Libro N° 7071. Primates... De Waal, Frans.
© Libro N° 7071. Primates Y Filósofos. De Waal, Frans. Emancipación. Marzo 7 de 2020.
Título
original: © Primates
Y Filósofos. Frans De Waal
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PRIMATES Y FILÓSOFOS
Frans de Waal
Primates Y Filósofos
Frans De Waal
CONTENIDO
Agradecimientos
Introducción
Parte I: Seres moralmente evolucionados
Apéndice A - Antropomorfismo y Antroponegación
Apéndice B - ¿Tienen los simios una teoría de la
mente?
Apéndice C - Los derechos de los animales
Parte II: Comentarios
Parte III: Respuesta a los comentaristas
Bibliografía
Autores
Agradecimientos
Quisiera dar las gracias a Philip Kitchers,
Christine M. Korsgaard, Richard Wrangham y Robert A. Wright en calidad de
interlocutores de las Conferencias Tanner que pronuncié en la Universidad de
Princeton en noviembre de 2003. Igualmente, me gustaría agradecer los
comentarios de Peter Singer, que se incluyen en este libro, así como a Stephen
Macedo y Josiah Ober por su presentación. Le estoy muy agradecido a la
Fundación Tanner, que corre con los gastos de la Serie de Conferencias Tanner;
a Princeton University Press y muy especialmente a Sam Elworthy y Jodi Beder,
editor y correctora respectivamente; al equipo del Centro de Valores Humanos
que organizó la serie de conferencias y ayudó con la coordinación de este
libro; a su director, Stephen Macedo; a su ex director, Will Gallaher; y a Jan
Logan, subdirector. Por último, doy las gracias al Centro National Yerkes de
Investigación con Primates de la Universidad de Emory en Atlanta, Georgia, y
otros centros y zoológicos en los que he llevado a cabo mis investigaciones,
así como a mis muchos colaboradores y estudiantes de doctorado por haberme
ayudado a compilar los datos que aquí presento.
Frans de Waal, marzo de 2006
Introducción
Josiah Ober y Stephen Macedo
En la serie de Conferencias Tanner sobre Valores
Humanos que dieron lugar a este libro, Frans de Waal pone a nuestra disposición
decenios dedicados al trabajo con primates, así como su costumbre de pensar en
profundidad sobre el sentido de la evolución, para examinar la cuestión
fundamental de la moralidad humana. Tres distinguidos filósofos y un eminente
estudioso de la psicología de la evolución responden posteriormente a la forma
en que De Waal plantea la pregunta, así como a su subsiguiente respuesta. Sus
ensayos demuestran aprecio por la labor de De Waal, al tiempo que se muestran
críticos con algunas de sus conclusiones. De Waal responde a sus críticos en un
epílogo. Si bien existe un desacuerdo significativo entre estos cinco
ensayistas tanto sobre la pregunta a formular como sobre su respuesta,
comparten también muchos puntos. En primer lugar, todos los colaboradores de
este libro aceptan la explicación científica tradicional de la evolución
biológica como algo basado en la selección natural arbitraria. Ninguno de ellos
sugiere que haya razón alguna para suponer que los humanos sean diferentes de
otros animales en su esencia metafísica, y ninguno de ellos basa sus argumentos
en la idea de que los humanos seamos únicos por contar con un alma trascendente.
Una segunda premisa importante compartida por De
Waal y sus cuatro interlocutores es que la bondad moral es algo real sobre lo
que podemos establecer premisas ciertas. Como mínimo, la bondad requiere
reconocer de forma apropiada a los demás. Del mismo modo, la maldad incluye esa
clase de egoísmo que nos lleva a tratar a los demás inadecuadamente, al ignorar
sus intereses o tratarles como meros instrumentos. Las dos premisas básicas de
la ciencia de la evolución y la realidad moral establecen las fronteras del
debate acerca de los orígenes de la bondad tal cual se presentan en este libro.
Esto significa que los creyentes religiosos comprometidos con la idea de que
los seres humanos están singularmente dotados de una serie de atributos
(incluido un sentido de lo moral) solamente mediante la gracia divina no
participan en la discusión aquí presentada. Como tampoco participan aquellos
científicos sociales fieles a una versión de la teoría del agente racional que
considera la esencia de la naturaleza humana como una tendencia irreductible a
preferir el egoísmo (hacer trampas, u obtener beneficios sin esfuerzo alguno) a
la cooperación voluntaria. Tampoco, en última instancia, participan en el
debate los relativistas morales, que creen que una acción puede ser juzgada
como correcta o incorrecta únicamente en el ámbito de lo local, referida a
consideraciones contingentes y contextuales. De modo que lo que este libro
ofrece es un debate entre cinco especialistas que están de acuerdo en algunos
temas esenciales acerca de la ciencia y la moralidad. Se trata de una
conversación seria y animada sostenida por un grupo de pensadores profundamente
comprometidos con el valor y la validez de la ciencia, así como con el valor y
la realidad de una moralidad que tenga en cuenta a los demás.
La pregunta que De Waal y sus interlocutores
pretenden responder es la siguiente: dado que existen razones científicas de
peso para suponer que el egoísmo (al menos en un nivel genético) es un
mecanismo primario de selección natural, ¿cómo es que los humanos hemos
desarrollado un vínculo tan fuerte con el valor de la bondad? O, dicho de otra
manera, ¿por qué no pensamos que está bien ser malo? Para aquellos que creen
que la moralidad es algo real, pero que no puede ser explicado o justificado simplemente
mediante el recurso a la presunción teológica de que la singular propensión
humana a hacer el bien es un producto de la gracia divina, ésta es una cuestión
de difícil respuesta, a la par que importante.
El objeto de De Waal es presentar argumentos
frente a las respuestas dadas por lo que él mismo define como teoría de la capa
[ Veneer Theory] a la
pregunta de «por qué la moralidad»: el argumento de que la moralidad sería
únicamente una fina capa que recubre un núcleo bien amoral, bien inmoral. De
Waal sugiere que la teoría de la capa está, o cuando menos así era hasta hace
poco, bastante extendida. El principal objeto de su crítica es Thomas Huxley,
un científico conocido como «el bulldog de Darwin» debido a su furibunda defensa de la
teoría de la evolución de Darwin frente a sus detractores decimonónicos. De
Waal sostiene que Huxley traicionó sus propias convicciones darwinianas al
defender una visión de la moralidad similar a la idea de lo que supondría
cuidar un jardín: una batalla constante contra las lozanas malas hierbas de la
inmoralidad que perennemente amenazan la psique humana. Otros de los objetos de
la crítica de De Waal serían algunos teóricos del contrato social (de forma más
notable Thomas Hobbes) que inician sus reflexiones con una concepción de los
humanos como seres fundamentalmente asociales o incluso antisociales, así como
algunos biólogos evolutivos que, a su modo de ver, tienden a generalizar a
partir del papel del egoísmo en el proceso de selección natural.
Ninguno de los cinco autores que participan en
este volumen se identifica como un «teórico de la capa» en el sentido en que lo
define De Waal. Y aun así, tal como muestran los ensayos, la teoría de la capa
puede ser concebida de diversas maneras. Podría ser, pues, válida para
describir un tipo ideal de TC, aun cuando caiga en el riesgo de no ser sino un
espejismo. La teoría de la capa en su formulación ideal asume que los humanos
somos bestiales por naturaleza y que, en consecuencia, somos malos (esto es,
profundamente egoístas); así, lo que se espera es que actuemos con maldad, esto
es, que tratemos a los demás inadecuadamente. Con todo, es un hecho observable
que a menos en algunas ocasiones los seres humanos tratan bien y de forma adecuada
a los demás, como si fueran buenos. Si, como postula la teoría, los seres
humanos son esencialmente malos, su buen comportamiento deberá explicarse como
el producto de una capa de moralidad misteriosamente superpuesta sobre un
núcleo natural maligno. La principal objeción de De Waal es que la teoría de la
capa no puede identificar el origen de esta capa de bondad. Esa capa es algo que aparentemente existe
fuera de la naturaleza y por lo tanto debe ser rechazada como un mito por
cualquier persona dedicada de lleno a la explicación científica de los
fenómenos naturales.
Si la teoría de la capa acerca de la bondad
moral se basa en un mito, el fenómeno de la bondad humana deberá ser explicado
de otro modo. De Waal comienza dando la vuelta a la premisa de partida: sugiere
que los humanos somos buenos por naturaleza. Nuestra «naturaleza buena» nos
viene heredada, junto con otras muchas cosas, de nuestros ancestros no humanos
a través del ya conocido proceso darwiniano de la selección natural. Para poner
a prueba esta premisa, De Waal nos invita a observar con atención el
comportamiento de nuestros parientes no humanos más cercanos: primero los
chimpancés, después otros primates más alejados de nosotros y finalmente otros
animales sociales que no son primates. Si nuestros parientes más cercanos
actúan de hecho como si fueran buenos, y si nosotros los humanos actuamos como
si fuéramos buenos, entonces el principio metodológico de la parsimonia nos
insta a suponer que la bondad es real, que la motivación para hacer el bien es
natural y que la moralidad de los humanos y de sus parientes tiene un origen
común.
Si bien la bondad en la conducta humana está más
desarrollada que la bondad de la conducta no humana, De Waal sostiene que al
ser más sencilla, deberíamos considerar la moralidad no humana en un sentido
sustancial como el fundamento de la moralidad más compleja que hallamos en los
humanos. La evidencia empírica para la teoría «anticapa» de De Waal que une la
moralidad humana con la no humana se basa en meticulosas observaciones del
comportamiento de los parientes de los humanos.
La larga y exitosa carrera de De Waal ha
transcurrido observando minuto a minuto el comportamiento de los primates, lo
que le ha permitido tomar nota de muchas actitudes bondadosas entre los mismos.
En el proceso, ha desarrollado un inmenso respeto y cariño hacia sus sujetos.
Parte del placer de leer los escritos de De Waal sobre primates —placer que
irradia cada uno de los ensayos de sus interlocutores— es su evidente disfrute
de los años en los que ha trabajado con chimpancés, bonobos y capuchinos, así
como su consideración de los mismos como colaboradores suyos en una empresa de
dimensiones colosales.
De Waal concluye que la capacidad humana para
actuar correctamente y no con maldad todo el tiempo tiene sus orígenes
evolutivos —al menos en algunas ocasiones— en emociones que compartimos con
otros animales: en respuestas involuntarias (no elegidas y pre racionales) y
psicológicas obvias (y por tanto observables) ante las circunstancias de los
demás. La empatía es una respuesta emocional importante y fundamental. De Waal
explica que la reacción empática es, en primera instancia, una cuestión de
«contagio emocional». La criatura A se identifica directamente con las
circunstancias de la criatura B, llegando a sentir, por así decirlo, su
«dolor». A este nivel, la empatía es todavía en cierto sentido egoísta: A
quiere consolar a B porque A ha «pillado» el dolor de B y busca consuelo él
mismo. A un nivel más avanzado, no obstante, la empatía emocional tiene como
resultado un comportamiento compasivo: esto es, el reconocimiento de que B
tiene una serie de querencias o necesidades situacionalmente específicas que
son diferentes de las de A. De Waal ofrece el adorable e ilustrativo ejemplo de
una chimpancé que intenta ayudar a un pájaro herido a volar. Puesto que la
acción de volar es algo que la chimpancé no podrá nunca llevar a cabo, la simio
está respondiendo a las necesidades concretas del pájaro y a su forma
distintiva de estar en el mundo.
El contagio emocional se puede observar con
frecuencia en muchas especies; la compasión sólo se observa entre algunos
grandes simios. Las respuestas emotivas relacionadas entre sí que conducen a un
buen comportamiento incluyen un altruismo recíproco e incluso un sentido de lo
que es justo, si bien este último es discutible, tal como señala Philip
Kitcher. Una vez más, las formas más complejas y más sofisticadas de estos
comportamientos motivados por las emociones, tal como sostiene De Waal, se
observan únicamente entre los simios y unas pocas especies más: elefantes,
delfines y capuchinos.
Las respuestas emocionales son, según De Waal,
los componentes básicos de la moralidad humana. El comportamiento moral entre
los humanos es considerablemente más elaborado que el de cualquier animal no
humano, pero, según De Waal, es continuo respecto del comportamiento no humano, al igual
que la simpatía entre los chimpancés es más elaborada pero continua respecto
del contagio emocional en otros animales. Dada esta continuidad, no es
necesaria pues imaginar la moralidad como algo que misteriosamente se añade a
un núcleo inmoral. De Waal nos invita a vernos a nosotros mismos no como enanos
de jardín recubiertos con una fina capa de pintura de colores chillones, sino
como una especie de muñecas rusas: nuestro yo moral exterior es ontológicamente
continuo con una serie de «yo es pre humanos» que anidan en nuestro interior. Y
hasta llegar al fondo de esa figura diminuta situada en el centro, estos «yo
es» son homogéneamente «buenos por naturaleza».
Como el vigor de las cuatro respuestas
demuestra, la concepción de De Waal acerca de los orígenes y la naturaleza de
la moralidad humana plantea una serie de retos. Cada uno de los interlocutores
está de acuerdo con la idea de De Waal de que la teoría de la capa tipo carece
de atractivo a primera vista, si bien se muestran en desacuerdo sobre el
significado exacto de la teoría o sobre si una persona razonable puede llegar a
suscribirla, al menos en la forma tan robusta anteriormente perfilada. Aun así,
al final cada uno de los interlocutores desarrolla algo que podríamos describir
como un primo lejano de la teoría de la capa. Robert Wright es muy claro en
este punto, al calificar su postura de «teoría de la capa naturalista». De
hecho, tal como señala Peter Singer (pág. 182), el propio De Waal habla en
algún momento de lo «frágil» que resulta el esfuerzo humano por hacer extensivo
el «círculo de la moralidad» a los desconocidos; locución esta que parece
invitarnos a imaginar cuando menos ciertas formas extendidas de moralidad
humana como una especie de capa o recubrimiento.
La preocupación de De Waal por cuán lejos puede
extenderse ese «círculo de la moralidad» antes de llegar a ser
insosteniblemente frágil pone el énfasis sobre la cuestión que lleva a sus
interlocutores a dibujar una línea visible entre la moralidad humana y la
animal. De ahí su firme convicción de que la moralidad «genuina» (Kitcher) debe
ser también universalizable. Esta convicción excluye a los animales del ámbito
de los seres genuinamente morales. Los coloca «más allá del juicio moral», en
palabras de Korsgaard, porque los animales no humanos no hacen de su buen
comportamiento algo universal. La tendencia hacia la parcialidad de quienes
están dentro del grupo es una constante entre los animales sociales no humanos.
Es cierto que, tal como cree De Waal, esta misma tendencia parcial puede ser
endógena al ser humano. Y tal como sostiene Robert Wright, podría ser un rasgo
endémico de la moralidad humana. Pero como Kitcher, Korsgaard y Singer señalan,
la universalización del conjunto de seres (personas o, como dice Singer,
criaturas con intereses) para quienes existe una serie de obligaciones morales
es conceptualmente posible para
los humanos (y para algunos filósofos humanos, es conceptualmente esencial). Y,
al menos algunas veces, es puesta en práctica por estos mismos.
Cada uno de los interlocutores formula una
pregunta similar, si bien en registros filosóficos bastante diferentes: si
incluso los animales no humanos más avanzados tienden por regla general a
limitar su buen comportamiento a los miembros del grupo (esto es, los miembros
del clan o la comunidad), ¿podemos calificar su comportamiento de moral? Y si la respuesta es no (conclusión a la que llegan
todos ellos), debemos entonces asumir que los seres humanos poseen alguna
capacidad que es discontinua respecto de las capacidades de todas las especies
no humanas. De Waal reconoce el problema, apuntando (como hace Singer, pág.
181) que «es sólo cuando
hacemos juicios generales e imparciales que podemos verdaderamente hablar de
aprobación o desaprobación morales».
La discontinuidad más evidente en lo referido a
las capacidades entre los animales humanos y los no humanos se da en el área
del lenguaje, y en el uso consciente de la razón que asociamos al singularmente
humano uso del lenguaje. La capacidad para hablar, la utilización del lenguaje
y la razón están obviamente conectadas con la cognición. Pero ¿qué podemos
decir de la cognición no humana? Ninguno de los participantes en este debate
supone que exista una especie no humana que sea el igual cognitivo de los seres
humanos, pero se nos sigue planteando la pregunta de si los humanos son los
únicos capaces de hacer razonamientos morales.
Este es el punto del debate en el que la
definición de antropomorfismo se convierte en cuestión acalorada; en concreto,
Wright se centra en la importancia de la cuestión del antropomorfismo. De Waal
es un fervoroso defensor de una versión económica y crítica del antropomorfismo
científico, que él mismo distingue de forma muy contrastada del antropomorfismo
sentimental que, si bien resulta encantador, es típico de gran parte de la
literatura popular sobre animales. Ninguno de los cuatro interlocutores puede
ser encasillado como defensor del antroponegacionismo, término que De Waal
utiliza para caracterizar la práctica de quienes, quizás impulsados por un
horror estético hacia la naturaleza, se niegan a reconocer las continuidades
existentes entre los humanos y otros animales. Gran parte del debate entre
filósofos y estudiosos del comportamiento animal acerca de la singularidad
humana se ha centrado en la pregunta de si cualquier animal no humano es capaz
de desarrollar algo como la teoría de la mente; es decir, si la capacidad para
imaginar lo que existe en la mente de otro ser diferente de uno mismo es algo
específicamente humano. Existen datos procedentes de la experimentación que
podrían apoyar ambos lados del debate. De Waal responde a quienes dudan de que
esto sea posible recordándonos que los chimpancés pueden reconocerse en un
espejo (demostrando así la existencia de autoconciencia, que a menudo se
presupone como condición antecedente a la teoría de la mente). De forma
señalada, nos obliga a fijar la atención en el marcado antropocentrismo que
exige que los simios sean capaces de formular una teoría propia de mentes humanas.
Con todo, la cuestión de una teoría de la mente
no humana sigue sin resolverse, y es necesario investigar más sobre esta
cuestión.
Kitcher y Korsgaard establecen una clara distinción
entre el comportamiento animal motivado por las emociones y la moralidad
humana, que en su opinión debe basarse en una autoconciencia cognitiva acerca
de lo adecuado de la línea de acción de uno mismo. Kitcher dibuja la frontera
cuando convierte las teorías del espectador de Hume y Smith en una forma de
autoconciencia que necesita del discurso para existir. Korsgaard apela a la
concepción kantiana de la genuina moralidad. Tanto Kitcher como Koorsgard
describen a los animales no humanos como seres que actúan caprichosamente y sin
motivo, sirviéndose de un concepto desarrollado en otros contextos por el
filósofo de la moral Harry Frankfurt. Estos seres «caprichosos» de Frankfurt
carecen de un mecanismo por el cual discriminar de forma consistente entre las
variadas motivaciones que de vez en cuando les impulsan a actuar. Así, no puede
decirse que los seres que actúan caprichosamente se guíen por un razonamiento
autoconsciente acerca de lo apropiado de sus acciones propuestas. Pero la
pregunta surge, entonces, de si Kitcher y Korsgaard no estarán poniendo el
listón de la moralidad a un nivel al que incluso la mayor parte de las
acciones humanas no
puede llegar. Cada filósofo ofrece una explicación autoconscientemente
normativa de la moralidad sobre cómo la gente debe actuar, más que una
explicación descriptiva de cómo la mayoría de nosotros actuamos la mayor parte
del tiempo. Si la mayoría de los humanos, con su comportamiento actual, actúa
de forma gratuita y sin motivo, quizás estemos quitando importancia a la idea
de que todos los animales no humanos actúan también de forma caprichosa. El
mismo problema surge en la discusión de Singer sobre lo que los filósofos de la
moral llaman «problemas de la vagoneta». La preocupación consecuencialista de
Singer respecto a los intereses sumativos le lleva a sostener que la razón
moral exige que bajo las circunstancias adecuadas uno debería empujar a otro
ser humano frente a una vagoneta descontrolada para poder salvar la vida de
otras cinco personas (la premisa es que el cuerpo de uno mismo sería demasiado
ligero para parar la vagoneta, mientras que el de la persona a la que empujamos
tendría la masa suficiente para detenerla). Singer hace alusión a los estudios
realizados con escáneres del cerebro en individuos a quienes se les hace la
pregunta de cómo debería uno reaccionar en esta situación. Las personas que
dicen que uno no debería matar en esa situación hacen juicios rápidos, y su
actividad cerebral en el momento de la toma de decisión se concentra en zonas
asociadas a la emoción. Aquellos que dicen que hay que matar muestran mayor
actividad en las partes del cerebro asociadas con la cognición racional. En
consecuencia, Singer sostiene que lo que él “considera como la respuesta
moralmente correcta es también la respuesta cognitivamente racional. Con todo,
Singer también reconoce que quienes dan la respuesta correcta son minoría: la
mayoría de la gente no dice que elegirían personalmente matar a un individuo
para salvar a otros cinco. Singer no cita ningún caso de gente que de hecho
haya empujado a otros delante de una vagoneta.
La cuestión es que la evidencia de De Waal,
tanto cuantitativa como cualitativa, relativa a la respuesta emocional de los
primates está por completo basada
en observaciones sobre el comportamiento real. De Waal ha de basar
obligatoriamente su explicación sobre la moralidad de los primates en cómo los
primates actúan en la realidad, puesto que él no puede acceder a sus historias
de «cómo deberían ser las cosas» respecto a lo que la razón moral podría
exigirles en una situación ideal, o cómo se supone que deberían actuar en una
situación hipotética. Así pues, parece existir el riesgo de que estemos
comparando churras con merinas, esto es, contrastando el comportamiento de los primates (basado en observaciones
cuantitativas y cualitativas) con los ideales normativos humanos. Por supuesto, los críticos de De Waal
podrían responder que la diferencia entre los elementos comparados es
precisamente el elemento clave: los animales no humanos no
tienen explicaciones de «lo que debería
ser», y de hecho no tienen explicaciones de ningún tipo, precisamente porque
carecen de la capacidad del habla, el lenguaje y la razón.
Los animales no humanos no pueden enunciar
ideales normativos, ni entre ellos mismos, ni para nosotros. ¿Exige este hecho
que dibujemos una frontera entre los tipos de comportamiento «moral» motivados
por las emociones que De Waal y otros han observado en primates y las acciones
«morales genuinas» basadas en la razón de los humanos? Si los encargados de
corregir las pruebas de imprenta finales de este libro supieran la respuesta,
sabrían a qué palabra de las dos anteriores («moral» o «genuina») habrían de
quitarle las comillas. Gran parte de la forma en que nos entendemos a nosotros
mismos y al resto de las especies con las que compartimos el planeta se basa
precisamente en esa elección. Uno de los propósitos de este libro es el de
animar a cada lector a pensar cuidadosamente cómo manejarían esa imaginaria
pluma editorial: que cada uno se siente a la mesa para participar en la
conversación con estudiosos que piensan largo y tendido y que se preocupan
apasionadamente por el comportamiento de los primates, y el conjunto de todos
aquellos que piensan y se preocupan también de forma apasionada por la
moralidad humana. La existencia de este libro es prueba de que ambos grupos
tratan al menos parcialmente cuestiones que se superponen la una sobre la otra.
Parte de nuestro propósito es el de trabajar para que se produzca una mayor
coincidencia en esta comunión de intereses y promover una discusión profunda
entre todos aquellos preocupados por la cuestión del bien y sus orígenes, tanto
en los animales humanos como en los no humanos.
Parte I
Seres moralmente evolucionados
Los instintos sociales de los primates, la moralidad humana y el auge y la
caída de la «teoría de la capa»
Frans de Waal
Estamos de acuerdo o no porque no podemos hacer
otra cosa. ¿Podemos evitar sentir dolor cuando el fuego nos quema? ¿Podemos
evitar sentir compasión por nuestros amigos?
Edward Westermarck
(1912 [1908], pág. 19)
Por qué habría de ser nuestra maldad el bagaje de un pasado simiesco y
nuestra bondad únicamente humana? ¿Por qué no habríamos de ver continuidad con
otros animales también en nuestros rasgos «nobles»?
Stephen Jay Gould
(1980, pág. 261)
Contenido:
§. La teoría de la capa
§. Darwin sobre la ética
§. Edward Westermarck
§. Reciprocidad y justicia
§. Mencio y la primacía del afecto
§. El interés por la comunidad
Homo homini lupus («El hombre es un lobo para el hombre») es un
antiguo proverbio romano que popularizó Thomas Hobbes. Aun cuando su tesis
básica impregna buena parte del derecho, la economía y las ciencias políticas,
el proverbio encierra dos grandes errores. En primer lugar, no hace justicia a
los cánidos, que son unos de los animales más gregarios y cooperativos del
planeta (Schleidt y Shalter, 2003). Y lo que es aún peor, el proverbio niega la
naturaleza intrínsecamente social de nuestra propia especie.
La teoría del contrato social, y con ella la
civilización occidental, parece imbuida de la suposición de que somos criaturas
asociales, incluso malvadas, en lugar del zoon politikon que Aristóteles vio en nosotros. Hobbes rechazó
explícitamente la idea aristotélica cuando propuso que al principio nuestros
antepasados eran autónomos y combativos y establecieron la vida comunitaria
sólo cuando el coste de los conflictos se volvió insoportable. Según Hobbes, la
vida social nunca llegó a nosotros de forma natural. La consideraba un paso que
dimos a regañadientes y «sólo mediante un pacto, lo cual es artificial»
(Hobbes, 1991 [1651], pág. 120). En fecha más reciente, Rawls (1972) propuso
una versión más moderada de la misma idea al añadir que el paso de la humanidad
hacia la socialidad dependía de que se dieran condiciones de justicia, es
decir, de la posibilidad de una cooperación mutuamente beneficiosa entre
iguales.
Estas ideas sobre el origen de la sociedad bien
ordenada siguen estando muy extendidas, incluso pese a la suposición subyacente
de que es insostenible, a la luz de lo que sabemos acerca de la evolución de
nuestra especie, una decisión racional por criaturas intrínsecamente asociales.
Hobbes y Rawls crean la ilusión de una sociedad humana que responde a un
acuerdo voluntario con reglas auto impuestas consentidas por agentes libres e
iguales. Sin embargo, nunca hubo un momento en el que devinimos sociales:
descendemos de ancestros altamente sociales —un largo linaje de monos y simios—
y siempre hemos vivido en grupo. Nunca ha existido la gente libre e igual. Los
humanos empezamos siendo —si es que se puede distinguir un punto de partida—
seres interdependientes, unidos y desiguales. Procedemos de un largo linaje de
animales jerárquicos para los que la vida en grupo no es una opción, sino una
estrategia de supervivencia. Cualquier zoólogo clasificaría nuestra especie
como obligatoriamente gregaria .
Tener compañeros ofrece unas ventajas inmensas a
la hora de localizar alimento y evitar a los predadores (Wrangham, 1980; Van
Schaik, 1983). En tanto que los individuos con una orientación grupal dejan más
descendencia que aquellos con tendencias menos sociales (por ejemplo, Silk y
otros, 2003), la socialidad se ha vuelto cada vez más arraigada en la biología y
psicología de los primates. Por tanto, de haberse tomado cualquier decisión de
crear sociedades, el mérito debería atribuirse a la madre naturaleza y no a
nosotros mismos.
No pretendemos con esto rechazar el valor
heurístico de la «postura original» de Rawls como una forma de hacernos
reflexionar sobre el tipo de sociedad en la que nos gustaría
vivir. Su postura original se refiere a una
«situación puramente hipotética caracterizada para llegar a determinadas
concepciones de justicia» (Rawls, 1972, pág. 12). Pero incluso si no aceptamos
la postura original al pie de la letra, y sólo la adoptamos por el bien de la
argumentación, sigue distrayendo del argumento más pertinente que deberíamos
estar persiguiendo, que es cómo hemos llegado a ser lo que somos. ¿Qué partes
de la naturaleza humana nos han conducido hasta aquí, y cómo han determinado
esas partes la evolución? Al abordar un pasado real y no hipotético, estas
cuestiones nos acercan a la verdad, que es que somos profundamente sociales.
Un buen ejemplo de la naturaleza plenamente
social de nuestra especie es que, después de la pena de muerte, el castigo más
extremo que podemos concebir es el confinamiento en solitario. Y esto es así,
sin duda, porque no hemos nacido para solitarios. Nuestros cuerpos y nuestras
mentes no están diseñados para vivir en ausencia de otros. Nos deprimimos sin
apoyo social: nuestra salud se deteriora. En un experimento reciente, los
voluntarios sanos que se expusieron deliberadamente a un virus del resfriado y
la gripe enfermaban con más facilidad si tenían pocos amigos y familiares a su
alrededor (Cohen y otros, 1997). Aunque las mujeres comprenden de forma natural
la primacía de la conexión con los demás —quizá porque durante 180 millones de
años las hembras mamíferas con tendencias que priman el cuidado de los otros se
han reproducido más que las que no tenían tales tendencias—, lo mismo se puede
aplicar a los hombres. En la sociedad moderna no hay una forma más eficaz de
que los hombres amplíen su horizonte de vida que casarse y permanecer casados:
incrementa su esperanza de vida más allá de los 65 años entre un 65 y un 90 %
(Taylor, 2002).
Nuestra naturaleza social es tan evidente que no
sería necesario insistir en este aspecto de no ser por su notoria ausencia de
explicaciones sobre el origen de nuestra especie en las disciplinas del
derecho, la economía y la ciencia política. La tendencia occidental a ver las
emociones como signo de debilidad y los vínculos sociales como algo caótico ha
hecho que los teóricos recurran a la cognición como la guía predilecta del
comportamiento humano. Celebramos la racionalidad. Y lo hacemos pese a que las
investigaciones psicológicas sugieren la primacía del afecto: es decir, que el
comportamiento humano deriva ante todo de juicios emocionales rápidos y
automatizados, y sólo secundariamente de procesos conscientes más lentos (por
ejemplo, Zajonc, 1980, 1984; Bargh y Chartrand, 1999).
Por desgracia, el énfasis en la autonomía
individual y la racionalidad, y el correspondiente descuido de las emociones y
el afecto, no se limita a las humanidades y las ciencias sociales. También en
la biología evolutiva hay quien ha adoptado la idea de que somos una especie
auto inventada. Se ha avivado un debate paralelo que enfrenta la razón y la
emoción con respecto al origen de la moralidad, un rasgo distintivo de la
sociedad humana. Una corriente de pensamiento considera que la moralidad es una
innovación cultural conseguida únicamente por nuestra especie. Esta corriente
no considera las tendencias morales como algo perteneciente a la naturaleza
humana. Sostiene que nuestros ancestros se volvieron morales por elección. La
segunda corriente, por el contrario, considera que la moralidad es prolongación
directa de los instintos sociales que compartimos con otros animales. Según
esta última, ni la moralidad nos pertenece en exclusiva, ni es una decisión
consciente adoptada en un momento temporal concreto: es el producto de la
evolución social.
El primer punto de vista presupone que, en el
fondo, no somos verdaderamente morales. Considera que la moralidad es un
revestimiento cultural, una fina capa que oculta una naturaleza egoísta y
brutal. Hasta fecha reciente, éste era el enfoque dominante de la moralidad en
la biología evolutiva, así como entre los divulgadores científicos que han
popularizado este campo. Utilizaré la expresión «teoría de la capa» para
designar estas ideas, cuyo origen se debe a Thomas Henry Huxley (aunque
obviamente se remontan mucho más allá en la filosofía y la religión
occidentales, hasta llegar a la noción del pecado original). Tras abordar estas
ideas, examino el punto de vista, bastante diferente, de Charles Darwin sobre
una moralidad fruto de la evolución, inspirado por el Siglo de las Luces
escocés. Analizo a continuación las ideas de Mencio y Westermarck, que
coinciden con las de Darwin.
Dadas estas opiniones contrarias sobre la
continuidad frente a la discontinuidad respecto de otros animales, me basaré en
un estudio anterior (De Waal, 1996) en el que presto una atención especial a la
conducta de los primates no humanos para explicar por qué creo que los
fundamentos de la moralidad son antiguos desde el punto de vista evolutivo.
§. La teoría de la capa
En 1893, ante un numeroso público en Oxford,
Inglaterra, Huxley reconcilió públicamente su sombría visión del mundo natural
con la amabilidad que encontraba ocasionalmente en la sociedad humana. Huxley
era plenamente consciente de que las leyes del mundo físico son inalterables.
Sin embargo, creía que era posible mitigar y modificar su impacto en la
existencia humana si la gente mantenía a la naturaleza bajo control. Así,
Huxley comparó a los humanos con un jardinero que tiene muchas dificultades
para impedir que las malas hierbas se apoderen de su jardín. Consideraba que la
ética humana constituye una victoria sobre un proceso evolutivo ingobernable y
terriblemente desagradable (Huxley, 1989 [1894]).
Se trataba de una postura asombrosa por dos
razones. En primer lugar, ponía freno deliberadamente a la capacidad
explicativa de la evolución. Dado que para muchos la moralidad es la esencia
del ser humano, Huxley en realidad estaba diciendo que lo que nos hace humanos
no podía ser abarcado por la teoría evolutiva. Sólo podemos devenir morales
oponiéndonos a nuestra propia naturaleza. Fue una batida en retirada
inexplicable en alguien que se había granjeado la fama de ser el «el bulldog de Darwin» por su implacable defensa de la
evolución. En segundo lugar, Huxley no daba la menor pista sobre de dónde
podría haber sacado la humanidad la voluntad y la fuerza para derrotar a las
fuerzas de su propia naturaleza. Si en realidad somos competidores natos a los
que no les preocupan los sentimientos de los demás, ¿cómo es que decidimos
transformarnos en ciudadanos ejemplares? ¿Pueden las personas mantener un comportamiento
atípico a lo largo de varias generaciones, como si de repente un banco de
pirañas decidiera volverse vegetariano? ¿Cuán profundo puede ser un cambio de
este tipo? ¿No nos convertiría esto en lobos con piel de cordero: amables por
fuera y malvados por dentro?
Ésta fue la única vez en que Huxley rompió con
Darwin. Como señala el biógrafo de Huxley, Adrián Desmond (1994, pág. 599):
«Huxley estaba forzando su Arca ética contra la corriente darwinista que tan
lejos le había permitido llegar». Dos décadas antes, Darwin había incluido de
manera inequívoca la moralidad en la naturaleza humana en El
origen del hombre (1982 [1871]). Se ha
achacado el alejamiento de Huxley al sufrimiento que le causó la cruel mano de
la naturaleza, que le arrebató la vida de su amada hija, así como a su
necesidad de hacer que el despiadado cosmos darwinista resultara aceptable para
el público. Al haber descrito la naturaleza como un ente implacablemente cruel
y salvaje, sólo podía mantener esta postura si desplazaba la ética humana y la
presentaba como una innovación independiente (Desmond, 1994). En resumen,
Huxley se había puesto a sí mismo en aprietos.
El curioso dualismo de Huxley, que opone
moralidad y naturaleza y humanidad frente a los demás animales, recibiría una
inyección de respetabilidad gracias a los escritos de Sigmund Freud, que se
basaban en los contrastes entre el consciente y el inconsciente, el ego y el
super ego, el Amor y la Muerte, etc. Como ocurría en el ejemplo del jardinero y
el jardín de Huxley, Freud no sólo dividía el mundo en dos mitades simétricas,
veía luchas por todas partes. Explicaba el tabú del incesto y otras
restricciones morales como resultado de una violenta ruptura con la vida sexual
espontánea de la horda primitiva, que culminaba en el sacrificio colectivo de
un padre despótico a manos de sus hijos (Freud, 1962 [1913]). Dejaba que la
civilización surgiera de la renuncia a los instintos, el control sobre las
fuerzas de la naturaleza y la construcción de un super ego cultural (Freud,
1961 [1930]).
El heroico combate de la humanidad contra las
fuerzas que intentan hacerla fracasar sigue siendo en la actualidad un tema
dominante en la biología, como ilustran las citas de seguidores de Huxley. Al
declarar la ética como corte radical con la biología, Williams escribió sobre
las miserias de la naturaleza, idea que culmina con la afirmación de que la
moralidad humana es un mero producto accidental del proceso evolutivo: «Pienso
que la moralidad es una cualidad accidental producida, en su estupidez sin
límites, por un proceso biológico que normalmente se opone a la expresión de
dicha cualidad» (Williams, 1988, pág. 438).
Después de haber explicado que nuestros genes
saben lo que es mejor para nosotros y programan cada pequeño engranaje de la
máquina de supervivencia humana, Dawkins esperó hasta la última frase de El
gen egoísta para asegurarnos que, en
realidad, podemos tirar todos esos genes por la ventana: «Somos los únicos
habitantes de la Tierra que pueden rebelarse contra la tiranía de los replicadores
egoístas» (Dawkins, 1976, pág. 215). La ruptura con la naturaleza es evidente
en esta afirmación, como lo es la singularidad de nuestra especie. Más
recientemente, Dawkins (1996) ha afirmado que somos «más buenos de lo que a
nuestros genes egoístas les gustaría» y ha respaldado de forma explícita a
Huxley: «Lo que estoy diciendo, al igual que muchas otras personas, entre ellos
T. H. Huxley, es que tenemos derecho a expulsar el darwinismo de nuestra vida
política y social, a decir que no queremos vivir en un mundo darwiniano» (Roes,
1997, pág. 3; también Dawkins, 2003).
Darwin debe estar retorciéndose en su tumba,
porque el «mundo darwiniano» del que aquí se habla dista mucho del que él mismo
imaginó (véase más abajo). Lo que falta en estas afirmaciones es alguna
explicación sobre cómo podemos llegar a negar unos genes que esos mismos
autores han descrito en otras ocasiones como todopoderosos. Como en el caso de
las ideas de Hobbes, Huxley y Freud, se trata de un pensamiento por entero
dualista: en lugar de un todo bien integrado, somos parte naturaleza, parte
cultura. La moralidad humana se presenta como una fina corteza bajo la cual
bullen pasiones antisociales, amorales y egoístas. Esta idea de la moralidad
como una capa la resume bien el famoso comentario sarcástico de Ghiselin:
«Arañe a un “altruista” y verá cómo sangra un “hipócrita”» (Ghiselin, 1974,
pág. 247; figura 1).
Desde entonces, son muchos los divulgadores
científicos que han popularizado la teoría de la capa, ente ellos Wright
(1994), quien incluso llegó a afirmar que en los corazones y almas de las
personas no existe la virtud y que nuestra especie es potencial pero no
naturalmente moral.
Figura 1. La visión de la moralidad sostenida por los biólogos durante el
último cuarto de siglo queda resumida en la máxima de Ghiselin (1974: pág.
247): «Arañe a un “altruista” y verá cómo sangra un “hipócrita”». Se pensaba
que los humanos éramos seres completamente egoístas y competitivos, y que la
moralidad no era sino una ocurrencia tardía. Con el nombre de «Teoría de la
capa», esta idea se remonta al contemporáneo de Darwin, Thomas Henry Huxley.
Aquí se ofrece una visualización irónica de su idea de la naturaleza humana
como mala hasta su núcleo central.
Cabría entonces preguntarse: «Pero ¿qué ocurre con
las personas que ocasionalmente experimentan en sí mismos y en otros cierto
grado de compasión, bondad y generosidad?». Emulando a Ghiselin, Wright
responde que el «animal moral» es en esencia hipócrita:
El fingimiento de egoísmo es tan común en la
naturaleza humana como lo es su frecuente ausencia. Nos dotamos de un lenguaje
moral elegante, negando la existencia de motivos infames y acentuando nuestra,
como poco, mínima consideración por el bien superior; y criticamos duramente y
en un tono de superioridad moral el egoísmo de los otros (Wright, 1994, pág.
344).
Para explicar cómo logramos vivir con nosotros
mismos pese a esta farsa, los teóricos han recurrido a la noción de autoengaño.
Si la gente cree que a veces es egoísta —prosigue el razonamiento— es porque
están ocultándose a sí mismos sus verdaderas motivaciones (por ejemplo,
Badcock, 1986). En un giro irónico de los acontecimientos, a cualquiera que no
crea que nos engañamos a nosotros mismos, y que crea que la bondad verdadera
existe, se le considera un pensador ilusorio y se le acusa de auto engañarse.
Algunos científicos, no obstante, han objetado:
Se dice con frecuencia que las personas respaldan
estas hipótesis [sobre el altruismo humano] porque quieren que el mundo sea un
lugar agradable y hospitalario. Los defensores del egoísmo y el individualismo
que fomentan estas críticas practican el auto halago; se congratulan dándose
palmaditas en la espalda por enfrentarse directamente con la realidad. Los
egoístas e individualistas son objetivos, dicen, mientras que los defensores
del altruismo y la selección grupal han caído en la trampa de una ilusión reconfortante
(Sober y Wilson, 1998, págs. 8-9).
Este tira y afloja argumental sobre cómo
reconciliar la bondad humana con la teoría de la evolución aparenta ser una
lamentable herencia de las ideas de Huxley, quien no comprendía bien la teoría
que tan eficazmente defendió frente a sus detractores. En palabras de Mayr
(1997, pág. 250): «Huxley, que creía en las causas últimas, rechazaba la
selección natural y en absoluto representaba el auténtico pensamiento
darwinista [...]. Teniendo en cuenta lo confundido que estaba, es una pena que
incluso hoy en día se le siga considerando una autoridad por su ensayo [sobre
ética]».
Sin embargo, habría que señalar que en la época
de Huxley ya existía una feroz oposición a sus ideas (Desmond, 1994), en parte
de los biólogos rusos, como Petr Kropotkin. Dado el duro clima de Siberia, a
los científicos rusos les impresionaba mucho más la lucha de los animales
contra los elementos que sus luchas internas. El resultado era un énfasis en la
cooperación y la solidaridad que contrastaba con la perspectiva competitiva y
despiadada de Huxley (Todes, 1989). El apoyo mutuo (1972 [1902]) de Kropotkin fue un ataque contra
Huxley, pero escrito con un enorme respeto por Darwin.
Aunque Kropotkin nunca formuló su teoría con la
precisión y la lógica evolutiva de Trivers (1971) en su artículo seminal sobre
el altruismo recíproco, ambos reflexionaron sobre los orígenes de una sociedad
cooperativa, y en última instancia moral, sin invocar falsos pretextos,
complejas ideas freudianas sobre la negación o forma alguna de adoctrinamiento
cultural. En este sentido demostraron ser los verdaderos seguidores de Darwin.
§. Darwin sobre la ética
La evolución favorece a los animales que se
ayudan entre sí si al hacerlo obtienen beneficios a largo plazo más valiosos
que los beneficios derivados de actuar por su cuenta y competir con los demás.
A diferencia de la cooperación, que se basa en beneficios simultáneos para
todas las partes implicadas (conocido como mutualismo), la reciprocidad implica
actos de intercambio que, aunque son beneficiosos para el receptor, son
costosos para el agente (Dugatkin, 1997). Este coste, que se genera porque hay
un lapso de tiempo entre dar y recibir, se elimina en cuanto se devuelve un
favor de igual valor al agente (sobre el tratamiento de esta cuestión desde
Trivers, 1971, véanse Axelrod y Hamilton, 1981; Rothstein y Pierotti, 1988;
Taylor y McGuire, 1988). Es en estas teorías donde encontramos el germen de una
explicación evolutiva de la moralidad que no tuvo en cuenta Huxley.
Es importante aclarar que estas teorías no contradicen
en modo alguno las ideas al uso sobre el papel del egoísmo en la evolución.
Sólo en fecha reciente se ha extraído el concepto de «egoísmo» de la lengua
inglesa, despojado de su significado original, para aplicarlo fuera del terreno
psicológico. Aunque para algunos el término es sinónimo de «interesado», en
inglés existen diferentes términos por una razón. El egoísmo implica la intención de servirse a uno mismo, de ahí la idea de
conocer lo que uno puede llegar a conseguir con un comportamiento concreto. Una
planta trepadora puede desplegar un comportamiento interesado al crecer
demasiado y estrangular un árbol, pero como las plantas carecen de intenciones,
no pueden ser egoístas excepto en un sentido incoherente, metafórico. Por
desgracia, y en una flagrante violación del significado original del término,
es precisamente esta acepción vacía de significado de la palabra «egoísta» la
que se ha impuesto en los debates sobre la naturaleza humana. El argumento que
se escucha con frecuencia es que, si nuestros genes son egoístas, nosotros
también debemos ser egoístas, pese al hecho de que los genes son simples
moléculas y por tanto no pueden ser tal cosa (Midgley, 1979).
No pasa nada por describir a los animales (y a
los humanos) como producto de fuerzas evolutivas que promueven el interés
propio, siempre que se admita que esto en modo alguno excluye el desarrollo de
tendencias altruistas y compasivas. Así lo reconoció Darwin, al explicar la
evolución de estas tendencias mediante la selección grupal, en lugar de la
selección individual y por parentesco que prefieren los teóricos modernos
(véanse, por ejemplo, Sober y Wilson, 1998; Boehm, 1999). Darwin creía
firmemente que los orígenes de la moralidad tenían perfecta cabida en sus
teorías y no veía ninguna contradicción entre la dureza del proceso evolutivo y
la delicadeza de algunos de sus productos. En lugar de presentar a la especie
humana como un elemento exógeno a las leyes de la biología, Darwin hacía
hincapié en la continuidad con los animales incluso en el terreno moral:
Cualquier animal dotado de unos instintos sociales
bien marcados, incluido el cariño parental y filial, inevitablemente adquirirá
un sentido moral o conciencia tan pronto como sus facultades intelectuales
hayan logrado un desarrollo tan elevado, o casi tan desarrollado, como en el
hombre (Darwin, 1982 [1871], págs. 71-72).
Es importante insistir en la capacidad de sentir
compasión que se insinúa aquí y que Darwin expresó con más claridad en otros
lugares (por ejemplo, «Muchos animales sin duda sienten compasión ante la
aflicción o el peligro de otros» [Darwin, 1982 (1871), pág. 77]), porque es en
este terreno donde existen sorprendentes continuidades entre los humanos y
otros animales sociales. Debe de ser algo muy básico verse indirectamente
afectado por las emociones de otros, porque existe constancia de estas
reacciones en una gran variedad de animales y a menudo son inmediatas e
incontrolables. Probablemente surgieron por primera vez con el cuidado
parental, en el que se protege y alimenta a los individuos vulnerables. Sin
embargo, en muchos animales estas reacciones van más allá e incluyen relaciones
entre adultos no emparentados entre sí (sección 4, más abajo).
Para su idea de la compasión, Darwin se inspiró
en Adam Smith, el filósofo moral escocés y padre de la economía. Dice mucho
sobre las distinciones que necesitamos establecer entre el comportamiento
interesado y los motivos egoístas el hecho de que Smith, famoso por su énfasis
en el interés propio como principio director de la economía, escribiera también
sobre el alcance universal de la compasión humana:
Por muy egoísta que pensemos que es el hombre, sin
duda existen algunos principios en su naturaleza que le hacen interesarse por
la fortuna de los otros y hacen que la felicidad de éstos le sea necesaria,
aunque él no obtenga nada excepto el placer de verla (Smith, 1937 [1759, pág.
9).
El origen evolutivo de esta tendencia no es un
misterio. Todas las especies que se sirven de la cooperación —desde los
elefantes hasta los lobos y las personas— muestran lealtad al grupo y
tendencias de ayuda a los demás. Estas tendencias se desarrollaron en el
contexto de una vida social muy unida en la que beneficiaban a parientes y
compañeros capaces de devolver un favor. Por tanto, el impulso de ayudar nunca
estuvo totalmente desprovisto de un valor de supervivencia en quienes mostraban
ese impulso. Pero como tantas veces ocurre, el impulso acabó por divorciarse de
las consecuencias que determinaron su evolución. Esto permitió su expresión
incluso cuando era improbable que se devolviera el favor, como por ejemplo
cuando los beneficiarios eran desconocidos, lo que demuestra que el altruismo
animal está mucho más cerca del de los humanos de lo que pensábamos y explica
la llamada a que al menos temporalmente la ética deje de estar en manos de los
filósofos (Wilson, 1975, pág. 562).
Personalmente, sigue sin convencerme la idea de
que necesitemos la selección grupal para explicar el origen de estas
tendencias; las teorías de selección por parentesco y el altruismo recíproco
parecen llevarnos ya bastante lejos. Además, existe tanta migración intergrupal
(de ahí el flujo genético) en los primates no humanos que no parecen darse las
condiciones para la selección grupal. En todos los primates, la generación más
joven de uno u otro sexo (machos en muchos monos, hembras en los chimpancés y
bonobos) tiende a abandonar el grupo para unirse a grupos cercanos (Pusey y
Packer, 1987). Esto significa que los grupos de primates distan mucho de estar
aislados genéticamente, lo que hace poco creíble la selección grupal.
Al analizar qué constituye la moralidad, la
conducta real es menos importante que las capacidades subyacentes. Por ejemplo,
en lugar de sostener que compartir el alimento es un componente básico de la
moralidad, son más bien las capacidades que se cree que subyacen al hecho de
compartir alimento (por ejemplo, altos niveles de tolerancia, sensibilidad a
las necesidades de otros, intercambio recíproco) las que resultan relevantes.
También las hormigas comparten el alimento, pero probablemente sus impulsos son
bastantes diferentes de los que hacen que la compartan los chimpancés o las
personas (De Waal, 1989a). Darwin, que yendo más allá del comportamiento real
se centró en las emociones, intenciones y capacidades subyacentes, comprendió
esta diferencia. En otras palabras: la cuestión no es si los animales son o no
amables entre sí, y tampoco importa mucho si su comportamiento encaja o no con
nuestras preferencias morales. Lo relevante es, más bien, si poseen capacidades
para la reciprocidad y la venganza, la aplicación de normas sociales, la
resolución de conflictos y la compasión y la empatía (Flack y De Waal, 2000).
Esto también implica que los llamamientos a
rechazar el darwinismo en nuestras vidas cotidianas para construir una sociedad
moral se basan en una interpretación equivocada de Darwin. Al ver la moralidad
como un producto de la evolución, Darwin imaginó un mundo mucho más habitable
que el propuesto por Huxley y sus seguidores, quienes creían en una moralidad
artificial y culturalmente impuesta que no recibiría ayuda alguna de la
naturaleza humana. El mundo de Huxley es, con mucho, el lugar más frío y
aterrador de los dos.
§. Edward Westermarck
Edward Westermarck, un sueco-finés que vivió
entre 1862 y 1939, merece un lugar destacado en cualquier debate sobre el
origen de la moralidad, ya que fue el primer experto que promovió una visión
integral que incluía tanto a los humanos como a los animales y tanto la cultura
como la evolución. Es comprensible que sus ideas no fueran bien recibidas en su
época, ya que iban en contra de la tradición dualista occidental que opone
cuerpo y mente y cultura e instinto.
Las obras de Westermarck son una curiosa mezcla
de teorías áridas, antropología pormenorizada e historias anecdóticas de
animales. El autor ansiaba conectar la conducta humana y la animal, pero su
propia obra se centró por completo en las personas. Dado que en aquel momento
existía poca investigación sistemática sobre el comportamiento animal, tuvo que
servirse de anécdotas, como la de un camello vengativo al que un camellero de
14 años había golpeado en exceso en múltiples ocasiones por rezagarse o girar
por el camino equivocado. El camello aceptó el castigo pasivamente, pero, al
cabo de unos días, cuando se vio sin carga y a solas en el camino con el mismo
guía, «agarró la cabeza del desafortunado muchacho con su monstruosa boca, y
tras levantarlo en el aire, lo volvió a arrojar al suelo con la parte superior
del cráneo completamente arrancada y los sesos esparcidos por el suelo»
(Westermarck, 1912 [1908], pág. 38).
No deberíamos descartar sin más estos rumores
sin verificar: las historias sobre venganzas retardadas abundan en los
zoológicos, sobre todo entre simios y elefantes. Ahora contamos con datos
sistemáticos sobre cómo los chimpancés castigan las acciones negativas con
otras acciones negativas (lo que De Waal y Luttrell, 1988, llaman un «sistema
de venganza»), y sobre cómo un macaco atacado por un miembro dominante de su
grupo se volvió para redirigir la agresión contra un pariente de su agresor que
era más joven y vulnerable (Aureli y otros, 1992). Estas reacciones se incluyen
en las emociones retributivas de Westermarck, pero para él el término
«retributivas» va más allá de su connotación habitual de ajustar cuentas.
También Incluye emociones positivas, como la gratitud y la devolución de
servicios. Al describir las emociones retributivas como la piedra angular de la
moralidad, Westermarck intervino en la cuestión del origen de la misma,
anticipándose a los debates modernos sobre ética evolutiva.
Westermarck forma parte de una larga tradición
que se remonta a Aristóteles y Tomás de Aquino, que ancla firmemente la
moralidad en las inclinaciones y deseos naturales de nuestra especie (Arnhart,
1998, 1999). Las emociones ocupan un papel central; es bien sabido que, en
lugar de ser la antítesis de la racionalidad, las emociones favorecen el
razonamiento humano. Los neurocientíficos han descubierto que, por mucho que
las personas razonen y reflexionen, si no hay emociones implicadas en las
diferentes opciones de que disponen, nunca se alcanza una decisión o convicción
(Damasio, 1994). Esto es decisivo en la elección moral, porque si hay algo que
la moralidad lleve implícito, son, precisamente, las fuertes convicciones.
Estas convicciones no surgen, o más bien no
pueden surgir, de la fría racionalidad, ya que requieren preocuparse por los
otros y tener fuertes «instintos viscerales» sobre el bien y el mal.
Westermarck (1912 [1908], 1917 [1908]) analiza,
uno por uno, toda la gama de lo que los filósofos que le precedieron, sobre
todo David Hume (1985 [1739]), llamaban «sentimientos morales». Clasificó las
emociones retributivas en aquellas emociones derivadas del resentimiento y la
ira, que buscan la venganza y el castigo, y aquellas emociones más positivas y
pro-sociales. Aunque en su época se conocían pocos ejemplos de emociones
morales en animales —de ahí que confiara en las historias de camellos
marroquíes—, ahora sabemos que existen muchos paralelismos en la conducta de
los primates. También trata el concepto del «perdón» y cómo el gesto de poner
la otra mejilla es apreciado universalmente. Los chimpancés se besan y abrazan
después de pelearse, y estas supuestas reconciliaciones sirven para preservar
la paz dentro de la comunidad (De Waal y Van Roosmalen, 1979). Existe una
creciente bibliografía sobre la resolución de conflictos entre los primates y
otros mamíferos (De Waal 1989b, 2000; Aureli y De Waal, 2000; Aureli y otros,
2002). La reconciliación puede no ser lo mismo que el perdón, pero sin duda
ambos están relacionados.
Westermarck también ve la protección de otros
frente a la agresión como el resultado de lo que él llama «resentimiento
compasivo», lo que implica que este comportamiento se basa en la identificación
y la empatía con el otro. La protección frente a la agresión es común en monos
y simios, así como en muchos otros animales que defienden a sus parientes y
amigos. La bibliografía sobre primates ofrece descripciones extensamente
investigadas de coaliciones y alianzas, que algunos consideran el rasgo
distintivo de la vida social de los primates y la principal razón de que los
primates hayan desarrollado sociedades tan complejas y cognitivamente exigentes
(por ejemplo, Byrne y Whiten, 1988; Harcourt y De Waal, 1992; De Waal, 1998
[1982]).
Del mismo modo, las emociones retributivas
amables («el deseo de proporcionar placer a cambio de placer»: Westermarck,
1912 [1908], pág. 93) tienen un evidente paralelismo con lo que ahora llamamos
altruismo recíproco, como la tendencia a corresponder del mismo modo a quienes
nos han prestado ayuda. Westermarck añade la sanción moral como una emoción
retributiva amable, de ahí que sea un componente del altruismo recíproco. Estas
ideas preceden a los debates sobre la «reciprocidad indirecta» en los estudios
modernos sobre ética evolutiva, que versan sobre la construcción de la
reputación dentro de la comunidad (por ejemplo, Alexander, 1987). Resulta
asombroso comprobar que muchas cuestiones planteadas por autores
contemporáneos, expresadas en términos algo diferentes, ya están presentes en
los escritos de este sueco-finés de hace un siglo.
Quizá la parte más perspicaz de la obra de
Westermarck sea aquella en la que trata de abordar la cuestión de qué es lo que
define a una emoción moral como moral. Aquí demuestra que en estas emociones
hay algo que trasciende los puros instintos viscerales, como cuando explica que
estas emociones «se diferencian de las emociones afines no morales por su
desinterés, aparente imparcialidad y aire de generalidad» (Westermarck, 1917
[1908], págs. 738-739). Emociones como la gratitud y el resentimiento tienen
que ver directamente con el interés propio —cómo le han tratado a uno o cómo
uno desea que se le trate—, por lo que son demasiado egocéntricas para ser
morales. Las emociones morales deberían estar desconectadas de la situación
inmediata de uno: tratan del bien y el mal a un nivel más abstracto y
desinteresado. Es sólo cuando hacemos juicios generales sobre cómo se debe
tratar a alguien que
podemos empezar a hablar de aprobación y desaprobación moral. Es en esta área
específica, simbolizada a la perfección por el «espectador imparcial» de Smith
(1937 [1759]), donde los humanos parecen llegar mucho más lejos que otros
primates.
Las secciones 4 y 5 analizan la continuidad
entre los dos pilares principales de la moralidad y el comportamiento de los
primates. La empatía y la reciprocidad se han descrito como los principales
«requisitos previos» (De Waal, 1996) o «componentes básicos» de la moralidad
(Flack y De Waal, 2000) y, aunque en modo alguno son suficientes para generar
la moralidad como la conocemos, son sin embargo indispensables. No cabe
imaginar una sociedad moral humana sin un intercambio recíproco y un interés
emocional por los otros. Esto nos brinda un punto de partida concreto para
investigar la continuidad imaginada por Darwin. El debate sobre la «teoría de
la capa» es fundamental en esta investigación, dado que algunos biólogos
evolutivos se han desviado mucho de la idea de continuidad al presentar la
moralidad como una farsa tan enrevesada que sólo existiría una especie
capacitada para la misma: la nuestra. En realidad, esta opinión carece de base
y, como tal, supone un obstáculo para comprender cómo devinimos morales (tabla
1). Mi intención aquí es aclarar las cosas examinando datos empíricos.
§. La empatía animal
La evolución rara vez desperdicia cosas. Las
estructuras se transforman, se modifican, se cooptan para otro tipo de
funciones, o se «retuercen» en otra dirección: un «descenso con modificación»,
lo llamó Darwin. Así, las aletas frontales de los peces se transformaron en las
extremidades posteriores de los animales terrestres, que a su vez se fueron
transformando con el tiempo en pezuñas, garras, alas, manos y aletas. En
ocasiones, una estructura determinada pierde todas sus funciones y se convierte
en algo superfluo, para terminar convirtiéndose en rasgos rudimentarios sin
llegar a desaparecer del todo. Así, encontramos vestigios diminutos de huesos
de las piernas bajo la piel de las ballenas, o restos de pelvis en serpientes.
Tabla 1. Comparación entre la teoría de la capa y una visión de la moralidad
como resultado de los instintos sociales.
Es por esto que para el biólogo, el modelo de
muñeca rusa resulta tan satisfactorio, especialmente cuando se le dota de una
dimensión histórica. Tengo una muñeca rusa que por fuera muestra al presidente
Vladimir Putin, tras el cual descubrimos, por este orden, a Yeltsin, Gorbachov,
Brezhnev, Kruschev, Stalin y Lenin. Para la mayoría de los analistas políticos,
encontrar al pequeño Lenin o Stalin dentro de Putin no ha de ser motivo de
sorpresa. Lo mismo ocurre con los rasgos biológicos: lo viejo siempre está
presente en lo nuevo.
Todo esto es importante en el debate sobre el
origen de la empatía, puesto que el psicólogo tiende a ver el mundo con ojos
diferentes a los del biólogo. En ocasiones, los psicólogos colocan nuestros
rasgos más avanzados sobre un pedestal, ignorando o incluso negando los
antecedentes más sencillos de los mismos. Creen así en el cambio brusco, al
menos en lo que a nuestra especie se refiere. Esto nos conduce a explicaciones
poco probables sobre los orígenes que postulan discontinuidades con respecto al
lenguaje, del que se dice que resulta de un «módulo» único en el cerebro humano
(por ejemplo, Pinker, 1994), o con respecto a la cognición humana, de la que se
dice que tiene orígenes culturales (por ejemplo, Tomasello, 1999). Es cierto que
las capacidades humanas pueden alcanzar cimas verdaderamente increíbles, como
por ejemplo el hecho de que yo entienda que tú me entiendes, etcétera. Pero
esta «empatía reiterada», como la llaman los fenomenólogos, no es innata. Tanto
desde el punto de vista del desarrollo como del de la evolución, las formas
avanzadas de empatía se ven precedidas y surgen de otras formas más elementales
de la misma. De hecho, bien podría decirse que las cosas son al revés.
Greenspan y Shanker (2004) proponen que, más que la aparición de la lengua y la
cultura en nuestra especie coincidente con el Big Bang y una posterior
transformación del modo en que nos relacionamos con los demás, habría que
buscar el origen de la lengua y la cultura en las tempranas conexiones emocionales
y las «proto-conversaciones» que se producen entre la madre y el niño. En lugar
de la empatía como meta, éste podría haber sido el punto de partida. Los
biólogos prefieren aquellas explicaciones que van de abajo arriba antes que las
que van en dirección contraria, aun cuando sin duda haya espacio para estas
últimas. Una vez que los procesos superiores de ordenación existen, modifican
los procesos de la base. El sistema nervioso central es un buen ejemplo de este
modo de procesamiento de arriba hacia abajo, tal como ocurre en el control que
el córtex prefrontal ejerce sobre la memoria. La memoria no se localiza en el
córtex prefrontal, pero podemos dar «órdenes» para recuperarla (Tomita y otros,
1999). Del mismo modo, la cultura y el lenguaje dan forma a las expresiones
empáticas. La distinción entre «ser el origen de» y «dar forma a» es esencial,
y aquí sostendré que la empatía es la forma original y pre lingüística de
vinculación interindividual que sólo de forma secundaria se ha visto sometida a
la influencia del lenguaje y la cultura.
Las explicaciones que van de lo más simple a lo
más complejo son lo opuesto de las teorías Big Bang. Presuponen una continuidad
entre el pasado y el presente, entre niños y adultos, humanos y animales,
incluso entre humanos y los mamíferos más primitivos. Podemos presuponer que la
empatía evolucionó en primera instancia dentro del contexto del cuidado
paternal, que entre los mamíferos es obligatorio (Eibl-Eibesfeldt, 1974 [1971];
MacLean, 1985). Al dar muestras de su estado mediante las sonrisas y los
lloros, las crías humanas presionan a sus cuidadores para que les presten
atención y actúen en consecuencia (Bowlby, 1958). Lo mismo es aplicable a otros
primates. El valor de supervivencia de estas interacciones es evidente. Por
ejemplo, una chimpancé hembra perdió a toda una serie de crías a pesar de su
intenso y positivo interés porque estaba sorda y no corrigió los problemas en
las posturas adoptadas en respuesta a sus gritos de ayuda, tales como sentarse
sobre las crías o agarrarlas boca abajo (De Waal, 1998; [1982]).
En el caso de una característica humana tan
omnipresente como la empatía, que además se desarrolla tan pronto (por ejemplo,
Hoffman, 1975; Zahn-Waxler y Radke-Yarrow, 1990), y que muestra correlatos
neurales y fisiológicos tan importantes (por ejemplo, Adolphs y otros, 1994;
Rimm-Kaufman y Kagan, 1996; Decety y Chaminade, 2003), así como un sustrato
genético (por ejemplo, Plomin y otros, 1993), resultaría verdaderamente extraño
si no existiera una continuidad evolutiva con otros mamíferos. Sin embargo, la
posibilidad de que la empatía y la compasión se den en otros animales se ha
ignorado durante largo tiempo. Esto se debe en parte a un miedo excesivo al
antropomorfismo, que ha sofocado los intentos de investigar las emociones
animales (Pankseep, 1998; De Waal, 1999, apéndice A), y en parte también al
retrato parcial que los biólogos han hecho del mundo natural como arena de
combate más que de conectividad social.
¿Qué es la empatía?
Los animales sociales necesitan coordinar
acciones y movimientos, responder colectivamente a situaciones de peligro,
comunicarse sobre la comida y el agua, y ayudar a quienes lo necesitan. La
sensibilidad o grado de respuesta a los estados de comportamiento de sus
congéneres va desde la bandada de pájaros que emprende el vuelo todos a una
porque uno de ellos se ha asustado ante la presencia de un predador, hasta una
madre simio que vuelve hacia una cría lloriqueante para ayudarla a ir de un
árbol a otro convirtiendo su cuerpo en un puente entre los dos. El primer caso
es una transmisión del temor similar a un reflejo que posiblemente no implique
una comprensión de lo que motivó la reacción inicial, pero que es sin lugar a
dudas adaptativo. Un pájaro que no emprenda el vuelo al mismo tiempo que el
resto de la bandada podría convertirse en presa. La presión en la selección
para prestar atención a los demás ha debido ser enorme. El ejemplo de la
madre-simio es más selectivo, ya que implica la ansiedad de oír llorar a la
propia descendencia, una evaluación de los motivos de su aflicción y un intento
por mejorar la situación.
Existen numerosos ejemplos de primates que
acuden en auxilio de otros en el transcurso de una pelea, rodeando con su brazo
a la víctima de un ataque, u ofreciendo otras respuestas emocionales al dolor
de otros (cuestión que trataremos más adelante). De hecho, se cree que
prácticamente toda la comunicación entre primates no humanos está
emocionalmente mediatizada. Nos resulta familiar el papel central que las
emociones tienen en las expresiones faciales humanas (Ekman, 1982), pero cuando
se trata de monos y simios —que cuentan con una colección de expresiones
homologas (Van Hooff, 1967) — las emociones parecen igualmente importantes.
Cuando el estado emocional de un individuo hace
que otro adopte un estado igual o similar, hablamos de «contagio emocional»
(Hatfield y otros, 1993). Aun cuando dicho contagio es sin lugar a dudas un
fenómeno básico, va más allá del hecho de que un individuo se vea afectado por
el estado de otro: los dos individuos a menudo se implican en una interacción
directa. Así, un niño que haya sido rechazado podrá tener una pataleta ante su
madre, o un socio preferente puede mendigar comida de otro que la tenga
mediante movimientos, vocalizaciones y expresiones faciales que lleven a la
compasión. En otras palabras, los estados emocionales y motivaciones a menudo
se manifiestan a través de comportamientos específicamente dirigidos a un
compañero.
Con la creciente diferenciación entre el yo y el
otro, así como una creciente apreciación de las circunstancias precisas que
subyacen en los estados emocionales de los demás, el contagio emocional se
convierte en empatía. La empatía comprende —y no podría haber surgido sin— el
contagio emocional, pero va más allá que éste al colocar una serie de filtros
entre el estado del otro y el propio. En los humanos, comenzamos a añadir estas
capas cognitivas hacia los 2 años de edad aproximadamente (Eisenberg y Strayer,
1987).
Dos mecanismos relacionados con la empatía son
la compasión y la angustia personal, que en sus consecuencias sociales se
oponen mutuamente. La simpatía se define como «una respuesta afectiva
consistente en albergar sentimientos de pesar o preocupación por otro en una
situación de necesidad o angustia (más que sentir la misma emoción). Se cree
que la compasión lleva implícita una motivación altruista y orientada hacia el
otro» (Eisenberg, 2000, pág. 677). La angustia personal, por el contrario, hace
que la parte afectada busque el alivio de su propio dolor, similar al que ha percibido en el objeto.
La angustia personal no se preocupa, por tanto, de la situación de ese otro que
induce a la empatía (Batson, 1990). De Waal (1996, pág. 46) ofrece un
sorprendente ejemplo entre primates: los gritos de una cría de mono Rhesus que
haya sido duramente castigada o rechazada a menudo provoca que otras crías se
aproximen, se abracen, se monten o incluso hagan una pila encima de la víctima.
Así, el dolor de una cría parece extenderse a sus compañeros, que buscan
posteriormente el contacto para calmar su propia excitación. En tanto que la
angustia personal carece de una evaluación cognitiva y de complementariedad en
la conducta, no va más allá del nivel del contagio emocional.
El hecho de que la mayoría de los libros de
texto actuales sobre la cognición animal (por ejemplo, Shettleworth, 1998) no
contengan en sus índices ninguna acepción dedicada a la empatía o la compasión
no significa que estas capacidades no sean parte esencial de la vida de los
animales; simplemente, significa que la ciencia, tradicionalmente concentrada
en las capacidades individuales más que en las interindividuales, las ha pasado
por alto. El empleo de herramientas y la competencia numérica, por ejemplo, son
vistos como una señal de inteligencia, mientras que el trato apropiado con los
demás no lo es. Es sin embargo evidente que la supervivencia a menudo depende
de cómo los animales se las apañen dentro de su propio grupo, tanto en un
sentido cooperativo (por ejemplo, mediante la acción concertada o la
transferencia de información) como en un sentido competitivo (por ejemplo, las
estrategias de dominación o el engaño). Es en el terreno de lo social, por
tanto, donde uno espera encontrar los logros cognitivos más importantes. La
selección debe haber favorecido aquellos mecanismos que evalúen los estados
emocionales de los otros y respondan con rapidez a los mismos. La empatía es
precisamente uno de esos mecanismos.
En el comportamiento humano, se da una relación
muy estrecha entre empatía y compasión, y su expresión es el altruismo
psicológico (por ejemplo, Hornblow, 1980; Hoffman, 1982; Batson y otros, 1987;
Eisenbergy Strayer, 1987; Wispé, 1991). Es razonable asumir que las respuestas
altruistas y bondadosas de otros animales, especialmente entre los mamíferos,
están basadas en mecanismos similares. Cuando Zahn-Waxler visito varios hogares
con la intención de descubrir cómo los niños respondían ante miembros de su
familia que habían recibido instrucciones para fingir tristeza (mediante
sollozos), dolor (llorando) o angustia (fingiendo que se asfixiaban), descubrió
que los niños de poco mas de 1 año ya consolaban a los demás. Dado que las
expresiones de compasión emergen a una edad temprana en prácticamente todos los
miembros de nuestra especie, son tan naturales como dar nuestros primeros
pasos. Una consecuencia colateral de este estudio, sin embargo, fue que los
animales de la casa parecían tan preocupados como los niños ante la «angustia»
de los miembros de la familia. Giraban a su alrededor o ponían la cabeza en su
regazo (Zahn-Waxler y otros, 1984).
Las respuestas a las emociones de los demás,
enraizadas en un sentimiento de apego y en lo que Harlow denominó «el sistema
afectivo» (Harlow y Harlow, 1965) se dan con frecuencia entre los animales
sociales. Así, la evidencia psicológica y de la conducta sugiere la existencia
del contagio emocional en una variedad de especies (estudiadas en Preston y De
Waal, 2002b, y De Waal, 2003). La interesante bibliografía escrita por
psicólogos experimentales aparecida en las décadas de 1950 y 1960 colocó entre
comillas términos como «empatía» y «compasión». En aquel entonces, hablar de
las emociones animales era tabú. En un ensayo provocativamente titulado
«Reacciones emocionales de las ratas al dolor de los otros», Church (1959)
estableció que ratas que habían aprendido a apretar una palanca para conseguir
comida dejaban de hacerlo si a su respuesta le acompañaba una descarga
electrica que fuera visible para una rata vecina. Aun cuando esta inhibición se
convirtió rápidamente en hábito, sugería cierto nivel de aversión hacia las
reacciones dolorosas de los demás. Quizá tales reacciones estimularon las
emociones negativas de las ratas que fueron testigos del hecho.
Los monos muestran un nivel de inhibición mayor
que las ratas. La prueba más atractiva de la fuerza de la empatía en los monos
la encontramos en Lechín y otros (1964) y Wasserman y otros (1964).
Descubrieron que los monos Rhesus se niegan a tirar de una cadena que les trae
comida si con ello causan una descarga a un compañero. Un mono dejó de tirar
durante cinco días y otro durante doce después de ver que uno de sus compañeros
sufría una descarga. Estos monos estaban, literalmente, muriéndose de hambre
con tal de evitar hacerse daño mutuamente. Un sacrificio semejante guarda
relación con el estrecho sistema social y la vinculación emocional existentes
entre estos macacos, como se evidencia en el hecho de que la inhibición para no
dañar al otro era más pronunciada entre individuos que se conocían entre sí que
entre desconocidos (Wasserman y otros, 1964).
A pesar de que estos estudios tempranos sugieren
que, al comportarse de determinada manera, los animales intentan aliviar o
evitar el sufrimiento en los demás, no queda claro si las respuestas
espontáneas hacia sus sufridos congéneres se explican mediante: a) la aversión
a las señales de angustia y dolor de los otros; b) la angustia personal
generada mediante contagio emocional; o c) motivaciones verdaderamente basadas
en la ayuda. El trabajo con primates no humanos nos ha proporcionado más
información. Algunos de los indicios son cualitativos, pero también existen
datos cuantitativos sobre las reacciones de empatía.
Anécdotas para ponerse en el lugar del otro
Encontramos sorprendentes descripciones de
empatía y altruismo entre primates en Yerkes (1925), Ladygina-Kohts (2000
[1935]), Goodall (1990), y De Waal (1998 [1982], 1996, 1997a). La empatía entre
primates es un área tan rica que permitió a O’Connell (1995) realizar un
análisis del contenido de miles de informes cualitativos. Esta investigadora
llegó a la conclusión de que las respuestas al sufrimiento de otros parecen
notablemente más complejas en los simios que en los monos. Para mostrar la
fuerza de la respuesta empática de los simios, Ladygina-Kohts pone el ejemplo
de su joven chimpancé Joni: la mejor manera de hacerle bajar del tejado de su
casa (mejor que cualquier forma de castigo o recompensa) era apelando a su
compasión:
Si finjo estar llorando, cierro mis ojos y sollozo;
Joni inmediatamente deja de jugar o de hacer lo que esté haciendo y corre
rápidamente hacia mí, muy excitado y desgreñado, desde el rincón más remoto de
la casa, como por ejemplo el tejado o el techo de su jaula, de donde no podía
hacerle bajar a pesar de mis persistentes ruegos para que lo hiciera. Corretea
a mi alrededor con impaciencia, como si estuviera buscando al culpable;
mirándome a la cara, toma con suavidad mi mentón entre sus manos, me toca la cara
levemente con el dedo, como si intentara comprender qué ocurre, y se da la
vuelta, apretando los dedos de los pies en forma de puño (Ladygina-Kohts, 2002
[1935], pág. 121).
De Waal (1996, 1997a) sugiere que además de la
conexión emocional, los simios muestran aprecio por la situación de los demás y
adoptan un cierto nivel de toma de perspectiva (apéndice B). De modo que la
principal diferencia entre monos y simios no está en la empatía en sí, sino en
los recubrimientos cognitivos que permiten a los simios adoptar el punto de
vista del otro. En este sentido, tenemos el sorprendente ejemplo de una hembra
bonobo empatizando con un pájaro en el zoo de Twycross, Inglaterra:
Un día, Kuni capturó un estornino. Temiendo que la
bonobo podría molestar al aturdido pájaro, que aparentaba no haber sufrido
heridas, el guardián pidió a la bonobo que lo dejara ir. Kuni cogió al
estornino con una mano y escaló hasta el punto más elevado del árbol más alto,
rodeando el tronco con sus piernas y así tener las dos manos libres para
agarrar al pájaro. Entonces, desplegó sus alas con mucho cuidado y las abrió,
un ala en cada mano, antes de arrojar al pájaro con tanta fuerza como le fue
posible hacia la verja del cercado. Desgraciadamente, se quedó corta y el
pájaro aterrizó a orillas del foso, donde Kuni la protegió durante largo tiempo
frente a la mirada curiosa de un joven (De Waal, 1997a, pág. 156).
La acción de Kuni habría sido evidentemente
inapropiada de haberla realizado con un miembro de su propia especie. Al haber
visto volar a los pájaros en multitud de ocasiones, Kuni parecía haber
desarrollado la noción de lo que podía ser bueno para un pájaro, ofreciendo así
una versión antropoide de la capacidad para la empatía descrita de forma tan
perdurable por Adam Smith (1937 [1759], pág. 10): como un «ponerse en el lugar
del que sufre». Quizás el ejemplo más notable de esta capacidad sea el caso de
un chimpancé que, como en los experimentos originales de la teoría de la mente
de Premacky Woodruff (1978), parecía entender las intenciones de otro chimpancé
y le proporcionaba asistencia específica:
Durante un invierno en el zoo de Arnhem, después de
limpiar los pasillos y antes de soltar a los chimpancés, los guardianes regaron
con mangueras todos los neumáticos de goma en el recinto y los fueron colgando
uno a uno de un tronco horizontal que se extendía desde la estructura para la
escalada. Un día, Krom se interesó por uno en el que quedaba algo de agua.
Desgraciadamente, este neumático en concreto estaba al final de la hilera, con
otros seis o más colgando por delante. Krom no hacía más que tirar y tirar del
neumático que quería, pero no podía arrancarlo del tronco. Empujó el neumático
hacia atrás, pero entonces topó con la estructura para la escalada y tampoco
era posible moverlo. Krom trabajó en vano para solucionar el problema durante
más de diez minutos, siendo ignorada por todos menos por Jakie, un chimpancé de
7 años de edad a quien Krom había cuidado en su infancia.
nmediatamente después de que Krom se diese por vencida y se alejara, Jakie se
aproximó. Sin dudarlo, fue sacando los neumáticos uno a uno del tronco,
empezando por el que estaba delante, siguiendo por el segundo, y así
sucesivamente, como haría cualquier chimpancé sensato. Cuando llegó al último
neumático, lo retiró cuidadosamente para que no se perdiera ni una gota de
agua, lo llevó directamente hasta su tía y lo colocó justo delante de ella.
Krom aceptó su regalo sin ningún reconocimiento especial, y estaba retirando el
agua con las manos cuando Jakie se marchó (adaptado de De Waal, 1996).
El hecho de que Jakie ayudara a su tía no tiene
nada de raro. Lo especial es el hecho de que Jakie adivinó con exactitud lo que
quería Krom. Entendió cuál era el objetivo de su tía. Esta ayuda denominada
«focalizada» o de tipo selectivo es típica de los simios, pero o es rara o no
se da en otros animales. Se define como un comportamiento altruista ajustado a
las necesidades específicas del otro aun en situaciones novedosas, como ocurrió
en el publicitado caso de Binti Jua, un gorila hembra que rescató a un niño en
el zoo Brookfield de Chicago (De Waal, 1996, 1999). Un experimento reciente ha
demostrado la existencia de un tipo de ayuda selectiva entre chimpancés jóvenes
(Warneken y Tomasello, 2006).
Es importante señalar la importancia de la
increíble fuerza de la respuesta del simio, que hace a estos animales adoptar
grandes riesgos a favor de otros. Si bien en un reciente debate sobre los
orígenes de la moralidad Kagan (2000) creyó obvio que un chimpancé nunca
saltaría a un lago para salvar a otro, citaremos a Goodall en esta cuestión
(1990, pág. 213):
En algunos zoos, los chimpancés son custodiados en
islas artificiales, rodeadas de fosos llenos de agua. Los chimpancés no pueden
nadar y, a menos que sean rescatados, se ahogarían si caen en aguas profundas.
A pesar de esto, existen individuos que en ocasiones han realizado esfuerzos
heroicos para salvar a sus compañeros, a veces con éxito. Un macho adulto
perdió la vida mientras intentaba rescatar a un bebé cuya incompetente madre lo
había dejado caer al agua.
Los únicos otros animales con un catálogo de
respuestas similar son los delfines y los elefantes. También en este caso, las
pruebas son fundamentalmente descriptivas (para delfines, Caldwell y Caldwell,
1966; Connor y Norris, 1982; para elefantes, Moss, 1988; Payne, 1998); y aun
así, resulta difícil aceptar como mera coincidencia el hecho de que los
científicos que han observado a estos animales durante un período determinado
de tiempo tengan un número tan elevado de ejemplos, mientras que los científicos
que han observado otro tipo de animales tengan tan pocos, por no decir ninguno.
La práctica del consuelo
Esta diferencia de empatía entre monos y simios
se ha visto confirmada por los estudios sistemáticos de un tipo de
comportamiento conocido como «consuelo», inicialmente documentada por De Waal y
Van Roosmalen (1979). Definimos la práctica del consuelo como el alivio que un
espectador no involucrado ofrece a uno de los contrincantes inmersos en un
incidente de agresión. Por ejemplo, un tercero acude al perdedor de una pelea y
con suavidad le rodea con su brazo sobre los hombros (figura 2). El consuelo no
debe confundirse con la reconciliación entre antiguos enemigos, que parece más
bien motivada por el interés propio, como por ejemplo la imperiosa necesidad de
restaurar una relación social alterada (De Waal, 2000). La ventaja del consuelo
para el agente no es en absoluto clara. El agente podría probablemente
marcharse de la escena sin consecuencias negativas.
La información sobre la práctica del consuelo
entre chimpancés está bien cuantificada. De Waal y Roosmalen (1979) basaron sus
conclusiones en el análisis de cientos de observaciones pos conflicto, y la
replicación de De Waal y Aureli (1996) incluyó un muestreo aún más amplio en el
que los autores buscaban poner a prueba dos predicciones bastante sencillas. Si
los contactos con terceros sirven para aliviar la angustia de los participantes
en un conflicto, estos contactos deberían ir dirigidos hacia los receptores de
la agresión antes que a los agresores, y en mayor medida hacia los receptores
de una agresión intensa más que leve. Comparando el contacto con terceros en
los niveles base, los investigadores encontraron indicios que apoyaban ambas
posturas (figura 3).
Así pues, la existencia del consuelo únicamente
se ha demostrado hasta el momento para el caso de los grandes simios. Cuando De
Waal y Aureli (1996) se propusieron aplicar exactamente el mismo método de
observación utilizado con chimpancés para detectar la práctica del consuelo en
los macacos, no pudieron encontrar indicios de la misma (reseñado por Watts y
otros, 2000). Esto constituyó toda una sorpresa, porque los estudios sobre la
reconciliación, que básicamente utilizan el mismo método de recolección de
información, han demostrado la existencia de la reconciliación en una especie
tras otra. ¿Por qué, entonces, estaría la práctica del consuelo limitada a los
simios?
Figura 2. Un ejemplo típico del consuelo entre chimpancés en el que un joven
rodea con su brazo a un adulto que acaba de ser derrotado en una pelea con su
rival. Fotografía del autor.
Es posible que la empatía cognitiva no pueda
alcanzarse sin un alto grado de autoconciencia. Prestar ayuda en respuesta a
situaciones concretas y a veces novedosas podría requerir una distinción entre
el yo y el otro que permita que la situación del otro se divorcie de la propia,
al tiempo que se mantiene el vínculo emocional que motiva el comportamiento. En
otras palabras, para comprender que la fuente de la excitación vicaria no es
uno mismo sino el otro, y entender las causas del estado de ese otro, es necesario
establecer una clara distinción entre el otro y uno mismo.
Figura 3. Frecuencia con la que terceros establecen contacto con víctimas de
agresiones entre chimpancés, con una comparación entre las víctimas de
agresiones graves y moderadas. Especialmente tras los primeros minutos
inmediatamente posteriores al incidente, las víctimas de agresiones graves
reciben más contacto que en los niveles situados en la base. Tomado de De Waal
y Aureli (1996).
Basándose en estas suposiciones, Gallup (1982) fue
el primero en teorizar acerca de la conexión entre la empatía cognitiva y el
auto reconocimiento ante el espejo [en inglés, Mirror Self-Recognition o MSR]. Esta idea es
apoyada tanto desde el punto de vista del desarrollo, debido a la correlación
existente entre la emergencia del reconocimiento ante el espejo en niños
pequeños y su tendencia a prestar ayuda (Bischof-Kohler, 1988; Zahn-Waxler y
otros, 1992), como filogenéticamente, debido a la presencia de complejas
prácticas de consuelo y ayuda entre hominoides (por ejemplo, humanos y simios),
pero no entre los monos. Los hominoides son también los únicos primates capaces
de auto reconocerse ante el espejo.
Anteriormente, he sostenido que además de la
práctica del consuelo, la ayuda focalizada refleja la empatía cognitiva. Dicha
forma de ayuda se define como un comportamiento altruista ajustado a las
necesidades específicas del prójimo en situaciones nuevas, tales como la
previamente descrita reacción de Kuni hacia el pájaro o el rescate de un niño
por parte de Binti Jua. Estas respuestas exigen una comprensión de la situación
de dificultad específica en la que se haya el individuo que precisa ayuda.
Dados los indicios que apuntan a la existencia de la ayuda focalizada entre
delfines (véase más arriba), el reciente descubrimiento del auto reconocimiento
delante del espejo en estos mamíferos (Reiss y Marino, 2001) apoya la conexión
propuesta entre una mayor autoconciencia por un lado, y la empatía cognitiva por
otro.
El modelo de la muñeca rusa
La bibliografía existente incluye ejemplos de la
empatía como un asunto cognitivo, hasta el punto de que los «simios, por no
hablar de otros animales, probablemente carecen de ella (Povinelli, 1998;
Hauser, 2000). Este punto de vista equipara la empatía a la atribución de un
estado mental en los demás, y la teoría de la mente o metacognición. La postura
contraria ha sido, sin embargo, defendida más recientemente en relación con los
niños autistas. Frente a anteriores suposiciones de que el autismo reflejaría
un déficit meta cognitivo (Baron-Cohen, 2000), el autismo es perceptible mucho
antes de los cuatro años, que es cuando la teoría de la mente generalmente
aparece. Williams y otros (2001) sostienen que el déficit principal del autismo
afecta al nivel socio afectivo, que a su vez tiene un efecto negativo sobre
formas sofisticadas de percepción interpersonal, tales como la teoría de la
mente o metacognición. Así, se ve la metacognición como un rasgo derivativo,
cuyos antecedentes requieren una mayor atención según estos autores (postura
que ahora también defiende Baron-Cohen, 2003; 2004).
Preston y De Waal (2002a) sugieren que en el
centro de la capacidad para sentir empatía se encuentra un mecanismo
relativamente sencillo que permite al observador (el «sujeto») acceder al
estado emocional del prójimo (el «objeto») a través de las representaciones
neurales y corporales del propio sujeto. Cuando el sujeto presta atención al
estado del objeto, las representaciones neurales del primero de estados
similares se activan automáticamente. Cuanto más cercanos y parecidos sean
sujeto y objeto, más fácil será que la percepción del sujeto active respuestas
motoras y autonómicas que coincidan con las del objeto (por ejemplo, cambios en
el pulso cardíaco, la conductividad de la piel, la expresión facial o la
postura corporal). Esta activación permite al sujeto «ponerse en la piel» del
objeto, compartiendo sus sentimientos y necesidades, lo cual promueve a su vez
la simpatía, la compasión y la capacidad de ayuda. El Mecanismo de
Percepción-Acción (MPA) desarrollado por Preston y De Waal (2002a) concuerda
con la hipótesis del marcador somático de Damasio (1994), así como con indicios
más recientes sobre el vínculo en el nivel celular entre la percepción y la
acción (por ejemplo, las «neuronas espejo», Di Pelligrino y otros, 1992).
La idea de que percepción y acción comparten
representaciones no es nueva: se retrotrae al primer tratado sobre el Einfühlung, un concepto alemán que se tradujo al inglés como
«empatía» (Wispé, 1991). Cuando Lipps (1903) hablaba de Einfühlung, que literalmente significa «sentir en», estaba
especulando sobre el innere Nachahmung (o mimetismo interno) de los sentimientos ajenos
en el mismo sentido propuesto por el mecanismo de percepción-acción o MPA. Así
pues, la empatía es un proceso rutinario involuntario, como demuestran los
estudios electromiográficos de las contracciones invisibles de los músculos
faciales como respuesta a expresiones faciales humanas. Estas reacciones están
plenamente automatizadas y se dan aun cuando las personas no son conscientes de
lo que han visto (Dimberg y otros, 2000). Las explicaciones que ven la empatía
como un proceso cognitivo superior descuidan estas reacciones instintivas, que
son demasiado rápidas como para estar sometidas a un control consciente.
Los mecanismos de acción-percepción son bien
conocidos en los procesos de percepción motora (Prinz and Hommel, 2002), y
obliga a los investigadores a presuponer la existencia de procesos similares
que subyacen en la percepción emotiva (Gállese, 2001; Wolpert y otros, 2001).
Los datos sugieren que tanto la observación como la experimentación de las
emociones implica una serie de sustratos psicológicos compartidos:ver el desagrado o el dolor del prójimo es muy
parecido a sentirlo (Adolphs
y otros, 1997, 2000; Wicker y otros, 2003). La comunicación afectiva también
crea estados psicológicos parecidos en el sujeto y el objeto (Dimberg, 1982,
1990; Levenson y Reuf, 1992). En resumen, la actividad psicológica y neural
humana no ocurre de forma aislada, sino que está íntimamente conectada a, y se
ve afectada por, los demás seres humanos. Estudios recientes sobre la base
neural de la empatía apoyan el MPA (Carr y otros, 2003; Singer y otros, 2004;
De Gelder y otros, 2004).
De Waal ha descrito el modo en que las formas
sencillas de la empatía se relacionan con las más complejas como una muñeca
rusa (2003). Así, la empatía cubre todas las formas del estado emocional de un
individuo que afectan a otros, y que contiene en su núcleo mecanismos básicos y
otros mecanismos más avanzados así como habilidades cognitivas en sus capas
externas (figura 4).
Figura 4. Según el Modelo de la Muñeca Rusa, la empatía abarca todos los
procesos conducentes a los estados emocionales relacionados tanto en el sujeto
como en el objeto. En su núcleo reside un Mecanismo de Percepción-Acción (MPA)
que inmediatamente se traduce en una equiparación entre individuos inmediata y
a menudo inconsciente de sus respectivos estados. Los niveles más elevados de
la empatía que parten de esta base genéticamente programada incluyen la empatía
cognitiva (por ejemplo, entender las razones de las emociones del prójimo) y la
atribución del estado mental (por ejemplo, adoptar por entero la perspectiva
ajena). El Modelo de la Muñeca Rusa sostiene que las capas exteriores necesitan
de las Interiores. Extraído de De Waal (2003)]
El autismo podría verse reflejado en las capas
externas de la muñeca rusa que estuvieran defectuosas, pero tales defectos
invariablemente nos devolverían a deficiencias en las capas internas.
Esto no quiere decir que los niveles de empatía
cognitivamente más elevados sean irrelevantes, pero éstos se construyen sobre
esta base firme y predeterminada sin la cual estaríamos perdidos ante las
motivaciones de los demás. Por supuesto, no toda la empatía puede reducirse al
contagio emocional, pero no puede existir sin él. En el núcleo de esa muñeca
rusa, nos encontramos con un estado emocional inducido por un mecanismo de
percepción-acción (MPA) que se corresponde con el estado del objeto. En un
segundo nivel, la empatía cognitiva lleva implícita una evaluación de la
situación de dificultad ajena (véase De Waal, 1996). El sujeto no sólo responde
a las señales que emite el objeto, sino que busca comprender las razones que le
llevan a emitirlas, buscando pistas en el comportamiento y la situación del
prójimo. La empatía cognitiva hace posible ofrecer un tipo de ayuda focalizada
que tiene en cuenta las necesidades específicas del otro (figura 5). Estas
respuestas van mucho más allá del contagio emocional, pero aun así resultarían
difíciles de explicar sin la motivación proporcionada por el componente
emocional. Sin él, estaríamos tan desconectados como el personaje de Mr. Spock
en Star Trek, que
constantemente se preguntaba por qué los demás sienten lo que dicen sentir.
Mientras que los monos (y muchos otros mamíferos
sociales) parecen poseer claramente la capacidad del contagio emocional y un
cierto nivel de ayuda focalizada, el segundo fenómeno no se da con tanta fuerza
como entre los grandes simios. Por ejemplo, en el parque para monos Jigokudani
de Japón, los guardas mantienen a las macacos primerizas alejadas de los
manantiales de agua caliente porque la experiencia dice que estas hembras
pueden ahogar accidentalmente a sus crías, al no prestarles atención cuando se
sumergen en los estanques. Aparentemente, esto es algo que las madres mono
aprenden con el tiempo; se demuestra así que no adoptan la perspectiva de su
descendencia de forma automática. De Waal (1996) atribuyó su cambio de
comportamiento a un «ajuste en el aprendizaje», distinguiéndolo de la empatía
cognitiva que es más típica de simios y humanos. Las madres simio responden
inmediata y apropiadamente a las necesidades específicas de sus crías. Por
ejemplo, tienen mucho cuidado de mantenerlas alejadas del agua, y se apresuran
a alejarlas de allí si se acercan.
Figura 5. La empatía cognitiva (es decir, la empatía combinada con una
evaluación de la situación del prójimo) permite ofrecer un tipo de ayuda
adecuada a las necesidades del otro. En este caso, una madre chimpancé extiende
el brazo para ayudar a su hijo a bajar del árbol después de que éste haya
gritado y se lo haya suplicado (véase la posición del brazo). Es posible que la
ayuda focalizada requiera una distinción entre el yo y el otro, habilidad que
también se cree que subyace en el auto reconocimiento frente al espejo y que se
encuentra en humanos, simios y delfines. Fotografía del autor.
En conclusión, la empatía no es un fenómeno que
pueda ser visto en términos de blanco o negro: cubre un amplio espectro de
patrones de vinculación emocional, desde los más simples y automáticos hasta
los más sofisticados. Parece lógico intentar comprender en primer lugar las
formas más básicas de la empatía, que de hecho están muy extendidas, antes de
ocuparnos de las variaciones que la evolución cognitiva ha ido construyendo
sobre esta base.
§. Reciprocidad y justicia
Los chimpancés y los monos capuchinos —las dos
especies con las que trabajo más frecuentemente— son especiales, puesto que son
de los pocos primates que comparten comida fuera del contexto madre-hijos
(Feistner y McGrew, 1989). El capuchino es un primate pequeño, con el cual es
fácil trabajar, a diferencia de lo que ocurre con el chimpancé, que es
muchísimo más fuerte que nosotros. Los miembros de ambas especies muestran
interés por la comida de la otra especie y ocasionalmente la comparten; a veces
incluso se ofrecen trozos de comida entre sí. Sin embargo, la mayor parte de
esta actividad compartida es pasiva, como cuando un individuo alcanza la comida
que le pertenece a otro, que a su vez la deja escapar. Pero incluso el hecho de
compartir de forma pasiva es especial si lo comparamos con lo que ocurre en
otros animales, para quienes una situación similar tendría como resultado una
pelea o una muestra de firmeza por parte del individuo dominante, sin compartir
nada.
La gratitud entre los chimpancés
Estudiamos las secuencias relativas a la acción
de compartir comida para ver cómo un acto beneficioso por parte de un individuo
A hacia B afectaría al comportamiento de B hacia A. La tesis era que B
mostraría un comportamiento beneficioso hacia A en pago por el comportamiento
de éste. El problema al compartir comida, sin embargo, es que después de una
sesión de prueba para todo el grupo tal como la empleamos en nuestros
experimentos, la motivación para compartir cambia (los animales están
saciados). De modo que el hecho de compartir no podía ser la única variable a
medir. Se incluyó un segundo servicio social no afectado por el consumo de
comida. Para ello, utilizamos como variable el acicalamiento entre individuos
antes de compartir la comida. Medimos la frecuencia y variación de los cientos
de encuentros de acicalamiento entre nuestros chimpancés por las mañanas.
Transcurrida una hora y media tras estas observaciones, más o menos hacia el
mediodía, dimos a los simios dos haces muy apretados de ramas y hojas.
Registramos con todo detalle cerca de 7.000 interacciones con la comida, y las
introdujimos en un ordenador siguiendo definiciones estrictas descritas por De
Waal (1989a). La base de datos sobre servicios prestados de forma espontánea
resultante excede con mucho la de cualquier otro primate no humano.
Hallamos que los adultos mostraban una mayor
disposición a compartir comida con aquellos individuos que les habían acicalado
con anterioridad. En otras palabras, si A había acicalado a B por la mañana,
era más probable que B compartiera la comida con A más adelante. Aun así, este
resultado puede tener dos explicaciones. La primera sería la hipótesis del
«buen humor», según la cual aquellos individuos que han sido acicalados se
encuentran en un estado de mayor benevolencia, lo que les llevaría a compartir
la comida de forma indiscriminada con todos los individuos. La segunda
explicación es la hipótesis del intercambio directo, según la cual el individuo
que ha sido acicalado respondería compartiendo su comida directamente con el
acicalador. Los datos disponibles indican que el aumento en el reparto era
específico para cada acicalador. En otras palabras: los chimpancés parecían
acordarse de los chimpancés que acababan de realizar un servicio (el
acicalamiento) y como respuesta compartían mayores cantidades de comida con
esos individuos. Asimismo, las protestas agresivas por parte de los poseedores
de la comida ante los individuos que se les acercaban iban dirigidas a quienes
no les habían acicalado, más que hacia quienes sí lo habían hecho. Esto
constituye una prueba convincente del intercambio recíproco entre compañeros
específicos (De Waal, 1997b).
De todos los ejemplos de altruismo recíproco
existentes entre animales no humanos, el intercambio de comida por
acicalamiento entre los chimpancés parece ser el más avanzado desde un punto de
vista cognitivo. Nuestros datos apuntan con fuerza a que se trata de un
mecanismo basado en la memoria. Se produjo un retraso temporal significativo
entre los favores dados y los recibidos (entre media hora y dos horas); de ahí
que el favor fuese correspondido mucho después de la interacción previa. Además
de la memoria sobre acontecimientos pasados, debemos añadir que la memoria de
un servicio recibido, como por ejemplo el acicalamiento, generó una actitud
positiva hacia el individuo que había prestado el servicio, mecanismo
psicológico que entre los humanos se conoce como «gratitud». YaTrivers (1971)
predijo la existencia de gratitud dentro de un contexto de intercambio
recíproco, idea también discutida por Bonnie y De Waal (2004). Fue clasificada
por Westermarck (1912 [1908]) como una de las «emociones amables retributivas»,
consideradas esenciales en la moralidad humana.
El sentido de la justicia entre los monos
Es muy posible que durante la evolución de la
cooperación resultase crítico que los actores comparasen sus propios esfuerzos
y beneficios con los realizados y obtenidos por los demás. Las reacciones
negativas podrían surgir en caso de que se violasen las expectativas. Una
teoría reciente sostiene que la aversión a la desigualdad puede explicar la
cooperación humana dentro de los límites del modelo de elección racional (Fehr
y Schmidt, 1999). De forma parecida, las especies cooperativas no humanas
parecen guiarse por una serie de expectativas relativas al resultado de la
cooperación y el acceso a los recursos. De Waal (1996, pág. 95) propuso un
sentido de la regularidad social, definido como «un conjunto de expectativas
sobre el modo en que uno mismo (o los demás) deberían ser tratados y cómo
deberían dividirse los recursos. Siempre que la realidad se desvíe en desventaja
de uno mismo (o de los demás), surge una reacción negativa, comúnmente
manifestada en una protesta por parte de los individuos subordinados y la
práctica del castigo por parte de los individuos dominantes».
El sentido de cómo los demás deben o no deben
comportarse es esencialmente egocéntrico, si bien los intereses de los
individuos más próximos al actor (especialmente su familia) pueden ser tenidos
en cuenta (de ahí la inclusión parentética del prójimo). Hemos de apuntar que
las expectativas no han sido especificadas, sino que tienden a ser típicas de
cada especie. Por ejemplo, un mono Rhesus no espera compartir la comida del
individuo dominante, puesto que vive en una sociedad despóticamente
jerarquizada, pero un chimpancé sí: de ahí las súplicas, los quejidos y las
pataletas si no se le deja compartir. Creo que el tema de las expectativas es,
de entre las cuestiones aún no estudiadas del comportamiento animal, la más
importante; lo cual es aún más lamentable puesto que se trata del tema que finalmente
acercará el comportamiento animal al concepto del «deber» que con tanta
claridad reconocemos en el terreno de lo moral.
Al analizar las expectativas de los monos
capuchinos, hicimos uso de su habilidad para juzgar y responder al valor.
Sabíamos, gracias a estudios previos, que los capuchinos aprenden con facilidad
a asignar un valor determinado a una muestra de agradecimiento. Es más: pueden
utilizar estos valores asignados para completar un simple trueque. Esto
permitió realizar un test para dilucidar la aversión a la desigualdad al medir
las reacciones de los sujetos hacia un compañero que recibiera una recompensa
superior al recibir los mismos objetos.
Emparejamos a cada mono con un compañero de su
mismo grupo y observamos sus reacciones cuando sus compañeros recibían una
recompensa mejor por realizar la misma actividad de trueque. La actividad
consistía en un intercambio en el que entregábamos al sujeto un pequeño objeto
que podía ser inmediatamente devuelto a cambio de una recompensa (figura 6). Cada
sesión constó de veinticinco intercambios con cada individuo, y el sujeto fue
testigo en todas las ocasiones del intercambio de su pareja antes del suyo. Las
recompensas de comida oscilaron entre recompensas de valor inferior (como por
ejemplo un trozo de pepino), por las que generalmente trabajaban con alegría, y
recompensas de un valor más elevado (por ejemplo, una uva), que eran las
preferidas por todos los individuos sometidos a control. Todos los sujetos
fueron sometidos a: a) un Test de Equidad (TE), en el que tanto el sujeto como
su compañero realizaron el mismo tipo de trabajo por el mismo tipo de comida de
valor bajo; b) un Test de Desigualdad (TD), por el cual el compañero recibió
una recompensa superior (la uva) por realizar el mismo esfuerzo; c) un Test de
Control de Esfuerzo (TCE), diseñado para dilucidar el papel del esfuerzo, en el
que el compañero recibió la uva, de más valor, gratis; y d) un Test de Control
de Comida (TCC), diseñado para dilucidar el efecto de la presencia de la recompensa
sobre el comportamiento del sujeto, en el que las uvas eran visibles pero no se
entregaban a ningún otro capuchino.
Figura 6. Una mona capuchina en la jaula de control devuelve un pequeño
objeto al responsable del experimento con su mano derecha mientras sujeta la
mano humana con su mano izquierda. Su compañero la mira. Ilustración de Gwen
Bragg y Frans de Waal a partir de una toma fija de vídeo.
Los individuos que recibieron recompensas de valor
inferior mostraron reacciones pasivo-negativas (por ejemplo, negarse al
intercambio del pequeño objeto e ignorar la recompensa) y reacciones
activo-negativas. En comparación con los tests en los que ambos individuos
reciben idénticas recompensas, los capuchinos se mostraban mucho menos
dispuestos a completar el intercambio o aceptar la recompensa si el compañero
recibía mejor trato (figura 7; Brosnan y De Waal, 2003). Los capuchinos se
negaron a participar más frecuentemente si su compañero no tenía que realizar
ninguna labor (un intercambio) para conseguir una recompensa mejor, que le era
entregada sin esfuerzo. Evidentemente, existe siempre la posibilidad de que los
sujetos estuvieran únicamente reaccionando a la presencia del alimento de mayor
valor y que lo que el compañero recibía (gratis o no) no afectase a su
reacción. Sin embargo, en el Test de Control de Comida, en el que la recompensa
de mayor valor era visible pero no se le daba al otro mono, la reacción a la
presencia de esta comida de mayor valor disminuía significativamente a lo largo
del transcurso de las pruebas, lo cual supone un cambio en la dirección
contraria a lo visto cuando la recompensa de mayor valor se entregaba al
compañero.
Figura 7. ± Error estándar en la media del porcentaje de fracasos en el
intercambio entre hembras en cuatro tipos de tests diferentes. Las barras
negras representan la proporción de intercambios no realizados debido al
rechazo a aceptar la recompensa; las blancas representan intercambios fallidos
debido a la negativa a devolver el objeto prestado. TE: Test de Equidad, TD:
Test dé Desigualdad, TCE: Test de Control de Esfuerzo, y TCC: Test de Control
de Comida. El eje Y muestra el porcentaje de intercambios no realizados.
Nuestros sujetos claramente distinguían entre la
comida de mayor valor consumida por un congénere y la misma comida cuando ésta
era simplemente visible, intensificando su rechazo sólo en el primer caso
(Brosnan y De Waal, 2003).
Los monos capuchinos parecen pues medir la
recompensa en términos relativos, al comparar su recompensa con otras
disponibles y sus propios esfuerzos con el de los demás. Si bien nuestros datos
no permiten dilucidar las motivaciones exactas que subyacen en estas
respuestas, una posibilidad es que los monos, como los humanos, se guíen por
emociones sociales. En los humanos, estas emociones —conocidas como «pasiones»
por los economistas— guían las reacciones individuales a la hora de realizar
esfuerzos, obtener ganancias o sufrir pérdidas, y en su actitud hacia los demás
(Hirschleifer, 1987; Frank, 1988; Sanfey y otros, 2003). Frente a los primates
que se caracterizan por el mantenimiento de jerarquías despóticas (como los
monos Rhesus), es posible que las especies tolerantes con una capacidad
desarrollada para la cooperación y el reparto de comida (tales como los monos
capuchinos) tengan expectativas emocionales relativas a la distribución de
recompensas y el intercambio social que les lleven a ver con desagrado la
injusticia.
Antes de referirnos al concepto de «justicia» en
este contexto conviene, no obstante, señalar una diferencia entre éste y la
noción humana de justicia. Un sentido de la justicia desarrollado al máximo
implicaría que una mona «rica» compartiese su comida con una «pobre», puesto
que debería sentir que la compensación que recibe es excesiva. Tal
comportamiento pondría de manifiesto el interés en un principio de justicia más
elevado, al que Westermarck llamó (1917 [1908]) «desinteresado», y que surge de
una noción verdaderamente moral de la justicia. No es éste, no obstante, el
tipo de reacción que demostraron nuestros monos: su sentido de la justicia, si
así podemos denominarlo, era más bien egocéntrico. Demostraron tener ciertas
expectativas sobre cómo debería tratárseles, pero no sobre cómo todos los demás
a su alrededor debían ser tratados. Al mismo tiempo, no puede negarse que un
sentido de la justicia pleno debe tener su origen en algún punto, y que el yo
es el lugar más lógico para buscar ese origen. Una vez que existe la forma
egocéntrica de la justicia, puede expandirse para incluir otras formas de la
misma.
§. Mencio y la primacía del afecto
Poco hay de nuevo bajo el sol. El énfasis puesto
por Westermarck en las emociones retributivas, ya sean amistosas o de carácter
vengativo, me recuerda la respuesta que Confucio ofreció a la pregunta de si
existe una palabra que sirva como receta para la totalidad de la vida de una
persona. Confucio propuso la palabra «reciprocidad». La reciprocidad está
también, evidentemente, en el centro de la Regla de Oro, que no ha sido aún
superada como el compendio de la moralidad humana. Saber que al menos parte de
la psicología que subyace detrás de esta norma puede darse en otras especies
junto con la empatía necesaria, refuerza la idea de que la moralidad, más que
una invención reciente, es parte de la naturaleza humana.
Mencio, un seguidor de Confucio, escribió
extensamente a lo largo de su vida sobre la bondad humana, entre 372 y 289 a.
C. Mencio perdió a su padre a los 3 años de edad, y su madre se aseguró de que
recibiera la mejor educación posible. La madre de Mencio es tan conocida como
su hijo: para los chinos, sigue siendo un modelo maternal por su devoción
absoluta. Conocido como el «segundo sabio» gracias a su inmensa influencia,
superada solamente por Confucio, Mencio tuvo inclinaciones revolucionarias,
incluso subversivas, al recalcar la obligación de los gobernantes de cubrir las
necesidades del pueblo llano. Grabados en planchas de bambú y transmitidos de
generación en generación a sus herederos y estudiantes, sus escritos demuestran
que el debate de si somos morales por naturaleza o no viene, efectivamente, de
antiguo. En un intercambio de impresiones con KaouTsze, Mencio (s.f. [372-289
a. C], págs. 270-271) reacciona frente a las ideas de este último, que nos
recuerdan la metáfora del jardín y el jardinero de Huxley:
La naturaleza del hombre es como la del sauce ke;
la rectitud, como una taza o un cuenco. La extracción de la benevolencia y la
rectitud de la naturaleza del hombre es similar a la manufactura de tazas y
cuencos a partir del sauce ke.
A lo cual Mencio replicó:
¿Es acaso posible fabricar un cuenco o una taza sin
alterar la naturaleza del sauce? Debes actuar con violencia, dañar el sauce,
antes de poder moldear tazas y cuencos. Si así es, entonces, según tus propios
principios, ¡también sería necesario ejercer la violencia contra la humanidad y
dañarla para conseguir que sea benévola y virtuosa! Tus palabras, pues,
llevarían a que todos los hombres considerasen la benevolencia y la virtud una
calamidad.
Mencio creía que los humanos tienden a hacer el
bien de forma tan natural como el agua que corre montaña abajo. Esto queda
claro en la sentencia siguiente, en la que pretende excluir la posibilidad de
que exista, al más puro estilo freudiano, una doble agenda entre las
motivaciones explicitadas y sentidas sobre la base de que la inmediatez de las
emociones morales, tales como la compasión, no deja lugar a contorsiones
cognitivas:
El ejemplo de Mencio nos recuerda al epígrafe de
Westermarck («¿Podemos evitar sentir compasión por nuestros amigos?») y la cita
de Smith («Por muy egoísta que supongamos al hombre...»). La idea central que
subyace en las tres afirmaciones es que la angustia que sentimos al contemplar
el dolor ajeno es un impulso sobre el que no ejercemos prácticamente ningún
control: nos atrapa al instante, como un reflejo, sin tiempo para sopesar los
pros y los contras. Las tres apuntan hacia la existencia de un proceso
involuntario como mecanismo de percepción-acción (MPA). De forma notable, los posibles
motivos alternativos que Mencio trae a colación figuran también en la
literatura moderna, generalmente bajo el epígrafe de la construcción de la
reputación. La diferencia radica, evidentemente, en que Mencio rechazó estas
explicaciones por demasiado artificiales, dada la inmediatez y la fuerza del
impulso compasivo. La manipulación de la opinión pública sería perfectamente
posible en cualquier otro momento, afirmó, pero no en el preciso instante en el
que el niño cae dentro del pozo.
Estoy absolutamente de acuerdo. La evolución ha
dado lugar a especies que siguen impulsos genuinamente cooperativos. Desconozco
si en el fondo la gente es buena o mala, pero creer que todas nuestras acciones
están calculadas de forma egoísta —a escondidas de los demás y a menudo de
nosotros mismos— equivale a sobrestimar de forma exagerada los poderes mentales
del ser humano, por no hablar de los de otros animales. Más allá de los
ejemplos relativos a la práctica animal del consuelo de individuos afligidos y
la protección frente a las agresiones, existe una rica literatura sobre la
empatía y la compasión humanas que, en líneas generales, concuerda con la
estimación de Mencio de que en este ámbito los impulsos preceden a la
racionalidad (por ejemplo, Batson, 1990;Wispé, 1991).
Cuando digo que todos los hombres poseen una mente
que no les permite contemplan el sufrimiento de los demás, puede ilustrarse el
significado de mis palabras de la manera que sigue: incluso hoy en día, si un
grupo de hombres ve a un niño a punto de caerse en un pozo, sentirán —sin
excepción— un profundo sentimiento de angustia y alarma. Y lo sentirán así no
para ganarse la simpatía de los padres del niño o los elogios de amigos y
vecinos, ni porque les disguste la idea de tener una reputación de seres inconmovibles
ante semejante evento. De un caso como éste, podemos percibir que el
sentimiento de conmiseración es esencial en el hombre (Mencio, s.f. [372-289 a.
C.], pág. 78).
El ejemplo de Mencio nos recuerda al epígrafe de
Westermarck («¿Podemos evitar sentir compasión por nuestros amigos?») y la cita
de Smith («Por muy egoísta que supongamos al hombre...»). La idea central que
subyace en las tres afirmaciones es que la angustia que sentimos al contemplar
el dolor ajeno es un impulso sobre el que no ejercemos prácticamente ningún
control: nos atrapa al instante, como un reflejo, sin tiempo para sopesar los
pros y los contras. Las tres apuntan hacia la existencia de un proceso involuntario
como mecanismo de percepción-acción (MPA). De forma notable, los posibles
motivos alternativos que Mencio trae a colación figuran también en la
literatura moderna, generalmente bajo el epígrafe de la construcción de la
reputación. La diferencia radica, evidentemente, en que Mencio rechazó estas
explicaciones por demasiado artificiales, dada la inmediatez y la fuerza del
impulso compasivo. La manipulación de la opinión pública sería perfectamente
posible en cualquier otro momento, afirmó, pero no en el preciso instante en el
que el niño cae dentro del pozo.
Estoy absolutamente de acuerdo. La evolución ha
dado lugar a especies que siguen impulsos genuinamente cooperativos. Desconozco
si en el fondo la gente es buena o mala, pero creer que todas nuestras acciones
están calculadas de forma egoísta —a escondidas de los demás y a menudo de
nosotros mismos— equivale a sobrestimar de forma exagerada los poderes mentales
del ser humano, por no hablar de los de otros animales. Más allá de los
ejemplos relativos a la práctica animal del consuelo de individuos afligidos y
la protección frente a las agresiones, existe una rica literatura sobre la
empatía y la compasión humanas que, en líneas generales, concuerda con la
estimación de Mencio de que en este ámbito los impulsos preceden a la
racionalidad (por ejemplo, Batson, 1990;Wispé, 1991).
§ .El interés por la comunidad
En este ensayo, he trazado un marcado contraste
entre dos escuelas de pensamiento sobre la bondad humana. Una de estas
escuelas, personificada en la figura de T. H. Huxley, aún ejerce una gran
influencia en nuestros días, si bien he observado que a nadie (ni siquiera
entre quienes aprueban de forma explícita esta postura) le gusta que le
califiquen de «teórico de la capa». Naturalmente esto puede deberse al término
empleado, o al hecho de que toda vez que los supuestos que subyacen en la
teoría de la capa se hacen explícitos, parece obvio que —a menos que uno esté
dispuesto a seguir la vía puramente racionalista de los seguidores modernos de Hobbes,
como por ejemplo Gauthier (1986) — la teoría no puede explicar cómo pasamos de
ser animales amorales a ser animales morales. La teoría está reñida con la
evidencia de que el procesamiento de las emociones es la fuerza que impulsa la
realización de juicios morales. Si en verdad la moralidad humana pudiera
reducirse a una serie de cálculos y de razonamientos, nos aproximaríamos
bastante a un psicópata, que realmente no tiene ninguna intención de ser amable
cuando actúa con amabilidad. La mayoría de nosotros aspira a ser algo mejor que
eso, y de ahí la posible aversión a mi contraste blanquinegro entre la teoría
de la capa y la corriente alternativa, que busca enraizar la moralidad en la
naturaleza humana.
Esta corriente considera que la moralidad surgió
de forma natural en nuestra especie, y considera que existen razones evolutivas
de peso para que se desarrollasen las capacidades necesarias. Con todo, el
marco teórico que explica la transición de animal social a humano moral es aún
fragmentario. Encontramos sus fundamentos entre las teorías de selección de
familiares y altruismo recíproco, pero resulta obvio que debemos añadir aún más
elementos. Si prestamos la suficiente atención a la literatura que versa sobre
la construcción de la reputación, los principios de justicia, la empatía y la
resolución de conflictos (en bibliografías de índole muy diferente que no
podemos reseñar aquí), parece existir un movimiento muy interesante que tiende
hacia la elaboración de una teoría integrada sobre los orígenes de la moralidad
(véase Katz, 2000).
Deberíamos además añadir que las presiones
evolutivas responsables de nuestras tendencias morales podrían no haber sido
siempre buenas o positivas. Después de todo, la moralidad es en gran medida un
fenómeno intragrupal. De forma universal, los humanos tratamos a los
desconocidos muchísimo peor de lo que tratamos a los miembros de nuestra propia
comunidad. Es más, las normas morales apenas parecen ser aplicables fuera de
nuestro entorno. Es cierto que en la época moderna existe un movimiento que
busca expandir la red de la moralidad para incluir incluso a los miembros de un
ejército enemigo (por ejemplo, la Convención de Ginebra, adoptada en 1949),
pero todos somos conscientes de cuán frágil resulta este esfuerzo. Es muy probable
que la moralidad evolucionase como un fenómeno intragrupal en conjunción con
otra serie de capacidades típicamente intragrupales, tales como la resolución
de conflictos, la cooperación o el acto de compartir.
No obstante, la primera forma de lealtad de los
individuos no es hacia el grupo, sino hacia sí mismos y su familia. Al aumentar
el nivel de interacción social y el recurso a la cooperación, los intereses
compartidos debieron salir a la superficie para que la comunidad al completo se
convirtiera en un aspecto importante. El paso más importante en la evolución de
la moralidad humana fue la transición desde las relaciones interpersonales a un
enfoque en el bien común. Entre los simios, podemos observar los comienzos de
este proceso cuando solucionan conflictos ajenos. Las hembras hacen que los
machos se reconcilien tras una pelea, y se convierten así en agentes de la
reconciliación; los machos de mayor rango a menudo detienen las peleas entre
otros individuos de forma equitativa, y así promueven la paz en el grupo.
Personalmente veo este comportamiento como un reflejo de la preocupación por
los intereses de la comunidad (De Waal, 1996), que a su vez refleja los
intereses en juego que cada miembro del grupo tiene en el contexto de un
ambiente cooperativo. La mayoría de los individuos tendría mucho que perder si
la comunidad se viniera abajo, de ahí el interés por mantener la integridad y
la armonía de la misma. En su estudio sobre cuestiones parecidas a ésta, Boehm
(1999) añade el papel de la presión social, al menos en los humanos: toda la
comunidad trabaja para recompensar el comportamiento que beneficia al grupo, y
castiga aquellos comportamientos que lo socavan.
Evidentemente, la fuerza más poderosa capaz de
sacar a relucir un sentido comunitario es la enemistad hacia los extraños, que
obliga a que elementos que normalmente estarían enfrentados entre sí se unan.
Esto puede no ser visible en el zoológico, pero es un factor muy a tener en
cuenta entre los chimpancés en estado salvaje, que ejercen formas letales de
violencia intercomunitaria (Wrangham y Peterson, 1996). En nuestra propia
especie, nada es más evidente que nuestra tendencia a agruparnos frente a
nuestros adversarios. En el transcurso de la evolución humana, la hostilidad
dirigida hacia el exterior del grupo intensificó la solidaridad intragrupal,
hasta el punto que hizo que surgiera la moralidad. En lugar de intentar que
nuestras relaciones mejoren, como hacen los simios, hemos desarrollado
enseñanzas explícitas sobre el valor de la comunidad y el lugar precedente que
toma o que debe tomar sobre nuestros intereses individuales. Los humanos hemos
llevado esta cuestión muchísimo más lejos que los simios (Alexander, 1987),
razón por la cual nosotros tenemos sistemas morales, y ellos no. Así pues, resulta
profundamente irónico que nuestro logro más noble (la moralidad) mantenga lazos
evolutivos con nuestro comportamiento más infame: la guerra. El sentimiento
comunitario que la moralidad exige nos viene dado por esta última. Al traspasar
el punto de encuentro entre los intereses individuales y los compartidos en
conflicto, aumentamos considerablemente la presión social para asegurarnos de
que todos contribuyeran al bien común.
Si aceptamos como válida esta visión de una
moralidad evolucionada, es decir, de la moralidad como una consecuencia lógica
de las tendencias cooperativas, al desarrollar una actitud moral y bondadosa no
estaremos yendo contra nuestra naturaleza, al igual que la sociedad civil
tampoco es un jardín descontrolado que tenga que ser dominado por un esforzado
jardinero, como pensaba Huxley (1989 [1894]). Las actitudes morales nos han
acompañado desde los comienzos de nuestra especie, y la figura del jardinero
sería más bien, como muy adecuadamente la describió Dewey, la de un cultivador
orgánico. Para tener éxito, el jardinero crea las condiciones adecuadas e
introduce las especies vegetales que podrían no ser las normales en ese tipo de
terreno «pero que entran dentro de lo que acostumbramos a encontrar en la
naturaleza» (Dewey 1993 [1898], págs. 109110). En otras palabras, cuando
actuamos moralmente, no engañamos de forma hipócrita a los demás: adoptamos
decisiones que fluyen de unos instintos sociales más antiguos que nuestra
propia especie, aun cuando les añadamos la singular complejidad humana de la
preocupación desinteresada hacia los demás y hacia la sociedad en general.
A partir de la visión de Hume (1985 [1739], que
consideraba a la razón esclava de las pasiones, Haidt (2001) pide una
reevaluación completa del papel jugado por la racionalidad en los juicios
morales, con el argumento de que la mayor parte de los actos de justificación
en los humanos se dan post hoc,
es decir, después de que se haya llegado a una serie de juicios morales sobre
la base de intuiciones rápidas y automatizadas. Mientras que la teoría de la
capa, con su énfasis en la singularidad humana, predice que la resolución de un
problema moral se asigna a añadidos de nuestro cerebro evolutivamente
recientes, tales como el córtex prefrontal, la neuroimagen muestra que la tarea
de realizar un juicio moral implica a una gran variedad de zonas cerebrales,
algunas de ellas muy antiguas (Greene y Haidt, 2002). En resumen, la
neurociencia parece apoyar la postura de que la moralidad humana está
evolutivamente anclada en la socialidad de los mamíferos.
Celebramos la racionalidad, pero a la hora de la
verdad le asignamos un peso muy pequeño (Macintyre, 1999). Esto es
especialmente cierto en el terreno de lo moral. Imaginemos que un consejero
extraterrestre nos diera la orden de matar a la gente tan pronto como
enfermaran de gripe. Con ello, nos diría, mataríamos un número menor de
personas que el número de gente que moriría si permitiésemos que la enfermedad
siguiera su curso. Al atajar la epidemia, salvaríamos vidas. Por muy lógico que
esto pueda sonar, dudo que muchos optasen por este plan, debido a que la
moralidad humana está firmemente anclada en las emociones sociales, con la
empatía como centro. Las emociones son nuestra brújula. Matar a miembros de
nuestra propia comunidad nos causa una gran repulsa, y nuestras decisiones
morales son reflejo de estos sentimientos. Por esta razón, la gente se opone a
poner en práctica soluciones morales que impliquen causar daño a otros (Greene
y Haidt, 2002). Esto podría deberse a que la violencia siempre ha estado sujeta
a la selección natural, mientras que las deliberaciones de carácter utilitario
no lo han estado.
La postura intuicionista sobre la moralidad
recibe apoyo de los estudios con niños. Los psicólogos del desarrollo solían
creer que un niño aprende a hacer distinciones de carácter moral a raíz del
miedo al castigo y del deseo de recibir elogios. Al igual que los teóricos de
la capa, concebían la moralidad como procedente del exterior, algo que los
adultos impondrían sobre el niño, pasivo y egoísta por naturaleza. Solía
pensarse que los niños adoptaban los valores de los padres para construir el
super ego, la agencia moral del yo. Dejados a su libre albedrío, los niños no
llegarían nunca a nada cercano a la moralidad. Sin embargo, ahora sabemos que
ya a edades tempranas los niños entienden la diferencia entre los principios
morales («No robes») y las convenciones culturales («No vayas en pijama a la
escuela»). Aparentemente, son capaces de apreciar que la ruptura de ciertas
normas hace daño y causa angustia a los demás, mientras que la ruptura de otras
simplemente viola las expectativas sobre lo que es adecuado. Las actitudes de
los niños no parecen estar exclusivamente basadas en nociones de castigo y
recompensa. Aun cuando muchos manuales pediátricos todavía describen a los
niños pequeños como monstruos egocéntricos, es evidente que al año de edad los
niños ya son capaces de consolar a una persona afligida (Zahn-Waxler y otros,
1992), y que poco después comienzan a desarrollar una perspectiva moral a
través de las interacciones con otros miembros de su misma especie (Killen y
Nucci, 1995).
En lugar de «infligir daños al sauce», como en
el ejemplo de Mencio, para hacer tazas y cuencos a partir de una moralidad
artificial, nos basamos en un crecimiento natural en el que las emociones
simples, como las que encontramos en los niños pequeños y animales sociales, se
van desarrollando en sentimientos más refinados que incluyen a los demás y que
reconocemos como subyacentes a la moralidad. Mi propia tesis aquí gira,
evidentemente, alrededor de la continuidad existente entre los instintos
sociales humanos y aquellos de nuestros parientes más próximos (monos y
simios), pero presiento que estamos a las puertas de un giro paradigmático que
terminará situando con firmeza la moralidad en el centro emocional de la
naturaleza humana. Las ideas de Hume vuelven, y lo hacen a lo grande.
¿Por qué la biología evolutiva se apartó de esta
senda en el último cuarto del siglo XX? ¿Por qué se consideraba la moralidad
como antinatural, y por qué los altruistas eran descritos como hipócritas? ¿Por
qué las emociones quedaron apartadas del debate? ¿O por qué, por ejemplo, se
repetían los llamados a ir contra nuestra naturaleza y a desconfiar del «mundo
darwiniano»? La respuesta se halla en lo que yo he llamado el
error de Beethoven. Al igual que se dice que
Ludwig van Beethoven produjo sus bellas e intricadas composiciones en uno de
los apartamentos más sucios y desordenados de toda Viena, tampoco existe una
conexión entre el proceso de selección natural y sus resultados. El «error de
Beethoven» consiste en pensar que, puesto que la selección natural es un
proceso cruel y despiadado de eliminación, únicamente podría haber producido
criaturas igualmente crueles e inmisericordes (De Waal, 2005).
Esa olla a presión que es la naturaleza, sin
embargo, no funciona así. Llana y simplemente, favorece a aquellos organismos
que sobreviven y se reproducen; la forma en que lo hagan es una cuestión
abierta. Cualquier organismo que siendo más o menos agresivo, cooperativo o
bondadoso que el resto realice la mejor tarea propagará sus genes.
En el proceso, no se especifica cuál es la
receta para el éxito. La selección natural puede dar lugar a un increíble
espectro de organismos, desde los más asociales y competitivos a los más
amables y benévolos. Puede que este mismo proceso no haya especificado nuestras
normas y valores morales, pero nos ha dotado de la estructura psicológica, las
tendencias y las habilidades necesarias para desarrollar una brújula que tenga
en cuenta los intereses de la comunidad en su conjunto capaz de guiarnos en la
toma de decisiones vitales. Aquí reside la esencia de la moralidad humana.
Apéndice A
Antropomorfismo y antroponegación
A menudo, cuando los visitantes humanos se acercan
a los chimpancés de la Yerkes Field Station, una hembra adulta llamada Georgia
(figura 8) camina apresuradamente hacia el grifo para recoger un poco de agua
antes de que éstos lleguen. Después, Georgia se mezcla de forma casual con el
resto de la colonia, parapetada detrás de la valla de su recinto al aire libre,
y ni aun el más avezado observador sería capaz de notar nada particularmente
singular sobre ella. Si es necesario, Georgia espera varios minutos con los
labios apretados hasta que los visitantes se acercan. Se suceden los gritos,
las risas, los saltos y a veces las caídas cuando de repente Georgia les riega
con el agua.
Ésta no es una mera «anécdota», puesto que
Georgia realiza esta acción siempre de forma predecible; he conocido a unos
cuantos simios capaces de sorprender a personas un tanto ingenuas... y no tan
ingenuas. Hediger (1955), el gran zoobiólogo suizo, cuenta que aun cuando
siempre estaba preparado para enfrentarse a un reto similar y tras prestar
atención a todos los movimientos del simio, se vio empapado gracias a la acción
de un viejo chimpancé que se había pasado la vida perfeccionando este
pasatiempo.
Figura 8. Georgia, la chimpancé traviesa, fascinada con su propio reflejo en
la lente de la cámara. Fotografía del autor.
En cierta ocasión en la que me encontré en una
situación parecida con Georgia (esto es, me había dado cuenta de que se había
ido hacia el grifo y que se acercaba sigilosamente a mí), la miré muy fijamente
a los ojos y, mientras la apuntaba con el dedo, le dije en holandés: « ¡Te he
visto!». Inmediatamente se alejó, dejó caer parte del' agua y se tragó el
resto. Con esto evidentemente no quiero decir que Georgia comprenda el
holandés, pero sí que debe haber sentido que yo sabía lo que se traía entre
manos, y que yo no iba a ser un blanco fácil.
Los científicos que trabajan con estos
fascinantes animales se encuentran en una situación curiosa, al no poder evitar
interpretar muchas de sus acciones en términos humanos, lo cual
instantáneamente provoca las iras de filósofos y de otros científicos, muchos
de los cuales trabajan con ratas o palomas, o sin ningún tipo de animal.
Incapaces de hablar a partir de su experiencia de primera mano, estos críticos
deben sentirse muy seguros de sí mismos cuando descartan las explicaciones de
los primatólogos por antropomórficas y explican por qué debemos evitar caer en
el antropomorfismo.
Si bien nunca han llegado a mis oídos ejemplos
de tácticas de emboscada espontánea en ratas, lo cierto es que es concebible
que estos animales pudieran recibir entrenamiento a través del refuerzo
positivo para retener agua en su boca y situarse entre otras ratas. ¿Qué
tendría de malo que las ratas aprendieran a hacer algo así? El mensaje de los
críticos del antropomorfismo va en la línea del «Georgia no tiene ningún plan;
Georgia no sabe que está engañando a la gente; Georgia simplemente aprende
cosas más rápidamente que una rata». Así, en lugar de buscar el origen de las
acciones de Georgia dentro de ella y atribuirle una intención, proponen buscar
el origen de las mismas en su entorno y la forma en que ese entorno condiciona
el comportamiento. En lugar de ser la diseñadora de su propia y desagradable
ceremonia de recibimiento, la simia habría sido víctima de la irresistible
fuerza de la sorpresa y la irritación de los humanos. ¡Georgia es inocente!
Pero ¿por qué dejar que se vaya de rositas tan
fácilmente? ¿Por qué a un ser humano que actuase así lo amonestaríamos,
arrestaríamos o lo consideraríamos responsable de sus actos, mientras que a un
animal, aun uno que pertenece a una especie que tanto se parece a nosotros, le
consideramos un mero instrumento pasivo de contingencias basadas en el
estímulo-respuesta? En tanto que la ausencia de intencionalidad es tan difícil
de probar como su existencia, y en tanto que nunca se ha probado que los
animales difieran de forma esencial de las personas en este sentido, resulta
difícil comprender la base científica de presunciones tan opuestas entre sí
como éstas. Ciertamente, este dualismo tiene sus orígenes parciales fuera del
campo de la ciencia.
El dilema al que hoy por hoy se enfrenta la
ciencia de la conducta puede resumirse en la elección entre la economía
cognitiva y la evolutiva (De Waal, 1991; 1999). La economía cognitiva es la
base tradicional del conductismo norteamericano. Nos insta a no invocar
procesos mentales superiores si podemos explicar un fenómeno a través de los
procesos inferiores. Esto favorece una explicación sencilla, como por ejemplo
el comportamiento condicionado, por encima de explicaciones más complejas como
el engaño intencional. Hasta aquí, bien (pero véase Sober, 1990). La economía
evolutiva, por el contrario, tiene en cuenta
la filogenia compartida. Postula que si dos especies con un vínculo de
parentesco cercano actúan de la misma forma, entonces sus procesos mentales
son, probablemente, los mismos. La alternativa nos llevaría a asumir una
evolución de procesos divergentes que producen comportamientos similares, lo
cual parece una suposición muy poco económica para organismos separados por
apenas unos pocos millones de años en términos evolutivos. Si normalmente no
proponemos causas diferentes para el mismo tipo de comportamiento entre por
ejemplo perros y lobos, ¿por qué lo hacemos en el caso de humanos y chimpancés?
En resumen: el tan apreciado principio de la
economía tiene dos caras. Al tiempo que se supone que debemos dar primacía a
explicaciones cognitivas basadas en procesos menos complejos que otros, no
deberíamos crear una doble vara de medir según la cual el comportamiento
compartido de humanos y chimpancés se explicaría de diferentes modos. Si los
ejemplos del comportamiento humano con frecuencia invocan habilidades
cognitivas complejas —y con toda seguridad así es (Michel, 1991) —, debemos
evaluar cuidadosamente hasta qué punto estas habilidades podrían estar también
presentes en los simios. No es necesario que nos apresuremos a sacar
conclusiones, pero al menos deberíamos considerar esta posibilidad.
Aunque sintamos de forma más urgente la
necesidad ampliar nuestros horizontes cuando se trata de nuestros parientes los
primates, esto no quiere decir que tengamos que limitarnos a este grupo
taxonómico o a ejemplos de cognición compleja. Los estudiosos del
comportamiento animal se enfrentan a la elección de poder clasificar a los
animales como meros autómatas o dotarles de volición y capacidades de
procesamiento de la información. Allí donde una corriente de pensamiento nos
avisa del peligro de dar por sentadas cosas que no podemos probar, otra nos
avisa del peligro de dejar fuera de nuestro radar lo que podría haber ahí
fuera: para el observador humano, incluso los peces y los insectos parecen
impulsarse por sistemas de motivación, deseo y búsqueda internos que les hacen
conscientes del entorno en el que se mueven. Las descripciones que colocan a
los animales más cerca de nosotros que de las máquinas adoptan un lenguaje que
estamos más acostumbrados a utilizar para la actividad humana. Es inevitable
que dichas descripciones suenen antropomórficas.
Evidentemente, si definimos el antropomorfismo
como la atribución errónea de cualidades humanas a los animales, a nadie le
gusta verse asociado a esta idea. Pero en la mayor parte de las ocasiones
utilizamos una definición más amplia, esto es, definimos el antropomorfismo
como la descripción del comportamiento animal en términos humanos y, por lo
tanto, dotados de intención. Aun cuando ningún defensor del antropomorfismo
defendería la aplicación de este tipo de lenguaje sin sentido crítico, hasta
los más decididos oponentes del antropomorfismo aceptan su valor como
herramienta heurística. Es este empleo del antropomorfismo como medio para
llegar a la verdad, más que como fin en sí mismo, lo que distingue su
utilización en la ciencia del uso que de él hacen los no especialistas. El objetivo
último del científico que utiliza un lenguaje antropomórfico no es el de lograr
una proyección plenamente satisfactoria de sentimientos humanos en un animal,
sino la de formular ideas que puedan ser probadas y observaciones replicables.
Esto exige estar plenamente familiarizado con la
historia natural y con los rasgos especiales de las especies a investigar, así
como un esfuerzo para suprimir la cuestionable suposición de que los animales
sienten y piensan como nosotros. Una persona que no es capaz de imaginar que
las hormigas saben bien no puede antropomorfizar exitosamente al comedor de
hormigas. De modo que, para que nuestro lenguaje tenga algún valor heurístico,
debe respetar las peculiaridades de la especie al tiempo que las representa de
tal forma que pueda llegar a apelar a la sensibilidad humana. Nuevamente, esto
es más fácil de conseguir con animales que están más próximos a nosotros que
con animales que se mueven en un medio diferente o que perciben el mundo a
través de diferentes sistemas sensoriales, como los delfines o las ratas.
Apreciar la diversidad del Umwelten (Von Uexhüll, 1909) en el reino animal sigue siendo hoy en día uno
de los principales retos a los que se enfrentan los estudiosos del
comportamiento animal.
El debate sobre los usos y abusos del
antropomorfismo, que durante años estuvo reducido al ámbito de un pequeño
círculo de académicos, ha ganado recientemente preeminencia con la publicación
de dos libros:The New Antropomorphism, de Kennedy (1992), y La vida oculta de los perros, de Marshall Thomas (1993). Kennedy reitera los
peligros y trampas de dar por sentada la existencia de capacidades cognitivas
más elevadas de lo que podemos probar, defendiendo así la economía cognitiva.
Por el contrario, Marshall Thomas no vacila en defender el sesgo antropomórfico
de su estudio informal sobre el comportamiento canino. En su best-seller, la
antropóloga nos cuenta que hay perras jóvenes que «guardan» su virginidad para
sus futuros «maridos» (esto es, ignoran las atenciones sexuales de otros antes
de encontrar a su macho preferido, pág. 56), que los lobos salen de caza sin
«sentir ningún atisbo de compasión» (pág. 39), o que en los ojos de su perro
durante el transcurso de un salvaje ataque en grupo no ve «ni furia, ni miedo,
ni muestras de agresión: solamente claridad de miras y una increíble
determinación» (pág. 68).
Hay una diferencia notable entre la utilización
del antropomorfismo con fines comunicativos o para generar una hipótesis, y el
tipo de antropomorfismo que lo único que hace es proyectar una serie de
emociones e intenciones humanas en los animales sin justificación, explicación
o investigación alguna (Mitchell y otros, 1997). El antropomorfismo acrítico de
Marshall Thomas es precisamente lo que ha dado mala fama a esta práctica, y lo
que ha llevado a que sus críticos se opongan a ella en todas sus formas. Pero
en lugar de rechazarlo por completo, deberíamos preguntarnos si una cierta
dosis de antropomorfismo, utilizada de forma crítica, nos beneficia o nos
perjudica a la hora de estudiar el comportamiento animal. ¿Es el
antropomorfismo algo que, como ya apuntara Hebb (1946), nos permite comprender
dicho comportamiento, y como Cheney y Seyfarth (1990, pág. 303) dijeron,
«funciona» en tanto que aumenta la posibilidad de predecir el comportamiento?
¿O es, como sostienen Kennedy y otros (1992), algo que debemos mantener bajo
control, como si fuera una enfermedad, al convertir a los animales en figuras
humanas?
Si bien es cierto que los animales no son
humanos, es igualmente cierto que los humanos sí son animales. La resistencia
ante esta sencilla pero innegable verdad subyace en la resistencia frente al
antropomorfismo. He definido esta resistencia como antroponegación: el
rechazo a priori de
características compartidas entre humanos y animales. La antroponegación denota
una ceguera voluntaria hacia las características humanas de los animales tanto
como hacia las características animales de los humanos (De Waal, 1999). Refleja
una antipatía pre darwiniana frente a las profundas similitudes que existen
entre el comportamiento humano y el comportamiento animal (por ejemplo, el
cuidado materno, el comportamiento sexual o la búsqueda del poder), visibles
para cualquier persona de mente abierta.
La idea de que estas similitudes exigen
explicaciones unitarias viene de antiguo. Uno de los primeros en invocar la
uniformidad explicativa para todas las especies fue David Hume (1985 [1739],
pág. 226), quien formuló el siguiente principio básico en su Tratado
de la naturaleza humana:
Es a partir de la similitud entre las acciones
externas de los animales respecto de aquellas que nosotros mismos realizamos
que juzgamos su interior como parecido al nuestro; al llevar este principio de
la razón un paso más allá, concluiremos que puesto que nuestras acciones
internas se parecen las unas a las otras, también habrán de parecerse entre sí
las causas de las que se derivan. Cuando, entonces, avanzamos cualquier
hipótesis para explicar una operación mental que sea común a hombres y bestias,
debemos aplicar la misma hipótesis a ambos por igual.
Es importante añadir que, frente a los conductistas
norteamericanos que dos siglos después de Hume incluyeron a animales y humanos
en el mismo marco de estudio al rebajar considerablemente la complejidad mental
humana y relegar la conciencia al ámbito de la superstición (por ejemplo,
Watson, 1930), Hume (1985 [1739], pág. 226) tenía una opinión muy elevada de
los animales: «Nada es más evidente —escribió— que el hecho de que las bestias
están dotadas de pensamiento y razón como los hombres».
Hablando con propiedad, no podemos presumir de
contar con una teoría unificada que explique todo el comportamiento (humano y
animal) mientras al mismo tiempo desacreditamos el antropomorfismo. Después de
todo, el antropomorfismo asume la existencia de experiencias similares en
humanos y animales, que es exactamente lo que cabría esperarse en el caso de
que hubiera procesos subyacentes compartidos. La oposición de los conductistas
al antropomorfismo probablemente se originó en el hecho de que ninguna persona
en su sano juicio aceptaría la validez de su tesis de que las operaciones
mentales internas de nuestra especie
son producto de la imaginación. La gente se negaba a aceptar que su
comportamiento pudiera ser explicado sin tener en cuenta pensamientos,
sentimientos o intenciones. ¿No tenemos vidas mentales, no miramos hacia el
futuro, no somos acaso seres racionales? Con el tiempo, los conductistas
cedieron, excluyendo al simio bípedo de su teoría del todo.
Fue aquí donde comenzó el problema para el resto
de los animales. Toda vez que la complejidad cognitiva fue admitida para el
caso de los humanos, el resto del mundo animal se convirtió en la luminaria del
conductismo. Se esperaba de los animales que siguieran la ley del efecto
completamente al pie de la letra; quien pensara lo contrario estaría cayendo en
el antropomorfismo. La atribución a animales de experiencias similares a las
humanas se consideraba pecado capital. El conductismo había pasado de ser una
ciencia unificada a otra dicotómica, con dos lenguajes diferenciados: uno para
el comportamiento humano, otro para el comportamiento animal.
A la pregunta de si el antropomorfismo es
peligroso responderemos con un «sí»: es peligroso para aquellos que quieren
construir un muro entre los humanos y el resto de los animales. El
antropomorfismo sitúa a todos los animales, incluidos los humanos, en el mismo
plano explicativo. Pero apenas puede ser calificado de peligroso entre quienes
trabajan partiendo de una perspectiva evolutiva, mientras traten las
explicaciones antropomórficas como hipótesis de trabajo (Burghardt, 1985). El
antropomorfismo es una posibilidad entre muchas otras, que debemos tener en
cuenta dado que aplica una serie de ideas intuitivas sobre nosotros mismos a
otras criaturas que se nos parecen mucho. El antropomorfismo es la aplicación
del autoconocimiento humano al comportamiento animal. ¿Qué puede haber de malo
en eso? Ya aplicamos la intuición humana a las matemáticas o la química, así
que ¿por qué suprimirlo en el caso del estudio del comportamiento animal? Más
aún: ¿de verdad alguien cree todavía que podemos evitar el antropomorfismo
(Cenami Spada, 1997)?
En última instancia debemos preguntarnos qué
tipo de riesgos estamos dispuestos a asumir: si el de infravalorar la vida
mental de un animal o el de sobrevalorarla. Existe cierta simetría entre el
antropomorfismo y la antroponegación, y cada una de estas posturas tiene sus
ventajas y desventajas. La respuesta no es fácil, pero desde una perspectiva
evolutiva, la travesura de Georgia se explica más fácilmente del mismo modo que
explicamos nuestro propio comportamiento: como el resultado de una vida
interior familiar y compleja.
Apéndice B
¿Tienen los simios una teoría de la mente?
Menzel inició los estudios sobre la
intersubjetividad entre primates (1974) al soltar en un cercado al aire libre a
un grupo de chimpancés jóvenes, en el que sólo uno de ellos sabia donde se
escondían la comida y una serpiente de juguete, mientras que sus compañeros lo
ignoraban. Sin embargo, estos mismos compañeros fueron perfectamente capaces de
«adivinarlo» a partir del comportamiento del chimpancé que sí lo sabía. El
clásico experimento de Menzel, combinado con la noción de Humphrey (1978) de
los animales como «psicólogos naturales» y la teoría de la mente desarrollada
por Premack y Woodruff (1978), inspiró el paradigma del sujeto conocedor frente
a sujeto adivinador que aún hoy en día sigue siendo popular en los estudios de
intersubjetividad en simios y niños.
La expresión «teoría de la mente» se refiere a
la habilidad de reconocer los estados mentales de otros. Si por ejemplo usted y
yo nos encontrásemos en una fiesta y yo creyera que nunca antes nos habíamos
visto (aun cuando lo hubiéramos hecho), yo estaría elaborando una teoría sobre
lo que le está pasando a usted por la cabeza. Dado que algunos científicos
sostienen que esta habilidad es únicamente humana, resulta irónico que el
propio concepto de la teoría de la mente tenga sus orígenes en las investigaciones
con primates.
Desde entonces, ha tenido sus altibajos.
Partiendo de demostraciones fallidas, hay quien ha llegado a la conclusión de
que los simios carecen de teoría de la mente (por ejemplo, Tomasello, 1999;
Povinelli, 2000). Aun así, resulta imposible interpretar los resultados
negativos. Como suele decirse, la falta de pruebas no es prueba de que algo
falte. Es posible que un experimento no funcione por razones que no tienen nada
que ver con la existencia de dicha capacidad en cuestión. Por ejemplo, cuando
comparamos simios con niños, uno de los problemas con los que nos topamos es
que el responsable del experimento es invariablemente un humano, con lo cual
son únicamente los simios los que han de enfrentarse a la barrera entre
especies (De Waal, 1996).
Para los simios en cautividad, los humanos
debemos parecer todopoderosos y omniscientes. Nos acercamos a los chimpancés a
nuestro cargo después de que otros nos cuenten lo que les pasa (por ejemplo,
cuando nos llaman por teléfono para informarnos de que hay algún herido o que
se ha producido un nacimiento). Los chimpancés deben notar que con frecuencia
sabemos lo que ha pasado antes de que les hayamos visto. Esto hace que la
participación de humanos en experimentos del tipo de los anteriormente descritos,
como un aspecto central de la investigación de la teoría de la mente, sea
inherentemente inadecuada.
Hasta el momento, todo lo que han conseguido los
experimentos llevados a cabo ha sido poner a prueba la teoría que sobre la
mente humana tienen los simios. Debemos mejorar nuestra comprensión de la
teoría que los simios tienen sobre otros simios. Cuando eliminamos al
experimentador humano, los chimpancés parecen darse cuenta de que si uno de sus
congéneres ha visto la comida escondida, sabe donde esta (Haré y otros, 2001).
Este descubrimiento, junto con las cada vez más numerosas pruebas sobre la toma
de perspectiva visual entre simios (Shillito y otros, 2005; Bráuer y otros,
2005; Haré y otros, en imprenta; Hirata, 2006), han reabierto el debate sobre
la existencia de una teoría de la mente animal. En un giro inesperado de los
acontecimientos (dado que el debate se centra en humanos y simios), un mono
capuchino en la Universidad de Kyoto recientemente superó una serie de pruebas
del mismo tipo (ver/saber) (Kuroshima y otros, 2003). Resultados positivos como
éste son suficientes para poner en tela de juicio todos los resultados
negativos anteriores.
La única forma de llegar al fondo de la
inteligencia animal es mediante el diseño de experimentos que atrapen
intelectual y emocionalmente a los animales. A los simios se les da bien
resolver problemas, como por ejemplo rescatar a un bebé de un ataque, superar a
un rival, evitar conflictos con un macho dominante o escabullirse con algún
compañero. Existen numerosos testimonios a favor de la existencia de una teoría
de la mente en la vida social de los simios, y aun cuando normalmente se trate
de acontecimientos aislados (en ocasiones despreciativamente calificados de
«anecdóticos»), yo creo que son extremadamente significativos. Después de todo,
ha bastado con que un hombre dé un paso en la Luna para que afirmemos que ir
allí entra dentro de nuestras capacidades. Si un observador experimentado y de
confianza da noticia de algún incidente notable, la comunidad científica haría
bien en prestar atención (De Waal, 1991). Con respecto a la posibilidad de que
los simios adopten el punto de vista de otro, contamos con no pocos ejemplos.
En la primera parte he contado las historias de Kuni y el pájaro y Jakie y su
tía. Pondré a continuación dos ejemplos más (De Waal, 1989a).
El foso de dos metros de profundidad situado frente
al viejo cercado de los bonobos en el zoo de San Diego fue drenado para su
limpieza. Después de limpiarlo y de soltar a los simios, los cuidadores se
dispusieron a rellenarlo de agua cuando repentinamente el macho más viejo,
Kakowet, se acercó a la ventana, gritando y agitando frenéticamente los brazos,
como si quisiera llamar su atención. Tras muchos años, la rutina de limpieza le
resultaba ya familiar. Varios bonobos jóvenes se habían introducido en el foso
seco, pero no podían salir. Los cuidadores les dieron una escalera. Todos los
bonobos salieron del foso por su propio pie salvo el más pequeño, que fue
rescatado por Kakowet.
Esta historia es igual que otra observación registrada en el mismo lugar una
década más tarde. Para entonces, el zoo había tomado la sabia decisión de no
rellenar el foso con agua, puesto que los simios no pueden nadar. Había una
cadena colgando permanentemente hacia el interior del foso, y los bonobos
bajaban siempre que les apetecía. Si Vernon, el macho alfa, desaparecía hacia
el interior del foso, un macho más joven llamado Kalind rápidamente tiraba
hacia arriba de la cadena. Kalind miraba entonces a Vernon con la boca muy
abierta y un gesto travieso en la cara mientras daba palmadas contra la pared
del foso. Esta expresión es el equivalente de la risa humana: Kalind se estaba
riendo del jefe. En varias ocasiones, la única adulta, Loretta, se apresuró
hacia el lugar de los hechos para rescatar a su compañero devolviendo la cadena
al foso y vigilando hasta que Vernon hubiera salido del foso.
Ambas observaciones ejemplifican la toma de
perspectiva a la que hemos hecho referencia anteriormente. Kakowet pareció
darse cuenta de que llenar el foso de agua mientras los jóvenes bonobos seguían
dentro no sería una buena idea, aun cuando esto no le afectase. Tanto Kalin
como Loretta parecían conocer la utilidad de la cadena para alguien que se
encontrara en el fondo del foso y actuaron en consecuencia, uno gastando una
broma y la otra ayudando a la parte dependiente.
Personalmente estoy convencido de que los simios
adoptan el punto de vista de sus congéneres, y que el origen evolutivo de esta
habilidad no debe buscarse en la competitividad social, aun cuando se aplique
en este ámbito (Haré y Tomasello, 2004), sino en la necesidad de cooperar. En
el centro de esta toma de perspectiva se encuentra el vínculo emocional entre
individuos (extendido entre los mamíferos sociales) sobre el cual la evolución
(o el desarrollo) construye aún manifestaciones más complejas, incluida la
evaluación del conocimiento y las intenciones de otro (De Waal, 2003).
Debido a esta posible conexión entre empatía y
teoría de la mente, los bonobos son una especie crucial para el desarrollo de
investigaciones futuras, dado que es posible que sean los simios más empáticos
de todos (De Waal, 1997a). Comparaciones recientes de ADN muestran que humanos
y bonobos compartimos un micro satélite relacionado con la socialidad que está
ausente en el chimpancé (Hammock y Young, 2005). Este punto podría no bastar
para decir cuál de nuestros dos parientes más próximos, si el bonobo o el
chimpancé, se parece más a nuestro ancestro común, pero sin lugar a dudas nos
obliga a prestar atención a los bonobos como modelos del comportamiento social
humano.
Apéndice C
Los derechos de los animales
Contenido:
§. La jubilación de los simios
Supongamos que, tras escapar por los pelos de las
garras de un leopardo, una gacela decide llamar a su abogado para quejarse de
que su derecho a pastar donde ella quiera ha sido violado una vez más. ¿Debería
denunciar al leopardo, o pensará acaso su abogado que también los predadores
tienen derechos?
Absurdo, ¿verdad? Ciertamente, estoy a favor de
los esfuerzos que se realizan para frenar los abusos contra los animales, pero
albergo serias dudas sobre el método elegido, que ha desembocado en que en las
facultades de derecho de Estados Unidos se estén ofreciendo cursos de «derecho
animal». No están hablando de la ley de la jungla, sino de aplicar los
principios de la justicia a los animales. Para personas como Steven M. Wise, el
abogado encargado de la docencia de este curso en Harvard, los animales no son
una simple propiedad, sino seres merecedores de derechos tan firmes e
incontestables como los derechos constitucionales de las personas. Algunos
defensores de los derechos de los animales han llegado a reclamar que los
chimpancés merecen disfrutar de libertad y de su integridad corporal.
Este punto de vista ha ido ganando adeptos. Por
ejemplo, el Tribunal de Apelaciones del Distrito de Columbia confirmó el
derecho de un visitante humano al zoo de la ciudad a entablar un pleito para
conseguir que los chimpancés tuvieran compañía. En la última década, los
parlamentos de varios Estados han elevado la crueldad contra los animales a la
categoría de delito grave, en lugar de considerarlos como faltas.
El debate sobre los derechos de los animales no
es nuevo. Recuerdo todavía algunas de las discusiones de tinte surrealista que
mantenían los científicos en la década de 1970, en las que se despreciaba el
sufrimiento animal como una cuestión sentimentaloide. Junto a firmes avisos
para evitar caer en el antropomorfismo, era entonces dominante el punto de
vista que sostenía que los animales no eran sino meros robots, desprovistos de
sentimientos, ideas o emociones. Los científicos sostenían, con la cara muy
seria, que los animales no pueden sufrir, o al menos no como lo hacemos los
humanos. Cuando un pez sale del agua con un enorme anzuelo metido en la boca y
se agita violentamente en tierra firme, ¿cómo podemos saber lo que siente? ¿No
estaremos acaso proyectando?
Esta idea cambió en la década de 1980 con la
aplicación de las teorías cognitivas al comportamiento animal. Actualmente,
empleamos términos como «planificación» y «conciencia» al referirnos a los
animales. Se cree que comprenden el efecto de sus actos, que son capaces de
comunicar emociones y de tomar decisiones. Se cree incluso que algunos
animales, como los chimpancés, poseen una política y cultura rudimentarias.
En mi experiencia, los chimpancés intentan
conseguir el poder tan incansablemente como ciertas personas en Washington, y
están al tanto de los servicios dados y recibidos en un mercado caracterizado
por los intercambios. Sus sentimientos pueden oscilar entre la gratitud por el
apoyo político a la ira si uno de ellos viola una norma social. Todo ello va
mucho más allá del mero temor, dolor o enfado: la vida emocional de estos
animales es mucho más cercana a la nuestra de lo que pensábamos.
Esta nueva forma de ver las cosas podría
transformar nuestra actitud hacia los chimpancés y, por extensión, hacia otros
animales, pero de ahí a decir que la única forma de garantizar que se les dé un
trato decente es dándoles derechos y abogados va un trecho. Supongo que esto es
muy americano, pero los derechos forman parte de un contrato social que no
tiene sentido sin la existencia de deberes. Ésta es la razón por la que el
indignante paralelismo que los defensores de los derechos de los animales
establecen con la abolición de la esclavitud es, además de insultante,
moralmente imperfecto: los esclavos pueden y deben convertirse en miembros de
pleno derecho de la sociedad; los animales, no.
De hecho, la concesión de derechos a los
animales depende por entero de nuestra buena voluntad. Consecuentemente, los
animales disfrutarán únicamente de aquellos derechos que les concedamos. Nunca
oiremos hablar del derecho de los roedores a ocupar nuestros hogares, del
derecho de los estorninos a atacar cerezos, o de perros que decidan qué ruta
habrá de seguir su dueño. En mi opinión, los derechos que se conceden de forma
selectiva no pueden ser calificados de tales.
¿Qué ocurriría si en lugar de hablar de derechos
invocásemos simplemente el sentido de la obligación? Al igual que enseñamos a
los niños a respetar un árbol haciendo referencia a su edad, deberíamos
utilizar los nuevos conocimientos relativos a la vida mental de los animales
para insuflar una ética humanitaria que tome en consideración algo más que
nuestros propios intereses.
Aun cuando muchos animales sociales han
desarrollado tendencias afectivas y altruistas, es raro que dirijan dichas
tendencias a otras especies. El trato que un leopardo da a una gacela es un
ejemplo típico. Somos la primera especie en aplicar estas tendencias que
evolucionaron dentro del grupo a un círculo más amplio de humanos, y podemos
hacer lo mismo con otros animales: el trato humanitario, y no los derechos, se
convertirían entonces en la pieza central de nuestra actitud hacia los mismos.
§. La jubilación de los simios
La discusión precedente (modificada a partir de
una columna de opinión aparecida en el New York Times el 20 de agosto de 1999 con el título «Nosotros
el Pueblo [y otros Animales]...») pone en tela de juicio la postura de quienes
invocan «derechos» para los animales, pero no explica mi posición respecto a
las prácticas de investigación médica agresivas.
Es una cuestión compleja, porque creo que
nuestra primera obligación moral es para con los miembros de nuestra propia
especie. No conozco a ningún defensor de los derechos de los animales que
necesite atención médica urgente y que la rechace. Esto es así aun cuando todos
los tratamientos de la medicina moderna se derivan de investigaciones con
animales: cualquier persona que entra en un hospital hace uso de la
investigación en animales. Parece, pues, existir un consenso, aun entre quienes
protestan contra las pruebas con animales, que la salud y el bienestar humanos
preceden a casi todo lo demás. La pregunta, entonces, es: ¿qué es lo que estamos
dispuestos a sacrificar? ¿Qué tipo de animales estamos dispuestos a someter a
estudios médicos agresivos, y cuáles son los límites de tales procedimientos?
Para la mayoría de la gente, ésta es una cuestión de grado, no de absolutos. La
utilización de ratones para desarrollar nuevas medicinas contra el cáncer no se
pone al mismo nivel que disparar contra cerdos para probar el impacto de las
balas, y esta segunda prueba no está al mismo nivel que inocular a un chimpancé
con una enfermedad mortal. En un complejo cálculo en el que las ganancias se
enfrentan al dolor causado, adoptamos decisiones relativas a la ética de la
investigación con animales basándonos en nuestros sentimientos respecto al tipo
de procedimiento, la especie animal de la que se trate y los beneficios para
los humanos.
Sin entrar en las razones o incongruencias de
por qué favorecemos a algunos animales por encima de otros y ciertos
procedimientos por encima de otros, personalmente soy de la opinión de que los
simios merecen un estatus especial. Son nuestros parientes más próximos y
tienen vidas sociales y emocionales muy parecidas a las nuestras, además de una
inteligencia similar. Éste es, evidentemente, un argumento antropomórfico como
el que más, pero es una idea que comparten muchas de las personas que trabajan
con simios. Su cercanía les convierte en modelos médicos ideales y éticamente
problemáticos.
Si bien son muchas las personas que prefieren
adoptar una posición moral basada en la lógica, esto es, en hechos
exclusivamente empíricos (como por ejemplo la a menudo mencionada capacidad de
los simios de reconocerse frente al espejo), no existe una postura moral
razonada que sea completamente sólida. Creo que las decisiones morales tienen
una base emocional, y dado que es fácil sentir empatía hacia criaturas que
física y psicológicamente se parecen a nosotros, los simios nos hacen sentir
más culpables a la hora de hacerles daño que en el caso de otros animales.
Estos sentimientos juegan un papel importante a la hora de adoptar una decisión
ética sobre los experimentos en animales.
A lo largo de los años, he visto cómo la actitud
dominante se ha ido transformando: del énfasis en la utilidad médica de los
simios hemos pasado a enfatizar su estatus ético. Hemos llegado a un punto en
el que los simios son modelos médicos a los que recurrimos en última instancia.
Actualmente, no está permitido que un estudio médico que pueda ser llevado a
cabo con monos, como por ejemplo mandriles o macacos, se lleve a cabo con
chimpancés. Dado que el número de cuestiones científicas relativas a los simios
está en retroceso, tenemos un «exceso» de chimpancés. La comunidad médica ya
nos está diciendo que contamos con más chimpancés de los necesarios para sus
investigaciones.
Creo que éste es un avance positivo, y estoy a
favor de que la situación siga progresando hasta que sea posible prescindir por
completo de los chimpancés. Aún no hemos alcanzado este punto, pero la
creciente reticencia a utilizar chimpancés ha llevado a los diferentes
institutos nacionales de la salud a adoptar el histórico paso de solicitar
públicamente la jubilación de estos animales. La instalación más importante es
el llamado Chimpa Haven (El Refugio de los Chimpancés;), que en 2005 inauguró
una gran instalación al aire libre donde jubilar a los chimpancés retirados de
los protocolos de investigación médica.
Mientras tanto, seguiremos utilizando chimpancés
en estudios no agresivos, tales como investigaciones sobre el envejecimiento,
la genética, la imagen del cerebro, el comportamiento social o la inteligencia.
Se trata de estudios que no exigen infligir daños al animal. La definición que
empleo para decidir si una investigación es no agresiva es que se trate «del
tipo de investigación que no nos importaría realizar en voluntarios humanos». Esto
implicaría no realizar pruebas con productos químicos, ni transmitirles ninguna
enfermedad que no tengan, no realizar operaciones quirúrgicas que impliquen una
merma de sus capacidades, y así sucesivamente.
Estas investigaciones nos ayudarán a seguir aprendiendo
cosas sobre nuestros parientes más próximos de una forma relajada e incluso
agradable. Añado este último punto porque a los chimpancés con los que trabajo
les gustan sobremanera las pruebas realizadas con ordenador: la manera más
fácil de hacer que entren en nuestras instalaciones es mostrándoles un carrito
con un ordenador. Entonces, se apresuran a entrar para pasar una hora que ellos
ven como una hora de juegos y nosotros, como una hora de pruebas cognitivas.
Idealmente, todas las investigaciones que
realicemos con simios deberían ser mutuamente beneficiosas y agradables.
Parte II
Comentarios
Contenido:
§. Los usos del antropomorfismo
§. La moralidad y la singularidad de la acción humana
§. Ética y evolución: cómo se llega hasta aquí
§. Moralidad, razón y derechos de los animales
§. Los usos del antropomorfismo (Robert Wright)
Los cuidadosa y ricamente documentados ejemplos
del comportamiento social de los primates no humanos que nos ofrece Frans de
Waal han contribuido considerablemente a ampliar nuestra comprensión del
comportamiento social tanto en los primates como en los humanos. Una de los
aspectos que hace que sus escritos resulten intelectualmente tan estimulantes
es su disposición a emplear un lenguaje provocativamente antropomórfico a la
hora de analizar el comportamiento y la mentalidad de los chimpancés y otros primates
no humanos. No sorprende, pues, que haya sido objeto de algunas críticas debido
a este antropomorfismo. Creo que estas críticas han estado, casi siempre,
erradas. Sin embargo, aunque estoy convencido del valor de este lenguaje
antropomórfico que De Waal utiliza, creo que en ocasiones no es lo
suficientemente crítico con el tipo de lenguaje antropomórfico que emplea.
Me gustaría en primer lugar explicar más en
profundidad esta cuestión para después explicar por qué esta crítica puede
ayudarnos a expandir nuestra visión de la moralidad humana. Más concretamente,
clarificar la cuestión de qué tipo de lenguaje antropomórfico resulta apropiado
emplear en el caso de nuestros parientes más próximos, los chimpancés, arroja
luz sobre la distinción que De Waal hace entre una teoría «naturalista» de la
moralidad y la teoría «de la capa» aplicada a la moralidad humana, es decir,
entre la idea de que la moralidad tiene una base firme en los genes y la idea
de que lo que llamamos «moralidad» no es sino un mero «recubrimiento cultural»
que a menudo toma la forma de una impostura moral que enmascara una naturaleza
humana amoral, cuando no directamente inmoral. Creo que De Waal malinterpreta
la perspectiva de aquellos a los que califica de «teóricos de la capa» (yo
mismo, por ejemplo) y en consecuencia pasa por alto un importante y edificante
aspecto con el que la psicología evolucionista puede contribuir al debate sobre
la moralidad, a saber: la psicología evolucionista apunta a la posibilidad de
una tercera teoría sobre la moralidad humana que (adaptando la terminología de
De Waal) podríamos llamar la «teoría naturalista de la capa». Podremos
comprender mejor esta tercera alternativa una vez que hayamos ponderado la
cuestión de qué tipo de lenguaje antropomórfico es apropiado emplear en el caso
de los chimpancés, cuestión que procedo a examinar.
Dos tipos de lenguaje antropomórfico
Es prácticamente imposible leer la gran obra de
De Waal titulada La política de los chimpancés sin que a uno le sorprendan sobremanera los
paralelismos existentes entre el comportamiento de chimpancés y humanos. Por
ejemplo: en ambas especies el estatus social lleva implícitas recompensas
tangibles, los individuos de ambas especies buscan ese estatus y en ambas
especies los individuos formas alianzas sociales que les ayuden a conseguirlo.
Dada la relación de proximidad evolutiva que une a seres humanos y chimpancés,
es ciertamente plausible pensar que estos paralelismos externos del
comportamiento tengan sus equivalentes internos; esto es, que existen una serie
de aspectos compartidos entre especies en los mecanismos biológicos que
gobiernan el comportamiento y en la experiencia subjetiva correspondiente. Las
expresiones faciales, movimientos y posturas que acompañan ciertos
comportamientos en los chimpancés ciertamente refuerzan esta conjetura.
Pero ¿cuál es la naturaleza exacta de estos
aspectos comunes? ¿Qué experiencias subjetivas concretamente, por ejemplo,
compartimos con los chimpancés? Aquí es donde no estoy de acuerdo con la
tendencia interpretativa de De Waal.
Existen dos grandes categorías de lenguaje
antropomórfico. En primer lugar, el lenguaje emocional: podemos decir que los
chimpancés sienten compasión, que sienten ira, que se sienten ofendidos,
inseguros, etc. En segundo lugar, encontramos el lenguaje cognitivo, que
atribuye un conocimiento y/o razonamiento consciente a los animales: podemos
entonces decir que los chimpancés recuerdan, se anticipan a algo, planifican,
elaboran estrategias, etcétera.
No está del todo claro a partir de los indicios
del comportamiento con los que contamos qué tipo de lenguaje antropomórfico
deberíamos emplear. Con bastante frecuencia, tanto en humanos como en primates
no humanos, podríamos explicar un comportamiento en concreto bien como el
producto de una reflexión consciente y de la elaboración de una estrategia,
bien como el producto de una reacción fundamentalmente emocional.
Consideremos el «altruismo recíproco». En el
caso tanto de los humanos como de los chimpancés, vemos algo que en el nivel
del comportamiento parece altruismo recíproco. Esto es: los individuos
establecen relaciones con otros individuos caracterizadas por el hecho de que
una de las partes ofrece determinados bienes a la otra (como la comida) u
ofrece una serie de servicios como una forma de apoyo social; la acción de dar
resulta en cierto modo simétrica con el transcurso del tiempo: tú me rascas la
espalda y yo rasco la tuya.
En el caso de los humanos, sabemos —mediante la
introspección— que estas relaciones de apoyo mutuo pueden gobernarse en dos
niveles distintos: el cognitivo o el emocional. (En la vida real se produce
normalmente una mezcla de factores cognitivos y emocionales, si bien con
frecuencia uno de ellos es predominante; en cualquier caso, tomaré en
consideración ejemplos «puros» de cada uno de ellos para explicar con claridad
el experimento que sigue.)
Consideremos el caso de dos académicos que
trabajan en el mismo campo pero que nunca se han conocido. Supongamos que usted
es uno de esos académicos. Usted se encuentra escribiendo un trabajo de
investigación que le ofrece la oportunidad de citar al otro académico. La cita
no es esencial: el ensayo no se resentiría si no apareciera. Pero usted piensa:
«Bueno, quizá si cito a esta persona, ella me cite más adelante, y esto podría
llevar a establecer un patrón de citas mutuas que resultaría beneficioso para
ambos». Así que usted cita a esa otra persona, y da así comienzo a la relación
estable de citación mutua que usted anticipaba: estaríamos ante una forma de
«altruismo recíproco».
Imaginemos ahora una vía alternativa con el
mismo resultado. Mientras trabaja en la elaboración de su ensayo, usted conoce
a un académico en una conferencia. Inmediatamente se caen bien, y comienzan a
discutir sus intereses intelectuales y opiniones. Más adelante, mientras
termina su trabajo, usted decide citar el trabajo de ese académico simplemente
por amistad: decide citarlo porque le apetece. Más adelante, él le cita a
usted, y comienza entonces el mismo patrón de citas mutuas, de «altruismo
recíproco».
En el primer caso, la relación parece ser el
resultado de una estrategia calculada. En el segundo, parece ser más un caso de
simple amistad. Pero para un observador exterior (alguien que simplemente
observa la tendencia de estos dos académicos a citarse mutuamente), resulta
difícil distinguir los dos tipos de motivación. Es difícil decir si el patrón
de citas mutuas está guiado por un cálculo estratégico o por la amistad, porque
cualquiera de las dos dinámicas puede en principio conducir al resultado ya
observado: una relación estable en la que ambos se citen mutuamente.
Supongamos ahora que al observador se le ofrece
cierta información adicional: estos dos académicos no sólo tienden a citarse
mutuamente, sino que tienden también a ser de la misma opinión en los temas más
conflictivos de su campo. Con todo, esto no resultaría de mucha ayuda, porque
se sabe que ambas dinámicas (el cálculo estratégico y el sentimiento de
amistad) conducen a este resultado final: no sólo que se citen entre sí, sino
que sean aliados desde un punto de vista intelectual. Después de todo, a) si
uno elige conscientemente a otra persona para la cita recíproca, lo más lógico
es que escoja a una persona que comparta sus intereses estratégicos,
esencialmente la defensa de la posición de uno en los principales tema
intelectuales; y b) si en lugar de esto se opera sobre la base de los
sentimientos de amistad, sigue siendo bastante probable que acabe uno
emparejándose con un aliado intelectual, puesto que uno de los principales
factores que contribuyen a la existencia de sentimientos de amistad es la
existencia de un acuerdo en temas conflictivos.
Que el gobierno de las emociones (o de los
«sentimientos de amistad») pueda llevar al mismo punto que el gobierno de un
cálculo estratégico no es ninguna coincidencia. Según la psicología
evolucionista, la selección natural «diseñó» las emociones humanas para servir
a los intereses estratégicos de los individuos de la especie humana (o, para
ser más exactos, para aumentar la proliferación de los genes individuales en el
entorno evolutivo, si bien para el caso de la discusión que nos ocupa podemos
asumir que los intereses del individuo y los de los genes del individuo
coinciden, como a menudo ocurre). En el caso de los sentimientos de amistad, estamos
«diseñados» para sentir una mayor proximidad hacia individuos que comparten
nuestras opiniones en temas conflictivos porque a lo largo de la evolución
éstos son individuos con los que ha resultado beneficioso establecer alianzas.
Ésta es la razón genérica por la que a menudo
resulta difícil para un observador decir si un comportamiento humano
determinado se guía por un cálculo estratégico o por las emociones: porque
muchas emociones son sustituías del cálculo estratégico. (En cuanto al hecho de por qué la selección
natural creó estos sustitutos para el cálculo estratégico, podemos suponer que
estas emociones evolucionaron bien antes de que nuestros ancestros pudiesen
elaborar cálculos estratégicos conscientes correctamente, o en casos en los que
aun siendo conscientes de la estrategia que perseguían tal conciencia les
resultase poco ventajosa.)
¿Qué sienten los chimpancés?
Después de presentar este experimento, podemos
ahora retomar la cuestión del lenguaje antropomórfico, en concreto la pregunta
de cuándo debe utilizarse el antropomorfismo «emocional» y cuándo el
antropomorfismo «cognitivo». Al analizar la dinámica de los chimpancés y tratar
de decidir si los chimpancés elaboran cálculos conscientes o si sencillamente
se guían por emociones, nos enfrentamos a la misma dificultad que nos
encontramos en el ejemplo de los dos académicos: dado que las emociones en
cuestión fueron «diseñadas» por selección natural para tener como resultado un
comportamiento estratégicamente efectivo, los comportamientos impulsados por
las emociones y aquellos conscientemente calculados podrían parecer idénticos a
ojos de un observador externo.
Por ejemplo, si separamos a dos chimpancés de la
estructura de poder en la que viven inmersos —esto es, si no son parte de la
coalición que mantiene al macho alfa en el poder y por lo tanto no participan
de los recursos que dicho macho comparte con sus compañeros coaligados—,
entonces podrían formar una alianza que rete el dominio del macho alfa. Pero
resulta difícil determinar hasta qué punto la formación inicial de esta alianza
sería el producto de un cálculo estratégico consciente o simplemente de una
serie de «sentimientos amistosos» que hubieran sido «diseñados» vía selección
natural como sustitutos de este cálculo estratégico consciente. En
consecuencia, es difícil elegir entre un lenguaje antropomórfico «cognitivo»
(«Los chimpancés vieron que compartían un interés estratégico y decidieron
formar una alianza») y un lenguaje antropomórfico «emocional» («Los chimpancés,
al percibir la gravedad de su destino compartido, desarrollaron sentimientos de
amistad y de obligación mutua que les llevaron a establecer una alianza»).
En casos tan ambiguos como éste, De Waal parece
favorecer el uso de un lenguaje antropomórfico cognitivo por encima del
emocional. Un ejemplo extraído de La política de los chimpancés es el caso de Yeroen, un macho alfa, y Luit, un
chimpancé de estatus inferior, que en el pasado había aceptado dicho estatus
subordinado pero que pronto retó la posición dominante de Yeroen al iniciar una
pelea. De Waal observa que, durante el período que condujo al reto, Yeroen
empezó a consolidar sus vínculos sociales, aumentando de forma notable el
tiempo que pasaba acicalando a las hembras e interactuando con ellas. De ahí,
De Waal infiere que Yeroen «ya sentía que la actitud de Luit estaba cambiando,
y sabía que su posición peligraba». [1]
Se supone que en cierto sentido Yeroen cambió su
actitud, y que este cambio podría explicar su repentino interés en las hembras
que jugaban un papel políticamente clave. Pero ¿debemos asumir, como hace De
Waal, que Yeroen «conocía» (es decir, que anticipaba conscientemente) el reto
que se avecinaba y que en consecuencia tomó una serie de medidas para atajarlo?
¿No es posible, quizá, que la creciente afirmación de Luit hubiese inspirado un
ataque de inseguridad que hiciera que Yeroen se acercara aún más a sus amigos?
Ciertamente, es en teoría posible que los genes
que tienden a dar respuestas inconscientemente racionales ante las amenazas
florezcan mediante la selección natural. Cuando tras avistar un animal que les
inspira miedo, un bebé humano o una cría de chimpancé buscan refugio en su
madre, la respuesta es lógica, pero podemos suponer que la cría no es
consciente de dicha lógica. O, por tomar un ejemplo con una mayor analogía con
el caso de Yeroen y Luit: si un ser humano es tratado de forma aparentemente
irrespetuosa por algunos de sus conocidos, podría verse embargado por un
sentimiento de inseguridad y en consecuencia, al encontrarse a un familiar o un
amigo, intentar acercarse más de lo normal a esa persona para, tras recibir una
respuesta positiva, sentirse más cercano de lo habitual a ese familiar o amigo.
Aquí, la «inseguridad» es una emoción sustituta del cálculo estratégico; nos
anima a reforzar los vínculos con nuestros aliados tras haber tenido que
enfrentarnos a un episodio de antagonismo social.
Tenemos otro ejemplo más general de la aparente
preferencia que De Waal muestra a favor de un antropomorfismo cognitivo y no
emocional cuando se refiere al «giro de la política de Luit, sus decisiones
racionales y su oportunismo», para después decir que «no hay espacio en dicha
conducta para la simpatía o la antipatía».[2] De hecho, muchos de
los giros en la política seguida por Luit y gran parte de su oportunismo pueden
explicarse en principio en términos
de simpatía y antipatía;
Luit siente simpatía hacia algunos chimpancés cuando sus intereses estratégicos
le dictan una alianza con ellos, y siente antipatía en los casos en que sus
intereses estratégicos le dictan conflicto o indiferencia hacia los mismos.
Cualquier ser humano conoce cuán rápidamente nuestros sentimientos oscilan
entre la simpatía y la antipatía hacia otros seres humanos; y cualquier ser
humano profundamente introspectivo deberá admitir que a veces estas
oscilaciones tienen algo de conveniencia estratégica.
Por supuesto, dado que las experiencias
subjetivas son intrínsecamente privadas, resulta difícil afirmar con toda
seguridad que De Waal se equivoca, o que los comportamientos estratégicos en
cuestión se guían más por las emociones que por la cognición. Pero existe una
serie de consideraciones interrelacionadas que sugiere que así es:
1.
Por razones
diversas, es lógico suponer que en el linaje de los chimpancés el control
emocional del comportamiento ha precedido, evolutivamente hablando, al gobierno
conscientemente estratégico del comportamiento (una de las razones para suponer
esto es la edad evolutivamente relativa de las partes del cerebro humanos
asociadas a las emociones, por un lado, y a la planificación y la capacidad de
razonar por otro. Resulta también notable la posición de preeminencia que estas
partes del cerebro ocupan con respecto a su importancia en los primates no
humanos: por ejemplo, el papel relevante de los lóbulos frontales en los
humanos, asociados a las capacidades de planificación y razonamiento).
2.
Dado que aun
cuando los seres humanos son manifiestamente capaces de elaborar estrategias de
forma consciente tienen también emociones que les animan a comportarse de forma
estratégicamente correcta, parece probable que nuestros parientes cercanos los
chimpancés, que exhiben comportamientos análogos estratégicamente correctos,
tengan también dichas emociones.
3.
Si en efecto
los chimpancés tienen emociones que podrían dar lugar a comportamientos
estratégicamente correctos, uno debe preguntarse por qué la selección natural
añadió una segunda y funcionalmente redundante capa que hiciera de guía (la
estrategia consciente). Por supuesto, en el caso de los seres humanos la
evolución sí sustituyó el gobierno emocional por un gobierno cognitivo. Pero
cuando teorizamos sobre por qué fue así, tendemos a citar una serie de razones
que no parecen ser aplicables en el caso de los chimpancés (por ejemplo, los
humanos poseen un lenguaje complejo y lo utilizan para discutir planes
estratégicos con sus aliados, o para explicar por qué hacen algo, etc.).
Por todas estas razones, cuando nos enfrentamos al
caso de los primates no humanos, yo propondría que nos inclinásemos en la
dirección opuesta a la de De Waal. En casos en los que el gobierno emocional o
el gobierno conscientemente estratégico pudiera en principio explicar el
comportamiento, elegiría el primero como la explicación más tentadora, a falta
de más datos. Es decir, si todos los demás factores son iguales, optaría por un
lenguaje emocionalmente antropomórfico y no un lenguaje cognitivamente antropomórfico
a la hora de hablar de primates no humanos.
Podríamos dar a esta propuesta el nombre de
principio antropomórfico de economía. Una de las razones por la que creo que es
una forma de economía es porque implica el uso de un único tipo de lenguaje (el
emocional) mientras que la alternativa que propone De Waal, a pesar de emplear
de forma manifiesta únicamente un tipo de lenguaje antropomórfico (el
cognitivo), de manera implícita utiliza ambos. Después de todo, parece muy
probable que, si de hecho los chimpancés poseen la capacidad para elaborar
amplias estrategias conscientes, tal como De Waal cree, también tendrán un
sistema de sustitutos para el cálculo estratégico paralelo e interrelacionado,
puesto que, después de todo, éste es el caso de otra de las especies de
primates de las que sabemos que tienen la capacidad para elaborar amplias
estrategias conscientes (nosotros), especie que además está íntimamente
relacionada con los chimpancés. Si asumimos que éste es el caso (es decir, que
un pariente próximo de los humanos tuviera la habilidad necesaria para elaborar
amplias estrategias conscientes, tendría también una serie de sustitutos
emocionales interrelacionados para la elaboración de dichas estrategias),
entonces la atribución de la capacidad de elaborar estrategias conscientes a
los chimpancés llevaría implícita la atribución tanto de la capacidad de
elaborar estrategias conscientes como de la existencia de cierto nivel de guía
emocional en los mismos. Y, en casos en los que únicamente la existencia de un
gobierno emocional sería en teoría un elemento explicativo suficiente, esta
atribución implícita tanto de la guía emocional como de la cognitiva sería la
alternativa menos económica de las dos.
Un apunte extracientífico
Si bien considero que la propuesta que he
realizado a favor de la utilización de un lenguaje antropomórfico es correcta
desde un punto de vista científico —teniendo en cuenta el principio de la
economía—, debo reconocer que hay una segunda razón por la que me resulta
atractiva: porque anima a adoptar una visión del comportamiento humano que
puede resultar moralmente enriquecedora. Ser capaz de apreciar que las
emociones pueden conducir a un comportamiento estratégicamente sofisticado en
los chimpancés nos ayuda a apreciar el hecho de que puede que nosotros, en
tanto que seremos humanos, seamos más esclavos del gobierno de las emociones de
lo que creemos. En concreto, me refiero al hecho de que nuestros juicios
morales se ven coloreados de forma sutil y generalizada por un interés propio
emocionalmente mediatizado.
Para aclarar este punto, permítaseme retroceder
y examinar la cuestión de la moralidad humana desde otro ángulo, en términos de
la distinción que De Waal establece en la primera de sus conferencias entre una
teoría «de la capa» y una teoría «naturalista» de la moralidad. La teoría de la
capa sostiene que la moralidad humana es un fino «recubrimiento cultural» que
esconde una naturaleza humana amoral, cuando no inmoral. Tal como yo la
entiendo, la alternativa —la teoría «naturalista»— sostiene que nuestros
impulsos morales están enraizados en nuestros genes, y que en consecuencia
somos hasta cierto punto, como proclama el título de uno de los libros de De
Waal, «buenos por naturaleza».
De Waal me clasifica dentro de los llamados
«teóricos de la capa» sobre la base de las conclusiones de mi libro The
Moral Animal. Me gustaría argumentar por qué
no me incluyo dentro de esta categoría, y por qué la dicotomía que establece
entre una teoría «de la capa» y una teoría «naturalista» es quizá demasiado
simple, ya que omite una tercera categoría teórica dentro de la cual me
incluyo. Posteriormente explicaré por qué utilizar un lenguaje emocionalmente
antropomórfico para describir el comportamiento de los chimpancés puede
ayudarnos a entender esta tercera perspectiva teórica, y por qué ver el
comportamiento humano desde esta perspectiva tiene sus ventajas.
En The Moral Animal, lejos de describir la moralidad como un
«recubrimiento cultural», argumento de hecho que muchos de los impulsos y
comportamientos que comúnmente se describen como morales tienen sus raíces en
nuestros genes. Un ejemplo es el altruismo dirigido hacia nuestros parientes.
Otro ejemplo es el sentido de justicia: la intuición de que las buenas acciones
deben recibir su recompensa y que las malas deben ser castigadas; de hecho, el
trabajo de De Waal me ayudó a convencerme de que en los chimpancés se da
probablemente una versión rudimentaria (y yo diría que profundamente emocional)
de esta intuición, y de que tanto en los humanos como en los chimpancés la
intuición es producto de la dinámica evolutiva del altruismo recíproco.
Estas características de la naturaleza humana,
que tienen su origen en los genes, se ejercitan frecuentemente en una forma que
yo calificaría de auténticamente moral. (Es decir, adoptando la versión cruda y
algo utilitarista del test kantiano que Christine Korsgaard explica en su
respuesta, el mundo es un lugar mejor en tanto que los comportamientos
generados por estas características nacen en circunstancias comparables en los
seres humanos en general.) De modo que no creo merecer el sambenito que De Waal
me cuelga de ser un «teórico de la capa» que considera la moralidad como un
«recubrimiento cultural».
Ciertamente, sí creo que algunas de nuestras
intuiciones morales de origen genético se ven (en ocasiones) sujetas a una
serie de sutiles inclinaciones que las alejan del terreno de lo verdaderamente
moral. Pero incluso en este caso no me identifico con el arquetipo del «teórico
de la capa», puesto que creo que estas inclinaciones deben estar a su vez
enraizadas en los genes y no constituyen un mero «recubrimiento cultural». Por
ejemplo, a la hora de decidir cómo ejercitan cierto sentido de la justicia
(cuando decidimos quién ha realizada una buena o una mala acción, cuáles de
nuestras quejas son válidas y cuáles no) los seres humanos establecemos juicios
de valor que van a favor de nuestras familias y amigos y en contra de nuestros
enemigos de forma natural. Esta es una de las razones por las que no estoy de
acuerdo con la postura de De Waal de que en cierto modo somos «buenos por
naturaleza» en un sentido general, punto de vista que él parece asociar a una
«teoría naturalista».
Más bien considero que pertenezco a una tercera
categoría. Creo que: a) la «infraestructura» moral del ser humano (la parte de
la naturaleza humana en la que nos basamos para guiarnos en el terreno de lo
moral y que incluye algunos aspectos intuitivos específicamente morales) tiene
una raíz genética y no constituye un «recubrimiento cultural»; pero b) esta
infraestructura se ve sometida con no poca frecuencia a una «corrupción»
sistemática (es decir, a un distanciamiento de lo que yo llamaría la verdadera
moralidad) que tiene a su vez un origen genético (y que lo tiene porque así
quedaban servidos los intereses darwinianos de nuestros antepasados durante la
evolución).
Desde esta perspectiva, aun cuando lleguemos a
elaborar nuestros juicios morales a través de un proceso deliberativo
aparentemente consciente y racional (un proceso cognitivo), dichos juicios
pueden verse influidos por factores emocionales. Por ejemplo: una corriente de
hostilidad sentida sólo de forma semiconsciente hacia un rival puede influir
negativamente sobre nuestro juicio acerca de si este rival es o no culpable de
algún crimen, aun cuando estemos convencidos de que hemos evaluado todas las
pruebas de forma objetiva. Podemos creer honestamente que nuestra opinión de
que alguien merece, por poner un ejemplo, la pena de muerte, es un producto de
la cognición pura sin ningún tipo de influencia emocional; pero esta influencia
puede llegar a resultar un factor decisivo, y fue «diseñada» por la selección
natural para que así fuera.
Mi propia opinión es que si todos fuéramos más
conscientes de las diversas formas en que las emociones influyen sutilmente
sobre nuestros juicios morales, el mundo sería un lugar mejor porque estaríamos
menos dispuestos a obedecer estos prejuicios moralmente corruptores. Veo pues
aspectos positivos en cualquier cosa que haga que las personas seamos más
conscientes de este último aspecto. Y creo que emplear un lenguaje
emocionalmente antropomórfico para describir ciertos aspectos de la vida social
de los chimpancés —además de ser algo defendible desde un punto de vista científico—
puede tener este resultado. Porque ver de qué manera tan sutil como poderosa
las emociones pueden guiar el comportamiento de los chimpancés puede ayudarnos
a comprender de qué forma poderosa y sutil las emociones pueden influir en
nuestro propio comportamiento, incluyendo comportamientos que creemos productos
de la razón pura.
Dicho de otro modo: cuando vemos que los
chimpancés se comportan de una manera sorprendentemente humana, podemos
describir el paralelismo al menos de dos formas distintas. Por un lado podemos
decir: « ¡Vaya, los chimpancés son aún más impresionantes de lo que pensaba!»,
conclusión a la que llegaremos especialmente si consideramos que su
comportamiento está guiado cognitivamente. O por otro lado diremos: « ¡Vaya,
los humanos no son tan extraordinarios como yo pensaba!», conclusión que
extraeremos si vemos que una serie de emociones relativamente sencillas y
antiguas pueden producir comportamientos aparentemente sofisticados en los
chimpancés y, es de suponer, en los seres humanos. Esta última conclusión
resulta, además de válida, edificante.
Para concluir, me gustaría subrayar que no tengo
ningún problema con la mayor parte del lenguaje antropomórfico que De Waal
emplea en La política de los chimpancés y en otras obras (como por ejemplo ocurre cuando
especula atribuyendo un sentido del «honor» —algo así como una especie de
orgullo— a los chimpancés). Aun así, creo que los dos ejemplos que he citado
son lo suficientemente ilustrativos y que no están por completo desvinculados
de su en mi opinión excesivamente simple dicotomía entre una teoría «de la
capa» y una teoría «naturalista» de la moralidad. El hecho de apreciar cuán
sutil y poderosamente las emociones pueden influir sobre el comportamiento es,
creo, un primer paso para llegar a apreciar la existencia e importancia de esta
tercera categoría que he perfilado.
Estoy tentado de llamar a esta tercera
orientación teórica «teoría naturalista de la capa», puesto que es una teoría
que ve a los seres humanos como seres que atienden motivos egocéntricos con una
capa moralista, pero que al mismo tiempo ve este proceso de construcción de
dicha capa como un proceso con raíces genéticas y no meramente culturales. Esta
denominación tiene el defecto de que no llega a transmitir la idea de que muchos
de nuestros impulsos morales naturales tienen consecuencias igualmente
naturales (al menos en mi visión). Aun así, esta combinación de la visión
«naturalista» y la de «la capa» nos acerca más a la verdad, en este contexto,
que si dejamos que cada una funcione por su cuenta.
§. La moralidad y la singularidad de la acción humana (Chrístine
M. Korsgaard)
¿Qué hay de diferente en nuestra forma de actuar
que nos hace ser, frente a otras especies, seres morales?
Frans de Waal [3]
Un ser moral es un ser capaz de comparar sus acciones o motivaciones pasadas
o futuras, así como de rechazarlas o aprobarlas. No existen razones para pensar
que alguno de los animales inferiores posea esta capacidad.
Charles Darwin [4]
Nos enfrentamos a dos cuestiones. La primera,
relativa a la verdad o falsedad de lo que Frans de Waal denomina la «teoría de
la capa», según la cual la moralidad sería una fina capa que recubre una
naturaleza humana esencialmente amoral. Según dicha teoría, somos criaturas
despiadadamente egoístas, que se adecúan a una serie de normas morales
únicamente para evitar el castigo o la desaprobación de los demás, solamente
cuando los demás nos están observando, y cuando nuestro compromiso frente a
dichas normas no se ve cuestionado por alguna tentación fuerte. La segunda
cuestión es si la moralidad hunde sus raíces en nuestro pasado evolutivo o si
por el contrario representa una ruptura respecto de dicho pasado. De Waal nos
propone examinar estas dos cuestiones conjuntamente, con ejemplos que
demuestran que nuestros parientes más próximos en el mundo natural exhiben
tendencias íntimamente relacionadas con la moralidad: compasión, empatía,
capacidad de compartir, resolución de conflictos, etc. De Waal llega a la conclusión
de que es posible encontrar las raíces de la moralidad en la naturaleza
esencialmente social que compartimos con otros primates inteligentes, y que por
lo tanto la moralidad está profundamente enraizada en nuestra naturaleza.
Comencemos por la primera cuestión. En mi
opinión, la teoría de la capa no resulta muy atractiva. En filosofía, suele ir
asociada a una determinada visión de la racionalidad práctica y de cómo esa
misma racionalidad práctica se relaciona con la moralidad. Según esto, lo
racional y lo natural es llevar al máximo la satisfacción de nuestros intereses
personales. La moralidad entra pues en escena como un conjunto de normas que
constriñen esta actividad de máximos. Estas normas pueden estar basadas en la
promoción del bien común, más que en el interés individual. O pueden, como
ocurre con las teorías deontológicas, basarse en otras consideraciones: la
justicia, la imparcialidad, los derechos, o lo que quiera que sea. En cualquier
caso, la teoría de la capa sostiene que estas restricciones, que se oponen a
nuestra tendencia racional y natural a tratar de conseguir lo que es mejor para
nosotros mismos, y que son en consecuencia antinaturales, se rompen con
demasiada frecuencia. De Waal parece aceptar la idea de que es racional tratar
de satisfacer los intereses, pero rechaza la idea vinculada a ésta de que la
moralidad es antinatural; consecuentemente, tiende a favorecer una teoría de la
moralidad sentimentalista o basada en las emociones.
Pero la teoría es problemática por varias razones.
En primer lugar, y a pesar de su popularidad en las ciencias sociales, nunca se
ha conseguido demostrar los méritos de la idea que sostiene que la satisfacción
de los intereses propios sea un principio de la razón práctica. Para demostrar
que así es, tendríamos que demostrar sus bases normativas. Puedo pensar en
apenas un puñado de filósofos (Joseph Butler, Henry Sidgwick, Thomas Nagel y
Derek Parfit entre otros) que han intentado algo parecido a esto.[5] Y la idea de que lo
que en realidad la gente hace es perseguir su propio interés resulta, como
Butler señaló hace ya tiempo, bastante irrisoria. [6]
En segundo lugar, no está muy claro que la idea
del interés propio sea un concepto plenamente formado cuando se aplica a un
animal tan profundamente social como el ser humano. No cabe duda de que tenemos
una serie de intereses irreductiblemente privados, como por ejemplo la
satisfacción de nuestros apetitos, ya sean los relativos a la comida o al sexo.
Pero nuestro interés personal no se limita a poseer cosas. También tenemos interés en hacer y en ser. Muchos de estos intereses no pueden enfrentarnos por
completo a los intereses de la sociedad, llana y simplemente porque resultan
ininteligibles fuera de la misma y de las tradiciones culturales que esa
sociedad conforma. Sería comprensible que una persona, por ejemplo, quisiera
ser la mejor bailarina del mundo, pero no lo sería tanto que quisiera ser la
única bailarina del mundo entero puesto que el hecho de que hubiera solamente
una bailarina implicaría, necesariamente, que no hubiera ninguna otra bailarina
en el mundo. Si usted tuviera todo el dinero del mundo, no sería rico. Por
supuesto, también mantenemos un interés genuino en otras personas cuyos
intereses no podemos mantener separados de los nuestros. De modo que la idea de
que podemos identificar con meridiana claridad nuestros intereses como algo separado
de, o bien opuesto a, los intereses ajenos resulta, como mínimo, forzada.
Con todo, no es éste el aspecto más erróneo de
la teoría de la capa. La moralidad no es únicamente un conjunto de
restricciones que obstruyen nuestro camino hacia la consecución de nuestros
intereses. Para la mayoría de la gente, los estándares morales definen formas
de relacionarnos con los demás que en la mayor parte de las ocasiones nos
resultan naturales. Según Kant, la moralidad exige que tratemos a los demás
como un fin en sí mismo, nunca como simples medios para conseguir nuestros
fines. Evidentemente, no siempre somos capaces de tratar a todo el mundo y en
todas las ocasiones según este criterio. Pero la imagen de alguien que nunca
haya tratado a nadie más como
un fin en sí mismo y que nunca haya esperado ser tratado de la misma forma
resulta aún más irreconocible que la de alguien que siempre haga tal cosa.
Porque la imagen que estaríamos invocando, entonces, es la de alguien que
siempre trata a los demás como un instrumento o como un obstáculo, y que a
cambio espera ser tratado de la misma manera. Estaríamos ante alguien que nunca
dirá la verdad espontáneamente o sin pensar en el transcurso de una
conversación normal, sino que constantemente se encuentra calculando el efecto
de sus palabras sobre el éxito potencial de sus proyectos. Una persona a la
que, a pesar de no gustarle que le mientan, le pongan zancadillas o le ignoren,
no demostrará resentimiento alguno, porque en el fondo piensa que eso es lo que
en realidad los seres humanos pueden esperar de los demás. Hablaríamos,
entonces, de una criatura que vive en un estado de soledad interior muy
profunda, y que en esencia se considera la única persona en un mundo lleno de
cosas potencialmente útiles, aunque algunas de esas cosas tengan vidas mentales
y emocionales, hablen o se defiendan [7]. Resultaría absurdo
sugerir que la mayoría de los seres humanos somos o queremos ser así, todo ello
bajo una fina capa de moderación.
No obstante, resulta igualmente absurdo pensar
que los animales no humanos actúan motivados por el interés propio. Caso de que
tuviera algún sentido, la idea de actuar según el interés propio exige poseer
una cierta visión de futuro, así como la habilidad de calcular, capacidades que
no parecen estar al alcance de los animales no humanos. Es más, actuar por
propio interés exige también la capacidad de estar motivado por el concepto
abstracto del bienestar propio a largo plazo. La idea del interés propio parece
estar fuera de lugar cuando pensamos en acciones no humanas. No estoy en
absoluto predispuesta a negar que otros animales inteligentes hagan las cosas
intencionadamente, pero sí pienso que sus intenciones son locales y concretas,
sin pretensión alguna de hacer lo que sea mejor para sí mismos: comer,
emparejarse, evitar un castigo, divertirse, detener una pelea, etc. Los animales
no humanos no tienen eso que llamamos interés propio. Es más probable que sean,
como dice Harry Frankfurt, seres caprichosos: actúan guiados por el instinto,
el deseo o la emoción del momento. El aprendizaje o la experiencia pueden
cambiar el orden de sus deseos y así hacer que algunos se conviertan en
prioritarios: la perspectiva de un castigo podría apaciguar el ardor de un
animal hasta el punto de impedir que éste satisfaga su apetito, pero esto no es
lo mismo que calcular lo que más le conviene en un momento dado o que actuar
motivado por una idea de su bienestar a largo plazo. Por todas estas razones,
me parece que la teoría de la capa es bastante absurda. Quiero, pues, dejarla a
un lado y hablar de la pregunta más interesante que nos plantea De Waal,
relativa a las raíces de la moralidad en nuestra naturaleza evolucionada, dónde
se localizan y cuán profundas son.
Si alguien me preguntara si personalmente creo
que otros animales son más parecidos a los seres humanos de lo que la gente
supone, o si creo que existe alguna discontinuidad profunda entre los seres
humanos y el resto de los animales, mi respuesta sería afirmativa en ambos
casos. Es importante recordar que los seres humanos tenemos un interés creado
en lo que De Waal denomina «antroponegación». Comemos animales no humanos, nos
vestimos con ellos, los sometemos a experimentos dolorosos, los mantenemos
cautivos (a veces en condiciones poco saludables) en interés propio, los
hacemos trabajar y los matamos cuando queremos. Aun sin entrar en las urgentes
preguntas de índole moral que se nos plantean a raíz de estas prácticas, creo
que sería justo decir que es muy posible que nos sintamos más cómodos a la hora
de aceptar el trato que damos al resto de criaturas si pensamos que ser
utilizado como comida, ropa, sujeto experimental, mantenido en cautividad,
obligado a trabajar o acabar asesinado no puede significar para un animal nada
parecido a lo que supondría para nosotros. Algo que a su vez parece enteramente
posible, toda vez que los animales tienen vidas emocionales y cognitivas
diferentes a las nuestras. Por supuesto, el hecho de que tengamos un interés
creado en negar las similitudes entre nosotros y el resto de los animales no
contribuye a mostrar que tales similitudes existen. Pero una vez corregido este
interés, no hay razón para dudar de que las observaciones y experimentos que De
Waal realiza y describe, así como nuestra interacción diaria con los animales
que nos rodean, demuestran justamente lo que aparentan mostrar: que muchos animales
son criaturas inteligentes, curiosas, cariñosas, juguetonas, mandonas o
beligerantes, de un modo muy parecido al nuestro.
Aun así, tampoco encuentro muy tentadora la idea
de un gradualismo total. Para mí, los seres humanos parecemos constituir con
absoluta claridad un conjunto aparte debido a nuestra elaborada cultura,
nuestra memoria histórica, la existencia de idiomas con gramáticas complejas y
un refinado poder expresivo, el arte, la literatura, la filosofía o el arte de
contar chistes. Me gustaría añadir a esta lista algo que con frecuencia no se
menciona pero que debería aparecer: nuestra sorprendente capacidad para hacer
amigos atravesando las barreras entre especies, así como para hacer que los
animales que viven con nosotros hagan lo propio. Estoy también de acuerdo con
Freud y Nietzsche (cuyas llamativas explicaciones sobre la evolución de la
moralidad no parecen atraer en exceso a De Waal) sobre el hecho de que los
seres humanos aparentamos estar psicológicamente dañados de una forma que sugiere
una profunda ruptura con la naturaleza. Existe una antigua tradición filosófica
que se remonta a Aristóteles que intenta localizar la diferencia clave capaz de
explicar todas esas diferencias entre seres humanos y animales. Como buena
filósofa anticuada que soy, el proyecto me resulta tentador. Lo que quiero
hacer ahora es examinar un aspecto concreto de dicho proyecto que tiene que ver
con la pregunta de hasta qué punto la moralidad representa una ruptura con
nuestro pasado animal.
Las normas morales gobiernan la forma en que
actuamos, y la pregunta de hasta qué punto los animales son seres morales o
proto morales surge porque, de manera incuestionable, éstos actúan. Las
conclusiones de De Waal provienen en gran medida del análisis de lo que los
animales hacen. En sus obras, De Waal a menudo retrata diferentes
interpretaciones intencionales posibles del comportamiento y la acción animal,
y describe experimentos diseñados para descubrir lo que es correcto. Una mona
capuchina rechaza un pepino cuando a su compañera se le ofrece una uva: ¿es una
protesta contra la injusticia, o simplemente se limita a esperar a que le
llegue el turno de conseguir una uva? ¿Comparten los chimpancés comida en señal
de agradecimiento hacia aquellos individuos que les han ayudado a acicalarse, u
ocurre en cambio que el acicalamiento les relaja y les hace generosos? A veces,
situaciones que aparentan ser explicaciones evolutivas del comportamiento
animal parecen desembocar en interpretaciones intencionales de sus actos, como
por ejemplo cuando en su obra Bien natural De Waal sugiere que los chimpancés «se esfuerzan
por crear un tipo de comunidad que les beneficie». [8] Por razones que ya he
mencionado, me resulta difícil creer que esto es lo que le pasa por la cabeza a
un chimpancé. Sin embargo, en otros momentos De Waal distingue cuidadosamente
la pregunta de hasta qué punto los monos y los simios hacen las cosas
intencionada o deliberadamente de la pregunta de qué es lo que explica su
tendencia a realizar dichos actos. El propio De Waal carga contra los teóricos
de la capa por inferir el egoísmo de nuestros actos a partir del «egoísmo» de
nuestros genes.
La cuestión de la intencionalidad afecta a cómo
una instancia en la que un animal realiza una acción es vista desde el punto de
vista del animal en cuestión, esto es, si resulta plausible pensar que el
animal actúa con algún propósito en mente o no. Creo que existe la tentación de
pensar que la pregunta de si podemos ver los orígenes de la moralidad en el
comportamiento animal depende de cómo interpretemos sus intenciones, de si sus
intenciones son «buenas» o no. Y creo que, al menos en su sentido más obvio,
este planteamiento es erróneo. Parece tener sentido si nos aferramos al tipo de
teoría moral sentimentalista de Hutcheson y Hume, ya que según estos pensadores
un acto concreto recibe el calificativo de moral en función de que un
espectador apruebe o desapruebe el mismo. Al menos en el caso de lo que Hume
llamó las «virtudes morales», estos filósofos pensaban que el agente que
realiza una acción moralmente buena no tiene por qué actuar motivado por
consideraciones expresamente morales. De hecho ésta es la razón por la que
algunos de los sentimentalistas del siglo XVIII y sus críticos debatieron
explícitamente la cuestión de si, según las teorías de cada cual, los animales
podían ser considerados seres virtuosos. Shaftesbury, el predecesor más
inmediato de Hutcheson, había aseverado que uno no podía ser considerado como
ser virtuoso a menos que fuera capaz de ejercitar un juicio moral, y que en
consecuencia no podríamos decir que un caballo es virtuoso.[9] Pero, dado que según
esta teoría los juicios morales no han de jugar ningún papel en la motivación
moral, no queda claro por qué no podríamos decir que un caballo es virtuoso.
Así, Hutcheson afirmó audazmente que no resultaría absurdo suponer que «las
criaturas carentes de la capacidad reflexiva» poseen algunas «virtudes
inferiores».[10] Si bien De Waal alaba
las teorías sentimentalistas, niega que sus argumentos tengan como única base
la existencia de animales cuyas intenciones damos por válidas: «La cuestión no
es si los animales son o no amables entre sí, y tampoco importa mucho si su
comportamiento encaja o no con nuestras preferencias morales. Lo relevante es,
más bien, si poseen capacidades para la reciprocidad y la venganza, la
aplicación de normas sociales, la resolución de conflictos y la compasión y la
empatía» (pág. 16). Pero sí parece compartir con los sentimentalistas el
supuesto de que la moralidad de un acto es una cuestión del contenido de la
intención con la que esta acción se lleva a cabo.
Creo que De Waal se equivoca, y para explicar
por qué, quiero examinar más detalladamente la idea de actuar deliberada o
intencionadamente. No creo que este concepto se refiera a un único fenómeno,
sino que es una idea que engloba una serie de cuestiones que pueden ser
colocadas en una escala. Es en un determinado punto en esa escala cuando la
pregunta de si una acción tiene un carácter moral puede surgir.
En la parte inferior de esa escala, nos
encontramos la idea de un movimiento que puede ser descrito intencional o
funcionalmente. En este sentido, el concepto de intención se aplica a cualquier
objeto, tenga o no alguna forma de organización funcional, e incluyendo no
solamente a seres humanos o animales sino también a plantas y máquinas. Dentro
de la economía de un objeto funcionalmente organizado, algunos movimientos
pueden ser descritos como dotados de intención. El corazón late para bombear la
sangre, un reloj nos despierta, el ordenador nos avisa si escribimos una
palabra erróneamente y las hojas de una planta se extienden en dirección al
sol. Pero no hay indicación de que los objetivos que persiguen estos
movimientos estén en las mentes de los objetos que se mueven, ni tan siquiera
en las mentes de quienquiera que los haya creado. Atribuir un propósito
concreto a estos movimientos simplemente refleja el hecho de que el objeto en cuestión
está funcionalmente organizado.
En el caso de los seres vivos, y muy
especialmente en el caso de los animales —incluidos los llamados animales
«inferiores»—, algunos de estos movimientos intencionales están guiados por la
percepción del animal. Los peces nadan en dirección a las turbulencias de la
superficie porque allí podría haber un insecto, las cucarachas corren a
esconderse cuando intentamos aplastarlas con un periódico y las arañas se van
acercando a la presa atrapada en su tela. Podemos aquí caer en la tentación de
utilizar un lenguaje de acción, sobra decir por qué: cuando los movimientos de
un animal se guían por su percepción, están entonces bajo el control de la
mente del animal, y cuando esto ocurre, podríamos estar tentados de decir que
están bajo el control del propio animal. Esto es, después de todo, lo que
diferencia una acción de un simple movimiento: que una acción puede ser
atribuida a un agente, y que se lleva a cabo bajo el control de ese mismo
agente. En este nivel, ¿deberíamos decir entonces que el animal actúa
intencionalmente o con un propósito concreto? Depende de cómo entendamos la
pregunta. El animal dirige sus movimientos, y sus movimientos son
intencionales: los movimientos tienen un propósito. En este sentido, el animal actúa con un propósito,
pero en esta etapa no tenemos por qué decir que este propósito esté presente en
la mente del animal. Bien es cierto que cuando intentamos ver la situación
desde el punto de vista del animal y nos preguntamos qué es exactamente lo que
el animal percibe que determina sus movimientos, resulta prácticamente
irresistible describirlos como dotados de intención. ¿Por qué una araña se
dirige hacia la polilla atrapada en su tela, a menos que haya algún sentido por
el cual la araña ve a la polilla como comida y en consecuencia intenta
atraparla? Pero entendamos como entendamos las intenciones de la araña, no
tenemos por qué asumir que la araña está pensando sobre aquello que intenta
conseguir.
Por otra parte, si estamos tratando con un
animal inteligente, no existe ninguna razón para no suponer que tiene un
propósito concreto en mente. Es más, no veo por qué no podríamos suponer que
existe un continuo gradual entre lo que ocurre cuando las percepciones de una
araña la hacen dirigirse hacia la polilla y una conciencia puramente cognitiva
que hace que perciba ese algo como algo que quiere. Cuando se da esta conciencia cognitiva, se supone la
posibilidad de aprender de la experiencia sobre cómo conseguir lo que se quiere
y evitar lo que no aumenta significativamente. Siempre se puede aprender de la
experiencia a través del condicionamiento, pero cuando somos conscientes del
objetivo que perseguimos, podemos también aprender de la experiencia a través
del pensamiento y el recuerdo.
Aun cuando exista un continuo gradual, parece
correcto decir que un animal que pueda tener en mente sus propósitos, e incluso
pensar sobre cómo alcanzarlos, ejerce un mayor nivel de control consciente
sobre sus movimientos que el que por ejemplo ejerce una araña, y por lo tanto es
un agente en un sentido más profundo. Existe pues, como en algunos de los casos
de De Waal, espacio para el debate sobre cuál sería la descripción intencional
adecuada para una acción, porque es precisamente en este nivel donde comenzamos
a afinar la descripción intencional de una acción en base a lo que ocurre desde
el punto de vista del agente (los lapsus freudianos constituyen un problema
para la aseveración que acabo de hacer, pero por el momento dejaremos este
punto al margen). Se da aquí una diferencia respecto a la etapa anterior:
cuando decimos que la araña esta «intentando conseguir comida», no nos importa
si eso es lo que la araña piensa que está haciendo. En el nivel de la araña,
resulta natural que la descripción intencional del movimiento y su explicación
corran parejas. Pero una vez que se abriga un propósito conscientemente, la
descripción intencional de una acción debe captar de algún modo el punto de
vista del agente. Esto es así porque en este nivel asignamos una descripción
intencional a la perspectiva del agente y tiene sentido preguntar si el mono
capuchino está protestando contra una injusticia, o si simplemente está
tratando de conseguir una uva. Todo ello representa una mayor profundidad a la
hora de decidir si una acción determinada es «intencional» o no.
Sin embargo, algunos filósofos no creen que este
sea el nivel de intencionalidad más profundo. En el nivel que acabo de
describir, el animal es consciente de sus propósitos, y piensa sobre cómo
conseguirlos. Pero no elige perseguirlos. Los propósitos le son dados al animal
por sus estados afectivos: sus emociones y sus deseos, ya sean instintivos o
aprendidos. Aun en los casos en los que el animal debe elegir entre dos
propósitos —por ejemplo, si un macho quiere emparejarse con una hembra pero
otro macho más grande se acerca y quiere evitar una pelea— la elección le viene
dada por la fuerza de sus estados afectivos. El temor que el primer macho
muestra ante el macho más fuerte es más fuerte que su deseo de emparejarse. El
fin que el animal persigue viene determinado por sus deseos y emociones.
Los seguidores de Kant se encuentran entre los
filósofos que creen que es posible un nivel de evaluación y por tanto de
elección más profundo. Además de preguntarnos cómo conseguir lo que queremos,
también podemos preguntarnos si desearlo es una razón lo suficientemente buena
como para actuar de una determinada manera. La pregunta no afecta únicamente a
si la acción es un modo efectivo de conseguir nuestro objetivo, sino, aun
cuando así sea, si nuestro deseo de conseguir ese fin justifica nuestros actos. Evidentemente, Kant es célebre
por pensar que el hecho de plantearnos esta pregunta sobre una acción adopta
una forma concreta: formulamos lo que denominó una máxima («Llevaré a cabo esta
acción para conseguir este fin») y sometemos esa máxima a la prueba del
imperativo categórico. Nos preguntamos si querríamos que el hecho de que todo
aquel que quisiera conseguir tal fin llevase a cabo esta acción fuera una ley
universal. De hecho, lo que estamos preguntándonos es si nuestra máxima puede servir
como principio racional. En algunos casos, Kant pensaba que no podemos querer
que nuestra voluntad se convierta en ley universal, y por lo tanto tenemos que
rechazar la acción descrita por errónea. Aun cuando juzguemos que la acción
puede estar justificada y actuemos en consecuencia, estaríamos actuando no a
partir del mero deseo, sino a partir del juicio de que la acción está
justificada.
¿Por qué afirmo que esto representa un nivel de
intencionalidad más profundo? En primer lugar, un agente capaz de ejercer este
tipo de juicios es también capaz de rechazar una acción junto con su propósito
final, no porque haya otra cosa más deseada o temida, sino porque estima que
llevar a cabo esa acción con ese propósito concreto está mal. En un célebre
fragmento de la Crítica de la razón práctica, Kant argumentaba que somos capaces de dejar a un
lado nuestros más urgentes deseos naturales (el deseo de preservar nuestra
propia vida y de garantizar el bienestar de nuestros seres queridos) para
evitar llevar a cabo una acción errónea. Kant ofrece el ejemplo de un hombre al
que su rey ordena testificar en falso contra un persona inocente de la que el
rey quiere deshacerse, so pena de ser condenado a muerte y de ver a su familia
sometida a sufrimiento. Kant sostiene que, aun cuando nadie podría decir con
seguridad como actuaría en esa situación, debemos ser capaces de admitir que
somos capaces de hacer lo que está bien.[11] Ahora bien, si somos
capaces de dejar a un lado nuestros propósitos cuando no nos es posible
alcanzarlos por medios adecuados, entonces también ocurre que cuando decidimos
alcanzar un propósito determinado, puede decirse que lo hemos adoptado como propio. Puede que sean nuestros deseos y
emociones los que nos sugieran estos propósitos, pero no nos vienen
determinados por nuestro estado afectivo, puesto que si hubiésemos juzgado
erróneo el hecho de tratar de alcanzarlos, podríamos haberlos dejado a un lado.
Dado que no solamente elegimos los medios para alcanzar un fin, sino también
los fines en sí mismos, esto constituye un nivel de intencionalidad mucho más
profundo, en tanto que ejercemos un mayor control sobre nuestros movimientos
cuando elegimos nuestros fines, así como los fines en sí, que el control que
puede exhibir un animal que persiga fines que le vienen dados por sus estados
afectivos, aun cuando los persiga de forma consciente o inteligente. Otra forma
de explicarlo es decir que no solamente tenemos intenciones, sean éstas buenas
o malas, sino que además las evaluamos y las adoptamos como propias. Tenemos la
capacidad de auto gobernarnos normativamente o, en palabras de Kant, gozamos de
«autonomía». Es en este nivel donde surge la moralidad. La moralidad de
nuestras acciones no es una función del contenido de nuestras intenciones, sino
del ejercicio de un autogobierno normativo. [12]
Esta es mi respuesta a la pregunta que De Waal
nos plantea en Bien Natural:
« ¿Qué hay de diferente en nuestra forma de actuar que nos hace ser, frente a
otras especies, seres morales?». Pero a pesar de que creo que la capacidad de
autonomía es característica de los seres humanos y probablemente única, la
pregunta de hasta qué punto dicha capacidad se da en el reino animal es
ciertamente una cuestión empírica. No hay nada místico o antinatural en la
capacidad para el autogobierno normativo. Pero sí exige un cierto nivel de
autoconciencia, a saber, ser consciente de las bases sobre las que uno se propone actuar en tanto que
tales. Lo que quiero decir es: un agente no humano puede ser consciente del
objeto de su temor o su deseo, y concebirlo como deseable o temeroso, y en
consecuencia como algo que debería ser evitado o buscado. Tal sería la base de sus actos. Pero un animal
racional es, además, consciente del hecho de que desea o teme al objeto en
cuestión, y de que en consecuencia él mismo opta por actuar de un modo u otro.[13] Esto es lo que quiero
decir cuando hablo de ser consciente de las bases de nuestros actos en tanto
que tales. El animal no piensa únicamente sobre el objeto que teme, ni tan
siquiera sobre el hecho de sentir miedo en sí, sino también sobre sus propios
deseos y temores. Una vez que somos conscientes de que nos estamos moviendo en
una determinada dirección, adquirimos una cierta distancia reflexiva con
respecto del motivo y nos encontramos en una posición en la que podemos
preguntarnos: « ¿Debería ir en esa dirección? La consecución de ese fin me
inclina a actuar así, pero ¿es suficiente razón para hacerlo?». Estamos
entonces en posición de formular una pregunta normativa sobre lo que deberíamos hacer.
En general, creo que esta forma de
autoconciencia (ser consciente de las bases que conforman nuestras creencias y
actos) es el origen de la razón, capacidad distinta de la inteligencia. La
inteligencia se define como la habilidad para conocer el mundo, aprender de la
experiencia, establecer nuevas conexiones de causa-efecto y poner ese
conocimiento al servicio de la consecución de nuestros fines. Por el contrario,
la razón mira haciendo dentro, y se concentra en las conexiones existentes
entre actividades y estados mentales, esto es, si nuestras acciones se justifican
por nuestros motivos o si nuestras inferencias son justificadas por nuestras
creencias. Creo que sería posible realizar afirmaciones sobre las creencias de
los animales inteligentes no humanos que corrieran paralelamente a lo que ya he
afirmado sobre sus actos. Es posible que los animales no humanos tengan
creencias, y que lleguen a albergarlas sobre la base de alguna evidencia; pero
ser la clase de animal que puede preguntarse a sí mismo si las pruebas
existentes justifican una creencia determinada y va ajustando sus conclusiones
en función de las mismas es ir un paso más allá. [14]
Tanto Adam Smith como posteriormente Charles
Darwin creían que dar cuenta de la capacidad de autogobierno normativo es
esencial para explicar el desarrollo de la moralidad, puesto que es básico para
entender lo que Darwin describió como «esa breve pero imperiosa palabra, tan
llena de significado: el deber».[15] Es interesante que
ambos lo explicaran apelando a nuestra naturaleza social.[16] Según Smith, es la
simpatía hacia las respuestas que los demás nos ofrecen que hace que volvamos
nuestra atención hacia el interior, creando una conciencia de nuestros propios
motivos y caracteres como objetos capaces de ser juzgados. La simpatía, para
Smith, es la tendencia a ponernos en el lugar de los otros y pensar cómo
reaccionaríamos si estuviéramos en su lugar. Juzgamos los sentimientos ajenos y
las acciones resultantes como apropiados si coinciden con lo que supuestamente
sentiríamos de estar en el lugar del otro. Si los seres humanos fueran seres
solitarios, sostiene Smith, dirigiríamos nuestra atención hacia el exterior: un
humano temeroso de un león pensaría sobre el león, no sobre su propio miedo.
Debido a que somos animales sociales, la simpatía nos conduce a considerar cómo
somos vistos desde el punto de vista de los demás, y nos permite adentrarnos en
sus sentimientos sobre nuestra persona. A través de los ojos de los demás, nos
convertimos en espectadores de nuestra propia conducta; tal como lo describió
Smith, nos dividimos interiormente en actor y espectador y formamos juicios
sobre lo adecuado de nuestros sentimientos y motivaciones. El espectador
interno transforma nuestro deseo natural de ser halagado y de que piensen bien
sobre nuestra persona en algo más profundo: el deseo de ser digno de elogio.
Porque estimar que somos dignos de elogio es lo mismo que decir que sería
apropiado que los demás nos elogiaran, y el espectador interior —conocedor de
nuestras motivaciones internas— está en una posición que le permite emitir un
juicio al respecto. Así, desarrollamos nuestra capacidad para estar motivados
por pensamientos sobre lo que debemos hacer y cómo debemos ser. [17]
Darwin teoriza que la capacidad para el
autogobierno normativo surgió de la diferencia entre cómo nos afectan nuestros
instintos sociales y cómo nuestros apetitos. El efecto de los instintos
sociales sobre la mente es constante y produce calma, mientras que el de los
apetitos es episódico y brusco. En consecuencia, los animales sociales se ven
sometidos a frecuentes tentaciones que les impulsan a violar sus instintos
sociales a favor de sus apetitos, como por ejemplo cuando una hembra descuida a
sus crías mientras copula. Nos resulta familiar la sensación de que satisfacer
un apetito concreto parece más importante en el momento mismo del acto más que
cuando ya lo hemos satisfecho. De manera que cuando las facultades mentales de
un animal social se desarrollan hasta el punto de que puede recordar haberse
rendido a la tentación, le parecerá después que no merecía la pena y
eventualmente aprenderá a controlar tales impulsos. Darwin sugiere que nuestra
capacidad para estar motivados por la apremiante noción del «deber» se origina
en este tipo de experiencias. [18]
En un ensayo titulado «Conjeturas sobre los
comienzos de la historia de la humanidad», Kant teorizó que la forma de
autoconciencia que subyace en nuestra autonomía podría también jugar algún
papel en la explicación de alguno de los otros atributos distintivamente
humanos, incluyendo la cultura, el amor romántico y la capacidad de actuar
guiados por el propio interés. Otros filósofos han observado la conexión
existente entre este tipo de autoconciencia con la capacidad para el lenguaje.
No puedo abordar estas cuestiones aquí, pero si están en lo cierto, serían
prueba de que solamente los seres humanos poseen esta clase de
autoconciencia. [19] Si esto es cierto,
entonces la capacidad para el autogobierno normativo y el control de las
intenciones en un nivel más profundo que lo acompaña es probablemente
específico del ser humano. Y es en el uso adecuado de esta capacidad (la
habilidad para formar juicios sobre lo que debemos hacer y actuar en
consecuencia) donde se encuentra la esencia de la moralidad, no en el altruismo
o en la búsqueda del bien. De modo que no estoy de acuerdo con De Waal cuando
afirma que «en lugar de intentar que nuestras relaciones mejoren, como hacen
los simios, hemos desarrollado enseñanzas explícitas sobre el valor de la
comunidad y el lugar precedente que tiene o que debe tener sobre nuestros
intereses individuales. Los humanos hemos llevado esta cuestión muchísimo más lejos
que los simios, razón por la cual nosotros tenemos sistemas morales y ellos no»
(pág. 54). La diferencia no es meramente una cuestión de grado.
La habilidad para actuar motivado por un deber
no constituye una diferencia precisamente pequeña. Representa lo que De Waal
denomina una diferencia a saltos. Una forma de vida gobernada por principios y
valores es muy diferente a una forma de vida gobernada por el instinto, el
deseo y la emoción, por muy inteligente y sociable que esta última sea. La
historia que contaba Kant sobre el hombre que decide enfrentarse a la muerte
antes que prestar falso testimonio es propia de un drama moral en toda regla,
pero en nuestra vida diaria vemos analogías constantes. Tenemos ideas sobre
cómo debemos hacer las cosas y comportarnos, y constantemente tratamos de estar
a la altura. Pero los simios no viven así. Los seres humanos nos esforzamos por
ser honestos, educados, responsables y valientes aun en circunstancias
adversas. Pero aun cuando un simio sea en ocasiones cortés, responsable o
valiente, no es porque crea que debe serlo. Aunque sea algo primitivo, los
esfuerzos que realiza un adolescente para estar a la última son una
manifestación de la tendencia del ser humano a vivir su vida guiado por ideales
más que empujado por meros impulsos y deseos.
Sufrimos enormemente cuando nos autoevaluamos, y
en consecuencia desplegamos comportamientos malvados y enfermizos. Esto es
parte de lo que quería decir anteriormente cuando afirmé que los seres humanos
aparentan estar psicológicamente dañados de un modo tal que sugiere una ruptura
con la naturaleza. Pero nada de esto quiere decir que la moralidad sea una fina
capa que recubre nuestra naturaleza animal. Es precisamente lo contrario: el
carácter distintivo de la acción humana nos dota de una forma de estar en el
mundo completamente diferente.
Lo que quiero decir no es que los seres humanos
vivan sus vidas sobre la base de principios y valores y sean siempre nobles y
que el resto de animales no lo hagan y sean por tanto viles. La singularidad de
la acción humana es fuente de nuestra capacidad para ejercer el mal lo mismo
que para ejercer el bien. Un animal no puede ser juzgado ni ser considerado
responsable por haber seguido un impulso. Los animales no son viles:
simplemente, están más allá de todo juicio moral. Estoy de acuerdo con De Waal
en que al decir que una persona que actúa con maldad actúa «como un animal»
(«El hombre es un lobo para el hombre») puede ser de algún modo engañoso. Pero
de alguna manera, no constituye un insulto a los animales no humanos, de la
misma manera que referirnos a una persona que sufra de daños cerebrales como un
vegetal tampoco es un insulto hacia las plantas. Al igual que esta segunda
frase quiere decir que la persona ha sido despojada de su naturaleza animada,
la primera quiere decir que se ha alejado de su naturaleza humana. Al seguir
sus impulsos más fuertes sin reflexionar, la persona ha perdido la capacidad de
ejercer el tipo de control intencional sobre sus movimientos que nos hace
humanos. No es la única forma de hacer el mal, pero es un ejemplo.
Anteriormente he afirmado que es muy probable
que nos sintamos más cómodos sobre las diferentes formas en que usamos al resto
de los animales si pensamos en ellos como seres muy diferentes a nosotros mismos.
Es importante decir que no creo que las diferencias que acabo de describir
deban proporcionarnos este nivel de comodidad, sino todo lo contrario. En Bien
natural De Waal nos cuenta la historia
de un mono capuchino enfadado que arrojaba objetos contra un observador humano.
Cuando se le acabaron los objetos, el capuchino cogió una mona ardilla y la
arrojó contra el humano. De Waal observa que «a menudo, los animales parecen
considerar a los seres pertenecientes a otra especie como meros objetos
ambulantes».[20] Pero ninguna especie
es más culpable de tratar a quienes pertenecen a especies distintas como
objetos ambulantes que la nuestra; somos la única especie que es consciente de
que esto está mal. En tanto que seres capaces de hacer lo que debemos y de considerarnos
responsables de nuestras acciones, y en tanto que seres capaces de preocuparnos
por lo que somos y no simplemente de lo que podemos conseguir para nosotros
mismos, tenemos la obligación de tratar al resto de los animales decentemente,
aun cuando nos resulte costoso.
§. Ética y evolución: cómo se llega hasta aquí. (Philip
Kitcher)
I
Con la posible excepción de Jane Goodall, Frans de
Waal ha hecho más que ningún otro primatólogo por cambiar la forma en la que
entendemos la vida social de nuestros parientes evolutivos más cercanos. Sus
concienzudas observaciones y experimentos han revelado las capacidades para
identificar y responder a las necesidades de sus congéneres en los
aparentemente más sofisticados chimpancés y bonobos, capacidades también
presentes en otros primates. Sus detallados ejemplos sobre la forma en que
estas capacidades se manifiestan han acabado con el temor, anteriormente muy
común entre los primatólogos, de que postular la existencia de estados y
disposiciones psicológicamente complejas en los primates es una forma de
antropomorfismo sentimental. Cualquier investigador que espere utilizar el
comportamiento social de los primates como vía para entender determinados
aspectos de nuestras propias prácticas debería estarle profundamente
agradecido.
En su Conferencia Tanner, De Waal parte de
décadas de cuidadosas investigaciones para desarrollar lo que Darwin ya había
previsto en el capítulo 5 de El origen del hombre. De Waal sugiere que la moralidad humana nace de una
serie de disposiciones que compartimos con otros primates, particularmente con
aquellos más próximos a nosotros en el árbol filogenético. Pero, al igual que
él, mi idea sobre su propuesta resulta muy vaga en aspectos cruciales: ¿qué
queremos decir exactamente cuando afirmamos que la moralidad «procede» de
rasgos presentes en los chimpancés, o que la moralidad es «una consecuencia de
los instintos sociales que compartimos con otros animales», que «muy en el
fondo» somos verdaderamente morales, o que «los componentes básicos de la
moralidad son muy antiguos evolutivamente hablando»? Para abordar esta postura
con mayor precisión articularé una versión propia de lo que creo que De Waal
podría tener en mente. Si ésta no es la idea que él tiene, espero que le
impulse a desarrollar una alternativa más concreta que la que ha desarrollado
hasta ahora.
De hecho, creo que la propia presentación de De
Waal se ve obstaculizada por su deseo de machacar lo que en su opinión es una
teoría que rivaliza con su propia visión: ese rival, la «teoría de la capa», ha
de ser demolido. Pero el hecho de que la destrucción de la teoría sea tan fácil
debería servir para alertarnos de que es posible que nos enfrentemos a algunos
problemas que no han sido lo suficientemente explicados.
II
Tal como yo la entiendo, la teoría de la capa
divide el reino animal en dos. Por un lado están los animales no humanos, que
carecen de la capacidad de la empatía y la amabilidad, y cuyas acciones, hasta
el punto en que pueden ser entendidas como intencionales, son la expresión de
deseos egoístas. Por otro, los seres humanos, que a menudo actúan guiados por
impulsos egoístas, pero que también son capaces de vencer el egoísmo y sentir
empatía por los demás, reprimir sus tendencias más viles y sacrificar sus propios
intereses en favor de ideales elevados. Los miembros de nuestra especie poseen
las disposiciones egoístas que son tan comunes en las partes más complejas del
resto del mundo animal, pero tienen algo más, a saber, la habilidad para
dominar dichas disposiciones. Nuestra psique no es, pues, un territorio lleno
de malas hierbas; podemos ser, también, sus jardineros.
De Waal adscribe esta postura a T. H. Huxley, en
cuya célebre conferencia pronunciada en 1893 introdujo la metáfora del
jardinero. Acusa a Huxley de desviarse del darwinismo en este punto, pero no me
queda claro que, aun cuando ésta fuera una representación adecuada del punto de
vista de L Juxley (cosa que dudo), la acusación esté justificada. Un Huxley
plenamente darwinista podría responder que la evolución humana implica la
emergencia de un rasgo psicológico que muestra una tendencia a inhibir otra
parte de nuestra naturaleza psicológica; no se trata de que un elemento
misterioso exterior a nosotros se oponga a nuestra naturaleza, sino de que
experimentamos conflictos internos que nunca antes habían formado parte de
nuestras vidas. Por supuesto, sería razonable pedir a este Huxley darwinista
que elaborara una teoría sobre cómo este nuevo mecanismo podría haber
evolucionado, pero aun cuando la respuesta resultara ser especulativa, Huxley
no sería culpable de asumir que la moralidad constituye un aditivo no
naturalista.
La versión de la teoría de la capa que he
perfilado y de la que también se ocupa De Waal adopta un punto de vista
específico sobre el comienzo y el final de este proceso. En nuestro pasado
evolutivo tenemos una serie de antepasados comunes de seres humanos y
chimpancés que carecían de capacidades para el altruismo y la empatía. Los
seres humanos de hoy en día cuentan con formas de controlar sus urgentes
impulsos, y teorizamos sobre la moralidad como una colección de estrategias
disciplinarias. La verdadera objeción que se le puede hacer a la teoría de la
capa así formulada es que su punto de partida es erróneo. La teoría se ve falsada
por toda la evidencia que De Waal ha acumulado sobre las tendencias de
chimpancés, bonobos y, hasta cierto punto, otros primates.
Saber valorar en su justa medida este punto debe
ser nuestro primer paso en la investigación de la historia evolutiva que une
las disposiciones psicológicas de nuestros antepasados con las capacidades que
subyacen en nuestro comportamiento moral actual. De Waal hace añicos su versión
de la teoría de la capa clarificando el punto de partida de la misma (después
de todo, ha dedicado gran parte de su vida a este proyecto), pero es mucho
menos claro a la hora de considerar el punto terminal. Términos vagos como
«componentes básicos» o «consecuencia directa» aparecen porque De Waal no ha
pensado lo suficiente sobre el fenómeno humano cuya existencia en su opinión
puede verse anticipada en la vida social de los chimpancés.
Existe un opuesto de la teoría de la capa que
podríamos llamar la «teoría de la solidez absoluta». Esta teoría sostiene que
la moralidad está presente de una forma básica en nuestros antepasados
evolutivos. Quizás en los tiempos de mayor gloria de la sociobiología humana
hubo quienes sintieron la tentación de afiliarse a dicha teoría, al suponer,
por ejemplo, que la moralidad humana se reduce a la disposición para evitar el
incesto (y otras tendencias sencillas similares), y que todas ellas tienen una
explicación evolutiva que puede ser aplicable a un amplio número de organismos.[21] Esta teoría considera
que el término del proceso evolutivo que da como resultado la moralidad humana
es lo mismo que se da en el punto de partida pre humano. No deja de ser ni más
ni menos plausible que la propia teoría de la capa tal como De Waal la
caracteriza. Todas las posturas que son de algún modo interesantes están, sin
embargo, en un terreno intermedio.
De Waal presenta su conferencia con una cita de
Stephen Jay Gould, para ser precisos con un pasaje en el que Gould intentaba
ofrecer una respuesta a las explicaciones sociobiológicas de la naturaleza
humana. Creo que merece la pena reflexionar sobre otra observación de Gould: su
comentario de que cuando decimos «Los seres humanos descienden de los simios»
podemos enfatizar uno u otro aspecto para resaltar bien las continuidades, bien
las diferencias. O, por poner otro ejemplo, la frase de Darwin sobre la
«descendencia con modificación» representa fielmente dos aspectos del proceso
evolutivo: la descendencia y la modificación. El aspecto menos satisfactorio de
las conferencias pronunciadas por De Waal es ver cómo un lenguaje vago
(«componentes esenciales», «consecuencia directa») actúa como sustituto de
cualquier sugerencia específica sobre qué es lo que ha «descendido» y qué ha
sido modificado. Criticar tan duramente la teoría de la capa tal como él la
expone, o su opuesto, no es suficiente.
III
De hecho, De Waal nos ofrece más de lo que hasta
ahora yo le he reconocido. Ha demostrado estar al día respecto a los avances en
el campo de la ética evolutiva (o de la evolución de la ética) de los últimos
quince años, un período en el que el ingenuo reduccionismo de las explicaciones
de la sociobiología han dado paso a propuestas que parecen proponer una alianza
entre Darwin y Hume. La tradición sentimentalista de la teoría ética, en la
que, tal como De Waal apunta, Adam Smith merece ocupar cuando menos una
posición igual a la de Hume, ha ido ganando enteros entre los filósofos
actuales. Y al tiempo que lo ha hecho, aquellos expertos en ética que podían
haber tendido hacia posturas evolutivas se han visto tentados por lo que
denominaré el «señuelo de Hume-Smith».
Este señuelo consiste en centrar nuestra
atención en el papel fundamental que la empatía desempeña en los discursos
éticos de Hume y Smith. De modo que primeramente se postula que la conducta
moral consiste en la expresión de las pasiones apropiadas, y que la empatía
tiene una importancia clave para estas pasiones. Después, se argumenta que los
chimpancés poseen capacidades para la empatía, y se concluye que poseen el tipo
de núcleo que psicológicamente la moralidad exige. Si lo que nos preocupa es
saber qué se quiere decir exactamente con el papel «central» de la empatía o
con expresiones como el «núcleo» de la psicología moral, el teórico evolutivo o
el primatólogo siempre pueden repartirse la responsabilidad. Hume, Smith y sus
coetáneos dilucidaron la forma en que la empatía forma parte de la psicología y
el comportamiento morales; los primatólogos han demostrado la existencia de
tendencias empáticas en la vida social de los primates; y los teóricos de la
evolución demuestran cómo estas tendencias pueden haber evolucionado. [22]
Al caracterizar esta estrategia como el «señuelo
de Hume-Smith», pretendo señalar que resulta mucho más problemática de lo que
muchos autores pretenden (incluidos algunos filósofos, aunque la mayor parte no
lo sean). Para comprender las dificultades que se nos presentan, debemos
examinar la noción de altruismo psicológico, reconocer con exactitud qué tipos
de altruismo psicológico pueden descubrirse en estudios con primates, y
vincular estas cuestiones con los sentimientos morales invocados por Hume, Smith
y sus sucesores.
De Waal desea reconocer que los primates no
humanos tienen disposiciones que no son meramente egoístas; para explicar estas
disposiciones resulta útil pensar en el concepto de «altruismo psicológico».
Tal como yo lo entiendo, el altruismo psicológico es una noción compleja que
implica un ajuste de los deseos, intenciones y emociones sobre la base de la
percepción de los deseos y las necesidades ajenas. De Waal distingue
correctamente la noción psicológica de altruismo de su concepción biológica,
definida en términos de la promoción del éxito reproductivo de los otros con un
coste reproductivo para uno mismo; tal como señala De Waal, la noción más
interesante es la que aplicamos únicamente al concepto de comportamiento
intencional, que puede ser desvinculada de cualquier pensamiento sobre la
asistencia al éxito reproductivo de otros animales.
Para ser exactos, el altruismo psicológico
debería explicarse en términos de la relación existente entre diferentes
estados psicológicos que varían según sea la percepción de los deseos o
necesidades del otro. Si bien una respuesta altruista puede consistir en una
modificación de las emociones o intenciones, podría resultar más fácil
introducir el concepto si hiciéramos referencia al deseo. Imaginemos a un
organismo A en un contexto en el que las acciones posibles no tienen ningún
efecto perceptible sobre otro organismo B, y supongamos que A prefiere una
opción determinada. Podría ser cierto que en un contexto muy similar al
original, en el que hubiera un efecto perceptible sobre B, A eligiera un curso
de acción diferente en el que A prestase más atención a los deseos o
necesidades de B. Si se cumplen estas condiciones, entonces A habrá cumplido
los requisitos mínimos para decir que tiene una disposición altruista respecto
a B en tanto que beneficiario. Sin embargo, las condiciones no sería
suficientes si no se da también el caso de que el cambio de preferencia de A en
la situación en la que los intereses de B entran en juego es causado por la
percepción por parte de A de que una acción alternativa estaría más de acuerdo
con los deseos o necesidades de B, y más aún, de que el cambio no fue generado
por un cálculo de que llevar adelante esa alternativa podría satisfacer otras
de las preferencias de A. Este ejemplo me sirve para explicar la idea de que lo
que hace que un deseo sea altruista es la disposición para modificar lo que se
elige en una situación en la que existe un impacto perceptible sobre otro, que
la modificación alinea la elección con mayor exactitud con los deseos y
necesidades percibidos del otro, que la modificación es causada por la
percepción de esos deseos y necesidades, y que ello no implica un cálculo de
las ventajas esperadas como satisfacción de las preferencias actuales.
Ilustremos lo anterior con un ejemplo.
Supongamos que A se encuentra con algo de comida y quiere comerla toda; es
decir, que en ausencia de B, A se la comería toda. Sin embargo, en presencia de
B, A podría elegir compartir su comida con B (modificando así el deseo que habría
estado operativo en el contexto en el que B estaría ausente), podría hacerlo
porque A percibe que B también desea parte de la comida (o quizá que B necesita
parte de la comida), y podría además hacerlo sin que haya calculado que el
compartir podría aportarle algún beneficio egoísta ulterior (por ejemplo, que B
se muestre más predispuesto a corresponderle en ocasiones futuras). Bajo estas
circunstancias, el deseo de A de compartir es altruista respecto de B.
Podemos pensar en la misma estructura aplicada al
caso de las emociones o las intenciones: una modificación del estado que habría
estado operativo que es causada por la percepción de los deseos o necesidades
del otro y que no surge de ningún cálculo de beneficios futuros. Pero incluso
si nos concentramos únicamente en el caso del deseo altruista, debería estar
claro que existen muchas formas de altruismo psicológico. Tal como sugiere mi
propia formulación disyuntiva entre «deseos o necesidades», un altruista podría
responder bien a los deseos o a las necesidades percibidas del beneficiario. De
forma típica, ambos tenderán a coincidir, pero cuando divergen, los altruistas
deben elegir a cuál atender. El altruismo paternalista constituye una respuesta
a las necesidades más que a los deseos; el altruismo de tipo no paternalista,
en cambio, hace lo opuesto.
Más allá de la distinción entre altruismo
paternalista y no paternalista, es asimismo importante reconocer otras cuatro
dimensiones del altruismo: la intensidad, el rango o extensión, el alcance y la
destreza. La intensidad viene marcada por el grado al que el altruista acomoda
el deseo (o la necesidad) percibido en el beneficiario; en el ejemplo sobre el
reparto de comida que hemos presentado, se observa concretamente este aspecto
en la porción de comida que el altruista está dispuesto a asignar a su
beneficiario.[23] El rango o extensión
viene marcado por el conjunto de contextos en los que el altruista ofrece su
respuesta altruista. Tomemos un ejemplo de De Waal: dos chimpancés macho
adultos podrían estar dispuestos a compartir en toda una serie de situaciones,
pero si lo que está en juego es muy importante (por ejemplo, la posibilidad de
monopolizar el acceso a la reproducción), un otrora amigo podría actuar con
verdadero desprecio por las necesidades o deseos del otro.[24] El alcance del
altruismo se expresa en el conjunto de individuos a quienes el altruista está
dispuesto a ofrecer una respuesta altruista. Finalmente, la destreza del
altruista se mide mediante la habilidad para discernir, a lo largo de una gama
de situaciones, los deseos reales del beneficiario en potencia (o, para los
altruistas paternalistas, las necesidades reales del mismo).
Aun cuando ignoremos las complicaciones de
elaborar un enfoque similar para la emoción y las intenciones, e incluso si
dejamos a un lado la distinción entre el altruismo de tipo paternalista y el no
paternalista, es evidente que los altruistas psicológicos se nos presentan en
una amplia gama de tipologías. Pensemos en un espacio cuatridimensional:
podemos elaborar una serie de «perfiles de altruismo» que capten las diferentes
intensidades y las variadas habilidades con las que los individuos responden a
lo largo de un amplio rango de contextos y de beneficiarios en potencia.
Algunos de esos posibles perfiles muestran respuestas de baja intensidad ante
muchos individuos en muchas situaciones; otros mostrarán respuestas de alta
intensidad hacia unos pocos individuos en casi todas las situaciones; y habrá
otros que muestren respuestas dirigidas a los individuos más necesitados en
cualquier situación, en los que la intensidad de la respuesta será proporcional
al nivel de necesidad. ¿Cuál de estos perfiles, si es que existen, encontramos
en los seres humanos y en los animales no humanos? ¿Existe un único tipo al que
nos gustaría que todo el mundo se adecuase, o es la diversidad la marca de un
mundo moralmente ideal?
Planteo estas cuestiones no como preludio a mi
respuesta a las mismas, sino como forma de exponer cuán compleja es la noción
del altruismo psicológico, y lo insostenible que resulta pensar que, toda vez
que sabemos que los animales tienen capacidad para ejercerlo, podemos inferir
que ellos también cuentan con los componentes básicos de la moralidad. El
declive de la teoría de la capa tal como De Waal la entiende nos dice que
nuestros parientes evolutivos ocupan un lugar en el campo del altruismo, lejos de
una indiferencia completamente egoísta. Hasta que no tengamos una visión más
clara de las formas específicas del tipo de altruismo psicológico que se dan
entre los chimpancés y otros primates no humanos, y hasta que no sepamos cuáles
de esos tipos son relevantes para la moralidad, es prematuro asegurar que la
moralidad humana es el «resultado directo» de las tendencias que estos animales
comparten con nosotros.
IV
De Waal ha construido un argumento muy sólido a
favor de la existencia de algunas formas de altruismo psicológico en el mundo
no humano. Creo que el mejor ejemplo que nos ofrece, que presenta en Bien natural y que reproduce aquí, es la historia de
Jakie, Krom y los neumáticos. Su descripción demuestra convincentemente que el
joven Jakie modificó sus deseos e intenciones respecto a cualquier otro que
pudiera haber albergado, que lo hizo como respuesta a su percepción de cuáles
eran los deseos de Krom, y que los deseos modificados iban dirigidos a
satisfacer los deseos de ésta tal como eran percibidos por Jakie; y aun cuando
los defensores de la línea dura del egoísmo psicológico podrían insistir en el
hecho de que el cambio tuvo lugar a raíz de algún cálculo de tipo maquiavélico,
resulta extremadamente difícil formular una hipótesis plausible: Krom es una
hembra adulta de bajo estatus y ligeramente retrasada que no está en posición
de ayudar a Jakie, y la idea de que esta acción pudiera elevar el estatus de Jakie
dentro del grupo se ve desmentida por la ausencia de otros miembros del grupo.[25] Lo que todo esto pone
de manifiesto es que Jakie fue capaz de ofrecer una respuesta psicológicamente
altruista, de intensidad muy moderada (ya que se jugaba poco interrumpiendo sus
actividades para ayudar con los neumáticos), ayudando a un individuo con quien
mantenía una relación de subordinación, y en un contexto en el que no sucedía
casi nada.
Otros ejemplos resultan mucho menos
convincentes. Pensemos en los capuchinos y el ejemplo de los pepinos y las
uvas. Cuando De Waal publicó los resultados de sus experimentos, hubo
entusiastas dispuestos a proclamar que los experimentos demostraban la
existencia del sentido de la justicia en animales no humanos.[26] Interpreto que un
sentido de la justicia implica la existencia del altruismo psicológico, tal
como yo lo entiendo, puesto que depende de no estar satisfecho con una
situación que de otro modo habríamos visto como satisfactoria precisamente
porque reconocemos que las necesidades de los demás no han sido cubiertas. De
hecho, el experimento de De Waal no revela la existencia de ningún tipo de
altruismo psicológico, sino únicamente el reconocimiento por parte de un animal
de la posibilidad de obtener una recompensa preferida que no se ha obtenido, y
una protesta que resulta del deseo egoísta de esa misma recompensa.
En mi opinión, los ejemplos más convincentes
relativos a la existencia del altruismo psicológico son los del tipo
Jakie-Krom, casos en los que un animal ajusta su comportamiento a la percepción
de un deseo o necesidad de otro animal con el que ha interactuado con
frecuencia, o de situaciones en las que un animal de mayor edad atiende a las
necesidades percibidas de los más jóvenes. Estos ejemplos bastan para mostrar
que los animales no humanos no son invariablemente egoístas psicológicos; y, de
hecho, son suficientes para suponer que es muy probable que compartamos con
ellos las mismas capacidades y estatus. Pero ¿cuán relevante es el altruismo
psicológico de este tipo para la práctica moral humana?
Poseer una cierta habilidad para acomodar
nuestros deseos e intenciones a los deseos o necesidades que se perciben en los
demás parece ser una condición necesaria para que se dé un comportamiento
moral.[27] Pero, como ya he
sugerido en mis observaciones sobre las variedades de altruismo psicológico
existentes, esto no es suficiente.
Tanto Hume como Smith creían que la capacidad
para el altruismo psicológico, tanto en lo relativo a la benevolencia (en Hume)
como a la empatía (en Smith), es bastante limitada. Smith comienza su Teoría
de los sentimientos morales examinando
los diferentes modos en que nuestras respuestas a las emociones de los demás no
son sino una pálida copia. Ambos probablemente reconocerían el alcance de las
investigaciones de De Waal, deLa política de los chimpancés, pasando porPeacemaking among Primates, hasta Bien natural como una reivindicación de sus argumentos más
importantes, demostrando así (en los términos en los que yo lo planteo) que el
altruismo psicológico existe, pero que se ve limitado en intensidad, rango,
alcance y pericia.
De forma más importante aún, ambos distinguirían
este altruismo psicológico de primer orden de las respuestas propias de los
sentimientos genuinamente morales. En su Investigación sobre los
principios de la moral, Hume concluye
identificando los sentimientos morales como propios de la humanidad. Interpreto
que Hume supone que tenemos la capacidad de refinar nuestras disposiciones
originales y limitadas para dar una respuesta a los deseos y necesidades de
nuestros hijos y amigos. A través de una inmersión adecuada en la sociedad,
podemos llegar a expandir nuestros sentimientos empáticos, de modo que
eventualmente nos veremos conmovidos por aquello que resulta «útil y aceptable»
al resto de la gente, no sólo cuando ello entra en conflicto con nuestros
deseos egoístas sino incluso cuando se opone a nuestras respuestas altruistas
más primitivas y localmente partisanas.
Smith es mucho más explícito que Hume sobre cómo
debería continuar esta prolongación de la empatía. Considera que ello implica
reflexionar sobre los juicios de aquellos que poseen diferentes perspectivas a
nuestros alrededor, hasta que seamos capaces de combinar todos los puntos de
vista, con sus prejuicios, y formar un juicio que exprese un sentimiento
genuinamente moral[28]. Sin la figura del
espectador imparcial (el «hombre en el pecho» de Smith), únicamente nos quedan
nuestras empatías limitadas e idiosincrásicas, formas de altruismo psicológico
que podrían resultar necesarias si las respuestas morales han de desarrollarse
en nosotros, pero que se quedan cortas, sin llegar al terreno de la moralidad.
Así, pienso que el señuelo de Hume-Smith es
simplemente eso: un señuelo. Es una invitación a los estudiosos del
comportamiento animal a que demuestren la existencia del altruismo psicológico
en sus sujetos, sobre la asunción de que bastará con demostrar la existencia de
cualquier tipo de altruismo, porque Hume y Smith han demostrado que ser moral
consiste básicamente en ser altruista. Pero aún queda mucho trabajo por hacer.
Afortunadamente, los estudios de De Waal son valiosos a la hora de mostrarnos
por dónde podemos continuar.
V
El papel del espectador imparcial de Smith (o de la
«razón interna» de Kant y un gran número de mecanismos filosóficos que
gobiernan el comportamiento moral) se hace especialmente evidente en
situaciones de conflicto. Los conflictos más obvios son aquellos que hacen que
un impulso egoísta se enfrente a otro altruista. En estos casos, podría
pensarse que el veredicto de la moralidad es que el impulso altruista debería
ganar la batalla, de modo que un paso clave en la evolución de la ética es la
adquisición de cierta capacidad para el altruismo psicológico. Pero esto
resulta demasiado brusco. Necesitamos de la figura del espectador imparcial (o
algún otro equivalente) porque nuestras disposiciones altruistas son demasiado
débiles y a menudo del tipo equivocado, y porque los impulsos altruistas que
entran en conflicto con otros necesitan que se adopte una decisión[29]. Podemos ver lo que ocurre
cuando no existe ningún agente interno que tome decisiones si consideramos los
estudios tempranos de De Waal a la luz de su posterior defensa del altruismo
psicológico.
Sus obras La política de los
chimpancés y Peacemaking
among Primates revelan la existencia de
mundos sociales en los que existen formas limitadas de altruismo psicológico.
Estas sociedades se dividen en coaliciones y alianzas, dentro de las cuales los
animales cooperan ocasionalmente. Parte de la cooperación puede basarse en la
identificación de ventajas futuras, pero hay ocasiones en las que la hipótesis
de que un animal esté respondiendo a las necesidades de otro sin calcular
beneficio futuro alguno parece muy plausible. Si trazamos el altruismo
psicológico como función de las dimensiones de las que he hablado
anteriormente, encontramos que los chimpancés de De Waal (la especie sobre la
que contamos con más datos) están bastante limitados en cuanto a la intensidad,
rango y alcance de sus tendencias altruistas.
La limitación en el alcance de dichas tendencias
es especialmente importante, ya que, como se hace singularmente vivido en Peacemaking
among Primates, la cooperación entre estos
animales y el altruismo psicológico que a menudo subyace en ella se ve
constantemente rota. Cuando un aliado no cumple con sus obligaciones, el tejido
social se rompe y ha de ser reparado. De Waal documenta formas que consumen
mucho tiempo en las que los primates se tranquilizan los unos a los otros, o
los largos períodos dedicados al acicalamiento que siguen a la ruptura entre
alianzas.
Si observásemos este comportamiento a través de
la mirada de Adam Smith —filósofo moral y teórico social— surge una idea
evidente: estos animales podrían utilizar su tiempo y energía de forma mucho
más eficaz y con mayores beneficios si dispusieran de algún mecanismo para
ampliar y reforzar sus disposiciones para el altruismo psicológico. La
existencia de «un pequeño chimpancé interior» les proporcionaría una sociedad
más tranquila y funcional, con más oportunidades para desarrollar proyectos
cooperativos; podrían incluso interactuar con animales que no vieran a diario,
y el grupo podría crecer en número. Al poseer cierto nivel de altruismo
psicológico, son capaces de tener una organización más rica que la mayoría del
resto de especies de primates. Pero dado que esas formas de altruismo
psicológico son tan limitadas, se ven socialmente bloqueados, incapaces de
formar sociedades más amplias o alcanzar un nivel de cooperación más extenso.
Las sociedades de chimpancés muestran conflictos
abiertos que se resuelven mediante complejas negociaciones de paz. Existen
también conflictos dentro de los propios chimpancés. A veces, la tendencia a
compartir de un chimpancé choca contra la tendencia a quedarse la comida para
sí: el chimpancé sostiene la rama de hojas rígidamente hacia quien se la pide,
aparta ligeramente la cara;[30] la rigidez de la
postura, la dirección de la mirada y la expresión de descontento hacen del
conflicto interno algo tan evidente como en el caso de una persona a dieta que
saliva mientras pasa de largo ante una bandeja de comida. La frecuencia con la
que ocurren conflictos abiertos podría verse reducida si existiera algún
mecanismo para resolver adecuadamente los conflictos internos. Sin embargo, tal
como son las cosas, los chimpancés son seres caprichosos (siguiendo la
terminología de Harry Frankfurt), vulnerables ante cualquier impulso dominante
en determinado momento.
En algún punto de la evolución de los homínidos
ocurrió algo que nos dotó de los mecanismos psicológicos adecuados para superar
esa tendencia a ser caprichosos. Me inclino a pensar que esto es parte de lo
que nos hace completamente humanos. Quizá comenzó con la toma de conciencia de
que ciertas formas de comportamiento proyectado podrían tener resultados
problemáticos y la consecuente habilidad para inhibir los deseos que de otro
modo habrían sido dominantes. Sospecho que todo ello se vinculó a la evolución
de nuestras capacidades lingüísticas, y que incluso alguna faceta de la ventaja
selectiva para la habilidad lingüística radica en ayudarnos a saber cuándo
debemos refrenar nuestros impulsos. Tal como yo lo concibo, nuestros
antepasados fueron capaces de formular patrones para la acción, discutirlos
entre sí y elaborar formas para regular la conducta de los miembros del
grupo. [31]
En esta etapa, conjeturo que comenzó un proceso
de evolución cultural. Diferentes grupos pequeños de seres humanos pusieron en
práctica una serie de recursos normativos (reglas, historias, mitos, imágenes,
etc.) para definir el modo en el que «nosotros» vivimos. Algunos de estos
recursos ganaron popularidad entre sus vecinos y grupos de descendientes, quizá
porque ofrecían un mejor acceso a la reproducción o más probablemente porque
conducían a la formación de sociedades más tranquilas, caracterizadas por una
mayor armonía y un mayor nivel de cooperación. Los recursos más exitosos se
fueron transmitiendo de generación en generación y aparecen de forma
fragmentaria en los primeros documentos escritos que nos han llegado: los
códigos de las sociedades mesopotámicas.
Gran parte de todo este proceso resulta
invisible debido al largo período transcurrido entre la completa adquisición de
la habilidad lingüística (hace 50.000 años como muy tarde) y la invención de la
escritura (hace 5.000 años). Existen fascinantes indicios de importantes
progresos, como por ejemplo el arte rupestre o las estatuillas. Más
significativos aún son los ejemplos que apuntan a una mayor habilidad para la
cooperación con individuos que no pertenecieran al mismo grupo local. Desde
hace aproximadamente 20.000 años en adelante, los restos encontrados en algunos
yacimientos muestran un aumento en el número de individuos presentes en el
mismo en un momento concreto, como si varios grupos se hubieran reunido allí.
Aún más intrigantes resultan los descubrimientos de herramientas hechas de
materiales concretos a distancias considerables respecto de la fuente de
materias primas más cercana; quizá deberíamos entender este fenómeno en
términos del desarrollo de las «redes de intercambio comercial», como algunos
arqueólogos han propuesto; o quizá deberíamos verlos como indicadores de la
capacidad de los extraños para abrirse camino en territorios poblados por otros
grupos. Sea cual sea la alternativa que elijamos, estos fenómenos ponen de
manifiesto la creciente capacidad para la cooperación y la interacción social
que se manifiesta ya plenamente en los grandes asentamientos neolíticos de
Jericó y Çatal Hüyük.
Aun cuando no podamos más que conjeturar acerca
de lo ocurrido, creo que existe una concepción de la evolución capaz de
explicar cómo hemos llegado hasta aquí, que contempla el desarrollo de la
capacidad para una orientación normativa (entendida quizás a través de esa
visión más extensa y refinada de la empatía que dio lugar al espectador
imparcial de Smith) como un paso crucial en el camino. Toda vez que dicha
capacidad apareció y que comenzamos a tener lenguajes con los que iniciar
discusiones con los demás, pudieron desarrollarse, a través de una serie de
linajes culturales, prácticas morales explícitas y un compendio de normas,
parábolas e historias, algunas de las cuales llegan hasta la actualidad. Si
volvemos a la famosa metáfora de Huxley, todos nos convertimos en jardineros al
tener como parte de nuestra naturaleza el impulso de eliminar de raíz las malas
hierbas que son parte de nuestra psique, y de fomentar el crecimiento de otras
plantas, añadiendo un rodrigón aquí, una espaldera allá. Es más: en nuestro
caso, al igual que ocurre con un jardín, el proyecto nunca está acabado, sino
que continúa indefinidamente, según surjan nuevas circunstancias. [32]
VI
Pero ¿habré terminado adoptando la teoría de la
capa al volver a Huxley? Ciertamente, no en la versión simple que De Waal
pretende destruir. ¿Cómo entonces puede defenderse la idea de que nuestros
parientes evolutivos poseen los «componentes básicos» de la moralidad, o que
nuestras prácticas y disposiciones morales son «consecuencia directa» de
ciertas capacidades que compartimos con ellos? Anteriormente ya me había
quejado de que estas frases son demasiado imprecisas para servirnos de ayuda.
Existen continuidades importantes entre los agentes morales humanos y los
chimpancés: compartimos la disposición para el altruismo psicológico, sin el
cual ninguna acción genuinamente moral sería posible. Pero sospecho que entre
nosotros y nuestro antepasado más reciente que compartimos con los chimpancés
se han dado algunos pasos evolutivos realmente importantes: la aparición de la
capacidad para la orientación normativa y el autogobierno, la habilidad para
hablar y discutir sobre recursos morales en potencia con los demás, y al menos
cerca de cincuenta mil años de una importante evolución cultural. Tal como
Steve Gould vio con total claridad, cualquier evaluación de nuestra historia
evolutiva puede servirnos para enfatizar bien las continuidades, bien las
discontinuidades en la misma. Pero yo creo que no ganamos nada inclinándonos a
uno u otro lado. Resulta más adecuado determinar qué es lo que ha pervivido y
qué lo que ha sido alterado.
Evidentemente, De Waal podría rechazar mis
especulaciones acerca de cómo llegamos de allí a nuestro presente. A pesar de
que creo que mi historia incorpora percepciones que él ha ido desarrollando a
lo largo de su carrera, es posible que prefiera un punto de vista alternativo
al mío. Lo importante es que necesitamos alguna visión de este tipo, porque para mí
argumentación resulta de central importancia la tesis de que una mera
demostración de la existencia de alguna forma de altruismo psicológico en los
chimpancés (o en cualquier otra especie de primates superiores) demuestra muy
poco acerca de los orígenes o la evolución de la ética. Me parece perfecto
arrojar al fuego la teoría de la capa, ¡pero no las teorías de Huxley! Con
ello, sin embargo, nos encontraríamos ante el principio de un proceso en el que
las teorías primatológicas de De Waal serían relevantes para nuestra
comprensión de la moralidad humana.
§. Moralidad, razón y derechos de los animales. (Peter
Singer)
Mi respuesta a las ricas y estimulantes
Conferencias Tanner se divide en dos partes. La primera y más larga lanza
algunas preguntas sobre la naturaleza de la moralidad y más concretamente sobre
la crítica que De Waal hace de lo que él llama «la moralidad como una capa». La
segunda parte cuestiona los argumentos presentados por De Waal en el apéndice
sobre el estatus moral de los animales. En ambas cuestiones, enfatizaré
aquellos aspectos en los que no estoy de acuerdo con De Waal, de modo que es
necesario recordar aquí que las posiciones en las que estamos de acuerdo son
más importantes que nuestras diferencias. Espero que esto quede evidenciado en
las páginas que siguen.
La crítica de la moralidad como capa
En mi obra The Expanding Circle, publicada en 1981, sostuve que los orígenes de la
moralidad deben encontrarse en los mamíferos sociales no humanos a partir de
los cuales evolucionamos. Rechacé entonces la idea de que la moralidad es una
cuestión cultural más que biológica, o de que la moralidad es un fenómeno
únicamente humano y sin ninguna raíz en nuestra historia evolutiva. Sugerí
entonces que el desarrollo del altruismo entre iguales y el altruismo recíproco
es mucho más importante para el desarrollo de nuestra propia moralidad de lo
que nos gusta reconocer. [33] De Waal comparte este
punto de vista, y dota a estas ideas de una cantidad de conocimientos sobre el
comportamiento de los primates mucho mayor que el que yo podría tener. Resulta
estimulante contar con el apoyo de alguien tan familiarizado con nuestros
parientes los primates que afirma, sobre la base de esos conocimientos, que
existe un gran nivel de continuidad entre el comportamiento social de los
animales no humanos y nuestras propias normas morales.
De Waal critica la teoría del contrato social
porque asume que hubo un determinado momento en el que los humanos no eran
seres sociales. Evidentemente, cabría preguntarse si los principales teóricos
del contrato social creían estar ofreciendo una explicación histórica sobre los
orígenes de la moralidad, pero es cierto que muchos de los lectores han llegado
a la conclusión de que así fue. Cabría también preguntarse qué podemos aprender
de teorías que toman como punto de partida un postulado históricamente falso
(que si no hubiera sido por la existencia de dicho contrato, seríamos egoístas
aislados), aun cuando dichas teorías no asuman que éste habría sido el caso.
Quizás el haber partido de este punto ha contribuido a lo que De Waal se
refiere al hablar de la saturación de la civilización occidental «con la presunción
de que somos criaturas asociales, incluso malvadas». De Waal rechaza
acertadamente la idea de que toda nuestra moralidad es «un recubrimiento
cultural, una fina capa que esconde una naturaleza que por lo demás es egoísta
y brutal». Pero precisamente porque fracasa a la hora de conceder la suficiente
importancia a las diferencias que él mismo reconoce que existen entre el
comportamiento social de los primates y la moralidad humana, su rechazo de la
teoría de la capa resulta demasiado brusco y el propio De Waal es demasiado
duro con alguno de sus defensores.
Para entender en qué acierta De Waal y en qué se
equivoca, tenemos que distinguir dos posturas bien diferenciadas:
1.
La moralidad
humana es inherentemente social y las raíces de la ética humana se encuentran
en los rasgos y patrones del comportamiento que compartimos con otros mamíferos
sociales, especialmente los primates.
2.
Toda la ética
humana deriva de nuestra naturaleza evolucionada en tanto que mamíferos
sociales.
Deberíamos aceptar la primera proposición y
rechazar la segunda, si bien en ocasiones De Waal parece aceptar ambas.
Consideremos la crítica que De Waal realiza de
las ideas de T. H. Huxley, a quien atribuye ser el creador de la moderna teoría
de la capa. De Waal habla del «curioso dualismo de Huxley, que enfrenta a la
moralidad con la naturaleza y a la humanidad con todos los demás animales».
Como comentario inicial, podríamos empezar por señalar que no hay nada de
«curioso» en un dualismo que ha sido una cantinela bastante común (y de hecho
puede decirse que dominante) en la ética occidental desde que Platón
distinguiera entre las diferentes partes del alma y comparara la naturaleza
humana a un carro tirado por dos caballos que el conductor debe controlar y
hacer funcionar a la par.[34] Kant introdujo el
dualismo en su metafísica al sugerir que mientras nuestros deseos (incluida
nuestra preocupación empática por el bienestar de los demás) vienen de nuestra
naturaleza física, nuestro conocimiento de las leyes universales de la moralidad
proviene de nuestra naturaleza en tanto que seres racionales.[35] Esta distinción
presenta una serie de problemas evidentes, pero como veremos más adelante,
resultaría erróneo rechazarla a la ligera.
Es posible que De Waal piense que la posición de
Huxley es curiosa porque era defensor de Darwin, y con sus ideas parece estar
alejándose de un planteamiento verdaderamente evolutivo sobre la ética. Pero
en El origen del hombre, el
propio Darwin ya escribió que «el sentido moral permite quizás elaborar la
mejor y más profunda distinción entre el hombre y los animales inferiores». Las
diferencias entre Huxley y Darwin en este tema son menores de lo que De Waal
sugiere.
La misma descripción que De Waal hace de los
escritos de Edward Westermarck es quizá la mejor demostración de que no
deberíamos descartar tan a la ligera el problema que la «teoría de la capa»
pretende resolver. De Waal alaba certeramente a Westermarck, cuyo trabajo no
recibe hoy en día la suficiente atención. De Waal le describe como «el primer
estudioso en promover una visión integrada que incluya tanto a humanos como a
animales en los campos de la cultura y la evolución». Quizá la parte más
perspicaz del trabajo de Westermarck, en opinión de De Waal, es el hecho de que
intente distinguir las emociones específicamente morales del resto de
emociones. Westermarck, según De Waal, «demuestra que hay algo más que meros
instintos en dichas emociones», y explica que la diferencia entre los
sentimientos morales y «las emociones no morales análogas» debe buscarse en «el
desinterés, la aparente imparcialidad y la apariencia de generalidad» que
caracteriza a las primeras. El propio De Waal elabora esta idea en el siguiente
fragmento:
Las emociones morales deben desvincularse de la
situación inmediata de cada cual: tienen que ver con el bien y el mal en un
nivel más abstracto y desinteresado. Es sólo cuando realizamos un juicio
general de cómo alguien debe ser tratado que podemos empezar a hablar de la
aprobación o desaprobación morales. Es en esta área en concreto, simbolizada
por el célebre «espectador imparcial» de Smith (1937 [1759]), donde los seres
humanos parecemos ir radicalmente mucho más allá que otros primates.
Pero ¿de dónde surge esta preocupación acerca de
los juicios realizados desde la perspectiva del espectador imparcial? Al
parecer, no de nuestra naturaleza evolucionada. De Waal nos dice que «la
moralidad probablemente evolucionó como un fenómeno intragrupal en conjunción
con otra serie de capacidades típicamente intergrupales, tales como la
resolución de conflictos, la cooperación y la capacidad para compartir». De
Waal apunta, consistentemente con esta idea, que en la práctica somos a menudo
incapaces de poner en práctica esta perspectiva imparcial:
De forma universal, los humanos tratamos a los
desconocidos muchísimo peor de lo que tratamos a los miembros de nuestra propia
comunidad. Es más, las normas morales apenas parecen ser aplicables fuera de
nuestro entorno. Es cierto que en la época moderna existe un movimiento que
busca expandir la red de la moralidad para incluir incluso a los miembros de un
ejército enemigo (por ejemplo, la Convención de Ginebra, adoptada en 1949),
pero todos somos conscientes de cuán frágil resulta este esfuerzo.
Pensemos en lo que De Waal está diciendo en los
pasajes anteriores. Por un lado, poseemos una naturaleza evolucionada, que da
lugar a una moralidad basada en el parentesco, la reciprocidad y la empatía
para con los demás miembros del grupo de uno. Por otro, la mejor manera de
capturar la singularidad de las emociones morales es que éstas adopten una
perspectiva imparcial, lo que nos lleva a considerar los intereses de quienes
no pertenecen a nuestro grupo. Tan importante resulta todo ello para nuestra noción
actual de moralidad, que el propio De Waal afirma, como ya hemos visto, que
es sólo cuando hacemos estos juicios generales e imparciales que podemos
empezar a hablar de aprobación y desaprobación morales.
La idea de la moralidad como algo ampliamente
imparcial no es nueva. De Waal cita a Adam Smith, pero la idea de una moralidad
universal se retrotrae al menos al siglo va. C., cuando el filósofo chino Mozi,
extremadamente horrorizado por el daño causado por las guerras, preguntó: «
¿Cuál es el camino hacia el amor universal y el beneficio mutuo?».[36] El propio Mozi nos
daba la respuesta: «Es considerar el país de los demás como si fuera el
propio». Pero, como señala De Waal, la práctica de esta moralidad más imparcial
es «frágil». ¿No se acerca mucho esta idea a decir que el elemento imparcial de
la moralidad es una especie de capa que recubre nuestra naturaleza
evolucionada?
En The Expanding Circle, sugerí que es nuestra capacidad evolucionada para
razonar lo que nos da nuestra habilidad para adoptar una perspectiva imparcial.
En tanto que seres dotados de raciocinio, podemos abstraemos de nuestra
situación y ver que otros, fuera de nuestro grupo, tienen intereses similares a
los nuestros. También podemos ver que no existe ninguna razón imparcial por la
que sus intereses no debieran tener la misma importancia que los de nuestro
propio grupo, e incluso que los nuestros propios.
¿Quiere esto decir que la idea de una moralidad
imparcial es contraria a nuestra naturaleza evolucionada? La respuesta es que
sí, si por «naturaleza evolucionada» entendemos la naturaleza que compartimos
con otros mamíferos sociales a partir de los cuales hemos evolucionado. Ningún
animal no humano, ni tan siquiera los grandes simios, se aproximan a nuestra
capacidad para razonar. Así que, si esta capacidad para razonar se sitúa detrás
del elemento imparcial de nuestra moralidad, entonces constituye una novedad en
la historia evolutiva. Por otra parte, nuestra capacidad para razonar es parte
de nuestra naturaleza y, como cualquier otro aspecto de la misma, es un
producto de la evolución. Lo que la hace diferente de otros elementos de
nuestra naturaleza moral es que las ventajas evolutivas que la razón nos
concede no son específicamente sociales. La capacidad para razonar ofrece
ventajas muy generales. Tiene importantes aspectos sociales: nos ayuda a
comunicarnos mejor con otros miembros de nuestra especie y por ende a cooperar
en la ejecución de planes más detallados. Pero la razón también nos ayuda, en
tanto que individuos, a encontrar agua y comida, y a comprender y evitar las amenazas
de los predadores o las procedentes de los acontecimientos naturales. Nos
permite, por ejemplo, controlar el fuego.
Aun cuando la capacidad para razonar nos ayude a
sobrevivir y a reproducirnos, una vez desarrollada puede conducirnos a
situaciones que no suponen una ventaja directa para nosotros en términos
evolutivos. La razón es como un ascensor: una vez que entramos, no podemos
bajarnos hasta que no lleguemos adonde nos ha llevado. La capacidad para contar
puede resultar útil, pero mediante un proceso lógico nos lleva a las
abstracciones propias de la matemática abstracta que no tienen ninguna ventaja
en términos evolutivos. Quizás ocurre lo mismo en el caso de la perspectiva
adoptada por el espectador imparcial de Smith. [37]
Al concebir de este modo el papel de la razón en
la moral, difiero del punto de vista de De Waal respecto de las lecciones a
extraer del innovador trabajo de J. D. Greene, en el que utiliza técnicas de
neuroimagen para ayudarnos a entender lo que ocurre con los juicios morales. De
Waal dice:
Mientras que la teoría de la capa, con su énfasis
en la singularidad humana, predice que la resolución de un problema moral se
asigna a añadidos de nuestro cerebro evolutivamente recientes, tales como el
córtex prefrontal, la neuroimagen muestra que la tarea de realizar un juicio
moral implica a una gran variedad de zonas cerebrales, algunas de ellas muy
antiguas (Greene y Haidt, 2002). En resumen, la neurociencia parece apoyar la
postura de que la moralidad humana está evolutivamente anclada en la socialidad
de los mamíferos.
Para entender por qué esta conclusión no es la
conclusión a la que debemos llegar, necesitamos conocer más datos acerca del
trabajo realizado por Greene y sus colegas. Utilizaron neuroimágenes para
examinar la actividad cerebral cuando la gente respondía a situaciones
conocidas en la literatura filosófica como «el problema de la vagoneta».[38] En la versión clásica
del problema de la vagoneta, estamos junto a las vías del tren cuando de
repente vemos que una vagoneta, sin nadie a bordo, va deslizándose por la vía
en dirección a un grupo de cinco personas. Todas ellas morirán si la vagoneta
continúa su trayectoria. Lo único que podemos hacer para evitar estas cinco
muertes es activar una aguja que desvíe la vagoneta a una vía lateral, donde
únicamente matará a una persona. Al ser preguntada sobre qué hacer en tal
circunstancia, la mayoría de la gente dice que deberíamos desviar la vagoneta a
la vía lateral, salvando así un total neto de cuatro vidas.
En otra versión del problema, la vagoneta está
como en el ejemplo anterior a punto de matar a cinco personas. En esta ocasión,
sin embargo, no nos encontramos cerca de las vías, sino en un puente elevado
sobre las mismas. No podemos desviar la vagoneta. Pensamos en saltar del puente
y tirarnos delante de la vagoneta, sacrificando nuestra vida para salvar a las
personas que se encuentran en peligro, pero nos damos cuenta de que somos
demasiado ligeros para detenerla. Sin embargo vemos que a nuestro lado hay un
desconocido de gran tamaño. El único modo de impedir que la vagoneta mate a las
cinco personas es empujar a este desconocido puente abajo, delante de la
vagoneta. Si empujamos al desconocido, morirá, pero salvaremos la vida de las
otras cinco personas. Al ser preguntadas sobre qué hacer en esta situación, la
mayoría de la gente dice que no debemos empujar al desconocido.
Greene y sus colegas ven estas situaciones como
diferentes en el sentido de que una implica una situación «impersonal» como es
activar una palanca de cambios, o una violación «personal», como empujar a un
desconocido puente abajo. Descubrieron que cuando los sujetos decidían sobre casos
«personales», las partes del cerebro asociadas a la actividad emocional se
activaban más que cuando se les pedía tomar una decisión en casos
«impersonales». De manera más significativa aún, la minoría de sujetos que
llegaron a la conclusión de que sería correcto actuar de modo que fuera
necesaria una violación personal para minimizar los daños totales (por ejemplo,
quienes dijeron que sería correcto empujar al desconocido puente abajo)
mostraron más actividad en las partes del cerebro asociadas a la actividad
cognitiva y tardaron más tiempo en adoptar una decisión que quienes dijeron
«no» a tales acciones.[39] En otras palabras:
enfrentados a la necesidad de atacar físicamente a otra persona, nuestras
emociones se ven poderosamente alteradas, y para algunos el hecho de que ésta
sea la única manera de salvar varias vidas resulta insuficiente para superar dichas
emociones. Pero quienes se muestran dispuestos a salvar el mayor número de
vidas posible, aun cuando esto implique empujar a una persona hacia su muerte,
parecen estar utilizando la razón para anular su resistencia emocional a la
violación personal que ese empujón supone.
¿Apoya esto la idea de que «la moralidad humana
está evolutivamente anclada en la socialidad mamífera»? Hasta cierto punto, así
es. Las respuestas emocionales que llevan a la mayor parte de la gente a decir
que está mal empujar a un desconocido puente abajo pueden ser explicadas
exactamente en los mismos términos evolutivos que De Waal emplea en sus
conferencias y sostiene con ejemplos extraídos de sus observaciones del
comportamiento primate. Igualmente, es fácil ver por qué no habríamos desarrollado
respuestas similares ante ejemplos como el del cambio de agujas, que también
puede causar la muerte o provocar heridas, pero lo hace a distancia. En toda
nuestra historia evolutiva, hemos sido capaces de hacer daño a otros
empujándoles con violencia, pero es únicamente en los últimos siglos (un
espacio de tiempo demasiado breve como para marcar diferencias en nuestra
naturaleza evolutiva) que tenemos la capacidad de dañar a otras personas
mediante acciones como la de hacer un cambio de agujas.
Antes de tomar este ejemplo como confirmación de
la validez del punto de vista de De Waal, no obstante, necesitamos reflexionar
sobre aquellos sujetos en los estudios de Greene que concluyeron que, al igual
que es correcto activar una palanca para desviar un tren y matar a una persona
para salvar a cinco, también es correcto empujar a una persona puente abajo
matando a una persona para salvar a cinco. Éste es un juicio que ningún otro
mamífero social parece capaz de realizar. Pero también se trata de un juicio
moral que parece provenir no de la herencia evolutiva común que compartimos con
otros mamíferos sociales, sino de nuestra capacidad para razonar. Al igual que
otros mamíferos sociales, tenemos respuestas emocionales automáticas para
ciertos tipos de comportamiento, respuestas que a su vez constituyen una parte
importante de nuestra moralidad. Pero, frente a otros mamíferos sociales,
podemos reflexionar sobre nuestras respuestas emocionales y elegir rechazarlas.
Recordemos si no la frase que Humphrey Bogart pronuncia en el final de Casablanca cuando, en el papel de Rick Blaine, le dice a la
mujer a la que ama (Lisa Lund, interpretada por Ingrid Bergman) que suba al
avión con su marido: «No se me da bien ser noble, pero no hay que esforzarse
mucho para ver que los problemas de tres personas no importan nada en este
mundo de locos». Quizá no se requiera demasiado, pero sí se requieren
capacidades que ningún otro mamífero social posee.
Si bien comparto con De Waal la admiración que
siente hacia David Hume, en la actualidad he desarrollado un gran respeto —aun
a regañadientes— por el filósofo al que se considera el gran rival de Hume:
Immanuel Kant. Kant pensaba que la moralidad debe basarse en la razón, no en
nuestros deseos o emociones.[40] Sin lugar a dudas,
Kant erró al pensar que la moralidad puede estar basada únicamente en la razón,
pero resulta igualmente erróneo ver la moralidad únicamente como una serie de
respuestas emocionales o instintivas, no controladas por nuestra capacidad para
el razonamiento crítico. No tenemos por qué aceptar como algo dado las
respuestas emocionales grabadas en nuestra naturaleza biológica a lo largo de
millones de años de vida en pequeños grupos tribales. Somos capaces de razonar
y de tomar decisiones, y podemos rechazar dichas respuestas. Quizás únicamente
lo hagamos en función de otras respuestas emocionales, pero el proceso implica
la capacidad de razonar y de abstracción, y podría conducirnos, tal como el
propio De Waal reconoce, a una forma de moralidad que es más imparcial de lo
que nuestra historia evolutiva en tanto que mamíferos sociales (en ausencia de
dicho proceso racional) permitiría.
Al igual que Kant no está tan equivocado como De
Waal sugiere, también Richard Dawkins tiene algo de razón cuando (en un pasaje
que De Waal expone como un lamentable ejemplo de la teoría de la capa) escribe
que «Somos los únicos que, en la Tierra, podemos rebelarnos contra la tiranía
de los replicadores egoístas». [41] Nuevamente, si
tenemos en cuenta el argumento de De Waal sobre el aspecto imparcial de al
menos parte de la moralidad humana, resulta difícil ver por qué se opone a esta
frase de Dawkins. Lo que Dawkins dice no es en absoluto diferente del propio comentario
de Darwin en El origen del
hombre de que los instintos
sociales «con la ayuda de los poderes intelectivos activos y los efectos
creados por el hábito conducen de forma natural a la regla de oro: “Trata a los
demás como quieras que te traten a ti”; y aquí se encuentra la base de la
moralidad».
Así pues, la cuestión no es si aceptamos la
visión que de la moralidad nos ofrece la teoría de la capa, sino qué parte de
la moralidad es una capa y qué parte es estructura subyacente. Quienes aseguran
que toda la moralidad es una capa dispuesta sobre una naturaleza humana
esencialmente egoísta e individualista están equivocados. Pero una moralidad
que vaya más allá de nuestro propio grupo y muestre verdadero interés por todos
los seres humanos bien puede ser vista como una fina capa que recubre la
naturaleza que compartimos con otros mamíferos sociales.
Los derechos de los animales y el trato igualitario
En 1993 cofundé, junto a la italiana defensora
de los derechos de los animales Paola Cavalieri, el Proyecto Gran Simio, una
iniciativa internacional que tenía por objeto conseguir que se respetaran los
derechos de los grandes simios. El proyecto fue simultáneamente una idea, una
organización y un libro. El proyecto «Gran Simio»: la igualdad
más allá de la humanidad incluye
trabajos de filósofos, científicos y expertos en el comportamiento de los
grandes simios, como Jane Goodall, Toshisada Nishida, Roger y Deborah Fouts,
Lyn White Miles, Francine Patterson, Richard Dawkins, Jared Diamond y Marc
Bekoff. El libro comienza con una «Declaración sobre los grandes simios» que
todos los contribuyentes al proyecto apoyaron. La Declaración exige que se haga
extensiva a los grandes simios la llamada «comunidad de iguales», que define
como «una comunidad moral en la que aceptamos que determinados principios o
derechos morales fundamentales, que se puedan hacer valer ante la ley, rijan
nuestras relaciones mutuas». En estos principios o derechos, se afirma, se
encuentran el derecho a la vida, la protección de la libertad individual y la
prohibición de la tortura.
Desde el lanzamiento del Proyecto Gran Simio,
varios países (incluidos Gran Bretaña, Nueva Zelanda, Suecia y Austria) han
prohibido la utilización de grandes simios en la investigación médica. En
Estados Unidos, si bien se siguen utilizando chimpancés en la investigación, ya
no se considera aceptable matar grandes simios cuando su utilidad como sujetos
experimentales es mínima. En su lugar, son «jubilados» en santuarios para
simios, si bien en la actualidad no existen suficientes lugares de estas
características para acoger a todos los chimpancés, y algunos de ellos siguen
viviendo en pésimas condiciones.
Supongo que mi compromiso con el Proyecto Gran
Simio, y quizá también mi ya larga abogacía a favor de la «liberación animal»,[42] me convierten en uno
de los objetos de las críticas que De Waal lanza contra los defensores de los
derechos de los animales en su apéndice C. Sin embargo, de nuevo es importante
recordar todo lo que De Waal y yo tenemos en común. De Waal tiene un fuerte
sentido de la realidad del dolor animal. Rechaza con firmeza la posición de
quienes sostienen que es «antropomórfico» atribuir a los animales
características tales como las emociones, la conciencia, la comprensión o
incluso la política o la cultura. Cuando se combina un sentido tan rico de las
experiencias subjetivas del animal con el apoyo a «iniciativas para prevenir el
abuso contra los animales», como es el caso de De Waal, nos aproximamos mucho a
la posición de los defensores de los derechos de los animales. Toda vez que
hemos reconocido que los animales no humanos tienen necesidades emocionales y
sociales complejas, empezamos a ver allí donde otros no ven nada; por ejemplo,
en el método estándar para mantener preñadas a las cerdas en las granjas intensivas
modernas: situadas sobre una superficie de cemento, sin ningún tipo de mullido,
aisladas en una jaula metálica e incapaces de moverse libremente, manipular su
entorno, interactuar con sus congéneres o construir una cama para sus crías
antes del parto. Si todo el mundo compartiera el punto de vista de De Waal, el
movimiento animalista alcanzaría rápidamente sus más importantes objetivos.
Tras mostrarse de acuerdo con la idea de que no
debemos abusar de los animales, De Waal añade que «sigue siendo un gran paso
decir que el único modo de asegurar que se les trate decentemente es darles
derechos y abogados». Preferiría separar la cuestión de si los animales
deberían tener derechos de la cuestión de si deberían disponer de abogados.
Estoy completamente de acuerdo con De Waal en que actualmente la gente (y
especialmente los estadounidenses) se muestra demasiado dispuesta a acudir ante
un tribunal para conseguir sus propósitos. El resultado es una colosal pérdida
de tiempo y de recursos, así como el desarrollo de una tendencia en las
instituciones a pensar a la defensiva sobre cuál es el mejor modo de evitar una
demanda judicial. Pero reconocer que todos los animales deberían tener algún
tipo de derechos básicos no implica necesariamente llamar a sus abogados. Podríamos,
por ejemplo, legislar con el fin de proteger los derechos de los animales y
hacer que dichas leyes se cumplan. Existen numerosas leyes que son muy eficaces
precisamente porque imponen un estándar que prácticamente todo el mundo está
dispuesto a cumplir sin tener que arrastrar a nadie ante un tribunal. Por
ejemplo, hace algunos años Gran Bretaña prohibió el alojamiento de cerdos en el
tipo de jaulas anteriormente descritas. Como consecuencia, cientos de animales
viven en mejores condiciones. Sin embargo, aún no he oído que ninguna piara
inglesa haya conseguido abogado, ni que las autoridades se hayan visto
obligadas a llevar a ningún granjero ante los tribunales por seguir manteniendo
a sus piaras en jaulas después de que la ley se hiciera efectiva.
De Waal se opone a la idea de derechos de los
animales sobre la base de que «la concesión de derechos a los animales depende
por entero de nuestra buena voluntad. Consecuentemente, los animales
disfrutarán únicamente de aquellos derechos que les concedamos. Nunca oiremos
hablar del derecho de los roedores a ocupar nuestros hogares, del derecho de
los estorninos a atacar cerezos, o de perros que decidan qué ruta habrá de
seguir su dueño. En mi opinión, los derechos que se conceden de forma selectiva
no pueden ser calificados de tales». Sin embargo, la concesión de derechos a
seres humanos intelectualmente discapacitados también depende enteramente de
nuestra buena voluntad. Y todos los derechos son concedidos de forma selectiva.
Los bebés no disfrutan del derecho al voto, y las personas que como resultado
de una enfermedad mental o una anormalidad muestran una tendencia a comportarse
de forma violenta y antisocial pueden perder el derecho a la libertad. Pero
todo ello no significa que el derecho al voto o a la libertad no puedan ser
considerados derechos en toda regla.
De cualquier manera, en realidad estoy de
acuerdo con De Waal cuando sugiere que en lugar de hablar de derechos de los
animales, podríamos hablar de nuestras obligaciones para con ellos. En
política, los asertos sobre los derechos se convierten en eslóganes magníficos,
puesto que son rápidamente entendidos como declaraciones de que a alguien, o a
algún grupo, se le está negando algo importante. Es en este sentido que brindo
mi apoyo a la Declaración de los Grandes Simios y la reclamación de derechos
contenida en la misma. Sin embargo, en mi papel de filósofo más que de
activista, ya sean los humanos o los animales el objeto de nuestro interés,
encuentro que las reclamaciones sobre estos derechos resultan insatisfactorias.
Diferentes pensadores han elaborado una serie de listas de derechos humanos
supuestamente evidentes y argumentos a favor de que exista una única lista en
lugar de varias listas que a su vez den lugar a nuevas listas como respuesta.
Cuando los derechos chocan, como es inevitable que ocurra, los debates sobre
qué derecho debería tener mayor peso no suelen conducir a ninguna parte. Esto
es debido a que los derechos no constituyen en realidad la base de nuestras
obligaciones morales. En sí mismos, los derechos se basan en la preocupación
por los intereses de todos aquellos afectados por nuestras acciones: un
principio básico que puede alcanzarse si adoptamos la perspectiva del
«espectador imparcial» de Smith, un punto de vista más refinado de la idea
kantiana de asegurar que la máxima de nuestras acciones se convierta en ley
universal, o incluso de la más antigua aún «regla de oro».
Adoptar esta perspectiva basada en las
obligaciones más que en los derechos aún nos obliga a determinar el peso que
hemos de conceder a los intereses de los animales. De Waal escribe: «Deberíamos
utilizar los nuevos descubrimientos sobre la vida mental de los animales para
promover en los humanos una ética del cuidado en la cual nuestros intereses no
sean los únicos en la balanza». Sin lugar a dudas, esto debería ser lo mínimo
que hiciéramos. Pero reconocer que los intereses humanos no han de ser «los
únicos en la balanza» es muy vago. De Waal también dice: «Creo que nuestra
primera obligación moral es para con los miembros de nuestra propia especie».
Menos vago, pero no deja de ser un mero aserto. De Waal también apunta que los
defensores de los animales aceptan procedimientos médicos desarrollados
mediante investigaciones con animales; como mucho, éste es un argumento ad
hominem contra personas que podrían no
ser lo suficientemente fuertes moralmente como para rechazar asistencia médica
en caso de necesidad. De hecho, hay defensores de los derechos de los animales
que rechazan tratamientos médicos desarrollados con animales, si bien son
minoría. Podría también argumentarse que debemos rechazar la idea de la
igualdad entre los seres humanos porque no se conocen casos de defensores de
esta idea que hayan decidido voluntariamente vivir en condiciones de penuria
para ayudar a personas de otros países que están muriéndose de hambre.
(Nuevamente, sí hay algunos casos que se aproximan a esto, como por ejemplo el
de Zell Kravinsky.)[43] De hecho, el vínculo
entre la idea y la acción sugerida es más fuerte en el caso de la igualdad
entre los seres humanos y el darse a los pobres que en el caso de los derechos
de los animales y el rechazo de un tratamiento médico desarrollado mediante
experimentos en animales, porque el dinero que damos a los pobres podría salvar
la vida de personas que en nuestra opinión valen lo mismo que nosotros mismos,
mientras que no está del todo claro hasta qué punto el hecho de que algunas
personas rechacen un tratamiento médico podría beneficiar a ningún animal
presente o futuro.
¿Por qué el hecho de que los animales no humanos
no sean miembros de nuestra especie justifica que concedamos menos importancia
a sus intereses que la que le concedemos a intereses similares que se dan entre
miembros de nuestra especie? Si argumentamos que el estatus moral depende de la
condición de miembro de nuestra propia especie, ¿en qué se diferencia nuestra
postura de la de la mayor parte de las personas abiertamente racistas o sexistas,
es decir, aquellos que creen que ser blanco, u hombre, equivale a gozar de un
estatus moral superior, sin tener que considerar ninguna otra característica o
cualidad? De Waal sostiene que el paralelismo que el movimiento animalista
establece entre la abolición del abuso de animales y la abolición de la
esclavitud es «escandaloso» porque, frente a los negros o las mujeres, los
animales no humanos nunca podrán ser miembros de pleno derecho de nuestra
comunidad. La diferencia está ahí, pero si los animales no pueden ser miembros
de pleno derecho de nuestra comunidad, entonces tampoco los seres humanos con
graves discapacidades intelectuales podrían serlo. Y sin embargo no creemos que
esto sea razón suficiente para preocuparnos menos por su sufrimiento. Del mismo
modo, el hecho de que los animales no puedan ser miembros de pleno derecho de
nuestra sociedad no debería ir en contra de que podamos conceder la misma
importancia a sus intereses. Si un animal siente dolor, el dolor importa tanto
como cuando es un humano el que sufre; ocurre lo mismo si el dolor provoca el
mismo sufrimiento y tiene la misma duración, o si no tiene ninguna consecuencia
negativa para el ser humano más de las que pueda tener para el animal no
humano. De manera que hay algo de verdad en el paralelismo entre la esclavitud
humana y la esclavitud animal. En ambos casos, miembros de un grupo más
poderoso se arrogan el derecho de utilizar a otros seres de fuera del grupo
para sus propios fines egoístas, ignorando ampliamente sus intereses. Esta
utilización se justifica posteriormente mediante una ideología que explique por
qué los miembros del grupo más poderoso valen más y tienen el derecho, a veces
divino, de gobernar sobre los extraños al grupo.
Si bien ocurre que el principio de igualdad
únicamente puede aplicarse tal cual en el caso de que animales y humanos tengan
intereses parecidos (y determinar qué intereses son «parecidos» no es
precisamente tarea fácil), resulta igualmente difícil comparar diferentes
intereses humanos, especialmente en el caso de diferentes culturas. Esto no
significa que descartemos los intereses de personas con culturas diferentes a
las nuestras. Claro está que las capacidades mentales de diferentes seres
afectarán al modo en que experimentan dolor, y estas diferencias pueden ser
importantes. Pero todos estaríamos de acuerdo en que el dolor que siente un
bebé es algo malo, aun cuando el bebé no sea más consciente que, por ejemplo,
un cerdo, y no tenga capacidades desarrolladas en los campos de la memoria o la
anticipación. El dolor puede servir también para avisar de algún peligro, de
modo que, si lo consideramos en su conjunto, no siempre es malo. Sin embargo, a
menos que exista algún beneficio que lo compense, deberíamos considerar que
todas las experiencias de dolor que guardan alguna similitud son igualmente
malas, sea cual sea la especie que sienta ese dolor.
Junto a este principio general de la igual
consideración de intereses, no obstante, sigue siendo posible estar de acuerdo
con la aseveración de De Waal de que «los simios merecen un estatus especial»,
no tanto porque son nuestros parientes más próximos, ni porque su similitud con
nosotros pueda «movilizar mayores sentimientos de culpa cuando se les daña»,
sino por lo que conocemos acerca de la riqueza de sus vidas sociales y
emocionales, su nivel de autoconciencia y su comprensión de la situación en la
que viven. Al igual que dichas características a menudo hacen que los humanos
suframos más que otros animales, también harán que a menudo los grandes simios
sufran más que los ratones. Evidentemente, no todas las investigaciones causan
sufrimiento, y el test que De Waal cree que la investigación con grandes simios
debería superar (que sea «el tipo de investigación que no nos importaría llevar
a cabo con voluntarios humanos») se adecúa a la igual consideración de
intereses.
Existe no obstante una razón añadida para
conceder un estatus especial a los grandes simios. Gracias en parte al propio
trabajo de De Waal, así como al de Jane Goodall y otros, sabemos mucho más sobre
las vidas mentales y emocionales de los grandes simios que sobre las de otros
animales. Por todo lo que sabemos, y porque podemos ver una parte tan
significativa de nuestra naturaleza reflejada en ellos, los grandes simios
pueden ayudarnos a enmendar la brecha abierta entre nosotros y el resto de los
animales tras varios milenios de adoctrinamiento judeocristiano. Reconocer que
los grandes simios tienen derechos básicos nos ayudaría a ver que las
diferencias que nos separan del resto de los animales son una cuestión de
grado, y en consecuencia ello nos llevaría a tratarles mejor.
Parte III
Respuesta a los comentaristas
Contenido:
§. La torre de la moralidad
§. Los tres niveles de la moralidad
§. Más cerca del fin
§. Los rostros del altruismo§. Conclusión
§. La torre de la moralidad (Frans de Waal)
Si bien mis respetados colegas han concentrado
su atención en lo que parece estar ausente más que presente en otros primates,
yo he enfatizado las características que compartimos con ellos. Esto refleja mi
deseo de contrarrestar la idea de que de algún modo la moralidad humana está
reñida con nuestros antecedentes animales, o incluso con la naturaleza en
general. Aprecio el apoyo que en general han brindado a esta posición, y estoy
de acuerdo con las repetidas sugerencias de que consideremos también las discontinuidades
existentes. Así que esto es lo que intentaré hacer en esta ocasión, empezando
por mi propia definición de moralidad.
Por supuesto, yo nunca hablaría de
«discontinuidades». La evolución no ocurre a saltos: los nuevos rasgos que van
apareciendo son modificaciones de los antiguos, de modo que las especies unidas
por un parentesco cercano difieren entre sí únicamente de forma gradual. Aun
cuando la moralidad humana represente un significativo paso adelante, apenas
supone una ruptura con el pasado.
La inclusión moral y la lealtad
La moralidad es un fenómeno orientado hacia el
grupo que nace del hecho de que contamos con un sistema de apoyo para
sobrevivir (Maclntyre, 1999). Una persona solitaria no necesitaría la
moralidad, lo mismo que una persona que viviera con otros sin una relación de
dependencia mutua. En tales circunstancias, cada individuo seguiría su propio
camino. No habría ningún tipo de presión para desarrollar restricciones
sociales ni tendencias morales.
Con el fin de promover la cooperación y la
armonía intracomunitarias, la moralidad establece una serie de límites del
comportamiento, especialmente cuando se produce una colisión de intereses. Las
normas morales crean un modus vivendi entre ricos y pobres, gente sana y gente enferma, viejos y
jóvenes, casados y solteros, y así sucesivamente. Dado que la moralidad ayuda a
la gente a llevarse bien y a participar en empresas comunes, a menudo coloca el
bien común por encima de los intereses individuales. No niega la existencia de
estos últimos, pero insiste en que tratemos a los demás igual que nos gustaría
que nos trataran a nosotros. De forma más concreta, el dominio moral de la
acción es el Ayudar o (no) Dañar a los demás (De Waal, 2005). Las dos están
interconectadas. Si una persona se está ahogando y yo me niego a ayudar, de
hecho estoy dañando a esa persona. La decisión de ayudar o de no hacerlo es,
sin lugar a dudas, una decisión de índole moral.
Cualquier cosa no directamente relacionada con
esos dos parámetros se sitúa fuera del ámbito de la moralidad. Quienes invocan
la moralidad en referencia a, por ejemplo, el matrimonio entre personas del
mismo sexo o la visibilidad de un pecho desnudo en horario televisivo de máxima
audiencia intentan simplemente revestir con un lenguaje moral lo que son
convenciones sociales. Puesto que las convenciones sociales no están
necesariamente ancladas en las necesidades de los demás o en las de la
comunidad, el daño causado por las transgresiones en cuestión es a menudo
discutible. Las convenciones sociales varían enormemente: cosas que pueden
sorprender enormemente en una cultura (como por ejemplo eructar después de
comer) pueden ser recomendables en otra. Limitadas por su impacto sobre el
bienestar de los demás, las normas morales son mucho más constantes que las
convenciones sociales. La regla de oro es universal. Las cuestiones morales de
nuestra época (la pena capital, el aborto, la eutanasia o el cuidado de pobres,
enfermos y ancianos) giran todas alrededor de los sempiternos temas de la vida,
la muerte, la gestión de los recursos y la prestación de cuidados.
Dos recursos críticos relacionados con la ayuda
y el daño son la comida y la pareja: ambas están sujetas a normas relativas a
la posesión, división e intercambio. Para las primates hembra, la comida es el
recurso más importante, especialmente durante el embarazo o el período de
lactancia (situaciones en las que se encuentran gran parte del tiempo), y la
pareja es el más importante para los machos, cuya reproducción depende del
número de hembras fertilizadas. Esto podría explicar la célebre «doble vara de
medir» favorable a los hombres en el terreno de la infidelidad matrimonial. Las
mujeres, por el contrario, tienden a ser favorecidas en los casos de custodia
de los hijos, reflejándose con ello la primacía que se asigna al vínculo
madre-hijo. De manera que aun cuando nos esforcemos por alcanzar un estándar
moral que no tenga en cuenta las diferencias de género, los juicios que
realizamos en la vida real no son inmunes a la biología mamífera. Un sistema
moral viable rara vez permite que sus normas se desvinculen de los imperativos
biológicos de la supervivencia y la reproducción.
Visto lo útil que la orientación hacia el propio
grupo ha sido para la humanidad durante millones de años y lo útil que todavía
nos resulta, un sistema moral no puede dar igual consideración a todos los
tipos de vida que existen en la Tierra. Ese sistema habrá de establecer
prioridades. Como ya apuntara Pierre-Joseph Proudhon hace más de un siglo: «Si
todo el mundo es mi hermano, entonces nadie lo es» (Hardin, 1982). En cierto
nivel, Peter Singer tiene razón al declarar que todo el dolor del mundo es
igualmente relevante («Si un animal siente dolor, ese dolor importa tanto como
cuando es un humano el que lo siente»), pero en otro nivel, esta declaración
choca frontalmente con la distinción que llevamos en la sangre entre la
orientación hacia nuestro grupo frente a la consideración del exterior del
mismo (Berreby, 2005). Los sistemas morales están irremediablemente predispuestos
a favorecer la visión intragrupal.
La moralidad evolucionó para tratar con la
comunidad en primer lugar, y sólo recientemente ha empezado a incluir a
miembros de otros grupos, a la humanidad en general y a los animales no
humanos. Si bien la expansión del círculo es loable, lo cierto es que esta
expansión se ve limitada por el hecho de que las circunstancias lo permitan o
no, es decir: se permite la expansión del círculo en épocas de abundancia, pero
inevitablemente se verá reducido cuando los recursos escaseen (figura 9).
Ocurre así porque los diferentes círculos definen diferentes niveles de
dedicación. Como ya hemos apuntado anteriormente: «El círculo de la moralidad
se expande únicamente si la salud y la supervivencia de los círculos inferiores
están aseguradas» (De Waal, 1996, pág. 213). Dado que en la actualidad vivimos
en una época de prosperidad, podemos (y debemos) preocuparnos por aquellos que
están situados fuera de nuestro círculo inmediato.[44] De todos modos, un
escenario en el que todos los círculos tuvieran la misma importancia choca con
las estrategias de supervivencia que vienen de antiguo.
Figura 9. El círculo en expansión de la moralidad humana es de hecho una
pirámide flotante vista desde arriba. La lealtad y el sentido de la obligación
hacia la familia inmediata, el clan o la especie contrarrestan la inclusión
moral. La capacidad de la pirámide (es decir, los recursos disponibles)
determina que parte de la pirámide emergerá a la superficie. La inclusión moral
de los círculos exteriores se ve en consecuencia limitada por el compromiso con
los interiores. Extraído de De Waal, 1996.
No se trata únicamente de que tengamos prejuicios a
favor de los círculos situados más al interior (nosotros mismos, nuestra
familia, nuestra comunidad, nuestra especie), sino que debemos tenerlos. La lealtad es una obligación moral. Si yo
volviera a casa con las manos vacías tras una correría durante una época de
hambruna generalizada y le dijera a mi familia hambrienta que encontré algo de
pan pero que lo regalé, se enfadarían conmigo. Este acto sería visto como un
fracaso moral y una injusticia, no porque los beneficiarios de mi
comportamiento no fuesen merecedores de dicho sustento, sino porque mi
obligación era para aquellos cercanos a mí. El contraste es aún más pronunciado
en épocas de guerra, cuando el ejercicio de la solidaridad para con la propia
tribu o nación resulta obligatorio: la traición nos parece moralmente
censurable.
En ocasiones, los defensores de los derechos de
los animales tienden a minimizar esta tensión entre la lealtad y la inclusión
moral aun cuando su propio comportamiento refleje lo contrario. Cuando mencioné
que quienes se oponen a la investigación médica con animales hacen aún uso de
la misma, pretendía que se reconozca plenamente que existen dos caras en este
debate. Uno no puede practicar en silencio la lealtad hacia los círculos
interiores (por ejemplo aceptando para sí mismo y su familia tratamientos
médicos desarrollados en animales) mientras niega vehementemente que estos
círculos sean prioritarios frente a otras formas de vida. Si tenemos en cuenta
las dimensiones de parentesco, vínculo y pertenencia a un grupo, un ser humano
intelectualmente discapacitado posee de hecho un valor moral mayor que
cualquier animal. Esta dimensión relativa a la lealtad es tan real e importante
como la que toma en consideración la sensibilidad al dolor o la autoconciencia.
Únicamente si tenemos en cuenta ambas dimensiones y reconciliamos los
conflictos que en potencia puedan darse entre ambas podremos decidir qué peso
moral asignar a un ser que siente, ya sea humano o animal.
Me preocupa la utilización de animales en la
investigación médica, y me angustia tener que decidir si, por ejemplo,
deberíamos continuar nuestras investigaciones sobre la hepatitis B en
chimpancés u olvidarnos de sus potenciales beneficios (compárese Gagneux y
otros, 2005, con Van de Berg y Zola, 2005). ¿Queremos curar personas o proteger
a los chimpancés? En este debate en concreto, me inclino por la segunda opción,
si bien al mismo tiempo admito que utilizaré cualquier vacuna que pueda
salvarme la vida. Lo menos que puedo decir, no obstante, es que me encuentro
ante un dilema. Es por ello que encuentro el lenguaje utilizado en defensa de
los derechos de los animales, lleno de estridencias y pronunciamientos
absolutos, inconfundiblemente falto de utilidad. No ayuda en nada a la hora de
poner al descubierto los dilemas tan profundos a los que nos enfrentamos.
Prefiero sin lugar a dudas debatir sobre las obligaciones que los humanos tenemos para con los animales,
especialmente en el caso de animales mentalmente tan avanzados como los simios,
aun cuando esté de acuerdo con Singer en que, al final, nuestras conclusiones
quizá no sean tan diferentes.
§. Los tres niveles de la moralidad
Aun cuando la capacidad moral humana
evolucionase a partir de la vida colectiva de los primates, esto no debe
tomarse como sinónimo de que nuestros genes prescriben una serie de soluciones
morales concretas. Las normas morales no están grabadas a fuego en el genoma.
Existen autores que intentaron derivar los Diez Mandamientos de las «leyes» de
la biología (por ejemplo, Seton, 1907; Lorenz, 1974), pero tales esfuerzos
están destinados a fracasar inevitablemente. La Teoría de la Solidez Absoluta
de Philip Kitcher apenas cuenta con apoyos hoy en día.
No nacemos con ninguna norma moral concreta en
mente, sino con una agenda para el aprendizaje que nos indica qué información
debemos absorber. Ello nos permite descubrir, comprender y en última instancia
interiorizar la fábrica moral de nuestra sociedad de origen (Simón, 1990).
Debido a que una agenda para el aprendizaje similar es la que subyace en la
adquisición del lenguaje, veo algunos paralelismos entre los fundamentos
biológicos de la moralidad y los del lenguaje. Del mismo modo que un niño no
nace con una lengua determinada, sino con la habilidad de aprender cualquier
lengua, los seres humanos nacemos con la capacidad de absorber normas morales y
considerar la validez de opciones morales, teniendo así un sistema
absolutamente flexible que en cualquier caso gira en torno a los dos ejes
(ayudar y hacer daño) y las mismas lealtades básicas en torno a las cuales
siempre ha girado.
Nivel 1: Componentes básicos
La moralidad humana puede dividirse en tres
niveles distintos (tabla 2), de los cuales el primer nivel y medio parece
guardar paralelismos evidentes con otros primates. Dado que los niveles
superiores no pueden existir sin los inferiores, toda la moralidad humana forma
un continuo con la socialidad de los primates. El primer nivel, extensamente
examinado en mi introducción, es el nivel de los sentimientos morales, o lo que
denomino los componentes psicológicos básicos de la moralidad. Incluyen la
empatía y la reciprocidad, así como la retribución, la resolución de conflictos
y el sentido de la justicia, cuya existencia se ha documentado en otros
primates.
A la hora de caracterizar estas bases
fundacionales, prefiero emplear un lenguaje común para humanos y simios. La
discusión de Robert Wright sobre el lenguaje compartido no estudia
adecuadamente la razón principal que está detrás de su utilización, a saber, el
hecho de que si dos especies íntimamente relacionadas actúan de forma similar,
la suposición lógica por defecto es que la psicología subyacente sea también
similar (De Waal, 1999; apéndice A). Esto sigue siendo cierto tanto en el caso
de las emociones como en el de la cognición, dos áreas que a menudo se
presentan como antitéticas, si bien resulta prácticamente imposible separarlas
(Waller, 1997).
Tabla 2. Los tres niveles de la moralidad
El término «antropomórfico» es inoportuno, al etiquetar de forma negativa este
lenguaje compartido. Desde una perspectiva evolutiva, no nos queda más remedio
que utilizar un lenguaje compartido para describir instancias de comportamiento
similar en simios y humanos. Es muy probable que sean homólogos, esto es,
derivados de un antepasado común. La alternativa sería clasificar
comportamientos parecidos como análogos, esto es, comportamientos derivados de
forma independiente. Soy consciente de que los científicos sociales que
comparan el comportamiento humano y el animal tienden a dar por sentada la
analogía, pero cuando se trata de especies íntimamente relacionadas esta
suposición sorprende al biólogo como algo enteramente imposible.
En ocasiones, somos capaces de desenmarañar los mecanismos que rigen el
comportamiento. El ejemplo que nos ofrece Wright de la reciprocidad basada en
sentimientos de amistad frente a cálculos cognitivos es un buen ejemplo. En los
últimos veinte años, mis colegas y yo hemos recolectado sistemáticamente datos
y realizado experimentos que iluminen los mecanismos que rigen la reciprocidad
observada. Estos mecanismos van de simples a complejos. Todas las diferentes
propuestas de Wright aparecen indicadas de hecho para otros animales. Junto a
los seres humanos, los chimpancés parecen mostrar las formas de reciprocidad
cognitivamente más avanzadas (De Waal, 2005; De Waal y Brosnan, 2006).
Nivel 2: La presión social
Si el primer nivel de la moralidad parecer estar bien desarrollado en nuestros
parientes más próximos, es en el segundo nivel donde empezamos a encontrar
diferencias importantes. Este nivel incluye la presión social que se ejerce
sobre cualquier miembro de la comunidad para que contribuya a la consecución de
objetivos comunes y cumpla una serie de normas sociales previamente pactadas.
No es que este nivel esté completamente ausente en el caso de otros primates.
Los chimpancés parecen preocuparse del estado de cosas dentro de su grupo y parecen
seguir asimismo normas sociales. Experimentos recientes indican incluso la
existencia de comportamientos conformistas (Whiten y otros, 2005). Pero en lo
referido a la moralidad, la característica más importante es la ya mencionada
de preocupación por la comunidad (De Waal, 1996), reflejada en la forma en que
las hembras de mayor rango reúnen a las partes en conflicto después de una
pelea y reinstauran la paz. He aquí una descripción original de este ejemplo de
mediación:
Especialmente tras una serie de conflictos graves
entre dos machos adultos, los dos contrincantes a veces son reconciliados por
una hembra adulta. La hembra se acerca a uno de los machos, lo besa o lo toca o
bien le hace un ofrecimiento y después le conduce caminando lentamente hacia el
otro macho. Si el macho la sigue, lo hace a una distancia muy corta (con
frecuencia mirando los genitales de la hembra), y sin mirar al otro macho. En
algunas ocasiones la hembra mira en dirección a su acompañante; en otras,
vuelve sobre sus pasos para obligar al macho a seguirla, tirándole del brazo.
Cuando la hembra se sienta cerca del segundo macho, ambos machos comienzan a
acicalarla y posteriormente, cuando la hembra desaparece de la escena, el
acicalamiento prosigue entre los dos machos, y ambos jadean, balbucean y se dan
golpes con más frecuencia y más fuerza que antes de la desaparición de la
hembra (De Waal y Van Roosmalen, 1979, pág. 62).
Mi equipo ha podido observar repetidamente este
comportamiento en varios grupos de chimpancés. Es un comportamiento que permite
a los machos rivales acercarse sin tener que tomar la iniciativa, sin contacto
visual y quizá sin perder prestigio. Más importante aun es el hecho de que sea
una chimpancé la que toma la iniciativa para reparar una relación en la que
ella no está directamente implicada.
Las tareas de control que ejercen los machos de
alto rango muestran el mismo tipo de preocupación por la comunidad. Estos
machos interrumpen peleas, a veces interponiéndose entre los machos implicados
hasta que el conflicto se calma. La imparcialidad demostrada por los chimpancés
machos en este papel es verdaderamente extraordinaria, como si de hecho se
situaran por encima de los contrincantes. El efecto pacificador de este
comportamiento ha sido documentado tanto en el caso de chimpancés en cautividad
(De Waal, 1984) como en chimpancés salvajes (Boehm, 1994). [45]
Por muy impresionante que sea este sistema de
aplicación de las normas, nuestra especie va mucho más allá que otras en este
aspecto. Desde que somos pequeños, nos vemos sometidos a juicios sobre lo que
está bien o mal, juicios que se convierten en una parte tan importante de cómo
vemos el mundo que todos los comportamientos que mostramos y los que
experimentamos pasan por este filtro. Apretamos las tuercas a todo el mundo,
para asegurarnos de que su comportamiento se adecúe a las expectativas. [46]
Por lo tanto, los sistemas morales imponen toda
una serie de restricciones. El comportamiento que promueve una vida en grupo
mutuamente satisfactoria se considera generalmente «correcto» y aquel
comportamiento que la socave, «erróneo». Consistentemente con los imperativos
biológicos de la supervivencia y la reproducción, la moralidad refuerza una
sociedad cooperativa de la que todos se benefician y a la cual casi todos están
dispuestos a contribuir. En este sentido, Rawls (1972) acierta de lleno: la moralidad
funciona como un contrato social.
Nivel 3: Juicios y razonamientos
El tercer nivel de la moralidad va más allá
todavía. En este punto, las comparaciones con otros animales son verdaderamente
escasas. Quizás esto no sea más que un reflejo del estado actual de nuestros
conocimientos, pero no conozco ningún ejemplo de razonamiento moral en
animales. Los humanos seguimos una brújula interna: juzgamos nuestros actos y
los ajenos evaluando las intenciones y creencias que subyacen en nuestras
acciones. Buscamos también la lógica, como en la discusión precedente en la que
la inclusión moral basada en la sensibilidad choca con las obligaciones morales
basadas en lealtades que vienen de antiguo. El deseo de contar con un marco
moral consistente en el ámbito interno es singularmente humano. Somos los
únicos a los que preocupa por qué pensamos lo que pensamos. Podemos, por
ejemplo, preguntarnos sobre cómo reconciliar nuestra postura frente al aborto
con la que mantenemos frente a la pena de muerte, o bajo qué circunstancias
resultaría justificable el robo. Todo ello es mucho más abstracto que el nivel
de comportamiento concreto en el que el resto de los animales parece operar.
Esto no quiere decir que el razonamiento moral
esté completamente desvinculado de las tendencias sociales de los primates. Doy
por sentado que nuestra brújula interna está configurada por nuestro entorno
social. Todos los días, nos damos cuentas de las reacciones positivas o
negativas hacia nuestro comportamiento, y de esta experiencia sacamos conclusiones
sobre los objetivos de los demás y las necesidades de nuestra comunidad.
Convertimos estas necesidades y objetivos en propios, en un proceso que
conocemos como interiorización.
Consecuentemente, las normas y valores morales no surgen a partir de máximas
derivadas independientemente, sino que nacen de la interiorización de nuestras
interacciones con los demás. Un ser humano que crezca aislado nunca podrá
desarrollar un razonamiento moral. Esta especie de Kaspar Hauser carecería de
la experiencia necesaria para ser sensible a los intereses ajenos, y en
consecuencia carecería de la habilidad para ver el mundo desde otra perspectiva
que no fuera la propia. Estoy por tanto de acuerdo con Darwin y Smith (véase en
este sentido el comentario de Christine Korsgaard) en que la interacción social
ha de estar en la raíz del razonamiento moral.
Considero que por su búsqueda de la consistencia
y el «desinterés», así como por la tendencia a medir cuidadosamente nuestras
acciones frente a lo que podríamos o deberíamos haber hecho, este nivel de
moralidad es singularmente humano. Aun cuando nunca llegue a trascender por
completo las motivaciones sociales de los primates (Waller, 1997), nuestro
diálogo interior eleva el comportamiento moral a un nivel de abstracción y
autorreflexión desconocido antes de que nuestra especie entrara en el escenario
de la evolución.
§. Más cerca del fin
Es bueno saber que mi «destructiva» aproximación
a la teoría de la capa (TC) se reduce a marear la perdiz (según Philip Kitcher)
en un ejercicio que para empezar no tendría ningún sentido (Christine
Korsgaard). El único que alguna vez se embarcó en dicha tarea —Robert Wright—
niega ahora vehementemente haberlo hecho alguna vez, mientras que Peter Singer
defiende la TC sobre la base de que ciertos aspectos de la moralidad humana,
tales como nuestra capacidad para adoptar una perspectiva imparcial, aparentan ser
una especie de recubrimiento o de capa.
No obstante, esta última es una capa muy
diferente. Ya Singer señala la posición de preeminencia que el tercer nivel del
juicio y la razón juegan en el plano más amplio de la moralidad humana, pero
dudo mucho que se mostrase a favor de desvincular esta capa de las dos
anteriores. Esto es, sin embargo, lo que la TC ha intentado conseguir negando
de plano la capa primera (los sentimientos morales) y acentuando la importancia
de la segunda (la presión social) a expensas de todo lo demás. La TC presenta
el comportamiento moral como una forma de impresionar a los demás con el fin de
construirse una reputación favorable, y de ahí la equivalencia que Ghiselin
(1974) establecía entre un altruista y un hipócrita, o el comentario de Wright
(1994, pág. 344) de que «Para ser animales morales, debemos darnos cuenta de
hasta qué punto no lo somos». En palabras de Korsgaard, la TC caracteriza al
primate humano como «una criatura que vive en un estado de soledad interior muy
profunda, y que en esencia se considera la única persona en un mundo lleno de
cosas potencialmente útiles, aunque algunas de esas cosas tengan vidas mentales
y emocionales, hablen o se defiendan».
La teoría de la capa ocupa un universo
prácticamente autista. No hace falta más que echar un vistazo a los índices de
los libros escritos por sus defensores para darse cuenta de que éstos apenas
mencionan la empatía o en general ninguna otra emoción dirigida hacia el
exterior. Aun cuando la empatía pueda verse invalidada por preocupaciones más
inmediatas[47] (razón por la cual la
empatía universal resulta una propuesta tan frágil), el mismo hecho de que
exista debería hacer pensar a cualquiera que estamos aquí únicamente para
nosotros mismos. La tendencia humana a sentir un temor involuntario ante la contemplación
del dolor ajeno contradice profundamente la idea sostenida por la TC de que
estamos obsesionados con nosotros mismos. La ciencia apunta a que estamos
programados para sintonizar con los objetivos y sentimientos ajenos, lo cual a
su vez nos prepara para tomarlos en consideración.
Huxley y sus seguidores han intentado romper el
vínculo existente entre moralidad y evolución, postura que yo atribuyo a una
concentración excesiva en el proceso de selección natural. El error radica en
pensar que un proceso tan desagradable únicamente puede producir resultados
igualmente desagradables, o como recientemente afirmaba Joyce (2006, pág. 17):
«El primer error garrafal es confundir la causa de un estado mental con el
contenido del mismo». En ausencia de inclinaciones morales naturales, la única
esperanza que la TC tiene para la humanidad es la idea semirreligiosa de la
perfectibilidad: puede que esforzándonos lo suficiente podamos salir adelante
sin ayuda de nadie. [48]
Pero ¿resulta la teoría de la capa tan difícil
de tomar en serio precisamente porque se puede rebatir con tanta facilidad, tal
como afirma Philip Kitcher? Recordemos que esta teoría ha dominado la
literatura sobre la evolución durante tres décadas, y todavía persiste. Durante
ese tiempo, cualquiera que se atreviera a disentir era etiquetado como
«ingenuo», «romántico», «blando», o cosas peores. Por mi parte, no tengo ningún
problema en decir «Descanse en paz» cuando me refiero a la teoría de la capa.
Es posible que este debate la finiquite de una vez por todas. Necesitamos con
urgencia pasar de una forma de hacer ciencia que enfatiza de forma tan estrecha
las motivaciones egoístas a otra que considere el Yo como algo que se inserta
en, y está definido por, su entorno social. Tanto en la neurociencia, con sus
cada vez más numerosos estudios sobre las representaciones compartidas entre el
Yo y el Otro (por ejemplo, Decety y Chaminade, 2003), como en la economía, que
ha empezado a cuestionar el mito del actor humano que sólo se tiene en cuenta a
sí mismo (por ejemplo, Gintis y otros, 2005), esta tendencia va ganando en
importancia.
§. Los rostros del altruismo
Veamos por último la cuestión de las diferencias
entre las motivaciones egoístas frente a las altruistas. En principio, la
diferencia parece clara, pero no lo es tanto debido a la forma en que los
biólogos emplean estos términos. En primer lugar, el término «egoísta» no es
sino otra forma de decir que alguien es utilitarista o que mira sólo por sus
propios intereses. En rigor, esto es incorrecto, ya que los animales despliegan
una serie de comportamientos similares sin que se den las motivaciones o
intenciones sobrentendidas en la utilización del término «egoísta». Por
ejemplo, afirmar que una araña teje su tela por razones egoístas equivaldría a
dar por sentado que la araña, al tejer la tela, es consciente de que va a
atrapar moscas. Es bastante probable, no obstante, que los insectos sean
incapaces de hacer tales predicciones. Todo lo que podemos afirmar es que, al
tejer la tela, la araña está sirviendo a sus propios intereses.
De igual modo, el término «altruismo» se define
en biología como un comportamiento costoso para quien lo ejerce y beneficioso
para quien lo recibe, sin tener en cuenta sus intenciones o motivaciones. Si me
acerco excesivamente a una colmena y una abeja me pica, la abeja actúa de forma
altruista, puesto que morirá (coste) al tiempo que protege la colmena
(beneficio). Sin embargo, es bastante improbable que la abeja se sacrifique
conscientemente por la colmena. El estado motivacional de la abeja es más
hostil que altruista.
De manera que debemos distinguir entre el
egoísmo y el altruismo intencionales de los equivalentes meramente funcionales
de tales comportamientos. Los biólogos utilizan ambos términos de forma
intercambiable, pero Philip Kitcher y Christine Korsgaard tienen razón al
enfatizar la importancia de llegar a conocer los motivos que se esconden detrás
del comportamiento. ¿Se ayudan los animales entre sí intencionadamente? ¿Y los
humanos?
Añado esta segunda cuestión aún a sabiendas de
que la mayoría de la gente respondería afirmativamente. Sin embargo,
desplegamos una serie de comportamientos para los cuales desarrollamos
justificaciones a posteriori.
En mi opinión, es enteramente posible acercarse a consolar a una persona que
haya sufrido la pérdida de un ser querido o ayudar a una persona anciana que se
ha caído antes de ser plenamente conscientes de las consecuencias de nuestra
acción. Somos muy hábiles a la hora de ofrecer explicaciones post
hoc para nuestros impulsos altruistas.
Decimos cosas como: «Sentí que tenía que hacer algo», cuando en realidad
nuestro comportamiento fue automático e intuitivo y seguía el patrón común en
los humanos de que el afecto precede a la cognición (Zajonc, 1980). De forma
similar, se ha argumentado que gran parte del proceso de toma de decisiones
morales en los humanos es demasiado rápido como para estar mediatizado por la
cognición y la autorreflexión que los filósofos moralistas dan a menudo por
supuestas (Greene, 2005; Kahneman y Sunstein, 2005).
Quizás, entonces, seamos menos altruistas de un
modo intencionado de lo que nos gustaría pensar. Si bien es cierto que
somos capaces de poner
en práctica un altruismo intencional, deberíamos abrirnos a la posibilidad de
que en la mayoría de las ocasiones llegamos a este comportamiento a través de
una serie de procesos psicológicos muy veloces, similares a los que impulsan a
un chimpancé a consolar a otro o a compartir comida con otro. Nuestra tan
cacareada racionalidad es, en parte, ilusoria.
A la inversa, si consideramos el altruismo en
otros primates, necesitamos determinar con claridad qué es lo que posiblemente
saben acerca de las consecuencias de su comportamiento. Por ejemplo, el hecho
de que normalmente favorezcan a sus parientes y a aquellos individuos que les
corresponden plenamente apenas puede tomarse como un argumento contra la
existencia de motivaciones altruistas. Solamente sería así si los primates
tomasen en consideración de forma consciente los beneficios que obtendrían con
su comportamiento, pero es bastante probable que no sean conscientes de ello.
Es posible que en ocasiones sean capaces de evaluar sus relaciones sobre la
base del beneficio mutuo, pero creer que un chimpancé ayuda a otro con el
propósito explícito de recibir ayuda en el futuro es dar por supuesto que
poseen una capacidad sobre la cual existen muy pocas pruebas. Si las
recompensas futuras no figuran en la lista de sus motivaciones, entonces su
altruismo es tan genuino como el nuestro (tabla 3).
Si mantenemos separados los niveles del
comportamiento evolutivo y motivacional (que en biología se conocen,
respectivamente, como causas «últimas» y causas «próximas», respectivamente),
es evidente que los animales despliegan muestras de altruismo en el nivel
motivacional. Resulta difícil determinar si también lo hacen en el nivel
intencional, puesto que ello exigiría que su comportamiento influyera sobre los
demás. En este punto estoy de acuerdo con Philip Kitcher en que las pruebas que
existen en el caso de mamíferos no humanos con cerebros de gran tamaño para los
que contamos con suficientes ejemplos, como simios, delfines y elefantes, son
bastante limitadas.
Tabla 3.
Taxononomía del comportamiento altruista
Nota: El comportamiento altruista se clasifica en
cuatro categorías dependiendo de si está o no socialmente motivado y de si el
actor tiene o no la intención de beneficiar a otros o de obtener beneficios
para sí. La inmensa mayoría de casos de altruismo que encontramos en el reino
animal es sólo funcionalmente altruista, en el sentido de que ocurre sin que se
produzca una apreciación de cómo determinado comportamiento afectará al otro y
en ausencia de cualquier predicción sobre si el otro devolverá o no el servicio.
En ocasiones, los mamíferos sociales ayudan a otros en situaciones de angustia
o cuando se producen súplicas (ayuda socialmente motivada). La ayuda
Intencional podría estar limitada a humanos, simios, y apenas algún otro animal
con gran masa cerebral. Es posible que la ayuda motivada por tas expectativas
de obtener algún beneficio futuro sea aún más infrecuente.
En las primeras sociedades humanas debieron
darse condiciones de reproducción óptimas para la supervivencia de los
elementos más amables de la especie, que tendrían como objeto de su amabilidad
a la familia y a elementos que en potencia les correspondieran. Toda vez que
surgió esta sensibilidad, su alcance fue expandiéndose. En algún momento, la
empatía se convirtió en un fin en sí mismo: pieza central de la moralidad
humana, y uno de los aspectos básicos de la religión. Sin embargo, es positivo
darse cuenta de que al poner el énfasis en la noción de amabilidad, nuestros
sistemas morales refuerzan algo que es en sí parte de nuestra herencia. No
están transformando radicalmente el comportamiento humano: sencillamente,
potencian capacidades preexistentes.
§. Conclusión
Que la moralidad humana explica toda una serie
de tendencia preexistentes es, evidentemente, el tema central de este libro. El
debate sostenido con mis colegas me ha traído a la mente la recomendación que
Wilson (1975, pág. 562) hiciera hace tres décadas: «Ha llegado el momento de
que la ética se aleje de las manos de los filósofos y se adentre en el terreno
de la biología». Estamos inmersos en este proceso, sin haber expulsado a los
filósofos, sino tras haberlos incluido en el debate, de forma que podamos
arrojar luz desde una gran variedad de disciplinas sobre las bases evolutivas
de la moralidad humana.
Olvidarnos de las características que
compartimos con el resto de primates y negar las raíces evolutivas de la
moralidad humana equivaldría a llegar a lo más alto de un rascacielos para
posteriormente afirmar que el resto del edificio es irrelevante, como si el
concepto de «torre» fuera únicamente aplicable a su parte más alta. La
semántica, que sirve para enfrascarnos en discusiones académicas apasionantes,
es sin embargo una pérdida de tiempo. ¿Son los animales seres morales?
Concluyamos, más bien, que ocupan varios pisos en la torre de la moralidad. El
rechazar incluso esta modesta propuesta únicamente puede dar lugar a una visión
muy pobre de todo el conjunto.
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Autores
Frans de Waal es un biólogo/etólogo de origen holandés
conocido por sus trabajos sobre la inteligencia social en los primates. En su
primer libro, La política
de los chimpancés (1982), comparó las prácticas de socialización y conspiración
entre los chimpancés involucrados en luchas de poder con las de los políticos
humanos. Desde entonces, De Waal ha establecido paralelismos entre el
comportamiento humano y el de los primates, desde la promoción de la paz hasta
la moralidad pasando por la cultura. Sus trabajos científicos han aparecido en
forma de artículos en revistas especializadas tales como Science, Nature, Scientific American, y otras publicaciones
especializadas en el comportamiento animal. De Waal ha editado o coeditado
nueve obras colectivas de carácter científico. Sus siete libros divulgativos,
traducidos a más de una docena de idiomas, le han convertido en uno de los primatólogos
más conocidos a nivel mundial. Su trabajo más reciente, El mono que llevamos dentro (2005) ha sido
publicado por Riverhead. De Waal es catedrático C. H. Candler en el
Departamento de Psicología de la Universidad de Emofy y director del Living
Links Center en el Centro Nacional para Primates Yerkes en Atlanta, Georgia. Ha
sido elegido miembro de la Academia Nacional de las Ciencias (EE.UU.) y de la
Real Academia Holandesa de las Ciencias.
Philip Kitcher es profesor John
Dewey de Filosofía en la Universidad de Columbia. Es el autor de nueve libros,
entre ellos su obra más reciente titulada In Mendel’s Mirror:
Philosophical Reflections on Biology (Oxford,
2003), Finding and Ending: Reflections on Wagner’s Ring en colaboración con Richard Schacht, Oxford,
2004) y Life without God: Darwin, Design, and the Future of
Faith (de próxima publicación, Oxford
University Press). Ha sido presidente de la División del Pacífico de la
Asociación Filosófica Estadounidense y editor en jefe de la revista Philosophy
of Science. Es miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las
Ciencias.
Christine M. Korsgaard obtuvo su
licenciatura en la Universidad de Wisconsin y su doctorado en Harvard, donde
estudió con John Rawls. Ha sido profesora en Yale, en la Universidad de
California en Santa Bárbara, y en la Universidad de Chicago antes de aceptar su
inclusión actual en la Universidad de Harvard, donde ejerce como profesora
Arthur Kingsley Porter de Filosofía. Es autora de dos libros. Creating
the Kingdom of Ends (Cambridge, 1996)
es una colección de ensayos previamente publicados sobre la filosofía moral de
Kant. The Sources of Normativity (Cambridge, 1996), en la que explora la visión moderna de los
fundamentos de la obligación, es una versión extendida de la Conferencia Tanner
sobre Valores Humanos que pronunció en 1992. En la actualidad se encuentra
elaborando un libro sobre las conexiones entre la metafísica de la agencia, los
estándares normativos que gobiernan nuestros actos, y la constitución de la
identidad personal, titulado Self-Constitution: Agency, L
dentity, and Integrity; también está
editando una colección de ensayos titulada The Constitution of
Agency: Essays on Practical Reason and Moral Psychology (ambos serán publicados por Oxford).
Stephen Macedo enseña y escribe
sobre teoría política, ética, constitucionalismo estadounidense y política
administrativa, prestando especial atención a cuestiones como el liberalismo,
la justicia, y el papel de la escuela, la sociedad civil y la política pública
en el desarrollo de la ciudadanía. Fue el primer director del Programa de
Derecho y Administración Pública de la Universidad de Princeton (1999-2001). Recientemente,
ha ejercido como vicepresidente de la Asociación de Ciencia Política de Estados
Unidos y fue director de su primer Comité para la Educación y el Compromiso
Cívicos; en dicho cargo ha escrito Democracy at Risk: How
Political Choices Undermine Citizenship and What We Can Do About It (2005). Entre sus libros se incluyen Diversity
and Distrust: Civic Education in a Multicultural Democracy (2000), y Liberal Virtues: Citizenship,
Virtue, and Community in Liberal Constitutionalism (1990). Es coautor y coeditor de American
Constitutional Interpretation (3ª ed.)
con W. F. Murphy, J. E. Fleming y S. A. Barber. Entre los diversos volúmenes
que ha editado, citaremos Educating Citizens: International
Perspectives on Civic Values and School Choice (2004), y Universal Jurisdiction: International Courts
and the Prosecution of Serious Crimes under International Law (2004). Macedo ha sido profesor en la Universidad de
Harvard y en la Escuela Maxwell de la Universidad de Syracuse. Obtuvo su
licenciatura en el College of William and Mary, máster en la London School of
Economics y en la Universidad de Oxford, y su M.A. y doctorado en la
Universidad de Princeton.
Josiah Ober , antiguo profesor David
Magie ’97 Class of 1897 de Clásicas en la Universidad de Princeton, es profesor
Constantine Mitsotakis de Ciencia Política y Clásicas en la Universidad de
Stanford. Sus ensayos, recogidos en Athenian Legacies: Essays on
the Politics of Going on Together ,
fueron publicados por Princeton University Press en 2005. Además de su trabajo
sobre el conocimiento y la innovación en la Atenas democrática, Ober se
interesa por la relación entre la democracia como capacidad natural humana y su
vinculación con la responsabilidad moral.
Peter Singer se educó en la
Universidad de Melbourne y en la Universidad de Oxford. En 1977 fue nombrado
catedrático de Filosofía en la Universidad Monash de Melbourne y posteriormente
fue el primer director del Centro de Bioética Humana de esa misma universidad.
En 1999 se convirtió en profesor Ira W. De Camp de Bioética. Peter Singer fue
presidente fundador de la Asociación Internacional de Bioética, y junto a Helga
Kuhse, coeditor fundador de la revista especializada Bioethics. Recibió reconocimiento internacional tras la
publicación de su libroLiberación animal. Otras obras suyas son:Democracia y desobediencia;Ética práctica; The Expanding Circle;Marx; Hegeb;The Reproduction Revolution (con
Deane Wells);Should the Baby Live? (con
Helga Kuhse);How Are We to Live?; Repensar
la vida y la muerte; Un solo
mundo ; Pushing Time
Away; y El presidente del
bien y del mal. Sus libros han sido
traducidos a más de veinte idiomas. Es autor de la principal entrada sobre
ética de la actual edición de la Encyclopaedia Britannica.
Robert Wright es autor de Nadie
pierde: la teoría de juegos y la lógica del destino humano y The Moral Animal: Evolutionary
Psychology and Everyday Life , ambos
publicados por Vintage Books. The Moral Animal fue designado por el New York
Times Book Review como uno de los doce
mejores libros de 1994 y ha sido traducido a doce idiomas.Nonzero fue Libro Destacado del New York Times
Book Review en 2000 y ha sido traducido
a nueve idiomas. El primer libro de Wright, Three Scientists and
Their Gods: Lookingfor Meaning in an Age of Information , fue publicado en 1988 y nominado al Premio del
Círculo Nacional de la Crítica (National Book Critics Circle Award). Wright es
editor de New Republic, Time ySlate. Ha escrito artículos para Atlantic Monthly, New Yorker y New York Times Magazine. También ha trabajado para la revista The
Sciences, y su columna «The Information Age»
fue galardonada con el Premio Nacional de Revistas de Ensayo y Crítica
(National Magazine Award for Essay and Criticism).
Notas:
[1] De Waal (1982), Chimpanzee Politics,
Baltimore, MD, Johns Hopkins University Press, pág. 98 (trad. cast.: La
política de los chimpancés, Madrid, Alianza, 1993).
[2] De Waal (1982), pág. 196.
[3] En Good Natured: The Origins ofRight
and Wrong in Humans and Other Animals , Cambridge, MA, Harvard
University Press, 1996, pág. 111. (trad. cast.: Bien natural,
Barcelona, Herder, 1987).
[4] En The Descent of Man, and Selection
in Relation to Sex (1871), Princeton, Princeton University Press,1981,
págs. 88-89 (tad. cast.: El origen del hombre, Madrid, Edaf, 1982).
[5] Véase Butler, en Fifteen Sermons
Preached at the Rolls Chapel (1726), parcialmente reeditados
como Five Sermons Preached at the Rolls Chapel and A Dissertation Upon
the Nature of Virtue , editados por Stephen Darwall, Indianápolis,
Hackett Publishing Company, 1983; Sidgwick, en The Methods of Ethics (Iª
ed., 1874, 7ª ed., 1907), Indianápolis, Hackett Publishing Company, 1981;
Nagel, en The Possibility of Altruism (Princeton, Princeton
University Press, 1970); y Parfit, en Reasons and Persons (Oxford,
Clarendon Press, 1984). Para un debate sobre los problemas de establecer una
base normativa para este supuesto principio racional, véase mi propio trabajo
«The Myth of Egoism,» publicado por la Universidad de Kansas como la
Conferencia Lindley de 1999.
[6] «Día tras día y hora tras hora, los hombres
sacrifican los intereses más elevados por atender, amar u odiar cualquier
inclinación vagabunda. Lo lamentable no es que los hombres tengan en una estima
tan alta su propio bien o interés en el mundo, porque no es mucho lo que
tienen, sino que tengan en tan poca el bien de los demás.» Butler, en Five
Sermons Preached at the Rolls Chapel and A Dissertation Upon the Nature of
Virtue , pág. 21.
[7] Algunas de estas cuestiones son discutidas
por Thomas Nagel en The Possibility of Altruism, págs. 82 y sigs.
Nagel caracteriza esta condición como una forma de «solipsismo práctico».
[8] Véase Good Natured, pág. 205.
[9] En An Inquiry Concerning Virtue or
Merit (1699). Es una cita extraída de D. D. Raphael, British
Moralists, vol. 1, Indianápolis, Hackett Publishing Company, 1991, págs.
173-174.
[10] En An Inquiry Concerning the Original
ofour Ideas of Virtue or Moral Good (1726), Moralists,
en ibid., vol. I, pág. 295. En un trabajo posterior, Hutcheson
argumentó que era un error pensar que podemos estar motivados por
consideraciones morales (Illustrations on the Moral Sense[1728], Bernard
Peach, (comp.), Cambridge, MA, Harvard University Press, 1971, págs. 139-140).
Como principal exponente de las ideas de Hume, véase su Libro III del Treatise
of Human Nature (1739-1740,2ª ed., L. A. Selby-Bigge y E H. Nidditch,
(comps.), Oxford, Oxford University Press, 1978) (trad. cast.: Tratado
de la naturaleza humana, Madrid, Tecnos, 2005). Para una discusión sobre el
papel de la motivación moral en el pensamiento moral véase el libro III, parte
II, sección primera, págs. 477-484.
[11]The Critique of Practical Reason (1788), Cambridge, Cambridge University
Press, 1997, pág. 27 (trad. cast.:Critica de la razón práctica, Madrid,
Alianza, 2007).
[12] Pese a que pueda no parecer del todo
evidente, el argumento que acabo de presentar es una versión del mismo
argumento que lleva a Kant —en la primera parte de Fundamentación de la
metafísica de las costumbres (1785)— a concluir que «una acción que
surja del sentido de obligación adquiere su valor moral no a partir del
propósito que se pretenda conseguir con ella, sino de la máxima a partir de la
cual se decide». Cito de la traducción de Mary Gregor, Cambridge, Cambridge
University Press, 1998, pág. 13.
[13] Ser consciente de las bases de nuestras
creencias y acciones en cuanto tales es una forma de autoconciencia porque
implica identificarse a uno mismo como el sujeto de
nuestras representaciones mentales.
[14] Véase mi The Sources of Normativity,
Cambridge, Cambridge Universiry Press, 1996.
[15]The Descent of Man , pag. 70 (trad. cit.). Esta nota corresponde a la N° 14 a) del
original
[16] Freud y Nietzsche también apelan a nuestra
naturaleza social para explicar el origen de la moralidad. Ambos pensaban que
nuestra habilidad para dominarnos es el resultado de haber interiorizado
nuestros instintos de dominantes y haberlos vuelto en nuestra contra.
[17] Adam Smith, The Theory of Moral
Sentiments (1759), Indianápolis, Liberty Classics, 1982 (trad.
cast.: La teoría de los sentimientos morales, Madrid, Alianza,
2004).
[18]The Descent of Man , págs. 87-93 (trad. cit.).
[19] Conjectures on the Beginning of Human
History» (1786), en Kant, Political Writings, 2ª ed., Hans Reiss
(comp.), Cambridge, Cambridge University Press, 1991.
[20]]Good Natured , pág.
84.
[21] Véase por ejemplo Michael Ruse y E. O.
Wilson, «Moral Philosophy as Applied Science», en Philosophy, n°
61, 1986, págs. 173-192. Pese a que este artículo adopta un punto de vista
radicalmente simplificado sobre el contenido de la moralidad, creo que sería
injusto acusar a Ruse y Wilson de suscribir por entero los postulados de esta
corriente teórica. Para una discusión de las incursiones de la sociobiología en
el terreno de la ética, véase el último capítulo de mi libro Vaulting
Ambition (Cambridge, MA, MIT Press, 1985), y mi artículo «Four Ways of
“Biologicing” Ethics» (en mi recopilación In Mendel’s Mirror [Nueva
York, Oxford University Press, 2003]).
[22] Todo ello exige desarrollar los estudios
sobre la cooperación iniciados por Robert Trivers, Robert Axelrod yW.D.
Hamilton para poder tener en cuenta las motivaciones subyacentes. Como un
posible ejemplo, véase mi ensayo «The Evolution of Human Altruism» (Journal
of Philosophy, 1993; reimpreso en In Mendel’s Mirror).
[23] Véase «The Evolution of Human Altruism». Tal
como hemos apuntado, la respuesta puede oscilar entre una abnegación absoluta
(darlo todo) a un «altruismo de la regla de oro» (compartir a medias) o un
egoísmo absoluto (no dar nada).
[24]] Véase
Frans de Waal, Chimpanzee Politics, Baltimore, Johns Hopkins
University Press, 1982 (trad. cit.).
[25] Igualmente, siento que este ejemplo evita el
problema que ya apuntaran Elliott Sober y Daniel Sloan Wilson en su estudio del
altruismo, Unto Others, Cambridge, MA, Harvard University Press,
1998 (trad. cast.: El comportamiento altruista, Madrid, siglo XXI,
2000). Es muy difícil suponer que Jakie actuó motivado por el deseo del
reconocimiento de que uno ha actuado correctamente (o de la aprobación de la
comunidad), o bien por el deseo de evitar el remordimiento por un
reconocimiento del que no se goza. Estas hipótesis psicológicas nos invitan a
pensar sobre las acusaciones de un antropomorfismo injustificado.
[26] En una conferencia pronunciada en la London
School of Economics, De Waal presentó sus conclusiones en términos similares.
En las Conferencias Tanner, De Waal se aleja apropiadamente de aquella
interpretación, puesto que como ya apuntaran muchos de los asistentes a la
primera conferencia en la LSE, las protestas por parte de la parte ofendida no
son una demostración precisa de la existencia de un sentido de la justicia. Por
supuesto, si el afortunado capuchino tirase al suelo la uva hasta que su compañero
obtuviera una recompensa similar, entonces sí que estaríamos ante un caso
interesante.
[27] Intuyo que no solamente quienes siguen la
línea de Hume-Kant sino también los kantianos más estrictos pueden aceptar este
punto. Un kantiano extremo podría suponer que una respuesta psicológicamente
altruista se da en la operación de la razón mediante un tipo de «cognición
fría» más que mediante la empatia de la que hablan Hume o Smith.
[28] En «The Hall of Mirrors» describo con mayor
detalle este proceso de refinamiento (vease Proceedings and Addresses
of the American Philosophical Asociation , noviembre de 1985, pags.
67-84). En ese articulo, tambien afirmo que el razonamiento de Smith (al igual
que la version menos desarrollada de Hume) no alcanza a erradicar prejuicios
ampliamente aceptados. El hecho de apreciar este ultimo punto me conduce a
ofrecer una modificacion del proyecto etico sobre la base de lo sugerido por
Dewey: en lugar de pensar en una ampliacion del concepto de empatia que nos
ofrezca un sistema etico acabado y completo, deberiamos concebirla como un
instrumento para continuar desde nuestra posición actual.
[29] Dewey es particularmente claro sobre el hecho
de que el conflicto moral es a menudo no una cuestión de superar el egoísmo,
sino de decidir cuál de los dos ideales en conflicto tiene precedencia sobre el
otro.
[30] Me baso en mis propias y limitadas
observaciones en el Wild Animal Park de San Diego; el animal al que me refiero
pertenecía a la colonia de bonobos del parque; no creo que el hecho de que se
trate de un bonobo, y no de un chimpancé común, resulte de importancia en este
caso.
[31] Estoy en deuda con uno de los intentos
filosóficamente más sofisticados de situar la práctica moral en el contexto de
la evolución humana, a saber, la obra de Alian Gibbard Wise Cboices,
Apt Feelings (Cambridge, MA, Harvard University Press, 1990). Creo que
Gibbard tiene razón al enfatizar el papel de la conversación sobre qué hacer en
la historia del pensamiento moral, desde los pequeños grupos de seres humanos a
las sociedades actuales.
[32] Esta es la versión de Dewey del proyecto
moral, que expongo con mayor detalle en «The Hall of Mirrors».
[33] Véase Peter Singer, The Expanding
Circle, Oxford, Clarendon Press, 1981.
[34] Véase Platón, República,
especialmente los libros 4, 8 y 9; y Fedro, 246b.
[35] Immanuel Kant, Groundivord of the
Metaphysics of Morals, Cambridge, Cambridge University Press, 1997, sección
III (trad. cast.: Fundamentación de la metafísica de las costumbres,
Barcelona, Ariel, 1996).
[36] Véase W.-T. Chan, A Source Book in
Chínese Philosophy, Princeton, NJ, Princeton University Press, 1963, pág.
213.
[37] Este párrafo se ha extraído de Peter
Singer, The Expanding Circle; véase asimismo Colin McGinn,
«Evolution, Animals, and the Basis of Morality», en Inquiry, n° 22
(1979), pág. 91.
[38] Parece ser que Phillipa Foot fue la primera
en discutir este tipo de problemas en su artículo «The Problem of Abortion and
the Doctrine of the Double Effect», en Oxford Review, n° 5 (1967),
págs. 5-15; reimpreso en James Rachels (comp.), Moral Problems: A
Colíection of Philosophical Essays (Nueva York, Harper & Row,
1971). El artículo clásico en este campo es sin embargo el de Judith Jarvis
Thomson, «Killing, Letting Die, and the Trolley Problem», en The Monist,
n° 59 (1976), págs. 204-217.
[39] Joshua Greene y Jonathan Haidt, «How (and
Where) Does Moral Judgement Work?», en Trends in Cognitive Science,
n° 6 (2002), págs. 517-523, y en comunicaciones personales. Más concretamente,
quienes aceptaron la posibilidad de la violación personal mostraron una mayor
actividad prefrontal dorsolateral, mientras que quienes la rechazaron mostraron
mayor actividad en la zona del precúneo.
[40]I mmanuel
Kant, Fundamentacion de la metafísica de las costumbres, sec. II
(trad. cit.).
[41]] Richard
Dawkins, The Selfish Gene, Oxford, Oxford University Press, 1976,
pág. 215 (trad. cast.: El gen egoísta, Barcelona, Salvat, 2000).
[42] Peter Singer, Animal Liberation (1975),
2ª ed., Nueva York, Ecco, 2003 (trad. cast.: Liberación animal,
Madrid, Trotta, 1999).
[43] Ian Parker, «The Gift», en The New
Yorker, 5 de agosto, 2004, pág. 54.
[44] Este punto de vista concuerda con el punto de
vista de Singer (1972) según el cual un aumento de la riqueza trae consigo un
aumento de las obligaciones para con los necesitados.
[45] Mis libros divulgativos no siempre contienen
los datos sobre los que baso mis conclusiones. Por ejemplo, la afirmación de
que los machos de alto rango controlan los conflictos intergrupales se basa en
4.834 intervenciones analizadas por mí (De Waal, 1984). Uno de los machos,
Luit, mostró una falta de correlación entre sus preferencias sociales (medidas
en términos de asociación y de acicalamiento) y las intervenciones en
conflictos abiertos. Luit fue el único que mostró esta disociación: las intervenciones
del resto de individuos mostraron un sesgo a favor de amigos o familiares. Mi
apunte sobre el hecho de que «en este tipo de control no hay lugar para la
simpatía o la antipatía» (De Waal, 1998 [1982], pág. 190) resume adecuadamente
los bien cuantificados aspectos de su comportamiento.
[46] Nuestros experimentos sobre la inversión de
la desigualdad tenían que ver con las expectativas sobre la división de
recompensas (Brosnan y De Waal, 2003; Brosnan y otros, 2005). Como respuesta a
Philip Kitcher, debemos señalar que no está claro que la aversión a la
desigualdad tenga mucha relación con el altruismo. Otro pilar de la moralidad
humana, tan importante como la empatía y el altruismo, es la reciprocidad y la
distribución de los recursos. Las reacciones de los primates que se enfrentan a
recompensas desiguales entran en este terreno, y son prueba de que los primates
observan lo que reciben con respecto a los otros. La cooperación no es
sostenible sin una distribución de la recompensa razonablemente igual (Fehr y
Schmidt, 1999). Monos y simios reaccionan negativamente al recibir menos que
un compañero, lo que de hecho es diferente a reaccionar de forma negativa si se
recibe más, pero las dos reacciones podrían estar relacionadas si
la segunda refleja cierto nivel de anticipación frente a la primera (esto es,
si los individuos evitan tomar una porción mayor para evitar las reacciones
negativas que puedan darse en otros ante tal comportamiento). Para una
discusión sobre cómo estas dos formas de inversión de la desigualdad podrían
estar relacionadas con el sentido humano de la justicia, véase De Waal (2005,
págs. 209-211).
[47] Entre una opción que le beneficie sólo a sí
mismo y una acción que le beneficie tanto a él como a un compañero, los
chimpancés no parecen establecer ninguna distinción. En tales circunstancias,
únicamente se están ayudando a sí mismos (Silk y otros, 2005). Los autores
titularon su estudio «Los chimpancés son indiferentes al bienestar de los
miembros de grupos ajenos al propio», aun cuando todo lo que demostraron fue
que uno puede crear una situación en la que los chimpancés consideren el
bienestar de los demás como algo secundario. Estoy convencido de que lo mismo
puede hacerse en el caso de las personas. Si cientos de personas se dan prisa
por entrar en una tienda que vende un producto difícil de encontrar, como por
ejemplo un juguete muy popular en época navideña, no cabe duda que harán gala
de una consideración nula por el bienestar de los demás. Nadie, sin embargo,
concluiría a partir de este ejemplo que la gente sea incapaz de preocuparse por
el bienestar ajeno.
[48] La idea de una rebelión contra los motivos
esenciales o incluso contra nuestros propios genes (Dawkins, 1976) es una
versión secular de la vieja noción cristiana y la negación de la carne. Gray
(2002) expone el modo en que las posturas religiosas se han deslizado de forma
inconsciente al discurso liberal y científico.

