Libro N° 7078. Alicia En El País De Los Cuantos. Gilmore, Robert.
© Libro N° 7078.
Alicia En El País De Los Cuantos. Gilmore, Robert. Emancipación. Marzo 14 de 2020.
Título
original: © Alicia
En El País De Los Cuantos. Robert Gilmore
Versión Original: © Alicia En El País De Los Cuantos.
Robert Gilmore
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ALICIA EN EL PAÍS DE LOS CUANTOS
Robert Gilmore
Alicia En El País De Los
Cuantos
Robert Gilmore
CONTENIDO
Prólogo
1. En el País de los Cuantos
2. El Banco Heisenberg
3. El Instituto de Mecánica
4. La Escuela de Copenhague
5. La Academia Fermi-Bose
6. Realidad virtual
7. Átomos en el vacío
8. El Castillo Rutherford
9. La MAScarada de las Partículas
10. El Parque de Atracciones de la Física
Experimental
Prólogo
En la primera mitad del
siglo XX, nuestra comprensión del universo sufrió una auténtica convulsión. Las
viejas teorías de la física clásica fueron sustituidas por una nueva manera de
contemplar el mundo: la mecánica cuántica. Esta teoría muestra una gran
cantidad de diferencias con las ideas de la vieja mecánica newtoniana; de
hecho, discrepa de muchas maneras con nuestro sentido común. Sin embargo, lo
más extraño en relación con esta teoría es su extraordinario éxito al predecir
el comportamiento observado de los sistemas físicos. No obstante lo carente de
sentido que a veces nos pueda resultar la mecánica cuántica, ése parece ser el
comportamiento que prefiere la naturaleza, y con eso es con lo que tenemos que
lidiar.
Este libro es una alegoría de la física
cuántica, en el sentido expresado en el diccionario: «ficción en virtud de la
cual una cosa representa o simboliza otra distinta». El modo en el que se
comportan las cosas en mecánica cuántica parece muy extraño con respecto a
nuestra manera normal de pensar, y se hace más aceptable si establecemos
analogías, aunque puedan ser inexactas, con situaciones que nos resultan más
familiares. Estas analogías no pueden ser una descripción absolutamente cierta
de la realidad, puesto que los procesos cuánticos son muy diferentes de nuestra
experiencia cotidiana.
Una alegoría es una analogía ampliada, o una
serie de analogías. En este sentido, este libro sigue más las huellas de Pilgrims
Progress[1] o de Los viajes de Gulliver que de Alicia en el País de las Maravillas. No obstante, «Alicia» parece el modelo más
adecuado cuando se examina el mundo en que vivimos.
El País de los Cuantos por el que viaja Alicia
es más bien como un parque temático en el cual ella es a veces una observadora
y otras se comporta como una especie de partícula con carga eléctrica variable.
Y ese país nos muestra las características esenciales del mundo
cuántico: el mundo que todos habitamos.
Gran parte del relato es pura ficción, y los
personajes son imaginarios, aunque las notas del «mundo real» descritas más
adelante son verdaderas. A lo largo de la narración se encontrarán muchas
afirmaciones que parecen claramente absurdas y en flagrante contradicción con
el sentido común. La mayor parte de ellas son verdaderas. Se dice que Niels
Bohr, la figura principal entre los fundadores de la mecánica cuántica, afirmó
que quien no se siente aturdido al pensar en la teoría cuántica es que no la ha
comprendido.
Seriamente, sin embargo…
La descripción del mundo que proporciona la
mecánica cuántica es indudablemente interesante y digna de ser resaltada, pero
¿debe esperarse que la creamos verdadera? Sorprendentemente, descubrimos que
debemos hacerlo. Para subrayar este aserto, a lo largo de este libro se
encuentran notas breves que hacen énfasis en la importancia de la mecánica
cuántica en el mundo real. Las notas son como la siguiente:
Estas notas resumen la importancia para nuestro mundo de los temas cuánticos
con los que se encuentra Alicia en cada capítulo. Están pensadas para que el
lector pueda pasarlas por alto al leer la narración de las aventuras de Alicia,
pero si se desea descubrir el significado real de estas aventuras las notas
están convenientemente a mano.
Hay también notas más largas al final de algunos
capítulos que amplían algunos de los puntos más enrevesados del texto y que
indicamos así:
Gran parte del modo en que la mecánica cuántica
describe el mundo puede considerarse absurdo a primera vista, y posiblemente
también a la segunda, la tercera o la vigésima vistas. Pero esto es lo que hay.
La vieja mecánica clásica de Newton y sus seguidores es incapaz de dar ninguna
clase de explicación de los átomos y otros sistemas microscópicos. La mecánica
cuántica, por otro lado, se corresponde perfectamente con las observaciones;
los cálculos son con frecuencia difíciles y tediosos, pero, en los casos en que
se han realizado, concuerdan a la perfección con lo que realmente se ha
observado.
Nunca se hará demasiado énfasis en el notable
éxito práctico de la mecánica cuántica. Aunque el resultado de una medida pueda
ser aleatorio e impredecible, las predicciones de la mecánica cuántica
coinciden mayoritariamente con los resultados promedio (estadísticos) obtenidos
a partir de muchas medidas. Cualquier observación a gran escala involucrará una
gran cantidad de átomos y por consiguiente una gran cantidad de observaciones a
escala atómica. El éxito de la mecánica cuántica radica también en que coincide
automáticamente con los resultados de la mecánica clásica para objetos grandes.
Lo recíproco no es cierto [2] .
La teoría cuántica se desarrolló para explicar
observaciones realizadas sobre átomos. Desde su concepción, se ha aplicado con
éxito a los núcleos atómicos, a las partículas derivadas del núcleo que
interactúan fuertemente y al comportamiento de los quarks que los componen. La
escala de aplicación de la teoría se ha ampliado en un factor de varios
centenares de millones. Los sistemas considerados han disminuido su tamaño y a
la vez han aumentado su energía en este factor. Es ésta una enorme
extrapolación de la teoría desde su concepción original, pero hasta nuestros
días la mecánica cuántica ha resultado ser completamente capaz de tratar esos
sistemas extremos.
Hasta donde se ha investigado, la aplicabilidad
de la mecánica cuántica resulta universal. En grandes escalas, sus predicciones
pierden su aspecto aleatorio y concuerdan con las de la mecánica clásica, la
cual funciona muy bien para objetos grandes. Incluso aquellas predicciones que
parecen implicar una descripción absurda del mundo están apoyadas por la
evidencia experimental. De forma sorprendente, como se discute en el capítulo
4, la mecánica cuántica parecería encontrarse en la extraña tesitura de
coincidir con todas las observaciones realizadas y a la vez de poner en duda el
que puedan realmente hacerse observaciones de cualquier tipo. Parece ser que el
mundo es más extraño de lo que imaginamos, y quizás más extraño de lo que podamos imaginar.
Pero ahora acompañemos a Alicia al empezar su
viaje al País de los Cuantos.
Robert Gilmore
Capítulo 1
En el País de los Cuantos
Alicia se aburría. Todos
sus amigos y amigas estaban de vacaciones o visitando parientes, y además
llovía, de modo que estaba encerrada en casa viendo la televisión. Desde
primeras horas de la tarde había estado viendo el capítulo quinto de una serie
de introducción al esperanto, un programa de jardinería y una emisión de
propaganda política. Alicia se aburría soberanamente.
Dirigió su mirada al libro que estaba en el
suelo al lado de su silla. Era Alicia en el País de las
Maravillas; lo había estado leyendo antes y
lo había dejado caer allí al acabarlo.
«No entiendo por qué no puede haber más dibujos
animados y programas más interesantes en la televisión», se preguntó
distraídamente. Desearía ser como esa otra Alicia. Estaba aburrida y de pronto
encontró el camino a un país repleto de criaturas interesantes y sucesos
extraños. Si de alguna manera pudiera encogerme y flotar a través de la
pantalla de televisión, tal vez sería capaz de encontrar todo tipo de cosas
fascinantes.
Miró con frustración la pantalla, en la que en
ese momento aparecía la imagen del primer ministro explicándole cómo, en
general, todo estaba mucho mejor que hacía tres años, aunque no siempre lo
pareciera. Cuando estaba mirando, le sorprendió ver la imagen del primer
ministro deshaciéndose en una niebla de motas danzantes que parecían
precipitarse hacia dentro, como haciéndole señas.
—¡Vaya! —exclamó Alicia—. ¡Creo que quieren que
las siga!
Se levantó y se dirigió hacia la televisión,
pero tropezó con el libro que había arrojado tan descuidadamente al suelo y se
cayó de bruces.
Mientras caía hacia delante se sorprendió al ver
que la pantalla crecía enormemente y que se hallaba en medio del remolino de
motas y se precipitaba con ellas hacia el interior de la imagen.
«No puedo ver nada con estas manchas
revoloteando a mi alrededor —pensó Alicia—. Es como estar perdida en una
tormenta de nieve; ni siquiera puedo ver mis pies. Desearía ver algo. Puedo
estar en cualquier parte.»
En ese momento Alicia sintió que sus pies
tocaban algo sólido y se encontró de pie sobre una superficie dura y lisa.
Todas las motas que remolineaban a su alrededor se desvanecían a lo lejos y se
vio rodeada de unas cuantas formas imprecisas.
Miró más detenidamente a la que tenía más cerca
y observó una pequeña figura que le llegaba aproximadamente a la cintura. Era
enormemente difícil distinguir los detalles, pues estaba saltando todo el
tiempo hacia delante y hacia atrás, moviéndose con tanta rapidez que no era
nada fácil verla con claridad. La figura parecía llevar alguna clase de bastón,
o posiblemente un paraguas enrollado, que apuntaba hacia arriba.
—Hola —se presentó Alicia educadamente—. Soy
Alicia. ¿Puedo preguntarle quién es usted?
—Soy un electrón —dijo la
figura—. Soy un electrón con el espín hacia arriba. Puedes distinguirme
fácilmente de mi amigo de allí, que es un electrón con el espín hacia abajo, y
que, por lo tanto, es completamente diferente de mí —y añadió para sí algo que
sonaba como vive la
différence! Hasta
donde Alicia era capaz de ver, el otro electrón parecía ser igual en todo,
salvo que su paraguas, o lo que fuera, apuntaba hacia el suelo. Era muy difícil
asegurarlo, ya que esta figura estaba también saltando hacia delante y hacia
atrás tan rápidamente como la primera.
—Por favor —dijo Alicia a su primer conocido—,
¿sería usted tan amable de estarse quieto un momento? No hay manera de poder
verlo con claridad.
—Soy tan amable —dijo el electrón—, pero me temo
que no hay suficiente sitio.
No obstante, lo intentaré.
Las partículas y los niveles atómicos difieren de
los objetos en gran escala. Los electrones son muy pequeños y no muestran
característica distintiva alguna, pues son completamente idénticos entre sí.
Tienen alguna forma de rotación, aunque no puede decirse qué es lo que rota.
Una característica peculiar es que cualquier electrón gira exactamente a la
misma velocidad, independientemente de la dirección en que se mida la rotación.
La única diferencia es que algunos giran en un sentido y otros en el opuesto. Dependiendo
de esto, los electrones se conocen como «con espín hacia arriba» o «con espín
hacia abajo».
Mientras hablaba así, disminuía el ritmo de sus
saltos. Pero al tiempo que se movía más despacio, empezó a expandirse
lateralmente y se hizo cada vez más difuso. Entonces, aunque ya no se movía con
rapidez, parecía tan borroso y desfocalizado que Alicia no podía distinguir su
aspecto mejor de lo que lo había hecho capaz anteriormente.
—Es todo lo que puedo hacer —dijo jadeando—. Me
temo que cuanto más lentamente me muevo, más me disperso. Así son las cosa
aquí, en el País de los Cuantos: cuanto menos espacio ocupa uno, más
rápidamente tiene que moverse. Es una de las reglas, y yo no puedo hacer nada
al respecto. No hay bastante sitio aquí para frenar —continuó el compañero de
Alicia, al tiempo que comenzaba a saltar rápidamente de nuevo—. El andén se
está llenando tanto que debo ser más compacto.
Ciertamente, el espacio en el que permanecía
Alicia estaba de bote en bote, completamente abarrotado de pequeñas figuras que
danzaban frenéticamente hacia adelante y hacia atrás.
«Qué seres más extraños —pensó Alicia—. No creo
que sea capaz de ver claramente cómo son si no se quedan quietos durante un
minuto, y no parece que haya muchas probabilidades de que lo hagan.» Como no
parecía que pudiera lograr que se pararan, pasó a otro tema.
—¿Podrían decirme, por favor, en qué clase de
andén estamos? —preguntó.
—En un andén de ferrocarril, por supuesto
—respondió uno de los electrones alegremente (a Alicia le resultaba muy difícil
decir cuál había hablado; realmente todos eran muy parecidos)—. Vamos a tomar
el tren de ondas hasta la pantalla. Transbordarás allí al expreso de fotones,
espero, si es que deseas ir más lejos.
El principio de incertidumbre de Heisenberg asegura que ninguna
partícula puede tener valores simultáneos bien definidos de su posición y de su
velocidad. Esto quiere decir que una partícula no puede estar quieta en una
posición definida, puesto que una partícula inmóvil tiene una velocidad bien
definida: cero.
—¿Se refiere a la pantalla de televisión?
—preguntó Alicia.
—¡Por supuesto! —exclamó uno de los electrones.
Alicia podría haber jurado que no era el que había hablado antes, pero era muy
difícil asegurarlo—. ¡Vamos! El tren está aquí y hemos de subir.
Alicia podía ver una serie de pequeños
compartimentos alineados en el suelo del vagón. Eran muy pequeños. Algunos
estaban vacíos, otros tenían un electrón en su interior y los demás tenían dos.
Todos los compartimentos vacíos se llenaron enseguida —de hecho no parecía que
quedara ninguno libre—, pero Alicia notó que ninguno de los compartimentos
albergaba más de dos electrones. Cuando pasaban por uno de esos compartimentos,
sus dos ocupantes gritaban: «¡Completo! ¡Completo!».
—¿No se podrían meter más de dos en un
compartimento en vista de que el tren va tan lleno? —preguntó Alicia a su
acompañante.
—¡No! Nunca más de dos electrones juntos, ésa es
la regla.
—Supongo que entonces tendremos que ir en
compartimentos distintos —exclamó Alicia con pena, pero el electrón la
tranquilizó:
—No hay ningún problema en tu caso,
¡absolutamente ningún problema! Puedes entrar en el compartimento que desees,
por supuesto.
—De verdad, no puedo entender cómo puede ser eso
así —repuso Alicia—. Si un compartimento está tan lleno que usted no puede
entrar en él, con toda seguridad estará igual de lleno también para mí.
—¡Nada de eso! Los compartimentos pueden
albergar sólo dos electrones, así que casi todos los sitios para electrones
pueden estar ocupados, ¡pero tú no eres un electrón! No hay ninguna otra Alicia
en el tren, de modo que hay un montón de sitio para Alicia en cualquiera de los
compartimentos.
Por lo que Alicia podía ver, no parecía que
sucediera eso, pero temía que el tren arrancara antes de que encontraran
asiento, de modo que empezó a buscar un sitio vacío capaz de albergar otro
electrón.
—¿Qué le parece éste? —preguntó a su camarada—.
Aquí hay un compartimento con sólo un electrón dentro. ¿Puede entrar en él?
Los electrones son absolutamente idénticos y
obedecen el principio de exclusión de Pauli (véase el capítulo 5), que impide
que haya más de un electrón en el mismo estado (o más de dos, cuando se
incluyen las dos posibles direcciones diferentes del espín).
—¡De ninguna manera! —respondió agriamente el
electrón, horrorizado—. Ése es otro electrón con espín hacia arriba. No puedo
alojarme en el mismo compartimento que otro electrón con espín hacia arriba.
¡Vaya una idea! Eso va en contra de mi principio.
—¿No querrá decir en contra de sus principios?
—le preguntó Alicia.
—Quiero decir lo que digo: en contra de mi
principio, o más bien del principio de Pauli. Este principio prohíbe que dos de
nosotros hagamos exactamente lo mismo, lo que incluye estar en el mismo lugar y
tener el mismo espín —respondió con enfado.
Alicia no sabía por qué se había enfadado, no
obstante se apresuró a mirar a su alrededor a fin de hallar otro compartimento
que a él le conviniera más. Consiguió encontrar uno en el que había un solo
electrón, que era de la variedad espín hacia abajo, y su acompañante se
introdujo allí con toda rapidez. Alicia se sorprendió al darse cuenta de que,
aunque el pequeño compartimento parecía entonces lleno, de alguna manera había
bastante sitio para acomodarse fácilmente.
Tan pronto como se habían acomodado, el tren
arrancó. Durante el viaje no ocurrió nada, y el panorama no era muy
interesante, de modo que Alicia se alegró cuando el tren empezó a frenar.
«Esto debe de ser la pantalla, supongo —pensó
Alicia—. Me pregunto qué sucederá aquí.»
Cuando llegaron a la pantalla había un enorme
murmullo por todas partes.
—¿Qué ocurre? —se preguntó Alicia en voz alta—.
¿Por qué todo el mundo parece estar tan excitado?
Sus preguntas fueron contestadas por un anuncio
que parecía llegar del aire a su alrededor.
—La pantalla de fósforo está ahora siendo
excitada por los electrones entrantes y pronto tendremos emisión de fotones.
Permanezcan en el punto de partida del expreso fotónico.
Alicia miró a su alrededor tratando de ver la
llegada del expreso, y en ese momento surgió un torrente de formas
resplandecientes a lo largo del andén. Se sintió atrapada en medio de la
muchedumbre y se unió a ellos mientras se agolpaban en un compartimento.
«Bueno, parece que no les preocupa el principio
de Pauli ni ningún otro —pensó Alicia cuando se agolpaban a su alrededor—. A
éstos les importa poco estar todos en el mismo sitio. Supongo que el expreso va
a partir pronto. Me pregunto dónde acabaremos —concluyó al tiempo que se
apeaba—. Caramba, qué viaje tan rápido. Parece como si no hubiera transcurrido
tiempo alguno.» (Alicia tenía en eso toda la razón. El viaje no duró nada en
absoluto, porque efectivamente el tiempo se «congela» para cualquier cosa que
viaje a la velocidad de la luz.) De nuevo se encontró rodeada de una multitud
de electrones que salían precipitadamente del andén.
—¡Ven! —le gritó uno de ellos al salir—. Debemos
abandonar la estación ahora, si es que vamos a alguna parte.
—Disculpe —lo tanteó Alicia—. ¿Es usted el mismo
electrón con el que hablaba antes?
—Sí, lo soy —respondió el
electrón a la vez que se movía rápidamente hacia la salida. Alicia fue
arrastrada por la multitud de electrones desde el andén hasta la puerta
principal de salida.
—Afirmo que esto es una lata —dijo Alicia—.
Ahora he perdido a la única persona que conozco en este extraño lugar y no
tengo a nadie que me explique lo que está pasando.
—No te preocupes, Alicia —dijo una voz a la
altura de sus rodillas—. Te indicaré adónde vamos. —Era uno de los electrones.
—¿Cómo sabe usted mi nombre? —preguntó Alicia
sorprendida.
—Muy fácil. Soy el mismo electrón con quien
hablaste antes.
—¡No es posible! —exclamó Alicia—. Vi a ese
electrón salir en una dirección diferente. ¿No era quizás ése con quien hablé
antes?
—Lo era, ciertamente.
—Entonces los dos no pueden ser el mismo —dijo
Alicia cargada de razón—. No pueden ser ambos el mismo, ¿no es cierto?
—¡Claro que podemos! —dijo el electrón—. Él es
el mismo. Yo soy el mismo. Todos somos el mismo, ¡exactamente el mismo!
—Eso es ridículo —repuso Alicia—. Usted está
junto a mí y él salió disparado hacia algún otro sitio, así que no pueden ser
ambos la misma persona. Uno de los dos ha de ser diferente.
—En absoluto —exclamó excitado el electrón,
saltando incluso más deprisa hacia arriba y hacia abajo—. Nosotros somos todos
idénticos; no hay manera alguna de que puedas distinguirnos, de modo que ves
que él es el mismo y yo también lo soy.
En ese instante, la muchedumbre de electrones
que rodeaban a Alicia comenzó a gritar:
—¡Yo soy el mismo! ¡Yo también soy el mismo!
¡Soy el mismo que tú!
El tumulto era espantoso, y Alicia se tapó los
oídos con las manos hasta que cesó el ruido. Cuando se restableció la calma,
Alicia abrió los ojos y bajó las manos. Se dio cuenta de que no había rastro
alguno de la multitud de electrones que antes la rodeaban y que salía
completamente sola de la estación. Mirando a su alrededor, advirtió que se
encontraba en una calle que a primera vista parecía completamente normal.
Torció a la izquierda y empezó a caminar por la acera.
No había ido muy lejos cuando se topó con una
figura que permanecía como desconsolada enfrente de una puerta y buscaba algo
en sus bolsillos. La figura era corta y muy pálida. Era difícil distinguir bien
su cara, como había ocurrido con todos los que había conocido recientemente,
pero —pensó Alicia— se parecía bastante a un conejo.
—Dios mío, Dios mío, llego tarde y no encuentro
mis llaves en ningún sitio. ¡Debo entrar inmediatamente! —Y a la vez que
hablaba así retrocedió unos cuantos pasos y después corrió rápidamente hacia la
puerta.
Iba tan deprisa que Alicia fue incapaz de verlo
en ninguna posición determinada, y en cambio percibió como una cadena de
sensaciones visuales posteriores que mostraban las posiciones por donde había
pasado a lo largo de su camino. Éstas se extendían desde el punto de partida
hasta la puerta, pero allí, en lugar de detenerse como habría esperado,
continuaban dentro de
ella, haciéndose cada vez más pequeñas, hasta que lo eran tanto que no podían
verse. Apenas había tenido Alicia tiempo de asimilar esa extraña serie de
imágenes, cuando él salió rebotado con la misma rapidez, dejando de nuevo una
serie de imágenes. Ahora éstas acababan bruscamente con la infortunada persona
tendida de espaldas en la cuneta. Sin mostrar desánimo alguno, se levantó y
corrió de nuevo hacia la puerta. Otra vez apareció la serie de imágenes
posteriores, disminuyendo hacia el interior de la puerta, y de nuevo salió
rebotado y acabó tendido boca arriba.
Al tiempo que Alicia corría apresuradamente
hacia él, repitió esa acción varias veces, arrojándose hacia la puerta para
después caer hacia atrás.
—¡Párese, párese! —gritó Alicia—. No debe hacer
eso; se hará daño con seguridad.
El individuo cesó de correr y miró a Alicia.
—¡Ah!, hola, querida. Tengo que hacerlo, me
temo. La puerta está cerrada y debo entrar rápidamente, así que no tengo más
remedio que tratar de «tunelear» a través de la barrera.
Alicia miró hacia la puerta, que era grande y
muy sólida.
—No creo que tenga muchas probabilidades de
atravesarla corriendo hacia ella —dijo—. ¿Está tratando de romperla?
—¡Seguro que no! No deseo destruir mi hermosa
puerta. Sólo deseo «tunelear» a través de ella. No obstante, me temo que lo que
dices es cierto. La probabilidad de que consiga atravesarla no es ciertamente
muy grande, pero tengo que intentarlo. —Y diciendo esto cargó de nuevo contra
la puerta. Alicia lo dejó por imposible y se alejó en el instante en que salía
rebotado una vez más.
Tras haber dado unos cuantos pasos, Alicia no
pudo resistirse a mirar hacia atrás para ver si por casualidad el personaje
había cesado en sus esfuerzos, y vio de nuevo la serie de imágenes
precipitándose hacia la puerta y menguando cuando la alcanzaban. Esperó el
rebote. Antes éste había ocurrido inmediatamente después, pero esta vez no se
produjo. La puerta estaba allí, sólida y bastante desamparada, pero no había
ningún rastro de su conocido. Después de que hubieran pasado unos segundos sin
que sucediera nada, Alicia oyó un traqueteo de cerrojos y cadenas, y la puerta
se abrió de par en par. Su desaparecido compañero miró hacia fuera y la saludó.
—He tenido suerte —exclamó—. La probabilidad de
penetrar una barrera tan gruesa es verdaderamente muy pequeña, y he sido muy
afortunado por haberla atravesado con tanta rapidez. —Cerró la puerta dando un
golpazo, y eso pareció concluir el encuentro, así que Alicia siguió caminando
por la calle.
Un poco después llegó a un solar vacío a un lado
de la calle, donde un grupo de albañiles se agrupaban en torno a una pila de
ladrillos. Alicia supuso que eran albañiles porque estaban descargando más
ladrillos de una carretilla.
La teoría cuántica describe el comportamiento de
las partículas en términos de distribuciones de probabilidad, y la observación
de hecho de partículas individuales ocurrirá aleatoriamente en el marco de esas
distribuciones. Las probabilidades pueden referirse también a procesos
prohibidos en la mecánica clásica, como la penetración de partículas a través
de barreras delgadas de energía.
«Bueno, por lo menos parece que esta gente se
comporta de una manera sensata», pensó para sí. Justo en ese instante surgió
otro grupo de una esquina llevando algo que parecía una alfombra enrollada muy
grande, y se pusieron a desenrollarla allí mismo.
Cuando estaba del todo desenrollada, Alicia pudo
ver que era una especie de plano de construcción. Parecía ser un plano muy
grande porque ocupaba la mayor parte del espacio disponible.
—Vaya, creo que debe de tener exactamente el
mismo tamaño que el edificio que van a levantar —dijo Alicia—, ¿pero cómo se
las van a arreglar para construir algo si el plano ocupa ya todo el sitio?
Los albañiles habían acabado de ubicar el plano
en su sitio y se habían retirado hasta el montón de ladrillos. Todos ellos
agarraron ladrillos y empezaron a arrojarlos sobre el plano, parecía que
completamente al azar. Reinaba una total confusión —algunos caían en un lugar,
otros en otro distinto—, y Alicia no podía extraer ningún significado de todo
aquello.
—¿Qué están haciendo? —preguntó a una persona
que permanecía a un lado. Parecía que no hacía nada, y ella supuso que era el
capataz—. Lo único que hacen es crear montones desordenados de ladrillos. Se
supone que están levantando un edificio, ¿no?
—Cierto. Así es, querida —respondió el capataz—.
Bien es verdad que las fluctuaciones aleatorias son todavía lo bastante grandes
para ocultar el diseño, pero, como hemos establecido la distribución de
probabilidad para el resultado que necesitamos más tarde, a él llegaremos. No
se preocupe.
Alicia tenía la impresión de que esa muestra de
optimismo no era muy convincente, pero conservó la calma y miró la lluvia de
ladrillos que seguía cayendo. Para su gran sorpresa, observó que poco a poco
los ladrillos caían en algunas partes más que en otras, y pudo empezar a
hacerse una idea de los trazados de las paredes y de las puertas. Contempló
fascinada cómo del caos inicial empezaban a surgir las formas reconocibles de
las habitaciones.
—¡Vaya, esto es
sorprendente! —exclamó—. ¿Cómo se las arreglan para hacerlo?
—Bueno, ¿no te lo he dicho ya? —dijo sonriendo
el capataz—. Nos viste diseñar la probabilidad antes de empezar. Allí se
especifica dónde tiene que haber ladrillos y dónde no. Hemos de hacer esto
antes de empezar a colocar los ladrillos, porque no podemos predecir adónde irá
cada uno de ellos cuando lo arrojamos —continuó.
—¡No veo por qué! —le interrumpió Alicia—. Estoy
acostumbrada a ver ladrillos colocados en su sitio uno tras otro siguiendo
líneas precisas.
—Bueno, ésa no es la manera cuántica. Aquí no
podemos controlar adónde va cada ladrillo en concreto, sólo la probabilidad de
que vaya a un sitio o a otro. Esto significa que cuando sólo se tienen unos
pocos ladrillos, éstos pueden ir prácticamente a cualquier sitio y parece no
haber ningún patrón en absoluto. Sin embargo, cuando el número se hace grande,
se descubre que hay ladrillos sólo donde existe alguna probabilidad de que los
haya, y aparecen más ladrillos donde la probabilidad es mayor. Cuando se trata
de una gran cantidad de ladrillos, todo funciona espléndidamente, desde luego.
Alicia encontró todo esto muy peculiar, aunque
el capataz hablaba con tanta convicción que parecía que podría tener alguna
clase de extraño sentido. No hizo más preguntas por el momento, porque las
respuestas del capataz sólo lograban confundirla cada vez más, así que le dio
las gracias por la información y siguió su camino calle abajo.
Poco después llegó a una ventana en la que se
mostraba un gran anuncio:
¿Le gustaría mudarse a un nivel más alto?
Le ayudaremos a hacer la transición por sólo 10 eV.
(Oferta sujeta a la limitación normal de la exclusión de Pauli)
—Todo esto tiene una apariencia muy tentadora,
desde luego, pero no tengo idea de lo que quiere decir, y si le preguntara a
alguien, estoy segura de que la respuesta me dejaría peor de lo que ya estoy
—exclamó con desesperación—. No he comprendido realmente nada de lo que he
visto hasta ahora. Desearía poder encontrar a alguien que me proporcionara una
buena explicación de lo que está pasando a mi alrededor.
No se había dado cuenta de que había hablado en
voz alta hasta que le respondió un viandante.
—Si deseas entender el País de los Cuantos
necesitarás encontrar a alguien que te explique la mecánica cuántica. Para eso
debes ir al Instituto de Mecánica —le aconsejó.
—Oh, ¿podrán ayudarme a comprender lo que está
sucediendo aquí? —exclamó muy contenta Alicia—. ¿Podrán explicarme todas las
cosas que he visto, como, por ejemplo, el anuncio de esa ventana, y decirme qué
son esos «eV»?
—Creo que el Instituto será capaz de explicarte
la mayor parte de ello —respondió su informador—, pero como los eV son unidades
de energía, probablemente sería mejor que empezaras preguntando en el Banco
Heisenberg, que está justo cruzando la calle.
Alicia miró hacia donde él
señalaba y vio un gran edificio con una fachada muy formal, diseñada
evidentemente para impresionar. Tenía un elevado pórtico con columnas de piedra
y en la parte superior se había esculpido en grandes letras el nombre:
BANCO HEISENBERG
Cruzó la calle, subió el largo tramo de
escalones de piedra que conducía a la imponente entrada y la atravesó.
Capítulo 2
El Banco Heisenberg
Cuando Alicia cruzó la
entrada, se encontró en una gran sala con columnas y paredes de mármol. Se
parecía mucho a otros bancos que había visto antes, sólo que todo más acusado
por así decirlo. Había una línea de ventanillas de caja a lo largo de la gruesa
pared y el amplio suelo estaba dividido mediante barreras móviles de cinta, de
manera que los clientes se agrupaban en colas bien delimitadas mientras
esperaban ser atendidos. Sin embargo, en aquel instante el lugar parecía estar
completamente vacío de clientes. Aparte de los cajeros detrás de sus
ventanillas y de un guarda jurado cerca de la puerta, Alicia no vio a nadie.
Como le habían aconsejado pedir información en
el Banco, empezó a caminar decididamente hacia la distante fila de ventanillas.
—¡Espera un momento! —gritó el guardia de la
puerta—. ¿Adónde crees que vas, jovencita? ¿No ves que hay una cola?
—Lo siento —contestó Alicia—, pero
realmente no puedo ver
ninguna cola. No hay nadie allí.
—Claro que hay, ¡y un montón! —replicó el
guardia enérgicamente—. Parece que tenemos una verdadera invasión de «no gente»
hoy, aunque normalmente nos referimos a ellos como virtuales. Raras veces he visto tantas partículas virtuales
esperando para cobrar sus préstamos de energía.
Alicia tuvo la impresión ya familiar de que las
cosas no iban a aclararse con rapidez. Echó un vistazo a las ventanillas y
observó que, aunque la habitación seguía pareciendo completamente vacía, todos
los cajeros estaban muy ocupados. En éstas, vio aparecer unas figuras brillantes,
una tras otra, junto a una u otra caja, que después salieron muy deprisa del
Banco. En una caja vio materializarse juntas un par de figuras enfrente de una
rejilla. Reconoció a una de ellas como un electrón; la otra era muy parecida,
pero parecía una especie de negativo de la primera, opuesta en todo a los
electrones que había visto con anterioridad.
—Ése es un positrón, un antielectrón —murmuró una voz en su oído. Alicia miró a su
alrededor y vio a una mujer joven de aspecto serio y elegantemente vestida.
—¿Quién es usted? —le preguntó.
—Soy la Directora del Banco —respondió su
interlocutora—. Soy la encargada de la distribución de los préstamos de energía
a todas las partículas virtuales presentes. La mayoría son fotones, como puedes
ver, pero a veces tenemos pares de partículas y antipartículas que vienen
juntas a pedir un préstamo, como el par electrón-positrón al que estabas ahora
mirando.
—¿Por qué necesitan un préstamo de energía?
—preguntó Alicia—. ¿Y por qué no puedo verlos antes de que lo obtengan?
—Bueno, mira —contestó la Directora—, para que
una partícula exista realmente, de manera que pueda ser una partícula libre y sea capaz de moverse y de ser observada y todo
eso, ha de tener, al menos, una cierta energía mínima que llamamos su energía
de masa en reposo. Esas pobres partículas
virtuales ni siquiera tienen esa energía. La mayoría de ellas no tiene ninguna
energía, así que no existen realmente. Por fortuna para ellas, pueden obtener
un préstamo de energía
aquí, en el Banco, y esto les permite existir durante un instante.
Señaló un anuncio en la pared donde se leía:
CONDICIONES DE PRÉSTAMO
ΔE ΔT = ћ/2
Se agradecería devolución puntual
—Eso se llama la relación de Heisenberg. Rige
todas nuestras transacciones. La cantidad ћ se conoce como la constante de
Planck, la constante reducida. La relación
da la tasa de intercambio para nuestros préstamos de energía. La cantidad ΔE es la cantidad de energía que se presta, y ΔT es el período para el que se hace el préstamo.
—¿Quiere usted decir —repuso Alicia, tratando de
entender lo que decía la Directora— que es como la tasa de intercambio entre
diferentes tipos de moneda, de modo que cuanto más tiempo haya, más energía
pueden tener?
—¡Oh, no! ¡Todo lo contrario! Es el producto de la energía y el tiempo lo que es constante,
de manera que cuanto mayor sea la cantidad de energía, menor será el tiempo que se les permite guardarla. Si
deseas entender lo que quiero decir, sólo tienes que observar las exóticas
partícula y antipartícula que acaban de retirar un préstamo en la ventanilla 7.
Alicia miró hacia donde se
le decía y observó algo asombroso. Enfrente de la ventanilla había un par de
figuras; una era la opuesta de la otra, de manera muy parecida al electrón y
positrón que había visto anteriormente. Las figuras de este par, sin embargo,
eran brillantes y extravagantes, y su presencia ocupaba tanto espacio que
oscurecía al cajero que estaba detrás. Alicia no pudo por menos que
impresionarse ante la extravagancia de los dos, pero cuando empezaba a abrir la
boca para hacer un comentario, ambos se hicieron borrosos y después se
desvanecieron completamente.
La mayoría de las partículas tiene masa en reposo,
y esto equivale a una gran cantidad de energía. Las partículas virtuales sin
ninguna energía inicial pueden todavía existir durante un breve período
«pidiendo prestada» la energía que necesitan para su masa en reposo en forma de
una fluctuación cuántica.
—Eso es una ilustración de lo que estaba
diciendo —continuó pausadamente la Directora—. Esa pareja sacó una enorme
cantidad de energía para sostener la gigantesca masa en reposo que necesitan
para su forma de vida. Como el préstamo era tan grande, el tiempo de devolución
era bastante corto, tanto que ni siquiera han podido abandonar la caja antes de
tener que devolverlo. A esas partículas pesadas se las conoce en el oficio como
partículas de corto alcance,
porque no pueden llegar muy lejos antes de devolver su préstamo de energía
—añadió.
—¿Es entonces la relación entre tiempo y energía
igual para todas ellas? —preguntó Alicia, que tuvo la impresión de que podría
haber descubierto finalmente algo concreto.
—¡Ciertamente! La constante de Planck es siempre
la misma donde y cuando se aplique. Es lo que se llama una constante
universal, lo cual significa que es siempre
la misma en todas partes.
»Aquí en el Banco tratamos con la energía
—prosiguió la Directora—, porque la energía funciona como si fuera dinero en el
País de los Cuantos. Del mismo modo que tú cuentas tu dinero en dólares o
euros, la unidad de energía usada aquí se llama eV (electrón-voltio). La cantidad de energía que
tiene una partícula determina lo que es capaz de hacer; la rapidez con que
puede ir, qué estado puede alcanzar, cuánto podrá afectar a otros sistemas…,
todo ello depende de la energía que posea.
»No todas las partículas son completamente
indigentes como las que están en la cola. Muchas de ellas poseen su propia
energía, y en ese caso pueden conservarla durante el tiempo que quieran. Ésas
son las que has visto pululando ahí fuera. Cualquier partícula que necesite
tener masa ha de tener energía para existir.
La Directora señaló otro anuncio encuadrado en
la pared que decía:
La masa es energía
La energía es masa
—Si una partícula desea tener masa, debe
encontrar la energía para de alguna manera mantenerla. Si tiene alguna energía
sobrante, puede usarla para hacer otras partículas. No todas las partículas
están preocupadas por la masa —añadió—. Existen algunas partículas informales y
bohemias que no tienen en absoluto masa en reposo. No están limitadas como la
mayoría de las partículas, que han de procurarse su masa, de modo que pueden
usar incluso pequeñas cantidades de energía. Los fotones son un buen ejemplo.
Un fotón no tiene masa en reposo, de manera que en tal estado no pesaría nada
en absoluto. Pero, cuidado, no existen fotones en reposo; siempre viajan a la
velocidad de la luz, pues los fotones son los constituyentes de la luz. La luz
no es una corriente continua, está formada por una gran cantidad de cuantos, pequeños paquetes de energía, de modo que el flujo
luminoso es granular. Esos cuantos o partículas de luz se llaman fotones; prácticamente todo aparece en forma de cuantos de
cierto tamaño. De aquí recibe la física cuántica su nombre. Mira esos fotones
que salen ahora del Banco. Básicamente todos los fotones son iguales,
exactamente similares entre sí del mismo modo que lo son los electrones, pero
puedes darte cuenta de que muchos de esos fotones parecen muy diferentes. Eso
es debido a que poseen diferentes cantidades de energía; algunos tienen muy
poca energía, como esos fotones de radiofrecuencias que salen en este momento.
Alicia bajó la mirada hacia una multitud de
fotones que pasaban precipitadamente junto a ella, fluyendo en torno a sus pies
y encaminándose a la salida a través de la puerta. Al pasar, oyó fragmentos de
música, voces dramáticas y algo acerca de «comer el jueves».
—No sabía que las ondas de radio estuvieran
hechas de fotones —admitió Alicia.
—¡Oh, sí, por supuesto! Son fotones de longitud
de onda muy grande, con frecuencia muy baja y energía muy pequeña. Además son
muy gregarios, porque para producir algún efecto apreciable se necesita un
montón de ellos a la vez. Pequeños individuos amistosos, ¿no? —dijo sonriendo
la interlocutora de Alicia—. Paso ahora a los fotones visibles, a los que
constituyen la luz que la gente usa para ver; éstos tienen una frecuencia más
elevada y mayor energía. Uno solo de ellos puede producir un efecto bien
perceptible. No obstante, los verdaderamente opulentos, los grandes gastadores,
son los fotones de rayos X y de rayos gamma. Cada uno de ellos lleva consigo
una gran cantidad de energía y pueden hacer sentir su presencia a su alrededor
si deciden interactuar.
—Esto es ciertamente muy interesante —dijo
Alicia de una manera no del todo insincera—, pero estoy aún confusa acerca del
concepto de energía. ¿Puede decirme qué es realmente la energía?
—Bueno —replicó la Directora con satisfacción—,
es una buena pregunta, pero desgraciadamente no es fácil de responder. Ven a mi
despacho y trataré de explicártelo.
La Directora condujo enérgicamente a Alicia a lo
largo del suelo embaldosado de la sala principal y a través de una puerta
discreta pero bastante segura situada en una esquina. Tras indicar a Alicia que
se sentara en una honda y cómoda silla colocada frente a la ancha mesa de
trabajo, la Directora dio la vuelta y se sentó en la silla del otro lado.
—Bien —empezó—, la energía es un poco como el
dinero en tu mundo, que tampoco resulta demasiado fácil decir lo que es
exactamente.
—Yo creo que sí es fácil —respondió Alicia—. Las
monedas, como las que tengo en el bolsillo, o los billetes de banco son dinero.
—Eso es metálico, que es ciertamente una forma de dinero, pero el
dinero no tiene necesariamente que estar en billetes o monedas. Puede estar en
una cuenta de ahorros, por ejemplo, o en valores y acciones, o incluso
invertido en un edificio. De manera muy parecida, la energía puede adoptar
muchas formas, las cuales parecen muy diferentes entre sí. La forma más
evidente es la energía cinética —dijo
la Directora, acomodándose en su silla; y su voz tomó el tono complaciente de
quien está a punto de impartir una larga conferencia a un público entregado.
»Una partícula, o cualquier
otro objeto que haga al caso, tendrá energía cinética si se está moviendo. Has
de saber que “cinético” significa simplemente “en movimiento”. Existen también
otras formas de energía. Está la energía potencial, como la que posee una piedra encima de una colina y en posición de
rodar hacia abajo. Puede tenerse también energía eléctrica, o energía química,
que es justamente la energía potencial que poseen los electrones cuando están
dentro de los átomos. Después, como ya he dicho, existe la energía de la masa en reposo (simplificando:
energía en reposo) que deben poseer muchas partículas simplemente para existir,
de modo que puedan tener alguna masa. Una forma de energía puede convertirse en otra, de la misma manera que tú puedes
ingresar dinero en efectivo en tu cuenta corriente. Puedo ilustrar lo que digo
con un ejemplo si miras por la ventana redonda. —Inclinándose, apretó un botón
en su mesa y se abrió una ventana circular en la pared enfrente de Alicia, que
pudo ver a través de ella una montaña rusa de feria. Cuando estaba mirando, una
vagoneta subió hasta lo alto de una “colina” y se detuvo momentáneamente allí
antes de descender rápidamente por el lado opuesto—. Como puedes ver, esa
vagoneta no se mueve en este momento, así que no posee energía
cinética, pero está en lo más alto, de modo que tiene energía potencial dada su
posición. Al empezar a descender hacia el “valle”, pierde altura, de modo que
pierde algo de esa energía potencial, la cual se convierte en energía cinética;
así que cuanto más baja, más deprisa va.
La energía se presenta de muchas formas. Puede
aparecer como energía de la masa en reposo (energía en reposo) de una
partícula, como la energía cinética involucrada en el movimiento de cualquier
objeto, y como diversos tipos de energía potencial. Una forma de energía
potencial es la energía potencial gravitatoria, la cual disminuye al caer el
objeto.
Alicia podía vagamente oír los felices chillidos
de excitación de los lejanos pasajeros de la vagoneta al bajar ésta con
estruendo por el raíl.
—Si el raíl fuera muy liso y las ruedas se
movieran sin fricción —continuó la conferenciante con calma—, la vagoneta se
pararía exactamente a la misma altura.
Inclinándose, jugueteó de
nuevo con algo en su mesa. Las lejanas figuras en la montaña rusa gritaron
sorprendidas al ver surgir mucho más alta la siguiente colina en el raíl. Su
vagoneta frenó, deteniéndose completamente antes de llegar a la cima.
—¿Cómo lo ha hecho? —exclamó sorprendida Alicia.
—Nunca subestimes la influencia de un banco
—murmuró su interlocutora—. Ahora mira lo que sucede.
La vagoneta empezó a rodar descendiendo hacia
atrás, acompañada por más gritos, todavía excitados pero menos alegres que
anteriormente. Tomó velocidad hasta que cruzó el punto más bajo y empezó a
subir por la cuesta opuesta, frenándose poco a poco. Se detuvo justamente en el
pico donde Alicia la había visto al principio y después empezó a descender de
nuevo otra vez.
—Esto seguirá así indefinidamente, cambiando la
energía de la vagoneta de cinética a potencial y viceversa, pero creo que coges
la idea. —La Directora apretó otro botón en su mesa y la ventana se cerró—. Ésa
es la manera obvia de ver la energía en el Mundo Clásico. Cambiará de una forma
a otra de un modo continuo y suave. Ya has visto cómo la vagoneta rodaba más
deprisa al bajar la cuesta de manera regular, sin grandes saltos, y no hay
restricciones evidentes sobre la cantidad de energía que puede
tener un objeto. Aquí, en el País de
los Cuantos, con frecuencia no es así. En muchas situaciones a una partícula
sólo se le permite tener una [energía] de entre un cierto conjunto restringido
de valores y puede dar o recibir energía sólo en agregados, que llamamos cuantos. En el Mundo Clásico todos los pagos de energía se
hacen a plazos, mediante pagos muy frecuentes y muy muy pequeños, pero aquí
tales pagos han de hacerse frecuentemente como una suma entera.
En teoría cuántica es tan importante considerar
energía y momento como lo es considerar posición y tiempo. De hecho, más
importante, puesto que resulta más fácil medir la energía de un átomo que
determinar dónde está. La energía es en cierto sentido lo equivalente en el
mundo físico al dinero. La mecánica clásica la define como la «capacidad para
realizar trabajo», y es necesario que las partículas posean energía para hacer
algo: realizar transiciones de un estado a otro. El momento es una magnitud más
similar a la velocidad. Tiene una dirección específica, mientras que la energía
sólo tiene tamaño. Cuando se ha dicho cuánta energía posee un electrón, no
queda nada más por decir al respecto. Unos electrones que se mueven de
izquierda a derecha y otros que lo hacen de derecha a izquierda con la misma
velocidad tienen igual energía cinética, pero sus momentos son opuestos.
»Como has visto, la energía cinética es una
forma espectacular y exhibicionista de energía; algo que un cuerpo posee por el
mero hecho de moverse. Cuanto más masivo es, más energía cinética tiene, y
cuanto más rápido se mueve, más energía cinética posee, pero la cantidad no
depende en absoluto de la dirección en la que se mueve, sino solamente de su velocidad. En este
sentido es diferente de otra importante magnitud que nos dice cómo se mueve una
partícula. A dicha magnitud la llamamos momento. El momento es como una especie de medida de la
obstinación de una partícula. Toda partícula está empeñada en seguir moviéndose
como lo venía haciendo, sin cambiar en absoluto. Si algo se mueve rápidamente,
hace falta una gran cantidad de fuerza para pararlo. También se necesita una
gran fuerza para hacer que se mueva en una dirección distinta, aunque el valor de su velocidad no cambie. Ahora
bien, un cambio de dirección no provoca en la partícula la menor pérdida de su
preciosa energía cinética, puesto que ésta depende sólo de la rapidez con que
se mueve; no obstante, la partícula no desea cambiar porque su momento tendría
que ser diferente. Las partículas son bastante conservadoras en ese sentido.
»Todo es cuestión de lo que llamamos parámetros —continuó la Directora con entusiasmo—. Si se
desea describir una partícula, han de usarse los parámetros correctos. Por
ejemplo, si quieres decir dónde está, debes hablar sobre su posición y tiempo.
Existen muchas variedades de energía. La energía
cinética se debe directamente al movimiento: una bala de cañón en movimiento
tiene una energía que no posee una quieta. La energía en reposo es otra forma,
la energía en reposo de cualquier objeto es grande. En mecánica newtoniana no
era preciso considerar este tipo de energía porque nunca cambiaba, y por tanto
no afectaba a ninguna clase de transferencia de energía. En los procesos
cuánticos, las masas de las partículas cambian con frecuencia, y el cambio de
la energía en reposo puede liberarse en otras formas de energía. En un arma
nuclear, por ejemplo, se libera menos de un 1% de la energía en reposo de una
parte del material. Ello no significa un gran cambio de energía por partícula
cuando se compara con muchos procesos investigados en física de partículas,
pero resulta devastador cuando esa energía es liberada por un número
significativo de partículas en nuestro mundo cotidiano.
—Yo hubiera pensado que se necesitaría decir
simplemente cuál era su posición —objetó Alicia—. Eso nos dirá dónde está, ¿no?
—No, ciertamente no. Debe darse el tiempo además
de la posición. Si se desea saber dónde está algo ahora, o dónde estará mañana,
no sirve decir sólo una posición si ésa es la que ocupaba la semana pasada. Ha
de saberse la posición y el
tiempo porque las cosas tienden a moverse. Del mismo modo que si se desea saber
lo que hace una
partícula debe describirse ésta en términos de momento y energía, se necesita
dar en general la posición y el tiempo si se desea saber dónde está. Aquí, en
el País de los Cuantos, los parámetros tienden a estar relacionados. Si se
trata de ver dónde está
algo, eso produce un efecto sobre su momento, sobre lo rápido que se mueve. Es
otra forma de la relación de Heisenberg que te indiqué en el Banco.
—¡Oh! —exclamó Alicia, recordando un encuentro
previo—. ¿Era ésa la razón de que el electrón que vi antes no pudiera estarse
quieto para que me permitiera verlo sin hacerse completamente borroso?
—Sí, sin duda. Las relaciones de incertidumbre
afectan de esa manera a todas las partículas. Siempre parecen un poco
indefinidas, y nunca se las puede concretar con demasiada precisión.
»¡Ya sé lo que voy a hacer! Haré venir al
Contable Incierto para que te lo explique —exclamó la Directora—. Su trabajo
consiste en tratar de saldar las cuentas, así que ha de preocuparse siempre de
las fluctuaciones cuánticas.
Resulta conveniente hablar de la relación de
incertidumbre de Heisenberg cuando describimos la extraña mezcla de energía y
tiempo, de posición y momento, que se da en los sistemas cuánticos. El peligro
en tal descripción está en que fomenta la creencia de que la naturaleza es, en
el fondo, totalmente incierta, que nada puede predecirse con confianza y que,
de hecho, «todo vale».
Extendió uno de sus elegantes dedos y apretó
otro de los botones de los que su mesa estaba tan bien abastecida.
Hubo una corta pausa, y entonces una de las
puertas que estaban distribuidas a lo largo de la pared se abrió y entró una
figura. Parecía un dibujo representando a Ebenezer Scrooge de una copia
ilustrada de Canción de Navidad [3] , salvo que su cara
mostraba una expresión bastante aturdida y tenía un incontrolable temblor
nervioso. Portaba un enorme libro de cuentas cuyas tapas se combaban, por no
decir que se retorcían, como si su contenido estuviera en continuo movimiento.
—Creo que lo he logrado —exclamó triunfal,
temblando tan violentamente que casi se le cae el libro—. ¡He conseguido
ajustar las cuentas! Aparte las fluctuaciones cuánticas residuales, desde luego
—añadió con menos entusiasmo.
—Muy bien —respondió distraídamente la
Directora—. Ahora querría que se llevara a esta niña, Alicia, y le explicara la
incertidumbre cuántica y las fluctuaciones en la energía de un sistema y todo
eso.
Con una señal de despedida
para Alicia, la Directora volvió a su mesa y empezó una maniobra
particularmente complicada con todos los botones. El Contable condujo fuera a
Alicia antes de que pudiera suceder algo más.
Llegaron a un despacho mucho más pequeño y más
desordenado que contenía una mesa alta y pasada de moda llena de libros de
contabilidad y con numerosos papeles amontonados a lo largo y ancho del suelo.
Alicia miró uno de los libros abiertos. La página estaba llena de cifras, muy
similar a todos los libros de cuentas que había visto, aquí las cifras
cambiaban ligeramente de manera continua cuando las miraba.
—¡Muy bien! —dijo la figura victoriana que
estaba enfrente de Alicia—. Deseas saber algo acerca de la incertidumbre, ¿no?,
jovencita.
—Sí, por favor, si no es demasiada molestia
—repuso Alicia educadamente.
—Bien —empezó, sentándose a su mesa. Elevó
juntos los dedos a la manera profesoral tradicional para aumentar la dignidad
de su apariencia, pero no fue una buena idea, pues justo entonces sufrió un
temblor tan violento que hizo que sus dedos se entrelazaran y tuvo que parar
para desenmarañarlos—. Bien —repitió, hundiendo sus manos en la profundidad de
sus bolsillos para mayor seguridad—. Lo que debes recordar acerca de la energía
es que ésta se conserva, lo
cual significa que su cantidad es siempre la misma. Puede pasar de una forma a
otra, pero la cantidad totales siempre
la misma. Al menos lo es si se considera un período largo —añadió
pensativamente, y suspiró, mirando con tristeza a lo lejos.
—Entonces ¿eso no es verdad en períodos cortos?
—preguntó Alicia, que tenía la impresión de que debía decir algo para mantener
viva la conversación.
—Bueno, no, no totalmente. De hecho, no en
absoluto si el período es lo bastante corto. Viste la relación de Heisenberg en
el anuncio de fuera del Banco, ¿no?
—Oh sí. Me dijeron que expresaba las condiciones
para los préstamos de energía.
—Bueno, en cierto modo así es, pero ¿de dónde
crees que procede la energía para los préstamos?
—¿Qué? Del Banco, por supuesto.
—¡Cielos, no! —dijo el Contable, un tanto horrorizado—.
¡Absolutamente no! ¡Estaría bueno que el Banco empezara a prestar energía de
sus propias reservas! No —prosiguió adoptando un aire conspiratorio y mirando
cuidadosamente a su alrededor—, no lo sabe todo el mundo, pero la energía no
procede del Banco. De hecho, no procede de ningún sitio. Es una fluctuación
cuántica. La cantidad de energía que tiene un sistema dado no es totalmente
precisa, sino que puede variar aumentando o disminuyendo, y cuanto más corto es
el tiempo en que ésta se mide, más probable es que varíe. En este sentido, la
energía no es realmente idéntica al dinero. El dinero se conserva en períodos
cortos. Si deseas tener dinero para algún propósito, has de obtenerlo de algún
sitio, ¿no? Puedes sacarlo de una cuenta bancaria, o tomarlo prestado de
alguien, ¡o incluso puedes robarlo!
—¡Yo no haría eso! —exclamó indignada Alicia,
pero el Contable siguió hablando sin prestarle atención.
—Lo obtengas de donde lo obtengas, de alguna
parte ha de proceder. Si tú consigues más, alguien tendrá menos. Eso es lo que
sucede en un plazo inmediato bajo cualquier circunstancia.
»A largo plazo es diferente; puede haber
inflación y entonces descubres que hay mucho más dinero circulando. Todo el
mundo tiene más, pero no parece que sirva para comprar tantas cosas como antes.
En cierta manera, la energía es lo completamente opuesto. A largo plazo se
conserva, la cantidad total permanece inalterada, y no existe nada semejante a
la inflación económica. Todos los años se necesitará la misma cantidad de
energía en promedio para pasar de un estado a otro en un átomo. A corto plazo,
sin embargo, la energía no se conserva del todo. Una partícula puede coger la
energía que necesita para algún propósito sin que ésta tenga que proceder
de algún sitio; surge
simplemente como una fluctuación cuántica. Tales fluctuaciones son consecuencia
de la relación de incertidumbre: la cantidad de energía que se posee es incierta, y cuanto más corto es el tiempo en que se posee, más
incierta es la cantidad que se tiene.
—Eso parece terriblemente confuso —dijo Alicia.
—¡No hace falta que me lo digas! —respondió su
interlocutor enfáticamente—. ¡Lo es! ¿Te gustaría ser contable si las cifras
que trataras de cuadrar estuvieran siempre fluctuando?
—¡Sería espantoso! —exclamó afectuosamente
Alicia—. ¿Cómo se las arregla?
—Bueno, normalmente trato de emplear la mayor
cantidad de tiempo posible en hacer los balances. Eso ayuda algo. Cuanto más
tiempo emplee, menores serán las fluctuaciones residuales, ¿te das cuenta?
Desgraciadamente, la gente se impacienta y viene a preguntarme si pretendo no
acabar jamás los balances de las cuentas. Eso sería la única forma de hacerlo,
¿sabes? —continuó con toda seriedad—. Cuanto más tiempo me tome, más pequeñas
serán las fluctuaciones de energía, así que si me eternizo…, bueno, entonces no habrá ninguna fluctuación y mis cuentas cuadrarán
perfectamente —exclamó con tono triunfal—. Pero desgraciadamente, no me dejarán
en paz. Todos son demasiado impacientes y están ansiosos por realizar
transiciones de un estado a otro en todo momento.
La energía puede transferirse de un átomo a otro,
pero la energía total de un sistema es constante (en tanto en cuanto el sistema
no intercambie energía con su entorno). Esto es absolutamente cierto en
mecánica clásica. Se cumple también para períodos suficientemente largos en los
sistemas cuánticos, pero durante intervalos temporales pequeños el valor de la
energía fluctúa. La palabra fluctuación es más adecuada que la palabra
incertidumbre, puesto que hay consecuencias físicas reales. Un ejemplo es el
paso a través de una barrera durante la desintegración alfa de los núcleos; nos
encontraremos con la desintegración alfa en el capítulo 8, y el traspaso de una
barrera ha aparecido ya en el capítulo 1.
—Ésa es otra cosa acerca de la cual desearía
preguntar —recordó Alicia—. ¿Qué son esos estados de los que continuamente
estoy oyendo hablar? ¿Sería tan amable de explicármelo?
—No soy yo ciertamente la persona más adecuada
para hacerlo. Forma parte de la mecánica cuántica, así que deberías dirigirte
al Instituto de Mecánica y preguntar allí.
—Eso es lo que me dijeron antes —repuso Alicia—.
Si ése es el mejor lugar para preguntar, ¿podría por favor indicarme cómo
llegar hasta allí?
—Me temo que no puedo realmente decirte cómo llegar allí. Ésa no es la manera en que
hacemos aquí las cosas. Pero puedo hacerlo de modo que sea muy probable que llegues.
Se dirigió hacia la pared más alejada de su
despacho, que estaba cubierta por una cortina polvorienta. Al descorrerla de
golpe, Alicia pudo ver una fila de puertas espaciadas a lo largo de la pared.
—¿Adónde conduce cada una de ellas? —preguntó—.
¿Lleva alguna al Instituto del que hablaba usted?
—Cada una de ellas podría conducirte a casi cualquier parte, incluido, desde
luego, el Instituto. Pero lo importante es que todas ellas te llevarán muy probablemente hasta la puerta del Instituto.
—No entiendo —protestó Alicia, con un
sentimiento ya demasiado familiar de creciente confusión—. ¿Cuál es la
diferencia? Si cada una de ellas puede conducir a casi cualquier parte, es lo
mismo decir que todas ellas podrían conducir a casi cualquier parte.
—¡No. Absolutamente no! Es algo completamente
diferente. Si atravesaras una cualquiera
de las puertas, bueno, entonces acabarías casi en cualquier parte, pero si las
atraviesas todas a la
vez acabarás muy probablemente donde deseas estar, en el pico del patrón de
interferencia.
—¡Qué absurdo! —exclamó Alicia—. Me es imposible
atravesar todas las puertas a la vez. Sólo puede atravesarse una puerta cada
vez, ¿lo ve?
—¡Ah, eso es diferente! Desde luego, si te veo atravesar una puerta, entonces atravesarás esa puerta y sólo ésa, pero si no te veo, entonces es completamente posible que
hayas atravesado cualquiera de ellas. En ese caso regirá la regla general.
Con un movimiento de su mano indicó un anuncio
grande y llamativo fijado en la pared de enfrente de su mesa, donde no podía
evitar verlo. Decía así:
¡Lo que no está prohibido
es obligatorio!
—Ésa es una de las reglas básicas que tenemos
aquí. Si es posible hacer varias cosas, no se hace simplemente una de ellas,
han de hacerse todas. De esa manera uno se ahorra tener que tomar resoluciones
con mucha frecuencia. Así que adelante, simplemente sal a través de todas las
puertas y, cuando lo hayas hecho, toma todas las direcciones a la vez. Verás
que no tiene ninguna dificultad y enseguida te hallarás en el lugar deseado.
—¡Eso es ridículo! —protestó Alicia—. ¡No hay
manera de que pueda atravesar todas las puertas a la vez!
—¿Cómo puedes asegurarlo antes de haberlo
intentado? ¿Nunca has hecho dos cosas al mismo tiempo?
—Bueno, sí, desde luego —respondió Alicia—. He
visto la televisión mientras hacía los deberes, pero para nada es lo mismo.
Nunca he ido en dos direcciones al mismo tiempo.
—Entonces sugiero que lo intentes —replicó el
Contable bastante enfadado—. Uno nunca sabe si puede hacer algo hasta que lo
intenta. Ésa es la clase de pensamiento negativo que siempre impide el
progreso. Si deseas aquí llegar a algún sitio, debes hacer todo lo que te sea posible y hacerlo al mismo tiempo.
No has de preocuparte de adónde te llevará, ¡la interferencia se encargará de
todo!
—¿Qué quiere usted decir? ¿Qué es la
interferencia? —exclamó Alicia.
—No hay tiempo para explicaciones. En el
Instituto de Mecánica te dirán todo acerca de eso. Ahora márchate y ellos te lo
explicarán cuando llegues.
«¡Esto es realmente fatal! —pensó para sí
Alicia—. Todo el mundo con quien hablo me despacha a algún otro lugar y me promete
que conseguiré una explicación tan pronto como llegue allí. ¡Quiero que alguien
me explique de una vez y de forma apropiada las cosas! Estoy segura de que no
sé cómo puedo tomar varios caminos al mismo tiempo. Me parece absolutamente
imposible, pero él está tan seguro de que aquí podré hacerlo que lo mejor es
que lo intente, supongo.» Alicia abrió una puerta y pasó a través de ella.
Los caminos múltiples de Alicia
Alicia atravesó la puerta de la izquierda y se
encontró en una pequeña plaza empedrada con guijarros de la que salían tres
estrechos callejones. Tomó el callejón de la izquierda. Antes de haber ido muy
lejos, se encontró en la orilla de una amplia zona pavimentada. En el centro se
erigía un elevado edificio negro sin ventanas en los niveles inferiores. Tenía
un aspecto amenazador.
* * * *
Alicia atravesó la puerta
de la izquierda y se encontró en una pequeña plaza empedrada con guijarros de
la que salían tres estrechos callejones. Tomó el callejón de la derecha. Antes
de haber ido muy lejos, llegó a un parque con senderos de grava cubiertos de
hierbajos que serpenteaban entre lúgubres árboles inclinados. Altas verjas de
acero rodeaban el parque y una espesa niebla oscurecía el paisaje en su
interior.
* * * *
Alicia atravesó la puerta
de la izquierda y se encontró en una pequeña plaza empedrada con guijarros de
la que salían tres estrechos callejones. Tomó el callejón del centro. Antes de
haber ido muy lejos, llegó a otra pequeña plaza frente a un edificio de aspecto
bastante ruinoso.
* * * *
Alicia atravesó la puerta
de la derecha y se encontró en una estrecha callejuela de la que salían otras
dos. Tomó la callejuela de la izquierda. Antes de haber ido muy lejos, se
encontró en la orilla de una amplia zona pavimentada. En el centro se erigía un
elevado edificio negro sin ventanas en los niveles inferiores. Tenía un aspecto
amenazador, y tuvo la clara impresión de que ella no debía estar allí.
* * * *
Alicia atravesó la puerta
de la derecha y se encontró en una estrecha callejuela de la que salían otras
dos. Tomó la callejuela de la derecha. Antes de haber ido muy lejos, llegó a un
parque con senderos de grava cubiertos de hierbajos que serpenteaban entre
lúgubres árboles inclinados. Altas verjas de acero rodeaban el parque y una
espesa niebla oscurecía el paisaje en su interior. Tuvo una fuerte impresión de
que ella no debía estar allí.
* * * *
Alicia atravesó la puerta
de la derecha y se encontró en una estrecha callejuela de la que salían otras
dos. Siguió por la callejuela central. Antes de haber ido muy lejos, llegó a
otra pequeña plaza frente a un edificio que parecía bastante deteriorado. De
alguna manera le pareció que éste era el sitio en donde ella debía estar.
* * * *
Alicia atravesó la puerta
del centro y se encontró enfrente de un muro con tres pórticos de arco que
daban paso a sendos callejones. Tomó el de la izquierda. Antes de haber ido muy
lejos, se encontró en la orilla de una amplia zona pavimentada. En el centro de
dicha zona se erigía un elevado edificio negro que carecía de ventanas en los
niveles inferiores. Tenía un aspecto amenazador. En ese momento, Alicia sintió
una fuerte impresión y no pudo evitar pensar que ella no se debería encontrar
allí.
* * * *
Alicia atravesó la puerta
del centro y se encontró enfrente de un muro con tres puertas de arco que daban
paso a sendos callejones. En esta ocasión decidió no tomar el pórtico de la
derecha porque ese camino parecía ser completamente erróneo.
* * * *
Alicia atravesó la puerta
del centro y se encontró enfrente de un muro con tres puertas de arco que daban
paso a sendos callejones. Atravesó el pórtico que conducía al callejón central.
Antes de haber ido muy lejos, llegó a otra pequeña plaza frente a un edificio
que parecía bastante deteriorado. Y en esta ocasión, Alicia tuvo la completa
seguridad de que éste era el sitio en donde ella debía estar.
* * * *
Alicia miró más de cerca el
edificio. En un descolorido cartel junto a la puerta pudo distinguir las
palabras:
INSTITUTO DE MECÁNICA
¡Ciertamente, éste era el lugar donde quería
llegar!
Las partículas que pueden tomar diversos caminos
existen como una superposición (suma) de amplitudes. Cada posible camino
contribuye con una amplitud, u opción, al comportamiento de las partículas. Las
diversas amplitudes pueden interferir, combinándose entre ellas de manera que
se sumen en algunas zonas para dar lugar a una elevada probabilidad de
encontrar allí la partícula. En otros sitios pueden cancelarse entre sí dando
lugar a una probabilidad muy baja de encontrar en ellos alguna partícula. Amplitudes
e interferencias se tratan en el próximo capítulo.
Capítulo 3
El Instituto de Mecánica
Alicia examinó el edificio que tenía delante. Una estructura de simple ladrillo
ya deteriorada. Enfrente de ella se hallaba el cartel que indicaba que eso era
el Instituto de Mecánica. Al lado del cartel había una puerta de madera en la
cual alguien había clavado una nota: «Entre sin llamar». Alicia empujó la
puerta y se dio cuenta de que no estaba cerrada, así que la abrió y entró.
Tras entrar se encontró en una habitación grande y oscura, en medio de la cual
había un área iluminada. En el interior de esta área limitada era posible
obtener una cantidad razonable de detalles. Más allá de ella la oscuridad se
extendía aparentemente sin límite haciendo imposible percibir algo con sentido.
En la zona iluminada había una mesa de billar, con dos figuras moviéndose a su
alrededor. Alicia caminó hacia ellas, y al acercarse se volvieron para mirarla.
Era una pareja que no hacía juego. Uno era alto y anguloso. Vestía una camisa
blanca almidonada con cuello duro, una corbata estrecha y, para sorpresa de
Alicia, un mono. Su rostro era aquilino, con espesas patillas. La observó con
una mirada tan intensa y penetrante que Alicia tuvo la impresión de que podía
distinguir el mínimo detalle de lo que veía. Su compañero era más pequeño y más
joven. Tenía una cara redonda, adornada con unas grandes gafas redondas con
montura metálica. Resultaba extrañamente difícil ver sus ojos detrás de ellas;
era difícil decir adónde miraba, o incluso dónde estaban sus ojos en realidad.
Vestía una bata blanca de laboratorio, abierta para mostrar debajo de ella una
camisa deportiva con un dibujo de algo vagamente atómico en la parte delantera.
No era fácil decir con exactitud lo que significaba porque parecía haberse
desteñido en el lavado.
—Perdón, ¿es esto el Instituto de Mecánica? —preguntó Alicia, más que nada para
iniciar la conversación. Ya sabía por el anuncio de afuera que lo era.
—Sí, mi querida niña —dijo el más alto y de aspecto más imponente de los dos—.
Yo mismo soy un Mecánico Clásico del Mundo Clásico, y estoy visitando a mi
colega aquí, que es un Mecánico Cuántico. Cualquiera que sea tu problema, estoy
seguro de que entre los dos podremos ayudarte, si esperas un momento a que
acabemos nuestras tiradas.
Ambos se volvieron hacia la
mesa de billar. El Mecánico Clásico apuntó con cuidado, considerando hasta la
milésima de grado los ángulos pertinentes. Al final realizó pausadamente su
tirada. Tras una vistosa serie de rebotes hacia delante y hacia atrás, la bola
golpeó la bola roja lanzándola directamente al centro de un agujero.
—¡Ya está! —exclamó con satisfacción a la vez
que recogía la bola de la bolsa—. Así es como hay que hacerlo; observación
cuidadosa y exacta, y luego, acción precisa. Haciendo las cosas de esa manera
podrás obtener el resultado que te apetezca.
Su compañero no respondió, sino que ocupó su
puesto en la mesa y dio un golpe de taco impreciso. Después de sus previas
experiencias recientes, Alicia no se sorprendió al descubrir que la bola salía
disparada en todas las direcciones a la vez, de modo que no había ninguna parte
de la mesa de la que pudiera decir con seguridad que la bola no había estado,
aunque tampoco podía decir dónde se encontraba realmente ésta. Un momento
después el jugador examinó una de las bolsas, introdujo en ella su mano y sacó
una bola roja.
—Si no les importa que lo diga —dijo Alicia—,
parecen jugar de maneras muy diferentes.
—Así es —replicó el Mecánico Clásico—. Yo
detesto la manera en que él maneja el taco. Me gusta que todo se haga con mucho
cuidado y precisión y que se planee detalladamente con anticipación. Sin
embargo —añadió—, imagino que no has venido aquí para vernos jugar al billar;
dinos, pues, qué deseabas saber.
Alicia refirió todas sus experiencias desde que
llegó al País de los Cuantos y explicó lo confuso que lo encontró y cómo todo
parecía tan extraño y de alguna manera indefinido.
—Y ni siquiera sé cómo llegué a encontrar este
edificio —concluyó—. Se me dijo que la interferencia me traería probablemente
al sitio justo, pero no entiendo en absoluto lo que sucedió.
—Bien —comenzó el Mecánico Clásico, que parecía
haberse autodesignado como portavoz de ambos—. Tampoco yo puedo asegurar que
realmente entienda todo. Como he dicho, me gustan las cosas claras, con la
causa precediendo al efecto de manera razonable y todo claro y predecible. Si
he de decir la verdad, no mucho de lo que ocurre aquí tiene demasiado sentido
para mí —le susurró confidencialmente—. Vengo del Mundo Clásico sólo de visita.
Ése sí es un lugar espléndido, donde todo sucede con precisión mecánica. A la
causa le sigue el efecto de una manera maravillosamente predecible, así que
todo tiene sentido y se sabe lo que va a ocurrir. Y lo que es más —añadió tras
un instante—, todos los trenes marchan siempre a su hora.
—Eso suena como muy impresionante —dijo
cortésmente Alicia—. Si está tan bien organizado, ¿es que se controla todo
mediante ordenadores?
—Bueno, no —respondió el Mecánico Clásico—. No
usamos ordenadores para nada. De hecho, la electrónica no funcionaría en el
Mundo Clásico. Nos las arreglamos mejor con máquinas de vapor. No me siento
realmente en casa en el Mundo Cuántico. Mi compañero aquí tiene mucha más
familiaridad con las condiciones cuánticas. No obstante —prosiguió más
confidencialmente—, puedo decirte lo que es la interferencia. Eso también
sucede en mecánica clásica. Sígueme y te mostraré cómo funciona.
Condujo a Alicia a través de una puerta y
siguiendo un corto pasillo llegaron a otra habitación. Ésta se hallaba bien
iluminada, con una luz clara que tenía la misma intensidad en todos los sitios
y no parecía provenir de ninguna fuente en particular. Permanecieron en un
estrecho corredor que circunvalaba la habitación. El piso en el centro estaba
cubierto de algún tipo de material gris resplandeciente que no parecía sólido.
Emitía destellos luminosos aleatoriamente, de manera parecida a un aparato de
televisión cuando no está recibiendo ninguna imagen.
Su guía explicó:
—Ésta es la habitación gedanken, que significa una «habitación ideal» o «de
pensamiento». Como sabes, muchos clubs de caballeros tienen una sala de
escritura y una sala de lectura. Pues bien, nosotros tenemos una sala de
pensamiento. En ella, los pensamientos pueden materializarse, de modo que
cualquiera puede verlos. Ello nos permite realizar experimentos
ideales (o mentales) que nos facultan para desarrollar lo que sucedería
en situaciones físicas diversas, y son mucho más baratos, por supuesto.
—¿Cómo funciona? —preguntó Alicia—. ¿Se piensa
simplemente en algo y ello aparece?
—Así es; en esencia eso es lo que hay que hacer.
—¿Puedo probar, por favor? —preguntó Alicia.
—Sí, desde luego, si lo deseas.
Alicia concentró intensamente su pensamiento en
la parpadeante superficie. Para su sorpresa y deleite, en lo que antes había
sido un área monótona ahora había un grupo de peludos conejos saltarines.
—Sí, muy bonito —dijo el Mecánico con bastante
impaciencia—. Pero esto no ayuda a explicar la interferencia.
Hizo un gesto y todos los conejos desaparecieron,
todos excepto uno que permaneció inadvertido en un rincón.
—La interferencia —comenzó con autoridad— es
algo que sucede con ondas. Puede haber ondas de todas clases en los sistemas
físicos, pero lo más sencillo será considerar ondas de agua.
Miró intensamente al suelo, que se convirtió
ante los ojos de Alicia en una lámina de agua, con suaves ondulaciones que se
desplazaban por su superficie. En el rincón, el conejo desapareció debajo de la
superficie con un «plop» cuando el suelo bajo sus patas se convirtió en agua.
Se esforzó para emerger de nuevo y los miró con rabia. Después se agitó, miró
con tristeza su piel mojada y desapareció.
—Ahora deseamos algunas ondas —continuó el
Mecánico Clásico, sin prestar ninguna atención al infeliz conejo.
Alicia concentró servicialmente su pensamiento
en el suelo y una larga ola encrespada surgió deslizándose a lo largo de la
superficie para acabar rompiéndose con espectacularidad en una playa que había
en un extremo.
—No, ésa no es la clase de ondas que deseamos.
Esas grandes olas rompedoras son demasiado complicadas. Queremos un tipo de
onda más suave, como la que se difunde cuando se tira una piedra al agua.
Al tiempo que hablaba, una serie de ondulaciones
circulares se esparcieron desde el centro de la superficie del agua.
—Pero necesitamos pensar en lo que
llamamos ondas planas, las
cuales se mueven todas en la misma dirección.
Las ondulaciones circulares se convirtieron en
una serie de largos surcos paralelos, como un terreno arado, moviéndose todas a
través del suelo de un lado al otro.
—Ahora ponemos una barrera en medio.
Una valla baja surgió en el centro, dividiendo
en dos el suelo. Las ondas fluían hacia la barrera y chapoteaban contra ella,
pero no había manera de que pudieran atravesarla, y el agua del otro lado
permanecía en calma.
—Ahora hacemos un agujero en la barrera, de
manera que las ondas puedan pasar a través de él.
Una pequeña abertura apareció justo a la
izquierda del punto central de la barrera. Las ondas que incidían sobre esta
estrecha abertura podían atravesarla y expandirse en ondulaciones circulares en
la tranquila región del otro lado.
—Y ahora mira lo que ocurre cuando tenemos dos
huecos en la barrera —exclamó el Mecánico.
De manera brusca aparecieron agujeros a derecha
e izquierda del centro de la barrera. Desde ambos se expandían ondulaciones
circulares. Alicia pudo observar que donde éstas se cruzaban había algunos
lugares en los que el agua oscilaba hacia arriba y hacia abajo mucho más de lo
que lo hacía cuando sólo había un agujero, mientras que en otros el agua apenas
se movía y estaba localmente en absoluto reposo.
—Podrás ver lo que está sucediendo si congelamos
el movimiento. Podemos hacer eso en un experimento mental, por supuesto.
Se detuvo todo movimiento en el agua y las
ondulaciones se congelaron en una posición determinada, como si todo el lugar
se hubiera convertido instantáneamente en hielo.
—Ahora marcaremos las regiones de amplitud
máxima y mínima —continuó el Mecánico Clásico con determinación—. La amplitud
es la distancia en que se mueve el agua a partir del nivel superficial que
tenía cuando estaba en calma.
Aparecieron dos flechas fluorescentes,
suspendidas en el espacio encima de la superficie. Una era de color verde
manzana y señalaba hacia un punto donde la perturbación era mayor; la otra era
de un color rojo pálido y señalaba un lugar donde la superficie estaba
prácticamente en calma.
—Podrás ver lo que está sucediendo si observamos
el efecto de un solo agujero cada vez —dijo, con creciente entusiasmo.
Una de las aberturas en la valla desapareció, y
entonces quedaron sólo las ondulaciones que se expandían desde la otra, aunque
todavía congeladas en su posición, como si estuvieran hechas de cristal.
—Ahora cambiaremos al otro agujero.
Alicia pudo ver que había muy poca diferencia al
hacerlo. La posición de la abertura se había movido y el patrón de ondas
circulares provenientes de ella se había desplazado ligeramente, pero en
conjunto tenía prácticamente el mismo aspecto.
—Me temo que no soy capaz de entender lo que
intenta mostrarme. Los dos casos me parecen iguales.
—Te ayudará a ver la diferencia si pasamos
rápidamente de un caso al otro.
Ahora la abertura en la valla saltó de un lado
al otro, primero a la derecha y después a la izquierda. Al moverse, el patrón
de ondas en la superficie se desplazaba ligeramente adelante y atrás.
—Observa los patrones ondulatorios debajo de la
flecha verde —exclamó el Mecánico, quien le parecía a Alicia haberse
entusiasmado innecesariamente con el asunto. No obstante, hizo lo que se le
pedía y vio que en el punto indicado había una elevación del agua en cada
caso—. Cada rendija de la valla ha producido una onda que es alta en ese punto
concreto, de modo que cuando ambas rendijas están abiertas, la onda es el doble
de alta aquí y la subida y descenso globales del agua son mucho mayores que
para una rendija sola. Esto se denomina interferencia constructiva.
»Observa ahora los patrones ondulatorios debajo
de la flecha roja —Alicia vio que cuando una abertura daba lugar a una
elevación en ese punto la otra producía una depresión en la superficie—. Puedes
ver que en esta posición la onda proveniente de una de las aberturas va hacia
arriba y la de la otra va hacia abajo, de modo que cuando ambas están presentes
se cancelan entre sí y el efecto total es nulo. Eso se denomina
interferencia destructiva.
»Eso es todo lo que hay realmente acerca de la
interferencia de ondas. Cuando dos ondas se solapan y se combinan entre sí, sus
amplitudes, las cantidades que expresan lo que suben o bajan, se combinan
asimismo entre sí. En algunos lugares todas las ondas van en la misma
dirección, de modo que las perturbaciones se suman y se obtiene un efecto
grande. En otras posiciones van en direcciones diferentes, de modo que se
anulan entre sí.
—Sí, creo que ya lo sigo —dijo Alicia—. De
manera que usted dice que las puertas del Banco actuaron de manera muy parecida
a las rendijas aquí en la valla, produciendo un efecto grande en el lugar donde
yo debía estar y anulándose entre sí en las demás posiciones. Sin embargo, no
veo cómo eso puede aplicarse a mi caso. Con su onda de agua, usted dice que en
un sitio existe la mayor parte de la onda y en otro una parte menor debido a
esa interferencia, pero la onda se esparce sobre todo el área, mientras que yo
estoy en un solo lugar en cada instante.
La interferencia es en física clásica una propiedad
de las ondas. Se da cuando amplitudes, o perturbaciones, procedentes de
distintas fuentes llegan a la vez, pudiendo sumarse en ciertos lugares y
restarse o anularse en otros. El resultado es que habrá regiones de actividad
intensa y otras de baja actividad. Puede verse tal efecto en lo que sucede
cuando se cruzan las estelas que dejan a su paso dos barcos. Los efectos de
interferencia pueden también ocasionar una mala recepción de la señal de
televisión cuando las ondas reflejadas por un edificio interfieren con las de
la señal directa. La interferencia requiere distribuciones extensas y
solapadas. Cada partícula, desde una concepción clásica, se encuentra en una
sola posición y entonces dichas partículas no interfieren.
—¡Exactamente! —exclamó de modo triunfal el
Mecánico Clásico—. Ése es el problema. Como dices, tú estás en un lugar. Eres
más como una partícula que como una onda, y las partículas se comportan de
forma muy diferente en un Mundo Clásico razonable. Una onda se difunde sobre un
área amplia y se observa una pequeña parte de ella en cualquier posición.
Debido a la interferencia, se obtiene una mayor o menor cantidad de ella en
posiciones diferentes, pero sólo es una pequeña parte de la onda total en
cualquier sitio donde se mire. Por el contrario, una partícula está localizada
en algún punto. Si te fijas en diversas posiciones, verás, en cada una, o la
totalidad de la partícula o que ésta simplemente no se encuentra allí. En
mecánica clásica no es posible que las partículas muestren interferencias, como
podemos demostrar.
Volvió la mirada hacia el suelo de la
habitación gedanken y lo
contempló fijamente. La superficie acuática se transformó en un área llana de
acero, con barreras blindadas en torno a los bordes, lo suficientemente altas
para ocultarse tras ellas. En la mitad del suelo, donde antes se extendía la
valla sobre el agua, había ahora una alta pared blindada, con una estrecha
rendija ligeramente a la izquierda del centro.
—Ahora podemos contemplar un montaje análogo,
sólo que lo he cambiado para que podamos observar partículas rápidas. Éstas
podrían ser algo así como balas de un arma de fuego, de manera que eso es lo
que usaremos.
Hizo un ademán hacia un extremo de la
habitación, en donde apareció una amenazadora ametralladora con muchas cajas de
munición apiladas a su lado.
—El soporte de esta arma es
inestable, de modo que no dispara siempre en la misma dirección. Algunas de las
balas acertarán a pasar a través de la rendija en la pared, como hacía parte de
la onda en nuestro experimento mental previo. Desde luego, la mayoría de ellas
harán impacto en la pared de acero y rebotarán. ¡Ah!, eso me recuerda —añadió
precipitadamente— que haríamos mejor poniéndonos esto, no vaya a ser que nos
alcance una bala de rebote. —Sacó un par de cascos de acero y pasó uno a
Alicia.
—¿Realmente los necesitamos? —preguntó Alicia—.
Si sólo se trata de un experimento mental, con seguridad las balas son mentales
y no pueden hacernos daño alguno.
—Bueno, tal vez. Pero aun así podrías pensar que una bala te había alcanzado, y eso no sería
muy agradable, ¿no crees?
Alicia se puso el casco. No podía sentirlo sobre
su cabeza y no creía que tuviera la menor utilidad, pero no parecía tener
sentido prolongar la discusión. El Mecánico permaneció bien derecho y movió
imperativamente su mano; la ametralladora empezó entonces a disparar muy
ruidosamente. Las balas salieron de una manera irregular; la mayoría hizo
impacto sobre la pantalla blindada y salieron rebotadas en todas las
direcciones, pero unas cuantas atravesaron la rendija e impactaron en la pared opuesta.
A Alicia le intrigó comprobar que cuando una bala alcanzaba esa pared, se
paraba de inmediato y después ascendía lentamente en el aire hasta quedar
suspendida en el espacio exactamente sobre el punto de la pared donde había
hecho impacto.
—Como puedes observar, mientras la onda de agua
se esparcía por completo sobre la pared más alejada, una bala la alcanza en un
solo punto. Sin embargo, en este experimento la probabilidad de que la bala dé
en la pared opuesta a la rendija es mayor que la de que rebote en el borde de
la rendija y salga muy desviada. Si esperamos un poco veremos cómo varía la
probabilidad para diferentes puntos a lo largo de la pared.
Conforme transcurría el tiempo y el aire se
llenaba de balas voladoras, el número de las suspendidas encima de la pared
crecía constantemente. Al mirar, Alicia pudo ver que iba desarrollándose una
clara tendencia.
—Ya ves cómo se distribuyen a lo largo de la
pared las balas que han atravesado la rendija —señaló el Mecánico cuando la
ametralladora quedó en silencio—. La mayoría ha acabado directamente en un
lugar opuesto a la rendija, y el número decrece al alejarse de aquél a la
derecha o a la izquierda. Veamos ahora lo que sucede cuando la rendija se sitúa
a la derecha.
Tras otro movimiento de su mano, las balas
colgantes cayeron al suelo y la ametralladora empezó a disparar de nuevo.
Aunque la demostración era ruidosa y bastante desordenada, hasta donde podía
ver Alicia, el resultado era justamente el mismo que el de la última vez.
Francamente, era decepcionante.
—Como puedes ver —dijo el Mecánico con una
confianza fuera de lugar—, la distribución es similar a la anterior, pero
ligeramente desplazada a la derecha porque el centro está ahora enfrente de la
nueva posición de la rendija.
Alicia no podía ver ninguna diferencia, pero
estaba dispuesta a creerlo.
—Ahora —continuó el Mecánico teatralmente—, mira
lo que sucede cuando ambas rendijas
están abiertas.
Hasta donde podía ver Alicia, no había la menor
diferencia, excepto que, como las dos rendijas estaban abiertas, llegaban más
balas a la pared alejada. Esta vez se decidió a hacer un comentario:
—Me temo que me parece igual todas las veces
—dijo como excusándose.
—¡Exactamente! —replicó el Mecánico con
satisfacción—. Salvo que, como sin duda habrás observado, ahora el centro de la
distribución se encuentra en medio de las dos rendijas. Tenemos una
distribución de probabilidad de que las balas atraviesen la rendija izquierda y
otra distribución de probabilidad de que atraviesen la rendija derecha. Cuando
las dos están abiertas, las balas pueden pasar por cualquiera de ellas, así que
la distribución de probabilidad total viene dada por la suma de las dos
anteriores, puesto que las balas pueden pasar por una u otra. No pueden pasar por ambas, ¿verdad? —añadió, dirigiéndose al Mecánico Cuántico,
que acababa de entrar en la habitación.
—Eso es lo que tú dices —replicó su colega—,
pero ¿cómo puedes estar tan seguro? Mira lo que sucede cuando repetimos tu
experimento gedanken con
electrones.
Entonces, el Mecánico Cuántico movió la mano
hacia el suelo. Sus ademanes no eran tan decididos como los de su compañero,
pero parecían funcionar igual de bien. La ametralladora y las paredes blindadas
desaparecieron. El suelo se convirtió en el material trémulo que Alicia había
visto al principio, pero la pared ya familiar con dos rendijas en el medio
seguía allí, extendiéndose a lo largo de la línea media del suelo. En la parte
más alejada del mismo había una ancha pantalla con un destello verdoso.
—Eso es una pantalla fluorescente —susurró el
Mecánico en el oído de Alicia—. Emite un destello luminoso cuando la alcanza un
electrón, de modo que puede emplearse para detectar dónde se hallan éstos.
En el otro lado del suelo, donde antes había
estado situada la ametralladora, había ahora una especie de cañón. Era un
pequeño cacharro corto y grueso, como una versión muy reducida de los cañones
que a veces se emplean en los circos para lanzar personas.
—¿Qué es eso? —preguntó Alicia.
—Es un cañón de electrones, por supuesto.
Al mirar con más detenimiento, Alicia alcanzó a
ver unos cortos escalones que conducían a la boca del cañón y una fila de
electrones esperando ser disparados. Le parecían mucho más pequeños que los que
había visto antes.
«Pero, claro —dijo para sí—, éstos sólo son
electrones mentales».
Cuando los miraba, se sorprendió al ver que los
electrones se volvían y la saludaban.
«Me pregunto cómo me conocen —se dijo—. Supongo
que entonces todos ellos
son el mismo electrón que he conocido antes.»
—¡Fuego! —ordenó el Mecánico Cuántico, y los
electrones se precipitaron por los escalones al interior del cañón saliendo
disparados de éste en una corriente uniforme. Alicia no podía distinguirlos
cuando estaban en vuelo, pero veía un destello brillante allí donde cada uno de
ellos alcanzaba la pantalla. Al apagarse cada destello, quedaba una estrellita
resplandeciente que se levantaba por encima de la pantalla y proporcionaba así
una señal de la posición a la que había llegado el electrón.
Como en el caso anterior de la ametralladora, el
cañón de electrones continuó disparando su corriente de electrones y el montón
de estrellitas resplandecientes empezó a componer una distribución reconocible.
Al principio Alicia no podía estar demasiado segura de lo que veía, pero cuando
el número de estrellitas mostradas se hizo mayor, estuvo claro que la
distribución de éstas era complemente distinta de la representada por el
anterior conjunto de balas.
En vez de un decrecimiento lento y constante a
partir de un número máximo en el centro, las estrellas se disponían ahora en
bandas, con brechas oscuras entre ellas en las cuales había unas pocas, o
ninguna, marcas resplandecientes. Alicia se dio cuenta de que ocurría en cierta
manera como en el caso de las ondas de agua, donde había habido regiones de
gran actividad con otras en calma. Ahora existían regiones en las que se
detectaban muchos electrones y otras a las que habían llegado muy pocos. Por
eso no se sorprendió mucho cuando el Mecánico Cuántico dijo:
La evidencia experimental más fuerte del
comportamiento cuántico viene dada por el fenómeno de interferencia. Cuando un
resultado observado puede llegar por diversos caminos, estará de hecho presente
una amplitud para cada camino. Además, si esas amplitudes de alguna manera se
juntan, pueden sumarse o restarse, y la distribución total de probabilidad
muestra claros máximos y mínimos y alternancia de bandas intensas y vacías.
Este efecto se ve en la práctica en todos los sitios donde se espera que ocurra.
Una forma de interferencia produce los conjuntos de estados de energía
definidos que se dan en los átomos. Sólo esos estados que «se acomodan
limpiamente» dentro del potencial interfieren positivamente para dar un máximo
pronunciado en la probabilidad. Otros estados cualesquiera se cancelan entre sí
y por consiguiente no llegan a existir.
—Ahí ves un claro efecto de interferencia. Con
las ondas de agua, se tenían regiones de mayor y menor movimiento en la
superficie. Ahora cada electrón se detecta en una sola posición, pero la probabilidad de detectar un electrón varía de una posición a
otra. La distribución de las diferentes intensidades de onda que viste antes se
sustituye por una distribución de probabilidad. Con uno o dos electrones, una
distribución tal no es evidente, pero cuando se emplea un montón de electrones
se encuentra un mayor número de ellos en las regiones de probabilidad alta. Con
una sola rendija habríamos visto que la distribución decrecía suavemente a cada
lado, análogamente a lo que hacían las balas o las ondas de agua cuando sólo
hay una rendija. En este caso vemos que, cuando las dos rendijas están
abiertas, las amplitudes procedentes de ambas interfieren, produciendo cimas y
nodos evidentes en la distribución de probabilidad. El comportamiento de los
electrones es completamente diferente del de las balas de mi amigo.
—No lo entiendo —dijo Alicia. Le parecía que
esto era lo único que decía siempre—. ¿Quiere decir que hay tantos electrones
circulando que los que atraviesan una rendija de alguna manera interfieren con
los que pasan por la otra?
—No, no es eso lo que quiero decir. Rotundamente
no. Ahora verás lo que sucede cuando sólo hay un electrón en vuelo cada vez. —Y
dando una palmada, gritó—: ¡Muy bien! Vamos a repetirlo, pero ahora más
lentamente.
Los electrones se dispusieron a actuar o, para
decirlo con precisión, uno subió hasta el interior del cañón y salió disparado.
Los otros permanecieron donde estaban. Algo más tarde otro electrón actuó de la
misma manera. Esto continuó durante algún tiempo, y Alicia pudo ver cómo surgía
el mismo patrón de cimas y nodos. Las cimas y los nodos no eran esta vez tan
claros como en el caso anterior porque el ritmo lento al que llegaban los
electrones daba a entender que no había muchos de ellos implicados.
—Ves, pues, que el efecto de interferencia
funciona igual de bien cuando sólo hay un electrón presente en cada instante.
Un electrón puede mostrar interferencia por sí mismo. Puede atravesar ambas
rendijas a la vez e interferir consigo mismo, por así decirlo.
—¡Pero eso es estúpido! —exclamó Alicia—. Un
electrón no puede pasar por ambas rendijas. Como dijo el Mecánico Clásico, eso
sencillamente no es sensato.
Fue hasta la barrera y miró más de cerca
tratando de ver adónde se dirigían los electrones cuando atravesaban las
barreras. Por desgracia, la luz era pobre y los electrones se movían tan
rápidamente que no pudo distinguir por cuál de las rendijas había pasado cada
uno. «Esto es ridículo —pensó—. Necesito más luz.» Había olvidado que estaba en
la «sala de pensamiento» y se sobresaltó cuando muy cerca de ella apareció un
intenso foco luminoso colocado sobre un estante. Dirigió rápidamente la luz
hacia las dos rendijas y le agradó ver que había un destello visible cerca de
una o de la otra cuando la atravesaba el electrón.
—¡Lo he conseguido! —exclamó—. Puedo ver los
electrones cuando atraviesan las rendijas, y sucede justo como dije que debía
suceder. Cada uno pasa ciertamente por una sola de ellas.
—¡Ajá! —replicó con
seguridad el Mecánico Cuántico—. Pero ¿has tratado de ver qué le sucede al
patrón de interferencia?
Alicia miró hacia atrás a la pantalla y quedó
sorprendida al ver que ahora la distribución de estrellitas decaía con suavidad
a partir de un máximo central, justamente como la distribución de balas
clásicas que había visto antes. En cierta manera eso no parecía justo.
—Así es como sucede siempre; no hay nada que
pueda hacerse al respecto —dijo el Mecánico Cuántico con calma—. Si no se hace
ninguna observación que muestre por cuál de las rendijas pasa cada electrón, se
obtiene interferencia entre los efectos de ambas. Si se observan realmente los
electrones, se encuentra que están ciertamente en un lugar u otro, no en ambos, pero en ese caso ellos actúan como se esperaría si
hubieran pasado por una sola rendija y no se obtiene ninguna interferencia. El
problema es que no hay manera de que puedan observarse los electrones sin
perturbarlos, como cuando has arrojado luz sobre ellos, y el simple acto de
realizar la observación fuerza a los electrones a escoger una trayectoria. No
importa si tomas o no nota de por cuál de las rendijas pasa el electrón. No
importa si eres o no consciente de por cuál de ellas pasa. Cualquier
observación que pudiera llegarte
perturbaría el electrón y detendría la interferencia. Los efectos de
interferencia suceden sólo cuando no hay manera de determinar por cuál de las
rendijas pasa el electrón. El que esto se sepa o no nos da lo mismo.
»Así que ya ves: cuando existe interferencia
parece como si cada electrón pasara a través de ambas rendijas. Si trataras de
comprobarlo, encontrarías que cada uno de los electrones pasa por una sola
rendija, pero entonces la interferencia desaparece. ¡Eso es así!
Alicia meditó un momento sobre ello.
—¡Eso es completamente ridículo! —decidió.
—Lo es, ciertamente —repuso el Mecánico con una
sonrisa de suficiencia—. Totalmente ridículo, de acuerdo, pero, como es
asimismo el modo de funcionar de la naturaleza, hemos de vivir con él.
Complementariedad, ¡ése es mi lema!
—¿Podría, por favor, decirme qué significa complementariedad para usted?
—Claro, desde luego. Por complementariedad
quiero decir que hay ciertas cosas que no pueden saberse, no de manera absoluta
al mismo tiempo, en cualquier caso.
—Complementariedad no significa eso —protestó
Alicia.
—Significa eso cuando yo la uso —replicó el
Mecánico—. Las palabras significan lo que yo escojo. Es una cuestión de quién
ha de ser el que manda, eso es todo. Complementariedad, ése es mi lema.
—Ya dijo eso antes —señaló Alicia, a quien esta
última afirmación no la había convencido del todo.
—No, no lo hice —dijo el Mecánico—. Esta vez
significa que hay preguntas sobre una partícula que no pueden hacerse, tales
como dónde está y al mismo tiempo qué velocidad tiene. De hecho puede no tener
sentido hablar de un electrón que tiene una posición exacta.
—¡Eso es darle mucha importancia al significado
de una palabra! —exclamó Alicia agriamente.
—Claro, ciertamente —repuso el Mecánico—. Pero
cuando obligo a una palabra a hacer un trabajo extra le pago más. Me temo que
no puedo explicar realmente lo que les sucede a los electrones. De una
explicación se requiere normalmente que tenga sentido en términos de cosas que
se conocen, y la mecánica cuántica no hace eso. Parece no tener sentido, pero
funciona. Probablemente no me equivoco al decir que nadie entiende en realidad
la mecánica cuántica, de manera que no puedo explicarla, pero puedo decirte cómo describimos lo que acontece. Ven a la habitación trasera y
trataré de hacerlo lo mejor que pueda.
En mecánica cuántica una partícula es como una onda
y una onda es como una partícula. Ambas son la misma cosa. Los electrones y la
luz muestran efectos de interferencia, pero cuando son detectados lo son como
cuantos individuales y se observa cada uno de ellos en un lugar.
La interferencia entre los diferentes caminos que puede tomar una partícula
dará lugar a una distribución de probabilidad con máximos y mínimos
pronunciados, lo que significa que es más probable que se detecte una
partícula en ciertos lugares que en otros.
Abandonaron la habitación de pensamiento, cuyo
suelo había vuelto a su aspecto parpadeante anterior, y siguiendo por el
corredor llegaron a otra habitación amueblada con armarios dispersos. Tras
haberse sentado, el Mecánico Cuántico prosiguió.
—Cuando hablamos acerca de una situación como
los electrones que atraviesan las rendijas, la describimos como una amplitud. Esto es algo similar a las ondas de agua que
observaste, y, de hecho, en vez de amplitud, frecuentemente se la llama función
de ondas. La amplitud puede pasar a través
de ambas rendijas y no es siempre positiva, como lo es una probabilidad. La
menor probabilidad que puede tenerse es cero, pero la amplitud puede ser
negativa o positiva, así que las partes procedentes de diferentes caminos
pueden cancelarse o sumarse y producen interferencia, de nuevo justamente igual
que la onda de agua.
—¿Dónde están entonces las partículas? —preguntó
Alicia—, ¿por cuál de las rendijas pasan realmente?
—Las amplitudes no informan realmente de eso.
Sin embargo, si se toma el cuadrado de la amplitud, esto es, si se multiplica por sí misma de modo que
su resultado es siempre positivo, entonces nos proporciona una distribución
de probabilidad. Si escoges una posición
cualquiera, eso te dirá la probabilidad de que al observar una partícula la
encuentres en dicha posición.
—¿Es eso todo lo que puede decirme? —exclamó
Alicia—. Debo señalar que parece muy insatisfactorio. Nunca se sabría dónde va
a estar algo.
—Sí, eso es bastante cierto. En el caso de una partícula, no puede decirse dónde se encontrará,
salvo, por supuesto, que no estará en una posición donde la probabilidad es
cero. Ahora bien, si se tiene un gran número de partículas, entonces uno puede
estar muy seguro de que habrá más donde la probabilidad es elevada y muchas
menos donde ésta es baja. Si se tiene un número muy grande de partículas, puede decirse con mucha
precisión cuántas acabarán en un sitio determinado. Ése era el caso de esos
albañiles de los que nos hablaste. Ellos sabían lo que obtendrían porque usaban
gran número de ladrillos. Para números verdaderamente grandes, la seguridad
global es muy buena.
—¿Y no hay manera de que pueda decirse lo que
hace cada partícula hasta que se la observa? —repitió Alicia, para tener eso
claro.
—No, ninguna manera. Cuando lo que se observa
puede haber sucedido de varios modos, entonces se tiene una amplitud para cada
uno de los modos, y la amplitud total viene dada por la suma de estas
amplitudes. Se tiene una superposición de estados. En cierto sentido, la partícula hace
todo lo que tendría la posibilidad de hacer. No es simplemente que no se sabe lo que hace la partícula. La interferencia
muestra que todas las posibilidades están presentes e influyen unas en otras.
De algún modo todas ellas son reales. Todo lo que no está prohibido es
obligatorio.
—¡Oh!, vi eso en un anuncio en el Banco. Parecía
muy severo.
—¡Es mejor que lo creas! Es una de las reglas
principales aquí. Donde hay varias cosas que podrían suceder, todas suceden.
Mira el gato, por ejemplo.
—¿Qué gato? —preguntó Alicia, mirando confusa a
su alrededor.
—El Gato de Schrödinger, allí. Nos lo dejó para
que lo cuidásemos.
Alicia miró hacia el rincón que señalaba el
Mecánico y vio un gran gato orejudo durmiendo en una cesta. Como si se hubiera
despertado al oír su nombre, el gato se levantó y se desperezó. O, más bien, lo
hizo y no lo hizo. Alicia pudo ver que, junto a la ligeramente borrosa figura
del gato levantado con el lomo arqueado sobre la cesta, resultaba que había
otro gato idéntico que todavía estaba echado en el fondo de ésta. Estaba muy
rígido y quieto y descansaba en una posición muy poco natural. A juzgar por su
aspecto, Alicia diría que estaba muerto.
—Schödinger ideó un experimento gedanken (ideal o mental) en el que un desafortunado gato
era encerrado en una caja con una ampolla de gas venenoso y un mecanismo que
rompería la ampolla si una muestra de material radiactivo se desintegraba.
Ahora bien, tal desintegración es decididamente un proceso cuántico. El
material podría desintegrarse o no; así que, de acuerdo con las reglas de la
física cuántica, se tendría una superposición de estados, en algunos de los
cuales la desintegración habría ocurrido y en otros no. Por supuesto, para los
estados en los que la desintegración se hubiera producido, el gato habría
muerto, de modo que se tendría una superposición de estados del gato, en unos
muerto y en otros vivo. Cuando se abriera la caja, y alguien observara al gato,
unas veces estaría muerto y otras vivo. La cuestión planteada por Schödinger
era: «¿Cuál era el estado del gato antes de abrir la caja?».
—¿Y qué sucedió cuando se
abrió la caja? —preguntó Alicia.
—Bueno, en realidad todo el mundo estaba tan
enzarzado en discutir la cuestión que nadie abrió la caja, lo cual es la razón
de que el gato se quedara como ahora está.
Alicia miró de cerca la caja, en donde un
aspecto del gato estaba muy ocupado lamiéndose.
—Me parece muy vivo —observó.
Tan pronto como esas palabras salieron de su
boca, el gato se hizo completamente sólido y la versión muerta se desvaneció.
Con un ronroneo de satisfacción, el gato saltó fuera de la caja y comenzó a
acosar a un ratón que había salido inesperadamente de la pared. Alicia observó
que no había ningún agujero visible; el ratón había salido simplemente de la
pared. El Mecánico Cuántico siguió la dirección de su mirada.
—¡Ah, sí! Ése es un ejemplo de paso a través de
una barrera; lo vemos ocurrir continuamente. Donde hay una región en la que una
partícula no puede entrar según la mecánica clásica, la amplitud no se anula en
el borde bruscamente, aunque «muere» rápidamente al adentrarse en la región. Si
ésta es muy estrecha, aún queda alguna amplitud pequeña al otro lado de ella, y
eso proporciona una pequeña probabilidad de que la partícula pueda aparecer
allí (al otro lado de la región) tras haber aparentemente «tuneleado» a través
de una barrera insuperable. Sucede aquí muy frecuentemente.
Alicia había estado
pensando en lo que había visto y había advertido una dificultad.
—¿Cómo es que fui capaz de hacer una observación
y fijar la condición del gato si él no pudo hacerlo por sí mismo? ¿Qué es lo
que decide cuándo se hace realmente una observación y quién puede hacerla?
—Ahí has puesto el dedo en la llaga —replicó el
Mecánico Cuántico—, pero nosotros sólo somos mecánicos después de todo, de modo
que no nos preocupamos demasiado de esas cosas. Nosotros simplemente procedemos
con nuestro trabajo y empleamos métodos que sabemos que funcionarán en la
práctica. Si deseas que alguien discuta el problema de la medida contigo, necesitarás ir a algún lugar más
académico. Sugiero que asistas a una clase en la Escuela de Copenhague.
—¿Y cómo llego allí? —pregunto Alicia, resignada
de nuevo a verse remitida a otro sitio. Como respuesta, el Mecánico la condujo
al corredor y abrió otra puerta. Ésta no conducía a la callejuela por la que
había entrado, sino a un bosque.
Capítulo 4
La Escuela de Copenhague
Alicia entró en el bosque y siguió su camino a lo largo de una senda que
serpenteaba entre los árboles, hasta que llegó a un lugar donde ésta se
bifurcaba. Había una señal en la bifurcación, pero no parecía ser de demasiada
ayuda. La flecha que apuntaba hacia la derecha mostraba la letra «A», y la que
señalaba hacia la izquierda, la letra «B»; eso era todo.
—Afirmo solemnemente —exclamó Alicia con exasperación— que es la señal más
inútil que jamás he visto.
Miró a su alrededor para ver si había algún indicio de adónde podrían conducir
las sendas y entonces se sorprendió al ver al Gato de Schrödinger en la rama de
un árbol unos metros más allá.
—¡Oh, gato! —empezó a decir
con timidez—, ¿podrías, por favor, decirme qué camino debo tomar desde aquí?
—Eso depende bastante de adónde desees ir —dijo
el gato.
—No estoy realmente segura de dónde… —comenzó a
decir Alicia.
—Entonces no importa el camino que sigas —la
interrumpió el gato.
—Pero tengo que decidir entre esas dos sendas
—dijo Alicia.
—¡Ajá!, ahí es donde te equivocas —dijo
meditativamente el gato—. No tienes que decidir, puedes tomar todos los
caminos. Seguro que ya has aprendido eso. En lo que a mí respecta, hago
frecuentemente nueve cosas diferentes a la vez. Los gatos pueden merodear en
cualquier sitio cuando no son observados. Hablando de observaciones —dijo
apresuradamente—, creo que estoy a punto de ser obs… —en ese instante el gato
se desvaneció de golpe.
«¡Qué gato tan extraño! —pensó Alicia—, ¡y qué
extraña sugerencia! Debe referirse a la superposición de estados que mencionaba
el Mecánico. Creo que debe de ser algo parecido a cuando salí del Banco.
Entonces me las arreglé de alguna manera para ir en diferentes direcciones, así
que supongo que debo tratar de hacer otra vez lo mismo.»
* * * *
Estado: Alicia (A1)
Alicia giró a la derecha en la señal y siguió
caminando por la sinuosa senda, mirando al pasar los árboles a su alrededor. No
había ido muy lejos cuando llegó a otra bifurcación de la senda; esta vez el
poste de señalización tenía dos brazos, marcados como «1» y «2». Giró a la
derecha y prosiguió su camino.
Al continuar su marcha, el bosque se hizo menos
espeso y se encontró subiendo penosamente por un camino rocoso que cada vez era
más empinado, hasta que se encontró ascendiendo la ladera de una montaña
solitaria. El camino la condujo por una estrecha cornisa que corría a lo largo
de un escabroso acantilado que acababa en una pequeña área con bordes
verticales cubierta de hierba. Ante sus ojos aparecía una boca abierta en la
parte delantera del acantilado, desde la cual descendía un pasadizo al interior
de aquél.
El pasadizo estaba muy oscuro, pero Alicia,
sorprendida, se encontró arrastrándose por él. El suelo y las paredes eran
lisos, y se dirigía directamente, descendiendo con suavidad, hacia un
resplandor distante apenas visible. Al seguir su marcha, la luz se fue haciendo
más brillante y más roja y el túnel se hizo más caliente. Briznas de vapor
flotaban a su alrededor y oyó un sonido como el ronquido de un gran animal.
Al final del túnel Alicia atisbo un gran sótano.
Su oscura inmensidad podía sólo sospecharse confusamente, pero había un brillo
intenso que emanaba casi de debajo de los pies de Alicia. Tendido allí, había
un enorme dragón de un color de oro rojizo profundamente dormido, con su enorme
cola enrollada en torno a su cuerpo. Debajo de él, y a modo de lecho, había un
enorme montón de oro, plata, joyas y objetos maravillosamente labrados, todos
teñidos de rojo por la intensa luz rojiza.
Estado: Alicia (A2)
Alicia giró a la derecha en la señal y siguió
caminando por la sinuosa senda, mirando al pasar los árboles a su alrededor. No
había ido muy lejos cuando llegó a otra bifurcación del camino; esta vez el
poste de señalización tenía dos brazos, marcados con «1» y «2». Giró a la izquierda
y prosiguió su camino.
Cuando iba caminando, miró hacia abajo y
encontró que el camino por donde marchaba ya no era un sendero forestal sino
una carretera estrecha pavimentada con ladrillos amarillos. Siguió ésta a
través de los árboles hasta que el bosque se abrió dando paso a un ancho prado.
Era muy ancho, se extendía hasta donde podía alcanzar su vista y estaba
cubierto por entero de brillantes amapolas. La carretera de ladrillos amarillos
discurría por el centro del prado hasta las puertas de una ciudad distante.
Desde donde se hallaba, Alicia pudo ver que los altos muros de la ciudad eran
de un verde brillante y las puertas estaban tachonadas de esmeraldas.
* * * *
Estado: Alicia (B1)
Alicia giró a la izquierda en la señal y siguió
caminando por la sinuosa senda. Aún no había nada destacable a la vista. Dio la
vuelta a una esquina y llegó a otra bifurcación del camino; esta vez el poste
de señalización tenía dos brazos, marcados con «1» y «2». Giró a la derecha y
prosiguió su camino.
La maleza entre los árboles se hizo más espesa y
era difícil ver cualquier cosa algo alejada de la senda, aunque ésta era
todavía bastante clara en tanto serpenteaba entre árboles muy densamente
agrupados. Alicia rodeó una esquina y llegó de repente a un espacio abierto. En
el centro de este claro se erigía un pequeño edificio con un empinado techo
bituminoso y un pequeño campanario en un extremo. Las palabras «Escuela de
Copenhague» estaban esculpidas en el dintel de piedra de la puerta.
«Éste debe de ser el lugar al que me dijeron que
fuera —dijo Alicia para sí—. ¡Aunque no estoy segura de que desee ir a una
escuela! Ya he pasado demasiado tiempo en la escuela. Pero tal vez una escuela
de aquí sea completamente diferente a la que yo iba. ¡Entraré a verlo!» Abrió
la puerta sin llamar y entró.
* * * *
Estado: Alicia (B2)
Alicia giró a la izquierda en la señal y siguió
caminando por la sinuosa senda. Aún no había nada destacable a la vista. Dio la
vuelta a una esquina y llegó a otra bifurcación del camino; esta vez el poste
de señalización tenía dos brazos, marcados con «1» y «2». Giró a la izquierda y
prosiguió su camino.
Un poco más adelante, la senda empezó a subir y
Alicia ascendió por la ladera de una pequeña colina. Se detuvo unos minutos en
la cima mirando hacia el campo de abajo en todas direcciones; y era un campo de
lo más curioso. Había unos cuantos arroyuelos que lo cruzaban de una a otra
parte, y el terreno entre ellos estaba dividido en cuadrados mediante un cierto
número de setos que iban de un arroyo a otro.
—Afirmo que está señalado justo como un tablero
de ajedrez —dijo finalmente Alicia.
* * * *
—¡Ah!, entra, querida —la
requirió suavemente una voz, y Alicia se dio cuenta de que había sido
observada. Atravesó la puerta y miró en torno al aula. Era una sala muy grande
rodeada por altas ventanas. Había filas de pupitres que ocupaban la mitad de la
sala. En un extremo había un encerado y una gran mesa, detrás de la cual
permanecía de pie el Maestro.
«Tiene todo el aspecto de una escuela común»,
admitió Alicia para sí en tanto se volvía a mirar a los niños de la clase.
Encontró, sin embargo, que los pupitres no estaban ocupados por niños, sino por
una más que notable selección de seres que se agrupaban en la parte delantera
de la sala. Había una sirena con una larga y ondulante cabellera y una escamosa
cola de pez. Se encontraba también un soldado uniformado que, visto más de
cerca, resultaba estar hecho de estaño y una niñita harapienta con una bandeja
llena de cerillas. Había un pato pequeño de espectacular fealdad y un hombre de
aspecto altanero y porte majestuoso que por alguna razón se hallaba en paños
menores.
«¿O lo está?», se preguntó
Alicia. Al mirar otra vez le pareció verlo vistiendo prendas ricamente bordadas
y una gruesa túnica de terciopelo. Sin embargo, cuando volvió a mirar, todo lo
que pudo ver fue un hombre bastante corpulento en ropa interior.
—Hola, querida —dijo el Maestro, que era una
figura de amable y familiar aspecto con pobladas cejas—. ¿Has venido a
participar en nuestra discusión?
—Me temo que no sé cómo he llegado hasta aquí
—dijo Alicia—. Me hallaba hace sólo un momento en varios lugares distintos, y
no estoy en absoluto segura de por qué he acabado aquí y no en cualquier otro.
—Eso es debido a que hemos observado que tú
estabas aquí, desde luego. Estabas en una superposición de estados cuánticos,
pero, una vez que has sido observada estando aquí, tú estabas aquí, por
supuesto. Evidentemente no fuiste observada en ningún otro lugar.
—¿Qué habría ocurrido si lo hubiera sido?
—preguntó Alicia con curiosidad.
—Bueno, entonces tu conjunto de estados habría
colapsado en ese otro. No estarías aquí, por supuesto, sino en la posición en
que se hubiera observado que estabas.
—En realidad no veo cómo puede ser así —replicó
Alicia, que de nuevo se sentía terriblemente confusa—. ¿Qué diferencia existe
entre que yo fuera observada o no? Es seguro que he de estar en un sitio u otro
con independencia de que alguien me vea.
—¡En absoluto! Después de todo, no puedes decir
lo que sucede en cualquier sistema si no lo observas. Puede haber una gama
completa de cosas que el sistema podría hacer, y sólo puede darse una
probabilidad de que esté o no haciendo alguna de ellas en tanto en cuanto no
sea observado. De hecho, el sistema se hallará en una superposición de estados
correspondiente a todas las cosas que podría hacer. Ésa será la situación hasta
que se mire para ver lo que está haciendo. En ese momento, por supuesto, se
selecciona una posibilidad y el sistema estará haciendo sólo ésa.
La versión «ortodoxa» de la mecánica cuántica es
la Interpretación de Copenhague (llamada así
por el físico danés Niels Bohr, no por Hans Christian Andersen). Cuando en un
sistema podrían suceder diferentes cosas, existirá una amplitud para cada una
de ellas, y el estado del sistema viene dado por la suma, o superposición, de todas
estas amplitudes.
Cuando se realice una observación, se encontrará un valor que corresponde a una
de estas amplitudes, y las amplitudes excluidas se anularán; este proceso se
conoce como reducción de las amplitudes.
—¿Qué ocurre entonces con las otras cosas que
estaba haciendo? —preguntó Alicia—, ¿simplemente desaparecen?
—Bien, hay más cosas que el sistema puede estar haciendo que cosas que estaba haciendo, pero sí —respondió el Maestro,
sonriéndole—, lo has cogido exactamente. Todos los otros estados simplemente
desaparecen. El país de puede ser se convierte en el país de nunca fue. En ese instante todos los demás estados cesan de ser
reales. Se convierten, si lo prefieres, simplemente en sueños o fantasías, y el
estado observado es el real. Esto se denomina reducción de los
estados cuánticos. Te acostumbrarás
enseguida a ello.
—¿Significa eso que cuando miras algo puedes escoger lo que verás? —preguntó Alicia con
escepticismo.
—¡Oh, no!, no tienes ninguna elección en este
asunto. Lo que con cierta seguridad vas a ver está determinado por las
probabilidades de los diversos estados cuánticos. Lo que realmente ves es una cuestión de azar. No vas a elegir lo
que sucederá; las amplitudes cuánticas sólo proporcionan las probabilidades de
los diferentes resultados, pero no fijan lo que sucederá. Eso es puro azar y sólo se convierte en algo
determinado cuando se hace una observación.
El Maestro dijo esto muy decididamente, aunque
con tanta calma que Alicia tuvo que esforzarse para captar todo.
—Así que hacer una observación parece muy
importante —musitó Alicia casi para sí misma—. Pero entonces ¿quién hace una
observación? Evidentemente los electrones no son capaces de observar por ellos
mismos al atravesar las rendijas en un experimento de interferencia, cuando
parecen pasar a través de ambas rendijas. ¿O debería decir que hay amplitudes
presentes para ambas rendijas? —se corrigió, copiando la forma de hablar que
tanto había oído recientemente—. Según parece, no me observé propiamente
cuando, justo hace un instante, me hallaba en una superposición de estados.
»De hecho —dijo Alicia precipitadamente,
asaltada por un pensamiento repentino—, si la mecánica cuántica asegura que se
debe hacer todo lo que se puede hacer, entonces seguramente se deben
observar todos los
resultados de cualquier medida que se realice. ¡Si el principio de
superposición cuántico ha de operar en todas partes, no es posible realizar
medidas en absoluto! Cualquier medida que se trate de hacer podría tener varios
resultados posibles. Podría observarse cualquiera de esos resultados, y de acuerdo con sus reglas,
si puede observarse cualquiera de
ellos, tendrían que observarse todos ellos. Los resultados de la medida estarían todos
presentes en una nueva versión de esa superposición de estados de la que habla
usted. Nunca se podría observar nada realmente, o, más bien, nunca habría nada
que no se pudiera observar.
Alicia hizo una pausa para respirar,
completamente arrebatada por esta nueva idea, y notó que todos los presentes en
la sala la miraban fijamente. Cuando paró, todos se agitaron algo incómodos.
—Desde luego has planteado una cuestión
importante —dijo amablemente el Maestro—. Se conoce como el problema
de la medida y es justamente el tema
que hemos estado tratando en esta clase.
El maestro continuó:
—Es importante recordar que es un problema real.
Debe existir una mezcla de amplitudes tal como la describimos para sistemas de
uno o dos electrones, como en el experimento de la doble rendija que viste, ya
que hay interferencia entre las amplitudes. No consiste simplemente en decir
que el electrón puede estar en un estado, pues sucede que no se sabe qué estado
es. Esa situación no produciría ninguna interferencia, de modo que nos vemos obligados a
aceptar que, en algún sentido, cada electrón se halla en todos los estados. Creo que no formulas una cuestión
apropiada al preguntar sobre lo que está haciendo realmente el electrón porque
no hay ninguna manera de descubrirlo. Si trataras de comprobarlo, alterarías el
sistema, así que estarías examinando algo diferente.
»Como acabas de señalar, aquí parece haber un
problema. Los átomos y sistemas que contienen un número pequeño de partículas
siempre hacen todo lo que pueden hacer y nunca toman decisión alguna. Nosotros,
por el contrario, siempre hacemos una cosa u otra y no observamos más de un
resultado en una situación dada. Cada uno de los estudiantes ha preparado una
breve charla sobre el problema de la medida. Ellos consideran en qué punto, si
existe alguno, el comportamiento cuántico que permite que estén presentes todos
los estados cesa de operar, de manera que pueden realizarse observaciones
únicas y definidas. Tal vez te gustaría sentarte y escuchar sus presentaciones.
Esto le pareció a Alicia que era una buena
oportunidad, así que se sentó en uno de los pupitres y se dispuso a prestar la
máxima atención.
—La primera charla —anunció el Maestro, logrando
apagar con su voz calmosa el murmullo expectante de los comentarios de los
estudiantes— es la del Emperador.
El solemne caballero en elegante ropa interior
que había observado Alicia al entrar en la clase se levantó y caminó hacia la
parte delantera de la sala.
La Teoría del Emperador (mente sobre materia)
—Nuestra hipótesis —empezó, con una altiva
mirada en torno a la sala— es que todo está en la mente.
»Las leyes que obedecen los sistemas cuánticos
—prosiguió—, la descripción de los estados físicos mediante amplitudes y la
superposición de estas amplitudes cuando hay más de una condición posible; esas
leyes se aplican a toda cosa material en el mundo. Decimos “toda cosa material”
—repitió—, porque nuestra aseveración es que la mente consciente no experimenta
tal superposición. El mundo físico está regido en todas sus fases por el
comportamiento cuántico, y todo sistema puramente material, grande o pequeño,
estará siempre en una combinación de estados, con una amplitud presente para
todo lo que podría ser o podría haber sido. Sólo cuando la situación despierta
la atención de la voluntad soberana de una mente consciente se hace una
elección. Pues la mente es algo fuera de —o, en Nuestro caso, por encima de—
las leyes del mundo cuántico.
No estamos ligados a la
necesidad de hacer todo lo que podría hacerse; en lugar de ello Nosotros somos
libres de hacer selecciones. Cuando Nosotros observamos algo, eso es observado;
sabe que lo hemos observado, el Universo sabe que Nosotros lo hemos observado y
permanece después de ello en la condición en la que lo hemos observado. Es sólo
Nuestro acto de observación lo que impone una forma única y definida al mundo.
No podemos hacer la selección de lo que Nosotros
vamos a ver, pero cualquier cosa que Nosotros observemos se hace
definitivamente real en ese momento.
Hizo una pausa y miró con autoridad alrededor de
la sala una vez más. Alicia se sintió muy impresionada por su autoritaria
exposición, a pesar de su ropa interior púrpura.
—Por ejemplo, cuando miramos Nuestra magnífica
nueva vestimenta imperial, Nosotros observamos que estamos magníficamente
ataviados. —Se miró y de pronto apareció vestido con espléndidas prendas de la
cabeza a los pies. Su chaqueta y chaleco estaban cubiertos de finos bordados, y
llevaba un ondeante manto de terciopelo guarnecido con armiño—. Ahora bien, es
concebible que cuando Nuestra atención estaba desviada de Nuestra vestimenta,
ésta podría haber sido menos tangiblemente real de lo que parece ser ahora,
pero si eso hubiera sido así, ahora que Nosotros la hemos observado, todos ven
que es del mejor corte, y eso es en realidad lo que es.
El Emperador levantó de nuevo la cabeza y miró
hacia la clase. Alicia estaba intrigada al notar que, aunque su observación de
las prendas de vestir había establecido completamente el rico aspecto de éstas,
tan pronto como él había mirado a otro lado adquirieron gradualmente un aspecto
confuso una vez más y empezó a verse su elegante ropa interior marcada con sus
iniciales.
—Ésa es entonces Nuestra tesis. El mundo
material en su totalidad se rige ciertamente por las leyes de la mecánica
cuántica, pero la mente humana se halla fuera del mundo material y no tiene tal
restricción. Poseemos la capacidad de ver las cosas de modo único. No podemos
escoger lo que veremos, pero lo que Nosotros vemos se hace realidad en el
mundo, al menos mientras Nosotros lo observamos. Una vez hemos acabado Nuestra
observación, entonces el mundo puede, por supuesto, empezar a entrar en su
habitual conjunto de estados mezclados.
Se detuvo ahí y miró a su alrededor con aire
satisfecho.
—Gracias por tan interesante charla —dijo el
Maestro—; interesante en grado sumo. ¿Desea alguien hacer alguna pregunta?
Alicia descubrió que ella deseaba. Quizás
después de todo el ambiente de la escuela la estaba afectando. Levantó la mano.
—Sí —dijo el Maestro, señalándola—, ¿qué es lo
que te gustaría preguntar?
—Hay una cosa que no entiendo —dijo Alicia.
(Esto no era del todo verdad, pues había muchas cosas que no entendía, y su
número iba creciendo a un ritmo sumamente alarmante, pero había una cosa en
particular sobre la que deseaba formular una pregunta.) Usted dice que el mundo
se halla usualmente en esa extraña mezcla de estados diferentes, pero que se
reduce a una situación única cuando sucede que usted, como mente consciente, lo
mira. Yo supongo que cualquier persona es capaz de hacer que algo se convierta
en real de esa manera, ¿qué ocurre entonces con las mentes de las otras personas?
—No creemos comprender lo que quieres decir
—replicó secamente el Emperador, pero el Maestro le interrumpió en ese punto.
—Quizás podría extenderme sobre la cuestión de
la joven dama. Hablábamos antes acerca de electrones que pasan a través de dos
rendijas. Supongamos que me dispusiera a hacer una foto que mostrara un
electrón en el acto de pasar a través de una u otra rendija. Si sigo bien lo
que dice, usted mantendría que como la foto podría mostrar que el electrón se
hallaba en cualquiera de las rendijas, tendría que mostrar que se hallaba en
ambas. La placa fotográfica no tiene mente consciente y sería incapaz de
reducir la función de ondas, de manera que en la película estaría presente una
superposición de dos imágenes diferentes. Supongamos ahora que yo hiciera
varias copias de esta foto, por supuesto sin mirar ninguna de ellas. ¿Diría
usted que en cada copia habría ahora una mezcla de imágenes diferentes,
correspondiendo cada una de ellas a las diferentes rendijas que podría haber
atravesado el electrón?
—Sí —replicó el Emperador cautelosamente—.
Nosotros creemos que ése sería el caso.
—¿Si eso es así y si las fotos fueran enviadas a
diferentes personas, entonces la primera que abriera su sobre y mirase la foto
provocaría que una imagen de la mezcla se convirtiera en la real y todas las
demás se desvanecieran?
De nuevo el Emperador asintió cautelosamente.
—Pero, en ese caso, las fotografías que hubieran
recibido las otras personas tendrían que reducirse a la misma imagen en cada
una de ellas, aunque estuvieran en ciudades diferentes separadas por muchos
kilómetros. Sabemos por experiencia que las copias de una foto muestran lo
mismo que la original, y si fue el acto en el que la primera persona miró una
copia lo que causó que una posibilidad se hiciera real, presumiblemente este
acto afectó al resto de las copias, puesto que éstas tienen que estar
posteriormente de acuerdo con la primera. Así, pues, una persona que mirase una
copia en una ciudad haría que todas las demás copias en otras ciudades alrededor
del mundo cambiasen de repente para mostrar lo mismo. Ello se convertiría en
una carrera muy peculiar en la que la primera persona que abriese el sobre
fijaría las imágenes en el resto de las copias antes de que las otras personas
hubiesen abierto sus sobres correspondientes. Creo que eso es lo que la joven
dama quería decir —acabó.
—Naturalmente, tal consideración no presentaría
ningún problema en Nuestro caso —respondió el Emperador—, puesto que nadie se
atrevería a mirar tal fotografía antes de que Nosotros lo hubiéramos hecho
primero. No obstante, vemos que tal situación podría darse entre gente de
clases más bajas, y en ese caso la situación sería como usted la describe.
Alicia estaba tan sorprendida de que se aceptara
ese manifiestamente ridículo argumento que no se dio cuenta de que el Emperador
volvía a su pupitre y se levantaba la Sirenita. Dado que no podía permanecer de
pie enfrente de la clase, pues no tenía pies, se sentó en la mesa del Maestro
meneando la cola. La atención de Alicia se centró en ella en cuanto comenzó a
hablar.
La teoría de la Sirenita (muchos mundos)
—Como saben —comenzó con una voz fluida y
musical—, yo soy una criatura de dos mundos. Vivo en el mar y me siento
igualmente en casa en la tierra. Pero eso no es nada comparado con el número de
mundos en que todos habitamos, pues somos todos ciudadanos de muchos,
muchísimos mundos.
»El anterior orador nos dijo que las reglas
cuánticas se aplican al mundo físico en su totalidad, esto es, dejando aparte
las mentes de las personas que en él viven. Yo les digo que se aplican al mundo
en su totalidad, a todo. La idea de la superposición de estados no tiene límite
alguno. Cuando un observador u observadora contempla una superposición de
estados cuánticos, se esperaría que viera todos los efectos que son apropiados
a la selección de estados presente. Eso es lo que ciertamente sucede; un
observador ve todos los resultados, o, más bien, se halla también en una
superposición de diferentes estados, y cada estado del observador ha visto el
resultado que corresponde a uno de los estados (del sistema) de la mezcla
original. Simplemente, cada estado se extiende a fin de incluir al observador
en el acto de ver ese estado concreto.
»Eso no es lo que nos parece, pero ello se debe a que los diferentes estados del
observador no son conscientes uno de otro. Cuando un electrón atraviesa una
pantalla con dos rendijas, puede pasar por la de la izquierda o por la de la
derecha. Lo que se observa que sucede es puro azar. Tú podrías ver que el
electrón ha pasado por la izquierda, pero habrá otro tú que verá al electrón pasar por la derecha. En el
momento en el que observas el electrón, tú te divides en dos versiones de ti
mismo, una para cada resultado posible. Si esas dos versiones nunca vuelven a
reunirse, cada una de ellas seguirá sin ser consciente en absoluto de la
existencia de la otra. El mundo se ha dividido en dos mundos con versiones de
ti ligeramente distintas en cada uno de ellos. Por supuesto, como esas
diferentes versiones de ti hablarán entonces con otras personas, son también
necesarias diferentes versiones de éstas, así que lo que se tiene es una
división del Universo entero. En este caso se dividiría en dos, pero para una
observación más compleja se dividiría en un mayor número de versiones.
—Pero seguramente eso
sucedería con bastante frecuencia —no pudo resistirse a decir Alicia,
interrumpiendo el flujo de la charla de la Sirena.
—Siempre sucede —replicó la Sirena con calma—.
Siempre que se esté en una situación en donde una medida podría arrojar
diferentes resultados, se observarán todos ellos y el mundo se fragmentará en el número apropiado de
versiones.
»En general los mundos surgidos de la división
permanecerán separados y divergirán sin haber sido jamás conscientes uno de
otro, pero en ocasiones se reúnen en algún momento y producen efectos de
interferencia. Es la presencia de esos efectos de interferencia entre los
distintos estados lo que muestra que tales mundos pueden existir, y existen,
juntos.
La Sirena cesó de hablar, se sentó y se puso a
peinar la miríada de hilos de su larga cabellera que caían, uno al lado de otro
pero de forma separada, por debajo de sus hombros.
—Ello debe de querer decir que existe una
inmensidad de universos. Tendría que haber tantos como granos de arena hay en
todas las playas de la tierra —protestó Alicia.
—¡Oh!, habría muchos más que eso. ¡Muchos más!
—replicó la Sirena cerrando el asunto—. Muchos, muchos más —prosiguió como en
sueños—. Muchos, muchos, muchos…
—Esa teoría —interrumpió el Maestro— tiene la
ventaja de ser bastante económica en hipótesis, ¡pero es muy dilapidadora en
universos!
Continuó llamando al siguiente orador. Era el
Patito Feo, el cual tenía que permanecer encima de la mesa del Maestro a fin de
que se le pudiera ver mejor.
La teoría del Patito Feo (todo es demasiado
complicado)
El Patito comenzó su charla, y Alicia observó
que, además de muy feo, parecía también estar muy enfadado. Su charla estaba
tan llena de graznidos y farfulleos que era difícil hacerse una idea de lo que
decía. Por lo que Alicia llegaba a distinguir, estaba diciendo que la
superposición de diferentes estados sólo opera para sistemas bastante pequeños,
de unos cuantos electrones o átomos. Dijo que basta argüir que los sistemas se
hallan frecuentemente en una mezcla de estados porque ocurre la interferencia,
puesto que un único estado no tendría nada con lo que pudiera interferir.
Arguyó además que no se
sabe realmente que la interferencia suceda para objetos que contienen muchas
partículas.
—La gente sabe que la interferencia, y por tanto
la superposición de estados, puede ocurrir para grupos de unas cuantas
partículas, de manera que se piensa que lo mismo ha de ser cierto para cosas
complicadas, como los patos. Estaría fastidiado si creyera eso [4] .
»Un patito contiene un montón de átomos
—prosiguió— y antes de que cualquiera de los estados superpuestos pueda
interferir, todos los átomos en cada estado por separado han de combinarse
exactamente con el átomo apropiado en los otros estados. Hay tantos átomos que
eso es muy poco probable. Todos los efectos se promediarán y no podría verse
ningún resultado neto. Así, pues, ¿cómo podéis estar tan seguros de que los
patitos están alguna vez en una superposición de estados? Contestadme a eso si
sois tan listos. Toda esa superposición de estados está muy bien para unas
cuantas partículas a la vez, pero deja de funcionar rápidamente para los
patitos.
Prosiguió diciendo que él sabía condenadamente
bien cuándo veía algo y cuándo no lo veía. Sabía que no se encontraba en
ninguna superposición de estados, que estaba en uno solo, mala suerte. Así que
cuando él cambiaba, continuó con fuerza, lo hacía realmente de un estado
definido a otro. El cambio era irreversible, y no había manera de volver a
combinarse con otros estados. Nada iba a interferir condenadamente con él,
concluyó. En ese punto, su graznar se hizo tan extremo que Alicia no pudo
entenderlo en absoluto y no se sorprendió demasiado cuando se puso tan furioso
que se cayó de la mesa fuera de su vista.
Hubo una pausa y un momento de silencio que
concluyó cuando un largo y elegante cuello surgió de detrás del pupitre,
seguido de un cuerpo con un plumaje blanco como la nieve. Era un cisne.
—¡Qué bello! —exclamó Alicia—. ¿Puedo
acariciarte?
El cisne silbó furiosamente e hizo palmotear
amenazadoramente sus alas. Alicia llegó a la conclusión de que, aunque el
cambio era ciertamente irreversible, no parecía haber modificado mucho su
temperamento.
En ese momento se produjo un ruido en la parte
trasera de la clase, y Alicia oyó gritar a alguien:
—¡Alto con esta charada, todos están
equivocados!
Miró hacia allá y vio una alta figura andando
furiosamente a zancadas entre los pupitres. Era el Mecánico Clásico. Su avance
estaba considerablemente limitado por el hecho de llevar consigo una máquina,
muy parecida a los pinball que
Alicia había visto en los cafés. (Bueno, en realidad se ven más frecuentemente
en los bares, pero, claro está, Alicia era demasiado joven para haberlos visto
allí.)
La teoría del Mecánico Clásico (ruedas dentro de
ruedas)
El Mecánico Clásico se dirigió a la parte
delantera de la sala y dejó su máquina junto a la mesa del Maestro; una
etiqueta ponía «interceptor de electrones». Tenía la forma de una mesa
inclinada, con dos rendijas arriba a través de las cuales se disparaban las
partículas y una fila de «bolsillos» a lo largo de la parte inferior que
estaban marcados alternativamente con «gana» y «no gana». La superficie de la
mesa, aunque pintada brillantemente, no tenía, sin embargo, el usual conjunto
de obstáculos y cachivaches que Alicia había visto antes en ese tipo de máquinas.
—Están todos engañándose a sí mismos —proclamó
firmemente el Mecánico Clásico—; he observado con cuidado este aparato, que es
básicamente un dispositivo normal de doble rendija para interferencia de
electrones, y creo saber lo que realmente sucede.
Alicia pudo ver que, aparte de su llamativa
decoración, el aparato era ciertamente una versión más pequeña del experimento
que había visto en la habitación gedanken del Mecánico. Éste mostró rápidamente el
funcionamiento de la máquina disparando una ráfaga de electrones a través de
las dos rendijas. Al menos eso es lo que supuso Alicia, porque ésas eran las
únicas aberturas presentes, aunque no fue capaz de ver dónde estaban realmente
los electrones hasta que se registró la llegada de éstos a lo largo de la parte
inferior de la mesa. Como ella esperaba, los electrones se apilaron en una
serie de montones, con huecos entre ellos, donde se habían detectado muy pocos
electrones. Alicia se intrigó al ver que esos huecos en el patrón de
interferencia se correspondían estrechamente con los bolsillos marcados «gana».
—Ven que la interferencia se produce y arguyen
que eso muestra que los electrones han pasado de alguna manera a través de
ambas rendijas, de modo que la combinación de amplitudes de las dos rendijas
produce el patrón de interferencia que vemos. Yo les digo ahora que cada uno de
los electrones pasa de hecho por una sola rendija, de manera perfectamente
razonable. ¡La interferencia se debe a variables ocultas!
A Alicia le resultó muy difícil seguir lo que
sucedió entonces. Lo mejor que podía decir fue que después el Mecánico Clásico
pareció sacar de la mesa de juego una sobrecubierta que aparentemente no había
estado allí. Fuera como fuera, el caso es que vio que la superficie de la mesa
estaba cubierta con un patrón de profundas ranuras y crestas que salían de las
dos ranuras.
—¡He ahí las variables ocultas! —exclamó el
Mecánico.
—No están muy ocultas —señaló Alicia, mirando
críticamente la complicada superficie ahora revelada.
—Mi aseveración —comenzó diciendo el Mecánico
Clásico, ignorando con toda intención el comentario de Alicia— es que los
electrones y otras partículas se comportan de modo racional y ciertamente
clásico, casi completamente igual que las partículas que me son familiares en
el Mundo Clásico. La única diferencia es que aquí, además de la fuerza que
actúa sobre las partículas, éstas se ven afectadas por una fuerza
cuántica especial, u onda
piloto. Esto causa los extraños efectos que
ustedes interpretan como debidos a la interferencia. En mi demostración con la
máquina de electrones presente, cada electrón entra realmente por una u otra
rendija, y después se mueve por la mesa de manera respetable y predecible.
Cualquier aleatoriedad presente en el dispositivo procede de las diferentes
posiciones y velocidades que tienen los electrones inicialmente.
Cuando los electrones
crucen las ranuras que ven aquí en el potencial cuántico, la fuerza cuántica
los desviará, como una rueda de bicicleta atrapada en un raíl de tranvía, así
que la mayoría de los electrones acabarán en grupos. Esto produce los, así llamados,
«efectos de interferencia».
—Muy bien —dijo el Maestro—, ésa es una interesante teoría, muy interesante ciertamente. No
obstante, si no le importa que lo diga así, usted parece haber quitado de en
medio las dificultades que le planteaba el comportamiento de los electrones a
expensas de un comportamiento muy peculiar de su potencial
cuántico.
»Como su fuerza cuántica ha de producir los
efectos que nosotros decimos que son debidos a la interferencia, ésta debe
verse afectada por cosas que suceden en lugares muy diferentes. Si se abriera
una tercera rendija en su mesa, las fuerzas cuánticas sobre las partículas
cambiarían, incluso aunque ninguna de ellas hubiera pasado por esa rendija.
Ello debe ser así porque la interferencia en el caso de tres rendijas es
diferente que en el de dos, y su fuerza tiene que reproducir todos esos efectos
de interferencia que sabemos que ocurren. Además, su potencial cuántico, o red
de fuerzas cuánticas, ha de ser ciertamente muy complicado. En esta teoría no
hay nada parecido a la reducción de las funciones de onda que aparece en la
teoría cuántica normal, de modo que su potencial ha de estar afectado por todas
las posibilidades de todo lo que podría haber sucedido. En eso, es como la
teoría de los “muchos mundos”. En su teoría dice usted que lo que se observe
dependerá de cómo hayan viajado las partículas una vez afectadas por la onda
piloto, pero esta misma onda piloto conservará información de todas las cosas
que podrían haber sucedido y que no puede eliminarse. Su onda tendría que ser
increíblemente complicada, como la suma de todos los mundos en la teoría de los “muchos mundos”,
aunque la mayor parte de ella no afecte a ninguna partícula la mayoría del
tiempo.
»En su teoría la onda piloto influye sobre lo
que hacen las partículas, pero la manera en que se mueven de hecho las
partículas individualmente no tiene ninguna influencia sobre la onda. Ésta
depende de lo que las partículas podrían haber hecho.
»No existe simetría de acción y reacción entre
las partículas y la onda piloto. En su calidad de Mecánico Clásico, esto
debería preocuparle. ¿No desearía contradecir la ley de Newton que afirma que
acción y reacción son siempre iguales, verdad?
En ese instante el Mecánico Cuántico, que había
seguido al Mecánico Clásico hasta la sala pero permanecía en silencio en el
fondo, se adelantó y tomó a su colega por el brazo.
—Ven —le dijo—. Seguramente no desearás verte
involucrado en una acusación de herejía dentro de la mecánica clásica por dudar
de las leyes de Newton. Toda esta discusión académica sobre lo que los
electrones realmente pueden o no pueden hacer no es de nuestro interés.
Nosotros somos mecánicos. Como tal, lo que me interesa fundamentalmente es que
la mecánica cuántica funciona de verdad y funciona bien. Cuando calculo la
amplitud para algún proceso, ésta me dice lo que probablemente va a suceder; me
da las probabilidades de los diferentes sucesos y lo hace precisa y
fehacientemente. Mi tarea no consiste en preocuparme acerca de lo que hacen los
electrones cuando no los miro, mientras pueda decir lo que probablemente van a
hacer cuando los miro.
Existen varias «respuestas» al problema de la
medida, pero ninguna de ellas es universalmente aceptada.
La mecánica cuántica se usa normalmente, en la práctica, para calcular las
amplitudes y por tanto las diversas probabilidades para algún sistema físico;
se utilizan, por tanto, para predecir el comportamiento de conjuntos grandes de sistemas atómicos
individuales, sin preocuparse demasiado de lo que le sucede a un único sistema.
Los resultados para los conjuntos pueden compararse con las medidas, de nuevo
sin preocuparse demasiado acerca de cómo podrían haber tenido lugar los
procesos de medida.
La respuesta práctica a este problema es «cierra los ojos y calcula». La
interpretación de la mecánica cuántica puede ser ardua, pero es innegable que
funciona muy bien.
Dejó a su amansado colega tranquilamente a un
lado; después se volvió hacia Alicia y le preguntó:
—¿Has aprendido tanto como deseabas saber sobre
observadores y medidas?
—Bueno —comenzó Alicia—; para decirle la verdad,
me siento más confusa de lo que estaba cuando vine aquí.
—Perfecto —interrumpió enfáticamente el Mecánico
Cuántico—. Eso pensaba. Has aprendido todo lo que deseas aprender. Acompáñame
ahora a ver algunos de los resultados de la teoría cuántica. Permíteme
mostrarte algunas de las características del País de los Cuantos.
Capítulo 5
La Academia Fermi-Bose
Alicia fue con el Mecánico Cuántico por el camino que los alejaba de la
escuela. Poco a poco el camino se fue haciendo más ancho hasta que acabó siendo
una carretera bien pavimentada.
—Creo que la cosa más curiosa que me ha mostrado —señaló Alicia— es la manera
como obtuvo usted esos efectos de interferencia aunque sólo estuviera presente
un electrón. ¿Es cierto que no existe ninguna diferencia entre que haya muchos
electrones o sólo uno?
—Es realmente verdadero que puede observarse interferencia tanto si se tienen
muchos electrones como si se cuenta con uno solo cada vez. No obstante, no
puede decirse que no exista ninguna diferencia entre las dos situaciones.
Hay algunos efectos que
sólo pueden observarse cuando se tienen muchos electrones. Considera el
principio de Pauli, por ejemplo…
—¡Oh!, ya he oído algo acerca de eso
—interrumpió Alicia—. Oí a los electrones hablar de él cuando llegué aquí.
¿Podría decirme lo que es, por favor?
—Es una regla que se aplica cuando se tiene un
conjunto de partículas completamente idénticas en todos los sentidos. Si deseas
saber algo más sobre esto, es mejor que hagamos una parada aquí, ya que estamos
cerca de donde hay gente muy experta en el comportamiento de sistemas de muchas
partículas.
Al oír eso, Alicia miró a su alrededor y se dio
cuenta de que mientras hablaban habían llegado a un alto muro de piedra situado
en un lado de la carretera. Inmediatamente opuesto a él había una amplia
entrada. Unas impresionantes puertas de hierro permanecían abiertas entre
sólidas columnas de piedra con un escudo de armas pintado en el centro de cada
una de ellas. A la derecha de la entrada, bien visible encima del muro, Alicia
advirtió la presencia de un tablón de madera con el siguiente anuncio:
ACADEMIA FERMI-BOSE
PARA ELECTRONES Y FOTONES
En el centro de la entrada permanecía una
imponente figura, un hombre grande y bien constituido que aparentaba aún más
solidez debido al traje académico y al birrete que llevaba. Su cara redonda y
encarnada se adornaba con un espeso mostacho y largas patillas. Firmemente
ajustado a un ojo, llevaba un monóculo sujeto por una ancha cinta negra.
—Ése es el Director —le susurró el Mecánico a
Alicia en el oído.
—¿Quiere usted decir el principio de Pauli[5]? —preguntó bastante
impetuosamente Alicia, a quien la súbita aparición había pillado desprevenida.
—No, no —susurró el Mecánico—, él es el
Principal Director de la Academia. Aunque por supuesto el principio de Pauli es
el principal principio de la Academia, él es el Director Principal de ésta.
—Alicia deseó no haber preguntado nada.
Cruzaron la carretera hasta donde estaba ese
imponente personaje.
—Disculpe, señor —comenzó el Mecánico—. ¿Sería
usted tan amable de decirle a mi joven amiga aquí algo acerca de los sistemas
de muchas partículas?
—Desde luego, desde luego —exclamó el Director
con voz tonante—. No tenemos escasez de partículas aquí, claro que no. Estaré
encantado de enseñarte todo esto.
Se dio la vuelta agitando su toga y los condujo
a la Academia. A lo largo de la calzada, Alicia vio unas pequeñas figuras
moviéndose hacia dentro y hacia fuera entre los matorrales. En un instante una
figura miró por encima de un arbusto y les hizo una mueca. Al menos eso pensó
Alicia. Como solía ocurrir, era muy difícil distinguir los detalles.
—No le hagáis caso —refunfuñó el Director—. Es
sólo Electrón Menor.
Llegaron a la puerta de la Academia, que ocupaba
una solemne casa antigua de estilo vagamente Tudor. Sin detenerse, el Director
los condujo a través de la puerta principal a un vestíbulo abovedado, para
subir luego por una amplia escalera labrada en madera. Mientras caminaba por el
edificio, Alicia pudo ver pequeñas figuras escondiéndose tras las columnas,
entrando y saliendo rápidamente de las habitaciones y escapándose por pasillos
laterales cuando ellos se les acercaban.
—No le hagáis caso —hizo notar de nuevo el
Director—. Es sólo Electrón Menor. ¡Las partículas son partículas!
—Pero no puede ser Electrón Menor si lo vimos en
la calzada —protestó Alicia—. Con seguridad no puede ser la misma partícula en
los dos sitios. ¿Estamos hablando de algo similar a cómo se las arregla un
electrón para pasar a través de ambas rendijas en su experimento de la doble
rendija? —preguntó al Mecánico Cuántico.
—No, no es eso; aquí tienen muchos electrones.
Pero ¿sabes?, los electrones son todos exactamente iguales. Son completamente
idénticos entre sí. No hay manera de distinguirlos, así que todos son naturalmente Electrón Menor.
—Cierto —confirmó el Director enfáticamente al
tiempo que los conducía a su estudio—. Y eso es un problema. Probablemente
conoces la dificultad que representa para los maestros el tener dos gemelos
idénticos en su escuela y ser incapaces de distinguirlos. Pues bien, yo tengo
aquí centenares de partículas idénticas. Esto hace que la comprobación del
registro sea una auténtica pesadilla. Puedo asegurártelo.
»Para los electrones la cosa no es tan mala
—prosiguió—. Simplemente los contamos y vemos si el total es correcto. Al menos
el número de electrones
se conserva, así que sabemos cuántos hemos de tener, pero ni siquiera eso
funciona para los fotones. Los fotones son bosones, de modo que su número no se
conserva, ¿sabes? Podemos empezar una clase con treinta, digamos, y tener
cincuenta o más al final de la misma. O que el número descienda a menos de
veinte; es difícil de predecir. Esto hace todo muy difícil para el personal.
Alicia había descubierto una nueva palabra en
ese comentario.
—¿Cree que podría explicarme eso? —preguntó
esperanzadamente—. ¿Podría decirme, por favor, qué es un bosón?
El director se sonrojó aún más de lo que lo
había hecho antes y habló al Mecánico.
—Creo que sería mejor que la llevara a la
lección de Aspectos de la Simetría para principiantes, ¿no? Allí le explicarían
todo acerca de bosones y fermiones.
—Tiene usted razón —repuso el Mecánico—. Ven,
Alicia, creo que puedo recordar el camino.
Caminaron a lo largo de un pasillo hasta una
clase, en la que entraron justo cuando estaba empezando una lección.
—Atención, por favor —dijo el maestro—. Como
sabéis bien, todos vosotros, electrones, sois idénticos unos a otros, y lo
mismo vosotros, fotones. Esto significa que nadie puede notar si dos de
vosotros cualquiera habéis intercambiado los sitios. Hasta donde cualquier
observador sería capaz de decir, podríais haber intercambiado los sitios y desde luego lo
habéis hecho hasta cierto punto. Todos sabéis que tenéis una función de ondas
asociada, o amplitud, y que esta amplitud será una superposición de todas las
cosas que podríais estar
haciendo. Si no hay manera de decir las cosas que estáis haciendo, entonces,
como sabéis, estáis haciendo todas ellas, o en cualquier caso tenéis una amplitud para todas ellas. Así que ya veis, para
cualquier grupo de vosotros resulta imposible decir cuándo dos de vosotros
habéis intercambiado vuestros sitios, y esto significa que vuestra función de
ondas total será una superposición de todas las amplitudes en las cuales se han
intercambiado diferentes pares. Espero que hayáis tomado nota de esto.
»Ahora bien, la probabilidad de observar
cualquier cosa viene dada por el cuadrado de vuestra función de onda, es decir, la función
de onda multiplicada por sí misma. Como sois completamente idénticos, es
evidente que si dos cualesquiera de vosotros intercambiáis vuestros sitios, no
puede haber ninguna diferencia observable, así que el cuadrado de vuestra
función de onda no puede cambiar. A primera vista es como si nada en absoluto
pudiera cambiar. ¿Sabe alguien qué podría cambiar?
Uno de los electrones levantó la mano, o al
menos Alicia supuso que eso es lo que ocurrió. No era capaz de ver nada
claramente.
—Disculpe, señor, el signo podría cambiar.
—Muy bien, ésa es una excelente respuesta.
Pondría una buena nota en tu expediente por haber contestado tan bien, si no
fuera porque, desgraciadamente, no puedo distinguirte de los demás. En efecto,
como sabéis, vuestras amplitudes no tienen por qué ser positivas. Pueden ser
positivas o negativas, de manera que dos amplitudes pueden anularse entre sí
cuando se produce interferencia. Esto quiere decir que hay dos casos en los que
el cuadrado de vuestra amplitud no cambiaría. Puede ser que la amplitud no
cambie en absoluto cuando dos de vosotros intercambiáis vuestros sitios. En tal
caso, las partículas son bosones, como vosotros, fotones. Sin embargo, existe
otra posibilidad. Cuando se hace tal intercambio, la amplitud puede invertirse, pasar de positiva a negativa o viceversa. En tal
caso, el cuadrado de la amplitud sigue siendo positivo y la distribución de
probabilidad no cambia, porque al multiplicar la amplitud por sí misma tienen
lugar dos cambios de
signo, con lo que no hay cambio en absoluto. Eso es lo que pasa con los
fermiones, como vosotros, electrones. Todas las partículas pertenecen a una de
estas dos clases: son fermiones o bosones.
»Podéis ahora pensar que no importa mucho que
vuestra amplitud cambie o no de signo puesto que la distribución de
probabilidad no cambia, pero de hecho esto es verdaderamente muy importante, en
particular para los fermiones. El punto crucial es que si dos cualesquiera de
vosotros os halláis exactamente en el mismo estado —esto es, en el mismo sitio
y haciendo las mismas cosas—, entonces, si intercambiáis los sitios, no es sólo
un cambio inobservable, sino que realmente no ha habido en
absoluto cambio alguno. En este caso no puede cambiar la distribución de
probabilidad ni tampoco la
amplitud. Esto no presenta ningún problema para los bosones, pero para los
fermiones, que siempre han de cambiar de signo su amplitud, tal situación no
está permitida. Para estas partículas rige el principio de exclusión de Pauli,
que dice que dos fermiones idénticos nunca pueden estar haciendo lo mismo; han
de hallarse en estados diferentes.
»Como he dicho, en el caso de los bosones no hay
problema. Sus amplitudes no han de cambiar en absoluto cuando dos de ellos
intercambian sus sitios, así que pueden encontrarse en el mismo estado. Incluso
puedo ir más allá; no sólo pueden hallarse en el mismo estado, sino que de
hecho eso les agrada.
Normalmente, cuando se tiene una superposición de estados diferentes y se eleva
la amplitud al cuadrado para obtener la probabilidad de observación, se toman
cuadrados de los estados individuales de la mezcla separadamente y todos ellos
contribuyen por igual a la probabilidad total. Si se tienen dos bosones en el
mismo estado, cuando se hace el cuadrado de los dos se obtienen cuatro. Los dos
han contribuido no el doble sino el cuádruplo de uno. Si se tuvieran tres
partículas en el mismo estado, éstas contribuirían incluso más. La probabilidad
es mucho mayor cuando hay un elevado número de bosones en un estado, de manera
que tienden a colocarse en el mismo estado si hay alguna posibilidad de ello.
Eso se conoce como la condensación de Bose.
»Así que ahí tenéis la diferencia entre bosones
y fermiones. Los fermiones son muy individualistas, no hay dos de ellos que
hagan exactamente la misma cosa, mientras que los bosones son muy gregarios.
Les gusta ir por ahí en pandillas y que cada uno de ellos se comporte
exactamente igual que los otros. Como veréis más tarde, es este comportamiento
y la interacción entre ambos tipos de partículas lo que determina la naturaleza
del mundo. En gran manera vosotros sois los dirigentes del mundo.
En ese momento el Mecánico Cuántico condujo a
Alicia fuera de la clase.
—Aquí lo tienes —dijo—. Ése es el principio de
Pauli. Establece que ningún par de fermiones del mismo tipo puede jamás hacer
la misma cosa, así que puede haber uno y sólo uno en cada estado. El principio
se aplica a fermiones de cualquier tipo, pero no a bosones. Esto significa,
entre otras cosas, que el número de fermiones debe conservarse. Los fermiones
no pueden aparecer y desaparecer de una manera casual.
—¡Yo pensaría que no! —dijo Alicia—. Eso sería
ridículo.
—No creo que puedas decir eso, ¿sabes?, porque
los bosones aparecen y desaparecen. Su número no se conserva en absoluto.
Puedes argüir que el número de fermiones debe estar bien definido si hay uno y
sólo uno en cada estado, puesto que un número concreto de estados ocupados
implica que existe ese mismo número de fermiones para ocuparlos. El argumento
no se aplica a los bosones, puesto que puede haber tantos como se quiera en
cualquier estado. En la práctica el número de bosones no es en absoluto
constante.
»Si miras por esta ventana —dijo de repente
mientras iban andando—, podrás ver la diferencia entre bosones y fermiones
perfectamente.
Alicia miró atentamente por la ventana y vio un
grupo de electrones y fotones que estaban haciendo la instrucción en el campo
de la Academia. Los fotones lo hacían bastante bien, girando y dando media
vuelta en perfecto sincronismo, sin diferencias entre ellos. El grupo de
electrones, sin embargo, se comportaba de una manera que llevaba
manifiestamente a la desesperación al sargento instructor. Algunos marchaban
hacia adelante, pero a diferentes velocidades. Otros marchaban a izquierda o
derecha, o incluso hacia atrás. Unos cuantos daban saltos o hacían el pino, y
uno estaba tumbado boca arriba y miraba el cielo.
—Se halla en el estado fundamental —dijo el
Mecánico mirando por encima de los hombros de Alicia—. Presumo que los otros
electrones desearían poder reunirse con él, pero sólo a uno de ellos le es
permitido estar allí. A no ser que el otro tuviera una dirección de espín
opuesta, por supuesto; eso haría que fueran suficientemente distintos. Puedes
ver claramente la diferencia entre bosones y fermiones. Los fotones son
bosones, de modo que les resulta fácil hacer todos lo mismo. Verdaderamente,
les gusta ser todos iguales, así que son muy buenos marcando el paso. Los
electrones, por el contrario, son fermiones, y entonces el principio de
exclusión de Pauli impide que dos de ellos se encuentren en el mismo estado.
Cualquiera de ellos tiene que comportarse de manera diferente de los demás.
—Suele usted hablar frecuentemente de electrones
que se hallan en estados —hizo notar Alicia—. ¿Me podría explicar, por favor,
qué es un estado?
—De nuevo, lo mejor para ti será que te sientes
en una de las clases. La Academia enseña a líderes mundiales, ya que es la
interacción de electrones y fotones lo que rige el mundo físico en general. Si
han de ser dirigentes mundiales, tienen que ir naturalmente a clases para
estadistas. Ven conmigo a ver una.
Condujo a Alicia hasta un extenso y bajo
edificio en la parte posterior de la Academia. Cuando entraron, Alicia pudo ver
que era una especie de taller. Unos cuantos electrones estaban trabajando en
diferentes bancos. Alicia fue a observar a un grupo ocupado en levantar una
serie de vallas alrededor del banco; pudo ver que había diversas estructuras
sobre el banco y que, cuando los estudiantes movían las vallas alrededor de
éste, todas esas estructuras cambiaban.
—¿Qué están haciendo? —preguntó Alicia a su
acompañante.
—Están disponiendo las condiciones de contorno
para los estados. Los estados están altamente controlados por las ligaduras que
los mantienen dentro. En general, lo que puede hacerse está regido por lo que
no puede hacerse, y las restricciones sirven para definir los estados posibles.
Es muy similar a las notas que pueden obtenerse de un tubo de órgano. Con un
tubo de longitud determinada puede producirse sólo un número limitado de notas.
Si se cambia la longitud del tubo, se cambiarán las notas. Los estados
cuánticos vienen dados por la amplitud o la función de onda que puede tener el
sistema, y ésta es muy parecida a la onda sonora en un tubo de órgano.
Un estado describe la condición de un sistema
físico. Es el concepto básico en la teoría cuántica; la mejor descripción que
puede proporcionarse del mundo real. En general la amplitud para un estado da
la probabilidad para los diversos resultados posibles de cualquier observación.
Para algunos estados puede haber sólo un resultado posible de una medida
concreta. Cuando un sistema se encuentra en uno de esos llamados estados
estacionarios, cualquier medida de la magnitud física correspondiente dará un
solo resultado posible. Medidas repetidas darán todas las veces el mismo
resultado. De ahí el nombre estado estacionario, también llamado «autoestado»
(del alemán eigenstate).
»Como ya has descubierto, no puede decirse
usualmente lo que está realmente haciendo un electrón, porque, si se le
observa, para comprobarlo se elegirá una amplitud en particular y las
amplitudes se reducirán a esa sola. La única ocasión en que se puede tener
seguridad acerca de un electrón es cuando éste tiene una única amplitud y no
una superposición de ellas y cuando la observación puede arrojar sólo un valor.
En ese caso la probabilidad de obtener ese resultado experimentalmente es del
cien por cien, y la de cualquier otro resultado es cero; por tanto, éste no se
dará. Cuando se realiza la observación, se ve el resultado esperado. En tal
caso, la reducción de la amplitud a la del resultado esperado no causa ninguna
diferencia en absoluto, ya que se estaba realmente en ese estado. La
observación no cambia el estado, y éste se denomina estado
estacionario. En esta clase los electrones
están construyendo estados estacionarios.
Alicia se desplazó alrededor de la mesa, mirando
los estados que estaban armando los electrones; le parecían varias cajas, ocho
en total. Había una muy grande, otra algo más pequeña que ésta y otras seis
pequeñas de tamaño muy parecido. Rodeó una esquina de la mesa y se sorprendió
al ver que los estados habían cambiado por completo. Ahora tenían la apariencia
de estantes, como si fueran para pasteles, sobre altos pedestales. Había dos
mucho más anchos que los otros; cuatro tenían la misma anchura, pero con
pedestales sucesivamente más altos, y dos pequeños. Dobló rápidamente otra esquina
de la mesa y vio que el centro de la mesa estaba ocupado por un gran tablero en
el que había sujetos varios ganchos para colgar ropa. Había dos filas de tres,
y, en solitario, uno encima y otro debajo de éstas.
Existen ciertas magnitudes que no pueden compartir
el mismo estado estacionario; la posición y el momento son dos ejemplos. Si se
tiene un autoestado que proporciona un valor definido para la posición de una
partícula, una medida de su momento podría dar cualquier resultado. Esto
conduce a las relaciones de incertidumbre de Heisenberg. Si se tiene una mezcla
de estados que corresponden a diferentes valores de la posición, una medida de
ésta podría dar uno de los valores apropiados. La posición se ha hecho «incierta»,
aunque ahora la dispersión de los valores del momento puede reducirse.
Esa dispersión no se debe a una técnica pobre de medida, sino que es inherente
al estado físico. El valor indefinido de alguna magnitud física que puede ser
inherente a un estado concreto permite efectos tales como la penetración de
barreras, el intercambio de partículas pesadas en los núcleos de fotones en
interacciones eléctricas y la existencia de partículas virtuales en general. Lo
relativo a las partículas virtuales y al intercambio de partículas se discutirá
en los capítulos 6 y 8.
—Dios mío, ¿qué está pasando? —preguntó a su
acompañante—. Veo los estados absolutamente diferentes cuando los miro desde
distintas direcciones.
—Así es, desde luego —replicó el Mecánico
Cuántico—. Estás viendo diferentes representaciones de los estados. La naturaleza de un estado
depende de cómo se observa. La misma existencia de un estado estacionario
descansa sobre alguna observación para la cual siempre arroja un resultado
definido, pero un estado no puede dar resultados definidos para todas las observaciones posibles. Por ejemplo, las
relaciones de Heisenberg impiden ver el momento y la posición de un electrón a
la vez, de manera que un estado estacionario para una observación no lo será
para la otra. Las observaciones empleadas para describir un estado se conocen
como la representación de éste.
»La naturaleza de un estado puede ser muy
diferente, dependiendo de cómo se observa. De hecho, la misma identidad de los
diferentes estados puede cambiar. Los estados que se ven en una representación
pueden no ser los mismos que los de otra representación. Como habrás notado
ahora mismo, la única cosa que permanece constante es el número de estados. Si puede ponerse uno de los
electrones en cada estado, ha de tenerse siempre el mismo número de estados
para contenerlos a todos, incluso aunque los estados individuales puedan haber
cambiado.
—Eso me parece muy vago —protestó Alicia—. Da la
impresión de que no se puede estar del todo seguro de lo que realmente existe.
—¡Cierto! —replicó el Mecánico alegremente—. ¿No
te habías dado cuenta? Podemos hablar con toda confianza de observaciones, pero qué existe realmente para ser observado es
harina de otro costal. No obstante, ven. Es la hora de la asamblea vespertina
de la Academia. La encontrarás muy interesante.
El mecánico la condujo de vuelta al edificio
principal y la hizo pasar a través del vestíbulo a una enorme sala con un alto
techo abovedado. El extenso suelo enlosado estaba totalmente cubierto por una
muchedumbre de electrones densamente apiñados. Por encima, un ancho balcón
adornado se extendía a lo largo del contorno del amplio vestíbulo, y sobre él
Alicia pudo ver las vagas figuras distantes de unos cuantos electrones
dirigiéndose apresuradamente hacia una salida. Había sólo un pequeño espacio
libre en el suelo cerca de la puerta por donde habían entrado, y un electrón
que los había seguido corrió hacia allí y se detuvo inmediatamente al llegar,
rodeado por la densa muchedumbre, de modo que ya no era posible moverse hacia
ningún lado.
—¿Por qué está tan abarrotado este lugar?
—exclamó Alicia, superada por la magnitud de la escena que tenía ante sus ojos.
—Éste es el nivel de valencia —respondió uno de
los serviciales electrones—. Todos los espacios en el nivel de valencia están
ocupados porque dicho nivel está siempre lleno de electrones. Ninguno de
nosotros puede moverse en absoluto, ya que no hay estados libres a los que
moverse, ¿te das cuenta?
—Eso es terrible —exclamó Alicia—. ¿Cómo puede
moverse cualquiera de vosotros por el suelo para salir si está tan abarrotado?
—No podemos —dijo el electrón con alegre
resignación—. Pero tú puedes si lo deseas. Puedes ir a cualquier lugar en el
suelo porque aquí no hay ninguna otra Alicia, así que hay muchos estados Alicia
libres para moverte en ellos. No tendrás ningún problema de exclusión de Pauli
en absoluto.
Esto aún le parecía muy extraño a Alicia, pero
trató de abrirse camino a través de la abigarrada multitud de electrones y
advirtió, exactamente igual que cuando había tratado antes de entrar en el
compartimento ocupado del tren, que de alguna manera podía moverse sin ningún
impedimento.
Alicia se abrió camino a través de la
muchedumbre de electrones hacia una tribuna erigida en el extremo del
vestíbulo. En ella estaba el Director, tan impresionante como siempre con su
toga y su birrete. Al acercarse, Alicia pudo oír su voz grave resonando en la
abarrotada sala.
—Sé que hoy habéis tenido un día muy ocupado,
pero confío en que no sea necesario que os recuerde el importante papel que
debéis estar preparados para desempeñar en el mundo. Vosotros, electrones,
ocupando cada uno su sitio en el estado apropiado, formáis la auténtica
estructura de todo lo que conocemos. Algunos de vosotros estaréis confinados en
átomos y tendréis que trabajar en vuestros diversos niveles, controlando todos
los detalles de los procesos químicos. Otros podéis encontrar vuestro lugar en
un sólido cristalino. Allí os encontraréis relativamente libres, sin ligaros a
ningún átomo en particular, y podréis moveros siempre que el principio de Pauli
y vuestros colegas electrones lo permitan. Podéis estar en una banda de
conducción, donde podéis moveros libremente, y entonces vuestra tarea será la
de desplazaros con presteza transportando vuestras cargas eléctricas como parte
de una corriente eléctrica. Por otra parte, podéis estar en una banda de
valencia dentro de un sólido. Quizás os sintáis como atrapados allí, ya que no
habrá estados libres para que entréis en ellos. No os desaniméis. No todo
electrón puede hallarse en el estado de energía más alta, y recordad que
también han de ocuparse los niveles más bajos.
»En cuanto a vosotros, fotones, sois los
movedores y agitadores. Abandonados a sí mismos, los electrones permanecerían
con complacencia en sus estados propios y nunca pasaría nada. Vuestra misión es
interactuar con los electrones en todo momento y producir las transiciones
entre estados, los cambios que hacen que ocurran cosas.
En este punto del discurso del Director, Alicia
advirtió las brillantes formas de los fotones moviéndose rápidamente entre la
muchedumbre de electrones y los destellos esporádicos en diversas partes de la
sala. Se dio la vuelta para ver qué pasaba. Le resultaba difícil ver a lo lejos
porque estaba rodeada por muchos electrones.
—Esto es realmente fatal —no pudo por menos que
exclamar Alicia al mirar todas las figuras cautivas, mantenidas en una posición
fija por la presión en torno a ellas—. ¿No hay manera de que alguno pueda
moverse?
—Sólo si fuéramos excitados al nivel más alto
—respondió una voz. Alicia no pudo ver quién había hablado.
«Pero no importa realmente —pensó—. Como son
todos el mismo, debe de haber hablado el mismo de siempre, supongo.»
Justo entonces se produjo cerca un destello y
Alicia vio que había llegado un fotón que se movía apresuradamente entre la
muchedumbre y que chocó con un electrón. El electrón salió disparado hacia
arriba y aterrizó en el balcón, donde empezó a correr impetuosamente hacia la
salida.
Alicia tenía tan fija la mirada en el electrón
que no observó otro fotón que corría hacia ella. Hubo un brillante destello y
se sintió elevada en el aire. Cuando miró a su alrededor, advirtió que estaba
también en el balcón, mirando a la masa de electrones de abajo.
—Esto debe de ser lo que el electrón quería
decir por ser excitado al nivel más alto. No me parece muy excitante, pero al
menos hay mucho más sitio aquí.
Miró por el borde del
balcón al suelo y pudo ver destellos esporádicos aquí y allí, cada uno de ellos
seguido del despegue de un electrón del suelo y su aterrizaje en el balcón, en
donde se ponía a correr velozmente hacia la salida. Uno de ellos aterrizó cerca
de donde se hallaba Alicia.
Miró hacia abajo y pudo ver un pequeño hueco con
forma de electrón allá donde éste se encontraba un instante antes. Era
claramente visible, porque el color del suelo enlosado contrastaba vivamente
con el fondo uniforme de apiñados electrones que cubría el resto de la
superficie. En tanto que miraba este espacio, otro electrón cercano pasó
astutamente al hueco que acababa de crearse, aunque entonces ya no pudo
moverse. No obstante, donde había estado apareció un hueco, y un electrón
llegado más recientemente se desplazó hasta él.
«¡Qué cosa tan curiosa! —dijo para sí Alicia—.
Me he acostumbrado a ver electrones, ¡pero no esperaba ser capaz de advertir la
presencia de un no electrón tan
claramente!»
Observó con interés cómo el movimiento en el
balcón del electrón que al subir había originado el primer hueco estaba
equilibrado con el movimiento del hueco con forma de electrón que avanzaba
firmemente por el suelo en la dirección opuesta, hacia la ancha puerta por la
que ella había entrado.
Cuando el electrón y el hueco se hallaban fuera
de su vista, Alicia caminó por el balcón hasta la salida. Pensó que ya había
escuchado lo suficiente de la charla del Director. Atravesó la pequeña puerta y
se encontró en un largo pasillo. Esperándola cerca de la puerta estaba el
Mecánico Cuántico.
—¿Qué te ha parecido? —le preguntó.
—Muy bien, gracias —replicó Alicia advirtiendo
que eso era lo que él esperaba—. Fue muy interesante oír cómo el Director
conducía la asamblea.
—Eso dices tú —comenzó el Mecánico—, pero desde
luego eran los electrones quienes la conducían, una vez que habían sido
excitados hasta el nivel de conducción. ¿Sabes?, todos los electrones tienen
carga eléctrica, de modo que cuando se mueven, hacen que fluya una corriente
eléctrica. La carga que acarrean es negativa, así que la corriente fluye en la
dirección opuesta al movimiento de los electrones, pero eso no tiene mucha
importancia. Si todos los estados que podría alcanzar el electrón están ya
llenos de electrones, como en el nivel de valencia, entonces no puede haber
movimiento alguno y estamos ante un aislante eléctrico. Todos los electrones y
sus cargas están en posiciones fijas, y en tal caso no puede existir ninguna
corriente eléctrica. En el presente caso puede aparecer una corriente sólo
cuando los electrones han sido transportados hasta el nivel vacío de
conducción, donde hay muchísimo sitio y pueden moverse fácilmente. En ese caso
se obtiene una corriente producida tanto por los electrones como por los huecos
que dejan atrás.
—¿Pero cómo un hueco puede producir una corriente? —protestó Alicia—.
Un hueco es algo que ni siquiera existe.
—Para empezar, ¿estarás de acuerdo en que cuando
todos los electrones están presentes en el nivel más bajo de valencia no pueden
moverse y no existe corriente alguna? —preguntó el Mecánico—. La corriente es
justamente la misma que si no estuviera presente ninguna partícula cargada.
—Bueno, sí —respondió Alicia. Eso le pareció
bastante razonable.
—Entonces debes admitir que cuando hay un
electrón menos, la corriente se parecerá a la debida a uno menos que ningún electrón. El hueco en el nivel de valencia se
comporta como si fuera una carga positiva. Has visto cómo el movimiento del
hueco hacia la puerta era debido en realidad a un gran conjunto de electrones
dando un paso en la dirección opuesta. Así pues, la corriente eléctrica
producida por los electrones de carga negativa que se mueven desde la puerta es
la misma que la que daría una carga positiva moviéndose hacia la puerta. Como
ya dije, los fotones producen una corriente a partir de los electrones que
ponen en la banda de conducción y de los huecos que dejan detrás.
—Los fotones parecen ser una lata para los
electrones —observó Alicia, decidiendo cambiar de tema.
—Bueno, son realmente bastante hiperactivos,
pero también son por naturaleza muy brillantes. Como dice el Director, las
partículas son partículas. Supongo que en este momento algunos de ellos están
«laseando» [6] electrones en el
dormitorio.
—Perdón, ¿pero querrá decir haciéndoles
novatadas [7] ? Estoy segura de que
ésa es la expresión que he oído para describir las bromas de estudiantes.
—No, es decididamente «laseando». Ven y lo
verás.
Siguieron por el pasillo hasta una habitación al
final. El Mecánico abrió la puerta, entraron y cerró la puerta. Se encontraban
en una larga habitación en cuyos lados se alineaba una serie de literas. Alicia
pudo ver que muchas de las literas superiores estaban ocupadas por electrones,
pero las inferiores se encontraban en su mayor parte vacías.
—A veces están en las literas superiores en vez
de en las inferiores —puntualizó el Mecánico—. Esto se llama inversión
de población. Sólo cuando están de esa
manera es eficaz el «laseado».
No pasó mucho tiempo antes de que un fotón
solitario entrara corriendo en la habitación. Se dirigió apresuradamente a una
de las literas y la volcó, haciendo que el electrón cayera de golpe a la de
abajo. Alicia quedó admirada al ver que ahora había dos fotones correteando juntos por la habitación. Se
movían al unísono, de modo que parecían casi uno solo.
—Eso es un ejemplo de emisión
estimulada —murmuró el Mecánico a
Alicia en el oído—. El fotón ha provocado que el electrón haga una transición
al nivel inferior y la energía liberada ha creado otro fotón. Observa ahora
cómo se desarrolla la emisión láser.
Los dos fotones corretearon arriba y abajo por
la larga habitación. Uno colisionó con un electrón y entonces hubo tres fotones
y otro electrón en el nivel inferior. Mientras Alicia miraba, los fotones
interactuaron con más electrones, produciendo más fotones. En ocasiones observó
que un fotón colisionaba con un electrón que había caído a la litera inferior.
Cuando sucedía esto, el electrón salía disparado hacia la litera superior y el
fotón desaparecía, pero como inicialmente había muy pocos electrones en las
literas inferiores, no era frecuente que ocurriera.
Enseguida una horda de fotones idénticos llenó
la habitación, todos ellos corriendo hacia adelante y hacia atrás en perfecto
sincronismo. Ahora había casi tantos electrones en las literas inferiores como
en las superiores, de manera que era tan probable que las colisiones excitaran
un electrón a la posición más alta, con la pérdida de uno de los fotones, como
que crearan un nuevo fotón. La corriente de fotones se desparramó hacia fuera a
través de la puerta al final del dormitorio y a lo largo del pasillo en forma
de un apretado haz de luz coherente. Antes de que hubieran llegado a la mitad
del pasillo, colisionaron con la abultada forma del Director, que caminaba
hacia ellos.
Éste se detuvo inmediatamente, se irguió todo lo
que pudo y extendió su gruesa toga negra a cada lado, de modo que hizo aparecer
un denso cuerpo negro que bloqueaba el pasillo de una manera efectiva. Los
fotones golpearon el entintado tejido negro y desaparecieron por completo. El
Director permaneció allí durante un momento, con aspecto a la vez acalorado y
preocupado, y secándose con un pañuelo el sudor de su tosca cara.
—No permitiré
comportamientos de esta clase —dijo resoplando—. Les he advertido de que todo
fotón que proceda de esta manera será absorbido instantáneamente. Es una tarea
caliente, no obstante, puesto que la energía liberada ha de ir a alguna parte,
y normalmente acaba en calor.
—Disculpe —dijo Alicia—.
¿Podría decirme adónde han ido todos esos fotones?
—No han ido a ninguna parte, querida. Han sido
absorbidos. Ya no existen.
—¡Oh, qué trágico! —exclamó Alicia, que sentía
pena por los fotones tan abruptamente extinguidos.
—En absoluto, en absoluto. Todo ello es
inherente al hecho de ser una partícula no conservada. Los fotones son de ese
tipo. Fáciles de llegar, fáciles de irse. Siempre están creándose y
destruyéndose. No es nada muy serio.
—Estoy segura de que sí lo es para un fotón
—exclamó Alicia.
—Bueno, ni siquiera estoy seguro de eso. No creo
que a un fotón le afecte mucho cuánto tiempo nos parece que existe. Viajan a la velocidad de la
luz, ¿verdad?, porque después de todo son luz. Para algo que viaje a esa velocidad, el
tiempo permanece realmente «congelado». Así que, independientemente de lo que
nos parezca que sobreviven, para ellos no transcurrirá tiempo alguno. Toda la
historia del Universo pasaría como un relámpago para un fotón. Supongo que ésta
es la razón de que nunca parezcan aburrirse.
»Como dije a la asamblea, los fotones tienen
muchos papeles importantes que desempeñar en la excitación de electrones de un
estado a otro y, ciertamente, en la creación de las interacciones que en
primera instancia fabrican los estados. Para hacer esto, es necesario que sean
creados y destruidos con mucha frecuencia; son gajes del oficio, por decirlo
así. No obstante, la creación de interacciones corresponde sobre todo a los
fotones virtuales. No tratamos mucho acerca de ellos aquí. Si estás interesada
en los estados y en cómo se las arregla uno para moverse entre ellos, deberías
visitar la Agencia de Estados. Tu amigo te mostrará el camino.
El Director los acompañó fuera de la Academia por
el sendero que llegaba hasta la puerta principal. Cuando ya caminaban por la
carretera, Alicia se dio la vuelta para saludar al Director, que permanecía
firme en el centro de la puerta donde lo había visto por primera vez.
Capítulo 6
Realidad virtual
El Mecánico Cuántico condujo a Alicia por la carretera, y a través de una
puerta de hierro forjado, hasta un atractivo parque. Bellos arriates,
completamente llenos de flores variadas, alineados en ambos lados del camino,
les producían una sensación muy placentera mientras paseaban en el cálido día
de verano. El sol brillaba en el cielo, desparramando su luz sobre la idílica
escena. Al lado del camino revoloteaban mariposas de una brillante flor a otra
y un arroyuelo borboteaba colina abajo sobre un lecho de cantos rodados,
mientras que aquí y allá, a lo largo de su camino, el agua se desparramaba en
una catarata en miniatura. Alicia pensaba que todo eso era muy lindo y miraba a
su alrededor con placer cuando vio otra figura que se acercaba a través de un
camino convergente.
La recién llegada era sencillamente otra chiquilla, pero en ella había algo muy
peculiar. Se parecía un poco a Alicia, pero más bien se asemejaba a la figura
que ella había visto alguna vez en los negativos de sus instantáneas. Alicia se
acordó de los antielectrones que había visto en el Banco. Para su sorpresa,
advirtió que, aunque la niña iba hacia ella, miraba en la dirección opuesta y
caminaba hacia atrás. Alicia estaba tan absorta en la notable aparición de esa
extraña niña que no advirtió lo rápidamente que se acercaban ambas. Antes de
que se diera cuenta de lo que sucedía, habían chocado una contra la otra. Se
produjo un destello cegador que le hizo perder el conocimiento. Cuando lo
recuperó, se encontró caminando en solitario a lo largo de la senda que había
seguido la otra niña. Mirando hacia atrás pudo ver que la niña-inversa caminaba
a lo lejos, siempre hacia atrás, a lo largo de la senda original de Alicia.
Ahora, sin embargo, iba acompaña la de otra figura negativa que caminaba junto
a ella también hacia atrás. Esta segunda figura se asemejaba a su compañero de
antes, el Mecánico Cuántico.
Cuando miró a su alrededor,
Alicia se admiró al descubrir que su entorno se había alterado de una manera
espectacular. Todo parecía haberse invertido hasta el mínimo detalle. El sol
brillaba oscuramente en el cielo, vaciando la luz del paisaje de abajo. A lo
largo de la senda, apagadas mariposas revoloteaban hacia atrás de flor en flor
y un riachuelo borboteaba colina arriba sobre un lecho de cantos rodados,
mientras aquí y allá el agua se encumbraba hasta la cima de una catarata en
miniatura. Alicia no había experimentado antes nada como esto.
Estaba tan fascinada por esta notable escena que
no observó que una vez más una niñita corría hacia ella en sentido opuesto.
Alicia miró a su alrededor justo cuando ambas colisionaron produciendo otro
destello cegador. Cuando se recobró de la conmoción, vio que la niña caminaba a
lo lejos por el sendero por el que Alicia había llegado. Notó además que el
escenario había vuelto a la normalidad.
«Esto es de lo más curioso —se dijo Alicia—. El
primer choque se las arregló de alguna manera para hacer que toda la campiña se
invirtiera, mientras que el segundo la ha devuelto a la normalidad. No sé cómo
ha podido suceder esto. ¿Cómo mi choque con esa chica, por violento que fuera,
pudo afectar al riachuelo y al sol? No tiene ningún sentido.» Alicia continuó
debatiendo consigo misma el significado de su reciente experiencia. Ésta había
sido tan notable que apenas prestó atención cuando una aguda detonación que se
producía junto a ella, al tiempo que un fotón extremadamente energético se
precipitaba a través del sendero.
Alicia no había llegado a ninguna explicación
satisfactoria de su experiencia reciente cuando el sendero la condujo fuera del
parque hasta una ancha llanura que parecía no tener ninguna característica
distintiva, salvo un gran edificio de corte utilitario que se erigía frente a
Alicia un poco más adelante.
Cuando se acercó, vio que en el edificio había
un tablón de anuncios colocado en el centro de su parte delantera, un poco por
encima de la cabeza de Alicia. En un extremo ponía Agente Inmobiliario, y en el
otro, Corredor VIRTUAL. En el centro de la vasta fachada vacía había una puerta
y un pequeño escaparate lleno de anuncios.
Reducciones genuinas de amplitud para venta rápida
Excelentes características periódicas.
Estados situados en banda de energía apetecible.
Precios atractivos para pronta transición.
Como Alicia no vio a nadie fuera, abrió la
puerta y entró. Justamente detrás de la puerta había un corto mostrador y tras
él una enorme habitación casi vacía, salvo por lo que parecía ser una
estantería que surgía de entre las sombras en la distancia. En el centro de la
habitación se veía una única figura sentada junto a un escritorio y hablando
por teléfono. Al ver a Alicia, se levantó apresuradamente. Apoyó sus manos en
el escritorio y sonrió ampliamente de una manera bastante poco sincera.
—Adelante, adelante —dijo, pasando por alto que
Alicia había entrado ya—. ¿Qué puedo tener el placer de enseñarte? ¿Quizás
estás planeando mudarte a tu auténtico primer estado? Estoy seguro de que
podremos atenderte a tu entera satisfacción.
—Para decirle la verdad —comenzó Alicia, y no es
que no hubiera estado tentada de mentir—, no estoy buscando realmente nada. Me
dijeron que usted podría informarme acerca de cómo los electrones y otras
partículas se mueven entre los estados.
—Bien, desde luego has
venido al sitio adecuado. Estamos establecidos desde hace mucho tiempo en el
negocio de la transición de partículas. Si no te importa venir conmigo a uno de
nuestros locales, trataré de aclararte la situación a tu entera satisfacción.
Alicia entendió que esto significaba que él
explicaría las cosas, de modo que dio un rodeo a la mesa y lo siguió hasta una
de las estanterías, o lo que fuera. O estaban muy lejos y eran muy grandes o
ella y el Agente Inmobiliario menguaron al acercarse, pero, fuera lo que fuera,
el caso es que Alicia descubrió al acercarse que se parecían mucho más a un
alto bloque de edificios de apartamentos. En ellos había un cartel que rezaba:
Mansiones periódicas
Estaban muy abiertos por la parte delantera, y
Alicia pudo ver electrones moviéndose en cada nivel.
—Aquí tienes un buen ejemplo de estados de
calidad construidos en niveles de energía bien espaciados. Cada uno está
ocupado por el número permitido de electrones, hasta el nivel ocupado más alto.
Por encima de éste existen muchos estados vacantes, pero en la actualidad no
hay sitio para más electrones en los niveles más bajos. Cuando un electrón está
aposentado en un estado, no hay sitio para otro electrón, por supuesto. Dejado
a sí mismo, un electrón normalmente no tiene ninguna inclinación a moverse de
un estado en el que se ha instalado. No obstante, si esperamos un momento,
podemos tener la suerte de contemplar algún movimiento forzado.
Alicia no se movió y observó el edificio; y tras
una breve espera vio un fotón precipitarse hacia la parte frontal del mismo.
Hubo una conmoción y uno de los electrones del nivel más bajo se elevó
bruscamente perdiéndose de vista. Alicia miró a su alrededor para ver de dónde
había llegado el fotón. Aparcada cerca, había una camioneta que tenía pintado
en uno de sus lados el siguiente anuncio:
Mudanzas fotónicas
Hacemos que la luz realice transiciones
—Estoy de suerte —exclamó el Agente Inmobiliario
alegremente—. Un fotón ha cedido su energía a un electrón del nivel más bajo y
lo ha excitado justo a uno de los niveles vacantes en la parte de arriba. No
conseguimos muy frecuentemente una mudanza desde el nivel fundamental. Eso deja
un atractivo sitio vacante. Debo atenderlo de inmediato.
Se fue apresuradamente y enseguida volvió con un
cartel anunciador colocado en un poste que clavó en el suelo. El anuncio
rezaba:
¡Posesión vacante!
Atractivo estado en nivel fundamental
Apenas había colocado el cartel cuando uno de
los electrones en el segundo nivel dio un breve grito y descendió al estado
vacío. Una vez allí se acomodó y siguió como si nada hubiera ocurrido. Al
tiempo que él caía, Alicia vio salir un fotón. Como el electrón no había caído
desde muy lejos, la energía transportada por este fotón era mucho menor que la
que llevaba el fotón que había liberado al primer electrón.
El Agente Inmobiliario suspiró, cogió una brocha
de un bote que había traído junto con el anuncio y procedió a tachar la palabra
«fundamental» y escribir «segundo». La pintura aún no se había secado cuando
Alicia oyó otro chillido. Un electrón del tercer nivel había caído en el sitio
vacío del segundo. El Agente Inmobiliario soltó un taco y cambió de nuevo su
cartel donde escribió «tercero». Dejó violentamente la brocha en el bote de
pintura y se quedó mirando el edificio.
Hubo otro grito agudo. Un electrón de aún más
arriba había caído en el tercer nivel. El Agente Inmobiliario arrancó el
anuncio del poste, lo arrojó al suelo y empezó a pisotearlo.
—Disculpe —dijo Alicia, algo vacilante de
interrumpir esa exhibición de pasión—. Creía que usted había dicho que los
electrones permanecerían en sus órbitas si se les dejaba tranquilos, pero esos
de ahí parecen haber caído de manera absolutamente espontánea.
—Así puede parecerlo —repuso el Agente, muy
contento de haber sido apartado de su momentánea salida de tono—. En realidad,
todas esas transiciones electrónicas han sido estimuladas de hecho por fotones,
pero no lo has notado porque eran fotones virtuales. Los fotones virtuales desempeñan un papel muy
importante en todas las interacciones de los electrones.
No sólo dan lugar a esas
transiciones aparentemente espontáneas entre estados, sino que también ayudan a
crear esos mismos estados en primera instancia. Así que has de saber que las
mismas partículas que mantienen en su estado estacionario al electrón son las
que obligan a éste a abandonarlo.
Los electrones pueden ser excitados por fotones
para realizar transiciones en cualquier dirección, dando lugar a absorción
estimulada y a emisión estimulada. Los electrones que han sido excitados a un
estado de mayor energía decaen después a un estado más bajo si hay alguno
disponible, incluso si parece no haber ningún fotón presente. Esto se
llama decaimiento espontáneo [8] . La mecánica cuántica mantiene que todas las
transiciones se originan por algo; no suceden por las buenas. Los decaimientos
en apariencia espontáneos están causados de hecho por fotones, pero no por
fotones reales. Están estimulados por fotones virtuales: fluctuaciones
cuánticas en el vacío.
Alrededor de cualquier carga eléctrica existe una nube de fotones virtuales
cuya interacción con otras partículas cargadas produce un campo eléctrico. Al
constituir el campo eléctrico, estos fotones virtuales están siempre presentes
en un átomo y pueden dar lugar a los decaimientos en apariencia espontáneos de
los estados electrónicos.
»Antes de hablarte de partículas virtuales,
deberíamos considerar las partículas normales, las que no son virtuales. Se las conoce comúnmente como
“partículas reales”. Lo distintivo en ellas es que hay una relación muy
estricta entre sus masas y la energía y el momento que pueden tener. A eso se
refiere el anuncio de allí.
El agente señaló un pequeño adhesivo, impreso en
papel verde fluorescente, pegado en la fachada del edificio. Decía así:
Las partículas reales actúan en la capa de masas
«Son de verdad aficionados a los anuncios aquí
—pensó Alicia—. Éste parece bastante sugerente, aunque he de admitir que no sé
lo que quiere decir.»
—La capa de masas —continuó el Agente, como si
respondiera a los pensamientos de Alicia— es la región donde la energía y el
momento están relacionados de la manera estricta requerida para las partículas
reales. Es el camino largo y estrecho seguido por las rígidas partículas
convencionales.
»Si se desea ser una fuerza en la comunidad y
empujar las cosas, se ha de poder transferir momento. Si se desea mover algo de
su sitio, o impedir que algo se mueva, se debe transferir momento. Todo eso
significa movimiento, y movimiento implica momento. Hay poca diferencia en
empezar un movimiento o detenerlo. Es el cambio del momento lo que desvía los
objetos de su trayectoria y hace que las cosas cambien, y es, a ese respecto,
el control del momento lo que hace que las partículas sigan una trayectoria
determinada.
»En la capa de masas no se puede tener momento
sin suministrar la energía cinética apropiada de acuerdo con la masa
correspondiente. En el caso de una partícula realmente masiva, que tiene una
gran cantidad de energía en forma de masa en reposo, no se necesita tanta
energía cinética para dotarla de la cantidad de momento que se necesitaría en
el caso de una partícula más ligera. Todas las partículas reales deben tener la
cantidad apropiada de energía para tener momento. Esto es así incluso para los
fotones, que no tienen masa en reposo en absoluto.
El Agente se metió la mano en el bolsillo y sacó
unos cuantos documentos que parecían de tipo legal.
—Las condiciones son absolutamente precisas. Si
las partículas las cumplen, son libres, están exentas de cualquier deuda de
energía. Pueden moverse por ahí como deseen y lo lejos que quieran. Pueden ir y
venir con toda libertad. Seguro que has visto la regla: «Lo que no está
prohibido es obligatorio» —observó.
—Sí, la he visto —replicó Alicia, ansiosa de
airear sus conocimientos—. La vi en el Banco Heisenberg, y el Director me habló
acerca del momento y…
—Hay otra regla —prosiguió el Agente
entusiasmado, sin detenerse realmente a escuchar la respuesta de Alicia—. Reza:
«Lo prohibido es mejor hacerlo rápidamente». Ésta es la regla que siguen las
partículas virtuales. En la sociedad clásica y educada no se suele hablar mucho
de ellas, pero tienen un papel importante que desempeñar en el mundo. Las
partículas virtuales tienen comportamientos que las leyes clásicas simplemente
no permiten.
—¿Cómo puede ser eso? —preguntó Alicia algo
ingenuamente—. Si algo no está permitido, con seguridad ninguna partícula podrá
hacerlo.
El agente sí la oyó entonces y contestó a su
pregunta.
—Son las fluctuaciones cuánticas las que lo
permiten —dijo—. Si has estado en el Banco, recordarás que las partículas
disponen de un préstamo de energía por un tiempo corto. Cuanto mayor sea el
préstamo, más corto será el tiempo, desde luego. Probablemente habrás oído la
expresión «Lo difícil lo hacemos de inmediato; lo imposible lleva algo más de
tiempo». Bien, en mecánica cuántica lo imposible no lleva algo más de tiempo,
pero dura algo menos. Las partículas pueden disfrutar de todos los beneficios
de la energía que no poseen en un ensayo libre a corto plazo. Esto incluye el
poder transferir momento.
En la teoría cuántica el concepto de una partícula
no es tan preciso como en física clásica. Las partículas llevan y ceden energía
de forma cuantizada, en paquetes discretos. En muchos casos tienen masas
definidas que las distinguen claramente de otras partículas y pueden portar
cantidades específicas de otras magnitudes, tales como la carga eléctrica. Los
fotones tienen masa en reposo cero (que es también un valor definido). Las
partículas reales, aquellas que tienen existencia a largo plazo, tienen relaciones
estrictas entre los valores de la masa, la energía y el momento. Allí donde las
partículas pueden ser creadas y destruidas y tienen sólo una existencia
pasajera, éstas no obedecen esas reglas estrictas y las fluctuaciones cuánticas
de la energía pueden ser grandes. Esto es en particular cierto para las
partículas que se intercambian a fin de que otras partículas interactúen. La
entera energía de tales partículas es una fluctuación cuántica. Ellas son
creadas literalmente de la nada. El vacío no está completamente vacío, sino que
es una masa en ebullición de esas partículas de vida corta.
—Debe de ser un ensayo libre bastante corto
—dijo Alicia pensativamente.
—¡Oh!, lo es, lo es. Pero se trata de algo por
nada, así que todas lo quieren. Tendrás una mejor percepción de las partículas
virtuales una vez las hayas visto.
—Pero no puedo verlas —protestó Alicia—.
Seguramente ésa es la cuestión.
—No puedes verlas por ahora —dijo el Agente
severamente—, pero podrás cuando te pongas mi casco de realidad
virtual.
Caminó rápidamente en la
dirección por la que habían llegado, y Alicia esperó no haberlo ofendido. Se
sintió aliviada cuando él volvió enseguida, llevando consigo un gran casco de
aspecto altamente tecnificado. Tenía un visor transparente que cubría por completo
su parte delantera, y había un largo cable prendido a un enchufe en la parte
posterior. El cable serpenteaba a lo largo del camino por donde él había
llegado hasta que se perdía de vista a lo lejos.
—Aquí está —dijo triunfalmente—. Una maravilla
de la tecnología moderna. Sólo tienes que ponerte esto y verás el mundo de las
partículas virtuales.
Alicia se puso algo nerviosa al contemplar el
casco. Era grande y parecía muy complicado;
incluso le pareció algo siniestro. No obstante, si le iba a revelar el mundo de
las partículas virtuales, estaba dispuesta a probarlo. Se puso el casco. Era
muy pesado. El agente se aproximó al casco y lo ajustó algo a la cabeza de Alicia,
en el lado que ésta no podía ver. La visión a través del visor se hizo nubosa
con pequeñas manchas centelleantes y…
* * * *
Cuando se aclaró su visión,
la escena había cambiado espectacularmente. Alicia aún podía ver los electrones
en sus diversos niveles, pero ahora en lugar de aparecer dentro de un alto
edificio, los vio como intrincados en una red de vívidas líneas que conectaban
un electrón con otro, de manera que tenían todo el aspecto de moscas atrapadas
en alguna gran tela de araña de brillantes hilos. Cuando observó más
atentamente esos hilos, pudo ver que estaban en realidad compuestos de fotones,
pero fotones claramente distintos de los que había visto antes en la Academia.
Todos los fotones que había visto antes se
movían muy rápidamente, pero al menos lo hacían de una manera normal. Empezaban
en una posición y algo más tarde estaban en otra, incluso aunque sus posiciones
no estuvieran nunca exactamente definidas, y en el período intermedio pasaban
por todos los puntos entre ambas posiciones. Jamás se le habría ocurrido a
Alicia que pudiera viajarse de otra manera, pero algunos de esos fotones
virtuales parecían poder hacerlo. Al mirarlos, le resultó muy difícil decir en
qué dirección se estaban moviendo. Un hilo determinado de la red, que
representaba el comportamiento de un fotón, parecía estar en el mismo instante
en las posiciones de los dos electrones que unía, sin manifestar ningún tipo de
movimiento normal de una a otra posición. Este enlace entonces desaparecía
mientras surgían otros por cualquier parte, en la muchedumbre de fotones que
acoplaban las cargas eléctricas de todos los electrones.
En la teoría cuántica se descubre que las
partículas muestran propiedades asociadas según la mecánica clásica con ondas
continuas. En correspondencia, y según esta concepción, se ve que los campos de
fuerza están compuestos de partículas. La interacción eléctrica entre dos
partículas cualquiera cargadas está causada por el intercambio de fotones entre
ellas. Estos fotones tienen una existencia breve, lo que significa que están
bien localizados en el tiempo y por tanto su energía es incierta. Son partículas
virtuales cuya energía y cuyo momento pueden fluctuar muy por encima de los
valores que serían normales para una partícula de vida larga.
Era realmente una bonita vista, si bien bastante
peculiar. Los fotones virtuales se movían de todas las maneras concebibles, a
la vez que algunos de ellos parecían haber dominado el arte de desplazarse de
una posición a otra sin requerir realmente que transcurriera tiempo alguno
entre la salida y la llegada.
Cuando Alicia estaba contemplando con interés
esa extraña escena, el casco emitió un zumbido cerca de su oído, al que
inmediatamente siguió un «clic» apagado. La escena frente a ella resplandeció y
volvió a ser la escena ordinaria que había visto antes de ponerse el casco.
Alicia mostró en voz alta su fastidio al perder de vista el fascinante
panorama.
—Lo siento —dijo el Agente—. Me temo que hay un
regulador temporal en el mecanismo. Había intentado que funcionase con monedas,
¿sabes?
Alicia estaba demasiado cautivada por la escena
que había acabado de contemplar como para prestar mucha atención a las
disculpas del Agente y trató de describirle lo que había visto. Como ocurriera
con toda la gente que había conocido en ese extraño mundo, éste comenzó
inmediatamente una larga explicación.
—Ése es justamente otro aspecto del modo en que
las partículas virtuales pueden hacer cosas que las partículas reales no pueden
hacer. De alguna manera es un poco como la penetración de barreras. Espero que
hayas visto ya algunos casos de penetración de barreras.
—Así me lo dijeron —respondió cautelosamente
Alicia—. Cuando acababa de llegar aquí vi a alguien pasar a través de una
puerta cerrada y me dijeron que podía hacerlo porque su función de onda se
dispersaba a través de la puerta hasta el interior, lo que permitía una pequeña
probabilidad de ser observado al otro lado.
—Eso es completamente cierto. Esa parte de la
función de onda permitió a tu amigo penetrar en el interior de una barrera que
habría detenido a una partícula según la física clásica. Él no tenía suficiente
energía para cruzar la barrera, de modo que cuando estaba penetrando la puerta
se hallaba en una especie de condición virtual. Existen muy pocas partículas,
si es que existe alguna, que sean reales por completo. Casi todas ellas tienen
algunos aspectos virtuales, aunque algunas son más virtuales que otras. Los
fotones de intercambio que estabas mirando hace un momento son casi del todo
virtuales.
»La regla general es que las partículas
virtuales no obedecen las reglas, aunque no pueden evadirlas durante mucho
tiempo. Esto significa que pueden hacer cosas para las que realmente no tienen
suficiente energía. Estas partículas intercambiadas, como los fotones que has
visto, producen interacciones entre otras partículas. Pueden penetrar en
barreras que detendrían una partícula en la concepción clásica, y esto incluye
la misma barrera del tiempo. Pueden moverse según un tipo
espacial, mientras que las partículas reales
sólo pueden ser de tipo temporal. Esto significa que aunque una partícula real pueda estar fija en la
misma posición mientras el tiempo cambia, es incapaz de estar fija en el mismo
tiempo mientras cambia su posición. Una partícula virtual puede hacer ambas
cosas. Puede moverse lateralmente en el tiempo, si ésa es su elección.
—Eso parece verdaderamente muy curioso —dijo
Alicia—. No me sorprende que las partículas reales sean incapaces de hacer eso
y que sólo se muevan del pasado al futuro.
—Bueno, eso no es del todo cierto —dijo el
Agente un poco como disculpándose—. Es absolutamente cierto que la mayoría de
las partículas se mueven hacia delante en el tiempo, tal como supones. No
obstante, la mayor parte de las partículas se hace un poco virtual en alguna
ocasión, durante colisiones, por ejemplo; así que es posible que una partícula
invierta el sentido del tiempo. En un instante se está moviendo hacia delante
en el tiempo de una forma respetable y cumplidora de la ley, y el instante siguiente
descubre que se le ha dado totalmente la vuelta y que se mueve hacia atrás
(hacia el pasado). Aunque puede sorprenderte oírme hablar así, el caso es que
ese comportamiento le está permitido a una partícula real.
—¡Oh! —exclamó de repente Alicia, sorprendiendo
al Agente en la mitad de su cuidadosa descripción—. Creo que eso debe de ser lo
que me sucedió antes. No pude imaginar lo que me había pasado cuando estaba
caminando por el parque y todo a mi alrededor pareció invertirse, pero ahora sé
que no era el torrente y las mariposas los que iban hacia atrás. ¡Era yo quien
estaba retrocediendo en el tiempo!
Alicia dijo a su acompañante lo que podía
recordar del incidente y éste se mostró de acuerdo con la interpretación de
ella.
—Ciertamente me parece un caso claro de
producción de antipartículas —dijo.
—¡Antipartículas! —exclamó Alicia—. No sabía que
eso tuviera algo que ver con antipartículas. Recuerdo haberlas visto en el
Banco Heisenberg, pero no entiendo por qué tendrían algo que ver con el
presente caso.
—Habría pensado que era evidente —dijo el
Agente, aunque a Alicia no le parecía evidente ni mucho menos—. Claro, porque
cuando una partícula se mueve hacia atrás en el tiempo, a un espectador le
parece algo totalmente opuesto si se mueve de la manera normal, hacia delante
en el tiempo. Considera el caso de un electrón. Tiene carga eléctrica negativa,
así que cuando se mueve del pasado al futuro de manera normal transporta su
carga negativa al futuro. Si, por el contrario, se mueve del futuro al pasado, entonces
transporta su carga negativa desde el futuro hasta el pasado, lo que es como si
una carga positiva fuera
desde el pasado hacia el futuro. En cualquier caso, la carga del futuro se hace
más positiva. A un observador externo esto le parece un positrón o
antielectrón.
»Lo que te sucedió le habría parecido al resto
del mundo como un fotón con una energía inusualmente alta que cede ésta para
crear una Alicia y una “antiAlicia”. La antiAlicia se movería por ahí hasta
colisionar con una Alicia, y las dos se aniquilarían mutuamente, convirtiendo
su energía otra vez en fotones.
—¿Cómo puede ser eso? —exclamó algo desanimada
Alicia—. No veo cómo esa antiAlicia podría haber encontrado jamás una segunda
Alicia para colisionar con ella. Yo soy única, y desde luego no he sido
aniquilada —concluyó desafiadoramente.
—¡Ah!, lo que acabo de describir es cómo
aparecería al resto del mundo,
pero la impresión que te causaría a ti sería muy diferente, completamente
diferente. Para ti, la aniquilación habría llegado antes que la creación, por
supuesto.
—No veo dónde está el «por supuesto» —respondió
Alicia con cierta brusquedad—. ¿Cómo puede destruirse algo antes de ser creado?
—Claro, ése es el orden natural de las cosas
cuando se va hacia atrás en el tiempo. Normalmente, cuando se va hacia adelante
en el tiempo se espera que la creación anteceda a la aniquilación, ¿no?
—Sí, desde luego —replicó Alicia.
—Bien, en tal caso, si te mueves hacia
atrás en el tiempo esperas que la
creación llegue antes que la destrucción desde tu punto de vista. Tú estás
experimentando lo que ocurre en el orden inverso después de todo. He supuesto
que lo deducirías por ti misma.
»En este caso ibas caminando tranquilamente con
el Mecánico Cuántico y de repente colisionaste con la antiAlicia. Desde el
punto de vista de tu acompañante, tú y la antiAlicia fuisteis totalmente
destruidas y la energía de vuestras masas fue transportada al exterior por
fotones muy energéticos.
—¡Oh, pobre Mecánico! —exclamó Alicia—. ¡Debe de
creer entonces que he sido destruida! ¿Cómo puedo encontrarlo para tranquilizar
su mente?
—Yo no me preocuparía demasiado por eso —le
aseguró el Agente—. Naturalmente el Mecánico Cuántico conoce la aniquilación de
antipartículas, así que sabrá que simplemente has retrocedido en el tiempo. Sin
duda esperará encontrarte de sopetón más tarde, o quizás más pronto,
dependiendo de lo lejos que hubieras ido. En cualquier caso, el proceso de
aniquilación te convirtió en una antiAlicia y viajaste hacia atrás en el tiempo
hasta que fuiste creada, junto con una Alicia, por un fotón de alta energía.
Así es como le habría parecido a cualquier espectador. Para ti simplemente
pareció que de repente no viajabas hacia atrás en el tiempo, sino que habías
empezado a moverte hacia delante de manera normal. No has visto el fotón que
causó esto. No pudiste verlo porque dejó de existir en el instante en que
invertiste tu paso a través del tiempo, así que como Alicia y como antiAlicia
estabas en un futuro que él nunca alcanzó.
»Ves ahora que, aunque cualquiera que estuviera
observando diría que durante un instante había tres “tús”, dos Alicias y una
antiAlicia, de hecho todas eran tú misma. Como habías retrocedido en el tiempo, estabas viviendo el
mismo período que viviste cuando caminabas con el Mecánico Cuántico. Cuando
volviste a la normalidad mediante el proceso de creación del par
(partícula-antipartícula), viviste el mismo período por tercera vez, ahora
desplazándote de nuevo hacia delante en el tiempo.
»Esa parte de tu vida fue como un camino que
zigzaguea por la falda de una colina, subiendo primero hacia el este, doblando
después bruscamente hacia el oeste antes de volver de nuevo hacia el este. Si
asciendes siguiendo la dirección norte de esa colina, podrías creer que
cruzaste tres caminos diferentes, mientras que de hecho habrías cruzado el
mismo camino tres veces. Algo parecido ocurre en la producción de
antipartículas. La antipartícula es la sección del camino que va en sentido
contrario.
En ese momento hubo un débil zumbido procedente
del casco y una lucecita verde brilló en la esquina del visor.
—Creo que el casco está lo
bastante recargado para otra demostración —dijo el Agente—. Si miras esta vez
con cuidado, podrás hacerte una idea de los efectos de segundo orden.
Le ajustó el casco a Alicia y la visión se
nubló…
* * * *
La visión se aclaró de
nuevo para revelar que a lo largo de todo el paisaje se insertaba una red de
líneas fotónicas. Cuando Alicia observó con más atención una región
determinada, pudo ver que unas cuantas de esas luminosas líneas estaban
cortadas. En medio de un brillante hilo fotónico pudo observar una especie de
lazo en cuya mitad el fotón se tornaba en lo que pudo reconocer como un
electrón y un positrón (antielectrón). Éstos se agrupaban otra vez casi
inmediatamente para formar un hilo fotónico que iba a unirse a un electrón
real.
Mirando aún más de cerca, Alicia pudo ver otro
fotón surgiendo tenuemente del electrón en el lazo. En un punto de la
trayectoria de este fotón pudo ver el débil contorno de otro lazo
electrón-positrón. De él emergían fotones aún más débiles, y si miraba realmente
de cerca, podía distinguir lazos electrón-positrón partiendo de aquéllos. Hasta
donde fue capaz de distinguir, podía ver fotones creando lazos
electrón-positrón y electrones o positrones emitiendo fotones que creaban más
pares electrón-positrón. Esto seguía y seguía, en una profusión aparentemente
infinita, pero haciéndose cada vez más débil al aumentar el grado de
complejidad. Alicia se estaba mareando mucho al forzar sus ojos para tratar de
ver algún final de esta secuencia. Finalmente todo se acabó. Oyó el zumbido y
el chasquido del casco y toda la escena se desvaneció por completo.
—Creía que usted había afirmado que los
electrones se unían mediante el intercambio de fotones —dijo ella en un tono bastante acusador—. Estoy
segura de haber visto electrones entre las partículas virtuales. Un montón de
ellos, de hecho.
—¡Oh, sí!, seguro que los viste. Los electrones
reales originales actúan como fuentes del campo eléctrico, aunque es más
correcto decir que las cargas eléctricas transportadas por los electrones son
las que producen el campo. A los fotones no les importa nada salvo la carga
eléctrica, pero donde haya una de esas cargas siempre se encontrará una nube de
fotones a su alrededor. Si pasa por allí otra partícula cargada, estos fotones
pueden intercambiarse y producir una fuerza entre ambas partículas. Las
partículas intercambiadas han de crearse a fin de intercambiarse y son
destruidas después, cuando han sido capturadas. Evidentemente, su número no se
conserva, así que han de ser bosones.
»La relación entre fotones y cargas funciona en
ambos sentidos. Así como las partículas cargadas producen fotones, a éstos les
agradaría crear partículas cargadas, pero no pueden producir sólo una partícula
cargada porque la cantidad de carga eléctrica presente no puede cambiar. Ésa es
otra de las reglas, y en este caso no se permite incertidumbre alguna. No
obstante, lo que los fotones pueden hacer es producir un electrón y un antielectrón, o positrón, a la vez. Como uno tiene carga negativa
y el otro positiva, la carga total del Universo no ha cambiado. Eso fue lo que viste. Los fotones
virtuales producen pares virtuales electrón-positrón, los cuales se aniquilan
entre sí y vuelven a ser un fotón. Sin embargo, durante la breve existencia del
par, como son partículas cargadas, pueden producir más fotones; esos fotones
pueden producir más pares electrón-positrón, y así sucesivamente.
—¡Dios mío! —exclamó Alicia—. Parece
excesivamente complicado. ¿Dónde acaba todo ello?
No sólo pueden crearse fotones, sino también
partículas tales como electrones, aunque éstos han de ser producidos junto con
sus antipartículas para que no haya cambio alguno en la carga eléctrica total.
Se requiere energía para crear la masa en reposo de esas partículas, pero la
energía necesaria puede estar disponible como una fluctuación de energía
durante un período breve de tiempo. Tal fluctuación puede ocurrir aunque no
haya presente ninguna energía inicialmente, y las partículas pueden crearse literalmente
de la nada. El «espacio vacío» es, de hecho, una mezcla en ebullición de pares
partícula-antipartícula.
—No acaba. Continúa así indefinidamente, y se va
haciendo cada vez más complicado. Pero la probabilidad de que un electrón
produzca un fotón, o de que un fotón produzca un par electrón-positrón, es
bastante pequeña. Esto quiere decir que las amplitudes más complicadas son más
débiles y terminan por ser tan débiles que no son perceptibles. Tienes que
haberlo visto.
—Bueno —dijo Alicia, a quien la cabeza le daba
vueltas al tratar de entender lo que había observado y lo que se le había
dicho—, todo lo que puedo decir es que no he visto antes nada igual.
—Bien puedes haberlo hecho —repuso el Agente—.
Lo que acabas de ver es como Nada en cualquier otro lugar. Aunque estoy algo
sorprendido de que te las hayas arreglado para ver Nada antes de llegar aquí.
—Seguramente yo no diría eso —replicó indignada
Alicia—. Puede que no haya viajado mucho, pero de todos modos algo he visto.
Suponía que usted sabría eso.
—No tengo duda alguna de que lo has hecho —dijo
el Agente Inmobiliario—. Estoy seguro de que procedes de un lugar muy deseable,
pero es relativamente fácil ver Algo, ¿sabes? Es mucho más difícil ver Nada. No
sé como podrías haberlo hecho sin la ayuda de mi casco de realidad virtual.
—Un momento —interrumpió Alicia, que había
empezado a sospechar que ambos estaban hablando con intenciones diferentes—.
¿Me diría, por favor, qué entiende usted por Nada?
—Claro, ¡cómo no! Quiero decir Nada: la ausencia
total de partículas reales cualesquiera. El vacío, lo vacuo, el olvido de todas
las cosas, o como quieras llamarlo.
Alicia se quedó completamente desconcertada ante
el alcance de ese concepto negativo.
—¿Tendría eso un aspecto diferente a través de
su casco? Imaginaba que nada tendría el aspecto de nada se mirase como se
mirase.
—Claro que hay diferencia. El vacío no es tal
vez el mejor vecino, pero existe mucha actividad encubierta. Ven a verlo por ti
misma.
El Agente empezó a caminar con paso vivo y
Alicia le siguió a través de su despacho. Se le hacía cada vez más difícil
creer que aún estaban en un despacho, o en un edificio de cualquier tipo, pues
parecía notablemente grande. Anduvieron durante algún tiempo, Alicia con
esfuerzo por el peso del casco y el cable que aún se extendía por detrás de
ella.
«Me pregunto cómo será de larga esta conexión
—se dijo a sí misma—. Estoy segura de que tengo que llegar pronto al final…»
Las mansiones periódicas, en las que había visto
los estados electrónicos, quedaron pronto fuera de su vista detrás de ellos, y
todavía seguían caminando. Justo cuando Alicia estaba a punto de rogar que se
detuvieran para descansar, vio ante sí lo que parecía la orilla de un lago o de
un mar en notable calma. Cuando se acercaron, comprobó que era un lago muy
grande, si es que era un lago. Se extendía frente a ellos hasta donde alcanzaba
su vista, una extensión aparentemente ilimitada. Pero si era el mar, era el
paisaje marino más extraño que Alicia había visto jamás. Estaba total y
absolutamente en calma, excepto por un débil, casi imperceptible, temblor en la
superficie. No era azul, ni verde, ni vinoso, ni de ningún otro color que
hubiera oído para describir el agua. No tenía ningún color en absoluto. Era
como una noche profunda y clara pero sin estrellas.
—¿Qué es eso? —dijo entrecortadamente Alicia,
vencida por la hipnótica vacuidad de la escena.
—Nada —replicó el Agente—. ¡Es la Nada! ¡Es el
vacío!
»Ven —continuó—. Permíteme encender el casco y
podrás observar la actividad en el vacío.
Se acercó al casco y de nuevo hizo lo que había
hecho antes. La visión de Alicia, su visión de la Nada, se nubló…
* * * *
Su visión se aclaró para
revelar una escena muy similar a la última que había visto a través del casco.
De nuevo vio una malla de hilos brillantes. Esta vez, sin embargo, no vio que
los hilos acabaran en electrones reales, que antes habían parecido estar
atrapados en la red, pero eran en realidad la fuente de ésta. Ahora no estaban
presentes partículas reales, sólo las virtuales. Los fotones creaban pares
electrón-positrón. Los electrones y positrones producían más fotones,
justamente como había visto antes. Previamente, la red se había originado a
partir de electrones reales, que eran su fuente y estaban anclados en el mundo
de las partículas reales. ¿Dónde estaba ahora su fuente? Los pares
electrón-positrón eran producidos por fotones; los fotones eran producidos por
pares electrón-positrón, que a su vez eran producidos por fotones. Alicia
intentó seguir hacia atrás las líneas de partículas para encontrar su fuente,
pero descubrió que daba vueltas y más vueltas en círculo. Tuvo la impresión de
haber perdido la pista, y trataba nuevamente de seguir las líneas con más
cuidado cuando oyó el zumbido familiar y el fuerte chasquido y la escena
desapareció por completo.
Alicia explicó una vez más lo que había visto al
Agente y le dijo que había sido incapaz de decidir qué partículas se habían
creado con otras.
—No me extraña —contestó el Agente—. Todas ellas
crean una a otra, ¿sabes? Es como lo del huevo y la gallina, con todas ellas
puestas y poniendo al mismo tiempo.
—¿Cómo puede ser eso? —preguntó Alicia—. Tiene que
haber una fuente. No pueden haber surgido de ningún sitio.
—Me temo que pueden hacerlo y que lo han hecho
—fue la respuesta—. Todo lo que impide normalmente la producción de pares
partícula-antipartícula es la necesidad de suministrar energía para las masas
en reposo de las partículas, y las partículas individuales no tienen esa
inhibición. La cosa en su totalidad es una enorme fluctuación cuántica.
—¿Es entonces real? —preguntó Alicia—. ¿Existen
realmente esas partículas en absoluto?
—¡Oh, sí!, son completamente reales, aunque no
en el sentido técnico de partículas reales. Son una parte vital del mundo como cualquier otra
cosa. Creo, sin embargo, que ya has visto todo lo que necesitas ver a través
del casco —continuó diciendo, y levantó el pesado instrumento de la cabeza de
Alicia—. No lo necesitaremos más, así que pondré en funcionamiento el mecanismo
de rebobinado.
Apretó un botón a su lado y el casco comenzó a
rebobinarse a lo largo de su cable, reptando rápidamente sobre el terreno en la
dirección de la que habían venido, habían llegado, como una araña mecánica,
hasta que se perdió de vista.
Aunque el casco había desaparecido, la cabeza de
Alicia aún estaba llena de las singulares escenas que había visto, las cuales
daban vueltas en su mente cuando caminaba en silencio junto al Agente
Inmobiliario a lo largo de la orilla del infinito vacío.
Capítulo 7
Átomos en el vacío
Alicia caminó con el Agente Inmobiliario a lo largo del borde del vacío mirando
la tenue superficie temblorosa que bullía continuamente con la actividad de las
partículas virtuales en tanto que éstas nacían y morían sin ser percibidas.
A pequeña distancia de la orilla, Alicia vio una pequeña perturbación en la
superficie, una especie de depresión circular en el nivel generalmente
uniforme. Más allá pudo ver otros hoyos, y cómo muchos de ellos se reunían en
grupos. Algunos de éstos eran pequeños, pues consistían en sólo dos de los
objetos circulares. Otros conjuntos eran más extensos. Pudo ver un grupo que
contenía un anillo formado por seis de los objetos dispuestos circularmente,
mientras que otros estaban unidos por fuera al anillo. A lo lejos pudo ver
conjuntos enormes que se extendían a través de la superficie. El mayor contenía
centenares de esas cosas circulares, fueran lo que fueran.
En su observación, Alicia vio fotones elevándose intermitentemente desde una u
otra de las formas que se esparcían ante ella. Los brillantemente coloreados
fotones se parecían bastante a bengalas disparadas por barcos en el mar.
El Agente siguió la dirección de la mirada de Alicia.
—Veo que estás observando los átomos que nadan en el vacío. Los átomos nos
suministran, de una u otra forma, mucho de nuestro trabajo en el negocio de los
estados de los electrones. Puedes ver desde aquí las diversas asociaciones
moleculares que han establecido entre ellos. Van desde pequeños «negocios» de
dos átomos hasta enormes conglomerados orgánicos. Cada tipo diferente de átomo
tiene su propio espectro distintivo de colores para los fotones que emite, de
modo que éstos actúan como señales que ayudan a identificar los diversos tipos
de átomos.
—Me estaba preguntando acerca de esas cosas de
ahí fuera —admitió cándidamente Alicia—. No puedo verlo claramente desde aquí.
¿Sería posible acercarnos?
—Si deseas observar más de cerca los átomos
deberíamos ir a los «Amarraderos Mendeléiev». Allí verás expuestos todo tipo de
átomos, con todos los diferentes elementos dispuestos en orden regular.
El Agente condujo a Alicia a lo largo de la
orilla hasta que tuvieron a la vista un embarcadero extremadamente largo y
estrecho que se extendía a lo lejos sobre el vacío. En el extremo de tierra se
encontraba una puerta arqueada en cuya parte superior había un anuncio que
decía:
EL MUELLE PERIÓDICO
Prop. D. I. Mendeléiev
Establecido en 1869
—Hemos llegado —anunció el Agente—. Aquí es
donde los átomos están en el dique hasta que se disponen a formar los diversos
compuestos químicos. Lo solemos llamar el «Embarcadero Mendeléiev» o el
«malecón atómico», aunque a veces la gente habla del «muelle del Universo».
Encontrarás representados aquí todos los tipos diferentes de átomos.
Pasaron juntos bajo el anuncio y llegaron hasta
las tablas del muelle. Pasearon lentamente a lo largo del fondeadero, al tiempo
que Alicia miraba la larga fila de átomos amarrados a un lado. Cada uno de
ellos le parecía como un hoyo «atrompetado» en la lisa superficie del vacío
circundante. Esa forma le recordaba el pequeño remolino que veía frecuentemente
formarse en el desaguadero cuando vaciaba la bañera, aunque estos de ahora
parecían inmóviles y sin rotación aparente. La superficie circundante de
deslizante vacío caía oblicuamente en cada hoyo desde el nivel aún llano que se
extendía a su alrededor. Caía al principio con un gradiente casi imperceptible,
pero aumentaba al acercarse al embudo del centro. Había señales de actividad,
que tenía lugar en algún sitio en las profundidades del hoyo.
—¿Por qué hay un agujero tan profundo? —preguntó
Alicia con curiosidad—. Puesto que miramos a la Nada, yo esperaba que fuera
lisa y amorfa.
—Eso es un pozo de potencial —fue la respuesta.
—¿Qué clase de pozo es ése? —continuó
preguntando Alicia—. Conozco los pozos de huerta, que suministran agua, y los
pozos de petróleo, y recuerdo vagamente haber leído hace poco en un libro algo
sobre pozos de melaza, pero ¿qué hay en un pozo de potencial?
—Bueno, la fuente del
potencial, por supuesto. Se ha de tener una fuente para suministrar agua a un
pozo de huerta. Aquí hay una carga eléctrica como fuente del potencial
eléctrico en el pozo de potencial. Deberías ya saber lo que hay en el pozo de
potencial. Contiene fotones virtuales. Ellos proporcionan la atracción
eléctrica que haría que la energía potencial de una carga negativa cayera más y
más por debajo del nivel del vacío circundante cuando ésta se mueve hacia la
fuente de potencial en el centro del átomo. La fuente de potencial crea
realmente el pozo, ¿entiendes?
El primer hoyo era bastante suave, pero Alicia
pudo constatar que los otros se hacían cada vez más profundos cuanto más lejos
estaban situados a lo largo del muelle. El dique se extendía a lo lejos por
delante de ellos, con un átomo tras otro amarrados a lo largo del costado. Al
lado de cada uno de ellos había un pequeño anuncio para señalar el amarre. El
primero de ellos rezaba: «1H»;
el segundo, «2He»; el tercero,
« 3Li». Cada posición tenía
una etiqueta diferente.
—¿Partirán de aquí en su momento todos estos
átomos para combinarse en grupos como los ya presentes en la superficie del
vacío? —preguntó Alicia.
—La mayoría de ellos lo hará, ciertamente, pero
hay unos pocos que no, como el que tenemos aquí, por ejemplo.
Hicieron una pausa al lado de un átomo que
portaba el anuncio: « 10Ne».
—Éste es un átomo del grupo de los gases nobles.
Ellos son de clase aristocrática, lo que significa que rehúsan cualquier clase
de comercio. Se valen por sí mismos. Se encuentran perfectamente satisfechos
consigo mismos y no se mezclan con nadie más. Siempre viajan en un espléndido
aislamiento. Nunca los verás formando parte de compuestos de ningún tipo.
Caminaron un poco más y el Agente explicó que,
aparte de los huraños átomos nobles, había una diversidad considerable en el
entusiasmo con el que los diversos átomos se unían en compuestos.
—Por ejemplo, éste es un elemento
particularmente activo —puntualizó, a la vez que se acercaban a un anuncio que
decía: «17Cl».
Alicia decidió que era el momento de examinar
uno de esos átomos más de cerca, así que probó a extender un pie fuera del
borde del malecón. Notó encantada que no se hundía. Su pie permaneció sobre un
pequeño hoyuelo en la superficie, como algunos insectos de charca que había
visto una vez. Sin embargo, cuando intentó caminar hacia el átomo descubrió que
no existía fricción alguna en el vacío. La superficie era extremadamente resbaladiza, y fue por completo incapaz de
mantener el paso. Con un pequeño grito derrapó por la pendiente cada vez más
pronunciada hasta que fue a parar al profundo hoyo.
Cuando estaba cayendo, Alicia pensó que tenía un
montón de tiempo para mirar a su alrededor. Los lados del pozo se hacían cada
vez más empinados al cerrarse sobre ella, y pronto se dio cuenta de que estaba
cayendo a través del trazado fantasmal de una serie de habitaciones de techos
bajos y cercanos entre sí. Las primeras habitaciones eran ciertamente muy
bajas, apenas lo bastante altas para una casa de muñecas, pero al seguir
cayendo las habitaciones se iban haciendo más altas. Al principio estaban todas
completamente vacías e inhabitadas, pero después llegó a una habitación que
contenía una gran mesa redonda rodeada de sillas. En el suelo, debajo de ésta,
pudo ver escritorios y archivadores, como si pasara por alguna clase de
oficina.
Los estados que pueden ocupar los electrones en un
átomo tienden a agruparse en un conjunto de niveles que están separados por
brechas significativas en su energía. Si un átomo tiene su nivel más externo
ocupado completamente lleno con todos los electrones que puede mantener,
cualquier electrón que se le añadiera tendría que ir a un estado de energía más
alta. Tendrá normalmente una energía más baja si permanece en su estado atómico
original. Los átomos de este tipo, cuyas capas más externas están completamente
llenas de electrones, constituyen los gases nobles y no interactúan
químicamente con nada de manera normal.
Conforme pasaba el tiempo,
su sorpresa iba en aumento al descubrir que seguía cayendo, sin señal alguna de
llegar al fondo. Abajo, abajo, abajo; ¿no acabará nunca la caída?
Alicia comenzó poco a poco a darse cuenta de que
su caída no tendría fin.
No había llegado al fondo del agujero, pero tampoco bajaba más. Flotaba sin
ningún sostén en el centro del embudo, a la altura de una de las sombrías
habitaciones. Miró a su alrededor y observó que no estaba sola. Cerca de ella
había dos electrones empeñados en una actividad febril. Alrededor de ellos pudo
distinguir el apagado contorno de una oficina extremadamente pequeña y
abarrotada.
—Disculpen —se dirigió a ellos—. ¿Creen que
podrían parar por un momento y decirme dónde estoy?
—No hay sitio, no hay sitio —le gritaron.
—Perdón, ¿qué quieren decir? —exclamó Alicia, a
quien esa respuesta no le parecía particularmente relevante.
Un átomo está imbuido del campo eléctrico generado
por su núcleo de carga positiva. Dicha carga produce un pozo de
potencial alrededor del núcleo, que a su vez define los estados
disponibles para ser ocupados por los electrones. La selección de estados
disponibles es una forma de efecto de interferencia, del tipo de la gama de
notas que puede obtenerse de un tubo de órgano o de una cuerda de violín. Un
tubo puede dar sólo unas cuantas notas, en las que las correspondientes
longitudes de onda del sonido se ajustan al tubo. De manera análoga, los
estados electrónicos permitidos tienen que encajar en el pozo de potencial. Los
estados permitidos se agrupan en diferentes niveles de energía. Cualquier otra
función de ondas que no corresponda a uno de tales estados es eliminada
mediante interferencia destructiva.
—No hay suficiente sitio aquí para que aflojemos
la marcha, y mucho menos para pararnos —le respondieron—. Como sabes, cuando la
posición de una partícula está restringida, la relación de Heisenberg fuerza a
que su momento sea grande, y esto se encuentra tan abarrotado que no nos queda
más remedio que movernos sin parar. Si tuviéramos tanto sitio como hay en
algunos niveles superiores, podríamos permitirnos movernos más pausadamente,
pero aquí no es posible. Éste es el nivel más bajo, ¿te das cuenta?, así que lo
normal es que estemos siempre atareados.
—¿De veras? —preguntó Alicia—. ¿Qué es eso tan
importante que hacen?
—No hacemos nada en particular. Nadie está
particularmente interesado en lo que están haciendo los electrones en el estado fundamental, siempre
que sigamos moviéndonos.
—En ese caso, ¿creen que
serán capaces de decirme dónde estoy sin pararse?
—preguntó Alicia—. No sé adónde he llegado. ¿Qué impide que alguno de nosotros
se precipite aún más dentro del pozo?
—Te encuentras en el nivel inferior de un átomo
de cloro, como ya te hemos dicho. Aquí estamos tan cerca de la fuente del
potencial que hay muy poco sitio, así que debemos movernos muy rápidamente
porque nuestro momento está obligado a ser alto. Esto significa que nuestra
energía cinética es también alta. Ninguno de nosotros se halla en un estado
particularmente virtual, ¿entiendes? Los electrones tienen posiciones seguras
en los átomos, muy bien aseguradas. La mayoría de átomos está rondando por aquí
desde hace tiempo y las fluctuaciones cuánticas de energía son pequeñas, así
que para nosotros, electrones, la energía y el momento están relacionados
apropiadamente.
»Probablemente sabes que cuando un electrón, o
cualquier otra cosa, cae más en el interior de un potencial, pierde energía
potencial, y ésta se convertirá en energía cinética —siguieron diciendo.
—Sí, me lo explicaron cuando visité el Banco
Heisenberg —manifestó Alicia.
—Aquí en este pozo de potencial, sin embargo,
cuanto más nos acercamos al centro, menos sitio hay, de modo que necesitamos
tener más energía cinética. Si tratáramos de caer aún más, necesitaríamos
poseer más energía cinética de la que podemos obtener mediante la conversión de
energía potencial, así que no podemos caer más. De hecho, paradójicamente, no
tenemos suficiente para ser capaces de caer más bajo y no podemos pedir
prestada la energía en forma de fluctuación cuántica porque la necesitaríamos
para mucho tiempo.
»Sólo hay dos estados en este nivel, de modo que
solamente hay sitio para dos electrones, uno en el estado de espín-arriba y
otro en el de espín-abajo. Hay más estados disponibles conforme se sube hasta
los niveles de mayor energía, así que se encontrarán más electrones en los
niveles de arriba. Cada uno de los dos niveles siguientes puede acoger hasta
ocho electrones. En cualquier átomo, los niveles inferiores, los que tienen la
menor energía potencial, son los primeros que se llenan. El principio de Pauli
permite sólo un electrón en cada estado, así que cuando todos los estados en un
nivel determinado ya tienen un electrón, cualquier electrón extra no puede
hacer sino ir a niveles más altos. Los niveles se llenan a partir del fondo
hasta que los electrones están acomodados. El nivel más alto que contiene algún
electrón se denomina “nivel de valencia”. En él se encuentran los electrones de
valencia, aunque hay un montón de sitios vacantes más arriba en el ático. Los
electrones de valencia toman todas las decisiones y controlan los compuestos a
los que puede unirse nuestro átomo. Si deseas descubrir cómo opera un átomo, lo
mejor que podrías hacer es subir a hablar con ellos.
—¿Cómo puedo subir desde aquí a ese nivel?
—preguntó Alicia.
—Bueno, si fueras un electrón tendrías que
esperar a ser excitada al nivel más alto por un fotón que podría proporcionarte
la energía extra que necesitarías. En tu caso, sin embargo, espero que te pueda
llevar arriba el Operador Escalera.
—¿No querrá decir el ascensorista? —inquirió
Alicia—. He montado en un ascensor en unos grandes almacenes y había un
ascensorista que llevaba a la gente de piso en piso, pero nunca he oído que
hubiera alguna escalera que lo necesitara.
Sin embargo, cuando miró a su alrededor pudo ver
una especie de escalera con peldaños ampliamente separados. A su lado había una
figura bastante confusa.
—¿Puedo preguntarle quién es usted? —dijo Alicia
picada de curiosidad.
—Soy el Operador Escalera. No soy una criatura
física, sino un mero constructo matemático. Mi tarea consiste en transformar un
sistema de un estado a otro superior o inferior.
Realizó una complicada operación que Alicia fue
incapaz de comprender pero que acabó subiéndola escalón por escalón hasta el
nivel más alto.
Alicia llegó al nivel en el que había visto la
gran mesa redonda. Este nivel contenía más electrones que el primero. Pudo
contar ocho en total, aunque con alguna dificultad. Como todos los electrones
que había visto hasta el momento, éstos también se movían enérgicamente.
Algunos daban vueltas en torno a la mesa, unos en un sentido y otros en el
contrario. Los otros no parecía evidente que rotaran, pero en cualquier caso se
movían. Ninguno de ellos estaba tranquilamente sentado en alguna de las sillas
en torno a la mesa, sino que daban brincos, y algunos se acercaban y alejaban
de la mesa. Los electrones no estaban nunca en reposo, aunque en este nivel no
se movían tan frenéticamente como lo hacían en el nivel más bajo.
—¡Hola, Alicia! —exclamaron cuando ella
apareció—. Ven y permítenos mostrarte cómo opera un átomo formal de tamaño
medio. La manera en la que la Corporación Cloro lleva sus negocios la decidimos
nosotros, los siete electrones del nivel de valencia.
—¡Pero ustedes son ocho! —protestó Alicia.
—Eso es porque hemos entrado en asociación con
otro átomo, del Sindicato Sodio, para formar la molécula de cloruro sódico.
Trabajando así juntos nos complace pensar que somos «la sal de la tierra». Un
átomo marcha con mayor armonía cuando todos sus niveles que pueden contener
electrones están completamente llenos. En nuestro propio caso sólo tenemos
siete electrones en el nivel de valencia, y sodio únicamente uno, aunque tiene
sitio para ocho. Nos viene bien que el electrón de valencia de sodio venga aquí
a aposentarse en nuestro nivel de valencia y lo complete. Esto significa que
nosotros ahora tenemos un electrón extra y por tanto una carga negativa. El
átomo de sodio tiene un electrón de menos, lo que le proporciona una carga
positiva, y la fuerza eléctrica entre estas cargas opuestas mantiene unidos los
dos átomos. Esto se conoce como enlace iónico entre los átomos, y es una de las formas comunes
de estructura corporativa.
—Eso parece muy cooperativo por ambas partes
—convino discretamente Alicia—. ¿Cuál de ustedes es entonces el electrón que
procede del átomo de sodio? —preguntó.
—Soy yo —exclamaron todos a la vez. Hicieron una
breve pausa y se miraron entre sí—. No, es él —dijeron ahora hablando aún
perfectamente al unísono. Alicia se dio cuenta de que no se iba a ninguna parte
formulando cualquier pregunta que tratara de distinguir electrones idénticos.
—¿Podría, por favor, explicarme por qué dice que
el átomo de sodio tiene una carga eléctrica positiva cuando ha perdido uno de
sus electrones? —preguntó siguiendo otra táctica—. Con seguridad tiene unos
cuantos electrones más, y es de presumir que éstos tengan también cargas
negativas.
—Eso es completamente cierto; todos nosotros,
electrones, tenemos la misma carga negativa porque somos idénticos. Normalmente
en un átomo esta carga está equilibrada y neutralizada por una cantidad igual
de carga positiva que lleva el núcleo. Los átomos son normalmente neutros, sin
carga eléctrica de uno u otro signo. Así que cuando un átomo tiene un electrón
más de lo usual, estará cargado negativamente; se le conoce como un ion
negativo. Si tiene un electrón menos de lo
normal, dominará la carga positiva del núcleo y el átomo se convertirá en
un ion positivo.
—Ya veo —dijo Alicia pensativamente—, ¿pero qué
es ese núcleo del que habla?
—Todo átomo tiene uno —fue la evasiva
respuesta—. Pero no deseas saber mucho sobre él. ¡Seguro que no! —añadió con
nerviosismo.
En ese instante la conversación fue interrumpida
por un grito apagado que surgió de algún sitio debajo de ellos, atravesó el
nivel de valencia muy de cerca y finalmente se paró en algún lugar por encima.
Alicia miró hacia arriba y vio que era debido a un electrón que aparentemente
había sido excitado por un fotón desde su posición en un nivel inferior y
parecía ahora estar muy incómodo en uno de los remotos niveles vacíos. El
electrón erró lentamente por el amplio nivel elevado hasta que acabó por dar un
corto grito y se precipitó al nivel de más abajo. Al hacer esto, un fotón
surgió del átomo llevando consigo la energía liberada en la caída. Alicia
observó con interés cómo el electrón caía sucesivamente desde un nivel al
siguiente, emitiendo un fotón en cada paso. Como los niveles inferiores de
energía estaban más separados que los superiores, el fotón creado tenía mayor
energía en cada caída sucesiva. Al crecer su energía, el color de la luz se
desplazaba cada vez más hacia el extremo azul del espectro.
Al mirar hacia abajo, Alicia vio que el espacio
dejado por el electrón que había sido excitado del nivel inferior se había
llenado y que faltaba uno de sus compañeros en el nivel de valencia. En un
tiempo corto, el electrón que caía se había precipitado al nivel de valencia y
había ocupado el sitio vacante. El átomo había vuelto a su estado original. Dos
electrones habían intercambiado sus niveles, pero como eran idénticos no había
ninguna diferencia.
—Habrás notado los diversos colores de los
fotones que he emitido —dijo con orgullo uno de los electrones. Esta
observación hacía pensar que el electrón que acababa de hablar era el que había
caído, pero Alicia tenía ya demasiada experiencia con la identidad de los
electrones para caer en la trampa—. Ésa es la manera en que los átomos emiten
luz, ¿sabes?: al cambiar los electrones de un nivel a otro. Todos los fotones
eran de diferente energía, y por tanto de diferente color, porque las
distancias entre los diversos niveles son distintas. Están muy juntos en la
parte alta del pozo pero se van separando conforme se va más abajo. Este
espaciamiento de los niveles es distinto en los diferentes tipos de átomos, de
manera que el conjunto de energías de los fotones es completamente
característico de cada tipo de átomo; tan característico como una huella
humana.
Apenas habían acabado de acomodarse los ocho
electrones, o lo habían hecho lo mejor que podían mientras continuaban
moviéndose frenéticamente, cuando se produjo un temblor que pareció agitar por
completo el átomo.
—¿Qué ha sido eso? —exclamó algo alarmada
Alicia.
—Era una interacción de alguna clase. Hemos sido
separados de nuestro socio sodio y vamos a la deriva a través del vacío como
iones negativos libres. Pero no te preocupes. Preveo que no estaremos a la
deriva mucho tiempo. Volveremos enseguida a la actividad si se acuerda el
intercambio.
—¿Qué intercambio es ése? —preguntó Alicia—.
¿Quiere decir el intercambio de acciones en la Bolsa? Tengo entendido que
controla los negocios en mi mundo.
—En nuestro caso queremos decir intercambio de
electrones. Todas nuestras actividades están regidas por algún tipo de
interacciones de electrones, así que es el intercambio de electrones lo que es
significativo. ¿Te gustaría visitar el intercambio?
—Sí, creo que sí —replicó Alicia—. ¿Cómo puedo
llegar allí desde aquí? ¿Es un viaje largo?
—Oh, no. No realmente. De hecho no es un viaje
en absoluto. Como te encuentras en un átomo en interacción, estás ya allí en
cierto sentido; sólo necesitas una representación diferente. Todo radica en
cómo se miran las cosas. No tienes más que seguirme.
Como le había dicho el electrón, no parecían ir
a ningún otro sitio, pero de todas maneras Alicia se encontró en compañía de un
electrón en el extremo de una amplia habitación. El suelo estaba lleno de
electrones que se agrupaban en torno a una gran mesa en el centro de la
habitación. A Alicia le pareció una de esas mesas que había visto en las viejas
películas de guerra, donde los comandantes se mueven en torno a diversos
tableros que representaban aviones, barcos o ejércitos. En esta mesa vio
también un gran conjunto de tableros que estaban siendo movidos en diferentes
agrupaciones.
Miró más de cerca alguno de esos tableros y vio
que llevaban las mismas etiquetas que los amarres de átomos en el Muelle
Periódico. Parecían versiones reducidas de los átomos que había visto a lo
largo de ese amarradero. «Quizás son los mismos —pensó—. Tal vez son los mismos
átomos que estoy viendo de forma diferente. Supongo que en lugar del Muelle
Periódico, esto debe de ser la Tabla Periódica».
A lo largo de las paredes de la habitación había
filas de pantallas en las que pudo ver columnas de números que cambiaban al
moverse los átomos de un grupo a otro.
—¿Son los precios de los diversos átomos?
—preguntó Alicia.
—Sí, algo así. Esos números nos informan de las
energías de los diversos electrones que entran en las combinaciones químicas.
Expresan las energías de enlace de
los electrones. La cantidad en la que se ha reducido la energía de un electrón
por debajo del valor que tendría si fuera libre. Cuanto mayor es el valor
citado, menor es la energía que tiene el electrón, y por tanto más estable es
el compuesto que liga. La tarea del Intercambio es hacer que estas energías de
enlace tengan el mayor valor posible.
—¿Y todo esto se lleva a cabo moviendo
electrones de un átomo a otro? —inquirió Alicia, que recordaba la explicación
que le habían dado acerca del enlace en el cloruro sódico.
—No siempre, no. A veces ése es el método más
eficaz, y entonces el enlace se hace de esa manera. El intercambio de
electrones puede presentar ventajas moviendo electrones de un sitio a otro
porque los estados electrónicos disponibles en un átomo están ordenados en
niveles, o capas, con grandes espacios entre ellos. La energía de enlace del
último electrón en un nivel más bajo es mucho mayor que la del primer electrón
que ha de ir al nivel más alto siguiente. Esto quiere decir que hay un método
fácil de mejorar el balance global de energía de un átomo que tiene un solo
electrón en su capa más alta. Si este electrón puede moverse desde su
espléndido pero extravagante aislamiento a una capa casi llena en algún otro
átomo, entonces casi con seguridad habrá una ganancia global en la energía de
enlace.
»Es igualmente cierto que, cuando un átomo tiene
sólo un espacio por ocupar en su nivel ocupado más alto, este estado tendrá una
energía inusualmente baja, y cualquier electrón que sea a él transferido
mejorará muy probablemente su balance de energía. Por lo general es cierto que
los átomos con un electrón de más o de menos son los más activos, los que con
más probabilidad tomarán parte en transacciones y en la formación de
compuestos. Los átomos con sólo dos electrones en un estado elevado y aquéllos
con sólo dos espacios en un nivel más bajo pueden ocuparse en transferencias de
electrones parecidas, pero la ganancia de energía del segundo electrón suele
ser muchísimo menor que la del primero y es mucho menos efectiva.
—Entonces ¿qué puede hacer un átomo si tiene
varios electrones en su capa externa? —preguntó Alicia, como era previsible.
—Un átomo así ha de cambiar a otra clase de
ligadura, la que se conoce como enlace covalente. Un átomo como el carbono, por ejemplo, tiene cuatro
electrones en su capa externa. Esto significa que tiene cuatro electrones de
sobra para ser una capa vacía y le faltan cuatro para ser una llena. Está
demasiado bien equilibrado como para ganar algo transfiriendo electrones a otro
átomo o recibiéndolos de éste, así que en lugar de ello los comparte. Resulta que si los electrones de los dos átomos se
hallan en una superposición de estados tal que cada uno de estos electrones
puede estar en cualquier átomo, entonces la energía de los dos átomos puede
reducirse y esto sirve para unirlos.
»El enlace iónico, en el que un electrón pasa
completamente de un átomo al otro, puede funcionar sólo entre átomos muy
diferentes, uno de los cuales tiene un electrón de más y el otro uno de menos.
Por otro lado, el enlace covalente funciona cuando ambos átomos son del mismo
tipo. El ejemplo más notable lo proporciona el enlace covalente de átomos de
carbono, base de los enormes Conglomerados Orgánicos.
Si un átomo tiene sólo un electrón en su nivel más
externo mientras que a otro le falta un electrón para completar un nivel, ambos
pueden conseguir una energía global más baja transfiriendo el electrón aislado
de uno al nivel de valencia casi lleno del otro. Esto es la química: los
electrones en sus diversos niveles de energía enlazan los átomos. Los detalles
de la química pueden ser muy complicados en la práctica, pero ése es su
principio fundamental.
Un átomo contiene el número de electrones que se necesita para neutralizar la
carga positiva del núcleo. Estos electrones llenan los estados de menor
energía, con un electrón en cada estado. Si un átomo tiene un espacio vacío en
su nivel ocupado más alto y otro átomo tiene un electrón que ha de ir a un
nivel más alto, entonces la energía global puede reducirse transfiriendo este
electrón al espacio libre en el primer átomo. Ambos átomos tienen ahora carga
eléctrica neta, y la atracción resultante los une para formar un compuesto
químico.
Alicia pudo sentir cómo de los manipuladores de
electrones en torno a la mesa emanaba una atmósfera de temeroso respeto al
mencionar a los Orgánicos.
—Un átomo de carbono tiene cuatro electrones en
su nivel exterior, o de valencia. Si cada uno de estos electrones se combina
con electrones de otros átomos, los ocho estados electrónicos contribuyen a la
superposición y la capa efectivamente se llena. De este modo un átomo de
carbono puede ligarse hasta con otros cuatro átomos, que pueden ser también de
carbono. El átomo de carbono puede asimismo intercambiar dos de sus electrones
con otro átomo de carbono para dar un enlace doble, en cuyo caso no se conectará con otros tantos
átomos, aunque la conexión será más fuerte.
»El enlace iónico más fuerte conecta sólo un
átomo con otro, así que no da lugar a moléculas grandes. En el caso en que haya
dos electrones para transferir, las cosas pueden hacerse más complejas. Incluso
entonces la situación no puede compararse con la del carbono, en la que un
átomo puede conectarse con otros cuatro y cada uno de éstos puede a su vez
conectarse con otros. Los compuestos basados en carbono pueden desarrollarse en
enormes moléculas orgánicas de gran complejidad, que pueden llegar a contener
centenares de átomos.
—¿Forman compuestos de la manera descrita por
usted los diferentes tipos de átomos que puedo ver allí? —preguntó Alicia.
—Sí, excepto los gases nobles. En éstos, los
átomos tienen ya las capas de valencia llenas y no ganan nada mediante
transferencias de electrones. Todos los demás forman compuestos hasta cierto
punto, aunque algunos son más activos que otros y algunos se encuentran mucho
más frecuentemente. Por ejemplo, el átomo de cloro que visitaste es muy activo.
Puede formar compuestos con el átomo más simple, el hidrógeno, que emplea en
total sólo un electrón, y también con el mayor elemento natural, el uranio.
Éste es verdaderamente un gran establecimiento. Emplea casi cien electrones,
pero sólo los del nivel externo de valencia afectan realmente a su comportamiento
químico. Es tan grande que ha habido rumores de que su núcleo es inestable
—añadió en plan confidencial.
—Deseaba preguntar acerca de eso —dijo
resueltamente Alicia—. Ha mencionado otra vez el núcleo. ¿Me podría decir, por
favor, qué es el núcleo?
Todos los electrones parecían en cierta manera
incómodos, pero respondieron reluctantemente.
—El núcleo es el dueño oculto del átomo.
Nosotros los electrones somos los responsables de formar compuestos químicos,
emitir luz desde el átomo, etc., pero es el núcleo el que controla realmente la
clase de átomos que somos. Él toma las decisiones políticas finales y fija el
número de electrones que podemos tener y los niveles disponibles para
colocarlos. El núcleo contiene la familia nuclear, la organización clandestina de
la Carga Organizada.
Alarmados ante esta explosión de franqueza, los
electrones de la habitación trataron de retirarse discretamente a una esquina,
o al menos tan lejos como pudieron para evitar ser localizados. ¡Demasiado
tarde, el daño estaba hecho! Alicia fue consciente de una nueva presencia
amenazadora en la cercanía.
Entre los electrones que se escabullían había
ahora una figura grande y pesada que surgió por encima de Alicia y sus
compañeros. Alicia se dio cuenta de que era un fotón, pero claramente más
masivo que ninguno de los que había visto antes. Brillaba como todos ellos,
pero de una manera muy peculiar, débil y furtivamente. También observó que,
sorprendentemente, por tratarse de algo que era la misma esencia de la luz,
este fotón llevaba unas gafas muy oscuras.
—Es un fotón virtual pesado —murmuraron los
electrones—. Muy pesado, muy fuera de su capa de masas. Es uno de los agentes
ejecutivos del núcleo. Los fotones como él transmiten el control eléctrico del
núcleo a sus clientes, los electrones.
—Oigo a alguien hacer preguntas —dijo el fotón
en tono amenazador—. Los nucleones son de esa clase de partículas a las que no
agrada oír que alguna otra persona hace preguntas. Voy a llevarme a esa misma
persona para hacer un pequeño viaje a fin de que conozca a ciertos individuos,
o más bien a ciertas partículas. Ellas se mueren por conocerla.
Eso no parecía un comienzo
muy alentador de un nuevo encuentro, y Alicia estaba considerando si debía
negarse por seguridad. No pudo reconstruir en detalle, al recordarlo después,
cómo empezaron el viaje: todo lo que pudo recordar era que corrían uno junto al
otro y el fotón no paraba de gritar «más deprisa», y Alicia sentía que no podía
ir más deprisa, aunque le faltaba el aliento para decirlo. Se movieron con toda
rapidez sobre la superficie de la mesa y se precipitaron dentro de uno de los
átomos representados en esa superficie. Era uno de los átomos de uranio y
creció enormemente al salir corriendo a su encuentro.
La parte más curiosa de la experiencia una vez
que estuvieron dentro del átomo fue que las cosas a su alrededor no cambiaban
jamás de posición: por más deprisa que fueran, no parecían dejar atrás nada. Lo
que sí notó Alicia fue que su entorno, los atareados electrones y los contornos
de los niveles que los contenían, parecían hacerse constantemente mayores conforme corría.
—¿Está creciendo todo o estoy yo menguando?
—pensó intrigada la pobre Alicia.
—¡Más deprisa! —grito el fotón—. ¡Más deprisa!
No intentes hablar.
Alicia tuvo la impresión de que jamás volvería a
hablar; estaba quedándose sin aliento, y el fotón siguió gritando «¡Más
deprisa! ¡Más deprisa!», y la arrastró consigo.
—¿Estamos cerca de allí? —logró decir finalmente
Alicia.
—¡Cerca de allí! —repitió el fotón—. Estamos
allí y no en ningún otro sitio todo el tiempo, pero no estamos
suficientemente localizados,
apenas sí lo estamos. ¡Más deprisa!
Corrieron durante algún tiempo en silencio,
mientras la escena a su alrededor aumentaba de tamaño, expandiéndose vertical y
horizontalmente, hasta que todo lo que había visto antes era demasiado grande
para ser apreciado debidamente.
—¡Ahora! ¡Ahora! —gritó el fotón—. ¡Más deprisa!
¡Más deprisa! Tu momento ahora es casi lo bastante grande como para que se te
pueda localizar dentro del núcleo.
Iban tan deprisa que parecían deslizarse por el
aire, hasta que de repente, justo cuando estaba completamente exhausta, Alicia
se encontró frente a una elevada torre oscura que se levantaba ante ella,
curvándose desde sus cimientos y estrechándose constantemente con la altura.
Era oscura y monótona en los niveles inferiores, aunque pudo ver en ciertos
lugares de su cima una confusa mezcolanza de torretas y almenas. El efecto
global le pareció imponente al máximo.
—Ahí tienes el Castillo Rutherford, el hogar de
la familia nuclear —dijo el fotón virtual pesado.
Capítulo 8
El Castillo Rutherford
Alicia se detuvo a contemplar las oscuras torres del Castillo Rutherford, que
asomaban frente a ella.
—¿De dónde ha salido eso? —preguntó a su acompañante—. ¿Cómo hemos llegado
hasta aquí desde el pozo de potencial del átomo?
—He de decirte que no hemos empleado ningún tiempo en ir a ningún sitio.
Permanecemos estrictamente en la vecindad del átomo, pero ahora estamos algo, o
verdaderamente bastante más que algo, localizados en su centro. Lo que ves
frente a ti es el fondo del mismo pozo de potencial. ¿No lo reconoces?
—¡Claro que no! —replicó enfáticamente Alicia—. El pozo de potencial era
un pozo; era un agujero que iba hacia abajo. Esto es una torre que
va hacia arriba. Algo completamente diferente.
—No es tan diferente cuando lo piensas —repuso el fotón—. El núcleo produce un
campo eléctrico positivo, y el mismo núcleo proporciona una energía potencial
negativa a todos los electrones que están en la vecindad. Cuando estás en
compañía de electrones y demás, ves naturalmente el potencial como un pozo que
va hacia abajo. Las partículas nucleares como los protones llevan carga
positiva siempre, así que si tipos como ésos nos hicieran una visita
inesperada, se expondrían a encontrar que su energía potencial crece, y no
poco, cuando se acercan al núcleo. Esto usualmente hará que personajes así
mantengan una educada distancia, y el campo actúa como una barrera. De hecho,
por esta razón se la denomina «barrera coulombiana». Los nucleones detestan
recibir visitantes no invitados. Si te juntas con personajes de esa clase,
verás lo que ellos ven, un alto muro de potencial alrededor del núcleo.
En el centro de cada átomo hay un pequeño núcleo
atómico, el cual contiene la mayor parte de la masa total, aunque mide sólo
alrededor de una cienmilésima parte del diámetro de aquél. El núcleo posee
carga eléctrica positiva que atrae los electrones cargados negativamente y
mantiene unido el átomo. Por otra parte, esta carga positiva repelerá otras
partículas cargadas positivamente y proporcionará una barrera alrededor del
núcleo, la barrera coulombiana, que mantiene a protones y otros núcleos
fuera de éste.
—¿Cómo entraré entonces? —preguntó Alicia—. No
creo que sea capaz de escalar el muro. Estoy segura de que éste será muy eficaz
en mantenerme a una distancia educada —arguyó esperanzada. No estaba en
absoluto segura de desear conocer a la familia nuclear.
—La barrera de potencial actúa para mantener
fuera solamente aquellas partículas que tienen carga eléctrica positiva.
Existen otras que no poseen carga eléctrica alguna, y éstas pueden atravesar
fácilmente la barrera. Tú no llevas ahora ninguna carga, de modo que estás
autorizada a pasar por la entrada de partículas neutras —señaló hacia una
puerta alta en la parte inferior del muro del castillo, que Alicia no había
advertido antes y en la que se veía un letrero: «Sólo partículas neutras».
Alicia y su acompañante se dirigieron a la
puerta y llamaron con fuerza.
—¿Qué aspecto tienen las partículas nucleares?
—preguntó Alicia con cautela—. ¿Son muy parecidas a los electrones que he
conocido?
—Todo el mundo suele considerarlas mayores que
los electrones, y se sabe que son unas dos mil veces más masivas.
Esta respuesta de nada sirvió para reducir el
nerviosismo de Alicia, sobre todo al oír unos pasos lentos y pausados que desde
el interior se aproximaban a la puerta.
Éstos se hicieron más sonoros, hasta tal punto
que imaginó que podía sentir temblar el suelo ligeramente tras cada pisada. Al
final pararon y la puerta empezó a abrirse con lentitud.
Alicia miró nerviosamente a
fin de obtener una primera visión de ese monstruo que había requerido su
presencia. Al fin la puerta se abrió del todo y siguió sin ver nada. ¿Eran los
nucleones invisibles?
—Aquí estoy —tronó una voz irritada, desde algún
lugar por debajo del nivel de las rodillas de Alicia. Sorprendida, miró hacia
abajo y allí, de pie enfrente de ella, había una pequeña figura. No era muy
distinta de los electrones que había visto antes, salvo que la rodeaba un aura
de energía y, como el acompañante de Alicia, llevaba gafas oscuras. Sin
embargo, recordando cuánto se había reducido ella en el camino hasta el
Castillo Rutherford, se dio cuenta de que esta figura debía de ser muchísimo
más pequeña de lo que le habían parecido antes los electrones.
—¡Creía que me había dicho que los nucleones
eran mayores que los electrones! —exclamó, dirigiéndose indignada al fotón.
Estaba enfadada por haber sido engañada de esa manera.
—¡Claro!, los ciudadanos más informados están de
acuerdo en que son mayores y estoy seguro de que no deseas poner en duda mis
palabras por algo tan poco importante. Desde luego los nucleones son mucho más
pesados que los electrones y por tanto tienden a estar más localizados que
éstos. Como son dos mil veces más pesados, naturalmente tienen dos mil veces
más energía en reposo, y hay un amplio consenso en que se hallan en una región
dos mil veces más localizada, incluso aunque tengan la misma energía que un
electrón. Esto significa que son propensos a ocupar menos espacio y por ello parecen más pequeños que los electrones, pero la opinión
informada es que son realmente mayores.
»En comparación con los ciudadanos del núcleo,
los electrones atómicos son unos individuos que no tienen prácticamente energía
ni momento y en modo alguno están bien localizados. Forman considerables nubes
electrónicas que rondan por la vecindad del núcleo y que son verdaderamente muy
grandes. Se extienden en un volumen que es centenares de miles de veces mayor
que el del propio núcleo.
Al mirar a su alrededor, Alicia pudo ver que los
rodeaban grandes nubes grises que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
Resultaba extraño pensar que ésos eran los electrones que antes había visto,
pero ahora contemplados desde una perspectiva con una escala mucho más condensada.
El neutrón (pues eso era lo que los había
recibido) se estaba impacientando por momentos con esa conversación.
—No os quedéis ahí, quienes quiera que seáis
—les espetó en tono de reproche—. Acercaos para que pueda identificaros.
—¡Vaya!, no puede vernos —observó Alicia—. Creo
que es ciego.
—Todos los neutrones lo son, y así lo cree la
mayoría de la gente —replicó su acompañante—. Esas partículas no son de las que
interactúan con los fotones, o apenas sí lo hacen, al no poseer carga
eléctrica. Los neutrones no están sujetos a ningún tipo de interacción de largo
alcance, y son propensos sólo a interacciones de muy corto alcance. Un
individuo de éstos no reconoce a los demás hasta que están tan cerca que los
puede tocar.
Se acercaron al neutrón hasta que éste se topó
con ellos.
—¡Ah, estás aquí! —exclamó ásperamente—. Entra
para que pueda cerrar la puerta. Se está mucho mejor dentro.
Ignoró al fotón, de cuya existencia apenas era
consciente. Alicia observó con interés que el fotón había desaparecido entre
las fortificaciones del castillo, que después de todo estaban construidas con
los fotones virtuales emitidos por la carga del núcleo. Siguió al neutrón hasta
el interior del castillo por un corredor de piedra tosca. Ese pasillo era muy
estrecho, pero parecía estar forzado a ensancharse cuando ellos pasaban, de
modo que siempre había el sitio justo para cruzarlo. Alicia encontró muy
extraño este comportamiento, pero nunca estaba suficientemente segura de lo que
sucedía como para hacer comentario alguno. Ahora que lo había conocido, el
nucleón al que seguía no le parecía tan amenazador como había temido.
Impaciente sí, pero de ningún modo siniestro. Le recordaba a un tío lejano suyo.
Entraron juntos en una alta cámara abovedada de
piedra desnuda. Las paredes se elevaban escarpadamente a los lados y
desaparecían en las sombras del techo. En lo alto de las paredes se veían
entradas en arco que conducían a diversos niveles superiores y que recordaban
vagamente los niveles de energía de los electrones que había visto Alicia
fuera, en el átomo. El suelo ocupaba un área de tamaño moderado y estaba lleno
de partículas, todas las que podía contener, pero cuando Alicia entró con su
acompañante observó claramente que las macizas paredes de piedra se replegaban
ligeramente a fin de crear justo el espacio extra necesario para acomodar a los
nuevos ocupantes.
Alicia estaba completamente segura de lo que
había visto en esta ocasión e hizo un comentario sobre el movimiento de las
paredes.
—Ése es el efecto del campo autoconsistente en
el interior del castillo —se le dijo—. Como sucede con los electrones y todas
las demás partículas, nosotros los
nucleones hemos de ocupar estados cuánticos, y los estados disponibles aquí
están controlados por el pozo local de potencial. En el caso de los electrones
del átomo, nosotros proporcionamos ese potencial. Los estados de los electrones
vienen fijados por el potencial eléctrico, y nosotros controlamos ese
potencial. El átomo es nuestro territorio, y la energía potencial de los
electrones en su interior está controlada por su distancia respecto a la carga
positiva de los protones del núcleo central. Por medio del potencial eléctrico
producido por esta carga, nosotros, ocupantes del núcleo, controlamos los
estados de los electrones, y los electrones deben colocarse en ellos como mejor
puedan. En nuestro caso, la situación es diferente. Nosotros mismos
suministramos el potencial para nuestros propios estados nucleares.
—Si ustedes suministran el potencial en ambos
casos, seguramente esto hace que los dos casos tengan que ser iguales —protestó
Alicia.
—No, los hace muy diferentes. Mira, en el átomo
la mayor parte del potencial la proporciona el núcleo, así que éste controla
los estados aunque los mismos nucleones no hagan uso de ellos. El potencial
controla los estados que dan las distribuciones de probabilidad de los
electrones, pero los electrones que las usan tienen muy poco efecto sobre el
potencial. El potencial atómico es esencialmente el mismo, estén los electrones
donde estén.
»Por otra parte, en el caso del núcleo, el
potencial en el que ahora nos hallamos está producido por el efecto colectivo
de los nucleones en el interior de aquél. Nosotros tenemos un sistema muy
democrático, aunque gobernamos de forma autocrática a los electrones. Nuestro
potencial colectivo fija los estados disponibles para que los ocupemos los
nucleones y por consiguiente controla nuestras distribuciones de probabilidad.
Esta distribución controla, en consecuencia, el potencial, como dije al principio.
Es un círculo vicioso, como podría esperarse de la familia nuclear, y puedes
ver que los estados que habitamos cambiarán de forma natural al cambiar la
distribución de nucleones.
—¿Se crea el nuclear potencial por la misma
carga eléctrica que origina el que actúa sobre los electrones? —preguntó
Alicia, que creía que debería tener claro ese punto.
—¡Oh, no!, completamente al revés, de hecho.
Toda la carga total del núcleo la llevan los protones. Tienes que ver algunos
protones por ahí —señaló hacia las partículas cercanas. Alicia dirigió su
mirada hacia allí y pudo ver más neutrones, que se parecían totalmente a su
acompañante. Esparcidas entre ellos había algunas partículas con un aspecto
mucho más agresivo. Si los neutrones habían sido ligeramente irritables, éstas
parecían hallarse en un estado de furia apenas contenida—. Todos los protones
llevan cargas positivas, y las partículas que tienen cargas del mismo signo se
repelen, ¿sabes? Los protones están siempre enfadados unos con otros y
amenazando con irse por ahí. Es muy difícil mantenerlos juntos, te lo aseguro.
—¿No tienen los electrones un problema análogo?
Yo creo que lo tienen. Si todos los electrones tienen carga eléctrica negativa,
dos cualesquiera de ellos tendrán la misma carga y deberían repelerse.
—Eso es absolutamente cierto; se repelen. No
obstante, tienes que darte cuenta de que los electrones se hallan relativamente
dispersos y difusos, y sus cargas están ampliamente separadas, de modo que la
repulsión que éstas producen es muy débil. La fuerza atractiva de la carga
positiva del núcleo es capaz de mantenerlos unidos. Los protones del núcleo
están amontonados de manera muy compacta, así que su fuerza repulsiva es muy
intensa. Las fuerzas eléctricas amenazan con desgarrar el núcleo.
—En tal caso, ¿qué los mantiene a ustedes
unidos? —preguntó Alicia con toda razón.
—Eso lo consigue una fuerza completamente
distinta, una fuerza fuerte [9] ; de hecho se la
denomina interacción nuclear fuerte. La interacción nuclear
fuerte es muy potente. Es capaz de superar la disgregadora repulsión eléctrica
en el interior del núcleo, aunque no tiene efectos evidentes fuera de éste. Es
una fuerza de corto alcance. Las fuerzas nucleares
dominan dentro del núcleo, pero apenas sí se manifiestan fuera de éste, y todo
lo que puede verse es el campo eléctrico producido por las cargas positivas que
llevan los protones. Nosotros los nucleones nos mantenemos firmemente unidos a
nuestros vecinos inmediatos cuando se hallan dentro de nuestro alcance, pero no
notamos realmente la presencia de los que están más lejos en la multitud y
tenemos muy poco efecto sobre ellos.
Desde que había entrado a la sala central del
castillo, Alicia se sentía bastante incómoda. Ahora experimentaba una sensación
particularmente inquietante y tenía la impresión de que había algo nuevo en la
habitación. Miró a su alrededor y no pudo ver nada. Miró entonces hacia el
techo y percibió confusamente el contorno curvo de una vasta figura redonda que
atravesaba las vagas sombras que se cernían sobre su cabeza. Evidentemente era
sólo una pequeña parte de algún objeto mucho mayor que parecía vago y tenue,
como un fantasma, y que atravesaba las paredes como si éstas no existieran.
Alicia dio un grito, y tuvo
que describir lo que había visto al neutrón, que por supuesto no había podido
verlo.
—¡Ah!, eso será un electrón —dijo—. Ellos ocupan
todo el volumen del átomo, ¿sabes?, lo cual significa que pasan a través del
núcleo al igual que por cualquier otro sitio. A los electrones no les afecta lo
más mínimo la interacción fuerte, así que no notan nuestra presencia al pasar.
El núcleo constituye una parte muy pequeña del volumen ocupado por los
electrones, de modo que no los vemos mucho por aquí. Bueno, en realidad yo no
los veo en absoluto, tú ya me entiendes.
—¿Entonces los fotones no causan esa interacción
fuerte? —preguntó Alicia. Le habían dicho que el intercambio de fotones
mantenía compactos los átomos, pero había comprendido que ello era debido a la
interacción entre cargas eléctricas e intuía que esto era algo completamente
distinto.
—Estás en lo cierto, no tiene nada que ver con
los fotones. Está causada
por el intercambio de partículas, como todas las interacciones, pero involucra
a una clase diferente de partículas. La interacción fuerte se origina de hecho
por el intercambio de muchas partículas diferentes; de ellas las más conspicuas
son las conocidas como piones. Éstas son necesariamente bosones, ya que se
crean y se destruyen en el proceso de intercambio. Los piones tienen mucha más
masa que los fotones; en realidad, éstos no tienen masa en absoluto, lo que en
términos de energía hace muy barata su creación. Los piones tienen una masa
unas trescientas veces mayor que la del electrón. No obstante, pueden crearse
mediante una fluctuación de energía, permitida por la relación de Heisenberg,
pero esa fluctuación debe ser muy grande a fin de suministrar la energía de la
masa en reposo del pión, de modo que no puede durar mucho tiempo. Durante el
tiempo disponible los piones no pueden alejarse mucho de su fuente, de manera
que sólo pueden intercambiarse con partículas que se hallen muy cerca, de hecho
casi tocándose. Por consiguiente la interacción fuerte es de muy corto alcance.
En este momento se produjo cierto alboroto. Dos
de los protones habían mantenido una violenta discusión y amenazaban con irse
cada uno por su lado. Los neutrones se apresuraron a separar a los
contendientes y mantenerlos bien apartados, diluyendo así la fuerza de su
repulsión mutua. A la vez que los neutrones se agolpaban entre los protones
para aumentar su separación, también los agarraban firmemente para poder
mantenerlos dentro del núcleo.
—Ya ves que nosotros, los neutrones, somos
necesarios para mantener el núcleo unido, en particular los núcleos más grandes
—observó un neutrón—. En un núcleo, cada protón repele a los demás, no sólo a
sus vecinos inmediatos, como es el caso de la interacción fuerte. La repulsión
aumenta rápidamente con el número de protones en el núcleo, y esto significa
que los núcleos pesados, que tienen un gran número de protones, necesitan
proporcionalmente más neutrones para mantenerlos lejos entre sí de manera que
su repulsión no supere la fuerza de atracción ejercida por sus vecinos
inmediatos.
»La familia de los nucleones proviene de dos
clanes distintos, los protones y los neutrones. El árbol genealógico que se
exhibe en esa pared de ahí muestra cómo se combinan.
Indicó un gran diagrama colgado en la pared,
entre otros símbolos diversos y condecoraciones heráldicas. El diagrama
mostraba en sus esquinas superiores dibujos grandes y fantasiosos de un protón
y un neutrón. Más abajo se enumeraban los diversos núcleos pertenecientes a la
familia. Alicia vio que se identificaban mediante las mismas etiquetas que
había visto marcando los átomos en el Muelle Mendeléiev. Mirando más de cerca,
observó que las etiquetas eran ligeramente distintas: había un segundo número
en cada uno de ellos. Ahora los núcleos venían dados como «1H1»,
«2He4», «3Li 7», etcétera.
Del protón y neutrón de la parte superior del
diagrama partían líneas hacia los diversos núcleos listados. Había una línea
desde el protón hasta el núcleo «1H1» y ninguna desde el
neutrón. Hasta el núcleo «2He4» llegaban dos líneas desde el protón y dos desde el
neutrón. De ahí en adelante muchos núcleos tenían aproximadamente el mismo
número de líneas desde el protón y desde el neutrón. Cuando Alicia miró a la
parte más baja de la carta, observó que los núcleos representados allí tenían
muchas más líneas de neutrones que de protones.
—Esa carta muestra cómo los dos clanes de
nucleones pueblan los diferentes núcleos. El primer número nos indica la
cantidad de protones en juego. Ésta coincide con el número de electrones que
pueden ser controlados y por lo tanto es la que decide las propiedades químicas
del átomo. El segundo número expresa la cantidad total de nucleones que pueblan
un determinado núcleo.
»Los núcleos más ligeros tienen el mismo número
de protones que de neutrones. Por ejemplo, un núcleo de carbono contiene seis
protones y seis neutrones. La repulsión que proporcionan seis protones, cada
uno de ellos repelido por los otros cinco, no es aún suficiente para superar la
atracción causada por la interacción fuerte. Por otra parte, aquí nuestro
núcleo de uranio tiene 92 protones. La fuerza repulsiva entre todos los pares
diferentes de protones es ahora muy grande, de manera que se necesita un número
relativamente elevado de neutrones para mantener los protones separados y
atenuar su repulsión eléctrica. En nuestro núcleo tenemos nada menos que 143
neutrones. El número de neutrones no es necesariamente igual para todo núcleo
de uranio. En un elemento dado, el número de protones es siempre el mismo,
puesto que éste fija el número de electrones y por tanto el comportamiento
químico, pero el número de neutrones no influye mucho en la química del átomo y
puede variar ligeramente de un núcleo a otro. Los núcleos de un elemento con
diferentes números de neutrones se conocen como isótopos. Tenemos 143 neutrones en este núcleo, como dije,
pero muchos núcleos de uranio tienen 146, lo que los hace algo más estables.
—Ya he oído antes algo acerca de la estabilidad
—dijo Alicia—. Pensaba que los átomos eran completamente inmutables y que,
aunque pudieran participar en diferentes compuestos, ellos mismos eran eternos.
—No del todo. Las paredes del pozo de potencial
nuclear sirven para mantenernos dentro a nosotros, así como la barrera
coulombiana mantiene fuera a otros protones. En ocasiones, sin embargo, hay
penetración, y el núcleo cambia de alguna manera. Esto funciona en ambos
sentidos; las partículas del exterior del núcleo pueden penetrar en él, o
algunos de nuestros colegas pueden intentar escapar.
»La razón por la cual los protones y neutrones
permanecen en el núcleo es la misma que la que hace a los electrones permanecer
en el átomo: se requiere menos energía que si estuvieran fuera. El defecto de
energía respecto al valor que tendrían si estuvieran fuera se denomina energía
de enlace o de ligadura. Existen niveles de energía para los nucleones dentro
del núcleo de manera muy parecida a lo que ocurre con los electrones en el
átomo, y, como los neutrones y los protones no son idénticos, tales niveles
pueden llenarse de protones y de neutrones independientemente. Puesto que el
proceso de llenado es igual para neutrones y protones, los núcleos estables
tienden a tener cantidades iguales de ambos tipos. En los núcleos más pesados,
que contienen mayor cantidad de protones, la proporción de neutrones es más
alta, como ya he explicado. Para todos los núcleos existe un cociente del
número de protones sobre el de neutrones que da el átomo más estable. Un exceso
de cualquiera de ellos producirá una tendencia a la inestabilidad y a alguna
forma de desintegración. Debo admitir que en el uranio la repulsión entre los
protones es tan grande que el núcleo es apenas estable en el mejor de los
casos. Cualquier desbaratamiento del equilibrio entre protones y neutrones
podría muy bien ser desastroso.
De repente sonó un clarín de alarma y una voz
estridente se repitió a lo largo y ancho de la cámara abovedada.
—¡Alerta! ¡Alerta! Situación Alfa. Hay un
intento de fuga en marcha.
En núcleos grandes con muchos nucleones la
repulsión entre todos los protones se hace proporcionalmente más fuerte y tales
núcleos pueden ser inestables. Pueden sufrir
una desintegración radiactiva en la que el núcleo emite una partícula
a (alfa), que es un grupo compacto de dos protones y dos neutrones que
atraviesan la barrera coulombiana. Los neutrones pueden sufrir también la
desintegración ß (beta), en la que se crea un electrón dentro del núcleo que
inmediatamente se escapa de éste porque a los electrones no les afecta la
interacción fuerte. Los núcleos también emiten rayos ? (gamma), que son fotones
de alta energía.
Alicia miró a su alrededor a ver si podía
descubrir la causa de esa alarma. Nada parecía haber cambiado. Había un
movimiento considerable entre los nucleones congregados, pero éstos, como las
demás partículas que había encontrado, siempre se hallaban en continua
agitación, de modo que eso no era nada nuevo. Cuando observó con cuidado, se
dio cuenta de que un pequeño grupo de partículas, dos protones y dos neutrones,
se movían a través de la multitud, manteniéndose estrechamente unidos. Se
precipitaron hacia la pared, chocaron con ella, rebotaron y corrieron
rápidamente a través de la habitación para chocar con la pared opuesta. Alicia
tuvo el vívido recuerdo de la persona que había visto que intentaba penetrar en
su habitación cerrada cuando llegó al País de los Cuantos.
Comentó esto a su acompañante y éste replicó:
—Lo que estás describiendo es el agolpamiento en
partículas alfa. Una partícula alfa es un grupo de dos protones y dos neutrones
que se enlazan tan estrechamente que actúan como una sola partícula. Como
contiene dos protones, la partícula alfa es repelida por la carga total
positiva de los protones e intenta escapar, pero se lo impide el muro en torno
al núcleo. El grupo trata de «tunelear» a través de dicho muro. Planean escapar
mediante penetración de barrera, y desde luego, antes o después, lo
conseguirán.
—¿Cuánto tiempo es probable que les cueste
hacerlo? —preguntó con curiosidad Alicia.
—Unos cuantos miles de años, diría yo.
—¿No cree que entonces es algo prematuro hacer
sonar la alarma? —inquirió Alicia—. ¡Me parece que disponen de un montón de
tiempo para tratar esta fuga sin caer en el pánico!
—¡Ah!, pero no podemos estar seguros de
eso. Probablemente les
costará miles de años escaparse, pero podrían hacerlo en cualquier momento. No hay manera de
estar seguro; es todo una cuestión de probabilidad.
—¿Se producen entonces todos los escapes del
núcleo por penetración de barrera? —preguntó Alicia.
—No todos. La emisión alfa es por penetración de
barrera, como acabo de decir. También tenemos emisiones beta y gamma, y ninguna
de ellas requiere penetración de barrera.
—¿Entonces qué son? —preguntó obligadamente
Alicia. Sospechaba que se lo iban a decir preguntara o no, pero preguntar
parecía más educado.
—La emisión gamma es emisión de fotones, muy
parecida a la que se obtiene de los electrones en los átomos. Cuando un
electrón ha sido excitado a un estado más alto y luego vuelve a caer al más
bajo, emitirá un fotón que se lleva la energía liberada. Lo mismo sucede cuando
una excitación del núcleo recoloca los protones: se emite un fotón cuando el
núcleo retorna al estado de energía más bajo. Como generalmente las energías de
interacción en el núcleo son mucho mayores que en el átomo, los fotones gamma
tienen una energía mucho mayor que la de los procedentes de electrones
atómicos. En realidad tendrán cientos de miles de veces más energía, pero
siguen siendo fotones.
»La emisión beta es la emisión de un electrón
desde el núcleo —continuó diciendo su informador.
—Creí que había dicho que no había electrones en
el núcleo —protestó Alicia—. Usted dijo que los electrones no sentían la
interacción fuerte y sólo se dejaban caer en ocasiones por aquí.
—Eso es completamente cierto. No hay electrones
en el núcleo.
—Si el núcleo no puede sujetar a los electrones
y no existen electrones en el núcleo —dijo pacientemente Alicia—, ¿cómo puede
escaparse uno de él? Eso no tiene ningún sentido: para empezar, no puede
escaparse si no está allí.
—Es precisamente porque el núcleo no puede
sujetar a los electrones por lo que éstos se escapan de él tan pronto. Los
electrones se producen en el interior del núcleo en una interacción débil, y
como éste no puede sujetarlos, se escapan, por supuesto, de inmediato. Es muy
sencillo cuando se piensa en ello —dijo amablemente el neutrón.
—Puede ser —dijo Alicia, que tenía la impresión
de que todavía no estaba nada claro— pero ¿qué es una interacción débil? ¿Cómo
los electrones…?
De nuevo sonó un clarín y un heraldo en algún
sitio de la parte superior de la cámara gritó:
—¡Atención todo el mundo. El castillo está
siendo atacado! Estamos sitiados por un plasma caliente de partículas cargadas.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Alicia—. Esto parece
serio.
—No lo es, realmente —replicó
tranquilizadoramente un neutrón cercano—. No es probable que ninguna de las
partículas cargadas del plasma tenga suficiente energía para hacer brecha en
nuestras defensas. Ven a verlo.
Condujo a Alicia a través de diversas galerías y
niveles de energía dentro del castillo hasta llegar a una posición desde la que
Alicia podía contemplar el exterior. Vio otros castillos nucleares en la
lejanía y, esparcidos en la llanura, un número de protones que se movían
rápidamente por ella.
—Esos protones son de un plasma caliente —le
dijo su acompañante—. En un plasma los átomos han perdido algunos de sus
electrones y se han convertido en iones positivos con una carga global
positiva. El núcleo de hidrógeno contiene un único protón, así que cuando un
átomo de hidrógeno pierde su electrón, no queda nada salvo un protón. Los
plasmas pueden llegar a estar muy calientes, y entonces los protones se
precipitan por ahí con un montón de energía, pero no la suficiente para entrar
aquí —acabó con aire de satisfacción.
Alicia observó cómo algunos protones llegaban
corriendo hacia un núcleo y subían por la base curva de su pared. Al ir
subiendo se movían cada vez más lentamente porque perdían su energía cinética,
de modo que finalmente se paraban tras un corto camino de ascensión por la
pared. Desde ese punto se deslizaban de nuevo hacia abajo y salían
precipitadamente en una dirección diferente de aquella en la que habían venido.
—Puedes ver, aunque yo no pueda, que no tienen
éxito alguno en su empeño de entrar —continuó diciendo el guía de Alicia.
—¿No podrían entonces entrar mediante
penetración de barrera? —preguntó Alicia.
—Bueno, sí. Podrían en principio, pero están tan poco tiempo cerca del núcleo que
realmente es muy poco probable.
En este momento Alicia notó una perturbación a
lo lejos. Algo se acercaba a una velocidad más que notable.
—¿Qué es eso que se aproxima? —preguntó con
bastante ansiedad.
—No tengo ni idea —respondió el neutrón—. ¿Se
acerca algo?
Alicia se dio cuenta de que el neutrón
naturalmente no notaba la aproximación de la rápida partícula cargada que venía
galopando, arrastrando un penacho de fotones apenas vistos en su paso como un
torbellino. Al tiempo que Alicia describía su aspecto al neutrón, la
trayectoria del recién llegado topaba con un castillo. Con aparentemente muy
poca reducción de su loca marcha, se lanzó hacia la barrera y la cruzó por
encima. Un instante después, Alicia lo vio galopando a lo lejos, aparentemente
muy poco afectado por este encuentro. No podía decirse lo mismo respecto al
núcleo en el que había entrado, pues había quedado hecho pedazos, y grandes
partes de él salieron volando en diferentes direcciones. Alicia completó su
descripción de lo ocurrido.
—¡Ah!, eso sería un «jinete cósmico» [10] . En muy raras
ocasiones vemos pasar alguno. Proceden de algún lugar fuera de nuestro mundo y
poseen una energía enorme. Para ellos la energía necesaria para atravesar la
barrera coulombiana es una fruslería, y es como si no hubiera barrera en absoluto.
No tenemos ninguna defensa contra ellos, pero, como ya he dicho,
afortunadamente son muy raros.
Mirando hacia el área de fuera, Alicia pudo
distinguir una cuantas figuras silenciosas que se movían muy lentamente y con
cautela.
—¡Oh, mire! —exclamó
olvidándose de quién era su acompañante—. Por allí se mueven algunos neutrones.
—¿Qué? —exclamó el neutrón a su lado—. ¿Estás
segura? Esto es serio. Ven, debemos bajar a la sala principal enseguida.
Hizo bajar apresuradamente a Alicia a través de
los sucesivos niveles de energía hasta la sala donde había entrado al
principio, pasando por alto su protesta de que no había muchos neutrones fuera
y que, en realidad, no tenían en absoluto mucha energía.
Apenas habían llegado cuando un neutrón invasor
entró de sopetón a través de la pared y se paró en medio de la sala encima de
las demás partículas. No era uno de los ocupantes usuales del núcleo, sino uno
de los neutrones que habían entrado desde el exterior. Alicia recordó que el
fotón virtual le había dicho que la barrera coulombiana no tenía ningún efecto
sobre las partículas neutras y que ella misma había penetrado la barrera sin
dificultad. Del mismo modo ese neutrón había entrado sin invitación.
Se produjo de inmediato un gran bullicio y un
estado de pánico entre todos los nucleones. Corrían consternados
precipitadamente adelante y atrás, yendo desde una galería a la siguiente,
anunciando que la estabilidad del núcleo había sido totalmente trastornada por
la adición de ese neutrón extra. Al tiempo que se movían apresuradamente hacia
adelante y hacia atrás, Alicia se alarmó mucho al descubrir que toda la
habitación era agitada con violencia por efecto de simpatía. Las macizas
paredes de piedra temblaban como una vibrante gota de líquido. Si en cierto
momento la habitación era cuadrada y compacta, un instante después era muy
larga y estrecha. Un cuello estrecho se formó en el centro, cerca de donde se
hallaba Alicia, de manera que la habitación casi se dividió en dos. Las paredes
se mecían adelante y atrás, y cada vez la habitación se iba estrechando más en
su punto medio. La habitación se estiró por última vez.
El potencial eléctrico del núcleo proporciona una
barrera coulombiana que repele las partículas cargadas positivamente. Los
protones de baja energía son incapaces de pasar por encima de esta barrera;
aunque podrían en principio pasar a través de ella mediante
«penetración de barrera», la probabilidad de esto es baja porque están «de
paso» y sólo tienen una interacción efímera con el núcleo. Algunas partículas
de la radiación cósmica tienen bastante energía para superar la barrera y
pueden atravesarla fácilmente, depositando en el núcleo suficiente energía para
romperlo por completo.
Los neutrones no poseen carga eléctrica, así que para ellos no existe la
barrera. Un neutrón que acierte a chocar con un núcleo puede atravesarlo sin
dificultad.
Alicia vio cómo las paredes más lejanas se
alejaban aún más en direcciones opuestas, mientras que las paredes más próximas
se acercaban como si fueran a aplastarla junto con las partículas de su
vecindad. Previamente el movimiento se había invertido siempre antes de que el
hueco entre las paredes se cerrara, pero esta vez las paredes chocaron,
justamente donde permanecía Alicia con unos cuantos neutrones.
* * * *
Cuando las paredes hubieron
pasado a través de ella, Alicia descubrió que se hallaba otra vez en la llanura
de fuera del castillo. Dirigió a éste la mirada y vio que estaba partido por
una fisura que corría desde su base hasta la mitad del mismo. Mientras lo
observaba, el castillo se desgarró en dos medias torres que cayeron por
separado. Cada una de ellas se agitaba con violencia, y su superficie externa
vibraba frenéticamente como una bolsa llena de gelatina. Fotones de alta
energía salían despedidos de los dos castillos puesto que ambos se repartían la
energía sobrante. El temblor desapareció gradualmente y ambas formas
irregulares desembocaron en la encumbrada forma que había visto al principio.
Ante ella aparecían ahora dos copias más pequeñas del Castillo Rutherford, sólo
que no estaban quietas, sino que se apartaban con rapidez una de la otra debido
al efecto de la carga positiva que habían compartido previamente.
«¡Menos mal que todo ha acabado! Era realmente
aterrador», se dijo Alicia. Mientras miraba el ahora tranquilo paisaje, pudo
ver unos cuantos neutrones que habían sido expulsados con ella del castillo
cuando éste se partió en dos. Los neutrones estaban dispersos por la llanura, y
corrían apresuradamente en direcciones arbitrarias. Al tiempo que los
observaba, uno de ellos llegó por casualidad hasta el distante contorno de otro
castillo nuclear y rápidamente se coló en él por su costado.
Durante un corto intervalo de tiempo nada
pareció suceder. Pero poco después pudo ver cómo este castillo también empezaba
a agitarse. La agitación aumentó hasta que de repente el castillo se partió por
la mitad.
—¡Oh, no! —exclamó Alicia con desánimo al ver
las dos mitades alejarse entre sí, escupiendo fotones energéticos. Pasando casi
inadvertido, un nuevo grupo de neutrones se alejó corriendo de la escena de la
catástrofe.
No había pasado mucho tiempo cuando un par de
neutrones que vagaban por la llanura entraron por casualidad en otros núcleos.
De nuevo se repitió el proceso, y una vez más los núcleos acabaron divididos,
entraron más rayos gamma en escena y fueron emitidos más neutrones para vagar
aturdidos por los alrededores. El proceso se repitió muchas veces. Pronto hubo
cuatro núcleos que padecían la angustia de la división; después diez, veinte,
cincuenta… Alicia podía ver castillos nucleares desintegrarse en una ardiente
fisión, mientras que por encima la escena brillaba con la intensa y vívida
radiación luminosa de fotones de alta energía.
—¡Esto es terrible! —exclamó horrorizada
Alicia—. ¿Qué puede estar sucediendo?
—No te preocupes, Alicia —dijo una voz calmada a
su lado—. Es sólo una fisión nuclear inducida. Una reacción en cadena, ¿sabes?
No es nada que deba preocuparte. Simplemente permaneces en medio de lo que, en
tu mundo, se llamaría una explosión nuclear.
Alicia se dio la vuelta y
vio los rasgos apacibles del Mecánico Cuántico.
—No debes preocuparte —insistió—. Las energías
en juego en una reacción de fisión son menores que las que has encontrado
dentro del mismo núcleo. El único problema es que ya no están recluidas en el
interior del núcleo. Te he estado buscando —continuó diciendo con calma— porque
tengo que darte una invitación.
Le ofreció a Alicia una rígida tarjeta de
invitación grabada con adornos.
—Es una invitación para la MAScarada [11] de las Partículas,
una fiesta que se hace para todas las partículas elementales —dijo.
Algunos núcleos pueden fragmentarse en dos más
pequeños y más estables en un proceso conocido como fisión nuclear. Este proceso puede ser originado
por la adición de un neutrón extra, al que la barrera coulombiana no mantiene
fuera del núcleo y que es «lo que le faltaba» a un núcleo ya inestable. La
fisión puede liberar otros cuantos neutrones, lo cual conduce a una reacción
en cadena.
Capítulo 9
La MAScarada de las Partículas
Alicia agarró su invitación y subió por los anchos escalones de piedra que
conducían a la alta puerta barnizada. No pudo recordar cómo había llegado hasta
allí, aunque sí recordaba que le habían dado una invitación.
«Espero que éste sea el sitio de la MAScarada, sea eso lo que sea —se dijo
dándose ánimos—. Parece que siempre acabo encontrándome en donde se desea que
esté.»
Se detuvo frente a la puerta y la examinó. Su pintura era muy pulida y
lustrosa, de un color rojo vivo. Tenía una manecilla brillante y una aldaba de
bronce igualmente brillante en forma de rostro grotesco. Estaba cerrada con
llave. Por el ojo de la cerradura emergía una placentera luz de velas y Alicia
podía oír la estridente música que se tocaba dentro.
¿Cómo iba a entrar? La respuesta parecía bastante evidente, así que agarró la
aldaba y llamó con fuerza.
—¡Ay! ¡Cuidado! —oyó gritar angustiosamente a alguien cerca de ella, muy cerca,
de hecho. Sorprendida, Alicia dirigió la vista hacia la puerta y se encontró
con la mirada furiosa de un airado llamador—. ¡Eso era mi nariz! —exclamó
indignado—. ¿Qué deseas de todos modos?
—Lo siento de veras —dijo Alicia—, pero creí que, como usted es un
llamador, podría usarlo para llamar a la puerta. ¿Cómo voy a entrar si no
llamo? —preguntó lastimeramente.
—Llamar no sirve para nada —dijo arrogantemente el Llamador—. Hacen tanto ruido
ahí dentro que nadie podría oírte. —Y era verdad que dentro se estaba armando
un montón de ruido: un zumbido de conversaciones, alguien hablando por encima
de las otras voces, pero sin poder oírsele del todo a través de la puerta y,
por encima de todo, el sonido de la música.
—¿Cómo voy a entrar entonces? —preguntó algo frustrada Alicia.
—¿De veras vas a entrar?
—dijo el Llamador—. Ésa es la cuestión principal, ¿sabes?
Sin duda lo era, pero a Alicia no le agradaba
que se le dijera. «Es realmente espantosa —murmuró para sí— la manera de
discutir de todo el mundo.» Levantando la voz se dirigió al Llamador, aunque se
sentía un poco cohibida hablando con un llamador.
—Tengo una invitación —dijo, poniéndosela a éste
delante de sus narices.
—Ya veo —replicó el Llamador—. Es una invitación
para la MAScarada de las Partículas, que es una función sólo para partículas.
¿Eres tú una partícula?
—No estoy segura de saberlo —afirmó Alicia—. No
creía que lo fuera, pero con todo lo que me ha sucedido estoy empezando a
pensar que debo de serlo.
—Bien, permíteme ver si cumples los requisitos
—dijo el Llamador, con un tono bastante más agradable ahora que su nariz
parecía estar bien—. Permíteme consultar un momento mis notas. —Alicia no
entendía cómo un llamador podía tener notas, y mucho menos mirarlas, pero tras
una corta pausa el Llamador siguió hablando—. ¡Ah, sí! Aquí está la lista de
especificaciones para definir una partícula.
»Uno —leyó—. Cuando eres observada, ¿se te
observa de forma invariable en una posición razonablemente bien definida?
—Sí, así creo, por lo que sé.
—Espléndido —dijo el Llamador animándola.
»Dos. ¿Tienes una única y bien definida masa?
Aparte de las fluctuaciones normales, por supuesto.
—Bueno, sí. Mi peso no ha cambiado mucho desde
hace algún tiempo. —Eso es lo que creía Alicia en cualquier caso.
—Bien. Ése es un requisito importante. Las
diversas partículas tienen su masa concreta. Ésta es una de sus características
más distintivas. Y resulta muy útil a la hora de distinguirlas.
Alicia se impresionó mucho con la idea de que
pudiera identificarse a la gente pesándola y no mirándola a la cara, pero se
daba cuenta de que las partículas no tenían nada definido que pudiera
considerarse como cara.
—Tres. ¿Eres estable?
—¿Perdón? —dijo Alicia, sintiéndose sin duda
ofendida.
—He dicho: «¿Eres estable?». Es una pregunta
bastante sencilla. O al menos debería serlo: el requisito se ha hecho cada vez
más confuso en los últimos tiempos. Solía significar simplemente: «¿Te
desintegras en alguna otra cosa?». Si probablemente fueras a desintegrarte en
algún instante en el futuro, serías inestable, y eso era todo. ¡Pero no era
suficientemente preciso! La gente empezó a decir: «No podemos asegurar que algo
viva eternamente, así que un estado definido que exista durante un tiempo
suficientemente largo puede clasificarse como una partícula». Entonces la
cuestión es: ¿qué se considera «suficientemente largo»? ¿Años, segundos o qué?
Por el momento se aceptan vidas medias de menos de una cienbillonésima de
segundo para ser estable —acabó con disgusto—. Así que ahora debo preguntarte:
¿esperas sobrevivir después de una cienbillonésima de segundo?
Existen muchas partículas que interactúan
fuertemente además del protón y del neutrón. No es nada fácil distinguir un
tipo de partícula de otro. Algunas tienen cargas eléctricas diferentes, pero
hay muchas con la misma carga. Las partículas se distinguen en la práctica
midiendo sus masas, que las diferencian bastante bien. Muchas de las partículas
son inestables en cierto grado: una partícula más pesada se desintegra en otras
más ligeras. Fuera de un núcleo, el neutrón es inestable, con una vida media de
unos veinte minutos.
—¡Oh, sí! Así lo creo —contestó Alicia con
seguridad.
—Bien, entonces puedo contarte como una
partícula estable. Mejor pasa adentro. Puede que no tengas nada mejor que hacer
que rondar por aquí, pero yo sí —gruñó el Llamador. Sonó un clic y la puerta se
abrió de par en par. Alicia no perdió tiempo en atravesarla.
Ya dentro, caminó a través de un elegante
vestíbulo, con claras paredes artesonadas, lámparas de araña y nichos con
estatuas. Como todas ellas eran estatuas de partículas notables, era difícil
para Alicia apreciar los detalles. Pensó que era bastante inteligente la manera
en que se las había arreglado el escultor para hacer que los rasgos de una
estatua parecieran tan vagos y difusos. De hecho, para los no iniciados, se
parecían mucho a piezas informes de piedra.
Cruzando el vestíbulo, Alicia entró en una habitación
grande, que parecía ser un salón de baile. Estaba iluminada por arañas
ornamentales que colgaban del techo, pero no daban mucha luz y la habitación
estaba casi a oscuras. Las sombras se hacían más intensas en contraste con unas
cuantas manchas luminosas que se extendían por la sala. Una de ellas se paró
produciendo un círculo luminoso justo enfrente de Alicia. En el centro de este
círculo daba brincos una figura ataviada como el comodín de una baraja de
naipes. Su ridículo traje exhibía alegres bandas rojas, azules y verdes.
Mirándolo de cerca, Alicia vio que también tenía bandas antirrojas, antiazules y antiverdes.
Ella no había visto antes esos colores. (Desgraciadamente este libro no tiene
ilustraciones en color, así que usted no puede ver cómo eran esos colores.) Su
fantástico aspecto se completaba con una careta, que mostraba una permanente
sonrisa increíblemente amplia.
Este personaje se dirigió a Alicia.
— Bon soir, mademoiselle. Guten
Abend, Fraulein. Good evening, young lady . Buenas tardes, señorita. Willkommen. Bienvenue. Welcome. Bienvenida a la MAScarada.
—Gracias —contestó Alicia—. Pero ¿quién es usted
y qué es una MAScarada?
—Soy el Maestro de Ceremonias de esta MAScarada
—contestó el personaje—, que es el baile de máscaras de las partículas. Una
noche de jolgorio y revelación. Una exploración del misterio detrás de la
máscara. Todas las partículas vienen aquí a dar vueltas en alegre danza y, en
ocasiones apropiadas, se quitan la máscara. Tu máscara, si me permites decirlo,
es particularmente inspirada —añadió.
—No llevo ninguna máscara —dijo fríamente
Alicia.
—Ah, ¿acaso puedes estar segura de eso? Todos
llevamos máscaras de algún tipo. Bueno, esta noche ya hemos tenido dos
desenmascaramientos.
—No veo cómo puede ser eso —dijo desafiante
Alicia—. Uno puede desenmascararse sólo una vez. O se lleva máscara o no se
lleva, eso es seguro.
—Bueno, eso depende de cuántas máscaras se
lleven. Las partículas pueden llevar muchas máscaras. Al principio de la velada
tuvimos un grupo de átomos, y después éstos se quitaron la máscara para
revelarse como un grupo de electrones y una cantidad de núcleos. Más tarde
tuvimos otro desenmascaramiento, y los núcleos se quitaron el disfraz para
mostrar que eran realmente protones y neutrones con unos cuantos piones entre
ellos. Te anticipo confidencialmente que habrá más revelaciones antes de que
acabe la noche.
»Pero ahora —gritó lo
bastante fuerte para que se le oyera en toda la sala—, ¡adelante con los
festejos! Mesdames et Messieurs,
Damen und Herren, Ladies and Gentlemen, Señoras y Señores, les ruego salgan a bailar
animadamente un “baile-colisionador”.
Se produjo una serie de bruscos movimientos y
Alicia observó que las partículas congregadas empezaban a circular alrededor de
la sala. No podía decir que estuvieran bailando, pero desde luego daban vueltas
con velocidad creciente. El problema principal era que no parecía haber un
acuerdo general en el sentido en
el que tenían que circular, así que unas daban vueltas en un sentido y otras en
el contrario.
Cada vez más rápidamente los grupos circulantes
de partículas se precipitaban unos contra otros. Enseguida sucedió lo
inevitable y dos partículas chocaron dándose un tremendo golpe. Alicia miró
hacia ellas preocupada por si habían resultado heridas en la colisión. No pudo
determinar si habían resultado heridas, pero ciertamente no eran las mismas
después de chocar. Vio varios pequeños piones, que no creía que estuvieran allí
antes, alejarse del lugar de la colisión, y las mismas partículas que habían
colisionado se habían transformado en algo completamente nuevo. Eran mayores y
de alguna manera más exóticas de lo que habían sido; decididamente, no eran las
mismas.
El baile continuó y se produjeron más choques,
cada vez más con el paso del tiempo. En cada uno de ellos, partículas nucleares
relativamente familiares se tornaron en algo nuevo y extraño. Enseguida hubo
presente una asombrosa variedad de partículas; muchos más tipos de los que
Alicia había visto antes o de los que había imaginado que existieran.
—Un espectáculo maravilloso, ¿no? —dijo una voz
junto al oído de Alicia. Era el Maestro de Ceremonias, con su sarcástica
máscara tan cerca que podía tocarse—. ¡Qué espléndido conjunto hadrónico de
juerguistas «particulados»! ¡Qué esplendor de variedad bariónica! ¡Vaya, creo
que no hay dos iguales!
Alicia no entendió muchas de las palabras que él
había usado y pensó que era más prudente no preguntar acerca de ellas. Deseaba
saber, lo más sencillamente posible, qué había sucedido.
—¿De dónde proceden todas esas nuevas
partículas? —preguntó.
—Han sido creadas en las colisiones, por
supuesto. Como has visto, todas las partículas circulaban muy rápidamente, de
modo que tenían mucha energía cinética. Cuando colisionaban, esta energía
cinética podía convertirse en energía (masa) en reposo, de manera que podían
crearse partículas de mayor masa. En las diversas colisiones que tuvieron lugar
se produjeron diferentes partículas. Cada una de ellas tiene su propia masa en
reposo, lo que resulta muy conveniente para identificarlas, aunque existen
otras diferencias más sutiles. Espero que en este momento no haya aquí
presentes dos partículas de interacción fuerte que tengan la misma masa. Esto
es lo que sucede en una MAScarada.
Una vez más elevó la voz para dirigirse a toda
la sala:
Las partículas pueden crearse en procesos de
colisión; las energías cinéticas de las partículas que colisionan sirven para
producir la energía de la masa en reposo de las nuevas partículas. Muchas de
esas partículas fueron descubiertas y clasificadas en diversos grupos de
simetría, pero ahora se sabe que son diferentes combinaciones de quarks, de la
misma manera como los átomos son combinaciones de electrones con protones y
neutrones de su núcleo. Los fermiones, o bariones, contienen tres quarks,
mientras que los bosones, o mesones, contienen un quark y un antiquark.
—El baile ha acabado. Por favor, reúnanse en sus
multipletes apropiados.
Tras esta requisitoria, las partículas
congregadas comenzaron a agruparse en pequeños conjuntos separados,
distribuidos por la sala. Alicia observó que la mayoría se reunían en grupos de
ocho partículas, seis de ellas colocadas en forma de hexágono exterior y otras
dos juntas en el centro. Unos cuantos grupos contenían diez partículas en una
disposición triangular que tenía cuatro de sus partículas distribuidas en su
base.
—Ahí ves las partículas reunidas en sus grupos
de simetría —dijo tranquilamente el Maestro de Ceremonias a Alicia—. Estos
grupos son conjuntos de partículas que tienen los mismos valores de una
determinada propiedad, como el espín. Puedes ver que hay una notoria regularidad
en las diversas agrupaciones. Esto indica una semejanza existente por debajo de
la superficie, o mejor por debajo de la máscara. Reconocerás los miembros del
grupo más cercano —añadió.
Alicia miró las ocho partículas cercanas y vio
que las dos en la parte superior del hexágono eran un protón y un neutrón. Sin
embargo, las otras le eran desconocidas.
—Ése es un grupo de bariones en el que todos
tienen espín en el medio —le dijo. Eso no significaba nada para ella, pero por
el momento estaba dispuesta a creerlo—. Creo que ya conoces al protón y al
neutrón. En la siguiente fila está la partícula sigma, que puede manifestarse
con carga eléctrica positiva o negativa y también sin carga eléctrica alguna.
En consecuencia, aparece como tres partículas diferentes. En el centro de la
figura se tiene la lambda, que es una sola partícula sin carga. Todas ellas son
partículas extrañas —añadió.
—Todas ellas me parecen muy
extrañas —concedió Alicia, a la vez que se disponía a verlas más de cerca.
—No, no. La extrañeza es una propiedad que poseen ciertas partículas y
a la que se le ha dado ese nombre. Como la carga eléctrica, ¿sabes?, salvo que es totalmente diferente
—añadió inútilmente—. Las dos partículas que quedan son ambas la cascada.
Aparece en dos diferentes estados de carga, así que hay dos de ellas —explicó—.
Es doblemente extraña, por supuesto.
—Por supuesto —repitió Alicia.
—Y ahora ha llegado nuestro momento —anunció de
repente el Maestro de Ceremonias, hablando tan alto y claro que su voz se
propagó por toda la sala—. Ahora es el momento del desenmascaramiento final de
la noche. Mesdames et Messieurs, Damen und Herren, Ladies and
Gentlemen, Señoras y Señores… ¡Máscaras
fuera!
Alicia no pudo nunca saber del todo cómo se
hizo, pero el aspecto de todas las partículas a su alrededor cambió. Miró a la
partícula más cercana, que era la que el Maestro de Ceremonias había denominado
la lambda. Ya no parecía una partícula, sino una especie de bolsa, en cuyo
interior pudo ver tres formas. Se acercó para tratar de distinguirlas más
claramente y se sintió atraída hacia dentro. Trató de tirar hacia fuera, pero a
pesar de sus esfuerzos fue absorbida.
Una vez dentro, Alicia descubrió que allí no
había sitio para estar de pie. Trató de arrodillarse en el suelo, pero el
envase la seguía apretando tan estrechamente que intentó tumbarse con un codo
encima del suelo y el otro brazo alrededor de la cabeza.
En esta difícil postura miró a su alrededor y se
fijó en las tres pequeñas figuras que había divisado vagamente desde fuera.
Ahora que podía verlas, advirtió que eran diferentes de cualquiera de las
partículas que había encontrado hasta entonces. Cada una de ellas estaba
coloreada con un matiz distintivo. Una era roja, otra verde y la otra azul.
Notó que estaban unidas entre sí mediante trozos de una especie de cable
multicolor. En él se veían franjas de esos tres colores, junto con los tres
anticolores que había visto en el traje del Maestro de Ceremonias.
Alicia estaba tan absorta estudiando esas raras
nuevas partículas que se sobresaltó al oír una voz que provenía de una de
ellas.
—Si crees que somos imágenes cinematográficas
—dijo—, debes pagar, ¿sabes? Las películas no se hacen para que se vean gratis.
¡Desde luego que no! Por el contrario —añadió—, si crees que estamos vivos,
debes decir hola y estrecharnos la mano.
Los quarks son la forma más fundamental de materia
conocida hasta la fecha. Todas las partículas que interactúan fuertemente
(hadrones) son grupos ligados de quarks. Cada fermión se compone de tres
quarks, y cada bosón, de un quark y un antiquark unidos entre sí. El enlace es
muy fuerte y, como la interacción eléctrica, se debe al intercambio de
partículas virtuales.
—Lo siento —dijo Alicia doloridamente,
tendiendo, con cierta dificultad, su mano. No estaba segura de cómo sucedió,
pero de alguna manera descubrió que, en lugar de una mano, estaba estrechando
la larga pera de goma de un viejo claxon. Cuando la apretó sonó un bocinazo—.
Bueno, ¿quiénes son ustedes, pues? —preguntó algo irritada por la bromita.
—No necesitamos presentación, así que yo la
haré. Somos los Tres Hermanos Quarks —respondió el portavoz, moviendo sus
espesas cejas al mirarla—. Yo soy Uppo, éste es Downo y el de allí
Strangeo [12] . —Uppo era verde,
Downo rojo y Strangeo azul.
—Espero que no les importe que me una a ustedes
—dijo Alicia, tratando de aligerar su difícil posición.
—¿Por qué? Nosotros no vamos a separarnos
—respondió Uppo, y los tres soltaron la carcajada.
Alicia no se divertía; no encontró la broma muy
graciosa. De hecho, pensándolo mejor, no estaba segura de que tuviera gracia en
absoluto. Miró irritada a los tres hermanos y se sorprendió al ver que ahora
Uppo era rojo y Downo verde.
—Ha cambiado usted de color —dijo Alicia en un
tono casi acusador.
—Naturalmente —replicó Uppo con calma—. No
solemos tener un color único. Empecé siendo completamente verde, después me
sentí algo azul, y ahora empiezo a ver en rojo. ¿Sabes que las partículas
poseedoras de carga eléctrica intercambian fotones? —dijo bruscamente.
—Sí, eso me dijeron —replicó Alicia.
—Pues bien, nosotros los quarks somos personajes
llenos de colorido. Nos mantenemos unidos por el intercambio de gluones. Por
las buenas o por las malas, o más bien por el rojo, el verde y el azul. Los
gluones esperan por ahí, a nuestro alrededor, cuando ven el color de nuestro
dinero; vigilan nuestro color. Todas las partículas que tienen color
intercambian gluones; éstos las mantienen unidas de manera muy parecida a como
lo hacen los fotones con las partículas cargadas.
—¿Pero por qué cambian ustedes de color? Las
partículas cargadas no cambian su carga eléctrica cuando intercambian fotones.
—No, pero los fotones no transportan carga. No
existe ninguna carga sobre un fotón, lo cual es la razón de que sean tan
populares. Los gluones sí transportan color. Cuando un gluón coloreado escapa
de su fuente, ese color se transfiere al quark que lo atrapa. Es alguien normal
aquel que tiene color, puedo asegurártelo.
Mientras Uppo estaba hablando, Downo cambió su
color a azul y Strangeo se convirtió en rojo, adquiriendo su pelo rizado un
matiz particularmente vívido. Uppo señaló a Strangeo.
—¡Allí! —dijo—, ¡ése es una fuente de un color
diferente!
—Es debido a que tenemos esos gluones
coloreados, por lo que no podemos separarnos nunca. Uno para todos y todos para
nada. Unidos resistimos, y divididos permanecemos inseparables.
—Me temo que no entiendo en absoluto lo que
quiere decir —protestó Alicia.
—Veamos. Todos sabemos que cargas eléctricas
opuestas se atraen, pero las partículas que sufren esa clase de atracción
pueden separarse. Se mantienen unidas por el intercambio de fotones, pero los
fotones no tienen carga.
—Si no existe ninguna carga sobre los fotones,
entonces son libres. Van a donde quieren —dijo Downo de repente.
—Cierto. Como los fotones no tienen carga, son
libres, libres de esparcirse cuanto deseen. No se intercambian otros fotones
entre ellos.
—Si no hay ni cambio ni carga, no hay ninguna
transacción —añadió Downo—. Esos fotones no hacen ningún negocio juntos.
—Sin carga los fotones virtuales no tienen
negocio alguno entre ellos, así que no se atraen uno a otro. Nadie puede obtener
de ellos carga alguna. Así pues, se esparcen por todo el lugar. Cuanto más se
aleja la fuente, más sitio tienen los fotones para extenderse. Los fotones se
esparcen tenuemente. Tienen un tiempo muy monótono, con menos momento que
transferir.
Muchas partículas tienen carga eléctrica, y es un
hecho llamativo que las partículas observadas tienen cargas que son todas del
mismo tamaño. Algunas partículas tienen carga positiva y otras, negativa, pero
la cantidad es la misma en todos los casos. Esta cantidad se denomina
usualmente la carga del electrón, simplemente porque los electrones fueron
las primeras partículas que se descubrieron. Las estimaciones de las cargas
poseídas por los quarks requieren que éstos sean diferentes. Un quark puede
tener carga positiva, que es dos tercios del tamaño de la carga del
electrón, o puede tener carga negativa, que es un tercio de la que tiene un
electrón. Como los quarks no pueden escapar de sus grupos ligados, estas cargas
fraccionarias no pueden observarse directamente, pero existe una fuerte
evidencia de que son correctas.
—En mi último trabajo, conseguí una
transferencia —cortó Downo servicialmente—. Ellos dijeron que iban a darme un
pequeño momento, pero todo lo que me dieron fue una patada.
—Y tú sentiste la fuerza de su argumento
—replicó Uppo—. Pero con menos momento para dar, la fuerza se hace más débil.
Separas mucho las cargas, éstas pierden el contacto, la atracción se va
haciendo más débil, y con el tiempo pierden tanto el contacto que incluso
olvidan escribirse. Dales suficiente energía y puedes llevarlas adonde quieras.
Pueden separarse tanto que ya no queda ninguna atracción de la que pueda
hablarse. Pero ya está bien de cargas eléctricas, estamos aquí para hablar de
las cargas de quark.
—¿Qué es una carga de quark? —preguntó Alicia
con curiosidad, siempre ansiosa de ver las cosas tan claras como pudiera.
—Doble ración los fines de semana y para los
quarks up —respondió
Downo—. Pero somos muy baratos. Nuestra carga es sólo un tercio de la carga de
otras partículas.
—Hay una cosa que no entiendo —dijo Alicia a
Downo. (Eso era una subestimación, pues había muchas cosas que Alicia no
entendía por el momento.)—. ¿Por qué intenta hablar como si fuera italiano? No
creo que lo sea [13] .
—Es porque es un fermión —replicó Uppo en su
lugar—. Enrico Fermi era italiano.
—¿Pero no son todos ustedes fermiones? —protestó
Alicia.
—Ciertamente. Uno para todos y todos para Pauli.
Y nadie lo puede negar —los tres quarks se pusieron en posición de firmes y
saludaron.
»Somos un grupo indivisible. Un quark no puede
escapar del interior de un protón o de cualquier otra partícula. Eso es debido
al rojo, verde y azul. Hay vieja gloria para ti.
—Perdón —empezó a decir Alicia.
— Gesundheit! [14] —respondió Uppo, pero
Alicia prosiguió con determinación.
—No sé qué quiere decir con gloria.
—Por supuesto que no lo sabes. Hasta que yo te
lo diga. Quería decir «Hay un espléndido argumento demoledor para ti».
La existencia de tres tipos diferentes de quarks
permite a los gluones tener también color. Cada gluón es una mezcla de color y
anticolor. Con los fotones una mezcla de carga y anticarga da una partícula sin
carga, pero los gluones pueden mezclar diversos colores. Un gluón puede ser
azul y antiverde, por ejemplo, y entonces no es neutro; posee color y puede
actuar como fuente de otros gluones. Esto significa que los gluones están
también ligados entre sí y forman estrechas cuerdas que mantienen los quarks unidos,
y no se esparcen ampliamente como hacen los fotones.
—¡Pero gloria no significa eso! —protestó Alicia.
—Cuando uso una palabra, yo elijo su
significado, ni más ni menos. La cuestión es cuál ha de ser el amo, eso es
todo. Pero hay otra cuestión con los gluones —añadió con pesimismo—. No hay
manera de dominarlos, nunca ceden, al contrario que los fotones. La dificultad
es que todos los gluones son coloreados. Y el color crea gluones, como la carga
crea fotones, así que todos los gluones emiten otros gluones y éstos emiten más
gluones. Se empieza con sólo uno o dos y se acaba con cientos. Es como tener en
casa a la familia de la esposa. Y como todos son gluones de intercambio, todos
permanecen unidos, justo como la familia de la esposa. En vez de esparcirse en
una amplia nube difusa como los fotones, se agrupan para formar las firmes
cuerdas coloreadas de gluones virtuales que ves aquí. Como están apelotonados,
no tienen la posibilidad de esparcirse como los fotones. Aquí no existe algo
como un pelotón libre.
»Cuando un quark se aleja, enseguida llega al
final de sus fuerzas. Si tenemos más energía, los gluones nos darán más cuerda,
pero continuamos colgados de un extremo. La atracción gluónica nos devuelve a
casa, sin importar lo lejos que vaguemos. No podemos alcanzar la libertad, pero
todavía podemos escapar con una pequeña ayuda de nuestros amigos.
En ese particularmente apropiado momento, un
fotón muy energético se estampó contra el pequeño grupo de quarks. A Alicia la
pilló de improviso, pues no lo había visto llegar. De hecho, como advertía
ahora, los fotones se movían tan rápidamente que nunca había visto venir a
alguno antes de que hubiera llegado. El fotón colisionó con Strangeo,
excitándolo a un frenesí maníaco, y éste salió disparado dando bocinazos. Tras
él, la cuerda que lo ataba se estiró más y más. Alicia pudo observar que,
independientemente de cuánto se estirase, la cuerda no se hacía más delgada ni
más débil. Era evidente que podía seguir estirándose de manera indefinida y que
el quark fugitivo pronto agotaría su energía sin ninguna oportunidad de liberarse.
Pero justo cuando Alicia había llegado a esa conclusión la cuerda se rompió.
Donde un momento antes
había habido una larga y firme cuerda que engullía toda la energía que había
soltado el fotón, había ahora dos trozos
muy cortos con una abertura grande que crecía constantemente. En cada lado de
esta abertura había aparecido un nuevo quark, y cada uno de ellos sujetaba uno
de los extremos rotos de las cuerdas. En el extremo de la cuerda que aún ligaba
los dos quarks que habían permanecido con Alicia había otro quark que se
parecía exactamente a Downo, excepto que era de distinto color. Strangeo, que
se alejaba rápidamente, sujetaba su propio trozo corto de cuerda, a la que iba
unida una versión invertida de Downo. Alicia supuso correctamente que éste era
un antiquark.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Alicia confundida.
—Acabas de ver una fuga de quarks a lugares
bajos con la ayuda de amigos. Al vacío, de hecho, y no puede irse más abajo.
Uno no puede desprenderse de una cuerda de gluón una vez que éste ha visto el
color de un quark, así que tenemos que engañarlo con algo que parezca
exactamente un quark.
—¿Y qué es eso? —preguntó Alicia.
—Otro quark, por supuesto. Cuando la cuerda
gluónica se ha estirado tanto que contiene suficiente energía para las masas en
reposo de dos quarks, entonces cortamos la cuerda y hacemos el cambio. Un
extremo adquiere un nuevo quark, el otro no.
—¿Hay un nudo en la cuerda? [15] —preguntó Downo (uno
de los Downos).
—Así es, hay un quark en un extremo y un
no-quark en el otro.
—¿Qué es un no-quark? —preguntó Alicia.
—Un antiquark. Y si te crees eso, deberías
visitar a mi prestamista. Una parte de la cuerda original ha desaparecido
rápidamente a lo lejos, llevándose la energía y conectando al ausente Strangeo
con el nuevo antiquark. Así, ya ves, la ausencia hace la separación más lejana.
—Puede que él haya escapado, pero todavía no es
libre —protestó Alicia.
—Con una ligadura era libre. Ahora se ha librado
de nosotros, pero está aún ligado. Está ligado con su antiquark en un bosón.
Eso es como un pión, pero los piones pueden ser engañosos y en este caso, en
lugar de ello han formado un kaón. No se puede ver un quark libre; ni siquiera
liberar un mar de quarks [16] , pero ésa es «otra
olla de pescado».
—¿Hay pescado en el mar de quarks? —preguntó
Downo.
—No, no, el mar de Quarks no tiene nada que ver
con el pescado. Su único propósito es contener los pares virtuales
quark-antiquark.
—Entiendo lo del lenguado y lo de la marsopa,
pero ¿por qué peras en el mar? [17] —arguyo Downo.
—Olvida el mar —replicó Uppo—, o nos marearemos
todos. El asunto es que nunca se encontrará un quark solo, aislado.
—¿Significa eso que han de permanecer aquí para
siempre sin ninguna oportunidad de cambio? —preguntó Alicia con interés.
—Bueno, siempre podemos tener alguna. Se dice
que un cambio es tan bueno como un reposo, pero me siento en libertad de
discutir la interacción débil.
—Oí mencionarla cuando visité el núcleo. Creo
que tiene algo que ver con la desintegración beta de los núcleos, sea ello lo
que fuere.
—Es lo mismo. Lo que ocurre es que un neutrón
del interior del núcleo se transforma en un protón y un electrón, junto con
otra partícula llamada neutrino. Este neutrino no tiene carga ni masa [18] , y no sufre la
interacción fuerte. No es que haga mucho realmente, como la mayor parte de la
gente que conozco. En cualquier caso, ésa es la historia que contamos. Lo
que realmente sucede es que un quarkd (down) de dentro del neutrón se transforma en un
quark u (up), un electrón y un
neutrino. Cuando el quark d se transforma en un
quark u, todo sube (up = arriba). Se aumenta la carga, el neutrón se convierte en un
protón, y ya está. Quédate por aquí y quizás tengas suerte.
Apenas había acabado de hablar cuando, debido a
una coincidencia de lo más conveniente, uno de los dos Downos se hizo borroso y
empezó a cambiar y a perder su identidad. Tras un breve momento de transición,
Downo ya no estaba allí y su lugar lo ocupaba un doble de Uppo. Al moverse éste
hacia un lado, Alicia vio un electrón escaparse del mismo lugar. A éste le
seguía otra partícula más. Alicia captó sólo una brevísima impresión de esta
última, algo apenas percibido y muy difícil de ver. Supuso que era el neutrino,
desempeñando su papel habitual de ignorar todo y ser ignorado por todos.
El grupo de tres quarks consistía ahora en un
Downo y dos Uppos idénticos. Idénticos, salvo por el hecho de que uno seguía
siendo verde y el otro azul.
—¡Jo! —dijo Alicia—. Esto ha sido algo
absolutamente impresionante.
Obedientemente, los dos Uppos replicaron al
unísono:
—Esto ha sido algo absolutamente impresionante.
¿Pero qué puede esperarse —añadieron— cuando las partículas intercambiadas en
una interacción tienen carga eléctrica? Los fotones no tienen carga, pero esto
no es la carga de la brigada ligera [19] . Cuando una fuente
emite una de estas partículas cargadas, debe compartir la carga. Allí no se
permiten fluctuaciones, ¿sabes? Cuando la carga de una partícula ha cambiado,
se cuenta como una nueva partícula. Debes de haber oído hablar de las cuentas
de crédito [20] . Así es cómo los
quarks consiguen cambiar —concluyeron.
—¿Pero de dónde procede el electrón? —preguntó
Alicia, que tenía la impresión de que la explicación era algo incompleta.
—Las partículas intercambiadas en la interacción
débil se llaman W —empezó a decir Uppo bastante inconsecuentemente.
—¿Qué? —respondió Alicia, olvidando por el
momento sus buenas maneras.
—No «¿qué?», sólo W [21] . No se parece mucho
a un nombre, pero es todo lo que tienen, pobrecitos. Hay dos, ¿sabes?: uno es W
más (W+) y el otro W menos (W –). Nadie
les ha preguntado nunca qué representa la W —acabó pensativamente—. De
cualquier modo —continuó—, estos Ws, como los llaman sus amigos, son tipos muy
amistosos. Se mezclan con cualquiera. Interactúan con leptones y con hadrones;
con electrones y con partículas de interacción fuerte. Así, pues, cuando un
quark d decide que es el
momento de transformarse en un quark u, aumenta su carga. La
carga eléctrica del quark ha aumentado, de modo que éste emite una partícula W– para cuadrar el balance. Este W a su vez interactúa con un
neutrino de paso, el cual no tiene carga alguna, y lo convierte en un electrón,
que sí tiene carga eléctrica. El electrón se encuentra en compañía de un montón
de partículas con interacción fuerte, lugar en donde no tiene derecho a estar,
y se va tan rápidamente como puede.
—¿Pero dónde encuentra el W un neutrino al que
pueda transformar en un electrón? —preguntó Alicia algo perpleja—. No creía que
hubiera ningún neutrino antes. Pensaba que era emitido después de la
desintegración, junto con el electrón.
—¡Ajá!, ahí es donde él te engaña. Tú creías que
él debería existir antes,
pero por el contrario existía después. Esperabas que llegara del pasado, pero viene a hurtadillas desde el
futuro, y no obstante llega cuando se lo necesita. Por supuesto, como viene del
futuro, todavía está rondando por aquí después, en trance de llegar. De esta
manera consigue ser a la vez el neutrino convertido por el W y el emitido tras
la desintegración. Eso reduce los gastos.
—¿Pero cómo puede venir del futuro? —preguntó
Alicia. Cuando hablaba tenía la clara impresión de que ya sabía la respuesta a
esa pregunta.
—Es un antineutrino, desde luego. Uno de mis
«antis» favoritos. Toda partícula tiene su antipartícula, que es su opuesta en
todo y viaja hacia atrás en el tiempo. Éste es el gran lema de las
antipartículas: «Sea lo que sea, estoy en contra».
—¿Y no hay manera alguna de que ustedes puedan
ser libres? —preguntó Alicia, para estar completamente segura de esto.
—No, ninguna en absoluto —le contestaron.
—¿Significa eso que yo tampoco puedo escapar?
—preguntó Alicia abatida, porque realmente no deseaba estar atrapada con ellos
para siempre.
—En absoluto. Tú no tienes color, así que los
gluones no te retienen. Tú eres una de las personas menos coloreadas que jamás
hemos visto, de modo que no hay nada que te retenga; puedes marcharte cuando
quieras. Ni siquiera lo notaremos. Puedes levantarte y salir pitando. Pero no
olvides la propina.
Eso parecía demasiado sencillo, pero en
cualquier caso Alicia lo intentó. Se levantó y descubrió que no había nada que
le impidiera abandonar el grupo en cualquier momento. Se desperezó tras su
encierro en un lugar tan pequeño, miró a su alrededor y descubrió que tenía
enfrente la máscara burlona del Maestro de Ceremonias, la cual estaba a menos
de un metro del rostro de Alicia. Lo miró fijamente, hipnotizada por su amplia
y permanente sonrisa y las negras cuencas de los ojos encima. En las oscuras
profundidades donde tendrían que haber estado sus ojos creyó que podía ver una
intensa chispa azul, como una estrella lejana en una clara y helada noche.
—¿Cómo lo pasaste en tu encuentro con los
quarks? —le preguntó alegremente a Alicia.
—Fue muy interesante —replicó ésta
sinceramente—. Eran personajes llenos de colorido, pero los encontré bastante
volubles. ¿Era ése el último desenmascaramiento de esta noche —continuó Alicia—
o existen más capas que hay que desnudar antes de que pueda ver lo que
realmente existe?
—¿Quién puede decirlo? —le respondió—. ¿Cómo
puedes saber si estás contemplando la cara desnuda de la naturaleza o si
simplemente estás mirando otra máscara? No obstante, esta noche hay sólo otro
desenmascaramiento pendiente. Aún tengo que despojarme de mi máscara.
Al tiempo que hablaba, el
brillante foco luminoso que lo había seguido durante toda la noche empezó a
apagarse, y la luz de las arañas de encima se hizo aún más débil. A la vez que
la luz se apagaba, el Maestro de Ceremonias se llevó las manos a la cara y se
quitó lentamente la máscara.
En la luz que se apagaba rápidamente Alicia miró
el rostro tras la máscara. No pudo ver nada salvo un óvalo liso, un vacío total
sin características de ninguna clase. Miró sorprendida ese enigmático rostro y,
cuando se apagaba el último destello luminoso, vio que la máscara le hacía un guiño.
Capítulo 10
El Parque de Atracciones de la Física Experimental
La oscuridad alrededor de Alicia aclaraba lentamente. Las sombras se apartaban
de sus ojos, que quedaron deslumbrados por un caos de brillantes luces y
colores, al tiempo que una agresiva cacofonía de sonidos asaltaba sus oídos.
Miró a su alrededor y descubrió que se hallaba en medio de una variada y alegre
multitud. Parecía haber toda clase de personas, con todo tipo de vestimentas.
Algunas llevaban batas blancas, como las que uno se imagina llevan los
científicos en sus laboratorios, mientras otras vestían informalmente o muy
bien trajeadas. Vio vestimentas de todos los países del mundo, y de muchas
épocas diferentes del pasado.
Había hombres con impresionantes patillas que vestían levitas victorianas, y
otros que llevaban chilabas, o la vestimenta china tradicional, con anchas
mangas y largas coletas. Vio un individuo particularmente peludo que caminaba
tambaleándose, vestido de pieles crudas de animales, y que acarreaba algo que
parecía una tosca rueda de piedra. Las palabras PATENTE SOLICITADA estaban
cuidadosamente cinceladas en una parte de la rueda. Un hombre en particular
atrajo su atención por alguna razón; parecía tener alguna cualidad especial,
pero no era capaz de discernir qué podría ser. Tenía una cara pálida y
expresiva y vestía los calzones, chaleco y ancha levita del siglo XVII.
Caminaba absorto en sus pensamientos dando grandes bocados a una deslumbrante
manzana roja.
—¿Dónde estoy? —se
preguntó, hablando en alta voz pero sin esperar ser oído en la barahúnda
levantada a su alrededor.
—Estás en el Parque de Atracciones de la Física
Experimental —fue la inesperada respuesta.
Alicia miró para ver quién había hablado. Y
descubrió que, una vez más, estaba acompañada por el Mecánico Cuántico, que
caminaba tranquilamente a su lado. Éste señaló una pancarta extendida a lo
largo de una puerta por la que parecía que habían entrado. En ella se leía:
PARKE DE ATRACCIONES DE LA PHISICA EXPERIMENTAL
—La ortografía parece bastante extraña —comentó
Alicia. Esto fue lo primero que le llamó la atención.
—Bueno, ¿qué esperabas? Aquí todos son
científicos, ¿sabes? Éste es el gran carnaval de la observación empírica. Aquí
encontrarás muchas demostraciones de fenómenos físicos y casetas de resultados
experimentales.
Alicia miró con atención a su alrededor y vio
una variedad espléndida de casetas y puestos, y aquí y allá edificios más
compactos. Todos exhibían grandes carteles brillantemente coloreados que se disputaban
la atención de la muchedumbre. Alicia leyó algunos de ellos:
Diviértete con la emoción de la colisión de
partículas
Caza el neutrino
Pon fuera de combate a un quark y gana un Premio
Nobel
Hubo cierto lío en la muchedumbre cercana.
Alicia miró hacia allí y vio a un hombre calvo y con barba envuelto en lo que
parecía ser una gran toalla de baño. Se abría camino empujando a la multitud,
dificultado por el hecho de llevar un gran tablón de anuncios en una mano y una
increíblemente larga pértiga o algún tipo de palanca en la otra. Miró con
atención el anuncio que llevaba ese hombre. En la parte superior, pintadas con
tosquedad, pudo distinguir, prácticamente borradas, las palabras:
¡Sienta moverse la Tierra!
Debajo leyó el siguiente mensaje:
¡Véame mover el mundo!
—¿Quién es? —preguntó Alicia—. ¿Y qué es lo que
intenta?
—Es un filósofo griego muy conocido.
Evidentemente trata de poner en práctica su vieja manía de mover el mundo.
—¿De veras? —exclamo Alicia—, ¿mueve entonces el
mundo frecuentemente?
—¡Oh, no, nunca! No puede nunca encontrar un
sitio fijo como punto de apoyo de su palanca, ¿entiendes?
Como eso no tenía pinta de ser muy divertido,
Alicia miró a su alrededor para encontrar algo más prometedor. Atrajo su
atención un puesto cercano que mostraba el nombre «Cañón botoeléctrico». Era
una especie de arma estilizada con la que el jugador podía dirigir un haz de
luz a una superficie metálica.
La luz causaba la emisión
de electrones en el punto de la pantalla donde impactaba, y la idea, como
explicó el dueño del puesto, era hacer que los electrones recorrieran una
pequeña distancia hasta una especie de cubo, donde se recogían. Esto le pareció
a Alicia bastante fácil, aunque le explicaron que, para hacerlo algo más
interesante, había un campo eléctrico débil que se oponía al paso de los
electrones y los hacía retroceder antes de que llegaran al colector. Después de
todo, como explicó el dueño del puesto, había un mecanismo de control que
permitía que Alicia aumentara en muchas veces la intensidad presente del haz
luminoso.
No obstante, descubrió que por mucho que lo
intentara no lograba que
ningún electrón recorriera esa pequeña distancia. Elevó la intensidad de la luz
más y más. Se emitieron más y más electrones, pero el campo eléctrico hizo que
todos retrocedieran en el último minuto.
La descripción cuántica del mundo difícilmente es
la que habríamos esperado. La razón para creer en ella es que sus predicciones
se muestran de acuerdo con los resultados experimentales. Es la única teoría
que proporciona alguna clase de explicación del comportamiento de la materia en
la escala atómica, y lo hace notablemente bien.
—¡Esto va fatal! —exclamó Alicia frustrada.
—Me temo que es lo que era de esperar —replicó
su acompañante tristemente—. ¿Te das cuenta? Te han proporcionado sólo el
control de la intensidad de
la luz y no de su color (o
frecuencia). Si la luz fuera una onda clásica, se esperaría que al aumentar su
intensidad la perturbación asociada aumentara y ello comunicaría más energía a
los electrones que emitía la superficie del metal. De hecho, es el color, o
frecuencia, de la luz lo que decide la energía de los fotones individuales que
la componen. Como no te han facilitado ninguna manera de alterarla, no puedes
cambiar la energía de los fotones o, lo que es lo mismo, la de los electrones
que ellos expulsan de la superficie del metal. El puesto ha sido, por supuesto,
montado cuidadosamente para que dicha energía no sea suficiente para atravesar el campo eléctrico retardador.
Cuando aumentabas la intensidad de la luz, dirigías más fotones hacia la
superficie, y éstos producían más electrones, pero todos ellos tenían la misma
energía; en todo caso, ésta no era suficiente para que el electrón llegara al
colector. Me temo que no puedes ganar.
Alicia se sintió algo engañada por la
experiencia en ese puesto y miró alrededor buscando algo diferente para pasar
el rato. Cerca había una pequeña caseta con un anuncio que decía:
¡PASEN Y VEAN!
Contemplen la mayor colección de quarks en cautividad
Las características fundamentales del
comportamiento cuántico son la detección de partículas discretas y la
observación de interferencia. La observación de los cuantos se manifiesta en el
efecto fotoeléctrico: la producción de electrones mediante luz que incide sobre
una superficie metálica. El único resultado de aumentar la intensidad de la luz
es incrementar el número de fotones presentes y por consiguiente el número de
electrones. Cada fotón no obstante interactúa por sí mismo, de modo que si no
se cambia la frecuencia de la luz al alterar su intensidad, cada
fotón seguirá teniendo la misma energía y las energías de los electrones
producidos será la misma, sea cual sea la intensidad de la luz. Esto es
completamente diferente del comportamiento esperado de una onda clásica, en
donde una mayor intensidad significaría más energía impartida a los electrones.
Alicia y su acompañante entraron en la caseta,
en donde el expositor le estaba diciendo a una pequeña multitud lo afortunada
que era al poder ver los seis quarks al completo capturados y exhibidos para su
entretenimiento. Alicia los miró. Ninguno de los quarks se presentaba
individualmente, por supuesto. Todos estaban emparejados, cada uno ligado
indisolublemente a su antiquark. Alicia se dio cuenta de que esto era lo más
parecido posible a un conjunto de quarks aislados. «Y después de todo —pensó—,
él dijo que estaban en cautividad.»
Alicia contempló los pares de quarks
congregados. Estaban reunidos en una especie de tribuna de varios niveles, con
las combinaciones de quarks más pesados situados en un nivel más alto de
energía. Vio un quark u que
movía sus espesas pestañas hacia ella, un quark d y, un poco más arriba, un quark s con una flameante cabellera rizada.
Además de esos tres tipos, que ya había conocido
en la MAScarada, había otros dos en lugares aún más altos. Uno de ellos
proyectaba una personalidad cautivadora, y Alicia vio un destello luminoso,
como un anuncio de dientes increíblemente blancos.
—Ése es el quark c (charm = «encanto») —murmuró el Mecánico Cuántico a su oído.
El otro quark nuevo era aún más pesado. Estaba
colocado en un sitio muy alto y Alicia lo vio menos claramente que otras
partículas que había conocido, pero tuvo la extraña impresión de que tenía
cabeza de asno.
—Ése es un quark b (bottom = «fondo») —le informó su acompañante.
Alicia ahora miró más arriba para ver el sexto
quark. Su posición estaba marcada en la tribuna, pero estaba vacía. No había
señal alguna del sexto quark, el cual, se le informó, sería el quark t (top = «cima»).
Otros componentes del público también habían
notado la ausencia del sexto quark y protestaban ruidosamente.
—¡Está bien, está bien! —dijo el exhibidor
pidiendo calma—. Sé que está en algún sitio por aquí. El quark t es el más pesado de todos, así que hemos de
buscarlo en altas energías, pero tiene que estar allí.
Cogió una gran red para cazar mariposas colgada
de una vara larga, subió por una escalera de mano y empezó a agitar la red al
azar justo por debajo del techo de la caseta.
Entre tanto, el público se mostraba más
intranquilo por momentos y se oían frases poco corteses en todo el recinto. El
ambiente empeoró por momentos y la gente empezó a salir de allí con el
propósito de escribir cartas críticas a sus revistas técnicas favoritas.
—¡Vámonos! —le dijo el
Mecánico Cuántico a Alicia—. Éste no es ahora un lugar para nosotros.
Hace algunos años se confirmó la existencia del
quark t («cima») con una masa muy elevada. Este quark se une a los dos ya
conocidos antes, c (charm = «encanto») y b(bottom =
«fondo»), para completar el cuadro. En la actualidad se cree que hay seis y
sólo seis tipos de quarks y un conjunto de igual número de leptones. ¿Están a
su vez los quarks hechos de algo más fundamental? No hay, actualmente, manera
alguna de decirlo.
Salieron fuera y lo que captó la atención de
Alicia fue un puesto en donde había gente que lanzaba bolas sobre varios
regalos que obtendrían sólo si los derribaban fuera de la tarima. Se parecía
mucho a los puestos de feria que había visto cerca de su casa, excepto que en
éste había una especie de cerca de delgados alambres uniformemente espaciados
entre los competidores y sus blancos.
Alicia estuvo un rato mirando y observó que en
el instante en que se lanzaba la bola, ésta se hacía completamente borrosa y
resultaba imposible saber adónde había ido a parar hasta que impactaba en algún
punto de la pared trasera de la caseta.
Vio que la mayoría de las bolas hacían eso;
daban contra la pared y no a alguno de los regalos. Poco a poco fueron
formándose pilas de bolas en los lugares donde habían impactado, y Alicia pudo
ver que estas pilas se situaban limpiamente en los espacios que había entre los
regalos.
—Justo en su sitio —dijo alguien cerca,
haciéndose eco de sus pensamientos—. Los alambres regularmente espaciados
actúan de manera que producen un patrón de interferencia, con mucha mayor
probabilidad de observar las bolas en ciertos lugares que en otros.
Naturalmente, los mínimos, es decir, los lugares en donde es más baja la
probabilidad de encontrar una bola, están situados justo donde están los
premios.
—Eso no parece muy honrado —puntualizó Alicia.
—Bueno, no, quizás no, pero en el Parke de
Atracciones no se espera que nadie sea honrado. Después de todo, el dueño del
puesto tiene que ganarse la vida, así que no desea dar premios muy
frecuentemente. Desde luego, aún hay alguna probabilidad de que la bola se observe en los mínimos, de
manera que en algunas ocasiones
se consigue el premio, pero no en muchas.
Alicia tenía todavía la impresión de que de
alguna manera eso no estaba bien, pero antes de añadir algo captó su atención
un gran pabellón algo más lejano. Estaba coronado por un enorme anuncio
brillante que decía:
EL GRAN PARADOX
Acción fantasmal a distancia
Debajo del anuncio había una porción de grandes
carteles pegados a lo largo de la parte delantera del edificio.
¡Extraordinariamente pasmoso!
¡Paradójicamente incomprensible!
¡Realmente sorprendente en su totalidad
Alicia y su acompañante anduvieron hasta allí y
se unieron a la multitud que penetraba a través de la puerta de entrada. Dentro
había un largo recinto de techo elevado con una tribuna levantada en el centro.
En cada uno de sus lados había un par de cortas rampas que conducían hasta unas
puertas en los extremos del edificio. En cada rampa descansaba un corto
cilindro de metal acabado en punta y con rechonchas aletas en su parte
posterior.
En la tribuna central permanecía el «Gran
Paradox», un tipo alto con brillante pelo oscuro, tieso bigote encerado y una
ondulante capa.
—Buenas tardes, señoras y caballeros —saludó—.
Hoy tengo la intención de realizar un pequeño experimento de reducción de
amplitudes, que tal vez encuentren interesante.
Las características fundamentales del
comportamiento cuántico son la detección de partículas discretas y la
observación de interferencia. Las partículas, o cuantos, se observan en un
lugar determinado, y no dispersadas en una zona amplia como las ondas clásicas.
Pese a ello, las partículas parecen comportarse como ondas en que muestran
efectos de interferencia entre las diversas amplitudes que describen todo lo
que la partícula podría hacer. La interferencia puede demostrarse mediante la
dispersión de electrones por un retículo uniforme, ejemplificado por la
disposición de los átomos en un cristal, y puede realizarse a una intensidad
tan baja que sólo haya un electrón presente cada vez.
»Aquí en la tribuna frente a mí —continuó— ven
una fuente de transiciones; transiciones que liberarán dos fotones en
direcciones exactamente opuestas. Como saben, si midieran el espín de los
fotones en alguna dirección de su elección, siempre encontrarían que éstos
tienen espín hacia arriba o
hacia abajo, sin otra
posibilidad intermedia.
Alicia no sabía eso, aunque había oído hablar de
electrones con espín hacia arriba y con espín hacia abajo, pero el resto de los
presentes hacía gestos afirmativos de personas enteradas, así que supuso que
era cierto.
—Como digo, si se midiera el espín, se encontraría espín-arriba
o espín-abajo, pero si no se
mide, habrá una mezcla o, mejor, una superposición de estados que tienen
diferentes direcciones de espín. Sólo cuando se realiza una medida se reducen
las amplitudes. Entonces una estará presente y la otra desaparecerá. Ahora bien
—dijo bruscamente—, la fuente que ven aquí realiza sus transiciones a partir de
estados que no tienen ningún espín, así que el espín total de las dos partículas producidas debe ser
también cero. Esto quiere decir —explicó amablemente— que los espines de ambos
fotones deben ser opuestos: si uno tiene el espín hacia arriba, el otro lo ha
de tener hacia abajo. Pero, recuerden, la dirección del espín de los fotones se
selecciona de la superposición de estados sólo cuando se hace una medida; esto
es lo que normalmente se cree. Entonces pueden ver que cuando se realiza una
medida sobre un fotón hallando, digamos, que tiene espín hacia arriba, la superposición
de amplitudes de ese fotón se reducirá al estado apropiado.
»Sin embargo —continuó Paradox alzándose todo lo
que pudo—, la superposición correspondiente al otro fotón debe también reducirse, porque sabemos que
este fotón debe tener el espín opuesto. Esto ha de suceder independientemente
de lo alejados que estén ambos fotones en ese instante, incluso si estuvieran
en distintas estrellas.
»En esta demostración no realizaremos las
medidas tan separadas —dijo sonriendo al público—. Llamo ahora a dos
voluntarios, dos experimentadores de confianza que acepten ir a los extremos
opuestos del País de los Cuantos y hagan las observaciones para nosotros.
Hubo un murmullo de discusiones entre la
multitud congregada y dos personas fueron empujadas hacia delante. Ambos
vestían largas levitas y pantalones estrechos y lucían espesas patillas. Los
dos llevaban chalecos, ambos con una cadena de oro unida a un reloj puesto es
crupulosamente en hora. No eran absolutamente idénticos, porque sólo las
partículas lo son, pero desde luego eran muy parecidos. Ambos eran
evidentemente honorables, honrados y dignos de confianza, así como competentes
y concienzudos observadores. Si dijeran que habían visto algo, nadie osaría
discutirlo.
Paradox le dio a cada uno un polarímetro, un
instrumento con el que podían medir las direcciones del espín de las
partículas. Los dos desmontaron el instrumento con precisión militar, lo
examinaron para comprobar que no había nada raro y lo volvieron a montar
rápidamente.
El empresario requirió
entonces la presencia de dos atractivas asistentas que acompañaron a los
voluntarios hasta los cilindros de metal y abrieron una puerta en un lado de
cada uno de ellos. Por alguna razón ambos observadores se pusieron entonces un
sombrero de copa antes de apretujarse en el reducido espacio de dentro. Las
asistentas cerraron las puertas, encendieron una espoleta en la parte de atrás
de cada cilindro y retrocedieron apresuradamente. Con un rugido, los cohetes se
deslizaron rápidamente por la rampa y a través de las puertas del pabellón para
proyectarse al horizonte hacia los extremos opuestos del País de los Cuantos.
—Y ahora esperemos hasta que lleguen —señaló el
empresario—. Tan pronto como cada uno esté en posición, enviará un mensaje a
través de su línea telegráfica. —Indicó dos timbres situados sobre unas mesitas
a cada lado de la tribuna. Todo el mundo los miraba, esperando a que sonaran
como señal de que el espectáculo podía continuar. Fue una larga espera.
—Todo el mundo parece muy paciente —señaló
Alicia, que estaba empezando a impacientarse.
—Han de serlo —replicó el Mecánico Cuántico—.
Todos los científicos experimentales tienen que aprender a desarrollar la
paciencia.
Finalmente sonaron los timbres, primero uno y
poco después el otro. Ello indicaba que ambos observadores se hallaban en
posición, y, con un espectacular ademán, Paradox abrió las ventanas de ambos
lados de su fuente de fotones. Los fotones empezaron a salir de dos en dos en
direcciones opuestas.
Después de algún tiempo
cerró de nuevo las ventanas y se produjo otra larga pausa.
«Me pregunto qué estamos esperando», —pensó
Alicia, que tenía la impresión de que el experimento podría discurrir algo más rápidamente. Hubo un aleteo y una paloma
mensajera salió a través de la ventana de un extremo del edificio, siendo
expertamente cazada por uno de los asistentes. Un poco después, otra paloma
llegó desde la segunda ventana, y los mensajes transportados por las dos
pudieron compararse. Paradox enseñó los dos mensajes, que mostraban una
correlación perfecta: cuando un fotón tipo espín-arriba se detectaba en un
lado, en el otro invariablemente se detectaba un fotón tipo espín-abajo,
incluso aunque los detectores estuvieran tan alejados entre sí que no habría
habido tiempo de intercambiarse ninguna información.
—¡No hay ningún misterio! —gritó alguien desde
el lado opuesto de la gran sala. La voz provenía de una figura alta, a quien
Alicia no podía ver claramente, pero que se parecía bastante al Mecánico Clásico—. Es evidente —prosiguió—
que no es completamente incierto si los fotones tienen el espín hacia arriba o
hacia abajo cuando salen de la fuente. De alguna manera saben lo que serán, y
también saben que los dos han de ser opuestos. No importa entonces cuánto
tengan que esperar antes de ser detectados; se descubrirá que tienen la
dirección de espín ya decidida cuando se emitieron.
—Parece un argumento muy razonable, ¿no? —dijo
sonriente el empresario, que no parecía abatido en absoluto—; tendremos que
extender un poco nuestra demostración.
—Dice usted que el que los fotones tengan espín
hacia arriba o hacia abajo está ya decidido desde el momento de su emisión, y
que ellos llevan esa información consigo cuando viajan. ¿Qué sucedería si
nuestros dos observadores se dispusieran a medir el espín en otras direcciones,
digamos izquierda y derecha, o alguna otra intermedia? ¿Y qué sucedería si
giraran su polarímetro cuando les apeteciera sin informarnos y sin colaborar
entre ellos? ¿Sería posible que la fuente supiera de antemano qué información
debería transmitir con las partículas, de manera que sus espines casaran
propiamente cualesquierafueran
los ángulos escogidos por nuestros amigos en sus medidas? ¡Creo que no!
Escribió rápidamente nuevas instrucciones para
los observadores, ató las notas a las patas de la palomas y envió éstas de
vuelta adonde habían salido. Tras una pausa, los timbres del telégrafo sonaron
otra vez indicando que los mensajes se habían recibido y entendido. De nuevo,
con un ademán triunfal, abrió las ventanas de la fuente central y dejó que los
fotones fluyeran al exterior. Después de un período conveniente, volvió a
cerrar las ventanas y se produjo otra pausa.
Alicia se sentía cansada de esperar algún
acontecimiento cuando, por fin, se oyó un ruido en cada uno de los lados que se
hizo cada vez más intenso, y entonces los dos cohetes salieron de las puertas
en los extremos del edificio y volvieron a posarse en las rampas de donde
habían partido.
Cuando los achatados cilindros reposaban
humeando suavemente, se abrieron las puertas y de cada una salió uno de los
observadores, llevando todavía su formal sombrero de copa. Ambos se acercaron
al empresario, se quitaron los sombreros, inclinaron la cabeza y le enseñaron
sus notas. Por lo que Alicia pudo distinguir, todo el mundo salvo ella se
arremolinó en torno al empresario tratando cada uno de ser el primero en echar
un vistazo a los resultados. Hubo un enorme murmullo de discusiones y todos
empezaron a hacer sus cálculos. Alicia vio gente con pequeños ordenadores
portátiles, con calculadoras electrónicas y hasta con reglas de cálculo. Vio
también a alguien con una extraña calculadora mecánica que tenía pequeñas
ruedas dentadas. Los chinos que había observado antes habían sacado un ábaco, y
sus expertos dedos deslizaban las cuentas adelante y atrás a lo largo de los
alambres tan rápidamente que los ojos de Alicia no podían seguirlos. Incluso el
peludo caballero con pieles de animal estaba en el asunto. Había abandonado su
rueda y llevaba a cabo un complicado procedimiento de cálculo con varios
montoncitos de tabas blanqueadas.
Finalmente los grupos de discutidores se
calmaron y llegaron a la misma conclusión. Era cierto, dijeron, que existía un
inexplicable acuerdo entre las direcciones de espín de los dos fotones. Incluso
cuando se realizaban cambios en las direcciones a lo largo de las cuales se
medían los espines, las correlaciones observadas eran mayores de lo que podría
explicar cualquier información enviada con las partículas. Todo era muy claro,
acordaron; de hecho tan claro como una campana [22] . No le pareció tan
claro a Alicia, pero, si todo el mundo así lo creía, supuso que sería cierto.
—Ése es un resultado muy interesante —señaló el
Mecánico Cuántico al volver de entre la multitud. La mayoría de los presentes
seguía discutiendo de modo acalorado, a pesar de que parecían estar todos
completamente de acuerdo—. Muestra que el comportamiento de la función de onda
en lugares diferentes no puede ser causado por mensajes pasados de una posición
a otra. Sencillamente, no hay tiempo para ello. Presenta un Aspecto [23] completamente nuevo
de la naturaleza cuántica.
Tal vez era interesante, pero Alicia tenía la
impresión de haber estado demasiado tiempo sentada esperando y le gustaría más
acción, de modo que abandonaron el pabellón y fueron a investigar los aparatos
de montar.
—Tienes que comportarte como una partícula
cargada para montar en uno de esos aparatos —señaló el Mecánico Cuántico—.
Todos ellos operan mediante aceleración eléctrica, así que sólo funcionan para
partículas cargadas. Como eres una especie de partícula honoraria, no veo
ninguna razón para que no seas una partícula cargada con igual facilidad que
puedes ser una partícula sin carga.
Habían llegado a un
edificio largo y estrecho en el que había un anuncio que decía:
¡MÓNTATE EN LA ONDA!
Móntate en la onda electromagnética milla tras milla (Eso hace dos millas;
cuéntalas: 2.)
Había una excitada cola de electrones fuera,
esperando su turno para subir, pero Alicia pensó que ése no era el tipo de
viaje que deseaba por el momento. Iría mejor en algo como la Gran Noria, en la
que había montado en una feria cerca de su casa. Mencionó esto a su
acompañante, que le dijo que la llevaría a las máquinas circulares. Cuando se
dirigían allí, se cruzaron con un desfile. Había una sucesión de cochecitos, en
cada uno de los cuales se hallaba en equilibrio un enorme aparato construido en
torno a un vasto imán con hilos de cobre enrollados a su alrededor y varios
intrigantes dispositivos empotrados en su centro. De todos ellos serpenteaban
grandes amasijos de hilos y cables.
—¿Cómo pueden esos cochecitos soportar todo ese
peso? —preguntó Alicia—. Lógicamente tendrían que ser aplastados por tan
enormes masas de metal.
—¡Oh!, lo serían si las piezas del equipo
fueran reales, pero éste es
el Desfile para Financiación de Experimentos, de modo que cada uno de ellos es
sólo una propuesta. Son como los experimentos que hicimos en nuestra sala gedanken. Sólo son ideas por el momento, nada real en
absoluto, así que no son muy pesados. De hecho, la mayoría de los cochecitos
acarrea muy poco peso verdaderamente.
Alicia miró la procesión y observó que el
segundo cochecito llevaba un aparato exactamente igual que el primero, el
tercero otro igual, y el cuarto, quinto, sexto, y así sucesivamente hasta donde
el desfile era visible.
—No parece haber mucha variedad —señaló Alicia.
—Eso es porque de cada propuesta deben
presentarse múltiples copias —replicó su compañero—. Habrá alguno diferente a
su debido tiempo.
Cuando contemplaban el paso de las carrozas, el
aire se llenó con una «nevada» de trozos irregulares de papel.
—Solicitudes rehusadas —dijo el Mecánico
Cuántico antes de que Alicia pudiera preguntar—. Ven, mejor vamos a encontrar
tu aparato.
Pasaron una sucesión de norias. Estaban todas de
costado en vez de hacia arriba, como estarían en una feria normal, y el
acompañante de Alicia le dijo que en el Parque de Atracciones las llamaban
«anillos» y no norias. Estaban el Anillo Grande, el Anillo Mucho Más Grande y
el Anillo CERN Verdaderamente Enorme [24] . Alicia decidió que
deseaba montar en este último.
Se alineó codeándose con un grupo de protones, y
enseguida entró en la máquina y se sentó, o fue «inyectada», como decían ellos,
en un elemento de haz; era
una especie de recinto eléctrico que Alicia compartía con una muchedumbre de
protones que circulaban excitadamente en todas direcciones. Se movieron
acelerados por intensos campos que tiraban de sus cargas eléctricas. Al
adquirir velocidad, los protones se tranquilizaron y empezaron a moverse juntos
hacia delante.
Iban cada vez más deprisa, guiados en sus
vueltas por campos magnéticos. Después de un tiempo, Alicia empezó a notar que
su velocidad ya no aumentaba mucho, aunque aún podía sentir una aceleración.
Preguntó acerca de esto a uno de los protones y éste le dijo que estaban yendo
casi tan rápidamente como los fotones, y nada podía ir más rápido, pero que
su energía cinética seguía
aumentando. Esto le pareció extraño a Alicia, y estaba a punto de discutirlo
cuando se produjo de repente una sacudida y se sintió despedida del anillo
junto con los protones.
Se desplazó a través del aire a una velocidad
que parecía increíble. Cuando miró hacia delante, se aterró al ver una pared
justo enfrente y al darse cuenta de que ella y los protones iban directamente
hacia allí. Se preparó para la colisión, pero ante su gran sorpresa la pared la
detuvo como lo haría una niebla o un sueño.
Forma parte de la paradoja de la física cuántica el
que las medidas en objetos muy pequeños hayan de realizarse con aceleradores de
partículas enormemente grandes. Debido a la relación de Heisenberg, un tamaño
pequeño está acoplado con un momento grande, y se requiere una máquina grande
para acelerar las partículas hasta las enormes energías necesarias. La mayoría
de los aceleradores de muy alta energía son circulares, y las partículas dan
muchas vueltas en el proceso de ser aceleradas. Existen unos cuantos grandes
aceleradores lineales, en los que se aceleran electrones a lo largo de una
trayectoria rectilínea; destaca el llamado «Linac» en Stanford, California, con
más de 3 000 km de longitud.
Miró a su alrededor y vio que, aunque la pared
había tenido poco efecto sobre ella, lo contrario no era cierto. Se cruzó de
alguna manera con un átomo y éste se rompió en pedazos, con los electrones
expulsados hacia fuera y el núcleo vagando libremente por su cuenta. A su
alrededor pudo observar un gran conjunto de fotones virtuales. Éstos se
precipitaban hacia los átomos que cruzaba dando la impresión de una red de
telarañas desgarradas por el efecto lejano de su paso. Llegó junto a un núcleo
y éste también se rompió, con los protones y neutrones dispersos en todas
direcciones. Desalentada, se acordó del jinete cósmico que había visto en el
Castillo Rutherford, y que había destrozado sin esfuerzo un castillo nuclear.
Ahora se sintió horrorizada al darse cuenta de que se había hecho como él,
¡dejando una amplia estela de destrucción entre los núcleos y átomos con los
que se cruzaba!
Alicia vio un neutrón justo delante un momento
antes de abrirse paso a través de él. Echó una rápida mirada a los tres quarks,
muertos de miedo ante su paso. No fueron arrojados individualmente fuera del
neutrón porque estaban firmemente ligados entre sí, pero sus cadenas se
estiraron y se rompieron, produciendo una multitud de pares quark-antiquark.
Donde previamente había permanecido el neutrón, ahora había un gran chorro de
mesones impulsados por el efecto del enorme momento de Alicia.
Alicia se tapó los ojos para borrar la imagen
del caos a su alrededor, no fuera a ser que viera algunas catástrofes aún más
violentas. Tuvo una breve sensación de caída y sintió un pequeño batacazo.
Alicia abrió rápidamente los ojos, descubrió que
se había caído del sofá en su propia habitación y estaba en el suelo. Se
levantó con presteza y miró a su alrededor. El sol brillaba alegremente a
través de la ventana y la lluvia había desaparecido. Se dio la vuelta para ver
la televisión, que estaba aún encendida. En la pantalla se veía un grupo de
gente bastante seria sentada en torno a un estudio y colocada cuidadosamente a
cada lado de un presentador, quien informó a Alicia de que estaban a punto de
comenzar una discusión sobre el futuro de la planificación de la ciencia en el
país.
Las partículas de alta energía producidas en los
aceleradores pueden penetrar considerablemente en la materia ordinaria. Tienen
unas energías tan grandes comparadas con las energías de enlace entre los
átomos que éstos poco pueden hacer para detenerlas. Dichas partículas dejan una
estela de ionización y enlaces rotos a lo largo de su trayectoria. Si pasan
cerca del núcleo de un átomo, también lo fragmentan. Con el tiempo, estas
partículas rápidas pierden toda su energía a través de tales procesos, pero pueden
recorrer un largo camino.
—Aburrido —dijo Alicia.
Apagó decididamente la televisión y salió fuera a disfrutar del sol.
Notas:
[1]El viaje del peregrino , de John Bunyan (1628-1688). Después de El paraíso
perdido, esta obra se considera la más representativa del puritanismo
literario inglés. (N. del T.)
[2] Es decir, la mecánica clásica no concuerda
con la cuántica por lo que respecta a objetos pequeños (moléculas, átomos,
etc.). (N. del T.)
[3] El avaro del famoso relato de Charles
Dickens. (N. del T.)
[4] Aquí el autor hace un juego de palabras
intraducibie con quacked (de quack, «graznar»)
y fucked, expresión vulgar que significa literalmente «jodido». En
los párrafos siguientes se continúa con esos juegos de palabras (para ilustrar
el lenguaje ordinario del Patito Feo) que en lengua española no tienen gracia
porque no significan nada, así que no se traducirán literalmente. (N.
del T.)
[5] De nuevo el autor hace un juego de palabras,
ahora entre Principal («director») y principie («principio»),
cuya pronunciación en inglés es prácticamente igual. ( N. del T.)
[6]Lasing en el original (pronúnciese «leisin»). Significa hacer que emitan
luz coherente, como un láser. (N. del T.)
[7]Hazing (pronúnciese «heisin», con «h» aspirada). Ahora el juego de
palabras (en inglés) es evidente. (N. del T.)
[8] Se suele conocer como «desintegración
espontánea», pero este nombre no es muy apropiado, porque en un proceso de este
tipo el átomo no se desintegra realmente. La expresión inglesa es
spontaneous decay, que sí refleja realmente lo que ocurre en el
proceso. (N. del T.)
[9] En español es inevitable la redundancia, que
no se produce en inglés (strong force). (N. del T.)
[10] El autor hace aquí un juego de palabras
intraducible. A partir de «rayo cósmico» (Cosmic Ray), introduce Cosmic
Rayder, que en inglés suena como Cosmic Rider («jinete
cósmico»). (N. del T.)
[11] El autor utiliza la palabra
(inexistente) MASSquerade, por masquerade («baile
de máscaras» o «de disfraces»), a fin de hacer un juego de palabras con el
término mass («masa»), ya que todo está referido a partículas.
Se empleará MAScarada para poder seguir de algún modo la «broma» del original.
( N. del T.)
[12] Los nombres de los Tres Hermanos Quarks (en
clara referencia a los geniales Hermanos Marx) proceden de los correspondientes
de los tres quarks en inglés: up («arriba»), down («abajo»)
y strange(«extraño»); me parece evidente que cualquier traducción
sería inadecuada y superflua. (N. del T.)
[13] Efectivamente, en el original las expresiones
de Downo intentan remedar la pronunciación del inglés que (supuestamente)
tendría un italiano. No se ha intentado hacer lo mismo en la traducción porque
perdería la supuesta gracia. (N. del T.)
[14] «¡Salud!» En alemán en el original. (N.
del T.)
[15] «No», en inglés not; «nudo», en
inglés knot (pronunciado «not»); de ahí el juego de palabras.
(N. del T .)
[16] Otro juego de palabras, que no lo es en
español, entre «ver un quark libre» (see a free Quark) y «liberar un mar
de quarks» (free a Quark sea); nótese que see y sea se
pronuncian igual. (N. del T.)
[17] Siguen los juegos de palabras en
inglés. Sole: «único» y «lenguado» purpose, porpoise,
que se pronuncian casi igual: «propósito», «marsopa»; pairs, pears,
también de igual pronunciación: «pares», «peras». (N. del T.)
[18] En la actualidad hay convincente evidencia de
que los diferentes (hay de tres clases) neutrinos tienen masa. Los valores de
las correspondientes masas no se conocen exactamente, pero se sabe que éstas
son muy pequeñas comparadas con las de las otras partículas elementales. (N.
del T.)
[19] Nuevo juego de palabras: light = «luz»
o «ligero». ( N. del T.)
[20] Literalmente «cuentas de carga», de ahí el
juego de palabras. ( N. del T.)
[21] ¿Qué? ¿es What? en inglés,
de ahí el juego de palabras. ( N. del T.)
[22] En el original, clear as a bell.
La frase no tiene mucho sentido en español. Está introducida algo forzadamente
en alusión a John Bell, físico que analizó por primera vez ese tipo de
correlaciones cuánticas; véase la nota 2 de final del capítulo. ( N.
del T.)
[23] Análogamente, en alusión a Alain Aspect,
quien verificó experimentalmente las desigualdades de Bell; véase la misma
nota. ( N. del T.)
[24] CERN, antes Centro Europeo de Investigación
Nuclear y ahora Laboratorio Europeo de Física de Partículas; se dedica a la
investigación en física de altas energías y está situado en Ginebra. (N. del
T.)
Notas al fin del libro:
[i] La mecánica cuántica se contrasta usualmente
con la mecánica clásica o newtoniana. Ésta describe detalladamente el
movimiento de objetos; fue desarrollada plenamente antes de los primeros años
del siglo XX y se basó en el trabajo original de Galileo, Newton y otros
estudios anteriores y posteriores a ellos. La mecánica newtoniana funciona bien
en una escala grande. Puede predecirse el movimiento de los planetas para
tiempos grandes y con gran precisión. Funciona casi igual de bien para
satélites artificiales y misiones espaciales exploratorias. Sus posiciones
pueden predecirse para períodos de varios años. También funciona muy bien para
la caída de las manzanas. En este caso, la manzana que cae tendrá una
resistencia significativa en el aire que la rodea. La mecánica clásica describe
esta resistencia como la colisión de un enorme número de moléculas que rebotan
en la manzana. Cuando se pregunta (en el marco de la mecánica clásica) acerca
de las moléculas del aire, la respuesta es que son pequeños grupos de átomos.
Si se pregunta sobre los átomos, se produce un silencio turbador.
La mecánica clásica apenas tuvo éxito al describir la naturaleza del mundo en
la escala atómica. Las cosas han de ser de alguna manera diferentes para los
objetos pequeños de lo que parecen ser para los más grandes. Si se argumenta
así, se debe preguntar: ¿grande o pequeño con respecto a qué? Debe haber alguna
dimensión, alguna constante fundamental, que fije el tamaño en el que este
comportamiento se hace evidente. Es un cambio bien definido en el
comportamiento observado de las cosas, y es universal. Los átomos en el sol y
en estrellas lejanas emiten luz con un espectro que es como el de la luz de una
lámpara que esté en una mesa a nuestro lado.
El comienzo del comportamiento cuántico no es algo que simplemente tiene lugar
localmente; está involucrada alguna propiedad fundamental de la naturaleza.
Este hecho viene dado por la constante fundamental ћ, que aparece
en la mayoría de las ecuaciones de la mecánica cuántica. El mundo es granulado en
la escala definida por esta constante ?. En esta escala de energía y tiempo, la
posición y el momento son ambos borrosos. Apenas se necesita puntualizar que,
en la escala de la percepción humana, ћ es ciertamente muy
pequeña y la mayoría de los efectos cuánticos no son evidentes en absoluto.
[ii] Lo que nos dicen las relaciones de
incertidumbre de Heisenberg es que estamos mirando las cosas de manera
equivocada. Tenemos la idea preconcebida de que debemos ser
capaces de medir la posición y el momento de una partícula al mismo tiempo,
pero resulta que no lo somos. No está en la naturaleza de las partículas el que
podamos realizar tal medida sobre ellas, y la teoría nos dice que estamos
formulando preguntas erróneas, para las cuales no hay ninguna respuesta viable.
Niels Bohr utilizó la palabra complementariedad para expresar
el hecho de que puede haber conceptos que no pueden definirse con precisión al
mismo tiempo: pares tales como justicia y legalidad o emoción y racionalidad.
Hay, parece claro, algo fundamentalmente equivocado en nuestra creencia de
que deberíamos poder hablar de la posición y del momento de
una partícula, o de su energía exacta en un instante dado. No resulta claro por
qué debería tener sentido hablar simultáneamente de dos cantidades diferentes
tales, pero ocurre que no lo tiene.
[iii] La mecánica cuántica no trata realmente de
partículas definidas en el sentido clásico tradicional; en lugar de ello se
habla de estados y amplitudes. Si se toma el cuadrado de
una amplitud (es decir, se multiplica por sí misma), se tiene una distribución
de probabilidad que da la probabilidad de obtener diversos
resultados al realizar una observación o medida. El valor real que se obtiene
para cada medida resulta ser completamente aleatorio e impredecible. Así que
parece como si la sugerencia hecha antes de que la naturaleza es incierta y
«cualquier cosa vale» debe, después de todo, ser verdadera, ¿no? Bueno, no; si
se hacen muchas medidas, el resultado promedio se predice
exactamente. Los corredores de apuestas no saben qué caballo ganará cada
carrera, pero confían en obtener un resultado provechoso al final de la
jornada. No prevén grandes pérdidas insospechadas, incluso aunque tienen que
trabajar con números bastante pequeños, de manera que el promedio no es
demasiado fehaciente. El número de apostantes podrá ser de unos cuantos miles
de personas y no los 1 000 000 000 000 000 000 000 000 o más átomos que se
tienen en un pedacito de materia. Las fluctuaciones estadísticas globales en
las medidas realizadas en un número tan grande de átomos son despreciables,
aunque el resultado para cada uno de ellos en particular puede ser
completamente aleatorio. Las amplitudes mecánico-cuánticas pueden calcularse
con mucha precisión y compararse con los experimentos.
Un resultado citado frecuentemente es el del momento magnético del electrón.
Los electrones giran como trompos y también tienen propiedades eléctricas,
comportándose como pequeñas barras imantadas. La intensidad magnética y el
espín del electrón están relacionados, y su cociente puede calcularse usando
unidades adecuadas. Un cálculo clásico arroja el resultado 1 (con suposiciones
bastante arbitrarias acerca de la distribución de la carga eléctrica en un
electrón).
El cálculo cuántico da 2,0023193048 (±8) (el error se refiere al último
decimal).
Una medida ha dado el resultado 2,0023193048 (±4). ¡Excelente acuerdo! La
probabilidad de obtener por casualidad un valor con un acuerdo así de bueno es
similar a la probabilidad de lanzar un dardo al azar y dar en el centro de una
diana que estuviera en la Luna. Este resultado concreto se pone frecuentemente
como ejemplo del éxito de la teoría cuántica. Es posible calcular las
amplitudes para otros procesos con la misma precisión, pero existen muy pocas
magnitudes que puedan medirse con tal precisión.
[iv] El «problema de la medida» es que la
selección de una sola posibilidad y la reducción de las otras amplitudes son
completamente distintas de cualquier otro proceso cuántico, y no es evidente
cómo pueden tener lugar. El problema se formula sencillamente así: ¿Cómo puede
medirse realmente algo? El punto de vista convencional de la mecánica cuántica
es que cuando existen varias posibilidades, estará presente una amplitud para
cada una de ellas, y la amplitud total para el sistema es la suma, o superposición,
de todas ellas. Por ejemplo, si hay varias rendijas por las cuales puede pasar
una partícula, entonces la amplitud total para el sistema contiene una amplitud
para cada rendija y puede tenerse interferencia entre las amplitudes
individuales. Si el sistema se deja a sí mismo, las amplitudes cambiarán de una
forma suave y predecible. Cuando se realiza una medida en un sistema que tiene
una suma de amplitudes que corresponden a posibles valores diferentes de la
cantidad medida, la teoría afirma que se observará, con cierta probabilidad,
uno u otro de esos valores. Inmediatamente después de la medida, el valor es
una cantidad conocida (porque se ha medido), de modo que la suma de autoestados
(véase recuadro de la página 132) se reduce a uno solo, el correspondiente al
valor real que se ha medido.
[v] La descripción ortodoxa en mecánica cuántica
de una medida tiene el inconveniente de que el proceso de medición no parece
compatible en modo alguno con el resto de la teoría cuántica. Si la teoría
cuántica es la teoría correcta para los átomos, como parece ser el caso, y si
todo lo que existe en el mundo está constituido por átomos, entonces la teoría
cuántica debería presumiblemente aplicarse a todo lo existente en el mundo, lo
cual incluye los instrumentos de medida. En el caso de que en un sistema cuántico
pueda haber varios valores, la amplitud del mismo es una suma de estados
correspondientes a cada valor posible. Puesto que el aparato de medida es él
mismo un sistema cuántico, y hay varios valores que podría medir,
no tiene ningún derecho a seleccionar justo uno de ellos.
Debería encontrarse en un estado que es la suma de las amplitudes para todos
los posibles resultados que podría medir, y entonces no podría hacerse
ninguna observación única.
La conclusión que se sacaría de lo de arriba parecería ser la alternativa:
a) Nunca observamos nada
o
b) La teoría cuántica es un completo disparate.
Ninguna de ellas puede mantenerse (aunque la opción b podría
resultar tentadora).
Sabemos perfectamente bien que observamos realmente cosas, pero,
por otra parte, la teoría cuántica tiene un éxito ininterrumpido en la
descripción de todas las observaciones, al tiempo que no existe ninguna teoría
que funcione tan bien. No podemos, pues, abandonarla a la ligera.
[vi] En el caso de muchas partículas, se tendrá
una especie de amplitud para cada una de ellas y una amplitud total que
describirá el conjunto completo de las mismas. Si las partículas son diferentes
entre sí, se sabe (o puede saberse) el estado en que se halla
cada una. La amplitud total es entonces el producto de las amplitudes de cada
partícula por separado.
Si las partículas son idénticas entre sí, las cosas resultan más complicadas.
Los electrones (o fotones) son completamente idénticos. No hay ninguna
manera de distinguir uno de otro. Cuando se ha visto uno, se han visto
todos. No puede en ningún caso saberse si se han intercambiado dos electrones
entre los estados que ocupaban (es decir, si uno se ha puesto en el estado del
otro, y viceversa). La amplitud total es, lógicamente, una mezcla de todas las
partículas indistinguibles, la cual ahora incluye todas las permutaciones en
las que las partículas se han intercambiado entre dos estados. El intercambio
de dos partículas idénticas no tiene ningún efecto sobre lo que se observa, lo
cual significa que no afecta a la distribución de probabilidad obtenida
multiplicando la amplitud por sí misma. Esto podría significar que la amplitud
no cambia, o podría significar que cambia de signo, pasando de
positiva a negativa, por ejemplo. Esto último equivale a multiplicar la
amplitud por –1. Cuando se multiplica la amplitud por sí misma para obtener la
probabilidad, este factor –1 se multiplica también por sí mismo para dar un
factor +1, lo cual no da lugar a ningún cambio en la probabilidad. El cambio de
signo parece una cuestión académica trivial, pero tiene consecuencias
sorprendentes.
[vii] No hay ninguna razón evidente para que una
amplitud deba cambiar de signo simplemente porque no pueda
demostrarse que no puede hacerlo, pero la naturaleza parece seguir la regla de
que lo que no está prohibido es obligatorio y asumir todas sus opciones. Existen partículas
para las que la amplitud cambia de signo cuando se intercambian dos de ellas.
Se llaman fermiones, y los electrones proporcionan un ejemplo.
Existen también partículas para las que la amplitud no cambia en absoluto
cuando se intercambian dos de ellas. Éstas se llaman bosones, y los
fotones son de este tipo.
¿Importa realmente mucho si el signo de la amplitud para un sistema de
partículas cambia o no cuando dos de ellos permutan sus estados? Sí importa,
sorprendentemente, y mucho.
No puede haber dos fermiones en el mismo estado. Si dos bosones se hallaran en
el mismo estado y se intercambiaran, ello no produciría diferencia alguna; ni
siquiera daría lugar a un cambio de signo. Tales amplitudes no son permitidas
para los fermiones. Éste es un ejemplo del principio de Pauli, que asegura que
en ningún caso dos fermiones pueden encontrarse en el mismo estado. Los
fermiones son los fundamentalistas del individualismo; no hay dos de ellos que
hagan exactamente lo mismo. El principio de Pauli es enormemente importante y
es vital para la existencia de los átomos y de la materia tal como la
conocemos. Los bosones no se rigen por el principio de Pauli; de hecho, todo lo
contrario.
Si cada partícula se halla en un estado diferente y se hace el cuadrado de la
amplitud total para calcular la distribución de probabilidad para las
partículas, cada partícula por separado contribuye en la misma proporción a la
probabilidad total. Si hay dos partículas en el mismo estado y se hace el
cuadrado, se obtiene cuatro veces la contribución de una de ellas. Cada una de
las partículas contribuye proporcionalmente más, así que tener dos partículas
en el mismo estado es más probable que tenerlas en estados
diferentes. Tener tres o cuatro en el mismo estado es incluso más probable, y
así sucesivamente. Esta probabilidad creciente de tener cada vez más bosones en
el mismo estado es lo que da lugar al fenómeno de la condensación bosónica: los
bosones gustan de agruparse en el mismo estado; además son fáciles de dirigir y
son gregarios por naturaleza. La condensación bosónica se ve, por ejemplo, en
el funcionamiento de un láser.
[viii] Las fuerzas eléctricas que involucran a los
electrones pueden operar a fin de mantener unidos los átomos, como se discute
en el capítulo 7, pero no pueden dar lugar a ninguna repulsión que separe los
átomos entre sí; entonces ¿por qué éstos se mantienen claramente separados?
¿Por qué son los sólidos incompresibles? ¿Por qué los átomos no se precipitan
uno sobre otro, de manera que un trozo de plomo acabara como un objeto muy
pesado de tamaño atómico?
Una vez más, ello es consecuencia del principio de Pauli, que asegura que dos
electrones no pueden estar en el mismo estado.
Puesto que los átomos de un tipo dado son todos iguales, cada uno de ellos
tiene el mismo conjunto de estados. ¿No pondría esto en el mismo estado
electrones equivalentes de cada átomo, lo que no estaría permitido? En
realidad, como los átomos están en posiciones diferentes, son ligeramente
diferentes. Si se superpusieran los átomos, los estados serían iguales,
algo que el principio de Pauli prohíbe. Los átomos se mantienen separados en virtud
de la llamada «presión de Fermi», que en realidad es una fuerte oposición por
parte de los electrones de un átomo a ser iguales a los del vecino. La materia
es incompresible debido al individualismo extremo de los electrones.
[ix] En un sólido los estados electrónicos de los
átomos individuales se combinan entre sí para dar lugar a un gran conjunto de
estados que pertenecen al sólido globalmente. Estos estados se agrupan en
bandas de energía, dentro de las cuales los niveles de energía de los estados
están tan próximos entre sí que forman casi un continuo. Existen brechas en las
bandas de energía de los sólidos correspondientes a separaciones mayores de los
niveles de energía de los átomos. Las bandas inferiores están llenas de electrones
provenientes de los niveles inferiores de los átomos. La banda superior de
estas bandas llenas se denomina «banda de valencia», y por encima de ella,
separada por una brecha que no contiene ningún estado, hay otra banda: la
«banda de conducción». Esta banda se halla o completamente vacía o, como mucho,
parcialmente llena. En la banda de valencia los electrones no pueden moverse.
Cualquier movimiento de un electrón requiere el cambio de un estado a otro, y
no hay estados vacíos a los que puedan ir los electrones. Si se aplicara un
potencial eléctrico a cierto material, se ejercería una fuerza sobre los
electrones de la banda de valencia, pero éstos no podrían moverse. Si no
hubiera electrones en la banda de conducción, ese material se comportaría como
un aislante eléctrico.
[x] Si a un electrón en la banda de valencia
llena se le proporciona suficiente energía, por una colisión con un fotón o
incluso mediante una concentración fortuita de energía térmica, entonces el
electrón puede ascender a través de la brecha de energía hasta la banda de
conducción superior. Como hay una gran cantidad de estados vacíos en esta
banda, el electrón puede moverse allí, y un potencial eléctrico producirá
conducción. Además, ahora hay un espacio libre en el nivel de valencia, donde
estaba el electrón. Otro electrón puede moverse a ese hueco y así
sucesivamente. Habrá un hueco en la, de otro modo llena, banda de valencia, y
éste se moverá en sentido opuesto a como lo hace el electrón. El comportamiento
de este hueco es muy parecido al de una partícula de carga positiva.
Lo anterior describe el comportamiento de los materiales semiconductores, como
el silicio, usado ampliamente en electrónica. La corriente eléctrica es
transportada por electrones en el nivel de conducción y por huecos en
el nivel de valencia.
[xi] Si un fotón que tiene la energía adecuada
interactúa con un electrón en un átomo, se puede producir una transición de un
nivel de energía a otro, como se describe en el capítulo 6. En la mayoría de
los casos, la transición será de un nivel de energía inferior a otro superior,
ya que normalmente los niveles más bajos están todos llenos. El fotón es
igualmente capaz de producir una transición de un nivel superior a otro
inferior, si éste está vacío. Si ocurre que una sustancia tiene una gran
cantidad de electrones en un nivel superior, y un nivel inferior está
mayormente vacío (condición conocida como inversión de población),
entonces un fotón puede causar la transferencia de un electrón de un estado
superior a otro inferior. Este cambio libera energía y crea un nuevo fotón,
además del que ha causado la transferencia. Este fotón puede a su vez inducir a
que más electrones caigan a un estado más bajo.
En un láser, la luz producida se refleja adelante y atrás entre los espejos en
los dos extremos de la cavidad, originando más emisiones de fotones cada vez
que pasa repetidamente a través del material. Algo de esta luz se escapa a
través de los espejos, que no son perfectos reflectores, y proporciona un
intenso haz estrecho: la luz láser. Como los fotones se emitieron como
respuesta directa a los fotones ya presentes, la luz «marca completamente el
paso», está en fase, y tiene propiedades únicas para producir
efectos de interferencia en gran escala, como puede verse en los hologramas.
(No todos los hologramas necesitan luz láser, pero ésta sirve de ayuda.)
[xii] En los átomos, los estados permitidos para
los electrones tienen niveles de energía ampliamente separados y los electrones
sólo pueden ocupar esos niveles. Un electrón puede moverse de uno de esos
estados si va a otro (vacío), y al hacerlo su energía cambia en una cantidad
definida, la diferencia de energías de los dos estados. Un átomo en su estado
normal, o fundamental, tiene sus niveles más bajos de energía
uniformemente llenos de electrones, pero existen niveles de energía más alta
que están normalmente vacíos. Cuando se excita uno de esos electrones, éste
acabará en uno de estos niveles más altos o saldrá fuera del átomo. Un electrón
que ha sido excitado a un nivel más alto puede volver a caer a un nivel de
energía inferior si hay disponible algún estado vacío. Cuando el electrón se
mueve a un nivel de energía inferior, debe librarse de la energía sobrante, lo
que hace emitiendo un fotón. Así es como los átomos emiten luz. Debido a que
todos los electrones ocupan estados definidos en el interior del átomo,
cualquier fotón emitido puede tener sólo una energía igual a la diferencia de
las poseídas por los estados inicial y final del electrón. Ello proporciona un
gran número de posibilidades, pero con todo impone una restricción sobre la
energía que puede tener un fotón. La energía del fotón es proporcional a la
frecuencia de la luz y en consecuencia a su color, de manera que el espectro de
la luz producida por un átomo consiste en una serie de «líneas» coloreadas de
frecuencias específicas. El espectro de un tipo dado de átomo es completamente
característico de éste. La física clásica no proporciona explicación alguna de
estos espectros.
[xiii] Las partículas cuánticas tienen una
borrosidad característica, tanto en tiempo como en energía. Esta borrosidad se
manifiesta como fluctuaciones de energía en las que las partículas se comportan
como si tuvieran más (o menos) energía que la que deberían tener. Puede
asimismo aparecer como una incertidumbre en el tiempo. En un sistema cuántico
las partículas parecen poder estar en dos sitios a la vez (o al menos poseen
amplitudes que lo están). Las partículas pueden incluso invertir el sentido del
tiempo. El físico Richard Feynman describe las antipartículas como «partículas
que viajan hacia atrás en el tiempo» {Richard Feynman: QED: The
Strange Theory of Light and Matter, Penguin, Nueva York. Hay traducción
española de esta obra de Feynman, Premio Nobel de Física de 1965: Electrodinámica
cuántica, Alianza Editorial, Madrid, 1988. (N. del T.)}. Esto
explica la manera en que las propiedades de las antipartículas son opuestas a
la de las partículas. Una carga eléctrica negativa transportada hacia atrás en
el tiempo es equivalente a una carga positiva que se mueve hacia el futuro; en
ambos casos, la carga positiva crece en el futuro, y un electrón (cargado
negativamente) viajando hacia el pasado se ve como un positrón (con carga
positiva), que es la antipartícula de aquél. Toda partícula tiene su
correspondiente antipartícula, como es de esperar si ésta es en efecto la misma
partícula comportándose de modo opuesto.
[xiv] Primeramente se descubrió que los átomos
contenían partículas ligeras con carga negativa, electrones, y después se halló
que además tenían un núcleo de carga positiva, lo que sugirió que podrían ser
versiones muy reducidas del sistema solar, con electrones planetarios en órbita
alrededor de un sol nuclear. Esta idea dio lugar a fantasías en las que los
electrones eran ciertamente planetas en miniatura, con gente en miniatura que
los habitaba, y así sucesivamente ad infinitum. Desgraciadamente
para estos esquemas, la imagen tipo «sistema solar» es claramente incorrecta.
· La única razón por la que los
planetas no caen directamente sobre el Sol es que orbitan alrededor de él. Hay
clara evidencia de que muchos electrones no realizan rotación alguna en torno
al núcleo.
· De acuerdo con la física
clásica, los electrones en órbitas dentro de los átomos deberían radiar
energía, y su movimiento sería finalmente de caída al núcleo. En algo tan
pequeño como un átomo, esto ocurriría muy rápidamente, en menos de una
millonésima de segundo, y los átomos no se desploman de esta manera. (Los
planetas están, de hecho, acercándose al Sol, pero muy lentamente, en escalas
temporales de muchos millones de años.)
[xv] Debido al principio de Pauli, sólo hay un
electrón en cada estado. Como los electrones se hallan disponibles en las
versiones espín arriba y espín abajo, esto dobla
efectivamente el número de estados. Los electrones caerán en los estados
atómicos porque allí tienen menos energía, y por regla general las cosas
tienden a caer a los niveles de energía más bajos (como puede descubrirse
sosteniendo una copa por encima del suelo y dejándola después libre). Todo
átomo tiene un gran número de niveles que podrían mantener electrones; de
hecho, el número de estados es infinito, aunque los más altos tienen energías
muy parecidas y están por ello muy juntos. Un átomo continuará atrayendo
electrones a sus niveles sólo hasta que contenga el número correcto para
compensar la carga positiva del núcleo, tras lo cual el átomo ya no tiene
ninguna carga positiva en exceso con la que atraer más electrones. Cuando un
átomo ha alcanzado su asignación completa de electrones, en casi todos los
casos tendrá más de los que pueden acomodarse en el estado de más baja energía,
y algunos electrones deberán hacerlo en estados de energía más alta.
[xvi] Cuando se observó la luz emitida por átomos
de un único tipo, se descubrió que el espectro no era una mezcla uniforme de
colores como un arco iris, sino un conjunto de bandas estrechas, cada una de
distinto color. Todas las clases de átomos mostraban estas líneas
espectrales, que eran un completo misterio para la física clásica.
El conjunto de niveles de energía de los electrones es único para cualquier
tipo de átomo. Cuando los electrones pasan de un nivel a otro emiten fotones
que tienen una energía que corresponde a la diferencia de energías de ambos
niveles. Como la energía de los fotones es proporcional a la frecuencia y al
color de la luz, se produce un espectro de líneas ópticas que es tan distintivo
de cada átomo como una huella dactilar.
La explicación de la existencia de un espectro constituido por líneas fue el
primer éxito importante que tuvo la teoría cuántica en sus comienzos. La teoría
se ajustaba a las frecuencias de las líneas observadas y predecía otras que no
se habían visto. Éstas se observaron en su momento y mostraron que la teoría
cuántica no podía dejarse de lado.
[xvii] En el mundo físico, casi todo puede
contemplarse como debido a la interacción entre electrones y fotones, virtuales
o reales. Las propiedades de los sólidos, de los átomos individuales, y el
comportamiento químico que surge de la interacción entre los átomos, todo ello
se reduce a una interacción eléctrica entre los electrones. Además de los
electrones, que interactúan con el resto del mundo, existe dentro del átomo un
núcleo cargado positivamente. El núcleo no se mantiene unido mediante fuerzas eléctricas;
de hecho, todo lo contrario.
El núcleo atómico contiene neutrones, que no tienen carga eléctrica, y
protones, que tienen carga positiva. Dentro del pequeño espacio del núcleo,
cuyo radio es cien mil veces más pequeño que el tamaño del átomo, la fuerza
repulsiva mutua de los protones es enorme. Esta fuerza eléctrica tiende a
desgarrar el núcleo, así que debe haber una fuerza aún mayor que lo mantenga
compacto y que, por alguna razón, no se evidencie en otros lugares. Tal fuerza
existe, y se llama interacción nuclear fuerte. Pero, aunque es
fuerte, tiene un alcance muy corto, de modo que sus efectos no son evidentes
fuera del núcleo. Esta interacción fuerte está producida por el intercambio de
partículas virtuales, justo como la interacción eléctrica está producida por el
intercambio de fotones. Los fotones no tienen masa en reposo, pero las
partículas intercambiadas en la interacción fuerte son relativamente pesadas.
Éstas deben obtener su masa en reposo a través de una fluctuación cuántica
particularmente grande, lo cual resulta posible sólo durante un tiempo muy
corto. Además, estas partículas pesadas virtuales tienen una vida muy corta y
son incapaces de viajar lejos de su fuente, de manera que la interacción que
producen es, en consecuencia, de corto alcance.
[xviii] Los protones y neutrones que habitan el
núcleo (conocidos colectivamente como nucleones) son ejemplos de partículas con
interacción fuerte, también llamadas hadrones. Existen otros muchos
hadrones, aunque no todas las partículas interactúan fuertemente. Las
partículas conocidas como leptones no sienten en absoluto la
interacción fuerte. Los electrones pertenecen a esta clase y por tanto no están
confinados dentro del núcleo junto a los nucleones. Son conscientes del núcleo
sólo como una carga eléctrica positiva que los mantiene levemente ligados en el
átomo. En experimentos de física de altas energías, se han descubierto
centenares de partículas con interacción fuerte, un escenario muy familiar en
física. Siempre que una clase contiene un gran número de miembros, éstos
normalmente resultan estar compuestos de algo más básico. Los diversos
elementos químicos identificados están todos compuestos de átomos. Existen 92
variedades de átomos naturales estables, y todos ellos están compuestos de
electrones situados en diferentes números alrededor de un núcleo central. Los
núcleos a su vez se componen de neutrones y protones ligados mediante el
intercambio de piones. Éstos se mencionan en el capítulo precedente. El neutrón
y el protón son dos miembros de una clase con centenares de ellos: ?, ?, ?, ?,
S, ?, O, ?, etc. En la actualidad se sabe que todas estas partículas están
compuestas de quarks.
[xix] Los quarks se mantienen unidos por fuerzas en
cierto modo parecidas, y en cierto modo no, a la interacción eléctrica. Estas
fuerzas no actúan sobre la carga eléctrica, sino sobre algo distinto que se
llama carga de color o simplemente color. Esto no tiene nada
que ver con el color habitual; es sólo un nombre dado a algo completamente
nuevo. El que la palabra «color» esté ya en uso es algo quizás desafortunado,
aunque no es la primera vez que una palabra tiene dos significados distintos.
La interacción entre dos partículas cargadas eléctricamente se debe al
intercambio de fotones virtuales. La interacción (fuerte) entre quarks está
causada por el intercambio de una nueva clase de partículas a las que se ha
llamado gluones. Existen diferencias entre ambas interacciones: las
cargas eléctricas aparecen en dos formas, positiva y negativa, o carga y
anticarga. Los fotones que se intercambian entre cargas eléctricas son ellos
mismos eléctricamente neutros; no transportan ninguna carga y por tanto no
emiten más fotones virtuales por derecho propio. Los gluones intercambiados
entre quarks son emitidos por un tipo de carga transportada por éstos, que es
completamente diferente de la carga eléctrica normal. Se llama «carga de
color», pero no tiene que ver en absoluto con los colores que vemos. Mientras
que sólo hay una forma de carga eléctrica, junto con su opuesta (o anticarga),
existen tres formas diferentes de carga de color, conocidas como «azul»,
«verde» y «roja». De nuevo hacemos notar que son meros nombres y no tienen nada
que ver con los colores usuales. Asociado a cada color existe un anticolor, y
hay dos maneras de producir objetos neutros respecto al color. Con la carga
eléctrica sólo puede producirse un objeto eléctricamente neutro combinando
carga y anticarga (carga positiva y negativa). Hay dos maneras de producir
partículas neutras respecto al color: una combinación de color y anticolor
(como en los bosones) o una combinación de los tres colores de los quarks (como
en los fermiones).
[xx] Si las partículas permanecen unidas por la
interacción eléctrica, la energía potencial del enlace decrece rápidamente
cuando éstas se separan. Si se le da suficiente energía a una partícula, ésta
puede acabar siendo completamente libre, como un cohete que ha alcanzado la
velocidad de escape, y tiene entonces energía suficiente para liberarse del
potencial de la tierra. Sin embargo, cuando una cuerda de gluones ya se ha
estirado, para extenderla un poco más hace falta la misma cantidad de energía que
la que hacía falta inicialmente. Es como estirar una cuerda elástica; no es más
fácil estirarla cuando está más estirada; además, y también como si fuera una
cuerda elástica, cuando se estira, puede romperse.
La cuerda de gluones es capaz de absorber más y más energía al separarse los
quarks y estirarse aquélla. En su momento, la energía de la cuerda llega a ser
mayor que la necesaria para crear un par quark-antiquark. La cuerda se rompe y
sus extremos rotos acaban en las cargas de color del nuevo quark y el nuevo
antiquark. En lugar del sistema original de tres quarks ahora hay dos sistemas
separados, uno de tres quarks y otro de un quark y un antiquark. En vez de
producir un quark libre, la energía ha creado una nueva partícula, un bosón.
[xxi] Aunque los quarks no pueden escapar de las
«partículas» en cuyo interior están confinados, sí pueden cambiar de un tipo a
otro. Esto se produce por medio de un peculiar proceso conocido como interacción
débil; se trata de un fenómeno muy «liberal» que hará interactuar en
principio a cualquier cosa. La interacción electromagnética afecta sólo a las
partículas que tienen carga eléctrica. La interacción fuerte afecta sólo a las
partículas que interactúan fuertemente (o hadrones), y no a los leptones. La
interacción débil afectará a todas ellas, aunque el efecto es bastante lento y
débil; de ahí su nombre. La peculiaridad de la interacción débil es que puede
cambiar los quarks. Puede transformar un quark d (down) o un
quark s (strange = «extraño») en un quark u (up).
En el proceso cambia la carga eléctrica del quark, y la carga extra la
transporta el «bosón W», que es el tipo de partícula intercambiada en la
interacción débil. Esta carga puede entonces transmitirse a los leptones
creados, un electrón y una partícula eléctricamente neutra, y prácticamente sin
masa, conocida como antineutrino. Esto sucede en el proceso de la
desintegración nuclear beta, en donde un núcleo radiactivo emite un electrón
rápido. Este proceso había sido conocido durante largo tiempo, pero resultaba
muy extraño, en el sentido de que no existían electrones en el núcleo para ser
emitidos. El electrón se crea en el proceso de desintegración y, como no está
ligado, abandona el núcleo inmediatamente.
[xxii] Ha habido muchos intentos de diseñar un
experimento que contradijera las predicciones más extremas de la teoría
cuántica, pero hasta la fecha la mecánica cuántica siempre ha salido
triunfante. Un ejemplo es el experimento de Aspect para investigar la paradoja
de Einstein-Podolsky-Rosen (EPR). Hay varias formas de dicha paradoja,
la cual involucra medidas del espín de la partícula, esa
extraña rotación cuantizada que poseen partículas tales como los electrones y
los fotones. La paradoja trata un caso de un sistema sin espín pero que emite
dos partículas que lo tienen y que salen en direcciones opuestas. Las
restricciones de la teoría cuántica nos dicen que una medida del espín de
cualquiera de las partículas arrojará siempre uno de los dos valores: espín-arriba
o espín-abajo. Si el sistema original no tiene espín, los espines de ambas
partículas deben compensarse; esto es, si una es espín-arriba, la otra debe ser
espín-abajo, de modo que la suma sea de espín total cero. Si no se lleva a cabo
ninguna medida de los espines de las partículas, la mecánica cuántica dice que
ambas estarán en una superposición de estados espín-arriba y espín-abajo.
Cuando se mide el espín de una de ellas, éste estará definido en ese momento: o
arriba o abajo. Pero justo en ese instante, también el espín de la otra
partícula queda definido porque ambos han de ser opuestos. Esto será cierto no
importa lo alejadas entre sí que estén las partículas. Ésta es en esencia la
paradoja de Einstein-Podolsky-Rosen.
[xxiii] Sería razonable explicar la paradoja EPR
diciendo que los espines de las partículas estaban de alguna manera
predeterminados desde el principio; que, de alguna manera, las partículas sabían cuál
sería espín-arriba y cuál espín-abajo cuando salieron. En tal caso no
importaría cuán lejos hubieran viajado porque llevarían consigo la información.
Los límites de la información que sería posible que tuvieran las partículas por
anticipado se consideran en el teorema de Bell, que analiza lo que
sucede si las medidas de espín no se hacen a lo largo de una dirección
predeterminada, sino en una selección de ángulos para las dos partículas. El
cálculo es bastante sutil, pero el resultado es que, en ciertos casos, la
mecánica cuántica predice una correlación entre las medidas sobre las
partículas mayor que la que podría conseguirse mediante cualquier información
inicial que se enviara con aquéllas sin conocimiento previo de las direcciones
a lo largo de las que se medirá el espín. Alain Aspect, en París, ha medido el
efecto, y encontró, como es usual, que la mecánica cuántica resulta ser
correcta. Parece ser que en ella hay involucrada alguna especie de influencia
que «viaja» más rápidamente que la luz. Los resultados de Aspect no contradicen
la teoría de la relatividad especial de Einstein, según la cual, ninguna
información, ningún mensaje, puede viajar a más velocidad que la de la luz. El
efecto considerado en la paradoja EPR no puede usarse para enviar mensajes. Si
se pudiera decidir si se mide espín-arriba o espín-abajo en una partícula,
entonces el espín opuesto de la otra partícula llevaría información en una
especie de código Morse, pero esto no se puede hacer. No se tiene ningún tipo
de control del resultado de una medida sobre una superposición de estados
cuánticos; el resultado es completamente aleatorio y no se puede forzar con el
fin de obtener una señal.

