Libro N° 7070. Ramon y Cajal. Lopez Piñero, Jose Mª.
© Libro N° 7070. Ramon y Cajal. Lopez Piñero, Jose Mª. Emancipación. Marzo 7 de
2020.
Título
original: © Ramon
y Cajal. Jose Mª Lopez Piñero
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Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
RAMON Y CAJAL
Jose Mª Lopez Piñero
Ramon y Cajal
Jose Mª Lopez Piñero
CONTENIDO
Introducción
1. Niñez y adolescencia en el Alto Aragón
(1852-1869)
2. Estudiante de medicina en Zaragoza (1869-1873)
3. Médico militar en la tercera guerra carlista y
en la de cuba (1873-1875)
4. Opositor a cátedras de anatomía (1875-1883)
5. Cuatro años en Valencia: el punto de partida de
una obra científica (1883-1887)
6. Cuatro años en Barcelona: nace una nueva
concepción de la estructura del sistema nervioso (1888-1892)
7. El primer cuarto de siglo en Madrid: el periodo
culminante de una vida consagrada a la investigación (1892-1914)
8. Las dos últimas décadas: la declinación de un
gran sabio (1914-1934
Cronología
Bibliografía
Sección del Museo
Historicomédico de la Universidad de Valencia dedicada a Cajal, en la que,
entre otros materiales, figura una reconstrucción de su laboratorio en la época
que era catedrático de la misma.
Introducción
Los estudiosos sociales de la ciencia parten de un
hecho básico para analizar la posición de sus cultivadores: la pertenencia
simultánea de cada uno de ellos a una sociedad concreta y a la comunidad
científica internacional. Ambas imponen condiciones —a menudo divergentes o
conflictivas— al desarrollo de la actividad de los científicos y continúan
configurando su imagen histórica después de su muerte. Este último fenómeno es
especialmente patente en el caso de los científicos «clásicos», grandes figuras
de épocas anteriores que no han caído en el olvido porque sus obras han
resistido al proceso general de obsolescencia de la producción científica, que
sepulta la casi totalidad de la misma como algo anticuado e inservible de modo
continuo y en plazos inferiores a diez años.
Cajal es un ejemplo típico de «clásico» cuya
imagen actual está sometida a ese doble condicionamiento, por su pervivencia en
la comunidad científica internacional y en la sociedad española. Lo mismo que
Darwin, Pasteur, Virchow, Mendel o Claude Bernard, creó uno de los modelos que
hoy sirven de núcleos de cristalización a las ciencias biológicas.
Concretamente, formuló el vigente en la actualidad acerca de la estructura del
sistema nervioso y los mecanismos básicos de su funcionamiento. De forma
directa, su obra es uno de los fundamentos de los saberes acerca de la
anatomía, la fisiología y las enfermedades nerviosas y, de modo indirecto, una
de las contribuciones centrales en las que se apoyan la concepción de los
organismos vivos y las ciencias de la conducta. Por ello, no resulta extraño
que sea una figura familiar para cualquier cultivador de las neurociencias y
conocida, en mayor o menor grado, por los que se dedican a otras áreas de la
biología, la medicina o la psicología. Además, los análisis que los
documentalistas están realizando en tomo a las citas bibliográficas de las
publicaciones científicas han demostrado que la pervivencia de su obra no se
limita a una mención genérica como fuente teórica original, tal como sucede con
la mayoría de los autores «clásicos». Por el contrario, sus trabajos continúan
siendo consultados y citados por los científicos actuales de todo el mundo en
relación con cuestiones muy concretas, aparte de serlo también por motivos
doctrinales de carácter general. Como veremos, Cajal supera hoy en este terreno
a los demás grandes «clásicos» de los saberes biológicos y, en las otras
ciencias de la naturaleza, solamente Einstein recibe un número de citas
bibliográficas semejante.
Si Cajal hubiese pertenecido a uno de los países
que hoy encabezan la actividad científica mundial, su imagen histórica en su
propia sociedad sería muy distinta a la que actualmente tiene en España. Es
innegable la presencia generalizada en nuestra sociedad, al menos de su nombre.
Se ocupan continuamente de él libros, artículos periodísticos y trabajos de
revistas especializadas, ha sido tema de películas y series de televisión,
tiene dedicadas calles en casi todas las poblaciones del país, se le han erigido
numerosos monumentos y su mención resulta obligada en cuanto se habla de la
investigación en España y de otros temas afines. No cabe duda de que la figura
de Cajal ha sido mitificada y que, como todos los mitos, se ha convertido en un
tópico.
La mitificación de Cajal fue consecuencia
directa del hecho de que se le reconoció internacionalmente como una figura
científica de primer rango en un momento muy especial de nuestra historia: la
«España vencida y humillada» que siguió al desastre colonial de 1898. Sus
grandes triunfos científicos fueron acogidos con avidez por una sensibilidad
colectiva neurotizada, que había empezado a avergonzarse de lo español como
sinónimo de ineficacia y de fracaso. Convertidos en noticias de primera página,
dichos triunfos le proporcionaron una popularidad inmensa, como nunca ha tenido
un científico en nuestra sociedad. Por otra parte, las minorías intelectuales
más influyentes asumieron el fenómeno desde el talante dolorido propio del
nacionalismo masoquista de los que aspiraban a la «regeneración» de España. Se
configuró de esta forma la imagen tópica de Cajal todavía hoy vigente,
caracterizada principalmente por dos afirmaciones que falsean gravemente la
realidad. La primera de ellas es que fue un investigador sin raíces en la
tradición científica española, «surgido por generación espontánea», como llegó
a decir Ortega y Gasset. La segunda, que fue un genio solitario que trabajó
aislado desde todos los puntos de vista, siendo expresión eminente del
individualismo que los ensayistas triviales atribuyen a un supuesto carácter
español. Más tarde, a estas dos afirmaciones se sumó el recurso más socorrido
de la literatura panegírica poco rigurosa: la exaltación retórica del «sabio
incomprendido y sin medios».
La reciente celebración del cincuentenario de la
muerte de Cajal ha demostrado hasta qué punto esta imagen tópica constituye una
barrera que impide el conocimiento de su personalidad y de su obra por parte de
la sociedad española. La comparación con otras conmemoraciones recientes de
científicos de parecida talla, como Darwin o Mendel, resulta muy penosa. Las de
estas figuras han motivado auténticas oleadas de ediciones críticas y populares
de sus obras, de indagaciones eruditas en torno a sus biografías y de trabajos
analíticos sobre sus contribuciones, así como una amplia divulgación de sus
personalidades científicas y humanas. Nada semejante ha sucedido en el
cincuentenario de Cajal, aunque puedan citarse, como honrosas excepciones,
algunos estudios excelentes. Continúa siendo abrumador el dominio del tópico,
frente al cual resulta necesario ofrecer acercamientos que restituyan a la
sociedad española una imagen objetiva de su más importante investigador
contemporáneo.
Esta es precisamente la tarea a la que aspira
contribuir el presente volumen. Su objetivo se limita a intentar reconstruir de
forma resumida la trayectoria biográfica de Cajal y a dar noticia de los
aspectos más sobresalientes de su obra científica. He procurado, por una parte,
basarme de forma sistemática en las fuentes, sobre todo las obras publicadas e
inéditas del gran histólogo, su correspondencia, los documentos de archivo
accesibles y las numerosas fuentes iconográficas existentes; por otra, tener en
cuenta las aportaciones y los puntos de vista de los principales estudios
históricos sobre el tema. Frente a las deformaciones recién señaladas que
implica su imagen tópica, me he esforzado especialmente en poner de relieve la
integración de la obra de Cajal en la tradición científica española y en la
actividad científica de su tiempo, tanto en España como en el resto de Europa.
Por último, he intentado seguir la recomendación de mi maestro, Pedro Laín
Entralgo, de atender en lo posible los que Machado llamó «yos complementarios».
Esta edición incluye diversos cambios y
adiciones respecto de la primera, publicada en 1985, y su reimpresión en 1988.
Aparte de rectificaciones y precisiones de detalle, incorpora la información
procedente de fuentes que han sido dadas a conocer en los últimos años, las más
importantes de las cuales son el texto autobiográfico de Pío del Río Hortega
acerca de su relación con Cajal y la correspondencia entre ambos, que permiten
conocer de forma objetiva el enfrentamiento que las dos máximas figuras de la
Escuela Histológica Española tuvieron en 1920, célebre episodio que había sido
hasta ahora objeto de numerosas interpretaciones basadas en noticias indirectas
y meras conjeturas. También se han añadido materiales y perspectivas contenidos
en recientes estudios propios y ajenos que se ocupan de Cajal.
Capítulo 1
Niñez y adolescencia en el Alto Aragón (1852-1869)
Santiago Felipe Ramón y Cajal nació a las nueve de
la noche del día primero de mayo de 1852 en la pequeña aldea de Petilla de
Aragón. [1] Su niñez y
adolescencia, hasta que en 1869 se trasladó a Zaragoza para estudiar medicina,
transcurrieron íntegramente en diversas localidades del Alto Aragón y
estuvieron dominadas por la enérgica personalidad de su padre, Justo Ramón y
Casasús.
Petilla es una pequeña aldea que tenía entonces
noventa y ocho casas, incluida la ocupada por el ayuntamiento, y en la que
vivían poco más de cuatrocientos habitantes. Situada en un terreno escarpado y
de difícil acceso, su producción se limitaba a cosechas muy modestas de
cereales, patatas y judías, aparte de la caza y el aprovechamiento de pequeños
bosques de pinos y hayas. Los servicios y la vida local en todos sus aspectos
estaban reducidos a la mínima expresión. Contaba con una iglesia parroquial —la
de San Millán, donde fue bautizado Cajal al día siguiente de nacer—, una
escuela a la que asistían en torno a setenta niños y una sola fuente en el
interior de la población. El comercio se limitaba a una «tienda de
aguardiente», otra «de abacería» y dos tabernas, el correo llegaba dos veces
por semana y todos los caminos de acceso estaban en pésimo estado. [2] A pesar de estar
enclavada en medio de la provincia de Zaragoza, Petilla depende
administrativamente de Navarra, como consecuencia de su cesión a este reino por
el monarca aragonés a comienzos del siglo XIII.
Justo Ramón llevaba casi tres años ejerciendo
como cirujano en tan humilde lugar cuando nació el futuro gran histólogo, que
fue el primero de sus hijos. Su biografía es un ejemplo impresionante de
tenacidad y laboriosidad al servicio de una aspiración profesional. Era el hijo
menor de un modesto labrador de Larrés, aldea de la provincia de Huesca todavía
más pequeña que Petilla. Sin posibilidad siquiera de dedicarse al cultivo de la
pequeña propiedad familiar, cuya herencia correspondía a sus hermanos, entró de
niño como mancebo de un cirujano rural residente en Javierrelatre, otra aldea
del Alto Aragón, del tamaño de su nativa Larrés y entonces aún más mísera.
Según el diccionario geográfico dirigido por Pascual Madoz, tenía en aquellas
fechas tan sólo sesenta casas, «que forman varias calles malísimas y una plaza
en el centro del pueblo de veinte varas de longitud por diez de altitud». [3]
Durante más de una década trabajó allí como
mancebo, pero sin resignarse a permanecer en su estrecha situación. Para
superarla, decidió entonces convertirse en médico, aspiración a la que dedicó
enteramente su vida. Comenzó por abandonar Javierrelatre cuando tenía ya
veintidós años y, sin más dinero que su último salario y un pequeño préstamo de
sus familiares, emprendió a pie el viaje a Barcelona. Tras no pocas penalidades
iniciales, consiguió trabajo en una barbería de Sarriá, cuyo dueño le permitió
simultanear su labor con la asistencia a las clases de la Facultad de Medicina
de la capital catalana, donde obtuvo en 1849 el título de «cirujano de segunda
clase».
En la ordenación de la nomenclatura de las
profesiones y ocupaciones quirúrgicas de 1836 se había creado el título de
«cirujano de segunda clase» para designar el nivel intermedio entre los
médicos-cirujanos o licenciados en cirugía y los llamados sangradores.
Casa de Petilla de Aragón en la que nació Cajal.
Durante las décadas centrales del pasado siglo
descendió notablemente en España el número de profesionales de la medicina, por
lo que no resulta nada extraño que estos «cirujanos de segunda clase», de
limitadas pretensiones económicas y sin temor a vivir en los más remotos
lugares, interesaran especialmente a los pequeños municipios rurales. [4]
De esta forma, Justo Ramón, una vez obtenido su
título, fijó su residencia en la apartada Petilla. Tras dos años de ejercicio,
pudo reunir unos modestos ahorros que le permitieron contraer matrimonio con
Antonia Cajal, hija de un tejedor de Larrés que conocía desde niña.
Justo Ramón Casasús y Antonia Cajal Puente, padres del gran histólogo.
En 1854, la familia se trasladó a Larrés, donde
nació Pedro, el segundo hijo. El inquieto Justo Ramón no se acomodó, sin
embargo, a los estrechos límites de su pueblo natal y al cabo de unos meses
volvió a trasladarse, primero a Luna —localidad de casi mil habitantes situada
al sur de Petilla, en la que residió cerca de dos años— y a continuación a la
pequeña aldea vecina de Valpalmas, donde vivió la familia desde 1856 a 1860,
periodo en que nacieron Paula y Jorja, las dos hijas menores.
Para situar las condiciones en las que se
desarrolló la infancia de Cajal conviene tener en cuenta la posición económica
extraordinariamente modesta de su familia. El salario de un cirujano de segunda
clase no llegaba entonces a los cuatro mil reales anuales. Dichos ingresos eran
menos de la mitad de los que tenían los médicos rurales peor situados y quedaba
muy por debajo de los habituales en los estratos medios urbanos, tanto entre
los profesionales liberales como entre los empleados importantes de la
administración pública. Basta anotar, como ejemplos, que un oficial
administrativo de primera clase o un comandante del ejército tenía sueldos
superiores a los veinte mil reales al año. En una época en la que un litro de
vino o de aceite costaba dos o tres reales y el precio de un libro pequeño en
rústica oscilaba entre diez y veinte, la capacidad adquisitiva de un salario de
menos de cuatro mil reales era realmente muy limitada. [5]
En el caso de Justo Ramón había que contar,
además, con la necesidad de ahorrar tiempo y dinero, necesidad a la que le
obligaba su aspiración de convertirse en médico. En consecuencia, una gran
austeridad fue la circunstancia dominante en la vida cotidiana de Cajal durante
su niñez y también una norma de conducta que condicionaría el desarrollo
posterior de su biografía.
Durante los años que permaneció en Valpalmas,
Justo Ramón preparó las asignaturas que las disposiciones legales exigían para
pasar de «cirujano de segunda clase» a «médico-cirujano». En 1858 dejó un
suplente en su puesto de trabajo y se trasladó a Madrid, de donde regresó al
final del curso con el título de «doctor en medicina y cirugía». Cumplida su
aspiración básica, continuó incansable su lucha por el ascenso profesional. En
1860 solicitó y obtuvo la plaza de médico de Ayerbe, villa de la provincia de
Huesca de casi tres mil habitantes y centro comarcal de cierta importancia.
Allí consiguió pronto prestigio y buena clientela, que extendió con visitas
regulares a las localidades vecinas. Con todo ello cambió radicalmente su
posición económica y social, aunque la aspereza de su carácter le condujo a
chocar con las autoridades municipales de Ayerbe, hasta tal punto que durante
1866 y 1867 ejerció la profesión en otros dos pueblos mucho más pequeños.
«Transcurridos dos años —recordaría después el propio Cajal— y hechas las paces
con el cabildo ayerbense, retornó al antiguo partido, al cual le ligaban un
crédito profesional bien cimentado y hasta algunos bienes raíces». [6]
No fue éste, sin embargo, el final de la
trayectoria profesional y del casi continuo peregrinaje de Justo Ramón. En 1870
ganó unas oposiciones a médico de la beneficencia provincial de Zaragoza y se
estableció en la capital aragonesa, donde volvió a reunir una notable clientela
y a tener un estimable prestigio. Incluso fue nombrado profesor interino de
disección en la Escuela de Medicina en la que, como luego veremos, cursó Cajal
sus estudios.
Como Cajal abandonó Petilla a los dos años de
edad, no guardó recuerdo alguno de su aldea natal. La visitó a finales de
siglo, cuando ya era una figura científica famosa, quedando impresionado por la
miseria de «uno de los pueblos más pobres y abandonados del Alto Aragón». [7]
Había tenido la curiosidad de averiguar el
origen histórico de su pertenencia administrativa a Navarra, a pesar de estar
enclavada en Aragón, y consideró que carecer de patria chica bien precisada
había sido una ventaja para sus sentimientos patrióticos españolistas, «que han
podido correr más libremente por el ancho y generoso cauce de la España
plena». [8]
La Plaza Baja (hoy Plaza de Ramón y Cajal) de Ayerbe, a comienzos de siglo.
Archivo de D. Antonio Duch Samper.
Los primeros recuerdos del gran histólogo
correspondían a los hilos y lanzaderas del taller de tejedor de su abuelo
materno, en Larrés, y a una gravísima herida en la frente que le produjo la coz
de un caballo, en Luna, cuando apenas tenía cuatro años.
La formación de Cajal se inició en Valpalmas.
Aunque asistió a la escuela local, su verdadero primer maestro fue su padre,
que le enseñó a leer y a escribir, le inició en la aritmética y la geografía e
incluso se empeñó en familiarizarlo con el francés. Durante toda su vida, Cajal
asoció este idioma a una renegrida cueva de pastores donde su padre le daba
lecciones, «para concentrarnos en la labor y evitar visitas e
interrupciones». [9]
Justo Ramón había comenzado a proyectar en su
hijo su personal ansia de superación. El éxito inicial fue notable y, con poco
más de seis años, Cajal se encargó ya de escribir las cartas familiares a su
padre, cuando éste se trasladó a Madrid para completar su titulación. Sin
embargo, Cajal no tenía un carácter dócil y no tardó mucho en rebelarse
obstinadamente contra las duras condiciones en las que se desarrollaba su vida
y, en concreto, contra la programación, «el ideal tan triste», que le había
marcado su padre.
Se rebeló en primer término contra la exagerada
austeridad y el excesivo espíritu ahorrativo de sus padres. «En la esfera
familiar —dice una reveladora página de sus recuerdos de infancia y juventud—
la concepción utilitaria y un tanto pesimista produjo dos consecuencias: el
sobretrabajo y la economía más austera. Mi pobre madre, ya muy económica y
hacendosa de suyo, hacía increíbles sacrificios para descartar todo gasto
superfluo y allanarse a aquel régimen de exagerada previsión. Era preciso a todo
trance hacer economías. Lejos de mí la idea de censurar una conducta que
permitió a mis padres adquirir el peculio necesario para trasladarse a
Zaragoza, dar carrera a sus hijos y crearse una posición, si no brillante y
fastuosa, desahogada y libre de inquietudes; pero es preciso reconocer que el
espíritu de economía tiene límites prudenciales que es harto arriesgado
traspasar. El ahorro excesivo declina rápidamente hacia la tacañería, cayendo
en la exageración de reputar superfluo hasta lo necesario». [10]
La familia de Justo Ramón padecía la pobreza del
medio social en el que vivía aunque, por supuesto, sin sentirse integrada en la
masa campesina ni compartir sus patrones de conducta. La difícil posición de
las gentes modestas pero con aspiraciones a convertirse en burguesas fue
sufrida de modo muy directo por Cajal. A los ocho años, cuando su padre
consiguió el puesto de médico en Ayerbe, los niños del pueblo lo recibieron con
«sorda inquina» e «imbécil aversión», que se tradujo en insultos, golpes y pedradas.
En su autobiografía, recordó con acritud dicha situación: «Vestido humildemente
—porque la estricta economía que reinaba en mi casa no consentía lujos— de cara
trigueña y aspecto amojamado, que a la legua denunciaba larga permanencia al
sol y al aire, nadie me hubiera tomado como hijo de burgués acomodado. Pero yo
no gastaba calzones ni alpargatas, ni ceñía con pañuelo mi cabeza, y esto bastó
para que entre aquellos zafios pasara por señorito». [11]
Cajal se convirtió en Ayerbe en un pésimo
escolar y en un hijo rebelde. Su padre estaba mucho más ocupado que en la época
de Valpalmas y no podía atender su formación tan directamente como había hecho
antes. Le encolerizaban sus peores travesuras, que castigaba con «formidables
palizas». Todo ello no fue obstáculo para que decidiera que Santiago debía ser
médico, cuando éste no había cumplido aún diez años.
De acuerdo con tal decisión, Cajal marchó en
1861 a Jaca con el fin de estudiar el bachillerato en el colegio que los
escolapios tenían en dicha ciudad. Su vida fue allí extraordinariamente dura en
todos los sentidos. Residió en la casa de un tío materno, tejedor como el
abuelo, en el que se había cebado la desgracia. Estaba arruinado, acababa de
enviudar y le había abandonado su hijo mayor, que era su principal ayuda en el
taller familiar. Debía dinero a su cuñado y, en parte, le pagaba la deuda con
el hospedaje del sobrino. Atendía la casa una vieja criada que cocinaba toscas
comidas a base de gachas de maíz, coles, nabos y patatas. Para no pasar hambre,
Cajal complementaba tan frugal dieta ingiriendo gran cantidad de las excelentes
manzanas propias de la comarca.
En el colegio, Cajal superó satisfactoriamente
el examen de ingreso, pero ello no le sirvió para que su padre suavizara las
recomendaciones que hizo a los religiosos de que lo tratasen con severidad.
Quedó sometido a la disciplina de un tal padre Jacinto, profesor de primer
curso de latín y famoso como «desbravador» de la comunidad. Bajo su férula,
estudió en un auténtico «régimen de terror», como sin paliativos lo calificaría
después en sus recuerdos. El memorismo más primario le era impuesto con gritos
estentóreos y con correazos en las muñecas, todavía tumefactas por los
recibidos el día anterior. Reaccionó con rebeldía al intento de doma y recibió
como castigo ayunos, encierros, golpes y humillantes exhibiciones ataviado con
el ridículo vestido de «rey de gallos». A punto de ser expulsado, solamente
llegó a aprobar el curso porque el tribunal estaba formado por catedráticos del
Instituto de Huesca y uno de ellos era amigo de su padre.
Tanta severidad pareció excesiva incluso a Justo
Ramón. «Cuando regresé a Ayerbe —dice Cajal en sus memorias— mi pobre madre
apenas me reconoció: tal me pusieron el régimen de terror y el laconismo
alimenticio». [12]
La Plaza Alta, o de Aragón, de Ayerbe, a comienzos de siglo. Archivo de D.
Antonio Duch Samper.
Desengañado de la experiencia, su padre trasladó la
matrícula al Instituto de Huesca, donde el futuro gran histólogo estudió el
resto del bachillerato. Allí recibió una enseñanza muy distinta a la de Jaca.
De los profesores que tuvo en los primeros cursos, recordó siempre con afecto
al de latín, un anciano bondadoso que no sabía imponerse en clase, y al de
geografía, cuya seriedad inspiraba «veneración y temor», pero que daba unas
lecciones claras y sistemáticas que acabaron por interesarle. De los catedráticos
que impartían asignaturas en cursos superiores, le influyeron positivamente el
de retórica y poética, y, sobre todo, el de física y química, que le deslumbró
con su enseñanza basada en experimentos de laboratorio. En cambio, no lograron
interesarle el de historia, el de psicología, lógica y ética, ni tampoco el de
historia natural, y chocó frontalmente con el de griego. En conjunto, Cajal fue
un estudiante de bachillerato de irregular dedicación y bajo rendimiento. Su
padre intentó obligarle a superarse y corregir su carácter inquieto y revoltoso
con los métodos más enérgicos. Entre otros correctivos, le hizo compaginar
durante varios cursos la asistencia al Instituto con el trabajo como mancebo en
una barbería y, cuando no consiguió aprobar el griego, interrumpió un año sus
estudios, colocándole como aprendiz de un zapatero de Gurrea de Gallego, una de
las pequeñas aldeas en las que trabajó su padre tras disgustarse con las
autoridades municipales de Ayerbe.
En uno de sus mejores artículos sobre Cajal, Laín
Entralgo [13] ha puesto de relieve
que la imagen de la niñez y adolescencia del gran histólogo que aparece en sus
Recuerdos refleja dos prototipos literarios de dichas edades propios del siglo
XIX: el «Juanito» (o «Gianetto») de Luigi Alessandro Parravicini y el «Tom
Sawyer» de Mark Twain. Gianetto, «obra elemental de educación para los niños y
para el pueblo», fue traducida por vez primera al castellano en 1839 y
reeditada después en numerosas ocasiones, la última en 1942. Durante más de un
siglo tuvo una gran difusión en la enseñanza primaria española y Juanito se
convirtió en el modelo empalagoso del niño que recibe, respetuoso y
maravillado, las explicaciones paternas acerca de los fenómenos aparentemente
enigmáticos que ofrece la realidad. Varios son los pasajes autobiográficos de
Cajal que responden a este modelo, que debió quedarle arraigado de forma más o
menos inconsciente. Uno de los más significativos se refiere al eclipse de sol
de 1860, es decir, cuando tenía ocho años: «(El eclipse), anunciado por los periódicos,
esperábase ansiosamente en el pueblo, en el cual muchas personas, protegidos
los ojos con cristales ahumados, acudieron a cierta colina próxima, desde la
cual esperaban observar cómodamente el sorprendente fenómeno. Mi padre me había
explicado la teoría de los eclipses, y yo la había comprendido bastante bien.
Quedábame empero, un resto de desconfianza. ¿No olvidará la luna la ruta
señalada por el cálculo? ¿Se equivocará la ciencia?... Es justo reconocer que
la casta Diana acudió a la cita, cumpliendo a conciencia y con admirable
exactitud su programa. Parecía como que los astrónomos, además de profetas,
habían sido un poco cómplices, empujando la luna con las palancas de sus
enormes telescopios hasta el lugar del cielo donde habían acordado ensayar el
fenómeno. Durante el eclipse, hízome notar mi padre esa especie de asombro y de
indefinible inquietud que se apodera de la naturaleza entera, acostumbrada a
ser regulada en todos sus actos por el acompasado ritmo de luz y de obscuridad,
de calor y de frío, resultante del eterno girar de la tierra». [14]
Las aventuras de Tom Sawyer empezaron a ser
publicadas por Mark Twain en 1876, cuando Cajal había dejado muy atrás su
infancia, y se difundieron en España a partir de los primeros años del presente
siglo a través de diversas traducciones que dieron enorme popularidad a su
protagonista. En el momento en el que el gran histólogo redactó Mi infancia y
juventud, primera parte de sus Recuerdos (1901-1905), Tom Sawyer era ya el
prototipo de muchacho travieso e indomable, que rechaza el mundo de los adultos
e intenta crearse uno propio a medio camino entre la realidad y la fantasía.
Casa de Ayerbe en la que vivió Cajal durante su niñez y adolescencia.
Fotografía de A. Duch Samper.
Todo ello es también claramente perceptible en la
exposición de las numerosas «travesuras», «algaradas» y «hazañas» infantiles
que Cajal ofrece en sus memorias. Entre las más tempranas figura una anterior a
su ingreso en el colegio de los escolapios de Jaca: «Recuerdo que habiendo
hecho mi hermano y yo novillos cierta tarde, y sabedores de que alguien había
llevado el soplo al severo autor de nuestros días, resolvimos escaparnos a los
montes, en donde permanecimos media semana o más, merodeando por los campos y
alimentándonos de frutas y raíces; hasta que una noche, y cuando ya íbamos
tomando gusto a la vida salvaje, mi padre, que nos buscaba por todos los
escondrijos del vecino monte, hallónos durmiendo tranquilamente en un horno de
cal. Sacudiónos de lo lindo, nos ató codo con codo, y en tan afrentosa
disposición nos condujo al pueblo, en cuyas calles tuvimos que soportar la
chacota de chicos y mujeres». [15]
En ocasiones, el relato describe una situación
cómica: al intentar saltar una acequia para entrar en un jardín, se hundió
hasta medio cuerpo en un banco de cieno, «donde quedé cogido como pájaro en
liga»; lo sacaron unas mujeres hecho tal lástima, que el guardia no se decidió
a cogerlo y acabó por soltar la risa y taparse las narices, ya que «mi coraza
de pestilente légamo hacíame invulnerable». Otras veces aparece la agresividad
juvenil: cumplidos ya los catorce años adquirió gran destreza en el manejo de
la honda y organizó feroces pedreas, llegando a sembrar la alarma en el pueblo.
En otras, se trata de una «hazaña» de directa inspiración bélica, como el
disparo de un «cañón» construido ahuecando un trozo de viga que produjo un
ancho boquete en la puerta nueva de un vecino. Casi nunca falta el castigo,
asociado invariablemente a la rígida severidad del padre. Por ejemplo, por el
destrozo causado por el disparo que acabamos de citar pasó tres días en la
cárcel municipal, «con beneplácito de mi padre, que vio en mi prisión excelente
y enérgico recurso para corregirme; llegó hasta ordenar se me privase de
alimento durante toda la duración del encierro». [16]
Desde muy temprano, Cajal tuvo una irresistible
inclinación al dibujo. En los años anteriores a su estancia en Jaca se dedicó
ya con pasión a dibujar en papeles, cuadernos, fachadas y tapias, tanto escenas
realistas, paisajes, edificios, personas y animales, como fantásticas batallas
y santos inspirados en los de las estampas. Sin caja de colores, los obtenía
raspando la pintura de las paredes o poniendo a remojo el forro de los
librillos de papel de fumar o los papeles pintados.
Justo Ramón consideraba que el arte era una
ocupación inútil y carente de sentido, por lo cual se opuso con toda energía a
esta inclinación de su hijo. Cuando vio que no bastaba con privarle hasta de
los materiales más modestos, con la intención de desengañarle, sometió su
producción a un juicio que humilló extraordinariamente a Cajal: un revocador
que estaba pintando las paredes de la iglesia de Ayerbe dictaminó solemnemente
que era un mamarracho su dibujo más pretencioso —un Santiago matamoros— y que
jamás llegaría a ser un artista. Lejos de desengañarle, la humillación le hizo
empecinarse todavía más. El dibujo se convirtió para él en el recurso básico
para escapar de la dura realidad que le rodeaba y para construir un mundo
propio en el que refugiarse. «Mis gustos artísticos —dice en sus memorias—,
cada vez más definidos y absorbentes, crearon en mí hábitos de soledad y
contribuyeron no poco al carácter huraño que tanto disgustaba a mis padres». Y
en otro lugar afirma: «Descontento del mundo que me rodeaba, refugiéme dentro
de mí.
Dibujo realizado por Cajal durante su niñez.
En el teatro de mi calenturienta fantasía, sustituí
los seres vulgares que trabajan y economizan por hombres ideales, sin otra
ocupación que la seria contemplación de la verdad y de la belleza. Y
traduciendo mis ensueños al papel, teniendo por varita mágica mi lápiz, forjé
un mundo a mi antojo, poblado de todas aquellas cosas que alimentaban mis
ensueños». [17]
Este dibujo, realizado por Cajal durante su niñez, representa el castillo de
Loarre, situado en las cercanías de Ayerbe.
La afición al dibujo, una de las constantes de la
vida de Cajal, estuvo presente en cada una de las situaciones de su infancia y
adolescencia. Durante el terrible curso en Jaca, en sus años de estudiante de
Huesca, cuando trabajó como aprendiz de barbero o de zapatero y durante las
vacaciones en la casa de Ayerbe, intentó captar la belleza de paisajes o de
viejos edificios, proyectó su melancolía juvenil pintando escenas lúgubres, se
sintió fascinado por el color —hasta el punto de proyectar una especie de diccionario
cromático—, trazó caricaturas burlescas de sus profesores o de tema político e
incluso aprovechó su destreza para aprobar algunas asignaturas. Cuando su padre
dispuso que volviera al Instituto después de pasar un año junto al zapatero de
Gurrea, se comprometió a estudiar seriamente con la condición de matricularse
en un curso de dibujo que se impartía en una academia de Huesca. Esta vez el
rígido doctor Ramón no tuvo más remedio que ceder. Cajal siguió el curso con
gran entusiasmo y obtuvo el primer sobresaliente de su vida. Su profesor le
tomó tal aprecio que llegó a visitar a su padre en Ayerbe para recomendarle que
el muchacho siguiera la carrera artística. Aunque no le hizo caso alguno, la
recomendación debió significar para Cajal un buen desquite de la
descalificación que años atrás había sufrido por parte del pintor de brocha
gorda.
La literatura de creación merecía para el médico
de Ayerbe el mismo juicio que la pintura. Durante la mayor parte de su
infancia, Cajal solamente pudo leer algunas novelas de muy escasa altura
literaria que su madre guardaba en el fondo de un baúl desde sus tiempos de
soltera, y ello burlando la vigilancia paterna. En este terreno, fue un
verdadero acontecimiento para su formación el descubrimiento en el verano de
1863, en el curso de una de sus correrías infantiles, de una notable serie de
libros que un vecino confitero guardaba en su desván. De forma subrepticia fue
sacándolos uno a uno y devorando su contenido. Quedó especialmente fascinado
por las aventuras del Conde de Montecristo y Los tres mosqueteros, de Du- mas,
por la pasión exaltada de Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo y también por
la brillante descripción de la naturaleza virgen americana en Atala, de
Chateaubriand. Consideró entonces superiores estas novelas románticas a
Robinson Crusoe y al mismo Quijote, que serían las obras literarias que más
profundamente le impresionaron en su madurez.
La niñez y adolescencia de Cajal coincidieron
casi exactamente con un periodo histórico bien definido: el comprendido entre
el manifiesto de la Unión liberal (1854) y la revolución democrática de
septiembre de 1868. Se trata de una etapa crucial de nuestro liberalismo
decimonónico en la que la investigación reciente está situando el auténtico
punto de partida de la España contemporánea. Sobre todo, en el sentido de «la
modernización de la España isabelina», como reza el título de la importante
monografía que Nelson Duran le ha dedicado. [18] Modernización que se
produjo en el terreno de la economía y en el de la política, en la organización
administrativa, la enseñanza, los transportes, la técnica y la actividad
científica.
En las apartadas zonas del Alto Aragón donde
residió Cajal se vivieron, no sólo los acontecimientos políticos y bélicos,
sino los distintos aspectos de dicha transformación. Entre las principales
impresiones de su niñez figuraron los festejos que se celebraron en Valpalmas
para celebrar las victorias en la guerra contra Marruecos, en especial, el
heroísmo de Prim a la cabeza de los voluntarios catalanes y la caída de Tetuán
(1860). Produjeron estas victorias un frenesí patriótico que embargó a todo el
país y que se ve reflejado en un texto de Aita Tettouen, de Galdós: «¡Qué
gloria ver resucitado en nuestra época el soldado de Castilla, el castellano
Cid, verle junto a nosotros, y tocar con nuestra mano la suya, y poder
abrazarle y bendecirle en la realidad, no en libros y papeles! Reviven en la
edad presente las pasadas. Vemos en manos del valiente O’Donnell la cruz de Las
Navas, y en las manos de los otros caudillos la espada de Cortés, el mandoble
de Pizarro y el bastón glorioso del Gran Capitán». [19] En Valpalmas, aldea
de poco más de doscientos habitantes, la entrada en Tetuán se celebró con
marchas, pasodobles y jotas, y con una gran hoguera en medio de la plaza, en la
que se asaron corderos y gallinas que fueron devorados por los viejos, jóvenes
y niños del lugar, acompañados de tanto vino como entusiasmo. El pasaje de los
Recuerdos de Cajal en el que evoca el fervor patriótico de aquel día parece un
contrapunto del texto de Galdós: «¡Con qué cordial e ingenuo entusiasmo
vitoreábamos a los bravos soldados de África, y singularmente a los generales
Prim y O’Donnell!... No cabía duda; la raza hispana había vuelto en sí,
readquiriendo conciencia de su propio valer. Aquellos eran los mismos
esforzados infantes de Pavía, San Quintín y Flandes». [20] Este es el más
temprano testimonio del nacionalismo españolista de Cajal, otra de las
constantes de su vida.
El enfrentamiento cotidiano entre moderados y
demócratas, y los intentos revolucionarios de estos últimos contra «esa señora
imposible» (Isabel II) en los años finales del periodo fueron también
intensamente vividos por Cajal de estudiante de bachillerato. Como el barbero
junto al que trabajó durante 1866 era un ferviente demócrata, para halagarlo
dibujó retratos de Prim, Pierrad y otros generales conspiradores, y puso al pie
una décima a la libertad. No todo era cálculo en dicho homenaje, porque el
joven aprendiz se sentía verdaderamente atraído por las ideas políticas de su
patrón y en las pedreas que los estudiantes organizaban entre «reaccionarios» y
«liberales» militó siempre en el segundo bando. Otras vivencias fueron menos
placenteras. En 1867 hubo en Linás de Marcuello, una aldea cercana a Ayerbe, un
sangriento choque entre insurrectos encabezados por Pierrad y una columna del
ejército isabelino.
Localidades del Alto Aragón en las que discurrieron la niñez y adolescencia
de Cajal.
Cajal había visto desfilar esta última por las
calles de Ayerbe y había quedado subyugado por su aire marcial, la vistosidad
de sus uniformes y el brillo de sus armas. Al día siguiente, cuando concluyó el
combate, contempló por vez primera el terrible espectáculo de los muertos en el
campo de batalla y el de los numerosos heridos que su padre asistió en el
pequeño hospital de la localidad. En este contacto directo con la muerte le
impresionó particularmente el contraste entre la serena calma de los cadáveres
y los terrores y espasmos de la agonía.
El triunfo de los demócratas en la «Gloriosa»
revolución de septiembre de 1868 le sorprendió asimismo en Ayerbe, a finales de
las vacaciones de verano anteriores a su último curso en el Instituto de
Huesca. La evocación de aquel día en sus memorias es un testimonio de notable
interés histórico: «Recuerdo que fue cierta hermosa mañana de otoño. Desde las
primeras horas del día la población perdió su aspecto pacífico: una inquietud
extraña pareció apoderarse de los vecinos, que formando corros en la plaza,
comentaban calurosamente las noticias llegadas de Huesca y Zaragoza. Leíanse
públicamente incendiarias proclamas revolucionarias y se oían vítores
entusiastas a Serrano, Topete, y sobre todo a Prim. Sin comprender la
significación de los sucesos, llamóme la atención el que, contra la costumbre,
la Guardia Civil permaneciese encuartelada, sin meterse con los alborotadores,
y que la Guardia Rural, terror de los campesinos, hubiera desaparecido,
abandonando, según dijeron, equipos y uniformes. Por escotillón y como si
obedeciera a una consigna, surgieron por todas partes labriegos armados con
todo linaje de arreos militares y hasta con hoces y puñales. Ciertos sujetos,
que parecían estar en el secreto de lo ocurrido, improvisaron con dicho
personal un batallón de voluntarios, de cuya fuerza fue segregado un retén o
guardia permanente, que se instaló en el palacio de los marqueses de Ayerbe. En
la ventana del cuerpo de guardia flameaba roja bandera, sin emblemas ni escudos.
Pelotones del pueblo, a los que nos sumamos los zagalones y muchachos,
recorrían la población, marchando a los acordes de la banda municipal y
desahogándonos con los gritos de ¡Viva la libertad! ¡Abajo los Borbones!
¡Mueran los moderados! Con las calientes notas del himno de Riego,
incansablemente ejecutado por la citada banda, alternaban entusiastas
aclamaciones a los caudillos de la revolución. Un grupo de sublevados arrancó
de las escuelas el retrato de Isabel II, quemándolo en la plaza, entre las rechiflas
y denuestos de la plebe alborotada. En cumplimiento de cierto desdichado bando
de la Junta revolucionaria provincial, que ordenaba “que todas las campanas,
menos las de los relojes, fueran descolgadas y enviadas a la Casa Nacional de
la Moneda,” el comité revolucionario de Ayerbe desmontó las hermosas campanas
de la iglesia y las redujo a añicos... Casi todos (los proletarios) esperaban
de la libertad algo que pudiera traducirse en aumento y mejora de las
condiciones materiales de la vida... A uno de los más exaltados patriotas,
ronco a fuerza de gritar ¡Abajo los Borbones!, le preguntaron: —Pero, ¿sabes tú
quienes son los Borbones? Y el interrogado contestó con aire de profunda
convicción: —¡Otra que diez!... Pues, ¿quiénes han de ser sino los (guardias)
rurales?». [21]
De la incipiente modernización técnica
experimentada durante este periodo por la sociedad española impresionaron
profundamente a Cajal dos elementos: el ferrocarril y la fotografía. Como es
sabido, la primera línea de ferrocarril española —la famosa Barcelona- Mataró—
fue inaugurada en 1848. Sin embargo, la red ferroviaria no comenzó realmente a
construirse hasta después de promulgada la Ley General de Ferrocarriles de
1855. Hasta entonces había instalados 477 kilómetros de vía férrea, que pasaron
a casi dos mil en 1860 y a cerca de cinco mil en 1865. En torno a esta última
fecha hizo Cajal su primer viaje en tren. Desde Sierra de Luna —otra de las
aldeas en las que trabajó su padre tras su choque con las autoridades de
Ayerbe— debía trasladarse a Huesca, acompañado de su abuelo paterno. La primera
parte del trayecto, hasta Almudévar, que era la estación más cercana, la
hicieron a caballo. El muchacho experimentó una mezcla de sorpresa y de pavor
al ver por vez primera una locomotora, que le pareció «un animal apocalíptico,
especie de ballena colosal forjada con metal y carbón». [22] Pocos meses antes
había habido un grave descarrilamiento en una línea cercana, que costó varios
muertos y numerosos heridos. Escamado por la noticia de dicho descarrilamiento
y aturdido por el ruido de la máquina, Cajal quedó paralizado por el miedo y se
negó a subir. Su abuelo lo obligó a viva fuerza a entrar en un vagón, donde
estuvo angustiado hasta que la curiosidad ante el desconocido espectáculo del
paisaje desfilando ante la ventanilla le disipó el temor.
La fotografía había sido introducida en España
por el médico Pedro Felipe Monlau, generalmente recordado como uno de los
principales higienistas españoles del siglo XIX. A finales de febrero de 1839,
solamente mes y medio después de que François Arago leyera su primer informe
sobre el daguerrotipo en la Academia de Ciencias de París, Monlau, que entonces
estaba en la capital francesa, envió una comunicación sobre el tema a la Real
Academia de Ciencias y Artes, de Barcelona. En junio de dicho año presentó una
nueva comunicación a la misma academia y en diciembre publicó un artículo sobre
el daguerrotipo en la revista Museo de ¡as familias. [23] A partir de entonces,
el procedimiento se difundió en todo el país, llegando a las más apartadas
zonas rurales en manos de fotógrafos ambulantes que instalaban sus barracas o
tiendas de campaña en las ferias de los pueblos.
Cajal a los 18 años, cuando estudiaba medicina y era presa de la «manía
gimnástica».
Cajal se topó con varios de ellos durante su
infancia, pero lo que le produjo un extraordinario asombro fue conocer
directamente, hacia 1868, la técnica de la fotografía al colodión húmedo. Este
método significó un importante avance, sobre todo porque bastaban veinte o
treinta segundos de exposición a la luz para obtener una buena placa sobre
cristal —en lugar de los varios minutos que exigía el daguerrotipo— y porque de
un negativo podían sacarse todos los positivos en papel que se desearan.
Gracias a un amigo de los dueños, pudo visitar
un laboratorio fotográfico instalado en las cercanías de la estación de Huesca
y penetrar en «el augusto misterio del cuarto obscuro».
Le maravillaron todas las operaciones que allí
presenció, pero el revelado mediante el ácido pirogálico le causó «verdadera
estupefacción». [24] Cajal entró así en
relación con la que sería una de sus principales aficiones. Como veremos, tuvo
en el desarrollo de su obra científica un peso parecido o superior que su
inclinación al dibujo.
Capítulo 2
Estudiante de medicina en Zaragoza (1869-1873)
En septiembre de 1869, Cajal fue a Zaragoza para
matricularse en el curso preparatorio, primero de los que integraban el plan de
estudios médicos entonces vigente. Justo Ramón veía cumplida, por fin, la
decisión que había tomado ocho años antes acerca del porvenir profesional de su
hijo mayor. Inasequible al desaliento, había ignorado por completo las últimas
tentativas de éste para seguir la carrera artística e incluso había iniciado su
formación médica antes de que terminara el bachillerato, en el verano previo al
triunfo de la «Gloriosa». Utilizando un recurso que continúa siendo habitual en
nuestro tiempo, padre e hijo recogieron de la fosa común de un cementerio rural
una buena colección de huesos humanos. Con ella estudió Cajal «accidentes y
detalles de la morfología interior y exterior de cada pieza del
esqueleto», [25] bajo la dirección de
su padre, que dedicó a la tarea todo su tiempo libre. Resultan muy notables las
dos obras de consulta que le proporcionó. La primera de ellas fue la que Cajal
llamó en sus memorias «el libro monumental de Lacaba», es decir, el Curso
completo de anatomía del cuerpo humano (1796-1800), de Jaime Bonells e Ignacio
Lacaba, gran tratado en el que había culminado la anatomía española de la
Ilustración. [26] Justo Ramón debía
poseer un ejemplar de la reedición de 1820, con la que seguramente estaba
familiarizado desde antes de estudiar en Barcelona, en su época de mancebo de
cirujano en Javierrelatre. La per- vivencia del uso de este importante texto en
un periodo de grave decadencia científica de nuestro país permitió que iniciara
con él su formación anatómica la figura que, un siglo después de su aparición,
realizaría la más sobresaliente aportación española al saber morfológico. Algo
más tarde, Cajal dispuso también del Traité d’anatomie descriptive (1834-36),
de Jean Cruveilhier, una de las mejores síntesis sobre el tema publicadas
durante la primera mitad del siglo XIX. Como no se tradujo al castellano, tuvo
que manejarla en francés en una de las numerosas reediciones que tuvo a lo
largo de toda la centuria.
Esta vez, Justo Ramón consiguió interesar de
verdad a su primogénito, que se entregó con ardor al estudio de los detalles
osteológicos. Una nueva relación nació entre ambos. La irritación y la
severidad fueron sustituidas por la complacencia paterna: «Recuerdo todavía
cuán grandes eran su placer y orgullo —harto excusables dada su doble
naturaleza de padre y de docente— cuando, en presencia de algún facultativo
amigo, invitábame a lucir mis conocimientos osteológicos, formulando preguntas
del tenor siguiente: ¿Qué órganos pasan por la hendidura esfenoidal y el
agujero rasgado posterior? ¿Con qué huesos se articula la apófisis orbitaria
del palatino?... Y otras mil cuestiones de este jaez, que despachaba de
carretilla, embobando a los circunstantes». [27]
Mucho menos interés puso Cajal en la historia
natural, la química y la física, asignaturas del año preparatorio. De los
profesores que tuvo al cursarlo, destaca en sus memorias a Florencio Bailarín,
catedrático de historia natural entonces muy cercano a la jubilación. Lo
recuerda con respeto, en primer término, por sus ideas liberales, que le habían
llevado a ser perseguido en los años de represión absolutista del reinado de
Fernando VII. En segundo lugar, porque «fue el primero al que oí defender con leal
convicción la necesidad de la enseñanza objetiva y experimental», [28] que practicaba dando
sus lecciones en el Museo de Historia Natural y en el Jardín Botánico. Aunque
Cajal califica a estas últimas de «altamente instructivas», continuaba
fundamentalmente atraído por la anatomía humana, sobre todo porque del estudio
de los huesos había pasado a la práctica de la disección.
Como ya hemos dicho, Justo Ramón se trasladó en
1870 a Zaragoza con su familia, tras ganar unas oposiciones a médico de la
beneficencia provincial. También sabemos que fue nombrado profesor interino de
disección. Ello explica que, a lo largo de tres años, a partir del que cursaba
todavía preparatorio, Cajal se dedicara a trabajar intensamente junto a él en
la sala de disección del Hospital de Nuestra Señora de Gracia. Como guías para
identificar las partes y detalles anatómicos que iban observando en los
cadáveres utilizaron el libro antes citado de Cruveilhier y otra obra más
reciente: el Traité d’anatomie descriptive (1850), de M. Philibert Sappey, en
cuya traducción al castellano (1854-58) había participado Rafael Martínez
Molina, anatomista que como veremos pesaría notablemente en la trayectoria de
Cajal. La relación entre padre e hijo tuvo entonces quizá su mejor momento:
«Gran provecho saqué de tal maestro y de semejante método de aprender; que no
hay profesor más celoso que el que estudia para enseñar. Mi lápiz, antaño
responsable de tantos enojos, halló por fin gracia a los ojos de mi padre, que
se complacía ahora en hacerme copiar cuanto mostraban las piezas
anatómicas». [29] Llegó a reunir un
gran número de dibujos coloreados, algunos de los cuales se conservan en la
Facultad de Medicina de Zaragoza mezclados con materiales muy posteriores.
Genaro Casas, decano de la Escuela de Medicina, de Zaragoza, en la que
estudió Cajal.
Su padre pensó incluso en la publicación de un
atlas, proyecto que no llegó a realizarse, no sólo debido a los escasos
recursos técnicos que entonces tenía la imprenta de la capital aragonesa, sino
por la posición absolutamente marginal de ambos autores en la comunidad médica
española de la época.
Cajal no tuvo noticia de la importante tradición
de este primer escenario de su actividad científica, «aquella humilde sala de
disección, perdida en la huerta del viejo Hospital de Santa Engracia».[30]
Tomás Porcell (1564), primer autor que realizó en Europa autopsias
sistemáticas de enfermos fallecidos de peste. Es la figura más destacada de la
importante tradición morfológica del Hospital de Nuestra Señora de Gracia, de
Zaragoza, en cuyo anfiteatro se formó Cajal como anatomista.
En dicha institución se disecaron cadáveres humanos
de modo regular a partir de 1488, fecha en la que Fernando el Católico concedió
a la cofradía de médicos y cirujanos de Zaragoza un privilegio para realizar
autopsias, similar al que sus antecesores en el trono habían otorgado a las
universidades o asociaciones profesionales de Montpellier, Lérida, Barcelona y
Valencia. A lo largo de los siglos XVI y XVII, aparte de la enseñanza práctica
de la anatomía, se realizaron allí interesantes aportaciones científicas. Entre
ellas destaca la de Juan Tomás de Porcell, que en 1564 practicó autopsias
sistemáticas de apestados por primera vez en la historia, con la mentalidad
«moderna» que refleja su clásica obra Información y curación de la peste de
Zaragoza (1565). También es obligado recordar que varias figuras del movimiento
«novator» de finales del siglo XVII, como Juan Bautista Juanini, Tomás Longás y
Francisco San Juan y Campos, efectuaron de forma habitual disecciones
anatómicas, autopsias anatomoclínicas y experimentos fisiológicos en las mismas
instalaciones del hospital zaragozano, que se convirtió en un temprano foco de
difusión de la revolucionaria doctrina de Harvey acerca de la circulación de la
sangre. Un testimonio del médico italiano Domenico Bottoni (1728) resulta a
este respecto significativo: «En la célebre Universidad de Zaragoza, corte del
Reino de Aragón, propugnó y estableció esta doctrina el doctor D. Francisco San
Juan y Campos... catedrático entonces (1686) de Anatomía y después de Prima de Medicina,
con singular aplauso, digno de su delicado y perspicaz ingenio, siguiendo todo
el resto de la escuela esta doctrina, que quedó establecida como principio
elemental, subiendo a mi intento de mucha autoridad esta aceptación, pues nadie
de los europeos ignora que en este celebrado museo de las ciencias florece la
medicina en el más elevado crédito, debiéndose éste al continuo ejercicio
anatómico que dos veces a la semana se ejecuta en el teatro o salón que para
este efecto hay en aquel célebre Hospital General, concurriendo todos los
profesores de esta ciencia a tan importante demostración». [31] Durante el siglo
XVIII el cultivo de la anatomía práctica se mantuvo en el Hospital de Nuestra
Señora de Gracia a una estimable altura, con alguna contribución de interés,
como las investigaciones necrópsicas efectuadas por José Amar (1774) para diferenciar
con precisión entre pleuresía y pulmonía. Toda esta tradición fue desconocida,
como hemos dicho, por Cajal, ya que la profunda decadencia posterior de la
medicina zaragozana, tras el colapso de la actividad científica española
durante el reinado de Fernando VII, había conducido a un olvido irreversible.
Por otra parte, la investigación histórica sobre la ciencia en España apenas se
desarrolló en la época de Cajal, frenada en gran medida por la retórica y los
planteamientos ideológicos propios de la «polémica de la ciencia española», en
la que, como veremos, participó.
En sus Recuerdos, Cajal afirma que consagraron
al trabajo en la sala de disección «todo el vagar que nos dejaban, a mi
progenitor la clientela y a mí los estudios de otras asignaturas». [32] Para situar
adecuadamente su dedicación a la anatomía en los años que fue estudiante de
medicina (1869-1873), hay que destacar un hecho que, por lo general, no ha sido
tenido en cuenta: la Universidad de Zaragoza carecía entonces de Facultad de
Medicina. El importante vacío que su supresión había significado para el
antiguo Reino de Aragón intentó ser superado por un grupo de clínicos
residentes en la ciudad, aprovechando el extremado liberalismo académico
consecutivo a la revolución de 1868, cuya expresión normativa inmediata fue el
célebre decreto de 21 de octubre de 1868, firmado por Manuel Ruiz Zorrilla como
ministro de Fomento. Aparte de proclamar inequívocos principios generales («la
enseñanza es libre en todos sus grados y cualesquiera que sea su clase»; «todos
los españoles quedan autorizados para fundar establecimientos de enseñanza»),
uno de sus artículos disponía que «las diputaciones provinciales y los
ayuntamientos podrán fundar y sostener establecimientos de enseñanza, aquéllas
con fondos de la provincia y éstos con los del municipio». [33] El decreto condujo a
la fundación de numerosas «escuelas libres» y «escuelas provinciales» de
medicina, de algunas de las cuales nos ocuparemos más adelante porque
contribuyeron decisivamente a la renovación científica de varias disciplinas,
entre ellas, la histología. La creada en Zaragoza tuvo, por el contrario,
escasa altura desde todos los puntos de vista. Estaba sostenida conjuntamente
por la Diputación y el Ayuntamiento y dependía de una «Comisión Mixta de
Estudios Médicos», integrada por diputados provinciales y concejales, que
nombraba también a los profesores. Sobresalía entre estos últimos Genaro Casas
Sesé, un clínico de renombre, amigo y condiscípulo del padre de Cajal, que
hacía las funciones de decano y se encargaba de la enseñanza de la patología
médica. Otra personalidad destacada era Nicolás Montells Bohigas, notable
operador que impartía la de patología quirúrgica. Ambos fueron los únicos que
consiguieron ganar las oposiciones a cátedra, tras la conversión de la Escuela
en Facultad de Medicina oficial en abril de 1877.
Las demás asignaturas, incluidas las disciplinas
básicas, estaban también a cargo de médicos prácticos de la localidad con
preparación muy limitada, ya que solamente Manuel Daina, profesor de anatomía
quirúrgica, había ampliado estudios en el extranjero. Los medios materiales
eran extraordinariamente limitados. No había laboratorio de fisiología y la
enseñanza de esta disciplina se limitaba a la memorización de la traducción
castellana del manual de Jules Béclard, publicado originalmente en 1858. Ni
siquiera había clínica de obstetricia, que asimismo se daba de forma puramente
libresca. Incluso la mentalidad dominante en el terreno de la patología era la
más cerrada a las corrientes de la época. Genaro Casas, por ejemplo, continuaba
siendo un seguidor del vitalismo neohipocratista cuando ya habían alcanzado
amplia difusión en España las ideas celularistas de Virchow y la nueva
«medicina de laboratorio».
La Escuela de Medicina en la que estudió Cajal
estaba, en suma, situada en el polo opuesto de las «escuelas libres» de
carácter renovador a las que hemos aludido. Basta compararla con la Escuela
Libre de Medicina de Sevilla, centro provincial fundado también tras el decreto
de Ruiz Zorrilla. El promotor de esta última fue Federico Rubio Galí, máxima
figura quirúrgica de la España de la época y destacado cultivador de la
investigación experimental aplicada a la cirugía. Aparte de disponer de
excelentes medios para la enseñanza clínica, contó con la primera cátedra de
histología que funcionó en España, provista de un digno laboratorio dirigido
por Rafael Ariza Espejo, que entonces acababa de regresar de Berlín, donde
había trabajado junto a Rudolf Virchow. La escuela sevillana también tuvo un
buen laboratorio de fisiología experimental, construido a imitación del creado
en Leipzig por Karl Ludwig, donde impartió enseñanza José Moreno Fernández, uno
de los más tempranos tratadistas españoles sobre fisiología general.
Rudolf Virchow, principal formulador de la «patología celular», desde la
cual, siendo estudiante, Cajal se opuso a las ideas tradicionales de Genaro
Casas.
No resulta nada extraño que Cajal se refugiara en
el trabajo junto a su padre en la sala de disección durante sus años de
estudiante de medicina, sin llegar a interesarse por ninguna de las demás
materias. Todos sus recuerdos acerca de la Escuela de Medicina de Zaragoza
giran en torno a la anatomía de forma directa o indirecta. Por supuesto, la
anatomía fue la única asignatura en la que aspiró a conseguir un premio
escolar, que estuvo a punto de perder porque la precisión en detalles de su
ejercicio hizo sospechar a un miembro del tribunal que había copiado. Se
convirtió en el alumno predilecto de Manuel Daina y, a comienzos de 1872, ganó
por oposición el puesto de «ayudante disector», encargándose oficialmente desde
entonces hasta el final de sus estudios de la ejecución de las preparaciones
anatómicas. Por el contrario, solía faltar a clase en la mayor parte de las
asignaturas, lo que le planteó problemas con algunos profesores. De un
enfrentamiento con el de obstetricia salió airoso porque le tocó exponer precisamente
un tema relacionado con el desarrollo embrionario, que conocía a fondo por su
dedicación a la anatomía. También chocó con Genaro Casas, cuyas ideas
vitalistas rebatió duramente, al ser preguntado acerca de la inflamación, con
argumentos procedentes de la Patología celular de Virchow, que acababa de ser
traducida al castellano. [34]
Además de continuar cultivando el dibujo y la
pintura, Cajal se aficionó durante estos años a escribir versos y novelas. Lo
que él llamó «manía literaria» sería otra inclinación perdurable que, con los
naturales altibajos, mantendría el resto de su vida. En poesía, sus modelos
eran todavía ios románticos, principalmente Bécquer, Zorrilla y Espronceda, en
especial este último, «cuyos cantos al pirata, a Teresa, al cosaco, etc. —dice
en sus Recuerdos— considerábamos los jóvenes como el supremo esfuerzo de la lírica». [35] El amor y la política
fueron, como era de esperar, los principales temas de sus versos. A María,
joven amiga de sus hermanas y su primer amorío conocido, le dedicó, por
ejemplo, la siguiente poesía con acróstico:
Mi corazón libre estaba
Antes que a tus ojos viera;
Risueño al sol contemplaba
Y en eterna primavera
Alegre y feliz soñaba.[36]
La comuna de París (1871) le sirvió de inspiración
directa para una larga «Oda a la Commune Estudiantil» que escribió con motivo
de una huelga de los alumnos de la Escuela en protesta de los insultos que
habían recibido del profesor de fisiología. Sus primeros versos dicen:
La Commune. ¿Quién no siente
latir su pecho ardiente
de gozo, al vibrar tan bella frase?
¿Habrá quien no se abrase
de gloria contemplando las hazañas
de la simpar Commune estudiantina?
Hasta mi lira vieja,
indiferente a toda chamusquina,
hoy su modorra deja,
se inspira, se entusiasma,
y el hecho ensalza que a la Europa pasma.[37]
En el terreno novelístico, su anterior entusiasmo
por los románticos fue desplazado por la admiración a Julio Verne, cuyas obras
de fantasía científica habían alcanzado un enorme éxito en toda Europa a partir
de la publicación de Cinco semanas en globo (1863). En España aparecieron entre
1867 y 1868 tres traducciones castellanas distintas de dicha novela, pronto
seguidas de las que el autor francés escribió a continuación. Tomando como
modelo a Verne, Cajal escribió una novela biológica de carácter didáctico en la
que «se narraban las dramáticas peripecias de cierto viajero que, arribado, no
se sabe cómo, al planeta Júpiter, topaba con animales monstruosos, diez mil
veces mayores que el hombre, aunque de estructura esencialmente
idéntica». [38] Aprovechando su
mínima talla relativa, el protagonista se introducía por una glándula cutánea
en uno de dichos animales, viajaba por su sangre montado en un glóbulo rojo,
presenciaba las luchas entre leucocitos y parásitos, y visitaba por dentro los
principales órganos. El tema era muy parecido al relato Un habitante de la
sangre que publicó en 1873, siendo también muy joven, Amalio Gimeno, coetáneo
de Cajal que más tarde sería una notable figura de la medicina y de la
política, así como amigo personal del histólogo aragonés. En este subgénero de
la divulgación científica novelada consiguieron cierta celebridad durante la
década siguiente, incluso fuera de España, los libros titulados Misterios de la
locura, Un viaje a Cerebrópolis y La familia de los Onkos (o tumores), del
catalán Juan Giné Partagás, generalmente recordado como psiquiatra pero que,
entre otras muchas contribuciones, había sido uno de los responsables de la
primera traducción castellana de la Patología celular de Virchow. En cambio,
esta obra de fantasía científica de Cajal no llegó a publicarse. Su texto
estaba ilustrado con numerosas figuras en color de diferentes estructuras
orgánicas copiadas de tratados de anatomía microscópica, que son los primeros
dibujos histológicos de Cajal de los que tenemos noticia. Como veremos, más
tarde su autor continuó cultivando el tema y escribió otros relatos de
«ciencia-ficción», alguno de los cuales llegó a publicarse.
Durante los años siguientes a la revolución de
1868 desapareció la represión ideológica que habían sufrido los ambientes
intelectuales y científicos españoles en la parte final del reinado de Isabel
II. Muchas cuestiones teóricas de carácter polémico fueron entonces, por vez
primera, discutidas de un modo abierto e incluso estruendoso. Este revuelo
ideológico influyó también en Cajal, que en sus Recuerdos habla de tres
«manías» propias de sus años de estudiante de medicina: la literaria, la
gimnástica —que le llevó a conseguir un desarrollo muscular exagerado, en la
línea de lo que hoy llamamos «culturismo»— y la filosófica. Según propia
confesión, dicha «manía razonadora» le convirtió en un ferviente y exagerado
seguidor de las tesis que consideraban el «propio yo» como única realidad
absoluta y reducían el mundo exterior a un epifenómeno del mismo. Las defendió
con la vehemencia y los malabarismos dialécticos característicos de las
discusiones juveniles, aunque, como es lógico, solamente tenía de ellas
noticias superficiales e indirectas. Sus fuentes básicas de información fueron,
seguramente, el Curso de filosofía elemental, de Jaime Balmes y la Lógica, del
kantiano José María Rey de Heredia, dos obras que, como veremos, continuaban
pesando en !as memorias conceptuales que redactó para presentarse a oposiciones
de cátedra de anatomía. En su autobiografía dice que «por fortuna, las obras de
Hegel, Krause y Sanz del Río no figuraban entonces en la biblioteca
universitaria», [39] afirmación que sin
duda se debe a que, desde la firme mentalidad positivista de su madurez,
consideró una suerte no haberse sentido atraído en su juventud por el idealismo
hegeliano, ni tampoco por el krausista, que tan decisiva influencia tuvo en la
España de estos años. Otra ausencia significativa es el evolucionismo
darwinista —uno de los temas más debatidos durante el periodo revolucionario—
que fue asimilado por Cajal algo más tarde, como tendremos ocasión de
comprobar.
Capítulo 3
Médico militar en la tercera guerra carlista y en la de Cuba (1873-1875)
En junio de 1873, Cajal terminó sus estudios de
medicina. Los planes de su padre, que esta vez contaban con su plena
aprobación, consistían en completar su formación en morfología con el fin de
presentarse a las primeras oposiciones a cátedras de anatomía que se
convocaran. Los acontecimientos políticos y militares obligaron, sin embargo, a
retrasar tres años la ejecución de este proyecto.
Dos importantes enfrentamientos militares
agravaron las serias dificultades económicas, sociales y políticas que sufrieron
los regímenes políticos que hubo en España entre la revolución de septiembre de
1868 y la restauración de la dinastía borbónica los últimos días de 1874. Uno
de ellos fue la primera guerra de Cuba por su independencia, la llamada «guerra
de los diez años» o «guerra grande», que se inició el 10 de octubre de 1868,
dos días después de la formación del gobierno provisional revolucionario. El
otro, la tercera guerra carlista, que comenzó el 2 de mayo de 1872 con la
entrada en España del pretendiente Carlos VIL Ambas condujeron a una situación
límite a la Primera República Española, proclamada en febrero de 1873, sobre
todo cuando se sumó la insurrección cantonal en julio del mismo año. Para
enfrentarse con la situación, el gobierno dispuso la movilización de todos los
mozos útiles de aquel reemplazo, entre los que se encontraba Cajal, quien,
convertido en recluta, tuvo que renunciar a sus proyectos académicos.
Muy pronto, otra disposición gubernamental
introdujo un nuevo cambio en sus planes. Dentro de las medidas con las que los
responsables de la República intentaron superar la desorganización y falta de
operatividad del ejército, se convocaron oposiciones a «médicos segundos» de
sanidad militar, con la graduación de teniente. Cajal consiguió permiso para presentarse
y ganó una de las treinta y dos plazas convocadas. A pesar de alguna
contrariedad —llegó tarde a uno de los ejercicios— le aprovechó una vez más su
preparación morfológica: en la prueba operatoria, relativa a una amputación,
expuso con gran brillantez la anatomía de la pierna. Recibió el nombramiento el
31 de agosto y tres días más tarde se incorporó al Regimiento de Burgos, cuyo
cuartel general estaba entonces en Lérida, con la misión de defender las
poblaciones del llano de Urgel y de las zonas vecinas de los ataques de las
partidas carlistas.
En dicho regimiento estuvo Cajal durante más de
siete meses, participando en continuas marchas y contramarchas de vigilancia o
en persecución de los carlistas. Iban unas veces hacia el norte, a Ba- laguer y
Tremp, y otras, hacia el este, hasta Tárrega, desde donde se dirigían a Cervera
e incluso hasta Igualada, Calaf y Sallent, ya en la provincia de Barcelona, o
caminaban hacia el sur, por Verdú y Borjas Blancas, llegando en ocasiones a la
vecina comarca del Priorato. En ningún momento llegaron a sorprender una
partida ni a disparar un solo tiro, ni siquiera tras la agotadora marcha hasta
el Bruch para escoltar un convoy que se dirigía a Berga, entonces estrechamente
asediada por los carlistas. Cajal no tuvo ocasión de curar heridas de guerra y
se limitó a atender padecimientos comunes, sobre todo accidentes, trastornos
digestivos y enfermedades venéreas. Aunque, como médico militar, tenía derecho
a «plaza montada», prefirió hacer las marchas a pie, ya que se lo permitía la
excelente forma física en la que estaba gracias a su anterior «manía
gimnástica».
En la mayoría de las poblaciones citadas se
acogía amistosamente al regimiento, no sólo debido a simpatías por la ideología
liberal, sino porque la presencia de los soldados significaba una garantía
frente a los posibles saqueos. Cajal recordó con afecto a un comerciante de
paños de Tárrega que le albergó con gran generosidad en su casa, llegando
incluso a adelantarle dinero, y la afabilidad de un médico de quien fue
asimismo huésped en Sallent. El estrecho enfoque centralista que, como veremos,
tuvo siempre su españolismo, le impidió comprender la realidad cultural y las
corrientes políticas catalanas. Ello explica que en sus Recuerdos, al hablar de
estos meses, exponga como un hecho positivo que «hasta en las familias más
modestas, las señoritas tenían a gala hablar castellano (y).... consideraban el
catalán cual dialecto casero, adecuado no más a la expresión de los afectos y
emociones del hogar». Su absoluto rechazo del catalanismo le lleva a decir:
«¡Entonces los laboriosos catalanes amaban a España y a sus soldados!...
Después... no quiero saber por culpa de quiénes, las cosas parecen haber
cambiado». [40]
En abril de 1874, el recrudecimiento de la
guerra de Cuba obligó al gobierno de la República a enviar allí más médicos
militares. Cajal fue uno de los designados por sorteo para efectuar dicho
traslado, que implicaba el ascenso a «primer ayudante médico» y a la graduación
de capitán.
Cajal a los 22 años, cuando iba a trasladarse a Cuba como médico militar.
Recibió la noticia con satisfacción, principalmente
por su afán juvenil de escapar de la monotonía de la vida vulgar y conocer el
Nuevo Mundo, que entonces se imaginaba todavía a través de sus lecturas
románticas. Este mismo afán había motivado poco antes que Pedro, su hermano
menor, tan sumiso de niño y adolescente, escapara de la férrea tutela paterna y
fuera a parar al Uruguay, donde vivió durante casi diez años las más diversas
aventuras. Resulta explicable que Justo Ramón intentara convencer a su primogénito
de que pidiera la licencia absoluta y renunciara a su viaje ultramarino,
describiéndole con realismo la insalubridad de la isla y los peligros de la
guerra. Al no conseguirlo, procuró al menos relacionarlo con varios conocidos
suyos que ocupaban puestos importantes en la colonia, dándole cartas de
recomendación que su hijo, por cierto, no llegaría a utilizar.
Al conocer la noticia de su traslado a Cuba,
Cajal había hecho una rápida escapada a Barcelona con la finalidad de ver por
primera vez el mar. Poco después, tras despedirse de su familia y recibir la
paga de embarque, marchó a Cádiz, desde donde debía embarcar rumbo a La Habana.
Estuvo en esta ciudad andaluza dos o tres días, que recordó con profundo
desagrado en sus memorias. Se sintió allí atropellado por la «chusma» de los
mozos que en la estación se repartieron a empujones su equipaje, así como
estafado por los comerciantes y por improvisados cicerones. Desconfió incluso
de las prostitutas, como se desprende de una poco velada referencia a las
«casas de recreo... a las cuales me abstuve de asistir, recordando los regalos
con que las gaditanas obsequiaron a Alfieri». [41] En el último momento,
cuando tomó un bote para abordar el vapor que iba a llevarlo a América, se
peleó físicamente con el patrón, que se negaba a continuar remando si no le
pagaba tarifa doble. «Quedé tan escarmentado —afirma en sus recuerdos— que jamás,
ni aun habiendo pasado después varias veces en mis giras andaluzas cerca de la
patria de Columela, he sentido tentación de visitarla». [42]
La travesía del Atlántico, que duró dieciséis
días hasta llegar a San Juan de Puerto Rico, transcurrió felizmente, con un
océano en calma que produjo profunda impresión al hijo de tierra adentro que
acababa de conocer el mar. Tras la escala portorriqueña, dos días más tarde, el
barco llegó a La Habana. El panorama de la bahía y de la ciudad, vistas desde
lejos, le pareció maravilloso. Pronto, sin embargo, comenzaron las
desilusiones.
A Cajal le gustaron mucho los parques de la
ciudad, con sus flores exóticas, altísimas palmeras reales y árboles
entretejidos de lianas trepadoras, y también los sabrosos frutos tropicales,
pero le decepcionó profundamente no encontrar las selvas vírgenes tan
celebradas por los literatos románticos: «Ante mis interrogaciones reiteradas,
las gentes del país me señalaron la manigua. Pero la impresión causada por ésta
fue insignificante. En vez del bosque milenario, no profanado por planta
humana, me encontré con vulgar matorral sembrado de arbustos y pequeños cedros
y caobos creciendo en desorden». [43] De forma parecida le
decepcionó la fauna, ya que en lugar de los jaguares y las serpientes de
cascabel que esperaba ver, encontró animales nada vistosos, en gran parte
importados de España.
Al principio se sintió atraído por la mezcla de
razas que circulaban por las calles, pero pronto tuvo conciencia de la
dramática realidad que había por debajo de su exótico colorismo. Le dolió la
total extinción de los indígenas, en cuyo lugar «se mostraba la raza negra y
sus variados mestizajes». Juzgó duramente al criollo como una «pálida planta de
estufa, vegetando muelle y parásitamente a expensas de la savia del africano o
del mulato». [44] La esclavitud había
sido abolida en Puerto Rico el año anterior (1873), pero en Cuba no lo sería
hasta 1880. Cajal se interesó por «aquellos africanos traídos a Cuba por buques
negreros» y dedicó incluso una página de sus memorias a describir sus danzas,
que recordaba como un «espectáculo singular y atrayente». [45]
La Habana le pareció una mera continuación de
Andalucía, tanto por las casas como por el habla y el carácter de los
habitantes. Su visión de España le llevaría en su madurez a expresar la
siguiente opinión acerca de la colonización americana: «Quizá fue grave mal
para la prosperidad económica de la América española el no haber, desde el
principio, aprovechado preferentemente para la empresa colonizadora nuestras
fuertes razas del Norte, laboriosas, económicas y desbordantes de vitalidad, en
lugar de recurrir predilectamente a la gente andaluza y extremeña, inteligente,
generosa y capaz de todos los heroísmos, según acredita la historia, pero de
inferior aptitud para las fecundas luchas del comercio y de la
industria». [46]
Tras casi un mes en La Habana, los médicos
militares recién llegados fueron destinados a sus puestos de servicio. Como
hemos adelantado, Cajal no quiso utilizar las cartas de recomendación que le
había dado su padre, por lo que quedó excluido de las plazas mejores, que eran
las adscritas a hospitales o batallones. Por el contrario, fue enviado a una de
las enfermerías situadas en plena manigua, concretamente a la de Vista Hermosa,
en la zona central de la actual provincia de Camagüey, entonces despoblada a
causa de la guerra. Un vapor lo trasladó a Nuevitas, puerto en la costa norte
de dicha provincia, desde el cual llegó en tren blindado a la ciudad de
Camagüey, que todavía llevaba el nombre colonial de Puerto Príncipe. Tras unos
días de alojado en una fonda local, llegó con una columna volante a su destino.
Vista Hermosa era un pequeño poblado situado en
un altozano rodeado de manigua, cuya maleza había que segar continuamente para
mantener el descampado de sus alrededores. Los únicos edificios de importancia
eran un fortín construido con troncos, que alojaba una compañía a las órdenes
de un capitán, y un barracón de madera y techo de palma que servía de hospital.
Localidades en las que estuvo Cajal durante su estancia en Cuba.
Los demás eran almacenes y chozas ocupadas por
negros y chinos. Una vez al mes llegaba desde Puerto Príncipe todo lo necesario
para la guarnición y el hospital, aprovechando el paso de una columna militar.
El resto del tiempo, el poblado quedaba completamente incomunicado. Casi todos
los días había tiroteos entre los centinelas y partidas rebeldes, que acechaban
el fortín desde la manigua. Durante los meses que Cajal estuvo allí intentaron
asaltarlo, como poco antes habían hecho en Cascorro, otro poblado semejante,
célebre por el heroísmo de Eloy Conzalo en 1897. En Vista Hermosa, el asalto
fracasó gracias a una rápida acción defensiva en la que participó el futuro
gran histólogo desde el hospital, utilizando personalmente su fusil Remington y
al mando de los enfermos menos graves, muchos de los cuales dispararon
arrodillados en sus camas.
Cajal tenía simpatía por la república
autoritaria de Castelar, que había reorganizado el ejército y restablecido la
disciplina. Sin embargo, ya en Cataluña había podido comprobar que los
militares republicanos eran una exigua minoría, ostensiblemente marginada en la
convivencia diaria de jefes y oficiales. Durante el viaje de Puerto Príncipe a
Vista Hermosa, en una parada de la columna, un comandante le preguntó si tenía
noticias de la conspiración para restaurar la monarquía. Intentó tímidamente
argumentar que la república conservadora merecía la confianza del ejército,
pero comprendió enseguida que toda la oficialidad, comenzando por el coronel
que mandaba la fuerza, eran abiertos partidarios de la causa alfonsina. El 29
de diciembre de aquel mismo año, cuando residía, como veremos, en un puesto
todavía más duro, los militares sublevados en Sagunto al mando del general
Martínez Campos proclamaron rey de España a Alfonso de Borbón.
El hospital de Vista Hermosa albergaba a dos
centenares de soldados enfermos, casi todos de paludismo o de disentería. Cajal
dormía en el mismo barracón, en un cuarto separado del resto por tabiques de
madera, en el que estaban amontonados alimentos, medicinas, armas y municiones.
En un rincón dispuso un improvisado laboratorio fotográfico y un estante para
sus libros, y pasó allí la mayor parte de sus horas libres dedicado a la
lectura, la fotografía y el dibujo. Su buen ánimo inicial se hundió por
completo cuando, al mes de llegar, enfermó de paludismo. La dolencia le afectó
gravemente, con accesos diarios y a pesar de tomar elevadas dosis de sulfato de
quinina, pronto le fue imposible atender a sus pacientes. Además, poco después
contrajo también la disentería, quedando en tal estado que, a comienzos de
septiembre, cuando llevaba algo más de un trimestre en el poblado, pidió
permiso para ser asistido en Puerto Príncipe.
En la capital de Camagüey residió Cajal mes y
medio, que luego recordó como el periodo más agradable de su estancia en Cuba.
Cuando mejoró de sus dolencias fue incorporado provisionalmente a los médicos
de guardia del Hospital Militar que había en la ciudad, donde encontró algunos
conocidos e hizo nuevas amistades. Tenía, sin embargo, serias dificultades
económicas porque desde su llegada a Cuba solamente había cobrado la paga de un
mes. Por ello, el jefe de la sanidad militar de la zona le gestionó un préstamo
entre sus compañeros que, según testimonio del propio Cajal, «desagradó profundamente».
Su posición debió, además, deteriorarse por otro incidente, del que no dijo
nada en sus Recuerdos, pero al que aludió un cuarto de siglo más tarde Federico
Olóriz, gran anatomista y antropólogo y uno de los mejores amigos de Cajal, en
el discurso de contestación al suyo de ingreso en la Real Academia de Medicina
de Madrid: «Un chiste sobre el dibujo anatómico de un inhábil artista fue quizá
causa eficiente de que un director de hospital cubriera con Cajal la trocha del
Este, un puesto dos veces vacante en breve plazo por haber sucumbido los
ocupantes a la fiebre». [47]
En cualquier caso, todavía convaleciente de su
grave enfermedad palúdica, Cajal fue destinado a un auténtico puesto de
castigo: la enfermería de San Isidro, uno de los hospitales de campaña anejos a
la llamada «trocha militar del Este». Con el fin de incomunicar la parte
occidental de Cuba con la central —ocupada por la provincia de Camagüey, donde
los independentistas tenían muchos partidarios— y con la oriental, que era el
principal foco de la rebelión, el ejército colonial español había ideado el sistema
defensivo de las «trochas». Se trataba de caminos bordeados por empalizadas,
que cada quinientos metros tenían torres de vigilancia, y cada kilómetro o dos,
fortines ocupados por una compañía, y a mayores distancias, poblados con
fortines, almacenes y enfermerías. El plan consistía en cortar el territorio
cubano con dos de estas líneas fortificadas, que iban de norte a sur en los
puntos en los que la isla se estrecha al oeste y al este de la provincia de
Camagüey. La enfermería de San Isidro estaba situada en un terreno bajo y
pantanoso, más insalubre que el de Vista Hermosa, hasta el punto de que dos
tercios de la guarnición de la «trocha del Este», todavía inacabada, estaba
siempre enferma, por lo cual las torres de vigilancia y los fortines quedaban
casi abandonados y a merced del enemigo.
El fortín cubano de San Isidro, con la locomotora de un tren militar en
primer término. Fotografía tomada por el propio Cajal cuando estuvo allí al
frente de su enfermería.
Como recordó Olóriz, los dos médicos que habían
ocupado el puesto antes que Cajal fallecieron allí víctimas del paludismo. No
resulta extraño que aquella posición rodeada de ciénagas fuera utilizada como
lugar de corrección de militares borrachos y pendencieros. Casi al mismo tiempo
que Cajal llegaron, por ejemplo, un capitán medio loco y tres oficiales de
diversas armas, «acusados de promover escándalos y cometer intolerables excesos
en cafés y demás centros de recreo». [48]
Cajal pasó casi medio año en San Isidro en unas
condiciones que corresponden a la imagen tópica de la degradación consecutiva a
una guerra colonial en un clima tropical hostil que han difundido la literatura
y el cine. Tenía un trabajo agotador, ya que debía atender a más de trescientos
soldados enfermos de paludismo, disentería, úlceras crónicas y viruela. Esta
última afección causaba también estragos en los esclavos negros, menos
sensibles a la malaria. La corrupción llegaba a límites extremos. Intentó oponerse
al robo descarado de la comida destinada a los pacientes, con el único
resultado de enemistarse con el cocinero, los practicantes y la oficialidad.
Chocó frontalmente con el comandante que mandaba el puesto, cuya brutalidad se
refleja en el hecho de que pretendiera encerrar sus dos caballos en el
hospital, junto a los enfermos, y que le tomó tal odio que se empeñó en
enviarlo a presidio, instruyéndole expediente sumario por insubordinación y
amenazas a la autoridad. Aunque este inhumano jefe acabó siendo relevado, el
paludismo de Cajal había empeorado: «el hígado y el bazo mostraban tumefacción
alarmante, y la temible hidropesía se iniciaba». [49] Solicitó la licencia
por enfermedad, pero no le fue concedida y quizá hubiera fallecido en el
poblado, como sus dos antecesores, si las autoridades militares, ante el
fracaso del sistema de las «trochas», no hubiesen ordenado poco después
desmontar los fortines, enfermerías y almacenes y retirar las guarniciones.
Cajal fue ingresado como enfermo al hospital de
San Miguel de Nuevitas, la localidad más cercana de Puerto Príncipe, donde pasó
el reconocimiento facultativo reglamentario, siendo diagnosticado de «caquexia
palúdica grave» y declarado «inutilizado en campaña». Ya con la licencia
absoluta, que obtuvo el 30 de mayo de 1875, marchó a La Habana. Allí recibió el
dinero que había pedido a su padre y pudo cobrar, a fuerza de gestiones y
súplicas, las pagas que le debían. Cuando ya tenía el pasaporte y el billete
para regresar a España, sufrió un ataque de disentería aguda, a pesar de lo
cual embarcó en un vapor con rumbo a Santander.
Llegó a la capital cántabra a mediados de junio.
Quedó gratamente impresionado por el clima, lo que motivó en sus Recuerdos una
afirmación expresiva de la sensibilidad que entonces tenía frente al paisaje:
«Por referencia de varias personas supe con profunda desilusión que España solo
poseía una estrecha faja de clima francamente europeo: desde el litoral
cantábrico hasta la cordillera limitante de las altas mesetas castellanas. El
resto —alta y calcinada meseta durante cinco meses del año— es un lugar de
expiación donde sólo pueden habitar labriegos endurecidos por el sobretrabajo y
la miseria alimenticia». [50]
Capítulo 4
Opositor a cátedras de anatomía (1875-1883)
De regreso a casa de sus padres, en Zaragoza, Cajal
fue mejorando poco a poco. «Aunque no recobré la antigua pujanza ni logré
sacudir enteramente la anemia palúdica —anota en sus memorias— repusiéronme
mucho el aire de la tierra, alimentación suculenta y los irremplazables
cuidados maternales. De tarde en tarde, recidivaba la fiebre; pero ahora la
quinina mostrábase más eficaz». [51] Rompió entonces con
él la novia que tenía desde poco antes de ingresar en el ejército, incidente
que le produjo un profundo desengaño, principalmente por encontrarse sin salud
y ante un porvenir profesional incierto. Carecía de afición para dedicarse al
ejercicio clínico y su padre, con la misma energía de siempre, continuaba
insistiendo en que debía prepararse para opositar a cátedras de anatomía. Por
segunda vez en su vida, llegó al íntimo convencimiento de que «solo podría
conseguir un porvenir siguiendo el camino trazado por mi padre». [52]
Cajal volvió a los libros de anatomía y a la
sala de disección, y también colaboró en la labor hospitalaria y en la atención
a la clientela privada de su padre. Gracias a la amistad de éste con Genaro
Casas, a los cinco meses escasos de su regreso, en noviembre de 1875, fue
nombrado ayudante interino de anatomía por la «Comisión Mixta de Estudios
Médicos» de la que, como sabemos, dependía la Escuela de Medicina de Zaragoza.
En mayo del año siguiente ganó por oposición una plaza de «practicante de
primera clase» en el Hospital de Nuestra Señora de Gracia, puesto en el que sin
duda intervino también su padre y que debió hacerlo muy poco feliz, ya que ni
siquiera lo menciona en sus Recuerdos. [53] Por último, cuando la
Escuela se convirtió en Facultad de Medicina oficial, en abril de 1877, fue
designado profesor auxiliar interino de la misma. Los modestos ingresos que
obtenía con estos cargos los completaba dando clases particulares de anatomía,
recurso que tuvo que utilizar durante buena parte de su vida, incluso después
de ser catedrático y en el periodo de su máxima creatividad como investigador.
Cajal a los veinticinco años, cuando cursó los estudios de doctorado.
Aureliano Maestre de San Juan, cabeza de la histología universitaria
española de la generación anterior a la de Cajal e iniciador de éste en los
estudios micrográficos.
Cajal debía obtener el título de doctor, que era
obligatorio igual que ahora para aspirar al profesorado universitario.
El doctorado en medicina sólo podía cursarse en
la Universidad de Madrid y constaba entonces de tres asignaturas —historia de
la medicina, análisis químico aplicado a las ciencias médicas e histología
normal y patológica— y en la lectura y defensa de un discurso: «El que aspire
al grado de doctor —disponía el correspondiente reglamento— escribirá sobre el
asunto que prefiera entre los comprendidos en (una lista), un discurso, cuya
lectura no dure más de media hora ni menos de veinticinco minutos, tomándose
para hacer este trabajo el tiempo que tenga por conveniente... el ejercicio del
doctorado consistirá en la lectura del discurso... y en las observaciones que
sobre el harán al graduando, por espacio de un cuarto de hora, cada uno de los
tres jueces que designe el presidente». [54]
Instrumentos utilizados por Maestre de San Juan para sus estudios
micrográficos. Grabados de su tratado de histología (1872): 1, microscopio
mediano de Nachet; 2, mesa para trabajos micrográficos; 3, jeringa y cánulas de
Ordóñez; 4, microtomo Nachet; 5, microscopio químico de L. Smith; 6, cuchillo
de Strauss y 7, cuchillo doble de Valentín. Con instrumentos semejantes a estos
comenzó Cajal su labor histológica.
Lo normal era matricularse oficialmente y residir
un año en la Corte, asistiendo a las clases. Sin embargo, el padre de Cajal le
obligó a permanecer en Zaragoza y a inscribirse como alumno libre, «temeroso
sin duda de que, lejos de su vigilancia, reincidiese en mis devaneos
artísticos, y quizás tenía razón». Para preparar el análisis, le buscó como
profesor un farmacéutico encargado de una fábrica de productos químicos, pero
la historia de la medicina y la histología «debía asimilármelas autodidácticamente,
por la lectura de los libros de texto, pues no había en la capital aragonesa
quien pudiera enseñármelas». [55]
Llegado el mes de junio, Cajal fue a Madrid para
presentarse a los exámenes, encontrándose con la desagradable sorpresa de que
el esfuerzo que había realizado en dos asignaturas no servía para nada. En
análisis químico, porque el titular solamente exigía a los médicos un programa
minúsculo. Se trataba de Manuel Ríoz y Pedraja, uno de los responsables de la
organización en España de la enseñanza de la química orgánica de acuerdo con
los planteamientos de Justus von Liebig, así como uno de los introductores de
la bioquímica en nuestro país. Brillante analista y farmacéutico de profesión,
tenía escasa estima por los médicos, como muy bien advirtió Cajal, que anotó
que las facilidades que daba respondían a «una piedad que tenía mucho de
desdén». Peor todavía es lo que le sucedió en historia de la medicina, materia
que había preparado con «el estudio asiduo de cierto libro francés declarado de
texto», es decir, de la traducción castellana (1871) de la Histoire de la
médecine, de Pierre Víctor Renouard. Se encontró, sin embargo, con que el
catedrático, Tomás Santero Moreno, destacada cabeza del vitalismo
tradicionalista más cerrado a la nueva medicina experimental, convertía el
curso en una exposición de filosofía médica neohipocratista y todo el mundo
utilizaba para el examen el resumen que de ella había ofrecido en sus
Preliminares o Prolegómenos (1876).
Lámina de Crisóstomo Martínez (ca. 1686), en la que aparece uno de los
microscopios utilizados por este investigador de finales del siglo XVII,
principal iniciador en España de los estudios micrográficos.
El único que se atenía al contenido de la
asignatura y examinaba de acuerdo con el texto y los programas oficiales era
Aureliano Maestre de San Juan, el catedrático de histología. Cajal no se redujo
a pasar el correspondiente examen, sino que inició con él una relación que,
como vamos a ver, pesó de modo decisivo en la fase inicial de su trayectoria
científica. Estuvo en el laboratorio histológico de la Facultad, donde pudo ver
por vez primera preparaciones histológicas, y el propio Maestre apadrinó su ejercicio
del doctorado, para el que el joven médico aragonés redactó un discurso sobre
la Patogenia de la inflamación, [56] tema que, como
sabemos, había motivado su choque con Genaro Casas durante su época de
estudiante en Zaragoza y al que dedicaría tres años más tarde su primera
publicación científica. La lectura y defensa de dicho discurso —que había sido
generalmente olvidado, quizá porque Cajal no lo menciona en sus Recuerdos— tuvo
lugar el 3 de julio de 1877, actuando de presidente Julián Calleja, cacique
universitario a cuyo poder iba a estar sometida la carrera académica de Cajal
durante el cuarto de siglo siguiente. Además de Maestre, los otros miembros del
tribunal fueron Teodoro Yáñez, catedrático de medicina legal, y Carlos Quijano,
titular de higiene. [57]
En sus memorias, Cajal se refiere a la impresión
que le produjo su primera estancia en el laboratorio de Maestre en los
siguientes términos: «Sugestionado por algunas bellas preparaciones
micrográficas que el doctor Maestre de San Juan y sus ayudantes (el doctor
López García entre otros) tuvieron la bondad de mostrarme, y .deseoso por otra
parte de aprender lo mejor posible la anatomía general, complemento
indispensable de la descriptiva, resolví, a mi regreso a Zaragoza, crearme un
laboratorio micrográfico». [58] Fue el primer
contacto de Cajal con el ambiente de los cultivadores españoles de los estudios
histológicos, que no había podido conocer hasta entonces debido a la condición
marginal de la escuela médica en la que se había formado. La mitificación de su
figura por parte de una abundante literatura panegírica ha insistido, como
sabemos, en presentarlo poco menos que como iniciador de la micrografía en
España. Ello significa desconocer la notable tradición de la indagación
microscópica en nuestro país y, en concreto, la labor que en este terreno
desarrollaron médicos y biólogos españoles de la generación anterior a la suya.
Para situar correctamente el inicio de la dedicación de Cajal a la histología
en el contexto de la actividad científica española de su tiempo, parece
conveniente recordar a grandes rasgos dicha realidad histórica.
Los primeros micrógrafos españoles fueron varios
miembros del movimiento novator que, en el último tercio del siglo XVII,
introdujo en España la ciencia moderna. Destacó entre ellos el valenciano
Crisóstomo Martínez, coetáneo de Malpighi, Leeuwenhoek y Hooke, e importante
«microscopista clásico» de las estructuras óseas. [59] A lo largo del siglo
XVIII, la anatomía textural y la observación microscópica se cultivaron en
nuestro país de modo continuado, desde los variados enfoques que expone María
Luz Terrada en su monografía sobre el tema. [60] Por el contrario, el
profundo colapso que la vida científica española sufrió durante la guerra de
Independencia y el reinado de Fernando VII (1808-1833) redujo la actividad en
este campo a la mera recepción libresca de las nuevas corrientes europeas. En
primer término, se asimiló la « anatomie générale» que Bichat había formulado considerando los tejidos orgánicos como
unidades elementales de las estructuras vivas. Posteriormente, en fechas
relativamente tempranas, se introdujo la teoría celular y la nueva histología
basada en ella. La primera exposición sistemática de esta última, la Allgemeine
Anatomie, de Jakob Henle, se tradujo, por ejemplo, en 1843, dos años después de
la edición alemana original, y diez años después aparecieron los Tratados de
Histología y Ovología, de Mariano López Mateos, primer texto español de la
nueva disciplina, que su autor había redactado, en 1847, con motivo de su
inclusión en la enseñanza anatómica oficial.
El paso de una asimilación puramente libresca a
la recuperación de la micrografía práctica, de acuerdo con las nuevas teorías y
los nuevos recursos técnicos, se inició en España en los años centrales del
siglo XIX y se afianzó en la década siguiente. Los datos numéricos reunidos por
R. Marco en su tesis doctoral [61] son, a este respecto,
muy significativos: antes de 1850 aparecieron en nuestro país 11 publicaciones
de autor español sobre temas micrográficos, en la década de los años cincuenta
lo hicieron 31, en los sesenta, 170 y en los setenta, 356. Al citado proceso
contribuyeron notablemente personas y grupos científicos de vanguardia,
situados más o menos al margen del mundo académico oficial. Aprovechando la
completa libertad docente implantada por la revolución democrática de 1868,
como ya sabemos, algunos de ellos fundaron instituciones privadas que contaron
desde el principio con laboratorios o cátedras de anatomía microscópica.
Como ejemplo típico anotaremos, en primer lugar,
la trayectoria de Rafael Martínez Molina (1816-1888), quien, como veremos, fue
el primero que apoyó la carrera científica de Cajal. Era médico, así como
doctor en ciencias naturales, y toda su labor científica estuvo centrada en los
saberes morfológicos. Fundó en Madrid un Instituto Biológico privado, destinado
al principio a complementar la limitada enseñanza médica y científica oficial.
Los elevados ingresos que obtenía con su práctica profesional como cirujano le
permitieron dotarlo de una magnífica biblioteca y de laboratorios, entre ellos
uno de micrografía. No resulta extraño que desbordara su propósito original,
convirtiéndose, a partir de 1868, en un activo núcleo de cultivadores de los
métodos experimentales aplicados a la medicina y a las ciencias biológicas. El
propio Martínez Molina se interesó, sobre todo, por la histología normal y
patológica. En 1856 publicó el estudio micrográfico de un cáncer de mama, uno
de los más tempranos trabajos de este tipo salidos del ambiente médico
madrileño. También tradujo y presentó (1863) la segunda edición del excelente
manual de anatomía microscópica de Etienne Michel Van Kempen, antiguo discípulo
de Theodor Schwann, principal formulador de la teoría celular. Desde el punto
de vista doctrinal, era partidario de las teorías histológicas de Charles
Robin, que defendió frente a las de Rudolf Virchow en una revisión de los
saberes morfológicos (1867).
Paralela a la biografía de Martínez Molina fue
la del cirujano y anatomista Pedro González de Velasco (1815-1882). Su
mentalidad científica y su liberalismo radical le llevaron a invertir la
fortuna que había reunido con el ejercicio profesional en crear, también en
Madrid, un Museo Antropológico y una Escuela Práctica Libre de Medicina. Su
intención era superar el atraso de las instituciones oficiales españolas y
emular las mejores que había conocido durante los viajes que, a partir de 1854,
realizó por los países de lengua alemana, Francia, Gran Bretaña, Italia y los
Países Bajos. Inaugurada en 1875, la escuela médica de González de Velasco
contó con un excelente laboratorio micrográfico e impartió enseñanza de
histología e histoquímica. Durante los pocos años que funcionó, tuvo entre sus
profesores a personalidades destacadas de la morfología microscópica española
como Federico Rubio, Rafael Ariza, Eugenio Gutiérrez, Leopoldo López García y
Luis Simarro, a las que a continuación nos referiremos. González de Velasco
fundó también una Sociedad Anatómica (1873) que estimuló la realización de
trabajos micrográficos, muchos de los cuales se publicaron en su revista El
Anfiteatro Anatómico Español (1873-1880).
Ya hemos dicho que Federico Rubio (1827-1902) es
habitualmente considerado como la máxima figura de la cirugía española del
siglo XIX. Nos corresponde aquí solamente anotar que fue un temprano cultivador
de los estudios micrográficos de la anatomía microscópica. A principios de los
años sesenta completó en Londres y París su preparación científica y tuvo como
principal maestro en microscopía al venezolano Eloy Carlos Ordóñez, discípulo
de Charles Robin que residía en la capital francesa.
Como sabemos, tras la revolución de 1868, se
fundó por iniciativa suya la Escuela Libre de Medicina y Cirugía de Sevilla, la
primera en España que contó con una cátedra de histología, cuyo primer titular
fue Rafael Ariza. José Roquero Martínez, discípulo y sucesor de Ariza, continuó
impartiendo allí una enseñanza eminentemente práctica de la histología y de la
histoquímica. Como libro de texto se utilizó principalmente la versión
castellana del Handbuch, de Albert von Kölliker —otro temprano protector de
Cajal—, que tradujo directamente del alemán (1878) José Moreno Fernández,
también profesor de la Escuela Libre de Medicina sevillana.
El Museo Antropológico fundado en 1875 por Pedro González de Velasco, en
cuyo laboratorio micrográfico enseñó histología Luis Simarro y que, un cuarto
de siglo más tarde, albergaría el Laboratorio de Investigaciones Biológicas
dirigido por Cajal.
Años más tarde, Federico Rubio fundó en Madrid otra
institución de gran importancia: el Instituto de Terapéutica Operatoria (1880),
principal núcleo de cristalización del moderno especialismo quirúrgico en
España. Tuvo un activo laboratorio histopatológico, que vino a sumarse a las
instalaciones de este tipo que ya funcionaban anteriormente en otros centros
médicos madrileños, como el Instituto Oftálmico o los hospitales de San Juan de
Dios y Militar, con médicos muy interesados también por la anatomía microscópica
normal, como el dermatólogo José Eugenio de Olavide, el oftalmólogo Delgado
Jugo, el cirujano militar Cesáreo Fernández Losada, etc. Por encima de todos
ellos destacó la contribución histológica de Rafael Ariza y Eugenio Gutiérrez,
dos colaboradores de Rubio.
Rafael Ariza (1826-1887) se había formado, como
sabemos, en Berlín junto a Rudolf Virchow. Ya hemos dicho que fue el primer
titular de la cátedra de histología de la Escuela Libre de Medicina de Sevilla
y, más tarde, profesor de la misma materia en la escuela médica de Pedro
González de Velasco. Dirigió luego el departamento de otorrinolaringología del
Instituto de Rubio, que convirtió en la cuna española de dicha especialidad.
Ariza fue uno de los principales responsables del predominio de las ideas de
Virchow entre los histólogos españoles a partir de los años setenta, frente a
la influencia que las doctrinas de Charles Robín habían tenido con
anterioridad. A este respecto, su trabajo titulado Escuelas histológicas
francesa y alemana (1872) puede considerarse un hito. Entre 1872 y 1887 publicó
cerca de treinta trabajos micrográficos, en su mayor parte en la revista de
González de Velasco El Anfiteatro Anatómico Español. Semejante fue la
trayectoria de Eugenio Gutiérrez (1852-1914), director del departamento de
ginecología del Instituto de Rubio y de su laboratorio histopatológico, que
había sido discípulo de Louis Ranvier en París.
No podemos detenernos en las personas y grupos
que en otras ciudades españolas realizaron contribuciones de significado
parecido a las que acabamos de exponer. Solamente en Barcelona alcanzaron una
densidad y altura parecidas a las de Madrid, aunque centradas casi
exclusivamente en la histopatología. El iniciador de esta orientación fue el
cirujano Antonio Mendoza (1811-1872) que, a partir de 1850, difundió las
doctrinas de Robín y, en una etapa posterior, las de Virchow, e introdujo como
práctica habitual el análisis microscópico de la sangre, el sedimento urinario
y las lesiones, sobre todo las tumorales. Su discípulo Juan Giné Partagás
(1836-1903), generalmente recordado como psiquiatra, además de continuar su
labor como patólogo, dedicó un notable esfuerzo a la histología normal durante
la década de los sesenta. Fundó el Instituto Médico de Barcelona (1865), en el que
dio cursos libres de anatomía microscópica, cuyo contenido recogió en un libro
(1869), y publicó trabajos sobre el tema basados, primero en las ideas de Robín
y luego en las de Virchow. Más tarde, el principal centro barcelonés
relacionado con los estudios micrográficos fue El Laboratorio, otra institución
extraoficial fundada en 1872 que cinco años más tarde pasó a llamarse Academia
y Laboratorio de Ciencias Médicas de Cataluña. Destacaron en este terreno el
cirujano Salvador Cardenal, el internista Bartolomé Robert y el oftalmólogo
José Antonio Barraquer.
La importancia de los grupos extraoficiales no
debe hacer olvidar que algunos profesores de las universidades oficiales
participaron tempranamente en el esfuerzo de incorporar de modo práctico las
nuevas corrientes histológicas. En la misma Barcelona, por ejemplo, el
catedrático de anatomía Carlos Silóniz Ortiz (1815-1898) inició su labor de
micrógrafo en los años cincuenta. Tras completar su formación científica en
París y Londres, publicó en 1870 un tratado de histología plenamente basado en
la teoría celular, sin concesión alguna al eclecticismo procedente de la
escuela francesa. Silóniz no solamente tenía una información actual sobre el
tema, sino que había verificado los datos en el laboratorio. Su exposición se
apoya principalmente en trabajos de autores alemanes, sobre todo de Schwann,
Henle, Kölliker y Krause. También cita con frecuencia a histólogos británicos,
como Bowman o Beale, con el que debió trabajar en Londres.
Junto a Silóniz hay que situar a otros tempranos
cultivadores de la anatomía microscópica que ocupaban cátedras en universidades
españolas, como Andrés del Busto en la de Madrid, José Ma Gómez Alamá en la de Valencia, o Pascual
Hontañón en la de Cádiz. Sobresalió entre todos ellos Aureliano Maestre de San
Juan (1828-1890), cabeza de la histología universitaria española anterior a
Cajal. Maestre se consagró a la histología a partir de 1860, fecha en la que
pasó a ocupar una de las cátedras de anatomía de la Facultad de Medicina de Granada.
Entre 1863 y 1867, completó su formación con estancias en diferentes
laboratorios de Francia, Alemania y Gran Bretaña. Su auténtico maestro fue el
histólogo venezolano residente en París Eloy Carlos Ordóñez, que ya hemos
citado al ocuparnos de Federico Rubio. Ello explica la gran influencia que las
ideas de Charles Robín ejercieron durante casi una década sobre Maestre, aunque
más tarde asumió plenamente los supuestos de Virchow. En 1871, Maestre se
presentó a las oposiciones a una cátedra de anatomía de la Facultad de Medicina
de Madrid. Aunque no las ganó, consiguió impresionar a los miembros del
tribunal, entre los que se encontraba Rafael Martínez Molina. Este prestigio
circunstancial, unido al que había alcanzado con sus publicaciones, pesó de modo
decisivo en la dotación en dicha Facultad de la primera cátedra oficial
española de histología (1873). Nombrado titular de la misma por concurso,
Maestre realizó desde ella una labor didáctica ejemplar, no solamente doctrinal
sino, sobre todo, práctica. En su laboratorio, tomaron contacto con las
técnicas histológicas numerosos médicos españoles, entre ellos, como hemos
visto, el propio Cajal.
Maestre fue también el fundador de la Sociedad
Histológica Española (1874), asociación que integró a la mayoría de los médicos
antes citados, que cultivaban en Madrid los estudios micrográficos, así como a
un grupo de científicos entre los que destaca el botánico Miguel Colmeiro,
introductor de la histología vegetal en España. La producción escrita de
Maestre incluye más de cincuenta trabajos sobre anatomía microscópica y un
excelente tratado de la disciplina, publicado por vez primera en 1872 y
reeditado en 1879 y 1885. Algunos discípulos de Maestre de San Juan, como
Manuel Tapia Serrano, se consagraron al ejercicio privado de la histopatología.
Otros, como García Solá y López García, se dedicaron a la docencia
universitaria y realizaron desde sus cátedras aportaciones a los estudios
histológicos.
Eduardo García Solá (1845-1922), catedrático de
patología general y anatomía patológica en la Facultad de Medicina de Granada,
fue autor de cerca de un centenar de trabajos en los que expuso los resultados
de sus indagaciones micrográficas. De sus publicaciones de síntesis, destacan
un Tratado elemental de Histología e Histoquimia (1888) y la monografía
titulada Examen crítico de las teorías histogénicas dominantes (1882), en la
que expuso su actitud favorable a las ideas de Virchow, matizada por las
investigaciones de Haeckel y la nueva microbiología. Exclusivamente histólogo
fue Leopoldo López García (1854-1932), discípulo de Ranvier en París, tras
formarse en Madrid junto a Maestre. En 1888 obtuvo la cátedra de histología de
la Facultad de Medicina de Valladolid, de la que fue titular hasta su
jubilación. A pesar de la gran limitación de medios, consiguió dar una digna
enseñanza teórica y práctica, despertando, entre otras vocaciones, la de Pío
del Río-Hortega, quien sería más tarde gran figura de la escuela
neurohistológica española, con una obra de investigador solamente superada en
importancia por la de Cajal.
De los demás cultivadores españoles de la
anatomía microscópica coetáneos de Cajal que habían iniciado su actividad en
esta década, anotaremos únicamente la trayectoria inicial de Luis Simarro
Lacabra (1851-1921). Como hemos adelantado, Simarro trabajó en el laboratorio
micrográfico del Museo Antropológico de González de Velasco y enseñó en su
Escuela Libre de Medicina y Cirugía. Más tarde, completó su formación
asistiendo a los cursos y a las sesiones de la Sociedad Histológica Española
fundada por Maestre. Desde 1880 a 1885 trabajó en París junto a figuras como
Charcot y Magnan y se especializó en neuropsiquiatría. Fue entonces también
discípulo de Ranvier, que orientó el punto de partida de su labor
neurohistológica. De regreso a España, Simarro montó en Madrid un laboratorio
histológico que, como veremos, influyó de modo decisivo en la trayectoria
científica de Cajal. [62]
A su regreso de los exámenes de doctorado, Cajal
instaló en un desván su primer laboratorio histológico. Aunque Maestre le había
dado un notable, sólo había conseguido la calificación global de aprobado, que
desilusionó profundamente a su padre. Sin embargo, las preparaciones que le
habían enseñado el propio Maestre y López García le entusiasmaron tanto que
gastó todos sus ahorros, incluido lo que había guardado de su sueldo de médico
militar, en comprar un microscopio Verick, un microtomo y otros instrumentos
micrográficos. Se suscribió también a dos revistas especializadas —una francesa
y otra inglesa, pues no leía todavía alemán— y adquirió algunos libros. Los
textos que manejó en sus primeros pasos como histólogo estuvieron, como es
lógico, directamente condicionados por el ambiente del que acabamos de
ocuparnos. Junto al tratado de Maestre, utilizó, entre otros, el de Charles
Robin y las traducciones de las obras de Henle y Van Kempen. Su trabajo en el
laboratorio se limitó, en esta fase inicial, a «curiosear sin método y
desflorar asuntos... con espíritu de espectador embobado examiné los glóbulos
de la sangre, las células epiteliales, los corpúsculos musculares, los
nerviosos, etc., deteniéndome acá y allá para dibujar o fotografiar las escenas
más cautivadoras.» [63]
Esta dedicación primeriza fue interrumpida por
la decisión de tomar parte en las oposiciones a las cátedras de anatomía de
Zaragoza y Granada, que estaban convocadas desde mayo de aquel mismo año. Cajal
se resistió, argumentando con razón que distaba mucho de estar preparado pero,
una vez más, se impuso la voluntad de su padre, a quien sin duda ilusionaba
verlo de catedrático en la escuela de medicina de su propia ciudad, que acababa
entonces de ser convertida en facultad oficial. [64]
Las oposiciones se celebraron en la primavera de
1878. La concesión de cátedras de anatomía estaba entonces dominada por Julián
Calleja Sánchez (1836-1913), titular de la de Madrid y auténtico cacique
universitario durante un cuarto de siglo. [65] Hasta ser nombrado
decano y senador, precisamente en 1877, se había consagrado a preparar un gran
tratado anatómico basado fundamentalmente en la labor de su maestro Juan
Fourquet. La obra, de la que llegaron a aparecer cuatro volúmenes, quedó inacabada.
A partir de la fecha citada, los cargos universitarios y políticos absorbieron
la actividad de Calleja y su única contribución científica posterior fue la
publicación de cuatro ediciones de un compendio anatómico, construido con
materiales procedentes del tratado incompleto, de la adaptación de textos
extranjeros y de la inclusión ocasional de datos de algunos morfólogos
españoles. Entre estos últimos figuraría años más tarde Cajal, a quien apoyaría
como decano cuando el gran histólogo aragonés pasó a ser catedrático en Madrid.
En 1878, sin embargo, era todavía un completo desconocido y la cátedra de
anatomía de Zaragoza fue ganada por el candidato «oficial», Salustiano
Fernández de la Vega, cuñado del propio Calleja. Nació entonces una enemistad,
que iba a ser perdurable, entre Cajal y Fernández de la Vega, personalidad de
escasa altura científica, una de cuyas publicaciones fue un compendio de
anatomía microscópica, editado en 1885, el mismo año en el que estaba
apareciendo por fascículos el Manual de Histología, de Cajal.
En las oposiciones de 1878, Cajal solamente
obtuvo un voto para una de las cátedras, aunque resulta muy significativo que
procediera de Rafael Martínez Molina, el fundador del Instituto Biológico. En
sus memorias le dedicó un afectuoso recuerdo como «único juez que descubrió
algún mérito en el humilde y desconocido provinciano» y como «profesor sabio,
recto, austero y concienzudo», lamentando que «tan tímido y huraño era yo
entonces, que ni siquiera me atreví a visitarle para agradecerle su honrosa y
tonificadora atención». En lo que respecta a sus ejercicios, reconoció que,
mientras «en la anatomía descriptiva clásica y prácticas de disección rayaba yo
tan alto como el que más», en los aspectos más nuevos «mostré también
deplorables deficiencias: desdén hacia normas interpretativas sacadas de la
anatomía comparada, la ontogenia o la filogenia; desconocimiento de ciertas
minucias y perfiles de técnica histológica puestos de moda por el Dr. Maestre
de San Juan y el reciente libro de Ranvier, para mí desconocido». [66]
A lo largo del lustro siguiente, Cajal completó
su preparación en embriología, así como en anatomía comparada y filogenética,
familiarizándose con «las modernas teorías tocantes a la evolución, de que por
entonces eran portaestandartes ilustres Darwin, Haeckel y Huxley» [67] y que tanto peso iban
a tener en su posterior obra de investigación. Sentó entonces también las bases
de su formación histológica, apoyándose principalmente en el Manuel technique y
en otros textos de Louis Antoine Ranvier, maestro, como hemos dicho, de López
García y Simarro, figuras jóvenes de la histología española.
Poco después de la celebración de estas
oposiciones padeció, sin embargo, una grave enfermedad que no solamente puso en
peligro su vida, sino que estuvo a punto de frustrar su trayectoria científica.
Se presentó de forma muy dramática cuando estaba jugando con un amigo al
ajedrez, que fue otra de sus grandes aficiones: «Cuando más absorto estaba
meditando una jugada, me acometió de pronto una hemoptisis. Disimulé lo mejor
que pude el accidente, para no alarmar al amigo, y continué la partida hasta su
término. Con la preocupación consiguiente, me retiré a casa. En el camino cesó
casi del todo la hemorragia. Nada dije a la familia; cené poco; rehuí toda
conversación de sobremesa y acostéme en seguida. Al poco rato me asaltó
formidable hemoptisis: la sangre, roja y espumosa, ascendía a borbotones del
pulmón a la boca, amenazándome con la asfixia. Avisé a mi padre, que se alarmó
visiblemente, prescribiéndome el tratamiento habitual en casos tales». [68] Se quedó, como es
lógico, aterrado, sin poder desterrar de su pensamiento la idea de la muerte.
Le obsesionaban los síntomas de la tuberculosis pulmonar y las tristes imágenes
de los soldados que habían participado en la guerra de Cuba y que, después de
su repatriación, «morían en los hospitales o en el seno de sus familias,
víctimas de la tisis traidoramente preparada por el paludismo». [69]
Tuvo que estar dos meses en la cama, que fueron
quizá los más duros de su vida. Le dominó una desesperación que no había
sentido ni siquiera en sus peores momentos de Cuba, en la que influyó el
recuerdo de su fracaso en las oposiciones. Renegó entonces del «disparatado
romanticismo adquirido durante mi adolescencia con las imbéciles lecturas de
Chateaubriand, Lamartine, Víctor Hugo, Lord Byron y Espronceda». [70] En sus Recuerdos
lamentó no haber tenido entonces el consuelo de la religión, pues había perdido
la fe, manteniendo sólo la creencia en el alma inmortal y en un ser supremo.
A pesar de su abatimiento, Cajal fue mejorando a
lo largo de los dos meses de reposo. Al acabar éstos, su padre lo envió,
acompañado de su hermana Paula, a tomar las aguas en el balneario de Panticosa
y, a continuación, a pasar varias semanas en el monasterio de San Juan de la
Peña. En el clima de montaña su mejoría se consolidó hasta encontrarse más
animado y con todos los signos de una franca convalecencia. Volvió a dibujar y,
sobre todo, a dedicarse a la fotografía, ocupaciones que contribuyeron de modo
importante a distraerlo y a tranquilizarlo.
A su regreso a Zaragoza en octubre le esperaba,
sin embargo, un nuevo enfrentamiento con su padre. Se trata de un episodio
crucial de su vida que casi ignoró en sus Recuerdos. Justo Ramón había pensado
que su hijo mayor debía renunciar a la carrera universitaria, impresionado no
sólo por su precaria salud, sino por la doble decepción de su baja calificación
en el doctorado y de su fracaso en las oposiciones. Por otra parte, había
chocado con Fernández de la Vega, el flamante catedrático de anatomía de
Zaragoza y todas las puertas parecían cerradas en la capital aragonesa y
también en el resto de España, dado el poder casi absoluto de Calleja. En
consecuencia, decidió que tenía que dedicarse al ejercicio clínico y comenzó
por conseguirle la plaza de titular de Castejón de Valdejasa, pequeña localidad
de la comarca de Cinco Villas, que Cajal ocupó hasta comienzos de 1879. El
choque entre ambos se produjo entonces de forma violenta, al negarse Cajal a
hacerse cargo de la plaza de médico de la importante población navarra de
Corella, que su padre también le había gestionado, y decidir presentarse frente
a la opinión de éste a las oposiciones de director de los museos anatómicos de
la Facultad de Medicina de Zaragoza, que acababan de ser convocadas.
Contra lo que se esperaba, Cajal ganó estas
oposiciones y recibió el correspondiente nombramiento en marzo del citado año.[71]Entre sus coopositores
figuró «cierto discípulo muy brillante de la Escuela de Valencia, por cierto
apasionadísimo de Darwin y de Haeckel», [72] referencia que
corresponde al ambiente excepcionalmente favorable al darwinismo existente
entonces en Valencia, encabezado ya en estas fechas por Peregrín Casanova, de
quien poco después, como veremos, sería compañero de claustro. El enconamiento
al que había llegado el enfrentamiento familiar se refleja en el hecho de que
votaran al valenciano «los dos catedráticos zaragozanos», es decir, Genaro
Casas y Nicolás Montells, ambos amigos de su padre. Apoyaron a Cajal, por el
contrario, tres forasteros que acababan de ocupar sus cátedras, de los cuales
el gran histólogo recordó con agradecimiento a Francisco Criado Aguilar, uno de
los fundadores de la especialidad pediátrica en España.
El triunfo —que Cajal consideró justificadamente
«decisivo para mi carrera»— no significó la reconciliación con su padre. El 19
de julio de aquel mismo año dio otro paso absolutamente opuesto a la opinión de
éste: contrajo matrimonio con Silveria Fañanás García, a la que había conocido
unos pocos meses antes. La boda fue considerada una locura, no sólo por sus
padres, sino también por sus amigos, debido a que Cajal únicamente contaba con
su sueldo de ciento veinticinco pesetas mensuales y cuarenta o cincuenta más
que obtenía dando clases particulares de anatomía e histología. Por ello, se
celebró a una hora muy temprana, casi en secreto, sin que asistiera más
familiar o amigo de Cajal que su hermano Pedro, quien, terminada su pintoresca
aventura ultramarina, había regresado a Zaragoza y reanudado su formación como
médico. Ambos hermanos mantuvieron siempre una relación muy estrecha y
afectuosa que se extendió incluso al terreno científico, ya que Pedro Ramón
—casi nunca utilizó su segundo apellido — realizó a partir de los años noventa
notables investigaciones neurohistológicas, principalmente en vertebrados
inferiores.
Silveria Fañanás acababa de cumplir veinticinco
años cuando se casó. Había nacido en Huesca y era hija de un modesto empleado
del Estado, ya fallecido entonces. Tenía una gran belleza muy de acuerdo con la
inclinación hacia lo nórdico de Cajal, que afirma en sus memorias que al verla
por primera vez la encontró parecida a «cierto cromograbado alemán que yo había
admirado mucho y que representaba la Margarita de Fausto». Le atrajeron «la
dulzura y la suavidad de sus facciones, la esbeltez de su talle, sus grandes
ojos verdes encuadrados de largas pestañas y la frondosidad de sus rubios
cabellos». [73] Como esposa, se
subordinó totalmente el resto de su existencia al ideal de vida perseguido por
Cajal. Como era habitual en la época, éste pensaba que en ello residía la
armonía y la paz del matrimonio, que se malograba, en cambio, «cuando la compañera
se erige, como vemos a menudo, en director espiritual de la familia y organiza
por sí el programa de las actividades y aspiraciones del cónyuge». En
consecuencia, el tributo de gratitud y admiración hacia ella en sus Recuerdos
consistió en afirmar que «mi compañera, con su abnegación y modestia, su amor
al esposo y a sus hijos y su espíritu de heroica economía, hizo posible la
obstinada y obscura labor del que escribe estas líneas». [74]
Por otra parte, Cajal se ocupó repetidas veces
de la mujer y del amor en sus obras literarias e incluso ofreció en sus Reglas
y consejos sobre investigación biológica normas para la elección de compañera
por el investigador. [75] Sus pensamientos e
ideas sobre la materia fueron recogidos por la socialista y feminista Margarita
Nelken en una antología titulada La mujer [76] y dejó, además,
numerosas notas manuscritas relacionadas con el tema. Como era de esperar, tuvo
una mentalidad machista, que se refleja más abiertamente en las anotaciones
privadas. En ellas dice, por ejemplo, que «la mujer es más feliz que el hombre:
vive más, no tiene cuidados, descansa en la fe, no ha leído a Kant, ni a
Darwin, ni a Krause, ni a Schopenhauer, y mira su muerte como una resurrección.
Luego es más lista que nosotros, cuya curiosidad fisiológica y científica nos
hace desdichados». [77] En máximas que no
corresponden necesariamente a su experiencia personal, expone también una
visión negativa del matrimonio: «La mujer sólo nos hace felices en el noviazgo,
antes de conocer prácticamente el amor y sus desdichadas consecuencias; porque
la realidad mata la ilusión y con ella la felicidad... La mujer se casa por
estar bien o mejor; el hombre, por satisfacer sus instintos sexuales... A la
mujer no le cuesta trabajo ser fiel; pero, por si acaso, aliméntala y vístela
bien». [78] Su postura machista
no le llevó, sin embargo, a desear que las mujeres careciesen de formación
cultural. Antes al contrario, consideró que la rareza de mujeres cultas en
España era una deficiencia más de nuestro país en comparación con las «venturosas
naciones del Norte». Destacó, en este contexto, «la mujer sabia, colaboradora
en las empresas científicas del esposo» y expresó su «admiración, no exenta de
envidia», por las parejas de científicos, de las que citó, aparte de los Curie,
tres ejemplos «admirables» en el campo de las neurociencias: los Déjerine, los
Nageotte y los Vogt. [79]
Nada más lejano de estas parejas de sabios que
el matrimonio Cajal. García Durán y Francisco Alonso, manejando fuentes no
tenidas en cuenta por otros estudiosos y con gran respeto e incluso cariño
hacia su persona, han puesto de relieve algunos aspectos negativos de Silveria
Fañanás: «Ya que no para el marido, para los demás resultaba Da. Silveria mujer seca y antipática. Tenía frecuentes
salidas que rozaban en incorrección, por ser persona de las que dicen las
verdades descaradamente, sin paliativos. Fue muy hogareña, trabajadora y
hacendosa, pero de escasa o, mejor, nula cultura. Su tacañería, unida a una
visión estrecha de las cosas, limitó bastante la difusión de los libros de D.
Santiago, pues no queriendo aceptar las condiciones que son de uso corriente en
el mercado de los libros, los hacía depositar en la casa sin darlos a empresas
distribuidoras... malhumorándole el pensar que con el trabajo y esfuerzo de su
marido pudieran otros hacer negocio». [80] Su amor por Cajal lo
mantuvo hasta su muerte en agosto de 1930, sin que ni siquiera fuera desplazado
por el de sus hijos, con los que parece que fue demasiado seca. Por encima de
toda retórica y a pesar de actitudes y comportamientos que más vale achacar a
los patrones machistas de la época, el gran histólogo le correspondió también
hasta el último momento de su vida. De esa forma se explica que entre las
últimas disposiciones destinadas a sus albaceas, que dictó un mes antes de su
fallecimiento, figure la siguiente: «Entiérreseme, a ser posible, junto a mi
esposa —que había permanecido católica— y si no, en el cementerio laico, junto
a Azcárate». [81]
Durante los cuatro años que siguieron a su
matrimonio, en contra de las previsiones de familiares y amigos, Cajal
desarrolló una intensa actividad científica y técnica. Perfeccionó su formación
morfológica en las líneas que antes hemos adelantado, estudió alemán y amplió
su laboratorio histológico, que utilizaba para su trabajo personal y en sus
clases particulares. También progresó técnicamente en el terreno de la
fotografía y el dibujo. Aprendió a hacer «placas fotográficas ultrarrápidas al
gelatino-bromuro», que eran desconocidas entonces en España. Unas instantáneas
de tema taurino que obtuvo con ellas alcanzaron tal éxito, que pudo obtener
algunos ingresos complementarios de la venta a los fotógrafos profesionales de
las que fabricaba por las noches, con ayuda de su esposa, en un taller
improvisado en un granero de su casa. Aprendió igualmente las técnicas
litográficas y ensayó, además, la aplicación de la fotografía a la reproducción
de este tipo de grabados.
Uno de los motivos del interés de Cajal por la
litografía fue poder ilustrar adecuadamente, a un precio que le resultara
asequible, sus dos primeros trabajos científicos: Investigaciones
experimentales sobre la inflamación en el mesenterio, la córnea y el cartílago
(1880) y Observaciones microscópicas sobre las terminaciones nerviosas en los
músculos voluntarios (1881). Son folletos de los que editó a su costa cien
ejemplares y ambos llevan dos láminas litografiadas e iluminadas a mano,
íntegramente realizadas por él. [82] El primero de ellos
consiste básicamente en la repetición y verificación minuciosa de los
experimentos, entonces ya clásicos, que habían permitido a Julius Friedrich
Cohnheim (1867) demostrar que las llamadas «células del pus» no procedían de
los tejidos en los que se localiza la inflamación, sino que eran leucocitos
llegados con la sangre. Cajal estudió especialmente la emigración de los
leucocitos a través de las paredes capilares y, como buen principiante, acabó
defendiendo una postura a medio camino entre las ideas del propio Cohnheim y
las de los histólogos franceses que negaban dicha emigración. En el segundo
folleto se ocupó también de una cuestión que había sido ampliamente
investigada, llegando a la confirmación de los hallazgos de los más importantes
estudiosos, entre ellos Ranvier, cuyas obras, como hemos dicho, se habían
convertido en su principal guía. Aunque en él demostró ya Cajal sus dotes de
excelente observador, describiendo algunos detalles nuevos, este trabajo debe
su relieve histórico a que condujo a familiarizarse por vez primera con las
técnicas de tinción utilizadas en neurohistología, materia a la que, como
veremos, consagraría su actividad de investigador a partir de los años finales
de esta misma década de los ochenta.
En enero de 1880 fueron convocadas oposiciones a
la cátedra de anatomía de la Facultad de Medicina de Granada, a las que se
presentó Cajal, [83] a pesar de que le
advirtieron que debía esperar para no crear dificultades al candidato del
todopoderoso Calleja, que era defendido, además, por su cuñado Fernández de la
Vega, catedrático de la disciplina, como sabemos, en la misma Zaragoza.
Por supuesto, ganó la plaza dicho candidato,
desplazando no sólo a Cajal, sino también a Federico Olóriz, otra futura gran
personalidad de la morfología española, que también se había presentado. Ya
hemos adelantado que Cajal y Olóriz —que se conocieron con motivo de estas
oposiciones— fueron en su madurez entrañables amigos.
Lámina de Investigaciones experimentales sobre la inflamación (1880),
primera publicación científica de Cajal.
Dos años más tarde volvieron a convocarse
oposiciones, en esta ocasión, a las cátedras de anatomía de Madrid y de
Valencia. El escándalo producido por el caciquismo de Calleja motivó el
nombramiento de un tribunal independiente que concedió la primera a Olóriz y la
segunda, a Cajal. Por enfermedad del titular, José de Letamendi, una de las
figuras más controvertidas de la medicina española del siglo XIX, actuó de
presidente del tribunal que convirtió a Cajal en catedrático el 5 de diciembre
de 1883. [84] Más adelante nos
ocuparemos también de la relación entre ambos.
La memoria que redactó Cajal para estas
oposiciones, con el título reglamentario de Concepto, método y programa de
anatomía descriptiva y general, es una fuente inapreciable para conocer las
ideas científicas generales que le sirvieron de base para iniciar su obra, así
como la forma en la que al principio dependió de los anatomistas e histólogos
españoles de las generaciones anteriores a la suya. [85] Fue la primera vez
que Cajal expuso una visión de conjunto de la histología y del resto de los
saberes morfológicos, abordando problemas de carácter general que no cabían en
los dos trabajos que hasta entonces había publicado.
La serie de textos que Cajal manejó con este
motivo puede reconstruirse con bastante precisión. Para las cuestiones
epistemológicas y filosóficas, se limitó a utilizar dos manuales españoles
destinados a la enseñanza secundaria y una obra menor de Herbert Spencer,
máxima figura del evolucionismo filosófico, que entonces ejercía una gran
influencia sobre un elevado número de cultivadores de las ciencias biomédicas
en toda Europa. Los manuales fueron el Curso de Filosofía elemental, de Jaime
Balmes y los Elementos de Lógica, de José María Rey Heredia. El primero,
publicado por vez primera en 1847, es el texto más atenido a la escolástica
tradicional del sacerdote catalán, quien, en otras obras de mayor ambición
intelectual, tuvo en cuenta elementos de diferentes corrientes filosóficas modernas.
Página del manuscrito de la memoria sobre Concepto, método y programa de
anatomía (1883) que redactó Cajal para opositar a la cátedra de la Facultad de
Medicina, de Valencia.
Rey Heredia es generalmente considerado como el
kantiano de mayor relieve en la España de la primera mitad del siglo XIX,
orientación que de diversas formas se refleja en su Lógica, aparecida
originalmente en 1849. Los puntos de vista kantianos y escolásticos se
yuxtaponen en la memoria, a veces en flagrante contradicción, con el
evolucionismo y el organicismo extremado de Spencer, autor al que Cajal sigue
con mucha mayor convicción. Utilizó su obra The Classification of the Sciences
(1864), a través de su traducción francesa.
Rafael Martínez Molina, uno de los adelantados de la «medicina de
laboratorio» en España. Después de Maestre de San Juan, fue el primero que
apoyó la carrera académica de Cajal.
Los textos anatómicos que Cajal consultó para
preparar su memoria fueron, naturalmente, mucho más numerosos que los de tipo
filosófico; sin embargo, sus fuentes principales se redujeron a dos obras. La
primera, el libro de Calleja titulado Prolegómenos de Anatomía humana (1869),
del que procede la estructura general de la exposición e incluso el título de
muchos de los capítulos. A pesar de ello, Cajal adoptó una postura muy crítica
ante su contenido, en parte por las razones personales antes anotadas. La segunda,
el Tratado de Anatomía general (1872), de Aureliano Maestre de San Juan,
autoridad abiertamente reconocida en todo lo relativo a la histología.
Julián Calleja Sánchez, auténtico cacique de la enseñanza anatómica española
durante el último cuarto del pasado siglo. Con su influencia obstaculizó
primero y favoreció después el desarrollo de la obra científica de Cajal.
Los demás textos anatómicos que manejó fueron para
Cajal fuentes de importancia secundaria. En anatomía descriptiva, resulta
evidente el peso del Nuevo Compendio (1878), de Calleja, así como de la segunda
edición de la traducción castellana del tratado de Sappey (1874), en la que
había colaborado Martínez Molina, como ya hemos dicho. Más ocasionales son las
citas de otras obras francesas, inglesas e incluso alemanas. Como buen seguidor
de la primera etapa científica de Maestre de San Juan, se apoya en la obra de
Robín, utilizando varios textos histológicos suyos y un artículo que el autor
francés había dedicado a la historia del concepto de organización. Por el
contrario, se refiere muy de pasada a otros histólogos, entre ellos, a Albert
von Kölliker, quien una década más tarde contribuirá decisivamente, como
veremos, a la difusión europea de su labor investigadora.
Silveria Fañanás García, un año antes de contraer matrimonio con Cajal.
Especial interés tiene el capítulo de la memoria
dedicado a los «Fundamentos de las ciencias biológicas», en el que se discute
hasta qué punto la biología dispone de unas «leyes o principios» que permitan
estructurar su contenido «de una manera sistemática». A este respecto, Cajal
rechaza explícitamente la «doctrina del principio vital», como un «principio
hipotético», y también el mecanicismo, porque no «ha podido explicar la mayor
parte de los fenómenos que se desenvuelven en los cuerpos vivos». En su opinión,
ni siquiera «la doctrina de la selección natural de la lucha por la existencia
—a la que califica de esfuerzo generoso— y otros principios que los morfólogos
modernos han invocado para explicar el secreto de las formas orgánicas, tanto
interiores como exteriores, no están definitivamente probados». Su conclusión
es la inmadurez científica de la biología, «que no ofrece sino algunas leyes
generales de algún valor, especialmente en la historia del desarrollo, que es
la rama más adelantada del tronco de la biología». [86]
Cajal critica la definición de anatomía de
Calleja, así como su método didáctico, aunque reconoce que, en sus obras,
«hemos aprendido todo los que sabemos». El distanciamiento de Calleja no estaba
meramente motivado por los factores personales. Cajal había asimilado supuestos
ajenos al pensamiento del catedrático madrileño como, por ejemplo, numerosos
elementos del evolucionismo darwinista. Además, la obra de Maestre de San Juan
se había convertido para él en una plataforma indiscutida desde la que comenzaba
a asomarse a un nuevo panorama del saber morfológico. Era lógico que aceptase
el concepto de organización formulado por Robín, así como su definición de
anatomía. Al ocuparse de la «clasificación y plan de exposición», dedica mayor
amplitud a la histología, según un criterio terminante: «A pesar del orden de
exposición seguido por Frey, Kölliker, Krause y otros, nosotros seguiremos el
que indica el Dr. Maestre de San Juan en su tratado de Anatomía general, por
creerlo el más científico y el más lógico». [87]
En el momento que iba a iniciar su obra, Cajal,
tal como se refleja en esta memoria, era ya plenamente consciente de las
limitadas posibilidades científicas que ofrecía la anatomía descriptiva. Sobre
unos supuestos epistemológicos todavía imprecisos y titubeantes, había
descubierto los objetivos de otras vertientes más ambiciosas de la morfología.
El conocimiento del evolucionismo y de los estudios comparados había
contribuido a modificar su mentalidad, pero su interés estaba ya centrado en la
histología. Su postura de fiel seguidor de la obra de Maestre de San Juan, que
aparece en este texto, quedó muy pronto superada, como vamos a ver, tras su
incorporación a la cátedra de Valencia.
Capítulo 5
Cuatro años en Valencia: el punto de partida de una obra científica (1883-1887)
La estancia de Cajal en Valencia coincidió con una
clara recuperación del nivel científico de la medicina local, conseguida en
buena parte gracias al esfuerzo que allí se había realizado durante las décadas
centrales de la centuria. [88] Por un momento,
pareció realmente superado el hundimiento sufrido a partir del reinado de
Fernando VII y que Valencia iba a volver a convertirse en un escenario
destacado del cultivo de las ciencias médicas, como había sucedido desde la
época renacentista a la ilustrada. Limitándonos al terreno de los saberes
morfológicos, conviene recordar que la cátedra que ocupó Cajal era una de las
más antiguas dedicadas a la anatomía en toda Europa, ya que había sido fundada
en 1501, el mismo año en el que se nombraron por vez primera profesores en la
Universidad de Valencia. A mediados del siglo XVI, esta cátedra fue uno de los
centros más tempranos y activos del movimiento encabezado por el flamenco
Andrés Vesalio, que revolucionó el saber anatómico, imponiendo la disección de
cadáveres humanos como fundamento. Los principales titulares de la cátedra
valenciana fueron entonces Pedro Jimeno y Luis Collado, dos discípulos directos
de Vesalio, que organizaron la enseñanza de acuerdo con los nuevos supuestos y
publicaron obras en las que defendieron las ideas de su maestro frente a los
ataques de reaccionarios, como el catedrático francés Jacobus Sylvius, y
expusieron el resultado de sus indagaciones disectivas. A finales del siglo
XVII, la cátedra valenciana encargó un gran Atlas anatómico a Crisóstomo
Martínez, el importante «microscopista clásico» del que ya hemos hablado.
Durante la Ilustración, la cátedra mantuvo en líneas generales una estimable
altura, siendo su más famoso titular Andrés Piquer, quien prestó gran atención
a la enseñanza práctica, en especial a las veinticinco autopsias anuales
entonces reglamentarias, y se interesó, aunque con ciertas cautelas, por la
anatomía microscópica. Tras el profundo colapso que afectó a toda la actividad
científica española durante la primera mitad del siglo XIX, la docencia
anatómica impartida en la Facultad de Medicina de Valencia recuperó un nivel
digno gracias principalmente a la labor modesta pero rigurosa de José María
Gómez Alamá, titular desde 1848 a 1874, quien volvió a implantar la práctica
habitual de la disección, instaló un excelente museo anatómico e introdujo el
uso del microscopio en la enseñanza.
Conviene advertir que la evolución de la
medicina valenciana en los años que siguieron a la estancia de Cajal frustró de
modo dramático las esperanzas que la recuperación científica de la década de
los ochenta había hecho concebir, demostrando que se trataba de una mera
coyuntura favorable que enmascaraba el mezquino provincianismo dominante.
La Facultad de Medicina a la que se incorporó
Cajal era radicalmente distinta a la Escuela en la que había estudiado. Contaba
con un claustro mayoritariamente seguidor de la nueva «medicina de
laboratorio», es decir, de la ciencia y la práctica médicas fundadas en la
investigación experimental. Era entonces rector el catedrático de clínica
quirúrgica, Enrique Ferrer y Viñerta, quien venía utilizando la indagación
histopatológica desde comienzos de la década de los sesenta; por otra parte,
había sido uno de los introductores en España de la cirugía antiséptica, junto
a su discípulo Juan Aguilar y Lara. El catedrático de patología médica, José
Crous y Casellas, y el de clínica médica, Julio Magraner, figuraban también
entre los que habían asimilado con rigor las novedades doctrinales y técnicas
de la «medicina de laboratorio», principalmente la histopatología y la
fisiopatología experimental; Crous concedió gran relieve, en su actividad
docente, a las cuestiones neurológicas y una de sus principales obras fue un
tratado de neurofisiología normal y patológica (1878); Magraner publicó, al
final de la estancia de Cajal en Valencia, una de las primeras exposiciones
sistemáticas españolas sobre microbiología médica. También eran de orientación
experimentalista otros miembros del claustro, como Constantino Gómez Reig,
catedrático de higiene y exigente cultivador de la microbiología aplicada a la
epidemiología y la medicina preventiva, Francisco de Paula Campá, catedrático
de obstetricia y autor de una amplia obra ginecológica de prestigio europeo, y
Amalio Gimeno, titular entonces de terapéutica, disciplina sobre la que había
publicado un valioso Tratado (1877) que contribuyó poderosamente a la difusión
en nuestro país de la farmacología experimental; más tarde, Gimeno escribió un
compendio de patología general (1886) fundamentalmente basado en la obra de
Claude Bernard y fue el más destacado defensor de la vacunación anticolérica de
Ferrán (1885).
Mención aparte merece Peregrín Casanova Ciurana
(1849- 1919), titular de la otra cátedra de anatomía de la Facultad valenciana,
a quien antes hemos aludido al ocuparnos de la oposición de Cajal a la plaza de
director de los museos anatómicos de la de Zaragoza. Casanova encabezó la
introducción del evolucionismo darwinista en la enseñanza anatómica española
como fiel seguidor de Haeckel. Dedicó a las doctrinas evolucionistas una serie
de publicaciones, en la que sobresale el libro titulado La biología general
(1877).
Cajal en su época de catedrático en Valencia
A los pocos meses de su llegada a Valencia, Cajal
se convirtió en miembro del Instituto Médico Valenciano, la principal
institución medicocientífica de la Valencia de la época junto a la Facultad.
Había sido fundado en 1841 por un grupo de médicos muy heterogéneo, como una de
las numerosas asociaciones no promovidas oficialmente que aparecieron en España
inspiradas en una ideología liberal. En su mayor parte, estas asociaciones no
tardaron en desaparecer y se redujeron a la defensa de los intereses puramente
económicos de sus miembros. El Instituto Médico Valenciano, por el contrario,
fue un raro caso de continuidad y se convirtió durante medio siglo en una de
las instituciones médicas españolas más activas desde el punto de vista
científico. Desarrolló una labor muy notable, principalmente en cuestiones
relacionadas con la clínica médica, la epidemiológica y la higiene y, a nivel
más modesto, con la terapéutica y la cirugía. En el campo de los saberes
médicos básicos, el papel del Instituto consistió en crear un ambiente
favorable en tomo al trabajo experimental. Por ejemplo, a partir de los años
cincuenta incluyó cuestiones histológicas y bioquímicas en su convocatoria
anual de premios y en los temarios de sus reuniones. Uno de los fundadores del
Instituto había sido José Monserrat y Riutort, catedrático de química general
de la Universidad de Valencia desde 1847 hasta su fallecimiento en 1881 y
figura de importancia central en el proceso de recuperación de los hábitos de
trabajo experimental en la Valencia decimonónica; entre los hábitos recuperados
se encontraba la micrografía, de la que fueron tempranos cultivadores Vicente
Peset Cervera y Pablo Colvée Roura, principales discípulos médicos de
Monserrat.
El Boletín del Instituto Médico Valenciano
(1841-1896) fue en las décadas centrales del siglo, una de las revistas médicas
españolas más importantes. Sirvió de eficaz medio de difusión de las novedades
europeas de la época y, al mismo tiempo, fiel reflejo de la vida médica
valenciana. Dejando aparte otras publicaciones periódicas especializadas de
menor relieve, hay que anotar la fundación en 1877 de La Crónica Médica,
revista de carácter ya plenamente moderno que se publicaría hasta 1894. Sus
principales responsables fueron los profesores de la Facultad de orientación
experimentalista. Durante el cuatrienio 1883-87 sus directores fueron Francisco
de Paula Campá, Juan Aguilar y Lara y Amalio Gimeno y en su consejo de
redacción figuraron Peregrín Casanova, Julio Magraner y el propio Cajal.
Valencia también recuperó durante este periodo
su antigua condición de centro destacado en la edición de libros médicos. La
serie de obras originales y traducidas que se publicaron entonces en las
imprentas valencianas fue numerosa y de nivel científico elevado. Por ejemplo, en
el fondo de Pascual Aguilar, editor como veremos del Manual de Histología de
Cajal, figuraban traducciones tan significativas como La patología celular
(1879) de Virchow, La nueva cirugía antiséptica (1882) de Lister, Ensayos de
psicología celular (1882) de Haeckel y El cólera (1884) de Koch. Entre las
obras originales publicadas por el mismo editor estaban La biología general
(1877) de Peregrín Casanova, los tratados de terapéutica (1877) y patología
general (1888) de Amalio Gimeno, el de obstetricia (1878) de Campá, el de
neurofisiología normal y patológica (1878) de Crous y la monografía de
microbiología médica (1887) de Magraner.
En 1885, Valencia fue escenario de un
acontecimiento médico internacional que influyó en el trabajo de Cajal: la
aplicación por vez primera de la vacuna anticolérica del médico catalán Jaime
Ferrán (1852-1929). La biografía de ambas figuras tiene algunos paralelismos y
coincidencias muy sugestivos. [89] Aparte de que
nacieron el mismo año, anotemos en primer término que Ferrán publicó, en
colaboración con el químico Inocente Paulí, un trabajo titulado La
instantaneidad en fotografía, que exponía un procedimiento original de
fotografía instantánea basado en una emulsión de bromuro de plata y gelatina;
este trabajo apareció en Tortosa en 1879, la misma fecha en la que, como
sabemos, Cajal hacía en su casa de Zaragoza sus «placas ultrarrápidas al
gelatino-bromuro». Ferrán comenzó a dedicarse a la bacteriología en 1880,
simultaneándola al principio con su labor de clínico en la ciudad de Tortosa.
Pronto se convirtió en un diestro microbiólogo y consiguió preparar las vacunas
contra el carbunco y el mal rojo del cerdo. En 1884, la Real Academia de
Medicina de Madrid premió su Memoria sobre el parasitismo bacteriano. El mismo
año fue nombrado miembro de una comisión que el Ayuntamiento de Barcelona envió
a Marsella, con motivo de haberse desencadenado el cólera en el sur de Francia.
En colaboración con Paulí, trabajó en los hospitales para coléricos de Marsella
y Tolón hasta conseguir aislar y cultivar el vibrión que Robert Koch había
descrito meses antes. A su regreso a Tortosa, gracias a que disponía de un
cultivo virulento de vibrión colérico, Ferrán pudo provocar un cólera
experimental en el cobaya y comprobar la acción inmunizadora que provocaba su
inyección. Esta fue la base de su vacuna anticolérica, consistente en la
inyección subcutánea de gérmenes vivos, que en principio consideró preferible a
la inmunización con vibriones atenuados o muertos. Tras aplicársela a sí mismo
y a una serie de voluntarios, comunicó su descubrimiento a la Academia de
Ciencias de París, en marzo de 1885. Dos meses más tarde, se trasladó a
Valencia, invadida entonces por la epidemia de cólera, e inició una campaña en
la que vacunó a más de cincuenta mil personas. Ello motivó una dura polémica
que desbordó casi inmediatamente el escenario local. Baste decir que acudieron
a Valencia casi una veintena de comisiones españolas y un gran número de
comisiones y personalidades científicas extranjeras, así como corresponsales de
toda la prensa mundial. Uno de los comisionados fue Cajal, quien recibió de la
Diputación de Zaragoza el encargo de presentar una memoria sobre la cuestión.
El examen cuidadoso de las fuentes, en especial
de las publicaciones de Cajal sobre la materia y de su correspondencia, permite
establecer algunas precisiones acerca del interés que entonces tuvo por la
microbiología y de su relación personal con Ferrán. Puede así completarse la
breve noticia que el propio Cajal dedica al tema en sus Recuerdos y, sobre
todo, rectificar la apresurada imagen que en tomo al mismo suelen ofrecer los
panegiristas del gran histólogo y la divulgación poco rigurosa.
El interés de Cajal por la microbiología se
inició en el otoño de 1884. poco después de que el editor Pascual Aguilar
publicara la versión castellana de la conferencia que Robert Koch había
pronunciado en el Consejo Imperial de Sanidad de Berlín sobre su reciente
descubrimiento del vibrión colérico. El volumen, que fue traducido por dos
profesores ayudantes de la Facultad de Medicina de Valencia, incluía también la
«discusión habida a propósito de los trabajos de Koch en Egipto, India y
Tolón», así como un prólogo y numerosas notas aclaratorias de Amalio Gimeno. En
esta publicación y en los numerosos artículos monográficos que la acompañaron
puede simbolizarse el extraordinario relieve que la bacteriología del cólera
tuvo en el ambiente médico valenciano de dicho momento, tanto por motivos
científicos como sociales. Cajal fue sensible a tales motivos. «Cedí durante
algunos meses —afirma en sus Recuerdos— a las seducciones del mundo de los
infinitamente pequeños. Fabriqué caldos, teñí microbios y mandé construir
estufas y esterilizadoras para cultivarlos. Ya práctico en estas
manipulaciones, busqué y capturé en los hospitales de coléricos el famoso
vírgula de Koch». [90] Nada dice, en cambio,
de su relación con Ferrán, que debió de ser al principio bastante estrecha, a
juzgar por lo que asegura en una carta al biólogo Antonio Vicent fechada el 1
de enero de 1885, tres meses antes de que el bacteriólogo tortosino comunicara
su descubrimiento a la Academia de Ciencias de París: «De Ferrán tengo noticias
frecuentes. Ha descubierto la vacuna del cólera y se ha vacunado él mismo. Sus
trabajos hacen mucho ruido. A mí me remitió algunos microbios con los que he
practicado algunas experiencias». [91] Aquel mismo mes de
enero, Cajal publicó en La Crónica Médica un artículo proponiendo una
modificación de un método microbiológico de tinción, en el que habla de Ferrán
como de una autoridad, concluyendo que su modificación «da preparaciones más
hermosas si cabe que las obtenidas por el método del Dr. Ferrán». [92] Voluntariamente o no,
Cajal nunca citó este artículo suyo ni siquiera de modo indirecto.
A esta fase primera de iniciación a la
microbiología, en la que Cajal consideró a Ferrán con clara admiración, siguió
otra en la que criticó su obra a base de datos experimentales propios, pero
manteniendo con él una relación amistosa.
Jaime Ferrán en 1885, fecha en la que su vacuna anticolérica fue aplicada de
modo masivo en Valencia.
En una conferencia que pronunció el mes de julio en
la Diputación de Zaragoza, se declaró ya «poco favorable el procedimiento de
Ferrán, aunque admitiendo su práctica a título de investigación
científica». [93]
Dos meses más tarde redactó una memoria,
titulada Estudios sobre el microbio vírgula del cólera y las inoculaciones
profilácticas, que fue publicada por la corporación aragonesa. Se limitó en
ella a comprobar los descubrimientos de Koch relativos a la etiología
bacteriana del cólera, así como de las que llama «estimables contribuciones»
posteriores de Hueppe, Van Ermengen, Nicati, Riestch y el mismo Ferrán.
Sin embargo, criticó los fundamentos teóricos y
el valor de la vacuna del microbiólogo catalán y. en especial, sus hipótesis
acerca de la morfología del vibrión colérico, como en mayo de aquel mismo año
había hecho el propio Robert Koch. [94] Poco después dedicó a
esta última cuestión otro artículo, que apareció en diciembre en La Crónica
Médica y donde criticó las ideas de Ferrán acerca de las formaciones
bacterianas que éste creía formaban el ciclo vital del germen, así como las
aportaciones paralelas de otros autores, demostrando que se trataba de «formas
involutivas y monstruosas». [95] A pesar de ello, no
se había roto la relación amistosa entre ambos, como lo demuestra el hecho de
que Cajal le adelantara a Ferrán los resultados de este trabajo en una carta
que le escribió en noviembre. Se muestra en ella desilusionado de su incursión
en los estudios microbiológicos y le anuncia que va a continuar su obra «por
otros derroteros»; como «amigo que le quiere», le promete también hacer una
gestión en su favor en la Academia de Medicina de Valencia. [96]
Grabado de un artículo de Cajal en el que defendió que las fases del vibrión
colérico propuestas por Ferrán eran «formas involutivas y monstruosas».
En los años que siguieron a la estancia de Cajal en
Valencia, la relación entre las dos figuras entró en una tercera fase, mucho
más negativa. Ambos coincidieron en Barcelona, ya que en 1887 Ferrán fue
nombrado, con la aprobación explícita de Pasteur, director del Laboratorio
Microbiológico Municipal, mientras que Cajal ganó las oposiciones a la cátedra
de histología de la Facultad de Medicina. Eran dos instituciones recién creadas
al servicio de la «medicina de laboratorio» y encabezadas por dos científicos
de treinta y cinco años de gran ambición. Sin embargo, sus trayectorias se
distanciaron cada vez más a partir de ese momento. Cajal inició entonces, como
veremos, su obra de investigador original que lo convertiría en la figura
mundial indiscutida de la neurohistología. Ferrán por el contrario, tras
numerosos incidentes a causa de sus abusos y ligerezas —que procuraron exagerar
sus enemigos— acabó siendo destituido en 1905, un año antes de que se
concediera el premio Nobel a Cajal. Éste había publicado entre el 21 y el 25 de
junio de 1890 tres artículos en El Noticiero Universal dedicados a descalificar
a Ferrán como científico de forma muy agresiva, especialmente en los dos
últimos, que fueron respuesta a los que aparecieron en La Renaixenga a favor de
Ferrán. Cajal, que reconoció que «creyó al Dr. Ferrán durante la primera parte
de su campaña», consideró su vacuna anticolérica «des-provista de fundamento
científico y completamente fracasada». Llegó a afirmar que. según algunos
estudios, había habido en 1885 una mortalidad superior entre los inoculados que
en el conjunto de la población e, incluso, a poner en duda que el vibrión
descubierto por Koch fuera el agente etiológico del cólera y a recomendar las
viejas medidas de aislamiento y desinfección. El texto de estos tres artículos
fue más tarde reproducido en un folleto de Ramón Turró (1905), correspondiente
a su enfrentamiento con Ferrán cuando éste fue destituido como director del
Laboratorio Microbiológico Municipal.[97]Tras su destitución, el
bacteriólogo catalán se refugió en su laboratorio privado, que tituló
«Instituto Ferrán». Con todas sus limitaciones, no puede negarse que Ferrán
realizó aportaciones de interés a diferentes campos de la microbiología y, en
lo que respecta a su vacuna anticolérica, no debe olvidarse que fue la primera
aplicación al hombre de la vacunoterapia moderna. El reconocimiento
internacional de la misma puede cifrarse en la concesión, en 1907, de la mitad
del premio Bréant, que había constituido la Academia de Ciencias de París para
el descubridor de un remedio contra el cólera. Los términos del informe que,
con este motivo, redactó la comisión encabezada por Pierre Roux son muy
precisos: «Es el primero que ha demostrado la acción colérica del vibrión
colérico de Koch en los animales y demostrado que estos pueden ser
inmunizados... Pertenece asimismo al Sr. Ferrán la iniciativa de la
inmunización preventiva del hombre contra el cólera por medio de la inyección
de cultivos adecuados». El absoluto distanciamiento de Cajal del que había sido
su amigo le condujo durante algunos años a la terminante actitud de ignorar por
completo su obra y su persona, incluso en aquellos puntos en los que parecía
más difícil silenciar su actividad. Esto es lo que sucede, por ejemplo, en el
Manual de anatomía patológica que, como veremos, publicó en 1890 y que incluía
un «resumen de microscopía aplicada a la histología y bacteriología
patológicas». En el capítulo sobre «cólera indiano» resume los resultados de su
trabajo de 1885 sobre las «formas involutivas y monstruosas» del vibrión
colérico, reproduciendo incluso el grabado que figuraba en el mismo y que había
esquematizado en su carta a Ferrán, y resume también las «experiencias de
colerización», afirmando que «no tiene nada de concluyente»; cita en ambos
contextos a numerosos autores extranjeros, pero el nombre de Ferrán no aparece
en ningún momento. Solamente en las ediciones de esta misma obra que
aparecieron a partir de los primeros años del presente siglo, volvió a
referirse a las contribuciones del bacteriólogo catalán y, al lado de las
críticas, llegó a decir que «es preciso reconocer que la vacuna de Haffkine se
parece mucho a la empleada por el Dr. Ferrán». [98]
Además de la bacteriología, otros dos campos
científicos atrajeron a Cajal durante sus años valencianos. Uno de ellos fue la
anatomía comparada desde la perspectiva filogenética propia del evolucionismo
darwinista. Su interés anterior por esta materia se vio reforzado por un
ambiente científico como el valenciano excepcionalmente favorable al
darwinismo, no solamente debido a la actividad de su colega Peregrín Casanova,
sino porque la mayor parte de sus amigos médicos y naturalistas eran seguidores
o al menos simpatizantes del mismo. En sus recuerdos destaca al zoólogo Eduardo
Boscá, al médico y botánico Vicente Guillén y al catedrático de historia
natural José Arévalo Baca, a los que agradece el «inestimable concurso» que le
prestaron para realizar una serie de trabajos sobre histología comparada, de
los que después hablaremos. [99] La perspectiva
comparada pesaría después decisivamente en su labor de investigador original,
como tendremos ocasión de comprobar.
El otro campo que atrajo durante estos mismos
años a Cajal fue la psicoterapia hipnótica y sugestiva, tema que situó en el
primer plano de la actualidad médica mundial la polémica que, a partir de 1883,
mantuvieron la escuela de Jean Martin Charcot en el Hospital de la Salpetriére
de París y el grupo de la Universidad de Nancy encabezado por Hippolite-Marie
Bernheim. En Valencia, la polémica fue seguida atentamente y motivó una serie
de publicaciones, entre las que destacan las de Faustino Barberá, que
significaron la asimilación rigurosa de la concepción de la psicoterapia de
Bernheim. A ella se inclinó también Cajal, quien fundó con algunos amigos un
«Comité de investigaciones psicológicas» y recogió en su domicilio una amplia
casuística de hipnosis y sugestión vigil en personas sanas y enfermas. Una de
esas personas fue la propia Silveria Fañanás en la que, según su marido, se producía
«con la mayor facilidad la sugestión vigil, adquiriendo por simple mandato el
sonambulismo perfecto con anestesia y catalepsia sugestiva, y sin recordación
de los fenómenos acaecidos durante el sueño». Aparte del interés que ello tiene
para conocer las relaciones personales del matrimonio, resulta notable que el
único trabajo que Cajal publicó sobre el tema fuera el artículo titulado
«Dolores del parto considerablemente atenuados por la sugestión hipnótica»
(1889), en el que expuso su experiencia con su esposa durante el alumbramiento
de su sexto hijo. [100]
A pesar de estas inquietudes y tareas
ocasionales, Cajal se dedicó con continuidad a la histología desde su llegada a
Valencia. Con motivo de la publicación de su Manual acometió, desde 1884 a
1888, una revisión sistemática de la citología y la anatomía microscópica de
los distintos territorios orgánicos, verificando los saberes entonces vigentes
con observaciones propias. Conviene en este punto que recordemos, aunque sea a
grandes rasgos, la situación en la que entonces se encontraban dichas
disciplinas.
Primera página de uno de los artículos de tema histológico publicados por
Cajal en revistas médicas valencianas.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, la teoría
celular se había convertido en uno de los fundamentos doctrinales de mayor
importancia de los estudios biológicos y médicos. [101] Gracias a una
investigación sistemática y continuada, que fue perfeccionando de manera
progresiva sus recursos técnicos, los conocimientos acerca de la célula fueron
apoyándose en series de datos cada vez más numerosos y precisos. Resultó
posible, de esta manera, superar las limitaciones explicativas de la teoría tal
como había sido formulada en los años treinta y cuarenta por Purkinje, Johannes
Müller, Henle, Schleiden, Schwann y otros autores. El resultado fue la
constitución de un complejo cuerpo de doctrina acerca de la célula en general,
es decir, de una citología, disciplina que en el último tercio de la centuria
comenzaba a adquirir la condición de ciencia autónoma.
La investigación de la estructura de las formas
anatómicas fue, lógicamente, el campo que de modo más inmediato se aprovechó
del progreso de los estudios citológicos. Utilizando la observación
microscópica con todas sus técnicas auxiliares y sobre la base doctrinal de la
teoría celular, combinada con la noción de tejido como elemento secundario, en
la línea iniciada por Henle (1841), se constituyó igualmente la histología como
una de las ramas de mayor relieve de los saberes anatómicos.
El punto de partida de los avances conseguidos
durante la primera mitad del siglo XIX había sido la posibilidad de emplear
microscopios relativamente satisfactorios, que conseguían amplificaciones de
400 a 500 diámetros, exentas de aberración cromática. En los años cuarenta, los
microscopios de Purkinje, Müller, Henle y Schwann tenían un poder de resolución
de una miera. Esa capacidad fue mejorada notablemente durante la segunda mitad
de la centuria merced a una serie de progresos técnicos, entre los que destacan
los destinados a hacer más intensa la iluminación, como el condensador ideado
por Ernst Abbe, o los llamados objetivos de inmersión, cuya lente frontal está
sumergida en una gota de líquido que la une a la preparación histológica, con
el fin de evitar la pérdida de rayos luminosos. Otros avances importantes
fueron la cámara lúcida, que permite dibujar lo que se observa con el
microscopio, y la microfotografía. En la década de los ochenta, los mejores
microscopios eran los fabricados por la casa Zeiss, gracias principalmente a
las innovaciones debidas al citado Ernst Abbe, profesor de física en Jena, que
fue primero socio y luego director de la firma.
El progreso del microscopio como medio de
observación exigió el avance paralelo de la técnica de las preparaciones
histológicas. Hasta mediados de siglo, salvo algún autor aislado como Purkinje,
que empleó ya algunos recursos más refinados, la práctica habitual se reducía a
desgarrar o aplastar los tejidos en fresco, obteniendo capas lo bastante
delgadas para permitir su estudio directo con el microscopio. La escasa
consistencia de los materiales orgánicos, con la excepción de los huesos y
cartílagos, impedía obtener los cortes sumamente delgados, extensos y regulares
que la investigación exigía. Una de las primeras técnicas empleadas para evitar
este inconveniente fue la congelación, que no se difundió, sin embargo, hasta
las fechas centrales del siglo. La baja temperatura solía obtenerse mediante la
pulverización de éter o de cloruro de etilo, que más tarde se sustituiría con
ventaja por el ácido carbónico líquido. Otro recurso técnico, todavía de mayor
importancia, fue la inclusión de la pieza en una materia solidificable. Al
principio se utilizó la goma arábiga y una mezcla de cera y aceite, pero en los
años en los que empezó a trabajar Cajal, estos medios fueron desplazados por la
parafina y por sustancias como el colodión y la celoidina. Para deshidratar y
endurecer los tejidos antes de su inclusión, acostumbraba a recurrirse al
alcohol y también al ácido crómico o a alguno de sus derivados. Para la
obtención de los cortes se utilizaron al principio simples navajas, pero las
secciones conseguidas eran muy gruesas e irregulares. En 1838 se idearon
cuchillos con hojas paralelas ajustables, pero sus limitaciones fueron también
pronto evidentes. El microtomo vino a solucionarlas, especialmente cuando se
consiguió precisión mecánica, tanto en el movimiento de la cuchilla como en la
regulación de la pieza. Tras una compleja evolución en la que participaron numerosos
autores, el primer microtomo con estas características fue el inventado por
Wilhelm His (1866).
Los colorantes habían sido empleados de manera
ocasional desde el siglo XVII, pero el verdadero fundador de las técnicas de
tinción histológica fue Joseph Gerlach, quien a partir de 1847 inyectó el
sistema vascular de los tejidos con una solución de carmín amoniacal y
glicerina. En 1854 descubrió accidentalmente que las soluciones alcalinas de
carmín tiñen selectivamente los núcleos. En sus investigaciones supo sacar
amplio partido de este primer colorante nuclear, que también fue adoptado por
otros muchos autores. La frase «Tingendi arte innititur histología», que figura
en el busto erigido en Erlangen a la memoria de Gerlach, resulta plenamente
justificada. Un segundo colorante natural de importancia todavía mayor fue la
hematoxilina, aunque las posibilidades de tinción resultaron, sin embargo,
fundamentalmente ampliadas por el descubrimiento de los colorantes sintéticos.
Una serie de anilinas básicas y otras sustancias como la eosina se incorporaron
al quehacer histológico a lo largo de los años sesenta y setenta. Las bases
doctrinales de la técnica de las tinciones histológicas fueron sentadas por
Paul Ehrlich quien fue, además, el principal impulsor de las llamadas
«coloraciones dobles», destinadas a contrastar el núcleo y el protoplasma, y de
la coloración en vivo de los tejidos. Otra técnica, de especial importancia en
el caso de Cajal, fue la impregnación mediante sales metálicas. Su utilización
sistemática fue introducida por Friedrich Daniel von Recklingshausen, que
utilizó el nitrato de plata a partir de 1860. Entre los autores que más
contribuyeron a su difusión destaca Ranvier, que ideó un método notablemente
mejorado y fue uno de los primeros autores en aplicar esta técnica al estudio
del sistema nervioso. Después veremos que la obra de Cajal se basó
principalmente en el método cromoargéntico de Camillo Golgi.
Las Mikroskopische Untersuchungen (1839), de
Theodor Schwann son el texto que suele considerarse como la más influyente
formulación de la teoría celular en la etapa inmediatamente anterior al periodo
que nos ocupa. Tomándolas como término de referencia, hemos de recordar dos
limitaciones centrales de su contenido doctrinal. En lo relativo a la
citogénesis, Schwann admitía que las células nacían en el seno de los tejidos
por una especie de generación espontánea. Suponía que en el seno del
«blastema», sustancia homogénea o finamente granulosa, surgía en primer término
el nucléolo por un proceso semejante a la cristalización, precipitándose a su
alrededor la sustancia que iba a transformarse en membrana nuclear; cuando el
núcleo había alcanzado cierto grado de desarrollo, la célula se formaba en tomo
suyo. Por otra parte, en lo tocante a la constitución de la célula, la concebía
en el sentido literal de «celdilla» o «vesícula», es decir, fundamentalmente
como una cavidad. Concedía importancia al núcleo, sobre todo en las primeras
fases formativas, pero lo reducía a su vez a una celdilla. El desarrollo de la
citología a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX puede entenderse, en
cierto modo, como la serie de etapas que condujeron a la definitiva superación
de estas dos limitaciones de la concepción de Schwann. Sus resultados fueron la
edificación de la moderna doctrina de la citogénesis y la vigencia de una idea
acerca de la constitución celular que subrayó la importancia del protoplasma,
desplazando la de la membrana.
La teoría citogenética de Schwann fue
desmentida, en primer término, por los histólogos vegetales. En lo que respecta
a las células animales, la idea de que su núcleo se origina siempre a partir de
otro núcleo preexistente se demostró de forma satisfactoria a lo largo de los
años cuarenta y cincuenta. Robert Remak lo hizo primero, basándose en sus
investigaciones embriológicas, pero quien asestó el golpe de gracia definitivo
fue Rudolf Virchow con sus estudios histopatológicos, que le permitieron
formular el célebre aforismo «Omnis cellula e cellula». Quedaba todavía sin
aclarar el mecanismo íntimo de la citogénesis. La investigación microscópica
fue proporcionando datos que indicaban que la formación de nuevas células se
efectuaba de manera mucho más complicada de lo que habían supuesto algunas
hipótesis iniciales. La primera sistematización de los conocimientos relativos
a la división nuclear fue principalmente realizada por Walther Flemming en
Zellsubstanz, Kem und Zelltheilung (1882). La frase «Omnis núcleo e núcleo»,
que completa el aforismo de Virchow, procede de este autor. Su visión de la
mitosis o cariocinesis como el mecanismo citogenético habitual en el organismo
animal acabó imponiéndose. Las fases hoy admitidas en la mitosis fueron
acuñadas, también en la década de los ochenta, por el botánico Eduard
Strasburger.
El paso de una concepción de la célula cuya
parte fundamental era la membrana a otra centrada en el protoplasma se inició
en los años centrales del siglo. Aunque el término «protoplasma» había sido
utilizado con anterioridad, hasta entonces no se impuso con su significado
actual, tras la identificación del «mucílago vegetal vivo» existente en las
células de las plantas y el protoplasma de los animales. Por otra parte, se
demostró que no todas las células poseen membrana. Sobre estas bases.
Maximilian Schultze formuló en 1858 una nueva concepción de la constitución de
la célula que resumió en la frase que la definía como «un pequeño grumo desnudo
de protoplasma con un núcleo». Resulta evidente la reacción contra la idea
original de «celdillla» o «vesícula», hasta el punto de que el mismo Schultze y
otros autores intentaron eliminar por impropio el término célula.
Centrada la atención en el protoplasma, era
lógico plantearse el problema de su estructura. Schultze lo concebía como una
masa semilíquida, homogénea y transparente, en la que están en suspensión
gránulos y vacuolas. Poco a poco se impuso, sin embargo, la idea de una
estructura mucho más compleja, considerándose como sus elementos constitutivos
una serie de fibras que estaban en relación con gránulos. Karl Heitzmann
desarrolló este punto de vista, al conceder a dichos gránulos el papel de nudos
de una red, lo que le llevó a proponer en 1873 una teoría reticular del
protoplasma, que fue también defendida por Jean Baptiste Carnoy. A partir de
1879, Walther Flemming emprendió la investigación sistemática de este problema
mediante cortes sistemáticos teñidos.
El resultado fue su influyente teoría filar,
según la cual el protoplasma consta de una parte integrada por filamentos
independientes y de una sustancia homogénea, siendo los gránulos de carácter
accesorio. El conocimiento de la estructura del núcleo tuvo una trayectoria
paralela a la que acabamos de exponer. El mismo Flemming descubrió el núcleo
principal y distinguió la cromatina o armazón coloreable, de la acromatina o
jugo nuclear.
El origen de la moderna histología se encuentra,
como es sabido, en la primera mitad del siglo XIX, principalmente en la
Allgemeine Anatomie (1841), de Jakob Henle, que integró ya la teoría celular
con la noción de tejido procedente de Bichat.
Portada del primer fascículo del Manual de histología, de Cajal (1884). En
ella aparece un esquema del enlace de las membranas celulares que creyó haber
descubierto hasta que dispuso de mejor instrumental micrográfico
Su desarrollo maduro se produjo, no obstante, a lo
largo de la segunda mitad de la centuria. Desde el punto de vista científico
dependió, por supuesto, de los progresos alcanzados por la investigación
citológica, pero conviene subrayar que esta última no había alcanzado entonces
todavía la categoría de disciplina independiente. Fue cultivada dentro de la
zoología, la botánica o la anatomía humana normal y patológica, áreas
científicas a las que pertenecieron la inmensa mayoría de los autores que hemos
citado. Solamente en los años de transición al presente siglo se inició la
independencia de la citología, cuyo punto de partida suele simbolizarse en la
aparición de la obra de Oscar Hertwig Zewe und Gewebe (1893).
La autonomía que, por el contrario, consiguió el
saber histológico fue posible, en primer término, gracias a que buena parte de
los institutos anatómicos de las facultades de medicina alemanas centraron en
esta materia sus trabajos de investigación. De ellos provino el impulso
fundamental y más temprano, al que luego se sumaron las contribuciones de los
demás países y de otro tipo de instituciones. Entre las figuras en las que
puede personificarse este proceso destaca Rudolph Albert von Kölliker, director
del instituto anatómico de Würzburg y autor del Handbuch der Gewebelehre des
Menschen (1852), primer tratado histológico moderno, quien fue, como veremos,
el gran valedor de la obra histológica de Cajal. También es notable el relieve
histórico de Wilhelm Krause, director del Instituto de Göttingen, en cuya
revista publicó Cajal sus primeros trabajos fuera de España.
No es oportuno ofrecer aquí ni siquiera un
panorama resumido de la compleja serie de hallazgos y formulaciones teóricas
que en torno a los tejidos orgánicos se desarrolló durante la segunda mitad del
siglo XIX. Nos limitaremos a anotar que en el problema de la clasificación de
los tejidos se utilizaron tres criterios básicos: la disposición estructural,
la especialización funcional y el origen embriológico. El primero de ellos fue
seguido ya por Schwann, que distinguió cinco clases de tejidos según el modo de
unión de sus células; enriquecido e interpretado de modo variable lo mantuvo
hasta finales de siglo un grupo de importantes autores, entre los que se
encuentra Virchow y, como vamos a ver, el propio Cajal. En la época en la que
éste inició su obra científica, se había conseguido ya la edificación de una
histología basada en la teoría celular, con una importante excepción: la
estructura del sistema nervioso continuaba sin poder ser explicada de acuerdo
con los esquemas celularistas. Como es sabido, superar esa laguna iba a ser
precisamente la aportación fundamental del genial aragonés.
Para conocer las condiciones en las que Cajal
acometió la verificación sistemática de los saberes citológicos e histológicos
resulta inapreciable una carta que escribió el 1 de enero de 1885 a Antonio
Vicent, jesuita valenciano, generalmente recordado como personalidad del
obrerismo católico, pero que fue también un notable biólogo que figuró entre
los primeros discípulos que Cajal tuvo en Valencia.
Grabado, relativo al tejido epitelial, del Manual de histología (1884-1889),
de Cajal.
Le escribió esta carta cuando Vicent se encontraba
en Lo- vaina estudiando junto al citólogo Jean Baptiste Carnoy, a quien antes
hemos citado como uno de los principales defensores de la teoría reticular del
protoplasma. Le habla en ella de las observaciones micrográficas que estaba
realizando para su Manual de Histología, en especial de las relativas al núcleo
y la membrana celulares y al tejido muscular. Se lamenta de las limitaciones
técnicas con las que tenía que trabajar. «¡Quien tuviera esos magníficos
objetivos a que Flemming, Strassburger y Carnoy deben sus descubrimientos!
¡Quien pudiera poseer un Seibert 1/16 o un Zeiss 1/18! Aquí desgraciadamente
las facultades no tienen material y aunque yo me empeñara en pedir uno de esos
objetivos no me lo consentiría el decano por falta de fondos. Mucho envidio más
aún esa riqueza de medios técnicos de que Vs. gozan, con la que se hace cuanto
se quiere. Yo tengo que resignarme con un objetivo 8 de inmersión Verick y éste
gracias a que es de mi propiedad, que por la Facultad no tendría más que un 5 o
un 6 Nachet». [102] El microscopio Verick
era, como sabemos, el que había comprado en 1877, tras acabar los exámenes de
doctorado; los Nachet, los más utilizados por los histólogos españoles de la
generación anterior. Aquel mismo año, Cajal pudo librarse de tan grave desventaja,
pues la Diputación de Zaragoza le regaló un Zeiss con motivo de su informe
sobre el cólera: «Al recibir aquel impensado obsequio, no cabía en mí de
satisfacción y alegría. Al lado de tan espléndido statif, con profusión de
objetivos, entre otros el famoso 1/18 de inmersión homogénea, última palabra
entonces de la técnica amplificante, mi pobre microscopio Verick parecía
desvencijado cerrojo». [103] Gracias a este regalo
que, según recordaría en su madurez, «me equiparó técnicamente con los
micrógrafos extranjeros mejor equipados», Cajal consiguió rápidamente superar
algunos errores iniciales a los que le habían llevado sus primeras observaciones.
En la carta a Vicent, además de asegurar que había comprobado la estructura
reticular, no sólo del protoplasma, sino también del núcleo e incluso del
nucléolo, se muestra muy ufano de haber descubierto «una singular
disposición... como un cosido de célula a célula... un hilo estriado que cose
las células impidiendo su retracción». [104] Tan satisfecho estaba
de lo que consideraba su primer descubrimiento, que había incluido un dibujo
esquemático del mismo en la portada del primer fascículo de su Manual,
aparecido medio año antes. La «singular disposición» cayó, sin embargo, en el olvido
cuando Cajal pudo trabajar con su nuevo microscopio Zeiss, al mismo tiempo que
se familiarizaba con las nuevas publicaciones alemanas sobre citología. En esta
misma carta dice que iba a «entregarse en cuerpo y alma» al estudio de la
mitosis, para lo cual disponía de varios trabajos de Strasburger y del libro
Zellsubstanz, Kem und Zelltheilung, de Walther Flemming, publicado como hemos
dicho en 1882. La aparición del Manual de Histología en ocho fascículos desde
1884 a 1888 permitió que su contenido fuera reflejando el profundo cambio que
la preparación científica de Cajal experimentó a lo largo del lustro. [105] En el primero, la
orientación dominante era todavía la procedente de Maestre de San Juan y de la
escuela parisina de Ranvier, aunque ya tenían cierto peso las aportaciones
alemanas. Estas fueron creciendo en importancia a partir de los capítulos sobre
citología, que estaban principalmente fundamentados en la obra recién citada de
Flemming. En los dos últimos fascículos, dedicados entre otros temas al sistema
nervioso, expuso ya sus primeros hallazgos importantes de investigador
original.
Como hemos adelantado, Cajal utilizó una
clasificación de los tejidos basada en su disposición estructural, en la línea
de lo que había hecho Virchow. Distribuyó los tejidos en simples y compuestos,
distinguiendo tres grandes clases entre los primeros: de células unidas directamente
(como el epitelial), de células separadas por sustancia fundamental (líquida
como la sangre, semilíquida como el conjuntivo, o sólida como el cartílago) y
de células transformadas (muscular. nervioso). El Manual de Histología incluye
más de doscientos grabados que, a diferencia de los que ilustran las
publicaciones de sus años en Zaragoza y Barcelona, no son litografías del
propio Ca- jal, sino xilografías a contrafibra ejecutadas por un grabador
valenciano, probablemente Heliodoro Paya. La obra tuvo una reedición en la
misma Valencia el año 1893. En 1897, su autor publicó una versión resumida y
actualizada con el título de Elementos de histología, que alcanzó diez
ediciones en vida de Cajal, las tres últimas firmadas en colaboración con su
discípulo Jorge Francisco Tello.
Algunas de las observaciones que hizo con motivo
de la redacción de su Manual fueron expuestas por Cajal en una serie de siete
«notas de laboratorio» aparecidas en 1882 y 1887 en revistas médicas
valencianas. [106] Se refieren a
detalles concretos de los tejidos epitelial, cartilaginoso, óseo y muscular y,
en su mayor parte, responden a un enfoque anatómico comparado. Las traducciones
francesas de tres de ellas, relativas a las células epiteliales de algunas mucosas
y a las fibras musculares de las patas y alas de los insectos, fueron los
primeros trabajos que publicó en el extranjero. Aparecieron en 1886 y 1888 en
la revista que dirigía Wilhelm Krause, el director del Instituto Anatómico de
Göttingen que antes hemos citado. En su madurez, Cajal juzgó con dureza esta
inicial aportación suya con pretensiones internacionales: «Si demostré celo y
laboriosidad en la observación y descripción de los hechos —afirma en sus
Recuerdos— no fui igualmente afortunado en su interpretación. Reinaba entonces
en histología una de esas concepciones esquemáticas que fascinan temporalmente
los espíritus e influyen decisivamente en las pesquisas y opiniones de la
juventud. Aludo a la teoría reticular de Heitzmann y Camoy... Yo, fascinado por
el talento de estos sabios y el prestigio de la teoría, incurrí en la debilidad
de considerar, como ellos, la sustancia contráctil como una rejilla de
fibrillas sutiles... unidas transversalmente por (una) red». [107]
Tras estos intentos primerizos. Cajal iba muy
pronto a encontrar el camino que conduciría a su gran obra científica. En 1887
fue nombrado miembro de un tribunal de oposiciones a cátedra y residió en
Madrid, lo que aprovechó para visitar los principales laboratorios
micrográficos allí existentes. Estuvo, por supuesto, en el de la Facultad de
Medicina, con Leopoldo López García y el propio Aureliano Maestre de San Juan,
a quien pocos meses después dejaría ciego un desgraciado accidente de
laboratorio, que merecería de Cajal un emocionado recuerdo: «El buenísimo de
don Aureliano, a quien tanto venerábamos sus discípulos, sucumbió a las
resultas de un accidente de laboratorio.
Una salpicadura de sosa cáustica, producida por
la ruptura de un frasco, determinó la pérdida de la vista, a que siguió una
pasión de ánimo tan grande, que arrebató en pocos meses al maestro.
Cajal y sus hermanos Pedro, Paula y Jorja, en los años ochenta.
Fue el doctor Maestre un excelente profesor que
sabía comunicar sus entusiasmos a quienes le rodeaban. Yo le debo favores
inolvidables. Tras haberme apadrinado en la ceremonia de la investidura de
doctor, me animó insistentemente durante mis ensayos de investigador,
fortaleciendo mi confianza en las propias fuerzas. Las cartas con que acusaba
recibo de mis publicaciones constituían para mí tónico moral de primer
orden». [108] También fue Cajal en
1887 al laboratorio de Federico Rubio e, incluso, al instalado en el Museo de
Historia Natural bajo la dirección del biólogo Ignacio Bolívar. No obstante, la
visita que influyó decisivamente en su trayectoria científica, decidiéndole a
consagrarse a la investigación histológica del sistema nervioso, fue la que
realizó al laboratorio de Luis Simarro.
Ya hemos citado antes a Simarro —que era
solamente tres años mayor que Cajal— entre las figuras jóvenes de la histología
en la España de este momento histórico. Conviene ahora solamente recordar que,
tras su formación en Valencia y Madrid, había trabajado en París desde 1880 a
1885, junto a Mathias Duval, Louis Antoine Ranvier, Jean Martin Charcot y
Valentín Magnan, todos ellos figuras de primera importancia en los saberes
acerca del sistema nervioso. Simarro perfeccionó entonces su ya notable
preparación de micrógrafo, orientándose de modo definitivo hacia la
neurohistología, al mismo tiempo que se consagraba como clínico a la neuropsiquiatría:
«Debo a L. Simarro, el afamado psiquiatra y neurólogo de Valencia, —afirmó
luego Cajal en sus memorias— el inolvidable favor de haberme mostrado las
primeras buenas preparaciones con el proceder del cromato de plata, y de haber
llamado la atención sobre la excepcional importancia del libro del sabio
italiano, consagrado a la inquisición de la fina estructura de la sustancia
gris. Merece contarse el hecho, porque sobre haber tenido importancia decisiva
en mi carrera, demuestra una vez más la potencia vivificante y dinamógena de
las cosas vistas». [109] Cajal se refería, por
supuesto, al profesor de Pavía. Camillo Golgi —con quien compartiría en 1906 el
premio Nobel de medicina—, a su tratado Sulla fina anatomía degli organi
centrali del sistema nervoso (1886) y a su método de impregnación cromoargéntica,
primera técnica que permitía teñir de modo preciso y selectivo las células
nerviosas y sus prolongaciones. «A mi regreso a Valencia —continúa diciendo en
sus Recuerdos— decidí emplear en gran escala el método de Golgi y estudiarlo
con toda la paciencia de que soy capaz. Innumerables probaturas, hechas por
Bartual y por mí, en muchos centros nerviosos y especies animales, nos
convencieron de que el nuevo recurso analítico tenía ante sí brillante
porvenir». [110]
Luis Simarro, importante figura de la neuropsiquiatría que influyó
decisivamente en la trayectoria científica de Cajal, enseñándole el método de
tinción cromoargéntica de Golgi. Más tarde, otra técnica de su invención sirvió
de base al método del nitrato de plata reducido del propio Cajal.
Estos ensayos con su discípulo Juan Bartual Moret
—que luego sería el primer catedrático de histología de la Universidad de
Valencia— quedaron interrumpidos por el traslado de Cajal, a finales de aquel
mismo año, a Barcelona, ciudad que iba a ser el escenario de una etapa
radicalmente distinta en su trayectoria científica.
Durante su estancia en Valencia, la vida
cotidiana de Cajal se desarrolló de acuerdo con unos patrones que se
mantendrían prácticamente constantes durante el resto de su vida. Para complementar
el modesto sueldo de catedrático no se dedicó al ejercicio médico privado, como
era entonces y sigue siendo hoy habitual, sino que impartió en su casa cursos
prácticos de histología y de bacteriología. A estos cursos asistían médicos que
estaban estudiando el doctorado o simplemente deseosos de ampliar su formación
y también algunas personas de otras procedencias, como el biólogo jesuita
Antonio Vicent. Según la costumbre de la época, participó activamente en una
tertulia, concretamente en la que se reunía en la Sociedad de Agricultura de
Valencia, a la que asistía buena parte de los médicos y científicos que antes
hemos citado, junto a otros miembros del mundo académico local. También ingresó
en el Ateneo de Valencia, escenario entonces de vivas polémicas entre los
defensores de las ideas tradicionales y los partidarios de las renovadoras, en
los terrenos sociopolítico, cultural y científico. Además de charlar, Cajal
solía dedicar bastante tiempo al ajedrez, juego por el que, como veremos, llegó
a tener auténtica pasión. Por otra parte, continuó cultivando en sus ratos de
ocio sus aficiones más constantes: las excursiones, la fotografía, el dibujo y
la literatura. «Organizamos una sociedad gastronómica-deportiva —afirma en sus
Recuerdos—, rotulada humorísticamente el Gaster-Club. Los fines de esta reunión
de gente de buen humor reducíanse a girar visitas domingueras a los parajes más
atrayentes y pintorescos del Reino de Valencia; dar de vez en cuando juego
supraintensivo a músculos y pulmones, caminando entre algarrobos, palmitos,
pinos y adelfas, y, en fin, saborear la tan suculenta y acreditada paella
valenciana». [111]
A sus años valencianos corresponde la redacción
de unos Cuentos de vacaciones que Cajal no publicó hasta 1905, cuando ya era
una gran figura científica de prestigio internacional. [112] Les puso el subtítulo
de «narraciones seudocientíficas», ya que pertenecen a lo que hoy llamaríamos
«ciencia-ficción». Reflejan, en ocasiones de modo muy directo, los ideales del
gran histólogo y no pocas situaciones autobiográficas. Por ejemplo, el
protagonista de El pesimista corregido es un médico joven, convaleciente de una
grave fiebre tifoidea, que acaba de terminar «sin éxito, pero con honra» unas
oposiciones a cátedra y a quien su novia trata con creciente «despego y
frialdad». El de A secreto agravio, secreta venganza, un célebre investigador
bacteriológico, llamado Max von Forschung, quien a los cincuenta años se casa
con una joven discípula «lozana, rubia y apetecible, y por añadidura doctora en
Filosofía y Medicina por la Universidad de Berlín». El tema de uno de los
cuentos es el fracaso de la hipnosis colectiva como método de «fabricación de
honradez». En otro, un «hombre artificial», fruto de la fecundación de su madre
con una jeringuilla, critica desde el integrismo católico las ideas positivistas
y evolucionistas, que son defendidas, por el contrario, por un «hombre
natural», arquetípico desde su nacimiento «en una aldea del Pirineo, de padres
humildes». En los tres relatos restantes, la cuestión central gira en torno a
la bacteriología. Los problemas de La casa maldita —«transparente símbolo de
los males y remedios de la patria», según el propio Cajal— empiezan a
solucionarse cuando se demuestra que su fúnebre celebridad se debe a las
condiciones naturales del ambiente y, en concreto, a la presencia de los
gérmenes de la fiebre tifoidea, el paludismo y el carbunco; «en cuanto a los
trasgos y duendes, gemidos lastimeros y fulgores siniestros, y a toda la
lúgubre leyenda demoníaca y espiritista construida en tomo del hecho positivo
de la insalubridad de la finca... representaban tan sólo alucinaciones de
pusilánimes, histéricas y supersticiosos, los eternos e inconscientes
fabricantes y fiadores de religiones y profetas». [113] En El pesimista
corregido, la visión negativa del mundo que tiene el protagonista le lleva a
preguntarse por el sentido de la existencia de las bacterias, cuestión que sólo
llega a entender cuando el «numen de la ciencia», para escarmentarlo, le hace
ver los objetos dos mil veces amplificados. La más rebuscada es la historia de
Max von Forschung, quien se venga de la infidelidad de su mujer con un joven
ayudante, cubriendo con una solución de bacilos tuberculosos las etiquetas
engomadas que éste tiene que pegar; la tuberculosis bucal que el ayudante
contrae así la contagia poco más tarde con sus besos a la esposa infiel. Por
otra parte, el investigador había comprobado experimentalmente la traición
mediante el registro gráfico de un coito de los adúlteros, obtenido con un
aparato registrador unido a cuatro tambores de Marey colocados bajo las patas
de una «chaise longue» de la biblioteca aneja al laboratorio.
Capítulo 6
Cuatro años en Barcelona: nace una nueva concepción de la estructura del
sistema nervioso (1888-1892)
En septiembre de 1886, un real decreto reorganizó
el plan de estudios de las facultades de medicina españolas. La histología, que
hasta entonces se cursaba en el periodo de doctorado, pasó al de licenciatura
con el nombre de «histología e histoquimia normales». Por otra parte, el mismo
decreto dispuso que los catedráticos de dicha asignatura lo fueran también de
anatomía patológica. En julio del año siguiente se convocó, entre otros, el
concurso de traslado para proveer las cátedras de la doble disciplina de las
facultades de Barcelona y Zaragoza, al que podían concurrir los titulares de
anatomía, que había sido declarada asignatura análoga. Cajal dudó algún tiempo
entre ambas. En principio pensó volver a Zaragoza, pero la situación poco
satisfactoria en la que entonces se encontraba su Facultad de Medicina y las
mayores posibilidades que la capital catalana ofrecía para el desarrollo de su
obra científica le decidieron finalmente, pese a la opinión en contra de su
padre, a concursar a la plaza de Barcelona. El 2 de noviembre de aquel mismo
año fue nombrado «Catedrático numerario de Histología e Histoquimia normales y
Anatomía Patológica de la Universidad de Barcelona... en cuyo desempeño
disfrutará el mismo sueldo e iguales derechos que en la actualidad disfruta
como Catedrático de Anatomía descriptiva y Embriología de la Universidad de
Valencia». [114]
En la Facultad de Medicina de Barcelona, cuando
Cajal se incorporó a su claustro, los profesores de mentalidad experimentalista
habían logrado imponerse a los partidarios de las ideas tradicionales. Estaba
ya en la etapa final de su vida académica el catedrático de anatomía Carlos
Silóniz Ortiz quien, como sabemos, había realizado desde los años cincuenta una
notable labor de micrógrafo, que culminó con su tratado de histología de 1870.
Cajal en su época de catedrático en Barcelona
Se había iniciado asimismo el declive de la
actividad de Ramón Coll y Pujol, titular de fisiología que, sin ser un
investigador, había organizado la enseñanza de su disciplina sobre una seria
base experimental, sirviendo de puente con el importante grupo de fisiólogos
catalanes de principios del presente siglo; desde su laboratorio, también había
sido un adelantado de la difusión de los estudios microbiológicos e
histológicos. La personalidad más influyente era Juan Giné y Partagás, cuya
polifacética actividad había acabado por centrarse en la psiquiatría,
contribuyendo decisivamente a que se constituyera como especialidad en España.
Recordemos que Giné, tras enfrentarse con su maestro Antonio Mendoza, había
fundado en 1869 la revista La Independencia Médica que cuando llegó Cajal
continuaba siendo uno de los más importantes órganos de expresión de la
medicina catalana de orientación experimentalista. Ya dijimos que fue el
principal promotor del Instituto Médico de Barcelona (1866), en el que dio
cursos libres de anatomía microscópica, cuyo contenido recogió en un libro
(1869), y que publicó varios trabajos sobre el tema, originales y traducidos.
Entre estos últimos, destaca la primera versión castellana (1868) de Dio
Celluiarpathologie, de Virchow, que realizó en colaboración con Bartolomé
Robert Yarzábal. En 1887, Robert era catedrático de patología médica en la
Facultad barcelonesa y brillante figura de la nueva clínica basada en la
«medicina de laboratorio». Algo parecido puede decirse, en lo que concierne a
la medicina legal, de Ignacio Valentí Vivó, titular de dicha disciplina y
sobresaliente redactor de La Independencia Médica. El grupo experimentalista se
había reforzado en 1883 cuando, con el apoyo de Giné, pasó a ocupar la cátedra
de patología general Jaime Pi y Suñer, autor de notables estudios
fisiopatológicos y padre del gran fisiólogo de los mismos apellidos. Además,
poco después que Cajal, se trasladó también desde la Facultad de Valencia el
catedrático de obstetricia Francisco de Paula Campá, quien había pertenecido en
su juventud al ambiente presidido por el propio Giné. Por el contrario, las
doctrinas médicas tradicionales no tenían ya en el claustro de la Facultad más
que algunos partidarios de escasa dedicación universitaria e ideología muy conservadora,
como el otro catedrático de anatomía, Mariano Batllés y Bertrán de Lis. Incluso
profesores de ideas políticas tradicionales, como el cirujano Antonio Morales
Pérez y el higienista Rafael Rodríguez Méndez, eran convencidos seguidores de
la «medicina de laboratorio».
La Facultad estaba ubicada en el venerable
edificio del Hospital de la Santa Cruz. Algunos jefes de servicio de dicha
institución eran asimismo destacados cultivadores de las nuevas corrientes
médicas. Por ejemplo, José Antonio Barraquer Roviralta, jefe del servicio de
oftalmología, había adquirido una sólida preparación histopatológica en París,
junto a Robin y Ranvier, y publicado durante la década anterior a la llegada de
Cajal numerosos trabajos micrográficos sobre lesiones oculares, en su mayoría
en colaboración con Luis Carreras Aragó, otro oftalmólogo. También convivió
Cajal en este célebre hospital con su hermano, Luis Barraquer Roviralta, quien
había fundado en 1882 el primer servicio de neurología que existió en España,
donde desarrolló una labor de auténtica repercusión internacional.
Juan Giné Partagás, uno de los principales responsables de la introducción
de la «medicina de laboratorio» en Barcelona. Entre sus contribuciones figura
la primera traducción castellana, en colaboración con Bartolomé Robert, de la
Patología celular, de Virchow, que Cajal utilizó siendo todavía estudiante.
El principal internista de la institución en esta
época, Pedro Esquerdo Esquerdo, era un clínico exigente y al día que había
escrito en 1880 una lúcida defensa del papel de la experimentación y de la
necesidad de que los médicos españoles alcanzaran en ella el mismo nivel que
tenían en el terreno de la observación clínica.
En 1874, varios alumnos de Giné fundaron la
Sociedad Médica «El Laboratorio», con el propósito inicial de compensar las
deficiencias de la enseñanza médica oficial. Esta modesta asociación sirvió de
núcleo inicial a la constitución, cuatro años más tarde, de la Academia y
Laboratorio de Ciencias Médicas de Cataluña, una de las instituciones más
representativas de las corrientes experimentalistas en el antiguo Principado.
Entre los fundadores de «El Laboratorio» destaca el cirujano Salvador Cardenal,
quien más tarde aprovechó su formación en los mejores centros europeos para
convertirse en el principal estudioso español de la antisepsia y la asepsia
quirúrgicas y de sus bases microbiológicas. Cardenal, Esquerdo y Robert fueron
cabezas indiscutibles de la nueva Academia donde, como vamos a ver, presentó
Cajal en 1892 su primera elaboración teórica acerca de la estructura del
sistema nervioso.
Los seguidores barceloneses de la «medicina de
laboratorio» fundaron en 1878 la Gaceta Médica de Cataluña, que pasó en 1881 a
denominarse Gaceta Médica Catalana, al quedar en manos del grupo de mentalidad
más cientificista, que dirigía Rodríguez Méndez. En ella y en la Gaceta
Sanitaria de Barcelona, que era el órgano de expresión del cuerpo médico
municipal, publicó Cajal casi una veintena de artículos.
Como la formación y la actividad científica de
Cajal había estado hasta entonces centrada en la anatomía normal macro o
microscópica, se consideró obligado a su llegada a Barcelona a completar su
preparación en anatomía patológica: «Novato todavía en los estudios de anatomía
patológica, tomé a empeño adquirir conocimientos positivos en esta rama de la
medicina, practicando autopsias e iniciándome en los secretos de la patología
experimental. Por fortuna, los cadáveres abundaban en el Hospital de Santa
Cruz. Pasábame diariamente algunas horas en la sala de disección: recogía
tumores, exploraba infecciones y cultivaba microbios. Casi todas las figuras
relativas a la inflamación, degeneraciones, tumores e infecciones, incluidos en
la primera edición de mi Manual de Anatomía patológica general, son copias
efectuadas con aquel rico material necrópsico, al que se añadieron algunos
tumores e infecciones proporcionados por profesores de otros hospitales o por
los veterinarios municipales». [115] Este segundo Manual,
que apareció inicialmente por fascículos entre 1889 y 1890, era una obra mucho
más modesta que el que su autor había dedicado a la histología. Lo presentó
como un resumen «sin pretensiones, destinado a los alumnos» y recordó que se
habían ya publicado en España buenos compendios de la materia, tanto traducidos
como originales, destacando «el excelente del Sr. Maestre de San Juan», editado
cinco años antes. Limitó sus objetivos a recoger los «recientes progresos» y a
ofrecer una exposición de la disciplina independiente de las afines, sobre todo
de la patología general. [116] Sin embargo, además
de sintetizar los saberes relativos a las lesiones anatómicas, se ocupó en él
con cierta amplitud de las bacterias patógenas y concluyó con un «resumen de
microscopía aplicada a la histología y bacteriología patológicas». Cajal no
abandonó totalmente los estudios microbiológicos, a los que incluso dedicó dos
trabajos de cierto relieve durante su estancia en Barcelona. Su Manual de
Anatomía patológica alcanzó nueve reediciones, las cuatro últimas firmadas en
colaboración con su discípulo Jorge Francisco Tello. A través de todas ellas se
fue ampliando y actualizando su contenido estrictamente anatomopatológico y se
mantuvo también al día el resumen de bacteriología, disciplina que figuró
siempre, de una forma u otra, en el propio título de la obra.
Lesión leprosa de la piel. Grabado de la primera edición del Manual de
anatomía patológica (1890), de Cajal.
El esfuerzo didáctico en torno a la asignatura
asociada a su cátedra no impidió a Cajal proseguir sus indagaciones
neurohistológicas con el método de Golgi.
Lesiones de las células de la médula espinal propias de la rabia. Grabado de
la novena edición del Manual de anatomía patológica (1930), de Cajal.
Hay que tener en cuenta que el sistema nervioso fue
el gran capítulo en el que culminó la investigación histológica de la segunda
mitad del siglo XIX. Los primeros detalles descriptivos habían sido publicados
en la primera mitad de la centuria por autores como Ehrenberg, Schwann,
Valentín, Purkinje, Remak y Pacini, labor que fue continuada después con el
hallazgo de la neuroglia por Virchow (1854), de las terminaciones de los
nervios motores por Kühne (1862), de las células piramidales de la corteza cerebral
por Betz (1874), de la morfología de las vainas tendinosas de los nervios por
Ranvier (1878) y con numerosas aportaciones de detalle de menor importancia.
Por encima de todos estos descubrimientos
resultaba necesaria, sin embargo, una formulación doctrinal acerca de la
estructura histológica del sistema nervioso. Un hito importante de esta línea
fue la monografía titulada Untersuchungen über Gehirn und Rückenmark des
Menschen und der Sáugethiere (Investigaciones sobre el cerebro y la médula
espinal del hombre y los mamíferos) que publicó en 1865 Otto F.K. Deiters. En
ella quedó definida la constitución básica de la célula nerviosa como integrada
por un cuerpo celular o soma, que contiene el núcleo, y por dos tipos de
expansiones: las protoplásmicas y las nerviosas. Las prolongaciones
protoplásmicas, de número muy variable en cada célula, fueron llamadas así por
Deiters porque su aspecto interno se diferencia muy poco del protoplasma
fundamental del soma; más tarde, Wilhelm His las denominaría dendritas (de dendron,
árbol) debido a su disposición frecuentemente ramificada. Las prolongaciones
nerviosas, llamadas neuritas, constituyen el elemento central de las fibras
nerviosas, razón por la cual se las conoce también como axones o cilindroejes;
sus colaterales nacen en ángulo recto o en forma parecida a una y.
Los trabajos que Kölliker venía realizando desde
1841 parecían abonar la tesis de que las células nerviosas eran elementos
independientes, lo que en parte explica la acogida que veremos dispensó a las
investigaciones de Cajal. Sin embargo, Joseph Gerlach, a quien antes citamos
como principal fundador de las técnicas de tinción histológica, defendió en
1871 que la sustancia gris de los centros nerviosos era una complejísima red
integrada por la fusión de las dendritas de las diferentes células, en cuya formación
participan también las últimas colaterales de las neuritas. Basó dicha
hipótesis —que durante más de una década aceptaron Kölliker y otras muchas
figuras— en sus tinciones con el cloruro de oro, con las que creyó comprobar la
continuidad de las fibrillas terminales de las dendritas con las de las células
vecinas.
La teoría reticular de Gerlach fue profundamente
modificada por Camillo Golgi, cuyo método cromoargéntico fue, como sabemos, el
primer fundamento de la obra de Cajal y que compartiría con éste el premio
Nobel de medicina de 1906. [117] Nacido en 1843 en la
localidad italiana de Corteno, Golgi estudió medicina en la Universidad de
Pavía, donde se licenció en 1865. En su formación inicial influyó
principalmente Eusebio Oehl, introductor en Pavía de la anatomía microscópica,
disciplina en la que inició a Golgi y a otras futuras personalidades
histológicas, como Giulio Bizzozero y Enrico Sertoli. Después de graduarse,
Golgi trabajó durante algún tiempo en la clínica psiquiátrica del célebre
criminalista Cesare Lombroso. No obstante, más que por las cuestiones clínicas,
se interesó por la investigación histológica, que realizó en el laboratorio de
patología experimental dirigido por Bizzozero. Entre 1868 y 1871 publicó sus
primeros trabajos, entre los que se encuentran varios dedicados a la anatomía
normal y patológica del sistema nervioso. En 1871 dio un curso privado de
micrografía pero, al año siguiente, dificultades económicas le obligaron a
aceptar un modesto puesto clínico. A partir de 1873 comenzó a publicar trabajos
basados en el método de impregnación cromoargéntica, técnica de tinción ideada
por él con la que revolucionó la investigación histológica del sistema
nervioso. La fama que ello le proporcionó fue el fundamento de su carrera
académica. En 1875 fue nombrado «libero docente» de la Universidad de Pavía y
en 1879, titular de la cátedra de anatomía de la de Siena. Un año después pasó
a ocupar en la propia Pavía la cátedra de histología, disciplina que explicó
hasta su jubilación en 1918, reuniendo en torno a él una notable escuela. Llegó
a ser decano de la Facultad de Medicina, rector y senador, y murió de edad muy
avanzada, en 1926. Aparte de su obra neurohistológica, realizó notables
aportaciones al estudio del paludismo, así como a la citología. Por ejemplo,
hoy lleva universalmente su nombre la red intracelular, el aparato o complejo
de Golgi, que describió en 1898 y que se encuentra en casi todas las células
eucariotas.
Como venimos diciendo, la gran contribución de
Golgi consistió en idear un método apropiado para teñir las células nerviosas y
sus prolongaciones: el método de impregnación cromoargéntica. Básicamente,
consiste en una prolongada inmersión de las preparaciones histológicas,
previamente endurecidas con bicromato potásico o amónico, en una solución de
nitrato de plata del 0,5 al 1 por ciento. Con esta técnica, que permite una
tinción precisa y selectiva de la silueta de los elementos nerviosos, Golgi
investigó, a partir de 1873, la estructura de la sustancia gris cerebral, el
cerebelo, los lóbulos olfatorios, etc. Tras publicar numerosos artículos,
recogió sus observaciones en el libro Sulla fina anatomía degli organi centrali
del sistema nervoso (1886). Apoyándose en ellas, formuló una serie de
hipótesis, una de las cuales consistía en suponer la existencia de una red
difusa de extraordinaria finura en la sustancia gris de los centros nerviosos.
A diferencia de la postulada por Gerlach, esta red no estaría integrada por la
continuidad de las dendritas, ya que Golgi había podido demostrar que éstas
concluyen en cabos libres e independientes, sino por la unión de las ramas
terminales y colaterales de neuritas de varios tipos de células nerviosas.
A las teorías reticularistas de Gerlach y Golgi
se opusieron varios autores, entre los que destacan His y Forel. Con sus
investigaciones embriológicas, en especial las que publicó en 1886, His sentó
el fundamento histogenético de la postura que defendía la independencia de las
células nerviosas. Por su parte, August Forel (1887) revisó la obra de Golgi y
relacionó sus resultados con datos procedentes de la anatomía patológica y la
patología experimental, lo que le llevó a suponer que las terminaciones de las
neuritas eran también libres e independientes. Estas críticas aisladas no
llegaron, sin embargo, a superar el nivel de las opiniones hipotéticas.
Básicamente continuaba vigente la situación que tres décadas antes había
expuesto Virchow en su Cellularpathologie (1858), a consecuencia de «las
numerosas dificultades que la sustancia gris ha presentado para la
investigación histológica». [118] Seguía siendo
imposible reducir el sistema nervioso a los supuestos de la teoría celular
sobre una base rigurosa e inequívoca y, todavía más, construir un modelo
celularista de su estructura que sirviera de fundamento a la neurofisiologia,
la neuropatología y la clínica de las enfermedades nerviosas. Realizar ambas
tareas iba a ser precisamente la principal aportación de Cajal.
Arriba, grabados de la comunicación de Cajal al Congreso Médico de Valencia
(1891) en la que expuso por vez primera la ley de la polarización dinámica de
las neuronas, principio básico de la moderna neurofisiología acerca de la
transmisión de la corriente nerviosa.
Página inicial de la edición original de la primera síntesis que publicó
Cajal acerca de su nueva concepción de la textura del sistema nervioso (1892).
Las posibilidades técnicas abiertas por el método
cromoargéntico de Golgi no habían sido hasta entonces aprovechadas más que por
el propio histólogo italiano y sus discípulos inmediatos. Por disciplina de
escuela o prejuicios nacionalistas, las grandes figuras alemanas y francesas no
le habían prestado la debida atención.
Ranvier, por ejemplo, solamente lo había
mencionado de pasada, sin preocuparse de ensayarlo.
Algunas dificultades prácticas que planteaba su
aplicación desanimaron a otros autores, entre ellos, a Simarro, lo que
motivaría el siguiente comentario de Cajal en sus Recuerdos: «A las veleidades
de la impregnación cromoargéntica se debió, sin duda, el que Simarro,
introductor en España de los métodos y descubrimientos de Golgi, abandonara
desalentado sus ensayos...
Esquemas de Cajal acerca de la estructura histológica del cerebelo, primer
territorio en el que demostró la individualidad de las células nerviosas y la
terminación por contacto de sus prolongaciones.
Desgraciadamente, Simarro, dotado de un gran
talento, carecía de la perseverancia, la virtud de los modestos». [119] El propio Cajal, por
el contrario, reunía un talento y una perseverancia excepcionales, gracias a lo
cual convirtió el método de Golgi en la primera arma técnica de su obra de
investigador, sobre todo después de introducir la modificación que denominó
«proceder de doble impregnación». Consistía este último en someter las
preparaciones histológicas, una vez extraídas de la solución de nitrato de
plata, a un nuevo baño bicrómico y a otra impregnación argéntica, lo que le
permitió obtener tinciones muy claras y casi constantes incluso en estructuras
muy complejas, como la de la retina.
Cajal consideró como «resorte principal» y
«causa verdaderamente eficiente» de sus espectaculares descubrimientos la
utilización del método ontogénico, es decir, el estudio de los centros
nerviosos de embriones de aves y mamíferos, en lugar de comenzar directamente
con los de animales adultos, como hasta entonces se había hecho. Explicó esta
alternativa con una metáfora muy expresiva: «El (medio) más natural y sencillo
al parecer, pero en realidad el más difícil, consiste en explorar
intrépidamente la selva adulta, limpiando el terreno de arbustos y plantas
parásitas, y aislando cada especie arbórea tanto de sus parásitos como de sus
congéneres... Mas semejante táctica resulta poco apropiada a la dilucidación
del problema propuesto, a causa de la enorme longitud y extraordinaria
frondosidad del ramaje nervioso, que inevitablemente aparece mutilado y casi
indescifrable en cada corte... Puesto que la selva adulta resulta impenetrable
e indefinible, ¿por qué no recurrir al estudio del bosque joven, como si
dijéramos, en estado de vivero?... Escogiendo bien la fase evolutiva (del
embrión)... las células nerviosas, relativamente pequeñas, destacan íntegras
dentro de cada corte; las ramificaciones terminales del cilindroeje dibújanse
clarísimas y perfectamente libres; los nidos pericelulares, esto es, las
articulaciones interneuronales, aparecen sencillas, adquiriendo gradualmente
intrincamiento y extensión; en suma, surge ante nuestros ojos, con admirable
claridad y precisión, el plan fundamental de la composición histológica de la
sustancia gris». [120]
Esquema de Cajal destinado a comparar la concepción reticularista de Golgi
acerca de las conexiones sensitivo-motrices de la médula espinal con la
neuronista resultante de sus propias investigaciones.
Sobre estas bases, Cajal se dedicó a la
investigación, «no ya con ahínco, sino con furia». Su actividad científica
durante 1888 y 1889 fue tan intensa que para dar a conocer sus trabajos, además
de enviar artículos a la Gaceta Médica Catalana ya La Medicina Práctica, tuvo
que publicar a su costa una Revista trimestral de Histología normal y
patológica. Por razones económicas, dicha Revista tuvo una tirada de sólo
sesenta ejemplares —que eran casi todos enviados a figuras científicas
extranjeras— y llevaban láminas litográficas dibujadas y grabadas por el propio
Cajal. Únicamente aparecieron tres números, el primero en mayo de 1888, el
segundo tres meses después y el último en marzo de 1889. A pesar de estas
limitaciones, los diez trabajos histológicos que Cajal publicó en ella
iniciaron una nueva etapa en la investigación de la estructura del sistema
nervioso.
En el trabajo que inició dicha serie, titulado
Estructura de los centros nerviosos de las aves, Cajal demostró por vez primera
con datos inequívocos que las ramificaciones de las neuritas no acaban en la
sustancia gris mediante una red difusa, sino mediante arborizaciones libres. Lo
consiguió, en concreto, al estudiar el axón de las llamadas células estrelladas
pequeñas de la capa molecular del cerebelo. [121] A esta observación
crucial añadió, tres meses después, otros dos hallazgos de parecida
importancia, en el artículo Sobre las fibras nerviosas de la capa molecular del
cerebelo: el primero fue el descubrimiento del axón de los granos, diminutas
células de la corteza cerebelosa, que se divide a diversas alturas en ángulo
recto, produciendo unas larguísimas proyecciones, que denominó fibras paralelas
por discurrir paralelamente al sentido de la circunvolución cerebelosa; el
segundo , el de las fibras trepadoras que, procedentes de los ganglios de la
protuberancia, cruzan sin ramificarse las capas de los granos para contactar
con las células de Purkinje, elementos de grueso soma piriforme descritos por
este gran histólogo checo en 1838. Ambos hallazgos volvieron a confirmar que la
transmisión de los impulsos nerviosos se hacía por contacto, desmintiendo de
modo terminante la teoría reticular. [122]
Casi simultáneamente, en dos trabajos aparecidos
en mayo y agosto de 1888, Cajal consiguió también reducir a los nuevos
supuestos la estructura de la retina, que continuaría después investigando
varios años hasta la aparición de su clásica monografía sobre el tema, primero
en francés (1892) y luego en alemán (1894). El tercer territorio en el que
demostró la individualidad de las células nerviosas y la terminación por
contacto de sus prolongaciones fue la médula espinal, en la que concentró sus
esfuerzos durante 1889. No solamente volvió a desmentir la existencia en la
sustancia gris medular de una red difusa protoplásmica y axónica o solamente
axónica, sino que dio a conocer la arquitectura celular y la disposición de las
vías que constituyen esta porción intrarraquídea del sistema nervioso. Como
afirma Diego Ferrer, con sus trabajos sobre la misma, «pudo establecer la
marcha de la corriente nerviosa y las bases anatómicas que explican el paso de
la excitación en los actos reflejos». [123] Resulta casi
increíble que, en marzo de aquel mismo año, publicara además un trabajo acerca
de la estructura del lóbulo óptico y el origen de los nervios ópticos, en el
que demostró que la terminación de las fibras nerviosas sensoriales llegadas de
la retina se realizaba también por contacto, mediante arborizaciones libres en
torno a las células.
Estructura de la retina de un mamífero, otro de los territorios en los que
más brillantemente demostró Cajal la teoría de la neurona
Esquema de Cajal acerca de la génesis y emigración de unas células nerviosas
(los granos del cerebelo).
Cajal resumió su nueva verdad de 1888 y 1889, sobre
la morfología y las conexiones de las células nerviosas en la sustancia gris,
en cuatro puntos o leyes, que consideró «puro resultado inductivo del análisis
estructural del cerebelo... confirmadas después en todos los órganos nerviosos
explorados»:
«1.a Las ramificaciones colaterales y terminales de todo
cilindroeje acaban en la sustancia gris, no mediante red difusa, según
defendían Gerlach y Golgi con la mayoría de los neurólogos, sino mediante
arborizaciones libres, dispuestas en variedad de formas (cestas o nidos
pericelulares, ramas trepadoras, etc.).
«2.a Estas ramificaciones se aplican íntimamente al cuerpo y
dendritas de las células nerviosas, estableciéndose un contacto o articulación
entre el protoplasma receptor y los últimos ramúsculos axónicos.
«De las referidas leyes anatómicas despréndese dos corolarios fisiológicos:
«3.a Puesto que el cuerpo y dendritas de las neuronas se
aplican estrechamente (a) las últimas raicillas de los cilindroejes, es preciso
admitir que el soma y las expansiones protoplásmicas participan en la cadena de
conducción, es decir, que reciben y propagan el impulso nervioso,
contrariamente a la opinión de Golgi, para quien dichos segmentos celulares
desempeñarían un papel meramente nutritivo.
«4.a Excluida la continuidad sustancial entre célula y célula,
se impone la opinión de que el impulso nervioso se transmite por contacto, como
en las articulaciones de los conductores eléctricos, o por una suerte de
inducción, como en los carretes de igual nombre». [124]
Cajal se preocupó inmediatamente de difundir
internacionalmente los resultados de sus investigaciones, con clara conciencia
de que no bastaba enviar ejemplares de su revista o separatas de sus artículos
a destacadas figuras científicas europeas. Por ello, a finales de 1889 y
comienzos de 1890, publicó traducciones francesas de tres trabajos suyos donde
exponía los hallazgos más importantes que había conseguido acerca de la
estructura del cerebelo, la retina y la médula espinal. El primero apareció en
la revista de Wilhelm Krause que, como sabemos, había acogido ya aportaciones
suyas anteriores. Los otros dos, en el Anatomischer Anzeiger, órgano de
expresión de la Sociedad Anatómica Alemana, que entonces funcionaba en la
práctica como asociación internacional de los cultivadores de las ciencias
morfológicas. Sin embargo, la acogida que tuvieron estas publicaciones no pudo
ser más decepcionante. La condición marginal de la actividad científica
española en la biomedicina europea de la época y también las dificultades que
la mayoría de los histólogos habían tenido al utilizar el método de Golgi
contribuyeron, sin duda, a que los trabajos de Cajal fueran inicialmente
recibidos con desconfianza. No obstante, la principal dificultad residía en la
misma importancia de sus descubrimientos y en el hecho de que contradijeran
frontalmente las ideas generalmente admitidas. El húngaro Mihály Lenhossék,
destacado neurohistólogo que entonces era catedrático en Basilea, manifestó en
1890 de una forma muy significativa su incredulidad ante un revolucionario
hallazgo de Cajal relativo a la estructura de la médula espinal: «Resulta muy
sorprendente que hecho tan cardinal no haya sido sorprendido por nadie, no
obstante haber* sido la médula explorada desde hace cincuenta años en todas
direcciones y con todos los métodos». [125] Otro neurohistólogo
de parecida talla, el belga Arthur Van Gehuchten, recordaría un cuarto de siglo
después que «los hechos descritos por Cajal en sus primeras publicaciones
resultaban tan extraños, que los histólogos de la época los acogieron con el
mayor escepticismo». [126]
Para superar dicha desconfianza, Cajal decidió
aprovechar el congreso de la Sociedad Anatómica Alemana mostrando en él las
preparaciones más claramente demostrativas de sus descubrimientos. Para
realizar el viaje tuvo que recurrir a todos sus ahorros y aceptar la ayuda de
su padre, en cuya casa de Zaragoza permanecieron, además, su mujer y sus hijos
mientras duró su ausencia. No se le concedió subvención oficial alguna, a pesar
de las gestionas que en el Ministerio de Fomento realizó Amalio Gimeno, quien desde
la Facultad de Valencia se había trasladado como catedrático a la de Madrid e
iniciado la carrera política que le llevaría a comienzos del presente siglo a
ocupar elevados cargos. Únicamente consiguió permiso para ausentarse de España
durante un mes.
En el congreso de Berlín, tras la lectura y
discusión de las ponencias y comunicaciones orales, se dedicó un día a las
demostraciones prácticas, sección en la que estaba inscrito Cajal: «Desde muy
temprano —afirma en sus Recuerdos— me instalé en la sala laboratorio ad hoc,
donde en largas mesas y enfrente de amplios ventanales, brillaban numerosos
microscopios.
El evolucionismo darwinista fue uno de los fundamentos teóricos de la obra
de Cajal. Esquema suyo que compara la evolución filogénica y la embriológica de
una célula piramidal del cerebro: A, célula piramidal de un batracio; B, de un
reptil; C, del conejo; D, del hombre; a, b, c, d, fases evolutivas de la célula
piramidal en el embrión de los mamíferos.
Desembalé mis preparaciones; requerí dos o tres
instrumentos amplificantes, además de mi excelente modelo Zeiss, traído por
precaución; enfoqué los cortes más expresivos concernientes a la estructura del
cerebelo, retina y médula espinal, y, en fin, comencé a explicar, en mal
francés, ante los curiosos, el contenido de mis preparaciones». [127]
Camillo Golgi, neurohistólogo italiano que ideó el método de tinción
cromoargéntica de las células nerviosas con el que Cajal realizó la primera
fase de su obra. Partidario de la teoría reticular, Golgi compartiría el premio
Nobel con el investigador aragonés en 1906.
Esquema de Golgi que representa su concepción reticularista de la estructura
del sistema nervioso.
Según el testimonio de Van Gehuchten, Cajal estaba
solo, «no suscitando en torno suyo sino sonrisas incrédulas. Todavía creo verlo
tomar aparte a Kölliker, entonces maestro incontestable de la histología
alemana, y arrastrarlo a un rincón de la sala de demostraciones, para mostrarle
en el microscopio sus admirables preparaciones y convencerle al mismo tiempo de
la realidad de los hechos que pretendía haber descubierto. La demostración fue
tan decisiva que, algunos meses más tarde, el histólogo de Würzburgo confirmaba
todos los hechos afirmados por Cajal». [128] El escepticismo
inicial de Kölliker se convirtió en vivo interés cuando observó las clarísimas
imágenes de las preparaciones del aragonés y éste le explicó —según anota en
sus Recuerdos— «en un francés chabacano, menuda y pacientemente, todos los pequeños
secretos de manipulación de la reacción cromoargéntica». [129] Inmediatamente
después, Kölliker realizó una serie de trabajos de confirmación, utilizando la
técnica de la doble impregnación, que le hicieron abandonar la teoría reticular
y aceptar plenamente las concepciones de Cajal. Los dos primeros, dedicados al
cerebelo y la médula espinal, aparecieron en 1890 en su propia revista, una de
las más influyentes de la morfología de la época.
Kölliker se encontraba entonces en la cumbre de
su prestigio científico tras casi medio siglo de ejemplar dedicación a la
investigación histológica. Ya hemos dicho que su Handbuch der Gewebelehre der
Menschen —cuya edición original apareció en 1852, el mismo año del nacimiento
de Cajal— fue el primer tratado moderno de la disciplina. En consecuencia, no
resulta extraño que su terminante respaldo a las contribuciones del
investigador español pesara decisivamente en la trayectoria científica de éste.
«A la gran autoridad de Kölliker se debió el que mis ideas fueran rápidamente
difundidas y apreciadas por el mundo sabio —afirmó el propio Cajal en una de
las páginas de reconocimiento más sentidas que escribió—. Por honrosa excepción
entre los grandes investigadores, juntaba Kölliker, a un gran talento de
observación asistido de infatigable laboriosidad, modestia encantadora y
rectitud y serenidad de juicio excepcionales... Sacrificaba tan poco en el
altar de la altiva consecuencia, que, habiendo sido partidario de la teoría
reticular, la abandonó radicalmente, adaptándose con flexibilidad juvenil a las
nuevas concepciones del contacto y la independencia morfológica de las
neuronas. En su afecto hacia mí, llevó la benevolencia hasta aprender el
español para leer mis primeras comunicaciones. Más tarde culminó su noble
modestia, traduciendo personalmente para su Zeitschrift für wissenschaftliche
Zoologie el texto de un trabajo mío sobre el asta de Ammon». [130]
August Forel, uno de los primeros autores que se opuso a la concepción
reticularista de Golgi, aunque sin contar todavía con los fundamentos objetivos
que proporcionaron las investigaciones de Cajal.
Poco después de Kölliker, casi todas las grandes
figuras de la neurohistología europea asimilaron los hallazgos de Cajal y
aceptaron su nueva concepción de la estructura del sistema nervioso.
Rudolph Albert von Kölliker, figura central de la histología alemana que
contribuyó decisivamente a la difusión internacional de la obra científica de
Cajal.
En el mundo germánico lo hizo el propio Wilhelm His
—personalidad de talla parecida a la de Kölliker a quien ya nos hemos referido
en varias ocasiones— junto a otros importantes investigadores. Entre estos
últimos cabe destacar a Heinrich Wilhelm Waldeyer quien, además de realizar
notables aportaciones descriptivas a la anatomía normal y patológica, tuvo el
acierto de acuñar varios términos generales que acabaron imponiéndose. Creó,
por ejemplo, el término cromosoma, así como el de neurona, que propuso para
designar la célula nerviosa como unidad elemental morfológica y fisiológica, en
el sentido de Cajal, en un artículo de revisión «sobre algunas nuevas
investigaciones en el terreno de la anatomía del sistema nervioso central»
(1891). En el resto de los países europeos comprobaron y difundieron las ideas
de Cajal y las enriquecieron con observaciones propias otros sobresalientes
científicos, a la cabeza de los cuales figuraron el sueco Gustav Retzius, el
húngaro Mihály Lenhossék —tras superar su desconfianza inicial a la que antes
hemos aludido—, el belga Arthur Van Gehuchten y el francés Mathias Duval.
De regreso de Berlín, Cajal pasó varios días en
Göttingen junto a Wilhelm Krause, quien le enseñó su Instituto y le dio a
conocer la organización universitaria alemana, tan distinta de la existente en
España. Estuvo luego en el norte de Italia, visitando varios laboratorios y
cátedras de Turín, Génova y Pavía. En esta última ciudad no pudo ver a Golgi,
que se encontraba en Roma cumpliendo sus obligaciones como senador.
«Contrarióme mucho la ausencia del maestro —afirma Cajal en sus Recuerdos—. Doy
por seguro que, de haber podido mostrarle mis preparaciones y rendirle al mismo
tiempo mis sentimientos de admiración, hubiéranse evitado, para lo futuro,
polémicas y equívocos enfadosos». [131] El primer
enfrentamiento entre ambos se produjo pocos meses después en las páginas del
Anatomischer Anzeiger, con motivo de la reclamación por parte de Golgi de la
prioridad del hallazgo de las fibras colaterales de la médula espinal.
Estimulado por la acogida que su labor estaba
obteniendo, Cajal trabajó de modo casi frenético durante 1890, año en el que
publicó nada menos que diecinueve artículos, seis de los cuales aparecieron en
francés en diferentes revistas morfológicas europeas. Entre otras aportaciones
de menor interés, expuso en ellos sus primeras investigaciones sobre el cerebro
de los mamíferos, la demostración de que la estructura de las vías olfatorias
se ajustaba a la teoría de la neurona y, sobre todo, una serie de observaciones
acerca del desarrollo embrionario de las células y las fibras nerviosas de la
médula espinal y el cerebelo. Estas últimas confirmaron el punto de vista
defendido por Kölliker y His, según el cual «el neuroblasto o célula nerviosa
primitiva, genera los nervios, mediante la emisión de un brote o apéndice, el
axón, que crecería libremente a través de los demás tejidos para abordar los
aparatos terminales, donde acabaría mediante ramificaciones
independientes». [132] Dichas
investigaciones embriológicas las realizó entonces Cajal ajustándose
estrictamente a los supuestos de la morfología darwinista y, en concreto, a la
ley biogenética fundamental formulada por Fritz Müller y Ernest Haeckel que,
como es sabido, afirma que la ontogenia o desarrollo embrionario individual es
una recapitulación de la filogenia o desarrollo evolutivo de la especie. De
esta forma, consideró que había hallado que «la célula nerviosa repite en su
evolución individual, con algunas simplificaciones y omisiones, las formas
permanentes descubiertas por Retzius y Lenhossék en los ganglios de los
invertebrados». [133]
Durante 1891 y los primeros meses de 1892, Cajal
continuó realizando trabajos de carácter analítico, principalmente sobre la
retina, el cerebro y los ganglios simpáticos. Formuló también entonces la ley
de la polarización dinámica de las neuronas —una de sus aportaciones teóricas
perdurables— y ofreció una síntesis de su concepción de la estructura del
sistema nervioso que alcanzó una gran difusión internacional.
El problema de la dirección del impulso nervioso
dentro de la neurona lo había examinado ya con anterioridad, pero no llegó a
una formulación doctrinal madura hasta 1891, cuando dispuso de sólidas series
de datos en que basarla y bajo el estímulo de un comentario de Van Gehuchten a
sus opiniones sobre la materia. La expuso por vez primera en una comunicación
que presentó al Primer Congreso Médico-Farmacéutico Regional celebrado en
Valencia en julio de dicho año y que se publicó después en sus actas. La tituló
Comunicación acerca de la significación fisiológica de las expansiones
protoplasmáticas y nerviosas de las células de la sustancia gris y es
actualmente considerado un texto clásico crucial de las neurociencias
contemporáneas. El propio Cajal también le concedió gran relieve dentro de su
trayectoria científica y resumió la teoría de la polarización dinámica que se
defiende en ella de la siguiente forma: «La transmisión del movimiento nervioso
tiene lugar desde las ramas protoplásmicas hasta el cuerpo celular, y de éste a
la expansión nerviosa. El soma y las dendritas representan, pues, un aparato de
recepción, mientras que el axón constituye el órgano de emisión y
repartición». [134]
La síntesis a la que nos hemos referido la
ofreció Cajal en una serie de conferencias que pronunció en marzo de 1892 en la
Academia de Ciencias Médicas de Barcelona, bajo el título general de Nuevo
concepto de ¡a histología de los centros nerviosos. Su texto apareció
originalmente en va: ios números de la Revista de Ciencias Médicas de Barcelona
y luego fue reunido en un folleto. [135]
Cajal con sus hijos Fe, Jorge, Paula y Santiago, durante sus años en
Barcelona.
Casi inmediatamente se publicó una traducción
alemana por iniciativa de His y con un prefacio suyo; la versión la realizó
Hans Held, que entonces era ayudante de His y que, como veremos, se convertiría
más tarde en uno de los principales histólogos contrarios al neuronismo. Poco
después lo hizo una traducción francesa, precedida de un prólogo de Mathias
Duval, que tuvo tal éxito que se agotaron en un trimestre dos copiosas
ediciones. El traductor fue en este caso Léon Azoulay, el mismo que se
encargaría dos décadas después de la versión de la Textura del sistema
nervioso, la principal obra de Cajal. La acogida que tuvo esta primera síntesis
fue precisamente uno de los factores que más pesaron en su decisión de escribir
el gran tratado.
A pesar de su intensa dedicación al trabajo
científico, durante sus años de residencia en Barcelona, Cajal asistió
regularmente a una tertulia, lo mismo que había hecho en Valencia y continuaría
haciendo más tarde en Madrid. Estaba principalmente integrada por catedráticos
de ciencias, junto a algunos profesores de letras, hombres de negocios y
abogados. De todos ellos, su amigo más allegado fue Victorino García de la
Cruz, profesor de química y científico de cierto relieve, a quien Cajal
convirtió en «confidente» de sus proyectos: «Comunicábale a diario el estado de
mis trabajos, los obstáculos que me detenían, así como mis caras ilusiones y
proyectos». [136] También era miembro
de la tertulia el naturalista Odón de Buen, aragonés como Cajal, que llegaría a
ser una figura de prestigio internacional en el campo de la biología marina,
además de redactar los primeros manuales universitarios españoles rigurosamente
basados en el darwinismo y de ser un exaltado defensor de las ideas de la
izquierda republicana.
El talante del Cajal de estos años se refleja de
modo muy expresivo en el hecho de que decidiera abandonar el ajedrez —que, como
sabemos, era una de sus más arraigadas aficiones— por considerarlo peligroso
para la ascética entrega de su inteligencia y su voluntad a la investigación
científica, que consideraba la norma de su vida. Justificó su baja de los
torneos del Casino Militar, en los que había participado apasionadamente, con
razonamientos muy reveladores: «Si en el juego de ajedrez no se pierde dinero,
se pierde tiempo y cerebro, que valen infinitamente más. Y se despolariza
nuestra voluntad, que corre por cauces extraviados. En mi sentir, lejos de ejercitar
la inteligencia, como se ha dicho por muchos, el ajedrez la descentra y la
gasta. Consciente del peligro de mi situación, temblaba ante la desconsoladora
perspectiva de convertirme en uno de esos tipos amorfos, sedentarios y
ventripotentes que envejecen infecunda e insensiblemente en torno de una mesa
de tresillo o de ajedrez». [137] En su Recuerdos,
asegura que «no volví a mover un peón durante más de veinticinco años»,
afirmación hiperbólica que desmiente, entre otros muchos testimonios, una
fotografía de las vacaciones de verano de 1898, reproducida en el mismo libro,
en la que aparece jugando una partida con su amigo el gran antropólogo Federico
Olóriz.
Lo mismo que en Valencia, Cajal completó su
modesto sueldo universitario, durante sus años de Barcelona, impartiendo cursos
prácticos privados de micrografía, destinados principalmente a médicos que
estaban cursando el doctorado. Entre los asistentes figuraron el dermatólogo
Augusto Pi Gibert y José María Bofill Pichot, quien más tarde realizaría una
notable labor como entomólogo. Los ingresos adicionales que le proporcionaron
dichos cursos le permitieron trasladarse desde un piso muy modesto situado en
las cercanías del Hospital de (a Santa Cruz, que fue su primer domicilio en
Barcelona, a una casa más amplia, con una buena sala para el laboratorio e
incluso un pequeño jardín donde pudo instalar los animales de experimentación.
Dos graves desgracias familiares le amargaron, sin embargo, este limitado
progreso material y sus primeros hallazgos científicos de importancia. Jorge,
su hijo mayor, padeció una grave fiebre tifoidea que afectó seriamente su
desarrollo mental y fue origen de la enfermedad cardíaca de la que fallecería
en 1911. Su hija Enriqueta, la primera nacida en Barcelona, murió víctima de
una meningitis tuberculosa, dolencia para la que entonces no existía
tratamiento eficaz. El descubrimiento de varios detalles cruciales de la
estructura histológica del cerebelo —primer fundamento, como hemos dicho, de su
obra científica— permaneció asociado durante el resto de la vida de Cajal, «por
singular y amargo contraste», a la «imagen pálida y doliente» de la niña. [138]
Capítulo 7
El primer cuarto de siglo en Madrid: el periodo culminante de una vida
consagrada a la investigación (1892-1914)
Tras el fallecimiento de Aureliano Maestre de San
Juan en 1890 quedó vacante la cátedra de histología y anatomía patológica de
Madrid. La llamada Universidad Central, con todas sus limitaciones, ofrecía
entonces a un profesor consagrado a la docencia y la investigación unas
posibilidades claramente superiores a las del resto del país, calificadas «de
provincias» desde la tajante perspectiva centralista que dominaba la
organización de la enseñanza en todos sus niveles. Deseoso de aprovechar dichas
posibilidades, Cajal presentó a finales de septiembre de 1890 la solicitud para
presentarse a las correspondientes oposiciones, que habían sido convocadas dos
meses antes. La plaza hubiera podido cubrirse mediante concurso de traslado,
pero lo impidió la lucha por el poder académico que entre los mandarines
universitarios solía desencadenar el acceso a las cátedras madrileñas. Ya hemos
dicho que, en terreno de las disciplinas morfológicas, Julián Calleja actuó
como cacique todopoderoso durante el último cuarto del pasado siglo. En una
carta que escribió a Cajal poco antes de que apareciera la convocatoria de las
oposiciones, Luis Simarro describió la situación en los siguientes términos:
«Otro aspecto he de consultar con Vd. y es relativo a las oposiciones que la cátedra
que Maestre de San Juan ha dejado vacante. Yo creía que tal vez se diese en
concurso y pudiera Vd. venir a Madrid, mas, por razones que desconozco, se han
apresurado a decidir que salga a oposición y me han dicho que pronto se
publicará la convocatoria. Supongo que los compromisos e influencias cruzadas
para disputarse las otras vacantes de Madrid (historia de la medicina,
patología médica, operaciones y patología quirúrgica, que en estos días deja
Creus) habrán motivado que se saque la histología a oposición para que las
otras correspondan a concurso. Imagino (sin datos positivos) que Calleja habrá
empujado para evitar que el concurso de histología pudiera traer a Solá a
Madrid, con lo que aumentarían los granadinos que hacen oposición a la dictadura
de Calleja». [139] El catedrático
granadino al que Simarro alude es, por supuesto, Eduardo García Solá, discípulo
de Maestre y autor de una amplia obra micrográfica que ya hemos comentado.
En esta misma carta, Simarro añadía: «Aunque soy
tan solo un histólogo de ocasión, pues la histología no es para mí sino medio
para estudiar la neurología, mi verdadero objeto, yo me atrevería a aprovechar
esta puerta abierta para entrar en el profesorado y haría, oposiciones a esta
cátedra. Mas no me atrevería a hacerlas y, aunque me atreviese, no esperaría
ganar la plaza si Vd. se presentase. Es más, si por un azar inverosímil yo
pudiera ganar la cátedra contra Vd., me sería muy difícil en conciencia aceptar
el cargo, pues estimo a Vd. como el único histólogo de nuestro país». A pesar de
tan terminante afirmación, Simarro acabó presentándose a las oposiciones. No
hay que olvidar que era ya una personalidad de gran prestigio científico y
clínico y de gran peso político, con un brillo social muy superior al que
entonces tenía Cajal y cualquier otro médico consagrado a la investigación de
laboratorio. Como neuropsiquiatra, Simarro fue el principal introductor en
España de las doctrinas de Emil Kraepelin, que combinó con los puntos de vista
propios de Jean Martin Charcot y Valentín Magnan, sus maestros en París. Prestó
especial atención a la relación entre la psiquiatría y el derecho penal,
participando en numerosos casos que le dieron gran notoriedad, como el célebre
del psicópata Cayetano Galeote, asesino del obispo de Madrid (1886). De acuerdo
con los supuestos de su mentalidad médica, mantuvo un interés primordial por
dos disciplinas básicas: la neurohistología y la psicología experimental. Ya
sabemos que en su laboratorio micrográfico vio Cajal las primeras preparaciones
con el método cromoargéntico de Golgi y más adelante anotaremos el destacado
papel que, en la segunda fase de la obra del genial histólogo aragonés, tuvo el
«proceder fotográfico» ideado por el mismo Simarro. Varios discípulos de éste
cultivaron igualmente la psiquiatría y la investigación microscópica, entre
ellos, Nicolás Achúcarro y Gonzalo Rodríguez Lafora, grandes figuras ambos de
la Escuela Histológica Española. Más importante todavía fue su actividad en el
terreno de la psicología experimental, generalmente considerada como punto de
partida de dicha disciplina en nuestro país. Por otra parte, Simarro era, desde
su estancia en París, miembro de la masonería, de la que llegaría a ser Gran
Maestre en España durante la segunda década del presente siglo. [140]
También se presentó a estas oposiciones Ramón
Vareta de la Iglesia, otra figura científica notable. Catedrático de fisiología
en la Facultad de Medicina de Santiago desde 1876, Varela estaba estrechamente
vinculado desde el punto de vista ideológico a Francisco Giner de los Ríos y la
Institución Libre de Enseñanza. Convencido de la importancia de difundir en
España las novedades de la medicina europea, realizó un extraordinario esfuerzo
como traductor, vertiendo al castellano, entre otras cosas, las primeras 163
monografías clínicas de la famosa serie dirigida por Richard Volkmann, la más
importante de la época en su género. Por otra parte, fue un notable micrógrafo
práctico que, a partir de 1884, dio cursos libres de histología y bacteriología
en la Facultad de Santiago. Entre sus trabajos histológicos, destaca la
monografía que dedicó en 1904 a la médula espinal, en la que se opuso a algunas
concepciones de Cajal desde una orientación favorable al reticularismo, en un
momento en el que, como veremos, esta teoría pareció volver a recuperar cierta
vigencia. [141]
Dadas las circunstancias, no resulta extraño que
se llegara a un enfrentamiento crispado, en el que participaron muy diversos
grupos científicos, intelectuales y políticos. El hecho de que algunos miembros
de los tribunales designados hubieran sido discípulos de Cajal motivó su
recusación, lo que hizo suspender varias veces las oposiciones, que no
concluyeron hasta comienzos de 1892. [142] Estas interrupciones
plantearon a Cajal un serio problema económico, ya que, consumidos sus ahorros
con sus desplazamientos a Berlín, carecía de recursos para tan prolongadas
estancias en Madrid y tantas idas y venidas. Tras uno de los aplazamientos, se
detuvo en Zaragoza y le comentó a su padre que pensaba retirarse de las
oposiciones. El antiguo cirujano rural reaccionó con su característica energía,
decidiendo traer de nuevo a su casa a la esposa y los hijos de Cajal y
proporcionar a éste el dinero necesario para que residiera en Madrid el tiempo
que fuera preciso. Como dicen Durán Muñoz y Alonso Burón, «fue ésta la última
vez, posiblemente, que el padre impuso su voluntad». [143]
De todas estas incidencias no dice nada Cajal en
sus Recuerdos. Se limita al siguiente comentario: «Yo deploré mucho haber
debido recurrir, para llegar a la Universidad Central, ideal de todo
catedrático de provincias, a la pugna, cruel y enconada siempre, de la
oposición. Por cultas y corteses que sean las armas esgrimidas en semejantes
lides, dejan siempre en pos rencillas y resquemores lamentables, enfrían
amistades cimentadas a veces en afinidades de gustos y tendencias, e impiden
colaboraciones que podrían ser provechosas para la ciencia nacional». [144]
Cuando Cajal se incorporó a su profesorado, en
abril de 1892, la Facultad de Madrid contaba con un importante grupo de
seguidores de la nueva «medicina de laboratorio», de forma semejante a lo que
antes hemos visto en las de Valencia y Barcelona. Sin embargo, su posición
había cambiado radicalmente. Ya no era el catedrático primerizo que empezaba a
orientarse en el mundo científico, ni tampoco el investigador novel que acababa
de encontrar su línea de trabajo. Aunque todavía no se había convertido en el
mito viviente que sería a partir de los años iniciales del presente siglo,
tenía un gran prestigio científico en los ambientes especializados. Ello
explica la acogida que le dispensaron las personalidades más influyentes de la
Facultad pertenecientes a la generación anterior a la suya. A este respecto hay
que citar en primer término a Julián Calleja, cuya relación anterior con Cajal
ya conocemos y que había sido el presidente del tribunal de las recientes
oposiciones.
Cajal en su laboratorio poco después de su incorporación a la Facultad de
Medicina de Madrid.
Desde su cargo de decano, apoyó con entusiasmo al
nuevo catedrático, consiguiendo en pocos meses los fondos necesarios para la
construcción y organización de un nuevo laboratorio histológico, que Cajal
describió en los siguientes términos: «Capaz para trescientos alumnos...
encierra gabinete de trabajo para profesores y ayudantes, gran salón de
prácticas para los alumnos, departamentos de bacteriología, microfotografía,
etc. Construido el local, siguiéronse los naturales complementos: la compra de
libros y revistas, adquisición de estufas de esterilización y vegetación, así
como de número suficiente de microscopios. Al viejo e imponente Ross, el cañón
del Laboratorio, menguadamente acompañado de un par de antiguos modelos de
Verick y Nachet, añadiéronse en épocas sucesivas, dos magníficos Zeiss y 40
microscopios y microtomos de Reichert, destinados a los alumnos. ¡Era el ideal
codiciado, la suprema aspiración de una vida!».145 El
examen objetivo de los medios con los que contó Cajal a lo largo de su vida
científica, desde sus años zaragozanos hasta la organización de este
departamento y la fundación posterior del Laboratorio de Investigaciones
Biológicas (1901), deja en ridículo la imagen romántica barata de científico
incomprendido y sin recursos técnicos que de su figura suele presentar la peor
divulgación. Otra destacada personalidad de la Facultad de la generación
anterior era Andrés del Busto, catedrático de obstetricia, a quien ya citamos
entre los cultivadores de la micrografía desde los años centrales del siglo.
Conviene añadir que fue uno de los primeros profesores españoles que defendió
la necesidad de fundamentar la medicina en la investigación y el trabajo de
laboratorio, en fechas en las que los supuestos anatomoclínicos dominaban
todavía en nuestro país de modo casi general, y que fue uno de los principales
promotores de revistas como España Médica (1856-1866), que sobresalieron como
portavoces de dicho enfoque. A partir de 1857 propugnó la introducción de la
histología normal y patológica en la enseñanza médica y, más tarde, fue un
activo miembro de la Sociedad Histológica Española fundada por Maestre de San
Juan. Fue un decidido seguidor de las ideas de Virchow, que sirvieron de base a
una síntesis acerca de las leyes de la materia y de la vida (1877), el más
ambicioso de sus trabajos. Su gran éxito profesional como cirujano y tocólogo
le apartó del cultivo de las ciencias básicas, pero resulta coherente con su
trayectoria anterior que, desde la incorporación de Cajal al claustro madrileño
hasta su fallecimiento en 1899, cediera íntegramente su sueldo de director de
clínicas al nuevo laboratorio histológico.
De mayor edad que Calleja y Busto era José de
Letamendi, que ocupaba la cátedra de patología general de la Facultad de Madrid
desde hacía tres lustros. Ya sabemos que actuó de presidente del tribunal que
convirtió a Cajal en catedrático de anatomía en 1883. A partir de entonces, lo
trató con gran estima y respeto, prestándose incluso a enseñar a sus ayudantes
algunas técnicas para la confección de microfotografías, con las que Letamendi
pensó durante algún tiempo ilustrar su famoso Curso de patología general
(1883-1889). Cuando Cajal se trasladó a Madrid, Letamendi estaba ya muy
envejecido; su desbordante y dispersa actividad había disminuido notablemente a
causa de una enfermedad litiásica que le torturó hasta su muerte cinco años
después. En sus memorias, el gran histólogo lo recuerda con afecto, pero sin
ocultar sus limitaciones, en especial «la manía enciclopédica»: «Su atención
hacía escala en todos los asuntos, sin anclarse definitivamente en ninguno.
Harto conocía él su debilidad cuando, reaccionando contra cariñosas
reprensiones, disculpaba sus aficiones rotatorias, satirizando donosamente a
los especialistas científicos». [145]
Solamente seis años mayor que Cajal era el
catedrático de terapéutica, Benito Hernando, quien se había trasladado
recientemente desde la Facultad de Granada. Allí había realizado, entre otros
trabajos, un monumental estudio sobre la anatomía patológica, la clínica y la
terapéutica de la lepra (1881) al que Cajal dedicó un caluroso elogio y que
había contado con la colaboración del histopatólogo García Solá y de grandes
figuras internacionales, como el propio Virchow y Gerhard H. A. Hansen, el
descubridor del bacilo leproso. La comunidad de intereses científicos facilitó
la amistad del gran histólogo con Hernando, quien además desempeñó el papel de
médico de confianza de su familia. También fue muy cordial su relación con José
Gómez Ocaña, desde que éste se convirtió en titular de la cátedra de fisiología
de la Facultad de Madrid. Nacido en 1860, Gómez Ocaña estaba entonces iniciando
la infatigable labor que lo convertiría en el primer cultivador de relieve de
la moderna fisiología experimental en España.
Los mejores amigos de Cajal dentro del claustro
de la Facultad de Madrid fueron, sin embargo, el anatomista Federico Olóriz y
el cirujano Alejandro San Martín, pertenecientes a su misma generación y ambos
autores de contribuciones científicas de primera importancia. Ya hemos anotado
la relación que mantuvo con el primero desde sus años de opositor. Solamente
añadiremos que Olóriz efectuó una obra de investigador en el campo de la
antropología física de amplio prestigio internacional, cuyo primer gran título
fue la monografía dedicada al índice cefálico en España (1894). En sus
Recuerdos, Cajal lo llama «el maestro por excelencia» y anota, entre otras
cosas, que «hacia la época de mi traslación a Madrid vivía el maestro algo
retraído, refugiado en la cátedra y en el hogar, consagrando todos sus escasos
vagares a los estudios antropológicos, en que llegó a ser autoridad
indiscutible». [146] En cuanto a San
Martín, se trataba de un brillante cirujano de mentalidad experimentalista que,
además de pensar que la cirugía tenía una finalidad restauradora y funcional y
no meramente exerética, consideraba que su principal fundamento era la investigación
de laboratorio. En consecuencia, realizó trabajos experimentales para
solucionar problemas quirúrgicos que condujeron a notables aportaciones
originales, sobre todo en el campo de la cirugía vascular. Cajal elogió
calurosamente su labor como docente e investigador, las condiciones de su
carácter y su extraordinaria cultura, reconociendo el influjo que había
ejercido sobre él: «Fue San Martín uno de los hombres más cultos, simpáticos y
mejor educados que he conocido. Yo aprendí mucho con su conversación. Acaso por
el contraste de nuestros caracteres hicimos siempre buenas migas. Si en
nuestras amistosas discusiones salía yo perdiendo, en el intercambio de ideas y
sentimientos ganaba siempre». [147]
San Martín presentó a Cajal en la tertulia que
se reunía en el Café Suizo y a la que el gran histólogo asistió casi
diariamente a lo largo de tres décadas. Se celebraba después de la comida de
mediodía y solía durar en torno a una hora. Contaba con una prestigiosa
tradición de tipo literario y político, aunque en la época en la que se
incorporó Cajal era más bien una reunión amistosa en la que charlaban de los
más diversos temas culturales un buen número de catedráticos, sobre todo de
materias médicas y científicas, junto a algunos abogados, escritores y personas
de otras profesiones. Decayó tras la muerte, en 1908, de San Martín, que había
llegado a convertirse en su principal animador, y acabó prácticamente con la
demolición, en 1920, del local que le servía de escenario. Su peso en el
horizonte cultural de Cajal fue muy considerable: «Yo debo mucho a la sabrosa
tertulia del Suizo —afirmó en sus Recuerdos— [148] . Aparte ratos
inolvidables de esparcimiento y buen humor, en ella aprendí muchas cosas y me
corregí de algunos defectos. Allí elevamos un poco el espíritu, exponiendo y
discutiendo con calor las doctrinas de filósofos antiguos y modernos, desde Platón
y Epicuro a Schopenhauer y Herbert Spencer; y rendimos veneración y entusiasmo
hacia el evolucionismo y sus pontífices, Darwin y Haeckel, y abominamos de la
soberbia satánica de Nietzsche. En el terreno literario, nuestra mesa proclamó
el naturalismo contra el romanticismo, y al revés, según los oradores de turno
y el humor del momento. En torno de ella, Pepe Botella y San Martín, los más
filarmónicos de la reunión, riñeron descomunales batallas en favor de Wagner,
cuando en España apenas había... wagneristas». [149] En esta misma
tertulia conoció también Cajal las ideas de Proudhon y de Marx, y desde ella
participó en el movimiento regeneracionista consecutivo al desastre colonial
español en 1898 y en la honda crisis moral que produjo en nuestros ambientes
intelectuales la Guerra Europea iniciada en 1914.
Con una limpia curiosidad de provinciano, Cajal
se esforzó por conocer personalmente, durante sus primeros años en Madrid, a
las más importantes celebridades de la política y la cultura. Fue presentado a
Emilio Casteiar, a quien tanto había admirado en su juventud, sintiéndose
desilusionado por su agresividad hacia otras figuras del republicanismo.
Asistió también a diversas conferencias en el Ateneo y a clases de Salmerón,
Menéndez Pelayo y Giner de los Ríos, quedando especialmente impresionado por la
preparación, la modestia y sinceridad intelectual de este último. Sus
preferencias experimentaron un significativo cambio incluso en el terreno de la
oratoria: por encima de los discursos «solemnes y algo teatrales» de Castelar o
la «elocuencia soberana» de Salmerón, comenzó a valorar a los «oradores
sobrios, precisos y lógicos» como Giner. Paralelamente se modificó su
sensibilidad frente al paisaje. Laín Entralgo [150] ha subrayado la
relación que con la actitud estética de la generación del 98 tiene su
descubrimiento de la belleza de «la austera meseta castellana», con la que
conectó desde una perspectiva fuertemente personalizada: «Cualquiera que sea la
preocupación del espíritu, siempre hallaremos un rincón solitario cuya apacible
belleza apague las vibraciones del dolor y abra nuevo cauce al
pensamiento». [151] Va hemos dicho que al
contemplar por vez primera, en 1875, el verde paisaje de la España cantábrica,
había llegado a calificar la «alta y calcinada meseta» como «un lugar de
expiación donde sólo pueden habitar labriegos endurecidos por el sobretrabajo y
la miseria alimenticia». Por ello, pienso que es en buena parte autocrítica
otra terminante afirmación de su madurez: «Menester es tener sentido cromático
de oruga para echar siempre de menos el verde mojado y uniforme de los países
del Norte, y menospreciar la poesía penetrante del gris, del amarillo, del
pardo y del azul». [152]
En 1892, el mismo año de su traslado a Madrid,
apareció, tal como adelantamos, la versión francesa del principal estudio
monográfico que Cajal dedicó a la retina. Fue publicada por la revista belga La
Cellule con el título de La rétine des vertebres e incluía, ampliados e
ilustrados con nuevas figuras, todos los hallazgos sobre el tema que había ido
dando a conocer hasta entonces en artículos en castellano. [153] Durante sus primeros
cinco años de estancia en la capital continuó investigando con el método de
Golgi la estructura de otras zonas del sistema nervioso: el asta de Ammon, la
corteza occipital del cerebro, el gran simpático visceral, el bulbo raquídeo,
la protuberancia, el tálamo óptico, etc. El resultado general fue comprobar, en
todas ellas, la teoría de la neurona —es decir, el contacto entre somas y
arborizaciones nerviosas— así como la ley de la polarización dinámica. En 1896,
que fue un año en el que se dedicó de manera particularmente intensa al trabajo
de laboratorio, comenzó a utilizar el método de Ehrlich, técnica que permite
teñir en vivo, o casi en vivo, las fibras y células nerviosas. Con las imágenes
clarísimas de color azul intenso que obtuvo aplicándolo, consiguió
contrarrestar la desconfianza de algunos histólogos escépticos que habían
insinuado la posibilidad de que algunas tinciones con el cromato de plata
fuesen «artefactos».
Por otra parte, Cajal redactó también entonces
algunos trabajos de carácter teórico, el más importante de los cuales fue la
comunicación Consideraciones generales sobre la morfología de la célula
nerviosa, que envió al Congreso Internacional de Medicina celebrado en Roma en
1894. Su tesis central es que la ontogenia (o desarrollo embrionario) del
sistema nervioso reproduce de modo abreviado, con algunas significaciones y
saltos, su filogenia (o desarrollo evolutivo de las especies). [154] Se trata, por lo
tanto, de una aplicación directa de la ley biogenética fundamental, núcleo de
la morfología darwinista. Cajal afirmó que, a lo largo del desarrollo
filogénico de los vertebrados, se advierte siempre la presencia simultánea de
un sistema nervioso sensorial y otro cerebro-cortical, perfeccionándose este
último no sólo por extensión sino por diferenciación intelectual... no depende
de la talla o caudal de las neuronas cerebrales, sino de la copiosidad de sus
apéndices de conexión, o en otros términos, de la complejidad de las vías de
asociación a cortas y a largas distancias». [155] Tres años más tarde
reelaboró este modelo evolucionista en un artículo titulado Leyes de la
morfología y dinamismo de las células nerviosas, en el que expuso, además, una
nueva formulación de la ley de la polarización dinámica de las neuronas. [156]
El propio Cajal consideró en su madurez que, en
estos trabajos teóricos, «la elaboración especulativa sigue muy de cerca al
hecho de observación» y que los modelos que defienden corresponden a «legítimas
inducciones o hipótesis plausibles». En cambio, se arrepintió de otro artículo
suyo de 1895 sobre «el mecanismo histológico de la asociación, ideación y
atención», al que llamó «aventuradísima lucubración en la que campea, muy a su
sabor y talante, la loca de la casa». [157]
La obra de Cajal que, como sabemos, había ya
alcanzado amplia difusión y prestigio en los ambientes científicos del
continente europeo, recibió en 1894 el reconocimiento formal de la comunidad
científica británica. A comienzos de dicho año, el gran histólogo aragonés fue
invitado a pronunciar la «Croonian Lecture» por la Royal Society de Londres.
Durante el siglo XVII, esta última había sido una institución científica de
vanguardia que fue imitada en muchos países. Más tarde decayó considerablemente
y, sobre todo, quedó desfasada ante los nuevos modelos de organización de la
actividad científica aparecidos durante la pasada centuria. Sin embargo,
continuó desempeñando una función de carácter senatorial al máximo nivel, con
extraordinaria fama internacional, en especial durante el periodo culminante
del imperialismo británico. Las «Croonian Lectures», que existían desde
mediados del siglo XVIII, eran pronunciadas en esta época por científicos de
primer rango. Entre los conferenciantes extranjeros que precedieron a Cajal
figuraban Virchow y Kölliker y, entre los ingleses, John Hughlings Jackson,
quien exactamente diez años antes expuso en esta serie su síntesis, hoy
clásica, acerca de la «evolución y disolución del sistema nervioso».
Como secretario de la Royal Society, la
invitación la escribió Michael Foster, profesor de fisiología en la Universidad
de Cambridge y principal impulsor en Inglaterra de la práctica experimental de
su disciplina, que el exagerado pragmatismo clínico de las escuelas médicas
inglesas había reducido a noticias librescas de las investigaciones francesas y
alemanas. Recibió también una carta de Charles Scott Sherrington, invitándole a
hospedarse en su casa. Con poco más de treinta años y todavía como «lecturer»
en el St. Thomas’s Hospital de Londres, Sherrington estaba entonces iniciando
la labor de investigación que lo convertiría en la máxima figura de la
neurofisiología del siglo XX. Sus aportaciones fisiológicas se basaron de modo
sistemático en la obra de Cajal acerca de la estructura del sistema nervioso,
hasta el punto de que algunos términos hoy generalmente utilizados para
designar algunas de las concepciones básicas del histólogo aragonés fueron
neologismos acuñados por Scherrington. El más importante, el de sinopsis, lo
propuso inicialmente en un capítulo de la edición de 1897 del manual de
fisiología de Foster, al resumir las ideas de Cajal acerca de la conexión por
contacto y no por continuidad entre las células nerviosas.
La amistad personal y la relación científica
entre estos dos gigantes de las neurociencias contemporáneas es un tema de gran
importancia que no resulta posible abordar aquí. Nos limitaremos a plantear una
cuestión de inmediato interés biográfico: el momento en el que ambos se
conocieron personalmente. Sherrington estuvo en Valencia en 1885, formando
parte de una de las numerosas comisiones extranjeras que vinieron a estudiar la
epidemia colérica y la vacunación Ferrán. Perteneció en concreto a la enviada
por la Royal Society, junto a Charles Smart Roy, profesor de patología en
Cambridge, y al médico escocés J.J. Graham Brown. Acababa entonces de graduarse
y, como miembro más joven, fue el último firmante del informe de la comisión,
que apareció en los Proceedings, defendiendo, por cierto, tesis tan conservadoras
como negar que el vibrión descubierto por Koch fuese el agente causal del
cólera. ¿Se conocieron entonces el recién graduado británico y el novel
catedrático español de anatomía? Nada dicen al respecto los escritos
autobiográficos de ambas figuras ni conozco tampoco otras fuentes que permitan
responder a esta pregunta. En cambio, el testimonio de Sherrington acerca de la
estancia de Cajal en Londres resulta insustituible: «Santiago Ramón y Cajal, en
la única visita que hizo a Inglaterra, vivió en mi casa durante las escasas dos
semanas de su estancia. Había viajado poco por el extranjero y se interesó
ingenuamente por lo que vio. Era difícil para nosotros sostener una
conversación, porque no hablaba inglés, y el español que conocían sus huéspedes
era apenas suficiente para balbucear unas cuantas frases. Tampoco dominaba el
alemán; de modo que para vencer esas dificultades nos entendíamos en francés
pobre y defectuoso que él exprimía hasta lo inverosímil. Su magnífica voz
forzaba a mantener la atención fija en cualquier cosa que dijera. El recuerdo
de su voz me reaviva la idea de que tuve el privilegio de conocerlo de cerca,
lo que debido al tiempo transcurrido quizá pueda parecer raro. Aún estoy viendo
su aspecto exterior cuando paseaba y hablaba, precisamente en aquel momento de
su carrera en que acababa de adquirir renombre internacional... No fumaba ni un
cigarrillo; al ofrecerle inadvertidamente tabaco por segunda vez, contestó con
energía: “La vida moderna es ya de por sí bastante complicada; el llevar tabaco,
cerillas, etc., sería complicarla aún más. Gracias, no”. Su filosofía de la
vida, incluso en las pequeñas cosas, era no buscar complicaciones... Nos
deleitábamos viendo cómo durante las comidas lograba seguir la conversación
general de la mesa sin que sus dificultades con el idioma fuesen obstáculo para
ello. Reforzaba la conversación con un corto discurso, un ligero razonamiento
para desenvolver su propia peroración. Para dar mayor énfasis al final,
adoptaba un gesto dramático que preparaba con su mano izquierda, la cual había
estado antes muy ocupada en hacer migas con las que iba formando una gran
pirámide, y entonces, para subrayar sus palabras finales, las barría con el
puño desde la mesa al suelo, al mismo tiempo que lanzaba una mirada a su alrededor,
ante la extrañeza de la camarera. Ello debía ser una treta retórica adquirida
en el famoso Café Suizo... Esa simplicidad de hábitos e ideas en Cajal la
menciono aquí como ejemplo de la singular combinación de viejas costumbres y de
ciencia ultramoderna de que era exponente. Junto con la ingenuidad del aldeano
en muchas de las simples convenciones de la vida, marchaba el investigador
científico que había transformado con originalidad y de manera sencilla, en el
transcurso de seis breves años, los antiguos conocimientos de la anatomía
funcional del sistema nervioso de los vertebrados. ¿Será mucho decir de él que
fue al anatómico del sistema nervioso más grande que se ha conocido? Durante
mucho tiempo, esa materia fue el tema favorito de los mejores investigadores;
antes de Cajal se hicieron descubrimientos, pero éstos a menudo dejaban al
médico más confuso que antes, aumentando el desconcierto.
Charles Scott Sherrington en la época en la que Cajal estuvo en Londres. La
obra neurofisiológica de Sherrington —la más importante del siglo XX— se basó
de modo sistemático en las investigaciones de Cajal acerca de la estructura
nerviosa.
Cajal, en cambio, hizo posible, incluso para un
bisoño, reconocer con una ojeada la dirección que toma la corriente nerviosa en
la célula viva y en la cadena compleja de células nerviosas. Resolvió de una
vez el gran problema de la dirección de las corrientes nerviosas en su
recorrido a través del cerebro y la médula espinal...» [158] En su «Croonian
Lecture», Cajal resumió sus hallazgos e ideas en francés, con el título de La
fine structure des centres nerueux. [159] Como solía hacerse
con los invitados a esta conferencia, fue nombrado doctor honoris causa por la
Universidad de Cambridge. La ceremonia de investidura se hizo de acuerdo con la
devoción inglesa por lo tradicional. El elogio del nuevo doctor pronunciado en
latín por el orator terminó con un juego de palabras en honor de las tinciones
argénticas de Cajal: el poeta hispanorromano Marcial, nacido también en Aragón,
ya había «aprendido por experiencia que en la vida no puede hacerse casi nada
sin plata» («expertus didicit fere nihil in vita sine argento posse perfici».)
En 1897, Cajal inició la publicación, por una
parte, de la Revista Trimestral Micrográfica y, por otra, del gran tratado
Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados. La primera se
convirtió, desde entonces, en el principal medio que fue dando a conocer su
labor de investigación personal y la de su escuela. Apareció hasta 1901, fecha
en la que fue continuada por Trabajos de Laboratorio de Investigaciones
Biológicas de la Universidad de Madrid, que se editó con presupuesto oficial a
partir de la fundación del centro de este nombre en las circunstancias que más
tarde anotaremos. La Textura del sistema nervioso fue el libro más importante
de Cajal, «mi obra magna» según su propio autor.
El proyecto de redactar este libro, tal como
adelantamos, fue en buena parte consecuencia de la extraordinaria acogida que
tuvieron las ediciones castellana, alemana y francesa de su síntesis de 1892.
Concibió entonces el proyecto de «escribir un libro extenso donde se estudiara
sistemática y minuciosamente la textura del sistema nervioso de todos los
vertebrados y se diera cuenta, con los necesarios desarrollos, de la totalidad
de mi obra científica». [160] La Textura del
sistema nervioso del hombre y de los vertebrados —principal aportación de
nuestro idioma a los grandes textos clásicos de la ciencia contemporánea— fue
publicada en Madrid, entre 1897 y 1904, por la Imprenta y Librería de Nicolás
Moya, una de las empresas editoras de libros médicos más importantes de la
España de la época. Consta de dos volúmenes, el primero de casi seiscientas
páginas y el segundo de más de mil doscientas.
Instrumental utilizado por Cajal a comienzos del presente siglo: microscopio
Zeiss con platina graduada, instalación para microfotografía y microtomo
Reichert de volante. Compárese con el que utilizó en sus comienzos.
Como muchos otros textos científicos de este
periodo, entre ellos el Manual de Histología del propio Cajal, fue apareciendo
por fascículos. Según su autor, «el primero, que comprende la parte general, es
decir, los Elementos del tejido nervioso, se dio a la estampa en diciembre de
1897; el segundo, que expone la Médula espinal, ganglios raquídeos,
terminaciones nerviosas y consideraciones fisiológicas sobre la marcha de las
corrientes en la médula, apareció en 1898; y el tercero, donde se trata de la
Histología comparada de la médula y del desarrollo del tejido nervioso, se
publicó en julio de 1899; el cuarto fascículo, donde se estudia la estructura
del bulbo raquídeo y los orígenes de los nervios craneales, vio la luz en
diciembre de 1900; el quinto, que contiene las vías y focos intrínsecos del
bulbo, la estructura de la protuberancia, el cerebelo, los ganglios cerebelosos
y la histogénesis cerebelosa, apareció en diciembre de 1901; el sexto, donde se
comprende la estructura del cerebro medio, la retina y los focos talámicos
geniculado externo, sensitivos, semilunares o accesorio de éste, angular y
dorsal, vio la luz en diciembre de 1902, y, finalmente, el voluminoso cuaderno
séptimo, comprensivo del resto del tálamo, cuerpo estriado, cerebro y gran
simpático, acabó de imprimirse en febrero de 1904». [161] Cinco años después de
esta última fecha comenzó a publicarse en París la traducción francesa de la
gran obra de Cajal, con el título de Histologie du systéme nerveux de l’homme
et des vertébrés (1909-1911). Se trataba de un texto «revisado y puesto al día
por el autor», que tradujo Léon Azoulay, quien ya había vertido al francés
otras obras del neurohistólogo aragonés, como sabemos. La principal novedad
técnica en el lapso de tiempo transcurrido entre ambas ediciones fueron los
llamados métodos de tinción neurofibrilares, de los que más tarde nos
ocuparemos. De su aplicación proceden fundamentalmente los cambios, casi
siempre adiciones, que introdujo Cajal en la edición francesa, los más
importantes de los cuales se refieren a las conexiones intercelulares, la
textura de la célula nerviosa, la estructura de los ganglios cerebroespinales,
las terminaciones periféricas y la neurogénesis. No ha sido todavía realizado
un análisis en profundidad del contenido, los presupuestos, los fundamentos
informativos y la influencia de la Textura del sistema nervioso, a pesar de su
posición central en el desarrollo de la biomedicina contemporánea. Aquí
solamente resulta posible anotar de pasada que en esta colosal síntesis de
neurohistología comparada, Cajal continuó fiel a los supuestos básicos de la
morfología evolucionista, desarrollando las formulaciones a las que hemos
aludido al comentar sus trabajos teóricos anteriores. La obra comienza con una
afirmación inequívoca: «El sistema nervioso representa el último término de la
evolución de la materia viva y la máquina más complicada y de más nobles
actividades que nos ofrece la naturaleza».
Portada del volumen I de la Textura del sistema
nervioso (1897-1904), la «obra magna» de Cajal.
Página inicial del capítulo primero de la traducción francesa de la Textura
del sistema nervioso, de Cajal (1909-1911). Ejemplar que perteneció a Pío del
Río-Hortega, actualmente conservado en la Biblioteca Historicomédica de la
Universidad de Valenda.
Las leyes que presiden su evolución las resume su
autor de la siguiente forma: «l.ª multiplicación de neuronas o de conductores,
a fin de multiplicar las asociaciones entre diversos órganos y tejidos; 2.º
diferenciación morfológica y estructural de las neuronas para adaptarlas mejor
al papel transmisor que deben desempeñar; 3.º unificación o concentración de
las masas nerviosas, o ley del ahorro de protoplasma transmisor y de tiempo de
conducción». [162] Como en el caso de
John Hughlings Jackson —creador de otro de los paradigmas de las neurociencias
de nuestro siglo—, la fuente intelectual básica del evolucionismo de Cajal es
la obra de Herbert Spencer. Entre las ediciones de sus libros que cita figuran,
por supuesto, las traducciones castellanas de Miguel de Unamuno.
A finales de 1897, Cajal pronunció el discurso
de ingreso en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de
Madrid. El interés demostrado por Virchow hacia sus trabajos ante un académico
que visitó el Instituto Patológico de Berlín fue la causa desencadenante de su
elección. El discurso lo tituló Fundamentos racionales y condiciones técnicas
de la investigación biológica, concibiéndolo como una serie de «reglas y
consejos destinados a despertar en nuestra distraída juventud docente el gusto
y la pasión hacia la investigación científica». No se trata en absoluto de una
obra de reflexión epistemológica al estilo de la Introduction a l’étude de la
médecine expérimentale de Claude Bernard, con la que ha sido a veces
inadecuadamente comparada. En su mayor parte, está destinado a exponer
recomendaciones de tipo psicológico sobre las relaciones entre la actividad
científica y la sociedad: «En el primer (capítulo) procuraremos eliminar algunas
preocupaciones y falsos juicios que enervan al principiante, arrebatándole esa
fe robusta sin la cual ninguna investigación alcanza feliz término; en el
segundo expondremos las cualidades de orden moral que deben adornarle, y que
son como los depósitos de la energía tonificadora de su voluntad; en el
tercero, lo que es menester que sepa para llegar suficientemente preparado al
teatro de la lucha con la Naturaleza». [163] Incluye también una
sección acerca de la redacción del trabajo científico, apoyadas
fundamentalmente en las ideas de John Shaw Billings, principal fundador de la
moderna documentación médica. Solamente se ocupa de metodología sensu stricto
en la introducción y en un capítulo sobre la «marcha de la investigación». Lo
más destacado de la primera es el desinterés explícito que el gran histólogo
manifiesta por las obras metodológicas: «Tengo para mí que el poco provecho
obtenido de la lectura de tales obras, y en general de todos los trabajos
concernientes a los métodos filosóficos de indagación, depende de la vaguedad y
generalidad de las reglas que contienen, las cuales, cuando no son fórmulas
vacías, vienen a ser la expresión formal del mecanismo del entendimiento en
función de investigar... Me causan la misma impresión que me produciría un
orador que pretendiera acrecentar su elocuencia mediante el estudio del
mecanismo de la voz y de la inervación de la laringe». [164]
Esquemas de la Textura del sistema nervioso, de Cajal, acerca de la vía
sensitiva táctil y la de los movimientos voluntarios, y sobre las capas
celulares de la corteza cerebral humana.
Para el conocimiento de la «lógica viva» de la
investigación le parecen más fértiles los textos científicos clásicos: «Harto
más eficaz es la lectura de las obras de los grandes iniciadores científicos,
tales como Galileo, Kepler, Newton, Lavoisier, Geoffroy Saint Hilaire, Cl.
Bernard, Pasteur, Virchow, etc.». [165] En cuanto al capítulo
sobre la «marcha de la investigación», se limita a considerar esquemáticamente
la observación y la formulación y verificación de hipótesis desde un estricto
atenimiento a los supuestos positivistas y mecanicistas.
El discurso despertó gran interés, lo que motivó
que un médico amigo y admirador de Cajal publicara a su costa una reedición,
que apareció ya con el título de Reglas y consejos sobre investigación
biológica (1899) y con algunos cambios del texto original. Fue después reproducido
en dos revistas científicas iberoamericanas e iba a serlo también por una
institución española cuando su autor se decidió a preparar una nueva edición,
que apareció en 1913. Cajal se había distanciado entonces del contenido de su
discurso y así lo manifiesta en el prólogo: «Tanto desde el punto de vista
filosófico, como desde el literario, adolece de grandes defectos. Sin duda que
en la actualidad, asistidos por una lectura filosófica y pedagógica más copiosa
y selecta y por la experiencia docente de los quince años transcurridos,
podríamos acaso enriquecer y mejorar doctrinalmente el texto y depurarlo de
muchos defectos de estilo y de no pocas candorosas arrogancias y
exageraciones». [166] No se decidió, sin
embargo, a reelaborar enteramente la obra, aunque le añadió varios capítulos,
los más importantes de los cuales se ocupan de las causas y remedios del atraso
científico español. Incluyó también notas a pie de página, destinadas a
rectificar o matizar puntos concretos de los capítulos originales, que en
algunos casos cambió en las impresiones posteriores. En su conjunto, estas
notas constituyen una fuente inapreciable para conocer la evolución del
pensamiento de Cajal en torno a varias cuestiones básicas. Por ejemplo,
permiten comprobar que la lectura de Schopenhauer reforzó su opinión
desfavorable sobre la metodología abstracta o las restricciones que introdujo
en su anterior adhesión al mecanicismo y al evolucionismo darwinista. «Hoy no
suscribiría yo —dice una de dichas notas— sin algunas restricciones, (el)
concepto mecánico, o si se quiere estrictamente físico-químico de la vida.
Portada de la primera edición del discurso de Cajal que en impresiones
posteriores se titularía Reglas y consejos sobre investigación biológica.
En ella (origen, morfología de células y órganos,
herencia, evolución, etc.) se dan fenómenos que presuponen causas absolutamente
incomprensibles, no obstante las jactanciosas promesas darwinianas y los
postulados de la escuela bioquímica de Loeb». [167] Y en otra, que
aparece por vez primera en la edición de 1923, afirma: «Hoy creo menos en el
poder de la selección natural que al escribir, treinta años hace, estas líneas.
Cuanto más estudio la organización del ojo de vertebrados e invertebrados, menos
comprendo las causas de su maravillosa y exquisitamente adaptada
organización». [168] Las líneas a la que
esta última nota se refiere defendían, por supuesto, la explicación darwinista
de las formas anatómicas a lo largo de la serie filogénica. Laín Entralgo [169] ha subrayado la
relación de dicha nota con un párrafo de los Recuerdos: «No debo ocultar que en
el estudio de (la retina) sentí por vez primera flaquear mi fe darwinista
(hipótesis de la selección natural), abrumado y confundido por el soberano ingenio
constructor que campea, no sólo en la retina y en el aparato dióptrico de los
vertebrados, sino hasta en el ojo del más ruin de los insectos». [170] Junto a la crisis
experimentada por la teoría darwinista original durante el periodo de
entreguerras influyó en esta duda de Cajal el resultado de las investigaciones
de su colaborador Domingo Sánchez y de las suyas propias en torno al ojo y la
retina de los insectos, a partir de 1915: «Comparada con la retina de estos al
parecer humildes representantes de la vida... la retina del ave o del mamífero
superior se nos aparece como algo grosero, basto y deplorablemente
elemental». [171] Añadamos, por último,
que las Reglas y consejos sobre investigación biológica han continuado
reimprimiéndose en castellano de forma regular, hasta la actualidad, además de
publicarse en húngaro, alemán y rumano.
En el verano siguiente a su ingreso en la
Academia de Ciencias, Cajal veraneó con su familia en el pueblo madrileño de
Miraflores de la Sierra, en una casita vecina a la que ocupaba el anatomista
Federico Olóriz. Ambos amigos jugaban diariamente al ajedrez y daban juntos
largos paseos, en los que el gran histólogo solía comentar las incidencias de
un trabajo que estaba escribiendo sobre las vías ópticas y la significación
general de los entrecruzamientos nerviosos. «Estaba a punto de terminar la
redacción de mi trabajo —afirma en sus Recuerdos—, cuando en nuestro apacible
retiro cayó como una bomba la nueva horrenda y angustiosa de la destrucción de
la escuadra de Cervera y de la inminente rendición de Santiago de Cuba». [172] El desastre colonial
del 98 impresionó a Cajal de modo muy profundo. De momento, cayó «en un
profundo desaliento» y la teoría de los entrecruzamientos ópticos «quedó
aplazada sine die». Durante algunos meses, el «desfallecimiento de la voluntad
general entre las clases cultas de la nación» lo apartó del trabajo de
laboratorio y lo llevó a participar en la vida política. Destacado escenario de
dicha fase fue la tertulia del Café Suizo, donde «se recogieron firmas para el
célebre manifiesto de Costa y encontró alientos para su noble campaña el
malogrado apóstol de la europeización española; persuadidos con el solitario de
Graus de que la prosperidad patria ha de fundarse en la escuela y la despensa,
expusimos y contrastamos reiteradamente los métodos de la pedagogía científica
y las medidas políticas encaminadas a desterrar, o a limitar al menos, la
incultura de nuestras tierras y de nuestros cerebros». [173]
Contribuyó también a la literatura de la
regeneración con declaraciones en la línea de los «remedios morales» propios de
dicha tendencia: «Renunciar al matonismo internacional, a la ilusión de tomar
por real lo que no es más que reflejo pálido de la civilización extranjera;
desterrar el empleo de adjetivos hiperbólicos, de que tan pródigos fuimos
siempre con nuestras medianías; y en fin, crear a todo trance cultura original.
Esquema de Cajal acerca del entrecruzamiento de los nervios ópticos, tema en
el que estaba ocupado cuando recibió la noticia del desastre colonial del 98.
En el orden pedagógico, proponíamos el pensionado
de profesores y doctores aventajados en el extranjero; la incorporación de
nuestros claustros de investigadores de renombre mundial; el abandono del
régimen enervador del escalafón, sustituido por el sistema alemán de
reclutamiento del profesorado, etc.». [174]
Superada la coyuntura, Cajal volvió a
consagrarse a la investigación con renovado ardor. Dos décadas más tarde
recordó con desagrado su participación en el movimiento: «Me disgustan algunas
recriminaciones exageradas o injustas, el tono general declamatorio y cierto
aire patriarcal y autoritario impropio de un obrero de la ciencia... Fuera de
que la retórica no detuvo nunca la decadencia de un país. Los regeneracionistas
del 98 sólo fuimos leídos por nosotros mismos: al modo de los sermones, las
austeras predicaciones políticas edifican tan sólo a los convencidos». [175] Mantuvo, sin embargo,
durante el resto de su vida un enfoque regeneracionista al ocuparse de los
problemas de la actividad científica en España. La expresión más perdurable de
dicho enfoque fue la reelaboración de sus Reglas y consejos sobre investigación
biológica publicada en 1913, en especial, los nuevos capítulos que añadió, como
hemos dicho, acerca de las causas y remedios del atraso científico español. Al
ocuparse de los «deberes del Estado en relación con la producción científica»,
se pregunta en uno de ellos: «¿Es lícito afirmar que hemos degenerado con
relación a nuestros antepasados de los siglos XVI y XVII»? La contestación es
un postulado que el gran histólogo desea esgrimir en su línea de «tonificar la
voluntad» científica nacional: «España es un país intelectualmente atrasado, no
decadente». [176] Somete a valoración
todas las hipótesis explicativas de dicho atraso, desde la «térmica» y la
«oligohídrica», las políticas y psicológicas, hasta la del fanatismo religioso,
la del «orgullo y arrogancia españoles» y la «teoría de la segregación intelectual».
No llegó a apuntar la necesidad de que la discusión del tema se basara en una
investigación rigurosa de la realidad histórica, aunque siguió con atención los
estudios que se dedicaron a la misma y mantuvo una opinión razonable frente a
los excesos de los panegiristas de las «glorias científicas españolas» y los
arbitrarios negativismos de los pesimistas.
Cajal jugando al ajedrez con su amigo el gran anatomista y antropólogo
Federico Olóriz en el verano de 1898, poco antes de que llegara la noticia de
la derrota española en Cuba.
En el terreno de los remedios, le ilusionó
principalmente el camino abierto con la fundación en 1907 de la Junta para
Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, de la que fue nombrado
presidente de honor, como veremos.
Desde 1899 a 1906, el extraordinario prestigio
alcanzado por su obra condujo a que Cajal recibiera una serie de distinciones
científicas internacionales del máximo nivel. En junio de 1899, medio año
después de la firma en París del tratado con el que terminó la guerra entre
España y los Estados Unidos, recibió una invitación de la Clark University para
pronunciar una serie de conferencias en el ciclo que dicha institución
norteamericana había organizado con motivo del décimo aniversario de su
fundación. Sintiéndose «un profesor perteneciente a la raza vencida y
humillada», dudó en aceptar porque, además, no se encontraba bien de salud.
Alentado por las autoridades y la opinión pública, hizo por fin el viaje
acompañado de su esposa y pronunció en Worcester, durante los primeros días de
julio, tres conferencias sobre la estructura histológica del cerebro humano y
de los mamíferos superiores, tema sobre el que había realizado aportaciones de
gran importancia a lo largo de los dos años anteriores. Estuvo también en
Boston y Nueva York y admiró las universidades de Harvard y de Columbia, pero
en términos generales recordó este viaje con desagrado, destacando el
insoportable calor que padeció, «la frenética bullanga del pueblo americano
durante el famoso Independence Day, en el cual ocurren siempre lamentables
desgracias», [177] el juicio despectivo
hacia los españoles y el asedio de los periodistas para que opinara acerca de
la anexión de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.
En el otoño e invierno de 1899, la salud de
Cajal empeoró. Se sintió invadido de «neurastenia, acompañada de palpitaciones,
arritmias cardíacas, insomnios, etc., con el consiguiente abatimiento de
ánimo». Tuvo conciencia de que este tipo de episodios depresivos afectan «sobre
todo durante esa fase de vida en que declina la madurez y asoman los primeros
desfallecimientos precursores de la vejez». [178] En tal estado de
ánimo, sintió la necesidad de tener una casita aislada y con jardín, en la que
trabajar durante el verano «lejos del tumulto cortesano, rodeado de árboles y
flores y en medio de un vivero de animales de laboratorio». En consecuencia,
gastó todos sus ahorros en construir una «modesta quinta, circundada de jardín,
emparrados e invernadero liliputienses» [179] en el barrio de
Cuatro Caminos, habitado entonces casi exclusivamente por obreros. En agosto de
1900, recién terminada esta casa, veraneaba en ella, dedicado a sus
indagaciones sobre la corteza cerebral, cuando le llegó la noticia de que el
Congreso Internacional de Medicina acababa de concederle, con el voto unánime
de su comité directivo, el premio internacional instituido por la ciudad de
Moscú para el trabajo médico o biológico más importante publicado durante el
trienio transcurrido desde la celebración del congreso anterior.
Cuatro años y medio después, a comienzos de
1905, Cajal recibió otra distinción de la máxima categoría: la Academia de
Ciencias de Berlín le concedió la medalla de oro Helmholtz, que cada dos años
se otorgaba al investigador que hubiera realizado la aportación de mayor
relieve en cualquier rama de la ciencia. Habían sido galardonados anteriormente
con ella Bunsen, Kelvin y Virchow, y lo serían después Becquerel. Fischer y
Van't Hoff.
Por último, en octubre de 1906, el Real Instituto
Carolino de Estocolmo le comunicó que había sido galardonado, junto a Camillo
Golgi, con el premio Nobel de Fisiología y Medicina. De acuerdo con el
reglamento de la Institución Nobel, se trasladó a Estocolmo para recibir el
diploma y la medalla de manos del monarca sueco y pronunciar una conferencia
sobre ’os resultados de sus investigaciones. Allí conoció personalmente a
Golgi. cuyas contribuciones citó amplia y elogiosamente en la conferencia que,
con el título de Estructura y conexiones de las neuronas, dio el 12 de
diciembre. [180] Muy diferente fue el
comportamiento del histólogo italiano, quien dedicó el día anterior la suya a
La doctrina de la neurona, para defender que se trataba de una teoría que
«desde todas partes se afirma que tiende a su declinación». [181] En ella citó
solamente a Cajal al hablar de la ley de la polarización dinámica y en relación
con sus nuevos trabajos acerca de la estructura interna de las células
nerviosas, ignorando por completo el resto de su obra. Cajal no tuvo, desde
luego, el papanatismo con el que a menudo suele considerarse el premio Nobel.
Aquel mismo año, el de la Paz fue otorgado a Theodor Roosevelt, lo que mereció
el siguiente comentario en sus Recuerdos: «¿No es el colmo de la ironía y del
buen humor convertir en campeón del pacificismo al temperamento más
impetuosamente guerrero y más irreductiblemente imperialista que ha producido
la raza yanqui?» [182]
La medalla Helmholtz era puramente honorífica,
pero el premio internacional Moscú y el Nobel significaron para Cajal unos
ingresos considerables. Sin embargo, la principal repercusión que esta serie de
galardones internacionales tuvo para su vida fue una inmensa popularidad en la
misma España que, por una parte, lo convirtió en un auténtico mito viviente y.
por otra, permitió que cristalizaran varias importantes instituciones en torno
a su prestigio científico.
En la España «vencida y humillada» de 1899, la
invitación de la Clark University fue recibida casi como una revancha moral
tanto por el gobierno como por la opinión pública. El ministro de Fomento, el
marqués de Pidal, convenció a Cajal acerca de la oportunidad política del viaje
y le concedió una notable ayuda económica para el mismo. La prensa lo destacó,
presentando por vez primera al histólogo como una especie de héroe científico.
Poco después, el premio Moscú consagró esta imagen. Su concesión en el Congreso
Internacional de París fue «una fiesta cordial de la raza hispana», un momento
de triunfo para los participantes españoles e iberoamericanos. En un clima de
exaltación nacionalista y de «vivas a España que atronaban la sala», Julián
Calleja, el viejo cacique universitario, pronunció el discurso de gracias,
«balbuciente de emoción». Todos los periódicos del país recogieron la noticia
como un acontecimiento de primera importancia y dedicaron editoriales y
artículos monográficos a Cajal y su obra. Llovieron las felicitaciones,
comenzando por la de la reina María Cristina y la del presidente del consejo de
ministros. Francisco Silvela. Se le concedió la Gran Cruz de Isabel la Católica
y. poco más tarde, la de Alfonso XII y el nombramiento de consejero de
instrucción pública.
Fueron también numerosos los homenajes privados
y públicos. En uno de ellos pronunció Cajal un discurso que refleja de modo muy
expresivo el enfoque regeneracionista de su patriotismo: «Me dirijo a vosotros,
los jóvenes, los hombres del mañana.
Cajal en 1906, cuando le fue concedido el premio Nobel.
En estos últimos luctuosos tiempos la patria se ha
achicado; pero vosotros debéis decir: A patria chica, alma grande. El
territorio de España ha menguado; juremos todos dilatar su geografía moral e
intelectual. Combatamos al extranjero con ideas, con hechos nuevos, con
invenciones originales y útiles.
Página del diploma del premio Nobel concedido en 1906 a Cajal.
Y cuando los hombres de las naciones más
civilizadas no puedan discurrir ni hablar en materias filosóficas, científicas,
literarias o industriales, sin tropezar a cada paso con expresiones o conceptos
españoles, la defensa de la patria llegará a ser cosa superflua; su honor, su
poderío y su prestigio estarán firmemente garantizados, porque nadie atropella
a lo que ama, ni insulta o menosprecia lo que admira y respeta... Amemos a la
patria, aunque no sea más que por sus inmerecidas desgracias. Porque el dolor
une más que la alegría, ha dicho Renán». [183]
Naturalmente, la concesión del premio Nobel
desbordó la popularidad de Cajal, transformándola en mitificación. «Metódica e
inexorablemente se desarrolló el temido programa de agasajos —dice una página
de gran sinceridad, de sus Recuerdos—: cartas y mensajes congratulatorios;
homenajes de alumnos y profesores; diplomas conmemorativos; nombramientos
honoríficos de corporaciones científicas y literarias; calles bautizadas con mi
nombre en ciudades y hasta en villorrios; chocolates, anisetes y otras pócimas,
dudosamente higiénicas, rotuladas con mi apellido; ofertas de pingüe
participación en empresas arriesgadas o quiméricas; demanda apremiante de
pensamientos para álbumes y colecciones de autógrafos; petición de destinos y
sinecuras...; de todo hubo y a todo debí resignarme, agradeciéndolo y
deplorándolo a un tiempo, con la sonrisa en los labios y la tristeza en el
alma. En resolución, cuatro largos meses gastados en contestar a
felicitaciones, apretar manos amigas o indiferentes, hilvanar brindis vulgares,
convalecer de indigestiones y hacer muecas de simulada satisfacción...; lo que
comenzó por ser ofrenda halagadora, acaba por resultar importunidad
mortificante...; para salir bien de los obsequios y agasajos de amigos y
admiradores, hay que tener corazón de acero, piel de elefante y estómago de
buitre». [184]
Con ocasión de la peste de Oporto de 1899, ocupó
durante algunos meses la Dirección General de Sanidad Carlos María Cortezo,
médico coetáneo de Cajal que había sido un temprano seguidor de la «medicina de
laboratorio» y que en su madurez sobresalió por su actividad en torno a la
salud pública. El principal resultado de su gestión política de entonces fue la
creación del Instituto Nacional de Higiene y Seroterapia, cuya dirección
ofreció a Cajal. A pesar de que no se contaba ni con local ni con presupuesto adecuados,
éste aceptó el encargo. Estructuró el nuevo centro en cuatro secciones
(bacteriología, seroterapia, análisis químico y veterinaria), al frente de las
cuales puso a especialistas seriamente preparados que al principio colaboraron
en la empresa sin sueldo alguno. Gracias en buena parte al enorme prestigio de
su director, el Instituto fue superando su penuria económica inicial y
creciendo en altura científica y eficacia técnica. Al dimitir Cajal en 1920 le
sucedió en la dirección Jorge Francisco Tello, su discípulo más allegado.
Una de las consecuencias de! entusiasmo
provocado por la concesión del premio Moscú fue un acuerdo del Consejo de
Ministros de fundar para Cajal un instituto de investigaciones científicas. El
proyecto se hizo realidad, por encima de los cambios políticos, solamente dos
años después, con el nombre de Laboratorio de Investigaciones Biológicas. Tras
ocupar algunos meses un local provisional, el Laboratorio se trasladó al
edificio del Museo Antropológico que, como sabemos, había fundado Pedro
González de Velasco un cuarto de siglo antes.
En marzo de 1906, medio año antes de que
recibiera la noticia del premio Nobel, el político liberal Segismundo Moret
ofreció a Cajal la cartera ministerial de Instrucción Pública en el nuevo
gobierno que iba a presidir tras la crisis entonces inminente. Ambivalente ante
la propuesta, el gran histólogo le presentó un programa de política científica
y universitaria que compendiaba todos los ideales regeneracionistas y que, con
gran sorpresa suya, fue aceptado por Moret. Quedó de esta forma prácticamente
comprometido, aunque no tardó en volverse atrás, con gran indignación del
político, cuando pudo recapacitar, aprovechando unos días de estancia en Lisboa
con motivo de un congreso médico internacional.
Un año más tarde aceptó, por el contrario, la
presidencia de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones
Científicas, creada en 1907 a propuesta de Amalio Gimeno, su amigo desde su
etapa valenciana, cuando éste fue ministro de Instrucción Pública. La
iniciativa, que respondía asimismo a los supuestos de la mentalidad
regeneracionista, siguió en buena parte el modelo de institucionalización
estatal de la actividad científica, iniciado en Alemania por el
Kaiser-Wilhelm-Institut y el Physikalisch-Technische Reichsanstalt y continuado
después por otros países. Según el decreto fundacional, su finalidad consistía,
por una parte, en «formar el personal docente futuro y dar al actual medios y
facilidades para seguir de cerca el movimiento científico y pedagógico de las
naciones más cultas»; por otra, en «formar y nutrir centros de actividad
investigadora». Cajal ocupó el cargo de presidente durante más de un cuarto de
siglo, contribuyendo no solamente con su excepcional prestigio, sino también
con su trabajo e ilusión de hombre ya maduro, pues consideró esta institución
como un instrumento decisivo para la promoción de la actividad científica en
nuestro país. Componían la Junta, además, quince vocales representativos de las
«distintas áreas científicas», un secretario y un vicesecretario. Su actividad
comprendía tres grandes epígrafes: «estudios en el extranjero», «trabajos
dentro de España» e «instituciones de carácter educativo». Estas últimas,
agrupadas bajo el rótulo general de «Residencia de Estudiantes», consistían en
una residencia masculina y otra femenina para estudiantes de facultades
universitarias o escuelas especiales y en dos grupos experimentales, uno
masculino y otro femenino, de muchachos que cursaban el bachillerato.
Cajal, su esposa y sus hijos Paula, Fe, Pilar, Santiago y Luis, en la época
en la que fue concedido el premio Nobel al gran histólogo.
El aspecto más importante de los «estudios en el
extranjero» era la concesión por concurso de pensiones. A lo largo de sus tres
décadas de existencia, la Junta concedió anualmente entre veinte y ciento
treinta becas para trabajar en un centro extranjero, por lo general durante un
curso académico. El porcentaje correspondiente a las ciencias de la naturaleza
y sus aplicaciones fue variable pero, en conjunto, osciló en torno al cincuenta
por ciento. Por otra parte, la Junta subvencionaba a las delegaciones españolas
en congresos científicos internacionales, promovía las relaciones con los
países hispanoamericanos, principalmente mediante becas y también a través de
cursos en colaboración con la Institución Cultural Española de Buenos Aires. El
epígrafe «trabajos dentro de España», aparte de la publicación de libros y
revistas y de la concesión de pensiones para estudios en centros españoles,
incluía la organización y promoción de la investigación científica por parte de
la Junta. En 1910 se fundó, por un lado, el Centro de Estudios Históricos y,
por otro, para organizar la actividad en el campo de las ciencias de la
naturaleza y sus aplicaciones, el Instituto Nacional de Ciencias
Físico-Naturales. Se integraron en él varias instituciones existentes con
anterioridad, principalmente el Laboratorio de Investigaciones Biológicas que
dirigía Cajal y el Museo de Ciencias Naturales, con sus anexos, las Estaciones
de Biología Marítima de Santander y Baleares, el Museo de Antropología y el
Jardín Botánico de Madrid, conjunto de instituciones donde se llevó a cabo
investigación de altura en el terreno de la geología, la botánica y la
zoología, bajo la dirección de Eduardo Hernández Pacheco, Blas Lázaro e Ibiza e
Ignacio Bolívar, respectivamente; Bolívar encabezó también, desde su
laboratorio en el Museo de Ciencias Naturales, el grupo que introdujo en España
el cultivo de nuevas disciplinas biológicas, entre ellas la genética
mendelmorganiana, cuyo primer especialista en nuestro país fue su discípulo
José Fernández Nonídez. Por otra parte, en el Instituto Nacional de Ciencias se
fueron incluyendo otros centros de nueva fundación. En el mismo año de 1910 se
crearon la Estación Alpina de Biología, en la Sierra de Guadarrama, y el
Laboratorio de Investigaciones Físicas. Este último significó la incorporación
de nuestro país a la moderna investigación sobre la materia; lo dirigió Blas
Cabrera y en él realizaron trabajos, entre otros, Julio Palacios y Miguel
Catalán.
Figuras de Cajal acerca de la degeneración y regeneración de los nervios
tras ser seccionados o comprimidos. Las neurofibrillas están teñidas con el
método del nitrato de plata reducido.
Figura de Cajal relativa a neuronas teñidas con su método del nitrato de
plata reducido, que permitió investigar la disposición de las neurofibrillas y,
en general, la textura interna de las células nerviosas.
Neuroglia protoplásmica de la corteza cerebral teñida con el método del
oro-sublimado, una de las últimas técnicas ideadas por Cajal.
A lo largo de la década siguiente, la Junta fundó
otros centros adscritos al Instituto, entre los que destacan el Laboratorio y
Seminario Matemático, que dirigió Julio Rey Pastor, el Laboratorio de
Fisiología, donde trabajó Juan Negrín, y el Laboratorio de Histopatología del
Sistema Nervioso, que encabezaron sucesivamente Nicolás Achúcarro y Pío del
Río-Hortega. Por último, la Junta promovió, desde 1909, una Asociación de
Laboratorios con el fin de «fomentar las investigaciones científicas y estudios
experimentales mediante la colaboración de los laboratorios, talleres o centros
dependientes del Estado». La iniciativa partió de Leonardo Torres Quevedo, cuyo
Laboratorio de Automática ocupó un puesto destacado en el proyecto.
Cuando terminó la publicación de su gran obra La
textura del sistema nervioso, en 1904, Cajal había alcanzado brillantemente la
meta que se había propuesto con el examen sistemático de todos los territorios
nerviosos con el método de Golgi: demostrar la individualidad de las neuronas,
aclarar su comportamiento genético y ofrecer un modelo estructural del
funcionamiento del sistema. Sin embargo, se le había planteado poco antes la
necesidad de conocer la estructura interna de la célula nerviosa, problema para
el que le resultaba necesaria una nueva técnica.
Dicha necesidad pasó a primer plano porque se
hicieron críticas frontales a la teoría de la neurona, reformulando la teoría
reticular sobre la base de que las neurofibrillas que existían en el seno de
las células nerviosas formaban una red continua interneuronal que sería
responsable de la propagación del impulso nervioso. Aunque desde hacía tiempo
se venía hablando de forma imprecisa de tal urdimbre neurofibrilar, la cuestión
no se planteó en estos términos hasta los primeros años del presente siglo,
tras los trabajos en invertebrados del húngaro István Apáthy y, sobre todo, a
partir de las indagaciones sobre las neurofibrillas del sistema nervioso de los
vertebrados realizadas por el profesor de Estrasburgo Albrecht Bete, quien se
convirtió en la cabeza del nuevo reticularismo, con el apoyo algo posterior de
Hans Held, el antiguo traductor de la primera síntesis de Cajal. Muchos
neurohistólogos pusieron en duda la teoría de la neurona y algunos la
abandonaron abiertamente, situación que fue precisamente a la que aludió Golgi
en su conferencia Nobel.
Variedades del retículo endoneuronal de Golgi teñidas con el método del
formol-urano, otra de las últimas técnicas que ideó Cajal.
Convencido de que la solución del problema residía
en «contemplar las susodichas neurofibrillas en preparaciones irreprochables»,
cosa que en modo alguno habían conseguido Bethe y sus seguidores, Cajal trabajó
intensamente en busca de la técnica de tinción apropiada. Tras numerosos
ensayos infructuosos la encontró, por fin, en octubre de 1903, partiendo del
«proceder fotográfico» original de Luis Simarro, que había conseguido con él
impregnar las neurofibrillas mediante las sales fotográficas de plata. [185] La modificación
partió de la idea de que «la substancia enigmática generadora de la reacción
neurofibrilar debe ser pura y sencillamente el nitrato de plata caliente libre,
susceptible de precipitarse, en virtud de procesos físicos, sobre el esqueleto
neurofibrilar modificado por la acción de la temperatura». [186] Ideó de esta forma el
célebre método del nitrato de plata reducido, consistente básicamente en la
inmersión directa de los tejidos nerviosos en nitrato de plata, mantenimiento
de los mismos en estufa durante cuatro días, y reducción en bloque y en la
oscuridad de la sal argéntica mediante un baño de ácido pirogálico.
El método del nitrato de plata reducido fue
utilizado sistemáticamente durante una década por Cajal y sus discípulos, dando
como primer resultado el conocimiento de la disposición de las neurofibrillas
en el protoplasma nervioso y en las arborizaciones pericelulares. En el trienio
1905-1907, Cajal la aplicó asimismo al estudio de la regeneración y la
degeneración de los nervios y de las vías nerviosas centrales, tema que había
sido una de las principales fuentes de los argumentos de los autores opuestos a
la teoría neuronal. Defendían éstos que la regeneración del segmento distal de
un nervio seccionado se debe a la transformación de las células de
revestimiento del mismo que habían persistido tras la degeneración de sus
fibras. Frente a esta hipótesis, Cajal demostró que las fibras nuevas que
aparecen en dicho segmento distal son brotes axónicos procedentes del cabo
central, cuyas fibras mantienen su vitalidad porque siguen unidas al soma neuronal.
Sus investigaciones sobre esta cuestión fueron más tarde recogidas en dos
volúmenes titulados Estudios sobre la degeneración y regeneración del sistema
nervioso (1913-1914), cuya impresión costearon los médicos españoles residentes
en la República Argentina admiradores del gran histólogo. [187] La forma intolerable
en la que sus ideas han sido expuestas por algunos ensayistas irresponsables se
refleja en el hecho de que el título de este libro haya bastado para situarlo
entre los seguidores de la teoría que considera la degeneración biológica como
causa fundamental de las enfermedades mentales.
A partir de 1907, Cajal aplicó su técnica de
tinción a investigaciones comparadas de la textura del cerebro y del bulbo
raquídeo, al estudio de la génesis de los nervios motores y sensoriales y las
expansiones neuronales en el embrión, así como al análisis de la estructura del
núcleo neuronal. Como consecuencia de tan amplia labor, el neuronismo logró
superar por completo las críticas que le habían planteado los nuevos defensores
del reticularismo.
Cuando ya había cumplido sesenta años, en 1912 y
1913, Cajal ideó todavía dos nuevos métodos de tinción: la técnica del
formolurano y la del oro-sublimado. [188] Con la primera
consiguió precisar numerosos detalles acerca de la disposición, fases
evolutivas y conexiones del aparato de Golgi, retículo endoneuronal que el
histólogo italiano había observado por vez primera a finales del siglo XIX.
Con la segunda resolvió el problema de la
impregnación de un tipo de neuroglia, es decir, del tejido que forma la
sustancia de sostén de los centros nerviosos, que era especialmente difícil de
teñir con los métodos anteriores: la llamada neuroglia protoplásmica o de
radiaciones cortas. Esta innovación resultaría decisiva para las
investigaciones que sobre la glioarquitectonia desarrollaron después Nicolás
Achúcarro y Pío del Río-Hortega, otras dos grandes figuras de la
neurohistología española.
Capítulo 8
Las dos últimas décadas: la declinación de un gran sabio (1914-1934)
La Primera Guerra Mundial (1914-18), marcó de forma
irreversible la trayectoria biográfica de Cajal. El gran histólogo fue
especialmente sensible al hundimiento de todo un mundo y de unos valores en los
que la ciencia desempeñaba un papel central. En la tertulia del Café Suizo
—afirma en sus Recuerdos— «nos sobrecogió de horror y de abominación, borrando
las últimas reliquias del optimismo juvenil, la monstruosa guerra europea que
fue... principalmente el fruto amargo del orgullo nacional, el choque inevitable
entre oligarquías militares todopoderosas, envanecidas por la soberbia y
codiciosas de gloria y de dominio». [189] De forma inmediata,
la contienda significó la desaparición de la comunidad científica europea a la
que había destinado todos sus esfuerzos de investigación y de la que había
llegado a convertirse en figura eminente. En 1914 debía celebrarse en Zurich un
congreso internacional dedicado a las neurociencias al que pensaban asistir
Cajal y sus discípulos con materiales que prepararon con gran ilusión. Su
cancelación fue todo un símbolo para él. «La horrenda guerra europea de 1914
—dice en otro lugar de sus memorias— fue para mi actividad científica un golpe
rudísimo. Alteró mi salud, ya bastante quebrantada, y enfrió, por primera vez,
mis entusiasmos por la investigación. Durante seis años quedé incomunicado con
los laboratorios extranjeros y reducido a un monólogo donde la desgana y el
desaliento fueron la tónica fundamental». [190] Al terminar la
contienda habían muerto los colegas con los que tenía mayor relación en los
distintos países europeos, como Krause, Waldeyer, Edinger, Déjerine y Retzius,
e incluso alguno de ellos había terminado su vida en condiciones muy penosas, como
el belga Van Gehuchten, fallecido en el exilio.
Cajal a los sesenta años
No resulta nada extraño que el pesimismo de fondo,
siempre presente en la imagen que del ser humano tenía Cajal, pasara a primer
plano. «Vaya por delante la declaración de que yo tengo muy pobre idea del
hombre y de su civilización —dijo en unas declaraciones a un semanario a
comienzos de 1915—. Para mí la raza humana sólo ha creado dos valores dignos de
estima: la ciencia y el arte. En lo demás continúa siendo el último animal de
presa aparecido. Y como animal de malos instintos, conjeturo que, cualquiera que
sea el resultado de la monstruosa lucha, cambiarán muy poco las normas ideales
y morales de la Humanidad... Como resultado político y sentimental de la
guerra, se nos ofrece el desmayo del pacifismo y humanitarismo, y el regreso,
según el genio de los hábitos sociales de cada pueblo, a los excesos del
chauvinismo y del imperialismo... Dentro de veinte o treinta años, cuando los
huérfanos de la guerra mundial actual sean hombres, se repetirá la estúpida
matanza». [191]
Por otra parte, los años de la postguerra
correspondieron a un importante empeoramiento de su estado de salud. En su
último libro, subtitulado precisamente «Impresiones de un arterioesclerótico»,
ofreció sobre este momento un revelador pasaje autobiográfico: «De día a día
notaba, al abandonar la tertulia del café... que mi cabeza ardía, sin que
moderasen la sofocación el paseo ni el silencio absoluto. Cierto día, después
de una sesión fotográfica a 35º, la congestión cerebral alcanzó tal agudeza que
me obligó a consultar al sabio y simpático doctor Achúcarro, compañero de
laboratorio. Me examinó, y previas algunas precauciones oratorias y eufemismos
piadosos, lanzó el terrible veredicto: Amigo mío, ha comenzado la
arterioesclerosis cerebral de la senectud». [192] Su vigor físico
también había iniciado una rápida declinación que le conduciría, una década
después, a un completo sedentarismo: «Jadeante y cansino, apenas puedo caminar
sin fatiga trescientos metros —diría ya octogenario—. La despreciable altura del
cerro de San Blas [primera sede del Instituto Cajal] se me antoja la cumbre de
la Maladeta, y la cuesta de Atocha, la falda de Montblanch». [193]
Su vida cotidiana cambió radicalmente. Dejó de
asistir, por ejemplo, a su acostumbrada tertulia. Como sabemos, en 1920 fue
derribado el edificio donde estaba el Café Suizo y Cajal ya no se incorporó
activamente a la continuación de la tertulia en el Café Castilla. También
renunció a los largos paseos, a los que tan aficionado era desde su juventud,
así como a las excursiones, ya que nunca llegaron a gustarle los automóviles,
que llamó «aborrecidos artefactos burgueses» y «máquinas deleznables» en un capítulo
de su último libro dedicado a glosar sus desventajas. En consecuencia, su
actividad comenzó a limitarse al estrecho marco integrado por su domicilio en
el número 62 de la calle de Alfonso XII y el vecino Laboratorio de
Investigaciones Biológicas, situado todavía en un ala del Museo González de
Velasco, en el paseo de Atocha.
El mismo 1920 renunció, como hemos dicho, a la
dirección del Instituto Nacional de Higiene, tres años antes de su jubilación
reglamentaria. También entonces, el ministro de Instrucción Pública, Natalio
Rivas, consultó a Alfonso XIII el proyecto de fundación de un gran centro de
investigación biológica, que debía agrupar varios laboratorios del sector
dependientes de la Junta para Ampliación de Estudios y llevar el nombre de
Cajal. El monarca acogió la idea con gran entusiasmo y poco después, a finales
de febrero de dicho año, se promulgó el correspondiente decreto. Lejos de
sentirse halagado, al gran histólogo le irritó de tal modo la iniciativa que
llegó a amenazar con un bastón a quien le llevó la noticia, afirmando que
«tamaño homenaje sólo se hace con los amigos después de muertos, porque en vida
es recordarles que tienen que morir». [194] Las obras del nuevo
Instituto Cajal comenzaron en 1921, aunque el traslado del viejo laboratorio no
se efectuó hasta 1933. El edificio estaba situado en el recién citado cerro de
San Blas, junto al Observatorio Astronómico. Su acceso, por un camino empinado,
era difícil, lo que contribuyó a que Cajal no siguiera personalmente la marcha
de la construcción y a que, después de terminado, lo visitara muy pocas veces.
En cambio, experimentó un profundo dolor cuando en 1932 fue cerrado el
laboratorio del paseo de Atocha a causa de las grietas que amenazaban derribar
la techumbre de su despacho.
El primero de mayo de 1922, al cumplir los
setenta años, Cajal se jubiló como catedrático. Con este motivo, numerosas
personas e instituciones habían planificado rendirle un gran homenaje. Un año
antes, el diputado Julián Van Baumberghen presentó a las Cortes una proposición
para que se le concediera una pensión vitalicia de veinticinco mil pesetas
anuales. Sin embargo, uno de los ministros se opuso, argumentando que ello significaba
«sentar un precedente funesto». Se planteó de esta forma un choque político que
terminó con una votación favorable al gobierno y contraria a la concesión de la
pensión. El incidente, que deslució el proyectado homenaje nacional, tuvo una
extraordinaria repercusión en la prensa, conduciendo a una ruidosa polémica en
la que los dos bandos abrumaron a Cajal con expresiones admirativas. La terminó
el propio histólogo con una carta abierta al director del periódico El Sol, en
la que rechazó de modo terminante todo tipo de privilegio económico y cedió al
Laboratorio cualquier dinero procedente de homenajes. No era la primera vez que
Cajal adoptaba semejante posición. Al dimitir como director del Instituto
Nacional de Higiene había renunciado a sus derechos pasivos y cuando se fundó
el Laboratorio de Investigaciones Biológicas convenció al Conde de Romanones de
que su sueldo fuera de seis mil pesetas anuales, en lugar de las diez mil que
había propuesto el gobierno.
Durante aquel año y los siguientes se sucedieron
los homenajes académicos y populares y las publicaciones en honor del gran
científico. De todos ellos anotaremos solamente la concesión en 1922 de la
medalla Echegaray por la Academia de Ciencias, de Madrid y la edición por la
Junta para Ampliación de Estudios, en la misma fecha, de un Libro en honor de
don Santiago Ramón y Cajal, en cuyos dos volúmenes colaboraron treinta grandes
figuras extranjeras de las neurociencias y los más destacados cultivadores
españoles de la investigación biológica.
Por otra parte, se le dedicaron calles en casi
todas las poblaciones españolas y se inauguraron varios monumentos, entre
ellos, una estatua de mármol en la Facultad de Medicina, de Zaragoza, esculpida
por Mariano Benlliure (1925) y una fuente monumental en el Parque del Retiro,
de Madrid, debida a Victorio Macho (1926).
Benlliure era amigo personal de Cajal, al que
dedicó casi medio centenar de obras, entre estatuas, medallas, placas
conmemorativas y bocetos, que fueron muy del gusto del gran histólogo.
Esquema de Cajal acerca de la estructura de la retina de la mosca azul. La
retina de los invertebrados fue uno de los últimos temas a los que Cajal dedicó
su labor investigadora, en gran parte en colaboración con Domingo Sánchez. La
extraordinaria complejidad de su estructura fue uno de los factores que le hizo
dudar de su firme adhesión anterior al evolucionismo darwinista.
En cambio, no ocultó su desagrado por la obra de
Victorio Macho, que en la fuente del Retiro le había representado desnudo de
medio cuerpo, a semejanza de las estatuas clásicas, pero con un estilo moderno.
A este respecto, solía bromear diciendo que él jamás se había desnudado ante
ningún hombre.
A pesar de su estado de salud y de sus
desánimos, Cajal continuó escribiendo y publicando de manera incansable durante
las dos últimas décadas de su vida. Desde 1914 hasta su muerte publicó todavía
medio centenar de artículos de tema neurohistológico, de los que cabe destacar
los trabajos dedicados a la retina y los centros ópticos de los invertebrados,
que realizó en gran parte en colaboración con Domingo Sánchez. Aparecieron,
además, varias ediciones de sus manuales de histología y de anatomía patológica
—las últimas, tal como hemos dicho, a cargo de Jorge Francisco Tello— y dos
importantes compendios técnicos: el Manual técnico de Anatomía patológica
(1918), que firmó con el mismo Tello, y los Elementos de técnica micrográfica
del sistema nervioso (1933), fruto de la colaboración de Fernando de Castro,
otro de sus principales discípulos.
La gran ilusión científica de Cajal durante la
fase final de su vida fue la publicación de una tercera edición, ampliada y
actualizada, de su gran libro Textura del sistema nervioso. Llegó incluso a
redactar las condiciones de publicación de la misma, para la que fue reuniendo
abundantes materiales y notas. En 1934, el mismo año de su muerte, decía en su
última carta a José Ortega y Gasset: «Yo sigo trabajando, pero siento demasiado
el peso de mis ochenta y dos años y la fatiga de la memoria. La tragedia íntima
que me tiene insomne es la inseguridad de que, dada mi decadencia, me será
imposible reeditar mi obra sobre la estructura del sistema nervioso en dos
grandes volúmenes con más de mil grabados. Es la labor perseverante de cuarenta
años de investigación». [195] Según el testimonio
de su hija Fe, recogido por Durán Muñoz y Alonso Burón, las notas en las que
había ido poniendo al día la obra desaparecieron por razones no bien aclaradas,
pérdida que aceleró su muerte. [196] Llegó, sin embargo, a
redactar un amplio trabajo de conjunto sobre la teoría de la neurona, de casi
cien páginas, con destino al primer volumen de Handbuch der Neurologie dirigido
por O. Bumke y O. Foerster. La publicación de este texto, verdadero testamento
científico de Cajal, se retrasó más de lo previsto, con gran contrariedad de su
autor. En una carta de finales de 1932, dirigida a su discípulo Lorente de No,
decía a este respecto: «Van ya transcurridos cuatro años desde que se envió la
monografía a Alemania; y para un viejo de ochenta y dos años es demasiada
demora. No me gustan tampoco los trabajos póstumos. Así que temeroso de no ver
mi escrito publicado, he recurrido al expediente de redactar otro nuevo en
español, descargándolo de algunos capítulos no esenciales y añadiendo nuevos
grabados, copia de recientes preparaciones. Acaso hago mal anticipándome a la
traducción de Miskolczy, pero mis achaques no admiten espera ni mejoría. Creo
que no incurro con ello en grave incorrección». [197] La nueva redacción en
castellano se publicó en 1933 en la revista Archivos de Neurología, con el
título de ¿Neuronismo o reticularismo? Las pruebas objetivas de la unidad
anatómica de las células nerviosas, apareciendo además una versión francesa de
la misma al año siguiente en el anuario del Laboratorio de Investigaciones
Biológicas. El texto original traducido al alemán, Die Neuronenlehre, lo hizo
de forma póstuma en 1935, tal como se temía su autor. En la conclusión de esta
síntesis, que coronaba una labor de medio siglo, subrayó que el principal
resultado general de la misma era superar el último y más difícil reducto que
se oponía al modelo celularista de organismo, a su concepción como «asociación
de células relativamente autónomas»: «No temamos, pues, que al embate de los
reticularistas, la vieja y genial concepción de Virchow sufra
quebrantos». [198]
De los escritos no histológicos que durante
estos años redactó Cajal hay que citar en primer término la versión definitiva
de sus memorias. La primera edición había aparecido en dos volúmenes: Mi
infancia y juventud (1901) e Historia de mi labor científica (1905). Además de
reproducirse en dos revistas, la primera parte alcanzó después notable
popularidad a través de una adaptación destinada a lectores infantiles que se
tituló Cuando yo era niño. Sin embargo, a medida que pasaron los años, su autor
se mostró cada vez menos satisfecho del contenido del libro: «Me propuse hacer
una autopsicología —le dijo a Azorín en una carta de 1915— y ni yo estaba
preparado para ello, ni el público esperaba, y con razón, esto de mí. Hay mucho
fango en los capítulos primeros y hasta digresiones y lirismos que hoy
encuentro enfadosos y hasta pedantes». [199] En consecuencia,
introdujo numerosas correcciones y adiciones en la segunda edición, que se
publicó en 1917, todavía en dos volúmenes, con la intención de eliminar
«desahogos líricos y filosóficos harto inoportunos» y resumir «las monótonas
descripciones de travesuras infantiles, en el fondo bastante vulgares,
corrientes y fastidiosas».
Portada de la sexta edición de las Charlas de café, de Cajal.
Con una autocrítica muy severa, afirmó en el
prólogo: «Me sorprendo un poco de mis arrogancias de entonces. Engolfado hasta
la preocupación en estudios de índole analítica, mi cultura filosófica y
literaria dejaba mucho que desear». En la versión definitiva, aparecida en
1923, condensó en un volumen los dos tomos de las anteriores, aduciendo «mis
tendencias cada vez más acentuadas a la sencillez y claridad del estilo». [200]
También fue modificando Cajal el contenido de su
libro Charlas de café (1921), que presentó como «una colección de fantasías,
divagaciones, comentarios y juicios, ora serios, ora jocosos, provocados
durante algunos años por la candente y estimuladora atmósfera del café».
Justificó su publicación por debilidades tocantes a la «patología del
espíritu», en especial la «grafomanía, que suele exacerbarse en la senectud».
Se agotaron rápidamente dos ediciones y en el prólogo de la tercera (1922),
saliendo al paso de algunas críticas poco favorables, volvió a insistir en que
la mayoría de sus ideas «son verdaderas humoradas, que fueron real y
positivamente expuestas... ante contertulios joviales durante cuarenta años de
asidua asistencia a las peñas de café o de casino», citando a este respecto a
José Rodrigo Pertegás, su contertulio durante los años que pasó en Valencia.
Cajal fue sensible a algunos comentarios poco halagadores que la obra volvió a
suscitar y, durante una década decidió no reeditarla. Sin embargo, en 1932
volvió a hacerlo, cuando se habían publicado varias ediciones clandestinas y
dos traducciones. Se escudó entonces en la definición de charla de la Real
Academia de la Lengua («hablar mucho, sin substancia y fuera de propósito» y
«pláticas sin objeto determinado y sólo por mero pasatiempo») y reclamó el
derecho a tener contradicciones: «¡Ojalá fueran mayores! Ello sería indicio de
juventud, flexibilidad y pujanza». [201] El interés del libro
reside casi exclusivamente en la personalidad del autor, sobre la que
proporciona información complementaria si se la sitúa en su contexto. Lo que
resulta intolerable es convertirla en fuente central de las ideas de Cajal
sobre el amor, la mujer, la muerte, la religión o las cuestiones sociales, como
por desgracia vienen haciendo algunos acercamientos apresurados, cuyos autores
parecen más interesados en defender sus posturas ideológicas que en conocer
seriamente el pensamiento del gran histólogo.
Mucho más interesante, sobre todo desde el punto
de vista biográfico, es El mundo visto a los ochenta años, último libro que
publicó Cajal. Como hemos adelantado, lo subtituló «Impresiones de un
arterioesclerótico» y lo presentó como un intento de «cotejar dos estados
sociales separados por un intervalo de sesenta años». [202] Terminó de redactarlo
a finales de mayo de 1934 y apareció cuatro meses después, coincidiendo casi
con su muerte. En el libro abundan las noticias autobiográficas —llamadas por
su autor «confidencias y expansiones inoportunas»— que resultan inapreciables
para conocer la vida de Cajal durante sus últimos años. En la parte titulada
«Las tribulaciones del anciano» ofrece, por ejemplo, detalles acerca del
terrible insomnio que le torturó entonces o de la sordera que agrió su
carácter: «Para oír necesito que se hable recio y cerca. Impongo, por tanto, a
mi familia y amigos el enojoso vejamen de conversar a gritos. Y sufro la
contrariedad de advertir cómo, en torno mío, los interlocutores, hartos de
desgañitarse, adoptan el comodín compensador del cuchicheo, tan sospechoso para
los viejos gruñones y suspicaces». [203] Por ciento, en el
mismo capítulo incluye uno de los numerosos testimonios de admiración que, a lo
largo de su vida, ofreció a Miguel de Unamuno: «Unamuno, con sus setenta y dos
años, goza, no sólo de envidiable salud física, sino de una mentalidad robusta
que aparece afinada y depurada en sus escritos». [204]
Cajal no consiguió de modo alguno asimilar
ciertos «cambios del ambiente físico y moral». Ya hemos visto lo que opinaba
del automóvil, que en este libro aparece junto al «aeroplano homicida» en un
epígrafe sobre el «delirio de la velocidad». También manifestó expresamente su
desagrado por las corrientes pictóricas propias del siglo XX, que consideró que
falsificaban «el concepto característico y tradicional del arte, que fue
siempre, por definición, imitar fielmente la Naturaleza». [205] Por el contrario,
afirmó que los jóvenes universitarios españoles tenían más cultura y estaban
mejor preparados que los de cuarenta años antes: «La nueva generación conoce
varios idiomas, ha viajado al extranjero, oído a los grandes maestros, frecuentado
seminarios o laboratorios. Y ha regresado animada de un magnífico espíritu de
renovación y de iniciativa, en fin, se ha europeizado, como diría el
clarividente y malogrado Costa, el profeta señero del patriotismo cultural
español». [206] Precisamente el
extremado españolismo de Cajal, firmemente anclado en la perspectiva
centralista propia de los liberales decimonónicos, motiva el capítulo menos
sereno del libro: «La atonía del patriotismo integral». El gran histólogo
opinaba que los regionalismos y nacionalismos eran tendencias desintegradoras
consecutivas al desastre colonial del 98. Por ello, considera al nacionalismo
catalán casi exclusivamente como origen de «amenazas, veladas o explícitas, de
separatismo» y todavía con mayor antipatía al de los vascos, a quienes llama
«niños mimados de Castilla», afirmando que «Euzkadi y Navarra constituyen de
hecho feudos vaticanistas y son perdurable amenaza de guerra civil». [207] En la introducción de
la obra reconoce que «en este respecto, me he mostrado excesivamente
apasionado» y aduce como excusa «la viveza de mis convicciones españolistas,
que no veo suficientemente compartidas ni por las sectas políticas más
avanzadas, ni por los afiliados más vehementes a los partidos
históricos». [208]
Esquemas de Cajal acerca del círculo espectral para el estudio de las
tríadas cromáticas y la reducción obtenida sobre la placa de retículo
policromático impresionada por varios colores.
Cajal publicó también, durante este periodo final
de su vida, algunos textos sobre cuestiones relacionadas con la fotografía. A
principios de siglo había llegado a tener un estudio fotográfico propio en el
paseo del Prado, donde, según Durán Muñoz y Alonso Burón, «le fueron posibles
fáciles conquistas... que con discreción le brindaba la disculpa de fotografías
artísticas o en colores», aunque advierten que «de haber deslices, no pasaron
de aventurillas rápidas e intranscendentes, que ni le quitaron la tranquilidad
ni complicaron la paz del hogar, ni menos aún le robaron una hora de su tiempo
ni de su pensamiento». [209]
Portada del libro de Cajal sobre la fotografía en colores.
Ya conocemos la extraordinaria afición que desde
muy joven tuvo Cajal por la fotografía, a la que dedicó, durante la primera
década de la presente centuria, una serie de artículos de carácter técnico, que
aparecieron principalmente en La Fotografía, la Revista de la Real Academia de
Ciencias y los Anales de la Sociedad Española de Física y Química. Dicha serie
culminó con el libro La fotografía de los colores (1912), en el que expuso las
bases científicas de los procedimientos cromofotográficos entonces conocidos. [210] Sus últimas
publicaciones relacionadas con el tema estuvieron consagradas a problemas
microfotográficos, concretamente a la microfotografía estereoscópica del tejido
nervioso (1918) y a demostraciones fotográficas de fenómenos de la regeneración
de los nervios (1926).
Cajal dejó sin publicar un libro sobre «el sueño
y los fenómenos del ensueño», cuyo manuscrito se perdió durante la guerra
civil, junto a otros textos y notas suyas sobre esta cuestión y otras afines,
como el hipnotismo, el espiritismo y las alucinaciones. Ya conocemos el interés
de Cajal por la psicoterapia sugestiva e hipnótica durante su estancia en
Valencia y también la dureza con la que, en su madurez, juzgó sus
especulaciones de finales de siglo en torno al «mecanismo anatómico de la ideación,
asociación y atención». En 1908 apareció en Cajal, Revista de Medicina y
Cirugía de la Facultad de Medicina de Madrid un artículo suyo titulado Las
teorías sobre el ensueño que debía ser el primero de una serie que, sin
embargo, no tuvo continuación. Hasta el final de su vida, el gran histólogo
continuó con una gran curiosidad por el asunto. Anotaba regularmente el
contenido de sus propios sueños y los de otras personas y estudió las
principales teorías relativas a los mismos, entre ellas las de Freud, que no le
parecieron aceptables. Algunas de sus ideas sobre la materia pueden conocerse,
aparte del artículo citado, a través de su correspondencia y de algunos de sus
prólogos, en especial el que redactó para un tomo de poesías de Marcos Zapata
(1922).
Cajal en el Laboratorio de Investigaciones Biológicas, junto a Gonzalo
Rodríguez Lafora, Domingo Sánchez, Miguel Gayarre, Jorge Francisco Tello,
Nicolás Achúcarro y personal auxiliar de la institución.
Sin pretender abordar, ni siquiera de forma
sumaria, un tema de tanta importancia como la llamada Escuela Histológica
Española, surgida en torno a la obra de Cajal, parece indispensable dar noticia
de la relación que tuvo con sus principales discípulos y colaboradores. [211]
Como el más antiguo discípulo de Cajal puede
considerarse a su hermano Pedro, aunque nunca llegó a trabajar a su lado porque
vivieron siempre en ciudades distintas a partir de 1884. Durante muchos años
fue, sin embargo, su auténtico hombre de confianza, a quien comunicaba,
principalmente por carta, sus proyectos y el resultado de sus investigaciones.
Además, tal como adelantamos, Pedro Ramón y Cajal (1854-1950) publicó notables
trabajos neurohistológicos sobre los vertebrados inferiores, especialmente en la
década final de la pasada centuria y la primera de la actual.
De la misma generación que Cajal era también el
naturalista salmantino Domingo Sánchez Sánchez (1860-1947), su más importante
colaborador en el terreno de la indagación de la textura del sistema nervioso
de los invertebrados. Estudió ciencias naturales en la Universidad de Madrid,
donde obtuvo la licenciatura en 1885. El mismo año, marchó a Filipinas con el
cargo de «colector zoológico». Allí recogió materiales de la fauna local para
el Museo de Historia Natural de Madrid y para una exposición dedicada a
Filipinas, publicó una monografía sobre un parásito de los cafetales y preparó
su tesis doctoral, que versó sobre casi un centenar de especies de mamíferos de
las islas. De regreso a España en 1898, terminó en la Universidad de Madrid los
estudios de medicina que había iniciado en Manila. Con este motivo, entró en
relación con Cajal, a cuyo laboratorio se incorporó antes de recibir el nuevo
doctorado. Desde el principio, se centró en la investigación histológica de los
invertebrados y, a partir de 1904, en el estudio de su sistema nervioso. En
dicho año, comenzó a utilizar el método del nitrato de plata ideado por Cajal,
con el que consiguió una descripción exhaustiva de la estructura de la cadena
ganglionar y de los nervios periféricos de los hirudíneos, así como de las
terminaciones nerviosas motrices de los insectos. Sus hallazgos contribuyeron a
consolidar la teoría neuronal frente a la reticularista, cuyos seguidores de
principios de siglo se apoyaban principalmente en datos procedentes de los
invertebrados.
Jorge Francisco Tello, el más importante de los discípulos directos de Cajal
y su sucesor en la cátedra de histología y anatomía patológica.
Su obra de investigador culminó en sus trabajos
sobre neurohistología de los insectos. Sobresalen, a este respecto, un volumen
consagrado a la retina y los centros ópticos de los insectos superiores (1915)
que, como sabemos, firmó en colaboración con Cajal, y sus estudios sobre el
ganglio cerebroide de la Blata orientalis (1933) y el protocerebro de la Apis
mellifica (1940-41).
El más destacado de los discípulos directos de
Cajal, Jorge Francisco Tello Muñoz (1880-1958) pertenecía ya a la generación
siguiente. Era aragonés como su maestro, ya que había nacido en la localidad
zaragozana de Alhama. Estudió medicina en la Facultad de Madrid, orientándose
inicialmente hacia la cirugía bajo la dirección de José Ribera Sans. En 1902,
durante el periodo de doctorado, inició su relación directa con Cajal, al ser
nombrado interno de histología y anatomía patológica. Aunque al principio
únicamente proyectaba familiarizarse con el trabajo de laboratorio, acabó
abandonando por completo su incipiente carrera quirúrgica. Se convirtió en el
primero y más fiel colaborador de Cajal en el Laboratorio de Investigaciones
Biológicas y, a partir de 1905, en profesor auxiliar de su cátedra. En 1911,
cuando ya llevaba realizada una importante labor histológica, Cajal lo envió
diez meses a Berlín con una de las primeras becas de la Junta para Ampliación
de Estudios, con el fin de perfeccionar su formación de anatomía patológica,
disciplina cuyos servicios organizó al volver a Madrid. Se dedicó después,
durante algunos años, a cuestiones bacteriológicas y sanitarias, como jefe de
la sección de epidemiología del Instituto Nacional de Higiene (1912-1920) y
como director de este último (1920-1934). Trabajó también, desde 1929 hasta el
final de su vida, en un laboratorio privado especializado en sueroterapia. Fue
el sucesor de Cajal en la cátedra de histología y anatomía patológica (1926),
así como en la dirección de su Instituto (1934) cargo del que fue destituido en
1939, tras haber permanecido en Madrid durante toda la guerra civil. Tello inició
su obra de investigador cuando Cajal acababa de idear el método del nitrato de
plata reducido. En su primer trabajo (1903), lo aplicó al tejido nervioso de
los vertebrados inferiores, consiguiendo el notable hallazgo de comprobar el
engrosamiento que experimenta el armazón neurofibrilar en estos animales
durante el letargo invernal o cuando se les somete a la acción del frío.
Quedaba con ello planteada la significación funcional de las neurofibrillas.
Tras dedicarse algún tiempo al análisis de la textura del cuerpo geniculado
externo, tema sobre el que realizó su tesis doctoral, Tello centró su actividad
en la indagación de los procesos de la degeneración y regeneración nerviosa. En
trabajos sobre las placas motoras, los husos de Kühn, las vías ópticas y la
influencia del neurotropismo en la regeneración de los centros nerviosos, pudo
reunir una amplia serie de hechos nuevos, al mismo tiempo que contribuía
poderosamente a esclarecer el mecanismo general de estos procesos en la misma
línea que había trazado su maestro. «Tello —afirmó Fernando de Castro— fue el
mejor paladín con el que contó la hipótesis neurotrópica formulada por Cajal».
Durante su estancia en Berlín en 1911, inició sus estudios sobre la hipófisis,
que le llevaron más tarde a comprobar en las células del lóbulo anterior un
retículo fibrilar distinto del de Golgi. A partir de 1917, sin embargo, sus
esfuerzos como investigador estuvieron preferentemente destinados al problema
de la histogénesis nerviosa. Para ello, estudió los cortes de embriones con los
métodos electivos de impregnación neurofibrilar, en especial el nitrato de
plata reducido de Cajal y la técnica de Bielchovsky. Analizó, de esta forma,
las diferenciaciones neuronales en el embrión de pollo, ocupándose después de
la génesis de las terminaciones nerviosas motoras y sensitivas, de la formación
de las cadenas ganglionares simpáticas y del desarrollo de algunos territorios
del sistema nervioso central. Además de los numerosos datos que aportaron,
dichos estudios contribuyeron a la verificación de la teoría de la neurona.
Durante las dos últimas décadas de su vida,
Cajal tuvo otros dos discípulos, mucho más jóvenes, de primer rango científico:
Castro y Lorente de No. Fernando de Castro y Rodríguez (1896-1967) era
madrileño y estudió medicina en su ciudad natal, iniciando su relación con
Cajal muy tempranamente, cuando cursaba el tercer año de la licenciatura
(1916). Dedicado desde entonces casi exclusivamente a la neurohistología,
publicó cinco artículos en la revista de Cajal antes de obtener el título de
doctor con una importante investigación sobre la estructura normal y patológica
de los ganglios sensitivos (1921). Tras ocupar diversos puestos en el
laboratorio de su maestro y en la Facultad de Medicina de Madrid, ganó la cátedra
de histología y anatomía patológica de la Universidad de Sevilla (1933), aunque
por un decreto especial fue agregado dos años más tarde al Instituto Cajal,
cuando éste acababa de morir. Solamente en 1951 pasó a ocupar la cátedra de
histología de la Universidad de Madrid. La contribución científica de Castro de
mayor transcendencia fue la aclaración de la estructura y las funciones del
seno carotídeo, a partir de los trabajos publicados en 1927 y 1928 en los que
consiguió demostrar que su rica inervación sirve para regular las variaciones
de la presión sanguínea. Dedicó también numerosos trabajos a la génesis y la
textura de los ganglios del simpático periférico, tema sobre el que llegó a ser
considerado una de las máximas autoridades mundiales.
Rafael Lorente de No es otro aragonés, nacido en
Zaragoza en 1902. Trabajó en el Laboratorio de Investigaciones Biológicas desde
1921 a 1929, presentando su tesis doctoral sobre la histofisiología del
laberinto en 1926, el mismo año de la jubilación de Cajal. Con becas de la
Junta para la Ampliación de Estudios, perfeccionó su formación junto a otras
figuras europeas, entre ellas, Robert Bárány y el matrimonio Cécile y Oskar
Vogt. Estuvo después una corta temporada en el servicio de otorrinolaringología
del Hospital Valdecilla de Santander pero, deseoso de consagrarse a la
investigación de laboratorio, aceptó en 1931 el ofrecimiento de trabajar como
neurohistólogo en el Central Institute for the Deaf, de St. Louis en Missouri.
De allí pasaría cinco años más tarde al Instituto Rockefeller, de Nueva York,
donde se convirtió en una gran figura de la neurofisiología, sobre todo en el
campo de las sinapsis neuronales. A un españolista radical como Cajal le dolió
naturalmente el exilio del joven investigador, pero permaneció en relación
epistolar con él los tres años que le quedaban de vida. Resulta casi increíble
que dos días antes de su muerte, el 15 de octubre de 1934, todavía le
escribiera una carta, recientemente publicada por Enriqueta L. Rodríguez, en la
que le hizo dos observaciones acerca de un artículo sobre la estructura del
asta de Ammon. que Lorente le había enviado. Merecen ser reproducidas como
reflejo del talante de un viejo titán casi agonizante. En la primera, junto a
un dibujo esquemático, le dice: «Note usted que no se trata de excrecencias
puntiagudas irregulares sino de genuinas espinas terminadas por una bola. El
pedículo a veces es demasiado pálido».
Fotografía estereoscópica de las células piramidales del cerebro publicada
por Cajal en 1918.
La segunda es un consejo técnico: «El ratón es poco
favorable para un estudio estructural. Es difícil descubrir las células de axón
corto y ofrece una tendencia excesiva a dar macizos de fibras sin detallar de
origen ni terminación ¿Por qué no ha trabajado usted en el conejo de 20 a 40
días? El Cox [un método de tinción] me proporcionó magnífica arborización
suelta de células de axón corto y multitud de detalles, que no siempre se ven
bien con el método de Golgi». [212]
Junto a los discípulos directos, Cajal tuvo como
colaboradores ocasionales a otros cultivadores españoles de la investigación
neurohistológica, en cuyas obras influyó decisivamente. De todos ellos, resulta
obligado ocuparse muy en primer término del bilbaíno Nicolás Achúcarro Lund
(1880-1918). Nacido en el seno de una familia de gran distinción intelectual,
el punto de partida de la formación de Achúcarro fue extraordinariamente
cuidado. Estudió primero en el Instituto Vizcaíno de Bilbao, donde tuvo entre sus
profesores a Miguel de Unamuno, y más tarde en el Gyrrmasium de Wiesbaden, en
el que, además de perfeccionar su preparación cultural, adquirió un perfecto
dominio de la lengua alemana y con ello la posibilidad de conocer directamente
la medicina centroeuropea. De regreso a España, comenzó en 1897 sus estudios de
medicina en la Universidad de Madrid. Allí tuvo como maestros, durante los
primeros cursos, a Cajal, Olóriz y Gómez Ocaña. De los tres, se relacionó de
modo especial con Gómez Ocaña, en cuyo laboratorio se inició en la
experimentación fisiológica, interesándose especialmente en los problemas del
funcionalismo endocrino. Sobresalió en sus estudios de anatomía con Olóriz,
obteniendo los premios destinados a los alumnos de esta disciplina, mientras
que entonces fue muy escasa su relación con Cajal. De acuerdo con la
sensibilidad de este momento histórico (1898), el joven Achúcarro consideró la
zona de la realidad española que le tocó vivir desde una actitud profundamente
crítica y pesimista. Las revistas alemanas de anatomía y fisiología que ya
consultaba le sirvieron de contraste para juzgar todavía más duramente el
ambiente científico español. No puede extrañar, por tanto, que en otoño de
1899, aprobados tan sólo los dos primeros cursos en Madrid, se trasladase a la
Universidad de Marburg, donde perfeccionó durante medio año su formación en
patología general, fisiología y bioquímica. Reanudados sus estudios en Madrid,
cursó como alumno libre los tres últimos años de la licenciatura de Medicina desde
1900. Su formación clínica la adquirió en el servicio que Juan Madinaveitia
dirigía en el Hospital General. A través de Madinaveitia y de Francisco Giner
de los Ríos —con el que tuvo auténtica amistad— entró Achúcarro en relación con
Luis Simarro, el maestro que orientó definitivamente el futuro de su dedicación
científica.
Nicolás Achúcarro, discípulo de Simarro que colaboró ocasionalmente con
Cajal y que fue influido por él de modo decisivo.
Durante estos últimos años de estudiante, empezó a
trabajar en su laboratorio en la histología normal y patológica del sistema
nervioso, al mismo tiempo que se decidía a consagrarse a la neuropsiquiatría.
Recién terminados sus estudios en Madrid, pasó varios meses en Paris
(1904-1905), asistiendo a la clínica de Pierre Marie en la Salpetriére y a las
lecciones de Joseph Babinski en la Pitié, con lo que tuvo ocasión de asimilar
la sólida fundamentación anatomopatológica característica de la llamada neurología
«clásica» francesa. Todavía en 1905, se trasladó a Florencia, ciudad en la que
perfeccionó su formación psiquiátrica junto a Ernesto Lugaro y Eugenio Tanzi,
para pasar después a Münich donde residió casi tres años trabajando con Emil
Kraepelin y Alois Alzheimer. Esta última estancia en la capital bávara fue
decisiva para la orientación científica de Achúcarro. Las ideas que los dos
autores citados personifican —la nosología psiquiátrica kraepeliniana y la
especificidad histopatológica de las diferentes psicosis— constituirían uno de
los más claros fundamentos de su obra de investigador. A mediados de 1908,
Alzheimer le propuso ante el gobierno americano como la persona más idónea para
organizar y dirigir el departamento anatomopatológico del Manicomio Federal de
Washington. Allí permaneció durante casi dos años aprovechando para su trabajo
una casi ilimitada riqueza de medios de todas clases y una gran independencia
científica. No obstante, en mayo de 1910, movido por las motivaciones
habituales en estos casos, Achúcarro regresó a España. Los ochos años escasos
que le restaban de vida los pasó en Madrid, sin que se resintiera la calidad e
intensidad de su labor por la diversidad de puestos con que tuvo que ganarse la
vida. Ejerció privadamente como neuropsiquiatra, consiguió una plaza en el
Hospital General, trabajó durante unos pocos meses en el laboratorio de Cajal,
quien lo incorporó también —aunque sin sueldo— al personal de su cátedra, y
sobre todo, a partir de 1912, dirigió el Laboratorio de Histología Normal y
Patológica fundado por la Junta de Ampliación de Estudios para perfeccionar la
formación de los médicos que habían de salir al extranjero. Allí tuvo como
discípulos, entre otros, a Pío del Río Hortega, Gonzalo Rodríguez Lafora,
Felipe Jiménez de Asúa, José Miguel Sacristán, Luis Calandre y Miguel Gayarre.
No obstante, cuando estaban en la cumbre tanto su labor investigadora como su
actividad docente, murió a los treinta y ocho años, tras varios meses de agudo
sufrimiento, en su residencia veraniega de Neguri, víctima al parecer de una
enfermedad de Hodgkin.
La primera aportación importante de Achúcarro
consistió en demostrar que las llamadas «células en bastoncito», cuya
significación había sido muy discutida, tienen como principal función fagocitar
los productos de desintegración de las neuronas en los procesos inflamatorios.
Partiendo de su estudio, se esforzó en obtener un método de tinción apropiado
para colorear los distintos elementos de la neuroglía, lo que en buena parte
consiguió con su técnica del tanino y la plata amoniacal (1911). Sin embargo,
fue el método del oro-sublimado, ideado, como sabemos, por Cajal, el que le
permitió realizar estudios histopatológicos sistemáticos de la disposición de
la neuroglía en la corteza cerebral y otras zonas nerviosas, que en buena parte
efectuó en colaboración con su discípulo Miguel Gayarre. Hasta entonces, se
había utilizado el término citoarquitectonia para designar la topografía
estratificada de las neuronas. Achúcarro propuso, en un artículo publicado en
1913, el nombre de glioarquitectonia para referirse al plan dispositivo del
tejido neuróglico, problema al que consagró una serie de investigaciones cuyos
resultados constituyen, sin duda, el aspecto de mayor trascendencia de su obra
científica. En toda ella está bien presente su condición de neuropsiquiatra,
pero se refleja de un modo especial en los estudios que acometió al final de su
vida acerca de las alteraciones del ganglio cervical superior simpático en
algunas enfermedades mentales. Cajal, que se llevó siempre muy bien con
Achúcarro, le dedicó una sentida necrología en la que, entre otras cosas dijo:
«Como todos los caídos prematuramente, no pudo dar la medida de lo que valía;
su haber potencial superaba con mucho al actual. Es triste pensar que nos ha
sido arrebatado antes de llegar al cénit de su producción científica... Lo
único que puede consolamos de su prematura desaparición es que, para honra de
la patria y esperanza de la renaciente ciencia española, nos dejó hijos
espirituales capaces de proseguir su obra y de rendirle perenne
justicia.» [213]
En cambio, no siempre fueron cordiales las
relaciones entre el anciano y el vallisoletano Pío de Río Hortega (1882-1945),
el principal discípulo de Achúcarro y la figura científica más importante de la
Escuela Histológica Española después del propio Cajal. Río Hortega estudió
medicina en la Facultad de Valladolid, donde tuvo como primer maestro a
Leopoldo López García, el antiguo ayudante de Maestre de San Juan que, como
sabemos, había sido uno de los iniciadores de Cajal en la observación
micrográfica. En 1913 fue pensionado por la Junta para Ampliación de Estudios y
completó su formación en diferentes centros de París y de Londres. Tras su
regreso a España, a comienzos de 1915, trabajó en el Laboratorio de Histología
Normal y Patológica junto a Achúcarro, con quien había ya estado antes en
relación y que fue su auténtico maestro. Cuando este falleció, Río Hortega le
sucedió en la dirección del Laboratorio aunque, debido al choque con Cajal del
que a continuación hablaremos, pasó al año siguiente a otro nuevo instalado por
la Junta en la Residencia de Estudiantes. En 1928 fue nombrado, además, jefe de
la sección de investigación del Instituto Nacional del Cáncer, del que pasó a
director tres años más tarde.
Página del capítulo sobre la senilidad y la muerte de El mundo visto a los
ochenta años (1934), de Cajal.
Poco después de iniciarse la guerra civil se exilió
y durante la contienda trabajó como histopatólogo primero en París y luego en
Oxford. En 1940, La Institución Cultural Española de Buenos Aires le invitó a
dar un curso parecido al que había pronunciado en la capital argentina con
anterioridad. Acabó quedándose allí los cinco años que le quedaban de vida,
como director de un Laboratorio de Investigaciones Histológicas creado por
dicha Institución.
El punto de partida de la labor de Río Hortega
fue la obra de Achúcarro, tanto en el terreno de la técnica como en el
conceptual. Comenzó trabajando con el método del tanino y la plata amoniacal
ideado por Achúcarro, que fue modificando hasta conseguir cuatro variantes
distintas. Una de ellas tenía la ventaja de impregnar selectivamente las
estructuras intracelulares, lo que le permitió llevar a cabo estudios
citológicos de las neuronas y de la neuroglía. Para continuar las
investigaciones de su maestro sobre esta última, utilizó más tarde un método
propio: el del carbonato de plata amoniacal, que ideó en 1918. A partir de esta
fecha, realizó una serie de trabajos que modificaron por completo los
conocimientos relativos a la neuroglía. Hasta entonces, se admitía solamente la
existencia de dos variedades fundamentales de la misma —la protoplásmica y la
fibrosa— además de unos elementos mal estudiados a los que Cajal había llamado
glía adendrítica o «tercer elemento». Río Hortega demostró que en este último
había que distinguir dos especies citológicas bien distintas: la microglía o
mesoglía y la glía interfascicular u oligodendroglía. El descubrimiento de la
microglía fue el factor desencadenante de su choque con Cajal.
Las relaciones de Río Hortega con los discípulos
directos de Cajal que trabajaban en el vecino Laboratorio de Investigaciones
Biológicas distaban mucho de ser cordiales. A la tensión contribuía la
separación administrativa y económica de ambos laboratorios, fuente de roces e
incidentes casi cotidianos, en los que alcanzó destacado protagonismo el
personal subalterno, en especial un conserje llamado Tomás, devoto servidor de
Cajal que profesaba una gran antipatía a Río Hortega. Estas circunstancias,
junto al talante y la avanzada edad de Cajal y la personalidad de Río Hortega,
condicionaron el enfrentamiento entre ambos que condujo en octubre de 1920 a la
expulsión del histólogo vallisoletano de los locales del antiguo museo de
González de Velasco. El choque había sido interpretado hasta ahora de formas
muy diversas en los estudios dedicados a una y otra figura, sobre la base de
testimonios indirectos y de conjeturas. Tal como he adelantado en la
introducción, la edición en 1986 de la correspondencia que entonces se cruzó
entre ambos y de un texto autobiográfico de Río Hortega, unida al examen de sus
publicaciones en dicho momento, permite por vez primera conocerlo con
objetividad y precisión.
El inicio del enfrentamiento puede situarse a
comienzos de febrero de 1920, cuando Río Hortega dirigió a Cajal una carta en
la que denunciaba los «incidentes, insolencias y amenazas» con las que el
conserje antes citado «trata de eliminarme a mí y a los que conmigo trabajan»,
haciendo «mi trabajo imposible». [214] Cajal le contestó
cuatro días después en tono todavía relativamente amistoso, aunque insistiendo
en que «no puede haber dos directores» y lamentándose de encontrar su
laboratorio «invadido por numerosos sujetos para mí absolutamente
desconocidos», así como de los «haberes irrisorios» de su personal «en
comparación de los otorgados por la Junta». Hay que subrayar que en ella afirmó
ya que «por ahora no queda más que una solución definitiva y satisfactoria para
todos: instalar a usted y a sus discípulos al par de Negrín, Cabrera y Calandre
en laboratorio especial. Para ello estoy practicando gestiones. He visitado el
Museo de Historia Natural y la Residencia de Estudiantes, donde por cierto
existe un pequeño local, ampliable con algunas obras complementarias, donde
podrían ustedes instalarse, interín pueda realizarse el proyecto del Instituto
Biológico edificable en el cerro de San Blas». [215] Las tensiones y
disgustos se agravaron durante los meses siguientes, conduciendo a comienzos de
octubre a una dramática carta de Cajal a Río Hortega. en la que lo acusaba de
afirmar «siempre a espaldas mías... estas tres cosas:
1. que no tiene usted que
agradecerme nada porque ni le he protegido ni le he aleccionado.
2. que usted se proclama discípulo
exclusivo de Achúcarro, rechazando toda concomitancia espiritual conmigo.
3. que gracias a usted se publica la
Revista del laboratio y
4. que no consiente usted a los
becarios el empleo de mis métodos de trabajo, aunque la índole de los temas se
lo imponga».
El texto, que es una patética argumentación
frente a esos puntos, termina así: «Le ruego a usted que no vuelva a poner los
pies en mi laboratorio. Podrá usted trabajar en el laboratorio del Hospital o
en el de Calandre en la Residencia de Estudiantes mientras yo gestiono de la
Junta la adquisición de un local donde pueda usted desahogar impunemente su
orgullo o su mal humor». La extrema crispación de Cajal se refleja en la
despedida. «Esperando la satisfacción de no volver a verle a usted más, tanto
en beneficio de mi salud, que usted ha quebrantado estos días, como en la de
usted, le saluda por última vez su ex-amigo y ex-protector». [216]
Cajal poco antes de su muerte.
Aunque diez días después suavizó notablemente el
tono en otra carta en respuesta a la contestación de Río Hortega, [217] aquel mismo trimestre
Cajal publicó en su revista dos artículos hostiles al histólogo vallisoletano
carentes asimismo de serenidad. Uno de ellos pretendía quitar importancia a la
hoy clásica técnica del carbonato argéntico ideada por Río Hortega, con la
presentación de «una modificación del método de Bielchowsky para la
impregnación de la neuroglía común y mesoglía» [218] . El otro, desposeer
a Río Hortega de la primacía del descubrimiento de la microglía, atribuyéndola
a William Ford Robertson, neurólogo irlandés que en 1900 había descrito
confusamente unas «mesoglia-cells», que después Río Hortega demostró que correspondían
en su mayor parte a los tipos pequeños de oligodentroglía. [219] Hay que destacar que
Cajal no conocía directamente la breve comunicación de Robertson, cuyo apellido
citó incluso incorrectamente. En este ambiente de enfrentamiento, dos
discípulos de Cajal, Lorente de No y Castro, criticaron también la homología de
la oligodendroglía y las células de Schwann propuesta por Río Hortega en 1922
con reparos que, años después, Castro afirmó noblemente que carecían de «todo
valor». [220] Cajal rectificó
también su actitud y, tras reconciliarse con Río Hortega, acabó reconociendo
plenamente sus contribuciones. En la tercera edición de Recuerdos de mi vida
(1923) todavía no lo hizo, pero en su artículo sobre la neuroglía en la parálisis
general progresiva, aparecido dos años más tarde, supo rectificar con toda
lealtad: «Se debe a Del Río Hortega el mérito de haber encontrado un método
especial capaz de mostrar completamente, hasta sus más finas ramificaciones, la
microglía normal y patológica. Gracias a esta preciosa contribución técnica,
aplicable al hombre y a los mamíferos, se ha demostrado que las
«Stábchenzellen», las células «intersticiales» de Achúcarro y todos los
corpúsculos repletos de granulaciones, conocidos con los nombres de «Gitterzellen»,
«Füllzellen» y «Abráumzellen», no son más que simples variedades de la
micrología normal, que estaría dotada de una facultad de emigración y un poder
fagocitario sorprendente. Resulta justificado que Spatz haya dado a estos
elementos el nombre de células de Hortega. Nosotros creímos al principio,
fiándonos de un resumen de Cerletti, que Robertson había sido el primer
precursor del descubrimiento de la microglía normal; sin embargo, en la
actualidad, mejor informados, hemos cambiado de opinión. La mayor parte de las
células mesogliales descritas por el autor inglés constituyen una variedad de
neuroglía llamada por Río Hortega oligodendroglía». [221] Las relaciones entre
ambos llegaron a ser cordiales. Cajal, por ejemplo, felicitó calurosamente al
vallisoletano por su monografía sobre la oligodendroglía de 1928 [222] y, dos años antes de
su muerte, se adhirió al homenaje que se le tributó en 1932, destacando sus
«maravillosos descubrimientos sobre la neuroglía y otros tejidos». [223] Río Hortega, por su
parte, mantuvo frente a Cajal la postura de respeto y admiración, rayana en una
veneración enfermiza, que se refleja en su texto autobiográfico El maestro y
yo. [224]
No hay que olvidar, por otra parte, que el
completo estudio de la morfología, citoarquitectonia e histogénesis que Río
Hortega realizó sobre la mesoglía y la oligodendroglía le proporcionaron un
gran prestigio internacional. No solamente dio cursos y recibió honores en
diversas instituciones científicas europeas y americanas, sino que
investigadores extranjeros, entre ellos, una gran figura como el neuropatólogo
norteamericano Wilder Penfield. vinieron a Madrid con el fin de trabajar en su
laboratorio. No es este lugar oportuno para dar noticia de sus trabajos
posteriores, que estuvieron principalmente dedicados a la estructura de la
epífisis, la histopatología de los tumores neurológicos y al sistema nervioso
vegetativo.
El 23 de agosto de 1930 falleció Silveria
Fañanás. A partir de entonces, Cajal se encerró todavía más en sí mismo. Con el
fin de aislarse del calor habilitó como lugar de trabajo el sótano de su casa,
en el que pasaba la mayor parte del día. Su última secretaria, Enriqueta L.
Rodríguez, ofrece un testimonio inestimable acerca de esta «cueva», como solían
llamar a dicho sótano sus discípulos: «La cueva de Cajal tenía un encanto
especial. En la planta baja estaba su mesa de trabajo. Microscopio, microtomo,
pocilios, reactivos, etc., un viejo telescopio, estanterías con carpetas de
apuntes manuscritos, sus dibujos, sus valiosas colecciones de preparaciones
histológicas conservadas en armarios especiales y varios butacones
destartalados. De un cordón del techo colgaba la clásica pantalla verde. ¡Ah! y
un antediluviano mortero de piedra donde machacaba las píldoras que se
fabricaba por su cuenta y riesgo cuando se sentía enfermo... Un entarimado y
una rústica escalera de anchos peldaños comunicaba con la parte superior, su
botica espiritual. En estanterías de pino, sin barnizar, tenía de 8 a 10.000
volúmenes clasificados en Obras maestras, Clásicos griegos y latinos. Viajes,
Geografía, Filosofía, Historia, Religión, Novelas, etc... Allí sí que nadie le
importunaba. Tenía prohibido el acceso a las mujeres... Y como nadie limpiaba
ni barría allí, el suelo se iba cubriendo inexorablemente de nuevas capas de
cuartillas de desecho». [225]
Había redactado un testamento en 1903 y otro en
1927. En noviembre de 1931 otorgó el tercero y último. Los tres documentos
presentan algunas diferencias que merecen ser comentadas. En el primero hace
profesión de fe católica, mientras que en los otros dos dispone que «mi
entierro sea puramente civil y que la ceremonia se celebre sin ninguna clase de
pompa ni aparato. Mis restos descansarán en la fosa común, satisfecho de
diluirme en esta amada tierra de España, confundido entre los más humildes
conciudadanos». Esta disposición la rectificó, sin embargo, en sus últimas
instrucciones a los albaceas, que dictó un mes antes de su muerte. [226] Confirmó en ellas que
el entierro fuera «modesto y laico», pero añadió, tal como adelantamos, que se
le enterrara «a ser posible, junto a su esposa, y si no, en el cementerio
laico, junto a Azcárate; en mi sepultura sólo habrá una lápida con mi nombre,
sin adorno alguno.» Otro cambio significativo es la desaparición, en el último
testamento, de las cantidades que en el de 1927 había destinado a la fundación
de premios para alumnos de las Facultades de Medicina de Valencia y Barcelona,
mientras que mantuvo las correspondientes a otros similares en las de Zaragoza
y Madrid y en las Academias de Medicina y de Ciencias; esta supresión fue, al
parecer, consecuencia de su apasionada postura frente a los movimientos
regionalistas y nacionalistas. Por el contrario, en el testamento de 1931
añadió una nueva cláusula por la que legó sus preparaciones microscópicas e
instrumentos al Instituto Cajal, al que más tarde, en sus últimas
disposiciones, también donó sus medallas y títulos honoríficos y sus libros de
tema científico.
Cajal padecía un trastorno cólico con brotes
periódicos de diarrea que, a lo largo de 1934, se fueron haciendo cada vez más
graves y frecuentes. Comía ya solamente a base de papillas y de leche, que se
obstinaba en tomar, a pesar de que le exacerbaba la diarrea. Casi sin fuerzas y
con la desnutrición patente en su rostro, tenía que pasar la mayor parte del
tiempo en la cama. A principios de octubre, recuperado transitoriamente, pensó
incluso en trasladarse a su casita de Cuatro Caminos. Sin embargo, una nueva y
última recaída se lo impidió. Durante la última quincena de su vida continuó
leyendo y escribiendo, incluso cuando prácticamente no podía hablar. Ya sabemos
que el 15 de octubre escribió, por ejemplo, la carta a Lorente de No de la que
antes nos hemos ocupado. Anotaba diariamente, con gran meticulosidad, el curso
de su enfermedad: la última anotación, correspondiente a las cinco y media de
la tarde del día 16, termina con estas palabras: «Sigue el mal cuerpo y la
debilidad. Se impone comer poco.» El 17 empeoró notablemente. A las cuatro de
la tarde, sin poder hacerse entender con la voz, escribió sus últimos párrafos
legibles, destinados a Tello, su fiel discípulo, que estaba junto a él: «Amigo
Tello: Yo sigo igual. La diarrea no me deja ni de día ni de noche. La
inapetencia es completa. Hasta los medicamentos los vomito. Ayer tuve dos
vómitos formidables. No como por temor a la diarrea... Allá veremos. Mientras
tanto, estoy afónico. No puedo leer ni comer y las fuerzas se agotan». [227] Murió aquel mismo
día, a las once menos cuarto de la noche. Le atendieron hasta el final sus
hijos, su ama de llaves y su secretaria, sus discípulos Jorge Francisco Tello y
Fernando de Castro, y los médicos Carro, Luis Calderón y Teófilo Hernando. Este
último recordaría más tarde ese momento con estas nobles palabras: «Viéndole
avanzar en su agonía, no podía convencerme de que en aquella cabeza, asiento de
una voluntad invencible, de un talento extraordinario... se fuese apagando toda
luz y perdiendo la conciencia, incapacitándole para toda idea o, cuando menos,
para expresarla; hasta que, por fin, plácidamente, quedó inmóvil y convertido
en materia inerte aquel cerebro portentoso». [228]
La muerte de Cajal no iba a ser seguida, sin
embargo, del olvido de su obra. Tal como adelantamos en la introducción, ha
continuado viva y en primer plano, debido a que contiene uno de los modelos
básicos, no solamente de las neurociencias, sino de los saberes biomédicos
actuales en su conjunto. No se trata de una afirmación retórica, sino de una
realidad comprobada en la dinámica informativa de la comunidad científica
internacional de nuestro tiempo. Bastará anotar un solo hecho: durante la
última década, Cajal ha sido el «clásico» biomédico más citado por los tres
millares y medio de revistas científicas internacionales que analiza el
repertorio Science Citation Index. Entre los de las demás áreas, su media anual
en torno a cuatrocientas citas solamente la alcanza Albert Einstein. Otros
creadores de grandes modelos de la biomedicina contemporánea reciben cifras
claramente inferiores: Charles Darwin, por ejemplo, alrededor de doscientas
cincuenta, y Rudolf Virchow y Claude Bernard, aproximadamente un centenar. Este
extraordinario peso de Cajal en la actividad científica actual es un tema, que
como otros muchos aspectos de su vida y de su obra, no ha sido todavía
analizado con el detenimiento y el rigor que merece.
Cronología
|
1852 |
1 de mayo: nace Santiago Ramón y Cajal en
Petilla de Aragón. |
|
1856 |
Su familia se traslada a Valpalmas. Allí
Santiago comienza sus estudios primarios. |
|
1857 |
Nace su hermana Paula. |
|
1859 |
Nace su hermana Jorja. |
|
1860 |
La familia Ramón y Cajal se traslada a
Ayerbe. |
|
1861 |
Comienza el bachillerato en el colegio de
los escolapios de Jaca |
|
1864 |
Prosigue sus estudios en el Instituto de
Huesca. |
|
1868 |
Su padre lo inicia en el conocimiento de la
anatomía. |
|
1869 |
La familia se traslada a Zaragoza donde su
padre ha ganado unas oposiciones a médico de la beneficencia provincial y ha
sido nombrado, además, profesor interino de disección. Cajal ingresa en el
curso preparatorio de la Universidad. |
|
1872 |
Gana por oposición el puesto de ayudante de
disección en la Escuela de Medicina de Zaragoza. |
|
1873 |
Junio: consigue la licenciatura en
medicina. Agosto: se incorpora como médico, con la graduación de teniente, al
Regimiento de Burgos con cuartel general en Lérida. |
|
1874 |
Se incorpora al ejército español en Cuba
como primer ayudante médico y con graduación de capitán. Una vez allí es
enviado a Vista Hermosa y más tarde a San Isidro. |
|
1875 |
30 de mayo: enfermo de paludismo, obtiene
la licencia absoluta del ejército al declarársele «inutilizado en campaña».
Junio: liega a Santander. Noviembre: es nombrado ayudante interino de
anatomía de la Escuela de Medicina de Zaragoza. |
|
1876 |
Mayo: gana por oposición una plaza de
practicante de primera clase en el Hospital de Nuestra Señora de Gracia. |
|
1877 |
Abril: es designado profesor auxiliar
interino de la recién creada Facultad de Medicina oficial de Zaragoza, antes
Escuela. |
|
1877 |
Al cursar el doctorado, en Madrid, Maestre
de San Juan lo inicia en la observación microscópica. 3 de julio: lee en
Madrid su discurso de doctorado, titulado Patogenia de la inflamación.
Alcanza la calificación global de aprobado en los exámenes de doctorado. |
|
1878 |
Se presenta a las oposiciones para acceder
a las cátedras de anatomía de Zaragoza y de Granada, sin conseguir ninguna.
Sufre una hemoptisis que le obliga a guardar dos meses de reposo. Después
viaja a Panticosa y a San Juan de la Peña, donde completa su recuperación. |
|
1879 |
Gana las oposiciones a director de los
museos anatómicos de la Facultad de Medicina de Zaragoza. 19 de julio:
contrae matrimonio con Silveria Fañanás. |
|
1880 |
Publica su trabajo científico
Investigaciones experimentales sobre la inflamación en el mesenterio, la
córnea y el cartílago. |
|
1881 |
Publica Observaciones microscópicas sobre
las terminaciones nerviosas en los músculos voluntarios. Nace su hija Fe. |
|
1882 |
Nace su hijo Santiago. |
|
1883 |
5 de diciembre: consigue por oposición el
puesto de catedrático de anatomía de la Facultad de Medicina de Valencia. |
|
1884 |
Se traslada a Valencia. Nace su hija Paula.
Comienza a publicar, por fascículos, su Manual de Histología. |
|
1885 |
Nace su hijo Jorge. Se aplica por primera
vez en Valencia la vacuna anticolérica del médico catalán Jaume Ferrán. S.
Ramón y Cajal publica un trabajo titulado Estudios sobre el microbio vírgula
del cólera y las inoculaciones profilácticas. |
|
1886 |
Nace su hija Enriqueta. Comienza a publicar
una serie de «Notas de laboratorio», de tema histológico, en las revistas
valencianas La Crónica Médica y Boletín del Instituto Médico Valenciano. 2 de
noviembre: es nombrado catedrático de histología e histoquimia normales y
anatomía patológica de la Universidad de Barcelona. |
|
1887 |
Simarro le enseña el método Golgi. Se
traslada a la cátedra de histología de la Facultad de Medicina de Barcelona. |
|
1888 |
Se dedica a la investigación de la
estructura del sistema nervioso, utilizando el método de Golgi, que
perfecciona introduciendo la modificación que denomina «proceder de doble
impregnación». Demuestra la individualidad de las células nerviosas en el cerebelo
y otros territorios. |
|
1889 |
Octubre: viaja a Alemania y presenta sus
descubrimientos en el Congreso de la Sociedad Anatómica Alemana celebrado en
Berlín. A su regreso pasa por Italia para visitar a Golgi en Pavía, pero no
le encuentra. |
|
1891 |
Expone, por vez primera, la ley de la
polarización dinámica de las neuronas, en el Congreso Médico de Valencia.
Continúa investigando sobre la retina, el cerebro y los ganglios simpáticos.
Nace su hija Pilar. |
|
1892 |
Marzo: pronuncia una serie de conferencias
en la Academia de Ciencias Médicas de Barcelona bajo el título de Nuevo
concepto de la histología de los centros nerviosos. La serie aparece
publicada en la Revista de Ciencias Médicas de Barcelona. Abril: se incorpora
a la cátedra de histología y anatomía patológica de la Facultad de Medicina
de Madrid, ganada por oposición. |
|
1893 |
Comienza a asistir con regularidad a la
tertulia del Café Suizo. |
|
1894 |
Es invitado por la Royal Society de Londres
a pronunciar la «Croonian Lecture», que titularía La fine structure des
centres nerveux. Es nombrado doctor honoris causa por la Universidad de
Cambridge. Envía al Congreso Internacional de Medicina, celebrado en Roma, su
trabajo Consideraciones generales sobre la morfología de la célula nerviosa. |
|
1896 |
Utiliza en sus investigaciones el método de
Ehrlich, para teñir en vivo las fibras y células nerviosas. |
|
1897 |
Inicia la publicación de la Revista
Trimestral Micrográfica y de su tratado Textura del sistema nervioso del
hombre y de los vertebrados, que aparece en fascículos. Estudia la estructura
del cerebro, el cerebelo y el hipocampo. Ingresa en la Real Academia de
Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Madrid, pronunciando un discurso
titulado Fundamentos racionales y condiciones técnicas de la investigación
biológica. |
|
1898 |
El desastre colonial le impresiona
profundamente y le aparta durante algún tiempo del trabajo de laboratorio,
llevándole a participar en el movimiento regeneracionista de la España
“vencida y humillada”. |
|
1899 |
Se publica el discurso de la entrada de S.
Ramón y Cajal en la Academia de Ciencias bajo un nuevo título: Reglas y
consejos sobre investigación biológica. Junio: viaja a Estados Unidos
invitado por la Clark University para dar una serie de conferencias. Visita
también las Universidades de Harvard y Columbia. |
|
1900 |
El Congreso Internacional de Medicina le
concede por unanimidad el premio instituido por la ciudad de Moscú para el
trabajo médico o biológico más importante publicado desde el congreso
anterior. Es nombrado director del recién fundado Instituto Nacional de
Higiene “Alfonso XII”. |
|
1901 |
Cajal publica la primera parte de su obra
autobiográfica Recuerdos de mi vida (Mi infancia y juventud). |
|
1903 |
Idea el método de nitrato de plata
reducido, que permite estudiar la disposición interna de las células
nerviosas. |
|
1904 |
Concluye la publicación de Textura del
sistema nervioso del hombre y de los vertebrados. |
|
1905 |
La Academia de Ciencias de Berlín le
concede la medalla de oro Helmholtz. Aparece la segunda parte de su obra
autobiográfica, Historia de mi labor científica. |
|
1906 |
Recibe, junto a Camillo Golgi, el premio
Nobel de Fisiología y Medicina. |
|
1907 |
Acepta la presidencia de la Junta para
Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. |
|
1911 |
Muere su hijo Santiago. Publica su obra
Estudios sobre la degeneración y regeneración del sistema nervioso. |
|
1912 |
Idea la técnica del formol-urano para la
tinción del aparato endoneuronal de Golgi. Publica La fotografía de los
colores. |
|
1913 |
Idea la técnica del oro-sublimado. |
|
1914 |
La Guerra Mundial, con la desaparición de
la comunidad científica europea y la crisis de sus valores, marca de modo
irreversible su trayectoria. |
|
1918 |
Cajal publica un Manual técnico de Anatomía
Patológica, junto con Tello. |
|
1920 |
Aparece la primera edición de su libro
Charlas de café. Renuncia a la dirección del Instituto Nacional de Higiene.
Decreto por el que Alfonso XIII autoriza la fundación del Instituto Cajal. |
|
1922 |
Se jubila como catedrático. Este año se
publica un libro en su honor y se le concede la medalla Echegaray. |
|
1926 |
Muere Camillo Golgi. |
|
1930 |
23 de agosto: muere su mujer, Silveria
Fañanás. |
|
1932 |
Se inaugura el Instituto Cajal. Publica
Técnica micrográfica del sistema nervioso, junto con F. de Castro. |
|
1933 |
Publica en Archivos de Neurobiología el
trabajo titulado «¿Neuronismo o reticularismo?», auténtico testamento
científico. |
|
1934 |
Aparece su libro El mundo visto a los 80
años. 17 de octubre: muere Santiago Ramón y Cajal, en Madrid. |
Bibliografía
El presente volumen es, en su mayor parte, un
adelanto en forma resumida de un estudio sobre Cajal y su influencia en la
biomedicina contemporánea en el que vengo trabajando desde hace bastantes años.
De las publicaciones que he dedicado hasta ahora a su figura y a su obra
anotaré únicamente seis: J. M. LÓPEZ PlÑERO (1978). Santiago Ramón y Cajal:
Concepto, método y programa de Anatomía descriptiva y general (1883).
Valencia, Hispaniae Scientia; J. M. LÓPEZ PIÑERO y J. Micó Navarro (1983), Las
publicaciones valencianas de Cajal. Valencia. Universidad de Valencia; J. M.
López Pinero (1985). «Cajal y la vacunación anticolérica de Ferrán», en J.
Ferrán, A. GlMENO e í. Paulí, La inoculación preventiva contra el cólera morbo
asiático (1886). Valencia. Conselleria de Sanitat i Consum, pp. 33- 44; J. M.
López PlÑERO (1986). Cajal. Antología. Barcelona, Península; J. M. López Pinero
(1988). «El punto de partida de la obra histológica de Cajal», en J. M. López
Pinero et al.. Las ciencias médicas básicas en la Valencia del siglo XIX,
Valencia, I.V.E.I.-I.E. Juan Gil Albert. pp. 138-151; J. M. López Pinero
(1992), «Cajal y la estructura histológica del sistema nervioso», en
Investigación y Ciencia. 197, 6-13.
Varios estudios generales sobre Cajal y su obra
pueden destacarse por razones distintas: J. F. Tello (1935), Cajal y su labor
histológica, Madrid, Universidad Central; P. Laín Entralgo (1949), Dos
biólogos: Claudio Bernard y Ramón y Cajal, Buenos Aires, Espasa-Calpe; G. Durán
Muñoz y F. Alonso Burón (1960), Ramón y Cajal. I. Vida y obra. II. Escritos
inéditos, Zaragoza. Institución Fernando el Católico (2.a ed., Barcelona. Ed.
Científico-Médica, 1984); E. L. Rodríguez (1977), Así era Cajal. Madrid, Espasa-Calpe;
Ministerio de Educación y Ciencia (1978), Expedientes administrativos de
grandes españoles. II. Santiago Ramón y Cajal, 1852-1934. 2 vols., Madrid,
Secretariado de Publicaciones del Ministerio; P. Laín Entralgo (1978), «Cajal,
por los cuatro costados», en Expedientes.... vol. I, pp. 17-65; A. Albarracín
(1978), Santiago Ramón y Cajal o la pasión por España, Barcelona, Labor; F. de
Castro (1981), Cajal y la Escuela Neurológica Española, Madrid, Editorial de la
Universidad Complutense; M. A. Pérez de Tudela Bueso (1983), «Publicaciones del
Prof. Dr. Santiago Ramón y Cajal existentes en la biblioteca del Instituto de
Neurobiología Santiago Ramón y Cajal», en Trabajos del Instituto Cajal. 74,
169-235; E. L. Rodríguez (1987), Santiago Ramón y Cajal. El hombre, el sabio y
el pensador, Madrid. C.S.l.C.
Los principales escritos autobiográficos de
Cajal son los siguientes: Recuerdos de mi vida, 3.a ed., Madrid, Imp. de Juan
Pueyo. 1923 (reimpresión de la segunda parte: Madrid, Alianza Editorial, 1981);
Carrera literaria, méritos, títulos, condecoraciones, premios, distinciones y
lista de trabajos de don Santiago Ramón y Cajal.
Madrid, Tipografía Artística. 1933: «Santiago
Ramón y Cajal, 1852-1934. Sa formation et son oeuvre», en Trabajos del
Laboratorio de Investigaciones Biológicas. 30. 1-210 (1935).
A la vida y la obra de Cajal se ha dedicado un
número muy elevado de trabajos, aunque desgraciadamente sólo una pequeña
minoría supera el acercamiento panegírico o el mero tópico. Incluso el libro de
D. F. Cannon (1949), Explorer of the Human Brain. The Life of Santiago Ramón y
Cajal. 1852-1934. New York, Schuman (Trad. cast.: México. Grijalbo. 1966),
considerado por algunos el mejor libro extranjero sobre el tema, es poco más
que un pedestre resumen de Recuerdos de mi vida.
Notas:
[1] Partida de bautismo. Repr. facsímil enExpedientes
administrativos de grandes españoles, II. Santiago Ramón y Cajal, Madrid,
Ministerio de Educación y Ciencia, 1978, (a partir de ahora, cit. Expedientes), vol.
I, pp. 97-100.
[2]P. Madoz (1845-1850), Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de
España y sus posesiones de Ultramar, Vol. XII, p. 823.
[3] P. Madoz, (1845-1850), Diccionario, vol.
IX, p. 611-612.
[4] J. M. López Piñero, L. García Ballester, M.
L. Terrada (1969), «El número y la distribución de los médicos en la España del
siglo XIX», en Medicina Española, *62, 239-249; A. Albarracín
(1969), «La titulación médica en la España del siglo XIX», Actas del
III Congreso Nacional de Historia de la Medicina, Valencia, vol. I,
pp. 13-20.
[5] M. Peset Reig, J. L. Peset Reig (1968),
«Salarios de médicos, cirujanos y médico-cirujanos rurales en España durante la
primera mitad del siglo XIX», en Asclepio, 20, 235-245.
[6] S. Ramón y Cajal (1923), Recuerdos de
mi vida, Madrid, J. Pueyo (a partir de ahora, cit. Recuerdos), p.
78, nota.
[7]Recuerdos, p. 13.
[8]Recuerdos, p. 12.
[9]Recuerdos, p. 16.
[10]Recuerdos, p. 30.
[11]Recuerdos, p. 23.
[12]Recuerdos, p. 48.
[13] P. Laín Entralgo (1978), «Cajal, por sus
cuatro costados», en Expedientes, vol. I, pp. 17-65.
[14]Recuerdos, p. 22.
[15]Recuerdos, p. 33.
[16]Recuerdos, pp. 63-64, 73-75, 48-49.
[17]Recuerdos, pp. 29-30.
[18]N. Durán (1979), La Unión Liberal y la modernización de la España
isabelina, Madrid, Akal.
[19] B. Pérez Galdós (1968), Obras
completas, Madrid, Aguilar, vol. III, p. 238.
[20]Recuerdos, p. 19.
[21]Recuerdos, pp. 96-98.
[22]Recuerdos, p. 89.
[23] M. L. Sougez (1981), Historia de la
fotografía, Madrid, Cátedra, pp. 209-212.
[24]Recuerdos, p. 90.
[25]Recuerdos, p. 93.
[26] L. S. Granjel (1963), Anatomía
española de la Ilustración, Salamanca, Seminario de Historia de la
Medicina Española.
[27]Recuerdos, p. 93.
[28]Recuerdos, p. 104.
[29]Recuerdos, p. 107.
[30] J. M. López Pinero (1974), «El saber
anatómico y la disección de cadáveres humanos en la España de la primera mitad
del siglo XVI». en Cuadernos de Historia de la Medicina Española. 13. 51-110;
J. M. López Piñero, M. L. Temada (1969). «La obra de Juan Tomás Porcell y los
orígenes de la anatomía patológica moderna», en Medicina Española. 52. 237-250;
J. M. López Piñero (1973). « Harveys Doctrine on the circulation of the
blood in the 17th century Spain ». en Journal of the History
of Medicine. 38. 230-242; J. M. López Piñero, F. Bujosa, M. L. Temada
(1979), Clásicos españoles de la anatomía patológica anteriores a
Cajal. Valencia, Cátedra de Historia de la Medicina.
[31] D. Bottoni (1728). Evidencia de la
Circulación de la Sangre. Lima, I. de Luna. pp. 68-69.
[32]Recuerdos, p. 107.
[33] El texto del decreto y su repercusión
inmediata en la enseñanza médica pueden consultarse en el Siglo Médico.
15. (1868), 683-685, 691-697.
[34] Los traductores de esta versión castellana
(1868), primera de las tres que se publicaron en la España del siglo XIX,
fueron Juan Giné Partagás y Bartolomé Robert Yarzábal, quienes más tarde serían
compañeros de claustro de Cajal durante los años en los que éste fue
catedrático en Barcelona.
[35]Recuerdos, pp. 114-115.
[36] Ed. por G. Durán Muñoz, F. Alonso Burón
(1960). Ramón yCajal, 1. Vida y obra, II. Escritos
inéditos, Zaragoza, Institución Femando el Católico (a partir de
ahora, cit, Durán y Alonso), vol. II, p. 93.
[37] Ed. por Durán y Alonso, vol. II, pp. 95-99.
[38]Recuerdos, p. 115.
[39]Recuerdos, p. 121.
[40]Recuerdos, pp. 126-127.
[41]Recuerdos, p. 129.
[42]Recuerdos, p. 130.
[43]Recuerdos, p. 132.
[44]Recuerdos, p. 133.
[45]Recuerdos, p. 144.
[46]Recuerdos, p. 132.
[47] Cit. por Durán y Alonso, vol. I, p. 83.
[48]Recuerdos, p. 139.
[49]Recuerdos, p. 146.
[50]Recuerdos, p. 150.
[51]Recuerdos, p. 151.
[52]Recuerdos, p. 153.
[53] Repr. facsímil del nombramiento, en Expedientes, vol.
I, p. 106.
[54] R. Oyuelos y Pérez (1895). Legislación
de Medicina. Madrid. Imp. de R. Rojas, pp. 15-16.
[55]Recuerdos, p. 154.
[56] S. Ramón y Cajal, Patogenia de la
inflamación. Discurso para los ejercicios del grado de Doctor...,
Madrid, 26 de junio de 1877. (Manuscrito del que hay fotocopia en el Instituto
Cajal, de Madrid.)
[57] Expediente académico del doctorado. Repr.
facsímil en Expedientes, vol. 1. pp. 107-110. 151-156.
[58]Recuerdos, p. 155.
[59] J. M. López Piñero (1982), El Atlas
anatómico de Crisóstomo Martínez. 2.a ed., Valencia.
Ayuntamiento.
[60]M. L. Temada (1969), La anatomía microscópica en España. La doctrina de
la fibra y la utilización del microscopio en España durante el
Barroco y la Ilustración. Salamanca, Seminario de
Historia de la Medicina Española.
[61] R. Marco Cuéllar (1965), La
morfología microscópica normal y patológica en la medicina
española anterior a Cajal. Valencia, tesis doctoral. Incluye artículos
biográficos sobre los histólogos españoles anteriores a Cajal el Diccionario
histórico de la ciencia moderna en España, dir. por J. M. López
Piñero. T. F. Glick, V. Navarro y E. Pórtela, 2 vols., Barcelona, Península.
1983.
[62] T. Kaplan (1969),Luis Simarro and the
Development of Science and Politics in Spain. 1868-1917. Cambridge.
Mass.. tesis; J.M. López Piñero (1988). «Luis Simarro: darwinismo y
neurohistología». en J. M. López Piñero et al., Las ciencias médicas
básicas en la Valencia del siglo XIX. Valencia, l.V.E.I. - l. E. Juan
Gil-Albert. pp. 134-138.
[63]Recuerdos, p. 156.
[64] Repr. facsímil de documentación relativa a la
participación de Cajal en dichas oposiciones, en Expedientes, vol.
1. pp. 110-120.
[65] J. M. López Piñero. «J. Calleja Sánchez»,
en Diccionario histórico de ¡a ciencia moderna en España, Barcelona,
Península, vol. I, pp. 159-160.
[66]Recuerdos, p. 157.
[67]Recuerdos, p. 158.
[68]Recuerdos, p. 162.
[69]Recuerdos, p. 162.
[70]Recuerdos, p. 163.
[71] Repr. facsímil del documento de cese en dicho
cargo, en Expedientes. vol. I, p. 157.
[72]Recuerdos, p. 160.
[73]Recuerdos, p. 166.
[74]Recuerdos, pie de la lam. XV.
[75] S. Ramón y Cajal (1940), Reglas y consejos
sobre investigación biológica. 8.a ed., Madrid, Lib.
Beltrán, pp. 159-168.
[76] S. Ramón y Cajal (ca. 1934). La
mujer. Conversaciones con Margaría Nelken. Madrid, M. Aguilar.
[77] Ed. por Durán y Alonso, vol. II, p. 405.
[78] Cit. por Durán y Alonso, vol. I, pp. 332-337.
[79] S. Ramón y Cajal (1940). Reglas y consejos, pp.
163-164.
[80] Durán y Alonso, vol. II, p. 334.
[82]S. Ramón y Cajal (1880), Investigaciones experimentales sobre la inflamación
en el mesenterio, la cornea y el cartílago.... Zaragoza,
Imp. de El Diario Católico; S. Ramón y Cajal (1881), Estudios
anatómicos. Observaciones microscópicas sobre las terminaciones nerviosas en
los músculos voluntarios, Zaragoza. Imp. de El Diario Católico.
[83] Repr. facsímil de documentación relativa a la
participación de Cajal en dichas oposiciones, en Expedientes, vol.
I, p. 130-136.
[84] Repr. facsímil de documentación relativa a
Cajal como catedrático en Valencia, en Expedientes, vol. I,
pp. 158-173.
[85] Ed. facsímil del manuscrito, con introducción
de J. M. López Piñero. en Valencia. Hispaniae Scientia, 1978. Se trata del
cuaderno original en el que Cajal redactó la memoria, con tachaduras, cambios y
adiciones. Ed. facsímil del ejemplar incorporado al expediente oficial,
en Expedientes, vol. II. pp. 21-165.
[86] Ed. López Piñero. p. 33.
[87] Ed. López Piñero. pp. 81-82.
[88] J. M. López Piñero (1992), «El florecimiento
circunstancial de la Restauración», en Historia de la medicina
valenciana, dir. por J. M. López Piñero, Valencia. Vicent García
Editores, vol. III, pp. 52-109.
[89]F. Aguilar Bulto (1967). Historia de la vacunación anticolérica de Ferrán,
Valencia, tesis doctoral; J. Ferrán, A. Gimeno e 1. Paulí (1985), La
inoculación preventiva contra el cólera morbo asiático (1886). Valencia,
Conselleria de Sanitat i Consum (Ed. facsímil con estudios introductorios de J.
M. López Pinero, M. J. Báguena. J. L. Fresquet. J. L. Barona, G. Olagüe. M. L.
López Terrada, J. Pardo, V. Salavert, J. A. Mico y C. Roig).
[90]Recuerdos, p. 176.
[91] Carta de Cajal a Antonio Vicent. Valencia, 1
de enero de 1885. Conservada en el «Archivo-Biblioteca Teodoro Llórente», de
J.T. Corbín Llórente, Valencia.
[92] S. Ramón y Cajal (1885), «El más sencillo y
seguro de los métodos de coloración de los microbios», en La Crónica
Médica. 8, 237.
[93]Recuerdos, p. 117.
[94] S. Ramón y Cajal (1885).Estudio sobre el
microbio vírgula del cólera y las inoculaciones
profilácticas.... Zaragoza. Tipografía del Hospital Provincial. Sobre
la crítica de Koch a la hipótesis de Ferrán acerca del ciclo de vibrión
colérico, v. J. M. López Pinero (1985), «La vacunación anticolérica de Ferrán
en la historia de la salud pública», en J. Ferrán, A. Gimeno e I. Paulí. La
inoculación preventiva contra el cólera morbo asiático (1886), Valencia.
Conselleria de Sanitat i Consum, pp. 3-9.
[95] S. Ramón y Cajal (1885), «Contribución al
estudio de las formas involutivas y monstruosas del coma-bacilo de Koch».
en La Crónica Médica. 9. 197-204.
[96] Carta de Cajal a Jaime Ferrán. Valencia,
noviembre de 1885. Conservada en el Museu d'História de la Medicina de
Catalunya. Ed. por F. Cid, F. Cruz y T. Pousmas en Dynamis, 2 (1982),
372-386. Otra carta anterior, dirigida por Cajal, a finales de julio desde
Zaragoza, al bacteriólogo catalán, fue publicada por A. Pulido (1921), ¡Vae
inventoribus magnis!. Barcelona, La Renaixensa, pp. 414-416. En ella
explicó a Ferrán, en términos muy amistosos, el contenido de la conferencia
sobre la vacunación que acababa de pronunciar.
[97] S. Ramón y Cajal (1890), «Vacunación
anticolérica», «Vacunaciones anticoléricas», «Cajal y Ferrán», en El
Noticiero Universal. 21, 23 y 25 de junio. Los tres artículos fueron
reproducidos en R. Turró (1905), Réplica al Dr. Ferrán, Barcelona,
pp. 47-68. Acerca de este tema, v. A. Roca i Rosell (1988), Historia
del Laboratori Municipal de Barcelona de Ferrán a Turró. Barcelona,
Ajuntament, pp. 59-63.
[98] S. Ramón y Cajal (1890), Manual de
anatomía patológica general, Barcelona, lmp. de la Casa de la Caridad,
pp. 133-146. Novena edición: Madrid. Tip. Artística. 1930, pp. 221-230.
[99]Recuerdos, p. 179. Sobre la hegemonía del darwinismo en el ambiente médico y
científico valenciano de estos años, v. J. M. López Piñero (1988), «Morfología
darwinista e histología en la Valencia de la Restauración», en J. M. López
Piñero et al., Las ciencias médicas básicas en la Valencia del
siglo XIX. Valencia. I.V.E.I.- 1. E. Juan Gil Albert, pp. 117-150. El
contexto europeo se expone en J. M. López Piñero (1992).La morfología
comparada antes y después del darwinismo. Madrid.
Akal.
[100] S. Ramón y Cajal, «Dolores de parto
considerablemente atenuados por sugestión hipnótica», en Gaceta Médica
Catalana, 12. 484-485. Sobre este período fundacional de la
psicoterapia contemporánea, v. J. M. López Piñero y J. M. Morales Meseguer
(1970), Neurosis y psicoterapia. Un estudio histórico, Madrid,
Espasa-Calpe, pp. 129-387.
[101] M. L. Terrada. y J. M. López Piñero (1974),
«La citología y la histología (durante la segunda mitad del siglo XIX)»,
en Historia Universal de la Medicina. dir. por P. Laín
Entralgo, Barcelona. Salvat, vol. VI, pp. 36-46. A. Albarracín (1983). La
teoría celular. Historia de un paradigma. Madrid,
Alianza.
[102] Carta de Cajal a Antonio Vicent (v. nota 91).
[103]Recuerdos, p. 179.
[104] Carta de Cajal a Antonio Vicent (v. nota 91).
[105] S. Ramón y Cajal (1884-1888). Manual
de Histología normal y de técnica micrográfica. Valencia,
P. Aguilar.
[106] Ed. facsímil, con estudio introductorio, de
J. M. López Piñero y J. A. Mico Navarro (1983), Las publicaciones
valencianas de Cajal, Valencia, Universidad de Valencia. V. también:
J. M. López Piñero (1988), «El punto de partida de la obra histológica de
Cajal», en J. M. López Piñero et al. Las ciencias médicas básicas en ¡a
Valencia del siglo XIX. Valencia, I.V.E.I.-l.E. Juan Gil Albert. pp.
138-150.
[107]Recuerdos, p. 187.
[108]Recuerdos. p. 245, nota.
[109]Recuerdos, p. 190.
[110]Recuerdos, p. 191.
[111]Recuerdos, p. 192.
[112] S. Ramón y Cajal (1905), Cuentos de
vacaciones (Narraciones pseudo- científicas). Madrid. Imp. de
Fortanet.
[113] S. Ramón y Cajal (1941), Cuentos de
vacaciones. 3. a ed. Madrid, Espasa- Calpe, pp.
106-107.
[114] Repr. facsímil del nombramiento, en Expedientes, vol.
I, pp. 174-175.
[115]Recuerdos, p. 197.
[116] S. Ramón y Cajal (1890), Manual de
anatomía patológica general. Barcelona, Imp. de la Casa de la Caridad,
p. 3.
[117] B. Zanobio (1961), «L’opera del biólogo
Camillo Golgi», en Actes du III Symposium International d’Histoire des
Sciences, Turín, pp. 64-84.
[118] R. Virchow (1878), Patología
celular.... Valencia. P. Aguilar, p. 58.
[119]Recuerdos, p. 191, nota.
[120]Recuerdos, pp. 200-201.
[121] S. Ramón y Cajal (1888), «Estructura de los
centros nerviosos de las aves», en Revista Trimestral de Histología
Normal y Patológica. 1, 1-10.
[122] S. Ramón y Cajal (1888), «Sobre las fibras
nerviosas de la capa molecular del cerebelo».Revista Trimestral de
Histología Normal y Patológica. 1. 33-49.
[123] D. Ferrer (1965), Santiago Ramón y Cajal y las
células nerviosas. Barcelona, Ed. Cid, p. 144.
[124]Recuerdos, p. 199.
[125] Cit. en Recuerdos, pp.
215-216, nota.
[126] Cit. en Recuerdos, p. 217,
nota.
[127]Recuerdos, p. 217.
[128] Cit. en Recuerdos, p. 217,
nota.
[129]Recuerdos, p. 218.
[130]Recuerdos, pp. 218-219.
[131]Recuerdos, p. 220.
[132]Recuerdos, p. 223. S. Ramón y Cajal (1890), «Sobre la aparición de las
expansiones celulares de la médula embrionaria», en Gaceta Sanitaria de
Barcelona. 2, 413-418.
[133]Recuerdos, p. 223.
[134] S. Ramón y Cajal (1891), «Comunicación acerca
de la significación fisiológica de las expansiones protoplasmáticas y nerviosas
de la sustancia gris», en Primer Congreso Médico-Farmacéutico Regional
celebrado en Valencia.... Valencia. Imp. F. Domenech. pp. 70-85.
[135] S. Ramón y Cajal (1892), «Nuevo concepto de
la histología de los centros nerviosos», en Revista de Ciencias Médicas
de Barcelona. 18. 363-376, 457-476, 505-520, 529-540.
[136]Recuerdos, p. 198.
[137]Recuerdos, p. 202.
[138]Recuerdos, p. 234.
[139] Carta de Luis Simarro a Cajal (1891). Repr.
fotográfica parcial en A. Albarracín (1978), Santiago Ramón y Cajal
o la pasión por España. Barcelona, Labor, p. 105.
[140] T. Kaplan (1968). Luis Simarro...; J.
M. López Pinero (1988) «Luis Simarro...» (v. nota 62).
[141] J. M. López Pinero (1983), «Ramón Varela de
la Iglesia», en Diccionario histórico de la ciencia moderna en España. Barcelona,
Península, vol. II, pp. 396-397.
[142] Repr. facsímil de documentación relativa a la
participación de Cajal en dichas oposiciones, en Expedientes, vol.
I, pp. 192-209, vol. II. pp. 167-258.
[143] Durán y Alonso, vol. I, p. 227.
[144]Recuerdos, p. 245.
[145]Recuerdos, pp. 248-249.
[146]Recuerdos, p. 251.
[147]Recuerdos, p. 249.
[148]Recuerdos, p. 252.
[149]Recuerdos, p. 257
[150] P. Laín Entralgo (1978), «Cajal, por los
cuatro costados», en Expedientes, vol. 1, pp. 17-65.
[151]Recuerdos, p. 255.
[152]Recuerdos, p. 255.
[153] S. Ramón y Cajal (1892), «La retine des
Vertebres», en La Cellule. 9, 121-255.
[154] S. Ramón y Cajal (1894), «Consideraciones
generales sobre la morfología de la célula nerviosa», en La Veterinaria
Española, 38, 259-260, 273-276, 289-292.
[155]Recuerdos, p. 288.
[156] S. Ramón y Cajal (1897), «Leyes de la
morfología y dinamismo de las células nerviosas», en Revista Trimestral
Micrográfica. 2. 1-12.
[157]Recuerdos, p. 290.
[158] C. S. Sherrington (1966), Prólogo a D. F.
Cannon, Ramón y Cajal, Barcelona-México,
Grijalbo, pp. 11-13.
[159] S. Ramón y Cajal (1894), «La fine structure
des centres nerveux», en Proceedings of the Royal Society of London,
55, 44-468.
[160]Recuerdos, p. 244.
[161] S. Ramón y Cajal (1897-1904), Textura
del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados, 2 tomos en 3
vols., Madrid, Nicolás Moya. De esta primera edición se ha publicado
recientemente una excelente reimpresión facsímil en Alicante, Instituto de
Neurociencias, 1992. La traducción francesa a partir de un texto ampliado
apareció en París, A. Maloine, 1909-1911; con motivo del centenario del
nacimiento de Cajal se reeditó en Madrid. C.S.I.C., 1952-1955, aunque por
desgracia con algunas amputaciones.
[162] S. Ramón y Cajal (1897-1904), Textura..., vol.
I, pp. 1, 10-11.
[163]S. Ramón y Cajal (1897), Fundamentos racionales y condiciones
técnicas de la investigación biológica. Madrid, L. Aguado, p. 18.
[164] S. Ramón y Cajal (1897). Fundamentos..., p.
15.
[165] S. Ramón y Cajal (1897), Fundamentos.... p.
15.
[166] S. Ramón y Cajal (1940). Reglas y consejos
sobre investigación biológica, 8.a ed.. Madrid, Lib.
Beltrán. p. 10.
[167] S. Ramón y Cajal (1940), Reglas y consejos..., p.
108.
[168] S. Ramón y Cajal (1940). Reglas y consejos.... p.
27.
[169] P Laín Entralgo (1978), «Cajal. por los
cuatro costados», en Expedientes, vol. 1, p. 17-65.
[170]Recuerdos, p. 389.
[171]Recuerdos, p. 389.
[172]Recuerdos, p. 294.
[173]Recuerdos, p. 257.
[174]Recuerdos, pp. 294-295. nota.
[175]Recuerdos, p. 295.
[176] S. Ramón y Cajal (1940). Reglas y consejos.... p.
230.
[177]Recuerdos, pp. 310-311.
[178]Recuerdos, pp. 320-321.
[179]Recuerdos, p. 321.
[180] S. Ramón y Cajal (1906), «Structure et
connexions des neurones», en Les Prix Nobel en 1906, Stockholm,
P. A. Norstedt & Sóner, pp. 1-27 +11 lams.
[181] C. Golgi (1906), «La doctrine du neurone.
Théorie et faits», en Les Prix Nobel en 1906, Stockholm, P. A.
Norstedt & Sóner, p. 1-31.
[182]Recuerdos, p. 359.
[183]Recuerdos, pp. 323-324.
[184]Recuerdos, pp. 356-357.
[185] L. Simarro (1900), «Nuevo método histológico
de impregnación de las sales fotográficas de plata», en Revista
Trimestral Micrográfica, 5. 45-71.
[186] S. Ramón y Cajal (1903), «Un sencillo método
de coloración del retículo protoplásmico y sus efectos en los diversos centros
nerviosos de vertebrados e invertebrados», en Trabajos del Laboratorio
de Investigaciones Biológicas, 2, 129-221.
[187] S. Ramón y Cajal (1913-1914), Estudios
sobre la degeneración y regeneración del sistema nervioso. 2
vols., Madrid, Hijos de N. Moya.
[188] S. Ramón y Cajal (1912), «Fórmula de fijación
para la demostración fácil del aparato reticular de Golgi», en Boletín
de la Sociedad Española de Biología. 1, 263-269; S. Ramón y Cajal
(1913), «Sobre un nuevo proceder de impregnación de la neuroglía y sus
resultados en los centros nerviosos del hombre y los animales», en Trabajos
del Laboratorio de Investigaciones Biológicas, 11. 219-237.
[189]Recuerdos, p. 257.
[190]Recuerdos, p. 393.
[191] Cit. por Durán y Alonso, vol. I, pp. 355-357.
[192] S. Ramón y Cajal (1942), El mundo
visto a los ochenta años, 4.a ed., p. 41.
[193] S. Ramón y Cajal (1942), El mundo.... p.
39.
[194] Cit. por Durán y Alonso, vol. I, p. 360.
[195] Carta de Cajal a José Ortega y Gasset, 1934.
Ed. por Durán y Alonso, vol. II, pp. 273-274.
[196] Durán y Alonso, vol. I, p. 390.
[197] Carta de Cajal a Rafael Lorente de No. 15 de
octubre 1934. Ed. por E. L. Rodríguez (1977), Así era Cajal, Madrid,
Espasa-Calpe, pp. 124-126.
[198] S. Ramón y Cajal (1933), «¿Neuronismo o
reticularismo? Las pruebas objetivas de la unidad anatómica de las células
nerviosas», en Archivos de Neurobiología. 13. 1-144; S. Ramón
y Cajal (1935), «Die Neuronenlehre», en Handbuch der Neurologie. dir.
por O. Bumke y O. Foerster. Berlín, J. Springer. vol. 1. pp. 887-994.
[199] Carta de Cajal a Azorín. 5 de enero de 1915.
Ed. por Durán y Alonso, vol. II. p. 221.
[200]Recuerdos, pp. 7-8.
[201] S. Ramón y Cajal (1947).Charlas de café.
Pensamientos, anécdotas y confidencias. 5.a ed..
Madrid, Lib. Beltrán. pp. 5-10.
[202] S. Ramón y Cajal (1942), El mundo
visto a los ochenta años. 4.a ed. p. 9.
[203] S. Ramón y Cajal (1942). El mundo.... p.
32.
[204] S. Ramón y Cajal (1942). El mundo.... pp.
39-40.
[205] S. Ramón y Cajal (1942), El mundo.... p.
147.
[206] S. Ramón y Cajal (1942). El mundo...,
pp. 109-110.
[207] S. Ramón y Cajal (1942). El mundo ... p. 136.
[208] S. Ramón y Cajal (1942), El mundo.... pp.
9-10.
[209] Durán y Alonso, vol. I. p. 333.
[210] S. Ramón y Cajal (1912),La fotografía de
colores. Bases científicas y reglas prácticas. Madrid,
N. Moya (ed. facsímil, con prólogo de Fernando de Castro. Madrid, Grupo
Nacional de Producción Fotográfica, 1966).
[211] Incluye artículos biográficos sobre los
discípulos y colaboradores de Cajal el Diccionario histórico de la
ciencia moderna en España, dir. por J. M. López Piñero, T. F. Glick.
V. Navarro y E. Pórtela. 2 vols., Barcelona, Península, 1983.
[212] Carta de Cajal a Rafael Lorente de No (v.
nota 197).
[213] S. Ramón y Cajal (1919), «Nicolás Achúcarro»,
en Boletín de la Sociedad Española de Biología, 7, 1-6.
[214] Carta de Río Hortega a Cajal, 4 de febrero de
1920. Ed, en P. del Río Hortega (1986), El maestro y yo.
Edición a cargo de A. Sánchez Alvarez- Insúa, Madrid, C.S.I.C., pp. 85-86.
Sobre la relación de Cajal y Río Hortega a la luz de las fuentes recientemente
accesibles, v. J. M. López Piñero (1990), Pío del Río Hortega. Madrid,
Biblioteca de la Ciencia Española.
[215] Carta de Cajal a Río Hortega. 8 de febrero de
1920. Ed. en P. del Río Hortega (1986), El maestro .... pp.
87-88.
[216] Carta de Cajal a Río Hortega, 9 de octubre de
1920. Ed. en P. del Río Hortega (1986), El maestro .... pp.
95-97.
[217] Carta de Cajal a Río Hortega, 20 de octubre
de 1920. Ed. en P. del Río Hortega (1986), El maestro .... pp.
106-108.
[218] S. Ramón y Cajal (1920), «Una modificación
del método de Bielchowsky para la impregnación de la neuroglía común y
mesoglía, y algunos consejos acerca de la técnica del oro-sublimado», en Trabajos
del Laboratorio de Investigaciones Biológicas. 18. 129-141.
[219] S. Ramón y Caja! (1920), «Algunas
consideraciones de la mesoglía de Roberston (sic) y Río-Hortega»,
en Trabajos del Laboratorio de Investigaciones Biológicas, 18, 109-127.
[220] F. Castro (1945), «Pío del Río Hortega. Nota
necrológica y biográfica», en Trabajos del Instituto Cajal, 37, 7-18.
[221] S. Ramón y Cajal (1925), «Contribution a la
connaissance de la néuroglie cérébrale et cérébelleuse dans la paralysie
générale Progressive», en Trabajos del Laboratorio de Investigaciones
Biológicas. 23. 157-216.
[222] Carta de Cajal a Río Hortega, 26 de enero de
1929. Ed. en P. del Río Hortega (1986), El maestro..., p. 146.
[223] Carta de Cajal a la comisión organizadora del
homenaje a Río Hortega. Ed. en P. del Río Hortega (1986). El
maestro..., p. 150.
[224] P. del Río Hortega (1986), El
maestro...
[225] E. L. Rodríguez (1977). Así era
Cajal. Madrid, Espasa-Calpe, pp. 147-149.
[226] Los tres testamentos y las últimas
disposiciones de Cajal. ed. por Durán y Alonso, vol. II, pp. 311-313. 317-323,
328-335.
[227] Ed. por Durán y Alonso, vol. I, p. 391; repr.
fotográfica en A. Albarracín (1978), Santiago Ramón y Cajal.... p.
287.
[228] Cit. por E. L. Rodríguez (1977), Así era
Cajal.... p. 152.

