Libro N° 7057. Obras Escogidas. Tomo VII. Lenin, V. I.
© Libro N° 7057.
Obras Escogidas. Tomo VII. Lenin, V. I. Emancipación. Marazo 7 de
2020.
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Escogidas. Tomo VII. V. I. Lenin
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OBRAS ESCOGIDAS
TOMO VII
V. I. Lenin
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TOMO VII
V. I. Lenin
OBRAS ESCOGIDAS, TOMO VII (1917-1918)
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V.I. LENIN
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TOMO 7-12
Índice
Prefacio.................................................................................................................... 1
El estado y la
revolución........................................................................................ 2
La situación política............................................................................................. 47
Carta a la redacción
de “Proletarskoie Dielo”................................................. 49
A propósito de las
consignas.............................................................................. 50
Las enseñanzas de la
revolución........................................................................ 54
Los árboles les
impiden ver el bosque.............................................................. 61
Del diario de un
publicista.................................................................................. 64
Acerca de los
compromisos............................................................................... 69
La catástrofe que nos
amenaza y como combatirla....................................... 72
El problema
fundamental de la revolución...................................................... 91
La revolución rusa y
la guerra civil................................................................... 95
Las tareas de la
revolución................................................................................ 102
Los bolcheviques deben
tomar el poder......................................................... 106
El marxismo y la
insurrección......................................................................... 108
La crisis ha madurado...................................................................................... 111
¿Se sostendrán los
bolcheviques en el poder?.............................................. 115
Carta al CC, a los comités de Moscú y Petrogrado y a los
bolcheviques
miembros de los
soviets de Moscú y Petrogrado................... 136
Consejos de un ausente.................................................................................... 137
Carta a los camaradas bolcheviques que participan en el congreso
de los soviets de la
región del norte........................................... 139
Carta a los camaradas........................................................................................ 142
Carta a los miembros
del partido bolchevique.............................................. 151
Carta al CC del
POSD(b) de Rusia................................................................. 153
Un nuevo engaño de los
eseristas a los campesinos.................................... 155
Carta a los miembros
del CC........................................................................... 158
¡A los ciudadanos de
Rusia!............................................................................ 159
II Congreso de los soviets de diputados obreros y soldados
de toda Rusia.................................................................................. 160
Proyecto de decreto
sobre el control obrero................................................... 167
Radiograma del consejo
de comisarios del pueblo...................................... 168
Proyecto de resolución
acerca de la libertad de prensa................................ 169
Sesión del CEC de toda
Rusia.......................................................................... 170
A la población................................................................................................... 173
Respuesta a las
preguntas de los campesinos............................................... 175
La alianza de los obreros y de los campesinos trabajadores y
explotados..................................................................................... 176
Proyecto de decreto
sobre el derecho de revocación................................... 178
Discurso en el primer
congreso de toda Rusia de la marina de guerra..... 179
Sobre las tareas de la
biblioteca pública de Petrogrado.............................. 182
Informe sobre la situación económica de los obreros y campesinos
de Petrogrado y las tareas de la clase obrera, en la reunión
de la sección obrera del soviet de diputados obreros y
soldados de Petrogrado 183
Carta a F. E. Dzerzhinski con un proyecto de decreto sobre la
lucha .
frente a los
contrarrevolucionarios y los saboteadores.......... 185
Tesis acerca de la
asamblea constituyente.................................................... 187
Proyecto de decreto sobre la puesta en práctica de la
nacionalización de
los bancos y las
medidas indispensables derivadas de ella.... 190
Plejánov acerca del
terrorismo.......................................................................... 192
Los asustados por el fracaso de lo viejo y los que luchan por el
triunfo
de los nuevo.................................................................................. 194
¿Cómo debe organizarse
la emulación?......................................................... 196
Declaración de los
derechos del pueblo trabajador y explotado............... 201
Gente del otro mundo........................................................................................ 203
Discurso acerca de la disolución de la asamblea constituyente,
en la sesión del CEC
de toda Rusia............................................ 204
Acerca de la historia
de la paz desdichada.................................................... 206
III Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda
Rusia........................................................... 210
Acerca de la frase
revolucionaria................................................................... 222
¡La patria socialista
esta en peligro!................................................................ 227
Acerca de la sarna............................................................................................. 228
Una lección dura pero
necesaria..................................................................... 230
Peregrino y
monstruoso.................................................................................... 232
Notas.................................................................................................................... 237
1
PREFACIO.
En el séptimo volumen de las
Obras Escogidas de V. I. Lenin en
doce tomos hemos incluido los más importantes trabajos y discursos de Lenin
correspondientes al período comprendido entre julio de 1917 y febrero de 1918,
es decir, el período en que se preparó y realizó la Gran Revolución Socialista
de Octubre y los primeros meses de Poder soviético.
Abre el tomo una relevante
obra del marxismo creador —El Estado y la
revolución—, escrita en agosto y septiembre de 1917 y publicada en un libro
en 1918.
La primera guerra mundial de
1914-1918 aceleró el proceso de transformación del capitalismo monopolista en
capitalismo monopolista de Estado, agravó en grado extraordinario las
contradicciones del sistema de producción capitalista y la principal de ellas
(entre el trabajo y el capital), condujo a una crisis revolucionaria en
distintos países imperialistas e inició "una cadena de revoluciones
proletarias socialistas".
Los oportunistas que
militaban entonces en la socialdemocracia internacional combatían la doctrina
marxista de la revolución socialista y de la dictadura del proletariado, así
como la destrucción de la máquina estatal burguesa y su sustitución con otra, proletaria.
Propugnaban la idea do la integración pacífica del capitalismo en el
socialismo, en tanto que los ideólogos anarquistas de la pequeña burguesía se
pronunciaban, en general, contra todo Estado, incluido, el Estado de la
dictadura del proletariado.
En febrero de 1917, la
autocracia fue derrocada en Rusia; pero la revolución no se detuvo ahí, sino
que siguió desarrollándose. Por eso, el problema de la actitud de la revolución
socialista del proletariado ante un Estado adquirió magna importancia teórica y
práctica.
En la obra El Estado y la revolución, Lenin expuso
y desarrolló de manera sistemática la doctrina del Estado, concebida por Marx y
Engels, como una categoría socio-histórica vinculada indisolublemente al
carácter clasista de la sociedad.
La situación política
interior de Rusia —que cambiaba con rapidez en aquel período—, el crecimiento
arrollador del proceso revolucionario y la contraofensiva de respuesta de la
reacción en julio de 1917 requerían que el Partido Comunista supiera modificar
a tiempo y con decisión su táctica de lucha. Surgió el problema de hacer pasar
el poder político a manos del proletariado, de llevar a cabo la revolución
socialista. En sus obras A propósito de
las consignas, La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla,
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder? y algunas otras, Lenin trazó y
argumentó un programa de medidas urgentes que permitieran al Estado proletario
sacar a Rusia de la crisis política, militar y económica y, al mismo tiempo,
sentaran las bases de la etapa inicial de la edificación del socialismo. Este
programa expresa las principales leyes objetivas del desarrollo de la
revolución socialista, comunes a todos los países.
En el tomo se publican
después, en orden cronológico, documentos de tanta importancia histórica como
el Informe sobre la paz, presentado
al II Congreso de los Soviets de toda Rusia el 26 de octubre (8 de noviembre)
de 1917, el Informe y el Decreto acerca de la tierra, la Declaración de los derechos del pueblo
trabajador y explotado (III Congreso de los Soviets) y el conocidísimo artículo ¿Cómo
debe organizarse la emulación? En este trabajo se esclarecen la primera
experíencia práctica de la nueva organización del trabajo, trabajo libre, no
forzado; los gérmenes de la función desempeña el trabajo humano, completamente
nueva en la historia universal, como una necesidad natural, como una actividad
cuyo fin no es obtener
sólo ventajas personales,
sino satisfacer las necesidades de toda la colectividad laboral, de toda la
sociedad.
Todos los trabajos y
discursos incluidos en este volumen han sido traducidos de la 5ª edición en
ruso de las Obras Completas de V. I.
Lenin, preparada por el Instituto de Marxismo-Leninismo adjunto al CC del PCUS,
indicándose al pie de cada trabajo el tomo y las páginas correspondientes.
La editorial.
2
EL ESTADO Y LA
REVOLUCIÓN.
La doctrina marxista
del estado y las tareas proletariado en la revolución.1
Prefacio a la primera
edición.
El problema del Estado
adquiere en la actualidad una importancia singular tanto en el aspecto teórico
como en el político práctico. La guerra imperialista ha acelerado y enconado
extraordinariamente el proceso de transformación del capitalismo monopolista en
capitalismo monopolista de Estado. La monstruosa opresión de las masas
trabajadoras por el Estado, que se funde más y más estrechamente con las
omnipotentes asociaciones de los capitalistas, adquiere proporciones cada día
más espantosas. Los países adelantados se convierten —y al decir esto nos
referimos a su “retaguardia”— en presidios militares para los obreros.
Los inauditos horrores y
calamidades de esta larguísima guerra hacen insoportable la situación de las
masas y aumentan su indignación. Progresa a todas luces la revolución
proletaria internacional, y su actitud ante el Estado adquiere una importancia
práctica.
Los elementos de oportunismo
acumulados durante decenios de desarrollo relativamente pacífico crearon la
corriente del socialehovinismo imperante en los partidos socialistas oficiales
del mundo entero.
Esta corriente (Plejánov,
Potrésov, Breshkóvskaya, Rubanóvich y, luego, en una forma levemente velada,
los señores Tsereteli, Chernov y Cía., en Rusia; Scheidemann, Legien, David y
otros, en Alemania; Renaudel, Guesde y Vandervelde, en Francia y en Bélgica;
Hyndman y los fabianos,2 en Inglaterra, etc., etc.), socialismo
de palabra y chovinismo de hecho, se distingue por la adaptación vil y lacayuna
de “los jefes del socialismo” a los intereses no sólo de “su” burguesía
nacional, sino precisamente de “su” Estado, pues la mayoría de las llamadas
grandes potencias hace ya largo tiempo que explotan y esclavizan a muchos
pueblos pequeños y débiles. Y la guerra imperialista es precisamente una guerra
por el reparto y la redistribución de esta clase de botín. La lucha por
arrancar a las masas trabajadoras de la influencia de la burguesía en general,
y de la burguesía imperialista en particular, es imposible sin combatir los
prejuicios oportunistas acerca del “Estado”.
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1 Lenin escribió el libro El Estado y la revolución. La doctrina marxista del Estado y las tareas
del proletariado en la revolución en agosto y septiembre de 1917, en la
clandestinidad (en Razliv y Helsingfors). La obra vio la luz en 1918, en
Petrogrado.
La segunda edición apareció en 1919. Lenin agregó un nuevo
apartado, Cómo planteaba Marx la cuestión
en 1852, al segundo capítulo. El libro ha alcanzado gran difusión en la
URSS y en el extranjero.
2 Fabianos: miembros de la Sociedad Fabiana, organización reformista
inglesa fundada en 1884. Esta sociedad debe su nombre al caudillo romano Fabio
Máximo (s. III a. n. c.), llamado Cunctátor (El Contemporizador) por su táctica
expectante, que consistía en rehuir los combates decisivos en la guerra contra
Aníbal. Los miembros de la Sociedad Fabiana eran principalmente intelectuales
burgueses: científicos, escritores y políticos (S. y B. Webb, Bernardo Shaw,
Ramsay MacDonald y otros); negaban la necesidad de la lucha de clase del
proletariado y de la revolución socialista y afirmaban que el paso del
capitalismo al socialismo es posible únicamente por medio de pequeñas reformas
y transformaciones paulatinas de la sociedad. Lenin definió el fabianismo como
"una tendencia de oportunismo
extremo". En 1900, la Sociedad Fabiana ingresó en el Partido
Laborista. El "socialismo fabiano" es una de las fuentes de la
ideología laborista. Durante la primera guerra mundial (1914-1918), los
fabianos mantuvieron una posición socialchovinista
Comenzamos por examinar la
doctrina de Marx y Engels sobre el Estado, deteniéndonos con minuciosidad
singular en los aspectos de esta doctrina olvidados o tergiversados de un modo
oportunista. Luego analizaremos especialmente la posición del representante
principal de estas tergiversaciones, Carlos Kaustky, el líder más conocido de
la II Internacional (1889-1914), que tan dolorosa bancarrota ha sufrido durante
la guerra actual. Por último, haremos el balance fundamental de la experiencia
de la revolución rusa de 1905 y, sobre todo, de la de 1917. Esta última está
terminando, al parecer, en los momentos actuales (comienzos de agosto de 1917)
la primera fase de su desarrollo; pero toda esta revolución, en términos
generales, puede ser comprendida únicamente como un eslabón de la cadena de
revoluciones proletarias socialistas suscitadas por la guerra imperialista. Así
pues, la actitud de la revolución socialista del proletariado ante el Estado
adquiere no sólo una importancia política práctica, sino la mayor actualidad,
pues se trata de explicar a las masas lo que deberán hacer para sacudirse, en
un porvenir inmediato, el yugo del capital.
El Autor.
Agosto de 1917.
Prefacio a la segunda
edición.
Esta edición, la segunda,
apenas contiene modificaciones. No se ha hecho más que añadir el apartado 3 al
capítulo II.
El Autor.
Moscú
17 de diciembre de 1918.
El Estado y la Revolución. Cap. I. La sociedad de clases y el
estado
Capítulo I. La
sociedad de clases y el estado.
1. El estado,
producto del carácter inconciliable de las contradicciones de clase.
Con la doctrina de Marx acaece hoy lo que ha ocurrido repetidas
veces en la historia con las doctrinas de los pensadores revolucionarios y de
los líderes de las clases oprimidas en su lucha por la emancipación. En vida de
los grandes revolucionarios, las clases opresoras les sometían a constantes
persecuciones, acogían sus doctrinas con la rabia más salvaje, con el odio más
furioso y las campañas más desenfrenadas de mentiras y calumnias. Después de su
muerte se intenta convertirlos en iconos inofensivos, canonizarlos, por decirlo
así, rodear sus nombres de cierta
aureola de gloria para “consolar” y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de la doctrina
revolucionaria, mellando el filo revolucionario de ésta y envileciéndola. En
semejante “corrección” del marxismo se dan hoy la mano la burguesía y los
oportunistas dentro del movimiento obrero. Olvidan, relegan a un segundo plano
y adulteran el aspecto revolucionario de esta doctrina, su espíritu
revolucionario. Hacen pasar a primer plano y ensalzan lo que eso parece ser
aceptable para la burguesía. Todos los socialchovinistas son ahora —¡bromas
aparte!— “marxistas”. Y los científicos burgueses alemanes, que todavía ayer
eran especialistas en pulverizar el marxismo, hablan con frecuencia creciente,
¡de un Marx “nacional-alemán” que, según ellos, educó las asociaciones obreras
tan magníficamente organizadas para la guerra de rapiña!
3
Ante tal situación, ante la
inaudita difusión de las tergiversaciones del marxismo, nuestra misión
consiste, sobre todo, en restablecer
la verdadera doctrina de Marx acerca del Estado. Para ello es necesario citar
numerosos y largos pasajes de las propias obras de Marx y Engels. Es claro que
las
citas largas hacen pesada la
exposición y en nada contribuyen a darle un carácter popular. Pero es imposible
en absoluto prescindir de ellas. Habrá que citar del modo más completo posible
todos los pasajes, o, al menos, todos los pasajes decisivos de las obras de
Marx y Engels sobre el problema del Estado, para que el lector pueda formarse
por sí mismo una noción del conjunto de ideas de los fundadores del socialismo
científico y del desarrollo de estas ideas, así como para demostrar
documentalmente y patentizar con toda claridad la tergiversación de estas ideas
por el “kautskismo” hoy imperante.
Comencemos por la obra más
difundida de F. Engels —El origen de la
familia, la propiedad privada y el Estado—, de la que ya en 1894 se publicó
en Stuttgart la sexta edición. Deberemos
traducir las citas de los originales alemanes, pues las traducciones rusas, con
ser tan numerosas, son en gran parte incompletas o deficientes en extremo.
“El Estado —dice Engels,
resumiendo su análisis histórico— no es de ningún modo un poder impuesto desde
fuera a la sociedad; tampoco es “la realidad de la idea moral”, ni “la imagen y
la realidad de la razón”, como afirma Hegel3. Es
más bien un producto de la sociedad cuando llega a un grado de desarrollo
determinado; es la confesión de que esa sociedad se ha enredado en una
irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos
inconciliables, que es impotente para conjurarlos. Pero a fin de que estos
antagonismos,
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3 Hegel expuso la teoría del Estado en la
parte final del libro Grundlinien der
Philosophie des Rechts ("Fundamentos de filosofía del Derecho"),
publicado en 1821. Marx hizo un amplio análisis del libro de Hegel (§§ 261-313,
en los que se trata del Estado) en su obra Crítica
de la filosofía hegeliana del Derecho. Las conclusiones a que llegó Marx
como resultado del análisis crítico de las concepciones de Hegel fueron
comentadas por Engels, en su artículo Carlos
Marx, con las siguientes palabras: "Partiendo de la filosofía
hegeliana del Derecho, Marx llegó al convencimiento
de que la clave para comprender el proceso del desarrollo histórico de la
humanidad no hay que buscarla en el Estado, presentado por Hegel como "la
culminación del edificio", sino, por el contrario, en "la sociedad
civil", de la que Hegel hablaba con tanto desprecio"
El Estado y la Revolución. Cap. I. La sociedad de clases y el
estado
estas clases con intereses
económicos en pugna no se devoren a sí mismas y no consuman a la sociedad en
una lucha estéril, se hace necesario un poder situado aparentemente por encima
de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a mantenerlo en los límites
del “orden”. Y ese poder, nacido de la sociedad pero que se pone por encima de
ella y se divorcia de ella más y más, es el Estado” (págs. 177-178 de la sexta
edición alemana).
En este pasaje se expresa
con plena claridad la idea fundamental del marxismo en cuanto al papel
histórico y a la significación del Estado. El Estado es producto y
manifestación de la inconciliabilidad
de las contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio, en el momento y en la medida en que las contradicciones
de clase no pueden, objetivamente,
conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las
contradicciones de clase son inconciliables.
En este punto importantísimo
y cardinal comienza precisamente la adulteración del marxismo, la cual sigue
dos direcciones fundamentales.
De una parte, los ideólogos
burgueses —y, sobre todo, pequeñoburgueses—, obligados por la presión de hechos
históricos indiscutibles a reconocer que el Estado existe únicamente donde hay
contradicciones de clase y lucha de clases, “corrigen” a Marx de tal manera que
el Estado resulta ser un órgano de conciliación
de las clases. Según Marx, el Estado no podría surgir ni mantenerse si fuera
posible la conciliación de las clases. A juicio de los profesores y publicistas
pequeñoburgueses y filisteos —¡que a cada paso invocan benévolos a Marx!—
resulta que el Estado es precisamente el que concilia las clases. Según Marx,
el Estado es un órgano de dominación
de clase, un órgano de opresión de
una clase por otra, es la creación del “orden” que legaliza y afianza esta
opresión, amortiguando los choques entre las clases. En opinión de los
políticos pequeñoburgueses, el orden es precisamente la conciliación de las
clases y no la opresión de una clase por otra. Para ellos, amortiguar los
choques significa conciliar, y no privar a las clases oprimidas de ciertos
medios y procedimientos de lucha con el fin de derrocar a los opresores.
Por ejemplo, durante la
revolución de 1917, cuando el problema de la significación y del papel del
Estado se planteó precisamente en toda su magnitud, en el terreno práctico,
como un problema de acción inmediata y, además, de masas, todos los eseristas (socialistas-revolucionarios)
y mencheviques4 cayeron en el acto y por entero en la
teoría pequeñoburguesa de la “conciliación” de las clases “por el Estado”.
Innumerables
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4 Eseristas (Socialistas-revolucionarios): partido
pequeñoburgués fundado en Rusia a fines de 1901 y comienzos de 1902. Los
eseristas reivindicaban la abolición de la propiedad privada de la tierra y la
entrega de ésta a las comunidades campesinas, según el principio de su
usufructo igualitario. No veían las diferencias de clase entre el proletariado
y el campesinado, velaban la disociación del campesinado en clases y las
contradicciones en su seno -entre los campesinos pobres y los kulaks (burguesía
rural)- y rechazaban el papel dirigente del proletariado en la revolución. Eran
peculiares de los eseristas el aventurerismo en política y, como principal
método de lucha contra el zarismo, el terrorismo individual.
Después de triunfar la revolución democrática burguesa de
febrero de 1917, los eseristas, en unión de los mencheviques, fueron el
principal punto de apoyo del Gobierno Provisional contrarrevolucionario, del
que formaron parte los líderes de dicho partido, En los años de la intervención
extranjera y de la guerra civil en Rusia, los eseristas lucharon contra el
Poder soviético.
Mencheviques:
corriente oportunista en la socialdemocracia rusa, una de las tendencias del
oportunismo internacional. Quedó formada en el II Congreso del POSDR (1903) con
adversarios de la Iskra leninista. Al
elegirse en el congreso los organismos centrales del partido, los leninistas
obtuvieron la mayoría ("bolshinstvó"), en tanto que los oportunistas
quedaron en minoría ("menshinstvó"). Tal es el origen de las
denominaciones "bolcheviques" (mayoritarios) y
"mencheviques" (minoritarios). Los mencheviques rechazaron el
programa revolucionario del partido, la hegemonía del proletariado en la
revolución y la alianza de la clase obrera y del campesinado, propugnando un
acuerdo con la burguesía liberal.
Al ser derrotada la
revolución de 1905-1907, los mencheviques pretendieron liquidar el partido
revolucionario clandestino del proletariado. En 1917 colaboraron en el Gobierno
Provisional burgués, y después de triunfar la Gran Revolución Socialista de Octubre
se unieron a otros partidos contrarrevolucionarios en la lucha contra el Poder
soviético
El Estado y la Revolución. Cap. I. La sociedad de clases y el
estado
resoluciones y artículos de
los políticos de ambos partidos están saturados de esta teoría pequeñoburgusa y
filistea de la “conciliación”. La democracia pequeñoburgusa jamás podrá
comprender que el Estado es el órgano de dominación de una clase determinada,
la cual no puede conciliarse con su
antípoda (con la clase opuesta a ella). La actitud ante el Estado es uno de los síntomas más patentes de que
nuestros eseristas y mencheviques no son, en modo alguno, socialistas (cosa que
nosotros, los bolcheviques, hemos demostrado siempre), sino demócratas
pequeñoburgueses con una fraseología casi socialista.
4
De otra parte, la adulteración “kautskiana” del marxismo es
bastante más sutil. “Teóricamente”, no se niega ni que el Estado sea el órgano
de dominación de una clase ni que las contradicciones de clase sean
inconciliables. Pero se pasa por alto o se oculta lo siguiente; si el Estado es
un producto de la inconciliabilidad de las contradicciones de clase, si es una
fuerza situada por encima de la
sociedad y que “se divorcia más y más
de la sociedad”, resulta claro que la liberación de la clase oprimida es imposible
no sólo sin una revolución violenta, sino
también sin destruir la máquina del Poder estatal creada por la clase
dominante y en la que toma cuerpo dicho “divorcio”. Como veremos más adelante,
Marx llegó a esta conclusión, teóricamente clara de por sí, con la mayor
precisión, tomando como base un análisis histórico concreto de las tareas de la
revolución. Y esta conclusión es precisamente —como expondremos con todo
detalle en las páginas siguientes— la que Kautsky... ha “olvidado” y falseado.
2. Los destacamentos
especiales de hombres armados, las cárceles, etc.
“...Frente a la antigua
organización gentilicia (de tribu o de clan)5
—prosigue Engels—, el Estado se caracteriza, en primer lugar, por la agrupación
de sus súbditos según divisiones territoriales…”
Esta agrupación nos parece
“natural”, pero requirió una larga lucha contra la antigua organización en gens
o en tribus.
“...El segundo rasgo
característico es la institución de una fuerza pública, que ya no es el pueblo
armado. Esta fuerza pública especial hácese necesaria porque desde la división
de la sociedad en clases es ya imposible una organización armada espontánea de
la población...
Esta fuerza pública existe
en todo Estado; y no está formada sólo por hombres armados, sino también por
aditamentos materiales, las cárceles y las instituciones coercitivas de todo
género, que la sociedad gentilicia (de clan) no conocía...”
Engels desarrolla la noción
de esa “fuerza”, denominada Estado, que brota de la sociedad, pero se sitúa por
encima de ella y se divorcia cada vez más de ella. ¿En qué consiste,
principalmente, esta fuerza? En destacamentos espéciales de hombres armados, que
disponen de cárceles, etc.
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5 Organización
gentilicia (de tribu o de clan) de la sociedad: régimen de la comunidad primitiva o primera
formación socioeconómica que conoce la historia de la humanidad. La comunidad
gentilicia era una colectividad de consanguíneos, unidos por lazos económicos y
sociales. El régimen gentiliciopasó por dos períodos de desarrollo: el
matriarcado y el patriarcado. Este último culminó en la transformación de la
sociedad primitiva en una sociedad dividida en clases y en el surgimiento del
Estado. La propiedad social en los medios de producción y la distribución
igualitaria de los productos constituían la base de las relaciones de
producción del régimen primitivo, lo que correspondía, en lo fundamental, al
bajo nivel de desenvolvimiento de las fuerzas productivas y a su carácter en aquel
período.
Véase acerca del régimen de la sociedad
primitiva: C. Marx, Extracto del libro de
Conway Lloyd Morgan "La sociedad antigua”. F. Engels, El origen de la familia, la propiedad
privada y el Estado.
El Estado y la Revolución. Cap. I. La sociedad de clases y el
estado
Tenemos derecho a hablar de
destacamentos especiales de hombres armados, pues la fuerza pública, propia de
todo Estado, “no es ya” la población armada, su “organización armada
espontánea”.
Como todos los grandes
pensadores revolucionarios, Engels se esfuerza por centrar la atención de los
obreros conscientes precisamente en lo que el filisteísmo dominante considera
menos digno de atención, más habitual, santificado por prejuicios no ya sólidos,
sino, digámoslo así, petrificados. El ejército permanente y la policía son los
instrumentos principales de la fuerza del poder estatal. Pero ¿puede, acaso,
ser de otro modo?
Desde el punto de vista de
la inmensa mayoría de los europeos de fines del siglo XIX, a quienes se dirigía
Engels y que no habían vivido ni visto de cerca ninguna gran revolución, esto
no podía ser de otro modo. No comprendían en absoluto eso de “la organización
armada espontánea de la población”. A la pregunta de por qué había surgido la
necesidad de destacamentos especiales de hombres armados (policía y ejército
permanente), situados por encima de la sociedad y divorciados de ella, el
filisteo de Europa Occidental y el filisteo ruso se inclinaban a contestar con
un par de frases tomadas de Spencer o de Mijailovski, aduciendo la acrecida
complejidad de la vida social, la diferenciación de funciones, etc.
Estas referencias parecen
“científicas” y adormecen magníficamente al filisteo, velando lo principal y
fundamental: la división de la sociedad en clases enemigas irreconciliables.
Si no existiera esa
división, “la organización armada espontánea de la población” sería posible,
aunque se diferenciaría por su complejidad, elevada técnica, etc., de la
organización primitiva de la manada de monos que empuñan palos, o de la del
hombre primitivo, o de los hombres agrupados en clanes.
Pero esa organización es
imposible porque la sociedad civilizada está dividida en clases enemigas y,
además, irreconciliablemente enemigas, cuyo armamento “espontáneo” conduciría a
la lucha armada entre ellas. Se forma el Estado, se crea una fuerza especial,
destacamentos especiales de hombres armados, y cada revolución, al destruir el
aparato estatal, nos muestra al desnudo la lucha de clases, nos muestra con
toda evidencia cómo se esfuerza la clase dominante por restaurar los
destacamentos especiales de hombres armados a
su servicio y cómo se esfuerza la clase oprimida por crear una nueva
organización de este tipo que sea
capaz de servir no a los explotadores, sino a los explotados.
En el pasaje citado, Engels
expone en el terreno teórico el mismo problema que cada gran revolución plantea
ante nosotros en la práctica, de manera fehaciente y, además, en el plano de la
acción de masas: el problema de la relación entre los destacamentos
“especiales” de hombres armados y “la organización armada espontánea de la
población”. Veremos cómo ilustra de un modo concreto este problema la
experiencia de las revoluciones europeas y rusas.
5
Pero volvamos a la exposición de Engels.
Engels señala que, a veces,
por ejemplo, en algunos sitios de Norteamérica, esta fuerza pública es débil
(se trata de raras excepciones en la sociedad capitalista y de lugares de
Norteamérica en que imperaba, en el periodo preimperialista, el colono libre),
pero que, en términos generales, se fortalece:
“...La fuerza pública se
fortalece a medida que los antagonismos de clase se exacerban dentro del Estado
y a medida que se hacen más grandes y más poblados los Estados colindantes. Y
si no, examínese nuestra Europa actual, donde la lucha de clases y la rivalidad
en las conquistas han hecho crecer tanto la fuerza pública que ésta amenaza con
devorar a la sociedad entera y aun al Estado mismo...”
El Estado y la Revolución. Cap. I. La sociedad de clases y el
estado
Esto fue escrito no más
tarde que a comienzos de los años 90 del siglo pasado. El último prólogo de
Engels está fechado el 16 de junio de 1891. Por aquel entonces apenas comenzaba
en Francia, y más débilmente todavía en Norteamérica y en Alemania, el viraje
hacia el imperialismo, tanto en el sentido de la dominación completa de los
trusts como en el sentido de la omnipotencia de los grandes bancos, de una
grandiosa política colonial, etc. Desde entonces, “la rivalidad en las
conquistas” ha dado un gigantesco paso adelante, tanto más que, a comienzos de
la segunda década del siglo XX, el planeta quedó definitivamente repartido
entre estos “conquistadores rivales”, es decir, entre las grandes potencias
rapaces. Desde entonces, los armamentos terrestres y marítimos han aumentado en
proporciones fabulosas, y la guerra de rapiña de 1914-1917 por el dominio
mundial de Inglaterra o Alemania, por el reparto del botín, ha llevado al borde
de una catástrofe completa la “absorción” de todas las fuerzas de la sociedad
por un poder estatal rapaz.
Ya en 1891, Engels supo
destacar “la rivalidad en las conquistas” como uno de los más importantes
rasgos distintivos de la política exterior de las grandes potencias. ¡Y los
canallas del socialchovinismo de los años 1914-1917, precisamente cuando esta
rivalidad, agravándose más y más, ha engendrado la guerra imperialista,
encubren la defensa de los intereses rapaces de “su” burguesía con frases sobre
“la defensa de la patria”, “la defensa de la república y de la revolución”,
etc.!
3. El estado,
instrumento de explotación de la clase oprimida.
Para mantener una fuerza
pública especial, situada por encima de la sociedad, son necesarios los
impuestos y la deuda pública.
“…Dueños de la fuerza
pública y del derecho a recaudar impuestos —dice Engels—, los funcionarios,
como órganos de la sociedad, aparecen ahora situados por encima de ésta. El respeto que se tributaba libre y
voluntariamente a los órganos de la constitución gentilicia (de clan) ya no les
basta, incluso si pudieran ganarlo...” Se dictan leyes especiales sobre la
santidad y la inmunidad de los funcionarios. “El más despreciable polizonte”
tiene más “autoridad” que los representantes del clan; pero incluso el jefe del
poder militar de un Estado civilizado podría envidiar a un jefe de clan por “el
respeto espontáneo” que le profesaba la sociedad.
Aquí se plantea el problema
de la situación privilegiada de los funcionarios como órganos de poder del
Estado. Lo fundamental es saber: ¿qué los coloca por encima de la sociedad? Más adelante veremos cómo resolvió
prácticamente esta cuestión teórica la Comuna de París en 1871 y cómo la
escamoteó reaccionariamente Kautsky en 1912.
“...Como el Estado nació de
la necesidad de refrenar los antagonismos de clase, y como, al mismo tiempo,
nació en medio del conflicto de esas clases, es, por regla general, el Estado
de la clase económicamente dominante, que, con ayuda de él, se convierte
también en la clase políticamente dominante, adquiriendo con ello nuevos medios
para la represión y la explotación de la clase oprimida...” No sólo el Estado
antiguo y el Estado feudal fueron órganos de explotación de los esclavos y de
los siervos. También “el moderno Estado representativo es el instrumento de que
se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado. Sin embargo, por
excepción, hay períodos en que las clases en lucha están tan equilibradas que
el poder del Estado, como mediador aparente, adquiere cierta independencia
momentánea respecto a una y otra...” Así ocurrió con la monarquía absoluta de
los siglos XVII y XVIII, con el bonapartismo del Primero y del Segundo Imperio
en Francia y con Bismarck en Alemania.
Y así ha ocurrido también
—agregamos nosotros— con el Gobierno Kerenski en la Rusia republicana, después
de pasarse a las persecuciones del proletariado revolucionario, en un
El Estado y la Revolución. Cap. I. La sociedad de clases y el
estado
momento en que los Soviets,
a consecuencia de estar dirigidos por demócratas pequeñoburgueses, son ya impotentes, pero la burguesía no
tiene todavía fuerza bastante para
disolverlos pura y simplemente.
En la república democrática
—prosigue Engels— “la riqueza ejerce su poder indirectamente, pero, por ello
mismo, de un modo más seguro”, y lo ejerce, en primer lugar, mediante “la
corrupción directa de los funcionarios” (Norteamérica) y, en segundo lugar,
mediante “la alianza entre el gobierno y la Bolsa” (Francia y Norteamérica).
6
En la actualidad, el
imperialismo y la dominación de los bancos han “desarrollado”, convirtiéndolos
en un arte extraordinario, estos dos métodos de defender y hacer efectiva la
omnipotencia de la riqueza en las repúblicas democráticas, sean cuales fueren.
Pongamos un ejemplo. Si en los primeros meses de la república democrática de
Rusia, durante lo que podríamos llamar luna de miel de los “socialistas” —
eseristas y mencheviques — con la burguesía en el gobierno de coalición, el
señor Palchinski saboteó todas las medidas coercitivas contra los capitalistas
y sus latrocinios, contra sus robos al fisco con los suministros de guerra; y
si luego, ya fuera del ministerio, el señor Palchinski (sustituido, como es
lógico, por otro Palchinski exactamente igual a él) fue “recompensado” por los
capitalistas con una canonjía de 120.000 rublos de sueldo al año, ¿qué es eso?
¿Un soborno directo o indirecto? ¿Una alianza del gobierno con los consorcios o
“únicamente” lazos de amistad? ¿Qué papel desempeñan los Chernov y los
Tsereteli, los Avxéntiev y los Skóbeliev? ¿El de aliados “directos” o sólo
indirectos de los millonarios malversadores de los fondos públicos?
La omnipotencia de la
“riqueza” es más segura en las
repúblicas democráticas también porque no depende de unos u otros defectos del
mecanismo político ni de la mala envoltura política del capitalismo. La
república democrática es la mejor envoltura política posible del capitalismo; y
por eso, el capital, al apoderarse (por conducto de los Palchinski, los
Chernov, los Tsereteli y Cía.) de esta envoltura, la mejor de todas, cimenta su
poder con tanta seguridad y firmeza, que no lo conmueve ningún cambio de personas, ni de instituciones ni de partidos
dentro de la república democrática burguesa.
Hay que advertir, además,
que Engels llama también con la mayor precisión al sufragio universal
instrumento de dominación de la burguesía. El sufragio universal, dice,
basándose evidentemente en la larga experiencia de la socialdemocracia alemana,
es
“el índice de la madurez de
la clase obrera. No puede llegar ni llegará nunca a más en el Estado actual”.
Los demócratas
pequeñoburgueses, como nuestros eseristas y mencheviques, y sus hermanos
carnales, todos los socialchovinistas y oportunistas de Europa Occidental,
esperan “más”, en efecto, del sufragio universal. Sustentan ellos mismos e
inculcan al pueblo la falsa idea de que el sufragio universal es, “en el Estado
actual”, un medio capaz de revelar
verdaderamente la voluntad de la mayoría de los trabajadores y garantizar su
cumplimiento.
Aquí sólo podemos señalar
esta falsa idea, apuntar que la afirmación de Engels, completamente clara,
precisa y concreta se adultera a cada paso en la propaganda y en la agitación
de los partidos socialistas “oficiales” (es decir, oportunistas). Más adelante,
en nuestra exposición de las concepciones de Marx y Engels acerca del Estado “actual”, explicaremos en detalle toda la
falsedad de esta idea, rechazada aquí por Engels.
En la más popular de sus
obras, Engels hace un resumen general de sus puntos de vista en los siguientes
términos;
“Por tanto, el Estado no ha
existido eternamente. Ha habido sociedades que se las arreglaron sin él, que no
tuvieron la menor noción del Estado ni de su poder. Al llegar a cierta fase del
desarrollo económico, que estaba ligada necesariamente a la división de la
sociedad en clases, esta división hizo del Estado una necesidad. Ahora nos
aproximamos con rapidez a
El
Estado y la Revolución. Cap. I. La sociedad de clases y el estado
una fase de desarrollo de la
producción en que la existencia de estas clases no sólo deja de ser una
necesidad, sino que se convierte en un obstáculo directo para la producción.
Las clases desaparecerán de un modo tan inevitable como surgieron en su día.
Con la desaparición de las clases desaparecerá inevitablemente el Estado. La
sociedad, reorganizando de un modo nuevo la producción sobre la base de una
asociación libre de productores iguales, enviará toda la máquina del Estado al
lugar que entonces le ha de corresponder: al museo de antigüedades, junto a la
rueca y al hacha de bronce”.
No es frecuente encontrar
esta cita en las publicaciones de propaganda y agitación de la socialdemocracia
contemporánea. Pero incluso cuando la encontramos, se trata, casi siempre, de
una especie de reverencia ante un icono, o sea, de un homenaje oficial a
Engels, sin el menor intento de analizar la amplitud y profundidad de la
revolución que supone este “enviar toda la máquina del Estado al museo de
antigüedades”. En la mayoría de los casos, ni siquiera se ve que se comprenda a
qué llama Engels máquina del Estado.
4. La “extinción” del
estado y la revolución violenta.
Las palabras de Engels sobre
la “extinción” del Estado gozan de tanta celebridad, se citan tan a menudo y
muestran con tanto relieve dónde está el quid de la adulteración corriente del
marxismo, por medio de la cual se le adapta al oportunismo que es preciso
examinarlas con todo detalle. Reproduciremos entero el pasaje en que figuran
estas palabras.
“El proletariado toma en sus
manos el poder del Estado y convierte, en primer lugar, los medios de
producción en propiedad del Estado. Pero con este mismo acto se destruye a sí
mismo como proletariado y destruye toda diferencia y todo antagonismo de clase
y, con ello, el Estado como tal. La sociedad, hasta el presente, movida entre
los antagonismos de clase, ha necesitado del Estado, o sea, de una organización
de la correspondiente clase explotadora, para mantener las condiciones
exteriores de producción, y, por tanto, particularmente para mantener por la
fuerza a la clase explotada en las condiciones de opresión (la esclavitud, la
servidumbre y el trabajo asalariado), determinadas por el modo de producción
existente.
7
El Estado era el
representante oficial de toda la sociedad, su síntesis en un cuerpo social
visible; pero lo era sólo como Estado de la clase que en su época representaba
a toda la sociedad: en la antigüedad era el Estado de los ciudadanos
esclavistas; en la Edad Media, el de la nobleza feudal; en nuestros tiempos es
el de la burguesía. Cuando el Estado se convierta, finalmente, en representante
efectivo de toda la sociedad, será por sí mismo superfluo. Cuando ya no exista
ninguna clase social a la que haya que mantener en la opresión; cuando
desaparezcan, junto con la dominación de clase, junto con la lucha por la
existencia individual engendrada por la actual anarquía de la producción, los
choques y los excesos resultantes de esta lucha; cuando ocurra eso, no habrá ya
nada que reprimir ni hará falta, por tanto, esa fuerza especial de represión:
el Estado. El primer acto en que el Estado se manifiesta efectivamente como
representante de toda la sociedad —la toma de posesión de los medios de
producción en nombre de la sociedad— es a la par su último acto independiente
como Estado. La intervención de la autoridad del Estado en las relaciones
sociales se hará superflua en un campo tras otro de la vida social y se
adormecerá por sí misma. El gobierno sobre las personas es sustituido por la
administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción.
El Estado no es “abolido”: se extingue.
Esto debe servir de punto de partida para juzgar el valor de esa frase sobre el
“Estado popular libre”, en lo que toca a su justificación provisional como
consigna de agitación y en lo que se refiere a su falta absoluta de fundamento
científico. Exactamente, debe servir de punto de partida para juzgar el valor
de la exigencia de los llamados anarquistas de que el Estado sea abolido
El Estado y la Revolución. Cap. I. La sociedad de clases y el
estado
de la noche a la mañana” (Anti-Dühring. La subversión de la ciencia
por el señor Eugenio Dühring, págs. 301-303 de la tercera edición alemana).
Podemos afirmar, sin temor a
equivocarnos, que de esta exposición de Engels, riquísima en ideas, lo único
que ha pasado a ser verdadero patrimonio del pensamiento socialista, en los
partidos socialistas actuales, es la tesis de que, según Marx, el Estado “se
extingue”, a diferencia de la doctrina anarquista de la “abolición” del Estado.
Truncar así el marxismo significa convertirlo en oportunismo, pues con tal
“interpretación” sólo queda en pie una noción confusa de un cambio lento,
paulatino, gradual, sin saltos ni tormentas, sin revoluciones. Hablar de la
“extinción” del Estado en el sentido habitual, generalizado, de masas, si cabe
decirlo así, equivale indudablemente a esfumar, si no a negar, la revolución.
Pero semejante
“interpretación” es el más burdo falseamiento del marxismo, un falseamiento que
sólo favorece a la burguesía y que se asienta teóricamente en el olvido de
importantísimas circunstancias y consideraciones señaladas, por ejemplo, en el
“resumen” contenido en el pasaje de Engels que hemos reproducido íntegramente.
Primera.
Engels dice al comienzo mismo de este pasaje que el proletariado, al tomar el
poder estatal, “destruye, con ello, el Estado como tal”. “No es usual” pararse
a pensar en lo que significa esto. Lo corriente es desentenderse de ello en
absoluto o considerarlo algo así como una “debilidad hegeliana” de Engels. En
realidad, estas palabras formulan de modo conciso la experiencia de una de las
más grandes revoluciones proletarias, la experiencia de la Comuna de París de
1871, de la cual hablaremos con mayor detalle en su lugar. En realidad, Engels
habla aquí de la “destrucción” del Estado de
la burguesía por la revolución proletaria, mientras que las palabras
relativas a la extinción del Estado se refieren a los restos del Estado proletario después de la revolución
socialista. El Estado burgués no “se extingue”, según Engels, sino que “es destruido” por el proletariado en la
revolución. El que se extingue, después de esta revolución, es el Estado o
semi-Estado proletario.
Segunda. El
Estado es una “fuerza especial de represión”. Engels nos ofrece aquí esta
magnífica y profundísima definición con la más completa claridad. Y de ella se
deduce que esa “fuerza especial de represión” del proletariado por la
burguesía, de millones de trabajadores por unos puñados de ricachones, debe
sustituirse con una “fuerza especial de represión” de la burguesía por el
proletariado (dictadura del proletariado). En esto consiste precisamente “la
destrucción del Estado como tal”. En esto consiste precisamente el “acto” de la
toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad. Y es
evidente de por sí que semejante
sustitución de una “fuerza especial” (la burguesa) con otra “fuerza especial”
(la proletaria) no puede ya operarse, en modo alguno, en forma de “extinción”.
Tercera. Al
hablar de la “extinción” y —con palabra todavía más plástica y gráfica— del
“adormecimiento” del Estado, Engels se refiere con absoluta claridad y
precisión a la época posterior a “la
toma de posesión de los medios de producción por el Estado en nombre de toda la
sociedad”; es decir, a la época posterior
a la revolución socialista. Todos sabemos que la forma política del “Estado” en
esta época es la democracia más completa. Pero a ninguno de los oportunistas,
que tergiversan desvergonzadamente el marxismo, se le ocurre pensar que, por
consiguiente, Engels habla aquí del “adormecimiento” y la “extinción” de la democracia.
8
A primera vista, esto parece
muy extraño. Pero es “incomprensible” únicamente para quienes no hayan
comprendido que la democracia es también
un Estado y que, en consecuencia, la democracia desaparecerá asimismo cuando
desaparezca el Estado. El Estado burgués sólo puede ser “destruido” por la
revolución. El Estado en general, es decir, la más completa democracia, sólo
puede “extinguirse”.
El Estado y la Revolución. Cap. I. La sociedad de clases y el
estado
Cuarta.
Después de formular su famosa tesis: “El Estado se extingue”, Engels aclara a
renglón seguido, de un modo concreto, que esta tesis va dirigida tanto contra
los oportunistas como contra los anarquistas. Y Engels coloca en primer plano
la conclusión de su tesis sobre “la extinción del Estado”, dirigida contra los
oportunistas.6
Puede apostarse que de diez
mil personas que hayan leído u oído hablar de la “extinción” del Estado, nueve
mil novecientas noventa ignoran en absoluto o no recuerdan que Engels dirigió
sus conclusiones derivadas de esta tesis no
sólo contra los anarquistas. Y de las diez personas restantes, lo más
probable es que nueve no sepan lo que es el “Estado popular libre” y por qué
combatir esta consigna significa atacar a los oportunistas. ¡Así se escribe la
historia! Así se falsea imperceptiblemente la gran doctrina revolucionaria y se
la adapta al filisteísmo reinante. La conclusión contra los anarquistas se ha
repetido miles de veces, se ha vulgarizado, se ha inculcado en las cabezas con
la mayor simplicidad y ha adquirido la solidez de un prejuicio. ¡Pero la conclusión
contra los oportunistas ha sido esfumada y “olvidada”!
El “Estado popular libre”
era una reivindicación programática y una consigna en boga de los
socialdemócratas alemanes en los años 70. En esta consigna no hay el menor
contenido político, fuera de una filistea y enfática descripción del concepto
de democracia. Engels estaba dispuesto a “justificar” “por cierto tiempo” esta
consigna, desde el punto de vista de la agitación, por cuanto con ella se
aludía legalmente a la república democrática. Pero esta consigna era
oportunista, pues expresaba no sólo el embellecimiento de la democracia
burguesa, sino también la incomprensión de la crítica socialista de todo Estado
en general. Somos partidarios de la república democrática como la mejor forma
de Estado para el proletariado en el capitalismo; pero no tenemos derecho a
olvidar que la esclavitud asalariada es el destino del pueblo, incluso en la
república burguesa más democrática. Prosigamos. Todo Estado es una “fuerza
especial de represión” de la clase oprimida. Por eso, todo Estado ni es libre
ni es popular. Marx y Engels explicaron esto reiteradamente a sus camaradas de
partido en la década del 70.
Quinta.
Esta misma obra de Engels, de la que todos recuerdan la idea de la extinción
del Estado, contiene un pasaje sobre la importancia de la revolución violenta.
Engels convierte en un verdadero panegírico de la revolución violenta la
valoración histórica de su papel. Esto “nadie lo recuerda”. En los partidos
socialistas contemporáneos no es usual hablar de la importancia de esta idea,
ni siquiera pensar en ella: semejantes ideas no desempeñan ningún papel en la
propaganda ni en la agitación cotidianas entre las masas. Y, sin embargo, están
indisolublemente unidas a la “extinción” del Estado y forman con ella un todo
armónico.
He aquí el pasaje de Engels:
“...En cuanto a que la
violencia desempeña asimismo en la historia un papel muy distinto” (además del
de agente del mal), “un papel revolucionario; para decirlo con las palabras de
Marx, el papel de comadrona de toda sociedad antigua que lleva en sus entrañas
otra nueva7, de instrumento por medio del cual
vence el movimiento social y saltan hechas añicos las formas políticas
fosilizadas y muertas, el señor Dühring no nos dice ni una palabra. Únicamente
reconoce, entre suspiros y gemidos, que acaso para derrocar el régimen de
explotación no haya más remedio que acudir a la violencia: desgraciadamente,
añade, pues el empleo de la violencia desmoraliza siempre a quien la emplea. ¡Y
nos dice esto, a pesar del alto vuelo moral e intelectual que ha sido siempre la
consecuencia de toda revolución victoriosa! Y nos lo dice en Alemania, donde un
choque violento — que puede ser impuesto al pueblo— tendría, cuando menos, la
ventaja de desterrar de la conciencia nacional ese
![]()
6
7 C. Marx. El Capital,
t. I.
El Estado y la Revolución. Cap. I. La sociedad de clases y el
estado
servilismo que se ha
apoderado de ella desde la humillación de la Guerra de los Treinta Años8 ¿Y este modo de pensar sin savia y sin fuerza, propio de un
sermoneador, es el que pretende imponerse al partido más revolucionario que
conoce la historia?” (pág. 193, tercera edición alemana, final del capítulo IV
de la parte 11).
¿Cómo es posible unir en una
sola doctrina este panegírico de la revolución violenta, ofrecido con
insistencia por Engels a los socialdemócratas alemanes desde 1878 hasta 1894,
es decir, hasta los últimos días de su vida, con la teoría de la “extinción” del
Estado?
De ordinario se unen ambas
cosas con ayuda del eclecticismo, desgajando a capricho (o para complacer a los
potentados), sin atenerse a los principios o de un modo sofístico, ora uno ora
otro razonamiento. Y en el noventa y nueve por ciento de los casos, si no en
más, se adelanta a un primer plano precisamente la tesis de la “extinción”. Se
sustituye la dialéctica por el eclecticismo: es la actitud más habitual y más
general ante el marxismo en las publicaciones socialdemócratas oficiales de
nuestros días. Esta sustitución no tiene, ciertamente, nada de nuevo; ha podido
observarse incluso en la historia de la filosofía clásica griega. Con la
adaptación del marxismo al oportunismo, el eclecticismo, presentado como
dialéctica, engaña con la mayor facilidad a las masas, les da una aparente
satisfacción, parece tener en cuenta todos los aspectos del proceso, todas las
tendencias del desarrollo, todas las influencias contradictorias, etc., cuando
en realidad no proporciona ninguna concepción completa y revolucionaria del
proceso del desarrollo social.
9
Hemos dicho ya antes, y lo
demostraremos con mayor detalle en nuestra exposición ulterior, que la doctrina
de Marx y Engels sobre la ineluctabilidad de la revolución violenta se refiere
al Estado burgués. Este no puede ser
sustituido por el Estado proletario (por la dictadura del proletariado)
mediante la “extinción”, sino sólo, como regla general, mediante la revolución
violenta. El panegírico que dedica Engels a esta última y que coincide por
completo con reiteradas manifestaciones de Marx (recordemos el final de Miseria de la Filosofía y del Manifiesto Comunista, donde se proclama
con franqueza y orgullo la ineluctabilidad de la revolución violenta; recordemos la crítica del Programa de Gotha
de 1875, casi treinta años después, en la que Marx fustiga implacablemente el
oportunismo de este Programa9),
dicho panegírico no tiene nada de “apasionamiento”, ni de declamación ni de
argucia polémica. La necesidad de educar sistemáticamente a las masas en esta idea de la revolución violenta, y
precisamente en esta, es la base de toda
la doctrina de Marx y Engels. La traición a su doctrina por las corrientes
socialchovinista y kautskiana, imperantes hoy, se manifiesta con singular
relieve en el olvido por unos y otros de esta
propaganda y de esta agitación.
![]()
8 Guerra
de los Treinta Años
(1618-1648): primera guerra europea, fruto del enconamiento de las
contradicciones entre diferentes grupos de Estados europeos. Adquirió la forma
de lucha entre protestantes y católicos. La guerra empezó con un levantamiento
en Bohemia contra la tiranía de la monarquía de los Habsburgos y la ofensiva de
la reacción católica. Los Estados europeos que entraron después en la contienda
formaron dos campos. El Papa, los Habsburgos españoles y austriacos y los
príncipes católicos de Alemania, unidos bajo la bandera del catolicismo,
combatieron contra los países protestantes: Bohemia, Dinamarca, Suecia, la
República de Holanda y varios Estados alemanes que habían aceptado la Reforma.
Los países protestantes fueron apoyados por los reyes franceses, enemigos de los
Habsburgos. Alemania, escenario principal de esta guerra, fue objeto del
pillaje bélico y de las pretensiones anexionistas de los participantes en la
conflagración. La guerra terminó en 1648 con la firma de la Paz de Westfalia,
que refrendó el fraccionamiento político de Alemania
9 Programa de Gotha: programa aprobado por el Partido Socialista
Obrero de Alemania en su Congreso de Gotha
(1875), en el que se unificaron los dos
partidos socialistas alemanes existentes hasta entonces: los eisenacheanos
(dirigidos por Augusto Bebel
y Guillermo Liebknecht e influenciados ideológicamente por Marx y Engels) y los
lassalleanos. El programa adolecía de eclecticismo y era oportunista, pues los
eisenacheanos hicieron concesiones a los lassalleanos en las cuestiones más
importantes y aceptaron sus fórmulas. Marx y Engels sometieron el proyecto de
Programa de Gotha a una crítica demoledora (el primero, en su obra Crítica del Programa de Gotha; el
segundo, en su carta a Bebel del 18-28 de marzo de 1875), viendo en él un
considerable paso atrás en comparación con el programa eisenacheano de 1869
El Estado y la Revolución. Cap. I. La sociedad de clases y el
estado
La sustitución del Estado
burgués por el Estado proletario es imposible sin una revolución violenta. La
supresión del Estado proletario, es decir, la supresión de todo Estado, sólo es
posible mediante un proceso de “extinción”.
Marx y Engels desarrollaron
estas ideas de un modo minucioso y concreto, estudiando cada situación
revolucionaria y analizando las enseñanzas proporcionadas por la experiencia de
cada revolución. Pasamos a examinar esta parte de su doctrina, que es, sin duda
alguna, la más importante.
El Estado y la Revolución. Cap. II. La experiencia de 1848 a
1851
Capítulo
II. El estado y la revolución. La experiencia de 1848 a 1851.
1. En vísperas de la
revolución.
Las primeras obras del
marxismo maduro, la Miseria de la
Filosofía y el Manifiesto Comunista,
aparecieron precisamente en vísperas de la revolución de 1848. Esta
circunstancia hace que dichas obras contengan hasta cierto punto, además de una
exposición de los fundamentos generales del marxismo, un reflejo de la
situación revolucionaria concreta de entonces; por eso será, quizá, más
conveniente analizar lo que los autores de tales libros dicen acerca del
Estado, antes de examinar las conclusiones que sacaron de la experiencia de
1848 a 1851.
“...En el transcurso de su
desarrollo —escribe Marx en Miseria de la
Filosofía—, la clase obrera sustituirá la antigua sociedad civil por una
asociación que excluya las clases y su antagonismo; y no existirá ya un poder
político propiamente dicho, pues el poder político es precisamente la expresión
oficial del antagonismo de las clases dentro de la sociedad civil” (pág. 182 de
la edición alemana de 1885).
Es instructivo confrontar
esta exposición general de la idea referente a la desaparición del Estado,
después de la supresión de las clases, con la exposición que contiene el Manifiesto Comunista, escrito por Marx y
Engels algunos meses después, a saber, en noviembre de 1847:
“...Al esbozar las fases más
generales del desarrollo del proletariado, hemos seguido el curso de la guerra
civil más o menos oculta que se desarrolla en el seno de la sociedad existente,
hasta el momento en que se transforma en una revolución abierta, y el
proletariado, derrocando por la violencia a la burguesía, implanta su
dominación...
“...Como ya hemos visto más
arriba, el primer paso de la revolución obrera es la transformación”
(literalmente: elevación) “del proletariado en clase dominante, la conquista de
la democracia.
“El proletariado se valdrá
de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo
el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del
Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para
aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas”
(págs. 31 y 37 de la 7ª edición alemana, de 1906).
Vemos formulada aquí una de
las ideas más notables e importantes del marxismo acerca del Estado: la idea de
“la dictadura del proletariado” (como empezaron a denominar la Marx y Engels
después de la Comuna de París), y así mismo una definición del Estado,
interesante en grado sumo, que se cuenta también entre las “palabras olvidadas”
del marxismo “El Estado, es decir, el
proletariado organizado como clase dominante”.
Esta definición del Estado
nunca ha sido explicada en las publicaciones principales de propaganda y
agitación de los partidos socialdemócratas oficiales. Es más, se la ha dado
expresamente al olvido, pues es inconciliable por completo con el reformismo y
se da de bofetadas con los prejuicios oportunistas corrientes y las ilusiones
filisteas respecto al “desarrollo pacífico de la democracia”.
10
El proletariado necesita del
Estado, repiten todos los oportunistas, socialchovinistas y kautskianos,
asegurando que ésa es la doctrina de Marx. Pero “olvidan” añadir que, primero, según Marx, el proletariado sólo
necesita de un Estado que se extinga, es decir, organizado de tal modo que
comience a extinguirse inmediatamente y no pueda dejar de extinguirse; y,
El Estado y la Revolución. Cap. II. La experiencia de 1848 a
1851
segundo, que los
trabajadores necesitan del “Estado”, “es decir, el proletariado organizado como
clase dominante”.
El Estado es una
organización especial de la fuerza, una organización de la violencia para
reprimir a otra clase, cualquiera que sea. ¿A qué clase tiene que reprimir el
proletariado? Está claro que únicamente a la clase explotadora, es decir, a la
burguesía. Los trabajadores necesitan del Estado sólo para aplastar la
resistencia de los explotadores. Y este aplastamiento puede dirigirlo y
efectuarlo sólo el proletariado, la única clase consecuentemente
revolucionaria, la única clase capaz de unir a todos los trabajadores y
explotados en la lucha contra la burguesía, por la completa eliminación de
ésta.
Las clases explotadoras
necesitan de la dominación política para mantener la explotación, es decir, en
provecho egoísta de una insignificante minoría contra la inmensa mayoría del
pueblo. Las clases explotadas necesitan de la dominación política para suprimir
completamente toda explotación, es decir, en provecho de la inmensa mayoría del
pueblo contra una insignificante minoría: los esclavistas modernos, o sea, los
terratenientes y capitalistas.
Los demócratas
pequeñoburgueses, esos seudosocialistas que han sustituido la lucha de clases
con sueños sobre la conciliación de las clases, se han imaginado también la
transformación socialista de un modo soñador, no como el derrocamiento de la
dominación de la clase explotadora, sino como la sumisión pacífica de la
minoría a la mayoría, que habrá adquirido conciencia de su misión. Esta utopía
pequeñoburguesa, unida de manera indisoluble al reconocimiento de un Estado
situado por encima de las clases, ha conducido en la práctica a traicionar los
intereses de las clases trabajadoras, como lo demuestra, por ejemplo, la
historia de las revoluciones francesas de 1848 y 1871, como lo demuestra
también la experiencia de participación “socialista” en ministerios burgueses
en Inglaterra, Francia, Italia y otros países a fines del siglo XIX y comienzos
del XX.10
Marx luchó durante toda su
vida contra este socialismo pequeñoburgués, hoy resucitado en Rusiapor los
partidos eserista y menchevique. Marx desarrolló de manera consecuente la
doctrina de la lucha de clases hasta llegar a la doctrina del poder político, del
Estado.
La dominación de la
burguesía sólo puede ser abolida por el proletariado, como clase especial cuyas
condiciones económicas de existencia le preparan para esa abolición y le dan
posibilidades y fuerzas para efectuarla. La burguesía fracciona y dispersa a los
campesinos y
![]()
10 A fines del siglo XIX y comienzos del
XX, los medios gobernantes de la burguesía de diversos países recurrieron a una
complicada maniobra —dieron participación en gobiernos burgueses reaccionarios
a algunos líderes reformistas de los partidos socialistas—, con el propósito de
dividir el movimiento obrero y, por medio de concesiones insignificantes,
apartar al proletariado de la lucha revolucionaria. En 1892, en Inglaterra fue
elegido diputado al Parlamento John Burns, uno de "los traidores manifiestos
a la clase obrera, vendidos a la burguesía por una cartera ministerial"
(V. I. Lenin. La reunión del Buró Socialista Internacional). En 1899, en
Francia entró en el gobierno burgués de R. Waldeck-Rousseau el socialista
Alejandro Esteban Millerand, que ayudó a la burguesía a aplicar su política. La
participación de Millerand en un gobierno burgués reaccionario causó un gran
daño al movimiento obrero de Francia. Lenin calificó el millerandismo de
apostasía, revisionismo y "bernsteinianismo en la práctica". Los
"socialistas" del tipo de Millerand, subrayaba Lenin, "con la
promesa de minúsculas reformas sociales" apartaban a la clase obrera de la
lucha revolucionaria (véase V. I. Lenin. La
dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado).
En Italia, a comienzos del siglo XX, los socialistas Leónidas Bissolati, Ivanoe Bonomi y otros —que
en 1912 fueron expulsados del Partido Socialista— figuraron entre los más
francos defensores de la colaboración en el gobierno.
Durante la primera guerra mundial, los líderes oportunistas de
derecha de los partidos socialdemócratas de diversos países sustentaron
abiertamente posiciones socialchovinistas y colaboraron en los gobiernos
burgueses de sus países, aplicando su política. "No tiene nada de extraño
—señaló Lenin— que el proletariado de los países parlamentarios
"adelantados", asqueado de "socialistas" como los
Scheidemann, los David, los Legien, los Sembat, los Renaudel, los Henderson,
los Vandervelde, los Stauning, los Branting, los Bissolati y Cía., haya
simpatizado cada día más con el anarcosindicalismo, pese a que éste es hermano
carnal del oportunismo" (véase el presente volumen). Lenin muestra en
varios trabajos —sobre todo, en el artículo Toda
una docena de "ministros socialistas" — las actividades
oportunistas de los líderes socialdemócratas de derecha.
El Estado y la Revolución. Cap. II. La experiencia de 1848 a
1851
a todos los sectores
pequeñoburgueses, pero cohesiona, une y organiza al proletariado. Sólo el
proletariado — en virtud del papel económico que desempeña en la gran
producción— puede ser el jefe de todas
las masas trabajadoras y explotadas, a quienes la burguesía explota, esclaviza
y oprime con frecuencia no menos, sino más que a los proletarios, pero que son
incapaces de luchar por su cuenta
para conquistar su propia liberación.
La teoría de la lucha de
clases, aplicada por Marx al problema del Estado y de la revolución socialista,
conduce necesariamente a reconocer la
dominación política del proletariado, su dictadura, es decir, un poder no
compartido con nadie y que se asienta de modo directo en la fuerza armada de
las masas. El derrocamiento de la burguesía sólo puede realizarse mediante la
transformación del proletariado en clase
dominante, capaz de sofocar la resistencia inevitable y desesperada de la
burguesía y de organizar para el nuevo régimen económico a todas las masas trabajadoras y explotadas.
El proletariado necesita del
poder estatal, organización centralizada de la fuerza, organización de la
violencia, tanto para sofocar la resistencia de los explotadores como para dirigir a una gigantesca masa de la
población, a los campesinos, a la pequeña burguesía y a los semiproletarios, en la obra de “poner a punto” la economía
socialista.
Al educar al partido obrero,
el marxismo educa a la vanguardia del proletariado, una vanguardia capaz de
tomar el poder y conducir a todo el
pueblo al socialismo, de orientar y organizar el nuevo régimen, de ser el
maestro, el dirigente y el guía de todos los trabajadores y explotados en la
obra de ordenar su propia vida social sin la burguesía y contra la burguesía.
Por el contrario, el oportunismo imperante hoy forma en el partido obrero
representantes de los obreros mejor retribuidos, que se apartan de las masas y
“se colocan” pasaderamente en el capitalismo, vendiendo por un plato de
lentejas su derecho de primogenitura, o sea, renunciando al papel de jefes
revolucionarios del pueblo contra la burguesía.
“El Estado, es decir, el
proletariado organizado como clase dominante”: esta teoría de Marx está
vinculada de manera indisoluble a toda su doctrina acerca de la misión
revolucionaria del proletariado en la historia. El coronamiento de esa misión
es la dictadura proletaria, la dominación política del proletariado.
Pero si el proletariado
necesita del Estado como organización especial
de la violencia contra la burguesía,
de ahí se deduce por sí misma una conclusión: ¿es posible crear semejante
organización sin destruir previamente, sin demoler la máquina del Estado que ha
creado para sí la burguesía? A esta
conclusión lleva directamente el Manifiesto
Comunista, y Marx habla de ella
al hacer resumir la experiencia de la revolución de 1848 a 1851.
11
2. El balance de la
revolución.
En su obra El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte,
Marx hace el balance de la revolución de 1848 a 1851 y dedica el siguiente
pasaje al problema del Estado, que es el que nos interesa:
“...Pero la revolución es
radical. Está pasando todavía por el purgatorio. Cumple su tarea con método.
Hasta el 2 de diciembre de 1851” (día del golpe de Estado de Luis Bonaparte)
“había terminado la mitad de su labor preparatoria; ahora termina la otra mitad.
Lleva primero a la perfección el poder parlamentario para tener la posibilidad
de derrocarlo. Ahora, conseguido ya esto, lleva a la perfección el poder ejecutivo, lo reduce a su más
pura expresión, lo aísla, se enfrenta con él, como único blanco contra el que
debe concentrar todas sus fuerzas de
destrucción” (subrayado por nosotros). “Y cuando la revolución haya llevado
a cabo esta segunda parte de su labor preliminar, Europa se levantará y gritará
jubilosa: ¡bien has hozado, viejo topo!
El Estado y la Revolución. Cap. II. La experiencia de 1848 a
1851
“Este poder ejecutivo, con
su inmensa organización burocrática y militar, con su compleja y artificiosa
máquina del Estado, un ejército de funcionarios que suma medio millón de
hombres, junto a un ejército de otro medio millón de hombres; este espantoso organismo
parasitario que se ciñe como una red al cuerpo de la sociedad francesa y le
tapona todos los poros, surgió en la época de la monarquía absoluta, de la
decadencia del régimen feudal, que dicho organismo contribuyó a acelerar”. La
primera revolución francesa desarrolló la centralización, “pero, al mismo
tiempo, amplió el volumen, las atribuciones y el número de servidores del podes
del gobierno. Napoleón perfeccionó esta máquina del Estado”. La monarquía
legítima y la monarquía de julio “no añadieron nada más que una mayor división
del trabajo...
“...Finalmente, la república
parlamentaria, en su lucha contra la revolución, viose obligada a fortalecer,
junto con las medidas represivas, los medios y la centralización del poder del
gobierno. Todas las revoluciones
perfeccionaron esta máquina, en vez de destruirla” (subrayado por
nosotros). “Los partidos que luchaban alternativamente por la dominación
consideraban la toma de posesión de este inmenso edificio del Estado como el
botín principal del vencedor”” (El
Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, págs. 98-99, 4a ed., Hamburgo, 1907).
En este notable pasaje, el
marxismo da un gigantesco paso adelante en comparación con el Manifiesto Comunista. Allí, la cuestión
del Estado se planteaba todavía de un modo abstracto en extremo, usando las nociones y expresiones más generales. Aquí
se plantea de un modo concreto, y la conclusión a que se llega es exacta y
precisa en grado superlativo, prácticamente tangible: todas las revoluciones
anteriores perfeccionaron la máquina del Estado, pero lo que hace falta es
romperla, destruirla.
Esta conclusión es lo
principal, lo fundamental, en la teoría del marxismo acerca del Estado. Y
precisamente esto fundamental es lo que han
olvidado por completo los partidos socialdemócratas oficiales imperantes y ha tergiversado a todas luces (como
veremos más adelante) C. Kautsky, el teórico más destacado de la II
Internacional.
En el Manifiesto Comunista se resumen los resultados generales de la
historia, que obligan a ver en el Estado un órgano de dominación de clase y
llevan a la conclusión inevitable de que el proletariado no puede derrocar a la
burguesía si no conquista primero el poder político, si no logra la dominación
política, si no transforma el Estado en “el proletariado organizado como clase
dominante”; a la conclusión de que este Estado proletario comienza a
extinguirse inmediatamente después de triunfar, pues en una sociedad sin
contradicciones de clase el Estado es innecesario e imposible. Pero aquí no se
plantea cómo deberá realizarse —desde el punto de vista del desarrollo
histórico— esta sustitución del Estado burgués con el Estado proletario.
Este problema es
precisamente el que plantea y resuelve Marx en 1852. Fiel a su filosofía del
materialismo dialéctico, toma como base la experiencia histórica de los grandes
años de la revolución: de 1848 a 1851. En este caso, como siempre, la doctrina
de Marx es un resumen de la experiencia
alumbrado por una profunda concepción filosófica del mundo y por un rico conocimiento de la historia.
El problema del Estado se
plantea de una manera concretas ¿cómo ha surgido históricamente el Estado
burgués, la máquina estatal que necesita la burguesía?, ¿cuáles han sido sus
cambios y su evolución en el transcurso de las revoluciones burguesas y ante las
acciones independientes de las clases oprimidas?, ¿cuáles son las tareas del
proletariado en lo que atañe a esta máquina del Estado?
El poder estatal
centralizado, propio de la sociedad burguesa, surgió en la época de la caída
del absolutismo. Dos son las instituciones más típicas de esta máquina estatal:
la burocracia y el ejército permanente. En las obras de Marx y Engels se habla
reiteradas veces de los miles
El Estado y la Revolución. Cap. II. La experiencia de 1848 a
1851
de hilos que unen estas
instituciones precisamente con la burguesía. La experiencia de cada obrero
revela esa unión de un modo extraordinariamente palmario e impresionante.
12
La clase obrera aprende en
su propia carne a conocer estos vínculos. Por eso capta con tanta facilidad y
asimila tan bien la ciencia del carácter inevitable de esos vínculos, ciencia
que los demócratas pequeñoburgueses niegan por ignorancia y por frivolidad, o
reconocen “en general”, de un modo todavía más frívolo, olvidándose de sacar
las conclusiones prácticas correspondientes.
La burocracia y el ejército
permanente son un “parásito” adherido al cuerpo de la sociedad burguesa, un
parásito engendrado por las contradicciones internas que desgarran a esta
sociedad; pero, precisamente, un parásito que “tapona” los poros vitales. El
oportunismo kautskiano, que impera hoy en la socialdemocracia oficial,
considera patrimonio especial y exclusivo del anarquismo la idea del Estado
como un organismo parasitario. Por
supuesto, esta adulteración del marxismo es ventajosa sobremanera para los filisteos
que han llevado el socialismo a la ignominia inaudita de justificar y
embellecer la guerra imperialista, aplicándole el concepto de “defensa de la
patria”; pero es, a pesar de todo, una tergiversación indiscutible.
Esta máquina burocrática y
militar se desarrolla, perfecciona y afianza a través de las numerosísimas
revoluciones burguesas que ha conocido Europa desde la caída del feudalismo. En
particular, precisamente la pequeña burguesía es atraída por la gran burguesía
y sometida a ella en grado considerable gracias a esta máquina, que proporciona
a los sectores superiores de los campesinos, de los pequeños artesanos, de los
comerciantes, etc., puestos relativamente cómodos, tranquilos y honorables, los
cuales colocan a sus poseedores por
encima del pueblo. Observen lo ocurrido en Rusia durante el medio año
transcurrido desde el 27 de febrero de 1917:11 los
cargos burocráticos, que antes se adjudicaban preferentemente a los
ultrarreaccionarios, se han convertido en botín de democonstitucionalistas 12, mencheviques y eseristas. En el fondo,
no se pensaba en reformas serias, esforzándose por demorarlas “hasta la
Asamblea Constituyente”, y aplazando poco a poco la Asamblea Constituyente
¡hasta el final de la guerra!
¡Pero para repartirse el
botín, para ocupar los puestos de ministros, viceministros, gobernadores
generales, etc., etc., no se han dado largas ni se ha esperado a ninguna
Asamblea Constituyente! En el fondo, el juego de las combinaciones para formar
gobierno ha sido únicamente la expresión del reparto y redistribución del
“botín”, de arriba abajo, en todo el país, en toda la administración central y
local. El balance, un balance objetivo, del medio año comprendido entre el 27
de febrero y el 27 de agosto de 1917 es indiscutible: se han aplazado las
reformas, se han repartido los puestos burocráticos y se han corregido,
mediante algunos reajustes, los “errores” cometidos en el reparto.
Pero cuanto más frecuentes son estos “reajustes”
del aparato burocrático
entre los distintos partidos burgueses y pequeñoburgueses (entre los
democonstitucionalistas, eseristas y mencheviques, si nos atenemos al ejemplo
ruso),
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11 Como resultado de la segunda revolución
democrática burguesa en Rusia, el 27 de febrero (12 de marzo) de 1917 fue
derrocada la autocracia y se formó un Gobierno Provisional burgués. Lenin
caracterizó al Gobierno Provisional en sus trabajos Borrador de las tesis del 4 (17) de marzo de 1917, Cartas desde lejos y otros.
12
Democonstitucionalistas, demócratas-constitucionalistas: miembros
del Partido Demócrata Constitucionalista, partido principal de la burguesía
liberal monárquica de Rusia, fundado en octubre de 1905. Durante la primera
guerra mundial apoyaron activamente la política exterior anexionista del
gobierno zarista. En el período de la revolución democrática burguesa de
febrero trataron de salvar la monarquía. Los democonstitucionalistas, que
ocupaban una posición dirigente en el Gobierno Provisional burgués, aplicaron
una política antipopular y contrarrevolucionaria. Después de triunfar la Gran
Revolución Socialista de Octubre fueron enemigos inconciliables del Poder
soviético, participando en todos los levantamientos armados
contrarrevolucionarios y en las campañas de los intervencionistas.
El Estado y la Revolución. Cap. II. La experiencia de 1848 a
1851
tanto más evidente es para
las clases oprimidas y para el proletariado que las encabeza su oposición
inconciliable a toda la sociedad burguesa. De ahí la necesidad para todos los
partidos burgueses, incluyendo a los más democráticos y “democráticos revolucionarios”,
de intensificar la represión contra el proletariado revolucionario, de
fortalecer el aparato represivo, es decir, la misma máquina del Estado. Este
desarrollo de los acontecimientos obliga a la revolución a “concentrar todas las fuerzas de destrucción”
contra el poder estatal, la obliga a señalarse el objetivo no de perfeccionar
la máquina del Estado, sino de destruirla,
de aniquilarla.
No fue el razonamiento
lógico, sino el desarrollo efectivo de los acontecimientos, la experiencia viva
de los años de 1848 a 1851, lo que condujo a este planteamiento del problema.
Una prueba de la rigurosidad con que Marx se atiene a los hechos de la experiencia
histórica es que en 1852 no plantea aún el problema concreto de con qué sustituir la máquina del Estado
que ha de ser destruida. La experiencia no había proporcionado todavía
materiales para esta cuestión, que la historia puso a la orden del día más
tarde, en 1871. Obrando con la exactitud del investigador naturalista, en 1852
sólo podía registrarse una cosa: que la revolución proletaria se había acercado de lleno a la tarea de
“concentrar todas las fuerzas de destrucción” contra el poder estatal, a la
tarea de “romper” la máquina del Estado.
Puede preguntarse, a este
respecto: ¿Es justo generalizar la experiencia, las observaciones y las
conclusiones de Marx, trasplantándolas más allá de los límites de la historia
de Francia durante los tres años comprendidos entre 1848 y 1851? Para analizar
esta pregunta, comenzaremos por recordar una observación de Engels y pasaremos
luego a los hechos.
“...Francia —escribía Engels
en el prólogo a la tercera edición de El
Dieciocho Brumario— es el país en el que las luchas históricas de clases se
han llevado siempre a su término decisivo más que en ningún otro sitio y donde,
por tanto, las formas políticas sucesivas dentro de las que se han movido estas
luchas de clases, y en las que han encontrado su expresión los resultados de
las mismas, adquieren también los contornos más acusados. Centro del feudalismo
en la Edad Media y país modelo de la monarquía unitaria estamental desde el
Renacimiento, Francia pulverizó al feudalismo en la gran revolución e instauró
la dominación pura de la burguesía en una forma clásica como ningún otro país
de Europa. También la lucha del proletariado, cada vez más vigoroso, contra la
burguesía dominante reviste aquí una forma violenta, desconocida en otras
partes” (pág. 4, ed. de 1907).
13
La última observación ha
quedado anticuada, por cuanto a partir de 1871 se observa una interrupción en
la lucha revolucionaria del proletariado francés, el bien esta interrupción por
mucho que dure, no excluye en modo alguno la posibilidad de que, en la futura
revolución proletaria, Francia se revele como el país clásico de la lucha de
clases hasta su término decisivo.
Pero echemos un vistazo
general a la historia de los países adelantados a fines del siglo XIX y
comienzos del XX. Veremos que se desarrolla el mismo proceso, aunque de un modo
más lento, más variado, y en un campo de acción mucho más extensos de una parte,
la formación del “poder parlamentario” lo mismo en los países republicanos
(Francia, Norteamérica, Suiza) que en los monárquicos (Inglaterra, Alemania
hasta cierto punto, Italia, los países escandinavos, etc.); de otra parte la
lucha por el poder entre los distintos partidos burgueses y pequeñoburgueses,
que se reparten y redistribuyen el “botín” de los puestos burocráticos, dejando
intactas las bases del régimen burgués; y, por último, el perfeccionamiento y
la vigorización del “poder ejecutivo” de su máquina burocrática y militar.
Está fuera de toda duda que
ésos son los rasgos generales que caracterizan la evolución moderna de los
Estados capitalistas en general. En el transcurso de tres años, de 1848 a 1851,
Francia mostró en una forma rápida, tajante y concentrada los procesos de
desarrollo propios de todo el mundo capitalista.
El Estado y la Revolución. Cap. II. La experiencia de 1848 a
1851
Y, en particular, el
imperialismo, la época del capital bancario, la época de los gigantescos
monopolios capitalistas, la época de la transformación del capitalismo
monopolista en capitalismo monopolista de Estado, patentiza un fortalecimiento
extraordinario de la “máquina estatal”, un desarrollo inaudito de su aparato
burocrático y militar con motivo de haber aumentado las represalias contra el
proletariado, tanto en los países monárquicos como en los países republicanos
más libres.
Es indudable que, en la
actualidad, la historia del mundo conduce en proporciones incomparablemente más
amplias que en 1852 a “la concentración de todas las fuerzas” de la revolución
proletaria para “destruir” la máquina del Estado.
¿Con qué sustituirá el
proletariado esta máquina? La Comuna de París nos proporciona, a este respecto,
datos instructivos en extremo.
3. Como planteaba
Marx la cuestión en 1852*.
* Añadido a la segunda edición.
En 1907 Mehring publicó en
la revista Neue Zeit 13 (XXV, 2, pág. 164) fragmentos de una
carta de Marx a Weydemeyer, fechada el 5 de marzo de 1852. Esta carta contiene,
entre otros, el siguiente pasaje notable:
“Por lo que a mí se refiere,
no me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la
sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos
historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha
de clases, y algunos economistas burgueses, la anatomía económica de éstas. Lo
que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las
clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la
producción (historische Entwicklungsphasen
der Produktion). 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la
dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que
el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin
clases...”
Marx consiguió expresar en
estas palabras, de un modo asombrosamente claro, dos cosas: primero, la
diferencia principal y cardinal entre su doctrina y las doctrinas de los
pensadores avanzados y más profundos de la burguesía, y segundo, la esencia de
su teoría del Estado.
Lo fundamental en la
doctrina de Marx es la lucha de clases. Así se dice y se escribe con mucha
frecuencia. Pero no es exacto. De esta inexactitud dimana a cada paso una
adulteración oportunista del marxismo, su falseamiento en un sentido aceptable
para la burguesía. Porque la teoría de la lucha de clases no fue creada por Marx, sino por la burguesía antes de Marx, y es, en términos generales, aceptable para la burguesía. Quien reconoce solamente la lucha de clases no es aún marxista, puede resultar
que no ha rebasado todavía el marco
del pensamiento burgués y de la política burguesa. Circunscribir el marxismo a
la teoría de la lucha de clases significa limitarlo, tergiversarlo, reducirlo a
algo aceptable para la burguesía. Únicamente es marxista quien hace extensivo el reconocimiento de la
lucha de clases al reconocimiento de la
dictadura del proletariado. En ello estriba la más profunda diferencia
entre un marxista y un pequeño (o un gran) burgués adocenado. En esta piedra de
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13 Die
2eue Zeit
("Tiempos Nuevos"): revista teórica del Partido Socialdemócrata
Alemán; se publicó en Stuttgart desde 1883 hasta 1923. En Die 2eue Zeit vieron la luz por vez primera algunas obras de Marx y
Engels. Este último ayudó con sus consejos a la Redacción de la revista y la
criticó frecuentemente por sus desviaciones del marxismo.
A partir de la segunda mitad
de los años 90, después del fallecimiento de Engels, la revista insertó de modo
sistemático artículos de revisionistas, entre ellos la serie de Eduardo
Bernstein Problemas del socialismo,
que inició la cruzada de los revisionistas contra el marxismo. En los años de
la primera guerra mundial (1914-1918), la revista mantuvo una posición
centrista, apoyando de hecho a los socialchovinistas
El Estado y la Revolución. Cap. II. La experiencia de 1848 a
1851
toque es en la que debe
contrastarse la comprensión y el reconocimiento verdaderos del marxismo. Y nada tiene de extraño que cuando la
historia de Europa ha colocado prácticamente
a la clase obrera ante tal problema, no sólo todos los oportunistas y reformistas, sino también todos los
“kautskianos” (que vacilan entre el reformismo y el marxismo) hayan resultado
ser miserables filisteos y demócratas pequeñoburgueses, que niegan la dictadura
del proletariado. El folleto de Kautsky La
dictadura del proletariado, publicado en agosto de 1918, es decir, mucho
después de haber aparecido la primera edición del presente libro, es un modelo
de adulteración filistea del marxismo y de ignominiosa abjuración del mismo de hecho, aunque se le reconozca
hipócritamente de palabra (véase mi
folleto La revolución proletaria y el
renegado Kautsky, Petrogrado y Moscú, 1918*)
* Véase la presente edición, tomo IX. (N. de la Edit.)
14
El oportunismo de nuestros días, personificado por su portavoz
principal, el ex marxista C. Kautsky cae de lleno dentro de la definición de la
actitud burguesa hecha por Marx, y
que hemos citado, pues este oportunismo circunscribe el reconocimiento de la
lucha de clases al terreno de las relaciones burguesas. (¡Y dentro de este
terreno, dentro de sus límites, ningún liberal culto se negaría a reconocer,
“en principio” la lucha de clases!) El oportunismo no hace llegar el reconocimiento de la lucha de clases precisamente a
lo más principal: al período de
transición del capitalismo al comunismo, al período de derrocamiento de la burguesía y de completa destrucción de
ésta. En realidad, es un período ineluctable de lucha de clases, en el cual
esta última adquiere un encarnizamiento y unas formas violentas sin precedente.
En consecuencia, el Estado de este periodo debe ser inevitablemente un Estado
democrático de manera nueva (para los
proletarios y los desposeídos en general) y dictatorial de manera nueva (contra la burguesía).
Además, la esencia de la
teoría de Marx acerca del Estado sólo la asimila quien haya comprendido que la
dictadura de una clase es necesaria
no sólo en general, para toda sociedad dividida en clases, no sólo para el proletariado después de derrocar a la
burguesía, sino también para todo el
período histórico que separa el capitalismo de la “sociedad sin clases”,
del comunismo. Las formas de los Estados burgueses son extraordinariamente
diversas, pero su esencia es la misma; todos esos Estados son, de una manera o
de otra, pero, en última instancia, necesariamente, una dictadura de la burguesía. Como es natural, la transición del
capitalismo al comunismo no puede por menos de proporcionar una ingente
abundancia y diversidad de formas políticas; mas la esencia de todas ellas
será, necesariamente, una: la dictadura
del proletariado14.
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14 La tesis referente a la diversidad de
formas de la dictadura del proletariado fue formulada por Lenin ya en 1916, en
el artículo Sobre la caricatura del
marxismo y el "economismo imperialista", en el que se rebatían
las concepciones oportunistas de Piatakov. Este artículo vio la luz sólo en
1924, años después de la Revolución Socialista de Octubre. Al analizar el
desarrollo histórico en las condiciones propias del imperialismo, Lenin decía: "Todas
las naciones llegarán al socialismo, eso es inevitable, pero no llegarán de la
misma manera; cada una de ellas aportará sus elementos peculiares a una u otra
forma de la democracia, a una u otra variante de la dictadura del proletariado,
en uno u otro ritmo de las transformaciones socialistas de los diversos
aspectos de la vida social. No hay nada más mezquino en el aspecto teórico ni
más ridículo en el aspecto práctico que, "en nombre del materialismo
histórico", imaginarse el futuro en este
terreno pintado de un uniforme color grisáceo: eso no sería más que un
pintarrajo de Súzdal".
Lenin subrayó más tarde que
la diversidad de formas de la dictadura del proletariado dimana de las
distintas formas en que el poder pasa a manos de la clase obrera, así como de
la especificidad de las condiciones socioeconómicas y políticas en los diferentes
países. Por ejemplo, en el artículo La
economía y la política en la época de la dictadura del proletariado,
escrito en 1919, Lenin definió el Poder soviético como una forma estatal de la dictadura del proletariado que
reflejaba las peculiaridades del desarrollo histórico de Rusia, y reveló los
rasgos generales y específicos del Estado proletario soviético.
El movimiento liberador
internacional después de la Revolución Socialista de Octubre —y, sobre todo,
después de la segunda guerra mundial— adelantó una forma nueva, diferente del
Poder soviético, de dictadura del proletariado: la democracia popular, que se
afianzó en un conjunto de países de Europa Central y Sudoriental y de Asia. El
surgimiento de la democracia popular fue posible gracias a las nuevas
condiciones históricas, que
ampliaron la base social de
la revolución, reflejaron los cambios clasistas en el mundo capitalista
contemporáneo y acercaron entre sí las tareas democráticas generales y
socialistas de la revolución. Lenin dijo en 1923, en el artículo 2uestra revolución: "Las
revoluciones ulteriores en los países de Oriente, con una población
incomparablemente más numerosa y que se diferencian muchísimo más por la
diversidad de las condiciones sociales, les brindarán, sin duda, más
peculiaridades que la revolución rusa". La historia confirma plenamente
esta genial previsión de Lenin.
El Estado y la Revolución. Cap. III. La experiencia de la Comuna
de París de 1871. El análisis de Marx
Capítulo
III. El estado y la revolución. La experiencia de la comuna de París de 1871.
El análisis de Marx.
1. ¿En qué consiste
el heroísmo de la tentativa de los comuneros?
Es sabido que algunos meses
antes de la Comuna, en el otoño de 1870, Marx puso en guardia a los obreros de
París, demostrando que la tentativa de derribar el gobierno sería un disparate
dictado por la desesperación15.
Pero cuando en marzo de 1871 se impuso
a los obreros el combate y ellos lo aceptaron, cuando la insurrección fue un
hecho, Marx aplaudió la revolución proletaria con el mayor entusiasmo, pese a
los malos augurios. Marx no se aferró a la condena pedantesca de un movimiento
“extemporáneo”, como el tristemente célebre Plejánov, renegado ruso del
marxismo, que en noviembre de 1905 escribió alentando a la lucha a los obreros
y los campesinos y después de diciembre de 1905 rompió a gritar como un liberal
cualquiera: “¡No se debía haber empuñado las armas!”16
Marx, sin embargo, no se
limitó a entusiasmarse ante el heroísmo de los comuneros, que, según sus
palabras, “asaltaban el cielo”17.
Marx veía en aquel movimiento revolucionario de masas, aunque no llegó a
alcanzar sus objetivos, una experiencia histórica de grandiosa importancia, un
cierto paso adelante de la revolución proletaria mundial, un paso práctico más
importante que cientos de programas y de razonamientos. Analizar esta
experiencia, sacar de ella enseñanzas tácticas, revisar a la luz de ella su propia
teoría: así concebía Marx su misión.
La única “corrección” que
Marx consideró necesario introducir en el Manifiesto
Comunista se la sugirió la experiencia revolucionaria de los comuneros de
París.
El último prefacio a la
nueva edición alemana del Manifiesto
Comunista, firmado por sus dos autores, está fechado el 24 de junio de
1872. En este prefacio, los autores, Carlos Marx y Federico Engels, dicen que
el programa del Manifiesto Comunista
“ha envejecido en algunos de sus puntos”.
“...La Comuna ha demostrado,
sobre todo – continúan— , que “la clase obrera no puede limitarse simplemente a
tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para
sus propios fines”...”
Las palabras puestas entre
comillas dentro de esta cita fueron tomadas por sus autores de la obra de Marx La guerra civil en Francia.
Así pues, Marx y Engels
atribuían una importancia tan gigantesca a esta enseñanza principal y
fundamental de la Comuna de París que la introdujeron, como corrección
esencial, en el Manifiesto Comunista.
Es elocuente en extremo que
precisamente esta corrección esencial haya sido tergiversada por los
oportunistas y que su sentido sea desconocido, quizá, para las nueve décimas
partes, si no para el noventa y nueve por ciento, de los lectores del Manifiesto Comunista. De esta
tergiversación trataremos en detalle más adelante, en un capítulo especial
consagrado a las
![]()
15 Se alude al Segundo Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional
de los Trabajadores sobre la guerra franco-prusiana. A todos los miembros de la
Asociación Internacional de los Trabajadores en Europa y los Estados Unidos,
escrito por Marx en Londres entre el 6 y el 9 de septiembre de 1870.
16 Lenin se refiere a las manifestaciones hechas por Jorge Plejánov
en los artículos 2uestra situación y Una vez más acerca de nuestra situación
(Carta al camarada X), publicados en
noviembre y diciembre de 1905, en los números 3 y 4 de Dnievnik Sotsial—
Demokrata ("El Diario del Socialdemócrata").
17 Véase la carta de C. Marx a L. Kugelmann del 12 de abril de 1871
El Estado y la Revolución. Cap. III. La experiencia de la Comuna
de París de 1871. El análisis de Marx
tergiversaciones. De momento
será suficiente señalar que la manera habitual, vulgar, de “entender’ las
notables palabras de Marx citadas por nosotros consiste en suponer que Marx
subraya aquí la idea del desarrollo lento, en oposición a la toma del poder y
otras cosas por el estilo.
En realidad ocurre precisamente lo contrario. La idea de
Marx consiste en que la clase obrera debe destruir,
romper “la máquina del Estado tal y
como está” y no limitarse simplemente a apoderarse de ella.
15
El 12 de abril de 1871, es decir, en plena época de la Comuna,
Marx escribió a Kugelmann:
“...Si te fijas en el último
capítulo de mi Dieciocho Brumario,
verás que expongo como próxima tentativa de la revolución francesa, no hacer
pasar de unas manos a otras la máquina burocrática y militar, como venía
sucediendo hasta ahora, sino “romperla”
(subrayado por Marx; en el original: zerbrechen),
“y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución popular
en el continente. En esto consiste precisamente la tentativa de nuestros
heroicos camaradas de París” (pág. 709 de la revista Neue Zeit, t. XX, 1, año 1901-1902). (Las cartas de Marx a
Kugelmann se han publicado en ruso en dos ediciones, por lo menos; una de
ellas, redactada por mí y con un prólogo mío).
Estas palabras —“romper la
máquina burocrática y militar del Estado”— contienen, expresada de una manera
sucinta, la enseñanza fundamental del marxismo acerca de las tareas del
proletariado durante la revolución en lo que respecta al Estado. ¡Y es precisamente
esta enseñanza la que no sólo se ha dado al olvido por completo, sino que ha
sido adulterada patentemente por la “interpretación” imperante, kautskiana, del
marxismo!
En cuanto a la alusión de
Marx a El Dieciocho Brumario, hemos
citado más arriba en su integridad el pasaje correspondiente.
Interesa destacar, en
particular, dos puntos del razonamiento de Marx. En primer lugar, Marx limita
su conclusión al continente. Esto era lógico en 1871, cuando Inglaterra seguía
siendo aún un modelo de país netamente capitalista, pero sin casta militar y,
en grado considerable, sin burocracia. Por eso, Marx excluía a Inglaterra,
donde entonces se consideraba posible — y lo era— una revolución, incluso una
revolución popular, sin la condición previa de destruir “la máquina del Estado
tal y como está”.
Hoy, en 1917, en la época de
la primera gran guerra imperialista, esta limitación hecha por Marx desaparece.
Inglaterra y Norteamérica, los más grandes y últimos representantes —en el
mundo entero— de la “libertad” anglosajona en el sentido de ausencia de
militarismo y burocratismo, han caído por completo en el cenagal inmundo y
sangriento, común a toda Europa, de las instituciones burocráticas y militares,
que todo lo someten y lo aplastan. Hoy, también en Inglaterra y en Norteamérica
es “condición previa de toda verdadera revolución popular” destruir, romper “la
máquina del Estado tal y como está” (que allí ha alcanzado, de 1914 a 1917, la
perfección “europea”, la perfección común al imperialismo).
En segundo lugar, merece
singular atención la profundísima observación de Marx de que la demolición de
la máquina burocrática y militar del Estado es “condición previa de toda
verdadera revolución popular”. Este
concepto de revolución “popular” parece extraño en boca de Marx, y los
plejanovistas y mencheviques rusos, discípulos de Struve que quieren hacerse
pasar por marxistas, podrían tal vez calificar de “lapsus” tal expresión de
Marx. Han adulterado el marxismo en un espíritu tan miserablemente liberal que
para ellos sólo existe la oposición entre revolución burguesa y revolución
proletaria, e incluso esta oposición la conciben de un modo escolástico a más
no poder.
Si tomamos como ejemplos las
revoluciones del siglo XX, tendremos que considerar burguesas, lógicamente, las
revoluciones portuguesa y turca. Pero ni una ni otra son revoluciones
“populares”, pues la masa del pueblo, su inmensa mayoría, no actúa ni en una
El Estado y la Revolución. Cap. III. La experiencia de la Comuna
de París de 1871. El análisis de Marx
ni en otra de manera
perceptible y activa, por propia iniciativa, con sus propias reivindicaciones
económicas y políticas. En cambio, la revolución burguesa de 1905 a 1907 en
Rusia, aunque no registrase éxitos tan “brillantes” como los que lograron en ciertos
momentos las revoluciones portuguesa y turca, fue, sin duda, una revolución
“verdaderamente popular”. Porque la masa del pueblo, su mayoría, los sectores
“más bajos” de la sociedad, aplastados por el yugo y la explotación, se
levantaron por propia iniciativa, marcaron todo el curso de la revolución con
el sello de sus reivindicaciones, de sus intentos de construir a su modo una
sociedad nueva en lugar de la sociedad vieja que querían destruir.
En la Europa de 1871, el
proletariado no formaba la mayoría del pueblo en ningún país del continente.
La revolución podía ser
“popular”, es decir, arrastrar de verdad al movimiento a la mayoría, sólo en el
caso de que abarcara tanto al proletariado como a los campesinos. Ambas clases
formaban entonces el “pueblo”. Ambas clases están unidas por el hecho de que
“la máquina burocrática y militar del Estado” las oprime, esclaviza y explota. Destruir esta máquina, romperla: en eso radica el verdadero
interés del “pueblo”, de su mayoría, de los obreros y de la mayoría de los campesinos; tal es la “condición previa” para
una alianza libre de los campesinos pobres con los proletarios. Y sin esa
alianza, la democracia será precaria, y la transformación socialista,
imposible.
Como se sabe, hacia esa
alianza se abría camino la Comuna de París, que no alcanzó su objetivo por
diversas causas de carácter interno y externo.
Por consiguiente al hablar
de “verdadera revolución popular”, Marx, sin olvidar en absoluto las
peculiaridades de la pequeña burguesía (de las cuales habló mucho y a menudo),
tenía en cuenta con el mayor rigor la correlación efectiva de clases en la mayoría
de los Estados continentales de Europa en 1871. Y, por otra parte, hacía
constar que la “destrucción” de la máquina estatal corresponde a los intereses
de los obreros y campesinos, los une y les señala la tarea común de suprimir al
“parásito” y sustituirlo con algo nuevo.
¿Con qué, concretamente?
16
2. ¿Con que sustituir
la maquina del estado una vez destruida?
En 1847, en el Manifiesto Comunista , Marx daba a esta
pregunta una respuesta todavía completamente abstracta, o, para ser más
exactos, una respuesta que señalaba las tareas, pero no los medios de
cumplirlas. Sustituir la máquina del Estado, una vez destruida, con “la
organización del proletariado, como clase dominante”, “con la conquista de la
democracia”: tal era la respuesta del Manifiesto
Comunista.
Sin caer en utopías, Marx
esperaba que la experiencia del
movimiento de masas daría respuesta a la pregunta de qué formas concretas
tendría la organización del proletariado como clase dominante y de qué modo
esta organización sería compatible con “la conquista de la democracia” más
completa y consecuente.
En La guerra civil en Francia, Marx analiza con la mayor atención la
experiencia de la Comuna, por breve que fuera dicha experiencia. Citemos los
pasajes más importantes de esta obra:
En el siglo XIX se
desarrolló, procedente de la Edad Media, “el poder estatal centralizado, con
sus órganos omnipresentes: el ejército permanente, la policía, la burocracia,
el clero y la magistratura”. Al desarrollarse el antagonismo de clase entre el
capital y el trabajo, “el poder del Estado fue adquiriendo cada vez más el
carácter de poder nacional del capital sobre el trabajo, de fuerza pública
organizada para la esclavización social, de máquina del despotismo de clase.
Después de cada revolución, que marca un paso adelante en la lucha de clases,
se
El Estado y la Revolución. Cap. III. La experiencia de la Comuna
de París de 1871. El análisis de Marx
acusa con rasgos cada vez
más destacados el carácter puramente represivo del poder del Estado”. Después
de la revol ución de 1848-1849, el poder del Estado se convierte en una
“máquina nacional de guerra del capital contra el trabajo”. El Segundo Imperio
lo consolida.
“La antítesis directa del
Imperio era la Comuna”. “Era la forma definida” “de una república que no
acabase sólo con la forma monárquica de la dominación de clase, sino con la
propia dominación de clase...”
¿En qué consistió,
concretamente, esta forma “definida” de la república proletaria, socialista?
¿Qué Estado comenzó a crear?
“El primer decreto de la
Comuna fue... la supresión del ejército permanente para sustituirlo por el
pueblo armado...”
Esta reivindicación figura
hoy en los programas de todos los partidos que desean llamarse socialistas.
Pero el valor de sus programas nos lo prueba, mejor que nada, la conducta de
nuestros eseristas y mencheviques, quienes precisamente después de la revolución
del 27 de febrero ¡han renunciado, de hecho, a llevar a la práctica esta
reivindicación!
“La Comuna estaba formada
por los consejeros municipales, elegidos por sufragio universal en los diversos
distritos de la ciudad. Eran responsables y revocables en todo momento. La
mayoría de sus miembros eran, naturalmente, obreros o representantes reconocidos
de la clase obrera...
“...En vez de continuar
siendo un instrumento del gobierno central, la policía fue despojada
inmediatamente de sus atributos políticos y convertida en instrumento de la
Comuna, responsable ante ella y revocable en todo momento. Lo mismo se hizo con
los funcionarios de las demás ramas de la administración. Desde los miembros de
la Comuna para abajo, todos los que desempeñaban cargos públicos debían
desempeñarlos por el salario de un obrero.
Los intereses creados y los gastos de representación de los altos dignatarios
del Estado desaparecieron con los altos dignatarios mismos... Una vez
suprimidos el ejército permanente y la policía, que eran los elementos del
poder material del antiguo gobierno, la Comuna tomó medidas inmediatamente para
destruir la fuerza espiritual de represión, el poder de los curas... Los
funcionarios judiciales perdieron su fingida independencia... En el futuro
habían de ser funcionarios electivos, responsables y revocables...”
Por tanto, al destruir la
máquina del Estado, la Comuna la sustituye aparentemente “sólo” con una
democracia más completa: supresión del ejército permanente y elegibilidad y
amovilidad plenas de todos los funcionarios. Pero, en realidad, este “sólo”
representa una sustitución gigantesca de unas instituciones con otras de tipo
distinto por principio. Nos hallamos precisamente ante un caso de
“transformación de la cantidad en calidad”: la democracia, hecha realidad del
modo más completo y consecuente que pueda imaginarse, se convierte de
democracia burguesa en democracia proletaria, de un Estado (fuerza especial de
represión de una determinada clase) en algo que ya no es un Estado propiamente
dicho.
Es necesario aún reprimir a
la burguesía y vencer su resistencia. Esto era especialmente necesario para la
Comuna, y una de las causas de su derrota radica en que no lo hizo con
suficiente decisión. Pero, en este caso, el órgano represivo es ya la mayoría
de la población y no una minoría, como había sido siempre, lo mismo bajo la
esclavitud y la servidumbre que bajo la esclavitud asalariada. ¡Y por cuanto la
mayoría del pueblo es la que reprime por
sí misma a sus opresores, no es ya
necesaria una “fuerza especial” de represión! En este sentido, el Estado comienza a extinguirse. En vez de las
instituciones especiales de una minoría privilegiada (la burocracia
privilegiada, los jefes del ejército permanente), esta función puede
desempeñarla directamente la propia mayoría. Y cuanto más intervenga todo el
pueblo en la ejecución de las funciones propias del poder del Estado, tanto
menos necesario será este poder.
17
El Estado y la Revolución. Cap. III. La experiencia de la Comuna
de París de 1871. El análisis de Marx
Es singularmente notable, a
este respecto, una medida de la Comuna subrayada por Marx: la supresión de
todos los gastos de representación, de todos los privilegios pecuniarios de los
funcionarios, la reducción de los sueldos de todos los funcionarios públicos al nivel del “salario de un obrero”. Aquí precisamente se expresa con la mayor
evidencia el viraje de la democracia
burguesa a la democracia proletaria, de la democracia de los opresores a la
democracia de las clases oprimidas, del Estado como “ fuerza especial” de represión de una clase determinada a la
represión de los opresores por la fuerza
conjunta de la mayoría del pueblo, de los obreros y los campesinos. ¡Y es
justamente en este punto tan evidente —quizá el más importante en lo que
respecta al problema del Estado— en el que más se dan al olvido las enseñanzas
de Marx! En los comentarios de divulgación —cuya cantidad es innumerable— no se
habla de esto. “Es usual” silenciarlo, como si se tratase de una “ingenuidad”
pasada de moda; algo así como cuando los cristianos, después de convertirse el
cristianismo en religión oficial, “dieron al olvido” las “ingenuidades” del
cristianismo primitivo y su espíritu democrático revolucionario.
La reducción de los sueldos
de los altos funcionarios públicos parece “simplemente” la reivindicación de
una democracia ingenua, primitiva. Uno de los “fundadores” del oportunismo
contemporáneo, el exsocialdemócrata E. Bernstein, se ha dedicado más de una vez
a repetir las triviales burlas burguesas acerca de la democracia “primitiva”.
Como todos los oportunistas, como los katitskianos actuales, no ha comprendido
en absoluto, primero, que el paso del capitalismo al socialismo es imposible sin cierto “retorno” a la
democracia “primitiva” (porque ¿cómo, si no, pasar al desempeño de las
funciones del Estado por la mayoría de la población, por toda ella?), y,
segundo, que esta “democracia primitiva”, basada en el capitalismo y en la
cultura capitalista, no es la democracia primitiva de los tiempos prehistóricos
o de la época precapitalista. La cultura capitalista ha creado la gran producción, las fábricas, los ferrocarriles, el
correo, el teléfono, etc., y, sobre esta
base, la inmensa mayoría de las funciones del antiguo “poder estatal” se
han simplificado tanto y pueden reducirse a operaciones tan sencillas de
registro, contabilidad y control que son totalmente asequibles a cuantos saben
leer y escribir, pueden ejecutarse por el corriente “salario de un obrero”,
pueden (y deben) ser despojadas de toda sombra de algo privilegiado y
“jerárquico”.
La completa elegibilidad y
amovilidad de todos los funcionarios en
cualquier momento y la reducción de su sueldo al nivel del corriente
“salario de un obrero”, estas medidas democráticas, sencillas y “comprensibles
por sí mismas”, unen por completo los intereses de los obreros y de la mayoría
de los campesinos y, al mismo tiempo, sirven de puente que conduce del
capitalismo al socialismo. Estas medidas atañen a la reorganización estatal,
puramente política, de la sociedad; pero es evidente que adquieren su pleno
sentido e importancia sólo en conexión con “la expropiación de los
expropiadores”, ya en realización o en preparación, es decir, con la
transformación de la propiedad privada capitalista de los medios en producción
en propiedad social.
“La Comuna —escribió Marx—
convirtió en una realidad el tópico de todas las revoluciones burguesas, “un
gobierno barato”, al destruir las dos grandes fuentes de gastos: el ejército
permanente y la burocracia del Estado”.
Entre los campesinos, lo
mismo que en los demás sectores de la pequeña burguesía, sólo una minoría
insignificante “se eleva”, “se abre camino” en el sentido burgués, es decir, se
convierte en gente acomodada, en burgueses o en funcionarios con una situación
estable y privilegiada. La mayoría abrumadora de los campesinos de todos los
países capitalistas en que existe una masa campesina (y estos países
capitalistas forman la mayoría) se halla oprimida por el gobierno y ansía
derrocarlo, ansía un gobierno “barato”. Eso puede realizarlo únicamente el proletariado y, al
realizarlo, da un paso hacia la transformación socialista del Estado.
El Estado y la Revolución. Cap. III. La experiencia de la Comuna
de París de 1871. El análisis de Marx
3. La abolición del
parlamentarismo.
“La Comuna —escribió Marx—
no había de ser un organismo parlamentario, sino una corporación de trabajo,
ejecutiva y legislativa al mismo tiempo...
“...En vez de decidir una
vez cada tres o seis años qué miembros de la clase dominante han de representar
y aplastar (ver— und zertreten) al
pueblo en el Parlamento, el sufragio universal habría de servir al pueblo,
organizado en comunas, de la misma manera que el sufragio individual sirve a
los patronos que buscan obreros, inspectores y administradores para sus
negocios”.
Esta excelente crítica del
parlamentarismo, hecha en 1871, figura también hoy, gracias al predominio del
social chovinismo y del oportunismo, entre las “palabras olvidadas” del
marxismo. Los ministros y parlamentarios profesionales, los traidores al proletariado
y los socialistas “mercantilistas” de nuestros días han cedido por entero a los
anarquistas la crítica del parlamentarismo, y sobre esta base asombrosamente
sensata han declarado que toda
crítica del parlamentarismo es ¡¡anarquismo!! No tiene nada de extraño que el
proletariado de los países parlamentarios “adelantados”, asqueado de
“socialistas” como los Scheidemann, los David, los Legien, los Sembat, los
Renaudel, los Henderson, los Vandervelde, los Stauning, los Branting, los
Bissolati y Cía., haya simpatizado cada día más con el anarcosindicalismo, pese
a que éste es hermano carnal del oportunismo.
18
Pero la dialéctica
revolucionaria jamás fue para Marx esa huera frase de moda, esa bagatela en que
la han convertido Plejánov, Kautsky y otros. Marx sabía romper implacablemente
con el anarquismo por la incapacidad de este último para aprovechar incluso el
“establo” del parlamentarismo burgués, sobre todo cuando es evidente que no
existe una situación revolucionaria; mas, al mismo tiempo, sabía también hacer
una crítica auténticamente revolucionaria, proletaria, del parlamentarismo.
Decidir una vez cada cierto
número de años qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al
pueblo en el Parlamento: ésa es la verdadera esencia del parlamentarismo
burgués, tanto en las monarquías constitucionales parlamentarias como en las
repúblicas más democráticas.
Ahora bien, si planteamos la
cuestión del Estado, si enfocamos el parlamentarismo —como institución del
Estado— desde el punto de vista de las tareas del proletariado en este terreno,
¿cómo salir, entonces, del parlamentarismo?, ¿cómo es posible prescindir de él?
Hay que decirlo una y otra vez: las enseñanzas de Marx basadas
en la experiencia de la
Comuna están tan olvidadas
que para el “socialdemócrata” moderno (léase: para el actual traidor al
socialismo) es realmente incomprensible otra crítica del parlamentarismo que no
sea la anarquista o la reaccionaria.
La salida del
parlamentarismo no está, como es natural, en abolir las instituciones
representativas y la elegibilidad, sino en transformar dichas instituciones de
jaulas de cotorras en corporaciones “de trabajo”. “La Comuna no había de ser un
organismo parlamentario, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y
legislativa al mismo tiempo”.
“No un organismo
parlamentario, sino una corporación de trabajo”: ¡estas palabras son como
pedrada en ojo de boticario si tenemos en cuenta a los parlamentarios modernos
y a los “perrillos falderos” parlamentarios de la socialdemocracia! Echen una
mirada a cualquier país parlamentario, desde Norteamérica hasta Suiza, desde
Francia hasta Inglaterra, Noruega, etc.: la verdadera labor “estatal” se hace
entre bastidores y la realizan los ministerios, las oficinas, los Estados
Mayores. En los parlamentos no se hace más que charlatanear con el fin especial
de embaucar al “vulgo”. Eso es tan cierto que hasta en la república rusa, una
El Estado y la Revolución. Cap. III. La experiencia de la Comuna
de París de 1871. El análisis de Marx
república democrática
burguesa, antes de que ésta haya podido crear un verdadero Parlamento, han
aparecido en seguida todas estas lacras del parlamentarismo. Héroes del
filisteísmo podrido como los Skóbeliev y los Tsereteli, los Chernov y los
Avxéntiev han conseguido envilecer incluso los Soviets, según el patrón del más
abominable parlamentarismo burgués, convirtiéndolos en lugares de charla huera.
En los Soviets, los señores ministros “socialistas” engañan a los ingenuos
campesinos con frases y resoluciones. En el gobierno se baila un rigodón
continuo, de una parte, para “cebar” por turno, con canonjías bien retribuidas
y honrosas, al mayor número posible de eseristas y mencheviques y, de otra,
para “distraer la atención” del pueblo. ¡Mientras tanto, en las oficinas y en
los Estados Mayores “se efectúa” la labor “estatal”!
Dielo Naroda18, órgano del partido gobernante, los
“socialistas-revolucionarios”, reconocía hace poco en un editorial —con la
sinceridad inigualable de la “buena sociedad”, en la que “todos” ejercen la
prostitución política— que hasta en los ministerios regentados por
“socialistas” (¡perdonen la expresión!), que incluso en esos ministerios ¡todo
el aparato burocrático sigue siendo, de hecho, el viejo, funciona a la antigua
y sabotea con absoluta “libertad” las iniciativas revolucionarias! Y aunque no
tuviésemos esta confesión, ¿acaso no lo demuestra la historia de la
colaboración de los eseristas y los mencheviques en el gobierno? Lo único
peculiar en este terreno es que los señores Chernov, Rusánov, Zenzínov y demás
redactores de Dielo Naroda, en
comunidad ministerial con los democonstitucionalistas, han perdido el pudor
hasta tal punto que no se avergüenzan de decir en público sin ruborizarse, como
si se tratase de una pequeñez, ¡¡que en “sus” ministerios todo está igual que
antes!! Frases democráticas y revolucionarias para embaucar a los campesinos
ingenuos, y papeleo oficinesco burocrático para “contentar” a los capitalistas:
tal es la esencia de la “honrada”
coalición.
La Comuna sustituye el
parlamentarismo venal y podrido de la sociedad burguesa con instituciones en
las que la libertad de opinión y de discusión no degenera en engaño, pues los
parlamentarios deben trabajar ellos mismos, deben aplicar ellos mismos sus leyes,
de comprobar ellos mismos los resultados, deben responder personalmente ante
sus electores. Las instituciones representativas siguen existiendo pero el
parlamentarismo desaparece como
sistema especial, como división del trabajo legislativo y ejecutivo, como
situación privilegiada de los diputados. Sin instituciones representativas no
podemos concebir la democracia, ni siquiera la democracia proletaria; sin
parlamentarismo, podemos y debemos
concebirla, si la crítica de la sociedad burguesa no es para nosotros una frase
huera, si nuestra aspiración a derrocar el dominio de la burguesía es seria y
sincera, y no una frase “electoral” para cazar votos de los obreros, como lo es
en labios de los mencheviques y eseristas, de los Scheidemann y los Legien, los
Sembat y los Vandervelde.
19
Es instructivo en extremo
que, al hablar de las funciones de la
burocracia que necesitan la Comuna y la democracia proletaria, Marx tome
como punto de comparación a los empleados de los “patronos”, es decir, una
empresa capitalista corriente, con “obreros, inspectores y administradores”.
En Marx no hay ni rastro de
utopismo, pues no inventa ni saca de su fantasía una “nueva” sociedad.
No, Marx estudia, en calidad
de proceso histórico natural, cómo nace
la nueva sociedad de la vieja,
estudia las formas de transición de la segunda a la primera. Toma la
experiencia real del movimiento proletario de masas y se esfuerza por sacar de
ella enseñanzas prácticas.
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18 Dielo
Naroda ("La
Causa del Pueblo"): diario, órgano del partido eserista; se editó en
Petrogrado desde marzo de 1917 hasta julio de 1918, cambiando de título varias
veces. Sustentó una posición defensista y conciliadora y apoyó al Gobierno
Provisional burgués. Reanudó su publicación en octubre de 1918 en Samara
(cuatro números) y en marzo de 1919 en Moscú (diez números), siendo suspendido
por su labor contrarrevolucionaria.
El Estado y la Revolución. Cap. III. La experiencia de la Comuna
de París de 1871. El análisis de Marx
“Aprende” de la Comuna, de
la misma manera que todos los grandes pensadores revolucionarios no temieron
aprender de la experiencia de los grandes movimientos de la clase oprimida ni
les echaron jamás “sermones” pedantescos (por el estilo del “No se debía haber
empuñado las armas”, de Plejánov, o del “Una clase debe saber moderarse”, de
Tsereteli).
No cabe hablar de abolir la
burocracia de golpe, en todas partes y hasta el fin. Eso es una utopía. Pero destruir en el acto la vieja máquina
burocrática y empezar sin demora a construir otra, nueva, que permita reducir
gradualmente a la nada toda burocracia, no
es una utopía; es la experiencia de la Comuna, es la tarea directa,
inmediata, del proletariado revolucionario.
El capitalismo simplifica
las funciones de la administración “del Estado”, permite desterrar el “mando
jerárquico” y reducirlo todo a una organización de los proletarios (como clase
dominante), que toma a su servicio, en nombre de toda la sociedad, a “obreros,
inspectores y administradores”.
No somos utopistas. No
“soñamos” en cómo podrá prescindirse en
el acto de todo gobierno, de toda subordinación; estos sueños anarquistas,
basados en la incomprensión de las tareas de la dictadura del proletariado, son
ajenos por completo al marxismo y, de hecho, sólo sirven para demorar la
revolución socialista hasta el momento en que los hombres sean distintos. No,
nosotros queremos la revolución socialista con hombres como los de hoy, con
hombres que no puedan prescindir de la subordinación y el control, de los
“inspectores y administradores”.
Pero a quien hay que
subordinarse es a la vanguardia armada de todos los explotados y trabajadores:
al proletariado. Se puede y se debe comenzar inmediatamente, de hoy a mañana, a
sustituir el “mando jerárquico” específico de los funcionarios públicos con las
simples funciones de “inspectores y administradores”, funciones que ya hoy son
accesibles por completo al nivel de desarrollo de los habitantes de las
ciudades y que pueden ser desempeñadas perfectamente por “el salario de un
obrero”.
Organicemos la gran
producción nosotros mismos, los
obreros, partiendo de lo que ha sido creado ya por el capitalismo, basándonos
en nuestra propia experiencia de trabajo, estableciendo una disciplina
rigurosísima, férrea, apoyada por el poder estatal de los obreros armados;
reduzcamos a los funcionarios públicos al papel de simples ejecutores de
nuestros encargos, al papel de “inspectores y administradores” responsables,
amovibles y modestamente retribuidos (en unión como es natural, de los técnicos
de todos los géneros, tipos y grados): ésa es nuestra tarea proletaria, por ahí se puede y se debe empezar cuando se lleve a cabo la
revolución proletaria. Este comienzo, sobre la base de la gran producción,
conduce por sí mismo a la “extinción” gradual de toda burocracia, a la creación
gradual de un orden — orden sin comillas, orden que no se parecerá en nada a la
esclavitud asalariada—
,
en
el que las funciones de inspección y contabilidad, cada vez más simplificadas,
las desempeñarán todos por turno, se convertirán luego en una costumbre y, por
último, desaparecerán como funciones especiales de un sector especial de la
sociedad.
Un ingenioso socialdemócrata
alemán de los años 70 del siglo pasado dijo que el correo era un modelo de economía socialista. Muy justo. El correo
es hoy una empresa organizada al estilo de un monopolio capitalista de Estado.
El imperialismo transforma poco a poco todos los trusts en organizaciones de
este tipo. En ellos vemos a la misma burocracia burguesa entronizada sobre los
“simples” trabajadores, agobiados por el trabajo y hambrientos. Pero el
mecanismo de la administración social está ya preparado. Derroquemos a los
capitalistas, destruyamos, con la mano férrea de los obreros armados, la
resistencia de estos explotadores, rompamos la máquina burocrática del Estado
moderno, y tendremos ante nosotros un mecanismo de alta perfección técnica y
libre del “parásito”, que pueden
El Estado y la Revolución. Cap. III. La experiencia de la Comuna
de París de 1871. El análisis de Marx
plenamente poner en marcha
los mismos obreros unidos, contratando a técnicos, inspectores y
administradores y retribuyendo el trabajo de todos ellos como el de todos los funcionarios “del Estado” en
general: con el salario de un obrero. He ahí una tarea concreta, una tarea
práctica, realizable ahora mismo con respecto a todos los trusts, que libera a
los trabajadores de la explotación y tiene en cuenta la experiencia iniciada ya
prácticamente (sobre todo en el terreno de la organización del Estado) por la Comuna.
20
Organizar toda la economía nacional como lo está
el correo, para que los técnicos, los inspectores, los administradores y todos los funcionarios en general
perciban sueldos que no sean superiores al “salario de un obrero”, bajo el
control y la dirección del proletariado armado: ése es nuestro objetivo
inmediato. Ese es el Estado que necesitamos, ésa es la base económica sobre la
que debe descansar. Eso es lo que darán la abolición del parlamentarismo y la
conservación de las instituciones representativas; eso es lo que librará a las
clases trabajadoras de la prostitución de dichas instituciones por la
burguesía.
4. Organización de la
unidad de la nación.
“...En el breve esbozo de
organización nacional que la Comuna no tuvo tiempo de desarrollar se dice
claramente que la Comuna habría de ser la forma política que revistiese hasta
la aldea más pequeña”... Las comunas elegirían también la “delegación nacional”
de París.
“...Las pocas, pero
importantes, funciones que aún quedarían para un gobierno central no se
suprimirían, como se había dicho, falseando de intento la verdad, sino que
serían desempeñadas por agentes de la Comuna y, por tanto, estrictamente
responsables...
“...No se trataba de
destruir la unidad de la nación, sino, por el contrario, de organizarla
mediante un régimen comunal, convirtiéndola en una realidad al destruir el
poder del Estado, que pretendía ser la encarnación de aquella unidad,
independiente y situado por encima de la nación misma, en cuyo cuerpo no era
más que una excrecencia parasitaria. Mientras que los órganos puramente
represivos del viejo poder estatal habían de ser amputados, sus funciones
legítimas habían de ser arrancadas a una autoridad, que usurpaba una posición
preeminente sobre la sociedad misma, para restituirlas a los servidores
responsables de esta sociedad”.
El libro del renegado
Bernstein Las premisas del socialismo y
las tareas de la socialdemocracia, célebre a lo Eróstrato, revela mejor que
nada hasta qué punto no han comprendido
—quizá fuera más exacto decir que no han querido comprender— estos
razonamientos de Marx los oportunistas de la socialdemocracia actual.
Refiriéndose a las citadas palabras de Marx, Bernstein escribe que en ellas se
desarrolla un programa “que, por su contenido político, presenta en todos los
rasgos esenciales grandísima semejanza con el federalismo de Proudhon... Pese a
todas las demás diferencias que separan a Marx y al “pequeño burgués” Proudhon
(Bernstein pone “pequeño burgués” entre comillas, queriendo dar un sentido
irónico a estas palabras), el curso de sus pensamientos en estos puntos es lo
más afín que pueda imaginarse”. Naturalmente, prosigue Bernstein, la
importancia de las municipalidades va en aumento, pero “a mí me parece dudoso
que la primera tarea de la democracia sea esta abolición (Auflösung — literalmente: disolución) de los Estados modernos y la
transformación completa (Umwandluflg:
cambio radical) de su organización, tal como Marx y Proudhon la conciben
(formación de la Asamblea Nacional con delegados de las asambleas provinciales
o regionales, compuestas a su vez de delegados de las comunas), desapareciendo
por completo todas las formas anteriores de las representaciones nacionales”
(Bernstein, Las premisas, págs. 134 u
136, edición alemana de 1899).
Esto es sencillamente
monstruoso: ¡confundir las concepciones de Marx sobre “la destrucción del poder
estatal, del parásito”, con el federalismo de Proudhon! Pero esto no
El Estado y la Revolución. Cap. III. La experiencia de la Comuna
de París de 1871. El análisis de Marx
es casual, pues al
oportunista no se le ocurre siquiera pensar que Marx no habla aquí en modo
alguno del federalismo en oposición al centralismo, sino de la destrucción de
la vieja máquina burguesa del Estado, existente en todos los países burgueses.
Al oportunista sólo se le
viene a la mente lo que ve en torno suyo, en medio del filisteísmo mezquino y
del estancamiento “reformista”, a saber: ¡sólo las “municipalidades”! El
oportunista ha perdido la costumbre incluso de pensar en la revolución del proletariado.
Eso es ridículo. Pero lo
curioso es que nadie haya discutido con Bernstein acerca de este punto.
Bernstein fue refutado por muchos, especialmente por Plejánov en las
publicaciones rusas y por Kautsky en las europeas, pero ni el uno ni el otro han
hablado de esta tergiversación de
Marx por Bernstein.
El oportunista ha perdido
hasta tal punto la costumbre de pensar en revolucionario y reflexionar sobre la
revolución que atribuye el “federalismo” a Marx, confundiéndole con Proudhon,
el fundador del anarquismo. Y Kautsky y Plejánov, que pretenden pasar por
marxistas ortodoxos y defender la doctrina del marxismo revolucionario,
¡silencian eso! Ahí está una de las raíces de ese extraordinario
bastardeamiento de las ideas referentes a la diferencia entre marxismo y
anarquismo, bastardeamiento peculiar tanto de los kautskianos como de los
oportunistas y del que habremos de hablar aún.
En los citados pasajes de
Marx sobre la experiencia de la Comuna no hay ni rastro de federalismo. Marx
coincide con Proudhon precisamente en algo que no ve el oportunista Bernstein.
Marx discrepa de Proudhon precisamente en lo que Bernstein ve una afinidad.
Marx coincide con Proudhon
en que ambos propugnan la “destrucción” de la máquina moderna del Estado. Esta
coincidencia del marxismo con el anarquismo (tanto con Proudhon como con
Bakunin) no quieren verla ni los oportunistas ni los kautskianos, pues unos y
otros han desertado del marxismo en este punto.
21
Marx discrepa de Proudhon y
de Bakunin precisamente en la cuestión del federalismo (y no hablemos ya de la
dictadura del proletariado). El federalismo dimana por principio de las
concepciones pequeñoburguesas del anarquismo. Marx es centralista. Y en los
pasajes suyos que hemos citado no se aparta lo más mínimo del centralismo.
¡Sólo hombres poseídos por la “fe supersticiosa” del filisteo en el Estado
pueden confundir la destrucción de la máquina estatal burguesa con la
destrucción del centralismo!
Y bien, si el proletariado y
los campesinos pobres toman el poder del Estado, se organizan con plena
libertad en comunas y unen la acción
de todas las comunas para dirigir los golpes contra el capital, para aplastar
la resistencia de los capitalistas, para entregar la propiedad privada de los
ferrocarriles, las fábricas, la tierra, etc., a toda la nación, a toda la sociedad, ¿acaso no será eso
centralismo? ¿No será el más consecuente centralismo democrático y, por
añadidura, centralismo proletario?
Simplemente, a Bernstein no
se le ocurre pensar que sea posible el centralismo voluntario, la unión
voluntaria de las comunas en la nación, la fusión voluntaria de las comunas
proletarias para demoler la dominación burguesa y la máquina estatal burguesa.
Para Bernstein, como para todo filisteo, el centralismo es algo que sólo puede
venir de arriba, que sólo puede ser impuesto y mantenido por la burocracia y el
militarismo.
Marx subraya adrede, como
previendo la posibilidad de que fuesen adulteradas sus ideas, que acusar a la
Comuna de querer destruir la unidad de la nación, de querer suprimir el poder
central, es una falsedad consciente. Marx usa adrede la expresión “organizar la
unidad de la nación” para contraponer el centralismo consciente, democrático,
proletarios al centralismo burgués, militar, burocrático.
El Estado y la Revolución. Cap. III. La experiencia de la Comuna
de París de 1871. El análisis de Marx
Pero... no hay peor sordo
que el que no quiere oír. Y los oportunistas de la socialdemocracia actual no
quieren, en efecto, oír hablar de la destrucción del poder estatal, de la
eliminación del parásito.
5. La destrucción del
estado parásito.
Hemos citado ya, y debemos completarlas, las palabras de Marx
relativas a este punto.
“...Por lo
general —escribió Marx— , las creaciones históricas completamente nuevas están
llamadas a que se las tome por una reproducción de formas viejas, e incluso
caducas, de la vida social, con las cuales pueden presentar cierta semejanza.
Así esta nueva Comuna, que viene a destruir (bricht: romper) el poder estatal moderno, se ha confundido con una
reproducción de las comunas medievales... una federación de pequeños Estados,
como la soñaban Montesquieu y los girondinos19 ...
una forma exagerada de la vieja lucha contra el excesivo centralismo...
“...El régimen de la Comuna
habría devuelto al organismo social todas las fuerzas que hasta entonces venía
absorbiendo el Estado parásito, que se nutre a expensas de la sociedad y
entorpece su libre movimiento. Con este solo hecho habría iniciado la regeneración
de Francia...
“...El régimen de la Comuna
colocaba a los productores del campo bajo la dirección espiritual de las
capitales de sus provincias, ofreciéndoles aquí, en los obreros de la ciudad,
los representantes naturales de sus intereses. La sola existencia de la Comuna
implicaba, como algo evidente, un régimen de autonomía local, pero ya no como
contrapeso a un poder estatal que ahora se hacía superfluo”.
“Destrucción del poder
estatal”, que era un “parásito”; “amputación”, “destrucción” de él; “un poder
estatal que ahora se hacía superfluo”: así se expresa Marx al hablar del
Estado, valorando y analizando la experiencia de la Comuna.
Todo esto fue escrito hace
cerca de medio siglo, y ahora hay que proceder a verdaderas excavaciones para
llevar a la conciencia de las grandes masas el marxismo no falseado. Las
conclusiones que permitió hacer la observación de la última gran revolución vivida
por Marx fueron dadas al olvido precisamente cuando llegó el momento de las
siguientes grandes revoluciones del proletariado.
“...La variedad de
interpretaciones a que ha sido sometida la Comuna, y la variedad de intereses
que han encontrado en ella su expresión, demuestran que era una forma política
perfectamente flexible, a diferencia de las formas anteriores de gobierno, que
habían sido todas fundamentalmente represivas. He aquí su verdadero secreto: la
Comuna era, esencialmente, un gobierno de
la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase
apropiadora, la forma política, al fin descubierta, para llevar a cabo dentro
de ella la emancipación económica del trabajo...
“Sin esta última condición,
el régimen de la Comuna habría sido una imposibilidad y una impostura…”
Los utopistas se dedicaron a
“descubrir” las formas políticas con las que debía producirse la transformación
socialista de la sociedad. Los anarquistas se desentendieron del problema de
las formas políticas en general. Los oportunistas de la socialdemocracia actual
han tomado por límite insuperable las formas políticas burguesas del Estado
democrático parlamentario
![]()
19
Girondinos: grupo político durante la revolución
burguesa de fines del siglo XVIII en Francia. Los girondinos representaban los
intereses de la burguesía moderada, vacilaban entre la revolución y la
contrarrevolución y siguieron la senda de las componendas con la monarquía
El Estado y la Revolución. Cap. III. La experiencia de la Comuna
de París de 1871. El análisis de Marx
y se han roto la frente de
tanto prosternarse ante este “modelo”, declarando anarquismo toda aspiración a
romper estas formas.
22
Marx dedujo de toda la
historia del socialismo y de las luchas políticas que el Estado debería
desaparecer y que la forma transitoria de su desaparición (la forma de
transición del Estado al no Estado) seria “el proletariado organizado como
clase dominante”. Pero Marx no se propuso descubrir las formas políticas de este futuro. Se limitó a hacer una
observación exacta de la historia de Francia, a analizarla y llegar a la
conclusión a que llevó el año 1851: se avecina la destrucción de la máquina estatal burguesa.
Y cuando estalló el
movimiento revolucionario masivo del proletariado, Marx, a pesar del revés
sufrido por este movimiento, a pesar de su corta duración y de su patente
debilidad, se puso a estudiar qué formas había
revelado.
La Comuna es la forma, “al
fin descubierta” por la revolución proletaria, en la que puede lograrse la
emancipación económica del trabajo.
La Comuna es el primer
intento de la revolución proletaria de destruir
la máquina estatal burguesa, y la forma política, “al fin descubierta”, que
puede y debe sustituir lo destruido.
Más adelante, en el curso de
nuestra exposición, veremos que las revoluciones rusas de 1905, y 1917
prosiguen, en otra situación y en condiciones diferentes, la obra de la Comuna
y confirman el genial análisis histórico de Marx.
El Estado y la Revolución. Cap. IV. Aclaraciones complementarias
de Engels
Capítulo
IV. Continuación. Aclaraciones complementarias de Engels.
Marx dejó sentadas las tesis
fundamentales respecto a la significación de la experiencia de la Comuna.
Engels volvió repetidas veces a este tema, explicando el análisis y las
conclusiones de Marx y esclareciendo, a veces, otros aspectos de la cuestión con tal fuerza y relieve que es
necesario detenerse especialmente en estas aclaraciones.
1. “El problema de la
vivienda”.
En su obra sobre el problema
de la vivienda (1872), Engels tiene ya en cuenta la experiencia de la Comuna y
analiza en varias ocasiones las tareas de la revolución respecto al Estado. Es
interesante ver cómo se manifiestan al abordar un tema concreto, de una parte,
los rasgos semejantes del Estado proletario y el Estado actual —rasgos que
permiten hablar de Estado en ambos casos—, y, de otra parte, los rasgos
diferenciales o el paso a la destrucción del Estado.
“¿Cómo,
pues, resolver el problema de la vivienda? En la sociedad actual se resuelve
exactamente lo mismo que otro problema social cualquiera: por la nivelación
económica gradual de la oferta y la demanda, solución que reproduce
constantemente el problema y que, por tanto, no es tal solución. La forma en
que una revolución social resolvería este problema no depende solamente de las
circunstancias de tiempo y lugar, sino que, además, se relaciona con cuestiones
de mucho mayor alcance, entre las cuales figura, como una de las más
esenciales, la supresión del contraste entre la ciudad y el campo. Como
nosotros no nos dedicamos a construir ningún sistema utópico para la
organización de la sociedad del futuro, sería más que ocioso detenerse en esto.
Lo cierto es, sin embargo, que ya hoy existen en las grandes ciudades edificios
suficientes para remediar en seguida, si se les diese un empleo racional, toda
verdadera “penuria de vivienda”. Esto
sólo puede lograrse, naturalmente, expropiando a los actuales poseedores y
alojando en sus casas a los obreros que carecen de vivienda o que viven
hacinados en la suya. Y tan pronto como el proletariado conquiste el poder
político, esta medida, impuesta por los intereses del bien público, será de tan
fácil ejecución como lo son hoy las otras expropiaciones y las requisas de
viviendas que lleva a cabo el Estado actual” (pág. 22 de la edición alemana de
1887).
Engels no analiza aquí el
cambio de forma del poder estatal, sino sólo el contenido de sus actividades.
La expropiación y la requisa de viviendas son efectuadas asimismo por orden del
Estado actual. Desde el punto de vista formal, también el Estado proletario
“ordenará” requisar viviendas y expropiar edificios. Pero es evidente que el
antiguo aparato ejecutivo, la burocracia vinculada a la burguesía, sería
sencillamente inservible para llevar a la práctica las órdenes del Estado
proletario.
“Hay que hacer constar que
“la apropiación efectiva” de todos los instrumentos de trabajo, de toda la
industria, por la población laboriosa es precisamente lo contrario del
“rescate” proudhoniano. Es la segunda solución es el obrero individual el que
pasa a ser propietario de la vivienda, del campo, del instrumento de trabajo;
en la primera, en cambio, es “la población laboriosa” la que pasa a ser
propietaria colectiva de las casas, de las fábricas y de los instrumentos de
trabajo, y es poco probable que su disfrute, al menos durante el período de
transición, se conceda, sin indemnización de los gastos, a lo individuos o a
las sociedades cooperativas. Exactamente lo mismo que la abolición de la
propiedad territorial no implica la
El Estado y la Revolución. Cap. IV. Aclaraciones complementarias
de Engels
abolición de la renta de
suelo, sino su transferencia a la sociedad, aunque sea con ciertas
modificaciones. La apropiación efectiva de todos los instrumentos de trabajo
por la población laboriosa no excluye, por tanto, en modo alguno, el
mantenimiento de la relación de alquiler” (pág. 68).
23
La cuestión que se aborda en este pasaje —las bases económicas
de la extinción del Estado— será examinada en el capítulo siguiente. Engels se
expresa con extremada prudencia, diciendo que “es poco probable” que el Estado
proletario conceda gratis las viviendas, “al menos durante el período de
transición”. La entrega en arriendo de las viviendas, propiedad de todo el
pueblo, a las distintas familias supone el cobro del alquiler, un cierto
control y una determinada regulación del reparto de los apartamentos. Todo ello
requiere una cierta forma de Estado, pero no exige en modo alguno una máquina
militar y burocrática especial con funcionarios que disfruten de una situación
privilegiada. Y la transición a un estado de cosas que permita asignar gratis
las viviendas se halla vinculada a la “extinción” completa del Estado.
Al hablar de cómo los
blanquistas20, después de la Comuna e impulsados por
la experiencia de ésta, adoptaron la posición de principios del marxismo,
Engels formula de pasada esta posición es los siguientes términos:
“...Necesidad de la acción
política del proletariado y de su dictadura, como paso hacia la supresión de
las clases y, con ellas, del Estado...” (pág. 55)
Algunos aficionados a la
crítica literal o ciertos “aniquiladores del marxismo” burgueses encontrarán,
quizá, una contradicción entre este reconocimiento
de “la supresión del Estado” y la negación de semejante fórmula, por
anarquista, en el pasaje del Anti-Dühring
que hemos citado antes. No tendría nada de extraño que los oportunistas
incluyesen también a Engels entre los “anarquistas”, pues hoy se extiende cada
vez más entre los socialchovinistas la tendencia a acusar de anarquismo a los
internacionalistas.
El marxismo ha enseñado
siempre que, a la par con la supresión de las clases, se producirá la supresión
del Estado. El conocido pasaje del Anti-Dühring
acerca de “la extinción del Estado” no acusa a los anarquistas simplemente de
propugnar la abolición del Estado, sino de predicar la posibilidad de abolirlo
“de la noche a la mañana”.
Como la doctrina
“socialdemócrata” imperante hoy ha tergiversado por completo la actitud del
marxismo ante el anarquismo en lo que respecta a la destrucción del Estado,
será muy útil recordar una polémica de Marx y Engels con los anarquistas.
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20 Blanquistas: partidarios de una corriente en el
movimiento socialista francés, encabezada por Luis Augusto Blanqui (1805-1881),
eminente revolucionario y destacado representante del comunismo utópico
francés. Los blanquistas, decía Lenin, esperaban que "la humanidad se
libraría de la esclavitud asalariada por medio de un complot de una pequeña
minoría de intelectuales, y no por medio de la lucha de clase del
proletariado". Al sustituir la labor del partido revolucionario con las
acciones de un puñado de conspiradores, no tenían en cuenta la situación
concreta necesaria para el triunfo de la insurrección y menospreciaban los
vínculos con las masas
El Estado y la Revolución. Cap. IV. Aclaraciones complementarias
de Engels
2. La polémica con
los anarquistas.
Esta polémica se remonta a
1873. Marx y Engels escribieron para un almanaque socialista italiano unos
artículos contra los proudhonianos21,
“autonomistas” o “antiautoritarios”, artículos que sólo en 1913 vieron la luz
en alemán, en la revista Neue Zeit22.
“...Si la lucha política de
la clase obrera — escribió Marx, ridiculizando a los anarquistas y su negación
de la política— asume formas violentas, si los obreros sustituyen la dictadura
de la burguesía con su dictadura revolucionaria, cometen un terrible delito de
leso principio, porque para satisfacer sus míseras necesidades vulgares de cada
día, para vencer la resistencia de la burguesía, dan al Estado una forma
revolucionaria y transitoria en vez de deponer las armas y abolirlo...” (Neue Zeit, 1913— 1914, año 32, t. 1,
pág. 40)23.
¡He ahí contra qué
“abolición” del Estado se manifestaba exclusivamente Marx al refutar a los
anarquistas! No en modo alguno contra el hecho de que el Estado desaparezca al
desaparecer las clases o sea suprimido al suprimirse éstas, sino contra el
hecho de que los obreros renuncien al empleo de las armas, a la violencia
organizada, es decir, al Estado, que debe servir “para vencer
la resistencia de la burguesía”.
Marx subraya adrede —para
que no se tergiverse el verdadero sentido de su lucha contra el anarquismo- la
“forma revolucionaria y transitoria”
del Estado que el proletariado necesita. El proletariado necesita del Estado
solo temporalmente. No discrepamos ni mucho menos, de los anarquistas en cuanto
a la abolición del Estado como objetivo.
Lo que sí afirmamos es que, para lograr ese objetivo, es necesario usar
temporalmente los instrumentos, los medios y los métodos del poder estatal contra los explotadores, de la misma
manera que para destruir las clases es necesaria la dictadura temporal de la
clase oprimida. Marx elige contra los anarquistas el planteamiento más tajante
y más claro del problema: al derrocar el yugo de los capitalistas, ¿deberán los
obreros “deponer las armas” o emplearlas contra los capitalistas para vencer su
resistencia? Y el empleo sistemático de las armas por una clase contra otra
clase, ¿qué es sino “una forma transitoria” de Estado?
Que cada socialdemócrata se
pregunte si es así como ha planteado
él la cuestión del Estado en su polémica con los anarquistas, si es así como la ha planteado la inmensa
mayoría de los partidos socialistas oficiales de la II Internacional.
Engels expone estas mismas
ideas de un modo todavía más detallado y popular, ridiculizando, en primer
término, el embrollo ideológico de los proudhoniano quienes se llamaban
“antiautoritarios”, es decir, negaron toda autoridad, toda subordinación, todo
poder. Tomad una fábrica, un ferrocarril o un barco en alta mar, dice Engels:
¿no es evidente, acaso, que sin cierta subordinación y, por lo tanto, sin
cierta autoridad o poder será imposible el funcionamiento de ninguna de estas
complejas empresas técnicas, basadas en el uso de máquinas y en la cooperación
de muchas personas con arreglo a un plan?
“...Cuando he puesto
parecidos argumentos a los más furiosos antiautoritarios —escribe Engels—, no
han sabido responderme más que esto: “¡Ah!, eso es verdad, pero aquí no se
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21 Proudhonianos: adeptos de una corriente
anticientífica del socialismo pequeñoburgués, recibió tal denominación del
nombre de su ideólogo, el anarquista francés Proudhon. Este criticaba la gran
propiedad capitalista desde un punto de vista pequeñoburgués; soñaba con perpetuar
la pequeña propiedad privada; rechazaba la lucha de clases, la revolución
proletaria y la dictadura del proletariado, y, como anarquista que era, negaba
la necesidad del Estado. Los "teóricos" burgueses han utilizado mucho
las ideas del proudhonismo para predicar la colaboración entre las clases. Marx
hizo una crítica demoledora del proudhonismo en su obra Miseria de la Filosofía
22 Lenin se refiere al artículo de Marx El indiferentismo en materia política y al artículo de Engels De la autoridad, publicados en diciembre
de 1873 en la recopilación italiana Almanacco
Republicano per l'anno 1874, y en 1913, traducidos al alemán, en la revista
Die Neue Zeit
23 C. Marx. El indiferentismo
en materia política.
El Estado y la Revolución. Cap. IV. Aclaraciones complementarias
de Engels
trata de que nosotros demos
al delegado una autoridad, sino ¡de un encargo!” Estos señores creen
cambiar la cosa con cambiarle el nombre...”24
24
Después de demostrar así que
autoridad y autonomía son conceptos relativos, que su esfera de actividad
cambia con las distintas fases del desarrollo social y que es absurdo
aceptarlos como algo absoluto, y añadiendo que el campo de aplicación de las
máquinas y de la gran industria se ensancha cada vez más, Engels pasa de las
consideraciones generales acerca de la autoridad al problema del Estado.
“...Si los autonomistas
–prosigue— se limitasen a decir que la organización social del porvenir
restringirá la autoridad hasta el límite estricto en que la hagan inevitable
las condiciones de la producción, podríamos entendernos; pero, lejos de esto,
permanecen ciegos para todos los hechos que hacen necesaria la cosa y arremeten
con furor contra la palabra.
“¿Por qué los
antiautoritarios no se limitan a clamar contra la autoridad política, contra el
Estado? Todos los socialistas están de acuerdo en que el Estado político, y con
él la autoridad política, desaparecerán como consecuencia de la próxima
revolución social, es decir, que las funciones públicas perderán su carácter
político, trocándose en simples funciones administrativas, llamadas a velar por
los verdaderos intereses sociales. Pero los antiautoritarios exigen que el
Estado político autoritario sea abolido de un plumazo, aun antes de haber sido
destruidas las condiciones sociales que lo hicieron nacer. Exigen que el primer
acto de la revolución social sea la abolición de la autoridad. ¿No han visto
nunca una revolución estos señores? Una revolución es, indudablemente, la cosa
más autoritaria que existe; es el acto mediante el cual una parte de la
población impone su voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y
cañones, medios autoritarios si los hay; y el partido victorioso, si no quiere
haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por medio del terror que
sus armas inspiran a los reaccionarios. ¿La Comuna de París habría durado acaso
un solo día, de no haber empleado esta autoridad del pueblo armado frente a los
burgueses? ¿No podemos, por el contrario, reprocharle el no haberse servido lo
bastante de ella?
“Así pues, una de dos: o los
antiautoritarios no saben lo que dicen, y en este caso no hacen más que sembrar
la confusión; o lo saben, y en este caso traicionan al movimiento del
proletariado. En uno y otro caso, sirven a la reacción (pág. 39)25.
En este pasaje se abordan
cuestiones que deben ser examinadas en conexión con la correlación entre la
política y la economía durante a extinción del Estado (tema al que consagramos
el capítulo siguiente). Dos de esas cuestiones son la transformación de las
funciones públicas, que dejan de ser políticas para convertirse en simplemente
administrativas, y el “Estado político”. Esta última expresión, tan capaz de
suscitar equívocos, alude al proceso de extinción del Estado: el Estado
moribundo, al llegar a una cierta fase de su extinción, puede calificarse de
Estado no político.
En este pasaje de Engels, la
parte más notable es, una vez más, su razonamiento contra los anarquistas. Los
socialdemócratas que pretenden ser discípulos de Engels han polemizado millones
de veces con los anarquistas desde 1873, pero no exactamente como pueden y deben hacerlo los marxistas. El
concepto anarquista de la abolición del Estado es confuso y no revolucionario: así plantea la
cuestión Engels. Los anarquistas no quieren ver precisamente la revolución en su nacimiento y desarrollo, en sus
tareas específicas respecto a la violencia, la autoridad, el poder y el Estado.
La crítica corriente del
anarquismo por los socialdemócratas de nuestros días ha degenerado en la más
pura vulgaridad pequeñoburguesa: “¡Nosotros reconocemos el Estado; los
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24 F. Engels. De la autoridad
25 F. Engels. De la autoridad
El Estado y la Revolución. Cap. IV. Aclaraciones complementarias
de Engels
anarquistas, no!”. Por
supuesto, semejante vulgaridad no puede por menos de repugnar a los obreros,
por poco reflexivos revolucionarios que sean. Engels dice otra cosa: recalca
que todos los socialistas reconocen la desaparición del Estado como resultado
de la revolución socialista. Luego planea de manera concreta el problema de la
revolución, justamente el problema que los socialdemócratas suelen soslayar a
causa de su oportunismo, cediendo, por decirlo así, la exclusiva de su
“estudio” a los anarquistas. Y al plantear este problema, Engels agarra al toro
por los cuernos: ¿No hubiera debido la Comuna emplear más el poder revolucionario
del Estado, es decir, del proletariado armado, organizado como clase
dominante?
De ordinario, la
socialdemocracia oficial imperante eludía el problema de las tareas concretas
del proletariado en la revolución, bien con simples burlas de filisteo, bien,
en el mejor de los casos, con la frase sofística y evasiva de “¡Ya veremos!”. Y
así se concedía a los anarquistas el derecho de decir que esta socialdemocracia
incumplía su tarea de dar una educación revolucionaria a los obreros. Engels
aprovecha la experiencia de la última revolución proletaria precisamente para
estudiar del modo más concreto qué debe hacer el proletariado, y cómo, en lo
que atañe a los bancos y al Estado.
3. Una carta a Bebel.
Uno de los razonamientos más
notables, si no el más notable, de las obras de Marx y Engels respecto al
Estado lo encontramos en el siguiente pasaje de una carta de Engels a Bebel del
18-28 de marzo de 1875. Esta carta (dicho sea entre paréntesis) la publicó por
vez primera, que nosotros sepamos, Bebel en el segundo tomo de sus memorias (De mi vida), que vio la luz en 1911, es
decir, 36 años después de haber sido escrita y enviada.
25
Engels escribió a Bebel
criticando el mismo proyecto de Programa de Gotha que criticara Marx en su
célebre carta a Bracke. Y, refiriéndose especialmente a la cuestión del Estado,
le decía:
“...El Estado popular libre
se ha convertido en el Estado libre. Gramaticalmente hablando, se entiende por
Estado libre un Estado que es libre respecto de sus ciudadanos, es decir, un
Estado con un gobierno despótico. Habría que abandonar toda esa charlatanería
acerca del Estado, sobre todo después de la Comuna, que no era ya un Estado en
el verdadero sentido de la palabra. Los anarquistas nos han echado en cara más
de la cuenta eso del “Estado popular”, a pesar de que ya la obra de Marx contra
Proudhon26 y luego el Manifiesto Comunista dicen claramente que, con la implantación del
régimen social socialista, el Estado se disolverá por sí mismo (sich auflöst) y desaparecerá. Siendo el
Estado una institución meramente transitoria, que se utiliza en la lucha, en la
revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es un absurdo
hablar de Estado popular libre: mientras el proletariado necesite todavía del Estado, no lo necesitará en interés de la
libertad, sino para someter a sus adversarios y tan pronto como pueda hablarse
de libertad, el Estado como tal dejará de existir. Por eso nosotros
propondríamos emplear siempre, en vez de la palabra Estado, la palabra “Comunidad” (Gemeinwesen), una buena y antigua palabra alemana que equivale a la
palabra francesa “Commune” (págs. 321-322 del texto alemán).
Debe tenerse en cuenta que
esta carta se refiere al programa del partido criticado por Marx en una carta
escrita sólo varias semanas después de aquélla (carta de Marx del 5 de mayo de
1875), y que Engels vivía entonces en Londres, con Marx. Por eso, al decir
“nosotros” en las últimas líneas de la carta, Engels, indudablemente en su
nombre y en el de Marx, propone al
![]()
26 Lenin alude a la obra de Marx Miseria de la Filosofía
El Estado y la Revolución. Cap. IV. Aclaraciones complementarias
de Engels
jefe del Partido Obrero
Alemán borrar del programa la palabra
“Estado” y sustituirla con la palabra “comunidad”.
¡Qué aullidos lanzarían
acerca del “anarquismo” los cabecillas del “marxismo” de hoy, un “marxismo’
falsificado para comodidad de oportunistas, si se les propusiera semejante
enmienda en su programa!
¡Qué aúllen cuanto quieran! La burguesía les elogiará por ello.
Pero nosotros proseguiremos
nuestra obra. Cuando revisemos el programa de nuestro partido deberemos tener
en cuenta, sin falta, el consejo de Engels y Marx para acercarnos más a la
verdad, para restaurar el marxismo, purificándolo de tergiversaciones, para
orientar con mayor acierto la lucha de la clase obrera por su liberación. Entre
los bolcheviques no habrá, sin duda, quien se oponga al consejo de Engels y
Marx. La dificultad estribará, quizá, únicamente en el término. Para expresar
el concepto de “comunidad”, en alemán hay dos palabras, de las cuales Engels
eligió la que no indica una comunidad
por separado, sino un conjunto, un sistema de ellas. En ruso no existe un
vocablo semejante, y tal vez nos veremos obligados a emplear el francés
“commune”, aunque esto tenga también sus inconvenientes.
“La Comuna no era ya un
Estado en el verdadero sentido de la palabra”: ésa es la afirmación más
importante de Engels desde el punto de vista teórico. Después de lo expuesto
más arriba, esta afirmación resulta absolutamente lógica. La Comuna iba dejando de ser un Estado, por cuanto
tenía que reprimir no a la mayoría de la población, sino a la minoría (a los
explotadores); había roto la máquina del Estado burgués; en vez de una fuerza especial para la represión, entró en
escena la población misma. Todo esto significa apartarse del Estado en su
sentido estricto. Y si la Comuna se hubiera consolidado, habrían ido
“extinguiéndose” en ella por sí mismas las huellas del Estado, no habría sido
necesario “suprimir” sus instituciones: éstas habrían dejado de funcionar a
medida que no tuviesen nada que hacer.
“Los anarquistas nos han
echado en cara más de la cuenta eso del “Estado popular”. Al hablar así, Engels
se refiere, ante todo, a Bakunin y a sus ataques contra los socialdemócratas
alemanes. Engels reconoce que estos ataques son justos en tanto en cuanto el “Estado popular” es un absurdo y un concepto
tan divergente del socialismo como el “Estado popular libre”. Engels se
esfuerza por corregir la lucha de los socialdemócratas alemanes contra los
anarquistas, por hacer de ella una justa lucha de principios, por depurarla de
los prejuicios oportunistas referentes al “Estado”. Pero, ¡ay!, la carta de
Engels se pasó 36 años metida en un cajón. Y más adelante veremos que, aun
después de publicada, Kautsky sigue repitiendo tozudamente, en esencia, los
mismos errores contra los que ponía en guardia Engels.
Bebel contestó a Engels el
21 de septiembre de 1875 con una carta, en la cual decía, entre otras cosas,
que estaba “completamente de acuerdo” con sus juicios acerca del proyecto de
programa y que había reprochado a Liebknecht su condescendencia (pág. 334 de la
edición alemana de las memorias de Bebel, tomo II). Pero si abrimos el folleto
de Bebel titulado Nuestros objetivos
encontraremos en él consideraciones absolutamente falsas acerca del Estado:
26
“El Estado
debe convertirse de un Estado basado en la
dominación de clase en un Estado popular” (Unsere Ziele, ed. alemana de 1886, pág. 14).
¡Así aparece impreso en la
novena (¡novena!) edición del folleto de Bebel! No es de extrañar que tan
pertinaz repetición de los juicios oportunistas acerca del Estado haya sido
asimilada por la socialdemocracia alemana, sobre todo cuando las explicaciones
revolucionarias de Engels se mantenían ocultas y todas las circunstancias de la
vida la habían “desacostumbrado”, para mucho tiempo, de la revolución.
El Estado y la Revolución. Cap. IV. Aclaraciones complementarias
de Engels
4. Critica del
proyecto de programa de Erfurt.
La crítica del proyecto de
Programa de Erfurt27, enviada por Engels a Kautsky el 29 de
junio de 1891 y publicada sólo diez años después en Neue Zeit, no puede pasarse por alto en un análisis de la doctrina
del marxismo acerca del Estado, pues está consagrada de modo principal a
criticar precisamente las concepciones oportunistas
de la socialdemocracia en cuanto a la organización del Estado.
Señalemos de pasada que
Engels hace también una valiosísima indicación acerca de las problemas
económicos; una indicación que demuestra con qué atención y perspicacia
observaba precisamente los cambios que se iban produciendo en el capitalismo
moderno cómo supo, por ello, prever hasta cierto punto las tareas de nuestra
época, de la época imperialista. En la indicación a que nos referimos, Engels
escribe a propósito de las palabras “ausencia de plan” (Planlosigkeit), empleadas en el proyecto de programa para de fin el
capitalismo;
“...Si pasamos de las
sociedades anónimas a los trusts, que someten y monopolizan ramas enteras de la
industria, no se trata ya sólo de que se acaba aquí la producción privada, sino
también la ausencia de plan” (Neue Zeit,
año 20, t. 1, 1901-1902, pág. 8).
Aquí se expone lo más
fundamental de la apreciación teórica del capitalismo moderno, es decir, del
imperialismo: que el capitalismo se transforma en capitalismo monopolista.
Conviene subrayar esto, pues la afirmación reformista burguesa de que el capitalismo monopolista de Estado no es ya capitalismo, que puede llamarse ya “socialismo de Estado”, y
otras cosas por el estilo, es el error más difundido. Naturalmente, los trusts
no proporcionan, no han proporcionado hasta ahora ni pueden proporcionar una
planificación completa. Pero por cuanto son ellos los que trazan los planes,
por cuanto son los magnates del capital quienes calculan de antemano el volumen
de la producción a escala nacional o incluso internacional, por cuanto son
ellos quienes regulan la producción con arreglo a planes, seguimos, a pesar de
todo, en el capitalismo. Cierto que
en una nueva fase suya, pero, indudablemente, en el capitalismo. La
“proximidad” de tal capitalismo al
socialismo debe constituir, para los verdaderos representantes del proletariado,
un argumento a favor de la cercanía, la facilidad, la viabilidad y la urgencia
de la revolución socialista; pero, de ninguna manera, un argumento que
justifique la tolerancia con quienes niegan esta revolución y con quienes
embellecen el capitalismo, como hacen todos los reformistas.
Pero volvamos al problema
del Estado. Las indicaciones, especialmente valiosas, que hace aquí Engels son
de tres tipos: primero, las que se refieren a la república; segundo, las que
afectan a la relación entre el problema nacional y la estructura del Estado; y
tercero, las que conciernen a la autonomía administrativa local.
En lo que respecta a la
república, Engels hizo de esto el centro de gravedad de su crítica del proyecto
de Programa de Erfurt. Si recordamos la importancia que adquirió el Programa de
Erfurt para toda la socialdemocracia internacional, convirtiéndose en modelo
para la II
![]()
27 Programa
de Erfurt: programa
del Partido Socialdemócrata Alemán aprobado en el Congreso de Erfurt (octubre
de 1891). Representó un paso adelante en comparación con el Programa de Gotha
(1875). Se basaba en la doctrina marxista acerca del hundimiento inevitable del
modo de producción capitalista y de su sustitución por el modo de producción
socialista. En el Programa de Erfurt se recalcaba la necesidad de que la clase
obrera desplegara la lucha política, se destacaba el papel del partido como
dirigente de esta lucha, etc., pero en él se hacían también serias concesiones
al oportunismo. Engels criticó detalladamente el proyecto inicial de este
programa en su obra Contribución a la
crítica del proyecto de programa socialdemócrata de 1891, que fue, en el
fondo, una crítica del oportunismo de toda la II Internacional. Sin embargo,
los dirigentes de la socialdemocracia alemana ocultaron a las masas del partido
la crítica de Engels, y sus observaciones más importantes no fueron tomadas en
consideración al redactarse el texto definitivo del programa. Lenin consideraba
que el silenciamiento de la dictadura del proletariado era el defecto principal
del Programa de Erfurt, una concesión cobarde hecha al oportunismo
El Estado y la Revolución. Cap. IV. Aclaraciones complementarias
de Engels
Internacional entera,
podremos decir sin exageración que Engels critica aquí el oportunismo de toda
la II Internacional.
“Las reivindicaciones
políticas del proyecto —afirma Engels— tienen un gran defecto. No dicen (subrayado por Engels) lo que precisamente debían decir”.
Y más adelante se aclara que
la Constitución alemana es, en rigor, una copia de la Constitución de 1850,
reaccionaria en extremo; que el Reichstag, según la expresión de Guillermo
Liebknecht, no es más que “la hoja de parra del absolutismo” y que constituye
“un absurdo evidente” querer realizar “la transformación de todas los
instrumentos de trabajo en propiedad común”, basándose en una Constitución que
legaliza los pequeños Estados y la federación de los pequeños Estados alemanes.
“Pero sería peligro tocar
ese tema”, añade Engels, quien sabe muy bien que en Alemania no se puede
incluir legalmente en el programa la reivindicación de la república. Sin
embargo, Engels no se resigna lisa y llanamente con esta evidente
consideración, que satisface a “todos”. Y prosigue: “No obstante, sea como
fuere, las cosas deben ponerse en marcha. Hasta qué punto es necesario eso, lo
prueba precisamente ahora el oportunismo que comienza a propagarse (einreissende) en una gran parte de la
prensa socialdemócrata. Por temor a un restablecimiento de la Ley contra los
socialistas28, o recordando ciertas opiniones
emitidas prematuramente en el período de vigencia de dicha ley, se quiere ahora
que el partido reconozca el orden legal vigente en Alemania suficiente para el
cumplimiento pacífico de todas sus reivindicaciones...”
Engels destaca a primer
plano el hecho fundamental de que los socialdemócratas alemanes obraban por
temor a que se restableciese la Ley de excepción, y califica esto, sin rodeo,
de oportunismo, declarando absurdos por completo los sueños con una vía “pacífica”,
precisamente por no existir en Alemania ni república ni libertad. Engels es lo
bastante cauto para no atarse las manos. Reconoce que en países con república o
con una libertad muy grande “cabe imaginarse” (¡sólo “imaginarse”!) un
desarrollo pacífico hacia el socialismo; pero en Alemania, repite,
“...en Alemania, donde el
gobierno es casi omnipotente, donde el Reichstag y todas las demás
instituciones representativas carecen de poder efectivo; proclamar en Alemania
tales cosas y, además, sin necesidad, significa quitar la hoja de parra al
absolutismo y colocarse uno mismo para encubrir la desnudez...”
Y en efecto, los jefes
oficiales del Partido Socialdemócrata Alemán , que “archivó” estas
indicaciones, resultaron ser, en su inmensa mayoría, encubridores del
absolutismo.
“...En fin de cuentas,
semejante política sólo puede llevar al partido a un camino falso. Se colocan
en primer plano problemas políticos generales y abstractos, encubriéndose de
este modo los problemas concretos más inmediatos, los que se plantean de por sí
a la orden del día al ocurrir los primeros grandes acontecimientos, la primera
crisis política. ¿Qué puede resultar de ello sino que el partido se vea
impotente en el momento decisivo, que en los problemas decisivos reine en él la
confusión, no exista la unidad, por la simple razón de que estos problemas
jamás se han discutido?...
“Este olvido de las grandes
consideraciones esenciales a cambio de intereses pasajeros del día, este afán
de éxitos efímeros y la lucha en torno a ellos sin tener en cuenta las
consecuencias ulteriores, este abandono del porvenir del movimiento, que se sacrifica
en
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28 La Ley
de excepción contra los socialistas fue promulgada en Alemania en 1878 por
el Gobierno Bismarck para luchar contra el movimiento obrero y socialista. En
virtud de esta ley fueron prohibidas todas las organizaciones del Partido
Socialdemócrata, las organizaciones obreras de masas y la prensa obrera; se
confiscaron las publicaciones socialistas y se persiguió a los socialdemócratas
por todos los medios. En 1890, bajo la presión del movimiento obrero de masas,
cada día más fuerte, la Ley de excepción contra los socialistas fue derogada
El Estado y la Revolución. Cap. IV. Aclaraciones complementarias
de Engels
aras del presente, todo eso puede tener
móviles “honestos”. Pero eso es y sigue siendo oportunismo, y el oportunismo
“honesto” es, quizá, más peligroso que todos los demás...
“Está absolutamente fuera de
duda que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar a la dominación
bajo la forma política de la república democrática. Esta última es incluso la
forma específica de la dictadura del proletariado, como ha demostrado ya la
Gran Revolución Francesa..
Engels repite aquí, con
relieve singular, una idea fundamental que atraviesa como hilo de engarce todas
las obras de Marx: que la república democrática es el acceso más próximo a la
dictadura del proletariado. Porque esta república, sin suprimir en lo más
mínimo la dominación del capital —ni, por consiguiente, la opresión de las
masas ni la lucha de clases—
, conduce indefectiblemente a un
ensanchamiento, un despliegue, una patentización y una exacerbación tales de
esta lucha que, cuando surge la posibilidad de satisfacer los intereses vitales
de las masas oprimidas, esta posibilidad se realiza, de manera ineludible y
exclusiva, en la dictadura del proletariado, en la dirección de esas masas por
el proletariado. Para toda la II Internacional, éstas son también “palabras
olvidadas” del marxismo, y este olvido lo revela con extraordinaria nitidez la
historia del partido de los mencheviques durante el primer semestre de la
revolución rusa de 1917.
Respecto al problema de la
república federativa, relacionado con la composición nacional de la población,
Engels escribía;
“¿Qué debe ocupar el lugar
de la Alemania actual?” (con su Constitución monárquica reaccionaria y su
sistema, igualmente reaccionario, de división en pequeños Estados, que eterniza
las peculiaridades del “prusianismo”, en vez de disolverlas en una Alemania que
forme un todo). “A mi juicio, el proletariado no puede utilizar más que la
forma de república única e indivisa. La república federal sigue siendo incluso
ahora, considerada en su conjunto, una necesidad en el inmenso territorio de
los Estados Unidos, aunque en el Este comienza ya a ser un obstáculo. Sería un
progreso en Inglaterra, donde en dos islas viven cuatro naciones y donde, a
pesar de haber un Parlamento único, coexisten tres sistemas legislativos
distintos. En la pequeña Suiza es ya, desde hace mucho tiempo, un obstáculo
tolerable sólo porque Suiza se contenta con ser un miembro puramente pasivo del
sistema europeo de Estados. Para Alemania, una organización federal al estilo
suizo sería un regreso considerable. Dos puntos distinguen un Estado federal de
un Estado unitario, a saber: cada Estado federado, cada cantón, posee su propia
legislación civil y penal, su propia organización judicial; además, a la par
con la Cámara del Pueblo, existe una Cámara de Representantes de los Estados,
en la que cada cantón grande o pequeño vota como tal”. En Alemania, el Estado
federal es el tránsito hacia un Estado completamente unitario, y la “revolución
desde arriba” de 1866 y 1870 no debe ser revocada, sino completada con un
“movimiento desde abajo”
Engels, lejos de permanecer
indiferente ante las formas de Estado, se esfuerza, al contrario, por analizar
con escrupulosidad extraordinaria precisamente las formas de transición, a fin
de determinar en cada caso, en dependencia de las peculiaridades históricas
concretas, qué clase de tránsito —de qué
y hacia qué— presupone la forma dada.
Engels, como Marx, defiende
desde el punto de vista del proletariado y de la revolución proletaria el
centralismo democrático, la república única e indivisa. Considera que la
república federal es, o una excepción y un obstáculo para el desarrollo, o la transición
de la monarquía a la república centralizada, “un paso adelante” en determinadas
circunstancias especiales. Y entre esas circunstancias especiales se destaca el
problema nacional.
28
En Engels, como en Marx, a
pesar de su crítica implacable del reaccionarismo de los pequeños Estados —y
del ocultamiento de ese reaccionarismo tras el problema nacional en ciertos
casos concretos—, no encontramos ni rastro de la tendencia a eludir este problema,
El Estado y la Revolución. Cap. IV. Aclaraciones complementarias
de Engels
tendencia de que pecan a
menudo los marxistas holandeses y polacos al partir de una lucha muy legítima
contra el estrecho nacionalismo filisteo de “sus” pequeños Estados.
Incluso en Inglaterra, donde
las condiciones geográficas, la comunidad de idioma y la historia de muchos
siglos parece que debían haber “terminado” con el problema nacional en las
distintas y pequeñas divisiones territoriales del país; incluso allí, Engels
tiene en cuenta el hecho evidente de que el problema nacional no ha sido
resuelto aún, razón por la cual reconoce que la república federal representa
“un paso adelante”. Por supuesto, en eso no hay ni sombra de renuncia a la
crítica de los defectos de la república federal, ni a la propaganda y la lucha
más enérgicas en pro de una república unitaria, de una república democrática
centralizada.
Pero Engels no concibe el
centralismo democrático, ni mucho menos, en el sentido burocrático con que
emplean este concepto los ideólogos burgueses y pequeñoburgueses, incluyendo
entre estos últimos a los anarquistas. Para Engels, el centralismo no excluye
en lo más mínimo esa amplia administración autónoma local, que, con la defensa
voluntaria de la unidad del Estado por las “comunas” y las regiones, elimina en
absoluto todo burocratismo y todo “mando” desde arriba.
“...Así
pues, república unitaria —escribe Engels, desarrollando las ideas programáticas
del marxismo acerca del Estado—. Pero no en el sentido de la República Francesa
actual, que no es otra cosa qua el Imperio sin emperador fundado en 1798. De
1712 a 1798, cada departamento francés, cada comunidad (Gemeinde) poseían completa autonomía administrativa, según el
modelo norteamericano, y eso debemos tener también nosotros. Norteamérica y la
primera República Francesa nos han mostrada y probado cómo se debe organizar
esa autonomía y cómo se puede prescindir de la burocracia, y ahora lo muestran
aún Australia, el Canadá y otras colonias inglesas. Semejante autonomía
provincial y es mucho más libre, por ejemplo, que el feudalismo suizo, donde el
cantón es, por cierto, muy independiente respecto de la Confederación” (es
decir, respecto del Estado federal en su con junto “pero lo es también respecto
del distrito (Bezirk) y de la
comunidad.
Los gobiernos cantonales
nombran a los gobernadores de distrito (Bezirk-stalthalter)
y los alcaldes, lo que no ocurre en absoluto en los países de habla inglesa y
lo que nosotros debemos suprimir con la misma energía que a los consejeros
provinciales y gubernamentales (Landrath
y Regierungsrat) prusianos” (los
comisarios, los jefes de policía, los gobernadores y, en general, todos los
funcionarios nombrados desde arriba). En consonancia con esto, Engels propone
que el punto del programa relativo a la autonomía sea formulado del modo
siguiente: “Administración autónoma completa en la provincia” (provincia o
región), “el distrito y la comunidad a través de funcionarios elegidos por
sufragio universal. Supresión de todas las autoridades locales y provinciales
nombradas por el Estado”.
En Pravda29, suspendida por el gobierno de Kerenski
y de otros ministros “socialistas” (núm. 68, del 28 de mayo de 1917), señalé ya
que en este punto —y, por supuesto, no sólo en él, ni
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29 Pravda ("La Verdad"): primer
periódico bolchevique legal; empezó a publicarse en San Petersburgo el 22 de
abril (5 de mayo) de 1912. Lenin dirigía ideológicamente Pravda, colaboraba en casi todos sus números, daba indicaciones a
la Redacción y se esforzaba por que el periódico tuviera un espíritu combativo,
revolucionario.
En la Redacción de Pravda
se concentró una parte considerable de la labor de organización del partido. Pravda sufrió constantes persecuciones
policíacas.
Fue suspendido el 8 (21) de julio de 1914, reapareciendo después
de triunfar la revolución democrática burguesa
de febrero de 1917. Desde el 5 (18) de
marzo de 1917, el periódico se publicó como órgano del Comité Central y del
Comité de San Petersburgo del POSDR.
De julio a octubre de 1917, Pravda,
perseguido por el Gobierno Provisional contrarrevolucionario, cambió repetidas
veces de título. Y sólo a partir del 27 de octubre (9 de noviembre) de 1917
reapareció con su viejo título.
Pravda
ocupa un importantísimo lugar en la historia del Partido Bolchevique. La
generación de obreros avanzados educada por Pravda
desempeñó un papel relevante en la Gran Revolución Socialista de Octubre y en
la edificación del socialismo.
El Estado y la Revolución. Cap. IV. Aclaraciones complementarias
de Engels
mucho menos—, nuestros
representantes seudosocialistas de una seudodemocracia seudorrevolucionaria han
abjurado escandalosamente del espíritu
democrático*. Es natural que hombres ligados por una “coalición” a la
burguesía imperialista hayan permanecido sordos a estas indicaciones.
* Véase V. I. Lenin. Una cuestión de principios. (N. de la Edit.)
Es importante en extremo
señalar que Engels, esgrimiendo hechos y basándose en el ejemplo más exacto,
refuta el prejuicio —extraordinariamente extendido, sobre todo entre los
demócratas pequeñoburgueses— de que la república federal implica, sin duda alguna,
mayor libertad que la república centralista. Esto es falso. Los hechos citados
por Engels con referencia a la República Francesa centralista de 1792 a 1798 y
a la República Suiza federal desmienten semejante prejuicio. La república
centralista realmente democrática dio mayor
libertad que la república federal. O dicho en otros términos: la mayor libertad local, provincial,
etc., conocida en la historia, la ha dado la república centralista y no la república federal.
La propaganda y la agitación
de nuestro partido no han prestado ni prestan suficiente atención a este hecho
ni, en general, a todo el problema de la república federal y centralista y a la
administración autónoma local.
5. Prefacio de 1891 a
“la guerra civil”, de Marx.
En la Introducción a la tercera edición de La guerra civil en Francia —fechada el 18 de marzo de 1891 y
publicada por vez primera en la revista Neue
Zeit— , Engels hace de pasada interesantes observaciones sobre problemas
relativos a la actitud ante el Estado y, a la vez, traza con notable relieve un
resumen de las enseñanzas de la Comuna30.
Este resumen, enriquecido con toda la experiencia del período de veinte años
que separaba a su autor de la Comuna y enfilado especialmente contra “la fe
supersticiosa en el Estado”, tan difundida en Alemania, puede ser denominado
con razón la última palabra del
marxismo respecto al problema que estamos examinando.
En Francia —señala Engels—,
los obreros, después de cada revolución, estaban armados; “por eso, el desarme
de los obreros era el primer mandamiento de los burgueses que se hallaban al
frente del Estado. De aquí que, después de cada revolución ganada por los
obreros, se entablara una nueva lucha, que acababa en la derrota de éstos…”
El balance de la experiencia
de las revoluciones burguesas es tan corto como expresivo. Este quid de la
cuestión –entre otras cosas, en lo que afecta al problema del Estado (¿tiene armas la clase oprimida?)— está
enfocado aquí de un modo admirable. Este quid de la cuestión es precisamente lo que eluden más a menudo
tanto los profesores influidos por la ideología burguesa como los demócratas
pequeñoburgueses. En la revolución rusa de 1917 ha correspondido al
“menchevique” y “también-marxista” Tsereteli el honor (un honor a lo Cavaignac)
de revelar este secreto de las revoluciones burguesas. En su “histórico”
discurso del 11 de junio, Tsereteli se fue de la lengua y descubrió la decisión
de la burguesía de desarmar a los obreros de Petrogrado, presentando, naturalmente,
esta decisión ¡como suya y como necesidad “del Estado” en general!31
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30 Véase la Introducción
de F. Engels a la obra de C. Marx La
guerra civil en Francia
31 Lenin se refiere al discurso que
pronunció el menchevique Tsereteli, ministro del Gobierno Provisional, el 11
(24) de junio de 1917 en una reunión conjunta del Presídium del 1 Congreso de
los Soviets de toda Rusia, del Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros
y soldados de Petrogrado, del Comité Ejecutivo del Soviet de diputados
campesinos y de los burós de todos los grupos del congreso. Los líderes
eseristas y mencheviques organizaron dicha reunión para, aprovechándose de que
tenían mayoría en ella, asestar un golpe al Partido Bolchevique. En su
discurso, de tono histérico, Tsereteli declaró que la manifestación anunciada
por los bolcheviques para el 10 (23) de junio era "un complot de los
bolcheviques con el fin de derribar el gobierno y tomar el poder". Todo el
discurso de Tsereteli
El Estado y la Revolución. Cap. IV. Aclaraciones complementarias
de Engels
El histórico discurso de
Tsereteli del 11 de junio será, sin duda, para todo historiador de la
revolución de 1917 una de las pruebas más patentes de cómo el bloque de
eseristas y mencheviques, acaudillado por el señor Tsereteli, se puso al lado
de la burguesía contra el
proletariado revolucionario.
Otra de las observaciones
hechas de pasada por Engels, relacionada también con el problema del Estado, se
refiere a la religión. Es sabido que la socialdemocracia alemana, a medida que
iba pudriéndose y aumentaba su oportunismo, caía más y más en una torcida
interpretación filistea de la célebre fórmula: “Declarar la religión un asunto
privado”. En efecto, esta fórmula se interpretaba como si la religión fuese un
asunto privado ¡¡también para el partido
del proletariado revolucionario!! Precisamente contra esta traición completa al
programa revolucionario del proletariado se levantó Engels, que en 1891 sólo
podía observar los gérmenes más débiles
de oportunismo en su partido y que, por tanto, se expresaba con la mayor
prudencia:
“Como los miembros de la
Comuna eran todos, casi sin excepción, obreros o representantes reconocidos de
los obreros, sus acuerdos se distinguían por un carácter marcadamente
proletario. Una parte de sus decretos eran reformas que la burguesía
republicana no se había atrevido a implantar sólo por vil cobardía y que
echaban los cimientos indispensables para la libre acción de la clase obrera,
como, por ejemplo, la implantación del principio de que, con respecto al Estado, la religión es un asunto puramente privado;
otros iban encaminados a salvaguardar directamente los intereses de la clase
obrera y, en parte, abrían profundas brechas en el viejo orden social...”
Engels subraya a propósito
las palabras “con respecto al Estado”, asestando así un golpe certero al
oportunismo alemán, el cual declaraba la religión asunto privado con respecto al partido y, de este modo,
rebajaba el partido del proletariado revolucionario al nivel del más vulgar
filisteísmo “librepensador”, dispuesto a admitir el aconfesionalismo, pero que
renuncia a la tarea de partido de
luchar contra el opio religioso, que embrutece al pueblo.
El futuro historiador de la
socialdemocracia alemana, al estudiar las raíces de su vergonzosa bancarrota en
1914, encontrará no pocos materiales interesantes sobre esta cuestión, desde
las evasivas declaraciones que contienen los artículos del jefe ideológico del
partido, Kautsky, en las que se abren de par en par las puertas al oportunismo,
hasta la actitud del partido ante el “Los-von-Kirche—
Bewegung (Movimiento en pro de la separación de la Iglesia), en 191332.
Pero volvamos a cómo resumió
Engels, veinte años después de la Comuna, las enseñanzas de ésta para el
proletariado combatiente.
He aquí las enseñanzas que Engels destacaba en primer término:
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tuvo un carácter calumnioso
y contrarrevolucionario. Los bolcheviques abandonaron la reunión en señal de
protesta contra las calumnias de Tsereteli y de otros líderes eseristas y
mencheviques. Lenin no asistió a esta reunión y estuvo en contra de que se participara
en ella. En una carta a la Redacción de Pravda
comunicó que "mantenía la negativa por principio de los bolcheviques a
participar en esta reunión, presentando una declaración por escrito en la que
dijeran: no participamos en ninguna reunión dedicada a estas cuestiones
(prohibición de las manifestaciones)". (Carta a la Redacción de "Pravda", 26 (13) de junio de
1917.)
32
Los-von-Kirche-Bewegung (Movimiento en pro de la separación de
la Iglesia) o Kirchenaustrittsbewegung (Movimiento
en pro del abandono de la Iglesia): movimiento que adquirió carácter de masas
en Alemania en vísperas de la primera guerra mundial. En enero de 1814, la
revista Die 2eue Zeit publicó un
artículo del revisionista Paul Ghore, titulado Kirchenaustrittsbewegung una Sozialdemokratie("El Movimiento
en pro del abandono de la Iglesia y la socialdemocracia"), con el que se
inició una discusión en torno a la actitud del Partido Socialdemócrata Alemán
ante este movimiento. Durante la discusión, las figuras prominentes de la
socialdemocracia alemana no combatieron las opiniones de Ghore, el cual
afirmaba que el partido debía ser neutral respecto al movimiento aludido y
prohibir a sus militantes que hicieran propaganda antirreligiosa y anticlerical
en nombre del partido. Lenin reparó en esta discusión al estudiar los
materiales que habría de utilizar en su libro El imperialismo, fase superior del
capitalismo
El
Estado y la Revolución. Cap. IV. Aclaraciones complementarias de Engels
“...Precisamente el poder
opresor del antiguo gobierno centralizado —el ejército, la policía política y
la burocracia—, creado por Napoleón en 1798 y que desde entonces había sido
heredado por todos los nuevos gobiernos como un instrumento deseable, empleándolo
contra sus enemigos, precisamente dicho poder debía ser derribado en toda
Francia, como había sido derribado ya en París.
“La Comuna hubo de reconocer
desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al poder, no puede
seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo
su dominación recién conquistada, la clase obrera tiene, de una parte, que
suprimir toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella,
y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios,
declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento...”
30
Engels subraya una y otra
vez que no sólo con la monarquía, sino también
con la república democrática, el Estado sigue siendo Estado, es decir,
conserva su principal rasgo distintivo: convertir
a sus funcionarios, “servidores de la sociedad”, órganos de ella, en señores situados por encima de ella.
“...La Comuna empleó dos
remedios infalibles contra esta transformación del Estado y de los órganos del
Estado de servidores de la sociedad en señores situados por encima de ella,
transformación inevitable en todos los Estados anteriores. En primer lugar,
cubrió todos los cargos administrativos, judiciales y de enseñanza por
elección, mediante sufragio universal, concediendo a los electores el derecho
de revocar en todo momento a sus elegidos. En segundo lugar, todos los
funcionarios, altos y bajos, estaban retribuidos como los demás trabajadores.
El sueldo máximo que abonaba la Comuna era de 6.000 francos*. Con este sistema
se alzaba una barrera eficaz ante el arribismo y la caza de cargos, sin hablar
ya de los mandatos imperativos, que, por añadidura, introdujo la Comuna para
los diputados a los cuerpos representativos…”
* Esto equivale nominalmente a unos 2.400
rublos y, según el curso actual, a unos 6.000 rublos. Es impersonable por
completo la actitud de aquellos bolcheviques que proponen, por ejemplo,
retribuciones de 9.000 rublos en los ayuntamientos urbanos, no proponiendo
fijar un sueldo máximo de 6.000 rublos (cantidad suficiente) para todo el Estado33.
Engels llega aquí al
interesante límite en que la democracia consecuente, de una parte, se transforma en socialismo y, de otra, reclama el socialismo. Porque para
destruir el Estado es necesario
convertir las funciones de la administración pública en operaciones de control
y contabilidad tan sencillas que sean accesibles a la inmensa mayoría de la
población, primero, y a toda ella, después. Y la supresión completa del
arribismo requiere que los cargos “honoríficos” del Estado, incluso los que no
proporcionan ingresos, no puedan
servir de trampolín para saltar a puestos altamente retribuidos en los bancos y
en las sociedades anónimas, como ocurre constantemente
en todos los países capitalistas más libres.
Pero Engels no incurre en el
error que cometen, por ejemplo, algunos marxistas en lo tocante al derecho de
las naciones a la autodeterminación, creyendo que este derecho es imposible en
el capitalismo y superfluo en el socialismo. Semejante argumento, ingenioso en
apariencia, pero falso en realidad, podría repetirse a propósito de cualquier institución democrática, y a
propósito también de los sueldos modestos de los funcionarios, pues en el
capitalismo es imposible una democracia consecuente hasta el fin, y en el
socialismo se extinguirá toda
democracia.
Esto es un sofisma parecido
al viejo chiste de si una persona queda calva cuando se le cae un pelo.
El desarrollo de la
democracia hasta el fin, la búsqueda
de las formas de este desarrollo, su
comprobación en la práctica, etc.:
todo eso constituye una de las tareas de la lucha por la
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33 Las cifras que cita Lenin se basan en la
cotización del papel moneda en el segundo semestre de 1917. En aquel entonces,
el rublo papel había perdido considerablemente su valor después de varios años
de guerra
El Estado y la Revolución. Cap. IV. Aclaraciones complementarias
de Engels
revolución social. Por
separado, ninguna democracia dará como resultante el socialismo; pero, en la
práctica, la democracia jamás se tomará “por separado”, sino “en bloque”,
influyendo también en la economía, acelerando su transformación y cayendo ella
misma bajo la influencia del desarrollo económico, etc. Tal es la dialéctica de
la historia viva.
Engels prosigue:
“...En el capítulo tercero
de La guerra civil se describe con
todo detalle esta labor encaminada a hacer saltar (Sprengung) el viejo poder estatal y a sustituirlo por otro nuevo y
realmente democrático. Sin embargo, era necesario detenerse a examinar aquí de
manera sucinta algunos de los rasgos de esta sustitución por ser precisamente
en Alemania donde la fe supersticiosa en el Estado se ha trasplantado del campo
filosófico a la conciencia general de la burguesía e incluso a la de muchos
obreros. Según la concepción filosófica, el Estado es “la realización de la
idea”, o sea, traducido al lenguaje filosófico, el reino de Dios en la tierra,
el campo en que se hacen o deben hacerse realidad la eterna verdad y la eterna
justicia. De aquí nace una veneración supersticiosa del Estado y de todo lo que
con él se relaciona, veneración supersticiosa que arraiga en las conciencias
con tanta mayor facilidad por cuanto la gente se acostumbra, ya desde la
infancia, a pensar que los asuntos e intereses comunes a toda la sociedad no
pueden gestionarse ni salvaguardarse de un modo diferente a como se ha venido
haciendo hasta aquí, es decir, por medio del Estado y de sus funcionarios bien
retribuidos. Y se cree haber dado un paso extraordinariamente audaz con
librarse de la fe en la monarquía hereditaria y entusiasmarse con la república
democrática. En realidad, el Estado no es más que una máquina para la opresión
de una clase por otra, lo mismo en la república democrática que bajo la
monarquía; y, en el mejor de los casos, un mal que se transmite como herencia
al proletariado triunfante en su lucha por la dominación de clase. El
proletariado victorioso, lo mismo que hizo la Comuna, no podrá por menos de
amputar inmediatamente los lados peores de este mal, entretanto que una generación
futura, educada en condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de
todo ese trasto viejo del Estado”.
Engels ponía en guardia a
los alemanes para que, en caso de ser sustituida la monarquía por la república,
no olvidasen los fundamentos del socialismo acerca del Estado en general. Hoy,
sus advertencias parecen una lección directa a los señores Tsereteli y Chernov,
que en su práctica “coalicionista” ¡revelan una fe supersticiosa en el Estado y
una veneración supersticiosa por él!
31
Dos observaciones más.
1) Si Engels dice que en la república
democrática el Estado sigue siendo, “lo mismo” que bajo la monarquía, “una
máquina para la opresión de una clase por otra”, esto no significa en modo
alguno que la forma de opresión le sea indiferente al proletariado, como
“enseñan” algunos anarquistas. Una forma
de lucha de clases y de opresión de clase más amplia, más libre y más abierta
facilita en proporciones gigantescas la lucha del proletariado por la supresión
de las clases en general.
2)
El
problema de por qué solamente una nueva generación estará en condiciones de
deshacerse por completo de todo el trasto viejo del Estado está relacionado con
la superación de la democracia, que pasamos a examinar.
6. Engels y la
superación de la democracia.
Engels tuvo que hablar de esto al
referirse a la inexactitud científica
de la denominación de “socialdemócrata”.
El Estado y la Revolución. Cap. IV. Aclaraciones complementarias
de Engels
En el prefacio a la edición
de sus artículos de los años 70 del siglo XIX sobre diversos temas,
primordialmente de carácter “internacional” (Internationales aus dem “Volksstaat”), prefacio fechado el 3 de
enero de 1894, es decir, escrito año y medio antes de morir Engels, éste hacía
constar que en todos los artículos usaba la palabra “comunista” y no
“socialdemócrata”, pues entonces se llamaban socialdemócratas los proudhonianos
en Francia y los lassalleanos34 en
Alemania.
“...Para Marx y para mí
—prosigue Engels— era, por tanto, completamente imposible emplear una expresión
tan elástica para denominar nuestro punto de vista especial. En la actualidad,
las cosas se presentan de otra manera, y esta palabra (“socialdemócrata”)
puede, tal vez, pasar (mag passieren),
aunque sigue siendo inexacta (unpassend,
inadecuada) para un partido cuyo programa económico no es un simple programa
socialista en general, sino un programa claramente comunista, y cuya meta
política final es la superación total del Estado, y, por consiguiente, también
de la democracia. Pero los nombres de los
verdaderos (subrayado por Engels) partidos políticos jamás son adecuados
por entero; el partido se desarrolla y el nombre queda”.
El dialéctico Engels, en el
ocaso de su vida, sigue siendo fiel a la dialéctica. Marx y yo –dice— teníamos
un hermoso nombre, un nombre científicamente exacto, para el partido; pero no
teníamos un verdadero partido, es decir, un partido proletario de masas. Hoy (a
fines del siglo XIX) existe un verdadero partido, pero su nombre es
científicamente inexacto. ¡No importa, “puede pasar”: lo importante es que el
partido se desarrolle, que no
desconozca la inexactitud científica de su nombre y que ésta no le impida
desarrollarse en la dirección certera!
Quizá haya algún bromista
que quiera consolarnos también a nosotros, los bolcheviques, a la manera de
Engels: tenemos un verdadero partido, que se desarrolla de un modo excelente;
por tanto, también “puede pasar” una palabra tan sin sentido y tan fea como la
de “bolchevique”, que no expresa nada en absoluto, excepto la circunstancia
puramente accidental de que en el Congreso de Bruselas— Londres de 1903 tuvimos
nosotros la mayoría35 … Tal vez hoy, cuando las persecuciones
de nuestro partido, en julio y agosto, por los republicanos y por la filistea
democracia “revolucionaria” han hecho la palabra “bolchevique” tan popular y
honrosa, y cuando, además, esas persecuciones han marcado un progreso tan
gigantesco, un progreso histórico de nuestro partido en su desarrollo verdadero; tal vez hoy, también yo
dudaría en cuanto a mi propuesta de abril de cambiar el nombre de nuestro partido*. Quizá propondría a mis camaradas una
“transacción”: llamarnos Partido Comunista y dejar entre paréntesis la palabra
bolchevique...
* Véase la presente edición, tomo VI. (N. de la Edit.)
Pero la cuestión del nombre
del partido tiene una importancia incomparablemente menor que la actitud del
proletariado revolucionario ante el Estado.
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34 Lassalleanos:
partidarios y seguidores del socialista pequeñoburgués alemán Fernando
Lassalle, con cuya participación activa se fundó en 1863 la Asociación General
de Obreros Alemanes, organización política que existió hasta 1875. Lassalle,
que arrancaba de una concepción idealista del Estado como organización situada
por encima de las clases, consideraba posible utilizar el Estado prusiano para
resolver los problemas sociales creando, con la ayuda del mismo, asociaciones
obreras de producción. Lassalle orientó a los obreros exclusivamente hacia la
vía pacífica y parlamentaria de lucha, creyendo que el Estado prusiano se
convertiría en un “Estado popular libre" al implantarse el sufragio
universal. Para lograr la promulgación de una ley sobre el sufragio universal,
Lassalle se alió con Bismarck, a quien prometió la ayuda de la Asociación
General de Obreros Alemanes en su lucha contra la oposición liberal y en el
cumplimiento de sus planes de reunificación de Alemania "por arriba"
bajo la hegemonía de Prusia.
35 Lenin se refiere al II Congreso del
POSDR, que se celebró a finales de julio y comienzos de agosto de 1903. En él
se produjo la escisión entre el ala revolucionaria, compuesta de los adeptos de
Lenin, y el ala oportunista. Al elegirse los organismos centrales del partido,
los leninistas obtuvieron la mayoría ("bolshinstvó") y empezaron a
llamarse "bolcheviques" (mayoritarios), mientras que los
oportunistas, que quedaron en minoría ("menshinstvó"), recibieron la
denominación de "mencheviques" (minoritarios)
El Estado y la Revolución. Cap. IV. Aclaraciones complementarias
de Engels
En las consideraciones
habituales acerca del Estado se comete a cada paso el error contra el que pone
en guardia Engels y que hemos señalado de paso en nuestra exposición
precedentes a saber: se olvida constantemente que la destrucción del Estado es
también la destrucción de la democracia, que la extinción del Estado implica la
extinción de la democracia.
A primera vista, esta
afirmación parece extraña e incomprensible en extremo. Tal vez alguien llegue
incluso a temer que estemos esperando el advenimiento de una organización
social en la que no se observe el principio de la subordinación de la minoría a
la mayoría, pues la democracia es, precisamente, el reconocimiento de este
principio.
No. La democracia no es idéntica a la subordinación de la
minoría a la mayoría. Democracia es el
Estado que reconoce la subordinación de la minoría a la mayoría, es decir,
una organización llamada a ejercer la
violencia sistemática de una clase contra otra, de una parte de la
población contra otra.
Nosotros nos señalamos como
objetivo final la destrucción del Estado, es decir, de toda violencia
organizada y sistemática, de toda violencia contra el individuo en general. No
esperamos el advenimiento de un orden social en el que no se acate el principio
del sometimiento de la minoría a la mayoría. Pero, aspirando al socialismo,
estamos convencidos de que éste se transformará en comunismo y, en relación con
ello, desaparecerá toda necesidad de violencia sobre el individuo en general,
toda necesidad de subordinación de
unos hombres a otros, de una parte de la población a otra, pues los hombres se acostumbrarán a observar las reglas
elementales de la convivencia social sin
violencia y sin subordinación.
32
Precisamente para subrayar
este elemento de la costumbre habla Engels de una nueva generación que,
“educada en condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de todo ese
trasto viejo del Estado”, de todo Estado, incluido el Estado republicano democrático.
Para aclarar esto habrá que
analizar el problema de las bases económicas de la extinción del Estado.
El Estado y la Revolución. Cap. V. Las bases económicas del
Estado
Capítulo V. Las bases económicas de la extinción del estado.
La explicación más detallada
de este problema nos la da Marx en su Crítica
del Programa de Gotha (carta a Bracke, del 5 de mayo de 1875, que sólo en
1891 fue publicada en la revista Neue
Zeit, IX, 1, y que apareció en ruso en un folleto). La parte polémica de
esta magnífica obra, consistente en
la crítica del lassalleanismo, ha dejado en la sombra, por decirlo así, su
parte positiva: el análisis de la conexión existente entre el desarrollo del
comunismo y la extinción del Estado.
1. Planteamiento de
la cuestión por Marx.
Si se compara
superficialmente la carta de Marx a Bracke del 5 de mayo de 1875 con la de
Engels a Bebel del 28 de marzo de 1875, examinada antes, podrá parecer que Marx
es mucho más “partidario del Estado” que Engels y que entre las concepciones de
ambos escritores acerca del Estado media una diferencia muy considerable.
Engels aconseja a Bebel
abandonar toda la charlatanería acerca del Estado y borrar por completo del
programa la palabra Estado, sustituyéndola por la de “Comunidad”. Engels llega
incluso a declarar que la Comuna no era ya un Estado en el verdadero sentido de
la palabra. En cambio, Marx habla incluso del “Estado futuro de la sociedad
comunista”, es decir, reconoce, al parecer, la necesidad del Estado incluso en
el comunismo.
Pero semejante opinión sería
profundamente errónea. Examinándola con mayor detenimiento, vemos que las
concepciones de Marx y de Engels sobre el Estado y su extinción coinciden en
absoluto, y que la citada expresión de Marx se refiere precisamente al Estado en extinción.
Está claro que no puede
hablarse siquiera de determinar el momento de la “extinción” futura, tanto más que se trata a ciencia
cierta de un proceso largo. La aparente disparidad entre Marx y Engels se
explica por la diferencia de los temas que abordaban y de los objetivos que
perseguían. Engels se propuso mostrar a Bebel de un modo palmario y tajante, a
grandes rasgos, todo lo absurdo de los prejuicios en boga (compartidos en grado
considerable por Lassalle) acerca del Estado. Marx sólo toca de pasada esta cuestión interesándose por otro
tema: el desarrollo de la sociedad
comunista.
Toda la teoría de Marx es la
aplicación de la teoría del desarrollo —en su forma más consecuente, más
completa, más meditada y más rica de contenido— al capitalismo moderno. Es
natural, por tanto, que surgiese ante Marx el problema de aplicar esta teoría a la inminente bancarrota del
capitalismo y al desarrollo futuro del comunismo futuro.
Ahora bien, ¿en virtud de
qué datos se puede plantear la
cuestión del desarrollo futuro del comunismo futuro?
En virtud de que el
comunismo procede del capitalismo, se
desarrolla históricamente del capitalismo, es resultado de la acción de una
fuerza social engendrada por el
capitalismo. Marx no intenta, ni por lo más remoto, fabricar utopías, hacer
conjeturas vanas acerca de cosas que es imposible conocer. Marx plantea la
cuestión del comunismo como el naturalista plantearía, por ejemplo, la del
desarrollo de una nueva especie biológica, sabiendo que ha surgido de tal o
cual modo y se modifica en tal o cual dirección concreta.
Marx descarta, ante todo, la
confusión que siembra el Programa de Gotha en el problema de la correlación
entre el Estado y la sociedad.
El Estado y la Revolución. Cap. V. Las bases económicas del
Estado
“...La “sociedad actual”
—escribe Marx— esta sociedad capitalista, que existe en todos los países
civilizados más o menos libre de aditamentos medievales, más o menos modificada
por las particularidades del desarrollo histórico de cada país, más o menos desarrollada.
Por el contrario, el “Estado actual” cambia con las fronteras de cada país. En
el Imperio prusiano-alemán es otro que en Suiza; en Inglaterra, otro que en los
Estados Unidos. El “Estado actual” es, por tanto, una ficción.
“Sin embargo, los distintos
Estados de los distintos países civilizados, pese a la abigarrada diversidad de
sus formas, tienen de común que todos ellos se asientan sobre las bases de la
moderna sociedad burguesa, aunque ésta se halle en unos sitios más desarrollada
que en otros en el sentido capitalista. Tienen también, por tanto, ciertos
caracteres esenciales comunes. En este sentido, puede hablarse del “Estado
actual”, por oposición al futuro, en el que su actual raíz, la sociedad
burguesa, se habrá extinguido.
“Cabe, entonces, preguntarse
¿qué transformación sufrirá el Estado en la sociedad comunista? O, en otros
términos: ¿qué funciones sociales, análogas a las actuales funciones del
Estado, subsistirán entonces? Esta pregunta sólo puede contestarse científicamente,
y por más que acoplemos de mil maneras la palabra “pueblo” y la palabra
“Estado”, no nos acercaremos ni un ápice a la solución del problema...”
33
Al poner así en ridículo
toda la charlatanería sobre “el Estado del pueblo”, Marx plantea el problema y
parece advertirnos que para resolverlo de una manera científica sólo se puede
operar con datos científicos firmemente establecidos.
Lo primero que ha
establecido con absoluta precisión toda la teoría del desarrollo y toda la
ciencia en general — y que olvidaron los utopistas y olvidan los oportunistas
de hoy, que temen a la revolución socialista— es la circunstancia de que,
históricamente, debe haber, sin duda, una fase especial o una etapa especial de
transición del capitalismo al
comunismo.
2. La transición del
capitalismo al comunismo.
“...Entre la sociedad
capitalista y la sociedad comunista —prosigue Marx— media el período de la
transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período
corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser
otro que la dictadura revolucionaria del proletariado...”
Esta conclusión de Marx se
basa en el análisis del papel que desempeña el proletariado en la sociedad
capitalista actual, en los datos sobre el desarrollo de esta sociedad y en la
inconciliabilidad de los intereses antagónicos del proletariado y de la burguesía.
Antes, el problema se
planteaba así: para conseguir su liberación, el proletariado debe derrocar a la
burguesía, conquistar el poder político e instaurar su dictadura
revolucionaria.
Ahora se plantea de un modo
algo distinto: la transición de la sociedad capitalista —que se desenvuelve
hacia el comunismo— a la sociedad comunista es imposible sin “un período
político de transición”, y el Estado de este período no puede ser otro que la
dictadura revolucionaria del proletariado.
Ahora bien, ¿cuál es la
actitud de esta dictadura ante la democracia? Hemos visto que el Manifiesto Comunista coloca
sencillamente juntos dos conceptos: “la transformación del proletariado en clase dominante” y “la conquista de la
democracia”. Sobre la base de cuanto queda expuesto, puede determinarse con
mayor exactitud cómo se transforma la democracia durante la transición del
capitalismo al comunismo.
En la sociedad capitalista,
si su desarrollo es el más favorable, podemos ver una democracia más o menos
completa en la república democrática. Pero esta democracia está siempre
El Estado y la Revolución. Cap. V. Las bases económicas del
Estado
comprimida en el estrecho
marco de la explotación capitalista y, por eso, es siempre, en esencia,
democracia para la minoría, sólo para las clases poseedoras, solo para los
ricos. La libertad de la sociedad capitalista sigue siendo en todo momento,
poco más o menos, lo que era la libertad en las antiguas repúblicas de Grecia:
libertad para los esclavistas. A causa de las condiciones de la explotación
capitalista, los esclavos asalariados modernos viven tan agobiados por la
penuria y la miseria que “no están para democracia”, “no están para política”,
y en el curso corriente y pacífico de los acontecimientos, la mayoría de la
población es alejada de toda participación en la vida sociopolítica.
Alemania es, tal vez, el
país que corrobora con mayor evidencia la exactitud de esta afirmación,
precisamente porque la legalidad constitucional se mantuvo allí durante un
período asombrosamente largo y estable: casi medio siglo (1871-1914). Y durante
ese período, la socialdemocracia supo hacer muchísimo más que en los otros
países para “utilizar la legalidad” y organizar en partido político a un
porcentaje de obreros más elevado que en ningún otro lugar del mundo.
¿A cuánto asciende, pues,
este porcentaje — el más alto observado en la sociedad capitalista— de esclavos
asalariados conscientes y activos en el terreno político? ¡De 15 millones de
obreros asalariados, el Partido Socialdemócrata cuenta con un millón de
afiliados! ¡De 15 millones están organizados sindicalmente tres millones!
Democracia para una minoría
insignificante, democracia para los ricos: ésa es la democracia de la sociedad
capitalista. Si examinamos más de cerca el mecanismo de la democracia
capitalista, veremos siempre y en todas partes restricciones y más restricciones:
en los detalles “pequeños”, supuestamente pequeños, del derecho al sufragio
(lugar de empadronamiento, exclusión de la mujer, etc.), en la técnica de las
instituciones representativas, en los obstáculos efectivos al derecho de
reunión (¡los edificios públicos no son para los “miserables”!), en la
organización puramente capitalista de la prensa diaria, etc., etc. Estas
restricciones, excepciones, exclusiones y trabas impuestas a los pobres parecen
insignificantes, sobre todo a quienes jamás han sufrido la penuria ni han
estado en contacto con la vida cotidiana de las clases oprimidas (y tal es el
caso de las nueve décimas partes, si no del noventa y nueve por ciento, de los
publicistas y políticos burgueses); pero, en su conjunto estas restricciones excluyen,
eliminan a los pobres de la política de la participación activa en la
democracia.
Marx captó magníficamente
esta esencia de la democracia
capitalista al decir en su análisis de la experiencia de la Comuna: ¡se
autoriza a los oprimidos a decidir una vez cada varios años qué mandatarios de
la clase opresora han de representarlos y aplastarlos en el Parlamento!36
34
Pero, partiendo de esta
democracia capitalista — ineluctablemente estrecha, que rechaza bajo cuerda a
los pobres y es, por tanto, una democracia profundamente hipócrita y falaz—, el
desarrollo progresivo no discurre de un modo sencillo, directo y tranquilo
“hacia una democracia cada vez mayor”, como quieren hacer creer los profesores
liberales y los oportunistas pequeñoburgueses. No. Ese desarrollo, es decir, el
desarrollo hacia el comunismo, pasa por la dictadura del proletariado, y sólo
puede ser así, pues no hay otra fuerza ni otro camino para romper la resistencia de los explotadores
capitalistas.
Pero la dictadura del
proletariado, es decir, la organización de la vanguardia de los oprimidos en
clase dominante para reprimir a los opresores, no puede conducir únicamente a
la simple
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36 Lenin se refiere al II Congreso del
POSDR, que se celebró a finales de julio y comienzos de agosto de 1903. En él
se produjo la escisión entre el ala revolucionaria, compuesta de los adeptos de
Lenin, y el ala oportunista. Al elegirse los organismos centrales del partido,
los leninistas obtuvieron la mayoría ("bolshinstvó") y empezaron a
llamarse "bolcheviques" (mayoritarios), mientras que los
oportunistas, que quedaron en minoría ("menshinstvó"), recibieron la
denominación de "mencheviques" (minoritarios)
El Estado y la Revolución. Cap. V. Las bases económicas del
Estado
ampliación de la democracia.
A la par con la ingente ampliación de
la democracia (que se convierte por vez
primera en democracia para los pobres, en democracia para el pueblo, y no
en democracia para los ricos), la dictadura del proletariado implica una serie
de restricciones impuestas a la libertad de los opresores, de los explotadores,
de los capitalistas. Debemos reprimirlos para liberar a la humanidad de la
esclavitud asalariada, hay que vencer por la fuerza su resistencia. Y es
evidente que donde hay represión, hay violencia, no hay libertad ni democracia.
Engels lo expresaba
magníficamente en la carta a Bebel, al decir, como recordará el lector, que
“mientras el proletariado necesite todavía del Estado, no lo necesitará en
interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como
pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir”.
Democracia para la mayoría
gigantesca del pueblo y represión por la fuerza, o sea, exclusión de la
democracia, para los explotadores, para los opresores del pueblo: tal es la
modificación que experimentará la democracia durante la transición del capitalismo al comunismo.
Sólo en la sociedad
comunista, cuando se haya roto ya definitivamente la resistencia de los
capitalistas, cuando hayan desaparecido los capitalistas, cuando no haya clases
(es decir, cuando no existan diferencias entre los miembros de la sociedad por
su relación con los medios de producción sociales), sólo entonces “desaparecerá el Estado y podrá hablarse de libertad”. Sólo entonces será posible y se hará
realidad una democracia verdaderamente completa,
verdaderamente sin ninguna restricción. Y sólo entonces comenzará a extinguirse la democracia, por la
sencilla razón de que los hombres de la esclavitud capitalista, de los
innumerables horrores, bestialidades, absurdos y vilezas de la explotación
capitalista, se habituarán poco a
poco a observar las reglas elementales de convivencia, conocidas a lo largo de los siglos y repetidas desde hace
milenios en todos los preceptos; a observarlas sin violencia, sin coerción, sin
subordinación, sin esa máquina especial
de coerción que se llama Estado.
La expresión “el Estado se extingue” está muy bien elegida, pues
señala la gradación y la espontaneidad del proceso. Sólo la fuerza de la
costumbre puede ejercer y ejercerá sin duda esa influencia, pues observamos
alrededor nuestro millones de veces con qué facilidad se habitúan los seres
humanos a cumplir las reglas de convivencia que necesitan, si no hay
explotación, si no hay nada que indigne, provoque protestas y sublevaciones y
haga imprescindible la represión.
Por tanto, en la sociedad
capitalista tenemos una democracia amputada, mezquina, falsa, una democracia
únicamente para los ricos, para la minoría. La dictadura del proletariado, el
período de transición al comunismo, aportará por vez primera la democracia para
el pueblo, para la mayoría, a la par con la necesaria represión de la minoría,
de los explotadores. Sólo el comunismo puede proporcionar una democracia
verdaderamente completa; y cuanto más completa sea, con tanta mayor rapidez
dejará de ser necesaria y se extinguirá por sí misma.
Dicho en otros términos: en
el capitalismo tenemos un Estado en el sentido estricto de la palabra, una
máquina especial para la represión de una clase por otra y, además, de la
mayoría por la minoría. Es evidente que el éxito de una empresa como la represión
sistemática de la mayoría de los explotados por una minoría de explotadores
requiere una crueldad extraordinaria, una represión bestial; requiere mares de
sangre, a través de los cuales sigue su camino la humanidad en estado de
esclavitud, de servidumbre, de trabajo asalariado.
Más adelante, durante la transición del capitalismo al
comunismo, la represión es todavía
necesaria, pero es ya la represión de una minoría de explotadores por la
mayoría de los explotados. Es necesario todavía
un aparato especial, una máquina especial para la represión: el “Estado”. Pero
es ya un Estado de transición, no es ya un Estado en el sentido
El Estado y la Revolución. Cap. V. Las bases económicas del
Estado
estricto de la palabra, pues
la represión de una minoría de explotadores por la mayoría de los esclavos
asalariados de ayer es algo tan
relativamente fácil, sencillo y natural, que costará muchísima menos sangre que
la represión de las sublevaciones de los esclavos, de los siervos y de los
obreros asalariados y resultará mucho más barata a la humanidad. Y este Estado
es compatible con la extensión de la democracia a una mayoría tan aplastante de
la población que empieza a desaparecer la necesidad de una máquina especial para la represión. Como es natural, los
explotadores no pueden reprimir al pueblo sin una máquina complicadísima que
les permita cumplir esta misión; pero el
pueblo puede reprimir a los explotadores con una “máquina” muy sencilla,
casi sin “máquina”, sin aparato especial: con la simple organización de las masas armadas (como los Soviets de diputados
obreros y soldados, digamos,
adelantándonos un poco).
35
Por último, sólo el comunismo suprime en absoluto la necesidad
del Estado, pues no hay nadie a quien
reprimir, “nadie” en el sentido de clase,
en el sentido de una lucha sistemática contra
cierta parte de la población. No somos utopistas y no negamos lo más mínimo que
sea posible e inevitable que algunos
individuos cometan excesos, como tampoco negamos la necesidad de reprimir
tales excesos. Pero, en primer lugar, para ello no hace falta una máquina
especial, un aparato especial de represión; eso lo hará el propio pueblo
armado, con la misma sencillez y facilidad con que un grupo cualquiera de
personas civilizadas, incluso en la sociedad actual, separa a quienes se están
peleando o impide que se maltrate a una mujer. Y, en segundo lugar, sabemos que
la causa social más profunda de los excesos, consistentes en infringir las
reglas de convivencia, es la explotación de las masas, su penuria y su miseria.
Al suprimirse esta causa principal, los excesos comenzarán inevitablemente a “extinguirse”. No sabemos con qué rapidez
y gradación, pero sí sabemos que se extinguirán. Y con ello se extinguirá también el Estado.
Sin dejarse llevar de
utopías, Marx determinó en detalle lo que es posible determinar ahora acerca de este porvenir, a saber:
la diferencia entre las fases (grados o etapas) inferior y superior de la
sociedad comunista.
3. La primera fase de
la sociedad comunista.
En Crítica del Programa de Gotha, Marx refuta circunstanciadamente la
idea lassalleana de que, en el socialismo, el obrero recibirá “el producto
íntegro (o “completo”) del trabajo”. Marx demuestra que de todo el trabajo
social de toda la sociedad habrá que descontar un fondo de reserva, otro fondo
para ampliar la producción, reponer las máquinas “gastadas”, etc., y, además de
los artículos de consumo, un fondo para los gastos de administración, escuelas,
hospitales, asilos de ancianos, etc.
En vez de la frase nebulosa,
confusa y general de Lassalle (“dar al obrero el producto íntegro del
trabajo”), Marx ofrece un análisis sereno de cómo se verá obligada a
administrar la sociedad socialista.
Marx aborda el análisis concreto de las condiciones de vida de
esta sociedad, en la que no existirá el capitalismo, y dice:
“De lo que aquí se trata”
(en el examen del programa del partido obrero) “no es de una sociedad comunista
que se ha desarrollado sobre su
propia base, sino de una que acaba de
salir precisamente de la sociedad capitalista y que, por tanto, presenta
todavía en todos sus aspectos, en el económico, el moral y el intelectual, el
sello de la vieja sociedad de cuyas entrañas procede”.
El Estado y la Revolución. Cap. V. Las bases económicas del
Estado
Esta sociedad comunista, que
acaba de salir de las entrañas del capitalismo y que presenta en todos sus
aspectos el sello de la sociedad antigua, es la que Marx llama “primera” fase o
fase inferior de la sociedad comunista.
Los medios de producción han
dejado ya de ser propiedad privada de distintos individuos para pertenecer a
toda la sociedad. Cada miembro de ésta, al efectuar cierta parte del trabajo
socialmente necesario, obtiene de la sociedad un certificado acreditativo de
haber realizado tal o cual cantidad de trabajo. Por este certificado recibe de
los almacenes sociales de artículos de consumo la cantidad correspondiente de
productos. Deducida la cantidad de trabajo que pasa al fondo social, cada
obrero recibe, pues, de la sociedad tanto como le entrega.
Reina, al parecer, la “igualdad”.
Pero cuando Lassalle,
refiriéndose a este orden social (al que suele darse el nombre de socialismo y
que Marx denomina primera fase del comunismo), dice que esto es “una
distribución justa”, que es “el derecho igual de cada uno al producto igual del
trabajo”, Lassalle se equivoca, y Marx pone en claro su error.
Aquí —dice Marx— nos
encontramos, en efecto, ante un “derecho igual”, pero es todavía “un derecho burgués”, que, como todo derecho, presupone la desigualdad. Todo derecho
significa aplicar un rasero igual a
hombres distintos, que de hecho no
son idénticos, no son iguales entre sí; y por eso, “el derecho igual” es una
infracción de la igualdad y una injusticia. En realidad, cada cual recibe, si
ejecuta una parte de trabajo social igual que otro, la misma parte del producto
social (después de hechas las deducciones indicadas).
Sin embargo, los hombres no
son iguales: unos son más fuertes y otros más débiles; unos están casados y
otros solteros; unos tienen más hijos que otros, etc.
“...Con igual trabajo
—concluye Marx— y, por consiguiente, con igual participación en el fondo social
de consumo, unos reciben de hecho más que otros, unos son más ricos que otros,
etc. Para evitar todos estos inconvenientes, el derecho no tendría que ser
igual, sino desigual...”
Por consiguiente, la primera
fase del comunismo no podrá aún proporcionar ni justicia ni igualdad:
subsistirán las diferencias de riqueza, que son injustas; pero no podrá existir
la explotación del hombre por el
hombre, pues será imposible apoderarse, a título de propiedad privada, de los medios de producción, las fábricas, las máquinas, la tierra,
etc. Al pulverizar la frase de Lassalle, confusa al estilo pequeñoburgués,
acerca de la “igualdad” y la “justicia” en
general, Marx señala el curso del
desarrollo de la sociedad comunista, la cual se verá obligada a destruir primero solamente
la “injusticia” que representa la usurpación de los medios de producción por
individuos aislados, pero no estará en
condiciones de suprimir de golpe también la otra injusticia, consistente en
distribuir los artículos de consumo “según el trabajo” (y no según las
necesidades).
36
Los economistas vulgares,
incluidos los profesores burgueses, y entre ellos “nuestro” Tugán, reprochan
constantemente a los socialistas que olvidan la desigualdad de los hombres y
“sueñan” con extirpar esta desigualdad. Semejante reproche sólo demuestra, como
vemos, la extrema ignorancia de los señores ideólogos burgueses.
Marx tiene en cuenta con la
mayor exactitud no sólo la inevitable desigualdad de los hombres, sino también
que la transformación de los medios de producción en propiedad común de toda la
sociedad (el “socialismo”, en el sentido corriente de la palabra) no suprime por sí sola los defectos de
la distribución y la desigualdad del “derecho burgués”, que sigue imperando, por cuanto los
productos se distribuyen “según el trabajo”.
El Estado y la Revolución. Cap. V. Las bases económicas del
Estado
“...Pero estos defectos
—prosigue Marx-son inevitables en la primera fase de la sociedad comunista, tal
y como brota de la sociedad capitalista después de un largo y doloroso
alumbramiento. El derecho no puede ser nunca superior a la estructura económica
ni al desarrollo cultural de la sociedad por ella condicionado...”
Así pues, en la primera fase
de la sociedad comunista (a la que suele darse el nombre de socialismo), “el
derecho burgués” no se suprime por
completo, sino sólo en parte, sólo en la medida de la transformación económica
ya alcanzada, es decir, sólo en lo que atañe a los medios de producción. “El
derecho burgués” los considera propiedad privada de los individuos. El
socialismo los convierte en propiedad común.
En este sentido —y sólo en este
sentido— desaparece “el derecho burgués”.
Sin embargo, este derecho
persiste en otro de sus aspectos: como regulador de la distribución de los
productos y de la distribución del trabajo entre los miembros de la sociedad.
“El que no trabaja, no come”: este principio socialista es ya una realidad; “a igual cantidad de trabajo, igual cantidad de
productos”: también este principio socialista es ya una realidad. Pero eso no es todavía el comunismo, no suprime
aún “el derecho burgués”, que por una cantidad desigual (desigual en la
práctica) de trabajo da una cantidad igual de productos a hombres que no son
iguales.
Esto es un “defecto”, dice
Marx, pero un defecto inevitable en la primera fase del comunismo. Porque, si
no se quiere caer en la utopía, es imposible pensar que, al derrocar el
capitalismo, los hombres aprenderán inmediatamente a trabajar para la sociedad sin sujetarse a ninguna norma de derecho;
además, la abolición del capitalismo no
sienta en el acto las premisas económicas de este cambio.
Aparte del “derecho
burgués”, no hay otras normas, Y, por tanto, persiste aún la necesidad del
Estado, que, velando por la propiedad común de los medios de producción, vele
por la igualdad del trabajo y por la igualdad en la distribución de los
productos.
El Estado se extingue por
cuanto no hay ya capitalistas, no hay ya clases y, por esa misma razón, no se
puede reprimir a ninguna clase.
Pero el Estado no se ha
extinguido todavía del todo, pues sigue existiendo la protección del “derecho
burgués” que santifica la desigualdad de hecho. Para que el Estado se extinga
por completo hace falta el comunismo completo.
4.
La fase superior de la sociedad comunista.
Marx prosigue
“...En la fase superior de
la sociedad comunista, cuando la desaparecido la subordinación esclavizadora de
los individuos a la división del trabajo y, con ella, la oposición entre el
trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un
medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de
los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y
fluyan con todo su caudal los manantiales de la riqueza colectiva, sólo
entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués,
y la sociedad podrá escribir en su bandera: “¡De cada cual, según su capacidad;
a cada cual, según sus necesidades!”.
Sólo ahora podemos apreciar
toda la justedad de las observaciones de Engels al burlarse implacablemente de
la absurda asociación de las palabras “libertad” y “Estado”. Mientras existe el
Estado, no hay libertad. Cuando haya libertad, no habrá Estado.
La base económica de la
extinción completa del Estado significa un desarrollo tan elevado del comunismo
que en él desaparece la oposición entre el trabajo intelectual y el manual. En
El Estado y la Revolución. Cap. V. Las bases económicas del
Estado
consecuencia, deja de
existir una de las fuentes más importantes de la desigualdad social contemporánea, una fuente que en
modo alguno puede ser suprimida de golpe por el solo hecho de que los medios de
producción pasen a ser propiedad social, por la sola expropiación de los
capitalistas.
Esta expropiación dará la posibilidad de desarrollar las
fuerzas productivas en proporciones gigantescas. Y al ver cómo retrasa el capitalismo ya hoy, de modo
increíble, este desarrollo y cuánto podríamos avanzar sobre la base de la
técnica moderna ya lograda, tenemos derecho a decir con la mayor certidumbre
que la expropiación de los capitalistas originará inevitablemente un desarrollo
gigantesco de las fuerzas productivas de la sociedad humana. Lo que no sabemos ni podemos saber es la rapidez con que
avanzará este desarrollo, la rapidez con que llegará a romper con la división
del trabajo, a suprimir la oposición entre el trabajo intelectual y el manual,
a convertir el trabajo “en la primera necesidad vital”.
37
Por eso tenemos derecho a
hablar sólo de la extinción ineluctable del Estado, subrayando el carácter
prolongado de este proceso, su dependencia de la rapidez con que se desarrolle la fase superior del comunismo y dejando
pendiente por entero la cuestión de los plazos o de las formas concretas de la extinción, pues carecemos de datos para poder resolver estos problemas.
El Estado podrá extinguirse
por completo cuando la sociedad aplique la regla: “De cada cual, según su
capacidad; a cada cual, según sus necesidades”; es decir, cuando los hombres
estén ya tan habituados a observar las normas fundamentales de la convivencia y
cuando su trabajo sea tan productivo que trabajen voluntariamente según su capacidad. “El estrecho
horizonte del derecho burgués, que obliga a calcular con la insensibilidad de
un Shylock para no trabajar ni media hora más que otro ni percibir menos salario
que otro, este estrecho horizonte será entonces rebasado. La distribución de
los productos no requerirá entonces que la sociedad regule la cantidad de ellos
que habrá de recibir cada uno; todo individuo podrá tomarlos libremente “según
sus necesidades”.
Desde el punto de vista
burgués, es fácil declarar “pura utopía” semejante régimen social y burlarse
diciendo que los socialistas prometen a todos el derecho a recibir de la
sociedad, sin el menor control del trabajo realizado por cada ciudadano, la
cantidad que deseen de trufas, automóviles, pianos, etc. Con estas burlas
siguen saliendo del paso, incluso hoy, la mayoría de los “sabios” burgueses,
que demuestran así su ignorancia y su defensa interesada del capitalismo.
Su ignorancia, pues a ningún
socialista se le ha ocurrido “prometer” la llegada de la fase superior de
desarrollo del comunismo; y la previsión
de los grandes socialistas de que esta fase ha de advenir presupone una
productividad del trabajo que no es la actual y hombres que no son los actuales filisteos, capaces —como los seminaristas
de Pomialovski— de dilapidar “a tontas y a locas” los depósitos de la riqueza
social y pedir lo imposible.
Mientras llega la fase
“superior” del comunismo, los socialistas exigen el más riguroso control por parte de la sociedad y por parte del Estado sobre la medida
de trabajo y la medida de consumo. Pero este control ha de comenzar por la expropiación de los capitalistas, por el control de
los obreros sobre los capitalistas, y no debe efectuarlo un Estado de
burócratas, sino el Estado de los obreros
armados.
La defensa interesada del
capitalismo por los ideólogos burgueses (y por sus lacayos, como los señores
Tsereteli, Chernov y Cía.) consiste, precisamente, en suplantar con discusiones
y parloteos sobre un remoto porvenir el problema más vital y más urgente de la
política de hoy: expropiar a los
capitalistas, transformar a todos los
ciudadanos en trabajadores y empleados
de un gran “consorcio” único, a saber, de todo el Estado, y subordinar por
El Estado y la Revolución. Cap. V. Las bases económicas del
Estado
completo el trabajo de todo
este consorcio a un Estado realmente democrático: al Estado de los Soviets de diputados obreros y soldados.
En el fondo, cuando un sabio
profesor, y tras él los filisteos, y tras ellos señores como los Tsereteli y
los Chernov, hablan de utopías descabelladas, de promesas demagógicas de los
bolcheviques, de la imposibilidad de “implantar” el socialismo, se refieren
precisamente a la etapa o fase superior del comunismo, que nadie ha prometido
“implantar” y ni siquiera ha pensado en ello, pues, en general, es imposible
“implantarla”.
Y aquí llegamos a la
diferencia científica que existe entre el socialismo y el comunismo, a la cual
aludió Engels en el pasaje reproducido antes sobre la inexactitud de la
denominación de “socialdemócratas”. Desde el punto de vista político, es
posible que la diferencia entre la primera fase, o fase inferior, y la fase
superior del comunismo llegue, con el tiempo, a ser inmensa. Pero hoy, en el
capitalismo, sería ridículo hablar de esta diferencia, que sólo algunos
anarquistas podrían promover, tal vez, a primer plano (si es que entre ellos
quedan todavía hombres que no hayan aprendido nada después de la conversión
“plejanovista” de los Kropotkin, los Grave, los Cornelissen y demás “estrellas”
del anarquismo en socialchovinistas o en anarquistas de trincheras, como los ha
calificado Gue, uno de los pocos anarquistas que no han perdido el honor y la
conciencia).
Pero la diferencia
científica entre el socialismo y el comunismo es clara. Marx denominó “primera”
fase o fase inferior de la sociedad comunista a lo que se llama habitualmente
socialismo. Por cuanto los medios de producción se convierten en propiedad común, puede aplicarse también a esta
fase la palabra “comunismo”, mas sin olvidar que esto no es el comunismo completo. La gran importancia de las
explicaciones de Marx reside en que también aquí aplica de manera consecuente
la dialéctica materialista, la teoría del desarrollo, considerando el comunismo
como algo que se desarrolla del
capitalismo. En vez de definiciones escolásticas y artificiales “inventadas” y
de disputas estériles acerca de las palabras (qué es el socialismo, qué es el
comunismo), Marx hace un análisis de lo que podríamos denominar grados de
madurez económica del comunismo.
38
En su primera fase, en su
primer grado, el comunismo no puede
todavía madurar por completo en el aspecto económico, no puede aún ser
completamente libre de las tradiciones o de las huellas del capitalismo. De ahí
un fenómeno tan interesante como la conservación del “estrecho horizonte del
derecho burgués” en la primera fase
del comunismo. Como es natural, el derecho burgués respecto a la distribución
de los artículos de consumo presupone
también inevitablemente un Estado burgués,
pues el derecho no es nada sin un aparato capaz de obligar a respetar las normas de derecho.
Resulta, pues, que en el
comunismo no sólo subsiste durante cierto tiempo el derecho burgués, sino que
subsiste incluso el Estado burgués ¡sin burguesía!
Esto podrá parecer una
paradoja o un simple juego dialéctico de la inteligencia, de lo cual acusan con
frecuencia al marxismo personas que no han hecho el menor esfuerzo para
estudiar su contenido, extraordinariamente profundo.
En realidad, la vida nos
muestra a cada paso los vestigios de lo viejo en lo nuevo, tanto en la
naturaleza como en la sociedad. Y Marx no introdujo por capricho en el
comunismo un trocito de derecho “burgués”, sino que tomó lo que es económica y
políticamente inevitable en una sociedad que brota de las entrañas del capitalismo.
La democracia tiene magna
importancia en la lucha de la clase obrera por su liberación, contra los
capitalistas. Pero la democracia no es en modo alguno un límite insuperable,
sino sólo una de las etapas en el camino del feudalismo al capitalismo y del capitalismo
al comunismo.
El Estado y la Revolución. Cap. V. Las bases económicas del
Estado
La democracia significa
igualdad. Se comprende la gran importancia que tienen la lucha del proletariado
por la igualdad y la consigna de igualdad, si ésta se interpreta exactamente,
en el sentido de supresión de las clases.
Ahora bien, la democracia significa sólo una igualdad formal. E inmediatamente después de realizada la igualdad de todos
los miembros de la sociedad con respecto a la posesión de los medios
de producción, es decir, la igualdad de trabajo y la igualdad de salario, ante
el género humano surgirá de manera inevitable el problema de seguir adelante y
pasar de la igualdad formal a la igualdad de hecho, o sea, aplicar la regla:
“De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades”. No
sabemos ni podemos saber a través de qué etapas, por medio de qué medidas
prácticas llegará la humanidad a este supremo objetivo. Pero lo importante es
aclararse a sí mismo cuán infinitamente falaz es la corriente idea burguesa que
presenta al socialismo como algo muerto, rígido e inmutable, cuando, en
realidad, sólo con el socialismo
comienza un movimiento rápido y autentico de progreso en todos los ámbitos de
la vida social e individual, un movimiento verdaderamente de masas, en el que
participa la mayoría de la población,
primero, y la población entera, después.
La democracia es una forma
de Estado, una de las variedades del Estado. Y, por consiguiente, representa,
como todo Estado, el empleo organizado y sistemático de la violencia contra los
individuos.
Eso, por una parte. Pero,
por otra, la democracia implica el reconocimiento formal de la igualdad entre
los ciudadanos, el derecho igual de todos a determinar la estructura del Estado
y a gobernarlo. Y esto, a su vez, está vinculado al hecho de que, al alcanzar
cierto grado de desarrollo, la democracia, en primer lugar, cohesiona contra el
capitalismo a la clase revolucionaria — el proletariado— y le da la posibilidad
de destruir, hacer añicos y barrer de la faz de la tierra la máquina del Estado
burgués, incluso del Estado burgués republicano, el ejército permanente, la
policía y la burocracia, y de sustituirlos con una máquina más democrática, pero todavía estatal, cuya forma son las masas
obreras armadas, como paso hacia la participación de todo el pueblo en las
milicias.
Aquí “la cantidad se
transforma en calidad”; este grado de
democracia rebasa ya el marco de la sociedad burguesa, es el comienzo de su
reestructuración socialista. Si verdaderamente todos toman parte en la dirección del Estado, el capitalismo no
podrá ya sostenerse. Y, a su vez, el desarrollo del capitalismo crea las premisas para que realmente “todos” puedan participar en la gobernación del
Estado. Entre estas premisas figuran la alfabetización completa, conseguida ya
por algunos de los países capitalistas más adelantados, “la instrucción y la
disciplina” de millones de obreros por el amplio y complejo aparato socializado
de Correos, de los ferrocarriles, de las grandes fábricas, del gran comercio,
de los bancos, etc., etc.
Con estas premisas económicas, es plenamente posible,
después de derrocar a los capitalistas y a los burócratas, pasar en seguida, de
la noche a la mañana, a sustituirlos por los obreros armados, por todo el
pueblo armado, en el control de la
producción, y la distribución, en la contabilidad
del trabajo y de los productos. (No hay que confundir la cuestión del control y
de la contabilidad con la del personal de ingenieros, agrónomos, etc., que
poseen instrucción científica: estos señores trabajan hoy subordinados a los
capitalistas y trabajarán todavía mejor mañana, subordinados a los obreros
armados.)
Contabilidad y control: eso
es lo principal que se necesita para
“poner a punto” y hacer que funcione bien la
primera fase de la sociedad comunista. En ella, todos los ciudadanos se convierten en empleados a sueldo del
Estado, el cual no es otra cosa que los obreros armados. Todos los ciudadanos pasan a ser empleados y obreros de un solo “consorcio” del Estado, de todo
el pueblo. El quid de la cuestión está en que trabajen por igual, observando
bien la medida de trabajo, y reciban por igual. El capitalismo ha simplificado en extremo la
El Estado y la Revolución. Cap. V. Las bases económicas del
Estado
contabilidad y el control de
esto, reduciéndolo a operaciones extraordinariamente simples de inspección y
anotación, al alcance de cualquiera que sepa leer y escribir, conozca las
cuatro reglas aritméticas y pueda extender los recibos correspondientes*.
* Cuando el Estado queda reducido, en la parte más sustancial de
sus funciones, a esta contabilidad y este control, realizados por los mismos
obreros, deja de ser un "Estado político"; entonces, "las
funciones públicas perderán su carácter político, trocándose en simples
funciones administrativas" (compárese con el cap. IV, § 2, acerca de la
polémica de Engels con los anarquistas).
39
Cuando la mayoría del pueblo comience a llevar por su cuenta y en todas
partes esta contabilidad, este control sobre los capitalistas (que entonces se
convertirán en empleados) y sobre los señores intelectualillos que conserven
sus hábitos capitalistas, este control será realmente universal, general, del
pueblo entero, y nadie podrá eludirlo, pues “no tendrá escapatoria”.
Toda la sociedad será una sola oficina y una sola fábrica, con
trabajo igual y salario igual.
Pero esta disciplina
“fabril”, que el proletariado, después de vencer a los capitalistas y derrocar
a los explotadores, hará extensiva a toda la sociedad, no es en modo alguno
nuestro ideal ni nuestra meta final, sino sólo un escalón necesario para limpiar
radicalmente la sociedad de la infamia y la ignominia de la explotación
capitalista y para seguir avanzando.
Desde el momento en que
todos los miembros de la sociedad, o por lo menos la inmensa mayoría de ellos,
aprendan a gobernar por sí mismos el
Estado, tomen este asunto en sus propias manos, “pongan a punto” el control
sobre la insignificante minoría de capitalistas, sobre los señoritos que
quieran conservar sus hábitos capitalistas y sobre los obreros que hayan sido
profundamente corrompidos por el capitalismo; desde ese momento, empezará a
desaparecer la necesidad de toda gobernación en general. Cuanto más completa
sea la democracia, más cercano estará el momento en que deje de ser necesaria.
Cuanto más democrático sea el “Estado”, compuesto de obreros armados y que “no
será ya un Estado en el verdadero sentido de la palabra”, con tanta mayor
rapidez comenzará a extinguirse todo Estado.
Porque cuando todos hayan aprendido a dirigir y
dirijan en realidad por su cuenta la producción social; cuando hayan aprendido
a efectuar la contabilidad y el control de los haraganes, de los señoritos, de
los truhanes y demás “depositarios de las tradiciones del capitalismo”, escapar
a este registro y a este control, realizado por la totalidad del pueblo, será
sin remisión algo tan inaudito y difícil, una excepción tan rara, y suscitará
seguramente una sanción tan rápida y severa (pues los obreros armados son gente
práctica y no intelectualillos sentimentales, y será muy difícil que permitan a
nadie jugar con ellos), que la necesidad
de observar las reglas fundamentales, nada complicadas, de toda convivencia humana se convertirá muy pronto en una costumbre.
Y entonces se abrirán de par
en par las puertas para pasar de la primera fase de la sociedad comunista a su
fase superior y, a la vez, a la extinción completa del Estado.
El Estado y la Revolución. Cap. VI. El envilecimiento del
marxismo por los oportunistas
Capítulo
VI. El envilecimiento del marxismo por los oportunistas.
El problema de la actitud
del Estado ante la revolución social y de ésta respecto a aquél — como, en
general, el problema de la revolución— ha preocupado muy poco a los más
relevantes teóricos y publicistas de la II Internacional (1889-1914). Pero lo
más característico del proceso de desarrollo gradual del oportunismo, que llevó
a la bancarrota de la II Internacional en 1914, consiste en que, incluso cuando
han llegado de lleno a esta cuestión, se
han esforzado por eludirla o no la han advertido.
En términos generales puede
decirse que la adulteración del
marxismo y su envilecimiento completo dimanan de esa evasiva en lo que respecta a la actitud de la revolución proletaria
ante el Estado, evasiva que favorece al oportunismo y lo nutre.
Para caracterizar, aunque
sea brevemente, este proceso lamentable, fijémonos en dos destacadísimos
teóricos del marxismo; Plejánov y Kautsky.
1. La polémica de
Plejánov con los anarquistas.
Plejánov consagró a la
actitud del anarquismo frente al socialismo un folleto, titulado Anarquismo y socialismo, que se publicó
en alemán en 1894.
Plejánov se las ingenió para
tratar este tema eludiendo en absoluto lo más actual, lo más candente y lo más
esencial desde el punto de vista político en la lucha contra el anarquismo:
¡precisamente la actitud de la revolución ante el Estado y el problema del
Estado en general! En su folleto se distinguen dos partes. Una,
histórico-literaria, con valiosos materiales referentes a la historia de las
ideas de Stirner, Proudhon, etc. Otra, filistea, con torpes consideraciones en
torno al tema de que es imposible distinguir a un anarquista de un bandido.
La combinación de estos
temas es curiosa y peculiar en extremo de toda la actuación de Plejánov en
vísperas de la revolución y durante el período revolucionario en Rusia. En
efecto, en los años de 1905 a 1917, Plejánov se reveló como un semidoctrinario
y un semifilisteo que en política marchaba a la zaga de la burguesía.
Hemos visto que Marx y
Engels, al polemizar con los anarquistas, aclaraban muy escrupulosamente sus
opiniones respecto a la actitud de la revolución ante el Estado. Al editar en
1891 la obra de Marx Crítica del Programa
de Gotha, Engels escribió: “Nosotros (es decir, Engels y Marx) nos
encontrábamos entonces en pleno apogeo de la lucha contra Bakunin y sus
anarquistas: desde el Congreso de La Haya de la (Primera) Internacional37 apenas habían transcurrido dos años”38.
40
Los anarquistas intentaban
reivindicar como “suya”, por decirlo así, precisamente la Comuna de París y
hacer creer que confirmaba su doctrina, sin comprender en absoluto las
enseñanzas de la Comuna ni el análisis de estas enseñanzas hecho por Marx. El
anarquismo
![]()
37 El Congreso de La Haya de la I
Internacional se celebró del 2 al 7 de septiembre de 1872. Las resoluciones de
este congreso, cuyas labores transcurrieron íntegramente bajo la dirección
inmediata de Marx y Engels y con su más activa participación, representaron una
victoria del marxismo sobre las concepciones pequeñoburguesas de los
anarquistas y sentaron las bases para constituir con posterioridad partidos
políticos de la clase obrera nacionales e independientes.
38 Véase el Prólogo de Engels a la obra de Marx Crítica del Programa de Gotha.
El Estado y la Revolución. Cap. VI. El envilecimiento del
marxismo por los oportunistas
no ha aportado nada que se
parezca, ni siquiera aproximadamente, a la verdad en punto a estas cuestiones
políticas concretas: ¿Hay que destruir
la vieja máquina del Entado? ¿Y con qué
sustituirla?
Pero hablar de “anarquismo y
socialismo” eludiendo todo el problema del Estado, no advirtiendo todo el desarrollo del marxismo antes después de la
Comuna, significaba caer de manera
inevitable en el oportunismo. Porque lo que más necesita precisamente el
oportunismo es que no se planteen en
modo alguno las dos cuestiones que acabamos de señalar. Eso es ya una victoria del oportunismo.
2. La polémica de
Kautsky con los oportunistas.
Las obras de Kautsky han
sido traducidas al ruso en una cantidad incomparablemente mayor que a ningún
otro idioma. No en vano bromean algunos socialdemócratas alemanes, afirmando
que Kautsky es más leído en Rusia que en Alemania. (Dicho sea entre paréntesis,
esta broma tiene un contenido histórico muchísimo más profundo de lo que
sospechan sus autores: los obreros rusos, que en 1905 revelaron una apetencia
extraordinaria, jamás vista, por las mejores obras de la mejor literatura
socialdemócrata del mundo; que recibieron una cantidad, inaudita para otros
países, de traducciones y ediciones de estas obras, trasplantaron con ritmo
acelerado al joven terreno, por decirlo así, de nuestro movimiento proletario
la formidable experiencia del país vecino, más adelantado.)
Kautsky es conocido en
nuestro país no sólo por su exposición popular del marxismo, sino, sobre todo,
por su polémica con los oportunistas y con Bernstein, que los encabezaba. Pero
apenas se conoce un hecho que no puede silenciarse cuando se señala uno la
tarea de investigar cómo ha caído Kautsky en esa confusión y en esa defensa,
increíblemente vergonzosas, del socialchovinismo durante la profundísima crisis
de 1914 y 1915. Ese hecho consiste precisamente en que antes de enfrentarse con
los más destacados representantes del oportunismo en Francia (Millerand y
Jaurès y en Alemania (Bernstein), Kautsky dio pruebas de grandísimas
vacilaciones. La revista marxista Zariá39, que
se editó en Stuttgart en 1901 y 1902 y que defendía las concepciones
proletarias revolucionarias, viose obligada a polemizar con Kautsky y calificar de “elástica” la resolución que
presentó en el Congreso Socialista Internacional de París en 190040, una resolución ambigua, evasiva y conciliadora respecto a los
oportunistas. Y en Alemania han sido publicadas cartas de Kautsky que revelan
las vacilaciones, no menores, que le asaltaron antes de lanzarse a la campaña
contra Bernstein.
Sin embargo, tiene una
significación incomparablemente mayor la circunstancia de que en su misma
polémica con los oportunistas, en su planteamiento de la cuestión y en su modo
de tratarla advirtamos hoy, cuando estudiamos la historia de la más reciente traición al
![]()
39 Zariá ("La Aurora"): revista
política y científica marxista, editada legalmente en Stuttgart por la
Redacción de Iskra en 1901 y 1902.
40 Se trata del V Congreso de
la II Internacional, celebrado en París del 23 al 27 de septiembre de 1900.
La mayoría del congreso aprobó una resolución, presentada por Kautsky, sobre el
problema fundamental del orden del día — "La conquista del poder político
y las alianzas con los partidos burgueses" — , vinculado a la colaboración
de A. Millerand en el gobierno contrarrevolucionario de Waldeck-Rousseau. En
ella se decía que "la participación de un socialista en un gobierno
burgués no puede significar el comienzo normal de la conquista del poder
político, sino un medio forzado, temporal y excepcional, en la lucha contra
circunstancias difíciles". Más tarde, los oportunistas invocaron a menudo
este punto de la resolución para justificar su colaboración con la burguesía.
La revista Zariá ("La Aurora") publicó en
su número 1, correspondiente al mes de abril de 1901, un artículo de J.
Plejánov titulado Unas palabras
acerca del último Congreso Socialista Internacional de París (Carta abierta a los camaradas que delegaron
en mí), en el cual criticó duramente la resolución de Kautsky
El Estado y la Revolución. Cap. VI. El envilecimiento del
marxismo por los oportunistas
marxismo cometida por
Kautsky, una propensión sistemática al oportunismo precisamente en el problema
del Estado.
Tomemos la primera obra
importante de Kautsky contra el oportunismo: su libro Bernstein y el programa socialdemócrata. Kautsky refuta con todo
detalle a Bernstein. Pero he aquí un hecho
sintomático.
En su obra Premisas del socialismo, célebre a lo
Eróstrato, Bernstein acusa al marxismo de “blanquismo
” (acusación que a partir de entonces han repetido miles de veces los
oportunistas y los burgueses liberales de Rusia contra los representantes del
marxismo revolucionario, los bolcheviques). Bernstein se detiene especialmente
en La guerra civil en Francia, de
Marx, e intenta —con muy poca fortuna, como hemos comprobado— identificar el punto de vista de Marx sobre las
enseñanzas de la Comuna con el punto de vista de Proudhon. Bernstein dedica una
atención especial a la conclusión de Marx, que éste subrayó en su prefacio de
1872 al Manifiesto Comunista, y que
dice: “La clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la
máquina del Estado tal y como está y a servirse de ella para sus propios
fines”.
A Bernstein le “gustó” tanto
esta sentencia que la repitió nada menos que tres veces en su libro,
interpretándola en el sentido más tergiversado y oportunista.
Marx quiere decir, como
hemos visto, que la clase obrera debe destruir,
romper, hacer saltar (Sprengung:
explosión, es el término que emplea Engels) toda la máquina del Estado. Pues
bien: Bernstein presenta las cosas como si, con estas palabras, Marx pusiese en
guardia a la clase obrera contra un revolucionarismo excesivo al conquistar el
poder.
Es imposible imaginarse un
falseamiento más burdo ni más escandaloso del pensamiento de Marx.
Ahora bien, ¿qué hizo Kautsky en su minuciosa refutación de la
bernsteiniada?
Rehuyó analizar en toda su
profundidad la adulteración del marxismo por el oportunismo en este punto.
Adujo el pasaje, citado más arriba, de la Introducción
de Engels a La guerra civil, de Marx,
diciendo que, según este último, la clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está, pero que en general sí puede tomar posesión de ella, y nada
más. Kautsky no dice ni una palabra de que Bernstein atribuye a Marx exactamente lo contrario del verdadero
pensamiento de éste; tampoco dice que, desde 1852, Marx destacó como tarea de
la revolución proletaria “destruir” la máquina del Estado41.
41
¡Resulta, pues, que Kautsky
escamoteó la diferencia más esencial entre el marxismo y el oportunismo en
cuanto a las tareas de la revolución proletaria!
“La solución del problema de
la dictadura proletaria —escribió Kautsky “contra”
Bernstein— podemos dejársela con plena tranquilidad al porvenir” (pág. 172 de
la edición alemana).
Esto no es una polémica contra Bernstein, sino, en el fondo, una
concesión a Bernstein, una entrega de
posiciones al oportunismo, pues, por ahora, lo que más interesa a los
oportunistas es “dejar con plena tranquilidad al porvenir” todos los problemas
cardinales relacionados con las tareas de la revolución proletaria.
A lo largo de cuarenta años,
desde 1852 hasta 1891, Marx y Engels enseñaron al proletariado que debía
destruir la máquina del Estado. Pero Kautsky, en 1899, ante la completa
traición de los oportunistas al marxismo en este punto, sustituye la cuestión de si es necesario destruir o no dicha
máquina por la cuestión de las formas concretas que ha de revestir la
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41 Véase C. Marx. El
Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.
El Estado y la Revolución. Cap. VI. El envilecimiento del
marxismo por los oportunistas
destrucción, y se refugia
bajo las alas de la verdad filistea “indiscutible” (y estéril) de que ¡¡no
podemos conocer de antemano estas formas concretas!!
Entre Marx y Kautsky media
un abismo en su actitud ante la tarea del partido proletario de preparar a la
clase obrera para la revolución.
Tomemos otra obra posterior,
más madura, de Kautsky, consagrada también en gran parte a refutar los errores
del oportunismo: su folleto La revolución
social. El autor aborda en él, como tema especial, el problema de la
“revolución proletaria” y del “régimen proletario”. Nos ofrece muchas cosas de
gran valor, pero elude precisamente
la cuestión del Estado. En el folleto se habla a cada momento de la conquista
del poder estatal, y sólo de esto; es decir, se elige una fórmula que
representa una concesión a los oportunistas, por cuanto admite la conquista del poder sin
destruir la máquina del Estado. Kautsky resucita
en 1902 precisamente lo que Marx declaró “anticuado”, en 1872, en el programa
del Manifiesto Comunista42.
En este folleto se consagra
un apartado especial a las Formas y armas
de la revolución social. Se habla de la huelga política de masas, y de la
guerra civil, y de “los medios de fuerza del gran Estado moderno que son la
burocracia y el ejército”; pero no se dice ni palabra de lo que enseñó ya la
Comuna a los obreros. Evidentemente, Engels no previno en vano, sobre todo a
los socialistas alemanes, contra “la veneración supersticiosa” del Estado.
Kautsky presenta las cosas
así: el proletariado triunfante “convertirá en realidad el programa
democrático”. Y expone los puntos de éste. Pero no dice ni palabra de lo que el
año 1871 aportó de nuevo respecto a la sustitución de la democracia burguesa por
la democracia proletaria. Kautsky sale del paso con trivialidades de tan
“seria” apariencia como ésta:
“Es evidente de por sí que
con el régimen actual no lograremos la dominación. La revolución misma
presupone una lucha larga y profundamente cautivadora que cambiará ya nuestra
presente estructura política y social”.
Sin duda, esto es algo
“evidente de por sí”, tan “evidente” como que los caballos comen avena y el
Volga desemboca en el mar Caspio. Sólo es de lamentar que con la frase huera y
ampulosa acerca de la lucha “profundamente cautivadora” se eluda una cuestión vital para el proletariado revolucionario: en qué se expresa la “profundidad” de su revolución respecto al Estado,
respecto a la democracia, a diferencia de las revoluciones anteriores, no
proletarias.
Al soslayar esta cuestión,
Kautsky hace de hecho una concesión,
en un punto tan esencial, al oportunismo, al que había declarado de palabra una terrible guerra,
subrayando la importancia de “la idea de la revolución” (¿qué valor puede tener
esta “idea”, cuando se teme propagar entre los obreros las enseñanzas concretas
de la revolución?), o diciendo: “el idealismo revolucionario, ante todo”, o
declarando que los obreros ingleses apenas son ahora “algo más que pequeños
burgueses”.
“En la sociedad socialista
—escribe Kautsky— pueden coexistir las más diversas formas de empresas: la
burocrática (??), la tradeunionista, la cooperativa, la individual”... “Hay,
por ejemplo, empresas que no pueden desenvolverse sin una organización burocrática
(??), como ocurre con los ferrocarriles. Aquí la organización democrática puede
tener la forma siguiente: los obreros eligen delegados, que constituyen una
especie de parlamento, llamado a establecer el régimen de trabajo y fiscalizar
la gestión del aparato burocrático. Otras empresas pueden entregarse a la
administración de los sindicatos obreros; otras, en fin, pueden ser organizadas
tomando como base el principio delcooperativismo” (págs. 148 y 115 de la
traducción rusa editada en Ginebra en 1903).
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42 Véase C. Marx y F. Engels. Prefacio
a la edición alemana de 1872 del "Manifiesto del Partido Comunista
El Estado y la Revolución. Cap. VI. El envilecimiento del
marxismo por los oportunistas
Estas consideraciones son
erróneas y representan un paso atrás con relación a lo que explicaron Marx y
Engels en la década del 70 tomando como ejemplo las enseñanzas de la Comuna.
42
Desde el punto de vista de
la necesidad de una supuesta organización “burocrática”, los ferrocarriles no
se distinguen absolutamente en nada de todas las empresas de la gran industria
mecánica en general, de cualquier fábrica, de un almacén importante o de una
vasta empresa agrícola capitalista. En todas las empresas de esta índole, la
técnica impone por fuerza la más rigurosa disciplina y la mayor puntualidad en
la realización del trabajo asignado a cada uno, a riesgo de paralizar toda la
empresa o deteriorar el mecanismo o los productos. En todas estas empresas, los
obreros procederán, como es natural, a “elegir delegados, que constituirán una especie de parlamento”.
Pero todo el quid de la
cuestión está precisamente en que esta “especie de parlamento” no será un parlamento al estilo de las
instituciones parlamentarias burguesas. Todo el quid reside en que esta
“especie de parlamento” no se
limitará a “establecer el régimen de trabajo y fiscalizar la gestión del
aparato burocrático”, como se imagina Kautsky, cuyo pensamiento no rebasa el
marco del parlamentarismo burgués. En la sociedad socialista, esta “especie de
parlamento” de diputados obreros tendrá la misión, como es natural, de
“establecer el régimen de trabajo y fiscalizar la gestión” del “aparato”; pero este aparato no será “burocrático”. Los obreros, después de conquistar el poder
político, destruirán el viejo aparato burocrático, lo demolerán hasta los
cimientos, no dejarán de él piedra sobre piedra, lo sustituirán con otro nuevo,
formado por los mismos obreros y empleados, contra
cuya transformación en burócratas se tomarán sin dilación las medidas
analizadas con todo detalle por Marx y Engels: 1) no sólo elegibilidad, sino
amovilidad en cualquier momento; 2) sueldo no superior al salario de un obrero;
3) paso inmediato a un sistema en el que todos
desempeñen funciones de control y de inspección y todos sean “burócratas” durante algún tiempo, para que, de este
modo, nadie pueda convertirse en
“burócrata”.
Kautsky no ha reflexionado
lo más mínimo en las palabras de Marx: “La Comuna no había de ser un organismo
parlamentario, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al
mismo tiempo”43.
Kautsky no comprendió en
absoluto la diferencia entre el parlamentarismo burgués, que une la democracia
(no para el pueblo) al burocratismo (contra el pueblo), y la democracia
proletaria, que adopta en el acto medidas para cortar de raíz el burocratismo y
que estará en condiciones de llevar estas medidas hasta el fin, hasta el
aniquilamiento completo del burocratismo, hasta la implantación completa de la
democracia para el pueblo.
Kautsky revela aquí la misma
“veneración supersticiosa” por el Estado, la misma “fe supersticiosa” en el
burocratismo.
Pasemos a la última y mejor
obra de Kautsky contra los oportunistas, a su folleto El camino del poder (inédito, al parecer, en ruso, pues se publicó
en pleno apogeo de la reacción en nuestro
país, en 1909)44. Este folleto representa un gran paso
adelante, por cuanto en él no se habla de un programa revolucionario en
general, como en el folleto de 1899 contra Bernstein, ni de las tareas de la
revolución social haciendo abstracción del momento en que ésta se produce, como
en el folleto La revolución social, de
1902, sino de las condiciones concretas que nos obligan a reconocer que
comienza “la era de las revoluciones”.
El autor habla concretamente
de la agravación de las contradicciones de clase en general y también del
imperialismo, que desempeña un importantísimo papel en este sentido.
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43 Véase C. Marx. La guerra
civil en Francia
44 El folleto de C. Kautsky Del Weg zur Macht. Politische Betrachtungen
uber das Hineinwachsen in die Revolution, Berlín, 1909, se publicó en ruso
sólo en 1918.
El Estado y la Revolución. Cap. VI. El envilecimiento del
marxismo por los oportunistas
Después del “período
revolucionario de 1789 a 1871” en Europa Occidental, en 1905 comienza un
período análogo en Oriente. La guerra mundial se acerca con rapidez
amenazadora. “El proletariado no puede hablar ya de una revolución prematura”.
“Hemos entrado en un período revolucionario”. “Empieza la era revolucionaria”.
Estas manifestaciones son
absolutamente claras. Este folleto de Kautsky debe servir de criterio para
comparar lo que la socialdemocracia alemana prometía
ser antes de la guerra imperialista y lo bajo que cayó (incluido el mismo
Kautsky) al estallar la guerra. “La situación actual —escribía Kautsky en el
folleto que comentamos— encierra el peligro de que a nosotros (es decir, a la
socialdemocracia alemana) se nos pueda tomar fácilmente por más moderados de lo
que somos en realidad”. ¡En realidad, el Partido Socialdemócrata Alemán resultó
ser incomparablemente más moderado y más oportunista de lo que parecía!
Ante estas manifestaciones,
tan precisas, de Kautsky a propósito de la era ya iniciada de las revoluciones,
es tanto más característico que en un folleto dedicado, según sus propias
palabras, a analizar precisamente la cuestión de la “revolución política”, vuelva a eludirse por
completo el problema del Estado.
De la suma de estas
omisiones del problema, de estos silencios y evasivas ha resultado de modo
inevitable ese paso completo al oportunismo del que nos vemos obligados a
hablar a continuación.
La socialdemocracia alemana
parecía declarar por conducto de Kautsky: Mantengo mis concepciones
revolucionarias (1899). Reconozco, en particular, la ineluctabilidad de la
revolución social del proletariado (1902). Reconozco que ha comenzado la nueva
era de las revoluciones (1909). Pero, a pesar de todo eso, retrocedo en
comparación con lo que dijo Marx ya en 1852, por cuanto se trata de las tareas
de la revolución proletaria respecto al Estado (1912).
Exactamente así se planteó
la cuestión, de un modo tajante en la polémica de Kautsky con Pannekoek.
43
3. La polémica de
Kautsky con Pannekoek.
Pannekoek se manifestó
contra Kautsky como uno de los representantes de la tendencia “radical de
izquierda”, que agrupaba en sus filas a Rosa Luxemburgo, Carlos Rádek y otros y
que, defendiendo la táctica revolucionaria, estaba unida por la convicción de
que Kautsky se pasaba a la posición del “centro”, el cual, dando de lado los
principios, vacilaba entre el marxismo y el oportunismo. Que esta apreciación
era acertada vino a demostrarlo por entero la guerra, cuando la corriente del
“centro” (erróneamente denominada marxista) o del “kautskismo” se reveló en
toda su repugnante mezquindad.
En el artículo Las acciones de masas y la revolución (Neue Zeit , 1912, XXX, 2), en el que se
tocaba el problema del Estado, Pannekoek calificó la posición de Kautsky de
“radicalismo pasivo”, de “teoría de la espera inactiva”. “Kautsky no quiere ver
el proceso de la revolución” (pág. 616). Al plantear la cuestión en estos
términos, Pannekoek abordó el tema que nos interesa aquí: las tareas de la
revolución proletaria respecto al Estado.
“La lucha del proletariado
–escribió— no es simplemente una lucha contra la burguesía por el poder del Estado, sino una lucha contra el poder del
Estado... El contenido de la revolución proletaria es la destrucción y
sustitución (literalmente: disolución, Auflösung)
de los medios de fuerza del Estado por los medios de fuerza del proletariado...
La lucha cesa únicamente cuando se produce, como resultado final, la
destrucción completa de la organización estatal. La organización de la mayoría
demuestra su superioridad al destruir la organización de la minoría dominante”
(pág. 548).
El Estado y la Revolución. Cap. VI. El envilecimiento del
marxismo por los oportunistas
La manera en que formula sus pensamientos Pannekoek adolece de
defectos muy grandes.
Pero, a pesar de todo, la idea está clara, y es interesante ver
cómo la refuta Kautsky.
“Hasta ahora –escribe— la
oposición entre los socialdemócratas y los anarquistas consistía en que los
primeros querían conquistar el poder del Estado, y los segundos, destruirlo.
Pannekoek quiere las dos cosas” (pág. 724).
Si la exposición de
Pannekoek adolece de vaguedad y no es lo bastante concreta (sin hablar ya de
otros defectos de su artículo, no relacionados con el tema que tratamos),
Kautsky toma precisamente la esencia de principio del asunto, esbozada por
Pannekoek, y en esta cuestión cardinal y
de principio abandona por entero la posición del marxismo y se pasa con
armas y bagajes al oportunismo.
Kautsky define de un modo falso por completo la diferencia existente entre los
socialdemócratas y los anarquistas y tergiversa y envilece definitivamente el
marxismo.
La diferencia entre los
marxistas y los anarquistas consiste en lo siguiente: 1) En que los primeros,
cuyo fin es la destrucción completa del Estado, reconocen que este fin sólo
puede alcanzarse después de que la revolución socialista haya suprimido las clases
como resultado de la instauración del socialismo, el cual conduce a la
extinción del Estado. Los segundos, en cambio, quieren destruir por completo el
Estado de la noche a la mañana, sin comprender las condiciones en que puede
realizarse esta destrucción. 2) En que los primeros reconocen la necesidad de
que el proletariado, después de conquistar el poder político, destruya
totalmente la vieja máquina del Estado, sustituyéndola con otra nueva, formada
por la organización de los obreros armados, según el tipo de la Comuna. Los
segundos propugnan la destrucción de la máquina del Estado y tienen una idea
absolutamente confusa de con qué ha de sustituir esa máquina el proletariado y
de cómo ejercerá éste el poder revolucionario. Los anarquistas rechazan incluso
la utilización del poder estatal por el proletariado revolucionario, su
dictadura revolucionaria. 3) En que los primeros demandan que el proletariado
se prepare para la revolución aprovechando el Estado moderno, mientras que los
anarquistas lo rechazan.
En esta controversia es
Pannekoek quien representa al marxismo contra Kautsky, pues precisamente Marx
nos enseñó que el proletariado no puede limitarse a conquistar el poder del
Estado en el sentido de que la vieja máquina estatal pase a nuevas manos, sino
que debe destruir, romper dicha máquina y sustituirla con otra nueva.
Kautsky abandona el marxismo
y se pasa a los oportunistas, pues en su concepción desaparece por completo
precisamente esta destrucción de la máquina del Estado, inaceptable en absoluto
para los oportunistas, a quienes deja una escapatoria a fin de que puedan
interpretar la “conquista” como una simple adquisición de la mayoría.
Para encubrir su
adulteración del marxismo, Kautsky procede como un dogmático: nos saca una
“cita” del propio Marx. En 1850 Marx había escrito que era necesaria una
“resuelta centralización del poder en manos del Estado”45. Y Kautsky pregunta triunfal: ¿No querrá Pannekoek destruir el
“centralismo”?
Eso es ya, sencillamente, un
juego de manos, parecido a la identificación que hace Bernstein del marxismo y
del proudhonismo en sus concepciones acerca del federalismo, que él opone al
centralismo.
La “cita” aducida por
Kautsky no viene al caso. El centralismo es posible tanto con la vieja máquina
estatal como con la nueva. Si los obreros unen voluntariamente sus fuerzas
armadas, eso será centralismo, pero un centralismo basado en “la destrucción completa”
del aparato centralista del Estado, del ejército permanente, de la policía y de
la burocracia.
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45 Véase C. Marx La guerra
civil en Francia
El Estado y la Revolución. Cap. VI. El envilecimiento del
marxismo por los oportunistas
Kautsky se comporta como un
fullero al eludir las consideraciones, perfectamente conocidas, de Marx y
Engels acerca de la Comuna y desgajar una cita que no guarda ninguna relación
con el asunto.
44
¿Quizá quiera Pannekoek abolir las funciones públicas de los
funcionarios? —pregunta Kautsky—. Ni en el partido ni en los sindicatos, y no
digamos en la administración pública, podemos prescindir de los funcionarios.
Nuestro programa no pide que sean suprimidos los funcionarios del Estado, sino
que sean elegidos por el pueblo... De lo que se trata no es de saber qué
estructura tendrá el aparato administrativo del “Estado del porvenir”, sino de
saber si nuestra lucha política destruirá (literalmente: disolverá, auflöst) el poder estatal antes de haberlo conquistado nosotros
(subrayado por Kautsky). ¿Qué ministerio, con sus funcionarios, podría suprimirse?” Y se enumeran los ministerios de
Instrucción, de Justicia, de Hacienda y de la Guerra. “No, nuestra lucha
política contra el gobierno no suprimirá ninguno de los actuales ministerios...
Lo repito para evitar equívocos: no se trata de la forma que dará al “Estado
del porvenir” la socialdemocracia triunfante, sino de cómo nuestra oposición
modifica el Estado actual” (pág. 725).
Esto es una superchería
manifiesta. Pannekoek había planteado precisamente el problema de la revolución. Así se dice con toda
claridad en el título de su artículo y en los pasajes citados. Al saltar al
tema de la “oposición”, Kautsky suplanta precisamente el punto de vista
revolucionario por el oportunista. Y resulta lo siguiente: Ahora estamos en la
oposición; después de la conquista
del poder ya veremos. ¡La revolución
desaparece! Que es exactamente lo
que deseaban los oportunistas.
No se trata ni de la
oposición ni de la lucha política en general, sino precisamente de la revolución. La revolución consiste en
que el proletariado destruye “el
aparato administrativo” y todo el
aparato del Estado, sustituyéndolo con otro nuevo, constituido por los obreros
armados. Kautsky revela una “veneración supersticiosa” por los “ministerios”;
pero ¿por qué estos ministerios no pueden ser remplazados, supongamos, por
comisiones de especialistas adjuntas a los Soviets soberanos y omnipotentes de
diputados obreros y soldados?
La esencia de la cuestión no
radica, ni mucho menos, en si seguirán existiendo los “ministerios” o habrá
“comisiones de especialistas” u otras instituciones. La esencia de la cuestión
radica en saber si se conserva la vieja máquina estatal (enlazada por miles de
hilos a la burguesía y empapada hasta la médula de rutina e inercia) o si se la
destruye, sustituyéndola con otra nueva. La revolución debe consistir no
en que la nueva clase mande y gobierne con ayuda de la vieja máquina del Estado, sino en que destruya esta máquina y mande
y gobierne con ayuda de otra nueva:
Kautsky escamotea, o no ha comprendido en absoluto, esta idea fundamental del marxismo.
Su pregunta acerca de los
funcionarios demuestra palpablemente que no ha comprendido las enseñanzas de la
Comuna ni la doctrina de Marx. “Ni en el partido ni en los sindicatos podemos
prescindir de los funcionarios...”
No podemos prescindir de los
funcionarios en el capitalismo, bajo la dominación de la burguesía. El
proletariado está oprimido, las masas trabajadoras están esclavizadas por el capitalismo. En él, la democracia es
limitada, coartada, cercenada y adulterada por todo el ambiente de esclavitud
asalariada, de penuria y miseria de las masas. Por eso, y sólo por eso, los
funcionarios de nuestras organizaciones políticas y sindicales se corrompen (o,
para ser más exactos, muestran la tendencia a corromperse) en el ambiente del
capitalismo; muestran la tendencia a convertirse en burócratas, es decir, en
personas privilegiadas, divorciadas de las masas y situadas por encima de las masas.
El Estado y la Revolución. Cap. VI. El envilecimiento del
marxismo por los oportunistas
En esto consiste la esencia del burocratismo, y mientras
los capitalistas no sean expropiados, mientras la burguesía no sea derribada,
será inevitable cierta “burocratización” incluso
de los funcionarios proletarios.
Kautsky presenta las cosas
así: puesto que siguen existiendo funcionarios electivos, en el socialismo
seguirá habiendo funcionarios, ¡seguirá habiendo burocracia! Y ahí radica
precisamente la falsedad. Justamente en el ejemplo de la Comuna, Marx mostró que,
en el socialismo, quienes ocupan cargos oficiales dejan de ser “burócratas”,
dejan de ser “funcionarios”; dejan de serlo a
medida que se implanta, además de
la elegibilidad, la amovilidad en todo momento; y, además de esto, los sueldos equipa al salario medio de un obrero;
y, además de esto, la sustitución de
los organismos parlamentarios por “corporaciones de trabajo”, es decir,
“ejecutivas y legislativas al mismo tiempo”46.
En el fondo, toda la
argumentación de Kautsky contra Pannekoek —y, en particular, su estupendo
argumento de que tampoco en las organizaciones sindicales y del partido podemos
prescindir de los funcionarios— revelan que Kautsky repite los viejos “argumentos”
de Bernstein contra el marxismo en general. En su libro de renegado Las premisas del socialismo, Bernstein
combate las ideas de la democracia “primitiva”, lo que él llama “democracia
doctrinaria”: mandatos imperativos, funcionarios sin sueldo, representación
central impotente, etc. Como prueba de que esta democracia “primitiva” es
inconsistente, Bernstein aduce la experiencia de las tradeuniones inglesas, tal
y como la interpretan los esposos Webb47.
Según ellos, en los setenta años de existencia de las tradeuniones, que se han
desarrollado “en completa libertad” (página 137 de la edición alemana), dichas
organizaciones se han convencido precisamente de la inutilidad de la democracia
primitiva y la han sustituido por la democracia corriente: el parlamentarismo
combinado con el burocratismo.
45
En realidad, las
tradeuniones no se han desarrollado “en completa libertad”, sino en completa esclavitud capitalista,
bajo la cual es lógico que “no pueda prescindirse” de una serie de concesiones a los males imperantes, a la violencia, a la
mentira, a la exclusión de los pobres de los asuntos de la “alta”
administración. En el socialismo resucitarán de manera inevitable muchas cosas
de la democracia “primitiva”, pues la
masa de la población se elevará y llegará, por vez primera en la historia
de las sociedades civilizadas, a intervenir por
cuenta propia no sólo en votaciones y elecciones, sino también en la labor diaria de administración. En el
socialismo, todos intervendrán por
turno en la dirección y se habituarán rápidamente
a que nadie dirija.
Con su genial talento
crítico-analítico, Marx vio en las medidas prácticas de la Comuna el viraje que temen y no quieren
reconocer los oportunistas por cobardía, por falta de deseo de romper irrevocablemente con la burguesía, y que los anarquistas
no quieren ver o por apresuramiento o por incomprensión de las condiciones en
que se producen las transformaciones sociales masivas en general. “No cabe ni
pensar en destruir la vieja máquina del Estado, pues ¿cómo vamos a
arreglárnoslas sin ministerios y sin funcionarios?”, razona el oportunista
impregnado de filisteísmo hasta la médula y que, en el fondo, lejos de creer en
la revolución, en la capacidad creadora de la revolución, la teme como a la
muerte (igual que la temen nuestros mencheviques y eseristas).
“Sólo hay que pensar en destruir la vieja máquina del Estado, no hay
por qué ahondar en las enseñanzas concretas
de las anteriores revoluciones proletarias ni analizar con qué y cómo sustituir lo destruido”, razonan los anarquistas
(los mejores anarquistas, naturalmente, pero no los que van a la zaga de la
burguesía tras los señores Kropotkin y Cía.). De ahí resulta que los
anarquistas propugnen la táctica de la
desesperación y no la táctica de una labor
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46 Véase C. Marx La guerra
civil en Francia.
47 Lenin alude al libro de Sidney y Beatriz Webb Teoría y práctica del tradeunionismo inglés
El Estado y la Revolución. Cap. VI. El envilecimiento del
marxismo por los oportunistas
revolucionaria con objetivos
concretos que sea implacable y audaz, pero que tenga en cuenta, al mismo
tiempo, las condiciones prácticas del movimiento de masas.
Marx nos enseña a evitar
ambos errores, nos enseña a ser audaces y abnegados en la destrucción de toda
la vieja máquina del Estado, pero, a la vez, a plantear la cuestión de un modo
concreto: la Comuna pudo en unas cuantas semanas empezar a construir una nueva
máquina del Estado, una máquina proletaria, de tal y tal modo, aplicando las
medidas señaladas para ampliar la democracia y desarraigar el burocratismo.
Aprendamos de los comuneros audacia revolucionaria, veamos en sus medidas
prácticas un esbozo de las medidas
prácticamente urgentes e inmediatamente posibles, y entonces, siguiendo este camino, llegaremos al
aniquilamiento completo del burocratismo.
La posibilidad de este
aniquilamiento está garantizada por el hecho de que el socialismo reducirá la
jornada de trabajo, elevará a las masas
a una vida nueva, colocará a la mayoría
de la población en condiciones que permitirán a todos sin excepción ejercer las “funciones del Estado”, y esto
conducirá a la extinción completa de
todo Estado en general.
“...La tarea de la huelga de
masas —prosigue Kautsky— jamás puede consistir en destruir el poder del Estado, sino sólo en obligar a un gobierno a
ceder en un determinado punto o en sustituir un gobierno hostil al proletariado
por otro dispuesto a hacerle concesiones (entgegenkommende)...
Pero jamás ni en modo alguno puede esto” (es decir, la victoria del
proletariado sobre un gobierno hostil) “conducir a la destrucción del poder del Estado, sino únicamente a un cierto desplazamiento (Verschiebung) en la correlación de fuerzas dentro del poder del Estado... Y la meta de nuestra lucha política
sigue siendo la que ha sido hasta aquí: conquistar el poder del Estado ganando
la mayoría en el Parlamento y hacer del Parlamento el dueño del gobierno”
(págs. 726, 727, 732).
Esto es ya el más puro y más
vil oportunismo, es ya renunciar de hecho a la revolución, reconociéndola de
palabra. La idea de Kautsky no va más allá de “un gobierno dispuesto a hacer
concesiones al proletariado”. Y esto significa un paso atrás hacia el filisteísmo,
en comparación con 1847, año en que el Manifiesto
Comunista proclamaba “la organización del proletariado en clase dominante”.
Kautsky tendrá que realizar
la “unidad”, tan predilecta para él, con los Scheidemann, los Plejánov y los
Vandervelde, todos los cuáles están de acuerdo en luchar por un gobierno
“dispuesto a hacer concesiones al proletariado”.
Pero nosotros iremos a la
ruptura con estos traidores al socialismo y lucharemos por la destrucción de
toda la vieja máquina del Estado para que el propio proletariado armado sea el gobierno. Son “dos cosas muy
distintas”.
Kautsky tendrá que seguir en
la grata compañía de los Legien y los David, los Plejánov, los Potrésov, los
Tsereteli y los Chernov, que están completamente de acuerdo con luchar por “un
desplazamiento en la correlación de fuerzas dentro del poder del Estado” y por
“ganar la mayoría en el Parlamento y hacer del Parlamento el dueño del
gobierno”, nobilísimo fin en el que todo es aceptable para los oportunistas y
todo permanece en el marco de la república parlamentaria burguesa.
46
Pero nosotros iremos a la
ruptura con los oportunistas; y todo el proletariado consciente estará con
nosotros en la lucha, no por “un desplazamiento en la correlación de fuerzas”,
sino por el derrocamiento de la burguesía,
por la destrucción del
parlamentarismo burgués, por una república democrática del tipo de la Comuna o
por una República de los Soviets de diputados obreros y soldados, por la
dictadura revolucionaria del proletariado.
* * *
El Estado y la Revolución. Cap. VI. El envilecimiento del
marxismo por los oportunistas
Más a la derecha que Kautsky
están situadas, en el socialismo internacional, corrientes como la de los Cuadernos Mensuales Socialistas48 en
Alemania (Legien, David, Kolb y muchos otros, incluyendo a los escandinavos
Stauning y Branting) los jauresistas49 y
Vandervelde en Francia y Bélgica; Turati, Treves y otros representantes del ala
derecha del partido italiano; los fabianos y los “independientes” (el Partido
Laborista Independiente, que, en realidad, ha dependido siempre de los
liberales) en Inglaterra50, etc. Todos estos señores, que
desempeñan un papel ingente, muy a menudo predominante en la actividad
parlamentaria y en la labor publicista del partido, niegan francamente la
dictadura del proletariado y practican un oportunismo descarado. Para estos señores,
la “dictadura” del proletariado ¡¡”está en contradicción” con la democracia!!
En el fondo, no se distinguen en nada serio de los demócratas pequeñoburgueses.
Tomando en consideración
esta circunstancia, tenemos derecho a llegar a la conclusión de que la II
Internacional, personificada por la mayoría abrumadora de sus representantes
oficiales, ha caído de lleno en el oportunismo. La experiencia de la Comuna ha
sido no sólo olvidada, sino tergiversada. Lejos de inculcar en las masas
obreras que se acerca el día en que deberán lanzarse a la lucha y destruir la
vieja máquina del Estado, sustituyéndola con una nueva y convirtiendo así su
dominación política en base de la transformación socialista de la sociedad;
lejos de eso, se les ha inculcado todo lo contrario, y se ha presentado de tal
modo la “conquista del poder” que han quedado miles de escapatorias al
oportunismo.
La tergiversación y el
silenciamiento del problema concerniente a la actitud de la revolución
proletaria ante el Estado no podían por menos de desempeñar un papel gigantesco
en el momento en que los Estados, con su máquina militar reforzada a
consecuencia de la rivalidad imperialista, se convertían en monstruos guerreros
que exterminaban a millones de hombres para decidir quién había de dominar el
mundo: Inglaterra o Alemania, uno u otro capital financiero*.
* En el manuscrito sigue:
"Capítulo VII. La experiencia de las revoluciones rusas de
1905 y 1917.
El tema señalado en el
título de este capítulo es tan inmensamente grande que acerca de él pueden y
deben escribirse tomos enteros. En el presente folleto tendremos que
limitarnos, como es natural, a las enseñanzas más importantes de la experiencia
relacionadas de modo directo con las tareas del proletariado en la revolución
en cuanto al poder del Estado". (Aquí se interrumpe el manuscrito.) (N. de la Edit.)
Palabras finales a la
primera edición.
Escribí este folleto en los
meses de agosto y septiembre de 1917. Tenía ya trazado el plan del capítulo
siguiente, del VII: La experiencia de las
revoluciones rusas de 1905 y 1917. Pero, a excepción del título, no tuve
tiempo de escribir ni una sola línea de dicho capítulo: vino a “estorbarme” la
crisis política, la víspera de la Revolución de Octub re de 1917. “Estorbos”
como éste sólo pueden causar alegría. Pero la segunda parte del folleto
(dedicada a La experiencia de las
revoluciones rusas de 1905 y 1917) habrá que aplazarla, quizá, por mucho tiempo; es más agradable y provechoso
vivir “la experiencia de la revolución” que escribir acerca de ella.
El Autor.
![]()
48
Cuadernos Mensuales Socialistas ("Sozialistische
Monatshefte"): revista, órgano principal de los oportunistas alemanes y
uno de los portavoces del revisionismo internacional. Se publicó en Berlín
desde 1897 hasta 1933. Durante la primera guerra mundial (1914-1918) mantuvo una
posición socialchovinista
49 Jauresistas: adeptos del socialista francés Juan Jaurès, que en los años
90 del siglo pasado formó, junto con A. Millerand, el grupo de los
"socialistas independientes" y encabezó el ala derecha, reformista,
del movimiento socialista francés. En 1902 fundaron el Partido Socialista
Francés, que sustentó posiciones reformistas
50
Partido Laborista Independiente de
Inglaterra:
organización reformista fundada en 1893. Sustentó posiciones reformistas
burguesas, dedicando la atención fundamental a la forma parlamentaria de lucha
y a las componendas parlamentarias con el Partido Liberal
El Estado y la Revolución. Cap. VI. El envilecimiento del
marxismo por los oportunistas
Petrogrado.
30 de noviembre de 1917.
Escrito
en agosto y septiembre de 1917; el § 3 del capítulo II, antes del 17 de
diciembre de 1918. Publicado en 1918, en Petrogrado, en un libro por la
Editorial “Zhizn y Znanie”.
T. 33, págs. 1-120.
47
LA SITUACIÓN
POLÍTICA.51
(Cuatro tesis)
1. La contrarrevolución se ha organizado y consolidado y, de
hecho, ha tomado ya el poder52.
La organización completa y
el afianzamiento de la contrarrevolución residen en la unión, muy bien meditada
y ya materializada, de las tres fuerzas contrarrevolucionarias principales: 1)
el partido de los democonstitucionalistas, esto es, el verdadero jefe de la
burguesía organizada, al abandonar el ministerio, presentó a éste un ultimátum
preparando el terreno para que la contrarrevolución pudiera derribarlo; 2) el
Estado Mayor Central y los altos mandos del ejército, con la ayuda consciente o
semiconsciente de Kerenski —a quien incluso los eseristas más destacados
denominan ahora Cavaignac—, han tomado prácticamente el poder; han desatado el
ametrallamiento de las unidades revolucionarias en el frente; han comenzado a
desarmar a las tropas revolucionarias y a los obreros de Petrogrado y de Moscú,
a sofocar y reprimir el movimiento en Nizhni Nóvgorod; han empezado a
encarcelar bolcheviques y a clausurar sus periódicos no sólo sin decisión
judicial, sino incluso sin decreto alguno del gobierno. En realidad, el poder
fundamental del Estado en Rusia es hoy una dictadura militar;
![]()
51 Las
tesis La situación política,
escritas por Lenin el 10 (23) de julio de 1917, trazaron la nueva táctica del
Partido Bolchevique con motivo de los cambios operados en la situación política
del país después de ser ametrallada la manifestación de los obreros y soldados
del 4 (17) de julio y de pasar todo el poder al Gobierno Provisional
contrarrevolucionario. Las tesis fueron discutidas en una reunión ampliada del
Comité Central del POSD(b) de Rusia, celebrada los días 13 y 14 (26 y 27) de
julio de 1917, a la que asistieron representantes del Comité de San
Petersburgo, de la Organización Militar adjunta al CC del partido, del Buró
Regional de Moscú, del Comité Urbano de Moscú y del Comité Comarcal de Moscú
52 El poder pasó íntegramente al Gobierno Provisional
contrarrevolucionario después de los sucesos del 3 al 5 de julio.
Estos sucesos patentizaron
la profundísima crisis política existente en el país. El fracaso de la ofensiva
de las tropas rusas en el frente, iniciada por Kerenski el 18 de junio (1 de
julio); las nuevas víctimas, inmoladas para complacer a los imperialistas; el
aumento del paro forzoso, debido al cierre de las empresas por los
capitalistas; la creciente carestía y la sensible escasez de víveres suscitaron
entre las grandes masas de obreros y soldados una explosión de indignación por
la política contrarrevolucionaria del Gobierno Provisional. El 3 (16) de julio
comenzaron manifestaciones espontáneas, que amenazaban con transformarse en una
acción armada contra el Gobierno Provisional.
El Partido Bolchevique estaba en contra de la acción armada en
aquel momento, pues consideraba que la crisis revolucionaria no había madurado
todavía, que el ejército y las provincias no estaban preparados para apoyar la
insurrección en la capital. Pero la acción, pese a todo, había comenzado ya y
fue imposible impedirla.
Teniendo en cuenta el estado de ánimo de las masas, el Comité
Central, junto con el Comité de San Petersburgo y la Organización Militar,
acordó a altas horas de la noche del 3 (16) de julio participar en la
manifestación del día siguiente a fin de darle un carácter pacífico y
organizado. Lenin no se encontraba entonces en Petrogrado: enfermo a
consecuencia de un agotamiento extraordinario, se había trasladado a las
afueras de la ciudad para descansar unos días. Al tener noticia de lo ocurrido,
regresó a Petrogrado en la mañana del 4 (17) de julio y asumió la dirección de
los acontecimientos. En la manifestación del 4 (17) de julio — que transcurrió
bajo las consignas de los bolcheviques: "¡Todo el poder a los
Soviets!" y otras— participaron más de 500.000 personas. Los manifestantes
eligieron noventa representantes para que reclamasen del CEC de los Soviets el
paso de todo el poder a los Soviets. Pero los líderes eseristas y mencheviques
se negaron a asumir el poder.
Con el conocimiento y la
aprobación del CEC de los Soviets, de carácter menchevique y eserista, el
Gobierno Provisional acordó disolver la manifestación por medio de la fuerza
armada. Lanzó contra la manifestación pacífica de los obreros y soldados regimientos
de cadetes y cosacos contrarrevolucionarios, que ametrallaron a los
manifestantes. Además, fueron trasladadas del frente unidades militares
reaccionarias.
El Gobierno Provisional
burgués, después de ametrallar la manifestación, prosiguió las represiones.
Arremetió con odio especial contra el Partido Bolchevique. Fueron clausurados
los periódicos bolcheviques Pravda, Soldátskaya Pravda y otros. Empezaron el
desarme de los obreros, las detenciones y los registros. Los mencheviques y
eseristas fueron, de hecho,
partícipes y cómplices de la contrarrevolución
este hecho aparece
disimulado todavía por una serie de instituciones revolucionarias de palabra e
impotentes en la práctica; pero es un hecho indudable, y tan radical, que sin
haberlo comprendido no se puede comprender nada de la situación política; 3) la
prensa monárquica ultrarreaccionaria y la prensa burguesa, que han pasado ya de
una furiosa campaña contra los bolcheviques a una campaña igual contra los
Soviets, contra el “incendiario” Chernov, etc., demostraronmcon claridad
meridiana que la verdadera esencia de la política de la dictadura militar, que
hoy domina y es apoyada por los democonstitucionalistas y los monárquicos,
consiste en preparar la disolución de los Soviets. Muchos dirigentes eseristas
y mencheviques, o sea, de la actual mayoría de los Soviets, lo han reconocido y
manifestado ya en los últimos días; pero, como auténticos pequeños burgueses,
se desentienden de esa terrible realidad con frases hueras y sonoras.
2.
Los
dirigentes de los Soviets y de los partidos eserista y menchevique, con
Tsereteli y Chernov a la cabeza, han traicionado definitivamente la causa de la
revolución al ponerla en manos de los contrarrevolucionarios y al convertirse
ellos, y convertir a sus partidos y a los Soviets, en hoja de parra de la
contrarrevolución.
Así lo demuestra el hecho de
que los socialistas— revolucionarios y los mencheviques hayan delatado a los
bolcheviques y aprobado tácitamente el asalto a sus periódicos, sin atreverse
siquiera a decir al pueblo con franqueza y claridad que lo hacían ellos y por
qué lo hacían. Al legalizar el desarme de los obreros y de los regimientos
revolucionarios se despojaron a sí mismos de todo poder real; se convirtieron
en vanilocuos charlatanes, que ayudaban a la reacción a “distraer” la atención
del pueblo hasta que aquélla terminara sus últimos preparativos para disolver
los Soviets. Sin reconocer esa bancarrota total y definitiva de los partidos
socialista— revolucionario y menchevique y de la actual mayoría de los Soviets;
sin reconocer el carácter ficticio por completo de su “directorio” y demás
mascaradas, es imposible comprender absolutamente nada de la situación política
actual.
3.
Todas
las esperanzas de un desarrollo pacífico de la revolución rusa se han
desvanecido para siempre. La situación objetiva es ésta: o la victoria completa
de la dictadura militar o el triunfo de la insurrección armada de los obreros,
triunfo que sólo es posible si coincide con un alzamiento decidido de las masas
contra el gobierno y contra la burguesía, originado por la ruina económica y la
prolongación de la guerra.
La consigna de “¡Todo el
poder a los Soviets!” era la consigna de desarrollo pacífico de la revolución,
posible en abril, en mayo, en junio y hasta el 5-9 de julio, es decir, antes de
que el poder efectivo pasara a manos de la dictadura militar.
Ahora, esta consigna no es ya justa, pues no tiene en cuenta ese
paso, ya operado, ni la traición total y evidente de los eseristas y
mencheviques a la revolución. No son las aventuras ni los motines, no son las
resistencias parciales ni los intentos desesperados de oponerse aisladamente a
la reacción los que pueden ayudar en este asunto. Sólo puede ayudar la clara
conciencia de la situación, la firmeza y la tenacidad de la vanguardia obrera,
la preparación de las fuerzas con vistas a una insurrección armada, cuyas
condiciones para la victoria son ahora terriblemente difíciles, pero, pese a
todo, posibles si coinciden los hechos y las tendencias señaladas en el texto
de la tesis. Nada de ilusiones constitucionalistas y republicanas, nada de
ilusiones acerca de un camino pacífico, nada de acciones dispersas; no hay que
dejarse llevar ahora por la
provocación de las centurias negras ni de los cosacos; hay que reunir las
fuerzas, reorganizarlas y prepararlas con firmeza para una insurrección armada,
siempre que la evolución de la crisis permita hacerlo a verdadera escala de
masas, de todo el pueblo. El paso de la tierra a los campesinos es imposible
ahora sin una insurrección armada, pues la contrarrevolución, al adueñarse del
poder, se ha unido por entero con los terratenientes como clase.
48
El objetivo de la insurrección armada
sólo puede ser el paso del poder al proletariado, apoyado por los campesinos
pobres, para realizar el programa de nuestro partido.
4.
El
partido de la clase obrera, sin abandonar la legalidad, pero sin sobrestimarla
ni por un instante, deberá combinar
la labor legal con la ilegal, como en 1912-1914.
No hay que abandonar ni por
una hora el trabajo legal. Pero tampoco debe creerse ni un ápice en las
ilusiones constitucionalistas y “pacíficas”. Hay que crear inmediatamente por
doquier y para todo organizaciones o células clandestinas que editen hojas. etc.
Reorganizarse en seguida, disciplinada y tenazmente, en toda la línea.
Actuar como en 1912-1914,
cuando supimos hablar del derrocamiento del zarismo por la revolución y la
insurrección armada sin perder nuestra base legal ni en la Duma de Estado, ni
en las cajas de seguros, ni en los sindicatos, etc.
Escrito el 10 (23) de julio de 1917. Publicado el 2 de agosto
(20 de julo) de 1917 en el núm. 6 de “Proletárskoie Dielo”.
T. 34, págs. 1-5.
Carta a la redacción de “Proletarskoie Dielo”
49
CARTA A LA REDACCIÓN
DE “PROLETARSKOIE DIELO”53
Camaradas
Hemos modificado nuestro
propósito de acatar la orden de detención dictada contra nosotros por el
Gobierno Provisional. Los motivos son los siguientes:
La carta del ex ministro de
Justicia, Perevérzev, publicada el domingo en el periódico Nóvoie Vremia ha puesto en claro por completo que el “asunto” de
“espionaje” de Lenin y otros ha sido fraguado con toda premeditación por el
partido de la contrarrevolución.
Perevérzev reconoce con toda
franqueza que lanzó acusaciones no comprobadas, a fin de concitar la furia
(expresión textual) de los soldados contra nuestro partido. ¡Esto lo confiesa
el ayer ministro de Justicia, un hombre que todavía ayer se llamaba socialista!
Perevérzev se ha ido, pero nadie se atreverá a afirmar que el nuevo ministro de
Justicia no vacile en utilizarlos métodos de Perevérzev— Aléxinski.
La burguesía
contrarrevolucionaria se empeña en crear un nuevo asunto Dreyfus 54. Cree tanto en nuestro “espionaje” como
los jefes de la reacción rusa que montaron el asunto
![]()
53 La Carta
a la Redacción de "Proletárskoie Dielo", que se publicó en el
periódico, llevaba también la firma de G. Zinóviev.
Después de ser ametrallada la manifestación de Petrogrado, Lenin
pasó los días 5, 6 y 7 (18, 19 y 20) de julio de un domicilio a otro, en busca
de un refugio seguro para eludir las persecuciones del Gobierno Provisional
burgués. El 7 (20) de julio, este último ordenó la detención de Lenin y de
otros militantes destacados del Partido Bolchevique. En realidad, el Gobierno
Provisional no se proponía que el asunto llegara a los tribunales. Como se supo
más tarde, los cadetes encargados de detener a Lenin recibieron de las
autoridades la misión de asesinarlo por el camino.
Lenin, profundamente
indignado por las acusaciones calumniosas que se le hacían, se inclinaba al
principio a comparecer ante los tribunales del Gobierno Provisional. En una
carta dirigida al Buró del Comité Ejecutivo Central (CEC) de los Soviets de
diputados obreros y soldados, Lenin protestaba contra el registro que se había
efectuado en su domicilio en la noche del 6 (19) de julio y, refiriéndose a su
detención, decía que si el CEC confirmaba la orden de detención dictada por el
Gobierno Provisional, él se sometería. Los líderes mencheviques y eseristas
confirmaron la orden del Gobierno Provisional.
En la tarde del 7 (20) de julio, en el domicilio del viejo
obrero bolchevique S. Alilúev, donde se ocultaba Lenin en aquel momento, se
celebró una reunión de miembros del CC y de varios dirigentes del partido.
Se acordó que Lenin no debía comparecer ante los tribunales del
Gobierno Provisional contrarrevolucionario. En el artículo ¿Deben los dirigentes bolcheviques comparecer ante los tribunales?,
escrito el 8 (21) de julio, pero no publicado entonces, Lenin explicaba por qué
no debían los bolcheviques comparecer voluntariamente ante los tribunales del
Gobierno Provisional burgués. Señalaba que, después de las jornadas de julio,
el poder había pasado de hecho a manos de la camarilla militar reaccionaria,
por lo que no había ni podía haber ninguna justicia normal. La cuestión de la
comparecencia de Lenin ante los tribunales fue discutida en la reunión ampliada
que celebró el CC del POSD(b) de Rusia los días 13 y 14 (26 y 27) de julio de
1917. En ella participaron también representantes de diversos organismos
delpartido: Comité de San Petersburgo, Organización Militar adjunta al CC del
POSD(b)R, Buró Regional de Moscú, Comité Urbano de Moscú y Comité Comarcal de
Moscú. La reunión acordó que Lenin no debía comparecer ante los tribunales del
Gobierno Provisional.
En julio de 1917 se celebraron diversas conferencias del Partido
Bolchevique —de Petrogrado, de la comarca de Moscú, de la ciudad de Bakú, de la
región de Siberia Central, etc.— que aprobaron resoluciones de airada protesta
contra las calumnias de que era objeto Lenin.
El VI Congreso del POSD(b) de Rusia
discutió, entre las primeras, esta misma cuestión y acordó por unanimidad que
Lenin no compareciese ante los tribunales.
54
Asunto Dreyfus: proceso provocador urdido en 1894 por
los medios monárquicos reaccionarios de la camarilla militar de Francia contra
Dreyfus, oficial hebreo del Estado Mayor General francés, acusado falsamente de
espionaje y alta traición. Dreyfus fue condenado a cadena perpetua. Esta
sentencia sirvió de pretexto a los reaccionarios de Francia para atizar el
antisemitismo y desplegar la ofensiva contra el régimen republicano y las
libertades democráticas. En 1898, cuando los socialistas y los demócratas
burgueses avanzados (entre los que figuraban Emilio Zola, Juan Jaurès y
Anatolio France) emprendieron una campaña en pro de la revisión de la causa, el
asunto Dreyfus
Carta a la redacción de “Proletarskoie Dielo”
Beylis55 creían en que los hebreos bebían sangre de niño. En el momento
actual no hay garantía alguna de justicia en Rusia.
El Comité Ejecutivo Central,
que se considera el organismo representativo de la democracia rusa, nombró una
comisión para investigar el asunto del espionaje; pero, bajo la presión de las
fuerzas contrarrevolucionarias, hubo de disolverla. No quiso confirmar ni
revocar directamente la orden de nuestra detención. Se lavó las manos,
entregándonos prácticamente a la contrarrevolución.
La acusación que se nos hace
de “conspiración e “instigación” “moral” a la rebelión tiene ya un carácter
bien definido. Ni el Gobierno Provisional ni el Soviet dan ninguna calificación
jurídica exacta de nuestro supuesto delito, porque tobos saben muy bien que
hablar de “conspiración” en un movimiento como el del 3-5 de julio es
completamente absurdo. Los dirigentes mencheviques y eseristas tratan
simplemente de aplacar a la contrarrevolución, que presiona también sobre
ellos, entregándole, por orden suya, algunos miembros de nuestro partido. En
Rusia es imposible hablarse hoy no ya de legalidad alguna, sino ni siquiera de
las garantías constitucionales que existen en los países burgueses organizados.
Entregarse ahora a las autoridades significaría ponerse en manos de los
Miliukov, los Aléxinski y los Pérevérzev, en manos de los
contrarrevolucionarios enfurecidos, para quienes todas las acusaciones que se
nos hacen son un simple episodio de la guerra civil.
Después de lo ocurrido los
días 6, 7 y 8 de julio, ningún revolucionario ruso puede seguir abrigando
ilusiones constitucionales. Está en marcha el combate decisivo entre la
revolución y la contrarrevolución. Nosotros seguiremos luchando, como antes, al
lado de la primera.
En la medida de nuestras
fuerzas continuaremos ayudando a la lucha revolucionaria del proletariado. La
Asamblea Constituyente, si llega a reunirse y no es la burguesía la que la
convoca, será la única competente para pronunciarse respecto a la orden de detención
dictada contra nosotros por el Gobierno Provisional.
N. Lenin.
Publicada el 28 (15)
de julio de 1917 en el núm. 2 de “Proletárskoie Dielo”.
T. 34, págs. 8-9.
![]()
adquirió un carácter
político evidente y dividió el país en dos campos: republicanos y demócratas,
de un lado, y el bloque de monárquicos, clericales, antisemitas y
nacionalistas, de otro. Dreyfus fue indultado y puesto en libertad en 1899 bajo
la presión de la opinión pública; en 1906, el Tribunal Supremo reconoció
inocente a Dreyfus y lo reincorporó al ejército
55 Asunto
Beylis: proceso
provocador organizado en 1913, en Kíev, por el gobierno zarista contra el
hebreo Beylis, acusado falsamente de haber asesinado con fines rituales al niño
cristiano Yuschinski (en realidad, el asesinato fue organizado por las
centurias negras). Al montar esta farsa judicial, el gobierno zarista se
proponía atizar el antisemitismo y provocar pogromos antisemitas para apartar a
las masas del movimiento revolucionario, que aumentaba de día en día en el
país. El proceso suscitó profunda excitación en la opinión pública y en varias
ciudades se celebraron manifestaciones obreras de protesta. Beylis fue absuelto
por el tribunal que lo juzgó.
50
A PROPÓSITO DE LAS
CONSIGNAS.
Ocurre con harta frecuencia
que, cuando la historia da un viraje brusco, hasta los partidos avanzados
necesitan de un período más o menos largo para habituarse a la nueva situación
y repiten consignas que, si bien ayer eran justas, hoy han perdido ya toda
razón de ser, han perdido su sentido tan “súbitamente” como “súbito” es el
brusco viraje de la historia.
Algo semejante puede
ocurrir, a lo que parece, con la consigna del paso de todo el poder a los
Soviets. Durante un período ya para siempre fenecido de nuestra revolución,
desde el 27 de febrero hasta el 4 de julio, pongamos por caso, esta consigna
era acertada. Pero hoy, evidentemente, ha dejado de serlo. Sin comprender esto,
tampoco podremos comprender ninguno de los problemas esenciales de la
actualidad. Cada consigna debe dimanar siempre del conjunto de peculiaridades
de una determinada situación política. Y hoy, después del 4 de julio, la
situación política de Rusia es radicalmente distinta de la que imperó desde el
27 de febrero hasta esa fecha.
Entonces, durante aquel
período ya fenecido de la revolución, en el Estado predominaba la llamada
“dualidad de poderes”, fenómeno que expresaba, material y formalmente, el
carácter indefinido y de transición del poder público. No olvidemos que el
problema del poder es el problema fundamental de toda revolución.
Durante aquel período, el
poder se mantenía en un estado de desequilibrio. Lo compartían, por acuerdo
voluntario, el Gobierno Provisional y los Soviets. Estos últimos eran
delegaciones de la masa de obreros y soldados armados y libres, es decir, no
sometidos a ninguna violencia exterior. Las armas en manos del pueblo y éste
libre de toda violencia exterior: tal era el
fondo de la cuestión. Esto era lo que abría y garantizaba a toda la
revolución un camino pacífico de
desarrollo. La consigna de “Todo el poder a los Soviets” significaba el paso
inmediato, realizable directamente en esta vía de desarrollo pacífico. Era la
consigna de desarrollo pacífico de la revolución, que desde el 27 de febrero
hasta el 4 de julio fue posible y como es natural, el más deseable de todos,
pero que hoy es ya absolutamente imposible.
Al parecer, no todos los
partidarios de la consigna de “Todo el poder a los Soviets” comprendían en
grado suficiente que se trataba de la consigna del desarrollo pacífico
ascensional de la revolución. Y al decir pacífico no nos referimos sólo a que
nadie, ninguna clase, ninguna fuerza importante, hubiera podido entonces (desde
el 27 de febrero hasta el 4 de julio) oponerse al paso del poder a los Soviets
e impedirlo. Eso no es todo. El desarrollo pacífico habría podido realizarse
entonces también en el sentido de que la lucha de las clases y de los partidos dentro de los Soviets, si éstos hubieran
asumido oportunamente todo el poder del Estado, habría transcurrido del modo
más pacífico y menos doloroso.
Tampoco se presta aún la
debida atención a este último aspecto del problema. Por su composición de
clase, los Soviets eran órganos del movimiento de los obreros y los campesinos,
una forma preparada de su dictadura. Si hubieran tenido plenitud de poderes, se
habría acabado en la práctica con el vicio principal de los sectores
pequeñoburgueses, con su pecado capital (su confianza en los capitalistas),
criticándolo mediante la experiencia de sus propias medidas. Las clases y los
partidos que ocupan el poder podrían haber sido relevados por otros
pacíficamente dentro de los Soviets, como únicos órganos de gobierno con
plenitud de poderes; y la ligazón de todos los partidos representados en los
Soviets con las masas habría permanecido en pie, firme e intacta. No se puede
perder de vista ni por un instante que esta ligazón estrechísima —que aumenta
libremente en amplitud y
profundidad— de los partidos
representados en los Soviets con las masas era lo único que podía ayudar a
desembarazarse pacíficamente de las ilusiones de conciliación pequeñoburguesa
con la burguesía. El paso del poder a los Soviets no habría cambiado de por sí,
ni podía hacerlo, la correlación de fuerzas entre las clases; no habría
cambiado en nada el carácter pequeñoburgués del campesinado. Pero habría dado
oportunamente un gran paso en la labor de separar a los campesinos de la
burguesía y de acercarlos a los obreros para, después, unirlos con éstos.
Así habría podido ocurrir si
el poder hubiese pasado a su debido tiempo a los Soviets. Y eso habría sido lo
más fácil y lo más ventajoso para el pueblo. Habría sido el camino menos
doloroso, debido a lo cual había que luchar por él con toda energía. Pero hoy,
esa lucha, la lucha por la entrega oportuna del poder a los Soviets, ha
terminado. La vía pacífica de desarrollo de la revolución se ha hecho
imposible. Ha empezado el camino no pacífico, el más doloroso de todos.
51
El viraje del 4 de julio consiste precisamente en que, a partir
de él, ha cambiado bruscamente la situación objetiva. El equilibrio inestable
del poder ha cesado; el poder ha pasado, en el lugar decisivo, a manos de la
contrarrevolución. El desarrollo de los partidos sobre la base del
conciliacionismo de los partidos pequeñoburgueses eserista y menchevique con
los democonstitucionalistas contrarrevolucionarios ha conducido a que esos dos
partidos pequeñoburgueses se conviertan, de hecho, en cómplices y partícipes
del sanguinario terror contrarrevolucionario. La confianza inconsciente de los
pequeños burgueses en los capitalistas ha hecho que los primeros, impulsados
por el desarrollo de la lucha de los partidos, apoyen conscientemente a los
contrarrevolucionarios. El ciclo de desarrollo de las relaciones entre los
partidos ha terminado. El 27 de febrero, todas las clases se hallaron unidas
contra la monarquía. A partir del 4 de julio, la burguesía
contrarrevolucionaria, del brazo de los monárquicos y de las centurias negras,
ha puesto a su lado a los eseristas y mencheviques pequeñoburgueses, apelando
en parte a la intimidación, y ha entregado de hecho el poder a los Cavaignac, a
una pandilla militar que fusila en el frente a los insubordinados y persigue en
Petrogrado a los bolcheviques.
En estas condiciones, la
consigna del paso del poder a los Soviets parecería una quijotada o una burla.
Mantener esta consigna equivaldría, objetivamente, a engañar al pueblos a
infundirle la ilusión de que basta, incluso ahora, con que los Soviets se limiten
a querer o a acordar de tomar el poder para que éste vaya a parar a sus manos;
la ilusión de que en el Soviet siguen actuando unos partidos no manchados
todavía por su complicidad con los verdugos, y de que lo ocurrido puede
borrarse de un plumazo.
Sería el mayor de los
errores pensar que el proletariado revolucionario, para “vengarse”,digámoslo
así, de los eseristas y mencheviques por el apoyo que éstos prestan a la
campaña de represión contra los bolcheviques, a los fusilamientos en el frente
y al desarme de los obreros, pueda “negarse” a apoyar a esos partidos frente a
la contrarrevolución. Plantear así la cuestión equivaldría, en primer lugar, a
aplicar al proletariado las concepciones pequeñoburguesas de la moral (pues, si conviene a la causa, el proletariado
apoyará siempre no sólo a la pequeña burguesía vacilante, sino incluso a la
gran burguesía); en segundo lugar
—y esto es lo más
importante—, sería un intento pequeñoburgués de velar la esencia política del
problema con argumentos de índole “moral”.
Y la esencia del problema
está en que hoy es ya imposible tomar el poder por vía pacífica. Para llegar a
él hay que derrotar, luchando resueltamente, a los verdaderos detentadores del
poder en el momento actual: a la pandilla militar, a los Cavaignac, que se
apoyan en las tropas reaccionarias trasladadas a Petrogrado, en los
democonstitucionalistas y en los monárquicos.
La esencia del problema
consiste en que estos nuevos detentadores del poder pueden ser vencidos
únicamente por las masas revolucionarias del pueblo, para cuyo movimiento es
condición indispensable no
sólo que sean dirigidas por el proletariado, sino también que vuelvan la
espalda a los partidos eserista y menchevique, que han traicionado la causa de
la revolución.
Quienes pretenden introducir
en la política la moral pequeñoburguesa razonan así: admitamos que los
eseristas y los mencheviques cometieron un “error” al apoyar a los Cavaignac,
los cuales desarman al proletariado y a los regimientos revolucionarios. Sin
embargo, hay que darles la posibilidad de que lo “corrijan”, “no dificultarles”
la rectificación; hay que ayudar a la pequeña burguesía a que se incline hacia
los obreros. Razonar así sería una ingenuidad pueril o una simple tontería,
suponiendo que no representase engañar una vez más a los obreros. Porque la
inclinación de las masas pequeñoburguesas hacia los obreros consistiría sólo, y
precisamente sólo, en que volvería la espalda a los eseristas y mencheviques. Y
si los partidos eserista y menchevique quieren hoy rectificar su “error”, no
tienen más camino que declarar a Tsereteli y Chernov, Dan y Rakítnikov
cómplices de los verdugos. Nosotros nos pronunciamos plena e incondicionalmente
a favor de semejante “rectificación del error”…
El problema fundamental de
la revolución, decíamos, es el problema del poder. A esto debemos añadir:
precisamente las revoluciones nos muestran a cada paso cómo se vela la cuestión
de saber dónde está el verdadero
poder y ponen de relieve la diferencia existente entre el poder formal y el
efectivo. En eso precisamente estriba una de las peculiaridades más importantes
de todo período revolucionario. En marzo y abril de 1917 no se sabía si el poder
efectivo estaba en manos del gobierno o del Soviet.
Pero hoy tiene una
importancia singular que los obreros conscientes enfoquen serenamente el
problema cardinal de la revolución: en manos de quién se halla el poder del
Estado en los momentos actuales. Bastará con pararse a examinar sus
manifestaciones materiales, no confundiendo las frases con los hechos, y la
contestación será fácil.
52
El Estado, decía Federico Engels, lo constituyen, ante todo,
destacamentos de hombres armados y con ciertos aditamentos materiales, como,
por ejemplo, las cárceles. Hoy lo constituyen los cadetes y los cosacos
reaccionarios, traídos expresamente a Petrogrado; los que retienen en la cárcel
a Kámenev y a otros; los que han prohibido Pravda;
los que han desarmado a los obreros y a una parte determinada de los soldados;
los que fusilan a una parte no menos determinada de los soldados y a una parte
no menos determinada de las tropas en el ejército. Esos verdugos son hoy el
poder efectivo. Los Tsereteli y los Chernov son ministros sin poder, ministros
fantoches, líderes de partidos que apoyan la política de los verdugos. Esto es
un hecho. Y este hecho no cambia porque Tsereteli y Chernov personalmente “no
aprueben”, quizás, los actos de los verdugos ni porque sus periódicos nieguen
tímidamente toda relación con estos últimos, pues tal mudanza de atavío
político no modifica en nada la esencia del problema.
La clausura del órgano de
prensa de 150.000 electores de Petrogrado y el asesinato por los cadetes del
obrero Vóinov (cometido el 6 de julio) por sacar de la imprenta Listok “Pravdi”, ¿qué son sino actos de
verdugos? ¿No es eso, acaso, obra de los Cavaignac? Se nos dirá que “no son
culpables” de ello ni el gobierno ni los Soviets.
Pues tanto peor para el
gobierno y para los Soviets, contestaremos nosotros; porque eso demuestra que
sólo son un cero a la izquierda, marionetas, carentes de poder efectivo.
El pueblo debe saber, ante
todo y sobre todo, la verdad; debe
saber en manos de quién se encuentra, en realidad, el poder del Estado. Al
pueblo hay que decirle toda la verdad: hay que decirle que el poder está en
manos de una pandilla de militares a lo Cavaignac (en manos de Kerenski, de
ciertos generales, oficiales, etc.), apoyados por la burguesía como clase, con
el partido de los democonstitucionalistas a la cabeza y con todos los
monárquicos, que actúan
a través de toda la prensa
ultrarreaccionaria, a través de Nóvoie
Vremia, Zhivoie Slovo, etc., etc.
Hay que derrocar este poder.
Sin eso, todo lo que se hable de combatir a la contrarrevolución no será más
que frases hueras, no será más que “engañarnos a nosotros mismos y engañar al
pueblo”.
Este poder es apoyado hoy
también por los ministros Tsereteli y Chernov y sus partidos. Hay que aclarar
al pueblo su papel de verdugos y hacerle ver la ineluctabilidad de que dichos
partidos llegasen a este “final” después de sus “errores” del 21 de abril, del
5 de mayo56, del 9 de junio57 y del 4 de julio; después de aprobar la política de la
ofensiva, una política que en sus nueve décimas partes predeterminó la victoria
de los Cavaignac en julio.
Debemos reorganizar toda la
agitación entre el pueblo de tal modo que tenga en cuenta precisamente la
experiencia concreta de la actual revolución y, en particular, de las jornadas
de julio; es decir, que haga ver al pueblo con toda claridad que sus verdaderos
enemigos son la pandilla militar, los democonstitucionalistas y las centurias
negras, y desenmascare con precisión a los partidos pequeñoburgueses, a los
partidos eserista y menchevique, que han desempeñado y desempeñan el papel de
cómplices de los verdugos.
![]()
56 Lenin se refiere a los siguientes
hechos. El 20 de abril (3 de mayo), los periódicos publicaron una nota del
ministro de Negocios Extranjeros, Miliukov, a los Estados aliados, en la que el
Gobierno Provisional confirmaba que cumpliría todos los tratados suscritos por
el gobierno zarista y haría la guerra hasta el fin victorioso. La política
imperialista del Gobierno Provisional indignó a las grandes masas trabajadoras.
El 21 de abril (4 de mayo), secundando el llamamiento del Partido Bolchevique,
los obreros de Petrogrado abandonaron el trabajo y se manifestaron en las
calles reclamando la paz. En la manifestación participaron más de cien mil
obreros y soldados. Se celebraron también manifestaciones y mítines de protesta
en Moscú, los Urales, Ucrania, Cronstadt y otras ciudades. El Soviet de
Petrogrado recibió de los Soviets de muchas ciudades resoluciones de protesta
contra la nota de Miliukov.
La manifestación de abril dio comienzo a la crisis ministerial.
Los ministros P. Miliukov y A. Guchkov se vieron obligados a dimitir. El 5 (18)
de mayo se formó el primer gobierno de coalición, en el que, junto con los diez
ministros capitalistas, colaboraron los líderes de los partidos conciliadores:
A. Kerenski y V. Chernov, por los eseristas; I. Tsereteli y M. Skóbeliev, en
nombre de los mencheyiques, y otros. El gobierno burgués fue salvado por los
eseristas y los mencheviques, que desertaron abiertamente al campo de la
burguesía.
57 Se trata del acuerdo adoptado el 9 (22)
de junio de 1917 por el I Congreso de los Soviets de toda Rusia de prohibir la
manifestación que había convocado el Partido Bolchevique para el 10 (23) de
junio. El acuerdo de celebrar la manifestación se tomó el 8 (21) de junio en
una reunión ampliada del Comité Central y del Comité de San Petersburgo del
POSD(b) de Rusia, a la que asistieron también representantes de los distritos,
unidades militares, sindicatos y comités de fábrica. La manifestación debía
mostrar al 1 Congreso de los Soviets la voluntad de los obreros y soldados
petrogradenses, que exigían el paso de todo el poder a los Soviets. Los
mencheviques y los eseristas decidieron impedirla, para lo cual hicieron
aprobar en el congreso una resolución que prohibía las manifestaciones
públicas.
El CC del Partido Bolchevique, movido por el deseo de no
enfrentarse con el acuerdo del Congreso de los Soviets, acordó a altas horas de
la noche del 9 (22) de junio suspender la manifestación. Miembros del CC y del
Comité de San Petersburgo y activistas del partido recorrieron fábricas,
empresas y cuarteles para convencer a los obreros y soldados de que no se
manifestaran. La labor explicativa de los bolcheviques dio los resultados
apetecidos; los obreros y soldados aceptaron que era inoportuno manifestarse en
aquellos momentos.
Los dirigentes mencheviques y eseristas del Congreso de los
Soviets acordaron organizar una manifestación para el 18 de junio (1 de julio),
esperando que transcurriría bajo su dirección y expresaría su confianza al
Gobierno Provisional.
El Comité Central y el Comité de San Petersburgo del Partido
Bolchevique, dirigidos personalmente por Lenin, desplegaron una ingente labor
para conseguir que la manifestación reflejara el verdadero estado de ánimo de
las masas. La víspera de la manifestación, el 17 (30) de junio, el periódico Pravda publicó un llamamiento firmado
por el Comité Central, el Comité de San Petersburgo, la Organización Militar
adjunta al CC del POSD(b) de Rusia y el Consejo Central de los Comités de
Fábrica, en el que se exhortaba a demostrar la fuerza de la revolución.En la
manifestación del 18 de junio (1 de julio) participaron cerca de 500.000
obreros y soldados de Petrogrado. La mayoría abrumadora de los manifestantes
desfiló bajo las consignas revolucionarias del Partido Bolchevique. Sólo un
pequeño grupo enarboló pancartas de los partidos conciliadores, en las que se
expresaba la confianza al Gobierno Provisional. La manifestación testimonió la
creciente actividad revolucionaria de las masas y el gigantesco crecimiento de
la influencia del Partido Bolchevique.
Debemos reorganizar toda la
agitación entre el pueblo de tal modo que explique a los campesinos cuán inútil
es confiar en recibir la tierra mientras no se derroque el poder de la pandilla
militar, mientras no se desenmascare a los partidos eserista y menchevique y se
les prive de la confianza del pueblo. Este proceso sería muy largo y muy
difícil en condiciones “normales” de desarrollo capitalista, pero la guerra y
la ruina económica lo acelerarán extraordinariamente. Con estos “aceleradores”,
un mes y hasta una semana pueden equivaler a un año entero.
Dos objeciones se
formularán, quizá, contra lo que dejamos dicho: primera, que hablar hoy de dar
la batalla decisiva significaría estimular las acciones aisladas, que
favorecerían precisamente a la contrarrevolución; segunda, que al derrocar a
ésta, el poder iría a parar, de todos modos, a manos de los Soviets.
A la primera objeción
responderemos: los obreros de Rusia tienen ya la suficiente conciencia para no
dejarse llevar de provocaciones en un momento que es, a ciencia cierta,
desfavorable para ellos. Es indiscutible que lanzarse hoy a la acción y oponer
resistencia significaría ayudar a la contrarrevolución. Es asimismo
indiscutible que la batalla decisiva sólo podrá darse cuando la revolución
vuelva a prender con impulso ascensional en lo más profundo de las masas. Pero
no basta con hablar en general del ascenso de la revolución, de su aflujo, de
la ayuda de los obreros de los países occidentales, etc.: hay que sacar una
conclusión concreta de nuestro pasado y tomar en consideración precisamente
nuestra propia experiencia. Y al hacerlo, veremos que de ahí se deduce la
consigna de dar la batalla decisiva a la contrarrevolución, que se ha adueñado
del poder.
La segunda objeción se
reduce, lo mismo que la primera, a remplazar verdades concretas con
consideraciones demasiado generales. A excepción del proletariado
revolucionario, no hay nada, ninguna fuerza, capaz de derrocar a la
contrarrevolución burguesa. Es precisamente el proletariado revolucionario el
que, aprovechando la experiencia de julio de 1917, debe tomar el poder por su
cuenta; sin eso es imposible el
triunfo de la revolución. El poder en manos del proletariado, apoyado por los
campesinos pobres o los semiproletarios: tal es la única salida, y ya hemos
dicho cuáles son las circunstancias que pueden contribuir a acelerarla de
manera extraordinaria.
En esta nueva revolución
podrán y deberán surgir los Soviets, pero no
serán los Soviets actuales, no serán órganos de conciliación con la
burguesía, sino órganos de lucha revolucionaria contra ella. Cierto que también
entonces propugnaremos la organización de todo el Estado según el tipo de los
Soviets. No se trata de los Soviets en general, sino de la lucha frente a la
contrarrevolución actual y frente a
la traición de los Soviets actuales.
53
La sustitución de lo
concreto por lo abstracto es uno de los pecados capitales, y más peligrosos,
que pueden cometerse en una revolución. Los Soviets actuales han fracasado, han
sufrido una bancarrota completa, por predominar en ellos los partidos eserista
y menchevique. En la actualidad, esos Soviets son como carneros conducidos al
matadero y que, puestos bajo la cuchilla de los matarifes, balan
lastimeramente. Los Soviets son hoy
desvalidos e impotente frente a la contrarrevolución, que ha triunfado y triunfa.
La consigna de entregar el poder a los Soviets podría ser comprendida como un
“simple” llamamiento a que se hagan cargo de él precisamente los Soviets que
hoy existen; pero decir eso, invitar a eso, significaría ahora engañar al
pueblo. Y no hay nada más peligroso que el engaño.
En Rusia ha terminado el
ciclo de desarrollo de la lucha entre las clases y los partidos comprendido
entre el 27 de febrero y el 4 de julio. Comienza un nuevo ciclo, en el que no
entran las viejas clases, los viejos partidos y los viejos Soviets, sino los
partidos, las clases y los Soviets renovados por el fuego de la lucha,
templados, instruidos y reconstituidos por el curso de la lucha. No hay que
mirar atrás, sino adelante. No hay que operar con las viejas categorías de
clases y partidos, sino con las nuevas, con las posteriores al mes de julio.
Hay
que partir, en los umbrales
de este nuevo ciclo, de la contrarrevolución burguesa triunfante —triunfante
porque los eseristas y los mencheviques han pactado con ella— y que sólo puede
ser vencida por el proletariado revolucionario. En este nuevo ciclo habrá
todavía, como es natural, multitud de etapas diversas hasta llegar al triunfo
definitivo de la contrarrevolución, a la derrota definitiva (sin lucha) de los
eseristas y mencheviques y al nuevo ascenso de la nueva revolución. Pero de
esto sólo podrá hablase más tarde, cuando se vaya perfilando cada una de esas
etapas...
Escrito a mediados de Julio de 1917. Publicado en 1917, en un
folleto editado por el comité de Cronstadt del POSD(b) de Rusia.
T. 34, págs. 10-17.
Las enseñanzas de la revolución
54
LAS ENSEÑANZAS DE LA
REVOLUCIÓN.
Toda revolución significa un
brusco viraje en la vida de las grandes masas populares. Si este viraje no ha
madurado, es imposible una verdadera revolución. Y de la misma manera que todo
viraje en la vida de un individuo le enseña y le hace conocer y sentir muchas
cosas, la revolución brinda al pueblo entero, en poco tiempo, las más profundas
y preciosas enseñanzas.
Durante la revolución,
millones y millones de hombres aprenden en una semana más que en un año de vida
rutinaria y monótona. Pues en estos virajes bruscos de la vida de todo un
pueblo se ve con especial claridad qué fines persiguen las diferentes clases sociales,
de qué fuerzas disponen y con qué medios actúan.
Todo obrero, soldado y
campesino consciente debe meditar atentamente en las enseñanzas de la
revolución rusa; sobre todo hoy, a fines de julio, cuando se ve ya claramente
que la primera fase de nuestra revolución ha terminado en un fracaso.
I
En efecto, veamos cuáles
eran las aspiraciones de las masas obreras y campesinas cuando hicieron la
revolución. ¿Qué esperaban de la revolución? Esperaban, como se sabe, libertad,
paz, pan y tierra.
¿Y qué vemos hoy?
En vez de la libertad, se
empieza a restaurar la vieja arbitrariedad. Se implanta la pena de muerte para
los soldados en el frente58, y los campesinos, que se apoderan por
propia iniciativa de las tierras de los latifundistas, son llevados ante los
tribunales. Las imprentas de los periódicos obreros son asaltadas, y los
periódicos, suspendidos sin juicio previo. Se encarcela a bolcheviques, a
menudo sin formular contra ellos acusación alguna o presentando acusaciones a
todas luces calumniosas.
Se objetará, acaso, que las
persecuciones de bolcheviques no representan ningún atentado contra la
libertad, pues se persigue sólo a ciertas personas por determinadas
imputaciones. Pero esta objeción es una falacia evidente y a sabiendas. Porque
aun suponiendo que unas personas cometan delitos, y que éstos sean probados y
reconocidos por los tribunales, ¿cómo se puede, por ello, destruir una imprenta
y clausurar periódicos? Otra cosa sería si el gobierno declarase delictivo, por
medio de una ley, a todo el Partido Bolchevique, su orientación misma y sus
ideas. Pero nadie ignora que el gobierno de la Rusia libre no podía hacer, ni
ha hecho, nada semejante.
La demostración principal
del carácter calumnioso de las acusaciones lanzadas contra los bolcheviques es
que la prensa de los terratenientes y los capitalistas venía cubriendo de
furiosos insultos a los bolcheviques por su lucha contra la guerra, contra los
terratenientes y los capitalistas, y exigía públicamente que se les encarcelase
y persiguiese cuando no se había inventado aún ni una sola acusación contra
ningún bolchevique.
![]()
58
El
Gobierno Provisional restableció el 12 (25) de julio la pena de muerte en el
frente. En las divisiones se instituyeron "tribunales militares
revolucionarios", cuyas sentencias entraban en vigor nada más ser hechas
públicas y debían ser ejecutadas sin demora
Las enseñanzas de la revolución
El pueblo quiere la paz. Pero el gobierno revolucionario de la
Rusia libre ha reanudado la
guerra de rapiña, tomando
como base los mismos tratados secretos que concertara el ex zar Nicolás II con
los capitalistas ingleses y franceses en aras del saqueo de otros pueblos por
los capitalistas rusos. Estos tratados secretos siguen sin darse a la publicidad.
En vez de proponer a todos los pueblos una paz justa, el gobierno de la Rusia
libre ha salido del paso con unos subterfugios.
No hay pan. El hambre se
acerca de nuevo. Todo el mundo ve que los capitalistas y los ricos engañan
desvergonzadamente al fisco con los suministros al ejército (cada día de guerra
le cuesta hoy al pueblo 50 millones de rublos); que, con los altos precios de
hoy, los capitalistas se embolsan ganancias fabulosas, sin que se haga
absolutamente nada para implantar un verdadero control obrero de la producción
y de la distribución. Los capitalistas se vuelven cada vez más insolentes;
arrojan a los obreros a la calle, y lo hacen en momentos en que el pueblo pasa
calamidades por falta de mercancías.
En toda una serie de
congresos, la inmensa mayoría de los campesinos ha declarado con energía y
claridad que considera una injusticia y un robo la propiedad terrateniente. Y
el gobierno, que se dice revolucionario y democrático, lleva varios meses
embaucando a los campesinos y engañándolos con promesas y dilaciones. Durante
varios meses, los capitalistas impidieron al ministro Chernov dictar leyes que
prohibiesen la compraventa de la tierra. Y cuando, por fin, fue promulgada esta
ley, los capitalistas desencadenaron contra Chernov una infame campaña de
calumnias, que continúa hasta hoy. Y el gobierno llega tan lejos en su descaro
al defender a los terratenientes que empieza a enjuiciar a los campesinos que
se adueñan de las tierras “por propia iniciativa”.
55
Se engaña a los campesinos
al tratar de convencerles de que deben esperar hasta la Asamblea Constituyente.
Pero los capitalistas continúan aplazando su convocación. Y cuando, por fin,
bajo la presión de las demandas bolcheviques, se señala la fecha del 30 de
septiembre, los capitalistas gritan a los cuatro vientos que “es imposible”
convocar la Asamblea Constituyente en tan breve plazo y exigen un nuevo
aplazamiento... Los miembros más influyentes del partido de los capitalistas y
los terratenientes, del Partido “Demócrata Constitucionalista” o Partido de la
“Libertad del Pueblo”, Pánina, por ejemplo, propugnan sin ambages que la
Asamblea Constituyente no debe convocarse hasta el final de la guerra.
¡Esperad hasta la Asamblea
Constituyente para resolver el problema de la tierra! ¡Esperad a que termine la
guerra para convocar la Asamblea Constituyente! ¡Esperad hasta la victoria
definitiva para que acabe la guerra! Eso es lo que resulta. Los capitalistas y
los terratenientes, que son mayoría en el gobierno, se burlan descaradamente de
los campesinos.
II
¿Cómo pueden ocurrir esas cosas en un país libre que acaba de
derribar el poder zarista?
En un país no libre, el
pueblo es gobernado por un zar y un puñado de terratenientes, capitalistas y
funcionarios que nadie ha elegido.
En un país libre, el pueblo
es gobernado únicamente por quienes él mismo ha elegido para ese fin. En las
elecciones, el pueblo se divide en partidos y, de ordinario, cada clase de la
población forma su propio partido; por ejemplo, los terratenientes, los
capitalistas, los campesinos y los obreros están agrupados en sus diferentes
partidos. Por eso, en los países libres, el pueblo es gobernado mediante la
lucha franca de los partidos y el libre acuerdo entre ellos.
Las enseñanzas de la revolución
Después de derribado el 27
de febrero de 1917 el poder zarista, Rusia fue gobernada durante unos cuatro
meses, como un país libre, es decir, mediante la lucha franca de partidos
formados libremente y el libre acuerdo entre ellos. En consecuencia, para comprender
el desarrollo de la revolución rusa es necesario, ante todo, estudiar cuáles
fueron los partidos principales, los intereses de qué clases defendían y qué
relaciones existían entre todos esos partidos.
III
Al ser derribado el régimen
zarista, el poder del Estado pasó a manos del primer Gobierno Provisional. Este
gobierno estaba compuesto de representantes de la burguesía, es decir, de los
capitalistas, a los que se unieron también los terratenientes. El partido de
los “democonstitucionalistas”, el partido principal de los capitalistas,
figuraba en primer lugar como partido dirigente y gobernante de la burguesía.
El poder no cayó casualmente
en manos de este partido, a pesar de que, como es natural, no habían sido los
capitalistas, sino los obreros y los campesinos, los marineros y los soldados
quienes habían peleado contra las tropas zaristas, derramando su sangre por la
libertad. El poder fue a parar a manos del partido de los capitalistas porque
esta clase disponía de la fuerza que representan la riqueza, la organización y
el saber. Desde 1905, y sobre todo durante la guerra, la clase de los
capitalistas y de los terratenientes, aliados a ellos, ha alcanzado en Rusia
los mayores éxitos en lo que respecta a su organización.
El Partido Demócrata
Constitucionalista fue siempre, tanto en 1905 como desde 1905 hasta 1917, un
partido monárquico. Después de triunfar el pueblo sobre la tiranía zarista,
este partido se declaró republicano. La experiencia de la historia enseña que
cuando el pueblo derrota a una monarquía, los partidos de los capitalistas
acceden siempre a convertirse en republicanos con tal de salvar los privilegios
de los capitalistas y su poder omnímodo sobre el pueblo.
De palabra, el partido de
los democonstitucionalistas propugna la “libertad del pueblo”; pero, en
realidad, defiende a los capitalistas. Por eso, todos los terratenientes, todos
los monárquicos, todos los ultrarreaccionarios se pusieron inmediatamente a su
lado. Prueba de ello son la prensa y las elecciones. Después de la revolución,
todos los periódicos burgueses y toda la prensa ultrarreaccionaria cantan a
coro con los democonstitucionalistas. Y todos los partidos monárquicos que no
se atreven a actuar abiertamente apoyan en las elecciones, como ocurrió, por
ejemplo, en Petrogrado, a los democonstitucionalistas.
Después de adueñarse del
poder gubernamental, los democonstitucionalistas orientaron todos sus esfuerzos
a proseguir la rapaz guerra anexionista comenzada por el zar Nicolás II, que
había concertado expoliadores tratados secretos con los capitalistas ingleses y
franceses. En esos tratados se prometía a los capitalistas rusos que, en caso
de triunfar, podrían anexionarse Constantinopla, y Galitzia, y Armenia, etc. En
cambio, fuente al pueblo, el gobierno de los democonstitucionalistas se limitó
a subterfugios y vacuas promesas, en las que todas las decisiones sobre los
asuntos más importantes y de solución imprescindible para los obreros y los
campesinos se aplazaban hasta la Asamblea Constituyente, pero sin fijar la
fecha de su convocación.
Aprovechándose de la
libertad, el pueblo empezó a organizarse por su cuenta. La organización
principal de los obreros y los campesinos, que constituyen la aplastante
mayoría de la población de Rusia, eran los Soviets de diputados obreros,
soldados y campesinos. Estos Soviets comenzaron a formarse ya durante la
revolución de febrero y, a las pocas semanas, en la mayoría de las ciudades
importantes de Rusia y en muchos distritos, todos los
Las enseñanzas de la revolución
elementos avanzados y
conscientes de la clase obrera y del campesinado se habían unido ya en Soviets.
56
Los Soviets fueron elegidos
con absoluta libertad. Eran auténticas organizaciones de las masas del pueblo,
de los obreros y los campesinos. Eran verdaderas organizaciones de la inmensa
mayoría del pueblo. Los obreros y los campesinos, vestidos con el uniforme
militar, estaban armados.
Por supuesto, los Soviets
podían y debían haber asumido todo el poder del Estado. Hasta la convocatoria
de la Asamblea Constituyente no debería haber existido en el país más poder que
el de los Soviets. Sólo así habría sido nuestra revolución verdaderamente
popular, verdaderamente democrática. Sólo así habrían podido las masas
trabajadoras —que aspiran realmente a la paz, que no están interesadas lo más
mínimo en una guerra anexionista— aplicar con resolución y firmeza una política
que hubiera puesto fin a la guerra anexionista y conducido a la paz. Sólo así
habrían podido los obreros y los campesinos meter en cintura a los
capitalistas, que amasan ganancias fabulosas “con la guerra” y han llevado el
país a la ruina y al hambre.
Pero sólo una minoría de los
diputados que formaban los Soviets estaba al lado del partido de los obreros
revolucionarios, de los socialdemócratas bolcheviques, que reclamaban el paso
de todo el poder a los Soviets. La mayoría de los diputados a los Soviets
apoyaba a los partidos de los socialdemócratas mencheviques y de los eseristas,
opuestos a la entrega del poder a los Soviets. En vez de propugnar el
derrocamiento del gobierno de la burguesía y su sustitución con un gobierno de
los Soviets, estos partidos defendían que se apoyase al gobierno de la
burguesía y se pactase con él, que se formase con él un gobierno de coalición.
En esta política de acuerdos con la burguesía, aplicada por los partidos
eserista y menchevique, en los que confiaba la mayoría del pueblo, reside el
contenido fundamental de todo el desarrollo de la revolución durante los cinco
meses transcurridos desde su comienzo.
IV
Veamos, en primer lugar,
cómo se desarrolló esa política de conciliación de los eseristas y mencheviques
con la burguesía; después buscaremos la explicación de por qué la mayoría del
pueblo depositó en ellos su confianza.
V
La política de conciliación
de los mencheviques y eseristas con los capitalistas ha existido, en una forma
o en otra, en todos los períodos de la revolución rusa.
En las postrimerías de
febrero de 1917, apenas triunfó el pueblo y quedó derrocado el régimen zarista,
Kerenski fue incluido como “socialista” en el Gobierno Provisional de los
capitalistas. En realidad, Kerenski jamás había sido socialista, sino un simple
trudovique*, que empezó a figurar entre los “socialistas-revolucionarios” sólo
a partir de marzo de 1917, cuando esto ya no era peligroso y podía tener sus
ventajas. El Gobierno Provisional de los capitalistas se preocupó
inmediatamente de uncir a su carreta y domesticar al Soviet, valiéndose de
Kerenski como vicepresidente del Soviet de Petrogrado. El Soviet, es decir, los
eseristas y mencheviques que predominaban en él, se dejó domesticar: nada más
constituirse el Gobierno Provisional de los capitalistas, declaró que estaba
dispuesto a “apoyarle” “por cuanto” éste cumplía sus promesas.
*
Trudoviques
(Grupo del Trabajo): grupo de demócratas pequeñoburgueses en las Dumas de
Estado, compuesto por representantes de campesinos e intelectuales. Durante la
primera guerra mundial, la mayoría de ellos sostuvo posiciones
Las enseñanzas de la revolución
socialchovinistas. En
política interior, representaban los intereses de los campesinos ricos.
Kerenski, que fue diputado a la IV Duma de Estado (1912-1917), perteneció
cierto tiempo al Grupo del Trabajo y lo presidió. (N. de la Edit.)
El Soviet se consideraba un
organismo encargado de controlar y fiscalizar los actos del Gobierno
Provisional. Los dirigentes del Soviet formaron la llamada “Comisión de
Enlace”, o sea, un organismo destinado a mantener contacto con el gobierno59. En esta Comisión de Enlace, los líderes eseristas y
mencheviques del Soviet sostuvieron conversaciones incesantes con el gobierno
de los capitalistas, viniendo a ocupar, en realidad, la posición de ministros
sin cartera o ministros oficiosos.
Esta situación se mantuvo
todo el mes de marzo y casi todo abril. Los capitalistas actuaban con demoras y
subterfugios, procurando ganar tiempo. Durante todo este lapso, el gobierno de
los capitalistas no dio un solo paso más o menos serio para desarrollar la
revolución. No hizo absolutamente nada ni siquiera para cumplir una misión suya
directa e inmediata: convocar la Asamblea Constituyente; no llevó el asunto a
los organismos locales ni creó una comisión central encargada de estudiar la
cuestión. El gobierno tuvo una sola preocupación: renovar en secreto los
rapaces tratados internacionales concertados por el zar con los capitalistas de
Inglaterra y Francia, frenar lo más cautelosa e inadvertidamente posible la
revolución, prometerlo todo y no cumplir nada. Los eseristas y los mencheviques
desempeñaban en la “Comisión de Enlace” el papel de esos tontos a quienes s e
engaña con frases ampulosas, con promesas, con los “vuelva usted mañana”. Y
como el cuervo de la conocida fábula, los eseristas y los mencheviques se
rendían a las adulaciones y escuchaban satisfechos las aseveraciones de los
capitalistas de que tenían en alta estima a los Soviets y no daban un paso sin
contar con ellos.
57
En realidad, el tiempo fue
pasando y el gobierno de los capitalistas no hizo nada en pro de la revolución.
Pero en contra de la revolución tuvo tiempo de renovar o, mejor dicho, de
confirmar los rapaces tratados secretos, “resucitándolos” por medio de negociaciones
complementarias, y no menos secretas, con los diplomáticos del imperialismo
anglo-francés. Contra la revolución tuvo tiempo, en dicho período, de echar los
cimientos de una organización contrarrevolucionaria (o, al menos, un
acercamiento) de los generales y la oficialidad del ejército de operaciones.
Contra la revolución tuvo tiempo de comenzar la organización de los
industriales, fabricantes y patronos, que, bajo la presión de los obreros,
veíanse forzados a hacer concesión tras concesión, pero que, al mismo tiempo,
empezaban a sabotear (estropear) la producción y esperaban el momento propicio
para paralizarla.
Sin embargo, la organización
de los obreros y los campesinos avanzados en Soviets progresaba incontenible.
Los mejores elementos de las clases oprimidas percibían que el gobierno, pese a
su acuerdo con el Soviet de Petrogrado, pese a la grandilocuencia de Kerenski y
pese a la “Comisión de Enlace”, seguía siendo un enemigo del pueblo, un enemigo
de la revolución. Las masas comprendían que la causa de la paz, la causa de la
libertad, la causa de la revolución, estaba irremediablemente perdida si no se
vencía la resistencia de los capitalistas. Y en las masas crecieron la
impaciencia y la irritación.
VI
Esta irritación y esta
impaciencia estallaron los días 20 y 21 de abril. El movimiento comenzó de
manera espontánea, sin que nadie lo preparase. Y con una orientación tan
marcadamente antigubernamental que incluso un regimiento salió armado a la
calle y se presentó delante del Palacio de María con el propósito de detener a
los ministros. Para todo el mundo era
![]()
59 La "Comisión de Enlace" se formó, en virtud del acuerdo adoptado
el 8 (21) de marzo por el Comité Ejecutivo del Soviet de Petrogrado, de
orientación conciliadora, para "influir" en la actividad del Gobierno
Provisional y "controlarla". La Comisión ayudó al Gobierno
Provisional a especular con el prestigio del Soviet de Petrogrado para encubrir
su política contrarrevolucionaria.
Las enseñanzas de la revolución
evidente que el gobierno no
podía sostenerse. Los Soviets hubieran podido (y debido) tomar el poder sin
encontrar la menor resistencia por parte de nadie. En vez de hacerlo así, los
eseristas y los mencheviques apoyaron al gobierno capitalista, que se venía
abajo; se embrollaron más aún en la conciliación con él y dieron nuevos pasos,
todavía más funestos, hacia la ruina de la revolución.
La revolución enseña a todas
las clases con una rapidez y una profundidad jamás vistas en épocas normales,
pacíficas. Y los capitalistas, los mejor organizados y más expertos en materia
de lucha de clases y de política, fueron quienes aprendieron con mayor rapidez.
Cuando vieron que la posición del gobierno era insostenible, recurrieron a un
método que los capitalistas de otros países venían practicando durante
decenios, a partir de 1848, para engañar, dividir y debilitar a los obreros.
Este método es el de los llamados gobiernos de “coalición”, o sea, los
gobiernos mixtos, formados por elementos de la burguesía y tránsfugas del
socialismo.
En Inglaterra y Francia, los
países en que la libertad y la democracia coexisten desde hace más tiempo con
el movimiento obrero revolucionario, los capitalistas han aplicado este método
repetidas veces y con gran éxito. Los líderes “socialistas”, al colaborar en
los gabinetes de la burguesía, han sido siempre testaferros, títeres y
pantallas de los capitalistas, un instrumento de éstos para engañar a los
obreros. Los capitalistas “demócratas y republicanos” de Rusia pusieron en
práctica este mismo método. Los eseristas y los mencheviques se dejaron
embaucar desde el primer momento, y el 6 de mayo, el gobierno de “coalición”,
con participación de Chernov, Tsereteli y Cía., era ya un hecho.
Los tontos de los partidos
eserista y menchevique eran todo júbilo y se sumergían jactanciosos en el
resplandor de la fama ministerial de sus líderes. Los capitalistas se frotaban
las manos de gusto, pues “los líderes de los Soviets” venían a brindarles una
ayuda contra el pueblo y les prometían apoyar “las acciones ofensivas en el
frente”, es decir, la reanudación de la expoliadora guerra imperialista, que se
había interrumpido. Los capitalistas conocían toda la pretenciosa impotencia de
estos líderes, sabían que jamás se cumplirían las promesas hechas por la
burguesía: respecto al control e incluso a la organización de la producción,
respecto a la política de paz, etc., etc.
Y así fue, en efecto. La
segunda fase de desarrollo de la revolución (desde el 6 de mayo hasta el 9 ó el
18 de junio) vino a confirmar por entero los cálculos de los capitalistas de
embaucar fácilmente a los eseristas y mencheviques.
Mientras Peshejónov y
Skóbeliev se engañaban a sí mismos y engañaban al pueblo con frases
altisonantes, diciendo que se arrebataría a los capitalistas el 100% de sus
ganancias, que “su resistencia ha sido vencida”, etc., los capitalistas seguían
fortaleciéndose. Durante todo ese tiempo no se hizo, en realidad, nada,
absolutamente nada, para frenar a los capitalistas. Los ministros tránsfugas
del socialismo resultaron ser simples máquinas parlantes encargadas de desviar
la atención de las clases oprimidas, mientras que, en realidad, se dejaban en
manos de la burocracia (de los funcionarios públicos) y de la burguesía todos
los resortes de gobierno del Estado. El tristemente célebre Palchinski,
viceministro de Industria, era el representante típico de esta máquina de
gobierno, que obstaculizaba toda medida enfilada contra los capitalistas. Los
ministros cotorreaban, y todo seguía como antes.
58
El ministro Tsereteli fue
uno de los que más aprovechó la burguesía para luchar contra la revolución. Fue
el encargado de “apaciguar” Cronstadt cuando los revolucionarios de aquella
plaza llegaron al colmo de la osadía y destituyeron al comisario que había sido
nombrado. La burguesía desencadenó en sus periódicos una campaña increíblemente
estrepitosa, rabiosa y perversa, llena de mentiras y calumnias contra
Cronstadt, acusándole de querer “separarse de Rusia”, y repitió esta y otras
necedades en todos los tonos, tratando de asustar a la pequeña burguesía y a
los filisteos. Tsereteli, el más típico representante de esos filisteos
Las enseñanzas de la revolución
aterrados y obtusos, fue el
que más “honestamente” picó en el anzuelo de esta campaña burguesa de
hostigación, el que se esforzó con mayor celo por “aplastar y reprimir” a
Cronstadt, sin darse cuenta de su papel de lacayo de la burguesía
contrarrevolucionaria. Resultó ser el instrumento ejecutor del “pacto”
concertado con el Cronstadt revolucionario, en virtud del cual el comisario de
esta plaza no sería nombrado simple y llanamente por el gobierno, sino elegido
por Cronstadt y confirmado por el
gobierno. En estas mezquinas componendas y otras semejantes malgastaban su
tiempo los ministros que habían desertado del socialismo al campo de la
burguesía.
Allá donde ningún ministro
burgués podía comparecer ante los obreros revolucionarios o ante los Soviets
para defender al gobierno, presentábase (mejor dicho, era enviado por la
burguesía) un ministro “socialista”, Skóbeliev, Tsereteli, Chernov u otro, que
cumplía a conciencia su misión burguesa, se desvivía por defender al gobierno y
limpiar de culpas a los capitalistas, engañando al pueblo con la repetición de
promesas, promesas y más promesas y de consejos que se reducían a lo mismo:
esperar, esperar y esperar.
El ministro Chernov centró
sus esfuerzos, en particular, en el regateo con sus colegas burgueses: hasta el
mismo mes de julio, hasta la nueva “crisis de poder” planteada después del
movimiento del 3 y 4 de julio, hasta la salida de los democonstitucionalistas
del gobierno, el ministro Chernov vivió consagrado a la misión útil,
interesante y profundamente popular de “persuadir” a sus colegas burgueses de
que accediesen, por lo menos, a prohibir la compraventa de tierras. Esta
prohibición les había sido prometida a los campesinos, del modo más solemne, en
Petrogrado, en el Congreso (Soviet) de diputados campesinos de toda Rusia. Pero
no se pasó de la promesa. Chernov no pudo cumplirla ni en mayo ni en junio;
hasta que la ola revolucionaria de la explosión espontánea del 3 y 4 de julio,
que coincidió con la salida de los democonstitucionalistas del gobierno,
permitió implantar esa medida. Pero, con todo, seguía siendo una medida
aislada, incapaz de mejorar seriamente la lucha de los campesinos contra los
terratenientes, por la tierra.
Entretanto, el “demócrata
revolucionario” Kerenski, afiliado de nuevo cuño al partido de los
socialistas-revolucionarios, cumplía en el frente, de manera triunfal y
brillante, la misión contrarrevolucionaria e imperialista de reanudar la rapaz
guerra imperialista, la misión que no había podido cumplir Guchkov, odiado por
el pueblo. Kerenski se embriagaba con su propia elocuencia. Y los
imperialistas, jugando con él como con un peón de ajedrez, le envolvían en
nubes de incienso, le adulaban, le idolatraban porque servía en cuerpo y alma a
los capitalistas, esforzándose por convencer a las “tropas revolucionarias” de
que accediesen a reanudar la guerra, que se hace, en cumplimiento de los
tratados del zar Nicolás
II con los capitalistas de Inglaterra y
Francia, para que los capitalistas rusos se adueñen de Constantinopla y Lvov,
de Erzerum y Trebisonda.
Así transcurrió la segunda
fase de la revolución rusa, desde el 6 de mayo hasta el 9 de junio. La
burguesía contrarrevolucionaria, parapetada tras los ministros “socialistas” y
defendida por ellos, se fortaleció y consolidó, preparando la ofensiva contra
el enemigo exterior y contra el interior, es decir, contra los obreros
revolucionarios.
VII
El partido de los obreros
revolucionarios, el Partido Bolchevique, preparaba una manifestación para el 9
de junio en Petrogrado, a fin de exponer de una manera organizada el
descontento y la indignación, en crecimiento incontenible, de las masas. Los
líderes eseristas y mencheviques, enredados en acuerdos con la burguesía y
maniatados por la política imperialista de la ofensiva, se sintieron aterrados
al percibir que perdían su influencia entre las masas. Resonó un rugido general
contra la manifestación, en el que las voces de los
Las enseñanzas de la revolución
democonstitucionalistas
contrarrevolucionarios se unieron esta vez a las de los eseristas y
mencheviques. Bajo la dirección de estos partidos, y como fruto de su política
de conciliación con los capitalistas, se manifestó con toda precisión y
asombrosa claridad el viraje de las masas pequeñoburguesas hacia la alianza con
la burguesía contrarrevolucionaria. En esto radican la importancia histórica y
el sentido clasista de la crisis del 9 de junio.
Los bolcheviques
suspendieron la manifestación, pues no tenían el menor deseo de lanzar en
aquellos momentos a los obreros a una lucha desesperada contra los
democonstitucionalistas, los eseristas y los mencheviques unidos. Pero estos
últimos, queriendo conservar el más mínimo residuo de confianza de las masas,
se vieron obligados a convocar una manifestación general para el día 18. El
furor sacó de quicio a la burguesía, pues vio en ello, y con razón, un síntoma
de que la democracia pequeñoburguesa se inclinaba hacia el proletariado, y
decidió paralizar la acción de la democracia con una ofensiva en el frente.
59
En efecto, el 18 de junio
proporcionó una notable e impresionante victoria de las consignas del
proletariado revolucionario, de las consignas del bolchevismo, entre las masas
de San Petersburgo. Y el 19 de junio, la burguesía y el bonapartista* Kerenski anunciaron
con toda solemnidad el comienzo de la ofensiva en el frente precisamente el día
18.
* Se denomina bonapartismo (palabra
derivada de Bonaparte, apellido de dos emperadores franceses) a un gobierno que
pretende aparecer al margen de los partidos, aprovechando la durísima lucha que
sostienen entre sí los partidos de los capitalistas y de los obreros. Semejante
gobierno, sirviendo de hecho a los capitalistas, es el que más engaña a los
obreros con promesas y pequeñas limosnas.
La ofensiva significaba, de
hecho, la reanudación de la guerra de rapiña en provecho de los capitalistas y
contra la voluntad de la inmensa mayoría de los trabajadores. Por eso, la
ofensiva llevaba aparejados inevitablemente, por una parte, un gigantesco
reforzamiento del chovinismo y el paso del poder militar (y, en consecuencia,
también del estatal) a una pandilla militar de bonapartistas, y, por otra
parte, el paso a un régimen que implicaba violencias contra las masas,
persecución de los internacionalistas, supresión de la libertad de agitación,
detenciones y fusilamientos de quienes se oponían a la guerra.
Y si el 6 de mayo unció a
los eseristas y mencheviques con una soga a la carroza triunfal de la
burguesía, el 19 de junio los enyugó con cadenas como criados de los
capitalistas.
VIII
Como es natural, la cólera
de las masas creció con mayor rapidez y fuerza al reanudarse la guerra de
rapiña. Los días 3 y 4 de julio estalló la indignación popular. Los
bolcheviques intentaron moderar la explosión y, por supuesto, debían tratar de
darle la forma más organizada posible.
Los eseristas y los
mencheviques, como esclavos de la burguesía encadenados por su dueño y señor,
accedieron a todo: a que fuesen trasladadas a Petrogrado tropas reaccionarias,
a que se restableciese la pena de muerte, a que se desarmase a los obreros y a
las tropas revolucionarias, a las detenciones, a las persecuciones y las
suspensiones de periódicos sin juicio previo. Y el poder, que la burguesía no
podía asumir por entero en el gobierno y que los Soviets se negaron a tomar,
cayó en manos de una camarilla militar, de los bonapartistas, respaldados en
todo, como es de suponer, por los democonstitucionalistas y los
ultrarreaccionarios, los terratenientes y los capitalistas.
Los eseristas y los
mencheviques rodaron de escalón en escalón. Puestos ya en la pendiente de su
conciliacionismo con la burguesía, rodaron inconteniblemente hasta que cayeron
en el fondo del abismo. El 28 de febrero prometieron en el Soviet de Petrogrado
un apoyo condicional al gobierno burgués. El 6 de mayo le salvaron de la
catástrofe y se dejaron
Las enseñanzas de la revolución
convertir en sus lacayos y
defensores al dar su conformidad a la ofensiva. El 9 de junio se unieron a la
burguesía contrarrevolucionaria en la desenfrenada campaña de odio, mentiras y
calumnias contra el proletariado revolucionario. El 19 de junio aprobaron la
reanudación de la guerra expoliadora. El 3 de julio accedieron a que se
llamasen tropas reaccionarias: era el comienzo de la entrega definitiva del
poder a los bonapartistas. Rodaron de escalón en escalón.
Este vergonzoso final de los
partidos eserista y menchevique no tiene nada de casual: es el resultado,
confirmado más de una vez por la experiencia de Europa, de la situación
económica de los pequeños propietarios, de la pequeña burguesía.
IX
Todo el mundo ha podido
observar, naturalmente, cómo se esfuerzan los pequeños propietarios, cómo
tratan de “abrir se camino”, de llegar a ser verdaderos propietarios, de
escalar la posición del amo “poderoso”, la posición de la burguesía. Mientras
impere el capitalismo, el pequeño propietario no tendrá más que esta salida: o
conquistar la posición del capitalista (posibilidad que, en el mejor de los
casos, sólo se abre ante uno de cada cien pequeños propietarios) o pasar a la
situación del pequeño propietario arruinado, del semiproletario y, después, del
proletario. Así ocurre también en política: la democracia pequeñoburguesa,
sobre todo personificada por sus dirigentes, se arrastra tras la burguesía. Los
líderes de la democracia pequeñoburguesa consuelan a sus masas con promesas y
protestas de que es posible llegar a un acuerdo con los grandes capitalistas.
En el mejor de los casos, obtienen de éstos, durante muy poco tiempo,
concesiones insignificantes, que sólo benefician a la pequeña cúspide de las masas
trabajadoras. Pero en todos los problemas decisivos, importantes, la democracia
pequeñoburguesa se ha encontrado siempre a la cola de la burguesía, ha sido un
impotente apéndice suyo, un instrumento sumiso en manos de los reyes de las
finanzas. La experiencia de Inglaterra y de Francia lo ha confirmado muchas
veces.
La experiencia de la
revolución rusa, en la que los acontecimientos se han desarrollado con singular
celeridad, sobre todo bajo la influencia de la guerra imperialista y de la
profundísima crisis originada por ella; esta experiencia, que comprende desde febrero
hasta julio de 1917, ha venido a confirmar con extraordinaria claridad y
evidencia la vieja verdad marxista referente a la inconsecuencia de la pequeña
burguesía.
60
La revolución rusa enseña
que las masas trabajadoras sólo tienen un camino para salvarse de la férrea
tenaza de la guerra, del hambre y de su esclavización por los terratenientes y
capitalistas: romper por completo con los partidos eserista y menchevique,
comprender claramente su papel de traidores, renunciar a toda conciliación con
la burguesía y ponerse resueltamente al lado de los obreros revolucionarios.
Estos últimos, si los apoyan los campesinos pobres, son los únicos que pueden
quebrantar la resistencia de los capitalitas, llevar al pueblo a la conquista
de la tierra sin indemnización, a la plena libertad, al triunfo sobre el
hambre, al triunfo sobre la guerra, a una paz justa y duradera.
Epilogo.
Este artículo fue escrito, como se deduce de su texto, a fines
de julio.
Las enseñanzas de la revolución
La historia de la revolución
durante el mes de agosto ha confirmado cuanto se dice en él. Además, la
sublevación de Kornílov60 a finales de agosto imprimió a la
revolución un nuevo viraje y mostró palpablemente a todo el pueblo que los
democonstitucionalistas, aliados a los generales contrarrevolucionarios,
pretenden disolver los Soviets y restaurar la monarquía. ¿Será este nuevo
viraje de la revolución lo suficientemente fuerte para poner fin a la funesta
política de conciliación con la burguesía? El futuro inmediato lo dirá…
N. Lenin.
6 de septiembre de 1917.
Escrito a fines de julio; el epílogo, el 6 (19) de septiembre de
1917. Publicado el 12 y 13 de septiembre (30 y 31 de agosto) de 1917 en los
núm. 8 y 9 del periódico “Rabochi”.
T. 34, págs. 55-69.
![]()
60 Korniloviada
o sublevación de Kornílov:
complot contrarrevolucionario de la burguesía y los terratenientes en agosto de
1917, encabezado por el general zarista Kornílov, a la sazón jefe supremo del
ejército ruso. Los conspiradores se proponían apoderarse de Petrogrado,
aniquilar el Partido Bolchevique, disolver los Soviets, implantar en el país
una dictadura militar y preparar la restauración de la monarquía. En el complot
estaba complicado el jefe del Gobierno Provisional, Kerenski; pero cuando
comenzó la sublevación, temiendo ser barrido junto con Kornílov, se
desolidarizó de este último y le acusó de sedición contra el Gobierno
Provisional.
Respondiendo al llamamiento
del CC del Partido Bolchevique, los obreros de Petrogrado y los soldados y
marinos revolucionarios se alzaron a la lucha contra los insurgentes. Se
formaron rápidamente destacamentos de la Guardia Roja, integrados por obreros de
la capital. Se cortó el avance de las tropas de Kornílov, las cuales empezaron
a descomponerse bajo la influencia de la agitación bolchevique. Presionado por
las masas, el Gobierno Provisional se vio obligado a ordenar la detención de
Kornílov y sus cómplices y entregarlos a los tribunales
Los árboles les impiden ver el bosque
61
LOS ÁRBOLES LES
IMPIDEN VER EL BOSQUE.
En la sesión del CEC de los
Soviets del 4 de agosto, L. Mártov dijo (citamos de la información aparecida en
Nóvaya Zhizn ) que “la crítica de
Tsereteli es demasiado suave”, que “el gobierno no opone resistencia a las
intentonas contrarrevolucionarias en los medios militares” y que “entre
nuestros objetivos no figura derribar el gobierno actual o minar la confianza
en él...“ “La correlación real de fuerzas —prosiguió Mártov— no da ahora motivo
para exigir el paso del poder a los Soviets. Eso podría surgir sólo en el
proceso de una guerra civil, hoy inadmisible”. “No nos proponemos derrocar el
gobierno —terminó diciendo Mártov—, pero debemos indicarle que en el país
existen otras fuerzas, además de los democonstitucionalistas y los militares.
Son las fuerzas de la democracia revolucionaria, y el Gobierno Provisional debe
apoyarse en ellas”.
Estas admirables reflexiones
de Mártov merecen ser analizadas con toda atención. Son admirables porque
reproducen con extraordinario relieve los prejuicios más típicos y los errores
políticos más difundidos, más nocivos y más peligrosos de la masa pequeñoburguesa.
De todos los portavoces de esta masa, Mártov es, probablemente, como
publicista, uno de los más “izquierdistas”, de los más revolucionarios, de los
más conscientes y hábiles. Por eso será de la mayor utilidad analizar
precisamente sus reflexiones, y no las de un Chernov cualquiera, que coquetea
con un huero galimatías, o de un alcornoque como Tsereteli y otros semejantes.
Al analizar las reflexiones de Mártov, examinaremos lo que contienen hoy de más
sensato las ideas de la pequeña burguesía.
Ante todo, son
características en extremo las vacilaciones de Mártov en lo que respecta al
paso del poder a los Soviets. Hasta el 4 de julio estuvo en contra de esta consigna. Después del 4 de julio, a favor. A comienzos de agosto volvió a
estar en contra, y observen cuán monstruosamente ilógica y divertida es, desde
el punto de vista del marxismo, la argumentación de Mártov. Está en contra,
porque “la correlación real de fuerzas no da ahora motivo para exigir el paso
del poder a los Soviets. Eso podría surgir sólo en el proceso de una guerra
civil, hoy inadmisible”.
¡Vaya lío! Resulta que hasta
el 4 de julio fue posible ese paso del poder sin guerra civil (¡pura verdad!); pero, precisamente entonces,
Mártov estuvo en contra del paso del poder...
Resulta, en segundo lugar,
que después del 4 de julio, cuando Mártov estuvo a favor de la transferencia
del poder a los Soviets, esta transferencia era posible sin guerra civil. Y eso
es ya una patraña evidente, flagrante, pues exactamente en la noche del 4 al 5
de julio, los bonapartistas, apoyados por los democonstitucionalistas y con el
servilismo lacayuno de los Chernov y los Tsereteli, trasladaron tropas
contrarrevolucionarias a Petrogrado. En tales condiciones, tomar el poder por
vía pacífica habría sido absolutamente imposible.
Por último, y en tercer
lugar, resulta, según Mártov, que un marxista —o incluso un simple demócrata
revolucionario— habría tenido razón al abjurar de una consigna que expresa con
acierto los intereses del pueblo y de la revolución, basándose en que esta
consigna podría llevarse a la práctica “sólo en el proceso de una guerra
civil”... ¡Pero si eso es un absurdo evidente, una renuncia palmaria a toda
lucha de clases y a toda revolución! Porque ¿quién ignora que la historia
universal de todas las revoluciones nos muestra una transformación no casual,
sino ineluctable, de la lucha de clases en guerra civil?
¿Quién ignora que
precisamente después del 4 de julio vemos en Rusia el comienzo de una guerra
civil iniciada por la burguesía contrarrevolucionaria, el desarme de
regimientos,
Los árboles les impiden ver el bosque
fusilamientos en el frente y
asesinatos de bolcheviques? La guerra civil, fíjense en esto, es “inadmisible”
para la democracia revolucionaria justamente cuando el desarrollo de los
acontecimientos ha conducido, como una necesidad inexcusable, a que la desencadene
la burguesía contrarrevolucionaria.
Mártov se ha hecho un lío de la manera más increíble, más
divertida y más estúpida.
Para deshacer ese lío hay que decir lo que sigue:
Precisamente hasta el 4 de
julio, la consigna de transferir todo el poder a los Soviets, con la
composición que tenían entonces, fue la única justa.
Entonces eso era posible por
vía pacífica, sin guerra civil, pues aún no existían las violencias
sistemáticas contra las masas, contra el pueblo, que se iniciaron después del 4
de julio. Entonces eso aseguraba el avance pacífico de toda la revolución y, en
particular, la posibilidad de suprimir pacíficamente la lucha de las clases y
de los partidos en el seno de los
Soviets.
62
Después del 4 de julio, la
entrega del poder a los Soviets se hizo imposible sin guerra civil, pues en las
jornadas del 4 y 5 de julio el poder pasó a manos de la camarilla militar,
bonapartista, respaldada por los democonstitucionalistas y las centurias
negras. De ahí dimana que todos los marxistas, todos los adeptos del
proletariado revolucionario y todos los demócratas revolucionarios honrados deban explicar ahora a los obreros y los
campesinos el cambio radical de la situación, el cual determina otro camino
para el paso del poder a los proletarios y semiproletarios.
Mártov no adujo argumentos
en defensa de su “idea” de que la guerra civil es “hoy” inadmisible y de que
entre sus objetivos “no figura derribar el gobierno actual”. Esta opinión,
expresada sin la motivación necesaria y, además, en una asamblea defensista, ha
de parecerse forzosamente a un argumento defensista: es como si se dijera que
la guerra civil es inadmisible en el interior del país porque amenaza un
enemigo exterior.
Ignoramos si Mártov se
atrevería a exponer públicamente este argumento, uno de los más usuales entre
la masa de la pequeña burguesía. Y, como es lógico, uno de los más vulgares. La
burguesía no temió la revolución y la guerra civil en momentos en que amenazaba
un enemigo exterior: no la temió ni en septiembre de 1870 en Francia ni en
febrero de 1917 en Rusia. La burguesía no temió tomar el poder, a costa de una
guerra civil, en momentos en que amenazaba un enemigo exterior. El proletariado
revolucionario hará también muy poco caso de este “argumento”, de embusteros y
lacayos de la burguesía.
* * *
Uno de los errores teóricos
más burdos en que incurre Mártov, y que es también típico en extremo de toda la
gama de ideas políticas de la pequeña burguesía, consiste en confundir la
contrarrevolución zarista —y, en general, monárquica— con la contrarrevolución
burguesa. Eso es precisamente estrechez específica o cerrazón específica del
demócrata pequeñoburgués, que no puede escapar de su dependencia económica,
política e ideológica respecto de la burguesía, que cede a ésta la primacía, ve
en ella el “ideal” y cree en sus gritos sobre el peligro de “contrarrevolución
desde la derecha”.
Mártov ha expresado esta
gama de ideas, o, mejor dicho, esta falta de ideas de la pequeña burguesía, al
declarar en su discurso: “Debemos, como contrapeso a la presión que se ejerce
sobre él (sobre el gobierno) desde la derecha, crear una contrapresión”.
Ahí tenemos un ejemplo de
credulidad filistea y de olvido de la lucha de clases. Resulta que el gobierno
parece situado por encima de las clases y de los partidos, que sobre él sólo
“presionan” con fuerza excesiva desde la derecha y hay que presionar con más
fuerza desde la izquierda. ¡Oh, sabiduría digna de Luis Blanc, Chernov,
Tsereteli y toda su despreciable cofradía! ¡Qué infinitamente provechosa es
para los bonapartistas esta sabiduría filistea! ¡Y
Los árboles les impiden ver el bosque
cuán grande es el deseo de
éstos de presentar las cosas a los “estúpidos mujiks” precisamente como si el
gobierno actual luchase contra el derechismo y el izquierdismo, sólo contra los
extremismos, desempeñando la verdadera función estatal y aplicando la verdadera
democracia! Pero, en realidad, justamente este gobierno bonapartista es el
gobierno de la burguesía contrarrevolucionaria.
A la burguesía le es
provechoso (y, para eternizar su dominación, necesario) engañar al pueblo,
intentando hacerle creer que ella representa “a la revolución en general,
mientras que desde la derecha, de la parte del zar, amenaza la
contrarrevolución”. Esta idea, estimulada por las condiciones de vida de la
pequeña burguesía, subsiste en los medios de la “democracia revolucionaria” en
general gracias exclusivamente a la infinita cerrazón de los Dan y los
Tsereteli, así como al infinito narcisismo de los Chernov y los Avxéntiev.
Pero quien haya aprendido
algo, por poco que sea, de la historia o de la doctrina marxista deberá
reconocer que en todo análisis político debe colocarse en primer plano el
problema de las clases: ¿qué clase hace la revolución de que se trate? ¿Y qué
clase hace la contrarrevolución?
La historia de Francia nos
muestra que la contrarrevolución bonapartista surgió a fines del siglo XVIII (y
después, la segunda vez, en 1848-1852) sobre la base de la burguesía
contrarrevolucionaria, desbrozando a su vez el camino para la restauración de la
monarquía legitimista. El bonapartismo es una forma de gobierno que nace del
carácter contrarrevolucionario de la burguesía en una situación de
transformaciones democráticas y de revolución democrática.
Hay que cerrar los ojos
adrede para no ver cómo crece el bonapartismo en Rusia en condiciones muy
parecidas. La contrarrevolución zarista es ahora insignificante, no tiene ni
sombra de importancia política y no desempeña ningún papel político. El espantajo
de la contrarrevolución zarista lo agitan e hinchan adrede los charlatanes para
asustar a los tontos, halagar a los fariseos con sensacionalismos políticos y
apartar la atención del pueblo de la verdadera y seria contrarrevolución. No se
puede leer sin soltar una carcajada los razonamientos de un Zarudni cualquiera,
que pugna por sopesar el papel contrarrevolucionario de cierto aliado
insignificante, del tipo de la Santa
Rusia, y “no ve” el papel contrarrevolucionario que desempeña la agrupación
de toda la burguesía de Rusia, llamada Partido Demócrata Constitucionalista.
63
El partido de los
democonstitucionalistas es la principal fuerza política de la contrarrevolución
burguesa en Rusia. Esta fuerza ha unido magníficamente en torno suyo a todos
los ultrarreaccionarios tanto en las elecciones como (lo que es aún más importante)
en la máquina gubernamental militar y civil y en las campañas periodísticas de
mentiras, calumnias y hostigamiento, enfiladas primero contra los bolcheviques,
es decir, contra el partido del proletariado revolucionario, y después contra
los Soviets.
El gobierno actual aplica de
manera paulatina, pero inflexible, precisamente la política que el Partido
Demócrata Constitucionalista predicó y preparó de modo sistemático desde marzo
de 1917. Reanudar y dar largas a la guerra imperialista, cesar la “charlatanería”
acerca de la paz, conceder a los ministros el derecho de suspender periódicos,
de prohibir la celebración de congresos y de efectuar encarcelamientos y
deportaciones, restablecer la pena de muerte y los fusilamientos en el frente,
desarmar a los obreros y los regimientos revolucionarios, inundar de tropas
contrarrevolucionarias la capital, empezar las detenciones y persecuciones de
los campesinos acusados de haber “ocupado” las tierras por propia iniciativa,
clausurar las fábricas y declarar lockouts: tal es la lista, muy incompleta, de
las medidas que trazan con la mayor claridad el cuadro del bonapartismo
contrarrevolucionario burgués.
Los árboles les impiden ver el bosque
¿Y el aplazamiento de la
convocatoria de la Asamblea Constituyente y la “coronación” de la política
bonapartista por el “Zemski Sobor” en Moscú, paso de transición a la demora de
la Asamblea Constituyente hasta que termine la guerra?
¿No es eso, acaso, una perla
de la política bonapartista? ¡Y Mártov no ve dónde está el Estado Mayor Central
de la contrarrevolución burguesa!... Verdaderamente, los árboles les impiden
ver el bosque.
* * *
¡Qué papel lacayuno,
infinitamente repugnante, ha desempeñado el CEC de los Soviets (es decir, los
eseristas y mencheviques que predominan en él) en el aplazamiento de la
Asamblea Constituyente! Los democonstitucionalistas señalaron la pauta,
lanzaron la idea del aplazamiento, empezaron una campaña de prensa y
propusieron celebrar un congreso de cosacos para exigir ese aplazamiento. (¡Un
congreso de cosacos! ¡Cómo no van a dar pruebas de servilismo los Líber, los
Avxéntiev, los Chernov y los Tsereteli!) Los mencheviques y los eseristas
corrieron lacayunamente tras los democonstitucionalistas, se arrastraron como
un perro al oír el silbido del amo y el restañar de su látigo.
En vez de facilitar al
pueblo un simple resumen de datos y hechos demostrativos de la insolencia y la
desvergüenza con que los democonstitucionalistas demoraron y frenaron desde
marzo la convocación de la Asamblea Constituyente; en vez de denunciar los falaces
subterfugios y aseveraciones de que era imposible convocar la Asamblea
Constituyente en el plazo previsto, en vez de eso, el Buró del CEC rechazó con
rapidez las “dudas” formuladas hasta por Dan (¡hasta por Dan!) y envió a dos
lacayos de este colegio lacayudo, Bramson y Bronzov, al Gobierno Provisional
para informar de que “es necesario aplazar las elecciones a la Asamblea
Constituyente hasta el 28 ó el 29 de octubre...” ¡Excelente preámbulo a la
coronación de los bonapartistas por el Zemski Sobor en Moscú! Quienes no hayan
llegado a la infamia completa deben agruparse alrededor del partido del
proletariado revolucionario. Sin la victoria de este último no se conseguirá ni paz para el pueblo,
ni tierra para los campesinos ni pan para los obreros y todos los trabajadores.
Publicado el 1 de
septiembre (19 de agosto) de
1917 en el núm. 6 de
“Proletari”.
T. 34, págs. 79-85.
64
DEL DIARIO DE UN
PUBLICISTA.
1. La raíz del mal.
Si hablamos del escritor N.
Sujánov, de Nóvaya Zhizn, todos
coincidirán, probablemente, en que no es el peor portavoz de la democracia
pequeñoburguesa, sino uno de los mejores. Revela sincera inclinación al
internacionalismo, patentizada en los tiempos más difíciles, en lo más álgido
de la reacción zarista y del chovinismo. Posee conocimientos y quiere
desentrañar por sí mismo los problemas serios, como lo ha demostrado con su
larga evolución, a partir del eserismo, en dirección al marxismo
revolucionario.
Tanto más característico es
que incluso hombres así, al tratar los problemas cardinales de la revolución en
momentos de la máxima responsabilidad para ésta, puedan obsequiar a los
lectores con juicios tan triviales como los siguientes:
“...Por muchas que sean las
conquistas revolucionarias que hayamos perdido durante las últimas semanas, una
de ellas, quizá la más importante, se mantiene, pese a todo: el gobierno y su
política pueden sostenerse únicamente por voluntad de la mayoría de los
Soviets. La democracia revolucionaria ha cedido toda su influencia por propio
deseo; los organismos democráticos podrían aún recuperarla con la mayor
facilidad; y con una comprensión adecuada de las demandas del momento, podrían
sin dificultad llevar al cauce debido la política del Gobierno Provisional” (Nóvaya Zhizn, núm. 106, 20 de agosto).
Estas palabras contienen la
falacia más trivial y monstruosa acerca del problema fundamental de la
revolución, precisamente la falacia que se difunde con mayor frecuencia entre
la democracia pequeñoburguesa de los países más diversos y que más a menudo ha
malogrado las revoluciones.
Cuando se reflexiona sobre
el conjunto de ilusiones pequñoburguesas contenido en el razonamiento que
acabamos de reproducir, viene a la memoria involuntariamente la idea de que no
es casual, ni mucho menos, que los ciudadanos de
Nóvaya Zhizn se
sienten en el “Congreso de Unificación”61 al
lado de ministros socialistas ministrables, de los Tsereteli y los Skóbeliev,
al lado de los miembros del gobierno compañeros de Kerenski, Kornílov y Cía. No
es casual, ni mucho menos. Tienen, en efecto, una base ideológica común: la
insensata credulidad pequeñoburguesa en los buenos deseos, tomada de los medios
filisteos sin la menor crítica. Porque precisamente esa credulidad informa todo
el razonamiento de Sujánov y toda la actividad de los mencheviques defensistas
de buena fe. En esta credulidad pequeñoburguesa radica el mal de nuestra
revolución.
Sujánov votaría,
probablemente con las dos manos a favor de la exigencia que presenta el
marxismo a toda política seria: que se base y descanse en hechos que permitan una exacta comprobación objetiva. Intentemos
enfocar, desde el punto de vista de esta exigencia, el aserto que hace Sujánov
en el pasaje citado.
¿Qué hechos sirven de base a
este aserto? ¿Cómo podría demostrar Sujánov que el gobierno “puede sostenerse
únicamente por voluntad” de los Soviets; que éstos podrían “recuperar
![]()
61
El
"Congreso de Unificación"
de los mencheviques se celebró en Petrogrado del 19 al 26 de agosto (1-8 de
septiembre) de 1917, con el fin de unir en un partido único los distintos
grupos mencheviques.
El congreso aprobó por
mayoría de votos varias resoluciones, en las que se propugnaba la continuación
de la guerra "hasta el fin victorioso", respaldó la entrada de los
socialistas en el Gobierno Provisional burgués y expresó a éste su confianza.
Sin embargo, durante las labores del congreso se manifestó una discordia
completa por lo que la tarea de unir a los mencheviques quedó, en la práctica,
sin cumplir
toda su influencia” “con la
mayor facilidad” y podrían “sin dificultad” cambiar la política del Gobierno
Provisional?
Sujánov podría alegar, en primer lugar, su impresión general, la
fuerza “evidente” de los
Soviets, la comparecencia de
Kerenski ante el Soviet, las amables palabras de tal o cual ministro, etc. Está
claro que eso sería una demostración malísima; másexactamente, un
reconocimiento de la falta absoluta de pruebas, de la falta absoluta de hechos objetivos.
Sujánov podría alegar, en
segundo lugar, el hecho objetivo de que la mayoría gigantesca de las
resoluciones aprobadas por los obreros, los soldados y los campesinos se
manifiestan categóricamente en pro de los Soviets y a favor de que se les
apoye. Semejantes resoluciones, podría decir, demuestran la voluntad de la
mayoría del pueblo.
Esta consideración es tan
habitual en los medios pequeñoburgueses como la primera. Pero carece de todo
fundamento.
En todas las revoluciones,
la voluntad de la mayoría de los obreros y los campesinos (o sea, sin duda
alguna, la voluntad de la mayoría de la población) fue favorable a la
democracia. Y pese a ello, la inmensa mayoría de las revoluciones terminaron en
una derrota de la democracia.
Teniendo en cuenta esa
experiencia de la mayoría de las revoluciones, y, en particular, de la
revolución de 1848 (la más parecida a la nuestra actual), Marx ridiculizó sin
piedad a los demócratas pequeñoburgueses, que querían triunfar con resoluciones
y alusiones a la voluntad de la mayoría del pueblo.
65
Nuestra propia experiencia
confirma eso mismo con mayor claridad aún. Es indudable que en la primavera de
1906, la mayoría de las resoluciones de los obreros y los campesinos eran
favorables a la I Duma. Es indudable que la mayoría del pueblo la defendía. Y
pese a ello, el zar consiguió disolverla, porque el movimiento ascensional de
las clases revolucionarias (las huelgas obreras y los levantamientos campesinos
de 1906) fue demasiado débil para una nueva revolución.
Reflexionen sobre la
experiencia de la revolución actual. Tanto en marzo y abril como en julio y
agosto de 1917, la mayoría de las resoluciones fueron favorables a los Soviets,
la mayoría del pueblo estuvo a favor de los Soviets. Y, sin embargo, todos y cada
uno ven, saben y sienten que en marzo y abril la revolución avanzaba, mientras
que en julio y agosto retrocede. Eso significa que la alusión a la mayoría del
pueblo no decide aún nada en los problemas concretos de la revolución.
Esta simple alusión como
prueba es precisamente un modelo de ilusión pequeñoburguesa, es no querer
reconocer que en la revolución se debe vencer a las clases enemigas, se debe derrocar el poder público que las
defiende. Y para eso no basta con “la voluntad de la mayoría del pueblo”, sino
que es necesaria la fuerza de las
clases revolucionarias que desean pelear y son capaces de pelear, una fuerza
capaz de derrotar a la fuerza enemiga en el momento decisivo y en el lugar
decisivo.
¡Cuántas veces ha ocurrido
en las revoluciones que la fuerza pequeña, pero bien organizada, armada y
centralizada, de las clases dominantes —los terratenientes y la burguesía—
derrotase por partes a la fuerza de “la mayoría del pueblo” mal organizado, mal
armado y fraccionado!
Sustituir los problemas
concretos de la lucha de clases, en un momento de exacerbación singular de ésta
por la revolución, con alusiones “generales” a “la voluntad del pueblo” seria
digno únicamente del más obtuso pequeño burgués.
En tercer lugar, en el
juicio que hemos citado, Sujánov aduce un “argumento” bastante corriente
también en los medios pequeñoburgueses. Se remite a que “la democracia
revolucionaria ha cedido toda su influencia por propio deseo”. Y de ahí parece
desprenderse que lo cedido “por propio deseo” puede ser recuperado también con
facilidad...
Este “argumento” carece de valor. Ante todo, la recuperación de
lo cedido por propio deseo
presupone “la conformidad
voluntaria” de quien lo ha recibido. De ahí resulta que esa conformidad
voluntaria existe. ¿Quién ha recibido “lo
cedido”?
¿Quién ha disfrutado de la “influencia” cedida por “la
democracia revolucionaria”?
Es sintomático en extremo
que Sujánov eluda por completo esta cuestión, fundamental para todo político
que no haya perdido la cabeza... Porque ahí está precisamente el quid de la
cuestión, la esencia del asunto: en manos de quién se encuentra de hecho lo que “ha cedido
voluntariamente” “la democracia revolucionaria” (perdonen la expresión).
Y es justamente esa esencia
del asunto la que esquiva Sujánov, lo mismo que la esquivan todos los
mencheviques y eseristas, todos los demócratas pequeñoburgueses en general.
Prosigamos. Es posible que,
en el cuarto de los niños, la “cesión voluntaria” testimonie la facilidad de la
recuperación: si Katia ha cedido voluntariamente la pelota a Masha, quizá sea
posible “recuperarla con la mayor facilidad”. Pero no serán muchos, excepción
hecha del intelectual ruso, los que se decidan a trasladar estos conceptos a la
política, a la lucha de clases.
En política, la cesión
voluntaria de la “influencia” de muestra tal lasitud, tal marchitez, tal
pusilanimidad y tal apocamiento del cesionista que de ahí puede “deducirse”,
hablando en general, una sola cosa: quien cede voluntariamente su influencia
“merece” que se le arrebate no sólo la influencia, sino también el derecho a la
existencia. O dicho con otras palabras: la cesión voluntaria de la influencia
“demuestra”, de por sí, una sola cosa: la ineluctabilidad de que quien recibe
esta influencia, cedida voluntariamente, prive al cesionista hasta de sus
derechos.
Si “la democracia
revolucionaria” ha cedido voluntariamente la influencia, ello demuestra que no
era revolucionaria, sino pequeñoburguesa: una democracia abyecta y cobarde que
no se ha desembarazado aún de la sumisión; una democracia que (justamente después
de esta cesión) pueden disolver sus enemigos o simplemente reducir a la nada,
dejarla morir “por propio deseo”, igual que cedió la influencia “por propio
deseo”.
Ver un capricho en las acciones de los partidos políticos significa
renunciar a todo estudio de la política. Y un acto como “la cesión voluntaria
de la influencia” por dos partidos gigantescos
— que, según todas las
noticias e informaciones y los datos objetivos de las elecciones, tienen la
mayoría entre el pueblo—, un acto así debe ser
explicado. No puede ser casual. Ha de estar ligado forzosamente a
determinada situación económica de una gran clase del pueblo. Ha de estar
vinculado por fuerza a la historia del desarrollo de esos partidos.
El razonamiento de Sujánov
es en grado superlativo típico de miles y miles de consideraciones
pequeñoburguesas análogas precisamente porque se basa, en esencia, en el
concepto de buena voluntad (“propio deseo”), haciendo caso omiso de la historia de los partidos de que se
trata. Sujánov ha excluido lisa y llanamente de su análisis esta historia,
olvidando que las cesiones voluntarias de la influencia empezaron, en realidad,
el 28 de febrero, cuando el Soviet expresó su confianza a Kerenski y aprobó el
“acuerdo” con el Gobierno Provisional. Y el 6 de mayo se efectuó una cesión de
la influencia de proporciones verdaderamente gigantescas. Tomado en su
conjunto, nos encontramos ante un fenómeno claro hasta la evidencia: los
partidos eserista y menchevique se colocaron en el acto en la
pendiente y rodaron cuesta
abajo con creciente rapidez, hasta caer por completo en el abismo después de
los días 3, 4 y 5 de julio.
66
Y ahora se nos dice: la
cesión ha sido hecha por propio deseo, se puede lograr “con la mayor facilidad”
que los grandes partidos políticos den media vuelta a la derecha, se les puede
inducir “sin dificultad” a tomar una dirección contraria a la que han seguido
durante muchos años (y durante muchos meses de revolución), a salir del abismo
y llegar arriba trepando por la pendiente “con la mayor facilidad”. ¿No es eso,
acaso, el colmo de la frivolidad?
Por último, y en cuarto
lugar, Sujánov podría alegar en defensa de su opinión que los obreros y
soldados que expresan su confianza a los Soviets están armados, por lo que
pueden recuperar “con la mayor facilidad” toda la influencia. Pero en las
triviales consideraciones reproducidas por el escritor de Nóvaya Zhizn, las cosas andan mal, sobre todo, precisamente en lo
que atañe a este punto, quizá el más importante.
Para ser lo más concretos
posible, compararemos el 20 y 21 de abril con los días 3, 4 y 5 de julio.
El 20 de abril estalla la
indignación de las masas contra el gobierno. Un regimiento armado sale a las
calles de Petrogrado y va a detener al gobierno. La detención no se efectúa.
Pero el gobierno ve con claridad que no tiene en quién apoyarse. No hay tropas
que estén a su favor. Un gobierno así puede ser derribado, en efecto, “con la
mayor facilidad”, y el gobierno presenta un ultimátum al Soviet: o me apoyáis,
o me voy.
El 4 de julio se produce un
estallido semejante de la indignación de las masas; un estallido que todos los
partidos trataron de contener, pero que arrolló todas las contenciones. Es otra manifestación antigubernamental
armada del mismo tipo. Pero hay una diferencia gigantesca, que consiste en lo
siguiente: los líderes eseristas y mencheviques, hechos un lío y apartados del
pueblo, ya el 3 de julio convienen
con la burguesía en llamar a Petrogrado a las tropas de Kaledin. ¡Ahí está el quid de la cuestión!
Kaledin lo dijo, con rudeza
castrense, en la Conferencia de Moscú: ¡Pero si ustedes mismos, los ministros
socialistas, “nos” llamaron el 3 de julio en su ayuda!... Nadie se atrevió a
desmentir a Kaledin en la Conferencia de Moscú por que dijo la verdad. Kaledin
se burló de los mencheviques y los eseristas, que se vieron obligados a callar.
El general cosaco los escupió a la cara, pero ellos se limpiaron y dijeron:
¡“Rocío divino”!
Los periódicos burgueses han
citado esas palabras de Kaledin, pero Rabóchaya
Gazeta (menchevique) y Dielo Naroda (eserista) han ocultado a sus lectores esta declaración política, la más
sustancial, hecha en la Conferencia de Moscú.
Ha resultado que el gobierno
recibió por vez primera, especialmente, tropas de Kaledin, en tanto que las
tropas decididas, revolucionarias de verdad, y los obreros fueron desarmados.
Ese es el hecho fundamental que Sujánov ha eludido y olvidado “con la mayor
facilidad”, pero que sigue siendo un hecho. Y este hecho es decisivo para la
fase actual de la revolución, para la
primera revolución.
El poder ha pasado en el
lugar decisivo en el frente, y después en el ejército, a manos de los Kaledin. Eso es un hecho. Las tropas
más activas que les son hostiles han sido desarmadas. La circunstancia de que los Kaledin no utilicen en el acto el
poder para implantar una dictadura completa no refuta en lo más mínimo que
detentan el poder.
¿Es que el zar no tenía el
poder después de diciembre de 1905? ¿Y acaso las circunstancias no le obligaron
a ejercer el poder con tanta prudencia que convocó dos Dumas antes de asumir todo el poder, es decir, antes de dar el
golpe de Estado?62
Hay que juzgar del poder por
los hechos, y no por las palabras. Los hechos del gobierno a partir del 5 de
julio demuestran que el poder lo tienen los Kaledin, los cuales van cada vez
más lejos, con lentitud pero de manera
consecuente, recibiendo cada día “cesiones” y “concesioncitas”: hoy, la
impunidad de los cadetes que asaltan Pravda,
asesinan a los pravdistas y efectúan detenciones arbitrarias; mañana, una ley
de clausura de los periódicos y también leyes de disolución de las reuniones y
congresos, de expulsión de ciudadanos del país sin formación de causa, de
encarcelamiento por injurias a “embajadores amigos”, de presidio por atentar
contra el gobierno, de instauración de la pena de muerte en el frente, y
etcétera, etcétera.
Los Kaledin no son tontos.
¿Para qué actuar sin falta por la fuerza, para qué liarse la manta a la cabeza,
corriendo el riesgo de sufrir un descalabro, cuando reciben día a día, por partes, precisamente lo
que necesitan? Y los Skóbeliev y los Tsereteli, los Chernov y los Avxéntiev,
los Dan y los Líber gritan como estúpidos: “¡Triunfo de la democracia!,
¡Victoria!”, cada vez que
los Kaledin dan un paso adelante, ¡¡viendo la “victoria” en que los Kaledin,los
Kornílov y los Kerenski no se los tragan de un golpe!!
La raíz del mal reside
precisamente en que la masa pequeñoburguesa está preparada, por su propia
situación económica, para una pasmosa credulidad e inconsciencia; en que está
aún semidormida y muge en sueños: ¡es posible recuperar “con la mayor facilidad”
lo cedido por propia voluntad! ¡Vayan, vayan y recupérenlo voluntariamente de
los Kaledin y los Kornílov!
67
La raíz del mal está en que
los publicistas “democráticos” apoyan esta ilusión servil, estúpida,
pequeñoburguesa, que sólo existe en sueños, en vez de combatirla.
Si se enfocan las cosas como
debe enfocarlas un historiador de la política, en general —y un marxista, en
particular—, es decir, si se observan los acontecimientos en su conexión,
estará completamente claro que hoy, lejos de ser “fácil” un viraje radical, es,
por el contrario, absolutamente imposible sin
una nueva revolución.
No me refiero aquí en modo
alguno al problema de si es deseable esa revolución, no analizo de ninguna
manera si puede producirse pacífica y legalmente (en la historia, hablando en
general, se dieron ejemplos de revoluciones pacíficas y legales). Me limito a
dejar constancia de la imposibilidad histórica de un viraje radical sin una
nueva revolución. Porque el poder está ya
en otras manos, no lo tiene ya “la democracia revolucionaria”, el poder ha sido
ya tomado y afianzado. Y la conducta
de los partidos eserista y menchevique no es casual: es producto de la
situación económica de la pequeña burguesía y resultado de la larga cadena de
sucesos políticos registrados del 28 de febrero al 6 de mayo, del 6 de mayo al
9 de junio, del 9 de junio al 18 y 19 de junio (ofensiva), etc. En este terreno
hace falta un viraje en toda la situación del poder, y en toda su composición,
y en todas las condiciones en que actúan los partidos más importantes, y en la
“aspiración” de la clase que los nutre. Estos virajes son inconcebibles
históricamente sin una nueva revolución.
![]()
62 Lenin alude al golpe de Estado del 3 de junio, con el que se inició el período de
reacción stolypiniana. El 3 (16) de junio de 1907 se publicó un manifiesto del
zar por el que se disolvía la II Duma de Estado y se modificaba la ley
electoral. La nueva ley aumentó en mucho la representación de los terratenientes
y de la burguesía comercial e industrial en la Duma y redujo en varias veces el
número de representantes, exiguo de por sí, de los campesinos y los obreros.
Ello constituyó una burda violación del Manifiesto del 17 de octubre de 1905 y
de la Ley Fundamental de 1906, según los cuales el gobierno no podía promulgar
leyes sin la aprobación de la Duma de Estado. La III Duma, elegida de acuerdo
con esta ley, se reunió el 1 (14) de noviembre de 1907. Por su composición fue
una Duma octubrista-ultrarreaccionaria
En vez de esclarecer al
pueblo todas las condiciones históricas principales de la nueva revolución, sus
premisas económicas y políticas, sus tareas políticas, su correlación de
clases, etc.; en vez de eso, Sujánov y muchísimos otros demócratas pequeñoburgueses
adormecen al pueblo con estupideces,
con el optimismo absurdo de que “recuperaremos todo sin dificultad”, “con la
mayor facilidad”; de que “la más importante” conquista revolucionaria “se
mantiene”, y con otros absurdos del mismo jaez, triviales, propios de
ignorantes y francamente criminales.
Existen síntomas de un
profundo viraje social. Esos síntomas indican claramente la dirección de la
labor. Entre el proletariado, un descenso evidente de la influencia eserista y
menchevique y un crecimiento patente de la influencia bolchevique.
Dicho sea de pasada, incluso
las elecciones del 20 de agosto arrojaron un
aumento del porcentaje de votos bolcheviques en comparación con las
elecciones de junio, en el mismo Petrogrado, a las dumas distritales63. ¡Y eso a pesar del traslado de “tropas de Kaledin a
Petrogrado”!
En lo que respecta a la
democracia pequeñoburguesa, que no puede dejar de vacilar entre la burguesía y
el proletariado, son síntomas objetivos del viraje la intensificación, el
reforzamiento y el desarrollo de las corrientes internacionalistas revolucionarias:
Mártov y otros entre los mencheviques, y Spiridónova, Kamkov y otros entre los
eseristas. No hace falta decir que el hambre, la ruina y las derrotas
militares, que se avecinan, pueden acelerar en grado extraordinario este viraje
hacia el paso del poder al proletariado, apoyado por los campesinos pobres.
2. La prestación
personal y el socialismo.
Los enemigos más furibundos
del socialismo le prestan, a veces, un buen servicio con el celo insensato de
sus “desenmascaramientos”. Arremeten precisamente contra lo que es digno de
simpatía e imitación. Con el carácter mismo de sus ataques abren los ojos al
pueblo y le hacen ver la infamia de la burguesía.
Eso es justamente lo que ha
ocurrido con uno de los más abyectos periódicos burgueses, Rússkaya Volia, que el 20 de agosto publicó una crónica de
Ekaterinburo titulada La
prestación personal. Escuchen lo que se comunica en ella:
“...El Soviet de diputados obreros y soldados
ha establecido en nuestra
ciudad una hacendera para todos los ciudadanos que tienen caballos: poner por
turno sus caballos a disposición de los miembros de los Soviets para los viajes
diarios relacionados con el ejercicio de sus funciones.
“Se ha confeccionado un
horario especial de guardia y a cada “ciudadano con caballeriza” se le notifica
puntualmente por escrito cuándo, dónde y a qué hora exacta debe presentarse con
su caballo para prestar servicio.
“Para mayor comprensión, en
la “orden” se agrega: “En caso de incumplimiento de esta demanda, el Soviet
gastará hasta 25 rublos, por cuenta de Vd., para la contrata de cocheros”...”
![]()
63 En las elecciones a las dumas
distritales de Petrogrado, celebradas a finales de mayo y comienzos de junio de
1917, votaron a favor de los candidatos bolcheviques el 20% de los electores.
En las elecciones a la Duma urbana de Petrogrado, que tuvieron lugar el 20 de
agosto (2 de septiembre), correspondió a los bolcheviques el 33% de los
sufragios emitidos.
Por supuesto, el defensor de
los capitalistas se indigna. Los capitalistas contemplan con plena tranquilidad
cómo sufre calamidades la inmensa mayoría del pueblo durante toda su vida,
trabajando no sólo “en la prestación personal”, sino en el verdadero presidio
de la fábrica, de la mina o de cualquier otro trabajo asalariado y sufriendo
hambre, a cada paso, por carecer de ocupación. Los capitalistas contemplan eso
con toda tranquilidad.
Pero cuando los obreros y
los soldados imponen a los capitalistas una prestación social, aunque sea
pequeña, los señores explotadores empiezan a aullar: ¡¡“prestación personal”!!
68
Pregunten a cualquier obrero
o a cualquier campesino: ¿estaría mal que los Soviets de diputados obreros y
soldados fueran el único poder en el Estado y empezasen a implantar en todas
partes una prestación social de los ricos, por ejemplo, el servicio de guardia
obligatorio con caballos, automóviles o bicicletas, trabajos diarios
obligatorios como escribanos para inventariar los productos, levantar un censo
de los necesitados, etc., etc.?
Todo obrero y todo campesino, excepto los kulaks, dirá que eso
estaría bien.
Y tendrán razón. Eso no es
todavía el socialismo, sino sólo uno de los primeros pasos hacia el socialismo;
pero eso es justamente lo que necesitan los pobres de una manera imperiosa e
inmediata. Sin medidas como ésas es imposible salvar al pueblo del hambre y de
la muerte.
¿Por qué el Soviet de
Ekaterinburgo sigue siendo una rara excepción? ¿Por qué no se empezó a aplicar
hace ya mucho en toda Rusia medidas semejantes?; ¿por qué no se extienden,
formando todo un sistema de medidas precisamente de ese tipo?
¿Por qué no se establece,
además de la prestación social de los ricos con caballos, esa misma obligación
social de los ricos de presentar balances completos de sus operaciones
monetarias, especialmente en lo que atañe a los suministros al Estado, bajo el
mismo control de los Soviets y con la misma “notificación puntual por escrito”
de cuándo y dónde debe presentar el balance, de cuándo, dónde y cuánto
exactamente debe abonar como impuesto?
Porque al frente de la
inmensa mayoría de los Soviets se encuentran líderes eseristas (“socialistas—
revolucionarios”) y mencheviques, que han desertado de hecho al campo de la
burguesía, forman parte del gobierno burgués y se han comprometido a apoyarle,
traicionando no sólo al socialismo, sino también a la democracia. Estos líderes
se dedican al “conciliacionismo” con la burguesía, la cual no sólo impedirá,
por ejemplo, que se establezca en Petrogrado la prestación social de los ricos,
sino que frena durante meses reformas muchísimo más modestas.
Estos líderes engañan a su
conciencia y engañan al pueblo, alegando que “Rusia no ha madurado aún para
implantar el socialismo”.
¿Por qué deben considerarse un engaño semejantes alegaciones?
Porque con ellas se falsean
las cosas, queriendo hacer creer que se trata de una transformación
inauditamente compleja y difícil, llamada a cambiar de raíz la vida habitual de
decenas de millones de personas. Se presentan las cosas falsamente, como si alguien
quisiera “implantar” el socialismo en Rusia por medio de un ucase, sin tener en
cuenta ni el nivel de la técnica, ni la abundancia de empresas pequeñas, ni las
costumbres, ni la voluntad de la mayoría de la población.
Todo eso es mentira desde el
comienzo hasta el fin. Nadie ha propuesto nada semejante. Ni un solo partido,
ni una sola persona tiene el propósito de “implantar el socialismo” por
decreto. Se ha tratado y se trata exclusivamente de medidas que, a semejanza de
la prestación social de los ricos establecida en Ekaterinburgo, aprueba por
entero la masa de pobres, es decir, la mayoría de la población; de medidas que
han madurado por completo en el aspecto técnico y cultural, que aliviarán en el
acto la vida de los pobres y permitirán atenuar las cargas de la guerra y
distribuirlas de una manera más equitativa.
Ha transcurrido casi medio
año de revolución, pero los líderes eseristas y mencheviques frenan todas las
medidas de ese carácter, vendiendo los intereses del pueblo a los intereses del
“conciliacionismo” con la burguesía.
Mientras los obreros y los
campesinos no comprendan que esos líderes son unos traidores, que es preciso
echarlos, destituirlos de todos los cargos; mientras no comprendan eso, los
trabajadores seguirán siendo inevitablemente esclavos de la burguesía.
Publicado el 14 (1)
de septiembre de 1917 en el núm. 10 de “Rabochi”.
T. 34, págs. 122-132.
69
ACERCA DE LOS
COMPROMISOS.
Llamase compromiso en
política a hacer concesiones respecto a ciertas demandas, a renunciar a una
parte de las reivindicaciones propias en virtud de un acuerdo con otro partido.
La idea habitual del vulgo
acerca de los bolcheviques, sostenida por la prensa que los calumnia, consiste
en que jamás aceptan compromiso alguno con nadie.
Tal idea nos halaga como
partido del proletariado revolucionario, pues demuestra que hasta los enemigos
se ven obligados a reconocer nuestra fidelidad a los principios fundamentales
del socialismo y de la revolución. Pero, con todo, hay que decir la verdad: esa
idea no corresponde a los hechos. Engels estaba en lo cierto cuando en su
crítica del manifiesto de los blanquistas de la Comuna (en 1873) ridiculizaba
la declaración de éstos: “¡Ningún compromiso!”64. Eso es una frase — decía él—, pues, a menudo, los compromisos
de un partido que lucha son impuestos inevitablemente por las circunstancias y
es absurdo renunciar de una vez para siempre “a cobrarse la deuda por partes” 65. La tarea de un partido auténticamente
revolucionario no consiste en declarar imposible la renuncia a cualquier
compromiso, sino en saber mantenerse fiel, a
través de todos los compromisos —en la medida en que sean inevitables—, a
sus principios, a su clase y a su misión revolucionaria, a su obra de preparar
la revolución y educar a las masas populares para triunfar en la revolución.
Un ejemplo. Participar en la
III y IV Dumas fue un compromiso, una renuncia temporal a las reivindicaciones
revolucionarias. Pero fue un compromiso absolutamente forzoso, pues la
correlación de fuerzas descartaba para nosotros, por cierto tiempo, la lucha
revolucionaria de masas, y su larga preparación hacía necesario saber trabajar incluso desde dentro de semejante “pocilga”. La historia demostró que tal
planteamiento del problema por los bolcheviques, como partido, era justo.
Ahora, el problema inmediato no es un compromiso forzoso, sino
un compromiso voluntario.
Nuestro partido, como
cualquier otro partido político, aspira a conquistar la dominación política
para sí. Nuestra meta es la dictadura del proletariado revolucionario. Seis
meses de revolución han confirmado con extraordinaria claridad, fuerza y
elocuencia lo justo e inevitable de tal reivindicación, en interés precisamente
de esta revolución, pues el pueblo no podrá obtener de otro modo ni una paz
democrática, ni la tierra para los campesinos ni una libertad completa (una
república plenamente democrática). Así lo han mostrado y demostrado el curso de
los acontecimientos en el medio año de nuestra revolución, la lucha de clases y
de los partidos, el desarrollo de las crisis del 20 y 21 de abril, del 9 y 10 y
del 18 y 19 de junio, de los días 3, 4 y 5 de julio y del 27 al 31 de agosto.
Ahora se ha producido en la
revolución rusa un viraje tan brusco y original que, como partido, podemos
proponer un compromiso voluntario, cierto que no a la burguesía —nuestro
directo y principal enemigo de clase —, sino a nuestros adversarios más próximos,
a los partidos “dirigentes” de la democracia pequeñoburguesa: los eseristas y
los mencheviques.
![]()
64 Véase F. Engels. Literatura
de emigración. II. El programa de los emigrados blanquistas de la Comuna.
65 Véase F. Engels. Carta a
F. Turati, del 26 de enero de 1894
Como una mera excepción,
únicamente forzados por una situación especial que, al parecer, se mantendrá
sólo poquísimo tiempo, podemos proponer un compromiso a esos partidos y, a mi
juicio, debemos hacerlo.
Es un compromiso, por
nuestra parte, retornar a la reivindicación de antes de julio: todo el poder a
los Soviets, formación de un gobierno de eseristas y mencheviques responsable
ante los Soviets.
Ahora, sólo ahora, y quizás apenas durante unos pocos días o por una
o dos semanas, un gobierno de ese tipo podría formarse y afianzarse de un modo
completamente pacífico. Podría garantizar, con una probabilidad gigantesca, un
movimiento pacífico de avance de toda
la revolución en Rusia y ofrecería extraordinarias posibilidades de que dé
grandes pasos adelante el movimiento mundial hacia la paz y hacia el triunfo
del socialismo.
Sólo en nombre de ese
desarrollo pacífico de la revolución —posibilidad extraordinariamente rara en la historia y extraordinariamente valiosa, excepcionalmente insólita—, sólo en
nombre de ella, pueden y deben, a mi parecer, aceptar tales compromisos los
bolcheviques, partidarios de la revolución mundial y de los métodos
revolucionarios.
70
El compromiso consistiría en
que los bolcheviques, sin pretender participar en el gobierno (cosa imposible
para un internacionalista si no se realizan efectivamente las condiciones de la
dictadura del proletariado y de los campesinos pobres), renunciaran al paso
inmediato del poder al proletariado y a los campesinos pobres y a los métodos
revolucionarios de lucha por esa reivindicación. La condición, de por sí
evidente y nada nueva para los eseristas y los mencheviques, sería la plena
libertad de agitación y la convocatoria de la Asamblea Constituyente, sin
nuevas dilaciones e incluso en un plazo más breve.
Los mencheviques y los
eseristas, como bloque gubernamental, accederían (en el supuesto de que se
llegara al compromiso) a constituir un gobierno, íntegra y exclusivamente
responsable ante los Soviets, pasando a manos de éstos todo el poder también en
las localidades. En eso consistiría la “nueva” condición. Creo que los
bolcheviques no pondrían otras condiciones, confiando en que la verdadera y
completa libertad de agitación y la inmediata aplicación de nuevos principios
democráticos en la composición de los Soviets (nuevas elecciones) y en su
funcionamiento garantizarían de por sí el avance pacífico de la revolución y pondrían fin pacíficamente a las luchas
entre los partidos dentro de los Soviets.
¿Quizá esto sea ya imposible? Quizá. Pero si existe,
aunque sólo sea una posibilidad entre cien, valdría la pena intentarlo.
¿Qué ganarían con este
“compromiso” ambas partes “contratantes”, o sea, los bolcheviques, por una
parte, y el bloque de los eseristas y mencheviques, por otra? Si ninguna de las dos partes gana nada,
será necesario reconocer la imposibilidad del compromiso y entonces no habrá
por qué hablar de ello. Por difícil que sea ahora (después de julio y agosto,
dos meses que equivalen a dos décadas de época “pacífica” y soñolienta) ese
compromiso, me parece que existe una pequeña probabilidad de llevarlo a cabo, y
esta probabilidad dimana de la decisión de los eseristas y mencheviques de no
colaborar en un gobierno del que formen parte los democonstitucionalistas.
Los bolcheviques ganarían al
obtener la posibilidad de hacer con entera libertad agitación en pro de sus
opiniones y, en condiciones efectiva y enteramente democráticas, conquistar
influencia en los Soviets. De palabra, “todos” reconocen hoy esa libertad a los
bolcheviques. Pero, en la práctica, es
imposible bajo un gobierno burgués o con participación de la burguesía,
bajo un gobierno que no sea soviético. Con un gobierno de los Soviets, esa
libertad sería posible (no decimos:
garantizada con seguridad, pero, no obstante, posible). En aras de esa
posibilidad, en un momento tan difícil, habría que decidirse a un compromiso
con la mayoría actual de los Soviets. Con una verdadera democracia, nosotros nada debemos
temer, pues la vida está a
nuestro favor, e incluso la forma en que se desarrollan las corrientes dentro
de los partidos eserista y menchevique, hostiles a nosotros, confirma que
estamos en lo cierto.
Los mencheviques y los
eseristas ganarían al recibir en el acto la plena posibilidad de realizar el
programa de su bloque, apoyándose en la mayoría, a ciencia cierta inmensa, del
pueblo y asegurándose la utilización “pacífica” de su mayoría en los Soviets.
Es cierto que desde ese
bloque —heterogéneo por ser bloque y también porque la democracia
pequeñoburguesa es siempre menos
homogénea que la burguesía y que el proletariado— se alzarían, probablemente,
dos voces.
Una voz diría: nuestro
camino no coincide en modo alguno con el de los bolcheviques, con el del
proletariado revolucionario. Este, de todos modos, exigirá más de la cuenta y
arrastrará demagógicamente a los campesinos pobres. Exigirá la paz y la ruptura
con los aliados. Eso es imposible.
Nos sentimos más cerca y
mejor con la burguesía, pues no nos hemos separado de ella, sino que nos hemos indispuesto con ella por poco
tiempo y sólo a causa del incidente de Kornílov. Nos hemos indispuesto, pero ya
nos reconciliaremos. Además, los bolcheviques no nos hacen ninguna “concesión”,
pues las tentativas de insurrección por parte suya están, de todos modos, tan
condenadas a la derrota como la Comuna de 1871.
Otra voz diría: la alusión a
la Comuna es muy superficial e incluso estúpida. Porque, en primer lugar, los
bolcheviques han aprendido algo, a pesar de todo, desde 1871, y ahora no
dejarían de apoderarse de los bancos y no vacilarían en marchar sobre Versalles;
y en tales condiciones, hasta la Comuna podía haber triunfado. Además, la
Comuna no podía ofrecer al pueblo en seguida todo lo que podrán ofrecerle los
bolcheviques si obtienen el poder, a saber: la tierra a los campesinos, la
propuesta inmediata de paz, el control verdadero de la producción, la paz
honesta con los ucranios, los finlandeses, etc. Hablando en términos vulgares,
los bolcheviques tienen en sus manos diez veces más “cartas de triunfo” que la
Comuna. En segundo lugar, la Comuna significa de todos modos una penosa guerra
civil, una larga dilación del desarrollo cultural pacifico después de ella;
facilita las operaciones y las maniobras de todos los Mac-Mahon y Kornílov, y
tales operaciones amenazan a toda nuestra sociedad burguesa. ¿Es sensato correr
el riesgo de la Comuna?
Pero la Comuna será
inevitable en Rusia si no tomamos el poder, si la situación sigue siendo tan
difícil como desde el 6 de mayo hasta el 31 de agosto. Todo obrero y soldado
revolucionario pensará sin falta en la Comuna y tendrá fe en ella, intentará
sin falta llevarla a cabo, razonando así: el pueblo perece, la guerra, el
hambre y la ruina prosiguen su marcha. Sólo en la Comuna está la salvación.
Pereceremos, moriremos todos, pero haremos realidad la Comuna.
71
Tales pensamientos son
ineludibles entre los obreros, y ahora no se logrará vencer a la Comuna tan
fácilmente como en 1871. La Comuna rusa tendrá en todo el mundo aliados cien
veces más fuertes que en 1871... ¿Es sensato que corramos el riesgo de la Comuna?
Tampoco puedo aceptar que los bolcheviques, en el fondo, no nos concedan nada
con su compromiso. Pues en todos los países civilizados, los ministros
inteligentes valoran mucho cualquier acuerdo, por pequeño que sea, con el
proletariado durante la guerra. Lo precian mucho, muchísimo. Y no debe
olvidarse que se trata de hombres prácticos, de auténticos ministros. Los
bolcheviques se fortalecen con bastante rapidez, a pesar de las represión a
pesar de la debilidad de su prensa... ¿Es sensato que corramos el riesgo de la
Comuna?
Tenemos una mayoría
asegurada, no está aún tan cercano el despertar de los campesinos pobres,
tenemos tiempo suficiente. No creo que la mayoría siga a los extremistas en un
país
campesino. Y contra una
mayoría segura, en una república verdaderamente democrática, la insurrección es
imposible. Así hablaría la segunda voz.
Quizá se encuentre una
tercera voz, entre algunos partidarios de Mártov o de Spiridónova, que diga: me
indigna, “camaradas”, que ambos, al razonar acerca de la Comuna y de la
posibilidad de su existencia, os coloquéis sin vacilar al lado de sus adversarios.
El uno en una forma y el otro en otra, pero ambos estáis de parte de quienes
aplastaron la Comuna. No haré agitación a favor de la Comuna, no puedo prometer
de antemano que combatiré en sus filas, como lo hará todo bolchevique; pero
debo decir, no obstante, que si la Comuna surge a pesar de mis esfuerzos, antes
ayudar a sus defensores que a sus adversarios…
La diferencia de opiniones
en el “bloque” es grande e inevitable, pues en la democracia pequeñoburguesa
está representado un mundo de matices: desde el burgués de cuerpo entero,
plenamente ministrable, hasta el semimendigo, no capaz aún por completo de sustentar
la posición del proletario. Y nadie sabe cuál va a ser, en cada momento
concreto, el resultado de esa discordancia.
* * *
Las líneas precedentes
fueron escritas el viernes, 1 de septiembre, y, debido a circunstancias
casuales (la historia dirá que, en los tiempos de Kerenski, no todos los
bolcheviques gozaban del derecho a elegir libremente su lugar de residencia),
no llegaron a la Redacción ese mismo día. Y después de haber leído los
periódicos del sábado y los de hoy, domingo, me digo: quizá sea demasiado tarde
para proponer un compromiso. Quizá hayan pasado también los pocos días en que era posible todavía un desarrollo pacífico.
Sí, todo indica que han pasado ya66.
Kerenski se irá, de uno u otro modo, del
partido eserista, se alejará de los
eseristas y se afianzará, con ayuda de los burgueses, sin los eseristas y gracias a la inacción de éstos... Sí, todo
indica que han pasado ya los días en que era posible casualmente la vía de
desarrollo pacífico. Sólo me resta enviar estas notas a la Redacción, rogándole
que las encabece así: Pensamientos
tardíos... A veces, tal vez pueda tener cierto interés conocer algunos pensamientos tardíos.
3 de septiembre de 1917.
Escrito el 1-3 (14-16) de septiembre de 1917. Publicado el 19
(6) de septiembre de 1917 en el núm. 3 de “Rabochi Put”.
T. 34, págs. 133-139.
![]()
66 Después de ser sofocada la sublevación
de Kornílov surgió la necesidad de formar un nuevo Gobierno Provisional. Se
suponía que, además de los mencheviques y eseristas, participarían en él los
democonstitucionalistas. Pero los mencheviques y eseristas, temiendo perder
definitivamente la confianza de las masas, declararon que se negaban a
colaborar en un gobierno del que formaran parte también los
democonstitucionalistas. El 1 (14) de septiembre de 1917, el Gobierno
Provisional acordó formar un Directorio compuesto de cinco miembros. Aunque en
el gobierno no figuraban oficialmente representantes de los
democonstitucionalistas, se formó en virtud de acuerdos con ellos entre
bastidores. El 2 (15) de septiembre se celebró una sesión plenaria conjunta del
CEC de los Soviets de diputados obreros y soldados y del Comité Ejecutivo del
Soviet de diputados campesinos, en la que los mencheviques y los eseristas
presentaron una resolución de apoyo al nuevo gobierno. De este modo, declaraban
de palabra que habían roto con los democonstitucionalistas; pero, en la
práctica, ayudaron una vez más a los terratenientes y los capitalistas a
mantenerse en el poder
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
72
LA CATÁSTROFE QUE NOS AMENAZA Y COMO COMBATIRLA.
El hambre se acerca.
Una catástrofe inevitable se
cierne sobre Rusia. El transporte ferroviario se halla en un estado de
increíble desorganización, que crece sin cesar. Los ferrocarriles quedarán
parados. Cesará la afluencia de materias primas y de carbón a las fábricas. Cesará
el suministro de cereales. Los capitalistas sabotean (dañan, interrumpen,
minan, frenan) deliberada y tenazmente la producción, confiando en que una
catástrofe inaudita originará la bancarrota de la república y de la democracia,
de los Soviets y, en general, de las asociaciones proletarias y campesinas,
facilitando así el retorno a la monarquía y la restauración de la omnipotencia
de la burguesía y de los terratenientes.
Nos amenazan inexorables una
catástrofe de proporciones sin precedente y el hambre. Todos los periódicos han
hablado ya de ello infinidad de veces. Los partidos y los Soviets de diputados
obreros, soldados y campesinos han votado multitud de resoluciones en las que
se reconoce que la catástrofe es inminente, que está ya muy cerca, que es
preciso mantener contra ella una lucha desesperada, que el pueblo debe hacer
“esfuerzos heroicos” para conjurar el desastre, etc.
Todo el mundo lo dice. Todo el mundo lo reconoce. Todo el mundo
lo hace constar.
Pero no se toma ninguna medida.
Llevamos medio año de
revolución. La catástrofe está hoy más cerca. Hemos llegado al desempleo en
masa. ¡Quién podría pensarlo!: en el país no hay mercancías, el país perece por
falta de víveres, por falta de mano de obra, aunque existen cereales y materias
primas en cantidad suficiente. ¡Y en un país que se encuentra en esas
condiciones, en un momento tan crítico, ha aumentado el paro forzoso en masa!
¿Se quiere mejor prueba de que durante este medio año de revolución (que
algunos califican de gran revolución, pero que, por ahora, sería más justo
denominar revolución podrida), con una república democrática, con gran
profusión de asociaciones, organismos e instituciones que se titulan
orgullosamente “democrático revolucionarios”, no se ha hecho en realidad nada serio, absolutamente nada, contra
la catástrofe, contra el hambre? Nos acercamos con celeridad creciente al
desastre, pues la guerra no espera, y el desbarajuste que origina en todos los
dominios de la vida del pueblo es cada día más profundo.
Sin embargo, basta con
fijarse y reflexionar, por poco que sea, para convencerse de que existen los
medios necesarios de combatir la catástrofe y el hambre; de que las medidas a
adoptar son perfectamente claras y sencillas, completamente realizables, plenamente
asequibles a las fuerzas del pueblo, y que si no se adoptan es única y exclusivamente porque su implantación
lesionaría las fabulosas ganancias de un puñado de terratenientes y
capitalistas.
En efecto. Puede asegurarse
que no encontrarán ni un solo discurso, ni un solo artículo en los periódicos
de cualquier tendencia, ni una sola resolución, sea cual fuere la asamblea o
institución en que se haya votado, en los que no se exponga de un modo claro y
concreto la medida fundamental y decisiva para combatir la catástrofe y el
hambre, para evitarlas. Esa medida es: el control, la fiscalización, la
contabilidad, la reglamentación por el Estado, la distribución acertada de la
mano de obra en la producción y en el reparto de los productos, el ahorro de
fuerzas del pueblo, la supresión de todo gasto superfluo de energías, su
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
economía. Control,
fiscalización, contabilidad: eso es lo principal en la lucha contra la
catástrofe y contra el hambre. Eso es algo indiscutible y admitido por todos.
Pero eso es precisamente lo que no se
hace por miedo a atentar contra la omnipotencia de los terratenientes y los
capitalistas, contra sus ganancias desmedidas, inauditas y escandalosas,
obtenidas aprovechándose de la carestía y de los suministros al ejército (y
hoy, directa o indirectamente, casi todos “trabajan” para la guerra); unas
ganancias que todo el mundo conoce, que todo el mundo ve y a propósito de las
cuales todo el mundo se lamenta y se escandaliza.
Sin embargo, el Estado no
hace absolutamente nada para implantar un control, una contabilidad y una
fiscalización más o menos serios.
Pasividad completa
del gobierno.
73
Se observa por doquier un
sabotaje sistemático e incesante de todo control, fiscalización y contabilidad,
de cuantas tentativas emprende el Estado para organizarlos. Y hace falta ser
increíblemente ingenuo para no comprender —o profundamente hipócrita para
aparentar que no se comprende— de dónde parte ese sabotaje y qué recursos
emplea. Porque ese sabotaje de los banqueros y los capitalistas, ese
torpedeamiento por ellos de todo control, fiscalización y contabilidad, se
adapta a las formas estatales de la república democrática, se adapta a la
existencia de las instituciones “democráticas revolucionarias”. Los señores
capitalistas han asimilado a la perfección una verdad que reconocen de palabra
todos los adeptos del socialismo científico, pero que los mencheviques y los
eseristas procuraron olvidar en cuanto sus amigos ocuparon los lucrativos
puestos de ministros, viceministros, etc. Esa verdad consiste en que la esencia
económica de la explotación capitalista no experimenta el menor cambio por el
hecho de que las formas monárquicas de gobierno sean sustituidas con las formas
democráticas republicanas, y en que, por consiguiente, ocurre también lo
contrario: basta con cambiar la forma
de lucha por la intangibilidad y la santidad de las ganancias capitalistas para
salvaguardarlas en la república democrática con la misma eficacia que en la
monarquía absoluta.
El sabotaje moderno,
novísimo, democrático republicano de todo control, de toda contabilidad y de
toda fiscalización consiste en que los capitalistas reconocen de palabra
“fervorosamente” el “principio” del control y su necesidad (como hacen también,
por supuesto, todos los mencheviques y todos los eseristas); pero hacen
hincapié en que ese control se implante de una manera “gradual”, regular, de
acuerdo con una “reglamentación establecida por el Estado”. En realidad, con
esas bellas palabras se quiere ocultar el
sabotaje del control, su reducción a la nada, a una ficción; se quiere
ocultar una comedia de control, la demora de todas las medidas eficaces y de
verdadera importancia práctica, la creación de organismos de control
complicados, farragosos, inertes y burocráticos en extremo, que dependen por
entero de los capitalistas y no hacen ni pueden hacer absolutamente nada.
Para no hacer afirmaciones
gratuitas, nos remitiremos a testimonios de mencheviques y eseristas, es decir,
precisamente de quienes tuvieron la mayoría en los Soviets en los primeros seis
meses de revolución, participaron en el “gobierno de coalición” y, por ello,
son responsables políticamente ante los obreros y los campesinos rusos de la
connivencia con los capitalistas y de que éstos hayan frustrado todo control.
El periódico oficial del
organismo máximo entre los llamados organismos “competentes” (¡no es una
broma!) de la democracia “revolucionaria”, Izvestia
del CEC (es decir, del Comité Ejecutivo Central del Congreso de los Soviets
de diputados obreros, soldados y campesinos de toda Rusia), publica en su
número 164, del 7 de septiembre de 1917, una disposición de
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
una institución especial que
se ocupa en los problemas del control, creada por esos mismos mencheviques y
eseristas y que se encuentra por entero en sus manos. Esta institución especial
es la “Sección de Economía” del Comité Ejecutivo Central. En dicha disposición
se reconoce oficialmente, como un hecho, “la
pasividad completa de los organismos centrales de reglamentación de la vida
económica anejos al gobierno”.
¿Cabe testimonio más
elocuente que éste, suscrito por los propios mencheviques y eseristas, de la
bancarrota de la política menchevique y eserista?
La necesidad de reglamentar
la vida económica fue ya reconocida en tiempos del zarismo, habiéndose creado
para ello diferentes organismos. Pero, bajo el zarismo, la ruina hacía
progresos cada día mayores, llegando a alcanzar proporciones monstruosas. Se reconoció
en el acto que era misión del gobierno republicano, del gobierno
revolucionario, adoptar medidas serias y enérgicas para acabar con la ruina.
Cuando se formó, con la colaboración de mencheviques y eseristas, el gobierno
de “coalición” publicó su solemnísima declaración del 6 de mayo, en la que
prometió públicamente establecer el control y la reglamentación estatales y
contrajo el compromiso de llevarlos a la práctica. Los Tsereteli y los Chernov,
y con ellos todos los líderes mencheviques y eseristas, juraron y perjuraron
que no sólo ellos respondían de la gestión del gobierno, sino que, además, “los
organismos competentes de la democracia revolucionaria”, que se encontraban en
sus manos, vigilaban de hecho la labor del gobierno y la controlaban.
Desde el 6 de mayo han
transcurrido cuatro meses, cuatro largos meses, durante los cuales Rusia ha
sacrificado cientos de miles de soldados en la absurda “ofensiva” imperialista,
y la ruina y la catástrofe se han acercado con botas de siete leguas, a pesar
de que el verano ofrecía posibilidades extraordinarias para hacer muchas cosas,
tanto en el transporte por agua como en la agricultura, en las exploraciones
geológicas, etc., etc. ¡¡Y al cabo de estos cuatro meses, los mencheviques y
los eseristas se ven obligados a confesar oficialmente la “pasividad completa”
de los organismos de control anejos al gobierno!!
¡Y hoy (escribimos estas
líneas precisamente en vísperas de la apertura de la Conferencia Democrática,
convocada para el 12 de septiembre67),
esos mismos mencheviques y eseristas
![]()
67 La Conferencia
Democrática de toda Rusia fue convocada por el CEC menchevique-eserista de
los Soviets para resolver el problema del poder. Sin embargo, el verdadero fin
que se señalaron sus organizadores consistía en desviar la atención de las
masas populares de la creciente revolución. Fue anunciada al principio para el
12 (25) de septiembre; más tarde se aplazó y tuvo lugar del 14 al 22 de
septiembre (27 de septiembre-5 de octubre)de 1917, en Petrogrado, asistiendo a
ella más de 1.500 personas. Los líderes mencheviques y eseristas adoptaron
todas las medidas necesarias para disminuir la representación de las masas
obreras y campesinas y aumentar el número de delegados de diversas
organizaciones pequeñoburguesas y burguesas, asegurándose así la mayoría en la
conferencia. A los Soviets de diputados obreros y soldados, que representaban a
la inmensa mayoría del pueblo, se les concedió en total 230 puestos.
La Conferencia Democrática acordó organizar de su seno el
llamado Anteparlamento (Consejo Democrático de toda Rusia).
En la primera sesión del Anteparlamento (23 de septiembre) se
ratificó el acuerdo a que habían llegado los eseristas y mencheviques con los
democonstitucionalistas de formar una nueva coalición gubernamental. El nuevo
Gobierno Provisional de coalición aprobó un Reglamento, según el cual el
Anteparlamento debería denominarse Consejo Provisional de la República de Rusia
y no ser más que un organismo consultivo adjunto al gobierno. Formaban parte de
él representantes de organizaciones e instituciones burguesas y terratenientes
(el Partido Demócrata Constitucionalista y otros). Fue un intento de sembrar
ilusiones parlamentarias entre el pueblo y frenar el desarrollo de la
revolución socialista.
El 21 de septiembre (4 de
octubre), el CC del POSD(b) de Rusia acordó retirar a los bolcheviques de la
presidencia de la conferencia, pero no abandonar esta última. Se decidió, por 9
votos contra 8, no formar parte del Anteparlamento. En vista de que los votos
se habían dividido en partes iguales, se acordó transferir la solución
definitiva del problema a una conferencia del partido, la cual debería
"formarse inmediatamente con la minoría, que estaba reunida, de la
Conferencia Democrática". En el acta de la reunión del Comité Central se
dice más adelante que en la conferencia se acordó, por 77 votos contra 50,
participar en el Anteparlamento, acuerdo que fue ratificado por el Comité
Central. Lenin criticó los errores de táctica de los bolcheviques respecto a la
Conferencia Democrática en sus artículos Los
héroes de la falsificación y los errores de los bolcheviques; Del diario de un publicista (Los errores de
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
proclaman, con empaque de
sesudos estadistas, que aun puede ponerse remedio a la situación, sustituyendo
la coalición con los democonstitucionalistas por una coalición con los Kit
Kítich68 de la industria y del comercio, con los
Riabushinski, los Búblikov, los Teréschenko y Cía.!
¿Cómo se explica, puede
preguntarse, esta asombrosa ceguera de los mencheviques y los eseristas?
¿Debemos considerarlos “niños políticos”, que por su extremo candor y cortos
alcances no saben lo que hacen y se equivocan de buena fe? ¿O será que las
abundantes poltronas de ministro, viceministro, gobernador general, comisario,
etc., etc., tienen la virtud de originar una ceguera especial, “política”?
74
Las medidas de
control son conocidas de todos y fácilmente aplicables.
Puede surgir la pregunta de
si los medios y las medidas de control no son algo extraordinariamente
complicado, difícil, jamás experimentado y hasta desconocido. ¿No se deberán
las dilaciones a que los estadistas del Partido Democonstitucionalista, de la clase
industrial y comercial, así como de los partidos eserista y menchevique, llevan
ya medio año esforzándose a más no poder por indagar, estudiar y descubrir las
medidas y los medios de control, sin que hayan llegado todavía a una solución
del problema, dada su extraordinaria dificultad?
¡Ni mucho menos! Lo que se
quiere es “dar gato por liebre” y presentan las cosas de esa forma a los mujiks
incultos, analfabetos y oprimidos y a los pequeños burgueses, que creen en todo
y no ahondan en nada. La realidad es que incluso el zarismo, incluso el “viejo
régimen”, al crear los comités de la industria de guerra conocía la medida fundamental, el medio principal y la vía del
control: agrupar a la población por profesiones, por fines y ramas de trabajo.
etc. Pero el zarismo temía que la
población se agrupase, y por ello recurría a todo para limitar y obstaculizar
artificialmente esa vía y ese medio de control, tan universalmente conocidos,
tan fáciles y tan aplicables.
Todos los Estados
beligerantes, que sufren el peso extraordinario y las calamidades de la guerra,
que sufren —en grado mayor o menor— la ruina y el hambre, han trazado,
determinado, aplicado y probado hace ya mucho toda una serie de medidas de control, que se reducen casi siempre
agrupar a la población a crear o fomentar asociaciones de tipos diversos
vigiladas por el Estado, en las que participan sus representantes, etc., etc.
Estas medidas de control son conocidas de todos, y sobre ellas se ha hablado y
escrito mucho. Las leyes relativas al control dictadas por las potencias
beligerantes más adelantadas han sido traducidas al ruso o expuestas con todo
detalle en la prensa de nuestro país.
Si nuestro Estado quisiera realmente aplicar el control de
un modo serio y efectivo; si sus instituciones no se hubiesen condenado ellas
mismas a “la pasividad completa’ con su servilismo ante los capitalistas, le
bastaría con extraer a manos llenas medidas de control, ya conocidas y
aplicadas, del copioso depósito existente. El único obstáculo que se alza en
ese camino —obstáculo que ocultan al pueblo los democonstitucionalistas,
eseristas y
![]()
nuestro partido), y La crisis ha madurado
(véase el presente volumen. N. de la Edit.). Lenin exigió categóricamente que
los bolcheviques abandonaran el Anteparlamento y recalcó la necesidad de
consagrar todas las energías a preparar la insurrección. El Comité Central del
partido discutió la proposición de Lenin y acordó que los bolcheviques se
retirasen del Anteparlamento, venciendo la resistencia de Kámenev, Rykov y
otros capituladores que defendían la participación en él. El 7 (20) de octubre,
en la primera sesión del Anteparlamento, los bolcheviques dieron lectura a una
declaración y seguidamente abandonaron la sala.
68 Kit
Kítich: apodo de
Tit Títich, rico comerciante de la comedia del dramaturgo ruso A. Ostrovski Mientras los otros están de fiesta.
Lenin denomina Kit Kítich a los tiburones capitalistas.
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
mencheviques— era y signe
siendo que el control pondría al descubierto las fabulosas ganancias de los
capitalistas y las frustraría.
Para esclarecer mejor esta
cuestión importantísima (que equivale, en el fondo, a la cuestión del programa
de todo gobierno realmente
revolucionario que quiera salvar a Rusia de la guerra y del hambre),
enumeraremos y examinaremos por separado las más importantes medidas de
control.
Veremos que a un gobierno
que se denominase democrático revolucionario no sólo en tono de burla, le
habría bastado con decretar (prescribir, ordenar), ya en su primera semana de
vida, la implantación de las principales medidas de control; con imponer castigos
serios, no irrisorios, a los capitalistas que pretendieran burlar de manera
fraudulenta esas medidas, e invitar a la población a vigilar por si misma a los
capitalistas, a comprobar si cumplen o no honradamente las disposiciones acerca
del control, y éste habría sido implantado en Rusia hace ya mucho.
He aquí las medidas más importantes:
1. Fusión de todos los bancos en un banco
único y control por el Estado de sus operaciones, o nacionalización de los
bancos.
2.
Nacionalización
de los consorcios, es decir, de las asociaciones más importantes, monopolistas,
de los capitalistas (consorcios azucarero, petrolero, hullero, metalúrgico,
etc.).
3. Abolición del secreto comercial.
4.
Sindicación
obligatoria (es decir, agrupación obligatoria) de los industriales, los
comerciantes y los patronos en general.
5. Agrupación obligatoria de la población
en sociedades de consumo o fomento y control de estas organizaciones.
Veamos ahora qué importancia
tendría cada una de estas medidas, siempre y cuando se implantase por vía
democrática revolucionaria.
La nacionalización de
los bancos.
Los bancos son, como se
sabe, centros de la vida económica moderna, los principales centros nerviosos
de todo el sistema capitalista de economía nacional. Hablar de “reglamentar la
vida económica” y eludir el problema de la nacionalización de los bancos significa
hacer gala de una ignorancia supina o engañar a la “plebe” con frases pomposas
y promesas altisonantes, que de antemano se ha resuelto no cumplir.
Es un absurdo querer
controlar y regular el suministro de cereales o, el general, la producción y la
distribución de los productos si, al mismo tiempo, no se controlan y regulan
las operaciones bancarias. Es algo así como lanzarse a la caza de unos “kopeks”
problemáticos y cerrar los ojos ante millones de rublos. Los bancos modernos
están tan estrecha e indisolublemente entrelazados con el comercio (con el de
cereales y con todo el comercio en general) y con la industria que sin
“meterles mano” no se puede hacer absolutamente nada serio, nada “democrático
revolucionario”.
75
Pero ¿quizá eso de que el
Estado “meta mano” a los bancos sea una operación muy difícil y complicada?
Habitualmente se pinta así la cosa —la pintan así, claro está, los capitalistas
y sus abogados, que se benefician con ello— para asustar a los filisteos.
En realidad, la
nacionalización de los bancos, que no priva ni de un solo kopek a ningún
“propietario”, no ofrece absolutamente la menor dificultad de orden técnico o
cultural, y si se demora es exclusivamente
por la sórdida codicia de un insignificante puñado de
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
ricachones. Si se confunde
tan a menudo la nacionalización de los bancos con la confiscación de los bienes
privados, la culpa de que se propague esta confusión de conceptos la tiene la
prensa burguesa, interesada en engañar a la gente.
La propiedad de los
capitales con que operan los bancos y que se concentran en ellos se acredita
por medio de certificados impresos o manuscritos, a los que se da el nombre de
acciones, obligaciones, letras de cambio, recibos, etc. Con la nacionalización
de los bancos, es decir, con la fusión de todos los bancos en un solo Banco del
Estado, no se anularía ni modificaría ninguno de esos certificados. Quien
poseyese quince rublos en su cartilla de ahorros seguiría poseyendo los mismos
quince rublos después de implantada la nacionalización de los bancos, y quien
poseyese quince millones, seguiría poseyéndolos, incluso después de adoptada
esta medida, en forma de acciones, obligaciones, letras de cambio, resguardos
de mercancías, etc.
¿En qué estriba, pues, la importancia de la nacionalización de
los bancos?
En que es imposible ejercer
un verdadero control de los diferentes bancos y de sus operaciones (aun
suponiendo que se suprima el secreto comercial, etc.), pues no se puede vigilar
el complicadísimo, enredadísimo y astutísimo tejemaneje a que se recurre al
confeccionar los balances, al fundar empresas y sucursales ficticias, al hacer
intervenir a hombres de paja, etc., etc. Sólo la fusión de todos los bancos en
un banco único, sin que esto implique la menor modificación de las relaciones
de propiedad; sin que, repetimos, se le quite un solo kopek a ningún
propietario, ofrece la posibilidad de
implantar un control efectivo, a condición, claro está, de que se apliquen a la
vez todas las demás medidas antes mencionadas. Sólo nacionalizando los bancos
podrá conseguirse que el Estado sepa
a dónde y cómo, de dónde y cuándo se desplazan los millones y los miles de
millones. Y sólo este control de los bancos, del centro, eje principal y
mecanismo básico de la circulación capitalista, permitiría organizar de hecho,
y no de palabra, el control de toda la vida económica, de la producción y la
distribución de los productos más importantes, “reglamentar la vida económica”,
que, de otro modo, e stá condenada a seguir siendo inevitablemente un tópico de
los ministros para engañar al vulgo. Sólo el control de las operaciones
bancarias, a condición de que se concentren en un solo banco perteneciente al
Estado, permitirá organizar, previa aplicación de otras medidas fácilmente
implantables, la recaudación efectiva del impuesto de utilidades sin que haya
ocultaciones de bienes e ingresos, pues el impuesto de utilidades sigue siendo
hoy, en gran parte, una ficción.
Bastaría precisamente con
decretar la nacionalización de los bancos: sus propios directores y empleados
se encargarían de llevarla a la práctica. Para ello no hace falta ningún
mecanismo especial ni se requieren preparativos especiales por parte del Estado.
Esta medida puede ser implantada precisamente por decreto, “de un solo golpe”.
Porque el propio capitalismo, que en su desarrollo ha llegado a idear las
letras de cambio, las acciones, las obligaciones, etc., se ha encargado de
crear la posibilidad económica de aplicarla. Lo único que falta es unificar la
contabilidad; y si el Estado democrático revolucionario ordenara que en
cada ciudad se convocasen inmediatamente, por telégrafo, asambleas y, en las
provincias y por todo el país, congresos de directores y empleados de Banca
para fusionar sin demora todos los bancos en un solo Banco del Estado, esta
reforma sería realizada en el transcurso de unas semanas. Por supuesto, serían
precisamente los directores y los altos empleados quienes opondrían resistencia,
quienes tratarían de engañar al Estado, de dar largas al asunto, etc., pues
esos caballeros —y ahí está el quid de la
cuestión— perderían puestos muy rentables y la posibilidad de operaciones
fraudulentas muy lucrativas. Pero no existe la menor dificultad técnica para la
fusión de los bancos. Y si el poder del Estado fuese revolucionario no sólo de
palabra (es decir, si no temiese romper con la inercia y la rutina); si fuese
democrático no sólo de palabra (es decir, si obrase en interés de la mayoría
del pueblo y no de un puñado de ricachos), bastaría con decretar la
confiscación de bienes y el
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
encarcelamiento de los
directores, consejeros y grandes accionistas como castigo por la menor dilación
y por las tentativas de ocultar los saldos de cuentas y otros documentos;
bastaría con organizar aparte, por
ejemplo, a los empleados pobres, y premiarlos por descubrir fraudes y
dilaciones de los ricos, para que la nacionalización de los bancos avanzara
lisa y llanamente, con la velocidad de una centella.
76
La nacionalización de los bancos reportaría ventajas inmensas a
todo el pueblo, y especialmente no a los obreros (pues los obreros tienen poco
que ver con los bancos), sino a la masa de campesinos e industriales modestos.
El ahorro de trabajo que ello representaría sería gigantesco, y suponiendo que
el Estado conservase el mismo número de empleados de Banca que hasta aquí, se
habría dado un gigantesco paso adelante en el sentido de universalizar el uso
de los bancos, multiplicar sus sucursales, hacer más asequibles sus
operaciones, etc., etc. Serían precisamente los pequeños propietarios, los campesinos, quienes podrían obtener
créditos en condiciones muchísimo más fáciles y asequibles. Y el Estado tendría
por vez primera la posibilidad: primero, de conocer,
sin que nadie pudiera ocultárselas, las operaciones financieras más
importantes; luego, de controlarlas;
después, de regular la vida económica
y, finalmente, de obtener millones y
miles de millones para las grandes operaciones del Estado, sin necesidad de
abonar a los señores capitalistas “comisiones” fabulosas por sus “servicios”.
Por eso —y sólo por eso—, todos los capitalistas, todos los profesores
burgueses, toda la burguesía y todos los Plejánov, Potrésov y Cía. a su
servicio, se muestran dispuestos a luchar, babeando de rabia, contra la
nacionalización de los bancos; a inventar miles de objeciones a esta medida
facilísima y urgentísima, pese a ser una medida que, incluso desde el punto de
vista de la “defensa” del país (es decir, desde el punto de vista militar),
significaría una ventaja gigantesca y reforzaría en grado extraordinario la
“potencia militar” del país.
Se nos podrá, quizá,
objetar: ¿por qué, entonces, países tan avanzados como Alemania y los Estados
Unidos de América practican una excelente “reglamentación de la vida económica”
sin pensar siquiera en nacionalizar los bancos?
Porque –respondemos— estos
dos Estados, aun siendo el uno monarquía y el otro república, son ambos no sólo capitalistas, sino
imperialistas. Y como tales, efectúan por vía burocrática reaccionaria las
reformas que necesitan. Pero nosotros hablamos aquí de la vía democrática
revolucionaria.
Esta “pequeña diferencia”
tiene una importancia muy esencial. Por lo general, “no es costumbre” pararse a
meditar en ella. En nuestro país (y principalmente entre los eseristas y los
mencheviques), las palabras “democracia revolucionaria” se han convertido casi
en una frase convencional en algo parecido a la expresión de “A Dios gracias”,
que emplean también personas no tan ignorantes como para creer en Dios. O la
expresión de “respetable ciudadano”, que se usa veces dirigiéndose incluso a
los colaboradores de Dien o Edinstvo, aunque casi todos comprenden
que estos periódicos han sido fundados y son sostenidos por los capitalista
para defender los intereses de los capitalistas y que, por tanto, la
colaboración en ellos de sedicentes socialistas tiene muy poco de “respetable”.
Para quien no emplee las
palabras “democracia revolucionaria” como una pomposa frase estereotipada, como
un tópico convencional, y se pare a pensar
en lo que significan, ser demócrata es tener presentes de verdad los intereses
de la mayoría del pueblo, y no los de la minoría; ser revolucionario es demoler
del modo más resuelto e implacable todo lo nocivo y caduco.
Que nosotros sepamos, ni los
gobiernos ni las clases gobernantes de Norteamérica y Alemania aspiran al
título de “democracia revolucionaria”, que reivindican para sí (y prostituyen)
nuestros eseristas y mencheviques.
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
En Alemania son cuatro , en total, los grandes bancos
privados que tienen una importancia nacional; en los Estados Unidos, sólo dos. A los reyes financieros de estos
bancos les es más fácil, más cómodo y más ventajoso asociarse en privado, en
secreto, reaccionariamente, y no por procedimientos revolucionarios;
burocráticamente, y no por vía democrática; sobornando a los funcionarios
públicos (pues eso es norma general, lo mismo en Norteamérica que en Alemania) y manteniendo el
carácter privado de los bancos precisamente para poder conservar el secreto de
las operaciones, para poder seguir estrujando a ese mismo Estado millones y más
millones de “superganancias” y asegurar fraudulentas manipulaciones
financieras.
Tanto Norteamérica como
Alemania “reglamentan la vida económica” de tal modo que se crea un presidio militar para los obreros (y,
en parte, también para los campesinos) y un
paraíso para los banqueros y capitalistas. Toda su reglamentación consiste
en “apretar” a los obreros hasta llevarlos al hambre, mientras que a los
capitalistas se les garantizan (bajo cuerda, por vía reaccionaria burocrática)
ganancias mayores que antes de la
guerra.
Ese camino es plenamente
posible también para la Rusia republicana imperialista. Es el camino que
siguen, en efecto, no sólo los Miliukov y los Shingariov, sino también
Kerenski, al unísono con Teréschenko, Nekrásov, Bernatski, Prokopóvich y
Cía..., los cuales defienden asimismo,
de un modo burocrático reaccionario, la “intangibilidad” de los bancos y su derecho sagrado a percibir fabulosas
ganancias. Será mejor decir la verdad:
en la Rusia republicana reglamentarían de buen grado la vida económica por procedimientos
burocráticos reaccionarios, si no fuera porque tropiezan “a menudo” con la
dificultad que supone la existencia de los “Soviets”, esos Soviets que el
Kornílov número 1 no logró disolver, pero que tratará de disolver el Kornílov
número 2...
Esa será la verdad. Y esta
verdad sencilla, aunque amarga, contribuirá más a abrir los ojos al pueblo que
las dulzarronas mentiras acerca de “nuestra” “gran” democracia
“revolucionaria”...
* * *
77
La nacionalización de los
bancos facilitaría extraordinariamente la nacionalización simultánea de los
seguros, es decir, la fusión de todas las compañías de seguros en una sola, la
centralización de sus actividades y su control por el Estado. Los congresos de
empleados de esas compañías se encargarían, también en este caso, de realizar
la fusión inmediatamente, y sin ningún género de dificultades, tan pronto como
el Estado democrático revolucionario lo decretara y ordenara a los directores
de los consejos de administración y a los grandes accionistas efectuar esa
fusión sin la menor demora y bajo su estricta responsabilidad personal. Los
capitalistas han invertido en los seguros cientos de millones. Todo el trabajo
lo hacen los empleados. La fusión de las compañías de seguros contribuiría a
rebajar las primas del seguro, reportaría numerosas ventajas y facilidades a
todos los asegurados y permitiría ampliar el número de éstos con el mismo gasto
de medios y energías. Fuera de la inercia, la rutina y el egoísmo de un puñado
de personas que disfrutan de canonjías, no hay absolutamente nada que se oponga
a esta reforma, la cual, además, reforzaría la “capacidad defensiva” del país,
ahorrando trabajo del pueblo y abriendo, no de palabra, sino de hecho, muchas y
muy importantes posibilidades de “reglamentar la vida económica”.
La nacionalización de
los consorcios.
El capitalismo se distingue
de los antiguos sistemas económicos precapitalistas en que ha creado la más
estrecha conexión e interdependencia de lasdistintas ramas de la economía
nacional. De no ocurrir eso, sería técnicamente imposible —dicho sea de pasada—
el menor
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
avance hacia el socialismo.
Con el predominio de los bancos sobre la producción, el capitalismo moderno ha
llevado a su punto culminante dicha interdependencia de las distintas ramas de
la economía nacional. Los bancos están entrelazados indisolublemente con las
ramas más importantes de la industria y del comercio. Eso quiere decir, de una
parte, que es imposible nacionalizar sólo los bancos sin adoptar medidas
encaminadas a implantar el monopolio estatal de los consorcios comerciales e
industriales (del azúcar, del carbón, del hierro, del petróleo, etc.), sin
nacionalizarlos. Eso quiere decir, de otra parte, que la reglamentación de la
vida económica, si se realiza en serio, exige la nacionalización simultánea de
los bancos y de los consorcios.
Tomemos, por ejemplo, el
consorcio azucarero. Se creó ya bajo el zarismo y dio origen a una gran
agrupación capitalista de fábricas magníficamente montadas; y esta asociación,
empapada, como es lógico, del espíritu más reaccionario y burocrático, producción
en interés de los magnates, de los ricos.
En este caso, bastaría con transformar la regulación
burocrática reaccionaria en democrática revolucionaria mediante simples
decretos que convocasen un congreso de empleados, ingenieros, directores y
accionistas, implantasen un sistema único de rendición de cuentas, el control
de los sindicatos obreros, etc. Es la cosa más sencilla, ¡¡y, sin embargo, no
se hace!! La república democrática sigue respetando, de hecho, la reglamentación burocrática reaccionaria de la
industria del azúcar, y todo continúa como antes: despilfarro de trabajo del
pueblo, estancamiento y rutina, enriquecimiento de los Bóbriuski y los
Teréschenko. Llamar a la democracia, y no a la burocracia, llamar a los obreros
y los empleados, y no a los “reyes del azúcar”, a desplegar su iniciativa
propia: eso es lo que podría y debería hacerse en unos cuantos días, de un solo
golpe, si los eseristas y los mencheviques no alucinaran al pueblo con sus
planes de “coalición” precisamente con esos reyes del azúcar; de una coalición
con los ricos, a causa y a consecuencia de la cual es inevitable de todo punto
“la pasividad completa” del gobierno en cuanto a la reglamentación de la vida
económica*.
* Escritas estas líneas, leo en la prensa
que el Gobierno Kerenski implanta el monopolio del azúcar; ¡¡huelga decir que
lo implanta de un modo burocrático reaccionario, sin reunir en congresos a los
empleados y los obreros, sin publicidad, sin meter en cintura a los
capitalistas!!
Fijémonos en la industria
petrolera. Ha sido ya “socializada” en proporciones gigantescas por el
desarrollo anterior del capitalismo. Un par de reyes del petróleo maneja
millones y cientos de millones, dedicándose a cortar cupones y embolsarse
ganancias fabulosas de un “negocio” que está ya, de hecho, organizado técnica y socialmente a escala nacional y
es dirigido ya por cientos y miles de
empleados, ingenieros, etc. La nacionalización de la industria petrolera puede
efectuarse inmediatamente y es,
además, una medida obligada para un Estado democrático revolucionario, sobre
todo si ese Estado atraviesa por una crisis gravísima, en la que urge ahorrar a
todo trance trabajo del pueblo y aumentar la producción de combustible. Huelga
decir que un control burocrático no serviría de nada ni haría cambiar nada,
pues los “reyes del petróleo” vencerían a los Teréschenko y los Kerenski, a los
Avxéntiev y los Skóbeliev con la misma facilidad con que vencían a los
ministros zaristas. Los vencerían con dilaciones, excusas y promesas y luego
con el soborno directo e indirecto de la prensa burguesa (la llamada “opinión
pública”, a la que “tienen en cuenta” los Kerenski y los Avxéntiev) y de los
funcionarios públicos (a quienes los Kerenski y los Avxéntiev mantienen en sus
antiguos puestos en el viejo aparato estatal, hasta ahora intacto).
78
Para hacer algo serio hay
que pasar, y pasar con garantizaba a los capitalistas ganancias escandalosas,
mientras que para los obreros y empleados significaba la absoluta privación de
derechos y un régimen de humillación, opresión y esclavitud. El Estado controlaba
y regulaba ya entonces la procedimientos verdaderamente revolucionarios, de la
burocracia a la democracia, es decir, declarar la guerra a los reyes del
petróleo y a los accionistas, decretar la confiscación de sus bienes y el
encarcelamiento de cuantos den largas a la nacionalización de la industria
petrolera, oculten los ingresos o los balances, saboteen la producción o no
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
adopten las medidas
conducentes a elevarla. Hay que apelar a la iniciativa de los obreros y los
empleados, convocarlos sin demora a
conferencias y congresos y poner en sus
manos una determinada parte de las ganancias, a condición de que asuman el
control en todos sus aspectos y velen por el aumento de la producción. Si esos
pasos democráticos revolucionarios se hubiesen dado sin dilación,
inmediatamente, en abril de 1917, Rusia, uno de los países más ricos del mundo
por sus reservas de combustible líquido, habría podido hacer mucho, muchísimo,
durante el verano para abastecer por vía acuática al pueblo del combustible
necesario.
Ni el gobierno burgués ni el
gobierno de coalición eserista-menchevique-democonstitucionalista han hecho
absolutamente nada se han limitado a jugar burocráticamente a las reformas. No
se han atrevido a dar un solo paso democrático revolucionario. Los mismos reyes
del petróleo y el mismo estancamiento, el mismo odio de los obreros y empleados
a los explotadores, la misma desorganización sobre esa base, el mismo
despilfarro de trabajo del pueblo. Todo sigue como en tiempos del zarismo; ¡lo
único que ha cambiado es el membrete
de los papeles que salen y entran en las oficinas “republicanas”!
En la industria hullera, no
menos “preparada” para la nacionalización por su nivel técnico y cultural, y
administrada no menos desvergonzadamente por los saqueadores del pueblo, por
los reyes del carbón, podemos registrar numerosos y muy evidentes hechos de sabotaje descarado, de franco deterioro y paralización de la
producción por los industriales. Hasta un órgano gubernamental menchevique, Rabóchaya Gazeta, ha tenido que
reconocer esos casos. ¿Y qué se ha hecho? No se ha hecho absolutamente nada; no
se ha hecho más que reunir los antiguos comités “paritarios”, burocráticos y
reaccionarios, ¡¡formados en partes iguales por representantes de los obreros y
de los bandidos del consorcio hullero!! ¡No se ha dado ni un solo paso
democrático revolucionario, no se ha hecho ni un asomo de tentativa de
implantar el único control efectivo, el control desde abajo, por conducto del
sindicato de empleados, a través de los obreros, aterrorizando a esos
industriales hulleros, que llevan al país a la ruina y paralizan la producción!
¡Cómo se puede hacer eso, cuando “todos” somos partidarios de la “coalición”,
si no con los democonstitucionalistas, por lo menos con los medios comerciales
e industriales! Y la coalición significa precisamente dejar el poder en manos
de los capitalistas, mantener su impunidad, permitirles obstruccionar, inculpar
de todo a los obreros, agravar la ruina y preparar, de este modo, una nueva
korniloviada!
La abolición del
secreto comercial.
Sin abolir el secreto
comercial, el control de la producción y de la distribución no irá más allá de
una promesa vacila, útil únicamente para que los democonstitucionalistas
engañen a los eseristas y a los mencheviques, y éstos, a su vez, a las clases
trabajadoras, o se realizará sólo con medidas y procedimientos burocráticos
reaccionarios. Y a pesar de que esto es evidente para toda persona imparcial, a
pesar del tesón con que Pravda ha
venido insistiendo en la necesidad de abolir el secreto comercial (campaña que
ha contribuido, por cierto, en grado considerable a que el Gobierno Kerenski,
sumiso al capital, suspendiese el periódico), ni nuestro gobierno republicano
ni “los organismos competentes de la democracia revolucionaria” han
reflexionado siquiera en esta exigencia
elemental de todo control verdadero.
Ahí está precisamente la clave de todo control.
Este es cabalmente el punto
más sensible del capital, que saquea al pueblo y sabotea la producción. Y ésta
es justamente la razón de que los eseristas y los mencheviques no se atrevan a
tocar este punto.
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
El argumento habitual de los
capitalistas, que la pequeña burguesía repite sin pararse a pensar,consiste en
que la economía capitalista no admite en absoluto la abolición del secreto
comercial, pues la propiedad privada de los medios de producción y la dependencia
de las distintas empresas respecto del mercado imponen la “sacrosanta
intangibilidad” de los libros y de las operaciones comerciales, incluyendo,
como es natural, las operaciones bancarias.
Quienes repitan, de una
forma o de otra, este argumento u otro semejante, se engañarán a sí mismos y
engañarán al pueblo, cerrando los ojos ante dos hechos fundamentales,
importantísimos y universalmente conocidos de la vida económica actual. Primer
hecho: el gran capitalismo, es decir, las peculiaridades económicas de los
bancos, consorcios, grandes fábricas, etc. Segundo hecho: la guerra.
Es precisamente el gran
capitalismo moderno, que se está transformando por doquier en capitalismo
monopolista, el que priva de toda sombra de razón al secreto comercial y lo
convierte en una hipocresía, en un instrumento manejado exclusivamente para
ocultar las trampas financieras y las ganancias inauditas del gran capital. La
gran empresa capitalista es, por su propia naturaleza técnica, una empresa
socializada, es decir, que trabaja para millones de personas y que agrupa con
sus operaciones, directa e indirectamente, a cientos, miles y decenas de miles
de familias. ¡Es algo muy distinto de la empresa del pequeño artesano o de la
hacienda del campesino medio que, en general, no llevan libros comerciales de
ningún género y a quienes, por tanto, no afecta la abolición del secreto
comercial!
79
En la gran empresa, las
operaciones son conocidas, de todos modos, por cientos y cientos de personas.
La ley que garantiza el secreto comercial no tiende en este caso a proteger las
necesidades de la producción o del intercambio, sino que sirve a la especulación
y al lucro en su forma más brutal, al fraude descarado, que, como se sabe, está
extendido de manera singular en las sociedades anónimas y se encubre con gran
habilidad en las memorias y en los balances, aderezados cuidadosamente para
engañar al público.
Si en la pequeña producción
de mercancías —es decir, entre los pequeños campesinos y los artesanos, donde
la producción no está socializada, sino atomizada, dispersa— el secreto
comercial es inevitable, en la gran empresa capitalista, por el contrario, proteger
ese secreto significa salvaguardar los privilegios y las ganancias de un
puñado, literalmente de un puñado, de hombres contra todo el pueblo. Esto lo reconocen ya hasta las leyes, por
cuanto prescriben la publicación de las memorias de las sociedades anónimas.
Pero este control — implantado ya en
todos los países avanzados y que rige también en Rusia— es precisamente un
control burocrático reaccionario, que no abre los ojos al pueblo, que no le permite
conocer toda la verdad acerca de las
operaciones de esas sociedades.
Para proceder como
demócratas revolucionarios habría que dictar sin demora una ley de carácter
distinto, que declarara abolido el secreto comercial, obligara a las grandes
empresas y a los ricos a rendir cuentas con todo detalle y concediera a
cualquier grupo de ciudadanos lo suficientemente numeroso para considerarlo
democrático (digamos de unos 1.000 ó 10.000 electores) el derecho de comprobar todos los documentos de cualquier gran
empresa. Esta medida es plena y fácilmente aplicable por simple decreto; sólo ella daría vía libre a la
iniciativa popular en el control a
través de los sindicatos de empleados, de los sindicatos obreros y de todos los
partidos políticos; sólo ella haría que el control fuese serio y democrático.
A esto viene a añadirse la
guerra. La inmensa mayoría de las empresas comerciales e industriales no
trabajan hoy para “el mercado libre”, sino para el Tesoro, para la guerra. Por eso hube de decir en Pravda que mienten, y mienten tres
veces, quienes pretenden refutarnos con el argumento de que es imposible
implantar el socialismo, pues no se trata de implantar el socialismo ahora, en
el acto, de la noche a la mañana, sino de denunciar
la dilapidación de fondos públicos*.
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
* Véase V. I. Lenin. ¿Implantar
el socialismo o denunciar la dilapidación de los fondos públicos? (N. de la Edit.)
La economía capitalista “al
servicio de la guerra” (es decir, la economía directa o indirectamente
relacionada con los suministros de guerra) es la dilapidación de fondos públicos sistemática y legalizada, y los
señores democonstitucionalistas, y con ellos los mencheviques y los eseristas,
que se oponen a la abolición del secreto comercial, no son más que cómplices y encubridores de la dilapidación
del Tesoro.
La guerra cuesta hoy a Rusia
cincuenta millones de rublos cada día.
La mayor parte de esos cincuenta millones va a parar a manos de los proveedores
del ejército. De esos cincuenta millones, cinco millones diarios, por lo menos, y muy probablemente hasta diez millones e
incluso más, constituyen “los ingresos no pecaminosos” de los capitalistas y de
los funcionarios públicos confabulados con ellos de una manera o de otra. En
particular, las grandes compañías y los bancos, que adelantan el dinero para
las operaciones de suministros de guerra, se embolsan de este modo ganancias
inauditas, se lucran precisamente dilapidando el Tesoro, pues no puede darse
otro nombre a este engaño y a esta esquilmación del pueblo “con motivo” de las
calamidades de la guerra, “con motivo” de la muerte de cientos de miles y
millones de hombres.
“Todos” conocen esas
ganancias escandalosas amasadas con los suministros de guerra, “todos” tienen
noticia de “las cartas de garantía” ocultadas por los bancos, “todos” saben
quiénes se enriquecen con la carestía, cada vez mayor; en la “sociedad” se habla
de ello con una sonrisilla irónica, e incluso
la prensa burguesa, que por lo general silencia los hechos “desagradables” y
elude los problemas “delicados”, contiene no pocas alusiones concretas a esos
asuntos. ¡¡Todos lo saben y todos lo callan y lo toleran, todos transigen con
el gobierno, que habla grandilocuentemente de “control” y de “reglamentación”!!
Los demócratas
revolucionarios, si fuesen revolucionarios y demócratas de verdad, dictarían
inmediatamente una ley que aboliera el secreto comercial, que obligara a los
proveedores y a los negociantes a rendir cuentas y les prohibiera cambiar de
actividad sin permiso de las autoridades; una ley que decretase la confiscación
de bienes y el fusilamiento** para castigar las ocultaciones y los fraudes al
pueblo y organizase el control y la fiscalización desde abajo, de un modo democrático, por el propio pueblo, por los
sindicatos de empleados, por los sindicatos obreros, por las asociaciones de
consumidores, etc.
** En la prensa bolchevique he señalado ya que la aplicación de la
pena de muerte por los explotadores contra las masas trabajadoras, para
defender la explotación, es el único argumento justo que puede invocarse contra
la pena capital. Un gobierno revolucionario, sea el que sea, difícilmente podrá
prescindir de la pena de muerte contra los
explotadores (es decir, contra los terratenientes y los capitalistas.)
80
Nuestros eseristas y
mencheviques se merecen plenamente la denominación de demócratas atemorizados,
pues en este problema no hacen más que repetir lo que dicen todos los pequeños
burgueses atemorizados: que los capitalistas “huirían” si se aplicasen medidas
“demasiado severas”; que “nosotros” no podríamos salir adelante sin los
capitalistas; que, quizá, esas medidas “ofenderían” también a los millonarios
anglo— franceses, quienes, como se sabe, nos “apoyan”, etc., etc. Podría
creerse que los bolcheviques proponemos algo nunca visto en la historia de la
humanidad, algo jamás ensayado, “utópico”. Pero la realidad es que hace ya más
de ciento veinticinco años, en Francia, unos hombres que eran auténticos
“demócratas revolucionarios”, unos hombres realmente convencidos del carácter
justo y defensivo de la guerra que hacían, unos hombres que se apoyaban de
veras en las masas populares, sinceramente convencidas de lo mismo que ellos,
supieron implantar un control revolucionario sobre los ricos y obtener resultados
que admiraron al mundo entero. Y en los ciento veinticinco años transcurridos
desde entonces, el desarrollo del capitalismo, con la creación de bancos,
consorcios, ferrocarriles, etc., etc., ha hecho cien veces más fáciles y más
simples las medidas de un control verdaderamente democrático de los obreros y
los campesinos sobre los explotadores, sobre los terratenientes y los
capitalistas.
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
En el fondo, todo el
problema del control se reduce a saber quién fiscaliza a quién, es decir, qué
clase es la fiscalizadora y cuál la fiscalizada. Con la participación de “los
organismos competentes” de una pretendida democracia revolucionaria, en nuestro
país, en la Rusia republicana, se sigue reconociendo y manteniendo hasta hoy en
el papel de fiscalizadores a los terratenientes y los capitalistas. Con
secuencias inevitables de ello son el bandidaje de los capitalistas, que
provoca la indignación general del pueblo, y la ruina, mantenida
artificialmente por los capitalistas. Hay que pasar de manera resuelta y
definitiva —sin temor a romper con lo viejo, sin temor a construir con audacia
lo nuevo— al control de los obreros y
los campesinos sobre los
terratenientes y los capitalistas. Pero nuestros eseristas y mencheviques temen
eso más que al fuego.
La agrupación
obligatoria en consorcios.
La sindicación obligatoria,
o sea, la agrupación obligatoria de los industriales, por ejemplo, en
consorcios, rige ya prácticamente en Alemania.
Tampoco esta medida tiene
nada de nuevo. También en esto, por culpa de los eseristas y los mencheviques,
observamos un estancamiento completo en la Rusia republicana, a la que esos
poco honorables partidos “entretienen” con un rigodón, que bailan emparejados
con los democonstitucionalistas, o con los Búblikov, o con Teréschenko y
Kerenski.
La sindicación obligatoria
es, por un lado, una especia de impulso que el Estado imprime al desarrollo
capitalista, el cual conduce en todas partes a la organización de la lucha de
clases y al aumento del número, la variedad y la importancia de las asociaciones.
Por otro lado, este “asociamiento” obligatorio es condición previa e
inexcusable de todo control más o menos serio y de todo ahorro de trabajo del
pueblo.
La ley alemana obliga, por
ejemplo, a los fabricantes de curtidos de una determinada localidad o de todo
el país a organizarse en un consorcio, de cuyo consejo de administración forma
parte, con fines de control, un representante del Estado.
Directamente, es decir, de
por sí, esta ley no afecta en lo más mínimo a las relaciones de propiedad ni
priva de un kopek a un propietario; tampoco prejuzga si la forma, la tendencia
y el espíritu del control serán burocráticos reaccionarios o democráticos
revolucionarios.
Leyes como ésa podrían y
deberían promulgarse en nuestro país inmediatamente, sin perder ni una semana
de tiempo precioso y dejando que las
mismas condiciones de la vida social determinasen las formas más concretas
y el ritmo de aplicación de la ley, los medios de controlar su aplicación, etc.
Para dictar esta ley, el Estado no necesita disponer de un aparato especial, ni
recurrir a investigaciones especiales ni a estudios previos de ningún género;
sería suficiente que estuviese dispuesto a romper con ciertos intereses
privados de los capitalistas, los cuales “no están acostumbrados” a esas
intromisiones y no quieren perder las superganancias que les asegura, a la par
con la falta de control, la administración a la antigua.
Para
dictar semejante ley no hacen falta ningún aparato ni ninguna “estadística”
(con la que Chernoy pretendía suplantar la iniciativa revolucionaria de los
campesinos) pues su aplicación deberá encomendarse a los mismos fabricantes o
industriales, a las fuerzas sociales ya
existentes, bajo el control de fuerzas sociales (es decir, no
gubernamentales, no burocráticas) también existentes, pero que deben pertenecer
obligatoriamente al llamado “estado llano”, o sea, a las clases oprimidas y
explotadas, que por su heroísmo, su abnegación y su disciplina camaraderil han
demostrado siempre, en todo el curso de la historia, ser infinitamente superiores a los explotadores.
81
Supongamos que tenemos un gobierno
verdaderamente democrático revolucionario y que este gobierno decreta: todos
los fabricantes e industriales de cada rama de la producción
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
que empleen, digamos, no
menos de dos obreros, deberán agruparse sin demora en asociaciones distritales
y provinciales. La responsabilidad del estricto cumplimiento de esta ley
incumbirá, en primer lugar, a los fabricantes, directores, consejeros y grandes
accionistas (pues todos ellos son los verdaderos jefes de la industria moderna,
sus verdaderos amos). Se considerará desertores del ejército, imponiéndoseles
el castigo correspondiente, a cuantos pretendan eludir el cumplimiento
inmediato de esta ley, haciéndoles responder con todos sus bienes, según el
principio de la caución solidaria: todos por uno y uno por todos. Se hará
responsables asimismo a todos los empleados, obligándoles también a agruparse
en un sindicato único , y a todos los
obreros y a su respectivo sindicato. La finalidad del “asociamiento” es
implantar la contabilidad más completa, más rigurosa y más precisa y, sobre
todo, centralizar las operaciones de
compra de materias primas y de venta de los productos, así como ahorrar recursos y energías del pueblo.
Al agrupar en un consorcio las empresas desperdigadas, este ahorro alcanzará
proporciones gigantescas, como enseñar las ciencias económicas y demuestra la
experiencia de todos los consorcios, cárteles y trusts. Repetimos una vez más
que, de por sí, esta sindicación no altera en lo más mínimo las relaciones de
propiedad ni priva de un solo kopek a ningún propietario. Hay que hacer
hincapié en esta circunstancia, pues la prensa burguesa no cesa de “asustar” a
los pequeños y medianos propietarios diciéndoles que los socialistas, en
general, y los bolcheviques, en particular, quieren “expropiarlos”; esta
afirmación es una mentira a sabiendas, ya que los socialistas, aun en el caso de una revolución socialista completa, no quieren ni
pueden expropiar a los pequeños campesinos y no los expropiarán. Nosotros
hablamos siempre sólo de las medidas
inmediatas y más urgentes, ya aplicadas en Europa Occidental, y que una
democracia medianamente consecuente habría aplicado también en Rusia sin demora
para conjurar la inminente catástrofe que nos amenaza.
La sindicación de los
propietarios más pequeños y modestos tropezaría con serias dificultades
técnicas y culturales, dados el extraordinario fraccionamiento y el
primitivismo técnico de sus empresas, así como el analfabetismo o la exigua
instrucción de los propietarios. Pero precisamente esas empresas podrían ser
eximidas del cumplimiento de la ley (como hemos dicho ya en el ejemplo citado
más arriba), y su no agrupamiento —sin hablar ya de su agrupamiento tardío— no
podría originar obstáculos serios, pues las pequeñas empresas, aunque muy
numerosas, desempeñan un papel ínfimo
en el volumen global de la producción, en la economía nacional en su conjunto,
y, además, dependen casi siempre, en una forma u otra, de las grandes empresas.
Sólo las grandes empresas
tienen una importancia decisiva, y aquí existen
ya los recursos y las fuerzas técnicas y culturales necesarios para
proceder al “asociamiento”. Lo único que falta para poner en juego esas fuerzas
y recursos es la iniciativa de un poder revolucionario,
una iniciativa firme, resuelta, severa e implacable con respecto a los
explotadores.
Cuanto más pobre es un país
en personas con instrucción técnica, y en intelectuales en general, tanto más imperiosa es la necesidad de decretar lo
antes posible y con la mayor decisión la sindicación obligatoria, empezando por
aplicarla en las empresas muy grandes y grandes. Porque precisamente la
sindicación permitirá ahorrar fuerzas
intelectuales, aprovecharlas íntegramente
y distribuirlas con mayor acierto. Y si hasta los campesinos rusos, en sus
apartados rincones, luchando bajo el gobierno zarista contra las mil trabas que
éste les ponía, supieron después de 1905 dar un gigantesco paso adelante en la
organización de asociaciones de todo género, es evidente que en unos cuantos
meses, si no antes, podría efectuarse la sindicación de la industria y del comercio
grandes y medianos. La única condición necesaria consistiría en que lo
impusiera así un gobierno verdaderamente democrático y revolucionario, apoyado
en la asistencia, la participación, el interés y las ventajas de los “sectores
inferiores” de la democracia, de los empleados y de los obreros, un gobierno
que invitase a estos sectores a
ejercer el control.
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
La reglamentación del
consumo.
La guerra ha obligado a
todos los Estados beligerantes y a muchos neutrales a reglamentar el consumo.
Las cartillas de racionamiento del pan vinieron al mundo, se convirtieron en un
fenómeno habitual y tras ellas aparecieron otras. Rusia no fue una excepción y
racionó también el pan.
Pero precisamente este
ejemplo nos permite comparar, quizá del modo más claro, los métodos
burocráticos reaccionarios de lucha contra la catástrofe —que procuran
limitarse a un mínimo de reformas— con los métodos democráticos
revolucionarios, que, si quieren ser dignos de este nombre, deben señalarse la
tarea inmediata de romper por la violencia con las tradiciones caducas y
acelerar todo lo posible el movimiento de avance.
Con las cartillas del pan,
el ejemplo más típico de la reglamentación del consumo en los Estados
capitalistas modernos, se plantea y cumple (se cumple en el mejor de los casos)
una tarea: distribuir las existencias de pan de manera que alcancen para todos.
Se establece una tasa máxima para el consumo, no de todos los artículos de
consumo “popular”, ni mucho menos, sino sólo de los más importantes. Y eso es
todo. Lo demás no preocupa.
82
Se calculan las existencias de grano y se distribuyen entre la
población, se señala una tasa de consumo, se aplica esa tasa, todo ello
burocráticamente, y ahí quedan las cosas. Los artículos de lujo no se tocan,
pues son, “de todos modos”, tan escasos y tan caros que no están al alcance del
“pueblo”. Por eso, en todos los países beligerantes sin excepción, incluso en Alemania —país que, a mi
juicio, puede ser considerado indiscutiblemente modelo de la reglamentación del
consumo más meticulosa, más pedante y más rigurosa—, incluso en Alemania, vemos que los ricos burlan a cada paso todas las “tasas” del consumo. Y eso lo saben
también “todos”, de eso hablan también “todos” con una sonrisa irónica, y en la
prensa socialista alemana — y a veces hasta en la prensa burguesa — aparecen
constantemente, a pesar de la ferocidad y la rigidez cuartelera de la censura
de allí, noticias y sueltos acerca del “menú” de los ricos, del pan blanco de
que éstos disponen sin tasa en tal o cual balneario (esos balnearios los frecuentan,
haciéndose pasar por enfermos, todos... los que tienen mucho dinero), de cómo
los ricos sustituyen los productos de consumo popular con artículos de lujo,
refinados y raros.
El Estado capitalista
reaccionario, que teme socavar los
cimientos del capitalismo, los cimientos de la esclavitud asalariada, los
cimientos de la dominación económica de los ricos, teme fomentar la iniciativa de los obreros y de los trabajadores en
general, teme “atizar” sus
exigencias; ese Estado no necesita
nada, excepto las cartillas del pan. Un Estado de ese tipo no pierde de vista
ni un instante, en ninguno de sus pasos, su meta reaccionaria : consolidar el capitalismo, impedir su
quebrantamiento, circunscribir “la reglamentación de la vida económica” en
general, y la del consumo en particular, a las medidas estrictamente
indispensables para que el pueblo pueda subsistir, guardándose bien de una reglamentación efectiva del consumo
mediante el control sobre los ricos ,
mediante un sistema que en tiempos de guerra imponga mayores cargas a los ricos, que son, en tiempos de paz, los más
favorecidos, privilegiados, satisfechos y hartos.
La solución burocrática
reaccionaria del problema que la guerra ha planteado a los pueblos se limita al
racionamiento del pan, a la distribución equitativa de los artículos de consumo
“popular” absolutamente indispensables para la alimentación, sin apartarse ni
un ápice del burocratismo y de la reacción, de su objetivo, que consiste en no
alentar la iniciativa de los pobres, del proletariado, de la masa del pueblo
(del “demos”), no permitir su control sobre los ricos y dejar el mayor número posible de escapatorias
para que los ricos puedan satisfacerse con artículos de lujo. Esas escapatorias
se dejan en gran abundancia en todos
los
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
países, incluso, repetimos,
en Alemania —¡y no digamos en Rusia!—; en todas partes, la “gente del pueblo”
pasa hambre, mientras que los ricos frecuentan los balnearios, completan las
parcas raciones oficiales con “extraordinarios” de todo género y no se dejan controlar.
En Rusia, que acaba de hacer
la revolución contra el zarismo en nombre de la libertad y de la igualdad; en
Rusia, que se ha convertido de golpe, si nos atenemos a sus instituciones
políticas efectivas, en una república democrática, lo que más escandaliza al
pueblo, lo que suscita particular descontento, exasperación, cólera e
indignación de las masas es la facilidad, que todo el mundo ve, con que los ricos burlan las “cartillas del pan”.
Esa facilidad es singularmente grande. “Bajo cuerda” y pagando precios
fabulosos, sobre todo cuando se tienen “buenas
relaciones” (y sólo las tienen los ricos), se consigue lo que se quiere y
en grandes cantidades. El pueblo pasa hambre. La reglamentación del consumo se
limita al marco burocrático reaccionario más estrecho. Y el gobierno no
manifiesta el menor propósito ni la menor solicitud por establecer una
reglamentación basada en principios auténticamente democráticos y
revolucionarios.
“Todos” sufren en las colas,
pero... ¡pero los ricos mandan a las colas a sus criados, e incluso toman
criados especialmente para este servicio! ¡Ahí tienen la “democracia”!
Una política democrática
revolucionaria no se limitaría, en estos momentos de calamidades insólitas por
que atraviesa el país, a racionar el pan para combatir la catástrofe inminente.
Añadiría a ello, en primer lugar, la agrupación obligatoria de toda la
población en cooperativas de consumo, pues sin esa medida es imposible
establecer un control integral del consumo. En segundo lugar, impondría a los
ricos el trabajo obligatorio, haciéndoles prestar servicios gratuitos como
secretarios de dichas cooperativas o en otro trabajo semejante. En tercer
lugar, distribuiría por igual entre la población todos los artículos de
consumo, para repartir de un modo verdaderamente equitativo las cargas de la
guerra. En cuarto lugar, organizaría el control de tal manera que las clases
pobres fiscalizasen precisamente el consumo de los ricos.
La instauración de una
verdadera democracia en este terreno, dando pruebas de un auténtico espíritu
revolucionario en la organización del control, encomendándoselo precisamente a
las clases más necesitadas del pueblo, sería un grandísimo estímulo para poner
en tensión todas las fuerzas intelectuales existentes, para desplegar las
energías verdaderamente revolucionarias de todo el pueblo.
Porque hoy, los ministros de
la Rusia republicana y democrática revolucionaria, lo mismo que sus colegas de
los demás países imperialistas, pronuncian frases altisonantes acerca del
“trabajo común en bien del pueblo” y de “la tensión de todas las energías”,
pero precisamente el pueblo ve, percibe y siente toda la hipocresía de esas
frases.
83
Y ahí tenemos, como
resultado, el inmovilismo, el aumento incontenible del desbarajuste y la
proximidad de la catástrofe. Porque nuestro gobierno —estando todavía tan vivos
en el pueblo las tradiciones, los recuerdos, las huellas, las costumbres y las
instituciones de la revolución— no
puede someter a los obreros a un régimen de presidio militar al estilo de Kornílov o de Hindenburg, según el
modelo general imperialista. Nuestro gobierno no quiere marchar seriamente por
la senda democrática revolucionaria, porque está impregnado hasta la médula y
atado de pies a cabeza por la dependencia respecto de la burguesía, por la
“coalición” con ella, y teme atentar contra sus privilegios efectivos.
El gobierno destruye
la labor de las organizaciones democráticas.
Hemos examinado los diversos medios y
métodos de lucha contra la catástrofe y contra el hambre. Hemos visto en todas
partes el carácter inconciliable de las contradicciones entre la
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
democracia, de una parte, y
el gobierno y el bloque de los eseristas y mencheviques que lo apoya, de otra.
Para probar que esas contradicciones existen en la realidad y no sólo en
nuestros escritos, y que su inconciliabilidad la demuestran en la práctica conflictos de
significación nacional bastará con recordar dos “resultados” muy típicos dos
enseñanzas del medio año de historia de nuestra revolución.
Una de estas enseñanzas es
la historia del “reinado” de Palchinski. Otra, la historia del “reinado” y la
caída de Peshejónov.
En el fondo, todas las
medidas que hemos apuntado para combatir la catástrofe y el hambre se reducen a
fomentar por todos los medios (llegando incluso a la coerción) el
“asociamiento” de la población, y en primer término de la democracia, es decir,
de la mayoría de los habitantes del país: o sea, ante todo, de las clases
oprimidas, de los obreros y los campesinos, principalmente de los campesinos
pobres. Y la población misma, de un modo espontáneo, ha empezado ya a seguir
ese camino para contrarrestar las inauditas dificultades, cargas y calamidades
de la guerra.
El zarismo obstaculizaba por
todos los medios el “asociamiento” voluntario y libre de la población. Pero una
vez derrocada la monarquía zarista, las organizaciones democráticas comenzaron
a brotar y a desarrollarse con rapidez en toda Rusia. Emprendieron la lucha
contra la catástrofe organizaciones democráticas surgidas espontáneamente,
comités de aprovisionamiento de todo género, comités de abastecimiento,
conferencias de combustible, etc., etc.
Pues bien, lo más notable de
todo este medio año de historia de nuestra revolución, en cuanto al problema
que estudiamos, es que un gobierno
que se llama republicano y revolucionario, un gobierno apoyado por los mencheviques y los eseristas en nombre de “los
organismos competentes de la democracia revolucionaria” ¡¡ha combatido a las organizaciones democráticas y las ha derrotado!!
Palchinski ha adquirido en
esta lucha la más triste y vasta celebridad, una celebridad nacional. Ha
actuado al socaire del gobierno, sin intervenir públicamente ante el pueblo
(del mismo modo que preferían actuar, en general, los democonstitucionalistas,
echando por delante a Tsereteli “para el pueblo”, mientras ellos arreglaban a
la chita callando todos los asuntos importantes). Palchinski ha frenado y
saboteado todas las medidas serias de las organizaciones democráticas
constituidas por propia iniciativa, porque ninguna de esas medidas serias podía
llevarse a la práctica sin “detrimento” de las inconmensurables ganancias y del
despotismo de los Kit Kítich, de quienes Palchinski era fiel abogado y
servidor. Y tan allá fueron las cosas, que Palchinski —la prensa dio cuenta del
hecho— ¡¡llegó a anular sin más ni más los acuerdos de las organizaciones
democráticas surgidas por propia iniciativa!!
Toda la historia del
“reinado” de Palchinski —y “reinó” muchos meses, precisamente cuando eran
“ministros” Tsereteli, Skóbeliev y Chernov— es un escándalo incesante y
abominable, un sabotaje de la voluntad del pueblo, de los acuerdos de la
democracia, para complacer a los
capitalistas, para satisfacer su inmunda codicia. Por supuesto, los periódicos
han podido informar nada más que de una ínfima parte de las “hazañas” de
Palchinski; la investigación completa de cómo obstaculizaba la lucha contra el hambre sólo podrá efectuarla un
gobierno verdaderamente democrático del proletariado cuando éste conquiste el
poder y someta al tribunal del
pueblo, sin ocultaciones, los negocios de Palchinski y consortes.
Se nos objetará, quizá, que
Palchinski era una excepción y que, al fin y al cabo, lo arrinconaron… Pero de
eso se trata precisamente: de que Palchinski no es la excepción, sino la regla. Arrinconado Palchinski, las
cosas no han mejorado en lo más mínimo, pues han ocupado su puesto otros Palchinski con otros apellidos, y toda la
“influencia” de los capitalistas,
toda la política de sabotaje de la lucha
contra el hambre, practicada para
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
complacer a esos capitalistas, sigue como antes. Porque Kerenski y Cía. no son más que una
pantalla que encubre la defensa de los intereses de los capitalistas.
La prueba más evidente de
ello es que Peshejónov, ministro de Abastecimiento, ha salido del gobierno.
Como se sabe, Peshejónov es un populista de los más moderados. Sin embargo,
quiso organizar el abastecimiento concienzudamente, en contacto con las organizaciones
democráticas y apoyándose en ellas. La
experiencia de su labor y su salida del gobierno son tanto más interesantes
por cuanto este moderadísimo populista, afiliado al Partido “Socialista
Popular” y dispuesto a cualquier arreglo con la burguesía, ¡se ha visto
obligado, a pesar de todo, a salir del gobierno! ¡¡Porque para complacer a los
capitalistas a los terratenientes y a los kulaks, el Gobierno Kerenski ha
subido los precios fijos de los cereales!!
84
Veamos cómo describe M.
Smit, en el núm. 1 de Svobódnaya Zhizn,
del 2 de septiembre, este “paso” y su importancia:
“Pocos días antes de que el
gobierno acordase elevar los precios fijos, en el Comité Nacional de
Abastecimiento se desarrolló la siguiente escena: El representante de las
derechas, Rolóvich, tenaz defensor de los intereses del comercio privado y
enemigo implacable del monopolio del trigo y de la intervención del Estado en
la vida económica, declaró a los cuatro vientos, con una sonrisa de
satisfacción, que le constaba que pronto iban a ser subidos los precios fijos
del trigo.
El representante del Soviet
de diputados obreros y soldados le replicó que él no tenía la menor noticia de
ello; que mientras durase en Rusia la revolución, dicha medida no podría
aplicarse, y que, en todo caso, el gobierno no podría aplicarla sin ponerse
antes de acuerdo con los organismos competentes de la democracia, con el
Consejo de Economía y el Comité Nacional de Abastecimiento. A estas
manifestaciones se adhirió el representante del Soviet de diputados campesinos.
Pero, ¡ay!, la realidad vino
a enmendar muy cruelmente esta controversia, dando la razón al representante de
los elementos poseedores y no a los representantes de la democracia. Resultó
que aquél estaba magníficamente informado del atentado que se fraguaba contra
los derechos de la democracia, aunque los representantes de esta última
rechazaron indignados la propia posibilidad de ese atentado”.
Es decir, tanto el
representante de los obreros como el representante de los campesinos expresan
de manera precisa su opinión en nombre de la mayoría abrumadora del pueblo;
¡pero el Gobierno Kerenski hace todo lo contrario en interés de los
capitalistas!
Rolóvich, el representante
de los capitalistas, resultó estar magníficamente informado a espaldas de la
democracia; de la misma manera que, como hemos visto siempre y vemos también
ahora, los periódicos burgueses, Riech
y Birzhovka, son los que están mejor
informados de lo que ocurre en el Gobierno Kerenski.
¿Qué denota esa excelente
información? Está claro: que los capitalistas tienen sus “hilos” y que el poder
está de hecho su sus manos. Kerenski
no es más que un testaferro, que utilizan cuando y como a ellos les place. Los
intereses de decenas de millones de obreros y campesinos son sacrificados para
asegurar las ganancias de un puñado de ricachones.
¿Y cómo responden nuestros
eseristas y mencheviques a estas burlas indignantes de que se hace objeto al
pueblo? ¿Tal vez hayan dirigido a los obreros y a los campesinos un llamamiento
para decirles que, en vista de todo eso, el sitio de Kerenski y de sus colegas
está en la cárcel?
¡Dios nos libre de ello!
¡Los eseristas y los mencheviques, por medio de la “Sección Económica”, que
tienen en sus manos, se han limitado a votar la tremebunda resolución a que nos
hemos referido! En ella declaran que la subida de los precios del trigo por el
Gobierno
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
Kerenski es “una medida funesta, que asesta un golpe extraordinariamente fuerte al
régimen de abastos y a toda la vida económica del país”, y que estas medidas
funestas ¡¡se han aplicado “violando”
abiertamente la ley!!
¡A eso conduce la política
de conciliación, la política de coqueteos con Kerenski y el deseo de “tratarle
con miramientos”!
El gobierno infringe la ley
al adoptar, para complacer a los ricos, a los terratenientes y capitalistas,
una medida que echa por tierra todo
control, el régimen de abastos y el saneamiento de la Hacienda, quebrantada
hasta más no poder. Pero los eseristas y los mencheviques siguen hablando de un
acuerdo con los medios comerciales e industriales, siguen reuniéndose con
Teréschenko y tratando a Kerenski con miramientos y se limitan a votar una
resolución de protesta que se queda en el papel, ¡¡que el gobierno archiva
tranquilamente!!
Ahí tenemos, revelada de un
modo bien patente, la verdad de que los eseristas y los mencheviques han
traicionado al pueblo y a la revolución; la verdad de que los bolcheviques se
están convirtiendo hoy en los verdaderos dirigentes de las masas, incluso de las masas eseristas y
mencheviques.
Porque es precisamente la
conquista del poder por el proletariado, con el Partido Bolchevique a la
cabeza, lo único que podría poner fin a los abusos de Kerenski y Cía., y restaurar la obra de las organizaciones
democráticas de abastos, aprovisionamiento, etc., saboteada por Kerenski y su gobierno.
Los bolcheviques obran —el
ejemplo aducido lo demuestra con toda claridad— como representantes delos
intereses de todo el pueblo, luchando
por asegurar el abastecimiento y el aprovisionamiento, por satisfacer las
necesidades más apremiantes de los obreros y de los campesinos, en contraposición a la política vacilante e
irresoluta de los eseristas y de los mencheviques,
¡que es una verdadera traición y ha llevado al país a una vergüenza como la
subida de los precios del trigo!
La bancarrota
financiera y las medidas para combatirla.
85
El problema de la subida de
los precios fijos del trigo presenta, además, otro aspecto. Acarrea un nuevo
aumento caótico de la emisión de papel moneda, un paso más en el proceso de
agravación de la carestía, un incremento de la desorganización de la Hacienda y
la aproximación de la bancarrota financiera. Todo el mundo reconoce que la
emisión de papel moneda es un empréstito forzoso de la peor especie, que
empeora, sobre todo, la situación de los obreros, la parte más pobre de la
población, y es el mal principal del caos financiero.
¡Y ésa es precisamente la
medida a que recurre el Gobierno Kerenski, apoyado por los eseristas y los
mencheviques!
Para combatir en serio la
desorganización de laHacienda y su bancarrota inevitable no hay más camino que
romper por vía revolucionaria con los intereses del capital e implantar un
control verdaderamente democrático, es decir, “por abajo”: el control de los
obreros y los campesinos pobres sobre los capitalistas. Es el camino que hemos
venido propugnando a lo largo de nuestra exposición.
La emisión ilimitada de
papel moneda estimula la especulación, permite a los capitalistas amasar con
ella millones y crea dificultades inmensas al tan necesario incremento de la
producción, pues la carestía de los materiales, la maquinaria, etc., sigue aumentando
y
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
progresando a saltos. ¿Cómo
poner remedio a la situación cuando se ocultan las fortunas adquiridas por los
ricos mediante la especulación?
Puede establecerse un
impuesto de utilidades, con tasas progresivas y muy elevadas para los ingresos
grandes y grandísimos. Nuestro gobierno, siguiendo las huellas de los demás
gobiernos imperialistas, lo ha implantado. Pero, en gran parte, no es más que
una ficción, letra muerta: primero, porque la moneda se deprecia con rapidez
creciente, y segundo, porque la ocultación de los ingresos aumenta en
proporción directa a la especulación, como fuente de los mismos, y a la
protección del secreto comercial.
Para que este impuesto sea
real y no ficticio es imprescindible un control efectivo y no simplemente en el
papel. Mas el control sobre los capitalistas es imposible mientras conserve su
carácter burocrático, ya que la burocracia misma está vinculada y entrelazada
con la burguesía por miles de hilos. Por eso, en los Estados imperialistas de
Europa Occidental, sean monarquías o repúblicas, el saneamiento de la Hacienda
se logra únicamente implantando un “trabajo obligatorio” que representa para
los obreros un presidio militar o una
esclavitud militar.
El control burocrático
reaccionario es el único medio que conocen los Estados imperialistas, sin
exceptuar las repúblicas democráticas de Francia y los Estados Unidos, para
hacer recaer las cargas de la guerra sobre el proletariado y las masas
trabajadoras.
La contradicción fundamental de la política de nuestro gobierno
estriba precisamente en que
—para no divorciarse de la
burguesía, para no deshacer la “coalición” con ella— se ve forzado a practicar
un control burocrático reaccionario, dándole el nombre de “democrático
revolucionario”, engañando a cada paso al pueblo, exasperando e irritando a las
masas, que acaban de derribar el zarismo.
En cambio, precisamente la
aplicación de medidas democráticas y revolucionarias, al agrupar en
asociaciones a las clases oprimidas, a los obreros y a los campesinos,
justamente a las masas, permitiría establecer el control más efectivo sobre los ricos y combatir con la mayor
eficacia la ocultación de los ingresos.
Se quiere fomentar la
circulación de cheques a fin de combatir la emisión excesiva de papel moneda.
Para los pobres, esta medida
carece de importancia porque, de todos modos, viven al día y su “ciclo
económico” se realiza en una semana, restituyendo a los capitalistas los
contados kopeks que han conseguido ganar. Para los ricos, la circulación de
cheques podría tener una importancia extraordinaria, pues permitiría al Estado
—principalmente conjugada con medidas como la nacionalización de los bancos y
la abolición del secreto comercial— establecer un control real sobre los ingresos de los capitalistas, imponerles
tributos efectivos y “democratizar” (y, al mismo tiempo, ordenar) de verdad el
sistema financiero.
Pero el obstáculo con que se
tropieza es precisamente el miedo de atentar contra los privilegios de la
burguesía y romper la “coalición” con ella. Porque sin medidas auténticamente
revolucionarias, sin la más seria coerción, los capitalistas no se someterán a
ningún control, no descubrirán sus presupuestos ni pondrán sus reservas de
papel moneda “bajo la fiscalización” del Estado democrático.
Nacionalizar los bancos,
promulgar una ley que haga obligatoria para todos los ricos la circulación de
cheques, suprimir el secreto comercial, castigar con la confiscación de los
bienes la ocultación de los ingresos, etc.: tales son las medidas que permitirían
a los obreros y los campesinos, agrupados en sus asociaciones, conseguir con
extraordinaria facilidad que el control fuese eficaz y universal, establecer el
control precisamente sobre los ricos, un control que reintegraría al Tesoro público el papel moneda, por él emitido,
tomándolo de quienes lo tienen en su
poder, de quienes lo ocultan.
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
Mas para ello es necesaria
la dictadura revolucionaria de la democracia, dirigida por el proletariado
revolucionario; es decir, para ello la democracia debe ser revolucionaria de verdad. Ahí está el quid de la
cuestión. Pero eso es lo que no quieren nuestros eseristas y mencheviques, que se encubren con la bandera de la “democracia
revolucionaria” para engañar al pueblo y, de hecho, apoyan la política
burocrática reaccionaria de la burguesía, cuya divisa es siempre la misma: Aprés nous le déluge (¡Después de mí, el
diluvio!).
86
Por lo general, no nos damos
cuenta siquiera de hasta qué punto han arraigado en nosotros lascostumbres y
los prejuicios antidemocráticos relativos a la “santidad” de la propiedad
burguesa. Se considera justo y archilegal que un ingeniero o un banquero hagan
públicos los ingresos y los gastos de un obrero, los datos referentes a lo que
gana y a lo que rinde con su trabajo. A nadie se le ocurre ver en ello un
atentado contra la “vida privada” del obrero ni “un acto de espionaje o una
delación” del ingeniero. La sociedad burguesa considera que el trabajo y los
ingresos de los obreros asalariados son un libro abierto que le pertenece, que cualquier burgués
tiene el derecho de consultar en todo momento para denunciar uno u otro “lujo”,
una u otra manifestación de “haraganería” del obrero, etc.
Pero ¿y el control inverso?
¿Qué ocurriría si el Estado democrático
invitase a los sindicatos de empleados, del personal de oficinas, de la servidumbre doméstica a controlar los
ingresos y los gastos de los capitalistas, a publicar los datos
correspondientes, a ayudar al gobierno en su campaña contra la ocultación de
los ingresos?
¡Qué salvajes aullidos
lanzaría el campo burgués contra el “espionaje” y las “delaciones”! Se
considera natural que los “señores” controlen a sus criados y que los
capitalistas controlen a los obreros, pues la vida privada de los trabajadores,
de los explotados, no se considera
intangible, y la burguesía tiene el derecho de pedir cuentas a todo “esclavo
asalariado”, de dar a la publicidad en cualquier momento la cuantía de sus
ingresos y de sus gastos.
¡Pero que los oprimidos
intenten controlar a los opresores, sacar a la luz sus ingresos y sus
gastos, denunciar su lujo, aun en
tiempo de guerra, cuando ese lujo es la causa directa del hambre y de la muerte
de los ejércitos en el frente!... ¡Oh, no! ¡La burguesía no tolerará ni el
“espionaje” ni la “delación”!
El problema se reduce
siempre a lo mismo: el dominio de la burguesía es incompatible con una verdadera democracia auténticamente
revolucionaria. En el siglo XX, en un país capitalista, es imposible ser
demócrata revolucionario si se teme marchar hacia el socialismo.
¿Se puede avanzar
temiendo marchar hacia el socialismo?
Cuánto hemos expuesto podría
suscitar fácilmente en un lector educado en las ideas oportunistas, hoy en
boga, de los eseristas y los mencheviques la siguiente objeción: la mayor parte
de las medidas descritas aquí no son, en el fondo, medidas democráticas, ¡son ya medidas socialistas!
Esta objeción corriente,
habitual (en una u otra forma) en la prensa burguesa, eserista y menchevique,
es una defensa reaccionaria del capitalismo atrasado, una defensa aderezada a
lo Struve. Nosotros — dicen— no hemos madurado todavía para el socialismo;
sería prematuro “implantar” el socialismo, nuestra revolución es burguesa; hay
que ser, por ello, lacayos de la burguesía (¡a pesar de que, hace ya ciento
veinticinco años, los grandes revolucionarios burgueses de Francia hicieron
grande a su revolución por medio del terror
contra todos los opresores, contra los terratenientes y los capitalistas!).
Los malhadados marxistas al
servicio de la burguesía, a los que se han sumado los eseristas y que ven las
cosas de ese modo, no comprenden (si se considera las bases teóricas de su
opinión) qué es el imperialismo, qué son los monopolios capitalistas, qué es el
Estado, qué
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
es la democracia
revolucionaria. Porque si se comprende todo eso, habrá que reconocer
forzosamente que es imposible avanzar sin marchar hacia el socialismo.
Todo el mundo habla del
imperialismo. Pero el imperialismo no es otra cosa que el capitalismo
monopolista.
Que el capitalismo se ha
transformado en capitalismo monopolista también en Rusia lo evidencian con toda
claridad Prodúgol y Prodamet*, el consorcio del azúcar, etc.
El mismo consorcio azucarero nos demuestra palmariamente la transformación del
capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado.
* Prodúgol: consorcio
hullero. Prodamet: consorcio
metalúrgico. (N. de la Edit.)
¿Y qué es el Estado? Es la
organización de la clase dominante; en Alemania, por ejemplo, la organización
de los junkers y los capitalistas. Por eso, lo que los Plejánov alemanes
(Scheidemann, Lensch, etc.) llaman “socialismo de guerra”, sólo es, en realidad,
un capitalismo monopolista de Estado en tiempo de guerra, o, dicho en términos
más sencillos y más claros, un presidio militar para los obreros y un régimen
de protección militar para las ganancias de los capitalistas.
Pues bien, prueben ustedes a
sustituir ese Estado de junkers y
capitalistas, ese Estado de terratenientes y capitalistas, con un Estado democrático revolucionario, es decir,
con un Estado que suprime revolucionariamente todos los privilegios, que no
tema implantar por vía revolucionaria la democracia más completa. Y entonces
verán que el capitalismo monopolista de Estado, en un Estado democrático y
revolucionario de verdad, representa inevitablemente, infaliblemente, ¡un paso,
varios pasos hacia el socialismo!
En efecto, cuando una
empresa capitalista gigantesca se convierte en monopolio, sirve a todo el
pueblo. Si se convierte en monopolio de Estado, el Estado (o sea, la
organización armada de la población, de los obreros y los campesinos, en primer
lugar, si se trata de un régimen de democracia revolucionaria) dirige toda la
empresa. ¿En interés de quién?
87
— O bien en interés de los
terratenientes y los capitalistas, en cuyo caso no tendremos un Estado
democrático revolucionario, sino un Estado burocrático reaccionario, es decir,
una república imperialista,
— O bien en interés de la democracia
revolucionaria, en cuyo caso ello será
precisamente un paso hacia el socialismo.
Porque el socialismo no es
otra cosa que el paso siguiente después del monopolio capitalista de Estado. O
dicho en otros términos: el socialismo noes otra cosa que el monopolio
capitalista de Estado puesto al servicio
de todo el pueblo y que, por ello, ha
dejado de ser monopolio capitalista.
No hay término medio. El
curso objetivo del desarrollo es tal que resulta imposible avanzar, partiendo de los
monopolios (cuyo número, papel e importancia ha venido a decuplicar la
guerra), sin marchar hacia el socialismo.
O se es demócrata
revolucionario de hecho, y en ese caso no hay por qué temer ningún paso hacia
el socialismo; o se temen y condenan los pasos hacia el socialismo, como lo
hacen Plejánov, Dan y Chernov, alegando que nuestra revolución es una
revolución burguesa, que no se puede “implantar” el socialismo, etc., etc., y
entonces se rueda fatalmente hasta caer en los brazos de Kerenski, Miliukov y
Kornílov, es decir, hasta caer en la represión burocrática reaccionaria de las aspiraciones “democráticas revolucionarias”
de las masas obreras y campesinas.
No hay término medio.
Y en esto estriba la contradicción fundamental de nuestra
revolución.
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
En la historia en general, y
en épocas de guerra en particular, no se puede estar parado. Hay que avanzar o
retroceder. En la Rusia del siglo XX, que ha conquistado la república y la
democracia por vía revolucionaria, es
imposible avanzar sin marchar
hacia el socialismo, sin dar pasos
hacia él (pasos condicionados y determinados por el nivel técnico y cultural:
en la agricultura basada en las pequeñas haciendas campesinas es imposible
“introducir” la gran explotación mecanizada; en la fabricación de azúcar es
imposible suprimirla).
Y tener miedo a avanzar significa retroceder, que es
precisamente lo que hacen los señores Kerenski, con gran fruición de los
Miliukov y los Plejánov y con la estúpida complicidad de los Tsereteli y los
Chernov.
La guerra, al acelerar en
grado extraordinario la transformación del capitalismo monopolista en
capitalismo monopolista de Estado, ha acercado con ello extraordinariamente a la humanidad al socialismo: tal es
la dialéctica de la historia.
La guerra imperialista es la
víspera de la revolución socialista. Y no sólo porque la guerra engendra, con
sus horrores, la insurrección proletaria —pues no hay insurrección capaz de
instaurar el socialismo si no han madurado las condiciones económicas para él—,
sino también porque el capitalismo monopolista de Estado es la preparación material más completa para el
socialismo, su antesala, un peldaño
de la escalera histórica entre el cual y el peldaño llamado socialismo no hay ningún peldaño intermedio.
* * *
Nuestros eseristas y
mencheviques enfocan el problema del socialismo de una manera doctrinaria,
desde el punto de vista de una doctrina aprendida de memoria y mal asimilada.
Presentan el socialismo como un porvenir lejano, desconocido y nebuloso.
Pero el socialismo asoma ya
por todas las ventanas del capitalismo moderno, el socialismo se perfila de
forma inmediata, prácticamente, en
toda medida importante que represente un paso adelante a partir del capitalismo
moderno.
¿Qué es el trabajo general obligatorio?
Un paso adelante sobre la
base del capitalismo monopolista moderno, un paso hacia la regulación de la
vida económica en su conjunto de acuerdo con un plan general concreto, un paso
hacia un régimen de ahorro de trabajo del pueblo para impedir su absurdo despilfarro
por el capitalismo.
En Alemania son los junkers
(los latifundistas) y los capitalistas quienes implantan el trabajo general
obligatorio; por eso, dicha medida se convierte inevitablemente en un presidio
militar para los obreros.
Pero tomemos la misma
institución y reflexionemos en la importancia que tendría en un Estado
democrático revolucionario. El trabajo general obligatorio, implantado,
reglamentado y dirigido por los Soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos, no sería todavía el
socialismo, pero no sería ya el
capitalismo.
Representaría un paso gigantesco hacia el socialismo, un paso después del cual, si se mantuviese una
democracia plena, sería imposible retornar al capitalismo sin recurrir a una
violencia inaudita sobre las masas.
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
La lucha contra la
guerra y la ruina.
El problema de las medidas
que deben adoptarse para combatir la catástrofe que se avecina nos lleva a
tratar otro importantísimo problema: el nexo de la política interior con la
política exterior o, dicho en otros términos, la relación entre la guerra anexionista,
imperialista, y la guerra revolucionaria, proletaria, entre la criminal guerra
de rapiña y la democrática guerra justa.
Todas las medidas de lucha
contra la catástrofe descritas por nosotros reforzarían extraordinariamente,
como ya hemos señalado, la capacidad defensiva o, dicho de otro modo, el
poderío militar del país. Esto, por una parte. Pero, por otra parte, esas medidas
no pueden llevarse a la práctica sin transformar la guerra anexionista en una
guerra justa, sin transformar la guerra sostenida por los capitalistas en
interés de los capitalistas en una guerra sostenida por el proletariado en
interés de todos los trabajadores y explotados.
88
En efecto, la
nacionalización de los bancos y de los consorcios, unida a la abolición del
secreto comercial y a la implantación del control obrero sobre los
capitalistas, no sólo representar un ahorro gigantesco de trabajo del pueblo y
la posibilidad de economizar fuerzas y recursos, sino que, además, mejoraría la
situación de las masas trabajadoras,
es decir, de la mayoría de la población. En la guerra moderna, como nadie
ignora, la organización económica tiene una importancia decisiva. En Rusia hay
cereales, carbón, petróleo y hierro en cantidad suficiente; en este aspecto,
nuestra situación es mejor que la de ningún otro país beligerante de Europa. Y
si Rusia combatiera la ruina por los procedimientos indicados, movilizara para
esa lucha la iniciativa de las masas, mejorara su situación, nacionalizara los
bancos y los consorcios capitalistas, podría aprovechar su revolución y su
democracia para llevar al país entero a un nivel incomparablemente más alto de
organización económica.
Si los eseristas y los
mencheviques, en vez de pactar una “coalición” con la burguesía —que frena
todas las medidas de control y sabotea la producción— hubieran puesto en abril
el poder en manos de los Soviets; si no hubiesen dedicado sus fuerzas a jugar
al “carrusel ministerial” y a calentar como burócratas, junto con los
democonstitucionalistas, las poltronas ministeriales, los sillones de
viceministros, etc., etc., sino a dirigir a los obreros y campesinos en el
ejercicio de su control sobre los
capitalistas, en su guerra contra los
capitalistas, Rusia sería hoy un país en plena transformación económica, en el
que la tierra pertenecería a los campesinos y los bancos estarían
nacionalizados; o sea, nuestro país estaría en ese sentido (es decir, en cuanto a estas medidas, que representan
otras tantas bases económicas importantísimas de la vida moderna) por encima de todos los demás países
capitalistas.
La capacidad defensiva, el
poderío militar de un país con los
bancos nacionalizados es mayor que la
de un país con los bancos en manos de particulares.
El poderío militar de un
país campesino con la tierra en manos de comités campesinos es superior al de un país de gran propiedad
agraria.
Se invocan a cada paso el
heroico patriotismo y los prodigios de valentía militar de los franceses en
1792 y 1793. Pero se olvidan las condiciones materiales, las condiciones
históricas y económicas, que hicieron posibles dichos milagros. El aniquilamiento
auténticamente revolucionario del feudalismo, ya caduco; el paso de todo el
país con rapidez, decisión, energía y abnegación, en verdad revolucionarias y
democráticas, a un modo de producción más elevado, a la libre posesión de la
tierra por los campesinos: tales son las condiciones materiales, económicas,
que salvaron a Francia con una rapidez “prodigiosa”, regenerando y renovando
su base económica.
El ejemplo de Francia nos
muestra una cosa, y sólo una: para conseguir que Rusia sea capaz de defenderse
y lograr que también en ella se hagan “prodigios” de heroísmo en masa, hay
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
que barrer con
implacabilidad “jacobina” todo lo viejo y renovar, regenerar a Rusia en el aspecto económico. Pero, en el
siglo XX, esto no puede hacerse simplemente barriendo el zarismo (Francia no se
limitó a eso ciento veinticinco años atrás). Tampoco puede hacerse con la sola
abolición por vía revolucionaria de la gran propiedad terrateniente (¡nosotros
ni siquiera eso hemos hecho, pues los eseristas y los mencheviques han
traicionado a los campesinos!), ni con la sola entrega de la tierra a los
campesinos. Porque vivimos en el siglo XX, y dominar la tierra sin dominar los bancos no basta para
regenerar y renovar la vida del pueblo.
La renovación de Francia en
el aspecto material, de la producción, a fines del siglo XVIII fue unida a su
renovación política y espiritual, a la dictadura de la democracia
revolucionaria y del proletariado revolucionario (del que la democracia no se
había separado aún y que estaba todavía casi fundido con ella), a la guerra sin
cuartel declarada a todo lo reaccionario. El pueblo entero, y en particular las
masas, es decir, las clases oprimidas,
se sintieron dominados por un entusiasmo revolucionario ilimitado; todo el mundo consideraba la guerra, y lo era en realidad, una guerra justa,
defensiva. La Francia revolucionaria se defendía de la Europa reaccionaria y
monárquica. No fue en 1792 y 1793, sino muchos años más tarde, después de triunfar la reacción en el
interior del país, cuando la dictadura contrarrevolucionaria
de Napoleón transformó las guerras defensivas sostenidas por Francia en guerras
de conquista.
¿Y en Rusia? Nosotros
seguimos haciendo una guerra imperialista en interés de los capitalistas, en
alianza con los imperialistas y en virtud de los tratados secretos concluidos
por el zar con los capitalistas de
Inglaterra, etc., prometiendo en ellos a los capitalistas rusos el saqueo de
otros países, prometiéndoles Constantinopla, Lvov, Armenia, etc.
La guerra seguirá siendo
injusta, reaccionaria y anexionista por parte de Rusia mientras ésta no
proponga a los demás países una paz justa y no rompa con el imperialismo. El
carácter social de la guerra y su verdadera significación no son determinados
(como piensan los eseristas y los mencheviques, cayendo en la vulgaridad de un
mujik ignorante) por el lugar en que se encuentran las tropas enemigas. Ese
carácter depende de qué política
continúa la guerra (“la guerra es la continuación de la política”), de qué clase la mantiene y con qué fines.
89
Es imposible llevar a las
masas a una guerra de rapiña en virtud de tratados secretos y confiar en su
entusiasmo. La clase más avanzada de la Rusia revolucionaria, el proletariado,
comprende con creciente claridad el carácter criminal de la guerra. La burguesía
no ha logrado que las masas cambien de opinión al respecto; antes al contrario:
aumenta el convencimiento de que la guerra tiene un carácter criminal. ¡El
proletariado de ambas capitales de
Rusia se ha hecho internacionalista definitivamente!
¡De qué entusiasmo de las masas por la guerra puede hablarse!
Lo uno está unido de manera
indisoluble a lo otro, la política interior a la política exterior. Es
imposible hacer que un país tenga capacidad defensiva si no existe un
extraordinario heroísmo del pueblo, que realiza con audacia y decisión grandes
transformaciones económicas. Y no se puede despertar el heroísmo de las masas
sin romper con el imperialismo, sin proponer a todos los pueblos una paz
democrática, sin transformar de ese modo la guerra rapaz y criminal, la guerra
de conquista, en una guerra justa, defensiva, revolucionaria.
Sólo rompiendo sin reservas
y de manera consecuente con los capitalistas, tanto en la política interior
como en la exterior, podremos salvar nuestra revolución y nuestro país,
atenazado por las férreas garras del imperialismo.
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
La democracia
revolucionaria y el proletariado revolucionario.
Para ser revolucionaria de
verdad, la democracia de la Rusia actual debe marchar en estrecha alianza con
el proletariado, única clase consecuentemente revolucionaria, y apoyar su
lucha.
Tal es la conclusión a que
nos lleva el análisis de los medios con que puede combatirse la catástrofe
inminente, de proporciones inauditas.
La guerra ha originado una
crisis tan inmensa, ha puesto en tensión hasta tal punto las fuerzas materiales
y morales del pueblo y ha asestado tales golpes a toda la organización de la
sociedad moderna que la humanidad se ve colocada ante un dilema: perecer o
poner su destino en manos de la clase más revolucionaria, a fin de pasar con la
mayor rapidez y decisión a un modo de producción más elevado.
En virtud de diversas causas
históricas —el mayor atraso de Rusia, las dificultades especiales que
presentaba para ella la guerra, la mayor putrefacción del zarismo y la
extraordinaria vivacidad de las tradiciones de 1905—, la revolución ha
estallado en Rusia antes que en otros países. La revolución ha hecho que, en
unos cuantos meses, Rusia alcance por su régimen político a los países adelantados.
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Pero eso no basta. La guerra es implacable y plantea la cuestión
con despiadada dureza:
perecer o alcanzar y sobrepasar, también en el aspecto económico, a los países adelantados.
Y esto es posible, pues
contamos con la experiencia vivida por gran número de países adelantados y con
los logros de su técnica y de su cultura. Nos prestan un apoyo moral la
creciente protesta contra la guerra en Europa y el clima de revolución obrera mundial
en ascenso. Nos estimula y acucia la libertad democrática revolucionaria,
extraordinariamente rara en una época de guerra imperialista.
Perecer o avanzar a todo vapor. Así plantea la historia la
cuestión.
Y la actitud del
proletariado ante el campesinado en un momento así confirma —con la
modificación correspondiente — la vieja tesis bolchevique: arrancar al
campesinado de la influencia de la burguesía. Esa es la única garantía de
salvar la revolución.
Y el campesinado es el representante más numeroso de toda la
masa pequeñoburguesa.
Nuestros eseristas y
mencheviques han asumido una misión reaccionaria: mantener al campesinado bajo
la influencia de la burguesía y llevarlo a una coalición con ella, y no con el
proletariado.
La experiencia de la
revolución enseña con rapidez a las masas. Y la política reaccionaria de los
eseristas y los mencheviques fracasa: han sido derrotados en los Soviets de las
dos capitales69. En ambos partidos democráticos
pequeñoburgueses crece la oposición de “izquierda”. En Petrogrado, la
conferencia eserista local dio el 10 de septiembre de 1917 una mayoría de dos
tercios a los izquierdistas, que
tienden a la alianza con el proletariado y rechazan la alianza (coalición) con
la burguesía.
Los eseristas y los
mencheviques repiten la contraposición predilecta de la burguesía: burguesía y
democracia. Pero, en el fondo, semejante contraposición es tan absurda como lo
sería comparar un pud con una arshina*.
* Pud: medida de peso
rusa equivalente a 16,38 Kg.; arshira:
medida de longitud rusa equivalente a 0,71 metros. (N. de la Edit.)
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69 El 31 de octubre (13 de septiembre) de
1917, el Soviet de Petrogrado aprobó, por vez primera desde que se formó, una
resolución del grupo bolchevique en la que se rechazaba categóricamente la
política de conciliación con la burguesía. La resolución fue aprobada por 279
votos en pro, 115 en contra y 50 abstenciones. En ella se llamaba a transferir
todo el poder a los Soviets y se exponía un programa de transformaciones
revolucionarias en el país. Pocos días después, el Partido Bolchevique
conquisto una nueva y gran victoria. El 5 (18) de septiembre, el Soviet de
diputados obreros y soldados de Moscú aprobó una resolución análoga, a
propuesta de los bolcheviques, por una mayoría de 355 votos.
La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla
Hay burguesía democrática y
democracia burguesa: sólo quienes ignoran por completo la historia y la
economía política pueden negar esto.
Los eseristas y los
mencheviques han necesitado de esa falsa contraposición para encubrir un hecho indiscutible: entre la
burguesía y el proletariado se encuentra la pequeña
burguesía . Y ésta, en virtud de su situación económica de clase, vacila de
manera inevitable entre la burguesía y el proletariado.
Los eseristas y los
mencheviques arrastran a la pequeña burguesía a una alianza con la burguesía.
Esa es la esencia de toda su
“coalición”, de todo el ministerio de coalición, de toda la política de
Kerenski, típico semidemoconstitucionalista. En medio año de revolución, esta
política ha sufrido una bancarrota completa.
90
Los democonstitucionalistas
se refocilan: la revolución, según ellos, ha fracasado, no ha acabado ni con la
guerra ni con la ruina.
No es verdad. Quienes han
fracasado son los democonstitucionalistas
y los eseristas con los mencheviques, pues ha sido ese bloque (alianza) el
que ha gobernado a Rusia durante medio año,
el que en medio año ha aumentado la ruina y embrollado y agravado la situación
militar.
Cuanto más completo sea el
fracaso de la alianza de la burguesía
con los eseristas y los mencheviques,
tanto más rápidamente aprenderá el
pueblo. Y con tanta mayor facilidad encontrará
el camino acertado: la alianza de los
campesinos pobres, es decir, de la mayoría del campesinado, con el
proletariado. 10-14 de septiembre de 1917.
Escrito los días 10-14 (23-27) de septiembre de 1917. Publicado
en un folleto a finales de octubre de 1917, en Petrogrado, por la Editorial
“Pribói”.
T. 34, págs. 155-199.
El problema fundamental de la Revolución
91
EL PROBLEMA
FUNDAMENTAL DE LA REVOLUCIÓN
El problema fundamental de
toda revolución es, indudablemente, el problema del poder. Lo decisivo es qué
clase tiene el poder. Por eso, cuando el periódico del principal partido
gubernamental de Rusia, Dielo Naroda
se quejaba hace poco (núm. 147) de que las discusiones acerca del poder hacen
olvidar el problema de la Asamblea Constituyente y el problema del pan, debería
haberse respondido a los eseristas: quejaos de vosotros mismos. Porque son
precisamente las vacilaciones y la indecisión de vuestro partido las culpables
principales de que siga girando el “carrusel ministerial”, de que se aplace una
y otra vez la Asamblea Constituyente y de que los capitalistas hagan fracasar
las medidas adoptadas y previstas para el monopolio del trigo y el
abastecimiento de pan al país.
No se puede esquivar ni
apartar el problema del poder, pues es precisamente el problema fundamental que
lo determina todo en el desarrollo de
la revolución, en su política exterior e interior. Que nuestra revolución “ha
gastado inútilmente” seis meses en vacilaciones respecto a la organización del
poder es un hecho indiscutible, originado por la política vacilante de los eseristas
y de los mencheviques. Pero, a su vez, la política de estos partidos ha sido
determinada, en última instancia, por la posición de clase de la pequeña
burguesía, por su inestabilidad económica en la lucha entre el capital y el
trabajo.
La cuestión reside ahora en
saber si la democracia pequeñoburguesa ha aprendido algo en estos
importantísimos seis meses, extraordinariamente ricos de contenido. Si la
respuesta es negativa, ello significará que la revolución ha sucumbido y sólo
podrá salvarla una insurrección victoriosa del proletariado. Si la respuesta es
afirmativa, habrá que empezar por crear sin demora un poder firme y estable.
Durante una revolución popular, es decir, que despierta a la vida a las masas,
a la mayoría de los obreros y los campesinos, sólo puede ser estable un poder
que se apoye a sabiendas y de manera indefectible en la mayoría de la población. Hasta ahora, el poder del Estado
sigue, de hecho, en Rusia, en manos
de la burguesía, la cual se ve
obligada únicamente a hacer concesiones parciales (para empezar a anularlas al día siguiente), repartir
promesas (para no cumplirlas), buscar todos los medios posibles de encubrir su
dominio (para engañar al pueblo con la apariencia de una “coalición honesta”) y
etc., etc. De palabra, un gobierno revolucionario, democrático y popular; en la
práctica, un gobierno burgués, contrarrevolucionario, antidemocrático y
antipopular: ahí está la contradicción que ha existido hasta hoy y que ha sido
el origen de la total inestabilidad y de las vacilaciones del poder, de todo
ese “carrusel ministerial” a que se han dedicado con fervor tan lamentable
(para el pueblo) los señores eseristas y mencheviques.
O la disolución de los Soviets y su muerte sin pena ni gloria, o
todo el poder a los Soviets:
esto lo dije ante el Congreso de los Soviets de toda Rusia a
principios de junio de 191770, y la
![]()
70 El I Congreso de los
Soviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia se celebró en
Petrogrado del 3 al
24
de junio (16 de
junio-7 de julio) de 1917. La inmensa mayoría de los delegados pertenecían al
bloque menchevique-eserista y a los pequeños grupos que lo apoyaban.
Lenin pronunció en el
congreso un discurso acerca de la actitud ante el Gobierno Provisional, el 4
(17) de junio, y otro sobre la guerra, el 9 (22) de junio. Los bolcheviques
utilizaron a gran escala la tribuna del congreso para denunciar la política imperialista
del Gobierno Provisional y la táctica conciliadora de los mencheviques y
eseristas, exigiendo el paso de todo el poder a los Soviets. Presentaron y
defendieron proyectos de resolución acerca de todos los problemas principales.
Los bolcheviques dirigieron sus discursos no sólo a los delegados al congreso,
sino también a las grandes masas populares: a los obreros, a los campesinos y a
los soldados.
En sus resoluciones, la mayoría
eserista— menchevique del congreso expresó su apoyo al Gobierno Provisional,
aprobó la ofensiva que preparaba éste en el frente y se manifestó contra el
paso del poder a los Soviets
El problema fundamental de la Revolución
historia de julio y agosto
ha confirmado de manera convincente y exhaustiva la justedad de estas palabras.
El poder de los Soviets es el único que puede ser estable y apoyarse a ciencia
cierta en la mayoría del pueblo, por más que mientan los lacayos de la
burguesía, los Potrésov, los Plejánov y otros, que denominan “ampliación de la
base” del poder a su entrega efectiva a una minoría insignificante del pueblo,
a la burguesía, a los explotadores.
Sólo el Poder soviético
podría ser estable, sólo él no podría ser derrocado ni siquiera en los momentos
más tempestuosos de la revolución más violenta; sólo ese poder podría
garantizar un desarrollo continuo y amplio de la revolución, una lucha pacífica
de los partidos dentro de los Soviets. Mientras no se cree un poder de este
tipo, serán inevitables la indecisión, la inestabilidad, las vacilaciones, las
interminables “crisis del poder”, la comedia sin desenlace del carrusel
ministerial, los estallidos de derecha y de izquierda.
Pero la consigna de “El
poder a los Soviets” se entiende muy a menudo, si no casi siempre, de una
manera completamente equivocada: en el sentido de “un ministerio formado con
los partidos mayoritarios de los Soviets”; y esta opinión, profundamente equivocada,
es la que desearíamos examinar con más detalle.
“Un ministerio formado con
los partidos mayoritarios de los Soviets implica un cambio de personas en la
composición del gobierno, conservando intangible todo el viejo aparato del
poder gubernamental; un aparato totalmente burocrático, completamente antidemocrático,
incapaz de efectuar reformas serias, que figuran incluso en los programas de
los eseristas y de los mencheviques.
92
“El poder a los Soviets”
significa transformar por completo y de manera radical la vieja máquina del
Estado, un aparato burocrático que frena todo lo democrático; significa
suprimir dicho aparato y remplazarlo por otro nuevo, popular, o sea,
auténticamente democrático, el de los Soviets, el de la mayoría organizada y
armada del pueblo: obreros, soldados y campesinos; significa ofrecer la
iniciativa y la independencia a la mayoría del pueblo no sólo en la elección de
los diputados, sino también en la administración del Estado y en la realización
de reformas y transformaciones.
Para que esta diferencia sea
más clara y patente, recordaremos una valiosa confesión hecha algún tiempo
atrás por el periódico Dielo Naroda,
órgano del partido gubernamental: el eserista. Incluso en los ministerios
—decía el diario— conferidos a los ministros socialistas (esto se escribía
durante la decantada coalición con los democonstitucionalistas, cuando los
mencheviques y los eseristas eran ministros), incluso en ellos quedó intacto el
viejo aparato administrativo, que frena toda la labor.
Es comprensible. Toda la
historia de los países parlamentarios burgueses —y, en medida considerable,
también la de los países constitucionales burgueses— demuestra que un cambio de
ministros tiene muy poca importancia, pues la labor administrativa real se
encuentra en manos de un ejército gigantesco de funcionarios. Y este ejército
está impregnado hasta la médula de espíritu antidemocrático, está ligado por
miles y millones de hilos a los terratenientes y la burguesía, dependiendo de
ambos en todas las formas imaginables. Este ejército está rodeado de una
atmósfera de relaciones burguesas y sólo respira ese aire; se ha congelado,
encallecido y anquilosado; carece de fuerzas para escapar de esa atmósfera;
sólo puede pensar, sentir y obrar a la antigua. Este ejército está ligado por
relaciones de respeto a la jerarquía, por determinados privilegios de los
empleos “públicos”, y sus cuadros superiores se hallan subordinados por
completo, mediante las acciones y los bancos, al capital financiero y vienen a
ser, en cierta medida, sus agentes, los vehículos de sus intereses y de su
influencia.
Tratar de efectuar con ese
aparato estatal transformaciones como la supresión de la propiedad
terrateniente sin indemnización o el monopolio del trigo, etc., es una mera
ilusión,
El problema fundamental de la Revolución
el más grande autoengaño y
el mayor engaño al pueblo. Ese aparato puede
servir a la burguesía republicana, creando una república a modo de “una
monarquía sin monarca”, como la Tercera República en Francia; pero un aparato
estatal de ese tipo es incapaz en absoluto de llevar a cabo reformas, no que
aniquilen, sino que, por lo menos, cercenen o limiten seriamente los derechos
del capital, los derechos de la “sacrosanta propiedad privada”. Por eso resulta
siempre que, con todos los posibles ministerios “de coalición” en que
participan “socialistas”, estos socialistas vienen a ser en la práctica, aun en
el caso de que algunos de ellos demuestren la mayor probidad, un simple adorno
o una pantalla del gobierno burgués, un pararrayos de la indignación popular
provocada por ese gobierno, un instrumento del gobierno para engañar a las
masas. Así ocurrió con Luis Blanc en 1848; así ha ocurrido desde entonces
docenas de veces en Inglaterra y Francia al participar los socialistas en el
gobierno; así fue con los Chernov y los Tsereteli en 1917; así fue y así será
mientras se mantenga el régimen burgués y se conserve intangible el viejo
aparato estatal burgués y burocrático.
Los Soviets de diputados
obreros, soldados y campesinos son valiosos, sobre todo, porque constituyen un tipo de aparato estatal nuevo,
inmensamente más elevado e incomparablemente más democrático. Los eseristas y
los mencheviques han hecho todo lo posible y lo imposible para transformar los
Soviets (en particular el de Petrogrado y el de toda Rusia, o sea, el Comité
Ejecutivo Central) en corrillos de charlatanes, que se dedicaban, con el
pretexto del “control”, a adoptar resoluciones estériles y expresar deseos, a
los que el gobierno daba carpetazo con la más cortés y amable sonrisa. Pero
bastó la “fresca brisa” de la korniloviada, que anunciaba una buena tormenta,
para que el aire viciado del Soviet se purificara por algún tiempo y la
iniciativa de las masas revolucionarias empezara a manifestarse como algo
grandioso, potente e invencible.
Que aprendan de este ejemplo
histórico todos los incrédulos. Que se avergüencen quienes dicen: “No tenemos
un aparato que pueda remplazar al viejo, que tiende ineluctablemente a defender
a la burguesía”. Porque ese aparato existe.
Son los Soviets. No teman la iniciativa ni la independencia de las masas,
confíen en sus organizaciones revolucionarias y verán en todos los ámbitos de
la vida pública la misma fuerza, grandiosidad e invencibilidad de que dieron
pruebas los obreros y los campesinos en su unión y su ímpetu contra la
korniloviada.
Falta de fe en las masas,
miedo a su iniciativa, temor a que actúen por sí mismas, estremecimiento ante
su energía revolucionaria, en vez de un apoyo total y sin reservas: tales han
sido los mayores pecados de los jefes eseristas y mencheviques. Ahí está una de
las raíces más profundas de su indecisión, de sus vacilaciones, de sus
incontables e infinitamente estériles tentativas de verter vino nuevo en los
viejos odres de la vieja máquina estatal, burocrática.
93
Tomemos la historia de la democratización del ejército en la
revolución rusa de 1917, la historia del Ministerio Chernov, la historia del
“reinado” de Palchinski o la historia de la dimisión de Peshejónov y veremos a
cada paso la confirmación más palmaria de lo dicho anteriormente. La falta de
confianza plena en las organizaciones elegidas por los soldados, la falta de
aplicación absoluta del principio de elegibilidad de los superiores por los
soldados, hicieron que los Kornílov, los Kaledin y los oficiales
contrarrevolucionarios se encontraran a la cabeza del ejército. Esto es un
hecho. Y quien no cierre adrede los ojos deberá ver por fuerza que, después de la sublevación de Kornílov,
el Gobierno Kerenski deja todo como antes y, de hecho, restaura la
korniloviada. El nombramiento de Alexéiev, la “paz” con los Klembovski, los
Gagarin, los Bagratión y otros kornilovistas, la blandura en el trato al mismo
Kornílov y al mismo Kaledin demuestran con la mayor claridad que, en la
práctica, Kerenski restaura la korniloviada.
El problema fundamental de la Revolución
No hay término medio. La
experiencia ha demostrado que no lo hay. O todo el poder a los Soviets y la
democratización total del ejército, o la korniloviada.
¿Y la historia del
Ministerio Chernov? ¿No ha demostrado que todo paso más o menos serio
encaminado a satisfacer de veras las necesidades de los campesinos, todo paso
que represente una prueba de confianza en ellos, en sus propias organizaciones
y acciones de masas ha despertado un entusiasmo extraordinario entre todos los
campesinos? Pero Chernov tuvo que “regatear” una y otra vez, durante casi
cuatro meses con los democonstitucionalistas y los altos funcionarios, quienes
por medio de interminables demoras y maquinaciones le obligaron, en fin de
cuentas, a dimitir sin haber hecho nada. Los terratenientes y los capitalistas,
durante esos cuatro meses y por esos cuatro meses, “ganaron la partida”,
salvaron la propiedad latifundista, demoraron la convocación de la Asamblea
Constituyente y hasta iniciaron una serie de represiones contra los Comités
agrarios.
No hay término medio. La
experiencia ha demostrado que no lo hay. O todo el poder a los Soviets, tanto
en el centro como en las localidades, y toda la tierra a los campesinos sin demora hasta que decida la Asamblea
Constituyente, o los terratenientes y los capitalistas frenarán todo, restablecerán el poder latifundista, irritarán a
los campesinos y llevarán las cosas a un terrible levantamiento campesino.
Otro tanto ocurre con el
sabotaje de los capitalistas (con ayuda de Palchinski) a cualquier control más
o menos serio de la producción, con el sabotaje de los comerciantes al
monopolio del trigo y al comienzo de la distribución democrática, reglamentada,
del pan y de los comestibles por Peshejónov.
En Rusia no se trata hoy, en modo alguno, de idear “nuevas
reformas” ni de “planear” transformaciones “universales”. 2ada de eso. Así
presentan las cosas, de una manera falsa a todas luces, los capitalistas, los
Potrésov, los Plejánov, que claman contra “la implantación del socialismo” y
contra “la dictadura del proletariado”. En realidad, la situación en Rusia es tal que los indecibles
sufrimientos y cargas de la guerra, la inaudita y terrible amenaza de la ruina
y del hambre han sugerido por sí mismos la salida, han sugerido por sí mismos
—y no sólo han sugerido, sino que han adelantado ya como absolutamente
impostergables— las reformas y las transformaciones: el monopolio del trigo, el
control de la producción y la distribución, la restricción de la emisión de
papel moneda, un intercambio justo de cereales y artículos industriales, etc.
Todo el mundo considera
inevitables las medidas de ese tipo, tomadas en tal sentido, que han comenzado
a ser aplicadas en muchos lugares y en los dominios más diversos. Han empezado ya, pero las frena y las ha
frenado en todas partes la resistencia de los terratenientes y de los capitalistas; una resistencia que se
materializa a través del Gobierno Kerenski (gobierno, en la práctica, enteramente burgués y bonapartista), del aparato
burocrático del viejo Estado y de la presión directa e indirecta del capital
financiero ruso y “aliado”.
I. Prilezháiev lamentaba
hace poco en Dielo Naroda (núm. 147)
la dimisión de Peshejónov y el fracaso de los precios fijos, la quiebra del
monopolio del trigo:
“Lo que ha faltado a
nuestros gobiernos, cualquiera que haya sido su composición, es audacia y
decisión... La democracia revolucionaria no debe esperar; ella misma debe
revelar iniciativa e intervenir planificadamente en el caos económico... Es
ahí, precisamente, donde se necesita un rumbo firme y un poder decidido”.
Lo que es cierto es cierto.
Palabras de oro. Sólo que el autor no ha pensado que el problema del rumbo
firme, de la audacia y la decisión no es una cuestión personal, sino un
problema de la clase capaz de
manifestar audacia y decisión. Y la única clase que puede hacer eso es el
El problema fundamental de la Revolución
proletariado. La audacia, la
decisión y el rumbo firme del poder no son otra cosa que la dictadura del
proletariado y de los campesinos pobres. I. Prilezháiev, sin tener conciencia
de ello, Suspira por esta dictadura.
¿Qué significaría, en la
práctica, esta dictadura? Significaría que sería aplastada la resistencia de
los kornilovistas y quedaría restablecida y consumada la democratización
completa del ejército. El 99% del ejército sería partidario entusiasta de esta dictadura
a los dos días de establecida. Esta dictadura daría la tierra a los campesinos
y todo el poder a los comités locales de campesinos. ¿Cómo puede alguien,
entonces, si está en su sano juicio, poner en duda que los campesinos apoyarían
semejante dictadura? Lo que Peshejónov sólo prometió
(“la resistencia de los capitalistas ha sido aplastada”: palabras textuales de
Peshejónov en su célebre discurso ante el Congreso de los Soviets), lo llevaría
a la práctica esta dictadura, lo haría realidad, sin suprimir lo más mínimo las
organizaciones democráticas de abastecimiento, de control, etc., que han
empezado ya a formarse, sino, por el contrario, apoyándolas y fomentándolas y
eliminando todo lo que dificulte su funcionamiento.
94
Sólo la dictadura de los
proletarios y de los campesinos pobres es capaz de romper la resistencia de los
capitalistas, ejercer el poder con una audacia y una decisión en verdad
grandiosas y asegurarse un apoyo entusiasta, sin reservas y auténticamente heroico
de las masas tanto en el ejército como entre los campesinos.
El poder a los Soviets: eso es lo único que podría hacer
gradual, pacífico y tranquilo el desarrollo ulterior, poniéndolo por completo al nivel de la
conciencia y la decisión de la mayoría de las masas populares, al nivel de su
propia experiencia. El poder a los Soviets significa la entrega total de la
gobernación del país y del control de su economía a los obreros y a los
campesinos, a quienes nadie se atrevería a oponer resistencia y quienes
aprenderían rápidamente con su experiencia, con su propia experiencia, a
distribuir acertadamente la tierra, las provisiones y el trigo.
Publicado el 27 (14)
de septiembre de 1917 en el núm. 10 de “Rabochi Put.”.
T. 34, págs. 200-207.
La Revolución rusa y la Guerra Civil
95
LA REVOLUCIÓN RUSA Y
LA GUERRA CIVIL.
La burguesía, amilanada
porque los mencheviques y los eseristas se han negado a coligarse con los
democonstitucionalistas y porque la democracia puede muy bien, en efecto,
formar gobierno sin ellos y gobernar a Rusia contra ellos, hace los máximos
esfuerzos por intimidar a la democracia.
¡Asusta con el mayor empeño
posible!: tal es el lema de toda la prensa burguesa. ¡Asustar con todas las
fuerzas! ¡Miente, calumnia, pero asusta!
Y asusta la Birzhovka con informaciones inventadas
acerca de acciones bolcheviques. Asustan con rumores sobre la dimisión de
Alexéiev y la amenaza de que los alemanes abran una brecha en dirección a
Petrogrado, como si los hechos no demostrasen que precisamente los generales
kornilovistas (entre los que figura, sin duda, Alexéiev) son capaces de abrir
el frente a los alemanes en Galitzia y ante Riga y ante Petrogrado, que
precisamente los generales kornilovistas suscitan el mayor odio del ejército al
Cuartel General.
Se intenta dar a este método
de intimidación de la democracia la mayor “seriedad” y fuerza de convicción
mediante alusiones al peligro de “guerra civil”. De todos los tipos de
intimidación, el más difundido es, sin duda, el de asustar con la guerra civil.
He aquí cómo formula esta idea corriente, muy en boga en los medios filisteos,
el comité de Rostov del Don del Partido de la Libertad del Pueblo en su
resolución del 1 de septiembre (núm. 210 de
Riech):
“...El comité está
convencido de que la guerra civil puede barrer todas las conquistas de la
revolución y absorber en raudales de sangre nuestra libertad, joven y aún no
robustecida. Por eso estima necesario, para salvar las conquistas de la
revolución, protestar con energía contra el ahondamiento de la revolución,
dictado por las quiméricas utopías socialistas...”
En estas frases está
expresada en la forma más clara, exacta, meditada y circunstanciada la idea
fundamental que encontramos infinidad de veces en los artículos de fondo de Riech, en los artículos de Plejánov y
Potrésov, en los editoriales de los periódicos mencheviques, y etc., etc. No
estará de más, por ello, que analicemos esta idea con mayor detenimiento.
Procuraremos estudiar el
problema de la guerra civil del modo más concreto, sobre la base, dicho sea de
pasada, del medio año de experiencia, ya vivida, de nuestra revolución.
Esta experiencia, de
conformidad completa con la de todas las revoluciones europeas registradas
desde fines del siglo XVIII, nos enseña que la guerra civil es la forma más
enconada de la lucha de clases. En esta forma, una serie de choques y batallas
de carácter económico y político se repiten, acumulan, amplían y agravan y
llegan a transformarse en una lucha armada de una clase contra otra. En los
países libres y avanzados, por poco que lo sean, se observa con la mayor
frecuencia —puede decirse que casi exclusivamente— una guerra civil entre las
clases cuya oposición es creada y ahondada por todo el desarrollo económico del
capitalismo, por toda la historia de la sociedad contemporánea en el mundo
entero, a saber: entre la burguesía y el proletariado.
De esta manera, durante el
medio año transcurrido de nuestra revolución hemos vivido dos veces, el 20 y 21
de abril y el 3 y 4 de julio, explosiones espontáneas fortísimas, que se
acercaron de lleno al comienzo de la guerra civil por parte del proletariado. Y
la sublevación de Kornílov ha sido un complot militar apoyado por los
terratenientes y los capitalistas, con
La Revolución rusa y la Guerra Civil
el Partido Demócrata
Constitucionalista a la cabeza, que ha conducido ya, en la práctica, al
comienzo de la guerra civil por parte de la burguesía.
Tales son los hechos. Tal es
la historia de nuestra propia revolución. Y hay que aprender, más que nada, de
esta historia; hay que reflexionar, más que nada, sobre su desarrollo y su
significa clasista.
Intentemos comparar los
rudimentos de la guerra civil proletaria y de la guerra civil burguesa en Rusia
desde el punto de vista: 1) de la espontaneidad del movimiento; 2) de sus fine;
3) del grado de conciencia de las masa que participan en él; 4) de la fuerza
del movimiento, y 5) de su tenacidad. Creemos que el grado de conciencia de
toda la revolución rusa ganaría mucho, muchísimo, si todos los partidos que
ahora “lanzan en vano”, de pasada, las palabras de “guerra civil” planteasen el
problema de tal modo e intentasen estudiar efectivamente los rudimentos de la
guerra civil.
Comencemos por la
espontaneidad del movimiento. En lo que respecta a los días 3 y 4 de julio,
disponemos de declaraciones de testigos cómo el menchevique Rabóchaya Gazeta y el eserista Dielo Naroda , que han reconocido el hecho del crecimiento espontáneo del
movimiento. He citado estas declaraciones en un artículo de Proletárskoie Dielo, publicado en hoja
aparte con el título de Respuesta a los
calumniadores. Pero por causas plenamente comprensibles, los mencheviques y
los eseristas, al defenderse y defender su participación en las persecuciones
contra los bolcheviques, siguen negando oficialmente el carácter espontáneo de
la explosión del 3 y el 4 de julio.
96
Releguemos, por ahora, lo
que es discutible. Dejemos lo indiscutible. Nadie impugna la espontaneidad del
movimiento de los días 20 y 21 de abril. El Partido Bolchevique se sumó a ese
movimiento espontáneo con la consigna de “¡Todo el poder a los Soviets!”; se
sumó a él, independiente por completo del partido, el finado Linde, que sacó a
la calle 30.000 soldados armados dispuestos a detener al gobierno. (Por cierto
que, dicho sea entre paréntesis, este hecho de sacar las tropas a la calle no
ha sido investigado ni estudiado. Pero cuando se reflexiona sobre él, colocando
el 20 de abril en conexión histórica con los acontecimientos, es decir,
enfocándolo como un eslabón de la cadena que se extiende desde el 28 de febrero
hasta el 29 de agosto, se ve con claridad que la falta y el error de los
bolcheviques consistió en el insuficiente
revolucionarismo de su táctica, pero de ninguna manera en su excesivo
revolucionarismo, de lo que nos acusan hoy los filisteos.)
Así pues, está fuera de toda
duda el carácter espontáneo del movimiento que se acercó de lleno al comienzo
de la guerra civil por el proletariado. En la korniloviada no hay nada que se
asemeje, ni por lo más remoto, a la espontaneidad. En la korniloviada hay sólo
un complot de generales, que se proponían arrastrar a parte de las tropas por
medio del engaño y la fuerza de las órdenes.
Indudablemente, la
espontaneidad del movimiento es un síntoma de su profundidad entre las masas,
de la consistencia de sus raíces, de su invencibilidad. Arraigo de la
revolución proletaria y falta de base de la contrarrevolución burguesa: eso es
lo que demuestran los hechos desde el punto de vista de la espontaneidad del
movimiento.
Examinemos los fines del
movimiento. Los días 20 y 21 de abril, éste se acercó al máximo a las consignas
bolcheviques, y el 3 y 4 de julio creció directamente en conexión con ellas,
bajo su influencia y su dirección. El Partido Bolchevique habló a rostro
descubierto, con precisión, claridad, exactitud y en alta voz, en sus
periódicos y en la agitación oral, de los
fines principales de la guerra civil proletaria: la dictadura del
proletariado y de los campesinos pobres, la paz y la propuesta inmediata de paz
y la confiscación de las tierras de los latifundistas.
La Revolución rusa y la Guerra Civil
En lo que respecta a los
objetivos de la korniloviada, todos sabemos —y ningún demócrata lo discute— que
consistían en implantar la dictadura de los terratenientes y de la burguesía,
disolver los Soviets y preparar la restauración de la monarquía. El Partido
Demócrata Constitucionalista, principal partido kornilovista (dicho sea de
pasada, así debería denominársele en lo sucesivo: Partido Kornilovista), aunque
dispone de más prensa y mayor número de agitadores que los bolcheviques, ¡jamás
se ha decidido ni se decidirá a hablar francamente al pueblo ni de la dictadura
de la burguesía, ni de la disolución de los Soviets ni de los objetivos
kornilovistas en general!
Desde el punto de vista de
los fines del movimiento, los hechos patentizan que la guerra civil proletaria
puede proclamar abiertamente ante el pueblo sus objetivos finales, ganándose
con ello las simpatías de los trabajadores. Por el contrario, la guerra civil
burguesa puede tratar de ganarse a una parte de las masas únicamente ocultando
sus fines. De ahí la inmensa diferencia existente en lo que atañe al grado de
conciencia de las masas.
Por lo visto, existen datos
objetivos respecto a este problema exclusivamente en relación con el número de
afiliados a los partidos y con los resultados de las elecciones. No hay, al
parecer, otros datos que permitan juzgar con exactitud del grado de conciencia
de las masas. Después de medio año de experiencia de la revolución está claro
—y no es de esperar que haya quien lo discuta— que el movimiento proletario
revolucionario lo encabeza el Partido Bolchevique, y el movimiento
contrarrevolucionario burgués, el Partido Demócrata Constitucionalista. Se
pueden aducir tres comparaciones de carácter fáctico respecto a la cuestión que
examinamos. La comparación de las elecciones de mayo a las Dumas distritales en
Petrogrado con las elecciones de agosto a la Duma central arroja una
disminución de los votos democonstitucionalistas y un aumento gigantesco de los
votos bolcheviques. La prensa democonstitucionalista reconoce que donde están
congregadas masas de obreros o soldados se observa también, como regla general,
la fuerza del bolchevismo.
Además, faltando toda
estadística sobre la fluctuación del número de afiliados a los partidos, de
asistentes a las reuniones, etc., el grado en que es consciente la
participación de las masas en los
partidos se puede comprobar con hechos sólo si se toma como base los datos
hechos públicos respecto a las colectas para el partido. Estos datos prueban el
grandioso heroísmo masivo de los obreros bolcheviques en la recaudación de
dinero para Pravda, para los
periódicos suspendidos, etc. Siempre hemos informado de las colectas. Entre los
democonstitucionalistas no vemos nada semejante está claro que su labor de
partido la “nutren” los donativos de la gente rica. No hay ni huella de una
ayuda activa de las masas.
Por último, la comparación
de los movimientos del 20 y 21 de abril y del 3 y 4 de julio, por una parte, y
de la korniloviada, por otra, prueba que los bolcheviques señalan claramente a
las masas quiénes son sus enemigos en la guerra civil: la burguesía, los
terratenientes y los capitalistas. La korniloviada ha mostrado ya el engaño manifiesto de que han sido
víctima las tropas que siguieron a Kornílov, un engaño puesto al desnudo ya en
el primer encuentro de la “división salvaje” y los convoyes kornilovistas con
los petrogradenses.
Prosigamos. ¿Cuáles son los
datos sobre la fuerza del
proletariado y de la burguesía en la guerra civil? La fuerza de los
bolcheviques radica exclusivamente en el número de proletarios, en su grado de
conciencia y en las simpatías que despiertan las consignas bolcheviques en los
“escalones inferiores” (es decir, obreros y campesinos pobres) de los partidos
eserista y menchevique. Es un hecho que precisamente estas consignas llevaron,
en la práctica, tras de sí a la mayoría
de las masas revolucionarias activas de Petrogrado los días 20 y 21 de abril,
18 de junio y 3 y 4 de julio.
La comparación de los datos
referentes a las elecciones “parlamentarias” con los relativos a los
movimientos de masas antes citados corrobora por entero, en lo que respecta a
Rusia, la
La Revolución rusa y la Guerra Civil
observación hecha muchas
veces en Occidente: la fuerza del
proletariado revolucionario, desde el punto de vista de la influencia entre las masas y de la incorporación de
éstas a la acción, es incomparablemente mayor
en la lucha extraparlamentaria que en
la lucha parlamentaria. Esta observación tiene gran importancia cuando se trata
el problema de la guerra civil.
Se comprende por qué todas
las condiciones y toda la situación de la lucha parlamentaria y de las
elecciones disminuyen la fuerza de las clases oprimidas, en comparación con la
fuerza que estas últimas pueden desplegar de hecho en la guerra civil.
La fuerza de los
democonstitucionalistas y de la korniloviada reside en la fuerza de la riqueza. Que el capital y el
imperialismo anglo-franceses están a
favor de los democonstitucionalistas y a
favor de la korniloviada lo han de mostrado la prensa y una larga serie de
manifestaciones políticas. Es del dominio público que toda el ala “derecha” de
la Conferencia de Moscú del 12 de agosto se manifestó frenéticamente en pro de
Kornilov y Kaledin. Es notorio cómo “ayudó” a Kornílov la prensa burguesa de
Francia e Inglaterra. Y hay indicios de que le ayudaron también los bancos.
Toda la fuerza de la riqueza
se puso al lado de Kornílov. Y, sin embargo, ¡qué triste y rápido fracaso!
Entre los kornilovistas pueden distinguirse, además de los ricos, dos fuerzas
sociales: la “división salvaje” y los cosacos. En el primer caso se trata sólo de la fuerza del obscurantismo y el
engaño. Esta fuerza será tanto más horrorosa cuanto más tiempo siga la prensa
en manos de la burguesía. El proletariado, al vencer en la guerra civil, haría
saltar en el acto y de manera radical este
venero de “fuerza”.
En lo que respecta a los
cosacos, se trata de un sector de la población, compuesto de propietarios
agrícolas ricos, pequeños o medianos (la propiedad agraria media es de unas
cincuenta deciatinas) de una región de Rusia que ha conservado muchísimos rasgos
de la vida, la hacienda y el género de vida medievales. En ese sector puede
verse la base socio-económica de una Vendée rusa. Ahora bien, ¿qué han mostrado
los hechos concernientes al
movimiento de Kornílov y Kaledin? ¡¡Ni siquiera Kaledin, el “jefe amado”
respaldado por los Guchkov, los Miliukov, los Riabushinski y Cía., ha podido levantar, a pesar de todo, un movimiento de masas!! Kaledin marchó hacia la
guerra civil incomparablemente “más derecho”, de manera más rectilínea, que los
bolcheviques. Kaledin fue sin rodeos “a levantar el Don”. ¡Y pese a todo,
Kaledin no levantó ningún movimiento de masas en “su” territorio, en el
territorio cosaco, aislado de la democracia de toda Rusia! Por el contrario,
entre el proletariado observamos explosiones espontáneas de movimiento en el
centro de influencia y de fuerza de la democracia antibolchevique de toda
Rusia.
No hay datos objetivos
respecto a la actitud que mantienen ante la democracia y la korniloviada los
distintos sectores y grupos económicos cosacos.
Únicamente existen indicios
de que la mayoría de los cosacos pobres y medios se inclina más hacia la
democracia, y que sólo la oficialidad y las altas esferas de los cosacos ricos
son plenamente kornilovistas.
Sea como fuere, está
demostrado históricamente, después de la experiencia del 21 al 31 de agosto,
que el movimiento cosaco masivo a favor de la contrarrevolución burguesa es
débil en extremo.
Queda la última cuestión: la tenacidad del movimiento. En lo que
atañe al movimiento revolucionario proletario bolchevique, tenemos el hecho
demostrado de que, en medio año de república en Rusia, se ha sostenido contra
el bolchevismo una doble lucha: ideológica, con un predominio gigantesco de los órganos de prensa y de
las fuerzas de agitación antibolcheviques (y con la inclusión, “arriesgada” en
extremo, de campañas de calumnias en la lucha “ideológica”) y mediante represiones, con centenares de
detenciones, asalto de la
La Revolución rusa y la Guerra Civil
imprenta principal, clausura
del periódico principal y de otros periódicos. El resultado lo demuestran los
hechos: un magno fortalecimiento del bolchevismo en las elecciones de agosto en
Petrogrado y, después, una intensificación de las corrientes internacionalistas
e “izquierdistas”, que se acercan al bolchevismo, en el seno del partido
eserista y del partido menchevique. Por consiguiente, en la Rusia republicana
es muy grande la tenacidad del movimiento revolucionario proletario. Los hechos
prueban que con los esfuerzos conjuntos de los democonstitucionalistas, los
eseristas y los mencheviques no se ha
logrado debilitar en lo más mínimo este movimiento. Todo lo contrario:
precisamente la coalición de los kornilovistas con la “democracia” ha fortalecido el bolchevismo. Aparte de
la presión ideológica y de las
represiones no puede haber otros medios de lucha contra la corriente
revolucionaria proletaria.
98
Se carece, por ahora, de
datos sobre la tenacidad del movimiento democonstitucionalista-kornilovista.
Los democonstitucionalistas
no han sufrido ninguna represión. Hasta Guchkov ha sido puesto en libertad, ni
siquiera Maklákov y Miliukov han sido detenidos. Ni siquiera Riech ha sido clausurado. A los
democonstitucionalistas se les trata con miramientos. El Gobierno Kerenski hace la corte a los
democonstitucionalistas y los kornilovistas. ¿Y si planteáramos la cuestión de otra manera? Supongamos que los
Riabushinski anglo-franceses y rusos donan más millones y millones a los
democonstitucionalistas, a Edinstvo,
a Dien, etc., para una nueva campaña
electoral en Petrogrado. ¿Es posible que aumente su número de votos ahora,
después de la korniloviada? A juzgar por las reuniones, etc., lo más probable
es que deba responderse negativamente a esta pregunta...
* * *
Al resumir los resultados de
nuestra comparación de los datos relativos a la historia de la revolución rusa,
sacamos la conclusión de que el comienzo de la guerra civil por parte del
proletariado reveló la fuerza, la conciencia, la raigambre, el crecimiento y la
tenacidad del movimiento. En cambio, el comienzo de la guerra civil por parte
de la burguesía no reveló ninguna fuerza, ningún grado de conciencia de las
masas, ninguna raigambre y ninguna posibilidad de victoria.
La alianza de los
democonstitucionalistas con los eseristas y los mencheviques contra los
bolcheviques, es decir, contra el proletariado revolucionario, ha sido probada
en la práctica durante varios meses. Y esta alianza de los kornilovistas,
agazapados temporalmente, con la “democracia” ha conducido de hecho, no al
debilitamiento de los bolcheviques, sino a su fortalecimiento, a la bancarrota
de la “coalición” y al reforzamiento de la oposición “izquierdista” incluso
entre los mencheviques.
La alianza de los
bolcheviques con los eseristas y los mencheviques contra los
democonstitucionalistas, contra la burguesía, no se ha probado aún. O, para ser más exactos, ha sido probada sólo en un frente, sólo en el transcurso de cinco días , del 26 al 31 de agosto, durante la korniloviada. Y tal alianza
ha proporcionado durante ese tiempo la victoria total sobre la
contrarrevolución, una victoria conquistada con una facilidad sin precedente en
una revolución; ha proporcionado una derrota tan demoledora de la
contrarrevolución burguesa, terrateniente y capitalista, aliado-imperialista y
democonstitucionalista, que, desde este
punto de vista, la guerra civil quedó pulverizada, se transformó en nada
desde el comienzo mismo, se disgregó
antes de llegar a entablar cualquier “combate”.
Y ante este hecho histórico,
toda la prensa burguesa y todos sus portavoces (los Plejánov, los Potrésov, las
Breshko-Breshkóvskaya, etc.) gritan hasta desgañitarse que precisamente la
alianza de los bolcheviques con los mencheviques y los eseristas ¡“amenaza” con
los horrores de la guerra civil!...
La Revolución rusa y la Guerra Civil
Esto sería ridículo si no
fuera tan triste. Es triste que, en general, pueda tener audiencia semejante
absurdo, claro, evidente y flagrante, semejante mofa de los hechos, de toda la
historia de nuestra revolución... Eso demuestra la grandísima difusión que
tiene aún la mentira burguesa interesada (y la difusión es inevitable mientras
la prensa esté monopolizada por la burguesía), una mentira que ahoga y acalla
con su griterío las enseñanzas más indudables, tangibles e indiscutibles de la
revolución.
Si existe una enseñanza de
la revolución absolutamente indiscutible, absolutamente demostrada con hechos,
esa enseñanza consiste en que sólo la alianza de los bolcheviques con los
eseristas y los mencheviques, sólo el paso inmediato de todo el poder a los
Soviets harían imposible la guerra civil en Rusia. Porque contra esa alianza,
contra los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, es inconcebible
ninguna guerra civil iniciada por la burguesía. Semejante “guerra” no llegaría
siquiera a una sola batalla, y la burguesía, por segunda vez después de la korniloviada, ¡ni siquiera
encontraría una “división salvaje”, ni siquiera
encontraría la cantidad anterior de convoyes cosacos para el movimiento contra
el Gobierno soviético!
El desarrollo pacífico de
cualquier revolución es, en general, una cosa extraordinariamente rara y
difícil, pues la revolución representa el enconamiento máximo de las más graves
contradicciones de clase. Pero en un país campesino, cuando la alianza del proletariado
y del campesinado puede dar la paz a las masas extenuadas por la guerra
más injusta y criminal y dar toda la
tierra a los campesinos; en un país así, en un momento histórico tan
excepcional, el desarrollo pacífico de la revolución es posible y probable con
el paso de todo el poder a los Soviets. Dentro de los Soviets, la lucha de los
partidos por el poder puede seguir una vía pacífica si los Soviets son
plenamente democráticos, si renuncian a los “hurtos mezquinos”, al “latrocinio”
de los principios democráticos, como son la concesión a los soldados de un
representante por cada quinientos electores, y a los obreros, de uno por cada
mil. Estos hurtos mezquinos están condenados a desaparecer en la república
democrática.
99
Contra unos Soviets que
entreguen sin pagos de rescate toda la tierra a los campesinos y propongan una
paz justa a todos los pueblos, contra unos Soviets de este tipo, no será
temible en modo alguno, sino que será impotente en absoluto, cualquier alianza
de la burguesía anglo-francesa y rusa, de los Kornílov, los Buchanan, los
Riabushinski y los Miliukov con los Plejánov y los Potrésov.
Es inevitable, por supuesto,
la resistencia de la burguesía a la entrega de la tierra, sin indemnización, a
los campesinos; a la realización de transformaciones semejantes en otras
esferas de la vida; a una paz justa y a la ruptura con el imperialismo. Mas
para que la resistencia llegue a la guerra civil hacen falta masas, por pequeñas que sean, capaces de
pelear y vencer a los Soviets. Pero
la burguesía carece de esas masas y
no tiene de dónde sacarlas. Cuanto
más rápida y resueltamente tomen los Soviets todo el poder, con tanta mayor
rapidez se escindirán las “divisiones salvajes” y los cosacos, se escindirán en
una ínfima minoría de kornilovistas conscientes y una abrumadora mayoría de
defensores de la alianza democrática y socialista
(pues entonces se tratará precisamente del socialismo) de los obreros y los
campesinos.
Al pasar el poder a los
Soviets, la resistencia de la burguesía conducirá a que decenas y centenas de obreros y campesinos —cuyos intereses
exigirán luchar contra el engaño del pueblo
por los capitalistas— “espiarán”, vigilarán, controlarán y pedirán cuentas a cada capitalista. Las formas y los
métodos de esta contabilidad y este control han sido ideados y simplificados
precisamente por el capitalismo, precisamente por creaciones de los
capitalistas como los bancos, las grandes fábricas, los consorcios, ferrocarriles,
Correos, sociedades de consumo y organizaciones sindicales. A los Soviets les
será suficiente castigar a los capitalistas que eludan la más minuciosa
rendición de cuentas o que engañen al pueblo;
La Revolución rusa y la Guerra Civil
les bastará con confiscar
todos sus bienes, y encarcelarlos por poco tiempo, para romper de este modo
incruento toda resistencia de la burguesía. Porque el control y la contabilidad
se harán universales, todopoderosos, omnipresentes e invencibles precisamente
por medio de los bancos, una vez nacionalizados; precisamente por medio de los
sindicatos de empleados, por medio de Correos, de las sociedades de consumo y
de las organizaciones sindicales.
Y los Soviets rusos, la
alianza de los obreros y de los campesinos pobres rusos, no están solos en suspasos hacia el socialismo. Si
estuviéramos solos, careceríamos de fuerzas suficientes para cumplir esta tarea
hasta el fin y por medios pacíficos, pues esta tarea es, en el fondo,
internacional. Pero tenernos una reserva grandiosa, el ejército de los obreros
más avanzados de otros países, en los que la ruptura de Rusia con el
imperialismo y con la guerra imperialista acelerará de manera ineluctable la
revolución obrera, socialista, que está madurando en ellos.
* * *
Se habla de “raudales de
sangre” en la guerra civil. De ello habla la resolución de los
democonstitucionalistas kornilovistas citada más arriba. Esta frase la repiten
en mil tonos diferentes todos los burgueses y todos los oportunistas. De ella
se ríen y se reirán, y no pueden dejar de hacerlo después de la korniloviada,
todos los obreros conscientes.
Pero el problema de los
“raudales de sangre” en los tiempos de guerra que vivimos puede y debe ser
planteado tomando como base un recuento aproximado de las fuerzas, un cálculo
de las consecuencias y de los resultados. Puede y debe ser tomado en serio, y
no como una huera frase en boga, no sólo como una hipocresía de los
democonstitucionalistas, que han hecho todo
lo que dependía de ellos para que
Kornílov consiguiera anegar a Rusia en “raudales de sangre”, con el fin de
restaurar la dictadura de la burguesía, el poder terrateniente y la monarquía.
“Raudales de sangre”, se nos dice. Analicemos también este aspecto de la cuestión.
Supongamos que continúan las
vacilaciones de los mencheviques y de los eseristas, que tanto unos como otros
no transmiten el poder a los Soviets, no
derriban a Kerenski, renuevan el viejo y putrefacto compromiso con la burguesía
en una forma un poquito diferente (por ejemplo, los democonstitucionalistas son
remplazados con kornilovistas “sin
partido”), no sustituyen la máquina de poder estatal por la máquina de los
Soviets, no proponen la paz, no rompen con el imperialismo ni confiscan la
tierra de los latifundistas. Imaginémonos tal desenlace de las actuales
vacilaciones de los eseristas y de los mencheviques, tal desenlace del “12 de
septiembre”.
La experiencia de nuestra
propia revolución muestra con claridad meridiana las consecuencias que ello
acarrearía: un mayor debilitamiento de los eseristas y los mencheviques, un
mayor divorcio entre ellos y las masas, un increíble crecimiento de la indignación
y la irritación de estas últimas y un reforzamiento inmenso de las simpatías
hacia el proletariado revolucionario, hacia los bolcheviques.
El proletariado de la
capital estará entonces más cerca que ahora de la comuna, de la insurrección
obrera, de la conquista del poder, de la guerra civil en su forma más excelsa y
más resuelta: después de la experiencia del 20 y 21 de abril y del 3 y 4 de
julio, ese resultado debe ser considerado ineluctable desde el punto de vista
histórico.
100
“Raudales de sangre”, gritan
los democonstitucionalistas. Pero semejantes raudales de sangre darían la
victoria al proletariado y a los campesinos pobres, y esta victoria, con un
noventa y nueve por ciento de probabilidades, proporcionaría la paz en lugar de la guerra
imperialista, es decir, conservaría
la vida de centenares de miles de
hombres, que hoy derraman su sangre para que los capitalistas se repartan las
ganancias y las anexiones.
La Revolución rusa y la Guerra Civil
Si las jornadas del 20 y 21
de abril hubieran terminado con el paso de todo el poder a los Soviets, y
dentro de ellos hubieran dado la victoria a los bolcheviques en alianza con los
campesinos pobres, aun en el caso de que eso hubiera costado “raudales de
sangre”, se habría salvado la vida de medio
millón de soldados rusos que perecieron, sin duda, en los combates del 18
de junio.
A esa conclusión llegan y
llegarán cada obrero y cada soldado rusos conscientes si sopesan y tienen en
cuenta el problema de la guerra civil, planteado en todas partes. Y, como es
natural, a ese obrero y a ese soldado, que han vivido y reflexionado algo, no
les asustarán los alaridos acerca de los “raudales de sangre”, lanzados por
hombres, partidos y grupos que desean segar las vidas de nuevos millones de soldados rusos por Constantinopla, por Lvov, por
Varsovia, por “la victoria sobre Alemania”.
Ningún “raudal de sangre” en
la guerra civil interna podrá compararse, ni siquiera aproximadamente, con los mares de sangre que han derramado
los imperialistas rusos después del 19 de junio (a despecho de la
posibilidades, extraordinariamente grandes, de evitarlo mediante ante la
entrega del poder a los Soviets).
Durante la guerra, señores
Miliukov, Potrésov y Plejánov, sean más prudentes al argumentar contra los “raudales de sangre” en la
guerra civil, pues los soldados conocen y han visto mares de sangre.
Hoy en 1917, en el cuarto
año de una guerra criminal, inusitadamente dura y que tanto ha hecho sufrir a
los pueblos, la situación internacional de la revolución rusa es tal que la
propuesta de una paz justa por el proletariado ruso triunfante en la guerra
civil significaría el noventa y nueve por ciento de las posibilidades de lograr
el armisticio y la paz sin derramar más
mares de sangre.
Porque, en la práctica, es imposible la unión de los
imperialismos anglo-francés y alemán, hostiles entre sí, contra la república socialista proletaria de Rusia; y la unión de
los imperialismos inglés, japonés y norteamericano contra nosotros es sumamente
difícil de realizar y no la tememos en absoluto, aunque sólo sea, por la
situación geográfica de Rusia. Entretanto, es un hecho que existen masas
proletarias socialistas y revolucionarias en todos los países europeos; y no
ofrecen la menor duda la maduración y la ineluctabilidad de la revolución
socialista mundial. Y la única forma de prestar una ayuda seria a esta
revolución no consiste, por supuesto, en enviar delegaciones ni en jugar a las
conferencias de Estocolmo con los Plejánov y los Tsereteli extranjeros, sino en
hacer avanzar la revolución rusa.
Los burgueses predicen a
gritos la derrota inevitable de la comuna en Rusia, es decir, la derrota del
proletariado, si éste conquistara el poder.
Son gritos falaces, que expresan intereses egoístas de clase.
Una vez dueño del poder, el
proletariado de Rusia tendrá todas
las posibilidades de sostenerse en él y de conducir a Rusia hasta la revolución
victoriosa en Occidente.
Porque, en primer lugar,
hemos aprendido mucho desde la Comuna y no repetiríamos sus funestos errores,
no dejaríamos los bancos en manos de la burguesía, no nos limitaríamos a
defendernos de nuestros versalleses (los kornilovistas también), sino que pasaríamos
a la ofensiva contra ellos y los aplastaríamos.
En segundo lugar, el
proletariado victorioso dará la paz a Rusia. Y después de todos los horrores de
la matanza de pueblos que dura ya más de tres años, ninguna fuerza podrá
derribar al gobierno de la paz, al
gobierno de una paz justa sincera y honrosa.
En tercer lugar, el
proletariado victorioso dará inmediatamente y sin rescate la tierra a los
campesinos, y a gigantesca mayoría del campesinado, atormentado y enfurecido a
causa del “coqueteo con los terratenientes” por parte de nuestro gobierno sobre
todo del gobierno de
La Revolución rusa y la Guerra Civil
“coalición”, sobre todo del
Gobierno Kerenski, apoyará por completo, por todos los medios y sin reservas al
proletariado victorioso.
Ustedes, señores
mencheviques y eseristas, hablan sin cesar de los “esfuerzos heroicos” del
pueblo. Hace sólo unos días encontró esta frase, una y otra vez, en el artículo
de fondo de su Izvestia del CEC. En
sus labios, eso es únicamente una
frase. Pero los obreros y los campesinos que
la leen, meditan sobre ella; y cada
reflexión, corroborada con la experiencia de la korniloviada, con la
“experiencia” del ministerio de Peshejónov, con las “experiencias” del
ministerio de Chernov y etcétera;
cada reflexión conduce inevitablemente a una conclusión: ¡pero si ese “esfuerzo
heroico” no es otra cosa que la confianza de los campesinos pobres en los
obreros de la ciudad como sus aliados y guías más fieles! Los heroicos
esfuerzos no son otra cosa que la victoria del proletariado ruso sobre la
burguesía en la guerra civil, pues esta victoria es la única que salvará de las
dolorosas vacilaciones, la única que ofrecerá una salida, que dará la tierra y
proporcionará la paz.
101
Si se puede realizar la
alianza de los obreros urbanos con los campesinos pobres, mediante la entrega
inmediata del poder a los Soviets, tanto mejor. Los bolcheviques harán todo lo posible para asegurar esta vía pacífica de desarrollo de la revolución.
Sin eso, la Asamblea Constituyente, sola, por sí misma, tampoco será la
salvación, pues también los eseristas podrán continuar en ella el “juego” a los
acuerdos con los democonstitucionalistas, con Breshko y Kerenski (¿en qué son
ellos mejores que los democonstitucionalistas?), y etcétera, etcétera.
Si ni siquiera la
experiencia de la korniloviada ha enseñado a la “democracia” y ésta sigue la
funesta política de vacilaciones y conciliacionismo, entonces diremos: nada
destruye tanto a la revolución proletaria como esas vacilaciones. No asusten,
pues, señores, con la guerra civil: ésta es inevitable, si no quieren ustedes
ajustar cuentas a la korniloviada y a la “coalición” ahora mismo y hasta el
fin. Y esta guerra proporcionará la victoria sobre los explotadores, dará la
tierra a los campesinos, dará la paz a los pueblos y abrirá el camino seguro de
la triunfal revolución del proletariado socialista mundial.
Escrito en la primera quincena de septiembre de 1917. Publicado
el 29 (16) de septiembre de 1917 en el núm. 12 del periódico “Rabochi Put”.
T. 34, págs. 214-228.
102
LAS TAREAS DE LA
REVOLUCIÓN.
Rusia es un país
pequeñoburgués. La inmensa mayoría de su población pertenece a esta clase. Sus
vacilaciones entre la burguesía y el proletariado son inevitables. Sólo su
alianza con el proletariado podrá garantizar el triunfo fácil, pacífico, rápido
y tranquilo de la causa de la revolución, de la causa de la paz, la libertad y
la entrega de la tierra a quienes la trabajan.
El curso de nuestra
revolución nos muestra, en el terreno de la práctica, esas vacilaciones. No nos
hagamos, por tanto, ilusiones acerca de los partidos eserista y menchevique;
mantengámonos firmemente en nuestro camino proletario de clase. La miseria de
los campesinos pobres, los horrores de la guerra, los horrores del hambre: todo
eso demuestra a las masas, de un modo cada vez más palpable, la justedad del
camino proletario y la necesidad de apoyar la revolución proletaria.
Las “pacíficas” esperanzas
pequeñoburguesas en una “coalición” con la burguesía, en la conciliación con
ella, en la posibilidad de esperar “tranquilamente” a que se reúna “pronto” la
Asamblea Constituyente, etc., todo eso es arrollado despiadada, cruel e
inexorablemente por la marcha de la revolución. La korniloviada ha sido la
última enseñanza feroz; una enseñanza de gran envergadura, que ha venido a
completar los miles y miles de lecciones menudas, consistentes en el engaño de
los obreros y los campesinos en las fábricas y en el campo por los capitalistas
y terratenientes, en el engaño de los soldados por los oficiales, etc., etc.
El descontento, la
indignación y la exasperación reinantes en el ejército, entre los campesinos y
entre los obreros van en aumento. La “coalición” de los eseristas y
mencheviques con la burguesía, coalición que lo promete todo y no cumple nada,
enerva a las masas, les abre los ojos y las incita a sublevarse.
Crece la oposición de
izquierda entre los eseristas (Spiridónova y otros) y los mencheviques (Mártov,
etc.), habiendo llegado ya en el “Consejo” y en el “Congreso” de estos partidos
al 40%. Y en la base, entre los
proletarios y los campesinos, sobre todo entre los pobres, la mayoría de los eseristas y mencheviques está formada por “izquierdistas”.
La korniloviada enseña. La korniloviada ha enseñado ya mucho.
Es imposible saber si los
Soviets estarán ahora en condiciones de ir más lejos que los líderes eseristas
y mencheviques, garantizando así el desarrollo pacífico de la revolución, o si
seguirán su inmovilismo, con lo cual harán inevitable la insurrección proletaria.
Es imposible saberlo.
Nuestra misión consiste en
ayudar a que se haga todo lo posible para asegurar la “última” coyuntura de
desarrollo pacífico de la revolución, exponiendo nuestro programa, explicando
su carácter popular, haciendo ver que coincide indiscutiblemente con los intereses
y las reivindicaciones de la inmensa mayoría de la población.
Las siguientes líneas son precisamente un ensayo de exposición
de ese programa.
Vayamos con él, más que hoy,
a “los de abajo”, a las masas, a los empleados, a los obreros, a los
campesinos; no sólo a los que están con nosotros, sino, sobre todo, a los
eseristas, a los sin partido, a los ignorantes. Esforcémonos por ayudarles a
pensar por su cuenta, a tomar acuerdos propios, a enviar sus delegaciones a la conferencia, a los Soviets, al gobierno, y
nuestra labor, cualesquiera que sean los resultados de
la conferencia, no será estéril. Será una labor fructífera tanto para la
conferencia como para las elecciones a la Asamblea Constituyente y para toda
actuación política en general.
La realidad demuestra cuán
justos son el programa y la táctica bolcheviques. Desde el 20 de abril hasta la
korniloviada ha transcurrido poco tiempo y, sin embargo, ¡cuántas cosas han
sucedido!
La experiencia de las masas, la experiencia de las clases oprimidas , les ha hecho aprender
muchísimo durante este tiempo, en tanto que los líderes eseristas y
mencheviques se han divorciado por completo de las masas. Y esto se pondrá de
manifiesto con la mayor exactitud precisamente en un programa, lo más concreto
posible, y en la medida en que logremos llevar su discusión al seno de las
masas.
Carácter funesto del
conciliacionismo con los capitalistas.
1. Permitir que sigan en el poder, aunque
sea en número reducido, los representantes de la burguesía; dejar en sus
puestos a unos kornilovistas tan manifiestos como los generales Alexéiev,
Klembovski, Bagratión, Gagarin, etc., o a quienes, como Kerenski, han
acreditado su completa impotencia frente a la burguesía y su aptitud para
proceder al estilo bonapartista, equivale a abrir de par en par las puertas no
sólo al hambre y a esa inevitable catástrofe económica que los capitalistas
aceleran y agravan deliberadamente, sino también a una catástrofe militar, pues
el ejército odia al Cuartel General y no puede participar con entusiasmo en la
guerra imperialista. Además, es indudable que los generales y oficiales
kornilovistas, si continúan en el poder, abrirán
intencionadamente el frente a los alemanes, como lo han hecho en Galitzia y
en Riga. Y eso puede evitarlo únicamente la formación de un gobierno nuevo
sobre bases nuevas, que exponemos a continuación. Después de todo lo sucedido
desde el 20 de abril, la continuación del conciliacionismo, cualquiera que sea,
con la burguesía por los eseristas y los mencheviques constituiría no sólo un
error, sino una traición directa al pueblo y a la revolución.
103
El poder a los
soviets.
2. Todo el poder del Estado debe pasar
exclusivamente a manos de los representantes de los Soviets de diputados
obreros, soldados y campesinos, tomando como base un programa concreto y
respondiendo íntegramente el poder ante los Soviets.
Deberán celebrarse sin
demora nuevas elecciones a los Soviets, tanto para aprovechar toda la
experiencia adquirida por el pueblo durante las últimas semanas de la
revolución, tan ricas de contenido, como para acabar con las flagrantes
injusticias (desproporción en la representación, desigualdad en las elecciones,
etc.), que en algunos sitios no han sido corregidas.
Donde no existan todavía
instituciones elegidas democráticamente, así como en el ejército, todo el poder
deberá pasar a los Soviets locales y a los comisarios elegidos por ellos, o a
otras instituciones, siempre y cuando que sean electivas.
Deberá procederse sin falta
y en todas partes, con el pleno apoyo del Estado, a armar a los obreros y a las
tropas revolucionarias, es decir, a las que hayan demostrado en la práctica su
capacidad para reprimir a los kornilovistas.
La paz a los pueblos.
3.
El
Gobierno soviético deberá proponer sin
demora a todos los pueblos beligerantes (es decir, a sus gobiernos y,
simultáneamente, a las masas de obreros y campesinos) la conclusión inmediata
de una paz general sobre bases democráticas y, además, un armisticio inmediato
(aunque sólo sea por tres meses).
La condición fundamental
para una paz democrática es renunciar a las anexiones, pero no en el falso
sentido de que todas las potencias deban recuperar lo que hayan perdido, sino
en el único sentido justo, o sea, en el sentido de que todo pueblo, sin excepción
alguna, tanto en Europa como en las colonias, obtenga la libertad y la
posibilidad de decidir por su cuenta si desea constituirse en Estado independiente o formar parte de
cualquier otro.
Al proponer estas
condiciones de paz, el Gobierno soviético deberá proceder, por su parte, a
ponerlas en práctica sin la menor demora, es decir, deberá publicar y anular
los tratados secretos por los que estamos ligados todavía, tratados que fueron
concertados por el zar y en los que se promete a los capitalistas rusos el
saqueo de Turquía, Austria, etc. Además, estamos obligados a cumplir
inmediatamente las condiciones formuladas por los ucranios y los finlandeses,
asegurándoles, como a las demás naciones que pueblan Rusia, una libertad
completa, incluso la libertad de separación; aplicar el mismo principio a toda Armenia, contraer el compromiso de
desalojar este país y los territorios turcos que ocupamos, etc.
Estas condiciones de paz no
serán bien acogidas por los capitalistas, pero suscitarán en todos los pueblos
un eco tan grandioso de simpatía y una explosión universal, tan gigantesca e
histórica, de entusiasmo e indignación general contra la prolongación de la
guerra de rapiña, que lo más probable es que consigamos en el acto un
armisticio y el asenso a entablar negociaciones de paz. Porque la revolución
obrera contra la guerra crece incontenible en todas partes, y lo único que
puede impulsarla no son las frases acerca de la paz (con las que todos los
gobiernos imperialistas, incluido nuestro Gobierno Kerenski, vienen engañando
desde hace ya mucho a los obreros y los campesinos), sino la ruptura con los
capitalistas y la proposición de la paz.
Y si ocurriese lo menos
probable, es decir, si ningún Estado beligerante accediese siquiera al
armisticio, la guerra sería, por nuestra parte, una guerra verdaderamente
impuesta, verdaderamente justa y defensiva. El solo hecho de que el
proletariado y los campesinos pobres comprendieran eso, haría que Rusia fuese
mucho más fuerte, incluso en el terreno militar, sobre todo después de romper
por completo con los capitalistas, que saquean al pueblo. Y no hablemos ya de
que, entonces, la guerra sería de hecho, y no de palabra, una guerra en la que
pelearíamos aliados a las clases oprimidas de todos los países y a los pueblos
oprimidos del mundo entero.
En particular, hay que
prevenir al pueblo contra la afirmación de los capitalistas, que hace mella a
veces e los más asustadizos y en los pequeños burgueses, de que lo capitalistas
ingleses y de otros países pueden inferir un grave daño a la revolución rusa si
rompemos la alianza rapaz que tenemos con ellos. Esa afirmación es
absolutamente falsa, pues “el apoyo financiero de los aliados”, con el que se
enriquecen los banqueros, “sostiene” a los obreros y campesinos rusos igual que
la soga al ahorcado. Rusia dispone de trigo, carbón, petróleo y hierro en
cantidad suficiente, y lo único que se necesita para poder distribuir bien esos
productos es librarse de los terratenientes y capitalistas que saquean al
pueblo.
104
En lo que respecta a una
posible amenaza militar al pueblo ruso por parte de sus aliados de hoy, es
absurda a todas luces la suposición de que los franceses y los italianos puedan
unir sus tropas con las de los alemanes y lanzarlas contra Rusia, que propone
una paz justa. Por su parte, Inglaterra, los Estados Unidos y el Japón, aun
suponiendo que declarasen la guerra a Rusia (cosa para ellos difícil en
extremo, no sólo porque dicha guerra sería extraordinariamente impopular para
las masas, sino también por las divergencias existentes
entre los intereses
materiales de los capitalistas de esos países en lo que respecta al reparto de
Asia y, sobre todo, al saqueo de China), no inferirían a nuestro país ni la
centésima parte del daño y de las calamidades que le causa la guerra contra Alemania,
Austria y Turquía.
La tierra para los
que la trabajan.
4.
El
Gobierno soviético deberá declarar inmediatamente abolida sin indemnización la
propiedad privada de la tierra de los latifundistas y entregar esta tierra a
los comités de campesinos hasta que resuelva la Asamblea Constituyente.
Asimismo deberán entregarse a los susodichos comités de campesinos, para su
administración, el ganado y los aperos de labranza de los terratenientes, a fin
de que sean facilitados en usufructo, en primer término, incondicional y
gratuitamente, a los campesinos pobres.
Estas medidas, que la
mayoría abrumadora de los campesinos viene reclamando desde hace largo tiempo
en los acuerdos de sus congresos y en cientos de mandatos locales (como lo
patentiza también el resumen de los 242 mandatos aparecido en Izvestia Sovieta Krestiánskij Deputátov),
son dudablemente necesarias e inaplazables. No se pueden tolerar más aplazamientos, que tanto han
perjudicado a los campesinos durante el gobierno de “coalición”.
Todo gobierno que tarde en
implantar estas medidas debe ser considerado antipopular, merecedor de ser derribado y aplastado por la
insurrección de los obreros y los campesinos. Y, por el contrario, sólo podrá
ser considerado un gobierno de todo el pueblo el que aplique estas medidas.
La lucha contra el
hambre y la ruina.
5. El Gobierno soviético deberá implantar
sin demora en todo el Estado el control obrero de la producción y el consumo.
Sin eso, como ha demostrado ya la experiencia desde el 6 de mayo, serán
inútiles todas las promesas de reformas y todos los intentos de llevarlas a la
práctica; el hambre, junto con una catástrofe sin precedente, amenaza al país
de una semana para otra.
Es preciso nacionalizar sin
dilación los bancos y las compañías de seguros, así como las ramas industriales
más importantes (industrias petrolera, hullera, metalúrgica, azucarera, etc.).
A la par con ello hay que abolir obligatoriamente el secreto comercial y
organizar un sistema inexorable de fiscalización, a cargo de los obreros y los
campesinos, de la insignificante minoría de capitalistas que se lucra con los
suministros al Estado y elude la rendición de cuentas y los justos impuestos
sobre sus ganancias y sus bienes.
Estas medidas, que no
privarán ni de un solo kopek de su propiedad ni a los campesinos medios, ni a
los cosacos ni a los pequeños artesanos, son absolutamente justas para
conseguir una distribución equitativa de las cargas de la guerra e inaplazables
para combatir el hambre. Sólo después de meter en cintura a los merodeadores
capitalistas y poner fin a la paralización premeditada de la producción,
provocada por ellos, se podrá elevar el rendimiento del trabajo, implantar el
trabajo general obligatorio, el intercambio equitativo del trigo por artículos
industriales y conseguir que vuelvan al Tesoro los miles de millones de papel
moneda que ocultan los ricos.
Sin estas medidas será
imposible también abolir sin indemnización la gran propiedad agraria, pues la
mayor parte de estas tierras está hipotecada a los bancos, y los intereses de
los terratenientes y los capitalistas se hallan entrelazados de manera indisoluble.
El último acuerdo adoptado
por la Sección Económica del CEC de toda Rusia de los Soviets de diputados
obreros y soldados (Rabóchaya Gazeta,
núm. 152) no sólo considera “funestas”
las medidas adoptadas por el gobierno (como, por ejemplo, subir los precios del
trigo para que se enriquezcan los terratenientes y los kulaks); no sólo
reconoce “el hecho de la pasividad
absoluta de los organismos centrales de reglamentación de la vida económica anejos al gobierno”, sino que incluso
declara que este gobierno “infringe la
ley”. Esta confesión de los partidos gobernantes eserista y menchevique
demuestra una vez más cuán criminal es la política de conciliación con la
burguesía.
La lucha frente a la
contrarrevolución de los terratenientes y capitalistas.
6. La sublevación de Kornílov y Kaledin fue
apoyada por toda la clase de los terratenientes y capitalistas, con el Partido
Demócrata Constitucionalista (el partido de “la libertad del pueblo”) a la
cabeza. Así lo demuestran plenamente los hechos publicados en Izvestia del CEC.
Pero no se ha hecho nada ni
para aplastar por completo esa contrarrevolución ni, aunque sólo sea, para
investigarla. Y nada serio podrá hacerse en este sentido sin que el poder pase
a manos de los Soviets. Ninguna comisión no investida de poderes del Estado
puede efectuar una investigación completa, detener a los culpables, etc. Eso
puede y debe hacerlo únicamente el Gobierno de los Soviets. Sólo él puede poner
a Rusia a salvo de una repetición inevitable de las intentonas “tipo Kornílov”,
deteniendo a los generales kornilovistas y a los cabecillas de la
contrarrevolución burguesa (Guchkov, Miliukov, Riabushinski, Maklákov y Cía.),
disolviendo las organizaciones contrarrevolucionarias (la Duma de Estado, las
ligas de oficiales, etc.), poniendo a sus miembros bajo la vigilancia de los
Soviets locales y disolviendo la unidades contrarrevolucionarias.
105
El Gobierno de los Soviets
es el único que puede formar una comisión encargada de investigar profunda y
públicamente el asunto de los kornilovistas y todos los demás asuntos
semejantes, incluso los incoados por la burguesía. Por su parte, el Partido
Bolchevique invitaría a los obreros a que obedeciesen y apoyasen por entero
sólo a una comisión de ese tipo.
El Gobierno de los Soviets
es el único que podría combatir con eficacia la escandalosa injusticia que
supone que las imprentas principales y la mayoría de los periódicos hayan sido
acaparados por los capitalistas con ayuda de los millones robados al pueblo. Es
preciso prohibir los periódicos burgueses contrarrevolucionarios (Riech, Rúskoie Slovo, etc.), confiscar sus imprentas, declarar monopolio
del Estado los anuncios de particulares en la prensa y concentrarlos en el
periódico del gobierno, que editarán los Soviets y dirá la verdad a los
campesinos. Sólo así se puede y se debe arrancar de las manos de la burguesía
ese poderoso instrumento de la mentira y la calumnia impunes, que le permite
engañar al pueblo, desorientar a los campesinos y preparar la contrarrevolución.
El desarrollo
pacífico de la revolución.
7. Ante la democracia de Rusia, ante los
Soviets y ante los partidos eserista y menchevique surge hoy la posibilidad,
extraordinariamente rara en la historia de las revoluciones, de asegurar la
convocación de la Asamblea Constituyente en el plazo señalado y sin nuevas
dilaciones, la posibilidad de salvar al país del peligro de una catástrofe
militar y económica, la posibilidad de asegurar el desarrollo pacífico de la
revolución.
Si los Soviets asumen hoy
íntegra y exclusivamente el poder del Estado para aplicar el programa que hemos
expuesto, tendrán asegurado no solo el apoyo de las nueve décimas partes de la
población de Rusia, de la clase obrera y de la inmensa mayoría de los
campesinos. Tendrán asegurado también el mayor entusiasmo revolucionario del
ejército y de la mayoría del pueblo, un entusiasmo sin el cual es imposible
vencer en la lucha contra el hambre y la guerra.
Hoy no podría ni hablarse de
oponer resistencia a los Soviets si éstos, por su parte, no vacilasen. Ninguna
clase se atreverá a sublevarse contra ellos; y los terratenientes y
capitalistas, aleccionados por las enseñanzas de la korniloviada, cederán pacíficamente
el poder en cuanto los Soviets lo exijan en forma de ultimátum. Para vencer la
resistencia de los capitalistas al programa de los Soviets bastará con
establecer la vigilancia de los explotadores por los obreros y los campesinos y
adoptar medidas contra los desobedientes como, por ejemplo, la confiscación de
todos los bienes, unida a un breve período de cárcel.
Si los Soviets asumieran
todo el poder, podrían asegurar ya hoy — y, probablemente, ésta sea su última
oportunidad— el desarrollo pacífico de la revolución, la elección pacífica de
los diputados por el pueblo, la lucha pacífica de los partidos dentro de los
Soviets, la constatación práctica de los programas de los distintos partidos y
el paso pacífico del poder de un partido a otro.
Si se desaprovecha esta
posibilidad, el rumbo seguido por la revolución desde el movimiento del 20 de
abril hasta la korniloviada muestra que es inevitable la más enconada guerra
civil entre la burguesía y el proletariado. La catástrofe inminente acercará
esa guerra, que, a juzgar por todos los datos y razones accesibles a la
inteligencia humana, deberá terminar con la victoria completa de la clase
obrera, apoyada por los campesinos pobres, para llevar a la práctica el
programa aquí expuesto. Mas la guerra civil puede ser muy dura y sangrienta,
puede costar la vida a decenas de miles de terratenientes, capitalistas y
oficiales que simpaticen con ellos. El proletariado no retrocederá ante ningún
sacrificio para salvar la revolución, cosa imposible fuera del programa que
hemos trazado. Ahora bien, el proletariado apoyaría con todas sus fuerzas a los
Soviets si éstos aprovechasen la última posibilidad de desarrollo de la
revolución.
Escrito en la primera quincena de septiembre de 1917. Publicado
el 9 y 10 de octubre (26 y 27 de septiembre) de 1917 en los núm. 20 y 21 de
“Rabochi Put”.
T. 34, págs. 229-238.
Los bolcheviques deben tomar el poder
106
LOS BOLCHEVIQUES
DEBEN TOMAR EL PODER.71
Carta al Comité
Central y a los comités de Petrogrado y Moscú del POSD(b) de Rusia.
Después de haber conquistado
la mayoría en los Soviets de diputados obreros y soldados de ambas capitales,
los bolcheviques pueden y deben tomar en sus manos el poder del Estado.
Pueden, pues la mayoría
activa de los elementos revolucionarios del pueblo de ambas capitales es
suficiente para llevar tras de sí a las masas, vencer la resistencia del
enemigo, derrotarlo, conquistar el poder y sostenerse en él; pueden, pues al
proponer en el acto la paz democrática, entregar en el acto la tierra a los
campesinos y restablecer las instituciones y libertades democráticas,
aplastadas y destrozadas por Kerenski, los bolcheviques formarán un gobierno
que nadie podrá derrocar.
La mayoría del pueblo nos apoya. Así lo ha demostrado el largo
y difícil camino recorrido desde el 6 de mayo hasta el 31 de agosto y hasta el
12 de septiembre: la mayoría en los Soviets de ambas capitales es el fruto de la evolución del pueblo hacia nosotros. Lo mismo demuestran las
vacilaciones de los eseristas y mencheviques y el fortalecimiento de los
internacionalistas entre ellos.
La Conferencia Democrática no representa a la mayoría del pueblo
revolucionario, sino únicamente a las
cúspides pequeñoburguesas conciliadoras. No debemos dejarnos engañar por las cifras de las elecciones, pues
el quid de la cuestión no está en ellas: comparad las elecciones a las dumas
urbanas de Petrogrado y Moscú con las de los Soviets. Comparad las elecciones
en Moscú y la huelga moscovita del 12 de agosto: ahí tenéis los datos objetivos
referentes a la mayoría de los elementos revolucionarios que guían a las masas.
La Conferencia Democrática engaña a los campesinos, no dándoles
ni la paz ni la tierra.
El gobierno bolchevique es el
único que satisfará a los campesinos.
* * *
¿Por qué deben los bolcheviques tomar el poder precisamente ahora?
Porque la inminente entrega
de Petrogrado hará cien veces más difíciles nuestras posibilidades.
Y existiendo un ejército
encabezado por Kerenski y Cía., no
estamos en condiciones de impedir la entrega de Petrogrado.
No se puede “esperar” a la
Asamblea Constituyente, pues Kerenski y Cía. podrán frustrarla siempre con esa misma entrega de Petrogrado. Sólo
nuestro partido, tomando el poder, puede asegurar la convocatoria de la
Asamblea Constituyente y, después de tomar el poder, acusará de demora a los
demás partidos y demostrará su acusación.
![]()
71 Las cartas de Lenin Los bolcheviques deben tomar el poder y El marxismo y la insurrección fueron discutidas en una reunión del
CC del partido el 15 (28) de septiembre de 1917. El Comité Central acordó
celebrar poco después una nueva reunión para examinar los problemas de táctica.
Kámenev, que estaba en contra de que el partido se orientase hacia la
revolución socialista, presentó un proyecto de resolución contra las propuestas
de Lenin de organizar la insurrección armada, pero el Comité Central lo rechazó
Los bolcheviques deben tomar el poder
La paz por separado entre
los imperialistas ingleses y alemanes puede y debe ser impedida únicamente si
se actúa con rapidez.
El pueblo está cansado de
las vacilaciones de los mencheviques y eseristas. Sólo nuestra victoria en
ambas capitales hará que los campesinos nos sigan.
* * *
No se trata del “día” de la
insurrección, de su “momento”, en el sentido estrecho de la palabra. Eso lo
decidirá únicamente la voluntad común de los que tienen contacto con los obreros y los soldados, con las masas.
Se trata de que nuestro
partido tiene ahora, de hecho, en la Conferencia Democrática su Congreso, y este congreso debe (quiéralo o no, pero debe) decidir el destino de la revolución.
Se trata de conseguir que
esta tarea sea clara para el partido: plantear a la orden del día la insurrección armada en Petrogrado y
Moscú (comprendida la región), conquistar el poder, derribar el gobierno. Hay que pensar en cómo hacer agitación en pro de esta tarea, sin expresarse así en la
prensa.
Recordad y reflexionad sobro
las palabras de Marx respecto a la insurrección: “la insurrección es un arte”72,
etc.
* * *
Es ingenuo esperar la
mayoría “formal” de los bolcheviques: ninguna revolución espera eso. Tampoco lo esperan Kerenski y Cía.,
sino que preparan la entrega de Petrogrado. ¡Precisamente las ruines
vacilaciones de la “Conferencia Democrática” deben agotar, y agotarán, la
paciencia de los obreros de Petrogrado y Moscú! La historia no nos perdonará si
no tomamos ahora el poder.
¿Que no existe un aparato?
Ese aparato existe: los Soviets y las organizaciones democráticas. La situación
internacional precisamente ahora, en vísperas de la paz por separado de
los ingleses con los alemanes, nos es
favorable. Precisamente ahora, proponer la paz a los pueblos significa triunfar.
107
Tomando el poder simultáneamente en Moscú y Petrogrado
(no importa quién empiece; quizá pueda empezar incluso Moscú), triunfaremos de manera indefectible y segura.
N. Lenin.
Escrita el 12-14
(25-27) de septiembre de 1917. Publicada por vez primera en 1921 en el núm.
2 de la revista
“Proletárskaya Revoliutsia”.
T. 34, págs. 239-241
![]()
72 Véase F. Engels. Revolución y contrarrevolución en Alemania. Engels escribió esta
obra en 1851 y 1852 y vio la luz, en forma de artículos, en el periódico The 2ew York Daily Tribune. Aparecieron
con la firma de Marx, que al comienzo pensaba escribirlos él mismo; pero,
ocupado en las investigaciones económicas, transfirió este trabajo a Engels. Al
escribir esta obra, Engels se aconsejó en todo momento de Marx, a quien dio a
conocer también los artículos antes de enviados al periódico. Sólo con
posterioridad, al publicarse la correspondencia de Marx y Engels, se supo que
el autor de esta obra era Engels
108
EL MARXISMO Y LA
INSURRECCIÓN.
Carta al Comité
Central del POSD(b) de Rusia.
Entre las tergiversaciones
del marxismo más aviesas y, quizá, más difundidas por los partidos
“socialistas” dominantes figura la mentira oportunista de que la preparación de
la insurrección —y, en general, la concepción de ésta como un arte— es
“blanquismo”.
El jefe del oportunismo,
Bernstein, se ganó ya una triste celebridad al acusar al marxismo de
blanquismo; y los oportunistas de hoy, en realidad, no renuevan ni “enriquecen”
en nada las pobres “ideas” de Bernstein al hablar a gritos de blanquismo.
¡Acusar a los marxistas de
blanquismo porque consideran que la insurrección es un arte! ¿Cabe falseamiento
más patente de la verdad, cuando ningún marxista niega que fue el propio Marx
quien se pronunció del modo más concreto, claro e irrefutable sobre este
problema, diciendo precisamente que la insurrección es un arte, que hay que tratarla como tal, que es necesario conquistar un primer triunfo y avanzar
luego de éxito en éxito, sin interrumpir la
ofensiva contra el enemigo, aprovechándose de su confusión, etc., etc.?
La insurrección, para poder
triunfar, no debe apoyarse en una conjura, en un partido, sino en la clase de
vanguardia. Esto, en primer lugar. En segundo lugar, debe apoyarse en el entusiasmo revolucionario del pueblo.
Y en tercer lugar debe apoyarse en el
momento crítico de la historia de la creciente revolución en que sea mayor
la actividad de la vanguardia del pueblo, en que sean mayores las vacilaciones en las filas de los
enemigos y en las filas de los amigos
débiles, inconsecuentes e indecisos de la revolución. Estas tres
condiciones al plantear el problema
de la insurrección son precisamente las que diferencian el marxismo y el blanquismo.
Pero, si se dan estas
condiciones, negarse a considerar que la insurrección es un arte significa traicionar al marxismo y traicionar a la
revolución.
Para demostrar por qué
precisamente en el momento actual es
obligatorio para el partido reconocer que la insurrección ha sido puesta a la orden del día por la marcha
objetiva de los acontecimientos y considerarla un arte; para demostrar eso, lo
mejor será, quizá, usar el método comparativo y trazar un paralelo entre las
jornadas del 3 y 4 de julio y las de septiembre.
El 3 y 4 de julio se podía,
sin faltar a la verdad, plantear el problema del modo siguiente: lo más justo
sería tomar el poder, pues, aunque no lo hagamos, los enemigos nos acusarán
igualmente de insurgentes y nos tratarán como a tales. Pero de ahí no se podía
deducir que fuera conveniente tomar el poder en aquel momento, pues entonces no
existían las condiciones objetivas necesarias para el triunfo de la
insurrección.
1) No nos seguía aún la clase que constituye la vanguardia de la
revolución.
No teníamos aún la mayoría
entre los obreros y los soldados de las capitales. Hoy tenemos ya la mayoría en
ambos Soviets. Esta mayoría es fruto únicamente
de la historia de los meses de julio y agosto, de la experiencia de las
“represalias” contra los bolcheviques y de las enseñanzas de la korniloviada.
2)
Entonces
faltaba el entusiasmo revolucionario de todo el pueblo. Hoy, después de la
korniloviada, ese entusiasmo existe. Así lo demuestran la situación en las
provincias y la toma del poder por los Soviets en muchos lugares.
3)
Entonces
no existían vacilaciones serias, de
alcance político general, entre nuestros enemigos ni entre la pequeña burguesía
inconsecuente. Hoy, esas vacilaciones son gigantescas nuestro enemigo
principal, el imperialismo de los aliados y el imperialismo mundial (pues los
“aliados” se encuentran a la cabeza de este último), empieza a vacilar entre la guerra hasta la victoria final y una paz
separada dirigida contra Rusia. Y nuestros demócratas pequeñoburgueses que han
perdido ya a ojos vistas la mayoría en el pueblo, vacilan también en
proporciones gigantescas, habiendo renunciado al bloque, es decir, a la
coalición con los democonstitucionalistas.
4)
Por
eso, la insurrección habría sido un error el 3 y el 4 de julio: no habríamos
podido mantenernos en el poder ni física ni políticamente. Físicamente, pues,
aunque en algunos momentos tuvimos a Petrogrado en nuestras manos, nuestros
propios obreros y soldados no estaban dispuestos entonces a pelear y morir por la capital: les
faltaba todavía el “enfurecimiento” que existe hoy, el odio ardiente tanto a los Kerenski como a los Tsereteli y los Chernov.
Nuestros hombros no se habían templado aún con la experiencia de las
persecuciones contra los bolcheviques, efectuadas con participación de los
eseristas y los mencheviques.
109
Desde el punto de vista
político, el 3 y el 4 de julio no habríamos podido sostenemos en el poder,
pues, antes de la korniloviada, el
ejército y las provincias podían marchar, y habrían marchado, sobre Petrogrado.
El panorama es hoy completamente distinto.
Nos sigue la mayoría de la clase que constituye la vanguardia de
la revolución, la vanguardia del pueblo capaz de llevar tras de sí a las masas.
Nos sigue la mayoría del pueblo, pues la dimisión
de Chernov no es, ni mucho menos, el único indicio, pero sí el más claro y más
patente, de que los campesinos no
recibirán la tierra del bloque de los eseristas (ni de los propios
eseristas). Y ahí está la clave del carácter popular de la revolución.
Estamos en la situación
ventajosa de un partido que sabe firmemente cuál es su camino, en medio de las
más inauditas vacilaciones de todo el
imperialismo y de todo el bloque menchevique— eserista.
Nuestro triunfo es seguro, pues el pueblo se encuentra ya al borde de la
desesperación y nosotros ofrecemos a todo el pueblo la salida certera, al
demostrarle “en los días de la korniloviada” el significado de nuestra
dirección, y, después, al proponer
una transacción a los del bloque y recibir
de ellos una negativa, sin que hayan terminado, ni mucho menos, sus
vacilaciones.
Sería el mayor error pensar
que la transacción propuesta por nosotros no ha sido rechazada todavía, que la Conferencia Democrática
puede aún aceptarla. La transacción
era una propuesta de un partido a otros partidos . No
podía hacerse de otro modo. Los partidos
la rechazaron. La Conferencia Democrática es sólo una conferencia, y nada más.
No debe olvidarse que en ella no está representada la mayoría del pueblo revolucionario: los exasperados campesinos
pobres. Es una conferencia de la minoría
del pueblo: no debe olvidarse esta verdad evidente. Sería el mayor error,
el mayor cretinismo parlamentario, que nosotros viéramos en la Conferencia
Democrática un Parlamento, pues, aun suponiendo
que se hubiese proclamado Parlamento permanente y soberano de la revolución, de
todos modos no resolvería nada: la
solución está fuera de ella, está en
los barrios obreros de Petrogrado y de Moscú.
Existen todas las premisas
objetivas para una insurrección victoriosa. Contamos con las excepcionales
ventajas de una situación en la que sólo
nuestra victoria en la insurrección pondrá fin a las vacilaciones, que han
extenuado al pueblo y son la cosa más penosa del mundo; en la que sólo nuestra victoria en la insurrección
dará inmediatamente la tierra a los campesinos; en la que sólo nuestra victoria en la insurrección frustrará todas esas maniobras de paz
por separado, enfiladas contra la revolución, y las frustrará mediante la
propuesta pública de una paz más completa, más justa y más próxima, de una paz en beneficio de la revolución.
Por último, nuestro partido
es el único que, triunfante en la insurrección, puede salvar a Petrogrado, pues si nuestra propuesta de paz es
rechazada y no se nos concede siquiera un armisticio, nos haremos “defensistas”, nos pondremos a la cabeza de los partidos que propugnan la continuación de la guerra,
nos convertiremos en el partido más
“belicista” y sostendremos una
guerra verdaderamente revolucionaria. Despojaremos a los capitalistas de todo
el pan y de todas las botas. Sólo les
dejaremos cortezas y los calzaremos con esparteñas. Enviaremos al frente todo
el calzado y todo el pan.
Y así defenderemos Petrogrado.
En Rusia son todavía
inmensamente grandes los recursos materiales y morales con que contaría una
guerra auténticamente revolucionaria: hay un 99 por 100 de probabilidades de
que los alemanes nos concedan, por lo menos, un armisticio. Y obtener hoy un
armisticio significa ya triunfar sobre el
mundo entero.
* * *
Una vez convencidos de que
la insurrección de los obreros de Petrogrado y de Moscú es absolutamente
necesaria para salvar a la revolución y salvar a Rusia del reparto “separado”
por los imperialistas de ambas coaliciones, debemos: primero, adaptar nuestra
táctica política en la Conferencia Democrática a las condiciones de la
creciente insurrección; segundo, demostrar que no aceptamos sólo de palabra la
idea de Marx de que es preciso considerar la insurrección como un arte.
En la Conferencia
Democrática debemos unir sin demora la minoría bolchevique, sin preocuparnos
del número ni temer que los vacilantes sigan en el campo de los vacilantes: allí serán más útiles a la causa de la
revolución que en el campo de los que luchan por ella con decisión y sin
reservas.
Debemos redactar una breve
declaración de los bolcheviques, en la que se subraye con la mayor energía la
inoportunidad de los discursos largos, y, en general, de los “discursos”; la
necesidad de actuar sin demora para salvar la revolución; la necesidad absoluta
de romper por completo con la burguesía, de destituir totalmente al gobierno
actual, de romper por entero con los imperialistas anglo-franceses, que están
preparando el reparto “separado” de Rusia; la necesidad de transferir en el
acto todo el poder a la democracia
revolucionaria, con el proletariado revolucionario a la cabeza.
Nuestra declaración deberá
formular esta conclusión en la forma más breve y tajante y de acuerdo con los
proyectos programáticos; paz a los pueblos, tierra a los campesinos,
confiscación de las ganancias escandalosas y represión del escandaloso sabotaje
de la producción por los capitalistas.
110
Cuanto más breve y tajante
sea la declaración, tanto mejor. En ella deberán destacarse con claridad otros
dos puntos importantísimos: el pueblo está extenuado por tantas vacilaciones,
el pueblo ha sido martirizado por la indecisión de los eseristas y los
mencheviques; nosotros rompemos definitivamente con esos partidos, pues han traicionado a la revolución.
El otro punto es éste: al
proponer inmediatamente una paz sin anexiones y romper en el acto con los
imperialistas aliados, y con todos los imperialistas; obtendremos o bien el
armisticio inmediato, o bien la incorporación de todo el proletariado revolucionario
a la defensa; y la democracia revolucionaria, dirigida por él, emprenderá una
guerra verdaderamente justa, verdaderamente revolucionaria.
Después de dar lectura a
esta declaración, después de proclamar la necesidad de decidir y no de hablar, de actuar
y no de escribir resoluciones, deberemos enviar
a toda nuestra minoría a las fábricas y a
los cuarteles: allí está su sitio, allí está el nervio de la vida, allí
está la fuente del salvamento de la
revolución, allí está el motor de la Conferencia Democrática.
Allí debemos exponer, en
discursos fogosos y apasionados, nuestro programa y plantear el problema así: o
la aceptación íntegra del programa
por la Conferencia, o la insurrección. No hay término medio. No se puede
esperar. La revolución se hunde.
Si planteamos así el
problema y concentramos toda nuestra minoría en las fábricas y en los
cuarteles, podremos elegir con acierto el
momento para comenzar la insurrección.
Y para enfocar la
insurrección al estilo marxista, es decir, como un arte, deberemos, al mismo
tiempo y si perder un minuto, organizar un Estado
Mayor de los destacamentos de insurgentes, distribuir las fuerzas, lanzar
los regimientos de confianza contra los puntos más importantes, cercar el
Teatro de Alejandro y tomar la Fortaleza de Pedro y Pablo73, detener al Estado Mayor General y al gobierno y enviar contra
los cadetes y contra la “división salvaje” tropas dispuestas a morir antes que
permitir al enemigo abrirse paso hacia los centros de la ciudad; deberemos
movilizar a los obreros armados, llamándoles a una lucha desesperada, a la
lucha final; deberemos ocupar inmediatamente las centrales de Telégrafos y de
Teléfonos, instalar nuestro Estado
Mayor de la insurrección junto a la Central de Teléfonos y poner en contacto
telefónico con él todas las fábricas, todos los regimientos, todos los puntos
en que se desarrolle la lucha armada, etc.
Todo esto, claro está,
aproximadamente, solo como un ejemplo
de que en los momentos actuales es imposible mantenerse fieles al marxismo, a
la revolución, sin considerar la
insurrección como un arte.
N. Lenin.
Escrita el 13-14
(26-27) de septiembre de 1917. Publicada por vez primera en 1921, en el núm.
2 de la revista
“Proletárskaya Revoliutsia”.
T. 34, págs. 242-247.
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73 Teatro de Alejandro: teatro de Petrogrado en que se celebró la Conferencia
Democrática.
Fortaleza de Pedro y Pablo: fortaleza enclavada frente al Palacio
de Invierno, en la orilla opuesta del Neva. En ella se encarcelaba a los presos
políticos durante el zarismo. Tenía un gigantesco arsenal y era un importante
punto estratégico de Petrogrado. En la actualidad es un museo de historia de la
revolución
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
111
LA CRISIS HA
MADURADO.74
I
Es indudable que las
postrimerías de septiembre nos han aportado un grandioso viraje en la historia
de la revolución rusa y, al parecer, de la revolución mundial.
La revolución obrera mundial
comenzó con las acciones de hombres aislados, que representaban con abnegada
valentía todo lo honesto que había quedado del podrido “socialismo” oficial, el
cual es, en realidad, socialchovinismo. Liebknecht en Alemania, Adler en
Austria y Maclean en Inglaterra son los nombres más conocidos de estos héroes
individuales que han asumido el difícil papel de precursores de la revolución
mundial.
La segunda etapa en la
preparación histórica de esta revolución fue la vasta efervescencia de las
masas, plasmada en la escisión de los partidos oficiales, en la edición de
publicaciones clandestinas y en las manifestaciones callejeras. A medida que se
intensificaba la protesta contra la guerra fue aumentando el número de víctimas
de las persecuciones gubernativas. Las cárceles de los países célebres por su
legalidad e incluso por su libertad —Alemania, Francia, Italia e Inglaterra—
empezaron a llenarse de decenas y centenas de internacionalistas, de enemigos
de la guerra, de partidarios de la revolución obrera.
Ha llegado ahora la tercera
etapa, que puede ser denominada víspera de la revolución. Las detenciones en
masa de los líderes del partido en la libre Italia y, sobre todo, el comienzo
de las sublevaciones militares en
Alemania75 son síntomas seguros del gran viraje,
síntomas de la víspera de la revolución
a escala mundial.
Es indudable que en Alemania
hubo también antes motines aislados entre las tropas; pero eran tan
insignificantes, tan desperdigados y tan débiles que se conseguía sofocarlos y
silenciarlos, radicando en ello el factor principal que permitía cortar el contagio masivo de las acciones
sediciosas. Por último, en la marina maduró asimismo un movimiento de este
carácter, que ya no pudo ser ni
sofocado ni silenciado, pese incluso a todos los rigores del régimen
presidiario militar alemán, concebidos con precisión inusitada y observados con
increíble pedantería.
Las dudas están descartadas.
Nos encontramos en el umbral de la revolución proletaria mundial. Y por cuanto
nosotros, los bolcheviques rusos, somos los únicos entre los internacionalistas
proletarios de todos los países que gozamos de una libertad relativamente
inmensa, que contamos con un partido legal y unas dos docenas de periódicos,
que tenemos a nuestro lado a los Soviets de diputados obreros y soldados de las
capitales y la mayoría de
![]()
74 Lenin escribió en Víborg el artículo La crisis ha madurado. Constaba de seis
capítulos, el último de los cuales (el sexto) no estaba destinado a la
publicidad, sino para "ser distribuido
entre los miembros del CC, del CP, del CM y de los Soviets".
Se ha conservado únicamente el manuscrito de los dos últimos capítulos (el V y
el VI) de este artículo. En el núm. 30 del periódico Rabochi Put ("La Senda Obrera"), correspondiente al 20
(7) de octubre de 1917, en el que vio la luz por vez primera este artículo, no
se publicaron cinco capítulos, sino cuatro. El capítulo quinto apareció como
cuarto, según ha podido comprobarse al confrontar el texto del periódico con el
manuscrito del capítulo quinto.
El artículo La crisis ha madurado fue reproducido por la prensa periódica
bolchevique de numerosas ciudades de Rusia.
75 Lenin se refiere a las acciones
revolucionarias de los marinos de la flota alemana en agosto de 1917, dirigidas
por una de sus organizaciones que agrupaba a fines de julio de 1917 a 4.000
hombres. La organización acordó luchar por una paz democrática y preparar una
sublevación. En los primeros días de agosto comenzaron las acciones públicas en
la flota. El movimiento entre los marinos se extendió a los buques de varias
escuadras en Wilhelmshaven. Las acciones revolucionarias en la flota alemana
fueron reprimidas con crueldad
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
las masas populares en un
momento revolucionario, puede y debe aplicársenos las conocidas palabras: a
quien mucho se le ha dado, mucho se le exige.
II
Es indudable que la revolución se halla en Rusia en un momento
de viraje.
En un país campesino, con un
gobierno revolucionario, republicano, apoyado por los partidos eserista y
menchevique —que predominaban todavía ayer entre la democracia
pequeñoburguesa—, crece la insurrección
campesina.
Es increíble, pero es un
hecho. Y a nosotros, los bolcheviques, no nos sorprende este hecho. Hemos dicho
siempre que el gobierno de la famosa “coalición” con la burguesía es el
gobierno de la traición a la
democracia y a la revolución, el gobierno de la matanza imperialista, el gobierno de la
protección de los capitalistas y terratenientes contra el pueblo.
Merced a los engaños de los
eseristas y los mencheviques en Rusia ha quedado y sigue existiendo en la
república, durante la revolución, juntamente con los Soviets, el gobierno de
los capitalistas y terratenientes. Tal es la amarga y terrible realidad. ¿Qué
tiene, pues, de sorprendente que en Rusia, dadas las inauditas calamidades que
acarrean al pueblo la prolongación de la guerra imperialista y sus
consecuencias, haya empezado y crezca la insurrección campesina?
¿Qué tiene, pues, de
sorprendente que los enemigos de los bolcheviques, los jefes del partido
eserista oficial — el mismo que ha
apoyado en todo momento a la “coalición”, el mismo que hasta los últimos días o
las últimas semanas tenía a su lado la mayoría pueblo, el mismo que continúa
censurando y hostigando a los “nuevos” eseristas, que se han convencido de la
traición que representa a los intereses del campesinado la política de la
coalición—; qué tiene de sorprendente que esos jefes del partido eserista oficial
escriban el 29 de septiembre en el artículo de fondo de su órgano oficial, Dielo Naroda, lo siguiente?:
112
“...Hasta este momento no se
ha hecho casi nada para acabar con las relaciones de servidumbre que siguen
imperando aún en el campo precisamente en el centro de Rusia...
La ley de ordenación de las
relaciones agrarias en el campo, presentada hace mucho al Gobierno Provisional
y aprobada incluso por un purgatorio como la Conferencia Jurídica, se ha
atascado irremisiblemente en ciertas oficinas... ¿Acaso no tenemos razón al
afirmar que nuestro gobierno republicano está muy lejos todavía de haberse
desembarazado de los viejos hábitos de la administración zarista, que los
procedimientos stolypinianos se dejan sentir aún con gran fuerza en los métodos
de los ministros revolucionarios?”
¡Así escriben los eseristas
oficiales! ¿Qué les parece?: ¡los partidarios de la coalición se ven obligados a reconocer que,
después de siete meses de revolución en un país campesino, “no se ha hecho casi
nada para acabar con la servidumbre” de los campesinos, con su sojuzgamiento
por los terratenientes! Esos eseristas se
ven obligados a denominar stolypinlanos
a su colega Kerenski y a toda su banda de ministros.
¿Puede haber un testimonio
más elocuente del campo de nuestros enemigos que confirme no sólo que la
coalición está en bancarrota, no sólo que los eseristas oficiales, que soportan
a Kerenski, se han convertido en un partido antipopular,
anticampesino, contrarrevolucionario, sino también que toda la revolución rusa ha
llegado a un momento crucial?
¡Una insurrección campesina
en un paíscampesino contra el gobierno de Kerenski, eserista, de Nikitin y
Gvózdiev, mencheviques, y de otros ministros representantes del capital y de
los intereses terratenientes! Y esa insurrección es sofocada con medidas militares por un gobierno
republicano.
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
¿Es que se puede, ante tales
hechos, ser un partidario honesto del proletariado y negar que la crisis ha
madurado, que la revolución experimenta un grandioso viraje, que la victoria
del gobierno sobre la insurrección campesina significaría ahora el entierro
definitivo de la revolución, el triunfo definitivo de la korniloviada?
III
Se cae de su peso que si en
un país agrario, después de siete meses de república democrática, se ha podido
llegar a una insurrección campesina, esta insurrección demuestra
irrefutablemente la bancarrota nacional de la revolución, su crisis, que ha
alcanzado una fuerza sin igual, y el acercamiento de las fuerzas
contrarrevolucionarias a la última línea.
Eso se cae de su peso. Ante
un hecho como la insurrección campesina, todos los demás síntomas políticos,
incluso si contradijesen a esta maduración de la crisis nacional, no tendrían
absolutamente ninguna importancia.
Pero, por el contrario,
todos los síntomas muestran precisamente que la crisis ha madurado a escala de
todo el país.
Después del problema
agrario, en la vida estatal de toda Rusia tiene una importancia particularmente
grande, sobre todo para las masas pequeñoburguesas de la población, el problema
nacional. Y vemos que en la Conferencia “Democrática”, amañada por el señor
Tsereteli y Cía., la curia “nacional” ocupa el segundo lugar por su
radicalismo, cediendo únicamente a las organizaciones sindicales y figurando por encima de la curia de los Soviets de
diputados obreros y soldados en lo que respecta al porcentaje de votos emitidos
contra la coalición (40 de 55). El
Gobierno Kerenski, el gobierno del aplastamiento de la insurrección campesina,
retira de Finlandia las tropas revolucionarias para vigorizar a la burguesía
reaccionaria finlandesa. En Ucrania son más frecuentes cada día los conflictos
de los ucranios en general, y de las tropas ucranias en particular, con el
gobierno.
Tomemos, en tercer lugar, el
ejército, que en tiempo de guerra tiene una importancia excepcional en toda la
vida del Estado. Hemos visto que las tropas finlandesas y la flota del Báltico se han separado por completo del
gobierno. Vemos la declaración del oficial Dubásov, no bolchevique, quien dice
en nombre de todo el frente, y con palabras más revolucionarias que todos los
bolcheviques, que los soldados no combatirán más76. Vemos los informes gubernamentales diciendo que los soldados
están “nerviosos”, que es imposible responder del “orden” (es decir, de la
participación de estas tropas en el aplastamiento de la insurrección
campesina). Vemos, por último, la votación en Moscú, donde catorce mil soldados
de diecisiete mil votan a favor de los bolcheviques.
Esta votación en las
elecciones a las dumas distritales de Moscú es, en general, uno de los síntomas
más sorprendentes del profundísimo viraje que se opera en el espíritu nacional.
Todo el mundo sabe que Moscú es más pequeñoburgués que Petrogrado. Es un hecho
indiscutible, confirmado muchas veces, que los vínculos del proletariado
moscovita con la aldea, sus simpatías por la vida de los campesinos y su
proximidad al estado de ánimo de éstos son incomparablemente mayores.
Pues bien, en Moscú, los
votos de los eseristas y mencheviques han descendido, del 70% en junio, al 18%.
La pequeña burguesía y el pueblo han vuelto la espalda a la coalición: no puede
caber la menor duda de ello. Los democonstitucionalistas se han fortalecido,
pasando del 17% al 30%; pero siguen en minoría, en una minoría irremediable,
pese a la evidente
![]()
76 Lenin alude al discurso pronunciado por
el oficial Dubásov, llegado del frente, en una sesión del Soviet de Petrogrado
celebrada el 21 de septiembre (4 de octubre) de 1917. Dubásov declaró:
"Digan lo que digan aquí, los soldados no combatirán más".
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
incorporación a ellos de los
eseristas “de derecha” y de los mencheviques “de derecha”. Por su parte, Russkie Viédomosti77 dice
que el número absoluto de sufragios
emitidos a favor de los democonstitucionalistas ha disminuido de 67.000 a
62.000. Los bolcheviques son los únicos que han aumentado su número de votos de
34.000 a 82.000, recibiendo el 47% de los sufragios emitidos. No puede haber ni
sombra de duda de que, junto con los eseristas de izquierda, tenemos ahora la
mayoría en los Soviets, en el ejército y en
el país.
113
Y entre los indicios de
significación no sólo sintomática, sino también muy real debe incluirse
asimismo que los ferroviarios y los empleados de Correos —que tienen una
gigantesca importancia económica, política y militar— sigan encontrándose en
enconado conflicto con el gobierno78. Tan
es así que hasta los mencheviques defensistas están descontentos de “su”
ministro Nikitin, y los eseristas oficiales denominan “stolypinianos” a
Kerenski y Cía. ¿No está claro que semejante “apoyo” de los mencheviques y eseristas
al gobierno tiene, si es que lo tiene sólo un significado negativo?
IV
……………………………………………………
V
Sí, los jefes del Comité
Ejecutivo Central aplican una táctica acertada de defensa de la burguesía y de
los terratenientes. Y no cabe la menor duda de que si los bolcheviques cayeran
en la trampa de las ilusiones constitucionales, de la “confianza” en el
Congreso de los Soviets y en la convocatoria de la Asamblea Constituyente, de
la “espera” del Congreso de los Soviets, etc.; no cabe duda de que esos
bolcheviques serían unos traidores
miserables a la causa proletaria.
Serían traidores a la causa
proletaria, pues con su conducta traicionarían a los obreros revolucionarios
alemanes, que han comenzado la sublevación en la marina. En tales condiciones,
“esperar” al Congreso de los Soviets, etc., es una traición al internacionalismo, una traición a la causa de la
revolución socialista mundial.
Porque el internacionalismo
no consiste en frases, no consiste en expresiones de solidaridad ni en
resoluciones, sino en hechos.
Los bolcheviques serían
traidores al campesinado, pues
tolerar el aplastamiento de la insurrección campesina por un gobierno que incluso “Dielo Naroda” compara con los stolypinianos, significaría hundir toda la revolución, hundirla para
siempre y de manera irrevocable. Se habla a gritos de anarquía y de que crece
la indiferencia de las masas: ¡¡y cómo no van a ser indiferentes las masas ante
las elecciones, si el campesinado se ha
visto obligado a recurrir a la insurrección y la llamada “democracia
revolucionaria” tolera pacientemente que esta insurrección sea sofocada por la
fuerza de las armas!!
Los bolcheviques serían
traidores a la democracia y la libertad, pues tolerar el aplastamiento de la
insurrección campesina en un momento como éste significaría permitir que fuesen falsificadas las elecciones a la
Asamblea Constituyente exactamente igual
—y todavía peor,
![]()
77 Russkie
Viédomosti
("Noticias de Rusia"): diario que se publicó en Moscú de 1863 a 1918;
desde 1905 fue órgano del ala derecha del Partido Demócrata Constitucionalista
78 Lenin se refiere a la huelga de obreros
y empleados ferroviarios de toda Rusia, que reivindicaban aumento de salarios.
La huelga comenzó en toda la red ferroviaria del país en la noche del 23 al 24
de septiembre (del 6 al 7 de octubre) de 1917
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
de modo más burdo— que han
sido falsificados la “Conferencia Democrática” y el “Anteparlamento”.
La crisis ha madurado. Está
en juego todo el porvenir de la revolución rusa. Está en entredicho todo el
honor del Partido Bolchevique. Está en juego todo el porvenir de la revolución
obrera internacional por el socialismo.
La crisis ha madurado...
29 de septiembre de 1917.
-----------------------
Hasta este lugar se puede
publicar; la continuación está destinada a ser distribuida entre los miembros del CC, del CP, del CM y de los Soviets.
VI
¿Qué hacer? Hay que aussprechen was ist, “decir lo que
existe”, reconocer la verdad de que entre nosotros, en el CC y en las altas
esferas del partido, existe una corriente u opinión favorable a esperar al Congreso de los Soviets, opuesta a la toma inmediata del poder, opuesta a la insurrección inmediata. Hay
que vencer esta corriente u opinión79.
De lo contrario, los
bolcheviques se cubrirían de oprobio
para siempre y quedarían reducidos a la
nada como partido.
Porque dejar pasar este
momento y “esperar” al Congreso de los Soviets es una idiotez completa o una traición completa.
Una traición completa a los
obreros alemanes. ¡¡No vamos a esperar a que comience su revolución!! En ese caso, hasta los Liberdán80 estarán a favor de que se la “apoye”. Pero esa revolución no puede comenzar mientras Kerenski,
Kishkín y Cía. estén en el poder.
Una traición completa al
campesinado. Teniendo los Soviet de las dos capitales,
permitir el aplastamiento de la insurrección campesina significaría perder, y perder merecidamente, toda la confianza de los campesinos,
significaría equipararse ante sus ojos a los Liberdán y demás miserables.
“Esperar” al Congreso de los
Soviets es una idiotez completa, pues significaría dejar pasar semanas, y las semanas e incluso los
días lo deciden hoy todo.
Significaría renunciar cobardemente a la toma del poder, pues el 1-2 de
noviembre será imposible (tanto política como técnicamente: se concentrará a
los cosacos para el día de la insurrección, “fijado”* tan estúpidamente).
* "Convocar" el Congreso de los
Soviets para el 20 de octubre a fin de decidir "la toma del poder",
¿¿se diferencia en algo de "fijar" estúpidamente la fecha de la
insurrección?? Ahora se puede tomar el poder, pero el 20-29 de octubre no os lo
dejarán tomar.
“Esperar” al Congreso de los Soviets es
una idiotez pues el congreso ¡no dará nada, no
puede dar nada!
114
![]()
79 Se trata de la posición de Kámenev,
Zinóviev, Trotski y sus adeptos. Kámenev y Zinóviev se pronunciaron en contra
del plan de Lenin de preparar la insurrección armada, pretendiendo demostrar
que la clase obrera de Rusia era incapaz de llevar a cabo la revolución
socialista. Cayeron en la posición de los mencheviques, que defendían la
república burguesa. Trotski insistía en que se aplazara la insurrección hasta
la convocación del II Congreso de los Soviets de toda Rusia, lo que, de hecho,
significaba hacerla fracasar, pues el Gobierno Provisional habría podido
concentrar fuerzas para tal fecha y sofocar la insurrección
80 Los Liberdán:
apodo irónico dado a los líderes mencheviques Líber y Dan y a sus adeptos
después de que en el periódico bolchevique moscovita Sotsial-Demokrat, correspondiente al 25 de agosto(7 de septiembre)
de 1917, apareció un artículo satírico de D. Bedni titulado Liberdán.
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
¿Significado “moral”? ¡¡Es
asombroso!! ¡¡Hablar del “significado” de las resoluciones y de las
conversaciones con los Liberdán cuando sabemos que los Soviets están a favor de los campesinos y que se
aplasta la insurrección campesina!!
Con eso condenaríamos a los Soviets
al papel de despreciables charlatanes. Venced primero a Kerenski y luego
convocad el Congreso.
Los bolcheviques tienen asegurada ahora la victoria de la
insurrección: 1) podemos** (si no “esperamos” al congreso de los Soviets)
atacar súbitamente y desde tres
puntos, desde Petrogrado, desde Moscú y desde la flota del Báltico; 2) tenemos
consignas que nos aseguran el apoyo: ¡Abajo el gobierno que reprime la
insurrección campesina contra los terratenientes! 3) tenemos la mayoría en el país; 4) la desorganización de los
mencheviques y eseristas es total; 5) tenemos la posibilidad técnica de tomar
el poder en Moscú (que podría incluso empezar para derrotar por sorpresa al
enemigo); 6) tenemos miles de
soldados y obreros armados en Petrogrado, que pueden tomar a la vez el Palacio de Invierno, el Estado Mayor General, la
Central de Teléfonos y todas las imprentas importantes; no nos echarán de allí,
y la agitación en el ejército
alcanzará tal amplitud que será imposible
luchar contra este gobierno de la paz, de la tierra para los campesinos, etc.
** ¿Qué ha hecho el partido para estudiar
la dislocación de las tropas, etc., para llevar a cabo la insurrección como un
"arte"?: ¡¡Sólo charlatanería en el CEC y etc.!!
Si atacamos simultáneamente,
por sorpresa, desde tres puntos, en Petrogrado, en Moscú y en la flota del
Báltico, tendremos el noventa y nueve por ciento de probabilidades de triunfar
con menos víctimas que las habidas del 3 al 5 de julio, pues las tropas no combatirán contra el
gobierno de la paz. Hasta en el caso de que Kerenski tenga ya en Petrogrado una
caballería “fiel”, etc., si atacamos desde dos lados y el ejército simpatiza con nosotros, Kerenski se verá obligado a rendirse. Si no tomamos el poder incluso
con las posibilidades que existen ahora, todo lo que se hable del poder de los
Soviets se convertirá en una mentira.
No tomar ahora el poder,
“esperar”, charlatanear en el CEC, limitarse a “luchar por el órgano” (del
Soviet), “luchar por el congreso”, significa hundir la revolución.
Al ver que el CC ha dejado incluso sin respuesta mis instancias en
este sentido desde el comienzo de la Conferencia Democrática, que el Órgano
Central tacha de mis artículos las
alusiones a errores tan escandalosos de los bolcheviques como la vergonzosa
decisión de participar en el Anteparlamento, de conceder puestos a los
mencheviques en el Presídium del Soviet, etc., etc.; al ver todo eso, debo
considerar que existe en ello una “sutil” insinuación de la falta de deseo del
CC hasta de discutir esta cuestión, una sutil insinuación del deseo de taparme
la boca y de proponerme que me retire.
Me veo obligado a dimitir de mi cargo en el CC, cosa que
hago, y a reservarme la libertad de hacer agitación en las organizaciones de base del partido y en su congreso.
Porque estoy profundamente
convencido de que, si “esperamos” al Congreso de los Soviets y dejamos ahora
pasar el momento, hundiremos la
revolución.
N. Lenin.
P. S. ¡Toda una serie de
hechos ha probado que ni siquiera las
tropas cosacas lucharán contra el gobierno de la paz! ¿Y cuántas son? ¿Dónde
están? ¿Y es que todo el ejército no destacará unidades que estén a nuestro favor?
Los capítulos I-III y V fueron publica dos el 20 (7) de octubre
de 1917 en el núm. 30 del periódico “Rabochi Put”; el capítulo VI vio la luz
por vez primera en 1924.
T. 34, págs. 272-283.
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
115
¿SE SOSTENDRÁN LOS
BOLCHEVIQUES EN EL PODER?
Prologo a la segunda
edición.
Como se desprende del texto,
el presente folleto fue escrito entre finales de septiembre y el 1 de octubre
de 1917.
La Revolución del 25 de
Octubre ha hecho pasar la cuestión planteada en este folleto del dominio de la
teoría al de la práctica.
A esta pregunta hay que
responder ahora con actos, y no con palabras. Los argumentos teóricos contra el
poder bolchevique son endebles en grado sumo y han sido rebatidos.
La tarea consiste ahora en
demostrar con la práctica de la clase de vanguardia —el proletariado— la
vitalidad del Gobierno Obrero y Campesino. Todos los obreros conscientes, todo
lo que hay de vivo y honesto en el seno del campesinado, todos los trabajadores
y explotados pondrán en tensión todas sus energías para resolver en la práctica
este grandioso problema histórico.
¡Manos a la obra, todos
manos a la obra; la causa de la revolución socialista mundial debe vencer y
vencerá!
N. Lenin.
Petersburgo, 9 de noviembre de 1917.
Publicado en 1918 en un folleto: N. Lenin. “¿Se sostendrán los
bolcheviques en el poder?”, de la serie “Biblioteca del Soldado y del
Campesino”, San Petersburgo.
¿En qué coinciden todas las
tendencias, desde Riech hasta Nóvaya Zhizn inclusive, desde los
democonstitucionalistas partidarios de Kornílov hasta los semibolcheviques,
todos, menos los bolcheviques?
En que los bolcheviques
jamás se atreverán a asumir solos todo el poder del Estado, o, si se atreven y
llegan a tomarlo, no lograrán sostenerse en él ni siquiera durante un período
brevísimo.
Y si alguien objetase que la
toma de todo el poder del Estado por los bolcheviques solos es un problema
político completamente irreal, que sólo puede cobrar realidad en la presunción
más absurda de algún “fanático”, refutaremos esta objeción reproduciendo al pie
de la letra las manifestaciones de los partidos y tendencias políticas más
responsables e influyentes de distintos “matices”.
Pero antes diremos dos
palabras acerca de la primera de las cuestiones planteadas: ¿se atreverán los
bolcheviques a asumir ellos solos todo el poder del Estado? En el Congreso de
los Soviets de toda Rusia, en una interrupción que hice durante un discurso
ministerial de Tsereteli, tuve ya ocasión de contestar a esa pregunta con un
categórico “si”81. Y no sé que
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81 El hecho que recuerda Lenin ocurrió el 4
(17) de junio de 1917 en una sesión del I Congreso de los Soviets de diputados
obreros y soldados de toda Rusia. Cuando el menchevique Tsereteli, ministro del
Gobierno Provisional,
declaró que en Rusia no existía ningún
partido político dispuesto a asumir todo el poder, Lenin replicó desde su
asiento, en nombre del Partido Bolchevique: "¡Existe!" Y en un
discurso pronunciado desde la tribuna del
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
los bolcheviques hayan dicho
nunca, ni en la prensa ni de palabra, que no debamos tomar nosotros solos el
poder. Sigo sosteniendo el punto de vista de que un partido político en
general, y el partido de la clase de vanguardia en particular, no tendría derecho
a existir, sería indigno de considerarse un partido y representaría en todos
los sentidos un triste cero a la izquierda si renunciase al poder en momentos
en que tiene la posibilidad de conquistarlo.
Reproduzcamos ahora las
manifestaciones de los democonstitucionalistas, eseristas y semibolcheviques
(aunque yo diría mejor bolcheviques en una cuarta parte) respecto al problema
que nos ocupa.
El 16 de septiembre leíamos en el artículo de fondo de Riech:
“….En la sala del Teatro de Alejandro reinaban el desacuerdo y
la confusión, y la prensa
socialista ofrece el mismo
cuadro. Sólo la posición de los bolcheviques se distingue por su carácter
concreto y rectilíneo. En la Conferencia, éstos representan la posición de la
minoría; en los Soviets son una corriente cada vez más fuerte. Pero a pesar de
todo su ardor oratorio, pese a sus frases jactanciosas, a su ostentosa
confianza en sí mismos, los bolcheviques, exceptuando a unos cuantos fanáticos,
son valientes sólo de palabra. No intentarían por propia iniciativa asumir
“todo el poder”. Desorganizadores y destructores por excelencia, son, en el
fondo, cobardes; y en lo profundo de su alma están perfectamente convencidos de
su ignorancia interna y de lo efímero de sus triunfos actuales. Comprenden tan
bien como todos nosotros que el primer día de su triunfo definitivo sería, a la
vez, el primer día de su rapidísimo ocaso. Irresponsables por naturaleza,
anarquistas por sus métodos y procedimientos, no se les puede concebir más que
como una de las tendencias del pensamiento político, mejor dicho, como una de
sus aberraciones. El mejor método para librarse por muchos años del
bolchevismo, para extirparlo, sería poner los destinos del país en manos de sus
líderes. Y si no fuese por la conciencia de lo inadmisible y funesto de
semejantes experimentos, la desesperación podría llevar a emplear ese remedio
heroico. Por fortuna, repetimos, estos tristes héroes del día no aspiran, ni
mucho menos, a adueñarse realmente de todo el poder. En ninguna circunstancia
son capaces de una labor creadora. Por eso, todo su espíritu concreto y
rectilíneo se circunscribe a la esfera de la tribuna política, al campo de la
verborrea mitinesca. Prácticamente, su posición no puede ser tenida en cuenta
desde ningún punto de vista. Sin embargo, en un solo sentido tiene cierta eficacia
real: en que concita contra ella a todos los demás matices del “pensamiento
socialista”...”
116
Así piensan los
democonstitucionalistas. Veamos ahora cuál es el punto de vista del partido más
grande de Rusia, del partido “dominante y gobernante”, del partido de los
“socialistas-revolucionarios”. Este punto de vista ha sido expuesto también en
un artículo sin firma, y por tanto editorial, de Dielo Naroda, órgano oficial de dicho partido, en el número del 21
de septiembre:
“...Si la burguesía no
accede a colaborar con la democracia, hasta que se reúna la Asamblea
Constituyente, sobre la base de la plataforma probada por la Conferencia, la coalición deberá surgir en el seno de la
Conferencia. Es un duro sacrificio para los defensores de la coalición, pero con ello deben estar también de
acuerdo necesariamente quienes abogan por la idea de una “línea pura” del poder.
Pero tememos que no se llegue en este punto a una inteligencia. Y entonces
quedará una tercera y última combinación el poder deberá organizarlo la mitad de la Conferencia que ha defendido en principio la idea de un poder
homogéneo.
“Digámoslo sin ambages: los bolcheviques se verán obligados a formar
gobierno. Fueron ellos quienes infundieron con la mayor energía a la
democracia revolucionaria el odio a la coalición, prometiéndole todas las
bienandanzas después de suprimir el “conciliacionismo”
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congreso dijo que el Partido
Bolchevique "está dispuesto a asumir el poder íntegramente" en
cualquier momento. (Discurso sobre la
actitud ante el Gobierno Provisional, pronunciado el 4 (17) de junio de
1917 en el I Congreso de los Soviets de diputados obreros y soldados de toda
Rusia.)
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
y atribuyendo a esa política
todos los males que aquejaban al país. “Si se daban cuenta del alcance de su agitación, si no engañaban a la masas, están
obligados a saldar ahora las letras que libraron a diestro siniestro.
“El problema está planteado con claridad.
“Y es inútil que se
esfuercen por atrincherarse detrás de cualquier teoría improvisada para
demostrar la imposibilidad de tomar el poder.
“La democracia no aceptará esas teorías.
“Pero, al mismo tiempo, los
partidarios de la coalición deben garantizarles todo su apoyo. Tales son las
tres combinaciones, los tres caminos que se abren ante nosotros. ¡No hay
otros!” (La cursiva es del propio Dielo
Naroda.)
Así piensan los eseristas.
Veamos, por último, cuál es la “posición” —si puede darse ese nombre al intento
de nadar entre dos aguas— de los “bolcheviques en una cuarta parte” de Nóvaya Zhizn, según el editorial de
este periódico correspondiente al 23 de septiembre:
“...Restaurar la coalición
con Konoválov y Kishkín significaría simplemente una nueva capitulación de la
democracia y la revocación del acuerdo adoptado por la Conferencia respecto a
la formación de un poder responsable tomando como base la plataforma del 14 de
agosto...
“...Un gobierno homogéneo de
mencheviques y eseristas no se sentiría obligado a rendir cuentas, como no se
sintieron obligados a ello los ministros socialistas responsables del gabinete
de coalición... Un gobierno de ese tipo no sólo sería incapaz de agrupar en
torno suyo a las “fuerzas vivas” de la revolución, sino que tampoco podría
contar con el más mínimo apoyo activo de su vanguardia, del proletariado. “Sin
embargo, no sería una solución mejor, sino peor todavía, la constitución de un
gabinete homogéneo de otro tipo, de un gobierno del proletariado y de los
campesinos pobres”; en realidad, no sería una solución, sino sencillamente un
fracaso. Cierto que nadie lanza semejante consigna, preconizada sólo en alguna
que otra observación casual y tímida de Rabochi
Put, observaciones que son luego “explicadas” sistemáticamente”.
(Escriben con toda “audacia”
esa indignante mentira publicistas responsables, que han dado al olvido hasta
el editorial publicado el 21 de septiembre por Dielo Naroda...)
“Formalmente, los
bolcheviques han resucitado ahora la consigna de “Todo el poder a los Soviets”,
que retiraron después de las jornadas de julio, cuando los Soviets, por medio
de su Comité Ejecutivo Central, emprendieron de una manera concreta la senda de
una activa política antibolchevique. Hoy, en cambio, no sólo puede considerarse
enderezada la “línea del Soviet”, sino que existe pleno fundamento para suponer
que el proyectado Congreso de los Soviets arrojará una mayoría bolchevique. En
estas condiciones, la consigna de “Todo el poder a los Soviets”, resucitada por
los bolcheviques, es una “línea táctica” encaminada directamente a la dictadura
del proletariado y de los “campesinospobres”. Cierto es que por Soviets se
entiende también los Soviets de diputados campesinos; de esta manera, la
consigna bolchevique presupone un poder apoyado en la inmensa mayoría de toda
la democracia de Rusia.
117
Pero, en este caso, la
consigna de “Todo el poder a los Soviets” pierde su sentido original, toda vez
que, dada su composición, viene a identificar casi a los Soviets con el
“Anteparlamento” formado por la Conferencia...” (Esta afirmación de Nóvaya Zhizn es la más desvergonzada
mentira, equivalente a afirmar que la imitación y falsificación de la
democracia son “casi idénticas” a la misma democracia: el tal Anteparlamento es
una falsificación, con la que se
quiere hacer pasar la voluntad de una minoría del pueblo, en particular la de Kuskova, Berkenheim,
los Chaikovski y Cía., por la voluntad de la mayoría.
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
Esto en primer lugar. En
segundo lugar, hasta los Soviets campesinos, adulterados por los Avxéntiev y
los Chaikovski, han evidenciado en la Conferencia un porcentaje tan elevado de
adversarios de la coalición que, junto con los Soviets de diputados obreros y
soldados, originarían un fracaso seguro
de la coalición. En tercer lugar, “el poder a los Soviets” significa que el
poder de los Soviets campesinos se extendería primordialmente al campo, y en
éste quedaría asegurada la preponderancia de los campesinos pobres.) “...Si lo uno equivale a lo
otro, hay que retirar inmediatamente la consigna bolchevique. Y si la consigna
del “poder a los Soviets” no hace más que encubrir la dictadura del
proletariado, ese poder representará, en realidad, el fracaso y el naufragio de
la revolución.
“¿Hace falta demostrar que
el proletariado, aislado no sólo de las demás clases del país, sino también de
las verdaderas fuerzas vivas de la democracia, no conseguirá adueñarse
técnicamente del aparato del Estado ni podrá ponerlo en marcha en una situación
complicada en extremo, ni será políticamente capaz de hacer frente al embate de
todas las fuerzas enemigas, que barrerá la dictadura del proletariado y, con
ella, toda la revolución?
“El único poder que
corresponde hoy a las exigencias del momento es una coalición realmente honrada
dentro de la democracia”.
* * *
El lector nos perdonará
estos largos extractos, pero eran absolutamente imprescindibles. Era necesario
exponer con toda exactitud la posición de los distintos partidos hostiles a los
bolcheviques. Era necesario demostrar con precisión el hecho, extraordinariamente
importante, de que todos esos partidos han reconocido que la toma plena del
poder del Estado por los bolcheviques solos, además de ser un problema
completamente real, es incluso un problema actual, candente.
Pasemos ahora a analizar los
argumentos en que se apoyan “todos”, desde los democonstitucionalistas hasta
los de Nóvaya Zhizn, para llegar al
convencimiento de que los bolcheviques no podrán sostenerse en el poder.
Un periódico tan serio como Riech no aduce absolutamente ningún
argumento. Se limita a lanzar contra los bolcheviques un torrente de insultos
de los más escogidos y furibundos. El pasaje que hemos citado demuestra, entre
otras cosas, cuán profundamente erróneo sería pensar que Riech “provoca” a los bolcheviques a que tomen el poder, por lo que
debe responderse: “¡Cuidado, camaradas, pues si el enemigo lo aconseja, es
seguro que no nos conviene!” Si en vez de analizar con sentido práctico todas
las razones, lo mismo las de carácter general que las de orden concreto, nos
dejamos “convencer” de que la burguesía nos “provoca” a que tomemos el poder,
saldremos burlados por ella. Porque es bien seguro que la burguesía, henchida
de odio, dirá siempre que la toma del poder por los bolcheviques originará
desgracias sin fin; gritará siempre furiosa que “para d eshacerse de los
bolcheviques de una vez y “por muchos años”, lo mejor es dejarles tomar el
poder y luego aniquilarlos por completo”. Estos clamores, si se quiere, son
también una “provocación”, pero a la inversa. Los democonstitucionalistas y los
burgueses no nos “aconsejan” ni jamás nos “han aconsejado” que tomemos el
poder: intentan únicamente amedrentarnos
con los supuestos problemas insolubles del poder.
No, no debemos dejarnos
amedrentar por los gritos de los burgueses aterrados. Debemos tener siempre
presente que jamás nos hemos planteado problemas sociales “insolubles” y que
los problemas, completamente
susceptibles de solución, de los pasos inmediatos al socialismo, única salida
de una situación muy difícil, sólo los
resolverá la dictadura del proletariado y de los campesinos. Hoy más que
nunca y más que en parte alguna, el proletariado de Rusia tiene asegurada la
victoria, una firme victoria, si toma el poder.
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
Examinemos con un criterio
puramente práctico las circunstancias concretas
que hacen desfavorable tal o cual factor, pero sin dejarnos intimidar ni un
solo instante por los furiosos bramidos de la burguesía y sin olvidar que la
toma de todo el poder por los bolcheviques pasa a ser de verdad un problema candente. Hoy es
inconmensurablemente más peligroso para nuestro partido olvidar esto que
considerar “prematura” la toma del poder. En este sentido, ahora no puede haber nada “prematuro”; todas
las probabilidades hablan a favor, y entre un millón, quizá, no habrá más que
una o dos que hablen en contra.
En lo que respecta a los ruines insultos de Riech, podemos y debemos repetir:
¡No es en el dulce tributo
del aplauso, sino en la voz tonante del odio y de la ira donde buscamos nuestro
homenaje!
El hecho de que la burguesía
nos odie con tanto furor es uno de los signos más evidentes de que indicamos con acierto al pueblo el camino y los
medios para derrocar el dominio de la burguesía.
118
* * *
Por rara excepción, Dielo Naroda no se ha dignado esta vez
honrarnos con sus insultos, pero tampoco nos ofrece ni sombra de argumentación.
Sólo intenta amedrentarnos de manera
indirecta, por medio de alusiones, con la perspectiva de que “los bolcheviques
se verán obligados a formar gobierno”. Admito por completo que, al tratar de
atemorizarnos, los eseristas mismos están sinceramente asustados, muertos de
miedo ante el espectro de los liberales asustados. Admito asimismo que los
eseristas logren asustar a ciertos bolcheviques en alguno que otro organismo
muy elevado y muy podrido, como el Comité Ejecutivo Central y las “Comisiones
de Enlace” semejantes a él (es decir, en las comisiones que mantienen contacto
con los democonstitucionalistas o, por decirlo en términos más sencillos, que
se codean con ellos). Y admito que así sea, pues, en primer lugar, en todos
esos Comités Ejecutivos Centrales, en el “Anteparlamento”, etc., la atmósfera
es repulsiva y asfixiante hasta dar náuseas, y respirarla largo tiempo es nocivo
para toda persona; en segundo lugar,
porque la sinceridad es contagiosa, y un filisteo sinceramente asustado es
capaz de convertir en filisteo, por cierto tiempo, hasta a un revolucionario.
Pero por muy “humanamente”
explicable que sea ese pánico sincero del eserista, a quien ha cabido la
desgracia de ser ministro con los democonstitucionalistas o de estar a la
disposición de éstos como ministrable, permitir que le asusten a uno no deja,
por ello, de ser un error político, un error que puede rayar muy fácilmente en
la traición al proletariado. ¡Vengan sus argumentos prácticos, señores! ¡No
esperen que nos dejemos intimidar por su propio pánico!
* * *
Esta vez sólo encontramos
argumentos prácticos en Nóvaya Zhizn
. Esta vez, dicho periódico asume el papel de abogado de la burguesía, que le
sienta mucho mejor que el de defensor de los bolcheviques, manifiestamente
“comprometedor” para esta dama agradable en todos los aspectos.
Seis son los argumentos del abogado:
1. El proletariado “está aislado de las demás clases del país”.
2. El proletariado “está aislado de las verdaderas fuerzas vivas de
la democracia”.
3. “No conseguirá adueñarse técnicamente del aparato del Estado”.
4. “No podrá poner en marcha” ese aparato.
5. “La situación es complicada en extremo”.
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
6. El proletariado “no será capaz de hacer
frente al embate de todas las fuerzas enemigas, que barrerá la dictadura del
proletariado y, con ella, toda la revolución”.
El primer argumento de Nóvaya Zhizn es torpe hasta el ridículo,
pues en la sociedad capitalista y semicapitalista no conocemos más que tres
clases: la burguesía, la pequeña burguesía (cuyo exponente principal son los
campesinos) y el proletariado. ¿Qué sentido tiene, entonces, hablar del aislamiento
del proletariado respecto a las demás clases, cuando en realidad se trata de la
lucha del proletariado contra la burguesía, de la revolución contra la
burguesía?
Nóvaya Zhizn
quiso decir, probablemente, que el proletariado está aislado de los campesinos,
pues, en efecto, no iba a referirse en este caso a los terratenientes. Pero no
podía tampoco decir clara y taxativamente que el proletariado está hoy aislado
de los campesinos, porque la flagrante falsedad de semejante afirmación salta a
la vista.
Es difícil imaginarse un
país capitalista en que el proletariado —y en momentos, adviértase bien, de
revolución contra la burguesía— esté
tan poco aislado de la pequeña burguesía como lo está hoy el proletariado de
Rusia. Entre los datos objetivos e indiscutibles que lo confirman, tenemos los
últimos resultados de la votación a favor
y en contra de la coalición con la burguesía en las “curias” de la “Duma
bulyguiniana” de Tsereteli, o sea, de la célebre Conferencia “Democrática”. Las
curias de los Soviets dieron los resultados siguientes:
|
|
A
favor |
En
contra |
|
|
de la |
de la |
|
|
coalición |
coalición |
|
Soviets de |
|
|
|
diputados |
|
|
|
obreros
y |
|
|
|
soldados |
83 |
192 |
|
Soviets de |
|
|
|
diputados |
|
|
|
campesinos |
102 |
70 |
|
Total |
185 |
262 |
Como se ve, la mayoría en su
conjunto respalda la consigna proletaria es decir, está en contra de la coalición con la burguesía. Y hemos visto ya que
hasta los democonstitucionalistas se ven obligados a reconocer la influencia
creciente de los bolcheviques en los Soviets. Téngase en cuenta, además, que se
trata de una Conferencia convocada por quienes hasta ayer eran líderes en los Soviets, por los eseristas y los
mencheviques, que cuentan con una mayoría segura en las instituciones
centrales. Es evidente que estos datos no
reflejan en todo su alcance la superioridad efectiva de los bolcheviques dentro de los Soviets.
Los bolcheviques cuentan ya
hoy con la mayoría dentro de los
Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, con la mayoría del pueblo , con la mayoría de la pequeña burguesía,
tanto en lo referente a la coalición con la burguesía como en lo tocante a la
entrega inmediata de las tierras señoriales a los comités de campesinos. En su
número 19, del 24 de septiembre, Rabochi Put cita, tomándolos del número 25 de Znamia Trudá, órgano de los eseristas,
los datos de la Conferencia de los Soviets locales de diputados campesinos,
celebrada en Petrogrado el 18 de septiembre. En esta conferencia se
pronunciaron a favor de la coalición, sin restricciones, los comités ejecutivos
de cuatro Soviets campesinos (los de las provincias de Kostromá, Moscú, Samara
y Táurida). A favor de la coalición, pero sin los democonstitucionalistas, se
pronunciaron los comités ejecutivos de tres provincias (Vladímir, Riazán y Mar
Negro) y de dos ejércitos. En cambio,
votaron en contra de la coalición los comités ejecutivos de veintitrés provincias y de cuatro ejércitos.
119
¡De modo que la
mayoría de los campesinos es contraria a la coalición!
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
Ahí tienen ustedes “el aislamiento del proletariado”.
Debemos señalar, de pasada,
que a favor de la coalición se pronunciaron tres provincias distantes del
centro —Samara, Táurida y Mar Negro—, en las que es relativamente elevado el
número de campesinos ricos y de grandes terratenientes que emplean obreros asalariados,
y también cuatro provincias industriales (Vladímir, Riazán, Kostromá y Moscú),
en las que la burguesía rural es también más fuerte que en la mayoría de las
provincias de Rusia. Sería interesante reunir datos más detallados acerca de
esta cuestión y averiguar si existen pormenores relativos precisamente a los
campesinos pobres en las provincias
donde el campesinado es más “rico”.
Otro dato interesante es
que, en los “grupos nacionales”, los adversarios de la coalición cuentan con
una mayoría muy considerable: 40 votos contra 15. La política anexionista y
brutalmente opresora del bonapartista Kerenski y consortes contra las naciones
de Rusia que no gozan de plenos derechos ha dado sus frutos. La gran masa de la
población de las naciones oprimidas, es decir, su masa pequeñoburguesa, confía
más en el proletariado de Rusia que en la burguesía, pues la historia ha puesto
sobre el tapete en nuestro país la lucha por la emancipación de las naciones
oprimidas contra las naciones opresoras. La burguesía ha traicionado ruinmente
la causa de la libertad de las naciones oprimidas, pero el proletariado
permanece fiel a esa causa.
El problema nacional y el
problema agrario tienen en la actualidad una importancia cardinal para las
masas pequeñoburguesas de la población de Rusia.
Esto es indiscutible. Y el
proletariado “no está aislado”, ni
mucho menos, en ninguno de los dos problemas. Le sigue la mayoría del pueblo. Sólo el proletariado es capaz de aplicar
en ambos problemas una política tan resuelta, tan verdaderamente “democrática
revolucionaria”, que aseguraría en el acto al poder del Estado proletario el
apoyo de la mayoría de la población y desencadenaría entre las masas una
verdadera tempestad de entusiasmo revolucionario. Porque, por vez primera, las
masas no encontrarían en el gobierno la opresión despiadada de los campesinos
por los terratenientes ni de los ucranios por los rusos, como sucedía bajo el
zarismo; ni la tendencia —disfrazada con frases altisonantes— a seguir esa
misma política bajo la república; ni cicatería, afrentas, intrigas, dilaciones,
zancadillas y evasivas (que es todo lo que Kerenski ofrece a los campesinos y a
las naciones oprimidas). Al revés: encontrarían una cálida simpatía demostrada
con hechos, medidas rápidas y revolucionarias contra los terratenientes,
restablecimiento inmediato de la plena
libertad de Finlandia, de Ucrania, de Bielorrusia, de los musulmanes, etc.
Los señores eseristas y
mencheviques lo saben muy bien, y por eso procuran utilizar a los dirigentes
semidemoconstitucionalista de las cooperativas en auxilio de la política
democrática reaccionaria que aplican contra las masas. Por eso jamás se
atreverán a consultar a las masas, a celebrar un referéndum o, por lo menos,
una simple votación en todos los Soviets y organizaciones locales acerca de
determinados puntos de la política práctica, por ejemplo, si todas las tierras
de los latifundistas deben o no ser entregadas inmediatamente a los comités
campesinos, si deben o no ser satisfechas tales o cuales reivindicaciones de
los finlandeses o de los ucranios, etc.
Y en cuanto al problema de
la paz, problema cardinal de toda la vida actual... Dicen que el proletariado
“está aislado de las demás clases”... En realidad, el proletariado actúa en
este caso como representante de toda
la nación, de todo lo que hay de vital y honrado en todas las clases, de la inmensa mayoría de la pequeña burguesía.
Porque sólo el proletariado, en cuanto
conquiste el poder, propondrá una paz justa a todos los pueblos beligerantes,
sólo el proletariado adoptará medidas
verdaderamente revolucionarias
(publicación de los tratados secretos, etc.) para conseguir cuanto antes una
paz lo más justa posible.
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
No. Los señores de Nóvaya Zhizn, que proclaman a gritos el
aislamiento del proletariado, sólo expresan con ello su propio pánico
subjetivo, infundido por la burguesía. La situación objetiva en Rusia es tal,
sin duda alguna, que hoy precisamente
el proletariado no está “aislado” de la mayoría de la pequeña burguesía.
Precisamente ahora, después de la triste experiencia de la “coalición”, el
proletariado cuenta con las simpatías de la
mayoría del pueblo. Esta
condición, necesaria para que los bolcheviques se sostengan en el poder, existe.
* * *
El segundo argumento
consiste en que el proletariado “está aislado de las verdaderas fuerzas vivas
de la democracia”. Es imposible comprender qué significa eso. Está, quizá, “en
griego”, como dicen los franceses en casos semejantes.
Los escritores de Nóvaya Zhizn son gente ministrable.
Harían magníficos ministros en un gobierno democonstitucionalista. Pues lo que
se exige de tales ministros es precisamente saber pronunciar frases bellas y
pulidas, pero sin ningún sentido, que sirvan para encubrir cualquier infamia y
que, por lo tanto, tengan asegurado el aplauso de los imperialistas y de los
socialimperialistas. Los de Nóvaya Zhizn
tienen asegurado el aplauso de los democonstitucionalistas, de Breshkóvskaya,
Plejánovy Cía., como premio a su afirmación de que elproletariado está aislado
de las verdaderas fuerzas vivas de la democracia. Porque con eso viene a
decirse indirectamente —o, por lo
menos, esas palabras se interpretan como si lo dijese— que los
democonstitucionalistas, Breshkóvskaya, Plejánov, Kerenski y Cía. son “las
fuerzas vivas de la democracia”.
120
Pero eso es falso. Son fuerzas muertas. La historia de la
coalición lo ha demostrado.
Los de Nóvaya Zhizn, intimidados por la burguesía y por el ambiente
intelectual burgués, consideran “viva” el ala derecha de los eseristas y mencheviques, representada por Volia Naroda, Edinstvo, etc., que no se distingue en nada sustancial de los
democonstitucionalistas. En cambio,
nosotros consideramos vivo sólo lo que está ligado a las masas y no a los
kulaks, sólo lo que se ha apartado de la coalición, repelido por sus
enseñanzas. “Las fuerzas eficaces y vivas” de la democracia pequeñoburguesa
están representadas por el ala izquierda de los eseristas y mencheviques. El
fortalecimiento de esta ala izquierda, sobre todo después de la
contrarrevolución de julio, es uno de los síntomas objetivos más certeros de
que el proletariado no está aislado.
Así lo demuestran, con mayor
claridad aún, las fluctuaciones más recientes de los eseristas centristas hacia
la izquierda, confirmadas por la declaración que hizo Chernov el 24 de
septiembre de que su grupo no podía apoyar la nueva coalición con Kishkín y
Cía. Estas fluctuaciones hacia la izquierda manifestadas entre los eseristas
centristas, que hasta ahora habían constituido la aplastante mayoría de los
representantes del partido eserista —del partido principal y predominante por
el número de votos obtenidos en las ciudades y, sobre todo, en el campo—,
demuestran que las afirmaciones de Dielo
Naroda que hemos citado antes (sobre la necesidad de que la democracia, en
ciertas condiciones, “garantice todo su apoyo” a un gobierno puramente
bolchevique) son, en todo caso, algo más que simples frases.
Hechos como la negativa de
los eseristas centristas a apoyar la nueva coalición con Kishkín, o la
preponderancia de los adversarios de
la coalición entre los mencheviques
defensistas en provincias (Zhordania en el Cáucaso, etc.), son una prueba
objetiva de que cierta parte de las masas
que hasta ahora siguen a los mencheviques y a los eseristas apoyará a un gobierno puramente bolchevique.
El proletariado de Rusia no
está aislado hoy precisamente de las fuerzas vivas de la democracia.
* * *
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
Tercer argumento: el
proletariado “no conseguirá adueñarse técnicamente del aparato del Estado”. Es,
quizá, el argumento más corriente y más usual. Merece que se le dedique la
mayor atención no sólo por esta causa, sino también porque atañe a una de las tareas
más importantes y más arduas que
habrá de afrontar el proletariado victorioso. Estas tareas, serán, sin duda,
muy difíciles; pero si nosotros, que nos llamamos socialistas, señalásemos esa
dificultad sólo para desentendernos
del cumplimiento de semejantes tareas, en la práctica se borraría toda
diferencia entre nosotros y los lacayos de la burguesía. La dificultad de las
tareas de la revolución proletaria debe incitar a los adeptos del proletariado
a estudiar con mayor atención y de un modo más concreto los medios de
cumplirlas.
Se entiende por aparato del
Estado, ante todo, el ejército permanente, la policía y los funcionarios.
Cuando los escritores de Nóvaya Zhizn afirman que el proletariado
no conseguirá dominar técnicamente ese aparato, revelan la más crasa ignorancia
y la falta de deseo de tener en cuenta la realidad de la vida y las razones
expuestas hace ya mucho en las publicaciones bolcheviques.
Todos los colaboradores de Nóvaya
Zhizn se consideran, si no marxistas, por lo menos conocedores del
marxismo, socialistas cultos. Pues bien, Marx, basándose en la experiencia de
la Comuna de París, enseña que el proletariado no puede simplemente tomar
posesión de la máquina del Estado ya existente y ponerla en marcha para sus
propios fines; que el proletariado debe destruir
esa máquina y sustituirla con otra nueva (de esto trato con mayor detalle en un
folleto, cuyo primer fascículo está ya terminado y pronto verá la luz: El Estado y la revolución. La doctrina marxista del Estado y las tareas
del proletariado en la revolución*). Esta nueva máquina del Estado fue
creada por la Comuna de París, y los Soviets
de diputados obreros, soldados y campesinos de Rusia son también un
“aparato del Estado” del mismo tipo. Este hecho lo he señalado multitud de
veces desde el 4 de abril de 1917, de él se habla en los acuerdos de las
conferencias bolcheviques y a él se refieren también nuestras publicaciones. Nóvaya Zhizn, como es natural, podía
haber declarado su total desacuerdo tanto con Marx como con los bolcheviques;
pero eludir por completo este problema un periódico que con tanta frecuencia y
tanta altanería denosta a los bolcheviques porque, según él, no adoptan una
posición seria ante problemas difíciles, equivale a extenderse a sí mismo un
certificado de pobreza espiritual.
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
El proletariado no puede “adueñarse” del “aparato del
Estado” y “ponerlo en marcha”. Pero sí puede destruir todo lo que hay de opresor, de rutinario, de
incorregiblemente burgués en el antiguo aparato del Estado, sustituyéndolo con
otro nuevo, con su propio aparato. Y
este aparato lo constituyen precisamente los Soviets de diputados obreros,
soldados y campesinos.
121
Es obligado calificar de
absolutamente monstruoso el hecho de que Nóvaya
Zhizn se haya olvidado por completo de este “aparato del Estado”. Al
proceder así en sus razonamientos teóricos, los colaboradores de Nóvaya Zhizn proceden en el campo de la
teoría política, en el fondo, igual que los democonstitucionalistas en el
terreno de la práctica política. Porque, en efecto, si el proletariado y la
democracia revolucionaria no necesitan
ningún nuevo aparato del Estado, entonces los Soviets pierden toda raison d’être, todo derecho a la
existencia, y siendo así, ¡los democonstitucionalistas partidarios de Kornílov
tienen razón cuando pretenden reducir
a la nada los Soviets!
Este monstruoso error
teórico y esta ceguera política de Nóvaya
Zhizn son tanto más horrorosos por cuanto hasta los mencheviques
internacionalistas (con quienes Nóvaya
Zhizn formó bloque en las últimas elecciones a la Duma municipal de
Petrogrado) se aproximan en
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
esta cuestión, en cierto
grado, a los bolcheviques. Por ejemplo, en la declaración de la mayoría de los
Soviets, leída por el camarada Mártov en la Conferencia Democrática, se dice:
“...Los Soviets de diputados
obreros, soldados y campesinos, organizados en los primeros días de la
revolución por el poderoso impulso del verdadero genio creador del pueblo, han
formado la nueva armazón del sistema estatal revolucionario, que ha venido a
sustituir a la armazón caduca del sistema estatal del viejo régimen...”
Es un modo de expresarse
demasiado elegante, es decir, lo ampuloso de la expresión encubre aquí la falta
de claridad del pensamiento político. Los Soviets no han sustituido todavía
a la vieja “armazón”, y esta vieja “armazón” no es el sistema estatal del viejo
régimen, sino el sistema estatal tanto
del zarismo como de la república
burguesa. Pero, en todo caso, Mártov se sitúa aquí a mucha mayor altura que los
de Nóvaya Zhizn.
Los Soviets son un nuevo
aparato del Estado que, en primer lugar, proporciona la fuerza armada de los
obreros y de los campesinos, una fuerza que no está, como la del viejo ejército
permanente, apartada del pueblo, sino ligada a él del modo más estrecho; en el
sentido militar, esta fuerza es incomparablemente más poderosa que las
anteriores; en el sentido revolucionario, no puede ser remplazada por ninguna
otra. En segundo lugar, este aparato proporciona una ligazón tan estrecha e
indisoluble con las masas, con la mayoría del pueblo; una ligazón tan fácil de
controlar y de renovar, que en vano buscaremos nada semejante en el viejo
aparato del Estado. En tercer lugar, este aparato es mucho más democrático que
los anteriores por cuanto sus componentes son elegibles y revocables a voluntad
del pueblo, sin formalidades burocráticas. En cuarto lugar, este aparato
asegura una sólida ligazón con las profesiones más diversas, facilitando así,
sin burocracia, las reformas más diversas y más profundas. En quinto lugar,
constituye una forma de organización de la vanguardia, es decir, de la parte
más consciente, más enérgica y más avanzada de las clases oprimida, de los obreros y los campesinos, por lo que es un aparato
que permite a la vanguardia de las clases oprimidas poner en pie, educar,
instruir y llevar tras de sí a toda la
gigantesca masa de estas clases, que hasta hoy permanecía totalmente al
margen de la vida política, al margen de la historia. En sexto lugar, brinda la
posibilidad de conjugar las ventajas del parlamentarismo con las ventajas de la
democracia inmediata y directa, es decir, de unir en los representantes
elegidos por el pueblo la función legislativa y la ejecución de las leyes. Comparado con el parlamentarismo
burgués, es un avance de trascendencia histórica mundial en el desarrollo de la
democracia.
En 1905, nuestros Soviets
fueron, por decirlo así, únicamente el germen, ya que existieron sólo unas
semanas. Es evidente que, en las condiciones de entonces, no podía ni pensarse
en su desarrollo completo. Otro tanto ocurre todavía en la revolución de 1917,
pues el plazo de varios meses es corto en extremo y, sobre todo, porque los
dirigentes eseristas y mencheviques prostituían
los Soviets, convirtiéndolos en jaulas de cotorras, en apéndices de la política
conciliadora de los líderes. Bajo la dirección de los Líber, los Dan, los
Tsereteli y los Chernov, los Soviets se iban descomponiendo y pudriendo en
vida. Los Soviets sólo podrán desarrollarse de verdad, desplegar por entero sus
fuerzas potenciales y su capacidad al asumir todo el poder del Estado, pues de otro modo no tienen nada que hacer y se convierten en simples células
embrionarias (estado que no puede durar mucho tiempo) o en juguetes. La
“dualidad de poderes” es la parálisis de los Soviets.
Si la iniciativa popular de
las clases revolucionarias no hubiera creado los Soviets, la revolución
proletaria en Rusia se vería condenada al fracaso. Porque, con el viejo
aparato, el proletariado no podría, sin duda alguna, mantenerse en el poder, y
el nuevo aparato es imposible crearlo de golpe. La triste historia de la
prostitución de los Soviets por Tsereteli y Chernov, la historia de la
“coalición”, es al mismo tiempo la historia de la emancipación de los Soviets
de las ilusiones pequeñobiirguesas, de su paso por el “purgatorio” del estudio
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
práctico de toda la vileza y
de toda la inmundicia de todas y cada una
de las coaliciones burguesas. Confiemos en que ese “purgatorio”, lejos de
debilitar a los Soviets, los haya templado.
122
* * *
La dificultad principal de
la revolución proletaria estriba en realizar a escala nacional la contabilidad
y el control más precisos y concienzudos, el control obrero de la producción y distribución de los productos.
Cuando los escritores de Nóvaya Zhizn nos acusaban de caer en el
sindicalismo al lanzar la consigna de “control obrero”, nos ofrecían un ejemplo
típico de la bobalicona aplicación escolar de ese “marxismo” no meditado a
fondo, sino aprendido de memoria a la manera de Struve. El sindicalismo rechaza
la dictadura revolucionaria del proletariado o la relega, lo mismo que el poder
político en general, al último plano. Nosotros, en cambio, la colocamos en
primer lugar. Y si, ateniéndonos al espíritu de Nóvaya Zhizn, dijéramos: “¡nada
de control obrero, sino control del
Estado!”, lanzaríamos una frase reformista burguesa, una fórmula que en el
fondo sería perfectamente democonstitucionalista, pues los militantes del
Partido Demócrata Constitucionalista no tienen nada que oponer a la participación de los obreros en el
control del “Estado”. Los democonstitucionalistas kornilovistas saben muy bien
que semejante participación es, para la burguesía, el método mejor de engañar a
los obreros, el método mejor de sobornar
sutilmente, en el sentido político, a los Gvózdiev, los Nikitin, los
Prokopóvich, los Tsereteli y toda esa pandilla.
Cuando nosotros decimos
“control obrero”, colocando siempre esta consigna al lado de la de dictadura del proletariado, siempre inmediatamente después de ella, damos a
entender con nitidez a qué Estado nos referimos. El Estado es el órgano de
dominación de una clase. ¿De qué
clase? Si se trata de la burguesía, es precisamente un Estado
democonstitucionalista-kornilovista-“kerenskiano”, por culpa del cual el pueblo
obrero de Rusia padece hace ya más de medio año el mal kornilovista y
kerenskiano. Si se trata del proletariado, de un Estado proletario, (es decir, de la dictadura del
proletariado), entonces sí puede el
control obrero erigirse en un sistema general, universal, omnipresente,
minucioso y concienzudo al máximo de
contabilidad de la producción y distribución de los productos.
En ello radica la dificultad
principal, la tarea esencial de la revolución proletaria, es decir, de la
revolución socialista. Sin los Soviets, esta tarea sería, al menos para Rusia,
insoluble. En los Soviets apunta la
labor de organización del proletariado, gracias a la cual se puede cumplir esta tarea de alcance histórico universal.
Llegamos aquí a otro aspecto
del problema referente a la máquina del Estado. Además del aparato de
“opresión” por excelencia —el ejército permanente, la policía y los
funcionarios—
,
el
Estado moderno posee un aparato en lazado muy íntimamente con los bancos y los
consorcios, que efectúa, permítasenos decirlo así, una vasta labor de cálculo y
registro. Este aparato no puede ni debe ser destruido. Lo que se debe hacer es
arrancarlo de la dependencia respecto de los capitalistas, cortar, romper, cercenar todos los hilos por medio de los cuales
los capitalistas influyen en él, subordinarlo
a los Soviets proletarios y darle un carácter más vasto, más universal y más
popular. Y esto se puede hacer
apoyándose en las conquistas ya realizadas por el gran capitalismo (de la misma
manera que la revolución proletaria, en general, puede alcanzar su objetivo
sólo apoyándose en estas conquistas).
El capitalismo ha creado aparatos de contabilidad y control en
forma de bancos, consorcios, Correos, cooperativas de consumo y sindicatos de
empleados. Sin los grandes bancos, el
socialismo sería irrealizable.
Los grandes bancos son el
“aparato del Estado” que necesitamos
para realizar el socialismo y que tomamos
ya formado del capitalismo; nuestra tarea se reduce, en este caso, a extirpar
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
todo lo que deforma a lo capitalista ese magnífico
aparato, en hacerlo aún mayor , aún
más democrático, aún más universal. La cantidad se transformará en calidad. Un
banco único del Estado, el más grande entre los más grandes, con sucursales en
cada subdistrito y en cada fábrica, supone ya nueve décimas partes del aparato
socialista. Supone una contabilidad
nacional, un control nacional de la
producción y distribución de los productos; es, por decirlo así, algo parecido
al esqueleto de la sociedad socialista.
Podemos “adueñamos” y “poner
en marcha” de un solo golpe con un solo decreto, ese “aparato estatal” (que en
el capitalismo no es por completo del Estado, pero que en nuestras manos, en el
socialismo, será íntegramente del Estado). Podemos hacerlo porque el trabajo
efectivo de contabilidad, de control, de registro, de estadística y de cálculo
corre aquí a cargo de empleados, la
mayoría de los cuales son, por sus condiciones de vida, proletarios o
semiproletarios.
Con un solo decreto del
gobierno proletario se podrá y se deberá convertir a todos esos empleados en
funcionarios públicos, de la misma manera que los perros guardianes del
capitalismo, al estilo de Briand y otros ministros burgueses, convierten a los
ferroviarios huelguistas, por medio de un decreto, en funcionarios del Estado.
Nosotros necesitaremos y podremos
tener semejantes funcionarios del Estado en cantidad mucho mayor, pues el capitalismo ha simplificado las
funciones de contabilidad y control, reduciéndolas a asientos relativamente sencillos en los libros, al alcance de
cualquier persona que sepa leer y escribir.
La tarea de convertir en
funcionarios del Estado a la masa de empleados de Banca, de los consorcios, de
comercio, etc., etc., podrá cumplirse por entero, tanto técnicamente (gracias a
la labor previa que han realizado para nosotros el capitalismo y el capitalismo
financiero) como políticamente, a condición de que eso se haga bajo el control
y la fiscalización de los Soviets.
123
En lo que respecta a los
altos funcionarios, que son muy pocos, pero que tienden hacia los capitalistas,
habrá que tratarlos con el mismo “rigor” que a los capitalistas. Unos y otros
opondrán resistencia . Habrá que
vencer esa resistencia. Y si el inmortalmente ingenuo Peshejónov afirmaba ya en
junio de 1917, balbuceando como un auténtico “niño político” que “la
resistencia de los capitalistas ha sido vencida”, el proletariado hará realidad en serio esa frase pueril, esa
jactancia infantil, esa candorosa salida de tono.
Nosotros podremos hacerlo,
pues se trata de vencer la resistencia de una minoría insignificante de la
población, literalmente de un puñado de hombres, que serán controlados de tal modo por las organizaciones de empleados, los
sindicatos, las cooperativas de consumo y los Soviets que cada Tit Títich
quedará cercado como los franceses en
Sedán. Conocemos por sus nombres a estos Tit Títich: hasta con repasar las
listas de los directores, miembros de los consejos de administración, grandes
accionistas, etc. No pasarán de unos cuantos centenares o, a lo sumo, de unos
cuantos miles en toda Rusia; el
Estado proletario, con el aparato de los Soviets, las organizaciones de
empleados, etc., puede encomendar el control de cada uno de ellos a diez y
hasta cien personas, de modo que el
control obrero (sobre los capitalistas) quizá consiga no sólo “vencer”,
sino hacer imposible toda
resistencia.
La “clave” de la cuestión no
consistirá siquiera en confiscar los bienes de los capitalistas, sino
precisamente en establecer un control obrero omnímodo, a escala de todo el
país, sobre los capitalistas y sus posibles adeptos. La confiscación por sí
sola no basta, pues no contiene ningún elemento de organización y de cálculo de
una distribución acertada. Sustituiremos fácilmente la confiscación con la
imposición de un gravamen justo
(aplicando, aunque sólo sea, la tarifa “de Shingariov”), pero a condición de
excluir la posibilidad de eludir el control, de ocultar la verdad, de esquivar
la ley. Y esto se conseguirá sólo
mediante el control obrero del Estado
obrero.
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
La sindicación obligatoria,
es decir, la agrupación obligatoria en consorcios bajo el control del
Estado, es una medida preparada ya por el capitalismo; una
medida implantada ya en
Alemania por el Estado de los junkers y que en Rusia será
completamente realizable para los
Soviets, para la dictadura del proletariado. Eso es lo que nos proporcionará un “aparato del
Estado” universal, moderno y exento de todo burocratismo*.
* Para conocer con más detalle la
importancia de la sindicalización obligatoria véase mi folleto La catástofre que nos amenaza y cómo
combatirla. (Véase el presente volumen.— 2. de la Edit.)
* * *
El cuarto argumento de los
abogados de la burguesía es que el proletariado no podrá “poner en marcha” el
aparato del Estado Este argumento no añade nada nuevo al anterior.
Efectivamente, no podríamos adueñarnos del viejo aparato ni ponerlo en marcha.
El nuevo aparato, los Soviets, ha sido puesto ya en marcha por “el poderoso impulso del verdadero genio creador
del pueblo”. Lo único que hace falta es librarlo de las trabas que le impusieron, durante su caudillaje, los líderes
eseristas mencheviques. Este aparato está ya
en marcha y sólo es necesario desembarazarlo de los monstruosos aditamentos
pequeñohurgueses que le impiden avanzar a todo vapor, siempre adelante.
Dos circunstancias hemos de
analizar aquí para completar lo que dejamos expuesto: primera, los nuevos
medios de control, creados no por
nosotros, sino por el capitalismo en su fase militar— imperialista; segunda, la
importancia de ahondar la democracia en la gobernación
de un Estado de tipo proletario.
El monopolio del trigo y las
cartillas de racionamiento del pan no fueron implantados por nosotros, sino por
el Estado capitalista beligerante.
Este ha creado ya, en el
marco del capitalismo, el trabajo general obligatorio, que es un presidio
militar para los obreros. Pero también aquí, como en toda su creación
histórica, el proletariado toma sus armas del capitalismo, no las “inventa” ni
las “crea de la nada”.
El monopolio del trigo, el
racionamiento del pan y el trabajo general obligatorio son, en manos del Estado
proletario, en manos de los Soviets investidos de todo el poder, el medio más
eficaz de contabilidad y control. Un medio que, hecho extensivo a los
capitalistas y a los ricos en general,
y aplicado por los obreros,
representará una fuerza jamás vista en la historia para “poner en marcha” el aparato del Estado, para vencer la
resistencia de los capitalistas y someterlos al Estado proletario. Este medio del
control y del trabajo obligatorio es
más fuerte que las leyes de la Convención y su guillotina. La guillotina sólo servía para intimidar, para vencer
la resistencia activa. Y a nosotros no
nos basta con eso.
No nos basta, pues no sólo
necesitamos “intimidar” a los capitalistas para que sientan la omnipotencia del
Estado proletario y no se atrevan a pensar en oponerle una resistencia activa.
Necesitamos también vencer la resistencia pasiva, indudablemente más peligrosa
y más nociva aún. No nos basta con vencer la resistencia, cualquiera que sea.
Necesitarnos, además, obligar a trabajar
dentro de los nuevos límites de la organización estatal. No basta con “echar” a
los capitalistas: hay que lograr que sirvan
al Estado de un modo nuevo (después de deshacernos de los inservibles, de
los “resistentes” empedernidos). Esto se refiere a los capitalistas y también a
cierto sector elevado de los intelectuales burgueses, de los funcionarios, etc.
124
Disponemos de los medios
necesarios para ello. El propio Estado capitalista beligerante ha puesto en
nuestras manos los medios y las armas. Estos medios son: el monopolio del
trigo, el racionamiento del pan y el trabajo general obligatorio. “El que no trabaja
no come”: tal es la regla fundamental, primordial y más importante que los
Soviets de diputados obreros pueden implantar e implantarán en cuanto sean
poder.
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
Cada obrero tiene su
cartilla de trabajo. No le humilla este documento, aunque hoy es, sin duda, un documento acreditativo de la esclavitud
capitalista asalariada, un testimonio de que el trabajador a cuyo nombre está
extendido pertenece a tal o cual parásito.
Los Soviets implantarán la
cartilla de trabajo para los ricos, y
luego, poco a poco, para toda la
población (en un país agrario, pasará, probablemente, mucho tiempo antes de que
este documento sea necesario para la inmensa mayoría de los campesinos). La
cartilla de trabajo dejará de ser un signo distintivo de la “plebe”, dejará de
ser un documento de las clases “inferiores”, un testimonio de la esclavitud
asalariada. Se convertirá en una prueba de que en la nueva sociedad no hay ya
“obreros”, pero, en cambio, no hay nadie que no sea trabajador.
Los ricos deberán recibir
una cartilla de trabajo del sindicato de obreros o empleados más afín a la
esfera de su actividad, y cada semana, o en el plazo que se estipule, el
sindicato correspondiente deberá certificar que cumplen escrupulosamente con su
trabajo; sin esta condición no podrán recibir la cartilla de racionamiento del
pan ni, en general, víveres. Necesitamos — dirá el Estado proletario— buenos
organizadores de bancos y consorcios industriales (los capitalistas tienen en
este sentido más experiencia, y con gente experta el trabajo marcha mejor);
necesitamos cada día más y más ingenieros, agrónomos, técnicos y especialistas
de todo género con una formación científica. A todos estos trabajadores les
encomendaremos tareas adecuadas a sus fuerzas y a sus hábitos; es probable que
no establezcamos sino en forma gradual la igualdad absoluta de la remuneración,
dejando a estos especialistas un sueldo más alto durante el período de
transición; pero los someteremos al control obrero en todos los aspectos de su
actividad y conseguiremos la aplicación plena e incondicional del principio de
que “el que no trabaja no come”. La forma de organización del trabajo no la
inventamos, sino que la tomamos ya preparada del capitalismo: bancos,
consorcios, las mejores fábricas, estaciones experimentales, academias, etc. No
tendremos más que tomar lo mejor de la experiencia de los países avanzados.
Y, desde luego, no pecaremos
en lo más mínimo de utopismo ni abandonaremos el terreno de las consideraciones
prácticas más sensatas si decimos: toda la clase capitalista opondrá la
resistencia más tenaz, pero la organización de toda la población en Soviets
vencerá esa resistencia. Por supuesto, los capitalistas que opongan una
resistencia singularmente tenaz, los más insubordinados, serán castigados con
la confiscación de todos sus bienes y con pena de cárcel; pero, en cambio, la
victoria del proletariado multiplicará los casos como el siguiente, del que me
he enterado hoy por Izvestia:
“El 26 de septiembre se han
presentado en el Consejo Central de Comités Fabriles dos ingenieros para
declarar que un grupo de colegas suyos ha decidido constituir una Asociación de
Ingenieros Socialistas. Considerando que el momento actual es, en realidad, el
comienzo de la revolución social, la Asociación se pone a disposición de las
masas obreras y desea actuar, en defensa de los intereses de los obreros, de
pleno acuerdo con las organizaciones obreras. Los representantes del Consejo
Central de Comités Fabriles han contestado que éste formará con agrado en su
organización una Sección de Ingenieros que incluya en su programa las tesis
fundamentales de la I Conferencia de Comités Fabriles sobre el control obrero
de la producción. Próximamente se celebrará una reunión conjunta de los
delegados del Consejo Central de Comités Fabriles con el grupo organizador de
la Asociación de Ingenieros Socialistas” (Izvestia
del CEC, 27 de septiembre de 1917).
* * *
Se nos dice que el proletariado no podrá poner en marcha el
aparato del Estado.
Después de la revolución de
1905 gobernaban en Rusia 130.000 terratenientes; gobernaban sobre 150 millones
de personas mediante un sinfín de violencias y escarnios, obligando a la
inmensa mayoría a trabajar como forzados y vivir semihambrientos.
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
Y ahora resulta que no
podrán gobernar a Rusia 240.000 miembros del Partido Bolchevique, gobernarla en
beneficio de los pobres y contra los ricos. Esas 240.000 personas tienen ya
ahora a su favor, por lo menos, un millón de votos de la población adulta. Porque
la experiencia de Europa y de Rusia —por ejemplo, las elecciones de agosto a la
Duma de Petrogrado— testimonian justamente esa proporción entre los efectivos
del partido y los sufragios emitidos a su favor. Tenemos ya un “aparato
estatal” de un millón de personas,
fieles al Estado socialista por convicción, y no por el deseo de cobrar un
dineral el 20 de cada mes.
125
Es más, tenemos un “recurso
maravilloso” para decuplicar en
seguida, de golpe, nuestro aparato estatal, un recurso del que jamás ha
dispuesto ni puede disponer ningún Estado capitalista. Este recurso maravilloso
es la incorporación de los trabajadores, de los pobres, a la labor cotidiana de
dirección del Estado.
Para explicar cuán fácil es
aplicar ese maravilloso recurso, y cuán infalible es su efecto, tomaremos el
ejemplo más sencillo y más claro.
El Estado necesita
desahuciar forzosamente de su vivienda a una familia para alojar en ella a
otra. Esto lo hace a cada paso el Estado capitalista, y lo hará también nuestro
Estado proletario o socialista.
El Estado capitalista
desahucia a una familia obrera que, habiendo perdido a quien la mantenía, deja
de pagar el alquiler. Se presenta un alguacil, un policía o un guardia, o un
pelotón entero. En un barrio obrero, para ejecutar un desahucio, tiene que acudir
un destacamento de cosacos. ¿Por qué? Porque el alguacil y el guardia se niegan
a ir sin la protección de una nutrida escolta militar. Saben que el espectáculo
del desahucio suele provocar en toda la población de los alrededores, en miles
y miles de personas llevadas casi a la desesperación, una ira tan furiosa, un
odio tan grande contra los capitalistas y contra el Estado capitalista, que el
alguacil y todo el pelotón de guardias pueden quedar despedazados en cualquier
momento. Hacen falta importantes fuerzas armadas, es preciso trasladar a una
gran ciudad varios regimientos, obligatoriamente de alguna zona alejada, para
que a los soldados les sea ajena la vida de los pobres de la ciudad, para que
no puedan “contagiarse” de socialismo.
El Estado proletario recurre
a la coerción para instalar en la vivienda de un rico a una familia necesitada
en extremo. Nuestro destacamento de la milicia obrera se compone, supongamos,
de quince personas: dos marinos, dos soldados, dos obreros conscientes (bastará
que uno de ellos sea miembro de nuestro partido o simpatizante), un intelectual
y ocho trabajadores pobres, y entre ellos, sin falta, no menos de cinco
mujeres, criados, peones, etc. El destacamento se presenta en la casa de la
familia rica, la inspecciona y comprueba que tiene cinco habitaciones ocupadas
por dos hombres y dos mujeres. “Ciudadanos —les dicen—, estréchense ustedes por
este invierno en dos habitaciones y dejen libres otras dos para alojar en ellas
a dos familias que viven en el sótano. Por algún tiempo, en tanto no
construyamos buenas viviendas para todos con la ayuda de los ingenieros (¿usted
es ingeniero, verdad?), tendrán forzosamente que estrecharse un poco. Su
teléfono se pondrá a disposición de diez familias, con lo cual se economizarán
unas cien horas de trabajo, caminatas por tiendas, etc. Además, en su familia
hay dos semiobreros desocupados —una ciudadana de 55 años y un ciudadano de 14—
que pueden realizar un trabajo fácil, harán cada día una guardia de tres horas
para velar por la distribución justa de víveres entre las diez familias y
llevar el correspondiente registro. El ciudadano estudiante que forma parte de
nuestro destacamento redactará ahora en dos copias esta orden oficial, y
ustedes tendrán la bondad de firmamos una declaración, por la que se
comprometan a cumplirla exactamente”.
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
Así podría ser expuesta, a
mi juicio, en ejemplos concretos la diferencia entre el aparato y la
administración del Estado viejos, burgueses, y los nuevos, socialistas.
No somos utopistas. Sabemos
que cualquier peón y cualquier cocinera son incapaces de asumir ahora mismo la
gobernación del Estado. En eso estamos de acuerdo con los
democonstitucionalistas, con Breshkóvskaya y con Tsereteli. Pero nos
diferenciamos de estos ciudadanos en que exigimos romper sin demora con el
prejuicio de que sólo los ricos o funcionarios procedentes de familias ricas
pueden gobernar el Estado, efectuar
el trabajo cotidiano de administración. Nosotros exigimos que el aprendizaje de la administración del
Estado corra a cargo de obreros y soldados conscientes y que se emprenda sin
demora, es decir, que se empiece inmediatamente a hacer participar en este
aprendizaje a todos los trabajadores, a toda la población pobre.
Sabemos que los
democonstitucionalistas están también de acuerdo con enseñar al pueblo los
principios de la democracia. Las damas democonstitucionalistas están dispuestas
a dar conferencias a las criadas sobre la igualdad de derechos de la mujer,
inspirándose en las mejores fuentes inglesas y francesas. Y quizá en el próximo
concierto-mitin, ante miles de espectadores, se organice en el escenario un “ósculo de paz”: la señora
conferenciante democonstitucionalista besará a Breshkóvskaya, Breshkóvskaya al
exministro Tsereteli, y el pueblo, agradecido, aprenderá así, en la práctica,
lo que son la igualdad, la libertad y la fraternidad republicanas....
Sí, reconocemos que los
democonstitucionalistas, Breshkóvskaya y Tsereteli son, a su modo, fieles a la
democracia y la propagan entre el pueblo. Pero, ¡qué se le va a hacer!,
nosotros tenemos una idea algo diferente de la democracia.
A nuestro modo de ver, para mitigar los inauditos sufrimientos y
desgracias originados por la guerra, así como para curar las horribles heridas
que ésta ha causado al pueblo, es necesaria una democracia revolucionaria, son necesarias medidas revolucionarias justamente del tipo de la que hemos puesto como
ejemplo en la distribución de viviendas en beneficio de los pobres. Del mismo modo hay que proceder en la
ciudad y en el campo con los víveres, con la ropa, con el calzado, etc., y en
el campo, con la tierra y todo lo demás. Para administrar el Estado en este sentido, podemos disponer en el acto de un aparato estatal de unos diez millones de
hombres, si no veinte, jamás visto en ningún Estado capitalista. Sólo nosotros
podemos crear ese aparato, porque contamos con la adhesión más completa, sin
reservas, de la inmensa mayoría de la población. Sólo nosotros podemos crear
ese aparato, porque contamos con obreros conscientes, disciplinados por un
largo “aprendizaje” capitalista (no en vano hemos cursado la escuela del
capitalismo); con obreros que están en
condiciones de formar una milicia obrera y de ampliarla paulatinamente (comenzando a ampliarla
en seguida) hasta convertirla en milicia de
todo el pueblo . Los obreros conscientes deben dirigir, pero pueden
incorporar a la labor de administración a verdaderas masas de trabajadores y
oprimidos.
126
Por supuesto, en los
primeros pasos de ese nuevo aparato serán inevitables los errores. Pero ¿acaso
no cometieron errores los campesinos cuando, al quedar en libertad después de
la servidumbre, empezaban a dirigir por sí mismos sus asuntos? ¿Puede haber otro
camino para enseñar al pueblo a gobernarse, para evitar los errores, que no sea
el de la práctica, el de la instauración inmediata de una verdadera
autoadministración popular? Hoy por hoy, lo más importante es acabar con el
prejuicio intelectual burgués de que sólo pueden gobernar el Estado
funcionarios especiales, que, a consecuencia de su posición social, dependen
por entero del capital. Lo principal es poner término a un estado de cosas en
el que los burgueses, los funcionarios y los ministros “socialistas” intentan
gobernar como en el pasado, pero no pueden hacerlo, y al cabo de siete meses se
encuentran, en un país campesino, ¡¡con una insurrección campesina!! Lo más
importante es infundir a los oprimidos y a los trabajadores
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
fe en sus propias fuerzas,
de mostrarles en la práctica que ellos mismos pueden y deben establecer una
distribución equitativa,
severísimamente reglamentada y organizada, del pan, de todos los alimentos, de
la leche, de la ropa, de la vivienda, etc., en
beneficio de los pobres. No hay
otro modo de salvar a Rusia de la bancarrota y de la perdición. Y cuando se
inicie honrada y resueltamente en
todas partes la transferencia de la administración a los proletarios y
semiproletarios, las masas revelarán un entusiasmo revolucionario jamás visto
en la historia; las energías del pueblo se multiplicarán de tal modo en su
lucha contra las calamidades, que muchas cosas que parecen imposibles a
nuestras mezquinas y viejas fuerzas burocráticas serán viables para las fuerzas
de millones de hombres que empiecen a
trabajar para sí y no para el capitalista, el señorito y el burócrata, no a
la fuerza.
* * *
Otro problema relacionado
con el aparato del Estado es el del centralismo, planteado de un modo muy
enérgico, y muy poco feliz, por el camarada Bazárov en el número 138 de Nóvaya Zhizn (27 de septiembre), en un
artículo titulado Los bolcheviques y el
problema del poder.
El camarada Bazárov razona
del modo siguiente: “Los Soviets no son un aparato adaptable a todos los
dominios de la vida pública”, pues una experiencia de siete meses ha demostrado
—y “decenas y cientos de pruebas documentales existentes en la Sección Económica
del Comité Ejecutivo de San Petersburgo” lo confirman— que los Soviets, aunque
en muchos lugares han tenido, en efecto, “todo el poder”, “no ha podido
conseguir los menores resultados satisfactorios en su lucha contra la ruina
económica”. Hace falta un aparato “dividido por ramas de producción,
rigurosamente centralizado dentro de cada rama y subordinado a un centro único
de todo el Estado”. “No se trata —¡presten ustedes atención!— de sustituir el
viejo aparato, sino sólo de reformarlo… por más que los bolcheviques se burlen
de los hombres con planes...”
Todos estos razonamientos
del camarada Bazárov son, en verdad, asombrosamente torpes, ¡parecen una copia
de los argumentos de la burguesía, un reflejo de su punto de vista de clase!
En efecto, es sencillamente
ridículo (si no es una simple repetición de la interesada mentira de clase de
los capitalistas) afirmar que los Soviets hayan tenido “todo el poder” en parte
alguna de Rusia. Tener todo el poder significa poseer toda la tierra, todos los
bancos y todas las fábricas; quien tenga la menor noción de las enseñanzas de
la historia y de los datos científicos concernientes a la relación entre la
política y la economía, no podría “olvidar” este “pequeño” detalle.
El método falaz de la
burguesía consiste en que, sin
entregar el poder a los Soviets, sabotea
todas las medidas serias de éstos, se aferra al gobierno, conserva el poder
sobre la tierra y sobre los bancos, etc., ¡¡y después imputa a los Soviets la
responsabilidad por la ruina económica!! En esto consiste, precisamente, la
triste experiencia de la coalición.
Los Soviets jamás han tenido
en sus manos todo el poder, y sus medidas sólo han podido ser paliativas, que
han aumentado la confusión.
Querer demostrar a los
bolcheviques, centralistas por convicción y por el programa y por la táctica de
todo su partido, la necesidad del centralismo, es, en verdad, querer demostrar
que dos y dos son cuatro. Si los escritores de Nóvaya Zhizn se dedican a esa labor inútil, la única causa de ello
es que no han comprendido en absoluto el sentido ni el alcance de nuestras
burlas respecto a su punto de vista “de todo el Estado”. Y no lo han
comprendido porque reconocen la teoría de la lucha de clases sólo de palabra, y no por convicción. Los de Nóvaya Zhizn repiten unas cuantas frases
aprendidas de memoria acerca de la lucha de clases y caen a cada paso en “el punto de vista supraclasista”, ridículo en la
teoría y reaccionario en la práctica, denominando a ese servilismo para con la
burguesía plan “de todo el Estado”.
127
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
El Estado, amables señores,
es un concepto de clase. El Estado es un órgano o una máquina de violencia de
una clase sobre otra. Y mientras sea una máquina utilizada por la burguesía
para ejercer la violencia sobre el proletariado, no habrá más que una consigna
proletaria: destruir ese Estado. Más
cuando el Estado sea proletario, cuando sea una máquina de violencia del proletariado sobre la burguesía, entonces seremos
partidarios, plena e incondicionalmente, de un poder firme y del centralismo.
O dicho con palabras más
populares: no nos burlamos de los “planes”, sino de que Bazárov y Cía. no
comprendan que, al negar “el control obrero”, al negar “la dictadura del
proletariado”, defienden la dictadura
de la burguesía. No hay término medio; el término medio es una ilusión vana de
los demócratas pequeñoburgueses.
Ninguno de nuestros órganos
dirigentes, ningún bolchevique ha impugnado nunca el centralismo de los Soviets, su unificación. Ninguno de nosotros
se opone a la organización de comités
de fábrica por ramas de producción y a su centralización. Bazárov ha errado el tiro.
Nosotros nos burlamos, nos
hemos burlado y nos burlaremos, no del “centralismo” ni de los “planes”, sino
del reformismo. Porque, después de la
experiencia de la coalición, vuestro reformismo es profundamente ridículo. Y
decir que “no se trata de sustituir el aparato, sino de reformarlo” significa
ser reformista, significa convertirse en un demócrata reformista, y no en un
demócrata revolucionario. El reformismo no es otra cosa que concesiones de la
clase gobernante, y no su
derrocamiento; concesiones con tal de conservar el poder en sus manos.
Eso es precisamente lo que ha probado la coalición durante medio
año.
Y de eso nos burlamos. Sin
meditar en la teoría de la lucha de clases, Bazárov se deja cazar por la
burguesía, que canta a coro: “Sí, señor, eso es; nosotros precisamente no nos
oponemos a las reformas; somos partidarios de que los obreros intervengan en el
control de todo el Estado; estamos completamente de acuerdo”. Y el bueno de
Bazárov hace, objetivamente, el
oficio de vocero de los capitalistas.
Es lo que ha sucedido y
sucederá siempre con las personas que, en situaciones de enconada lucha de
clases, pretenden mantener una posición “intermedia”. Y precisamente porque los
colaboradores de Nóvaya Zhizn son
incapaces de comprender la lucha de clases, su política es una vacilación tan
ridícula, y eterna, entre la burguesía y el proletariado.
¡Emprendan esos “planes”,
amables ciudadanos! Aquí no se trata ya de política, no se trata ya de lucha de
clases; aquí pueden rendir un buen servicio al pueblo. En el periódico de
ustedes colaboran muchos economistas. Únanse a los ingenieros y demás elementos
dispuestos a trabajar en los problemas de la reglamentación de la producción y
de la distribución, consagren el suplemento de su gran “aparato” (de su diario)
al estudio práctico de los datos exactos relacionados con la producción y la
distribución de los productos en Rusia, los bancos y los consorcios, etc.,
etc., y prestarán un servicio al pueblo; en ese terreno no resultará demasiado
funesto su empeño de nadar entre dos aguas. Esa labor de formación de “planes”
no les valdrá ya las burlas, sino la gratitud de los obreros.
Después de triunfar, el
proletariado procederá del siguiente modo: encargará a los economistas,
ingenieros, agrónomos, etc., bajo el
control de las organizaciones obreras, de confeccionar un “plan” y
comprobarlo, buscar recursos que permitan ahorrar trabajo mediante la
centralización y estudiar los medios y métodos que aseguren el control más
sencillo, menos costoso, más cómodo y universal. Estos servicios de los
economistas, estadísticos y técnicos serán bien retribuidos, pero... pero no
les daremos de comer si no laboran a conciencia y sin reservas en beneficio de los trabajadores.
Somos partidarios del
centralismo y del “plan”, pero de un centralismo y de un plan del Estado proletario; somos partidarios de la
reglamentación proletaria de la producción y de la
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
distribución en beneficio de
los pobres, de los trabajadores y explotados, contra los explotadores. Y sólo estamos dispuestos a considerar “de
todo el Estado” lo que rompa la resistencia de los capitalistas y ponga todo el
poder en manos de la mayoría del pueblo, es decir, en manos de los proletarios
y semiproletarios, de los obreros y los campesinos pobres.
* * *
El quinto argumento consiste
en decir que los bolcheviques no podrán sostenerse en el poder, pues “la
situación es complicada en extremo...”
¡Oh, mentes preclaras!
Estarían dispuestas, tal vez, a reconciliarse con la revolución, pero sin esa
“situación complicada en extremo...”
Tales revoluciones no
existen, y los suspiros por una revolución de ese tipo no son más que
lamentaciones reaccionarias de intelectuales burgueses. Aun en el caso de que
la revolución comience en una situación que, al parecer nosea muy complicada,
ella misma, al desarrollarse, crea siempre
situaciones complicadas en extremo .
Porque una revolución verdadera, una revolución profunda, “popular”, según la
expresión de Marx82 , es un proceso increíblemente
complicado y doloroso de agonía de un régimen social caduco y de alumbramiento
de un régimen social nuevo, de un nuevo modo de vida de decenas de millones de
personas. La revolución es la lucha de clases y la guerra civil más enconadas,
más furiosas, más encarnizadas. En la historia no ha habido ni una sola gran
revolución sin guerra civil. Y sólo un hombre enfundado puede pensar que es
posible una guerra civil sin una “situación complicada en extremo”.
128
Sin situaciones
extraordinariamente complicadas jamás habría habido revoluciones. El que no se
arriesga no pasa la mar.
En este quinto argumento no
hay nada que analizar, pues no contiene razonamientos económicos, ni políticos
ni de ningún género. Lo único que contiene son suspiros de hombres
entristecidos y asustados por la revolución. Me permitiré referir aquí, como
ilustración de esos suspiros, dos pequeños recuerdos personales.
Poco antes de las jornadas
de julio conversé con un ingeniero rico. En otros tiempos, este ingeniero había
sido revolucionario, afiliado al Partido Socialdemócrata e incluso al Partido
Bolchevique. Hoy no acierta a contener su temor ni su cólera contra los obreros
enfurecidos e indómitos. “¡Si fuesen, por lo menos, como los obreros alemanes!
— exclama (pues se trata de un hombre instruido, que ha viajado por el
extranjero)—. Comprendo, naturalmente, que, en general, la revolución social es
inevitable; pero en nuestro país, con este bajo nivel de nuestros obreros a
consecuencia de la guerra..., no es una revolución, ¡es el abismo!”
El estaría dispuesto a
aceptar la revolución social si la historia nos llevase a ella de una manera
tan pacífica, tan serena, tan suave y cuidadosa como un tren expreso alemán
llega al andén de una estación.
El mozo de tren, muy digno,
va abriendo las portezuelas del coche y exclama: “¡Estación Revolución Social! Alle aussteigen! (¡Todo el mundo debe
apearse!)”. En esas condiciones, ¿por qué no dejar de ser ingeniero al servicio
de los señores Tit Títich para ser ingeniero al servicio de las organizaciones
obreras?
Este hombre ha visto
huelgas. Sabe qué huracán de pasiones desencadena siempre, hasta en los tiempos
más pacíficos la huelga más corriente. Y comprende, claro está, que ese huracán
tiene, que ser muchos millones de veces más fuerte cuando la lucha de clases
alza a todo el pueblo trabajador de
un país gigantesco, cuando la guerra y la explotación llevan casi a la
desesperación a millones de hombres, martirizados durante siglos por los
terratenientes,
![]()
82 Véase C. Marx. Carta a L. Kugelmann, del 12 de abril de
1871.
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
saqueados y maltratados
durante decenios por los capitalistas y los burócratas del zarismo. Comprende
“teóricamente” todo eso, lo reconoce de
palabra; pero está simplemente amedrentado por “la situación complicada en
extremo”.
Después de las jornadas de
julio, gracias a la atención particular con que me distinguía el Gobierno
Kerenski, hube de pasar a la clandestinidad. Me escondió, como es natural, un
obrero. En un apartado suburbio obrero de Petrogrado, en una pequeña vivienda
obrera, nos sirven la comida. La dueña de la casa pone el pan en la mesa, y el
dueño dice: “¡Mira qué magnífico pan! Es que “ellos” no se atreven ahora a
darnos pan malo. Ya nos habíamos olvidado de que en Petrogrado podía haber pan
bueno”.
Me sorprendió aquella
apreciación de clase de las jornadas de julio. Mi pensamiento giraba en torno a
la significación política de lo sucedido, valoraba su papel en la marcha
general de las cosas, analizaba de qué situación había brotado aquel zigzag de la
historia y qué nueva situación crearía, cómo debíamos modificar nuestras
consignas y nuestra organización de partido para adaptarlo a las nuevas
circunstancias. Yo, que no he conocido la miseria, no había pensado en el pan.
Para mí, el pan era algo natural, una especie de subproducto del trabajo de
escribir. El pensamiento llega a través del análisis político, siguiendo un
camino extraordinariamente complicado y tortuoso, a lo que es la base de todo:
a la lucha de clases por el pan.
Pero un representante de la
clase oprimida, pese a ser uno de los obreros bien pagados e instruidos, pone
el dedo en la llaga con esa sencillez y esa rectitud admirables, con esa firme
decisión y esa asombrosa claridad de pensamientos de la que nosotros, los
intelectuales, estamos tan lejos como el cielo de la tierra. El mundo entero se
divide en dos campos: “nosotros”, los trabajadores, y “ellos”, los
explotadores. Ni rastro de confusión por lo sucedido: es una de tantas batallas
de la prolongada lucha del trabajo contra el capital. Donde se maneja el hacha,
saltan astillas.
“¡Qué dolorosa es “la
situación complicada en extremo” de la revolución!”, piensa y siente el
intelectual burgués.
‘“‘Les” hemos apretado y “ellos” no se atreven a ser tan
insolentes como antes.
¡Apretémosles más y los echaremos definitivamente!”, piensa y
siente el obrero.
* * *
Sexto y último argumento: el
proletariado “no será capaz de hacer frente al embate de todas las fuerzas
enemigas, que barrerá la dictadura del proletariado y, con ella, toda la
revolución”.
No traten de amedrentarnos, señores, que no lo conseguirán.
Hemos visto ya esas fuerzas enemigas y su embate en la korniloviada (de la cual
la kerenskiada no se diferencia en nada). Todo el mundo ha visto, y el pueblo
no lo olvida, cómo barrieron la korniloviada el proletariado y los campesinos
pobres, en qué lamentable y ridícula situación se encontraron los adeptos de la
burguesía y los pocos representantes de los sectores locales de pequeños
propietarios agrarios singularmente acomodados y singularmente “enemigos” de la
revolución. Al tratar de convencer a los obreros de que “soporten con
paciencia” la kerenskiada (es decir, la korniloviada) y la falsificada Duma
tsereteliana-bulyguiniana hasta la Asamblea Constituyente (¡convocada al amparo
de las “medidas militares” contra los campesinos amotinados!), Dielo Naroda repite con vehemencia en su
número del 30 de septiembre precisamente el sexto argumento de Nóvaya Zhizn y grita hasta enronquecer:
“El Gobierno Kerenski no se someterá bajo ningún concepto” (al Poder de los
Soviets, al poder de los obreros y los campesinos, al que Dielo Naroda, para no ser menos que los pogromistas y los
antisemitas, los monárquicos y los democonstitucionalistas, denomina poder “de
Trotski y Lenin”: ¡¡ahí tienen a qué métodos recurren los eseristas!!).
129
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
Pero ni Nóvaya Zhizn ni Dielo Naroda
conseguirán amedrentar a los obreros conscientes. “El Gobierno Kerenski — dicen
ustedes— no se someterá bajo ningún concepto”, es decir, hablando en términos
más sencillos, más sinceros y más claros, repetirá la korniloviada. ¡Y los
señores de Dielo Naroda se atreven a
afirmar que eso equivaldrá a una “guerra civil” con “perspectivas aterradoras”!
¡No, señores, no conseguirán
engañar a los obreros! No será una guerra civil, sino un motín desesperado de
un puñado de kornilovistas. ¿O es que se empeñan en “no someterse” al pueblo y
en provocarle, cueste lo que cueste, a una nueva edición, aumentada, de lo que
sucedió en Víborg con los kornilovistas? Si
es eso lo que desean los eseristas,
si es eso lo que desea Kerenski, miembro del partido eserista, puede llevar al
pueblo a extremos de furia. Pero con eso, señores, no lograrán amedrentar a los
obreros ni a los soldados.
Es un cinismo sin límites:
han falsificado la nueva Duma bulyguiniana, asegurándose con manejos sucios la
ayuda de cooperadores reaccionarios y de los kulaks rurales, han sumado a ellos
capitalistas y terratenientes (los llamados elementos poseedores), ¡y con esa
banda de kornilovistas quieren sabotear
la voluntad del pueblo, la voluntad de los obreros y los campesinos!
¡Han llevado las cosas a tal
extremo que en un país campesino se levanta una oleada de sublevaciones
campesinas que lo inunda todo! Imagínense lo que significa eso: ¡en una
república democrática con un 80% de población campesina hacer llegar las cosas
a una insurrección de campesinos!... El mismo Dielo Naroda, el periódico de Chernov, órgano del partido de los
“socialistas— revolucionarios”, que el 30 de septiembre tiene la desvergüenza
de aconsejar “paciencia” a los obreros y a los campesinos, en su artículo de
fondo del 29 de septiembre se había visto obligado a reconocer:
“Hasta este momento no se ha
hecho casi nada para acabar con las
relaciones de servidumbre que siguen imperando aún en el campo precisamente
en el centro de Rusia”.
Y en el mismo editorial del
29 de septiembre, el propio Dielo Naroda
dice que “los procedimientos stolypinianos se dejan sentir aún con gran fuerza”
en los métodos de “los ministros revolucionarios”. O, empleando términos más
claros y sencillos, el periódico llama stolypinianos
a Kerenski, Nikitin, Kishkín y Cía.
Los “stolypinianos” Kerenski
y Cía., que han obligado a los campesinos a rebelarse, adoptan ahora “medidas
militares” contra ellos y consuelan al pueblo con la convocación de la Asamblea
Constituyente (aunque Kerenski y Tsereteli han
engañado ya una vez al pueblo, cuando declararon solemnemente el 8 de julio
que la Asamblea Constituyente se reuniría el día señalado: el 17 de septiembre;
luego, faltando a su palabra, e
incluso obrando en contra del consejo del
menchevique Dan, volvieron a aplazarla, y no hasta fines de octubre, como
quería el Comité Ejecutivo Central, por entonces menchevique, sino hasta fines
de noviembre). Los “stolypinianos” Kerenski y Cía. consuelan al pueblo con la
próxima convocación de la Asamblea Constituyente, como si el pueblo pudiese dar
crédito a quienes le han mentido ya una vez en un caso semejante, como si el
pueblo pudiese considerar capaz de convocar honradamente
la Asamblea Constituyente a un gobierno que impone medidas militares en las aldeas más remotas, es decir, que encubre con todo descaro los
encarcelamientos arbitrarios de campesinos conscientes y la falsificación de las elecciones.
¡Se lleva a los campesinos
al extremo de tener que rebelarse y luego se tiene el cinismo de decirles: “Hay
que “soportar con paciencia”, hay que esperar, hay que tener confianza en un
gobierno que reprime “con medidas militares” a los campesinos sublevados”!
¡Se deja que las cosas
lleguen a la muerte de cientos de miles de soldados rusos en la ofensiva
comenzada después del 19 de junio, a la prolongación de la guerra, a la
sublevación de los marinos alemanes, que arrojan al agua a sus superiores! ¡Se
deja que las cosas lleguen a ese
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
extremo, hablando sin cesar
de la paz, pero sin proponer una paz
justa a todos los beligerantes! ¡Y aún se tiene la desvergüenza de decir a los
obreros y campesinos, a los soldados que se lanzan a la muerte: “Hay que
soportar las cosas con paciencia” tened confianza en el gobierno del
“stolypiniano” Kerenski, tened confianza un mes más en los generales
kornilovistas, que quizá en el transcurso de ese mes envíen de nuevo al
matadero a unas cuantas decenas de miles de soldados!... “Hay que soportar las
cosas con paciencia”.
¿No es eso desvergüenza?
¡No, señores eseristas, correligionarios de Kerenski, no
conseguirán engañar a los soldados!
130
Los obreros y soldados no
soportarán el Gobierno Kerenski ni un solo día, ni una sola hora de más, pues saben que un gobierno de los Soviets propondrá inmediatamente a todos los beligerantes una paz justa y que, con
ello, aportará al país, muy probablemente,
un armisticio inmediato y una paz rápida.
Ni un solo día, ni una sola
hora de más tolerarán los soldados de
nuestro ejército de campesinos que, contra la voluntad de los Soviets, continúe
en el poder el Gobierno Kerenski, un gobierno que sofoca con medidas militares la insurrección de los campesinos.
¡No, señores eseristas,
correligionarios de Kerenski, no conseguirán seguir engañando a los obreros y a
los campesinos!
* * *
El argumento que emplea Nóvaya Zhizn, presa de un pánico cerval,
al decir que el embate de las fuerzas enemigas barrerá la dictadura del
proletariado, contiene además un monstruoso error lógico y político, que puede
pasar inadvertido únicamente para quienes se dejan asustar hasta casi perder la
razón.
“El embate de las fuerzas
enemigas —se nos dice— barrerá la dictadura del proletariado”. Bien. Pero todos
ustedes, amables conciudadanos, son economistas y personas instruidas. Todos
ustedes saben que contraponer la democracia a la burguesía es un absurdo y un
prueba de ignorancia, como lo sería comparar un pud y una arshina*. Porque hay
una burguesía democrática y hay sectores no democráticos (capaces de una
Vandée) de la pequeña burguesía.
* Pud: medida de peso
rusa equivalente a 16,38 Kg.; arshira:
medida de longitud rusa equivalente a 0,71 metros. (N. de la Edit.)
Lo de “fuerzas enemigas” no
es ni que una frase. En cambio, el concepto de burguesía (tras la que se encuentran también los terratenientes) es
ya un concepto de clase.
La burguesía y los
terratenientes; el proletariado; la pequeña burguesía, los pequeños
propietarios y, en primer término, los campesinos: ésas son las tres “fuerzas”
fundamentales en que se divide Rusia, como todo
país capitalista. Esas son las tres “fuerzas” fundamentales que han sido
destacadas desde hace mucho tiempo en todo país capitalista (y también en
Rusia) no sólo por el análisis económico científico, sino también por la experiencia política de la historia
moderna de todos los países, por la
experiencia de todas las revoluciones
europeas, a partir del siglo XVIII, y por la experiencia de las dos revoluciones rusas de 1905 y 1917.
Y bien, ¿amenazan ustedes a
los proletarios con que el embate de la burguesía barrerá su poder? A eso, y
sólo a eso, se reduce su amenaza; no tiene otro sentido.
Perfectamente. Si la
burguesía, por ejemplo, puede barrer el poder de los obreros y de los
campesinos pobres, no queda más camino que el de la “coalición”; es decir,
concertar una alianza o un pacto de los pequeños burgueses con la burguesía.
¡¡No se puede concebir otra cosa!!
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
Pero la coalición se ha
probado durante medio año y ha llevado al fracaso: y ustedes mismos, ciudadanos
de Nóvaya Zhizn, amables pero que no
saben pensar, han renunciado a la
coalición.
¿Qué resulta, pues?
Se han hecho tal lío,
ciudadanos de Nóvaya Zhizn, se han
dejado amedrentar de tal modo, que son incapaces de atar cabos en el
razonamiento más sencillo, no saben
contar siquiera hasta tres, y no digamos hasta cinco.
O se entrega todo el poder a
la burguesía, cosa que ustedes no defienden desde hace mucho y que ni la propia
burguesía se atreve siquiera a insinuar, pues sabe que el pueblo se sacudió de
un empujón ese poder los días 20 y 21 de abril y hoy lo derribaría con triple
energía y decisión. O se entrega el poder a la pequeña burguesía, es decir, se
llega a una coalición (alianza, pacto) de ésta con la burguesía. Porque la
pequeña burguesía por sí sola, independientemente ni quiere ni puede tomar el
poder, como lo demuestra la experiencia de todas las revoluciones como lo
prueba también la ciencia económica, la cual enseña que en un país capitalista
se puede estar al lado de capital o al lado del trabajo, pero es imposible
mantenerse en medio. Esta coalición ha probado en Rusia, durante medio año, más
de una docena de métodos y ha fracasado.
O bien, finalmente, se
entrega todo el poder a los proletarios y a los campesinos pobres, contra la
burguesía y para vencer su resistencia. Esto no se ha probado aún, y ustedes,
señores de Nóvaya Zhizn, tratan de desaconsejárselo al pueblo,
amedrentándolo con vuestro propio miedo a la burguesía.
No caben más que estas tres posibilidades.
Por lo tanto, si Nóvaya Zhizn teme la dictadura del
proletariado y la rechaza, ante la perspectiva de una supuesta derrota del
poder proletario por la burguesía, ¡¡¡su actitud equivale a retroceder en secreto al conciliacionismo
con los capitalistas!!! Es claro como la luz del día que quien teme la
resistencia, quien no cree en la posibilidad de vencer esa resistencia, quien
dice al pueblo: “temed la resistencia de los capitalistas, no conseguiréis
vencerla”, lo que hace en realidad es
invitarle, una vez más, a la conciliación con los capitalistas.
Nóvaya Zhizn se
ha hecho un lío torpe y mezquinamente, como se han embrollado hoy todos los
demócratas pequeñoburgueses, que ven el fracaso de la coalición y no se atreven
ya a defenderla abiertamente, pero que, al mismo tiempo, protegidos por la
burguesía, temen la omnipotencia de los proletarios y de los campesinos pobres.
* * *
131
Temer la resistencia de los
capitalistas y, al mismo tiempo, llamarse revolucionarios y querer figurar
entre los socialistas. ¡Qué ignominia! ¡Qué grande ha tenido que ser la caída
ideológica del socialismo internacional, corroído por el oportunismo, para que puedan dejarse oír tales voces!
Nosotros, y con nosotros el
pueblo entero, hemos visto ya la fuerza de resistencia de los capitalistas,
pues éstos son más conscientes que las otras clases y se han dado cuenta en el
acto de la importancia de los Soviets; han puesto en tensión, sin demora y en
grado sumo, todas sus fuerzas; han
intentado todo lo posible y lo imposible, han perdido los estribos, han echado mano de los recursos más
inauditos de la mentira y la calumnia y han recurrido a las
conspiraciones militares
para destruir los Soviets, para
reducirlos a la nada, para prostituirlos (con la ayuda de los mencheviques y
los eseristas), para convertirlos en jaulas de cotorras y agotar la paciencia
de los obreros y campesinos con meses y meses de charlar en balde y jugar a la
revolución.
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
Lo que no hemos visto todavía es la fuerza de resistencia de los
proletarios y de los campesinos pobres, pues esta fuerza se erguirá en toda su
talla sólo cuando el proletariado sea dueño del poder, cuando las decenas de
millones de hombres hoy oprimidos por la miseria y la esclavitud capitalista
vean y sientan por experiencia propia
que el poder del Estado pertenece a las clases oprimidas, que ayuda a los
pobres en su lucha contra los terratenientes y los capitalistas y vence la resistencia de éstos. Sólo entonces podremos ver cuánta fuerza
de resistencia a los capitalistas dormita intacta en el pueblo; sólo entonces
saldrá a la luz lo que Engels denomina “socialismo latente”83. Sólo entonces se alzará contra cada diez mil enemigos del poder de la clase obrera, francos o
emboscados, activos o pasivos, un millón
de nuevos luchadores que vivían hasta ahora sumidos en el letargo político, vegetaban atormentados por la miseria y
la desesperación, perdida la fe en que también ellos son seres humanos, en que
también ellos tienen derecho a la existencia, en que todo el poder de un Estado
moderno centralizado puede estar a su servicio y en que los destacamentos de la
milicia proletaria les llaman también a
ellos, con plena confianza, a intervenir del modo más directo y personal en
la labor cotidiana de gobernar el Estado.
Con la benévola colaboración
de los señores Plejánov, Breshkóvskaya, Tsereteli, Chernov y Cía., los
capitalistas y terratenientes han hecho todo
lo posible para envilecer la
república democrática, para prostituirla sirviendo a los ricos. Hasta el punto
de que el pueblo cae en la apatía y la indiferencia y todo le da igual, pues el hambriento no puede distinguir la
república de la monarquía, y el soldado que tirita de frío, descalzo y
martirizado, que se ve lanzado a la muerte para defender intereses ajenos, no
puede sentir cariño por la república.
Pero cuando el último peón,
cualquier parado forzoso, cada cocinera y cada campesino arruinado vean —y no
por los periódicos, sino por sus propios ojos— que el poder proletario no se
humilla ante la riqueza, sino que ayuda a los pobres; cuando vean que este
poder no vacila en adoptar medidas revolucionarias, que despoja a los parásitos
de los productos sobrantes para entregárselos a los que tienen hambre, que
instala por la fuerza en las viviendas de los ricos a quienes carecen de techo,
que obliga a los ricos a pagar la leche, sin darles una gota de ella mientras
no tengan cuanta necesiten los niños de todas
las familias pobres; cuando vean que la tierra pasa a manos de los
trabajadores, que las fábricas y los bancos son puestos bajo el control de los
obreros y que se castiga inmediatamente y con severidad a los millonarios que
ocultan sus riquezas; cuando la población pobre vea y sienta todo eso, ninguna
fuerza de los capitalistas ni de los kulaks, ninguna fuerza del capital
financiero mundial, que maneja miles de millones, podrá derrotar a la
revolución popular; será ésta la que
triunfe en el mundo entero, pues la revolución socialista madura en todos los
países.
Nuestra revolución será
invencible, si no tiene miedo de sí misma y pone todo el poder en manos del
proletariado. Porque detrás de nosotros están las fuerzas incomparablemente
mayores, más desarrolladas, y mejor organizadas del proletariado mundial, agobiadas
de momento por la guerra, pero no aniquiladas, sino, al revés, multiplicadas
por ella.
* * *
¡Temer que el poder de los
bolcheviques, es decir, el Poder del proletariado, que cuenta con el apoyo
abnegado de los campesinos pobres, sea “barrido” por los señores capitalistas!
¡Qué miopía, qué vergonzoso miedo al pueblo, qué hipocresía! Quienes dan pruebas
de ese miedo pertenecen a la “alta sociedad” (alta según el criterio
capitalista; en realidad, podrida),
que pronuncia la palabra “justicia” sin creer en ella, por costumbre, como una
frase a la que no se atribuye sentido alguno.
He aquí un ejemplo:
![]()
83 Véase la carta de F. Engels
a F. A. Sorge del 22 de febrero de 1888
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
El señor Peshejónov es un
conocido semidemoconstitucionalista. Es imposible encontrar un trudovique más
moderado, correligionario de las Breshkóvskaya y de los Plejánov. Jamás ha
habido ministro más servil para con la burguesía. ¡El mundo no ha visto un partidario
más fervoroso de la “coalición”, del acuerdo con los capitalistas!
Pues bien: en el discurso
que pronunció en la Conferencia “Democrática” (léase bulyguiniana), este señor
se vio obligado, según nos informa el
defensista Izvestia, a hacer la
siguiente confesión:
132
“Hay dos programas. Uno es el programa de las pretensiones de
grupo, de las pretensiones clasistas y nacionales. Los bolcheviques son los más
francos defensores de este programa. Pero tampoco a los otros sectores de la
democracia les es fácil, ni mucho menos, renunciar a ese programa. Porque se
trata de pretensiones de las masas trabajadoras, de pretensiones de las
naciones relegadas y oprimidas. Por eso, no es tan fácil para la democracia
romper con los bolcheviques ni rechazar estas reivindicaciones de clase; y no
lo es, sobre todo, porque estas reivindicaciones, en el fondo, son justas. Pero
este programa, por el que nosotros luchamos hasta la revolución, por el que
hicimos la revolución y que, en otras condiciones, todos defenderíamos con
unanimidad, encierra, en las presentes circunstancias, un enorme peligro. Este
peligro es ahora mayor aún, pues hay que presentar esas reivindicaciones en un
momento en que el Estado no puede satisfacerlas. Lo primero es defender el todo
—el Estado—, salvarlo del desastre, y para eso no hay más que un camino: no el
de satisfacer las reivindicaciones, por justas y grandes que parezcan, sino, al
contrario, el de imponer restricciones y sacrificios imprescindibles en todos
los terrenos” (Izvestia del CEC del
17 de septiembre).
El señor Peshejónov no
comprende que, mientras los capitalistas estén en el poder, lo que él defiende no es el todo, sino los intereses
egoístas del capital imperialista ruso y “aliado”. El señor Peshejónov no
comprende que la guerra dejaría de ser anexionista, imperialista y rapaz sólo
después de romper con los capitalistas, con sus
tratados secretos, con sus anexiones
(es decir, con la conquista de territorios ajenos) y con sus estafas financieras y bancarias. El señor Peshejónov no
comprende que sólo después de eso, y
siempre que el enemigo rechazase la paz justa que se le propondría en términos
formales, la guerra se convertiría en defensiva, en una guerra justa. El señor
Peshejónov no comprende que la capacidad defensiva de un país que ha derrocado
el yugo del capital, entregado la tierra a los campesinos y puesto los bancos y
las fábricas bajo el control de los obreros sería mucho mayor que la de un país capitalista.
Y, lo que es principal, el
señor Peshejónov no comprende que, al
verse obligado a reconocer la justicia del bolchevismo, al reconocer que las
reivindicaciones bolcheviques son las “pretensiones
de las masas trabajadoras”, es decir, de la mayoría de la población, abandona así todas sus posiciones, las
posiciones de toda la democracia pequeñoburguesa.
En eso radica nuestra
fuerza. Por eso será invencible nuestro gobierno: porque hasta los enemigos se
ven obligados a reconocer que el programa bolchevique es el programa “de las
masas trabajadoras” y “de las naciones oprimidas”.
El señor Peshejónov es un
amigo político de los democonstitucionalistas, de la gente agrupada alrededor
de Edinstvo y Dielo Naroda, de las Breshkóvskaya y de los Plejánov; es un
representante de los kulaks y de los señores cuyas esposas y hermanas sacarían
mañana los ojos con sus sombrillas a los bolcheviques agonizantes, si éstos
fuesen derrotados por las tropas de Kornílov o (lo que es exactamente igual)
por las tropas de Kerenski.
Y semejante señor se ve obligado a reconocer que las
reivindicaciones bolcheviques son “justas”.
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
Para él, la “justicia” es
sólo una frase. Pero para las masas de semiproletarios para la mayoría de los
pequeños burgueses de la ciudad y del campo, arruinados, torturados y
martirizados por la guerra, eso no es una frase: es el problema más grave, más
candente, más importante, es el problema de la muerte por hambre, de la lucha
por un pedazo de pan. Por eso no puede
basarse ninguna política en la
“coalición”, en la “conciliación” de los intereses de los hambrientos y
arruinados con los intereses de los explotadores. Por eso, un gobierno
bolchevique tiene asegurado el apoyo
de la inmensa mayoría de esas masas.
La justicia es una palabra
vacía, dicen los intelectuales y bellacos que se las dan de marxistas por la
sublime razón de haber “contemplado la
parte trasera” del materialismo económico.
Las ideas se convierten en
una fuerza cuando prenden en las masas. Y hoy precisamente los bolcheviques, es
decir, los representantes del internacionalismo proletario, revolucionario,
encarnan en su política la idea que pone en acción en el mundo entero a
inmensas masas trabajadoras.
Por sí sola, la justicia, el
sentimiento de las masas indignadas por la explotación, jamás las habría
llevado al camino certero del socialismo. Pero cuando se ha formado, gracias al
capitalismo, el mecanismo material de los grandes bancos, de los consorcios, de
los ferrocarriles, etc.; cuando la riquísima experiencia de los países
avanzados ha acumulado reservas de las maravillas de la técnica, cuya
aplicación se ve frenada por el
capitalismo; cuando los obreros conscientes han forjado un partido de un cuarto
de millón de militantes para tomar en sus manos metódicamente ese mecanismo y
ponerlo en marcha, con el apoyo de todos los trabajadores y explotados; cuando se dan todas esas condiciones, no habrá
en el mundo fuerza capaz de impedir a los bolcheviques, si no se dejan amedrentar y saben adueñarse del poder, sostenerse
en él hasta el triunfo de la revolución socialista mundial.
Epilogo.
Escrito lo que antecede,
llega a nuestras manos Nóvaya Zhizn,
del 1° de octubre, con un editorial que es una nueva perla de estupidez, tanto
más peligrosa por cuanto se oculta tras una bandera de simpatía por los
bolcheviques y bajo un sapientísimo manto filisteo: “No os dejéis llevar de
provocaciones” (no caigáis en la trampa de los que hablan a gritos de
provocaciones para asustar a los bolcheviques y moverlos a no tomar el poder).
133
He aquí la perla:
“Las enseñanzas de
movimientos como los del 3-5 de julio, por una parte, y de las jornadas de la
korniloviada, por otra, han demostrado con plena claridad que una democracia
que dispone de los órganos más influyentes entre la población es invencible
cuando adopta en la guerra civil una posición defensiva; pero sufre una derrota
y pierde todos los elementos intermedios y vacilantes cuando toma en sus manos
la iniciativa de la ofensiva”.
Si los bolcheviques
hiciesen, cualquiera que fuese la forma, la más insignificante concesión a la
estupidez filistea expresada en ese razonamiento, echarían a pique su partido y
la revolución.
Porque el autor del citado
razonamiento, puesto a hablar de la guerra civil (tema adecuado para la dama
agradable en todos los aspectos), ha desfigurado hasta lo grotesco las enseñanzas de la historia en este
punto.
Veamos qué pensaba de estas enseñanzas, de las enseñanzas que
nos brinda la historia acerca de este
problema, el representante y fundador de la táctica proletaria revolucionaria,
Carlos Marx:
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
“Ahora bien, la insurrección
es un arte, lo mismo que la guerra o que cualquier otro arte. Está sometida a
ciertas reglas que, si no se observan, dan al traste con el partido que las
desdeña. Estas reglas, lógica deducción de la naturaleza de los partidos y de
las circunstancias con que uno ha de tratar en cada caso, son tan claras y
simples que la breve experiencia de 1848 las ha dado a conocer de sobra a los
alemanes. La primera es que jamás se debe jugar a la insurrección, a menos que
esté completamente preparada para afrontar las consecuencias del juego. La
insurrección es una ecuación con magnitudes muy indeterminadas, cuyo valor
puede cambiar cada día; las fuerzas opuestas tienen todas las ventajas de
organización, disciplina y autoridad habitual” (Marx se refiere aquí al caso
más “difícil” de la insurrección: a la insurrección contra el viejo poder
“firme”, contra un ejército no minado todavía por la influencia revolucionaria
y las vacilaciones del gobierno); “si no se les puede oponer fuerzas superiores,
uno será derrotado y aniquilado. La segunda es que, una vez comenzada la
insurrección, hay que obrar con la mayor decisión y pasar a la ofensiva. La
defensiva es la muerte de todo alzamiento armado, que está perdido antes aún de
medir las fuerzas con el enemigo. Hay que atacar por sorpresa al enemigo
mientras sus fuerzas aún están dispersas y preparar nuevos éxitos, aunque sean
pequeños, pero diarios; mantener en alto la moral que el primer éxito
proporcione; atraer a los elementos vacilantes que siempre se ponen del lado
que ofrece más seguridad; obligar al enemigo a retroceder antes de que pueda
reunir fuerzas; en suma, hay que obrar según las palabras de Dantón, el maestro
más grande de la táctica revolucionaria que se ha conocido: “de l’audace, de l’audace, encore de
l’audace!” (Revolución y
contrarrevolución en Alemania, ed. alemana de 1907, pág. 118).
Nosotros —podrían decir los
“también-marxistas” de Nóvaya Zhizn—
lo hemos cambiado todo; en vez de la triple audacia, poseemos dos virtudes: “la
moderación y la meticulosidad”. Para “nosotros” no significa nada la
experiencia de la historia universal, la experiencia de la Gran Revolución
Francesa. Para “nosotros”, lo que tiene importancia es la experiencia de los
dos movimientos de 1917, caricaturizada al contemplarla con las gafas de
Molchalin.
Examinemos esta experiencia, dejando a un lado esas atractivas
gafas.
Comparan ustedes las
jornadas del 3 al 5 de julio con la “guerra civil”, porque han prestado crédito
a Aléxinski, Perevérzev y Cía. Es peculiar de los señores de Nóvaya Zhizn creer a esa gente (sin molestarse lo más mínimo
en recoger datos por cuenta propia
sobre los sucesos del 3 al 5 de julio, a pesar de tener a su disposición el
gigantesco aparato de un gran diario).
Pero supongamos por un
momento que las jornadas del 3 al 5 de julio no fueran los gérmenes de una
guerra civil, mantenida por los bolcheviques dentro de esos límites, sino una
verdadera guerracivil. Supongámoslo.
¿Qué demuestra, en tal caso,
esta enseñanza? Primero, que los bolcheviques no pasaron a la ofensiva, pues es indiscutible que en la noche del
3 al 4 de julio, e incluso el 4 de julio, hubieran podido ganar mucho
lanzándose a la ofensiva. Su debilidad fue la defensiva, si cabe hablar de
guerra civil (como lo hace Nóvaya Zhizn,
y no de la transformación de un estallido espontáneo en una manifestación
semejante a la del 20 y 21 de abril, como lo atestiguan los hechos).
Así pues, la “enseñanza” desmiente
a los sabios de Nóvaya Zhizn.
En segundo lugar, la causa
de que los bolcheviques no se señalaran siquiera como objetivo la insurrección
los días 3 y 4 de julio y de que ni un
solo organismo bolchevique llegase a plantear ese problema, queda al margen de nuestra polémica con Nóvaya Zhizn. Porque estamos discutiendo
en torno a las enseñanzas de la
“guerra civil”, es decir, de la insurrección, y no acerca de los casos en que
el convencimiento de no contar con la mayoría hace desistir a un partido
revolucionario de la idea de la insurrección.
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
Y como todo el mundo sabe
que los bolcheviques conquistaron la mayoría en los Soviets de las capitales y
del resto del país (más del 49% de los votos en el de Moscú) solo mucho después de julio de 1917, las
“enseñanzas” no son ni mucho menos, ¡ni mucho menos!, las que quiere hacernos ver esa dama agradable en todos los aspectos
que se llama Nóvaya Zhizn.
134
¡No, no, ciudadanos de Nóvaya
Zhizn, será mucho mejor que no se ocupen de política!
Si el partido revolucionario
no cuenta con la mayoría en los destacamentos de vanguardia de las clases
revolucionarias y en el país, no puede ni pensarse en la insurrección. Además,
para ella son necesarias: 1) la marcha ascendente de la revolución a escala de
todo el país; 2) la total bancarrota moral y política del viejo gobierno, por
ejemplo, del gobierno de “coalición”;
3) grandes vacilaciones en el campo de
todos los elementos intermedios, es decir, entre los que no están por completo con el gobierno, aunque todavía ayer le
prestaran un apoyo incondicional.
¿Por qué Nóvaya Zhizn, que habla de las
“enseñanzas” del movimiento del 3 al 5 de julio, no ha notado siquiera esta
enseñanza, tan importante?
Porque no son políticos,
sino intelectuales intimidados por la burguesía, quienes se dedican a tratar
problemas políticos.
Prosigamos. En tercer lugar,
los hechos demuestran que el
desmoronamiento de los eseristas y los mencheviques empezó precisamente después del 3 y 4 de julio, precisamente
porque la política de julio vino a desenmascarar a los señores Tsereteli y
porque las masas empezaron a ver en
los bolcheviques a sus luchadores de vanguardia, y en los “socialbloquistas”, a
unos traidores. Ese desmoronamiento se manifestó con toda claridad ya antes de
la korniloviada, en las elecciones celebradas en Petrogrado el 20 de agosto,
que dieron el triunfo a los bolcheviques y acarrearon la derrota de los
“socialbloquistas”. (Dielo Naroda
intentaba hace poco refutar esto, silenciando
los resultados electorales de todos
los partidos; pero eso significa engañarse a sí mismo y engañar a los lectores.
Según datos publicados por Dien el 24
de agosto, y que sólo se referían a la ciudad, el porcentaje de votos obtenidos
por los democonstitucionalistas paso del 22 al 23%, mientras que el número
absoluto de sufragios emitidos a su favor descendió en un 40%; el porcentaje de
votos obtenidos por los bolcheviques subió del 20 al 33%, mientras que el
número absoluto de sufragios emitidos a su favor descendió sólo en un 10%; la
proporción de los votos reunidos por todos los “partidos intermedios” descendió
del 58 al 44%, y el número absoluto de sus votos experimentó una disminución
¡¡del 60 por 100!!)
Otra prueba del
desmoronamiento de los eseristas y los mencheviques desde las jornadas de julio
hasta la korniloviada es el aumento del ala “izquierda” de ambos partidos, que
llega casi al 40%: es la “venganza” por los bolcheviques, a quienes persiguen los
señores Kerenski.
El partido proletario salió ganando extraordinariamente con los
sucesos del 3 y 4 de julio, pese a la “pérdida” de unos cuantos cientos de
afiliados, pues precisamente durante esas difíciles jornadas las masas vieron y comprendieron la
fidelidad de nuestro partido y la
traición de los eseristas y mencheviques. Así pues, la “enseñanza” dista
mucho, muchísimo, de tener la
significación que le atribuye Nóvaya
Zhizn y consiste en todo lo contrario: no os separéis de las masas en
efervescencia para iros con “los Molchalin de la democracia”, y si os lanzáis a
la insurrección, tomad la ofensiva mientras las fuerzas del enemigo estén
todavía dispersas y atacadle por sorpresa.
¿No es así, señores “también-marxistas” de Nóvaya Zhizn?
¿O es que el “marxismo”
consiste en no basar su táctica en la apreciación exacta de la situación objetiva, sino en meter en el mismo
saco, a tontas y a locas, sin espíritu crítico, “la guerra civil” y “el
Congreso de los Soviets con la convocación de la Asamblea Constituyente”?
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
¡Pero, señores, si eso es sencillamente ridículo, si es burlarse
del marxismo y de toda lógica!
Si en el estado objetivo de las cosas no existe base para exacerbar la lucha
de clases hasta el grado de “la guerra civil”, ¿por qué hablan de “la guerra
civil” en relación con “el Congreso
de los Soviets y la Asamblea Constituyente”? (así se titula precisamente el
editorial de Nóvaya Zhizn que
comentamos). En ese caso, deberían haber dicho y demostrado con toda claridad al lector que, en la situación
objetiva, no hay terreno propicio
para la guerra civil y que, por lo tanto, la táctica puede y debe basarse en
cosas pacíficas, constitucionales, legales y “simples” desde el punto de vista
jurídico y parlamentario, como el Congreso de los Soviets y la Asamblea
Constituyente. Entonces podría opinarse que ese Congreso y esa Asamblea son
realmente capaces de decidir.
Pero si las condiciones
objetivas del momento implican, como algo inevitable, o, por lo menos,
probable, la guerra civil; si se habla de ella no “al buen tuntún”, sino porque
se ve, se siente y se percibe con toda claridad la atmósfera de guerra civil, ¿¿cómo
es posible, entonces, colocar en primer plano el Congreso de los Soviets o la
Asamblea Constituyente?? ¡Eso es burlarse de las masas hambrientas y
martirizadas! ¿Creen ustedes que los hambrientos van a resignarse a “esperar”
dos meses más? ¿O que la ruina económica, cuyo aumento describen ustedes mismos
a diario, va a “esperar” hasta el Congreso de los Soviets o hasta la Asamblea
Constituyente? ¿O que la ofensiva alemana, si no damos ningún paso serio hacia
la paz (es decir, si no hacemos una propuesta formal de paz justa a todos los
beligerantes), va a “esperar” al Congreso de los Soviets o a la Asamblea
Constituyente? ¿Quizá dispongan de datos que les permitan llegar a la
conclusión de que la historia de la revolución rusa, desarrollada turbulentamente
y a un ritmo inaudito por su rapidez desde el 28 de febrero hasta el 30 de
septiembre, va a discurrir desde el 1º de octubre hasta el 29 de noviembre84 de un modo architranquilo, pacífico, equilibrado desde el punto
de vista legal, sin explosiones o saltos, sin derrotas militares ni crisis
económicas? ¿Es que el ejército de operaciones, uno de cuyos oficiales no bolchevique, Dubásov, ha declarado
oficialmente, en nombre del frente, que el ejército “no luchará”, va a seguir
pasando hambre y frío con toda tranquilidad hasta la fecha “señalada”?
135
¿Es que la insurrección
campesina, por el mero hecho de que ustedes la califiquen de “anarquía” y de
“pogromo”, de que Kerenski envíe fuerzas “militares” contra los campesinos, va a dejar de ser un elemento de guerra
civil? ¿O es posible, es concebible,
acaso, que el gobierno realice una labor sosegada y justa, no falsificada, para convocar la Asamblea Constituyente en un país campesino en el que ese mismo
gobierno reprime la insurrección de
los campesinos?
¡No se rían del
“desconcierto que reina en el Instituto Smolny85, señores! Su desconcierto no es menor. A las preguntas
inexorables de la guerra civil, responden ustedes con frases confusas y
mezquinas ilusiones constitucionales. Por eso afirmo que si los bolcheviques se
dejasen llevar por tal estado de ánimo, echarían a pique su partido y su
revolución.
N. Lenin.
1 de octubre de 1917.
![]()
84 Las fechas que cita Lenin en el texto
significan lo siguiente: 28 de febrero (13 de marzo), día de la revolución
democrática burguesa de febrero; 30 de septiembre (13 de octubre), plazo
señalado inicialmente por el Gobierno Provisional para convocar la Asamblea
Constituyente; 28 de noviembre (11 de diciembre), día para el que se convocó la
Asamblea Constituyente
85 Lenin cita unas palabras del artículo del menchevique N. Sujánov
El trueno ha sonado de nuevo,
publicado en el periódico 2óvaya Zhizn("Vida
Nueva").
En agosto de 1917, en el
Instituto Smolny tenían su sede los grupos bolcheviques del Comité Ejecutivo
Central de los Soviets de toda Rusia y del Soviet de diputados obreros y
soldados de Petrogrado. En octubre se instaló también allí el Comité Militar Revolucionario
¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
Escrito
entre finales de septiembre y el 1 (14) de octubre de 1917. Publicado en
octubre de 1917 en el núm. 1-2 de la revista “Prosveschenie”.
T. 34, págs. 287-339.
Carta al CC, a los Comités de Moscú y Petrogrado y a los
bolcheviques miembros del los soviets de Moscú y Petrogrado
136
CARTA AL CC, A LOS COMITÉS DE MOSCÚ Y PETROGRADO Y A LOS
BOLCHEVIQUES MIEMBROS DE LOS SOVIETS DE MOSCÚ Y PETROGRADO.
Queridos camaradas:
Los acontecimientos nos
prescriben con tanta claridad nuestra tarea que la demora se convierte
absolutamente en un crimen.
El movimiento agrario crece.
El gobierno intensifica las salvajes represalias; entre las tropas aumentan las
simpatías hacia nosotros (el 99% de los votos de los soldados a nuestro favor
en Moscú, las tropas finlandesas y la flota contra el gobierno, el testimonio
de Dubásov acerca del frente en general).
En Alemania es patente el
comienzo de la revolución, sobre todo después del ametrallamiento de los
marinos. Las elecciones en Moscú —un 47% de bolcheviques— representan una
gigantesca victoria.
Junto con los eseristas de izquierda constituimos la evidente mayoría en el país.
Los empleados de
ferrocarriles y de Correos se encuentran en conflicto con el gobierno. En vez
del Congreso para el 20 de octubre, los Liberdán hablan ya de celebrarlo entre
el 20 y el 30, etc., etc.
En tales condiciones, “esperar” es un crimen.
Los bolcheviques no tienen
derecho a esperar al Congreso de los Soviets: deben tomar el poder inmediatamente. Con ello salvarán tanto la
revolución mundial (pues, de otro modo, existe
el peligro de una confabulación de los imperialistas de todos los países, que
después de los ametrallamientos en Alemania serán complacientes unos con otros
y se unirán contra nosotros) como la
revolución rusa (pues, en caso contrario, una ola de verdadera anarquía puede ser más fuerte que nosotros) y la vida de centenares de
miles de hombres en la guerra.
La demora es un crimen.
Esperar al Congreso de los Soviets es un juego pueril al formalismo, un
vergonzoso juego al formalismo, una traición a la revolución.
Si no se puede tomar el
poder sin insurrección, hay que ir a la
insurrección inmediatamente. Es muy probable que precisamente ahora se
pueda tomar el poder sin insurrección: por ejemplo, si el Soviet de Moscú
asumiera el poder en el acto y se proclamara gobierno (junto con el Soviet de
Petrogrado). En Moscú la victoria está asegurada y no hay quien pueda oponer
resistencia. En Petrogrado es posible esperar. El gobierno no puede hacer nada,
no tiene salvación se rendirá.
Porque el Soviet de Moscú,
al tomar el poder, los bancos, las fábricas y Rússkoie Slovo, obtendrá una base y una fuerza gigantescas,
haciendo agitación ante toda Rusia y planteando el problema así: mañana propondremos la paz si el bonapartista Kerenski se rinde (y si no se rinde, lo
derribaremos). La tierra a los
campesinos inmediatamente,
concesiones a los ferroviarios y empleados de Correos inmediatamente, etc.
No es obligatorio “empezar”
en Petrogrado. Si Moscú “empieza” sin derramamiento de sangre, le apoyarán sin
falta: 1) el ejército en el frente con sus simpatías, 2) los campesinos en
todas partes, 3) la flota y las tropas finlandesas avanzarán sobre Petrogrado.
Carta al CC, a los Comités de Moscú y Petrogrado y a los
bolcheviques miembros del los soviets de Moscú y Petrogrado
Incluso si Kerenski tiene
cerca de Petrogrado uno o dos cuerpos de ejército de tropas montadas, se verá
obligado a rendirse. El Soviet de Petrogrado puede esperar, haciendo agitación
a favor del Gobierno soviético moscovita. Consigna: el poder a los Soviets,
tierra a los campesinos, paz a los pueblos, pan a los hambrientos.
La victoria está asegurada,
existiendo el noventa por ciento de probabilidades de conseguirla sin
derramamiento de sangre.
Esperar es un crimen ante la revolución.
Os saluda
N. Lenin.
Escrita el 1 (14) de
octubre de 1917. Publicada por vez primera en 1921 en las “Obras” de N.
Lenin (V. Uliánov),
t. XIV, parte 2.
T. 34, págs. 340-341.
137
CONSEJOS DE UN
AUSENTE.
Escribo estas líneas el 8 de
octubre, con pocas esperanzas de que las reciban los camaradas de Petrogrado ya
el 9. Es posible que lleguen tarde, pues el Congreso de los Soviets de la
Región del Norte está convocado para el 10 de octubre. Intentaré, sin embargo,
acudir con mis Consejos de un ausente
para el caso de que la acción probable de los obreros y soldados de Petrogrado
y de todos sus “alrededores” se realice pronto, aunque no se ha realizado
todavía.
Está claro que todo el poder
debe pasar a los Soviets. Debe ser también indiscutible para todo bolchevique
que un poder proletario revolucionario (o bolchevique, pues hoy es lo mismo)
tendría aseguradas las mayores simpatías y el abnegado apoyo de los trabajadores
y explotados del mundo entero en general, de los países beligerantes en
particular y, sobre todo, entre los campesinos rusos. No merece la pena
detenerse en estas verdades, harto conocidas por todos y demostradas hace ya
mucho.
En lo que sí hay que
detenerse es en algo que seguramente no está claro por completo para todos los
camaradas, a saber: que el paso del poder a los Soviets significa hoy, en la
práctica, la insurrección armada. Podría creerse que esto es evidente, pero no
todos se han parado ni se paran a meditar en ello. Renunciar hoy a la
insurrección armada significaría abjurar de la consigna principal del
bolchevismo (Todo el poder a los Soviets) y de todo el internacionalismo
proletario revolucionario en general.
Pero la insurrección armada
es un tipo especial de lucha
política, sometido a leyes especiales, que deben ser analizadas con atención.
Carlos Marx expresó esta verdad con mucho relieve al escribir que “la insurrección” (armada) “es un arte, lo mismo que la guerra”.
Entre las reglas más importantes de este arte, Marx destaca las
siguientes:
1.
No jugar nunca a la insurrección y, una vez
empezada, saber firmemente que hay que
llevarla hasta el fin.
2. Hay que concentrar en el lugar y en el
momento decisivo fuerzas muy superiores, porque, de lo contrario, el enemigo,
mejor preparado y organizado, aniquilará a los insurgentes.
3. Una vez comenzada la insurrección, hay
que obrar con la mayor energía y
pasar obligatoria e incondicionalmente a
la ofensiva. “La defensiva es la muerte de todo alzamiento armado”.
4. Hay que esforzarse por sorprender al
enemigo, por aprovechar el momento en que sus tropas estén aún dispersas.
5. Hay que conquistar éxitos cada día (incluso podría decirse que
cada hora, si se trata de una sola ciudad) aunque sean pequeños, manteniendo a
toda costa “la superioridad moral”.
Marx resume las enseñanzas
de todas las revoluciones, en lo que a la insurrección armada se refiere, con
unas palabras de “Dantón, el maestro más grande de la táctica revolucionaria
que se ha conocido: de l’audace, de
l’audace, encore de l’audace!”86.
Aplicado a Rusia y al mes de
octubre de 1917, esto quiere decir: ofensiva simultánea, lo más súbita y rápida
posible, sobre Petrogrado; ofensiva que deberá partir indefectiblemente de
fuera y de dentro, de los barrios obreros, de Finlandia, de Reval y de
Cronstadt; ofensiva de toda la flota
y concentración de una superioridad
gigantesca de fuerzas sobre nuestra
![]()
86 Véase F. Engels. Revolución y contrarrevolución en Alemania
(véase también la nota 72 del presente volumen).
“guardia burguesa” (los
cadetes), formada por unos 15.000 o 20.000 hombres (acaso más), sobre las
tropas de nuestra “Vandée” (una parte de los cosacos), etc.
Combinar nuestras tres fuerzas principales —la flota, los
obreros y las unidades militares— de tal modo que, por encima de todo, podamos
ocupar y mantener, cualquiera que sea el
número de bajas que nos cueste: a) la Central de Teléfonos; b) la Central
de Telégrafos; c) las estaciones
ferroviarias, y d) los puentes, en primer término.
Seleccionar a los elementos más decididos (nuestras “tropas de
choque” y la juventud obrera, así
como a los mejores marinos) y formar con ellos pequeños destacamentos,
destinados a ocupar todos los puntos más importantes y a participar en todas partes, en todas las operaciones de
importancia, como, por ejemplo:
Cercar y aislar a
Petrogrado, apoderarse de la ciudad mediante un ataque combinado de la
escuadra, los obreros y las tropas: he aquí una misión que requiere arte y triple audacia.
Formar con los mejores
obreros destacamentos armados de fusiles y bombas de mano para atacar y cercar
los “centros” del enemigo (escuelas militares, centrales de Telégrafos y
Teléfonos, etc.). La consigna de estos destacamentos debe ser: antes perecer todos que dejar pasar al
enemigo.
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Confiemos en que, si se
acuerda la insurrección, los dirigentes aplicarán con éxito los grandes
preceptos de Dantón y Marx.
El triunfo de la revolución
rusa y de la revolución mundial depende de dos o tres días de lucha.
Escrito el 8 (21) de octubre de 1917. Publicado por vez primera
el 7 de noviembre de 1920 en el núm. 250 de “Pravda”.
T. 34, págs. 332-334.
Carta a los camaradas bolcheviques que participan en el Congreso
de los Soviets de la Región del Norte
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CARTA A LOS CAMARADAS BOLCHEVIQUES QUE PARTICIPAN EN EL CONGRESO
DE LOS SOVIETS DE LA REGIÓN DEL NORTE.
Camaradas: Nuestra
revolución vive momentos críticos en extremo. Esta crisis ha coincidido con la
gran crisis de crecimiento de la revolución socialista mundial y de la lucha
del imperialismo mundial contra ella. Sobre los dirigentes responsables de nuestro
partido recae una gigantesca tarea, cuyo incumplimiento amenaza con la
bancarrota completa del movimiento proletario internacionalista. El momento es
tal que la demora equivale, en verdad, a la muerte.
Echad un vistazo a la
situación internacional. El crecimiento de la revolución mundial es
indiscutible.
La explosión de indignación
de los obreros checos ha sido sofocada con increíble ferocidad, indicadora del
extremado temor del gobierno. En Italia, las cosas han llegado también a un
estallido masivo en Turín87. Pero lo más importante es la
sublevación en la flota alemana. Hay que imaginarse las inmensas dificultades
de la revolución en un país como Alemania y, además, en las condiciones
actuales. Es indudable que la sublevación en la flota alemana significa una
gran crisis de crecimiento de la revolución mundial. Si nuestros chovinistas,
que predican la derrota de Alemania, exigen a los obreros alemanes la
insurrección inmediata, nosotros, los revolucionarios internacionalistas rusos,
sabemos por la experiencia de 1905-1917 que es imposible imaginarse un síntoma
más imponente del crecimiento de la revolución que la sublevación entre las
tropas.
Pensad en qué situación nos
encontramos ahora ante los revolucionarios alemanes, que pueden decirnos:
Tenemos un solo Liebknecht que ha llamado abiertamente a la revolución. Su voz
ha sido ahogada en el presidio. No tenemos ni un solo periódico que explique
públicamente la necesidad de la revolución, no tenemos libertad de reunión. No
tenemos ni un solo Soviet de diputados obreros o soldados. Nuestra voz apenas
llega a las verdaderas grandes masas. ¡Y hemos hecho un intento de
insurrección, contando con un uno por ciento de posibilidades de éxito! Pero
vosotros, los internacionalistas revolucionarios rusos, tenéis a vuestras
espaldas seis meses de agitación libre, tenéis dos decenas de periódicos y toda
una serie de Soviets de diputados obreros y soldados, habéis triunfado en los
Soviets de ambas capitales, tenéis a vuestro lado toda la Flota del Báltico y
todas las tropas rusas dislocadas en Finlandia. ¡Y, pese a contar con el
noventa y nueve por ciento de probabilidades de victoria de vuestra insurrección,
no respondéis a nuestro llamamiento a la insurrección, no derrocáis a vuestro
imperialista Kerenski!
¡Sí, seremos verdaderos
traidores a la Internacional si en un momento como éste, con condiciones tan
favorables, respondemos al llamamiento de los revolucionarios alemanes sólo.., con resoluciones!
Agregad a eso que todos
nosotros conocemos muy bien el rápido crecimiento de la confabulación y del
complot de los imperialistas mundiales contra la revolución rusa.
![]()
87 Lenin se refiere a las grandes acciones
antibélicas registradas en Turín (Italia) en agosto de 1917. El 21 de agosto
comenzaron las manifestaciones con motivo de la acuciante escasez de víveres.
Al día siguiente se declararon en huelga los obreros. La huelga se hizo general
y en la ciudad empezaron a levantarse barricadas. El movimiento adquirió un
carácter político antibélico. El 23 de agosto, los insurgentes se apoderaron de
los arrabales de Turín.
Para sofocar el movimiento, el gobierno recurrió a las unidades
militares y declaró el estado de sitio en la ciudad
Carta a los camaradas bolcheviques que participan en el Congreso
de los Soviets de la Región del Norte
Ahogarla cueste lo que
cueste, ahogarla con medidas militares y con la paz a expensas de Rusia: a eso
se acerca cada día más el imperialismo internacional. He ahí lo que agrava de
manera singular la crisis de la revolución socialista mundial, lo que hace
particularmente peligrosas —y estoy casi dispuesto a decir: criminales por
nuestra parte— las demoras de la insurrección.
Tomad, además, la situación
interior de Rusia. Ha madurado por completo la bancarrota de los partidos
pequeñoburgueses conciliadores, que expresaban la confianza inconsciente de las
masas en Kerenski y en los imperialistas en general. La bancarrota es completa.
Votación de la curia de los Soviets contra la coalición en la Conferencia
Democrática; votación de la mayoría
de los Soviets locales de diputados campesinos (a despecho de su Soviet
central, en el que se encuentran los
Avxéntiev y otros amigos de Kerenski) contra la coalición; elecciones en Moscú,
donde la población obrera está más cerca de los campesinos que en ninguna otra
parte y donde más del 49 por 100 ha
votado a favor de los bolcheviques (y entre los soldados, 14.000 de 17.000):
¿es que todo eso no representa el fracaso completo de la confianza de las masas
populares en Kerenski y en los conciliadores con Kerenski y Cía.? ¿Acaso es
posible imaginarse que las masas populares puedan decir a los bolcheviques de
modo más claro que con esa votación: ¡Conducidnos, os seguiremos!?
Y nosotros, después de
habernos ganado así a la mayoría de las masas populares, después de haber
conquistado los Soviets de ambas capitales, ¿vamos a esperar? ¿Esperar a qué?
¡A que Kerenski y sus generales kornilovistas entreguen Petrogrado a los alemanes,
confabulándose así directa o indirectamente, descarada o encubiertamente, tanto con Buchanan como con Guillermo II para estrangular por completo la revolución
rusa!
140
El hecho de que el pueblo
nos haya expresado su confianza con las elecciones de Moscú y con la renovación
de los Soviets no es todo. Existen síntomas de que aumentan la apatía y la
indiferencia.
Y es comprensible. Eso no
significa el decaimiento de la revolución, como proclaman a gritos los
democonstitucionalistas y sus acólitos, sino el decaimiento de la confianza en
las resoluciones y las elecciones. En la revolución, las masas exigen de los partidos
dirigentes hechos y no palabras, victorias en la lucha y no pláticas. Se acerca
el momento en que puede surgir entre el pueblo la opinión de que los
bolcheviques tampoco somos mejores que los demás, pues no hemos sabido actuar después de habernos expresado su
confianza...
En todo el país toma
incremento la insurrección campesina. Está más claro que la luz del día que los
democonstitucionalistas y sus lacayos tratan de empequeñecerla por todos los
medios, reduciéndola a “pogromos” y “anarquía”. Esta mentira es refutada por el
hecho de que en los centros de la insurrección se ha empezado a entregar la
tierra a los campesinos: ¡los “pogromos” y la “anarquía” jamás han conducido a
tan excelentes resultados políticos! Una demostración de la inmensa fuerza de
la insurrección campesina es que los conciliadores, los eseristas en Dielo Naroda e incluso
Breshko-Breshkóvskaya han hablado de la entrega de la tierra a los campesinos
para sofocar el movimiento antes de que les rebase definitivamente.
Y nosotros ¿vamos a esperar
a ver si consiguen sofocar por partes
esta insurrección campesina las unidades cosacas del kornilovista Kerenski
(acusado precisamente en los últimos tiempos de korniloviada por los propios
eseristas)?
Al parecer, muchos
dirigentes de nuestro partido no han observado la importancia especial de la consigna que todos hemos
reconocido y repetido continuamente: la consigna de “Todo el poder a los
Soviets”. Ha habido períodos, ha habido momentos en medio año de revolución en
los que esta consigna no significaba
la insurrección. Es posible que esos períodos y momentos hayan cegado a parte
de los camaradas, haciéndoles olvidar que ahora, también
Carta a los camaradas bolcheviques que participan en el Congreso
de los Soviets de la Región del Norte
para nosotros, por lo menos
desde mediados de septiembre, esta consigna equivale
al llamamiento a la insurrección.
En esta cuestión no puede
haber ni sombra de duda. Dielo Naroda
lo ha explicado “popularmente” hace poco diciendo: “¡Kerenski no se someterá
bajo ningún concepto!” ¡No faltaba más!
La consigna de “Todo el
poder a los Soviets” no es otra cosa que un llamamiento a la insurrección. Y
sobre nosotros recaerá íntegra y absolutamente la culpa si, luego de haber
estado llamando a las masas durante meses a la insurrección, a renunciar al conciliacionismo,
no conducimos a esas masas a la insurrección, la víspera de la bancarrota de la
revolución, después de habernos expresado su confianza.
Los democonstitucionalistas
y los conciliadores pretenden asustar con el ejemplo del 3 al 5 de julio, con
el incremento de la agitación ultrarreaccionaria, etc. Pero si algún error
cometimos del 3 al 5 de julio fue el de no tomar el poder. Considero que ese
error no existió, pues entonces no teníamos aún
la mayoría, pero ahora eso sería un error fatal e incluso algo peor que un
error. El incremento de la agitación ultrarreaccionaria es comprensible como
exacerbación del extremismo en una atmósfera de creciente revolución proletaria
y campesina. Pero hacer de ello un argumento contra la insurrección os
ridículo, pues la impotencia de los ultrarreaccionarios sobornados por los
capitalistas, la impotencia de la
centuria negra en la lucha, no exige siquiera demostración. En la lucha es
simplemente un cero a la izquierda.
En la lucha, Kornílov y Kerenski sólo pueden apoyarse en la división salvaje y
en los cosacos. Pero la descomposición ha empezado también entre los cosacos y,
además, desde el interior de sus regiones cosacas les amenaza la guerra civil
campesina.
Escribo estas líneas el
domingo, 8 de octubre, y las leeréis no antes del 10 de octubre. Un camarada
que ha pasado por aquí me ha comunicado que quienes viajan por la línea de
Varsovia dicen:¡Kerenski está trasladando los cosacos a Petrogrado! Es muy posible,
y la culpa será exclusivamente nuestra si no lo comprobamos con todo detalle y no estudiamos las fuerzas y la dislocación de las tropas kornilovistas del segundo reemplazo.
¡Kerenski ha vuelto a traer
tropas kornilovistas a los alrededores de Petrogrado para impedir que el poder
pase a los Soviets, para impedir que este poder proponga sin demora la paz,
para impedir la entrega inmediata de toda la tierra a los campesinos, para
rendir Petrogrado a los alemanes y él mismo huir a Moscú! Tal es la consigna de
la insurrección que debemos difundir con la mayor amplitud y que tendrá un
éxito inmenso.
Es imposible esperar al
Congreso de los Soviets de toda Rusia, que el Comité Ejecutivo Central puede
diferir incluso hasta noviembre; es imposible postergar la insurrección,
permitiendo a Kerenski quetraslade más tropas kornilovistas. En el Congreso de
los Soviets están representadas Finlandia, la flota y Reval, que, juntos,
pueden emprender el avance inmediato hacia Petrogrado contra los regimientos
kornilovistas, el avance de la flota, la artillería, las ametralladoras y dos o
tres cuerpos de ejército de soldados que han demostrado —por ejemplo, en
Víborg— toda la fuerza de su odio a los generales kornilovistas, con los que ha
vuelto a entenderse Kerenski.
141
Sería el mayor error
renunciar a la posibilidad de derrotar inmediatamente a los regimientos
kornilovistas del segundo reemplazo, basándose en la consideración de que la
Flota del Báltico, al zarpar para Petrogrado, abriría con ello el frente a los
alemanes. Los calumniadores kornilovistas dirán eso, igual que dirán cualquier
mentira en general; mas es indigno de los revolucionarios dejarse intimidar por
la mentira y la calumnia. Kerenski entregará Petrogrado a los alemanes, eso
está más claro que la luz del día; ninguna protesta en contra podrá disipar
nuestro pleno convencimiento de ello, que dimana de toda la marcha de los
acontecimientos y de toda la política de Kerenski.
Carta
a los camaradas bolcheviques que participan en el Congreso de los Soviets de la
Región del Norte
Kerenski y los kornilovistas
entregarán Petrogrado a los alemanes. Precisamente para salvar Petrogrado hay
que derribar a Kerenski, y los Soviets de
ambas capitales deben tomar el poder. Estos Soviets propondrán en el acto
la paz a todos los pueblos y, de este modo, cumplirán con su deber ante los
revolucionarios alemanes, darán un paso decisivo hacia la frustración de las
criminales conjuras contra la revolución rusa, de las conjuras del imperialismo
internacional.
Sólo el avance inmediato de
la Flota del Báltico, de las tropas finlandesas, de Reval y Cronstadt contra
las tropas kornilovistas de las cercanías de Petrogrado puede salvar la
revolución rusa y mundial. Y ese avance tiene el noventa y nueve por ciento de
probabilidades de obligar en unos cuantos
días a rendirse a una parte de las tropas cosacas, derrotar por completo a
la otra parte y derrocar a Kerenski, pues los obreros y los soldados de ambas
capitales apoyarán ese avance.
La demora equivale a la muerte.
La consigna de “Todo el
poder a los Soviets” es la consigna de la insurrección. Quien usa de ella sin
comprender eso, sin pensar en eso, que se culpe a sí mismo. Y hay que saber
considerar la insurrección como un arte
: he insistido en ello durante la Conferencia Democrática y vuelvo a insistir
ahora, pues así lo enseña el
marxismo, así lo enseña toda la situación actual en Rusia y en el mundo entero.
El quid de la cuestión no
está en las votaciones, en atraerse a los “eseristas de izquierda”, en lograr
la adhesión de los Soviets provinciales, en el congreso de los mismos. El quid
de la cuestión está en la insurrección, que pueden
y deben decidir Petrogrado, Moscú, Helsingfors, Cronstadt, Viborg y Reval. Cerca de Petrogrado y en Petrogrado: ahí
es donde puede y debe decidirse y llevarse a cabo esa insurrección con la mayor
seriedad, con la mayor preparación, con la mayor rapidez y con la mayor energía
posible.
La flota, Cronstadt, Víborg
y Reval pueden y deben avanzar sobre Petrogrado, derrotar a los regimientos
kornilovistas, poner en pie ambas capitales, impulsar la agitación de masas en
defensa del poder que entregará en el acto la tierra a los campesinos y
propondrá inmediatamente la paz, derrocar el gobierno de Kerenski y crear ese
poder.
La demora equivale a la muerte.
N. Lenin.
8 de octubre de 1917.
Publicado por vez
primera el 7 de de 1925 en el núm. 255 de “Pravda”.
T. 34, págs. 385-390.
142
CARTA A LOS
CAMARADAS.
Camaradas: El momento que
vivimos es tan crítico y los acontecimientos vuelan con tan increíble rapidez
que el publicista, situado por voluntad del destino un tanto al margen del
cauce principal de la historia, corre el riesgo de llegar siempre tarde o de
estar poco informado, sobre todo si sus escritos ven la luz con retraso. Con
plena con ciencia de ello, me veo obligado, no obstante, a dirigir esta carta a
los bolcheviques, aun a riesgo de que no aparezca en absoluto en la prensa,
pues las vacilaciones contra las que considero un deber rebelarme con toda
energía son inauditas y pueden influir funestamente en el partido, en el
movimiento del proletariado internacional y en la revolución. En lo que atañe
al peligro de llegar tarde, para conjurarlo indicaré las informaciones que
poseo y de qué fecha son.
Sólo en la mañana del lunes,
16 de octubre, he conseguido ver a un camarada que había participado la víspera
en una reunión bolchevique muy importante en Petrogrado y que me ha informado
detalladamente de los debates. Se discutió el mismo problema de la insurrección
que tratan también los periódicos dominicales de todas las tendencias. En la
reunión estuvo representado lo más influyente de todas las ramas de actividad
bolchevique en la capital. Y sólo una minoría insignificantísima de la reunión
—exactamente: sólo dos camaradas— adoptó una posición negativa. Los argumentos
que esgrimieron estos camaradas son hasta tal punto endebles, son una
manifestación tan asombrosa de desconcierto, de acoquinamiento y de quiebra de
todas las ideas fundamentales del bolchevismo y del internacionalismo
proletario, revolucionario, que no es fácil encontrar una explicación a
vacilaciones tan vergonzosas. Pero el hecho es patente, y como el partido
revolucionario no tiene derecho a consentir vacilaciones en un problema tan serio,
y como esta pareja de camaradas, que han renunciado a sus principios, puede
introducir cierta cizaña, es preciso analizar sus argumentos, poner al desnudo
sus vacilaciones y mostrar hasta qué punto son vergonzosas. Que las líneas
siguientes sean un intento de cumplir esta tarea.
---------------
“...No tenemos la mayoría en
el pueblo; sin esta condición, la insurrección está condenada...” Hombres
capaces de decir eso son unos falseadores de la verdad o unos pedantes, que
desean a toda costa, sin tomar en consideración lo más mínimo la situación real
de la revolución, recibir por anticipado garantías de que el Partido
Bolchevique obtendrá en todo el país exactamente la mitad de los votos más uno.
La historia jamás ha dado en ninguna revolución, ni puede dar en absoluto,
tales garantías. Presentar esa demanda significa mofarse de los oyentes y no es
otra cosa que encubrir la propia huida
de la realidad.
Porque la realidad nos
muestra a ojos vistas que, precisamente después de las jornadas de julio, la
mayoría del pueblo empezó con rapidez a tomar posición al lado de los
bolcheviques. Así lo demostraron las elecciones del 20 de agosto en Petrogrado,
antes aún de la korniloviada, cuando el porcentaje de votos obtenidos por los
bolcheviques se elevó del 20% al 33% en la ciudad (sin los suburbios) y,
después, las elecciones de septiembre a las dumas distritales de Moscú, cuando
el porcentaje de sufragios emitidos a favor de los bolcheviques se elevó del
11% al 49% (un camarada moscovita con el que me he entrevistado hace unos días
me ha comunicado la cifra exacta: 51%). Así lo han demostrado las nuevas
elecciones a los Soviets. Así lo ha demostrado el hecho de que la mayoría de
los Soviets campesinos, a despecho de su Soviet central “avxentievista”, se
haya pronunciado en contra de la
coalición. Estar en contra de la coalición significa de hecho, marchar con los bolcheviques. Además, las informaciones
que llegan del frente muestran con mayor claridad cada día que la masa de
soldados, a pesar de los
aviesos ataques y calumnias de los líderes eseristas y mencheviques, de los
oficiales, diputados, etc., etc., se suma con creciente decisión a los
bolcheviques.
Por último, el hecho más
importante de la vida actual en Rusia es la
insurrección campesina. He ahí el paso objetivo del pueblo al lado de los
bolcheviques, demostrado no con palabras, sino con hechos. Porque por mucho que
mientan la prensa burguesa y los miserables portavoces con que cuenta entre los
“vacilantes” de Nóvaya Zhizn y Cía.,
gritando acerca de los pogromos y la anarquía, el hecho es patente. El
movimiento de los campesinos de la provincia de Tambov88 ha sido una insurrección en el sentido físico y político, una
insurrección que ha dado resultados políticos tan excelentes como, primero, la
conformidad a entregar la tierra a los campesinos. ¡No en vano toda la canalla
eserista, incluido Dielo Naroda, vocifera hoy, asustada por la
insurrección, que es necesario entregar la tierra a los campesinos! Ahí están, demostrados en la práctica , la razón del bolchevismo y su éxito. La insurrección ha resultado ser el único modo posible
de “enseñar” a los bonapartistas y a sus lacayos del Anteparlamento.
143
Esto es un hecho. Los hechos
son tozudos. Y este “argumento” con hechos en
pro de la insurrección es mil veces más fuerte que los subterfugios
“pesimistas” de un político desconcertado y atemorizado.
Si la insurrección campesina
no hubiese sido un acontecimiento político de importancia nacional, los lacayos
eseristas del Anteparlamento no hablarían a gritos de la necesidad de entregar
la tierra a los campesinos.
Otra excelente consecuencia
política y revolucionaria de la insurrección campesina, destacada ya en Rabochi Put, es el transporte de
cereales a las estaciones ferroviarias de la provincia de Tambov. Ahí tienen
ustedes, señores desconcertados, un “argumento” más, un argumento a favor de la
insurrección como único medio de salvar al país del hambre y la crisis, de proporciones
inauditas, que están llamando ya a la puerta. Mientras los eseristas y
mencheviques, traidores al pueblo, refunfuñan, amenazan, escriben resoluciones
y prometen dar de comer a los hambrientos con la convocación de la Asamblea
Constituyente, el pueblo emprenderá al
estilo bolchevique la solución del problema del pan mediante la insurrección contra los terratenientes, los
capitalistas y los acaparadores.
Y los magníficos frutos de esta solución (única real) del problema
del pan han tenido que ser reconocidos por la prensa burguesa, hasta por Rússkaya
Volia, que ha publicado la noticia de que las estaciones ferroviarias de la
provincia de Tambov están llenas de cereales... ¡¡Después de haberse insurreccionado los campesinos!!
No, dudar ahora de que la
mayoría del pueblo sigue y seguirá a los bolcheviques significa vacilar
vergonzosamente y, de hecho, arrojar por la borda todos los principios revolucionarios proletarios, abjurar por
completo del bolchevismo.
---------------
“No somos lo suficientemente
fuertes para tomar el poder, y la burguesía no es lo suficientemente fuerte
para frustrar la Asamblea Constituyente...”
La primera parte de este
argumento es una simple repetición del precedente. No gana ni en fuerza ni en
capacidad de persuasión por el hecho de que los autores expresen su
desconcierto y su temor a la burguesía mediante el pesimismo respecto a los
obreros y el
![]()
88 El movimiento campesino de septiembre de
1917 en la provincia de Tambov alcanzó gran envergadura. Los campesinos se
apoderaron de las tierras de los latifundistas, asaltaron e incendiaron las
fincas y confiscaron el grano a los terratenientes. Aquel mismo mes, en 68
provincias y regiones de Rusia fueron asaltadas 82 fincas de los latifundistas,
32 de ellas en la provincia de Tambov. En la provincia se registraron, en
total, 166 acciones campesinas. Asustados por el movimiento, los terratenientes
transportaron a las estaciones ferroviarias gran cantidad del grano acopiado
para la venta.
optimismo acerca de la
burguesía. Si los cadetes y los cosacos dicen que pelearán contra los
bolcheviques hasta la última gota de sangre, eso es digno del mayor crédito;
pero si los obreros y los soldados manifiestan en centenares de reuniones su
plena confianza a los bolcheviques y reiteran su disposición a echar el pecho
al agua para que el poder pase a los Soviets, es “oportuno” recordar que ¡una
cosa es votar, y otra, pelear!
Está claro que, de razonar
así, la insurrección queda “refutada”. Pero, se pregunta, ¿qué diferencia hay
entre este pesimismo”, originalmente orientado, originalmente dirigido, y la
deserción política al campo de la burguesía?
Echad una mirada a los
hechos, recordad los miles de declaraciones de los bolcheviques, “olvidadas”
por nuestros pesimistas. Tiernos dicho miles de veces que los Soviets de
diputados obreros y soldados son una fuerza, que son la vanguardia de la
revolución, que pueden tomar el
poder. Hemos reprochado miles de veces a los mencheviques y a los eseristas que pronuncian frases hueras
acerca de “los órganos autorizados de la democracia” y, al mismo tiempo, temen que los Soviets se hagan dueños
del poder.
¿Y qué ha demostrado la
korniloviada? Ha demostrado que los Soviets son efectivamente una fuerza.
Y después de haber
demostrado eso la experiencia, los hechos, arrojemos por la borda el
bolchevismo, abjuremos de nosotros mismos y digamos: ¡¡¡no somos lo
suficientemente fuertes (aunque los bolcheviques tienen a su lado los Soviets
de ambas capitales y la mayoría de los Soviets provinciales)!!! ¿No se trata,
pues, de vacilaciones vergonzosas? Porque, en el fondo, nuestros “pesimistas”
arrojan por la borda la consigna de “Todo el poder a los Soviets”, temiendo confesarlo.
¿Cómo se puede demostrar que
la burguesía no es lo suficientemente fuerte para frustrar la Asamblea
Constituyente?
Si los Soviets carecen de fuerza para derribar a la
burguesía, eso significa que ésta es
lo suficientemente fuerte para frustrar la Asamblea Constituyente, pues nadie
más puede impedirlo. ¿Es digno de un miembro del partido proletario y de un
revolucionario confiar en las promesas de Kerenski y Cía., confiar en las
resoluciones del Anteparlamento lacayuno?
La burguesía no sólo tiene fuerza para frustrar la Asamblea
Constituyente si el gobierno actual no es derribado, sino que puede lograrlo
también indirectamente, entregando
Petrogrado a los alemanes, abriendo el frente, intensificando el lockout y
saboteando el transporte de cereales. Está demostrado con hechos que la
burguesía ha hecho ya todo eso por partes. Por consiguiente, puede hacerlo
también en conjunto si los obreros y
los soldados no la derrocan.
144
---------------
“...Los
Soviets deben ser un revólver puesto en la sien del gobierno con la exigencia
de convocar la Asamblea Constituyente y de renunciar a las intentonas
kornilovistas...”
¡Eso ha llegado a decir uno de los dos tristes pesimistas!
Ha tenido que llegar a decir
eso, pues renunciar a la insurrección es renunciar a la consigna de “Todo el
poder a los Soviets”.
Naturalmente, las consignas
“no son una cosa sagrada”, qué duda cabe. Pero ¿por qué no planteé nadie el problema de cambiar esta
consigna (como lo planteé yo después de las jornadas de julio*)? ¿Por qué se teme decir eso abiertamente, a pesar
de que desde septiembre se viene discutiendo en el partido el problema de la
insurrección, inevitable de aquí en
adelante para convertir en realidad la consigna de “Todo el poder a los
Soviets”?
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
Nuestros tristes pesimistas
jamás podrán salir del apuro en esta cuestión. Renunciar a la insurrección es
renunciar al paso del poder a los Soviets y “transferir todas las esperanzas e
ilusiones a la bondadosa burguesía, que “ha prometido” convocar la Asamblea
Constituyente.
¿Es tan difícil comprender
que con el poder en manos de los
Soviets estará asegurada la Asamblea
Constituyente y estará asegurado su éxito? Los bolcheviques hemos dicho eso
miles de veces. 2adie ha intentado
refutarlo ni una sola vez. Todo el mundo ha reconocido ese “tipo combinado”.
Ahora bien, ¿qué significa hacer pasar ahora, encubriéndola con las palabrejas
“tipo combinado”, la negativa a
entregar el poder a los Soviets, hacerla pasar de contrabando, temiendo
abjurar públicamente de nuestra consigna? ¿Se puede, acaso, encontrar expresiones parlamentarias para caracterizar eso?
Se ha replicado con
precisión a nuestro pesimista: “¿Un revólver sin bala?” Si esto es así,
representará una deserción descarada al campo de los Liberdán, los cuales han
declarado mil veces que los Soviets son “un revólver” y han engañado mil veces
al pueblo, pues los Soviets, con la
dominación de los Liberdán han sido un cero a la izquierda.
Mas si se trata de un
revólver “con bala”, eso será precisamente la preparación técnica de la insurrección, pues hay que conseguir la bala y cargar
el revólver y, además, con una bala no habrá bastante.
O la deserción al campo de
los Liberdán y la renuncia franca a
la consigna de “Todo el poder a los Soviets”, o la insurrección. No hay término
medio.
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“...La burguesía no puede
entregar Petrogrado a los alemanes, aunque Rodzianko lo quiere, pues quienes
combaten no son los burgueses, sino nuestros heroicos marinos…”
Este argumento se reduce de
nuevo al “optimismo” acerca de la
burguesía, que manifiestan a cada paso, fatalmente, los pesimistas respecto
a las fuerzas revolucionarias y a la capacidad del proletariado.
Combaten los heroicos
marinos, ¡¡pero esto no ha impedido a
dos almirantes esconderse antes de la toma de Osel!!
Es un hecho. Los hechos son
tozudos. Los hechos de muestran que los almirantes son capaces de traicionar no peor que Kornílov. Y es un hecho
indiscutible que el Cuartel General no ha sido reformado y que los mandos son
kornilovistas.
Si los kornilovistas (con
Kerenski a la cabeza, pues también él es kornilovista) quieren entregar Petrogrado, pueden hacerlo de dos maneras e
incluso de tres maneras.
Primero, pueden abrir el
frente terrestre septentrional mediante una traición de los mandos
kornilovistas.
Segundo, pueden “ponerse de
acuerdo” sobre la libertad de acción de toda la marina alemana, que es más fuerte que nosotros; pueden ponerse
de acuerdo con los imperialistas tanto alemanes como ingleses. Además, “los
almirantes escondidos” podrían entregar a los alemanes también los planes.
Tercero, pueden llevar a
nuestras tropas a la desesperación y la impotencia totales mediante los lockouts y el sabotaje del transporte de
cereales.
Es imposible negar ni uno
solo de estos tres caminos. Los hechos han demostrado que el partido
burgués-cosaco de Rusia ha llamado ya a estas tres puertas y ha intentado
abrirlas.
¿Por consiguiente? Por
consiguiente, no tenemos derecho a esperar
a que la burguesía estrangule la revolución.
La experiencia demuestra que
las “apetencias” de Rodzianko no son una fruslería. Rodzianko es un hombre
práctico. Tras Rodzianko se encuentra el
capital. Esto es incontestable. El capital es una gran fuerza en tanto el
proletariado no toma el poder. Rodzianko ha aplicado en cuerpo y alma durante decenios la política del
capital.
¿Por consiguiente? Por
consiguiente, vacilar en el problema de la insurrección como único medio de
salvar la revolución significa caer en la pusilánime credulidad
eseristas-mencheviques medio liberdaniana, en la burguesía, en la credulidad
medio “campesina”-inconsciente, que los bolcheviques hemos combatido más que
nada.
O cruzar los brazos inútiles
sobre el pecho descubierto y esperar, jurando “confianza” en la Asamblea
Constituyente, a que Rodzianko y Cía. entreguen Petrogrado y estrangulen la
revolución, o la insurrección. No hay término medio.
Incluso la convocación de la
Asamblea Constituyente, tomada por separado, no cambia nada, pues ningún
“constitucionalismo”, ninguna votación, aunque sea en una asamblea
archisoberana, podrá vencer el hambre, podrá vencer a Guillermo. Tanto la
convocación de la Asamblea Constituyente como su éxito dependen del paso del
poder a los Soviets; esta vieja verdad bolchevique se ve confirmada por la
realidad de un modo cada vez más patente y cada vez más cruel.
145
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“...Somos más fuertes cada
día, podemos entrar como una fuerte oposición en la Asamblea Constituyente;
¿por qué jugárnoslo todo a una carta?...”
Es el argumento de un
filisteo que “ha leído” que se convoca la Asamblea Constituyente y se
tranquiliza crédulamente, confiando en la vía más legal y más leal, en la vía
constitucional.
Lo único de lamentar es que
con esperas de la Asamblea Constituyente no se puede resolver ni el problema
del hambre ni el problema de la entrega de Petrogrado. Esta “pequeñez” es
olvidada por los ingenuos o desconcertados, o por quienes se han dejado intimidar.
El hambre no espera. La
insurrección campesina no ha esperado. La guerra no espera. Los almirantes
escondidos no han esperado.
¿O es que el hambre accederá
a esperar por el hecho de que nosotros, los bolcheviques, proclamemos la confianza en la convocación de la Asamblea
Constituyente? ¿Accederán a esperar
los almirantes escondidos? ¿Accederán los Maklákov y los Rodzianko a cesar los
lockouts, el sabotaje del transporte de cereales, las confabulaciones secretas
con los imperialistas ingleses y alemanes?
Porque eso es lo que les resulta a los héroes de “las ilusiones
constitucionales” y del cretinismo parlamentario. La vida real desaparece, sólo
queda el pedazo de papel sobre la
convocación de la Asamblea Constituyente, sólo quedan las elecciones.
¡Y los ciegos todavía se
admiran de que el pueblo hambriento y los soldados traicionados por los
generales y los almirantes sientan indiferencia por las elecciones! ¡Oh, mentes
preclaras!
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“...Si los kornilovistas
empezaran de nuevo, ¡entonces les enseñaríamos lo que es bueno! Pero empezar
nosotros, ¿para qué arriesgarse?...”
¡Qué extraordinariamente
convincente y extraordinariamente revolucionario es eso! La historia no se
repite, pero si le volvemos la espalda
y, contemplando la primera korniloviada, afirmamos: “si los kornilovistas
empezaran...”; si hacemos eso, ¡qué excelente estrategia
revolucionaria! ¡Cómo se
parece al “quizá y tal vez”! ¡Quizá los kornilovistas empiecen de nuevo a
destiempo! ¿Verdad que es un “argumento” de peso? ¿Verdad que es una seria
fundamentación de la política proletaria?
Pero ¿y si los kornilovistas
del Segundo reemplazo han aprendido algo? ¿Y si esperan a los motines de hambrientos, a la ruptura del frente y la
entrega de Petrogrado, sin empezar
antes? Entonces, ¿qué?
¡Se nos propone que basemos
la táctica del partido proletario en la posibilidad de que los kornilovistas
repitan uno de sus viejos errores!
Olvidemos todo lo que han
tratado de demostrar y han demostrado
los bolcheviques centenares de veces, lo que ha demostrado medio año de
historia de nuestra revolución: que no
hay otra salida, que objetivamente no puede haber otra salida excepto la dictadura de los kornilovistas o la dictadura del
proletariado. ¡Olvidemos eso, abjuremos de todo eso y esperemos! ¿Esperar qué?
Esperar un milagro: que el tempestuoso y catastrófico curso de los
acontecimientos desde el 20 de abril hasta el 29 de agosto se transforme (con
motivo de la prolongación de la guerra y del aumento del hambre) en convocación
pacífica, tranquila, llana y legal de la Asamblea Constituyente y en
cumplimiento de sus legitimísimos acuerdos. ¡Ahí tenéis la táctica “marxista”!
¡Esperad, hambrientos, Kerenski ha prometido convocar la Asamblea
Constituyente!
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“...En la situación
internacional no hay nada, en realidad, que nos obligue a echarnos a la calle
inmediatamente; más bien causaremos un perjuicio a la causa de la revolución
socialista en Occidente si nos dejamos ametrallar...”
Este argumento es
verdaderamente magnífico: ¡“el propio” Scheidemann, “el propio” Renaudel no
habrían sabido “operar” más hábilmente con las simpatías que sienten los
obreros por el éxito de la revolución socialista internacional!
¡Imaginaos! Los alemanes, en
condiciones diabólicamente difíciles, con un solo Liebknecht (y, además, en presidio); sin periódicos, sin
libertad de reunión, sin Soviets; con una hostilidad increíble de todas las clases de la población,
incluido el último campesino acomodado, a la idea del internacionalismo; con
una formidable organización de la burguesía imperialista grande, media y
pequeña; los alemanes, es decir, los revolucionarios internacionalistas alemanes,
los obreros con chaquetones de marinos, han organizado una sublevación en la
flota con un 1% de probabilidades de éxito.
Nosotros, en cambio, con
decenas de periódicos, con libertad de reunión, con la mayoría en los Soviets; nosotros, los internacionalistas
proletarios colocados en las mejores condiciones de todo el mundo, nos
negaremos a apoyar con nuestra insurrección a los revolucionarios alemanes.
Razonaremos como los Scheidemann y los Renaudel: lo más sensato es no
insurreccionarse, pues si nos ametrallan, ¡¡qué excelentes, qué juiciosos, qué
ideales internacionalistas perderá el mundo!!
146
Demostremos nuestra
sensatez. Aprobemos una resolución de simpatía con los insurgentes alemanes y rechacemos la insurrección en Rusia. Eso será internacionalismo auténtico, sensato. ¡Y con qué rapidez prosperará
el internacionalismo mundial si triunfa en
todas partes esa sabia política!...
La guerra ha martirizado y
torturado en extremo a los obreros de todos los países. Las explosiones en
Italia, en Alemania y en Austria son cada día más frecuentes. Somos los únicos que tenemos Soviets de
diputados obreros y soldados: esperemos,
traicionemos a los internacionalistas alemanes de la misma manera que
traicionamos a los campesinos rusos,
que no con palabras, sino
con hechos, con la insurrección contra los terratenientes, nos llaman a la
insurrección contra el gobierno de Kerenski...
Dejemos que se espesen los
nubarrones del complot imperialista de los capitalistas de todos los países,
que están dispuestos a estrangular la revolución rusa: ¡esperemos
tranquilamente a que nos estrangulen con el
rublo! En vez de atacar a los conspiradores y arrollar sus filas con la
victoria de los Soviets de diputados obreros y soldados, esperemos a la
Asamblea Constituyente, en la que serán vencidos por medio de votaciones todos los complots internacionales, si
Kerenski y Rodzianko la convocan honestamente. ¿Es que tenemos derecho a poner
en duda la honestidad de Kerenski y Rodzianko?
------------------
“...¡Pero si “todos” están
contra nosotros! ¡Estamos aislados; el CEC, y los mencheviques
internacionalistas, y los de Nóvaya Zhizn,
y los eseristas de izquierda han publicado y publicarán llamamientos contra
nosotros!...”
Un argumento fortísimo.
Hasta ahora hemos fustigado implacablemente a los vacilantes por sus
vacilaciones. Con eso hemos
conquistado las simpatías del pueblo. Con
eso hemos conquistado los Soviets, sin los cuales la insurrección no podría
ser firme, rápida y segura. Aprovechemos ahora los Soviets conquistados para pasarnos también nosotros al campo de los
vacilantes. ¡Qué bella carrera del bolchevismo!
Toda la esencia de la
política de los Liberdán y los Chernov, así como de los eseristas y
mencheviques “izquierdistas”, consiste en vacilar.
Los eseristas de izquierda y los mencheviques internacionalistas tienen inmensa importancia política como exponentes de que las masas se radicalizan. Existe un nexo indudable, evidente, entre
dos hechos: de una parte, el paso de cerca del 40% de los mencheviques y
eseristas al campo de los izquierdistas; de otra parte, la insurrección
campesina.
Pero precisamente el
carácter de este nexo pone al desnudo todo el abismo de pusilanimidad de
quienes tienen ahora la ocurrencia de gimotear porque el CEC, podrido en vida,
o los eseristas de izquierda vacilantes y comparsa, nos han atacado. Estas
vacilaciones de los líderes pequeñoburgueses, de los Mártov, los Kamkov, los
Sujánov y Cía., deben ser confrontadas con la insurrección de los campesinos. Esa es una confrontación política real. ¿Con quién ir? ¿Con los exiguos
puñados de líderes petrogradenses vacilantes, que indirectamente han expresado la
radicalización de las masas y que, ante cada
viraje político, han gimoteado,
vacilado y corrido de una manera vergonzosa a pedir perdón a los Liberdán, los
Avxéntiev y Cía., o con esas masas
radicalizadas?
Así, y sólo así, está planteada la cuestión.
Con motivo de la traición de
los Mártov, los Kamkov y los Sujánov a la insurrección campesina se nos propone
que la traicionemos también nosotros, el partido obrero de los
internacionalistas revolucionarios. A eso se reduce la política de “invocar” a
los eseristas de izquierda y a los mencheviques internacionalistas.
Pero nosotros hemos dicho:
para ayudar a los vacilantes preciso que nosotros mismos dejemos de vacilar.
¡Estos simpáticos” demócratas pequeñoburgueses de izquierda han vacilado
incluso cuando había que pronunciarse a favor de la coalición! Los llevamos, en
fin de cuentas, tras nosotros porque nosotros mismos no vacilamos. Y la vida
nos ha dado la razón.
Estos señores han hundido
siempre la revolución con sus vacilaciones. Solamente nosotros la hemos
salvado. ¿Y vamos a ceder ahora, cuando el hambre llama a las puertas de
Petrogrado, y Rodzianko y Cía. se disponen a entregar la ciudad?
-----------------
“...Pero nosotros no tenemos
siquiera firmes vínculos con los ferroviarios y los empleados de Correos. Sus
representantes oficiales son los Planson. ¿Y es que se puede triunfar sin
Correos y sin los ferrocarriles?...”
Sí, sí, los Planson aquí y
los Liberdán allí. ¿Qué confianza les han expresado las masas? ¿No hemos sido nosotros quienes hemos demostrado siempre
que esos líderes traicionaban a las masas?
¿No ha sido a esos líderes a los que las masas han vuelto la espalda para
ponerse a nuestro lado en las
elecciones en Moscú y en las elecciones a los Soviets? ¿O es que las masas de ferroviarios y empleados de Correos
no pasan hambre, no se declaran en huelga contra el Gobierno Kerenski y Cía.?
“Y antes del 28 de febrero,
¿teníamos vínculos con esos sindicatos?”, preguntó un camarada al “pesimista”.
Este respondió que es imposible comparar ambas revoluciones. Mas esa respuesta
no hace más que afianzar la posición
de quien formuló la pregunta. Porque precisamente los bolcheviques hemos
hablado miles de veces de la larga preparación de la revolución proletaria contra la burguesía (y no
hemos hablado para olvidarlo la víspera del momento decisivo). La vida política
y económica de los sindicatos de Correos y Telégrafos y de ferroviarios se
caracteriza precisamente por el hecho de que los elementos proletarios de las
masas se separan de los medios
dirigentes pequeñoburgueses y burgueses. No se trata en modo alguno de
proveerse obligatoria y previamente de “vínculos” con uno y otro sindicato; de
lo que se trata es de que sólo la victoria de la insurrección obrera y
campesina puede satisfacer a las masas de ferroviarios y empleados
de Correos y Telégrafos.
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-----------------
“...En Petrogrado hay pan para dos o tres días. ¿Podemos dar pan
a los insurgentes?...
Una de las mil observaciones
de escepticismo (los escépticos pueden “dudar” siempre y sólo se les puede refutar con la experiencia), de esas
observaciones que descargan las culpas propias en cabeza ajena.
Precisamente los Rodzianko y
Cía., precisamente la burguesía, preparan el hambre y especulan con estrangular
la revolución por medio del hambre. No hay ni
puede haber otra salvación del hambre excepto la insurrección de los
campesinos contra los terratenientes en las aldeas y la victoria de los obreros
sobre los capitalistas en las ciudades y en el centro. De otro modo será imposible arrancar el grano a los
ricos, transportarlo a pesar de su sabotaje, romper la resistencia de los
empleados sobornados y de los capitalistas que se lucran y establecer una
contabilidad rigurosa. Así lo ha demostrado justamente la historia de las
instituciones de abastos y el agotador trabajo de abastecimiento de la
“democracia”, que se ha quejado
millones de veces del sabotaje de los capitalistas y ha gimoteado y suplicado.
En el mundo no hay ninguna
fuerza, excepto la fuerza de la revolución proletaria victoriosa, que permita
pasar de las quejas, los ruegos y las lágrimas a la obra revolucionaria. Y cuanto más se demore la revolución
proletaria, cuanto más la aplacen los acontecimientos o las vacilaciones de los
vacilantes y desconcertados, tanto más víctimas costará, tanto más difícil será
organizar el transporte y la
distribución de cereales.
La demora en la insurrección
equivale a la muerte: esto es lo que debe responderse a quienes tienen la
triste “valentía” de contemplar el crecimiento de la ruina, la proximidad del
hambre y desaconsejar a los obreros
de la insurrección (es decir,
aconsejarles que esperen, que confíen aún en la burguesía).
----------------
“…En la situación en el
frente tampoco hay todavía peligro. Incluso si los soldados conciertan ellos
mismos un armisticio, eso no será aun una desgracia…”
Pero los soldados no
concertarán el armisticio. Para eso hace falta el poder del Estado, que es
imposible obtener sin la insurrección. Los soldados sencillamente huirán. Así lo dicen los informes del
frente. No se puede esperar sin correr el riesgo de ayudar a la confabulación
de Rodzianko con Guillermo y de contribuir a la ruina completa, con la huida general de los soldados, si éstos (próximos ya a la desesperación) llegan a
la desesperación completa y abandonan todo a su suerte.
--------------
“...Y si tomamos el poder y
no conseguimos ni el armisticio ni una paz democrática, los soldados pueden
negarse a ir a una guerra revolucionaria. ¿Qué pasará entonces?”
Un argumento que obliga a
recordar una sentencia: un tonto puede hacer diez veces más preguntas que diez
sabios sean capaces de contestar.
Jamás hemos negado las
dificultades del poder durante la
guerra imperialista; pero, no obstante, hemos
predicado siempre la dictadura del proletariado y de los campesinos pobres.
¿¿Vamos a abjurar de esto cuando ha llegado el momento de la acción??
Hemos dicho siempre que la
dictadura del proletariado en un solo país origina cambios gigantescos en la
situación internacional, en la economía del país, en la situación del ejército
y en su estado de ánimo. ¿¿Y vamos a “olvidar” todo eso ahora, dejándonos
intimidar por las “dificultades” de la revolución??
----------------
“Entre las masas no existe
el estado de ánimo de echarse a la calle, como comunican todos. Entre los
síntomas que justifican el pesimismo figura también la difusión, acrecida en
extremo, de la prensa pogromista y ultrarreaccionaria…”
Cuando los hombres se dejan
amedrentar por la burguesía, entonces, como es natural, todos los objetos y
fenómenos se tiñen para ellos de color amarillo. En primer lugar, sustituyen el
criterio marxista del movimiento con un criterio impresionista-intelectual; en vez de considerar políticamente el
desarrollo de la lucha de clases y el curso de los acontecimientos en todo el
país en su conjunto, y en la situación internacional en su conjunto, adelantan
las impresiones subjetivas acerca del estado de ánimo; olvidan “a propósito”,
naturalmente, que la firme línea del partido, su decisión inquebrantable, es también un factor del estado de ánimo,
sobre todo en los momentos revolucionarios más agudos. A veces, la gente olvida
muy “a propósito” que los dirigentes responsables, con sus vacilaciones y su
inclinación a quemar lo que ayer veneraban, introducen las vacilaciones más
indecorosas también en el estado de ánimo de ciertos sectores de las masas.
En segundo lugar —y esto es
lo principal en el momento presente—, los pusilánimes, al hablar del estado de
ánimo de las masas, olvidan agregar:
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que “todos” lo comunican como reconcentrado y expectante;
que “todos” coinciden en
que, respondiendo al llamamiento de los Soviets y para defender los Soviets,
los obreros actuarán como un solo hombre;
que “todos” coinciden en que
existe un fuerte descontento entre los obreros por la indecisión de los
organismos centrales en el problema “del combate final y decisivo”, cuya
ineluctabilidad se comprende con claridad;
que “todos” definen de
manera unánime el estado de ánimo de las más vastas masas como rayando en la
desesperación y señalan el crecimiento del anarquismo precisamente sobre esta
base;
que “todos” reconocen
asimismo que entre los obreros conscientes existe cierta falta de deseo de
salir a la calle sólo para
manifestaciones, sólo para luchas
parciales, pues flota en el ambiente la proximidad de un combate no parcial,
sino general, y la carencia de sentido de las huelgas, manifestaciones y
presiones aisladas ha sido ya probada y comprendida por completo.
Y así sucesivamente.
Si enfocamos esta
característica del estado de ánimo de las masas desde el punto de vista de todo
el desarrollo de la lucha de clases y política y de todo el curso de los
acontecimientos durante el medio año de nuestra revolución, estará claro para
nosotros cómo falsean las cosas los hombres amedrentados por la burguesía. Las
cosas son hoy completamente distintas a como lo eran antes del 20 y 21 de
abril, 9 de junio y 3 de julio, pues entonces se trataba de una excitación espontánea que nosotros,
como partido, o no captamos (20 de abril), o refrenamos y le dimos la forma de
manifestación pacífica (9 de junio y 3 de julio). Porque entonces sabíamos muy
bien que los Soviets no eran todavía
nuestros; que los campesinos confiaban aún en el camino de los Liberdán y los
Chernov, y no en el de los bolcheviques (la insurrección); que, por
consiguiente, la mayoría del pueblo no podía seguirnos; que, por consiguiente,
la insurrección era prematura.
Entonces, la mayoría de los
obreros conscientes no se habían planteado en modo alguno el problema del
combate final y decisivo; no hay un solo organismo colegiado de los organismos
colegiados del partido en general que planteara este problema. Y entre la masa
poco consciente y muy amplia no había ni reconcentración ni decisión originada
por la desesperación, sino precisamente excitación
espontánea y la ingenua esperanza de “influir” en los Kerenski y en la
burguesía con una simple “acción”, con una simple manifestación.
Lo que hace falta para la
insurrección no es eso, sino la decisión consciente, firme e inflexible de los
hombres conscientes de batirse hasta el fin. Esto, por una parte. Y por otra,
es necesario un estado de reconcentración y desesperación de las grandes masas,
las cuales sienten que hoy no se
puede salvar nada con semimedidas, que no se puede “influir” de ninguna manera,
que los hambrientos “destruirán todo, arrasarán todo incluso al estilo
anarquista” si los bolcheviques no
saben dirigirlos en el combate decisivo.
En realidad, el desarrollo
de la revolución ha conducido, tanto
a los obreros como a los campesinos,
justamente a esta conjugación de la atención concentrada de los hombres
conscientes, enseñada por la experiencia, y del espíritu de odio, rayano en la
desesperación, de las grandes masas a los patronos que declaran lockouts y a
los capitalistas.
Precisamente sobre esta base
es comprensible también el “éxito” de los canallas de la prensa
ultrarreaccionaria que se disfrazan de bolchevismo. Siempre ha ocurrido que los
ultrarreaccionarios se refocilasen al ver que se acercaba el combate decisivo
entre la burguesía y el proletariado. Esto se ha observado en todas las
revoluciones, sin excepción alguna, y es absolutamente inevitable. Y si nos
dejamos intimidar por esta
circunstancia, tendremos que renunciar no sólo a la insurrección, sino también
a la revolución proletaria en general. Porque en la sociedad capitalista es imposible un desarrollo de esta
revolución que no vaya acompañado del
maligno regocijo de los ultrarreaccionarios de sus esperanzas de sacar partido.
Los obreros conscientes
saben muy bien que los ultrarreaccionarios y la burguesía actúan de consuno;
que la victoria decisiva de los obreros (en la que los pequeños burgueses no
creen, que los capitalistas temen y que los ultrarreaccionarios desean a veces
malignamente, seguros de que los bolcheviques no se sostendrán en el poder),
que esta victoria aplastará hasta el
fin a los ultrarreaccionarios y que los bolcheviques sabrán sostenerse de una manera firme en el poder con el mayor
provecho para toda la humanidad extenuada y martirizada por la guerra.
En efecto, ¿quién que no se
haya vuelto loco podrá dudar de que los
Rodzianko y los Suvorin actúan juntos y se han distribuido los papeles?
¿Es que los hechos no han
demostrado que Kerenski actúa por indicación de Rodzianko y que la “Imprenta
del Estado de la República de Rusia” (¡no es una broma!) edita a expensas del
Tesoro los discursos uiltrarreaccionarios de los ultrarreaccionarios de la
“Duma de Estado”? ¿Es que no han denunciado este hecho hasta los lacayos de Dielo
Naroda, que doblan el espinazo ante “su hombrecillo”? ¿Es que la
experiencia de todas las elecciones
no ha demostrado que Nóvoie Vremia,
periódico venal que se guía por los “intereses” zarista-terratenientes, ha
prestado pleno apoyo a las candidaturas de los democonstitucionalistas?
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¿Acaso no hemos leído ayer
que el capital comercial e industrial (¡sin partido, naturalmente!, ¡oh, sin
partido, por supuesto, pues los Vijliáiev y los Rakítnikov, los Gvózdiev y los
Nikitin no se coligan con los democonstitucionalistas, ¡Dios nos libre de
ello!, sino con los medios comerciales e industriales sin partido!) ha regalado 300.000 rublos a los
democonstitucionalistas?
Si se enfocan las cosas
desde un punto de vista clasista, y no sentimental, toda la prensa
ultrarreaccionaria es una sucursal de
la casa Riabushinski, Miliukov y Cía. El capital compra, por una parte, a los
Miliukov, los Zaslavski, los Potrésov, etc., y, por otra, a los
ultrarreaccionarios.
Para poner fin a este
repugnantísimo envenenamiento del pueblo con la ponzoña de la vulgar infección
ultrarreaccionaria no puede haber más que un medio: la victoria del proletariado.
¿Y puede sorprender que la
multitud, extenuada y martirizada por el hambre y la prolongación de la guerra,
“se agarre” a la ponzoña ultrarreaccionaria?
¿Es posible imaginarse la
sociedad capitalista en vísperas de la bancarrota sin la desesperación entre las masas oprimidas? ¿Y puede la
desesperación de las masas, entre las que abunda la ignorancia, no manifestarse en la venta acrecentada
de venenos de todo tipo?
No, está condenada al
fracaso la posición de quienes, al hablar del estado de ánimo de las masas,
atribuyen a éstas su propia pusilanimidad personal. Las masas se dividen en
personas que esperan conscientemente y personas dispuestas inconscientemente a
caer en la desesperación; pero las masas de oprimidos y hambrientos no son pusilánimes.
----------------
“...Por otro lado, el
partido marxista no puede reducir el problema de la insurrección a una conjura
militar...”
El marxismo es una doctrina
extraordinariamente profunda y polifacética. No es extraño, por ello, queentre
los “argumentos” de quienes rompen con el marxismo se puedan encontrar siempre fragmentos de citas de Marx, sobre todo si se reproducen citas inoportunamente.
La conjura militar es blanquismo si
no la organiza el partido de una clase determinada; si sus organizadores no tienen en cuenta el momento político, en
general, y la situación internacional, en particular; si ese partido no cuenta con las simpatías de la mayoría del
pueblo, demostradas con hechos objetivos; si
el desarrollo de los acontecimientos de la revolución no ha conducido a refutar
en la práctica las ilusiones conciliadoras de la pequeña burguesía; si no se ha conquistado la mayoría de
los órganos de lucha revolucionaria considerados “autorizados” o que han
mostrado de otro modo de lo que son capaces, como los “Soviets”; si en el ejército (cuando las cosas
ocurren durante una guerra) no ha madurado por completo la hostilidad al
gobierno, que prolonga la guerra injusta en contra de la voluntad del pueblo; si las consignas de la insurrección (por
ejemplo, “Todo el poder a los Soviets”, “La tierra a los campesinos”,
“proposición inmediata de una paz democrática a todos los pueblos beligerantes,
vinculada a la anulación en el acto de los tratados secretos y
de la diplomacia secreta”,
etc.) no han alcanzado la más amplia publicidad y popularidad; si los obreros avanzados no están
seguros de la situación desesperada de las masas ni del apoyo del campo, apoyo
demostrado con un serio movimiento campesino o con una insurrección contra los
terratenientes y contra el gobierno que los defiende; si la situación económica del país infunde serias esperanzas de una
solución favorable de la crisis por medios pacíficos y parlamentarios.
¿Basta, quizá?
En mi folleto ¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?
(tengo la esperanza de que verá ya la luz en días próximos) he reproducido una
cita de Marx relacionada de verdad con el problema de la insurrección y que
define las reglas de la insurrección como “un arte”*.
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
Estoy dispuesto a apostar
que si se propone abrir la boca a los charlatanes que gritan ahora en Rusia
contra la conjura militar y se les invita a explicar la diferencia que existe
entre el “arte” de la insurrección armada y la conjura militar, digna de ser
condenada, o repetirán lo dicho más arriba o se cubrirán de oprobio y
provocarán la risa general de los obreros.
¡Prueben a hacerlo, amables también-marxistas!
¡Cántennos la canción contra
“la conjura militar”!
Epilogo.
Escritas ya las líneas
precedentes, recibí el martes, a las 8 de la tarde, los periódicos
petrogradenses de la mañana, con el artículo del señor V. Bazárov en Nóvaya Zhizn. El señor Y. Bazárov afirma
que “por la ciudad se distribuye, escrita a mano, una hoja que, en nombre de
dos destacados bolcheviques, se pronuncia contra la acción”.
Si eso es ciertos ruego a
los camaradas, a cuyas manos no puede llegar esta carta antes del mediodía del
miércoles, que la publiquen con la
mayor rapidez posible.
No ha sido escrita para la
prensa, sino para conversar por correspondencia con los miembros del partido.
Pero si los héroes de Nóvaya Zhizn,
no pertenecientes al partido y mil veces ridiculizados por él a causa de su
despreciable pusilanimidad (anteayer votaron a favor de los bolcheviques; ayer,
a favor de los mencheviques, y casi
los unificaron en el mundialmente famoso Congreso de Unificación); si
semejantes sujetos reciben una hoja
de miembros de nuestro partido que hacen agitación contra la insurrección,
entonces es imposible guardar silencio. Hay que hacer agitación también a favor de la insurrección. Que los
anónimos salgan definitivamente a la luz del día y reciban el castigo merecido
por sus vergonzosas vacilaciones, aunque sólo sea en forma de burlas de todos
los obreros conscientes. Dispongo únicamente de una hora antes de enviar esta
carta a Petrogrado y, por ello, señalaré sólo en dos palabras un “método” de
los tristes héroes de la acéfala tendencia de Nóvaya Zhizn. El señor V. Bazárov intenta polemizar con el camarada
Riazánov, el cual ha dicho —y tiene mil veces razón— que “la insurrección la
preparan todos los que crean en las masas un espíritu de desesperación e
indiferentismo”.
150
El triste héroe de la triste causa “objeta”
“¿Es que la desesperación y el indiferentismo han triunfado
alguna vez?”
¡Oh, despreciables tontainas
de Nóvaya Zhizn! ¿Conocen ejemplos
tales de insurrección en la historia en que las masas de las clases oprimidas
vencieran en un combate a vida o muerte sin ser llevadas hasta la desesperación
por largos sufrimientos y por una agravación extrema de las crisis de todo género?
¿En que estas masas no sintieran indiferentismo (indiferencia) por los diversos
Anteparlamentos lacayunos, por el vano juego a la revolución, por el
rebajamiento de los Soviets
(merced a los Liberdán) de órganos de poder y de insurrección al papel de
hueras jaulas de cotorras?
¿O quizá los despreciables
tontainas de Nóvaya Zhizn hayan
descubierto entre las masas indiferencia...
por el problema del pan?, ¿de la prolongación de la guerra?, ¿de la tierra para los campesinos?
N. Lenin.
Escrita el 17 (30) de octubre de 1917. Publicada los días 1, 2 y
3 de noviembre (19, 20 y 21 de octubre) de 1917 en los núms. 40, 41 y 42 de
“Rabochi Put”.
T. 34, págs. 398-418.
Carta a los miembros del Partido Bolchevique
150
CARTA A LOS MIEMBROS
DEL PARTIDO BOLCHEVIQUE.89
Camaradas Aún no he podido
recibir los periódicos de Petrogrado del miércoles, 18 de octubre. Cuando me
comunicaron por teléfono el texto completo de la declaración publicada por
Kámenev y Zinóviev en Nóvaya Zhizn,
periódico ajeno al partido, me resistí a creerlo. Pero se ha demostrado que no
hay lugar a dudas, y me veo obligado a aprovechar una ocasión para hacer llegar
esta carta a los camaradas del partido el jueves por la noche o el viernes por
la mañana, pues sería un crimen guardar silencio ante un esquirolaje tan inaudito.
Cuanto más grave es el
problema práctico y más responsables y “prominentes” los culpables de
esquirolaje, tanto más peligroso es éste, con tanta mayor energía hay que
expulsar a los esquiroles y tanto más imperdonable sería cualquier vacilación,
aunque estuviese inspirada por los antiguos “méritos” de los esquiroles.
¡Es algo increíble! En los
medios del partido se sabe que éste viene discutiendo desde septiembre el
problema de la insurrección. ¡Nadie ha oído nada de ninguna carta ni de ninguna
hoja escrita por alguna de las personas citadas! Y hoy, en vísperas, por así
decirlo, del Congreso de los Soviets, dos destacados bolcheviques se alzan contra la mayoría y, está claro, contra el CC. No lo dicen abiertamente,
con lo cual el daño inferido a la causa es todavía mayor, pues hablar con
insinuaciones es aún más peligroso.
Del texto de la declaración
de Kámenev y Zinóviev se deduce del modo más patente que se alzan contra el CC,
pues de otro modo su declaración carecería de sentido. Pero no dicen qué acuerdo del CC impugnan.
Por qué?
La cosa es clara: porque el CC no ha publicado ese acuerdo.
¿Qué resulta, pues?
En vísperas del día crítico,
20 de octubre, dos “destacados bolcheviques” ¡atacan un acuerdo no publicado de la dirección central del
partido, acerca de un problema esencialísimo, candente, y lo hacen en un órgano de prensa que no es del partido; más aún, precisamente
en un periódico que, en este problema, marcha del brazo de la burguesía contra el partido obrero!
¡Pero si eso es mil veces
más vil y un millón de veces más funesto
que, por ejemplo, todas las manifestaciones que hizo Plejánov en la prensa
ajena al partido durante 1906 y 1907, y que
![]()
89
La Carta a los miembros del Partido Bolchevique
y la Carta al Comité Central del POSD(b) de Rusia (véase el documento
siguiente) reflejan la lucha de Lenin contra Zinóviev y Kámenev, que intentaron
frustrar el acuerdo del CC acerca de la insurrección armada. Derrotados el 10
(23) de octubre de 1917 en la reunión del Comité Central en que se discutió el
problema de la insurrección, Zinóviev y Kámenev enviaron el día 11 una
declaración al CC y una carta, titulada En
torno al momento actual, a los comités del POSD(b)R de las ciudades de San
Petersburgo y Moscú, a los comités regionales de Moscú y de Finlandia, así como
a los grupos bolcheviques del CEC de los Soviets y del Congreso de los Soviets
de la Región del Norte. En esta carta se manifestaron en contra del acuerdo
adoptado por el CC acerca de la insurrección armada. El 15 (28) de octubre, en
una reunión ampliada del Comité de San Petersburgo, se dio lectura a la carta
de Zinóviev y Kámenev; al día siguiente, ambos volvieron a manifestarse contra
la insurrección armada, en una reunión ampliada del Comité Central. Al no
encontrar ningún apoyo en dichas reuniones, Zinóviev y Kámenev cometieron una
traición manifiesta. El 18 (31) de octubre, el periódico semimenchevique 2óvaya Zhizn publicó una interviú
titulada Y. Kámenev acerca de la
"acción". En ella, Kámenev, en nombre propio y en el de Zinóviev,
se pronunció contra la insurrección armada, delatando así al enemigo un
importantísimo acuerdo secreto del partido. Aquel mismo día, Lenin escribió la Carta a los miembros del Partido Bolchevique,
y el 19 de octubre (1 de noviembre), la Carta
al Comité Central del POSD(b) de Rusia
Carta a los miembros del Partido Bolchevique
el partido condenó con tanta
dureza! Porque entonces se trataba sólo de unas elecciones, ¡y hoy se trata de
la insurrección para conquistar el poder!
Dado el asunto de que se
trata, y después de haber adoptado un
acuerdo la dirección central, ¿cabe conducta más traidora, esquirolaje mayor
que atacar a la vista de los Rodzianko y los Kerenski, en un periódico ajeno al
partido, este acuerdo no publicado?
Consideraría un oprobio para
mi si, a causa de las estrechas relaciones que me unieron en otro tiempo a
estos excamaradas, vacilase en condenarlos. Declaro públicamente que he dejado
de considerarlos camaradas a los dos y lucharé con todas mis fuerzas, tanto en
el CC como en el Congreso, para conseguir que sean expulsados del partido.
Porque un partido obrero al
que la vida coloca cada día más a menudo cara a cara con la insurrección, no
podrá resolver este difícil problema si los acuerdos secretos de su dirección
central, una vez adoptados, son impugnados en la prensa ajena al partido y si
se llevan las vacilaciones y la confusión a las filas de los combatientes.
¡Que los señores Zinóviev y
Kámenev funden un partido propio con unas docenas de individuos desconcertados
o con candidatos a la Asamblea Constituyente! Los obreros no irán a ese
partido, pues la primera consigna de ese partido será:
“Los miembros del CC que en
una reunión del CC hayan sido derrotados en el problema del combate decisivo
podrán recurrir a la prensa ajena al partido para atacar los acuerdos de éste
no publicados”.
¡Que formen, si quieren, un
partido así! Nuestro Partido Obrero
bolchevique sólo saldrá ganando con ello.
Cuando se publiquen todos
los documentos, el esquirolaje de Zinóviev y Kámenev será muchísimo más claro.
Por el momento, plantéese a los obreros el siguiente problema:
“Supongamos que la dirección
de los sindicatos de toda Rusia, después de un mes de deliberaciones, acuerda,
por una mayoría de más del 80%, que es necesario preparar una huelga, pero sin
publicar, de momento, ni la fecha ni otras circunstancias. Supongamos que dos
miembros, con el falso pretexto de mantener su “voto particular”, no sólo se
dirigen por escrito a los grupos locales pidiendo la revisión del acuerdo, después de votado éste, sino que
permiten, además, la publicación de sus cartas en la prensa ajena al partido. Supongamos que, por
último, llegan incluso a atacar ellos mismos el acuerdo en la prensa ajena al
partido, a pesar de no estar todavía publicado, y se dedican a denigrar la
huelga ante los capitalistas. “Se pregunta: ¿Vacilarán los obreros en expulsar
de sus filas a tales esquiroles?”
* * *
En lo que respecta al
problema de la insurrección ahora, cuando está tan cerca el 20 de octubre, no
puedo juzgar desde lejos hasta qué punto habrá echado a perder las cosas este
acto de esquirolaje en la prensa ajena al partido. Es indudable que se ha causado
un daño práctico muy grande. Y para
repararlo, lo primero es restablecer la unidad del frente bolchevique, expulsando a los esquiroles.
La pobreza de los argumentos
ideológicos que se esgrimen contra la insurrección aparecerá con tanta mayor
claridad cuanto más a la luz del día los sacamos. Hace unos días envié a Rabochi Put un artículo acerca de esto,
y si la Redacción del periódico no cree posible publicarlo, los miembros del partido podrán leerlo, probablemente,
en manuscrito*.
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
Estos argumentos
“ideológicos” —con perdón sea dicho— pueden reducirse a dos. Primero: “esperar”
a la Asamblea Constituyente. Esperemos, tal vez logremos ir tirando hasta ese
momento. A esto se reduce todo el argumento. Quizá podamos ir tirando, a pesar del
Carta a los miembros del Partido Bolchevique
hambre, de la ruina, del
agotamiento de la paciencia de los soldados, de los manejos de Rodzianko para
entregar Petrogrado a los alemanes y de los lockouts.
Quizá y tal; a eso se reduce toda la fuerza del argumento.
Segundo: un pesimismo
histórico. A la burguesía y a Kerenski todo les marcha a pedir de boca; a
nosotros todo nos marcha mal. Los capitalistas lo tienen todo preparado de un
modo maravilloso; los obreros lo tienen todo mal preparado. Los “pesimistas”,
en lo que concierne al aspecto militar del asunto, gritan a voz en cuello; en
cambio, los “optimistas” callan, pues sólo los esquiroles gustan de descubrir
ciertas cosas a Rodzianko y Kerenski.
* * *
Tiempos difíciles. Una tarea difícil. Una grave traición.
¡Y pese a todo, la tarea
será cumplida; los obreros cerrarán filas; la insurrección campesina y la
impaciencia extrema de los soldados en el frente harán su obra! ¡Unamos más
estrechamente aún nuestras filas; el proletariado debe vencer!
N. Lenin.
Escrita el 18 (31) de octubre de 1917. Publicada por vez primera
el 1 de noviembre de 1927 en el núm. 250 de “Pravda”.
T. 34, págs. 419-422.
Carta al CC del POSD(B) de Rusia
153
CARTA AL CC DEL
POSD(B) DE RUSIA
Queridos camaradas:
Un partido que se aprecie a
sí mismo no puede tolerar en sus medios ni el esquirolaje ni a los esquiroles.
Eso es evidente. Y cuanto más se medita sobre las manifestaciones de Zinóviev y
Kámenev en la prensa ajena al partido, más indiscutible resulta que su conducta
es el más completo esquirolaje. El subterfugio de Kámenev en la reunión del
Soviet de Petrogrado es algo verdaderamente vil; resulta que está de acuerdo
por completo con Trotski. Pero ¿es tan difícil comprender que Trotski no podía, no tenía derecho, no debía
decir ante los enemigos más de lo que dijo? ¿Es tan difícil de comprender que el deber del partido, que ha ocultado al
enemigo su acuerdo (la necesidad de
la insurrección armada, su plena madurez, su preparación en todos los aspectos,
etc.), que ese acuerdo obliga, en las
declaraciones públicas, a hacer recaer sobre el enemigo no sólo la “culpa”,
sino también la iniciativa? Sólo los niños pueden no comprenderlo. El
subterfugio de Kámenev es sencillamente una fullería. Lo mismo debe decirse del
subterfugio de Zinóviev. Por lo menos de su carta “justificativa” (creo que al
Órgano Central), que es lo único que he visto (pues yo, miembro del CC, no he
visto hasta ahora el voto particular,
el “supuesto voto particular” de que grita la prensa burguesa). De los “argumentos” de Zinóviev: Lenin ha enviado sus
cartas “antes de que fuera adoptado ningún acuerdo” y no habéis
protestado. Así escribe literalmente Zinóviev, subrayando él mismo con cuatro
raya la palabra antes. ¿Es tan
difícil comprender que antes de decidir la dirección central el problema de la
huelga se puede hacer agitación en pro y en contra; pero que después de decidirse a favor de la
huelga (después del acuerdo complementario de ocultarlo al enemigo), después de
eso, hacer agitación contra la huelga es esquirolaje? Cualquier obrero lo
comprenderá. El problema de la insurrección armada empezó a discutirse en la
dirección central en septiembre. Era entonces cuando Zinóviev y Kámenev podían
y debían haberse manifestado por
escrito para que todos, a la vista de
sus argumentos, para que todos
apreciasen su completo desconcierto. Ocultar sus opiniones al partido durante
todo un mes antes de ser adoptado el
acuerdo y difundir su voto particular después
de adoptado significa ser un esquirol.
Zinóviev aparenta no
comprender esta diferencia, no comprender que después de adoptado el acuerdo de
huelga, el acuerdo de la dirección central, sólo los esquiroles pueden hacer
agitación ante los organismos inferiores en contra de ese acuerdo. Cualquier
obrero lo comprenderá.
Y Zinóviev ha hecho
precisamente agitación y torpedeado el acuerdo de la dirección central tanto en
la reunión del domingo90, en la que él y Kámenev no conquistaron
ni un voto, como en su carta de ahora. Porque Zinóviev tiene la desvergüenza de
afirmar que “el partido no ha sido preguntado” y que semejantes cuestiones “no
las deciden diez personas”. ¡Es algo increíble! Todos los componentes del CC
saben que a la reunión decisiva asistieron más de diez miembros del CC, que
asistió la mayoría del Pleno; que el
propio Kámenev declaró en ella: “Esta reunión es decisiva”; que, por lo que se
refiere a los miembros ausentes del CC, se sabía muy bien que la mayoría de ellos no está de acuerdo con Zinóviev y Kámenev. Y después del acuerdo adoptado por el CC en una reunión que también
Kámenev consideraba decisiva, un
miembro del CC tiene la insolencia de escribir: “El partido no ha sido
preguntado”,
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90 Aquí y más adelante, Lenin alude a la
reunión ampliada del CC del POSD(b) de Rusia celebrada el 16 (29) de octubre de
1917. En ella, Zinóviev y Kámenev se pronunciaron contra el acuerdo adoptado
por el CC el 10 (23) de octubre acerca de la insurrección armada
Carta al CC del POSD(B) de Rusia
“semejantes cuestiones no
las deciden diez personas”. Eso es el más completo esquirolaje. Hasta el
congreso del partido decide el CC. El CC ha decidido. Kámenev y Zinóviev, que
no expresaron su opinión por escrito antes
de adoptarse el acuerdo, han comenzado a impugnar
el acuerdo del CC después de haber
sido tomado.
Eso es el más completo
esquirolaje. Después de adoptado un acuerdo es
inadmisible cualquier impugnación, por cuanto se trata de la preparación
inmediata y secreta de la huelga.
Zinóviev tiene ahora la insolencia de atribuirnos a nosotros “haber puesto sobre aviso al enemigo”. ¿Dónde está el
límite de la desvergüenza? ¿Quién sino los que se han manifestado en la prensa ajena al partido han echado, en
realidad, a perder las cosas, han frustrado la huelga “poniendo sobre aviso al
enemigo”?
¡Manifestarse contra un acuerdo “decisivo” del partido
en un periódico que, en la cuestión dada,
marcha del brazo de toda la burguesía!
De tolerar eso, el partido sería imposible, quedaría destrozado.
Denominar “voto particular”
lo que sabe e imprime Bazárov en un periódico que no es del partido significa
mofarse del partido.
154
La declaración de Kámenev y
Zinóviev en la prensa no perteneciente al partido es especialmente ruin,
además, porque su enredosa mentira no
puede ser refutada en público por el partido: no conozco los acuerdos sobre el
plazo, escribe y publica Kámenev en nombre propio y en el de Zinóviev. (Después
de semejante declaración, Zinóviev es responsable por completo de toda la
conducta y las manifestaciones de Kámenev.)
¿Cómo puede el CC refutar eso?
No podemos decir la verdad
ante los capitalistas, no podemos decir que hemos
acordado la huelga y decidido ocultar
la elección del momento para ella.
No podemos refutar la
enredosa mentira de Zinóviev y Kámenev sin
perjudicar más aún a la causa. La vileza infinita, la verdadera felonía de
estos dos individuos consiste, precisamente,
en que han delatado a los capitalistas el plan de los huelguistas, ya que,
por cuanto callamos en la prensa, cualquiera puede adivinar cómo están las cosas.
Kámenev y Zinóviev han delatado a Rodzianko y Kerenski el
acuerdo del CC de su partido acerca de la insurrección armada y sobre la
necesidad de ocultar al enemigo la preparación de la insurrección armada, la
elección del momento para la insurrección armada. Eso es un hecho. Y este hecho
no puede ser refutado con ningún subterfugio. Dos miembros del CC, con su
mentira enredosa, han delatado a los
capitalistas el acuerdo de los obreros. La respuesta a ello puede y debe ser
sólo una, un acuerdo inmediato del CC que diga:
“Considerando que la
declaración de Zinóviev y Kámenev en la prensa ajena al partido constituye un
esquirolaje completo, el CC acuerda expulsar a ambos del partido”
No me resulta fácil escribir
estas cosas de dos excamaradas íntimos, pero consideraría un crimen las
vacilaciones en este caso, pues, de otro modo, un partido de revolucionarios
que no castigue a esquiroles destacados perecerá.
La cuestión de la
insurrección armada, incluso si la han aplazado por mucho tiempo los esquiroles
que la han delatado a Rodzianko y Kerenski, no ha sido retirada, no ha sido retirada por el partido. ¿Cómo es posible
prepararse para la insurrección armada y prepararla tolerando en nuestros medios a “destacados” esquiroles? Cuanto más
destacados son, tanto más peligrosos
resultan y tanto más indignos son del “perdón”. On n’est trahi que par les sièns, dicen los franceses. Se es
traicionado únicamente por los suyos.
Cuanto “más destacados” son los esquiroles, tanto más obligatorio es
castigarlos sin tardanza con la expulsión.
Carta al CC del POSD(B) de Rusia
Sólo así es posible sanear
el partido obrero, depurarse de una docena de intelectualillos pusilánimes,
cohesionar las filas revolucionarias, marchar al encuentro de grandes y
grandiosas dificultades, marchar con los obreros
revolucionarios.
No podemos publicar la
verdad: no podemos decir que después de la reunión decisiva del CC, Zinóviev y
Kámenev tuvieron la insolencia de exigir la
revisión en la reunión del domingo; que Kámenev gritó desvergonzadamente:
“El CC ha fracasado, ya que no ha hecho nada en toda la semana” (yo no podía
desmentirle, pues no se puede decir que
se ha hecho exactamente), y que Zinóviev, con aire ingenuo, propuso una
resolución que fue rechazada por la
reunión: “No empezar antes de reunirse con los bolcheviques que habrán de
llegar el 20 al congreso de los Soviets”.
¡Es algo increíble! Después
de haber resuelto la dirección central
el problema de la huelga se propone a una reunión de base que sea aplazada y
transferida (antes del congreso del día 20, pero el congreso ha sido aplazado
después... Los Zinóviev creen a los Liberdán); que sea transferida a una colectividad no prevista en los
Estatutos del partido, que no tiene
autoridad sobre el CC y que no conoce
Petrogrado.
Y después de eso, Zinóviev tiene aún la insolencia de escribir: “Es
poco probable que se fortalezca así la unidad del partido”.
Probad a llamar eso de otra forma que no sea amenaza de
escisión.
Yo respondo a semejante
amenaza diciendo que iré hasta el fin, que lograré la libertad de palabra ante
los obreros y, cueste lo que cueste,
estigmatizaré al esquirol Zinóviev como esquirol. A la amenaza de escisión
respondo declarando una guerra hasta el fin, por la expulsión de ambos
esquiroles del partido.
Después de un mes de debates, la directiva de una
organización sindical acuerda que la huelga es inevitable, que ha madurado y
que debe ocultarse a los patronos el día de su comienzo. Después de eso, dos de
la directiva van a la base a impugnar
el acuerdo y fracasan. Entonces, esos dos acuden a la prensa ante los
capitalistas y, por medio de una mentira enredosa, delatan el acuerdo de la
directiva, frustrando con ello la huelga en el cincuenta por ciento, por lo
menos, o demorándola hasta tiempos peores, pues ponen sobre aviso al enemigo.
He ahí un esquirolaje
completo. Y he ahí por qué exijo que los dos esquiroles sean expulsados,
reservándome el derecho (en vista de su amenaza de escisión) de publicarlo todo cuando sea posible hacerlo.
Escrita el 19 de octubre (1 de noviembre) de 1917. Publicada por
vez primera el 1 de noviembre de 1927 en el núm. 250 de “Pravda”.
T. 34, págs. 423-427.
Un nuevo engaño de los eseristas a los campesinos
155
UN NUEVO ENGAÑO DE
LOS ESERISTAS A LOS CAMPESINOS
El partido eserista ha
declarado solemne y públicamente en su órgano principal, Dielo Naroda, el 18 y 19 de octubre, que el nuevo proyecto de ley
agraria presentado por el ministro de
Agricultura es “un paso importante hacia la aplicación del programa agrario del
partido” y que “el CC del partido prescribe imperiosamente a todas las
organizaciones del mismo que desplieguen una enérgica agitación a favor del
proyecto y lo divulguen entre las masas”.
Mas este proyecto del
ministro S. Máslov, miembro del partido eserista, cuyas partes principales ha
publicado Dielo Naroda, es un engaño a los campesinos. El partido
eserista ha engañado a los campesinos: ha abandonado su proyecto agrario para
caer en el plan terrateniente, democonstitucionalista, de “tasación equitativa”
y conservación de la gran propiedad agraria. En sus congresos de la primera
revolución rusa (1905) y de la segunda (1917), el partido eserista se
comprometió solemne y públicamente a apoyar la reivindicación campesina de confiscación de las tierras de los
latifundistas, es decir, su entrega a los campesinos sin indemnización. Pero en el proyecto actual del señor S. Máslov,
además de mantenerse la gran propiedad terrateniente, se indica que las
cantidades que abonen los campesinos por las tierras “arrendadas”, mediante una
tasación “equitativa”, pasarán a los
latifundistas.
Este proyecto de ley del
señor S. Máslov es una traición completa del partido eserista a los campesinos,
una declaración completa de fidelidad de dicho partido a los terratenientes.
Hay que poner en tensión todas las energías y hacer todos los esfuerzos necesarios
para difundir esta verdad entre los campesinos con la mayor amplitud posible.
Dielo Naroda ha
publicado el 18 de octubre los párrafos 25-40 del proyecto de S. Máslov. He
aquí lo más importante y principal de este proyecto
1) No
todas las
tierras de los latifundistas van a parar al “fondo provisional de arriendo” que
ha de crearse.
2)
La
inclusión de las tierras de los latifundistas en este fondo la efectuarán los comités agrarios, creados de acuerdo
con la ley que promulgó el 21 de abril de 1917 el gobierno terrateniente del príncipe Lvov.
3)
La
renta que deberán abonar los campesinos por estas tierras de los latifundistas
la determinarán los comités agrarios “en consonancia con los ingresos netos” y,
descontados los tributos, pasará “al propietario correspondiente”, es decir, al terrateniente.
Nos encontramos ante un
triple engaño de los eseristas a los campesinos, por lo que es preciso analizar
con mayor detenimiento cada uno de estos tres puntos.
El periódico Izvestia Vserossíiskogo Sovieta Krestiánskij
Deputátov ha publicado en su número 88, correspondiente al 19 de agosto, el
“Mandato tipo, redactado sobre la base de los 242 mandatos traídos de las
localidades por los diputados al I Congreso de los Soviets de diputados
campesinos de toda Rusia, celebrado en Petrogrado en 1917”.
Este resumen de los 242 mandatos, hecho por delegados de los campesinos
de las distintas localidades, es el mejor
documento para juzgar qué es lo que
quieren los campesinos. Y este resumen demuestra con toda evidencia cómo
engañan a los campesinos el proyecto de S. Máslov y el partido eserista.
Un nuevo engaño de los eseristas a los campesinos
Los campesinos exigen la
abolición del derecho de propiedad privada de la tierra; la transformación de
toda la tierra de propiedad privada, etc., en patrimonio de todo el pueblo sin
indemnización; la transformación de las tierras con haciendas de alto nivel
agrotécnico (huertos, plantaciones, etc.) en “haciendas modelo” y su
transferencia “en usufructo exclusivo al Estado y a las comunidades”; la
confiscación “de todo el ganado de
labor y los aperos de labranza”, etc.
Así han sido expresadas las
reivindicaciones de los campesinos, con claridad y exactitud, sobre la base de
los 242 mandatos locales dados por los propios campesinos.
Y el partido eserista, en
lugar de eso, entra en “coalición” (es decir, en alianza o acuerdo) con la
burguesía (con los capitalistas) y los terratenientes, participa en el gobierno
de los capitalistas y los terratenientes y presenta ahora un proyecto que no suprime la propiedad terrateniente,
sino que ¡¡transfiere sólo una parte
de las tierras de los latifundistas al
fondo provisional de arriendo!!
Según este proyecto, ¡no
pueden pasar al fondo de arriendo los huertos, las plantaciones, los sembrados
de remolacha, etc.! No pueden pasar al fondo de arriendo ¡¡las tierras precisas
“para satisfacer las necesidades del propietario mismo, de su familia,
empleados y obreros, así como para asegurar el mantenimiento del ganado
existente”!!
156
Eso quiere decir que un
terrateniente rico que posea una fábrica de azúcar de remolacha, otra de
transformación de la patata, mantequerías o molinos, huertos y plantaciones,
centenares de cabezas de ganado y decenas de empleados y obreros seguirá
teniendo una gran hacienda y, por
añadidura, una hacienda capitalista. ¡Ahí tenemos con qué insolencia y desvergüenza ha engañado el partido
eserista a los campesinos!
La inclusión de la tierra de
los latifundistas, o “de propiedad privada”, como dice el proyecto, en el fondo
de arriendo será efectuada por los
comités agrarios, creados de acuerdo con la ley que promulgó el 21 de abril
de 1917 el gobierno terrateniente del
príncipe Lvov y Cía., el gobierno de Miliukov y Guchkov, de los
imperialistas y expoliadores de las masas populares, que los obreros y soldados
de Petrogrado derribaron con el movimiento del 20 y 21 de abril, es decir, hace
nada menos que seis meses.
Está claro que la ley de ese
gobierno de latifundistas acerca de los comités agrarios está muy lejos de ser
una ley democrática (popular). Por el contrario, esa ley contiene las más
indignantes abjuraciones de la democracia. Por ejemplo, su § XI confiere “a los
comités agrarios provinciales el derecho de dejar en suspenso los acuerdos de
los comités subdistritales y distritales rurales hasta la decisión definitiva
del comité agrario principal”. Y los comités, según esa fraudulenta ley
terrateniente, están compuestos de tal modo que ¡el comité distrital rural es
menos democrático que el subdistrital, el provincial menos democrático que el
distrital y el comité principal menos democrático que el provincial!
El comité agrario
subdistrital es elegido íntegramente por la población del subdistrito. El
comité distrital rural está compuesto, según la ley, por el juez de paz y cinco
miembros de “los comité s ejecutivos provisionales” (hasta la organización de
la nueva administración autónoma). Del comité provincial forman parte no sólo
un miembro del tribunal regional y un juez de paz, sino también un
representante del Ministerio, designado
por el ministro, etc. Y en el comité agrario principal figuran 27 miembros ¡“invitados
al efecto por el Gobierno Provisional”! Lo integran un representante de cada
uno de los once partidos políticos, concediéndose la mayoría (seis de once) a los democonstitucionalistas y a los que se
encuentran a su derecha. ¿No es, pues, una estafa de Lvov y Shingariov
(firmantes de la ley) y de sus
amigos? ¿No es una mofa de la democracia para complacer a los terratenientes?
¿No confirma por entero todo
eso la repetida declaración de los bolcheviques de que sólo los Soviets de diputados campesinos,
elegidos por la masa de los trabajadores
y revocables
Un nuevo engaño de los eseristas a los campesinos
por ella en cualquier
momento, son capaces de expresar acertadamente la voluntad de los campesinos y
llevarla a la práctica?
Los eseristas, que
obtuvieron la mayoría en el Comité Ejecutivo de los Soviets de diputados
campesinos de toda Rusia gracias a la credulidad inconsciente de los
campesinos, han traicionado a éstos, han traicionado a los Soviets
campesinos, se han puesto al lado de los
terratenientes y se han resignado con la ley sobre los comités agrarios
dictada por el latifundista príncipe
Lvov. En eso consiste el segundo engaño principal de los eseristas a los
campesinos.
Tanto mayor es, por ello, la
insistencia con que nosotros, el partido obrero, debemos repetir la
reivindicación de los bolcheviques: ¡Todo el poder en el campo a los Soviets de
diputados campesinos y de diputados de los obreros agrícolas!
Los mandatos campesinos
exigen la confiscación, la enajenación sin
indemnización , de las tierras de los latifundistas; la confiscación de los
criaderos de ganado caballar, de las granjas particulares de ganado de raza, y
de las avícolas; la transferencia en usufructo al Estado de las tierras con
haciendas de alto nivel agrotécnico, y la confiscación de todo el ganado de
labor y aperos de labranza de las fincas de los latifundistas.
En lugar de eso, el proyecto
del ministro eserista ¡obsequia a los campesinos con la conservación de la renta, que irá a parar, como antes, al
bolsillo del terrateniente!
“La renta —dice el § 33 del
proyecto eserista— se abonará en los comités, los cuales” (después de cubrir
los tributos al fisco, etc.) “entregarán el resto al propietario
correspondiente”.
¡¡Así es cómo los
“socialistas- revolucionarios”, después de engañar a los campesinos con
promesas altisonantes, han obsequiado al campesinado con un proyecto agrario terrateniente— democonstitucionalista!!
Esto constituye el más completo fraude a los campesinos.
En el proyecto no queda
absolutamente nada de las reivindicaciones campesinas de confiscación. Eso no
es confiscación de la propiedad latifundista, sino su afianzamiento por el gobierno “republicano”, que asegura a los terratenientes la conservación del ganado de labor y de
los aperos, de la tierra para mantener “a los empleados y a los obreros”, de la
tierra “destinada” (¡¡basta con esa “destinación”!!) “por el propietario para
sembrar remolacha azucarera y otras plantas industriales” y el pago por toda la tierra restante entregada al fondo de
arriendo. ¡¡Los comités agrarios se convierten en recaudadores de la renta para los nobles señores propietarios de la
tierra!!
157
Los eseristas no suprimen la
propiedad latifundista, sino que la afianzan. Su deserción al campo de los
terratenientes y su traición a los campesinos están ahora más claras que la luz
del día.
No hay que dejarse engañar
por los astutos democonstitucionalistas, fieles amigos de los capitalistas y
los terratenientes. Los democonstitucionalistas aparentan que el proyecto de
los eseristas es extraordinariamente “revolucionario”; todos los periódicos
burgueses levantan gran alboroto contra
el proyecto y publican con profusión sueltos acerca de la “resistencia ” de los ministros burgueses (y, como es natural, de
sus lacayos descarados tipo Kerenski) a tan “terrible” proyecto de ley. Todo
eso no es más que una farsa, un juego, el regateo de un traficante que ve la
falta de carácter de los eseristas y tiene la esperanza de sacar aún mayor
provecho. En realidad, el proyecto de S. Máslov es un proyecto “terrateniente”, escrito para llegar a un
acuerdo con los grandes terratenientes, para salvarlos.
Un nuevo engaño de los eseristas a los campesinos
En los números citados, Dielo Naroda califica este proyecto de
“notable proyecto de ley acerca de la tierra, que inicia (!) la gran (!!)
reforma de la socialización (!!!) de la tierra”. Mas eso es pura charlatanería.
El proyecto no contiene la menor “socialización” (excepto, quizá, la ayuda
“social” al terrateniente para que reciba de manera segura el pago de la
renta); no contiene absolutamente nada de “democrático y revolucionario”; no
contiene nada, en general, a excepción de las “reformas” de tipo irlandés91 habituales en el
reformismo burgués europeo.
Es, repetimos, un proyecto para salvar a los terratenientes, para “aplacar” la insurrección
campesina, ya iniciada, mediante concesiones insignificantes que conservan lo
principal en manos de los terratenientes.
La presentación de este
vergonzoso proyecto eserista al gobierno es una prueba patente de la inaudita
hipocresía con que se acusa a los bolcheviques de “frustrar” la Asamblea
Constituyente con sus planes de paso de poder a los Soviets. “¡Quedan sólo cuarenta
días hasta la Asamblea Constituyente!”, gritan hipócritamente los
democonstitucionalistas, los capitalistas, los terratenientes, los mencheviques
y los eseristas. Y a la chita callando presentan en el gobierno un enorme
proyecto de ley sobre la tierra, que es
una burla a los campesinos, somete
a éstos a los terratenientes y afianza
la gran propiedad agraria.
Cuando se trata de apoyar a
los terratenientes frente a la creciente insurrección campesina, cuarenta días
antes de la Asamblea Constituyente, incluso treinta días antes, “es posible” hacer aprobar un enorme
proyecto de ley.
Pero cuando se trata del
paso de todo el poder a los Soviets para
entregar toda la tierra a los
campesinos, para abolir inmediatamente
la propiedad terrateniente, para proponer inmediatamente
una paz justa, ¡oh!, entonces los democonstitucionalistas, los capitalistas, los terratenientes, los mencheviques y
los eseristas aúllan a coro contra los bolcheviques.
¡Que sepan los campesinos
cómo los ha engañado el partido eserista, cómo los ha vendido a los
terratenientes!
¡Que sepan los campesinos
que sólo el partido obrero , sólo los bolcheviques se alzan firmemente y
hasta el fin contra los capitalistas,
contra los terratenientes, en defensa
de los intereses de los campesinos pobres
y de todos los trabajadores!
20 de octubre de 1917.
Publicado el 6 de
noviembre (24 de octubre) de 1917 en el núm. 44 de “Rabochi Put”.
T. 34, págs. 428-433.
![]()
91 Lenin se refiere a las
"reformas" agrarias efectuadas por el gobierno inglés en Irlanda con
el propósito de apartar a las masas populares irlandesas de la lucha
revolucionaria. La ley agraria de 1881 preveía la participación de las
autoridades judiciales al determinar la "equidad" del pago del
arriendo. El arrendatario tenía derecho a transferir su parcela a otra persona.
La ley protegía los intereses de los latifundistas (land-lords), los cuales
podían vender sus tierras al Estado en condiciones ventajosas. La implantación
de un precio fijo de arrendamiento durante quince años en un período de
descenso de los precios de los productos agrícolas beneficiaba a los
propietarios de la tierra
158
CARTA A LOS MIEMBROS
DEL CC92.
Camaradas:
Escribo estas líneas el 24
por la tarde. La situación es crítica en extremo. Está claro como la luz del
día que, hoy, todo lo que sea aplazar la insurrección significa verdaderamente
la muerte.
Poniendo en ello todas mis
fuerzas, quiero convencer a los camaradas de que hoy todo pende de un hilo, de
que figuran a la orden del día problemas que no pueden resolverse por medio de
conferencias ni de congresos (aunque sean, incluso, congresos de los Soviets),
sino únicamente por los pueblos, por las masas, por medio de la lucha de las
masas armadas.
El embate burgués de los
kornilovistas y la destitución de Verjovski demuestran que no se puede esperar.
Es necesario, a todo trance, detener al gobierno esta tarde, esta noche,
desarmando previamente a los cadetes (después de vencerlos, si oponen resistencia),
etc.
¡¡No se puede esperar!! ¡¡Nos exponemos a perderlo todo!!
¿Qué se conseguirá con la
toma inmediata del poder? Proteger al
pueblo (no al congreso, sino al pueblo, al ejército y a los campesinos, en
primer término) contra el gobierno kornilovista, que ha expulsado de su puesto
a Verjovski y ha urdido una segunda conspiración kornilovista.
¿Quién ha de hacerse cargo del poder?
Esto no tiene ahora
importancia: que lo asuma el Comité Militar Revolucionario93 “u otra institución” que declare que sólo entregará el poder a
los verdaderos representantes de los intereses del pueblo, de los intereses del
ejército (inmediata propuesta de paz), de los intereses de los campesinos
(inmediata toma de posesión de la tierra, abolición de la propiedad privada),
de los intereses de los hambrientos.
Es necesario que todos los
distritos, todos los regimientos y todas las fuerzas sean movilizados
inmediatamente y que envíen sin demora delegaciones al Comité Militar
Revolucionario, al CC del Partido Bolchevique, exigiendo con insistencia: no
dejar en modo alguno el poder en manos de Kerenski y Cía. hasta el 25, en modo
alguno. El problema debe resolverse sin falta esta tarde o esta noche.
![]()
92 Lenin escribió esta carta a los miembros
del Comité Central del POSD(b) de Rusia en la tarde del 24 de octubre (6 de
noviembre) de 1917. El mismo día, ya entrada la noche, se trasladó
clandestinamente al Instituto Smolny y asumió la dirección inmediata de la
insurrección armada.
93 El Comité Militar
Revolucionario (CMR) adjunto al Soviet de Petrogrado se constituyó el 12
(25) de octubre de 1917 por indicación del CC del Partido Bolchevique. En el
CMR estaban representados el Comité Central del partido, el Comité de San
Petersburgo, el Soviet de Petrogrado, los comités de fábrica, los sindicatos y
las organizaciones militares. Actuando bajo la dirección inmediata del CC del
partido, el CMR dirigió —en estrechísimo contacto con la Organización Militar
bolchevique— la formación de destacamentos de la Guardia Roja y el armamento de
los obreros. La tarea principal del CMR consistía en preparar la insurrección
armada de acuerdo con las directrices del CC del Partido Bolchevique. El núcleo
dirigente del CMR era el Centro Militar Revolucionario (constituido en una
reunión del CC el 16 (29) de octubre de 1917), cuya actividad cotidiana dirigía
Lenin. Después de triunfar la Revolución Socialista de Octubre y de formarse el
Gobierno soviético en el II Congreso de los Soviets, pasó a ser tarea principal
del CMR combatir a la contrarrevolución y mantener el orden revolucionario. A
medida que se crearon y afianzaron los organismos de los Soviets, el CMR fue
transfiriendo sus funciones a los Comisariados del Pueblo que se organizaban.
El CMR quedó disuelto el 5 (18) de diciembre de 1917
La historia no perdonará
ninguna dilación a los revolucionarios que hoy pueden triunfar (y que
triunfarán hoy con toda seguridad) y que mañana correrán el riesgo de perder
mucho, de perderlo todo.
Si hoy nos adueñamos del poder, no nos adueñamos de él contra
los Soviets, sino para ellos.
La toma del poder es obra de
la insurrección; su meta política se verá clara después de que hayamos tomado
al poder.
Esperar a la votación
incierta del 25 de octubre sería echarlo todo a perder o sería puro formalismo;
el pueblo tiene el derecho y el deber de resolver estos problemas no por medio
de votaciones, sino por la fuerza; tiene, en momentos críticos de la revolución,
el derecho y el deber de señalar el camino a sus representantes, incluso a sus
mejores representantes, sin detenerse a esperar por ellos.
Así lo ha demostrado la
historia de todas las revoluciones, y los revolucionarios cometerían el mayor
de los crímenes si dejasen pasar el momento, sabiendo que de ellos depende la salvación de la revolución, la
propuesta de paz, la salvación de Petrogrado, la salida del hambre y la entrega de la tierra a los campesinos.
El gobierno vacila. ¡Hay que acabar con él, cueste lo que
cueste!
Demorar la acción equivaldría a la muerte.
Escrita el 24 de
octubre (6 de noviembre). Publicada por vez primera en 1924.
T. 34, págs. 435-436.
159
¡A LOS CIUDADANOS DE
RUSIA!94
El Gobierno Provisional ha
sido derribado. El poder del Estado ha pasado a manos del Comité Militar
Revolucionario, que es un órgano del Soviet de diputados obreros y soldados de
Petrogrado y se encuentra al frente del proletariado y de la guarnición petrogradenses.
Los objetivos por los que ha
luchado el pueblo —la propuesta inmediata de una paz democrática, la abolición
de la propiedad agraria de los terratenientes, el control obrero de la
producción y la constitución de un Gobierno soviético— están asegurados.
¡Viva la revolución de los obreros, soldados y campesinos!
El Comité Militar
Revolucionario del Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado.
25 de octubre de 1917, 10 de la mañana.
Publicado el 25 de
octubre (7 de noviembre) de 1917 en el núm. 8 de “Rabochi y Soldat”.
T. 35, págs. 8.
![]()
94 Lenin escribió el llamamiento ¡A los ciudadanos de Rusia! en nombre
del Comité Militar Revolucionario adjunto al Soviet de diputados obreros y
soldados de Petrogrado. El llamamiento se publicó el 25 de octubre (7 de
noviembre) de 1917 en el periódico Rabochi
y Soldat ("El Obrero y el Soldado"), siendo reproducido después
por Dereviénskaya Biednotá ("Los
Campesinos Pobres"), Izvestia del
CEC y otros periódicos.
II Congreso de los soviets de diputados obreros y soldados de
toda Rusia
160
II
CONGRESO DE LOS SOVIETS DE DIPUTADOS
OBREROS Y SOLDADOS DE TODA RUSIA.95
25 y 26 de octubre (7-8 de noviembre) de 1917.
1. ¡A los obreros, a
los soldados, a los campesinos!
Ha comenzado sus labores el
II Congreso de los Soviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia. En él
está representada la inmensa mayoría de los Soviets. También asisten muchos
delegados de los Soviets campesinos. Han expirado los poderes del Comité
Ejecutivo Central conciliador96.
Apoyándose en la voluntad de la inmensa mayoría de los obreros, de los soldados
y de los campesinos, apoyándose en la insurrección victoriosa de los obreros y
de la guarnición de Petrogrado, el Congreso toma en sus manos el poder.
Ha sido derribado el Gobierno Provisional. La mayoría de sus
miembros están ya detenidos.
El Poder soviético propondrá
a todos los pueblos una paz democrática inmediata y un armisticio inmediato en
todos los frentes. Asegurará el paso a los comités campesinos, sin
indemnización, de la tierra de los latifundistas, de las tierras de la Corona y
de los monasterios; defenderá los derechos del soldado, llevando a cabo la
completa democratización del ejército; implantará el control obrero de la
producción; asegurará la reunión de la Asamblea Constituyente en el momento
oportuno; se preocupará de abastecer de pan a las ciudades y de artículos de
primera necesidad al campo, y garantizará a todas las naciones que pueblan
Rusia el auténtico derecho a la autodeterminación.
El Congreso acuerda: todo el
poder en las localidades pasa a los Soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos, llamados a asegurar un orden verdaderamente revolucionario.
![]()
95 95 El II Congreso de los Soviets de diputados obreros y soldados de toda
Rusia se celebró los días 25 y 26 de octubre (7-8 de noviembre) de 1917 en
Petrogrado. En él participaron también delegados de diversos Soviets
provinciales y distritales de diputados campesinos.
El congreso se inauguró el 25 de octubre, a las 10 horas y 40
minutos de la noche, en el Smolny. En aquellos instantes, los destacamentos de
la Guardia Roja, los marinos y la parte revolucionaria de la guarnición de
Petrogrado asaltaban el Palacio de Invierno, donde se encontraba el Gobierno
Provisional, protegido por los cadetes y los batallones "de choque".
Lenin no asistió a la primera sesión del congreso, pues estaba ocupado en
dirigir la insurrección.
Los líderes del ala derecha menchevique y eserista exhortaron a
entablar negociaciones con el Gobierno Provisional para formar un gobierno de
coalición, calificando de "complot" la revoluciónsocialista en
marcha. Los mencheviques, eseristas y bundistas abandonaron el congreso al
convencerse de que la mayoría de los delegados apoyaba a los bolcheviques.
Pasadas las 3 de la madrugada del 26 de octubre (8 de noviembre), el congreso
fue informado de la toma del Palacio de Invierno y de la detención del Gobierno
Provisional. Después de ello aprobó el llamamiento ¡A los obreros, a los soldados, a los campesinos!, escrito por
Lenin.
La segunda sesión del
congreso se abrió el 26 de octubre (8 de noviembre) a las nueve de la noche.
Lenin presentó los informes acerca de la paz y de la tierra. El congreso aprobó
los históricos decretos de la paz y sobre la tierra, escritos por Lenin, y formó
el Gobierno obrero y campesino: el Consejo de Comisarios del Pueblo, eligiendo
a Lenin presidente del mismo. Los eseristas de izquierda se negaron a
participar en el Gobierno soviético, debido a lo cual éste quedó compuesto
únicamente de bolcheviques. Se eligió también el Comité Ejecutivo Central de
toda Rusia integrado por 101 miembros: 62 bolcheviques, 29 eseristas de
izquierda, 6 socialdemócratas internacionalistas, tres representantes del
Partido Socialista Ucranio y un eserista maximalista. El congreso acordó
asimismo que el CEC de toda Rusia podía ampliarse con representantes de los
Soviets campesinos, de las organizaciones militares y de los grupos que habían
abandonado el congreso.
96 Se trata del Comité Ejecutivo Central
que eligió el I Congreso de los Soviets de toda Rusia, celebrado del 3 al 24 de
junio (16 de junio-7 de julio) de 1917. En él estaban en mayoría los eseristas
de derecha y los mencheviques, que defendían el apoyo al Gobierno Provisional
burgués.
II Congreso de los soviets de diputados obreros y soldados de
toda Rusia
El Congreso exhorta a la
vigilancia y la firmeza a los soldados que se encuentran en las trincheras. El
Congreso de los Soviets está convencido de que el ejército revolucionario sabrá
defender la revolución frente a todos los ataques del imperialismo, mientras el
nuevo gobierno no obtenga la paz democrática que va a proponer directamente a
todos los pueblos. El nuevo gobierno adoptará todas las medidas precisas para
asegurar al ejército revolucionario cuanto necesita, por medio de una enérgica
política de requisas y de tributos a las clases poseedoras; mejorará también la
situación de las familias de los soldados.
Los kornilovistas —Kerenski,
Kaledin y otros— intentan lanzar tropas contra Petrogrado. Algunos
destacamentos que, con engaños, habían sido enviados por Kerenski, se han
pasado al pueblo insurreccionado.
¡Soldados: Oponed una
resistencia activa al kornilovista Kerenski! ¡Estad alerta!
¡Ferroviarios:
Detened todos los trenes enviados por Kerenski sobre Petrogrado!
¡Soldados, obreros, empleados: La suerte de la revolución y de
la paz democrática está en vuestras manos!
¡Viva la revolución!
El Congreso de los
Soviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia.
Los delegados de los
Soviets campesinos.
Escrito el 25 de
octubre (7 de noviembre) de 1917.
2. Informe sobre la
paz, 26 de octubre (8 de noviembre).
El problema de la paz es un
problema candente, espinoso, del momento actual. Se ha hablado y escrito mucho
de este problema y es seguro que todos vosotros lo habréis discutido no pocas
veces. Permitid, pues, que dé lectura a la declaración que deberá publicar el
gobierno elegido por vosotros.
DECRETO DE LA PAZ.
El Gobierno Obrero y
Campesino, creado por la revolución del 24 y 25 de octubre y que se apoya en
los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, propone a todos los
pueblos beligerantes y a sus gobiernos entablar negociaciones inmediatas para concluir
una paz justa y democrática.
El Gobierno considera que la
paz inmediata, sin anexiones (es decir, sin conquistas de territorios ajenos,
sin incorporación de pueblos ajenos por la fuerza) ni contribuciones, es la paz
justa o democrática que ansía la mayoría abrumadora de los obreros y de las
clases trabajadoras de todos los países beligerantes, agotados, atormentados y
martirizados por la guerra; la paz que los obreros y los campesinos rusos han
reclamado del modo más categórico y tenaz después de ser derrocada la monarquía
zarista.
161
Esta es la paz cuya firma
inmediata propone el Gobierno de Rusia a todos los pueblos beligerantes,
declarándose dispuesto a dar sin dilación alguna cuantos pasos decisivos sean
necesarios, hasta la ratificación definitiva de todas las condiciones de una paz
semejante por las asambleas competentes de representantes populares de todos
los países y de todas las naciones.
II Congreso de los soviets de diputados obreros y soldados de
toda Rusia
De conformidad con la
conciencia jurídica de la democracia en general, y de las clases trabajadoras
en particular, el Gobierno entiende por anexión o conquista de territorios
ajenos toda incorporación a un Estado grande o poderoso de una nación pequeña o
débil, sin el deseo ni el consentimiento de esta última, manifestado de manera
explícita, clara y libre, independientemente del momento en que se haya
efectuado esa anexión forzosa; independientemente, asimismo, del grado de
desarrollo o de atraso de la nación anexionada o mantenida por la fuerza en los
límites de un Estado; independientemente, en fin, de si dicha nación se
encuentra en Europa o en los lejanos países de ultramar.
Si una nación, cualquiera
que sea, es mantenida por la fuerza en los límites de un Estado; si, a pesar
del deseo expresado por ella —independientemente de que lo haga en la prensa,
en asambleas populares, en acuerdos de los partidos o en movimientos de rebeldía
o insurrecciones contra la opresión nacional —, no se le concede el derecho de
decidir en votación libre, sin la menor coacción y con la retirada completa de
las tropas de la nación conquistadora o, en general, más poderosa, el problema
de sus formas de existencia como Estado, su incorporación constituirá una
anexión, es decir, una conquista y un acto de violencia.
El Gobierno considera el
mayor crimen contra la humanidad continuar esta guerra por el reparto, entre
las naciones fuertes y ricas, de los pueblos débiles conquistados por ellas, y
proclama solemnemente su decisión de firmar sin demora unas cláusulas de paz
que pongan fin a esta guerra en las condiciones indicadas, justas por igual
para todas las naciones sin excepción.
Al mismo tiempo, el Gobierno
declara que las condiciones de paz antes indicadas no tienen en modo alguno
carácter de ultimátum, es decir, que está dispuesto a examinar cualesquiera
otras, insistiendo únicamente en que sean presentadas con la mayor rapidez
posible por cualquier país beligerante y estén redactadas con toda claridad,
sin ninguna ambigüedad y sin ningún secreto.
El Gobierno pone fin a la
diplomacia secreta, manifestando su firme propósito de sostener todas
lasnegociaciones a la luz del día, ante el pueblo entero, y procediendo sin
demora a la publicación íntegra de los tratados secretos, ratificados o
concertados por el gobierno de los terratenientes y capitalistas desde febrero
hasta el 25 de octubre de 1917. Declara anuladas de manera absoluta e inmediata
todas las cláusulas de esos tratados secretos, por cuanto en la mayoría de los
casos tienden a proporcionar ventajas y privilegios a los terratenientes y
capitalistas rusos y a mantener o aumentar las anexiones de los rusos.
Al proponer a los gobiernos
y a los pueblos de todos los países entablar inmediatamente negociaciones
públicas para concertar la paz, el Gobierno declara, a su vez, que está
dispuesto a sostener esas negociaciones por escrito, por telégrafo, mediante
conversaciones entre los representantes de los diversos países o en una
conferencia de dichos representantes. Con objeto de facilitar estas
negociaciones, el Gobierno designa a su representante plenipotenciario ante los
países neutrales.
El Gobierno propone a todos
los gobiernos y los pueblos de todos los países beligerantes concertar sin
dilación un armisticio, considerando deseable, por su parte, que este
armisticio dure tres meses, por lo menos; es decir, un plazo durante el cual
sean plenamente posibles tanto la terminación de las negociaciones de paz —con
participación de representantes de todos los pueblos o naciones, sin excepción,
empeñados en la guerra u obligados a intervenir en ella— como la convocatoria
en todos los países de asambleas autorizadas de representantes del pueblo para
ratificar definitivamente las condiciones de paz.
Al dirigir esta proposición
de paz a los gobiernos y a los pueblos de todos los países beligerantes, el
Gobierno Provisional Obrero y Campesino de Rusia se dirige también, y sobre
todo, a los obreros conscientes de las tres naciones más adelantadas de la
humanidad y de
II Congreso de los soviets de diputados obreros y soldados de
toda Rusia
los tres Estados más
importantes que participan en la guerra actual: Inglaterra, Francia y Alemania.
Los obreros de estos países han prestado los mayores servicios a la causa del
progreso y del socialismo; han dado los magníficos ejemplos del movimiento cartista97 en Inglaterra, de las revoluciones de importancia histórica
universal realizadas por el proletariado francés y, por último, de la heroica
lucha contra la Ley de excepción en Alemania y de la larga, tenaz y
disciplinada labor — que sirve de ejemplo a los obreros del mundo entero—
encaminada a crear organizaciones proletarias de masas en dicho país. Todos
estos ejemplos de heroísmo proletario y de iniciativa histórica nos garantizan
que los obreros de los países mencionados comprenderán el deber en que están
hoy de librar a la humanidad de los horrores de la guerra y de sus
consecuencias; que esos obreros, con su actividad múltiple, resuelta, abnegada
y enérgica, nos ayudarán a llevar a feliz término la causa de la paz y, con
ella, la causa de la liberación de las masas trabajadoras y explotadas de toda
esclavitud y de toda explotación.
162
El Gobierno Obrero y Campesino, creado por la revolución del 24
y 25 de octubre y que se apoya en los Soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos, debe entablar inmediatamente negociaciones de paz. Nuestro
llamamiento debe dirigirse al mismo tiempo a los gobiernos y a los pueblos. No
podemos dar de lado a los gobiernos, porque eso alejaría la posibilidad de
concertar la paz, y un gobierno popular no puede atreverse a hacerlo. Pero
tampoco tenemos derecho a dejar de dirigirnos simultáneamente a los pueblos.
Los gobiernos y los pueblos están en desacuerdo en todas partes, y por eso
debemos ayudar a los pueblos a intervenir en los problemas de la guerra y la
paz. Como es natural, defenderemos por todos los medios nuestro programa
íntegro de paz sin anexiones ni contribuciones. No nos apartaremos de este
programa, pero debemos privar a nuestros enemigos de la posibilidad de decir
que sus condiciones son distintas y que, por consiguiente, es inútil entablar
negociaciones con nosotros. Sí, debemos privarles de esa ventaja y no formular
nuestras condiciones como un ultimátum. Por eso incluimos el punto en que
declaramos estar dispuestos a examinar todas las condiciones de paz, todas las
proposiciones. Examinar no significa aún aceptar. Las someteremos a discusión
en la Asamblea Constituyente, que tendrá plenos poderes para decir dónde se
puede y dónde no se puede ceder. Combatimos el engaño de los gobiernos, que, de
palabra, son todos partidarios de la paz y de la justicia, pero que, de hecho,
sostienen guerras de conquista y de rapiña. Ningún gobierno dirá todo lo que
piensa. Nosotros, en cambio, estamos en contra de la diplomacia secreta y
actuaremos a la luz del día, ante todo el pueblo. No cerramos los ojos hoy, ni
los hemos cerrado jamás, ante las dificultades. La guerra no puede terminarse
renunciando simplemente a ella; la guerra no puede terminarla una de las partes
beligerantes. Proponemos un armisticio de tres meses, pero no rechazaremos un
armisticio más corto, para que, al menos durante cierto tiempo, pueda respirar
el ejército fatigado; además de esto, es necesario convocar en todos los países
civilizados asambleas populares, en las que se discutan las condiciones.
Al proponer un armisticio
inmediato, nos dirigimos a los obreros conscientes de los países que tanto han
hecho por el desarrollo del movimiento proletario. Nos dirigimos a los obreros
de Inglaterra, que han conocido el movimiento cartista; a los obreros de
Francia, que han demostrado en múltiples insurrecciones todo el vigor de su
conciencia de clase, y a los obreros de Alemania, que han salido airosos de la
lucha contra la ley acerca de los socialistas y creado potentes organizaciones.
![]()
97
Movimiento cartista en Inglaterra: movimiento revolucionario masivo de
los obreros ingleses, originado por la grave situación económica y la falta de
derechos políticos. El movimiento comenzó a fines de los años 30 del siglo XIX
con grandiosos mítines y manifestaciones y duró, con interrupciones, hasta
comienzos de los años 50. Ejerció gran influencia en el desarrollo del
movimiento obrero inglés e internacional
II Congreso de los soviets de diputados obreros y soldados de
toda Rusia
En el manifiesto del 14 de
marzo proponíamos derribar a los banqueros98
pero, lejos de derribar a los nuestros, incluso nos hemos aliado con ellos.
Ahora hemos derribado el gobierno de los banqueros.
Los gobiernos y la burguesía
harán todos los esfuerzos posibles para unirse y ahogar en sangre la revolución
obrera y campesina. Pero los tres años de guerra han enseñado bastante a las
masas: el movimiento soviético en otros países; la sublevación de la flota
alemana, que los junker del verdugo Guillermo II han aplastado. Hay que
recordar, por último, que no vivimos en el centro de África, sino en Europa,
donde todo puede saberse pronto.
El movimiento obrero
triunfará y abrirá el camino hacia la paz y el socialismo. (Clamorosos aplausos que duran largo rato.)
3. Discurso
de resumen de la discusión del informe sobre la paz, 26 de octubre (8 de
noviembre).
No hablaré del carácter general de la declaración.
El gobierno que vuestro
Congreso ha de crear podrá introducir también modificaciones en los puntos no
sustanciales.
Me opondré resueltamente a que nuestra reivindicación de paz
tenga carácter de ultimátum.
Eso podría ser funesto para
toda nuestra causa. No podemos admitir que la negativa a apartarnos, por poco
que sea, de nuestras exigencias dé a los gobiernos imperialistas motivo para
decir que no ha sido posible entablar negociaciones de paz con nosotros a causa
de nuestra intransigencia.
Enviaremos nuestro
llamamiento a todas partes y lo conocerá el mundo entero. Será imposible
ocultar las condiciones propuestas por nuestro Gobierno Obrero y Campesino.
No es posible ocultar
nuestra revolución obrera y campesina, que ha derribado el gobierno de los
banqueros y de los terratenientes.
Si adoptásemos una forma de
ultimátum, los gobiernos podrían negarse a responder. Con la redacción que os
proponemos deberán contestar. Que todo el mundo sepa lo que piensan sus
gobiernos. No queremos secretos. Queremos que cada gobierno esté siempre sometido
al control de la opinión pública de su país.
¿Qué diría el campesino de
cualquier provincia lejana si, a consecuencia del carácter irrevocable de
nuestras propuestas no se enterase de lo que quieren otros gobiernos?
“Camaradas —nos preguntaría—, ¿por qué habéis excluido la posibilidad de otras
proposiciones de paz? Las habría discutido, las habría examinado y, después,
habría comunicado a mis representantes en la Asamblea Constituyente cómo deben
proceder. Estoy dispuesto a combatir revolucionariamente por unas condiciones
justas, si los gobiernos no las aceptan; pero puede ocurrir que a determinados
países se les presenten tales condiciones que yo esté dispuesto a proponer a
sus gobiernos que continúen ellos mismos la lucha. La realización total de
nuestras aspiraciones sólo depende del derrocamiento de todo el régimen
capitalista”. Eso es lo que podría decirnos el campesino, acusándonos de ser
demasiado intransigentes en cuestiones insignificantes, cuando lo esencial para
nosotros es poner al desnudo toda la infamia, toda la ignominia de la burguesía
y de los verdugos, coronados o sin coronar, puestos a la cabeza de los
gobiernos.
163
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98 Lenin alude al llamamiento del Soviet de
diputados obreros y soldados de Petrogrado A
los pueblos del mundo entero, publicado el 15 de marzo de 1917 en el número
15 del periódico Izvestia Petrográdskogo
Sovieta Rabóchij y Soldátskij Deputátov ("Noticias del Soviet de
Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado").
II Congreso de los soviets de diputados obreros y soldados de
toda Rusia
No podemos ni debemos dar a
los gobiernos la posibilidad de escudarse con nuestra intransigencia y ocultar
a los pueblos por qué se les envía al matadero. Eso es sólo una gota de agua,
pero no podemos ni debemos renunciar a esta gota de agua, que horada la roca de
la política burguesa de conquistas. Unas condiciones de paz con carácter de
ultimátum aliviarían la situación de nuestros adversarios. En cambio, nosotros
daremos a conocer al pueblo todas las condiciones. Plantearemos a todos los
gobiernos nuestras condiciones y que respondan ante sus propios pueblos.
Someteremos todas las proposiciones de paz a examen de la Asamblea
Constituyente.
Hay otro punto, camaradas,
al que debéis prestar suma atención. Los tratados secretos deben ser
publicados. Las cláusulas referentes a las anexiones y las contribuciones deben
anularse. Las cláusulas son muy variadas, camaradas, pues los gobiernos de saqueadores
hacían algo más que ponerse de acuerdo acerca del pillaje; entre sus tratados
figuraban también convenios económicos y diversos puntos sobre las relaciones
de buena vecindad.
No nos atamos las manos con
los tratados. No nos dejaremos atar por los tratados. Rechazamos todas las
cláusulas de bandidaje y de violencia; pero aceptaremos con satisfacción, y no
podemos rechazar, las cláusulas que establezcan relaciones de buena vecindad y
acuerdos económicos. Proponemos un armisticio de tres meses; fijamos un plazo
largo, porque los pueblos están cansados, están sedientos de reposo después de
más de tres años de guerra sangrienta. Debemos comprender que los pueblos
tienen que discutir las condiciones de paz, manifestar su voluntad con
participación de los parlamentos, y todo esto requiere tiempo. Exigimos un
armisticio largo precisamente para que el ejército que se encuentra en las
trincheras salga de la pesadilla del asesinato permanente, pero no rechazamos
proposiciones de armisticio de menor duración; las discutiremos y las tendremos
que aceptar, aunque se nos proponga un armisticio de un mes o mes y medio.
Nuestra proposición de armisticio tampoco debe tener carácter de ultimátum, pues
no queremos dar a nuestros enemigos la posibilidad de ocultar toda la verdad a
los pueblos, escudando con nuestra intransigencia. No debe tener carácter de
ultimátum, pues el gobierno que no quiere el armisticio es un gobierno
criminal. Si nuestra proposición de armisticio no es irrevocable, obligaremos
con ello a los gobiernos a adoptar ante los pueblos la posición de unos
criminales, y los pueblos no tendrán consideración alguna con tales criminales.
Se nos objeta que si no presentamos condiciones irrevocables daremos muestras
de impotencia; pero es hora ya de arrojar por la borda la falsedad burguesa al
hablar de la fuerza del pueblo. La fuerza se demuestra, en opinión de la
burguesía, cuando las masas van ciegamente al matadero, obedeciendo las órdenes
de los gobiernos imperialistas. La burguesía considera fuerte a un Estado sólo
cuando éste puede, utilizando todo el poder del aparato gubernamental, obligar
a las masas a ir adonde lo desean los gobernantes burgueses. Nuestra concepción
de la fuerza es muy distinta. A nuestro parecer, el Estado es fuerte gracias a
la conciencia de las masas. El Estado es fuerte cuando las masas lo saben todo,
pueden juzgar de todo y lo hacen todo conscientemente. No tenemos por qué temer
decir la verdad acerca del cansancio, pues ¿qué país no está ya cansado, qué
pueblo no lo dice sin rodeos? Tomemos Italia, cuyo cansancio ha originado un
largo movimiento revolucionario, que exige el cese de la matanza. ¿No vemos en
Alemania manifestaciones obreras de masas con la consigna de poner fin a la
guerra? La sublevación de la flota alemana, implacablemente reprimida por el
verdugo Guillermo y sus lacayos, ¿no ha sido provocada por el cansancio? Si son
posibles tales fenómenos en un país tan disciplinado como Alemania, donde se empieza
ya a hablar de cansancio y de acabar la guerra, no tenemos por qué temer hablar
también abiertamente de eso, pues se trata de una verdad evidente tanto para
nosotros como para todos los países beligerantes e incluso para los no
beligerantes.
II
Congreso de los soviets de diputados obreros y soldados de toda
Rusia
4.
Informe acerca de la tierra, 26 de octubre (8 de noviembre).
Consideramos que la
revolución ha mostrado y demostrado la importancia que tiene plantear con
claridad el problema de la tierra. El surgimiento de la insurrección armada, de
la segunda revolución, la de Octubre, prueba claramente que la tierra debe ser
entregada a los campesinos. El gobierno derribado y los partidos conciliadores
de los mencheviques y eseristas cometían un crimen al aplazar, con diversos
pretextos, la solución del problema agrario y llevar así al país a la ruina y a
la insurrección campesina. Cuanto dicen acerca de los pogromos y de la anarquía
en el campo son una falsedad y un cobarde engaño. ¿Cuándo y dónde se ha visto
que los pogromos y la anarquía sean suscitados por medidas sensatas? ¿Es que
las masas campesinas se habrían agitado si el gobierno hubiera actuado
sensatamente y sus medidas hubiesen respondido a las necesidades de los
campesinos pobres? Pero todas las medidas gubernamentales, refrendadas por los
Soviets de Avxéntiev y Dan, iban dirigidas contra los campesinos y los empujaban
a la insurrección.
164
Después de originar la
insurrección, el gobierno empezó a hablar a gritos de los pogromos y la
anarquía que él mismo había provocado. Quería reprimirla a sangre y fuego, pero
él mismo ha sido barrido por la insurrección armada de los soldados, los marinos
y los obreros revolucionarios. El gobierno de la revolución obrera y campesina
debe resolver, en primer término, el problema de la tierra, capaz de calmar y
dar satisfacción a las grandes masas de campesinos pobres. Voy a leeros los
artículos del decreto que debe promulgar vuestro Gobierno de los Soviets. Uno
de los artículos de este decreto contiene el mandato a los comités agrarios,
redactado sobre la base de los 242 mandatos de los Soviets locales de diputados
campesinos.
DECRETO SOBRE LA TIERRA.
1)
Queda abolida en el
acto sin ninguna indemnización la gran propiedad agraria.
2) Las fincas de los terratenientes, así
como todasla tierras de la Corona, de los monasterios y de la Iglesia, con todo
su ganado de labor y aperos de labranza, edificios y todas las dependencias,
pasan a disposición de los comités agrarios subdistritales y de los Soviets
distritales de diputados campesinos hasta que se reúna la Asamblea
Constituyente.
3) Cualquier deterioro de los bienes
confiscados, que desde este momento pertenecen a todo el pueblo, será
considerado un grave delito, punible por el tribunal revolucionario. Los
Soviets distritales de diputados campesinos adoptarán todas las medidas necesarias
para asegurar el orden más riguroso en la confiscación de las fincas de los
terratenientes, para determinar exactamente los terreno confiscables y su
extensión, para inventariar con detalle todos los bienes confiscados y para
proteger con el mayor rigor revolucionario todas las explotaciones agrícolas
edificios, aperos, ganado, reservas de víveres, etc., que pasan al pueblo.
4)
Para
la realización de las grandes transformaciones agrarias, hasta que la Asamblea
Constituyente las determine definitivamente, debe servir de guía en todas
partes el mandato campesino que se reproduce a continuación, confeccionado por
la Redacción de Izvestia Vserossíiskogo
Sovieta Krestiánskij Deputátov, sobre la base de los 242 mandatos
campesinos locales, y publicado en el
número 88 de dicho periódico (Petrogrado, N º 88, 19 de agosto de 1917).
MANDATO CAMPESINO ACERCA DE LA TIERRA
“El problema de la tierra sólo puede ser
resuelto en todo su volumen por la Asamblea Constituyente de todo el pueblo.
II Congreso de los soviets de diputados obreros y soldados de
toda Rusia
“La solución más justa del problema de la tierra debe ser la
siguiente:
“1) Queda abolido para siempre el derecho de propiedad privada de la tierra;
la tierra no puede ser vendida, comprada, arrendada, hipotecada o enajenada en
ninguna otra forma.
“Todas las tierras del Estado, de la Corona, del zar, de los monopolios,
de la Iglesia, de las posesiones, de los mayorazgos, de propiedad privada, de
las comunidades y de los campesinos, etc., son enajenada sin indemnización,
se convierten en patrimonio de todo el pueblo y pasan en usufructo a todos los
que las trabajan.
“A los damnificados por esta
transformación del régimen de propiedad no se les reconoce más derecho que el
de recibir un socorro de la sociedad durante el tiempo necesario para adaptarse
a las nuevas condiciones de existencia.
“2) Todas las riquezas del
subsuelo —minerales, petróleo, carbón, sal, etc.—, así como los bosques ylas
aguas de importancia nacional, serán usufructuadas con carácter exclusivo por
el Estado. Todos los pequeños ríos, lagos, bosques, etc., pasan en usufructo a
las comunidades, a condición de que sean explotados por los organismo de
administración autónoma local.
“3) Las tierras con
haciendas de alto nivel agrotécnico:
huertos, plantaciones, semilleros, viveros, invernaderos, etc., no serán repartidas, sino convertidas en
haciendas modelo y transferidas en usufructo exclusivo al Estado o a las comunidades, según su extensión e importancia.
“Las tierras lindantes con
la s casas, en las ciudades y en el campo, con sus jardines y huertas, quedarán
en usufructo de sus actuales propietarios. La extensión de estos terrenos y el
impuesto a pagar por su usufructo serán establecidos por vía legislativa.
“4) Los criaderos de ganado
caballar, las granjas de ganado de raza, avícolas, etc., pertenecientes al
Estado y a los particulares, quedan confiscados, convertidos en patrimonio de
todo el pueblo y transferidos en usufructo exclusivo al Estado o a las comunidades,
según sus proporciones e importancia.
“La cuestión del rescate será examinada por la Asamblea
Constituyente.
“5) Todo el ganado de labor
y los aperos de labranza de las tierras confiscadas pasan sin indemnización en
usufructo exclusivo al Estado o a las comunidades, según sus proporciones e
importancia.
“La confiscación de aperos no afecta a los campesinos con poca
tierra.
“6) Tienen derecho al
usufructo de la tierra todos los ciudadanos del Estado ruso (sin distinción de
sexo) que deseen trabajarla ellos mismos, con la ayuda de su familia o
asociados con otros, pero sólo durante el tiempo que se encuentren en
condiciones de hacerlo. No se permite el trabajo asalariado.
165
“En caso de que cualquier
miembro de la comunidad rural se vea imposibilitado accidentalmente para
trabajar durante dos años, la comunidad rural tiene el deber de ayudarle en ese
período cultivando colectivamente la tierra hasta que recobre su capacidad de
trabajo.
“Los agricultores que, por
vejez o invalidez, se vean privados para siempre de la posibilidad de trabajar
personalmente la tierra, perderán su derecho al usufructo de ésta, pero
recibirán, en cambio, una pensión del Estado.
“7) El usufructo del suelo
debe ser igualitario, es decir, la tierra se reparte entre los trabajadores,
teniendo en cuenta las condiciones locales, de acuerdo con la norma de trabajo
o de consumo.
II Congreso de los soviets de diputados obreros y soldados de
toda Rusia
“Las formas de usufructo de
la tierra deben ser enteramente libres: individual, en cortijo, comunal o
cooperativa, según lo decidan las distintas aldeas y poblados.
“8) Al ser enajenada, toda
la tierra pasa al fondo agrario nacional. El reparto de la tierra entre los
trabajadores es dirigido por las administraciones autónomas locales y
centrales, desde las comunidades rurales y urbanas, organizadas
democráticamente sin diferenciación de categorías, hasta las instituciones
regionales centrales.
“El fondo agrario será
sometido a repartos periódicos en consonancia con el crecimiento de la
población y con la elevación de la productividad y del nivel técnico de la
agricultura. “En caso de modificarse los límites de las parcelas repartidas,
permanecerá intacto el núcleo inicial de la parcela.
“La tierra de los miembros
salientes vuelve al fondo agrario. Se reconoce el derecho de prioridad en la
percepción de dicha tierra a lo familiares más cercanos de los miembros
salientes y a las personas designadas por ellos.
“El valor de los abonos y de
los trabajos de mejoramiento (mejoras radicales) invertidos en la tierra debe
ser rembolsado en la proporción en que no hayan sido utilizados antes de ser
devuelta la parcela al fondo agrario.
“En los lugares donde el
fondo agrario existente no baste para satisfacer las necesidades de toda la
población local, el excedente de población deberá ser asentado en otras
tierras.
“El Estado debe tomar a su
cargo la organización del asentamiento, así como los gastos que originen éste y
la adquisición de aperos, etc.
“El asentamiento se hará en
el orden siguiente: primero, los campesinos sin tierra que lo deseen; después,
los miembros tarados de la comunidad, los desertores, etc., y, finalmente, por
sorteo o acuerdo”.
Se declara ley provisional
el contenido de este mandato, que expresa la voluntad indudable de lamayoría
abrumadora de los campesinos conscientes de toda Rusia. Esta ley será aplicada
hasta la reunión de la Asamblea Constituyente sin ningún aplazamiento, en la
medida de lo posible, y, en algunas de sus partes, con la necesaria gradación,
que deberán determinar los Soviets distritales de diputados campesinos.
5)
No se confiscan las
tierras de los simples campesinos y cosacos.
---------------
Se dice aquí que el decreto
y el mandato han sido redactados por los socialistas-revolucionarios. Sea así.
No importa quién los haya redactado: más como gobierno democrático no podemos
dar de lado la decisión de las masas populares, aun en el caso de que no
estemos de acuerdo con ella. En el crisol de la vida, en su aplicación
práctica, al hacerla realidad en cada lugar, los propios campesinos verán dónde
está la verdad. E incluso si los campesinos siguen marchando tras los
socialistas-revolucionarios, incluso si dan a este partido la mayoría en la
Asamblea Constituyente, volveremos a decir: Sea así. La vida es el mejor
maestro y mostrara quién tiene razón. Que los campesinos resuelvan este
problema por un extremo y nosotros por el otro. La vida nos obligará a
acercarnos en el torrente común de la iniciativa revolucionaria, en la
concepción de nuevas formas del Estado. Debemos marchar al paso con la vida;
debemos conceder plena libertad al genio creador de las masas populares. El
antiguo gobierno, derribado por la insurrección armada, pretendía resolver el
problema agrario con el concurso de la vieja burocracia zarista mantenida en
sus puestos. Pero, en lugar de resolver el problema, la burocracia no hizo más
que luchar contra los campesinos. Los campesinos han aprendido algo en estos
ocho meses de nuestra revolución y quieren resolver por sí mismos todos los
problemas relativos a la tierra. Por eso nos pronunciamos contra toda enmienda
a este proyecto de ley. No queremos entrar en detalles,
II Congreso de los soviets de diputados obreros y soldados de
toda Rusia
porque redactamos un
decreto, y no un programa de acción. Rusia es grande y las condiciones locales
existentes en ella son diversas. Confiamos en que los propios campesinos
sabrán, mejor que nosotros, resolver el problema con acierto, como es debido.
Lo esencial no es que lo hagan de acuerdo con nuestro programa o con el de los
eseristas. Lo esencial es que el campesinado tenga la firme seguridad de que
han dejado de existir los terratenientes, que los campesinos resuelvan ellos
mismos todos los problemas y organicen su propia vida. (Clamorosos aplausos.)
166
5. Resolución sobre
la formación del gobierno obrero y campesino.
El Congreso de los Soviets
de diputados obreros, soldados y campesinos de toda Rusia acuerda:
Formar para la
administración del país, hasta la celebración de la Asamblea Constituyente, un
Gobierno Provisional Obrero y Campesino, que se denominará Consejo de
Comisarios del Pueblo. La dirección de las distintas ramas de la vida del
Estado se encomienda a comisiones, cuyos componentes deben asegurar la
aplicación del programa proclamado por el Congreso, en unión estrecha con las
organizaciones de masas de los obreros, obreras, marinos, soldados, campesinos
y empleados. El poder gubernamental pertenece al consejo de presidentes de
dichas comisiones, es decir, al Consejo de Comisarios del Pueblo.
El control sobre la
actividad de los Comisarios del Pueblo y el derecho de revocarlos pertenece al
Congreso de los Soviets de diputados obreros, campesinos y soldados de toda
Rusia y a su Comité Ejecutivo Central.
En la actualidad, el Consejo
de Comisarios del Pueblo está compuesto de las siguientes personas: Presidente
del Consejo, Vladímir Uliánov (Lenin);
Comisario del Pueblo del Interior, A. I. Rykov; Agricultura, V. P. Miliutin; Trabajo, A. G. Shliápnikov;
Guerra y Marina, un comité
integrado por V. A. Ovséienko (Antónov), 2. V. Krylenko y P. E.
Dybenko;
Comercio e Industria, V.
P. 2oguín; Instrucción Pública, A. V.
Lunacharski;
Hacienda, I. I. Skvortsov
(Stepánov);
Negocios Extranjeros, L.
D. Bronstein (Trotski); Justicia,
G. I. Oppókov (Lómov);
Abastecimiento, I. A.
Teodoróvich;
Correos y Telégrafos, 2.
P. Avílov (Glébov); Presidente
para Asuntos de las Nacionalidades, J. V.
Dzhugashvili (Stalin).
Queda vacante provisionalmente el cargo de Comisario del Pueblo
de Ferrocarriles.
Escrito el 26 de
octubre (8 de noviembre) de 1917.
Publicado:
el llamamiento “¡A los obreros, a los soldados, a los campesinos!, el 26 de
octubre (8 de noviembre) de 1917 en el núm. 9 del periódico “Rabochi y Soldat”;
los informes sobre la paz y acerca de la tierra y el discurso de resumen de la
discusión del informe sobre la paz, el 28 de octubre (10 de noviembre) de 1917
en el núm. 171 de “Pravda” y en el núm. 209 de “Izvestia del CEC”; el Decreto
de la Paz, el 27 de octubre (9 de noviembre) de 1917 en el núm. 170 de “Pravda”
y en el núm. 208 de “Izvestia del CEC”; el Decreto sobre la tierra, el 28 de
II Congreso de los soviets de diputados obreros y soldados de
toda Rusia
octubre (10 de noviembre) de 1917 en el núm. 171 de “Pravda” y
en el núm. 209 de “Izvestia del CEC”; la resolución sobre la formación del
Gobierno Obrero y Campesino, el 27 de octubre (9 de noviembre) de 1917 en el
núm. 10 de “Rabochi y Soldal”.
T. 35, págs. 11-29.
Proyecto de decreto sobre el control obrero
167
PROYECTO DE DECRETO
SOBRE EL CONTROL OBRERO.99
1. Queda establecido el control obrero sobre la producción, conservación y compraventa
de todos los productos y materias primas en todas las empresas industriales,
comerciales, bancarias, agrícolas, etc., que cuenten con cinco obreros y
empleados (en conjunto), por lo menos, o cuyo giro anual no sea inferior a
10.000 rublos.
2. Ejercerán el control obrero todos los
obreros y empleados de la empresa, ya directamente, si la empresa es tan
pequeña que lo hace posible, ya por medio de sus representantes, cuya elección
tendrá lugar inmediatamente en
asambleas generales, debiendo levantarse actas de la elección y ser comunicados
los nombres de los elegidos al gobierno y a los Soviets locales de diputados
obreros, soldados y campesinos.
3. Queda absolutamente prohibida la
interrupción del trabajo de una empresa o industria de importancia nacional
(véase § 7), así como toda modificación de su funcionamiento, sin autorización
de los representantes elegidos por los obreros y empleados.
4.
Todos los libros de contabilidad y documentos, sin excepción, así
como todos los almacenes y depósitos
de materiales, herramientas y productos, sin excepción alguna, deben estar
abiertos a los representantes elegidos por los obreros y empleados.
5. Las decisiones de los representantes
elegidos por los obreros y empleados son obligatorias para los propietarios de
las empresas y no pueden ser anuladas más que por los sindicatos y sus
congresos.
6.
En
todas las empresas de importancia nacional, todos
los propietarios y todos los
representantes elegidos por los obreros y empleados para ejercer el control
obrero responden ante el Estado del riguroso mantenimiento del orden, de la
disciplina y de la protección de los bienes. Los culpables de incuria, de
ocultación de stocks, balances, etc., serán castigados con la confiscación de
todos sus bienes y con penas de reclusión que pueden llegar a cinco años.
7. Se declaran empresas de importancia
nacional todas las que trabajan para la defensa o están relacionadas de algún
modo con la producción de artículos necesarios para la subsistencia de las
masas de la población.
![]()
99 El 14 (27) de noviembre de 1917, el
Comité Ejecutivo Central de toda Rusia aprobó un decreto, al que se dio la
denominación de Reglamento del control
obrero. En él encontraron su expresión, las tesis fundamentales del
proyecto de Lenin. El decreto se publicó el 16 (29) de noviembre en el número
227 de Izvestia del CEC.
La aprobación del Reglamento
del control obrero contribuyó a desplegar con la mayor amplitud la
iniciativa de los obreros al implantar el control de la producción y la
distribución de los productos. Diversos Soviets locales, burós y conferencias
de comités de fábrica, basándose en este reglamento,
redactaron instrucciones concretas para llevarlo a la práctica. En este sentido
tuvo singular importancia la instrucción confeccionada por el Consejo de
Comités de Fábrica de Petrogrado, que el Secretariado del CC del partido
consideró necesario enviar a las localidades en respuesta a las preguntas de
los obreros respecto a cómo debían iniciar la aplicación del control obrero.
La implantación del control obrero sobre la producción desempeñó
un papel de primer orden en los preparativos de la nacionalización de la
industria. En el VI Congreso (Extraordinario) de los Soviets de toda Rusia,
Lenin dijo el 6 de noviembre de 1918, al hacer el balance del primer año de
edificación del socialismo: "No decretamos en el acto el socialismo en
toda nuestra industria porque el socialismo puede formarse y afianzarse
únicamente cuando la clase obrera aprenda a dirigir, cuando se afiance la autoridad
de las masas obreras. Sin eso, el socialismo no pasa de ser un deseo. De ahí
que implantáramos el control obrero, sabiendo que es un paso contradictorio, un
paso incompleto, pero es necesario que los propios obreros emprendan la gran
obra de crear la industria de un inmenso país sin explotadores y contra los
explotadores…"
Proyecto de decreto sobre el control obrero
8. Los Soviets locales de diputados
obreros, las conferencias de comités de fábrica y las de comités de empleados
dictarán, en asambleas generales de sus representantes, reglas más detalladas
de control obrero.
Escrito
el 26 ó 27 de octubre (8 ó 9 de noviembre) de 1917. Publicado por vez primera
en 1929, en las ediciones 2ª y 3ª de las “Obras” de V. I. Lenin, t. XXII.
T. 35, págs. 30-31.
Proyecto de decreto sobre el control obrero
168
RADIOGRAMA DEL
CONSEJO DE COMISARIOS DEL PUEBLO
30 de octubre (12 de noviembre) de 1917.
A todos. A todos.
El Congreso de los Soviets
de toda Rusia ha elegido un nuevo gobierno, el Gobierno de los Soviets. El
Gobierno Kerenski ha sido depuesto y detenido. Kerenski ha huido. Todas las
instituciones se encuentran en manos del Gobierno soviético. El 29 de octubre
se han sublevado los cadetes, puestos en libertad bajo palabra de honor el 25
de octubre. La sublevación ha sido sofocada ese mismo día. Kerenski y Sávinkov,
con los cadetes y parte de los cosacos, han llegado por medio de engaños hasta
Tsárskoie Seló. El Gobierno soviético ha movilizado fuerzas para reprimir la
nueva marcha kornilovista sobre Petrogrado. La flota, con el acorazado Respública al frente, ha sido llamada a
la capital. Los cadetes y los cosacos de Kerenski vacilan. Llegan a nosotros
prisioneros del campo de Kerenski, quienes declaran que los cosacos han sido
engañados y que, si comprenden de qué se trata, no dispararán. El Gobierno
soviético toma todas las medidas necesarias para evitar derramamientos de
sangre. Si no se logra evitarlos, si los destacamentos de Kerenski, pese a
todo, abren fuego, el Gobierno soviético no vacilará en adoptar medidas
implacables para aplastar la nueva campaña kerensko— kornilovista.
Comunicamos, para
conocimiento de todos, que el Congreso de los Soviets, cuyos delegados han
partido ya para sus lugares de procedencia, ha aprobado dos importantes
decretos: 1) sobre el paso inmediato de todas las tierras de los latifundistas
a manos de los comités campesinos y 2) sobre la proposición de una paz
democrática.
El Presidente del Gobierno soviético Vladímir
Uliánov (Lenin).
Publicado el 30 de octubre (12 de noviembre) de 1917 en el núm.
2 de “Gazeta Vrémennogo Rabóchego y Krestiánskogo Pravítelstva”, y el 31 de
octubre de 1917 en el núm. 212 de “Izvestia del CEC”.
T. 35, págs. 41.
Radiograma del Consejo de Comisarios del Pueblo
169
PROYECTO
DE RESOLUCIÓN ACERCA DE LA LIBERTAD DE PRENSA.100
La burguesía entendía por
libertad de prensa la libertad de los ricos de publicar periódicos, el
acaparamiento de la prensa por los capitalistas, lo que condujo en todos los
países, sin exceptuar los más libres, a la venalidad de la prensa.
El Gobierno Obrero y
Campesino entiende por libertad de prensa la emancipación de la prensa del yugo
del capital, la transformación de las fábricas de papel y de las imprentas en
propiedad del Estado y el reconocimiento a cada grupo de ciudadanos que alcance
cierto número (por ejemplo, 10.000) del derecho igual a disfrutar de la parte
correspondiente de las reservas de papel y de la cantidad correspondiente del
trabajo tipográfico.
Como primer paso hacia el
logro de este objetivo, ligado indisolublemente a la emancipación de los
trabajadores de la opresión del capital, el Gobierno Provisional Obrero y
Campesino nombra una Comisión Investigadora de los vínculos de las
publicaciones periódicas con el capital, las fuentes de sus ingresos y
recursos, la naturaleza de sus donantes, la forma en que cubren sus déficits y,
en general, todos los bienes de los periódicos. Toda ocultación de libros de
contabilidad o de cualquier otro documento a la Comisión Investigadora, así
como toda deposición falsa a sabiendas, serán castigadas por el tribunal
revolucionario.
Todos los propietarios y
accionistas de los periódicos, así como todos los empleados. Vienen obligados a
presentar inmediatamente por escrito informes y datos, sobre las cuestiones
indicadas, a la Comisión Investigadora
de los vínculos de la prensa con el capital y de la dependencia de la prensa
respecto del capital, en el Instituto Smolny, de Petrogrado.
La Comisión Investigadora queda formada por las siguientes
personas*:
* En el manuscrito figura especio en blanco para los nombres. (N. de la Edit.)
La Comisión está facultada
para ampliar el número de sus miembros, hacer comparecer a expertos y testigos,
exigir la apertura de todos los libros, etc.
Escrito el 4 (17) de noviembre de 1917. Publicado por vez
primera el 7 de noviembre de 1932 en el núm. 309 de “Pravda”.
T. 35, págs. 51-52.
![]()
100 Lenin escribió el Proyecto de resolución acerca de la libertad de prensa con motivo
del debate entablado en torno a esta cuestión el 4 (17) de noviembre de 1917 en
una reunión del CEC de toda Rusia.
El 26 de octubre (8 de
noviembre) de 1917, el Comité Militar Revolucionario suspendió varios
periódicos burgueses por hacer agitación contrarrevolucionaria. Al día
siguiente, el Consejo de Comisarios del Pueblo (CCP) aprobó el decreto acerca
de la prensa. El 4 (17) de diciembre, al discutirse en el CEC de toda Rusia el
problema de la prensa, Larin y los eseristas de izquierda se pronunciaron en
contra del decreto.
Lenin pronunció un discurso,
en el que mostró la necesidad de las medidas adoptadas por el Comité Militar
Revolucionario y por el CCP (véase el presente volumen). El CECR adoptó por
mayoría un proyecto de resolución del grupo bolchevique, en el que se aprobaba
incondicionalmente la política del CCP en el ámbito de la prensa. El proyecto
de resolución escrito por Lenin no se sometió a discusión del CECR
170
SESIÓN DEL CEC DE
TODA RUSIA
4 (17) de noviembre
de 1917.
1. Discurso acerca de
la prensa.
El camarada Karelin nos
asegura que el camino emprendido por él conduce al socialismo. Pero marchar así
hacia el socialismo significa andar en sentido contrario. Trotski tenía razón:
la sublevación de los cadetes y la declaración de guerra en Petrogrado y Moscú
han sido organizadas en nombre de la libertad de prensa. Esta vez, los
socialistas— revolucionarios no han actuado ni como socialistas ni como
revolucionarios. Todas las oficinas de Telégrafos se han encontrado esta semana
en manos de Kerenski. El Comité Ejecutivo del Sindicato Ferroviario de toda
Rusia ha estado a su lado. Pero no han tenido tropas. Ha resultado que el
ejército nos apoya. Un puñado insignificante ha empezado la guerra civil, que
aún no ha terminado. Las tropas de Kaledin se acercan a Moscú, y los batallones
de choque, a Petrogrado. No queremos la guerra civil. Nuestras tropas han dado
pruebas de gran paciencia. Han esperado, no han disparado: al comienzo, los
batallones de choque mataron a tres de los nuestros. Se han adoptado medidas
suaves contra Krasnov: sólo arresto domiciliario. Estamos en contra de la
guerra civil. Pero si, no obstante, continúa, ¿qué otra cosa podemos hacer?
Trotski tenía razón al demandar en nombre de quién hablan ustedes. Hemos
preguntado a Krasnov si estaba dispuesto a firmar en nombre de Kaledin que éste
no continuaría la guerra. Ha contestado, por supuesto, que no podía hacerlo.
¿Cómo vamos a suspender las
medidas de persecución contra un enemigo que no ha cesado las hostilidades?
Cuando se nos propongan las
condiciones de paz, emprenderemos las negociaciones. Pero, por ahora, nos
proponen la paz personas de las que no depende. Son sólo buenas palabras.
Porque Riech es el órgano de los
secuaces de Kaledin. Admitimos por entero la sinceridad de los eseristas; sin
embargo, tras ellos se encuentran Kaledin y Miliukov.
Cuanto más firmes seáis
vosotros, soldados y obreros, tanto más conseguiremos. En caso contrario, nos
dirán “No son fuertes todavía, puesto que dejan en libertad a Miliukov”.
Nosotros declaramos ya antes que clausuraríamos los periódicos burgueses si tomábamos
el poder. Tolerar la existencia de esos periódicos significa dejar de ser
socialista. Quienes dicen: “Abrid los periódicos burgueses”, no comprenden que
marchamos hacia el socialismo a todo vapor. ¿Es que los periódicos monárquicos
no fueron clausurados después de ser derrocado el zarismo? Ahora hemos
derribado el yugo de la burguesía. La revolución social no la hemos inventado
nosotros: la han proclamado los delegados al Congreso de los Soviets. Y nadie
ha protestado, todos han aprobado el decreto que la proclama. La burguesía
proclamó la libertad, la igualdad y l a fraternidad. Los obreros afirman: “No
es eso lo que necesitamos”. Se nos dice: “Estamos retrocediendo”. No,
camaradas, los eseristas han vuelto sobre sus pasos, hacia Kerenski. Se nos dice
que nuestra resolución contiene cosas nuevas. En efecto, ofrecemos cosas
nuevas, porque marchamos hacia el socialismo. Cuando los eseristas intervenían
en las Dumas I y II también se mofaban de ellos, reprochándoles que decían
cosas nuevas.
Los anuncios particulares
deben ser declarados monopolio. Los afiliados al Sindicato de Impresores
enfocan las cosas desde el punto de vista del pedazo
de pan. Se lo daremos, pero
de otra manera. No podemos brindar a la burguesía la posibilidad de que nos
calumnie. Hay que nombrar ahora mismo una comisión que investigue la
dependencia de los periódicos burgueses respecto de los bancos. ¿Qué libertad
necesitan esos periódicos? ¿No será la libertad de comprar grandes cantidades
de papel y contratar a numerosos escritorzuelos? Debemos abandonar esa libertad
de prensa dependiente del capital. Es una cuestión de principios. Si marchamos
hacia la revolución social, no podemos agregar a las bombas de Kaledin las
bombas de la mentira.
Nuestro proyecto de ley
adolece, claro está, de defectos. Pero los Soviets lo aplicarán por doquier de
conformidad con las condiciones locales. No somos burócratas y no queremos
aplicarlo en todas partes al pie de la letra, como ocurría en las viejas oficinas.
Recuerdo que los eseristas decían: ¡Qué poquísimo saben en las aldeas! Todo lo
sacan de Rússkoie Slovo. Pues bien,
nosotros tenemos la culpa de haber dejado los periódicos en manos de la
burguesía. Hay que marchar adelante, hacia la nueva sociedad, y tratar a los
periódicos burgueses igual que tratamos a los ultrarreaccionarios en febrero y
marzo.
171
2. Respuesta a la
interpelación de los eseristas de izquierda.
El camarada Lenin interviene
para responder a la interpelación de los eseristas de izquierda101. Recuerda que los bolcheviques, en los primeros días de la
revolución, invitaron a los representantes de los eseristas de izquierda a
formar parte del nuevo gobierno; pero la colaboración con los bolcheviques fue
rechazada por el propio grupo de los eseristas de izquierda, que no desearon
compartir la responsabilidad con sus vecinos de la izquierda en días tan
difíciles y críticos.
El nuevo poder no podía
tener presente en su actividad todos los obstáculos que pudieran alzarse en su
camino al observar estrictamente todas las formalidades. El momento era
demasiado serio y no admitía dilaciones. No se podía perder tiempo en limar asperezas,
que, modificando únicamente el aspecto externo, no cambiaban en nada el fondo
de las nuevas medidas. Porque incluso el propio II Congreso de los Soviets de
toda Rusia, dando de lado todas las dificultades formales, aprobó en una gran
sesión dos leyes de significación mundial. No importa que estas leyes adolezcan
de defectos de forma desde el punto de vista de la sociedad burguesa; el poder
se encuentra en manos de los Soviets, que pueden introducir las modificaciones
necesarias. La criminal pasividad del Gobierno Kerenski llevó al país y a la
revolución al borde del desastre; la demora en la acción equivalía, en verdad,
a la muerte. Y el nuevo poder, al promulgar leyes que van al encuentro de los
anhelos y esperanzas de las grandes masas populares, jalona el camino de
desarrollo de las nuevas formas de vida. Los Soviets locales, en consonancia
con las condiciones de lugar y de tiempo, pueden modificar, ampliar y completar
las tesis fundamentales que formula el gobierno. La creación viva de las masas:
ése es el factor básico del nuevo régimen social. Que los obreros emprendan la
implantación del control obrero en sus fábricas y empresas, que abastezcan al
campo de artículos fabricados, que los cambien por trigo. Ni un solo artículo,
ni una sola libra de trigo deben escapar a la contabilidad, pues el socialismo
es, ante todo, contabilidad. El socialismo no se crea por medio de decretos
desde arriba. El automatismo oficinesco y burocrático es ajeno a su espíritu;
el socialismo vivo, creador, es obra de las propias masas populares.
![]()
101 El grupo de eseristas de izquierda hizo
su interpelación al presidente del CCP, V. I. Lenin, en la reunión del CEC de
toda Rusia celebrada el 4 (17) de noviembre de 1917. La interpelación se basaba
en que el CCP promulgaba decretos sin la sanción del CECR. El grupo de
eseristas de izquierda consideró insatisfactorias las explicaciones que dio
Lenin. M. Uritski presentó, en nombre del grupo bolchevique, una moción en la
que se expresaba la plena confianza al CCP. Antes de votarse esta moción, los
eseristas de izquierda declararon que los comisarios del pueblo, como parte
interesada, no debían participar en la votación. El CECR aprobó, por mayoría de
votos, la moción que aprobaba la actividad del CCP.
3.
Intervenciones acerca de la interpelación de los eseristas.
1
Lenin analiza las
acusaciones concretas que se han hecho al Consejo de Comisarios del Pueblo.
Este conoció la orden de Muraviov102 sólo
por la prensa, pues el comandante en jefe está facultado para dictar bajo su
responsabilidad órdenes inaplazables. En vista de que esta orden no contenía
nada que estuviese en contradicción con el espíritu del nuevo poder, pero la
forma en que estaba redactada podía dar lugar a incomprensiones indeseables, el
Comité Ejecutivo Central la anuló. Critican ustedes también el Decreto sobre la
tierra. Pero este decreto corresponde a las exigencias del pueblo. Nos acusan
de ser esquemáticos; pero ¿dónde están sus proyectos, enmiendas y resoluciones?
¿Dónde están los frutos de su labor creacional legislativa? Eran libres de
crearlos. Pero no los vemos. Dicen que somos extremistas; y ustedes, ¿qué son?
Apologistas de la obstrucción parlamentaria, de eso que antes se denominaba
trapacería. Si están descontentos, convoquen un nuevo congreso y actúen, pero
no hablen de derrumbamiento del poder. El poder está en manos de nuestro
partido, que se apoya en la confianza de las grandes masas populares. Admitamos
que algunos de nuestros camaradas hayan adoptado una posición que nada tiene de
común con el bolchevismo. Pero las masas obreras de Moscú no seguirán a Rykov y
Noguín. El camarada Proshián ha dicho que en Finlandia, donde los eseristas de
izquierda estaban en contacto con las masas, creían indispensable la más
estrecha colaboración de toda el ala izquierda del socialismo revolucionario. Pero
si los eseristas de izquierda no se adhieren aquí a nosotros, con ello
demuestran únicamente que han corrido la misma suerte que sus antecesores, los
defensistas. Se han apartado del pueblo.
2
Lenin y Trotski,
remitiéndose al ejemplo de los congresos del partido y a la necesidad, para
ambos, de someterse a la disciplina del partido, anuncian que participarán en
la votación.
4. Discurso
y resolución acerca de la dimisión presentada por un grupo de comisarios del
pueblo.
El camarada Lenin contesta a
los oradores precedentes. Dice que la expresión “Occidente guarda un vergonzoso
silencio”103 es inadmisible en labios de un
internacionalista. Sólo los ciegos pueden dejar de ver la efervescencia de las
masas obreras en Alemania y en Occidente. Las altas esferas del proletariado
alemán, la intelectualidad socialista, están compuestas allí en su mayoría,
como en todas partes, de defensistas. Pero los sectores inferiores del
proletariado, pese a la voluntad de sus dirigentes, están dispuestos a
responder a nuestro llamado. La brutal disciplina reinante en el ejército y en
la marina de Alemania no ha impedido la acción de los elementos oposicionistas.
Los marinos revolucionarios de la flota alemana, aun sabiendo de antemano que
su tentativa estaba condenada al fracaso, marcharon con heroísmo a una muerte
segura para despertar con ella el espíritu de rebelión, aún dormido, en el
pueblo. El Grupo Espartaco104 intensifica sin cesar su propaganda
![]()
102 Lenin se refiere a la orden dada el
1(14) de noviembre de 1917 por el comandante en jefe de las tropas que
defendían Petrogrado, Muraviov. En ella se instaba a los soldados, a los
marinos y a la Guardia Roja a reprimir inmediatamente y sin piedad a los delincuentes
103 Lenin alude al discurso del eserista de izquierda G. Zax, el
cual expresó el temor de que la revolución socialista en Rusia podría quedar
reducida a un hecho aislado por cuanto "la Europa Occidental guarda un
vergonzoso silencio".
104 Grupo
Espartaco:
organización revolucionaria de los socialdemócratas de izquierda alemanes,
fundada al comenzar la guerra imperialista mundial (1914-1918) por Carlos
Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Franz Mehring, Clara Zetkin, J. Marhlevski, L.
Jogiches (Tyszka) y Guillermo Pieck.
revolucionaria. El nombre de
Liebknecht, luchador infatigable por los ideales proletarios, es cada día más
popular en Alemania.
172
Tenemos confianza en la
revolución en Occidente. Sabemos que es inevitable; pero, claro está, es
imposible hacerla por encargo. ¿Es que nosotros podíamos saber con exactitud en
diciembre del año pasado qué iba a ocurrir en febrero del año siguiente? ¿Acaso
en septiembre sabíamos con certeza que la democracia revolucionaria de Rusia
llevaría a cabo un mes después la más grande revolución del mundo? Sabíamos que
el viejo poder estaba sobre un volcán. Muchos síntomas nos permitían adivinar
la gran labor subterránea que se estaba realizando en lo más hondo de la
conciencia del pueblo. Percibíamos que la atmósfera estaba cargada de
electricidad. Estábamos seguros de que estallaría ineluctablemente una tormenta
purificadora. Pero no podíamos predecir ni el día ni la hora de esta tormenta.
Ahora vemos en Alemania el mismo cuadro. También allí crece el descontento
subterráneo de las masas populares, que adoptará sin falta las formas del
movimiento popular. No podemos decretar la revolución, pero sí podemos favorecerla.
Practicaremos en las trincheras la confraternización organizada y ayudaremos a
los pueblos de Occidente a iniciar una revolución socialista invencible. El
camarada Zax ha hablado después de la implantación del socialismo por decreto.
Pero ¿acaso el gobierno actual no exhorta a las masas a que creen ellas mismas
mejores formas de vida? El intercambio de artículos manufacturados por
cereales, el estricto control y la contabilidad de la producción: ahí está el
comienzo del socialismo. Sí, tendremos una República del Trabajo. El que no
quiera trabajar, no comerá.
Prosigamos. ¿En qué se
manifiesta el aislamiento de nuestro partido? En que rompen con él algunos
intelectuales. Pero cada día encontramos mayor apoyo entre el campesinado.
Vencerán y se sostendrán en el poder únicamente quienes tengan confianza en el
pueblo, quienes se sumerjan en el manantial de la creación viva del pueblo.
Más adelante, el camarada Lenin propone al CEC la siguiente
resolución:
El Comité Ejecutivo Central
encarga al Consejo de Comisarios del Pueblo preparar, para la próxima sesión,
candidaturas de posibles Comisarios del Pueblo del Interior y de Comercio e
Industria. El CEC invita al camarada Kolegáiev a desempeñar el cargo de Comisario
del Pueblo de Agricultura.
Publicado el 20 (7) de noviembre de en el núm. 182 de “Pravda”,
y el 7 de noviembre de 1917 en el núm. 218 de “Izvestia del CEC”.
T. 35, págs. 53-61.
![]()
En noviembre de 1918,
durante la revolución en Alemania, los espartaquistas formaron la Liga
Espartaco, y en el Congreso de Constitución (celebrado del 30 de diciembre de
1918 al 1 de enero de 1919) fundaron el Partido Comunista de Alemania
173
A LA POBLACIÓN.
¡Camaradas obreros, soldados y campesinos, trabajadores todos!
La revolución obrera y
campesina ha triunfado definitivamente en Petrogrado, dispersando y deteniendo
a los últimos restos del reducido número de cosacos engañados por Kerenski. La
revolución ha triunfado también en Moscú. Antes de que llegaran allí los trenes
con fuerzas militares que habían salido de Petrogrado, los cadetes y demás
kornilovistas firmaron en Moscú las condiciones de paz, el desarme de los
cadetes y la disolución del Comité de Salvación105.
Del frente y de las aldeas
llegan cada día, cada hora, noticias de que la mayoría aplastante de los
soldados en las trincheras y de los campesinos en los distritos apoya al nuevo
gobierno y sus leyes sobre la propuesta de la paz y la entrega inmediata de la
tierra a los campesinos. La victoria de la revolución de los obreros y los
campesinos está asegurada, pues la mayoría del pueblo se ha levantado ya a
favor suyo.
Es bien comprensible que los
terratenientes y los capitalistas, los altos
funcionarios y empleados, estrechamente ligados a la burguesía; en una palabra,
todos los ricos y todos los de su bando, acojan con hostilidad la nueva
revolución, se opongan a su victoria, amenacen con interrumpir la actividad de
los bancos, saboteen o paralicen el trabajo de distintas instituciones y frenen
ese trabajo por todos los medios, directa o indirectamente. Todo obrero
consciente comprendía muy bien que tropezaríamos inevitablemente con esa
resistencia; toda la prensa del Partido Bolchevique lo había señalado muchas
veces. Las clases trabajadoras no se asustarán ni un solo instante flor esa
resistencia ni vacilarán lo más mínimo ante las amenazas y las huelgas de los
partidarios de la burguesía.
Nos apoya la mayoría del
pueblo. Nos apoya la mayoría de los trabajadores y oprimidos del mundo entero.
Nuestra causa es justa. Nuestra victoria está asegurada.
La resistencia de los
capitalistas y los altos empleados será rota. No privaremos a nadie de sus
bienes sin una ley especial del Estado relativa a la nacionalización de los
bancos y los consorcios. Esta ley se está preparando. Ningún trabajador perderá
un solo kopek; al contrario: se le prestará ayuda. El gobierno no quiere
aplicar otras medidas que no sean la contabilidad y el control más rigurosos y
la percepción, sin ocultaciones, de los impuestos ya establecidos antes.
En nombre de estas justas
reivindicaciones, la inmensa mayoría del pueblo ha cerrado filas en torno al
Gobierno Provisional Obrero y Campesino.
¡Camaradas trabajadores!
Recordad que vosotros mismos
gobernáis ahora el país. Nadie os ayudará si vosotros mismos no os unís y no
tomáis en vuestras manos todos los asuntos del Estado. Vuestros Soviets son, desde ahora,
órganos de poder del Estado, órganos plenipotenciarios y decisivos.
Uníos estrechamente
alrededor de vuestros Soviets. Fortalecedlos. Poned manos a la obra desde
abajo, sin esperar a nadie. Estableced el más riguroso orden revolucionario,
reprimid
![]()
105 Comité
de Salvación o Comité de Seguridad Pública: organismo constituido el 25 de octubre (7 de noviembre) de
1917 anejo a la Duma Urbana de Moscú para sostener la lucha armada contra los
Soviets en dicha ciudad. Dirigió la sublevación contrarrevolucionaria que
empezaron los cadetes el 28 de octubre (10 de noviembre). La sublevación fue
sofocada el 2 (15) de noviembre, y el Comité de Seguridad Pública capituló ante
el Comité Militar Revolucionario de Moscú.
implacable las acciones
anárquicas de borrachos, gamberros, cadetes contrarrevolucionarios,
kornilovistas y sus semejantes.
Implantad el más riguroso control de la producción y de la
contabilidad de lo producido.
Detened y entregad a los
tribunales revolucionarios del pueblo a cuantos se atrevan a dañar la causa
popular, tanto si ese daño se manifiesta en el sabotaje (deterioro,
paralización, torpedeamiento) de la producción como en el ocultamiento de
reservas de grano y otros productos, en la retención de cargamentos de grano,
en la desorganización de los ferrocarriles, de Correos, Telégrafos y Teléfonos
o en cualquiera otra resistencia a la gran causa de la paz, a la entrega de la
tierra a los campesinos, al aseguramiento del control obrero de la producción y
la distribución de los productos.
¡Camaradas obreros, soldados
y campesinos, trabajadores todos! Poned todo
el poder en manos de vuestros
Soviets. Proteged la tierra, el grano, las fábricas, los instrumentos de
producción, los víveres y el transporte; cuidad de ellos como de las niñas de
los ojos, pues todo eso es desde hoy exclusivamente
vuestro, patrimonio del pueblo. Con el acuerdo y la aprobación de la mayoría de
los campesinos, orientándonos por la experiencia práctica de los campesinos y de los obreros, marcharemos de manera
gradual, pero con paso firme y seguro, hacia la victoria del socialismo,
victoria que consolidarán los obreros de vanguardia de los países más
civilizados, que dará a los pueblos una paz duradera y los liberará de todo
yugo y de toda explotación.
5 de noviembre de 1917. Petrogrado.
El Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo V. Uliánov (Lenin).
Publicado el 6 (19)
de noviembre de 1917 en el núm. 4 de “Pravda” (edición vespertina).
T. 35, págs. 65-67.
175
RESPUESTA A LAS
PREGUNTAS DE LOS CAMPESINOS.106
En respuesta a las numerosas
preguntas de los campesinos, se aclara que todo el poder del Estado ha pasado
desde ahora íntegramente a los Soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos. La revolución obrera ha triunfado en Petrogrado y en Moscú y está
triunfando en todos los demás lugares de Rusia. El Gobierno Obrero y Campesino
asegura la alianza de las masas campesinas, de los campesinos pobres, de la
mayoría de los campesinos, con los obreros contra los terratenientes, contra
los capitalistas.
Por eso, los Soviets de
diputados campesinos, en primer lugar los distritales y después los
provinciales, serán desde hoy hasta la Asamblea Constituyente órganos
plenipotenciarios del poder del Estado en las localidades. La propiedad
terrateniente ha sido abolida por el
II Congreso de los Soviets de toda Rusia. El actual Gobierno Provisional Obrero
y
Campesino ha promulgado ya
el Decreto sobre la tierra, en virtud del cual todas las tierras de los
terratenientes pasan íntegramente a manos de los Soviets de diputados
campesinos.
Los comités agrarios
subdistritales deben tomar inmediatamente a su disposición todas las tierras de
los latifundistas, efectuando el más riguroso inventario, guardando un perfecto
orden y protegiendo del modo más estricto los antiguos bienes de los latifundistas,
que desde este momento han pasado a ser patrimonio de todo el pueblo y que, a
causa de ello, deben ser protegidos por el propio pueblo.
Todas las disposiciones
adoptadas por los comités agrarios subdistritales de acuerdo con los Soviets de
diputados campesinos de distrito tienen fuerza
de ley y deben ser aplicadas incondicional e inmediatamente.
El Gobierno Obrero y
Campesino designado por el II Congreso de los Soviets de toda Rusia se denomina
Consejo de Comisarios del Pueblo.
El Consejo de Comisarios del
Pueblo exhorta a los campesinos a que tomen por sí mismos todo el poder en las
distintas localidades. Los obreros apoyarán a los campesinos plena y
totalmente, por todos los medios, organizarán la fabricación de máquinas y aperos
y ruegan a los campesinos que les ayuden enviando grano.
El Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo V. Uliánov (Lenin).
Petrogrado.
5 de noviembre de 1917.
Publicada el 8 de
noviembre de 1917 en el núm. 219 de “Izvestia de CEC”.
T. 35, págs. 68-69-
![]()
106 Lenin escribió el artículo Respuesta a las preguntas de los campesinos
con motivo de las numerosas solicitudes de los emisarios campesinos al Consejo
de Comisarios del Pueblo. La Respuesta, recopiada a máquina y firmada por
Lenin, era entregada en propia mano a los emisarios campesinos y dirigida
precisamente a la provincia de que procedían.
El artículo, publicado en los periódicos
y editado en una hoja con el título de Instrucciones
a los campesinos, fue un importante documento que reguló la abolición
revolucionaria de la gran propiedad agraria
La alianza de los obreros y de los campesinos trabajadores y
explotados
176
LA
ALIANZA DE LOS OBREROS Y DE LOS CAMPESINOS TRABAJADORES Y EXPLOTADOS.
Carta a la redacción
de Pravda.
Cuando hablé hoy, sábado, 18
de noviembre, en el Congreso Campesino, se me hizo públicamente una pregunta a
la que contesté en el acto. Es necesario que esa pregunta y mi respuesta
lleguen sin demora a conocimiento de todos los lectores, pues aunque hablaba,
desde el punto de vista formal, sólo en nombre propio, lo hacía, en el fondo,
en nombre de todo el Partido Bolchevique.
He aquí lo sucedido:
Al referirme a la alianza de
los obreros bolcheviques con los eseristas de izquierda, en quienes depositan
hoy su confianza muchos campesinos, procuré demostrar en mi discurso que dicha
alianza puede ser una “coalición
honrada”, una alianza honrada, ya que no
existen divergencias radicales de intereses entre los obreros asalariados y
los campesinos trabajadores y explotados. El socialismo puede satisfacer plenamente los intereses de unos y
otros. Sólo el socialismo puede
satisfacer sus intereses. De ahí la posibilidad y la necesidad de una
“coalición honrada” entre los proletarios y los campesinos trabajadores y
explotados. En cambio, la “coalición” (alianza) entre las clases trabajadoras y
explotadas, por un lado, y la burguesía, por otro, no puede ser una “coalición honrada”, debido a la radical
disparidad de intereses de estas clases.
Imaginaos, dije, que haya en
el gobierno una mayoría bolchevique y una minoría de eseristas de izquierda;
admitamos, incluso, que exista un solo eserista de izquierda, el Comisario de
Agricultura.
¿Pueden los bolcheviques, en ese caso, llevar a la práctica una
coalición honrada?
Pueden hacerlo, porque,
siendo intransigentes en la lucha contra los elementos contrarrevolucionarios
(incluidos los eseristas de derecha y los defensistas), los bolcheviques
estarían obligados a abstenerse
durante la votación de cuestiones que atañen a los puntos puramente eseristas
del programa agrario aprobado por el II Congreso de los Soviets de toda Rusia.
Tal es, por ejemplo, el punto relativo al usufructo igualitario del suelo y a
los repartos de tierra entre los pequeños propietarios.
Al abstenerse en la votación
de ese punto, los bolcheviques no modifican su programa en lo más mínimo.
Porque si triunfa el socialismo (control obrero de las fábricas, después
expropiación de éstas, nacionalización de los bancos y creación de un Consejo Superior
de Economía que dirija toda la economía nacional); si se da esa condición, los
obreros tienen el deber de aceptar
las medidas de transición propuestas por los pequeños campesinos trabajadores y explotados, siempre que
esas medidas no perjudiquen la causa
del socialismo. Y recordé que Kautsky, cuando era todavía marxista (en
1899-1909), reconoció más de una vez que las medidas de transición al
socialismo no pueden ser las mismas en los países de una agricultura basada en
grandes haciendas y en los de haciendas pequeñas.
Nosotros, los bolcheviques,
deberíamos abstenemos en el Consejo de Comisarios del Pueblo o en el Comité
Ejecutivo Central durante la votación de semejante punto, porque, al aceptar
los eseristas de izquierda (y los campesinos que les siguen) el control obrero,
la nacionalización de los bancos, etc., el usufructo igualitario del suelo no
sería otra cosa que
La alianza de los obreros y de los campesinos trabajadores y
explotados
una de las medidas de transición al socialismo completo.
Resultaría absurdo que el proletariado impusiese
tales medidas de transición; en aras de la victoria del socialismo, el
proletariado debe hacer concesiones a
los pequeños campesinos trabajadores y explotados en la elección de las mismas,
pues en nada perjudicarían la causa
del socialismo.
Un eserista de izquierda (el
camarada Feofiláktov, si no me equivoco) me hizo entonces la siguiente
pregunta:
“¿Y qué harán los
bolcheviques si, en la Asamblea Constituyente, los campesinos quieren que se
apruebe una ley sobre el usufructo igualitario del suelo, la burguesía se
pronuncia contra los campesinos y la decisión depende de los bolcheviques?”
Yo le contesté: En ese caso,
cuando la causa del socialismo esté asegurada por la implantación del control
obrero, por la nacionalización de los bancos, etc., la alianza de los obreros y
de los campesinos trabajadores y explotados obligaría al partido del
proletariado a votar con los campesinos contra la burguesía. A mi juicio, los
bolcheviques tendrían derecho entonces, con motivo de la votación, a presentar
una declaración especial, a hacer constar su desacuerdo, etc., pero abstenerse
en ese caso sería traicionar a sus aliados de
lucha por el socialismo a causa de una divergencia parcial con ellos. Los
bolcheviques jamás traicionarían a
los campesinos en semejante situación. El usufructo igualitario del suelo y
otras medidas semejantes no perjudicarán jamás al socialismo si el poder se
halla en manos de un gobierno obrero y campesino, si se ha implantado el
control obrero, se han nacionalizado los bancos y se ha creado una económica
superior obrera y campesina que dirija (regule) toda la economía nacional, etc.
Esa fue mi respuesta.
N. Lenin.
Escrita el 18 de noviembre (1 de diciembre) de 1917. Publicada
el 2 de diciembre (19 de noviembre) de 1917 en el núm. 194 de “Pravda”.
T. 35, págs. 102-104.
Proyecto de decreto sobre el derecho de revocación
178
PROYECTO
DE DECRETO SOBRE EL DERECHO DE REVOCACIÓN.107
Cualquier organismo electivo
o asamblea de delegados pueden considerarse auténticamente democráticos y
verdaderamente representativos de la voluntad del pueblo sólo en el caso de que
se reconozca y ejerza el derecho de revocación de los elegidos por los electores.
Este postulado fundamental, de principios, de la democracia auténtica, que
atañe a todas las asambleas de representantes sin excepción alguna, es
aplicable también a la Asamblea Constituyente.
El sistema proporcional en
las elecciones, más democrático que el mayoritario, requiere medidas más
complejas para ejercer el derecho de revocación, es decir, de verdadera
subordinación al pueblo de los representantes que elija. Pero toda negativa,
basándose en ello, a llevar a la práctica el derecho de revocación, toda demora
en su aplicación y toda restricción de su ejercicio constituirían una traición
a la democracia y una abjuración total de los principios y las tareas
fundamentales de la revolución socialista iniciada en Rusia. El sistema
electoral proporcional sólo requiere cambiar la forma del derecho de
revocación, pero en modo alguno menoscabarlo.
Como el sistema proporcional
se basa en el reconocimiento de la pertenencia a los partidos y en la
celebración de las elecciones, por los partidos organizados, todo gran cambio
en la correlación de las fuerzas de clase y en la actitud de las clases ante los
partidos —en particular, las escisiones en los partidos importantes— hace
inevitable celebrar nuevas elecciones en la circunscripción en que sea clara e
indudable la desarmonía entre la voluntad de la distintas clases y su fuerza,
por una parte, y entre la filiación política de los elegidos, por otra. La
verdadera democracia exige de manera indefectible que la convocación de nuevas
elecciones no dependa sólo del organismo afectado por ellas, es decir, que el
interés de los elegidos por conservar sus actas no pueda oponerse al ejercicio
de la libertad del pueblo de revocar a sus representantes.
Por eso, el CEC de toda
Rusia de los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos dispone:
Los Soviets de diputados
obreros y soldados, así como los Soviets de diputados campesinos, de cada
circunscripción electoral están en el derecho de convocar nuevas elecciones a
todos los organismos urbanos y de los zemstvos y, en general, a todas las instituciones
representativas, sin excluir la Asamblea Constituyente. Los Soviets tienen
también el derecho de fijar la fecha de las nuevas elecciones. Estas elecciones
se celebrarán en la forma habitual, sobre la base estricta del sistema
proporcional.
![]()
107 El Proyecto
de decreto sobre el derecho de revocación fue presentado por el grupo
bolchevique en la sesión que celebró el CEC de toda Rusia el 21 de noviembre (4
de diciembre) de 1917. La mayoría de los miembros de este organismo se
pronunció a favor del derecho de revocación. El proyecto pasó después, para su
redacción definitiva, a una comisión arbitral en la que participaban los
eseristas de izquierda. En el proyecto de Lenin se introdujo un punto, en
virtud del cual se concedía el derecho de convocar nuevas elecciones, no a los
Soviets, sino a los congresos de los Soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos. De acuerdo con ese mismo punto, los Soviets podían convocar nuevas
elecciones si así lo solicitaban más de la mitad de los electores de la circunscripción
electoral correspondiente. El proyecto de decreto que propuso la comisión
arbitral fue aprobado unánimemente por el CECR y publicado el 23 de noviembre
(6 de diciembre) en el número 233 del periódico Izvestia del CEC de toda Rusia. Dé conformidad con el Decreto sobre
el derecho de revocación, numerosos congresos de campesinos y soldados
acordaron retirar de la Asamblea Constituyente a los diputados
democonstitucionalistas, eseristas de derecha y mencheviques, incluidos
Avxéntiev, Gots, Miliukov y otros
Proyecto de decreto sobre el derecho de revocación
Escrito el 19 de noviembre (2 de diciembre) de 1917. Publicado
en 1918, en el libro “Actas de las reuniones del CEC de toda Rusia de los
Soviets de Diputados Obreros, Soldados, Campesinos y Cosacos de la II
Legislatura”, ed. del CEC de toda Rusia.
T. 35, págs. 106-107.
Discurso en el I Congreso de toda Rusia de la Marina de Guerra
179
DISCURSO
EN EL PRIMER CONGRESO DE TODA RUSIA DE LA MARINA DE GUERRA.108
22 de noviembre (5 de diciembre) de 1917.
Acta taquigráfica.
En nombré del Consejo de
Comisarios del Pueblo, el camarada Lenin saluda a los numerosos marinos,
personificados por el congreso, que han demostrado ser combatientes de
vanguardia por la emancipación de las clases trabajadoras.
El camarada Lenin pasa luego
a analizar la situación actual. Dice que la política aplicada por el gobierno
conciliacionista de Kerenski no tendía a satisfacer las necesidades de las
grandes masas populares, sino que se basaba en el principio de proteger la
plena intangibilidad de los intereses de la burguesía, de los intereses de la
clase opresora. Después de señalar que esta política debía conducir de manera
inevitable al fracaso de dicho gobierno, el orador prosigue:
— Pero, a la par con el
Gobierno Provisional, existían los Soviets de diputados obreros y soldados,
producto de la creación revolucionaria del pueblo insurgente, que fueron
agrupando a su alrededor a sectores cada día más amplios de las masas
trabajadoras. Gracias únicamente a los Soviets se ha conseguido en Rusia algo
que no logró ninguna otra revolución europea: el pueblo ha formado un auténtico
gobierno popular y le ha prestado apoyo. Ante las masas oprimidas se alzó una
tarea difícil en extremo: crear el Estado por sí mismas. Podéis ver con qué
fuerza ha caído sobre nosotros la resistencia de la burguesía, cómo se pretende
frustrar nuestra labor mediante el sabotaje y qué torrentes de mentiras y
calumnias se lanzan contra nosotros con cualquier pretexto y sin ningún motivo.
Descargan sobre nosotros
granizadas de acusaciones, diciéndose que actuamos por medio del terrorismo y
de la violencia; pero nosotros no perdemos la serenidad ante esos ataques.
Decimos no somos anarquistas, somos partidarios del Estado. Sí, pero el Estado
capitalista debe ser demolido, y el poder de los capitalistas, aniquilado.
Nuestra misión es edificar un Estado nuevo: el Estado socialista. Trabajaremos
sin desmayo en esa dirección y ningún obstáculo podrá amedrentarnos ni
detenernos. Así lo han demostrado ya los primeros pasos del nuevo gobierno.
Ahora bien, la transición al nuevo régimen es un proceso complicado en extremo,
y para facilitarla es imprescindible un firme poder estatal. Hasta ahora, el
poder se había encontrado en manos de monarcas y de testaferros de la
burguesía, que orientaron todos sus esfuerzos y toda su política a oprimir a
las masas populares. Nosotros, en cambio, decimos: Es necesario un poder
fuerte, son necesarias la violencia y la coerción; pero las enfilaremos contra
el puñado de capitalistas, contra la clase burguesa. Responderemos siempre con
medidas de coerción a las tentativas —insensatas y condenadas al fracaso— de
oponer resistencia al Poder soviético. Y en todos esos casos, la
responsabilidad por ello recaerá sobre quienes opongan resistencia.
![]()
108 El I
Congreso de toda Rusia de la Marina de Guerra se celebró en Petrogrado del
18 al 25 de noviembre (1-8 de diciembre) de 1917. En su orden del día figuraban
los siguientes puntos: el momento actual y el problema del poder; las reformas
en el Departamento de Marina, y otros. Lenin pronunció un discurso sobre el
momento actual. El congreso aprobó el esquema de organización de la dirección
del Departamento de Marina; eligió veinte representantes al CEC de los Soviets
de diputados obreros, soldados y campesinos de toda Rusia; envió un saludo al
Consejo de Comisarios del Pueblo y dirigió un llamamiento a toda Rusia
Discurso en el I Congreso de toda Rusia de la Marina de Guerra
El camarada Lenin trata
después de la creación de un aparato estatal, que, en interés del pueblo, debe
estar exento de todo burocratismo y ofrecer amplísimas posibilidades para que
se manifiesten todas las fuerzas creadoras del país.
— La burguesía y los medios
intelectuales burgueses de la población –dice— sabotean por todos los medios el
poder del pueblo. Las masas trabajadoras no pueden confiar en nadie, excepto en
sí mismas. Las tareas que debe afrontar el pueblo son, sin duda, infinitamente
difíciles y grandiosas. Pero hay que tener fe en las propias fuerzas; es
preciso que cuanto ha despertado en el pueblo y es capaz de crear se funda en
las organizaciones ya existentes y en las que formarán las masas trabajadoras.
Las masas son impotentes si están divididas, pero son fuertes cuando están
unidas. Las masas han adquirido confianza en sus propias fuerzas y, sin
desconcertarse por las campañas de la burguesía, han emprendido la labor
independiente de administrar el Estado. En los primeros momentos pueden surgir
dificultades, puede manifestarse la falta de preparación. Pero hay que aprender
en la práctica a gobernar el país, hay que aprender lo que era antes monopolio
de la burguesía. En este sentido, vemos en la marina un brillante ejemplo de
las posibilidades creacionales de las masas trabajadoras; en este sentido, la
marina ha demostrado ser un destacamento de vanguardia.
El camarada Lenin pasa luego
a esclarecer los problemas más importantes del momento actual: losproblemas de
la tierra y de la política obrera, el problema nacional y el de la paz,
analizando en detalle cada uno de ellos.
El Segundo Congreso de los
Soviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia ha aprobado el Decreto
sobre la tierra, en el cual los bolcheviques reproducen íntegramente los
principios formulados en los mandatos campesinos. Ello representa un apartamiento
del programa socialdemócrata, pues los mandatos corresponden al espíritu del
programa eserista; pero eso mismo prueba que el poder popular no ha querido
imponer su voluntad al pueblo, sino que ha tratado de ir a su encuentro.
180
Cualquiera que sea la
solución del problema agrario, cualquiera que sea el programa que sirva de base
a la entrega de la tierra a los campesinos, no obstaculizará la firme alianza
de los campesinos y los obreros. Lo importante es que, por cuanto los campesinos
vienen luchando con tenacidad durante siglos para que sea abolida la propiedad
de la tierra, ésta debe ser abolida.
El orador subraya que el
problema de la tierra se entrelaza íntimamente con el de la industria. Dice
que, a la par con la revolución agraria, debe efectuarse una demolición radical
de las relaciones capitalistas y destaca la extraordinaria importancia que
tiene la firme alianza de los obreros y los campesinos.
El desarrollo de la
revolución rusa ha demostrado que la política de conciliación servil con los
terratenientes y los capitalistas ha reventado como una pompa de jabón. Debe
predominar la voluntad de la mayoría; y esta voluntad de la mayoría será
convertida en realidad por la alianza de los trabajadores, por la coalición
honrada de los obreros y los campesinos basada en sus intereses comunes. Los
partidos se suceden y perecen, pero los trabajadores quedan. Y el orador
exhorta a preocuparse, ante todo, de reforzar esta alianza.
Que la marina, dice,
consagre todas sus fuerzas a convertir esta alianza en base de la vida del
Estado; si esta alianza se mantiene firme, nada podrá frustrar la transición al
socialismo.
Al tratar el problema
nacional —dice el camarada Lenin— debemos destacar la composición,
singularmente abigarrada, de las naciones de Rusia, en la que los rusos
representan sólo cerca de un 40% de la población, mientras que la mayoría
restante pertenece a otros pueblos. En tiempos del zarismo, la opresión
nacional de estos últimos, inaudita por su crueldad y estupidez, fue acumulando
en las naciones carentes de derechos un fortísimo odio a los
Discurso en el I Congreso de toda Rusia de la Marina de Guerra
monarcas. Y no tiene nada de
sorprendente que ese odio a quienes prohibían hasta el uso de la lengua materna
y condenaban al analfabetismo a las masas populares se hiciese extensivo
también a todos los rusos. Se pensaba que éstos querían, como privilegiados,
mantener para sí las ventajas que Nicolás II y Kerenski les conservaban como
cosa sagrada.
Se nos dice que Rusia se
disgregará en repúblicas aisladas, pero no debemos temerlo. Por muchas que sean
las repúblicas independientes, no tendremos miedo a eso. Lo importante para
nosotros no es por dónde pasa la frontera del Estado, sin mantener la alianza
entre los trabajadores de todas las naciones para luchar contra la burguesía,
cualquiera que sea la nación a que pertenezca. (Clamorosos aplausos.)
Si la burguesía finlandesa
compra armas a los alemanes para dirigirlas contra sus obreros, proponemos a
estos últimos la alianza con los trabajadores rusos. No importa que la
burguesía trame una despreciable pelea y un mísero regateo a causa de las fronteras;
los obreros de todos los países y naciones no se desunirán por tan viles
motivos. (Clamorosos aplausos.)
Ahora —y voy a emplear una
palabra que no suena bien— estamos “conquistando” Finlandia, pero no como lo
hacen los buitres capitalistas internacionales. La estamos conquistando con el
hecho de que, al conceder a Finlandia completa libertad para vivir en alianza
con nosotros o con otros, garantizamos el pleno apoyo a los trabajadores de
todas las naciones contra la burguesía de todos los países. Esta alianza no se
basa en tratados, sino en la solidaridad de los explotados contra los
explotadores.
Ahora observamos movimiento
nacional en Ucrania y decimos: somos partidarios incondicionales de la libertad
completa e ilimitada del pueblo ucranio. Debemos hacer añicos el pasado, viejo,
sangriento y repugnante, en el que la Rusia de los capitalistas opresores
desempeñaba el papel de verdugo de otros pueblos. Barreremos ese pasado, no
dejaremos de él piedra sobre piedra. (Clamorosos
aplausos.)
Diremos a los ucranios: en su calidad de ucranios, pueden
organizar su vida como quieran,
Pero tenderemos nuestra mano
fraternal a los obreros ucranios y les diremos: junto con vosotros lucharemos
contra vuestra burguesía y contra la nuestra. Sólo la alianza socialista de los
trabajadores de todos los países suprimirá la base, cualquiera que sea, de las
persecuciones y las querellas nacionales. (Clamorosos
aplausos.)
Paso al problema de la
guerra. Hemos emprendido una enérgica lucha contra la guerra, originada por la
colisión entre las aves de rapiña por el reparto del botín. Todos los partidos
han hablado de esta contienda, pero, hasta ahora, no han ido más allá de las
palabras y la hipocresía. Ahora ha comenzado la lucha por la paz. Es una lucha
difícil. Quienes creían que sería fácil conseguir la paz, que bastaría con
aludir a la paz para que la burguesía nos la sirviera en bandeja, eran ingenuos
a más no poder. Y quienes atribuían semejante opinión a los bolcheviques,
mentían. Los capitalistas se han enzarzado en una pelea a vida o muerte por el
reparto del botín. Está claro que acabar con la guerra significa vencer al
capital. Y el Poder soviética ha empezado la lucha en este sentido. Hemos
publicado y seguiremos publicando los tratados secretos.
181
Ninguna ruindad y ninguna
calumnia nos detendrán en este camino. Los señores burgueses se enfurecen
porque el pueblo ve con qué fines lo han llevado al matadero. Pretenden asustar
al país con la perspectiva de una nueva guerra, en la que Rusia quedaría aislada.
Pero no nos detendrá ese odio furioso que la burguesía siente por nosotros y
por nuestro movimiento en defensa de la paz. ¡Que pruebe a lanzar a los pueblos
unos contra otros para un cuarto año de guerra! No lo conseguirá. Igual que en
nuestro país, en todos los países beligerantes madura la lucha contra sus
propios gobiernos imperialistas. Incluso en Alemania, que los imperialistas se
han esforzado durante decenios por convertir en un
Discurso en el I Congreso de toda Rusia de la Marina de Guerra
campamento militar y donde
todo el mecanismo gubernativo está orientado a cortar en germen la más mínima
manifestación de cólera popular; incluso allí, se ha llegado a una patente
sublevación en la marina. Es preciso conocer las inauditas proporciones que ha
alcanzado la arbitrariedad policíaca en Alemania para comprender la importancia
de esta sublevación. Pero la revolución no se hace por encargo; la revolución
es el resultado de un estallido de la indignación de las masas populares.
Aunque resultó tan fácil vencer a una pandilla de miserables y medio locos como
Románov y Rasputin, en cambio, es incomparablemente más difícil luchar contra
la camarilla, organizada y fuerte, de los imperialistas alemanes coronados y
sin coronar. Pero se puede y se debe trabajar mano a mano con la clase
revolucionaria de los trabajadores de todos los países. Y ése es el camino que
ha emprendido el Gobierno soviético al publicar los tratados secretos y mostrar
que los gobernantes de todos los países son unos bandidos. Eso es hacer
propaganda con hechos, y no con palabras. (Clamorosos
aplausos.)
El orador se refiere, como conclusión, al problema de las
negociaciones de paz y dice:
— Cuando los alemanes
respondieron con evasivas a nuestras demandas de no trasladar tropas a los
frentes del Oeste y de Italia, rompimos las negociaciones, que reanudaremos
después de cierto tiempo. Y cuando informemos de esto públicamente al mundo
entero, ni un solo obrero alemán ignorará que no somos nosotros los culpables
de que se rompieron las negociaciones de paz. Pero imaginémonos que la clase
obrera alemana marchara junto con su gobierno de buitres imperialistas y nos
viéramos obligados a continuar la guerra. En ese caso, el pueblo ruso, que
vertió su sangre sin rechistar y que sin saber por qué ni para qué cumplió la
voluntad de un gobierno que le oprimía, iría entonces al combate, sin duda
alguna, con una energía decuplicada, con un heroísmo decuplicado. Porque se
trataría de luchar por el socialismo, por la libertad, contra la que volvería
sus bayonetas la burguesía internacional. Sin embargo, temenos confianza en la
solidaridad internacional de las masas trabajadoras, que salvarán todos los obstáculos
y todas las barreras que se alcen en su camino en la lucha por el socialismo. (Clamorosos aplausos.)
Publicado el 25 de
noviembre de 1917 en el núm. 235 de “Izvestia del CEC”.
T. 35, págs. 112-118.
Sobre las tareas de la biblioteca pública de Petrogrado
182
SOBRE
LAS TAREAS DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA DE PETROGRADO.
Para participar en la
revolución de una manera racional, con sensatez y éxito es necesario estudiar.
A consecuencia del menoscabo
de la instrucción pública por el zarismo a lo largo de muchos años, el servicio
de biblioteca en Petrogrado está organizado malísimamente.
Hay que efectuar sin demora
y obligatoriamente las siguientes transformaciones fundamentales, partiendo de
los principios que se aplican desde hace ya mucho en los Estados libres de
Occidente, sobre todo en Suiza y en los Estados Unidos de América del Norte:
1)
La
Biblioteca Pública (antigua Biblioteca Imperial) debe pasar inmediatamente al intercambio de libros, tanto con todas las bibliotecas públicas y del
Estado en Petrogrado y en las
provincias como con las bibliotecas extranjeras (de Finlandia, Suiza, etcétera).
2) El envío de libros de una biblioteca a otra debe ser declarado gratuito por medio de una ley.
3) La sala de lectura de la biblioteca debe
estar abierta, como se hace en los países cultos en las bibliotecas y salas de
lectura privadas para los ricos, diariamente, sin exceptuar los domingos y días
festivos, desde las 8 de la mañana hasta las 11 de la noche.
4) Debe trasladarse sin dilación a la
Biblioteca Pública el número necesario de empleados de los departamentos del
Ministerio de Instrucción Pública (ampliando el trabajo femenino en vista de la
necesidad de hombres para la guerra), departamentos en los que el 90 por 100
del personal se dedica a un trabajo no sólo inútil, sino perjudicial.
Escrito
en noviembre de 1917. Publicado por vez primera en 1933 en la “Recopilación
Leninista XXI”.
T. 35, págs. 132-133.
Informe sobre la situación económica de los obreros y campesinos
de Petrogrados y ...
183
INFORME
SOBRE LA SITUACIÓN ECONÓMICA DE LOS OBREROS Y CAMPESINOS DE PETROGRADO Y LAS
TAREAS DE LA CLASE OBRERA, EN LA REUNIÓN DE LA SECCIÓN OBRERA DEL SOVIET DE
DIPUTADOS OBREROS Y SOLDADOS DE PETROGRADO.
Información
periodística.
La revolución del 25 de
octubre ha mostrado la extraordinaria madurez política del proletariado, que ha
probado ser capaz de hacer frente con firmeza a la burguesía. Pero la victoria
completa del socialismo requiere un grado colosal de organización, impregnada
de la conciencia de que el proletariado debe ser la clase dominante.
El proletariado tiene
planteadas las tareas de la transformación socialista del régimen político,
pues cualquier decisión intermedia, por fácil que sea aducir argumentos a su
favor es baladí, ya que la situación económica del país ha llegado a tal punto que
las decisiones intermedias son inadmisibles. En nuestra lucha gigantesca contra
el imperialismo y el capitalismo no queda lugar para las semimedidas.
El problema está planteado en los siguientes términos: vencer o
ser vencidos.
Los obreros deben
comprenderlo y lo comprenden; así lo prueba con claridad el hecho de que
rechacen las decisiones intermedias, de transacción. Cuanto más honda es la
revolución, tanto mayor es el número de trabajadores activos necesarios para
culminar la obra de sustituir el capitalismo con el aparato del socialismo.
Para ello es insuficiente la fuerza de la pequeña burguesía, incluso no
habiendo sabotaje. La tarea sólo puede ser cumplida en las entrañas de las
masas populares, con su iniciativa. Por eso, el proletariado no debe pensar
ahora en mejorar en este mismo momento su situación, sino pensar en convertirse
en clase dominante. No se puede confiar en que el proletariado rural tenga
conciencia clara y firme de sus intereses. Eso puede hacerlo únicamente la
clase obrera, y cada proletario, tomando conciencia de la gran perspectiva,
debe sentirse un dirigente y llevar tras de sí a las masas.
El proletariado debe
convertirse en la clase dominante en el sentido de dirigir a todos los
trabajadores y de dominar políticamente.
Es preciso luchar contra el
prejuicio de que sólo la burguesía puede administrar el Estado. El proletariado
debe asumir la administración del Estado.
Los capitalistas hacen
absolutamente todo lo que pueden para dificultar las tareas de la clase obrera.
Y cada organización obrera —sindicatos, comités de fábrica, etc.— deberá librar
el combate decisivo en el plano económico. La burguesía lo estropea y sabotea
todo con el propósito de frustrar la revolución obrera. Y la tarea de organizar
la producción recae por entero sobre la clase obrera. Rompamos de una vez para
siempre con el prejuicio de que los asuntos públicos, la administración de los
bancos y de las fábricas son una tarea imposible para los obreros. Sin embargo,
todo ello puede resolverse únicamente con una gigantesca labor cotidiana de
organización.
Es imprescindible organizar
el intercambio de productos, convertir en sistema la contabilidad y el control.
Esta tarea incumbe a la clase obrera, y los conocimientos para cumplirla se los
ha proporcionado su vida en las fábricas.
Informe sobre la situación económica de los obreros y campesinos
de Petrogrados y ...
Que cada comité de fábrica
no sólo se sienta dedicado a los asuntos de su empresa, sino que se considere
también una célula organizativa llamada a estructurar la vida de todo el
Estado.
Es fácil promulgar un
decreto aboliendo la propiedad privada, pero sólo los obreros mismos pueden y
deben llevarlo a la práctica. No importa que se cometan errores: serán errores
de la clase nueva al crear la vida nueva.
No hay ni puede haber un plan concreto de organización de la
vida económica.
Nadie puede proporcionarlo.
Eso pueden hacerlo las masas desde abajo, por medio de la experiencia.
Como es natural, se darán
indicaciones y se trazarán los caminos, pero hay que empezar simultáneamente
por arriba y por abajo.
Los Soviets deben
convertirse en órganos que regulen toda la producción de Rusia; mas para que no
se conviertan en un Estado Mayor sin ejército, hay que trabajar en la base...*
* Han sido omitidas algunas palabras del texto ruso debido a la
falta de claridad de los apuntes. (N. de
la Edit.)
Las masas obreras deben
tomar en sus manos la organización del control y de la producción en la amplia
escala de todo el Estado. La garantía del triunfo no reside en la organización
de individuos, sino en la organización de todas las masas trabajadoras, y si
conseguimos eso, si ponemos en orden la vida económica, se barrerá por sí solo
todo lo que nos opone resistencia.
Publicado el 20 (7) de diciembre de 1917 en el núm. 208 de
“Pravda”, y el 14 de diciembre de 1917 en el núm. 104 de “Soldátskaya Pravda”.
T. 35, págs. 146-148.
Carta a F E Dzerzhinski con un proyecto de decreto sobre la
lucha frente a los contrarrevolucionarios
185
CARTA
A F E DZERZHINSKI CON UN PROYECTO DE DECRETO SOBRE LA LUCHA FRENTE A LOS
CONTRARREVOLUCIONARIOS Y LOS SABOTEADORES.109
Al camarada Dzerzhinski.
A propósito de su informe de
hoy sobre las medidas orientadas a combatir a los saboteadores y los
contrarrevolucionarios.
¿No podría adelantarse un decreto que dijera, aproximadamente, lo siguiente?:
Acerca de la lucha
frente a los contrarrevolucionarios y los saboteadores
La burguesía, los
terratenientes y todas las clases ricas hacen esfuerzos desesperados para
torpedear la revolución, que deberá garantizar los intereses de los obreros y
de las masas trabajadoras y explotadas.
La burguesía recurre a los
crímenes más feroces, soborna a la escoria de la sociedad y a los elementos
envilecidos y los emborracha para que efectúen pogromos. Los adeptos de la
burguesía, sobre todo los altos funcionarios, empleados de Banca, etc., sabotean
el trabajo y organizan huelgas para frustrar las medidas del gobierno
orientadas a efectuar transformaciones socialistas. Se llega al extremo de
sabotear la labor de abastecimiento, lo que amenaza con el hambre a millones de
personas.
Son imprescindibles medidas
extraordinarias para combatir a los contrarrevolucionarios y saboteadores.
Partiendo de esta necesidad, el Consejo de Comisarios del Pueblo dispone:
1. Las personas pertenecientes a las clases
ricas (es decir, las que tienen ingresos mensuales de quinientos rublos y más y
los poseedores de bienes inmuebles en las ciudades, acciones y sumas en
metálico superiores a mil rublos), así como los empleados de Banca, de empresas
de sociedades anónimas, del Estado y de instituciones públicas, vienen
obligados a presentar en un plazo de tres días* en los comités de vecinos, en
tres ejemplares, declaraciones firmadas en las que indiquen su dirección,
ingresos, empleo y ocupaciones.
* En el manuscrito, Lenin escribió encima de estas palabras: “en
el plazo de veintucuatro horas”. (N. de
la Edit.)
2.
Los
comités de vecinos refrendarán con su firma estas declaraciones, guardarán un
ejemplar y presentarán los otros dos en la Municipalidad y en el Comisariado
del Pueblo del Interior (dirección:...).
3. Los culpables de incumplimiento de la
presente ley (no presentación de las declaraciones o facilitación de datos
falsos, etc.), así como los componentes de los comités de vecinos culpables de
inobservancia de las reglas referentes a la conservación de estas
declaraciones, su recogida y presentación en los organismos antes mencionados,
serán sancionados con
![]()
109 Lenin planteó la necesidad de combatir
la contrarrevolución interior (y el sabotaje) en una reunión celebrada por el
CCP el 6 (19) de diciembre de 1917, en vista de la encarnizada resistencia a
las medidas del Poder soviético y de una posible huelga de altos funcionarios
de los organismos gubernativos. Se encargó a Félix Dzerzhinski de formar una
comisión para determinar los medios de lucha contra el sabotaje. El informe de
Dzerzhinski fue examinado en una reunión del CCP el 7 (20) de diciembre. Por lo
visto, Lenin escribió el proyecto de decreto con motivo de este informe. En la
misma reunión se formó la Comisión Extraordinaria dé toda Rusia (VChK, Cheka)
para combatir la contrarrevolución y el sabotaje, nombrándose presidente de la
misma a F. Dzerzhinski.
Carta
a F E Dzerzhinski con un proyecto de decreto sobre la lucha frente a los
contrarrevolucionarios
multas en metálico de hasta 5.000 rublos
por cada falta, con encarcelamiento hasta de un año o con el envío al frente,
según el grado de culpabilidad.
4. Se impondrá la misma sanción a los
culpables de sabotear el trabajo o de eludir el trabajo en los bancos,
organismos del Estado e instituciones públicas, empresas de sociedades
anónimas, ferrocarriles, etc.
5. Como primer paso hacia la implantación
del trabajo general obligatorio se dispone que las personas mencionadas en el §
1 vienen obligadas a: primero, llevar siempre consigo copias de las
declaraciones señaladas más arriba, acompañadas de un certificado de los
comités de vecinos, así como de las autoridades o de los organismos electivos
(comités de fábrica, comités de abastecimiento, comités ferroviarios,
sindicatos de empleados, etc.); en el certificado se hará constar qué servicio
o trabajo social realiza la persona en cuestión, si vive o no con su familia
como miembro de la misma no apto para el trabajo, etc.
6. En segundo lugar, estas personas estarán
obligadas a adquirir, en el plazo de una semana a contar desde el día de la
promulgación de la presente ley, cartillas de trabajo y de consumo (cuyo modelo
se adjunta) para anotar en ellas cada semana los ingresos y los gastos, así
como para que los comités e instituciones certifiquen el tipo de servicio
social que presta la persona en cuestión.
7. Las personas cuyas condiciones sean
distintas a las señaladas en el § 1 presentarán en los comités de vecinos, en
un ejemplar, una declaración de sus ingresos y lugar de trabajo,
comprometiéndose a llevar siempre consigo una copia de esta declaración avalada
por el comité de vecinos.
Escrito
el 7 (20) de diciembre de 1917. Publicado por vez primera en 1924 en el núm. 5
de la revista “Krasni Arjiv”.
T. 35 págs 156-158.
Tesis acerca de la Asamblea Constituyente
187
TESIS ACERCA DE LA
ASAMBLEA CONSTITUYENTE.
1. Era completamente justo que la
socialdemocracia revolucionaria incluyera en su programa la reivindicación de
que se convocase la Asamblea Constituyente, porque, en una república burguesa,
este organismo es la forma superior de la democracia y porque, al crear el
Anteparlamento, la república imperialista, con Kerenski a la cabeza, preparaba
una farsa electoral, abundante en infracciones de la democracia.
2.
Al
reclamar la convocación de la Asamblea Constituyente, la socialdemocracia
revolucionaria subrayó más de una vez, desde los primeros días de la revolución
de 1917, que la República de los Soviets es una forma de democracia superior a
la república burguesa ordinaria, con su Asamblea Constituyente.
3. Para pasar del régimen burgués al
socialista, para instaurar la dictadura del proletariado, la República de los
Soviets (de diputados obreros, soldados y campesinos) no es sólo la forma de
tipo más elevado de las instituciones democráticas (comparada con la república
burguesa ordinaria, coronada por una Asamblea Constituyente), sino la única
forma capaz de asegurar la transición menos dolorosa posible al socialismo.
4.
En
nuestra revolución se convoca la Asamblea Constituyente con arreglo a las
listas presentadas a mediados de octubre de 1917, en condiciones que excluyen
la posibilidad de que las elecciones a esa Asamblea Constituyente sean una
expresión exacta de la voluntad del pueblo, en general, y de las masas
trabajadoras, en particular.
5. En primer lugar, el sistema electoral
proporcional expresa fielmente la voluntad del pueblo sólo cuando las listas
presentadas por los partidos corresponden a la división efectiva del pueblo en
grupos políticos que sean realmente los mismos reflejados en las listas. Y es
sabido que en nuestro país, el partido que entre mayo y octubre tuvo más
partidarios en el pueblo y, sobre todo, entre los campesinos, el partido de los
socialistas— revolucionarios, presentó listas únicas a la Asamblea
Constituyente a mediados de octubre de 1917, pero se escindió en noviembre de
1917 después de las elecciones a la Asamblea Constituyente y antes de que ésta
se hubiese convocado.
Por eso, incluso desde el
punto de vista formal, la composición de los elegidos a la Asamblea
Constituyente no corresponde, ni puede corresponder, a la voluntad de la masa
de electores.
6.
En
segundo lugar, otra circunstancia aún más importante, no formal ni jurídica,
sino económica y social; una circunstancia que constituye el origen de clase de
la diferencia entre la voluntad del pueblo y, sobre todo, de las clases
trabajadoras, por una parte, y la composición de la Asamblea Constituyente, por
otra, consiste en que las elecciones a la Asamblea Constituyente se han
celebrado cuando la inmensa mayoría del pueblo no podía conocer aún toda la
extensión y todo el alcance de la Revolución de Octubre, de la revolución
soviética, proletaria y campesina, comenzada el 25 de octubre de 1917, es
decir, después de haber sido presentadas las listas de candidatos a la Asamblea
Constituyente.
7.
La
Revolución de Octubre, al conquistar el poder para los Soviets, arrancar el
dominio político a la burguesía y entregarlo al proletariado y a los campesinos
pobres, atraviesa ante nuestros propios ojos por etapas sucesivas de
desarrollo.
8.
La
revolución comenzó por la victoria del 24 y 25 de octubre en la capital, cuando
el II Congreso de los Soviets de diputados obreros y soldados de Rusia,
congreso de la vanguardia
Tesis acerca de la Asamblea Constituyente
proletaria y de la parte más activa
políticamente de los campesinos, dio la mayoría al Partido Bolchevique y lo
llevó al poder.
9. Luego, durante los meses de noviembre y
diciembre, la revolución ha abarcado a toda la masa del ejército y del
campesinado manifestándose, en primer término, en la destitución o renovación
de los viejos organismos directivos (comités de ejército, comités campesinos
provinciales, Comité Ejecutivo Central del Soviet de diputados campesinos de
toda Rusia, etc.), que expresaban una etapa ya superada de la revolución, su
etapa conciliacionista, su etapa burguesa y no proletaria, y que, por esta
razón, debían desaparecer inevitablemente bajo el empuje de masas populares más
profundas y más amplias.
10.
Este
poderoso movimiento de las masas explotadas, orientado a reconstituir los
organismos dirigentes de sus organizaciones, no ha terminado aún hoy, a
mediados de diciembre de 1917, y una de sus etapas es el Congreso de
Ferroviarios, reunido en la actualidad.
11. Por consiguiente, el agrupamiento de las
fuerzas de clase que se hallan en lucha en Rusia en noviembre y diciembre de
1917 difiere por principio, en la práctica, del que pudo encontrar su expresión
en las listas de candidatos presentadas por los partidos para las elecciones a
la Asamblea Constituyente a mediados de octubre de 1917.
188
12. Los recientes acontecimientos en Ucrania
(en parte también en Finlandia y en Bielorrusia, así como en el Cáucaso)
indican, asimismo, que se está realizando un nuevo agrupamiento de las fuerzas
de clase en el curso de la lucha entre el nacionalismo burgués de la Rada
ucraniana, de la Dieta finlandesa, etc., por un lado, y el Poder de los
Soviets, la revolución proletaria y campesina de cada una de esas repúblicas
nacionales, por otro.
13.
Por
último, la guerra civil, iniciada con la sublevación contrarrevolucionaria de
los democonstitucionalistas y de Kaledin contra las autoridades soviéticas,
contra el Gobierno Obrero y Campesino, ha agravado definitivamente la lucha de
clases y eliminado toda posibilidad de resolver por una vía democrática formal
los problemas más candentes que la historia ha planteado a los pueblos de Rusia
y, en primer lugar, a su clase obrera y su campesinado.
14.
Sólo
la victoria completa de los obreros y los campesinos sobre la insurrección de
los burgueses y de los terratenientes (expresada en el movimiento de los
democonstitucionalistas y de Kaledin), sólo una implacable represión militar de
esa insurrección de esclavistas puede garantizar de verdad el triunfo de la
revolución proletaria y campesina. La marcha de los acontecimientos y el
desarrollo de la lucha de clases en la revolución han hecho que la consigna de
“Todo el poder a la Asamblea Constituyente” —que no tiene en cuenta las
conquistas de la revolución obrera y campesina, que no tiene en cuenta el Poder
de los Soviets, que no tiene en cuenta los acuerdos del II Congreso de los
Soviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia, del II Congreso de diputados
campesinos de toda Rusia, etc.— se haya
convertido de hecho en consigna de los democonstitucionalistas, los
kaledinistas y sus acólitos. Hoy está claro por completo para el pueblo entero
que la Asamblea Constituyente quedaría condenada inevitablemente a la muerte
política si se divorciase del Poder de los Soviets.
15. El problema de la paz es uno de los más
candentes de la vida del pueblo. En Rusia se ha emprendido una lucha
verdaderamente revolucionaria por la paz sólo después de triunfar la revolución
del 25 de octubre, y este triunfo ha tenido como primer resultado la
publicación de los tratados secretos, el armisticio y el comienzo de las
negociaciones públicas con objeto de conseguir una paz general sin anexiones ni
contribuciones.
Tesis acerca de la Asamblea Constituyente
Las grandes masas populares
obtienen sólo ahora la posibilidad práctica, plena y pública de ver una
política de lucha revolucionaria por la paz y de estudiar sus resultados.
Durante las elecciones a la Asamblea Constituyente, las masas populares
carecieron de esa posibilidad.
Es evidente, pues, que
también en este aspecto es inevitable la discordancia entre la composición de
la Asamblea Constituyente y la verdadera voluntad del pueblo en lo que respecta
a la terminación de la guerra.
16.
El
conjunto de circunstancias que acabamos de examinar hace que la Asamblea
Constituyente, convocada con arreglo a las listas de los partidos que existían
antes de la revolución proletaria y campesina, bajo el dominio de la burguesía,
entre inevitablemente en conflicto con la voluntad y los intereses de las
clases trabajadoras y explotadas, que iniciaron el 25 de octubre la revolución
socialista contra la burguesía. Es natural que los intereses de esta revolución
tengan primacía sobre los derechos formales de la Asamblea Constituyente,
incluso si estos últimos no hubiesen sido minados por el hecho de que en la ley
sobre la Asamblea Constituyente no se reconozca el derecho del pueblo a renovar
a sus diputados en cualquier momento.
17. Todo intento, directo o indirecto, de
enfocar el problema de la Asamblea Constituyente desde un punto de vista
jurídico formal, en los marcos de la democracia burguesa corriente, sin tener
en cuenta la lucha de clases y la guerra civil, significa traicionar la causa
del proletariado y adoptar el punto de vista de la burguesía. Es deber
incondicional de la socialdemocracia revolucionaria poner en guardia a todo el
mundo contra ese error, en que incurren algunos dirigentes, poco numerosos, del
bolchevismo, que no han sabido valorar la insurrección de octubre y las tareas
de la dictadura del proletariado.
18. La única posibilidad de dar una solución
indolora a la crisis creada como resultado de la discordancia existente entre
las elecciones a la Asamblea Constituyente, por un lado, y la voluntad del
pueblo y los intereses de las masas trabajadoras y explotadas, por otro lado,
consiste en que el pueblo aplique con la mayor extensión y rapidez posibles el
derecho de proceder a nuevas elecciones de miembros de la Asamblea
Constituyente; consiste en que la propia Asamblea Constituyente se adhiera a la
ley del Comité Ejecutivo Central relativa a esas nuevas elecciones, declare que
reconoce sin reservas el Poder de los Soviets, la revolución soviética y su
política en el problema de la paz, de la tierra y del control obrero y se
coloque resueltamente al lado de los enemigos de la contrarrevolución
democonstitucionalista y kalediniana.
19. Fuera de estas condiciones, la crisis
con motivo de la Asamblea Constituyente sólo podrá resolverse por vía
revolucionaria, con las medidas revolucionarias más enérgicas, rápidas, firmes
y resueltas del Poder de los Soviets para combatir la contrarrevolución de los
democonstitucionalistas y de Kaledin, cualesquiera que sean las consignas y las
instituciones (incluso la calidad de miembros de la Asamblea Constituyente) en
que se ampare esa contrarrevolución. Toda tentativa de maniatar al Poder de los
Soviets en esta lucha sería un acto de connivencia con la contrarrevolución.
Escrito
el 11 ó 12 (24 ó 25) de diciembre 1917. Publicado el 26 (13) de diciembre de
1917 en el núm. 213 de “Pravda”.
T. 35, págs. 162-166.
Proyecto de decreto sobre la puesta en práctica de la
nacionalización de los bancos
190
PROYECTO
DE DECRETO SOBRE LA PUESTA EN PRÁCTICA DE LA NACIONALIZACIÓN DE LOS BANCOS Y
LAS MEDIDAS INDISPENSABLES DERIVADAS DE ELLA.110
La crítica situación
alimenticia y la amenaza de hambre, creada por la especulación y el sabotaje de
los capitalistas y funcionarios, así como por la ruina general, hacen
imprescindible la adopción de medidas revolucionarias excepcionales para
combatir este mal.
A fin de que todos los
ciudadanos del Estado, y en primer lugar todas la clases trabajadoras, bajo la
dirección de sus Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, puedan
emprender esa lucha y la organización de la acertada vida económica del país
inmediatamente y en todos sus aspectos, sin detenerse ante nada y actuando por
la vía más revolucionaria, se dictan las siguientes reglas:
PROYECTO DE DECRETO SOBRE LA
PUESTA EN PRÁCTICA DE LA NACIONALIZACIÓN DE LOS BANCOS Y LAS MEDIDAS
INDISPENSABLES DERIVADAS DE ELLA.
1. Todas las empresas de sociedades anónimas son declaradas
propiedad del Estado.
2.
Los
miembros de los consejos de administración y los directores de las sociedades
anónimas, así como todos los accionistas pertenecientes a las clases
acaudaladas (es decir, que posean más de 5.000 rublos de todos los bienes o
tengan ingresos superiores a 500 rublos al mes), están obligados a seguir
dirigiendo en perfecto orden los asuntos de las empresas, cumpliendo la ley del
control obrero, presentando todas las acciones en el Banco del Estado y
facilitando informes semanales de su actividad a los Soviets locales de
diputados obreros, soldados y campesinos.
3. Quedan anulados los empréstitos del Estado tanto exteriores como
interiores.
4.
Se
garantizan plenamente los intereses de los pequeños tenedores de obligaciones y
acciones de todo tipo, es decir, de los pertenecientes a las clases
trabajadoras de la población.
5.
Se implanta el
trabajo general obligatorio. Todos los ciudadanos de ambos sexos de 16 a
55 años de edad están obligados a efectuar
los trabajosque les señalen los Soviets locales de diputados obreros, soldados
y campesinos u otros organismos del Poder soviético.
6. Como primer paso para llevar a la
práctica el trabajo general obligatorio, se decreta que los individuos de las
clases acaudaladas (véase § 2) están obligados a poseer y rellenar debidamente
las cartillas de consumo y de trabajo o de presupuesto y de trabajo, las cuales
deben ser presentadas a las organizaciones obreras correspondientes o a los
Soviets locales y sus organismos para registrar en ellas cada semana el
cumplimiento del trabajo que haya asumido cada uno.
7. Para la acertada contabilidad y
distribución de los víveres y de otros productos necesarios, todos los
ciudadanos del Estado están obligados a adherirse a una sociedad de consumo.
Las oficinas de aprovisionamiento, los comités de abastos y otras organizaciones
similares, así
![]()
110 El Proyecto
de decreto sobre la puesta en práctica de la nacionalización de los bancos y
las medidas indispensables derivadas de ella fue sometido por Lenin a
examen del Buró del Consejo Superior de Economía Nacional. No se ha conservado el acta de la reunión en que
se discutió este proyecto
Proyecto de decreto sobre la puesta en práctica de la
nacionalización de los bancos
como los sindicatos de
obreros ferroviarios y del transporte, implantarán el control del cumplimiento
de esta ley bajo la dirección de los Soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos. Los individuos
de las clases acaudaladas que dan obligados, en particular, a realizar los
trabajos que les encomienden los Soviets para la organización y administración
de las sociedades de consumo.
8. Los sindicatos de obreros y empleados
ferroviarios están obligados a preparar con urgencia y llevar a la práctica sin
demora medidas extraordinarias para organizar mejor el transporte (en
particular, el transporte de víveres, combustible y otros artículos de primera
necesidad), guiándose, ante todo, por los pedidos y mandamientos de los Soviets
de diputados obreros, soldados y campesinos, así como de las instituciones
facultadas por ellos, y del Consejo Superior de Economía Nacional.
De la misma manera, se
impone a los sindicatos de ferroviarios, en colaboración con los Soviets
locales, el deber de combatir con la mayor energía la especulación, sin vacilar
en adoptar medidas revolucionarias, y perseguir implacablemente a los especuladores
de toda laya.
9.
Las
organizaciones obreras, los sindicatos de empleados y los Soviets locales están
obligados a incorporar sin demora las empresas cerradas y desmovilizadas, así
como a los parados forzosos, a trabajos útiles, a la obtención de productos
necesarios y a las búsquedas de pedidos, materias primas y combustible. Sin
aplazar en ningún caso esta actividad ni el comienzo del intercambio de
productos agrícolas por industriales, los sindicatos y los Soviets locales
están obligados, hasta que reciban órdenes especiales desde arriba, a ajustarse
estrictamente a las indicaciones y prescripciones del Consejo Superior de
Economía Nacional.
191
10.
Los
individuos de las clases acaudaladas están obligados a guardar todas sus sumas
en metálico en el Banco del Estado y en sus sucursales, así como en las cajas
de ahorros, recibiendo para satisfacer sus necesidades de consumo no más de 100
ó 125 rublos a la semana (según decidan los Soviets locales), y para las
necesidades de la producción y del comercio sólo con el aval escrito de los
organismos de control obrero.
A fin de controlar el
cumplimiento efectivo del presente decreto, se dictarán reglas para el cambio
de la moneda hoy en circulación por otra; los culpables de fraude al Estado y
al pueblo serán castigados con la confiscación de todos sus bienes.
11. El mismo castigo, así como el
encarcelamiento o el envió al frente y a trabajos forzosos, será aplicado a
cuantos desobedezcan la presente ley, a los saboteadores, a los funcionarios
huelguistas y a los especuladores. Los Soviets locales y las instituciones
dependientes de ellos se comprometen a preparar con carácter urgente las
medidas más revolucionarias de lucha contra estos verdaderos enemigos del
pueblo.
12.
En
colaboración con los Soviets locales, los sindicatos y demás organizaciones de
los trabajadores crearán, con el concurso de las personas más seguras y
recomendadas por las organizaciones del partido y otras, grupos volantes de
controladores para observar el cumplimiento de esta ley, comprobar la cantidad
y calidad del trabajo y entregar a los tribunales revolucionarios a los
culpables de infringir o eludir la ley.
Los obreros empleados de las
empresas nacionalizadas tienen el deber de poner en tensión todas sus fuerzas y
adoptar medidas extraordinarias para mejorar la organización del trabajo,
reforzar la disciplina y elevar la productividad. Los organismos de control
obrero deben presentar semanalmente al CSEN informes de lo conseguido en este
terreno. Los culpables de defectos y negligencias responderán ante el tribunal
revolucionario.
Proyecto de decreto sobre la puesta en práctica de la
nacionalización de los bancos
Escrito
no antes del 14 (27) de diciembre de 1917. Publicado íntegramente por vez
primera en 1949, en el t. 26 de la 4ª edición de las “Obras” de V. I. Lenin.
T. 35, págs. 174-177.
Plejanov acerca del terrorismo
192
PLEJÁNOV ACERCA DEL
TERRORISMO.
En otros tiempos, Plejánov
fue socialista, uno de los representantes más destacados del socialismo
revolucionario.
En aquellos tiempos —
pasados, ¡ay!, para no volver jamás—, Plejánov expuso su opinión acerca de un
problema que tiene una importancia cardinal precisamente en la época que
estamos viviendo.
Fue en 1903, cuando la
socialdemocracia de Rusia elaboró su programa en el II Congreso del partido.
En las actas de este
congreso se conserva una página profundamente aleccionadora, que parece escrita
adrede para el día de hoy:
“Posadovski. Las manifestaciones hechas aquí en pro y en contra de
las enmiendas no son, a mi juicio, una disputa respecto a cuestiones de
detalle, sino una seria discrepancia. Es indudable que disentimos en la
cuestión fundamental siguiente: ¿es
preciso someter nuestra política futura a unos u otros principios democráticos
fundamentales, reconociéndoles un valor absoluto, o bien deben quedar todos los
principios democráticos sometidos exclusivamente a los intereses de nuestro
partido? Me declaro decididamente partidario de esto último. Entre los
principios democráticos no hay nada que no debamos subordinar, en caso
necesario, a los intereses de nuestro
partido. (Una voz: “¿Y la
inviolabilidad personal?”) ¡Si¡ ¡Y la inviolabilidad personal! Como partido
revolucionario que tiende a su objetivo final
— la revolución social—,
debemos enfocar los principios democráticos exclusivamente desde el punto de
vista del logro más rápido de este objetivo, desde el punto de vista de los
intereses de nuestro partido. Si tal o cual reivindicación no es ventajosa para
nosotros, no la introduciremos.
“Por eso me manifiesto en
contra de que se introduzcan enmiendas que puedan en lo futuro limitar nuestra
libertad de acción.
“Plejánov. Me adhiero sin reservas a las palabras del camarada
Posadooski. Cada principio democrático concreto no debe ser considerado de una
manera independiente, en abstracto, sino en conexión con el principio que puede
ser denominado principio fundamental de la democracia, a saber: con el
principio que proclama que “salus populi suprema lex”.
Traducido al lenguaje del revolucionario, esto significa que el
éxito de la revolución es la ley suprema. Y si en aras del éxito de la
revolución fuera necesario restringir temporalmente la acción de tal o cual
principio democrático, sería un crimen detenerse ante esa restricción. Diré,
como opinión personal mía, que incluso el principio del sufragio universal debe
ser enfocado desde el punto de vista del principio fundamental de la democracia
a que me he referido antes. Es concebible en hipótesis el caso de que los
socialdemócratas estemos en contra del sufragio universal. Hubo una época en
que la burguesía de las repúblicas italianas privaba de derechos políticos a la
nobleza. El proletariado revolucionario podría limitar los derechos políticos
de las clases superiores, lo mismo que éstas hacían antes con él. Podría
juzgarse de la utilidad de semejante medida sólo desde el punto de vista de la
regla siguiente: “salus revolutionis suprema lex”. Y este mismo punto de vista
deberíamos sustentar también en lo que respecta a la duración de los
parlamentos. Si el pueblo, en un arrebato de entusiasmo revolucionario,
eligiera un Parlamento muy bueno, una especie de “Chambre introuvable” (Cámara
inefable), nosotros deberíamos esforzarnos por convertirlo en un Parlamento
duradero; pero si las elecciones resultaran desafortunadas, nosotros deberíamos
Plejanov acerca del terrorismo
esforzarnos por
disolverlo no al cabo de dos años, sino a ser posible, a las dos semanas”.
(Actas del II Congreso del partido, págs. 168-169).
Los enemigos del socialismo
pueden ser privados temporalmente no sólo de la inviolabilidad personal, no
sólo de la libertad de prensa, sino incluso del sufragio universal. Hay que
esforzarse por “disolver” un Parlamento malo en dos semanas. Los intereses de
la revolución, los intereses de la clase obrera: ésa es la ley suprema. Así
razonaba Plejánov cuando era socialista. Así razonaba entonces, junto con
Plejánov, la mayoría abrumadora de los actuales mencheviques, que hablan hoy a
gritos del “terrorismo bolchevique”.
Los “intereses de la
revolución” requieren ahora una dura lucha contra los saboteadores, los
organizadores de sublevaciones de cadetes y los periódicos que viven a expensas
de los banqueros. Cuando el Poder soviético emprende esa lucha, los señores
“socialistas” del campo menchevique y eserista gritan a los cuatro vientos que
son inadmisibles la guerra civil y el terrorismo.
193
Cuando su Kerenski
restableció la pena de muerte en el frente, ¿qué era eso, señores, sino
terrorismo?
Cuando su ministerio de
coalición, por conducto de Kornílov, fusiló a regimientos enteros por no
revelar suficiente entusiasmo en la guerra, ¿qué era eso, señores, sino guerra
civil?
Cuando sus Kerenski y sus
Avxéntiev encerraron en una sola cárcel, la de Minsk, a 3.000 soldados por
hacer “agitación perniciosa”, ¿qué era eso, señores, sino terrorismo?
Y cuando ustedes ahogaron los periódicos obreros, ¿qué era eso,
señores, sino terrorismo?
La única diferencia consiste
en que los Kerenski, los Avxéntiev y los Liberdán, en unión y amistad con los
Kornílov y los Sávinkov, practicaban el terrorismo contra los obreros, los
soldados y los campesinos en provecho de un puñado de terratenientes y banqueros,
en tanto que el Poder soviético aplica medidas enérgicas contra los
terratenientes, los merodeadores y sus lacayos en provecho de los obreros, los
soldados y los campesinos.
Publicado el 4 de enero de 1918 (22 de diciembre de 1917) en el
núm. 221 de “Pravda”, y el 23 de diciembre de 1917 en e núm. 259 de “Izvestia
del CEC”.
T. 35, págs. 184-186.
Los asustados por el fracaso de lo viejo y los que luchan por el
triunfo de lo nuevo
194
LOS
ASUSTADOS POR EL FRACASO DE LO VIEJO Y LOS QUE LUCHAN POR EL TRIUNFO DE LO
NUEVO.
“Los bolcheviques llevan ya
dos meses en el poder y, en vez del paraíso socialista, vemos el infierno del
caos, de la guerra civil y de una ruina aún mayor”. Así escriben, hablan y
piensan los capitalistas, junto con sus adeptos conscientes y semiconscientes.
Los bolcheviques llevamos
sólo dos meses en el poder —respondemos nosotros— y se ha dado ya un paso
gigantesco hacia el socialismo. No ven esto quienes no quieren ver o no saben
valorar los acontecimientos históricos en su conexión. No quieren ver que, en
unas semanas, han sido destruidos casi hasta sus cimientos los organismos no
democráticos en el ejército, en el campo y en las fábricas. Y no hay ni puede
haber otro camino hacia el socialismo que no pase por esa destrucción. No
quieren ver que, en unas semanas, la mentira imperialista en política exterior
—que prolongaba la guerra y encubría con los tratados secretos la expoliación y
la conquista— ha sido sustituida por una verdadera política democrática
revolucionaria de paz auténticamente democrática, que ha proporcionado ya un
éxito práctico tan grande como el armisticio y el alimento en cien veces de la
fuerza propagandística de nuestra revolución. No quieren ver que han comenzado
a aplicarse el control obrero y la nacionalización de los bancos, y que esto
constituye precisamente los primeros pasos hacia el socialismo.
No saben comprender la
perspectiva histórica quienes están abatidos por la rutina del capitalismo;
quienes están ensordecidos por la potente quiebra de lo viejo, por el crujido,
el estruendo y el “caos” (un caos aparente) de las viejas estructuras zaristas
y burguesas al desmoronarse y derrumbarse; quienes se asustan de que la lucha
de clases llegue a una exacerbación extrema y se transforme en guerra civil, la
única guerra legítima, la única justa, la única sagrada, no en el sentido
clerical de la palabra, sino en el sentido humano de guerra sagrada de los
oprimidos contra los opresores para derrocar a estos últimos, para emancipar de
toda opresión a los trabajadores. En el fondo, todos esos abatidos,
ensordecidos y asustados burgueses, pequeños burgueses y “servidores de la
burguesía” se guían, a menudo sin darse cuenta ellos mismos, por la vieja
noción, absurda, sentimental y trivial a lo intelectual, sobre “la implantación
del socialismo”. Una noción que han asimilado “de oídas”, tomando retazos de la
doctrina socialista, repitiendo las adulteraciones de esta doctrina por
ignorantes y adocenados y atribuyéndonos a nosotros, los marxistas, la idea e
incluso el plan de “implantar” el socialismo.
A nosotros, los marxistas,
nos son ajenas semejantes ideas, sin hablar ya de esos planes. Siempre hemos
sabido, dicho y repetido que el socialismo no se puede “implantar”, que surge
en el curso de la lucha de clases y de la guerra civil más intensas y violentas,
violentas hasta el frenesí y la desesperación; que entre el capitalismo y el
socialismo media un largo período de “doloroso alumbramiento”; que la violencia
es siempre la comadrona de la vieja sociedad; que al período de transición de
la sociedad burguesa a la socialista corresponde un Estado especial (es decir,
un sistema especial de violencia organizada sobre una clase de terminada), a
saber: la dictadura del proletariado. Y la dictadura presupone y significa un
estado de guerra latente, un estado de medidas militares contra los enemigos
del poder proletario. La Comuna fue la dictadura del proletariado, y Marx y
Engels reprocharon a la
Los asustados por el fracaso de lo viejo y los que luchan por el
triunfo de lo nuevo
Comuna, viendo en ello una
de las causas de su derrota, que no empleara con suficiente energía su fuerza armada para vencer la resistencia
de los explotadores111.
En el fondo, todos esos aullidos propios de intelectual con
motivo del aplastamiento de la resistencia de los capitalistas no son otra
cosa, hablando “cortésmente”, que un eructo del viejo “conciliacionismo”. Pero
si hablamos con la franqueza inherente al proletariado, habrá que decir el
persistente servilismo ante la caja de caudales es la esencia de los aullidos
contra la violencia actual, obrera, que se aplica (por desgracia, aún con
demasiada suavidad y poca energía) contra la burguesía, contra los saboteadores
y contrarrevolucionarios. “La resistencia de los capitalistas ha sido vencida”,
proclamaba el bueno de Peshejónov, ministro de los conciliadores, en junio de
1917. Este bonachón no sospechaba siquiera que la resistencia debe ser, en
efecto, vencida; que será vencida, y que eso se llama, en
lenguaje científico, dictadura del proletariado; que todo un período histórico
se caracteriza por el aplastamiento de la resistencia de los capitalistas; se
caracteriza, en consecuencia, por la
violencia sistemática contra toda una clase (la burguesía) y contra sus
cómplices.
195
La codicia, la repugnante,
ruin y furiosa codicia del ricachón; el acoquinamiento y el servilismo de sus
paniaguados: ahí está la verdadera base social de los aullidos que lanzan ahora
los intelectualillos, desde Riech
hasta Nóvaya Zhizn, contra la
violencia por parte del proletariado y del campesinado revolucionario. Tal es
el significado objetivo de sus aullidos, de sus mezquinas palabras, de sus
gritos de comediantes acerca de la “libertad” (la libertad de los capitalistas
de oprimir al pueblo), y etcétera, etcétera. Estarían “dispuestos” a reconocer
el socialismo si la humanidad pasase a él en el acto, con un salto efectista,
sin desavenencias, sin lucha, sin rechinar de dientes de los explotadores, sin
múltiples tentativas por su parte de perpetuar los viejos tiempos o volver a
ellos dando un rodeo en secreto, sin nuevas y nuevas “réplicas” de la violencia
proletaria revolucionaria a esas tentativas. Estos paniaguados intelectuales de
la burguesía están “dispuestos” a lavar la piel, como dice un conocido refrán
alemán, pero a condición de que la piel quede siempre seca.
Cuando la burguesía y los
funcionarios, empleados médicos, ingenieros, etc., acostumbrados a servirla
recurren a las medidas de resistencia más extremas, los intelectuales se
horrorizan. Tiemblan de miedo y aúllan con mayor estridencia, proclamando la necesidad
de retornar al “espíritu de conciliación”. Pero a nosotros, como a todos los
amigos sinceros de la clase oprimida, las medidas extremas de resistencia de
los explotadores sólo pueden alegrarnos, pues esperamos que el proletariado
madure para el ejercicio del poder en la escuela de la vida, en la escuela de
la lucha, y no en la escuela de las exhortaciones y los sermones, no en la
escuela de las prédicas dulzarronas y de las declamaciones conceptuosas. Para
convertirse en clase dominante y vencer definitivamente a la burguesía, el
proletariado debe aprender eso, pues
no tiene dónde encontrar en el acto esa capacidad. Y hay que aprender en la
lucha. Y enseña sólo la lucha seria, tenaz y encarnizada. Cuanto más extrema
sea la resistencia de los explotadores, tanto más enérgica, firme, implacable y
eficaz será su represión por los explotados. Cuanto más variados sean las
tentativas y los esfuerzos de los explotadores por mantener lo viejo, con tanta
mayor rapidez aprenderá el proletariado a expulsar a sus enemigos de clase de
sus últimos escondrijos, a arrancar las raíces de su dominación y a liquidar el
terreno mismo en que podían (y debían) crecer la esclavitud asalariada, la
miseria de las masas, el lucro y la insolencia de los ricos.
A medida que aumenta la
resistencia de la burguesía y de sus paniaguados crece también la fuerza del
proletariado y del campesinado, que se une a él. Los explotados se fortalecen,
maduran, crecen, aprenden, se sacuden la “antigua maldición” del trabajo asalariado
a medida que aumenta la resistencia de sus enemigos: los explotadores. La
victoria será de los explotados, pues tienen a su lado la vida, la fuerza del
número, la fuerza de las masas, la
![]()
111 Véanse las cartas de C.
Marx a G. Liebknecht del 6 de abril de 1871 y a L. Kugelmann del 12 de abril de
1871.
Los asustados por el fracaso de lo viejo y los que luchan por el
triunfo de lo nuevo
fuerza de los veneros
inagotables de todo lo abnegado, ideológico y honesto que pugna por avanzar y
despierta para edificar lo nuevo; tienen consigo la fuerza de la reserva
gigantesca de energía y de talento del llamado “vulgo”; de los obreros y de los
campesinos. La victoria será suya.
Escrito entre el 24 y el 27 de diciembre de 1917 (6-9 de enero
de 1918). Publicado por vez primera el 22 de enero de 1929 en el núm. 18 de
“Pravda”.
T. 35, págs. 191-194.
¿Cómo debe organizarse la emulación?
196
¿CÓMO DEBE
ORGANIZARSE LA EMULACIÓN?
Los escritores burgueses han
emborronado y continúan emborronando montañas de papel para elogiar la
competencia, la iniciativa privada y demás admirables encantos y virtudes de
los capitalistas y del régimen capitalista. Se acusaba a los socialistas de no
querer comprender la significación de esas virtudes ni tener en cuenta “la
naturaleza humana”. Pero, en realidad, el capitalismo ha sustituido hace ya
mucho la pequeña producción mercantil independiente
—en la que la competencia
podía, en proporciones más o menos amplias,
inculcar el espíritu emprendedor, la energía y la iniciativa audaz— con la
producción industrial a escala grande y grandísima, con las sociedades
anónimas, los consorcios y demás monopolios. La competencia significa, en este tipo de capitalismo, sofocar con
ferocidad inaudita el espíritu emprendedor, la energía, la iniciativa audaz de la masa de la población, de su inmensa
mayoría, del 99% de los trabajadores; significa también sustituir la emulación
por la pillería financiera, el nepotismo y el servilismo en los peldaños más
elevados de la escala social.
Lejos de apagar la
emulación, el socialismo crea por vez primera la posibilidad de practicarla a
escala verdaderamente amplia,
verdaderamente masiva ; crea la
posibilidad de incorporar de veras a la mayoría de los trabajadores a una
actividad que les permita manifestarse en todo su valor, desarrollar sus dotes
y revelar los talentos, que en el pueblo forman un manantial inagotable y que
el capitalismo pisoteaba, oprimía y ahogaba por miles y millones.
Nuestra tarea hoy, con un gobierno socialista en el poder,
consiste en organizar la emulación.
Los lacayos y paniaguados de
la burguesía han presentado el socialismo como un cuartel gris, uniforme,
monótono y penetrado de espíritu oficinesco. Los criados de la caja de
caudales, los lacayos de los explotadores — los señores intelectuales
burgueses— han hecho del socialismo un “espantajo” para el pueblo, que se ve
condenado precisamente en el capitalismo a una vida de presidio y de cuartel,
de trabajo monótono y agotador, a una vida semihambrienta y de profunda
miseria. La confiscación de las tierras de los latifundistas, la implantación
del control obrero y la nacionalización de los bancos constituyen el primer
paso hacia la emancipación de los trabajadores encerrados en ese presidio. Las
medidas siguientes serán la nacionalización de las fábricas y empresas, la
organización obligatoria de toda la población en sociedades de consumo, que
también serán sociedades de venta de productos, y el monopolio del Estado sobre
el comercio del trigo y de otros artículos necesarios.
Sólo ahora surge la
posibilidad de que el espíritu emprendedor, la emulación y la iniciativa audaz
se manifiesten con amplitud y a escala realmente masiva. Cada fábrica en que el
capitalista haya sido lanzado a la calle o, cuando menos, metido en cintura por
un verdadero control obrero; cada aldea en que se haya expulsado al
terrateniente explotador y se le hayan confiscado las tierras, es ahora, y sólo
ahora, campo de acción donde el trabajador puede mostrar de lo que es capaz,
enderezar un poco el espinazo, erguirse y sentirse hombre. Por vez primera
después de siglos de trabajo para los demás, de trabajo forzado para los
explotadores, se tiene la posibilidad de trabajar
para sí mismo y, además, beneficiándose de todas las conquistas de la
cultura y de la técnica más moderna.
Esta sustitución del trabajo
esclavizado por el trabajo para sí mismo —el cambio más grande que conoce la
historia de la humanidad — no puede realizarse, como es natural, sin
rozamientos, sin dificultades, sin conflictos, sin el empleo de la violencia contra
los parásitos inveterados y sus lacayos. En cuanto a esto, ningún obrero se
hace ilusiones templados en largos años de trabajos forzados para los
explotadores y de infinitas vejaciones y ultrajes por
¿Cómo debe organizarse la emulación?
parte de éstos; templados
por la negra miseria, los obreros y los campesinos pobres saben que se necesita
tiempo para romper la resistencia de
los explotadores. Los obreros y los campesinos no se han contagiado en lo más
mínimo de las ilusiones sentimentales de los señores intelectuales, de todo ese
fango de los de Nóvaya Zhizn y demás,
que han enronquecido “clamando” contra los capitalistas, que han “gesticulado”
y “tronado” contra ellos, para luego echarse a llorar y portarse como perros
apaleados cuando llega la hora de la
acción, de pasar de las amenazas a los hechos, de realizar en la práctica el derrocamiento de los capitalistas.
197
La gran sustitución del trabajo esclavizado por el trabajo para
sí mismo, organizado en un plan de conjunto, a una escala inmensa, a escala
nacional (y, en cierta medida, a escala internacional, mundial), exige también
—además de las medidas “militares” de
represión de la resistencia de los explotadores— esfuerzos gigantescos de organización y una gran iniciativa
organizadora por parte del proletariado y de los campesinos pobres. La tarea de
organizar forma un todo indisoluble con la de reprimir implacablemente por vía
militar a los esclavistas (capitalistas) de ayer y a su lacayuna jauría: los
señores intelectuales burgueses. Nosotros hemos sido siempre los organizadores
y los jefes, nosotros hemos mandado siempre —dicen y piensan los esclavistas de
ayer y sus demandaderos de entre los intelectuales— ; queremos continuar siendo
lo que éramos; no obedeceremos a la “plebe”, a los obreros y los campesinos; no
nos someteremos a ellos; haremos de nuestros conocimientos armas para defender
los privilegios de la caja de caudales y el dominio del capital sobre el
pueblo.
Así hablan, piensan y actúan
los burgueses y los intelectuales burgueses. Desde el punto de vista egoísta , se comprende su actitud: los
gorrones y paniaguados de los terratenientes feudales, los popes, los
chirpatintas, los funcionarios descritos por Gógol, los “intelectuales” que
odiaban a Belinski se despidieron también con gran “dificultad” del régimen de
la servidumbre. Pero la causa de los explotadores y de sus criados
intelectuales está condenada al fracaso. La resistencia de estos elementos va
siendo quebrantada por los obreros y los campesinos —por desgracia, con una
firmeza, una resolución e inexorabilidad todavía insuficientes—, y será quebrantada definitivamente.
“Ellos” piensan que la
“plebe”, los “simples” obreros y campesinos pobres, serán incapaces de cumplir
la gran tarea de organización que la revolución socialista ha hecho recaer
sobre los hombros de los trabajadores, una tarea verdaderamente heroica en el
sentido histórico universal de la palabra. “No podrán prescindir de nosotros”,
dicen para consolarse los intelectuales habituados a servir a los capitalistas
y al Estado capitalista. Pero verán frustrados sus insolentes cálculos:
empiezan ya a destacarse hombres instruidos que se ponen al lado del pueblo, al
lado de los trabajadores, para ayudarles a vencer la resistencia de los lacayos
del capital. En cuanto a los organizadores de talento, que abundan entre la
clase obrera y entre los campesinos, comienzan a tener conciencia de su valor,
a despertar y a sentirse atraídos por el gran trabajo vivo y creador, a
emprender por sí mismos la edificación de la sociedad socialista.
Una de las tareas más
importantes, si no la más importante, de la hora presente consiste en
desarrollar con la mayor amplitud esa libre iniciativa de los obreros y de
todos los trabajadores y explotados en general en su obra creadora de organización. Hay que desvanecer a toda
costa el viejo prejuicio absurdo,
salvaje, infame y odioso de que sólo las llamadas “clases superiores”, sólo los
ricos o los que han cursado la escuela de las clases ricas, pueden administrar
el Estado, dirigir la estructura de la sociedad socialista.
Eso es un prejuicio,
mantenido por la rutina podrida y fosilizada, por el hábito servil y, en mayor
medida, por la inmunda avidez de los capitalistas, interesados en administrar
saqueando y saquear administrando. No, los obreros no olvidarán ni un minuto
que necesitan
¿Cómo debe organizarse la emulación?
la fuerza del saber. El celo
extraordinario que ponen en instruirse, precisamente hoy, atestigua que en este
sentido no hay ni puede haber equivocaciones en los medios proletarios. Pero el
obrero y el campesino de filas, que
saben leer y escribir, que conocen a los hombres y tienen una experiencia
práctica también son capaces de efectuar la labor de organización. Estos hombres forman legión en la “plebe”, de la que hablan con desdén y altanería los
intelectuales burgueses. La clase obrera y el campesinado poseen un manantial
inagotable y aún intacto de esos talentos.
Los obreros y los campesinos
son todavía “tímidos”, no están acostumbrados aún a la idea de que ahora son ellos la clase dominante y les falta decisión. La revolución no podía inculcar en el acto estas cualidades en millones
y millones de hombres obligados por el hambre y la miseria a trabajar bajo el látigo durante toda su vida. Pero la
fuerza, la vitalidad y la invencibilidad de la Revolución de Octubre de 1917
radican precisamente en que ésta despierta
esas cualidades, derrumba todos los viejos obstáculos, rompe las trabas
vetustas y lleva a los trabajadores
al camino de la creación por ellos
mismos de la nueva vida.
Contabilidad y control: ésa
es la tarea económica principal de
cada Soviet de diputados obreros, soldados y campesinos, de cada sociedad de
consumo, de cada sindicato o comité de abastecimiento, de cada comité de
fábrica u organismo de control obrero en general.
Es necesario combatir la
vieja costumbre de considerar la medida de trabajo y los medios de producción
desde el punto de vista del hombre esclavizado que se pregunta cómo podrá
eludir una carga suplementaria, cómo podrá arrancar tajada a la burguesía. Los obreros avanzados y conscientes han comenzado
ya esta lucha y dan una réplica enérgica a los que llegaron a las fábricas en
número singularmente grande durante la guerra y que ahora querrían tratar la
fábrica del pueblo, la fábrica que es
ya propiedad del pueblo, como antes, con un solo pensamiento: “sacar el mayor
provecho posible y marcharse”. Cuánto hay de consciente, honrado y reflexivo
entre los campesinos y entre las masas trabajadoras se alzará en esa lucha al
lado de los obreros avanzados.
198
Desde el momento en que se
ha conseguido y asegurado la dominación política del proletariado, la esencia de la transformación
socialista radica en la contabilidad y el control de la cantidad de trabajo y
de la distribución de productos, si esa contabilidad y ese control se realizan
en todas partes con carácter general, universal, por los Soviets de diputados
obreros, soldados y campesinos, como poder supremo del Estado, o se establecen
de acuerdo con las indicaciones y por mandato de este poder.
La contabilidad y el
control, indispensables para pasar al socialismo, sólo pueden ser obra de las
masas. La colaboración voluntaria y concienzuda de las masas obreras y campesinas, realizada con entusiasmo
revolucionario, en la contabilidad y el control sobre los ricos, los estafadores, los parásitos y los hampones es
lo único que puede vencer esas supervivencias de la maldita sociedad capitalista, esas heces de la humanidad,
esos miembros de la sociedad irremisiblemente podridos y osificados, esa plaga,
esa peste, esa llaga que el capitalismo ha dejado en herencia al socialismo.
¡Obreros y campesinos,
trabajadores y explotados! ¡La tierra, los bancos y las fábricas han pasado a
ser propiedad de todo el pueblo! ¡Empezad a llevar vosotros mismos la contabilidad y el control de la producción y
distribución de los productos; ése es el
único camino hacia el triunfo del socialismo, la garantía de su victoria,
la garantía de la victoria sobre toda explotación, sobre toda miseria y
necesidad! Porque en Rusia bastará trigo, hierro, madera, lana, algodón y lino
para todos, a condición de que se distribuyan bien el trabajo y los productos;
a condición de que se establezca un control de todo el pueblo, un control eficaz y práctico de esa distribución; a
condición de que se venza no sólo en
la política, sino también en la vida económica cotidiana, a los enemigos del
pueblo: a los ricos y a sus paniaguados y, luego, a los estafadores, parásitos
y hampones.
¿Cómo debe organizarse la emulación?
¡Ninguna clemencia para esos
enemigos del pueblo, para los enemigos del socialismo, para los enemigos de los
trabajadores! ¡Guerra a muerte a los ricos y a sus paniaguados, a los
intelectuales burgueses; guerra a los pillos, a los parásitos y a los maleantes!
Unos y otros, los primeros y los últimos, son hermanos carnales, son engendros
del capitalismo, niños mimados de la sociedad señorial y burguesa; de esa
sociedad en la que un puñado de hombres expoliaba al pueblo y se mofaba de él;
de esa sociedad en la que la miseria y la necesidad empujaban a miles y miles
de seres al camino del hampa, de la corrupción, de la pillería y del olvido de
la dignidad humana; de esa sociedad que inculcaba inevitablemente en los
trabajadores este deseo: eludir la explotación, aunque fuese con engaños;
librarse, deshacerse, aunque sólo fuese por un instante, de un trabajo odioso;
procurarse el pedazo de pan de cualquier modo, a cualquier precio, para no
pasar hambre ni ver hambrientos a sus familiares.
Los ricos y los maleantes
son dos caras de una misma medalla; son las dos categorías principales de parásitos nutridos por el capitalismo;
son los enemigos principales del socialismo. Esos enemigos deben ser sometidos
a una vigilancia especial de toda la población, deben ser castigados sin piedad
en cuanto cometan la menor infracción de las reglas y las leyes de la sociedad
socialista. Toda debilidad, toda vacilación, todo sentimentalismo
constituirían, en este aspecto, el mayor crimen contra el socialismo.
Para inmunizar a la sociedad
socialista contra esos parásitos hay que organizar la contabilidad y el control
de la cantidad de trabajo, de la producción y distribución de lo producido; una
contabilidad y un control ejercido por todo el pueblo y respaldado voluntaria y
enérgicamente, con entusiasmo revolucionario, por millones y millones de
obreros y campesinos. Y para organizar esa contabilidad y ese control, completamente accesibles, enteramente al
alcance de todo obrero y de todo campesino honrado, activo y sensato, hay que
despertar sus propios organizadores de talento, surgidos de su seno; hay que
despertar en ellos —y organizar a escala de todo el país — la emulación en el logro de éxitos en la organización; hay que
lograr que los obreros y los campesinos comprendan claramente la diferencia que
existe entre el consejo necesario del hombre instruido y el control necesario
del “sencillo” obrero y campesino sobre la
negligencia, tan habitual entre las personas “instruidas”.
Esa negligencia, esa
incuria, ese abandono, esa dejadez, esa precipitación nerviosa, esa tendencia a
sustituir la acción con la discusión y el trabajo con las conversaciones, esa
inclinación a emprenderlo todo y no terminar nada constituye uno de los rasgos
de “las personas instruidas”. Y este rasgo no dimana en modo alguno de su mala
condición, y menos aún de sus malas intenciones, sino de todos los hábitos de
su vida, de sus condiciones de trabajo, de su agotamiento, del divorcio anormal
que existe entre el trabajo intelectual y el trabajo manual, etc., etc.
Entre los errores, las
deficiencias y los pasos en falso de nuestra revolución desempeñan un
importante papel los errores, etc., nacidos de esas tristes peculiaridades
—inevitables en este momento— de los intelectuales de nuestros medios y de la
falla de un control suficiente de los obreros sobre el trabajo de organización
de los intelectuales.
Los obreros y los campesinos
son todavía “tímidos”; pero deben deshacerse de su timidez y se desharán de
ella, sin duda alguna. Es imposible
prescindir de los consejos y las orientaciones de las personas instruidas, de
los intelectuales, de los especialistas. Todo obrero y todo campesino con un
poco de sentido lo comprende perfectamente, y los intelectuales de nuestros
medios no pueden quejarse de falta de atención y de estimación camaraderil por
parte de los obreros y de los campesinos. Pero los consejos y las orientaciones
son una cosa, y la organización práctica
de la contabilidad y del control, otra. Los intelectuales dan con frecuencia
admirables consejos y orientaciones; pero resultan
¿Cómo debe organizarse la emulación?
“torpes” hasta el ridículo, el absurdo y la ignominia; resultan
incapaces de aplicar esos consejos y
esas orientaciones, de ejercer un control
práctico para que las palabras se transformen en hechos.
199
Y en esto precisamente no se
puede prescindir en absoluto de la ayuda y del
papel dirigente de los organizadores prácticos salidos del “pueblo”, de los
obreros y campesinos trabajadores. “Todo es obra de los hombres”, dice el
proverbio. Y los obreros y los campesinos deben tener muy presente esta verdad.
Deben comprender que hoy todo radica en la
práctica, que ha llegado justamente un momento histórico en que la teoría
se transforma en práctica, se reanima con la práctica, se corrige con la
práctica y se comprueba con la práctica. Un momento histórico en el que son
justas en extremo las palabras de Marx de que “cada paso de movimiento real
vale más que una docena de programas”112; un
momento en el que toda acción orientada prácticamente a meter en cintura de
verdad a los ricos y a los pillos, a limitar sus posibilidades y a someterlos a
una contabilidad y un control rigurosos vale mucho más que una docena de
admirables razonamientos acerca del socialismo. Porque “la teoría es gris,
amigo mío, pero el árbol de la vida es eternamente verde”113.
Hay que organizar la
emulación entre los obreros y campesinos que actúan como organizadores
prácticos. Hay que combatir toda tentativa de crear clisés y de establecer la
uniformidad desde arriba, cosas a que son tan aficionados los intelectuales.
Los clisés y la uniformidad desde arriba no tienen nada de común con el
centralismo democrático y socialista. La unidad en lo fundamental, en lo
cardinal y esencial, lejos de verse perjudicada, está asegurada por la diversidad en los detalles, en las
particularidades locales, en las formas de abordar
la práctica, en los modos de aplicar
el control, en los métodos de
exterminar y neutralizar a los parásitos (los ricos y los hampones, los
haraganes y los intelectuales histéricos, etc., etc.).
La Comuna de París nos ha
ofrecido un magnífico ejemplo de iniciativa, de independencia, de libertad de
movimiento y de despliegue de energías desde abajo, todo ello combinado con un
centralismo voluntario, al que le son ajenos los clisés. Nuestros Soviets
siguen el mismo camino. Pero son todavía “tímidos”, no han desplegado aún todas
sus fuerzas, no han “calado hondo” todavía en su nueva y gigantesca labor
creadora del régimen socialista. Es necesario que los Soviets pongan manos a la
obra con más audacia e iniciativa. Es preciso que cada “comuna” —cada fábrica,
cada aldea, cada sociedad de consumo, cada comité de abastecimiento— actúen, emulando entre sí, como organizadores
prácticos de la contabilidad y del control del trabajo y de la distribución de
los productos. El programa de esa contabilidad y de ese control es sencillo,
claro y comprensible para todos: que nadie carezca de pan, que todos usen buen
calzado y buena ropa, tengan una vivienda abrigada, trabajen a conciencia y que
ni un solo granuja (incluyendo a cuantos esquivan el trabajo) se pasee en
libertad, en lugar de estar en la cárcel o cumplir condena a trabajos forzados
de los más duros; que ningún rico que contravenga las reglas y leyes del
socialismo pueda escapar a la suerte de los pillos, suerte que, en justicia,
debe ser la suya. “El que no trabaja, no come” éste es el mandamiento práctico del socialismo. Esto es lo que
hay que organizar en la práctica.
Estos son los éxitos prácticos que
deben llenar de orgullo a nuestras “comunas” y a nuestros organizadores
obreros, campesinos y —con mayor motivo— intelectuales (con mayor motivo, pues estos últimos están muy acostumbrados, demasiado acostumbrados a enorgullecerse
de sus indicaciones y resoluciones de carácter general).
Las comunas mismas, las
pequeñas células en el campo y en las ciudades, deben imaginar y comprobar en
la práctica millares de formas y métodos de contabilidad y control efectivos
![]()
112 C. Marx. Carta a Guillermo
Bracke, del 5 de mayo de 1875
113 Juan Wolfgang Goethe. Fausto
¿Cómo debe organizarse la emulación?
sobre los ricos, los pillos
y los parásitos. La diversidad es en este terreno una garantía de vitalidad,
una prenda del éxito en el logro del objetivo común y único limpiar el suelo de Rusia de todos los
insectos nocivos, de pulgas (pillos), chinches (ricos), y etc., etc. En un
lugar se encarcelará a una docena de ricos, a una docena de truhanes, a media
docena de obreros que rehúyen el trabajo (del mismo modo canallesco con que lo
hacen en Petrogrado numerosos tipógrafos, sobre todo en las imprentas del partido).
En otro se les obligará a limpiar las letrinas. En un tercero se les dará, al
salir de la cárcel, cartilla de exrecluso para que todo el pueblo los vigile
como seres nocivos hasta que se corrijan. En otro se fusilará en el acto a un
parásito de cada diez. En otro más se idearán combinaciones de diversos métodos
y medios y se recurrirá, por ejemplo, a la libertad condicional de los ricos,
intelectuales burgueses, truhanes y maleantes susceptibles de enmienda rápida.
Cuanto mayor sea la variedad, tanto mejor y más rica será la experiencia común,
tanto más seguro y rápido será el triunfo del socialismo y tanto más fácilmente
determinará la práctica —pues sólo ella puede hacerlo— los mejores procedimientos y medios de lucha.
200
¿En qué comuna, en qué barrio de gran ciudad, en qué fábrica y
en qué aldea no hay hambrientos, no hay parados, no hay ricos parásitos, no
hay canallas de entre los lacayos de la burguesía y saboteadores que se
dicen intelectuales? ¿Dónde se ha hecho más para aumentar el rendimiento del
trabajo, para construir casas nuevas y buenas destinadas a los pobres, para
alojar a los pobres en las casas de los ricos, para dar de una manera regular
su botella de leche a todos los niños de las familias pobres? Estas son las
cuestiones en que debe basarse la
emulación de las comunas, de las comunidades, de las asociaciones y
cooperativas de consumo y de producción, de los Soviets de diputados obreros,
soldados y campesinos. Esta es la labor en que deben destacarse y elevarse prácticamente a los puestos de dirección
de todo el país a los organizadores de
talento. Estos elementos abundan en el pueblo, pero se sienten cohibidos.
Hay que ayudarles a desarrollarse. Ellos, y
sólo ellos, pueden, con el apoyo de las masas, salvar a Rusia y salvar la
causa del socialismo.
Escrito entre el 24 y 27 de diciembre de 1917 (6-9 de enero de
1918). Publicado por vez primera el 20 de enero de 1929 en el núm. 17 de
“Pravda”.
T. 35, págs. 195-205.
Declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado
201
DECLARACIÓN
DE LOS DERECHOS DEL PUEBLO TRABAJADOR Y EXPLOTADO 114
La Asamblea Constituyente decretas:
I.
1. Queda proclamada en Rusia la República
de los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos. Todo el poder,
tanto en el centro como en las localidades, pertenece a dichos Soviets.
2.
La
República Soviética de Rusia se instituye sobre la base de la unión libre de
naciones libres, como Federación de Repúblicas Soviéticas nacionales.
II.
Habiéndose señalado como
misión esencial abolir toda explotación del hombre por el hombre, suprimir por
completo la división de la sociedad en clases, sofocar de manera implacable la
resistencia de los explotadores, instaurar una organización socialista de la
sociedad y hacer triunfar el socialismo en todos los países, la Asamblea
Constituyente decreta, además:
1. Queda abolida la propiedad privada de la
tierra. Se declara patrimonio de todo el pueblo trabajador toda la tierra, con
todos los edificios, ganado de labor, aperos de la branza y demás accesorios
agrícolas.
2. Se ratifica la ley soviética acerca del
control obrero y del Consejo Superior de Economía Nacional, con objeto de
asegurar el poder del pueblo trabajador sobre los explotadores y como primera
medida para que las fábricas, talleres, minas, ferrocarriles y demás medios de
producción y de transporte pasen por entero a ser propiedad del Estado obrero y
campesino.
3. Se ratifica el paso de todos los bancos
a propiedad del Estado obrero y campesino, como una de las condiciones de la
emancipación de las masas trabajadoras del yugo del capital.
4.
Queda
establecido el trabajo general obligatorio, con el fin de suprimir los sectores
parasitarios de la sociedad.
5. Se decreta el armamento de los
trabajadores, la formación de un Ejército Rojo socialista de obreros y
campesinos y el desarme completo de las clases poseedoras, con objeto de
asegurar la plenitud del poder de las masas trabajadoras y eliminar toda posibilidad
de restauración del poder de los explotadores.
![]()
114 El proyecto de Declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado fue
presentado en una sesión del CEC de toda Rusia que se celebró el 3 (16) de
enero de 1918. El proyecto quedó aprobado en principio y transferido, para su
redacción definitiva, a una comisión coordinadora. Yákov Sverdlov dio lectura a
la Declaración en la primera sesión de la Asamblea Constituyente y propuso que
fuera aprobada. Pero la parte contrarrevolucionaria de la Asamblea
Constituyente rechazó esta proposición por mayoría de votos. El12 (25) de
enero, la Declaración fue ratificada
por el III Congreso de los Soviets de toda Rusia y, con posterioridad, sirvió
de base a la Constitución Soviética
Declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado
III.
1. Al expresar su inquebrantable decisión
de arrancar a la humanidad de las garras del capital financiero y del
imperialismo, que han anegado en sangre la tierra en la guerra actual, la más
criminal de todas, la Asamblea Constituyente se solidariza por entero con la
política aplicada por el Poder de los Soviets, consistente en romper los
tratados secretos, organizar la más extensa confraternización con los obreros y
campesinos de los ejércitos actualmente en guerra y obtener, cueste lo que
cueste, por procedimientos revolucionarios, una paz democrática entre los
pueblos, sin anexiones ni contribuciones, sobre la base de la libre
autodeterminación de las naciones.
2. Con el mismo fin, la Asamblea
Constituyente insiste en la completa ruptura con la bárbara política de la
civilización burguesa, que basaba la prosperidad de los explotadores de unas
pocas naciones elegidas en la esclavitud de centenares de millones de trabajadores
en Asia, en las colonias en general y en los países pequeños.
La Asamblea Constituyente
aplaude la política del Consejo de Comisarios del Pueblo, que ha proclamado la
completa independencia de Finlandia, ha comenzado a retirar las tropas de
Persia y ha anunciado la libertad de autodeterminación de Armenia115.
3.
La
Asamblea Constituyente considera la ley soviética de anulación de los
empréstitos concertados por los gobiernos del zar, de los terratenientes y de
la burguesía como un primer golpe asestado al capital bancario, financiero
internacional, y expresa la seguridad de que el Poder de los Soviets seguirá
firmemente esta ruta hasta la completa victoria de la insurrección obrera
internacional contra el yugo del capital.
IV.
Elegida sobre la base de las
candidaturas de los partidos confeccionadas antes de la Revolución de Octubre,
cuando el pueblo no podía aún alzarse en su totalidad contra los explotadores,
ni conocía toda la fuerza de la resistencia de éstos en la defensa de sus
privilegios de clase ni había abordado en la práctica la creación de la
sociedad socialista, la Asamblea Constituyente consideraría profundamente
erróneo, incluso desde el punto de vista formal, contraponerse al Poder de los
Soviets.
202
En esencia, la Asamblea
Constituyente estima que hoy, en el momento de la lucha final del pueblo contra
sus explotadores, no puede haber lugar para estos últimos en ninguno de los
órganos de poder. El poder debe pertenecer íntegra y exclusivamente a las masas
trabajadoras y a sus representantes autorizados: los Soviets de diputados
obreros, soldados y campesinos.
Al apoyar el Poder de los
Soviets y los decretos del Consejo de Comisarios del Pueblo, la Asamblea
Constituyente estima que sus funciones no van más allá de establecer las bases
cardinales de la transformación socialista de la sociedad.
![]()
115 El 6 (19) de diciembre de 1917, la Dieta
finlandesa adoptó una declaración en la que Finlandia era proclamada Estado
independiente. De conformidad con la política nacional del Estado soviético, el
18 (31) del mismo mes, el Consejo de Comisarios del Pueblo aprobó un decreto
por el que se concedía a Finlandia la independencia estatal. Durante una
reunión del CCP, Lenin entregó personalmente el texto del decreto al primer
ministro de Finlandia, P. E. Svinhufvud, que encabezaba la delegación
gubernamental finlandesa. El 22 de diciembre de 1917 (4 de enero de 1918), el
CEC de toda Rusia ratificó el decreto sobre la independencia de Finlandia.
El 19 de diciembre de 1917 (1 de enero de 1918), de acuerdo con
el tratado suscrito por Rusia con Alemania, Austria-Hungría, Turquía y Bulgaria
en Brest el 2 (15) de diciembre, el Gobierno soviético propuso al gobierno
persa confeccionar un plan común de retirada de las tropas rusas de Persia.
El 29 de diciembre de 1917 (11 de enero de 1918), el CCP aprobó
el Decreto acerca de la "Armenia
Turca".
Declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado
Al mismo tiempo, en su
propósito de crear una alianza efectivamente libre y voluntaria y, por con
siguiente, más estrecha y duradera entre las clases trabajadoras de todas las
naciones de Rusia, la Asamblea Constituyente limita su misión a estipular las bases
fundamentales de la Federación de Repúblicas Soviéticas de Rusia, concediendo a
los obreros y campesinos de cada nación la libertad de decidir con toda
independencia, en su propio Congreso de los Soviets investido de plenos
poderes, si desean, y en qué condiciones, participar en el gobierno federal y
en las demás instituciones soviéticas federales.
Escrito no más tarde del 3 (16) de enero de 1918. Publicado el 4
(17) de enero de 1918 en el núm. 2 de “Pravda” y en el núm. 2 de “Izvestia del
CEC”.
T. 35, págs. 221-223.
203
GENTE DEL OTRO MUNDO.
“He perdido en vano el día,
amigos míos”. Así dice una antigua sentencia latina, que viene
involuntariamente a la memoria cuando se piensa en la pérdida del día 5 de
enero.
Después del trabajo vivo,
auténtico, de los Soviets entre los obreros y los campesinos, dedicados a una obra útil, a talar el bosque y
arrancar los tocones de la explotación terrateniente y capitalista, hemos
tenido que trasladarnos de pronto a un “mundo ajeno”, a unos advenedizos del
otro mundo, del campo de la burguesía y de sus partidarios, paniaguados,
lacayos y defensores voluntarios e involuntarios, conscientes e inconscientes.
Del mundo de la lucha de las masas trabajadoras, y de su organización soviética,
contra los explotadores, al mundo de las frases melifluas de las declaraciones
relamidas y vacuas, de las promesas basadas, como antes, en la conciliación con
los capitalistas.
¡Como si la historia,
involuntariamente o por error, hubiera vuelto atrás su reloj y hubiésemos
estado por un día no en enero de 1918, sino en mayo o junio de 1917!
¡Es espantoso! Es algo
insoportable estar entre hombres vivos y encontrarse de pronto en compañía de
cadáveres, respirar el olor a muerto, escuchar a esas mismas momias de la huera
fraseología “social” a lo Luis Blanc, escuchar a Chernov y Tsereteli.
Tenía razón el camarada
Skvortsov, quien en dos o tres frases tajantes, cinceladas con precisión,
sencillas, serenas y, al mismo tiempo, despiadadamente bruscas, dijo a los
eseristas de derecha: “Todo ha terminado entre nosotros. Haremos hasta el fin
la Revolución de Octubre contra la burguesía. Ustedes y nosotros nos
encontramos a lados distintos de la barricada”.
Y como respuesta, un
torrente de frases pulidísimas de Chernov y Tsereteli, que dieron de lado
cuidadosamente sólo (¡sólo!) una cuestión: la cuestión del Poder soviético, de
la Revolución de Octubre. “Que no haya guerra civil, que no haya sabotaje”,
conjura Chernov a la revolución en nombre de los eseristas de derecha. Y los
eseristas de derecha, que han estado durmiendo como difuntos en el féretro
durante medio año, desde junio de 1917 hasta enero de 1918, se levantan y
aplauden con frenesí, con tozudez. ¡Es, en efecto, tan fácil y agradable
resolver los problemas de la revolución por medio de exorcismos! “Que no haya
guerra civil, que no haya sabotaje, que reconozcan todos a la Asamblea
Constituyente”. ¿En qué se diferencia eso, en el fondo, de otro exorcismo: “Que
se reconcilien los obreros y los capitalistas”? Absolutamente en nada. Los
Kaledin y los Riabushinski, junto con sus amigos imperialistas de todos los
países, no desaparecerán ni modificarán su política porque les conjuren a ello
los cantos melodiosos del melifluo Chernov ni los aburridos sermones de
Tsereteli, que huelen a librejos no comprendidos, mal meditados y
desnaturalizados.
O vencer a los Kaledin y los
Riabushinski o entregar la revolución. O la victoria en la guerra civil contra
los explotadores o la muerte de la revolución. Así se planteó el problema en
todas las revoluciones: en la inglesa del siglo XVII, en la francesa del siglo
XVIII y en la alemana del siglo XIX. ¿Cómo puede concebirse que el problema no
esté planteado así en la revolución rusa del siglo XX? ¿Cómo van a convertirse
los lobos en corderos?
Tsereteli y Chernov no
tienen ni un ápice de reflexión, ni el más mínimo deseo de reconocer el hecho
de la lucha de clases, que se ha transformado en guerra civil no por
casualidad, no de golpe, no por capricho o mala voluntad de nadie, sino de modo
ineluctable, en un largo proceso de desarrollo revolucionario.
Ha sido un día pesado,
aburrido y fastidioso en los elegantes locales del Palacio de Táuride, que
incluso por su aspecto se diferencia del Smolny aproximadamente igual que el
parlamentarismo burgués,
elegante, pero muerto, se diferencia del mecanismo soviético, proletario,
sencillo, desordenado e imperfecto aún en muchos aspectos, pero vivo y vital.
Allá, en el viejo mundo del parlamentarismo burgués, hacían esgrima los jefes
de las clases hostiles y de los grupos hostiles de la burguesía. Aquí, en el
nuevo mundo del Estado socialista, proletario y campesino, las clases oprimidas
hacen con tosquedad, sin habilidad... (Aquí se interrumpe el manuscrito)
Escrito el 6 (19) de enero de 1918. Publicado por vez primera el
21 de enero de 1926 en el núm. 17 de “Pravda”.
T. 35, págs. 229-231.
Discurso acerca de la disolución de la Asamblea Constituyente
204
DISCURSO ACERCA DE LA DISOLUCIÓN DE LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE,
EN LA SESIÓN DEL CEC DE TODA RUSIA.
6 (9) de enero de
1918.
Camaradas: El choque
producido entre el Poder soviético y la Asamblea Constituyente ha sido
preparado por toda la historia de la revolución rusa, colocada ante las
inauditas tareas de la transformación socialista de la sociedad. Después de les
sucesos de 1905 no cabía la menor duda de que el zarismo estaba viviendo sus
últimos días y logró salir a flote sólo merced al atraso y la ignorancia del
campo. La revolución de 1917 viose acompañada por el fenómeno de que, por una
parte, el partido imperialista burgués se transformó, en virtud de los
acontecimientos, en un partido republicano y, por otra parte, surgieron los
Soviets, organizaciones democráticas fundadas aún en 1905, pues los socialistas
comprendieron ya entonces que con la organización de estos Soviets se creaba
algo magno, nuevo y sin precedente en la historia de la revolución mundial. Los
Soviets, que el pueblo supo crear de manera independiente por completo, son una
forma de democracia sin igual en ningún otro país.
La revolución ha puesto en
juego dos fuerzas: la unión de las masas para derrocar el zarismo y las
organizaciones del pueblo trabajador. Cuando oigo gritar a los enemigos de la
Revolución de Octubre que las ideas del socialismo son irrealizables y utópicas,
suelo hacerles una pregunta simple y clara:
¿Qué fenómeno es ese de los
Soviets? ¿A qué se deben estas organizaciones del pueblo, sin igual aún en la
historia del desarrollo de la revolución mundial?
Y nadie me ha dado, ni podía
darme, una respuesta concreta a esta pregunta. A causa de la defensa rutinaria
del régimen burgués, se combate a estas potentes organizaciones, cuyo
surgimiento no se ha observado aún en ninguna de las revoluciones registradas
en el mundo. Quien lucha contra los terratenientes, va a los Soviets de
diputados campesinos. Los Soviets abarcan a todos los que, no deseando
permanecer inactivos, siguen el camino de la labor creadora. Han cubierto con
una red todo el país, y cuanto más tupida sea esta red de Soviets populares,
tanto menor será la posibilidad de que se explote a los hombres del pueblo
trabajador, pues la existencia de los Soviets es incompatible con la
prosperidad del régimen burgués. En eso radica el origen de todas las
contradicciones de los representantes de la burguesía que luchan contra
nuestros Soviets exclusivamente en aras de sus intereses.
La transición del
capitalismo al régimen socialista va acompañada de una lucha larga y tenaz. La
revolución rusa, después de derrocar el zarismo, debía seguir avanzando sin
cesar, no limitándose al triunfo de la revolución burguesa, pues la guerra y
las inauditas calamidades que acarrea a los pueblos extenuados abonaron el
terreno para que estallara la revolución social. Y por eso es ridículo en
extremo afirmar que el desenvolvimiento incesante de la revolución y la
indignación consecutiva de las masas fueron suscitados por un solo partido, por
una sola personalidad o, como gritan ellos, por la voluntad de un “dictador”.
El incendio de la revolución estalló a consecuencia de los increíbles
sufrimientos de Rusia y de todas las condiciones creadas por la guerra, que
planteó de manera tajante y categórica al pueblo trabajador este dilema: o daba
ese paso audaz, intrépido y temerario, o perecía de hambre.
Y el fuego revolucionario se
manifestó en que fueron creados los Soviets, estos puntales de la revolución de
los trabajadores. El pueblo ruso dio un salto gigantesco del zarismo a los
Soviets. Esto es un hecho incontestable, no registrado aún en ningún otro
sitio. Y mientras
Discurso acerca de la disolución de la Asamblea Constituyente
los parlamentos burgueses de
todos los países y Estados, encerrados en el marco del capitalismo y de la
propiedad, nunca ni en parte alguna han ayudado al movimiento revolucionario,
los Soviets, al avivar el incendio de la revolución, dictan imperiosos al
pueblo: lucha, tómalo todo en tus manos y organízate. Es indudable que en el
proceso de desarrollo de la revolución, originado por la fuerza de los Soviets,
se tropezará con una serie de errores y fallas de todo género; mas no es un
secreto para nadie que todo movimiento revolucionario va acompañado siempre,
ineluctablemente, de una manifestación temporal de caos, desbarajuste y
desorden. La sociedad burguesa es la misma guerra, la misma matanza, y este
fenómeno ha motivado y agravado el conflicto entre la Asamblea Constituyente y
los Soviets. Y cuantos nos señalan que nosotros, defensores en otros tiempos de
la Asamblea Constituyente, la “disolvemos” hoy, no tienen un ápice de
inteligencia, sólo pronuncian frases hueras y pomposas.
206
Porque en otros tiempos, la
Asamblea Constituyente era para nosotros mejor que los decantados organismos de
poder del zarismo y de la república de Kerenski; pero, a medida que han ido
surgiendo los Soviets, es lógico que estos últimos, como organizaciones
revolucionarias de todo el pueblo, hayan alcanzado un nivel incomparablemente
más alto que todos los parlamentos del mundo, fenómeno que recalqué ya en el
mes de abril. Los Soviets, al abolir de manera radical la propiedad burguesa y
terrateniente y facilitar la revolución definitiva que está barriendo todos los
vestigios del régimen burgués, nos empujaron al camino que ha llevado al pueblo
a crear su propia vida. Hemos emprendido ya esa gran obra y hemos hecho muy
bien en emprenderla. Está fuera de toda duda que la revolución socialista no
puede ser ofrecida en el acto al pueblo en forma pura, lisa y sin tacha; no
puede menos de ir acompañada de guerra civil, de manifestaciones de sabotaje y
resistencia. Y quienes pretenden demostraros lo contrario, o son embusteros o
son hombres enfundados. (Clamorosos
aplausos.) Los sucesos del 20 de abril, cuando el pueblo solo, por propia
iniciativa, sin indicación alguna de “dictadores” o partidos, se pronunció
contra el gobierno conciliador; este fenómeno, mostró ya entonces toda la
debilidad e inconsistencia de los puntales burgueses. Las masas sintieron su
fuerza y, para complacerlas, empezó el célebre carrusel ministerial a fin de
engañar al pueblo. Pero éste no tardó en ver claro, sobre todo después de que
Kerenski, teniendo en ambos bolsillos los expoliadores tratados secretos con
los imperialistas, lanzó las tropas a la ofensiva. El pueblo engañado, cuya
paciencia empezaba a agotarse, fue comprendiendo poco a poco la actividad de
los conciliadores, y el resultado de todo ello fue la Revolución de Octubre. El
pueblo ha aprendido de la experiencia, pasando por todas las torturas, por las
penas de muerte y los ametrallamientos masivos, y en vano le aseguran los
verdugos que los culpables de la insurrección de los trabajadores son los
bolcheviques o ciertos “dictadores”. Así lo demuestra la división existente en
el seno de las masas populares, en los congresos, asambleas, conferencias, etc.
El pueblo no ha terminado aún de asimilar la Revolución de Octubre. Esta revolución
le ha mostrado en la práctica cómo debe tomar en sus manos, en manos del Estado
obrero y campesino, las tierras, las riquezas naturales y los medios de
transporte y de producción. Todo el poder a los Soviets, dijimos. Y por eso
luchamos. El pueblo quiso convocar la Asamblea Constituyente, y nosotros la
convocamos. Pero sintió en el acto qué representaba esa decantada Asamblea
Constituyente. Y ahora hemos cumplido la voluntad del pueblo, que proclama:
Todo el Poder a los Soviets. Y doblegaremos a los saboteadores. Cuando pasé del
Smolny, que rebosaba entusiasmo y estaba pletórico de vida, al Palacio de
Táuride, me sentí como si me encontrara entre cadáveres y momias. En la lucha
contra el socialismo han esgrimido todos los medios a su alcance, han empleado
la fuerza y el sabotaje, y hasta el saber —el gran orgullo de la humanidad — lo
han convertido en un medio de explotación del pueblo trabajador. Y aunque con
ello han torpedeado algo los pasos hacia la revolución socialista, no han
logrado ni lograrán jamás frustrarla. Porque es demasiado
Discurso acerca de la disolución de la Asamblea Constituyente
poderosa la fuerza de los
Soviets, que han empezado a demoler los puntales viejos, caducos, del régimen
burgués no a lo gran señor, sino a lo proletario, a lo campesino.
Y la entrega de todo el
poder a la Asamblea Constituyente equivale a la conciliación con la maligna
burguesía. Los Soviets rusos ponen los intereses de las masas trabajadoras muy
por encima de los intereses del pérfido conciliacionismo, disfrazado con ropaje
nuevo. Los discursos de Chernov y Tsereteli —políticos caducos que siguen
hablando entre gimoteos fastidiosos de que cese la guerra civil— despiden un
olor a vetusta, rancia y enmohecida antigüedad. Pero mientras exista Kaledin y
tras la consigna de “Todo el poder a la Asamblea Constituyente” se oculte la
consigna de “Abajo el Poder soviético”, no eludiremos la guerra civil, ¡pues
por nada del mundo entregaremos el Poder de los Soviets! (Clamorosos aplausos.) Y cuando la Asamblea Constituyente manifestó
de nuevo que estaba dispuesta a aplazar todas las cuestiones y tareas espinosas
y candentes que le habían planteado los Soviets, respondimos que no podía haber
ni un minuto más de dilación. Y por voluntad del Poder soviético, la Asamblea
Constituyente, que no ha reconocido el poder del pueblo, se disuelve. Los
Riabushinski han fallado en sus cálculos, y su resistencia no hará más que
agravar la situación y provocar un nuevo estallido de la guerra civil.
La Asamblea Constituyente se
disuelve, y la República Soviética revolucionaria triunfará a toda costa. (Clamorosos aplausos que se transforman en
prolongada ovación.)
Publicado el 22 (9)
de enero de 1918 en el núm. 6 de “Pravda”.
T. 35 págs. 238-242.
Acerca de la historia de la paz desdichada
206
ACERCA DE LA HISTORIA
DE LA PAZ DESDICHADA.
Habrá, sin duda, quien pueda
decir que no estamos ahora para ocuparnos de la historia. Semejante afirmación
sería admisible si no existiera una relación práctica, directa e indisoluble
entre el pasado y el presente en un problema concreto. Pero la cuestión de la
paz desdichada, de la paz archidura, es tan actual que se hace preciso
aclararla. Y por eso publico las tesis sobre esta cuestión que leí el 8 de
enero de 1918 en una reunión a la que asistieron cerca de sesenta destacados
funcionarios petrogradenses de nuestro partido.
He aquí las tesis:
7-I-1918.
Tesis
sobre el problema de la conclusión inmediata de una paz separada y anexionista116
1. La situación de la revolución rusa en el
momento actual es tal que casi todos los obreros y la gran mayoría de los
campesinos están, indudablemente, al lado del Poder soviético y de la
revolución socialista comenzada por éste. Por tanto, el éxito de la revolución
socialista en Rusia está asegurado.
2.
Al
mismo tiempo, la guerra civil, provocada por la resistencia furiosa de las
clases poseedoras, que saben perfectamente que han emprendido el combate final
y decisivo por la conservación de la propiedad privada de la tierra y de los
medios de producción, no ha llegado todavía a su punto álgido. El Poder
soviético tiene asegurada la victoria en esta guerra; pero será inevitable que
transcurra algún tiempo, serán necesarios obligatoriamente no pocos esfuerzos,
será ineludible cierto período de profunda ruina y caos que acompañan a toda
guerra, y en particular a una guerra civil, antes de que sea rota la
resistencia de la burguesía.
3.
Además,
esta resistencia en sus formas menos activas y no militares: el sabotaje, el
soborno de los desclasados, el soborno de los agentes de la burguesía que se
infiltran en las filas de los socialistas para echar a perder su obra, etc.,
etc.; esta resistencia ha resultado ser tan tenaz y capaz de adoptar formas tan
variadas que la lucha contra ella se prolongará inevitablemente durante cierto
tiempo, y es poco probable que acabe, en sus formas principales, antes de
algunos meses. Pero el triunfo de la revolución socialista es imposible sin
vencer con decisión esta resistencia pasiva y encubierta de la burguesía y de
sus adeptos.
![]()
116 Lenin leyó las Tesis sobre el problema de la conclusión inmediata de una paz separada
y anexionista en una reunión de miembros del CC con activistas del partido
celebrada el 8 (21) de enero de 1918, a la que asistieron
63
personas. Se ha
perdido el acta de la reunión y sólo se conservan breves apuntes de las
intervenciones de Osinski (Obolenski), Trotski, Lómov (Oppókov), Kámenev y
otros, tomados por Lenin.
Lenin expuso verbalmente en
la reunión una parte de la tesis 21 (desde las palabras "Pero ningún
marxista"). En el manuscrito de las tesis señaló este lugar con tres rayas
verticales y escribió al margen: "Mecanógrafa: ruego que, al recopiarlo,
ponga también estas tres rayas verticales".
Por el discurso de Lenin en la sesión que celebró el CC el 11
(24) de enero se sabe que 15 de los asistentes a la reunión votaron a favor de
las tesis de Lenin, 32 apoyaron la posición de los "comunistas de
izquierda", y 16, la de Trotski.
Las tesis se publicaron únicamente el 24
de febrero, cuando la mayoría del CC adoptó la posición de Lenin respecto a la
firma de la paz
Acerca de la historia de la paz desdichada
4.
Por
último, las tareas de la transformación socialista en Rusia, en el terreno de
la organización, son tan ingentes y difíciles que su cumplimiento requerirá
también bastante tiempo, si tenemos presente la abundancia de “compañeros de
viaje” pequeñoburgueses del proletariado socialista y el escaso nivel cultural
de éste.
5. Todas estas circunstancias en su
conjunto son de tal naturaleza que de ellas dimana con toda evidencia la
necesidad de disponer, para el triunfo del socialismo en Rusia, de cierto
tiempo —no menos de varios meses—, durante el cual el Gobierno socialista debe
tener las manos completamente libres para vencer a la burguesía, primero en su
propio país, y para efectuar una amplia y profunda labor de organización entre
las masas.
6. La situación de la revolución socialista
en Rusia debe servir de base para toda definición de las tareas internacionales
de nuestro Poder soviético, pues la situación internacional en el cuarto año de
guerra es tal que resulta de todo punto imposible precisar el momento probable
del estallido de la revolución y del derrocamiento de cualquiera de los
gobiernos imperialistas de Europa (incluido del alemán). No cabe duda de que la
revolución socialista en Europa debe estallar y estallará. Todas nuestras esperanzas
en la victoria definitiva del
socialismo se fundan precisamente en esta seguridad y en esta previsión
científica. Nuestra propaganda, en general, y la organización de la
confraternización en el frente, en particular, deben ser intensificadas y
extendidas. Pero sería un error basar la táctica del Gobierno socialista de
Rusia en los intentos de determinar si la revolución socialista en Europa, y
particularmente en Alemania, va o no a desencadenarse en los próximos seis
meses (o en un corto plazo semejante). Como no hay manera de determinarlo,
todos los intentos de esta naturaleza se reducirían, objetivamente, a un ciego
juego de azar.
7. En el momento presente, es decir, hasta
el 7 de enero de 1918, las negociaciones de paz en Brest-Litovsk han de
mostrado con absoluta claridad que en el gobierno alemán (que es el que lleva
la batuta entre los gobiernos de la Cuádruple Alianza) ha vencido, sin duda
alguna, la camarilla militar, la cual ha presentado ya, en realidad, un
ultimátum a Rusia (de un momento a otro debemos esperar, tenemos que esperar
forzosamente, su presentación oficial). Este ultimátum significa: o la
continuación de la guerra o una paz anexionista, es decir, la paz a condición
de que nosotros devolvamos todos los
territorios que hemos ocupado, los alemanes se queden con todos los territorios
ocupados por ellos y nos impongan una contribución (disfrazada como gastos de
mantenimiento de los prisioneros), contribución que asciende a unos tres mil
millones de rublos pagaderos en varios años.
207
8. El Gobierno socialista de Rusia se
encuentra ante un problema cuya solución no puede ser postergada: o aceptar
ahora esta paz anexionista, o emprender en el acto una guerra revolucionaria.
En realidad, no hay solución intermedia posible. No puede haber ningún nuevo
aplazamiento, porque hemos hecho ya
todo lo posible e imposible para prolongar artificialmente las negociaciones.
9. Al analizar los argumentos que se
invocan a favor de una guerra revolucionaria inmediata, nos encontramos, ante
todo, con el razonamiento de que la paz separada constituiría ahora,
objetivamente, un acuerdo con los imperialistas alemanes, “un trato imperialista”,
etc., y que, por consiguiente, una paz así significaría romper por completo con
los principios fundamentales del internacionalismo proletario.
Pero este argumento es a
todas luces falso. Los obreros que pierden una huelga y firman, para reanudar
el trabajo, unas condiciones desventajosas para ellos y ventajosas para los
capitalistas, no traicionan al socialismo. Sólo traicionan al socialismo quienes
aceptan ventajas para una parte de los obreros a cambio de otras ventajas para
los capitalistas. Sólo semejantes acuerdos son inadmisibles por principio.
Acerca de la historia de la paz desdichada
Traicionan al socialismo
quienes califican de justa y defensiva la guerra contra el imperialismo alemán
y, de hecho, reciben el apoyo de los imperialistas anglo-franceses, ocultando
al pueblo los tratados secretos concertados con ellos. Quienes sin ocultar nada
al pueblo, sin firmar ningún tratado secreto con los imperialistas, se avienen
a firmar condiciones de paz desventajosas para una nación débil y ventajosas
para uno de los grupos imperialistas, porque en ese momento no están en
condiciones de continuar la guerra, no cometen ni la más mínima traición al
socialismo.
10.
Otro
de los argumentos a favor de la guerra inmediata es que, al concertar la paz,
nos convertimos objetivamente en agentes del imperialismo alemán, pues le damos
la posibilidad de utilizar las tropas que tienen en nuestro frente, le
devolvemos millones de prisioneros, etc. Pero también este argumento es falso a
todas luces, pues en este momento, la guerra revolucionaria nos convertiría,
objetivamente, en agentes del imperialismo anglo-francés, ya que le
proporcionaría fuerzas auxiliares que favorecerían sus fines. Los ingleses
ofrecieron descaradamente a nuestro comandante en jefe, Krylenko, cien rublos
al mes por cada soldado nuestro, en caso de que continuásemos la guerra. Y
aunque no aceptáramos ni un kopek de los anglo-franceses, no dejaríamos por eso
de ayudarles objetivamente, distrayendo una parte de las tropas alemanas.
Desde este punto de vista,
tanto en un caso como en otro, no conseguimos librarnos por completo de tal o
cual lazo imperialista. Además, es evidente que no podremos librarnos de ellos
por completo sin derrocar el imperialismo mundial. La conclusión acertada que
se desprende de eso es que, en cuanto triunfa el Gobierno socialista en un
país, los problemas deben ser resueltos no desde el punto de vista de la
preferencia por uno u otro imperialismo, sino exclusivamente desde el punto de
vista de las mejores condiciones para desarrollar y consolidar la revolución
socialista ya iniciada.
Dicho en otros términos: el
principio que debe servir de base a nuestra táctica no es establecer a cuál de
los dos imperialismos nos conviene más ayudar en estos momentos, sino
determinar cuál es el medio más eficaz y seguro de garantizar a la revolución
socialista la posibilidad de afianzarse o, por lo menos, de sostenerse en un
país hasta que otros países se adhieran a él.
11. Se dice que los socialdemócratas
alemanes adversarios de la guerra se han hecho ahora “derrotistas” y nos piden
que no cedamos ante el imperialismo alemán. Pero nosotros hemos admitido el
derrotismo sólo contra la propia burguesía imperialista, rechazando siempre
como método inadmisible por principio, y, en general, inservible, la victoria
sobre un imperialismo extranjero conseguida en alianza formal o efectiva con un
imperialismo
“amigo”.
Por consiguiente, dicho
argumento no es más que una variedad del anterior. Si los socialdemócratas de
izquierda alemanes nos propusieran demorar la firma de la paz separada por un
plazo determinado, garantizándonos el
desencadenamiento de la revolución en Alemania durante ese plazo, el problema podría plantearse para nosotros de otro
modo. Pero la izquierda alemana, lejos de decirnos eso, declara, por el
contrario, formalmente: “Sosteneos mientras podáis, pero resolved la cuestión
guiándoos por el estado de cosas de la revolución socialista rusa, pues no podemos prometeros nada
positivo respecto a la revolución alemana”.
12. Se dice que en una serie de
declaraciones del partido hemos “prometido” abiertamente la guerra
revolucionaria y que la conclusión de una paz separada representaría una
traición a nuestra palabra.
208
Eso es falso. Hemos hablado de la necesidad para el Gobierno socialista
de “preparar y sostener” la guerra
revolucionaria en la época del imperialismo*. Hemos dicho eso para
Acerca de la historia de la paz desdichada
combatir el pacifismo
abstracto, la teoría de la negación absoluta de “la defensa de la patria” en la
época del imperialismo y, por último, los instintos puramente egoístas de una
parte de los soldados; pero no hemos contraído ningún compromiso de iniciar la
guerra revolucionaria sin tener en cuenta en qué grado es posible sostenerla en
uno u otro momento.
* Véase V. I. Lenin. Unas
cuantas tesis. (N. de la Edit.)
También ahora debemos, sin
duda, preparar la guerra
revolucionaria. Estamos cumpliendo esta promesa, como hemos cumplido, en
general, todas nuestras promesas factibles de realización inmediata: hemos
anulado los tratados secretos, hemos propuesto una paz justa a todos los
pueblos, hemos demorado varias veces y por todos los medios las negociaciones
de paz para dar tiempo a que los demás pueblos se adhieran a nosotros.
Pero el problema de si es
posible sostener una guerra revolucionaria ahora,
inmediatamente, debe resolverse
tomando en consideración de manera exclusiva las condiciones materiales de su
realización y los intereses de la revolución socialista ya iniciada.
13. Al resumir la apreciación de los
argumentos a favor de la guerra revolucionaria inmediata, debe llegarse a la
conclusión de que tal política correspondería, quizá, a las necesidades del
hombre en su aspiración a lo bello, efectista y brillante; pero no tendría en
cuenta en absoluto la correlación objetiva de las fuerzas de clase y de los
factores materiales del momento actual de la revolución socialista iniciada.
14. Es indudable que en este momento y en
las próximas semanas (y probablemente en los próximos meses), nuestro ejército
no está en absoluto en condiciones de rechazar una ofensiva alemana, debido, en
primer lugar, al excepcional cansancio y agotamiento de la mayoría de los
soldados, dado el inaudito desbarajuste del aprovisionamiento y del relevo de
los hombres cansados, etc.; en segundo lugar, a causa de la inutilidad completa
de la tracción animal, que originaría la pérdida inevitable de nuestra artillería;
y, en tercer lugar, a causa de la imposibilidad completa de defender la costa
desde Riga hasta Reval, lo que brinda al enemigo la más segura probabilidad de
conquistar la parte restante de Liflandia, apoderarse a continuación de
Estlandia, envolver una gran parte de nuestras tropas por la retaguardia, y,
por último, tomar Petrogrado.
15. Además, no cabe la menor duda de que, en
el momento presente, la mayoría campesina de nuestro ejército se pronunciaría
con toda seguridad a favor de una paz anexionista y no a favor de una guerra
revolucionaria inmediata, pues la reorganización socialista del ejército y la
incorporación a sus filas de los destacamentos de la Guardia Roja, etc., se
hallan sólo en sus comienzos.
Con un ejército
democratizado por completo sería una aventura hacer la guerra contra la
voluntad de la mayoría de los soldados, y para crear un ejército obrero y
campesino socialista, realmente potente y fuerte en el aspecto ideológico, son
necesarios, por lo menos, meses y meses.
16. Los campesinos pobres de Rusia están en
condiciones de apoyar la revolución socialista, dirigida por la clase obrera;
pero no están en condiciones de emprender ahora mismo, sin demora, una guerra
revolucionaria seria. Constituiría un error fatal despreciar esta correlación
objetiva de las fuerzas de clase en lo que respecta a dicha cuestión.
17.
Por
tanto, en lo que concierne a la guerra revolucionaria en el momento actual, la
situación es la siguiente:
Si la revolución alemana
estallara y triunfase en los próximos tres o cuatro meses, tal vez la táctica
de la guerra revolucionaria inmediata no originaría la ruina de nuestra
revolución socialista.
Acerca de la historia de la paz desdichada
Pero si la revolución
alemana no se produce en los meses próximos, el curso de los acontecimientos,
de continuar la guerra, será inevitablemente tal que gravísimas derrotas
obligarán a Rusia a concertar una paz separada aún más desfavorable; y, además,
esta paz no la firmaría un Gobierno socialista, sino otro cualquiera (por
ejemplo, el bloque de la Rada burguesa con la gente de Chernov o algo
semejante).
Porque el ejército
campesino, extremadamente agotado por la guerra, derrocaría al Gobierno obrero
socialista después de las primeras derrotas, probablemente no al cabo de varios
meses, sino a las pocas semanas.
18. En tales condiciones, sería una táctica
inadmisible por completo jugarse a una carta los destinos de la revolución
socialista, ya iniciada en Rusia, sólo para ver si estalla la revolución en
Alemania en un plazo cercano, brevísimo, calculado en semanas. Semejante
táctica sería una aventura. No tenemos derecho a correr ese riesgo.
19. En virtud de sus bases objetivas,
tampoco la revolución alemana se verá perjudicada lo más mínimo por el hecho de
que nosotros concertemos la paz separada. Es probable que la embriaguez
chovinista la debilite durante cierto tiempo, pero la situación de Alemania
seguirá siendo difícil en extremo, la guerra contra Inglaterra y América será
larga, el imperialismo agresivo ha quedado desenmascarado total y
definitivamente por ambas partes. La República Socialista Soviética de Rusia se
alzará como un ejemplo vivo ante los pueblos de todos los países; y el efecto
de este ejemplo, como propaganda y como acción revolucionaria, será gigantesco.
De un lado: régimen burgués y guerra de conquista, al desnudo por completo,
entre dos grupos de bandidos. De otro: paz y República Socialista de los
Soviets.
209
20.
Al concertar la paz
separada nos libramos en el mayor grado posible, en el momento actual, de ambos
grupos imperialistas contendientes, aprovechándonos de la hostilidad existente
entre ellos y de la guerra —que les impide confabularse contra nosotros—, y
conseguimos tener las manos libres durante cierto tiempo para proseguir y
consolidar la revolución socialista. La reorganización de Rusia sobre la base
de la dictadura del proletariado, sobre la base de la nacionalización de los
bancos y de la gran industria, con un régimen de intercambio natural de productos entre la ciudad y las cooperativas
de consumo rurales, formadas por los pequeños campesinos, es posible desde el
punto de vista económico, a condición de que tengamos asegurados unos meses de
trabajo pacífico. Y esa reorganización haría que el socialismo fuese invencible
tanto en Rusia como en el mundo entero, creando a la vez una firme base
económica para un poderoso Ejército Rojo Obrero y Campesino.
21. En el momento actual, una guerra
revolucionaria de verdad sería la guerra de la República Socialista contra los
países burgueses con el claro fin, plenamente aprobado por el ejército
socialista, de derrocar a la burguesía de otros países.
Pero es indudable que en este
momento no podemos todavía señalarnos esa meta. Objetivamente, lucharíamos
ahora por la liberación de Polonia, Lituania y Curlandia. Pero ningún marxista
podría negar, sin romper con los principios del marxismo y del socialismo en
general, que los intereses del socialismo están por encima de los intereses del
derecho de las naciones a la autodeterminación. Nuestra República Socialista ha
hecho y continúa haciendo todo lo posible para llevar a la práctica el derecho
de autodeterminación de Finlandia, Ucrania, etc. Pero si la situación concreta
es tal que la existencia de la República Socialista se halla en este momento en
peligro por haber sido infringido el derecho de autodeterminación de algunas
naciones (Polonia, Lituania, Curlandia, etc.), se comprende de por sí que los
intereses de la conservación de la República Socialista están por encima.
Acerca de la historia de la paz desdichada
Por eso, quien dice: “No
podemos firmar una paz deshonrosa, indecente, etc., no podemos traicionar a
Polonia, etc.”, no advierte que, al firmar una paz condicionada por la
liberación de Polonia, no haría otra cosa que reforzar más aún el imperialismo alemán contra Inglaterra, contra Bélgica,
Serbia y otros países. La paz condicionada por la liberación de Polonia,
Lituania y Curlandia sería una paz “patriótica” desde el punto de vista de Rusia, pero no dejaría de ser en ningún
caso una paz con los anexionistas, con los imperialistas alemanes.
21 de enero de 1918. A estas tesis debe agregarse lo siguiente:
22.
Las
huelgas de masas en Austria y Alemania, luego la formación de los Soviets de
diputados obreros en Berlín y en Viena y, por último, el comienzo el 18-20 de
enero de los choques armados y de las escaramuzas callejeras en Berlín obligan
a reconocer como un hecho que en Alemania ha comenzado la revolución.
De este hecho se deduce la
posibilidad para nosotros de dar largas y demorar, durante un cierto período,
las negociaciones de paz.
Escrito: las tesis, el 7 (20) de enero de 1918; la tesis 22, el
21 de enero (3 de febrero), y la introducción, en febrero, antes del día 11
(24). Publicado (sin la tesis 22) el 24 (11) de febrero de 1918 en el núm. 34
de “Pravda”. La tesis 22 vio la luz por vez primera en 1949 en el tomo 26 de la
4ª ed. de las “Obras” de V. I. Lenin.
T 35, págs. 243-252.
III Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda Rusia
210
III
CONGRESO DE LOS SOVIETS DE DIPUTADOS
OBREROS, SOLDADOS Y CAMPESINOS DE TODA RUSIA.
10-18 (23-31) de enero de 1918.
1. Informe
sobre la actividad del consejo de comisarios del pueblo, 11 (24) de enero.
Camaradas: En nombre del
Consejo de Comisarios del Pueblo debo presentaros un informe sobre su actividad
durante los dos meses y quince días transcurridos desde la formación del Poder
soviético y del Gobierno soviético en Rusia.
Dos meses y quince días
representan, en total, cinco días más de los que existió el precedente poder de
los obreros sobre todo un país o sobre los explotadores y capitalistas: el
poder de los obreros parisienses en la época de la Comuna de París de 1871.
Debemos recordar ese poder
de los obreros, ante todo, al echar una mirada al pasado y compararlo con el
Poder soviético instaurado el 25 de octubre. Y al hacer esta comparación entre
la anterior dictadura del proletariado y la actual, podremos ver en el acto qué
gigantesco paso ha dado el movimiento obrero internacional y en qué situación
incomparablemente más favorable se encuentra el Poder soviético en Rusia, pese
a las condiciones complejas sin igual, que implican la situación de guerra y la
ruina.
Después de mantenerse dos
meses y diez días, los obreros de París, que crearon por vez primera la Comuna,
embrión del Poder soviético, perecieron ametrallados por los
democonstitucionalistas, mencheviques y eseristas-kaledinistas de derecha
franceses. Los obreros franceses hubieron de pagar con víctimas inauditamente
numerosas la primera experiencia de gobierno obrero, cuyo sentido y objetivos
desconocía la aplastante mayoría de los campesinos de Francia.
Nosotros nos encontramos en
circunstancias muchísimo más favorables porque los soldados, obreros y
campesinos rusos han sabido crear un aparato que ha dado a conocer al mundo
entero sus formas de lucha: el Gobierno soviético. Eso es, ante todo, lo que cambia
la situación de los obreros y campesinos rusos en comparación con el poder del
proletariado parisiense. Los proletarios de París carecían de un aparato, no
eran comprendidos por el país; nosotros nos hemos apoyado en el acto en el
Poder soviético, y por eso jamás hemos dudado de que este poder gozaba de la
simpatía y el apoyo más fervoroso y abnegado de la gigantesca mayoría de las
masas, debido a lo cual era invencible.
Quienes adoptaban una
actitud de escepticismo ante el Poder soviético, y con frecuencia, consciente o
inconscientemente, lo traicionaban y se entregaban a la conciliación con los
capitalistas y los imperialistas, han hecho ensordecer a todos con sus gritos
de que en Rusia no podía mantenerse el poder exclusivo del proletariado. Como
si cualquier bolchevique o partidario suyo hubiera olvidado por un solo
instante que en Rusia sólo puede ser duradero un poder que sepa cohesionar a la
clase obrera, a la mayoría de los campesinos, a todas las clases trabajadoras y
explotadas en una fuerza única, indisolublemente unida, que luche contra los
terratenientes y la burguesía.
Jamás hemos dudado de que
sólo la alianza de los obreros y los campesinos pobres, de los semiproletarios,
de la cual se habla en el Programa de nuestro partido, puede abarcar en
III Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda Rusia
Rusia a la mayoría de la
población y asegurar un firme apoyo al poder. Y después del 25 de octubre hemos
conseguido en el acto, en el transcurso de unas cuantas semanas, vencer todas
las dificultades y crear un poder basado en esa firme alianza.
¡Sí, camaradas! Cuando el
partido eserista en su vieja forma —en un momento en que los campesinos no
habían comprendido aún quiénes eran dentro de él los verdaderos partidarios del
socialismo— lanzaba la consigna de usufructo igualitario del suelo, sin desear
conocer quién cumpliría esa tarea, en alianza o no con la burguesía, nosotros
dijimos que eso era un engaño. Y esa parte, que ha visto ahora que no la sigue
el pueblo, que es un cero a la izquierda, pretendía que podría aplicar el
usufructo igualitario del suelo en alianza con la burguesía: en eso consistía
el engaño principal. Y cuando la revolución rusa mostró la experiencia de la
colaboración de las masas trabajadoras con la burguesía en el momento más
grandioso de la vida del pueblo; cuando la guerra llevó y lleva al pueblo a la
ruina, condenando a millones de seres a perecer de hambre, y sus consecuencias
revelaron en la práctica la experiencia del conciliacionismo; cuando los
propios Soviets vivieron y sintieron esa experiencia, pasando por la escuela de
la conciliación, se hizo evidente la presencia de un gran germen socialista,
sano y viable, en la doctrina de quienes querían unir el campesinado, su parte
trabajadora, al gran movimiento socialista de los obreros del mundo entero.
211
Y en cuanto esta cuestión se
planteó en la práctica con nitidez y precisión ante el campesinado, ocurrió lo
que nadie dudaba que debía ocurrir, como lo han demostrado ahora los Soviets y
congresos campesinos: cuando llegó el momento de realizar de verdad el
socialismo, los campesinos pudieron ver con claridad esas dos líneas políticas
fundamentales, la alianza con la burguesía o con las masas trabajadoras.
Comprendieron entonces que el partido que expresaba los verdaderos anhelos e
intereses del campesinado era el partido de los eseristas de izquierda. Y
cuando concluimos con este partido nuestra alianza gubernamental, planteamos
las cosas desde el primer momento de tal modo que dicha alianza se asentara en
los principios más claros y evidentes. Si los campesinos de Rusia quieren
llevar a cabo la socialización de la tierra en alianza con los obreros, que
efectuarán la nacionalización de los bancos e implantarán el control obrero,
serán fieles colaboradores nuestros, serán nuestros más fieles y valiosos aliados.
No hay un solo socialista, camaradas, que no reconozca la verdad evidente de
que entre el socialismo y el capitalismo se extiende un largo período, más o
menos difícil, de transición, de dictadura del proletariado, y que las formas
de este período dependerán en mucho de sí predomina la pequeña propiedad o la
grande, la pequeña cultura o la grande. Es comprensible que el paso al
socialismo en Estlandia, ese pequeño país compuesto de grandes haciendas
agrícolas y en el que toda la población sabe leer y escribir, no puede
parecerse al paso al socialismo en un país predominantemente pequeñoburgués
como es Rusia. Eso hay que tenerlo en cuenta.
Todo socialista consciente
dice que es imposible imponer el socialismo a los campesinos por la violencia y
que debe confiarse únicamente en la fuerza del ejemplo y en la asimilación de
la experiencia de la vida por la masa campesina. ¿Cómo considera esa masa más
cómodo pasar al socialismo? He ahí la tarea que tiene planteada hoy de manera
práctica el campesinado ruso. ¿Cómo puede esa misma masa apoyar al proletariado
socialista y empezar el paso al socialismo? Y los campesinos han iniciado ya
ese paso y tenemos plena confianza en ellos.
La alianza que hemos
concluido con los socialistas revolucionarios de izquierda se asienta en una
firme base y se fortalece no por días, sino por horas. Si en los primeros
tiempos podíamos temer en el Consejo de Comisarios del Pueblo que la lucha
fraccional frenara el trabajo, hoy debo decir con certeza, tomando en
consideración la experiencia que proporcionan dos meses de trabajo conjunto,
que en la mayoría de los asuntos adoptamos acuerdos unánimes.
III Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda Rusia
Sabemos que sólo cuando la
experiencia muestra a los campesinos cuál debe ser, por ejemplo, el intercambio
entre la ciudad y el campo, ellos mismos establecen su ligazón por abajo,
basándose en su propia experiencia. De otra parte, la experiencia de la guerra
civil enseña de manera evidente a los representantes de los campesinos que no
hay otro camino hacia el socialismo que la dictadura del proletariado y el
aniquilamiento implacable de la dominación de los explotadores. (Aplausos.)
Camaradas: Cada vez que
tocamos este tema, en la presente reunión o en el Comité Ejecutivo Central,
escucho de cuando en cuando, de la parte derecha de la asamblea, exclamaciones
de “¡Dictador!” Sí, “cuando éramos socialistas”, todos reconocían la dictadura
del proletariado; incluso hablaban de ella en sus programas, se indignaban ante
el difundido prejuicio de que se puede hacer cambiar de criterio a la
población, demostrarle que no se debe explotar a las masas trabajadoras, que
eso es pecaminoso y vergonzoso, y que entonces se entronizará el paraíso en la
tierra. No, ese prejuicio utópico ha sido destrozado hace mucho en la teoría y
nuestra tarea consiste en destrozarlo en la práctica.
Es imposible imaginarse que
los señores socialistas vayan a servirnos el socialismo en bandeja de plata, ya
preparadito. Eso no ocurrirá. Ni un solo problema de la lucha de clases se ha
resuelto aún en la historia de otro modo que no sea por la violencia.
¡Cuando la violencia procede
de los trabajadores, de las masas explotadas contra los explotadores, entonces
sí, entonces somos partidarios de esa violencia! (Clamorosos aplausos.) Y no nos turban lo más mínimo los chillidos
de quienes, consciente o inconscientemente,
están al lado de la burguesía o se encuentran tan atemorizados por ella, tan
oprimidos por su dominación, que al ver ahora esta lucha de clases, de un
enconamiento inusitado, se desconciertan, lloran, olvidan todas sus premisas y
exigen de nosotros lo imposible: exigen que nosotros, socialistas, alcancemos
la victoria completa sin luchar contra los explotadores, sin sofocar su
resistencia.
Los señores explotadores
comprendieron ya en el verano de 1917 que se trataba de “las batallas finales y
decisivas”, que el último baluarte de la burguesía, esta fuente principal y
fundamental de opresión de las masas trabajadoras, les sería arrancado de las
manos si los Soviets tomaban el poder.
De ahí que la Revolución de
Octubre haya iniciado esta lucha sistemática y firme para que los explotadores
cesen su resistencia y para que, por difícil que les resulte incluso a los
mejores de ellos, se avengan a la idea de que se ha terminado la dominación de
las clases explotadoras, de que desde ahora mandará el mujik sencillo y ellos
deberán obedecerle: por muy desagradable que les resulte, tendrán que hacerlo.
212
Esto costará muchas
dificultades, sacrificios y errores, es una cosa nueva, sin precedente en la
historia, que no puede leerse en los libros. Se sobrentiende que se trata de la
transición más grandiosa y difícil que conoce la historia, pero de otro modo habría
sido imposible realizar esa gran transición. Y la circunstancia de que en Rusia
se haya creado el Poder soviético ha demostrado que la propia masa
revolucionaria es la más rica en experiencia revolucionaria —cuando en ayuda de
unas cuantas decenas de hombres del partido acuden millones—, que toma por el
cuello, de una manera práctica, a sus explotadores.
De ahí que actualmente haya
prevalecido en Rusia la guerra civil. Se lanza contra nosotros la consigna de
“¡Que desaparezca la guerra civil!” Tuve ocasión de oírselo a los
representantes de la derecha de la llamada Asamblea Constituyente. Que
desaparezca la guerra civil... ¿Qué significa eso? ¿La guerra civil contra
quién? ¿Contra Kornílov, Kerenski y Riabushinski, que gastan millones en
sobornar a desclasados y funcionarios? ¿Contra los saboteadores que, consciente
o inconscientemente, lo mismo da, aceptan ese soborno? Es indudable que entre
los últimos hay gente atrasada, que acepta eso inconscientemente porque no
puede
III Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda Rusia
imaginarse que sea posible y
necesario destruir hasta los cimientos el anterior régimen burgués y empezar a
construir sobre sus ruinas la sociedad socialista, completamente nueva. Es
indudable que esa gente existe; pero ¿cambian por ello las circunstancias?
De ahí que los
representantes de las clases poseedoras se lo jueguen todo a una carta, de ahí
que éstas sean para ellos las batallas finales y decisivas y no se detengan
ante ningún crimen con tal de demoler el Poder soviético. ¿Es que toda la
historia del socialismo, en particular del socialismo francés, tan rica en
afanes revolucionarios, no nos enseña que cuando las propias masas trabajadoras
toman en sus manos el poder, las clases dirigentes recurren a crímenes y
fusilamientos inauditos en cuanto se trata de proteger sus propias cajas de
caudales? Y cuando esa gente nos habla de guerra civil, les contestamos con una
sonrisa; y cuando llevan su consigna a los medios de la juventud estudiantil,
les decimos: ¡los engañáis!
La lucha de clases no ha
llegado por casualidad a su última forma, en la que la clase de los explotados
toma en sus manos todos los medios de poder para aniquilar definitivamente a su
enemigo de clase, la burguesía, y barrer de la faz de la tierra rusa no sólo a
los funcionarios, sino también a los terratenientes, como los han barrido los
campesinos rusos en algunas provincias.
Se nos dice que el sabotaje
que ha encontrado el Consejo de Comisarios del Pueblo entre los funcionarios y
terratenientes demuestra la falta de deseo de ir al encuentro del socialismo.
¡Como si no hubiera estado claro que toda esa banda de capitalistas y truhanes,
desclasados y saboteadores no es más que una banda, sobornada por la burguesía,
que opone resistencia al poder de los trabajadores! Naturalmente, quienes
pensaban que se podía saltar de golpe del capitalismo al socialismo o quienes
creían posible convencer a la mayoría de la población de que podría conseguirse
eso por medio de la Asamblea Constituyente; quienes creían ese cuento
democrático burgués, pueden seguir creyéndolo con toda tranquilidad, pero que
no culpen a la vida si ésta lo hace trizas.
Quienes han comprendido lo
que es la lucha de clases, lo que significa el sabotaje organizado por los
funcionarios, saben que no podemos saltar al socialismo de la noche a la
mañana. Quedan aún burgueses, capitalistas, que tienen la esperanza de recuperar
su dominación y defienden sus cajas de caudales; quedan aún desclasados, un
sector de gente venal, completamente aplastados por el capitalismo y que no
saben elevarse hasta las ideas de la lucha proletaria. Quedan aún empleados,
funcionarios, que piensan que los intereses de la sociedad consisten en
defender el viejo régimen. ¿Cómo es posible imaginarse el triunfo del
socialismo de otro modo que no sea la bancarrota total de esos sectores, el
hundimiento pleno de la burguesía tanto rusa como europea? ¿No pensaremos que
los señores Riabushinski no comprenden sus intereses de clase? Son ellos
quienes pagan a los saboteadores para que no trabajen. ¿O es que actúan por
separado? ¿No actúan conjuntamente con los capitalistas franceses, ingleses y
norteamericanos, comprando valores? Ya veremos, sin embargo, si les ayudan
mucho esas compras y no resulta que los montones de valores que compran ahora
se conviertan en el más nulo e inservible papel viejo.
He ahí por qué, camaradas,
respondemos a todos los reproches y acusaciones de terror, dictadura y guerra
civil, aunque estamos muy lejos aún de haber llegado al verdadero terror,
porque somos más fuertes que ellos —tenemos los Soviets y nos bastará con la
nacionalización de los bancos y la confiscación de los bienes para someterlos a
la obediencia—; he ahí por qué respondemos a todas las acusaciones de guerra
civil, diciendo: Sí, hemos proclamado públicamente lo que no ha podido
proclamar ningún gobierno.
El primer gobierno en el
mundo que puede hablar sin tapujos de guerra civil es el gobierno de las masas
de obreros, campesinos y soldados. Sí, hemos iniciado y hacemos la guerra
contra los explotadores. Cuanto más francamente lo digamos, con tanta mayor rapidez
III Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda Rusia
terminará esta guerra, con
tanta mayor rapidez nos comprenderán todas las masas trabajadoras y explotadas,
comprenderán que el Poder soviético está efectuando de verdad la obra
entrañable de todos los trabajadores.
213
No creo, camaradas, que
podamos lograr pronto la victoria en esta lucha, pero tenemos una riquísima
experiencia: en el transcurso de dos meses hemos conseguido mucho. Hemos vivido
el intento de ofensiva de Kerenski contra el Poder soviético y el rotundo fracaso
de ese intento; hemos vivido la organización del poder de los Kerenski
ucranios; la lucha aún no ha terminado allí, pero para cuantos la observan,
para cuantos han escuchado, aunque sólo sea, unos informes veraces de los
representantes del Poder soviético, está claro que los elementos burgueses de
la Rada ucraniana están viviendo sus últimos días. (Aplausos.) Es imposible dudar lo más mínimo de la victoria del
Poder soviético de la República Popular Ucrania sobre la Rada burguesa
ucraniana.
¿Y la lucha contra Kaledin?
En ella, en efecto, todo se basa en la explotación de los trabajadores, en la
dictadura burguesa, si es que existe alguna base social contra el Poder
soviético. El Congreso Campesino ha demostrado con toda evidencia que la causa
de Kaledin carece de porvenir, que las masas trabajadoras están contra él. La
experiencia del Poder soviético, la propaganda con hechos, con el ejemplo de
las organizaciones soviéticas, se impone; y el apoyo interno de Kaledin en el
Don se desploma ahora no tanto desde fuera como desde dentro.
De ahí que, al echar un
vistazo al frente de la guerra civil en Rusia, podamos decir con toda
seguridad: en este terreno, la victoria del Poder soviético es plena y está
asegurada por completo. Y la victoria de este Poder soviético, camaradas, se
consigue porque, desde el primer momento, empezó a convertir en realidad los
preceptos tradicionales del socialismo, apoyándose en las masas de modo
consecuente y decidido, considerando una tarea propia despertar a la vida
activa e incorporar a la obra creadora socialista a los sectores más oprimidos
y esclavizados de la sociedad. De ahí que el viejo ejército, el ejército del
amaestramiento cuartelero y de las torturas a los soldados, haya desaparecido
para siempre. Ha sido condenado a la demolición y no ha quedado de él piedra
sobre piedra. (Aplausos.) La
democratización completa del ejército ha sido realizada.
Me permitiré contaros un
caso que me ocurrió. Fue en un coche del ferrocarril de Finlandia, en el que
tuve ocasión de escuchar una conversación entre varios finlandeses y una
anciana. Yo no pude participar en la conversación, pues desconocía el finlandés;
pero un finlandés se dirigió a mí y me dijo: “¿Sabe usted qué cosa más original
ha dicho esta anciana? Ha dicho: Ahora no hay que temer al hombre del fusil.
Cuando estuve en el bosque encontré al hombre del fusil, y en vez de quitarme
mi leña, me dio más”.
Cuando oí eso me dije: no importa que centenares de periódicos,
se llamen como se llamen
—socialistas, casi socialistas, etc.—, no importa que centenares
de voces extraordinariamente fuertes nos griten: “opresores” y otras palabras
semejantes. Sabemos que entre las masas populares se alza hoy otra voz. Las
masas se dicen: ahora no hay que temer al hombre del fusil, pues defiende a los
trabajadores y será implacable en el aniquilamiento de la dominación de los
explotadores. (Aplausos.) Eso es lo
que ha sentido el pueblo y por eso es invencible la agitación que realizan
gentes sencillas, sin instrucción, al decir que los guardias rojos dirigen toda
su fuerza contra los explotadores. Esta agitación llegará a millones y decenas
de millones de seres y hará firmemente lo que la Comuna francesa del siglo XIX
empezó a hacer, pero hizo sólo durante un breve período, porque fue reprimida
por la burguesía: creará el Ejército Rojo socialista, al que han tendido todos
los socialistas, realizará el armamento general del pueblo. Creará nuevos
cuadros de la Guardia Roja, que brindarán la posibilidad de educar a las masas
trabajadoras para la lucha armada.
III Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda Rusia
Si se decía de Rusia que no
podría combatir porque carecería de oficiales, no debemos olvidar lo que decían
esos mismos oficiales burgueses al observar a los obreros que luchaban contra
Kerenski y Kaledin: “Sí, esos guardias rojos no valen para nada técnicamente;
pero si esos hombres aprendieran un poco, tendrían un ejército invencible”.
Porque, por vez primera en la historia de la lucha mundial, han entrado en el
ejército elementos que no poseen conocimientos oficiales, pero que se sienten
impelidos por las ideas de la lucha para conseguir la emancipación de los
explotados. Y cuando quede terminada la obra que hemos iniciado, la República
Soviética de Rusia será invencible. (Aplausos.)
Camaradas: Este camino que
ha recorrido el Poder soviético en cuanto al ejército socialista se refiere, lo
ha recorrido también en relación con otro instrumento de las clases dominantes,
aún más sutil y más complejo. Me refiero al tribunal burgués, que se presentaba
como defensor del orden, pero que era en realidad un instrumento ciego y sutil
para reprimir sin piedad a los explotados y defender los intereses de la caja
de caudales. El Poder soviético procedió como le habían legado que procediera
todas las revoluciones proletarias: lo demolió en el acto. Que griten cuanto
quieran, diciendo que en vez de reformar el viejo tribunal lo entregamos en el
acto a la demolición. Con ello desbrozamos el camino para el auténtico tribunal
popular, y no tanto por la fuerza de la represión como por el ejemplo de las
masas y la autoridad de los trabajadores, sin formalismos. El tribunal, que era
antes un instrumento de explotación, ha sido transformado por nosotros en un
instrumento de educación sobre las firmes bases de la sociedad socialista. No
cabe la menor duda de que no podemos recibir de golpe semejante sociedad.
214
Tales son los pasos
principales que ha dado el Poder soviético, siguiendo el camino que trazara
toda la experiencia de las más grandiosas revoluciones populares en el mundo
entero. No ha habido una sola revolución en la que las masas trabajadoras no
empezaran a dar pasos por ese camino para crear el nuevo poder del Estado.
Lamentablemente, no hicieron más que empezar, pero no pudieron llevar la obra
hasta el fin, no consiguieron crear el nuevo tipo de poder del Estado. Nosotros
lo hemos creado: en nuestro país es ya realidad la República Socialista de los
Soviets.
No me hago ilusiones en
cuanto al hecho de que apenas hemos iniciado el período de transición al socialismo, de que no hemos llegado aún al
socialismo. Pero tendréis razón si decís
que nuestro Estado es una República Socialista de los Soviets. Tendréis la
misma razón que quienes llaman democráticas a muchas repúblicas burguesas de
Occidente, aunque todo el mundo sabe que ni una sola de las repúblicas más
democráticas es plenamente democrática. Esas repúblicas conceden trocitos de
democracia, reducen en minucias los derechos de los explotadores, pero las
masas trabajadoras están en ellas tan oprimidas como en todas partes. Y, sin
embargo, decimos que el régimen burgués representa tanto las viejas monarquías
como las repúblicas constitucionales.
En la misma situación nos
encontramos nosotros ahora. Estamos lejos incluso de haber terminado el período
de transición del capitalismo al socialismo.
Jamás nos hemos dejado
engañar por la esperanza de que podríamos terminarlo sin la ayuda del
proletariado internacional. Jamás nos hemos equivocado en esta cuestión y
sabemos cuán difícil es el camino que lleva del capitalismo al socialismo; pero
estamos en el deber de decir que nuestra República de los Soviets es socialista
porque hemos emprendido ese camino, y estas palabras no serán vanas.
Hemos iniciado muchas
medidas que socavan la dominación de los capitalistas. Sabemos que nuestro
poder debía unir la labor de todas las instituciones con un principio único y
ese principio lo expresamos con las siguientes palabras: “Queda proclamada en Rusia
la República Socialista de los Soviets”. (Aplausos.)
Eso será una verdad, que se asienta en lo que deberemos hacer y hemos empezado
ya a hacer; será la mejor unificación de toda nuestra
III Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda Rusia
actividad, la proclamación
de su programa, un llamamiento a los trabajadores y explotados de todos los
países, que desconocen en absoluto qué es el socialismo o — lo que es peor—
entienden por socialismo la bazofia de reformas burguesas de Cbernov y Tsereteli,
que hemos probado y experimentado en el transcurso de diez meses de revolución,
convenciéndonos de que es una falsificación, pero no el socialismo.
Esa es la causa de que las
“libres” Inglaterra y Francia hayan recurrido a todos los medios para impedir
durante los diez meses de nuestra revolución la entrada de un solo número de
los periódicos bolcheviques y eseristas de izquierda. Debieron proceder de esa
manera porque veían ante sí en todos los países una masa de obreros y
campesinos que captaban instintivamente cuanto hacían los obreros rusos. Porque
no había ni una sola reunión en la que no se acogieran con tempestades de
aplausos las noticias acerca de la revolución rusa y la consigna del Poder de
los Soviets. Las masas trabajadoras y explotadas han entrado ya por doquier en
contradicción con las altas esferas de sus partidos. Este viejo socialismo de
altas esferas no ha sido enterrado todavía, como Chjeídze y Tsereteli en Rusia,
pero ha sido matado ya en todos los países del mundo, está ya muerto.
Y frente a ese viejo régimen
burgués se alza ya el nuevo Estado: la República de los Soviets, la república
de las clases trabajadoras y explotadas, que derriban los viejos tabiques
burgueses. Se han creado nuevas formas de Estado, que han permitido reprimir a
los explotadores, sofocar la resistencia de este puñado minúsculo, fuerte por
la caja de caudales de que disponía ayer y por la reserva de conocimientos que
tenía ayer. Ellos transforman sus conocimientos — los del profesor, el maestro
y el ingeniero— en un instrumento de explotación de los trabajadores, diciendo:
Quiero que mis conocimientos sirvan a la burguesía; de otro modo, no trabajaré.
Pero su poder se ha visto quebrantado por la revolución obrera y campesina, y
frente a ellos surge un Estado en el que las propias masas eligen libremente a
sus representantes.
Precisamente ahora podemos
decir que tenemos de veras una organización del poder que muestra con claridad
el paso a la supresión completa de todo poder, de todo Estado. Eso será posible
cuando no quede ni rastro de la explotación, es decir, en la sociedad
socialista.
Me referiré ahora brevemente
a las medidas que ha comenzado a aplicar el Gobierno soviético socialista de
Rusia. La nacionalización de los bancos fue una de las primeras medidas
orientadas no sólo a barrer a los latifundistas de la faz de la tierra rusa,
sino también a cortar de raíz la dominación de la burguesía y la posibilidad de
que el capital oprima a millones y decenas de millones de trabajadores. Los
bancos son importantes centros de la economía capitalista contemporánea. En
ellos se concentran riquezas inauditas y se distribuyen por todo el inmenso
país, en ellos convergen los nervios de toda la vida capitalista. Estos sutiles
y complicados órganos han crecido durante siglos, y contra ellos enfiló sus
primeros golpes el Poder soviético, que chocó al comienzo con una encarnizada
resistencia en el Banco del Estado. Mas esta resistencia no detuvo al Poder
soviético. Conseguimos lo fundamental en la organización del Banco del Estado y
eso fundamental está hoy en manos de los obreros y los campesinos. Y de estas
medidas fundamentales, que será preciso elaborar aún durante mucho tiempo,
pasamos a apoderarnos de los bancos privados.
215
No procedimos como habrían
recomendado, sin duda, los conciliadores: primero, esperar a la Asamblea
Constituyente; después, quizá, confeccionar un proyecto de ley y presentarlo a
la Asamblea Constituyente, informando así de nuestros propósitos a los señores
burgueses para que encontraran una escapatoria que les permitiese
desembarazarse de cosa tan desagradable; y, tal vez, atraérnoslos para que nos
hicieran compañía y crear entonces leyes estatales: eso habría sido un “acto de
Estado”.
Eso habría sido la anulación
del socialismo. Nosotros procedimos sin ceremonias. No temimos los reproches de
la gente “instruida” o, más exactamente, de los partidarios
III Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda Rusia
ignorantes de la burguesía,
que trafican con los restos de sus conocimientos, y dijimos: tenemos obreros y
campesinos armados, que deben ocupar hoy por la mañana todos los bancos
privados. (Aplausos.) Y cuando lo
hayan hecho, cuando el poder se encuentre ya en nuestras manos, sólo después de
eso discutiremos las medidas a adoptar. Los bancos fueron ocupados por la
mañana; y por la tarde, el Comité Ejecutivo Central aprobó una disposición:
“Los bancos son declarados propiedad nacional”. Se efectuó así la estatificación,
la socialización de la Banca, su transferencia al Poder soviético.
Ninguno de los nuestros se
imaginaba que un mecanismo tan ingenioso y delicado como el de la Banca,
desarrollado durante siglos de las entrañas del sistema capitalista de
economía, pudiera ser demolido o transformado en unos cuantos días. Jamás hemos
afirmado eso. Y cuando los sabios o seudosabios movían la cabeza y se dedicaban
a hacer profecías, nosotros les decíamos: Pueden ustedes profetizar lo que
quieran. Nosotros conocemos un solo camino de la revolución proletaria tomar
las posiciones enemigas, aprender en la práctica, en los propios errores, a
ejercer el poder. No empequeñecemos lo más mínimo las dificultades de nuestro
camino, pero hemos hecho ya lo fundamental. Ha sido minada la fuente de las
riquezas capitalistas en lo que se refiere a su distribución. Después de eso ha
sido un paso fácil en extremo anular los empréstitos del Estado y derrocar el
yugo financiero. El paso a la confiscación de las fábricas después del control
obrero ha sido también absolutamente fácil. Cuando se nos acusaba de que al
implantar el control obrero fraccionábamos la producción en talleres aislados,
rechazábamos ese absurdo. Al implantar el control obrero sabíamos que habría de
pasar bastante tiempo antes de que se extendiera a toda Rusia, pero queríamos
de mostrar que reconocíamos un solo camino: las transformaciones desde abajo
para que, los propios obreros colocasen los nuevos cimientos de las condiciones
económicas. Y eso requiere no poco tiempo.
Del control obrero pasamos a
la formación del Consejo Superior de Economía Nacional. Sólo esta medida, junto
a la nacionalización de los bancos y de los ferrocarriles, que se efectuará en
los días próximos, nos permitirá emprender la creación de la nueva economía
socialista. Conocemos muy bien las dificultades de nuestra obra, pero afirmamos
que solo es socialista de verdad quien emprende esa tarea confiando en la
experiencia y el instinto de las masas trabajadoras. Cometerán muchos errores,
pero lo fundamental está hecho. Saben que, al dirigirse al Poder soviético,
encontrarán sin falta apoyo contra los explotadores. Ni una sola medida que
facilite su trabajo deja de ser respaldada plena y totalmente por el Poder
soviético. El Poder soviético no lo sabe todo, no puede llegar a tiempo a todo
y se ve obligado a cada paso a afrontar tareas difíciles. Se envía con mucha
frecuencia al gobierno delegaciones de obreros y campesinos que preguntan cómo
deben proceder, por ejemplo, con estas o aquellas tierras. Y yo mismo me he
encontrado a menudo en situaciones embarazosas al ver que no tenían un punto de
vista muy definido. Y yo les decía: sois el poder, haced todo lo que deseéis
hacer, tomad todo lo que os haga falta, os apoyaremos; pero preocupaos de la
producción, preocupaos de que la producción sea útil. Pasad a los trabajos
útiles, cometeréis errores, pero aprenderéis. Y los obreros han empezado ya a
aprender, han empezado ya a luchar contra los saboteadores. Hay quienes han
hecho de la instrucción una barrera que impide a los trabajadores avanzar; esa
barrera será derribada.
Es indudable que la guerra
corrompe a la gente tanto en la retaguardia como en el frente, pagando por
encima de toda norma a quienes trabajan para ella, atrayendo a cuantos se
ocultan de ella, a los elementos desclasados y semidesclasados, imbuidos de un
solo deseo: “sacar, tajada” y largarse. Pero debemos expulsar, alejar a esos
elementos —lo peor que ha quedado del viejo régimen capitalista y que
transfieren todas sus viejas lacras— e incluir en las empresas fabriles a todos
los mejores elementos proletarios para crear con ellos las células de la futura
Rusia socialista. Esta medida no es fácil, implica muchos conflictos, roces y
choques. Y nosotros, el Consejo de Comisarios del Pueblo, y yo personalmente,
hemos
III Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda Rusia
tenido que enfrentarnos con
sus quejas y amenazas, pero sin perder la serenidad, sabiendo que tenemos ahora
un juez al que apelar. Ese juez son los Soviets de diputados obreros y
soldados. (Aplausos.) El fallo de ese
juez es inapelable, confiamos siempre en él.
216
El capitalismo divide adrede a los obreros para unir con la
burguesía a un puñado insignificante de las altas esferas de la clase obrera:
los choques con ellas serán inevitables. Sin lucha no llegaremos al socialismo.
Pero estamos prestos a la lucha, la hemos iniciado y la llevaremos hasta el fin
con ayuda del instrumento que se llama Soviets. Si sometemos al veredicto del
tribunal de los Soviets de diputados obreros y soldados los conflictos que
surjan, cualquier problema será resuelto con facilidad. Porque por muy fuerte
que sea el grupo de obreros privilegiados, cuando se les coloque ante la
representación de todos los obreros, ese tribunal, lo repito, será para ellos
inapelable. Semejante regulación no hace más que empezar. Los obreros y los
campesinos no tienen todavía confianza suficiente en sus propias fuerzas, están
demasiado habituados, a consecuencia de la tradición secular, a esperar
indicaciones desde arriba. No se han acostumbrado aún por entero a que el
proletariado es la clase dominante; entre ellos hay todavía elementos
atemorizados y deprimidos, que se imaginan que deben pasar por la abominable
escuela de la burguesía. Este prejuicio burgués, el más repulsivo de todos, es
el que más se ha mantenido, pero está desapareciendo ya y desaparecerá
definitivamente. Y estamos convencidos de que cada paso del Poder soviético
destacará en creciente número hombres y mujeres libres por completo del viejo
prejuicio burgués de que el obrero y el campesino sencillos no pueden
administrar el Estado. ¡Pueden y aprenderán a hacerlo si se ponen a ello! (Aplausos.)
La tarea de organización
consistirá precisamente en promover dirigentes y organizadores de entre las
masas populares. Esta labor inmensa y gigantesca está planteada hoy a la orden
del día. No podría siquiera pensarse en cumplirla si no existiera el Poder
soviético, este aparato se lector que puede promover a los hombres.
Tenemos una ley del Estado
sobre el control; pero tenemos también algo incluso más valioso: los intentos
del proletariado de concertar acuerdos con las organizaciones de fabricantes
para asegurar a los obreros la dirección de ramas enteras de la industria. Los
obreros curtidores han empezado ya a preparar un acuerdo de ese carácter y casi
lo han concertado con la Sociedad de Fabricantes del Ramo de la Piel de toda
Rusia. Yo concedo una importancia particularmente grande a estos acuerdos117, pues revelan que entre los obreros crece la conciencia de su
propia fuerza.
Camaradas: En mi informe no me he referido a problemas delicados
y difíciles en grado sumo
—losproblemas de la paz y
del abastecimiento— porque figuran como puntos aparte en el orden del día y
serán discutidos especialmente.
En mi corto informe me he
señalado el objetivo de mostrar qué idea tenemos el Consejo de Comisarios del
Pueblo y yo de la historia de lo que hemos vivido en estos dos meses y medio,
cómo se ha formado la correlación de las fuerzas de clase en este nuevo período
de la revolución rusa, cómo se ha formado el nuevo poder del Estado y qué
tareas sociales tiene planteadas.
Rusia ha emprendido la vía
certera de la realización del socialismo: la nacionalización de los bancos, la
entrega de toda la tierra, íntegramente, a las masas trabajadoras. Conocemos
muy
![]()
117 Lenin se refiere a las negociaciones del
Sindicato de Obreros Curtidores de toda Rusia con los patronos. El sindicato
reclamaba que fuese ampliada la representación obrera en el Comité Principal
del Ramo de la Piel y se reorganizase éste sobre bases democráticas. A
comienzos de 1918, como resultado de estas negociaciones, el Comité Principal y
los comités distritales del ramo fueron reorganizados, concediéndose en ellos a
los obreros dos tercios de los votos. El 6 de abril de 1918 se transmitió a
todos los Soviets un telegrama, firmado por Lenin, en el que se señalaba la
necesidad de democratizar los organismos locales del Comité Principal del Ramo
de la Piel y aplicar inflexiblemente las disposiciones del mismo y de los
comités distritales del ramo
III Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda Rusia
bien las dificultades que
nos esperan, pero la comparación con las revoluciones anteriores nos convence
de que alcanzaremos éxitos gigantescos y de que seguimos un camino que asegura
la victoria completa.
Y con nosotros marcharán las
masas de los países más avanzados, divididos por la guerra de rapiña, cuyos
obreros han cursado una escuela más larga de democratización. Cuando se nos
pintan las dificultades de nuestra obra, cuando se nos dice que el triunfo del
socialismo sólo es posible a escala mundial, vemos en ello únicamente un
intento, condenado al fracaso de modo singular, de la burguesía y de sus
partidarios voluntarios e involuntarios de tergiversar la verdad más
indiscutible. Naturalmente, la victoria definitiva del socialismo en un solo
país es imposible. Nuestro destacamento de obreros y campesinos, que apoya al
Poder soviético, es uno de los destacamentos del ejército universal fraccionado
hoy por la guerra mundial; pero ese ejército tiende a la unificación, y cada
noticia, cada fragmento de los informes sobre nuestra revolución y cada nombre
son acogidos por el proletariado con una tempestad de aplausos de simpatía,
pues saben que en Rusia se está haciendo su obra común: la obra de la insurrección
del proletariado, de la revolución socialista internacional. El ejemplo vivo,
el inicio práctico de la obra en un país cualquiera es más eficaz que todas las
proclamas y conferencias: eso es lo que enardece a las masas trabajadoras en
todos los países.
Si la huelga de octubre de
1905 —aquellos primeros pasos de la revolución victoriosa— se desplazó en el
acto a Europa Occidental y suscitó entonces, en 1905, un movimiento de los
obreros austriacos; si ya entonces vimos en la práctica lo que vale el ejemplo
de la revolución, la acción de los obreros en un país, ahora vemos que la
revolución socialista madura en todos los países no por días, sino por horas.
Si cometemos errores y
equivocaciones, si en nuestro camino se producen roces, no es eso lo que tiene
importancia para ellos; lo importante es nuestro ejemplo, eso es lo que les une
y le hace decir: marcharemos juntos y venceremos pese a todo. (Aplausos.)
217
Los grandes fundadores del
socialismo, Marx y Engels, que durante varios decenios observaron el desarrollo
del movimiento obrero y el avance de la revolución socialista mundial, vieron
claro que el paso del capitalismo al socialismo requeriría un alumbramiento
largo y doloroso, un largo período de dictadura del proletariado, la demolición
de todo lo viejo, la destrucción implacable de todas las formas de capitalismo
y la colaboración de los obreros de todos los países, quienes deberían aunar
todos sus esfuerzos para asegurar la victoria hasta el fin. Dijeron ellos que,
a fines del siglo XIX, las cosas irían de tal modo que “el francés comenzará la
obra, y el alemán la llevará a cabo 118”; el
francés debía comenzar, porque durante decenios de revolución había adquirido
la abnegada iniciativa de la acción revolucionaria que le hizo ser la
vanguardia de la revolución socialista.
Ahora vemos otra combinación
de fuerzas del socialismo internacional. Decimos que el movimiento empieza con
menos dificultades en los países que no figuran entre los Estados explotadores,
los cuales pueden desvalijar con mayor facilidad y pueden sobornar a las capas
superiores de sus obreros. Esos partidos seudosocialistas, casi todos
ministrables, esos partidos de los Chernov y los Tsereteli de Europa Occidental
no hacen nada y carecen de bases firmes. Hemos visto el ejemplo de Italia,
hemos observado estos días la lucha heroica de los obreros austriacos contra
los buitres imperialistas119. No importa que los buitres consigan
incluso detener el movimiento por algún tiempo: es imposible hacerlo cesar por
completo, pues es invencible.
![]()
118 Véase la carta de C. Marx a F. Engels del 12 de febrero de 1870.
119 Lenin alude a las acciones antibélicas
de los obreros de Turín (Italia) en agosto de 1917, qué declararon la huelga
general, y a las huelgas de los obreros austriacos en enero de 1918 con motivo
de las conversaciones de paz de Brest-Litovsk. Las huelgas en Austria
transcurrieron bajo la consigna de firmar una paz general y mejorar el
abastecimiento de los obreros
III Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda Rusia
El ejemplo de la República
de los Soviets se alzará ante ellos durante mucho tiempo. Nuestra República
Socialista de los Soviets se mantendrá firme, como antorcha del socialismo
internacional y ejemplo para todas las masas trabajadoras. Allá, pendencias,
guerra, derramamiento de sangres, sacrificios de millones de seres, explotación
por el capital; aquí, la verdadera política de paz y la República Socialista de
los Soviets.
Las cosas resultaron de modo
distinto a como lo esperaban Marx y Engels, concediéndonos a las clases
trabajadoras y explotadas de Rusia el honroso papel de vanguardia de la
revolución socialista internacional, y ahora vemos claro cuán lejos irá el
desarrollo de la revolución; ha comenzado la obra el ruso, la llevarán a cabo
el alemán, el francés y el inglés, y triunfará el socialismo. (Aplausos.)
2. Discurso
de resumen de la discusión del informe presentado por el consejo de comisarios
del pueblo, 12 (25) de enero de 1918.
Al escuchar hoy las
objeciones hechas a mi informe por los oradores de la derecha, me ha
sorprendido que dichos oradores no hayan aprendido nada hasta ahora y hayan
olvidado todo lo que ellos denominan en vano “marxismo”. Uno de mis
contradictores ha declarado que nosotros defendíamos la dictadura de la
democracia, que reconocíamos el poder de la democracia. Esta declaración es tan
disparatada, absurda y estúpida que constituye un conjunto de palabras sin
sentido. Es lo mismo que si dijéramos nieve de hierro o algo por el estilo. (Risas.) La democracia es una forma del
Estado burgués defendida por todos los traidores al verdadero socialismo,
quienes figuran hoy al frente del socialismo oficial y afirman que la
democracia está en contradicción con la dictadura del proletariado. Mientras la
revolución no rebasó el marco del régimen burgués, fuimos partidarios de la
democracia; pero en cuanto vimos los primeros destellos de socialismo en todo
el curso de la revolución, ocupamos posiciones que defienden firme y resueltamente
la dictadura del proletariado.
Y es extraño que hombres que
no pueden, o no quieren, comprender esta simple verdad sobre la definición del
sentido de las palabras “democracia” y “dictadura del proletariado” se atrevan
a intervenir ante una reunión tan concurrida como ésta con la vieja morralla,
inservible en absoluto, que tanto abunda en los discursos de los señores
impugnadores. La democracia es, formalmente, el parlamentarismo; pero, de
hecho, es la mofa despiadada y constante, la opresión desalmada e insufrible
del pueblo trabajador por la burguesía. Contra esto pueden objetar únicamente
quienes no son representantes auténticos de la clase obrera, sino pobres
hombres enfundados, que han estado siempre muy lejos de la vida, se han dormido
y, al dormirse, han conservado cuidadosamente bajo la almohada un viejo y
destrozado libraco, que nadie necesita, pero que ellos utilizan como guía y
manual para implantar el socialismo oficial. Sin embargo, la inteligencia de
decenas de millones de creadores produce algo incomparablemente más elevado que
la previsión más grande y genial. El socialismo auténtico, el socialismo
revolucionario, no se ha escindido ahora, sino ya al comienzo de la guerra. No
hay un solo país, un solo Estado en el que no se haya producido esta
significativa escisión, esta grieta en la doctrina del socialismo. ¡Y está muy
bien que se haya escindido!
En respuesta a la acusación
de que luchamos contra los “socialistas”, sólo podemos decir que, en la época
del parlamentarismo, los partidarios de este último no tienen ya nada de común
con el socialismo: se han corrompido, han envejecido, se han rezagado y, en fin
de cuentas, se han pasado a la burguesía. Los “socialistas” que durante la
guerra, provocada por los apetitos imperialistas de los bandidos
internacionales, proclamaban a gritos “la defensa de la patria” no son
socialistas, sino lacayos y paniaguados de la burguesía.
III Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda Rusia
Quienes tanto hablan de la
dictadura de la democracia lanzan simplemente frases insensatas y absurdas, que
no contienen ni conocimientos económicos ni comprensión política.
218
Uno de los contradictores ha
declarado aquí que la Comuna de París puede enorgullecerse de que, durante la
insurrección de los obreros parisienses, no hubo entre ellos violencias ni
arbitrariedades; pero está fuera de toda duda que la Comuna cayó únicamente
porque, en el momento oportuno, no utilizó en grado suficiente la fuerza
armada, aunque ha quedado inmortalizada en la historia, pues fue la primera que
hizo realidad la idea de la dictadura del proletariado.
El orador habla en rasgos
generales de la lucha contra los representantes de la burguesía, de los
terratenientes y de los capitalistas, y declara con firmeza y energía, entre
una explosión de aplausos: — Digan lo que digan, en fin de cuentas, la burguesía
se verá obligada, por voluntad del pueblo revolucionario, a capitular o
perecer.
El camarada Lenin traza un
paralelo entre el anarquismo y las opiniones de los bolcheviques y declara que
ahora, en la época de la demolición radical del régimen burgués, las
concepciones sobre el anarquismo adquieren, por fin, rasgos vitales. Pero para derrocar
la opresión del régimen burgués hace falta un firme poder revolucionario de las
clases trabajadoras: el poder del Estado revolucionario. En eso consiste la
esencia del comunismo. Ahora, cuando la propia masa empuña las armas y emprende
una lucha implacable contra los explotadores; cuando se aplica el nuevo poder
del pueblo, que no tiene nada de común con el poder parlamentario; en este
momento, no nos hallamos ya ante el viejo Estado, caduco por sus tradiciones y
sus formas, sino ante algo nuevo, basado en la fuerza creadora de los sectores
inferiores. Y mientras que unos anarquistas, influenciados todavía por puntos
de vista anticuados, hablan con temor de los Soviets, la corriente nueva,
lozana, del anarquismo se coloca abiertamente al lado de los Soviets, en los
que ve viabilidad y capacidad suficientes para despertar la simpatía y la
fuerza creadora de las masas.
Vuestro pecado y vuestra ceguera —dice el orador, dirigiéndose a
los “contradictores”— consisten en que no habéis sabido aprender de la
revolución. El 4 de abril afirmé ya en esta sala que los Soviets son la forma
superior de democracia*. O perecen los Soviets —y entonces perecerá
irrevocablemente la revolución—, o viven los Soviets, y entonces será ridículo
hablar de una revolución democrática burguesa en un momento en que maduran el
florecimiento completo del régimen socialista y la bancarrota del capitalismo.
Los bolcheviques hablábamos de la revolución democrática burguesa en 1905. Pero
ahora, cuando los Soviets han conquistado el poder; cuando los Soviets han
conquistado el poder, cuuando los obreros, los soldados y los campesinos, en
una situación de guerra inaudita por sus privaciones y sus horrores, en una
atmósfera de desorganización, han declarado ante el fantasma de la muerte por
hambre: “Tomaremos todo el poder y emprenderemos nosotros mismos la creación de
la nueva vida”; en un momento así, no puede ni hablarse de revolución
democrática burguesa. Los bolcheviques dijimos ya esto en abril del año pasado
en congresos, asambleas y conferencias, en resoluciones y acuerdos.
* Véase la presente edición, tomo VI. Las tareas del proletariado en la presente revolución. (N. de la Edit.)
Y a quienes dicen que no
hemos hecho nada, que hemos estado inactivos todo el tiempo, que la dominación
del Poder soviético no ha dado ningún fruto, sólo podemos contestarles: mirad
en las propias entrañas del pueblo trabajador, en lo más profundo de las masas,
allí bulle el trabajo creador, de organización; allí brota a raudales la vida,
renovada y santificada por la revolución. Los campesinos toman la tierra en las
aldeas, los obreros se apoderan de las fábricas y empresas, en todas partes
surgen las organizaciones más diversas.
El Poder soviético trata de
conseguir el final de la guerra, y estamos seguros de que lo conseguirá antes
de lo que habían prometido los representantes del Gobierno Kerenski. Pues en el
final de la guerra ha irrumpido el factor revolucionario, que ha derogado los
tratados y
III Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda Rusia
anulado los empréstitos. La
guerra terminará a consecuencia del movimiento revolucionario internacional.
Como conclusión, el orador
se refiere en unas cuantas palabras a los saboteadores contrarrevolucionarios:
son destacamentos comprados por la burguesía, que arroja unas limosnas a los
funcionarios saboteadores, los cuales han declarado la guerra al Poder soviético
en aras del triunfo de la reacción. El fenómeno de que el pueblo decapite a la
burguesía con el hacha campesina y obrera les parece el verdadero fin del mundo
y la muerte irremisible de todo. Si somos culpables de algo es de haber sido
demasiado humanitarios, demasiado buenos con los representantes del régimen
burgués imperialista, monstruosos por su traición.
Días pasados me visitaron
unos escritores de Nóvaya Zhizn para
declararme, en nombre de los empleados de Banca, que deseaban incorporarse al
trabajo y, cesando la política de sabotaje, someterse íntegramente al Poder
soviético. Yo les respondí: “Ya era hora”**. Pero, dicho sea entre nosotros, si
piensan que al iniciar estas negociaciones vamos a retroceder, aunque sea un
ápice, de nuestras posiciones revolucionarias, se equivocan de medio a medio.
** Véase V. I. Lenin. Respuestas
a las notas recibidas en el Congreso Extraordinario de Ferroviarios de toda
Rusia. (N. de la Edit.)
El mundo no ha visto nada
semejante a lo que ocurre hoy en Rusia, en este inmenso país, dividido en una
serie de Estados e integrado por una multitud de naciones y pueblos
heterogéneos: una colosal labor de organización en todos los distritos y
regiones, la organización de los sectores inferiores, la labor directa de
masas, la creadora actividad constructiva, que choca con los obstáculos que
levantan diversos representantes burgueses del imperialismo. Los obreros y los
campesinos han iniciado un trabajo sin precedente por sus titánicas tareas y,
junto con los Soviets, acabarán por completo con la explotación capitalista y,
en fin de cuentas, derrocarán para siempre la opresión de la burguesía.
219
3. Proyecto
de decreto sobre la supresión en la legislación soviética de las referencias a
la asamblea constituyente.120
Decreto
En diversos decretos, leyes
y disposiciones del Poder soviético se hace referencia a la Asamblea
Constituyente y a su carácter legislativo.
Después de haber sido
disuelta la Asamblea Constituyente por el Comité Ejecutivo Central y de haber
ratificado esta medida el III Congreso de los Soviets de toda Rusia, todas esas
referencias pierden su razón de ser y quedan suprimidas.
Por eso, el III Congreso de
los Soviets de toda Rusia decreta: en todas las nuevas ediciones de decretos y
leyes del Poder soviético serán suprimidas todas las referencias a la próxima
Asamblea Constituyente.
Escrito el 18 (31) de
enero de 1918.
4. Discurso de
clausura del congreso, 18 (31) de enero.
Camaradas: Al clausurar el
III Congreso de los Soviets procede señalar con toda imparcialidad el papel
histórico que ha desempeñado este congreso en la historia de la revolución
![]()
120 La cuestión de suprimir en la
legislación soviética las referencias a la Asamblea Constituyente fue sometida
para su ratificación al III Congreso de los Soviets, en el que se aprobó la
disposición formulada por Lenin en el último párrafo del proyecto. Los dos
primeros párrafos y el comienzo del tercero están tachados en el manuscrito.
III Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda Rusia
internacional, en la historia de la humanidad. Puede firmarse
con pleno fundamento que el
III
Congreso
de los Soviets ha iniciado una nueva época de la historia universal y que hoy,
en las condiciones de la revolución mundial, empieza a comprenderse más y más
la importancia del presente congreso. Este congreso, que ha afianzado la
organización del nuevo poder del Estado, fruto de la Revolución de Octubre, ha
indicado los jalones de la futura edificación del socialismo para todo el
mundo, para los trabajadores de todos los países.
En el ámbito de la política
interior, en nuestro país, en Rusia, se ha reconocido ahora definitivamente el
nuevo régimen estatal de la República Socialista Soviética como federación de
repúblicas libres de las diversas naciones que la pueblan. Y hoy, todo el mundo
ve, incluso nuestros enemigos —estoy seguro de ello—, que el nuevo régimen, el
Poder de los Soviets, no es un infundio, un procedimiento empleado por nuestro
partido, sino un resultado del desarrollo de la propia vida, un resultado de la
revolución mundial que está cristalizando de manera espontánea. Recordad que
todas las grandes revoluciones han tratado siempre de barrer hasta los
cimientos el viejo régimen capitalista; han tratado no sólo de conquistar los
derechos políticos, sino también de arrancar la propia gobernación del Estado
de manos de las clases dominantes, de manos de todos los explotadores y
opresores de los trabajadores, con el propósito de poner fin, de una vez para
siempre, a toda explotación y a toda opresión. Las grandes revoluciones
trataron precisamente de romper esa vieja máquina estatal explotadora, pero
hasta ahora no se había logrado culminar esta tarea. Y bien, en virtud de las
peculiaridades de su situación económica y política, Rusia es la primera que ha
conseguido actualmente que la administración del Estado pase a manos de los
propios trabajadores. Ahora, en el terreno limpio de morralla histórica
construiremos el edificio, sólido y luminoso, de la sociedad socialista. Se
está creando un tipo de poder estatal nuevo, sin par en la historia, que por
voluntad de la revolución está llamado a barrer la tierra de toda explotación,
violencia y esclavitud.
Veamos ahora qué ha dado el
nuevo principio socialista de administración del Estado en el ámbito de nuestra
política interior. Recordaréis, camaradas, que la prensa burguesa gritaba sin
cesar, hace poco todavía, que estamos destruyendo el Estado ruso, que no
sabemos gobernar, por lo cual se apartan de nosotros todas las naciones:
Finlandia, Ucrania, etc. La prensa burguesa informaba casi cada día, con
maligno regocijo, de esas “separaciones”. Nosotros, camaradas, comprendíamos
mejor que ellos las causas principales de ese fenómeno, que radican en la falta
de confianza de las masas trabajadoras en el gobierno conciliador e
imperialista de los señores Kerenski y Cía. Nosotros callamos, firmemente
seguros de que nuestros justos principios y nuestra propia gobernación
demostrarían a todos los trabajadores, mejor que las palabras, nuestros
verdaderos fines y aspiraciones.
Y estábamos en lo cierto.
Ahora vemos que nuestras ideas han triunfado en Finlandia y en Ucrania y están
triunfando en el Don, despiertan la conciencia de clase de los trabajadores y
los organizan en una estrecha unión. Hemos actuado sin diplomáticos y sin los
viejos métodos que usan los imperialistas, pero el majestuoso resultado está a
la vista: la victoria de la revolución y la unión de los vencedores con
nosotros en una poderosa federación revolucionaria. Nosotros gobernamos no
dividiendo, según la ley brutal de la antigua Roma, sino uniendo a todos los
trabajadores con los lazos irrompibles de los intereses vivos, de la conciencia
de clase. Y nuestra unión, nuestro nuevo Estado, es más sólido que el poder
opresor, el cual une por medio de los grilletes y la mentira en entidades
estatales artificiales, necesarias para los imperialistas.
220
Bastó, por ejemplo, con que
los obreros y los campesinos de Finlandia tomasen el poder para que se
dirigiesen inmediatamente a nosotros, a fin de expresarnos su fidelidad a la
revolución proletaria mundial y enviarnos palabras de saludo, que testimonian su
firme decisión de marchar junto con nosotros por el camino de la Internacional.
Esa es la base de nuestra federación, y estoy profundamente convencido de que
alrededor de la Rusia revolucionaria
III Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda Rusia
se agruparán más y más
federaciones diversas de naciones libres. Esta federación, que crecerá sobre la
base de la plena voluntariedad, sin mentiras ni grilletes, será invencible. La
mejor garantía de su invencibilidad son las leyes y el régimen estatal que
estamos creando en nuestro país. Acabáis de escuchar la Ley de Socialización de
la Tierra121.
¿Acaso esta ley no
constituye una garantía de que hoy es irrompible la unión de los obreros y de
los campesinos, de que con esa unión estaremos en condiciones de vencer todos
los obstáculos que se alcen en el camino del socialismo?
Y estos obstáculos, no lo
oculto, son enormes. La burguesía recurrirá a todos los medios, se jugará el
todo por el todo, para romper nuestra unión. Aparecerán embusteros,
provocadores y traidores, aparecerán, quizá, personas inconscientes; mas de
aquí en adelante no temeremos nada, pues hemos creado un poder nuevo, nuestro
poder estatal, porque tenemos en nuestras manos la autoadministración del
Estado. Caeremos con todo el peso de nuestra fuerza sobre cualquier tentativa
contrarrevolucionaria. Pero la base principal de la solidez del nuevo régimen
serán las medidas de organización que llevaremos a la práctica en aras del
socialismo. En este terreno nos espera una ingente labor. Tened presente,
camaradas, que los bandidos imperialistas mundiales, que arrastraron a las
naciones a la guerra, han desorganizado a fondo toda la vida económica del
mundo. A nosotros nos han dejado una dura herencia: el trabajo de reconstruir
lo destruido por ellos.
En efecto, los trabajadores
no tenían experiencia de gobernación. Pero eso no nos asusta. Ante el
proletariado victorioso se ha abierto la tierra, que es hoy patrimonio de todo
el pueblo, y sabrá organizar la nueva producción y el consumo tomando como base
los principios socialistas. Antes, toda la inteligencia de la humanidad, todo
su genio, creaba sólo para dar a unos todos los bienes de la técnica y de la
cultura y privar a otros de lo más imprescindible: la instrucción y el
desarrollo. Ahora, en cambio, todos los milagros de la técnica y todas las
conquistas de la cultura serán patrimonio del pueblo entero; y desde hoy, la
inteligencia y el genio humanos jamás serán convertidos en un medio de
violencia, en un medio de explotación. Nosotros sabemos esto, ¿y es que no
merece la pena trabajar, entregar todas las energías en aras de esta grandiosa
tarea histórica? Y los trabajadores realizarán esta titánica labor histórica,
pues en ellos dormitan las grandes fuerzas de la revolución, del renacimiento y
la renovación.
Ya no estamos solos. En los
últimos días se han registrado notables acontecimientos no sólo en Ucrania y el
Don, no sólo en el reino de nuestros Kaledin y nuestros Kerenski, sino también
en Europa Occidental. Conocéis ya los telegramas referentes al estado en que se
encuentra la revolución en Alemania. Las lenguas de fuego del elemento
revolucionario se inflaman con fuerza creciente sobre todo el viejo y podrido
régimen mundial. El hecho de que, al crear el Poder soviético, hayamos
originado intentos semejantes en otros países no ha sido una teoría abstraída
de la vida, no ha sido una fantasía de hombres de gabinete. Porque, repito, los
trabajadores no tenían otra salida de esta sangrienta matanza. Hoy se hacen ya
realidad los intentos de este tipo en las firmes conquistas de la revolución
internacional*. Y nosotros clausuramos un histórico Congreso de los Soviets
bajo el signo de la creciente revolución mundial. No está lejano el día en que
los trabajadores de los distintos países se fundirán en un solo Estado de toda
la humanidad para, con los esfuerzos mutuos, construir el nuevo edificio
socialista. El camino de esta obra pasa por los Soviets, como una de las formas
de la incipiente revolución mundial, (Clamorosos
aplausos.)
![]()
121 Lenin alude a la Ley Fundamental de Socialización de la Tierra, sometida a la
aprobación del III Congreso de los Soviets de toda Rusia. El proyecto de ley
fue redactado en una comisión del congreso con participación de Lenin. El
18
(31)
de enero de 1918, el III Congreso de los Soviets aprobó la Ley Fundamental de Socialización de la Tierra (Sección 1: Disposiciones Generales). La confección
detallada de la ley prosiguió en reuniones conjuntas del Congreso de Comités
Agrarios y de la Sección Campesina del III Congreso de los Soviets. El texto
definitivo de la ley fue aprobado por el CECR en su sesión del 27 de enero (9
de febrero).
III
Congreso de los soviets de diputados obreros, soldados y
campesinos de toda Rusia
* En el texto publicado el 2
de febrero (20 de enero) de 1918 en el núm. 15 del periódico Pravda sigue después. el siguiente
párrafo: "Recordaréis que los imperialistas y los lacayos burgueses nos
gritaban: "Con su política han perdido ustedes a los aliados: Inglaterra,
América y Francia"; gritaban que "nosotros aislamos a Rusia..."
Sí, camaradas, nos hemos privado de los capitalistas ingleses, franceses y
norteamericanos, pero nos hemos ganado a los obreros, soldados y campesinos
ingleses, franceses y alemanes. ¡Que se atrevan a decirnos que ahora no tenemos
aliados!" (N. de la Edit.)
Al saludaros, os llamo a
levantar este nuevo edificio. Regresaréis a vuestros lugares y dedicaréis todas
las fuerzas a organizar y afianzar nuestra grandiosa victoria. (Los delegados se ponen en pie y saludan con
clamorosos aplausos al camarada Lenin.)
Publicado los días 12, 13, 14 y 20 de enero de 1918 en los núms.
8, 9, 10 y 15 de “Izvestia del CEC”; y los días 26 (13), 27 (14) de enero y 2
de febrero (20 de enero) de 1918 en los núms. 9, 10 y 15 de “Pravda”. El
proyecto de decreto sobre la supresión en la legislación Soviética de las
referencias a la Asamblea Constituyente vio la luz por vez primera en 1931 en
la “Recopilación Leninista XVIII”.
T. 35, págs. 261-290.
Acerca de la frase revolucionaria
222
ACERCA DE LA FRASE
REVOLUCIONARIA.122
Cuando en una reunión del
partido dije que la frase revolucionaria sobre la guerra revolucionaria podía
causar la pérdida de nuestra revolución, se me acusó de brusquedad en la
polémica. Pero suele haber momentos que obligan a plantear las cuestiones de cara
y llamar a las cosas por su verdadero nombre, so pena de ocasionar un daño
irreparable al partido y a la revolución.
La frase revolucionaria
suele ser, en la mayoría de los casos, el mal que sufren los partidos
revolucionarios cuando realizan directa o indirectamente la ligazón, la
asociación y el entrelazamiento de elementos proletarios y pequeñoburgueses y
cuando el curso de los acontecimientos revolucionarios experimenta cambios
importantes y bruscos. La frase revolucionaria es la repetición de las
consignas revolucionarias sin tener en cuenta las circunstancias objetivas que
se dan en un cambio concreto de los acontecimientos, en un estado de cosas
determinado. Consignas magníficas, atrayentes y embriagadoras, pero
desprovistas de base: ésa es la esencia de la frase revolucionaria.
Examinemos, aunque sólo sea,
los principales grupos de argumentos invocados a favor de la guerra
revolucionaria en la actualidad, en enero y febrero de 1918 en Rusia, y la
confrontación de la realidad objetiva con esta consigna nos brindará la
respuesta a la pregunta de si es justa la definición que acabo de hacer.
1
Nuestra prensa ha hablado
siempre de la necesidad de preparar la guerra revolucionaria en el caso de que
triunfe el socialismo en un solo país y subsista el capitalismo en los países
vecinos. Esto es indiscutible.
Surge una pregunta: ¿cómo se
desarrolló de hecho esta preparación
después de nuestra Revolución de Octubre?
Se desarrolló de tal manera
que tuvimos que desmovilizar el ejército; nos vimos obligados a hacerlo por
circunstancias tan evidentes, imperiosas e insuperables que, además de no
formarse en el partido una “corriente” o un estado de ánimo opuesto a la desmovilización,
no se levantó ni una sola voz en contra de ella. Quien quiera pensar en los motivos de clase de un
fenómeno tan singular como la desmovilización del ejército de la República
Socialista Soviética, todavía en guerra contra un Estado imperialista vecino,
encontrará sin excesivo esfuerzo estos motivos en la estructura social de un
país de pequeños agricultores, atrasado, reducido por tres años de guerra a un
estado de ruina extrema. La desmovilización de un ejército de millones de
hombres y el paso a la formación del Ejército Rojo según el principio del voluntariado: tales son los hechos.
Confrontemos con estos
hechos las palabras sobre la guerra revolucionaria en enero y febrero de 1918,
y estará clara la esencia de la frase revolucionaria.
Si la “defensa” de la guerra
revolucionaria, supongamos, por las organizaciones de Petrogrado y de Moscú no
hubiera sido más que una frase, habríamos visto entre octubre y
![]()
122 Con el artículo Acerca de la frase revolucionaria, Lenin comenzó la lucha pública
en la prensa en pro de la firma de la paz
Acerca de la frase revolucionaria
enero otros hechos: habríamos visto la lucha
resuelta de estas organizaciones contra la desmovilización. No ocurrió nada de
eso ni por asomo.
Habríamos visto que los
camaradas de Petrogrado y de Moscú enviaban al frente a decenas de miles de agitadores y soldados y habríamos recibido de
allí cada día informaciones sobre su
lucha contra la desmovilización, sobre los éxitos de esta lucha y la suspensión
de la desmovilización.
Nada de eso ocurrió.
Habríamos recibido
centenares de noticias acerca de los regimientos que se transformaban en
Ejército Rojo, impedían la desmovilización por medio del terrorismo y renovaban
la defensa y la fortificación contra una eventual ofensiva del imperialismo
alemán.
Nada de eso ocurrió. La
desmovilización está en pleno apogeo. El viejo ejército ha dejado de existir.
Los embriones del nuevo comienzan sólo a formarse.
Quien no quiera dejarse
arrullar con palabras declamatorias y altisonantes, ha de ver sin falta que la
“consigna” de guerra revolucionaria en febrero de 1918 es una frase
completamente huera, tras la cual no hay nada real ni objetivo. Sentimiento,
buenos deseos, cólera e indignación: tal es el único contenido de esta consigna en el momento actual. Y la consigna que
sólo tiene ese contenido se llama, precisamente, frase revolucionaria.
Los actos de nuestro partido
y de todo el Poder soviético, los actos de los bolcheviques de Petrogrado y de
Moscú muestran que, por ahora, sólo
se ha logrado dar los primeros pasos hacia la creación de un Ejército Rojo de
voluntarios. Pretender ocultarse de este hecha desagradable, pero
incontestable, tras declaraciones grandilocuentes y, al mismo tiempo, lejos de
poner obstáculos a la desmovilización, no
hacer siquiera objeciones contra ella, significa emborracharse con el
sonido de las palabras.
223
Una confirmación elocuente
de lo dicho es, por ejemplo, que en el Comité Central de nuestro partido la
mayoría de los adversarios más destacados de la paz separada votaron en contra de la guerra revolucionaria
tanto en enero como en febrero123.
¿Qué significa este hecho? Significa
que la imposibilidad de una guerra revolucionaria es reconocida por cuantos no
temen mirar cara a cara a la verdad.
En casos semejantes se elude o se intenta eludir la verdad con
subterfugios. Veámoslos,
2
Primer subterfugio. La
Francia de 1792 sufría una ruina no menor, pero la guerra revolucionaria lo
curó todo, animó a todo el mundo, despertó el entusiasmo y lo venció todo. Solo
los que no creen en la revolución, sólo los oportunistas pueden, ante nuestra
revolución, que es más profunda, pronunciarse contra la guerra revolucionaria.
Confrontemos este
subterfugio o este argumento con los hechos. Es un hecho que en la Francia de
fines del siglo XVIII se había creado primero
la base económica de un modo de
producción nuevo, superior, y que el poderoso ejército revolucionario fue un
resultado de ello, una superestructura. Francia se sacudió el régimen feudal
antes que otros países; lo barrió después
de varios años de revolución victoriosa y condujo al pueblo, que no estaba
cansado de ninguna guerra, que acababa de conquistar la libertad y la tierra y
se había
![]()
123 Lenin se refiere a las votaciones del 11
(24) de enero y 17 de febrero de 1918 en las reuniones del CC del POSD(b) de
Rusia al discutirse el problema de la paz. En la primera reunión votaron en pro
de la guerra revolucionaria dos miembros del CC; en la segunda, nadie votó a
favor de esta propuesta (los partidarios de la continuación de la guerra se
abstuvieron).
Acerca de la frase revolucionaria
fortalecido eliminando el
régimen feudal, a la guerra contra varios pueblos atrasados económica y
políticamente.
Comparad con este hecho la
Rusia contemporánea. Un cansancio increíble a causa de la guerra. El régimen
económico nuevo, superior al organizado capitalismo de Estado de una Alemania
perfectamente equipada desde el punto de vista técnico, aún no existe. Sólo empieza a fundarse. Nuestro campesino posee
únicamente la ley de socialización de la tierra, pero no tiene todavía ni un
año de trabajo libre (respecto del terrateniente y de los sufrimientos de la
guerra). Nuestro obrero ha empezado a desembarazarse del capitalista, pero no
ha tenido tiempo aún de organizar la producción, establecer el intercambio de
productos, asegurar el abastecimiento de cereales y elevar la productividad del trabajo.
A eso vamos, hemos
emprendido ese camino, pero es evidente que el régimen nuevo, superior desde el
punto de vista económico, no existe
todavía.
El feudalismo vencido, la
libertad burguesa consolidada, el campesino saciado que marcha contra los
países feudales: ésta es la base económica de los “milagros” de 1792-1793 en el
terreno militar.
Un país de pequeños
agricultores, hambriento y agotado por la guerra, que acaba de empezar a curar
sus heridas, contra una productividad del trabajo superior en cuanto a técnica
y organización: tal es la situación objetiva a comienzos de 1918.
Por eso, todas las alusiones al año de 1792, etc., no son más
que frases revolucionarias.
Repiten consignas, palabras, gritos belicosos, pero temen
analizar la realidad objetiva.
3
Segundo subterfugio. Alemania “no podrá atacar”, su creciente
revolución se lo impedirá.
El argumento de que los
alemanes “no podrán atacar” ha sido repetido millones de veces en enero y a
comienzos de febrero de 1918 por los adversarios de la paz separada. Los más
prudentes de entre ellos determinaron en un 25-33% —aproximadamente, claro está—
la probabilidad de que los alemanes no pudieran emprender la ofensiva.
Los hechos han desmentido
esos cálculos. También en este terreno, los enemigos de la paz separada vuelven
muy a menudo la espalda a los hechos, pues temen su lógica férrea.
¿Dónde estaba la fuente de
este error, que los verdaderos revolucionarios (no los revolucionarios de
sentimiento) deben saber reconocer y meditar sobre él?
¿Tal vez en que, en general,
maniobrábamos y hacíamos agitación a
propósito de las negociaciones de paz? No. El error no estaba ahí. Había
que maniobrar y hacer agitación. Pero era necesario asimismo determinar “el
momento oportuno” tanto para las maniobras y la agitación —mientras se podía
maniobrar y hacer agitación— como para cesar toda clase de maniobras en el
momento en que la cuestión fue planteada de cara.
La fuente del error estaba
en que nuestra actitud de colaboración revolucionaria con los obreros
revolucionarios de Alemania se había convertido en una frase. Hemos ayudado a
los obreros revolucionarios alemanes y continuamos ayudándoles con todos los medios
de que disponemos: confraternización, agitación, publicación de los tratados
secretos, etc. Era una ayuda eficaz, una ayuda práctica.
En cambio, la declaración de
algunos de nuestros camaradas de que “los alemanes no podrán atacar” era una
frase. Acabamos de pasar por una revolución en nuestro país. Todos sabemos muy
bien por qué la revolución pudo comenzar
más fácilmente en Rusia que en Europa. Hemos visto que no pudimos impedir la
ofensiva del imperialismo ruso en junio de 1917,
Acerca de la frase revolucionaria
aunque contábamos con una
revolución que no sólo había comenzado, que no sólo había derrocado la
monarquía, sino que había creado los Soviets en todas partes. Lo habíamos
visto, lo sabíamos y se lo explicamos a los obreros: las guerras las hacen los
gobiernos. Para poner fin a la guerra burguesa hay que derribar el gobierno
burgués.
224
Declarar que “los alemanes
no podrán atacar” equivalía, por consiguiente, a decir: “Sabemos que el
gobierno de Alemania será derribado en
las próximas semanas”. En realidad, esto no lo sabíamos ni podíamos saberlo
y, por lo tanto, semejante afirmación no era más que una frase.
Una cosa es estar convencido
de que la revolución alemana se halla en vías de maduración y prestar una ayuda
seria a esta maduración, servirla en la medida de nuestras fuerzas con el trabajo, la agitación y la
confraternización, con todo lo que queráis, pero que sea trabajo. En esto consiste
el internacionalismo proletario revolucionario.
Y otra cosa es declarar
directa o indirectamente, abierta o encubiertamente, que la revolución alemana está ya madura (aunque a ciencia cierta
no es así) y fundar en eso nuestra táctica. Ahí no hay ni un ápice de espíritu
revolucionario, no hay más que frases.
Ese es el origen del error
contenido en esta “orgullosa, brillante, espectacular y sonora” afirmación:
“los alemanes no podrán atacar”.
4
Una simple variante de esta
vanilocua absurdidad es la afirmación de que “nosotros ayudamos a la revolución
alemana resistiendo al imperialismo alemán, nosotros acercamos así la victoria
de Liebknecht sobre Guillermo”.
Desde luego, la victoria de
Liebknecht —posible e ineluctable cuando la revolución alemana madure y sea
inminente— nos librará de todas las dificultades internacionales, nos librará
también de la guerra revolucionaria. La victoria de Liebknecht nos salvará de
las consecuencias de todas nuestras tonterías. ¿No será esto una justificación
de las tonterías?
¿Es que cualquier
“resistencia” al imperialismo alemán ayuda a la revolución alemana? Quien
quiera reflexionar un poco o, al menos, recordar la historia del movimiento
revolucionario en Rusia, verá con facilidad que sólo una resistencia oportuna a la reacción sirve a la
revolución. Conocemos y hemos visto en medio siglo de movimiento revolucionario
en Rusia multitud de ejemplos de resistencia inoportuna a la reacción.
Nosotros, los marxistas, nos hemos enorgullecido siempre de saber determinar,
teniendo en cuenta estrictamente las fuerzas de las masas y las relaciones
entre las clases, la conveniencia de una u otra forma de lucha. Hemos dicho: la
insurrección no es siempre oportuna; sin ciertas premisas concretas es una
aventura. Hemos condenado muy a menudo, como inoportunas y nocivas desde el
punto de vista de la revolución, las formas más heroicas de resistencia
individual.
Aleccionados por la amarga
experiencia, en 1907 rechazamos como inoportuna la resistencia a participar en
la III Duma, etc., etc.
Para ayudar a la revolución
alemana es preciso: o bien limitarnos a la propaganda, la agitación y la
confraternización, mientras no poseamos fuerzas para asestar un golpe duro,
serio y decisivo en un patente conflicto militar o insurreccional; o bien aceptar
este conflicto a sabiendas de que no
beneficiará al enemigo.
Es evidente para todos
(salvo, quizá, para quienes están completamente embriagados por la frase) que
aceptar un importante conflicto insurreccional o militar a sabiendas de que no se dispone de fuerzas, a sabiendas de que no se tiene ejército, es una aventura que, lejos
de
Acerca de la frase revolucionaria
ayudar a los obreros
alemanes, hace difícil su lucha y facilita la tarea de su enemigo y del
nuestro.
5
Se nos presenta aquí otro
subterfugio tan puerilmente ridículo que jamás habría creído en la posibilidad
de semejante argumento si no lo hubiera oído con mis propios oídos.
“Los oportunistas nos decían
también en octubre que no teníamos fuerzas, ni tropas, ni ametralladoras, ni
material de guerra; mas todo eso apareció en el curso del combate, cuando
comenzó la lucha de clase contra clase. Ocurrirá lo mismo en la lucha del proletariado
de Rusia contra la clase capitalista de Alemania; el proletariado alemán
acudirá en nuestra ayuda”.
En octubre las cosas
ocurrieron de tal modo que calculamos con exactitud precisamente las fuerzas de
las masas. No sólo pensábamos, sino que sabíamos
de seguro, por la experiencia de las elecciones masivas a los Soviets, que en septiembre y a comienzos de octubre
la inmensa mayoría de los obreros y soldados se había pasado ya a nuestro lado. Sabíamos aunque no
fuese más que por las votaciones en la Conferencia Democrática124, que la coalición había fracasado también entre los campesinos
y que, por consiguiente, nuestra causa había ganado ya.
Las premisas objetivas
de la lucha insurreccional de octubre fueron las siguientes:
1.
Sobre los soldados no
se alzaba más el palo: febrero de 1917 lo había echado por tierra
(Alemania no había madurado aún para “su” febrero);
2.
Los
soldados habían vivido ya y culminado, igual que los obreros, la etapa de su apartamiento consciente, meditado y
hondamente sentido, de la coalición.
De ahí, y sólo de ahí, se
dedujo la justedad de la consigna
“por la insurrección” en octubre
(consigna que hubiera sido equivocada en julio, cuando no la formulamos
siquiera).
La falta de los oportunistas
de octubre125 no consiste en haberse “preocupado” de
las premisas objetivas (sólo los niños pueden pensar eso), sino en que
valoraron erróneamente los hechos, en
que tomaron los detalles sin ver lo
esencial: el viraje de los Soviets, que se habían apartado del conciliacionismo para ponerse a nuestro lado.
225
Comparar un conflicto armado
con Alemania (que no ha conocido aún ni su “febrero” ni su “julio”, sin hablar
ya de octubre), con una Alemania de gobierno imperialista burgués monárquico, y la lucha insurreccional de
octubre contra los enemigos de los Soviets —de los Soviets que venían madurando desde febrero de 1917 y alcanzaron su
completa madurez en septiembre y octubre—, es un infantilismo tal que merece
ser señalado con el dedo. ¡Ahí tenéis hasta qué absurdos llevan las frases a la
gente!
6
Un subterfugio de otra
índole: “Pero Alemania nos asfixiará económicamente con el tratado de paz
separada; nos quitará el carbón y el trigo, nos sojuzgará”.
Argumento lleno de
sabiduría: hay que ir al conflicto militar, sin
ejército, aunque este conflicto acarree de modo evidente no sólo el
sojuzgamiento, sino también la estrangulación,
![]()
124 Se alude a la votación en la Conferencia
Democrática acerca de la coalición con la burguesía. Lenin analizó los
resultados de la votación en la obra ¿Se
sostendrán los bolcheviques en el poder? (véase el presente volumen).
125 Se trata de la actitud capituladora de
Zinóviev y Kámenev al pronunciarse contra la insurrección armada en octubre de
1917.
Acerca de la frase revolucionaria
la incautación del trigo sin
compensación alguna, colocándonos en la situación de Serbia y Bélgica; hay que
decidirse a eso, pues, de lo contrario,
habrá un tratado desventajoso, Alemania nos impondrá un tributo de seis o doce
mil millones a plazos, nos quitará el trigo a cambio de máquinas, etc.
¡Oh, héroes de la frase
revolucionaria! Al rechazar el “sojuzgamiento” por el imperialismo, callan modestamente que para librarse por
completo de ser sojuzgados hay que derrocar
el imperialismo.
Aceptamos un tratado
desventajoso y una paz separada porque sabemos que, en este momento, no estamos aún preparados para la guerra
revolucionaria, que es necesario saber esperar
(como esperamos, sufriendo el yugo de Kerenski y el yugo de nuestra burguesía,
desde julio hasta octubre), esperar hasta que seamos más fuertes. Por eso, si se puede obtener una paz separada
archidesventajosa, hay que aceptarla sin
falta en beneficio de la revolución socialista, que es todavía débil (pues la revolución que madura en Alemania no ha
acudido aún en nuestra ayuda, en
ayuda de los rusos). Sólo en el caso de que sea imposible en absoluto obtener
una paz separada inmediatamente, habrá que combatir, no porque esa táctica sea justa, sino porque no habrá opción. Ante
tal imposibilidad, no existirá ni la eventualidad
de discutir en torno a una u otra táctica.
Sólo quedará la
ineluctabilidad de la resistencia más encarnizada. Pero mientras se pueda
elegir, hay que optar por la paz separada y el tratado archidesventajoso, pues
eso, pese a todo, es cien veces mejor que la situación de Bélgica126.
Nos fortalecemos de mes en
mes, aunque hoy somos todavía débiles. La revolución socialista internacional
madura en Europa de mes en mes, aunque no haya alcanzado todavía su madurez.
Por eso… por eso, razonan los “revolucionarios” (¡Dios nos libre de ellos!...),
hay que aceptar el combate en un momento en que el imperialismo alemán, que se debilita de mes en mes (por causa de
la revolución en Alemania, que madura lenta, pero constantemente), es a sabiendas más fuerte que nosotros.
¡Razonan magníficamente estos “revolucionarios” de sentimiento,
razonan admirablemente!
7
Ultimo subterfugio, el más
“extendido”, el más usado “Una paz indecente es un deshonor, significa
traicionar a Letonia, Polonia, Curlandia y Lituania”.
¿Es de extrañar, acaso, que
precisamente los burgueses rusos (y sus lacayos de 2ovi Luch, Dielo Naroda y
Nóvaya Zhizn127)
exploten con el mayor celo esto argumento
seudointernacionalista?
No, no es de extrañar,
porque este argumento es una trampa a la que la burguesía arrastra
conscientemente a los bolcheviques rusos y en la que una parte de los
bolcheviques cae inconscientemente, por amor a la frase.
Examinemos este argumento
desde el punto de vista teórico: ¿qué es superior, el derecho de las naciones a
la autodeterminación o el socialismo?
El socialismo es superior.
![]()
126 Al empezar la primera guerra mundial
(1914-1918), Bélgica fue ocupada por las tropas alemanas. La ocupación duró
cerca de cuatro años, hasta la derrota de Alemania en 1918
127 2ovi
Luch ("El
Nuevo Rayo") y 2óvaya Zhizn
("Vida Nueva"): órganos de prensa de los mencheviques; el primero se
publicó desde diciembre de 1917 hasta junio de 1918; el segundo, desde abril de
1917 hasta julio de 1918. Dielo Naroda ("La Causa del
Pueblo"), órgano eserista que vio la luz desde marzo de 1917 hasta julio
de 1918.
Acerca de la frase revolucionaria
¿Es permisible que, para
evitar la violación del derecho de las naciones a la autodeterminación, se
sacrifique a la República Socialista Soviética, se la exponga a los golpes del
imperialismo en un momento en que este último es a todas luces más fuerte y la
República Soviética es a ciencia cierta más débil?
No. No es permisible. Eso no es una política socialista, es una
política burguesa.
Prosigamos. ¿Sería menos deshonrosa, menos anexionista una
paz que “nos” restituyese Polonia, Lituania y Curlandia?
Desde el punto de vista del burgués ruso, sí.
Desde el punto de vista de un socialista internacionalista, no.
Porque luego de liberar a
Polonia (cosa que querían en un tiempo ciertos burgueses de Alemania), el imperialismo alemán estrangularía con más fuerza aún a Serbia, Bélgica,
etc.
Cuando la burguesía rusa
vocifera contra la paz “indecente”, expresa con exactitud su interés de clase.
Pero cuando algunos
bolcheviques (que padecen la enfermedad de la frase) repiten este argumento,
eso es una pena.
Consideremos los hechos relativos a la conducta de la
burguesía anglo-francesa. Esta nos arrastra ahora por todos los medios a la
guerra contra Alemania, nos promete millones de venturas, botas, patatas,
proyectiles, locomotoras (¡a crédito!... ¡esto no es “sojuzgamiento”, no teman!,
¡es “sólo” crédito!). Quiere que combatamos ahora
contra Alemania.
226
Se comprende por qué debe
quererlo: primero, porque distraeríamos así a un parte de las fuerzas alemanas.
Segundo, porque el Poder soviético podría hundirse con la mayor facilidad a
consecuencia de un conflicto armado a destiempo con el imperialismo alemán.
La burguesía anglo-francesa
nos tiende una celada hagan la guerra ahora,
estimados amigos, ganaremos magníficamente con ello. Los alemanes les
despojarán, harán “buenos negocios” en el Este, se mostrarán más asequibles en
el Oeste y, al mismo tiempo, el Poder soviético se hundirá... ¡Hagan la guerra,
estimados “aliados” bolcheviques, les ayudaremos!
Y los bolcheviques “de
izquierda” (¡Dios nos libre de ellos!) caen en la trampa declamando sus frases
ultrarrevolucionarias…
Sí, sí, la inclinación a la
frase revolucionaria es una manifestación de los vestigios del espíritu
pequeñoburgués. Esta es una vieja verdad, una vieja historia que se convierte
demasiado a menudo en una novedad...
8
En el verano de 1907,
nuestro partido sufrió también una enfermedad de la frase revolucionarias
análoga en ciertos sentidos a la de hoy.
San Petersburgo y Moscú,
casi todos los bolcheviques eran partidarios de boicotear la III Duma,
sustituían el análisis objetivo por el “sentimiento” y se metían de cabeza en
la trampa. La enfermedad se ha repetido.
El momento es más difícil.
El problema es un millón de veces más importante. Caer enfermo en este momento
significa correr el riesgo de hundir la revolución.
Hay que luchar contra la
frase revolucionaria, se debe luchar, es obligatorio luchar para que no digan
de nosotros algún día esta amarga verdad: “La frase revolucionaria sobre la
guerra revolucionaria ha causado la pérdida de la revolución”.
Acerca de la frase revolucionaria
Publicado el 21 (8)
de febrero de 1918 en el núm. 31 de “Pravda”.
T. 35, págs.. 343-353
¡La patria socialista está en peligro!
227
¡LA PATRIA SOCIALISTA
ESTA EN PELIGRO!
Para evitar al país, exhausto y destrozado, nuevas pruebas
militares, nos hemos visto obligados a hacer un grandioso sacrificio y declarar
a los alemanes que estamos dispuestos a firmar las condiciones de paz
presentadas por ellos. Nuestros parlamentarios salieron de Rézhitsa para Dvinsk
el 20 (7) de febrero, por la tarde; y
hasta ahora no hemos recibido respuesta. Es evidente que el gobierno alemán
dilata la respuesta. Es claro que el gobierno alemán no quiere la paz. El militarismo alemán, cumpliendo el encargo
de los capitalistas de todos los países, quiere
estrangular a los obreros y campesinos de Rusia y Ucrania, devolver la tierra a
los terratenientes, las fábricas y las empresas a los banqueros, el poder a la
monarquía. Los generales alemanes quieren instaurar su “orden” en
Petrogrado y en Kiev. La República
Socialista de los Soviets se encuentra en gravísimo peligro. Hasta que el proletariado alemán se alce en armas y
venza, el deber sagrado de los obreros y campesinos de Rusia es defender con
abnegación la República de los Soviets contra las hordas de la Alemania
burguesa e imperialista. El Consejo de Comisarios del Pueblo decreta: 1) Todas las fuerzas y todos los recursos del
país se ponen, por completo, al servicio de la defensa revolucionaria. 2) A todos los Soviets y organizaciones
revolucionarias se les impone la obligación de defender cada posición hasta la
última gota de sangre . 3) Las organizaciones ferroviarias y los Soviets relacionados con ellas quedan obligados
a impedir por todos los medios que el enemigo pueda aprovechar las vías de
comunicación, así como a desmontar las vías y volar e incendiar los edificios
de las estaciones, en caso de retirada; todo el material rodante —los vagones y
locomotoras—, debe ser enviado inmediatamente hacia el Este, a la profunda
retaguardia del país. 4) Todas las reservas de cereales y, en general, todas
las reservas de víveres, así como todos los bienes de valor que corran peligro
de caer en manos del enemigo, deben ser destruidos obligatoriamente; los Soviets
locales, bajo la responsabilidad personal de sus presidentes, vienen obligados
a velar por el cumplimiento de esta disposición. 5) Los obreros y campesinos de
Petrogrado, de Kíev y de todas las ciudades, pueblos y aldeas por los que pasa
la línea del nuevo frente deben movilizar batallones para abrir trincheras bajo
la dirección de especialistas militares. 6) En
estos batallones deben ser incluidos todos los miembros de la clase burguesa
útiles para el trabajo, tanto hombres como mujeres, bajo la vigilancia de los
guardias rojos; los que se resistan deben ser fusilados. 7) Quedan
clausuradas todas las publicaciones contrarias a la causa de la defensa revolucionaria y partidarias
de la burguesía alemana, así como las que pretenden utilizar la invasión de las
hordas imperialistas con el fin de derribar el Poder soviético; los redactores
y empleados de estas publicaciones aptos para el trabajo quedan movilizados
para abrir trincheras y efectuar otros trabajos de defensa. 8) Los agentes enemigos, los especuladores, los
desvalijadores y maleantes, los agitadores contrarrevolucionarios y los espías
alemanes serán fusilados en el acto.
¡La patria socialista está en peligro! ¡Viva la patria
socialista! ¡Viva la revolución socialista internacional!
El Consejo de
Comisarios del Pueblo.
21 de febrero de 1918.
Petrogrado.
¡La patria socialista está en peligro!
Publicado
el 22 (9) de febrero de 1918 en el núm. 32 de “Pravda” y en el núm. 31 de
“Izvestia del CEC”.
T. 35, págs. 357-358.
228
ACERCA DE LA SARNA.128
La sarna es una enfermedad
torturante. Pero cuando la sarna de la frase revolucionaria se apodera de las
personas, la simple observación de esta dolencia causa sufrimientos
insoportables.
Las verdades simples,
claras, comprensibles y evidentes, que parecen indiscutibles a cualquier
componente de las masas trabajadoras, son tergiversadas por quienes padecen la
variedad de sarna que examinamos. Esta tergiversación es originada con
frecuencia por los deseos mejores, más nobles y elevados; proviene
“sencillamente” de no haber sido digeridas ciertas verdades teóricas o de ser
repetidas a destiempo con torpeza infantil, con servilismo escolástico (como
suele decirse, la gente no comprende “lo que se trae entre manos”); pero la
sarna no deja por ello de ser sarna abominable.
Por ejemplo, ¿puede haber
algo más indiscutible y claro que la verdad de que sería invencible un gobierno
que diese al pueblo —martirizado por tres años de guerra expoliadora— el Poder
soviético, la tierra, el control obrero y la
paz? La paz es lo principal. Si después de hacer esfuerzos concienzudos para conseguir una paz
general y justa resultara, y en la práctica así ha resultado, que es imposible
conseguirla ahora, cualquier
campesino comprendería que es imprescindible aceptar una paz no general, sino separada
e injusta. Cualquier campesino, hasta el más ignorante y analfabeto, lo
comprendería y apreciaría a un
gobierno que le diese incluso esa paz.
¡Y los bolcheviques deberían
estar contagiados de abominable sarna de la frase para olvidar esto y suscitar
el más legítimo descontento de los campesinos al ver que esta sarna ha
conducido a una nueva guerra de la Alemania rapaz contra la Rusia cansada! En
el artículo Acerca de la frase
revolucionaria (Pravda. 21 (8) de
febrero)* he mostrado con qué ridículos y
miserables sofismas y nimiedades “teóricos” se ha encubierto la sarna. No
recordaría esto si esa misma sarna (¡qué enfermedad más contagiosa!) no se
hubiera extendido hoy a un nuevo lugar.
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
A fin de explicar cómo ha
ocurrido esto, citaré antes un pequeño ejemplo, con la mayor sencillez y
claridad, sin “teoría” —porque presentar la sarna como una “teoría” resulta
insoportable—, sin palabras complicadas, sin nada incomprensible para las masas.
Supongamos que Kaliáev, para
matar al tirano y monstruo, pide un revólver a un canalla redomado, a un
malhechor, a un bandido, prometiéndole a cambio de ese servicio pan, dinero y
vodka.
¿Podrá vituperarse a Kaliáev
por ese “trato con un bandido” para adquirir un arma mortífera? Toda persona
sana dirá: No. Si Kaliáev no ha podido conseguir el revólver de otro modo y si
![]()
128 Lenin escribió el artículo Acerca de la sarna con motivo de la
intervención de los "comunistas de izquierda" — en la reunión
celebrada por el CC del POSD(b) de Rusia el 22 de febrero de 1918— contra la
compra de armas y víveres a Inglaterra y Francia para defenderse de los
imperialistas alemanes.
El CC del partido aprobó por
seis votos contra cinco una resolución, en la que consideraba posible comprar a
los gobiernos de los países capitalistas los medios necesarios para armar y
equipar al ejército revolucionario, pero conservando al mismo tiempo plena
independencia en política exterior. Después de la votación, Bujarin dimitió de
sus cargos de miembro del CC y de director de Pravda. Además, once "comunistas de izquierda" — Lómov
(Oppókov), Uritski, Bujarin, Búbnov, Piatakov y otros— enviaron una declaración
al CC, en la que le acusaban de capitulación ante la burguesía internacional y
anunciaban que harían amplia agitación contra la política del CC.
su acción es verdaderamente
honesta (matar a un tirano, y no matar para robar), no habrá que censurarle por
esa forma de adquirir el revólver, sino aprobar su conducta.
Pero si un bandido, con el
fin de cometer un asesinato para robar, consigue de otro bandido un revólver a
cambio de dinero, vodka y pan, ¿podrá compararse (y mucho menos identificarse) semejante “trato con un bandido” con la
transacción de Kaliáev?
No. Toda persona que no haya
perdido el juicio ni enfermado de sarna convendrá en que es imposiblehacer eso.
Cualquier campesino que viera a un “intelectual” tratar de disuadirte de verdad
tan evidente por medio de frases, le diría: Tú, señor, no debes dirigir el
Estado, sino hacerte payaso charlatán o sencillamente tomar un baño de vapor
para quitarte la sarna.
Si Kerenski, representante
de la clase burguesa dominante, es decir, de los explotadores, concluye un
acuerdo con los explotadores anglo-franceses para recibir de ellos armas y
patatas y, al mismo tiempo, oculta al pueblo los tratados que prometen a un bandido
(en caso de éxito) Armenia, Galitzia y Constantinopla, y a otro, Bagdad, Siria,
etc., ¿será difícil comprender que este acuerdo es expoliador, truhanesco y
abyecto por parte de Kerenski y sus amigos?
No. No será nada difícil
comprenderlo. Lo comprenderá cualquier campesino, hasta el más ignorante y
analfabeto.
Pero ¿podrá censurarse a un
representante de la clase explotada y oprimida por haber cerrado un “trato con
los bandidos” anglo-franceses, por haber recibido de ellos armas y patatas a
cambio de dinero o de madera, etc., después de que esa clase ha derrocado a los
explotadores, ha publicado y anulado todos los tratados secretos y expoliadores
y ha sido atacada bandidescamente por los imperialistas de Alemania? ¿Podrá
considerarse deshonesto, vergonzoso e indecente ese acuerdo?
229
No. Toda persona sana
comprenderá eso y ridiculizará como payasos a quienes se les ocurra pretender
demostrar con altanería y aire doctoral que “las masas no comprenderán” la
diferencia que existe entre la guerra bandidesca del imperialista Kerenski (y sus
tratos deshonestos con los bandidos sobre el reparto del botín saqueado en
común) y el acuerdo kaliaeviano del
gobierno bolchevique con los bandidos anglo-franceses para conseguir de ellos armas y patatas a fin de rechazar
al bandido alemán.
Toda persona sana dirá:
comprar armas a un bandolero con fines bandidescos es abominable e infame; pero
comprar armas a ese mismo bandolero para sostener una lucha justa contra el
verdugo es una cosa completamente legítima. Y sólo señoritas cursis y jovenzuelos
melindrosos, que “lo han leído en los libros” y han asimilado únicamente
melindres, pueden ver algo “indecente” en esa cosa. Aparte de estas categorías
de personas, sólo quienes se hayan contagiado de sarna podrían caer en
semejante “error”.
Y el obrero alemán,
¿comprenderá la diferencia entre la compra de armas por Kerenski a los bandidos
anglo-franceses para arrebatar Constantinopla a los turcos, Galilzia a Austria,
Prusia Oriental a los alemanes... y la compra de armas por los bolcheviques a
esos mismos bandidos para oponer resistencia a Guillermo cuando éste lanza sus
tropas contra la Rusia socialista, que ha propuesto a todos una paz honrosa y
justa; contra Rusia, que ha declarado terminada la guerra?
Es de suponer que el obrero
alemán “comprenderá” esto, primero, porque es un obrero inteligente e
instruido, y segundo, porque está acostumbrado a vivir de una manera culta y
aseado, sin padecer ni la sarna rusa, en general, ni la sarna de la frase revolucionaria,
en particular.
¿Hay diferencia entre el asesinato con fines de robo y el
asesinato de un verdugo?
¿Hay diferencia entre la
guerra de dos grupos de fieras carniceras por el reparto del botín y la guerra
justa para librar de la agresión de una fiera carnicera al pueblo que ha
derribado a las fieras carniceras?
La apreciación de si procedo
bien o mal al comprar armas a un bandido, ¿no dependerá de los fines y el
destino de esas armas? ¿De su empleo en una guerra deshonesta y vil o en una
guerra justa y honesta?
¡Puf! ¡Qué abominable enfermedad es la sarna!
¡Y qué duro resulta el trabajo del hombre que debe frotar a los
sarnosos en el baño!...
P. S. En su lucha liberadora
de fines del siglo XVIII contra Inglaterra, los norteamericanos utilizaron la
ayuda de los Estados francés y español, competidores de Inglaterra y tan
bandidos coloniales como ella. Se dice que ciertos “bolcheviques de izquierda”
han empezado a escribir un “tratado científico” sobre el “trato indecoroso” de
estos norteamericanos...
Escrito el 22 de febrero de 1918. Publicado el 22 (9) de febrero
de 1918 en la edición vespertina del núm. 33 de “Pravda”.
T. 35, págs. 361-364.
Una lección dura pero necesaria
230
UNA LECCIÓN DURA PERO
NECESARIA
La semana del 18 al 24 de
febrero de 1918 pasará a la historia de la revolución rusa —e internacional—
como uno de los más grandiosos virajes históricos.
El 27 de febrero de 1917, el
proletariado ruso, junto con una parte del campesinado despertada por la marcha
de los acontecimientos militares y con la burguesía, derrocó la monarquía. El
21 de abril de 1917 derribó el poder absoluto de la burguesía imperialista y
desplazó el poder a manos de los pequeñoburgueses partidarios de la
conciliación con la burguesía. El 3 de julio, el proletariado urbano, lanzado a
una manifestación espontánea, hizo que se tambaleara el gobierno de los
conciliadores. El 25 de octubre lo derribó e implantó la dictadura de la clase
obrera y de los campesinos pobres.
Hubo que defender esta
victoria en la guerra civil. Ello requirió cerca de tres meses, empezando por
la victoria sobre Kerenski junto a Gátchina y, luego, las victorias sobre la
burguesía, los cadetes y parte de los cosacos contrarrevolucionarios en Moscú,
Irkutsk, Orenburgo, y Kíev, y terminando con la victoria sobre Kaledin,
Kornílov y Alexéiev en Rostov del Don.
El incendio de la insurrección proletaria estalló en Finlandia.
El fuego se extendió a Rumania.
Las victorias en el frente
interior fueron relativamente fáciles, pues el enemigo carecía de toda
superioridad de técnica y de organización; tampoco tenía ninguna base económica
ni ningún apoyo entre las masas de la población. La facilidad de las victorias
debía hacer perder la cabeza a muchos de los dirigentes. Surgió un estado de
ánimo que puede definirse con estas palabras: “los echaremos a gorrazos”.
Cerraban los ojos ante la
gigantesca descomposición del ejército, que se desmovilizaba con rapidez y
abandonaba el frente. Se deleitaban con frases revolucionarias. Trasladaron
estas frases a la lucha contra el imperialismo mundial. Tomaron por algo normal
que Rusia se viera “libre” temporalmente de la presión de éste, cuando, en
realidad, esa “libertad” tenía como única explicación una tregua en la guerra
entre el buitre alemán y el anglo-francés. Tomaron el comienzo de las huelgas
de masas en Austria y Alemania por la revolución, que, según ellos, nos había
desembarazado ya del serio peligro que representaba el imperialism germano. En
vez de una labor firme, práctica y seria de apoyo a la revolución alemana, que
está naciendo por vías singularmente duras y difíciles, apareció un desdeñoso
agitar de mano “¡Qué pueden hacer los imperialistas alemanes! ¡En unión de
Liebknecht los derribaremos en el acto!”
La semana del 18 al 24 de
febrero de 1918, desde la toma de Dvinsk hasta la toma de Pskov (reconquistado
después), la semana de la agresión militar de la Alemania imperialista a la
República Socialista Soviética ha sido una lección amarga, ultrajante y dura,
pero necesaria, provechosa y bienhechora. ¡Qué infinitamente aleccionadora ha
resultado la comparación de los dos grupos de telegramas y llamadas telefónicas
que han llegado durante esta semana al centro del gobierno! De un lado, un
desenfreno incontenible de la frase revolucionaria “resolutiva”, de la frase
shteinbergiana, como podría decirse recordando una obra maestra en este estilo:
el discurso pronunciado en la reunión del sábado del Comité Ejecutivo Central
Una lección dura pero necesaria
por el eserista “de
izquierda” (¡ejem!... ¡ejem!) Shteinberg129. De
otro lado, partes dolorosamente vergonzosos informando de la negativa de los
regimientos a mantener las posiciones, de la negativa a defender incluso la
línea de Narva, del incumplimiento de la orden de destruirlo todo al
replegarse, sin hablar ya de la huida, el caos, la incapacidad, la impotencia y
la incuria.
¡Una lección amarga, ultrajante y dura, pero necesaria,
provechosa y bienhechora!
El obrero consciente y
reflexivo hará tres deducciones de esta lección histórica: acerca de nuestra
actitud ante la defensa de la patria, la capacidad defensiva del país y la
guerra revolucionaria, socialista; respecto a las condiciones de nuestro choque
con el imperialismo mundial, y sobre el acertado planteamiento de nuestra
actitud hacia el movimiento socialista internacional.
Somos defensistas ahora,
desde el 25 de octubre de 1917; somos partidarios de la defensa de la patria
desde ese día. Porque hemos demostrado de
hecho nuestra ruptura con el imperialismo. Hemos anulado y publicado los
sucios y sangrientos tratados- complots imperialistas. Hemos derrocado a nuestra burguesía. Hemos concedido la
libertad a los pueblos antes oprimidos por
nosotros. Hemos dado al pueblo la tierra y el control obrero. Somos
partidarios de la defensa de la República Socialista Soviética de Rusia.
231
Pero precisamente porque
somos partidarios de la defensa de la patria, exigimos una actitud seria en lo que atañe a la capacidad
defensiva y la preparación militar del país. Declaramos una guerra implacable a la frase revolucionaria sobre la guerra
revolucionaria. Hay que prepararse para ella largamente y en serio, empezando
por el desarrollo económico del país, por la organización de los ferrocarriles
(pues sin ellos la guerra moderna es una frase huera), por el restablecimiento
de la más rigurosa disciplina y autodisciplina en todas partes.
Desde el punto de vista de
la defensa de la patria, es un crimen aceptar la contienda militar con un
enemigo infinitamente más fuerte y preparado, sabiendo de antemano que no se
tiene ejército. Estamos obligados a firmar, desde el punto de vista de la defensa
de la patria, la paz más dura, opresora, salvaje y vergonzosa: no para
“capitular” ante el imperialismo, sino para aprender y prepararnos a combatir
contra él de modo serio y práctico.
La semana vivida ha elevado
la revolución rusa a un nivel inconmensurablemente más alto del desarrollo
histórico universal. En esos días, la historia ha subido de golpe varios
peldaños.
Hasta ahora teníamos ante
nosotros enemigos miserables, mezquinos y despreciables (desde el punto de
vista del imperialismo mundial): el idiota Románov, el jactancioso Kerenski,
las bandas de cadetes y burguesitos. Ahora se ha alzado contra nosotros el gigante
del imperialismo mundial, civilizado, formidablemente equipado en el aspecto
técnico y perfecto en el terreno de organización. Hay que luchar contra él. Hay que saber luchar contra él. Un país campesino, llevado a una ruina
inusitada por tres años de guerra y que ha empezado la revolución socialista,
debe rehuir la contienda militar —mientras sea posible, aun a costa de
durísimos sacrificios— precisamente para tener la posibilidad de hacer algo
serio en el momento en que estalle “la batalla final y decisiva”.
Esa batalla sólo estallará
cuando se desencadene la revolución socialista en los países imperialistas
avanzados. Es indudable que semejante revolución madura y se robustece de mes
en mes, de semana en semana. Hay que
ayudar a esa fuerza que madura. Hay que saber
ayudarla. Y no se la ayudará, sino que se la perjudicará, dejando que sea
derrotada la vecina República Socialista Soviética en un momento en que es
evidente que carece de ejército.
![]()
129 Lenin alude a la reunión conjunta de los
grupos bolchevique y eserista de izquierda del CEC de toda Rusia celebrada el
23 de febrero de 1918
Una lección dura pero necesaria
No hay que convertir en una
frase la gran consigna de “Basamos nuestros cálculos en la victoria del
socialismo en Europa”. Eso es una verdad si se tiene en cuenta el largo y
difícil camino de la victoria del socialismo hasta el fin. Eso es una verdad
indiscutible, histórica desde el punto de vista filosófico, si se toma toda “la
era de la revolución socialista” en su conjunto. Pero toda verdad abstracta se
convierte en una frase si se la aplica a cualquier
situación concreta. Es indiscutible que “cada huelga lleva en sí la hidra de la
revolución social”. Es absurdo pensar que de cada huelga se puede pasar en el
acto a la revolución. Procederemos como unos aventureros, y no como
revolucionarios internacionalistas serios, si “basamos nuestros cálculos en la victoria
del socialismo en Europa”, en el sentido de que respondemos ante el pueblo de
que la revolución europea estallará y vencerá sin falta en las próximas
semanas, obligatoriamente antes de que los alemanes puedan llegar a Petrogrado,
a Moscú y a Kíev, antes de que tengan tiempo de “rematar” nuestro transporte
ferroviario.
Si Liebknecht vence a la
burguesía en dos o tres semanas (lo que no es imposible), nos desembarazará de
todas las dificultades. Eso es indiscutible. Pero si determinamos nuestra
táctica de hoy en la lucha contra el imperialismo de hoy basándonos en la esperanza
de que Liebknecht debe vencer sin falta precisamente en las próximas semanas,
sólo nos mereceremos que se burlen de nosotros. Convertiremos las más
grandiosas consignas revolucionarias de nuestro tiempo en una frase
revolucionaria.
¡Aprended de las lecciones duras, pero provechosas de la
revolución, camaradas obreros!
¡Preparaos en serio,
intensamente, con firmeza para la defensa de la patria, para la defensa de la
República Socialista Soviética!
Publicado el 25 (12)
de febrero de 1918 en la edición vespertina del núm. 35 de “Pravda”.
T. 35, págs. 393-397.
232
PEREGRINO Y
MONSTRUOSO
En la resolución aprobada el
24 de febrero de 1918, en Buró Regional de Moscú de nuestro partido ha
expresado su desconfianza al Comité Central, negándose a someterse a las
decisiones del mismo “que estén relacionadas con la aplicación práctica de las
condiciones del tratado de paz con Austria y Alemania”, y en el “texto
explicativo” de la resolución declara que “considera casi imposible evitar la
escisión del partido en un futuro próximo”.*
* He aquí el texto completo de la
resolución: “Después de examinar la actividad del CC, el Buró Regional de Moscú
del POSDR expresa su desconfianza al CC, en vista de su línea política y de su
composición, y en la primera ocasión insistirá en que sea renocado. Además, el
Buró Regional de Moscú no se considera obligado a someterse incondicionalmente
a las decisiones del CC, que esten relacionadas con la aplicación práctica de
las condiciones del tratado de paz con Austria y Alemania”. La resolución ha
sido aprobada por unanimidad.
En todo esto no hay nada
monstruoso, ni siquiera peregrino. Es del todo natural que los camaradas que
discrepan a fondo del CC en la cuestión de la paz separada lo critiquen con
dureza y expresen el convencimiento de que es inevitable una escisión. Todo ello
es un derecho muy legítimo de los miembros del partido y se comprende
perfectamente.
Pero he aquí lo peregrino y
monstruoso. La resolución va acompañada de un “texto explicativo”, que
reproducimos íntegro:
“El Buró Regional de Moscú
considera casi imposible evitar la escisión del partido en un futuro próximo y
se propone como tarea servir a la unión de todos los elementos comunistas
revolucionarios consecuentes que luchan tanto contra los partidarios de la paz
separada como contra todos los elementos oportunistas moderados del partido. En interés de la revolución internacional
consideramos conveniente aceptar la posibilidad de la pérdida del Poder
Soviético, que se está convirtiendo hoy en un poder puramente formal.
Seguimos opinando que nuestra tarea fundamental consiste en extender las ideas
de la revolución socialista a todos los demás países y aplicar con energía la
dictadura de los obreros, reprimir sin piedad la contrarrevolución burguesa en
Rusia”.
Hemos subrayado aquí las palabras que son... peregrinas y
monstruosas.
En ellas está la clave del asunto.
Estas palabras reducen al
absurdo toda la línea política de los autores de la resolución. Estas palabras
ponen al desnudo, con insólita claridad, la raíz de su error.
“En interés de la revolución
internacional, consideramos conveniente aceptar la posibilidad de la pérdida
del Poder soviético... ” Esto es peregrino, pues ni siquiera hay conexión entre
las premisas y la deducción. “En interés de la revolución internacional,
consideramos conveniente aceptar la
derrota militar del Poder soviético”: esta tesis sería correcta o falsa,
pero no podría ser calificada de peregrina. Esto, primero.
Segundo: el Poder soviético
“se está convirtiendo hoy en un poder puramente formal”. Esto no es ya sólo
peregrino, sino verdaderamente monstruoso.
Está claro que los autores
se han metido en el laberinto de una profunda confusión. Habrá que deshacer el
embrollo.
En lo que respecta al primer
punto, el pensamiento de los autores consiste, por lo visto, en que, en interés
de la revolución internacional, es conveniente aceptar la derrota en la guerra,
derrota que conduciría a la pérdida del Poder soviético, es decir, a la
victoria de la burguesía
en Rusia. Al manifestar este
pensamiento, los autores reconocen indirectamente la justedad de lo expuesto
por mí en las tesis (del 8 de enero de 1918, publicadas en Pravda el 24 de febrero del mismo año)*, a saber: que la no
aceptación de las condiciones de paz propuestas por Alemania conduciría a Rusia
a la derrota y a la caída del Poder soviético.
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
Así pues, la raison finit toujours par avoir raison:
¡la verdad prevalece siempre! Mis adversarios “extremitas” de Moscú, que
amenazan con la escisión, debían —precisamente porque han invocado sin ambages
la escisión— haber expuesto también hasta el fin sus consideraciones concretas, esas consideraciones que
prefieren eludir las personas acostumbradas a salir del paso con lugares
comunes acerca de la guerra revolucionaria. Lo esencial de mis tesis y de mis
argumentos (como verán cuantos deseen leer atentamente mis tesis del 7 de enero
de 1918) consiste en que señalo la necesidad de aceptar ahora, en este momento, una paz archidura y, al mismo tiempo,
proceder a la preparación seria de la
guerra revolucionaria (y precisamente también en interés de esta preparación seria). Toda la esencia de mis
argumentos ha sido esquivada o no advertida, no la han querido advertir quienes
se limitan a lugares comunes acerca de la guerra revolucionaria. Y ahora debo
agradecer de todo corazón precisamente a mis adversarios “extremistas” de Moscú
que hayan roto “la conspiración del silencio” a propósito del fondo de mis argumentos. Los moscovitas
han sido los primeros en responder a
ellos.
233
¿Y cuál ha sido su respuesta?
El reconocimiento de la razón de mi argumento concreto.
Sí, han reconocido los moscovitas, seríamos derrotados si aceptásemos en estos
momentos el combate contra los alemanes*. Sí, esta derrota conduciría, en
realidad, a la caída del Poder soviético.
* Los hechos se encargan de responder a la
contraobjeción de que, de todos modos, era imposible eludir la lucha: el 8 de
enero fueron leídas mis tesis; el 15 de enero habríamos podido tener la paz. Habríamos podido, con toda
seguridad, tener garantizada una tregua (y para nosotros la más pequeña tregua
tenía una importancia gigantesca tanto material como moral, pues los alemanes
habrían tenido que declarar una nueva
guerra) de no haber sido... de no haber sido por la frase revolucionaria.
Una vez más: agradezco de
todo corazón a mis adversarios “extremistas” de Moscú que hayan roto “la
conspiración del silencio” contra el fondo de mis argumentos, es decir,
precisamente contra mis indicaciones concretas
sobre las condiciones de la guerra, en el caso de que la aceptásemos sin
demora, y que hayan reconocido valientemente lo acertado de mis indicaciones
concretas.
Ahora bien, ¿en qué consiste
la refutación de mis argumentos, cuya justedad se han visto obligados a
reconocer, en el fondo, los moscovitas?
En que en interés de la
revolución internacional es preciso
avenirse a la pérdida del Poder soviético.
¿Por qué exigen eso los
intereses de la revolución internacional? Ahí está la clave, ahí está la
esencia misma de la argumentación para quienes desearan refutar mis argumentos.
Y precisamente en lo que respecta a este punto —el más importante, fundamental,
y cardinal— no se dice una sola palabra ni en la resolución ni en el texto
explicativo de la misma. Los autores de la resolución han encontrado tiempo y
lugar para hablar de lo que es notorio e indiscutible: tanto de “reprimir sin
piedad la contrarrevolución burguesa en Rusia” (¿con los medios y los métodos
de una política que conduce a la pérdida del Poder soviético?) como de la lucha
contra todos los elementos oportunistas moderados del partido; pero de todo lo
que es precisamente objeto de discusión, de lo que atañe al fondo mismo de la
posición de los adversarios de la paz, de todo eso, ¡ni una palabra!
Peregrino.
Extraordinariamente peregrino. ¿No habrán callado este punto los autores de la
resolución por haber sentido en él su especial debilidad?
Expresar en términos claros por qué (y eso lo exigen los intereses
de la revolución internacional) significaría, sin duda, desenmascararse a sí
mismos...
Sea como fuere, tenemos que buscar los argumentos que hayan podido
servir de guía a los autores de la resolución.
¿Quizá los autores supongan
que los intereses de la revolución internacional prohíben toda paz con los
imperialistas? Tal opinión fue expresada por algunos adversarios de la paz en
una reunión celebrada en Petrogrado, pero la apoyó sólo una minoría insignificante
de quienes se oponían a la paz separada130. Es
claro que esta opinión conduce a negar la conveniencia de las conversaciones de
Brest-Litovsk y a negar la paz, “incluso” con la condición de que sean
devueltas Polonia, Letonia y Curlandia. Es evidente la inexactitud de
semejantes opiniones (que rechazan, por ejemplo, la mayoría de los adversarios
petrogradenses de la paz). Desde el punto de vista de esas opiniones, la
República Socialista, rodeada de potencias imperialistas, no podría concluir
ningún acuerdo económico, no podría existir, de no marcharse a la Luna.
¿Quizá los autores supongan
que los intereses de la revolución internacional exigen que ésta sea
estimulada, y que el único estímulo podría ser la guerra, y en modo alguno la
paz, susceptible deproducir en las masas la impresión de una especie de “legitimación”
del imperialismo? Semejante “teoría” estaría en completa contradicción con el
marxismo, que ha negado siempre la posibilidad de “estimular” las revoluciones,
las cuales se desarrollan a medida que se exacerban las contradicciones de
clase que las engendran. Semejante teoría equivaldría a la idea de que la
insurrección armada es, siempre y en todas las condiciones, la forma obligada
de lucha. En realidad, los intereses de la revolución internacional requieren
que el Poder soviético, que ha derribado a la burguesía en el país, ayude a esta revolución, pero que elija
una forma de ayuda proporcionada a
sus fuerzas. Ayudar a la revolución socialista a escala internacional,
aceptando la posibilidad de la derrota de esta revolución en el país dado, es un punto de vista que ni si
quiera deriva de la teoría del estímulo.
¿Quizá los autores de la
resolución supongan que la revolución ha comenzado ya en Alemania, que ha
adquirido ya el carácter de guerra civil abierta y a escala de todo el país y
que, por eso, debemos dedicar todas nuestras fuerzas a ayudar a los obreros alemanes,
debemos sucumbir nosotros mismos (“pérdida del Poder soviético”), salvando la revolución alemana, que ha
comenzado ya su batalla final y sufre duros golpes? Desde este punto de vista,
al sucumbir nosotros distraeríamos una parte de las fuerzas de la
contrarrevolución alemana y, con ello, salvaríamos la revolución alemana.
234
Es admisible por completo
que, con tales premisas, no sólo sería “conveniente” (según expresión de los
autores de la resolución), sino absolutamente obligatorio aceptar la posibilidad de una derrota y de la pérdida
del Poder soviético. Sin embargo, está claro que esas premisas no existen. La
revolución alemana madura, pero es evidente que no ha llegado aún a su
estallido en Alemania, que no ha llegado todavía a la guerra civil en Alemania.
Es evidente que nosotros no ayudaríamos, sino que obstaculizaríamos el proceso de maduramiento de la revolución
alemana si “aceptásemos la posibilidad de la pérdida del Poder soviético”. Con
ello ayudaríamos a la reacción alemana, le haríamos el juego, dificultaríamos
el movimiento socialista en Alemania, apartaríamos del movimiento socialista a
grandes masas de proletarios y semiproletarios de Alemania que no se han
incorporado
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130 Lenin se refiere a la votación sobre el
problema de la paz con Alemania en la reunión que celebró el Comité Central del
Partido Bolchevique, el 21 de enero (3 de febrero) de 1918, con representantes
de las distintas corrientes que existían en el partido. En esta reunión, dos
"comunistas de izquierda" — Osinski (Obolenski) y Stúkov— votaron
contra la admisibilidad en general de la paz entre el Estado socialista y un
Estado imperialista. La mayoría de los "comunistas de izquierda" adoptó,
al votar, una posición ambigua: admitían la posibilidad de que se firmase la
paz entre el Estado socialista y un Estado imperialista, pero, al mismo tiempo,
votaron en contra de la firma inmediata de la paz con Alemania.
aún al socialismo y que se
verían atemorizados por la derrota de la Rusia Soviética, de la misma manera
que la derrota de la Comuna en 1871 atemorizó a los obreros ingleses.
Por más vueltas que se den,
es imposible descubrir ninguna lógica en los razonamientos del autor de la
resolución. No se ven argumentos razonables a favor de la tesis de que “en
interés de la revolución internacional consideramos conveniente aceptar la posibilidad
de la pérdida del Poder soviético”.
“El Poder soviético se está
convirtiendo hoy en un poder puramente formal”: tal es la conclusión monstruosa
a que llegan, como hemos visto, los autores de la resolución moscovita.
Puesto que, según ellos, los
imperialistas alemanes nos cobrarán un tributo e impedirán nuestra propaganda y
nuestra agitación contra Alemania, el Poder soviético pierde su significación,
“se está convirtiendo hoy en un poder puramente formal”. Tal es, probablemente,
el hilo de las “ideas” de los autores de la resolución. Decimos
“probablemente”, pues los autores no han proporcionado nada claro y preciso en
apoyo de la tesis que examinamos.
Un estado de ánimo
impregnado hasta lo más hondo de un pesimismo infinito, un sentimiento de
desesperación absoluta: tal es el contenido de la “teoría” sobre la supuesta
significación formal del
Poder soviético y la
admisibilidad de una táctica que conduzca a la pérdida posible del Poder
soviético. De todos modos, no hay salvación; sucumba, pues, incluso el Poder
soviético: tal es el sentimiento que ha dictado la monstruosa resolución. Los
sedicentes argumentos “económicos”, con los que se encubren a veces tales
pensamientos, se reducen al mismo pesimismo desesperado ¿Qué clase de República
Soviética es ésa, cuando pueden imponérsele tributos como éste, como el otro o
como el de más allá?
Sólo desesperación: ¡de todos modos, sucumbiremos!
Sentimiento comprensible
ante la situación archigrave en que se encuentra Rusia. Pero “comprensible” no
entre los revolucionarios conscientes. Ese sentimiento es peculiar precisamente
como la reducción al absurdo de las opiniones sustentadas por los moscovitas.
Los franceses de 1793 jamás hubieran dicho que sus conquistas, la república y
la democracia, se convertían en algo puramente formal, que era preciso avenirse
a la pérdida posible de la república. Estaban pletóricos de fe en la victoria,
y no de desesperación. Por eso, llamar a la guerra revolucionaria y, al mismo
tiempo, aceptar “la posibilidad de la pérdida del
Poder soviético” en una resolución oficial, significa
desenmascararse por completo.
A principios del siglo XIX,
durante las guerras napoleónicas, Prusia y otros países conocieron derrotas,
invasiones, humillaciones y opresiones por parte del conquistador incomparable
e inconmensurablemente más duras y gravosas que Rusia en 1918. Y, sin embargo,
los mejores hombres do Prusia, cuando Napoleón los aplastaba con su bota
militar, cien veces más pesada que aquella con la que ahora han podido
aplastarnos, no perdían la esperanza, no hablaban de la significación
“puramente formal “de sus instituciones políticas nacionales. No se
desesperaban, no se dejaban dominar por el sentimiento de que “de todos modos,
sucumbiremos”. Firmaban tratados de paz inconmensurablemente más duros,
feroces, ignominiosos y leoninos que el de Brest-Litovsk; sabían esperar y
soportar con firmeza el yugo del conquistador; volvían a luchar y caían de
nuevo bajo la opresión del conquistador; firmaban nuevos tratados de paz,
vergonzosos, ignominiosos, otra vez se levantaban, y, al fin y al cabo, se liberaron (no sin aprovecharse de las
discordias entre los conquistadores más fuertes,
originadas por la competencia).
¿Por qué no puede repetirse semejante hecho en nuestra historia?
¿Por qué debemos caer en la
desesperación y escribir resoluciones —más vergonzosas, a fe mía, que la paz
más ignominiosa— en las que se diga que “el
Poder soviético se está convirtiendo en un poder puramente
formal”?
¿Por qué las duras derrotas
militares en la lucha contra los colosos del imperialismo moderno no han de
templar, también en Rusia, el carácter del pueblo, reforzar la autodisciplina,
acabar con la jactancia y la charlatanería, inculcar la firmeza, llevar a las
masas a la táctica justa de los prusianos aplastados por Napoleón: firmad los
tratados de paz más vergonzosos cuando no disponéis de un ejército, reunid
fuerzas y alzaos luego una y otra vez?
¿Por qué debemos caer en la
desesperación después del primer tratado de paz, de una dureza inaudita, cuando
otros pueblos han sabido soportar con firmeza calamidades más amargas?
235
¿A qué corresponde esta
táctica de la desesperación? ¿A la firmeza del proletario, el cual comprende
que debe someterse si carece de fuerza y que, sin embargo, sabe, a continuación
y pese a todo, alzarse una y otra vez, acumulando fuerzas cualesquiera que sean las condiciones? ¿O a la pusilanimidad del
pequeño burgués, que, representado en nuestro país por el partido eserista de
izquierda, ha batido el récord de la frase sobre la guerra revolucionaria?
¡No, queridos camaradas
“extremistas” de Moscú! Cada día de prueba apartará de vosotros precisamente a
los obreros más conscientes y firmes.
El Poder soviético, dirán
ellos, no se convierte ni se convertirá en un poder puramente
formal, ni ahora, cuando el invasor se encuentra en Pskov y nos hace pagar una
contribución de 10.000 millones en cereales, mineral y dinero, ni cuando el
enemigo se encuentre en Nizhni Nóvgorod y en Rostov del Don y nos haga pagar un
tributo de 20.000 millones.
Ninguna conquista extranjera
convertirá jamás en “puramente formal” una institución política del pueblo (y
el Poder soviético no es sólo una institución política infinitamente superior a
todas las habidas en la historia). Por el contrario, la conquista extranjera no
hará más que reforzar las simpatías populares por el Poder soviético, si... si
éste no se lanza a aventuras.
Rehusar la firma de la paz
más indecente cuando se carece de ejército es una aventura de la que el pueblo
tiene derecho a culpar al poder que se decida a esa negativa.
La conclusión de una paz
incomparablemente más dura y vergonzosa que la de Brest-Litovsk se ha dado ya
en la historia (ejemplos indicados más arriba), y no condujo a un
debilitamiento del prestigio del poder, no lo convirtió en un poder formal, no
hundió ni el poder ni al pueblo, sino que templó al pueblo, le enseñó la ciencia ardua y difícil de
preparar un buen ejército, aunque sea en una situación espinosa y desesperada,
bajo la bota del invasor.
Rusia camina hacia una nueva
y verdadera guerra patria, hacia una guerra por el mantenimiento y la
consolidación del Poder soviético. Es posible que la época venidera sea, como
lo fue la de las guerras napoleónicas, una época de guerras de liberación (de guerras, precisamente, y no de una
guerra), impuestas por los invasores a la Rusia Soviética. Esto es posible.
Y por eso, la bochornosa
desesperación es más ignominiosa que cualquier paz dura y archidura dictada por
la falta de ejército, más ignominiosa que cualquier paz deshonrosa. Si
enfocamos con seriedad el problema de
la insurrección y de la guerra, no sucumbiremos ni siquiera con diez tratados
de paz archiduros. No sucumbiremos a manos de los invasores, si no permitimos
que la desesperación y la fraseología acaben con nosotros.
Publicado
el 28 (15) de febrero y 1 de marzo (16 de febrero) de 1918 en los núm. 37 y 38
de “Pravda”.
T. 35, págs. 399-407.

