Libro N° 7074. Historias De La Ciencia Y Del Olvido. Varios Autores.
© Libro N° 7074.
Historias De La Ciencia Y Del Olvido. Varios Autores. Emancipación. Marzo 7 de 2020.
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original: © Historias
De La Ciencia Y Del Olvido. Varios Autores
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Varios Autores
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
HISTORIAS DE LA CIENCIA Y DEL OLVIDO
Varios Autores
Historias De La Ciencia Y
Del Olvido
Varios Autores
CONTENIDO
Introducción
1. Escotoma: una historia de olvido y desprecio
científico
2. Contra viento y marea: una historia de coraje,
virus y cáncer
3. Genes, entorno y organismos
4. Escalas y conos: la evolución limitada por el
uso de iconos canónica
5. Una vía hacia lo inconsciente
Introducción
Robert B. Silvers
Una noche, después de cenar en un restaurante de
Nueva York, Oliver Sacks me contó que había leído con enorme interés una nueva
biografía sobre Humphry Davy, el gran químico inglés que, a principios del
siglo XIX, aisló por primera vez elementos como el potasio, el sodio, el calcio
y el magnesio, e inventó, entre otras cosas, la lámpara de carburo para los
mineros. Davy, me dijo, había sido el héroe de su niñez, y ahora, al leer la
nueva biografía escrita por David Knight, Sacks recordó algo que en parte había
olvidado: que Davy fue amigo de Wordsworth, Southey y, especialmente, de
Coleridge, quien asistía siempre a sus conferencias. El propio Davy escribió
algunos poemas y vivió en una época en la que ciencia y poesía se consideraban
empresas igualmente creativas, modelos complementarios para la exploración de
la naturaleza.
Como cualquier otro editor habría hecho en mi
lugar, le pedí a Oliver que escribiese algo sobre Humphry Davy y su nueva
biografía, y al cabo de pocas semanas nos envió un magnífico ensayo no sólo
sobre Davy, sino también sobre la historia de la ciencia, y sobre cómo ésta
puede albergar visiones profundamente sugerentes y a menudo olvidadas acerca
del funcionamiento de la naturaleza y de la mente humana.
La ciencia se considera a sí misma en ocasiones
como algo impersonal, como «pensamiento puro», independiente de sus orígenes
históricos y humanos. A menudo se enseña como si de hecho fuese así. Pero la
ciencia es una empresa humana de principio a fin, un proceso de crecimiento
orgánico, evolutivo, humano, con hallazgos repentinos y períodos de
estancamiento, y también con extrañas desviaciones. Se desarrolla a partir de
su pasado, pero nunca lo supera, del mismo modo en que nosotros tampoco
superamos nuestra infancia.
Cuando estábamos a punto de publicar este ensayo,
la New York Public Library encargó a The New York Review la organización de una
serie de conferencias de carácter monográfico. ¿Por qué no aprovechar la idea
de Oliver sobre los momentos olvidados y desconocidos de la historia de los
descubrimientos científicos? Nos dirigimos a algunos de nuestros principales
colaboradores en temas científicos, y les pedimos que escribiesen sobre
cualquier anécdota o tema que, en su opinión, fuesen dignos de recordar por sus
usos o implicaciones en la propia historia de la ciencia.
Ampliamos también esta petición a algunos de los
científicos y divulgadores que, a nuestro juicio, destacaban por el rigor y por
la lucidez de sus escritos, así como por su capacidad para relacionar los
descubrimientos científicos con su momento histórico y con sus repercusiones
sociales. Todos ellos aceptaron nuestra invitación, sin decir expresamente cuál
sería el tema elegido. Pasaron los meses y descubrimos, sin que mediara presión
alguna por nuestra parte, que en sus conferencias y en sus ensayos aparecían
ciertos temas comunes. Algunos de nuestros colaboradores demostraron que los
descubrimientos y las nuevas ideas podían suscitar en un primer momento grandes
esperanzas y, pese a ello, ser apartados, desechados y olvidados; pero
reaparecían, a veces muchos años más tarde, y sólo entonces se reconocía su
importancia bajo una nueva formulación.
Cómo y por qué sucede tal cosa es precisamente el
tema de tres de los ensayos que se ofrecen en este libro: los de Jonathan
Miller, Oliver Sacks y Daniel Kevles. Los ensayos de Richard C. Lewontin y
Stephen Jay Gould guardan también cierta relación con este asunto y sugieren la
existencia de profundas distorsiones, por lo general no reconocidas, sobre el
modo en que científicos y divulgadores por igual conciben la estructura del
mundo y su historia natural.
Como Barbara Epstein y yo mismo hemos tenido
ocasión de comprobar, en nuestra calidad de editores de The New York Review, el
placer del editor reside en aprender, a partir de los textos de brillantes
pensadores y escritores, cosas que de otro modo jamás llegaría a conocer o tan
siquiera a sospechar. Y esto fue lo que ocurrió con los ensayos contenidos en
este libro, que jamás habría llegado a ver la luz sin la ayuda de Barbara
Epstein, Rea Hederman y el personal de The New York Review (especialmente de su
editora asociada, Catherine Tice, y su director de Promoción, Andrea Barash);
tampoco habría sido posible sin el ofrecimiento de la New York Public Library
para celebrar este ciclo de conferencias. A todos ellos, y en especial a
nuestros colaboradores, vaya mi agradecimiento no exento de asombro.
Capitulo 1
Escotoma: Una historia de olvido y desprecio
científico
Oliver Sacks[1]
I
A la hora de abordar la historia de las ideas
podemos mirar hacia delante o hacia atrás; podemos remontarnos a las primeras
etapas, a las intuiciones y a las anticipaciones de lo que hoy pensamos; o
podemos centrarnos en la evolución, en los efectos e influencias de lo que
pensábamos antiguamente. En ambos casos podemos imaginar que la historia se
revela en un continuum, un avance, una apertura como la del árbol de la vida.
Sin embargo, lo que a menudo encontramos dista mucho de ser un desarrollo
majestuoso y una continuidad constante. Trataré de ilustrar esta conclusión por
medio de ciertas historias (que podrían multiplicarse por cientos) que ponen de
manifiesto lo extraño, complejo, contradictorio e irracional que puede llegar a
ser el proceso de los descubrimientos científicos. Y, pese a todo, más allá de
las tergiversaciones y los anacronismos en la historia de la ciencia, más allá
de sus vicisitudes y sus hechos fortuitos, es posible distinguir un modelo
global.
Empiezo a comprender lo escurridiza que puede ser
la historia de la ciencia cuando pienso en mi primer amor: la química. Recuerdo
muy bien que, siendo un muchacho, cuando leí una historia de la química escrita
por F. P. Armitage, que fue profesor en mi colegio, aprendí que el oxígeno casi
había sido descubierto en 1670 por John Mayow, y descubrí además una teoría de
la combustión y de la respiración. Pero la obra de Mayow había quedado olvidada
y silenciada tras un siglo de oscurantismo (y la extravagante teoría del
flogisto), y el oxígeno no fue redescubierto hasta cien años más tarde, gracias
a Lavoisier. Mayow murió a los treinta y cuatro años: «Si hubiese vivido un
poco más», añade Armitage, «no cabe la menor duda de que se habría anticipado a
la revolucionaria teoría de Lavoisier, y habría echado abajo la teoría del
flogisto desde el primer momento». ¿Era esto una exaltación romántica de John
Mayow o una lectura errónea, e igualmente romántica, de la estructura de la
empresa científica? ¿O es que la historia de la química podría haber sido
enteramente distinta, como sugiere Armitage? [2]
Recordé esta historia a mediados de los sesenta,
cuando no era más que un joven neurólogo que empezaba su carrera en una clínica
especializada en dolores de cabeza. Mi trabajo consistía en hacer un
diagnóstico — de la migraña, las cefaleas tensionales y otro tipo de dolores —
y prescribir un tratamiento. Pero nunca pude limitarme a esto, como tampoco
podían muchos de los pacientes a los que hube de tratar entonces. A menudo me
contaban, u observaba yo mismo, otros fenómenos, a veces descorazonadores, a veces
intrigantes, que no eran estrictamente parte del cuadro médico, y en todo caso
resultaban innecesarios para hacer un diagnóstico.
La migraña clásica va acompañada con frecuencia de
un aura, en la que el paciente ve destellos de luz que atraviesan en zigzag su
campo visual. Este fenómeno está perfectamente descrito y comprendido. Pero
otras veces, menos frecuentes, los pacientes me hablaban de figuras geométricas
más complicadas que aparecían en lugar de, o además de, los zigzags: retículas,
espirales, embudos y telarañas que se movían, giraban y se transformaban
constantemente. Cuando acudía a consultar los libros de texto no encontraba
mención alguna de estos fenómenos. Mi confusión me llevó a indagar en las
crónicas del siglo XIX, que suelen ser mucho más completas, más vivas y más
ricas en su descripción que las modernas.
El primer hallazgo lo encontré en la sección de
libros raros de la biblioteca de nuestra facultad (todo lo escrito antes de
1900 y clasificado como «raro»), en un extraordinario libro sobre la migraña
escrito por un médico Victoriano llamado Edward Liveing en la década de 1860.
El libro tenía un título largo y maravilloso: On Megrim, Sick-Headache, and
Some Allied Disorders: A Contribution to the Pathology of Nerve Stonns;
discurría como un río con sus meandros y había sido escrito claramente en una
época mucho menos ociosa y mucho menos limitada que la nuestra. Mencionaba de
pasada las complicadas estructuras geométricas referidas por mis pacientes y me
remitió a un ensayo — escrito años antes por John Frederick Herschel, hijo de
Frederick Herschel, ambos eminentes astrónomos que padecían migrañas «visuales»
y que escribieron sobre sus experiencias, titulado «On Sensorial Vision». Sentí
que al fin había encontrado un filón. El joven Herschel ofrecía minuciosas y
elaboradas descripciones de los mismos fenómenos relatados por mis pacientes;
hablaba de su propia experiencia y se aventuraba a especular sobre la posible
naturaleza y sobre el origen de estos fenómenos. Pensaba que podían representar
«una suerte de capacidad caleidoscópica» en el sensorio, una primitiva y
prepersonal fuerza generadora de la mente, las etapas anteriores, e incluso
previas, a la percepción.
No fui capaz de hallar una sola descripción
adecuada para estos «espectros geométricos», como diera en llamarlos Herschel,
en los cien años transcurridos entre sus observaciones y las mías y, sin
embargo, sabía que al menos una de cada veinte personas afectadas de migraña
había tenido esta experiencia en alguna ocasión. ¿Cómo era posible que estos
fenómenos — sorprendentes, sumamente característicos e inconfundiblemente
alucinatorios — hubiesen pasado inadvertidos durante tanto tiempo? Alguien
debía de haberlos observado y descrito. El mismo año en que Herschel habló de
sus espectros, G. B. A. Duchenne describió en Francia un caso de distrofia
muscular. Pero las historias divergen en este punto. Tan pronto como se
publicaron las observaciones de Duchenne los médicos empezaron a «ver» la
distrofia por todas partes, y años más tarde se describieron numerosos casos.
Este desorden muscular había existido siempre, era omnipresente e
inconfundible. ¿Por qué tuvimos que esperar a que Duchenne nos abriese los ojos?
Sus observaciones se incorporaron a la corriente principal de la percepción
clínica bajo la categoría de síndrome, un desorden de gran importancia.
El ensayo de Herschel, por el contrario, había
desaparecido sin dejar rastro. Herschel no era un médico, sino un observador
independiente y sumamente curioso. Se consideraba un astrónomo, incluso en lo
relativo a sus propias alucinaciones, y de hecho se refería a sí mismo como
«astrónomo del mundo interior». Herschel sospechaba que sus observaciones eran
importantes desde el punto de vista científico, que estos fenómenos podían
revelar datos muy valiosos sobre el cerebro, pero nunca pensó que también pudieran
ser importantes para la medicina. Puesto que la migraña se definía normalmente
como una condición «médica», las observaciones de Herschel carecían de valor
profesional; se consideraron irrelevantes, y, al margen de esta breve mención
en el libro de Liveing, fueron olvidadas, ignoradas por la profesión. Si podían
conducir a nuevas ideas científicas sobre la mente y el cerebro, tal relación
resultaba imposible de establecer en 1850; los conceptos necesarios no hicieron
su aparición hasta ciento veinte años más tarde.
Estos conceptos necesarios surgieron en conjunción
con el reciente desarrollo de la teoría del caos, según la cual, si bien es
imposible predecir con detalle la disposición individual de cada uno de los
elementos de un sistema, sí es posible, cuando existe una interacción entre un
amplio número de elementos (como ocurre con los millones de células nerviosas
del córtex visual primario), discernir modelos a escala superior mediante el
uso de nuevos métodos matemáticos y análisis informáticos. Hay «comportamientos
universales» que son resultado de estas interacciones; comportamientos que
revelan la organización de estos sistemas dinámicos y no lineales. Tienden a
adoptar una pauta compleja y reiterativa en el espacio y en el tiempo —
precisamente el tipo de retículas, embudos, espirales y telarañas que aparecen
en las alucinaciones geométricas de la migraña.
Este tipo de comportamientos caóticos se ha
observado actualmente en una amplia gama de sistemas naturales, desde los
excéntricos movimientos de Plutón hasta las sorprendentes pautas que siguen
ciertas reacciones químicas, o la multiplicación de los hongos según los
caprichos climáticos. Un fenómeno hasta el momento insignificante o
desatendido, como el de las visiones geométricas del aura migrañosa, cobra así
una nueva importancia. Nos muestra, bajo la apariencia de una alucinación, no
sólo una actividad elemental del córtex cerebral, sino también el
funcionamiento global de un sistema autónomo, de un comportamiento universal
[3].
II
En lo que respecta a la migraña hube de remontarme
a textos médicos anteriores y olvidados — una literatura que la mayoría de mis
colegas consideraba obsoleta o superada —. Y en lo que se refiere al «síndrome
de Tourette» o maladie des tics — descrito por Georges Gilles de la Tourette en
la década de 1880 —, me encuentro en una situación similar. Mi interés por esta
cuestión se remonta a 1969, cuando, gracias al L-dopa [4], logré «despertar» a
varios pacientes con encefalitis letárgica y comprobé que muchos de ellos
pasaban rápidamente de un estado de trance estático a una «normalidad»
angustiosamente breve, y de ahí al extremo opuesto: estados violentamente
hipercinéticos y convulsivos, muy similares al casi mítico «síndrome de
Tourette». Digo «casi mítico» porque en la década de los sesenta nadie hablaba
mucho de esto; se consideraba algo muy raro y posiblemente artificial. Yo no
había oído más que vagas alusiones al respecto. Pero las cosas habrían de
cambiar rápidamente: en la década de los setenta se redescubrió el «síndrome de
Tourette» y resultó ser mil veces más normal de lo que se pensaba; muchos se
interesaron entonces por el síndrome y se multiplicaron las investigaciones
sobre su evolución.
Pero este nuevo interés, este redescubrimiento,
nació tras un silencio de más de sesenta años, en el curso de los cuales el
síndrome rara vez fue discutido o diagnosticado. De hecho, cuando empecé a
pensar en ello, en 1969, a medida que mis pacientes se volvían visiblemente
touretticos, tuve dificultades para encontrar cualquier tipo de referencias
actuales y, una vez más, hube de recurrir a la literatura del siglo pasado; a
los documentos originales de Gilíes de la Tourette, de 1885 y 1886, y a una docena
de informes posteriores. Fue ésta una época rica en descripciones, en su
mayoría francesas, sobre distintos tipos de tics, que culminó (y concluyó) en
el libro Tics, publicado en 1902 por Henry Meige y E. Feindel. Y, sin embargo,
entre 1903 y 1970 el propio síndrome parecía haber desaparecido casi por
completo.
¿Por qué? Hay que preguntarse si este olvido no
responde tal vez a las crecientes presiones del nuevo siglo para intentar
explicar los fenómenos científicos, tras un período en que bastaba con
describirlos. Y el «síndrome de Tourette» era especialmente difícil de
explicar. En sus formas más complejas, podía manifestarse no sólo con
movimientos convulsivos y ruidos, sino también con tics, compulsiones,
obsesiones y tendencias a hacer bromas y juegos de palabras, a jugar con los
límites y abandonarse a la provocación social y las más elaboradas fantasías.
Si bien hubo algunos intentos de explicar el síndrome en términos
psicoanalíticos, todos ellos, al tiempo que iluminaban algunos de estos
fenómenos, eran incapaces de explicar otros; había además componentes
claramente orgánicos. En 1960, el descubrimiento de un fármaco, el haloperidol,
un inhibidor de la dopamina, pudo acabar con muchos de los fenómenos del
«síndrome de Tourette» y ofrecer una hipótesis más plausible: que el síndrome
era esencialmente un trastorno químico producido por un exceso de (o una
hipersensibilidad a la) dopamina, una sustancia cerebral neurotransmisora.
Con esta cómoda y simplificadora explicación, el
síndrome saltó de nuevo a la palestra y su incidencia pareció de hecho
multiplicarse por mil. El «síndrome de Tourette» es hoy objeto de intensas
investigaciones, pero limitadas en su mayoría a sus aspectos genéticos y
moleculares. Y, si bien estos factores pueden explicar en cierto modo la
excitabilidad global del síndrome, apenas aclaran, sin embargo, las formas
concretas de su predisposición a la comedia, a la fantasía, a la pantomima, a
la ensoñación, al exhibicionismo, a la provocación y al juego. Así, al
abandonar una época puramente descriptiva para entrar en una fase de
investigación y de explicación activa, el «síndrome de Tourette» se vio
fragmentado y dejó de concebirse como un conjunto [5].
Esta fragmentación es quizá característica de
cierto estadio de la ciencia: el que sigue a la pura descripción. Pero los
fragmentos deben unirse en cierto modo, en algún momento, y presentarse una vez
más como un todo coherente. Ello pasa por conocer los factores determinantes a
todos los niveles, desde el plano neurofisiológico hasta el psicológico y el
sociológico, así como su compleja y continua interacción. [6]
III
Llevaba quince años realizando observaciones
neurológicas en mis pacientes, cuando en 1974 tuve una experiencia neurológica
propia: experimenté, por decirlo de algún modo, un síndrome neurofisiológico
desde «dentro». Los nervios y los músculos de mi pierna izquierda quedaron
gravemente lesionados tras sufrir un accidente mientras practicaba el alpinismo
en un lugar remoto de Noruega. Tuve que someterme a una operación quirúrgica
para unir los tendones de los músculos, y pasó algún tiempo hasta que los nervios
se recuperaron. Durante las dos semanas en las que mi pierna permaneció
desnervada e inmovilizada con escayola, aquélla no sólo quedó privada de
movimiento y de sensaciones, sino que dejó de parecerme parte de mi cuerpo. Se
había convertido en un objeto sin vida, casi inorgánico, irreal,
inconcebiblemente ajeno y extraño. Pero cuando intenté comunicar la experiencia
a mi médico, éste me dijo: «Sacks, eres único. Jamás he oído decir a un
paciente cosa igual».
Su comentario me pareció absurdo. ¿Cómo iba a ser
«único»? Debía de haber otros casos, pensé, aun cuando mi médico no tuviese
noticia de ellos. En cuanto recobré la movilidad, empecé a hablar con mis
compañeros de hospital y descubrí que muchos de ellos tenían experiencias
similares de extremidades «ajenas». Para algunos, la experiencia había sido tan
extraña y terrorífica que intentaron apartarla de su mente; otros estaban
preocupados en secreto, pero no se atrevían a decirlo.
Cuando salí del hospital fui a la biblioteca
dispuesto a consultar toda la literatura disponible sobre el tema. Durante tres
años no encontré una sola fuente. Más tarde descubrí un relato de Silas Weir
Mitchell, el gran neurólogo estadounidense del siglo XIX, que describía con
todo lujo de detalles los miembros fantasma («espíritus sensoriales» los
llamaba él). Weir Mitchell escribió también sobre los «fantasmas negativos»:
experiencias de aniquilación y alienación subjetiva de las extremidades tras
una lesión grave y una intervención quirúrgica. Mitchell encontró abundantes
casos durante la Guerra Civil estadounidense, y quedó tan impresionado que en
cierta ocasión llegó a publicar una circular sobre esta cuestión («Reflex
Paralysis»), que fue distribuida por las autoridades sanitarias en 1864. Sus
observaciones despertaron un breve interés, pero se olvidaron de inmediato.
Hubieron de pasar más de cincuenta años para que el síndrome fuese
redescubierto. Sucedió de nuevo en tiempo de guerra, cuando se observaron en el
frente miles de nuevos casos de trauma neurológico. En 1917, el eminente
neurólogo J. Babinski publicó (en colaboración con J. Froment) un estudio
monográfico titulado Syndrome Physiopathique, en el que, sin conocer
aparentemente el informe de Weir Mitchell, describía el síndrome que yo había
tenido. Una vez más, las investigaciones desaparecieron sin dejar rastro
(cuando en 1975 finalmente encontré el libro en nuestra biblioteca, descubrí
que era la primera persona que solicitaba su préstamo desde 1918.) Durante la
Segunda Guerra Mundial el síndrome fue amplia y detalladamente descrito por dos
neurólogos soviéticos, A. N. Leontiev y A. V. Zaporozhets, quienes también
desconocían los estudios anteriores sobre el tema. A pesar de que su libro, Rehabilitation
of the Hand, se tradujo al inglés en 1960, sus observaciones no lograron
despertar el interés de los neurólogos ni el de los especialistas en
rehabilitación.
A medida que iba encajando las piezas de esta
extraordinaria y sorprendente historia, me parecía que mi médico realmente
tenía razón al afirmar que nunca había oído nada parecido a los síntomas que yo
refería. Pero el síndrome no es tan infrecuente; ocurre siempre que se produce
una disolución significativa de la imagen corporal. Ahora bien, ¿por qué es tan
difícil registrar esto y situar al síndrome en el lugar que le corresponde en
nuestro conocimiento y en nuestra conciencia neurológica?
El término «escotoma» (oscuridad, sombra), tal como
lo emplean los neurólogos, denota una desconexión o un hiato en la percepción;
una laguna en la conciencia producida por una lesión neurológica. Este tipo de
lesiones puede darse en cualquier nivel, tanto en los nervios periféricos, como
fue mi caso, como en el córtex sensorial del cerebro. Por ello es muy difícil
que el paciente sea capaz de comunicar lo que está ocurriendo. El mismo
«escotomiza» la experiencia. Y es igualmente difícil que su médico o quienes lo
escuchan entiendan lo que el paciente dice, porque éstos, a su vez, tienden a
«escotomizar» lo que oyen. Este tipo de escotoma es literalmente imposible de
imaginar a menos que uno lo experimente (por eso sugiero, medio en broma, que
todo el mundo debería leer A leg to stand on cuando se halle bajo los efectos
de la anestesia espinal, y entonces comprenderán a qué me refiero) [7].
Pese a que, en cierto modo, y como resultado de un
esfuerzo casi sobrehumano, ha sido posible traspasar estas barreras de la
comunicación — como hicieron Weir Mitchell, Babinski, Leontiev y Zaporozhets —,
nadie parece haber leído o recordar lo que éstos escribieron. Nos encontramos
en presencia de un escotoma histórico o cultural, un «agujero en la memoria»,
como diría Orwell.
IV
Abandonemos ahora este extraño mundo para
centrarnos en un fenómeno más positivo (aunque también olvidado o escotomizado)
como es el de la acromatopsia o incapacidad para percibir los colores tras
sufrir una lesión cerebral (es éste un estado muy distinto del de la
acromatopsia común, resultante de un defecto en alguno de los receptores
cromáticos de la retina.) Pongo este ejemplo porque lo he estudiado con
detalle, aunque lo descubrí de manera accidental, cuando recibí una carta de un
enfermo que me preguntaba si conocía algún otro caso. En colaboración con mi
amigo y colega Robert Wasserman, estudié a fondo el caso de este paciente y
nuestro informe apareció en The New York Review of Books en 1987 [8].
Cuando intentamos investigar la historia de la
enfermedad, encontramos una notable laguna o anacronismo. La acromatopsia
cerebral adquirida — y, lo que es peor, la hemiacromatopsia o pérdida de
percepción del color en la mitad del campo visual, que sobreviene bruscamente
como consecuencia de un golpe — había sido descrita de manera ejemplar por un
neurólogo suizo, Louis Verrey, en 1888. Cuando su paciente murió, Verrey pudo
delimitar la zona exacta del córtex visual afectada en este caso. Aquí, afirmó,
«se encuentra el centro de la sensibilidad cromática». Pocos años después de la
publicación del informe de Verrey aparecieron otros informes — sobre problemas
similares para la percepción del color y para las lesiones que los producían—
que parecían establecer claramente las causas de la acromatopsia y de su base
neural. Pero, curiosamente, de pronto dejaron de aparecer; en los setenta y
cinco años transcurridos desde la publicación del primer informe, en 1899, y el
«redescubrimiento» de la acromatopsia, en 1974, no se reseñó ni un solo caso.
Esta historia ha sido discutida, con gran erudición
y perspicacia, por dos de mis colegas: Semir Zeki, de la Universidad de
Londres, y Antonio Damasio, de la Universidad de lowa. Zeki, tras señalar que
la resistencia a los hallazgos de Verrey comenzó en el mismo instante de su
publicación, concibe este rechazo como resultado de una profunda, y acaso
inconsciente, actitud filosófica: la creencia, entonces dominante, de que la
visión era una facultad global, sin fisuras. La idea de que el mundo visual nos
es dado como un dato, una imagen plena de color, forma, movimiento y
profundidad es fruto de una tendencia natural e intuitiva, científica y
filosóficamente legitimada por la óptica de Newton y la importancia atribuida
por Locke a las sensaciones. La invención de la cámara lúcida, y más tarde de
la fotografía, parecía ejemplificar este modelo mecánico de percepción. ¿Por
qué habría de comportarse el cerebro de forma diferente? El color era parte
integrante de la imagen visual y no podía disociarse de ésta. La idea de que
fuese posible perder la capacidad de percibir el color, y de que en el cerebro
hubiese un centro para el registro de las sensaciones cromáticas, se consideró
absurda. Verrey se equivocaba a buen seguro; nociones tan ridículas como éstas
debían ser desterradas. Así fue, y la acromatopsia «desapareció». Darwin señaló
a menudo que nadie podía ser un buen observador si no era además un teórico
activo; y el propio Darwin, como escribió su hijo Francis, «parecía dominado
por una fuerza teorizante» que animaba e iluminaba todas sus observaciones,
incluso las más triviales. Pero, en opinión de Francis, esta fuerza estuvo
equilibrada en todo momento por el escepticismo y la cautela, y ante todo por
los experimentos que muchas veces echaban por tierra la nueva teoría. Sin
embargo, la teoría puede ser enemiga de la observación y del pensamiento
honesto, especialmente cuando se olvida de que es teoría o modelo y pasa a
convertirse en dogma o creencia soterrada, acaso inconsciente. Las falsas
creencias barrieron de un plumazo las observaciones de Verrey y la cuestión en
su conjunto por espacio de setenta y cinco años [9].
La noción de percepción como algo «dado» de manera
global y sin fisuras fue finalmente sacudida por los hallazgos de David Hubel y
Torsten Wiesel, a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. Hubel y
Torsten defendían la existencia de células y columnas de células en el córtex
visual que actuaban como «detectores de formas» y poseían una sensibilidad
específica para las horizontales, las verticales, los bordes, los alineamientos
y otros elementos similares. Comenzó entonces a desarrollarse la idea de que la
visión tenía distintos componentes, de que las representaciones visuales no
eran en absoluto «dadas», como las imágenes ópticas o fotográficas, sino
construidas mediante una compleja e intrincada correlación de procesos
diversos. La percepción pasó a concebirse como un fenómeno compuesto, modular,
como una interacción de numerosos elementos. La globalidad de la percepción no
era algo «dado», sino que debía ser conquistada por el cerebro.
De este modo, durante la década de los sesenta,
quedó claro que la visión era un proceso analítico que dependía de un amplio
número de sistemas cerebrales (y retinianos) con sensibilidades distintas, cada
uno de los cuales se «sintonizaba» para responder a los diferentes elementos de
la percepción. Fue este clima de receptividad a los subsistemas y a su
integración lo que permitió a Zeki descubrir la existencia de unas células
específicas, sensibles a diferentes longitudes de onda y color, en el córtex visual
del mono. Zeki encontró estas células en una zona muy similar a la señalada por
Verrey, ochenta y cinco años antes, como centro cromático. Este descubrimiento
pareció liberar a los neurólogos clínicos de una inhibición sufrida casi un
siglo antes. En pocos años se registraron nuevos casos de acromatopsia, y la
enfermedad fue al fin legitimada como tal por la neurología [10].
V
El tema del color ha fascinado siempre a artistas,
científicos y filósofos por igual. El primer tratado de Spinoza, escrito cuando
el filósofo tenía diecinueve años, fue un estudio del arco iris. Newton
escribió sobre «el famoso fenómeno de los colores» y, a partir de sus
experimentos con el prisma, llegó a la conclusión de que la luz blanca era
compuesta y de que el color de los rayos que la formaban estaba determinado por
su «refrangibilidad».
La noción del color como un fenómeno puramente
físico era, sin embargo, un anatema para Goethe, que también realizó sus
propias investigaciones sobre el particular [11]. En opinión de Goethe, la
realidad no estaba en las simplificaciones e idealizaciones de la física, sino
en la compleja realidad fenomenológica de la experiencia. Plenamente consciente
de la realidad subjetiva de las sombras coloreadas y de las imágenes
recurrentes, así como de la influencia de la contigüidad y de la luz en la
apariencia de los colores, Goethe sentía que éstas, a la manera del prisma
newtoniano en una sala a oscuras o del espectro reflejado en la pared, debían
sentar las bases para una correcta teoría del color. Le fascinaba ante todo la
subjetividad del color y sus inesperadas apariciones, modificaciones y
desapariciones, supuestamente ajenas a toda explicación física. Estaba
convencido de que los colores eran construidos por la mente de un modo cada vez
más complejo y en absoluto comparable a la simple reproducción física.
Desde el momento en que, en 1790, tomó un prisma y
exclamó «¡Newton se equivoca!», Goethe se propuso refutar la hipótesis
newtoniana (tal como él la entendía o malentendía) y construir su propia teoría
del color. El color se convirtió en una obsesión que dominó los últimos
cuarenta años de la vida del poeta, para quien sus estudios sobre esta
cuestión, Farbenlehre, eran tan importantes como el conjunto de su obra
literaria. Esperaba ser recordado por ello cuando su Fausto hubiese pasado al
olvido.
La teoría del color clásica no se vio afectada por
las reservas y los ataques de Goethe. Sus postulados eran para los científicos
contemporáneos acientíficos y místicos, y el desprecio con que se refirió a
Newton y otros estudiosos del tema no hizo sino reforzar esta visión.
Su estilo y su lenguaje resultaban ajenos para los
investigadores de la época y, a partir de 1800, se generalizó la sensación de
que los poetas y los científicos pertenecían a mundos distintos y de que Goethe
se estaba adentrando en un terreno que no le correspondía.
En 1957, transcurrido un siglo y medio, sucedió
algo singular. Edwin Land (que ya era famoso por haber inventado la cámara
Polaroid, pero que era además un experimentador y un teórico de gran audacia y
talento) hizo una demostración que causó el asombro de cuantos la presenciaron
y que resultó absolutamente inexplicable de acuerdo con la teoría clásica del
color.
Newton había demostrado que, al mezclar dos luces
de distinto color (por ejemplo, naranja y amarillo), se obtenía un color
intermedio (naranja amarillento). Casi tres siglos más tarde, Land repitió el
experimento con luces de colores para proyectar una serie de transparencias de
una naturaleza muerta en blanco y negro, realizadas con filtros de estos mismos
colores. Si se empleaba una luz amarilla se veía una imagen amarilla,
monocroma; si se empleaba una luz naranja se veía una imagen naranja. Al mezclar
las dos luces los espectadores esperaban un resultado intermedio, pero en lugar
de esto se produjo un súbito estallido de color, y la imagen se tornó roja,
azul, verde, púrpura; adquirió todos los colores de la naturaleza muerta usada
como modelo original. ¡Imposible! ¡Debía de tratarse de una ilusión!
De hecho es una ilusión, tanto como lo eran para
Goethe las sombras coloreadas — esa clase de ilusión que le hizo exclamar «¡La
ilusión óptica es una verdad óptica!» —. Goethe era plenamente consciente de
que no existía una equivalencia sencilla entre longitud de onda y color (como
pensaba Newton), y sentía que el color no era una simple sensación, sino una
«inferencia» o un «acto de juicio». Puesto que había llegado a esta conclusión
de manera intuitiva, pero ignoraba por completo los mecanismos fisiológicos que
hacían posible esta inferencia, Goethe cometió un gran error: pasó por alto la
fisiología; se adentró en «la mente» de un salto místico y propuso una teoría
del color (o seudoteoría) absolutamente mental o subjetiva.
Lo que Land hizo fue «salvar los fenómenos»,
explorar nuevamente esos mismos fenómenos que tanto fascinaran a Goethe, y
ofrecer al mismo tiempo una explicación objetiva, cosa de la que Goethe nunca
fue capaz (entre otras razones porque los avances necesarios en el campo de la
fisiología y de la psicofísica no se realizaron hasta después de su muerte).
Así pues, Land demostró que los colores no se perciben de manera aislada; que
una escena no es un conjunto de puntos de color, sino que, por el contrario, se
analiza como un conjunto, comparando y relacionando hasta el menor detalle los
estímulos que producen cada una de sus partes. Este proceso implica, en primer
lugar, «separar el color» de las imágenes; en segundo lugar, registrar la luz y
la sombra de cada parte de la escena, tal como es transmitida por los tres
receptores del color en la retina; y, en tercer lugar, comparar estos tres
«registros de luminosidad» en el cerebro.
Es el acto cerebral de comparación de los tres
registros lo que constituye la base de nuestra «inferencia» o «juicio de
color». Por ello, sólo ahora, gracias a la sorprendente demostración de Land y
los trabajos fisiológicos de Zeki (quien localizó la región del cerebro en la
que se realizan estas «inferencias»), resulta posible confirmar las intuiciones
de Goethe. Sin embargo, ni Land ni ZeKi hacen mención alguna de Goethe, y su
Farbenlehre sigue siendo hoy tan poco leída como en 1832.
VI
¿Podemos sacar alguna enseñanza de los ejemplos
mencionados? Yo creo que sí. En primer lugar cabría invocar el concepto de
«precocidad» — y concebir las observaciones realizadas en el siglo XIX por
Goethe, Herschel, Weir Mitchell, Tourette y Verrey como prematuras, y por ende
imposibles de integrarse en los conceptos de su época —. Al escribir sobre la
«precocidad» de los descubrimientos científicos, Gunther Stent afirma lo
siguiente: «Un descubrimiento es prematuro cuando resulta imposible relacionar
sus implicaciones, mediante una sencilla serie de pasos lógicos, con el
conocimiento canónico o generalmente aceptado». Stent aborda este asunto en
relación con el caso clásico de Mendel, y el menos conocido, pero igualmente
fascinante, de Oswald Avery (que descubrió el ADN en 1944; un descubrimiento
totalmente ignorado en su momento por la escasez de conocimientos que
permitiesen a los científicos apreciar su importancia) [12]. La precocidad, en
mi opinión, aunque relativamente rara en la ciencia, puede ser más común en la
medicina, en parte porque ésta no necesita realizar complicados experimentos
(como los de Mendel o Avery), sino que le basta con describir los hechos [13].
Pero el «escotoma» implica algo más que precocidad,
supone al mismo tiempo la anulación de lo percibido originalmente; es una
pérdida de conocimiento, una pérdida de visión, un olvido de aquellas
intuiciones que antaño parecían sólidamente establecidas, una vuelta a
explicaciones menos perspicaces. Todo ello no sólo representa un obstáculo para
la neurología, sino que es también, curiosamente, común a todos los campos de
la ciencia; y plantea serios interrogantes sobre el porqué de tales lagunas.
¿Qué hace que una observación o una idea nueva resulte aceptable, discutible,
memorable? ¿Qué es lo que impide que sea así, pese a su importancia y su valor?
Freud respondió a esta pregunta poniendo el énfasis
en la resistencia: la nueva idea nos resulta profundamente amenazadora o
repugnante y por ello le cerramos el paso. Esto es cierto en muchos casos, pero
lo reduce todo a la psicodinámica y a la motivación, lo cual es insuficiente
incluso para la psiquiatría.
No basta con aprehender algo, con «captar» algo,
fugazmente. La mente debe ser capaz de acomodarlo, de retenerlo. Este proceso
de acomodación, de creación de un espacio mental, de una categoría con
conexiones potenciales — y la voluntad de hacerlo —, me parece crucial para
determinar si una idea o un descubrimiento arraigará y dará fruto, o si, por el
contrario, será olvidada, se desvanecerá y morirá sin dejar rastro. La primera
dificultad, la primera barrera, se encuentra en nuestra propia mente, en el hecho
de permitirnos a nosotros mismos salir al paso de las nuevas ideas para
transformarlas en conciencia plena y estable, y en darles forma conceptual
reteniéndolas en nuestra mente aun cuando no encajen con los conceptos, las
creencias o las categorías existentes, o incluso las contravengan. Darwin
insiste en la importancia de los «ejemplos negativos» o excepciones, y en lo
crucial que es tomar nota de ellos al instante, pues de lo contrario «serán
olvidados».
Que es esencial tomar nota de las excepciones y no
olvidarlas, o juzgarlas triviales, se pone de manifiesto en el primer documento
escrito por Wolfgang Köhler, anterior a la publicación de sus trabajos pioneros
sobre la psicología de la Gestalt y titulado «On Unnoticed Sensations and
Errors of Judgement». Köhler habla en él de simplificaciones y
sistematizaciones prematuras en el ámbito científico, especialmente en la
psicología, y de cómo pueden cegarnos, anquilosar la ciencia e impedir su
crecimiento vital.
«Toda ciencia», escribe Köhler, «posee una especie
de desván al que van a parar, casi automáticamente, todas las cosas que no
pueden usarse en el momento, que no llegan a encajar [...] Estamos
continuamente desechando, infrautilizando, un material sumamente valioso [que
conduce al] bloqueo del progreso científico» (1913).
En la época en la que Köhler escribió estas líneas,
las ilusiones visuales eran consideradas «errores de juicio» — triviales,
irrelevantes para el funcionamiento del cerebro —. Sin embargo, Köhler no tardó
en demostrar que lo contrario era cierto, que tales ilusiones eran la más clara
evidencia de que la percepción no se limita a «procesar» pasivamente los
estímulos sensoriales, sino que crea activamente grandes configuraciones o
«gestalt» que organizan el campo de la percepción en su totalidad. Estas intuiciones
yacen hoy en el fondo de nuestra concepción del cerebro como un conjunto
dinámico y constructivo. No obstante, primero fue necesario atrapar una
«anomalía», un fenómeno contrario al marco de referencia aceptado y, tras
prestarle la debida atención, ampliarlo, para revolucionarlo así por completo.
Pero, si bien las anomalías permiten la transición
a un espacio mental más amplio, ello es a costa de un proceso sumamente
doloroso, incluso terrorífico, que consiste en socavar las propias creencias y
teorías. Y es doloroso porque nuestra vida mental se apoya, consciente o
inconscientemente, sobre teorías que a veces se encuentran sitiadas por la
fuerza de la ideología o de la ilusión. La historia de la ciencia y de la
medicina, en un sentido darwiniano, se configura en gran medida a partir de una
competencia intelectual y personal que nos obliga a enfrentarnos tanto a las
anomalías como a ideologías profundamente arraigadas; y esta competencia,
cuando adopta la forma de debate y juicio abierto, es esencial para su
progreso. Cuando estos debates se desarrollan de manera franca y directa, es
posible encontrar una solución rápida y avanzar así en consecuencia [14].
Esto es ciencia «limpia», pero también abunda la
ciencia «sucia». Un desafortunado ejemplo de ello ocurrió cuando el astrofísico
S. Chandrasekar, siendo un genial adolescente, desarrolló una sorprendente
teoría de la degeneración estelar. Mientras que las estrellas cuya masa crítica
era inferior a una cantidad dada podían convertirse en «enanas blancas», las de
mayor masa mostraban, por el contrario, una «degeneración relativista» y
pasaban, tras «implotar», a un estado absolutamente distinto. El gran astrónomo
teórico A. S. Eddington, maestro y protector de Chandrasekar, atacó a éste y a
su teoría con extraordinaria virulencia, y le prohibió desarrollarla y
publicarla (el ataque de Eddington, como se demostró más tarde, estaba basado
en una teoría cosmológica equivocada, incluso ilusoria, un castillo de naipes
que podía desmoronarse si la teoría de Chandrasekar resultaba cierta). Como
resultado de ello, la astronomía teórica vivió un estancamiento de treinta
años, y la teoría de los agujeros negros — claramente implícita en los
planteamientos de Chandrasekar a comienzos de los años treinta — no se
desarrolló en plenitud hasta finales de los sesenta [15].
Un ataque de la autoridad como éste puede tener
fatales consecuencias, no sólo porque impide la publicación de observaciones y
pensamientos cruciales, sino porque puede llegar a destruir a quien lo padece.
Chandrasekar poseía una gran fortaleza psíquica. En un primer momento se
resistió al ataque de Eddington y, más tarde, cuando comprendió que su
resistencia sería inútil, centró su atención en otros asuntos y realizó sus
principales trabajos en otros campos. Para Georg Cantor, el gran matemático que
desarrolló las ideas de los cardinales transfinitos y los conjuntos infinitos,
las cosas no fueron tan fáciles: perseguido por el famoso Félix Klein, a quien
Cantor llamaba «el gran mariscal de campo de las matemáticas alemanas», se
convirtió en una personalidad psicótica, si bien continuó desarrollando su
teoría durante sus períodos de lucidez. Ludwig Boltzmann, el mayor físico
teórico de las últimas décadas del siglo XIX, fue conducido hasta el suicidio
por la incomprensión y por los ataques lanzados contra su persona. Si hubiese
vivido sólo un poco más habría visto que sus métodos e ideas sobre la mecánica
estadística eran reconocidos a escala mundial.
Dos de las máximas autoridades del siglo XIX en lo
que se refiere a la percepción del color — Hermann von Helmholtz y Ewald Bering
— propusieron teorías diametralmente opuestas: Helmholtz argumentaba que el
color estaba formado por la suma total de las respuestas de los tres receptores
del color en la retina, mientras que Hering defendía la existencia de un
mecanismo más complejo, que implicaba la competición e inhibición de los tres
tipos de conos, y sostenía que la capacidad de la retina para responder a los
estímulos luminosos seguía un proceso similar. A partir de esta cuestión
concreta, el desacuerdo se extendió a todos los interrogantes de la psicofísica
y de la fisiología visual. El amargo rencor personal surgido entre estos
hombres dominó también a sus discípulos y seguidores hasta cincuenta años
después de sus muertes. En una crónica reciente sobre el particular, Steven
Turner atribuye el conflicto a la «inconmensurabilidad perceptiva» existente
entre ambos; mientras que C. R. Cavonius, en su estudio crítico de la obra de
Turner, lo reduce a «mera mala fe» [16].
En casos extremos, el debate científico puede
amenazar con destruir el sistema de creencias de uno de los antagonistas, y con
ello, tal vez, el sistema de creencias de la cultura en su conjunto. Uno de los
ejemplos más claros de este tipo de destrucción surgió tras la publicación de
El origen de las especies, en 1859, con los furibundos ataques entre «ciencia»
y «religión» (personificados en las figuras de Thomas Huxley y el obispo
Wilberforce) y las violentas aunque patéticas acciones emprendidas por Agassiz
desde la retaguardia, convencido este último de que el trabajo de toda una
vida, su sentido de la existencia de un creador, habían sido aniquilados por la
teoría de Darwin [17].
En este caso extremo, el ansia de olvido fue tal
que el propio Agassiz viajó hasta las islas Galápagos con la intención de
repetir los experimentos de Darwin para repudiar la teoría que, así lo sentía
él, le había destruido.
Con frecuencia me ha sorprendido que la teoría del
caos no fuese descubierta o inventada por Newton o Galileo, pues sin duda ambos
estaban perfectamente familiarizados con fenómenos como el de la turbulencia y
las corrientes, que se observan a todas horas en la vida diaria (y que Leonardo
supo retratar con consumada maestría). Tal vez evitaron pensar en sus posibles
implicaciones, al intuir que con ello podían infringir las leyes de una
naturaleza racional y ordenada.
De hecho, esto es lo que sintió Poincaré cuando,
más de dos siglos después, comenzó a investigar las consecuencias matemáticas
del caos: « Estas cosas son tan extrañas que no soporto siquiera observarlas».
Ahora somos capaces de apreciar en el caos modelos de belleza — una nueva
dimensión de la belleza natural —, pero Poincaré sentía algo muy diferente.
El más famoso ejemplo de este tipo de repugnancia
en el siglo actual es, sin duda, la violencia con que Einstein rechazó la
mecánica cuántica, por su naturaleza aparentemente irracional. Aun cuando el
propio Einstein había sido uno de los primeros en demostrar los procesos
cuánticos (y de hecho recibió el Premio Nobel por ello), se negaba a considerar
la mecánica cuántica como algo más que una representación superficial de los
procesos naturales, que daría paso, ahondando más en ella, a un modelo más armonioso
y ordenado.
A Darwin le costaba reconocer que había tenido
predecesores, que la idea de la evolución flotaba ya en el aire; Newton, a
pesar de su famoso comentario de que «nos alzamos sobre hombros de gigantes»,
negaba también la existencia de estos predecesores. Esta «ansia de influencia»
(magníficamente expuesta por Harold Bloom con respecto a la historia de la
poesía) es una poderosa fuerza presente también en la historia de la ciencia.
Uno llega a creer que los demás se equivocan; uno llega además, insiste Bloom,
a malinterpretar a los demás, y (acaso inconscientemente) reacciona contra
ellos para desarrollar y desplegar con éxito las propias ideas. («Todo
talento», escribe Nietzsche, «debe desplegarse en la batalla».) En el caso de
Hering y Helmholtz, creo que ninguno de los dos podía soportar la idea de estar
significativamente influido por el otro; tuvieron que separarse, negarse el uno
al otro, para insistir (casi con desesperación) en su propia originalidad; los
dos se comportaron como si en el mundo no hubiese espacio suficiente para
ambos; los dos se sentían amenazados por la mera existencia del otro, como si
el éxito del uno entrañase la destrucción del otro [18]. Hoy, transcurridos más
de cien años, sabemos que los dos tenían parte de razón (en sus teorías, no en
el modo de defenderlas), que sus investigaciones e ideas no eran antagónicas,
sino complementarias, y que una correcta teoría de la visión del color debe
reconocer por igual el mérito de ambos [19].
VII
Hemos hablado de descubrimientos o ideas tan
«prematuros» que casi carecieron de conexión o contexto, y por ende resultaron
ininteligibles o fueron ignorados en su época; y de otros descubrimientos o
ideas, contestados con pasión, incluso con ferocidad, en el necesario aunque
brutal agón de la ciencia. Pero tal vez sea igual de importante contemplar los
descubrimientos y las ideas no a la luz de la aceptación o del desprecio de que
fueron objeto entre sus contemporáneos, sino considerándolos en el conjunto de
la historia de las ideas, como algunos de los principales científicos han
hecho.
Einstein dio a su peculiar libro el título de La
evolución de la física [20], y la historia que nos cuenta no sólo es una
historia de nacimiento repentino, sino también de discontinuidad radical. La
Parte I lleva por título «Auge de la visión mecanicista» y la Parte II «Declive
de la visión mecanicista». La visión mecanicista del mundo, tal como él la
percibe, debía desmoronarse y dejar un terrorífico vacío intelectual para
permitir el nacimiento de un concepto radicalmente nuevo. El concepto de «campo
de fuerzas» — un requisito previo de la teoría de la relatividad — no surge o
evoluciona en modo alguno a partir de un concepto mecánico. Así pues, Einstein
hablaba menos de evolución que de revolución — revolución que, por otro lado,
él mismo elevó a alturas hasta entonces inimaginables.
Pero lo más importante es que Einstein se toma el
trabajo de reconocer que la nueva teoría no destruye la anterior, no la
invalida ni la supera, sino que más bien «nos permite recuperar viejos
conceptos desde un plano superior».
Einstein desarrolla esta idea mediante un célebre
símil:
Recurriendo a la comparación, podríamos decir que
crear una nueva teoría no es como destruir un viejo granero para levantar en su
lugar un rascacielos. Es más bien como escalar una montaña y gozar, a medida
que ascendemos, de nuevas y más amplias vistas, descubriendo relaciones
inesperadas entre el punto de partida y la riqueza del entorno. Pero el punto
de partida sigue existiendo y lo vemos, aunque resulte cada vez más pequeño y
llegue a convertirse en una parte diminuta de esa amplia visión conquistada tras
superar los obstáculos del azaroso ascenso.
Helmholtz, en sus memorias semiautobiográficas,
Thought in Medicine, emplea también la imagen de una escalada (él mismo era un
fanático del alpinismo), pero la describe de un modo que no es en absoluto
lineal. No podemos ver con antelación, dice, el camino que conduce hasta la
cima; la escalada se realiza por el procedimiento de prueba y error. El
escalador intelectual parte de un punto equivocado, se atasca, queda atrapado
en callejones sin salida y se encuentra en situaciones insostenibles; debe dar
marcha tras descender y comenzar de nuevo. De este modo, lento y doloroso,
salpicado de errores y rectificaciones, asciende en zigzag por la montaña. Sólo
cuando alcanza la cima o la altura deseada, es capaz de ver que, de hecho,
había una ruta directa, «una calzada real». Helmholtz afirma que en sus
publicaciones conduce a los lectores por una calzada real, pero ésta no se
parece en absoluto al intrincado y tortuoso proceso mediante el cual el propio
Helmholtz construyó su camino.
En todos estos relatos encontramos un tema común:
que tenemos una visión intuitiva y rudimentaria de lo que debemos hacer, y que
es esto, una vez atisbado, lo que impulsa al intelecto. A los quince años,
Einstein tenía la fantasía de que cabalgaba sobre un rayo de luz, y diez años
más tarde desarrolló la teoría de la relatividad especial, pasando así de los
sueños adolescentes a la mayor de las teorías jamás formulada. ¿Fue la
conquista de la teoría de la relatividad especial, y más tarde de la relatividad
general, parte «inevitable» de un proceso histórico progresivo? ¿Fue el
resultado de una particularidad, del advenimiento de un genio único? ¿Habría
sido posible concebir la relatividad si Einstein no hubiese existido? (Y
¿cuánto habría tardado en ser aceptada esta teoría de no haberse producido el
eclipse solar de 1917, que, por un raro azar, permitió confirmar su validez al
observar detalladamente el efecto de la gravedad solar sobre la luz? De este
modo advertimos que el papel de lo fortuito no es menos importante que el de lo
inexorable — y, cosa nada trivial, que era necesario alcanzar cierto nivel
tecnológico para medir con exactitud la órbita de Mercurio —.) Ni el «proceso
histórico» ni el «genio» ofrecen por sí solos una explicación adecuada; ambos
conceptos camuflan la complejidad, la in-naturaleza de la realidad. Lo que se
desprende del estudio atento de una vida como la de Einstein es la enorme
influencia del azar en esa vida — azar claramente plasmado en el hecho de que
este o aquel logro técnico estuviesen allí, a su disposición, como por ejemplo
el experimento de Michelson-Morley —. Si Riemann y otros matemáticos no
hubiesen desarrollado la geometría no euclidiana, Einstein no habría dispuesto
de las técnicas intelectuales necesarias para transformar una vaga intuición en
una teoría plenamente desarrollada, que precisa de los conceptos de la
geometría no euclidiana. Sin duda, Einstein estuvo siempre alerta, dispuesto a
percibir y aprehender cuanto pudiera serle útil. «El azar ayuda a la mente preparada»
(Claude Bernard), pero fue una coincidencia especialmente feliz lo que hizo que
las geometrías no euclidianas se desarrollasen justo en ese momento. Se habían
esbozado anteriormente como construcciones puramente abstractas, sin pensar en
ningún momento que pudiesen ser adecuadas para ofrecer un modelo físico del
mundo.
Es preciso que concurran un amplio número de
factores aislados, individuales y autónomos para que el acto aparentemente
mágico de progreso creativo llegue a producirse; y la ausencia (o el desarrollo
insuficiente) de uno solo de estos factores basta para impedirlo. Creo que
nunca se hace suficiente hincapié en la importante función de la contingencia,
de la suerte (buena o mala). Esto es aún más cierto en la medicina que en la
ciencia, porque la primera depende esencialmente de que la persona «adecuada»
detecte en el momento adecuado la presencia de casos raros, inusuales y tal vez
únicos.
Los casos de memoria prodigiosa son sumamente
raros, y el ruso Shereshevsky figura entre los más notables. Pero hoy sólo
sería recordado (como mucho) como «un caso más de memoria prodigiosa» si el
azar no hubiese puesto en su camino a A. R. Luria, un prodigio de intuición y
de observación clínica. El genio de Luria y treinta largos años de
investigaciones sobre los procesos mentales de Shereshevsky fueron necesarios
para llegar a las extraordinarias observaciones que Luria ofrece en su
magnífico libro, The Mind of a Mnemonist. La histeria, por el contrario, no es
un fenómeno raro y se ha descrito con detalle desde el siglo XVIII. Sin
embargo, no se estudió psicodinámicamente hasta que una histérica consumada
tropezó con el joven Freud y su amigo Breuer. Uno llega a preguntarse si el
psicoanálisis habría podido echar a andar sin Anna O. y sin las mentes
especialmente receptivas y preparadas de Freud y Breuer; sin el encuentro entre
una paciente única y un explorador único (estoy seguro de que sí, pero más tarde
y de un modo diferente).
Así pues, la ciencia es una conjunción de factores
inexorables y factores fortuitos. Si Watson y Crick no hubiesen fraccionado la
espiral del ADN en 1953, es casi seguro que Linus Pauling lo habría hecho.
Podríamos decir que la estructura del ADN estaba lista para ser descubierta —
aunque quién la descubriría, cómo y cuándo exactamente, resultaba impredecible
—. Algo similar ocurrió en el siglo XVII. Había llegado el momento de inventar
el cálculo, cosa que hicieron, casi simultáneamente, Newton y Leibniz, aunque
de distinto modo.
¿Sería posible revivir la historia de la ciencia —
como la de la vida — de un modo diferente? ¿Guarda algún parecido la evolución
de las ideas con la evolución de la vida? Ciertamente apreciamos súbitas
explosiones de actividad, momentos en los que se realizaron enormes avances en
un breve lapso de tiempo; tal fue el caso de la biología molecular entre las
décadas de 1950 y 1960; o de la física cuántica en los años veinte; y parece
que la neurociencia pasa hoy por un proceso similar de avances fundamentales,
que nos encontramos en la «década del cerebro». Hallazgos que transforman
repentinamente el rostro de la ciencia dan paso, con frecuencia, a largos
períodos de consolidación y, en cierto sentido, de estasis. Es casi obligado
recordar el retrato del «equilibrio puntuado» ofrecido por Niles Eldridge y
Stephen Jay Gould, y resulta inevitable preguntarse si acaso encierra alguna
analogía con algún proceso evolutivo natural.
Y, sin embargo, aun cuando esto sea válido como
modelo general, tenemos la sensación de que los detalles podrían ser muy
diferentes, porque las ideas parecen surgir, florecer, avanzar en todas
direcciones, o ser abortadas y extinguirse de un modo absolutamente
imprevisible. Gould gusta decir que si fuese posible pasar de nuevo la cinta de
la vida en la Tierra, esta segunda vez todo sería diferente. Supongamos que
John Mayow hubiese descubierto en realidad el oxígeno en 1670; que la máquina
diferencial de Babbage — una computadora — hubiese sido construida en el siglo
pasado; ¿habría sido muy
distinto el curso de la ciencia? [21] Esto es mera
fantasía, claro está, pero una fantasía que produce la sensación de que la
ciencia no es un proceso inexorable, sino un proceso en extremo contingente, en
lo que a sus detalles respecta.
VIII
Ahora bien ¿hay estructuras subyacentes más allá de
la contingencia, fases por las cuales la ciencia y la medicina deban pasar
obligatoriamente? Las descripciones de enfermedades — patografías —, ya muy
detalladas en la Antigüedad, ofrecieron una asombrosa cantidad de información a
mediados y a finales del siglo XIX, un período en el que se describieron miles
de trastornos neurológicos claramente diferenciados, con minuciosidad no
superada desde entonces. Fue ésta una época de amplia apertura a la experiencia,
de amor por los fenómenos, de talento para describirlos, y dotada de una suerte
de pasión cartográfica por su clasificación y ubicación — aunque no se pensara
demasiado en su naturaleza o en su «significado» [22].
Hubo también, a finales del siglo XIX, un
importante proceso de teorización neurológica — de hecho, el mayor de los
teóricos de la neurología, Hughlings Jackson, realizó sus principales
descubrimientos en esta época —. Pero, en conjunto, la descripción predominio
sobre la teorización, y en cierto modo se mantuvo al margen de ésta, como si la
descripción fenomenológica detallada se bastara a sí misma — actitud claramente
visible en la máxima de Goethe: «Todo lo objetivo es, en cierto modo, teoría
[...] No tiene sentido buscar algo detrás de los fenómenos: son teoría».
Lo cierto es que durante esta etapa de descripción
naturalista y pasión fenomenológica por el detalle, parecía muy adecuado
adoptar un hábito mental concreto, y sospecho que éste no fue otro que la
tendencia a la abstracción o el raciocinio — hermosamente descrita por William
James en su famoso ensayo sobre Agassiz:
El único ser humano al que realmente amó y del que
se sirvió fue aquel capaz de proporcionarle hechos. Ver los hechos, no argüir o
razonar, era lo que la vida significaba para él; y creo que con frecuencia
alabó a las mentes con capacidad de raciocinio [...] El extremo rigor con que
se entregó a este particular método de conocimiento era consecuencia natural de
su peculiar intelecto, en el que la capacidad de abstracción, el razonamiento
causal y las cadenas de consecuencias elaboradas a partir de hipótesis eran
facultades muy inferiores a su talento para reconocer enormes cantidades de
detalles y para captar analogías y relaciones de carácter cierto y concreto.
(Al comienzo de sus Pensamientos, Pascal habla de
dos tipos de mente fundamentales: la intuitiva y la matemática — la mente de
Agassiz era abrumadoramente intuitiva.)
De este modo, el gran logro de la neurología
descriptiva sobrevino a finales del siglo XIX, y a él hemos de volver una y
otra vez para recordar la plenitud de los fenómenos y el sentido de conjunto
(como yo mismo pude comprobar al descubrir la Megrim de Liveing).
Sin embargo, en el cambio de siglo, la medicina
experimentó una importante pérdida: las grandes descripciones y sus artífices,
que antaño fueran su gloria, parecieron desvanecerse. Y con el fin de esta
tradición, cierta sensación de pérdida, de amnesia, se apoderó de la medicina.
A. R. Luria habla con agudeza sobre esta cuestión en su autobiografía.
William James describe un proceso paralelo,
ejemplificado, a su juicio, en el ascenso y en la caída de Agassiz. James
describe la llegada del joven Agassiz a la Universidad de Harvard a mediados de
la década de 1840 en los siguientes términos: «Estudió la geología y la fauna
de un continente, formó a toda una generación de zoólogos, fundó uno de los
principales museos del mundo, dio un nuevo impulso a la educación científica en
Estados Unidos». (Y todo ello gracias a su amor por los fenómenos y por los hechos,
por los fósiles y por los seres vivos; a su mente apasionada y lírica, a su
sentido científico y religioso de un sistema divino, de un conjunto.) Pero, más
tarde, supone James, tuvo lugar una importante transformación: la zoología
perdió su forma antigua, pasó de ser una historia natural, basada en conjuntos
— especies y formas y sus relaciones taxonómicas —, a estudiar la fisiología,
la histología, la química, la farmacología, a convertirse en una nueva ciencia
de mecanismos y de partes abstraídas del organismo y de su configuración como
conjunto. Era ésta una transformación a la cual la mente de Agassiz, la mente
intuitiva, no logró adaptarse, lo que le llevó a alejarse del centro del
pensamiento científico y a convertirse, en los últimos años de su vida, en un
personaje excéntrico y trágico [23].
No había nada más apasionante y poderoso que esta
nueva ciencia, pese a que, era evidente, algo se había perdido en el camino. En
1896 James escribe:
En los cincuenta años transcurridos desde su
llegada [de Agassiz], nuestro conocimiento de la Naturaleza ha penetrado en
fisuras y zonas recónditas que su intuición jamás llegó a atisbar. Son los
elementos causales, y no los totales, los que hoy más nos apasiona comprender;
mientras que los elementos y las fuerzas aisladas se nos antojan en ocasiones
pobres y vacíos.
Esta ambivalente sensación de ganancia y pérdida ha
dominado la neurología desde su consolidación como disciplina científica, en la
década de 1860, cuando en 1862 Broca descubrió que un trastorno específico del
lenguaje, la afasia, podía localizarse en una determinada zona del cerebro. La
región señalada por Broca pasó a llamarse de inmediato «área del lenguaje», y
su descubrimiento abrió el camino a decenas, y más tarde cientos, de nuevas
áreas, en cada una de las cuales (se creía entonces) residía una determinada
forma de comportamiento o percepción, una particular función neural o psíquica.
Hacia el cambio de siglo esta ubicación de las funciones pareció alcanzar su
plenitud; el cerebro, la mente, comenzaban a percibirse como un sistema de
naturaleza compuesta, un vasto mosaico de diferentes funciones localizadas en
centros propios e independientes; y, con ello, la sensación de conjunto se
desvaneció.
Al mismo tiempo se produjo una escisión entre una
mayoría de neurólogos favorable a este tipo de «parcelación» de las actividades
mentales y otros — principalmente Hughlings Jackson, Pierre Marie, Henry Head y
Kurt Goldstein — convencidos de la existencia de funciones de rango superior
(como la memoria, la atención, las emociones, el pensamiento, la conciencia o
la identidad), que requerían una serie de procesos cerebrales de carácter
global y a gran escala, y no podían comprenderse en términos de pequeñas y
modestas regiones cerebrales (en la jerga de los neurólogos, unos recibieron el
nombre de «aislacionistas» y otros de «globalistas» u «holísticos»).
Esta historia, claro está, es casi una caricatura;
ninguna figura de relevancia ha sido nunca un aislacionista puro o un
globalista puro, y casi todos ellos han luchado, de distintos modos, por
reconciliar ambas posturas. El propio James, más consciente que nadie de las
virtudes y los defectos de ambas aproximaciones, previó una tercera fase que
vendría a trascender y sintetizar a las anteriores:
La verdad de las cosas reside, a fin de cuentas, en
su plenitud vital, y algún día, desde una posición más exigente de la que nadie
en la generación de Agassiz pudo adoptar, nuestros descendientes, enriquecidos
por nuestro derroche de investigaciones analíticas, recuperarán ese modo más
sencillo y superior de contemplar la naturaleza.
Ese «modo más sencillo y superior» había sido
enormemente anhelado por los supuestos holísticos de las generaciones
precedentes, pero escapaba a su entendimiento; no estaba al alcance de los
conceptos disponibles en su época. Y, hasta hace muy poco tiempo, los
científicos con tendencias holísticos se aferraron a una seductora sensación de
hiato entre el sentimiento de naturaleza (incluida la naturaleza humana), que
nos es dado mediante la observación directa y mediante la intuición, y ese otro
sentimiento, fragmentario y descentrado, que la ciencia proporcionaba [24].
IX
En el curso de los últimos cuarenta y cinco años, y
en todo el espectro científico — desde la cosmología hasta la geología, la
embriología o la neurología —, han surgido nuevos conceptos que no hubieran
llegado a aparecer sin la posibilidad de excavar en el rico yacimiento de
nuestras investigaciones analíticas — el siglo de «micro» ciencia que los
precedió —, pero que, al mismo tiempo, no son resultado directo de ellas; del
mismo modo, el concepto físico de «campo» no se deriva directamente de una visión
mecánica del mundo.
Estos nuevos conceptos han de ser, típicamente,
sintéticos; expresar principios generales de gran alcance, definir una
organización global que confiera unidad a las observaciones, en apariencia
fragmentarias, de la microciencia. La búsqueda y el descubrimiento de estos
principios generales vive hoy un momento especialmente activo en la astronomía
y en la cosmología — con la teoría del Big Bang y la teoría de las supercuerdas
—, y también en la física nuclear, donde la actual disposición vertiginosa de las
«partículas elementales» se halla a la espera de confirmar su posición en el
llamado modelo estándar. Al margen de esto, cabe esperar que surjan teorías
capaces de unificar todas las fuerzas fundamentales de la naturaleza.
En el campo de la biología, y especialmente en el
de la neurobiología y la neuropsicología, la cuestión es más compleja pues
obliga a interrelacionar numerosos niveles de función orgánica — desde el
molecular hasta el ontológico — para elaborar, idealmente, una teoría
sintética. Por esta razón, puede ser necesario disponer de principios
parcialmente generales — principios generales aplicados a niveles particulares
— para intuir lo que puede situarse al margen de éstos. Estos conceptos no
surgieron hasta los años treinta, cuando P. K. Anokhin y otros teóricos
soviéticos desarrollaron la noción de «sistema funcional». De este modo, allí
donde la neurología clásica había pensado hasta entonces en términos de
funciones y centros, había que pensar, en lo sucesivo, en términos de complejos
sistemas dinámicos, adaptados a determinados fines biológicos, en los cuales
todos los vínculos intermedios pudiesen variar dentro de unos límites
notablemente amplios. El concepto desarrollado por Elkhonon
Goldberg, discípulo de Luria, sobre los gradientes
corticales y cognitivos se sitúa en un plano superior.
En los animales «inferiores» y las zonas
«inferiores» del cerebro, se observa una «sólida alambrada» de funciones
neurológicas: todo (o casi todo), desde las funciones respiratorias hasta las
respuestas instintivas, está determinado genéticamente, y depende de núcleos o
módulos fijos en el cerebro. Éste puede ser también el caso de las zonas
sensoriales primarias (por ejemplo, aquellas en las que se «construyen» el
color y el movimiento). Pero en niveles superiores, en las zonas de asociación,
afirma Goldberg, donde tiene lugar el aprendizaje, se observa un principio
organizativo absolutamente distinto. Estas áreas, a diferencia de las demás, no
están condicionadas desde el nacimiento, y su desarrollo depende de la
experiencia vital: asumen una función en el curso de la vida. Este córtex
superior se concibe como un continuum, un pliego o una red o un campo, con
diferentes densidades o «gradientes» de representación; y sus funciones son, en
palabras de Goldberg: «continuas, interactivas y emergentes, en oposición a las
fragmentarias, modulares y preestablecidas».
Cuando Goldberg lanzó la hipótesis de los
gradientes corticales, hace casi veinte años, la idea (como Hume dijera de su
propio Tratado) «parecía muerta antes de salir de la imprenta». La hipótesis de
Goldberg no suscitó reacción alguna en la literatura neurológica; el concepto
no pasó a formar parte de la conciencia neurológica. Era demasiado novedosa,
demasiado extraña, demasiado «prematura» para ser asimilada en una época en la
que todo el mundo pensaba en términos de módulos, de mosaico cortical formado por
pequeñas zonas, cada una de las cuales se identificaba con determinadas
funciones. Hoy, veinte años después, el clima neurológico es radicalmente
distinto — en gran medida gracias a las formas de modelado neural sintético,
que muestran lo que las reds neurales interactivas son capaces de conseguir —,
y se observa una actitud favorable a la idea de autogestión, al hecho de que la
organización del cerebro y la mente emergen bajo el influjo de la experiencia.
Los modelos propuestos por Goldberg, y despreciados en su momento, son hoy
objeto de un vivo interés.
Una teoría general de carácter aún más ambicioso y
audaz, en la medida en que se propone abarcar las funciones y la evolución del
cerebro a todos los niveles, es la teoría de la selección de grupo neuronal
propuesta por Gerald Edelman, y conocida también como «darwinismo neural». En
ella, todo nivel, desde las microestructuras de pesos sinápticos y las
conexiones neuronales hasta las macroestructuras de una vida realmente vivida,
se encuentran, en términos generales, unificadas [25]. Puede que esta teoría de
gran alcance sea también prematura, ya que si bien una parte de ella se adapta
perfectamente a los conocimientos clínicos y neurocientíficos disponibles, otra
parte va más allá de los hechos conocidos y no resulta fácilmente demostrable
en el momento actual — pero esto ocurre siempre con cualquier teoría
revolucionaria.
En los últimos cuarenta años ha hecho su aparición
un nuevo modelo teórico, o una nueva visión del mundo, que, por decirlo de
algún modo, pasa por alto todas las reglas, desde las nociones de autogestión
en los sistemas físicos y biológicos más sencillos hasta las nociones de
complejos sistemas adaptados a la naturaleza y a la sociedad; desde los
conceptos de propiedades emergentes en las redes neurales hasta los conceptos
de selección de grupo neuronal en el cerebro. Surge así una nueva «macrovisión»
no sólo del carácter integral de la naturaleza, sino de la propia naturaleza
como factor innovador, emergente y creativo.
Nietzsche se refería a «el mundo como una obra de
arte que se crea a sí misma». La palabra «naturaleza» connota nacimiento,
creatividad, pero este significado desapareció con el auge de la termodinámica
y de la visión newtoniana del universo, que (en palabras del cosmólogo Paul
Davies) «presenta el universo bien como una máquina estéril, bien como un
estado de degeneración y decadencia». Hoy, gracias al poder de las nuevas
síntesis y teorías globales, esta imagen «empobrecida» y «muerta» de la
naturaleza está siendo trascendida y comenzamos a ser capaces de acercarnos al
mundo natural de un modo distinto, a apropiarnos de él nuevamente, pero esta
vez por medio de la ciencia como un conjunto emergente que se crea a sí mismo:
ese modo «más sencillo y superior» de observarla con el que soñaba William
James.
Capítulo 2
Contra viento y marea: Una historia de coraje,
virus y cáncer
Daniel J. Kevles[26]
Los médicos dedicados al estudio del cáncer han
luchado desde la Antigüedad por comprender las causas de este grave trastorno.
De hecho, la palabra «cáncer» toma su nombre del griego karkinos (cangrejo) por
la tendencia de esta enfermedad a extenderse por un tejido normal en todas las
direcciones, como «atenazándolo con sus pinzas». De un modo similar, la palabra
que se emplea para definir el estudio del cáncer — «oncología» — procede del
griego oncos (masa). El médico Galeno, cuya autoridad en la cuestión prevaleció
al menos hasta el año 1500, atribuía el cáncer a un exceso de bilis negra, uno
de los cuatro humores corporales. Algunos de sus sucesores hallaron los
orígenes del cáncer — de un modo más variopinto — en la conducta inmoral, en
las enfermedades venéreas, en la depresión, o (en el caso de las monjas) en el
celibato. Otros, tras advertir la tendencia de algunos cánceres a cebarse en
los miembros de una misma familia, concluyeron que la enfermedad era
hereditaria. Aquí y allá, desde finales del siglo XVIII, otros sospecharon, en
fin, que una de las causas del cáncer podía ser la toxicidad ambiental — el
hollín que respiraban los deshollinadores, el rapé y el tabaco que inhalaban
los caballeros, el polvo de las minas y los productos químicos contenidos en
los tintes de anilina —. Pero, a finales del siglo XIX, algún periodista
honesto se hizo eco de las teorías sobre el cáncer expuestas por el principal
médico de Filadelfia, Samuel Gross, a mediados de la centuria: «Lo único que
sabemos con certeza es que no sabemos nada» [27].
Hoy, cien años después, y tras una serie de
descubrimientos adicionales, podemos afirmar que sabemos algo sobre el cáncer.
Ninguno de estos descubrimientos ha revelado de repente las causas de la
enfermedad; pero cada uno de ellos ha contribuido a ampliar nuestros
conocimientos científicos sobre la cuestión y ha permitido a los investigadores
plantear nuevas incógnitas. Como resultado de ello, los científicos biomédicos
han llegado a comprender — hasta el punto en que hoy lo comprenden — que la
razón por la que algunas células normales se convierten en células cancerosas
es una extraña historia de dificultades, desazones y frustraciones. Sin
embargo, su dramatis personae incluye, como hoy sabemos, una clase de agentes
pertinaces y esenciales: los virus que hoy reciben el nombre de virus
cancerosos.
A comienzos del presente siglo, las perspectivas
para entender el cáncer, por no mencionar otras muchas enfermedades, se
iluminaron con la aparición de la medicina científica, especialmente con la
creciente constatación, por medio de diversos experimentos de laboratorio, de
que unos determinados microorganismos son los responsables de las enfermedades
infecciosas. A decir verdad, había buenas razones para creer que el cáncer no
es una enfermedad infecciosa, pues ni los tumores ni las leucemias se transmiten
del paciente al doctor, o a la enfermera, o a la familia del enfermo. Pero
algunos científicos llegaron a la conclusión de que el caso del cáncer
intervenía un agente infeccioso, tras estudiar ciertas observaciones realizadas
a finales del siglo XIX que vinieron demostrar que, al trasplantar el tumor de
un animal enfermo a un animal sano, se estimulaba el crecimiento de nuevos
tumores.
A finales del siglo XIX y principios del XX los
investigadores buscaron los microorganismos causantes del cáncer entre los
protozoos, las bacterias, las espiroquetas y los hongos. Todos fracasaron, y
las teorías que defendían el origen infeccioso de la enfermedad perdieron
credibilidad cuando, en 1909, un granjero llevó un pollo enfermo a Peyton Rous,
un joven biólogo empleado en el Rockefeller Institute for Medical Research.
Esta institución se había fundado en Nueva York en 1901, con el propósito de estimular
la medicina científica. Rous, médico de formación, se incorporó al Rockefeller
Institute para continuar sus investigaciones sobre el cáncer, pese a la opinión
mantenida por muchos de que era un campo sin esperanzas. El pollo enfermo
presentaba un gran tumor globular en el pecho. Sus células eran las
características del sarcoma, un tumor que se produce en el tejido conectivo o
muscular.
Rous se proponía tomar una muestra del tumor para
eliminar tanto las células como las bacterias, con la esperanza de encontrar un
agente distinto de las propias células. Para ello trituró el tejido y.
posteriormente, lo filtró. A continuación inyectó el líquido extraído en pollos
sanos de la misma especie y descubrió que también éstos desarrollaban sarcomas.
Rous llegó a la conclusión de que los tumores podían haber sido estimulados por
un «organismo parásito diminuto» transportado en el líquido, posiblemente un
virus [28].
La palabra «virus» deriva de la palabra latina para
«veneno». Tiene connotaciones mortales, aunque es vaga en sí misma. Y al igual
que los microorganismos, los virus son también diminutos. Una bacteria es mucho
más complicada y mucho más grande, en comparación con un virus típico; tanto
que resulta visible con un microscopio corriente. A comienzos del presente
siglo los científicos sólo eran capaces de definir los virus principalmente por
lo que no eran. No eran visibles a través del microscopio. No era posible
aislarlos de los líquidos, ni siquiera con los filtros más finos. De hecho, a
menudo recibieron el nombre de «agentes no filtrables», causantes de
enfermedades infecciosas mediante las cuales los científicos fueron capaces de
detectar la presencia de estos agentes.
Los descubrimientos realizados por Rous revelaban
la presencia de un virus. Había algo en el fluido que causaba el tumor, pero
resultaba imposible verlo o filtrarlo. No obstante, el hallazgo era lo bastante
evidente como para que los científicos de ambos lados del Atlántico comenzasen
a investigar la capacidad de los virus para producir tumores en otros animales
— ratones, ratas, conejos y perros —. La técnica consistía en extraer el
líquido de un tumor e inocularlo en animales sanos. Los experimentos fracasaron
en su mayor parte; la enfermedad sólo se desarrolló en los pollos y otros tipos
de aves. Nadie sabía explicar por qué.
Aun así, la idea de que el cáncer era producido por
un microorganismo infeccioso continuó seduciendo a algunos científicos. En
Dinamarca, años antes de la Primera Guerra Mundial, Johannes Andreas Grib
Fibiger inoculó un cáncer de estómago en ratas, alimentándolas con cucarachas
infectadas con larvas de nematodo, una minúscula lombriz parásita. Fibiger
llegó al convencimiento de que el nematodo transportado por la cucaracha era un
agente cancerígeno. Si bien sus teorías no lograron convencer a muchos — dado que
apenas nadie fue capaz de repetir el experimento —, Fibiger fue galardonado con
el Premio Nobel de Medicina en 1926. Murió dos meses después de recibir este
premio y con él murió también toda investigación posterior sobre sus resultados
experimentales [29].
El interés por el papel de los virus en el
desarrollo del cáncer se mantuvo vivo en el Rockefeller Institute, donde, a
comienzos de los años treinta, un científico llamado Richard Shope extrajo un
agente no filtrable de un papiloma — una formación de tejido conjuntivo
semejante a una verruga — de un conejo de monte y lo inyectó en conejos
domésticos. Éstos desarrollaron papilomas que en un principio eran benignos y
más tarde se volvieron malignos. Los investigadores, sin embargo, consideraron
que los resultados eran fruto de ciertas anomalías. La transmisión vírica del
tumor se había experimentado con éxito en el caso de los pollos, y se creía que
el cáncer de estos animales no tenía nada que ver con el cáncer de los
mamíferos, y mucho menos con el cáncer de los seres humanos. Hacia los años
treinta, la teoría de que al menos algunos tipos de cáncer eran de origen
vírico perdió credibilidad entre la mayoría de los oncólogos, y quienes aún se
atrevían a defenderla corrían el riesgo de caer en el desprestigio.
Este estado de cosas impuso serias limitaciones a
quienquiera que mostrase la osadía de seguir investigando la posible relación
entre los virus y el cáncer. Prueba de ello fueron los experimentos realizados
en el Jackson Laboratory, situado en Mt. Desert Island, en Bar Harbor, Maine.
Actualmente, este laboratorio es el principal suministrador de Estados Unidos —
sin ánimo de lucro — de ratones destinados a la investigación biomédica. En el
momento de su fundación, en 1929, su principal objetivo era el uso de ratones
en la investigación del cáncer. Su fundador fue Clarence C. Little, un ilustre
ciudadano de Boston, descendiente de Paul Reveré. Little, hombre apuesto,
encantador y carismático, fue un científico de prestigio, presidente de la
universidad y director a tiempo parcial de la American Society for the Control
of Cáncer, una institución predecesora de la American Cáncer Society. Por aquel
entonces, el cáncer comenzaba a desplazar a la tuberculosis como una de las
primeras causas de muerte, ocupando en Estados Unidos el segundo lugar, tras
las enfermedades coronarias. Pero la incidencia de la enfermedad era tan
aleatoria y sus orígenes tan enigmáticos que quienes la contraían —
especialmente las mujeres con cáncer de útero o mama — temían ser estigmatizados.
El debate público sobre el cáncer estaba dominado por el pudor, la ignorancia y
el miedo. Desde su posición de director de la sociedad de investigación sobre
el cáncer, Little lanzó una gran campaña informativa sobre esta enfermedad —
que ocupó la portada de la revista Time en 1937 —, con la intención de suscitar
un debate abierto y, sobre todo, de alertar a las mujeres sobre cualquier
indicio de cáncer de útero o mama. Little subrayó que el cáncer no era una
desgracia que hubiese que sufrir en silencio, sino un complicado rompecabezas
cuya solución correspondía a los médicos y a los investigadores [30]. (En 1937
Little contribuyó a crear el National Cancer Institute, un organismo federal
que desbancó a todas las demás instituciones del país y que en la actualidad
cuenta con un presupuesto de dos mil millones de dólares anuales.)
Las investigaciones del Jackson Laboratory pusieron
el énfasis en el factor hereditario del cáncer, enfoque acaso influido por la
defensa de la eugenesia emprendida por Little desde sus primeros años como
investigador científico, cuando comenzó a estudiar por qué algunos ratones
mostraban una mayor predisposición a desarrollar tumores. Tras el
redescubrimiento — en el año 1900 — de los estudios clásicos de Mendel sobre la
herencia, el análisis genético permitió demostrar la influencia de este factor
en la configuración de los seres vivos. El uso de la genética permitió a los
científicos del Jackson Laboratory desarrollar sus investigaciones con seres
vivos: ciertas especies de ratones, con un elevado índice de endogamia, en las
que la incidencia de diversos tipos de cáncer, como tumores de mama y leucemia,
era muy elevada. El programa de investigación del Jackson partía de la
siguiente premisa: en lo que al cáncer se refería, los genes contaban, pero los
virus no.
Sin embargo, un científico del Jackson Laboratory
llamado John Bittner halló pruebas evidentes de que los virus contribuían al
desarrollo de diversos tipos de cáncer de mama en algunos ratones. Los
científicos del Jackson se dedicaron a la cría de ratones que se diferenciaban
entre sí por su predisposición a desarrollar el cáncer, con la esperanza de
hallar una clave para la oncogénesis — el origen del cáncer — por medio de la
hibridación. Así, por ejemplo, cruzaron ratones proclives a desarrollar cáncer
de mama con ratones en los que la tendencia a contraer la enfermedad era
claramente menor. Los resultados fueron asombrosos: si la madre pertenecía a
una raza con marcada tendencia a contraer el cáncer de mama, mientras que la
tendencia del padre era menor, la descendencia desarrollaba la enfermedad en
una proporción relativamente alta; pero, al invertir las categorías parentales,
disminuía la incidencia del cáncer entre la progenie. En 1936 Bittner explicó
el fenómeno como resultado de la transmisión de un agente cancerígeno presente
en la leche materna. Este agente parecía aumentar el riesgo de cáncer de mama
en los ratones, pero no lo producía de manera uniforme. Mientras que el 90 por
ciento de las madres contraía la enfermedad, la incidencia entre la progenie no
superaba el 30 por ciento. En opinión de Bittner era un factor innato — acaso
de carácter hormonal — lo que hacía que algunos ratones fuesen más vulnerables
que otros al agente causante del cáncer [31].
Sea como fuere, Bittner estaba convencido de que
este agente era un virus, convicción finalmente aceptada como correcta. Sin
embargo, en los años treinta, Bittner bautizó a este agente con el nombre de
«factor lácteo» en lugar de «virus». No se atrevió a desafiar al modelo de
oncogénesis dominante en el Jackson Laboratory (un modelo reforzado por la
preocupación de Little de que la hipótesis vírica alentase el temor sobre el
carácter contagioso del cáncer, que se transmitía especialmente a través de la leche
materna) — Little tampoco se atrevió a desmentir la opinión más generalizada
entre la comunidad científica ortodoxa; a saber, que los virus no tenían nada
que ver con el cáncer. Poco después de la fundación del National Cáncer
Institute, un comité asesor de las autoridades sanitarias llegó a la conclusión
de que los virus, al igual que otros microorganismos, podían descartarse sin
temor como causa de la enfermedad [32].
A comienzos de los años cuarenta, científicos de
otros laboratorios continuaron investigando los tumores mamarios en los
ratones. Las pruebas demostraban de un modo cada vez más convincente que el
«factor» de Bittner podía ser un virus. Pese a todo, también los científicos de
estos laboratorios se mostraban reacios a validar la teoría vírica. Al igual
que Bittner, recurrieron a eufemismos, refiriéndose al posible agente
cancerígeno como «influencia láctea». Acaso compartían los temores de Bittner,
quien años más tarde señaló: «Si lo llamaba virus, mi solicitud de beca pasaría
automáticamente al montón de "propuestas irreverentes". Mientras que
si empleaba el término "factor" no atentaba contra la genética». El
propio Bittner comenzó a especular abiertamente sobre el hecho de que su
«factor» era un virus sólo después de abandonar el Jackson Laboratory, en 1942,
para incorporarse a la University of Minnesota Medical School. Pero, hasta
finales de los años cuarenta, la interpretación vírica de la influencia láctea
no fue aceptada como punto de partida para el debate científico [33]. Hacia
finales de los años cincuenta, tras una encendida polémica sobre la complejidad
y sobre el carácter contradictorio de las pruebas, se reconoció ampliamente que
esta «influencia» era de hecho un virus: el virus del tumor mamario de los
ratones, como entonces se dio en llamar.
Antes de que esto ocurriera, un investigador que
trabajaba al margen de la ortodoxia biomédica había hecho renacer la creencia
de que los virus guardaban cierta relación con el cáncer. Aquél no era otro que
Ludwik Gross, un joven refugiado judío que llegó a Estados Unidos en 1940, tras
escapar en automóvil desde su Polonia natal poco antes de que llegasen los
ejércitos de Hitler. Gross había pasado la mayor parte de los años treinta en
el Instituto Pasteur de París, investigando si la causa de la leucemia era en
efecto un virus. Si bien no encontró pruebas determinantes, a los pocos años de
su llegada a América su convencimiento dio paso a la obsesión de que los virus
eran los responsables del cáncer. Gross se alistó como médico en el ejército
estadounidense y fue destinado a un hospital militar de Tennessee, donde
efectuó una serie de experimentos exclusivamente con ratones, que, así lo
esperaba, demostrarían que su teoría era cierta. Gross obtuvo de John Bittner
una colonia de ratones experimentales; los guardaba en latas de café y los
llevaba en su automóvil a donde fuera necesario, mientras aguardaba con
impaciencia la oportunidad de comenzar su nueva línea de investigación. A
comienzos de 1944 fue trasladado al Veterans Hospital del Bronx. Allí, mientras
trabajaba con enfermos de cáncer, instaló un pequeño laboratorio para su uso
personal.
Gross se proponía extraer los órganos de los
ratones leucémicos, triturarlos y filtrarlos, como en su momento hiciera Rous,
para inyectar el líquido extraído en ratones sanos. Las células contendrían el
virus que, en su opinión, causaba la leucemia. Gross perseveró en su empeño
durante cuatro años, trabajando en la soledad de este laboratorio provisional,
sin ningún tipo de ayuda económica o apoyo moral, y también sin éxito. Estaba a
punto de abandonar el proyecto cuando un buen día, probablemente en 1949, oyó
decir que cierto virus podía producir parálisis en los ratones si se les
inoculaba a las cuarenta y ocho horas de nacer. Gross había estado inoculando a
ratones adultos. Supo entonces de inmediato que si inoculaba a los ratones
recién nacidos el líquido extraído de las células leucémicas, éstos
desarrollarían la enfermedad; su sistema inmunológico, pensó, aún no se habría
desarrollado lo suficiente para resistir el ataque del virus. Acto seguido
inoculó a un grupo de ratones recién nacidos con células leucémicas sin
filtrar; al cabo de dos semanas todos habían contraído la enfermedad. En un
experimento posterior, Gross inyectó a un ratón recién nacido y sano el líquido
filtrado — esto es, un extracto triturado a partir del cual filtró la materia
celular dejando sólo el agente no filtrable: el virus.
Los animales así tratados también desarrollaron la
enfermedad, Gross publicó los resultados de sus investigaciones en 1951 y 1952,
y aunque la evidencia de que había logrado demostrar el origen vírico de la
transmisión de la leucemia en los ratones parecía irrefutable, la mayoría de
los oncólogos no dio crédito a su trabajo. De hecho, algunos lo acusaron de
falta de honestidad.
Gross lo re cuerda en el siguiente pasaje:
Unos cuantos [oncólogos] incluso llegaron a
cuestionar mi integridad; uno de los más famosos patólogos del Memorial
Hospital de Nueva York se negó a estrecharme la mano cuando me acerqué a
saludarlo antes de una de mis conferencias. Fui criticado con severidad,
incluso con saña.
En los debates que siguieron a mis presentaciones,
así como en comunicaciones independientes, los principales expertos en ratones
leucémicos afirmaron con énfasis que mis observaciones no podían ser
demostradas. [34]
En el actual orden de cosas, Ludwik Gross podría
haber sido acusado de fraude científico y tal vez se habría visto obligado a
comparecer ante la Office of Research Integrity, en Washington. Pero las
dificultades con las que tropezaron otros científicos en su intento de
reproducir los experimentos de
Gross no reflejaban falta de probidad alguna. Sus
resultados fueron fruto de una combinación de persistencia, de intuición y,
visto retrospectivamente, de una suerte prodigiosa. Más tarde se supo que la
especie de ratones empleada por Gross para inocular el virus de la leucemia
presentaba un patrón genético que la hacía vulnerable al virus. De haber usado
cualquier otra especie de ratones habría fracasado. George Klein, un científico
sueco que se había interesado por los trabajos de Gross, afirmó que «su honestidad
era incuestionable, pero, dada la falta de confianza en él, nadie se molestó en
repetir sus experimentos de un modo exacto — es decir, en filtrar el mismo tipo
de leucemia para su posterior inoculación en ratones recién nacidos, o en
infectar la única especie susceptible de desarrollar la enfermedad» [35].
La situación dio un vuelco con las investigaciones
de Jacob Furth, un prestigioso científico de la Universidad de Cornell que
proporcionó a Gross una de las especies de ratones usada en sus experimentos. A
mediados de la década de los cincuenta, Furth se tomó la molestia de repetir
exactamente los experimentos de Gross; confirmó plenamente los resultados y dio
a conocer este hecho. La autoridad de Furth logró convencer a los científicos
biomédicos de que los virus realmente tienen algo que ver en el cáncer animal.
A partir de este momento, numerosos científicos obtuvieron filtrados de
diversos tumores, los inocularon en ratones recién nacidos y lograron aislar
numerosos virus causantes de tumores en muchas especies, entre las que figuran
los hámster, las ratas, los monos y los gatos. La invención del microscopio
electrónico, que comenzó a usarse en la investigación biológica en la década de
1940, permitió observar los virus en el tejido tumoral. A principios de los
años sesenta la investigación experimentó un importante impulso; se multiplicó
el número de publicaciones relacionadas con la cuestión y ésta llegó a
convertirse en una de las Principales ramas de la medicina y de la biología
básicas. El agente vírico no filtrable que en 1911 puso en marcha este proceso
se bautizó entonces con el nombre de «virus del sarcoma de Rous», y en 1966 el
padre de este descubrimiento, Peyton Rous, que a la sazón contaba ochenta y
cinco años de edad, recibió el Premio Nobel de Medicina.
El Premio Nobel se concede a menudo como
reconocimiento a aquellos descubrimientos científicos que, además de ser en sí
mismos meritorios, abren nuevas vías para la investigación. El galardón de Rous
fue uno de estos casos. Una de las ventajas que presentan los virus tumorales
es que pueden usarse como instrumentos experimentales para desvelar por qué una
célula normal se convierte de pronto en una célula anormal.
El descubrimiento de la estructura del ADN, en
1953, y el desarrollo del código genético en el curso de la década siguiente
sentaron las bases para la investigación de los virus en un nivel molecular
detallado. El ADN — ácido desoxirribonucleico — es la famosa molécula con forma
de doble hélice, reside en el núcleo de la célula y contiene la información
genética sobre casi toda forma de vida. Los dos extremos de la hélice están
unidos a intervalos periódicos por travesaños determinados por uno de estos dos
pares de bases: la adenina (A) y la tiamina (T), o la citosina (C) y la guanina
(G). A se empareja siempre con T y C siempre con G. Cada par de bases es pues
«complementario» del par opuesto. Las cuatro bases constituyen el alfabeto del
código genético. Físicamente, un gen es una secuencia independiente de pares de
bases que abarca un segmento de ADN; su información genética está determinada
por el orden de las letras del código. El ADN de un ser humano consta de
veintitrés pares de cromosomas, cada uno de los cuales contiene a su vez miles
de genes individuales.
La información genética se activa en la célula por
mediación de una molécula llamada ARN — ácido ribonucleico —. El ARN es un
polímero de estructura similar a la del ADN y está formado por una cadena única
que contiene bases complementarias de las de la cadena de ADN. La información
de cada gen es transferida desde cadena de ADN mediante una cadena de ARN que
es complementaria de las bases cifradas del ADN. El ARN, que actúa como
mensajero, transporta la información a una parte de la maquinaria celular que genera
una proteína determinada por las instrucciones cifradas.
En la década de los sesenta, el conocimiento sobre
los virus animales era muy superior al de los tiempos en que Peyton Rous
realizó sus experimentos, lo que permitió investigar el misterio de la
transformación celular con cierto detalle. Para entonces se había demostrado
que los virus eran organismos muy simples, que constaban de una molécula de ADN
o ARN envuelta en una capa de proteínas. Los virus formados por ADN y causantes
de tumores reciben el nombre de virus tumorales de ADN. Al igual que el ADN, el
ARN puede ser la fuente de una información genética primaria sobre el virus;
una secuencia de bases debidamente ordenada a lo largo de una cadena de ARN
constituye un gen vírico. Los virus son organismos tan simples que no pueden
reproducirse por sí mismos; para ello necesitan invadir la célula de un
organismo superior y explotar su maquinaria generativa. Estas características
Animaron a algunos científicos a descubrir por qué los virus consiguen
transformar las células normales en células cancerosas, es decir, en tumores.
Uno de los pioneros en este campo fue Renato
Dulbecco, que estudió medicina en su Italia natal antes de la Segunda Guerra
Mundial y, en 1947, se estableció en Estados Unidos con la intención de
investigar sobre los virus bacterianos. Durante la década de los cincuenta,
desde su laboratorio del California Institute of Technology, Dulbecco adaptó en
primer lugar los conceptos y técnicas de sus investigaciones sobre los virus
bacterianos a los estudios sobre virus animales, como el virus de la polio, y
más tarde a los virus tumorales. En 1960, y en colaboración con Marguerite
Vogt, investigadora del California Institute of Technology, Dulbecco produjo
tumores en células de hámster cultivándolos con el poliomavirus, descubierto en
1957 y cuyo nombre denota su capacidad para transformar las células en
diferentes tipos de organismos. Dulbecco y Vogt observaron que el poliomavirus
dejaba de reproducirse en cuanto se iniciaba la transformación de las células
del hámster. Dulbecco avanzó la hipótesis de que el material genético contenido
en el ADN del polioma dejaba de prestar sus servicios a la reproducción de los
virus porque, al transformar la célula, se incorporaba al ADN original de ésta
y — aquí estaba el mecanismo de la transformación vírica — alteraba la maquinaria
de la célula para regular su crecimiento, lo que hacía que ésta se multiplicase
de modo maligno. La hipótesis era en principio plausible, en parte porque para
entonces ya se sabía que los virus bacterianos se integraban en el ADN
bacteriano. En 1962, Dulbecco dejó el Caltech para trasladarse al nuevo Salk
Institute de Lajolla, en California, donde durante los años siguientes demostró
que lo que en principio podía suceder ocurría de hecho [36].
Howard Temin, un investigador de la Universidad de
Wisconsin, tuvo una idea similar para explicar cómo el virus del sarcoma
transformaba las células de pollos, pero su teoría planteaba numerosos
problemas porque el núcleo genético del virus de es el ARN y no el ADN. Era
concebible que el ADN vírico pudiese integrarse en el ADN de una célula,
mientras que se consideraba físicamente imposible que el ARN de cualquier
organismo pudiera hacer lo mismo. Así, tampoco se le consideraba capaz de
generar un ADN complementario susceptible de integrarse en el ADN de una
célula. De acuerdo con el dogma que a la sazón dominaba la biología molecular,
mientras que el ADN era capaz de generar un ARN complementario, lo contrario
resultaba imposible. El sentido común genético sostenía que sin integración en
el ADN de una célula no podía haber transformación hereditaria. No obstante, el
material genético del virus del tumor de Rous era claramente el ARN y
transformaba de manera permanente la cadena de células que partía de la célula
original invadida. En 1962, durante un simposio sobre la biología de los virus
animales, Dulbecco subrayó que para estudiar los virus del ARN los científicos
se veían obligados a «abrir nuevas vías la mayor parte del tiempo» [37].
Temin, que estaba dispuesto a llegar hasta donde
las pruebas de sus experimentos le llevasen, afirmaba en un artículo sobre el
virus de Rous, escrito en 1964, que «el virus actúa como un agente cancerígeno
al introducir una nueva información genética en la célula» [38]. Hace algunos
años, cuando coincidimos en Madison, Temin me dijo que «intelectualmente sentía
que el dogma era cierto, pero no servía para explicar los resultados de mis
investigaciones; y como nos movíamos en el terreno de la biología, el hecho de
que mis resultados fuesen una excepción no me planteó problemas filosóficos,
porque la biología carece de la fuerza de la física». Durante sus años de
juventud como profesor en la Universidad de Wisconsin, Temin se atrevió a
avanzar la hipótesis de que el ARN vírico de Rous generaba en efecto un ADN
complementario capaz de integrarse en el ADN de una célula. Además, el nuevo
ADN constituía lo que Temin dio en llamar un «provirus», un segmento de ADN
codificado para producir un virus hermano, con su capa de proteínas y su núcleo
de ARN [39]. La hipótesis de que fuera posible crear un provirus de este modo
fue quizá lo más sorprendente de la nueva concepción de Temin. La secuencia de
la reproducción del virus estaba clara para él: al entrar en la célula, el
virus produce de algún modo una cadena de ADN complementaria del ARN de la
célula; el nuevo ADN forma un provirus que, a su vez, es capaz de producir un
nuevo virus al poner en funcionamiento la maquinaria de la célula infectada.
La visión de Temin se consideró extraña y
equivocada desde el punto de vista científico. Más tarde publicó los resultados
de sus experimentos y afirmó que el ADN provírico se integra en el ADN de
célula infectada, pero los datos que ofrecía se consideraron poco concluyentes.
Nadie se atrevió a decírselo a la cara, pero en cierta ocasión él mismo me
contó que un eminente virólogo, al mencionar los trabajos sobre el virus del
sarcoma de Rous en un congreso, dijo: «Estoy dispuesto a conceder a la idea de
Howard el tiempo que merece, es decir, nada». Esta ridiculización no le
desmoralizó ni le privó de recibir las ayudas necesarias para sus experimentos,
pero sí condicionó su investigación. Entre 1964 y 1969, Temin redobló sus
esfuerzos para demostrar que el ADN complementario del ARN vírico de Rous se
integra en el genoma celular del organismo huésped. Podría haber optado por
explicar en virtud de qué mecanismo el ARN de un virus como el del sarcoma de
Rous llega a transformarse en ADN, pero lo que le interesaba no era la
partícula — el virus — como tal, y mucho menos su capacidad para generar la
transformación de ARN en ADN. Reconoció que esto era un error. «Me gustaría
poder decirte que fui más listo. Me gustaría poder decirte que fui más
inteligente de lo que fui», me dijo.
En 1969, Temin centró su atención en el propio
virus, especialmente en su capacidad de generar ADN a partir de su ARN. No
tardo en encontrar la respuesta: el virus contiene una proteína especial,
llamada enzima, que cataliza la síntesis del ADN a partir del ARN. David
Baltimore, miembro del Massachusetts Institute Technogical (MIT), había
realizado simultáneamente y por su propia cuenta el mismo descubrimiento. Su
interés por la biología se rentaba a los tiempos en que conoció a Temin, cuatro
años mayor que el, en un curso de verano organizado por el Jackson Laboratory.
Tras completar sus estudios en el MIT, Baltimore se dedicó a la investigación
de los sistemas genéticos de los virus del ARN — primero el virus de la polio y
más tarde, en 1969, un virus conocido como VSV —, centrándose en la dinámica
molecular de su reproducción. En 1970, en colaboración con su esposa, Alice
Huang.
Baltimore descubrió que el VSV contiene una enzima
que hace posible su reproducción al catalizar la creación de una forma
intermedia de ARN complementaria de la suya propia; el ARN intermedio genera
así el ARN de un nuevo virus. Esta revelación le sirvió de estímulo para
preguntarse si este tipo de enzima también podía explicar cómo se reproducen
los virus tumorales del ARN. Baltimore tenía muy presente la teoría de Temin,
según la cual los virus tumorales del ARN se reproducen al crear un «provirus»
intermedio en el ADN de la célula huésped. Más tarde afirmó que, si bien la
lógica de Temin «era persuasiva y retrospectivamente parece exacta, en 1970
eran muy pocos sus defensores y muchos los recelos que suscitaba». Y añadió
además: «Por fortuna, carecía de experiencia en este campo, y por tanto de
intereses personales sobre el particular. También sentía un enorme respeto
hacia Howard, respeto que se remontaba a los tiempos en que fuera el gurú de la
escuela de verano del Jackson Laboratory».
Dispuesto a jugarse el todo por el todo, Baltimore
buscó una enzima en los virus tumorales del ARN capaz de producir bien ARN,
bien ADN. Encontró una enzima que podía catalizar el ADN en el virus de la
leucemia de un ratón; más tarde, y aunque en un primer momento no logró hallar
la misma enzima en el virus del sarcoma de Rous, también la encontró allí [40].
En 1970 Temin y Baltimore anunciaron, en artículos
independientes publicados por la revista Nature, el descubrimiento de esta
enzima que al punto recibió el apodo de «transcriptasa inversa» por su
capacidad para transcribir el ARN en el ADN. Los virus del ARN pasaron a
llamarse entonces «retrovirus», porque contienen la enzima necesaria para
realizar esta transcripción. El logro mereció el Premio Nobel -compartido por
Baltimore, Dulbecco y Temin en 1975-, en parte porque arrojaba nueva luz sobre
los medios de replicación retrovirales, lo que vino a reforzar las hipótesis de
Temin sobre la existencia de un sistema provírico que hace posible la
reproducción de los retrovirus. El descubrimiento fue igualmente importante por
el hecho de abrir nuevas líneas de investigación en lo relativo a la
interacción de virus y células, incluidos los tipos de interacción que producen
tumores. Al final de su informe sobre el descubrimiento de la transcriptasa
inversa, Temin señalaba que este hallazgo tendría «importantes consecuencias
para las teorías de la carcinogénesis vírica» [41]. Si bien no revelaba las
causas del cáncer, sí proporcionaba una nueva herramienta experimental para
estudiar los mecanismos que lo originan.
La investigación que condujo al conocimiento de los
virus tumorales del ARN se había desarrollado en laboratorios biológicos, en su
mayoría ajenos a las investigaciones clínicas de los médicos, que trataban
directamente con el cáncer humano. A comienzos de la década de los setenta los
médicos sabían más que sus colegas de principios de siglo sobre la etiología
del cáncer. Sabían que la enfermedad podía ser causada, entre otras cosas, por
el contacto con el amianto en el lugar de trabajo, por ciertos productos
químicos contenidos en los aditivos de los alimentos, por el tabaco y por la
radiación. Pero continuaban ignorándolo casi todo sobre los mecanismos
específicos de esta carcinogénesis o sobre las causas de ciertos tipos de
cáncer que parecían surgir espontáneamente o ser fruto de una predisposición
hereditaria. Los biólogos pensaban que la investigación sobre los virus
tumorales acabaría por aclarar todas estas cuestiones, mas para la mayoría de
los oncólogos, y también para los enfermos, parecían no servir de nada.
Los análisis de los virus tumorales del ARN fueron
considerados por muchos científicos como irrelevantes para explicar el
acuciante problema del cáncer humano, y sobre todo inútiles para el reto de
encontrar terapias o remedios a esta enfermedad. En los animales, la mayoría de
los virus tumorales produce sarcomas y leucemias, mientras que la mayor parte
de los cánceres humanos — sobre todo los mortales — son carcinomas, tumores que
se manifiestan en los pulmones, el pecho, el colon, la próstata, el recto, la
vejiga, el útero, el páncreas, el estómago, el cuello del útero, el ovario, el
riñón y el cerebro. A excepción del virus de Epstein-Barr — que interviene en
el linfoma de Burkitt —, no se había demostrado que ningún virus fuese la causa
del cáncer en los seres humanos. Los avances experimentados en la investigación
de los virus tumorales en animales llevaron a algunos oncólogos a manejar la
hipótesis de que tal vez podrían hallar causas víricas para explicar el origen
del cáncer en los seres humanos, y a albergar la esperanza de que, en tal caso,
también sería posible descubrir vacunas contra ellos. Pero la mayoría de los
biólogos negaban la existencia de retrovirus humanos. Los investigadores
médicos afirmaban que, aun en el caso de que existieran y fuese posible
encontrar vacunas, éstas no servirían de nada para evitar los numerosos tipos
de cáncer originados por agentes no víricos, como determinados productos
químicos, o aquellos otros que se producían de manera espontánea.
Estos argumentos se expusieron en 1968 en un
importante libro titulado Cure for Cáncer: A National Goal, escrito por Solomon
Garb. Éste, médico y farmacólogo de la University of Missouri Medical School,
sostenía que determinar los mecanismos de una enfermedad no era un requisito
previo para abordarla. Afirmó que los oncólogos debían prestar más atención a
las terapias y a los remedios, sin olvidar los importantes avances realizados
en el campo de la cirugía, la radioterapia, la inmunoterapia, las quimioterapias
derivadas de plantas y de organismos marinos y la vitamina C. Garb insistió en
que alcanzar un compromiso a escala nacional para combatir el cáncer era tan
importante como enviar al hombre a la luna, y advirtió que, hasta el momento,
apenas se había prestado «la menor atención al posible impacto político que
supondría el hecho de que los rusos descubriesen un remedio contra el cáncer»
[42].
El libro de Garb llamó la atención de la activista
y mecenas de la medicina Mary Lasker, quien, en 1969, organizó una campaña
destinada a desarrollar un programa nacional sobre el cáncer más agresivo, que
al punto recibió el apoyo de Washington [43]. En su discurso al país de enero
de 1971, el presidente Nixon comparó con entusiasmo esta iniciativa con el
Manhattan Project y el Apollo Program, y el 23 de diciembre de 1971 firmó el
Acta Nacional contra el Cáncer. Hacia 1976 la llamada «Lucha contra el Cáncer»
logró triplicar el presupuesto del National Cancer Institute.
Tanto en los congresos biomédicos como en sus
declaraciones públicas, muchos científicos se habían opuesto a la ambiciosa
campaña anticáncer propugnada por Garb, considerándola injustificable desde el
punto de vista técnico. No había revelaciones biológicas — nada comparable, por
ejemplo, al descubrimiento de la fisión nuclear — que justificasen una
declaración de guerra al cáncer. Para muchos biólogos, el coste de la empresa
era cuando menos inaceptable, a la vista de la Guerra del Vietnam y del clima de
agitación que se vivía en muchas ciudades del país. Tras revisar sus
experimentos sobre los virus tumorales del ARN, Howard Temin declaró en 1972
que sacar dinero de los presupuestos de Defensa para ampliar la investigación
sobre el cáncer representaba «una doble ventaja para nuestra sociedad». Pero
esta ampliación no debía hacerse «a expensas de las grandes necesidades
sociales que están fragmentando nuestra sociedad» [44]. A pesar de que la lucha
contra el cáncer ya había comenzado en cierto modo, tras un período de
negociación con el Congreso y con las distintas agencias federales, los
científicos tenían poder suficiente para detener el programa cuando quisiesen y
concentrarse exclusivamente en objetivos infalibles, como los propuestos por
Garb.
Parte del dinero recibido se destinó a la
investigación de los virus en el cáncer humano. Sólo se encontraron unos
cuantos — el número de virus definitivamente implicado en el cáncer humano
sigue siendo hoy en día escaso —, pero se desarrollaron los procesos necesarios
para establecer que sus consecuencias, aunque inesperadas, eran importantes a
largo plazo. A comienzos de la década de 1980 el laboratorio de Robert Gallo,
adscrito al National Cáncer Institute, logró identificar de manera concluyente
dos retrovirus — los virus HTLV-1 y HTLV-2 del ARN — entre las causas de la
leucemia humana. Gallo recuerda que, hacia 1982, nadie dudaba de la existencia
de los retrovirus humanos y, años más tarde, pocos dudaban de que un retrovirus
— el VIH — era el causante del sida. Gallo ha señalado que «las experiencias
con estos primeros retrovirus humanos nos proporcionaron el respaldo, el
conocimiento y la credibilidad necesarios para sugerir que la causa del sida
era un retrovirus y para diseñar el modo de abordar el problema» [45].
La lucha contra el cáncer aportó grandes sumas de
dinero a la investigación sobre la virología tumoral básica. Para muchos
científicos biomédicos, sólo alcanzando un nivel de conocimientos mucho más
profundo sería posible vencer el cáncer; y este conocimiento podría alcanzarse
gracias al descubrimiento de la transcriptasa inversa, que hoy nos permite
estudiar la interacción entre los virus tumorales y la célula. El
establecimiento de las características detalladas de los retrovirus y su
comportamiento ofrecía nuevas posibilidades científicas. En primer lugar, había
que confirmar la hipótesis provírica de Temin mediante, por ejemplo, la
búsqueda de una prueba directa — mejor que la facilitada por éste — que
demostrase la presencia del ADN provírico en las células infectadas. La
cuestión esencial resultaba aún más fascinante: ¿Cómo exactamente la
integración de la información genética del virus en el ADN de la célula
transforma a ésta en una fuente de enfermedad?
En 1969, Robert J. Huebner y George J. Todaro
avanzaron una ingeniosa hipótesis sobre esta cuestión. Huebner, un eminente
virólogo que ese mismo año había sido galardonado con la National Medal of
Science, era el jefe del laboratorio destinado a la investigación del virus
tumoral del ARN en el National Cáncer Institute; Todaro era uno de sus jóvenes
ayudantes. Su teoría intentaba demostrar que los virus tumorales del ARN, como
el virus de Rous, intervenían en la producción natural de tumores. Quedaron enormemente
sorprendidos por las observaciones realizadas con el microscopio electrónico
(entre otros medios) sobre el desarrollo de tumores en diversas especies de
vertebrados, como las cobayas, las ratas, los cerdos y las serpientes. Los
tumores no eran resultado de una nueva infección vírica, sino que se
manifestaban espontáneamente o en respuesta a una provocación de agentes
físicos o químicos. Sea como fuere, contenían tumores víricos del ARN. Huebner
y Todaro propusieron entonces que las células de muchos vertebrados, si no
todos, debían de contener naturalmente lo que ellos denominaron «virogenes»: un
ADN capaz de generar los virus observados en el ARN. Además, insistían en que
los virogenes debían de incluir un «encogen», un agente capaz de inducir los tumores
en los que se hallaban los virus, que no eran, en sí mismos, responsables del
cáncer. Especularon sobre la cuestión de que los virogenes habían entrado en la
célula y en su ADN como consecuencia de una antigua infección, y se habían
transmitido de generación en generación. Sugirieron también que los virogenes
están reprimidos en las células normales, pero pueden ser «liberados» como
resultado de causas naturales o de agentes cancerígenos ambientales [46].
Cuando esta liberación tenía lugar, los virus hacían su aparición y las células
normales se transformaban en células cancerosas.
Otros científicos habían especulado sobre la
posibilidad de que hubiera algo en el ADN de la célula que desencadenase el
proceso responsable del cáncer, pero la teoría de Huebner y Todaro llamó la
atención, en parte sin duda por el prestigio profesional del primero, pero
también porque proporcionaba un modelo genético que relacionaba de manera
global las posibles causas conocidas del cáncer — la predisposición hereditaria
y los agentes cancerígenos ambientales— con la evidencia vírica. Los
científicos calificaron la teoría de poco clara: ¿Qué eran exactamente los
oncogenes? ¿Cómo se liberaban los virogenes? Con todo, y pese a su vaguedad, la
hipótesis de Huebner y Todaro amplió el campo de la investigación provírica
hasta detectar en la célula rastros no sólo de ADN vírico, sino también de
parte de ADN que pudiese ser oncogénico.
La cuestión intrigó sobremanera a J. Michael Bishop
y a Harold E. Varmus, dos jóvenes investigadores de la Universidad de San
Francisco. Ambos eran médicos de formación y habían trabajado en el National
Institute of Health, donde cada uno por su parte se dedicó plenamente al
estudio del comportamiento de los virus en la biología molecular. Varmus llegó
a San Francisco en 1970 para realizar sus prácticas posdoctorales con Bishop,
sólo tres años mayor que él. Bishop, hijo de un pastor luterano, nacido en una pequeña
ciudad de Pensilvania, tenía una formación muy distinta de la de Varmus, hijo
de un médico y criado en las proximidades de Nueva York, en el seno de una
familia judía procedente de Europa oriental. Pero ambos compartían importantes
intereses al margen de la ciencia. Varmus editaba el boletín del Amherst
College — una publicación nada al uso — y había asistido a un curso posdoctoral
de poesía y de metafísica anglosajonas. Bishop era un lector voraz de
literatura, filosofía e historia, y en cierta ocasión afirmó que «si tuviese la
posibilidad de reencarnarse, elegiría ser un gran músico, preferiblemente en un
cuarteto de cuerda» [47].
Como científicos, ambos combinaban una imaginación
sin límites con una escrupulosa atención a las pruebas experimentales. Hacia
1970, cada uno de ellos había desarrollado individualmente su interés por el
estudio de la replicación de los retrovirus, especialmente del virus del
sarcoma de Rous. Los primeros experimentos realizados por Varmus en San
Francisco se proponían obtener pruebas directas de que la información genética
provírica está contenida en el ADN de las células de pollo, razón por la que este
animal presenta una clara predisposición a contraer el virus del tumor de Rous.
La relación entre estos dos científicos, como Bishop diría más tarde, «se
convirtió rápidamente en un compromiso entre iguales» [48] y dio paso a una
colaboración que, financiada en gran parte con fondos para la lucha contra el
cáncer, abrió un capítulo sorprendente y de crucial importancia en la historia
de la oncogénesis vírica.
Sus intereses comunes no tardaron en convencerles
de que debían verificar la hipótesis según la cual los oncogenes víricos
estaban en cierto modo presentes en las células normales de los pollos. La
tarea era en principio sencilla. Se suponía que el virus de Rous contenía al
menos un gen capaz de transformar la célula. Bastaría con encontrar y aislar
este gen y comprobar a continuación si alguna fracción del ADN celular del
pollo se le parecía o, dicho de otro modo, si el gen vírico y el ADN del pollo
tenían un número significativo de secuencias de pares de bases en común. Los
científicos llaman a estas fracciones de ADN o ARN «homologas». Aunque no son
idénticas, las fracciones homologas se parecen como dos primos, cuyos rasgos
delatan la existencia de una relación sanguínea. Sin embargo, cuando Bishop y
Varmus comenzaron sus investigaciones conjuntas, a comienzos de la década de
los setenta, identificar y aislar un gen, incluso en un organismo tan sencillo
como un virus, no era un proceso en absoluto fácil. La identificación de un gen
era a menudo cuestión de detectar mutaciones; si un organismo mostraba una
apariencia o una conducta diferente del resto de su especie, había
posibilidades de que uno de sus genes hubiese mutado. Este tipo de
manifestación del cambio genético — un acontecimiento imprevisible que sólo se
llegaba a apreciar con buena suerte y con mucha atención permitiría la
identificación del gen, su aislamiento y su estudio.
Sucedió que Bishop y Varmus mantenían un estrecho
contacto con un grupo de investigadores retrovíricos de la Costa Oeste que
tuvieron buena suerte y fueron agudos observadores. En 1971, uno de ellos —
Peter Vogt, de la University of Southern California — encontró un mutante del
virus del sarcoma de Rous que era incapaz de transformar las células. Otro,
Peter Duesberg, de Berkeley, demostró que el ARN del mutante era
aproximadamente un 15 por ciento más corlo que el ARN del virus normal causante
de la transformación. Vogt y Duesberg interpretaron que el ARN desaparecido
debía de contener el gen o los genes del virus no mutado causante de la
transformación. La evidencia era indirecto y la afirmación de que revelaba la
presencia de uno o varios genes no dejaba de ser una conjetura documentada.
Esta interpretación parecía plausible a Bishop y Varmus; mas, para señalar que
su convencimiento no era absoluto, Varmus me dijo que habían dado al ARN
desaparecido el nombre de gen «sarc», apartándose de la nomenclatura estándar
de tres letras usada en la genética clásica. Sea lo que fuere, una vez que Vogt
y Duesberg les ofrecieron este regalo, Bishop y Varmus se propusieron en 1972
determinar si el gen «sarc» vírico era primo — es decir, homólogo — del ADN de
un pollo normal.
Dominique Stehelin, un investigador francés que
completaba su formación posdoctoral con Bishop y Varmus, se sirvió de la
transcriptasa inversa para construir una muestra de ADN «sarc» a partir del ARN
del virus.
A continuación, recurriendo a un procedimiento
clásico, comparó la muestra de ADN extraída de un pollo sano. Los resultados
fueron sorprendentes. Bishop, Varmus y sus colegas afirmaron en 1976 que el
fragmento «sarc» vírico es, en efecto, homólogo de una fracción de ADN de los
pollos. Pero lo más asombroso es que también resultó ser similar a una fracción
de ADN de codornices, pavos, patos y emúes, una de las aves más primitivas. El
ADN homólogo del «sarc» reside en el ADN celular normal de numerosas especies
de aves. Bishop y Varmus, ayudados por otra joven doctora, Deborah Spector —
desde que Stehelin regresó a Francia —, siguieron buscando genes similares al
«sarc» en células de mamíferos y peces. En 1978 afirmaron haber encontrado a
estos parientes del «sarc» en el ADN de terneros, ratones y salmones. Incluso
los habían detectado en el ADN de los seres humanos. El «sarc» parecía tener
primos en el ADN por todas partes.
Bishop y Varmus reconocieron casi al instante que
los homólogos del «sarc» no son evidentemente los oncogenes — el ADN oncogénico
de los virus reprimidos — que Huebner y Todaro propusieran originalmente. Como
Bishop afirmó más tarde, no son «genes víricos camuflados» que muestran su
verdadero rostro al transformar una célula [49]. Son sólo primos del gen
vírico. Su ubicuidad llevó a Bishop y a Varmus a hacer uso de la lógica
evolutiva para comprender qué eran en realidad. En términos evolutivos, las aves
en las que se había detectado la presencia de primos del «sarc» correspondían a
especies sumamente dispares. Y, cosa aún más sorprendente, de acuerdo con el
registro fósil, los grandes grupos — aves, mamíferos y peces — en cuyo ADN está
presente el «sarc» se separaron hace cuatrocientos millones de años. Para
Bishop y Varmus, el hecho de que los homólogos del «sarc» se hubiesen
conservado durante tanto tiempo en especies tan diversas indicaba que podían
estar relacionados con alguna de las principales funciones celulares, como el
crecimiento y el desarrollo. Resultaron ser no ya genes víricos, sino genes
normales capaces de transformarse en oncogenes.
Bishop y Varmus sugirieron que la transformación
del primo celular del «sarc» vírico en un oncogen era probablemente ejecutada
por el retrovirus mediante un proceso que los científicos llaman
«transducción». Al entrar en la célula, el retrovirus atrapa al ADN del gen
celular normal, destruyendo así su capacidad para funcionar correctamente. Sin
embargo, Bishop y Varmus también afirmaron, en 1977, que el gen celular no
precisa del virus para volverse oncogénico. También puede ser transformado por
un agente físico o químico.
En 1979, el laboratorio de Robert Weinberg, en el
MIT, aportó pruebas experimentales de que el ADN de las células normales podía
efectivamente transformarse en ADN oncogénico por medios químicos. Weinberg y
sus colaboradores realizaron la prueba con una cadena de células de ratón a la
que trataron con un producto químico cancerígeno [50]. Poco después, también en
otros laboratorios se detectó la presencia del ADN transformado — un ADN
distinto del de un gen celular normal — en diversas células cancerosas, entre
las que figuraban carcinomas tomados de conejos, de ratas, de ratones y de
seres humanos. Durante algún tiempo se pensó que eran dos los genes celulares
normales susceptibles de ser transformados: los que podían volverse oncogénicos
por la acción de los virus y los que podían volverse oncogénicos por la acción
de otros agentes, como determinados productos químicos. Sin embargo, en 1983 se
sabía claramente que esta diferencia no estaba garantizada. Se habían
identificado diversos genes celulares emparentados tanto con oncogenes víricos
como con oncogenes hallados en cánceres de origen no vírico.
Este tipo de genes celulares parece estar presente
en todas las ramas del árbol de la evolución animal, igual que los primos del
gen «sarc» vírico (que realmente es un gen y hoy se llama src, de acuerdo con
las normas clásicas de la nomenclatura genética). Como Bishop y Varmus
sugirieran en el caso de los genes relacionados con el src, estos otros genes
celulares intervienen probablemente en los procesos de crecimiento, de
regulación y de diferenciación celular. Son por tanto genes celulares normales
que pueden transformarse en oncogenes, bien mediante procesos aleatorios en el
interior de las células, bien por la acción de agentes cancerígenos
ambientales, y, rara vez, por la acción de los virus. En la actualidad reciben
el nombre de «proto-oncogenes». Pueden llegar a causar el cáncer y como tales
representan al «enemigo interior», en palabras de Bishop 51.
Los numerosos pasos que condujeron al
descubrimiento de los oncogenes provocaron una auténtica revolución — no sólo
en el estudio del cáncer, sino también en el modo de analizar los procesos de
crecimiento y de regulación de las células normales —. En 1989 Bishop y Varmus
recibieron el Premio Nobel por sus trabajos sobre genética celular. El virus
del sarcoma de Rous también habría merecido algún tipo de reconocimiento.
Aunque no es la causa del cáncer humano, proporcionó una clave decisiva para
comprender los mecanismos de la enfermedad. Era un agente fiable para el
análisis y ha guiado este largo, azaroso y solitario viaje, que se inició hace
setenta años — cuando Peyton Rous logró identificar su extracto cancerígeno no
filtrable — y condujo, primero al descubrimiento del mecanismo retrovírico de
Temin y Baltimore, y, más tarde, al descubrimiento de los proto-oncogenes, de
los cuales se hallan hoy identificados unos cien.
Es difícil imaginar otro ejemplo de progreso
científico cuyos pioneros encontrasen más resistencia por parte de sus colegas.
A diferencia de episodios anteriores en la historia de la ciencia, esta
resistencia no tenía su origen en prejuicios religiosos o ideológicos.
Respondía más bien al escepticismo de una comunidad de científicos biomédicos
cuyas creencias se asentaban en las pruebas de laboratorio disponibles. Esta
resistencia fue variable. Rous, Bittner y Gross tuvieron que convencer a la
comunidad científica de que los tumores animales podían ser producidos por
virus tumorales. Temin hubo de defender con ahínco que el ARN era capaz de
generar ADN. Huebner y Todaro se atrevieron a proponer una teoría general de la
oncogénesis a los biólogos, poco dados a considerar cualquier teoría de
carácter general. Incluso Bishop y Varmus hubieron de soportar las burlas de
sus colegas al sugerir que el descubrimiento de los oncogenes en tumores
animales podía tener alguna relación con el cáncer humano.
Lo que a la postre permitió que las teorías de
estos pioneros llegaran a imponerse fue en gran medida su coraje profesional,
su imaginación y su perseverancia, pero también la tolerancia y el pluralismo
de la investigación biomédica — tolerancia hacia las ideas que se apartan de la
ortodoxia y pluralismo que proporciona espacios (amplios como los de Rous y
Temin, o más modestos, como el de Gross) en los que las ideas tienen la
posibilidad de florecer —. Y lo que finalmente iluminó el problema del cáncer
humano fue la aceptación de la vida como una unidad esencial y la incorporación
de esta idea a la investigación científica. Esta aceptación, esencial para el
pensamiento biológico posdarwiniano, se ha visto constantemente reforzada por
los hallazgos realizados en campos como la fisiología, la bioquímica y la
biología molecular. Los seres humanos, es evidente, son muy distintos de los
pollos o de los ratones. Pero, como sus procesos vitales presentan numerosos
puntos en común, el estudio de organismos no humanos puede arrojar luz sobre el
problema en el organismo humano, como de hecho ocurrió con el descubrimiento de
los oncogenes.
Este descubrimiento no ofreció sin embargo un
conocimiento completo de los mecanismos del cáncer. Ningún gen aislado es la
causa de la mayoría de los cánceres en los seres humanos. Las investigaciones
realizadas a partir de 1970 han revelado la gran complejidad de los procesos
oncogénicos. Y, debido en parte a esta complejidad, el descubrimiento de los
oncogenes no ha supuesto el hallazgo inmediato de un remedio contra el cáncer,
pero sí ha transformado radicalmente las posibilidades para detectar rápidamente
la enfermedad. Y, lo que es más importante, ha proporcionado a la ciencia
biomédica un nuevo campo de conocimientos. Con el descubrimiento de los
oncogenes, en palabras de Michael Bishop, «el intelecto humano ha atrapado
finalmente al cáncer de un modo que en el futuro tal vez revele los secretos
mortales de esta enfermedad»52.
Los siguientes pasos para resolver el enigma del
cáncer nos obligan a identificar la función específica de los proto-oncogenes
en los procesos celulares normales, a determinar con mayor exactitud qué es lo
que produce la transformación de estos genes en oncogenes, y a analizar por qué
esta transformación convierte las células normales en células cancerosas. Estos
conocimientos abrirán la puerta a acciones bioquímicas más precisas, y por ende
más eficaces, y permitirán descubrir terapias genéticas para combatir la
enfermedad. Pero, como el cáncer altera los procesos normales de crecimiento y
regulación celular, no podremos controlarlo hasta que logremos comprender
plenamente los complicados mecanismos del desarrollo de las células normales.
Si la lección de la historia es válida, el desentrañamiento de los misterios
del cáncer y el previsible descubrimiento de terapias y de remedios no se
alcanzará sólo con dinero para la investigación. Lo más probable es que los
mecanismos del cáncer humano lleguen a dominarse gracias al progreso acumulado
tras largos y arduos años de investigaciones, tanto en seres humanos como en
otros tipos de organismos — lo que nos permite afirmar, a diferencia de lo que
Samuel Gross dijera hace más de un siglo, que sabemos algo sobre el cáncer y
que, sin duda, dentro de cien años sabremos mucho
más. [51]
Capítulo 3
Genes, entorno y organismos
R. C. Lewontin[52]
Antes de la Segunda Guerra Mundial, y durante algún
tiempo después — como consecuencia del enorme impacto del proyecto de la bomba
atómica y de la promesa de la energía nuclear —, la física y la química eran
las ciencias de mayor prestigio y el modelo de lo que debían ser las ciencias
naturales. En una encuesta de opinión realizada en Estados Unidos sobre el
prestigio de diversas profesiones, los ciudadanos situaron a los químicos y a
los científicos nucleares por encima de cualquier otra rama del conocimiento; e
incluso disciplinas más «blandas», como la psicología y la sociología,
figuraban por encima de la biología [53]. La filosofía de la ciencia era
esencialmente la filosofía de la física, y Bernard Barber, en su importante
trabajo sobre la sociología de la ciencia, titulado Science and the Social
Order, podía escribir que «la biología no ha alcanzado aún un esquema
conceptual de generalidad elevada, como el de las ciencias físicas. Por tanto,
es menos adecuada como ciencia» [54].
Las cosas han cambiado. La biología acapara hoy las
columnas científicas de los diarios nacionales, y la fascinación de la
televisión por los miles de millones de estrellas ha perdido terreno en favor
de los documentales sobre la vida sexual de miles de especies animales. La
filosofía de la ciencia se ocupa hoy ante todo de cuestiones biológicas,
especialmente de aquellas relacionadas con la genética y con la teoría
evolutiva. Los alumnos más brillantes de la rama de ciencias prefieren la
genética molecular a la física nuclear, y es acertado suponer que Watson y
Crick son más populares que Bohr y Schrödinger.
Este nuevo dominio de la biología es resultado, en
cierto modo, de nuestra preocupación por la salud, pero tiene su origen ante
todo en el hecho de que la biología afirma haberse convertido en una «ciencia
adecuada», tras alcanzar ese «esquema conceptual de generalidad elevada»
postulado por Barben La vida es siempre la misma a escala molecular. El ADN
transporta la información que determina todos los aspectos de la vida de todos
los organismos, desde la forma de sus células hasta la forma de sus deseos. El
código del ADN es «universal» (o casi), es decir, que un mismo mensaje del ADN
se traduce en una misma proteína en todas las especies de seres vivos. En lo
que respecta a los organismos, la aparente superabundancia de formas y de modos
de vivir, de alimentarse y de copular se explican como soluciones óptimas a los
problemas planteados por la naturaleza, soluciones que multiplican al máximo el
número de genes que transmitiremos a las generaciones venideras.
Incluso los defectos aparentemente accidentales
pueden explicarse por la ley universal de optimización de la reproducción
mediante la selección natural. El lector ingenuo interpreta la existencia de un
agujero podrido en el tronco de un árbol como indicio de mala suerte, mientras
que el biólogo evolucionista nos asegura que se trata de una táctica evolutiva
del árbol para atraer a las ardillas, que se encargarán de diseminar sus
simientes a lo ancho y a lo largo. No hay adversidad que no se haya visto atenuada
por los beneficios que representa para la selección natural. 56
La explicación de todos los fenómenos biológicos —
desde el plano molecular hasta el plano social — como excepciones de unas leyes
de carácter universal es la culminación de un proceso de mecanización de los
fenómenos vivos que comenzó en el siglo XVII, con la publicación, en 1628, del
Exercitatio de motu cordis et sanguinis in animalibus [Sobre el movimiento del
corazón y la sangre en los animales], de William Harvey, una obra que describe
la circulación de la sangre como si de una bomba mecánica, con sus tuberías y
sus válvulas, se tratase. La metáfora mecánica empleada por Descartes en la
Parte V de su Discurso para explicar el funcionamiento de los distintos
organismos se basa ampliamente en la obra de Harvey, a quien cita, con esa
altanería propia de los franceses, como «un médico inglés que merece todo
nuestro respeto por haber roto el hielo sobre esta cuestión». Pero la metáfora
mecánica sienta las bases para el desarrollo de un programa de investigación
biológica global que se limita exclusivamente a las propiedades que los
organismos comparten con las máquinas, objetos constituidos por piezas
articuladas cuyos movimientos están destinados a ejecutar determinadas
funciones. El programa de la biología mecanicista consistió en describir los
fragmentos y las piezas de la máquina, con el fin de demostrar cómo éstas
encajan unas en otras y se mueven de manera que la máquina funcione como un
conjunto, y con la intención de distinguir aquellas funciones para las cuales
la máquina ha sido diseñada.
El éxito de este programa fue extraordinario. Hoy
conocemos la estructura de los organismos vivos, sabemos hasta el menor detalle
sobre la composición de sus células y la constitución de las moléculas, pero
aún siguen abiertas numerosas incógnitas, tales como el hallar una explicación
satisfactoria para definir las conexiones en el cerebro de los grandes
organismos, por ejemplo, el ser humano. También disponemos de amplios
conocimientos sobre las funciones, los órganos, los tejidos, las células y un
notable número de las moléculas que nos configuran, y no hay razón alguna para
suponer que lo que todavía ignoramos no llegue a desvelarse en un futuro
mediante las mismas técnicas y los mismos conceptos que han caracterizado a la
biología durante los últimos trescientos años. El programa de Harvey y
Descartes para revelar los detalles de la bete machine funcionó correctamente.
El problema radica en que la metáfora de la máquina deja algunos cabos sueltos
y la ingenua biología mecanicista, que no es otra cosa que física ejecutada por
otros medios, intentó asimilarlo todo por la fuerza, aun a riesgo de no ofrecer
un retrato verídico de la naturaleza.
Los problemas de la biología no residen únicamente
en proporcionar una descripción exacta de la estructura y del funcionamiento de
las máquinas; abarcan también el problema de su historia. La historia de los
organismos se desarrolla en dos niveles. Todos empezamos siendo un simple óvulo
fertilizado que experimenta diversos procesos de crecimiento y de
transformación hasta convertirse en un suscriptor de la New York Review of
Books. Estos procesos continuarán y se transformarán constantemente, modificando
la forma de nuestros cuerpos y de nuestras mentes hasta el fin de «esta extraña
historia repleta de acontecimientos». Al margen de su propia historia
individual, los organismos poseen una historia colectiva — que comenzó hace
tres mil millones de años como una rudimentaria aglomeración de moléculas, y
hoy, tras alcanzar su punto medio, engloba a diez millones de especies, y que
concluirá dentro de tres billones de años, cuando el Sol destruya la Tierra en
una brutal expansión —. Las máquinas también tienen historia, pero la historia
de la tecnología o de la construcción de las máquinas individuales no es
esencial para comprender su funcionamiento. Los diseñadores de automóviles
modernos no necesitan consultar el diseño original del Daimler para construir
un motor de combustión interna, del mismo modo que un mecánico tampoco necesita
conocer el funcionamiento de una planta de montaje de automóviles. Por el
contrario, si queremos llegar a poseer un conocimiento completo de los
organismos, no podemos olvidar su historia. Así, el problema de cómo se
realizan las funciones de percepción y de memoria en el cerebro pasa por
entender el problema de cómo las conexiones neuronales llegan a formarse en
primera instancia bajo la influencia de visiones, de sonidos, de caricias y de
soplidos.
El reconocimiento de la naturaleza histórica de los
procesos biológicos no es algo nuevo. El problema de fundir la historia
individual y la historia colectiva de los organismos en una gran síntesis
mecánica planteó ya numerosos interrogantes a los biólogos y enciclopedistas
del siglo XVIII [55]. La biología decimonónica se entregó por entero a esta
cuestión, y sus dos grandes monumentos fueron la teoría darwiniana de la
evolución y el desarrollo de la embriología experimental en la escuela alemana
de la Entwick-lungsmechanik.
El principal obstáculo para incorporar estos
fenómenos a la síntesis mecánica estriba en una característica poco afortunada
de los procesos históricos, su contingencia. Esto significa que aquellos
sistemas en los que la historia desempeña una importante función se ven
sometidos a la acción de influencias ajenas a su propia estructura, que
determinan claramente su función hasta el punto de que la variación de estas
fuerzas externas puede producir una variación en el propio sistema. No es
necesario compartir el anarquismo radical de Tolstoi para concluir que el
estallido de la batalla de Borodino no estuvo determinado por el nacimiento de
Napoleón o Kutuzov, ni tampoco por el despliegue de sus ejércitos el 7 de
septiembre de 1812. Toda consideración histórica exige confrontar la relación
existente entre el sistema que constituye nuestro objeto de estudio y las
oscuras circunstancias en las que se inscribe, tanto internas como externas. La
relación entre lo interno y lo externo no es relevante en el caso de las máquinas,
con la excepción de que ciertos aspectos externos pueden interferir en el
funcionamiento normal de éstas. Un cambio de temperatura o un movimiento brusco
de su base pueden alterar el mecanismo de un reloj, razón por la cual el
Almirantazgo ofreció una importante suma de dinero a quien diseñase un
cronómetro naval de escrupulosa precisión. El proyecto de incluir la historia
vital de los distintos organismos en el modelo mecánico nos obliga acto seguido
a estudiar la interacción entre lo interno y lo externo, y a despacharla sin
atentar contra el determinismo cartesiano. Los defensores de la embriología y
del evolucionismo han abordado esta interacción entre lo externo y lo interno
de un modo muy diferente, que viene a satisfacer la necesidad de establecer
disciplinas «de elevada generalidad, como son las ciencias físicas», pero ello
a expensas de distorsionar gravemente nuestra visión de la naturaleza y de
impedir, a la postre, la solución de esos mismos problemas que las ciencias se
han planteado.
El término técnico que designa los procesos de
cambio continuo durante la vida de un organismo es «desarrollo»; la etimología
de esta palabra revela la teoría que subyace a su estudio. El «desarrollo» es,
literalmente, un desdoblamiento o despliegue, metáfora a buen seguro más
transparente en español o en alemán (Entwicklung) que en inglés (development).
En este sentido, la historia de un organismo es el desdoblamiento y la
revelación de una estructura inmanente, un proceso similar al del revelado
fotográfico, que nos permite descubrir la imagen latente en la película
expuesta a la luz. Este proceso tiene lugar exclusivamente en el interior del
organismo y la función del mundo externo se limita a facilitar las condiciones
adecuadas para que el proceso interno pueda seguir su curso normal. A lo sumo,
ciertas condiciones externas, como un aumento de la temperatura por encima de
un nivel mínimo, pueden ser necesarias para desencadenar los procesos de
desarrollo, que en lo sucesivo responderán a su propia lógica interna, del
mismo modo que la imagen latente aparece en la película al sumergir ésta en el
líquido revelador.
Una característica común a todas las teorías del
desarrollo, ya se refieran al cuerpo o a la psique, es que son siempre
escalonadas. Parten de la base de que el organismo pasa por una serie de etapas
ordenadas, de manera que ninguna etapa puede comenzar antes de que la anterior
haya concluido con éxito. Las descripciones clásicas de la embriología animal
se presentan en términos de modestas etapas: «etapa bicelular», «etapa
tetracelular», «etapa blastular» (de blástula o bolsa de células), o «etapa
neurular» (de néurula o tubo neural). Ello ofrece la posibilidad de interrumpir
el desarrollo y bloquear el sistema en una etapa intermedia, de tal suerte que
el ciclo vital no llegue a completarse como consecuencia de un fallo interno en
la maquinaria o del olvido de una llave inglesa entre las piezas de la misma.
Las teorías del desarrollo psíquico son claramente escalonadas. Los niños deben
completar con éxito las sucesivas etapas piagetianas para aprender a manejarse
en el mundo de los fenómenos externos. Las teorías freudianas sostienen que las
conductas anormales son consecuencia de una fijación en las fases anales u
orales en el camino que conduce hasta el erotismo genital normal. En todas
ellas, el papel del mundo exterior se limita a accionar o a inhibir el
desarrollo normal de una secuencia interiormente programada. De este modo, la
biología y la psicología del desarrollo resuelven con argucias el problema de
la interacción entre el mundo interior y el mundo exterior, negando a este
último toda función creativa.
La biología experimental viene reivindicando desde
sus comienzos la hegemonía de las fuerzas internas sobre las fuerzas externas.
Las disputas entre distintas escuelas embriogenéticas se han desarrollado
enteramente en este marco conceptual. La más famosa de ellas fue el debate que
tuvo lugar a finales del siglo XVIII y principios del XIX entre preformismo y
epigénesis [56]. Los preformistas, partiendo de una visión que hoy se nos
antoja mera superchería medieval, sostenían que el organismo adulto ya estaba
presente, aunque de manera minúscula, en el óvulo fertilizado (de hecho, en el
esperma), y que el proceso de desarrollo consistía sólo en el crecimiento y en
la consolidación de esa miniatura transparente.
Los defensores de la epigénesis, cuya visión se
impuso en la biología moderna, afirmaban que el óvulo contenía únicamente un
esquema ideal del adulto, un cianotipo que se manifestaba mediante el proceso
de construcción del organismo. Con la salvedad de que hoy identificamos este
esquema con determinadas entidades físicas — los genes formados por ADN —, es
poco lo que esta teoría ha cambiado en las dos últimas centurias. Y, sin
embargo, entre el preformismo concreto — convencido de que en cada esperma había
un trocito de hombre — y el preformismo idealista — que concibe al adulto
completo presente ya en el óvulo fertilizado y a la espera de manifestarse — no
hay grandes diferencias si exceptuamos algunos pequeños detalles mecánicos. En
la afirmación realizada por uno de los más eminentes biólogos moleculares y
codescubridor del código genético — que con ocasión del centenario de la
rnuerte de Darwin vino a decir que si tuviese un ordenador potente y una
secuencia completa del ADN de un organismo podría computar dicho organismo —,
hallamos resonancias dieciochescas. El problema que plantea la metáfora del
«desarrollo» es que ofrece un panorama muy pobre sobre la situación actual de
la historia de la vida de los organismos. El desarrollo no es sólo la ejecución
de un programa interno, no es un desdoblamiento; el exterior también cuenta.
En primer lugar, aun cuando los organismos
presenten unas cuantas «etapas» claramente diferenciadas, éstas no se suceden
necesariamente de acuerdo con un orden predeterminado, sino que, a lo largo de
su vida, el organismo puede pasar una y otra vez por estas etapas, en respuesta
a la acción de fuerzas externas. Las grandes enredaderas que crecen en el
corazón de la selva empiezan siendo una semilla que germina en el suelo. En la
primera fase de su crecimiento, la enredadera es positivamente geotrópica y negativamente
fototrópica. Esto es, ahonda en el suelo y crece alejada de la luz, hacia la
oscuridad de la tierra. Más tarde alcanza la base de un árbol. Al encontrarse
con el árbol, la enredadera pasa a ser negativamente geotrópica y positivamente
fototrópica, como la mayoría de las plantas, y asciende por el tronco en busca
de la luz. Durante esta fase empiezan a salirle hojas que presentan una forma
característica. A medida que asciende por el árbol, donde la intensidad de la
luz es mayor, la forma de las hojas y la distancia entre éstas se modifica, y
las flores hacen su aparición. Un poco más arriba, la enredadera se enrolla en
las ramas del árbol, la forma de sus hojas cambia nuevamente y vuelve a ser
positivamente geotrópica y negativamente fototrópica; a partir de este momento
cuelga de las ramas y empieza a crecer hacia el suelo. Si tropieza con una rama
inferior, comienza de nuevo una fase intermedia, y cuando llega al suelo
reanuda su ciclo desde el principio. Así pues, en función de la intensidad de la
luz y de la altura del árbol, la enredadera experimenta diversos cambios entre
una y otra etapa.
En segundo lugar, el desarrollo de la mayoría de
los organismos es consecuencia de una interacción única entre su estado interno
y el medio externo. La historia de la vida de un organismo está condicionada en
todo momento por la contingencia, que supedita toda fase de desarrollo
posterior al estado anterior y a las influencias ambientales. Sencillamente, un
organismo es el resultado único de sus genes y de los distintos entornos por
los que ha pasado en el curso del tiempo, y no hay modo de saber con antelación,
a partir de la secuencia de ADN, cómo será dicho organismo más que a grandes
rasgos. En todos los entornos conocidos las leonas paren leones y las ovejas
corderos, pero no todos los leones son iguales.
El resultado de esta contingencia, que produce
variaciones entre organismos individuales, puede ilustrarse muy bien con un
experimento clásico de la genética botánica [57]. El experimento se realizó en
California y consistió en recoger varios especímenes de la planta Achillea y
cortar cada uno de ellos en tres partes. A continuación se volvió a plantar una
de estas partes a baja altitud (30 m sobre el nivel del mar), otra a altitud
media (1.400 m) y la tercera en las montañas (3.500 m). Cada uno de los esquejes
produjo nuevas plantas. El resultado se refleja en la ilustración (en pág.
111). La parte inferior del dibujo muestra el crecimiento de las siete plantas
a baja altitud, dispuestas en orden decreciente en función de su altura. En la
segunda hilera aparecen las mismas plantas cultivadas a altitud media, y en la
hilera superior las cultivadas a máxima altitud. Las tres plantas de cualquier
columna vertical son genéticamente idénticas, porque han crecido a partir de
tres esquejes de la misma planta original y llevan por tanto los mismos genes.
Está claro que no es posible predecir el
crecimiento relativo de las plantas cuando el entorno se modifica. La planta
más alta de las cultivadas a baja altitud presenta el nivel de crecimiento más
pobre a altitud media, e incluso no es capaz de florecer. La segunda planta más
alta de las cultivadas a gran altitud (planta 9) presenta una altura media a
altitud media, pero es la segunda más pequeña de las cultivadas a baja altitud.
En conjunto, no cabe hacer previsión alguna cuando pasamos de un entorno al siguiente.
No existe un tipo genético «mejor» o «más grande». Si bien no podemos cortar a
las personas en pedazos y hacerlas crecer en diferentes entornos, todo
organismo experimental que permita duplicar su constitución genética y comparar
a los individuos resultantes en diferentes entornos ofrece resultados similares
a los de la Achillea.
Los cambios en el desarrollo de los organismos no
se agotan en la interacción entre genes y entorno. Todos los organismos
«simétricos» desarrollan asimetrías que varían de un individuo a otro. Las
huellas dactilares de la mano izquierda y de la derecha de cualquier ser humano
son distintas.
Una mosca de la fruta — no mayor que la punta de un
lápiz — que ha crecido en el interior de un frasco presenta un número de
antenas sensoriales diferente en el lado izquierdo y en el derecho; algunas
moscas tienen más en el lado izquierdo y otras más en el lado derecho. Las
diferencias son tantas como moscas hay. Pero los genes de la mosca son los
mismos a uno y otro lado, y parece absurdo pensar que la temperatura, la
humedad o la concentración de oxígeno fuese diferente a derecha e izquierda de
este insecto diminuto. La variación es resultado de los acontecimientos
aleatorios ocurridos durante la fase de división y movimiento de las células
individuales que producen las antenas, un fenómeno conocido como «ruido
evolutivo». Este ruido es una característica universal de la división y del
movimiento celular y desempeña ciertamente una importante función en el
desarrollo de nuestro cerebro. De hecho, una de las teorías más influyentes
sobre el desarrollo del sistema nervioso central sitúa el crecimiento aleatorio
y la conexión de las células nerviosas en la base del proceso completo [58].
Sencillamente no sabemos hasta qué punto las diferentes capacidades cognitivas
que presentan los distintos seres humanos son fruto de una diferencia genética;
hasta qué punto es resultado de la experiencia vital; o hasta qué punto son
consecuencia del ruido evolutivo. Yo no puedo tocar la viola como Pinchas
Zukerman, y tengo serias dudas de que, aunque hubiese empezado a estudiar a los
cinco años, fuese capaz de tocar como él. Él y yo tenemos diferentes conexiones
nerviosas; algunas de estas diferencias estaban ya presentes cuando nacimos,
pero ello no demuestra que seamos genéticamente distintos en este sentido.
Pese a que las diferencias ambientales y aleatorias
son sin duda notables, la biología del desarrollo experimentó un importante
progreso como ciencia al aferrarse a la metáfora del desdoblamiento, pero
centrándose sólo en los problemas derivados de la ignorancia de las causas
externas e indeterminadas. Los biólogos experimentales se concentran de lleno
en las diferencias que se observan entre la parte delantera y la parte trasera
de un animal, y en por qué los cerdos no tienen alas, problemas que, en efecto,
pueden abordarse desde el interior del organismo y que conciernen a algunas de
las propiedades generales de la maquinaria. Dado que la elaboración de
«esquemas conceptuales de elevada generalidad» es la marca del éxito
científico, ¿qué biólogo se apartará del largo camino hasta Estocolmo para
lanzarse al abismo de la variación individual? Nuestros esquemas conceptuales
condicionan no sólo las respuestas que damos a determinadas preguntas, sino
también la formulación de aquellas preguntas que puedan ser «interesantes».
El mayor triunfo de la biología decimonónica
consistió en ofrecer una explicación mecanicista y materialista de la vida en
su conjunto. La palabra «evolución» significa, literalmente, desarrollo de una
historia inmanente. De hecho, algunas teorías predarwinianas respondían a esta
metáfora; la más influyente de todas ellas fue la formulada por Karl Ernst von
Baer al fusionar la embriología y la evolución en su noción de recapitulación.
De acuerdo con este esquema, los organismos avanzados pasan, a lo largo de su
desarrollo individual, por una serie de etapas en las que son idénticos a sus
ancestros adultos menos evolucionados. Esto es, su desarrollo recapitula su
historia evolutiva. La evolución progresiva consiste así en la acumulación de
nuevas etapas, pero todas las especies pasarán por las etapas anteriores en el
curso de su transformación de embrión en organismo adulto. De hecho, es cierto
que en una temprana fase embrionaria tenemos branquias, como los peces,
conexiones entre ambos lados del corazón, como los anfibios, y colas, como los
perros, pero estos rasgos desaparecen a medida que maduramos, de tal modo que
nuestra historia individual contiene ciertamente las huellas de nuestra
evolución.
La teoría darwiniana supuso una ruptura radical con
esta visión internista. Darwin aceptó plenamente la contingencia de la
evolución y construyó una teoría en la que tanto las fuerzas internas como las
externas desempeñaban una función, pero de un modo asimétrico y alienado. El
primer paso de esta teoría es la absoluta separación causal entre lo interno y
lo externo. Según Lamarck — comprometido con la herencia de las características
adquiridas y la incorporación de lo externo al organismo como consecuencia de
la propia lucha de éste —, no existe una separación clara entre lo que está
dentro y lo que está fuera. La radical diferencia establecida por Darwin con
respecto a Lamarck consistió en distinguir claramente entre interior y
exterior, entre organismo y entorno, y entre las fuerzas que rigen el
funcionamiento interno de los organismos y las fuerzas que gobiernan el mundo
exterior. Según Darwin, algunos organismos poseen una serie de mecanismos
exclusivamente internos que producen variaciones en sus características
hereditarias. En términos modernos, se trata de mutaciones genéticas que
controlan el desarrollo. Estos cambios no son inducidos por el entorno, sino
producto aleatorio e independiente de los dictados del mundo exterior. Al mismo
tiempo, existe un mundo exterior, construido por fuerzas autónomas y ajenas a
la influencia del organismo, que establece las condiciones para la
supervivencia y para la reproducción de las especies. El mundo interior y el
mundo exterior se enfrentan así a lo largo del proceso selectivo de
supervivencia y desarrollo diferencial de aquellas formas orgánicas que mejor
se adaptan, por puro azar, al mundo exterior autónomo. Los que consiguen
adaptarse sobreviven y se reproducen; los demás desaparecen. Muchos son los
llamados y pocos los elegidos.
Éste es el proceso de adaptación en virtud del cual
la colectividad llega a caracterizarse únicamente por aquellas formas que
casualmente cumplen los requisitos previos de una naturaleza externa. La
naturaleza plantea numerosos problemas a los organismos; éstos deben
resolverlos o perecer. Su exigencia es clara: o lo tomas o lo dejas. Una vez
más, la metáfora se corresponde con la teoría. Por «adaptación» entendemos la
transformación y sintonización de un objeto para ajustarse a una situación
determinada, como cuando los viajeros estadounidenses tuvieron que usar un
adaptador para que sus maquinillas de afeitar y sus secadores de pelo
funcionasen con el voltaje europeo. La evolución por adaptación es la evolución
de los organismos impelidos por un mundo externo y autónomo a resolver
problemas ajenos a ellos mismos, y cuya única esperanza reside en que la fuerza
interna de la mutación aleatoria les proporcione una solución por puro azar. El
organismo se convierte así en el nexo pasivo de las fuerzas internas y
externas. Casi parece no ser responsable de su propia historia.
La diferencia entre entorno y organismo establecida
por Darwin fue un paso necesario para la mecanización de la biología, y puso
fin a una interpretación mística de lo interno y de lo externo carente de toda
base material. Pero lo que en un momento es un paso necesario para la
construcción del conocimiento puede constituir un obstáculo en otro momento. Si
Lamarck se equivocaba al pensar que los organismos podían incorporar el mundo
exterior a su herencia, Darwin se equivocaba al defender su autonomía. El entorno
de un organismo no es un conjunto de problemas independiente y previo para el
cual el organismo debe buscar soluciones, y ello porque los organismos no se
limitan a resolver problemas, sino que los crean en primera instancia. Del
mismo modo que no existe organismo sin entorno, tampoco hay entorno sin
organismo. La «adaptación» es una metáfora equivocada y debe ser sustituida por
un concepto más adecuado, como el de «construcción».
En primer lugar, si bien es cierto que existe un
mundo externo cuya existencia es independiente de cualquier ser vivo, la
totalidad de ese mundo no debe confundirse con el entorno de un organismo. La
actividad de los organismos determina lo que para ellos es relevante.
Construyen su entorno a partir de la yuxtaposición de fragmentos del mundo
exterior. Delante de mi ventana hay una roca rodeada de hierba seca. Los
papamoscas recogen la hierba para construir nidos en los aleros del tejado,
pero la roca no es para ellos relevante, y no forma parte de su entorno. Esta,
sin embargo, es parte del entorno de los tordos, que la usan como yunque para
romper la concha de los caracoles. No lejos de allí hay un árbol con un gran
agujero en el tronco, donde anida un pájaro carpintero; pero el agujero no
existe en el mundo biológico de los papamoscas o los tordos. Las descripciones
que ofrecen los biólogos sobre el «nicho ecológico» de un organismo, por
ejemplo, un pájaro, poseen una retórica sumamente reveladora. «El pájaro»,
dicen, «se alimenta de insectos voladores en primavera, mientras que en otoño
come semillas. Construye un nido con hierba, ramas y barro, a unos sesenta o
noventa centímetros del suelo, en la horquilla del árbol, y en él incuba tres o
cuatro polluelos. Vuela hacia el sur cuando los días duran menos de doce horas»
[59].
Cada palabra ofrece una descripción de la vida del
pájaro y no de la naturaleza autónoma. De hecho, sin describir al organismo es
imposible juzgar los «problemas» planteados por la naturaleza para los cuales
supuestamente existe. En sentido abstracto, volar es un problema potencial para
todos los organismos, pero no existe para las lombrices que, como consecuencia
de los genes que llevan, pasan su vida bajo tierra. Por tanto, al igual que la
información necesaria para definir a un organismo no está únicamente contenida
en sus genes, sino también en su entorno, del mismo modo los problemas
ambientales del organismo son consecuencia de sus genes. Los pingüinos, que
pasan gran parte de su vida bajo el agua, han modificado sus alas hasta
transformarlas en aletas. ¿En qué estadio de la evolución de sus antepasados
voladores la capacidad de nadar bajo el agua se convirtió en un «problema» de
urgente solución? No lo sabemos, pero es posible que sus antepasados se viesen
obligados a incluir la natación entre sus actividades principales antes de que
la selección natural transformase sus alas en remos. Los peces deben nadar y
los pájaros deben volar. El origen del vuelo tampoco está exento de problemas.
Un animal que es incapaz de volar y al que de pronto le brotan unas alas
rudimentarias no podrá elevarse del suelo, como podemos comprobar fácilmente si
intentamos volar sacudiendo unas palas de ping-pong. La fuerza necesaria para
alzar el vuelo aumenta lentamente a medida que la zona ocupada por las alas se
hace mayor, y ello resulta imposible por debajo de determinado tamaño. Por otro
lado, hasta las más pequeñas y finas membranas vibratorias pueden ser un
mecanismo excelente para combatir el calor o absorberlo de la luz solar, y
muchas mariposas emplean sus alas con este propósito. Hoy sospechamos que las
alas no hicieron su aparición para resolver el problema del vuelo, sino que
eran mecanismos para regular el calor que, cuando alcanzaban un tamaño
adecuado, permitían elevarse a los insectos, lo que llegó a convertir el vuelo
en un problema.
Puesto que los organismos crean su propio entorno,
éste no puede definirse sino en presencia del organismo al que cobija. El uso
de los mecanismos ópticos adecuados revela la existencia de una capa de aire
caliente y húmedo que rodea a todos los seres vivos y que se mueve
continuamente alrededor de nuestros cuerpos y sobre nuestras cabezas. Esta
capa, presente en todos los organismos que viven en el aire, es resultado del
calor y del agua que produce nuestro metabolismo. Lo cierto es que cada uno de
nosotros lleva consigo su propia atmósfera. Si el viento arrastrase esta capa
protectora, quedaríamos expuestos al mundo exterior y descubriríamos lo frío
que es. Esto es lo que se conoce como «factor aire frío».
Todo intento de definir un entorno en ausencia de
los organismos que lo habitan supone un gasto inútil para los contribuyentes y
un engorro para los científicos. Algunos sugirieron que la lanzadera Marte
debía incorporar un mecanismo para detectar la presencia de vida en este
planeta. Este mecanismo estaría dotado de una lengua larga y viscosa capaz de
desenrollarse, recoger el polvo y enrollarse de nuevo para situar el polvo bajo
un microscopio que enviaría las imágenes a la Tierra. Es ésta una prueba morfológica
que permite comprobar si hay vida. Si se observa una forma sugerente o se
aprecia algún movimiento, hay vida. La propuesta fue desestimada y se optó por
una prueba fisiológica.
La lanzadera Marte llevaba un aspirador lleno de
líquido radiactivo. El polvo era absorbido por un tubo hasta llegar al líquido,
donde una serie de detectores captaban la producción de dióxido de carbono
radiactivo cuando los organismos marcianos metabolizaban el líquido contenido
en el aspirador. De hecho, los científicos pudieron observar desde la Tierra,
llenos de éxtasis y asombro, cómo se producía el dióxido de carbono. Por
desgracia, la producción de dióxido de carbono se interrumpió bruscamente, de un
modo impropio de los cultivos bacterianos, y tras muchas discusiones se llegó a
la conclusión de que no hay vida en Marte y de que las observaciones eran
resultado de ciertas reacciones químicas en la superficie del polvo. El
problema residía en que el experimento intentaba definir la vida en Marte a
partir de un entorno basado en los entornos terrestres. Pero los entornos
terrestres son resultado de los organismos terrestres. Hasta que no sepamos
cómo son los organismos marcianos (si es que existen), no seremos capaces de
construir entornos en los que atraparlos y detectarlos.
En segundo lugar, todo organismo, no sólo la
especie humana, está sometido a un proceso constante de cambio en su entorno,
en el curso del cual el organismo crea y destruye alternativamente sus propios
medios de subsistencia. Ello forma parte de la ideología del movimiento
ambiental, según la cual el ser humano es la única especie capaz de destruir el
mundo en el que habita, mientras que la naturaleza permanece en un estado ideal
de armonía y equilibrio si no es alterada. Lo único cierto de esta teoría es su
romanticismo rousseauniano. Todas las especies consumen espacio y nutrientes y
producen residuos tóxicos para sí mismas y para su descendencia. Todo acto de
consunción es un acto de producción y todo acto de producción es un acto de
consunción. Todos los animales, tras respirar el preciado oxígeno, exhalan
dióxido de carbono, una sustancia venenosa para ellos, mas no para las plantas,
que se alimentan de él. Como Mort Sahl observó en cierta ocasión, por más
crueles e insensibles que seamos, cada vez que respiramos hacemos feliz a una
flor. Todo organismo priva de espacio a sus semejantes y, cuando se alimenta y
realiza su digestión, produce residuos tóxicos en su entorno.
En algunos casos, y como resultado de su
funcionamiento normal, los organismos hacen imposible la vida para su
descendencia. Cuando las pedregosas granjas de Nueva Inglaterra quedaron
abandonadas a partir de 1840, durante la gran migración al oeste, los campos no
cultivados fueron ocupados primero por la hierba y más tarde por los pinos
blancos. A comienzos de la década de 1900 se creyó que los pinos podían ser una
importante fuente de ingresos, por su madera y su pulpa, pero su reproducción
resultó imposible y se observó que su madera se endurecía rápidamente cuando se
talaban y lentamente cuando se dejaban intactos. El problema consiste en que
estos pinos no soportan la sombra y no pueden crecer en un bosque, ni siquiera
en un bosque de pinos. Los pinos adultos crean una condición hostil para su
propia descendencia, de tal modo que sólo unas cuantas semillas logran
sobrevivir como especie, del mismo modo que los hijos de los campesinos
europeos de los siglos XVIII y XIX colonizaron nuevos espacios en los que vivir
libres de la opresión de sus progenitores. Pero todos los organismos crean
también las condiciones necesarias para su existencia. Los pájaros construyen
nidos, las abejas, colmenas, y los topos, madrigueras. Las raíces de las
plantas modifican la textura del suelo y generan productos químicos que
favorecen el crecimiento de hongos simbióticos, de los que se alimenta la
planta. Las hormigas de los hongos de jardín recolectan y comen hojas,
germinándolas con las esporas de los hongos que les sirven de alimento. Todas
las especies crean y recrean permanentemente, de un modo tanto beneficioso como
perjudicial, sus propias condiciones de vida, su propio entorno.
Se podría objetar que algunos elementos importantes
del mundo exterior llegan a introducirse en los organismos en virtud de las
propias leyes de la naturaleza. A fin de cuentas, la gravitación seguiría
siendo un hecho aun cuando Newton jamás hubiese existido. Pero la relevancia
que las fuerzas externas, incluso la gravitación, tienen para un organismo,
está codificada en sus genes. Vivimos sometidos a la presión de la gravedad y
desarrollamos pies planos y malformaciones en la espalda como consecuencia de nuestro
gran tamaño y de nuestra postura erecta, características estas contenidas en
los genes que hemos heredado. Las bacterias, que viven en un medio líquido, no
experimentan la acción de la gravedad, pero están sujetas a otra fuerza física
de carácter «universal»: el movimiento browniano. Como son tan pequeñas, se ven
arrastradas por los caprichosos movimientos térmicos de las moléculas en el
medio líquido, una fuerza que, por fortuna, no nos hace a los seres humanos
salir despedidos de un lado a otro de la habitación. Todas las fuerzas
naturales operan efectivamente en campos de tamaño y de distancia variables, de
tal suerte que los organismos, a medida que crecen y evolucionan, pueden verse
sometidos a la acción de uno u otro campo de fuerzas. Todos los organismos
conocidos han evolucionado y deben sobrevivir en una atmósfera que contiene un
18 por ciento de oxígeno, un elemento extremadamente reactivo y muy poderoso
desde el punto de vista químico. Pero los primeros organismos no tuvieron que
vérselas con el oxígeno puro, inexistente en una atmósfera original con altos
niveles de dióxido de carbono. Son los propios organismos quienes han producido
el oxígeno, mediante la fotosíntesis, y reducido el dióxido de carbono a su
porcentaje mínimo actual, almacenándolo en enormes depósitos de caliza, de
carbón y de petróleo. La evolución debe entenderse así como una evolución de
organismos y de sus respectivos entornos en la que todo cambio orgánico es a un
tiempo causa y efecto de los cambios ambientales. El mundo interior y el mundo
exterior están pues íntimamente relacionados, y el organismo es tanto producto
como escenario de esa interacción.
La visión constructivista del organismo y del
entorno tiene importantes consecuencias para la actividad humana. No es posible
basar un movimiento racional del entorno en la necesidad de salvar dicho
entorno, que, en cualquier caso, no existe. Es evidente que nadie desea vivir
en un mundo más sucio que el actual, en el que la vida sea aún más pobre,
solitaria, desagradable, brutal y breve de lo que hoy es. Pero este deseo no
llegará a materializarse por la imposible exigencia de que los seres humanos
dejen de cambiar el mundo. Rehacer el mundo es la característica universal de
todos los seres vivos y está indisociablemente ligada a su naturaleza. Lo que
debemos hacer es decidir en qué tipo de mundo queremos vivir y dirigir así el
proceso de cambio del modo más favorable para alcanzar este ideal.
Capítulo 4
Escalas y conos: La evolución limitada por el uso
de iconos canónica
Stephen Jay Gould[60]
I. Culturas de presentación y el papel de la
iconografía
Como los últimos años de este milenio estarán
marcados por una preocupación y un respeto crecientes hacia el pluralismo
étnico y cultural — «esa condición individual e idéntica reconocida por las
leyes de la naturaleza y de la naturaleza de Dios para los seres vivos»-, «el
respeto hacia las opiniones del género humano» (echando mano de la cita de un
estadounidense de raza blanca ya fallecido) debería urgimos también a reseñar
las notables diferencias que separan a nuestras comunidades académicas. La disparidad
de fondo entre las artes y las ciencias ha sido ampliamente discutida y
lamentada, especialmente por C. P. Snow en su Two Cultures, pero pocos han
sabido documentar, o siquiera mencionar, las profundas diferencias (en modo
alguno anecdóticas o superficiales) de estilo y de modo de presentación.
Consideremos, por ejemplo, el importante foro
académico de los congresos profesionales: una plataforma de lanzamiento
esencial para casi cualquier carrera académica. Las dos diferencias
fundamentales entre los estilos de presentación humanístico y científico se me
antojan extraordinariamente irónicas. Según los estereotipos que todos
conocemos, el discurso científico puede tener un contenido empírico, pero
carece a menudo de gracia lingüística o de capacidad comunicativa, mientras que
los humanistas, en el mejor de los casos, encandilan a su audiencia con
pensamientos «nunca mejor expresados», aun cuando el diezmilésimo análisis del
soneto número cien de Shakespeare no ofrezca un solo dato auténticamente
novedoso sobre su contenido. Y, sin embargo -de ahí mi sensación de ironía-,
las dos diferencias fundamentales entre estas profesiones ponen de manifiesto
la intuición superior de los científicos en lo que a uso del lenguaje y del
estilo de comunicación se refiere.
En primer lugar, los humanistas casi siempre leen
sus discursos (y suelen leerlos mal, con la cabeza hundida entre los papeles y
una inflexión anodina y en absoluto adecuada para la presentación oral). Los
científicos rara vez leemos; estudiamos detenidamente el orden o la lógica del
argumento, hacemos esquemas y anotaciones, y hablamos de manera improvisada.
Siempre he pensado que la superioridad de este tipo de exposición oral era
evidente. En primer lugar, a efectos prácticos, la estrategia del científico es
mucho más rápida y no por ello menos cuidadosa (gran parte de los documentos
escritos por los humanistas no están concebidos para su posterior publicación y
en realidad suponen una pérdida de tiempo).
En segundo lugar, el discurso improvisado resulta
mucho más atractivo y directo que el estilo insulso e indeciso que casi siempre
emplean quienes leen sus trabajos. Soy consciente, claro está, de que un lector
hábil puede superar estos obstáculos respetando algunas reglas bastante
sencillas (como, por ejemplo memorizar una frase para poder mirar al público),
pero lo cierto es que son pocos los que leen bien, y el aburrimiento que
produce una mala lectura hace que la torpeza acumulativa generada por la dudosa
gramática de los académicos sin dotes para el discurso improvisado resulte aún
más insufrible. Admito, dicho sea de paso, que muchos humanistas emplean la
estrategia de la lectura por puro temor, porque el estilo es su summum bonum, y
antes que incurrir en un error gramatical prefieren resultar aburridos e
incluso incomprendidos (mientras que los científicos, que no se ven sometidos
al juicio de sus colegas por su estilo literario, optan por una mejor
comunicación, aun a riesgo de cometer errores gramaticales).
Pero, en tercer lugar y ante todo, la lengua
hablada y la lengua escrita son absolutamente distintas, y los humanistas
deberían saberlo mejor que nadie. Los discursos pensados para ser transmitidos
oralmente no suelen funcionar sobre el papel impreso («Tengo un sueño», de
Martin Luther King, es uno de los mejores discursos del siglo XX, pero, al
igual que sucede con la poesía oral, basada en la repetición rítmica, suena
torpe al leerlo de corrido). Las diferencias son numerosísimas. Baste citar
sólo una: el discurso oral requiere una estructura cíclica estudiadamente
repetitiva, pues los hechos se presentan de manera lineal y la audiencia no
puede volver atrás, mientras que los documentos escritos pueden ser más
secuenciales y menos redundantes, dado que el lector puede detenerse para
consultar un pasaje anterior. (En el curso de los años he descubierto que la
redundancia en un buen discurso improvisado resulta desalentadora cuando leemos
la transcripción de ese mismo discurso. «¿Dije semejante tontería?», se
pregunta uno; y sin embargo la exposición fue buena.)
Otra diferencia importante entre el discurso
humanista y el discurso científico es que los científicos suelen mostrar
diapositivas (o cualquier otro tipo de material gráfico), mientras que los
humanistas confían únicamente en el texto (con la excepción de la historia del
arte, donde el uso simultáneo de dos proyectores es casi obligado). Los
proyectores están invariablemente presentes en cualquier charla científica.
Jamás se me ocurriría tener que pedir uno; doy por sentado que el aparato
estará en la sala. Por eso, a veces me olvido de que es imprescindible
solicitarlo cuando doy una charla ante un grupo de humanistas (normalmente en
salas sin pantalla y sin posibilidad de cubrir las ventanas). En tres
embarazosas ocasiones me encontré con que no había proyector en la sala (las
diapositivas eran indispensables para mi exposición), y en los tres casos tuve
que lanzar un S.O.S. a un colega del departamento científico para conseguir un
proyector y una pantalla.
Esta notable diferencia puede aplicarse incluso a
charlas humanísticas sobre temas explícitamente visuales. Hace poco asistí a
una conferencia celebrada en París con ocasión del bicentenario del Museo de
Ciencias Naturales. Todos los ponentes conmemoraron a los grandes científicos
(como Cuvier y Lamarck) y hablaron con detalle de sus presentaciones públicas y
de la importancia de su estética, pero casi ninguno mostró una sola imagen.
¿Por qué los científicos comprenden la importancia
de las imágenes mientras que la mayoría de los humanistas acepta sin más la
hegemonía de la palabra? Las publicaciones académicas en el terreno de las
humanidades desprecian por lo general la imaginería de muy diversas maneras.
Hay auténticos mamotretos en los que no aparece una sola imagen, ni siquiera un
mero retrato del personaje central de una narración. Las imágenes, si es que
están presentes, suelen ser meramente «ilustrativas», en el sentido peyorativo
y marginal del término; por lo general se incluyen en capítulos aparte,
separadas del texto principal y como elementos subsidiarios.
Pero las imágenes son vitales para nosotros.
Biológicamente hablando, los primates son quintaesencialmente animales visuales
entre los mamíferos (basta con observar la clásica imagen de un cerebro humano
para comprobar la gran cantidad de córtex cerebral destinado a nuestra
capacidad de visión). Muchos de nuestros juicios sobre cuestiones sociales,
especialmente nuestras emociones, están basados en imágenes. ¿Qué sería del
patriotismo sin la Estatua de la Libertad, el Espíritu del 76 y la izada de
bandera en el monte Surabachi? Y ¿cómo entender la cultura estadounidense
moderna sin Marilyn Monroe sobre el respiradero del metro o Joe DiMaggio con el
bate?
Desde el punto de vista académico es mucho lo que
se puede aprender a partir del estudio de la imagen (incluso de su desprecio).
Los humanistas, que aceptan la palabra como explícita moneda de cambio,
escrutan los textos con sumo cuidado y dedican gran parte de su atención a
eliminar posibles sesgos y a aclarar argumentos. Y como generalmente consideran
que la iconografía es algo superfluo, las razones que determinan tanto la
elección como la forma de las imágenes son menos conscientes que las de los científicos
—y en consecuencia estas imágenes llevan implícitas ciertas tendencias
personales y sociales.
Siento especial curiosidad por la cuestión de los
«iconos canónicos», es decir, la imaginería tradicional relacionada con
conceptos clave de nuestra vida intelectual y social. Nada hay más
inconsciente, y por ende más influyente mediante su efecto subliminal, que una
imagen amplia y tradicionalmente usada para un asunto, que, en teoría, podría
representarse visualmente de cien maneras distintas, algunas de ellas con
implicaciones filosóficas notablemente dispares. La sorpresa que produce una
imagen distinta puede ser reveladora: al instante comprendemos hasta qué punto
estábamos coaccionados por el icono canónico, pese a no haber reparado nunca en
ello. Yo mismo, siendo como soy judío y careciendo como carecía de interés por
este asunto, quedé muy impresionado al contemplar por primera vez la imagen
imberbe del cristo bizantino (y comprendí que en realidad no sabíamos nada
sobre la apariencia — y muy poco sobre la existencia — del Jesús histórico).
Este ensayo se ocupa de la imaginería canónica de
mi propia profesión: la evolución y la historia de la vida. No conozco otro
asunto más distorsionado por los iconos canónicos que éste; este tipo de
imágenes son un reflejo de nuestras preferencias sociales y de nuestras
esperanzas psicológicas, más que de los datos paleontológicos o de las tesis
darwinianas. El carácter coercitivo de las imágenes estándar reviste especial
importancia en el terreno de la ciencia, donde casi todas las principales
teorías poseen su propio icono característico. Consideremos, por ejemplo, la
representación estándar del sistema solar copernicano (o la versión kepleriana
con las órbitas corregidas), y reconoceremos de inmediato que el átomo de Bohr
se convirtió en el microcosmos de este icono macrocósmico. La geometría
cartesiana del icono celeste puede ser adecuada desde un punto de vista
empírico, pero el hecho de dibujar los electrones como planetas que giran en
torno a los neutrones y protones de un universo heliocéntrico no ofrece una
representación exacta del mundo atómico.
II. La escala o la marcha lineal de la evolución
La más grave y convincente de las falsas
interpretaciones de la evolución consiste en equiparar este concepto con cierta
noción de progreso, por lo general inherente y previsible, que conduce hasta
una cima humana. Pero lo cierto es que ni la teoría evolutiva ni el actual
registro fósil de la vida respaldan tal idea. La selección natural darwiniana
sólo produce la adaptación a entornos locales cambiantes, pero no proporciona
un esquema global del progreso. Podemos interpretar esta adaptación local como una
«mejora» de una circunstancia determinada (el elefante peludo que se convierte
en mamut soporta mejor los períodos de glaciación), pero una cadena histórica
de adaptaciones locales secuenciales no da como resultado una historia de
progreso continuo. (El vector del cambio climático varía efectivamente a lo
largo del tiempo; así pues ¿por qué habrían de mejorar las criaturas, en
términos generales, ajustando estos vectores mediante la selección natural?)
Además, por cada adaptación local obtenida gracias a la creciente complejidad
de determinada definición se encuentra otra solución local igualmente
satisfactoria, que es fruto de la «degeneración» morfológica o conductual.
(Basta con observar los numerosos parásitos que, protegidos de las inclemencias
externas, se transforman en poco más que depósitos alimentarios y tejido
reproductivo en el organismo al que parasitan; y, sin embargo, los parásitos
tienen tantas expectativas de éxito evolutivo como sus huéspedes.)
En lo que se refiere al registro fósil, el modelo
unicelular, vigente durante casi tres mil millones de años, dio paso a la
aparición de los principales grupos pluricelulares en un breve período de cinco
millones de años (la famosa «explosión cámbrica» que tuvo lugar hace 535-530
millones de años), lo que resta crédito a cualquier teoría de avance lento y
sostenido. Como mucho podríamos afirmar que unas cuantas especies pasaron a
ocupar la esfera, originalmente vacía, de la complejidad anatómica (puesto que
la vida tuvo que surgir en el límite inferior de su concebible y preservable
complejidad, esto es, como diminutas, simples e independientes células). Pero,
qué duda cabe, estas primeras y más sencillas células, las bacterias y sus
aliados, siguen siendo los seres vivos más numerosos y resistentes. Y si
insistimos en las especies pluricelulares, aproximadamente el 80 por ciento de
ellas son insectos, y estas criaturas, con enormes expectativas de vida, no han
mostrado vectores de mejoría convincentes en los últimos trescientos millones
de años.
Este problema conceptual ha impregnado la biología
evolutiva desde los tiempos de Darwin. La propia palabra «evolución», que
denota un cambio biológico a lo largo del tiempo, entró en nuestro vocabulario
a partir del uso más general que de ella hiciera Herbert Spencer (aplicable a
la cosmología, la economía y otras muchas disciplinas históricas) para
manifestar su firme convicción en «el progreso universal, sus leyes y sus
causas». El propio Darwin había evitado conscientemente el término en la
primera edición de El origen de las especies, optando por describir el cambio
biológico como una «transformación regresiva». A pesar de que con ello se
desmarcaba del resto de los biólogos del siglo XIX, Darwin no interpretó el
cambio evolutivo como algo inherentemente progresivo.
Así pues, la errónea equiparación de evolución y
progreso denota una tendencia sociocultural más que una conclusión biológica, y
no hace falta mucha perspicacia para localizar el origen de esta tendencia en
el anhelo del ser humano de situarse en el vértice de la historia de la vida,
como dueño y señor de la Tierra, por derecho propio y necesidad biológica. Esta
falsa noción de la evolución mantiene una intensa complicidad con uno de los
iconos canónicos más comunes para representar cualquier concepto científico: la
marcha o la escala del progreso evolutivo. La versión clásica de este icono —
ampliamente usado por la cultura popular en la publicidad y en el humor
gráfico, pero también presente en libros de texto y en exposiciones museísticas
— muestra una secuencia lineal de formas que avanzan de izquierda a derecha, en
el sentido de la lectura (aunque el único ejemplo israelí que he encontrado, un
anuncio de Pepsi, se representa de derecha a izquierda). La secuencia puede ser
global, empezando por una ameba y terminando con un hombre blanco vestido con
traje y corbata (lo que a su vez denota otra forma de iconografía sesgada); o
más reducida, empezando por un simio encorvado y terminando con un humano
erecto. Este upo de secuencia es, claro está, una parodia. La mayoría de las
personas cultas comprenden que la evolución no es una mera línea continua. Pero
la caricatura funciona, a pesar de todo, pues epitomiza, mediante la
simplificación y la exageración, la esencia de lo que muchos entienden por
evolución; en una palabra, progreso.
La marcha del progreso ha sido objeto de una
asombrosa variedad de usos, principalmente en el terreno del humor comercial.
Creo que ningún otro concepto científico puede captarse tan rápida y fácilmente
— aunque en este caso la malinterpretación resulta casi perversa — mediante un
icono canónico. Analicemos sólo dos ejemplos de los cientos que he estudiado.
El primero (figura 1 [véanse págs. 134-135]) es uno de los favoritos de la
industria informática. Se propone transmitir el mensaje de que los productos de
esta empresa son cada vez más pequeños y más baratos, y para ello muestra a un
chimpancé, encorvado por el peso de un ordenador industrial, que evoluciona
hasta convertirse en un hombre blanco, ataviado con chaqueta y corbata, con su
PowerBook bajo el brazo. Abundan también las variantes regionales, como el
chiste aparecido en The New Yorker de la figura 2 (véase pág. 136) (mi ejemplo
californiano muestra la evolución de los bañadores a lo largo del tiempo).
El poder del icono (y la facilidad con que se
reconoce éste) se aprecia tal vez mejor por medio de numerosas parodias (de la
primera parodia) que nunca yerran en su objetivo de ser comprendidas de
inmediato. En uno de los chistes gráficos de Frank y Ernie, por ejemplo, la
secuencia se presenta de izquierda a derecha: desde un pez en el mar hasta un
acantilado, en cuya cima se encuentra Frank con una caña de pescar en la mano;
Frank está a punto de atrapar un pez idéntico al que aparece en el extremo opuesto
de la secuencia. En mi ejemplo favorito, una ilustración titulada «La educación
en Estados Unidos», aparecen cuatro monos, con orejas de burro e idénticos
entre sí, que forman una sola línea. Seguramente un icono cobra fuerza, y se
convierte en una imagen canónica, cuando la comprensión de la parodia se basa
en la ausencia de la imagen original y el concepto contrario queda codificado
en la imagen que en realidad se muestra.
III. La versión culta de la escala
Es fácil caer en la tentación de despreciar las
versiones populares como falsas creencias propias de una cultura de masas y
científicamente iletrada, error este en el que no incurrirían tan fácilmente
las personas cultas o los legos con buenos conocimientos científicos. Sin
embargo, la versión de la iconografía evolutiva más acertada de la que hoy
disponemos, desuñada a un público más exquisito, presenta exactamente los
mismos errores — de un modo más sutil, pero también más global —. Le estoy muy
agradecido al historiador de la ciencia Martin J. S. Rudwick por el análisis de
. la iconografía culta que ofrece en su magnífico libro sobre la iconografía de
la vida prehistórica, Scenes from Deep Time (University of Chicago Press,
1992). Rudwick concluye su investigación con un relato sobre el establishment
del género en el siglo XIX; yo he ampliado el análisis hasta nuestros días.
Las versiones cultas de esta iconografía ofrecen
series pictóricas de la historia de la vida dispuestas en orden geológico
secuencial: una para el cámbrico, otra para el ordovícico, y así sucesivamente.
Dicho de otro modo, no vemos escenas aisladas de un momento determinado de la
vida prehistórica, sino representaciones de la historia de la vida dispuestas
secuencialmente en su correcto orden geológico. La demanda de este tipo de
representaciones ha sido escasa — sobre todo en los murales de los museos y en
los libros ilustrados, aunque en nuestra generación ha aparecido por primera
vez un modesto mercado artístico de pinturas de la vida prehistórica.
Por lo demás, este género sólo pudo surgir a
mediados del siglo XIX, y ello por dos razones. En primer lugar, no hubo
reconstrucciones fiables de vertebrados fósiles hasta la aparición de la obra
de Cuvier, en 1812. En segundo lugar, la cronología geológica no se estableció
correctamente hasta las décadas de 1840 o 1850. Como resultado de estas
limitaciones temporales y de mercado, la iconografía culta de pinturas
secuenciales de la historia de la vida es modesta y abarcable. No es necesario
tomar una muestra de un amplio universo estadístico; en realidad, basta con
analizar los principales ejemplos para hallar una serie de características
comunes y de diferencias.
La primera conclusión que cabe extraer del estudio
de las series más representativas es que no existen variaciones esenciales. Los
mismos errores están codificados en todos los ejemplos de un modo
misteriosamente común, lo que pone de manifiesto el asombroso poder de la
iconografía canónica para imponer la estrechez de miras y los prejuicios sobre
cualquier tema. Rudwick demuestra que la primera serie de litografías
relevantes fue realizada por Édouard Riou (1833-1900) — también litógrafo de
Julio Verne — para un libro sobre la historia de la vida escrito por el
divulgador francés Louis Figuier (18191894) titulado La Terre avant le déluge,
que vio la luz en 1863. (Una versión anterior fue la publicada en 1851 por el
paleobotánico alemán F. X. Unger bajo el título de Die Umwelt in ihren
verschiedenen Bildungsperioden; pero la obra de Unger, que apareció en una
edición muy reducida y cara — centrada básicamente en las plantas y con escasas
representaciones de animales —, tropezó con otro de nuestros prejuicios provincianos,
y el interés por su trabajo se vio considerablemente reducido.)
Hasta la generación actual, y a lo largo de todo el
siglo XX, los retratistas de la historia de la vida estuvieron dominados por la
figura del gran artista y naturalista estadounidense Charles R. Knight
(1874-1953) que acaparó prácticamente este género desde la década de 1920 y
hasta el momento de su muerte. Knight realizó los principales murales para
diversas instituciones del país: New York's American Museum of Natural History,
Chicago 's Field Museum y Los Angeles's tar pits museum, entre otros. Posteriormente,
en la década de los cincuenta, un dúo de checos formado por el artista Zdenik
Burian y el paleontólogo Joseph Augusta publicó una serie de libros de gran
formato con ilustraciones en color, poniendo por primera vez en entredicho la
hegemonía de Knight.
El dominio de esta tradición iconográfica por la
falacia del progreso resulta aún más sorprendente aquí que en el caso de las
familiares escalas de la imaginería popular — porque todas las pinturas, sin
excepción, muestran la misma secuencia (que conduce, siquiera pasivamente, a la
convicción de que tales escenas representan la historia de la vida y no un
camino posible entre cientos de caminos posibles y aún por describir) y porque
el sesgo de la iconografía queda enmascarado por una mayor sutileza en la presentación
—. Tanto este sesgo como su carácter constante saltan a la vista al comparar la
serie original de Figuier, de 1863, con el ejemplo más destacado del siglo XX,
la serie realizada por Charles R. Knight para la National Geographic en 1942 y
titulada Parade of Life Through the Ages.
El sesgo del progreso ha llevado a todos estos
artistas a representar la historia de la vida como una secuencia progresiva que
va desde los invertebrados marinos hasta el Homo sapiens. La diversificación y
la estabilidad, cuestiones clave de la historia natural, quedan completamente
suprimidas, y la pequeña senda que conduce hasta el ser humano viene a
sustituir de este modo a la historia completa de la vida. (Las objeciones
serian menores si estos artistas manifestasen explícitamente la intención de mostrar,
en el árbol evolutivo, la trayectoria que condujo hasta los seres humanos; en
tal caso sólo los acusaríamos de provincianismo. Pero basta con echar un
vistazo a los títulos y leer los textos para comprobar que estos artistas
afirman pintar la historia de la vida. La obra de Figuier lleva por título La
Terre avant le déluge, mientras que la de Knight se titula Parade of Life
Through the Ages.)
El mundo de los invertebrados domina el primer gran
período de la historia de la vida geológica y, sin embargo, los invertebrados
merecen sólo dos o tres láminas (de un total de treinta a sesenta; véase la
figura 3 [véase pág. 137] para la versión de Figuier y la figura 4 [véase pág.
138] para la de Knight). La lámina de Figuier muestra otro interesante sesgo
iconográfico — aunque en este caso sería preferible hablar de tradición —, al
representar a los invertebrados abandonados en la costa y no in situ, como los
veríamos en un acuario.
Esta errónea visión se impuso durante largo tiempo
en la iconografía occidental y no fue sustituida por la visión in situ, más
satisfactoria, hasta que la fiebre del acuario, que estalló entre las décadas
de 1840 y 1850, convirtió el nuevo enfoque en algo familiar para todo el mundo.
Incluso lo «evidentemente objetivo» puede ser más cuestión de convención
artística que de «pura verdad».
Creo que no pondría tantos reparos a la escasez de
láminas de «sólo invertebrados» si al menos estas criaturas figurasen en las
demás pinturas junto
a los nuevos vertebrados. Pero desde el momento en
que aparecen los peces, no volvemos a ver un invertebrado (salvo en segundo
plano y sólo ocasionalmente). ¿Cómo es posible justificar una visión tan
estrecha? Los invertebrados no desaparecieron sólo porque apareciesen los
peces. Su evolución no se detuvo cuando empezó la historia de los peces.
Cuatrocientos millones de años de historia de los invertebrados quedan
sencillamente barridos de un plumazo en la representación convencional de la
vida a lo largo de las distintas épocas. En este inmenso lapso de tiempo
transcurre la mayor parte de la historia de los organismos pluricelulares y en
él tuvieron lugar acontecimientos tan fascinantes como la extinción de un 95
por ciento del total de las especies en el período pérmico, hace unos
doscientos veinticinco millones de años.
Los peces tampoco han corrido mejor suerte. Desde
el momento en que aparecen los primeros vertebrados terrestres, los artistas no
vuelven a pintar un solo pez. Pero los peces representan hoy día más de la
mitad del conjunto de las especies vertebradas, y su evolución tuvo lugar
principalmente tras la aparición de los primeros vertebrados terrestres. La
mayoría de los peces modernos pertenece al grupo de los teleósteos, o peces de
esqueleto altamente osificado. Ahora bien, los teleósteos no evolucionaron hasta
mucho después de que apareciesen los anfibios y los reptiles. Este
acontecimiento crucial en la evolución de los vertebrados — pues representa el
origen de más de la mitad del total de las especies de vertebrados vivos — no
es reseñado en ningún momento por la iconografía canónica. ¿Podemos llamar a
esto la historia de la vida o es más bien una secuencia inconexa de animales
considerados «superiores» porque, bien por su genealogía, bien por su
complejidad, se aproximan más a los seres humanos con el paso del tiempo, lo
que de hecho pone de manifiesto el peso de los prejuicios?
La secuencia canónica pasa posteriormente de los
anfibios a los dinosaurios, representados generalmente en combate mortal
(compárense las torpes criaturas representadas por Figuier en la figura 5
[véase pág. 139] con los dinosaurios, más ágiles, de la figura 6 [véase pág.
140] de Knight, pese a la similitud de pose y actividad). Una lámina canónica
de la era de los dinosaurios puede ser la excepción que confirma la regla. Si
bien los peces desaparecen de la iconografía desde la aparición de los vertebrados
terrestres, la convención accede a representar otra escena marina de la época
de los dinosaurios — aunque los únicos animales representados son reptiles
marinos (ictiosaurios, plesiosáuridos y mosasáuridos), nunca peces. Dicho de
otro modo, es lícito dibujar miembros de los grupos «superiores» que regresan a
su hábitat de origen, pero nunca las formas ordinarias y supuestamente
desbancadas de estos reinos.
Y es así como la secuencia prosigue su familiar
trayectoria desde los dinosaurios hasta el hombre, pasando por los mamíferos
(nótese la similitud, en lo que a indumentaria y ferocidad se refiere, entre
las primeras personas representadas por Figuier en la figura 7 [véase pág. 141
]y los hombres de Knight que aparecen en la figura 8 [véase pág. 141]).
La hegemonía de las imágenes convencionales es tal
que la secuencia sigue un orden implacable al margen de la filosofía proclamada
por el artista,
ya fuese ésta el sincero cristianismo de Charles R.
Knight:
Aquellos de nosotros imbuidos de convicciones
religiosas detectaremos en esta aparente selección [del desarrollo de la
inteligencia humana] la intervención y la ayuda de un poder superior: un
propósito definido, divino o no, cuyo control ha configurado nuestro destino.
O el supuesto materialismo de la Checoslovaquia
comunista, como
reflejan Augusta y Burian en la década de 1950:
Desde los comienzos de la historia de la vida en la
Tierra vemos que la vida se desarrolla y progresa constantemente, que se ve
constantemente enriquecida por formas superiores y más complejas, que incluso
el hombre, la culminación de todos los seres vivos, está sujeto a este proceso
por su propia vida.
Cuando una tradición iconográfica logra sobrevivir
por espacio de un siglo frente a ideologías tan dispares como las expresadas en
los textos citados, comprendemos la extraordinaria fuerza de las imágenes y el
conservadurismo de ciertos conceptos, que triunfan no porque se afirmen de modo
explícito en los textos, sino porque no figuran en las imágenes.
IV. El cono como símbolo de la diversidad
Darwin señaló muy oportunamente que la evolución
plantea dos problemas fundamentales con soluciones potencialmente distintas (y
a buen seguro, me atrevería a añadir, con iconografías dispares): el cambio
anatómico de las familias (resuelto por Darwin mediante el principio de la
selección natural), y la diversificación de las especies o aumento del número
de familias. Darwin dio a esta segunda cuestión el nombre de «principio de
diversidad», pero no ofreció una solución satisfactoria hasta mediados de la
década de 1850. (La fecha nos ayuda a resolver el viejo enigma de por qué
Darwin, tras haber formulado el principio de la selección natural en 1838,
retrasó su publicación más de veinte años. Las razones son complejas y residen
principalmente en el temor de Darwin a exponer la filosofía radical de sus
concepciones evolutivas. Pero esta incapacidad de resolver el problema de la
diversidad también le inquietaba, pues sabía que su teoría de la evolución no
era completa, sino que se limitaba a dar cuenta de los cambios anatómicos
mediante la selección natural, y que aún no había formulado una tesis adecuada
para explicar la división de una familia en dos poblaciones hermanas.)
El problema de la diversidad es tan distinto del
problema de la transformación que, sin duda, requiere una iconografía
diferente. Así como la escala es un icono canónico que tiene su origen en la
errónea tendencia a equiparar transformación y progreso, la equivalencia de
evolución y progreso produce otro icono canónico para la diversificación: el
cono de diversidad creciente. Esta imagen resulta menos conocida para el gran
público, dado que no es una versión popular, como la escala, ni tampoco una
versión especializada, corno las pinturas de la vida prehistórica. El cono de
diversidad creciente aparece principalmente en libros de texto y publicaciones
científicas, pero no por ello deja de poner trabas al pensamiento.
En el cono de diversidad creciente, la historia de
una familia parte de un tronco (el antepasado común) y avanza — gradual, suave
y continuamente — hacia arriba y hacia los lados, ocupando cada vez más espacio
a medida que se multiplica el número de ramas (especies). (La figura 9 [véase
pág. 142] ofrece algunos ejemplos típicos extraídos de un libro de texto
moderno.) ¿Pero por qué decimos que este tipo de icono es sesgado? ¿Qué
alternativa se podría ofrecer? La teoría evolutiva exige un antepasado común para
diversas formas relacionadas, de tal modo que el árbol debe surgir de un solo
tronco en su base. (Acepto el tronco común como un requisito teórico, no como
una imposición sociocultural.)
Los sesgos surgen más bien de la forma canónica que
presentan estos árboles por encima de su tronco común; y por eso empleo el
término de «cono» de la diversidad para referirme al icono canónico. Pero la
teoría no exige un crecimiento homogéneo del árbol hacia arriba o hacia los
lados, que es lo que confiere a éste la forma de cono invertido o embudo. Este
cono arbitrario debe su forma canónica a una serie de efectos sutiles, de
tendencia progresiva, aplicados a la diversidad (más que a la anatomía, como en
el caso de la escala). En primer lugar, la figura del cono exige que la
historia de una familia conste originalmente de unas cuantas ramas principales
(que representan a los primitivos ancestros de formas posteriores), lo que
implica una expansión previsible a partir de una diversidad inicial limitada.
En segundo lugar, y de un modo más claro, el sesgo
de este icono reside en el solapamiento de dos aspectos diferentes para
interpretar el significado de los ejes. El eje horizontal representa la
morfología, de tal suerte que la mayor frondosidad del árbol indica la división
en numerosas especies y sus sucesivas adaptaciones. El eje vertical es sólo
cronológico en teoría, de manera que las ramas superiores denotan una mayor
juventud geológica. Pero, como resulta casi imposible olvidar la imagen de la
escala, caemos en la trampa de identificar las ramas superiores del árbol con
el progreso anatómico — y el cono de la diversidad se convierte así en la
escala del progreso, con lo que el significado de ambos iconos se superpone.
Por si todavía quedase alguna duda sobre el
carácter sesgado del cono, consideremos el primer árbol de la vida dotado de
importancia desde el punto de vista histórico: el publicado por Ernst Haeckel
en 1866 (figura 10 [véase pág. 143]). Haeckel sitúa tiempo y progreso en el eje
vertical, y los fundamentos de su árbol en la imposibilidad lógica y pictórica
de ofrecer una representación adecuada sin violar las leyes del cono, en virtud
de las cuales la zona superior del árbol debe presentar un mayor número de
ramificaciones. El sesgo del progreso nos obliga a situar a las criaturas
«superiores» en el nivel más alto, pues todos interpretamos esta posición como
símbolo de máximo desarrollo. El cono exige que este nivel presente el mayor
número de ramificaciones. Pero supongamos que el grupo «superior» no es diverso
y contiene sólo unas cuantas especies. ¿Cómo iban a propagarse tanto?
Haeckel no logra resolver el dilema porque parte de
una visión convencional y considera a los mamíferos como seres superiores,
situándolos así en la zona más alta del árbol. Pero los mamíferos son tan sólo
un pequeño grupo, que abarca unas cuatro mil especies, y Haeckel se ve obligado
a establecer diferencias sumamente sutiles para llenar espacio, asignando ramas
enteras (y numerosas subramas) a las ballenas y los carnívoros, y colocando
inevitablemente en el centro a los primates; mientras que los insectos, que
representan casi un millón de las especies conocidas, aparecen hacinados en una
sola rama (en la parte inferior izquierda), puesto que las formas «primitivas»
deben situarse en la base del árbol (con mucho menos espacio en el cono) y
compartir además este espacio limitado con otras criaturas inferiores.
Por supuesto, hay alternativas a estas imágenes
engañosas, pero la hegemonía inconsciente de la iconografía canónica ha
impedido por lo general que sean tenidas en cuenta, y los iconos canónicos han
seguido limitando así nuestro pensamiento, en virtud de la enorme influencia
que ejercen sobre nuestros procesos teóricos. (El concepto de «hegemonía
inconsciente» puede parecer un oxímoron, pero lo cierto es que esta sencilla
regla resulta sumamente poderosa. A fin de cuentas, todos sabemos que nuestros
actos son más eficaces cuando pasan inadvertidos.) En la figura 11 (véase pág.
144), por ejemplo, he intentado dibujar un no-cono para abarcar la muy distinta
visión de la vida que ofrece la explosión cámbrica, tal como se registra en el
Burgess Shale [61] (véase mi libro Wonderful Life, 1989). La diversidad máxima
se sitúa aquí muy cerca de los orígenes geológicos, mientras la pérdida de la
mayoría de los procesos anatómicos iniciales sobreviene más tarde, de manera
que toda diversidad posterior queda así concentrada en unos cuantos modelos
supervivientes.
Pero ni siquiera esta imagen de un campo de hierba
— con la mayoría de sus tallos inclinados y sólo unos cuantos profusamente
florecidos —, que se mofa del cono canónico llegando casi a invertirlo, logra
captar el concepto filosófico más radical surgido del moderno estudio de la
historia de la vida desde los primeros organismos pluricelulares: la noción de
que la mayoría de las pérdidas responden más a las excelencias del dibujo que a
la previsible superioridad de unas cuantas familias fundadoras, y de que cualquier
familia viva (incluido el ser humano) es fruto del azar. Todos nuestros iconos
canónicos se basan en la oposición de progreso y previsibilidad, lo que impide
considerar la contingencia como la fuerza principal que modifica el curso de la
vida.
Si admitimos que los iconos son parte esencial de
nuestro pensamiento, y no un mero adorno periférico, la cuestión de la
representación alternativa resulta fundamental para la historia de las ideas
científicas (¡e incluso para la legítima noción de progreso científico!). ¿Cómo
dibujar pues la geometría de la contingencia? ¿De qué otro modo podríamos
representar la historia de la vida, salir al encuentro de nuestros antepasados,
mirarlos cara a cara, e incluso explorar en nuestra psique para dar rienda suelta
a esos pensamientos, situados en un nivel tan profundo que ni siquiera nos
hacen llorar?
Capítulo 5
Una vía hacia lo inconsciente
Jonathan Miller[62]
I
Cuando la noche del 13 de noviembre de 1841, el
médico escocés James Braid asistió a una demostración pública de magnetismo
animal, se hallaba en un estado de irritable escepticismo. A juzgar por lo que
hasta la fecha había leído y oído sobre los trances que, durante este tipo de
demostraciones, el operador (la persona que inducía el trance) era capaz de
provocar en el paciente con sólo ordenarlo, Braid afirmaba sentirse «plenamente
inclinado a ponerse de parte de quienes consideraban que tal práctica no es
sino producto del engaño o la ilusión, fruto de una imaginación excitada, de la
simpatía o de la imitación». Tras presenciar la demostración Braid creyó, sin
embargo, que los trances eran auténticos, y al mismo tiempo constató con
satisfacción «que no dependían de una fuerza o emanación especial que pasaba
desde el cuerpo del operador hasta el cuerpo del paciente, como sostenían los
hipnotizadores de animales». Braid asistió de nuevo a la demostración, repetida
a petición del público una semana más tarde, y esta vez creyó haber
identificado la causa de aquellos misteriosos y súbitos ataques de «sueño
nervioso». Dedicó los últimos dieciocho años de su vida al estudio de esta
cuestión y, bajo la ya conocida denominación de «hipnotismo», explicó y
describió nuevamente el proceso en términos que habrían resultado
incomprensibles para su descubridor, Franz Antón Mesmer, en el siglo XVIII.
Mesmer nació junto al lago Constanza, en 1734, y
tras recibir una formación filosófica con los jesuitas estudió medicina en la
Universidad de Viena. En 1767 publicó su tesis doctoral sobre la influencia de
la gravedad celeste en la fisiología humana. Mesmer afirmaba que la rotación de
los cuerpos celestes ejercía una influencia gravitatoria sobre la fisiología
humana análoga al efecto de la luna sobre las mareas, y que dicha influencia
era responsable de la incidencia periódica de ciertas enfermedades. Para
explicar cómo se transmitía esta influencia, invocó la existencia de una
sustancia inmaterial, un fluido carente de peso o «imponderable» cuya
distribución universal garantizaba su acción a distancia. La noción sobre la
existencia de este tipo de medio etéreo se remonta a la Antigüedad griega y es,
bajo diversas denominaciones —éter, espíritu, pneuma, etc. —, un tema
recurrente del pensamiento científico europeo; desempeñó una importante función
en la larga tradición del neoplatonismo y fue con toda probabilidad la
influencia de esta tradición oculta lo que llevó a Isaac Newton a invocar con
cautela la existencia de «un espíritu sutil que pervive y yace oculto en todos
los cuerpos; y es la fuerza y la acción de dicho espíritu lo que hace que las
partículas de los cuerpos se atraigan unas a otras». Las referencias a este
medio son frecuentes en la correspondencia inédita de Newton y también aparecen
en sus Principia y en la Óptica, su obra más conocida.
Si bien el propio Newton insistió en que se trataba
de una mera hipótesis, algunos comentaristas, deseosos de explicar y de
divulgar la obra del físico británico, parecen haberse tomado la existencia del
éter newtoniano al pie de la letra, llegando a sostener que era la única
explicación inteligible para la transmisión a distancia de la gravedad, la luz,
el calor y el magnetismo. Fue sin duda una de estas fuentes secundarias la que
proporcionó a Mesmer el concepto de «fluido imponderable» y le llevó a aplicarlo
de manera poco crítica al cuestionable efecto de la gravedad sobre la
fisiología humana.
Por razones evidentes, Mesmer no fue capaz de
prever que su teoría pudiese aplicarse con fines terapéuticos, pero, al tener
conocimiento de que un astrónomo jesuita había realizado con éxito diversos
experimentos clínicos con imanes, decidió continuar la secuencia, y fue así
como llegó a descubrir la afinidad entre gravedad y magnetismo.
Al someter las extremidades de pacientes afectados
por diversas dolencias a la acción de poderosos imanes, Mesmer creía ejercer
una influencia local comparable a la de la gravedad celeste, y estaba
convencido de que la sustancia etérea mencionada en su tesis doctoral era la
causa de tal efecto.
Tras las consiguientes disputas destinadas a
determinar la autoría del descubrimiento, Mesmer abandonó la técnica magnética,
cuyos méritos se habría visto obligado a compartir, y, como ansiaba realizar un
descubrimiento en exclusiva, anunció que había identificado una forma de
magnetismo desconocida hasta la fecha, cuya aplicación a la medicina no
precisaba del disputado uso de metales ferrosos. En su opinión, el sistema
nervioso estaba cargado de magnetismo «animal» — así llamado por su asociación
con el alma o anima, y si bien no era posible detectarlo físicamente, Mesmer
sostenía que podía ser accionado a voluntad por una persona experta y pasar de
este modo a los cuerpos vivos más próximos.
Procedió a practicar su tratamiento pasando las
manos por el cuerpo del paciente sin llegar a tocarlo. Tras una serie de
pruebas absolutamente aleatorias, afirmó que los enfermos experimentaban una
mejoría espectacular y señaló que los resultados más favorables se obtenían
cuando el paciente reaccionaba a los pases «magnéticos» cayendo en un estado de
trance convulsivo. Sea como fuere, este tipo de ataques y trances comenzó a
cobrar una importancia emblemática, y una buena parte de su clientela los valoró
tanto como el alivio proporcionado por otros métodos convencionales.
El uso de procedimientos poco ortodoxos por parte
del médico, en combinación con la conducta a menudo indecorosa de los
pacientes, acabó por despertar, como era previsible, los recelos de sus colegas
vieneses, y en 1778 Mesmer tuvo que emigrar a París. En una metrópoli como
París, donde el público culto se mostraba proclive a asimilar las novedades
científicas casi con frivolidad, este tratamiento médico, basado en una fuerza
desconocida de la naturaleza, resultó sencillamente irresistible; y como los médicos
ortodoxos atormentaban a sus pacientes con todo tipo de purgas y eméticos
absolutamente ineficaces, la llegada del magnetismo animal se interpretó como
presagio de una Edad de Oro de la medicina. Lo cierto es que el mero hecho de
presenciar estos trances y «ataques» bien valía el precio que por ellos se
pagaba, y para muchos de los espectadores el principal atractivo del acto
residía en las «crisis» magnéticas. Una vez más, la incontinencia del
espectáculo se convirtió en objeto de extraordinaria controversia y, en 1785,
dos comisiones oficiales comenzaron a investigar el caso. El informe emitido
por ambas fue desfavorable, pero las conclusiones más nocivas desde el punto de
vista científico se publicaron bajo los auspicios de una comisión designada por
la Academia de las Ciencias. Dicha comisión, en la que figuraban Benjamin
Franklin y Lavoisier, insistió en el hecho de que ni los trances ni la curación
guardaban relación alguna con el magnetismo, sino que respondían más bien a lo
que ahora llamaríamos «efecto placebo», esto es, las poderosas expectativas del
paciente sobre el resultado anunciado. Si el procedimiento «magnético» se
realizaba de manera inaudible, detrás de una pantalla magnética transparente,
sin que el enfermo se apercibiera de ello, no surtía el menor efecto, lo que
venía a demostrar que la empresa de Mesmer dependía en realidad de la
imaginación del enfermo, y no, como aquél afirmaba, de una peculiar forma de
magnetismo que emanaba del operador.
No era ésta la primera vez que se invocaba a la
«imaginación» para explicar determinados fenómenos anormales desde el punto de
vista médico. A finales del siglo XVIII, muchos especialistas escribieron sobre
el tema de la influencia fisiológica de la mente en el funcionamiento del
cuerpo, y, aunque el término «imaginación» sugiere en el lector moderno que los
efectos de tales prácticas se interpretaban entonces como irreales o
imaginarios, para el teórico dieciochesco significaba que, aun siendo en sí mismos
reales, estos efectos eran producidos por la imaginación. Cómo se producían
continuaba siendo un misterio, y en este sentido la teoría de la imaginación
apenas puede considerarse una teoría. No obstante, presentaba la ventaja de ser
mucho menos inverosímil que la teoría del magnetismo animal, razón por la cual
la «imaginación» era repetidamente invocada por aquellos científicos y médicos
para quienes el galimatías de fluidos imponderables y emanaciones magnéticas
resultaba inaceptable desde un punto de vista filosófico [63].
Otra de las razones que vino a reforzar la teoría
de la imaginación, en sí misma poco concluyente, fue que, al poner el énfasis
en la capacidad de sugestión del paciente, el mérito de Mesmer y sus seguidores
quedaba notablemente reducido. Pese a que éste presentó el magnetismo animal
como una función natural, y afirmó que sus posibilidades terapéuticas estaban
al alcance de cualquiera que realizase el esfuerzo de estudiar esta técnica
hasta llegar a dominarla, su actitud personal produjo, con el paso del tiempo,
una impresión bien distinta. Guardaba celosamente los detalles de su
descubrimiento, y, a juzgar por su indumentaria y el modo en que se conducía en
el salón magnético, parece claro que se complacía en proyectar la imagen de un
mago. Ataviado con una túnica bordada con los símbolos alquímicos de la
Rosacruz, entraba majestuosamente a la estancia en penumbra al son de una
armónica de cristal y animaba a su clientela a deleitarse en sus crisis
convulsivas. Hacia 1785 el asunto llegó a resultar ridículamente incompatible
con el rigor científico y el establishment médico hizo todo lo posible por
acabar con él definitivamente.
Pese a que la reputación de Mesmer quedó
irreparablemente dañada corno resultado de estas críticas, el culto al
magnetismo animal se vio cuando menos favorecido por la polémica y continuó
atrayendo a clientes de toda Europa, precisamente por el hecho de ser objeto de
la censura oficial. A decir verdad, esta práctica se veía entonces de un modo
muy parecido a como vemos hoy los remedios poco ortodoxos o marginales, es
decir, como parte de una contracultura subversiva.
Meses después de la publicación de los informes
elaborados por las comisiones francesas, la prensa londinense anunció la
celebración de una serie de demostraciones y conferencias introductorias sobre
«el nuevo método para curar todas las enfermedades conocidas», y hacia 1786 el
mesmerismo floreció de la mano de algunos practicantes locales, dos de los
cuales, al menos, afirmaban haber aprendido la técnica con el propio Mesmer.
Pese a que se presentaba como un tratamiento
terapéutico, su clientela no se limitaba en modo alguno a los enfermos o
discapacitados. Por el contrario, muchos de los que asistían a las sesiones se
mostraban atraídos por las implicaciones metafísicas de esta doctrina, que M.
L. Abrams llamó su «supernaturalismo natural». Con su misteriosa combinación de
fuerzas ocultas, trances clarividentes y fluidos invisibles e imponderables, el
magnetismo animal parecía garantizar la existencia de una realidad extrasensorial,
y muchos lo consideraron una alternativa irresistible a esa imagen
crecientemente mecanizada del universo.
Los acontecimientos políticos del continente no
tardaron en proyectar la sombra de la sospecha oficial sobre cualquier asunto
relacionado con Francia, y, como el magnetismo animal poseía además un
componente de radicalismo subversivo, el procedimiento comenzó rápidamente a
perder adeptos y, hacia 1794, desapareció casi por completo de la escena
inglesa.
Sin embargo, el interés por esta técnica se
encontraba más adormecido que muerto, y la llegada a Inglaterra de un
hipnotizador francés — el barón Dupotet — en 1836 dio lugar a uno de los
episodios más controvertidos en la historia del asunto que nos ocupa, al tiempo
que impulsó la carrera académica de uno de los más distinguidos médicos
londinenses.
Poco antes de la llegada del barón Dupotet, fiel
seguidor de Mesmer, John Elliotson, buen amigo de Dickens, Thackeray y Wilkie
Collins, había sido propuesto para la cátedra de Medicina del University
College de Londres. Al margen de sus notables aportaciones a la medicina
clínica, Elliotson era considerado por muchos como uno de los miembros más
«filosóficos» de la profesión, y a menudo provocó la consternación de sus
colegas por su defensa de causas poco ortodoxas y su preocupación por algunas
de las grandes cuestiones de la vida y de la mente. Así, por ejemplo, fue
presidente y fundador de la London Phrenological Society, y, como parecía
existir una afinidad electiva entre frenología y magnetismo animal, Elliotson
recibió la visita del barón Dupotet como si de su alma gemela se tratase. Tras
asistir a su primera conferencia, lo invitó a realizar nuevas exhibiciones en
los locales del University College.
Es difícil imaginar un escenario menos apropiado
para tal experimento. El salón de actos de un hospital de caridad del siglo XIX
estaba abarrotado de pacientes fácilmente sugestionables, y, como Elliotson no
tomó ninguna de las precauciones recomendadas cuarenta años antes por las dos
comisiones francesas, el engañoso éxito del resultado estaba anunciado de
antemano. Ante la presencia de dos espectaculares ayudantes, ninguno de los
cuales parecía capaz de disimular su coercitivo optimismo, los pacientes ejecutaron
con obediencia, aunque de manera inconsciente, lo que de ellos se esperaba, y
la ya familiar pantomima de trances, ataques y «curaciones» resultó perfecta.
Y, como los movimientos de los pacientes eran percibidos por todo el público de
la sala, la influencia curativa de la «imaginación» creció en progresión
geométrica, lo que garantizó un éxito terapéutico unánime. Cuando Dupotet
abandonó el país, Elliotson era ya un apóstol converso del magnetismo animal, y
en las salas del hospital sometidas a su jurisdicción reinaba un inquietante
clima de resurgimiento mesmérico. Por aquel entonces, Elliotson contaba con un
grupo de pacientes fácilmente sugestionables — y por tanto ideales para
demostrar la evidencia del nuevo tratamiento —, y no tardó en anunciar nuevas
demostraciones públicas en el salón de actos del hospital.
Dos mujeres — las hermanas Okey — fueron la
revelación artística de este cabaret mesmérico, y en el curso de los años
siguientes alcanzaron una fama legendaria como espectaculares sujetos de
trance. A juzgar por los testimonios disponibles, eran con toda probabilidad
dos histéricas convulsivas, y, aunque ingresaron en el hospital en calidad de
tales, ya habían explotado inconscientemente estos síntomas en una institución
de naturaleza muy distinta. El editor adjunto de The Lancet relata en sus
memorias médicas que las hermanas Okey habían alcanzado notoriedad entre la
comunidad pentecostal de una iglesia próxima, donde su glosolalia fue objeto de
un interés casi reverencial. La carrera de estas dos jóvenes ilustra claramente
cómo los síntomas que revelan la existencia de graves trastornos de la
personalidad pueden ser modelados y remodelados según la institución social en
la que se manifiestan. En el seno de una congregación que reconocía y apreciaba
el «don de lenguas», las hermanas Okey modulaban su conducta hasta mostrarse
como profetisas pentecostales, mientras que, en los salones del profesor de
medicina converso, su repertorio se transformaba bajo la influencia del
condicionamiento positivo de Elliotson y entonces reaparecían como sacerdotisas
del mesmerismo.
Por aquel entonces el escándalo alcanzó tal
magnitud que la junta de gobierno del College no pudo seguir ignorándolo por
más tiempo, y Elliotson fue conminado a interrumpir sus indecorosas
demostraciones. Reaccionó con indignación, al afirmar que Mesmer y él habían
identificado una nueva fuerza de la naturaleza y que, al mostrar su influencia
al público culto, ofrecían la posibilidad de explotar una poderosa maquinaria
para la regeneración de la especie humana «comparable en importancia y poder a
la máquina de vapor». Las autoridades se mostraron sin embargo inflexibles, y
Elliotson presentó su dimisión en un arrebato de cólera. Pese a todo siguió
practicando con éxito en el terreno privado y, libre ya de las trabas
burocráticas de la universidad, pudo seguir adelante con sus prácticas
magnéticas sin abandonar la medicina convencional. Pocos años después de su
dimisión, fundó y editó una revista llamada The Zoist — de la que fue uno de
sus principales colaboradores —, dedicada a la frenología y al mesmerismo.
Naturalmente, la mayor parte de los contenidos de esta publicación eran
descripciones de exitosos tratamientos magnéticos y sesudos artículos
frenológicos. No obstante, la revista se caracterizaba por su abierto
compromiso con las causas liberales: reforma penal, abolición de la pena
capital, educación de los trabajadores, etc.
Aunque privado de su prestigiosa cátedra, Elliotson
disfrutó de una próspera vida profesional y tuvo un amplio círculo de
admiradores y amigos. Hasta principios de la década de 1850 su nombre fue casi
sinónimo de mesmerismo británico, y en el curso de su vida activa continuó
defendiendo la original interpretación «magnética» de los fenómenos naturales.
II
Cuando James Braid comenzó sus investigaciones en
Manchester, a comienzos de la década de 1840, la disputa entre los que
defendían la existencia de un fluido magnético y los escépticos, que preferían
explicar el fenómeno como fruto de la capacidad de sugestión del paciente,
había llegado a un punto muerto.
El resultado de las observaciones realizadas en el
curso de su segunda visita a la exhibición de magnetismo animal, en 1841,
permitió a Braid desbloquear la situación, al ser capaz de interpretar por
primera vez la contribución del paciente de un modo más inteligible.
Braid advirtió que el paciente no podía abrir los
ojos mientras estaba en trance, lo que le llevó al convencimiento de que el
trance era provocado por una suerte de «agotamiento neuromuscular» inducido por
la mirada fija e intensa del operador. Con el fin de confirmar esta intuición,
invitó a un amigo a casa y le pidió que mirase sin parpadear el cuello de una
botella de vino durante «el tiempo necesario para producir una importante
tensión en los músculos oculomotores». A continuación describió los resultados
en los siguientes términos: «Al cabo de tres minutos sus párpados se cerraron,
dejó caer la cabeza y se le desencajó ligeramente el rostro. Emitió un gemido y
al punto se sumió en un profundo sueño; su respiración se tornó lenta, profunda
y estertorosa. Al mismo tiempo, la mano y el brazo derecho se vieron agitados
por ligeras convulsiones».
Braid repitió el experimento con su mujer y su
mayordomo, y, tras obtener el mismo resultado en ambas ocasiones, llegó a la
conclusión de que había logrado desmitificar con eficacia el proceso mesmérico.
Para entonces ya sabía que no guardaba relación alguna con el magnetismo, y
pensaba que su explicación era mucho más exacta que la tradicional teoría de la
imaginación. Todos los fenómenos, insistía, debían explicarse como resultado
neurológico de «una mirada fija, un reposo absoluto del cuerpo, una profunda
concentración y la supresión de la respiración concomitante».
Al formular el concepto de «sueño nervioso» o
hipnotismo, Braid asestó un golpe mortal a la teoría seudocientífica del
magnetismo animal y ofreció al mismo tiempo una alternativa más convincente.
Con todo, es fácil sobrestimar su hallazgo intelectual o, más exactamente, es
fácil sobreestimar hasta qué punto Braid estaba condicionado por sus propios
prejuicios. El problema reside en el hecho de que, cuando alguien acuña un
término que llega a convertirse en un concepto común, induce a imaginar que su
propio sentido del término se corresponde exactamente con el de los demás y
que, como el yanqui en la corte del rey Arturo, Braid fue un psicólogo moderno
incomprendido en su época.
Lo cierto es que, si bien prestó un importante
servicio al subrayar la importancia del sistema nervioso del paciente en
oposición a la fuerza sobrenatural del operador, en todos los demás sentidos se
mostró tan crédulo como los mesmeristas a los que criticaba.
No bien hubo descubierto lo fácil que resultaba
inducir el trance hipnótico mediante la concentración absoluta, mirando cuellos
de botella y objetos similares, se convenció firmemente de las ilimitadas
posibilidades terapéuticas de este procedimiento. Y, de este modo, casi las dos
terceras partes del libro que le hizo famoso están dedicadas a narrar
increíbles y espectaculares procesos de curación bajo la influencia del «sueño
nervioso».
Su escepticismo inicial pareció desvanecerse en el
viento. En el siguiente pasaje relata su experiencia con un paciente afectado
por una sordera congénita.
Hasta el momento se ha considerado que nada podía
hacerse por este tipo de enfermos. La patología de los órganos, como ha
demostrado la disección, bastaba para convencerse de la imposibilidad de
descubrir un remedio para estos casos.
Plenamente consciente de esta dificultad
patológica, me sentía no obstante inclinado a probar el efecto del
neurohipnotismo en pacientes sordomudos congénitos, con la certeza de que el
tratamiento no entrañaba peligro alguno, ni causaba dolor o molestias a los
pacientes.
Tras comprobar la extraordinaria capacidad del
procedimiento para despertar la excitabilidad del nervio auditivo, albergué la
esperanza de que también podría estimular cierta capacidad de audición,
compensando el defecto físico de los órganos con el aumento de la sensibilidad
nerviosa. El resultado de mi primera prueba superó con creces mis expectativas
y ello me indujo a perseverar en mi propósito; el resultado es que apenas he
encontrado un solo caso de sordomudez congénita en el que el paciente no fuese capaz
de llegar a percibir algún sonido.
Con idéntico entusiasmo, Braid relata más de
cincuenta casos que van desde la hemiplejía y la escoliosis hasta la
espondilitis atrófica y la epilepsia, y en casi todos ellos afirma haber
logrado importantes mejorías. Hasta el más ardiente defensor del hipnotismo
pondría reparos a las afirmaciones de Braid.
De hecho, a medida que avanzamos en la lectura,
parece como si la imaginación del médico fuese tan importante como los propios
resultados. Y lo mismo ocurre cuando se refiere a otros fenómenos supuestamente
revelados por el hipnotismo. Al igual que su colega Elliotson, Braid fue al
parecer un frenólogo convencido, y, no bien hubo dominado la técnica de la
hipnosis, la explotó con el fin de demostrar la existencia de los órganos
cerebrales, previamente identificados por Gall y Spurzheim.
Al tocar diversos puntos del cráneo de una paciente
hipnotizada, Braid comprobó con satisfacción que el órgano supuestamente
situado bajo los dedos del hipnotizador respondía claramente a este estímulo.La
señorita S., que no tenía la menor idea de lo que era el hipnotismo o la
frenología, tomó asiento, y al cabo de unos minutos no sólo estaba claramente
hipnotizada, sino que ofreció además uno de los más hermosos ejemplos de
transformación frenológica en estado de hipnosis.
Al rozar el órgano de la Veneración, su rostro
reflejó la peculiar expresión de este sentimiento. Cerró las manos y se hincó
de rodillas en actitud de piadosa adoración. Toqué a continuación el órgano de
la Esperanza: su rostro se iluminó y resplandeció lleno de éxtasis. Al
desplazar el estímulo al órgano de la Firmeza, se puso en pie al instante en
actitud de desafío.
Bastó con presionar ligeramente el órgano de la
Autoestima para que se pavonease por la habitación con la mayor de las
arrogancias. Tras hacer lo mismo con el órgano de la Codicia, robó sin el menor
pudor, y, cuando le tocó el turno a la Conciencia, devolvió de inmediato el
objeto robado.
Su filoprogenitividad era asombrosa.
Y así sucesivamente, página tras página. Los
resultados son tan extraños y tan claramente cuestionables que sorprende la
desproporcionada pedantería con que Braid buscaba explicaciones neurológicas.
Reconocía, por ejemplo, que el cuero cabelludo
estaba inervado — anatómicamente impulsado — por el quinto nervio craneal y
admitía que ninguna de las fibras de este nervio pasaba directamente a través
del cráneo hasta el cerebro. Sin embargo, en su opinión, había sobradas razones
para creer
que la distribución de los nervios del cuero
cabelludo tiene probablemente una estructura mucho más complicada y hermosa de
lo que hoy pensamos. Y no tardaremos en descubrir que la extremidad cerebral de
cada fibra está conectada a las extremidades periféricas de una única fibra. Y
que esta extremidad periférica está relacionada únicamente con un punto del
cerebro o con la médula espinal.
Pese a que el esquema es sin duda ingenioso — y uno
casi siente la tentación de afirmar que se anticipa a ciertos conceptos
modernos, según los cuales cada parte del cuerpo tiene una ubicación exacta en
el mapa de las circunvoluciones cerebrales —, resulta del todo absurdo como
explicación del improbable comportamiento referido por Braid.
Y, sin embargo, como suele ocurrir, al menos dos de
sus contemporáneos creyeron atisbar algo de incalculable valor en toda esta
memez frenohipnótica. Pero lo que observaron nada tenía que ver con la
frenología o la curación.
La «hipnosis» de Braid, desprovista para entonces
de sus pretensiones magnéticas, parece haber revelado a estos observadores
ciertos datos de interés sobre las funciones del sistema nervioso; algo sobre
lo cual existían abundantes pruebas anecdóticas, pero, hasta el momento, ningún
dato experimental concluyente.
Benjamin Carpenter — profesor del University
College de Londres y uno de los más distinguidos fisiólogos del siglo XIX —
insistió en que las investigaciones de Braid habían desvelado, más que ningún
otro estudio realizado hasta la fecha, lo que el propio Carpenter describió
como las funciones reflejas del cerebro. Y lo mismo afirmó Thomas Laycock,
profesor de Medicina en Edimburgo y maestro del neurólogo John Hughlings
Jackson en York — si bien Laycock se ocupó sobre todo de demostrar que fue él y
no Carpenter quien descubrió la existencia de la acción refleja en la parte
superior de la médula espinal.
III
Pero ¿a qué se referían estos hombres cuando
hablaban de la función refleja del cerebro, y hasta qué punto la labor de Braid
los ayudó a explicarla? Se referían a esa zona de acción y conocimiento —
vagamente definida — situada entre lo indiscutiblemente automático y lo
evidentemente voluntario. O, dicho de otro modo, entre aquellas acciones sobre
las que el individuo carece de control consciente y esas otras acciones y
procesos cognitivos que no pueden prescindir en absoluto de la conciencia.
Al mismo tiempo, era un hecho generalmente
aceptado, y no sólo por los fisiólogos, que entre estas dos regiones diferentes
de la conducta humana existía una amplia franja intermedia en la que no
resultaba nada fácil determinar la identidad exacta de la conducta o la
cognición.
Por ejemplo, todos sabemos que cuando pisamos sobre
un terreno traicionero y poco fiable debemos poner toda nuestra atención en el
acto de caminar. Y, sin embargo, cuando la marcha no plantea dificultades,
nuestra atención puede verse distraída por una conversación interesante, y
avanzamos con la seguridad de que nuestros pasos saben cuidar de sí mismos. El
aprendizaje de una pieza musical monopoliza por completo nuestra atención en un
primer momento, pero, una vez dominamos la digitalización, somos capaces de
tocar la melodía mientras nuestros pensamientos vagan libremente — imaginando
acaso cuánto nos pagarán por interpretar la pieza en cuestión.
Lo mismo sucede con la percepción. De todos es
sabido que la falta de atención es más aparente que real y que nuestros
sentidos nos «guían» por el buen camino, pero a veces recordamos con sorpresa
haber visto algo mientras nuestra atención estaba aparentemente en otra parte.
Todos hemos tenido en alguna ocasión la alarmante experiencia de llegar a casa
abrumados por un problema, sin recordar ni un solo episodio de lo ocurrido
durante el camino hasta que alguien nos lo recuerda. Laycock y Carpenter atribuían
una importancia especial a la memoria involuntaria: la familiar experiencia de
recordar sin esfuerzo un nombre olvidado tras horas de esforzarnos por
recordarlo en vano. Carpenter ofrece numerosos ejemplos de cómo un problema
aparentemente irresoluble se soluciona de pronto durante el sueño. Laycock y
Carpenter insistían en que este tipo de hechos revelaban datos fundamentales
sobre la organización de la actividad mental. Ambos citan el mismo pasaje del
filósofo sir William Hamilton para respaldar sus afirmaciones.
Esto es lo que Hamilton escribió en 1842:
Aquello de lo que somos conscientes está construido
a partir de
fenómenos de los que no somos conscientes. Todo
nuestro conocimiento se basa de hecho en lo desconocido y en lo incognoscible.
Hay muchas cosas que ni sabemos ni podemos saber, pero que se nos manifiestan
indirectamente mediante sus efectos cognitivos. Nos vemos por tanto obligados a
admitir todos aquellos fenómenos ajenos a la conciencia como modificaciones de
la mente.
Lejos de reivindicar para sí la autoría de esta
idea, sir William Hamilton atribuyó el mérito en gran medida a Leibniz, si bien
señaló al mismo tiempo que el filósofo alemán no logró encontrar los términos
adecuados para exponer su doctrina. Al emplear términos como «representaciones
oscuras», «ideas insensibles» o petites perceptions, Leibniz violaba, en
opinión de Hamilton, las características universales del lenguaje. «Pues
percepción, idea y representación», afirmaba Hamilton, «son conceptos que implican
la noción de conciencia», aunque no necesariamente ajuicio de John Stuart Mili.
En su Examination of Sir William Hamilnto's Philosophy, Mili señalaba otro modo
de
resolver esta aparente contradicción. Y así lo
expresaba:
Si admitimos que la fisiología es cada vez más
demostrable, que tanto nuestros sentimientos como nuestras sensaciones tienen
su origen físico en determinados estados de nuestros nervios, también podríamos
creer que los vínculos aparentemente eliminados en una cadena asociativa se han
eliminado realmente. Es decir, que no son percibidos ni siquiera durante un
instante. Que la cadena causal es guiada sólo físicamente por un estado
orgánico de los nervios tan veloz que impide que el estado de conciencia adecuado
llegue a producirse.
No pretendo insinuar que Laycock o Carpenter se
inspirasen directamente en las ideas de Hamilton o Mili, aunque tanto uno como
otro citen a ambos filósofos. Pero creo que Hamilton y Mili estimularon a
Laycock y a Carpenter para insistir en el reconocimiento de un proceso cerebral
análogo a los reflejos automáticos de la médula espinal. Carpenter lo llamó
cerebración inconsciente, mientras que Laycock se aferró a la frase que, según
él, originó esta idea: «la función refleja del cerebro».
La razón por la que tanto Carpenter como Laycock
subrayaron la importancia de la obra de Braid, pese a sus excesos frenológicos,
reside en que el trance hipnótico revelaba, en opinión de ambos, la acción de
estos procesos inconscientes. Al paralizar la voluntad de manera artificial,
resultaba visible una amplia gama de acciones automáticas, o al menos eso
afirmaban ellos.
Lo cierto es que no es fácil decir hasta qué punto
la aportación de Braid influyó en el resultado final. Laycock hizo públicas sus
primeras observaciones sobre la cuestión de las funciones reflejas del cerebro
un año antes de que Braid presenciara la exhibición de hipnotismo de
Manchester. Y aunque en ediciones posteriores de su General Physiology
Carpenter alude cada vez más a la importancia de la hipnosis, había razones
para creer que la función neurológica del cerebro no se circunscribía ni a la
conciencia ni a la acción voluntaria, y que, pese a la existencia de numerosos
indicios en contra, conservaba un amplio repertorio de acciones automáticas.
El argumento más convincente en favor de esta idea
lo encontró Thomas Laycock durante sus años de estudiante en Alemania. En
publicaciones posteriores, Laycock reconoce la influencia de un grupo de
teóricos de la biología conocidos como Naturphilosophen, que insistieron en el
hecho de que los vertebrados habían heredado el diseño de su sistema nervioso
de un prototipo ancestral, que presentaba una serie de módulos homólogos
dispuestos en secuencia lineal desde un extremo del cuerpo hasta el otro. Según
esta teoría, el sistema nervioso central de este antepasado hipotético constaba
de una secuencia de segmentos idénticos, y, sin embargo, no era posible
distinguir claramente los segmentos de la parte delantera del cuerpo y los de
la parte trasera. Pero, a medida que los sentidos se desarrollaron y fueron
capaces de detectar sucesos distantes — órganos oculares, auditivos y olfativos
—, se inició un proceso de cefalización y la cabeza resultó por primera vez
claramente visible. Los primeros diez segmentos del sistema nervioso central se
ampliaron y fundieron posteriormente hasta formar un cerebro distinguible de la
médula espinal, que conservaba intacta su primitiva estructura de segmentación
secuencial. De acuerdo con esta teoría, dicha transformación vino a diferenciar
la función neurológica. La médula espinal continuó ejecutando sus reflejos
automáticos en respuesta a estímulos locales, mientras que el cerebro, que a
partir de ese momento pasó a recibir información sobre un mayor número de
sucesos remotos, asumió el control del conjunto del organismo y comenzó a
dictar todas las órdenes.
Pero, si bien es cierto que el cerebro asumió poco
a poco la responsabilidad de una conducta más reflexiva, el hecho de que
tuviera su origen en segmentos neurales o ganglios, antaño indistinguibles de
los que configuraban la médula espinal, significaba que éste conservaba aún un
amplio repertorio de acciones automáticas por descubrir. Fue esta teoría la que
condicionó la ponencia de Laycock en el congreso de la British Association for
the Advancement of Science, celebrado en York en
1844.
Han pasado cuatro años desde que manifesté
públicamente que el cerebro, pese a ser el órgano de la conciencia, está sujeto
a las leyes de la acción refleja. Llegué a esta conclusión por el principio
general de que los ganglios situados en el interior del cráneo, siendo como son
una prolongación de la médula espinal, han de regirse necesariamente por leyes
idénticas a las que gobiernan los ganglios espinales y sus análogos en animales
inferiores.
Una lectura atenta del libro de Laycock, Mind and
Brain — escrito en 1860, poco antes de su muerte —, revela cuan grande era su
deuda con los Naturphilosophen alemanes. Pero también estaba influido por la
evidencia mesmérica. En un manuscrito inédito que se conserva en la biblioteca
de la Universidad de Edimburgo, Laycock relata sus primeras experiencias en
Londres, cuando descubrió los extraños automatismos de las famosas hermanas
Okey. Estimulada por su contacto previo con la biología filosófica alemana, la
evidencia mesmérica dio paso a un interés vital por esa oscura región situada
entre dos tipos de comportamiento: el indiscutiblemente automático y el
evidentemente voluntario.
Sin embargo, los neurólogos ortodoxos negaban la
existencia de esta región y sostenían que las funciones cerebrales no debían
confundirse con las de la médula espinal. En opinión de Marshall Hall, uno de
los grandes pioneros de la neurofisiología inglesa,
las funciones del sistema cerebral [esto es, el
cerebro] son la sensación, la percepción, el juicio, la volición y el
movimiento voluntario. El propio cerebro puede considerarse como el órgano de
la mente. En él reside «entronizada» la psique. Todas sus funciones son
estrictamente físicas e implican la existencia de la conciencia. La sensación
sin conciencia se presenta como una contradicción en los términos. ¡Cuan
diferentes de estas funciones son las correspondientes al auténtico sistema
nervioso espinal! En ellas no hay sensación ni volición ni conciencia, nada de
índole física.
Las conclusiones de Hall se basaban en sus
experimentos con animales: destruía el cerebro y dejaba la médula espinal
aislada pero intacta. Los animales que lograban sobrevivir a la experiencia
conservaban un amplio repertorio de reacciones musculares, mientras que la
conducta volitiva, mucho más compleja, desaparecía por completo.
Pero no fue sólo la evidencia experimental lo que
llevó a Hall a establecer una diferencia tan clara y rápida entre médula
espinal por una parte y cerebro por otra. Como cristiano devoto, que llevaba su
Biblia adondequiera que fuese, Hall anhelaba descubrir una región nerviosa en
cuyo seno el alma inmortal reinase con incuestionable soberanía, fuera del
alcance del materialismo profano. Al igual que Descartes casi doscientos años
antes, Hall estaba dispuesto a hacer amplias concesiones territoriales al mecanicismo
a cambio de un tratado que reconociese la soberanía local del alma y del
cerebro. La única diferencia es que, mientras el alma de Descartes se limitaba
a las restrictivas premisas de la glándula pineal, Hall proporcionó al monarca
espiritual una residencia mucho más digna: el cerebro completo.
Cien años antes, La Metrie había violado el tratado
cartesiano al declarar que el hombre era única y exclusivamente una máquina,
indistinguible de los autómatas creados por el juguetero suizo Vaucanson. Y
aunque tan imprudente conclusión tropezó con grandes resistencias, sirvió para
custodiar la frontera cerebroespinal. De manera que cuando Laycock y Carpenter
entregaron buena parte del territorio intracraneal a la actividad refleja, hubo
quienes, con razón, sintieron que el libre albedrío y la soberanía, e incluso
la divinidad del hombre, corrían grave peligro.
Pero Carpenter, que era un hombre tan piadoso como
Marshall Hall, no tuvo el menor reparo en admitir la existencia de la
cerebración inconsciente, un proceso que avanzaba en línea ascendente hasta
llegar al cráneo. Lo cierto es que las pruebas que respaldaban esta teoría eran
por aquel entonces irrefutables, especialmente desde que la obra de Braid
arrojase su intensa luz sobre la cuestión. Y puesto que Carpenter concebía la
voluntad como una fuerza activa concentrada, podía permitirse el lujo de prescindir
de unos cuantos ganglios para ampliar las fronteras de este mecanismo. Sea como
fuere, esta concesión, neurológicamente equiparable a la realizada por Enrique
IV cuando afirmó que París bien valía una misa, permitió a Carpenter ampliar el
territorio de lo automático en aras de proteger la soberanía de la voluntad.
Paradójicamente, fue otra violenta embestida
mecanicista lo que llevó a Carpenter a reafirmarse en su defensa de la función
refleja del cerebro. En el prólogo a la cuarta edición de su Human Physiology,
ofrece un resumen de la ponencia de T. H. Huxley ante la British Association de
Dublín.
En un artículo titulado «Los animales son
autómatas», Huxley argumentaba que el hombre no es sino un autómata más
complicado y mejor dotado que el resto de las criaturas. Huxley insistió en que
el sentimiento que llamamos volición no es la causa
del acto voluntario, sino el símbolo consciente de ese estado del cerebro, que
es la causa inmediata del acto; como el silbato de la locomotora, que anuncia
pero no produce la puesta en marcha del motor.
Con el fin de respaldar su afirmación, Huxley citó
numerosos casos de automatismo humano, sin olvidar aquellos inducidos por la
hipnosis. Y ésa precisamente era la cuestión, ajuicio de Carpenter. El hecho de
que la hipnosis revelase tantos datos sobre el automatismo venía a demostrar la
importancia de la voluntad.
Según Carpenter, el hipnotismo producía una
suspensión temporal de la voluntad, cuya función resultaba aún más evidente en
virtud de su ausencia:
Las acciones de nuestra mente, en la medida en que
son ejecutadas sin interferencia de la voluntad, pueden considerarse como
funciones del cerebro. Por otra parte, el control que la voluntad ejerce sobre
la dirección de nuestros pensamientos, y sobre la fuerza motriz de los
sentimientos, nos proporciona la evidencia de una nueva fuerza independiente,
que puede tanto oponerse a las tendencias automáticas como actuar en
combinación con éstas y que, según se ejerce habitualmente, tiende a convertir
el ego en un agente libre.
A diferencia de Marshall Hall, convencido de la
necesidad de confinar el automatismo en el «sótano» del sistema nervioso — la
médula espinal — para garantizar el reconocimiento de la independencia
espiritual de la voluntad, Carpenter creía firmemente que podía obtener el
mismo resultado teológico con la modesta contrapartida de reconocer la
existencia de las funciones automáticas también en el cerebro, y no sólo en la
médula espinal. Sería un error, no obstante, insinuar que Carpenter se limitó a
admitir la existencia de la cerebración inconsciente. Este proceso era para él
una función de gran interés en sí misma. Y, en lo que al movimiento voluntario
se refiere, le reveló el grado de coordinación automática necesario para
ejecutar un acto consciente. Así lo expresó en 1876:
Ni siquiera los movimientos más puramente
voluntarios son resultado directo de la acción de la voluntad. Ésta actúa, por
así decir, sobre el aparato automático que «pone en funcionamiento» la
necesaria combinación neuromuscular.
Cada uno de estos actos de coordinación precisa un
gran número de movimientos musculares. Sus combinaciones son tan complejas que
hasta el anatomista más experimentado sería incapaz de precisar con exactitud
en qué estado se encuentra cada uno de los músculos que intervienen en la
producción de determinada nota musical o en la articulación de determinada
sílaba. Sencillamente, concebimos el tono o la sílaba que deseamos emitir y
acto seguido ordenamos a nuestro yo automático: ¡haz esto!; y ese autómata bien
adiestrado que somos lo ejecuta. Nuestra intención no es activar este o aquel
músculo, sino producir determinado resultado preconcebido.
Este pasaje es casi una paráfrasis de la doctrina
divulgada por el gran neurólogo inglés John Hughlings Jackson, quien sostenía
que el córtex cerebral representa movimientos y no músculos, es decir, que
primero concebimos una idea y a continuación ponemos en marcha el yo
automático.
Ahora bien, en condiciones normales, este yo
automático, de carácter inconsciente y reflejo, se encuentra exclusivamente
sometido a la acción de la voluntad. Pero, como afirma Carpenter en su edición
de Human Physiology de 1852: «En aquellos estados en los que la fuerza motriz
de la voluntad queda temporalmente en suspenso, como puede ser la hipnosis, el
desarrollo de la acción está determinado por una idea dominante que se apodera
momentáneamente de la mente».
Dicho de otro modo, cuando la voluntad del sujeto
se debilita bajo los efectos de la hipnosis, el aparato automático del cerebro,
ajeno al efecto hipnótico, se somete dócilmente a las órdenes del operador, y
éste puede así inducir tanto los actos como las percepciones del paciente.
Ni Carpenter ni Laycock mostraron interés alguno
por el mecanismo neurológico en virtud del cual la hipnosis favorecía esta
actitud de sumisión. La hipnosis era para ellos tan sólo una técnica capaz de
doblegar la soberanía de la conciencia y poner de manifiesto lo que Hamilton y
Mili ya sospechaban previamente; a saber, que gran parte de las capacidades
cognitivas y conductuales del ser humano responden a la existencia de un «yo
automático», del cual no tenemos conocimiento consciente y sobre el cual apenas
podemos actuar de manera voluntaria.
El papel desempeñado por la hipnosis en el
desarrollo de esta noción claramente factible del inconsciente se vio
lamentablemente eclipsado por su contribución al inconsciente freudiano, mas
ampliamente reconocido. De hecho, la noción moderna de inconsciente está tan
íntimamente ligada a la teoría psicoanalítica que la fama de que hoy pueda
gozar Mesmer, o cualquiera de sus seguidores, responde únicamente a la
circunstancia de haberse anticipado a Freud.
Pese a que el parecido es evidente en algunos
puntos, el concepto de inconsciente desarrollado por los psicólogos británicos
de mediados del siglo XIX difiere sustancialmente del avanzado por Freud a
finales de la centuria.
El inconsciente ejerce en la teoría psicoanalítica
una función casi exclusivamente represiva, impidiendo activamente que sus
contenidos mentales afloren a la conciencia. Mediante la represión, que Freud
identifica como una representación psíquica de la censura social, el individuo
se libera de aquellos pensamientos que, de ser experimentados de manera
consciente, podrían poner gravemente en peligro la cooperación en la vida
social.
En contraste con esta interpretación freudiana
claramente tutelar, el inconsciente postulado por Hamilton, Laycock y Carpenter
se presenta como una institución absolutamente productiva, que genera
activamente los procesos necesarios para la memoria, la percepción y la
conducta. Sus contenidos son inaccesibles no — como sostiene la teoría
psicoanalítica — por el hecho de encontrarse bajo estricta vigilancia, sino —
cosa mucho más interesante — porqué el correcto desarrollo del conocimiento y
de la conducta no requiere, en realidad, una conciencia global. Por el
contrario, si el cometido de la conciencia es desarrollar aquellas tareas
psicológicas para las que se encuentra mejor dotada, resulta urgente asignar
una mayor cantidad de actividad psíquica al control automático; cuando la
situación exige un alto nivel de responsabilidad en la toma de decisiones, el
inconsciente transmite libremente a la conciencia la información necesaria.
El inconsciente de Carpenter y Laycock, expuesto en
estos términos, se anticipa de este modo a la función que habría de desempeñar
en la psicología de finales del siglo XX, y sospecho que de no haber tenido
lugar la larga sequía behaviorista, no habría sido necesaria una revolución
intelectual para inaugurar la era de la psicología cognitiva.
Sin embargo, hacia finales del siglo XIX, la
comunidad científica se mostró cada vez más reacia a cualquier teoría
relacionada con procesos mentales que no fuesen públicamente observables. La
propia conciencia no servía, puesto que era, por definición, incorregiblemente
privada, de tal modo que la noción de un proceso mental — para colmo
subjetivamente inaccesible — resultó para muchos psicólogos perversa e inútil.
Como consecuencia de ello, el propio concepto de «mente» pasó a un segundo
plano y fue sustituido por el estudio experimental de la «conducta». Los
psicólogos se entregaron al análisis de la relación existente entre estímulos
medibles y respuestas cuantificables, y preservaron su castidad científica
absteniéndose de realizar especulaciones sobre los procesos mentales
implicados.
Se bautizó al nuevo régimen con el nombre de
behaviorismo y, durante los treinta años posteriores, toda referencia a la
«mente» se consideró sospechosa desde el punto de vista académico. Este
discurso quedó así confinado a la comunidad psicoterapéutica — segregada de la
comunidad científica —, de tal suerte que la noción de inconsciente cobró
connotaciones casi exclusivamente freudianas y la función de la hipnosis en el
descubrimiento de ese otro inconsciente alternativo fue condenada al olvido.
El renacimiento del inconsciente no freudiano
comenzó en la década de 1950, cuando, reconstruido bajo los auspicios de la
inteligencia artificial, contribuyó, entre otros factores, al declive del
behaviorismo. En palabras de George Miller, la mente recuperó el lugar que le
correspondía en la psicología científica, tras ser legitimada por su
identificación metafórica con las computadoras.
Las investigaciones sobre armas dirigidas
automáticamente realizadas durante la Segunda Guerra Mundial revelaron que los
mecanismos de control necesarios para alcanzar y destruir un objetivo cuyos
movimientos eran imprevisibles exigían una representación interna en la que
registrar, actualizar y computar toda la información relevante. Aunque nadie
osó afirmar que tal representación interna fuese consciente de sus propias
deliberaciones, la urgencia por descubrir este mecanismo dio crédito al
concepto de «procesamiento inconsciente de la información» y favoreció la
consiguiente revolución cognitiva.
El inconsciente factible, cuya existencia ya fuera
anticipada por Mili, Laycock y Carpenter, se incorporó así, reconstruido en
términos informáticos, al discurso psicológico.
Una de las primeras manifestaciones de este fértil
renacimiento se encuentra en la obra de Noam Chomsky, quien estableció la
necesidad de una actividad mental oculta para explicar la capacidad creativa
del lenguaje. En una crítica al behaviorismo que hizo época, Chomsky afirmaba
que era imposible explicar nuestra capacidad para emitir y comprender frases
nunca dichas u oídas sin invocar la existencia de un inconsciente lingüístico
capaz de generar una competencia lingüística tan ilimitada. Asimismo, llamó la
atención sobre las profundas semejanzas sintácticas que existen entre los
distintos lenguajes naturales, e insistió en que estas similitudes
estructurales precisan de una representación abstracta común a todos ellos. Si
bien los detalles de tal gramática universal eran subjetivamente inaccesibles,
ésta proporcionaba no obstante los medios necesarios para garantizar la enorme
diversidad de la comunicación consciente.
La revolución lingüística se extendió prácticamente
a todos los campos de la psicología, favorecida por el retroceso del
behaviorismo tras demostrarse la existencia de lo que Carpenter describiera
cabalmente como cerebración inconsciente.
El curioso fenómeno de la «visión ciega», por
ejemplo, revela la existencia de una actividad mental de la que el individuo no
tiene conciencia explícita. Lawrence Weiskrantz y otros demostraron que el
comportamiento de algunos pacientes que habían quedado ciegos tras sufrir
ciertas lesiones en el córtex visual indicaba que estos sujetos eran capaces de
registrar determinados estímulos visuales sin ser conscientes de ello. El
experimento consistía en pedir al paciente que señalase pequeños puntos de luz aleatoriamente
dispuestos en el sector «ciego» de su campo visual. Si bien este tipo de
enfermos se mostraban poco dados a reaccionar ante un estímulo «invisible»,
cuando se les obligaba a adivinarla situación de la fuente luminosa eran
capaces de señalarla con una exactitud que no podía ser fruto del azar. El
hecho de que esto fuese posible, ante una ausencia aparente de experiencia
visual, revela la existencia de una capacidad de percepción que actúa muy por
debajo del nivel de la conciencia.
Del mismo modo, se han observado resultados
similares en pacientes que, tras sufrir una lesión cerebral, quedan privados de
la capacidad para poner nombre a un rostro familiar. Este tipo de enfermos
conservan intactas sus capacidades lingüísticas y visuales, de manera que son
capaces de identificar y nombrar correctamente cualquier otra cosa. La
imposibilidad de reconocer un rostro demuestra que un módulo visual
específicamente desuñado a la discriminación facial ha sido destruido. Y otros
experimentos revelan que la cosa no acaba ahí. Cuando se somete a estos
pacientes a una variante de la prueba del detector de mentiras — por ejemplo,
al monitorizar su sudoración para registrar los cambios en la conductividad de
la piel —, sus reacciones sobrepasan los límites del azar cada vez que en la
pantalla aparece el rostro de un ser amado. Y aunque no pueden identificar
conscientemente los rasgos familiares, su respuesta emocional demuestra que los
han registrado como tales de manera inconsciente.
Los experimentos realizados con pacientes afectados
por una amnesia severa han ofrecido resultados análogos. Enfermos
sistemáticamente incapaces de identificar los objetos que se les presentaban en
pruebas anteriores, demostraron que la experiencia había estimulado
inconscientemente su atención en favor de aquellos objetos relacionados por su
significado con otros que en la primera prueba no habían logrado identificar.
Por ejemplo, se les mostraba primero una serie de instrumentos musicales, y
eran incapaces de reconocer ninguno de ellos; a continuación se les mostraba
otra serie de dibujos entre los que aparecía un instrumento que no figuraba en
la secuencia anterior: todos se fijaban sistemáticamente en éste, por oposición
a los demás objetos, carentes de relación entre sí.
No podemos olvidar las importantes observaciones de
Edoardo Bisiach sobre enfermos con tendencia unilateral a omitir o pasar por
alto ciertos objetos situados en su campo visual; sus descubrimientos
demostraron que es posible poseer y explotar una representación espacial del
mundo visual imaginado sin tener conciencia de ello. Estos pacientes
presentaban lesiones en el lóbulo parietal derecho del cerebro, lo que les
impedía ver los objetos situados a la izquierda de su campo visual. A
diferencia de los enfermos de Weiskrantz, no estaban ciegos; sencillamente no
prestaban atención, puesto que sí eran capaces de reconocer e identificar el
objeto cuando se les obligaba a concentrarse. Bisiach pidió a uno de estos
pacientes que imaginase la Piazza del Duomo de Milán, una imagen muy familiar
para él antes de que la enfermedad hiciese su aparición. Le invitó a visualizar
y a describir todo lo que veía desde las escaleras de la catedral. El paciente
describió sólo la mitad de la imagen, insistiendo, no obstante, en que su
descripción de la piazza era completa. Cuando se le invitó a enumerar lo que
«veía» desde el lado contrario de la piazza, es decir, situado frente a la
catedral, el paciente enumeró con fluidez todos los objetos que anteriormente
había pasado por alto, omitiendo esta vez los demás.
Los resultados experimentales de un creciente
número de funciones psicológicas relatan la misma historia: que aquello de lo
que somos conscientes corresponde a una parte relativamente pequeña de lo que
sabemos; y que somos los beneficiarios inconscientes de una mente que, en
cierto sentido, sólo nos pertenece en parte.
La ironía reside en que hayamos tardado tanto
tiempo en reconocer lo que algunos científicos nos decían hace más de cien
años. ¡Otro ejemplo de omisión unilateral!
F I N
Notas:
[1] Oliver Sacks es profesor de Neurología del
Albert Einstein College of Medicine. Destacan entre sus obras Migraine,
Awakenings, A Leg to Stand On, The Man Who Mistook His Wife for a Hat, Seeing
Voices y An Anthropologist on Mars: Seven Paradoxical Tales. La película
Despertares y la obra de teatro de Peter Brook The Man Who están basadas en sus
obras.
[2] El libro de Armitage fue escrito en 1905 con la
intención de estimular el entusiasmo de los estudiantes eduardianos; y hoy,
viéndolo con otros ojos, creo que posee un halo en cierto sentido romántico y
patriotero, por su insistencia en el hecho de que fueron los ingleses, y no los
franceses, quienes descubrieron el oxígeno. William Brock, en su History of
Chemistry, escribe lo siguiente: «Los primeros historiadores de la química
gustaban de encontrar un estrecho parecido entre la explicación de Mayow y la
posterior teoría de la calcinación del oxígeno». Pero tal parecido, subraya
Brock, «es superficial, pues la de Mayow era una teoría de la combustión
mecánica, no química. [Además] supuso la vuelta al mundo dual de principios y
fuerzas ocultas». Pero lo mismo podríamos decir, en cierto sentido, de Boyle -
todos los grandes innovadores del siglo XVII, sin excluir a Newton, vivían con
un pie en el mundo de la alquimia medieval, lo hermético y lo oculto -; de
hecho, Newton conservó su interés por la alquimia y lo esotérico durante toda
su vida. (Fue, curiosamente, J. M. Keynes el primero en señalar este aspecto en
su ensayo del tricentenario titulado «Newton, the Man», y la convivencia entre
«moderno» y «oculto» en el clima científico del siglo XVII es hoy un hecho
aceptado.)
[3] En la edición original de mi libro Mígraine
(1970) describo los fenómenos del aura migrañosa, pero entonces sólo podía
decir que eran «inexplicables» mediante los conceptos existentes. En
colaboración con mi colega Ralph Siegel, abordo de nuevo la cuestión, en un
nuevo capítulo de la edición revisada (1993), a la luz de la nueva teoría del
caos.
[4] Sustancia química, normalmente producida por el
organismo, que una enzima transforma en dopamina en el cerebro. Se emplea para
aliviar los síntomas de la enfermedad de Parkinson. (N. de la T.)
[5] En el artículo «Tics», The New York Review,
29-1-1987, págs. 37-41, escribo sobre el «síndrome de Tourette» y sobre la
historia de nuestras ideas acerca del mismo.
[6] En la psiquiatría «médica» se observa una
secuencia similar. Al estudiar las historias clínicas de los pacientes
internados en asilos y en hospitales públicos durante los años veinte y
treinta, encontramos observaciones clínicas y fenomenológicas sumamente
detalladas, presentadas a menudo en forma de relatos de riqueza y de densidad
casi novelescas (como las descripciones «clásicas» de Kraepelin y otros a
finales del siglo pasado). Tras la institucionalización de rígidos criterios y
de manuales de diagnóstico (los «manuales de diagnóstico estadístico» llamados
DSM-III y SM-IV), esta minuciosa y rica descripción de los fenómenos
desaparece, y es sustituida por breves notas que no ofrecen una imagen real del
paciente o de su mundo, sino que reducen a éste, y a su enfermedad, a una mera
lista de criterios de diagnóstico «mayores» y «menores». Las historias clínicas
de los hospitales psiquiátricos carecen hoy de la profundidad y de la riqueza
informativa de antaño, y apenas sirven para realizar esa síntesis tan necesaria
entre neurociencia y psiquiatría. Por ello las «viejas» historias clínicas
seguirán siendo sumamente valiosas.
[7] Analizo este asunto más a fondo en la edición
revisada de A leg to stand on.
[8] «The Case of the Colorblind Painter» apareció
en The New York Review, 19-XI-1987, págs. 25-34 [«El caso del pintor ciego a
los colores», El Paseante, n.° 8, págs. 32-34]. En mi libro An Anthropologist
on Mars (Knopf, 1995), se incluye una versión ampliada y revisada de este
artículo.
[9] Sin embargo, parece que intervienen además
otros factores. Damasio cuenta que, en las investigaciones publicadas por el
célebre neurólogo Gordon Holmes sobre doscientos casos de lesiones en el córtex
visual observados durante la guerra, en 1919, se afirmaba sumariamente que
ninguno de estos enfermos mostraba deficiencias aisladas en la percepción del
color y que estas investigaciones no validaban la existencia de un centro
cerebral específicamente destinado a la percepción del color. Holmes era una autoridad
en el mundo de la neurología y poseía un inmenso poder, por lo que su oposición
- reiterada durante treinta años - a la idea de un defecto cerebral aislado en
la percepción del color, o de un centro cerebral en el que residiese esta
facultad, fue decisiva, en opinión de Damasio, para impedir el reconocimiento
clínico del síndrome.
[10] Que el sesgo conceptual fue responsable del
desprecio y de la «desaparición» de la acromatopsia se confirma con la
historia, absolutamente opuesta, de ceguera motora central (aquinetopsia),
descrita, en un caso único, por Zihl et al., en 1983. El paciente afectado por
esta enfermedad era capaz de ver personas o coches cuando estaban quietos, pero
la imagen desaparecía con el movimiento, y aparecía de nuevo, en un lugar
distinto, cuando éste cesaba. El caso observado por Zihl, según indica Zeki,
fue «recibido en el mundo neurológico [...] y neurobiológico, sin un murmullo
de desaprobación [...] a diferencia de lo ocurrido con la historia, más
turbulenta, de la acromatopsia». Esta radical diferencia responde al profundo
cambio intelectual operado en el curso de los años transcurridos entre la
aparición de uno y otro hallazgo. A comienzos de los setenta se demostró que el
córtex preestriado de los monos presentaba una zona de células sensoriomotoras,
y la idea de especialización funcional fue plenamente aceptada en solo una
década. De este modo, hacia 1983, y en palabras del propio Zeki, «todas las
dificultades conceptuales habían desaparecido». Ya no había razón alguna para
rechazar los hallazgos de Zihl - de hecho, ocurrió todo lo contrario: fueron
recibidos con entusiasmo, como una soberbia muestra de evidencia clínica, en
consonancia con el nuevo clima.
[11] A pesar de que Goethe se reveló como un
notable científico empírico (al descubrir, por ejemplo, el hueso intermaxilar),
tendía, sin embargo, a elaborar seudoteorías de carácter místico, como se pone
de manifiesto en su teoría, casi platónica, de la planta arquetípica
(Ur-Pflanze). Ello se inscribía, tal vez, en la reacción romántica frente a una
visión mecánica del mundo - en particular frente a las tesis de Newton - , que
dominó en Europa durante esta época y que fue especialmente intensa en Alemania
(bajo la influencia de la Naturphilosophie) y en Inglaterra, donde Blake
fulminó «la visión simple y el sueño newtoniano».
George Henry Lewes, en su comprensiva aunque
crítica biografía de Goethe, dedica un extenso capítulo a «El poeta como hombre
de ciencia», en el que atribuye algunas de las debilidades de Goethe, y también
sus enormes virtudes, a una misma disposición mental: «La tendencia natural de
su mente», escribe Lewes, «resulta visible tanto en sus estudios ópticos como
en su poesía; y apunta siempre hacia el fenómeno concreto, huyendo de la
abstracción [...] Se reía constantemente de los newtonianos por sus prismas y
sus espectros, calificándolos de pedantes que preferían sus sombrías
habitaciones al aire puro. Hablaba siempre de las observaciones realizadas en
su jardín, o con un sencillo prisma, bajo la luz del sol, como si el método
natural y sencillo fuese mucho más veraz que el método artificial de la
ciencia. Con ello reveló su errónea interpretación de método [...] De ahí su
fracaso; de ahí también su éxito» (Lewes, The Life of Goethe [Frederick Ungar,
1955], págs. 352-353). La intrigante relación entre los conceptos de Goethe y
las teorías existentes sobre el color es analizada con detalle por Arthur
Zajonc en Catching the Light: The EntwinedHistory of Light andMind (Bantam,
1993).
[12] El artículo de Gunther Stent titulado
«Prematurity and Uniqueness in Scientific Discovery» apareció en Scientific
American en diciembre de 1972. Cuando visité a W. H. Auden en Oxford, en 1973,
lo encontré sumamente excitado por el artículo de Stent y discutimos largo y
tendido al respecto. Auden escribió una amplia réplica a Stent en la que
contrastaba la historia intelectual del arte y de la ciencia; este artículo se
publicó en Scientific American en marzo de 1973.
[13] Si Stent hubiese sido un experto en genética,
en lugar de un biólogo molecular, tal vez hubiera recordado la historia de la
pionera Barbara McClintock, que en los años cuarenta desarrolló una teoría -
conocida como teoría del salto genético - casi ininteligible para sus
contemporáneos. Hubieron de pasar treinta años, y fue necesario un cambio
radical en el mundo de la biología y una mayor receptividad a conceptos como
éste, para que las tesis de McClintock fuesen tardíamente reconocidas como una
contribución fundamental a la genética. Por fortuna, McClintock vivió lo
suficiente para disfrutar de este reconocimiento: sus trabajos de 1940
merecieron el Premio Nobel en la década de los ochenta.
Si Stent hubiese sido geólogo, podría haber
facilitado otro ejemplo famoso (o infame) de precocidad: la teoría de la deriva
continental, formulada por Alfred Wegener en 1915, olvidada o despreciada
durante muchos años y descubierta cuarenta años más tarde, tras el nacimiento
de la teoría de la tectónica de placas.
Si Stent hubiese sido matemático, podría haber
citado, como asombroso ejemplo de «precocidad», la invención del cálculo por
parte de Arquímedes, dos mil años antes del nacimiento de Newton y Leibniz.
Y si hubiese sido astrónomo, podría haber hablado
no sólo de olvido, sino de regresión trascendental en la historia de la
astronomía. Aristarco estableció claramente, en el siglo III a. C., la imagen
heliocéntrica del sistema solar, una teoría bien comprendida y aceptada por los
griegos (y más tarde ampliada por Arquímedes, Hiparco y Eratóstenes). Pero, en
el siglo II d. C., esta teoría fue puesta patas arriba por Ptolomeo, y
sustituida por una imagen geocéntrica de complejidad así babilónica. La oscuridad
ptolemaica, el escotoma, se prolongó por espacio de cuatrocientos años, hasta
que Copérnico restableció la visión heliocéntrica.
[14] Si una de las características de la ciencia es
la competencia y la rivalidad, otra, mucho menos saludable, tiene su origen en
la incomprensión epistemológica y en el cisma, a menudo de carácter
fundamental. En su reciente autobiografía titulada Naturalist, el biólogo
Edward O. Wilson ofrece una elocuente descripción de uno de estos cismas,
referida a sus primeras investigaciones entomológicas y taxonómicas.
Su obra (y su materia) fue despreciada por James
Watson, que la calificó de mera «colección de estampas», ajena a la ciencia
real. Tal actitud era casi universal entre los biólogos moleculares de los años
sesenta. De manera análoga, la ecología tampoco fue reconocida como «ciencia»
hasta muy recientemente, y aún se considera mucho más «blanda» que, por
ejemplo, la biología molecular. Existe quizá un paralelismo entre este hecho y
el frecuente desprecio de la ciencia «dura» hacia la medicina clínica, y especialmente
hacia los casos concretos. El propio Freud escribió al respecto:
Sigue sorprendiéndome que las historias clínicas
que escribo se lean como si fuesen cuentos, carentes, podríamos decir, del
riguroso sello de la ciencia. Me consuelo pensando que ello obedece sin duda a
la naturaleza del tema y no a mis inclinaciones personales .
Pero, sin embargo (a juzgar por el actual debate
sobre la hermenéutica), es evidente que los casos clínicos de Freud, y todos
los casos clínicos serios, son rigurosamente científicos y encarnan una ciencia
de lo individual tan «dura» como la física o la biología molecular.
[15] Kameshwar Wali, en su biografía de
Chandrasekar, escribe que «fueron necesarias casi tres décadas para que el
descubrimiento [de Chandrasekar] se reconociese en toda su importancia, y el
límite de Chandrasekar se incorporase al lenguaje estándar de la física y de la
astrofísica. Hubieron de pasar cinco décadas hasta que recibió el Premio
Nobel».
El propio Chandrasekar manifestó más tarde: «Es un
hecho asombroso que en como Eddington pueda gozar de tan increíble autoridad
[...] y es increíble [...] que nadie tuviese la valentía y el conocimiento
necesario para decir que Eddington estaba equivocado [...] Personalmente, creo
que el desarrollo de la astronomía en su conjunto, y el desarrollo de la
astronomía teórica - sobre todo en lo que respecta a la evolución de las
estrellas y la comprensión de las observaciones relacionadas con las enanas
blancas -, se demoró por espacio de casi dos generaciones como consecuencia de
la autoridad de Eddington» (citado en Wali, Chandra: A Biography of S.
Chandrasekar, University of Chicago Press, 1991).
[16] R. Steven Tumer, In the Eye's Mind: Vision and
the Helmholtz-Hering Controversy (Princeton University Press, 1994), revisado
por C. R. Cavonius, «Not Seeing Eye to Eye», en Nature, vol. 370 (28-
VII-1994), págs. 259-260.
[17] Gosse, devoto profundo y gran naturalista al
mismo tiempo, se sintió tan dividido por este debate que publicó un
extraordinario libro, Omphalos, en el que sostiene que los fósiles no se
corresponden con criaturas vivas, sino que fueron expresamente puestos en las
rocas por el Creador para estimular nuestra curiosidad - argumento que tuvo el
raro mérito de despertar las iras de zoólogos y teólogos por igual.
El mismo Darwin se sintió a menudo atraído por el
propio mecanismo de la naturaleza, cuyo funcionamiento percibía con absoluta
claridad. Así lo expresa en una carta dirigida a su amigo Hooker en 1856: «¡Qué
gran libro podría escribir un capellán del diablo sobre las torpes, inútiles,
abyectas y terriblemente crueles obras de la naturaleza!».
[18] Esta actitud de envidia homicida hacia
cualquier adversario real o imaginario, de la cual no están exentos siquiera
los más inteligentes y afortunados, ha sido analizada por Leonard Shengold en
un artículo titulado «Envy and Malignant Envy», The Psychoanalitic Quarterly,
vol. 58, n.° 4 (1994), págs. 615-640.
[19] La competencia, si bien es la dinamo del
progreso, puede resultar sumamente destructiva en el ámbito tecnológico (en
gran medida porque muchas tecnologías responden más a incentivos e intereses
comerciales que intelectuales). Edison hizo gala de gran crueldad y falta de
honestidad en el modo de enfrentarse a todo aquel a quien él percibía como un
rival, y su actitud supuso un freno para el progreso tecnológico. Su
insistencia en el uso de la corriente directa para la transmisión eléctrica y
sus virulentos y desproporcionados ataques contra su inventor, Nikola Tesla
(quien sugirió el uso más sensato de la corriente alterna), demoró la expansión
de la tecnología de la transmisión eléctrica durante más de dos décadas. El
trato que dio a Le Prince, el inventor de la cámara de imágenes animadas (en la
medida en que fuera posible atribuir a una sola persona el mérito de haber
inventado una tecnología tan compleja), puede haber retrasado el desarrollo de
este tipo de imágenes; ciertamente, ello permitió a Edison hacerse con una
importante cantidad de los beneficios derivados de esta empresa. Así lo
describe Christopher Rawlence en The Missing Red (Collins, Londres, 1990).
Algo similar ocurrió en el ámbito de la tecnología
del automóvil. En la primera década del siglo XX, los motores de combustión
interna fueron igualados, si no superados, por los motores de vapor y
eléctricos. Los coches de vapor, a diferencia de las locomotoras, eran capaces
de producir una nube de vapor en treinta segundos, y el Stanley Steamer alcanzó
en 1909 una velocidad de 60 km/h. La ciudad de Nueva York disponía de taxis
eléctricos en 1898. El desarrollo de los automóviles de vapor y los automóviles
eléctricos tropezó con la oposición de los intereses del gas, en detrimento de
ambos medios de locomoción y en detrimento de nuestras ciudades.
[20] Einstein escribió este libro en colaboración
con su amigo y colega Leopold Infeld, pero su pensamiento y su tono son
puramente einstenianos.
[21] Todas estas «fantasías» han sido
minuciosamente estudiadas por los escritores de ciencia-ficción. Así, William
Gibson y Bruce Sterling, en su novela The Difference Engine (1991), imaginan
que la ciencia y el mundo hubieran seguido una trayectoria diferente tras la
construcción de la máquina diferencial de Charles Babbage (y el comienzo de la
era informática) en la década de 1850 (lo curioso del caso es que hoy se han
fabricado máquinas analíticas y máquinas diferenciales exactamente como ellos
indican, y pueden verse en el Museo de Ciencias de Londres. Estas máquinas
funcionan, y realmente podrían haberse construido hace un siglo y medio, aunque
su precio habría sido prodigioso.)
[22] Todavía hoy se afirma que todo joven neurólogo
que crea haber descubierto un nuevo síndrome hará bien en consultar el Manual
de W. R. Gowers de 1888, cerciorarse de que no se descubrió hace ya un siglo.
[23] Creo que en la época de Humphry Davy se
produjo un proceso similar: los cambios análogos de la química, podríamos
afirmar, tuvieron lugar en la década de 1820 y no en la década de 1870. Davy,
al igual que Agassiz, fue un prodigio de precisión y de pensamiento analógico.
Carecía de la capacidad de generalización abstracta de su contemporáneo John
Dalton (es a Dalton a quien debemos los fundamentos de la teoría atómica) y de
la abrumadora capacidad sistemática de su también contemporáneo Berzelius. De
ahí que Davy fuese derribado de su pedestal como «el Newton de la química» en
1810, y convertido en un personaje casi marginal quince años más tarde. El auge
de la química orgánica, con la síntesis de la urea realizada por Wohler en 1828
- un terreno desconocido en el que Davy carecía de competencia o de interés -,
desplazó de inmediato a la «vieja» química inorgánica y reforzó la sensación de
marginalidad de Davy en sus últimos años de vida. Jean Amery, en su magnífico
libro titulado On Aging, habla de lo angustioso que puede llegar a ser el
sentimiento de inutilidad o atrofia; en particular la sensación de estar
desfasado intelectualmente, como resultado de la aparición de nuevos métodos,
teorías o sistemas. Este desfase puede producirse casi instantáneamente en la
ciencia cuando tiene lugar un cambio significativo de pensamiento, y no cabe
duda de que Davy, al igual que Agassiz, experimentó esta angustia en toda su
plenitud.
[24] El sentimiento de conjunto, inconcebible desde
las posiciones de la ciencia analítica, es un poderoso generador de dualidades.
Este tipo de división alienta la idea de un «alma» o «espíritu» irreductible
para la fisiología. F. W. H. Myers, íntimo amigo de James, ofrece la siguiente
visión de la mente en el primer párrafo de su libro Human Personality.
Creo que todo ser humano es al mismo tiempo
profundamente unitario e infinitamente fragmentario, pues ha heredado de sus
ancestros terrestres un organismo múltiple y «colonizador» — polizoico y acaso
polipsíquico en grado sumo —; pero que gobierna y unífica a dicho organismo
mediante un alma o un espíritu absolutamente fuera del alcance de nuestro
análisis actual.
De manera similar, en la década de 1890, el gran
embriólogo Hans Driesch, asombrado por lo que parecía ser una compleja
organización del desarrollo embrional resistente a todo análisis (aún no había
surgido el concepto de «organizadores» químicos), recurrió a la noción
aristotélica de «entelequia», que él concebía, en términos casi místicos, como
un principio inmanente o alma que se desdobla a nivel celular.
La noción de entidades preconfiguradas (como almas
o entelequias) presupone la existencia de otro mundo; un mundo de formas
ideales y eternas — superior a nuestro mundo de devenir, vicisitudes y
contingencia —. Si bien tales suposiciones pueden parecer extremadamente
acientíficas, desempeñan no obstante un papel esencial en la génesis de las
ideas científicas — así, el concepto místico de "harmonia mundi, o armonía
de las esferas, condujo finalmente a Kepler a sus leyes del movimiento
planetario.
[25] La más reciente exposición de esta teoría
ofrecida por Edelman la encontramos en Bright Air, Brilliant Fire (Basic Books,
1993). En dos ocasiones he escrito con detalle sobre el pensamiento de Edelman,
su relación con la historia de nuestras ideas sobre el cerebro y la mente, y
sus actuales implicaciones para la neurociencia, la neurología clínica y la
psicología del desarrollo(The New York Review, 22-XI-1990, pág. 44, y The New
YorkReview, 8-IV-1993, pág. 42).
[26] Daniel J. Kevles dirige el Program in Science,
Ethics and Public Policy del California Institute of Technology. Ha escrito
ampliamente sobre el desarrollo de la ciencia y su relación con la sociedad
pasada y presente. Entre sus obras figuran The Physicists: The History of a
Scientific Community in Modern America y In the Name of Eugenics: Genetics and
the Uses of Human Heredity; Kevles es además coeditor de The Code of Codes:
Scientific and Social Issues in the Human Genome Project.
[27] Citado en el libro de James T. Patterson, The
Dread Disease: Cancer andModern American Culture (Harvard University Press,
1987), pág. 21.
[28] Tres años antes, dos investigadores daneses
habían conseguido transmitir la leucemia a las aves, inoculándoles filtrados
libres de células, pero su trabajo fue ignorado, en parte porque entonces no se
creía que la leucemia tuviese alguna relación con el cáncer. Ludwik Gross,
Oncogenic Viruses (2.° ed.; Pergamon Press, Oxford 1970), págs. 99-103; Peyton
Rous, «A Sarcoma of the Fowl Transmissible by an Agent Separable from the Tumor
Cells», Journal of Experimental Medicine, vol. 13 (1911), págs. 397403 y
408-409.
[29] Paul Weindling y Marcia Meldrum, «Johannes
Andreas Grib Fibiger, 1926», Nobel Laureates in Medicine or Physiology: A
Biographical Dictionary, editado por Daniel M. Fox, Marcia Meldrum e Ira Rezak
(Garland Publishing Co., 1990), págs. 177-181.
[30] Véase Clarence Cook Little, Civilization
Against Cancer (Farrar & Rinehart, 1939).
[31] George Klein, The Atheist and the Holy City:
Encounters and Reflections, trad. Theodore e Ingrid Friedman (MIT Press, 1990),
págs. 120-122.
[32] Ibid., pág. 122; Kenneth E. Studer y Daryl E.
Chubin, The Cáncer Mission: Social Contexts of Biomedical Research (Sage
Library of Social Science, vol. 103, 1980), Pág. 21.
[33] George Klein, op. cit., pág. 122; Jean-Paul
Gaudilliere, «Cancer between Heredity and Contagion: About the Production of
Mice and Viruses», Everett Mendelsohn, editor; Human Genetics (Sociology of
Science Yearbook).
[34] Marcel Bessis, «How the Mouse Leukemia Virus
Was Discovered: A Talk with Ludwik Gross», Nouvelle Revue Frangaise
d’Hematologie, vol. 16 (1976), pág. 296.
[35] George Klein, op. cit., pág. 127.
[36] Marguerite Vogt y Renato Dulbecco, «Virus-Cell
Interaction with a Tumor-Producing Virus», Proceedings of the National Academy
of Sciences, vol. 46 (1960), pág. 369; Renato Dulbecco, «Basic Mechanisms in
the Biology of Animal Viruses: Concluding Address», Basic Mechanisms in Animal
Virus Biology, Cold Spring Harbor Symposia on Quantitative Biology, vol. XXVII
(Cold Spring Harbor Biological Laboratory, 1962), pág. 523; Renato Dulbecco,
Aventurier du Vivant (Plon, París 1990). págs. 179-181, 190-192 y 208-216.
[37] Renato Dulbecco, «Basic Mechanisms in the
Biology of Animal Viruses», op. cit., Pág. 520.
[38] Howard M. Temin, «Homology between RNA from
Rous Sarcoma Virus and DNA from Rous Sarcoma Virus-Infected Cells», Proceedings
of the National Academy of Sciences, vol. 52 (1964), págs. 323-329.
[39] Temin adaptó la palabra «provirus» a partir de
«profago», término acuñado para describir un tipo de fago, un virus que afecta
a las bacterias; véase Charles Galperin, «Virus, Provirus et Cáncer», Revue
d'Histoire des Sciences et de leurs Applications, vol. 47 (1994), págs. 7-56.
[40] David Baltimore, «Viruses, Polymerases and
Cáncer», Nobel Lecture, 12-X-1975, Les Príx Nobel en 1975 (Fundación Nobel,
Estocolmo 1976), págs. 159-160.
[41] Baltimore afirmó más tarde que, en el marco de
la reproducción -el contexto esencial para cualquier organismo desde un punto
de vista evolutivo-, «la capacidad de algunos retrovirus para producir el
cáncer es gratuita», pero también fundamental desde el punto de vista humano.
Ibid., pág. 164; Howard M. Temin y Satoshi Mizutani, «RNA-dependent DNA
Polymerase in Virions of Rous Sarcoma Virus», Nature, n.° 226 (1970), págs.
1.211-1.213.
[42] Solomon Garb, Cure for Cancer: A National Goal
(Springer, 1968), pág. 15.
[43] Richard A. Rettig, Cancer Crusade: The Story
of the National Cancer Act of 1971 (Princeton University Press, 1977), pág. 77.
[44] Howard M. Temin, «The RNA Tumor Viruses —
Background and Foreground», Proceedings of the National Academy of Sciences,
vol. 69 (abril 1972), pág. 1.019.
[45] Robert Gallo, Virus Hunting: AIDS, Cáncer, and
the Human Retrovirus, A Story of Scientific Discovery (Basic Books, 1991), pág.
203.
[46] Robert J. Huebner y George J. Todaro,
«Oncogenes of RNA Tumor Viruses and Determinants of Cáncer», Proceedings of the
National Academy of Sciences, vol. 64 (septiembre-diciembre, 1969), págs.
1.087-1.094. Véase también George J. Todaro y Robert J. Huebner, «The Viral
Oncogene Hypothesis: New Evidence», Proceedings of the National Academy of
Sciences, vol. 69 (abril, 1972), págs. 1.0091.115.
[47] J. Michael Bishop, «Retroviruses and
Oncogenes, II», Les Prix Nobel (Fundación Nobel, Estocolmo 1990), pág. 219.
[48] J. Michael Bishop, «Retroviruses and
Oncogenes, II», op. cit ., pág. 218.
[49] 23 J. Michael Bishop, «Cellular Oncogenes and
Retroviruses», Annual Reviews of Biochemistry, vol. 52 (1983), págs. 320-321.
[50] C. Shih et al., «Passage of Phenotypes of
Chemically Transformed Cells vía Transfection of DNA and Chromatin»,
Proceedings of the National Academy of Sciences, vol. 76 (1979), págs.
5.714-5.718.
[51]Nota del autor. Estoy en deuda con varias
personas por sus comentarios críticos sobre algunos aspectos de este ensayo.
Son éstas: J. Michael Bishop, Charles Galperin, Jean-Paul Gaudilliere, Michel
Morange, Ray Owen, Sondra Schlesinger y William Summers. También quiero dar las
gracias a la Fundación Andrew W. Mellon por su ayuda a la investigación, y a
Robert Silvers por su labor editorial y por su aliento.
[52] R. C. Lewontín es un eminente genético y autor
deBiology as Ideology: The Doctrine of DNA y The Genetic Basis of Evolutionary
Change, asimismo, es coautor de The Dialectical Biologist (en colaboración con
Richard Levins) y Not in Our Genes (en colaboración con Steven Rose y León
Kamin). Lewontin es profesor de Ciencias de la Población, profesor de la
cátedra Alexander Agassiz de Zoología y profesor de Biología en la Universidad
de Harvard.
[53] El estudio original de finales de la década de
1940 es obra de C. C. North y P. K. Hatt. «Jobs and Occupations: A Popular
Evaluation», L. Wilson y W. L. Kolb, Sociologícal Analysis (Hartcourt Brace,
1949). Estudios posteriores han ofrecido resultados esencialmente idénticos.
[54]Free Press , 1952, pág. 14.
[55] En El sueño de D'Alembert, de Diderot, tanto
las exposiciones ofrecidas por el médico Bordeu en estado de vigilia como las
divagaciones oníricas de D'Alembert se centran en estas cuestiones. «¿Quién
sabe qué razas de animales nos precedieron? ¿Quién sabe qué razas de animales
sucederán a la nuestra?», se pregunta D'Alembert en sueños. «¿Cómo podríamos
saber que el hombre que se apoya sobre un bastón, cuyos ojos están ciegos, que
se arrastra con esfuerzo y que es aún más distinto por dentro que por fuera, es
el mismo hombre que ayer caminaba con ligereza y soportaba con facilidad las
más pesadas cargas...?», se interroga Bordeu. Estas incógnitas biológicas
preocuparon hasta tal punto a los filósofos que Diderot llegó a manifestar
sarcásticamente a mademoiselle de l'Espinasse que «no hay diferencia alguna
entre un médico despierto y un filósofo dormido».
[56] Para una visión mas detallada de este debate,
véase Shirley Roe, Matter, Life and Generation: Eighteenth-Century Embriology
and the Haller-Wolff Debate (Cambridge University Press, 1981).
[57] J. Clausen, D. D. Keck y W. W. Hiesey,
«Environmental Responses of Climatic Races of Achillea», Carnegie Institution
of Washington, Publication 581, 1958.
[58] La teoría selectiva de la formación del
sistema nervioso central es explicada por G. Edelman en Neural Darwinism: The
Theory of Neuronal Group Selection (Basic Books, 1989).
[59] El más atento observador de las aves no
reconocerá un solo pájaro real en esta complicada historia de la vida.
[60] Stephen Jay Gould es profesor de Geología,
Biología e Historia de la Ciencia en la Universidad de Harvard. Entre sus
muchos libros cabe destacarEver Since Darwin: Reflections in Natural
History;The Panda’s Thumb, galardonado con el American Book Award;The
Mismeasure of Man;The Flamingo's Smile; Time's Arrow, Time's Cycle y Eight
Little Piggies: Reflections in Natural History.
[61] Esquisto negro del Cámbrico Medio. (N. de la
T.)
[62] Jonathan Miller es doctor en Medicina y
director de teatro, televisión y ópera. Es autor de The Body in Question (sobre
la historia de la medicina) y States of Mind (sobre la locura), ambos basados
en sus series homónimas para la BBC;The Human Body, The Facts of Life y
Subsequent Performances. Ha producido óperas en todo el mundo, en teatros como
la English National Opera, la Metropolitan Opera de Nueva York, y el
Glimmerglass. Entre sus trabajos teatrales destacan numerosas producciones de
Shakespeare, principalmente para el London's Royal National Theatre. Miller ha
sido también investigador asociado del
Departamento de Neuropsicología de la Universidad
de Sussex.
[63] Ninguno de los científicos que formó parte de
las Comisiones Reales puso reparos a la existencia de estas sustancias etéreas
como tales. Sin embargo, habría sido difícil encontrar uno solo que no
considerase esta idea como parte de su imagen del mundo. Franklin concebía la
electricidad como un fluido imponderable, mientras que Lavoisier daba por hecho
que el calor también lo era; y hasta finales del siglo XVIII la mayoría de los
científicos aceptó la teoría de que la voluntad transmitía sus iniciativas a
los músculos al producir vibraciones en una sustancia etérea encerrada en los
canales del sistema nervioso.

