
transistores está sólo empezando, pues hasta hace muy poco faltaba un elemento
clave. En partes remotas del mundo, las radios pueden estar sin funcionar
durante semanas, porque las pilas no se encuentran con facilidad o son
demasiado caras. La llegada de células solares baratas está a punto de cambiar
esa situación, como ya ha sucedido con las calculadoras de bolsillo.
Antes de que pase mucho tiempo el mundo estará
inundado de radios baratas, y otros aparatos electrónicos, que no costarán nada
y durarán virtualmente para siempre. Serán superados sólo por su caída en
desuso, no porque se agoten.
Las consecuencias económicas y sociopolíticas de
esto serán profundas. Incluso una costosa pieza de equipo, si cuesta poco de
mantener, dura muchos años, y llena una demanda abrumadora que al final llegará
a todos los hombres y mujeres medios de cada país. La bicicleta y la máquina de
coser son ejemplos clásicos de la Era Preelectrónica. La radio de transistores,
el walkman de Sony y ahora el vídeo son sus sucesores. Y por favor comprendan
que no me refiero sólo a los países «en vías de desarrollo». En este contexto,
no los hay de otra clase.
Ahora quiero que consideren una sencilla matriz
de 4×4 que, me parece, expresa virtualmente todo el universo de las
comunicaciones, no sólo para el hombre de la calle, sino también para el hombre
de la jungla.
|
Estación |
Servicio |
|
1. Persona (1) [49] |
1. Mensajes de texto (300 Hz) [50] |
|
2. Vehículo (10) |
2. Datos (300-3.000 Hz) |
|
3. Casa (100) |
3. Habla, música 3-15 khz) |
|
4. Aldea (1.000) |
4. Vídeo (5-10 Mhz) |
He ignorado los pueblos y ciudades en esta
lista, por dos razones. Es obvio que cualquier cosa que una aldea pueda
permitirse existirá muchas más veces en los asentamientos humanos más grandes.
Tendrán acceso a cables y estaciones terrestres de enorme capacidad; aquí me
centro en los requerimientos de los grupos más pequeños posibles, hasta los
seres humanos individuales, y me hago esta pregunta: «¿Cuáles son los servicios
que sólo pueden
proporcionar los satélites de comunicaciones?».
El servicio más simple y básico (aunque no el
más barato en términos de energía y longitud de banda) es por supuesto el
teléfono. Así que empecemos con nuestro viejo amigo de la ciencia ficción, el
teléfono de muñeca.
Para ser sincero, no creo en él. No voy a
quedarme plantado como un idiota con la mano delante de la cara. El teléfono
del futuro será una caja con su cinta (igual que el Walkman y sus sucesores),
con un auricular muy liviano y un micrófono de garganta, que funcionará a
través de un enlace óptico o electromagnético para que no nos enredemos
continuamente con los cables.
La unidad principal no será menor que las
calculadoras de bolsillo de hoy, porque requerirá al menos una pantalla visual
de una línea y un teclado alfanumérico completo. La gente que habla de los
teléfonos de muñeca rara vez menciona un detalle pequeño pero esencial: la guía
telefónica de muñeca, en este caso, una guía global, con varios miles de
millones de entradas. Aunque los números más utilizados tendrán que ser
cargados en memoria, el teclado será a menudo necesario para acceder a los
datos. Algo parecido a esto estará pronto disponible en muchas zonas, a través
de las cadenas «celulares» terrestres que se están estableciendo ahora. Pero yo
hablo de todo el planeta, cuyas tres cuartas partes, recuerden, es océano. Sólo
los satélites pueden proporcionar cobertura global universal. Y no importa si
esos satélites están en alta órbita estacionaria o, como sostiene el doctor
Yash Pal, en órbitas bajas con períodos de un número exacto de horas. Estoy
seguro de que necesitaremos ambos tipos.
El hecho de que los satélites cercanos se muevan
con rapidez por el cielo ya no es un handicap, al menos en esta aplicación. El
teléfono personal (¿deberemos llamarlo Talkman?) no necesita tener más
direccionalidad que la radio de transistores ordinaria o el teléfono sin hilos.
Con que haya un satélite adecuado sobre el horizonte, será suficiente.
No obstante, con cierta complejidad, el sistema
podría ser direccional, reduciendo así los niveles de potencia de los satélites
en factores de decenas o incluso de centenares. Ya hay antenas instaladas en
los techos de los coches que se aferran de manera automática a la fuente, a
pesar de cualquier movimiento del vehículo, o lo que es lo mismo, del satélite.
El Laboratorio Rutherford Appleton del Reino Unido está trabajando en un
sistema así, usando satélites en la alta inclinación de la órbita de doce horas
sugerido hace muchos años por el doctor William Hilton y probado ya por los
«Molynias» soviéticos. No es difícil imaginar una versión individualizada más
sencilla para el uso personal.
Si no creen esto, ¿aceptarán el maletín o modelo
ejecutivo? La antena plana se inserta dentro de la tapa, que sólo tiene que ser
inclinada en la dirección más o menos correcta, y los elementos en fase se
encargan automáticamente del resto. Sus facilidades, por supuesto, incluirían
impresora y pantalla completa. De hecho sería muy parecido a los ordenadores
portátiles que están cambiando ya la vida de los periodistas, mientras
permanecen sentados delante del televisor y ven las noticias. Pero en vez de un
módem conectado con el sistema telefónico local, habría un rayo de microondas
apuntando al cielo.
Por primera vez en la historia, los hombres de
negocios, periodistas, turistas, viajantes tendrán plenas comunicaciones en
tiempo real con quien deseen, dondequiera que se encuentren. Las tediosas
polémicas sobre el libre fluir de información y el paso de datos en las
fronteras serán decididas por los ingenieros, no por los políticos. Las
implicaciones de esto para los asuntos humanos serán al menos tan grandes como
las del teléfono mismo; citaré sólo unos cuantos casos.
El más obvio es éste: ¿cómo verán los estados
soberanos de hoy este instrumento, que ignora con tanto descaro todas las
fronteras nacionales? Incluso a los países que se consideran abiertos les
preocupará la posible pérdida de rentas en telecomunicaciones, así como
problemas de seguridad y de copyright. Pero cuando llega una tecnología que llena una necesidad irresistible,
no hay manera de detenerla, aunque puede ser retrasada.
Tengo dos historias de advertencia para
demostrar esto. Cuando describí por primera vez la estación terrestre de
maletín en mi alocución a las Naciones Unidas el Día Mundial de las
Telecomunicaciones (17 de mayo de 1983), empleé estas palabras:
Tal vez piensen que esto es una predicción ingenua,
porque muchos países no dejarán que estas máquinas subversivas crucen sus
fronteras. Pero no tendrán elección; la alternativa sería un suicidio
económico, porque pronto no tendrían turistas ni hombres de negocios ofreciendo
moneda extranjera. Sólo conseguirían espías, que no tendrían ningún problema
para ocultar las poderosas herramientas nuevas de su viejo negocio.
Bueno, unos meses después,
un caballero de un país que no mencionaré fue encontrado en otro que también me
abstendré de mencionar, llevando exactamente esta clase de equipo (por si les
interesa, les puedo dar la dirección del fabricante). La unidad transmisora-receptora
parecía una calculadora de bolsillo, y la antena un paraguas ordinario. Por lo
que sé eran sólo eso, pero también mucho más…
Mi segunda historia es aún más instructiva, y
comienza hace casi dos siglos atrás. Muestra cómo una nación de personas
notoriamente inteligentes puede provocar su propia ruina al intentar restringir
(censurar, si prefieren) una nueva tecnología de comunicaciones.
Francia fue la primera nación del mundo en tener
un sistema telegráfico, instalado, mirabile dictu, en 1793. Por supuesto, no era eléctrico, sino
puramente óptico, y dependía de cadenas de semáforos observados a través de
telescopios. De esta forma, el gobierno central podía comunicarse con las
provincias y controlarlas.
Nadie más podía usar el sistema; de hecho, se aprobó una ley imponiendo
sentencias de cárcel de un año a cualquiera, cito, «que transmita señales no
autorizadas de un lugar a otro por medio de la máquina telegráfica o cualquier
otro medio».
Cuando el invento de Samuel Morse amenazó este
sistema (como los satélites amenazan ahora el monopolio de los sistemas
terrestres), el telégrafo visual tuvo sus fanáticos defensores.
Significativamente, argumentaban que «la supervisión sería imposible» con las
redes por cable. Escuchen este cri de coeur por parte de uno de los burócratas que sabía qué
era lo mejor para su pueblo:
No, el telégrafo eléctrico no es una invención
sana. Siempre estará a merced de la más leve interrupción, jóvenes salvajes,
borrachos, etc… El telégrafo visual, por contra, tiene sus torres, sus altos
muros, sus puertas bien guardadas desde el interior por fuertes hombres
armados. La sustitución del telégrafo eléctrico por el visual es una medida
temible, un acto verdaderamente estúpido…
Así era el libre fluir de
información en la Francia de mediados del siglo diecinueve. Sin embargo, diez
años más tarde, a pesar de la violenta oposición, este «acto estúpido» fue
llevado a cabo, y el telégrafo eléctrico empezó a extenderse por el país. Sin
embargo, el legado del control estatal sobre las comunicaciones internas
sobrevivió otro siglo, con el desastroso resultado de que hasta hace muy poco
el sistema telefónico francés era el hazmerreír de las bolsas del mundo. Aunque
esta historia ha tenido un final feliz, ¿quién puede estimar los trillones de
francos que la República perdió durante décadas de mala dirección estatal?
Aquellos que consideran ahora la implicación de sus países en la siguiente
generación de comsats harían bien en comparar las fortunas de los sistemas
telefónicos francés y norteamericano entre 1880 y 1970.
Volviendo a mi pequeña matriz 4×4, después de
«persona» la siguiente entrada es «vehículo». Aunque estas divisiones son
arbitrarias (y de hecho se superponen), pienso sobre todo en las bicicletas,
coches y barcos, que podrían justificar instalaciones más caras. Y en este
contexto me encantó ver una foto en un número reciente de la revista Time que
mostraba a un caballero sentado junto a su bici en medio de una llanura,
tecleando en un Hewlett-Packard portátil de energía solar. Esto es exactamente
el tipo de cosas que tenía en mente; y tampoco descarto los carros de bueyes.
El punto tres (la casa) se incluye para
completar, pero nos lo saltaremos porque pasará mucho tiempo antes de que la
mayoría de los hogares del mundo contengan alguna forma de aparato de
telecomunicaciones instalado de forma permanente. Vayamos directos al punto 4
(la aldea), porque sigue siendo la unidad básica de la sociedad en la mayor
parte del planeta, y lo ha sido desde el invento de la agricultura.
La importancia de proporcionar buenas
comunicaciones a todos los
asentamientos humanos por razones culturales y económicas, tanto como para
tratar con emergencias médicas y de la naturaleza, es tan abrumadora que no
debería haber ninguna necesidad de hacer hincapié en ella. Por desgracia, no
todo el mundo lo tiene claro; los teléfonos no son tan glamorosos como las
fábricas o las fundiciones de acero, y no proporcionan tanto bagaje político.
Para la mayoría de la raza humana que todavía no
está urbanizada (y que con suerte no lo estará nunca), sólo la tecnología vía
satélite puede proporcionar buenas comunicaciones en tiempo real. Y cuando la
estación terrestre de tamaño económico y energía solar llegue a la aldea de la
jungla, les sorprenderá saber que la historia se estará repitiendo a sí misma.
Algo muy similar sucedió en Europa y Norteamérica hace siglo y medio. El
telégrafo en la estación de tren local o la oficina de correos trajo, por
primera vez, noticias instantáneas del mundo exterior a comunidades cuyo
aislamiento ya no podemos imaginar con facilidad.
Y puedo ver el ascenso de una nueva profesión,
tan universal y esencial como la del herrero del pueblo antiguo. Alguien tendrá
que aprender las modestas habilidades necesarias para dirigir la estación de
tierra de la comunidad, y para acceder a los bancos de datos globales y las
redes de información. No todo el mundo necesita tener una precisa cultura
electrónica, pero cualquier persona inteligente y adecuadamente motivada puede
hacerlo en un sorprendentemente corto período de tiempo. Dentro de otra
generación, todas las comunidades de más de un centenar de personas necesitarán
alguien que se encargue de este nuevo trabajo.
No dirigiré más que una mirada a los otros
cuatro elementos de la pequeña matriz (texto, datos, habla, vídeo) dispuestos
en una banda ascendente (pero a menudo superpuesta). Puede hacerse mucho con
bandas muy estrechas, y por tanto con energías muy bajas, la llamada «pizarra
electrónica» es un ejemplo obvio. Pero para todas las aplicaciones, excepto
para las muy especializadas, es esencial la capacidad de hablar; para la gente
que no sabe leer o escribir no hay ningún sustituto para la voz humana, al
menos en lo que se refiere a las comunicaciones en dos sentidos.
En este punto no puedo resistir la tentación de
contar un chiste de hace cien años referido al sistema Bell. Después de que el
técnico instalara el primer teléfono en Nueva Jersey, el granjero se le acercó
y le dijo: «Se me olvidó preguntarlo… ¿tengo que hablarle en italiano?».
El ingeniero sacudió la cabeza. «Tendría que
habérmelo dicho antes —contestó—. Ahora tendré que ponerle un cable extra… y
eso le costará otros cincuenta dólares».
Eso es algo más que un chiste. Probablemente
resume bastante bien las reacciones que nosotros tendremos ante el sistema de
comunicaciones que existirá cuando el teléfono celebre su segundo centenario,
en el año 2076…
Concluí mi discurso en el Vaticano con una
súplica para los satélites de comunicación y también para los de
reconocimiento, perros guardianes en el cielo que podrían vigilar el estado
político (y militar) del mundo. Menos de una década más tarde, la breve pero
mortífera Guerra del Golfo demostró la importancia de esta idea: el capítulo 40
(Pazsat), lo contará con más detalle.
Capítulo 37
¡Feliz cumpleaños, COMSAT!
El día 18 de febrero de
1988 el presidente de COMSAT, Irv Goldstein, dio una pequeña fiesta en
Washington para unos pocos cientos de amigos íntimos para celebrar el
veinticinco aniversario de la organización.
Me invitaron a asistir a las festividades, lo
cual hice de la forma más apropiada:
Aquí Arthur Clarke, enviando saludos
prácticamente desde el ecuador. Es muy agradable saber que el satélite del
océano Índico que me mantiene en contacto con el mundo está justo encima…
Y también, por una interesante coincidencia, es
el punto más estable del campo gravitatorio de la Tierra. Los satélites
estacionarios exhaustos también acaban allí, girando sobre Sri Lanka en un mar
de los Sargazos celestial cuando se quedan sin combustible.
Bueno, supongo que debe de haber al menos veinte
viejos amigos aquí en COMSAT hoy, así que no puedo decirles hola a todos,
pero ellos saben quiénes
son…
Ahora voy a decir algo que tal vez alarme a unas
cuantas personas, sobre todo a los que calculan nuestras facturas telefónicas.
Puedo ver a algunos gritando «¡Cortadlo!» dentro de un minuto.
Lo que quiero recordarles es algo que sucedió en
Inglaterra hace ciento cincuenta años. En aquellos tiempos, enviar una carta de
una parte del mundo a otra era enormemente complicado y caro. ¿Por qué? Porque
un ejército de empleados calculaba la cantidad exacta que había que pagar en
cada pieza de correo, ¡según la distancia que recorría! ¡Piensen en el papeleo y la gente que debía
estar implicada!
Entonces llegó un genio llamado Rowland Hill,
quien hizo lo que ahora llamaríamos un «análisis de sistema». Descubrió
(¡sorpresa, sorpresa!), que el coste de enviar una carta era casi independiente
de la distancia: virtualmente todo el trabajo se hacía en el manejo al
principio y al final del viaje. Así que el señor Hill hizo una extraordinaria
sugerencia. Dijo: «Hagamos una tasa sencilla, sin contar con la distancia. La
gente puede pagar las cartas por adelantado, con sólo comprar un sello. Calculo
que debe costar solamente un penique, y aunque no tengamos ganancias al
principio, la explosión en la correspondencia pronto nos dará beneficios. Y los
beneficios para el comercio y la sociedad serán inconmensurables».
Rowland Hill fue uno de los creadores del mundo
que conocemos, y no hace falta decir que al principio no le tomaron en serio.
Pero insistió, y el servicio de sellos empezó en 1840. Por cierto, uno de esos
primeros sellos de a penique valdría ahora un millón de dólares, pero ésa es
otra historia…
Sorprendentemente, el señor Hill sólo tardó
cinco años en ganar su batalla a los burócratas. Hacían las cosas mucho más
rápido en aquella época. No había tantos comités con los que tratar.
Estoy seguro de que ven adónde quiero llegar, y
como nunca puedo resistir la tentación de hacer propaganda, me gustaría
terminar leyéndoles un párrafo de mi último libro:
Pues al principio, la Tierra poseyó el único
super-continente de Pangea, que se separó a lo largo de los eones. Lo mismo
hizo la especie humana, en innumerables tribus y naciones; ahora se unía, a
medida que la antigua división lingüística y cultural empezaba a difuminarse…
Con la abolición histórica de las tasas de larga distancia el 31 de diciembre
del año 2000, todas las llamadas telefónicas se volvieron locales, y la raza
humana saludó el nuevo milenio transformándose en una gran familia chismosa.
(2061, Odisea 3, capítulo 3)
Capítulo 38
Los premios Clarke
Nunca imaginé (como recalcó
una vez Clifton Fadiman en un intento de tranquilizar a los miembros del Club
Libro del Mes, «el señor Clarke no parece una persona muy imaginativa») que
alguna vez sería responsable de un Acta del Parlamento. Pero el 6 de julio de
1984 el boletín oficial del estado de Colombo editó un panfleto de trece
páginas (precio: 1,20 rupias) que llevaba en la cubierta, bajo el sello
presidencial:
PARLAMENTO DE LA REPÚBLICA SOCIALISTA DEMOCRÁTICA
DE SRI LANKA
CENTRO ARTHUR C. CLARKE DE TECNOLOGÍAS MODERNAS, ACTA Nº 30 de 1984
El Acta estableció un
centro cuyos objetivos serían «la aceleración de los procesos de introducción y
desarrollo de tecnologías modernas en los campos de comunicaciones,
informática, tecnologías espaciales, energía y robótica». Toda la operación fue
planeada (sin mi conocimiento, mucho menos mi participación) por mis amigos del
gobierno, la industria y las instituciones académicas, con la ayuda activa de
la UNESCO. Fue una inmensa suerte que todo llegara en el momento justo. Los
35.000 dólares del premio Marconi permitieron que la construcción del edificio
inicial comenzara de inmediato, sin tener que esperar el apoyo del Tesoro (la
mayor parte de los ingresos del centro, unos 100.000 dólares por año, proceden
del Estado). Casi al mismo tiempo, Bob Cooper y sus alegres compañeros (y
compañeras) llegaron con equipo y, lo que es de igual importancia, inspiración.
El centro fue inaugurado formalmente por el
presidente J. R. Jayawardene el 30 de noviembre de 1983 y su primer director
fue el distinguido científico doctor Cyril Ponnamperuma, durante mucho tiempo
jefe del Laboratorio de Evolución Química de la NASA y uno de los principales
experimentadores en el programa Viking-Marte. En su discurso inaugural señaló
lo esencial que era para las llamadas naciones en vías de desarrollo saltarse
las etapas intermedias en la tecnología que las sociedades más avanzadas se han
visto obligadas a seguir; después de todo, ya no era necesario volver a
inventar el automóvil, el aeroplano… o el transistor. Expresó la esperanza de
que el Centro Arthur Clarke fuera el arma secreta de Sri Lanka en este proceso
de saltos, y dio el sorprendente (pero alentador) ejemplo de un país en
desarrollo que había conseguido nombrar sólo a veintidós doctores en filosofía
en diecisiete años. «Este estado de cosas —lamentó uno de los intelectuales—
nos hace ver el pasado con humildad y el futuro con desesperación». ¡Lo crean o
no, el país es Estados Unidos, hace poco más de un siglo!
A pesar de los problemas causados por los
trágicos conflictos raciales y políticos en Sri Lanka durante los años ochenta,
el centro ha hecho un progreso considerable, y nuestra esperanza es que un día
pueda impulsar el desarrollo de un «Silicon Valley» indígena. Numerosos
inversores extranjeros (y locales) se han mostrado interesados en el centro, y
la UNESCO recientemente hizo un informe sobre su progreso. Además, la Fundación
de Estados Unidos Arthur Clarke (secretario ejecutivo Frederick C. Durant III)
ha sido establecida en Washington para ayudar a recaudar fondos.
Una de las primeras acciones del centro fue
instituir un premio anual a los servicios distinguidos en las comunicaciones
por satélite. Tiene la hermosa forma de una réplica en bronce del monolito de
2001, donde hay una esfera hueca de cristal, dentro de la cual tres satélites
equidistantes orbitan una Tierra que, por razones artísticas, no está
exactamente a escala…
El primer premio fue concedido al doctor John
McLucas, que ha desempeñado casi tantos papeles como Alec Guiness. Ha sido
varias veces secretario de las Fuerzas Aéreas norteamericanas, administrador de
la Administración Federal de Aviación, vicesecretario general de la OTAN, y
presidente de COMSAT World Systems. El premio Arthur Clarke lo recibió por este
último cargo; pero antes de que imaginen que sus intereses son puramente
técnicos, también ha sido presidente de la pintoresca Fundación Wolf Trap (a
menudo me he preguntado cómo los famosos conciertos al aire libre de Wolf Trap
compiten con los jets de la cercana Dulles; tal vez John usó simplemente su
poder dentro de la AFA para hacerlos aterrizar). En 1991 publicó un libro
titulado Space Commerce (Harvard University Press). Pocas personas están mejor
cualificadas para escribir sobre ese tema.
El ganador de 1987 fue el doctor John Pierce, a
quien ya han encontrado varias veces en este libro. En su conferencia «Espacio
para todos» (¡pronunciada el día de mi septuagésimo cumpleaños!), explicó cómo
su trabajo en telecomunicaciones en Bell Labs le había llevado a su actual
posición como profesor de música en el Centro de Stanford para la Investigación
Informática de Música y Acústica, CCRMA (felizmente pronunciado karma). Hace más de treinta años John y sus colegas
hicieron una grabación para demostrar el estado actual del arte de la síntesis
de sonidos. El punto culminante fue cuando una computadora cantó Daisy,
Daisy: Stanley Kubrick y yo le estamos muy
agradecidos por la inspiración.
En 1988, el tercer premio Artur Clarke fue para
el doctor Harold Rosen. Por desgracia, debido a la preocupante situación
entonces existente en Sri Lanka, la ceremonia de entrega no pudo tener lugar
hasta el 16 de septiembre de 1990… ¡que también es el centenario del sistema
telefónico japonés! Como resultado, pasé parte de mi septuagésimo tercer
cumpleaños en un enlace vía satélite con Tokio con otros dos viejos amigos,
Carl Sagan y Marvin Minsky.
La conferencia de Hal Rosen comenzó con los
primeros experimentos de Hertz en 1887 (¡usando microondas!), y terminó en la
cara oculta de la Luna. El único lugar, sugirió, lo bastante tranquilo para
recibir señales de civilizaciones en nuestro vecindario próximo, la galaxia de
Andrómeda. No pude evitar pensar que Hal (ninguna relación con ningún ordenador
del mismo nombre), había expandido mucho sus horizontes desde la órbita estacionaria,
que en su momento apenas parecía accesible a nuestra tecnología.
El ganador del cuarto premio Arthur Clarke ha
sido anunciado ya (agosto de 1991), y como mi cumpleaños está
inconvenientemente cerca a la Navidad, la fecha de la entrega ha sido cambiada
a la primavera. Así que alrededor de mayo de 1992 (justo cuando aparecerá este
libro en versión original), mi viejo amigo el doctor Joseph Charyk viajará a
Sri Lanka. Después de distinguidas carreras académicas en Cal Tech, el
Laboratorio de Propulsión Jet y la Universidad de Princeton, Joe fue nombrado
subsecretario de las Fuerzas Aéreas norteamericanas en 1960. En 1963 fue el
primer presidente de COM-SAT, y en 1983 presidente de su junta. Jugó por tanto
un papel crucial en los primeros veinte años de la revolución de las
comunicaciones por satélite.
Por cierto, ahora hay al menos tres premios
Clarke distintos, de los cuales el mejor conocido es el de ciencia ficción,
ganado por primera vez por Margaret Atwood en 1987 por The
Handmaid’s Tale. Aunque agradezco mucho los
motivos de los organizadores, ¡no más, por favor! No puedo seguirlos, y me
hacen empezar a sentirme inequívocamente póstumo.
Capítulo 39
CNN en directo
El 3 de diciembre de 1984,
durante el estreno de 2010, Odisea
Dos me alojaba en el
famoso Beverly Wilshire de Los Ángeles cuando me enteré de que se estaba
celebrando una fiesta de cumpleaños para otro huésped, Jacques Cousteau. Hacía
años que no veía a Jacques, de hecho, desde que tuvo la amabilidad de escribir el
prólogo a mi guía de buceo, The First
Five Fathoms (1960).
Así que rápidamente me autoinvité a la fiesta, y me alegré de reemprender el
contacto con Jacques y su hijo Michel, quien me dijo que estaban a punto de
emitir un especial de televisión en honor del setenta y cinco cumpleaños de
Jacques («El primero de una serie corta…»).
Poco después se me ocurrió preguntar quién era
el anfitrión, y me presentaron a Ted Turner. Era una oportunidad demasiado
buena para perderla.
—Encantado de conocerle, Ted. Por cierto, me
debe el 10 % de sus ingresos.
Ahora me doy cuenta de que no fue una
observación muy oportuna, y (por una vez) Ted se quedó sin habla. Debería haber
contestado «querrá decir mis pérdidas». Su imperio de cable y satélite tenía
hemorragias de megadólares al mes, y CNN no era todavía el nombre familiar que
sería para todo el mundo después de enero de 1991.
Este libro fue concebido, y escrito en su mayor
parte, antes del estallido de la Guerra del Golfo. Entonces lo hice a un lado,
advirtiendo que el final tenía que esperar hasta que los hechos de los
siguientes meses hubieran concluido. Podría añadir que tenía un interés
especial en el resultado, aún más que la mayoría de la gente. Mi vecino de al
lado, compartiendo nuestro muro divisorio de dos metros y medio, es su
excelencia el embajador iraquí. Hace bastante tiempo que no le veo, y ni
siquiera estoy seguro de que todavía esté en casa.
Como mucha gente, perdí mucho sueño entre enero
y marzo de 1991. Al principio, las dos emisoras locales de televisión emitían
sólo breves reportajes de la guerra, pero todos los días el Centro Arthur
Clarke (que actuaba como «nódulo» para la CNN en la región) enviaba el material
que había grabado en vídeo durante la noche. Más tarde, la emisora nacional
(Rupavahini) daba una hora de la emisión del día de la CNN después de que la
programación principal terminara a eso de las once de la noche. Todos los
hoteles importantes (y no tan importantes) también anunciaban cobertura de la
CNN para sus clientes, aunque cómo muchos de ellos pagaban el servicio es otro
asunto (a partir de mediados de 1991 las transmisiones serán codificadas, así
que ya no será posible recibirlas sin pagar una cuota).
Durante la crisis del Golfo, me preguntaban a
menudo cuál era mi punto de vista sobre la primera guerra vía satélite del
mundo, y repetía muchos de los argumentos que había esgrimido durante las
últimas décadas. Entonces añadía dos comentarios más tópicos, el primero
burlón, el segundo mortalmente serio.
Tras ver la cobertura de la CNN, le dije al
corresponsal de la agencia Reuter (quien con diligencia lo comunicó a todo el
globo) que había tenido una súbita visión del futuro, sólo dentro de unos años.
Imaginé que habían ofrecido a Ted Turner el puesto de presidente mundial… pero
que él lo rechazaba, porque no quería perder poder.
Poco después de que comenzaran las hostilidades,
sugerí otro escenario algo más probable. Por primera vez en la historia humana,
millones de personas veían los verdaderos horrores de la guerra mecanizada
moderna mientras sucedían. Expresé la esperanza de que el impacto causara una
oleada tan grande de repulsión que, al final, los líderes de nuestras diversas
naciones tribales tendrían que hacer caso a las virtudes de la paz y hacer algo
para asegurarla. Si esto no parece realista para los ingenuos pesimistas que a
menudo se hacen pasar por «gente práctica», les respondería que el mundo es
ahora demasiado peligroso para todo lo que no sea Utopía. Y por Utopía me
refiero a un mundo donde todas las
armas de destrucción en masa hayan sido eliminadas. [51] (Después de Irak y
Kuwait, ¿quién necesita las nucleares?).
Hace muchos años, llamé a los comsats «armas de
la paz», herramientas necesarias, pero no suficientes en sí mismas, para la
prevención de la guerra. Aunque, como cualquier medio de comunicación, pueden
transmitir mentiras con tanta facilidad como la verdad, la diversidad de
canales creados por la emisión en directo hace imposible incluso para las
sociedades cerradas aislar a su pueblo del mundo real.
La Guerra del Golfo ha acelerado este proceso más
que ningún otro acontecimiento en tiempos recientes. Un ejemplo perfecto se dio
en un número reciente de Le Monde, describiendo la situación de Argelia. El partido gobernante había
«celebrado con tanta frecuencia la victoria de Bagdad por adelantado» que tuvo
que anunciar que la retirada de los iraquíes de Kuwait fue resultado de la
amenaza del presidente Bush de emplear armas nucleares, porque
la coalición que lideraba tenía ya 170.000 muertos o heridos.
Parece que el doctor Goebbels está sano y salvo
en Argelia. Pero Le Monde continúa
informando que las autoridades no pueden impedir que la verdad llegue a
millones de familias «a través de las antenas parabólicas que se ven por todas
partes en los tejados de las grandes ciudades». Y me encanta ver que los
enemigos de esta libre transmisión de información denuncian que estas antenas
son paradiabólicas.
Paradiabólicas … ¡me gusta! Y en este contexto,
hablar del diablo me recuerda la famosa diatriba que Shaw le dio en el acto
tercero de Hombre y Superhombre. Escrito hace casi un siglo, ha cobrado
actualidad, ay, sólo con los detalles de su tecnología:
En las artes de la vida el hombre no inventa nada; pero en las artes de la
muerte supera a la naturaleza misma, y produce por medio de la química y la
maquinaria todas las masacres de la plaga, la peste y el hambre. En las artes
de la paz, el hombre es un chapucero. Conozco sus torpes máquinas de escribir y
sus burdas locomotoras y sus tediosas bicicletas; son juguetes comparados con
el arma máxima, el submarino torpedero. No hay nada más que avaricia y pereza
en la maquinaria industrial del hombre; su corazón está en sus armas.
Su corazón está en sus armas . Es una declaración
aterradora. No puede negarse que la tecnología satélite nació y fue nutrida en
la guerra.
Sin embargo, de ella puede surgir un arma que
tal vez salve a nuestra civilización, y haga que el mundo sea uno: el Pazsat.
Posdata: La Segunda Revolución Rusa
Los seísmicos acontecimientos de la revolución
de agosto, que parecer invertir con rapidez los de la de octubre, se
desarrollan incluso mientras escribo estas palabras. No podría haber esperado
una demostración tan rápida de la tesis adelantada en este capítulo, que de
hecho forma la base de todo este libro.
Y me encantó escuchar a Alistair Cooke decir
exactamente lo mismo en su «Letter from America» (BBC World Service, 24 de
agosto de 1991). Contrastando los «diez días que sacudieron al mundo» con las
sesenta horas de este año, declaró: «El golpe fracasó a causa de algo nuevo:
las emisiones vía satélite».
Luego reconoció la labor de la CNN que, al igual
que en la Guerra del Golfo, sirvió una vez más como medio interactivo y
bidireccional, creando historia mientras informaba de ella.
Capítulo 40
Pazsat
Hace muchos años que me
interesa el potencial para mantener la paz de los satélites, después de que me
alertara de esta posibilidad Howard Kurtz, fundador y presidente de War Control
Planners (PO Box 19127, Washington, 20036) [52]. Aunque he mencionado con
frecuencia la idea en conferencias y ensayos, hizo falta la Iniciativa de
Defensa Estratégica (alias, para gran malestar de George Lucas, «La Guerra de
las Galaxias»), para que empezara a promoverla en serio.
Éste no es el lugar para sopesar los pros y
contras de la IDE; comentaré simplemente que hay gustos para todo. Algunos
argumentos tienen mucho sentido, pero otros (sobre todo la visión muy difundida
pero ahora silenciada con dirección del «paraguas sobre Estados Unidos») eran
pura fantasía. (No, como dicen algunos críticos, ciencia ficción. En ese caso
habría merecido la pena tomarlos en serio).
En 1986 me ofrecieron una magnífica plataforma
para airear mis ideas sobre el tema cuando me invitaron al Memorial Anual de
Nehru en Nueva Delhi. Llamé a mi conferencia «Star Wars y Star Peace». La
primera parte era deprimente: describía las consecuencias de una guerra nuclear
total y la imposibilidad de contrarrestarla con la tecnología. Este escenario,
confío, ha sido ya sobrepasado por la historia, así que sólo reproduciré la
segunda parte de mi conferencia.
El problema real no es el hardware militar, sino
el software humano, aunque el tipo adecuado de hardware podría ayudar. Una paz
estable nunca será posible sin confianza mutua; sin eso, todos los acuerdos y
tratados son peor que inútiles, porque oscurecen los temas reales.
Sin embargo, la confianza no puede ser ciega.
Debe estar basada en experiencias pasadas, e incluso eso tal vez requiera una
comprobación constante [53]. Esto se cumple en los
individuos, y aún más en los estados soberanos, cuyos gobiernos y políticas
pueden cambiar de la mañana a la noche.
El mayor enemigo de la confianza es el miedo, e
importa poco que el miedo sea infundado o no. No es la paranoia sino la
prudencia lo que impulsa a los militares a asumir un escenario «en el peor de
los casos» cuando ignoran el potencial de las capacidades del enemigo. Esa
ignorancia, y el miedo que genera, sólo pueden ser dispersadas por información
precisa y a tiempo. Por tanto, se desprende (como en un teorema matemático) que
el único camino hacia la paz es a través de la verdad.
Un ejemplo clásico de esto es el infortunado
debate sobre «la barrera de los misiles» que dominó la campaña Kennedy-Nixon en
1960. Después del shock inicial del Sputnik, que dio comienzo a la Era Espacial
en octubre de 1957, en Estados Unidos hubo la tendencia a exagerar todos los
logros rusos en este campo. Los propagandistas, ayudados con habilidad por el
complejo militar-industrial norteamericano, proclamaron que la URSS estaba muy
avanzada en el desarrollo de los misiles balísticos intercontinentales, y por
tanto Estados Unidos tenía que iniciar un programa de choque para superar este
«enorme» liderazgo.
Bien, la barrera de los misiles era una ilusión
total que quedó destruida cuando los nuevos satélites de reconocimiento
norteamericanos revelaron la verdad sobre los cohetes soviéticos. El presidente
Johnson declaró más tarde que sus satélites de reconocimiento habían ahorrado a
Estados Unidos muchas veces el coste total del programa espacial, haciendo
innecesario construir la fuerza contrarrestadora planeada originalmente. Me
gustaría citar sus palabras exactas (con mi énfasis), que deberían ser
inscritas en letras de oro sobre las puertas del Pentágono.
Hacíamos cosas que no necesitábamos hacer;
construíamos cosas que no necesitábamos construir; incubábamos temores que no
necesitábamos incubar.
No les sorprenderá saber
que la URSS reaccionó con gran indignación ante la existencia de los «satélites
espía» norteamericanos que hurgaban en sus secretos. De hecho, en 1962 propuso
a las Naciones Unidas que fueran prohibidos. Estas protestas cesaron de repente
cuando sus propios satélites de reconocimiento empezaron a orbitar el mismo
año, y ambas partes reconocieron su gran valor como agentes estabilizadores.
Hicieron posibles los acuerdos de control de armamento que ahora tenemos, como
queda revelado en la fórmula que siempre se usa cuando se mencionan: «Medios
técnicos nacionales de verificación» (MTN).
Aunque ninguna de las imágenes de alta calidad
hechas por estos MTN ha sido publicada nunca [54], no se pueden clasificar
las leyes de la óptica, y la fotografía está considerada como un arte
establecido, así que sabemos exactamente lo que pueden hacer los satélites de
reconocimiento. A la luz del día, bajo buenas condiciones, pueden mostrar a
soldados individuales y las armas que llevan. Aunque pueden ser frustrados por
las nubes y la oscuridad, ahora existen satélites equipados con radar que
pueden superar incluso esas limitaciones. Así que es probablemente cierto que
ningún preparativo o actividad militar a gran escala podrá escapar ya a la
vigilancia, al menos para las naciones provistas de MTNs. En este momento son
Estados Unidos y la Unión Soviética, que a veces dejan caer migas de
información orbital para ayudar a sus amigos en momentos de crisis. Y al menos
en una ocasión han cooperado. Hace unos pocos años la URSS informó a EE.UU. que
había detectado preparativos para una prueba nuclear en Suráfrica. Washington
dio los pasos necesarios, y no se volvió a oír sobre el tema, al menos por el
momento…
En 1978 el gobierno francés, en un arrebato
bastante atípico de responsabilidad global, hizo una propuesta dramática. El
presidente Giscard d’Estaing sugirió que podría ser una buena idea que hubiera
un organismo internacional que hiciera para todo el mundo lo que los
norteamericanos y rusos hacían de forma egoísta para sí mismos. Una Agencia
Internacional de Satélites Observadores podría verificar los acuerdos de
control de armas, comprobar las violaciones fronterizas y acabar con
situaciones de crisis, actuando como perro guardián para el mundo.
Establecer lo que me gusta llamar «Pazsats»
supondría importantes desafíos políticos, administrativos y financieros, pero
la recompensa sería nada menos que la salvación de la humanidad [55].
Mientras preparaba este discurso, hubo una
dramática prueba de la habilidad de un «satélite de acceso público» para
proporcionar información de importancia vital para todo el mundo. Tras el
accidente del reactor nuclear de Chernobyl, los satélites de recursos
terrestres Eosat, norteamericano, y SPOT francés, pudieron calibrar los daños e
infundir tranquilidad mientras no existía información oficial. Parte de la
cobertura televisiva no fue muy exacta; un comentarista norteamericano mostró
una imagen infrarroja del lugar y señaló con solemnidad un «punto caliente» que
resultó ser el negro asfalto de un aparcamiento de coches calentado por el
verano. Como demostró ampliamente la Segunda Guerra Mundial, el material de
reconocimiento es tan bueno como sus intérpretes; pero los expertos se están
volviendo muy buenos en la interpretación de las imágenes del espacio después
de que hayan sido cribadas por sus ordenadores.
Me gustaría que consideraran el siguiente
escenario, que tiene la gran ventaja de que podría ser realizado no sólo sin la
cooperación de las potencias nucleares, sino a pesar de su oposición. Un SPOT
avanzado con una resolución de 1 m (comparada con los actuales 10 m del SPOT, y
el decímetro de un satélite de reconocimiento en situaciones favorables), se
lanza por un consorcio de países no alineados, lo que hace que sus resultados
están al alcance de todos (probablemente, aunque no sea necesario, a través de
la ONU). La mayoría de las formas de secreto militar se volverían entonces
imposibles, y las acusaciones de fraude y mentiras podrían ser valoradas por
todo el mundo. Y aunque habría muchas actividades clandestinas que el Pazsat no
podría detectar, su impacto psicológico sería enorme. Como el diputado por
California George Brown dijo en un informe parlamentario (23 de octubre de
1979), «un sistema de inteligencia compartido podría no hacer pacifistas de los
pícaros, pero sí atacar a los pícaros en los foros internacionales con pruebas
irrefutables».
Los países que patrocinarían y construirían el
Pazsat podrían ser Japón, Canadá (que ya planea un satélite de reconocimiento
muy avanzado) y Suecia, con su alta tecnología y su interés en la paz. Podrían
hacerlo solos si quisieran, pero el apoyo moral y financiero debería proceder
de muchas naciones no alineadas. Incluso los suizos, fanáticamente neutrales,
podrían unirse a un proyecto semejante.
Entraríamos en lo que ha sido adecuadamente
llamado la «Era de la Transparencia». Como la mayoría de la gente, muchas
naciones no querrían vivir en casas de cristal. Tal vez no adviertan el grado
en que lo están haciendo. Aparte de los operadores de satélites
norteamericanos, rusos y chinos con su clientela restringida, SPOT está allá
arriba ahora, emitiendo hermosas imágenes de todas las actividades terrestres para
todo aquel que pueda pagar un dólar por km2. A medida que nace la Era de la Transparencia, la
sabiduría política y militar se encontrará cooperando con lo inevitable.
Me gustaría terminar con unas palabras que tuve
el privilegio de pronunciar en octubre de 1984, en un simposio espacial
organizado por la Academia Pontificia de Ciencia. La reunión congregó expertos
en ciencias, comunicaciones y armamento. A unos pocos cientos de metros de
la Creación de Adán de
Miguel Ángel, discutimos cómo sus descendientes podríamos salvarnos… o
destruirnos.
En la última década ha sucedido algo nuevo en el
mundo. Las redes de comunicación bidimensionales están reemplazando las cadenas
verticales de mando, donde las órdenes se mueven hacia abajo y sólo los
acatamientos iban hacia arriba. Estamos siendo testigos de la ascensión de la
Familia Global, o Tribu, si prefieren. Sus miembros, enlazados de forma
electrónica, estarán esparcidos sobre la superficie del planeta, y sus
lealtades e intereses trascenderán todas las antiguas fronteras. Esas fronteras
que están sospechosamente ausentes de las fotos tomadas desde el espacio: esas
fronteras que al ser llamadas «sagradas» en la era de las armas termonucleares
ya no son patriotismo, sino blasfemia.
Se ha dicho que el estado se ha vuelto demasiado grande para los hombres, pero
demasiado pequeño para la humanidad. ¿Es la actual proliferación de naciones
(más de 150 en este momento) un cáncer planetario, o una evolución hacia un
mundo más sano, donde las estructuras políticas serán construidas a escala más
humana? Y continuando con la analogía de la evolución, déjenme recordar algo
que ha sucedido en este planeta antes una sola vez. Hubo una época en que
estuvo dominado por monstruos que intentaron protegerse con armaduras cada vez
más torpes, hasta convertirse en fortalezas ambulantes. Nunca advirtieron,
mientras avanzaban por bosques y pantanos, a las pequeñas criaturas que se
apartaban de su paso: los primeros mamíferos, nuestros antepasados.
La inteligencia, no las armaduras, iban a heredar la Tierra. Tal vez lo vuelva
a hacer[56].
Este capítulo fue escrito
varios meses antes del trágico asesinato del primer ministro Ghandi, así que
pienso que es apropiado reproducir el texto íntegro de agradecimiento que dio
tras mi conferencia, a pesar de mi embarazo ante sus excesivas alabanzas.
Las siguientes palabras (completamente
improvisadas) han sido transcritas directamente del vídeo de la ceremonia. Su
ingenio, gracia y concisión son una pequeña muestra de lo que la India (y el
mundo) han perdido con la muerte de su orador.
Profesor Clarke, Yashpaljee, Shri B. K. Nehru,
damas y caballeros… El profesor Clarke nos ha ofrecido una charla enormemente
reveladora. Su amplitud intelectual, su brillantez, pero aún más la profunda
humanidad que ha mostrado, permanecerán con nosotros durante mucho tiempo. Es
un profeta de la ciencia moderna.
Hace cuarenta años dijo, como nos ha recordado hoy, que la única defensa contra
las armas del futuro es impedir que sean usadas. Tal vez podríamos añadir que
deberíamos impedir que fueran construidas.
Hoy sigue sin haber ningún cambio en esta prescripción básica. «Guerra de las
Galaxias» o IDE, a la que nosotros mismos nos hemos opuesto, porque sentimos
que no es factible, no es práctica, y no debería ser construida. Hoy, el
profesor Clarke nos ha dado muchas más razones de por qué no es un arma para la
paz o un escudo para la paz, sino tal vez un nuevo «Proyecto Damocles», como la
ha llamado. La India y la Iniciativa de las Seis Naciones han trabajado junto
con el Movimiento No-Alineado y muchas otras naciones contra el aumento de la
carrera espacial, contra este espejismo de escudo y este espejismo de la
naturaleza defensiva de la IDE. Como ha dicho el profesor Clarke, láseres que
pueden destruir misiles muy rápidos en fracciones de segundo pueden ser
utilizados con mucha efectividad contra blancos estacionarios o muy lentos. De
hecho, la IDE podría convertirse en una nueva arma de alta tecnología.
Ha aumentado también nuestros temores de un Invierno Nuclear con la lluvia
radiactiva de plutonio. Es hora de que todos oigamos su advertencia. La
vulnerabilidad del hardware, y el software, de la «Guerra de las Galaxias» nos
ha quedado demostrada. Sólo espero que en otras capitales del mundo también
estén escuchando.
Por último, déjenme asegurarles que si hay algunas restricciones a que
permitamos Playboy en este país, no es por lo que él pueda haber escrito en esa
revista. Muchas gracias, profesor Clarke…
A la mañana siguiente al
enterarse de que yo deseaba ver el Taj Mahal pero no podía soportar el largo y
pesado viaje en el poco tiempo de que disponía, Sri Gandhi encargó muy
amablemente a dos pilotos veteranos de Air India para que me llevaran a Agra en
su avión personal. El largo paseo por los magníficos jardines fue agotador pero
magnífico; el Taj es una de esas maravillas, como el Gran Cañón, que compensa
con creces sus expectativas.
Resultó que, debido a problemas médicos, mi
lento paseo por los jardines del Taj fue el último paseo de cierta distancia
que podré hacer ya. No puedo imaginar un final mejor a mi carrera como peatón,
y siempre estaré agradecido a Rajiv Gandhi por su amable gesto, cuando tenía
todos los problemas de un continente sobre sus hombros.
Parte 5
¡Hágase la Luz!
Capítulo 41
El regreso del cable
Tras aventurarse en el
espacio, tal vez parezca un anticlímax regresar a las profundidades del océano,
y la ahora bien establecida (aunque no del todo anticuada) tecnología de los
cables submarinos. Sin embargo, lejos de quedar obsoletos al instante, los
cables mostraron una sorprendente capacidad de crecimiento. Y, para el asombro
de prácticamente todo el mundo, sólo veinte años después del lanzamiento de
Early Bird empezaron a desafiar a los comsats en su propio territorio.
El éxito inmediato del TAT-1, el primer servicio
telefónico transatlántico de alta calidad fiable, inició una nueva explosión de
tendido de cables por los océanos del mundo. Aunque el transistor ya tenía
nueve años de edad en 1956, hasta 1970 los cautelosos ingenieros de AT&T no
adquirieron «solidez» con el TAT-5 (ver tabla en página 354).
Un importante avance mecánico también entró en escena. En 1957, la British
Post Office ejecutó experimentos pioneros con un cable submarino donde se
abandonó la coraza que había sido un rasgo estándar durante más de cien años, y
toda la fuerza fue proporcionada por un alambre de acero en el centro del
cable. La única protección externa era un tubo de plástico duro, que era todo
lo que hacía falta en la calma de las profundidades oceánicas.
Este nuevo cable liviano ofrecía mucha menos
tensión a la maquinaria expedidora, y era mucho más fácil de manejar y colocar
que la variedad acorazada a la que reemplazaba. Aún más importante, no tenía
tendencia a retorcerse y enrollarse; a causa de la coraza en espiral, los
cables antiguos a menudo giraban cientos de veces en su camino al fondo del
mar, con los desafortunados resultados mencionados en el capítulo 8. El cable
cubierto de plástico, por otro lado, está totalmente libre de torsiones y
desligamientos casi como un trozo de cuerda. Con un cable así, no hay peligro
de torceduras desastrosas si el mal tiempo retiene una expedición. El cable ya
no necesita ser tendido en una operación continua, de forma que el barco puede
ser detenido en alta mar para empalmar y sumergir los gruesos y rígidos
repetidores que, a pesar del atractivo de su gran capacidad, no podían ser
usados en el segmento oceánico más profundo del TAT-1. Y así un avance
puramente mecánico (ridiculizado
por el brillante profesor Thomson un siglo antes) tuvo consecuencias de largo
alcance en las comunicaciones.
Hay que mencionar también un ingeniosísimo
aparato electrónico que duplicó la capacidad del TAT-1 poco después de que
entrara en servicio, y que desde entonces ha sido aplicado a todos los cables.
Es el «Time-Assignment Speech Interpolation» (Interpolación de Asignación de
Tiempo de Alocución), abreviado, no hace falta decirlo, a TASI.
TASI depende del hecho de que gran parte (para
nuestra sorpresa más del 60 %) de las conversaciones corrientes constan de
silencios. Un aparato suficientemente rápido podría detectar esas pausas, y
aprovecharse de ellas cambiando de inmediato a otra conversación.
Una analogía de la vida ordinaria puede ser
valiosa. Un cable telefónico es como una autopista de muchos carriles, y las
sílabas separadas del habla estarían esparcidas por ella como automóviles
individuales. Vistas desde el aire, al menos el 50 % de incluso las autopistas
más transitadas es espacio vacío; su capacidad podría ser doblada o triplicada
si los vehículos pudieran saltar de manera instantánea de carril para ocupar
cualquier espacio libre en cuanto apareciera. Por desgracia, las leyes de la inercia,
por no mencionar unas cuantas dificultades más, descartan esa feliz solución a
los problemas del tráfico. Pero los impulsos eléctricos, que no tienen inercia
y, lo que es igual de importante, viajan todos exactamente a la misma
velocidad, pueden realizar este útil truco.
Como resultado, el primer TAT-1 de treinta y
seis canales vio incrementada su capacidad casi en cien canales. Más tarde,
cables de noventa y seis canales pudieron transmitir a la vez nada menos que
235 conversaciones, que saltaban de circuito a circuito en fracciones de
segundo. La mente se aturde ante todos estos saltos múltiples de canales;
presumiblemente, si por mala suerte los 235 usuarios hablaran exactamente en el mismo momento, los fusibles del TASI se
fundirían. Sin embargo, las leyes de la probabilidad indican que esa catástrofe
no sucedería ni una sola vez en un universo de vida tan breve como el nuestro.
A finales del primer año de funcionamiento del
TAT-1 (1957) el tráfico telefónico entre Estados Unidos e Inglaterra se había
duplicado. Un segundo cable, el TAT-2, de idéntico diseño, entró en servicio en
1959; sin embargo, siguió una ruta distinta, enlazando no Newfoundland y
Escocia, sino Newfoundland y Francia.
Un cable de Escocia a Canadá, CANTAT-1, empezó a
funcionar en 1961, basado en el nuevo cable antitorceduras. Ahora era posible
tener ochenta circuitos en un solo cable, en vez de treinta y seis en dos
cables. Esto redujo a la mitad el coste del tendido, y el riesgo de daños de
inmediato.
TAT-3, en 1963, fue el primer cable directo
desde Inglaterra a Estados Unidos: a pesar de la distancia superior, podía
transmitir 138 circuitos. TAT-4 (1965) proporcionó un servicio similar entre
Francia y Estados Unidos.
En 1970, el TAT-5, todo transistores, representó
un verdadero salto cuántico en ejecución: 845 canales comparados con los
treinta y seis del TAT-1, sólo catorce años antes. Usaba una nueva ruta por el
sur, desde España a Estados Unidos; y cuatro años más tarde fue eclipsado a su
vez por CANTAT-2, con 1.840 canales, algo sorprendente (para aquellos días).
El Atlántico, por supuesto, no fue el único
océano donde los barcos-cable operaban, en especial los Long Lines de AT&T,
la reina de esta flota sumamente especializada. Unos meses después de la
inauguración del TAT-1, un proyecto de magnitud casi comparable fue terminado
al otro lado de Estados Unidos, cuando el cable Washington-Alaska entró en
funcionamiento. El enlace de 2.000 km desde Seattle a Skagway podría haberse
hecho completamente por tierra, pero la fiabilidad de los repetidores
sumergidos era tan buena que se prefirió la ruta marítima. Los circuitos tenían
que pasar por territorios donde las condiciones submarinas eran a menudo mucho
menos desagradables (y más soportables) que las de tierra.
|
Principales cables telefónicos del
Atlántico y del Pacífico |
|||
|
Nombre |
Año |
Terminales |
Circuitos |
|
TAT-1 |
1956 |
Escocia-Canadá |
36 |
|
TAT-2 |
1959 |
Francia-Canadá |
48 |
|
CANTAT-1 |
1961 |
Escocia-Canadá |
80 |
|
COMPAC |
1963 |
Canadá-Australia |
80 |
|
TAT-3 |
1963 |
Inglaterra-EE.UU. |
138 |
|
TRANSPAC |
1964 |
Hawai-Japón |
138 |
|
TAT-4 |
1965 |
Francia-EE.UU. |
128 |
|
SEACOM |
1965 |
Australia-Singapur |
160 |
|
TAT-5 |
1970 |
España-EE.UU |
845 |
|
CANTAT-2 |
1974 |
Inglaterra-Canadá |
1840 |
|
TAT-6 |
1976 |
Francia-EE.UU. |
4000 |
|
TAT-7 |
1983 |
Reino Unido-EE.UU. |
4200 |
Apenas comenzó el servicio en Alaska se empezó a
trabajar en un proyecto aún más ambicioso que el cable atlántico original: el
«Pacific Voiceway», de 3.800 km, entre California y Hawai. Una vez más, Monarch representó el papel principal en la operación,
pero esta vez fue ayudado por otro barco-cable británico, Ocean Layer, de la
Submarine Cables Limited. Entre ambos tendieron 114 repetidores sumergidos en
aguas de hasta 5.000 m de profundidad, y la investigación llevada a cabo para
encontrar la mejor ruta para los cables gemelos ayudó a llenar algunos de los
huecos en el más grande océano del mundo. Una montaña no catalogada de 3.000 m
sobre el fondo del mar fue descubierta en una etapa de la investigación, y los
cables fueron tendidos a través de la cordillera pintorescamente llamada
«Montañas sin luna», que corre de norte a sur durante 150 km entre California y
Hawai. Cuando este segundo cable oceánico fue inaugurado el 8 de octubre de
1957, fue posible hablar por cable de un extremo a otro de la Tierra.
Cuatro días antes, el Sputnik 1 había iniciado
la «carrera espacial». Pero otra carrera se iniciaba ya en silencio en los
laboratorios de todo el mundo. Su objetivo, conseguir «luz amplificada por
emisión estimulada de radiación», parecía que no conseguiría los mismos
titulares que los satélites rusos; sin embargo, en la década siguiente el
acrónimo LÁSER sería reconocido al instante por todas las personas educadas.
En 1960, el primer láser, desarrollado por
Theodore Maiman en los Laboratorios de Investigación Hughes, empezó a generar
«una luz que nunca existió en la tierra ni en el mar». Aunque era un notable
logro científico, durante muchos años pareció remota cualquier aplicación
práctica importante. A menudo se citaba el láser como «una solución en busca de
un problema».
Ya no. A mediados de los años setenta el láser
alcanzó la suficiente madurez para desafiar toda la base de las
telecomunicaciones. Después de casi dos siglos, el monopolio en apariencia
inexpugnable del cobre y la electricidad estaba a punto de terminar.
Capítulo 42
Hablando con luz
Cincuenta y cinco años más
tarde, no puedo recordar qué impulso me llevó a enviar habla a través de un
rayo de luz; desde luego, no tenía ni idea de que Alexander Graham Bell había
llevado a cabo esta hazaña mucho antes de que yo naciera. El punto culminante
anterior de mi experimentación fue tender circuitos telefónicos alrededor de
nuestra granja de Somerset, usando como conductores sus alambradas de hierro
galvanizado.
La parte más sofisticada de mi nuevo proyecto
era el detector, una célula fotoeléctrica de un proyector de cine (sí, el
sonido había llegado a nuestro pueblo, unos diez años antes…). Era, por
supuesto, un tubo de vacío, y me lo había regalado mi tío George Grimstone,
ingeniero de la institución local para los desequilibrados mentales, cuyos
internos eran entretenidos (o pacificados) con películas adecuadas los sábados
por la noche. No saqué ninguna conclusión de que hubiera dos de esos
establecimientos a 4 km de nuestra casa, pero como mi madre señalaba con
frecuencia, tarde o temprano todos nuestros vecinos se volvían locos.
Tengo buenos recuerdos de George, un hombre
afable y regordete quien sin duda hizo mucho por animar mi interés en la
tecnología. La célula fotoeléctrica que me dio tenía un defecto fácilmente
subsanable; la tapa del ánodo en la parte superior de la cobertura se había
salido. Simplemente la recubrí de papel de estaño para hacer una conexión, y
volví a pegarla. A partir de entonces la célula funcionó bien… o no, hasta que
le daba un golpecito. No se pueden hacer ese tipo de reparaciones con
microchips (he tecleado sin darme cuenta «microchops»; todos conocemos
restaurantes donde los sirven).
El tío George dibujó un diagrama de un
amplificador simple, y yo monté los componentes (célula fotoeléctrica, válvula
triódica, resistencias y capacitadores) dentro de una caja de cigarros, con una
ventanita cerrada por una lente convexa para enfocar el rayo recibido. Después
de comprobar que el aparato hiciera ruiditos satisfactorios en un par de
auriculares cuando le alcanzaba la luz, me centré en el problema más difícil,
el transmisor.
Mi primer concepto fue elegante pero
impracticable: habría utilizado energía solar pura… si hubiera funcionado. El
principio era el del heliógrafo; era obvio que un espejo con tan poca masa que
pudiera ponerse a vibrar por medio de ondas de sonido modularía un rayo de luz
reflejada (este principio es ahora usado en los sistemas de escucha escondidos
láser). Sin embargo, la creación de piezas de óptica tan delicadas estaba más
allá de mis habilidades, y rápidamente adopté un plan alternativo. Éste
implicaba dos hojas transparentes en estrecho contacto, grabadas con juegos
idénticos de líneas negras paralelas, separadas por espacios en blanco de la
misma anchura. Normalmente, las zonas claras y opacas coincidirían, así que no
podía transmitirse ninguna luz. Sin embargo, el más leve movimiento (por
ejemplo, el producido por las vibraciones de la voz humana), abriría la puerta
eléctrica; cuanto más fuerte fuera el sonido, más brillante sería la luz…
Una vez más, mis habilidades mecánicas no
estaban a la altura del trabajo, así que con mucha celeridad abandoné la
elegancia y me pasé a la fuerza bruta (los programadores informáticos
reconocerán el síndrome). De hecho, mi solución fue tan burda que casi me da
vergüenza describirla.
Los ingredientes apenas podrían ser de más baja
tecnología: una lámpara de bicicleta (eléctrica) [57]; un micrófono de carbón;
una batería de coche de seis voltios; un reóstato. Los puse en serie… ¡y la
monstruosidad funcionó! Cuando hablaba por el micrófono, la luz fluctuaba según
mi voz. Había algunos problemas menores: tenía que meter gránulos de carbón
extra en el micrófono para dar suficiente amperaje para la bombilla, y había
ominosos ruidos de fritura desde el interior cuando se conectaba. Pero el
aparato transmitía perfectamente habla inteligible desde una habitación a otra
a través de una ventana de cristal en el Instituto Técnico Taunton, donde los
jóvenes caballeros de la Escuela de Gramática Huish imitaban al finado doctor
Frankenstein varias veces a la semana bajo el ojo avizor del profesor de física
el señor W. G. Pleass (eso fue en 1935, y me siento feliz de decir que Bobby Pleass está todavía interesado en la ciencia).
Cuando preparaba el equipo, usaba un metrónomo
como fuente de sonido, y todavía recuerdo el destello casi hipnótico de la
lámpara de la bici cuando la corriente pasaba a través. Una década más tarde,
en las estaciones de radar de la RAF, yo sería responsable de detectar ondas de
forma similar a frecuencia mucho más bajas… pero con una energía superior un
millón de veces.
Supongo que la distancia máxima a la que mandaba
mensajes eran 10 m, pero eso estaba limitado por el espacio de la habitación;
estoy seguro de que se podrían haber alcanzado distancias muy superiores con
este simple equipo, sobre todo de noche.
En cualquier caso, a mí sólo me interesaba
demostrar el principio del «fotófono» (como lo había bautizado Bell), y
abandoné los experimentos cuando tuve éxito.
Sin embargo, la idea siguió fascinándome, y
regresé a ella una docena de años más tarde cuando entregué un trabajo a la
British Interplanetary Society, «Electrónica y viajes espaciales» [58]. Mientras discutía el
problema de la comunicación interplanetaria, llegué a la conclusión de que,
aunque la radio era perfectamente adecuada para la mayoría de los casos, «para
circuitos de muy larga distancia las ondas ópticas pueden ser más adecuadas, y
requerir energías mucho más bajas que las de radio».
Por «distancia muy larga» pensaba en millones de kilómetros, no los pocos cientos de miles que
harían falta para hablar con la Luna. Así que me quedé levemente cortado cuando
el ingeniero en electrónica George O. Smith me rebatió por casualidad, en el
Simposio de Vuelos Espaciales de 1952, en el Planetarium Hayden de Nueva York.
Después de calcular que haría falta la energía
de una linterna de tres pilas para hablar por radio entre la Tierra y la Luna,
George añadió: «En este punto me gustaría acabar con un tópico. Continuamente
se sugiere el uso de lámparas parpadeantes o heliógrafos para las
comunicaciones interplanetarias. Me gustaría saber hasta dónde podrían llegar
con una linterna de tres pilas, haciendo señales a la Tierra desde el cráter
Platón.» [59] Desde luego, George
no podía ser acusado de falta de imaginación; como ya indiqué en el capítulo
25, su serie de Venus Equilateral, donde aparece una estación relé equidistante
de la Tierra y Venus, tal vez haya contribuido a mis propias ideas sobre
satélites geoestacionarios.
Me alegra decir que George vivió para ver la
hazaña que consideraba imposible ejecutada con mucha menos energía que la de
una linterna de una pila. No pudo prever el láser, que ha revolucionado las
comunicaciones ópticas, y muchas otras cosas. En realidad, ¿quién podría
haberlo hecho?
Bueno, un hombre que pudo y lo hizo fue nuestro
mutuo amigo John Pierce. En una fase menos reputable de su carrera, mucho antes
de relacionarse con Echo y Telstar, John escribió artículos ocasionales
para Astounding Stories bajo
el seudónimo «J. J. Coupling». Cuando repasé el ejemplar de mayo de 1945 para
escribir mi autobiografía como autor de ciencia ficción, Astounding
Days, me sorprendí al encontrar un artículo
de John sobre «rayos caloríficos». Señalaba que era imposible hacer un rayo
tensamente enfocado de radiación termal, porque era «energía desorganizada, es
decir, energía de muchas longitudes de onda». Pasaba entonces a hacer esta
predicción realmente notable: «Si los rayos caloríficos han de ser efectivos,
deben ser rayos de una sola longitud de onda». Décadas antes de que las armas
láser fueran practicables, John Pierce advirtió que debían depender de
radiación coherente (es decir, láser). No es necesario decir que cuando se lo
recalqué décadas más tarde, él había olvidado por completo esta pieza de
previsión tecnológica.
Así que George Smith (cuya formación técnica era
mucho mejor que la mía) estaba equivocado por las razones adecuadas, y yo tenía
razón por las razones equivocadas. Ninguno de los dos concibió el logro en
amplificación de luz que harían las comunicaciones ópticas teóricamente
posibles no sólo a distancias interplanetarias, sino interestelares.
Y sospecho que ni siquiera John Pierce imaginó
el avance todavía más sorprendente que esta tecnología trajo, revolucionando
las comunicaciones terrestres. Si alguien me hubiera dicho que era posible
hacer pasar luz a través de un cristal de un centenar (¡o incluso un millar!)
de kilómetros de grosor, me habría reído de él. Para utilizar una frase que un
desafortunado astrónomo real nunca pudo comprobar cuando los periodistas le
preguntaron su opinión sobre la exploración espacial, tal vez incluso habría
dicho que eran completas paparruchas.
El hecho de que las ondas de luz, a causa de que
sus frecuencias sean cientos de miles de veces superiores a las de las ondas de
radio más cortas, pudieran en teoría transmitir una cantidad superior de
información era obvio desde hacía años.
Las aplicaciones prácticas, sin embargo,
parecían muy escasas, y enormemente limitadas por el clima. El sistema de
comunicaciones ópticas al aire libre más sofisticado podía ser inmovilizado por
una buena tormenta. Para ser de alguna utilidad, las ondas de luz tendrían que
estar protegidas del entorno.
Una sugerencia fue usar tubos huecos con
superficies de espejo internas, «guías de onda ópticas», que pudieran dar
alcances de cientos de metros e, igualmente importante, transmitir los rayos de
luz a través de las curvas. Sin embargo, esos sistemas no presentaban ninguna ventaja
sobre los medios convencionales de transmisión, y desde luego no podrían
desafiar a los cables submarinos.
Había, no obstante, otra forma bien conocida de
confinar y dirigir la luz, introduciéndola en vainas de plástico o fibras de
cristal finas como cabellos (una vez tuve un hermoso adorno llamado «fuente de
luz» basado en este principio: ay, las fibras eran frágiles y siempre acababan
en la alfombra. Así que tuve que deshacerme de él).
Los físicos estaban también familiarizados con
aparatos (endoscopios) basados en este principio; podían ser lo bastante
flexibles para explorar el cuerpo y revelar detalles que antes no habían sido
vistos nunca por el ojo desnudo, y mucho menos filmados. Las asombrosas
películas de embriones humanos en el vientre fueron posibles gracias a esas
técnicas. Para estas aplicaciones, no importaba que la mayor parte de la luz se
perdiera en la transmisión; todavía había de sobra cuando las distancias eran
de sólo unos pocos metros. Más allá de eso, la difuminación era rápida y total.
Esa totalidad puede ser sugerida mirando de
nuevo el número superastronómico dado en el capítulo 18 para la pérdida teórica
de energía a lo largo de los 3.000 km de cable telefónico transatlántico; era
un número con más de 300 ceros. Pero un rayo de luz que intentara viajar a
través del cristal disponible en los años sesenta habría experimentando una
atenuación similar después de un solo kilómetro.
En 1966 dos científicos (K. C. Kao y G. A.
Hockham) de los Laboratorios de Telecomunicaciones Estándar del Reino Unido,
sugirieron que mejoras enormes y anteriormente inimaginables en la
«transparencia» podían conseguirse con cristal cuidadosamente purificado. En
unos pocos años, el objetivo que mencionaron (una pérdida de 20 dB por
kilómetro) no sólo se había conseguido, sino superado. La combinación del láser
y los hilos de fibra apenas visibles que podían transportar su luz a increíbles
distancias dio nacimiento a una nueva industria y una nueva ciencia. La
electrónica estaba a punto de ser igualada por la «optrónica», en ciertos
aspectos su espejo. Casi todas las tareas que el electrón podía ejecutar
también podía hacerlas el fotón, a menudo de forma más barata y eficiente.
En 1975, AT&T hizo la primera demostración
pública de la nueva tecnología en Atlanta, Georgia, tendiendo un cable de fibra
óptica que podía transmitir 50.000 llamadas telefónicas. Éste fue el disparo de
salida en la carrera para volver a cubrir de cables Estados Unidos y el mundo.
En 1983, AT&T había enlazado Washington y Nueva York con un sistema que
transmitía no sólo miles de circuitos de voz, sino también imágenes… un sistema
que, se creía, sólo las fibras ópticas podían proporcionar de forma económica
(Bell System aún se dolía del fracaso de su anunciado «Picturephone» de una
generación antes, y estaba decidido a no cometer el mismo error).
La presión de la competencia (sobre todo GTE y
MCI en Estados Unidos, y por supuesto las principales corporaciones europeas y
japonesas), forzaron rápidos avances en la tecnología. La demostración de
Atlanta de 1975 había empleado repetidores separados cada 11 km, pero en 1983
Bell System mostró que podía aumentar esa distancia a más de 100 km,
transmitiendo no sólo 50.000 llamadas telefónicas, sino medio millón. Ese
sorprendente logro estaba más allá de todo lo posible con circuitos de cobre.
Era el momento adecuado para que la fibra se
trasladara bajo el mar, con el Atlántico como primer desafío. TAT-7, con 4.200
circuitos, sería el último cable basado en la vieja tecnología electrónica del
cobre y los transistores. Las fibras de vidrio del TAT-8, que empezó a
funcionar en 1988, transmitirían 40.000 conversaciones a base de pulsos de luz
entre Estados Unidos y Europa, proporcionando mil veces la capacidad del
anticuado TAT-1. Y apenas dos años más tarde su sucesor, el TAT-9, doblaría esa
capacidad entre Canadá, EE.UU., Francia y el Reino Unido.
Tal vez la forma más dramática (¡y quizá la
única!) de apreciar el poder transmisor de información de semejante cable es
saber que podría transmitir el contenido de toda la Enciclopedia Británica a
través del Atlántico en un solo segundo. Por una vez, la expresión «anonadador»
queda plenamente justificada. Uno no puede dejar de preguntarse qué habrían
pensado los antiguos operadores de telégrafo de esta hazaña mientras se
esforzaban en enviar sus puñados de palabras por minuto.
Mientras los cables de teléfono basados en
fibras empezaban a serpentear bajo todos los océanos del mundo, el monopolio de
los satélites de comunicaciones que había durado dos décadas se vio amenazado.
Se predijo que el TAT-8 costaría a INTELSAT 500 millones de dólares en
pérdidas, y COMSAT libró una amarga acción legal intentando retrasarlo. El
ganador de esta batalla de megacorporaciones fue, por supuesto, el usuario, y
al final se declaró una tregua sobre el sano principio «si no puedes vencer al
enemigo, únete a él». Cuando se planeó el TAT-9, COMSAT fue uno de los socios
de la empresa, y el presidente Irv Goldstein declaró amablemente que «los
satélites de comunicaciones eran más compatibles con la fibra óptica que con el
cobre».
De hecho, hay momentos en que ambos tipos de
cables necesitan con desesperación a los satélites. Aunque el fondo del mar es
un entorno relativamente benigno y estable, no siempre es así. En 1929 un
terremoto envió una avalancha de lodo por todo el Atlántico a 50 km/h,
rompiendo los cables uno tras otro. Esos acontecimientos son raros e
impredecibles; mucho más frecuentes son las roturas causadas en aguas poco
profundas por los dragaminas y las anclas de los barcos. Cuando se dan esas
interrupciones, el tráfico se cambia de inmediato a satélite, y las desgracias
de las compañías de cables han sido una fuente importante de ingresos para
COMSAT, cuyo primer presidente me confesó una vez: «Por supuesto, ya sabes a
quién pertenecen realmente esos barcos dragaminas…» [60]
Aunque, como parece ser el caso, los cables
dominen las rutas de tráfico pesado (por ejemplo, Nueva York-Londres, Los
Ángeles-Hawai, Tokio-Hong Kong), no hay el menor peligro de que esos satélites
sean expulsados de su pequeño nicho ecológico. Sólo ellos pueden proporcionar
cobertura económica a grandes regiones (hasta el 30 % del planeta Tierra desde
un solo satélite), que nunca serán cubiertas por cables como las zonas
densamente pobladas del mundo.
Sólo los VSATs (Very Small Aperture Terminals),
con antenas de menos de un metro de diámetro, harán posible para los hombres de
negocios, periodistas, organizadores de conferencias, expediciones científicas,
agencias de ayuda (la lista es interminable) empezar a trabajar, en cualquier
lugar de la Tierra, en un instante.
En el enorme y todavía casi virgen terreno de
las comunicaciones móviles es donde los comsats tienen quizá su mayor
potencial. Cuando se construían las enormes antenas de 30 m de diámetro y
millones de dólares de los años setenta, habría parecido inconcebible para la
mayoría de la gente que llegaría un momento en que camiones, automóviles e
incluso mochilas y trineos árticos llevarían receptores satélite. INMARSAT,
aunque su principal preocupación fue el campo del comercio marítimo, de vital
importancia, fue pionera en este campo con el desarrollo de terminales
portátiles de bajo coste para ser usados en la tierra y en el mar: millones de
personas los vieron en funcionamiento durante la Guerra del Golfo.
Hay suficientes negocios aquí para llenar varias
veces la órbita geoestacionaria, dejando que los cables se encarguen de las
rutas fijas y de alta densidad para las que son ideales. Hace algunos años
sugerí que INMARSAT adoptara el siguiente eslogan: «¿Quién teme a las fibras
ópticas?». Me alegra ver que, después del shock inicial, COMSAT e INTELSAT parezcan adoptar el
mismo punto de vista [61].
Un uso más benigno (y sofisticado) de la fibra
óptica con terminales móviles es para controlar los ROVS (Remotely Operated
Vehicles, vehículos por control remoto) ahora empleados intensivamente para la
exploración submarina (ver la filmación del Titanic de Robert Ballard), y
operaciones petrolíferas en alta mar. De forma apropiada, los ROVS están
también jugando un papel importante en el tendido de cables submarinos,
enterrándolos a menudo en el fondo del mar para que no sufran ningún daño.
Capítulo 43
Hasta donde alcanza la visión
Mientras el siglo que vio
el nacimiento de la electrónica y la optrónica se acerca a su fin, parece que
todo lo que deseábamos hacer en el campo de las telecomunicaciones es
ahora técnicamente posible. Las únicas
limitaciones son financieras, legales y políticas.
¿Pero hemos llegado ya a los límites de la
tecnología de las comunicaciones? Una y otra vez en el pasado, los hombres
(incluso hombres capaces) han proclamado que no queda nada por inventar, y
siempre se han equivocado.
La electricidad ha sido nuestra herramienta más
valiosa y versátil sólo durante un 1 % de la historia humana, ¡y vean lo que ha
hecho en tan poco tiempo! Ahora unimos electrón y fotón para desarrollar la
nueva ciencia de la optrónica, que creará aparatos cuyos nombres serán tan familiares
para nuestros hijos como televisión, vídeo, CD, comsat, láser, floppy
disc lo son hoy… y tan carentes de
significado para nosotros como lo habrían sido para nuestros bisabuelos.
Ya que las ondas de radio habrían sido
inconcebibles hace tan sólo unas pocas generaciones, no podemos dejar de
preguntarnos qué otras útiles sorpresas guarda la naturaleza en la manga. El
espectro electromagnético ha sido explorado a conciencia… por contra el héroe
de Edgar Rice Burroughs, John Carter descubrió dos nuevos «colores» en Marte.
¿Pero hay otras radiaciones, campos, o lo que sea, todavía por encontrar, quizá
con propiedades que podrían hacerlas aún más valiosas que las ondas de radio?
Deben de haber pasado sesenta años desde que
encontré una historia en Boy’s Own Paper (casi la única fuente de ficción de mi juventud),
sobre un telescopio que permitía ver a través de la tierra
sólida, y observar lo que sucedía al otro
lado. (Cómo le habría encantado a la CIA; no obstante, los satélites de
reconocimiento son un sustituto muy bueno). Dudo que el autor entrara en
detalles técnicos sobre esta radiación que taladraba el planeta; es probable
que dijese tonterías sobre rayos X (después de todo, atraviesan la materia
sólida, ¿no?) y lo dejaría así.
Sorprendentemente, hay rayos (o más bien
partículas, que en la física moderna viene a ser lo mismo) que pueden viajar a
través de la Tierra como si no existiera. El fantasmal neutrino reacciona tan
rara vez con lo que nos complace llamar materia sólida que podría atravesar una
capa de plomo de billones de kilómetros de grosor sin ningún problema.
Nuestros reactores nucleares generan enormes
cantidades de neutrinos. Si pudiera modularse una fuente de neutrinos para
transmitir una señal, ésta podría ser lanzada a través de la Tierra, viajando
de un polo a otro en un séptimo de segundo. No habría esos molestos retrasos de
tiempo inevitables con los satélites en órbita estacionaria de 36.000
kilómetros…
Por desgracia, hay algunas dificultades
prácticas. La única forma de modular una fuente de neutrinos es encender y
desconectar un reactor nuclear, cosa que los reactores nucleares no aprecian
demasiado (véase Chernobyl), y aunque se diseñara uno especialmente para este
propósito, el promedio de transmisión de datos sería más o menos igual que el
primer cable atlántico: unas pocas palabras por hora.
Y ése es el menor de los problemas. Para recibir
un mensaje, habría que recoger algo… y como la materia es transparente para ellos, los neutrinos son casi
imposibles de detectar. Si quieres capturar un neutrino, hay que llenar un
depósito con varios cientos de toneladas de líquido, con la esperanza de que
una o dos partículas al día de los miles de billones que la atraviesan tenga la
suerte de hacer un impacto directo con un núcleo, y produzca una señal que
indique su liberación.
Aun a riesgo de que me recuerden de nuevo la
Primera Ley de Clarke («Cuando un científico distinguido pero mayor dice que
algo es imposible, probablemente se equivoca.»), me aventuraré a hacer una
atrevida predicción: nadie pondrá nunca en el mercado un neutrinófono de
muñeca.
Si piensan que las comunicaciones con neutrinos
son una perspectiva sin esperanza, aquí hay una aún más improbable. Según la
Teoría General de Einstein, el universo está cubierto de «ondas gravitatorias»
que viajan a la velocidad de la luz. Durante el último cuarto de siglo se han
hecho intentos heroicos, hasta ahora sin éxito, para detectarlas, pero pocos
científicos dudan de su existencia. El problema es que son increíblemente
débiles, pero instrumentos cada vez más sensibles las están buscando, y parece
improbable que nos eludan durante mucho más tiempo.
No obstante, la dificultad de detectar ondas
gravitatorias no es nada comparada con el problema de generarlas. Para
conseguir una energía equivalente a la de una estación de radio de tamaño
medio, hace falta coger un par de estrellas de neutrones (de sólo unos pocos
kilómetros de diámetro, pero con un peso de varios miles de millones de
toneladas por cucharada), y sacudirlas bien.
Alternativamente, produzcan una explosión
supernova, colapsando una estrella con un núcleo de neutrones cuya vibración
enérgica dura unos pocos segundos. Eso enviará al universo un mensaje que diga,
si no «Estoy aquí», al menos «Estuve aquí».
Aunque los rayos de neutrinos y ondas
gravitatorias pudieran ser utilizados para las telecomunicaciones, éstas
seguirían limitadas por la velocidad de la luz. Mientras nos alejamos del
sistema solar, lo que necesitaríamos de verdad sería algo que se moviera mucho
más rápido que unos miserables 300.000 km/s. A causa de este límite de
velocidad, una conversación en tiempo real con alguien situado más allá de la
Luna es imposible. Podrán enviar con facilidad un fax a su oficina de Marte…
pero no telefonearle.
Contrariamente a la opinión popular, hay muchas
cosas que se mueven más rápido que la luz; depende de lo que quieran decir por
«cosas». Déjenme ofrecer un ejemplo familiar a todos los que viajan en avión.
Muchos aeropuertos tienen una línea de luces en el centro de la pista en uso,
que pueden ser encendidas una tras otra para dar ayuda visual al piloto que
hace un aterrizaje nocturno. La impresión desde el aire es que un rayo de luces
se dispara por la pista a enorme velocidad. Es obvio que el intervalo entre los
destellos puede ajustarse a cualquier valor deseado; cuanto más corto es, más
rápido parecerá moverse por la pista esa especie de fantasma visual. Sería un
truco fácil hacer que se moviera más rápido que la luz; de hecho, si los
destellos fueran simultáneos, su velocidad sería infinita.
Un poco de reflexión, sin embargo, demostrará
que nada se mueve en realidad; ningún mensaje (ninguna información) se transmite. Hay muchos ejemplos similares en la
física, e incluso en la vida cotidiana. Uno de los más dramáticos se puede ver
en las obras de defensa costera durante una tormenta. Cuando una línea de olas
avanza hacia un rompiente, la explosión de espuma puede correr por el muro a
una velocidad increíble; cuanto más pequeño sea el ángulo de acercamiento,
mayor es su velocidad. Cuando el frente de olas es exactamente paralelo al rompiente, la espuma explota en toda
su longitud simultáneamente, es decir, la velocidad aparente es infinita. Pero
nada material se mueve a más de unos pocos kilómetros por hora.
¿No hay, por tanto, manera de que podamos romper
la barrera de la luz? Es probable que no, pero hay unas cuantas posibilidades
remotas.
Algunos físicos dicen que aunque las ecuaciones
de Einstein declaran que ningún objeto puede viajar exactamente a la velocidad
de la luz (porque su masa sería entonces infinita), no niegan la existencia de
partículas que nunca puedan viajar más despacio que la luz. Es cierto que esas partículas (llamadas «taquiones»,
que significa «rápidos») tendrían algunas propiedades extrañas; ¿pero quién
habría creído en los neutrinos hace unas cuantas décadas?
En cualquier caso, nadie ha podido demostrar que
los taquiones sean imposibles, y podemos hacer que cobren existencia
recurriendo al Principio Totalitario de Feynman, útil en tantas ramas de la
física y la astronomía: «Todo lo que no está prohibido es obligatorio». Otra
cuestión es que podamos detectarlos, o aún menos usarlos. Mientras tanto, han
sido un regalo del cielo para los escritores de ciencia ficción.
Igual que lo ha sido la notable Paradoja
Einstein-Podolsky-Rosen (para aquellos que la entiendan, entre los que no se
incluye este escritor). Según esto, bajo ciertas condiciones una partícula
puede tener una influencia instantánea sobre otra, ¡aunque esté a dos años luz de
distancia! (Soy consciente de que «instantáneo» es una palabra fea en la Teoría
de la Relatividad, pero no se me ocurre otra mejor). Aunque la Paradoja E-R-P
parece haber sido confirmada en pruebas de laboratorio exquisitamente
sofisticadas, sigue habiendo debates acerca de lo que en realidad significa
realmente, y la opinión mayoritaria es que, ni siquiera en teoría, permitiría
la transmisión de señales a velocidad supralumínica. Lástima.
Algunos científicos poco ortodoxos han invocado
a la E-R-P y otros efectos cuánticos similarmente extraños para explicar un
tipo de comunicación que probablemente no existe: la telepatía, o el contacto
directo entre dos mentes humanas sin ninguna conexión física. Hay tantos
ejemplos al parecer bien certificados de este fenómeno que dudo en descartarlo
por completo; en mi libro y serie de televisión World of Strange
Powers le di un +2: «Apenas posible,
merece la pena investigarlo».
Sin embargo, aunque la telepatía natural no exista, no tengo dudas de que la ciencia
futura podrá suministrar una variedad artificial. A medida que vayamos comprendiendo
más y más del funcionamiento del cerebro y el sistema nervioso central, tal vez
aprendamos a leer literalmente los pensamientos. Hasta un grado limitado esto
ya se ha hecho, con los miembros biónicos ahora al alcance de los amputados.
Una persona que lleva esas prótesis simplemente desea un movimiento, y la
electrónica hace el resto. No estoy seguro de que me gustara un microchip
acoplable para sustituir al teléfono, pero es una posibilidad interesante,
sobre todo para los diversos laboratorios militares que están trabajando en
ello en este momento («¡Mira, sin manos!»).
Pero ya basta de estos conceptos terrestres y
vulgares. Terminemos con el más especulativo de todos. En Profiles
of the Future: An Enquiry into the Limits of the Possible (1962), dediqué un capítulo a la
«teleportación», la transmisión a larga distancia de objetos materiales,
incluyendo personas. Aunque parece fantástico, e improbable, no parece estar
completamente prohibido por las leyes de la física. La tecnología necesaria,
sin embargo, está tan lejos de nosotros como la televisión lo habría estado de
Leonardo, la mente más brillante del Renacimiento.
Descomponer y luego reconstruir a un ser humano
(o incluso un objeto sólido inanimado) sería muchísimo más difícil que crear un
sistema que sólo llevara imágenes. La cantidad de información requerida sería
tan enorme que harían falta períodos astronómicos de tiempo para la
transmisión. En Profiles of the Future calculé que un circuito con la misma capacidad
que uno de los canales de televisión de hoy tardaría unos veinte billones de años en transmitir la pauta física de un ser
humano, y concluí bastante razonablemente: «Sería más rápido caminar». Incluso
la fibra óptica sólo podría quitar unos cuantos millones, así que me temo que
pasará mucho tiempo antes de que nadie diga el equivalente de «Transpórtanos,
Scotty».
Tal vez la hazaña se consiga, bajo ciertas
circunstancias, no con una técnica de «scanner» sino atajando por los «agujeros
de gusano en el espacio» postulados por algunos físicos. Por desgracia, sólo
gusanos muy pequeños cabrían por estos agujeros: no parecen ser sólo
microscópicos, sino de tamaño subnucleico. Stephen Hawking lo resumió muy bien
cuando dijo, en una discusión televisiva con Carl Sagan y conmigo, [62] que un viajero
acabaría parecido a un espagueti o a «un pasajero de algunas líneas aéreas que
mi abogado no me dejará mencionar».
Epílogo
Fin de siglo… ¿o amanecer
de un Nuevo Milenio?
La respuesta, por supuesto, es ambos. Mientras
entramos en la última década del siglo más brillante y bárbaro que la humanidad
ha conocido, deberíamos sentir cierta empatía con el dios romano Jano, que
miraba hacia delante y hacia atrás simultáneamente. Pero Jano era también el
dios de los nuevos principios (de ahí, Enero): si podemos aprender del pasado,
hay esperanza para el futuro.
Ese futuro, como nos advirtió H. G. Wells hace
mucho tiempo, será una carrera entre educación y catástrofe. La televisión es
el medio educativo más potente jamás creado, y los programas hechos con la
deliberada intención de instruir son sólo la punta de un enorme iceberg. Cada
vez que la cámara muestra una manifestación política, un debate parlamentario,
una operación de socorro de la ONU, incluso un acontecimiento deportivo, sirve
a la causa de la educación, en el sentido más amplio de la palabra.
Esto quedó demostrado de la forma más
convincente en la primavera de 1991, cuando por primera vez en la historia el
mundo vio lo que era en realidad la guerra, y aún peor, sus secuelas. Esto no
sucedió en Vietnam, ni siquiera en el conflicto de las Malvinas, simplemente
porque las imágenes ya eran historia cuando llegaban al televidente. Hay una
inmensa diferencia psicológica entre directo y diferido.
Durante la Guerra del Golfo, los comsats se
convirtieron en la consciencia del mundo, un papel que ya había sido ensayado
en las teleemisiones globales de los conciertos en ayuda de Bangladesh y
Etiopía. Existe, por supuesto, el peligro de que la sobreexposición al desastre
y la tragedia provoque «fatiga de compasión», pero la alternativa (la
indiferencia de la ignorancia) es seguramente peor.
Otro peligro, quizá más serio, es que todos esos
nuevos servicios maravillosos sobrecarguen nuestra capacidad de absorberlos.
Pues queda mucho (muchísimo) por llegar. Ya han habido demostraciones
espectaculares de televisión de alta definición (HDTV), y ahora existe la
promesa igualmente excitante de sonido de calidad CD (digital) para las radios
baratas, ambos vía emisiones directas desde satélites. Los «radiosats» DB
directos puede que hagan que los antiguos servicios de onda corta queden
obsoletos al instante, y creen una nueva red global de gran importancia.
Sin embargo, bombardeados con megabytes, tal vez
simplemente desconectemos, o no nos molestemos en usar esos maravillosos
juguetes cuando su novedad inicial se haya agotado. Ya se han creado y caído
imperios satélite, y el dinero perdido en los primeros cables atlánticos ha
quedado eclipsado por las fortunas que se han evaporado en fusiones y
explosiones de plataformas de lanzamiento.
Pero estoy seguro de que estos retrasos son
temporales. El cielo continuará llenándose con nuevas estrellas cuyos nombres
sorprenderían a los antiguos astrónomos: Anik, Palapa, Statsionar, Arabsat,
Asiasat… Usémoslos bien, recordando siempre que información no es conocimiento,
y conocimiento no es sabiduría.
Este libro comenzó con la «Unificación del
mundo» de Toynbee; déjenme terminarlo recordando una vez más uno de los más
poderosos mitos del Antiguo Testamento, ya mencionado en el capítulo «Recuerdo
Babilonia».
Tal vez sea algo más que un mito; un reciente
artículo en Scientific American [63] localiza el «hogar
natal» de la mitad de los idiomas de hoy en una zona situada sólo 500 km al
norte de Babilonia. Sea como sea, hay un extraño simbolismo en el hecho de que
los fabricantes de comsats de hoy están muy ocupados deconstruyendo la Torre de Babel… a 36.000 km sobre el
ecuador.
Citando de nuevo el Génesis 11, esta vez desde
la versión del rey James, «Y dijo el Señor: “He aquí que todos forman un solo
pueblo y hablan una misma lengua, y éste es sólo el principio de sus empresas,
y nada de lo que se propongan hacer ahora les resultará imposible”».
En aquella primera ocasión, esas palabras fueron
una advertencia de desastre. Hoy, deberían ser un mensaje de esperanza: una
descripción del futuro que está a nuestro alcance.
Referencias y Agradecimientos
La bibliografía de las
telecomunicaciones modernas es ahora tan enorme (y se expande con tanta
rapidez), que la mayoría de las referencias están anticuadas antes de haber
salido de la imprenta (o incluso del modem). La única forma de seguir la pista
es suscribirse a los muchos boletines comerciales y profesionales o revistas de
ciencia como New
Scientist, Scientific American, Discover.
Las ediciones de 1958 y 1974 de La voz sobre el
mar dieron las gracias a muchas organizaciones e individuos que me ayudaron; me
gustaría repetir mi agradecimiento aquí.
Libros que han demostrado ser particularmente
valiosos en la preparación del sucesor de esa obra son:
·
From
Semaphore to Satellite ,
Anthony R. Michaelis (ITU, Ginebra, 1965).
·
Never Beyond
Reach , Brendan Gallagher (INMARSAT, 1989)
·
The Rewiring
of America , C. David Chaffee
(Academic Press, 1988).
·
Three Degrees
Above Zero , Jeremy Bernstein
(Charles Scribner’s Sons, 1984).
·
Oliver
Heaviside: Sage in Solitude , Paul
J. Nahin (IEEE Press, 1988).
·
The 1991
World Satellite Annual y World Satellite Update (Mensual), Mark Long (PO Box 159, Winter Beach, Fla. 32971).
·
Space
Commerce John L. McLucas (Harvard, 1991).
·
Satellite
Week , Warren Publishing, Inc.
Apéndice 1
Las estaciones espaciales: sus radio-aplicaciones
Lo que sigue es el texto
del memorándum preparado para el Consejo de la British Interplanetary Society
por Arthur C. Clarke en mayo de 1945. El original de este documento se
encuentra ahora en los archivos de la Smithsonian Intitution en Washington.
1. La estación espacial fue concebida en
origen como un lugar para que las naves repostaran al salir de la Tierra. Como
tal puede llenar un papel importante aunque fugaz en la conquista del espacio,
durante el período en que se usen combustibles químicos. Otros usos, algunos
bastante fantásticos, se han sugerido, sobre todo por Hermann Noordung [64]. Sin embargo, hay al menos
una finalidad para la cual la estación espacial es ideal y de hecho no tiene
ninguna alternativa práctica. Es la provisión de servicios de radio de
frecuencia ultra-alta para todo el mundo, incluyendo la televisión.
2. En la siguiente discusión la palabra
«televisión» se usará exclusivamente, pero debe comprenderse que cubre todos
los servicios que usan el espectro u.h.f. y superiores. Es probable que la
televisión esté entre los avances técnicos menos importantes que ocurran. Otros
ejemplos son modulación de frecuencia, facsímil (capaz de transmitir 10.000
palabras por hora [65] ), servicios
científicos y comerciales especializados, y ayudas a la navegación.
3. Debido a consideraciones de la anchura
de banda la televisión queda restringida al radio de frecuencia superior a 50
Mc/sg y no hay duda de que frecuencias mucho más altas se usarán en el futuro.
La American Telephone and Telegraph Company está ya construyendo una red
experimental que usará frecuencias de hasta 12.000 Mc [66]. Ondas de esas frecuencias
transmitidas a lo largo de caminos cuasiópticos y sus subsiguientes emisor y
receptor no deben quedar olvidadas. Aunque la refracción aumenta el alcance, es
justo decir que el radio de servicio para una estación de televisión es
inferior a 80 km (el alcance del servicio de Londres era bastante inferior).
Mientras la radio siga siendo utilizada para la comunicación, esta limitación
permanecerá, ya que es una restricción fundamental y no técnica.
4. La modulación de frecuencia de banda
ancha, uno de los más importantes desarrollos de la radio, entra en la misma
categoría. La FM puede dar mucha mejor calidad y libertad de interferencia que
la modulación de amplitud normal, y muchos cientos de estaciones se planean
para los años de posguerra sólo en Norteamérica. Los requisitos técnicos de la
FM hacen esencial que se use sólo la señal directa, y los reflejos ionosféricos
no pueden emplearse. El alcance del servicio queda así limitado por la
curvatura de la Tierra, igual que con la televisión.
5. Para proporcionar servicios en una zona
grande es necesario construir numerosas estaciones en terreno alto o con
radiadores sobre torres de varias decenas de metros de altura. Estas estaciones
tienen que estar unidas por tierra o circuitos de radio subsidiarios. Un
sistema así es practicable en un país pequeño como Gran Bretaña, pero incluso
aquí el gasto será enorme. Es prohibitivo en el caso de un continente grande y
por tanto parece probable que sólo comunidades densamente pobladas puedan tener
servicios de televisión.
6. Un problema aún más serio surge cuando
se intenta enlazar sistemas de televisión en diferentes partes del globo.
Estudios teóricos indican [67] que para usar un
sistema de relés de radio, las estaciones repetidoras serán necesarias a
intervalos de menos de 80 km. Éstos tendrán la forma de torres de varias
decenas de metros de altura, con receptores, amplificadores y transmisores.
Enlazar regiones separadas por varios miles de kilómetros costará así muchos
millones de libras, y el problema de los servicios transoceánicos continúa sin
resolver.
7. En el futuro cercano, los grandes
aviones que recorren grandes rutas circulares sobre océanos y regiones
deshabitadas del mundo requerirán la televisión y los servicios aliados y no
hay forma conocida en que éstos puedan ser proporcionados.
8. Todos estos problemas pueden ser
resueltos por el uso de una cadena de estaciones espaciales con un período
orbital de 24 horas, que requeriría que estuviesen a una distancia de 42.000 km
del centro de la Tierra (figura 1). Hay varias disposiciones posibles para una
cadena semejante, pero la que se muestra es la más simple. Las estaciones se
encontrarían en el plano ecuatorial de la Tierra y permanecerían siempre fijas
en los mismos puntos del cielo, desde el punto de vista de los observadores
terrestres. Al contrario que todos los demás cuerpos celestes, nunca saldrían
ni se pondrían. Esto simplificaría enormemente el uso de receptores directivos
instalados en la Tierra.
9. Las siguientes longitudes se sugieren
provisionalmente para proporcionar el mejor servicio posible a las regiones
habitadas del globo, aunque todas las partes del planeta quedarán cubiertas.
30 E – África y Europa.
150 >E – China y Oceanía.
90 O – Las Américas.
10. Cada estación emitiría
programas para un tercio del planeta. Suponiendo que usaran una frecuencia de
3.000 Mc, un reflector de sólo unos pocos metros de diámetro daría un rayo tan
ordenando que casi toda la energía se concentraría en la Tierra. Sería de 1 m
aproximado de diámetro y podrían ser utilizadas para iluminar países
individuales si se requiriera un servicio más restringido.
11. Las estaciones estarían conectadas entre sí
por enlaces de rayos muy estrechos, probablemente funcionando en el espectro
óptico o cerca de él, de forma que podrían producirse rayos de menos de un
grado de grosor.
12. El sistema proporcionaría los siguientes
servicios que no pueden conseguirse de ningún otro modo:
a) Emisiones de televisión
simultáneas para todo el globo, incluyendo servicios para los aviones.
b) Reemisión de programas entre partes
distantes del planeta.
13. Además, las estaciones harían redundante la
cadena de torres relé que cubren las zonas principales de la civilización y
representan inversiones de cientos de millones de libras (el trabajo en la
primera de estas redes ya ha comenzado).
Figura 2. El programa retransmitido desde A al punto B y al área C. El
programa retransmitido desde D a todo el hemisferio.
14. La figura 2 muestra el
diagrama de algunos de los servicios especializados que podrían proporcionarse
por el uso de distintos sistemas de emisión.
15. Los numerosos problemas técnicos inherentes
a este sistema de comunicación no pueden ser discutidos aquí pero sí puede
declararse que ninguno de ellos representa ninguna dificultad ni siquiera en la
actualidad, gracias al desarrollo de la ingeniería de hiperfrecuencias. Se
espera poder discutirlos en un trabajo posterior cuando las condiciones de
seguridad lo permitan.
16. El equipo receptor en la Tierra consistiría
en pequeñas parábolas de 30 cm de diámetro con receptor bipolar. Serían
suficientemente ordenados para impedir interferencias en las tres zonas
doblemente iluminadas. Apuntarían hacia cada estación con la menor distancia
cenital y una vez ajustadas no necesitarían volver a ser tocadas. El equipo
móvil requeriría un seguimiento automático que presenta ligeras complicaciones
mecánicas (unas cuantas válvulas y un servomotor), pero ninguna dificultad
técnica.
17. La eficacia del sistema sería casi del 100
%, ya que casi toda la energía recaería en la zona de servicio. Una
investigación preliminar muestra que la emisión mundial requeriría unos 10 Kw,
mientras que los servicios del rayo relé requerirían sólo fracciones de un 1
kw. Estas energías son muy pequeñas comparadas con las estaciones emisoras
actuales, algunas de las cuales radian cientos de kilowatios. Toda la energía
necesaria para un gran número de servicios simultáneos podría obtenerse de generadores
solares con espejos de unos 10 m de diámetro, asumiendo una eficacia del 40 %.
Además, las condiciones del vacío facilitan usar válvulas grandes y fácilmente
desmontables.
18. Ningún avance en comunicaciones que pueda
imaginarse hará obsoleta la cadena de estaciones, y ya que cumple lo que con el
tiempo será una urgente necesidad, su valor económico será enorme.
19. Para completar, otros usos importantes de la
estación son:
a) Investigación: Astrofísica, Física, Electrónica.
b) Estas aplicaciones son obvias. La
estación espacial estaría justificada tan sólo en estos campos, ya que hay
muchos experimentos que sólo pueden ser ejecutados sobre la atmósfera.
c) Meteorología.
d) La estación no tendría precio para las
previsiones meteorológicas ya que los movimientos de frentes, etc, serían
visibles desde el espacio.
e) Tráfico.
Esto queda muy lejos, pero con el tiempo la
cadena se utilizará para controlar y comprobar, posiblemente por radar, los
movimientos de naves que se acerquen o abandonen la Tierra. También jugará un
papel extremadamente importante como el primer enlace en el sistema de
comunicaciones solares.
Apéndice 2
Relés extra-terrestres
El siguiente artículo fue
publicado por primera vez en Wireless World en octubre de 1945, y fue después
reeditado en Electronics World & Wireless World en noviembre de 1991:
Aunque es posible, por medio de una elección
adecuada de frecuencias y rutas, proporcionar circuitos telefónicos entre dos
puntos cualesquiera o regiones de la Tierra durante bastante tiempo, la
comunicación a gran distancia queda lastrada por las peculiaridades de la
ionosfera, e incluso hay ocasiones en que pueda ser imposible. Un auténtico
servicio emisor que dé un campo de fuerza constante en todo momento a todo el
globo sería valiosísimo, por no decir indispensable, en una sociedad mundial.
Por insatisfactoria que sea la posición de la
telefonía y el telégrafo, la de la televisión es aún peor, ya que la
transmisión ionosférica no puede ser empleada en absoluto. La zona de servicio
de una emisora de televisión, incluso en un sitio muy bueno, es sólo de unos
150 km. Cubrir un país tan pequeño como Gran Bretaña requeriría una cadena de transmisores,
conectados por líneas coaxiales, guías de onda o enlaces relé VHF. Un reciente
estudio teórico [68] ha demostrado que un
sistema semejante requeriría repetidores a intervalos de 80 km o menos. Un
sistema así podría proporcionar cobertura televisiva, a un coste considerable,
para todo un país pequeño. Proporcionar a todo un continente un servicio semejante
queda fuera de la cuestión, y sólo los principales centros de población podrían
incluirse en la red.
El problema es igualmente serio cuando se hace
el intento de enlazar los servicios televisivos en distintas partes del globo.
Una cadena relé de varios miles de kilómetros costaría millones, y los
servicios transoceánicos seguirían siendo imposibles. Consideraciones similares
se aplican a la provisión de la modulación de frecuencia de banda ancha y otros
servicios, como el facsímil de alta velocidad, que quedan por naturaleza
restringidos a las frecuencias ultra-altas.
Muchos pueden considerar la solución propuesta
en este artículo demasiado remota para ser tomada en serio. Esa actitud es
irracional, ya que todo lo que se explica aquí es una extensión lógica de
avances de los últimos diez años, en particular el perfeccionamiento del cohete
de largo alcance del cual el V2 fue el prototipo.
Figura 1. Variación del período y velocidad orbital con respecto a la
distancia del centro de la Tierra.
Mientras escribía este
artículo, se anunció que los alemanes consideraban un proyecto similar, que
creían posible dentro de cincuenta a cien años.
Antes de continuar, es necesario discutir
brevemente ciertas leyes fundamentales de la propulsión de cohetes y la
«astronáutica». Un cohete que consiga suficiente velocidad en vuelo fuera de la
atmósfera de la Tierra nunca regresaría. Esta velocidad «orbital» es de 8 km/s,
y un cohete que la consiguiera se convertiría en un satélite artificial,
circundando el mundo sin más gasto de energía, una segunda luna, de hecho. El
cohete transatlántico alemán A10 habría alcanzado más de la mitad de esta
velocidad.
Dentro de unos años será posible construir
cohetes controlados por radio que puedan ser colocados en esas órbitas más allá
de los límites de la atmósfera y dejados allí para emitir información
científica a la Tierra. Un poco después, cohetes tripulados podrán hacer vuelos
similares con suficiente energía en exceso para romper la órbita y regresar a
la Tierra.
Hay un número infinito de posibles órbitas
estables, circulares y elípticas, en las que un cohete permanecería si las
condiciones iniciales fueran correctas. La velocidad de 8 km/s se aplica sólo
para la órbita más cercana posible, justo ante la atmósfera, y el período de
revolución sería de unos 90 min. A medida que el radio de la órbita aumenta la
velocidad disminuye, ya que la gravedad disminuye y es necesaria menos fuerza
centrífuga para equilibrarla. La figura 1 lo demuestra gráficamente. La Luna,
por supuesto, es un caso particular y se encontraría dentro de las curvas de la
figura 1 si se produjeran. Las estaciones espaciales propuestas por los
alemanes tendrían un período de cuatro horas y media.
Se observará que una órbita, con un radio de
42.000 km, tiene un período de exactamente 24 horas. Un cuerpo en esa órbita,
si su plano coincidiera con el del ecuador de la Tierra, giraría con la Tierra
y por tanto sería estacionario sobre el mismo punto del planeta. Permanecería
fijo en el cielo de todo un hemisferio, y al contrario de todos los otros
cuerpos celestes, no saldría ni se pondría. Un cuerpo en una órbita menor
giraría más rápido que la Tierra y por eso saldría por el oeste, como de hecho
pasa con la luna interior de Marte.
Usando material suministrado por cohetes, sería
posible construir una «estación espacial» en esa órbita. La estación podría ser
acondicionada con habitaciones, laboratorios y todo lo necesario para la
comodidad de su tripulación, quienes serían relevados y abastecidos por un
servicio regular de cohetes. Este proyecto podría ser emprendido por puras
razones científicas ya que contribuiría enormemente a nuestro conocimiento de
la astronomía, la física y la meteorología. Ya se ha escrito bastante sobre el
tema [69].
Aunque esta empresa pueda parecer fantástica,
requiere para su consecución tan sólo cohetes el doble de rápidos de los que ya
están en fase de diseño. Ya que las tensiones gravitatorias implicadas en la
estructura son insignificantes, sólo los materiales más livianos serían
necesarios y la estación podría ser tan grande como hiciera falta.
Supongamos ahora que una estación así fuera
construida en esta órbita. Podría tener equipo receptor y transmisor (el
problema de la energía se discutirá más tarde), y podría actuar como repetidor
para transmisiones relé entre dos puntos cualquiera del hemisferio de abajo,
usando cualquier frecuencia que penetre la ionosfera. Si se usaran equipos
direccionales, la energía requerida sería muy pequeña, ya que se usaría línea
directa de transmisión visual. Otro detalle importante es que los equipos
terrestres, una vez establecidos, podrían permanecer fijos por tiempo.
Figura 2. Típico servicio de relés extraterrestres. La transmisión de A es
lanzada al punto B y la zona C; la transmisión de D es enviada a todo el
hemisferio.
Aún más, una transmisión
recibida desde cualquier punto del hemisferio podría ser emitida a toda la cara
visible del planeta, y así se cumplirían los requerimientos de todos los
servicios posibles. (Fig. 2.)
Podría discutirse que todavía no tenemos ninguna
prueba directa de que las ondas de radio pasen entre la superficie de la Tierra
y el espacio exterior; todo lo que podemos decir con certeza es que las
longitudes de onda más cortas no se reflejan de vuelta a la Tierra. Prueba
directa de la fuerza de campo sobre la atmósfera de la Tierra podría obtenerse
con la técnica del cohete V2, y es de esperar que alguien haga algo pronto al
respecto, ¡ya que debe de haber equipo de sobra en alguna parte!
Alternativamente, dada la suficiente energía transmisora, podríamos obtener la
evidencia necesaria explorando los ecos de la Luna. Mientras tanto tenemos
evidencia visual de que las frecuencias del extremo óptimo del espectro lo
atraviesan con poca absorción excepto en ciertas frecuencias donde se dan
efectos de resonancia. Las frecuencias medias-altas atraviesan la capa E dos
veces para ser reflejadas desde la capa F y se han recibido ecos de meteoros en
o sobre la capa F. Parece seguro que las frecuencias a partir de, por ejemplo,
50 Mc/s a 100.000 Mc/s podrían usarse sin absorción indebida en la atmósfera o
la ionosfera.
Una sola estación podría proporcionar sólo
cobertura para la mitad del globo, y para un servicio mundial serían necesarias
tres, aunque podrían emplearse más. La figura 3 muestra la disposición más simple.
Las estaciones estarían colocadas de forma aproximadamente equidistante
alrededor de la Tierra, y las siguientes longitudes parecen ser las adecuadas:
Figura 3. Tres estaciones satélite asegurarán la cobertura completa del
globo.
30 E – África y Europa.
150 E – China y Oceanía.
90 O – Las Américas.
Las estaciones en la cadena
quedarían enlazadas por rayos ópticos o de radio, y así podría ser
proporcionado cualquier rayo o servicio de emisión concebible.
Los problemas técnicos del diseño de tales
estaciones son enormemente interesantes [70], pero sólo se citan unos
cuantos. Se proporcionarían baterías de reflectores parabólicos, cuya apertura
dependería de las frecuencias empleadas. Asumiendo el uso de ondas de 3.000
Mc/sg, espejos de 1 m de diámetro devolverían casi toda la energía a la Tierra.
Podrían usarse reflectores más grandes para iluminar países o regiones
individuales para los servicios más restringidos, con el consecuente ahorro de
energía. En las frecuencias más altas no es difícil producir rayos de menos de
un grado de anchura, y como se mencionó antes, no habría limitaciones físicas
para el tamaño de los espejos (desde la estación espacial, el disco de la
Tierra tendría un poco más de 17° de diámetro). Los mismos espejos podrían ser
empleados para muchas transmisiones diferentes si se toman precauciones para
evitar el cruce de modulaciones.
Está claro, dada la naturaleza del sistema, que
la energía necesaria sería mucho menor que la requerida para cualquier otra
disposición, ya que toda la energía radiada puede ser distribuida uniformemente
sobre la zona de servicio, sin que se pierda nada. Un cálculo aproximado de la
energía requerida para el servicio de emisión desde una sola estación puede
hacerse de la siguiente forma:
La fuerza de campo en el plano ecuatorial de un
λ/2 dipolo en el espacio libre a la distancia de d metros es [71]
donde P es la energía radiada en vatios.Tomando d como 42.000 km (en realidad sería menos) tenemos
P =
37,6 e2 vatios
(e ahora en µV/m).Si asumimos que e sea de 50 mV/m, que es el
estándar de la FCC para la modulación de frecuencias, P será de 94 kW. Ésta es
la energía requerida para un solo dipolo, y no una disposición que concentraría
toda la energía en la Tierra. Esa disposición tendría una ganancia sobre un
simple dipolo de unos 80. La energía requerida para el servicio de emisión
sería entonces de 1,2 kW.
Aunque parece ridículamente pequeña, esta cifra
es probablemente demasiado generosa. Pequeñas parábolas de treinta centímetros
de diámetro se usarían como receptores en tierra y darían una proporción
señal/ruido muy satisfactoria. Habría muy poca interferencia, en parte por la
frecuencia usada y en parte porque los espejos apuntarían hacia el cielo que no
contendría ninguna otra fuente de señal. Una fuerza de campo de 10 mV/m podría
ser amplia, y requeriría una emisión de sólo 50 W.
Si se recuerda que estas cifras se refieren al
servicio de emisión, se advertirá la eficacia del sistema. Las transmisiones de
punto a punto necesitarían energías de sólo 10 W. Estas cifras, por supuesto,
necesitarían corrección para la absorción ionosférica y atmosférica, pero esta
absorción sería muy pequeña durante la mayor parte de la banda. La leve
difusión de la fuerza del campo debido a esta causa hacia el borde de la zona
de servicio podría ser corregida con rapidez con un radiador no-uniforme.
La eficacia del sistema queda revelada cuando
consideramos que el servicio de televisión en Londres requería una media de
energía de unos 3 kW para una zona de menos de 80 km de radio [72].
Un segundo problema fundamental es la provisión
de energía eléctrica para dirigir el gran número de transmisores requeridos
para los diferentes servicios. En el espacio tras la atmósfera, un metro
cuadrado normal a la radiación solar intercepta 1,35 kW de energía [73]. Ya se han planeado
motores solares para uso terrestre y son una propuesta económica en los países
tropicales. Emplean espejos para concentrar la luz solar en la caldera de un
motor de vapor de baja presión. Aunque esto no es muy eficaz, podría serlo en
el espacio donde los componentes están en el vacío, la radiación es intensa y
continua, y la más baja temperatura del ciclo no podría estar lejos del cero
absoluto. Los avances termoeléctricos y fotoeléctricos podrían hacer posible el
uso más directo de la energía solar.
Aunque no hay límite al tamaño de los espejos
que podrían construirse, uno de cincuenta metros de radio interceptaría más de
10.000 kW y al menos una cuarta parte de esta energía podría ser empleada.
La estación estaría en continua luz solar
excepto durante algunas semanas alrededor de los equinoccios, cuando entraría
en la sombra de la Tierra durante unos pocos minutos cada día. La figura 4
muestra la situación durante el período de eclipse. Para este cálculo, es
legítimo considerar la Tierra como un punto fijo y que el Sol se mueve a su
alrededor. La estación se encontraría a la sombra de la Tierra en A, el último
día de febrero.
Cada día, al hacer su revolución diurna, se
internaría con más profundidad en la sombra, hasta alcanzar su período de
eclipse máximo el 21 de marzo. Ese día sólo estaría en la oscuridad durante una
hora y nueve minutos. A partir de entonces el período de eclipse se acortaría,
y después del 11 de abril (B) la estación estaría en luz continua hasta que
suceda lo mismo seis meses más tarde en el equinoccio de otoño, entre el 12 de
septiembre y el 14 de octubre.
Figura 4. La radiación solar sería interrumpida durante un breve período
cada día en los equinoccios.
El período total de
oscuridad sería de unos dos días por año, y como el período más largo del
eclipse sería de poco más de una hora, no habría ninguna dificultad para
almacenar suficiente energía para un servicio ininterrumpido.
Conclusión:
Brevemente resumidas, las ventajas de la
estación espacial son las siguientes:
1. Es la única forma en que puede darse
auténtica cobertura mundial a todos los tipos posibles de servicio.
2. Permite el uso sin restricciones de una
banda de al menos 100.000 Mc/s de ancho, y con el uso de rayos quedarían
disponibles un número casi ilimitado de canales.
3. Los requerimientos de energía son en
extremo pequeños, ya que la eficacia de la «iluminación» sería de casi el 100
%. Aún más, el coste de la energía sería muy bajo.
4. Por grande que sea el coste inicial,
sólo sería una fracción del requerido para las cadenas mundiales sustituidas, y
el coste de mantenimiento sería incomparablemente menor.
Nota: diseño de cohetes
El desarrollo de cohetes suficientemente
poderosos para alcanzar velocidad «orbital» e incluso «de escape» es ya sólo
cuestión de años. Las siguientes cifras pueden ser interesantes en conexión con
ello.
El cohete tiene que adquirir una velocidad final
de 8 km/s. Permitiendo 2 km/s para correcciones de navegación y pérdida por
resistencia del aire (esto es legítimo, ya que todos los cohetes espaciales
serán lanzados desde zonas muy altas), obtenemos una velocidad total necesaria
de 10 km/s. La ecuación fundamental del movimiento de un cohete es
V = v logeRdonde V
es la velocidad final del
cohete, v la velocidad de
escape y R la ratio de masa
inicial con la masa final (carga útil más estructura). Hasta ahora v ha sido de 2 a 2,5 km/s para los cohetes de combustible líquido,
pero nuevos diseños y combustibles permitirán cifras considerablemente más
altas. (El combustible de oxihidrógeno tiene una velocidad de escape teórica de
5,2 km/s y se conocen combinaciones más poderosas). Si asumimos que v es de 3,3
km/sg, R será de 20 a 1. Sin
embargo, debido a su aceleración finita, el cohete pierde velocidad como
resultado de la retardación gravitatoria. Si su aceleración (constante) es a
m/s2, entonces la ratio Rg necesaria aumenta a
Para un cohete controlado
automáticamente a sería de unos 5g y por tanto la R necesaria sería de 37 a 1. Esas ratios no pueden ser conseguidas
con un solo cohete, pero sí con «cohetes de etapas», mientras que ratios mucho
más altas (hasta de 1.000 a 1) pueden conseguirse con el principio de
«construcción celular».
Epílogo: energía atómica
La llegada de la energía atómica ha adelantado
los viajes espaciales casi en medio siglo. Parece improbable que tengamos que
esperar veinte años antes de que se desarrollen cohetes con energía atómica, y
esos cohetes podrían alcanzar incluso los planetas más remotos con una ratio
combustible/masa fantásticamente pequeña, sólo un pequeño porcentaje. Las
ecuaciones desarrolladas en el apéndice todavía son aplicables, pero v
aumentará en un factor de un millar.
A la vista de estos hechos, no parece que
merezca la pena emplear muchos esfuerzos en la construcción de cadenas de relés
de larga distancia. Incluso las emisoras locales que pronto se construirán tal
vez tengan sólo una vida activa de veinte o treinta años.
Notas:
[1] El título original de este libro, How the
world was one («Cómo el mundo fue uno»), suena en inglés igual que How the
world was won («Cómo se ganó el mundo»); de ahí el juego de palabras al que se
refiere el autor. (N. del T.)
[2] Un título que se aplicó más tarde, con cierta
justicia, a su protegido Calouste Gulbenkian, quien consiguió la mitad del
petróleo del mundo después de renunciar a la física. (N. del A.)
[3] La pérdida del primer jet comercial era
todavía noticia cuando se escribió Voice across the sea. Su impacto en la época
fue similar al desastre del Challenger treinta años más tarde. (N. del A.)
[4] La inmunidad de los británicos al mareo es,
por supuesto, proverbial. (N. del A.)
[5] Pero aquí, como en el caso de la edad de la
Tierra, el profesor se equivocaba. La propuesta se adelantó un siglo a su
tiempo: algunos cables modernos se hacen exactamente de esta forma. (N. del A.)
[6] Vean el consejo de Hilaire Belloc a los
jóvenes retoños de la aristocracia británica: «Cuando todo lo demás falle, id a
gobernar Nueva Gales del Sur.» Y es así exactamente cómo los lores del
Almirantazgo se libraron de otro colega dificultoso, el capitán Bligh. El
resultado (sorpresa, sorpresa) fue su tercer motín. (N. del A.)
[7] Western Union (véase capítulo 11) perdió otra
aún mayor. (N. del A.)
[8] El libro de James Dugan The Great Iron Ship
es una historia valiosa y enormemente entretenida sobre este maravilloso navío,
pero por desgracia repite la leyenda de que el esqueleto de un remachador se
encontró en su doble quilla cuando fue desguazado. Esta historia es demasiado
buena para ser cierta, y no lo es. (N. del A.)
[9] El sorprendente descubrimiento, en los años
ochenta, de biosistemas nutridos a partir de los vertidos químicos arrojados a
través de aberturas termales en el fondo del océano demostró una vez más que la
naturaleza tiene más imaginación que la mayoría de los científicos. (N. del A.)
[10] A. H. Compton, que cuenta esta historia en su
libro Atomic Quest, dice que el subsecretario del Tesoro no se perturbó cuando
le pidieron quinientos millones de dólares en plata, pero sí cuando la marina
usó la frase «15.000 toneladas». «Joven —reprendió al coronel que hizo la
petición—, cuando hablamos de plata el término que empleamos es onzas.» (N. del
A.)
[11] Ahora que vuelvo a leer este párrafo, más de
treinta años después de que fuera escrito, el olvidado «cable telefónico»
aparece casi como una parodia acústica de la última tecnología, la fibra óptica
(capítulo 42). (N. del A.)
[12] El 10 de marzo de 1976 AT&T organizó dos
días de celebración en el MIT, y me pidieron que diera la conferencia de
clausura, «El segundo siglo del teléfono». Puede encontrarse en The View from
Serendip (Victor Gollancz; Random House, 1978). (N. del A.)
[13] Todavía sonrío ante un dibujo que vi hace
muchos años donde aparecía Watson acercándose a la oreja el primitivo receptor
y diciendo: «Lo siento, señor Bell. Sigue dando la señal de comunicando.» (N.
del A.)
[14] Encontrarán diversas variantes de esta
historia: estoy en deuda con el libro de Paul Nahin sobre Heaviside (véase
siguiente capítulo), por su cita definitiva. Sir William también se distinguió
por demostrar a través de las matemáticas que la luz eléctrica era
completamente imposible. (N. del A.)
[15] Después de que este capítulo fuera escrito,
ha aparecido una apasionante biografía de este hombre notable: Oliver
Heaviside: Sage in Solitude, de Paul J. Nahin (IEEE Press, 1968). La guerra
declarada entre Heaviside y el testarudo ingeniero jefe del servicio de correos
británico, William Preece, es un ejemplo perfecto, y tragicómico, del eterno
conflicto entre el «hombre práctico» y el genio teórico. (N. del A.)
[16] Poco imaginaba yo que, unos treinta años
después de que estas palabras fueran escritas, este oscuro fragmento de
electroquímica aparecería en los titulares de todo el mundo gracias al «agujero
de la capa de ozono». (N. del A.)
[17] Las ediciones de 1958 y 1974 de este libro
dedicaron cinco capítulos al diseño, manufactura y tendido del TAT-1. A pesar
de tres décadas de avances tecnológicos, muchos de estos detalles siguen siendo
de interés, así que he condensado algunos de los puntos importantes en este
capítulo. Para la historia completa, vean la serie de artículos que aparecieron
simultáneamente en el Bell System Technical Journal y el Journal of the
Institution of Electrical Engineers de enero de 1957. (N. del A.)
[18] Cables con miles de pares de conexiones se
usan todavía en zonas urbanas donde hay una gran cantidad de usuarios muy
cercanos; los sistemas de frecuencia transportada son esencialmente para larga
distancia. (N. del A.)
[19] La cifra es de 1974. En 1989, cinco años
después de la división de Bell System, era de unos 50.000.000.000 de dólares.
[20] El tubo de vacío está todavía omnipresente,
por supuesto, en la forma de los tubos de imagen de televisión y UVD. Pero
incluso aquí lo amenazan los aparatos sólidos. Dénle otros diez años. (N. del
A.)
[21] Los británicos nunca se molestaron, pero para
hacer constancia: en 1884 Oliver Lodge envió señales por radio, y perfeccionó
el detector usado hasta final de siglo. Tras decidir que no había futuro en
aquello, volvió su atención a algo de valor más práctico: la investigación
psíquica. (N. del A.)
[22] En realidad, 261,63. Pero el clásico
Science and Music de sir James Jeans también da 256, y me parece imposible
resistir un número tan bonito y redondo como 28, o el binario 100000000. (N.
del A.)
[23] Alusión a la película How the West was
Won, conocida entre nosotros por La conquista del Oeste. (N. del T.)
[24] Sistemas de onda larga se emplean todavía al
menos para una aplicación especial: contactar con submarinos nucleares a
profundidades moderadas. (N. del A.)
[25] A partir de ahora, utilizaremos comsats para
referirnos a los satélites de comunicaciones, y COMSAT para la Comunications
Satellite Corporation. (N. del A.)
[26] La versión completa de «Estás en rumbo de
planeo», mi conferencia en la ceremonia del premio Marconi y mucho material
técnico sólo tocado de pasada en este volumen puede encontrarse en Ascent to
Orbit: A Scientific Autobiography (John Wiley, 1984). (N. del A.)
[27] Creí que nunca volvería a ser testigo de una
escena similar, pero los campos petrolíferos en llamas de Kuwait me la
recordaron con viveza. (N. del A.)
[28] Pido disculpas por este título
sensacionalista, que usé originalmente hace casi treinta años. Aunque no me lo
tomo muy en serio, es demasiado bueno para dejarlo pasar. (N. del A.)
[29] En realidad, Theodore L. Thomas, autor de
algunos excelentes relatos de ciencia ficción, cuya hospitalidad disfruté a
menudo durante mis días como conferenciante en los cincuenta. (N. del A.)
[30] Este dato pone más en evidencia el relato que
los detalles técnicos. ¿Recuerdan el dólar de 1957? (N. del A.)
[31] Casi treinta años más tarde (21 de julio de
1990), su sucesor fijaría una expedición tripulada a Marte como un objetivo
norteamericano. Me pregunto qué habría pensado Ike de eso. (N. del A.)
[32] Para confirmación, los escépticos pueden
consultar la foto en el ejemplar de Playboy de mayo de 1969. (N. del A.)
[33] En mi relato corto de 1956 «Watch this
Space», Coca-Cola hacía exactamente eso. Me pareció conveniente no mencionar el
asunto cuando, en su centenario unos treinta años más tarde, hice un anuncio de
televisión para el mismo producto. (N. del A.)
[34] Aunque el Telstar original se quemó hace
mucho tiempo, el nombre era demasiado bueno para perderlo: AT&T lo ha
revivido para una nueva serie de comsats geoestacionarios. (N. del A.)
[35] Otro problema que a veces influye en todos
los circuitos a larga distancia (satélites y terrestres) es el «eco». Pocas
cosas son más molestas para el libre fluir de una conversación que oír tus
propias palabras una fracción de segundo después, cuando rebotan al otro lado
de la línea (como las compañías de seguros han descubierto, esto es un buen
test para la gente que finge sordera). Por fortuna, esta molestia puede ser
eliminada por completo por los circuitos «canceladores de eco»; aunque como todo
el mundo que haya hecho muchas llamadas internacionales reconocerá, no siempre
parecen funcionar muy bien. (N. del A.)
[36] ¡Ahora ya son noventa! (N. del A.)
[37] No es una sugerencia completamente
descabellada. En Imperial Earth (1976) señalé que las ondas de radio
ultralargas son bloqueadas desde el sistema solar interno por la propia
«ionosfera» del Sol (usando esa palabra en un sentido muy amplio). Las lunas de
Saturno tal vez sean el lugar más conveniente para estudiarlas. (N. del A.)
[38] «Space Enough for All», conferencia
pronunciada al recibir el segundo premio Arthur C. Clarke, Colombo, 16 de
diciembre de 1987. (N. del A.)
[39] Departamento de Coincidencias Desafortunadas.
La pérdida del satélite japonés DBS (Emisión Directa) apareció en la televisión
local sólo una hora antes de que escribiera estas palabras (20 de abril de
1991). Las pólizas de seguro subirán de nuevo. (N. del A.)
[40] Nunca perdonaré a Bill Anders su falta de
valor el día de Navidad de 1968. Se sintió tentado, según me dijo más tarde, de
comunicar que la tripulación del Apolo 8 había divisado un gran monolito negro
en la cara oculta de la Luna. (N. del A.)
[41] Pero también muy testarudo. Vean el capítulo
15. Me temo que volverán a encontrarlo una vez más en este libro. (N. del A.)
[42] Dirigida y producida por mi desaparecido
amigo Thomas Craven, fundador de Craven Film Corporation, Nueva York. (N. del
A.)
[43] Ésta es, lo prometo, la última aparición del
señor Preece. (N. del A.)
[44] Me saqué este ejemplo de la manga… y sin
embargo ahora es lo que con orgullo proclama el último sistema de fibra óptica
(capítulo 42). (N. del A.)
[45] No es una mala predicción. Motorola espera
tener su sistema de Iridio en funcionamiento para 1996… (N. del A.)
[46] Ésta transmite ahora noticias para cuarenta
países, las veinticuatro horas del día, para todas las Américas, y está
negociando con Intersputnik para cubrir Eurasia. El padre Lubbers asegura a los
que se preocupan por su filiación que el servicio es por completo aconfesional,
y desde luego lo ha demostrado. Me divierte decir que la última guía de
programas que me ha enviado comienza con una cita del Corán. (N. del A.)
[47] Durante el experimento SITE (capítulo 33),
Steve Birkill sorprendió a todos al recibir, en el corazón de Inglaterra, los
programas pretendidos para las aldeas indias. (N. del A.)
[48] La creencia de Bruno en la pluralidad de
mundos no fue la única ni la principal razón por la que fue quemado en la
hoguera en 1600; entre otras herejías, le interesaba el ocultismo. Considerando
la basura que ahora inunda nuestras librerías, estoy a favor de volver a
instalar esta pena. (N. del A.)
[49] Coste (unidades arbitrarias, ¿digamos una
semana de salario?).
[50] Longitud de banda, hertzio (ciclos/segundo).
[51] Estoy haciendo una lista corta de las armas
que deberían ser permitidas en un mundo civilizado. Incluye porras, esprays en
aerosol, «gas de paz» (véase El mundo que viene); bombas acústicas, actínicas y
de humo; y (sólo cuando sean autorizados al más alto nivel), rifles
telescópicos de un solo disparo, preferiblemente con tranquilizantes. Estoy
abierto a nuevas sugerencias, pero no consideraré ningún sistema de transporte
más sofisticado que las bicicletas. (N. del A.)
[52] Durante más de tres décadas, a costa de un
gran sacrificio personal, Howards ha estado haciendo público el concepto por
medio de incontables cartas a congresistas, representantes de los medios de
comunicación, jefes del Pentágono, etc. Le estoy muy agradecido por la
información que me ha suministrado a lo largo de los años. (N. del A.)
[53] Como solía decir el presidente Reagan:
«Confía… pero comprueba.» (N. del A.)
[54] Muestras interesantes (aunque probablemente
no de gran calidad) aparecieron en el número de enero de 1991 de Scientific
American (ver «The Future of Space Reconnaissance», de Jeffrey T. Richelson).
(N. del A.)
[55] Ver el informe de la ONU A/AC 206/14 del 6 de
agosto de 1981: «Estudio de las implicaciones del establecimiento de una
“Agencia Internacional de Satélites Observadores”.» También «Guerra y paz en la
Era espacial» en 1984: Primavera. (N. del A.)
[56] Di una versión posterior de esta conferencia,
«Star Peace», en la ceremonia del premio Lindbergh en París, en el sesenta
aniversario del histórico vuelo del Spirit of St Louis, el 20 de mayo de 1987.
(N. del A.)
[57] ¿Pueden creer que todavía recuerdo el olor
acre de acetileno y carbonato cálcico? (N. del A.)
[58] Journal of the British Interplanetary
Society, vol. 7, nº 2, marzo de 1948. Reeditado en Ascent to Orbit: A
Scientific Autobiography (John Wiley, 1984). (N. del A.)
[59] «Radio Communications across Space» (Journal
of the British Interplanetary Society, vol. 12, nº 1, enero de 1953). (N. del
A.)
[60] Desafiando las estadísticas, cinco roturas de
cable se dieron simultáneamente en 1990. De inmediato mandé un fax al director
general de INTELSAT Dean Burch: «Una vez es accidente, dos coincidencia, tres
conspiración. ¿Pero cinco veces?» (N. del A.)
[61] Sorprendentemente, la fibra óptica puede ser
utilizada, y de forma muy efectiva, con una clase bastante restringida de
«clientes» móviles: tanques y helicópteros enemigos. El FOG-M (Fibre-Optic
Guided Missile) lleva una lanzadera que prolonga quince kilómetros de red. A
través de este enlace (imposible de interceptar), el controlador puede observar
su blanco y abatirlo con mortal precisión. Para más información, consulten al
Pentágono. (N. del A.)
[62] Dios, el Universo y todo lo demás. (N. del
A.)
[63] «The Early History of Indo-European
Languages», por Thomas V. Gamkrelidze y V. V. Ivanov, marzo de 1990. (N. del
A.)
[64] Noordung, Hermann, «Das Problem der Befahrung
des Weltraums».
[65] Hansell. C.W. «Radio-Relay-Systems
Development» (Proceedings of the Institute of Radio Engineers, marzo de 1945,
pp. 156-168).
[66] Guy, Raymond F, Apelación al I.R.E.,
Philadelphia, 7 de diciembre de 1944.
[67] Hansell. C.W. «Radio-Relay-Systems
Development» (Proceedings of the Institute of Radio Engineers, marzo de 1945,
pp. 156-168).
[68] «Radio-Relay Systems», C. W. Hansell, Proc
IRE, vol. 33, marzo 1945.
[69] Rockets, Willy Ley (Viking Press, N.Y.).
[70] Das Problem der Befahrung der Weltraums,
Hermann Noordung.
[71] Frecuency Modulation, A. Hund (McGraw-Hill).
[72] «London Television Service», MacNamara and
Birkenshaw, JIEE, diciembre, 1938.
[73] The Sun, C. G. Abbot (Appleton-Century Co.).

