Libro N° 7075. Introduccion Al Mundo Cuantico. Jou, David.
© Libro N° 7075.
Introduccion Al Mundo Cuantico. Jou, David. Emancipación. Marzo 7 de 2020.
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original: © Introduccion
Al Mundo Cuantico. David Jou
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Jou
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Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
El Libro De La Lectura Rápida
Tony Buzan
Introduccion Al Mundo
Cuantico
David Jou
CONTENIDO
Prólogo
Cinco ideas
1. Saltos de luz
2. Órbitas atómicas
3. Enlaces moleculares
4. Fuerzas nucleares
5. Partículas elementales
6. Laberintos electrónicos
7. Resonancias magnéticas
8. Avenidas fotónicas
9. Conductividades sin límite
10. Bases de la vida
Cinco ideas
11. Complementariedad
12. Indeterminismo
13. Superposición
14. Entrelazamiento
15. Computación
16. Historias
17. Vacío
18. Gravitación
19. Universo
20. Conciencia
Conclusión
Glosario
Bibliografía
Prólogo
La física cuántica es una
de las joyas de la corona de la ciencia y uno de los hitos culturales de
nuestra época. Nace como un intento particular por comprender la naturaleza
profunda de la luz y desemboca en una visión nueva y general de nuestra relación
con el mundo físico y en una perplejidad sobre la entidad básica del mundo. A
su vez, un gran número de personas ajenas a la física se sienten atraídas por
el poder, el misterio, la sorpresa, la radicalidad de cuestionamiento de la
física cuántica. El poder de fascinación que la mecánica newtoniana ejerció en
la Europa culta e ilustrada de los siglos XVIII y XIX lo ejerce hoy, a escala
mundial y a nivel relativamente popular, la física cuántica. El número de obras
de divulgación sobre este tema es muy grande, y asimismo el ritmo de
publicación.
Para los que amamos la física como un análisis
de fenómenos muy diversos, como una trama de conexiones, como una síntesis
sutil y esencial de la dinámica del mundo, como un diálogo con la naturaleza,
como una disciplina del pensamiento, como un estímulo artístico y cultural, la
física cuántica tiene un atractivo especialmente poderoso, por su capacidad de
desbordar lo conocido y de sorprendernos con respuestas que son, a su vez,
nuevas preguntas inquietantes.
He intentado que este libro refleje la enorme
eficacia práctica de la física cuántica, su incidencia en muchos de los
dispositivos que rodean nuestras vidas cotidianas, su impacto multimillonario
en las economías avanzadas, su dinamismo avasallador en la apertura de nuevos
horizontes tecnológicos, y también sus sorpresas conceptuales, sus paradojas
sobre la realidad, sus problemas abiertos, e incluso aquello que tiene de
gloria y aventura de la creatividad humana. Por ello, enfoco la presentación en
dos partes: la primera está dedicada a los éxitos conceptuales y prácticos de
la física cuántica, que son los que le otorgan la autoridad y el crédito que
merece, y la segunda a las sorpresas y paradojas de su visión de la realidad,
que son las que le proporcionan su inquietante atractivo intelectual. He
encabezado cada parte con una brevísima sección en que destaco las cinco
principales ideas que subyacen a cada una: creo que ese resumen ayudará a la
lectura de cada parte y, una vez terminada esta, será útil como repaso.
Es necesario reconocer que a menudo se ha
tratado la física cuántica con una notable exageración: se la ha envuelto en
retórica, se han dado por ciertos resultados teóricos sin confirmación
experimental, se le han atribuido resonancias espirituales y psicológicas que
desbordan su ámbito… Procuraré combinar el entusiasmo con la prudencia, sin
rehuir las sugerencias y analogías de todo tipo que pueda suscitar, pero sin
atribuirles carácter absoluto y definitivo.
En la primera parte proporciono, en letras
cursivas, algunos detalles históricos sobre los orígenes de sus ideas
principales, ligándolas con las personas y los lugares donde se manifestaron,
en una exploración sobre la faceta humana de la investigación. También he
procurado que las aplicaciones reflejaran la rápida marcha de la tecnología.
Más del treinta por ciento del producto industrial de Europa y los Estados
Unidos está relacionado con objetos surgidos, más o menos directamente, de la
física cuántica: aparatos electrónicos, ordenadores, láseres, CD, DVD, Blu-ray,
televisores, radios, teléfonos móviles, cámaras digitales, células
fotovoltaicas, diodos emisores de luz…
En la segunda parte exploro las sorpresas
conceptuales, las paradojas a que conduce la visión cuántica del mundo, y que
resultan tan llamativas y profundas que suponen una verdadera revolución
cultural y filosófica. Partículas y ondas no son realidades incompatibles, sino
complementarias. Mientras no se la observa, una partícula está en todas partes
a la vez. Se tiene a la vez A y no A: una afirmación y su opuesta. Los sistemas
que han interaccionado siguen vinculados por mucho que se alejen el uno del
otro. La física clásica partía de un presupuesto realista: las propiedades que
medimos existen anteriormente a la realización de la medida, y existirían
aunque nadie las midiera. En cambio, en la física cuántica, el proceso de
medida altera profundamente el sistema, da realidad concreta a propiedades no
propiamente definidas antes de la medida, e involucra al observador en aspectos
relevantes del mundo, sin permitirle mantenerse al margen.
He organizado el libro en veinte capítulos
breves y directos, de manera que la sola lectura del índice pusiera de
manifiesto la diversidad de facetas de la teoría cuántica, y que en pocas
páginas se tuviera una idea de sus aspectos más relevantes. Lo he titulado
Introducción al mundo cuántico porque la voluntad del libro es introductoria, y
porque la física cuántica, más allá de sus diversas especialidades concretas,
da una visión sorprendente del mundo. Lo he subtitulado De la danza de las
partículas a las semillas de las galaxias para subrayar la estrecha relación
entre microcosmos y macrocosmos, tan ligados entre sí en la cosmología
cuántica, en las etapas iniciales del universo y en la formación de los núcleos
atómicos en las estrellas. Danza y semilla no son palabras escogidas al azar:
en las interpretaciones actuales, las fluctuaciones de densidad que iniciaron
la formación de las galaxias primitivas —y actuaron, pues, como semillas de
agregación— tienen origen cuántico, y el movimiento de las partículas no es
visto como trayectorias nítidas y deterministas, sino como superposición e
interferencia de caminos diversos y de historias simultáneas —y de ahí la
palabra danza—. He procurado actualizar esta segunda edición con algunos
descubrimientos llevados a cabo en el año transcurrido desde la publicación de
la primera.
Además de haber enseñado en muchas ocasiones una
breve introducción a la física cuántica en la Facultad de Ciencias de la
Universitat Autònoma de Barcelona, tuve la interesante experiencia de poder dar
durante varios años un curso introductorio sobre esta materia en la Facultad de
Filosofía y, posteriormente, una asignatura de campus sobre introducción a la
ciencia, donde también la cuántica aparecía en lugar destacado —con la
relatividad, la cosmología, la biología molecular, la evolución y la
neurobiología—.
La diversidad de miradas con que se contemplaban
las mismas cuestiones me sorprendió y enriqueció. Así, por ejemplo, en tanto que
los estudiantes de física preguntaban por las condiciones de integrabilidad de
una ecuación diferencial, o por los resultados concretos de las medidas sobre
efecto túnel cuántico y algunas de sus aplicaciones tecnológicas, los
estudiantes de filosofía preguntaban si el principio de complementariedad de
Bohr era kantiano o positivista. Los diversos tipos de preguntas me ayudaron a
aprender y a pensar.
Agradezco a mis estudiantes y a mis colegas de
la UAB y al público de mis conferencias, que a lo largo de tantos años, con sus
diversas preguntas, inquietudes y paradojas, me hayan estimulado a ir más allá
de lo que creía comprender y a cuestiones que tal vez sin ellos no me habría
planteado. Y agradezco al editor, Gonzalo Pontón, que hace más de veinticinco
años me encargó traducir el primer libro de Stephen Hawking, tan atractivo para
mí, que me haya confiado ahora la tarea de intentar explicar a un público más
amplio qué es la física cuántica.
David Jou
Mayo de 2013
La eficacia de la física cuántica: presencias
cuánticas en la vida cotidiana
Cinco ideas
1. Las ondas tienen asociados aspectos corpusculares:
intercambian su energía en múltiplos de un cuanto de energía, dado por la
constante de Planck multiplicada por la frecuencia de la onda. Las partículas
tienen asociados aspectos ondulatorios, caracterizados por una longitud de onda
dada por la constante de Planck dividida por la cantidad de movimiento (que es
la masa multiplicada por la velocidad). La constante de Planck, pues, juega un
papel central en la física cuántica. Si fuera nula, los aspectos cuánticos
desaparecerían.
2. En los sistemas físicos confinados en un espacio
finito la energía, velocidad lineal, velocidad angular, momento magnético y
otras magnitudes no pueden tener valores arbitrarios, sino cuantizados.
3. Al pasar de un nivel energético a otro, los
sistemas emiten —o absorben— un cuanto de radiación, cuya frecuencia
característica viene dada por la diferencia de energías dividida por la
constante de Planck. Ello ocurre, por ejemplo, con los electrones en los
átomos, con los protones y neutrones en los núcleos atómicos, con los
electrones y agujeros en los semiconductores, con los imanes en un campo
magnético.
4. Las ondas asociadas a las diversas partículas de un
sistema interfieren entre sí y, a bajas temperaturas, pueden dar al sistema un
comportamiento coherente —unísono, organizado, reforzado— de todas sus partes,
que anulan su resistencia a los movimientos internos y le proporcionan una
conductividad eléctrica o térmica extraordinariamente elevada.
5. Los efectos anteriores permiten comprender la
estructura de átomos, núcleos atómicos y moléculas y las relaciones entre
partículas elementales y son la base de una riquísima tecnología con un alto
impacto social: electrónica en general (radios, televisores, ordenadores,
teléfonos móviles), láseres, cámaras digitales, células fotoeléctricas, células
fotovoltaicas, diodos emisores de luz, superconductores, discos compactos CD,
DVD y Blu Ray, fibras ópticas, centrales nucleares, armas nucleares, radioterapia,
resonancia magnética nuclear…
Capítulo 1
Saltos de luz
La primera década: Planck, Einstein, Nernst
Se puede situar el instante inicial de la física
cuántica en el atardecer del domingo siete de octubre de 1900, en Berlín. El
matrimonio Planck ha tenido como invitados al matrimonio Rubens. Heinrich
Rubens es un experto en radiación infrarroja, y durante la comida se ha
hablado, entre otros temas, de algunas medidas recientes de esta radiación.
Ello interesa mucho a Planck, que había deducido una expresión de la
distribución de energía de la radiación en diferentes longitudes de onda.
Durante la comida, se da cuenta de la discrepancia entre los recientes datos de
infrarrojos y su teoría. Al atardecer, cuando la visita ya se ha despedido,
Planck intuye una solución a dicha discrepancia. Tras unos pocos cálculos
obtiene una nueva expresión teórica para la distribución de radiación. Al día
siguiente, la compara con los resultados experimentales. El acuerdo es
plenamente satisfactorio.
Seguirán las trece semanas más intensas de su vida. En la sesión del 19 de
octubre de 1900 de la Sociedad Alemana de Física, Planck presenta su expresión,
pero admite no saberla interpretar. A mitades de noviembre intuye la
explicación, que presenta a la Sociedad Alemana de Física el 14 de diciembre
—fecha oficial del nacimiento de la física cuántica—. Su interpretación, no muy
de su agrado conceptualmente pero matemáticamente satisfactoria, es que la
radiación no puede ser emitida de forma continua, en cantidades arbitrarias,
sino tan solo en múltiplos de una cantidad concreta, dada por el producto de
una constante, h, por la frecuencia de la radiación f . A esta cantidad elemental de energía, Planck la
denominará «cuanto». Nace así la física cuántica, aunque nadie es capaz, en
aquel momento, de intuir su alcance físico ni su impacto intelectual.
La naturaleza física de la luz
Uno de los grandes temas de la física como
ciencia matemática de la naturaleza es la constitución y el comportamiento de
la luz. Muchos científicos, entre los cuales Newton, supusieron que estaba
constituida por partículas diminutas emitidas por los cuerpos luminosos, y que
diferentes colores correspondían a partículas de formas diferentes. Una
alternativa defendida por físicos como Huygens, era que la luz está constituida
por ondas, como el sonido, y que colores diferentes corresponden a longitudes
de onda diferentes.
Las dos posibilidades estuvieron abiertas hasta
que en 1800 los estudios de Thomas Young sobre la interferencia de la luz
concluyeron que la luz está formada por ondas. Pero ¿por qué tipo de ondas?
Hasta 1865 no se supo que la luz es un caso particular de ondas
electromagnéticas. Esto es un resultado de los estudios de James Maxwell sobre
la unificación de las interacciones eléctrica y magnética en una sola
interacción electromagnética, a la cual corresponden unas ondas que se propagan
precisamente con la velocidad de la luz.
Pero la luz es solo un caso particular de onda
electromagnética, que los ojos pueden captar. Nuestros ojos captan radiación
cuyas longitudes de onda están comprendidas entre 450 nm y 700 nm (nm significa
nanómetro, una millonésima de milímetro), gracias a unos pigmentos
fotosensibles que hay en la retina. La radiación de 450 nm corresponde al color
violeta y la de 700 nm al color rojo. Otros animales captan colores ligeramente
diferentes, porque tienen otros pigmentos fotosensibles. La gran mayoría de
ondas electromagnéticas nos resultan invisibles: las de longitud de onda mayor
que la del color rojo —infrarrojas, microondas, radioondas—, y las de longitud
de onda menor que la del color violeta —ultravioleta, rayos X, rayos gamma.
La radiación del cuerpo negro
La emisión de radiación electromagnética por los
cuerpos calientes —estrellas, hornos, metales al rojo o al blanco, o incluso
nuestro cuerpo— en función de la temperatura es un tema de gran importancia en
astrofísica, metalurgia, meteorología, y biofísica. En particular, hacia
finales del siglo XIX el desarrollo de la astrofísica y del incipiente
alumbrado eléctrico incrementó el interés por la relación entre la radiación
electromagnética y la temperatura de los cuerpos que la emiten, en concreto qué
cantidad de radiación se emite por unidad de tiempo y de área en función de la
temperatura y de la longitud de onda.
Este problema tomó cuerpo teórico en 1859,
cuando Gustav Kirchhoff dedujo que la distribución de radiación
electromagnética radiada por cualquier cuerpo negro —que absorbe y reemite
perfectamente radiación— en función de la longitud de onda es una función
universal de la temperatura. Obtener esta función se fue convirtiendo en un
reto a medida que la física de la radiación iba avanzando.
En 1879, Jozef Stefan halló que la potencia
total irradiada por un cuerpo es proporcional a la cuarta potencia de su
temperatura absoluta (es decir, contada desde el cero absoluto, que se halla a
—273,15 grados Celsius). Cinco años después, Ludwig Boltzmann justificó
teóricamente este resultado combinando la termodinámica con la teoría
electromagnética. Ese éxito fue el estímulo para que el joven Planck dirigiera
su atención a la radiación, de modo que en 1900, cuando llega a su gran
resultado, hace ya dieciséis años que trabaja en el tema. El gran problema
teórico consiste en que, según la física clásica, la potencia emitida debería
crecer sin límite a medida que la longitud de onda disminuye, conduciendo a una
potencia total infinita.
En 1893, Wilhelm Wien propone una ley de
distribución que supera este inconveniente. En 1899, Max Planck consigue
deducir la distribución de Wien. Dicha distribución, satisfactoria para la luz
visible, falla en el dominio del infrarrojo lejano. Es este el problema que
Planck resuelve entre octubre y diciembre de 1900. Su resultado es la llamada
función de distribución de Planck para la intensidad de la radiación en función
de la longitud de onda y, lo más importante, su interpretación en términos de
la emisión de radiación en cuantos, es decir, en múltiplos de hf.
Figura 1.1. Distribución de Planck de la energía de la radiación
electromagnética del cuerpo negro en función de la longitud de onda para tres
valores de la temperatura (T1>T2>T3). Obsérvese que para longitudes de
onda pequeñas la distribución tiende a cero; en cambio, según la teoría clásica
debería tender a infinito.
Física cuántica, estrellas y cambio climático
La ley de Wien afirma que la longitud de onda a
la que se emite más radiación es inversamente proporcional a la temperatura
absoluta del emisor. En particular, si la temperatura superficial de una
estrella es de seis mil grados centígrados, como en el Sol, la longitud de onda
en que más energía emite es de unos 500 nm, y si la temperatura fuera dos veces
menor (o mayor), la longitud de onda sería dos veces mayor (o menor,
respectivamente). Así pues, las estrellas azuladas (longitud de onda más
pequeña) tienen temperaturas más elevadas que las estrellas rojizas (longitud
de onda más larga).
Los pigmentos fotosensibles de los ojos, así
como la clorofila y otros pigmentos vegetales, son especialmente sensibles a
radiaciones cuya longitud de onda es vecina a la más emitida por el Sol. Si nos
trasladáramos a las proximidades de una estrella cuya temperatura superficial
fuera de unos cuatro mil grados, la radiación más emitida por ella sería de
unos 750 nm, y nuestros ojos no serían capaces de verla, ni las plantas de la
tierra la absorberían. Algo parecido ocurriría si nos trasladáramos alrededor
de una estrella a ocho mil grados, en cuyo caso, la longitud de onda más
emitida sería de unos 350 nm. En otras palabras, la física cuántica establece
una conexión profunda entre los pigmentos fotosensibles de los seres vivos de
un planeta y la temperatura superficial de la estrella respectiva.
Otra consecuencia se da en la meteorología: el
hecho de que la radiación emitida por el Sol tenga una longitud de onda
predominante de unos 500 nm, que no es absorbida por la atmósfera, permite que
la luz del Sol penetre hasta la superficie de la Tierra, donde es absorbida y
emitida de nuevo en forma de radiación infrarroja, de unos 10 000 nm, hacia la
atmósfera, donde sí es absorbida parcialmente. Ello implica que la parte de la
atmósfera cercana a la Tierra se calienta desde abajo, pese a que la fuente de
calor, el Sol, está arriba. Que la atmósfera se caliente desde abajo supone un
factor de inestabilidad —el aire más caliente es menos denso que el aire frío y
tiende a subir— y hace que el aire tienda a estar en movimiento, dando lugar a
vientos y tempestades.
Otra consecuencia de la ley de Wien es el efecto
invernadero, sea en un invernadero de techo de cristal, sea en la misma
atmósfera. La idea básica es que la luz que llega, de longitud de onda corta,
atraviesa el vidrio o la atmósfera, pero la radiación reemitida por el suelo no
puede hacerlo. En concreto, el efecto invernadero terrestre se refiere al
calentamiento de la atmósfera si aumenta la concentración de algunos gases como
el anhídrido carbónico CO2 o
el metano CH4, que absorben
radiación infrarroja. En ausencia de esos gases, la radiación infrarroja
emitida por la Tierra calentaría ligeramente la atmósfera desde abajo, pero
abandonaría con facilidad la atmósfera y sería reemitida al espacio exterior.
Así, la potencia total recibida por la Tierra desde el Sol sería reemitida al
espacio exterior y la temperatura del planeta se mantendría constante. Ahora
bien, moléculas como CO2 y
CH4 captan buena parte de
la radiación emitida por la Tierra, y la vuelven a enviar hacia abajo, de
manera que incrementan el calentamiento de la atmósfera. Obviamente, si la
concentración de esos gases aumenta, aumentará la temperatura de la atmósfera,
con una multitud de efectos sobre el clima terrestre —más sequía en latitudes
medias, más fluctuaciones y episodios extremos de frío y calor, de lluvias y
vendavales, un descongelamiento de zonas planetarias de latitud elevada, como
el Océano Ártico…— cuyas consecuencias para la humanidad son un gran tema de
debate científico y social.
Berna 1905: Einstein y el efecto fotoeléctrico
El 12 de marzo de 1905, Albert Einstein, un joven físico empleado en la
oficina de patentes de Berna, y que dos días después cumplirá veintiséis años,
envía a la revista Annalen der
Physik un artículo sobre la naturaleza discreta de la radiación
electromagnética. Su trabajo pone de manifiesto que, desde el punto de vista
termodinámico, la radiación electromagnética puede ser interpretada como un gas
de partículas de energía hf .
Como ilustración de las consecuencias de este resultado, lo aplica al efecto
fotoeléctrico y a dos efectos más (fotoionización y fosforescencia).
A primera vista, ese trabajo parece coincidir con el resultado de Planck, pero
en realidad lo amplía considerablemente. Planck solo se refería a los procesos
de emisión. Einstein, en cambio, se refiere a emisión, absorción y transmisión
de la luz. Por ello, Planck cree que la propuesta de Einstein es precipitada y
errónea, y la criticará en varias ocasiones. Sin embargo, será Einstein quien
tendrá razón y, dieciséis años más tarde, recibirá el premio Nobel de Física
por ese trabajo, una vez sus predicciones hayan sido corroboradas
experimentalmente.
Figura 1.2. Max Planck y Albert Einstein, los dos iniciadores de la teoría
cuántica, en una fotografía de 1925.
El efecto fotoeléctrico
El efecto fotoeléctrico —descubierto en 1887—
consiste en que la luz, al incidir sobre un metal, le arranca electrones, si su
frecuencia es suficientemente elevada. Se observa que un aumento de la
intensidad de la radiación incrementa el número de electrones arrancados por
unidad de tiempo, pero no la energía con que abandonan el metal. Se observa,
asimismo, que si la frecuencia es demasiado pequeña, la radiación no consigue
arrancar electrones, por mucho que se aumente su intensidad. Esas observaciones
resultan incomprensibles en la teoría ondulatoria de la luz, según la cual, si
se aumentara suficientemente la intensidad de la radiación, debería ser posible
arrancar electrones aunque la frecuencia fuera pequeña.
Einstein constata que la radiación puede ser
considerada como partículas de energía hf, que llamaremos fotones —en realidad, ese nombre no
será utilizado hasta 1923, cuando Compton estudie las colisiones de los fotones
contra electrones libres y compruebe que, además de energía, también tienen una
cantidad de movimiento bien definida—. Einstein supone que si un electrón del
metal capta un fotón, con una parte de la energía ganada paga un peaje
energético para salir del metal —peaje que depende del metal— y se aleja de él
con la energía restante. Así, Einstein relaciona la energía de los electrones
salientes con la frecuencia de la radiación incidente. Si la frecuencia es tan
pequeña que la energía de los cuantos es menor que el peaje energético
necesario para arrancar el electrón, no será posible arrancar electrones.
Figura 1.3. Efecto fotoeléctrico: luz de longitud de onda suficientemente
corta arranca electrones de los metales; los electrones pueden absorber la
energía de un fotón y, con ella, escaparse del metal.
Aumentar la intensidad de
la luz significa aumentar el número de fotones que llegan al metal por unidad
de tiempo, por lo cual se arrancarán más electrones. Con ello, Einstein da una
explicación muy simple del fenómeno, que tardará todavía diez años en ser
corroborada experimentalmente, ya que en 1905 aún no se conoce ni la masa ni la
carga del electrón. Actualmente se estudian algunas modificaciones de la
relación de Einstein a intensidades luminosas muy elevadas, que permitirían
que, en algunas ocasiones, un electrón absorba dos fotones, cosa que Einstein
supuso muy improbable a las intensidades accesibles en su época.
Aplicaciones del efecto fotoeléctrico: de detectores sencillos a cámaras
digitales
El efecto fotoeléctrico tiene muchas
aplicaciones. Las más conocidas son las células fotoeléctricas, utilizadas en
detectores de luz: un fino haz luminoso incide sobre una lámina metálica y le
arranca electrones, que son captados por una placa positiva. Si el haz luminoso
es interrumpido, se detiene el flujo de corriente eléctrica, lo cual puede
disparar una alarma, abrir una puerta, contar el número de personas que
circulan por un pasillo o efectuar alguna otra acción. O bien, la célula
fotoeléctrica puede estar abierta a la luz del ambiente y, cuando esta se hace
demasiado tenue, en el crepúsculo o en un día nublado, puede encender el
alumbrado.
Otra aplicación del efecto fotoeléctrico son los
fotomultiplicadores, que pueden detectar intensidades muy tenues de luz. Para
ello, se fabrica una célula fotoeléctrica con un material del cual los fotones
que nos interesan puedan arrancar electrones; a continuación, el electrón
arrancado se acelera fuertemente, mediante un campo eléctrico; ese electrón
energético es fácil, entonces, de detectar. Con esas técnicas se pueden
observar fuentes muy tenues, por ejemplo, estrellas lejanas en astronomía, y se
puede conseguir visión en infrarrojo, utilizada por los ejércitos o los
servicios de salvamento en operaciones nocturnas. En efecto, la mayoría de los
objetos que nos rodean emiten radiación infrarroja, incluso durante la noche.
Para captarla, se selecciona un material cuyos electrones puedan ser arrancados
por los fotones de luz infrarroja, y se los acelera, de modo que al incidir
sobre una pantalla puedan producir una imagen visible.
En la fotografía digital se transforma una señal
luminosa en una señal eléctrica, de diferente energía según el diferente
«color» de los fotones. El resultado de esas señales eléctricas puede ser
almacenado en una memoria informática, grabando así una imagen. La fotografía
digital ha desplazado a la fotografía convencional, de base fisicoquímica, por
la comodidad de sus prestaciones: posibilidad de ver inmediatamente el
resultado, de almacenar miles de fotografías en una memoria diminuta, de poder
enviar inmediatamente el resultado a otras personas. Una versión sofisticada de
esos efectos son los dispositivos CCD (coupled charged devices), que pueden lograr una sensibilidad refinadísima a
la luz, que los hace especialmente útiles en astronomía (premio Nobel de Física
de 2009 para sus descubridores: Charles Kuen Kao, Willard S. Boyle y George E.
Smith).
Las colisiones de los fotones contra electrones
libres hacen que los fotones emitidos desde la parte central del Sol tarden más
de mil años en poder salir de este, a causa de sus constantes choques contra
los electrones libres del denso gas hidrógeno ionizado del interior del Sol. Si
bien el fotón siempre se desplaza con la velocidad de la luz, sus numerosos
choques hacen que cambie continuamente de dirección, avanzando y retrocediendo,
y que el tiempo de su trayectoria se alargue muchísimo en comparación con el
que habría empleado en realizar el camino sin obstáculos.
Zurich 1907: Einstein y los calores específicos
En 1907, Albert Einstein, entonces profesor ayudante en la Universidad de
Zurich, realiza otra aportación capital a la naciente física cuántica: la
aplica a la materia, en lugar de a la radiación. Si la energía de una
oscilación electromagnética está cuantizada, tal vez se podría suponer lo mismo
de las oscilaciones de los átomos en los cristales. En efecto, en los cristales
los átomos están situados en posiciones regulares y oscilan alrededor de ellas
tanto más cuanto mayor es la temperatura. En la teoría clásica, esa idea
conduce a un calor específico de los sólidos independiente de la temperatura.
Si bien ello es corroborado experimentalmente a temperatura ambiente para
muchos tipos de cristales, se observa que para temperaturas suficientemente
bajas el calor específico disminuye, y tiende a cero cuando las temperaturas se
acercan al cero absoluto.
Einstein demuestra que si en lugar de la teoría clásica de las vibraciones
atómicas se aplica la teoría cuántica, los resultados de la teoría se aproximan
mucho a los valores observados a cualquier temperatura. Hasta entonces, la
teoría cuántica se limitaba a la radiación electromagnética. Con el nuevo
resultado de Einstein, la teoría también se aplica a la materia, y gana en
generalidad, cosa que atraerá a numerosos investigadores. Más aún, como
Einstein se refiere a las vibraciones de la materia, será lógico aplicar las
ideas cuánticas a las vibraciones de los átomos en las moléculas o, incluso, a
las vibraciones de los electrones en los átomos, ideas que conducirán a la
física atómica y molecular.
La física cuántica y los calores específicos
La física cuántica establece que las
oscilaciones, no tan solo electromagnéticas sino también mecánicas —péndulos,
muelles—, deben estar cuantizadas, cosa que se pone de manifiesto, sobre todo,
a bajas temperaturas, con un descenso del valor de los calores específicos. En
la vida cotidiana, los efectos cuánticos en los calores específicos de los
sólidos son prácticamente irrelevantes, pero son perceptibles en los de los
gases. En concreto, el calor específico del oxígeno y del nitrógeno —cuyas
moléculas están constituidas por dos átomos— es de siete calorías por grado y
por mol, a presión constante, en lugar de las ocho calorías por grado y por mol
predichas por la física clásica. Así, calentar el aire de una habitación es un
trece por ciento más barato en la física cuántica que en la física clásica.
Figura 1.4. Dependencia del calor específico de los sólidos (eje vertical)
en función de la temperatura absoluta (eje horizontal), según la teoría de
Einstein. A diferencia de la teoría clásica, la teoría cuántica predice que el
calor específico tiende a cero cuando la temperatura absoluta tiende a cero.
Bruselas 1911: la Conferencia Solvay, la puesta de
largo de la física cuántica
El artículo de Einstein de 1907 es descubierto en 1909 por Walther Nernst,
profesor en la Universidad de Berlín, uno de los químicos más influyentes de
Alemania. En 1906, Nernst había propuesto el tercer principio de la
termodinámica, del cual se deduce que el calor específico de cualquier
sustancia debe tender a cero cuando la temperatura absoluta tiende a cero. Sin
embargo, la teoría clásica predice que el calor específico no depende de la
temperatura.
Al encontrar el artículo de Einstein, la excitación de Nernst es tan grande que
va a Zurich para visitarle. Los colegas de Einstein no salen de su asombro:
¿por qué una de las máximas personalidades científicas se toma la molestia de
ir a visitar a un profesor joven y casi desconocido —pese a sus decisivos pero
todavía poco conocidos trabajos sobre la relatividad especial, el efecto
fotoeléctrico y el movimiento browniano, de 1905?—. Nernst conversa con
Einstein sobre la teoría cuántica. En pocas horas queda convencido de hallarse
ante una auténtica revolución científica, cosa que ni Einstein, ni mucho menos
Planck, habían considerado. Es más: el propio Nernst generaliza la idea de
Einstein a las vibraciones y rotaciones moleculares.
Figura 1.5. Asistentes a la Conferencia Solvay de 1911 en Bruselas,
presentación pública de la física cuántica. Sentado, a la izquierda, está
Nernst, al lado de Lorentz y de Solvay; de pie, a la derecha, Langevin y
Einstein; sentados, a la derecha, Poincaré y Madame Curie.
Como consecuencia de ese encuentro, Nernst propone
al multimillonario belga Ernest Solvay la realización de una conferencia en
Bruselas que reúna a una veintena de los físicos y químicos de mayor prestigio
de Europa para hablar de la física cuántica, pese a las reticencias de Planck,
que creía que la teoría apenas interesaba a media docena de científicos. La
veintena de eminencias invitadas al coloquio es impresionante: Einstein,
Planck, Mme. Curie, Poincaré, Wien, Lorentz, Langevin, Rutherford… La reunión tuvo
lugar en el Hotel Metropol de Bruselas la última semana de octubre de 1911. La
física cuántica no podía hallar mejor presentación en sociedad. Además, algo
grande estaba a punto de llegar con la aplicación de la física cuántica a la
descripción de los átomos.
Capítulo 2
Órbitas atómicas
Los inicios de la física atómica: Bohr, Sommerfeld, Schrödinger
Desde hace más de dos mil
quinientos años, la estructura fundamental de la materia ha intrigado y
fascinado. Detrás de la diversidad de la materia perceptible, ¿hay algunos
pocos principios simples, inmutables y universales? Tras la diversidad de
materiales, ¿hay una combinación de unos pocos elementos básicos? Algunos
ejemplos de este interés son la teoría griega de los cuatro elementos —fuego,
aire, tierra, agua— como principios constitutivos de toda la realidad material,
los intentos de reducir la diversidad de la materia a un solo principio
material —el agua en Tales, el aire en Anaxímenes, el ápeiron o indeterminado
en Anaximandro—, las propuestas atomistas de Demócrito, Epicuro o Lucrecio, la
matematización de los átomos de los cuatro elementos en poliedros regulares por
parte de Platón, y la convicción de los alquimistas de que todos los metales
eran mezcla de unas pocas materias, de modo que era posible conseguir oro
combinando adecuadamente los principios materiales básicos.
El concepto de átomo surgió del pensamiento
filosófico griego, como manera ingeniosa de combinar el ser y el devenir, lo
inmutable y lo mutable: los átomos —«sin partes»: partículas diminutas e
indivisibles— constituirían lo inmutable, lo eterno; sus combinaciones
diversas, cambiantes, más o menos efímeras, darían razón de la multiplicidad y
variabilidad de la materia. La hipótesis atómica tiene altibajos a lo largo de
la historia, que no examinaremos aquí. Nos situaremos directamente en la
aportación de la física cuántica.
Átomos y radiaciones
En 1897, J. J. Thomson descubre, en Cambridge,
la existencia de los electrones y su presencia en los átomos. A partir de
entonces el átomo ya no es considerado indivisible. Los átomos pueden emitir o
absorber radiaciones electromagnéticas de frecuencias características, cuyo
conjunto se denomina «espectro de emisión» —o «espectro de absorción» en el
caso de las radiaciones absorbidas—. Las frecuencias del espectro de absorción
son las mismas que las del de emisión: en otras palabras, si un átomo es capaz
de emitir radiación de una frecuencia dada, es capaz de absorber radiación de
la misma frecuencia.
Al pasar por un prisma la luz emitida, cada
frecuencia de radiación se visualiza como una «línea espectral». En el caso de
la emisión, se calienta un gas hasta que emite luz, se hace pasar la luz por un
prisma —o una red de difracción— que separa los colores. En lugar de ver todos
los colores del arco iris, se ven tan solo unas pocas líneas de colores
característicos. En el caso de la absorción, el gas se mantiene frío y se hace
pasar a través de él luz blanca: al descomponer en un prisma la luz que ha
atravesado el gas, se observan los colores del arco iris, salvo unas líneas
oscuras, que corresponden a las radiaciones absorbidas.
Figura 2.1. De arriba abajo, espectro continuo, líneas brillantes del
espectro de emisión, y líneas oscuras del espectro de absorción.
Esas líneas oscuras habían
sido descubiertas por Josef von Fraunhofer en 1814 al observar con detalle la
luz del Sol descompuesta por un prisma. Hacia 1860, Robert Bunsen y Gustav
Kirchhoff, en la Universidad de Heidelberg, observaron que calentando materiales
se obtenían líneas brillantes que dependían del material y que se correspondían
con las líneas oscuras de su espectro de absorción. Como cada átomo está
caracterizado por un conjunto de líneas —en eso se inspira el código de barras
que caracteriza los objetos de los comercios— observar las líneas oscuras en la
luz emitida por una estrella permite conocer qué gases hay en ella.
Uno de los problemas planteados desde el
descubrimiento de que los átomos contienen electrones es averiguar qué relación
tienen estos con las radiaciones emitidas o absorbidas. La pregunta resulta
natural, ya que según la teoría electromagnética, las vibraciones de las cargas
eléctricas emiten radiaciones. Los electrones que oscilen dentro de un átomo
deberían pues emitir radiaciones. ¿Habría alguna manera de deducir qué
frecuencias emite cada tipo de átomo, a partir de las vibraciones de sus
electrones?
Dos modelos para la estructura atómica
Esta pregunta estimuló el interés por la
estructura atómica. Thomson propuso un modelo —llamado modelo del pastel de
pasas o de ciruelas— en que los electrones serían partículas en una atmósfera
esférica de carga eléctrica positiva, en cuyo interior podrían moverse y
oscilar. Los intentos de relacionar las vibraciones de los electrones con las
frecuencias espectrales fueron, sin embargo, infructuosos.
Una pregunta natural sobre la estructura atómica
era cómo están distribuidas las cargas negativas dentro del átomo. ¿Están
repartidas uniformemente? ¿Se acumulan en la zona central? Para ello, Ernest
Rutherford —premio Nobel de Química de 1908 por su identificación como núcleos
de helio de las partículas alfa emitidas por núcleos radiactivos— llevó a cabo
en Manchester, junto con Geiger y Marsden, experimentos consistentes en lanzar
partículas alfa contra una lámina muy fina de oro. A partir de las desviaciones
de dichas partículas esperaba hallar la distribución de cargas eléctricas en el
átomo.
Y así fue, efectivamente, pero con un resultado
inesperado: la carga positiva debía de estar acumulada en un volumen muy
pequeño en el centro del átomo, y los electrones debían girar a su alrededor.
Rutherford propuso, pues, un modelo planetario para el átomo: en su centro, un
núcleo pesado y eléctricamente positivo; a su alrededor, girando en órbitas,
los diversos electrones. Lo más sorprendente del modelo era que el átomo
¡estaba prácticamente vacío! En efecto, el núcleo atómico viene a ser, con
respecto al átomo, como una cabeza de aguja en el centro de un estadio, por
cuyas gradas girarían los electrones. La materia sólida, rígida, contundente,
era una ilusión de los sentidos, y lo que dominaba la realidad era el vacío.
Pero Rutherford sabía que, según las leyes del
electromagnetismo, su modelo de átomo era imposible, ya que los electrones, en
su rotación, deberían emitir radiación electromagnética, lo cual les haría
perder energía y caer hacia el núcleo en milésimas de segundo. Él mismo confesó
su perplejidad al presentar su propuesta a la Royal Society. La cuestión de la
estructura atómica se había convertido en un problema candente para la física.
Figura 2.2. El modelo atómico de Thomson y el de Rutherford y sus
consecuencias en las desviaciones de las partículas alfa lanzadas contra ellos.
De hecho, una imagen
planetaria de los átomos ya había sido propuesta hacia 1830; en las primeras
ideas, el átomo mantenía su coherencia gracias a la atracción gravitatoria.
Aunque no se sabía que el átomo tuviera partes, la idea resultaba sugerente
como resonancia entre el microcosmos y el macrocosmos. Hacia 1871, Weber
sugirió un átomo planetario formado por partes positivas y negativas y
mantenido por fuerzas electrostáticas. En 1904, Nagaoka imaginó un átomo
parecido a Neptuno, con los electrones girando a su alrededor como un disco
plano, y dedujo a partir de él un conjunto discreto de líneas espectrales.
Manchester, junio de 1912: Niels Bohr y la estructura atómica
En 1910, Niels Bohr, un joven danés recientemente doctorado en la
Universidad de Copenhague, llega a Cambridge para ampliar sus estudios en
física. Thomson le sugiere algunos trabajos experimentales, que no le
satisfacen. En una visita a unos amigos de sus padres, en Manchester, conoce a
Rutherford, que acaba de llegar de la Conferencia Solvay de Bruselas, muy
excitado por la física cuántica. Bohr llega en buen momento, justo cuando acaba
de surgir el modelo planetario del átomo, insostenible en la física clásica.
Bohr se pregunta si la física cuántica podría suministrar alguna explicación
para la estructura atómica. Desde el trabajo de Einstein sobre las vibraciones
de los átomos en los cristales, algunos investigadores habían aplicado la
física cuántica a las oscilaciones de la materia. Ahora, él la aplica a la
rotación de los electrones alrededor del núcleo. Si el electrón emitiera luz
continuamente, como lo supone la física clásica, debería caer inmediatamente
hacia el núcleo. Bohr supone, en cambio, que hay unas órbitas privilegiadas en
las que el electrón no emite radiación, y supone que solo la emite —o absorbe—
al saltar entre dichas órbitas.
Figura 2.3. Modelo atómico de Bohr: los electrones giran alrededor del
núcleo en órbitas de radios definidos por una condición cuántica; los
electrones emiten o absorben luz, de frecuencia bien definida, cuando saltan de
una órbita de más energía a una de menos energía, o viceversa.
Esto se concreta en dos ideas muy simples. La primera establece que las
órbitas privilegiadas son aquellas en que el producto de la masa por la
velocidad por la longitud de la órbita es un múltiplo entero de la constante de
Planck. A partir de ello se obtienen los radios y las energías de las órbitas
permitidas. La segunda supone que cuando un electrón cae desde una órbita con
mayor energía a una con menor energía, emite la diferencia de energías en un
fotón cuya frecuencia f está
dada por la relación de Einstein y Planck, es decir, hf . A partir de ello, se obtienen las
líneas espectrales del átomo de hidrógeno, el más sencillo —un protón en el
centro y un electrón orbitando a su alrededor—. El resultado teórico concuerda
excelentemente con los datos observados.
El modelo de Bohr, publicado en junio de 1913 en la revista Philosophical Magazine , pone la física
cuántica en el centro de la investigación de frontera: la relaciona
simultáneamente con la estructura de la materia y con la luz, no por separado,
como habían hecho hasta entonces Planck y Einstein.
La primera etapa de la física atómica: 1912-1926
Sin las restricciones de la física cuántica, la
materia que conocemos no existiría: los electrones caerían a los núcleos
atómicos en un tiempo brevísimo. Por ello, la física cuántica no es un
embellecimiento accesorio de la física clásica, o una corrección que le permita
mayor precisión, sino que forma parte de las condiciones mismas de la
existencia de los átomos.
De hecho, el modelo de Bohr no es la primera
aplicación de ideas cuánticas a la física del átomo. En 1910, en Viena, Arthur
Haas ya había combinado ideas clásicas con ideas cuánticas para estimar el
radio del átomo de Thomson. Su valor para dicho radio es prácticamente el
obtenido por Bohr para el átomo de hidrógeno. En 1911, John Nicholson, en
Cambridge, utiliza ideas cuánticas para obtener algunas líneas espectrales de
color verde emitidas por las nebulosas, no conocidas en la Tierra. Para ello,
había sido propuesto un nuevo elemento, el nebulio —en analogía con el helio,
observado por primera vez a través de sus líneas espectrales en la luz del Sol,
y descubierto en 1895 en la Tierra—. Nicholson suponía que el nebulio consistía
en cuatro electrones en los vértices de un cuadrado que giraba alrededor de una
diminuta esfera positiva. Combinando la electrostática clásica con algunas
ideas cuánticas, Nicholson logró los valores de las frecuencias de las rayas
emitidas. Aunque su teoría resultó incorrecta, se tardó aún veinte años en
comprender que dichas líneas eran emitidas por átomos de oxígeno doblemente
ionizados —es decir, átomos a los que han sido arrancados dos electrones—. A
diferencia del helio, el nebulio resultó una ficción, pero contribuyó a la
física cuántica, ya que Bohr fue estimulado por ese trabajo para aplicar hipótesis
cuánticas al átomo de hidrógeno.
El éxito del modelo de Bohr en relacionar física
cuántica, estructura atómica y espectro de emisión fue arrastrando a otros
investigadores hacia ese campo naciente, donde abundaban los datos
experimentales pero faltaban modelos teóricos. El modelo de Bohr también
proporcionaba predicciones sobre la energía de ionización, es decir, la energía
que se debe suministrar al átomo para arrancarle un electrón, y sobre el calor
desprendido al combinarse electrones y protones para formar hidrógeno, datos
bien conocidos experimentalmente y de gran interés en química.
El modelo de Bohr es bastante limitado, ya que
estrictamente solo vale para átomos con un solo electrón —el hidrógeno, el
helio ionizado una vez, el litio ionizado dos veces…— y en ausencia de campo
magnético. En átomos con más de un electrón hay repulsiones entre los
electrones, además de la atracción entre el núcleo y el electrón. Pese a esas
dificultades, el modelo de Bohr abrió un camino prometedor sobre la materia, al
que se lanzaron numerosos investigadores.
El grupo que más contribuyó al desarrollo de la
nueva física atómica en esa etapa temprana fue el de Arnold Sommerfeld en
Munich. Uno de sus progresos más relevantes fue el estudio de los efectos de un
campo magnético sobre las líneas espectrales. En efecto, se había observado que
en presencia de un campo magnético, algunas líneas se desdoblan en varias, la
separación entre las cuales crece con el campo magnético. Ese efecto se conoce
como efecto Zeemann, ya que fue descubierto en 1896 por el físico holandés
Pieter Zeeman (premio Nobel de Física de 1902 junto con Hendrik Lorentz) y
permite, por ejemplo, medir el campo magnético en las estrellas.
Figura 2.4. Ernest Rutherford, Niels Bohr, Arnold Sommerfeld, los
iniciadores de la teoría atómica cuántica.
La descripción de ese
efecto requirió introducir dos nuevos números cuánticos, además del número
cuántico principal n, introducido por Bohr: el
número cuántico orbital l, y el número cuántico
magnético mz. Los números n, l y mz están relacionados con la energía, el momento angular —el producto
de la masa por la velocidad de la partícula y por el radio de la órbita— y la
proyección del momento angular sobre un eje, respectivamente. Intuitivamente,
el número orbital l podría asimilarse a
la elipticidad de las órbitas. En los sistemas planetarios, los planetas
acostumbran a girar en órbitas elípticas. En los átomos, no tan solo están
cuantizadas las órbitas, sino también los valores posibles de su excentricidad.
Para un número cuántico n dado, l puede variar de 0 a n – 1,
tomando siempre valores enteros. El número mzdescribe los valores
posibles del ángulo entre el eje de rotación de la órbita y el campo magnético
aplicado. Para un l dado, sus valores
pueden variar entre –l y +l, pasando solo por números enteros. Esas restricciones de los valores
resultarán muy relevantes para comprender la estructura de la tabla periódica
de los elementos.
Al aplicar un campo magnético, los electrones
con diferente valor de mz contribuyen de manera diferente a la energía. Por ello, como para
un l dado (1 o 2, por
ejemplo) puede haber tres o cinco valores de mz (–1, 0, 1) o (–2, –1, 0, 1, 2) respectivamente,
algunas líneas espectrales se desdoblan en presencia de un campo magnético. Los
números cuánticos n, l y mz describen muy bien casi todos los detalles de
las frecuencias emitidas por el átomo. En 1924 se descubre todavía un número
cuántico más, el de espín, o número s, que solo puede tomar, en el caso de los electrones —y de los protones
y neutrones— dos valores, +1/2 y –1/2. Ese número cuántico se puede vincular,
intuitivamente, a la rotación del electrón sobre sí mismo, más o menos como los
planetas, que también giran sobre sí mismos, aunque la relación es más
sorprendente, ya que hace falta que un electrón dé dos vueltas sobre sí mismo
para volver a tener el aspecto que tenía antes de empezar la vuelta.
Pese a los grandes éxitos en la comprensión de
la estructura atómica entre 1912 y 1924, cada vez resultaba más imperiosa la
necesidad de una descripción más general para comprender la procedencia
profunda y sistemática de esos números cuánticos, y poder tratar con bases más
firmes que aquella laboriosa artesanía intelectual los átomos de varios
electrones, la tabla periódica y las moléculas.
París 1923: De Broglie y los aspectos ondulatorios de las partículas
La historia nos conduce ahora a París: en diciembre de 1923, Louis de
Broglie presenta en la Sorbona una tesis doctoral en que postula que así como
la luz, una onda, tiene aspectos corpusculares, los corpúsculos, como por
ejemplo el electrón, podrían tener aspectos ondulatorios. En particular, deduce
que la longitud de onda de la onda correspondiente a una partícula de
masa m y con
velocidad v es h/mv . Para los objetos de la vida
cotidiana, esa longitud de onda es ínfima, y no tiene efectos observables. Sin
embargo, si la masa es pequeña, como la del electrón, la longitud de onda
debería ser observable.
En concreto, se debería esperar que al lanzar electrones a través de dos o
varias rendijas se observaran efectos de interferencia —los trataremos con
detalle en el capítulo 11—. Poco después, Davisson y Germer, en Estados Unidos,
realizaron dicho experimento y observaron las figuras de interferencia
predichas por De Broglie.
En el capítulo 13 trataremos el significado conceptual de esa onda. Para la
física atómica, la hipótesis de De Broglie tenía el atractivo de dar una
interpretación simple a la condición de cuantización de las órbitas
electrónicas propuesta once años antes por Bohr. Tales órbitas deberían
corresponder, en la imagen ondulatoria, a circunferencias cuya longitud fuera
un número entero de longitudes de onda. Esa idea conduce directamente a la
condición de Bohr, desde una perspectiva nueva y más general. Sin embargo, no
queda claro qué relación tiene con los otros números cuánticos. A finales de 1925,
Schrödinger encuentra la manera de aplicar la idea de De Broglie con toda
generalidad.
Figura 2.5. Louis de Broglie y Edwin Schrödinger fueron los primeros en
aplicar una teoría ondulatoria a la materia.
El microscopio electrónico
Una aplicación de la idea de De Broglie es el
microscopio electrónico, desarrollado en Berlín por Ernst Ruska en 1931. Los
microscopios solo pueden distinguir detalles mayores que la longitud de onda de
la radiación que utilizan. La longitud de onda de la luz visible está
comprendida entre 700 nm y 450 nm, por lo cual el microscopio solo puede
detectar detalles de hasta ese orden de magnitud. Los objetos menores se ven
como puntos borrosos, o no se ven. Pero si utilizamos electrones rápidos en
lugar de luz, disponemos de una onda cuya longitud de onda puede ser unas
quinientas veces menor que la de la luz, y observar detalles mucho menores.
Así, Ruska tuvo la idea de utilizar electrones en lugar de luz y lentes
magnéticas en lugar de lentes ópticas para observar detalles microscópicos de
la materia. El microscopio electrónico supuso un salto enorme en la biología
celular y en medicina.
Un microscopio cuántico más reciente y poderoso
es el microscopio de efecto túnel, desarrollado por Gerd Binnig y Einrich
Röhrer en Zurich en 1981 (premio Nobel de Física en 1986, junto con Ernst
Ruska). Ese microscopio permite observar una superficie átomo a átomo, a partir
de la corriente eléctrica intercambiada entre la superficie y una punta muy fina
que la va recorriendo a muy poca distancia, y ha jugado, junto con el posterior
microscopio de fuerza atómica, un papel relevante en el desarrollo de la
nanotecnología.
Figura 2.6. El hecho de que un electrón en movimiento tenga asociada una
onda implica una cuantización de sus órbitas alrededor del núcleo atómico, de
forma que solo son posibles las órbitas cuya longitud contenga un número entero
de longitudes de onda (figura de la izquierda). Análogamente, una partícula
confinada en una caja de arista L solo podrá tener un cierto número de ondas
discretas, relacionadas con valores cuantizados de su energía (figura de la
derecha).
Consecuencias de los aspectos ondulatorios de la
materia
Una de las principales consecuencias del aspecto
ondulatorio asociado al movimiento es que las partículas confinadas a un
espacio limitado solo pueden tener un conjunto discreto de velocidades y de
energías. Las energías, pues, se hallan cuantizadas.
Para comprenderlo, consideremos una cuerda
vibrante de longitud L,
fijada por sus extremos. Las únicas ondas regulares que caben en la cuerda son
las que corresponden a un número entero de semilongitudes de onda. Ello es bien
sabido en la teoría ondulatoria clásica, y tiene consecuencias acústicas,
sísmicas, hidrodinámicas y ópticas. Ahora bien, según la relación de De
Broglie, una cuantización de las longitudes de onda implica una cuantización de
las velocidades. A su vez, como la energía cinética es proporcional al cuadrado
de la velocidad, ello implica que las energías están cuantizadas. Cuanto menor
sea el espacio L en que
está confinada la partícula, mayor será la diferencia entre niveles
energéticos.
Así pues, la cuantización de las órbitas no es
una característica particular de la física atómica, sino algo general de
cualquier sistema de partículas confinadas. Por ejemplo, los protones y
neutrones en un núcleo atómico tendrán energías cuantizadas, pero como el radio
del núcleo es unas diez mil veces inferior al del átomo, las diferencias entre
los valores de sus niveles energéticos serán millones de veces mayores que las
de los electrones en los niveles atómicos.
Otra manera de confinar electrones consiste en
rodear una pequeña muestra metálica, que contiene electrones libres, con unas
paredes aislantes que no dejen salir los electrones, y si esas muestras son muy
pequeñas, del orden de las décimas de micras, tendremos lo que se llama un
punto cuántico. Si el punto cuántico contiene un solo electrón libre, se
comportará como una especie de átomo de hidrógeno, en que la geometría no es
esférica sino cúbica, y el electrón se halla retenido no por la atracción de un
núcleo positivo, sino por unas paredes que no le dejan salir. Regulando el
tamaño de la muestra podemos regular los niveles energéticos del electrón.
También podríamos construir el análogo de un átomo de helio, o de litio, o de
berilio, que tienen dos, tres o cuatro electrones, respectivamente. Incluso
podemos enlazar los puntos cuánticos si la pared aislante que los separa es
suficientemente fina y permite que los electrones se compartan entre ambos
puntos. Los puntos cuánticos, logrados hacia 1990, son útiles en dispositivos
electrónicos extremadamente miniaturizados.
Zurich, noviembre de 1925: la ecuación de Schrödinger
En noviembre de 1925, el jefe del Departamento de Física de la Escuela
Politécnica Superior de Zurich, Peter Debye, encarga a Erwin Schrödinger que dé
un seminario explicando las ideas de De Broglie. Tras el seminario, Debye le
pregunta a qué ecuación debería obedecer un electrón si estuviera sometido a
una fuerza, en lugar de moverse por el espacio en línea recta y con velocidad
constante, como en el caso estudiado por De Broglie. A los pocos días,
Schrödinger, con unas pocas líneas de cálculos elementales obtiene la ecuación,
que se convertirá en una de las ecuaciones esenciales de la historia de la
física.
En las vacaciones de Navidad de 1925, Schrödinger aplica su recién hallada
ecuación al átomo de hidrógeno. El resultado es hermosísimo: de la estructura
matemática de la ecuación emergen de forma natural los tres números
cuánticos n, l y mz , las restricciones de
sus valores posibles, y los valores correspondientes de la energía de las
órbitas, que tan ingeniosamente, pero tan artificiosamente, habían deducido los
investigadores anteriores. Sus resultados son publicados en la revista Annalen der Physik de 1926. Al año
siguiente, se convertirá en el sucesor de Max Planck en la Universidad de
Berlín.
Como su ecuación utiliza técnicas de ecuaciones diferenciales con las que
muchos físicos están familiarizados, la teoría cuántica aumenta su atractivo
para muchos físicos que la veían antes con recelo. Pero su ecuación no es
privativa del átomo, sino que puede aplicarse a una gran variedad de sistemas
físicos, lo cual abre ante la física cuántica una amplitud vertiginosa de
posibilidades. Sin embargo, subsiste el problema conceptual de cuál es el
significado de la «onda electrónica» regida por la ecuación de Schrödinger, que
trataremos en el capítulo 13, y que está relacionada con la probabilidad de encontrar
el electrón en una cierta posición o con una cierta velocidad.
Expansión de la física cuántica
Gracias a la posibilidad de incorporar
potenciales de interacción de todo tipo, la ecuación de Schrödinger da un
potente impulso a la física cuántica, abriéndola a nuevos campos de aplicación:
átomos de varios electrones, enlaces entre átomos para formar moléculas o
cristales, movimiento de electrones en metales y semiconductores, interacción
entre imanes microscópicos en materiales magnéticos, colisiones entre
partículas elementales, átomos o moléculas… Un auténtico festín de nuevas
posibilidades.
Uno de los resultados novedosos más simples y
sorprendentes de la ecuación de Schrödinger es el efecto túnel, que es la
capacidad de las partículas de atravesar barreras de potencial que no podrían
ser atravesadas según la física clásica. Hallado en 1927, ese efecto fue
inmediatamente utilizado para explicar la desintegración alfa de algunos
núcleos atómicos, y posteriormente la velocidad de algunas reacciones químicas,
fenómenos de transporte de cargas eléctricas en semiconductores, mutaciones
espontáneas del DNA, y desde 1980 es el fundamento del microscopio de efecto
túnel, que puede dar información átomo a átomo de superficies y moléculas.
Capítulo 3
Enlaces moleculares
Arquitecturas cuánticas
En el capítulo anterior
hemos hablado de algunas propiedades físicas de los átomos, como los espectros
de emisión, pero no de diversas características químicas que deben ser
explicadas a partir de la estructura atómica: la tabla periódica, el enlace
químico, las estructuras de las moléculas, sus espectros de emisión y
absorción, sus energías de enlace y velocidades de reacción… En 1911, Nernst ya
había traducido las ideas de Einstein sobre cuantización de las oscilaciones de
los átomos en los cristales a las vibraciones de las moléculas. Poco después,
imaginó que las rotaciones de las moléculas también estarían cuantizadas. En
1912, Niels Bjerrum, uno de sus colaboradores, midiendo los espectros de
absorción de moléculas sencillas comprobó el acierto de las suposiciones de
Nernst, e introdujo las ideas cuánticas en el mundo molecular, antes incluso
que en el mundo atómico.
En su trilogía de artículos de 1913, Bohr ya se
preguntó por la tabla periódica y el enlace químico: su segundo artículo
intentó descubrir cómo se distribuían los electrones en las diversas órbitas de
los átomos para poder explicar algunas características de la tabla periódica, y
su tercer artículo abordó el tema del enlace químico en algunas moléculas
sencillas. Aunque el modelo de Bohr era insuficiente para responder a esas
preguntas, su intento —rápidamente caído en el olvido— pone de manifiesto su
lucidez respecto de los problemas que debían ser abordados.
La tabla periódica de los elementos
En 1862, el químico ruso Dimitri Mendeleiev propuso
la tabla periódica de los elementos, es decir, una ordenación de los elementos
químicos según su masa —posteriormente según su número atómico, concepto
propuesto por el abogado holandés Antonius van den Broeck en 1912, según el
cual el número de posición de cada átomo en la tabla periódica corresponde a su
número de electrones—. Esa ordenación revela unas curiosas regularidades
periódicas en sus propiedades químicas y físicas. Por ejemplo, los elementos
situados en una misma columna tienen las mismas valencias —capacidades de
enlazarse con otros elementos—; dentro de una misma columna, la energía
necesaria para arrancar un electrón disminuye al bajar en la columna, y el
volumen atómico aumenta… ¿Por qué se dan esas regularidades? ¿Cómo reaccionan y
se enlazan los átomos y cuál es el origen de las regularidades químicas a
partir de los conocimientos adquiridos sobre la estructura atómica?
Hemos visto que los electrones se distribuyen en
los átomos en órbitas caracterizadas por los números cuánticos n, l y mz. Sus energías no eran bien conocidas en los átomos
con más de un electrón, ya que en ellos no hay tan solo la atracción
electrostática entre el núcleo y los electrones, sino también la repulsión
electrostática entre los electrones. Otra pregunta es cómo se distribuyen los
electrones en los diferentes niveles.
Figura 3.1. Tabla periódica de los elementos químicos; los elementos que
aparecen en una misma columna tienen propiedades químicas semejantes.
Si no hubiera repulsión
electrostática, se habría podido esperar que todos cayeran a la órbita
permitida de menor energía, la más cercana al núcleo.
Pero si fuera así, ¿de dónde surgirían las
diferencias en el comportamiento químico? Si hay repulsión, es lógico que no
quepan todos los electrones en la órbita más baja, sino que se deban
distribuir. Pero aun así, tampoco se entienden las regularidades en las
propiedades químicas.
En 1916, el químico estadounidense Gilbert Lewis
propone que el enlace químico entre dos átomos consiste en compartir
electrones. Ello había sido ya propuesto por Bohr, tres años antes, pero con
predicciones no suficientemente buenas. Parece lógico que los electrones a
compartir sean los más externos, de modo que ellos serían los que participarían
en los enlaces, y las propiedades químicas dependerían de ellos. Pero para
entender cuántos electrones hay en la capa exterior de cada átomo, es necesario
entender cómo se disponen en su interior. De hecho, Lewis propuso un modelo
rudimentario pero eficaz: que los átomos son cúbicos y sus electrones externos
se colocan en sus vértices. Con ese modelo puramente estático prescindía de las
complejidades dinámicas, pero acertaba en unas características que serían
justificadas posteriormente por la física cuántica.
Hamburgo, 1925: Pauli y el principio de exclusión
En 1925 Wolfgang Pauli propone que en un átomo no puede haber dos electrones
que tengan el mismo conjunto de números cuánticos n, l, mz y s ; o, en otros términos, que en un
subnivel caracterizado por los números n,
l y mz ,
solo puede haber, como máximo, dos electrones, uno con espín ½ y otro con espín
–½. A eso se denomina principio de exclusión, y prohíbe que los electrones se
acumulen en algún nivel. La ordenación de electrones en el átomo desde los
niveles de menor a mayor energía y siguiendo el principio de exclusión permite
comprender varias características esenciales de la tabla periódica.
Pero el principio de exclusión no es privativo de los electrones en los átomos.
También rige para los electrones en los cristales o en los gases, por lo cual
el trabajo de Pauli no solo contribuye a la comprensión de la tabla periódica,
sino también a la de las propiedades térmicas y magnéticas de los materiales.
El principio de exclusión se aplica a cualquier tipo de partículas de espín
semientero, como los protones y neutrones —que también tienen espín ½— por lo
cual también juega un papel en física nuclear y en otras muchas situaciones
físicas.
El principio de exclusión y la tabla periódica
Hemos comentado que los valores posibles de los
números cuánticos n, l y mz están restringidos por ciertas condiciones. Al
escribir detalladamente todas las posibilidades, se sigue que en la capa n se pueden alojar como máximo 2n2 electrones; es decir, para n = 1, 2, 3 y 4, el número máximo de electrones
será, respectivamente, 2, 8, 18 y 32. Ello constituye un resultado muy valioso
para la comprensión de la tabla periódica. En efecto, la primera fila de la
tabla periódica tiene solo dos elementos (H y He), que corresponden a llenar la
capa n = 1; la segunda
fila tiene 8 elementos (Li, Be, B, C, N, O, F y Ne), que corresponden a llenar
la capa n = 2.
Comprendemos, pues, el número de elementos de las dos primeras filas.
Pero esperaríamos que la fila siguiente tuviera
dieciocho elementos, los correspondientes a llenar la capa n = 3, pero solo tiene ocho. ¿Qué ocurre? Debemos
tener en cuenta que las repulsiones electrostáticas entre los electrones hacen
que su energía en el subnivel más alto de n = 3 sea mayor que la de los electrones en el
subnivel más bajo de n =
4. Por ello, en lugar de llenar la capa n = 3, los electrones pasan a la capa n = 4 antes de completar la capa n = 3. Por eso, la tercera fila tiene ocho
elementos, como la segunda. La fila siguiente, la cuarta, tiene dieciocho
elementos, y también la quinta. La sexta fila tiene treinta y dos elementos. La
séptima no está completa, porque se acaban los elementos estables. Para
comprender por qué hay un número limitado de elementos químicos estables,
debemos acudir a la física nuclear.
El principio de exclusión y los metales
El principio de exclusión juega los efectos de
una fuerza repulsiva, ya que impide que los electrones se aproximen demasiado,
pero es muy diferente de una repulsión electrostática —también actúa si las
partículas son neutras, como los neutrones—. De hecho, aunque el principio de
exclusión actúe como una fuerza repulsiva, es un efecto puramente cuántico,
relacionado con simetrías sutiles. Para las partículas de espín semientero, la
función de onda total debe ser antisimétrica respecto a cambios de las
partículas, y hay principio de exclusión; para las partículas de espín entero,
la función de onda total debe ser simétrica y no se cumple el principio de
exclusión.
A principios de 1926, apenas leer el artículo de
Pauli, Enrico Fermi, en Roma, utiliza el principio de exclusión para explicar
por qué la contribución de los electrones libres al calor específico de los
metales es apenas perceptible, a temperatura ambiente, en lugar de ser
comparable al de su red cristalina de iones, como predecía la teoría clásica.
En efecto, un metal se comporta como una red cristalina de iones positivos en
cuyo seno se desplazan libremente electrones. Fermi demostró que si el gas de
electrones está sometido al principio de exclusión, su contribución al calor
específico debe ser del orden de milésimas de la predicción de la teoría
clásica.
Enlace químico
La ecuación de Schrödinger es aplicable a todo
tipo de sistemas —átomos, moléculas, cristales, fluidos… En particular, se
puede aplicar la ecuación a una molécula, considerada como un conjunto de
electrones y de núcleos. Al estar sometido, cada electrón, a la atracción electrostática
de diversos núcleos, las órbitas electrónicas dependen del conjunto de los
átomos. Los electrones más energéticos se mueven alrededor de diversos núcleos
a la vez, y contribuyen a enlazarlos, en tanto que los menos energéticos —los
de las capas inferiores— solo giran alrededor de su núcleo correspondiente.
La teoría cuántica del enlace químico calcula
las energías de las órbitas globales de los electrones exteriores, y las
compara con las de los electrones en los átomos separados. Si la energía total
de los electrones en la molécula es menor que su energía en los átomos por
separado, se forma la molécula. Si es mayor, no se forma. Esa diferencia de
energías se manifiesta en forma de un desprendimiento de calor —el calor de
formación de la molécula—. Así, la física cuántica debe explicar los valores de
los calores de formación a partir de los cálculos energéticos de las órbitas
electrónicas.
Uno de los científicos que más contribuyó a la
comprensión cuántica del enlace químico fue el estadounidense Linus Pauling
(premio Nobel de Química de 1954 y premio Nobel de la Paz de 1962). Sistematizó
sus importantes resultados —sobre hibridación de orbitales, electronegatividad,
resonancia… que no podemos tratar aquí— en un famoso tratado sobre la
naturaleza del enlace químico, que contribuyó a la formación de numerosas
promociones de químicos a lo largo de medio siglo.
Un ejemplo: física cuántica del agua
Calcular las energías de las órbitas
electrónicas moleculares no es suficiente. El químico cuántico también debe
explicar la orientación y la longitud de los diversos enlaces. Ello no es
fácil, ya que los orbitales moleculares pueden ser combinaciones muy
complicadas de orbitales atómicos. Por ejemplo, la molécula H2O, del agua, tiene forma de ángulo, de unos ciento
cuatro grados, con el oxígeno en el vértice y los hidrógenos en las puntas de
los lados. ¿Por qué ese ángulo vale unos ciento cuatro grados, en lugar de que
la molécula sea rectilínea, con el oxígeno en el centro y un hidrógeno a cada
lado? Desde el punto de vista clásico eso sería lo más lógico, ya que los
protones estarían máximamente separados y la forma sería simétrica. En cambio,
según la física cuántica, si los hidrógenos no estuvieran cargados, el ángulo
de la molécula debería ser de 90 grados, como consecuencia de la hibridación de
orbitales, pero la repulsión entre los hidrógenos cargados hace que el ángulo
sea ligeramente mayor.
Se observa, además, que en la molécula del agua
el oxígeno está cargado negativamente y los hidrógenos están cargados
positivamente. Ello se debe a que los electrones compartidos pasan más tiempo
cerca del oxígeno que del hidrógeno. Según el tanto por ciento de tiempo que
pasen los electrones cerca de un átomo y cerca del otro, la molécula será más o
menos polar, es decir, los átomos que la forman estarán más o menos cargados,
aunque siempre con signo opuesto, con carga total molecular nula. Se pide a la
física cuántica que explique la polaridad de la molécula.
Figura 3.2. Molécula de agua; el átomo de oxígeno se encuentra en el
vértice, y los átomos de hidrógeno a los lados. Si no fuera por los efectos
cuánticos, la molécula tendría forma rectilínea.
Otra pregunta aún: hemos
visto que los átomos tienen un espectro de emisión y absorción. También lo
tienen las moléculas, en unas frecuencias características relacionadas con sus
vibraciones y rotaciones internas. Una de las frecuencias de absorción del agua
corresponde a radiación infrarroja, lo cual hace que su vapor contribuya al
calentamiento de la atmósfera terrestre por efecto invernadero, absorbiendo y
reemitiendo parcialmente hacia el suelo esta radiación.
Además de la forma de la molécula, la física
cuántica también debe explicar propiedades colectivas del agua, como por
ejemplo: por qué, a presión de una atmósfera, el agua se congela a cero grados,
por qué hierve a cien grados, por qué el hielo es menos denso que el agua. Para
ello, debe considerar las interacciones entre moléculas, y no tan solo las de
los átomos en una misma molécula. De hecho, el agua, pese a ser tan abundante
en la Tierra, es una sustancia con características muy especiales, sin las
cuales la vida que conocemos no podría existir.
El hecho de que las moléculas de agua sean
polares y sus hidrógenos estén cargados positivamente, hace que cuando dos
moléculas de agua se aproximan, un hidrógeno de una molécula (positivo) tienda
a apuntar hacia el oxígeno de la otra (negativo). Si la temperatura es mayor
que cuatro grados, la agitación térmica del agua tiene más energía que esa
atracción electrostática entre las moléculas, denominada «puente de hidrógeno».
A temperaturas entre cuatro grados (en la que la densidad del agua es máxima) y
cero grados, las moléculas de agua van formando una redecilla que aumenta su
separación media, de modo que en ese intervalo de temperaturas el agua se
dilata a medida que se enfría, a diferencia de lo que ocurre con la mayoría de
sustancias. A los cero grados, la red entre las moléculas de agua ha devenido
suficientemente rígida como para formar un sólido, menos denso que el agua. La
diferencia de energías se manifiesta en el calor latente que debemos extraer
del agua líquida para pasarla a hielo. Se pide a la física cuántica que
explique el incremento de volumen, la temperatura de fusión y el calor latente
concretos para el agua. Vemos que las exigencias de la físicoquímica cuántica
son muchas.
Sin los puentes de hidrógeno, o si la molécula
de agua fuera rectilínea, el agua se congelaría a menos de cero grados,
herviría a unos treinta grados, y el hielo sería más denso que el agua líquida.
En esas condiciones, probablemente no existiría la vida. Por ejemplo, el hecho
de que el hielo flote sobre el agua es muy importante para que pueda haber vida
en ríos y lagos poco profundos cuando la temperatura del aire desciende por
debajo de los cero grados, ya que la capa de hielo, menos conductora del calor
que la del agua, protege al agua de debajo y la mantiene líquida más tiempo. Si
fuera al revés, el hielo se hundiría, el agua líquida quedaría en la superficie
y se helaría, dejando a los peces en la superficie y congelados. Claramente,
las condiciones serían muy inhóspitas para la vida. Vemos pues que la física cuántica
facilita que la vida pueda existir.
Otro ejemplo: química cuántica del carbono
Otra ilustración de la química cuántica lo
proporciona el estudio del carbono, que juega un papel importantísimo en las
moléculas de la vida —proteínas, hidratos de carbono, lípidos, ácidos
nucleicos…— o en los combustibles fósiles —carbón, petróleo— sobre los que se
ha basado la economía mundial. Aquí hablaremos de tres tipos de moléculas:
carbono puro (en sus formas más sorprendentes y relevantes), y dos
combinaciones de carbono con hidrógeno: metano CH4 y benceno C6H 6.
El carbono tiene valencia cuatro (es decir, se
enlaza con cuatro átomos). Puede formar diamante, con estructura tetraédrica, o
grafito, con estructura plana hexagonal, que son sus formas más conocidas.
Desde 1980 se han descubierto otras formas: grafeno —que corresponde a una sola
lámina de grafito, y por cuya obtención y estudio obtuvieron el premio Nobel de
Física de 2010 los investigadores Geim y Novoselov—, nanotubos de carbono
—estructuras cilíndricas de paredes formadas por hexágonos, como grafeno enrollado—,
y fullereno, formado por sesenta núcleos de carbono, con estructura de pelota
de fútbol, es decir, una estructura cerrada sobre sí misma, compuesta por
polígonos de cinco, seis y siete lados, dispuestos convenientemente —de hecho,
se han observado fullerenos con más de sesenta vértices, llegando hasta bolas
formadas por quinientos cuarenta átomos de carbono—. Estas formas tienen una
gran conductividad térmica y eléctrica, una gran resistencia a la ruptura, y
constituyen las bases de nuevas tecnologías emergentes, que podrán dar lugar a
pantallas electrónicas flexibles, o convertidores termoeléctricos
miniaturizados de energía.
Figura 3.3. Diversas estructuras de carbono puro: de izquierda a derecha,
grafeno, nanotubo de carbono, fullereno.
Otras moléculas simples
relacionadas con el carbono son las de metano, CH 4, y benceno, C6H6. La molécula de metano tiene forma de tetraedro regular, con el carbono
en el centro y los cuatro hidrógenos en los vértices: en principio, esa
estructura no representa ninguna sorpresa, porque es la más simétrica. Sin
embargo, el paso de los orbitales atómicos a los moleculares no es obvio, y
estos últimos son sutiles combinaciones híbridas de los primeros.
Figura 3.4. Moléculas de metano (izquierda) y de benceno (derecha).
Más sorprendente resulta el
caso del benceno C6H6, con estructura de anillo hexagonal, en la que cada carbono está ligado
a un hidrógeno, situado en la parte exterior del anillo. Esa estructura fue
propuesta en 1865 por Kekulé, pero presentaba un problema a la hora de contar
los enlaces —cada carbono debe tener un enlace con un hidrógeno y tres enlaces
con otros carbonos—. Para ello, debían alternarse, según Kekulé, enlaces dobles
y enlaces simples entre los carbonos del hexágono; pero había dos estructuras
posibles, según los enlaces dobles se situaran en las posiciones pares o
impares. Ambas posibilidades parecían equivalentes e indistinguibles. Otros
autores propusieron otras posibilidades, con enlaces a lo largo de las
diagonales. En 1890, Thiele propuso seis enlaces simples más unos enlaces no
localizados alrededor de la molécula. La física cuántica da la razón a esa
propuesta: de los treinta electrones de valencia del conjunto, hay veinticuatro
en enlaces localizados en el plano de la molécula, y los otros seis están en
orbitales perpendiculares al plano de la molécula, deslocalizados, que
contribuyen a enlazar la molécula.
Este ejemplo subraya la coexistencia de
orbitales localizados y orbitales deslocalizados, de carácter muy global, en
que participan diversos átomos simultáneamente, y en que los electrones
circulan entre todos ellos. Esas características adquieren un interés todavía
mayor en moléculas grandes (macromoléculas), cuyas propiedades electrónicas son
un campo activo de investigación en nanotecnología, en la búsqueda de más
miniaturización de los dispositivos electrónicos.
Reacciones químicas
Otra cuestión de interés en química son las
reacciones entre moléculas: por ejemplo, chocan dos moléculas A y B, y se tiene
como resultado dos moléculas diferentes, C y D. En el proceso hay un
reagrupamiento de los átomos. En principio, el químico cuántico debería
calcular la energía total de los diversos posibles reagrupamientos de átomos, y
quedarse con el de mínima energía libre. Las diferencias de energía estarían
relacionadas con el calor cedido. Además, debería ser capaz de describir la
velocidad de reacción, en función de la temperatura, cosa que hace intervenir
configuraciones moleculares intermedias, que pueden influir notablemente en la
velocidad de reacción.
Reflexiones sobre el reduccionismo: ¿es la química reductible a la
física?
Vemos que la física cuántica es capaz, en
principio, de explicar muchos detalles de los compuestos químicos y detalles
sutiles de las fascinantes arquitecturas moleculares. ¿Podemos decir que la
química es reductible a la física, es decir, que es una colección de casos particulares
de problemas físicos, cuyas regularidades podrían ser explicadas directamente
desde la física? Hemos visto que no es así: en principio, creemos que aplicar
la ecuación de Schrödinger conduciría a la solución de tales problemas. Desde
esa perspectiva teórica, podríamos decir que la química es reductible a la
física. Pero esa situación es, en la práctica, una quimera. La resolución de la
ecuación de Schrödinger en casos tan simples como un átomo con dos electrones,
o una molécula con dos átomos, presenta grandes dificultades matemáticas. Más
aún, claro está, si la situación considerada tiene docenas de átomos con
decenas de electrones. Sería deseable que la ecuación de Schrödinger pudiera
predecir las estructuras moleculares desde primeros principios, pero, por lo
general, la ecuación llega con retraso, una vez conocida la estructura global y
proporciona, con dificultad, los valores de la longitud y energía de los
enlaces.
Los cálculos de química cuántica requieren
muchas horas en ordenadores muy potentes. En muy pocas ocasiones, la física ha
sido capaz de predecir la estructura de una molécula dados los átomos que la
forman, y menos aún las propiedades emergentes de la molécula, es decir, las
propiedades nuevas que no tienen nada que ver con las de sus componentes por
separado —por ejemplo, las propiedades de la molécula del agua son muy
diferentes de las de sus componentes, oxígeno e hidrógeno—. Obtener la
estructura del benceno, de los nanotubos de carbono o del fullereno sin
haberlos observado anteriormente ni tener noticia de su existencia sería
complicadísimo, ya que se debería explorar una multitud de posibilidades
topológicas diferentes en lo que respecta a la posición de los átomos. Ello no
significa que tales moléculas no satisfagan la ecuación de Schrödinger. Una vez
se conoce su geometría general, sus detalles particulares pueden ser obtenidos
a partir de dicha ecuación.
Análogamente, una vez conocidas algunas leyes
más o menos generales sobre el comportamiento sistemático de grandes tipos de
materiales —como ácidos y bases, oxidantes o reductores, halógenos o metales…—
la física es capaz de dar razón de dichas leyes, pero con los métodos actuales
no podría predecir su existencia ni sus propiedades concretas. En síntesis, por
grandes que hayan sido los éxitos de la física cuántica aplicados a la química,
tales éxitos no corresponden exclusivamente a la física, sino deben mucho a la
labor previa de la química, en su clasificación y sistematización de las
propiedades de millones de compuestos.
Capítulo 4
Fuerzas nucleares
Promesas y apocalipsis de la física nuclear
En agosto de 1945, la
explosión de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki abrió una dimensión
insospechada a la física, convirtiéndola de repente en una pieza clave de la
estrategia militar, la diplomacia mundial, y el equilibrio entre bloques ideológicos
durante la guerra fría. El camino recorrido desde el inicio de la física
nuclear, en 1932, con el descubrimiento del neutrón, hasta las explosiones
nucleares de 1945, que ponen de manifiesto la capacidad de dominar las inmensas
energías de los núcleos, resulta vertiginoso. No hubiera tenido lugar de forma
tan increíblemente rápida de no haber sido por las presiones de la segunda
guerra mundial, que hicieron que los Estados Unidos de América dedicaran
decenas de miles de investigadores y técnicos a la obtención de las bombas. En
ese camino, la física cuántica juega un papel básico: el marco conceptual de
las fuerzas y las reacciones nucleares, la velocidad de reacción, las
condiciones necesarias para conseguir la explosión, hacen intervenir cálculos
cuánticos. A diferencia del estudio relativamente plácido y académico de la
luz, los calores específicos, los espectros atómicos o los enlaces moleculares,
la exploración de las energías nucleares se realiza entre urgencias y tensiones
y abre a la humanidad perspectivas inquietantes, entre prometedoras y
apocalípticas.
Protones y neutrones
La observación de la radioactividad por
Becquerel, en 1896, y sus trabajos con Pierre y Marie Curie sobre esos temas
(premio Nobel de Física de 1903), y el descubrimiento de los electrones y su
procedencia atómica por Thomson en 1897, fueron manifestaciones empíricas de
que el átomo no era indivisible ni inmutable. El modelo atómico de Rutherford y
su posterior afianzamiento teórico dio carta de naturaleza conceptual al núcleo
atómico y puso de manifiesto que la radiactividad procedía de él, y no de los
electrones que giran a su alrededor. Rutherford conocía bien la radiactividad,
porque había estudiado y clasificado los diversos tipos de desintegraciones
radiactivas: alfa (emisión de partículas positivas que identificó como núcleos
de helio), beta (emisión de electrones rápidos) y gamma (emisión de fotones muy
energéticos).
Sin embargo, aunque la existencia del núcleo
atómico es admitida desde 1912, la física nuclear no empieza propiamente hasta
1932, cuando el neutrón es descubierto por Chadwick en experimentos efectuados
en Cambridge (premio Nobel de Física de 1935), y se comprende que el núcleo
está formado por protones y neutrones. Hasta entonces, se había considerado
compuesto por protones y electrones, de modo que el papel de un neutrón era
atribuido a un protón más un electrón, cuya masa total es parecida a la del
neutrón, y cuya carga total es nula. Además, la radiación beta, consistente en
la emisión de electrones por parte de algunos núcleos, parecía indicar que el
núcleo contenía electrones.
A partir de 1932 se admite que el núcleo está
formado por protones y neutrones —denominados colectivamente nucleones—. Un
núcleo se define, pues, por dos números: el número atómico Z, o número de
protones, y el número másico A, el número de protones más el de neutrones.
Estos dos números están relacionados respectivamente con la carga y la masa del
núcleo. Se denominan isótopos los núcleos que tienen el mismo número de
protones —y, por lo tanto, corresponden al mismo elemento químico— pero
distinto número de neutrones. Aunque sus propiedades químicas son idénticas,
difieren en algunas características físicas.
Por ejemplo, el hidrógeno está caracterizado por
tener un solo protón, pero se conocen tres isótopos: el hidrógeno (un protón),
el deuterio (un protón y un neutrón) y el tritio (un protón y dos neutrones).
Para el helio, caracterizado por tener dos protones, se conocen dos isótopos:
helio 3 (dos protones y un neutrón) y helio 4 (dos protones y dos neutrones).
El conocimiento de la materia nuclear requiere, pues, más información que la de
las propiedades químicas, ya que estas dependen del número de electrones (igual
al número de protones del núcleo) pero no del número de neutrones. Saber
cuántos isótopos existen para cada elemento, y su estabilidad y abundancia
relativas, no es una cuestión que la química pueda responder, pero es una
pregunta crucial en física nuclear.
Las preguntas esenciales de la física nuclear
La física nuclear es muy diferente de la física
atómica en algunos aspectos esenciales. En primer lugar, el radio del núcleo es
unas diez mil veces menor que el del átomo y por ello las energías implicadas
en los procesos nucleares son millones de veces superiores a las de los
procesos atómicos. En segundo lugar, los protagonistas de la física atómica son
los electrones y la atracción electrostática entre estos y el núcleo; en
cambio, los protagonistas de la física nuclear son los protones y neutrones.
Las fuerzas entre ellos son mucho más complicadas que la fuerza electrostática,
y tienen alcance muy corto, del orden del diámetro del protón o el neutrón, por
lo cual no juegan ningún papel en la física atómica.
Las fuerzas nucleares deben dar respuesta a dos
preguntas básicas: ¿cómo se mantiene la integridad del núcleo contra la intensa
repulsión electrostática entre los protones? Si en el núcleo no hay electrones,
¿de dónde proceden los electrones emitidos en una desintegración beta? Estas
dos cuestiones están relacionadas, respectivamente, con dos interacciones
nucleares diferentes: la fuerte y la débil.
Sin embargo, la física atómica y la nuclear
tienen en común la necesidad de conceptos cuánticos para su descripción:
niveles energéticos cuantizados de protones y neutrones dentro del núcleo,
transiciones entre esos niveles, con emisión o absorción de fotones muy
energéticos, correspondientes a la radiación gamma. Además, el protón y el
neutrón tienen espín ½, como el electrón, y están sometidos al principio de
exclusión de Pauli, que impide que haya más de dos protones o dos neutrones
—uno con espín ½ y otro con espín –½— en un mismo estado.
La experiencia de la física atómica sugiere para
el núcleo una estructura en capas, que jugarían un papel análogo a las órbitas
electrónicas en los átomos, pero con dos diferencias: en el núcleo, las
partículas se están tocando unas a otras, a diferencia de los electrones en el
átomo; la interacción entre los nucleones es muchísimo más intensa que la
interacción electrostática. Por ello, las órbitas de protones y neutrones se
suponen fuertemente colectivas, como esferas concéntricas que giraran a
diferentes velocidades.
Una manifestación de esos niveles colectivos en
capas más o menos concéntricas es la existencia de los llamados números mágicos,
a saber, la constatación de que núcleos con ciertos números de protones o de
neutrones —2, 8, 20, 28, 50, 82, 126—, son especialmente estables. Ello supone
una cierta analogía con la tabla periódica de los elementos químicos, donde
hemos visto que algunos números —2, 8, 18, 32— corresponden a llenar capas
sucesivas de electrones. En particular, los núcleos doblemente mágicos —es
decir, con números de protones y de neutrones correspondientes ambos a números
mágicos— son especialmente estables, como el helio 4 (4 He), con dos protones y dos neutrones, el
oxígeno 16 (16O), con ocho
protones y ocho neutrones, el hierro 56 (56Fe), con veintiocho protones y veintiocho neutrones, o
el plomo 208 (208 Pb),
con ochenta y dos protones y ciento veintiséis neutrones, que es el isótopo
estable más pesado.
Algunas preguntas de la física nuclear son: ¿Por
qué unos isótopos son estables y otros tienden a desintegrarse? ¿Qué tipos de
desintegraciones, energías respectivas y tiempo característico de cada una de
ellas corresponden a cada isótopo? Dados dos núcleos iniciales, y lanzados el
uno contra el otro con unas velocidades dadas, ¿cuáles serán los núcleos
resultantes de la colisión? Hay, claro está, muchas otras preguntas de carácter
más técnico, pero esas reflejan suficientemente el tipo de cuestiones que
surgen al abordar la física nuclear. Pero, para poder responderlas, se necesita
un cierto conocimiento de las fuerzas nucleares.
La interacción nuclear débil
Hemos comentado que en la desintegración beta se
observa la emisión de un electrón a partir del núcleo. Pero ¿de dónde surge ese
electrón, si en realidad solo hay protones y neutrones? La interacción nuclear
débil está relacionada con el cambio entre protones y neutrones, y da razón del
desprendimiento de electrones.
En principio, se podría pensar que el neutrón es
un protón más un electrón en contacto. Pero una característica sorprendente de
la desintegración beta es que el electrón desprendido no siempre tiene la misma
energía. A veces, sale con mucha velocidad, otras, con poca. ¿Por qué ocurre
eso? Como la energía del núcleo final es siempre la misma, ello parece implicar
que la energía no se conserva.
En 1930, Pauli propuso la existencia de un nuevo
tipo de partícula, de modo que la energía total desprendida en la
desintegración se repartiría entre el electrón y dicha partícula, que fue
denominada neutrino —«neutrón pequeño»—. Efectivamente, dicha partícula debía
tener carga eléctrica nula, masa muy pequeña o tal vez nula, y no debía
participar en la interacción nuclear fuerte, sino tan solo en la débil. Al no
tener interacción eléctrica, ni nuclear fuerte, ni prácticamente interacción
gravitatoria, dichas partículas son capaces de atravesar toda la Tierra sin
interaccionar con ella, salvo en muy contadas ocasiones.
La interacción nuclear débil se manifiesta,
básicamente, en la transformación de un protón en un neutrón, un antielectrón y
un neutrino, o en la transformación de un neutrón en un protón, un electrón y
un antineutrino. Que el protón y el neutrón puedan interconvertirse entre sí es
necesario, por ejemplo, en las reacciones nucleares que tienen lugar en el Sol,
donde cuatro núcleos de hidrógeno (cuatro protones) dan un núcleo de helio (dos
protones y dos neutrones), lo que significa que dos protones deben
transformarse en dos neutrones. La interacción débil, por lo tanto, contribuye
a regular la velocidad con que el Sol produce calor. Si dicha interacción fuera
más intensa, el Sol podría estallar como una inmensa bomba nuclear; si fuera
menos intensa, el Sol liberaría poca potencia, insuficiente para mantener vida
en la Tierra. Como consecuencia del cambio de protones en neutrones, el Sol
emite una gran cantidad de neutrinos.
La situación opuesta ocurre en la formación de
las llamadas estrellas de neutrones, en las que cuando algunas estrellas
terminan su combustible, la gran presión gravitatoria sobre ellas lanza contra
el núcleo los electrones de la corteza atómica, de forma que los electrones se
combinan con los protones y dan neutrones y neutrinos. Con ello, se produce una
estrella de una densidad enorme, formada solo por neutrones y que puede ser
considerada como un inmenso núcleo atómico con cero protones y muchísimos
neutrones.
Roma, 1934: Fermi y la interacción nuclear débil
En 1934, el grupo de Enrico Fermi (premio Nobel de Física de 1938) en Roma
consigue la primera reacción nuclear artificial. Al lanzar neutrones lentos
contra núcleos ligeros, consiguen que el neutrón quede absorbido por el núcleo
y se transforme en protón, de manera que el núcleo inicial se transforme en un
núcleo del elemento siguiente en la tabla periódica. La idea de los alquimistas
según la cual los elementos químicos podían ser modificados era pues válida, en
parte, aunque ello no se puede lograr mediante métodos químicos.
El grupo de Fermi realiza muchos experimentos —que en Francia son desarrollados
independientemente y en paralelo por Frederic Joliot e Irene Curie—, lanzando
protones o neutrones contra núcleos pequeños. Como muchos de ellos implican
cambios de neutrones en protones y viceversa, Fermi idea una teoría matemática
para la interacción débil, incluyendo el papel del neutrino. Es la primera
teoría de la interacción nuclear débil. Posteriormente, se elaborarán teorías
mucho más sofisticadas y potentes, en que la interacción débil se unifica con
la interacción electromagnética.
Figura 4.1. Enrico Fermi e Hideki Yukawa, que formularon las primeras
teorías de la interacción nuclear débil y fuerte, respectivamente.
Energía de enlace e interacción nuclear fuerte
La otra gran incógnita de la física nuclear era
la cohesión de los núcleos atómicos. La repulsión electrostática entre los
protones es muchísimo más fuerte que su atracción gravitatoria. Por ello, es
necesario otro tipo de fuerza —interacción nuclear fuerte— que contrarreste y
supere esa repulsión. Dicha fuerza nuclear debe tener muy corto alcance, ya que
no se detecta ni tan siquiera a escala atómica. Por lo tanto, debe de ser
exclusivamente nuclear, con un alcance del orden del radio de los protones y
neutrones. Esa fuerza atractiva actuaría entre nucleones en general (protones,
neutrones). Así, cuando estos entran en contacto, entra en acción la fuerza
nuclear fuerte y hace que se adhieran entre sí.
La cohesión nuclear se mide en términos de la
energía de enlace, o energía que se debe comunicar a un núcleo para
descomponerlo en sus componentes —igual a la energía que se libera al
producirlo a partir de sus componentes—. La energía de enlace queda reflejada
en lo que se denomina defecto de masa nuclear, que es la diferencia entre la
suma de las masas de los componentes por separado y la masa total del núcleo,
que es inferior a la suma mencionada. Por ejemplo, la masa del protón es 1,007
unidades de masa atómica —la doceava parte de la masa del átomo de carbono 12—,
y la del neutrón es 1,009 unidades de masa atómica. Según eso, uno esperaría,
por ejemplo, que la masa del carbono 12C, compuesto por seis protones y seis neutrones, fuera
seis veces la masa del protón más seis veces la masa del neutrón, que daría
12,0096 unidades de masa atómica. Sin embargo, la masa del 12C es 12,0000 unidades de masa atómica, menor que la
suma de dichas masas. Esta disminución de masas está relacionada con la energía
de enlace mediante la relación de Einstein, E = mc2, es decir, la energía de enlace es igual al defecto
de masa por el cuadrado de la velocidad de la luz. Como la velocidad de la luz
en el vacío es muy grande (trescientos mil kilómetros por segundo), la cantidad
de energía liberada al formar un núcleo es muy considerable.
De hecho, en el artículo de 1905 en que dedujo
la relación E = mc2, Einstein ya conjeturó, en una nota a pie de página,
que dichas energías podrían explicar la gran cantidad de calor que desprende la
radiactividad. Así, el calor desprendido por los núcleos radiactivos del
interior de la Tierra contribuye a mantenerla caliente y, con ello, a mantener
líquido y en movimiento el magma, que arrastra los continentes y produce el
campo magnético terrestre que nos protege del viento solar.
Que la atracción nuclear actúe tan solo entre
nucleones en contacto, en tanto que la repulsión electrostática actúa a larga
distancia, establece un límite al tamaño de los núcleos atómicos estables o, en
otras palabras, al número máximo de elementos químicos. En efecto, para núcleos
relativamente pequeños, aumentar el número de nucleones resulta energéticamente
favorable, ya que aumenta la atracción total. Pero al aumentar el número de
protones, aumenta rápidamente la repulsión electrostática y llega a superar la
atracción conjunta de la fuerza nuclear, limitada a los nucleones en contacto. El
isótopo más estable es el 56Fe, que tiene 28 protones y 28 neutrones. Para núcleos más pequeños, la
estabilidad crece al aumentar el número atómico; para núcleos mayores, la
estabilidad decrece al aumentar el número atómico, hasta que al llegar a 83
protones los núcleos ya son inestables, es decir, tienden a desintegrarse
espontáneamente, aunque a veces lentamente. Actualmente se investigan núcleos
más pesados de los que conocemos, por ejemplo, con más de 110 protones. Esos
núcleos se fabrican artificialmente en colisiones entre núcleos pesados, y su
duración es brevísima —del orden de una milésima o millonésima de segundo—,
aunque suficiente para llevar a cabo medidas de propiedades nucleares
significativas.
Kyoto, 1935: Yukawa y la interacción nuclear fuerte
En 1935, el japonés Hideki Yukawa, en la Universidad Imperial de Kyoto,
propone un modelo para la fuerza nuclear fuerte, según el cual dicha fuerza
sería transportada por partículas de masa intermedia entre la del protón y la
del electrón, y que él denominó mesones. Partículas con este tipo de masa, los
llamados muones, o
mesones mu, fueron observadas por primera vez en 1937 en la radiación cósmica.
Se tardó poco en advertir que no eran esas las partículas predichas por Yukawa,
sino los piones, o mesones pi, descubiertos en 1947, de masa parecida a los
muones pero con algunas propiedades físicas diferentes. No obstante, el simple
hecho de observar partículas de esas masas hizo que ya desde 1937 se tomara
seriamente en consideración la teoría de Yukawa, se iniciara el estudio de
mesones, y se profundizara en la expresión matemática de la interacción nuclear
fuerte.
Reacciones nucleares
El núcleo más estable es el 56Fe, con veintiocho protones y veintiocho neutrones.
Núcleos más pequeños tienden a unirse formando un núcleo mayor, en reacciones
de fusión. Núcleos mayores tienden a romperse en núcleos intermedios, en
reacciones de fisión. Además, hay otros tipos de reacciones nucleares,
producidas al hacer chocar núcleos diversos. Aquí sintetizaremos algunos hechos
clave en la historia del conocimiento de las reacciones nucleares, de tanta
importancia energética, militar, económica y política.
Berlín 1938: Hahn, Strassmann y la fisión del uranio
Otto Hahn y Fritz Strassmann obtuvieron la primera reacción nuclear de
fisión a finales de diciembre de 1938 en Berlín. Lanzando neutrones contra
núcleos de uranio advirtieron que aparecían átomos de xenón y de estroncio.
Lise Meitner y Otto Frisch sugirieron que podía tratarse de una fisión nuclear,
y confirmaron esa interpretación en enero de 1939. El uranio 235, al absorber
un neutrón, se rompe en dos núcleos intermedios y en dos o tres neutrones. Esto
resultaba inesperado, ya que núcleos pequeños eran capaces de absorber un
neutrón sin romperse y, en cambio, un núcleo tan grande como el de uranio 235
se rompía. Ello no sucedía, sin embargo, con el uranio 238, la forma más
abundante. Este descubrimiento marca el comienzo de la era nuclear. El inicio
de la segunda guerra mundial en septiembre de 1939 dará a esos estudios una
importancia estratégica que nadie imaginaba. En efecto, al romperse, el uranio
235 puede iniciar una reacción en cadena, con una inmensa explosión, millones
de veces superior en potencia a la de cualquier explosivo químico.
* * * *
La fisión nuclear se da con
el uranio 235, que es solo el uno por ciento del uranio que se obtiene de las
minas —el noventa y nueve por ciento restante es uranio 238—. Para obtener
energía se debe enriquecer el uranio natural hasta que contenga un diez o
quince por ciento de uranio 235, mediante diversos tipos de procesos —difusión,
ultracentrifugación, ionización óptica selectiva—. De ese combustible puede
obtenerse una bomba o una central nuclear, según cual sea su ritmo de reacción.
Si es muy rápido, se producirá una explosión, y si es bajo y sostenido, se
tendrá una central nuclear.
El proyecto Manhattan: 1939-1945: las primeras bombas nucleares
En agosto de 1939, Leo Szilard, antiguo estudiante de Einstein, le visita en
Princeton, donde Einstein se había trasladado tras la victoria de Hitler en
Alemania. Szilard le comunica los rumores sobre los progresos en fisión nuclear
y la posibilidad de que los alemanes estén trabajando en hacer una bomba
nuclear. Einstein escribe al presidente Roosevelt, alertándolo de esa
posibilidad. El 1 de septiembre, las tropas alemanas invaden Polonia y empieza
la segunda guerra mundial. Roosevelt da luz verde al proyecto secreto Manhattan
para la construcción de una bomba nuclear a finales de 1941. En 1943, el
proyecto se aceleró, con la construcción de inmensos laboratorios en Los Alamos
(Texas) y la contratación de miles de científicos y técnicos, bajo la dirección
de J. R. Oppenheimer. La primera bomba, de plutonio, se lanza el 16 de julio de
1945 en el desierto de Alamogordo. El 6 de agosto de 1945, se lanza la bomba
sobre Hiroshima, y tres días después sobre Nagasaki. Seis días después, el 15
de agosto, la rendición del Japón pone fin a la guerra.
Figura 4.2. El gran hongo de una explosión nuclear.
Chicago 1942: Fermi y la primera pila atómica
En un local bajo las graderías del estadio de béisbol de la Universidad de
Chicago, Enrico Fermi —huido de Italia a causa de las leyes raciales
promulgadas por el gobierno fascista— y su equipo, consiguieron la primera pila
nuclear el 2 de diciembre de 1942. Se iniciaba así la explotación de la energía
nuclear de fisión. Sin embargo, la prioridad en aquellos momentos era la bomba
nuclear. Por ello, se construyeron varias pilas análogas a las de Fermi para
conseguir en ellas plutonio 239, combustible de la primera bomba de ensayo y de
la bomba lanzada sobre Nagasaki. El posible doble uso de las centrales de
fisión —obtención pacífica de energía, o de plutonio para armas nucleares—
sigue siendo inquietante en nuestros días.
La energía nuclear fue utilizada en seguida en
submarinos nucleares, que adquirieron con ella una autonomía incomparablemente
superior a la de los submarinos convencionales. La combinación de bombas
nucleares, cohetes autopropulsados y submarinos nucleares dio a los Estados
Unidos de América y a la URSS —que consiguió su primera bomba de fisión en
1949— un dominio estratégico extraordinario sobre el mundo, entre 1945 y 1990.
Centrales nucleares de fisión: perspectivas
Según la ecuación de Einstein E = mc2, la desaparición de un gramo de substancia libera
tanta energía como la combustión de cuatro toneladas de hulla. Por ello, las
reacciones nucleares pueden proporcionar cantidades de energía muy superiores a
cualquier otro combustible. El incremento de población mundial, el aumento del
consumo de energía, y la preocupación por los posibles efectos climáticos de un
incremento de anhídrido carbónico en la atmósfera hacen de la energía nuclear
un elemento a tener en cuenta en el abastecimiento energético futuro de la
humanidad. Naturalmente, ello conlleva un riesgo: básicamente, una explosión
que envíe a la atmósfera cantidades notables de elementos radiactivos que
puedan perjudicar a la población, los cultivos y los animales. La experiencia
de la explosión de la central de Chernobyl, en Ucrania, en 1996 —y, en menor
grado, la de Fukushima, en Japón, en 2010— es un ejemplo de que los temores al
riesgo no son infundados, aunque dichos accidentes hubieran sido fácilmente
evitables con un mantenimiento más riguroso. No nos corresponde aquí entrar en
la cuestión de los riesgos y costes, sino apuntar algunas fronteras de
investigación que podrían reducir, en el futuro, algunos de los riesgos.
Una limitación de las centrales de fisión está
relacionada con su combustible: el uranio 235, muy minoritario frente al uranio
238. Uno de los problemas técnicos es enriquecer el uranio en el uranio 235.
Una alternativa son los reactores autorreproductores, en que los neutrones que
chocan con el uranio 238, convenientemente frenados, lo convierten en plutonio
239, que es tan susceptible de fisión como el uranio 235. Una forma de
incrementar la duración del combustible es, pues, conseguir que la cantidad de
plutonio 239 producida en el reactor sea suficiente para suplir el uranio 235
consumido.
Una limitación más grave es que los residuos de
las centrales son radiactivos, con una semivida larga, lo cual quiere decir que
sus efectos se pueden acumular peligrosamente. Una manera de solucionar ese
problema consistirá, probablemente, en bombardear esos residuos con partículas
aceleradas para convertirlos en isótopos menos radiactivos o inofensivos. Pero
ello no es fácil, ya que se deben separar los diferentes isótopos, y tratar a
cada uno por separado, de la manera adecuada a sus características.
Reacciones de fusión
Además de las reacciones de fisión, hay las de
fusión, en que núcleos pequeños se unen para formar un núcleo mayor. Ejemplos
típicos son la fusión de dos núcleos de hidrógeno dando uno de deuterio, de
cuatro núcleos de hidrógeno dando un núcleo de helio 4, reacción que se produce
abundantemente en las estrellas, a través de un conjunto de procesos
complicados, o la fusión de deuterio y tritio dando helio más un neutrón.
Teller (USA, 1952) – Sajarov (URSS, 1955): la bomba de fusión nuclear
Edward Teller —antiguo estudiante de Bohr y Heisenberg— en Estados Unidos y
Andrei Sajarov en la URSS, fueron los impulsores de una nueva fase de la
carrera de armamento, centrada en las bombas nucleares de fusión. En los
Estados Unidos, su desarrollo produjo un gran debate entre científicos que,
como Oppenheimer, se oponían al desarrollo de más bombas, y científicos que,
como Teller, creían que la mejor manera de asegurar la paz era tener preparados
los instrumentos bélicos de respuesta ante una agresión. En lugar del uranio o
el plutonio de las bombas de fisión, las bombas termonucleares —encendidas
mediante la explosión previa de una bomba nuclear de fisión — se basan en deuterio y tritio. La
primera explosión en USA fue el 1 de noviembre de 1952, en un atolón del
Pacífico, y la primera de la URSS fue el 22 de noviembre de 1955, en territorio
de Kazajstán. En 1961, la URSS hizo explotar la bomba nuclear de mayor potencia
de la historia, de 50 megatones (50 millones de toneladas de TNT).
Formación de los núcleos atómicos en las estrellas
Las reacciones de fusión resuelven una de las
grandes incógnitas de la física: ¿cuál es el proceso que suministra energía a
las estrellas? No puede ser una combustión usual, ya que el Sol ya se habría
agotado. En 1939, Alpher, Bethe y Gamow proponen que son reacciones nucleares
de fusión (cuatro núcleos de hidrógeno dando un núcleo de helio) las que
mantienen la energía del Sol y de muchas otras estrellas. En el Sol, esta
reacción solo se lleva a cabo en regiones profundas, donde la temperatura
supera los diez millones de grados y la densidad es muy elevada. Curiosamente,
la potencia liberada por el Sol por unidad de masa es unas cien veces inferior
a la energía metabólica que desprende una célula biológica, ya que una gran
parte del Sol no produce energía, sino tan solo la transmite.
Cuando se haya agotado el hidrógeno de esa zona
central, el Sol se contraerá ligeramente, aumentando la temperatura de su zona
central. Al llegar a unos cincuenta millones de grados empezará una nueva
reacción de fusión en que tres núcleos de helio 4 darán un carbono 12. En el
caso del Sol, ya no habrá suficiente energía para llegar más lejos en la
fusión. Sin embargo, en estrellas mayores, al llegar a unos cien millones de
grados un núcleo de carbono 12 se fusiona con uno de helio 4 para dar oxígeno
16; a quinientos millones de grados hay fusiones de núcleos de carbono dando
magnesio y rayos gamma, o sodio y un protón. A unos mil millones de grados, dos
núcleos de oxígeno se fusionan dando azufre más un rayo gamma o silicio más
helio; al llegar a unos mil quinientos millones de grados, dos núcleos de
silicio se fusionan en uno de hierro. Así se van formando los elementos
químicos en las estrellas, consecutivamente. Durante una etapa de su
existencia, las estrellas grandes tienen estructura de cebolla: capas
concéntricas formadas por elementos diferentes, los más ligeros en las regiones
exteriores, más frías.
El hierro 56 es el núcleo más estable; por ello,
los núcleos mayores que él no se producen por adición consecutiva de núcleos
pequeños, en procesos vecinos al equilibrio, sino durante la explosión final de
las estrellas en supernovas. En efecto, la fusión del silicio dando hierro es
muy rápida, lo cual hace que el núcleo interior de la estrella se contraiga
rápidamente, que caigan sobre él las capas exteriores, reboten contra el núcleo
central y salgan despedidas hacia fuera en una inmensa explosión de luminosidad
comparable a la de una galaxia. En esa explosión, los elementos producidos
dentro de la estrella se esparcen por el exterior, y algunos de ellos, al
chocar violentamente con otros, dan por fusión núcleos más grandes que el
hierro. El polvo esparcido alrededor de las estrellas es rico en núcleos
pesados, y a partir de él pueden formarse nuevas generaciones de estrellas
acompañadas por sistemas planetarios con algunos planetas sólidos.
Centrales de fusión: perspectivas
La reacción de fusión de deuterio y tritio dando
helio más un neutrón tiene un combustible más abundante, un rendimiento más
elevado y unos residuos menos peligrosos que los de la fisión. Para conseguir
fusión nuclear rentable, sin embargo, es necesario conseguir temperaturas muy
elevadas —del orden de diez millones de grados— para que los núcleos positivos,
que se repelen electrostáticamente, puedan acercarse suficientemente entre sí
para que se produzca la fusión. Para confinar el gas ionizado a presiones y
temperaturas tan elevadas, es necesario utilizar campos magnéticos muy
intensos, ya que ninguna pared material podría resistir esas temperaturas.
Para que la energía liberada por la reacción
compense la energía gastada para calentar el plasma —gas ionizado— y producir
los campos magnéticos que lo confinan es necesario que el producto de la
temperatura por el número de núcleos por unidad de volumen multiplicado por el
tiempo que dure esta configuración —muy inestable— de alta densidad y
temperatura supere un cierto valor umbral. Diversos procesos físicos hacen que
confinar, comprimir y calentar un plasma resulte muy difícil, de manera que los
valores conseguidos hasta ahora del producto citado están todavía por debajo
del valor necesario. Otros problemas son la acción de los neutrones energéticos
sobre las paredes circundantes, que debilita sus materiales y los convierte en
radiactivos, y las impurezas de la evaporación de las paredes, que entran en el
plasma y reducen su temperatura. Conseguir un reactor comercial de fusión es
uno de los grandes objetivos tecnológicos a largo término de la ciencia actual,
del cual el proyecto ITER (International Thermonuclear Experimental Reactor),
desarrollado en el sur de Francia, es, hoy por hoy, el exponente más avanzado.
Capítulo 5
Partículas elementales
Partículas elementales e interacciones fundamentales
La física de partículas
elementales comienza en 1932, con el descubrimiento del neutrón por Chadwick,
en febrero (premio Nobel de Física de 1935) y el del antielectrón (o positrón)
por Anderson, en agosto (premio Nobel de Física de 1936). El primero impulsó la
física nuclear, y el segundo abrió una nueva perspectiva en la consideración de
la materia: la existencia de la antimateria. La consideración de la materia
elemental y la visión de las primeras etapas del universo han quedado
profundamente marcadas por esos conceptos. En el capítulo 19 exploraremos las
resonancias cosmológicas de la física de partículas.
La idea de antimateria había sido propuesta,
para el caso concreto del electrón —no en toda su generalidad—, en 1928 por P.
A. M. Dirac a partir de una ecuación que generalizaba la ecuación de
Schrödinger al caso relativista y unificaba la teoría cuántica con la
relatividad especial. Un antielectrón es una partícula con la misma masa que el
electrón, carga eléctrica opuesta (como la del electrón pero positiva) y que
tiene la característica peculiar de que al chocar con un electrón ambos
desaparecen, quedando tan solo radiación electromagnética —aunque se dice que
se «aniquilan», esto no es propiamente verdad, ya que tras ellos no queda la
nada, sino radiación: el uso de las palabras en física es a veces exagerado—.
La posibilidad de un electrón positivo ya había sido propuesta por A. Schuster
en 1898, apenas descubierto el electrón, pero no tuvo aceptación. Obsérvese,
sin embargo, que la idea de un electrón positivo no implica necesariamente la
idea de antimateria: hubiera sido posible un electrón positivo cuyo choque con
el electrón negativo no condujera a su mutua aniquilación.
Partícula y antipartícula tienen la misma masa y
cargas eléctricas opuestas —el positrón es positivo y el electrón negativo, el
antiprotón es negativo y el protón positivo—. En 1955 Segré y Chamberlain
descubrieron el antiprotón. Haciendo girar un antielectrón alrededor de un
antiprotón se tiene antihidrógeno —conseguido por primera vez en el CERN en
1995—, cuyo espectro de emisión es idéntico al del hidrógeno.
Uno podría preguntarse qué falta hace la física
cuántica para describir una hipotética lista de partículas elementales. Se
entiende que sea necesaria para describir sus interacciones, pero no es
evidente su necesidad para constatar una lista observada experimentalmente. La
presencia de antimateria es un buen ejemplo del papel de la cuántica en ese
campo: no en la especificación concreta de la lista de partículas, pero sí en
su estructura lógica. En efecto: la necesidad lógica de la antimateria en toda
su generalidad se sigue de la consistencia mutua entre física cuántica y
relatividad especial. En una física puramente clásica, la antimateria no
estaría necesariamente prohibida, pero no sería una necesidad lógica, como lo
es en la física cuántica. Por otro lado, a nivel de caracterización de las
partículas, el espín es una propiedad típicamente cuántica, y juega un papel
básico en la clasificación de las partículas.
Inicialmente, los estudios sobre partículas
elementales se llevaron a cabo analizando los rayos cósmicos que llegan a la
parte superior de la atmósfera. Ello reveló nuevas partículas, como el muón y
los piones. A partir de 1940, la utilización de aceleradores hizo surgir una
multitud de nuevas partículas: kaones, partículas sigma, lambda, khi, omega… A
mayor energía de colisión, más partículas se conseguían y más pesadas
resultaban. Esas nuevas partículas no están escondidas en el interior de las
partículas conocidas, sino aparecen como consecuencia de la conversión de la
energía cinética en materia según la ecuación de Einstein. Entre los grandes
aceleradores actuales destacan el CERN (Centre Européen pour la Recherche
Nucléaire, fundado en 1954 en Ginebra, y que cuenta actualmente con el
acelerador LHC, inaugurado en 2008: el Large Hadron Collider, un gran anillo
circular de veintisiete kilómetros de longitud a unos cien metros bajo tierra)
y el Fermilab, fundado en 1968, cerca de Chicago.
Figura 5.1. Uno de los detectores del LHC (Large Hadron Collider) en el
CERN, en Ginebra, durante su montaje. Uno de los aspectos que más impresionan
de la física actual es la enorme magnitud de las instalaciones necesarias para
estudiar las partículas subatómicas.
A mitades de la década de
los 1960, el número de partículas elementales conocidas superaba los dos
centenares, la gran mayoría de ellas con una vida muy breve, entre milésimas y
billonésimas de segundo. El incremento desbocado en el número de partículas,
mucho más rápido que los progresos en las teorías físicas subyacentes, hizo que
se llegara a poner en cuestión la posibilidad de una descripción simple de toda
la materia en términos de un número reducido de partículas, y pareció que la
idea del filósofo griego Anaxágoras, de una infinita diversidad esencial,
pudiera ser la más adecuada a la realidad.
La clasificación de todas esas partículas
resultó difícil. El criterio básico de ella es que unas partículas son
sensibles a la interacción nuclear fuerte, y se denominan hadrones —de la
palabra griega hadros :
vigoroso, fuerte— en tanto que otras son insensibles a esa interacción y se
denominan leptones —de la palabra griega leptos: ligero—.
1961: Gell-Mann y los quarks
En 1961, Gell-Mann y Zweig propusieron, independientemente, que los hadrones
están compuestos por quarks —nombre propuesto por Gell-Mann a partir de una
frase de James Joyce en el Finnegan’sWake: «three
quarks for muster Mark». Al principio, bastaron tres quarks, u, d y s, de cargas eléctricas fraccionarias (la del quark u es positiva, igual a 2/3 de la carga
del electrón, en valor absoluto, y d y s son negativas, con carga igual a 1/3
de la del electrón), para dar razón de todos los hadrones conocidos. El protón
y el neutrón, considerados antes como partículas elementales, pasaron a ser
considerados como compuestos de tres quarks —el protón, formado por la
combinación uud, y el
neutrón, por la udd .
Experimentos efectuados en 1969 lanzando electrones de gran energía contra
protones y neutrones confirmaron que estos no son diminutas esferas cargadas
homogéneamente, sino que parecen estar compuestos por tres cargas fraccionarias
que se mueven en su interior.
Figura 5.2. El protón no es una partícula elemental, sino compuesta por dos
quarks u (up) y uno d (down), y de los gluones intercambiados entre ellos. Lo
mismo sucede con el neutrón, compuesto por un quark u y dos quarks d.
Quarks
Los hadrones, a su vez, se clasifican en
bariones (pesados como el protón o más) y los mesones (de masa intermedia,
entre la del protón y la del electrón). Los bariones están formados por tres
quarks y los mesones por dos. Cada partícula se caracteriza por su masa, su
carga eléctrica, su espín, y una magnitud llamada extrañeza (que posteriormente
se relacionó con su número de quarks extraños, s). Algunos de los bariones formados por los
quarks u, d y s son, además del protón y el neutrón:
S– (dds), S0 (dus),
L0 (dus), S+(uus), ?– (dss),
?0 (uss), D– (ddd), D0 (ddu),
D+(uud), D++(uuu), W – (sss).
Designando por u', d' y s' los antiquarks respectivos, algunos mesones y su composición en quarks
son, por ejemplo: K0 (ds'), K+(us'), p– (du'), p0 (uu') o (dd'), p+ (ud'), K– ( su'), K'0 (sd'). Mediante teorías
matemáticas de simetrías de grupos, Gell-Mann consiguió clasificar las
partículas conocidas y predecir algunas que no habían sido aún observadas.
Aunque ese modelo de quarks fue muy eficaz para
describir y clasificar los bariones y mesones conocidos en los años 1960, tuvo
que ser generalizado. En 1974, experimentos de Ting y Richter obligaron a
añadirle un cuarto quark, el c (charm, o encanto, de carga 2/3, mucho más pesado que los
anteriores). Esa adición supuso una revolución en la física de partículas e
hizo sospechar de la existencia de dos quarks más. En efecto, en 1977 fue
descubierto el quark b (bottom, carga –1/3) y en 1994 el quark t (top,
carga 2/3), de una masa inesperadamente elevada (175 000 MeV en lugar de los
5000 MeV de masa del quark b,
donde 1 MeV es un millón de electronvoltios, eV).
Durante años, uno de los objetivos de la física
experimental de altas energías fue conseguir algún quark libre, pero no se
logró. Al final, se comprendió que la fuerza entre los quarks aumenta con la
distancia, como si estuvieran unidos por una goma elástica muy fuerte. Así, una
vez se han separado bastante, la goma se rompe, y su energía da nuevos quarks
ligados a los anteriores, en lugar de conseguir los quarks separados.
Actualmente, se pretende observar una transición entre la materia nuclear —en
que los quarks están confinados de tres en tres dentro de protones y neutrones—
y un plasma de quarks y gluones (explicaremos el concepto de gluones un poco
después), en que los quarks estarían agrupados en una nube muy energética, sin
estar confinados. Para ello, es necesario alcanzar temperaturas del orden de
decenas de billones de grados, y densidades asimismo muy elevadas. En
principio, eso se puede conseguir haciendo chocar iones pesados (de oro o de
plomo, por ejemplo), a velocidades muy elevadas el uno contra el otro, de forma
que su energía cinética se convierta en energía interna del núcleo y permita la
transición de fase. Se cree que esa transición, pero en sentido opuesto
(pasando de plasma de quarks y gluones a bariones) tuvo lugar en el universo
primitivo, cuando apenas contaba una billonésima de segundo (en el capítulo 19
trataremos esos aspectos cosmológicos). Ello se persigue actualmente en el RHIC
(Relativistic Heavy Ion Collider) en Brookhaven, cerca de Nueva York, y en el
acelerador LHC del CERN, en Ginebra. El plasma de quarks y gluones formado en
esas colisiones duraría apenas algunas milmillonésimas de segundo, pero se
podría reconocer si se ha conseguido o no por un incremento notable de
partículas con quarks s entre
las resultantes de la colisión, en comparación con las que se observaría si no
se hubiera conseguido dicho plasma.
Leptones
La denominación leptón se utiliza para referirse
a partículas parecidas al electrón o al neutrino electrónico, que no son
sensibles a la interacción nuclear fuerte. Conocemos seis leptones: electrón,
muón, tauón, neutrino electrónico, neutrino muónico y neutrino tauónico; el
muón (observado por primera vez en 1936) y el tauón (observado en 1974) son
básicamente como el electrón, pero con mayor masa (unas doscientas veces mayor
el muón y unas tres mil quinientas veces mayor el tauón).
Suscitan bastante más interés los neutrinos, por
sus características mucho más sorprendentes: el neutrino electrónico fue
propuesto teóricamente en 1930 por Pauli, y observado por primera vez en 1956;
en 1962, se sugirió la existencia del neutrino muónico, y posteriormente la del
neutrino tauónico, observados poco después. Los neutrinos no tienen carga
eléctrica, no son sensibles a las interacciones nucleares fuertes, tienen masa
muy pequeña —durante muchos años se creyó que nula—, y van prácticamente a la
velocidad de la luz. Debido a su poca capacidad de interacción, atraviesan la
Tierra entera casi sin interaccionar con ella, cosa que les hace especialmente
fascinantes y misteriosos.
En el Sol se producen abundantes neutrinos —dos
por cada núcleo de helio que se forma a partir del hidrógeno, ya que el
neutrino electrónico se produce cuando un protón se convierte en neutrón más
electrón más neutrino—. A diferencia de los fotones, que tardan más de mil años
en poder salir desde la zona profunda del Sol donde tiene lugar la fusión
nuclear del hidrógeno, ya que van chocando con los muchísimos electrones que
encuentran en su camino, los neutrinos tardan tan solo unos pocos segundos,
porque prácticamente no interaccionan. Algunos de ellos son detectados en
grandes laboratorios situados unos dos kilómetros bajo el suelo, lo que permite
evitar las perturbaciones del mundo exterior.
Mediante la detección de neutrinos, desde bajo
tierra se puede observar, prácticamente en tiempo real —con unos pocos minutos
de retraso— la zona central del Sol donde tiene lugar la fusión nuclear del
hidrógeno. Si esta se detuviera de repente, la luz del Sol nos seguiría
llegando durante varios siglos, pero los neutrinos nos informarían de que su
centro se ha apagado. Asimismo, la supernova del veintitrés de febrero de 1987
fue detectada antes bajo tierra que en ningún observatorio astronómico, porque
los neutrinos tardan mucho menos que los fotones en atravesar la espesa capa de
polvo que rodea las supernovas durante las primeras horas de la explosión. El
laboratorio de neutrinos puso en sobreaviso a los observatorios astronómicos,
indicándoles en qué dirección del espacio debían acechar y, efectivamente,
pocas horas después empezaron a llegar las imágenes de la explosión de la
supernova.
Entre 1960 y 1990, los científicos se
enfrentaron con perplejidad al «enigma del déficit de neutrinos solares». En
efecto, solo se observaba una tercera parte de los neutrinos esperados. Por
aquel entonces se creía que los neutrinos electrónicos que salían del Sol
llegaban a la Tierra como neutrinos electrónicos. En 1998, sin embargo, se
observó que su masa no es nula, aunque sí muy pequeña. Ello conlleva unas
curiosas oscilaciones de identidad entre los tres tipos de neutrinos, de manera
que tan solo un tercio de los neutrinos electrónicos emitidos por el Sol llegan
a la Tierra en dicha forma, en tanto que las otras dos terceras partes lo hacen
como neutrinos muónicos y tauónicos. Al usar detectores sensibles a estos dos
tipos de neutrinos, se observó que el número total de neutrinos detectados era
el esperado.
El modelo estándar
El modelo actual de la materia elemental es el
siguiente. La materia está compuesta de quarks y de leptones. Hay tres
generaciones de quarks y tres de leptones, estrechamente relacionadas entre sí.
La primera generación, la de partículas más ligeras, está compuesta por los
quarks u y d y los leptones e (electrón) y neutrino electrónico. La segunda
generación, en orden creciente de masa, consta de los quarks s y c y los leptones muón y neutrino muónico. La tercera generación está
integrada por los quarks b y t y los leptones tauón y neutrino tauónico.
Cada quark se presenta en tres formas —colores—
diferentes —azul, verde, rojo—, que no corresponden a colores reales, sino
indican simbólicamente una carga intrínseca de los quarks que puede presentar
tres valores —tal como los colores que podemos percibir pueden ser expresados
en función de tres colores primarios—. Las cargas de color son la base de la
interacción fuerte entre los quarks. Esta denominación de las cargas ha llevado
al nombre de cromodinámica cuántica para la teoría actual de las interacciones
nucleares fuertes, que son consideradas como interacciones entre las cargas de
color de los quarks de nucleones vecinos. Cada partícula tiene, además, su
antipartícula correspondiente.
Los quarks se agrupan de tres en tres, con lo
cual forman los hadrones pesados o bariones, o de dos en dos, y forman los
mesones. Esas combinaciones corresponden al color «blanco», es decir, neutro
con respecto a la carga de color, ya que están formadas por la suma de tres
colores primarios, o por la de un color y su complementario. También se ha
especulado sobre la existencia de pentaquarks, formados por cinco quarks.
Respecto a los leptones, ya les hemos dedicado
atención en los párrafos anteriores. Las partículas muón y tauón son como
electrones, pero con masas mayores. Si se hace orbitar un muón alrededor de un
protón se obtiene un átomo cuyo radio es unas doscientas veces menor que el del
hidrógeno.
La primera generación de quarks y leptones
compone la práctica totalidad de la materia que nos rodea: protones, neutrones
y electrones. ¿Qué representan las otras dos generaciones? ¿Cómo sería la
realidad sin ellas? Parece que si no hubiera tres generaciones de quarks no se
habría roto la simetría entre materia y antimateria y todo el universo sería de
luz, ya que la materia se habría aniquilado con la antimateria, dando
radiación: trataremos esa cuestión en el capítulo 19.
Las interacciones básicas
Conocemos cuatro interacciones básicas entre las
partículas: gravitatoria, electromagnética, nuclear débil y nuclear fuerte. La
primera hace que los cuerpos caigan al suelo, que la Luna gire alrededor de la
Tierra y los planetas alrededor del Sol, que se formen las estrellas, que se
mantengan las galaxias, y juega un papel primordial en astrofísica y en
cosmología. La gravitación fue descrita matemáticamente por primera vez por
Newton, en 1687; en 1915, Einstein propuso una descripción diferente, basada en
la curvatura del espacio-tiempo, en una teoría que se reduce a la de Newton en
la mayoría de situaciones, pero que se diferencia de ella en diversos aspectos:
la propagación de señales con velocidad finita, la predicción de ondas
gravitatorias, la desviación de la luz por efecto de la gravedad, la influencia
de la gravedad sobre el paso del tiempo —a mayor gravedad, más lentamente pasa
el tiempo—, y correcciones sustanciales a la expresión de Newton cuando la
gravitación es muy intensa, conduciendo, por ejemplo, a los agujeros negros.
La interacción electromagnética causa la
cohesión de los átomos y las moléculas, y constituye la base de las ondas
electromagnéticas, entre las cuales la luz, los rayos X, los rayos gamma, y las
ondas de radio, televisión y telefonía móvil. Su descripción matemática se
consiguió en 1865, con las ecuaciones de Maxwell, que unifican las fuerzas
eléctricas y magnéticas, consideradas antes como fuerzas diferentes, en una
sola interacción.
Las interacciones gravitatoria y electromagnética
tienen largo alcance. Ahora bien: así como las cargas eléctricas positivas
neutralizan las negativas, en la interacción gravitatoria las masas siempre se
suman. Por eso, las interacciones electrostáticas entre los objetos celestes
son despreciables, y solo son relevantes las interacciones gravitatorias.
A diferencia de las dos interacciones
mencionadas, las interacciones nucleares tienen alcance muy corto, comparable
al radio de los protones y neutrones. La interacción nuclear fuerte une
protones y neutrones en los núcleos atómicos, y de ella proceden las grandes
cantidades de energía liberadas en las reacciones nucleares, que constituyen la
fuente energética de las estrellas. Sin esa interacción atractiva, los núcleos
se romperían, a causa de la repulsión electrostática entre los protones. Esta
interacción se describe actualmente mediante la llamada cromodinámica cuántica.
La interacción nuclear débil convierte protones en neutrones y viceversa, y
desempeña un papel importante en la desintegración beta y en muchas reacciones
nucleares.
Interacciones y simetrías
La física ha tenido siempre mucho interés en
explorar las simetrías más diversas y sutiles. Al estudiar las interacciones,
se toma en consideración tres tipos de simetrías: la de paridad (simetría P),
que corresponde a la simetría entre la física del mundo real y la física del
mundo visto en un espejo; la de inversión temporal (simetría T) o simetría
entre el mundo real y el mundo que fuera hacia atrás en el tiempo; y la de
conjugación de carga (o simetría C), o simetría entre el mundo real y el mundo
resultante de cambiar cada partícula por su antipartícula y viceversa.
Intuitivamente, uno podría pensar que cada una de esas tres simetrías se
satisfacen, pero en realidad solo se puede demostrar matemáticamente la
conservación de la composición de las tres simetrías, o simetría CPT.
La consideración de las simetrías abre nuevas
visiones sobre las fuerzas. Así, la interacción nuclear débil rompe la simetría
entre derecha e izquierda —o simetría de paridad, conservada por las otras
interacciones—. En 1957 se observó que la desintegración beta —típica de la
interacción débil— funciona de manera ligeramente diferente según la
orientación de los núcleos en un campo magnético: no tiene las mismas características
en un espejo que en la realidad. Otra manifestación de esa curiosa ruptura de
simetría entre derecha e izquierda es la observación de que los neutrinos son
levógiros —giran hacia la izquierda a medida que avanzan— en tanto que los
antineutrinos son dextrógiros —giran a la derecha a medida que avanzan—.
Otra intrigante ruptura de simetría es la de la
inversión temporal. En 1964 se descubrió la ruptura de esa simetría en la
desintegración de los kaones neutros. Y desde 2006 ha sido también observada,
en mayor grado, en la desintegración demesones B y Bs neutros (compuestos por un quarkb y un antiquark d, o por un quark b y un antiquark s, respectivamente). En el capítulo 19 comentaremos la
relación entre ese proceso y un posible mecanismo de ruptura de simetría entre
materia y antimateria, esencial para que el universo pueda contener materia y
no tan solo radiación. Sin embargo, esa ruptura —relacionada con la ruptura de
la simetría CP— es mucho menos frecuente que la ruptura de la simetría C
mencionada antes.
La unificación de las interacciones
Uno de los objetivos más ambiciosos de la física
es llegar a unificar todas esas interacciones en una sola, tal como las
interacciones eléctrica y magnética fueron unificadas por Maxwell en la
interacción electromagnética. Aunque no es una necesidad lógica, perseguir ese
objetivo —más bien metafísico, teológico o místico—, tan apreciado por
Einstein, ha sido una fuente constante de inspiración y progreso durante más de
medio siglo.
La primera unificación, tras la
electromagnética, fue la de las interacciones electromagnéticas con las
interacciones nucleares débiles. Unificar esas dos interacciones parece, en
principio, una quimera, ya que la interacción electromagnética tiene alcance
infinito, en tanto que la nuclear débil tiene un alcance del orden del radio
del protón. No resulta en absoluto intuitivo que ambas fuerzas se tengan que
unificar. Sin embargo, a medida que se estudiaba el comportamiento de las
interacciones a mayores energías se fue advirtiendo que sus características
resultaban menos diferentes. Se cree que a energías superiores a los 100 GeV (1
Gev son mil millones de electronvoltios), ambas interacciones confluirían en
una sola. Así, al hablar de unificación electrodébil estamos utilizando los términos
de forma ligeramente diferente que en la unificación electromagnética. En esta
última, las ecuaciones describen tanto la fuerza eléctrica como la magnética a
las energías que conocemos. En el caso electrodébil, la teoría unifica ambas
interacciones a energías elevadas pero a energías bajas describe las
interacciones como considerablemente diferenciadas.
La unificación electrodébil
Las interacciones electromagnética y nuclear
débil fueron unificadas por Glashow, Weinberg y Salam, en 1968. En 1961, Glashow
generalizó algunos modelos previos de unificación electrodébil, incorporando la
posibilidad de corrientes neutras, relacionadas con una cierta partícula
neutra Z0. En
1968, Weinberg y Salam introdujeron la idea de ruptura de simetría entre las
masas de los bosones intermediarios, es decir, la masa de los bosones W+, W– y Z0, que debe ser muy grande para que la interacción
débil tenga alcance corto. La observación en el CERN de la partícula Z0 en 1973, y la confirmación de otras predicciones
de la teoría, hicieron que Glashow, Weinberg y Salam recibieran el premio Nobel
de Física de 1979.
Partículas intermediadoras de las fuerzas
Al estudiar el átomo de Bohr hemos cuantizado
las órbitas de los electrones, pero hemos seguido utilizando la expresión
clásica de la ley de Coulomb. Esto no explica por qué en esas órbitas no se
emite radiación. Para ello se debe cuantizar también el campo eléctrico —y las
otras interacciones en general—. Al hacer eso, la dualidad onda-corpúsculo hace
que la mecánica cuántica asocie una partícula a cada interacción, y considere
la interacción como un intercambio de tales partículas. Cuanto más pesadas son
dichas partículas, más reducido es el alcance de la interacción
correspondiente. A las partículas características de la materia —quarks y
leptones— es necesario añadirles, pues, las partículas de las interacciones.
Las partículas de la materia elemental tienen
espín semientero y obedecen la estadística de Fermi, que limita el número de
partículas que puede haber en un estado; en cambio, las partículas asociadas a
las interacciones tienen espín entero y obedecen la estadística de
Bose-Einstein, que permite que haya muchas partículas en un mismo estado. En la
estadística de Fermi las partículas son como los pasajeros que suben a un vagón
vacío y se dispersan por asientos bien separados, en tanto que en las de Bose
tienden a agruparse.
En la segunda cuantización, la interacción
electromagnética es considerada como un intercambio de fotones, de masa nula.
En la teoría unificada de las interacciones electromagnética y nuclear débil,
la fuerza débil está mediada por las partículas W+, W– y Z0. Tales partículas, predichas por la teoría de
Weinberg y Salam, tienen masa considerable (de unos 85 000 MeV), lo que da
razón del corto alcance de la interacción. Mérito especial de Weinberg y Salam
fue idear un mecanismo para explicar por qué esas partículas tienen tanta masa,
y por qué los electrones tienen masa muy superior a la de los neutrinos. En
este mecanismo intervendría una partícula adicional, el llamado bosón de Higgs.
A primera vista, uno podría pensar que es
posible asignar directamente a las partículas la masa que de ellas se observa
en la práctica. Eso, sin embargo, conduce a graves divergencias en los
resultados matemáticos, que destruyen la consistencia de la teoría, cosa que no
ocurre, en cambio, si se supone que las partículas tienen originariamente masa
nual, y que adquieren su masa observada gracias a su interacción con un medio
sutil que llena todo el espacio — medio conocido como «campo de Higgs», en
honor de Peter Higgs, uno de los investigadores que en 1964 propusieron su
existencia—. Ese medio no ofrece resistencia al movimiento uniforme de las
partículas, pero sí a su aceleración, por lo cual contribuye a su masa
inercial. Conceptualmente, eso es muy interesante, ya que supone que una
propiedad como la masa, aparentemente tan intrínseca y esencial de las
partículas, no es una esencia, sino una relación entre esas y un medio sutil
universal. Algo parecido ocurre, de hecho, en la física clásica con los objetos
que se mueven en un fluido perfecto, de viscosidad nula, ya que acelerar el
objeto supone acelerar también el fluido circundante, lo cual tiene el efecto
de producir una masa aparente mayor que la masa real. El bosón de Higgs se
podría imaginar — a efectos divulgativos— como una excitación o «burbuja»
cuántica que se produciría en el mismo medio si fuera agitado suficientemente.
Ese campo de Higgs no explica los valores
concretos de las masas de las diversas partículas, pero les suministra un marco
conceptual que permite la consistencia de la teoría de unificación. Conviene
subrayar que nos estamos refiriendo a las masas de las partículas elementales,
pero no a las masas de las partículas compuestas — como los protones y
neutrones, que forman prácticamente toda nuestra masa—. La masa de protones y
neutrones es, en buena parte, energía de movimiento rapidísimo de los quarks
dentro del reducido espacio de tales partículas, así como de sus interacciones
con los gluones. Por lo tanto, en principio, nuestra masa aparente podría ser
diferente de cero aunque las masas de los quarks y los leptones fueran nulas.
A principios de julio de 2012 se hizo público en
el CERN el descubrimiento de una partícula de unos 126 000 MeV y espín cero,
muy inestable — apenas dura unas billonésimas de segundo antes de
desintegrarse— que podría ser el bosón de Higgs, buscado durante casi cuatro
décadas. Sin embargo, se ha tardado bastantes meses más en poder afirmar con
mucha probabilidad que es en efecto dicho bosón, ya que se habría podido tratar
de otro tipo de partícula — por ejemplo, alguna partícula supersimétrica, de
las que hablaremos posteriormente—. Para decidirlo, se debe conocer con
precisión la probabilidad relativa de las diversas formas de desintegración de
la partícula observada, pero la observación inequívoca de tales
desintegraciones es muy difícil.
Si realmente la partícula observada es el bosón
de Higgs, se habría culminado el modelo estándar, con la observación detallada
de todas las partículas que intervienen en el mismo. Si, en cambio, se hubiera
tratado de otro tipo de partícula, la situación habría resultado todavía más
interesante, ya que habría sido la primera observación de una partícula más
allá del modelo estándar.
Cromodinámica cuántica: interacción fuerte
La interacción nuclear fuerte se atribuye a las
cargas de color de los quarks y se describe mediante la cromodinámica cuántica.
Se considera que corresponde a un intercambio de partículas de masa nula
denominadas gluones (de la palabra inglesa glue: adhesivo, que a su vez procede de la palabra
griega gluos, con el mismo
significado). Aunque su masa nula podría hacer pensar en un alcance infinito de
la interacción, los gluones están cargados —carga de color— e interaccionan
fuertemente entre sí, a diferencia de los fotones, que son neutros y no
interaccionan. Según sus cargas, hay ocho tipos de gluones diferentes. La
interacción entre ellos es tal que la intensidad de la interacción fuerte
aumenta muy rápidamente al crecer la separación entre los quarks e impide
encontrar quarks aislados, en tanto que a cortas distancias los quarks casi no
interaccionan, como si estuvieran totalmente libres: esa propiedad de la
interacción fuerte se conoce como libertad asintótica.
A efectos de completitud, conviene mencionar que
la interacción gravitatoria estaría asociada con el intercambio de hipotéticos
gravitones, que serían los quanta de esta interacción, y estarían asociados a
las ondas gravitatorias —ondas de curvatura del espacio-tiempo, propuestas por
Einstein en 1915 pero todavía no observadas— tal como los fotones lo están a
las ondas electromagnéticas.
Más allá del modelo estándar
Tenemos, así, una clasificación de la materia
elemental y de sus interacciones. Se plantean, en seguida, nuevas preguntas:
¿podría haber más generaciones de quarks y leptones? ¿Podría haber una realidad
más microscópica tras ellos? ¿Podría haber otros tipos de interacciones,
todavía no conocidos?
La búsqueda de una realidad más elemental y
profunda que quarks y leptones ha sido estimulada por las complejidades del
modelo estándar. El modelo no es simple: hay dieciocho quarks —seis sabores por
tres colores—, tres leptones cargados y sus neutrinos correspondientes:
veinticuatro partículas, más sus veinticuatro antipartículas. En lo que
respecta a partículas intermediadoras de las interacciones hay ocho gluones, el
fotón, tres bosones de la interacción débil, el gravitón, y el bosón de Higgs.
En total, hay sesenta y dos partículas elementales. Hay, además, veinte
parámetros numéricos —constantes físicas, masas de los quarks, de los leptones,
de los bosones Z y W, y otros parámetros que describen la intensidad de las
interacciones—,de manera que nos hallamos con una teoría poco satisfactoria en
lo que respecta a su elementalidad. Además, los valores de esas constantes
juegan un papel relevante en el contenido del universo, como veremos en el
capítulo 19.
El modelo estándar no explica por qué hay tres
generaciones de partículas, ni por qué las masas de las diversas partículas y
otras constantes físicas tienen el valor que tienen, ni por qué la carga del
protón es igual, en valor absoluto, a la del electrón. Para superar esas
limitaciones, ha habido diversos intentos de ir más allá del modelo estándar y
unificar las fuerzas.
Algunos de ellos intentan unificar las
interacciones electrodébiles y fuertes —son las teorías de gran unificación o
GUT—. Uno de sus ingredientes es la supersimetría, que relaciona fermiones
—partículas de materia— y bosones —partículas intermediadoras de las
interacciones—. En la supersimetría, a cada uno de los fermiones conocidos se
le asigna un bosón, y viceversa. Por ello, se incrementa el número de
partículas elementales con las partículas simétricas de las actuales en lo que
respecta al espín. A cambio, reducen mucho el valor de la energía del vacío
cuántico, ya que las contribuciones de los fermiones a la densidad de energía
del vacío se cancela con la de los bosones; sin la supersimetría, la densidad
teórica de energía del vacío parece ser unos ciento veinte órdenes de magnitud
mayor que el valor observado. Las partículas supersimétricas son buscadas en el
LHC pero todavía no han sido observadas.
Algunas de esas teorías permiten la
desintegración del protón, que es estable en las teorías no unificadas. Muchos
años de investigación en ese fenómeno, sin embargo, apuntan a la conclusión de
que el protón no se desintegra, o lo hace con una semivida más larga que la
edad del Universo.
La integración de la gravitación en un esquema
unificado supone problemas mucho más importantes que los de una unificación de
fuerzas electrodébiles y fuertes, y requiere una teoría cuántica de la
gravitación, todavía no conseguida, pese a diversas teorías que apuntan
posibilidades interesantes.
La teoría de supercuerdas: dimensiones adicionales
A finales de los años 1980 recibió un gran
impulso una nueva manera de considerar la estructura fundamental de la materia:
la teoría de supercuerdas, en que se englobarían las cuatro interacciones
conocidas y según la cual las partículas serían excitaciones de unas diminutas
cuerdas elementales, de longitud del orden de la longitud de Planck (10 –35 m, como veremos en el capítulo 17), que podrían
tener diversos modos de oscilación, tal como las cuerdas de guitarra pueden
vibrar en diversos armónicos. La teoría tiene, así, un cierto sabor pitagórico,
en que el fundamento de todo son los números y las armonías de las vibraciones.
Al hablar de supercuerdas, no nos referimos pues a cuerdas grandes, sino a
cuerdas que cumplen la condición de supersimetría, mencionada anteriormente: es
decir, que hacen corresponder un fermión a cada bosón y viceversa.
Esas teorías parecen conseguir unificar las
cuatro interacciones básicas, y ponen de manifiesto una simetría muy elevada a
energías muy altas —simetría que, al romperse a energías más bajas, produce la
impresión de la multiplicidad de interacciones—. Curiosamente, su consistencia
matemática —en concreto, evitar que una serie de expresiones tengan valor
infinito— exige que el espacio no tenga tres dimensiones, sino nueve —o
veinticinco, pero no un número arbitrario de ellas—. Seis de esas nueve
dimensiones estarían profundamente replegadas o compactificadas en pequeños
espacios de radio minúsculo, un billón de billones de veces más pequeño que el
radio del protón.
La idea según la cual el espacio debería tener
más de tres dimensiones fue propuesta por Kaluza y Klein en los años 1930, en
un intento de unificar electromagnetismo y gravitación. Por ahora, las grandes
dificultades matemáticas de las teorías de supercuerdas, la dificultad de
efectuar predicciones observables, y la falta de unicidad de soluciones, han
retrasado su progreso. En efecto, la teoría conduce a cinco grandes
posibilidades, llamadas de tipo I, tipo IIA, tipo IIB, heterótica E8 x E8 y
heterótica SO(32). La teoría I difiere de las otras cuatro en el hecho de que
sus cuerdas pueden ser bucles cerrados o cuerdas abiertas, en tanto que en las
demás solo hay bucles cerrados. Las teorías difieren en la forma de vibración
de las cuerdas y en la interacción entre sus vibraciones. Esa multiplicidad de
resultados resulta decepcionante, ya que se quería hallar una teoría única en
que todas las constantes universales de la física quedaran determinadas
unívocamente, pero no se ha logrado. A pesar de sus limitadas aportaciones
físicas, sin embargo, ha conducido a progresos en campos matemáticos como la
topología o la teoría de números, a partir de los importantes resultados de
Witten.
La teoría M
Hacia 1995, Edward Witten, del Instituto de
Estudios Avanzados de Princeton, propuso la llamada teoría M (la M viene
originalmente de membrana, pero se ha propuesto que también podría significar
mágica, misteriosa), que trabaja con espacio-tiempo de 11 dimensiones en lugar
de 10, y que es capaz de establecer relaciones detalladas entre las cinco
familias de soluciones de la teoría de supercuerdas. En lugar de suponer que
las partículas son excitaciones de cuerdas unidimensionales, suponen que pueden
serlo de pequeñas membranas bidimensionales. En efecto, desde 1990 se habían
hallado dualidades o equivalencias sutiles entre las cinco teorías conocidas,
de modo que la posibilidad de que haya una solución única, de la cual las cinco
teorías de supercuerdas sean representaciones parciales, ha vuelto a emerger en
la teoría M.
Así, entre las teorías IIA y IIB, así como entre
las dos teorías heteróticas, hay una relación de dualidad según la cual la
descripción de cuerdas de radio R en una teoría es análoga a la de cuerdas de
radio 1/R en la otra teoría. Asimismo, entre la teoría de tipo I y la teoría
heterótica SO(32) hay otro tipo de dualidad, consistente en que el
comportamiento a energías elevadas en la una es análogo al comportamiento a
energías bajas en la otra. Algunos autores suponen que la teoría M podría ser
la teoría definitiva, y que según las condiciones en que se aplique, se manifestará
como una u otra de las cinco teorías de supercuerdas.
Observemos pues que, en un principio, teníamos
cuatro interacciones; el deseo de unirlas en una sola ha conducido a teorías
muy complicadas, sin nuevas predicciones observables por ahora, y que en lugar
de tener cuatro fuerzas tienen cinco formas diferentes y no indican el valor de
las constantes —en el capítulo 19, sobre cosmología, nos volveremos a referir a
esa cuestión desde otra perspectiva diferente—. Uno puede preguntarse qué se ha
ganado realmente en este proceso. Si el objetivo era llegar a una descripción
más compacta, no se ha conseguido. Ello no excluye que la aventura no haya sido
interesante y haya abierto perspectivas nuevas y reflexiones sorprendentes,
pero tampoco podemos excluir que tal vez convenga ensayar nuevas estrategias en
el futuro.
Capítulo 6
Laberintos electrónicos
La revolución electrónica
En este capítulo nos
ocuparemos de algunos descubrimientos en que la física cuántica manifiesta el
atractivo de las revoluciones tecnológicas, con un alto impacto sobre la vida
cotidiana y sobre la actividad industrial y económica. Tecnológicamente, nuestra
sociedad depende en buena parte de instrumentos, técnicas, memorias y controles
basados en la electrónica, cuyas sutilezas se fundamentan en la física
cuántica. Sin una visión clara de los fundamentos físicos, la exploración de
las aplicaciones habría sido lenta y vacilante. Lejos de ello, la carrera
tecnológica ha tenido una efectividad, un ritmo, una audacia, una potencia
transformadora incomparables. Sus éxitos han ido realimentando la tecnología:
la disponibilidad de nuevos dispositivos permite nuevos proyectos, los cuales
estimulan a su vez la investigación de nuevos dispositivos. A diferencia de lo
que ocurre con la también poderosa revolución nuclear, la revolución
electrónica cuenta con un amplio respaldo público que va más allá del simple
consumo utilitario y se convierte en auténtico entusiasmo por la innovación.
Conducción eléctrica
El estudio de la electricidad se inició a
mediados del siglo XVIII, con atención a la electrostática, es decir, a las
fuerzas entre partículas cargadas inmóviles. La ley de Coulomb, de 1785,
proporcionó una descripción matemática elegante y eficaz de dichas fuerzas. Los
experimentos de Galvani sobre los efectos fisiológicos de la electricidad
empezaron a enfocar la atención en las corrientes eléctricas, campo que ganó un
gran impulso con la pila de Volta (1800), que permitió disponer de fuentes
estables de corriente. Las observaciones de Ohm sobre la relación entre la
intensidad de corriente y la diferencia de potencial (1826), establecieron el
concepto de resistencia eléctrica, como cociente entre la diferencia de
potencial aplicada y la intensidad de corriente.
Hay materiales conductores de electricidad, como
los metales, y materiales aislantes, como las cerámicas. La diferencia entre
ellos resulta, en principio, bastante intuitiva: los conductores tienen cargas
eléctricas libres, que se pueden desplazar, mientras los aislantes tienen todas
sus cargas fijadas. Relacionar los distintos valores de la conductividad
eléctrica con la estructura de los materiales fue convirtiéndose en un problema
cada vez más atractivo en la física de la segunda mitad del siglo XIX.
No hizo falta la física cuántica para advertir
que la estructura de los metales es una red de iones positivos, en el seno de
la cual hay electrones libres. Los electrones no se pueden escapar porque
quedan retenidos por las cargas positivas de la red, pero se mueven dentro de
ella con gran libertad. Si se les aplica una diferencia de potencial eléctrico
entre dos puntos del material, actúa sobre los electrones una fuerza que los
acelera. Al irse desplazando, los electrones van chocando con los iones de la
red, de manera que no se aceleran indefinidamente, sino que se llega a una
situación en que el frenado ejercido por los choques con la red y la
aceleración producida por la fuerza eléctrica exterior se compensan mutuamente
y se llega a una velocidad constante, que se traduce en una corriente
eléctrica.
La resistencia eléctrica es una consecuencia de
las colisiones de los electrones contra la red. Cuanto más frecuentes sean, más
difícil resultará que los electrones se muevan con velocidad elevada. Así pues,
la resistencia eléctrica dependerá de la concentración de electrones libres por
unidad de volumen —cuantos más electrones libres, más corriente se podrá
conducir— y del tiempo entre colisiones sucesivas entre electrones y red
—cuanto mayor el tiempo entre las colisiones, más se pueden acelerar los
electrones—. Como la red vibra más cuanto mayor es la temperatura, mayores son
las probabilidades de colisión de los electrones, y la resistencia del metal
aumenta con la temperatura. Las colisiones de los electrones ceden energía a la
red, de manera que el paso de una corriente calienta el metal. Joule, hacia
1850, estudió este fenómeno, conocido desde entonces como efecto Joule. Este
calentamiento es la base de las estufas eléctricas, de los hornos y fogones
eléctricos, y de las bombillas de incandescencia, por poner algunos ejemplos
bien conocidos.
Hacia la misma época, Faraday estudió la
corriente eléctrica en disoluciones electrolíticas —disoluciones de iones—, con
importantes resultados para el procesamiento industrial de materiales,
almacenamiento de energía en baterías eléctricas y nuevas informaciones sobre
la estructura de la materia. Sus descubrimientos sobre inducción magnética
fueron la base de motores eléctricos y de centrales eléctricas, grandes
protagonistas de la segunda revolución industrial del siglo XIX.
En 1874 se descubrieron los semiconductores.
Esos materiales, como su nombre sugiere, no son ni totalmente conductores ni
totalmente aislantes. Al revés de lo que ocurre con los metales, su resistencia
disminuye al aumentar la temperatura y algunos efectos magnéticos sobre ellos
tienen signo opuesto al que tienen en los metales. Ello resultaba
incomprensible desde la perspectiva clásica de la física de los materiales.
También aquí, la física cuántica contribuyó a la
comprensión del fenómeno. Al describir el comportamiento de los electrones en
un material macroscópico, se obtienen unas órbitas colectivas agrupadas en dos
grandes bandas: una de baja energía, o banda de valencia, correspondiente a los
electrones localizados en átomos concretos y en sus enlaces con átomos vecinos
y que, por ello, no pueden desplazarse. La otra banda, de más energía, es la
banda de conducción, correspondiente a los electrones que pueden desplazarse.
Entre los niveles de mayor energía de la banda de valencia y los de menor
energía de la banda de conducción hay un intervalo de energías prohibidas
(también llamado gap), donde
no puede haber electrones.
Figura 6.1. Banda de valencia (de electrones sedentarios) y banda de
conducción (de electrones nómadas). Entre ellas, el intervalo prohibido (o
gap).
Electrones y agujeros
En los aislantes, todos los electrones se hallan
en la banda de valencia y no se desplazan. El intervalo de energías prohibidas
es muy grande en comparación con la energía ambiente. En los metales, la banda
de valencia está llena pero la banda de conducción también se halla muy
poblada. El intervalo de energías prohibidas es muy estrecho o nulo. En los
semiconductores, casi todos los electrones están en la banda de valencia, pero
el intervalo entre esta y la banda de conducción no es muy ancho —en el
silicio, el intervalo prohibido es unas veinte veces la energía térmica
ambiente—. Por ello, algunos electrones pueden saltar de la banda de valencia a
la de conducción y contribuir a la conductividad del material. El número de
electrones capaces de saltar a la banda de conducción aumenta mucho con la
temperatura, lo cual explica que la conductividad aumente —y la resistencia
disminuya— cuando aumenta la temperatura. Pero como consecuencia del principio
de exclusión de Pauli, cuando un electrón salta a la banda de conducción deja
un agujero en la banda de valencia. Ese agujero actúa como una carga positiva
que se desplaza en sentido opuesto al de los electrones, y contribuye a la
conducción.
Los materiales semiconductores más usuales, el
silicio y el germanio, tienen cuatro electrones en la última capa de sus
átomos, y ello hace que se enlacen con otros cuatro átomos, compartiendo con
cada uno de ellos un par de electrones. Así, cada átomo consigue tener ocho
electrones en la última capa —cuatro propios y cuatro compartidos—. Todos esos
electrones están localizados.
Una manera de aumentar el número de electrones
en la banda de conducción, consiste en introducir en el material semiconductor
un pequeño número de impurezas que tengan cinco electrones en la última capa,
como el fósforo o el arsénico. Las concentraciones usuales de esas impurezas
son del orden de un átomo de impureza por cada millón de átomos originales. Si
se sustituye un átomo de cuatro electrones por uno de cinco, el nuevo átomo se
enlaza con cuatro átomos vecinos, pero todavía le queda un electrón sobrante,
que puede pasar con facilidad a la banda de conducción. Dicho material puede
conducir con facilidad mediante electrones y se llama semiconductor de
tipo n (negativo). El
número de electrones de conducción procedentes de las impurezas es miles de
veces mayor que el de electrones procedentes de la excitación térmica del
material de base.
Si, en cambio, sustituimos un átomo de cuatro
electrones en la última capa por uno de tres electrones, a este le falta un
electrón para poderse enlazar con los cuatro átomos vecinos. Por ello, a su
alrededor queda un «agujero», que podrá contribuir a la conducción de carga
eléctrica. Este tipo de semiconductores se denominan semiconductores de tipo p (positivos), porque las plazas no ocupadas por
los electrones actúan como agujeros positivos.
Diodos y transistores: bases de la electrónica
La combinación de semiconductores p y n, especialmente en diodos y transistores, es la base de la electrónica, gracias
a tres funciones básicas: rectificación, conmutación y amplificación, que
permiten un número prácticamente ilimitado de operaciones, desde las muy
simples hasta computaciones sofisticadísimas en ordenadores.
La unión en serie de un semiconductor p con uno n se denomina una unión pn. A través del plano de unión entre las zonas p y n, los electrones abundantes de la zona n tienden a difundirse hacia la zona p, y al revés ocurre con los agujeros. Ese proceso no
es indefinido, ya que al irse desplazando los electrones hacia la zona p dejan tras de sí una zona positiva, que los
atrae y no les deja marchar muy lejos. Esa zona fina centrada en el plano de
unión tiene características físicas muy relevantes, tanto en el paso de
corriente como para la transformación de luz en electricidad y de electricidad
en luz, y es uno de los espacios tecnológicamente más fructíferos de la física.
A través de esa unión, la corriente de
electrones pasa con facilidad desde la zona n a la p, pero no en sentido contrario, a diferencia de los conductores usuales,
que dejan pasar la corriente por igual en ambos sentidos. La capacidad de dejar
pasar la corriente solo en un sentido se denomina rectificación. Esa unión
constituye un diodo rectificador: deja pasar corriente —de signo
convencionalmente positivo— si el potencial eléctrico en p es mayor que en n, y no la deja pasar en caso contrario.
Figura 6.2. Unión pn como diodo rectificador: deja pasar la corriente
positiva desde la zona p a la n, pero no al contrario.
Laboratorios Bell, Nueva Jersey (USA), 1947: el
origen del transistor
William Shockley, John Bardeen y Walter Brattain (premio Nobel de Física de
1956), trabajando en los laboratorios Bell, suponen el hito decisivo en el
origen del transistor, aunque la idea teórica era algo anterior. El veintitrés
de diciembre de 1947, se presentó el primer transistor de puntas, conseguido
por Bardeen y Brattain al explorar una sugerencia de Shockley. Molesto por el
hecho de que su nombre no apareciera en la patente, Shockley siguió trabajando
por su cuenta para lograr un tipo diferente de transistor: el transistor de
unión, más compacto y práctico. En abril de 1949 logró su primer transistor,
que siguió mejorando hasta su presentación en público en una conferencia de
prensa en julio de 1951. Hacia 1952, Shockley se instaló en California, donde
fundó su propia empresa de semiconductores. Diversos colaboradores suyos fueron
creando nuevas pequeñas compañías —casi un centenar, entre 1955 y 1965—
sentando las bases de una relación dinámica e innovadora entre electrónica,
industria y comercio, en lo que posteriormente se conocería como Silicon
Valley.
Las otras dos funciones básicas son la
amplificación, consistente en amplificar —o reducir— una señal, y la
conmutación, consistente en actuar como interruptor, dejando pasar o impidiendo
el paso de la corriente. Esas funciones se llevan a cabo en transistores
—nombre que procede de la denominación «transfer resistor»—, una estructura típica de los cuales es una
sucesión npn o pnp. En ellos, hay tres conexiones, el voltaje en una de
ellas (la central) regula el flujo de corriente entre las otras dos. En
particular, puede actuar como interruptor, permitiendo o deteniendo el paso de
corriente, lo cual permite funciones de control o actuar como puertas lógicas
de ordenadores.
Hay dos tipos de transistores: el bipolar y el
de efecto de campo. No trataremos sus detalles, ya que ello excede el nivel
introductorio de este libro. Su fundamento es relativamente simple: hemos visto
que en las uniones np los
electrones pasan de n a p pero no al revés; al tener aquí una
sucesión npn, vemos que si la
corriente puede atravesar la primera interficie np, no podrá atravesar la segunda (pn). Sin embargo, si el potencial de la conexión central
(o puerta) es positivo, atraerá los electrones de la zona p y rechazará sus agujeros. Con ello, la
zona p que hay entre las
dos zonas n pasará a
exhibir un estrecho corredor n (rico
en electrones) y la corriente podrá circular. En cambio, si el voltaje de la
puerta es negativo, pasará lo opuesto, y el dispositivo no conducirá. El primer
transistor MOSFET (metal-oxide-semiconductor field effect
transistor) fue fabricado en los
laboratorios Bell a finales de 1959.
Figura 6.3. Transistor de tipo MOSFET (metal-oxide-semiconductor field
effect transistor): cuando P es positivo, los electrones pasan de F a D, y no
pasan cuando P es negativo.
Esas dos funciones
—conmutación, amplificación— se habían logrado antes de
los semiconductores, mediante válvulas de vacío —a saber, tubos vacíos con un
electrodo caliente, que desprende electrones, un electrodo positivo, que atrae
a los electrones, y una rejilla metálica interpuesta, cuyo voltaje regula el
paso de electrones—. Las válvulas de vacío se habían inventado en 1907 y habían
iniciado la electrónica. Con ellas se habían fabricado teléfonos, radios,
tocadiscos, altavoces, televisores y los primeros ordenadores —el Colossus en
el Reino Unido, construido hacia 1941 para romper los códigos secretos de la
marina alemana, y el ENIAC (Electronic
Numerical Integrator and Computer), inaugurado en 1946 en el laboratorio de
investigación balística del ejército de Estados Unidos—. Sin embargo, las
válvulas de vacío eran grandes, desprendían mucho calor y se estropeaban a
menudo. A pesar de que su vida útil de funcionamiento llegaba a las tres mil
horas, en un ordenador con unas veinte mil válvulas, como el ENIAC, se tenía
que cambiar una válvula cada cuatro o cinco minutos. La vida útil mucho más
larga de los transistores fue decisiva en el desarrollo de la computación
electrónica.
Con los dispositivos semiconductores se
conseguía miniaturizar los circuitos, hacerlos mucho más fiables, rápidos y
baratos, con vidas útiles mucho más prolongadas, utilizar voltajes mucho
menores, con menor consumo y menor calentamiento, poco sensibles a las
vibraciones y choques, y con posibilidad de automatización. Ello jugó un gran
papel en difundir la radio y la televisión, tocadiscos, teléfono, calculadoras,
y sistemas automáticos de control de muchos otros tipos de aparatos, con un
impacto público extraordinario.
Circuitos integrados y ordenadores
Además de la larga vida y el escaso consumo de
los transistores, que habrían bastado para una revolución industrial, las
posibilidades de su miniaturización abrieron una perspectiva tecnológica
vertiginosa. En 1958, Jack Kilby (premio Nobel de Física de 2000), de la Texas
Instruments, con germanio, y poco después Robert Noyce, en Fairchild
Semiconductor, con silicio, tuvieron la idea de construir circuitos integrados,
en lugar de fabricar piezas por separado. Esos circuitos contienen
semiconductores y componentes pasivos (conductores, condensadores), diseñados
de acuerdo con necesidades bien definidas. Resultan mucho más baratos que los
circuitos consistentes en partes ensambladas, ya que se pueden fabricar en
masa, directamente mediante fotolitografía. El ritmo al que ha avanzado la velocidad
y la potencia de los circuitos viene sintetizado por lo que se denomina la ley
de Moore: cada 18 meses se duplica la velocidad y la potencia de los circuitos.
En 2006, se sobrepasó un millón de transistores por milímetro cuadrado.
En el desarrollo de circuitos integrados hay
cuatro grandes etapas. La primera corresponde a la integración a pequeña
escala, unas decenas de transistores, adecuadas para puertas lógicas. El
programa espacial de los USA en la década de los 1960 promovió la tecnología de
circuitos integrados, lo cual ayudó a rebajar los costes para otras
aplicaciones. Hacia 1965, se entra en la integración a media escala, con
centenares de transistores por circuito; hacia 1974, se inicia la integración a
gran escala, con decenas de miles de transistores, con el estímulo de los
ordenadores; a partir de 1980, la integración a muy grande escala, con
centenares de miles de transistores, hasta llegar a decenas de millones. Uno de
los estímulos actuales para incrementar velocidad y potencia es el tratamiento
de imágenes para videojuegos, que requiere gran velocidad y gran memoria. La
lógica de compra ha estado relacionada con mayores prestaciones en velocidad y
memoria y a precio más reducido, más que en el agotamiento de las posibilidades
de los modelos anteriores.
Diodos emisores de luz
Las relaciones entre los semiconductores y la
luz son muy ricas. Los fotones pueden excitar electrones desde la banda de
valencia a la de conducción, dejando un agujero en la banda de valencia. Por
ello, un semiconductor iluminado puede aumentar mucho su conductividad. A su
vez, un electrón de la banda de conducción puede caer a un agujero de la banda
de valencia y liberar un fotón. La longitud de onda de la radiación emitida
depende del intervalo de energía, según la ley de Planck, tal como ocurre en
los saltos entre niveles atómicos. Por lo tanto, potencialmente, los
semiconductores pueden transformar luz en corriente eléctrica y corriente
eléctrica en luz.
La conversión de electricidad en luz en
semiconductores se inicia hacia 1962, con los diodos emisores de luz (o
LED: Ligth-emitting diodes),
cuyo uso se ha generalizado en semáforos, luces de automóvil, aviación,
lámparas, pantallas de ordenadores y de televisor. En los LED, se hace llegar a
una unión pn electrones
por un lado y agujeros por el otro, lo cual convierte esta zona en una fuente
de luz, al irse combinando electrones de la banda de conducción con agujeros de
la banda de valencia y emitir el fotón correspondiente. Sin embargo, ni el silicio
ni el germanio resultan muy adecuados para esa función, ya que se requiere que
la cantidad de movimiento del electrón y del agujero sean iguales entre sí,
cosa que no ocurre en esos materiales. Para ello, se requieren otros
materiales, como el arseniuro de galio GaAs. El mecanismo de producción de luz
es pues muy diferente del de las bombillas de incandescencia, en que la
corriente eléctrica calienta un filamento metálico hasta una temperatura
suficientemente elevada para que emita radiación visible. Dicho proceso es muy
ineficaz, ya que una gran parte de la energía comunicada al hilo se transforma
en calor, y solo una pequeña parte en radiación visible. En cambio, el proceso
en los semiconductores es mucho más eficaz en la producción de luz visible.
Para conseguir luz de diferentes colores se debe regular adecuadamente la
amplitud del intervalo prohibido, utilizando para ello nuevos materiales como
GaAs (arseniuro de galio), Al Ga In P (fosfuro de indio, galio y aluminio), In
Ga N (nitruro de galio e indio)… Con ello, se tiene una auténtica ingeniería
cuántica de materiales, que explota las sutilezas más delicadas de estos.
Láseres de semiconductores
Hacia 1978, empezó una revolución en la manera
de difundir la música. En lugar de los discos de vinilo, se pasó al disco
compacto CD, más miniaturizado y con mayores prestaciones. Después, la
tecnología ha seguido avanzando, con el paso a DVD (disco versátil digital) y
Blu-ray. En esas tecnologías, los discos almacenan información digital
(expresada en código binario de 0 y 1), grabando la superficie del disco de
manera que algunos puntos sean reflectantes y otros absorbentes —los primeros
corresponden a un 1 y los segundos a un 0—.
Para leer la información, se hace incidir sobre
el disco un haz láser muy fino. El haz se refleja o es absorbido según el punto
del disco. El haz reflejado es enviado a una célula fotoeléctrica, que
convierte el impulso luminoso en eléctrico, el cual es amplificado por
transistores adecuados. Para ello se requiere láseres de semiconductores muy
miniaturizados. En principio, podrían ser como LED, pero más sofisticados, de
manera que todas las ondas que emiten tengan la misma longitud de onda y la
misma fase, sumándose unas a otras.
Para ello se requiere que en la unión pn haya muchos electrones en la banda de conducción
y muchos agujeros en la banda de valencia, lo cual se puede conseguir con
concentraciones de impurezas unas mil veces superiores a las habituales en las
uniones pn. Pero como los
electrones van cayendo a los agujeros y liberando fotones, y lo hacen en gran
cantidad por unidad de tiempo, se requiere intensidades de corriente muy
elevadas, lo cual produce calentamientos muy grandes.
Se ha hallado otra forma más eficaz de construir
láseres de semiconductores, basados en pozos cuánticos, que constituyen un buen
ejemplo de ingeniería cuántica de materiales. Ya hemos comentado que podemos
conseguir semiconductores no solo con silicio o germanio, con cuatro electrones
en la última capa, sino también combinando átomos con tres electrones (como el
galio, el indio o el aluminio) y con cinco electrones, como el arsénico o el
fósforo. Consideremos, por ejemplo, el arseniuro de galio —combinación de
arsénico y de galio, en proporciones iguales, de manera que se alternan átomos
de arsénico y de galio—. El efecto medio es como el de un material de cuatro
electrones, pero con un intervalo prohibido diferente que en el silicio o el
germanio. Además, los electrones y los agujeros alcanzan mayores velocidades y
se aceleran más rápidamente que en el silicio, por lo cual resulta adecuado
para construir dispositivos unas diez veces más rápidos que los de silicio
—aunque el galio y el arsénico son menos abundantes que el silicio y su
ingeniería no es tan sencilla, ya que se funden a temperaturas menores—.
Una combinación especialmente adecuada es
sustituir uno de cada dos átomos de galio del arseniuro de galio por un átomo
de aluminio, que también tiene tres electrones en la última capa, y
prácticamente el mismo volumen que el átomo de galio. Resulta que el AlGaAs
tiene una banda de conducción más elevada y una banda de valencia más baja que
el GaAs. Por ello, si se fabrica un material de AlGaAs, con una estrecha franja
de GaAs, los electrones y agujeros tienden a concentrarse en esa franja. En
ella, los efectos ondulatorios cuánticos de electrones y agujeros permiten
regular la anchura de la banda prohibida y por lo tanto el color de la luz emitida.
La acumulación de electrones y agujeros en una zona muy estrecha permite emitir
mucha luz en forma coherente, con un calentamiento cien mil veces inferior al
del láser de unión pn. Así,
es posible fabricar láseres de semiconductores muy eficaces, miniaturizados y
con poco calentamiento. Sin ellos, no hubiera sido posible lograr el CD ni el
DVD.
El desarrollo de los métodos de almacenamiento y
reproducción de información está directamente vinculado con el desarrollo de
láseres de semiconductores. Se trata de conseguir longitudes de onda lo menor
posibles, ya que el tamaño necesario para almacenar un bit es del orden de la
longitud de onda de la radiación utilizada. Longitud de onda menor equivale a
escribir con letra más pequeña y permite escribir más caracteres en un mismo
espacio. En general se utilizan discos de doce centímetros de diámetro. Para
CD, comercializados hacia 1982, en principio para música, se utiliza radiación
de setecientos ochenta nanómetros, en el infrarrojo próximo, y se almacenan unos
setecientos Mbit (megabit, millones de bits). Los DVD (o Disco Versátil
Digital), comercializados hacia 1996, y capaces de incorporar imágenes en
movimiento, trabajan con láser de seiscientos cincuenta nanómetros de longitud
de onda y pueden almacenar hasta unos 4,7 Gbit (un gigabit son mil millones de
bits). Con los televisores de alta definición, se fue al Blu-ray,
comercializados desde 2006, que usan láser de cuatrocientos cinco nanómetros y
pueden almacenar veinticinco Gigabits.
Células fotovoltaicas
Aprovechar al máximo la energía solar sería una
buena idea, ya que del Sol nos llega una gran cantidad de energía. Diversas
maneras de hacerlo son calentar agua con la radiación incidente sobre una
superficie negra; enfocar la luz sobre un tubo que contenga agua o algún otro
líquido para calentarlo y evaporarlo y hacer funcionar una turbina; utilizar la
energía solar para activar reacciones químicas que almacenen energía, o
mediante la conversión directa de la energía solar en energía eléctrica.
Los semiconductores pueden convertir luz en
electricidad en las llamadas células fotovoltaicas. Las primeras células
fotovoltaicas eficientes fueron desarrolladas en los laboratorios Bell en 1954,
pero eran muy caras; en 1958, se utilizaron por primera vez en astronáutica
para proporcionar energía a satélites de telecomunicaciones, y posteriormente
en boyas señalizadoras para la navegación, situaciones en que el precio no es
un factor tan decisivo como en el consumo industrial o doméstico. Hacia 1969 se
empezó a utilizar silicio reciclado de los computadores, así como silicio
amorfo. Con ello empezó el abaratamiento, de forma que el precio por watio de
corriente eléctrica producida pasó de doscientos dólares por watio en 1960 a un
dólar por watio en 2011.
Hemos comentado que la luz puede excitar
electrones desde la banda de valencia a la de conducción, dejando un agujero en
la banda de valencia. Sometidos a una diferencia de potencial, los electrones
se desplazarán hacia el potencial más positivo y los agujeros hacia el más
negativo, dando así una corriente eléctrica. Ello se puede conseguir haciendo
que la luz incida sobre una unión pn, entre cuyos extremos hay de forma natural una diferencia de potencial.
Al trabajar en circuito cerrado, la corriente puede circular, en lugar de
llegar a un máximo de saturación: de esa forma, la luz da lugar a electricidad.
La célula fotovoltaica capta fotones de energía
mayor que el intervalo prohibido —los fotones de menos energía no son capaces
de hacer pasar un electrón de la banda de valencia a la de conduccion—; la
diferencia entre la energía del fotón y la energía mínima de la banda de
conducción se pierde en forma de calor. Bandas prohibidas mayores significan
más energía para cada electrón producido, pero, por otro lado, menos fotones
son captados, ya que deja pasar sin absorber los fotones que tienen menos
energía que la del intervalo prohibido. Una manera de aprovechar mejor la
energía es combinar láminas finas de semiconductores con intervalos prohibidos
sucesivamente mayores, lo cual permitiría, en principio, elevar el rendimiento
hasta un ochenta y seis por ciento. En la actualidad, se investiga con
materiales semiconductores poliméricos combinados con nanopartículas metálicas.
Capítulo 7
Resonancias magnéticas
Magnetismo cuántico y memorias informáticas
El magnetismo ha sido
conocido desde épocas remotas. El nombre procede de Magnesia, ciudad griega en
cuyas proximidades se hallaban muchos imanes naturales, cuyas atracciones y
repulsiones llamaron poderosamente la atención. A partir del siglo X, la utilización
de la brújula dio al magnetismo una dimensión práctica de primer orden: ya no
se trataba de la fascinación por curiosidades recreativas, sino de una técnica
crucial para los viajes y que vinculaba misteriosamente al viajero con el
conjunto de la Tierra. A partir de 1860, la inducción magnética, base de
motores eléctricos y de centrales eléctricas, situó el magnetismo en el centro
de la segunda revolución industrial del siglo XIX.
La física cuántica ha hecho grandes
contribuciones a la teoría del magnetismo de los materiales, y lo ha convertido
en un campo con muchísimas aplicaciones, desde la resonancia magnética nuclear,
tan utilizada en exámenes médicos, al almacenamiento de información en memorias
de ordenadores. Por ello, el magnetismo es un aspecto tecnológico relevante del
mundo cuántico.
Propiedades magnéticas de los materiales
Las leyes del magnetismo empezaron a ser
comprendidas cuando en 1820 Oersted, en Copenhague, descubrió que las
corrientes eléctricas desvían las brújulas que hay en sus proximidades. En
1822, en París, André-Marie Ampère formuló la ley de la interacción magnética
entre corrientes eléctricas paralelas. Ello puso de manifiesto que el
magnetismo está relacionado con cargas eléctricas en movimiento, y permitió
calcular el campo magnético producido por corrientes diversas.
Pasar de esas configuraciones sencillas a las
propiedades magnéticas de los materiales supone una gran aventura científica.
Algunos materiales son espontáneamente magnéticos, en tanto que otros tan solo
responden a campos magnéticos exteriores. Los primeros se denominan
ferromagnéticos; los segundos se desglosan entre paramagnéticos y diamagnéticos
según si la imantación que adquieren en un campo magnético exterior apunta en
el mismo sentido o en sentido opuesto al de dicho campo. Hay todavía más
posibilidades, como ferrimagnetismo o antimagnetismo. Los problemas básicos del
magnetismo consisten en identificar las causas físicas de las propiedades
magnéticas, en explicar por qué los materiales son ferromagnéticos,
paramagnéticos o diamagnéticos, por qué la imantación se reduce al aumentar la
temperatura, y otras cuestiones.
Imanes elementales de la materia
Hacia 1825 se comprendió que las propiedades
magnéticas de los materiales están relacionadas con corrientes eléctricas que
circulan en su interior. Ampère imaginó que en el seno de los materiales había
pequeños bucles de corriente: cada bucle funciona como un pequeño imán
elemental, que llamamos un dipolo magnético —la palabra dipolo se refiere a que
los imanes tienen dos polos: un norte y un sur—. Si los bucles están
desordenados, sus campos magnéticos se cancelan entre sí, pero si están
ordenados, paralelamente los unos a los otros, sus campos magnéticos se suman y
el material tiene imantación espontánea.
Hacia 1890, Pierre Curie, en París, estudió la
variación de las propiedades magnéticas de los materiales con la temperatura.
Si aumenta la temperatura disminuye la imantación, hasta que para una cierta
temperatura, la imantación espontánea se anula. Ello se puede interpretar como
un compromiso entre dos tendencias: una interacción magnética entre bucles
vecinos, que tiende a orientarlos paralelamente y a sumar sus dipolos
magnéticos, y la agitación térmica molecular, que desordena el sistema. Si la
temperatura es baja, gana el orden magnético y el material tiene imantación
espontánea; si es elevada, el desorden térmico supera la interacción ordenadora
y reduce o anula la imantación.
Poco a poco fue quedando claro que el magnetismo
de los materiales es consecuencia de imanes microscópicos elementales
relacionados con sus átomos o moléculas. Una vez quedó establecido el modelo
atómico de la materia, se relacionó los imanes elementales con las corrientes
producidas por el giro de los electrones en las órbitas atómicas y moleculares.
Hacia principios del siglo XX, Langevin y Weiss establecieron modelos teóricos
de esos fenómenos.
Langevin y la teoría cuántica del magnetismo
La física cuántica es necesaria para describir
las propiedades magnéticas. En 1905, Paul Langevin aplicó la física estadística
clásica para calcular las propiedades magnéticas de sistemas de dipolos
elementales sin interacciones mutuas, y consiguió demostrar que su imantación
debe ser inversamente proporcional a la temperatura absoluta, tal como Curie
había hallado experimentalmente. Con ello, dio un gran impulso a la teoría
microscópica del magnetismo.
Langevin fue uno de los organizadores de la
Conferencia Solvay de 1911, y el editor —junto con Maurice de Broglie— de los
textos de las conferencias —posteriormente, fue el director de la tesis de
Louis de Broglie, el hermano historiador de Maurice, y cuya aportación jugó un
papel destacado en el progreso de la física cuántica—. Langevin, que desde 1908
se había convertido en el máximo propagandista en Francia de la teoría de la
relatividad de Einstein, se sintió también atraído por la física cuántica, y
advirtió rápidamente su relevante papel en el magnetismo. Su intervención en la
Conferencia Solvay —justo antes de la de Einstein, que cerraba la Conferencia—
fue dedicada al magnetismo, introduciendo ya algunas referencias cuánticas.
Tres aportaciones cuánticas
La física cuántica realiza tres aportaciones
básicas a la teoría del magnetismo. En primer lugar, la teoría clásica carecía
de criterios para asignar un campo magnético concreto a los átomos o moléculas,
ya que no podía establecer un valor para el radio átomico o la longitud de los
enlaces moleculares. En cambio, las ideas cuánticas conducen de forma natural a
un campo magnético atómico característico. En efecto: si un electrón gira
alrededor del núcleo, en la órbita fundamental de Bohr, la pequeña corriente
eléctrica asociada a su movimiento da lugar a un campo magnético bien definido,
proporcional a la constante de Planck (cosa que pone de manifiesto su carácter
cuántico) y al cociente entre carga y masa del electrón. Extender esa idea a
átomos más complicados —como hierro, cobalto, níquel, materiales
ferromagnéticos típicos—, a cristales y a moléculas exigió un gran esfuerzo.
La segunda cuestión a la que la física clásica
no daba respuesta adecuada era el valor de la interacción entre los dipolos de
los átomos vecinos en un cristal. Esta información es imprescindible para
comprender las propiedades magnéticas del cristal. Según la física clásica, esa
interacción era muy débil, y solo la utilización de ideas cuánticas —el
principio de exclusión de Pauli en relación con los electrones de átomos
vecinos, aplicado por Heitler y London en 1927 y por Heisenberg en 1928—
proporcionó un buen valor de tal interacción, compatible con las observaciones.
La tercera aportación cuántica fue la
constatación de que el magnetismo procede no tan solo del giro de los
electrones en átomos o moléculas, sino también del espín de los electrones y de
los núcleos atómicos —es decir, de su rotación sobre sí mismos—. En 1933 se
descubrió que los núcleos tienen momentos magnéticos relacionados con su espín,
y en 1939 Rabi consiguió medir el momento magnético del protón y del neutrón
(por lo cual recibió el premio Nobel de Física de 1944).
Tres aplicaciones del magnetismo cuántico
Ahora, describiremos tres aplicaciones del
magnetismo cuántico: para no agobiar al lector, nos limitamos a tres ejemplos
que han revolucionado la tecnología: la resonancia magnética nuclear; las memorias
magnéticas de ordenadores y sus mecanismos de lectura; y la espintrónica.
Deberemos dejar temas como el efecto Hall cuántico, que es un efecto de un
campo magnético sobre una corriente eléctrica, las discusiones sobre posibles
monopolos magnéticos, relacionados con hipotéticas partículas elementales no
observadas, o los detalles de los dispositivos superconductores de
interferencia cuántica (SQUID) que permiten medir campos magnéticos minúsculos,
como los producidos por las neuronas en el cerebro.
Resonancia magnética nuclear
La resonancia magnética nuclear se ha convertido
en una técnica física de primer orden en la producción de imágenes médicas. Su
valor en medicina y en investigación biológica es tan grande, que dos de sus
introductores —Paul C. Lauterbur y Sir Peter Mansfield— fueron reconocidos con
el premio Nobel de Fisiología y Medicina de 2003. Otro premio Nobel relacionado
con la aplicación de técnicas físicas a medicina fue el de 1935, otorgado a
Willem Einthoven por el desarrollo de la electrocardiografía.
En 1897, Roentgen descubrió los rayos X y su
utilidad para explorar el interior del cuerpo. Desde entonces, la radiografía
ha sido un instrumento precioso en medicina. Pero conviene ir más allá de ella
por varios motivos. Los rayos X pueden romper moléculas de interés biológico y
producir cáncer. En segundo lugar, los rayos X son sensibles a la densidad de
electrones, que es especialmente grande en los huesos. Si se inyecta en la
sangre o se toma una papilla de material adecuado, suficientemente denso, los
rayos X también suministran información sobre el sistema vascular o el
digestivo, pero sus informaciones sobre tejidos blandos —ligamentos,
cartílagos, cerebro— son bastante más pobres. En cambio, la resonancia
magnética nuclear no presenta el riesgo de desarrollar un cáncer y da detalles
muy precisos en órganos o tejidos en que los rayos X son poco útiles.
La resonancia magnética nuclear está relacionada
con las propiedades de los dipolos magnéticos en el seno de un fuerte campo
magnético exterior. En la teoría cuántica, tales dipolos, si corresponden a
partículas de espín ½, solo pueden apuntar en la misma dirección que el campo o
en dirección opuesta. En el primer caso tienen energía negativa y en el segundo
energía positiva. Hay, por lo tanto, dos niveles de energía, cuya diferencia es
proporcional al campo magnético y al valor del dipolo magnético.
Figura 7.1. En presencia de un campo magnético exterior (la flecha vertical
de la figura) los protones se orientan con su imantación hacia arriba
(paralelamente al campo magnético). Si se les suministra energía mediante una
onda electromagnética de frecuencia adecuada, su imantación cambia de dirección
y apunta hacia abajo. Al volver de nuevo a la posición de mínima energía,
emiten un pequeño pulso electromagnético, que permite obtener las imágenes de
resonancia magnética nuclear, de tanto interés médico y biológico.
Supongamos ahora que se
hace llegar al dipolo una onda electromagnética. Si tiene la frecuencia
adecuada, dada por la relación de Einstein-Planck-Bohr, es decir, si la
frecuencia es igual a la diferencia de energías entre los dos niveles dividida
por la constante de Planck, el dipolo la absorberá y dará un vuelco. Al cabo de
poco tiempo, regresará al estado de menor energía emitiendo un cuanto de onda
electromagnética. Así pues, si enviamos al dipolo radioondas de frecuencias
diferentes, la que será, con mucho, más absorbida será la que cumpla la
condición citada. En concreto, para el núcleo de hidrógeno, el valor de esa
frecuencia es el cuarenta y cuatro por ciento del cociente de la carga y la
masa del protón, multiplicado por el campo magnético que actúa sobre él. El
fenómeno de absorción selectiva en una frecuencia concreta característica del
material se denomina resonancia. De ahí el nombre de resonancia magnética
nuclear —nuclear no tiene nada que ver, aquí, con energía nuclear ni con
radiactividad, sino tan solo con el hecho de utilizar núcleos como dipolos
magnéticos—.
La resonancia magnética nuclear tiene dos
aplicaciones principales: en química y en producción de imágenes en medicina.
La idea esencial es someter el sistema analizado u observado —el cuerpo de un
paciente, o un tubo de ensayo con una sustancia química— a un campo magnético
intenso, y someterlo también a una serie de perturbaciones magnéticas de
frecuencia variable y observar para qué frecuencias el sistema absorbe más
energía. Si el hidrógeno forma parte de una molécula —por ejemplo, el benceno,
el alcohol, o un aminoácido— el campo magnético que actúa sobre él es el campo
exterior más el campo producido por la molécula a que pertenece. Esa
dependencia permite identificar sustancias químicas, ya que para cada una de
ellas se ha ido verificando qué frecuencias absorbe, lo cual constituye un
elemento de análisis muy poderoso.
La otra aplicación es la producción de imágenes
médicas. Imaginemos que entramos en una habitación oscura, y que encendemos y
apagamos rápidamente una linterna. Imaginemos que en algunos puntos de la
habitación hay pequeñas manchas fosforescentes. Esas manchas absorberán energía
del destello de la linterna y la irán devolviendo poco a poco, permitiendo que
nos hagamos una idea de su posición. La resonancia magnética nuclear es
semejante a eso. La habitación oscura es el cuerpo; el destello de la linterna
es el pulso de onda electromagnética; las manchas fosforescentes son las
moléculas que interesa observar. Sus hidrógenos, orientados por el campo
magnético exterior, absorben la radiación y la devuelven de nuevo; localizando
la procedencia de esa radiación interior, es posible efectuar un mapa interior
del cuerpo. Una estrategia que refuerza la utilidad de la resonancia magnética
consiste en utilizar un campo magnético inhomogéneo, de forma que solo absorban
la radiación los hidrógenos que se hallan en la zona adecuada: de ese modo se
consiguen imágenes de «cortes» internos del cuerpo.
Una variante de la resonancia magnética —la
resonancia magnética funcional— suministra un instrumento de primer orden para
la observación del cerebro y, en particular, para observar qué zonas de él se
activan más —consumen más oxígeno— cuando está realizando una cierta función:
hablar, tocar, mirar, pensar, escuchar. Por ejemplo, ello permite descubrir
muchos detalles de las zonas del habla —zonas de Broca y de Wernicke— hasta el
punto de haber dado origen al campo de la neurolingüística. Nada de ello habría
sido posible si no se hubiera descubierto que el protón, como consecuencia de
su espín cuántico, actúa como un pequeño imán.
Memorias magnéticas
Mucha de la información procesada actualmente
está digitalizada, es decir, expresada en secuencias de 0 y 1. Para almacenar
la información correspondiente a un 1 o un 0, se puede orientar dipolos hacia
arriba o hacia abajo, respectivamente. Para ello se requiere pequeños grupos —o
dominios— magnéticos, constituidos por un cierto número de átomos o moléculas,
que puedan girar independiente y rápidamente, que sean lo más pequeños
posibles, que no giren espontáneamente, y que puedan ser grabados y leídos con
facilidad. Cuanto más pequeño sea el dominio magnético necesario para almacenar
un bit, más información se podrá grabar en un mismo espacio.
La miniaturización de la memoria no solo depende
del tamaño del dominio elemental mínimo, sino también de la sensibilidad del
cabezal de lectura, es decir, de su capacidad de detectar pequeñas variaciones
del campo magnético. Reducir el dominio magnético elemental ha permitido, por
ejemplo, las targetas de crédito y otros documentos electrónicos, con su
información identificativa grabada en una pequeña lámina magnética, y las
grandes memorias de ordenadores.
Esa información puede ser leída, por ejemplo,
mediante el fenómeno de la magnetorresistencia, que consiste en que en algunos
materiales conductores su resistencia eléctrica varía cuando están sometidos a
un campo magnético. Desde 1998, los cabezales de lectura de los discos duros
utilizan el efecto de magnetorresistencia gigante, descubierto por Albert Fert
y Peter Grünberg, independientemente (premio Nobel de Física de 2007), en el
cual variaciones ínfimas del campo magnético producen cambios considerables en
la resistencia del cabezal. Así, se pasa cerca de la memoria —sin tocarla— un
cabezal por el cual circula una corriente. El cabezal nota las variaciones del
campo magnético, más intenso si la zona corresponde a un 1, menos intenso si
corresponde a un 0. Con ello, la intensidad de corriente eléctrica que atraviesa
el cabezal va variando y sus variaciones de intensidad son leídas por el
lector. También se podrá utilizar este efecto para las memorias de acceso
aleatorio. Ello permitiría una gran velocidad de carga de los ordenadores, sin
tener que recargar laboriosamente los programas a partir del disco duro, sino
que, en apenas décimas de segundo, se podría volver al punto donde se había
dejado el trabajo antes de apagar el ordenador.
Figura 7.2. Los electrones no solo tienen carga, sino también espín, que
hace que tengan una pequeña imantación. La espintrónica trata de procesar
información utilizando no solo la carga de los electrones, sino también sus
imantaciones.
Espintrónica
En la electrónica habitual, la información es
transportada por electrones, de modo que la señal mínima básica es el paso —o
no paso— de un electrón en un dispositivo que pueda distinguir electrones
individuales a partir de sus cargas eléctricas. Pero además de carga eléctrica,
los electrones tienen espín, y un momento magnético relacionado con él; por
ello, si se toma en cuenta no tan solo la información eléctrica sino también la
magnética, podríamos transmitir y procesar más información que tan solo con la
carga eléctrica.
La espintrónica —denominación análoga a
electrónica, pero referida al espín— se refiere a transporte de espín, y es una
forma sofisticada de electrónica que explota no tan solo la carga eléctrica de
los electrones, sino también su minúsculo dipolo magnético. Además, trata de
hacerlo electrón a electrón, consiguiendo miniaturizar al máximo las memorias y
los procesadores. En algunos dispositivos se utiliza multitud de electrones
polarizados, que forman corrientes de espín. La espintrónica no sería posible
sin la gran sensibilidad al campo magnético proporcionada por la
magnetorresistencia gigante.
En la mayoría de los materiales hay tantos
espines hacia arriba como hacia abajo, cosa que dificulta utilizar la posible
información relacionada con el espín, pero las sofisticadas técnicas del
magnetismo cuántico permiten controlar los minúsculos campos magnéticos.
También se están desarrollando transistores de efecto túnel magnético, que
distinguen los electrones con espín hacia arriba y con espín hacia abajo. Se
pretende utilizar la espintrónica como base de la computación cuántica, que
describiremos en el capítulo 15.
Capítulo 8
Avenidas fotónicas
Óptica cuántica: del láser a la optoelectrónica
La luz es uno de los
símbolos por excelencia del conocimiento; la visión parece otorgar una
inmediatez de certidumbre y de presencia tan intensa que la comprensión
puramente intelectual se relaciona también con «ver» una solución, una
interpretación, un camino. La pregunta por la luz se halla en los orígenes
mismos de la física cuántica, en los trabajos fundacionales de Planck en 1900,
pero las aportaciones de la óptica cuántica a la luz van mucho más allá del
concepto de fotón, especialmente mediante su gran instrumento por excelencia:
el láser. Dentro de la óptica cuántica, la fotónica es un paso todavía más
sutil, en que se llega a trabajar fotón a fotón, o con fotones estrechamente
correlacionados en el espacio y el tiempo. Esos desarrollos han permitido
convertir la luz en un procesador de información mucho más potente y abstracto
que la visión.
Fundamentos: radiación estimulada, inversión de población
Láser es el acrónimo de Light Amplification
by Stimulated Emission of Radiation . Su fundamento teórico fue establecido por
Einstein en 1917, en un artículo sobre la teoría cuántica de la radiación, en
que se preguntaba cómo hacer compatible la distribución de Planck de la
radiación con un modelo atómico de Bohr. En ese modelo, los electrones emiten
radiación cuando caen de un nivel de más energía a uno de menos energía o la
absorben cuando saltan a uno de más energía. Einstein se preguntó cómo debían
estar relacionados esos procesos de absorción y emisión de la luz. Observó que
no es posible conseguir la distribución de Planck si la radiación es emitida
tan solo de forma espontánea, sino que se necesita, además, una emisión
estimulada. Esa emisión consiste en que cuando un fotón de frecuencia adecuada
se acerca a un átomo excitado, su electrón, en lugar de caer aleatoriamente de
forma espontánea, cae inmediatamente, liberando un fotón con la misma longitud
de onda y la misma fase que el fotón incidente.
Imaginemos, ahora, que tenemos una población de
átomos excitados y le enviamos un fotón adecuado para inducir una
desexcitación. Al pasar cerca de un átomo, ese fotón provoca la emisión de un
fotón idéntico a él. Esos dos fotones, al aproximarse a otros dos átomos,
provocan la emisión de dos nuevos fotones idénticos, de manera que tendremos
cuatro fotones. Si todos ellos encuentran, a su vez, átomos excitados,
provocarán la emisión de cuatro fotones más, con lo cual tendremos ocho
fotones, y así sucesivamente: habrá un crecimiento exponencial en el número de
fotones.
Figura 8.1. Proceso de la radiación estimulada: un fotón de la frecuencia
adecuada llega a un átomo excitado (figura de la izquierda) y hace que se
desexcite inmediatamente, dando un nuevo fotón de las mismas características
que el original, al cual se suma constructivamente (figura de la derecha).
El objetivo del láser es
aprovechar este fenómeno colectivo. Para ello, se excita una población de
átomos mediante un estímulo eléctrico o luminoso; se envía un fotón a la
población, y se obtiene muchos fotones idénticos, sumándose los unos a los
otros. La población de átomos excitados se sitúa en una cavidad entre dos
espejos, uno de ellos completamente reflectante y el otro semirreflectante; por
este último sale una buena parte de los fotones, que constituyen el rayo láser,
pero otros fotones regresan hacia atrás y al atravesar de nuevo la población de
átomos excitados inducen la emisión de nuevos fotones, que se reflejarán en el
espejo final y, a su regreso, estimularán la emisión de todavía más fotones.
Características de la luz láser
Las características que distinguen la luz láser
de la luz normal son que en el láser todos los fotones tienen la misma
frecuencia y marchan al mismo paso (tienen la misma fase). Por ello,
interfieren aditivamente, cosa que permite conseguir energías luminosas
elevadas con relativamente poca potencia estimuladora. En cambio, en la luz
normal hay muchas frecuencias diferentes y muchas fases diferentes. Una
analogía de la diferencia entre el láser y la luz normal es la que hay entre el
sonido rítmico e intenso producido por una columna de soldados marchando al
paso, y el sonido más apagado, difuso y sin ritmo de gente que pasea.
Para producir el láser se necesita que haya más
electrones en niveles de más energía, prestos a caer al nivel inferior y emitir
un fotón, que en niveles de menos energía, que absorberían un fotón. Esa
situación se denomina una inversión de población, ya que es lo contrario de lo
que ocurre en las situaciones de equilibrio. Esa característica requiere
suministrar energía a la población de átomos.
Una breve historia
La idea de Einstein tardó casi cuarenta años en
ser aplicada. No resultaba fácil conseguir los medios necesarios para hacerla
realidad, ni se imaginaba que esa realidad pudiera superar tan ampliamente las
expectativas en potencia, precisión y cantidad de aplicaciones. El impulso
hacia el láser se inicia hacia 1950, cuando Alfred Kastler (premio Nobel de
Física de 1966), en París, propone un método para producir una inversión de
población. En 1952, Charles Townes, en los laboratorios Bell de Nueva Jersey
(Estados Unidos) —esos laboratorios han aparecido ya varias veces en nuestra
narración, por la importancia de sus aportaciones a la física cuántica desde
1945— fabrica el primer amplificador de microondas (máser) pulsante: se trata
del mismo principio del láser, pero para ondas de longitud de onda más larga.
En mayo de 1960, T. H Mainman en los Hughes
Research Laboratories consigue el primer láser: un cristal de rubí estimulado
pulsante que emite luz roja. A finales de 1960, A. Javan, W. R. Bennet y D.
Herriott construyen el primer láser de gas, con helio y neón, de funcionamiento
continuo. Desde entonces, el progreso ha sido ininterrumpido: conseguir
longitudes de onda más diversas, potencias superiores, más duración del pico de
intensidad, mayor rendimiento, menor coste, nuevos materiales para produir la
luz. Para mencionar tan solo unos pocos hitos, diremos que en 1962 se consiguió
los primeros láseres de semiconductores, de que hemos hablado en el capítulo
anterior; en 1976, los primeros láseres de electrones libres —en lugar de
ligados a átomos— capaces de producir radiación en una amplia diversidad de
frecuencias, desde microondas a rayos X; y en 1992 se consiguió los primeros
láseres sin inversión de población, mediante técnicas de transparencia óptica
inducida.
Aplicaciones
Además de su interés científico fundamental, los
láseres tienen una multitud de aplicaciones, por lo cual las ventas mundiales
relacionadas con ellos son del orden de miles de millones de dólares cada año.
En la industria, se utilizan para cortar y soldar metales, aprovechando la gran
potencia localizada sobre un área pequeña que el láser puede suministrar. A
intensidades mucho más bajas, el láser se utiliza en impresoras, en punteros
láser, y en la lectura o la grabación de discos ópticos digitales (CD, DVD,
Blu-Ray). Otra aplicación industrial es la metrología: midiendo el tiempo de
ida y regreso de un pulso láser se consigue medir con gran precisión la
distancia entre dos puntos y, en particular, los detalles geométricos de un
objeto.
Las aplicaciones militares son de dos tipos:
utilizar el rayo láser como arma, dándole una gran intensidad para que destruya
directamente objetivos militares, desde mísiles en vuelo hasta tanques en
tierra, o utilizar el láser para guiar mísiles hasta el blanco, produciendo un
camino ionizado en el aire, que será seguido por el mísil hasta el objetivo.
En medicina, los láseres proporcionan un bisturí
de luz que permite hacer incisiones con gran precisión, sin peligro de
infección y con muy poco derramamiento de sangre, ya que el rayo cauteriza los
capilares y arteriolas de la zona afectada. Se utilizan láseres en oftalmología
para frenar desprendimientos de retina, perforar el margen del cristalino para
reducir la presión del humor vítreo sobre la retina, o modificar la curvatura
de la córnea. En dermatología, se utiliza el láser para cauterizar algunos
tipos de zonas enfermas, para tratar acné, o eliminar manchas o tatuajes. Cada
una de esas aplicaciones requiere una selección adecuada de longitud de onda y
de potencia y, por lo tanto, de un tipo adecuado de láser.
Láseres y fibras ópticas
La combinación de láseres con fibras ópticas
permite otros tipos de aplicaciones. Las fibras ópticas son cables muy finos de
material muy transparente, con índice de refracción interno mucho mayor que el
externo, en que cuando el rayo choca con la pared se refleja sin perder
intensidad. Con ello se consigue transportar luz como las mangueras transportan
agua. En medicina, se usan para la exploración lo menos invasiva posible de
órganos internos, o para la intervención quirúrgica en tales órganos. Para ello
se combinan varias fibras en paralelo: una envía luz para iluminar la zona, la
otra transmite la imagen hacia fuera, y una tercera fibra puede transportar un
rayo láser para quemar el tejido donde convenga.
Otra gran aplicación se halla en
telecomunicaciones: en lugar de utilizar ondas de longitud de onda
relativamente larga a lo largo de un cable metálico, se transmiten ondas de
longitud de onda muy pequeña a lo largo de fibras ópticas. Con ello, se consigue
transmitir mucha más información por unidad de tiempo —muchas más
conversaciones simultáneas, por ejemplo— ya que la información se codifica en
forma mucho más compacta.
El desarrollo de fibras ópticas —que fue
reconocido con el premio Nobel de Física de 2009 otorgado a C. K. Kao, uno de
sus iniciadores— es un campo de gran interés de la ingeniería cuántica de
materiales: exige materiales muy transparentes, muy flexibles, que envejezcan
muy lentamente, que tengan los índices de refracción adecuados, y que puedan
actuar como amplificadores directos de la señal óptica en los puntos en que eso
convenga. La óptica cuántica se combina con la ingeniería cuántica de
materiales para tratar conjuntamente luz y materia.
Optoelectrónica
En tanto que los electrones chocan entre sí y se
obstaculizan mutuamente, los haces de fotones se atraviesan entre sí, por lo
cual resultan adecuados para comunicar entre sí los diversos transistores en
circuitos integrados. En efecto, aunque la respuesta de cada transistor sea muy
rápida, la velocidad final del dispositivo está limitada por la velocidad de
transmisión entre los transistores; asimismo, la densidad total de transistores
en el circuito integrado está limitada por el espacio requerido por los cables
y el calor producido en estos. Esas limitaciones son mucho menores si se
transmite la señal mediante fotones. Además, la velocidad de transmisión con
fotones resulta unas cien veces mayor que mediante señales eléctricas en
cables. La optoelectrónica consiste, precisamente, en el desarrollo de
dispositivos mixtos ópticos y electrónicos para optimizar el procesamiento o
transmisión de información. Los transistores captan la luz mediante células
fotoeléctricas y una vez procesada la información reemiten la señal saliente
mediante láseres miniaturizados.
Por muy elaborado que eso sea, la conversión de
señal luminosa a eléctrica y viceversa implica retrasos en el procesamiento.
Para superar ese límite, se están desarrollando dispositivos computacionales
puramente ópticos. Para conseguir un transistor óptico, se intenta que un haz
de luz pueda regular la propagación de otro. En general eso no ocurre, ya que
los haces simplemente se atraviesan los unos a los otros; pero en algunos
dispositivos un haz de luz suficientemente intenso modifica el índice de
refracción del medio. Con ello, se pueden conseguir cavidades que dejen pasar
luz de una cierta longitud de onda, pero no de otras longitudes de onda, y se
pueden conseguir transistores puramente ópticos.
Hologramas
Los hologramas son imágenes bidimensionales que
contienen información no solo sobre la intensidad y el color de cada punto de
un objeto, como las fotografías clásicas, sino también sobre la fase relativa
de la onda. Esta información permite una representación tridimensional del objeto,
con una gran sensación de profundidad. Además, la imagen es tal que al irla
girando vemos nueva información sobre el objeto, como si fuéramos girando a su
alrededor. Los hologramas contienen información de un objeto de tres
dimensiones en una superficie de dos dimensiones, y tienen la curiosa propiedad
de que cada parte del cliché contiene información sobre el conjunto de toda la
imagen. Eso hace que sean utilizados a menudo metafóricamente en el sentido de
globalidad de cada parte del conjunto. Por ejemplo, la información de la
memoria en el cerebro es en cierta manera holográfica, ya que se guarda
repartida por todas las sinapsis de una zona relativamente grande del cerebro,
con muchas imágenes superpuestas, en lugar de almacenar cada imagen en una zona
por separado.
La técnica de la holografía fue ideada por Denis
Gabor en los años 1940 (premio Nobel de Física de 1971), pero los primeros
hologramas no fueron conseguidos hasta que se pudo disponer de láseres, capaces
de producir luz con una fase bien controlada, hacia 1962, y cautivaron
inmediatamente la atención del gran público y de los artistas por la
espectacularidad de sus efectos visuales.
Pinzas ópticas y enfriamiento de átomos
Mediante láseres, se puede regular delicadamente
la posición y velocidad de pequeños objetos e incluso de átomos. Cuando un haz
láser ilumina una bolita transparente sumergida en un medio de diferente índice
de refracción, ejerce sobre ella una fuerza que la sitúa en el punto medio del
haz. De esa manera, se puede controlar con gran detalle la posición de la bola
y ejercer sobre ella fuerzas minúsculas y exquisitamente calibradas. Entre
otras aplicaciones, esas pinzas se utilizan en biofísica: se adhieren los
extremos de una molécula de interés biológico —un fragmento de ADN, de ARN, o
de proteína— a dos bolitas y se controlan sus separaciones y las fuerzas
efectuadas sobre ellas, con lo cual se consigue información minuciosa sobre
propiedades de dichas moléculas, o de diversos motores moleculares biológicos.
Enfriar un gas significa reducir la velocidad
desordenada de las partículas que lo componen. Los láseres permiten hacerlo y
lograr temperaturas muy bajas, del orden de millonésimas de grado. En efecto,
los átomos tienen unas frecuencias características de absorción y emisión dadas
por la física cuántica. Si el átomo está en movimiento, su frecuencia cambia,
según el efecto Doppler. El enfriamiento mediante láser consiste en iluminar un
gas con radiación de frecuencia ligeramente superior a su frecuencia de
absorción en reposo. Así, los átomos que se mueven hacia la fuente absorben más
fotones que los que se alejan de ella. Pero al captar un fotón se frenan
ligeramente y al reemitirlo se vuelven a acelerar, pero en direcciones
aleatorias. Así, al iluminar un gas con dos láseres en sentidos opuestos,
convenientemente sintonizados, irán frenando poco a poco sus átomos. Steven
Chu, William Phillips y Claude Cohen-Tanoudji recibieron el premio Nobel de
Física de 1997 por el desarrollo de esas técnicas, que han permitido grandes
avances en la física de muy bajas temperaturas —tema que tratamos en el
capítulo siguiente—.
Fusión nuclear inercial
En los apartados anteriores hemos hablado de
láseres de baja potencia o potencia media —salvo en las aplicaciones
militares—. Una aplicación de láseres de muy gran potencia es la fusión
nuclear. En el capítulo 5 hemos comentado que la manera más usual de mantener
el deuterio y el tritio a millones de grados y a densidades muy elevadas para
producir fusiones nucleares controladas es mediante campos magnéticos. Una
manera alternativa de conseguirlo es mediante pulsos muy energéticos de láseres
de gran potencia, en que la presión de la radiación comprime y calienta
poderosamente pequeñas bolas de hidrógeno sólido. De esta forma, se consigue una
pequeña explosión nuclear que libera una cantidad abundante de energía. En este
método, la fusión tiene forma pulsante, como en un motor de explosión, en lugar
de tenerla en forma continua, como se persigue, por ejemplo, en el proyecto
ITER de centrales de confinamiento magnético. En Estados Unidos, el centro de
esa investigación es la National Ignition Facility, del Laboratorio Lawrence en
Livermore (California), cuya construcción terminó en 2009. Allí se utiliza un
sistema de ciento noventa y dos láseres minuciosamente sincronizados y
apuntando a un mismo centro, que comunica breves pulsos de una potencia tan
elevada como decenas de millones de megawatios.
Distancia de la Tierra a la Luna
Una aplicación curiosa de los rayos láser es la
medida cotidiana sistemática de la distancia entre la Tierra y la Luna,
enviando un pulso láser desde la Tierra a un espejo que dejaron en la
superficie de la Luna los astronautas del Apolo 11 en 1969. Al medir el tiempo
que la luz tarda en ir y volver se consigue medir la distancia. La Luna se
aleja de la Tierra a razón de unos cuatro centímetros por año, a causa de que
la velocidad de rotación de la Tierra sobre su eje va disminuyendo lentamente,
por la fricción de las mareas. La conservación del momento angular total del
sistema Tierra-Luna requiere entonces que la Luna se vaya alejando. Además,
cuando en la Tierra hay terremotos o maremotos que ponen en movimiento grandes
cantidades de masa, se modifica ligeramente su velocidad de rotación, de forma
imperceptible por mediciones directas, pero observable en pequeñas variaciones
de la distancia entre la Tierra y la Luna.
Capítulo 9
Conductividades sin límite
Superconductores y superfluidos
La física cuántica no está
limitada a átomos o moléculas, sino que también se aplica a materiales
macroscópicos, como semiconductores e imanes. En los casos mencionados, no
había un comportamiento colectivo coherente, pero sí lo había en el láser: en
este, todos los fotones tienen la misma longitud de onda y la misma fase, y el
sistema, aunque está formado por partes, actúa como un todo. Ese tipo de
funcionamiento global en que el todo impone a cada una de sus partes un
comportamiento unánime, sincrónico y reforzado, también ocurre con la materia,
en superconductores y superfluidos.
La superconductividad consiste en que la
resistencia eléctrica de un material cae bruscamente a cero por debajo de una
cierta temperatura crítica. La reducción de resistencia es tan radical, que si
se produce una corriente en un anillo de material superconductor, la corriente
se mantiene sin disminución apreciable durante décadas. Las primeras
observaciones realizadas en estos campos se deben al físico holandés
Kammerling-Onnes, que dedicó su vida a la crioscopía, es decir, al estudio de
las bajas temperaturas. En 1908, consiguió la licuefacción del helio, a unos
cuatro grados Kelvin, la temperatura más baja jamás alcanzada hasta entonces,
por lo cual le fue otorgado el premio Nobel de Física de 1913.
La superfluidez consiste en que la viscosidad de
algunos líquidos —básicamente el helio— disminuye bruscamente por debajo de una
cierta temperatura crítica. Obviamente, estas propiedades pueden tener un gran
interés práctico. Al tener resistencia eléctrica nula, los superconductores
permiten transportar grandes intensidades de corriente eléctrica sin perder
energía en forma de calor. Eso permite producir campos magnéticos muy intensos,
necesarios, por ejemplo, en la resonancia magnética nuclear, en los imanes que
curvan las trayectorias de los iones en los aceleradores de partículas, o en
trenes de levitación magnética. Asimismo, los superfluidos resultan
especialmente adecuados como líquidos refrigerantes en instalaciones que requieren
muy bajas temperaturas.
La condensación de Bose-Einstein
El origen cuántico intuitivo de esos
comportamientos fuertemente colectivos está relacionado con la dualidad
partícula-onda. Según De Broglie, cada partícula en movimiento tiene asociada
una longitud de onda tanto más larga cuanto menor es su velocidad. Como la
temperatura está relacionada con el cuadrado de la velocidad de la agitación
térmica de las partículas en los gases, se sigue que a medida que la
temperatura va descendiendo la longitud de onda asociada a las partículas se va
haciendo cada vez mayor. Cuando la temperatura es suficientemente baja, la
longitud de onda asociada al movimiento térmico se hace tan grande que alcanza
otras partículas.
Así, las ondas de las diversas partículas
empiezan a interferir poderosamente entre sí. En algunos casos, las ondas
cuánticas relacionadas con el movimiento interfieren positivamente y organizan
de forma coherente el movimiento global de las partículas, aunque entre ellas
no haya una interacción física. Einstein dedujo este tipo de comportamiento
colectivo —denominado condensación de Bose-Einstein— en un trabajo de 1925,
para partículas de espín entero —las de espín semientero obedecen al principio
de exclusión de Pauli, por lo cual se rechazan mutuamente en lugar de
atraerse—.
La idea de la condensación de Bose-Einstein ya
fue utilizada desde los años 1930 como base teórica para explicar la
superconductividad y la superfluidez, pero las condiciones físicas en los
materiales densos en que se dan esos fenómenos no se corresponden estrictamente
con la situación imaginada por Einstein, en la cual las partículas no
interaccionaban directamente entre sí. La condensación estricta de
Bose-Einstein fue conseguida por primera vez en 1995, por Eric Cornell y Carl
Wieman en átomos de rubidio, y posteriormente por Wolfgang Ketterle en átomos
de hidrógeno (premio Nobel de Física de 2001 para los tres). Desde entonces,
los condensados de Bose-Einstein han sido uno de los protagonistas de la física
de bajas temperaturas, y constituyen una clara manifestación de efectos
colectivos puramente cuánticos.
Esos condensados consisten en un gas muy diluido
de átomos neutros, que no interaccionan entre sí, porque los átomos se hallan
separados una distancia superior que el alcance de su interacción eléctrica. Al
ir enfriando el sistema, los átomos se mueven más lentamente, pero no dejan de
formar un gas, porque nada atrae a los diversos átomos. Supongamos que se hace
oscilar uno de los átomos del sistema, mediante una fuerza externa. Si la
temperatura no es lo bastante baja para haber alcanzado la condensación, y como
este átomo no interacciona con los demás, este movimiento queda limitado al
átomo al que se aplica la fuerza activadora. Sin embargo, una vez alcanzada la
condensación, la oscilación se transmite a todos los átomos del sistema, aunque
la única interacción entre ellos sea solo la correlación cuántica, es decir, el
hecho de compartir una misma función de onda común. Así, en cierta manera, un
condensado de Bose-Einstein es como un láser de ondas de materia en lugar de un
láser de ondas de luz, ya que en ambos sistemas las ondas correspondientes
interfieren positivamente.
Superconductividad
A bajas temperaturas aparecen muchas sorpresas:
la conductividad eléctrica puede llegar a hacerse prácticamente infinita —en
otras palabras, la resistencia puede llegar prácticamente a anularse—. Ello
tiene consecuencias tecnológicas importantes para el transporte de corriente
eléctrica. En los cables normales se pierde energía eléctrica por calentamiento
—para reducir ese calentamiento se aumenta mucho el voltaje en las grandes
líneas de transmisión eléctrica, reduciendo así la corriente y el
calentamiento—. Los cables superconductores permiten transportar corriente
largas distancias sin pérdida alguna, aunque el precio que hay que pagar es que
los cables tienen que estar a temperatura muy baja.
Figura 9.1. Figura original de Kammerling-Onnes de la primera observación de
superconductividad: la resistividad del mercurio (representada en el eje
vertical) cae bruscamente a cero cuando la temperatura (representada en el eje
horizontal) alcanza un valor crítico.
La superconductividad fue
descubierta en 1911 en Leiden por Kammerling-Onnes, al enfriar un filamento de
mercurio —obviamente sólido, a tan bajas temperaturas— y ver que su resistencia
caía bruscamente a cero a una cierta temperatura. Poco después comprobó que lo
mismo ocurría con otros metales, aunque a temperatura diferente para cada uno.
En 1933, experimentos de W. Meissner y R. Ochensefeld respecto de las
propiedades magnéticas de los superconductores volvieron a poner ese tema en la
frontera de la física. El efecto Meissner consiste en la expulsión del campo
magnético del interior de un material cuando este se convierte en
superconductor. Se vio, pues, que los superconductores tienen también
propiedades magnéticas excepcionales, aunque, en cambio, campos magnéticos
excesivamente intensos destruyen la superconductividad.
Trabajos de Fritz London en 1940 sobre esos
efectos supusieron el punto de arranque de las teorías cuánticas de la
superconductividad. En 1956, Leon Cooper identificó como origen de la superconductividad
el apareamiento de electrones, en pares de Cooper. Esos pares tienen un espín
conjunto cero, lo cual hace que, a diferencia de los electrones por separado
—que tienen espín ½— puedan presentar la condensación de Bose-Einstein. Así, su
función de onda es una función coherente, conjunta, de manera que fluyen como
un todo, ya que para romper el estado coherente conjunto se requiere una
energía bastante superior a la que caracteriza los choques de los electrones
contra la red.
Figura 9.2. Efecto Meissner, o expulsión del campo magnético (indicado por
las líneas) de un superconductor; a la izquierda, la temperatura es superior a
la temperatura crítica Tc y el campo magnético penetra en la bola; a la
derecha, el material se ha convertido en superconductor (la temperatura es
inferior a la temperatura crítica) y expulsa el campo magnético de su interior.
La formación de pares de
Cooper es uno de los ingredientes básicos de la superconductividad. Ese
apareamiento resulta sorprendente, ya que los electrones se repelen
electrostáticamente. El apareamiento se produce como consecuencia de la
interacción entre los electrones y la red: un electrón en movimiento
distorsiona ligeramente la red de iones positivos del metal —atraída por la
carga negativa del electrón— y esa distorsión de las cargas positivas de la red
atrae a su vez a otro electrón. Por debajo de una cierta temperatura, este
mecanismo produce los pares de Cooper. Así se puede entender algo tan poco
intuitivo como el hecho de que la plata y el cobre, los metales más
conductores, prácticamente no presenten superconductividad —salvo a
temperaturas menores que una milésima de grado—. Esa contradicción aparente se
debe a que la buena conductividad de la plata y el cobre es consecuencia de la
baja interacción entre los electrones y la red de iones. Pero esa baja
interacción, favorable para la conductividad, es desfavorable en cambio para la
formación de pares de Cooper y, por lo tanto, para la superconductividad. Esas
ideas fueron propuestas de forma sistemática en la teoria BCS, de John Bardeen,
Leon Cooper y Robert Schrieffer de 1957 (premio Nobel de Física de 1972), que
describe varias características universales de los superconductores,
relacionadas con sus calores específicos, o con la energía mínima necesaria
para romper un par de Cooper.
Superconductores y magnetismo
En principio, un cable superconductor podría
conducir una intensidad de corriente elevadísima, ya que a diferencia de los
conductores normales no se calienta con el paso de corriente. Sin embargo, la
corriente tiene un límite, ya que la superconductividad es destruida por campos
magnéticos demasiado intensos. Como la corriente eléctrica produce un campo
magnético, intensidades demasiado elevadas destruyen la superconductividad, con
lo cual el material se calienta bruscamente y se puede llegar a fundir o
explotar. La destrucción de la superconductividad por efectos de un campo
magnético puede ser de dos formas: o bien una penetración brusca al alcanzar el
campo un valor crítico (tipo I) o bien una penetración gradual a medida que
aumenta el campo magnético (tipo II), en los que el campo magnético va entrando
en pequeños vórtices cuantizados.
No obstante, el campo magnético que destruye la
superconductividad es relativamente elevado, por lo cual una aplicación de los
cables superconductores es proporcionar electroimanes muy potentes, como los
utilizados en los aceleradores de partículas —por ejemplo, los imanes del
acelerador LHC del CERN, que son enfriados con decenas de miles de litros de
helio superfluido—, o campos magnéticos en resonancia magnética nuclear. Una
aplicación especialmente espectacular son los trenes de levitación magnética,
que se mantienen suspendidos sobre la vía por las fuerzas magnéticas, y por lo
tanto funcionan prácticamente como aviones que volaran a pocos centímetros del
suelo. Un tren japonés de esas características, inaugurado en 1997, ha llegado
a alcanzar velocidades de casi seiscientos kilómetros por hora. Sin los imanes
superconductores, sería imposible alcanzar los intensos campos magnéticos
necesarios para ello.
La superconductividad también tiene interés en
computación, mediante las uniones de Josephson. En 1962, Brian Josephson se
preguntó qué ocurriría si en un superconductor se intercalara una fina capa
aislante; en concreto, pretendía estudiar el efecto túnel de pares de
electrones de Cooper a través de dicha capa. El resultado superó sus
expectativas y descubrió diversos aspectos inesperados. Uno de ellos, por
ejemplo, es que al aplicar una diferencia de potencial constante entre los dos
lados de la capa, aparece una corriente eléctrica con una frecuencia
relacionada con el potencial y, especialmente, con el cociente de dos
constantes físicas universales: la carga del electrón y la constante de Planck,
lo que permite medir esas constantes con gran precisión. Combinando dos uniones
de Josephson en un bucle cerrado, se consiguen los dispositivos llamados SQUID
—superconducting quantum interference devices— que pueden medir campos magnéticos diminutos, como
los campos magnéticos cerebrales, base de la magnetoencefalografía. Además, se
pueden utilizar como transistores de electrones individuales, o como base de
memorias digitales —sea en bits convencionales o en qubits de información
cuántica, que trataremos en el capítulo 15—. Josephson compartió con Giaever y
Esaki el premio Nobel de Física de 1973.
Superconductividad de alta temperatura crítica
Ya desde 1911 se comprendió que conseguir
materiales superconductores sería muy interesante desde el punto de vista
práctico. Sin embargo, para que la transmisión de corriente a grandes
distancias resulte práctica, se necesita que la temperatura de los cables no
deba ser demasiado baja, ya que de lo contrario se gasta mucha energía en
enfriarlos, lo cual reduce sus ventajas. En particular, se intentaba conseguir
materiales que fueran superconductores a una temperatura superior a la del
nitrógeno líquido —a ciento noventa y seis grados bajo cero— que puede
conseguirse con cierta facilidad, y que podría utilizarse para mantener
enfriados los cables. Pero, pese a los muchos esfuerzos realizados entre 1915 y
1985, la máxima temperatura crítica que se había conseguido era de unos veinte
grados Kelvin, para una aleación de niobio —el metal que tiene temperatura
crítica más elevada, de unos diez grados Kelvin en estado puro—. La investigación
parecía hallarse en punto muerto, ante una barrera casi infranqueable.
La situación cambió radicalmente cuando en
noviembre de 1986 J. G. Bednorz y K. A. Muller (premio Nobel de Física de 1987)
de los laboratorios de la IBM en Zurich, utilizando materiales cerámicos —muy
poco conductores— consiguieron un material —un óxido de cobre, lantano y bario—
que pasaba a ser superconductor a temperaturas de treinta y dos grados Kelvin,
un salto considerable respecto de los veinte grados Kelvin conseguidos hasta
entonces. Ello concentró el interés de muchos investigadores en este tipo de
materiales: pocos meses después se había conseguido un material superconductor
a unos setenta grados Kelvin, y dos años después se había llegado a unos ciento
diez grados Kelvin; actualmente, el límite se halla en unos ciento cuarenta
grados Kelvin —unos ciento treinta grados bajo cero—. Se han conseguido ya
cables de varios centenares de metros que transportan intensidades eléctricas
muy elevadas. La teoría de Bardeen, Cooper y Schrieffer no sirve para explicar
la superconductividad de alta temperatura crítica. No podemos entrar en los
detalles de las teorías actuales sobre este interesante fenómeno.
Superfluidez
La superfluidez tiene ciertas analogías con la
superconductividad: lo que se anula no es la resistencia al flujo de corriente
eléctrica, sino al flujo de materia. La superfluidez se presenta en helio 4
líquido. El helio fue precisamente el gas que más se resistió a ser licuado: no
se consiguió en forma líquida hasta 1910, en el laboratorio de
Kammerling-Onnes, a 4,2 K y bajo una presión de unas veinticinco atmósferas.
Esa gran resistencia a abandonar el estado gaseoso es, precisamente, un efecto
cuántico.
A 2,2 grados Kelvin, el helio líquido presenta
unos curiosos cambios de calor específico y de fluidez, como fue descubierto
por Keesom y Kapitza entre 1932 y 1938. El helio superfluido es un
superconductor del calor, que pasa desde la zona más caliente a la más fría sin
resistencia alguna. Ello ocurre, análogamente a la superconductividad, por el
comportamiento cuántico coordinado de todas las partículas, en que una gran
parte de ellas se mueven al unísono, en una danza exquisitamente coordinada que
les permite sortear la fricción. Entre otras muchas curiosidades, el helio
líquido trepa por las paredes de los recipientes y escapa al exterior, salvo
que estén herméticamente cerrados.
El fenómeno de la superfluidez es curioso y
sutil: por un lado, el helio superfluido circula sin fricción a lo largo de
tubos capilares muy finos; sin embargo, si se hace oscilar un disco dentro de
helio superfluido, la fricción del helio va amortiguando sus oscilaciones hasta
frenarlas. Se presentan, pues, dos aspectos: el superfluido y el normal. Por
ello, Lev D. Landau, uno de los grandes físicos rusos del siglo XX, premio
Nobel de Física de 1962 por su teoría de los líquidos cuánticos, propuso el
modelo de dos fluidos, según el cual, entre 2,2 K y 0 K el helio estaría
compuesto por dos componentes: el superfluido, cuyo porcentaje aumentaría a
medida que disminuye la temperatura, y el normal, que iría disminuyendo a
medida que disminuye la temperatura, hasta que en el cero absoluto todo el
helio correspondería a la componente superfluida.
Tal como en superconductividad hay una corriente
crítica por encima de la cual la superconductividad desaparece, el
comportamiento superfluido se puede llegar a perder si la velocidad del helio
supera un cierto valor crítico, por encima del cual aparece turbulencia
cuántica en el superfluido. La característica más especial de la turbulencia
cuántica es que los remolinos cuánticos no pueden girar con cualquier
velocidad, sino tan solo con un valor especificado por la condición de
cuantización de Bohr, pero aplicada a la hidrodinámica rotacional del vórtice y
no a las órbitas electrónicas dentro de los átomos.
Figura 9.3. Cuando el helio superfluido gira con velocidad angular
suficientemente elevada, surgen en él vórtices cuantizados paralelos al eje de
rotación y que se distribuyen regularmente.
Superfluidez en el helio 3
El helio se encuentra en dos formas: el helio 4
(dos protones y dos neutrones) es la más abundante pero también hay otro
isótopo, mucho menos frecuente, constituido por dos protones y un neutrón. El
helio 4 tiene espín cero y el helio 3 espín ½, lo cual conlleva que el segundo
está sometido al principio de exclusión de Pauli, pero no el primero. En los
años 1970 se descubrió superfluidez en el helio 3 por David M. Lee, Douglas D.
Osheroff, Robert C. Richardson (premio Nobel de 1996). A diferencia del helio
4, para poder alcanzar la superfluidez en el helio 3 se deben agrupar los
átomos en pares, tal como los electrones de espín ½ se agrupan en pares de
Cooper en la superconductividad. La superfluidez aparece en el helio 3 a temperaturas
del orden de milésimas de grados Kelvin, y tiene características más variadas y
sutiles que las del helio 4: presenta tres fase superfluidas diferentes, en
lugar de una sola fase superfluida como ocurre con el helio 4, y las
complejidades geométricas de esas fases lo convierten en un buen modelo para
estudiar las propiedades de hipotéticas cuerdas cósmicas y defectos geométricos
en el universo.
Se cree que en las estrellas de neutrones a muy
bajas temperaturas los neutrones —de espín ½— podrían estar en estado
superfluido, previo apareamiento de dos en dos, y que a causa de su rápida
rotación tendrían en su interior vórtices cuantizados, que afectan a algunos
detalles de su elevada velocidad de rotación.
Capítulo 10
Bases de la vida
La física cuántica y la vida
En un sentido obvio, la
vida es deudora de la física cuántica; sin la física cuántica los átomos no
serían estables, y sin las sutilezas de las resonancias entre niveles nucleares
no existirían átomos de carbono, oxígeno ni nitrógeno, de los que depende la
vida que conocemos. Al preguntarnos por efectos cuánticos y vida nos estamos
preguntando por aspectos cuánticos más concretos que la existencia de los
átomos.
Entre las aplicaciones de la física cuántica que
hemos tratado en los capítulos anteriores, destacan dos aspectos principales en
lo que se refiere a la salud y la vida. El más llamativo y de mayor impacto
público es el poder destructor de las armas nucleares y de la radiactividad; el
otro, más positivo, las capacidades exploradoras y terapéuticas de la
radioterapia, la resonancia magnética nuclear, las fibras ópticas, los láseres,
la magnetoencefalografía y otras técnicas basadas en efectos cuánticos. Pero
hay otras dos facetas a considerar: una de ellas se refiere a características
de las moléculas relevantes para la vida, y la otra, más especulativa, explora
la posibilidad de aspectos cuánticos colectivos coherentes, sea en etapas
iniciales de la evolución prebiótica, en moléculas complejas, o en el
funcionamiento cerebral.
Efectos biológicos de la radiactividad
Desde la perspectiva del gran público, la
relación más inquietante entre la vida y los temas que tratamos en este libro
son los efectos de la radiactividad. Las bombas nucleares producen, como todas
las bombas, una onda de presión que derrumba edificios y esparce metralla, y
una onda de temperatura, mucho más tórrida que cualquier otra bomba. Pero
tienen un tercer efecto más durable y misterioso, el de la radiactividad:
quemaduras, caída de pelo, trastornos de la sangre, del sistema nervioso y del
sistema digestivo, y alteraciones genéticas que dan lugar a cánceres o a
malformaciones en los fetos. Esos efectos dieron un dramatismo especial a las
bombas de Hiroshima y Nagasaki —pocos días antes de ellas, bombas incendiarias
convencionales provocaron casi cien mil muertos en Tokio, pero nadie se acuerda
de ellos—. Las bombas de neutrones, no utilizadas todavía, maximizan el tercer
efecto: producen ondas de presión y de temperatura relativamente pequeñas, pero
esparcen muchas partículas radiactivas que matan a los organismos sin destruir
los edificios.
Los efectos biológicos de la radiactividad
dependen de la cantidad y tipo de radiación absorbida, y del tipo de organismo
que la recibe. Lo más sorprendente es que si una cantidad de energía radiactiva
absolutamente letal se suministrara en forma de calor, la temperatura del
organismo que la absorbe subiría apenas tres centésimas de grado, mucho menor
que las variaciones de temperatura a lo largo del día. ¿Por qué resulta tan
nociva la radiactividad?
La explicación reside en que la energía térmica
se distribuye entre millones de billones de moléculas, de manera que a cada una
le toca en parte una cantidad escasa de energía; en cambio, en la
radiactividad, la energía está concentrada en un número reducido de partículas,
que tienen una energía miles de veces superior a la energía térmica y pueden
romper las moléculas biológicas, producir mutaciones en el ADN, perforar
membranas, o excitar moléculas sencillas y convertirlas en radicales libres que
atacan a moléculas de su entorno.
La dosis de radiación física se mide en energía
absorbida por unidad de masa. La dosis biológica se obtiene al multiplicar la
dosis física por un coeficiente que tiene en cuenta la peligrosidad del tipo de
radiación y la sensibilidad del tipo de órgano o de organismo. Las
instalaciones con riesgo de emitir radiaciones ionizantes —desde rayos X a
radiactividad— deben ser controladas para que sus emisiones no superen un
cierto valor admitido, muy inferior a los valores donde se supone que empieza
la peligrosidad. El riesgo individual nunca es nulo, pero a efectos
estadísticos puede hacerse suficientemente pequeño como para ser asumible —por
ejemplo, una quinta parte del riesgo de morir en un accidente de automóvil—.
Pero esas cuestiones deben ser tratadas serenamente e informadamente por el
conjunto de la sociedad, para establecer hasta qué punto son asumibles ciertos
riesgos en función de sus posibles beneficios: no es una cuestión
exclusivamente técnica, sino también sociológica, filosófica y política.
Física cuántica y medicina
La consideración del cuerpo, actualmente, está
mucho más enfocada en la materia —bioquímica— que en la energía —biofísica—
salvo en lo que se refiere a energía metabólica —bioenergética—. Probablemente,
la visión futura estará algo más equilibrada, y complementará los indudables
éxitos de la farmacología —que en un futuro será más personalizada que en la
actualidad— con la aplicación de técnicas físicas centradas en flujos de
energía y de información. Qué papel pueda jugar la física cuántica en esa
perspectiva, más global, es una cuestión abierta.
La radioterapia es una valiosa herramienta
terapéutica contra el cáncer. Su eficacia estriba en que la radiactividad
afecta más a las células que se están reproduciendo ya que en ellas los
cromosomas están dilatados, para poderse duplicar mejor, y son más vulnerables.
Así, al irradiar un órgano o un tejido biológico que contenga un tumor, todo él
queda perjudicado por la radiación, pero queda mucho más maltrecho el tumor, ya
que sus células se están reproduciendo a un ritmo más elevado.
Naturalmente, al irradiar un tumor se procura
hacerlo desde direcciones diferentes en sesiones diferentes: así, el tejido
sano recibe menos radiación que el tumor, y el tratamiento es más efectivo
contra este y menos destructivo para aquel. Se están estudiando otras técnicas
que, en lugar de irradiar con rayos gamma, electrones beta, partículas alfa o
electrones acelerados, lo hagan con otros tipos de núcleos —de carbono, por
ejemplo—, o con partículas inestables —como por ejemplo piones—. La estrategia
consiste en conseguir que las partículas concentren su efecto destructivo a una
profundidad determinada, que corresponda precisamente a la posición del tumor.
Con ello, se perjudica menos el tejido sano y se ataca más al tumor.
La medicina nuclear tiene, aún, otros aspectos:
por ejemplo, el uso de antielectrones —también llamados positrones— en las
técnicas de tomografía de emisión de positrones, o la preparación de iones
radiactivos que sean adecuados para el tratamiento de tipos concretos de
cáncer, como el yodo radiactivo, que se acumula en el tiroides y se usa para el
tratamiento del cáncer de tiroides.
Pero además de la radioterapia, las técnicas
terapéuticas relacionadas con la física cuántica son diversas. Ya nos hemos
referido al uso de láseres en cirugía, oftalmología y dermatología. La
nanotecnología también presenta posibilidades prometedoras, usando, por
ejemplo, puntos cuánticos, sensibles al color, como marcadores biológicos, ligados
a receptores con afinidad por algún compuesto específico, asociado a un cáncer
en particular. Al irradiar el órgano con una radiación de la frecuencia
absorbida por el punto cuántico, la célula a la cual este se haya adherido
recibirá mucha energía y será destruida, sin destruir las células de los
alrededores.
Efectos cuánticos moleculares
En el capítulo 3 hemos comentado la importancia
de los efectos cuánticos en la estructura y la polaridad del agua;
clásicamente, uno hubiera esperado que dicha molécula fuera lineal y no polar,
con lo cual sería un disolvente menos versátil y la existencia de vida habría
sido más difícil. Pero esas afirmaciones lindan con lo especulativo. Nos
concentraremos, como ilustración, en los pigmentos fotosensibles.
En el capítulo 1 hemos mencionado que la ley de
Wien establece la frecuencia de radiación emitida con máxima potencia por una
estrella de temperatura dada, y que esto tiene consecuencias relevantes en los
pigmentos fotosensibles de los organismos que habiten en el sistema planetario
de dicha estrella. Los humanos tenemos en los conos de la retina tres tipos de
pigmentos, cuyos máximos de sensibilidad se hallan a quinientos setenta,
quinientos cuarenta y cuatrocientos treinta nanómetros, aproximadamente. Muchos
pájaros tienen cuatro pigmentos, y muchos mamíferos solo dos pigmentos. La
historia evolutiva de esos pigmentos es muy interesante. Aquí nos interesa
destacar que sus máximos de sensibilidad están relacionados con las
características de interacción entre la luz y los diversos aminoácidos que
componen el fotopigmento, interacción regida por la física cuántica. En el
laboratorio, se han fabricado proteínas con propiedades ópticas muy diversas,
cambiando los aminoácidos en diversas posiciones de la proteína. Con ello, se
puede comprender, por ejemplo, la razón de los pigmentos sensibles en los ojos
de peces que habitan a diversas profundidades del agua, donde el color
predominante varía con la profundidad. En esos procesos interviene a menudo el
efecto túnel cuántico, que permite atravesar una «barrera» de potencial que
separa estados moleculares entre los cuales no se podría pasar en la física
clásica.
Otro tema relacionado, pero mucho más sutil
desde el punto de vista cuántico, es la molécula de clorofila. La fotosíntesis
parece un tema bien conocido, pero, aun así, las sutilezas del transporte de
electrones dentro de la clorofila tienen un gran interés. Actualmente, ese
interés no se restringe a la biología, ya que se investiga en tipos
artificiales de fotosíntesis para procesar energía limpia a partir de energía
solar. En la clorofila, algunos electrones son excitados por la luz en la zona
que actúa como antena recolectora de fotones, pero esos electrones deben ir
hasta los centros activos donde tienen lugar las reacciones químicas de interés
biológico. Naturalmente, conviene que en ese proceso de transporte se pierda
poca energía. La optimización del rendimiento fotosintético requiere, por un
lado, un área amplia de recolección de energía luminosa, pero si la energía
ganada por los electrones se pierde en su transporte al centro activo, de poco
serviría ampliar la antena. Pero, sorprendentemente, el rendimiento del
transporte energético electrónico es casi de un cien por cien. Recientemente se
han descubierto oscilaciones electrónicas coherentes en las partes donadoras y
aceptoras de electrones dentro de la clorofila. Ello resulta extraño, porque
uno esperaría que a temperaturas elevadas y en un contexto ruidoso la
coherencia cuántica y el entrelazamiento de la función de onda —que tratamos en
el capítulo 14— se perdiera inmediatamente. Así, parece que algunas moléculas
biológicas tienen un comportamiento en que la física cuántica juega un papel
más colectivo y sofisticado que el de establecer el espectro de absorción.
¿Efectos cuánticos coherentes? Física cuántica y cerebro
La vida es probablemente el fenómeno más sutil y
fascinante que conocemos. En ella, los efectos colectivos entre genes,
reacciones metabólicas, máquinas moleculares e influencias ambientales juegan
un papel muy relevante. Nos podemos preguntar si los efectos colectivos
coherentes de la física cuántica, como los que hemos visto en los dos capítulos
anteriores, podrían intervenir en los sistemas vivos, o incluso jugar algún
papel crucial en algunos procesos biofísicos.
Lo que separa los estados clásicos de los
estados colectivos coherentes cuánticos es la pérdida de la coherencia entre
las fases de los diversos componentes del sistema, que hace que estos vayan al
unísono y sumen sus efectos de forma constructiva. Sin embargo, en los sistemas
cuánticos no aislados, en contacto con un medio caracterizado por una cierta
temperatura, la coherencia se pierde en tiempos brevísimos. Los
superconductores y superfluidos pierden sus propiedades cuánticas coherentes si
la temperatura sube demasiado.
Pese a eso, hay tres posibilidades de tener
efectos cuánticos coherentes en sistemas vivos: una, que a pesar de que los
tiempos de pérdida de coherencia sean breves, las máquinas moleculares pudieran
realizar suficientes pasos coherentes en un tiempo breve para que supusieran
una ventaja real con respecto al caso clásico. La segunda manera sería que la
forma concreta de algunas moléculas les confiriera ciertas características
topológicas que prolongaran los efectos de coherencia cuántica —como ocurre, en
cierto modo, en los superconductores de alta temperatura crítica—; la tercera
posibilidad sería que, por estar los sistemas biológicos alejados del
equilibrio, pudieran conservar su coherencia en situaciones en que los sistemas
en equilibrio no lo consiguen. Por ejemplo, en 1968, Fröhlich propuso que las
oscilaciones de membranas o de macromoléculas biológicas, en presencia de un
flujo de energía, pueden comportarse como un todo, en lugar de presentar
oscilaciones individuales desordenadas. A diferencia de la superconductividad y
la superfluidez, el fenómeno estudiado por Fröhlich se puede dar a temperatura
ambiente si los flujos energéticos superan un cierto umbral. En los sistemas
biológicos, esa energía sería suministrada por el metabolismo y conllevaría una
vibración ordenada y conjunta de la macromolécula. Algunos autores han
propuesto que esas tres situaciones se podrían combinar en los microtúbulos de
las neuronas, de forma que la física cuántica contribuyera al funcionamiento
del cerebro.
La conversión de estímulos físicos y
computaciones neuronales en experiencia subjetiva resulta misteriosa. Recibimos
estímulos físicos visuales, y al final de ellos se vive la experiencia de una
imagen o un recuerdo, con una gran intensidad afectiva. ¿Qué ha convertido unas
ondas electromagnéticas en algo profundamente personal y único?¿De dónde viene
la conciencia? Según la neurobiología, la conciencia podría surgir de la acción
conjunta de algunas zonas del cerebro dotadas de un grado suficientemente
elevado y coherente de conexiones entre neuronas. La coherencia de actuación de
todas ellas se produce como resultado de numerosas retroacciones, sin necesidad
de efectos cuánticos.
Pero aunque las redes neuronales clásicas
procesan eficazmente muchos aspectos de la información, las características
conceptuales de la física cuántica —globalidad, indeterminismo, relación
profunda entre objeto y sujeto— resuenan tan vecinas a algunas características
de la conciencia que no sorprende que algunos investigadores busquen relaciones
entre ambas, pese al escepticismo de los neurobiólogos. Las ideas cuánticas
sobre el cerebro empezaron hacia los años 1960, con las teorías de Umezawa y de
Fröhlich, posteriormente ampliadas y renovadas en ideas de un campo cuántico
cerebral propuesto por Pribram o Stapp, en que los procesos mentales son
interpretados como colapso de la función de onda global del cerebro. También
J.C. Eccles, premio Nobel de Fisiología y Medicina de 1973 por sus
investigaciones sobre la transmisión sináptica, sugirió que podría haber una
indeterminación cuántica en la emisión de neurotransmisores.
Figura 10.1. Los microtúbulos son largos tubos microscópicos formados por la
agregación en forma espiral de una pequeña molécula, la tubulina. Según algunos
autores, podrían presentar efectos cuánticos coherentes que contribuyeran a la
computación neuronal.
Roger Penrose defiende con
énfasis esas ideas, arguyendo la existencia de características no algorítmicas
de la mente. En efecto, las redes neuronales clásicas funcionan siguiendo unos
algoritmos —es decir, un conjunto de instrucciones— deterministas pero, como
demostraron Gödel y Turing, dicho tipo de algoritmos conducen tarde o temprano
a situaciones indecidibles. En cambio, no nos detenemos ante esas
indecidibilidades y seguimos hacia adelante. Debería haber pues en el cerebro
un elemento no algorítmico —no determinado por instrucciones previas— que
permitiera, alcanzadas esas situaciones, adoptar una decisión ante el enunciado
indecidible. Según Penrose, este elemento no algorítmico sería el colapso
objetivo de la función de onda de los microtúbulos de los axones neuronales,
que podrían funcionar como autómatas celulares, transmitiendo y procesando
información mediante ondas de polarización eléctrica. Los microtúbulos
transportan neurotransmisores y pueden promover ramificaciones del axón, por lo
cual podrían contribuir a algunas acciones cerebrales. Con la aportación de los
microtúbulos se ganaría mucho en potencialidad total de cálculo del cerebro:
las 1014 operaciones por segundo de la neurobiología clásica podrían
alcanzar unas 1027 operaciones por
segundo.
Se puede creer que la conciencia es una
propiedad emergente de las redes neuronales clásicas, o que es algo
esencialmente nuevo que requiere elementos cuánticos. La idea de relacionar el
colapso cuántico con la conciencia estaría ligada a una hipotética diferencia
entre una superposición preconsciente de diversas posibilidades y el carácter
relativamente nítido y unívoco de la conciencia. En ese contexto, se supone que
aunque la indeterminación y la superposición cuánticas fueran minúsculas y
ocasionales, podrían ser amplificadas por una cascada de procesos
deterministas. Asimismo, se buscan intersecciones entre los niveles clásico y
cuántico, en que un colapso espontáneo de la función de onda colectiva de
algunas pequeñas regiones cerebrales produjera efectos posteriormente
amplificados. Así, algunos elementos cuánticos contribuirían como generador de
diversidad en el disparo de las neuronas o en la plasticidad a corto término.
Ahora bien, la libertad exige poder escoger entre diversas posibilidades,
conociendo y asumiendo las consecuencias de la elección. Por ello, se aleja
tanto de un determinismo estricto como de un azar radical y es un tema sutil,
cuyo planteamiento requiere perspectivas suficientemente variadas y ricas que
no siempre la ciencia proporciona.
Las perplejidades de la física cuántica: la
sorpresa del mundo
Cinco ideas
1. Partículas y ondas no son los entes físicos más
profundos, sino maneras complementarias de manifestarse una realidad más
profunda todavía, según el tipo de situación física que se está tratando
(principio de complementariedad).
2. No es posible conocer simultáneamente y con
precisión arbitrariamente elevada la posición y la cantidad de movimiento (masa
por velocidad) de una partícula, o de algunos otros pares de variables
(principio de incertidumbre). Por ello, en los sistemas cuánticos solo es
posible una descripción estadística, cuya distribución de probabilidad está
dada por la función de onda. La forma de la función de onda y su evolución
temporal están regidas por la ecuación de Schrödinger.
3. Las condiciones físicas de un sistema especifican
el conjunto de valores que se puede obtener al medir sus magnitudes. Sin
embargo, el valor concreto que se obtendrá en una medición concreta es
aleatorio, impredecible, radicalmente indeterminado (principio de
indeterminación). En la física cuántica, el futuro no está predeterminado por
el presente, a diferencia del determinismo de la física clásica.
4. Cuando no son observados, los sistemas cuánticos se
hallan simultáneamente en todos sus estados compatibles con la situación física
considerada (superposición). Al efectuar una medición, se colapsa la función de
onda y el sistema pasa a estar en un solo estado —o en un subconjunto de
estados compatibles con la medición—. Ello da a la física cuántica una lógica
diferente de la habitual, en que son compatibles, por ejemplo, la validez
simultánea de dos estados clásicamente incompatibles —por ejemplo, afirmación y
negación, A y no A—. Esa lógica, y la capacidad de efectuar simultáneamente
muchas operaciones diversas, otorga a la física cuántica una gran potencia
computacional.
5. Cuando dos sistemas cuánticos tienen un origen
común, sus funciones de onda quedan entrelazadas en una sola función de onda,
por mucho que se separen. Eso hace que al observar uno de los sistemas, la
observación afecte simultáneamente al otro, por lejos que esté, ya que se
produce el colapso de la función de onda entrelazada común, y no tan solo el de
la función de onda del sistema medido. La realidad cuántica es global.
Capítulo 11
Complementariedad
La dualidad partícula-onda: Bohr
Como reverso de su éxito
empírico, su eficacia descriptiva, su potencia innovadora y su dinamismo
económico, la física cuántica resulta un auténtico revulsivo intelectual. Rompe
con presupuestos básicos de la física clásica, obliga a replantear nuestra capacidad
de conocimiento y nuestra relación con la realidad física, nos inquieta con sus
paradojas y excede nuestra imaginación. En esta segunda parte, presentamos los
aspectos más sorprendentes de la física cuántica.
La física cuántica pone en cuestión la relación
entre la realidad y los modelos sensoriales y mentales que nos forjamos de
ella. En la física clásica, la realidad física es interpretada en términos de
partículas y ondas. Las ondas son entes extensos, que ocupan zonas más o menos
amplias del espacio —por ejemplo, de la superficie del mar, en las olas
marinas, o de la superficie de la tierra, en las ondas sísmicas—. En cambio,
las partículas tienen una naturaleza localizada, como pequeñas bolitas. Dos
ondas pueden coexistir en una misma región del espacio, y sus efectos se suman:
si en la bañera llena de agua agitamos la mano derecha y la mano izquierda,
cada una de ellas produce una onda y ambas se suman. En cambio, en un punto del
espacio no puede haber dos partículas a la vez, ya que las partículas se
suponen impenetrables. Por ello, el concepto de partícula y el de onda son
mutuamente excluyentes en la física clásica.
Ya en los inicios de la física cuántica se
produjo una sorpresa: la luz, considerada como onda, tenía también propiedades
corpusculares, manifestadas por ejemplo en el efecto fotoeléctrico. Asimismo,
los electrones, considerados como partículas, también exhibían propiedades
ondulatorias. Desde el punto de vista de la física clásica, eso constituía un
grave problema conceptual: las entidades podían ser o bien partículas o bien
ondas, pero no ondas y partículas a la vez.
Cuando en 1905 Einstein escribió su artículo
relacionado con el efecto fotoeléctrico, el problema conceptual no le pareció
especialmente complicado: pensaba que en su esencia más profunda la luz estaba
constituida por corpúsculos, pero que, colectivamente, esos corpúsculos se
comportan como ondas, descritas por las ecuaciones del electromagnetismo. Algo
así ocurre con las ondas del agua, constituidas por moléculas pero descritas
colectivamente por las ecuaciones de la hidrodinámica. Por ello, Einstein no
tuvo la sensación, inicialmente, de que el carácter corpuscular de la luz
supusiera una revolución del electromagnetismo, sino que la interpretó como
otro nivel de descripción. El problema surgió en toda su profundidad, sobre
todo, cuando se constató, a partir de 1923, con experimentos efectuados con
electrones, que los efectos cuánticos no son un efecto estadístico debido a una
interacción entre multitud de partículas, sino que se presentan también cuando
se estudian partículas una a una. No queda más remedio, pues, que replantear la
relación entre nuestros modelos de realidad y la realidad, sea esta lo que sea.
Experimentos de doble rendija; el papel de la interferencia
Antes de poder profundizar en la cuestión,
debemos saber cómo se discierne si una entidad física es partícula u onda.
Conviene aclarar que en física una onda no es lo que en el lenguaje usual
entendemos como una ola. La ola es una elevación y descenso del nivel del agua,
seguida —y anticipada— por otras olas sucesivas. En física, la onda es el
conjunto total de las olas sucesivas, distribuidas en todo el espacio. Una onda
se caracteriza por la longitud de onda, que es la distancia mínima a partir de
la cual se repite el fenómeno —o, en términos más limitados pero más concretos,
la separación entre las crestas de dos olas sucesivas—, el período, que es el
tiempo que transcurre entre el paso de dos crestas sucesivas por un mismo
punto, y la amplitud, que es la altura máxima de la ola con respecto al nivel
de referencia de equilibrio. El cociente entre la longitud de onda y el período
es la velocidad de propagación de la onda.
Un tipo especialmente relevante de experimentos
sobre ondas son los experimentos de interferencia, relacionados con la suma de
dos o más ondas que ocupan simultáneamente una misma región del espacio. En
cada punto de la región considerada, la perturbación total es la suma de las
perturbaciones de cada una de las ondas por separado. El experimento más
sencillo que distingue partículas de ondas es el de interferencia de dos
rendijas paralelas. En dicho experimento, se lanza el sistema físico en
cuestión contra una pared en que se han practicado dos rendijas, y se estudia
cómo se comporta el sistema una vez ha atravesado las rendijas. Consideraremos
primero el experimento realizado con partículas y, después, el realizado con
ondas.
* * * *
Partículas. Imaginemos una caja llena de arena muy fina.
Abrimos una rendija en el fondo de la caja y dejamos que la arena vaya cayendo.
Observamos que va formando una montaña que tiene su máxima altura en la
vertical de la rendija. Las partículas van cayendo sobre la cumbre y desde allí
se deslizan a los lados. Imaginemos, ahora, que practicamos una segunda rendija
paralela a la anterior, y dejamos que por ella vaya cayendo arena. Observamos
que se produce un segundo montículo, cuyo máximo está en la vertical de la
segunda rendija. Así, con dos ranuras se observará un relieve con dos máximos,
uno debajo de cada rendija y, en medio, un valle o cráter entre ambas cumbres.
Ondas. Supongamos ahora que
el experimento se realiza con ondas. Las ondas de agua son las más fácilmente
observables. Supongamos que en una pared abrimos una rendija. Llega un frente
de ondas, moviéndose perpendicularmente a la pared. Las ondas atraviesan la
rendija y producen, más allá de ella, una onda circular que tiene como centro
la rendija. Supongamos que abrimos una segunda rendija paralela a la anterior:
ahora, pasan dos ondas, una por cada ranura, e interfieren en la región
posterior a la pared. En algunos puntos, la interferencia es máximamente
constructiva: los máximos de ambas ondas coinciden y se suman. En otros puntos,
la interferencia es máximamente destructiva: allí, una onda tiene una cresta y
la otra un valle, y al sumarlos se tiene resultado nulo.
En una pantalla paralela a la pared donde hay
las rendijas, veremos franjas alternativas de regiones donde la amplitud de la
onda total es grande, y de regiones donde la amplitud de la onda total es nula.
En el caso de la luz, ello correspondería a franjas brillantes y franjas
oscuras, respectivamente. Esa alternancia de franjas brillantes y oscuras
constituye una diferencia evidente con el caso de las partículas, en que había
tan solo dos máximos de intensidad. Si nos fijamos en más detalles, observamos
que, curiosamente, en la línea media entre las dos rendijas hay un máximo, una
franja brillante. Eso es otra diferencia con las partículas, donde la zona
central tenía un cráter, y no una cumbre.
Este experimento fue llevado a cabo con la luz
en 1800 por Thomas Young, en Londres. Ello condujo a la convicción de que la
luz era una onda. Esa onda explicaba de forma natural algunos fenómenos que
Newton no había logrado explicar satisfactoriamente con su teoría corpuscular.
La teoría matemática relaciona las posiciones donde se producen los máximos y
los mínimos de interferencia con la longitud de onda y la separación entre las
rendijas, lo cual permite medir la longitud de onda si se conoce la separación
entre las rendijas —o viceversa—.
Figura 11.1. Interferencia de ondas en dos rendijas: el resultado en la
pantalla (superficie de la derecha) es una serie de franjas alternas luminosas
y oscuras.
Electrones, fotones, y experimentos de doble
rendija
Para explorar, por ejemplo, si los electrones —u
otro tipo de partículas— tienen propiedades ondulatorias, un experimento clave
consiste en lanzar un haz de electrones contra una doble rendija practicada en
un tabique, y disponer, paralela al tabique, una pantalla fosforescente. Cada
electrón que choca con la pantalla produce en ella una mancha fosforescente. Si
se producen dos franjas intensas en la pantalla, justo delante de las rendijas,
deduciremos que los electrones se han comportado como partículas. Si, en
cambio, observamos una serie de franjas alternas brillantes —muchos electrones
— y oscuras —pocos electrones— deduciremos que los electrones se han comportado
como ondas, e incluso podremos medir la longitud de onda correspondiente.
Esos experimentos han sido efectuados en muchas
ocasiones, desde los experimentos pioneros realizados —con muchas rendijas, no
con tan solo dos— por Davisson y Germer en 1926. La observación pone de
manifiesto muchas franjas alternas, es decir, revela un comportamiento
ondulatorio, y con la longitud de onda predicha por De Broglie.
Una posibilidad de entender esto podría ser
imaginar que la onda es un efecto colectivo de los electrones, como una especie
de onda hidrodinámica relacionada con su comportamiento conjunto. Para
asegurarnos que realmente se trata de un fenómeno fundamental, debemos realizar
el experimento lanzando los electrones uno a uno, dejando transcurrir un
intervalo temporal suficiente entre lanzamientos sucesivos. También ese
experimento se ha realizado en muchas ocasiones. Se lanzan electrones uno a
uno, y para cada electrón se observa una mancha sobre la pantalla
fosforescente.
Parece, pues, que el electrón se haya comportado
como partícula, ya que deja en la pantalla una mancha bien localizada. La
posición de esas manchas parece, al principio, aleatoria, ya que parecen
distribuirse por doquier. A medida que vamos lanzando más y más electrones, y
vamos anotando la posición donde se produce la mancha de cada uno en la
pantalla, vamos advirtiendo que las manchas se agrupan en unas franjas,
separadas por franjas con pocas manchas. Tras el lanzamiento de muchos
electrones por separado, observamos inequívocamente que las manchas están
agrupadas de la manera correspondiente a la figura de interferencia de un
comportamiento ondulatorio.
Tenemos, pues, un comportamiento corpuscular
tanto en el instante en que el electrón es disparado hacia las rendijas, como
en su choque con la pantalla, pero un comportamiento ondulatorio durante la
fase no observada de su viaje, que conduce a la distribución espacial de tipo
ondulatorio de las colisiones contra la pantalla. ¿Cómo puede haber sido esto?
¿Cómo «nota» el electrón que hay una segunda rendija abierta? ¿Pasa por las dos
rendijas a la vez? ¿Interacciona consigo mismo a causa de la presencia de dos
rendijas? ¿Se recompone en una sola unidad tras haberse dividido en el paso de
las rendijas? La situación es, en verdad, sorprendente. En palabras célebres de
Richard Feynman: «Este experimento contiene el único misterio, las
peculiaridades esenciales de toda la mecánica cuántica».
Figura 11.2. Al lanzar electrones contra una doble rendija, las posiciones
de los electrones sobre la pantalla se agrupan en franjas alternas con muchos o
pocos electrones, respectivamente; esa distribución es típicamente ondulatoria,
y no corpuscular.
La sorpresa va más allá,
incluso, de la idea de que las partículas sean entidades más o menos
extendidas, que exploren un entorno finito alrededor de su centro: de hecho,
como veremos, son entidades deslocalizadas, que exploran un dominio espacial
mucho más amplio del que cualquier partícula clásica con un movimiento
aleatorio podría explorar. Además, la posición del choque de cada partícula con
la pared es, según la física cuántica, impredictible.
La sorpresa se incrementa al saber que esos
experimentos han sido realizados no tan solo con electrones, sino también con
protones y neutrones —unas mil ochocientas cincuenta veces más pesados—, con
átomos pesados, e incluso con moléculas sencillas. En 2002, en el laboratorio
de Zeilinger en Viena, el experimento se realizó con fullerenos, moléculas en
forma de diminutas pelotas de fútbol formadas por sesenta átomos de carbono,
alcanzando así un nuevo hito en la masa y complejidad de las partículas
utilizadas. El fullereno es una estructura complicada: ¿es concebible que se
divida y vuelva a recomponerse? En la actualidad, se intenta realizar el
experimento con virus, entidades mucho más complicadas que un fullereno. Ello
resulta interesante en la exploración de los límites de validez de la física
cuántica y de su confluencia hacia los resultados de la física clásica para
sistemas macroscópicos.
El observador y lo observado
Pero ¿en qué circunstancias los electrones —o la
luz— se comportan como partícula y en qué circunstancias como onda? Ello
depende del tipo de experimento realizado. No hay, pues, tan solo dualidad
entre partícula y onda, sino también dualidad entre observador y observado. La
forma de observación condiciona lo observado.
Para ilustrarlo, supongamos que tenemos alguna
manera de determinar por cuál de las dos rendijas han pasado los electrones.
Por ejemplo, podríamos poner una pared desde la fuente al punto medio de las
dos rendijas, separando dos regiones de forma que los electrones de cada una de
ellas pudieran pasar por una rendija y solo una. O bien, podríamos situar una
fuente de «luz» —rayos gamma o rayos X— entre las dos rendijas y la pantalla,
que nos permitiera saber por cuál de las dos rendijas ha pasado el electrón.
Pues bien: cuando se lleva a cabo tal experimento, los electrones se comportan
como partículas, es decir, ¡producen sobre la pantalla tan solo dos máximos de
intensidad, y no una serie de franjas alternas brillantes y oscuras! La
observación ha cambiado radicalmente la forma de propagación de los electrones.
De hecho, no se requiere que un observador realmente verifique por qué rendija
ha pasado cada electrón, sino que es suficiente con la presencia de la «fuente
de luz», que permitiría «en principio» conocer por qué rendija ha pasado cada
electrón.
También se ha realizado el experimento variando
la presión en el recipiente en que se mueven los electrones. Hasta ahora, hemos
supuesto —implícitamente— que se desplazaban en el vacío. A más presión, sin
embargo, más choques experimentarán los electrones con partículas intermedias.
Ello se traduce en una difuminación de las franjas, hasta que desaparecen
cuando la presión es lo bastante elevada, a causa de una pérdida de coherencia
entre las ondas.
Copenhague, 1927: Bohr y el principio de complementariedad
Hacia 1927, la perplejidad conceptual entre los
físicos cuánticos sobre esa extraña e incongruente combinación de
comportamientos ondulatorios y corpusculares era mayúscula. ¿Cómo es posible
que algo sea a la vez partícula y onda? En aquel año, Niels Bohr propuso un
nuevo marco conceptual para superar esa aparente contradicción: el llamado
principio de complementariedad. Bohr llega a él tras un proceso largo e
intelectualmente doloroso, por su conciencia del contraste entre el éxito
empírico incontestable de la física cuántica y su inquietante inconsistencia
conceptual. De hecho, la motivación concreta de Bohr no es el experimento de la
doble rendija al que hemos acudido como ilustración y síntesis, sino la
interpretación del átomo. Así como su trabajo de 1912 había puesto énfasis en
los aspectos mecánicos, corpusculares, la nueva descripción ondulatoria del
átomo a partir de la ecuación de Schrödinger, que conoce de primera mano
durante una visita de Schrödinger a Copenhague en la primavera de 1926, agudiza
su inquietud por la relación entre descripción corpuscular y descripción
ondulatoria de una misma realidad física. Ello será el estímulo definitivo para
su trabajo.
En síntesis, y en términos muy simplificados,
Bohr afirma que la descripción corpuscular y la ondulatoria no son
contradictorias, ya que ninguna de ellas captura la esencia total de la
realidad, sino que son descripciones de los fenómenos complementarios en que
dicha realidad se manifiesta. De hecho, en sus presentaciones en la conferencia
de Como en septiembre de 1927 y en la quinta conferencia Solvay del mes
siguiente en Bruselas, Bohr no habló en esos términos, sino en otros bastante
más misteriosos, que hicieron que su contribución no tuviera apenas eco en el
público asistente, salvo comentarios elogiosos de Pauli en Como y críticas de
Einstein en Bruselas.
Dice Bohr: «La misma naturaleza de la teoría
cuántica nos fuerza a considerar la coordinación espacio-temporal y la
exigencia de causalidad, la unión de las cuales caracteriza las teorías
clásicas, como características complementarias pero exclusivas de la
descripción, que simbolizan la idealización de la observación y de la
definición, respectivamente». En otros momentos, Bohr asocia la «coordinación
espacio-temporal» al concepto de espacio-tiempo, y la «exigencia de causalidad»
a la conservación de momento-energía, y lo relaciona con una complementariedad
entre posición y velocidad o entre energía y tiempo, magnitudes cuyas
incertidumbres respectivas Heisenberg relaciona, en aquella misma época, en
discusiones y conversaciones directas y cotidianas con Bohr.
Para captar mejor las sutilezas de la
complementariedad es interesante comparar esa propuesta con las doctrinas
kantianas y positivistas, con las cuales ha sido relacionada en diversas
ocasiones. En la filosofía de Kant se distingue entre el fenómeno, lo que
percibimos de la realidad, y el noúmeno, la realidad en sí. Por ello,
kantianamente, podemos pensar que no sabemos lo que es la luz en sí, ni la
materia en sí; tan solo sabemos cómo se manifiestan, y observamos que a veces
lo hacen como onda y a veces como corpúsculo. No debemos pues pensar que la luz
es onda o corpúsculo: esas son formas de representación de una realidad más
profunda. Sin embargo, Bohr se distancia de esa interpretación por dos motivos:
porque le parece excesivamente subjetiva y porque, en la filosofía de Kant, el
tiempo, el espacio y la causalidad son formas a priori del conocimiento. En cambio, en la relatividad
especial y la física cuántica, el espacio, el tiempo y la causalidad son
reexaminados y puestos en cuestión.
Otra posible interpretación del principio de
complementariedad sería estrictamente positivista: es decir, centrada
exclusivamente en la evidencia empírica —que conduce a observar partículas en
unos casos y ondas en otros—, con rechazo de consideraciones metafísicas —qué
sea realmente la realidad física—. Aunque el positivismo, según el cual la
ciencia debe limitarse a hallar correlaciones entre los fenómenos, estaba en
boga en aquellos tiempos, Bohr no se acabó de adherir a él, ya que su interés
por lo que sea la realidad física tras las representaciones que nos hacemos de
ella nunca le abandonó, aunque poco a poco fuera abandonando la idea de una
descripción detallada de la realidad en términos sensibles.
Esas discusiones sobre la relación entre las
observaciones y la realidad, ¿suponen que no existe realidad alguna? ¿Que no
existe una realidad objetiva? ¿Que existe pero no puede ser conocida? ¿Se
refería Bohr a que se debían utilizar como complementarias las descripciones de
onda y de partícula, y que era imposible imaginar otras formas de representar
la realidad? Al incluir el sujeto en la descripción, ¿es Bohr un subjetivista?
¿Cree que la voluntad del observador hará que el sistema se manifieste como
onda, y la voluntad de otro observador del mismo experimento hará que se
presente como partícula? ¿Supone una interacción de lo mental del observador
sobre lo físico de la realidad externa? No es así, y Bohr insistió en el
carácter objetivo de la complementariedad: no es el sujeto el que impone
mentalmente su opinión a la realidad, sino el que determina las condiciones
experimentales concretas, dadas las cuales cualquier sujeto observa una onda o,
dadas otras condiciones experimentales, cualquier sujeto observa una partícula.
La multitud de preguntas sobre el principio de
complementariedad indica su complejidad interpretativa, no solo en referencia a
la física, sino también a la filosofía. Más peligrosa fue, sin embargo, la
discusión sobre si el principio de complementariedad era «idealismo burgués» o
si era compatible con el «materialismo dialéctico», discusión que costó la
cárcel y la muerte a un cierto número de físicos en la Unión Soviética durante
los años 1940. El principio de complementariedad se convirtió en uno de los
conceptos clave de la llamada «interpretación de Copenhague» de la física
cuántica, que exploraremos con más detalle en los capítulos siguientes. De
hecho, Bohr pensó en la complementariedad no solo como una manera de sortear
las contradicciones que parecía presentar la física cuántica, sino como algo
más general, también aplicable a otros campos de la ciencia como, por ejemplo,
a una complementariedad entre energía interna y temperatura en termodinámica.
Capítulo 12
Indeterminismo
el principio de incertidumbre de Heisenberg
La física clásica es
determinista: si se conocen las posiciones y velocidades de un conjunto de
partículas en un instante dado, y las fuerzas que actúan sobre cada una de
ellas en función de su posición y velocidad, las ecuaciones de Newton del
movimiento determinan las posiciones y velocidades de las partículas en
cualquier instante posterior y anterior. Lo mismo ocurre con los campos
electromagnéticos y las ecuaciones de Maxwell del electromagnetismo.
Si estamos compuestos por partículas regidas por
tales ecuaciones, ello implica que estamos determinados, es decir, que no somos
libres. Ello no supone que no podamos tener la sensación —ilusoria— de
libertad, porque nuestro cerebro es un sistema físico tan complicado que no
podemos resolver las ecuaciones que lo describen y predecir mediante ellas lo
que vamos a hacer. Por ello, aunque estuviéramos realmente determinados, no nos
sentiríamos agobiados por esa determinación, ya que no lo podríamos demostrar
con certeza. En la filosofía de la naturaleza de los siglos XVIII y XIX, las
discusiones sobre libertad y determinismo fueron muy intensas.
Los grandes progresos en mecánica teórica en
dichos siglos representaron la confirmación y triunfo de las teorías
newtonianas, especialmente en el ámbito de la astronomía. Pierre Simon de
Laplace, el gran matemático francés autor de la Mécanique
celeste, sucesor ilustre de los Philosophiae
Naturalis Principia Mathematica de
Newton, representa el punto culminante de esos progresos científicos y de la
convicción determinista que se seguía de ellos. Laplace afirma que si hubiera
un espíritu tan rápido y sutil que pudiera conocer las posiciones y velocidades
de todas las partículas del universo en un instante, y realizar con suficiente
rapidez los cálculos de las ecuaciones newtonianas, tendría ante sí todo el
pasado y todo el futuro del universo. La idea no resultaba nueva en teología,
ya que los teólogos habían reflexionado mucho sobre la compatibilidad entre un
Dios omnisciente —que conoce todo el pasado, presente y futuro— y la libertad
humana, cosa que condujo a intensas discusiones sobre la predestinación de las
almas a una salvación o condenación eternas.
En respuesta al determinismo mecanicista, un
número considerable de artistas, escritores y pensadores, especialmente durante
el Romanticismo, opusieron la vida, la pasión, la emoción y la belleza a un
mecanicismo y materialismo que ellos juzgaban dogmáticos, grises y parciales,
un intento de encadenar, reducir y dominar utilitariamente la realidad.
Incertidumbre de posición y velocidad
La idea de que la física cuántica rompe el
determinismo supone una ruptura conceptual crucial con la física clásica. La idea
surge, inicialmente, como una incertidumbre relacionada con el hecho de que las
partículas tengan asociada una onda. En el capítulo 2 hemos visto que esa
asociación comporta la cuantización de los valores posibles de la energía, como
consecuencia de que las longitudes de onda de vibración de una cuerda fijada
por sus extremos solo pueden tener unos valores discretos.
Otro resultado bien conocido de la teoría
ondulatoria es el fenómeno de la difracción. Cuando una onda de longitud de
onda dada —acústica, luminosa, de agua— atraviesa una rendija, la onda tras la
rendija se abre un cierto ángulo, cuyo seno es proporcional al cociente entre
la longitud de onda y el ancho de la rendija. Si la rendija es mucho más ancha
que la longitud de onda, la onda sigue en la misma dirección que tenía
inicialmente, sin ensancharse. En cambio, si la longitud de onda es mayor que
el grosor de la rendija, la onda se esparce en todas las direcciones de salida.
Figura 12.1. Difracción de una onda al pasar por una rendija; cuanto más
estrecha es la rendija, más se abre la onda al atravesarla. Al aplicar esa idea
a las ondas que acompañan las partículas de materia, se obtiene que cuanto
menor es la incertidumbre en su posición (más estrecha la rendija) mayor es la
incertidumbre en su velocidad (más diverso puede ser el ángulo de salida).
En 1925, Werner Heisenberg,
un joven estudiante postdoctoral alemán de Gottinga, donde había trabajado con
Max Born, y que jugó un papel de primer orden en el desarrollo de la física
cuántica, pasa un tiempo en el instituto de Niels Bohr en Copenhague. Durante
esa estancia elabora su propia e innovadora versión de la física cuántica, la
llamada mecánica de matrices, que intenta evitar el uso de cualquier elemento
no observable de la estructura del átomo.
Pero también se pregunta por las consecuencias
de la difracción sobre la onda asociada a las partículas. Reescribiendo el
resultado clásico de la teoría de la difracción en términos de la relación de
De Broglie entre longitud de onda y cantidad de movimiento, llega a la
conclusión de que la incertidumbre en la posición de una partícula,
multiplicada por la incertidumbre en su velocidad y por su masa, no se puede
reducir arbitrariamente, sino que tiene una cota mínima universal dada por la
constante de Planck. En otras palabras, no es posible conocer con precisión
arbitrariamente elevada los valores simultáneos de la posición y la velocidad,
ya que cuanto más reducimos la incertidumbre en la posición más aumenta la
incertidumbre en la velocidad y viceversa. En la vida cotidiana, eso no tiene
relevancia, ya que como las masas de los sistemas normales son muy grandes a
escala atómica, el producto de incertidumbres mencionado se hace prácticamente
nulo, pero a escala atómica eso resulta decisivo.
Figura 12.2. Werner Heisenberg, en la época en que propuso el principio de
incertidumbre.
Interpretación epistemológica
El principio de incertidumbre puede ser
interpretado epistemológicamente, es decir, en relación con nuestro
conocimiento de la realidad, u ontológicamente, en relación con la esencia de
la realidad física. En la primera interpretación, se supone que las partículas
—un electrón, por ejemplo— tienen en cada instante una posición y una velocidad
bien definidas, pero que la perturbación debida a la medida impide conocer
simultáneamente sus valores precisos. Efectivamente, a diferencia de la teoría
clásica, en la cual la perturbación producida por la medición puede ser
reducida tanto como se quiera, la teoría cuántica fija un límite inferior a
dicha perturbación, ya que la energía está cuantizada y no puede ser
arbitrariamente pequeña. Por ello, observar la posición modifica el valor de la
velocidad, y observar la velocidad modifica el valor de la posición de manera
impredecible, e impide conocer simultáneamente ambas magnitudes.
En concreto, si se quiere medir la posición con
una incertidumbre igual o menor que Dx, se debe utilizar una radiación de
longitud de onda del orden de Dx para observarla; pero según la física
cuántica, cuanto menor sea Dx mayor será la energía de los cuantos y tanto más
afectará la velocidad de la partícula al golpearla. Un argumento parecido puede
ser aplicado a la medición de la velocidad.
Una consecuencia de ello es que las partículas
no pueden ser distinguidas individualmente las unas de las otras: un protón no
puede ser distinguido de otro protón ni un electrón de otro electrón, ya que,
cuando se acercan suficientemente, o cuando chocan entre sí, nos falta
información para distinguir cuál de las dos partículas salientes del choque
corresponde a cada una de las partículas antes de chocar. En ese sentido, el
indeterminismo borra la identidad.
Otra consecuencia de la perturbación en las
mediciones es que los resultados estadísticos de medir primero la posición y
después la velocidad difieren de los obtenidos al medir primero la velocidad y
después la posición. Esa ruptura de la propiedad conmutativa de la medida, y
sus características universales en términos de la constante de Planck, fue
utilizada por P. A. M. Dirac, en Cambridge, en 1926, como base de su
formulación de la física cuántica, inspirada en ciertas analogías con
resultados sofisticados de la mecánica analítica clásica, y que es
excesivamente complicada para este libro.
Interpretación ontológica
La interpretación anterior no refleja
suficientemente la naturaleza de la realidad. Por ejemplo, no podemos suponer
que cuando una partícula no es observada se comporta necesariamente como
partícula. En el capítulo anterior hemos visto que en el experimento de la
doble rendija la partícula pasa por las dos rendijas e interfiere consigo
misma, si no es observada. En cambio, si se observa por qué rendija atraviesa,
deja de manifestar el carácter ondulatorio y se comporta como partícula.
Por ello, suponer que la realidad es tal como la
conocemos habitualmente —partículas con posición y velocidad bien definidas—
pero que no podemos medir con precisión a causa de la perturbación producida
por la medida no hace justicia a la complejidad del tema. Trataremos ese
aspecto en el capítulo siguiente, donde se puede llevar a cabo desde una
perspectiva más adecuada.
En una interpretación ontológica, más elaborada
que la puramente epistemológica, la indeterminación cuántica conduce a una
nueva visión de la realidad, en la cual las partículas elementales no tienen
posición ni velocidad hasta que no son medidas su posición o su velocidad. Así,
el proceso de medición es mucho más radical que en la interpretación anterior:
no es que la medición perturbe la posición que anteriormente a ella tenía la
partícula, sino que le otorga tener el atributo posición.
El principio de incertidumbre de Heisenberg
también se relaciona con la dualidad corpúsculo-onda. En efecto, una partícula
se puede representar como una suma de ondas. Cuanto más localizada está la
partícula, más amplio debe ser el conjunto de longitudes de onda de las ondas
utilizadas para representar la partícula. Como según De Broglie las longitudes
de onda están relacionadas con la velocidad de la partícula, más diversidad de
longitudes de onda supone más incertidumbre en la velocidad.
De la incertidumbre al indeterminismo
El principio de incertidumbre de Heisenberg
implica que el determinismo newtoniano, que requiere el conocimiento preciso de
la velocidad y la posición iniciales de las partículas para poder determinar su
posición y velocidad futuras, ya no es válido. Esta constatación rompía con dos
siglos y medio de física clásica triunfante. Según algunos historiadores de los
aspectos sociológicos de la ciencia, en la época en que fue formulado ese
principio la idea de indeterminismo era recibida con cierta simpatía en
Alemania, que había sido la gran derrotada en la primera guerra mundial, y que
se negaba a aceptar su condición de vencida y las duras consecuencias
económicas y sociales que ello acarreaba. Hasta qué punto el entorno social
influye en la ciencia pura es una cuestión debatida, de considerable interés
extracientífico, aunque no es esencial en nuestra presentación.
Como el concepto mismo de trayectoria resulta
problemático en la física cuántica, resulta más ilustrativo referirnos a
ejemplos más específicos y típicos del indeterminismo cuántico: la
desexcitación de un átomo o la desintegración de un núcleo radiactivo.
Imaginemos que el electrón de un átomo ha saltado desde un nivel inicial a un
nivel de más energía. Se plantea la cuestión de en qué instante caerá de nuevo
al nivel fundamental, emitiendo el fotón correspondiente. Según la física
cuántica, no es posible predecir en qué instante se producirá ese salto. Es
más: no es que la teoría no pueda realizar esa predicción porque es una teoría
incompleta, sino porque el salto es radicalmente indeterminado, un salto sin
causa.
Con el indeterminismo, el concepto de causalidad
debe ser reformulado. Ya no hay vinculación directa entre causa y efecto. Ello
no significa que la causalidad pierda todo su sentido: lo pierde en cuanto a
causalidad eficiente, no en cuanto a causalidad material —si no hubiera el
átomo excitado no habria desexcitación posible— ni a causalidad formal —si no
hubiera ley física, el electrón no tendría por qué caer hacia niveles más bajos
con mayor probabilidad de la de subir hacia niveles más altos—.
Reacciones contra el indeterminismo
Einstein y otros investigadores se opusieron a
ese indeterminismo radical. Aceptaban que la física cuántica de su época no
podía responder a esas cuestiones, pero lo atribuían a que no era todavía una
teoría completa. Le faltaban, según ellos, algunas variables internas cuyo
conocimiento permitiría determinar —en principio— el instante preciso de la
desexcitación o la desintegración. Se debía discutir, pues, si la teoría
cuántica era completa o no. Para Einstein, el día que se tuviera una teoría
cuántica completa, esta sería determinista. Sin embargo, John von Neumann, en
su libro de 1932 sobre los fundamentos matemáticos de la teoría cuántica,
consiguió demostrar que si se añade a la física cuántica alguna variable
interna local, sus predicciones dejarían de concordar con los resultados experimentales,
de modo que el recurso de acudir a hipotéticas variables internas locales para
salvar el determinismo no era admisible.
Indeterminismo y libertad
El indeterminismo cuántico rompe la visión del
tiempo como el despliegue ineluctable de una realidad ya contenida en las
condiciones iniciales del sistema. No resuelve el problema de la libertad, ya
que el indeterminismo cuántico es irreductiblemente aleatorio, pero abre
rendijas a su posibilidad. La libertad no puede ser identificada ni con un sometimiento
total a un determinismo cerrado, ni con un sometimiento a la arbitrariedad
instantánea del azar, sin proyecto ni memoria. La libertad supone intención y
responsabilidad, que no tendrían sentido sin un cierto grado de determinismo,
que permite prever con cierta plausibilidad las consecuencias de nuestras
acciones, así como planear las acciones necesarias para alcanzar los objetivos.
Resulta interesante recordar que un problema
análogo, en referencia a la oposición entre determinismo mecanicista y
libertad, fue considerado por Epicuro, pensador griego del siglo III a. C. Él
reconoció que el atomismo propuesto un siglo antes por Demócrito resultaba
determinista —aunque en aquella época se distara mucho de conocer las
ecuaciones de movimiento de los corpúsculos— y era incompatible con la
libertad. Para romper ese determinismo, postuló que algunas partículas, en
algún momento, en lugar de seguir una trayectoria rectilínea entre choques
sucesivos, se desviaban al azar, fenómeno denominado «clinamen» —que fue,
incidentalmente, el tema de la tesis doctoral de Karl Marx, muchos siglos
después—. Con ello, se quebraba la cadena determinista y quedaba sitio para la
libertad. Hay, pues, cierta analogía conceptual entre la física cuántica y esa
propuesta, aunque hubiera sido formulada desde postulados puramente
especulativos sin base empírica.
Incertidumbre tiempo-energía
El principio de Heisenberg no solo establece un
límite a la precisión con que se puede medir simultáneamente la posición y la
cantidad de movimiento, sino también limita la de otros pares de variables
estrechamente relacionadas entre sí en la propia física clásica, como el ángulo
y el momento angular, en el caso de rotaciones moleculares, o como el tiempo y
la energía. Por ejemplo, cuanto mayor sea la precisión con que están medidas la
energía inicial y final de un salto, menor será la precisión con que se podrá
medir el instante en que se produce el salto. Esas relaciones de incertidumbre
también tienen consecuencias sorprendentes en la estructura del vacío cuántico,
como veremos en el capítulo 17.
Un ejemplo de las consecuencias de la relación
de incertidumbre relacionada con tiempo y energía es el efecto túnel. Ese
efecto consiste en que en la física cuántica una partícula puede atravesar
barreras de energía que clásicamente le cerrarían totalmente el paso. Sin
embargo, en el caso cuántico hay una cierta probabilidad de que la partícula
atraviese la barrera, si el tiempo necesario para atravesarla es menor que la
constante de Planck dividida por la energía que necesitaría la partícula para
saltar por encima de la barrera. Como consecuencia, si la barrera es alta, solo
podrá ser atravesada si es estrecha. El efecto túnel es importante en muchos
procesos de reacciones químicas, para atravesar la barrera energética requerida
para la formación de algunos compuestos intermedios muy efímeros pero que
limitan la velocidad de reacción —el efecto túnel de la física cuántica puede
llegar a permitir velocidades diez mil veces superiores, o más, que las
predichas por la física clásica— y en la desintegración alfa de núcleos
radiactivos, en que dichas partículas atraviesan la barrera de la atracción
nuclear fuerte para escapar del núcleo.
Capítulo 13
Superposición
Completitud cuántica y el gato de Schrödinger
En el capítulo anterior
hemos hablado de indeterminismo, un aspecto muy relevante de la física
cuántica. El indeterminismo implica que la descripción física de un sistema
cuántico solo pueda ser probabilista. Como las variables clásicas —posición,
velocidad— no pueden ser conocidas con precisión arbitraria, ya no es posible
describir un conjunto de partículas mediante sus posiciones y velocidades
precisas, sino estadísticamente. La descripción cuántica de esas probabilidades
es la llamada función de onda.
Pese a la importancia del indeterminismo, buena
parte de la teoría cuántica es determinista. La ecuación de Schrödinger, que
juega un papel central en la física cuántica, ya que describe la forma y
evolución de la función de onda, es tan determinista y reversible como puedan
serlo las leyes de Newton. La ecuación de Schrödinger describe la evolución del
sistema mientras no es observado. El indeterminismo cuántico se concentra en el
proceso de medición, en la observación, en el llamado colapso de la función de
onda, que es intrínsecamente aleatorio e irreversible. Por ello, el
indeterminismo cuántico es mucho más general que los ejemplos de
desexcitaciones y desintegraciones mencionados en el capítulo anterior, y
abarca cualquier observación efectuada sobre el sistema. La naturaleza física
del sistema especifica qué conjunto de valores de una magnitud es posible
obtener al efectuar una medición, pero no qué valor concreto se va a obtener en
una medición concreta.
Incidentalmente, la ecuación de Schrödinger nos hace
reflexionar sobre qué es una ley de la naturaleza. Clásicamente, pensamos que
una ley de la naturaleza no tiene excepción alguna, de modo que rige siempre el
sistema. En cambio, la ecuación de Schrödinger tiene un conjunto de excepciones
de medida cero —pero infinito—: aquellos instantes puntuales en que se realiza
la observación y se colapsa la función de onda, fenómeno no descrito por la
propia ecuación de Schrödinger.
Interpretación estadística de la función de onda
La mecánica cuántica fue propuesta como teoría
general y en forma sistemática en 1926, por Heisenberg, Schrödinger y Dirac,
independientemente. En la versión de Schrödinger, la más utilizada, los
sistemas cuánticos están descritos por una función de onda que generaliza la
onda que, según De Broglie, está asociada a las partículas en movimiento. En
1926, Schrödinger consiguió describir el átomo de hidrógeno en términos de la
función de onda del electrón, recuperando de forma muy elegante y general los
resultados anteriores —más artesanales, intuitivos e inconexos— sobre los
números cuánticos y las energías de las órbitas, vistas ahora como nubes
difuminadas más que como líneas precisas.
Pero ¿qué significa físicamente la función de
onda? ¿Es una entidad física que guía la partícula —una «onda piloto»—? Pero
esa idea, propuesta por De Broglie en 1924, cayó en desuso, hasta ser
recuperada por Bohm treinta años después, desde una perspectiva más general. En
1927, Max Born, en Gotinga, propuso que la función de onda estaba relacionada
con la probabilidad de encontrar el sistema en un cierto estado. Por dicha
propuesta, recibió el premio Nobel de Física de 1954. En concreto, según Born,
el cuadrado de la función de onda —de hecho, el cuadrado de su módulo, ya que es
una función de números complejos— da la probabilidad de que, al efectuar una
medición, se obtenga un valor concreto dentro del conjunto de los valores
posibles.
En principio, una visión probabilista no resulta
especialmente intrigante: en muchas situaciones físicas, químicas, biológicas y
sociológicas, cuando hay muchas partículas, es lógico que no podamos
especificar las posiciones y velocidades de todas ellas. Ello exigiría
demasiadas medidas y conllevaría demasiada información. Por lo tanto, se recurre
a descripciones estadísticas, basadas en valores medios y en fluctuaciones
alrededor de dichos valores medios. Pero en esos casos, el uso de la
probabilidad simplemente expresa que desconocemos diversos aspectos del
sistema. Por ello, si en la física cuántica el carácter estadístico fuera
debido al desconocimiento de ciertas variables ocultas, no sería sorprendente.
¿Es la física cuántica una teoría completa?
La profundidad del problema radica en que la
física cuántica pretende ser una descripción completa de la realidad. Einstein
estaba dispuesto a aceptar la física cuántica como una descripción provisional
e incompleta de la realidad, que algún día sería mejorada con el descubrimiento
de ciertas variables internas, que harían de la cuántica una teoría determinista,
que no necesitaría recurrir a descripciones probabilistas. En cambio, Niels
Bohr defendía la interpretación probabilista e iba elaborando sus consecuencias
filosóficas —por ello, la visión probabilista de la física cuántica se
acostumbra a denominar, en honor suyo, interpretación de Copenhague—.
Pero la idea de la completitud de la física
cuántica conduce a grandes sorpresas. Una de ellas se refiere a la relación
entre la solución de la ecuación de Schrödinger y la realidad. La estructura
matemática de la ecuación de Schrödinger conlleva que su solución general es
una suma de soluciones particulares correspondientes a unos estados «propios»
del sistema, a cada uno de los cuales corresponde un valor de una cierta
magnitud física —la energía, la imantación…—. Cada una de dichas soluciones
particulares viene multiplicada por una función numérica cuyo cuadrado está
relacionado con la probabilidad de hallar el valor correspondiente de la
magnitud al efectuar la medición.
Podríamos pensar que dicha probabilidad se
entiende en sentido habitual, es decir, que el sistema está en un estado
concreto, y no en los otros, con una cierta probabilidad. Pero esa
interpretación supondría que la física cuántica no es una teoría completa, ya
que el sistema estaría realmente en un estado y no en los otros, mientras que,
en cambio, la ecuación de onda sería diferente de cero para todos ellos. La
completitud de la física cuántica implica que el sistema debe estar
simultáneamente en todos los estados posibles, en lugar de estar sucesivamente
en cada uno de ellos. Así pues, según esa interpretación de la mecánica
cuántica, el sistema, antes de ser sometido a medición, está en una
superposición simultánea de todos los estados posibles, y solo en el momento de
efectuar la medición pasa a estar en un estado concreto.
Aplicada esa idea a una partícula cuya posición
no hemos observado, significaría que la partícula está simultáneamente en todas
las posiciones posibles, en lugar de estar en una posición concreta. A escala
microscópica, esa situación se presenta, por ejemplo, cuando se lanza un
electrón contra una doble rendija y no se observa por qué rendija pasa. La
distribución de muchos electrones después de haber atravesado las rendijas
manifiesta, como hemos dicho, unas interferencias de tipo ondulatorio que tan
solo pueden ser comprendidas si se piensa que cada electrón ha pasado
simultáneamente por ambas rendijas, y no solo por una de ellas, como lo haría
una partícula en la interpretación clásica. Es en el instante de efectuar la
medición cuando el sistema pasa —de forma aleatoria, impredecible— a un estado
concreto. La teoría cuántica, pues, no predice qué resultado concreto se
obtendrá en una medición, sino qué conjunto de valores puede tener el
resultado, con qué probabilidad se puede presentar cada uno de ellos, y cuál
será su valor medio.
Superposición de estados y colapso de la función de onda
El fenómeno del colapso de la función de onda
—es decir, el paso del sistema desde una superposición simultánea de todos los
estados posibles a un solo estado al efectuar la medición— es la parte
conceptual más conflictiva de la mecánica cuántica, y no es descrito por la
ecuación de Schrödinger.
Pero ¿qué característica del acto de medición
produce el colapso de la función de onda? Si al fin y al cabo el instrumento de
medida también es un sistema cuántico, ¿por qué se colapsa la función de onda,
en lugar de seguir estando, el sistema observado más el instrumento de medida,
en una superposición de todos sus estados? Algunos autores lo atribuyen al
carácter macroscópico de los instrumentos, de manera que algo nuevo ocurriría
al pasar del mundo microscópico al macroscópico; otros lo han atribuido a la
intervención de la conciencia del observador, que concluiría la cadena de
superposiciones físicas del sistema y los aparatos de medida.
En realidad, en algunas interpretaciones se
supone, incluso, que no hay colapso de la función de onda, como en la
interpretación de los mundos múltiples propuesta por Everett en 1957. En esa
interpretación, nosotros estamos en una de las ramas o estados de la solución
de la ecuación de Schrödinger, pero al efectuar la medida las otras ramas no
desaparecen, sino que corresponden a mundos diferentes al nuestro. En otras
palabras, las otras soluciones no desaparecen en ningún colapso, sino siguen en
otros mundos que no tienen nada que ver con el nuestro. Cada medición bifurca
el universo.
Otra teoría en que no se produce colapso es la
de David Bohm, propuesta en 1951. Bohm desglosa la ecuación de onda compleja en
su módulo —longitud— y su argumento —ángulo—; al escribir la ecuación de
Schrödinger para esas dos partes, identifica la fase como un potencial que guía
de forma determinista a las partículas, a lo largo de trayectorias bien
definidas, que pueden bifurcarse —en el espacio real— y guiar a las partículas
a los diversos detectores. En su teoría, los elementos de incertidumbre radican
en las condiciones iniciales de las trayectorias.
El gato de Schrödinger: ¿vivo y muerto a la vez?
Einstein y Schrödinger se negaron a aceptar el
indeterminismo cuántico como descripción definitiva de la naturaleza, e
intentaron poner de manifiesto, cada uno por su lado y mediante situaciones y
ejemplos ingeniosos y llamativos, la supuesta incompletitud de la física
cuántica. Para hacer comprender al público la extrañeza de las afirmaciones
cuánticas, Schrödinger popularizó en 1935 la metáfora del gato de Schrödinger
en un artículo sobre «la situación actual de la mecánica cuántica» en la
revista Naturwissenschaften.
Tal gato estaría encerrado en una caja de
paredes completamente opacas, en contacto con un artefacto destructivo —una
botella de veneno, o un pequeño explosivo, por ejemplo— que sería activado por
la desexcitación de un átomo o la desintegración de un núcleo atómico. Como
hemos dicho en el capítulo anterior, esos fenómenos son esencialmente
indeterministas, y no podemos predecir en qué instante tendrán lugar. Según la
física cuántica, el átomo, mientras no sea observado, se hallará en una
superposición excitado/desexcitado. Átomo excitado significa que el mecanismo
destructivo no se ha disparado y que el gato está vivo; átomo desexcitado
significa que el mecanismo se ha disparado y que el gato está muerto. Así pues,
la superposición cuántica de estados atómicos implicaría la superposición de
estados gato vivo/gato muerto, es decir, que el gato estaría a la vez vivo y
muerto hasta que no fuera observado. Con esa metáfora, Schrödinger quería hacer
comprender al público el carácter radicalmente sorprendente —y, para él, absurdo—
de las afirmaciones de la mecánica cuántica.
El carácter paradójico de esa situación estriba
en el hecho de que, en lugar de estar vivo hasta que muere, que es tal como
nosotros imaginamos lo que ocurre, el gato estaría simultáneamente vivo y
muerto hasta que la observación lo hiciera pasar a estar tan solo vivo o
muerto. Eso no concuerda con nuestra experiencia habitual, y nos resulta
inverosímil.
El amigo de Wigner: ¿juega la conciencia algún papel?
De hecho, la sorpresa ilustrada por el ejemplo
del gato de Schrödinger se puede ampliar al observador que contempla el gato al
abrir la caja, tal como lo hizo notar Eugene Wigner (premio Nobel de Física de
1963 p0r sus trabajos sobre física nuclear), en una situación que, en recuerdo
suyo, se denomina «el amigo de Wigner». Imaginemos que el espectador y la caja
se hallan en una habitación cerrada. Para un observador exterior, el observador
interior será una superposición simultánea del observador que ha encontrado el
gato muerto y el que lo ha encontrado vivo, hasta que el observador interior
comunique el resultado de su observación. En tal caso, pasará a ser tan solo el
observador del gato vivo o el observador del gato muerto, y dejará de ser una
superposición de dos observadores.
Esa situación se podría ampliar de manera
recurrente a otros observadores cada vez más externos, hasta llegar, incluso,
al conjunto del universo, considerado por un hipotético observador exterior a
él. Así pues, si nosotros somos el observador interior, para el espectador
exterior seríamos una superposición de dos observadores. Wigner sugirió que lo
que produce el colapso de la función de onda es la conciencia del primer
observador, para evitar esa serie recurrente de superposiciones. O bien, en el
extremo opuesto, lindante con lo teológico, se podría pensar que la serie
recurrente de superposiciones sigue hasta colapsarse en la conciencia de Dios,
interpretado como una conciencia cósmica.
¿Por qué el gato está vivo o muerto, y no vivo y muerto?
¿Por qué no vemos ese tipo de efectos cuánticos
en la vida corriente? Algunos autores afirman que ello se debe a que en los
objetos macroscópicos se produce decoherencia de la función de onda, es decir,
la onda deja de ser una superposición de ondas elementales con fases bien
definidas y pasaría a una onda promedio. En efecto, en el caso de la luz en el
experimento de las dos rendijas, se observan efectos de interferencia si las
ondas son coherentes, es decir, si la diferencia de fases entre la onda que
pasa por una rendija y la que pasa por la otra se mantiene constante en el
tiempo. Si no es así, los máximos y mínimos de interferencia desaparecen, y el
resultado final se asemeja al conseguido con partículas. Así, habría un cierto
efecto de tamaño, que separaría lo microscópico y lo macroscópico, en que la
cuántica pasaría a confluir con la física clásica.
Otros autores afirman que no es así: que si el
sistema estuviera perfectamente aislado de las perturbaciones exteriores, sería
siempre cuántico. No observaríamos efectos cuánticos a nuestra escala por una
cuestión de sensibilidad. Desde 1990 se realizan experimentos tratando de
comprender cómo se produce la decoherencia, que rompe la superposición de
estados y hace que el gato no esté a la vez vivo y muerto. Una de las
realizaciones de un «gato» macroscópico artificial se realizó por primera vez
en la École Normale Supérieure de París en 1996, y desde entonces ha sido más y
más elaborada. Se introducen microondas en una cavidad de paredes muy poco
absorbentes, en que un fotón puede rebotar miles de millones de veces sin ser
absorbido. Se introduce en esta cavidad un átomo en una superposición cuántica
de dos estados, cada uno de los cuales produce diferencias de fase con el campo
iguales pero de signos opuestos: en términos descriptivos simples, una
situación tipo tic-tac-tic-tac-… y la otra tipo tac-tic-tac-tic-… Al cabo de un
tiempo corto, se introduce en la cavidad otro átomo análogo, y se estudia
experimentalmente la correlación entre ellos. Se observa la decoherencia de su
función de onda y que el tiempo que tarda en darse la decoherencia es
inversamente proporcional al número de fotones en la cavidad. Para una cantidad
de unos diez millones de fotones —valor pequeño en comparación con los del
ambiente— el tiempo que tarda en producirse la decoherencia es del orden de
unas diez billonésimas de segundo. El gato, formado por muchas más partículas,
no está, pues, en una superposición.
Algunos comentarios más sobre la completitud de la mecánica cuántica
Como estamos viendo en estos capítulos, la
relación entre matemáticas y realidad, y entre mundo microscópico y mundo
macroscópico, es especialmente sorprendente en la física cuántica. La idea de
que dicha teoría proporciona una visión completa de la realidad física sigue
siendo fructífera en lo experimental pero enigmática en la interpretación. ¿Es
realmente imaginable, por ejemplo, que la ecuación de Schrödinger — o su
generalización relativista de Dirac— sea una descripción completa de un átomo,
independientemente de su entorno? Como dicho átomo interacciona de manera
inevitable con una realidad de fondo — las fluctuaciones electromagnéticas o de
otros tipos del vacío cuántico o del espacio-tiempo, a las que nos referiremos
posteriormente—, es posible imaginar que dicha ecuación no proporciona una
descripción completa, sino que ignora un cierto ruido de fondo constituido por
dichas fluctuaciones. La idea de ese ruido de fondo — cuya intensidad estaría
relacionada con el valor de la constante de Planck— puede combinarse con la
propuesta de Bohm de la función de onda guiando a la partícula, que hemos
mencionado anteriormente, y conducir a resultados compatibles con los
experimentos, aunque con un uso diferente del aparato teórico y de la
interpretación física.
Queremos dejar constancia de estos debates
interpretativos para que el lector sea consciente de que una teoría física
puede ser compatible con interpretaciones metafísicas diversas, siempre que
ello no entre en contradicción con las observaciones experimentales. Esos
debates constituyen uno de los aspectos atractivos de la física cuántica.
Capítulo 14
Entrelazamiento
Las desigualdades de Bell y el enigma del espacio
Las consecuencias de la
superposición cuántica, examinadas en el capítulo anterior, resultan tan
inverosímiles para el sentido común que muchos científicos, como Einstein y
Schrödinger, se opusieron a la idea de que la física cuántica sea una
descripción completa de la realidad. En efecto, como consecuencia de la
superposición cuántica, una partícula, mientras no es observada, se halla en
una superposición de posiciones y de velocidades; por lo tanto, si la
superposición refleja la realidad, debemos decir que la partícula se halla a la
vez en todas las posiciones y con todas las velocidades y no pasa a tener una
posición concreta o una velocidad concreta hasta que no medimos su posición o
su velocidad, respectivamente. En particular, si no medimos posición ni
velocidad, un electrón no tendría ni posición ni velocidad: sería una nube más
o menos virtual que ocuparía todo el espacio, y que se contraería a un solo
punto al ser medida su posición.
Según eso, podemos decir que no hay una realidad
exterior independiente del observador, sino que los atributos de la realidad
—posición, velocidad, en ese caso— dependen de la observación. En otras
palabras, no hay una partícula con una posición y una velocidad definidas
independientes del observador, sino que no adquiere posición o velocidad hasta
que esas magnitudes son observadas.
Podría parecer que esta afirmación se halle más
allá de cualquier posible indagación experimental, pero ha podido ser planteada
en términos precisos y susceptibles de medida. Ello añade una perspectiva nueva
respecto de la superposición: consideramos ahora dos partículas
correlacionadas, arbitrariamente separadas pero emitidas por una misma fuente;
eso hará intervenir nuevas sutilezas, relacionadas con el espacio que separa
las partículas, y pondrá de relieve la no localidad de la física cuántica.
El colapso de la función de onda y la sorpresa del espacio
Antes de entrar propiamente en el tema del
entrelazamiento, volvemos a examinar brevemente el colapso de la función de
onda de una sola partícula para poner de relieve la sorpresa a que nos conduce
con respecto al espacio. Dijimos que, en el momento de observar la posición, la
partícula pasa a estar en una posición concreta, en tanto que antes de la
observación estaba en todos los puntos a la vez. Pero si la partícula pasa a
estar en un punto concreto y deja de estar en puntos lejanos, el colapso de la
función de onda es instantáneo. Eso nos indica que el colapso de la función de
onda tiene aspectos sorprendentes que parecen, de entrada, incompatibles con la
relatividad especial, según la cual nada puede ir a velocidad mayor que la de
la luz.
Podemos reforzar esa idea con un ejemplo más
concreto: supongamos que un electrón está en una caja, y que dividimos la caja
en dos partes iguales mediante un tabique intermedio, sin observar la
partícula. A continuación, llevamos una de las dos cajas a un lugar muy
distante —la superficie de Marte, por ejemplo— y dejamos la otra con nosotros.
Al abrir nuestra caja, la partícula estará o no estará en ella. Pero ¿qué ha
ocurrido mientras no la observábamos? Clásicamente, al dividir la caja en dos
la partícula ha quedado en uno de los lados y no en el otro. Pero según la
física cuántica, la partícula está en ambas cajas a la vez, aunque dichas cajas
se alejen mucho entre sí. En el momento de la observación, la partícula
desaparece de la caja de Marte, por ejemplo, y se «colapsa» en la caja de la
Tierra. Por grande que sea la distancia, el colapso es simultáneo en ambas
cajas, aunque solo se observe en una de ellas.
La paradoja de Einstein, Podolski y Rosen
Apuntada la idea de que los aspectos espaciales
de la función de onda son sorprendentes, pasamos a considerar el caso de dos
partículas que comparten un mismo origen simultáneo, pero que se alejan en el
espacio. Ello permite considerar nuevas sutilezas conceptuales y posibilidades
experimentales que no se daban en el caso de una sola partícula. El argumento,
largo y difícil pero interesante, se inicia con un agudo trabajo de Einstein,
Podolski y Rosen.
En 1935, Einstein, en Princeton, donde ha sido
acogido tras huir de la Alemania nazi, sigue sus reflexiones sobre los
fundamentos de la física cuántica, cuya literalidad no admite. Con dos
colaboradores, Boris Podolski y Nathan Rosen, trabaja en una idea especialmente
sutil con la que cree poder demostrar la incompletitud de la descripción
mecánico-cuántica. La idea consiste en estudiar dos partículas idénticas,
emitidas simultáneamente con velocidades iguales y en sentidos opuestos por una
misma fuente, como por ejemplo dos fotones emitidos por un átomo o dos
electrones emitidos por un núcleo en una desintegración doble beta. La igualdad
de las velocidades y el carácter opuesto de sus sentidos respectivos no es
excepcional: vienen fijados por las leyes de conservación de la cantidad de
movimiento lineal y angular, respectivamente.
Así, si midiéramos la velocidad de una
partícula, conoceríamos la de la otra, y si midiéramos la posición de una,
conoceríamos la de la otra. Por lo tanto, si un espectador mide la velocidad de
una partícula y otro mide la posición de la otra, habrán conseguido medir
simultáneamente la posición y la velocidad, con tanto detalle como se desee, en
contra del principio de incertidumbre de Heisenberg. En efecto, Einstein supone
que cualquier acción física, según la relatividad especial, no puede ir más
rápida que la luz. De ello deduce que cada partícula debe tener simultáneamente
posición y velocidad, ya que si la adquiriera en el momento de la medida, ello
implicaría que la otra partícula también adquiriría posición o velocidad,
aunque estuviera arbitrariamente distante, en contra de una acción limitada por
la velocidad de la luz.
Ese argumento fue examinado de nuevo en 1952 por
David Bohm, refiriéndolo, en lugar de a posiciones y velocidades, a los espines
de electrones o la polarización de fotones, con lo que la descripción resultaba
técnicamente más simple que la formulación inicial de Einstein, Podolski y
Rosen. La conservación de momento angular implica, en ese caso, que si uno de
los electrones emitidos tiene espín hacia arriba en un eje dado, el otro lo
tendrá hacia abajo.
Las desigualdades de Bell
El paso siguiente fue dado doce años después por
John Bell. Durante más de medio siglo, un exceso de positivismo pesó sobre la
física cuántica, como había pesado antes, a finales del siglo XIX, sobre la
concepción atomística de la materia. Enfrentados a la sutil complejidad
conceptual de la física cuántica, la gran mayoría de los físicos se dedicaron a
calcular y predecir resultados experimentales, con gran éxito, sin profundizar
en lo que pudiera ser la realidad física, concepto prácticamente prohibido o
ridiculizado por el positivismo. Tan solo unos pocos físicos ancianos, como
Einstein y Bohr, o alguno más joven pero poco convencional, como Bohm,
dedicaban algunos esfuerzos a esa cuestión, ante la incomprensión y la
desconfianza de las generaciones jóvenes, lanzadas expeditivamente al festín de
resultados de la física cuántica en partículas elementales, electrónica, estado
sólido y física nuclear.
Pese a lo desfavorable del ambiente respecto a
este tipo de cuestiones, John Bell se dedicó discretamente a esa investigación,
compaginándola con sus investigaciones más técnicas sobre el diseño y
funcionamiento de aceleradores de partículas en el CERN. En 1964, publicó un
teorema que demuestra que o las predicciones de la física cuántica son falsas,
o que la idea de localidad —que implicaría que ninguna señal puede propagarse
más rápido que la luz— es falsa. Para ello, supone una partícula de espín cero
inicial, de la cual salen en direcciones opuestas dos partículas con espín +½,
-½ (si uno apunta hacia arriba en un cierto eje, el otro debe apuntar hacia
abajo).
La idea de Bell consiste en que dos observadores
A y B, uno para cada partícula, lleven a cabo medidas del espín en dos ejes
escogidos arbitrariamente e independientemente el uno del otro —que denotaremos
como ejes 1 y 2 para el observador A y ejes 3 y 4 para el el observador B—.
Bell advirtió que las predicciones estadísticas de la física clásica —que
supone que las partículas tienen un espín concreto desde el momento de su
emisión— y las de la física cuántica —que supone que el espín de las partículas
apunta en todas direcciones a la vez hasta que se lleva a cabo la medición, en
cuyo caso ambas adquieren simultáneamente espines opuestos— son diferentes.
Para asegurarse de que las partículas no pueden intercambiar información entre
sí, la selección de los ejes mencionados se cambia en un tiempo inferior al
tiempo que tarda la luz en recorrer la distancia entre ambos investigadores.
Así, cada vez que se realiza un experimento se cambia el eje del polarizador,
una vez las partículas ya han sido emitidas. Si han sido emitidas con un espín
dado, ya no están a tiempo de cambiarlo a lo largo de su trayecto —o, si lo
cambiaran, deberían poder «avisar» a la otra partícula de que lo han hecho,
para que ella cambie asimismo su espín en la dirección adecuada—.
Figura 14.1. Un átomo de calcio excitado emite dos fotones en direcciones
opuestas. Sus polarizaciones (una flecha perpendicular a su dirección de
movimiento, que indica la línea de vibración de su campo eléctrico) son
mutuamente opuestas. El problema conceptual consiste en saber si cada fotón
tiene una polarización bien definida antes de ser medida por los polarizadores
alfa y beta indicados en la figura, o si bien la adquiere en el instante en que
esta es medida.
En concreto, Bell halla que
los resultados clásicos —pero no los cuánticos— deben satisfacer ciertas
desigualdades. No queremos fatigar al lector con precisiones excesivas, pero
por completitud, y para el lector interesado, diremos que la más conocida de
esas desigualdades establece que el valor de la correlación de los espines en
las direcciones 1 y 3, más el de las direcciones 2 y 3, más el de las
direcciones 2 y 4, menos el de las direcciones 1 y 4 debe ser, en valor
absoluto, menor que 2 para los resultados clásicos, para el caso de partículas
de espín 1, como los fotones, pero puede ser mayor que 2 para los resultados
cuánticos.
Así, efectuando un conjunto de medidas, si es
verdadera la visión clásica de una realidad definida previamente a la medición,
esos resultados deberían ser siempre menores que 2, fueran cuales fueran los
ejes escogidos por cada observador; en cambio, si es cierta la visión cuántica,
los resultados para esa expresión podrían superar ese valor.
Comentarios más o menos intuitivos sobre la desigualdad de Bell
Deducir las desigualdades de Bell dista mucho de
ser directo e intuitivo. De hecho, la cuestión crucial no es la parte
propiamente técnica de los espines o las polarizaciones, sino la hipótesis
ontológica de partida: si la realidad ya está especificada antes de observarla
o no. Una ilustración más o menos intuitiva de por qué las correlaciones
clásicas están más restringidas que las cuánticas es la siguiente. Supongamos
que las partículas son emitidas con su espín a lo largo del eje vertical.
Supongamos que, una vez ya han sido emitidas, decidimos medir el espín en el
eje horizontal. En el caso clásico, el valor horizontal observado será
necesariamente nulo —o, si no lo fuera, no bastaría con que una partícula
girara su espín: debería comunicar a la otra que hiciera lo mismo en la
dirección opuesta, pero lo debería hacer con velocidad superior a la de la luz,
si las mediciones se realizan en posiciones suficientemente alejadas entre sí
para que no sea posible que la luz recorra la distancia en el tiempo que
transcurre entre el cambio de eje y la realización del experimento.
En cambio, según el modelo cuántico, las
partículas han sido emitidas sin una dirección definida del espín, el cual
adquiere su dirección en el momento de efectuar la medición, de modo que la
posibilidad de observarlo en el eje horizontal no es nula.
Si jugáramos con una sola partícula, no
podríamos descartar la idea de que durante el viaje, por algún motivo, su espín
hubiera girado. Pero, al jugar con dos partículas correlacionadas, podemos
controlar que no sea así, ya que si una cambia no hay tiempo para que consiga
«avisar» a la otra de que lo ha hecho, para que la otra cambie asimismo su
espín en la dirección adecuada.
Resultados experimentales
De 1965 a 1970, nadie mostró interés por los
resultados de Bell. Al fin, en 1970, Clauser, en Berkeley, y Shimony, Horne y
Holt en Boston, realizan el experimento sugerido por Bell (con fotones, de
espín 1, emitidos por átomos de calcio excitados con un láser, y desexcitándose
en una cascada de dos fotones). En 1972, tras acumular una estadística
suficientemente amplia, obtuvieron los primeros resultados, que indicaron que
la desigualdad que Bell había establecido para los valores en la interpretación
clásica era superada ampliamente, de modo que las predicciones cuánticas, y no
las clásicas, parecen ser las buenas.
Los resultados de experimentos llevados a cabo
desde 1970 por el grupo de Alain Aspect en París, cada vez más próximos a la
experiencia ideal propuesta por Bell, y culminados en 1982, pusieron de
manifiesto que las limitaciones impuestas por la desigualdad de Bell a las
correlaciones clásicas son ampliamente vulneradas, resultado que se considera
una confirmación de la interpretación cuántica.
En dichos experimentos se excitaba un átomo de
calcio con rayos láser; al desexcitarse en una doble emisión en cascada, el
átomo emite dos fotones en direcciones opuestas. Los polarizadores encargados
de medir la polarización estaban separados doce metros, lo que corresponde a un
tiempo de propagación de cuarenta nanosegundos. Aspect y su equipo utilizaron
conmutadores rápidos que dejaban pasar la luz hacia un polarizador o hacia otro
orientado de forma diferente (los polarizadores 1 y 2 del observador A y los 3
y 4 del observador B, en lo que hemos dicho antes). Los conmutadores tenían un
tiempo de actuación inferior a los cuarenta nanosegundos, el tiempo que pudiera
tardar una eventual señal en propagarse de un polarizador al otro con la
velocidad de la luz, de manera que ninguna señal clásica podría transmitirse
entre ellos.
Esos experimentos han sido llevados a cabo
posteriormente en muchas ocasiones, a medida que ha aumentado la disponibilidad
de técnicas para conseguir fotones entrelazados. En Ginebra, en 1998, se
utilizaron fibras ópticas para repetir el experimento con una separación de
unos treinta kilómetros entre los polarizadores. Posteriormente, se han
realizado experimentos con fotones emitidos desde un observatorio de Las Palmas
de Gran Canaria, uno de los cuales es enviado a Tenerife y el otro a Las
Palmas. Pese a que la distancia entre los puntos de observación de ambos
fotones es de unos ciento cincuenta kilómetros, los resultados experimentales
indican que las polarizaciones de los diversos pares de fotones están
correlacionadas como indica la física cuántica, y no como la física clásica.
En experimentos posteriores se han utilizado
también electrones en lugar de fotones, cosa que supone mayores dificultades
técnicas, a causa de la repulsión electrostática entre ellos. Además, se han
ideado otros tipos de experimentos, inspirados en los de Bell pero que no
requieren una estadística sobre muchas medidas, sino que les basta una sola
medida para discernir qué modelo de realidad —el clásico o el cuántico— es el
más adecuado.
¿Velocidad infinita?
El hecho de que una partícula pueda influir en
otra partícula arbitrariamente lejana nos lleva a afirmar que la teoría
cuántica es no local, ya que, según ella, si dos partículas han estado en
interacción en algún instante, sus funciones de onda quedan mutuamente
entrelazadas en una función de onda colectiva, de modo que cualquier medida
sobre una de ellas afecta instantáneamente a la otra, por lejos que se halle.
Esta no localidad pone de manifiesto que el atomismo clásico, según el cual
cada partícula elemental tiene unos atributos propios independientes del
entorno y del observador, no es compatible con las observaciones: algunos de
los atributos de las partículas dependen de las partículas con las cuales han
interaccionado anteriormente.
La influencia cuántica instantánea a distancias
arbitrariamente grandes correspondiente al colapso de la función de onda
implica una velocidad superior a la de la luz. Como la relatividad especial de
Einstein supone que no es posible enviar información con velocidad mayor que la
de la luz, parece seguirse que esta acción cuántica viola la relatividad
especial. Sin embargo, no es así. En efecto, la acción cuántica en el colapso
de la función de onda colectiva no permite transmitir información, ya que dicho
colapso es completamente indeterminista y aleatorio. Por lo tanto, no podemos
enviar ningún mensaje a nuestro interlocutor lejano. Por ejemplo, imaginemos
que tratamos de enviar un mensaje en 0 y 1 —o en puntos y rayas—. Para ello,
podríamos decir que el interlocutor debe considerar cero si el espín que
observa es negativo, y 1 si es positivo, a lo largo de un cierto eje. Pero para
transmitir mensajes deberíamos poder controlar que el espín del electrón fuera
negativo o positivo según nos conviniera, pero según la física cuántica el
colapso es aleatorio y, por lo tanto, no podemos asegurar cuándo será positivo
y cuándo negativo.
Observemos, finalmente, que esos resultados no
implican necesariamente que la teoría cuántica tenga razón; una alternativa a
esa consideración podría ser la interpretación de Bohm de la teoría cuántica,
que es determinista, pero en la cual el potencial cuántico puede enviar señales
más rápidas que la luz entre las partículas. En esa teoría, las partículas
tendrían realmente espín, posición, velocidad, tal como deseaba Einstein, pero
el precio a pagar sería algunas señales con velocidad superior a la luz. En
ambos casos, cuántico de Copenhague o cuántico de Bohm, la realidad tendría
aspectos no locales relacionados con la física cuántica.
Capítulo 15
Computación
Información cuántica: los frutos de una lógica diferente
En los cuatro capítulos
anteriores hemos constatado sorpresas muy profundas sobre la realidad cuántica.
Se podría pensar que esas sorpresas son paradojas negativas, en el sentido de
constituir un obstáculo para la comprensión y fiabilidad de la teoría, y que
sugieren su carácter provisional y todavía incoherente. En el mejor de los
casos, podríamos pensar que son preocupaciones académicas, entretenimientos
minoritarios sin utilidad práctica. Sin embargo, los científicos han tenido
suficiente audacia e imaginación para transformar estas cuestiones casi
metafísicas en fundamento de aplicaciones innovadoras con repercusiones
tecnológicas profundas, en un campo de tanto interés actual como el
procesamiento de la información.
El procesamiento, transmisión y almacenamiento
de información juegan un papel muy relevante en nuestra sociedad:
telecomunicaciones, ordenadores, redes de ordenadores, memorias magnéticas,
memorias ópticas… La simulación cada vez más detallada de situaciones físicas,
químicas, biológicas, económicas, de juegos informáticos, de realidad virtual,
el procesamiento de las enormes cantidades de datos que intervienen en la
bolsa, en los mercados diversos, en el genoma, en los estudios de
neurobiología, o el envío de informaciones encriptadas, requiere agilizar en
varios órdenes de magnitud el procesamiento actual de la información.
Superposición de estados y lógica cuántica
Los resultados del presente capítulo son
aplicaciones de las ideas de superposición y entrelazamiento consideradas en
los dos capítulos anteriores. Veamos, en primer lugar, las consecuencias
lógicas de la superposición. Hemos visto que el sistema puede hallarse
simultáneamente en dos estados clásicamente incompatibles: sí y no, 0 y 1, A y
no A. Ello es incompatible con la lógica usual, que no admite que se den a la
vez la afirmación y la negación de un mismo enunciado. Ello sugiere que la
lógica del mundo microscópico no es necesariamente nuestra lógica usual,
forjada sobre la observación del mundo clásico. Pese a la disparidad de lógicas,
podemos dialogar con el mundo microscópico, prediciendo, por ejemplo,
probabilidades de resultados físicos. Pero también podemos hacerlo de una forma
todavía más sutil, a saber, procesar y almacenar información siguiendo la
lógica cuántica, cosa que revela el gran potencial de esa lógica con respecto a
la usual, al menos para cierto tipo de problemas.
Dos aspectos de la superposición contribuyen a
esa potencialidad: el almacenamiento simultáneo de informaciones diversas e
incluso contradictorias; y el procesamiento simultáneo, en paralelo, de dicha
información —en efecto, imagine el lector cuántas cosas podría hacer si
estuviera simultáneamente en varios estados: en el trabajo, en casa, paseando,
y de viaje por cuatro o cinco ciudades diferentes—. Esos dos aspectos dan pie a
dos posibilidades: utilizar la lógica cuántica en la programación de
ordenadores clásicos, o construir ordenadores cuánticos capaces de realizar
directamente el procesamiento cuántico.
De los bits a los qubits
La aplicación de la física cuántica al
tratamiento de información es una frontera actual muy activa de la
investigación en física. No nos referimos aquí a las bases cuánticas de los
semiconductores, los imanes o la luz, utilizados en el procesamiento de la
información en los ordenadores habituales, que ya hemos comentado, sino a las
características especiales de la lógica cuántica.
La idea de superposición permite pasar del
procesamiento de información en bits usuales, que pueden estar en el estado 0 o
1, a bits cuánticos o qubits, en que el 0 y el 1 están superpuestos
simultáneamente. Así, en un qubit, hay una superposición de los estados 0 y 1.
En dos qubits, hay una superposición de los estados 00, 01, 10, y 11. Así, N
qubits contienen simultáneamente una superposición de 2N estados o posibilidades; en cambio, N bits solo
pueden contener una sola posibilidad a un tiempo, ya que cada bit solo puede
estar en 0 o en 1 en un instante dado. Técnicamente, los qubits se pueden
representar como pequeñas esferas de radio unidad, en el espacio de los números
complejos relacionados con la probabilidad de obtener 0 o 1 al efectuar la
medida.
Lo importante, a efectos prácticos, es que todas
esas posibilidades están disponibles, en principio, para un tratamiento de la
información masivamente paralelo, es decir, con muchas operaciones simultáneas
superpuestas, en lugar de sucesivas, aunque el resultado final será un solo
resultado concreto.
Trataremos en primer lugar una aplicación de
algoritmos inspirados en la lógica cuántica, y pasaremos a continuación a temas
orientados a procesos cuánticos que a la larga podrán ser la base de
ordenadores cuánticos propiamente dichos.
Figura 15.1. Los bits clásicos solo pueden hallarse en el estado 0 o el
estado 1. En cambio, los qubits pueden hallarse simultáneamente en muchos
estados. Si los qubits se expresaran mediante números reales, estarían a la vez
en el estado 0 y el estado 1. Como se expresan en números imaginarios, su punta
se puede hallar sobre una esfera de radio unidad, cuyos polos son los estados 0
y 1. En la figura se representan dos qubits en diferentes estados
interaccionando entre sí.
Factorización en número primos
La factorización en números primos —es decir,
descomponer un número en un producto de factores primos, como por ejemplo 8633
= 89 × 97— es, aparte de un problema matemático interesante y complicado, la
base de diversas aplicaciones prácticas relacionadas con la criptografía. Ese
problema constituyó uno de los puntos de arranque para la computación cuántica,
en 1994, con el algoritmo de Peter Schor, de los laboratorios ATT —sucesores de
los laboratorios Bell—, para descomponer un número en producto de factores
primos de forma mucho más rápida que cualquier algoritmo clásico conocido.
Multiplicar dos números primos lleva mucho menos
tiempo que factorizar el resultado en el producto de números primos. El tiempo
que tarda un ordenador para multiplicar dos números de n cifras crece como el cuadrado del número de
cifras. Así, si multiplicar dos números de tres cifras lleva una centésima de
segundo, multiplicar dos números de treinta cifras lleva cien veces más tiempo,
es decir, un segundo. En cambio, el tiempo que se tarda en factorizar un número
de n cifras crece como 2
elevado a la raíz cúbica de n.
Esto tiene como consecuencia, por ejemplo, que para factorizar un número de
quinientas cifras se requieren cien millones más de operaciones —y por lo
tanto, unos cien millones más de tiempo— que para un número de doscientas
cincuenta cifras.
Con el algoritmo de Schor, el número de cálculos
a realizar crece mucho más lentamente con el número de cifras que en el caso
clásico. Así, para factorizar un número de quinientas cifras solo se debe
realizar ocho veces más operaciones que para un número de doscientas cincuenta
cifras —compárese este resultado con los cien millones de veces más operaciones
que deben efectuarse en el caso clásico—. En realidad, el algoritmo de Schor no
da el resultado final, sino acota el intervalo de los resultados más probables,
que posteriormente pueden ser verificados caso por caso, lo cual permite
ahorrar mucho esfuerzo.
Ese enunciado aparentemente formal, tiene consecuencias
prácticas importantes, ya que algunos métodos clásicos utilizados para guardar
secretos bancarios o militares se basan en la factorización de algún número de
doscientas o trescientas cifras. En principio, se esperaba que si alguien
intentaba factorizar dicho número, aunque fuera con un ordenador muy potente,
pasaría al menos dos años en conseguirlo, por lo cual cada año y medio
—pongamos por caso— se cambiaba el número. Sin embargo, el algoritmo de Schor
acorta notablemente ese tiempo, por lo cual el sistema criptográfico mencionado
deviene menos fiable, y sus números clave se deben cambiar con mayor
frecuencia.
Criptografía
Otra de las aplicaciones de la información
cuántica es la criptografía. La criptografía tiene como objetivo transmitir y
almacenar información de manera que resulte accesible tan solo a un número
limitado de personas. Uno de sus objetivos es conseguir algoritmos lo más
difíciles posibles de descifrar. Un segundo objetivo es saber si un mensaje que
nos llega ha sido leído por alguien que no lo debía leer.
En efecto, la física cuántica permitiría saber
si alguien ha interceptado un mensaje. En 1984, se idearon los primeros
protocolos de criptografía cuántica de C. Bennet, de IBM, y G. Brassard. En
1991, A. Ekert, de la Universidad de Cambridge, propuso utilizar el
entrelazamiento cuántico, tratado en el capítulo anterior, para distribuir
claves criptográficas protegidas de cualquier indiscreción. Un año después, C.
Bennet y S. Wiesner, de Tel Aviv, mostraron que el entrelazamiento cuántico
ayuda a transmitir información clásica en una codificación superdensa en que se
puede transmitir el doble de información que en el correspondiente transporte
clásico. Actualmente, se comercializan sistemas cuánticos de criptografía
basados en fotones y que utilizan fibras ópticas y alcanzan hasta un centenar
de kilómetros. Un problema para la realización práctica es que cada elemento
que interviene en el sistema de transmisión necesita funcionar con una tasa de
error diminuta, difícilmente alcanzable.
Teleportación
Transportar un objeto a un punto lejano
inmediatamente y sin transportar su materia, sino tan solo su información, es
un antiguo sueño de la imaginación humana: es lo que llamamos teleportación. La
teleportación cuántica es la aplicación más exótica y sorprendente del
entrelazamiento cuántico, la que ha llamado más la atención del público,
acostumbrado a ver escenas imaginadas de teleportación en series de ciencia
ficción.
Mediante el envío de fotones entrelazados —como
los del capítulo anterior— es posible transportar a distancia el estado
cuántico de una partícula a otra partícula lejana, por lejos que esta se halle.
Se ha conseguido la teleportación de estados cuánticos de un fotón o de una
partícula, pero se tardará bastante en lograr la teleportación del estado
cuántico de sistemas grandes. Observemos que esta teleportación transporta el
estado cuántico, pero no la materia. Por ejemplo, teletransportar el estado
cuántico de un átomo de hidrógeno que tuviera su electrón en el tercer orbital
no significaría transportar a distancia el propio átomo de hidrógeno, sino
conseguir que un átomo de hidrógeno lejano determinado pase a estar en el mismo
estado cuántico que el átomo de hidrógeno de referencia, con el electrón en el
tercer nivel.
En principio, si tuviéramos una molécula en un
sitio, y átomos como los que constituyen dicha molécula en otro sitio distante,
al enviar la información sobre el estado cuántico los átomos lejanos se
deberían organizar como la molécula de referencia. Sin embargo eso es tanto más
difícil cuanto mayor es el número de partículas que intervienen. Teleportar el
estado cuántico de un átomo de helio a otro átomo de helio comportaría ya
dificultades muy grandes. Imaginar que algún día podamos teleportar el estado
cuántico de un sistema de miles de moléculas supone por ahora dificultades
vertiginosas, aunque abre un campo de posibilidades a la imaginación. A efectos
prácticos, la teleportación podría resultar útil para la transmisión de
información entre los futuros ordenadores cuánticos.
Ordenadores cuánticos
Una de las fronteras de los ordenadores es la
miniaturización. Cada año y medio, aproximadamente, se duplica el número de
circuitos electrónicos que forman parte de un ordenador. Naturalmente, en el
futuro se llegará a la escala estrictamente atómica, cosa que supondrá un
límite a la miniaturización. En los ordenadores cuánticos se pretende utilizar
cada átomo para almacenar un qubit, en tanto que los ordenadores actuales
requieren pequeños imanes de un centenar de átomos, aproximadamente, para
almacenar un bit clásico. Es evidente el cambio de escala que supone el
horizonte cuántico.
Otro límite de la miniaturización está
relacionado con la gran producción de calor por unidad de volumen a medida que
se miniaturiza el ordenador y se aumenta la densidad de circuitos. Extraer ese
calor resulta cada vez más difícil. De hecho, el calor producido por unidad de
tiempo y de volumen en un ordenador muy miniaturizado es tan solo unas diez
veces inferior a la producción de calor por unidad de volumen en el centro de
las estrellas. Una gran parte de la energía consumida por los superordenadores
actuales está dedicada a refrigerarlos, sin lo cual se fundirían. En la
computación cuántica, esa disipación de calor se reduciría, aunque no hasta
llegar a cero, ya que hay límites termodinámicos a la energía relacionada con
la computación.
Puertas lógicas y memorias cuánticas
Para poder calcular, o efectuar otros tipos de operaciones,
los ordenadores necesitan puertas lógicas, es decir, combinaciones de elementos
que produzcan unas operaciones básicas muy simples. En principio, con cuatro
puertas lógicas basta: las más conocidas son la «y», la «o», la «o exclusivo» y
la «no». En la «y» y la «o» hay dos entradas y una salida. En la «y», la salida
es 1 si las dos entradas son 1, y la salida es 0 en los otros casos; en la «o»,
la salida es 1 si una al menos de las dos entradas es 1, y la salida es 0 en
los otros casos; en la puerta «o exclusivo», en cambio, la salida es 1 si y
solo si una de las dos entradas es 1; la puerta «no» tiene una entrada y una
salida: si la entrada es 1 la salida es 0 y viceversa. Combinaciones adecuadas
de esas puertas conducen a las diferentes operaciones matemáticas, o de otros
tipos. Para tener un ordenador no basta con almacenar bits o qubits: hay que
tener puertas lógicas que permitan operar con ellos. Las puertas lógicas
cuánticas son difíciles de conseguir en la práctica.
En 1995, Juan Ignacio Cirac y Peter Zoller,
entonces en la Universidad de Innsbruck, consiguieron la primera realización
física de una puerta lógica cuántica mediante tres iones positivos atrapados en
una trampa electromagnética a muy baja temperatura. Cada ión funciona como un
qubit —una superposición de 0 y 1—; los iones interaccionan entre sí
electrostáticamente. La información de entrada se suministra mediante un haz
láser finísimo. Durante el cálculo, esos iones deben estar completamente
aislados del exterior, para que no se pierda coherencia. Desde 1995 se ha ido
mejorando la capacidad de cálculo y se llega actualmente a la manipulación de
ocho o nueve qubits, pero por ahora, añadir un qubit suplementario requiere
grandes esfuerzos. Se ve difícil llegar a superar los veinte qubits mediante
este método, y se están explorando otros métodos, utilizando, por ejemplo,
superconductores.
Sin embargo, desde 2007 se han hecho
sorprendentes observaciones sobre la duración inesperadamente larga de
coherencia cuántica en moléculas de clorofila de algunas bacterias y algas, a
pesar de que se hallan a temperatura ambiente y en un entorno denso, húmedo y
ruidoso. Tal vez la comprensión de cómo se logra esa duración podría ayudar a
prolongar la coherencia en futuros dispositivos de ordenadores cuánticos, y
mejorar considerablemente las perspectivas de conseguirlos.
También se requieren algoritmos de corrección
cuánticos, tal como se hace en los ordenadores clásicos. En estos, cada bit se
transmite por triplicado (000, o 111), de manera que la redundancia permita
tolerar un cierto margen de error: por ejemplo, si un 0 pasara a 1 por efectos
del ruido, el 000 pasaría por ejemplo a 010, e interpretaríamos que se había
enviado un 0; es mucho más difícil que se produzcan aleatoriamente dos cambios de
0 a 1 en un mismo triplete. Realizar esa operación con qubits resulta bastante
más difícil.
Finalmente, es todo un desafío conseguir
memorias para qubits, ya que se requiere algo mucho más difícil y delicado que
mantener un ión en posición 1 o en posición 0 —que es lo que se hace en las
memorias clásicas—. Almacenar un qubit requiere mantener una superposición
concreta de 1 y 0. Para ello, se requiere un aislamiento muy grande, para
evitar la decoherencia. Los almacenamientos más largos que se han logrado hasta
ahora llegan apenas a los diez minutos.
Para qué problemas pueden ser útiles los ordenadores cuánticos
Por ahora, no se pretende que los ordenadores
cuánticos supongan una alternativa a los ordenadores actuales, sino más bien
dedicarlos al tratamiento de situaciones especialmente complicadas, sobre todo
para problemas tipo NP —es decir, problemas en que la cantidad de operaciones
necesarias para su resolución no sea una potencia del número de datos, sino que
tenga una dependencia mucho más acusada y rápidamente creciente—. Por ejemplo,
el problema del viajante de comercio consiste en hallar el camino más corto que
pase por N ciudades; la dificultad del problema crece muy rápidamente con el
número de ciudades.
En lo que respecta a problemas de esta índole,
hemos mencionado la factorización de números; si bien no tenemos un ordenador
cuántico disponible, el algoritmo de Schor, inspirado en la lógica cuántica,
permite trabajar mucho más eficazmente que con los algoritmos clásicos. Otro
problema de gran nivel de dificultad es la búsqueda inversa: por ejemplo, dado
un número de teléfono, buscar el nombre del usuario en la guía telefónica. El
problema directo —dado el nombre, buscar el número de teléfono— es muy fácil,
gracias al orden alfabético de los usuarios, pero la operación inversa requiere
un tiempo muy largo. En 1997, L. Grover demostró teóricamente que un ordenador
cuántico podría acelerar mucho esa búsqueda —y otras búsquedas análogas a esa
en bases de datos—.
Otra situación en que los ordenadores cuánticos
podrían ser especialmente adecuados es la simulación de sistemas complicados.
Por ejemplo, el universo conocido contiene unas 1090 partículas elementales. Para describir cada una
de ellas en términos clásicos sería necesario dar su posición y su cantidad de
movimiento, pongamos que con unos veinte bits —el producto de imprecisiones
está limitado por el principio de incertidumbre de Heisenberg, de modo que
aumentar la precisión más allá de dicho límite no tiene sentido—. Así, para
simular el estado de todo el universo sería suficiente, en el marco de la
información cuántica, con unos mil átomos, cada uno de los cuales almacenara un
qubit. El número total de estados sería del orden de 21000 = 10300, más que suficiente para almacenar todos los bits. En efecto, en la
física cuántica todos esos estados se presentan simultáneamente. En cambio, en
física clásica el sistema tiene en cada momento un solo estado y la simulación
de un sistema tan complicado sería impracticable.
Capítulo 16
Historias
La sorpresa del tiempo: Feynman
En el capítulo 14 hemos
abordado las sorpresas que supone con respecto al espacio el entrelazamiento
cuántico entre partículas alejadas, que comparten una función de onda común:
parece como si se desvaneciera el espacio y surgiera una unidad sincrónica y
una compenetración intensísima. La física cuántica también supone sorpresas con
respecto al tiempo: en ella, una medida actual puede cancelar toda una historia
pasada, en una especie de retroacción misteriosa. Somos conscientes de que, a
partir del presente, se abren ante nosotros futuros diversos, de los cuales
solo se realizará uno. Nos cuesta imaginar, en cambio, que podamos ser el
resultado no tan solo de una historia concreta y establecida, sino de muchas
historias a la vez, y que nuestra libertad pueda suponer, también, borrar un
conjunto de historias pasadas que conducen hasta nosotros. Trataremos aquí este
aspecto sorprendente de la física cuántica, propuesto por Richard Feynman, en
su formalismo de la «suma sobre historias», y aplicado, entre otros investigadores,
por Stephen Hawking en su descripción cuántica de la función de onda del
universo.
Hemos visto que el entrelazamiento cuántico
viene a ser una extensión de la superposición cuántica, pero aplicada a
partículas que comparten una misma función de onda que se extiende en el
espacio. Aquí consideraremos algo parecido, pero extendido en el tiempo.
Principios variacionales clásicos
En la formulación más usual y conocida de la
física clásica, se establecen unas condiciones iniciales sobre la posición y la
velocidad de las partículas —y sobre los campos eléctrico y magnético, si
conviene— y, a partir de ellas, mediante la aplicación de las ecuaciones
pertinentes —las leyes de Newton o de Maxwell, respectivamente— se calcula la
evolución futura del sistema.
Pero la física clásica permite una interesante
formulación alternativa: en lugar de conocer toda la información sobre el
estado inicial, y calcular la del estado final, se distribuye la información
entre el estado inicial y el final, y se busca la evolución intermedia del
sistema entre ambos estados. Esta situación es muy realista y frecuente. Un
artillero, por ejemplo, conoce su posición y la posición del blanco que quiere
alcanzar, y su problema es determinar la inclinación y velocidad inicial del
proyectil para alcanzar el blanco. Este es también el problema del lanzamiento
de satélites artificiales: se conoce la posición de la base de lanzamiento y
las características de la órbita, y se quiere establecer la velocidad de
lanzamiento para que el satélite quede en la órbita requerida. Así pues, en
lugar de tener toda la información del estado inicial, y determinar el futuro a
partir del presente, el futuro determina parte del presente: la posición del
blanco final determina la velocidad inicial del proyectil.
La física clásica plantea este problema en forma
de principios variacionales, que consisten en imaginar muchas trayectorias
posibles entre el estado inicial y el final, y buscar la que hace máxima o
mínima una cierta función asociada a la trayectoria. Por ejemplo, se ha
demostrado que si se calcula la energía cinética menos la energía potencial a
lo largo de cada una de las trayectorias imaginables —la llamada «acción» de la
trayectoria—, la trayectoria que corresponde al valor mínimo de esa función es
precisamente la que cumple las leyes de Newton. Así, las leyes de Newton y este
principio variacional son equivalentes.
Lo mismo ocurre con las leyes de la óptica:
Fermat demostró que las leyes de la refracción de los rayos de luz al cambiar
de medio —al pasar de aire a agua, o de aire a vidrio, o de vidrio a agua, por
ejemplo— satisfacen un principio variacional, en concreto, el requisito de que
el tiempo transcurrido para que la luz viaje entre dos puntos sea mínimo —cosa
que no equivale a que la distancia sea mínima, ya que la velocidad no es la
misma en ambos medios—. Lo mismo ocurre, en cierta forma, en la vida cotidiana:
cuando salimos de casa y nos dirigimos hacia un punto concreto de la ciudad,
con diversos encargos que hacer, pensamos en una diversidad de caminos, y para
cada uno de ellos hacemos una estimación intuitiva aproximada del tiempo que
tardaremos, realizando los encargos. En principio, nos decidiremos por el
camino que minimice ese tiempo —el problema se vuelve extremadamente complicado
si tenemos que hacer muchos encargos intermedios—. Pero podríamos optimizar
otra función: en lugar de minimizar el tiempo, maximizar el placer que nos
produce la trayectoria, es decir, escoger caminos que nos gusten más, aunque
nos hagan dar un rodeo.
La idea de los principios variacionales resulta
conceptualmente atractiva: parece destacar más una lógica subyacente a la
complejidad del mundo. En tanto que las ecuaciones de Newton parecen dominadas
por el estado inicial, en el principio variacional interviene a la vez el
estado inicial y el estado final, y dan una visión más global de la realidad,
en que pasado, presente y futuro aparecen a la vez, tal como recuerdo, presente
y proyecto se hallan en cada instante de nuestras vidas.
Suma sobre historias
En 1948, Richard Feynman —uno de los personajes
más vivaces, divertidos, brillantes y seductores de la física de la segunda
mitad del siglo XX— generalizó esta idea variacional de una forma especialmente
atractiva.
Mientras que en la física clásica uno imagina
todos los caminos posibles, pero se queda tan solo con uno de ellos, el que
realiza la condición de mínimo o de máximo del principio variacional, la física
cuántica presenta, en la formulación propuesta por Feynman, la posibilidad de
que todos los caminos sean seguidos simultáneamente. Así, la realidad no
discurre según una sola historia, sino según una superposición de todas las
historias posibles. En el ejemplo de la vida cotidiana mencionado antes, eso
equivaldría a pasar simultáneamente por calles diversas y plazas diversas, cosa
que nosotros, partículas clásicas, no podemos hacer, pero sí lo podrían hacer,
según Feynman, las partículas cuánticas.
Así, el principio de superposición de estados
tratada en el capítulo 13, se convierte aquí en una superposición de caminos o
de historias. En el lanzamiento de electrones contra la doble rendija, Feynman
supone que el electrón no va por un solo camino que atraviese una sola rendija,
sino por muchos caminos a la vez, algunos de los cuales pasan por una rendija,
otros por la otra, y algunos pasan por las dos, primero por una, después por la
otra, en uno o varios bucles. Al interaccionar entre sí, los caminos dan la
figura de interferencia ondulatoria descrita en el capítulo 11.
Para que eso ocurra, según Feynman, no todas las
historias han de tener la misma probabilidad de ser realizadas: la que tendrá
mayor probabilidad es la que satisface el principio variacional clásico, es
decir, la que concuerda con la solución de la teoría clásica, pero la fisica
cuántica tolera otros caminos paralelos, con una probabilidad que se hace tanto
más pequeña cuanto más se aleja de la trayectoria clásica. Para sistemas
macroscópicos, se recupera la trayectoria determinista clásica porque las otras
trayectorias tienen probabilidad muy pequeña y, además, interfieren entre sí
hasta anularse. Mérito de Feynman es haber dado una forma matemática concreta
para la probabilidad de los diversos caminos, en función de la acción a lo
largo del camino.
El experimento anula la historia pasada
En esa visión, la historia no estaría definida
unívocamente: todas las historias serían posibles —la del sí y la del no en una
cierta encrucijada de la vida, por ejemplo— y el experimento realizaría una de
ellas y desestimaría la otra. Pero eso no pasaría como en la visión usual, en
que la decisión tomada en un cierto momento solo tiene consecuencias para los
instantes posteriores, sino de una manera global, que afectaría a toda la
historia, es decir, todos los instantes, tanto anteriores como posteriores. Al
menos, eso es lo que ocurre —según la física cuántica y los experimentos que la
ponen a prueba— con un fotón que pueda pasar de un punto a otro por dos caminos
—fijados, por ejemplo, por un espejo semitransparente, que permite que el fotón
lo atraviese o que se refleje en él—.
El fotón recorre los dos caminos a la vez y solo
cuando realizamos un experimento para hallar por qué camino va, todo un camino
es confirmado y todo el otro refutado, no porque el fotón hubiera tomado
inicialmente uno de los dos caminos y no el otro, sino porque, estando en ambos
a la vez, toda una historia se borra y toda la otra se hace realidad. De hecho,
en un cierto sentido, también nuestras decisiones afectan no solo al futuro
sino también al pasado: algunas de ellas borran unos instantes del pasado y
hacen brillar otros. Un acontecimiento político o una moda artística no
influyen tan solo sobre el futuro, sino que también hacen releer de forma
diferente la historia anterior. Sin embargo, esa analogía no hace justicia a la
sutileza de la física cuántica, porque esta última hace desaparecer todo el
camino, en tanto que nosotros solo borramos su recuerdo, pero no su realidad.
La física cuántica no permite borrar cualquier historia, según el deseo
subjetivo del observador, sino ciertos conjuntos de caminos, que dependen de
las condiciones del experimento.
Incidentalmente, podemos mencionar que, en la
formulación de Feynman, una antipartícula es interpretada como una partícula
que retrocede en el tiempo. Así, en esta visión, un antielectrón yendo hacia el
futuro sería equivalente a un electrón yendo hacia el pasado. Aunque eso
resulte increíble, la interpretación es matemáticamente consistente y sus
predicciones son corroboradas experimentalmente. También en este sentido, el
presente podría estar hecho de influencias del pasado —partículas que van, como
nosotros, hacia el futuro— y partículas que nos llegan del futuro en forma de
antipartículas.
Electrodinámica cuántica
Uno se puede preguntar qué se gana con esa
formulación, qué nuevas capacidades adquiere con ella la teoría cuántica.
Feynman la aplicó a la formulación de la electrodinámica cuántica, o
cuantización de las ecuaciones para el campo electromagnético. En efecto, al
hablar de la física atómica, hemos considerado que la ley de Coulomb de la
electrostática que describe la atracción entre los electrones y el núcleo
atómico seguía siendo válida, en tanto que modificábamos la dinámica del
electrón, introduciendo condiciones de cuantización para sus órbitas. Sin
embargo, ello no puede ser estrictamente verdadero, ya que los estados
estacionarios de Bohr no emiten radiación electromagnética pese a que el
electrón esté acelerado. Ello es incompatible con la teoría electromagnética
clásica, por lo cual esta se deberá generalizar.
Las modificaciones cuánticas de la teoría
electromagnética se manifestarán no solo en la física atómica, sino también en
las colisiones entre partículas cargadas, que deberían exhibir diferencias con
respecto a las colisiones descritas según la teoría clásica. Este es el
programa de la llamada «segunda cuantización», o «teoría cuántica de campos»,
porque en ella se cuantizan el campo eléctrico y magnético —y otros campos
correspondientes a las interacciones nucleares—. Ese programa se inició con la
electrodinámica cuántica desarrollada en los años 1940 por Schwinger, Tomonaga
y Feynman.
Los diagramas de Feynman
La formulación de Feynman de la suma sobre
historias tiene la ventaja sobre otras teorías anteriores de su compatibilidad
con la teoría de la relatividad especial —algo que en la formulación de Dirac
se conseguía solo para el electrón—. Por otro lado, esa formulación permite
tratar no tan solo la electrodinámica cuántica, sino también problemas
cuánticos del estado sólido con mayor profundidad y elegancia que formulaciones
anteriores.
En la teoría cuántica de campos, la interacción
se presenta no como una fuerza continua sino como el intercambio sucesivo de
partículas discretas —los bosones intermediarios de que hemos hablado en el
capítulo 5—, y que para la interacción electromagnética corresponden a fotones.
Así, la interacción entre electrones o entre protones y electrones se puede
representar como una sucesión de intercambios de fotones virtuales.
Si el campo es tenue, el número de fotones
intercambiados por unidad de tiempo es pequeño, y la electrodinámica cuántica
recupera la electrodinámica clásica, pero se separa de ella para campos
intensos. Las operaciones matemáticas subyacentes son muy complicadas. Feynman
tuvo la idea de representarlas en diagramas que visualizan de forma inmediata
las operaciones que se debe llevar a cabo, y que son una de las herramientas
teóricas centrales de las teorías cuánticas de campos, que han conducido a un
grado extraordinario de precisión de la teoría.
Figura 16.1. Un ejemplo de diagrama de Feynman, que representa la
aniquilación de una partícula y una antipartícula dando dos rayos gamma; el
tiempo transcurre hacia la derecha; la antipartícula retrocede en el tiempo.
Algunos de esos diagramas
conducen a resultados infinitos. Sin embargo, en algunos casos es posible
combinar adecuadamente esos infinitos, restándolos entre sí, y obtener
resultados finitos. Ello sugiere que el valor finito de la carga eléctrica
observada de las partículas podría ser de hecho la resta de dos magnitudes
infinitas compensándose entre sí: una carga infinita de la partícula y una
carga infinita de las fluctuaciones del vacío circundante, de signo opuesto,
tema de que hablamos en el capítulo siguiente.
Capítulo 17
Vacío
La agitación del vacío cuántico
En la historia del
pensamiento, el vacío ha sido siempre un concepto problemático, quizá por su
equívoca vecindad con la abstracción de la nada, quizá porque la gran
dificultad de extraer todas las partículas de una cavidad nos hace pensar en la
posibilidad de que siga habiendo en ella algún tipo de realidad desconocida que
no somos capaces de detectar. Por ello, la discusión sobre el vacío es también
una pregunta sobre los límites de la realidad.
Los filósofos griegos, en general, no aceptaron
la idea del vacío, salvo los atomistas, que propusieron que los átomos se
desplazan en él. En la física aristotélica, se creía que para mantener un
objeto en movimiento con velocidad constante era necesario ejercer
continuamente una fuerza sobre el objeto, proporcional a su velocidad y a la
resistencia del medio. Como en el vacío la resistencia sería nula, la velocidad
de la partícula bajo cualquier fuerza sería infinita, concepto que Aristóteles
no aceptaba como realidad actual, por lo cual rechazaba, en consecuencia, el
vacío. Además, consideraba que si una partícula se hallara en el vacío no
sabría en qué dirección se habría de mover, ya que tendría cortada su
comunicación con el mundo. La longevidad de la física aristotélica contribuyó a
consolidar el supuesto «horror al vacío» de la naturaleza con una argumentación
sutil y aparentemente convincente.
Experimentos sobre el vacío
La cuestión del vacío no volvió a ser debatida
en profundidad hasta finales del siglo XVII, cuando Torricelli en Florencia,
Pascal en Clermont-Ferrand y Otto von Guericke en Magdeburgo, realizaron una
serie de experimentos sobre la presión atmosférica. En los experimentos de
Torricelli, se medía la presión atmosférica con un tubo de vidrio cerrado por
un extremo, que se llenaba de mercurio; al invertir el tubo sobre un recipiente
que contenía mercurio, el nivel de este en el tubo bajaba hasta tener una altura
de unos setenta y seis centímetros sobre el nivel del mercurio circundante.
Además del interés de ese dato como medida de la presión atmosférica, se
deducía que, como el tubo de vidrio estaba herméticamente cerrado, el espacio
que dejaba el mercurio al bajar quedaba vacío.
Pascal trató esta cuestión con todo lujo de
detalles, para tratar de convencer a los que se oponían a la existencia del
vacío desde argumentos filosóficos, y dedujo la variación de la presión con la
altura, que se convirtió en una manera práctica, aunque no completamente
fiable, de medir la altura de montañas y la profundidad de pozos. En lo que
respecta a von Guericke, extraía el aire del espacio cerrado entre dos
semiesferas de hierro y veía, ante un público numeroso y sorprendido, que dos
caballos por banda, tirando con todas sus fuerzas, no podían separar las
semiesferas, cosa que se conseguía con facilidad, en cambio, si se dejaba que
el aire volviera a penetrar entre ellas.
El éter electromagnético
La idea del vacío, en física, duró relativamente
poco. Cuando a comienzos del siglo XIX se observaron propiedades ondulatorias
de la luz se postuló la existencia de un medio por el cual se propagasen las
ondas luminosas. En particular, la teoría electromagnética parecía exigir un
éter misterioso, ya que tenía que dejar pasar los planetas sin frenarlos y, al
mismo tiempo, debía ser muy rígido, ya que la gran velocidad de las ondas así
lo exigía. Durante casi medio siglo, el éter fue considerado un ingrediente
central y básico de la realidad física, y Lord Kelvin imaginó que los átomos de
la materia eran remolinos de éter.
En 1905, Einstein propuso la teoría especial de
la relatividad, según la cual la velocidad de la luz en el vacío es absoluta,
independiente del movimiento del emisor y del receptor, tal como se sigue de
las ecuaciones del electromagnetismo y de los experimentos de Michelson y
Morley de 1887. Einstein advirtió, al examinar el proceso de medida del espacio
y del tiempo teniendo en cuenta el carácter absoluto de la velocidad de la luz,
que las longitudes se contraían y los relojes se atrasaban para los
observadores en movimiento. Las expresiones que describen la dependencia de la
longitud y el tiempo en función de la velocidad habían sido deducidas unos años
antes que Einstein por Lorentz y por Fitzgerald, que las atribuían a la
interacción de las reglas y los relojes con el éter. En la teoría de la
relatividad, en cambio, los campos eléctrico y magnético que componen la luz
son entidades físicas con existencia propia y mutuamente realimentada, que no
necesitan ningún éter para mantenerse ni propagarse.
Plenitudes del vacío cuántico
En la física cuántica, el vacío no es un espacio
sin nada; aunque aisláramos una región del espacio y extrajéramos todas las
partículas, toda la radiación, todos los campos gravitatorios y
electromagnéticos, la región no quedaría sin nada, sino que estaría poblada por
unas continuas fluctuaciones que se manifestarían como producción y
aniquilación de parejas de partículas y antipartículas.
Esas fluctuaciones son una consecuencia del
principio de incertidumbre de Heisenberg. La formulación más conocida de este
principio establece que no podemos conocer simultáneamente y con toda precisión
la posición y la velocidad de una partícula. En términos más generales, ese
principio implica que, dada una magnitud cualquiera, como por ejemplo un campo
electromagnético, no podemos conocer simultáneamente y con toda precisión su
valor y el de su derivada temporal. Si el campo y su derivada fueran nulos
simultáneamente, vulnerarían la incertidumbre cuántica. Por ello, el vacío
cuántico no puede ser estático, sino una continua producción y aniquilación de
pares de partículas y antipartículas.
Según la formulación del principio de
incertidumbre en términos de tiempo y energía, la duración de esas
fluctuaciones es inversamente proporcional a su energía; como la energía
relacionada con una partícula de masa m vale mc2, la duración de un par partícula-antipartícula entre
su aparición y su desaparición es inversamente proporcional a la masa de la
partícula. A diferencia de la sobriedad del vacío clásico, el vacío cuántico es
una danza de partículas y antipartículas que aparecen y desaparecen.
Efectos del vacío cuántico
Decimos, pues, que el vacío cuántico está
relleno de pares de partículas y antipartículas virtuales, que no pueden ser
observadas directamente. Aunque eso parezca muy especulativo, dichos pares
tienen diversos efectos indirectos. Uno de ellos es el efecto Lamb, que
consiste en un desplazamiento de las líneas de absorción del átomo de hidrógeno
respecto de las que tendría en el vacío clásico, sin las fluctuaciones
cuánticas. Los pares virtuales de partículas y antipartículas apantallan un
poco la carga del protón y modifican sus niveles energéticos de manera observable.
Otra constatación es el efecto Casimir, que consiste en la atracción entre dos
placas metálicas paralelas y descargadas, como consecuencia de la presión
superior de las partículas virtuales fuera del espacio entre las dos placas en
comparación con la presión entre las placas, fuerza que ha sido medida.
Otra consecuencia es el apantallamiento parcial
de la carga del electrón, ya que las partículas virtuales positivas se
acercarán a él más que las negativas; colisiones a energías muy elevadas ponen
de manifiesto una modificación de la carga aparente del electrón, tanto mayor
cuanto mayor es la energía de la colisión y menor la distancia entre las
partículas que chocan. Ello puede ser interpretado como una disminución de los
efectos del apantallamiento del vacío entre las partículas. Así, a diferencia
del punto de vista clásico en que la carga y la masa de las partículas son
propiedades intrínsecas de ellas, en la física cuántica ¡esas propiedades
dependen no solo de la partícula, sino también del vacío circundante!
Algunas de las observaciones más espectaculares
de la interacción entre el vacío cuántico y los átomos han sido realizadas por
Serge Haroche — premio Nobel de Física de 2012— hacia los años 1990, en
estudios de electrodinámica cuántica de cavidades. Según la electrodinámica
cuántica, el tiempo medio característico que un electrón permanece en un estado
excitado de un átomo está relacionado con su interacción con las fluctuaciones
electromagnéticas del vacío cuántico — el tiempo para cada caso concreto es
totalmente impredecible, pero no así el tiempo medio estadístico—. Haroche
consiguió situar un átomo excitado en una caja de paredes perfectamente
reflectantes y de dimensiones diminutas, de unos pocos nanómetros. A causa de
las paredes, las fluctuaciones electrodinámicas del vacío con las longitudes de
onda adecuadas para interaccionar con el electrón excitado serían suprimidas,
lo cual conllevaría, en teoría, que el electrón podría pasar mucho más tiempo
en el estado excitado dentro de la cavidad confinante que en el espacio libre.
En efecto, los elegantísimos experimentos de Haroche ponen de manifiesto que
ese tiempo puede llegar a ser unas cuatrocientas veces más largo en la cavidad
que en el espacio libre.
Energía y presión del vacío
El vacío cuántico tiene presión y densidad de
energía bien definidas, que en algunas etapas del universo pueden influir en su
ritmo de expansión. Hay diversos estados del vacío, por ejemplo, según el ritmo
con que se producen fluctuaciones. Un problema grave de la física actual es,
precisamente, el elevado valor de la densidad de energía del vacío, o energía
del punto cero. La estimación de esa energía se efectúa atribuyendo a cada
volumen del tamaño del orden de la longitud de Planck —que definimos y
explicamos en el párrafo siguiente— la energía de una oscilación de longitud de
onda igual a la longitud de Planck. Ello da para la densidad de energía del
vacío un valor igual a la constante de Planck por la velocidad de la luz
dividida por la cuarta potencia de la longitud de Planck. Como esta longitud es
muy pequeña, la densidad de energía es enorme, unos ciento veinte órdenes de
magnitud superior al valor observado.
Ello tendría graves consecuencias en cosmología,
puesto que aceleraría enormemente la expansión del universo, y no le dejaría
tiempo para formar galaxias, ya que el gas que lo compone rápidamente quedaría
muy diluido. Esa tendencia a acelerar el universo se sigue de la relatividad
general de Einstein, en que la gravitación no depende tan solo de la densidad
de masa o energía, como en la teoría clásica, sino de la densidad de energía
más tres veces la presión. Ahora bien, la presión del vacío cuántico —al menos
en sus modelos más sencillos— es la densidad de energía cambiada de signo, por
lo cual su efecto neto resulta, por así decirlo, antigravitatorio, y acelera la
expansión en lugar de frenarla. Esa relación entre presión y densidad de
energía implica que la energía del vacío por unidad de volumen es constante, en
otras palabras, que crear espacio vacío cuesta energía.
Figura 17.1. Se cree que a escala muy microscópica, del orden de la longitud
y el tiempo de Planck, el espacio-tiempo no es liso y continuo, sino fluctuante
e irregular como la espuma de las olas.
Vacío cuántico y fluctuaciones del espacio-tiempo
A escalas de longitud y tiempo muy pequeñas, se
cree que no solo fluctúa el contenido del espacio, sino que el propio
espacio-tiempo fluctúa, ya que según la relatividad general espacio y tiempo no
son contenedores pasivos de la realidad, sino entidades físicas dinámicas. Para
situar esas fluctuaciones, conviene recordar que la gravitación está
relacionada con la constante G de
la ley de la gravitación universal de Newton, el electromagnetismo, con la
velocidad de la luz en el vacío c, y los efectos cuánticos, con la constante h de Planck. Combinando adecuadamente G, h y c, obtenemos un tiempo, una longitud y una masa
llamados tiempo, longitud y masa de Planck, respectivamente, que indican por
debajo de qué longitud y de qué tiempo es necesario utilizar una teoría que
unifique gravedad y física cuántica. La longitud de Planck es del orden de 10–35 metros, mucho menor que el radio del protón, el
tiempo de Planck es del orden de 10–43 segundos, y la masa de Planck es del orden de 10–5 gramos, que equivale a la masa de un millón de
billones de protones.
Según la teoría de la gravitación cuántica, a
esas escalas diminutas, el espacio y el tiempo serían como una espuma con
burbujas del tamaño de la magnitud de Planck. Considerados a esa escala,
espacio y tiempo no serían magnitudes continuas sino una entidad fluctuante,
agitada incesantemente, apareciendo, desapareciendo, agrietándose y
rehaciéndose. Pero la visión einsteiniana de la gravedad como geometría, basada
en el carácter suave y continuo de las variaciones del espacio-tiempo, no es
aplicable a esta agitación brusca y abrupta del vacío cuántico. No es extraño,
pues, que al efectuar cálculos cuánticos con la gravitación los resultados
estén plagados de infinitos. En cambio, a escalas mayores que las de Planck, el
espacio-tiempo parece liso, tal como lo parece un mar picado desde un avión a
gran altura.
Si existen o no esas fluctuaciones, no lo
sabemos en rigor, ya que las escalas espaciales más pequeñas que han sido
exploradas experimentalmente son del orden de 10–22 metros, trece órdenes de magnitud por encima de
la longitud de Planck. Las afirmaciones sobre lo que ocurre a escalas
inferiores a 10–22 metros
son, por ahora, especulativas, basadas en una extrapolación de la física
conocida. Podría ser, sin embargo, que la física cuántica tuviera que ser
modificada en profundidad antes de llegar a la escala de Planck.
Actualmente, se están llevando a cabo
observaciones para verificar si se dan realmente las fluctuaciones cuánticas
del espacio-tiempo. Si esas fluctuaciones son reales, la velocidad de las ondas
electromagnéticas de longitud de onda muy corta debería ser menor que la
velocidad conocida de la luz en el vacío. En efecto, a esas escalas diminutas,
las ondas no podrían avanzar en línea recta, sino en zig-zag, desviándose
continuamente a causa de las fluctuaciones del espacio, por lo cual avanzarían
más lentamente que las ondas largas en comparación con la longitud de Planck, que
no se desviarían. Tales observaciones se están llevando a cabo en el telescopio
MAGIC, en Gran Canaria, explorando los pulsos electromagnéticos procedentes de
explosiones estelares o galácticas de gran energía, a las que corresponden
fotones de gran energía y pequeña longitud de onda.
Podría ser que el vacío cuántico subyacente al
universo en que habitamos fuera metaestable, en lugar de ser estable.
Metaestable significa que es estable para perturbaciones pequeñas, pero
inestable para perturbaciones suficientemente grandes, que superen una cierta
barrera de energía. Si el vacío fuera metaestable, y se diera una perturbación
o fluctuación espontánea suficientemente elevada, el universo podría
desaparecer. Que el vacío cuántico sea estable o metaestable está relacionado —
entre otros factores— con los valores de las masas del quark t — la partícula elemental más pesada— y del bosón de
Higgs. Según parece, los valores observados de esas dos partículas nos sitúan
cerca de la frontera entre un vacío estable y uno metaestable, por lo cual no
estamos todavía seguros de cuál es la situación real.
La fluctuación mínima necesaria para la cual el
espacio-tiempo resultaría inestable sería, en principio, del orden de una masa
de Planck en una esfera de radio del orden de la longitud de Planck, cosa que
produciría un agujero negro que curvaría suficientemente el espacio. Algunos
cálculos indican como óptima una perturbación de unas cincuenta veces la masa
de Planck, una masa enorme a la escala de las partículas elementales, en un
radio del orden de unas cincuenta veces la longitud de Planck, que exigiría
menos densidad que en el caso anterior. La probabilidad de aparición de una
fluctuación tan grande es muy reducida, de manera que la probabilidad de que se
produzca un nuevo big bang espontáneamente es ínfima, pero tal vez no
absolutamente nula.
Capítulo 18
Gravitación
Física cuántica y agujeros negros
Al intentar unificar las
fuerzas en un solo formalismo, la gravedad se resiste a unificarse con las
demás. Según la relatividad general la gravitación, más que una fuerza
propiamente dicha, es una geometría. De ahí, precisamente, que la teoría de
supercuerdas, con dimensiones adicionales, ponga asimismo tanto énfasis en la
geometría, especialmente en la del espacio de las dimensiones compactadas sobre
sí mismas a una escala muy pequeña, cuya geometrización determina las fuerzas
en el espacio tridimensional observable.
Ahora bien, para unificar las fuerzas no es
suficiente buscar un nexo en la geometrización. Las fuerzas electrodébil y
fuerte están cuantizadas; una unificación de todas ellas requiere, pues,
cuantizar también la gravitación. Por ello, buscar maneras de relacionar teoría
cuántica y gravitación es una frontera muy activa y relevante de la física. En
el capítulo anterior hemos comentado las fluctuaciones cuánticas del
espacio-tiempo, que constituyen una de las dificultades que surgen en ese
empeño. Una de las aportaciones más interesantes a la relación entre
gravitación y física cuántica la suministra la termodinámica de los agujeros
negros.
Hemos visto en el primer capítulo la importancia
de la termodinámica en los inicios de la física cuántica. Las aportaciones
fundacionales de Planck y de Einstein sobre los aspectos cuánticos de la
radiación y de las vibraciones en los sólidos están profundamente enraizadas en
métodos y objetivos termodinámicos. Ello no es de extrañar, ya que la
termodinámica proporciona un marco muy general, que sobrevuela la mayoría de
los detalles microscópicos y, como tal, resulta muy útil como puente de
conexión entre ámbitos físicos muy dispares. Eso es lo que ocurre en la
termodinámica de agujeros negros, donde aspectos cuánticos y gravitatorios
quedan relacionados. La termodinámica de los agujeros negros está vinculada
estrechamente a las aportaciones pioneras de Stephen Hawking y de Jacob
Bekenstein, además de muchos refinamientos y aportaciones de muchos otros
autores.
Los agujeros negros
Un agujero negro es un objeto celeste del cual
nada, ni tan solo la luz —el ente físico más veloz que conocemos— puede salir.
La velocidad de escape desde la superficie del agujero negro es igual o
superior a la velocidad de la luz. El concepto de velocidad de escape se
refiere a la velocidad mínima necesaria con que se debe lanzar un cuerpo desde
la superficie de un planeta o estrella para que no vuelva a caer sobre ella y
se siga alejando indefinidamente. La velocidad de escape depende de la masa y
el radio del planeta o estrella; aumenta al aumentar la masa, y se reduce al
aumentar el radio. En particular, la velocidad de escape desde la superficie de
la Tierra es ligeramente superior a los once kilómetros por segundo.
Para que un objeto de una cierta masa sea un
agujero negro, su radio debe ser inferior a un valor denominado radio de
Schwarzschild, proporcional a la masa. Por ejemplo, para que un cuerpo de la
masa del Sol fuera un agujero negro su radio debería ser de unos tres
kilómetros (el radio del Sol es de unos setecientos mil kilómetros).
Constatamos que la densidad de esos objetos debe ser enorme. Sin embargo, la
densidad de los agujeros negros no es necesariamente enorme, ya que es
inversamente proporcional al cuadrado de su masa. Por ello, un objeto que
tuviera una masa del orden de un millón de veces la masa solar, como el agujero
negro que se cree hay en el centro de nuestra galaxia, tendría una densidad un
billón de veces inferior a la de un agujero negro de masa igual a la del Sol.
Por el contrario, los agujeros negros microscópicos tienen densidades
inimaginablemente elevadas. Los agujeros negros grandes se forman por el
colapso de estrellas de masa mayor que tres masas solares. Los agujeros negros
microscópicos se podrían haber formado en las condiciones extremas de los
primeros instantes del universo.
Pero aunque los agujeros negros del orden de la
masa solar son muy densos, no debemos pensar que son objetos muy compactos. La
relatividad general nos sorprende con su conclusión de que el interior de los
agujeros negros está vacío, y que toda su masa se acumula en su centro, en lo
que denominamos una singularidad, en que la densidad se hace infinita. El radio
de Schwarzschild, pues, no corresponde propiamente a una superficie material
que limite una esfera compacta de gran densidad, sino un horizonte inmaterial
que, una vez cruzado hacia dentro, ya no se puede volver a cruzar hacia fuera.
Entropía de agujeros negros
La termodinámica de agujeros negros empieza,
indirectamente, con un importante resultado de Stephen Hawking de 1970, según
el cual el área total de los agujeros negros nunca puede disminuir, sino solo
aumentar o mantenerse constante. La pregunta que conduce a este resultado es
qué proporción de la energía de los agujeros negros puede transformarse en
ondas gravitatorias, es decir, en ondas del espacio-tiempo. A primera vista,
uno podría pensar que, en casos extremos, toda la energía de los agujeros
negros que chocan se podría convertir en ondas gravitatorias, de manera que no
quedaría ningún agujero negro tras la colisión. Aunque esto es concebible,
Hawking vio que el área final del agujero negro resultante de la colisión y
unión de los dos agujeros negros iniciales debe tener un área igual o superior
a la suma de las áreas de los agujeros negros iniciales. Ello implica, por
ejemplo, que si chocan dos agujeros negros de masa M, cada uno de los cuales tiene una energía dada
por mc2, según la
relación de Einstein, solo se puede convertir en ondas gravitatorias un treinta
por ciento de la energía inicial, y que la masa del agujero negro final debe
ser como mínimo el setenta por ciento de la suma de las masas de los dos
agujeros negros iniciales.
El resultado de Hawking fue leído con entusiasmo
por Jacob Bekenstein, un estudiante de doctorado que hacía la tesis con J. A
Wheeler —el supervisor, muchos años antes, de la tesis doctoral de Feynman—.
Como es lógico, Bekenstein advirtió en seguida la posibilidad de que este
resultado tuviera una lectura termodinámica, si se interpretaba el área como
una entropía. En efecto, la segunda ley de la termodinámica establece que en
los sistemas aislados la entropía solo puede crecer o seguir igual, pero nunca
disminuir. Por ello, si se relacionaba el área con la entropía, el resultado de
Hawking se convertía en una manifestación concreta y novedosa del segundo
principio de la termodinámica.
La entropía de un agujero negro sería, según
Bekenstein, proporcional al área del horizonte del agujero negro dividida por
el cuadrado de la longitud de Planck, multiplicada por la constante de
Boltzmann de la física estadística. Esta longitud, que hemos introducido en el
capítulo anterior, combina la constante de la gravitación, la velocidad de la
luz y la constante de Planck, de manera que en ella aparecen a la vez física
cuántica y gravitación. El cociente entre el área del agujero negro y el
cuadrado de la longitud de Planck no tiene dimensiones, e indica cuántas áreas
elementales contiene el área del agujero negro. La entropía del agujero negro
resulta proporcional al área, e inversamente proporcional a la constante de
Planck. En el límite clásico, en que la constante de Planck tiende a cero, la
entropía del agujero negro tendería a infinito.
Temperatura de los agujeros negros
Al leer el artículo en que Bekenstein hacía
pública esa propuesta, Hawking, en lugar de sentirse satisfecho de que su
resultado hubiera sido una fuente de inspiración para una nueva forma de
considerar la entropía, montó en cólera. En efecto, si tomamos al pie de la
letra la termodinámica, el agujero negro tendría una temperatura absoluta
diferente de cero, ya que la temperatura absoluta viene dada por la derivada de
la energía interna con respecto a la entropía. Con ello, se obtiene una
temperatura proporcional a la constante de Planck e inversamente proporcional a
la masa de los agujeros negros. En el caso clásico (constante de Planck nula)
la temperatura del agujero negro sería nula; por ello, la termodinámica de los
agujeros negros es esencialmente cuántica. Por otro lado, la temperatura de los
agujeros negros grandes sería muy pequeña. Ahora bien, si la temperatura
absoluta es diferente de cero, el agujero negro debería radiar energía de forma
proporcional a la cuarta potencia de la temperatura absoluta, pero, según la
definición de agujero negro, no podía radiar. Se llegaba pues a una
contradicción.
Sin embargo, fue el mismo Hawking quien, sin
proponérselo, resolvió esa contradicción poco después. En efecto, Hawking
estudió las fluctuaciones del vacío en la zona del espacio-tiempo muy curvada
vecina al horizonte del agujero negro. Según sus cálculos, los pares
partícula-antipartícula que se formarían en aquella zona de altísima gravedad,
en lugar de volverse a aniquilar como ocurre en el vacío sin gravedad, serían
separados por la gravedad, de modo que la partícula o la antipartícula caerían
al interior del agujero negro, y el otro miembro del par saldría hacia el
infinito.
Así, aunque los agujeros negros no emitan nada,
en un sentido estricto, envían a su alrededor una radiación, llamada radiación
de Hawking, formada por radiación electromagnética, y por partículas y
antipartículas de masas diversas. Esa radiación no procede del interior del
agujero negro, sino de las fluctuaciones cuánticas de la zona vecina a su
horizonte, aunque un espectador lejano ve la radiación como si fuera emitida
por el agujero negro.
La aparente contradicción que había advertido
Hawking en la proposición intuitiva e ingenua de Bekenstein quedaba resuelta.
Más aún: Hawking consiguió calcular la distribución de energías en dicha
radiación y advirtió que era análoga a la de Planck, con una temperatura dada
precisamente por la propuesta de Bekenstein, si se especifica convenientemente
un parámetro numérico. Con esos resultados, la termodinámica de los agujeros
negros recibió un fuerte respaldo físico y atrajo la atención de muchos
investigadores.
Vemos un cierto paralelismo entre la actitud de
Hawking con respecto a Bekenstein y la de Planck con respecto a Einstein: en
principio, hubieran podido estar satisfechos de que una de sus ideas fuera
ampliada por una nueva aportación. En lugar de eso, lo vieron con hostilidad,
porque creían que era una extrapolación sin fundamentos, que ponía en riesgo la
credibilidad de su propuesta inicial. En ambos casos, la novedad resultó enriquecer
la aportación inicial.
Desde entonces, se ha profundizado mucho en la
termodinámica de agujeros negros. Nos referiremos aquí a algunos de los muchos
resultados de interés.
Evaporación de agujeros negros
A medida que van cayendo en ellos partículas o
antipartículas de energía negativa, las antipartículas o partículas
correspondientes de energía positiva de la pareja partícula-antipartícula
correspondiente se alejan del agujero negro en forma de radiación de Hawking y
el agujero negro se va evaporando. El ritmo de evaporación es proporcional al
área del horizonte del agujero, y a la cuarta potencia de la temperatura. Los
agujeros negros grandes tienen temperatura pequeña y se evaporarían muy
lentamente. En cambio, los hipotéticos agujeros negros pequeños, se evaporarían
en tiempos muy cortos, en explosiones de radiación. Un tema que fue muy
debatido durante un tiempo fue si la radiación de Hawking devolvía al exterior
toda la información que había sido capturada previamente por el agujero negro.
Hawking insistió en que la radiación no devolvía toda la información, en tanto
que otros autores afirmaban que la debía devolver en su totalidad. Finalmente,
Hawking reconoció que algunas características sutiles de la radiación que él no
había tenido en cuenta devolvían la información. Otra cuestión discutida es si
los agujeros negros se evaporan del todo o si dejan de evaporarse una vez han
llegado a un tamaño muy pequeño, del orden de unas cuantas longitudes de
Planck.
La entropía del horizonte cósmico y la información del universo
Nuestra capacidad de observar el universo está
limitada por un horizonte cósmico, que es la frontera de la zona desde donde
nos puede haber llegado la luz a lo largo de los trece mil setecientos millones
de años de la historia de nuestro universo. Dicho horizonte separa el universo
conocido del desconocido. Así, en cierta forma, actúa como el horizonte de un
agujero negro, que separa una parte no observable del universo —el interior del
agujero negro— de la parte observable —exterior al agujero negro—. Por ello, se
han aplicado las ideas de la termodinámica de agujeros negros a la
termodinámica del horizonte cósmico, que se debe tener en cuenta a la hora de
formular la termodinámica del universo.
La idea del horizonte cósmico aparece también en
el contexto de la información sobre el universo. Si imaginamos que cada
cuadrado cuyo lado tiene la longitud de Planck pudiera almacenar un bit de
información, la información máxima sobre el universo sería 10122 bits. Esos cálculos representan ideas
interesantes cuando además de materia y energía se tiene en cuenta la magnitud
información —en su sentido de la teoría de la información de Shannon, en su
versión clásica o cuántica—. Asimismo, Bekenstein propuso que la información
máxima que se podría conseguir sobre un volumen cualquiera, fuera o no agujero
negro, sería el área de la superficie que lo limita dividida por el cuadrado de
la longitud de Planck: de hecho, la cantidad de información que realmente
tenemos de los sistemas es muy inferior a ese límite máximo, que tiene,
básicamente, un interés teórico.
Una de las consecuencias de esas propuestas —que
ponen énfasis en la idea de que los ingredientes básicos del universo no son
tan solo materia y energía sino también información— ha sido la llamada
hipótesis holográfica, según la cual el espacio tridimensional podría ser una
ilusión de los sentidos, y que tal vez toda la información estaría en la
superficie del universo, como si el universo fuera un gran holograma cuya
auténtica realidad estuviera grabada en sus bordes, y cuyos píxeles tuvieran el
tamaño de la longitud de Planck. Esa hipótesis predice una serie de resultados
especializados en los que no podemos entrar, pero, conceptualmente, si fuera
cierta, sería uno de los conceptos más sorprendentes de la historia de la
física, al decirnos que nuestra realidad física personal, en lugar de ser el
cuerpo tridimensional con el cual estamos familiarizados, sería una imagen
bidimensional minúscula en el horizonte del universo.
Agujeros negros y aceleradores de partículas
Poco antes de inaugurar el gran acelerador LHC
del CERN, saltó a la discusión pública la posibilidad de que se produjera en él
un agujero negro microscópico que se fuera tragando rápidamente toda la Tierra,
hasta hacerla desaparecer. Por ello, se plantea la posibilidad de conseguir
realmente agujeros negros microscópicos. Pero, como hemos comentado, la
densidad de los agujeros negros es inversamente proporcional al cuadrado de su
masa. Por ello, la formación de esos agujeros negros no requiere tan solo mucha
energía, alcanzable en los aceleradores, sino también una inmensa densidad de
energía, algo mucho más difícil de alcanzar. Por otro lado, aunque el agujero
se formara se evaporaría muy rápidamente, antes de poderse tragar demasiada
materia.
Agujeros negros y teoría de supercuerdas
En la física estadística clásica, la entropía de
los sistemas termodinámicos puede ser obtenida, si se desea, a partir de
cálculos microscópicos relacionados con las partículas y la radiación que
constituyen el sistema. Sin embargo, eso no es posible en los agujeros negros,
ya que no podemos observar su interior. De hecho, la única información que
tenemos sobre los agujeros negros es su masa, su carga y su momento angular.
Los agujeros negros son holísticos: forman un todo no divisible en partes. Sin
embargo, en 1995, Strominger y Vafa consiguieron obtener la entropía de Hawking
y Bekenstein utilizando extensiones de la teoría de supercuerdas que toman en
consideración que las entidades básicas no son partículas, sino diminutas
cuerdas —como en la teoría de supercuerdas— y, además, diminutas plaquetas o
membranas de dos o más dimensiones. Ese resultado tiende un puente entre la
teoría de supercuerdas y teorías más vecinas a la realidad, aunque todavía no
verificadas.
Capítulo 19
Universo
Física cuántica y cosmología
En principio, resulta
sorprendente relacionar la física cuántica, utilizada habitualmente en los
dominios molecular, atómico y nuclear, con el cosmos, que es un sistema
inmenso. La relación se entiende si tenemos en cuenta que en los instantes
próximos al inicio, el universo que ahora podemos observar tenía un tamaño
comparable al de los núcleos. Así, para poder explorar el comportamiento del
universo en aquella etapa es necesaria una formulación del universo como
sistema cuántico, lo que requiere, entre otras cosas, una formulación cuántica
de la relatividad general, que es la teoría que describe la gravitación y la
dinámica del universo o, incluso, establecer una función de onda para el
universo en su globalidad, con las cuestiones conceptuales que ello implica
sobre superposición de diversos estados simultáneos del universo y de suma
sobre diversas historias, tema planteado con especial agudeza y pasión en la
obra de Stephen Hawking, o sobre las fluctuaciones cuánticas de un
espacio-tiempo espumoso primordial como posible factor iniciador aleatorio de
un número inmenso de universos.
Pero no es necesario llegar a esos extremos:
muchos fenómenos cósmicos de los primeros tres minutos están profundamente
relacionados con las partículas elementales y sus interacciones, y abren un
campo de experimentación más allá de los aceleradores; fluctuaciones cuánticas
en una etapa inflacionaria cuando el universo tenía apenas una millonésima de
billonésima de billonésima de segundo son consideradas actualmente como origen
de las semillas de las galaxias; el vacío cuántico puede jugar un papel
relevante como constituyente del universo que contribuya a acelerar su
expansión… Las resonancias entre física cuántica y cosmología constituyen un
campo muy rico para la investigación y la reflexión.
Las constantes físicas universales
Hemos comentado en el capítulo 4 la gran
sensibilidad de la síntesis nuclear del carbono en las estrellas con respecto a
los valores de las constantes físicas universales —velocidad de la luz,
constante de Planck, constante gravitatoria, masas del protón y electrón, carga
del electrón…— Así, un universo en que la constante de Planck fuera un diez por
ciento mayor o menor de su valor conocido, sería muy diferente al nuestro: solo
contendría hidrógeno y, tal vez, helio, pero prácticamente no contendría ningún
átomo más pesado. En ese sentido, los efectos cuánticos —entendidos,
sumariamente, como efectos relacionados con el hecho de que la constante de
Planck no sea nula—, son decisivos para el propio contenido del universo, en
lugar de ser una descripción limitada a lo microscópico.
Pero no debemos singularizar excesivamente el
papel de la constante de Planck: todas las constantes son relevantes para el
contenido del universo. Se plantea, pues, un problema profundo: ¿por qué esas
constantes tienen el valor que tienen, y qué permite que haya núcleos pesados y
vida? Hay con respecto a esta cuestión dos grandes tendencias científicas: la
de los que buscan una teoría más profunda que las actuales y que determine algunas
relaciones cruciales entre esas constantes, y la de los que creen que no existe
tal teoría, sino que las teorías más profundas que podamos imaginar dejan
abierta esa cuestión, que tal vez se podría responder pensando que hay muchos
otros universos, con valores diferentes de las constantes, y que por fuerza
hemos de habitar en un universo cuyos valores de las constantes físicas sean
compatibles con nuestra existencia.
Materia y antimateria en el universo
Al describir las partículas elementales hemos hablado
de la antimateria. Al abordar la cosmología, surge de inmediato una cuestión:
¿por qué hay materia en el universo, y no está hecho tan solo de luz? De nuevo,
nos enfrentamos al tema del contenido del universo. Si en el instante inicial
hubiera habido la misma cantidad de materia que de antimateria, el universo,
transcurridas unas pocas milésimas de segundo, habría sido solo de luz. En
efecto, al entrar en contacto, materia y antimateria se aniquilan en forma de
radiación. En muchos casos, esa radiación tiene tanta energía que a su vez
produce pares de partículas y antipartículas, pero si no se rompe la simetría
entre partículas y antipartículas, en un universo muy denso, donde las
partículas están en contacto muy frecuentemente las unas con las otras, en muy
poco tiempo se habrían aniquilado todas las partículas con todas las
antipartículas, y habría quedado un universo tan solo de luz y gravitación.
A veces resulta fascinante pensar en un universo
así, y preguntarse si en un universo como ese podría haber inteligencia sin
haber vida. En principio, esa posibilidad no se puede desestimar a
priori, ya que si la interacción entre ondas
electromagnéticas y gravitatorias tuviera elementos no lineales, sería posible
la existencia de puertas lógicas efímeras y computaciones no triviales a las
que tal vez podríamos llamar inteligencia. Pero esa cuestión desborda los
límites que nos hemos impuesto en este libro.
Así, la existencia de materia en el universo es
un problema abierto. La materia no es la respuesta definitiva y sólida a los
problemas del conocimiento, sino un problema en sí misma. En principio, la
física piensa en una simetría perfecta entre materia y antimateria, tal como
una simetría perfecta entre cargas eléctricas positivas y negativas. El
problema consiste en cómo se rompe esa simetría. Se conoce un ejemplo de ello:
la desintegración del kaón neutro. Se cree que una pequeña, ligerísima ruptura
de simetría, ha sido suficiente para que el universo tenga materia. Por
ejemplo, se supone que cuando el universo tenía billonésimas de segundo, por
cada diez millones de antiprotones había diez millones más un protones. En los
primeros instantes materia y antimateria pasan a luz, pero la temperatura es
tan elevada y los fotones tienen tanta energía que pueden restaurar los pares
partícula-antipartícula aniquilados. Sin embargo, al reducirse la temperatura,
llega un momento en que los fotones ya no pueden restaurar los pares
desaparecidos. Entonces, se produce una gran aniquilación: por cada protón que
hay actualmente, hubo diez millones más de protones, que se aniquilaron con
diez millones de antiprotones, y la radiación resultante se halla en la
radiación cósmica de fondo. Actualmente, uno de los objetivos de los
experimentos del LHC del CERN es precisamente estudiar la ruptura de esa
simetría.
Actualmente, en los grandes aceleradores, se
producen centenares de miles de millones de antipartículas cada año, pero aún
así, al ritmo a que se producen, el LHC debería trabajar más de cien millones
de años para llegar a fabricar un miligramo de antihidrógeno, de manera que ese
elemento sería inconcebiblemente más caro que cualquier material precioso que
hayamos conocido nunca.
La ruptura de simetría entre materia y
antimateria podría estar ligada a que el tiempo que las partículas pesadas
tardan en desintegrarse fuera ligerísimamente inferior al tiempo que tardan las
antipartículas. Si fuera así, durante el tiempo brevísimo en que el universo se
enfría lo suficiente para que la aniquilación de materia y antimateria sea
masiva e irrecuperable, quedarían un poco más de partículas que de
antipartículas ligeras, y por lo tanto subsistiría materia en lugar de
antimateria. Ahora bien, las observaciones llevadas a cabo con mesones B
neutros — mesones que contienen un quark b y otro quark, con carga eléctrica total nula—,
ponen de manifiesto una ruptura de simetría de ese tipo, pero en un grado tan
pequeño que la materia que habría podido subsistir en el universo habría podido
formar tan solo unas pocas galaxias, en lugar de los centenares de miles de
millones de galaxias que observamos. Por ahora, pues, la existencia de materia
en el universo sigue siendo uno de los grandes enigmas de la física.
¿Cuántas generaciones de partículas?
Al presentar la clasificación de partículas
elementales, hemos puesto de manifiesto la existencia de tres generaciones de
quarks y de leptones, y hemos dicho que con una o dos generaciones el universo
sería solo de luz, ya que no se habría podido romper la simetría entre materia
y antimateria. Veíamos, de nuevo, una relación profunda entre detalles
microscópicos del universo y su constitución. Nos preguntamos entonces qué
ocurriría si hubiera más de tres generaciones de quarks y leptones.
Los primeros argumentos que limitaron, a
principios de los años 1980, el número de generaciones a cuatro como máximo se
basaron en consideraciones cosmológicas, relacionadas con la abundancia
relativa de helio en el universo. En efecto, el número de generaciones afecta
al rendimiento de las reacciones nucleares de fusión del hidrógeno para dar
helio, de tal modo que si hubiera más de cuatro generaciones, la proporción de
hidrógeno y helio primordiales sería de setenta por ciento de hidrógeno y
treinta por ciento de helio, en lugar del setenta y cinco por ciento de
hidrógeno y veinticinco por ciento de helio observado en las galaxias
primitivas, y que concuerda con los cálculos del modelo cosmológico del big
bang. Posteriormente, en los años 1990, experimentos efectuados en el CERN
sobre el ritmo de desintegración de la partícula Z0 afinaron esta cota superior y establecieron en
tres el número máximo de generaciones —suponiendo que los neutrinos de las
generaciones superiores no tuvieran masas superiores a las de la propia
partícula Z0, cosa verosímil,
ya que las masas de los neutrinos son pequeñas—.
Figura 19.1. De izquierda a derecha, gas de nucleones —protones y neutrones—
separados, sin interacción nuclear; nucleones en contacto mutuo, en la materia
nuclear; plasma de quarks. En este último, los quarks no están agrupados de
tres en tres formando protones y neutrones, sino que se constituyen en un gas
denso de quarks libres, muy próximos los unos a los otros —por comodidad, no se
representan los gluones intercambiados entre ellos—.
La información cósmica
sobre partículas elementales no se limita a eso. Cuando el universo tenía una
edad del orden de las diezbillonésimas de segundo, tuvo lugar en él una
transición desde un plasma de quarks y gluones a hadrones, de los cuales solo
subsisten los protones y neutrones. En otras palabras, en lugar de formar un
gas muy denso de quarks prácticamente libres, los quarks se unieron de tres en
tres o de dos en dos para dar bariones y mesones. Actualmente, se intenta
reproducir en el laboratorio el proceso inverso: pasar de materia nuclear
—protones y neutrones— a plasma de quarks y gluones, haciendo chocar núcleos
pesados a grandes velocidades. Seguramente, lo que aprendamos en el laboratorio
nos hará observar nuevos detalles del universo, relacionados con esa
transición.
También los neutrinos constituyen un campo de
pruebas prometedor. Ya hemos comentado que los neutrinos atraviesan con
facilidad planetas y estrellas, que resultarían opacos para la luz. Por ello,
uno de los objetivos de la cosmología observacional es intentar llevar a cabo
un análisis detallado del fondo de neutrinos cósmicos —procedentes, por
ejemplo, de la fusión nuclear primordial del hidrógeno para dar helio— tal como
se ha estudiado con gran detalle las características de la radiación de fondo
de microondas. Con ello, se podrían explorar características globales del
universo cuando tenía apenas segundos, en tanto que el estudio de la radiación
cósmica de fondo solo nos permite explorar las etapas posteriores a los
trescientos ochenta mil años, momento en que radiación y materia se
desacoplaron y el universo se volvió transparente a la radiación
electromagnética.
Aceleradores de partículas y cosmología
Al referirse a los grandes aceleradores de
partículas, los medios de comunicación dicen que nos permiten acercarnos al
inicio del universo. En realidad, los aceleradores no funcionan como máquinas
del tiempo que nos pueden retrotraer a aquellos instantes. Lo que significa esa
afirmación es que los aceleradores nos permiten conocer cómo son los procesos
predominantes a temperaturas muy elevadas —temperatura elevada significa
energía media elevada de las partículas—. Como el universo primitivo estaba muy
caliente, cuanto mayor sea la energía que podamos explorar, más nos acercaremos
al momento inicial.
Sin embargo, la idea puede inducir a engaño. Las
energías alcanzadas actualmente en el LHC corresponden a las temperaturas que
tenía el universo cuando contaba poco menos de billonésimas de segundo. Para el
gran público, ello representa estar muy próximo al origen del universo. Pero
para los físicos, no es así. Para poder acercarnos no a las billonésimas, sino
a las billonésimas de billonésimas de segundo, sería necesario aumentar en un
factor diez mil, como mínimo, la energía de los aceleradores, cosa que está muy
lejos de nuestras posibilidades. Por otro lado, las mediciones hechas en los
aceleradores difieren del estado del universo a aquella temperatura al menos en
tres sentidos: contienen un gas muy diluido (cien millones de veces inferior a
la densidad del agua) en tanto que en el universo era al menos mil millones de
veces más denso que el agua, con lo cual carecemos de información sobre efectos
colectivos; en los aceleradores se tiene un sistema fuera del equilibrio
termodinámico, en tanto que el universo estaba en equilibrio; finalmente, en
los aceleradores el espacio no se expande, pero sí se expandía, y muy
rápidamente, en el universo. Por ello, los aceleradores nos dan informaciones
indudablemente valiosas, pero tan solo parciales, de las etapas primitivas del
universo, y nos falta mucho para alcanzar una visión de los orígenes del
universo —visión tal vez inalcanzable—.
Las semillas cuánticas de las galaxias
La idea de que el universo tuvo una etapa de
expansión exponencial rapidísima cuando contaba entre 10–36 segundos y 10 –32 segundos, aproximadamente, constituye la base
del llamado modelo cosmológico inflacionario, propuesto por Alan Guth en 1981.
En dicho modelo, una transición de fase en el vacío cuántico metaestable habría
liberado mucha energía y habría producido una explosión mucho más rápida que la
supuesta en el modelo usual del big bang. En el intervalo mencionado, el radio
del universo se habría multiplicado por diez treinta veces, mientras que en el
modelo clásico se habría multiplicado por diez dos veces —es decir, se habría
multiplicado por cien—.
Esa expansión tan rápida presenta diversos
atractivos. El principal es el de resolver el problema del horizonte cósmico,
que consiste en que la temperatura de la radiación cósmica de fondo tiene el
mismo valor en todas las direcciones hacia donde miremos, salvo fluctuaciones
diminutas. El problema estriba en que esta coincidencia se da incluso para
zonas del universo tan alejadas entre sí que en el modelo clásico no habrían
estado nunca en contacto mutuo. En cambio, con la inflación rapidísima, zonas
ahora muy alejadas las unas de las otras estuvieron en contacto directo en
etapas iniciales del universo, por lo cual es natural que sus temperaturas sean
casi idénticas. Además, el modelo inflacionario explica por qué no se observan
monopolos magnéticos, por qué el universo es prácticamente plano, y la
distribución de las fluctuaciones de la temperatura de la radiación de fondo.
En cambio, no resulta clara ni la duración de esta expansión ni el
recalentamiento posterior del universo.
Figura 19.2. Imagen de las fluctuaciones de la radiación de fondo de
microondas, según el satélite WMAP. Los puntos más claros corresponden a zonas
de mayor densidad de masa y actuaron como semillas de agregación de las
primeras galaxias. Se cree que dichas semillas tuvieron su origen en
fluctuaciones cuánticas del universo primitivo, ampliadas posteriormente en la
etapa inflacionaria (Imagen CC Nasablueshift).
Uno de los argumentos
observacionales a favor del modelo inflacionario está relacionado con la
distribución de las pequeñas fluctuaciones de densidad que actuaron como
semillas de las galaxias primitivas. Esas fluctuaciones fueron observadas por
primera vez por el satélite COBE en 1992 (premio Nobel de Física de 2006) y por
los satélites WMAP en 2002 y Planck en 2013 ya que están estrechamente
relacionadas con las fluctuaciones de temperatura de la radiación cósmica de
fondo de microondas. Esas fluctuaciones corresponden al estado que tenía el
universo en el momento en que la radiación y la materia se desacoplaron entre
sí, porque la materia empezó a pasar de la forma ionizada a la forma atómica
neutra —es decir, los núcleos de hidrógeno y de helio empezaron a capturar a
los electrones libres y a convertirse en átomos neutros, cuya interacción con
la luz es mucho menor que la de los electrones libres—. Ese desacoplamiento
tuvo lugar cuando el universo tenía unos trescientos ochenta mil años.
Con ello, la presión de la radiación dejó de
surtir efecto homogeneizador sobre la materia, y esta se empezó a agregar,
conduciendo a las galaxias primitivas. Los puntos donde se fue acumulando la
materia fueron aquellos en que, por el azar de las fluctuaciones, tenían entonces
una densidad ligeramente mayor que la de los alrededores, ya que eso supone una
atracción gravitatoria ligeramente mayor sobre los átomos de sus alrededores.
Esas zonas actuaron como semillas de las galaxias primitivas, observables en
las imágenes obtenidas por los satélites mencionados. El estudio detallado de
la distribución espacial de esas fluctuaciones conduce a la conclusión de que
tienen su origen en fluctuaciones típicamente cuánticas, amplificadas por la
rápida expansión de la etapa inflacionaria. Así, un fenómeno en principio tan
microscópico e imperceptible como las fluctuaciones cuánticas, podría estar en
el origen de algo tan grande como las galaxias.
¿Semillas cuánticas del universo?
Según la cosmología de la gran explosión o big
bang en ausencia de efectos cuánticos, antes del inicio del universo no había
ni tiempo, ni espacio, ni materia. Espacio, tiempo y materia surgirían
conjuntamente en un inicio común, con densidad y temperatura infinitas,
singularidad pura más allá de las leyes de la física. Al incorporar la física
cuántica, en conexión con la relatividad general, surge la posibilidad de que
la densidad y la temperatura iniciales no fueran infinitas sino finitas —en
algunas versiones de la teoría de supercuerdas el universo empieza con
temperatura nula— y de que existiera un espacio-tiempo primordial fluctuante,
donde espacio y tiempo se confunden entre sí en una especie de espuma diminuta,
que se rasga y se rehace incesantemente. Pero ¿cómo se pasa de esa entidad
fluctuante a una extensión vastísima de espacio, tiempo, luz y materia? Algunas
ideas físicas sugieren que el universo —el nuestro, y quizá muchos otros—
habría podido surgir de una fluctuación del vacío cuántico.
Algunos investigadores, especialmente Andrei
Linde y Alexander Vilenkin, han propuesto que las explosiones inflacionarias
del vacío no se han producido una sola vez, para dar lugar a nuestro universo,
sino que se irían produciendo al azar, ampliando de repente una zona muy
pequeña para convertirla en un nuevo universo en fracciones ínfimas de segundo,
y conduciendo a un conjunto ramificado de universos. Como resultado de esta
inestabilidad explosiva y caótica del vacío cuántico, el universo sería en
realidad un laberinto de universos, la mayoría de los cuales darían lugar a su
vez a nuevos universos.
Así, tanto en la gravedad cuántica del vacío
primordial como en la cosmología inflacionaria del vacío cuántico metaestable
se abre la sospecha de que no haya un solo universo, sino muchos universos que
vayan surgiendo como fluctuaciones aleatorias de un vacío cuántico, la inmensa
mayoría de ellos incompatibles con la vida. El vacío no sería ausencia pura,
sino potencialidad en continuo tanteo.
Según el principio de incertidumbre, la duración
de las fluctuaciones es del orden de la constante de Planck dividida por su
energía. Si la energía es pequeña, la fluctuación puede tener una vida larga.
Aparentemente, podríamos pensar que la energía del universo es tan grande que
no es concebible tratarla como una fluctuación cuántica. Sin embargo, es
posible que su energía total sea nula, si la energía negativa de la atracción
gravitatoria cancela la energía positiva de la expansión y la masa. Si la
fluctuación cuántica pudiera deformar suficientemente el espacio-tiempo, se
podría dar el caso de que esa deformación aumentara rápidamente, con energía
negativa, y que la energía liberada por ella produjera el contenido del
espacio-tiempo. De esta manera, la deformación del espacio-tiempo y su
contenido material estarían profundamente vinculados, y podrían ir creciendo, cada
vez más negativa una y más positiva la otra, y dando lugar a un universo en
expansión.
Capítulo 20
Conciencia
Física cuántica, arte y espiritualidad
La física cuántica combina
la claridad irrefutable de los resultados prácticos con la constatación de un
carácter misterioso, unitario y escurridizo del mundo. Con razón o sin ella,
desde el conocimiento, la perplejidad, la retórica, o la pura y simple confusión,
la física cuántica es vista como más que una teoría física. Algunos hallan en
ella una corroboración de sus intuiciones desde la autoridad de la ciencia;
otros escuchan en ella un murmullo balbuceante de una voz amiga que les habla
de libertad y de misterio; otros recorren en sus ecos un camino de fusión casi
mística con una realidad trascendente y global; otros la ven como un fértil
encuentro entre ciencia occidental y espiritualidad oriental. Pocos se sienten
rechazados por ella, a diferencia de lo que ocurrió con el racionalismo
determinista de la física clásica, que tanto entusiasmó a algunos y tanto
agobió a otros.
Los físicos, en general, se sienten incómodos en
ese campo de extrapolaciones, interpretaciones y mixtificaciones, en esa
turbulencia indomable de credulidades, ilusiones, esperanzas, embaucamientos y
pedanterías. Saben que cuando el público interpreta «libertad», «globalidad»,
«armonía», ellos han dicho, con tanta meticulosidad, precisión y prudencia como
han podido, «indeterminismo», «entrelazamiento», «complementariedad». Aun
conociendo bien ese riesgo, creo que vale la pena intentar una síntesis de las
resonancias culturales, e incluso espirituales, de la física cuántica.
Trataremos tres aspectos: la física cuántica como inspiradora del arte y la
literatura; como supuesta indagadora de la conciencia y la libertad; o como
campo de apertura hacia la mística y la religiosidad.
Se podría tratar, también, la influencia sobre
la difusión de la cultura de los dispositivos surgidos de la física cuántica,
como los discos compactos, los ordenadores y sus redes sociales, la
televisión…: toda una mutación en la sociología de la cultura, decisiva en la
formación de una cultura —y una incultura— de masas, e incluso en la
elaboración de algunos mitos —los láseres de películas como las de James Bond
y La guerra de las galaxias,
la utilización de hologramas o la teleportación en la ciencia ficción. Pero
eso, aunque importantísimo, es básicamente instrumental, y nos apartaría de
nuestra indagación centrada en lo que es la mecánica cuántica.
Física cuántica y arte
La física cuántica ha sido una fuente de
inspiración para un número considerable de artistas. Salvador Dalí fue uno de
los artistas más interesados por la ciencia, más inquietos por las novedades
conceptuales que esta abre y vehicula. La relatividad y la física cuántica le
interesaron desde su juventud, y fueron fuente de inspiración para él en muchas
ocasiones, como se manifiesta en su pintura y en su abundante obra escrita —en
catalán, francés y castellano—. Entre los años 1920-1930, su fuente principal
de inspiración fue el psicoanálisis, y Freud fue su figura más admirada. En
1945, la explosión de las bombas nucleares cambia su percepción del mundo. Él
mismo cuenta esa conversión en Diario de un genio, en el «Manifiesto de la antimateria»: «Durante el
período surrealista he deseado crear la iconografía del mundo interior, el
mundo de lo maravilloso, de mi padre Freud; lo he logrado./ En la actualidad,
el mundo exterior —el de la física— ha trascendido al de la psicología. Mi
padre, hoy, es el doctor Heisenberg./ Con los pi-mesones y los más gelatinosos
e indeterminados neutrinos deseo pintar la belleza de los ángeles y de la
realidad. También quisiera lograrlo muy pronto./ Mi ambición, todavía y
siempre, consiste en integrar las experiencias del arte moderno a la gran
tradición clásica. Las últimas microfísicas de Kevin, Mathiu y Tàpies deben ser
nuevamente utilizadas “para pintar”, porque son justo lo que era, en su época,
la “pincelada” de Velázquez, de quien el sublime poeta, Quevedo, decía ya que
pintaba “con manchas y puntos separados”».
Resulta revelador el texto «Com pregar Déu sense
creure-hi» (Cómo rezar a Dios sin creer en Él) donde dice: «La explosión
atómica del 6 de agosto del 1945 me había estremecido sísmicamente. Desde aquel
momento, el átomo fue mi tema de reflexión preferido. Muchos de los paisajes
pintados durante ese período expresan el gran miedo que experimenté con la
noticia de aquella explosión. Aplicaba mi método paranoicocrítico a la
exploración de aquel mundo. Quiero ver y comprender la fuerza y las leyes
ocultas de las cosas para apoderarme de ellas. Para penetrar en la médula de la
realidad, tengo la intuición genial de que dispongo de un arma extraordinaria,
el misticismo, es decir, la intuición profunda de lo que es, la comunión
inmediata con el todo, la visión absoluta por gracia de la verdad, por la
gracia divina. Más fuerte que los ciclotrones y que los ordenadores
cibernéticos, en un instante, puedo penetrar los secretos de la realidad, pero
es ante el paisaje de Portlligat donde esta visión resultará certeza y donde
todo mi ser abrazará la luz trascendental de este lugar sagrado». Entre otras
pinturas de esa época, podemos recordar la «Leda atómica», que vincula la
mítica metamorfosis de Zeus en cisne con la nueva metamorfosis del átomo en
energía. También representó en algunas ocasiones el característico hongo de las
explosiones nucleares, y la belleza equívoca y sombría de su majestuosidad
terrorífica. Fue, asimismo, el primer artista conocido en investigar con
hologramas, con la ayuda de Denis Gabor, el inventor de esa técnica: en 1974,
en una galería de Nueva York, hizo la exposición «La tercera dimensión: primera
exposición internacional de hologramas concebida por Dalí»; y al año siguiente
ideó dos cronohologramas —hologramas en movimiento— sobre «El cerebro de Alice
Cooper» y «Dalí pintando a Gala». Rastrear las referencias a la física cuántica
en sus abundantes textos requeriría más espacio del que disponemos aquí.
Antoni Tàpies, pintor profundamente interesado
en la materia y con gran curiosidad por el budismo y la espiritualidad oriental
en general, manifestó en muchas ocasiones su interés por la física cuántica
—por las plenitudes del vacío, por la superación de dualidades—, como vía
sorprendente de exploración acerca de la materia, en tono menos retórico, menos
vital y más reposado que el de Dalí. En 2009, la artista visual Eugenia
Balcells realizó en Barcelona la exposición «Freqüències», en que los espectros
atómicos ocupaban un lugar central: sus barras y coloraciones eran el eje de un
juego fascinante de colorido; posteriormente, la artista colaboró con químicos
en el montaje de una exposición sobre la tabla periódica de los elementos, en
que para cada elemento aparecía la parte visible de su espectro de emisión, con
resultados muy llamativos.
Física cuántica y literatura
La producción ensayística y de divulgación sobre
física cuántica es inmensa, pero en el poco espacio de que disponemos nos
centraremos en la presencia de la física cuántica en novelas, en obras de
teatro, en poemas. Las arduas y complejas cuestiones morales relacionadas con
la bomba atómica y los personajes que las encarnaron, como Oppenheimer en su
disputa con Eduard Teller, o Linus Pauling, Bertrand Russell, Niels Bohr,
opuestos al desarrollo de esas armas, han inspirado obras que complementan, en
su conjunto, las novelas sobre espías dedicados a conseguir los secretos
nucleares de las potencias enemigas.
Entre las novelas, podemos mencionar Las
partículas elementales de Michel
Houellebecq, donde uno de los protagonistas forma parte del equipo de Alain
Aspect que en París lleva a cabo experimentos sobre la desigualdad de Bell, de
que hemos hablado en el capítulo 14. Otras novelas relacionadas con el mundo de
las partículas elementales, especialmente en el ambiente internacional del CERN
son: Atlas occidental, de Del
Giudice;Quantic Love, de Sonia
Fernández Vidal; el best-seller Ángeles y demonios, de Dan Brown, en que se contempla la posibilidad de
una bomba de antimateria… O los conjuntos de narraciones Els
àngels quàntics (1994) de Lluís
Racionero, o la imaginativa narración La puerta de los tres
cerrojos, de Sonia Fernández Vidal (2009).
En teatro, podemos mencionar las obras Los
físicos (1962), de Friedrich Dürrenmat,
sobre físicos nucleares confinados en un sanatorio mental por sus reservas
éticas frente a la realización de una bomba; Copenhague (1998), de Michael Frayn, que se desarrolla alrededor
del encuentro de Heisenberg y Bohr en Copenhague, en 1941, durante la ocupación
nazi de Dinamarca, y sus discusiones sobre la vida, el poder y la posibilidad
de la bomba atómica; Hapgood (1988),
de Tom Stoppard, sobre dualidades y espionaje; QED (1995) de Peter Parnell, un breve repaso
dramatizado de la vida de R. P. Feynman, iniciador de la electrodinámica
cuántica (quantum electrodynamics, QED), centrado en sus grandes preguntas sobre el
mundo; el espectáculo The ethics of progress (2012), de Jon Spooner, Chris Thorpe y Clare
Duffy se basa en los conceptos de entrelazamiento cuántico, teleportación,
dualidad onda partícula; El temps de Planck, de Sergi Belbel y Oscar Roig, un juego sobre el
concepto del tiempo de Planck en una situación de la vida cotidiana. La
película Y tú qué sabes (2004),
de la Escuela Ramtha de la Iluminación, ha conseguido un número muy grande de
espectadores: bien realizada y suficientemente clara en muchos puntos, es, sin
embargo, excesivamente subjetivista y deja en el espectador la idea de que él
es creador de la realidad, sin mencionar que la observación de un sistema
cuántico no crea la realidad que nosotros queremos, sino que da resultados
impredecibles e incontrolables.
En poesía, hay asimismo abundantes referencias a
la física cuántica. Ello no es de extrañar, porque, como dijo Niels Bohr,
«Cuando llegamos a los átomos, solo puede usarse el lenguaje como en poesía».
El estudio de D. Albright, Quantum Poetics: Yeats, Pound, Eliot,
and the Science of Modernism, explora las metáforas
científicas en la poesía de la modernidad de esos y otros autores; también Hans
Magnus Enzensberger trata este tema, dentro de su interés general por las
relaciones entre ciencia y poesía, en el volumen antológico Los
elixires de la ciencia; El
árbol de Chernobyl, de Lucila Velásquez,
describe brillante y sugestivamente la marcha de la nube radiactiva de la
explosión de Chernobyl sobre Europa, combinando expresiones científicas con
referencias al mundo del arte y del paisaje, en un libro especialmente
sorprendente y hermoso;El tamaño del universo, de Ángela Vallvey; Teoria del
strip-tease aleatori, de Josep Perelló, que
está dedicado a caminos aleatorios, el principio de incertidumbre de Heisenberg
y la apuesta religiosa de Pascal. Reproduzco aquí uno de mis poemas sobre la
cuántica, traducidos al castellano en Las escrituras del
universo (2005), y titulado «Dualidad
onda-corpúsculo»:
Ser o no ser: ¿es esta la cuestión,
o ser y no ser a la vez, serlo todo,
ser a un tiempo todas las respuestas,
todas las posibilidades, todos los caminos,
todas las presencias en todo el espacio?
Ah, ¡qué extraño, qué rico, el mundo,
antes de la pregunta y de la lógica,
antes de la medida y el instrumento,
antes de colapsarse en una sola
presencia definida, antes de ser
respuesta a una pregunta limitada!
Posición, velocidad: esta lluvia
de atributos familiares que la medida
impone a la presencia. Onda, corpúsculo:
maneras como un Ser más profundo
se nos muestra como Ser —¡y tan nuestro
que lo creíamos, tan concreto, tan ajustado
a nuestra forma de percibir!
En la luz, la paradoja y la claridad,
la donación y el desafío,
la conciliación y la antítesis,
la onda y el corpúsculo.
En el libro Cántico cósmico, de Ernesto Cardenal, también hay abundantes
referencias a la física cuántica; en particular, uno de los largos poemas que
componen ese fascinante libro que se titula precisamente «Cántico cuántico»:
…
«la palabra realidad no es utilizable para las partículas».
En principio no hay el vacío absoluto.
O un vacío absoluto en todos los sentidos.
El electrón puede no haber salido de ninguna parte
Pero dejó algo en la nada de donde salió.
Una especie de hueco en el vacío, o invisible burbuja de la nada.
…
La gravedad es el espacio-tiempo curvado, enrevesado,
Y al mismo tiempo el espacio-tiempo tiene estructura de espuma
Y se desvanece como espuma sobre la arena.
…
La materia aparece cada vez menos materialista.
«El fuerte aroma místico de la nueva física». (P. Davies).
O al menos el materialismo
cuántico es cada vez más fantasmagórico.
¡Las partículas cuánticas sub-atómicas son tan
ilógicas!
El lector que se haya detenido en el capítulo
17, sobre el vacío cuántico, o el capítulo 19, sobre cosmología, habrá
encontrado ya la alusión a la posible estructura espumosa de un espacio-tiempo
fluctuante mencionada en estos versos.
Física cuántica, conciencia y mística
En algunas ocasiones se ha intentado relacionar
las bases físicas de la conciencia con la física cuántica, como hemos comentado
en el capítulo 10, y el indeterminismo cuántico con la libertad, como hemos
dicho en el capítulo 12. No volveremos aquí a hablar de la conciencia en ese
sentido, sino en el sentido de visión del mundo, de lucidez ante el mundo y de
nuestro lugar en él. En ese sentido, toda ciencia profunda puede ayudar a
enriquecer la conciencia sobre la realidad, sea de forma analítica y crítica o,
en las personas propensas a ello, a través de una vertiente mística, de fusión
unitiva con el mundo a través de esa conciencia.
En ese sentido, la ciencia puede tener una
dimensión de religiosidad —como lo reconoció Einstein en algunos hermosos
párrafos de sus conferencias— en el doble sentido etimológico de releer —re-legere— la realidad y de religarse —re-ligare— a ella. La matemática pitagórica va más allá de la
geometría y se adentra en la posible esencia divina subyacente a la realidad
sensible. La física newtoniana, situándonos en un sistema planetario
inteligible y lógico, nos une a él a través de la razón; lo mismo ocurre con la
teoría electromagnética de la luz, que nos enfrenta a una realidad que desborda
tan ampliamente lo visible, o con la evolución biológica, que nos sume en el
flujo de un tiempo que nos une a todas las especies, o con la biología
molecular, que nos hace saber que compartimos una lógica genética con los otros
seres vivos.
En el caso de la física cuántica, las
consideraciones sobre su posible impulso místico han sido más intensas que en
las teorías que acabo de mencionar. Ello se debe a su sensación de sorpresa
ante la realidad, de superación de las dualidades para entrar en una
complementariedad, de sentido global, holístico, de la realidad, con su
sorprendente superación de la localidad, y la participación holográfica de cada
parte en la realidad global. Pero en el caso de la física cuántica hay un
elemento añadido que ha contribuido a popularizar esa dimensión: algunos paralelismos
con la visión del mundo de las sabidurías y religiones orientales.
Fritzjof Capra, en El Tao de la
Física (1975), Gary Zukav en The
dance of the Wu Li Masters (1979), el
Dalai Lama en El universo en un solo átomo: cómo la unión entre
ciencia y espiritualidad puede salvar el mundo (2005), Vic Mansfield, en Tibetan Buddhism and Modern
Physics: toward a union of love and knowledge (2008) y otros autores, en una tradición emergente de budismo cuántico
—o, mejor dicho, de física cuántica interpelando al budismo— han subrayado
analogías seductoras entre algunos aspectos de la física cuántica y la visión
oriental del universo, que posteriormente se ha ido ampliando al campo de la
biología y de las tradiciones místicas de occidente. En la visión cuántica de la
realidad, una partícula, mientras no es observada, estaría simultáneamente en
todas las posiciones y tendría todas las velocidades. Solo al observar su
posición pasaría a estar en una posición concreta, después de colapsarse su
función de onda. Si consideramos que la realidad auténtica es como esta
partícula no observada, danzando simultáneamente en todas las velocidades y
posiciones, podríamos decir que una partícula en una posición concreta o de un
universo en un estado dado sería una visión engañosa de la realidad, la cual es
básicamente inasible, fluidamente cambiante. Además, las espiritualidades
orientales atribuyen un papel importante al vacío dinámico, al sunyata; en ellas, la realidad física del mundo es, sobre
todo, ilusión, engaño sensorial, y la realidad auténtica es la negación, el
vacío, el despojamiento. Llegar a liberarse del yo es la culminación de la
historia de cada humano. El vacío cuántico, pletórico de actividad y
posibilidades, constituye un atractivo paralelismo para el sunyata, al menos en apariencia.
Los estados sorprendentes de la materia han
suscitado asimismo el interés en la perspectiva de los estados de la
meditación, en la tradición contemplativa. Maharishi Mahesh Yogui, por ejemplo,
ha buscado analogías entre el estado mental al que uno llega en la meditación y
el estado fundamental de un superconductor: es decir, un estado coherente,
global, sincronizado, en que todo el interior es resonancia consigo mismo. El
paradigma holográfico —global, pero con la globalidad reflejada en cada una de
sus partes— ha sido también tema de interesante discusión entre David Bohm y
Krishnamurti. La intimidad entre sujeto y objeto, entre mente y materia, entre
el todo y sus partes, constituye ciertamente un campo de reflexión —no
estrictamente científico, sino contemplativo y filosófico—. Desgraciadamente,
en muchas ocasiones se presenta la física cuántica como una demostración
definitiva e incontrovertible de esas intuiciones, convirtiéndola en una pieza
de un dogmatismo más. Es conveniente, creo, tener el valor de reflexionar sobre
analogías seductoras, pero sin buscar en ellas demostraciones de otros órdenes
de realidad.
En el contexto teológico cristiano, la lógica
cuántica puede resultar útil como ejemplo de una razón diferente de la nuestra,
y más potente que la nuestra y con la cual, sin embargo, podemos dialogar
mediante nuestra razón. La lógica cuántica, superadora de dualidades, ¿podría
ayudarnos a reflexionar sobre las dualidades aparentemente irreconciliables
entre un Dios bueno y todopoderoso pero que consiente el mal? ¿O entre un Dios
omnisciente y la libertad humana? Cuestiones sobre la ontología, la teoría del
conocimiento y la biología sugeridas por la física cuántica han sido elaboradas
en este contexto por Gennaro Auletta.
Esas consideraciones, en conjunto, son
interesantes, en cuanto estimulan el diálogo entre un cierto espíritu sintético
oriental y analítico occidental —suponiendo que la simplificación drástica y
simplista de esos términos tenga algún valor—. Sin embargo, utilizar la física
cuántica para subestimar la importancia de la tradición analítica del
pensamiento occidental lleva a engaño. En efecto, si consideramos seriamente
que el mundo es una ilusión, podríamos dejar aquí nuestra exploración. ¿Para
qué dedicar, si no, tanto esfuerzo a las sutilezas de la geometría, al número
de dimensiones, a las simetrías perfectas o rotas, a los números que rigen con
tanta precisión un mundo de sueños? La física cuántica invita a la exploración,
la inquietud y la sorpresa, es un camino abierto y no, por ahora, un punto de
llegada.
Conclusión
La física cuántica y la estructura del mundo
Quince ideas
Hemos terminado un largo viaje por aspectos muy
diversos de la física cuántica. Es hora de recapitular las cuestiones más
relevantes, antes de despedirse. Una manera de hacerlo es releer las diez ideas
—cinco para cada parte del libro— que propusimos como punto de partida y guía
de la lectura, y que repetimos aquí para comodidad del lector. Ahora,
deberíamos estar más familiarizados con ellas, con sus matices, su significado,
sus aplicaciones, su historia.
En la primera parte, hemos destacado las
siguientes ideas esenciales del formalismo de la física cuántica, y las
numerosas aplicaciones a que da lugar:
1. Las ondas tienen asociados aspectos corpusculares:
intercambian su energía en múltiplos de un cuanto de energía dado por la
constante de Planck multiplicada por la frecuencia de la onda. Las partículas
tienen asociados aspectos ondulatorios, caracterizados por una longitud de onda
dada por la constante de Planck dividida por la cantidad de movimiento (que es
la masa multiplicada por la velocidad). La constante de Planck, pues, juega un
papel central en la física cuántica. Si fuera nula, prácticamente todos los
aspectos cuánticos desaparecerían.
2. En los sistemas físicos confinados en un espacio
finito la energía, velocidad lineal, velocidad angular, momento magnético y
otras magnitudes no pueden tener valores arbitrarios, sino cuantizados.
3. Al pasar de un nivel energético a otro, los
sistemas emiten —o absorben— un cuanto de radiación, cuya frecuencia
característica viene dada por la diferencia de energías dividida por la
constante de Planck. Ello ocurre, por ejemplo, con los electrones en los
átomos, con los protones y neutrones en los núcleos atómicos, con los
electrones y agujeros en los semiconductores, con los imanes en un campo
magnético.
4. Las ondas asociadas a las diversas partículas de un
sistema interfieren entre sí y, a bajas temperaturas, pueden dar al sistema un
comportamiento coherente —unísono, organizado, reforzado— de todas sus partes,
que anulan su resistencia a los movimientos internos y le proporcionan una
conductividad eléctrica o térmica extraordinariamente elevada.
5. Los efectos anteriores permiten comprender la
estructura de átomos, núcleos atómicos y moléculas y las relaciones entre
partículas elementales y son la base de una riquísima tecnología con un alto
impacto social: electrónica en general (radios, televisores, ordenadores,
teléfonos móviles), láseres, cámaras digitales, células fotoeléctricas, células
fotovoltaicas, diodos emisores de luz, superconductores, discos compactos CD,
DVD y Blu Ray, fibras ópticas, centrales nucleares, armas nucleares, radioterapia,
resonancia magnética nuclear… En la segunda parte, nos hemos referido a cinco
conceptos sorprendentes pero esenciales de la física cuántica, sin los cuales
no sabríamos interpretar las manipulaciones operacionales efectuadas a partir
del formalismo de la primera parte:
6. Partículas y ondas no son los entes físicos más
profundos, sino maneras complementarias de manifestarse una realidad más
profunda todavía, según el tipo de situación física que se está tratando
(principio de complementariedad).
7. No es posible conocer simultáneamente y con
precisión arbitrariamente elevada la posición y la cantidad de movimiento (masa
por velocidad) de una partícula, o de algunos otros pares de variables
(principio de incertidumbre). Por ello, en los sistemas cuánticos, solo es
posible una descripción estadística, cuya distribución de probabilidad está
dada por la función de onda. La forma de la función de onda y su evolución
temporal están regidas por la ecuación de Schrödinger.
8. Las condiciones físicas de un sistema especifican
el conjunto de valores que se puede obtener al medir sus magnitudes. Sin
embargo, el valor concreto que se obtendrá en una medición concreta es
aleatorio, impredecible, radicalmente indeterminado (principio de
indeterminación). En la física cuántica, el futuro no está predeterminado por
el presente, a diferencia del determinismo de la física clásica.
9. Cuando no son observados, los sistemas cuánticos se
hallan simultáneamente en todos sus estados compatibles con la situación física
considerada (superposición). Al efectuar una medición, se colapsa la función de
onda y el sistema pasa a estar en un solo estado —o en un subconjunto de
estados compatibles con la medición—. Ello da a la física cuántica una lógica
diferente de la habitual, en que son compatibles, por ejemplo, la validez
simultánea de dos estados clásicamente incompatibles —por ejemplo, afirmación y
negación, A y no A—. Esa lógica, y la capacidad de efectuar simultáneamente
muchas operaciones diversas, otorga a la física cuántica una gran potencia
computacional.
10. Cuando dos sistemas cuánticos tienen un origen
común, sus funciones de onda quedan entrelazadas en una sola función de onda
por mucho que se separen. Eso hace que al observar uno de los sistemas, la
observación afecte simultáneamente al otro, por lejos que esté, ya que se
produce el colapso de la función de onda entrelazada común, y no tan solo el de
la función de onda del sistema medido. La realidad cuántica es global. Ahora,
podemos añadir a esta lista cinco comentarios más, relacionados con el papel de
la física cuántica en la lógica del mundo. Cuando partimos del orden preciso y
elegante de la física clásica y nos adentramos en la incertidumbre y la
indeterminación de la física cuántica sentimos a veces un cierto desasosiego
einsteiniano, y la tentación de pensar que la física cuántica es un barrio
lujoso y sofisticado de la metrópolis clásica, una ampliación hermosa y algo
vaporosa del núcleo de la física, pero no su centro. Contemplamos el orden
planetario, el giro solemne de las galaxias, la silenciosa y velocísima marcha
de la luz, la turbulencia de los vientos y las nubes, el ritmo de las mareas,
la fuerza de las corrientes marinas y de la deriva de los continentes: todo un
mundo —parece— que podría existir sin la física cuántica, y para el cual la física
cuántica resulta aparentemente irrelevante. Pero no es así: la física cuántica
es mucho más que una ampliación o una corrección a la física clásica, es una de
las bases de nuestra realidad. La física cuántica nos ilumina sobre la
consistencia lógica de constituyentes básicos del universo que, sin ella,
parecen veleidades superfluas en la arquitectura del mundo; además, juega un
papel decisivo sobre las posibilidades de existencia de niveles más complejos
de la realidad con cualidades emergentes, que quedarían truncadas sin la física
cuántica:
11. La existencia de la antimateria es,
conceptualmente, una consecuencia de la compatibilidad entre física cuántica y
relatividad especial —en la física clásica, la antimateria no estaría
necesariamente prohibida, pero parecería un capricho sin lógica ni necesidad.
La física cuántica nos ilumina también sobre la lógica subyacente a un segundo
exceso de la realidad: la existencia de tres generaciones de quarks y leptones,
en tanto que la realidad que conocemos está formada tan solo por una generación
—la más ligera— de esas partículas —a saber: protones y neutrones, constituidos
por quarks u y d, electrones y neutrinos, y
fotones—. La física cuántica concluye que con menos de tres generaciones de
quarks y leptones, no se habría roto la simetría entre materia y antimateria y
el universo sería tan solo de luz. Así, la segunda y tercera generaciones de
quarks no son, tampoco, una veleidad superflua, sino un constituyente lógico
del mundo. La física cuántica sugiere todavía un tercer exceso: la
supersimetría, que haría corresponder a cada partícula elemental de la materia
(fermiónica, de espín semientero) la existencia de una partícula bosónica (de
espín entero, como las que actúan como intermediarias de las interacciones) y
viceversa. Esa simetría en el espejo de los espines —para decirlo con términos
evocadores— mitigaría el valor abrumadoramente excesivo de las predicciones
cuánticas actuales sobre la energía del vacío. La supersimetría está en la base
de las teorías de supercuerdas, y las partículas supersimétricas —buscadas con
ahínco en el CERN— podrían ser tal vez los constituyentes de la materia oscura.
12. La unificación de las cuatro interacciones
conocidas es uno de los objetivos más ambiciosos de la física; para ello, la
gravitación —geometría del espacio-tiempo, según la relatividad general—
debería combinarse satisfactoriamente con la física cuántica, ya que esta es un
ingrediente capital en la descripción de las otras fuerzas. Ello requiere —al
menos en lo que sabemos hoy— postular que el espacio tiene nueve —o diez—
dimensiones en lugar de tres, y que las seis dimensiones adicionales están
compactadas en un espacio de tamaño diminuto, cuya geometría regula las
interacciones del espacio desplegado en que vivimos. La consistencia entre la
física cuántica y la relatividad general podría requerir, pues, dimensiones
adicionales de la realidad, en forma análoga a como la consistencia entre la
física cuántica y la relatividad especial requiere la existencia de
antimateria.
13. A diferencia del vacío clásico, que es ausencia
pura, el vacío cuántico es incesante actividad, consistente básicamente en la
aparición y desaparición de pares de partículas y antipartículas durante
tiempos brevísimos. No es impensable que un vacío cuántico espumoso primordial,
en que el espacio y el tiempo también fluctuaran, pudiera ser el origen de una
multitud de universos a partir de sus fluctuaciones. Pero las teorías actuales
predicen un valor exagerado para la energía del vacío cuántico que, si fuera
cierto, habría provocado una expansión mucho más rápida que la que conocemos, y
no habría dejado que se formaran galaxias. Como el vacío es el constituyente
predominante del universo, su entidad física resulta de importancia capital
para la estructura del mundo y es, tal vez, el máximo problema actual de la
física.
14. Si los aspectos cuánticos desaparecieran, si la
constante de Planck fuera nula, el universo —suponiendo que existiera—
contendría tan solo hidrógeno y helio, en el mejor de los casos, pero no
elementos más pesados, y los átomos no existirían, ya que los electrones
caerían a los núcleos después de girar brevísimamente a su alrededor. La
realidad física no superaría el nivel elemental y no se abriría al
desbordamiento de lo complejo.
15. Para algunos autores, el universo podría ser
considerado como un inmenso ordenador cuántico, en que el trasfondo
microscópico podría procesar la información en que se basa la existencia y el
funcionamiento de los sucesivos niveles emergentes de la realidad —partículas
elementales, átomos, moléculas, células, organismos… Por ejemplo, sin las
arquitecturas moleculares cuánticas, empezando por la del agua, o sin el efecto
túnel cuántico, muchas reacciones químicas se detendrían o serían mucho más
lentas, y la realidad microscópica no podría dar emergencia a un nivel
macroscópico de realidad capaz de contener la vida. Igualmente, a escala muy
microscópica, la física cuántica confiere nuevas potencialidades a la
tecnología, no solo por la mayor densidad de operaciones que se pueden
realizar, por unidad de tiempo y de volumen, sino también por la posibilidad de
llevar muchas de ellas a cabo siguiendo estrategias cuánticas que, basadas en
la superposición simultánea, permitirían una gran eficacia.
Con estas quince ideas, el
lector tiene tema abundante para reflexionar y profundizar, para acudir a otras
fuentes y otras opiniones, siguiendo los caminos de su curiosidad. Deseamos que
esta sea viva, saludable, perseverante y abierta, y le resulte una fuente de
satisfacciones que, en algunos instantes, le llenen del placer de haber
comprendido algo largamente deseado.
Glosario
Glosario
Sesenta términos de la física cuántica
En el texto precedente, he
intentado resumir la física cuántica en quince ideas. En el glosario que sigue,
la intento resumir en sesenta términos. A veces conviene relajarse de la línea
argumental o histórica y entrar en contacto directo con algunas palabras clave
del tema que estamos considerando. Por eso, aunque habitualmente los glosarios
son apéndices meramente auxiliares, he procurado dejarme llevar aquí por una
cierta pasión por la terminología, moderada por la limitación de espacio: las
palabras como vehículo de conocimiento, como espejo de dudas y vacilaciones,
como anzuelos lanzados a las aguas turbulentas y oscuras de la curiosidad para
pescar, tal vez, algún destello de agitada luz. Uno de los atractivos de la
terminología consiste en las definiciones precisas, concisas y rigurosas, pero
no he optado aquí por la concisión, sino que he aprovechado para comentar
relaciones entre conceptos que tal vez no habían quedado suficientemente claras
o explícitas en el texto principal. Quizás a través de alguna de esas
explicaciones, el lector advierta o comprenda detalles que se le habían
escapado en la lectura anterior.
·
Agujero: En un semiconductor, un agujero es el hueco
dejado en la banda de valencia —electrones sedentarios— por un electrón que ha
escapado de ella y ha pasado a la banda de conducción —electrones nómadas—, y
se comporta como una carga eléctrica positiva, que contribuye al transporte de
electricidad. Al encontrarse un agujero de la banda de valencia y un electrón
de la banda de conducción, el electrón puede caer de nuevo al agujero —en otros
términos, puede recombinarse con el agujero— y emitir un fotón.
·
Antimateria: Entidad física que, al entrar en contacto con la
materia, convierte toda su masa —y la de la materia correspondiente— en
radiación electromagnética. La antimateria está compuesta por antielectrones,
antiprotones, antineutrones, etc., de modo que a cada tipo de partícula le
corresponde una antipartícula. En principio, se debería esperar que hubiera
habido una simetría perfecta entre materia y antimateria en los momentos
iniciales del universo, lo cual hubiera supuesto que el universo estaría
formado actualmente solo por luz, sin ninguna materia. Uno de los retos
actuales de la física es averiguar los mecanismos de la ruptura de la simetría
entre materia y antimateria.
·
Antipartícula: Una partícula es antipartícula de otra cuando se
da la condición de que, si entran en contacto, desaparecen ambas,
transformándose en radiación. Partícula y antipartícula tienen la misma masa y
espín, y cargas eléctricas de igual valor absoluto pero de signos opuestos. Se
toma como partícula la especie más abundante y como antipartícula la menos
abundante —por ejemplo, el electrón se considera partícula y el antielectrón
antipartícula—.
·
Bosones: Partículas que pueden acumularse en gran cantidad
en un mismo estado cuántico. Su espín es entero y su nombre procede del hecho
de que obedecen la estadística de Bose-Einstein.
·
Carga: Se denomina carga a una propiedad física de las
partículas que les confiere una determinada capacidad de interacción con otras
partículas. La carga eléctrica puede tener dos signos, positivo o negativo, y
es la base de la interacción electromagnética. La carga de color puede tener
tres signos, denominados convencionalmente azul, verde y rojo, y es la base de
la interacción nuclear fuerte. En cierto modo, podría considerarse que la carga
gravitatoria es la masa, que solo puede ser positiva —aunque en relatividad
general la gravitación no es propiamente una fuerza sino una geometría—.
·
Célula
fotovoltaica: Dispositivo
en que la radiación electromagnética incide sobre un semiconductor y hace pasar
electrones de la banda de valencia a la banda de conducción. Dichos electrones
y sus agujeros correspondientes en la banda de valencia se ponen en movimiento
en direcciones opuestas, movidos por una diferencia de potencial, dando una
corriente eléctrica.
·
Colapso de la
función de onda: Mientras no
es observado, la función de onda de un sistema cuántico está compuesta por una
serie de sumandos correspondientes a diversos estados propios del sistema, y el
sistema se halla simultáneamente en todos esos estados. Al efectuar una
observación, se anulan bruscamente todos los sumandos menos uno —o menos unos
pocos— y el sistema pasa a estar tan solo en ese estado. Este proceso —no
descrito por la ecuación de Schrödinger— es la parte propiamente indeterminista
de la física cuántica.
·
Condensación
de Bose-Einstein: Fenómeno en
que muchas partículas —de espín entero— pasan a formar parte de un mismo estado
cuántico y actúan de forma global y coherente, pese a que no interaccionan
directamente, sino tan solo por efectos puramente cuánticos de interferencia
constructiva de sus ondas de De Broglie.
·
Constante de
Planck: Constante esencial de la
física cuántica, designada con la letra h, que vincula
aspectos corpusculares —energía E, cantidad de
movimiento mv— con aspectos ondulatorios —frecuencia f,
longitud de onda?— mediante las relaciones E = hf y ? = h/mv.
Además, limita la precisión con que se puede conocer simultáneamente la
velocidad y la posición, según el principio de indeterminación. Es una de las
constantes físicas fundamentales de la naturaleza, y pequeños cambios de su
valor conducirían a un universo completamente diferente al nuestro, y sin vida.
En muchas ocasiones se utiliza la constante de Planck reducida, que es la
constante de Planck dividida por 2p.
·
Cuanto: Nombre dado por Max Planck, en diciembre de 1900,
a la cantidad elemental de energía intercambiable entre radiación
electromagnética y materia; dicha energía solo se puede intercambiar en
múltiplos de esa cantidad, dada por hf, siendo h la
constante de Planck y f la frecuencia de la radiación. Esa
denominación, que expresa el carácter discreto del intercambio, es el origen
del nombre de la física cuántica.
·
Decoherencia
de la función de onda: Pérdida de
una relación bien definida entre las fases de los diversos sumandos que
componen la función de onda de un sistema cuántico. Ello difumina los efectos
ondulatorios de interferencia característicamente cuánticos y hace que el
sistema se comporte como un sistema clásico.
·
Desexcitación
estimulada: Un átomo excitado —con un
electrón en un nivel de energía superior al que le corresponde— se puede
desexcitar de dos maneras: espontánea —proceso radicalmente aleatorio— o
estimulada —por la proximidad de un fotón de la frecuencia adecuada—; en este
último caso, el fotón liberado al caer el electrón a un nivel de menos energía
se suma constructivamente con el fotón inicial. Este fenómeno es el fundamento
del láser.
·
Desigualdades
de Bell: Desigualdades entre
ciertas combinaciones de medidas de dos sistemas entrelazados —por ejemplo, dos
fotones emitidos en una desexcitación atómica—, que permiten discernir si los
sistemas tenían un valor concreto de una cierta magnitud física —por ejemplo,
la polarización de los fotones— antes de la medición, o bien si adquieren dicho
valor en el acto de la medición.
·
Diodo: Dispositivo electrónico que solo deja pasar
corriente eléctrica en un sentido, pero no en el otro. En algunos casos, al
recombinarse electrones y agujeros, los diodos de semiconductores pueden emitir
luz, siendo ello la base de los diodos emisores de luz o LED (Light
emitting diodes).
·
Dipolo
magnético: En principio, un dipolo
magnético es un imán, con su polo positivo y negativo. Pero ese concepto se
suele utilizar para referirse a imanes microscópicos, constituidos por un
electrón, un neutrón, un protón o un átomo, que son la base del magnetismo macroscópico
de los materiales.
·
Dualidad
partícula-onda: Las ondas
tienen asociados aspectos corpusculares —las ondas electromagnéticas tienen
asociados fotones— y los corpúsculos aspectos ondulatorios —los electrones se
comportan como ondas en experimentos de doble rendija o en la difracción contra
un cristal—. Clásicamente, sin embargo, partículas y ondas son entidades
contrapuestas: las ondas son extensas y pueden coexistir varias de ellas en un
mismo espacio; en cambio, las partículas están localizadas y en un punto del
espacio solo puede haber una o ninguna partícula.
·
Ecuación de
Einstein-Planck:
Relación E = hf entre la energía E de
un cuanto y la frecuencia f de la onda, siendo h la
constante de Planck. A veces se denomina relación de Einstein-Planck-Bohr,
cuando se refiere a la frecuencia de la radiación emitida por un sistema al
pasar desde un nivel de una cierta energía inicial Ein a
un nivel de energía final Efin como Ein - Efin = hf.
·
Ecuación de
Schrödinger: Ecuación central de la
física cuántica, que rige la forma y evolución de la función de onda de los
sistemas cuánticos. Dados los constituyentes de un sistema —por ejemplo, un
núcleo positivo y diversos electrones negativos de un átomo— y sus interacciones
—en el caso citado, la interacción electrostática—, y las condiciones de
contorno —en el caso citado, la presencia o no de un campo eléctrico o
magnético exterior—, dicha ecuación especifica los valores posibles de la
energía —y de otras magnitudes— y las funciones que describen los estados
cuánticos correspondientes a dichos valores.
·
Efecto túnel: Paso de una partícula —o un sistema— a través de
una barrera de energía potencial que no podría cruzar en la física clásica —ya
que implica valores imaginarios para la velocidad—. El efecto túnel permite la
desintegración alfa, aumenta el ritmo de muchas reacciones químicas o
nucleares, y es la base del microscopio de efecto túnel, que permite observar
una superficie átomo a átomo.
·
Electrónica: Ciencia y tecnología basadas en el control
preciso de los flujos de electrones en dispositivos diversos, mediante
rectificación, amplificación, y conmutación. Actualmente se está desarrollando
la espintrónica, que pretende aprovechar no solo el flujo de carga eléctrica de
los electrones, sino también su flujo de imantación, ya que cada electrón, como
consecuencia de su espín, actúa también como dipolo magnético y no solo como
carga eléctrica.
·
Electronvoltio: Energía ganada por un electrón al ser acelerado
por una diferencia de potencial de un voltio; se expresa por el símbolo eV. Los
eV son una buena unidad para las energías atómicas y moleculares, pero las
energías nucleares son del orden de los MeV (megaelectronvoltios o millones de
voltios), y las energías conseguidas en los aceleradores de partículas son del
orden de GeV (gigaelectronvoltios, mil millones de eV) o incluso de TeV
(teraelectronvoltios, un billón de eV).
·
Enlace
molecular: Unión entre átomos
mediante órbitas conjuntas compartidas de algunos de sus electrones. La energía
y la geometría de los enlaces juegan un papel decisivo en la arquitectura
molecular y las reacciones químicas.
·
Entrelazamiento: Dos sistemas con un origen común —por ejemplo,
dos fotones emitidos por un átomo en una desexcitación, o dos electrones
emitidos por un núcleo en una desintegración beta doble— comparten una función
de onda común, por mucho que se alejen el uno del otro. Al observar uno de los
sistemas, se colapsa la función de onda común y el otro sistema queda afectado
instantáneamente.
·
Espín: Propiedad cuántica de las partículas, asimilable
a una rotación intrínseca e incesante sobre sí mismas, caracterizada por
valores enteros (0, 1, 2) o semienteros (1/2, 3/2, 5/2). Pero el espín es más
sutil que una simple rotación: determina, por ejemplo, el comportamiento
colectivo de las partículas, ya que las de espín semientero se comportan como
fermiones y las de espín entero como bosones. Además, el espín confiere a las
partículas un dipolo magnético, esencial en el estudio del magnetismo y de la
resonancia magnética nuclear.
·
Fase: Es el ángulo que caracteriza la inclinación con
que una onda pasa por el origen —o por cualquier otro punto fijo dado— en un
momento dado. Para que dos ondas interfieran de manera observable, las
diferencias entre sus fases respectivas deben ser constantes; del valor de la
diferencia de fases depende que dos ondas interfieran constructivamente o
destructivamente.
·
Fermiones: Partículas que no pueden coexistir en un mismo
estado cuántico —en otros términos, que satisfacen el principio de exclusión de
Pauli—. Tienen espín semientero y su nombre procede del hecho de que obedecen
la estadística de Fermi-Dirac.
·
Fisión
nuclear: Proceso en que un núcleo
atómico grande se rompe en dos o más núcleos intermedios, y en algunos
neutrones, liberando energía. En algunas ocasiones, este proceso puede
desencadenar una reacción en cadena, que puede ser la base de una central
energética o de una bomba nuclear.
·
Fluctuaciones
del vacío: Conjunto de apariciones y
desapariciones de pares de partículas y antipartículas —y tal vez, conjunto
dinámico de deformaciones del espacio-tiempo a muy pequeña escala—, como
consecuencia del principio de indeterminación de Heisenberg.
·
Fotones: Cuantos de la interacción electromagnética, que
rigen el intercambio y propagación de la energía de las ondas
electromagnéticas: la energía de un cuanto vale hf, siendo h la
constante de Planck y f la frecuencia de la radiación.
·
Función de
onda: Función característica de los sistemas cuánticos,
cuyo cuadrado —de hecho, el cuadrado de su módulo, ya que es una función de
números complejos— da la probabilidad de hallar el sistema en un cierto estado
al efectuar una cierta observación del mismo.
·
Fusión
nuclear: Proceso en que dos o más
núcleos ligeros se unen mediante la fuerza nuclear fuerte y dan lugar a un
núcleo mayor. Ese proceso ha conducido desde el núcleo más simple —el de
hidrógeno— a la diversidad de núcleos atómicos, formados por fusión nuclear en las
estrellas —hasta el núcleo de hierro— o en las explosiones de supernovas con
que terminan algunas estrellas —núcleos de masa superior a la del núcleo de
hierro—.
·
Gluones: Partículas de espín uno y masa cero que
transmiten la interacción nuclear fuerte entre las cargas de color de los
quarks; los gluones interaccionan fuertemente entre sí, lo cual conlleva que la
intensidad de la interacción que transportan crece con la distancia, en lugar
de decrecer con ella.
·
Gravitones: Cuantos hipotéticos asociados a las ondas
gravitatorias de manera análoga a como los fotones están asociados a las ondas
electromagnéticas —o los fonones a las ondas elásticas, los magnones a ondas de
imantación y los rotones a ondas de vorticidad en los superfluidos—.
·
Indeterminismo: El indeterminismo consiste en que el futuro no
está unívocamente decidido por el estado presente de las cosas. La física
clásica es determinista: conocidos los valores iniciales de las posiciones y
las velocidades y las fuerzas en función de posiciones y velocidades, el estado
futuro del sistema queda determinado. La física cuántica es en parte
determinista —mientras el sistema no es observado su función de onda evoluciona
según la ecuación de Schrödinger, que es determinista—, y en parte indeterminista
—cuando se efectúa una observación, el colapso de la función de onda es
radicalmente indeterminista—.
·
Interferencia: Propiedad de las ondas que ocupan simultáneamente
una misma región del espacio, que al sumar sus valores respectivos amplifican o
reducen su valor total en diversas zonas. La interferencia de las ondas
cuánticas se pone de manifiesto, por ejemplo, en el comportamiento de
partículas lanzadas contra una doble rendija, y que, tras haber atravesado las
rendijas, se distribuyen en la pantalla detectora posterior en franjas alternas
de alta densidad y baja densidad de partículas, tal como ocurre con las ondas de
luz en un experimento análogo con dos rendijas.
·
Láser: Dispositivo típico de la óptica cuántica en que,
a causa de la desexcitación estimulada de átomos previamente excitados, se
emite un gran número de fotones en fase, que se suman constructivamente.
·
Leptones: Partículas elementales que no experimentan la
interacción nuclear fuerte —en otras palabras, que carecen de carga de color—.
Son el electrón, el muón, el tauón y sus respectivos neutrinos —electrónico,
muónico, tauónico—.
·
Longitud de
Planck: Longitud por debajo de la
cual la gravitación exhibe efectos cuánticos. Dicha longitud está relacionada
con G, c y h —constantes de la
gravitación, velocidad de la luz y constante de Planck— como la raíz cuadrada
de hG/2pc 3, y vale unos 10-35 metros.
·
Materia: Constituyente del universo físico dotado de masa.
La materia que nos rodea y nos constituye está formada por protones, neutrones
y electrones, que son tan solo la parte estable de un conjunto de muchas más
posibilidades de materia, constituidas por combinaciones de quarks y leptones.
Pero la materia conocida es tan solo un cuatro por ciento del contenido del
universo; otro veintiséis por ciento —aproximadamente— corresponde a materia
oscura, y el setenta por ciento restante a energía oscura. Por ahora, los
constituyentes de materia oscura y energía oscura son desconocidos, aunque la
energía oscura podría estar relacionada con el vacío cuántico.
·
Niveles de
energía: Valores que puede tener
la energía de un sistema cuántico, y estados cuánticos correspondientes a
dichos valores. Cuanto menores son los sistemas, más separados están los
valores de sus niveles de energía —por ejemplo, en los núcleos atómicos los
valores de las energías posibles de los protones y neutrones están mucho más
separados que los de las energías posibles de los electrones en los átomos—. En
cambio, en sistemas grandes —por ejemplo, metales, semiconductores— los niveles
están muy próximos y se agrupan en bandas —colecciones de niveles de energías
muy próximas las unas a las otras, como la banda de valencia y la banda de
conducción en semiconductores—.
·
Números
cuánticos: Son números que
caracterizan el estado de un sistema cuántico; en particular, los estados
cuánticos de los electrones en un átomo están caracterizados por cuatro números
cuánticos: principal n, orbital l, magnético mz y
espín s. El primero caracteriza la energía del electrón en ausencia
de campos magnéticos y eléctricos exteriores; los otros números están
relacionados con otras características de las órbitas electrónicas y se ponen
de manifiesto en presencia de campos exteriores.
·
Onda de De
Broglie: Onda asociada a una
partícula en movimiento; su longitud de onda ? viene dada por
la ecuación de De Broglie ? = h/(mv),
con h la constante de Planck, m la masa de la
partícula y v la velocidad de la partícula.
·
Principio de
complementariedad: Principio
que establece que partículas y ondas no son entidades mutuamente incompatibles,
sino manifestaciones complementarias de una realidad de fondo —la luz se puede
manifestar como ondas o como partículas, los electrones, protones, neutrones,
etc., se pueden manifestar como partículas o como ondas—. Que se presenten de
forma ondulatoria o corpuscular depende del tipo de observación; como el tipo
de observación depende del observador, también se dice que objeto y observador
son complementarios. Ese principio fue propuesto por Bohr en 1927, y juega un
papel fundamental en la estructura conceptual de la física cuántica, diferente
de la de la física clásica, en que la luz era considerada una onda y los
electrones, protones, etc., eran considerados partículas.
·
Principio de
exclusión: Principio —propuesto por
Pauli en 1925— según el cual las partículas de espín semientero no pueden
ocupar colectivamente un mismo estado cuántico, sino solo puede haber una
partícula en cada estado —los electrones en los átomos y en los metales, los protones
y neutrones en los núcleos—.
·
Principio de
incertidumbre (o de indeterminación): Principio que establece que no es posible conocer simultáneamente y
con precisión absoluta ciertos pares de magnitudes, especialmente la posición y
velocidad, o la energía y el tiempo. La forma más conocida del principio de
incertidumbre establece que ?x ?(mv) > h/2,
donde ? x es la incertidumbre en la posición x, ?
(mv) la incertidumbre en la cantidad de movimiento —m es la
masa de la partícula y v su velocidad— y h la
constante de Planck. Cuanto más pequeña se hace una incertidumbre, más crece la
otra. Ese principio se llama también principio de indeterminación, ya que
implica que el determinismo newtoniano —que exige el conocimiento preciso y
simultáneo de posición y velocidad— no puede ser cierto a escala microscópica,
pero es una buena aproximación a escala macroscópica, cuando las masas de las
partículas son grandes. Fue formulado por Heisenberg en 1926, y es una de las
piezas conceptuales básicas de la física cuántica.
·
Quarks: Partículas elementales que sí experimentan
interacción nuclear fuerte —en otras palabras, que tienen carga de color,
además de carga eléctrica—. Son las partículas u, d, s , c, t y b.
Los quarks se agrupan en combinaciones neutras respecto a la carga de color, es
decir, de tres en tres, dando bariones —como por ejemplo el protón y el
neutrón— o de dos en dos, dando mesones —como por ejemplo los piones o los
kaones, inestables—. Los quarks tienen carga eléctrica fraccionaria, igual a un
tercio o dos tercios de la carga del electrón.
·
Qubit: Unidad cuántica de información. A diferencia de
los bits de la teoría clásica de la información, que solo pueden estar en
estado 0 o 1, los qubits están simultáneamente en los estados 0 y 1 —de hecho,
están en toda una esfera de posibilidades, ya que son números complejos— como
consecuencia de la superposición cuántica. Ello permite efectuar
simultáneamente un número inmenso de operaciones, que en el marco clásico se
hubieran debido efectuar una tras otra.
·
Radiación de
Hawking: Conjunto de partículas y
radiación que parecen surgir del horizonte de un agujero negro como
consecuencia del acoplamiento entre las fluctuaciones del vacío cuántico vecino
a dicho horizonte y la intensa gravitación. Dicho efecto combina, pues, la gravitación
y la física cuántica, y está caracterizado por una temperatura inversamente
proporcional a la masa del agujero negro.
·
Radiactividad: Conjunto de procesos en los que una serie de
núcleos atómicos emiten partículas o radiaciones; la radiactividad alfa
consiste en la emisión de núcleos de helio —dos protones y dos neutrones—; la
radiactividad beta consiste en la emisión de electrones y antineutrinos —o de
antielectrones y neutrinos en la desintegración beta positiva— y la
desintegración gamma consiste en la emisión de fotones muy energéticos.
·
Semiconductor: Material en que el intervalo de energía entre los
electrones ligados, sedentarios —banda de valencia— y los electrones libres
para moverse, nómadas —banda de conducción— es pocas veces mayor que la energía
térmica correspondiente a la temperatura ambiente —por ejemplo, el germanio y
el silicio—. Al pasar un electrón de la banda de valencia a la de conducción,
queda en la banda de valencia un agujero que se comporta como una carga
eléctrica positiva y contribuye al transporte de corriente. Si el intervalo de
energía es mucho mayor que la energía térmica, el material es aislante; si el
intervalo es muy pequeño o nulo, el material es un metal. Habitualmente, los
semiconductores se dopan —se enriquecen con un cierto número de impurezas— para
darles más electrones —semiconductores de tipo n— o más agujeros
—semiconductores de tipo p— e incrementar así su conductividad.
·
Superconductor: Material cuya conductividad eléctrica es muy
elevada —potencialmente infinita— por debajo de una cierta temperatura, como
consecuencia de efectos cuánticos, consistentes en un movimiento conjunto
coherente de sus electrones, agrupados en pares —pares de Cooper— de espín
total entero.
·
Supercuerdas: Entidades elementales hipotéticas, en forma de
cuerdas diminutas de longitud del orden de la longitud de Planck, que se mueven
en un espacio de nueve dimensiones y cuyas vibraciones, cuantizadas,
corresponden a las partículas que observamos en nuestro espacio tridimensional.
Las seis dimensiones restantes están compactadas, es decir, enrolladas con un
radio del orden de la longitud de Planck. En esas condiciones, gravitación y
física cuántica pueden coexistir.
·
Superfluido: Líquido cuya viscosidad se hace muy pequeña
—potencialmente nula— por debajo de una cierta temperatura, como consecuencia
de efectos cuánticos consistentes en el movimiento conjunto coherente de sus
partículas. En general, los sistemas superfluidos contienen un componente
propiamente superfluido —formado por las partículas que se mueven de forma
coherente— y un componente normal —formado por las demás partículas. A
temperatura próxima al cero absoluto, solo hay superfluido.
·
Superposición: Mientras no es observado, un sistema cuántico
está simultáneamente en todos sus estados posibles, aunque clásicamente sean
incompatibles los unos con los otros.
·
Supersimetría: Simetría hipotética en que a cada fermión de las
partículas elementales de la materia le correspondería un bosón, y a cada bosón
intermediario de las fuerzas le correspondería un fermión. Si se cumpliera
dicha simetría, las contribuciones de las unas y de las otras a la energía del
vacío cuántico se cancelarían mutuamente.
·
Teoría
cuántica de campos: Teoría
cuántica en que se cuantizan no tan solo los valores de la energía y otras
propiedades del sistema, sino también las interacciones físicas. Los ejemplos
principales son la electrodinámica cuántica —teoría cuántica de la interacción
electromagnética— y la cromodinámica cuántica —teoría de las interacciones
entre las cargas de color de los quarks, que dan lugar a la interacción nuclear
fuerte entre protones y neutrones, y a otros efectos—. En esta teoría, a cada
interacción le corresponde una partícula intermediaria, de espín entero —los
fotones en la electrodinámica cuántica, los gluones en la cromodinámica
cuántica—.
·
Transistor: Dispositivo electrónico en que la corriente entre
su entrada y su salida puede ser regulada por una señal eléctrica intermedia,
lo cual permite amplificar o reducir la señal de entrada, o actuar como
conmutador, permitiendo o interrumpiendo el paso de corriente. Combinaciones de
transistores actúan como puertas lógicas en los ordenadores. Los circuitos
integrados combinan millares o millones de transistores miniaturizados —y otros
elementos— en espacios muy reducidos y con grandes potencialidades operativas.
·
Unificación
de fuerzas: Objetivo de la física
—tal vez ilusorio, pero por ahora fructífero— que aspira a hallar una ecuación
única que describa las cuatro interacciones básicas conocidas
—electromagnética, nuclear fuerte, nuclear débil y gravitatoria—. A energías
muy elevadas, todas esas interacciones confluirían en una sola interacción —a
la vez cuántica y relativista—, pero a energías bajas se manifestarían como
fuerzas diferentes.
·
Unión pn: Unión entre un semiconductor dopado de tipo p —en
que predominan los agujeros como portadores positivos de electricidad— y un
semiconductor dopado de tipo n —en que predominan los
electrones como portadores negativos de electricidad—. La unión pn es
la base de diodos rectificadores y, al combinarla con la luz, es la base de
diodos emisores de luz, de láseres miniaturizados y de células fotovoltaicas.
·
Vacío
cuántico: A diferencia del vacío
clásico —espacio y tiempo puros sin contenido alguno— el vacío cuántico
contiene una agitación incesante de brevísimas apariciones y desapariciones de
pares de partículas y antipartículas. Está caracterizado, asimismo, por una densidad
de energía y por una presión negativa que aceleran la expansión del universo.
Se cree, incluso, que a escalas de la longitud y el tiempo de Planck, el
espacio y el tiempo —espacio-tiempo de la relatividad general— también pueden
fluctuar y, tal vez, dar lugar a multitud de universos, la mayor parte de los
cuales son diminutos, brevísimos e inhabitables.
·
Variables
ocultas: Magnitudes hipotéticas no
incluidas en la física cuántica que, de ser tenidas en cuenta, conducirían a
una teoría determinista, haciendo que desapareciera el indeterminismo cuántico.
Se ha comprobado que dichas variables ocultas no pueden existir en forma local,
ya que conducirían a inconsistencias con las observaciones —por ejemplo, con
las desigualdades de Bell—. Se discute, en cambio, la posibilidad de que
existan variables ocultas no locales —que puedan transmitir sus efectos más
rápido que la luz—, como en la teoría de Bohm.
Bibliografía
La bibliografía sobre
física cuántica es inmensa, por lo cual me limito a unos pocos títulos, en su
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