© Libro N° 7015.
Obras Escogidas. Tomo VI. Lenin, V. I. Emancipación. Febrero 22 de
2020.
Título
original: © Obras
Escogidas. Tomo VI. V. I. Lenin
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OBRAS ESCOGIDAS
TOMO VI
V. I. Lenin
OBRAS ESCOGIDAS
TOMO VI
V. I. Lenin
OBRAS ESCOGIDAS, TOMO VI (1916-1917)
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V.I. LENIN
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TOMO 6-12
Índice
Prefacio................................................................................................................. 1
Sobre el folleto de
Junius................................................................................... 3
Balance de la
discusión sobre la autodeterminación.................................. 10
Sobre la caricatura
del marxismo y el “economismo imperialista”.......... 28
El programa militar de
la revolución proletaria.......................................... 50
El imperialismo y la
escisión del socialismo............................................... 55
La internacional de la
juventud...................................................................... 62
Pacifismo burgués y
pacifismo socialista..................................................... 64
Informe sobre la
revolución de 1905............................................................ 72
Estadística y
sociología.................................................................................... 80
Cartas desde lejos.............................................................................................. 83
Carta de despedida a
los obreros suizos...................................................... 102
Las tareas del
proletariado en la presente revolución............................... 106
Los adeptos de Luis
Blanc en Rusia............................................................ 109
Cartas sobre tácticas...................................................................................... 111
La dualidad de poderes................................................................................. 117
Las tareas del
proletariado en nuestra revolución.................................... 119
Los partidos políticos
en Rusia y las tareas del proletariado................. 134
El congreso de
diputados campesinos....................................................... 140
Una milicia
proletaria.................................................................................... 142
Un problema
fundamental............................................................................ 144
El defensismo de buena
fe hace acto de presencia................................... 146
Las enseñanzas de la
crisis............................................................................. 148
Que entiende por “ignominia” los capitalistas y que entienden
por “ignominia” los
proletarios................................................................. 150
VII conferencia de
toda Rusia del POSD(b)R............................................ 151
Introducción a las resoluciones de la VII conferencia
de toda Rusia del
POSD(b)R....................................................................... 176
A que conduce los pasos contrarrevolucionarios
del gobierno
provisional............................................................................. 178
I. G. Tsereteli y la
lucha de clases............................................................... 180
Un triste apartamiento
de la democracia................................................... 182
La guerra y la
revolución............................................................................... 184
¿Ha desaparecido la
dualidad de poderes?................................................ 195
I congreso de los soviets de diputados obreros y soldados
de toda Rusia................................................................................................ 197
La política exterior
de la revolución rusa.................................................. 203
¿De que fuente clásica
surgen y “surgirán” los Cavaignac?................... 205
Desplazamiento de
clases............................................................................. 207
¡Todo el poder a los
soviets!......................................................................... 209
Tres crisis.......................................................................................................... 210
¿Deben los dirigentes
bolcheviques comparecer ante los tribunales?.. 213
Notas................................................................................................................. 214
1
PREFACIO
En el sexto tomo de la
presente edición se insertan obras escritas por Vladimir Ilich Lenin durante el
período comprendido entre julio de 1916 y julio de 1917, en los años de la
guerra imperialista mundial y de la revolución iniciada en Rusia en febrero de
1917.
En sus artículos, informes,
discursos y folletos, Lenin elaboró la teoría del imperialismo y de la
revolución socialista, fundamentó científicamente la solución de los problemas
más candentes de la época: la actitud hacia la guerra, el problema nacional y
la transformación de la revolución dernocrát.ica burguesa en revolución
socialista.
Apoyándose en un profundo
estudio del imperialismo, Lenin descubrió la ley de la desigualdad del
desarrollo económico y político del capitalismo en la época del imperialismo y,
partiendo de esta ley, llegó a la conclusión de la posibilidad del triunfo del
socialismo inicialmente en un solo país o en varios países. "La
desigualdad del desarrollo económico y político es una ley absoluta del
capitalismo —escribió Lenin en el artículo La
consigna de los Estados Unidos de Europa-— De aquí se deduce que es posible
que el socialismo triunfo primeramente
en unos cuantos países capitalistas, o incluso en un solo país
capitalista". Lenin volvió a tratar este problema en su trabajo Sobre la caricatura del marxismo y el
"economismo imperialista" (1916) y en el artículo El programa militar de la revolución
proletaria (1916).
Estrechamente unida a esta
deducción está otra que hizo Lenin sobre la base de un exhaustivo análisis del
proceso revolucionario mundial en la época imperialista: la diversidad de vías
de transición de los distintos pueblos al socialismo. En el artículo
Sobre la caricatura del marxismo y el "economismo
imperialista",
Lenin destaca la especificidad de las condiciones socioeconómicas y políticas
en diferentes países y subraya que "la misma diversidad aparecerá en el
camino que ha de recorrer la humanidad desde el imperialismo de hoy hasta la
revolución socialista del mañana. Todas las naciones llegarán al socialismo,
eso es inevitable, pero no llegarán de la misma manera; cada una de ellas
aportará sus elementos peculiares a una u otra forma de la democracia, a una u
otra variante de la dictadura del proletariado, a uno u otro ritmo de las
transformaciones socialistas de los diversos aspectos de la vida social".
No obstante, toda la diversidad de formas del paso del capitalismo al
socialismo en distintos países, el contenido de estas formas será siempre el
mismo: dictadura del proletariado. En sus obras de este período Lenin
desarrolló la teoría marxista de la dictadura de la clase obrera, de sus tareas
y formas: "La dictadura del proletariado, única clase revolucionaria hasta
el fin —escribió Lenin—, es imprescindible para derrocar a la burguesía y
rechazar sus tentativas contrarrevolucionarias".
En las Tesis de Abril (Las tareas del proletariado en la presente revolución)
(1917), señero documento programático del marxismo creador, Lenin, al analizar
el problema de la forma de la dictadura de la clase obrera que se instauraría
en Rusia, tenía en cuenta la experiencia de la Comuna de París de 1871, primer
gobierno obrero que conoce la historia, y la experiencia de las dos
revoluciones rusas. El estudio de estas experiencias llevó a Lenin al
convencimiento de que la forma política de la dictadura del proletariado debía
ser la república de los Soviets y no una república parlamentaria de tipo,
tradicional. Los Soviets de diputados obreros, cam— pesinos y soldados, que
surgieron en los primeros días de la Revolución de febrero por todo el país y
que realizaron por sí mismos transformaciones
democráticas, eran
organizaciones revolucionarias de las masas, interpretaban directa e
inmediatamente la voluntad de la mayoría del pueblo y eran más democráticos que
cualquier parlamento. "La humanidad no ha creado hasta hoy, ni nosotros
conocemos, un tipo de
gobierno superior ni mejor
que los Soviets de diputados obrero, braceros, campesinos y soldados"
—escribió Lenin en el articulo La
dualidad de poderes.
El problema nacional y
colonial pasó a ser una cuestión vital de la teoría y la práctica
revolucionarias, una parte integrante del problema de la revolución socialista.
Le imprimió singular trascendencia la polémica acerca del derecho a la
autodeterminación de las naciones, entablada en 1916 en la prensa socialista
internacional de izquierda. En sus obras dedicadas al problema nacional y
colonial, Lenin desarrolló los postulados marxistas acerca de la necesidad de
unir el movimiento proletario con la lucha de los pueblos oprimidos de las
colonias y los países dependientes. En los artículos Sobre el folleto de Junius y Balance
de la discusión sobre la autodeterminación, Lenin reveló la inconsistencia
de la concepción de ciertos líderes
del ala izquierda de la socialdemocracia alemana (Rosa Luxemburgo y otros) de
que bajo el imperialismo son imposibles las guerras de liberación nacional.
2
Lenin mostró que la opresión nacional y colonial engendra
inevitablemente un antagonismo irreconciliable entre los pueblos esclavizados
de las colonias y los países dependientes, de un lado, y el capital
monopolista, de otro, y lanza a los pueblos sojuzgados a la lucha libertadora
contra el imperialismo. Así lo demostraban los hechos históricos concretos de
la lucha liberadora de los pueblos oprimidos durante los años de la guerra (en
Indochina, en África y en Irlanda) que desmentían las afirmaciones de que las
guerras de liberación nacional son imposibles bajo el imperialismo. Lenin
recalcaba el carácter revolucionario de las insurrecciones de liberación
nacional, destacaba lo progresivo de la formación, en caso de triunfar estas
insurrecciones, de nuevos Estados nacionales independientes. Lenin pensaba que
la clase obrera tiene el deber de defender con la mayor decisión el derecho de
todas las naciones a la autodeterminación e incluso a la separación y formación
de su propio Estado, y de ayudar al levantamiento de los pueblos oprimidos
contra las potencias imperialistas opresoras. En el artículo La revolución socialista y el derecho de las
naciones a la autodeterminación escribió que la clase obrera y su partido
marxista en las metrópolis deben respaldar
la lucha de los pueblos oprimidos por su liberación, por reivindicaciones
democráticas, por la autode — terminación; deben contribuir a esta lucha
ensanchándola e impulsándola hasta el asalto directo a la burguesía, es decir,
hasta la revolución socialista.
Una parte considerable de
las obras incluidas en el presente volumen se refiere al período de la
Revolución de febrero en Rusia. En las Cartas
desde lejos, escritas en Suiza inmediatamente después de recibirse la
noticia sobre el comienzo de la revolución en Rusia, Lenin aquilató las fuerzas
motrices, el carácter y la orientación de la revolución consumada y planteó el
problema de transformar la revolución democrática burguesa en revolución
socialista. El programa de paz formulado por los bolcheviques en 1915,
subrayaba Lenin, conserva su valor: renuncia a cumplir los tratados zaristas,
armisticio inmediato, paz sin anexiones ni contribuciones, llamamiento a los
obreros de todos los países a tomar el poder en sus manos: tales son los
principales planteamientos de este programa.
Después de la Revolución de
febrero, el Partido Bolchevique pasó a la legalidad y Lenin obtuvo la
posibilidad de volver a Rusia.
Entre las obras de Lenin de
este período ocupan el lugar central las Tesis
de Abril, que tienen como continuación las Cartas sobre táctica, y otros varios artículos. Estos trabajos de
Lenin pertrecharon a la clase obrera de Rusia y al Partido Bolchevique con un
plan científicamente fundamentado para pasar de la revolución democrática
burguesa a la revolución socialista. En las Tesis
de Abril Lenin dilucidó los problemas más actuales que se planteaban
después del triunfo de la Revolución de febrero: cómo salir de la guerra
imperialista, qué forma debía adoptar el nuevo poder estatal, qué medidas
económicas urgentes había que tomar, con qué medios se debía combatir el hambre
y la ruina y cuál debía ser la táctica del Partido Bolchevique para pasar a la
revolución socialista.
Tras haber demostrado que la
política del Gobierno Provisional burgués llevaba inevitablemente el país a una
catástrofe económica, Lenin escribía: "Hay que preparar sin demora a los Soviets de diputados obreros, a los
Soviets de diputados empleados de la Banca, etc., con el fin de empezar a dar
los pasos prácticamente posibles y plenamente realizables, primero para
fusionar todos los bancos en un solo Banco Nacional; después, para establecer
el control de los Soviets de diputados obreros sobre los bancos y los
consorcios, y luego, para nacionalizarlos, es decir, para convertirlos en
propiedad de todo el pueblo".
En las obras de Lenin de
aquellos años se presta una gran atención a la política del Partido Bolchevique
en relación con el campesinado. Las Tesis
de Abril preveían la confiscación de todos los latifundios, la
nacionalización de toda la tierra del país y la administración de la tierra por
los Soviets locales de diputados braceros y campesinos.
En los artículos de este
período, Lenin denuncia la política antipopular del Gobierno Provisional, quo
no había cumplido ninguna de las demandas de las masas populares y que
intentaba continuar la guerra imperialista en interés de la burguesía rusa la
cual se lucraba con ella. En sus obras, Lenin critica ásperamente a los
partidos pequeñoburgueses de los eseristas y mencheviques, quo apoyaban al
Gobierno Provisional (¿De qué fuente
clasista surgen y "surgirán" los Cavaignac?, Los adeptos de Luis
Blanc en Rusia, etc.).
Tal es, a grandes rasgos, el
contenido del presente volumen. Igual que los anteriores, va provisto de unas
notas aclaratorias preparados por la redacción.
* * *
Los trabajos que figuran en
el presente volumen han sido traducidos de la 5ª edición rusa de las Obras Completas de V. I. Lenin,
preparada por el Instituto de Marxismo-Leninismo adjunto al CC del PCUS. Al
final de cada trabajo se indican el tomo y las páginas correspondientes.
LA EDITORIAL
3
SOBRE EL FOLLETO DE
JUNIUS
¡Por fin apareció en
Alemania, ilegalmente, sin ninguna adaptación a la infame censura junker, un
folleto socialdemócrata dedicado a los problemas de la guerra! El autor, que
evidente pertenece al sector de la “izquierda radical” del partido, firma con el
nombre de Junius (que en latín significa el más joven) y titula su folleto La crisis de la socialdemocracia. En un
apéndice se incluyen las “tesis sobre las tareas de la socialdemocracia
internacional” que fueron propuestas ya a la ISK de Berna (Comisión Socialista
Internacional) y publicadas en el número 3 del Boletín de la Comisión.1 Dichas tesis fueron escritas por el grupo La Internacional, 2 que en la primavera de 1915 publicó un
número de una revista con ese título (con artículos de Zetkin, Mehring, R.
Luxemburgo, Thalheimer, Duncker, Ströbel y otros) y organizó, el invierno de
1915-1916, una reunión de socialdemócratas de todas las regiones de Alemania,
en la que se aprobaron las mencionadas tesis.
Como dice su autor en la
introducción, fechada el 2 de enero de 1916, el folleto fue escrito en abril de
1915 y publicado “sin ninguna modificación”. “Circunstancias externas”
impidieron publicarlo antes. El folleto está dedicado, no tanto a la “crisis de
la socialdemocracia”, como a un análisis de la guerra, para refutar la leyenda
de que es una guerra de liberación nacional, para probar que es una guerra
imperialista tanto por parte de Alemania como por parte de las otras grandes
potencias, y a una crítica revolucionaria de la conducta del partido oficial.
Escrito con extraordinaria viveza, no cabe duda de que el folleto de Junius ha
desempeñado y desempeñará un gran papel en la lucha contra el ex Partido
Socialdemócrata de Alemania que ha desertado al campo de la burguesía y de los
junkers, y nosotros felicitamos cordialmente al autor.
Al lector ruso, que conoce
las publicaciones socialdemócratas en ruso aparecidas en el exterior entre 1914
y 1916, el folleto de Junius no le ofrece nada nuevo en principio. Al leer este
folleto y comparar los argumentos de este marxista revolucionario alemán con
los expuestos, por ejemplo, en el manifiesto del Comité Central de nuestro
partido (septiembre-
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1 Comisión
Socialista Internacional (ISK — Internationale Sozialistische
Kommission) de Berna: órgano ejecutivo de la Unión zimmerwaldiana,
constituido en la Conferencia Socialista Internacional que se celebró del 5 al
8 de septiembre en Zimmerwald.
Poco después de la Conferencia de Zimmerwald se formó una
Comisión Socialista Internacional ampliada, integrada por representantes de
todos los partidos que se adhirieron a los acuerdos de la Conferencia de
Zimmerwald.
El órgano de la ISK era el Boletín,
que se editó en alemán, francés e inglés de septiembre de 1915 a enero de 1917.
Aparecieron 6 números.
En el núm. 3 del Boletín
de la ISK (febrero de 1916) se publican las tesis del grupo La
Internacional, que fijaron la posición de los socialdemócratas de izquierda
alemanes en los problemas más importantes de la teoría y la política durante la
primera guerra mundial.
2 Grupo La Internacional: organización revolucionaria de los
socialdemócratas de izquierda alemanes; se formó en enero de 1916 y la
encabezaban C. Liebknecht, R. Luxemburgo, F. Mehring, C. Zetkin y otros. En
abril de 1915 R. Luxemburgo y F. Mehring fundaron la revista Die Internationale, en torno a la cual
se cohesionó el grupo fundamental de socialdemócratas de izquierda de Alemania.
A partir de 1916, el grupo La Internacional, además de las proclamas políticas
que lanzaba en 1915, empezó a editar y difundir clandestinamente las Cartas políticas con la firma de Espartaco (aparecieron regularmente
hasta octubre de 1918) y pasó a llamarse Grupo Espartaco. Los espartaquistas
hacían propaganda revolucionaria entre las masas, organizaban grandes
manifestaciones contra la guerra, dirigían las huelgas y denunciaban el
carácter imperialista de la guerra mundial y la traición de los líderes
oportunistas de la socialdemocracia. Pero los espartaquistas cometieron graves
errores en los problemas de la teoría y la política. Lenin criticó
reiteradamente los errores de los socialdemócratas de izquierda alemanes.
En noviembre de 1918, en el
curso de la revolución en Alemania, los componentes del grupo formaron la Liga
Espartaco y en el Congreso Constituyente, celebrado del 30 de diciembre de 1918
al 1 de enero de 1919, fundaron el Partido Comunista de Alemania.
noviembre de 1914), en las
resoluciones de Berna (marzo de 1915) y en numerosos comentarios sobre ellas,
sólo se advierte que los argumentos de Junius son muy incompletos y que ha
cometido dos errores. Al dedicar lo que sigue a la crítica de los defectos y
errores de Junius, debemos subrayar ante todo que lo hacemos como parte de la
autocrítica necesaria para los marxistas, y para verificar en todos sus
aspectos los conceptos que deben servir de base ideológica a la III
Internacional. En términos generales, el folleto de Junius es un excelente
trabajo marxista, y es muy posible que sus defectos sean, hasta cierto punto,
accidentales.
El principal defecto del
folleto de Junius, que constituye un evidente paso atrás en comparación con la
revista legal (aunque prohibida en cuanto apareció) La Internacional, es que silencia la vinculación entre el
socialchovinismo (el autor no usa este término, ni la expresión
socialpatriotismo, menos exacta) y el oportunismo. El autor se refiere con toda
razón a la “capitulación” y bancarrota del Partido Socialdemócrata Alemán, a la
“traición” de sus “dirigentes oficiales”, pero no va más allá. Sin embargo, ya
la revista La Internacional criticó
el “centro”, es decir, el kautskismo, colmándolo de burlas, con toda razón, por
su blandenguería, su prostitución del marxismo, su servilismo ante los
oportunistas. Y la misma revista empezó
a desenmascarar el verdadero papel de los oportunistas al revelar, por ejemplo,
el importantísimo hecho de que el 4 de agosto de 1914, los oportunistas habían
presentado un ultimátum, una resolución tomada de antemano, para que se votaran
los créditos en cualquier caso. ¡Ni
el folleto de Junius, ni las tesis, se refieren en absoluto al oportunismo, ni al kautskismo! Esto es un error
teórico, pues es imposible explicar
la “traición” sin vincularla con el oportunismo como tendencia que tiene una larga historia, la historia de toda la II
Internacional. Esto es un error en el sentido político práctico, pues es
imposible comprender la “crisis de la socialdemocracia”, ni superarla sin haber
aclarado el sentido y el papel de estas dos
tendencias: la abiertamente oportunista (Legien, David, etc.) y la
tácitamente oportunista (Kautsky y Cía.). Es un paso atrás en comparación, por
ejemplo, con el histórico artículo de Otto Rühle en Vorwärts,3 del 12 de enero de 1916, donde el
autor, franca y abiertamente, demuestra que es inevitable una división del Partido Socialdemócrata Alemán (la
redacción de Vorwärts contestó,
repitiendo melosas e hipócritas frases a lo Kautsky, sin encontrar un solo
argumento de fondo para refutar el hecho ya
evidente de que existían dos partidos y era imposible reconciliarlos). Es de
una inconsecuencia asombrosa, ya que la tesis 2ª de La Internacional habla sin rodeos de la necesidad de crear una
“nueva” Internacional en vista de la “traición de las representaciones
oficiales de los partidos socialistas de los principales países” y su “adhesión
a la política imperialista burguesa”. Está claro que resulta simplemente
absurdo insinuar que el viejo Partido Socialdemócrata Alemán o el partido que
tolera a Legien, David y Cía. pueda participar en la “nueva” Internacional.
4
No sabemos por qué el grupo
La Internacional dio este paso atrás. El mayor defecto en el marxismo
revolucionario de Alemania es la falta de una organización ilegal consolidada,
que aplique su línea en forma sistemática y eduque a las masas en el espíritu
de las nuevas tareas: tal organización debería también tomar una postura
definida ante el oportunismo y ante el kautskismo. Esto es tanto más necesario,
por cuanto ahora los socialdemócratas revolucionarios alemanes han perdido sus
dos últimos diarios: el de Bremen (Bremer
Bürger— Zeitung)4 y el de Brunswick (Volksfreund)5, que se pasaron ambos a los
kautskianos.
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3 3 "Vorwärts" ("Adelante"): diario, órgano central del
Partido Socialdemócrata Alemán; apareció en Berlín desde 1891 hasta 1933.
Engels combatió desde sus páginas toda manifestación de oportunismo. A partir
de la segunda mitad de los años 90, después de la muerte de Engels, la
redacción de Vorwärts se vio en manos
del ala derecha del partido y publicó regularmente artículos de los
oportunistas.
Durante la guerra imperialista mundial de 1914-1918, Vorwärts mantuvo una posición
socialchovinista
4 "Bremer
Bürger-Zeitung" ("La Gaceta Civil de Bremen"): diario
socialdemócrata; se publicó en Bremen desde 1890 hasta 1919
5 "Volksfreund" ("El Amigo del Pueblo"): diario
socialdemócrata; fundado en 1871, en Brunswick
Únicamente el
grupo Socialistas Internacionalistas de Alemania (ISD) permanece en su puesto
de modo claro y evidente para todos.6
Parece que algunos miembros
del grupo La Internacional se han deslizado otra vez a la charca del kautskismo
sin principios. Por ejemplo, Ströbel llegó, en Neue Zeit, ¡a hacer reverencias a Bernstein y Kautsky! Y hace muy
pocos días, el 15 de julio de 1916, publicó en los periódicos su artículo Pacifismo y socialdemocracia, donde
defiende el más ramplón pacifismo kautskiano. En cuanto a Junius, se opone
categóricamente a los irrealizables proyectos kautskianos, como los de
“desarme”, “abolición de la diplomacia secreta”, etc. Es posible que en el
grupo La Internacional haya dos tendencias: una revolucionaria y otra que se
inclina hacia el kautskismo.
La primera de las
definiciones erróneas de Junius ha sido refrendada en la 5ª tesis del grupo La
Internacional: “…En la época (era) de este desenfrenado imperialismo no puede
haber ya ninguna guerra nacional. Los intereses nacionales sirven únicamente como
medio de engaño para colocar a las masas populares trabajadoras al servicio de
su mortal enemigo: el imperialismo...” El comienzo de la 5ª tesis, que termina
con esta definición, está dedicado a definir la guerra actual como
imperialista. Es posible que la negación de las guerras nacionales en general
sea un descuido o un apasionamiento casual al destacar la idea, absolutamente
justa, de que la presente guerra es
una guerra imperialista, y no nacional. Pero como puede tratarse también de lo
contrario, como en algunos socialdemócratas se observa la negación equivocada
de todas las guerras nacionales
debido a que la guerra actual es presentada falsamente bajo el aspecto de una
guerra nacional, es obligado detenerse en este error.
Junius tiene perfecta razón
cuando destaca la influencia decisiva de la “situación imperialista” en la
guerra actual, cuando dice que tras
Serbia está Rusia, que “tras el nacionalismo serbio se encuentra el
imperialismo ruso”, que la participación de Holanda, por ejemplo, en la guerra
sería también imperialista, pues
ella, primero, defendería sus colonias y, segundo, sería aliada de una de las
coaliciones imperialistas. Esto es
indiscutible con relación a la guerra actual. Y cuando Junius subraya
especialmente lo que tiene para él importancia primordial —la lucha contra el
“fantasma de la guerra nacional”, “que predomina actualmente en la política
socialdemócrata” (pág. 81)—, hay que reconocer que su razonamiento es justo y
plenamente oportuno.
Lo erróneo sería
hiperbolizar esta verdad, apartarse de la exigencia marxista de ser concreto,
trasplantar la apreciación de la presente guerra a todas las guerras posibles
bajo el imperialismo, olvidar los movimientos nacionales contra el imperialismo. El único argumento en defensa de la tesis
de que “no puede haber ya ninguna guerra nacional” consiste en que el mundo
está repartido entre un puñado de “grandes” potencias imperialistas y que, por
ello, toda guerra, aunque sea nacional al principio, se transforma en imperialista al afectar los intereses de una de
las potencias o coaliciones imperialistas (pág. 81 del folleto de Junius).
La incongruencia de este
argumento es evidente. Claro está que la tesis fundamental de la dialéctica
marxista consiste en que todas las fronteras, tanto en la Naturaleza como en la
sociedad, son relativas y variables, que no existe ni un solo fenómeno que no pueda, en determinadas condiciones,
transformarse en su antítesis. Una guerra nacional puede transformarse en
imperialista, y viceversa. Ejemplo:
las guerras de la Gran Revolución Francesa comenzaron como nacionales y lo
eran. Esas guerras eran revolucionarias por que
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6 Socialistas
Internacionalistas de Alemania (ISD, Internationale Sozialisten Deutschlands): grupo de
socialdemócratas de izquierda alemanes que se reunieron en los años de la
guerra imperialista mundial en torno a la revista Lichtstrahlen ("Rayos de Luz"). Los Socialistas
Internacionalistas de Alemania junto con el grupo La Internacional constituían
la oposición izquierdista en el seno del Partido Socialdemócrata Alemán. Los
ISD combatían la guerra y el oportunismo. El grupo no tenía amplios vínculos
con las masas y no tardó en disolverse
defendían la gran revolución
frente a la coalición de monarquías contrarrevolucionarias. Pero cuando
Napoleón creó el Imperio francés, esclavizando a toda una serie de grandes
Estados nacionales de Europa, formados mucho antes y con capacidad vital, las guerras
francesas dejaron de ser nacionales para convertirse en imperialistas,
engendrando a su vez las guerras de
liberación nacional contra el imperialismo de Napoleón.
Sólo un sofista podría
borrar la diferencia entre la guerra imperialista y la guerra nacional
basándose en que una puede
transformarse en la otra. La dialéctica ha servido más de una vez —también en
la historia de la filosofía griega— de puente que conduce a la sofistería. Pero
nosotros seguiremos siendo dialécticos y lucharemos contra los sofismas, no
negando la posibilidad de toda transformación en general, sino analizando de
modo concreto la presente en su
entono y en su desarrollo.
5
Es inverosímil en alto grado que la presente guerra imperialista
(1914-1916) se transforme en nacional, pues la clase que representa el progreso es el proletariado, el cual
tiende objetivamente a transformarla en guerra civil contra la burguesía. Y,
además, porque las fuerzas de ambas coaliciones no se diferencian mucho y el
capital financiero internacional ha creado en todas partes una burguesía
reaccionaria. Pero no se puede declarar imposible
semejante transformación: si el
proletariado de Europa resultase sin
fuerzas durante 20 años; si la guerra actual terminase con victorias semejantes a las napoleónicas y con el
sojuzgamiento de una serie de Estados nacionales viables; si el imperialismo extra — europeo (el japonés y el norteamericano
en primer lugar) se mantuviese también 20 años sin pasar al socialismo, por
ejemplo, como resultado de una guerra nipo-norteamericana, entonces sería
posible una gran guerra nacional en Europa. Eso significaría el retroceso de
Europa en varios decenios. Eso es improbable. Pero no imposible, pues
imaginarse que la historia universal avanza suave y ordenadamente, sin
gigantescos saltos atrás en algunas ocasiones, no es dialéctico, es
acientífico, falso desde el punto de vista teórico.
Prosigamos. En la época del
imperialismo no sólo son probables, sino inevitables
las guerras nacionales por parte de las colonias y semicolonias. En las
colonias y semicolonias (China, Turquía, Persia) viven cerca de 1.000 millones
de almas, es decir, más de la mitad
de la población de la Tierra. En esos países, el movimiento de liberación
nacional o bien es ya muy fuerte, o bien crece y madura. Toda guerra es la
continuación de la política con otros medios. Las guerras nacionales de las
colonias contra el imperialismo serán
inevitablemente una continuación de
la política de liberación nacional de las mismas. Esas guerras pueden conducir a una guerra
imperialista de las “grandes” potencias imperialistas actuales, pero pueden
también no conducir a ella: eso dependerá de muchas circunstancias.
Un ejemplo: Inglaterra y
Francia pelearon en la Guerra de los Siete Años7 por las colonias, es decir, sostuvieron una guerra imperialista
(la cual es posible tanto sobre la base de la esclavitud y del capitalismo
primitivo como sobre la base moderna del capitalismo altamente desarrollado).
Francia es derrotada y pierde parte de sus colonias. Unos años después empieza
la guerra de liberación nacional de los Estados de América del Norte contra
Inglaterra8 sola. Francia y España, que siguen
poseyendo ciertas partes de los actuales
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7 La
Guerra de los Siete Años
(1756-1763): guerra europea provocada por las apetencias anexionistas de las
potencias absolutistas feudales y la rivalidad colonial de Francia e
Inglaterra. Aliada a Prusia, Inglaterra luchó contra la coalición de Austria,
Francia, Rusia, Sajonia y Suecia. Como resultado de la guerra, Francia vióse
obligada a ceder a Inglaterra sus colonias más importantes (Canadá, las
posesiones en las Indias Orientales, etc.); Prusia, Austria y Sajonia
conservaron las fronteras de preguerra
8 Se tiene en cuenta la
guerra por la independencia de las colonias norteamericanas de Inglaterra
(1775-
1783). El levantamiento de
las colonias norteamericanas contra la dominación inglesa, motivado por el
anhelo de independencia de la nación burguesa norteamericana en proceso de
formación y por su deseo de destruir las barreras que obstaculizaban el desarrollo
del capitalismo, tuvo el carácter de una revolución burguesa. Como resultado de
la victoria de los norteamericanos se formó un Estado burgués independiente:
los Estados Unidos de América
Estados Unidos, movidas por
su hostilidad a Inglaterra, es decir, por sus intereses imperialistas,
concluyen un tratado de amistad con los Estados de América del Norte,
insurreccionados contra Inglaterra. Las tropas francesas, con las americanas,
derrotan a los ingleses. Nos encontramos ante una guerra de liberación
nacional, en la que la rivalidad imperialista es un elemento accesorio, carente
de seria importancia, o sea, lo contrario de lo que vemos en la guerra de
1914-1916 (en la guerra austro-serbia, el elemento nacional no tiene seria
importancia, en comparación con la rivalidad imperialista, que es
determinante). Esto nos muestra cuán absurdo sería emplear el concepto de
imperialismo con arreglo a un patrón fijo, deduciendo de él la “imposibilidad” de
las guerras nacionales. La guerra de liberación nacional, por ejemplo, de una
alianza de Persia, India y China contra unas u otras potencias imperialistas es
muy posible y probable, pues deriva del movimiento de liberación nacional de
esos países. Y la transformación de semejante guerra en guerra imperialista
entre las actuales potencias imperialistas dependería de muchísimas
circunstancias concretas, cuyo advenimiento sería ridículo garantizar.
En tercer lugar, ni siquiera
en Europa se puede considerar imposibles las guerras de liberación nacional en
la época del imperialismo. “La época del imperialismo” ha hecho imperialista la
presente guerra, engendrará ineludiblemente (mientras no se llegue al
socialismo) nuevas guerras imperialistas y ha hecho imperialista hasta la
médula la política de las grandes potencias actuales; pero esta “época” no
excluye en lo más mínimo las guerras nacionales, por ejemplo, por parte de los
pequeños Estados (supongamos que anexionados u oprimidos nacionalmente) contra las potencias imperialistas, de
la misma manera que no excluye los movimientos nacionales en gran escala en el
Este de Europa. Junius opina de Austria, por ejemplo, de forma muy sensata,
tomando en consideración tanto lo “económico” como el peculiar factor político,
señalando la “carencia de vitalidad interior de Austria” y reconociendo que la
“monarquía de los Habsburgo no es una organización política del Estado burgués,
sino sólo un sindicato, débilmente vinculado, de unas cuantas camarillas de
parásitos sociales” y que la “liquidación de Austria-Hungría no es más, desde
el punto de vista histórico, que la continuación del desmoronamiento de Turquía
y, con él, una exigencia del proceso histórico de desarrollo”. No mejor es la
situación en lo que se refiere a algunos Estados balcánicos y a Rusia. Y si se
dan las condiciones de un fuerte agotamiento de las “grandes” potencias en la
guerra actual o del triunfo de la revolución en Rusia, las guerras nacionales,
incluso victoriosas, son plenamente posibles. La intervención de las potencias
imperialistas es prácticamente realizable no
en todas las condiciones. Eso de una parte. Y de otra parte, cuando se dice “a
humo de pajas” que la guerra de un Estado pequeño contra un gigante carece de
perspectivas, debe advertirse que una guerra sin perspectivas es también una
guerra; además, determinados fenómenos en el seno de los “gigantes” —por
ejemplo, el comienzo de la revolución — pueden convertir una guerra “sin perspectivas”
en una guerra con muchas “perspectivas”.
6
Hemos analizado con detalle
la tesis desacertada de que “no puede haber ya ninguna guerra nacional” no sólo
porque es errónea a todas luces desde el punto de vista teórico. Sería muy
triste, naturalmente, que los “izquierdistas” comenzasen a dar muestras de
despreocupación por la teoría marxista en un momento en que la fundación de la
III Internacional sólo es posible sobre la base de un marxismo no vulgarizado.
Mas esa equivocación es muy perjudicial también en el sentido político
práctico: de ella se deduce la estúpida propaganda del “desarme”, como si no
pudiera haber más guerras que las reaccionarias; de ella se deduce asimismo la
indiferencia, más estúpida todavía y claramente reaccionaria, ante los
movimientos nacionales. Esa indiferencia se convierte en chovinismo cuando los
miembros de las “grandes” naciones europeas, es decir, de las naciones que
oprimen a una masa de pueblos pequeños y coloniales, declaran con aire de
sabihondos: ¡“no puede haber ya ninguna guerra nacional”! Las guerras nacionales
contra las potencias imperialistas no
sólo son posibles y probables, sino también inevitables y progresistas, revolucionarias,
aunque,
claro está, para que tengan éxito es imprescindible aunar los
esfuerzos de un inmenso número de habitantes de los países oprimidos
(centenares de millones en el ejemplo de la India y de China, aportado por
nosotros) o que se dé una conjugación especialmente
favorable de los factores que caracterizan la situación internacional (por
ejemplo, paralización de la intervención de las potencias imperialistas como
consecuencia de su agotamiento, de su guerra, de su antagonismo, etc.), o la
insurrección simultánea del
proletariado de una de las grandes potencias contra la burguesía (este caso, el
último en nuestra enumeración, es el primero desde el punto de vista de lo
deseable y ventajoso para la victoria del proletariado).
Debemos indicar, sin
embargo, que sería injusto acusar a Junius de indiferencia por los movimientos
nacionales. Junius señala, al menos, entre los pecados de la minoría
socialdemócrata el silencio de ésta ante la ejecución por “traición”
(seguramente, por el intento de sublevarse con motivo de la guerra) de un jefe
indígena en el Camerún, subrayando especialmente en otro lugar (para los
señores Legien, Lensch y otros canallas que se consideran “socialdemócratas”)
que las naciones coloniales son también naciones. Junius declara con la mayor
precisión: el “socialismo reconoce a cada pueblo el derecho a la independencia
y a la libertad, a disponer libremente de su destino”; el “socialismo
internacional reconoce el derecho de las naciones libres, independientes e
iguales; pero sólo él puede crear esas naciones, sólo él puede llevar a la
práctica el derecho de las naciones a la autodeterminación. Y esta consigna del
socialismo —señala con razón el autor— sirve, igual que todas las demás, no
como justificación de lo existente, sino como guía del camino a seguir, como
estímulo de la política activa, revolucionaria y transformadora, del
proletariado” (págs. 77 y 78). Por tanto, se e quivocarían profundamente
quienes pensasen que todos los socialdemócratas de izquierda alemanes han caído
en la estrechez de criterio y la caricatura del marxismo a que han llegado
algunos socialdemócratas holandeses y polacos al negar la autodeterminación de
las naciones incluso en el socialismo. Pero de los orígenes holandeses y polacos
especiales de este error hablamos en otro lugar.
Otro de los razonamientos
equivocados de Junius se relaciona con el problema de la defensa de la patria.
Es éste un problema político cardinal durante una guerra imperialista. Y Junius
refuerza nuestra convicción de que nuestro partido indicó el único enfoque
correcto del problema: el proletariado está en contra de la defensa de la
patria en esta guerra imperialista debido
a su carácter rapaz, esclavista y reaccionario, debido a la posibilidad y necesidad de contraponer a esta guerra (y de bregar por transformarla en) una
guerra civil por el socialismo.
Sin embargo, Junius, que por
una parte expuso brillantemente el carácter imperialista de la presente guerra,
diferenciándola de una guerra nacional, por otra parte cometió un error muy
extraño, al intentar arrancar de un programa nacional en esta guerra no nacional.
Suena casi increíble, pero es así. Los socialdemócratas adocenados, tanto los
de la calaña de Legien como de Kautsky, en su servilismo a la burguesía (que
gritó más que nadie sobre la “invasión” extranjera para ocultar a las masas del
pueblo el carácter imperialista de la guerra), repitieron con especial afán
este argumento de la “invasión”. Kautsky, que ahora asegura a la gente cándida
y confiada (dicho sea de paso, por intermedio de Spectator, miembro del CO
ruso)9 que a fines de 1914 se ha pasado a la
oposición, ¡continúa usando ese “argumento”! Para refutarlo, Junius cita
ejemplos históricos muy ilustrativos, que prueban que “invasión y lucha de
clases no son una contradicción en la historia burguesa, como afirma la leyenda
oficial,
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9 CO
(Comité de Organización):
centro dirigente de los mencheviques constituido en 1912. En los años de la
primera guerra mundial, el CO mantuvo la posición del socialchovinismo,
justificaba la guerra por parte del zarismo y predicaba las ideas del
nacionalismo y el chovinismo. El CO funcionó hasta la elección del CC del
partido menchevique en agosto de 1917. Además del CO que actuaba en Rusia,
existía el Secretariado del CO en el Extranjero, que ocupaba una posición
próxima al centrismo y, encubriéndose con una fraseología internacionalista, de
hecho apoyaba a los socialchovinistas rusos
sino que una es el medio y
la expresión de la otra”. Ejemplos: los Borbones en Francia recurrieron a la
invasión extranjera contra los jacobinos;10 la
burguesía en 1871, contra la Comuna.11 Marx
escribió en La guerra civil en Francia:
7
“El más heroico esfuerzo de
que aún era capaz la vieja sociedad es la guerra nacional. Y ahora resulta que
ésta no es más que un fraude del gobierno cuyo único objetivo es diferir la
lucha de clases. Mas cuando la lucha de clases se enciende como guerra civil,
el fraude salta hecho añicos”.12
“El clásico ejemplo de todos
les tiempos — escribe Junius refiriéndose a 1793— es la Gran Revolución
Francesa”. De todo ello extrae la siguiente conclusión: “La experiencia secular
demuestra, por consiguiente, que la mejor defensa, la mejor protección de un
país contra el enemigo exterior no es el estado de sitio, sino la abnegada
lucha de clases que despierta el sentido de la dignidad, el heroísmo y la
fuerza moral de las masas populares”.
La conclusión práctica de Junius es ésta:
“Sí, es deber de los
socialdemócratas defender su país durante una gran crisis histórica. Ahora
bien, la grave culpa del grupo socialdemócrata del Reichstag consiste en haber
proclamado solemnemente, en su declaración del 4 de agosto de 1914: “En la hora
del peligro no dejaremos sin defensa a nuestra patria”, y en haber abjurado, al
mismo tiempo, de sus palabras. El grupo dejó
sin defensa a la patria en la hora de mayor peligro. Pues su primer deber hacia
la patria en esa hora era mostrar a la patria el verdadero trasfondo de esta
guerra imperialista, romper la maraña de mentiras patrioteras y diplomáticas
que envolvía este atentado contra la patria; proclamar en voz alta y claramente
que tanto la victoria como la derrota en la presente guerra son igualmente
funestas para el pueblo alemán, oponerse a ultranza al estrangulamiento de la
patria por el estado de sitio; proclamar la necesidad de armar inmediatamente
al pueblo y dejarle que resolviera él mismo el problema de la guerra o la paz;
exigir resueltamente una asamblea en sesión permanente de la representación
popular, mientras durase la guerra, para garantizar el riguroso control de la
representación popular sobre el gobierno, y del pueblo sobre la representación
popular; exigir la inmediata abolición de todas las restricciones de los
derechos políticos, pues sólo un pueblo libre puede defender con eficacia a su
país, y finalmente, contraponer al programa imperialista de guerra —programa
destinado a conservar Austria y Turquía, es decir, mantener la reacción en
Europa y en Alemania— el viejo y auténtico programa nacional de los patriotas y
demócratas de 1848, el programa de Marx, Engels y Lassalle: la consigna de una
gran república alemana unida. Tal es la bandera que tendría que haberse
desplegado ante el país, que hubiera sido verdaderamente nacional,
verdaderamente liberadora, y que hubiese estado en consonancia con las mejores
tradiciones de Alemania y de la política internacional de clase del
proletariado” … “De esta manera, el grave dilema entre los intereses del país y
la solidaridad internacional del proletariado, el trágico conflicto que impulsó
a nuestros parlamentarios a ponerse “con el corazón oprimido” al lado de la
guerra imperialista, es pura imaginación, una ficción nacionalista burguesa.
Por el contrario, entre los intereses del país y los intereses de clase de la
Internacional proletaria existe, en
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10 Jacobinos: durante la revolución burguesa en
Francia de fines del siglo XVIII, representantes del ala izquierda de la
burguesía francesa que defendían con la mayor decisión y consecuencia la
necesidad de acabar con el absolutismo y el feudalismo.
11 Se tiene en cuenta la Comuna de París de 1871, primera
experiencia conocida en la historia de dictadura del proletariado, de gobierno
revolucionario de la clase obrera. Este gobierno fue creado por la revolución
proletaria en París y existió 72 días: desde el 18 de marzo hasta el 28 de mayo
de 1871.
12 Véase C. Marx y F. Engels. Obras
Escogidas en tres tomos, ed. en español, t. II, pág. 254
tiempos de guerra y en
tiempos de paz, una completa armonía: tanto la guerra como la paz exigen el más
enérgico desarrollo de la lucha de clases, la más decidida defensa del programa
socialdemócrata”.
Así argumenta Junius. Lo
erróneo de sus razonamientos salta a la vista, y si nuestros lacayos del
zarismo, francos o encubiertos, los señores Plejánov y Chjenkeli, y quizás
hasta los señores Mártov y Chjeídze, se aferran con malsana alegría a las
palabras de Junius, no para establecer la verdad teórica, sino para salir por
la tangente, borrando sus huellas y embaucando a los obreros, debemos aclarar
minuciosamente las fuentes teóricas
del error de Junius.
Propone “oponer” a la guerra
imperialista un programa nacional. ¡Le propone a la clase de vanguardia que
mire al pasado y no al porvenir! En 1793 y en 1848, tanto en Francia como en
Alemania y en toda Europa, estaba objetivamente
a la orden del día una revolución democrática burguesa. A esta situación histórica objetiva correspondía un programa “verdaderamente nacional”, es
decir, el programa nacional burgués
de la democracia existente entonces, que realizaron en 1793 los elementos más
revolucionarios de la burguesía y la plebe, y que en 1848 fue proclamado por
Marx en nombre de toda la democracia avanzada. Objetivamente, a las guerras feudales y dinásticas se oponían en
aquel entonces las guerras democráticas revolucionarias, las guerras de
liberación nacional. Ese fue el contenido de las tareas históricas de la época.
En la actualidad, la
situación objetiva en los grandes
países adelantados de Europa es distinta. El progreso —si no se toman en cuenta
los posibles y transitorios pasos atrás— es factible sólo en dirección a la
sociedad socialista, a la revolución socialista. Desde el punto de
vista del progreso, desde el punto de vista de la clase de vanguardia, a la
guerra burguesa imperialista, a la guerra del capitalismo altamente
desarrollado puede, objetivamente,
contraponerse sólo una guerra contra
la burguesía, es decir, ante todo la guerra civil por el poder entre el
proletariado y la burguesía, pues sin
tal guerra es imposible un serio
progreso; y como segunda etapa — sólo en ciertas condiciones especiales — una
eventual guerra para defender el Estado socialista contra los Estados
burgueses. Por eso, los bolcheviques (afortunadamente muy pocos, y rápidamente
cedidos por nosotros al grupo Priziv)13 que
estaban dispuestos a adoptar el punto de vista de una defensa condicional, es
decir, defensa de la patria a condición de que hubiera una revolución
victoriosa y el triunfo de una república en Rusia, seguían siendo fieles a la letra del bolchevismo, pero traicionaban
su espíritu; porque siendo arrastrada
a la guerra imperialista de las principales potencias europeas, Rusia ¡también libraría una guerra imperialista
inclusive con una forma republicana de gobierno!
8
Diciendo que la lucha de
clases es el mejor medio de defensa contra una invasión, Junius aplica la
dialéctica marxista sólo a medias, dando un paso por el camino justo y
desviándose en seguida de él. La dialéctica marxista exige un análisis concreto
de cada situación histórica particular. Es verdad que la lucha de clases es el
mejor medio contra una invasión, tanto
cuando la burguesía derroca al feudalismo, como cuando el proletariado derroca a la burguesía. Precisamente porque es verdad con respecto a cualquier forma de opresión de clase, es
demasiado general, y por eso insuficiente en el presente caso particular. La guerra civil contra la
burguesía es también una de las
formas de la lucha de clases, y sólo esta forma de la lucha de clases salvaría
a Europa (a toda Europa, no sólo a un país) del peligro de invasión. La “Gran
Alemania republicana” si hubiera existido en 1914-1916, también hubiese librado una guerra imperialista.
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13 Grupo Priziv: creado por los mencheviques y eseristas en septiembre de
1915, sostenía posiciones en extremo socialchovinistas. Editó el periódico
Priziv ("Llamamiento"), que apareció en París desde octubre de 1915
hasta marzo de 1917.
Junius estuvo muy cerca de
la correcta solución del problema y de la consigna correcta: guerra civil
contra la burguesía por el socialismo; pero, como si hubiera tenido miedo de
decir toda la verdad, volvió atrás, hacia la fantasía de una “guerra nacional”
en los años 1914, 1915 y 1916. Si examinamos el problema, no desde el ángulo
teórico, sino puramente práctico, el error de Junius aparece no menos claro.
Toda la sociedad burguesa, todas las clases de Alemania, incluyendo el
campesinado, estaban a favor de la
guerra (con toda probabilidad en Rusia también;
por lo menos una mayoría del campesinado rico y mediano, y una parte muy
considerable de campesinos pobres, se encontraban evidentemente bajo el hechizo
del imperialismo burgués). La burguesía estaba armada hasta los dientes. En
tales circunstancias, “proclamar” el programa de una república, de un
parlamento en sesión permanente, de elección de los oficiales por el pueblo
(“armamento del pueblo”), etc., significaría en la práctica “proclamar” una revolución (¡con el programa
revolucionario erróneo!).
Al mismo tiempo, Junius
dice, con todo acierto, que no se puede “fabricar” una revolución. Oculta en
las entrañas de la guerra, emergiendo
de ella, la revolución estaba a la orden del día en 1914-1916. Había que “proclamarlo” así en nombre de la clase
revolucionaria enunciando completamente y sin temor su programa: el socialismo, en tiempos de guerra, es imposible sin
una guerra civil contra la archirreaccionario y criminal burguesía que condena
al pueblo a indecibles calamidades. Era necesario pensar en acciones
sistemáticas, consecuentes, prácticas, absolutamente
realizables, cualquiera que fuese
el ritmo de desarrollo de la crisis revolucionaria, y que estuviesen de acuerdo
con la revolución que maduraba. Estas acciones se indican en la resolución de
nuestro partido: 1) votación contra los créditos; 2) ruptura de la “paz
social”; 3) creación de una organización ilegal; 4) confraternización entre los
soldados; 5) respaldo a todas las acciones revolucionarias de las masas. El
éxito de todos estos pasos lleva inevitablemente a la guerra civil.
La proclamación de un gran
programa histórico tuvo indudablemente una importancia gigantesca; mas no se
trata del viejo programa nacional germano, anticuado en 1914-1916, sino del
programa proletario internacionalista y socialista. Ustedes, los burgueses,
guerrean para robar; nosotros, los obreros de todos los países beligerantes, les declaramos la guerra, la guerra
por el socialismo: éste es el tipo de discurso que deberían haber pronunciado
en los parlamentos el 4 de agosto de 1914 los socialistas que no habían
traicionado al proletariado como lo habían hecho los Legien, David, Kautsky,
Plejánov, Guesde, Sembat, etc.
Evidentemente, el error de
Junius se debe a dos clases de equivocaciones. Es indudable que Junius está
decididamente contra la guerra imperialista y decididamente por la táctica revolucionaria: es un hecho, y no lo podrá eliminar la malsana
alegría de los señores Plejánov con respecto al “defensismo” de Junius. Es
necesario responder inmediata y claramente a las posibles y probables calumnias
de este tipo.
Pero Junius, en primer
lugar, no se liberó totalmente del “medio” de los socialdemócratas alemanes,
incluso de los de izquierda, que temen la escisión y temen enunciar
completamente las consignas revolucionarias*. Es un falso temor, y los
socialdemócratas alemanes de izquierda tendrán que librarse y se librarán de él. La marcha de su lucha
contra los socialchovinistas conducirá
a ello. Y ellos combaten a sus
socialchovinistas con decisión, con firmeza y con sinceridad, y ésa es su enorme y fundamental diferencia de
principio con los Mártov y los Chjeídze, quienes con una mano (a lo Skóbeliev)
despliegan la bandera con el saludo “a los Liebknecht de todos los países” y
con la otra ¡abrazan tiernamente a Chjenkeli y Potrésov!
* Igual error encontramos en los
razonamientos de Junius sobre qué es mejor, ¿la victoria o la derrota? Su
conclusión es que ambas son igualmente malas (ruina, aumento de armamentos,
etc.). Este es el punto de vista no del proletariado revolucionario, sino de la
pequeña burguesía pacifista. Ahora bien, si se habla de la "intervención
revolucionaria" del proletariado —y de eso hablan, aunque, por desgracia,
en términos demasiado generales tanto Junius como las tesis del grupo La
Internacional, entonces es obligatorio
plantear el problema desde otro punto
de vista: 1) ¿Es posible una "intervención revolucionaria" sin el
riesgo de una derrota? 2) ¿Es posible fustigar a la burguesía y al gobierno del
país "propio" sin correr
ese riesgo? 3) ¿No hemos
afirmado siempre, y no
prueba la experiencia histórica de las guerras reaccionarias, que las derrotas
ayudan a la causa de la clase revolucionaria?
9
En segundo lugar, Junius, al
parecer, quiso realizar algo semejante a la tristemente célebre “teoría de las
etapas” menchevique,14 quiso empezar a aplicar un programa revolucionario desde el extremo “más
cómodo”, “popular” y aceptable para la pequeña
burguesía. Algo así como un plan para “ganar en astucia a la historia”,
ganar en astucia a los filisteos. Parece decir si nadie puede oponerse a la mejor manera de defender la verdadera
patria, y la verdadera patria es, por cierto, la Gran Alemania republicana, la
mejor defensa es una milicia, un
parlamento en sesión permanente, etc. Una vez aceptado, este programa —dice—
llevaría automáticamente a la etapa siguiente: la revolución socialista.
Probablemente, semejantes
razonamientos hayan determinado de manera consciente o semiconsciente la
táctica de Junius. Ni que decir tiene que son equivocados. El folleto de Junius
evoca en nuestra mente a un solitario
que no tiene compañeros en una organización ilegal habituada a pensar
totalmente las consignas revolucionarias y a educar sistemáticamente a las
masas en el espíritu de estas consignas. Pero este defecto no es — sería un
grave error olvidarlo— un defecto personal de Junius, sino el resultado de la
debilidad de todos los izquierdistas alemanes, enredados por todos lados en la
vil maraña de la hipocresía kautskiana la pedantería y la “amistad” con los
oportunistas. Los partidarios de Junius supieron, a pesar de su aislamiento, iniciar
la publicación de volantes ilegales y comenzar
la guerra contra el kautskismo. Sabrán seguir adelante por el buen camino.
Escrito en julio de 1915. Publicado en octubre de 1916 en el
núm. 1 de “Sbórnik Sotsial-Demokrata”.
T. 30, págs. 1-16.
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14
Mencheviques: partidarios de la corriente
oportunista de la socialdemocracia rusa. En las elecciones de los organismos
centrales del partido, en el II Congreso del POSDR, celebrado en 1903, los
socialdemócratas revolucionarios, encabezados por Lenin, obtuvieron la mayoría
("bolshinstvó", y de ahí su denominación de
"bolcheviques"), y los oportunistas quedaron en minoría
("menshinstvó", y de ahí su denominación de
"mencheviques").
Durante la revolución de
1905-1907, los mencheviques se pronunciaron contra la hegemonía del
proletariado en la revolución y contra la alianza de la clase obrera y los
campesinos, exigiendo un entendimiento con la burguesía liberal. Durante la
reacción que siguió a la derrota de la revolución de 1905-1907, la mayoría de
los mencheviques reclamó la liquidación del partido revolucionario ilegal de la
clase obrera, por lo que les llamaron liquidadores. En los años de la primera
guerra mundial de 1914-1918, los mencheviques mantuvieron una posición
socialchovinista. Después del triunfo de la Revolución democrática burguesa de
febrero de 1917, los mencheviques entraron junto con los eseristas en el
Gobierno Provisional burgués, apoyaron su política imperialista e impugnaron la
revolución socialista que se avecinaba.
Al triunfar la Revolución
Socialista de Octubre, los mencheviques se convirtieron en un partido
abiertamente contrarrevolucionario, organizador y participante de complots y
levantamientos encaminados a derrocar el Poder soviético.
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
10
BALANCE DE LA DISCUSIÓN SOBRE LA AUTODETERMINACIÓN
En el número 2 de la revista
marxista El Precursor (Vorbote, abril de 1916), que edita la
izquierda de Zimmerwald,15 se han publicado las tesis en pro y en
contra de la autodeterminación de las naciones, firmadas por la redacción de
nuestro órgano central, Sotsial-Demokrat,16 y por la redacción del órgano de la oposición socialdemócrata
polaca, Gazeta Robotnicza.17 El lector encontrará más arriba el texto de las primeras y la
traducción de las segundas. Es quizá
la primera vez que se plantea el problema con tanta amplitud en la palestra
internacional: en la discusión que sostuvieron en la revista marxista alemana Die Neue Zeit18 hace veinte años (en 1895- 1896), antes
del Congreso Socialista Internacional de Londres
de 1896, Rosa Luxemburgo, C. Kautsky y los “independistas” polacos (los
partidarios de la independencia de Polonia, el PSP),19 que representaban tres puntos de vista distintos, el problema
se planteaba únicamente con relación a Polonia.20 Hasta ahora, a juzgar por las
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15 El
grupo de izquierda de Zimmerwald se organizó por iniciativa de Lenin en la Conferencia
Socialista Internacional, celebrada en septiembre de 1915 en Zimmerwald. Unía a
8 delegados representantes del CC del POSDR y de los socialdemócratas de
izquierda de Suecia, Noruega, Suiza, Alemania, de la oposición socialdemócrata
polaca y de los socialdemócratas de Letonia. El grupo de izquierda de
Zimmerwald, encabezado por Lenin, luchó contra la mayoría centrista de la
conferencia. La izquierda de Zimmerwald editaba en alemán su órgano de prensa,
la revista Vorbote ("El
Precursor"), en el que se publicaron varios artículos de Lenin.
En el grupo de
izquierda de Zimmerwald la fuerza rectora eran los bolcheviques, que ocupaban
la única posición consecuente e internacionalista hasta el fin. En torno a la
izquierda de Zimmerwald empezaron a unirse los elementos internacionalistas de
la socialdemocracia internacional.
16 "Sotsial-Demokrat"
("El Socialdemócrata"): periódico ilegal, órgano central del POSDR;
se
publicó desde febrero de 1908 hasta enero de 1917, primero en
París y luego en Ginebra. Aparecieron 58 números.
Lenin redactó Sotsial-Demokrat
desde diciembre de 1911.
17
Lenin
se refiere al periódico Gazeta
Robotnicza, editado de julio de 1911 a febrero de 1916 en Cracovia por el
comité opositor de Varsovia. Gazeta
Robotnicza estaba adherida a la izquierda de Zimmerwald. En el problema de
la guerra ocupaba una posición internacionalista, pero en varias cuestiones
importantes (ruptura orgánica con los centristas, actitud ante las exigencias
del programa mínimo durante la guerra) vacilaba hacia el centrismo. En el
problema nacional, la redacción de Gazeta
Robotnicza impugnaba el derecho de las naciones a la autodeterminación.
Aquí se trata de las tesis escritas por Lenin La revolución socialista y el derecho de las naciones a la
autodeterminación y de las tesis Sobre
elimperialismo y la opresión nacional de la redacción de Gazeta Robotnicza
18 "Die Neue Zeit"
("Tiempos Nuevos"): revista teórica del Partido Socialdemócrata
Alemán; apareció en Stuttgart desde 1883 hasta 1923
19 PSP: Partido Socialista Polaco (Polska Partia Socjalistyczna):
partido reformista y nacionalista fundado en 1892. El PSP hacía propaganda
nacionalista y separatista entre los obreros polacos y pretendía apartarlos de
la lucha al lado de los obreros rusos contra la autocracia y el capitalismo.
A lo largo de toda la historia del PSP y bajo la presión de los
obreros de base, en el seno del partido surgieron grupos izquierdistas. Algunos
se adhirieron posteriormente al ala revolucionaria del movimiento obrero
polaco.
En 1906, el PSP se escindió en PSP izquierdista y PSP derechista
("fracción revolucionaria" o "fraquistas"), que continuó la
política nacionalista del PSP. Durante la guerra imperialista mundial de
1914-1918 y posteriormente los "fraquistas" siguieron una política
nacionalchovinista
20 La polémica en torno al problema
nacional, desplegada en el Die Neue Zeit
en vísperas del Congreso de Londres de la II Internacional, se inició con un
artículo de R. Luxemburgo. El artículo iba dirigido contra la política
nacionalista de los líderes del Partido Socialista Polaco (PSP), que, al
socaire de la lucha por la independencia de Polonia, hacían propaganda
nacionalista y separatista entre los obreros polacos y pretendían apartarlos de
la lucha conjunta con el proletariado ruso contra el zarismo y el capitalismo.
R. Luxemburgo consideraba que los socialistas polacos no debían exigir la
independencia de Polonia. Por ello rechazaba la reivindicación del derecho de
las naciones a la autodeterminación.
Contra el punto de vista de R. Luxemburgo intervino en la
polémica S. Hecker, en nombre de los "Independistas"
—el ala derecha del PSP—, defendiendo la posición nacionalista
de los líderes del PSP e insistiendo en que la Internacional reconociera en su
programa la reivindicación de la independencia de Polonia.
El tercer punto de vista lo
formuló C. Kautsky quien aceptaba la tesis de R. Luxemburgo de que únicamente
el triunfo de la democracia en Rusia llevaría a la liberación nacional de
Polonia, pero al mismo tiempo se oponía
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
noticias de que disponemos,
el problema de la autodeterminación ha sido discutido de modo más o menos
sistemático únicamente por los holandeses y los polacos. Tenemos la esperanza
de que El Precursor conseguirá
impulsar la discusión de este problema, tan esencial en nuestros días, entre
los ingleses, norteamericanos, franceses, alemanes e italianos. El socialismo
oficial, representado tanto por los partidarios declarados de “su” gobierno,
los Plejánov, los David y Cía., como por los defensores encubiertos del
oportunismo, los kautskianos (incluidos Axelrod, M Chjeídze y otros), ha
mentido tanto en esta cuestión que durante mucho tiempo serán inevitables, de
una parte, los esfuerzos por guardar silencio y eludir la respuesta y, de otra
parte, las exigencias de los obreros de que se les den “respuestas concretas” a
las “preguntas malditas”. Procuraremos informar oportunamente a nuestros
lectores del desarrollo de la lucha de opiniones entre los socialistas del
extranjero.
Para nosotros, los
socialdemócratas rusos, el problema tiene, además, una importancia particular;
esta discusión es continuación de la sostenida en 1903 y 1913;21 el problema suscitó durante la guerra ciertas vacilaciones
ideológicas entre los miembros de nuestro partido, y se exacerbó a consecuencia
de los subterfugios a que recurrieron jefes tan destacados del partido obrero
de Gvózdiev o chovinista como Mártov y Chjeídze para soslayar la esencia de la
cuestión. Por ello es preciso hacer un balance, aunque sea previo, de la
discusión iniciada en el ágora internacional.
Como se ve por las tesis,
nuestros camaradas polacos replican directamente a algunos de nuestros
argumentos, por ejemplo, acerca del marxismo y el proudhonismo.22 Pero en la mayoría de los casos no nos responden de modo
directo, sino indirecto, contraponiendo sus afirmaciones. Examinemos sus
respuestas directas e indirectas.
![]()
terminantemente a su tesis
de que los socialdemócratas polacos no debían plantear la reivindicación de la
independencia de Polonia.
El Congreso Socialista Internacional de 1896 en Londres aprobó
la resolución Acciones políticas de la
clase obrera en la que se reconocía francamente el pleno derecho a la
autodeterminación de todas las naciones y se exhortaba a los obreros a la
unidad internacional de su lucha de clase
21 En 1903, durante la preparación del II
Congreso del POSD R y en el mismo congreso, se desplegó una polémica acerca de
la reivindicación del derecho de las naciones a la autodeterminación con motivo
de la discusión del proyecto de programa del POSDR. Los socialdemócratas
polacos, considerando que esta reivindicación hacía el juego a los
nacionalistas polacos, propusieron sustituirla por la de autonomía nacional
cultural. Esta era también la posición de los bundistas. El congreso rechazó el
punto de vista de los socialdemócratas polacos y los bundistas, aprobó un punto
sobre la autodeterminación de las naciones y el principio internacionalista en
la estructuración del partido.
En los años 1913-1914, debido al auge del movimiento de
liberación nacional, por un lado, y al reforzamiento del chovinismo de gran
potencia y del nacionalismo localista, por otro, brotó de nuevo la polémica
sobre el problema nacional. Los mencheviques liquidadores, los bundistas y los
oportunistas ucranios impugnaron el programa marxista en el problema nacional y
la reivindicación del derecho de las naciones a la autodeterminación e incluso
a la separación, oponiéndole la demanda nacionalista de una autonomía nacional
cultural. R. Luxemburgo también tuvo una posición errónea en este problema
22 Proudhonismo, corriente del socialismo pequeñoburgués hostil al marxismo, a
la que se dio el nombre de su ideólogo, el anarquista francés Pedro José
Proudhon. Proudhon criticaba duramente el capitalismo, pero no veía la salida
en la destrucción del modo capitalista de producción que engendra
ineluctablemente la miseria, la desigualdad y la explotación de los
trabajadores, sino en "perfeccionar" el capitalismo y eliminar sus
defectos y abusos mediante una serie de reformas. Proudhon soñaba con eternizar
la pequeña propiedad privada, proponía organizar un "Banco del
Pueblo" y un "Banco de Cambio", con ayuda de los cuales podrían
los obreros, según él, adquirir medios de producción propios, hacerse artesanos
y asegurar la venta "equitativa" de sus productos. No comprendía la
misión histórica del proletariado, adoptaba una actitud negativa ante la lucha
de clases, la revolución proletaria y la dictadura del proletariado y negaba
con criterio anarquista la necesidad del Estado. Marx y Engels sostuvieron una
lucha consecuente contra las tentativas de Proudhon de imponer sus concepciones
a la I Internacional. La enérgica lucha de Marx, Engels y sus partidarios
contra el proudhonismo en la I Internacional acabó con una victoria completa
del marxismo
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
1. El socialismo y la
autodeterminación de las naciones.
Hemos afirmado que
constituiría una traición al socialismo renunciar a llevar a la práctica la
autodeterminación de las naciones en el socialismo. Se nos contesta: “El
derecho de autodeterminación no es aplicable a la sociedad socialista”. La
discrepancia es cardinal. ¿Cuál es su origen?
“Sabemos —objetan nuestros
contradictores— que el socialismo acabará por completo con toda opresión
nacional, ya que acaba con los intereses de clase que conducen a ella...” ¿A
cuento de qué esa consideración acerca de las premisas económicas de la abolición de la opresión nacional, conocidas e
indiscutibles desde hace mucho, cuando la discusión gira en torno a una de las formas de opresión política, a saber, de la retención
violenta de una nación dentro de las fronteras del Estado de otra nación? ¡Es
simplemente un intento de esquivar las cuestiones políticas! Y las
consideraciones posteriores nos reafirman más aún en esta apreciación:
“No poseemos ningún
fundamento para suponer que la nación tendrá en la sociedad socialista el
carácter de una unidad político— económica. Lo más probable es que tenga
únicamente el carácter de una unidad cultural y lingüística, ya que la división
territorial de la esfera cultural socialista, siempre que exista, sólo podrá
efectuarse de acuerdo con las necesidades de la producción. Con una
particularidad: esa división no deberán decidirla, como es natural, las
distintas naciones, cada una por su cuenta, con toda la plenitud de su propio
poder (como exige el “derecho de autodeterminación”), sino que la decidirán conjuntamente todos los
ciudadanos interesados...”
11
A los camaradas polacos les
gusta tanto este último argumento de la determinación conjunta en vez de la autodeterminación
que lo repiten tres veces en sus
tesis. Pero la frecuencia de la repetición no transforma este argumento
octubrista 23 y reaccionario en socialdemócrata.
Porque todos los reaccionarios y burgueses conceden a las naciones retenidas
por la violencia en las fronteras del Estado correspondiente el derecho de
“determinar conjuntamente” su destino en el Parlamento general. También
Guillermo II concede a los belgas el derecho de “determinar conjuntamente” el
destino del Imperio alemán en el Parlamento general alemán.
Nuestros contradictores se
esfuerzan por dar de lado precisamente lo que es controvertible, lo único
sometido a discusión: el derecho de separación. ¡Sería ridículo si no fuera tan
triste!
En nuestra primera tesis
decimos ya que la liberación de las naciones oprimidas presupone, en el terreno
político, una transformación doble: 1) plena igualdad de derechos de las
naciones. Esto no suscita discusión y se refiere exclusivamente a lo que ocurre
dentro del Estado; 2) libertad de separación política. Esto se refiere a la
determinación de las fronteras del Estado. Sólo
eso es discutible. Y nuestros contradictores guardan silencio precisamente
sobre eso. No desean pensar ni en las fronteras del Estado ni incluso en el
Estado en general. Es una especie de “economismo imperialista’’ semejante al
viejo “economismo”24 de los años
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23 Octubristas: miembros del partido del mismo nombre
(o Unión del 17 de Octubre), formado en Rusia después de publicarse el
manifiesto del zar del 17 de octubre de 1905 que prometía implantar las
libertades constitucionales en Rusia. Era un partido contrarrevolucionario;
representaba y defendía los intereses de la gran burguesía y de los
terratenientes que explotaban su hacienda al estilo capitalista. Los
octubristas apoyaban totalmente la política interior y exterior del gobierno
zarista.
24
"Economismo": tendencia oportunista
de la socialdemocracia rusa de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Los
"economistas" limitaban las tareas de la clase obrera a la lucha
económica por el aumento de los salarios, por la mejora de las condiciones de
trabajo, etc., afirmando que la lucha política era cosa de la burguesía
liberal. Negaban el papel dirigente del partido de la clase obrera y estimaban
que el partido debe limitarse a contemplar el proceso espontáneo del movimiento
y registrar los acontecimientos. Se prosternaban ante el movimiento obrero
espontáneo, restaban importancia a la teoría revolucionaria y a la conciencia y
afirmaban que la ideología socialista
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
1894-1902, que razonaba así:
el capitalismo ha triunfado, por eso
no vienen al caso las cuestiones políticas. ¡El imperialismo ha triunfado, por eso no vienen al caso las cuestiones
políticas! Semejante teoría apolítica es profundamente hostil al marxismo.
Marx decía en la Crítica del Programa de Gotha: “Entre la
sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de transformación
revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también
un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la
dictadura revolucionaria del proletariado”25.
Hasta ahora ha sido indiscutible para los socialistas esta verdad, que encierra
el reconocimiento del Estado hasta
que el socialismo triunfante se transforme en comunismo completo. Es conocida
la expresión de Engels acerca de la extinción
del Estado. Hemos subrayado adrede, ya en nuestra primera tesis, que la
democracia es una forma del Estado, que deberá desaparecer junto con él. Y
mientras nuestros contradictores no sustituyan el marxismo por cualquier nuevo
punto de vista “a— estadista”, sus consideraciones serán un error desde el
comienzo hasta el fin.
El lugar de hablar del
Estado (¡y por tanto, de la
determinación de sus fronteras!),
hablan de la “esfera cultural socialista”, es decir, ¡eligen intencionadamente
una expresión vaga en el sentido de que se borran todas las cuestiones
relacionadas con el Estado! Resulta una tautología ridícula: si el Estado no
existe, tampoco existe, naturalmente, el problema de sus fronteras. Y entonces
está de más todo el programa
político-democrático. La república tampoco existirá cuando “se extinga” el
Estado.
En los artículos del
chovinista alemán Lensch a que nos hemos referido en la tesis 5 (nota) se cita
un interesante pasaje de la obra de Engels El
Po y el Rin. Engels dice allí, entre otras cosas, que en el curso del
desarrollo histórico, que se engulló una serie de naciones pequeñas y carentes
de vitalidad, las fronteras de las “naciones europeas grandes y viables” fueron
determinándose cada vez más por “la lengua y las simpatías” de la población.
Engels califica esas fronteras de “naturales”. Así ocurrió en la época del
capitalismo progresivo, en Europa, alrededor de 1845-1871. Ahora, el
capitalismo reaccionario, imperialista demuele
con frecuencia creciente esas fronteras, determinadas democráticamente. Todos
los síntomas predicen que el imperialismo dejará en herencia al socialismo, que
viene a remplazarlo, fronteras menos democráticas, una serie de anexiones en
Europa y en otras partes del mundo. Y bien, ¿es que el socialismo triunfante,
al restaurar y llevar a su término la democracia completa en todos los
terrenos, renunciará a la determinación democrática
de las fronteras del Estado?, ¿no deseará tener en cuenta las “simpatías” de la
población? Basta hacer esas preguntas para ver con la mayor claridad que
nuestros colegas polacos ruedan del marxismo al “economismo imperialista”.
Los viejos “economistas”,
que convertían el marxismo en una caricatura, enseñaban a los obreros que para
los marxistas “sólo” tiene importancia lo “económico”. Los nuevos “economistas”
piensan o bien que el Estado democrático del socialismo triunfante existirá sin
fronteras (como un “complejo de sensaciones” sin la materia), o bien que las
fronteras serán determinadas “sólo” de acuerdo con las necesidades de la
producción. En realidad, esas fronteras serán determinadas democráticamente, es
decir, de acuerdo con la voluntad y las “simpatías” de la población. El
capitalismo violenta estas simpatías, agregando con ello nuevas dificultades al
acercamiento de las naciones. El socialismo, al organizar la producción sin la opresión clasista y asegurar el
bienestar de todos los miembros del
Estado, brinda plena posibilidad de
manifestarse a las “simpatías” de la población y, precisamente como
consecuencia de ello, alivia y acelera de modo gigantesco el acercamiento y la
fusión de las naciones.
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puede surgir del movimiento
obrero espontáneo. Los "economistas" defendían la dispersión y el
primitivismo del movimiento socialdemócrata, proclamándose contra la necesidad
de crear un partido centralizado de la clase obrera 25 Véase C. Marx y F. Engels. Obras
Escogidas en tres tomos, ed. en español, t. III, pág. 23.
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
Para que el lector descanse
un poco del “economismo” pesado y torpón, citaremos el criterio de un escritor
socialista ajeno a nuestra disputa. Ese escritor es Otto Bauer, que tiene
también su “punto flaco”, la “autonomía nacional cultural”26, pero que razona muy acertadamente en una serie de cuestiones
importantísimas. Por ejemplo, en la pág. 29 de su libro La cuestión nacional y la socialdemocracia ha destacado con
extraordinaria exactitud el encubrimiento de la política imperialista con la ideología nacional. En la pág. 30, El socialismo y el principio de la
nacionalidad, dice:
12
“La comunidad socialista jamás estará en condiciones de incluir
por la violencia en su composición a naciones enteras. Imaginaros unas masas
populares dueñas de todos los bienes de la cultura nacional, y que toman parte
activa e íntegra en la labor legislativa y en la administración y, por último,
que están provistas de armas. ¿Es que sería posible someter por la violencia
esas naciones a la dominación de un organismo social extraño? Todo poder
estatal se asienta en la fuerza de las armas. El actual ejército popular,
gracias a un hábil mecanismo, sigue siendo un arma en manos de determinada
persona, familia o clase, exactamente igual que las huestes mercenarias y las
mesnadas de los caballeros en la antigüedad. En cambio, el ejército de la
comunidad democrática de la sociedad socialista no será otra cosa que el pueblo
armado, pues estará compuesto por personas de elevada cultura que trabajarán de
modo voluntario en los talleres sociales y participarán plenamente en todos los
dominios de la vida del Estado. En tales condiciones desaparecerá toda
posibilidad de dominación por parte de otra nación”.
Eso sí es exacto. En el
capitalismo no es posible suprimir la
opresión nacional (y política, en general). Para conseguirlo es imprescindible abolir las clases, es
decir, implantar el socialismo. Pero, basándose en la economía, el socialismo
no se reduce íntegramente a ella, ni mucho menos. Para eliminar la opresión
nacional hace falta una base: la producción socialista; mas sobre esa base son
precisos, además, la organización
democrática del Estado, el ejército democrático, etc. Transformando el
capitalismo en socialismo, el proletariado abre la posibilidad de suprimir por completo la opresión nacional; esta
posibilidad se convierte en realidad
“sólo” —“¡sólo!”— con la aplicación completa de la democracia en todos los terrenos, comprendida la determinación
de las fronteras del Estado en consonancia con las “simpatías” de la población,
comprendida la plena libertad de separación. Sobre esta base se desarrollará a
su vez, prácticamente, la eliminación
absoluta de los más mínimos roces nacionales, de la más mínima desconfianza
nacional; se producirán el acercamiento acelerado y la fusión de las naciones,
que culminaran en la extinción del
Estado. Tal es la teoría del marxismo, de la que se han apartado erróneamente
nuestros colegas polacos.
2. ¿Es “realizable”
la democracia en el imperialismo?
Toda la vieja polémica de
los socialdemócratas polacos contra la autodeterminación de las naciones se
apoya en el argumento de que ésta es “irrealizable” en el capitalismo. Ya en
1903, en la comisión del II Congreso del POSDR encargada de elaborar el programa
del partido, los
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26 Autonomía
nacional cultural:
programa oportunista en el problema nacional formulado en los años 90 del siglo
pasado por los socialdemócratas austriacos O. Bauer y C. Renner. Este programa
rechazaba el derecho de las naciones a la autodeterminación e incluso a la
separación; su esencia consistía en que en un país las personas de
igual nacionalidad,
independientemente de la parte del país donde vivan, forman una unión nacional
autónoma
a
la
que el Estado entrega por entero la administración de las escuelas (escuelas
aparte para los niños de distintas nacionalidades) y otras ramas de la
instrucción y la cultura. De haberse realizado este programa habría conducido a
un reforzamiento de la influencia del clero y de la ideología nacionalista
reaccionaria en el seno de cada grupo nacional y habría dificultado la
organización de la clase obrera profundizando la división de los obreros según
el rasgo nacional.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
iskristas27 nos reímos de este argumento y dijimos que repetía la
caricatura del marxismo hecha por los “economistas” (de triste memoria). En
nuestras tesis nos hemos ocupado con especial detalle de este error, y
precisamente en esta cuestión, que representa la base teórica de toda la
discusión, los camaradas polacos no han querido (¿no han podido?) replicar a ninguno de nuestros argumentos.
La imposibilidad económica
de la autodeterminación debería ser demostrada por medio de un análisis
económico, igual que nosotros demostramos que es irrealizable la prohibición de
las máquinas o la implantación de los bonos de trabajo28, etc. Nadie intenta siquiera hacer ese análisis. Nadie afirmar
que se ha logrado implantar en el capitalismo los “bonos de trabajo”, aunque
sea en un país, “a título de excepción”; en cambio, un pequeño país, a título
de excepción, ha logrado en la era del más desenfrenado imperialismo realizar
la irrealizable autodeterminación e incluso sin guerra y sin revolución
(Noruega en 1905).
En general, la democracia
política no es más que una de las formas
posibles (aunque sea normal teóricamente para el capitalismo “puro”) de
superestructura sobre el capitalismo.
Los hechos demuestran que tanto el capitalismo como el imperialismo se
desarrollan con cualesquiera formas
políticas, supeditando todas ellas a
sus intereses. Por ello es profundamente
erróneo desde el punto de vista teórico decir que son “irrealizables” una forma
y una reivindicación de la democracia.
La falta de respuesta de los
colegas polacos a estos argumentos obliga a considerar terminada la discusión
sobre este punto. Para mayor evidencia, por así decirlo, hemos hecho la
afirmación más concreta de que sería “ridículo” negar que la restauración de
Polonia es “realizable” ahora en dependencia de los factores estratégicos,
etc., de la guerra actual. ¡Pero no se nos ha contestado!
Los camaradas polacos se han
limitado a repetir una afirmación
evidentemente equivocada (§ II, 1), diciendo: “en los problemas de la anexión
de regiones ajenas han sido eliminadas las formas de la democracia política; lo
que decide es la violencia manifiesta... El capital no permitirá nunca al
pueblo que resuelva el problema de sus fronteras estatales...” ¡Como si e!
“capital” pudiera “permitir al pueblo” que elija a sus funcionarios (del capital), que sirven al imperialismo! ¡O como
si fueran concebibles en general sin
la “violencia manifiesta” cualesquiera soluciones a fondo de importantes
problemas democráticos, por ejemplo, la república en vez de la monarquía o la
milicia popular en vez del ejército permanente! Subjetivamente, los camaradas
polacos desean “profundizar” el marxismo, pero lo hacen sin ninguna fortuna. Objetivamente, sus frases acerca de que
la autodeterminación es “irrealizable” son oportunismo, pues lo llevan
implícito tácitamente: es “irrealizable” sin una serie de revoluciones, como es
irrealizable también en el imperialismo toda
la democracia, todas sus
reivindicaciones en general.
13
Una sola vez, al final mismo
del § II, 1, al hablar de Alsacia, los colegas polacos han abandonado la
posición del “economismo imperialista”, abordando las cuestiones de una de las
formas de la democracia con una respuesta concreta y no con una alusión general
al factor
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27 "Iskra" ("La Chispa"): primer periódico marxista
clandestino de toda Rusia. Lo fundó Lenin en diciembre de 1900 en el
extranjero, de donde era enviado ilegalmente a Rusia. Iskra desempeñó un papel
inmenso en la cohesión ideológica de los socialdemócratas rusos y en los
preparativos para unificar en un partido marxista revolucionario las
organizaciones socialdemócratas locales, que estaban dispersas. Después de la
escisión del partido durante el II Congreso del POSDR (1903) en bolcheviques
(revolucionarios consecuentes) y mencheviques (corriente oportunista), Iskra pasó a manos de los mencheviques
(a partir del núm. 52, noviembre de 1903) y empezó a denominarse nueva Iskra, a diferencia de la vieja Iskra leninista. Los mencheviques
convirtieron Iskra en un órgano de
lucha contra el marxismo, contra el
partido, en una tribuna del oportunismo.
28 Los utopistas Owen, Gray y Bray
consideraban que se puede poner fin a las calamidades sociales del capitalismo
conservando el modo capitalista de producción, modificando únicamente el
sistema de cambio y aboliendo el dinero. Proponían crear mercados obreros en
los que los productores canjeasen las mercancías mediante "bonos de
trabajo". Los bonos deberían corresponder a la cantidad de tiempo de
trabajo invertido en la producción de la mercancía.
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
“económico”. ¡Y precisamente
ese enfoque ha resultado equivocado! Sería “particularista, antidemocrático”
–escriben— que solamente los
alsacianos, sin preguntar a los franceses, “impusieran” a éstos la
incorporación de Alsacia a Francia, ¡¡¡aunque una parte de Alsacia se inclinara
hacia los alemanes y esto amenazara con una guerra!!! El embrollo es
divertidísimo: la autodeterminación presupone (esto está claro de por sí y lo
hemos subrayado de modo especial en nuestras tesis) la libertad de separarse del Estado opresor. En
política “no es usual” hablar de que la incorporación
a un Estado determinado presupone su
conformidad de la misma manera que en economía no se habla de “conformidad” del
capitalista para obtener ganancias o del obrero para percibir su salario!
Hablar de eso es ridículo.
Si se quiere ser un político
marxista, al hablar de Alsacia habrá que atacar a los canallas del socialismo
alemán porque no luchan en pro de la libertad de separación de Alsacia; habrá
que atacar a los canallas del socialismo francés porque se reconcilian con la
burguesía francesa, la cual desea la incorporación violenta de toda Alsacia;
habrá que atacar a unos y otros porque sirven al imperialismo de “su” país,
temiendo la existencia de un Estado separado, aunque sea pequeño; habrá que
mostrar de qué modo resolverían los
socialistas el problema en unas cuantas semanas, reconociendo la
autodeterminación, sin violar la voluntad de los alsacianos. Hablar, en lugar
de eso, del terrible peligro de que los alsacianos franceses se “impongan” a
Francia es sencillamente el acabóse.
3. ¿Qué es la
anexión?
Esta pregunta fue formulada
con toda precisión en nuestras tesis (§ 7). Los camaradas polacos no han contestado a ella, la han dado de lado, 1) declarando
insistentemente que son enemigos de las anexiones y 2) explicando por qué se
oponen a ellas. Son cuestiones muy importantes, desde luego. Pero son otras cuestiones. Si nos preocupamos,
por poco que sea, de la seria fundamentación teórica de nuestros principios, de
formularlos con claridad y precisión, no podemos dar de lado al interrogante de que es la anexión, toda vez que este
concepto figure en nuestra propaganda y agitación políticas. Rehuir este asunto
en una discusión colectiva sólo puede ser interpretado como abjuración de las
posiciones mantenidas.
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¿Por qué planteamos esta
cuestión? Lo hemos explicado al hacerlo. Porque la “protesta contra las
anexiones no es otra cosa que el reconocimiento del derecho de
autodeterminación”. El concepto de anexión comprende habitualmente: 1) la idea
de violencia (incorporación forzosa); 2) la idea de opresión nacional
extranjera (incorporación de una región “ajena”,
etc.), y, a veces, 3) la idea de alteración del statu quo. También esto lo
hemos señalado en las tesis, sin que nuestras indicaciones hayan sido objeto de
crítica.
Surge una pregunta: ¿pueden
los socialdemócratas ser enemigos de la violencia en general? Está claro que
no. Entonces, no estamos contra las anexiones porque representen una violencia,
sino por alguna otra cosa. De la misma manera los socialdemócratas no pueden
ser partidarios del statu quo. Por muchas vueltas que se le dé, no podréis
rehuir la conclusión: la anexión es una violación
de la autodeterminación de las naciones, es la delimitación de las fronteras de un Estado en contra de la voluntad de la población.
Ser enemigo de las anexiones
significa estar a favor del derecho
de autodeterminación. Estar “contra la retención violenta de cualquier nación
dentro de las fronteras de un Estado dado” (hemos utilizado adrede también esta fórmula, apenas modificada,
de la misma idea en el apartado 4 de nuestras tesis, y los camaradas polacos
nos han contestado con claridad plena, declarando en su § I, 4, al
comienzo, que están “contra la retención violenta de las naciones
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
oprimidas dentro de las
fronteras de un Estado anexionador”) es
lo mismo que estar a favor de la autodeterminación de las naciones.
No queremos discutir sobre
las palabras. Si hay un partido que diga en su programa (o e una resolución
obligatoria para todos, no se trata de la forma) que está contra las
anexiones*, contra la retención violenta de las naciones oprimidas dentro de
las fronteras de su Estado, declararemos que, por principio, estamos
completamente de acuerdo con ese partido. Sería absurdo aferrarse a la palabra “autodeterminación”. Y si hay en
nuestro partido quienes deseen modificar en este espíritu las palabras, la fórmula del apartado 9 de
nuestro programa, consideraremos que las discrepancias con esos camaradas no tienen en modo alguno carácter de principio
* “Contra las anexiones viejas y nuevas”,
dice la fórmula de K. Radek en uno de los artículos publicados por el en Berner Tagwacht.29
14
El quid de la cuestión está
únicamente en la claridad política y en la fundamentación teórica de nuestras
consignas.
En las discusiones verbales
sobre este problema — cuya importancia nadie niega, sobre todo ahora, con
motivo de la guerra— se ha expuesto el siguiente argumento (no lo hemos
encontrado en la prensa): la protesta
contra un mal conocido no significa obligatoriamente el reconocimiento de
un concepto positivo que suprime el mal. Es evidente que el argumento carece de
base y quizá por ello no ha sido reproducido en la prensa en parte alguna. Si
un partido socialista declara que está “contra la retención violenta de una
nación oprimida dentro de las fronteras del Estado anexionador”, ese partido se compromete, con ello, a renunciar a
la retención violenta cuando llegue
al poder.
No dudamos ni un instante
que si Hindenburg semivence mañana a Rusia y esa semivictoria se manifiesta
(con motivo del deseo de Inglaterra y de Francia de debilitar un poco el
zarismo) en la creación de un nuevo Estado polaco, plenamente “realizable” desde
el punto de vista de las leyes económicas del capitalismo y del imperialismo, y
si pasado mañana triunfa la revolución socialista en Petrogrado, Berlín y
Varsovia, el Gobierno socialista polaco, a semejanza del ruso y del alemán,
renunciará a la “retención violenta”, por ejemplo, de los ucranios “dentro de
las fronteras del Estado polaco”. Y si en ese gobierno figuran miembros de la
redacción de Gazeta Robotnicza,
sacrificarán, indudablemente, sus “tesis” y refutarán con ello la “teoría” de
que el “derecho de autodeterminación es inaplicable a la sociedad socialista”.
Si pensáramos de otra manera, no plantearíamos a la orden del día la discusión
fraternal con los socialdemócratas de Polonia, sino la lucha implacable contra
ellos como chovinistas.
Admitamos que salgo a la
calle en cualquier ciudad europea y expreso públicamente, repitiéndolo después
en la prensa, mi “protesta” contra el hecho de que no se me permita comprar a
un hombre como esclavo. No cabe la menor duda de que se me considerará, con
razón, un esclavista, un partidario del principio o del sistema, como queráis,
de la esclavitud. No cambia nada el hecho de que mis simpatías por la
esclavitud adopten la forma negativa de la protesta, y no una forma positiva
(“estoy a favor de la esclavitud”). La “protesta” política equivale por completo a un programa político.
Esto es tan evidente, que incluso resulta violento verse obligado a explicarlo.
En todo caso, estamos firmemente seguros de que la izquierda de Zimmerwald, al
menos —no hablamos de todos los zimmerwaldianos porque entre ellos figuran
Mártov y otros kautskianos—, no “protestará” si decimos que en la III
Internacional no habrá lugar para quienes sean capaces de separar la protesta
política del programa político, de oponer la una al otro, etc.
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29 . "Berner Tagwacht" ("El Centinela de Berna"):
periódico, órgano del Partido Socialdemócrata Suizo; se publica desde 1893 en
Berna
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
Como no deseamos discutir
sobre las palabras, nos permitimos expresar la firme esperanza de que los
socialdemócratas polacos procurarán formular oficialmente con la mayor rapidez
su protesta de excluir el apartado 9 de nuestro (y suyo también) programa del
partido, así como del programa de la Internacional (resolución del Congreso de
Londres de 1896), y su definición de las correspondientes ideas políticas
acerca de las “anexiones viejas y nuevas” y de la “retención violenta de una
nación oprimida dentro de las fronteras del Estado anexionador”.
Pasemos a la cuestión siguiente.
4. ¿A favor de las
anexiones o en contra de las anexiones?
En el § 3 de la primera
parte de sus tesis, los camaradas polacos declaran con toda precisión que están
en contra de toda clase de anexiones. Lamentablemente, en el § 4 de esa misma
parte encontramos afirmaciones que no podemos menos de considerar anexionistas.
Ese § comienza con la siguiente... ¿cómo decirlo más suavemente?... frase
extraña:
“La lucha de la
socialdemocracia contra las anexiones, contra la retención violenta de las
naciones oprimidas dentro de las fronteras del Estado anexionador tiene como
punto de partida el rechazamiento de toda
defensa de la patria (la cursiva es de los autores), que en la era del
imperialismo es la defensa de los derechos de la propia burguesía a oprimir y
saquear pueblos ajenos...”
¿Qué es eso? ¿Cómo es eso?
“La lucha contra las
anexiones tiene como punto de partida el rechazamiento de toda defensa de la patria...” ¡Pero si se puede denominar “defensa
de la patria”, y hasta ahora estaba generalmente
admitido dar esa denominación, a toda guerra nacional y a toda insurrección
nacional! Estamos en contra de las anexiones, pero... entendemos esto en el sentido de que estamos en contra de
la guerra de los anexados por
liberarse de los anexionadores, estamos en contra de la insurrección de los
anexados con el fin de liberarse de los anexionadores. ¿No es ésta una
afirmación anexionista?
Los autores de las tesis
argumentan su... extraña afirmación diciendo que, “en la era del imperialismo”,
la defensa de la patria es la defensa de los derechos de su propia burguesía a
oprimir pueblos ajenos. ¡Pero eso es cierto sólo
con relación a la guerra imperialista, es decir, a la guerra entre potencias imperialistas, o entre
grupos de potencias, cuando ambas
partes beligerantes, además de oprimir “pueblos ajenos”, hacen la guerra para decidir quién debe oprimir más pueblos ajenos!
15
Por lo visto, los autores
plantean el problema de la “defensa de la patria” de una manera completamente
distinta a como lo plantea nuestro partido. Nosotros rechazamos la “defensa de
la patria” en la guerra imperialista.
Esto está dicho con claridad meridiana en el manifiesto del Comité Central de
nuestro partido y en las resoluciones de Berna,30 reproducidas en el
![]()
30 Se alude a las resoluciones adoptadas en la Conferencia de
Secciones Extranjeras del POSDR,
que tuvo lugar del 27 de febrero al 4 de marzo de 1915 en Berna.
La conferencia fue convocada por iniciativa de Lenin y tuvo la importancia de
una conferencia nacional del partido ya que no era posible reunir durante la
guerra un congreso o una conferencia nacional del POSDR.
Asistieron a la conferencia
representantes del CC del POSDR, del periódico Sotsial-Demokrat, órgano central del POSDR, de la Organización
Socialdemócrata Femenina y representantes de las secciones extranjeras del
POSDR: de París, Zúrich, Berna, Lausana, Ginebra, Londres y del grupo baugiano
(que debía su nombre al pueblecito de Baugy, Suiza).
Lenin dirigió toda la labor
de la conferencia y presentó el informe sobre el punto principal del orden del
día: la guerra y las tareas del partido. En las resoluciones adoptadas sobre el
informe de Lenin, la Conferencia de Berna fijó las tareas y la táctica del
Partido Bolchevique, en las condiciones de una guerra imperialista.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
folleto El socialismo y la guerra, que ha sido publicado en alemán y en
francés. Hemos subrayado eso dos veces
también en nuestras tesis (notas al apartado 4 y al apartado 6). Al parecer,
los autores de las tesis polacas rechazan la defensa de la patria en general, es decir, también en una guerra nacional,
considerando, quizá, que en la “era del imperialismo” son imposibles las guerras nacionales. Decimos “quizá” porque los
camaradas polacos no han expuesto en sus tesis semejante opinión.
Semejante opinión ha sido
expresada con claridad en las tesis del grupo alemán La Internacional y en el
folleto de Junius, al que dedicamos un artículo especial*. Señalemos, como
adición a lo dicho allí, que la insurrección nacional de una región o país anexados
contra los anexionadores puede ser denominada precisamente insurrección, y no
guerra (hemos oído esa objeción y por eso la citamos, a pesar de considerar que
esta disputa terminológica no es seria). En todo caso, es poco probable que
haya quien se atreva a negar que Bélgica, Serbia, Galitzia y Armenia, anexadas,
denominaran a su “insurrección” contra el anexionador “defensa de la Patria”, y la denominarán justamente. Resulta que
los camaradas polacos están en contra
de semejante insurrección debido a que en esos países anexados hay también
burguesía, que oprime también pueblos
ajenos, o, mejor dicho, que puede oprimirlos, pues se trata únicamente de “su derecho a oprimir”. Por consiguiente,
para apreciar una guerra dada o una insurrección dada no se toma su verdadero contenido social (la lucha de
la nación oprimida contra la opresora por su independencia), sino el eventual
ejercicio por la burguesía hoy oprimida de su “derecho a oprimir”. Si Bélgica, por ejemplo, es anexada por
Alemania en 1917, pero en 1918 se levanta para liberarse, los camaradas polacos
estarán en contra de la insurrección, basándose en que ¡la burguesía belga
tiene “derecho a oprimir pueblos ajenos”!
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
Este razonamiento no tiene
nada de marxismo ni de revolucionario en general. Sin traicionar al socialismo,
debemos apoyar toda insurrección contra nuestro enemigo principal, la burguesía de
los grandes Estados, si no se trata de la insurrección de una clase
reaccionaria. Al negarnos a apoyar la insurrección de las regiones anexadas nos
convertimos – objetivamente— en anexionistas. Precisamente en la “era del
imperialismo”, que es la era de la incipiente revolución social, el
proletariado apoyará hoy con particular energía la insurrección de las regiones
anexadas, a fin de atacar mañana, o al mismo tiempo, a la burguesía de la
“gran” potencia, debilitada por esa insurrección.
Sin embargo, los camaradas
polacos van más lejos aún en su anexionismo. No están en contra únicamente de
la insurrección de las regiones anexadas; ¡están en contra también de todo restablecimiento de su
independencia, aunque sea pacífico! Escuchad:
“La socialdemocracia, al
declinar toda responsabilidad por las consecuencias de la política opresora del
imperialismo, al luchar contra ellas del modo más enérgico, no se pronuncia en modo alguno a favor de la
colocación de nuevos postes fronterizos en Europa, a favor del restablecimiento
de los arrancados por el imperialismo” (la cursiva es de los autores).
En la actualidad “han sido
arrancados por el imperialismo los postes fronterizos” entre Alemania y
Bélgica, entre Rusia y Galitzia. ¡Y resulta que la socialdemocracia
internacional debe estar en contra de su restablecimiento en general,
cualquiera que sea la forma en que se efectúe! En 1905, “en la era del
imperialismo”, cuando la Dieta autónoma de Noruega proclamó la separación de
Suecia, y la guerra de Suecia contra Noruega, preconizada por los reaccionarios
suecos, no llegó a desencadenarse como consecuencia de la resistencia de los
obreros suecos y de la situación imperialista internacional, ¡¡la
socialdemocracia debería haber estado en contra de la separación de Noruega,
pues significaba, indudablemente, la “colocación de nuevos postes fronterizos
en Europa”!!
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
Eso es ya anexionismo franco
y manifiesto. No hace falta refutarlo, porque él mismo se refuta. Ningún
partido socialista se atreverá a adoptar semejante posición: “estamos en contra
de las anexiones en general, pero en lo que se refiere a Europa, sancionamos
las anexiones o nos conformamos con ellas puesto que han sido efectuadas…”
Debemos detenernos
únicamente en los orígenes teóricos del error que ha hecho llegar a nuestros
camaradas polacos a una... “incapacidad” tan manifiesta. Más adelante
hablaremos de cuán infundado es separar a “Europa”. Las dos frases siguientes
de las tesis explican otras fuentes del error:
“…Donde ha
pasado la rueda del imperialismo sobre un Estado capitalista ya formado,
aplastándolo, tiene lugar —bajo la forma salvaje dela opresión imperialista— la
concentración política y económica del mundo capitalista, concentración que
prepara el socialismo...”
Esta justificación de la
anexión es struvismo31, pero no marxismo. Los socialdemócratas
rusos, que recuerdan la década del 90 en Rusia, conocen perfectamente esta
manera de desnaturalizar el marxismo, común a los señores Struve, Cunow, Legien
y Cía. Justamente en otra tesis de los camaradas polacos (II, 3) leemos lo que
sigue acerca de los struvistas alemanes, los llamados “socialimperialistas”.
16
...(La consigna de
autodeterminación) “permite a los socialimperialistas, tratando siempre de
demostrar el carácter ilusorio de esta consigna, presentar nuestra lucha contra
la opresión nacional como un sentimentalismo infundado desde el punto de vista
histórico, minando con ello la confianza del proletariado en los fundamentos
científicos del programa socialdemócrata…”
¡Eso significa que los autores consideran “científica” la
posición de los struvistas alemanes!
¡Les felicitamos!
Pero una “minucia” destruye
este sorprendente argumento, que nos amenaza con que los Lensch, los Cuinow y
los Parvus tengan razón frente a
nosotros: esos Lensch son hombres consecuentes a su manera, y en el número 8-9
de Die Glocke32
chovinista alemán —en nuestras tesis hemos citado adrede precisamente este
número—, Lensch pretende demostrar al
mismo tiempo ¡¡”la falta de base científica” de la consigna de
autodeterminación (los socialdemócratas polacos, lo visto, han considerado
irrefutable esta argumentación de
Lensch, como se desprende de los razonamientos de sus tesis reproducidos por
nosotros...) y la “falta de base
científica” de la consigna contra las anexiones!!
Porque Lensch ha comprendido
magníficamente la sencilla verdad que señalábamos a nuestros colegas polacos,
los cuales no han deseado responder a nuestra indicación: no existe diferencia
“ni económica, ni política”, ni en general lógica, entre el “reconocimiento” de
la autodeterminación y la “protesta” contra las anexiones. Si los camaradas
polacos consideran irrefutables los argumentos de los Lensch contra la
autodeterminación, no se podrá dejar de reconocer un hecho: los Lensch enfilan todos
esos argumentos también contra la lucha con las anexiones.
![]()
31 Struvismo o "marxismo legal":
deformación liberal burguesa del marxismo que recibió su nombre de R. Struve,
principal representante del "marxismo, legal" en Rusia.
El "marxismo
legal" surgió, como corriente política y social entre la intelectualidad
burguesa liberal de Rusia en los años 90 del siglo XIX. Los "marxistas
legales", encabezados por Struve, intentaban utilizar el marxismo en
interés de la burguesía. Lenin señaló que el struvismo toma del marxismo todo
lo aceptable para la burguesía liberal y rechaza el alma viva del marxismo: su
espíritu revolucionario, la doctrina acerca del inevitable hundimiento del
capitalismo, acerca de la revolución proletaria y la dictadura del proletariado
32 "Die Glocke" ("La Campana"): revista quincenal que
editaba en Múnich y luego en Berlín (1915-1925) el socialchovinista alemán
Parvus (Helphand).
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
El error teórico en que se
basan todos los razonamientos de nuestros colegas polacos les ha llevado tan
lejos, que han resultado ser anexionistas
inconsecuentes.
5. ¿Por qué esta la
socialdemocracia en contra de las anexiones?
Desde nuestro punto de
vista, la respuesta es clara: porque la anexión viola la autodeterminación de
las naciones o, dicho de otro modo, es una de las formas de la opresión
nacional.
Desde el punto de vista de
los socialdemócratas polacos, es necesario que se explique de modo especial por qué estamos en contra de las anexiones, y
estas explicaciones (I, 3 en las tesis)
enredan ineludiblemente a los autores en una nueva serie de contradicciones.
Exponen dos razones para
“justificar” por qué (a despecho de los argumentos “fundamentados
científicamente” de los Lensch) estamos en contra de las anexiones. Primera:
“...A la afirmación de que
las anexiones en Europa son imprescindibles para la seguridad militar del
Estado imperialista vencedor, la socialdemocracia opone el hecho de que las
anexiones no hacen más que exacerbar los antagonismos y, con ello, acrecentar
el peligro de guerra…”
Es una respuesta
insuficiente a los Lensch, pues su argumento principal no es la necesidad
militar, sino el carácter económico
progresivo de las anexiones, que significan la concentración bajo el
imperialismo. ¿Dónde está, en este caso, la lógica, si los socialdemócratas
polacos reconocen el carácter progresivo de semejante
concentración, negándose a restablecer en Europa los postes fronterizos
arrancados por el imperialismo y, al mismo tiempo, se oponen a las anexiones?
Prosigamos. ¿Qué clases de
guerras son aquellas cuyo peligro acrecientan las anexiones? No las guerras
imperialistas, pues éstas son engendradas por otras causas; los antagonismos
principales en la actual guerra imperialista son, indiscutiblemente, los antagonismos
entre Inglaterra y Alemania, entre Rusia y Alemania. En este caso no ha habido
ni hay anexiones. Se trata del acrecentamiento del peligro de guerras nacionales y de insurrecciones
nacionales.
Pero ¿cómo es posible, por
una parte, declarar que las guerras nacionales son imposibles “en la era del imperialismo” y, por otra, hablar del
“peligro” de las guerras nacionales? Eso no es lógico.
Segunda razón:
Las anexiones “abren un
abismo entre el proletariado de la nación dominante y el de la nación
oprimida”... “el proletariado de la nación oprimida se uniría a su burguesía y
vería un enemigo en el proletariado de la nación dominante. La lucha de clase
del proletariado internacional contra la burguesía internacional sería
sustituida por la escisión del proletariado, por su corrupción ideológica...”
Compartimos por entero estos
argumentos. Pero ¿es lógico presentar al mismo tiempo y sobre una misma
cuestión argumentos que se excluyen mutuamente? En el § 3 de la parte I de las
tesis leemos los argumentos citados, que ven en las anexiones la escisión del proletariado; pero junto a
él, en el § 4, se nos dice que en Europa es preciso estar en contra de la
abolición de las anexiones ya efectuadas y a favor de la “educación de las
masas obreras de las naciones oprimidas y opresoras para la lucha solidaria”. Si
la abolición de las anexiones es “sentimentalismo” reaccionario, entonces no se puede argumentar que las anexiones
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
abren “un abismo” entre “el
proletariado” y provocan su “escisión”; por el contrario, habrá que ver en las
anexiones una condición del acercamiento del proletariado de las distintas
naciones.
17
Nosotros decimos: para que
podamos hacer la revolución socialista y derrocar a la burguesía, los obreros
deben unirse más estrechamente, y la lucha en pro de la autodeterminación, es
decir, contra las anexiones, contribuye a esa unión estrecha. Seguimos siendo
consecuentes. Los camaradas polacos, en cambio, al reconocer la
“irrevocabilidad” de las anexiones europeas, al reconocer la “imposibilidad” de
las guerras nacionales, se golpean a sí mismos cuando discuten “contra” las
anexiones ¡precisamente con argumentos de
las guerras nacionales! ¡Precisamente con argumentos como el de que las
anexiones dificultan el acercamiento
y la fusión de los obreros de las distintas naciones!
Dicho con otras palabras:
para objetar contra las anexiones, los socialdemócratas polacos se ven
obligados a tomar sus argumentos del bagaje teórico que ellos mismos rechazan por principio.
Esto lo vemos con muchísima más claridad en el problema de las
colonias.
6. ¿Se puede
contraponer las colonias a “Europa” en esta cuestión?
En nuestras tesis se dice
que la reivindicación de liberación inmediata de las colonias es tan
“irrealizable” en el capitalismo (es decir, irrealizable sin una serie de
revoluciones e inconsistente sin el socialismo) como la autodeterminación de
las naciones, la elección de los funcionarios por el pueblo, la república
democrática, etc., y, por otro lado, que la reivindicación de liberación de las
colonias no es otra cosa que el “reconocimiento de la autodeterminación de las
naciones”.
Los camaradas polacos no han
contestado a ninguno de estos argumentos. Han intentado establecer una
diferencia entre “Europa” y las colonias. Son anexionistas inconsecuentes sólo
para Europa, negándose a abolir las anexiones por cuanto han sido ya efectuadas.
Para las colonias proclaman una reivindicación absoluta: “¡Fuera de las
colonias!”
Los socialistas rusos deben
exigir: “¡Fuera de Turquestán, de Jiva, de Bujará, etc.!”; pero caerán, según
ellos, en la “utopía”, el “sentimentalismo” “acientífico”, etc., si reivindican
esa misma libertad de separación para Polonia, Finlandia, Ucrania y demás. Los
socialistas ingleses deben exigir: “¡Fuera de África, de la India, de
Australia!”, pero no fuera de Irlanda. ¿Qué fundamentos teóricos pueden
explicar esta diferenciación que salta a la vista por su incongruencia? Es
imposible eludir esta cuestión.
La “base” principal de los
enemigos de la autodeterminación consiste en que ésta es “irrealizable”. Esa
misma idea, con un ligero matiz, está expresada en la alusión a la
“concentración económica y política”.
Está claro que la
concentración se efectúa también por
medio de la anexión de colonias. La diferencia económica entre las colonias y
los pueblos europeos — la mayoría de estos últimos, por lo menos— consistía
antes en que las colonias eran arrastradas al intercambio de mercancías, pero no aún a la producción capitalista. El imperialismo
ha cambiado esa situación. El imperialismo es, entre otras cosas, la
exportación de capital. La producción
capitalista se trasplanta con creciente rapidez a las colonias. Es imposible
arrancar a éstas de la dependencia del capital financiero europeo. Desde el
punto de vista militar, lo mismo que desde el punto de vista de la expansión,
la separación de las colonias es realizable, como regla general, sólo con el
socialismo; con el capitalismo, esa separación es realizable a título
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
de excepción o mediante una
serie de revoluciones e insurrecciones tanto en las colonias como en las
metrópolis.
En Europa, la mayor parte de
las naciones dependientes (aunque no todas: los albaneses y muchos alógenos de
Rusia) están más desarrolladas, desde el punto de vista capitalista, que en las
colonias. ¡Más precisamente eso suscita mayor resistencia a la opresión
nacional y a las anexiones! Precisamente como consecuencia de ello está más asegurado el desarrollo del
capitalismo en Europa — cualesquiera que sean las condiciones políticas,
comprendida la separación— que en las colonias... “Allí —dicen los camaradas
polacos, refiriéndose a las colonias (I, 4)—, el capitalismo deberá afrontar
aún la tarea del desarrollo independiente de las fuerzas productivas...” En
Europa esto es más visible todavía: en Polonia, Finlandia, Ucrania y Alsacia el
capitalismo desarrolla, indudablemente, las fuerzas productivas con mayor
energía, rapidez e independencia que en la India, el Turquestán, Egipto y otras
colonias del tipo más puro. En una sociedad basada en la producción mercantil,
el desarrollo independiente —y, en general, cualquier desarrollo— es imposible
sin el capital. En Europa, las naciones dependientes tienen capital propio y una fácil posibilidad
de conseguirlo en las condiciones más diversas. Las colonias no disponen, o
casi no disponen, de capital propio,
y en la situación creada por la existencia del capital financiero, sólo pueden
conseguirlo a condición de someterse políticamente.
¿Qué significa, en virtud de
todo eso, la reivindicación de liberar inmediata y absolutamente a las
colonias? ¿No está claro que es mucho más “utópica”, en el sentido vulgar, de
caricatura del “marxismo”, en que usan la palabra “utopía” los Struve, los Lensch
y los Cunow y tras ellos, por desgracia, los camaradas polacos? En este caso se
entiende por “utopía”, hablando en propiedad, el apartamiento de lo
mezquinamente habitual, y también todo lo revolucionario. Pero en la situación
de Europa, los movimientos revolucionarios de todos los tipos —comprendidos los nacionales— son más posibles, más
realizables, más tenaces, más conscientes y más difíciles de aplastar que en
las colonias.
18
El socialismo — dicen los camaradas polacos (I, 3)— “sabrá
prestar a los pueblos no desarrollados de las colonias una ayuda cultural desinteresada , sin
dominar sobre ellos”. Completamente justo. Pero ¿qué fundamentos hay para
pensar que una nación grande, un Estado grande, al pasar al socialismo, no
sabrá atraer a una pequeña nación oprimida de Europa por medio de la “ayuda
cultural desinteresada”? Precisamente la libertad de separación, que los
socialdemócratas polacos “conceden” a
las colonias, atraerá a la alianza con los Estados socialistas grandes a las
pequeñas naciones europeas oprimidas, pero cultas y exigentes en el terreno político, pues un Estado grande significará
en el socialismo: tantas horas menos
de trabajo al día y tanto y tanto más de ingreso
al día. Las masas trabajadoras, liberadas del yugo de la burguesía, tenderán con todas sus fuerzas a la
alianza y la fusión con las naciones socialistas grandes y avanzadas, en aras
de esa “ayuda cultural”, siempre que los opresores de ayer no ultrajen el
sentimiento democrático, altamente desarrollado, de la dignidad de la nación
tanto tiempo oprimida; siempre que se conceda a ésta igualdad en todo, incluida
la igualdad en la edificación del Estado, en la experiencia de edificar “su”
Estado. En el capitalismo esa “experiencia” implica guerras, aislamiento,
particularismo y egoísmo estrecho de las pequeñas naciones privilegiadas
(Holanda, Suiza). En el socialismo, las propias masas trabajadoras no aceptarán
en ningún sitio el particularismo por los motivos puramente económicos
expuestos más arriba; y la diversidad de formas políticas, la libertad de
separarse del Estado, la experiencia de edificación del Estado constituirán —en
tanto no se extinga todo Estado en general— la base de una pletórica vida cultural,
la garantía del proceso más acelerado de acercamiento y fusión voluntarios de
las naciones.
Al segregar las colonias y
contraponerlas a Europa, los camaradas polacos caen en una contradicción de tal
naturaleza, que hace trizas en el acto toda su errónea argumentación.
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
7. ¿Marxismo o
proudionismo?
Nuestra alusión a la actitud
adoptada por Marx con respecto a la separación de Irlanda es contrarrestada por
los camaradas polacos, a título de excepción, no de modo indirecto, sino
directo. ¿En qué consiste su objeción? Según ellos, las alusiones a la posición
de Marx en 1848-1871 no tienen “el más mínimo valor”. Esta afirmación, irritada
y categórica en extremo, se razona diciendo que Marx se manifiesta “al mismo
tiempo” contra los anhelos de independencia “de los checos, de los eslavos del
Sur, etc., etc.”33
Esta argumentación es
irritada en extremo precisamente porque carece de toda base. Según los
marxistas polacos resulta que Marx era un simple confusionista, que afirmaba
“al mismo tiempo” cosas opuestas! Esto, además de ser completamente falso, no
tiene nada que ver con el marxismo. Precisamente la exigencia de un análisis
“concreto”, que formulan los camaradas polacos para no aplicarla, nos obliga a examinar si la diferente actitud de
Marx ante los distintos movimientos “nacionales” concretos no partía de una sola concepción socialista.
Como es sabido, Marx era
partidario de la independencia de Polonia desde el punto de vista de los
intereses de la democracia europea en
su lucha contra la fuerza e influencia —bien podría decirse: contra la
omnipotencia y la predominante influencia reaccionaria— del zarismo. El acierto
de este punto de vista encontró su confirmación más palmaria y real en 1849,
cuando el ejército feudal ruso aplastó la insurrección nacional-liberadora y
democrático— revolucionaria en Hungría. Y desde entonces hasta la muerte de
Marx, e incluso más tarde, hasta 1890, cuando se cernía la amenaza de una
guerra reaccionaria del zarismo, en alianza con Francia, contra la Alemania no imperialista, sino nacionalmente
independiente, Engels se mostraba partidario, ante todo y sobre todo, de la
lucha contra el zarismo. Por eso, y solamente por eso, Marx y Engels se
manifestaron contra el movimiento nacional de los checos y de los eslavos del
Sur. La simple consulta de cuanto escribieron Marx y Engels en 1848-1849
demostrará a todos los que se interesen por el marxismo, no para renegar de él,
que Marx y Engels contraponían a la
sazón, de modo directo y concreto, “pueblos enteros reaccionarios” que servían
de “puestos de avanzada de Rusia” en Europa a los “pueblos revolucionarios”:
alemanes, polacos y magiares. Esto es un hecho. Y este hecho fue señalado entonces con indiscutible acierto: en
1848, los pueblos revolucionarios combatían por la libertad, cuyo principal
enemigo era el zarismo, mientras que los checos y otros eran realmente pueblos
reaccionarios, puestos de avanzada del zarismo.
¿Qué nos enseña este ejemplo
concreto, que debe ser analizado concretamente
si se quiere permanecer fiel al marxismo? Únicamente que: 1) los intereses de
la liberación de varios pueblos grandes y muy grandes de Europa están por
encima de los intereses del movimiento liberador de las pequeñas naciones; 2)
que la reivindicación de democracia debe ser considerada en escala europea
(ahora habría que decir: en escala mundial), y no aisladamente.
19
Y nada más. Ni sombra de
refutación del principio socialista elemental que olvidan los polacos y al que
Marx siempre guardó fidelidad: no
puede ser libre el pueblo que oprime a otros pueblos34. Si la situación concreta ante la que se hallaba Marx en la
época de la influencia predominante del zarismo en la política internacional
volviera a repetirse baja otra forma, por ejemplo, si varios pueblos iniciasen
la revolución socialista (como en 1848 iniciaron en Europa la revolución
democrática burguesa), y otros
pueblos resultasen ser los pilares
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33 Véase F. Engels. El
paneslavismo democrático
34 Véase F. Engels. Publicaciones
de los emigrados, 1. Proclama polaca.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
principales de la reacción
burguesa, nosotros también deberíamos ser partidarios de la guerra
revolucionaria contra ellos, abogar por “aplastarlos”, por destruir todos sus
puestos de avanzada, cualesquiera que fuesen los movimientos de pequeñas
naciones que allí surgiesen. Por tanto, no debemos rechazar, ni mucho menos,
los ejemplos de la táctica de Marx —lo que significaría reconocer de palabra el
marxismo y romper con él de hecho—, sino, a base de su análisis concreto,
extraer enseñanzas inapreciables para el futuro. Las distintas reivindicaciones
de la democracia, incluyendo la de la autodeterminación, no son algo absoluto,
sino una partícula de todo el
movimiento democrático (hoy socialista) mundial.
Puede suceder que, en un caso dado, una partícula se halle en contradicción con
el todo; entonces hay que desecharla.
Es posible que en un país, el movimiento republicano no sea más que un
instrumento de las intrigas clericales o financiero-monárquicas de otros
países; entonces, nosotros no
deberemos apoyar ese movimiento concreto. Pero sería ridículo excluir por ese
motivo del programa de la socialdemocracia internacional la consigna de la
república.
¿Cómo cambió la situación
concreta desde 1848 -1871 hasta 1898-1916 (considerando los jalones más
importantes del imperialismo como un período: desde la guerra imperialista
hispano-norteamericana hasta la guerra imperialista europea)? El zarismo dejó
de ser, manifiesta e indiscutiblemente, el baluarte principal de la reacción;
primero, a consecuencia del apoyo que le prestó el capital financiero
internacional, sobre todo el de Francia; segundo, como resultado del año 1905.
En aquel entonces, el sistema de los grandes Estados nacionales —de las
democracias de Europa— llevaba al mundo la democracia y el socialismo, a pesar
del zarismo*.
* Riazánov ha publicado en el Archivo de la historia del socialismo,
de Grünberg (1916, t. I) un interesante artículo de Engels sobre el problema
polaco, fechado en 1866. Engels subraya que el proletariado debe reconocer la
independencia política y la "autodeterminación" (right to dispose of itself) de las naciones grandes, importantes
de Europa, remarcando la absurdidad del "principio de las
nacionalidades" (sobre todo en su aplicación bonapartista), es decir, de
equiparar cualquier nación pequeña a estas grandes. "Rusia —dice Engels— posee
una enorme cantidad de propiedades robadas" (es decir, de naciones
oprimidas), "que tendrá que devolver el día del ajuste de cuentas"35.
Tanto el bonapartismo36 como el zarismo aprovechan
los movimientos de pequeñas naciones en beneficio propio y contra la
democracia europea.
Marx y Engels no llegaron a
vivir hasta la época del imperialismo. En nuestros días se ha formado un
sistema de un puñado de “grandes” potencias imperialistas (5 ó 6), cada una de
las cuales oprime a otras naciones. Esta opresión es una de las fuentes del
retraso artificial del hundimiento del capitalismo y del apoyo artificial al
oportunismo y al socialchovinismo de las naciones imperialistas que dominan el
mundo. Entonces, la democracia de Europa Occidental, que liberaba a las
naciones más importantes, era enemiga del zarismo, el cual aprovechaba con
fines reaccionarios algunos movimientos de pequeñas naciones. Ahora, la alianza del imperialismo zarista con el
de los países capitalistas europeos más adelantados, basada en la opresión por todos ellos de una serie de naciones, se
enfrenta con el proletariado socialista, dividido en dos campos: el chovinista,
“socialimperialista”, y el revolucionario.
¡He ahí el cambio concreto
de la situación, del que hacen caso omiso los socialdemócratas polacos, a pesar
de su promesa de ser concretos! De él se desprende también un cambio concreto
en la aplicación de esos mismos
principios socialistas: entonces,
ante todo, “contra el zarismo” (así como contra algunos movimientos nacionales
pequeños utilizados por él con una
orientación antidemocrática) y a favor de los pueblos revolucionarios de
Occidente agrupados en grandes naciones. Ahora,
contra el frente único formado por las potencias imperialistas, la burguesía
imperialista y los socialimperialistas, y a
favor del
![]()
35 Véase F. Engels. ¿Qué le
importa Polonia a la clase obrera?
36 "Se denomina bonapartismo (palabra
derivada de Bonaparte, apellido de dos emperadores franceses) a un gobierno que
pretende aparecer al margen de los partidos, aprovechando la durísima lucha que
sostienen entre sí los partidos de los capitalistas y de los obreros. Semejante
gobierno, sirviendo de hecho a los capitalistas, es el que más engaña a los
obreros con promesas y pequeñas limosnas" (Lenin).
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
aprovechamiento, para los
fines de la revolución socialista, de
todos los movimientos nacionales dirigidos contra el imperialismo. Cuanto más pura sea hoy la lucha del
proletariado contra el frente común imperialista, tanto más vital será,
evidentemente, el principio internacionalista de que “no puede ser libre el
pueblo que oprime a otros pueblos”.
Los proudhonistas, en nombre de la revolución social
interpretada de modo doctrinario, hacían caso omiso del papel internacional de
Polonia y no querían saber nada de los movimientos nacionales.
Del mismo modo doctrinario
proceden los socialdemócratas polacos, que rompen
el frente internacional de lucha contra los socialimperialistas y ayudan
(objetivamente) a éstos con sus vacilaciones en el problema de las anexiones.
Porque es precisamente el frente internacional de lucha proletaria el que ha
cambiado en lo que se refiere a la posición concreta de las pequeñas naciones:
entonces (1848-1871), las pequeñas naciones eran posibles aliados, ya de la
“democracia occidental” y de los pueblos revolucionarios, ya del zarismo; ahora
(1898-1914), las pequeñas naciones han perdido ese significado y son una de las
fuentes que alimentan el parasitismo y, como consecuencia, el
socialimperialismo de las “grandes potencias”. Lo importante no es que antes de
la revolución socialista se libere 1/50 ó 1/100 de las pequeñas naciones; lo
importante es que el proletariado, en la época imperialista y por causas
objetivas, se ha dividido en dos campos internacionales, uno de los cuales está
corrompido por las migajas que le caen de la mesa de la burguesía imperialista
—a costa, por cierto, de la explotación doble o triple de las pequeñas
naciones—, mientras que el otro no puede conseguir su propia libertad sin
liberar a las pequeñas naciones, sin educar a las masas en el espíritu
antichovinista, es decir, antianexionista, es decir, en el espíritu “de la
autodeterminación”.
20
Este aspecto de la cuestión,
el principal, es dado de lado por los camaradas polacos, quienes no consideran
las cosas desde la posición central en la época del imperialismo, desde el
punto de vista de la existencia de dos campos en el proletariado internacional.
He aquí otros ejemplos
palpables de su proudhonismo: 1) la actitud frente a la insurrección irlandesa
de 1916, de la que hablaremos más adelante, 2) la declaración en sus tesis (II,
3, al final del § 3) de que la consigna de revolución socialista “no debe ser
velada por nada”. Es profundamente antimarxista la idea de que se pueda “velar”
la consigna de revolución socialista, relacionándola
con una posición revolucionaria consecuente en cualquier problema, incluido el
nacional.
Los socialdemócratas polacos
opinan que nuestro programa es “nacional-reformista”. Comparad dos
proposiciones prácticas: 1) por la autonomía (tesis polacas, III, 4) y 2) por
la libertad de separación. ¡Es eso, y sólo eso, lo que diferencia nuestros
programas! ¿Y acaso no está claro que es reformista precisamente el primer
programa y no el segundo? Un cambio reformista es aquel que no socava las bases
del poder de la clase dominante y que representa únicamente una concesión de
ésta, pero conservando su dominio. Un cambio revolucionario es el que socava
las bases del poder. Lo reformista en el programa nacional no deroga todos los
privilegios de la nación dominante, no
establece la completa igualdad de derechos, no
elimina toda opresión nacional. Una
nación “autónoma” no tiene los mismos derechos que la nación “dominante”; los
camaradas polacos no podrían dejar de notarlo, si no se empeñasen
obstinadamente en pasar por alto (al igual que nuestros antiguos “economistas”)
el análisis de los conceptos y categorías políticos.
La Noruega autónoma, como parte de Suecia, gozaba hasta 1905 de la más amplia
autonomía, pero no tenía derechos iguales a Suecia. Sólo su libre separación
reveló de hecho y demostró su
igualdad de derechos (añadamos, entre paréntesis, que fue precisamente esta
libre separación la que creó las bases para un acercamiento más estrecho y más
democrático, asentado en la igualdad de derechos). Mientras Noruega era
únicamente autónoma, la aristocracia sueca tenía un
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
privilegio más, que con la
separación no fue “debilitado” (la esencia del reformismo consiste en atenuar el mal, pero no en eliminarlo),
sino eliminado por completo (lo que
constituye el exponente principal del carácter revolucionario de un programa).
A propósito: la autonomía,
como reforma, es distinta por principio de la libertad de separación, como
medida revolucionaria. Esto es indudable.
Pero, en la práctica, la
reforma —como sabe todo el mundo— no es en muchos casos más que un paso hacia
la revolución. Precisamente la autonomía permite a una nación mantenida por la
fuerza dentro de los límites de un Estado constituirse de modo definitivo como
nación, reunir, conocer y organizar sus fuerzas, elegir el momento más adecuado
para declarar… al modo “noruego”:
nosotros, la Dieta autónoma de tal o cual nación o comarca, declaramos que el
emperador de toda Rusia ha dejado de ser rey de Polonia, etc. A esto “se
objeta” habitualmente: semejantes problemas se resuelven por medio de las
guerras y no con declaraciones. Es justo: en la inmensa mayoría de los casos,
se resuelven por medio de las guerras (lo mismo que los problemas de la forma
de gobierno de los grandes Estados se resuelven también, en la aplastante
mayoría de los casos, únicamente por medio de guerras y revoluciones). Sin
embargo, no estará de más meditar en si es lógica semejante “objeción” contra el programa político de un partido
revolucionario.
¿Somos acaso contrarios a
las guerras y revoluciones en pro de
una causa justa y útil para el proletariado, en pro de la democracia y del socialismo? ¡“Pero no podemos ser
partidarios de la guerra entre los grandes pueblos, de la matanza de 20
millones de hombres, en aras de la liberación problemática de una nación
pequeña, integrada, quizá, por no más de 10 ó 20 millones de habitantes”!
¡Claro está que no podemos! Mas no porque hayamos eliminado de nuestro programa
la igualdad nacional completa, sino porque los intereses de la democracia de un país deben ser supeditados a los
intereses de la democracia de varios y de
todos los países. Imaginémonos que entre dos grandes monarquías se
encuentra una monarquía pequeña, cuyo reyezuelo está “ligado”, por lazos de
parentesco y de otro género, a los monarcas de ambos vecinos. Imaginémonos,
además, que la proclamación de la república en el país pequeño y el destierro
de su monarca significase, de hecho, una guerra entre los dos grandes países
vecinos por la restauración de tal o cual monarca del pequeño país. No cabe
duda que, en este caso concreto, toda la socialdemocracia internacional, lo
mismo que la parte verdaderamente internacionalista de la socialdemocracia del
pequeño país, estaría en contra de la
sustitución de la monarquía por la república.
21
La sustitución de la
monarquía por la república no es un objetivo absoluto, sino una de las
reivindicaciones democráticas subordinadas a los intereses de la democracia (y
más aún, naturalmente, a los intereses del proletariado socialista) en su
conjunto. Es seguro que un caso así no suscitaría ni sombra de divergencias
entre los socialdemócratas de los distintos países. Pero si cualquier
socialdemócrata propusiese con este
motivo eliminar en general del programa de la socialdemocracia internacional la
consigna de la república, seguramente lo tomarían por loco. Le dirían: a pesar
de todo, no se debe olvidar la diferencia lógica elemental que existe entre lo particular y lo general.
Este ejemplo nos hace ver un
aspecto algo diferente del problema de la educación internacionalista de la clase obrera. ¿Puede esta educación —sobre
cuya necesidad e importancia
imperiosa no se conciben divergencias entre la izquierda de Zimmerwald— ser concretamente igual en las grandes
naciones opresoras y en las pequeñas naciones oprimidas? ¿En las naciones anexionadoras y en las naciones
anexadas?
Evidentemente, no. El camino
hacia el objetivo único — la completa igualdad de derechos, el más estrecho
acercamiento y la ulterior fusión de
todas las naciones— sigue aquí, evidentemente, distintas rutas concretas, lo
mismo que, por ejemplo, el camino conducente a un punto situado en el centro de
esta página parte hacia la izquierda de una de sus
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
márgenes y hacia la derecha
de la margen opuesta. Si el socialdemócrata de una gran nación opresora,
anexionadora, profesando, en general, la teoría de la fusión de las naciones,
se olvida, aunque sólo sea por un instante, de que “su” Nicolás II, “su” Guillermo,
“su” Jorge, “su” Poincaré etc., etc., abogan
también por la fusión con las naciones pequeñas (por medio de anexiones)
—Nicolás II aboga por la “fusión” con Galitzia, Guillermo II por la “fusión”
con Bélgica, etc. —, ese socialdemócrata resultará ser, en teoría, un
doctrinario ridículo y, en la práctica, un cómplice del imperialismo.
El centro de gravedad de la
educación internacionalista de los obreros de los países opresores tiene que
estar necesariamente en la prédica y en la defensa de la libertad de separación
de los países oprimidos. De otra manera, no
hay internacionalismo. Tenemos el derecho y el deber de tratar de
imperialista y de canalla a todo socialdemócrata de una nación opresora que no realice tal propaganda. Esta es una
exigencia incondicional, aunque, prácticamente,
la separación no sea posible ni “realizable” antes del socialismo más que en el
uno por mil de los casos.
Tenemos el deber de educar a
los obreros en la “indiferencia” ante las diferencias nacionales. Esto es
indiscutible. Mas no se trata de la indiferencia de los anexionistas. El miembro de una nación opresora debe permanecer
“indiferente” ante el problema de si las naciones pequeñas pertenecen a su Estado, al Estado vecino o a sí
mismas, según sean sus simpatías: sin tal “indiferencia” no será socialdemócrata. Para ser socialdemócrata internacionalista
hay que pensar no sólo en la propia
nación, sino colocar por encima de ella los intereses de todas las naciones, la
libertad y la igualdad de derechos de todas. “Teóricamente”, todos están de
acuerdo con estos principios; pero, en la práctica, revelan precisamente una
indiferencia anexionista. Ahí está la raíz del mal.
Y, a la inversa, el
socialdemócrata de una nación pequeña debe tomar como centro de gravedad de sus
campañas de agitación la primera
palabra de nuestra fórmula general: “unión
voluntaria” de las naciones. Sin faltar a sus deberes de internacionalista,
puede pronunciarse tanto a favor de
la independencia política de su nación como a favor de su incorporación al
Estado vecino X, Y, Z, etc. Pero deberá luchar en todos los casos contra la
estrechez de criterio, el aislamiento, el particularismo de pequeña nación, por
que se tenga en cuenta lo total y lo general, por la supeditación de los
intereses de lo particular a los intereses de lo general.
A gentes que no han
penetrado en el problema, les parece “contradictorio” que los socialdemócratas
de las naciones opresoras exijan la “libertad de
separación” y
los socialdemócratas de las naciones oprimidas la “libertad de unión”. Pero, a poco que se reflexione,
se ve que, partiendo de la situación dada,
no hay ni puede haber otro camino
hacia el internacionalismo y la fusión de las naciones, no hay ni puede haber
otro camino que conduzca a este fin.
Y llegamos así a la situación peculiar de la socialdemocracia
holandesa y polaca.
8. Lo
peculiar y lo general en la posición de los socialdemócratas internacionalistas
holandeses y polacos.
No cabe la menor duda de que
los marxistas holandeses y polacos adversarios de la autodeterminación figuran
entre los mejores elementos internacionalistas y revolucionarios de la
socialdemocracia internacional. ¿Cómo puede,
entonces, darse el caso de que sus razonamientos teóricos constituyan, como
hemos visto, una tupida red de errores; de que no contengan ningún juicio
general acertado, nada, excepto “economismo imperialista”?
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
El hecho no se explica en
modo alguno por las malas cualidades subjetivas de los camaradas holandeses y
polacos, sino por las condiciones objetivas especiales
de sus países. Ambos países 1) son pequeños y desamparados en el “sistema”
contemporáneo de grandes potencias; 2) ambos se hallan enclavados
geográficamente entre los buitres imperialistas de fuerza gigantesca que
compiten con mayor encarnizamiento (Inglaterra y Alemania; Alemania y Rusia);
3) en ambos están terriblemente arraigados los recuerdos y las tradiciones de
los tiempos en que ellos mismos eran
“grandes potencias”: Holanda, como gran potencia colonial, era más fuerte que
Inglaterra; Polonia era una gran potencia más culta y más fuerte que Rusia y
Prusia; 4) ambos han conservado hasta hoy día privilegios, que consisten en la
opresión de pueblos ajenos: el burgués holandés es dueño de las riquísimas
Indias Holandesas; el terrateniente polaco oprime a los “siervos” ucranio y
bielorruso; el burgués polaco, a los judíos, etc.
22
Semejante peculiaridad, que
consiste en la combinación de esas cuatro condiciones especiales, no podrán
encontrarla en Irlanda, Portugal (en sus tiempos estuvo anexada por España),
Alsacia, Noruega, Finlandia, Ucrania, en los territorios letón y bielorruso ni
en otros muchos. ¡Y en esa peculiaridad está toda la esencia de la cuestión! Cuando los socialdemócratas
holandeses y polacos se pronuncian contra
la autodeterminación recurriendo a argumentos generales, es decir, que atañen al imperialismo en general, al
socialismo en general, a la democracia en general y a la opresión nacional en
general, se puede decir en verdad que cometen errores a montones. Pero basta
dejar a un lado esta envoltura, a
todas luces equivocada, de los argumentos generales y examinar la esencia de la cuestión desde el punto de vista de la originalidad de las
condiciones peculiares de Holanda y
de Polonia para que se haga comprensible
y completamente lógica su original posición. Puede decirse, sin temor a caer en
una paradoja, que cuando los marxistas holandeses y polacos se sublevan con
rabia contra la autodeterminación no dicen exactamente lo que quieren decir; o
con otras palabras: quieren decir algo diferente de lo que dicen*.
* Recordemos que en su declaración de
Zimmerwald, todos los
socialdemócratas polacos reconocieron
la autodeterminación en general
aunque formulada un poquito distintamente.
En nuestras tesis hemos
citado ya un ejemplo. ¡Gorter está en contra de la autodeterminación de su país, pero está en pro de la
autodeterminación de las Indias Holandesas, oprimidas por “su” nación! ¿Puede
sorprender que veamos en él a un internacionalista más sincero y un
correligionario más afín a nosotros que en quienes reconocen así la autodeterminación
(tan de palabra, tan hipócritamente) como Kautsky entre los alemanes y Trotski
y Mártov entre nosotros? De los principios generales y cardinales del marxismo
se deduce, indudablemente, el deber de luchar por la libertad de separación de
las naciones oprimidas por “mi propia” nación; pero no se deduce, ni mucho
menos, la necesidad de colocar por encima de todo la independencia precisamente
de Holanda, cuyos padecimientos se deben más que nada a su aislamiento
estrecho, fosilizado, egoísta y embrutecedor; aunque se hunda el mundo, nos
tiene sin cuidado “nosotros” estamos satisfechos de nuestra vieja presa y del
riquísimo “huesito” que nos queda, las Indias; ¡lo demás no nos importa!
Otro ejemplo. Karl Rádek, un
socialdemócrata polaco que ha contraído méritos singularmente grandes con su
lucha enérgica en defensa del internacionalismo en la socialdemocracia alemana
después de empezada la guerra, se levanta furioso contra la autodeterminación
en un artículo titulado El derecho de las
naciones a la autodeterminación que se publicó en Lichtstrahlen37, revista mensual radical de izquierda
dirigida por Borchardt y prohibida por la censura prusiana (1915, 5 de
diciembre, III año, número 3). Por cierto que Rádek cita en provecho propio únicamente a prestigiosos autores
polacos y holandeses y
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37 Lichtstrahlen ("Rayos de Luz"): revista
mensual, órgano del grupo de socialdemócratas de izquierda de Alemania. Se
editó irregularmente desde 1913 hasta 1921 en Berlín
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
expone, entre otros, el
siguiente argumento: la autodeterminación alimenta la idea de que la
“socialdemocracia tiene el deber de apoyar cualquier lucha por la
independencia”.
Desde el punto de vista de
la teoría general, este argumento
resulta indignante a todas luces, pues es claramente ilógico. Primero, no hay
ni puede haber una sola reivindicación parcial de la democracia que no engendre
abusos si no se supedita lo particular a lo general; nosotros no estamos obligados
a apoyar ni “cualquier” lucha por la independencia, ni “cualquier” movimiento
republicano o anticlerical. Segundo, no hay ni puede haber ni una sola fórmula de lucha contra la opresión nacional que no
adolezca de ese mismo “defecto”. El
mismo Rádek utilizó en Berner Tagwacht
la fórmula (1915, número 253) “contra las anexiones viejas y nuevas”. Cualquier
nacionalista polaco “deduce” legítimamente de esa fórmula: “Polonia es una
anexión, yo estoy en contra de la anexión, es
decir, estoy en pro de la independencia de Polonia”. También Rosa
Luxemburgo, en un artículo de 1908, si no me equivoco, expresaba la opinión de
que bastaba la fórmula “contra la opresión nacional”. Pero cualquier
nacionalista polaco dirá —y con pleno
derecho — que la anexión es una
de las formas de la opresión nacional y, por
consiguiente, etc., etc.
Tomen ustedes, sin embargo,
en lugar de esos argumentos generales, las condiciones peculiares de Polonia: su independencia es ahora “irrealizable” sin guerras o revoluciones. Estar a favor de
una guerra europea con el fin exclusivo de restablecer Polonia significa ser un
nacionalista de la peor especie, colocar los intereses de un pequeño número de
polacos por encima de los intereses de centenares de millones de hombres que
sufren las consecuencias de la guerra. Y tales son, por ejemplo, los
“fraquistas” (PSP de derecha)38, que
son socialistas sólo de palabra y frente a los cuales tienen mil veces razón
los socialdemócratas polacos. Lanzar la consigna de independencia de Polonia ahora, con la actual correlación de las potencias imperialistas vecinas, significa, en efecto, correr
tras una utopía, caer en un
nacionalismo estrecho, olvidar la premisa de la revolución europea o, por lo
menos, rusa y alemana. De la misma manera, lanzar como consigna aparte la de
libertad de coalición en la Rusia de 1908 -1914 hubiera significado correr tras
una utopía y ayudar objetivamente al partido obrero stolypiniano (hoy partido
de Potrésov y Gvózdiev, lo que, dicho sea de paso, es lo mismo). ¡Pero sería
una locura eliminar en general del programa socialdemócrata la reivindicación
de libertad de coalición!
23
Tercer ejemplo y, sin duda, el más importante. En las tesis
polacas (III, § 2, al final) se dice, condenando la idea de un Estado-tapón
polaco independiente, que eso es “una vana utopía de grupos pequeños e
impotentes. De llevarse a la práctica, esta idea significaría la creación de un
pequeño Estado— fragmento polaco, que sería una colonia militar de uno u otro
grupo de grandes potencias, un juguete de sus intereses militares y económicos,
una zona de explotación de capital extranjero, un campo de batalla en las
futuras guerras”. Todo eso es muy exacto
contra la consigna de independencia de Polonia ahora, pues incluso la revolución solamente en Polonia no cambiaría
nada en este terreno y distraería la atención de las masas polacas de lo principal: de los vínculos de su
lucha con la lucha del proletariado ruso y alemán. No es una paradoja, sino un
hecho que el proletariado polaco, como tal, puede coadyuvar ahora a la causa
del socialismo y de la libertad, incluida
también la polaca, sólo mediante la lucha conjunta con el proletariado de
los países vecinos, contra los estrechos
nacionalistas polacos. Es imposible
negar el gran mérito histórico de los socialdemócratas polacos en la lucha contra estos últimos.
Mas esos mismos argumentos,
acertados desde el punto de vista de las condiciones peculiares de Polonia en la época actual , son claramente desacertados en la forma general que se les ha dado. Mientras
existan las guerras, Polonia será siempre un campo de batalla en las guerras
entre Alemania y Rusia; eso no es un argumento contra la mayor libertad
![]()
38 Véase la nota 19
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
política (y, por
consiguiente, contra la independencia política) durante los períodos entre las
guerras. Lo mismo puede decirse de las consideraciones acerca de la explotación
por el capital extranjero y del papel de juguete de intereses ajenos. Los socialdemócratas
polacos no están hoy en condiciones de lanzar la consigna de independencia de
Polonia, pues como proletarios internacionalistas no pueden hacer nada para ello sin caer, a semejanza de
los “fraquistas”, en el más rastrero servilismo ante una de las monarquías imperialistas. Pero a los obreros rusos y
alemanes no les es indiferente si habrán de participar en la anexión de Polonia
(eso significaría educar a los obreros y campesinos alemanes y rusos en el
espíritu de la más ruin villanía, de la resignación con el papel de verdugo de
otros pueblos) o si Polonia será independiente.
La situación es, sin duda
alguna, muy embrollada, pero hay una salida que permitiría a todos seguir
siendo internacionalistas: a los socialdemócratas rusos y alemanes, exigiendo
la absoluta “libertad de separación” de Polonia; a los socialdemócratas polacos,
luchando por la unidad de la lucha proletaria en un país pequeño y en los
países grandes sin propugnar en la época dada o en el período dado la consigna
de independencia de Polonia.
9. Una carta de
Engels a Kautsky.
En su folleto El socialismo y la política colonial
(Berlín, 1907), Kautsky, que a la sazón era todavía marxista, publicó la carta
que le había dirigido Engels el 12 de septiembre de 1882 y que ofrece inmenso
interés para el problema que nos ocupa. He aquí la parte esencial de dicha
carta:
“...A mi modo de ver, las colonias propiamente dichas, es decir,
las tierras ocupadas por población europea, como el Canadá, el Cabo y
Australia, se harán todas independientes; por el contrario, de las tierras que
están sometidas y cuya población es indígena, como la India, Argelia, las
posesiones holandesas, portuguesas y españolas, tendrá que hacerse cargo
temporalmente el proletariado y procurarles la independencia con la mayor
rapidez posible. Es difícil decir ahora cómo se desarrollará este proceso. La
India quizá haga la revolución — cosa muy probable— y, puesto que el
proletariado, al liberarse, no puede hacer guerras coloniales, habrá que
conformarse con ello, aunque, naturalmente, serán inevitables distintas
destrucciones. Pero estas cosas son inseparables de todas las revoluciones. Lo
mismo puede ocurrir también en otros sitios, por ejemplo, en Argelia y en
Egipto, lo que sería para nosotros,
sin duda, lo mejor. Tendremos bastante que hacer en nuestra propia casa. Una
vez reorganizadas Europa y América del Norte, esto dará tan colosal impulso y
tal ejemplo, que los países semicivilizados nos seguirán ellos mismos, pues así
lo impondrán, aunque sólo sea, sus necesidades económicas. Por lo que se
refiere a las fases sociales y políticas que habrán de atravesar estos países
hasta llegar también a la organización socialista, creo que sólo podríamos
hacer hipótesis bastante ociosas. Una cosa es indudable: el proletariado triunfante no puede imponer a ningún otro pueblo
felicidad alguna sin socavar con este acto su propia victoria. Como es
natural, esto no excluye en modo alguno las guerras defensivas de distinto
género…”
24
Engels no cree, ni mucho
menos, que sólo lo “económico” salvará de por sí y directamente todas las
dificultades. La revolución económica impulsará a todos los pueblos a tender
hacia el socialismo; sin embargo, son posibles también revoluciones —contra el
Estado socialista— y guerras. La adaptación de la política a la economía se
producirá inevitablemente, pero no de golpe ni sin obstáculos, no de un modo
sencillo y directo. Engels plantea como “indudable” un solo principio,
indiscutiblemente internacionalista, que aplica a todos los “pueblos ajenos”, es decir, no sólo a los coloniales:
imponerles la felicidad significaría socavar la victoria del proletariado.
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
El proletariado no se
convertirá en santo ni quedará a salvo de errores y debilidades por el mero
hecho de haber llevado a cabo la revolución social. Pero los posibles errores
(y también los intereses
egoístas de intentar montar
en lomo ajeno) le llevarán inexcusablemente a comprender esta verdad. Todos
nosotros, los de la izquierda zimmerwaldiana, tenemos la misma convicción que
tenía, por ejemplo, Kautsky antes de su viraje en 1914 del marxismo a la
defensa del chovinismo, a saber: la revolución socialista es completamente
posible en el futuro más próximo, “de
hoy a mañana”, como se expresó el propio Kautsky en cierta ocasión. Las antipatías nacionales no desaparecerán
tan pronto; el odio — completamente legitimo— de la nación oprimida a la nación
opresora continuará existiendo
durante cierto tiempo; sólo se disipará después
de la victoria del socialismo y después
de la implantación definitiva de relaciones plenamente democráticas entre las
naciones. Si queremos ser fieles al socialismo debemos ya ahora dedicarnos a la
educación internacionalista de las masas, imposible de realizar entre las
naciones opresoras sin propugnar la libertad de separación de las naciones
oprimidas.
10. La insurrección
irlandesa de 1916.
Nuestras tesis fueron
escritas antes de esta insurrección que debe servirnos para contrastar los
puntos de vista teóricos.
Los puntos de vista de los
enemigos de la autodeterminación llevan a la conclusión de que se ha agotado la
vitalidad de las naciones pequeñas oprimidas por el imperialismo, de que no
pueden desempeñar ningún papel contra el imperialismo, de que el apoyo a sus
aspiraciones puramente nacionales no conducirá a nada, etc. La experiencia de
la guerra imperialista de 1914-1916 refuta de
hecho semejantes conclusiones.
La guerra ha sido una época
de crisis para las naciones de Europa Occidental, para todo el imperialismo.
Toda crisis aparta lo convencional, arranca la envoltura exterior, barre lo
caduco, pone al desnudo los resortes y fuerzas más profundos. ¿Qué ha puesto al
desnudo esta crisis desde el punto de vista del movimiento de las naciones
oprimidas? En las colonias, diversos intentos de insurrección, que las naciones
opresoras, como es natural, han tratado de ocultar por todos los medios
valiéndose de la censura militar. Se sabe, no obstante, que los ingleses han
aplastado ferozmente en Singapur una sublevación de sus tropas indias; que ha
habido conatos de insurrección en el Anam francés (véase Nashe Slovo39) y en el Camerún alemán (véase el
folleto de Junius*); que en Europa, de una parte, se ha insurreccionado
Irlanda, a la que los ingleses “amantes de la libertad” han apaciguado por
medio de ejecuciones, sin atreverse a extender a los irlandeses el servicio
militar obligatorio; de otra parte, el gobierno austriaco ha condenado a muerte
“por traición” a los diputados a la Dieta checa y ha fusilado por el mismo
“delito” a regimientos enteros checos.
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
Se sobrentiende que esta
enumeración está lejos, muy lejos, de ser completa. Sin embargo, demuestra que
las llamas de las insurrecciones nacionales con
motivo de la crisis del imperialismo se han encendido tanto en las colonias como
en Europa, que las simpatías y antipatías nacionales se han manifestado a pesar
de las draconianas amenazas y medidas represivas. Y eso que la crisis del
imperialismo se encontraba lejos todavía del punto culminante de su desarrollo:
el poderío de la burguesía imperialista no estaba aún socavado
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39 "Nashe Slovo" ("Nuestra Palabra"): periódico
menchevique. Se publicó en París desde enero de 1915 hasta septiembre de 1916
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
(la guerra “hasta el
agotamiento” puede llevar a ello, pero todavía no ha llevado); los movimientos
proletarios en el seno de las potencias imperialistas son aún muy débiles.
¿Qué ocurrirá cuando la
guerra conduzca al agotamiento total o cuando en una potencia, por lo menos, el
poder de la burguesía vacile bajo los golpes de la lucha proletaria, como
vaciló el poder del zarismo en 1905?
El periódico Berner Tagwacht, órgano de los
zimmerwaldianos e incluso de algunos de izquierda, publicó el 9 de mayo de 1916
un artículo sobre la insurrección irlandesa, firmado con las iniciales K. R. y
titulado Le ha llegado su hora. En
dicho artículo se calificaba de “putsch” la insurrección irlandesa —¡ni más ni
menos!—, pues, según el autor, “la cuestión irlandesa era una cuestión
agraria”, los campesinos se habían tranquilizado con reformas, el movimiento
nacionalista se había convertido en “un movimiento puramente urbano,
pequeñoburgués, tras el que se encontraban pocas fuerzas sociales, a pesar del
gran alboroto que levantó”.
No es sorprendente que esta
apreciación, monstruosa por su doctrinarismo y pedantería, haya coincidido con
la del demócrata-constitucionalista40,
señor A. Kulisher (Riech41,
número 102, 15 de abril de 1916), nacional-liberal ruso, que ha calificado
también la insurrección de “putsch de Dublín”.
Es de esperar que, de
acuerdo con el proverbio de “no hay mal que por bien no venga”, mucho camaradas
que no comprendían a qué charca se deslizaban al negar la “autodeterminación” y
adoptar una actitud desdeñosa ante los movimientos nacionales de las naciones
pequeñas, abrirán ahora los ojos al influjo de esta coincidencia “fortuita” en
las apreciaciones ¡¡de un representante de la burguesía imperialista y de un
socialdemócrata!!
25
Se puede hablar de “putsch”, en el sentido científico de la
palabra, únicamente cuando el intento de insurrección no revela nada, excepto
la existencia de un grupito de conspiradores o de maniáticos absurdos, y no
despierta ninguna simpatía entre las masas. El movimiento nacional irlandés,
que tiene siglos a sus espaldas y ha pasado por distintas etapas y
combinaciones de intereses de clase, se ha manifestado, entre otras cosas, en
el Congreso nacional irlandés de masas celebrado en América (Vorwärts, 20 de marzo de 1916), que se
pronunció a favor de la independencia de Irlanda; se ha manifestado en los
combates de calle de una parte de la pequeña burguesía urbana y de una parte de los obreros, después de
una larga agitación de masas, de manifestaciones, de prohibición de periódicos,
etc. Quien denomine putsch a una insurrección de esa naturaleza es un reaccionario de marca mayor o un doctrinario
incapaz en absoluto de imaginarse la revolución social como un fenómeno vivo.
Porque pensar que la
revolución social es concebible sin
insurrecciones de las naciones pequeñas en las colonias y en Europa, sin
explosiones revolucionarias de una parte de la pequeña burguesía, con todos sus prejuicios, sin el
movimiento de las masas proletarias y semiproletarias inconscientes contra la
opresión terrateniente, clerical, monárquica, nacional, etc.; pensar así,
significa abjurar de la revolución social.
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40
Demócratas-constitucionalistas: afiliados al Partido Demócrata
Constitucionalista, principal partido de la burguesía monárquica liberal de
Rusia, que se fundó en octubre de 1905; lo integraban burgueses, terratenientes
e intelectuales de la burguesía. Para embaucar a las masas trabajadoras se
denominaron a sí mismos "partido de la libertad popular", pero, en
realidad, no iban más allá de pedir una monarquía constitucional. Durante la
primera guerra mundial, apoyaron activamente la rapaz política exterior del
gobierno zarista. Durante la Revolución democrática burguesa de febrero de 1917
procuraron salvar la monarquía. Ocuparon los puestos rectores en el Gobierno
Provisional burgués y aplicaron una política contrarrevolucionaria antipopular.
Después de la Gran Revolución Socialista de Octubre de 1917 actuaron como
enemigos irreconciliables del Poder soviético y participaron activamente en
todas las acciones armadas contrarrevolucionarias y campañas de los
intervencionistas
41
"Riech" ("La Palabra"):
diario, órgano central del Partido Demócrata Constitucionalista. Se publicó en
San Petersburgo desde 1906 hasta octubre de 1917
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
En un sitio, se piensa, por
lo visto, forma un ejército y dice: “Estamos por el socialismo”; en otro sitio
forma otro ejército y proclama: “Estamos por el imperialismo”, ¡y eso será la
revolución social! Únicamente basándose en semejante punto de vista ridículo y
pedante se puede ultrajar a la insurrección irlandesa, calificándola de
“putsch”.
Quien espere la revolución
social “pura”, no la verá jamás. Será
un revolucionario de palabra, que no comprende la verdadera revolución.
La revolución rusa de 1905
fue democrática burguesa. Constó de una serie de batallas de todas las clases, grupos y elementos
descontentos de la población. Entre ellos había masas con los prejuicios más salvajes, con los objetivos de lucha más
confusos y fantásticos; había grupitos que tomaron dinero japonés, había
especuladores y aventureros, etc. Objetivamente,
el movimiento de las masas quebrantaba al zarismo y desbrozaba el camino para la democracia; por eso, los
obreros conscientes lo dirigieron.
La revolución socialista en
Europa no puede serotra cosa que una
explosión de la lucha de masas de todos y cada uno de los oprimidos y
descontentos. En ella participarán inevitablemente partes de la pequeña
burguesía y de los obreros atrasados —sin esa participación no es posible una lucha de masas , no es posible ninguna revolución—, que aportarán al
movimiento, también de modo inevitable, sus prejuicios, sus fantasías
reaccionarias, sus debilidades y sus errores. Pero objetivamente atacarán al capital,
y la vanguardia consciente de la revolución, el proletariado avanzado,
expresando esta verdad objetiva de la lucha de masas de pelaje y voces
distintas, abigarrada y aparentemente desmembrada, podrá unirla y dirigirla,
tomar el poder, adueñarse de los bancos, expropiar a los trusts, odiados por
todos (¡aunque por motivos distintos!), y aplicar otras medidas dictatoriales,
que llevan en su conjunto, al derrocamiento de la burguesía y a la victoria del
socialismo, victoria que no podrá “depurarse” en el acto, ni mucho menos, de
las escorias pequeñoburguesas.
La socialdemocracia —leemos
en las tesis polacas (I, 4)— “debe aprovechar la lucha de la joven burguesía
colonial, dirigida contra el imperialismo europeo, para exacerbar la crisis revolucionaria en Europa”. (La cursiva es
de los autores.)
¿No está claro que donde
menos puede permitirse la contraposición de Europa a las colonias es en este terreno? La lucha de las naciones
oprimidas en Europa, capaz de llegar
a insurrecciones y batallas de calle, de quebrantar la férrea disciplina de las
tropas y provocar el estado de sitio, esta lucha “exacerbará la crisis
revolucionaria en Europa” con una fuerza incomparablemente mayor que una
insurrección mucho más desarrollada en una colonia lejana. El golpe asestado al
poder de la burguesía imperialista inglesa por la insurrección en Irlanda tiene
una importancia política cien veces mayor que otro golpe de igual fuerza en
Asia o en África.
La prensa chovinista
francesa informó hace poco que en Bélgica ha aparecido el número 80 de la
revista clandestina La Bélgica Libre.
Es claro que la prensa chovinista francesa miente con mucha frecuencia, pero
esta noticia tiene visos de verosimilitud. Mientras que la socialdemocracia
alemana, chovinista y kautskiana, no se ha creado en dos años de guerra una
prensa libre, soportando lacayunamente el yugo de la censura militar (tan sólo
los elementos radicales de izquierda han editado, dicho sea en su honor,
folletos y proclamas sin pasarlos por la censura), ¡una nación culta oprimida
responde a las inauditas ferocidades de la opresión militar creando un órgano
de protesta revolucionaria!
La dialéctica de la historia
es tal que las pequeñas naciones, impotentes como factor independiente en la lucha contra el imperialismo, desempeñan su
papel como uno de los fermentos o
bacilos que ayudan a que entre en escena la verdadera
fuerza contra el imperialismo: el proletariado socialista.
26
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
En la guerra actual, los
Altos Estados Mayores se esfuerzan meticulosamente por aprovechar
todomovimiento nacional y revolucionario en el campo enemigo: los alemanes, la
insurrección irlandesa; los franceses, el movimiento checo, etc. Y, desde su
punto de vista, proceden con todo acierto. No se puede adoptar una actitud
seria ante una guerra seria sin utilizar la más mínima debilidad del
adversario, sin aprovechar cada oportunidad, tanto más que es imposible saber
por anticipado en qué momento y con qué fuerza “volará” acá o allá uno u otro
polvorín. Seríamos muy malos revolucionarios, si en la gran guerra liberadora
del proletariado por el socialismo no supiéramos aprovechar cualquier movimiento popular contra diversas calamidades del imperialismo, a
fin de exacerbar y ampliar la crisis. Si, por un lado, proclamáramos y
repitiéramos de mil modos que estamos “contra” toda opresión nacional y, por
otro lado, denominásemos “putsch” a la heroica insurrección de la parte más
dinámica e inteligente de algunas clases de una nación oprimida contra los
opresores, descenderíamos a un nivel de torpeza igual al de los kautskianos.
La desgracia de los
irlandeses consiste en que se han lanzado a la insurrección en un momento
inoportuno: cuando la insurrección europea del proletariado no ha madurado todavía . El capitalismo no está
organizado tan armónicamente como para que las distintas fuentes de la insurrección se fundan de golpe por sí mismas, sin
reveses ni derrotas. Por el contrario, precisamente la diversidad de tiempo, de
carácter y de lugar de las insurrecciones garantiza la amplitud y profundidad
del movimiento general. Sólo en la experiencia de los movimientos
revolucionarios inoportunos, parciales, fraccionados y por ello, fracasados,
las masas adquirirán experiencia, aprenderán, reunirán fuerzas, verán a sus
verdaderos guías, a los proletarios socialistas, y prepararán así el embate
general, del mismo modo que las huelgas aisladas, las manifestaciones urbanas y
nacionales, los motines entre las tropas, las explosiones entre los campesinos,
etc., prepararon el embate general de 1905.
11. Conclusión.
Pese a la afirmación
equivocada de los socialdemócratas polacos, la reivindicación de
autodeterminación de las naciones ha desempeñado en la agitación de nuestro
partido un papel no menos importante que, por ejemplo, el armamento del pueblo,
la separación de la Iglesia y el Estado, la elección de los funcionarios por el
pueblo y otros puntos calificados de “utópicos” por los filisteos. Por el
contrario, la animación de los movimientos nacionales después de 1905 suscitó
también lógicamente una animación de nuestra agitación: una serie de artículos
en 1912-1913 y la resolución aprobada por nuestro partido en 1913, que dio una
definición exacta y “antikautskiana” (es decir, intransigente con el
“reconocimiento” puramente verbal) de la esencia
de la cuestión.
Entonces ya se puso al
descubierto un hecho que es intolerable soslayar: oportunistas de distintas
naciones, el ucranio Yurkévich, el bundista Libman, el lacayo ruso de Potrésov
y Cía., Semkovski, ¡se pronunciaron en
pro de los argumentos de Rosa Luxemburgo contra la autodeterminación! Lo que en la socialdemócrata polaca
era únicamente una generalización teórica equivocada de las condiciones peculiares del movimiento en Polonia, se
convirtió en el acto (en una situación más amplia, en las condiciones de un Estado
no pequeño, sino grande, en escala internacional y no en la estrecha escala de
Polonia), de hecho y objetivamente,
en un apoyo oportunista al imperialismo ruso. La historia de las corrientes del pensamiento político (no de las opiniones de algunas personas) ha
venido a confirmar el acierto de nuestro programa.
Y ahora, los
socialimperialistas francos del tipo de Lensch se alzan abiertamente contra la
autodeterminación y contra la negación de las anexiones. En cambio, los
kautskianos reconocen hipócritamente la autodeterminación: en nuestro país, en
Rusia, siguen ese
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
camino Trotski y Mártov. De
palabra, ambos están a favor de la
autodeterminación, como Kautsky. ¿Y de hecho? Trotski —tomad su artículo La nación y la economía, en Nashe Slovo— nos muestra su eclecticismo
habitual: de una parte, la economía fusiona las naciones; de otra, la opresión
nacional las desune.
¿Conclusión? La conclusión
consiste en que la hipocresía reinante sigue sin desenmascarar, la agitación
resulta exánime, no aborda lo principal, lo cardinal, lo esencial, lo cercano a
la práctica: la actitud ante la nación oprimida por “mi” nación. Mártov y otros
secretarios del extranjero han preferido olvidar —¡provechosa falta de
memoria!— la lucha de su colega y compañero Semkovski contra la
autodeterminación. Mártov ha escrito en la prensa legal de los partidarios de
Gvózdiev ( Nash Golos42) en pro de la autodeterminación,
demostrando la verdad incontestable de que ésta en la guerra imperialista no
obliga todavía a participar, etc.,
pero rehuyendo lo principal ¡lo rehúye incluso en la prensa ilegal, en la
prensa libre!—, que consiste en que Rusia ha batido también durante la paz el récord mundial de opresión de las
naciones sobre la base de un imperialismo mucho más brutal, medieval, atrasado
económicamente, burocrático y militar. El socialdemócrata ruso que “reconoce”
la autodeterminación de las naciones aproximadamente igual que lo hacen los
señores Plejánov, Potrésov y Cía., es decir, sin luchar en defensa de la
libertad de separación de las naciones oprimidas por el zarismo, es, de hecho, un imperialista y un lacayo
del zarismo.
27
Cualesquiera que sean los
“buenos” propósitos subjetivos de Trotski y Mártov, objetivamente apoyan con
sus evasivas el socialimperialismo ruso. La época imperialista ha convertido a
todas las “grandes” potencias en opresoras de una serie de naciones, y el
desarrollo del imperialismo llevará ineluctablemente a una división más clara
de las corrientes en torno a esta cuestión también en la socialdemocracia
internacional.
Escrito en julio de 1916. Publicado en octubre de 1916 en el
núm. 1 de “Sbórnik Sotsial-Demokrata”.
T. 30, págs. 17-58.
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42 "Nash Golas" ("Nuestra Voz"): periódico legal
menchevique. Apareció en Samara en los años 1915 y 1916. Ocupó una posición
socialchovinista
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
28
SOBRE
LA CARICATURA DEL MARXISMO Y EL “ECONOMISMO IMPERIALISTA”.43
“Nadie
comprometerá a la socialdemocracia revolucionaria si ella misma no se
desacredita”. Hay que recordar y tener presente esta sentencia siempre que
triunfa o, por lo menos, se pone a la orden del día algún importante precepto
teórico o táctico del marxismo y siempre que “arremeten” contra él, además de enemigos patentes y serios,
ciertos amigos que lo comprometen —lo deshonran— irremisiblemente,
convirtiéndole en una caricatura. Así ha ocurrido repetidas veces en la
historia de la socialdemocracia rusa. El triunfo del marxismo en el movimiento
revolucionario, a comienzos de los años 90 del siglo pasado, fue acompañado de
una caricatura del marxismo, representada por el “economismo” o “huelguismo” de
entonces; sin una larga lucha contra este “economismo” o “huelguismo”, los
“iskristas” no habrían podido mantener las bases de la teoría y la política
proletarias ni frente al populismo44
pequeñoburgués ni frente al liberalismo burgués. Así ha ocurrido con el
bolchevismo, que triunfó en el movimiento obrero de masas de 1905 gracias,
entre otras cosas, a la justa aplicación de la consigna de “boicot a la Duma
zarista”45 durante el período de importantísimas
batallas de la revolución rusa, en el otoño de 1905, y que hubo de sufrir
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43 El artículo Sobre la caricatura del marxismo y el "economismo
imperialista" fue escrito en respuesta al artículo de P. Kíevski El proletariado y "el derecho de las
naciones a la autodeterminación" en la época del capital financiero
44 Populismo: corriente pequeñoburguesa en el movimiento revolucionario
ruso, surgida en los años 60-70 del siglo XIX. Los populistas propugnaban el
derrocamiento de la autocracia y la entrega de la tierra de los latifundistas a
los campesinos. Se consideraban socialistas, pero su socialismo era utópico.
Negaban la legitimidad del desarrollo de las relaciones capitalistas en Rusia
y, de conformidad con ello, consideraban que la principal fuerza revolucionaria
era el campesinado, y no el proletariado; veían en la comunidad rural un
embrión de socialismo. Negaban asimismo el papel de las masas populares en el
proceso histórico y afirmaban que la historia la hacen los grandes hombres, los
"héroes", que ellos oponían a la multitud, inerte según el populismo.
Deseosos de alzar a los campesinos a la lucha contra la autocracia, los
populistas iban a las aldeas, "al pueblo" (y de ahí su denominación);
pero no encontraron apoyo.
El populismo atravesó varias etapas, evolucionando de la
democracia revolucionaria al liberalismo.
En los años 80-90, los populistas emprendieron el camino de la
conciliación con el zarismo, expresaban los intereses de los campesinos ricos y
combatían el marxismo.
45 El 6 (19) de agosto de 1905 se hicieron públicos el manifiesto
del zar con la ley de institución de la Duma de Estado y el reglamento de las
elecciones a ésta. La Duma fue denominada bulyguiniana por haber encargado el
zar la redacción de su proyecto a A. Bulyguin, a la sazón ministro del
Interior. Los bolcheviques exhortaron a los obreros y campesinos a boicotear
activamente la Duma bulyguiniana concentrando toda la campaña de agitación en
torno a las consignas: insurrección armada, ejército revolucionario y Gobierno
Provisional revolucionario. Los bolcheviques aprovecharon la campaña de boicot
a la Duma bulyguiniana para movilizar todas las fuerzas revolucionarias, para
efectuar grandes huelgas políticas y preparar el levantamiento armado. Las
elecciones a la Duma bulyguiniana no llegaron a celebrarse y el gobierno no
consiguió reunirla; el auge creciente de la revolución y la huelga política de
octubre en toda Rusia en 1905 barrieron la Duma
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
—y vencer en lucha— una
caricatura del bolchevismo en los años 1908-1910 46,
cuando Aléxinski y otros levantaron gran alboroto contra la participación en la
III Duma47.
Así ocurre también ahora. El
reconocimiento del carácter imperialista de la guerra actual , de sus profundos vínculos con la época imperialista del
capitalismo, encuentra, además de enemigos serios, amigos nada serios que se
han aprendido de memoria la palabreja
imperialismo —“de moda” para ellos— y siembran entre los obreros el más atroz
confusionismo teórico, resucitando todo un cúmulo de viejos errores del pasado
“economismo”. El capitalismo ha triunfado; por
eso, no hay que pensar en los problemas políticos, razonaban los viejos
“economistas” en 1894-1901, llegando a negar la lucha política en Rusia. El
imperialismo ha triunfado; por eso,
no hay que pensar en los problemas de la democracia política, razonan los
“economistas imperialistas” contemporáneos. Como botón de muestra de semejante
estado de ánimo, de semejante caricatura del marxismo, es significativo el
artículo de P. Kíevski que publicamos más arriba, primer intento de exposición
literaria más o menos completa de los vaivenes del pensamiento observados en
algunos círculos de nuestro partido en el extranjero desde comienzos de 1915.
La difusión del “economismo
imperialista” en las filas de los marxistas que se han pronunciado con decisión
contra el socialchovinismo y por el internacionalismo revolucionario en la gran
crisis actual del socialismo sería un durísimo golpe a nuestra tendencia —y a
nuestro partido—, pues lo comprometería desde dentro, desde sus propias filas,
convirtiéndolo en representante de un marxismo caricaturizado. Por ello, habrá
que analizar circunstanciadamente, al menos, los principales de los
innumerables errores que contiene el artículo de P. Kíevski, por “poco
interesante” que sea esta labor y aunque nos lleve a cada paso a una rumia
excesivamente elemental de verdades rudimentarias, archiconocidas y
comprendidas desde hace tiempo por el lector atento y reflexivo a través de
nuestras publicaciones de 1914 y 1915.
Empezaremos por el punto
“central” de los razonamientos de P. Kíevski para llevar en el acto al lector a
la “esencia” de la nueva corriente del “economismo imperialista”.
1. La actitud
marxista ante las guerras y ante la “defensa de la patria”.
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46 46 Otzovismo
(de la palabra "otozvat", revocar, retirar): corriente oportunista
aparecida entre una parte de los bolcheviques después de la derrota de la
revolución de 1905-1907. Encubriéndose con frases revolucionarias, los
otzovistas exigían que se revocara a los diputados socialdemócratas de la III
Duma de Estado y se dejara de trabajar en las organizaciones legales.
Declarando que, dada la reacción, el partido debe realizar únicamente labor
clandestina, los otzovistas se negaban a participar en la Duma, en los
sindicatos obreros, en las cooperativas y en otras organizaciones legales y
semilegales de masas; creían necesario concentrar todo el trabajo del partido
en el seno de la organización ilegal. El ultimatismo
era una variedad del otzovismo y se distinguía de éste sólo en la forma. Los
ultimatistas proponían que se presentara un ultimátum a la fracción
socialdemócrata de la Duma exigiendo la subordinación incondicional de la
fracción a las decisiones del CC del partido y que, en caso de que no lo
acataran, se retirase de la Duma a los diputados socialdemócratas
47 Duma
de Estado:
institución representativa que el gobierno zarista se vio obligado a convocar
como consecuencia de los acontecimientos revolucionarios de 1905. Formalmente,
la Duma de Estado era un órgano legislativo; pero, en realidad, no tenía ningún
poder efectivo. Las elecciones a la Duma de Estado eran indirectas, desiguales
y restringidas. Los derechos electorales de las clases trabajadoras, así como
de los pueblos alógenos de Rusia, estaban muy limitados, y gran parte de los
obreros y campesinos carecían totalmente de derecho a voto. Según la ley
electoral del 11 (24) de diciembre de 1905, un voto de un latifundista se
equiparaba a tres votos de representantes de la burguesía urbana, a quince
votos de campesinos y a cuarenta y cinco de obreros.
La I Duma de Estado
(abril-julio de 1906) y la II Duma de Estado (febrero-junio de 1907) fueron
disueltas por el gobierno zarista. El 3 de junio de 1907, el gobierno zarista
dio un golpe de Estado proclamando una nueva ley electoral que cercenó aún más
los derechos de los obreros, de los campesinos y de la pequeña burguesía urbana
y aseguró el dominio absoluto del bloque reaccionario de los latifundistas y
grandes capitalistas en la III Duma de Estado (1907-1912) y en la IV Duma
(1912-1917).
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
P. Kíevski está convencido y quiere convencer a los lectores de
que él “discrepa” únicamente en la
autodeterminación de las naciones, en el apartado 9 del programa de nuestro
partido. Intenta, muy enfadado, rechazar la acusación de que se aparta por
completo del marxismo en general en
la cuestión de la democracia, de que es “un traidor” (las venenosas comillas son de P. Kíevski) al marxismo en algo
fundamental. Mas el quid de la cuestión está en que en cuanto nuestro autor
empieza a razonar acerca de su disconformidad supuestamente parcial, en cuanto
empieza a aducir argumentos, consideraciones, etc., se aparta del marxismo
precisamente en toda la línea. Tomad el apartado b (sec. 2) del artículo de P. Kievski. “Esta reivindicación” (es
decir, la autodeterminación de las naciones) “lleva directamente (!!) al
socialpatriotismo”, proclama nuestro autor, y explica que la “traicionera”
consigna de la defensa de la patria es una deducción “sacada con la más plena
(!!) legitimidad lógica (!!) del derecho de las naciones a la
autodeterminación...” A su juicio, la autodeterminación significa “sancionar la
traición de los socialpatriotas franceses y belgas, que defienden esa
independencia” (la independencia nacional y estatal de Francia y Bélgica) “con
las armas en la mano: ellos hacen lo
que los partidarios de la “autodeterminación” sólo dicen...” “La defensa de la
patria forma parte del arsenal de nuestros más encarnizados enemigos”... “Nos
negamos resueltamente a comprender cómo se puede estar al mismo tiempo en contra de la defensa de la patria y a favor de
la autodeterminación, en contra de la
patria y a su favor”.
29
Así escribe P. Kíevski. Es
evidente que no ha comprendido nuestras resoluciones contra la consigna de la
defensa de la patria en la guerra actual. Habrá que tomar lo que está escrito
con toda nitidez en dichas resoluciones y explicar una vez más el sentido de
sus claras palabras.
La resolución aprobada por
nuestro partido en la Conferencia de Berna (marzo de 1915), que lleva por
título Acerca de la consigna de la
defensa de la patria , empieza con las siguientes palabras: “La verdadera esencia de la guerra actual
consiste” en esto y en lo otro.
Se trata de la guerra
actual. Es imposible decirlo más claro. Las palabras la “verdadera esencia”
muestran que es preciso distinguir lo aparente de lo real, lo externo de lo
esencial, las frases de los hechos. Las frases sobre la defensa de la patria en
la guerra actual presentan falsamente la guerra imperialista de 1914-1916, la
guerra por el reparto de las colonias, por el saqueo de tierras ajenas, etc.,
como una guerra nacional. Para que no quede la más mínima posibilidad de
tergiversar nuestros puntos de vista, la resolución contiene un párrafo
especialdedicado a “las guerras verdaderamente
nacionales” que “tuvieron lugar
especialmente (observad: ¡especialmente no significa exclusivamente!) en la
época de 1789 a 1871”.
La resolución aclara que
esas guerras “verdaderamente” nacionales “tuvieron por base” “un largo proceso
de movimientos nacionales masivos, de lucha contra el absolutismo y el
feudalismo, de derrocamiento de la opresión nacional...”
¿Está claro, no? En la
actual guerra imperialista, que ha sido engendrada por todas las condiciones de
la época imperialista, es decir, que no ha sido casual, que no ha sido una
excepción, un apartamiento de lo general y típico, las frases sobre la defensa
de la patria sirven en el fondo para engañar al pueblo, pues esta guerra no es nacional. En una guerra verdaderamente nacional, las palabras
“defensa de la patria” no son en modo
alguno un engaño y nosotros no estamos en contra de ella en
absoluto. Guerras de este género (nacionales de verdad) tuvieron lugar
“especialmente” entre 1789 y 1871, y la resolución, que no niega con una sola
palabra su posibilidad también hoy, aclara cómo es preciso diferenciar una
guerra verdaderamente nacional de una guerra imperialista encubierta con
fraudulentas consignas nacionales. Esto es, para diferenciar hay que analizar
si “tienen por
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
base” “un largo proceso de
movimientos nacionales masivos”, “de derrocamiento de la opresión nacional”.
En la resolución acerca del
“pacifismo” se dice claramente: “Los socialdemócratas no pueden negar la
significación positiva de las guerras revolucionarias, es decir, de las guerras
no imperialistas, sino de las que se sostuvieron, por ejemplo” (observad este
“por ejemplo”), “desde 1789 hasta 1871 para derrocar la opresión nacional...”
¿Podría una resolución de
nuestro partido hablar en 1915 de las guerras nacionales, de las que hubo
ejemplos en 1789-1871, y señalar que no negamos su significación positiva, si
no se reconociera que esas guerras son posibles también hoy? Está claro que no
podría.
El folleto de Lenin y
Zinóviev El socialismo y la guerra es
un comentario de las resoluciones de nuestro partido, es decir, una explicación
popular de las mismas. En la página 5 de este folleto se dice con toda claridad
que “los socialistas admitían y admiten hoy la legitimidad, lo progresista y
justo de la defensa de la patria o de la guerra defensiva” sólo en el sentido de “derrocamiento del yugo extranjero”. Se cita
un ejemplo: Persia contra Rusia, “etcétera”,
y se dice: “Estas guerras serían guerras justas, guerras defensivas, cualquiera
que fuese el país que atacara primero, y todo socialista desearía la victoria
de los Estados oprimidos, dependientes, de derechos mermados, en la lucha
contra las “grandes” potencias opresoras, esclavizadoras, expoliadoras”.
El folleto se publicó en
agosto de 1915, apareció en alemán y francés. P. Kíevski lo conoce muy bien. Ni
P. Kíevski ni nadie en general nos ha hecho una sola vez objeciones ni a la
resolución sobre la consigna de la defensa de la patria, ni a la resolución
sobre el pacifismo, ni a la interpretación de esas resoluciones en el folleto.
¡Ni una sola vez! Surge una pregunta: ¿calumniamos a P. Kíevski al decir que no
ha comprendido en absoluto el marxismo si este escritor, que desde marzo de
1915 no ha hecho la menor objeción a las opiniones de nuestro partido sobre la
guerra, ahora, en agosto de 1916, en un artículo sobre la autodeterminación, es
decir, en un artículo dedicado aparentemente a una cuestión parcial, revela una
pasmosa incomprensión del problema general?
P. Kíevski califica de
“traicionera” la consigna de la defensa de la patria. Podemos asegurarle con
toda tranquilidad que toda consigna
es y será siempre “traicionera” para
quienes la repitan mecánicamente sin comprender su significado, sin
reflexionar sobre la cuestión, limitándose a recordar las palabras sin analizar
su sentido.
30
¿Qué es la “defensa de la
patria”, hablando en general? ¿Es un concepto científico de dominio de la
economía, la política, etc.? No. Es sencillamente la expresión más corriente,
de uso general, a veces simplemente filistea, que significa justificación de la guerra . ¡Y nada
más, absolutamente nada más! Lo único “traicionero” que puede haber en ella es
la capacidad de los filisteos de justificar cualquier
guerra diciendo “defendemos la patria”, en tanto que el marxismo, que no
desciende al terreno del filisteísmo, exige un análisis histórico de cada
guerra concreta para comprender si esa
guerra puede ser considerada progresista, si sirve a los intereses de la
democracia o del proletariado y, en este
sentido, si es legítima, justa, etc.
La consigna de la defensa de
la patria es muy a menudo una justificación filistea inconsciente de la guerra
en general, debida a la incapacidad de comprender históricamente la
significación y el sentido de cada guerra concreta.
El marxismo hace ese
análisis y dice: si la “verdadera esencia” de la guerra consiste, por ejemplo , en derrocar el yugo
extranjero (lo que fue especialmente
típico de la Europa de 1789 a 1871),
la guerra será progresista por parte del Estado o nación oprimidos. Si la “verdadera esencia” de la guerra
es un nuevo reparto de las colonias, la partición del botín, el saqueo de
tierras ajenas (y tal es la guerra de 1914 a 1916), entonces, la frase sobre la
defensa de la patria será “un puro engaño al pueblo”.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
¿Cómo descubrir la
“verdadera esencia” de la guerra, cómo determinarla? La guerra es la
continuación de la política. Hay que estudiar la política que precede a la
guerra, la política que lleva y ha llevado a la guerra. Si la política era
imperialista, es decir, defendía los intereses del capital financiero,
expoliaba y oprimía a las colonias y países ajenos, la guerra dimanante de esa
política será una guerra imperialista. Si la política era de liberación
nacional, es decir, si expresaba el movimiento masivo contra la opresión
nacional, la guerra dimanante de esa política será una guerra de liberación
nacional.
El filisteo no comprende que
la guerra es la “continuación de la política” y por eso se limita a decir que
el “enemigo ataca”, “el enemigo ha invadido a mi país”, sin analizar por qué se hace la guerra, qué clases la hacen, qué fin político persigue. P. Kíevski
desciende por completo al nivel de este filisteo cuando dice que Bélgica ha
sido ocupada por los alemanes y, por tanto, desde el punto de vista de la
autodeterminación, los “socialpatriotas belgas tienen razón”, o cuando afirma:
los alemanes han ocupado una parte de Francia, por tanto, “Guesde puede
sentirse satisfecho”, pues “se trata de un territorio poblado por la nación
dada” (y no de un territorio perteneciente a otra nación).
Para el filisteo, lo
importante es dónde se encuentran las
tropas, quién vence ahora . Para el
marxista, lo importante es por qué se
hace una guerra concreta, durante la
cual pueden resultar vencedoras ora unas tropas, ora otras.
¿Por qué se hace la guerra
actual? Se indica en nuestra resolución (basada en la política que siguieron durante decenios
antes de la guerra las potencias beligerantes). Inglaterra, Francia y Rusia
pelean para conservar las colonias robadas y saquear Turquía, etc. Alemania
pelea para conseguir colonias y saquear ella misma Turquía, etc. Admitamos que
los alemanes tomen incluso París y San Petersburgo.
¿Cambiará por ello el
carácter de la guerra actual? En lo más mínimo. El objetivo de los alemanes —y,
lo que es más importante, la política que se aplicará si triunfan los alemanes—
consistirá entonces en arrebatar las colonias a otros, dominar en Turquía,
apoderarse de regiones pobladas por naciones ajenas, por ejemplo, de Polonia,
etc., pero en modo alguno imponer el yugo extranjero a los franceses o a los
rusos. La verdadera esencia de la guerra actual no es nacional, sino
imperialista. Dicho de otro modo: la guerra no se hace porque una parte trate
de acabar con la opresión nacional y otra la defienda. La guerra se hace entre
dos grupos de opresores, entre los bandidos, para decidir cómo repartirse el
botín, quién ha de saquear Turquía y las colonias.
Resumiendo: la guerra entre las grandes potencias
imperialistas (es decir, entre potencias que oprimen a toda una serie de
pueblos ajenos, los envuelven en las redes de la dependencia del capital
financiero, etc.) o en alianza con
ellas es una guerra imperialista. Tal es la guerra de 1914 a 1916. La “defensa
de la patria” es un engaño en esta
guerra, es su justificación.
La guerra contra las potencias imperialistas, o
sea, opresoras, es por parte de los oprimidos (por ejemplo, de los pueblos de
las colonias) una guerra verdaderamente nacional. Esta guerra es posible
también hoy. La “defensa de la patria” por parte del país oprimido nacionalmente
contra el país opresor no es un engaño, y los socialistas no están en contra en modo alguno de la “defensa de la patria” en esa guerra.
La autodeterminación de las
naciones es lo mismo que la lucha por la liberación nacional completa, por la
independencia completa, contra las anexiones, y los socialistas no pueden renunciar a esta lucha — cualquiera que sea su
forma, incluso la insurrección o la guerra— sin dejar de ser socialistas.
P. Kíevski piensa que lucha
contra Plejánov: ¡Plejánov, viene a decir, ha señalado el nexo que existe entre
la autodeterminación de las naciones y la defensa de la patria! P. Kíevski ha
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
creído a
Plejánov, ha creído que ese nexo es realmente,
tal y como lo presenta Plejánov. Mas después de creer a Plejánov, P.
Kíevski se asusta y decide que es preciso negar la autodeterminación para
salvarse de las conclusiones de Plejánov... ¡La credulidad en Plejánov es
grande, el susto también es grande, pero no hay ni rastro de reflexión sobre en qué consiste el error
de Plejánov!
31
Para presentar esta guerra
como nacional, los socialchovinistas invocan la autodeterminación de las
naciones. La lucha acertada contra ellos puede ser sólo una: hay que mostrar
que esta guerra no se hace por la liberación de las naciones, sino para determinar
cuál de los grandes carniceros oprimirá mayor
número de naciones. En cambio, llegar a negar una guerra hecha verdaderamente en aras de la liberación
de las naciones significa presentar la peor caricatura del marxismo. Plejánov y
los socialchovinistas franceses invocan la república en Francia para justificar
su “defensa” frente a la monarquía en Alemania. ¡¡De razonar como lo hace P.
Kíevski, deberíamos estar contra la república o contra una guerra hecha verdaderamente para defender la
república!! Los socialchovinistas alemanes invocan el sufragio universal y la
alfabetización general obligatoria en Alemania para justificar la “defensa” de
ésta frente al zarismo. ¡De razonar como lo hace P. Kievski, deberíamos estar o
contra el sufragio universal y la alfabetización general o contra una guerra
hecha verdaderamente para proteger la
libertad política frente a los intentos de suprimirla!
C. Kautsky fue marxista
hasta la guerra de 1914-1916, y toda una serie de importantísimas obras y
declaraciones suyas quedarán para siempre como modelo de marxismo. El 26 de
agosto de 1910 escribía en Neue Zeit
acerca de la guerra inminente:
“En una guerra entre
Alemania e Inglaterra no estará en juego la democracia, sino la dominación
mundial, es decir, la explotación del mundo. No será una cuestión en la que los
socialdemócratas deban colocarse al lado de los explotadores de su nación (Neue Zeit, 28. Jahrg., Bd. 2, S. 776).
He aquí una excelente
fórmula marxista, coincidente por completo con las nuestras, que desenmascara
de pies a cabeza al Kautsky actual —el
cual ha vuelto la espalda al marxismo para defender el socialchovinismo— y que
aclara con toda precisión los principios de la actitud marxista ante las
guerras (volveremos aún a ocuparnos de esta fórmula en la prensa). Las guerras
son la continuación de la política; por ello, puesto que tiene lugar la lucha
por la democracia, es posible también
la guerra por la democracia; la autodeterminación de las naciones es sólo una
de las reivindicaciones democráticas, que no se distingue en nada, por
principio, de las demás. La “dominación mundial” es, dicho brevemente, el
contenido de la política imperialista cuya continuación es la guerra
imperialista. Negar la “defensa de la patria”, es decir, la participación en una guerra democrática, es un absurdo
que no tiene nada de común con el marxismo. Embellecer la guerra imperialista
aplicándole el concepto de “defensa de la patria”, es decir, presentarla como
democrática, significa engañar a los obreros, ponerse al lado de la burguesía
reaccionaria.
2.
“Nuestra concepción de la nueva época”.
P. Kíevski, a quien pertenece la expresión
puesta entre comillas, habla constantemente de la “nueva época”. Por desgracia,
sus consideraciones son erróneas también en este caso.
Las resoluciones de nuestro
partido hablan de la guerra actual, engendrada por las condiciones generales de
la época imperialista. La correlación de “época” y “guerra actual” está
planteada por nosotros correctamente desde el punto de vista marxista: para ser
marxista hay que valorar cada guerra de una manera concreta. Para comprender
por qué podía y debía surgir una guerra imperialista, es decir, la más
reaccionaria y antidemocrática
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
por su significado político,
entre las grandes potencias, muchas de las cuales figuraron desde 1789 hasta
1871 a la cabeza de la lucha por la democracia, hay que comprender las
condiciones generales de la época imperialista, es decir, de la transformación
del capitalismo de los países avanzados en imperialismo.
P. Kíevski tergiversa por
completo esta correlación de “época” y “guerra actual”. ¡Resulta, según él, que
hablar concretamente significa hablar
de la “época”! Y eso precisa mente es erróneo.
La época de 1789 a 1871 es
una época especial en Europa. Esto es indiscutible. No se puede comprender ni
una sola de las guerras de liberación nacional, especialmente típicas de
aquellos tiempos, sin comprender las condiciones generales de la época. ¿Significa
esto que todas las guerras de dicha época fueron de liberación nacional? Está
claro que no. Decir eso significaría llegar a un absurdo y sustituir con un
patrón ridículo el estudio concreto de cada guerra. Entre 1789 y 1871 hubo
también guerras coloniales y guerras entre imperios reaccionarios que oprimían
a toda una serie de naciones ajenas.
Surge una pregunta: ¿se
desprende, acaso, por el hecho de que el capitalismo avanzado europeo (y
norteamericano) haya entrado en la nueva época del imperialismo, que hoy sean
posibles únicamente guerras imperialistas? Afirmar eso sería absurdo, sería no saber
diferenciar un fenómeno concreto de toda la suma de variados fenómenos posibles
de una época. La época se llama precisamente época porque abarca toda una suma
de diversos fenómenos y guerras, típicos y no típicos, grandes y pequeños,
propios de los países avanzados y de los atrasados. Eludir estas cuestiones
concretas por medio de frases generales acerca de la “época”, como hace P.
Kíevski, significa abusar del concepto “época”. Para no hablar gratuitamente,
citaremos un ejemplo entre muchos.
32
Mas antes será preciso recordar que un grupo de izquierdistas —concretamente: el grupo alemán La
Internacional— hace una afirmación evidentemente errónea en el § 5 de sus
tesis, publicadas en el núm. 3 (29 de febrero de 1916) del Boletín de la
Comisión Ejecutiva de Berna: “En la era de este desenfrenado imperialismo no puede haber ya ninguna guerra
nacional”. Hemos analizado esta afirmación en “Sbórnik Sotsial-Demokrata”*. Aquí nos limitaremos a señalar que,
aunque cuantos se interesan por el movimiento internacionalista conocen hace
mucho esta tesis teórica (la hemos combatido ya en la primavera de 1916, en la
reunión ampliada de la Comisión Ejecutiva de Berna), hasta ahora no ha sido
repetida ni aceptada por ningún grupo.
Tampoco P. Kíevski, en agosto de 1916, cuando escribió su artículo, dijo una sola palabra en ese sentido o en otro
semejante.
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
Debemos destacar esto por lo
siguiente: si se hubiera hecho tal afirmación teórica u otra semejante, podría
hablarse de divergencias teóricas. Pero cuando no se hace ninguna afirmación de
esa naturaleza, nos vemos obligados a decir: no se trata de otra concepción de
la “época”, de una divergencia teórica, sino únicamente de una frase lanzada a
voleo, sólo de un abuso de la palabra “época”.
Un ejemplo: “¿No se parece
(la autodeterminación) –escribe P. Kíevski al comienzo mismo de su artículo— al
derecho a recibir gratuitamente 10.000 hectáreas en Marte? A esta pregunta sólo
se puede contestar del modo más concreto, teniendo en cuenta toda la época
actual; porque una cosa es el derecho de las naciones a la autodeterminación en
la época en que se formaron los Estados nacionales, como mejores formas de
desarrollo de las fuerzas productivas en su nivel de entonces, y otra cosa es
ese mismo derecho cuando dichas formas, las formas del Estado nacional, se han
convertido en trabas de su desarrollo. Entre la época del autoafianzamiento del
capitalismo y del Estado nacional y la época del hundimiento del Estado
nacional y de
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
la víspera del hundimiento del propio
capitalismo, hay una enorme distancia. Hablar “en general”, fuera del tiempo y
del espacio, no es cosa de un marxista”.
Este razonamiento es un
modelo de empleo caricaturesco del concepto “época imperialista”. ¡Precisamente
porque este concepto es nuevo e importante hay que luchar contra la caricatura!
¿De qué se trata al decir que las formas del Estado nacional se han convertido
en trabas, etc.? De los países capitalistas avanzados, ante todo, de Alemania,
Francia e Inglaterra, cuya participación en la guerra actual ha hecho de ella,
en primer término, una guerra imperialista. En estos países, que hasta ahora
habían llevado adelante a la humanidad, especialmente entre 1789 y 1871, ha
terminado el proceso de formación de Estados nacionales; en estos países, el movimiento nacional es
un pasado irrevocable y resucitarlo constituiría la más absurda utopía
reaccionaria. El movimiento nacional de los franceses, ingleses y alemanes
concluyó hace mucho; en el turno de la historia se plantea allí otra cosa: las naciones que antaño lucharon por liberarse se
han transformado en naciones opresoras, en naciones de saqueo imperialista, que
viven la “víspera del hundimiento del capitalismo”.
¿Y las demás naciones?
P. Kíevski repite, como una
regla aprendida de memoria, que los marxistas deben razonar “de modo concreto”,
pero no la aplica. Mas nosotros, en
nuestras tesis, hemos dado adrede un modelo de respuesta concreta, y P. Kíevski
no ha deseado señalarnos nuestro error, si es que ha visto en ello algún error.
En nuestras tesis (§ 6) se
dice que, para ser concretos, hay que distinguir no menos de tres tipos diferentes de países en el
problema de la autodeterminación. (Está claro que en unas tesis generales era
imposible hablar de cada país.) Primer tipo: los países avanzados del Oeste de
Europa (y de América), en los que el movimiento nacional es lo pasado. Segundo tipo: el Este de Europa,
donde dicho movimiento es lo presente
. Tercer tipo: las semicolonias y colonias, en la que es —en grado
considerable— lo futuro.
¿Es esto cierto o no? P.
Kíevski ha debido dirigir su crítica contra esto.
¡Pero no nota siquiera en qué
consisten las cuestiones teóricas! No ve que en tanto no refute el
planteamiento de nuestras tesis (en
el § 6) —y es imposible refutarlo porque es exacto—, sus consideraciones acerca
de la “época” recuerdan al hombre que “blande” una espada, pero no asesta el
golpe.
“En contra de la opinión de
V. Ilín —escribe al final del artículo—, consideramos que el problema nacional
no está resuelto para la mayoría (!) de los países occidentales (!)”...
Así pues, ¿resulta que el
movimiento nacional de los franceses, españoles, ingleses, holandeses, alemanes
e italianos no concluyó en los siglos XVII, XVIII, XIX y antes? Al comienzo del
artículo se tergiversa el concepto “época del imperialismo”, presentando las
cosas como si el movimiento nacional hubiese concluido en general, y no sólo en
los países occidentales adelantados. Al final de ese mismo artículo se declara
que el “problema nacional” “no está resuelto” ¡¡precisamente en los países occidentales!! ¿No es un embrollo?
En los países occidentales,
el movimiento nacional es un pasado lejano. En Inglaterra, Francia, Alemania,
etc., la “patria” ha dado de sí todo lo que podía dar, ha desempeñado ya su
papel histórico, es decir, el
movimiento nacional no puede ya dar allí nada progresista, algo que eleve a una
nueva vida económica y política a nuevas masas humanas. Allí no está a la orden
del día de la historia la transición del feudalismo o del salvajismo patriarcal
al progreso nacional, a la patria culta y libre políticamente, sino el paso de
la “patria” capitalista demasiado madura, que ha caducado, al socialismo.
33
En el Este de Europa la
situación es distinta. Sólo una persona que viva soñando y en Marte podría
negar que para los ucranios y bielorrusos, por ejemplo, no ha concluido todavía
el movimiento nacional, que en las masas se está despertando aún el deseo de
poseer su lengua vernácula y su literatura (y esto es condición y acompañante
indispensable del desarrollo
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
total del capitalismo, de la
penetración completa del intercambio hasta en la última familia campesina). La
“patria” no ha cumplido allí todavía
por completo su misión histórica. La “defensa de la patria” puede ser allí aún la defensa de la democracia, de la
lengua materna y de la libertad política contra las naciones opresoras, contra
el medievo; en cambio, los ingleses, franceses, alemanes e italianos mienten
hoy al hablar de la defensa de la patria en la guerra actual, pues, de hecho,
no defienden ni su lengua ni la libertad de su desarrollo
nacional, sino sus derechos esclavistas, sus colonias, las “esferas de
influencia” de su capital financiero en países ajenos, etc.
En las semicolonias y
colonias, el movimiento nacional es más joven aún, desde el punto de vista
histórico, que en el Este de Europa.
P. Kíevski no ha comprendido
en absoluto a qué se refiere las
palabras sobre los “países altamente desarrollados” y sobre la época
imperialista; en qué consiste la
situación “especial” de Rusia (título del apartado d del capítulo 2 del
artículo de P. Kíevski), y no sólo de Rusia; dónde es una frase falaz el movimiento de liberación nacional, y dónde es una realidad viva y
progresista.
3. ¿Qué es el
análisis económico?
El meollo de los
razonamientos que exponen los enemigos de la autodeterminación es su
“irrealizabilidad” en el capitalismo en general o en el imperialismo. El
terminacho “irrealizabilidad” se emplea a menudo con significados diversos y no
determinados exactamente. Por ello hemos pedido en nuestras tesis algo
indispensable en toda discusión teórica: aclarar en qué sentido se habla de
“irrealizabilidad”. Y no limitándonos a eso, hemos emprendido dicha aclaración.
En el sentido de dificultad o imposibilidad política de su realización, todas las reivindicaciones de la
democracia son “irrealizables” en el imperialismo sin una serie de
revoluciones.
En el sentido de
imposibilidad económica, constituye un profundo error decir que la
autodeterminación es irrealizable.
Tal era nuestra definición.
En ella está el quid de la divergencia teórica y, en una discusión más o menos
seria, nuestros adversarios deberían haber centrado toda su atención en este
problema.
Sin embargo, vean cómo razona P. Kíevski sobre esta cuestión.
Rechaza expresamente la
interpretación de la irrealizabilidad en el sentido de “difícil realizabilidad”
por causas políticas. Y responde de manera concreta a la pregunta en el sentido
de la imposibilidad económica.
“¿Significa —escribe— que la
autodeterminación es tan irrealizable en el imperialismo como los bonos de
trabajo en la producción mercantil?” Y P. Kíevski responde: “¡Si, significa
eso! Porque nosotros hablamos precisamente de la contradicción lógica entre dos
categorías sociales —el “imperialismo” y la “autodeterminación de las
naciones”—
,
de
una contradicción tan lógica como la que existe entre otras dos categorías: los
bonos de trabajo y la producción mercantil. El imperialismo es la negación de
la autodeterminación, y ningún prestidigitador conseguirá hacer compatible la
autodeterminación con el imperialismo”.
Por terrible que sea la
enojada palabra “prestidigitadores” que P. Kíevski lanza contra nosotros,
debemos hacerle notar, pese a todo, que no comprende simplemente lo que
significa el análisis económico. La “contradicción lógica” —a condición, claro
está, de que el pensamiento lógico sea correcto— no debe existir ni en el análisis económico ni en el político.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
Por eso, es imposible de
todo punto hablar de “contradicción lógica” en
general cuando se trata precisamente de hacer un análisis económico y no político. En las “categorías
sociales” figuran tanto lo económico como lo político. Por consiguiente, P.
Kíevski, que responde al comienzo clara y categóricamente: “sí, significa eso”
(es decir, la autodeterminación es tan
irrealizable como los bonos de trabajo en la producción mercantil), sale del
paso, en realidad, dando vueltas, pero sin hacer un análisis económico.
¿Cómo se demuestra que los
bonos de trabajo son imposibles en la producción mercantil? Con un análisis
económico. Este análisis, que, como cualquier otro, no admite la “contradicción
lógica”, toma en económicas, sólo
económicas (y no “sociales” en general) y deduce de ellas la imposibilidad de
los bonos de trabajo. En el capítulo primero de El Capital no se habla en absoluto de ninguna política, de ninguna
forma política, de ninguna “categoría social” en general: el análisis toma únicamente lo económico, el intercambio
de mercancías, el desarrollo del intercambio de mercancías. El análisis
económico muestra —por medio, naturalmente, de razonamientos “lógicos”— que los
bonos de trabajo son irrealizables en la producción mercantil.
34
¡P. Kíevski no intenta
siquiera emprender un análisis económico! Confunde
la esencia económica del imperialismo con sus tendencias políticas, como puede
verse ya en la primera frase del primer párrafo de su artículo. He aquí esa
frase:
“El capital industrial es la
síntesis de la producción precapitalista y del capital comercial y de préstamo.
El capital de préstamo se ha convertido en un servidor del capitalismo
industrial. El capitalismo supera ahora los distintos tipos de capital y surge
su tipo superior, unificado, el capital financiero, por lo que toda la época
puede ser denominada época del capital financiero, cuyo sistema adecuado de
política exterior es el imperialismo”.
Toda esta definición es
inservible por completo desde el punto de vista económico: en lugar de
categorías económicas exactas contiene únicamente frase. Pero es imposible
detenerse ahora en esta cuestión. Lo importante es que P. Kíevski define el
imperialismo como “sistema de política exterior”.
En primer lugar, esto
significa, en el fondo, una repetición errónea de la errónea idea de Kautsky.
En segundo lugar, es una
definición política, puramente política, del imperialismo. Con la definición
del imperialismo como “sistema de política”, P. Kíevski quiere eludir el
análisis económico que había
prometido al declarar que la autodeterminación “es tan” irrealizable en el imperialismo, es decir, irrealizable
desde el punto de vista económico, como los bonos de trabajo en la producción
mercantil.
En su discusión con los
izquierdistas, Kautsky declaró que el imperialismo es “únicamente un sistema de
política exterior” (concretamente: de
anexión) y que no se puede calificar de imperialismo cierta fase económica,
grado de desarrollo, del capitalismo.
Kautsky no tiene razón. No
es inteligente, desde luego, discutir acerca de las palabras. Es imposible
prohibir emplear la “palabra” imperialismo de uno u otro modo. Pero si se
quiere discutir, hay que aclarar con exactitud los conceptos.
Desde el punto de vista
económico, el imperialismo (o “época” del capital financiero, no se trata de
palabras) es el grado superior de desarrollo del capitalismo, precisamente el
grado en que la producción se hace tan grande y gigantesca que la libertad de competencia es sustituida por
el monopolio. En esto consiste la esencia económica del imperialismo. El
monopolio se manifiesta en los trusts, consorcios, etc.; en la omnipotencia
de los bancos gigantescos, en el acaparamiento de fuentes de materias primas,
etc.; en la concentración del capital bancario, etc. Todo el quid de la
cuestión está en el monopolio económico.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
El viraje de la democracia a
la reacción política constituye la superestructura política de la nueva
economía, del capitalismo monopolista (el imperialismo es el capitalismo
monopolista). La democracia corresponde a la libre competencia. La reacción
política corresponde al monopolio. “El capital financiero tiende a la
dominación y no a la libertad”, dice justamente R. Hilferding en su libro El capital financiero.
La idea de separar la
“política exterior” de la política en general o incluso de oponer la política
exterior a la interior es profundamente equivocada, no marxista, no científica.
Tanto en la política exterior como en la interior, el imperialismo tiende por
igual a conculcar la democracia, tiende a la reacción. En este sentido resulta
indiscutible que el imperialismo es la “negación” de la democracia en general, de
toda la democracia , y no sólo, en modo alguno, de una de las reivindicaciones de la democracia, a saber: la
autodeterminación de las naciones.
Siendo como es la “negación”
de la democracia, el imperialismo “niega” también, de la misma manera, la democracia en el problema nacional (o sea,
la autodeterminación de las naciones): “de la misma manera”, es decir, tiende a
conculcarla; su realización es en la misma medida y en idéntico sentido más
difícil en el imperialismo que la realización en él (en comparación con el
capitalismo premonopolista) de la república, la milicia popular, la elección de
los funcionarios por el pueblo, etc. No puede ni hablarse de que sea
irrealizable desde el punto de vista “económico”.
Es probable que P. Kíevski
haya sido inducido a error, en este caso, por otra circunstancia (aparte de la
incomprensión general de las exigencias del análisis económico): la
circunstancia de que, desde el punto de vista filisteo, la anexión (es decir,
la incorporación de territorios de una nación ajena contra la voluntad de sus
habitantes, es decir, la violación de la autodeterminación) se equipara a la
“ampliación” (expansión) del capital financiero a un territorio económico más
vasto.
Pero con conceptos filisteos es improcedente abordar cuestiones
teóricas.
Desde el punto de vista
económico, el imperialismo es el capitalismo monopolista. Para que el monopolio
sea completo hay que eliminar a los competidores no sólo del mercado interior
(del mercado del Estado), sino también del mercado exterior, del mundo entero.
¿Existe “en la era del capital financiero” la posibilidad económica de suprimir la competencia incluso en un Estado
extranjero? Existe, en efecto: los medios para ello son la dependencia
financiera y el acaparamiento de las fuentes de materias primas y, después, de
todas las empresas del competidor.
35
Los trusts norteamericanos
son la máxima expresión de la economía del imperialismo o capitalismo
monopolista. Para eliminar al competidor no se limitan a los medios económicos,
sino que recurren constantemente a medios políticos e incluso delictuosos. Pero
sería un gravísimo error considerar que el monopolio de los trusts es
irrealizable en el aspecto económico con los métodos de lucha puramente
económicos. Al contrario, la realidad demuestra a cada paso que es
“realizable”: los trusts minan el crédito del competidor por intermedio de los
bancos (los dueños de los trusts son los dueños de los bancos: acaparamiento de
acciones); los trusts torpedean los suministros de material a los competidores
(los dueños de los trusts son los dueños de los ferrocarriles: acaparamiento de
acciones); los trusts disminuyen los propios, durante cierto tiempo, por debajo
del costo de producción, gastando en ello millones para arruinar al competidor
y comprar sus empresas, sus fuentes
de materias primas (minas, tierras, etc.).
He ahí un análisis puramente
económico de la fuerza de los trusts y de su ampliación. He ahí el camino
puramente económico de su ampliación: la compra
de empresas, establecimientos y fuentes de materias primas.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
El gran capital financiero
de un país puede también comprar siempre a los competidores de un país
extranjero independiente políticamente, y lo hace siempre. Esto es plenamente
realizable desde el punto de vista económico. La “anexión” económica es plenamente “realizable” sin anexión
política y se da en todo momento. En las obras sobre el imperialismo se
encuentran a cada paso indicaciones de que, por ejemplo, Argentina es en
realidad una “colonia comercial” de Inglaterra, que Portugal es de hecho un
“vasallo” de Inglaterra, etc. Es cierto: la dependencia económica respecto de
los bancos ingleses, las deudas a Inglaterra y la compra por Inglaterra de los
ferrocarriles, minas, tierras, etc., convierte a tales países en “anexiones” de
Inglaterra en el sentido económico, sin violar la independencia política de los
mismos.
Se da el nombre de
autodeterminación de las naciones a su independencia política. El imperialismo
trata de vulnerarla —exactamente igual que trata de remplazar la democracia en
general con la oligarquía—, pues con la anexión política, la económica es frecuentemente
más cómoda, más barata (es más fácil sobornar a los funcionarios, obtener
concesiones, hacer aprobar leyes ventajosas, etc.), más factible y más
tranquila. Pero hablar de la “irrealizabilidad” económica de la autodeterminación en el imperialismo es simplemente
un galimatías.
P. Kíevski da de lado las
dificultades teóricas con un procedimiento extraordinariamente fácil y manido,
que en alemán se denomina expresiones “burschikos”, es decir, expresiones
estudiantiles un tanto vulgarotas y groseras, usuales (y naturales) durante las
juergas estudiantiles. He aquí una muestra:
“El
sufragio universal, la jornada de ocho horas e incluso la república — escribe
P. Kíevski— son compatibles lógicamente
con el imperialismo, aunque no le hagan ninguna gracia (!), por lo que su
realización se ve dificultada en extremo”.
No tendríamos absolutamente
nada en contra de la expresión “burschikos” de que la república “no le hace
ninguna gracia” al imperialismo —¡una palabreja alegre a veces hace más amenas
las materias científicas!– si en los razonamientos acerca de un problema serio
hubiera también, además de esa
expresión, un análisis económico y político de los conceptos. P. Kíevski
sustituye ese análisis, oculta su ausencia, con expresiones “burschikos”.
¿Qué significa “la república
no le hace ninguna gracia al imperialismo”? ¿Y por qué ocurre eso?
La república es una de las
formas posibles de superestructura política de la sociedad capitalista y, por
cierto, la más democrática en las condiciones modernas. Decir que la república
“no le hace ninguna gracia” al imperialismo significa decir que existe
contradicción entre el imperialismo y la democracia. Es muy posible que esta
deducción nuestra “no haga gracia” e incluso “ninguna gracia” a P. Kíevski,
pero, pese a ello, es indiscutible.
Prosigamos. ¿Qué carácter
tiene esa contradicción entre el imperialismo y la democracia? ¿Es lógica o
ilógica? P. Kíevski emplea la palabra “lógica” irreflexivamente, por lo que no
se da cuenta de que dicha palabra le sirve, en este caso, para ocultar (tanto de los ojos y la
inteligencia del lector como de los ojos y la inteligencia del autor) ¡precisamente el problema que se había
propuesto tratar! Este problema es la relación de la economía con la política,
la relación de las condiciones económicas y del contenido económico del
imperialismo con una de sus formas políticas. Toda “contradicción” que se
observa en los razonamientos humanos es una contradicción lógica; esto es vana
tautología. Y P. Kíevski se vale de ella para eludir la esencia del problema: ¿se trata de una contradicción “lógica” entre
dos tesis o fenómenos económicos (1)
o políticos (2), o uno de ellos es económico y el otro, político (3)?
¡Ahí está el quid, puesto
que se ha planteado la cuestión de la irrealizabilidad o realizabilidad
económica, dada una u otra forma política!
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
Si P. Kíevski no hubiera
dado de lado esa esencia, habría visto, probablemente, que la contradicción
entre el imperialismo y la república es una contradicción entre la economía del
capitalismo moderno (exactamente: el capitalismo monopolista) y la democracia
política en general. Porque P. Kíevski jamás podrá demostrar que cualquier
medida democrática importante y radical (la elección de los funcionarios u
oficiales por el pueblo, la más amplia libertad de asociación y de reunión,
etc.) contradice menos al imperialismo (le hace “más gracia”, si así se quiere)
que la república.
36
Resulta precisamente la
misma proposición que nosotros hemos
defendido en la tesis: el imperialismo está en contradicción, en contradicción
“lógica”, con toda la democracia política en
general. A P. Kíevski “no le hace gracia” esta proposición nuestra porque
echa por tierra sus ilógicas lucubraciones; pero ¿qué hacer? ¿Resignarse con
que se haga pasar de contrabando precisamente las conocidas tesis que se
aparenta querer refutar, recurriendo para ello a la expresión “la república no
le hace ninguna gracia al imperialismo”?
Prosigamos. ¿Por qué la
república no le hace ninguna gracia al imperialismo? ¿Y cómo “hace compatible”
el imperialismo su economía con la república?
P. Kíevski no ha pensado en
esto. Le recordaremos las siguientes palabras de Engels. Se trata de la
república democrática. La cuestión se plantea así: ¿puede dominar la riqueza
con esta forma de gobierno? Es decir, se trata precisamente de la “contradicción”
entre la economía y la política.
Engels responde: “La
república democrática... no reconoce oficialmente diferencias de fortuna”
(entre los ciudadanos). “En ella, la riquez a ejerce su poder indirectamente,
pero de un modo más seguro. De una parte, bajo la forma de corrupción directa
de los funcionarios” (“de lo cual es Norteamérica un modelo clásico”) “y, de
otra parte, bajo la forma de alianza entre el gobierno y la Bolsa...”48
¡Ahí tenéis un modelo de
análisis económico de la “realizabilidad” de la democracia en el capitalismo,
cuestión de la que es partícula otra cuestión: la “realizabilidad” de la
autodeterminación en el imperialismo!
La república democrática
está en contradicción “lógica” con el capitalismo, pues iguala “oficialmente”
al rico y al pobre. Se trata de una contradicción entre el régimen económico y
la superestructura política. La república tiene esa misma contradicción con el
imperialismo, ahondada o agravada por el hecho de que la sustitución de la
libre competencia con el monopolio “dificulta” más aún la realización de
cualquier libertad política.
¿Cómo se hace compatible el
capitalismo con la democracia? ¡Mediante el ejercicio indirecto del poder
omnímodo del capital! Para ello existen dos medios económicos: 1) el soborno
directo; 2) la alianza del gobierno con la Bolsa. (En nuestras tesis se expresa
esto con las siguientes palabras: en el régimen burgués, el capital financiero
“comprará y sobornará libremente a cualquier gobierno y a los funcionarios”.)
Puesto que domina la
producción mercantil, la burguesía, el poder del dinero, es “realizable” el
soborno (directo y a través de la Bolsa) con cualquier forma de gobierno, con
cualquier democracia.
Puede preguntarse: ¿qué
cambia en la relación analizada al ser remplazado el capitalismo con el
imperialismo, es decir, el capitalismo premonopolista con el monopolista?
¡Lógicamente que el poder de
la Bolsa aumenta! Porque el capital financiero es el gran capital industrial,
que ha crecido hasta el monopolio y se ha fundido con el capital bancario. Los
grandes bancos se funden con la Bolsa, absorbiéndola. (En las obras sobre el
imperialismo se
![]()
48 F. Engels. El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. (C. Marx
y F. Engels. Obras Escogidas en tres
tomos, ed. en español, t. m, pág. 347.)-80
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
dice que decrece la
importancia de la Bolsa, pero sólo en el sentido de que cada banco gigantesco
es de por sí una Bolsa.)
Prosigamos. Si para la
“riqueza” en general es plenamente realizable la dominación sobre cualquier
república democrática por medio del soborno y de la Bolsa, ¿cómo puede afirmar
P. Kíevski, sin caer en una divertida “contradicción lógica”, que la grandísima
riqueza de los trusts y de los bancos, que manejan miles de millones, no puede
“realizar” el poder del capital financiero sobre una república ajena, es decir,
independiente políticamente?
¿En qué quedamos? ¿Es
“irrealizable” el soborno de los funcionarios en un Estado extranjero? ¿O la
“alianza del gobierno con la Bolsa” es sólo una alianza del gobierno propio?
* * *
El lector verá ya, por
cuanto queda dicho, que para deshacer y explicar con un lenguaje popular un
embrollo que ocupa diez líneas hacen falta cerca de diez páginas de imprenta.
Nos es imposible analizar con el mismo detalle cada razonamiento de P. Kíevski
—¡no tiene literalmente ni uno solo exento de embrollo!— y, además, no es
necesario, puesto que hemos analizado lo principal. Hablaremos brevemente del
resto.
4. El ejemplo de
Noruega
Noruega “realizó” el
supuestamente irrealizable derecho de autodeterminación en 1905, en la época
del más desenfrenado imperialismo. Por ello, hablar de su carácter
“irrealizable” es no sólo absurdo teóricamente, sino ridículo.
P. Kíevski quiere refutarlo,
llamándonos enojado “racionalistas” (¿a cuento de qué?; el racionalista se
limita a hacer consideraciones, por cierto abstractas, en tanto que nosotros
¡hemos señalado un hecho concretísimo!; ¿no empleará P. Kíevski la palabreja
extranjera “racionalista” tan... ¿cómo decirlo con mayor mesura?... tan
“acertadamente” como utiliza al comienzo de su artículo la palabra
“extractiva”, presentando sus consideraciones “en forma extractiva”?)
P. Kíevski nos reprocha que
para nosotros “tiene importancia la apariencia de los fenómenos, pero no la
verdadera esencia”. Examinemos, pues, la verdadera esencia.
La refutación empieza con un
ejemplo: la promulgación de una ley contra los trusts no demuestra que sea
irrealizable la prohibición de los mismos. Es cierto. Mas se trata de un
ejemplo desafortunado, pues se vuelve contra
P. Kíevski. Una ley es una medida política, es política. La economía no puede
ser prohibida con ninguna medida política. Ninguna forma política de Polonia,
ya sea ésta una partícula de la Rusia zarista o de Alemania, o una región
autónoma o un Estado independiente políticamente, puede prohibir ni abolir su
dependencia del capital financiero de las potencias imperialistas, la compra de
las acciones de sus empresas por dicho capital.
37
La independencia de Noruega
se “realizó” en 1905 sólo políticamente. No se proponía tocar, ni podía
hacerlo, la dependencia económica. De ello precisamente hablan nuestras tesis.
En ellas señalamos que la autodeterminación afecta sólo a la política, por lo
que es equivocado plantear siquiera la cuestión de su irrealizabilidad desde el
punto de vista económico. ¡Y P. Kíevski nos “refuta” citando un ejemplo de
impotencia de las prohibiciones políticas contra la economía! ¡Buena
“refutación”!
Prosigamos.
“Un ejemplo o incluso muchos ejemplos de
victoria de las empresas pequeñas sobre las grandes no bastan para rebatir la
acertada tesis de Marx de que la marcha general
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
del capitalismo va acompañada de la
concentración y la centralización de la producción”.
Este argumento representa de
nuevo un ejemplo desafortunado, que
se escoge para desviar la atención (del lector y del autor) de la verdadera
esencia de la disputa.
Nuestra tesis dice que es
equivocado hablar de la irrealizabilidad económica de la autodeterminación en
el mismo sentido en que son irrealizables los bonos de trabajo en el
capitalismo. No puede haber ni un solo “ejemplo” de semejante realizabilidad. P. Kíevski reconoce en silencio nuestra
razón en este punto, pues pasa a otra
interpretación de la “irrealizabilidad”.
¿Por qué no lo hace
directamente? ¿Por qué no formula abierta y exactamente su tesis: “la autodeterminación, siendo irrealizable en el sentido
de su posibilidad económica en el capitalismo, está en contradicción con el
desarrollo, por lo que es reaccionaria o constituye solamente una excepción”?
Porque la fórmula franca de
la contratesis desenmascararía en el acto al autor, y éste se ve obligado a
esconderse.
La ley de la concentración
económica, de la victoria de la gran producción sobre la pequeña, es admitida
tanto por nuestro programa como por el de Erfurt. P. Kíevski oculta el hecho de
que en ningún sitio ha sido reconocida la ley de la concentración política o
estatal. Si eso es la misma ley o también una ley, ¿por qué no la expone P.
Kíevski y no propone completar nuestro programa? ¿Es justo por su parte que nos
deje con un programa malo, incompleto, cuando ha descubierto esa nueva ley de
la concentración estatal, una ley que tiene importancia práctica, pues eximiría
a nuestro programa de conclusiones erróneas?
P. Kíevski no formula la ley
ni propone que se complete nuestro programa, pues presiente vagamente que, de
hacerlo, quedaría en ridículo. Todos se reirían a carcajadas del curioso
“economismo imperialista” si este punto de vista saliera a la superficie y,
paralelamente a la ley del desplazamiento de la pequeña producción por la
grande, se expusiese la “ley” (en
relación con aquélla o junto a ella) ¡del desplazamiento de los pequeños
Estados por los grandes!
Para aclarar esta cuestión,
nos limitaremos a hacer una pregunta a P. Kíevski: ¿por qué los economistas sin
comillas no hablan de “disgregación”
de los trusts o de los grandes bancos modernos, de que esa disgregación es
posible y realizable?, ¿por qué hasta el “economista imperialista” entre
comillas se ve obligado a reconocer que es posible y realizable la disgregación
de los grandes Estados y no sólo la disgregación en general, sino, por ejemplo,
la separación de “las pequeñas naciones” (¡observad esto!) de Rusia (apartado d
del cap. 2 del artículo de P. Kíevski)?
Por último, para aclarar más
patentemente hasta qué extremo llega el autor en sus consideraciones y
prevenirle, señalaremos lo siguiente: todos nosotros exponemos públicamente la
ley del desplazamiento de la pequeña producción por la grande y nadie teme calificar
de fenómeno reaccionario los “ejemplos” aislados de “victoria de las pequeñas
empresas sobre las grandes”. Hasta ahora, ningún
adversario de la autodeterminación se ha atrevido a denominar reaccionaria la
separación de Noruega de Suecia, aunque nosotros venimos planteando esta
cuestión desde 1914 en nuestras publicaciones.
La gran producción es
irrealizable si se conservan, por ejemplo, las máquinas a brazo: es
completamente absurda la idea de la “disgregación” de una fábrica mecánica en
talleres manuales. La tendencia imperialista a los grandes imperios es
plenamente realizable y se realiza, con frecuencia, como alianza imperialista
de Estados autónomos e independientes en el sentido político de la palabra.
Esta alianza es posible y se observa no sólo bajo la forma de entroncamiento
económico de los capitales financieros de dos países, sino también bajo
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
la forma de “colaboración”
militar en una guerra imperialista. La lucha nacional, la insurrección nacional
y la separación nacional son completamente “realizables” y se observan de
verdad en el imperialismo; es más,
incluso se intensifican, pues el imperialismo no detiene el desarrollo del
capitalismo ni el crecimiento de las tendencias democráticas en la masa de la
población, sino que exacerba el
antagonismo entre dichas tendencias democráticas y la tendencia antidemocrática
de los trusts.
38
Sólo desde el punto de vista del “economismo imperialista”, es
decir, de un marxismo caricaturesco, se puede dar de lado, por ejemplo, el
siguiente fenómeno específico de la política imperialista: De una parte, la
actual guerra imperialista nos brinda ejemplos de cómo se consigue arrastrar a
un Estado pequeño, independiente políticamente, a la lucha entre las grandes
potencias (Inglaterra y Portugal) por medio de los vínculos financieros y de
los intereses económicos. De otra parte, la violación de la democracia con
respecto a las naciones pequeñas, mucho más débiles (tanto económica como
políticamente) que sus “protectores” imperialistas, origina la insurrección
(Irlanda) o el paso de regimientos enteros al campo enemigo (los checos). En
tal estado de cosas, es no sólo “realizable” desde el punto de vista del
capital financiero, sino a veces
francamente ventajoso para los
trusts, para su política
imperialista, para su guerra
imperialista, conceder la mayor libertad democrática posible, incluso la
independencia estatal, a algunas
pequeñas naciones, a fin de no correr el riesgo de ver perturbadas “sus”
operaciones militares. Olvidar la originalidad de los alineamientos políticos y
estratégicos y repetir, venga o no a cuento, una sola palabreja aprendida de
memoria —“imperialismo”— no es en modo alguno marxismo.
P. Kíevski nos dice de
Noruega, en primer lugar, que “ha sido siempre un Estado independiente”. Esto
es falso, y tal falsedad puede explicarse únicamente por la incuria
“burschikos” del autor y su despreocupación por los problemas políticos.
Noruega no fue un Estado
independiente hasta 1905, sino que gozó de una autonomía extraordinariamente
amplia. Suecia reconoció la independencia estatal de Noruega sólo después de que esta última se separara
de ella. Si Noruega “hubiera sido siempre un Estado independiente”, el gobierno
sueco no habría podido comunicar a las potencias extranjeras el 26 de octubre
de 1905 que a partir de aquel momento reconocía a Noruega como país
independiente.
En segundo lugar, P. Kíevski
esgrime una serie de citas para demostrar que Noruega miraba hacia el Oeste y
Suecia hacia el Este, que en una “operaba” primordialmente el capital
financiero inglés, y en la otra, el alemán, etc. De ahí saca una conclusión triunfal:
“este ejemplo” (Noruega) “cabe íntegramente en nuestros esquemas”.
¡Ahí tenéis una muestra de
la lógica del “economismo imperialista”! En nuestras tesis se dice que el
capital financiero puede dominar en “cualquier país”, “aunque sea
independiente”, y que, por ello, todas las consideraciones acerca de la
“irrealizabilidad” de la autodeterminación desde el punto de vista del capital
financiero son un tremendo embrollo. Se nos citan datos que confirman nuestra tesis sobre el papel del capital financiero
extranjero en Noruega antes y después de la separación ¡¡como si eso
la refutara!!
¿Es que hablar del capital
financiero olvidando los problemas
políticos significa razonar sobre política?
No. Los errores lógicos del
“economismo” no han hecho desaparecer los problemas políticos. El capital
financiero inglés “operó” en Noruega antes y después de la separación. El
capital financiero alemán “operó” en Polonia antes de que se separara de Rusia
y “operará” cualquiera que sea la
situación política de Polonia. Esto es tan elemental que resulta violento
repetirlo: pero ¿qué hacer cuando se olvida lo más elemental?
¿Desaparece por ello el
problema político de una u otra situación de Noruega, de su pertenencia a
Suecia o del comportamiento de los obreros cuando se planteó la separación?
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
P. Kíevski elude estas
cuestiones, pues golpean de firme a los “economistas”. Pero estas cuestiones
han sido y son planteadas en la práctica. En la práctica se ha planteado la
cuestión de si puede ser socialdemócrata el obrero sueco que no reconozca el derecho
de Noruega a la separación. No puede
serlo.
Los aristócratas suecos eran
partidarios de la guerra contra Noruega; los curas, también. Este hecho no ha
desaparecido por la circunstancia de que P. Kíevski haya “olvidado” leer algo
sobre él en las historias del pueblo noruego. El obrero sueco podía, sin dejar
de ser socialdemócrata, aconsejar a los noruegos que votasen contra la
separación (el referéndum acerca de la separación se celebró en Noruega el 13
de agosto de 1905, participaron en él cerca del 80% de los ciudadanos con
derecho al sufragio y dio los siguientes resultados: 368.200 votos en pro de la
separación y 184 en contra). Pero el obrero sueco que, a semejanza de la
aristocracia y la burguesía suecas, negase el derecho de los noruegos a decidir
esta cuestión por sí mismos, sin los suecos e independientemente de su
voluntad, sería un socialchovinista y
un canalla intolerable en el Partido
Socialdemócrata.
En eso consiste la
aplicación del apartado 9 del programa de nuestro partido, que ha intentado saltarse nuestro “economista
imperialista”. ¡No se lo saltarán, señores, sin caer en brazos del chovinismo!
¿Y el obrero noruego?
¿Estaba obligado, desde el punto de vista del internacionalismo, a votar a favor de la separación? En absoluto.
Podía votar en contra sin dejar por ello de ser socialdemócrata. Habría
incumplido su deber de miembro del Partido Socialdemócrata sólo en el caso de
que hubiera tendido su mano de camarada al obrero ultrarreaccionario sueco que
se manifestase contra la libertad de
separación de Noruega.
Algunas personas no quieren
ver esta diferencia elemental en la situación del obrero noruego y del sueco.
Pero se desenmascaran a sí mismas cuando eluden
esta cuestión política, la más concreta entre las concretas, que les planteamos
a quemarropa. Callan, esquivan y, con ello, ceden la posición.
39
Para demostrar que el
problema “noruego” puede surgir en Rusia hemos formulado adrede esta tesis en
condiciones de carácter estrictamente
militar y estratégico, ahora es
también plenamente realizable un Estado polaco independiente. P. Kíevski desea
“discutir” ¡¡y guarda silencio!!
Agreguemos: también
Finlandia, por consideraciones estrictamente militares y estratégicas, con
cierto desenlace de la guerra imperialista actual
(por ejemplo, la adhesión de Suecia a los alemanes y una semivictoria de estos
últimos), puede perfectamente
convertirse en un
Estado separado, sin socavar
la “realizabilidad” de una sola operación del capital financiero, sin hacer
“irrealizable’’ la compra de acciones de los ferrocarriles y demás empresas en
Finlandia*.
* Si con un desenlace de la guerra actual es plenamente
"realizable" la formación de nuevos Estados en Europa, de los Estados
polaco, finlandés, etc., sin alterar lo más mínimo las condiciones de
desarrollo del imperialismo ni sus fuerzas —al contrario, acentuando la influencia, los vínculos y la presión del capital
financiero—, con otro desenlace de la guerra es de la misma manera "realizable" la formación de nuevos
Estados: húngaro, checo, etc. Los imperialistas ingleses apuntan ya ahora ese
segundo desenlace para el caso de que triunfen. La época imperialista no
suprime ni las aspiraciones a la independencia política de las naciones ni la
"realizabilidad" de estas aspiraciones en los límites de las relaciones imperialistas mundiales. Fuera de eses límites es
"irrealizable" sin una serie de revoluciones, e inconsistente sin el
socialismo, tanto la república en Rusia como, en general, toda transformación
democrática muy importante en cualquier lugar del mundo. P. Kíevski no ha
comprendido en absoluto, sí, en absoluto, la postura del imperialismo frente a
la democracia.
P. Kíevski esquiva las
cuestiones políticas, desagradables para él, amparándose en una frase
magnífica, excelentemente característica de todo su “razonamiento”: ...“Cada
minuto”... (así se dice textualmente al final del apartado b del capítulo I)... “puede caer la espada de
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
Damocles49 y poner fin a la existencia del taller “independiente”
(“alusión” a la pequeña Suecia y a Noruega).
Ese es, por lo visto, el
verdadero marxismo: El Estado noruego separado, cuya separación de Suecia fue
calificada por el gobierno sueco de
“medida revolucionaria”, existe unos diez años nada más.
Pero ¿merece la pena que
examinemos las cuestiones políticas
que dimanan de ello si hemos leído El
capital financiero de Hilferding y lo hemos “entendido” en el sentido de
que “cada minuto” —¡puesto a decir tonterías no te pares en barras!— puede
desaparecer un Estado pequeño? ¿Merece la pena prestar atención a que hemos
adulterado el marxismo, convirtiéndolo en “economismo”, y hemos transformado
nuestra política en una repetición de los discursos de los chovinistas
verdaderamente rusos?
¡Cómo se equivocaron, por lo
visto, los obreros rusos en 1905 al tratar de conseguir la república!
¡Porque el capital
financiero se movilizó ya contra ella en Francia, en Inglaterra, etc., y “cada
minuto”, si hubiera surgido, podría haberla decapitado con la “espada de
Damocles”!
* * *
“La reivindicación de
autodeterminación nacional no es... utópica en el programa mínimo: no está en
contradicción con el desarrollo social, ya que su realización no detendría ese
desarrollo”. P. Kíevski pone en duda estas palabras de Mártov en el mismo párrafo
de su artículo en que aporta las “citas” sobre
Noruega, las cuales
demuestran una y otra vez el hecho, por todos conocido, de que ni el desarrollo en general, ni el crecimiento de las operaciones del
capital financiero en particular, ni
la compra de Noruega por los ingleses han
sido detenidos por la “autodeterminación” y separación de Noruega.
Entre nosotros ha habido más
de una vez bolcheviques, por ejemplo, Aléxinski en 1908-1910, que han discutido
con Mártov ¡precisamente cuando éste
tenía razón! ¡Líbranos, Señor, de semejantes “aliados”!
5.
Sobre “monismo y dualismo”.
P. Kíevski nos acusa de “interpretación dualista de la
reivindicación” y escribe:
“La acción monista de la Internacional es remplazada con la propaganda dualista”.
Esto suena completamente a
marxista, a materialista: la acción, que es única, se opone a la propaganda,
que es “dualista”. Lamentablemente, al analizarlo más de cerca, debemos decir
que se trata de un “monismo” tan verbal
como el “monismo” de Dühring. “No basta que yo clasifique un cepillo de botas
entre los animales mamíferos —escribía Engels contra el “monismo” de Dühring—,
para que en él broten glándulas mamarias”50.
Esto significa que sólo se
puede declarar la “unidad” de cosas,
propiedades, fenómenos y acciones que están unidos
en la realidad objetiva. ¡Y nuestro autor se ha olvidado precisamente de esta “pequeñez”!
![]()
49 Espada
de Damocles: espada
suspendida de una crin de caballo sobre la cabeza de Damocles, palaciego del
tirano de Siracusa Dionisio el Viejo, durante el festín. Sinónimo de un peligro
que amenaza constantemente.
50 F. Engels. Anti-Dühring.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
Ve nuestro “dualismo”,
primero, en que no exijamos a los
obreros de las naciones oprimidas, en primer término —se trata únicamente del
problema nacional—, lo mismo que
exigimos a los obreros de las naciones opresoras.
Para comprobar si el
“monismo” de P. Kíevski es, en este caso, el “monismo” de Dühring habrá que
analizar el estado de cosas en la realidad
objetiva.
¿Es igual, desde el punto de
vista del problema nacional, la situación real
de los obreros en las naciones opresoras y en las oprimidas?
40
No, no es igual.
(1) En el aspecto económico, la diferencia consiste en que una parte de la clase
obrera de los países opresores percibe las migajas de las superganancias que obtienen los burgueses de las naciones opresoras
mediante la redoblada explotación permanente de los obreros de las naciones
oprimidas. Los datos económicos prueban, además, que el porcentaje de obreros
que se hacen “maestrillos” en las naciones opresoras es mayor que en las naciones oprimidas, que es mayor el porcentaje que
se incorpora a la aristocracia de la
clase obrera*. Esto es un hecho. Los obreros de una nación opresora son en cierta medida cómplices de su burguesía, en el saqueo de los
obreros (y de la masa de la población) de la nación oprimida.
* Véase, por ejemplo, el libro de Gúrvich,
editado en Inglaterra, sobre la inmigración y la situación de la clase obrera
en América. (Immigration and Labor)
(2) En el aspecto político, la diferencia consiste en que los obreros de las naciones
opresoras ocupan una situación privilegiada,
en comparación con los obreros de la nación oprimida, en toda una serie de
dominios de la vida política.
(3)
En
el aspecto ideológico o espiritual,
la diferencia consiste en que los obreros de las naciones opresoras son
educados siempre, por la escuela y por la vida, en un espíritu de desprecio o
desdén hacia los obreros de las naciones oprimidas. Por ejemplo, cualquier ruso
que se haya educado o vivido entre rusos lo ha
experimentado.
Así pues, en la realidad
objetiva existe una diferencia en toda la
línea, es decir, “dualismo” en el mundo objetivo, que no depende de la
voluntad ni de la conciencia de los hombres.
¿Cómo considerar, después de
esto, las palabras de P. Kíevski sobre “la acción monista de la Internacional”?
Como una huera frase altisonante, y nada más.
Para que la
acción de la Internacional —que en la
vida está compuesta de obreros divididos
en pertenecientes a las naciones opresoras y a las oprimidas— sea única, es imprescindible hacer la
propaganda en forma no idéntica en
uno y otro caso: ¡así hay que razonar desde el punto de vista del “monismo”
auténtico (y no del de Dühring), desde el punto de vista del materialismo de
Marx!
¿Ejemplos? Hemos aportado ya
uno (¡hace más de dos años en la prensa legal!) con relación a Noruega y nadie
ha intentado desmentirnos. La acción
de los obreros noruegos y suecos, en este caso concreto tomado de la vida, fue
“monista”, única, internacionalista, sólo
en tanto y por cuanto los obreros suecos defendieron incondicionalmente la libertad de separación de Noruega, y los
obreros noruegos plantearon condicionalmente
esta separación. Si los obreros suecos no hubieran defendido incondicionalmente la libertad de
separación de los noruegos, habrían sido chovinistas,
cómplices del chovinismo de los terratenientes suecos, que querían “retener” a
Noruega por la fuerza, por la guerra. Si los obreros noruegos no hubieran planteado la separación condicionalmente , es decir, de modo que
también los miembros del Partido Socialdemócrata pudiesen votar y hacen
propaganda contra la separación, habrían faltado al deber de los
internacionalistas y caído en un estrecho nacionalismo burgués noruego. ¿Por qué? ¡Pues porque la separación la realizaba
la
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
burguesía y no el
proletariado! ¡Porque la burguesía
noruega (como cualquiera otra) trata siempre
de escindir a los obreros de su propio país y del “ajeno”! Porque, para los
obreros conscientes, cualquiera reivindicación democrática (comprendida también
la autodeterminación) está subordinada
a los intereses supremos del socialismo. Si, por ejemplo, la separación de
Noruega de Suecia hubiese significado la guerra, cierta o probable, de
Inglaterra contra Alemania, los obreros noruegos habrían debido estar, por esta causa, en contra de la
separación. Y en tales circunstancias, los obreros suecos habrían tenido el
derecho y la posibilidad, sin dejar por ello de ser socialistas, de hacer
propaganda contra la separación sólo
en el caso de que lucharan de modo sistemático, consecuente y constante contra el gobierno sueco por la libertad de separación de Noruega. De lo
contrario, los obreros y el pueblo
noruegos no habrían creído ni habrían
podido creer en la sinceridad del consejo de los obreros suecos.
La desgracia de los
adversarios de la autodeterminación tiene su origen en que pretenden salir del
paso con abstracciones inertes, temiendo
analizar hasta el fin aunque sólo sea un ejemplo concreto tomado de la vida
real. La indicación concreta, expuesta en nuestras tesis, de que el nuevo
Estado polaco es plenamente “realizable” ahora,
dada una determinada conjugación de condiciones exclusivamente militares,
estratégicas, no ha encontrado objeciones ni por parte de los polacos ni por
parte de P. Kíevski. Pero nadie ha deseado pensar
en qué se desprende de esta aceptación tácita de nuestra razón. Y lo que se desprende con toda evidencia es que la
propaganda de los internacionalistas no
puede ser idéntica entre los rusos y entre los polacos, si es que quiere
educar a unos y a otros para la “unidad de acción”. El obrero ruso (y el
alemán) tiene la obligación de apoyar incondicionalmente la libertad de
separación de Polonia, pues de otro modo será de hecho, ahora, un
lacayo de Nicolás II o de Hindenburg. El obrero polaco podrá estar por la separación
sólo condicionalmente, pues especular (como hacen los fraquistas51) con la victoria de una u
otra burguesía imperialista significa convertirse en lacayo suyo. No
comprender esta diferencia, que es condición de la “acción monista” de la
Internacional, es lo mismo que no comprender por qué el ejército
revolucionario, para una “acción monista” contra el ejército zarista en las
cercanías de Moscú, por ejemplo, debería marchar desde Nizhni Nóvgorod hacia el
Oeste y desde Smolensk hacia el Este.
* * *
41
En segundo lugar, nuestro
nuevo partidario del monismo de Dühring nos reprocha que no nos preocupamos de
“la más estrecha cohesión orgánica de las diferentes secciones nacionales de la
Internacional” durante la revolución social.
En el socialismo —dice P.
Kíevski—, la autodeterminación desaparece, ya que desaparece el Estado. ¡Y esto
se escribe con el supuesto propósito de desmentirnos! Ahora bien, nosotros, en tres líneas —las tres líneas últimas del
§ 1 de nuestras tesis— hemos dicho con claridad y precisión que “la democracia
es también una forma del Estado, que deberá desaparecer junto con él”. Esta es,
precisamente, la verdad que P. Kíevski repite, por cierto tergiversándola —¡para “desmentirnos”, claro!— en varias páginas
del apartado c (capítulo I). “Nos imaginamos y nos hemos
imaginado siempre el régimen socialista –escribe— como un sistema de economía
rigurosamente centralizado democráticamente (!!?), en el cual el Estado, como
aparato de dominación de una parte de la población sobre otra, desaparece”.
Esto es un galimatías, pues la democracia es también la dominación “de una parte de la población sobre otra”, es
también el Estado. El autor no ha
comprendido, evidentemente, en qué consiste la extinción del Estado después del triunfo del socialismo y cuáles
son las condiciones de este proceso.
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51 Véase la nota 19
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
Pero lo principal son sus
“objeciones” acerca de la época de la revolución social. Después de insultarnos
con la terrible expresión de “exégetas de la autodeterminación”, el autor dice:
“Concebimos este proceso (la revolución social) como una acción unida de los
proletarios de todos (!!) los países, que destruyen las fronteras del Estado
burgués (!!), arrancan los postes fronterizos” (¿independientemente de la
“destrucción de las fronteras”?), “hacen saltar (!!) la comunidad nacional e
implantan la comunidad de clase”.
No lo decimos para irritar
al severo juez de los “exégetas”, pero aquí hay muchas frases y no se ve en
absoluto el “pensamiento”
La revolución social no
puede ser una acción unida de los proletarios de todos los países, por la sencilla razón de que la mayoría de los
países y la mayoría de la población de la Tierra no se encuentran todavía en la
fase capitalista o se hallan apenas en la fase inicial del desarrollo
capitalista. Hemos hablado de esto en el § 6 de nuestras tesis, y P. Kíevski
“no ha notado”, seguramente por descuido o por incapacidad para pensar, que
este § no lo hemos incluido en vano, sino justamente para refutar las deformaciones
caricaturescas del marxismo. Únicamente
los países avanzados del Occidente y de América del Norte han madurado para el socialismo, y P. Kíevski puede
encontrar en la carta de Engels a Kautsky (“Sbórnik
Sotsial-Demokrata”52) una ilustración concreta del “pensamiento” —real, y no sólo prometido—
de que soñar con la “acción unida de
los proletarios de todos los países”
significa aplazar el socialismo hasta las calendas griegas, es decir, hasta
“nunca”.
El socialismo será realizado
por la acción unida de los proletarios, pero no de todos los países, sino de
una minoría de ellos que han llegado al grado de desarrollo del capitalismo avanzado. Precisamente la incomprensión
de esto ha dado origen al error de P. Kíevski. En esos países avanzados (Inglaterra, Francia, Alemania, etc.), el
problema nacional está resuelto desde hace mucho, la comunidad nacional ha
vivido su época hace mucho, y objetivamente
no hay “tareas nacionales generales”. Por ello, sólo en dichos países es
posible “hacer saltar” ahora mismo la
comunidad nacional e implantar la comunidad de clase.
Otra cosa sucede en los
países no desarrollados, en los países que hemos clasificado (en el § 6 de
nuestras tesis) en los grupos segundo y tercero, es decir, en todo el Este de
Europa y en todas las colonias y semicolonias. Allí existen todavía, por regla general, naciones
oprimidas y no desarrolladas desde el punto de vista del capitalismo. En tales
naciones hay todavía objetivamente
tareas nacionales generales, a saber: tareas democráticas, tareas de
derrocamiento del yugo extranjero.
Engels cita precisamente a
la India como ejemplo de tales naciones, diciendo que este país puede hacer una
revolución contra el socialismo victorioso, pues Engels estaba muy lejos del
ridículo “economismo imperialista” que se imagina que el proletariado,
triunfante en los países avanzados, destruirá por doquier el yugo nacional
“automáticamente”, sin determinadas medidas democráticas.
El proletariado triunfante reorganizará los países en que haya vencido. Esto no
se puede hacer de golpe, de la misma manera que no se puede “vencer” de golpe a
la burguesía. Lo hemos subrayado adrede en nuestras tesis, pero P. Kíevski
tampoco se ha preguntado esta vez por qué
subrayamos esto en relación con el problema nacional.
Mientras el proletariado de
los países avanzados derroca a la burguesía y rechaza sus intentonas
contrarrevolucionarias, las naciones oprimidas y poco desarrolladas no esperan,
no dejan de vivir, no desaparecen. Y si aprovechan para insurreccionarse (las
colonias, Irlanda) incluso una crisis de la burguesía imperialista tan
pequeñísima, en comparación con
![]()
52 "Sbórnik
"Sotsial-Demokrata"" ("Recopilación del
"Sotsial-Demokrat""): fundada por Lenin y publicada por la
redacción del periódico Sotsial—
Demokrat. Aparecieron dos números nada más: el núm. 1 en octubre y el núm.
2 en diciembre de 1916.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
la revolución social, como
la guerra de 1915-1916, es indudable que con tanto mayor motivo aprovecharán
para la insurrección la gran crisis
de la guerra civil en los países avanzados.
42
La revolución social sólo
puede producirse bajo la forma de una época que una la guerra civil del
proletariado contra la burguesía en los países avanzados con toda una serie de movimientos
democráticos y revolucionarios, comprendidos los movimientos de liberación
nacional, en las naciones subdesarrolladas, atrasadas y oprimidas.
¿Por qué? Porque el
capitalismo se desarrolla de manera desigual, y la realidad objetiva nos
muestra que, a la par con las naciones capitalistas altamente desarrolladas,
existe toda una serie de naciones muy poco desarrolladas o no desarrolladas en
absoluto en el aspecto económico. P. Kíevski no ha pensado para nada en las
condiciones objetivas de la
revolución social desde el punto de vista de la madurez económica de los
distintos países. Por eso, su reproche de que nosotros “nos sacamos de la cabeza” dónde aplicar la
autodeterminación significa, en verdad, hacer pagar a justos por pecadores.
Con un empeño digno de mejor
causa, P. Kíevski repite muchas veces citas de Marx y Engels acerca de que los
medios para desembarazar a la humanidad de unas u otras calamidades sociales
“no debemos sacárnoslos de la cabeza, sino descubrirlos, valiéndonos de ella,
en las condiciones materiales existentes”. Al leer estas repetidas citas, no
puedo por menos de recordar a los “economistas”, de triste memoria, que de
forma igualmente aburrida… rumiaban su “nuevo descubrimiento” del triunfo del
capitalismo en Rusia. P. Kíevski quiere “fulminarnos” con estas citas, pues,
según él, ¡nos sacamos de la cabeza las condiciones para aplicar la
autodeterminación de las naciones en la época imperialista! Pero en el artículo
del mismo P. Kíevski leemos la siguiente “confesión imprudente”:
“El solo hecho de que
estemos en contra (subrayado por el
autor) de la defensa de la patria, prueba con la mayor claridad que nos
oponemos activamente a todo aplastamiento de la insurrección nacional, ya que
de este modo lucharemos contra nuestro enemigo mortal: el imperialismo” (cap.
II, apartado c del artículo de P. Kíevski).
Es imposible criticar a un
autor, es imposible responderle sin
citar íntegramente, por lo menos, las tesis principales de su artículo. ¡Pero
en cuanto se cita íntegramente una sola tesis de P. Kíevski, resulta siempre
que en cada frase hay dos o tres errores o irreflexiones que adulteran el
marxismo!
1)
¡P.
Kíevski no ha observado que la insurrección nacional es también la “defensa de la patria”! Y, sin embargo, la más mínima
reflexión puede convencer a cualquiera de que es así, pues toda “nación insurreccionada” “se defiende” de la nación que la
oprime, defiende su idioma, su territorio, su patria.
Cualquier yugo nacional
provoca la resistencia de las grandes
masas del pueblo, y la tendencia
de toda resistencia de la población oprimida nacionalmente es la insurrección nacional. Si observamos a menudo (sobre
todo en Austria y Rusia) que la burguesía de las naciones oprimidas sólo habla de la insurrección nacional,
mientras que, de hecho, concluye tratados reaccionarios con la burguesía de la
nación opresora, a espaldas y en contra
de su propio pueblo, en tales casos, los marxistas revolucionarios deben
dirigir su crítica, no contra el movimiento nacional, sino contra su
empequeñecimiento, vulgarización y desnaturalización, que lo reducen a una
disputa mezquina. A propósito: muchísimos socialdemócratas de Austria y Rusia
olvidan esto y convierten su odio legítimo a las querellas nacionales
mezquinas, triviales y míseras —como las disputas y las peleas en torno a qué
idioma debe estar arriba y cuál abajo en los rótulos de las calles—, convierten
su odio legítimo a todo eso en la negación de apoyo a la lucha nacional. No
“apoyaremos” el cómico juego a la república en algún principado como Mónaco o
las aventuras “republicanas” de los “generales” en los pequeños países de
América del Sur o en cualquier isla del Pacífico, pero
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
de ahí no se deduce que sea
permisible olvidar la consigna de la república para los movimientos
democráticos y socialistas serios. Ridiculizamos y debemos ridiculizar las
mezquinas disputas nacionales y el chalaneo nacional de las naciones de Rusia y
Austria, pero de ahí no se deduce que sea permisible negar el apoyo a la
insurrección nacional o a cualquier lucha importante, de todo un pueblo, contra
el yugo nacional.
2) Si las insurrecciones nacionales son
imposibles en la “época del imperialismo”, P. Kíevski no tiene derecho a hablar
de ellas. Si son posibles, todas sus interminables frases acerca del “monismo”,
acerca de que “nos sacamos de la cabeza” ejemplos de autodeterminación durante
el imperialismo, etc., todo queda
pulverizado. P. Kíevski se golpea a sí mismo.
Si “nosotros” “nos oponemos
activamente al aplastamiento” de la “insurrección nacional” — caso considerado
como posible “por el mismo” P.
Kíevski—, ¿qué significa eso?
Significa que la acción es doble, “dualista”, si usamos
este término filosófico tan inadecuadamente como lo hace nuestro autor. (a) En
primer lugar, “acción” del proletariado y del campesinado oprimidos
nacionalmente junto con la burguesía
oprimida nacionalmente contra la
nación opresora; (b) en segundo lugar, “acción” del proletariado o de su parte
consciente en la nación opresora contra
la burguesía y todos los elementos de la nación opresora que la siguen.
La infinita cantidad de
frases empleadas por P. Kíevski contra el “bloque nacional”, contra las
“ilusiones” nacionales, contra el “veneno” del nacionalismo, contra el
“atizamiento del odio nacional”, etc., resultan bagatelas, pues al aconsejar al
proletariado de los países opresores (no olvidemos que el autor considera a
este proletariado una fuerza importante) que se “oponga activamente al
aplastamiento de la insurrección nacional”, el autor atiza el odio nacional, apoya
el “bloque” de los obreros de los países oprimidos “con la burguesía”.
43
3) Si son posibles las insurrecciones
nacionales en el imperialismo, son posibles también las guerras nacionales. En
el sentido político no existe ninguna diferencia sería entre unas y otras. Los
historiadores militares de las guerras tienen completa razón cuando incluyen
las insurrecciones en las guerras. P. Kíevski, sin pensarlo, no sólo se golpea
a sí mismo, sino que golpea también a Junius y al grupo La Internacional, que
niegan la posibilidad de las guerras
nacionales en el imperialismo. Ahora bien, esta negación es la única
fundamentación teórica imaginable del punto de vista que niega la
autodeterminación de las naciones en el imperialismo.
4)
Pues
¿qué es una insurrección “nacional”? Una insurrección que aspira a crear la
independencia política de una nación
oprimida, es decir, un Estado nacional separado.
Si el proletariado de la
nación opresora es una fuerza seria (como presupone y debe presuponer el autor
para la época del imperialismo), la decisión de este proletariado de “oponerse
activamente al aplastamiento de la insurrección nacional”, ¿no contribuye, acaso, a crear un Estado
nacional separado? ¡Claro que sí!
¡Nuestro valiente negador de
la “realizabilidad” de la autodeterminación llega a decir que el proletariado
consciente de los países avanzados debe contribuir
a la realización de esta medida “irrealizable”!
5)
¿Por qué debemos “nosotros” “oponernos
activamente” al aplastamiento de la insurrección nacional? P. Kíevski presenta
un solo argumento: “Ya que de este modo lucharemos contra nuestro enemigo
mortal: el imperialismo”. Todo el efecto
de este argumento se reduce a una palabreja efectista
— “mortal”—, de la misma manera que, en general, el autor sustituye el
efecto de los argumentos con el efectismo de las frases sugestivas y
altisonantes, como “clavar una estaca en el cuerpo tembloroso de la burguesía”,
y otros adornos estilísticos a la manera de Aléxinski.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
Ahora bien, este argumento
de P. Kíevski es falso. El
imperialismo es tan enemigo “mortal” nuestro como el capitalismo. Esto es así.
Pero ningún marxista olvidará que el capitalismo es progresivo en comparación
con el feudalismo y que el imperialismo lo es también en comparación con el
capitalismo premonopolista. Por consiguiente, no tenemos derecho a apoyar cualquier lucha contra el imperialismo.
Nosotros no apoyaremos la lucha de
las clases reaccionarias contra el imperialismo, no apoyaremos la insurrección de las clases reaccionarias contra el
imperialismo y el capitalismo.
Esto significa que si el
autor reconoce la necesidad de ayudar a la insurrección de las naciones
oprimidas (“oponerse activamente” al aplastamiento significa ayudar a la
insurrección), reconoce con ello el carácter progresivo de la insurrección nacional, el carácter progresivo de la creación de un Estado
nuevo, separado, del establecimiento de nuevas fronteras, etc., en caso de
triunfar dicha insurrección.
¡El autor no ata cabos literalmente en ninguno de sus razonamientos políticos!
La insurrección irlandesa de
1916, producida después de haberse publicado nuestras tesis en el núm. 2 de Vorbote, demostró, dicho sea de paso,
¡que no se había hablado en vano de la posibilidad de las insurrecciones
nacionales incluso en Europa!
6. Las
demás cuestiones políticas planteadas y tergiversadas por P. Kíevski.
Hemos declarado en nuestras
tesis que la liberación de las colonias no es otra cosa que la
autodeterminación de las naciones. Los europeos olvidan a menudo que los
pueblos coloniales son también
naciones, mas tolerar esta “falta de memoria” significa tolerar el chovinismo.
P. Kíevski “objeta”:
“El proletariado, en el
sentido propio de la palabra, no existe”
en las colonias de tipo puro (final del apartado c del capítulo II). “¿Para quién debemos plantear, entonces, la
“autodeterminación”? ¿Para la burguesía colonial? ¿Para los fellahs? ¿Para los
campesinos? Claro que no. Es absurdo que los socialistas (la cursiva es de P. Kíevski) planteen la consigna de
la autodeterminación en relación con las colonias, porque, en general, es
absurdo plantear las consignas del partido obrero para los países donde no hay
obreros”.
Por muy terrible que sea la
ira de P. Kíevski, que declara “absurdo” nuestro punto de vista, nos
atreveremos, sin embargo, a indicarle con todo respeto que sus argumentos son
erróneos. Sólo los “economistas”, de triste memoria, pensaban que las “consignas
del partido obrero” se plantean únicamente
para los obreros*. No, estas consignas se plantean para toda la población
trabajadora, para todo el pueblo. Con la parte democrática de nuestro programa
—sobre cuyo significado no ha reflexionado “en absoluto” P.
Kíevski— nos dirigimos especialmente a todo el pueblo y por eso hablamos en
ella del “pueblo”**.
* Aconsejamos a P. Kíevski que relea los
escritos de A. Martínov y Cía. de los años 1899-1901. Encontrará allí muchos de
"sus" argumentos.
** Ciertos curiosos adversarios de la "autodeterminación de
las naciones" argumentan, objetándonos, que las "naciones" ¡se
hallan divididas en clases! A estos marxistas de caricatura les indicamos
habitualmente que en la parte democrática de nuestro programa se habla del
"poder soberano del pueblo".
44
Hemos calculado en 1.000
millones la población de las colonias y semicolonias, pero P. Kíevski no se ha
dignado refutar nuestra concretísima afirmación. De esta población de 1.000
millones, más de 700 millones (China, India, Persia, Egipto) pertenecen a países
donde hay obreros. Pero aun en las
colonias donde no hay obreros, donde no hay más que esclavistas y esclavos,
etc., no
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
sólo no es absurdo, sino que es obligatorio
para todo marxista plantear la “autodeterminación”. Después de pensar un
poquito P. Kíevski probablemente lo comprenderá, como comprenderá también que
la “autodeterminación” se plantea siempre “para” dos naciones: la oprimida y la opresora.
Otra “objeción” de P. Kíevski:
“Por esa razón, nos
limitarnos con relación a las colonias a una consigna negativa, es decir, a una
exigencia de los socialistas a sus gobiernos: “¡Fuera de las colonias!” Esta
exigencia, irrealizable en el marco del capitalismo, exacerba la lucha contra
el imperialismo, pero no está en contradicción con el desarrollo, pues la
sociedad socialista no poseerá colonias”.
¡Es asombrosa la incapacidad
o falta de deseo del autor para reflexionar, por poco que sea, sobre el
contenido teórico de las consignas políticas! ¿Es que cambiaron las cosas
porque empleemos, en vez de un término político teóricamente exacto, una frase de
agitación? Decir “Fuera de las colonias” significa, precisamente, eludir un
análisis teórico ocultándose detrás de una frase de agitación. Todo agitador de
nuestro partido, al hablar de Ucrania, Polonia, Finlandia, etc., tiene derecho
a decir al zarismo (“a su gobierno”) “fuera de Finlandia, etc...”; pero un
agitador inteligente comprenderá que no se deben lanzar consignas positivas o
negativas nada más que para “exacerbar”. Sólo gente del tipo de Aléxinski pudo
insistir en que la consigna “negativa” “¡Fuera de la Duma negra!” podía
justificarse por el deseo de “exacerbar” la lucha contra cierto mal.
La exacerbación de la lucha
es una frase huera de los subjetivistas, quienes olvidan que el marxismo exige,
para justificar toda consigna, un análisis exacto de la realidad económica, de la situación política y del significado político de
esta consigna. Resulta violento repetir esto, pero ¿qué podemos hacer si se nos
obliga a ello?
Interrumpir una discusión
teórica sobre una cuestión teórica con gritos de agitación es una manera de
proceder que conocemos de sobra en Aléxinski, pero es una mala manera. El
contenido político y económico de la consigna “fuera de las colonias” es uno y
sólo uno: ¡la libertad de separación para las naciones coloniales, la libertad
de formación de un Estado aparte! Si las leyes generales del imperialismo impiden la autodeterminación de las
naciones, la hacen utópica, ilusoria, etc., etc., según piensa P. Kíevski,
¿cómo se puede, entonces, sin reflexionar, hacer una excepción de estas leves
generales para la mayoría de las
naciones del mundo? Está claro que la “teoría” de P. Kíevski no es más que una
caricatura de teoría.
La producción mercantil y el
capitalismo, los hilos de las relaciones del capital financiero, existen en la
inmensa mayoría de las colonias. ¿Cómo se puede, entonces, exhortar a los
Estados, a los gobiernos de los países imperialistas, a “largarse de las
colonias”, si desde el punto de vista
de la producción mercantil, del capitalismo y del imperialismo esto es una exigencia “acientífica”, “utópica”,
“refutada” por el mismo Lensch, por
Cunow, etcétera?
¡No hay ni asomo de pensamiento
en los razonamientos del autor!
El autor no ha pensado en
que la liberación de las colonias “no es realizable” sólo en un sentido: “es
irrealizable sin una serie de revoluciones”. Tampoco ha pensado en que es
realizable en relación con la
revolución socialista en Europa. No ha pensado en que la “sociedad socialista
no poseerá” no sólo colonias, sino
tampoco naciones oprimidas en general.
No ha pensado en que, en la cuestión planteada, no hay ninguna diferencia ni económica
ni política entre la “posesión” de Polonia o Turquestán por Rusia. No ha
pensado en que la “sociedad socialista” quiere “largarse de las colonias” sólo en el sentido de conceder a éstas
el derecho de separarse libremente,
pero de ninguna manera en el sentido
de recomendarles esa separación.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
P. Kíevski nos ha insultado
llamándonos “prestidigitadores” por esta distinción entre el derecho a la
separación y la recomendación de la separación, y para “fundamentar
científicamente” este juicio ante los obreros, escribe:
“¡Qué pensará el obrero al
preguntar al propagandista cómo debe proceder un proletario ante el problema de
la samostínost” (es decir, la independencia política de Ucrania) “cuando le
contesten: los socialistas quieren lograr el derecho a la separación y hacen
propaganda contra la separación?”
Creo poder contestar con
bastante exactitud a esta pregunta: supongo que todo obrero inteligente pensará que P. Kíevski no sabe pensar.
Todo obrero inteligente “pensará”: ¡Pero si el mismo P. Kíevski
nos enseña a los obreros a
gritar: “fuera de las colonias”! Entonces, nosotros, los obreros
rusos, debemos exigir a nuestro gobierno que se largue de Mongolia, de
Turquestán, de Persia; los obreros ingleses, que el gobierno inglés se largue
de Egipto, de la India, de Persia, etc. Pero ¿significa esto que nosotros, los proletarios, queramos separarnos de los obreros y los
fellahs egipcios, de los obreros y campesinos mongoles o turquestanos o
hindúes? ¿Significa esto que nosotros
aconsejemos a las masas trabajadoras de las colonias que se “separen” del
proletariado europeo consciente? Nada de eso. Siempre hemos estado, estamos y
estaremos por el acercamiento más estrecho y la fusión de los obreros
conscientes de los países avanzados con los obreros, campesinos y esclavos de todos los países oprimidos. Siempre
hemos aconsejado y seguiremos aconsejando a todas las clases oprimidas de todos
los países oprimidos, incluidas las colonias, que no se separen de nosotros, sino que se unan y se fundan con
nosotros lo más estrechamente posible.
45
Si exigimos a nuestros gobiernos que se larguen de las colonias,
o sea — para expresarnos en términos políticos exactos y no en gritos de
agitación—, que otorguen a las
colonias plena libertad de
separación, derecho real a la autodeterminación; si nosotros mismos
pondremos en práctica, sin falta,
este derecho y otorgaremos esta libertad en cuanto conquistemos el poder; si lo
exigimos al gobierno actual y lo haremos
cuando nosotros mismos seamos gobierno, no es en absoluto para “recomendar” la separación, sino al contrario:
para facilitar y acelerar el acercamiento y la fusión democrática de las naciones. No escatimaremos esfuerzos para
acercarnos y fundirnos con los mongoles, persas, hindúes y egipcios;
consideramos que hacer esto es nuestro deber y nuestro interés, pues, de lo contrario, el socialismo en Europa no será sólido. Trataremos de prestar a estos
pueblos, más atrasados y oprimidos que nosotros, una “ayuda cultural
desinteresada”, según la magnífica expresión de los socialdemócratas polacos,
es decir, les ayudaremos a pasar al uso de máquinas, al alivio del trabajo, a
la democracia, al socialismo.
Si nosotros exigimos la
libertad de separación para los mongoles, persas, egipcios y, sin excepción,
para todas las naciones oprimidas y
de derechos mermados no es porque estemos
a favor de su separación, sino sólo
porque somos partidarios del acercamiento y la fusión libres y voluntarios, y no violentos. ¡Sólo por eso!
En tal sentido, la única diferencia entre el campesino y
obrero mongol o egipcio, de una parte, y el polaco o finlandés, de otra,
consiste en que los últimos son gente altamente desarrollada, con mayor
experiencia política que los rusos, más preparada en el aspecto económico, etc.,
y, por eso, convencerán muy pronto,
probablemente, a sus pueblos —que en la actualidad odian con toda razón a los
rusos por el papel de verdugos que están representando— de que es insensato
hacer extensivo ese odio a los obreros socialistas
y a la Rusia socialista, de que tanto el interés económico como el instinto y
la conciencia del internacionalismo y de la democracia exigen el más rápido
acercamiento y la fusión de todas las naciones en la sociedad socialista.
Puesto que los polacos y finlandeses son gente altamente culta, se convencerán
muy pronto, con toda probabilidad, de la justedad de este razonamiento, y la
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
separación de Polonia y
Finlandia después de la victoria del socialismo puede durar poquísimo tiempo.
Los fellahs, mongoles y persas, inmensamente menos cultos, pueden separarse por
un período más largo, pero trataremos de acortarlo, como hemos dicho ya, con
una ayuda cultural desinteresada.
No existe ni puede existir ninguna otra diferencia en nuestra
actitud hacia los polacos y los mongoles.
No existe ni puede existir ninguna
“contradicción”
entre la propaganda a favor
de la libertad de las naciones a separarse y la firme decisión de poner en
práctica esta libertad cuando nosotros
seamos gobierno, de una parte, y la propaganda para el acercamiento y la fusión
de las naciones, de otra. Esto es lo que “pensará”, estamos convencidos de
ello, todo obrero inteligente, verdaderamente socialista, verdaderamente
internacionalista, acerca de nuestra discusión con P. Kíevski*.
* Al parecer, P. Kíevski ha repetido simplemente, en pos de
algunos marxistas alemanes y holandeses, la consigna "fuera de las
colonias" sin pensar ni en el contenido y el significado teóricos de esta
consigna ni en la peculiaridad concreta de Rusia. A un marxista holandés o alemán
se le puede perdonar —hasta cierto punto— que se limite a la consigna
"fuera de las colonias", pues, primero, la opresión de las colonias
es, para la mayoría de los países europeos occidentales,
el caso típico de opresión de las
naciones, y, segundo, en los países de Europa Occidental es particularmente
claro, evidente y vivo el concepto de "colonia". ¿Y en Rusia? ¡Su
peculiaridad consiste cabalmente en que la diferencia entre "nuestras" "colonias" y
"nuestras" naciones oprimidas no es clara, concreta ni viva!
Olvidarse de esta peculiaridad de Rusia es tan
imperdonable en P. Kíevski como perdonable en un marxista que escriba, por
ejemplo, en alemán. Para un socialista ruso que quiera no sólo repetir, sino pensar, debería estar claro que es particularmente absurdo tratar
de hacer en Rusia alguna diferencia seria entre naciones oprimidas y colonias.
En todo el artículo de P.
Kíevski resalta esta perplejidad principal: ¿para qué predicar la libertad de separación de las naciones, y ponerla en
práctica cuando estemos en el poder, si todo el desarrollo lleva a la fusión de las naciones? Por la misma
razón —le respondemos— que predicamos la dictadura del proletariado, y la
pondremos en práctica cuando estemos en el poder, a pesar de que todo el
desarrollo lleva a la supresión de la dominación violenta de una parte de la
sociedad sobre otra. La dictadura es la dominación de una parte de la sociedad
sobre toda la sociedad, una dominación, por cierto, que se apoya directamente
en la violencia. La dictadura del proletariado, única clase revolucionaria
hasta el fin, es imprescindible para derrocar a la burguesía y rechazar sus
tentativas contrarrevolucionarias. La cuestión de la dictadura del proletariado
tiene tanta importancia que quien la niega o la reconoce sólo de palabra no
puede ser miembro del Partido Socialdemócrata.
46
Ahora bien, no se puede
negar que en casos particulares, a título de excepción —por ejemplo, en algún
Estado pequeño después de que un país vecino grande haya realizado la
revolución social—, sea posible la
cesión pacífica del poder por la burguesía, si ésta se convence de que su
resistencia será inútil y prefiere conservar la cabeza. Pero es más probable,
naturalmente, que el socialismo tampoco
se realice en los países pequeños sin una guerra civil; por ello, el único programa de la socialdemocracia
internacional debe consistir en reconocer esa guerra, a pesar de que en nuestro ideal no haya lugar para la violencia
sobre los individuos. Lo mismo, mutatis
mutandis (con los cambios correspondientes),
se puede decir de las naciones. Somos partidarios
de su fusión; pero, en la actualidad,
sin la libertad de separación no se puede pasar de la fusión por medio de la
violencia, de las anexiones, a la fusión voluntaria. Reconocemos —y con toda
razón— la primacía del factor económico; mas interpretarla a lo P. Kíevski
significa caer en una caricatura del marxismo. En el imperialismo moderno,
incluso los trusts y los bancos, siendo igualmente inevitables en el
capitalismo desarrollado, no son idénticos por su forma concreta en los
distintos países. Tanto más diferentes son, pese a su homogeneidad en lo
fundamental, las formas políticas en los países imperialistas avanzados:
EE.UU., Inglaterra, Francia y Alemania. La misma diversidad aparecerá en el
camino que ha de recorrer la humanidad desde el imperialismo de hoy hasta la
revolución socialista del mañana. Todas las naciones llegarán al socialismo,
eso es inevitable, pero no llegarán de la misma manera; cada una de ellas
aportará sus elementos peculiares a una u otra forma de la
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
democracia, a una u otra
variante de la dictadura del proletariado, a uno u otro ritmo de las
transformaciones socialistas de los diversos aspectos de la vida social. No hay
nada más mezquino en el aspecto teórico ni más ridículo en el aspecto práctico
que, “en nombre del materialismo histórico”, imaginarse el futuro en este terreno pintado de un uniforme
color grisáceo: eso no sería más que un pintarrajo. Y aun en el caso de que la
realidad de la vida demostrase que antes del primer triunfo del proletariado
socialista se liberará y separará sólo 1/500 parte de las naciones actualmente
oprimidas; que antes de la victoria
final del proletariado socialista en la Tierra (es decir, en el curso de las
peripecias de la revolución socialista ya iniciada) se separará también, y por
el tiempo más breve, sólo 1/500 parte de las naciones oprimidas, incluso en ese caso, tendríamos razón
desde el punto de vista teórico y político-práctico al aconsejar a los obreros
que no permitan ya ahora pisar el umbral de sus partidos socialdemócratas a los
socialistas de las naciones opresoras que no reconozcan ni prediquen la
libertad de separación de todas las
naciones oprimidas. Porque, en realidad, no sabemos ni podemos saber cuántas
naciones oprimidas necesitarán en la práctica la separación para aportar su
óbolo a la diversidad de formas de la
democracia y de formas de transición
al socialismo. Pero sí sabemos, vemos y percibimos cada día que la negación de
la libertad de separación en la actualidad es una infinita falsedad teórica y
un servicio práctico a los chovinistas de las naciones opresoras.
“Subrayamos —escribe P. Kíevski en una
nota al pasaje que hemos citado— nuestro pleno apoyo a la reivindicación
“contra las anexiones por la fuerza…”
¡El autor no contesta ni una
sola palabra a nuestra declaración, sumamente precisa, de que esta
“reivindicación” equivale al reconocimiento de la autodeterminación, de que es
imposible definir de manera correcta el concepto de “anexión” sin referirlo a la
autodeterminación! ¡Piensa, por lo visto, que para discutir basta con plantear
tesis y reivindicaciones sin necesidad de fundamentarlas!
“...En general — el autor—
aceptamos plenamente, en su fórmula negativa,
una serie de reivindicaciones que aguzan la conciencia del proletariado contra
el imperialismo; sin embargo, no hay ninguna posibilidad de encontrar las
correspondientes fórmulas positivas
sobre la base del régimen actual. Contra la guerra pero no por la paz
democrática...”
Esto es falso desde la
primera palabra hasta la última. El autor ha leído nuestra resolución El pacifismo y la consigna de la paz
(págs. 44-45 del folleto El socialismo y
la guerra) y, según parece, hasta
la ha aprobado, pero es evidente que no la ha comprendido. Estamos en pro de la paz democrática, poniendo
en guardia a los obreros sólo contra el engaño de que ésta sea posible con los
gobiernos burgueses actuales, “sin una serie de revoluciones”, como se dice en
la resolución. Hemos declarado que la prédica “abstracta” de la paz, es decir, sin tener en cuenta la verdadera
naturaleza de clase —más particularmente: la naturaleza imperialista— de los
gobiernos actuales de los países
beligerantes significa embaucar a los obreros. Hemos declarado taxativamente en
las tesis del periódico Sotsial— Demokrat
(núm.
47) que nuestro partido, si fuera llevado al
poder por una revolución ya durante la guerra actual, propondría en el acto una
paz democrática a todos los países beligerantes.
Pero P. Kíevski, tratando de
convencerse a sí mismo y de convencer a los demás de que está “únicamente”
contra la autodeterminación y en modo alguno contra la democracia en general,
llega a decir que nosotros “no estamos por una paz democrática”. ¿No es curioso?
47
No hay necesidad de
detenerse en cada uno de otros ejemplos de P. Kíevski, pues no merece la pena
gastar papel y tinta para refutar errores lógicos igualmente ingenuos que
provocarán sonrisas en cada lector. No hay ni puede haber una sola consigna
“negativa” de la socialdemocracia que sirva únicamente para “aguzar la
conciencia del proletariado contra el imperialismo”, sin dar al mismo tiempo
una respuesta positiva a la pregunta de cómo
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
resolverá la
socialdemocracia el problema correspondiente cuando llegue al poder. Una
consigna “negativa” desvinculada de una solución positiva concreta no “aguza”,
sino que embota la conciencia, pues una consigna así es pura ficción, vana
palabrería, una declamación sin contenido.
P. Kíevski no comprende la
diferencia existente entre las consignas que “niegan” o estigmatizan los males políticos y los económicos. Esta diferencia consiste en que ciertos males
económicos son propios del capitalismo en general, cualquiera que sea su
superestructura política; que es imposible
desde el punto de vista económico suprimir esos males sin suprimir el
capitalismo, y nadie podrá citar un solo ejemplo de semejante supresión. Al
contrario, los males políticos consisten en los apartamientos de la democracia,
la cual es plenamente posible desde el punto de vista económico “sobre la base
del régimen existente”, es decir, en el capitalismo, y que, como excepción, se
realiza en él: en un Estado, una de sus partes, y en otro Estado, otra. ¡El
autor no comprende una y otra vez precisamente las condiciones generales que
hacen realizable la democracia en general!
Lo mismo ocurre con la
cuestión del divorcio. Recordemos al lector que esta cuestión la planteó por
vez primera Rosa Luxemburgo al discutirse el problema nacional. Ella expresó la justa opinión de que, al defender la
autonomía dentro del Estado (región, territorio, etc.), nosotros,
socialdemócratas centralistas, debemos propugnar que los problemas estatales
más importantes, entre los que figura la legislación sobre el divorcio, sean
resueltos por el poder de todo el Estado, por el Parlamento de todo el Estado.
El ejemplo del divorcio patentiza que
no se puede ser demócrata y socialista sin exigir inmediatamente la plena
libertad de divorcio, pues la falta de esta libertad implica la supervejación
del sexo oprimido, de la mujer, aunque no es nada difícil comprender que el
reconocimiento de la libertad de
dejar a los maridos ¡no significa invitar
a todas las mujeres a que procedan así!
P. Kíevski “objeta”:
“¿Cómo sería ese derecho”
(del divorcio) “si en estos casos”
(cuando la mujer quiere dejar al
marido) “la mujer no lo pudiese
ejercer? ¿O si su realización dependiese de la voluntad de terceras personas, o, peor aún, de la voluntad de los pretendientes
“a la mano” de la mujer en cuestión? ¿Trataríamos de obtener la proclamación de
tal derecho? ¡Claro que no!
Esta objeción muestra la más
completa incomprensión de la relación que existe entre la democracia en general y el capitalismo. En el
capitalismo son habituales, no como caso aislado, sino como fenómeno típico,
las condiciones que hacen imposible para las clases oprimidas “realizar” sus
derechos democráticos. El derecho al divorcio seguirá siendo irrealizable en el
capitalismo, en la mayoría de los casos, pues el sexo oprimido se halla
aplastado económicamente, pues la mujer sigue siendo en el capitalismo, en
cualquier clase de democracia, “una esclava doméstica”, una esclava encerrada
en el dormitorio, la habitación de los niños y la cocina. El derecho a elegir
jueces populares, funcionarios, maestros, jurados, etc., “propios” es también
irreal izable en el capitalismo, en la mayoría de los casos, precisamente a
causa del aplastamiento económico de los obreros y campesinos. Lo mismo sucede
con la república democrática: nuestro programa la “proclama” como “poder
soberano del pueblo”, aunque todos los socialdemócratas saben muy bien que, en
el capitalismo, la república más democrática sólo conduce al soborno de los
funcionarios por la burguesía y a la alianza de la Bolsa con el gobierno.
Únicamente gente incapaz en
absoluto de pensar, o que desconoce en absoluto el marxismo, deduce de esto:
¡Entonces la república no sirve para nada; la libertad de divorcio no sirve
para nada; la democracia no sirve para nada; la autodeterminación de las naciones
no sirve para nada! Los marxistas, en cambio, saben que la democracia no suprime la opresión de clase, sino
que hace la lucha de clases más pura, más amplia, más abierta, más nítida, que
es,
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
precisamente, lo que
necesitamos. Cuanto más amplia sea la libertad de divorcio, tanto más claro
será para la mujer que la fuente de su “esclavitud doméstica” es el
capitalismo, y no la falta de derechos. Cuanto más democrático sea el régimen
político, tanto más claro será para los obreros que la raíz del mal es el
capitalismo y no la falta de derechos. Cuanto más amplia sea la igualdad
nacional (que no es completa sin la
libertad de separación), tanto más claro será para los obreros de la nación
oprimida que el quid de la cuestión está en el capitalismo, y no en la falta de
derechos. Y así sucesivamente.
Repetimos una y otra vez: es
violento rumiar el abecé del marxismo, pero ¿qué hacer si P. Kíevski lo
desconoce?
P. Kíevski razona sobre el
divorcio de manera semejante a como lo hacía —en Golos53 de París, si mal no recuerdo—
Semkovski, uno de los secretarios del CO en el extranjero. Es cierto, decía,
que la libertad de divorcio no es una invitación a todas las mujeres a que
abandonen a sus maridos, pero si empezamos a demostrar a una mujer que los
demás maridos son mejores que el suyo, ¡¡el resultado será el mismo!!
48
Al razonar así, Semkovski
olvidaba que ser extravagante no significa faltar al deber de socialista y de
demócrata. Si Semkovski hubiera pretendido convencer a cualquier mujer de que
todos los maridos son mejores que el suyo, nadie vería en ello una falta al
deber de demócrata; lo más que hubieran dicho sería: ¡En un partido grande es
inevitable que haya grandes excéntricos! Pero si a Semkovski se le hubiera
ocurrido defender y llamar demócrata a una persona que negase la libertad de
divorcio y recurriese, por ejemplo, a los tribunales, o a la policía, o a la
Iglesia contra su mujer que lo abandonaba, estamos seguros de que hasta la mayoría de los colegas de
Semkovski del Secretariado en el extranjero, a pesar de ser flojillos como
socialistas, le negarían su solidaridad.
Tanto Semkovski como P.
Kíevski “han hablado” del divorcio, han revelado incomprensión del problema y
han eludido lo esencial: en el capitalismo, el derecho al divorcio, como todos los derechos democráticos sin
excepción, es difícil de ejercer, es convencional, limitado, estrecho y formal;
no obstante, ni un solo socialdemócrata honesto tendrá por socialista ni
siquiera por demócrata a quien niega este derecho. Ahí está lo esencial. Toda la “democracia” consiste en
proclamar y realizar “derechos”, cuya realización en el capitalismo es muy
escasa y muy convencional; pero sin esa proclamación, sin la lucha por la
concesión inmediata de los derechos, sin la educación de las masas en el
espíritu de tal lucha, el socialismo es
imposible.
Al no comprender esto, P.
Kíevski ha eludido también en su artículo la cuestión más importante,
relacionada con su tema especial, a saber: ¿cómo
suprimiremos los socialdemócratas la opresión nacional? P. Kíevski ha salido
del paso con frases acerca de cómo
“se bañará el mundo en sangre”, etc. (que no tiene absolutamente nada que ver
con el asunto). En el fondo sólo ha
quedado una cosa: ¡la revolución socialista lo resolverá todo! O como dicen a
veces quienes comparten las opiniones de P. Kíevski: la autodeterminación es
imposible en el capitalismo y está de más en el socialismo.
Esta opinión es absurda en
el aspecto teórico y chovinista en el aspecto político-práctico. Es una prueba
de incomprensión del significado de la democracia. El socialismo es imposible
sin la democracia en dos sentidos: (1) el proletariado no puede llevar a cabo
la revolución socialista si no se prepara para ella a través de la lucha por la
democracia; (2) el socialismo triunfante no puede afianzar su victoria y llevar
a la humanidad a la desaparición del Estado sin realizar la democracia
completa. Por ello, decir que la autodeterminación está de más en
![]()
53 "Golos" ("La Voz"): diario menchevique; se publicó en
París desde septiembre de 1914 hasta enero de 1915. Trotski desempeñó un papel
dirigente en el periódico
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
el socialismo es tan absurdo
e implica el mismo embrollo impotente que si se dijera: la democracia está de
más en el socialismo.
La autodeterminación no es más imposible en el capitalismo y
está tan de más en el socialismo como
la democracia en general.
La revolución económica crea
las premisas indispensables para destruir todos
los tipos de opresión política. Por eso, precisamente, no es lógico ni correcto
limitarse a hablar de la revolución económica cuando la cuestión se plantea
así: ¿cómo destruir el yugo nacional?
Es imposible destruirlo sin una revolución económica. Esto es indiscutible.
Pero limitarse a eso significa caer
en el ridículo y deplorable “economismo imperialista”.
Hay que implantar la igualdad de derechos de las naciones;
hay que proclamar, formular y poner en práctica “derechos” iguales para todas
las naciones.
Todos
están conformes con esto, a excepción, tal vez, de P. Kíevski. Pero aquí
precisamente surge la cuestión que se elude: negar el derecho a tener un
Estado nacional propio, ¿no significa negar la igualdad de
derechos?
¡Claro que sí! La democracia
consecuente, es decir, la democracia
socialista, proclama, formula y hará realidad este derecho, sin el cual no
existe el camino que lleve al acercamiento y la fusión, plenos y voluntarios,
de las naciones.
7. Conclusión. Los
métodos de Aléxinski.
No hemos analizado, ni mucho
menos, todos los razonamientos de P. Kíevski. Analizarlos todos significaría
escribir un artículo cinco veces mayor que éste, pues entre los razonamientos
de P. Kíevski no hay uno solo que sea justo. Lo único correcto — suponiendo que no haya errores en las cifras— es su nota
acerca de los bancos. Todo lo demás es una insoportable madeja de confusiones,
sazonada con frases como “clavar una estaca en el cuerpo tembloroso”, “no sólo
juzgaremos a los héroes triunfantes, sino que los condenaremos a morir y
desaparecer”, “el nuevo mundo nacerá entre dolorosísimas convulsiones”, “no se
tratará de cartas y derechos ni de proclamar la libertad de los pueblos, sino
de establecer relaciones auténticamente libres, de destruir la esclavitud
secular, de suprimir la opresión social en general y la opresión nacional en
particular”, etc., etc.
Estas frases encubren y expresan dos “cosas”:
En primer lugar, se basan en
la “idea” del “economismo imperialista”,
una caricatura tan monstruosa del marxismo, una incomprensión tan absoluta de
la actitud del socialismo ante la democracia como el “economismo”, de triste
memoria, de los años 1894-1902.
En segundo lugar, en estas
frases vemos con nuestros propios ojos la repetición de los métodos de
Aléxinski, de los que deberemos de hablar de manera especial, pues P. Kíevski
ha compuesto exclusivamente con esos
métodos un párrafo íntegro de su artículo (capítulo II, apartado e, La
situación especial de los hebreos).
49
En el Congreso de Londres de
190754, los bolcheviques se apartaban ya de
Aléxinski cuando éste, en respuesta a argumentos teóricos, adoptaba poses de
agitador y gritaba, completamente fuera del tema, frases altisonantes contra
cualquier forma de explotación y opresión. “¡Vaya ya empiezan los chillidos!”,
decían nuestros delegados en tal caso. Y los “chillidos” no llevaron a
Aléxinski a nada bueno.
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54 Se refiere al V Congreso del POSDR,
celebrado en Londres del 30 de abril al 19 de mayo (13 de mayo al 1 de junio)
de 1907
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
P. Kíevski lanza idénticos
“chillidos”. Sin saber qué contestar a las distintas cuestiones y
consideraciones teóricas planteadas en las tesis, adopta poses de agitador y
empieza a vociferar sobre la opresión de los hebreos, aunque para toda persona
capaz de pensar, por poco que sea, está claro que ni el problema de los hebreos
en general ni todas las “vociferaciones” de P. Kíevski tienen nada que ver con
el tema.
Los métodos de Aléxinski no llevarán a nada bueno.
Escrito entre agosto y octubre de 1916. Publicado por vez
primera en 1924 en los núms. 1 y 2 de la revista “Zviezdá”.
T. 30, págs. 77-130.
El programa militar de la revolución proletaria
50
EL PROGRAMA MILITAR
DE LA REVOLUCIÓN PROLETARIA.
En Holanda, Escandinavia y
Suiza, entre los socialdemócratas revolucionarios que luchan contra esa mentira
socialchovinista de la “defensa de la patria” en la actual guerra imperialista,
suenan voces a favor de la sustitución del antiguo punto del programa mínimo
socialdemócrata: “milicia” o “armamento del pueblo”, por uno nuevo: “desarme”. Jugend-Internationale55 ha
abierto una discusión sobre este problema, y en su número 3 ha publicado un editorial a favor del desarme. En
las últimas tesis de R. Grimm encontramos también, por desgracia, concesiones a
la idea del “desarme”. Se ha abierto una discusión en las revistas Neues Leben56 y Vorbote.
Examinemos la posición de los defensores del desarme.
I
Como argumento fundamental
se aduce que la reivindicación del desarme es la expresión más franca, decidida
y consecuente de la lucha contra todo militarismo y contra toda guerra.
Pero precisamente en este
argumento fundamental reside la equivocación fundamental de los partidarios del
desarme. Los socialistas, si no dejan de serlo, no pueden estar contra toda
guerra.
En primer lugar, los
socialistas nunca han sido ni podrán ser enemigos de las guerras
revolucionarias. La burguesía de las “grandes” potencias imperialistas es hoy
reaccion aria de pies a cabeza, y nosotros reconocemos que la guerra que ahora
hace esa burguesía es una guerra
reaccionaria, esclavista y criminal. Pero, ¿qué podría decirse de una guerra contra esa burguesía, de una guerra, por
ejemplo, de los pueblos que esa burguesía oprime y que de ella dependen, o de
los pueblos coloniales por su liberación? En el 5° punto de las tesis del grupo
La Internacional leemos: “En la época de este imperialismo desenfrenado ya no
puede haber guerras nacionales de ninguna clase”, afirmación evidentemente
errónea.
La historia del siglo XX, el
siglo del “imperialismo desenfrenado”, está llena de guerras coloniales. Pero
lo que nosotros, los europeos, opresores imperialistas de la mayoría de los
pueblos del mundo, con el repugnante chovinismo europeo que nos es propio,
llamamos “guerras coloniales”, son a menudo guerras nacionales o insurrecciones
nacionales de esos pueblos oprimidos. Una de las propiedades más esenciales del
imperialismo consiste, precisamente, en que acelera el desarrollo del
capitalismo en los países más atrasados, ampliando y redoblando así la lucha
contra la opresión nacional. Esto es un hecho. Y de él se deduce
inevitablemente que, en muchos casos, el imperialismo tiene que engendrar
guerras nacionales. Junius que en un
folleto suyo defiende las “tesis” arriba mencionadas, dice que en la época
imperialista toda guerra nacional contra una de las grandes potencias
imperialistas conduce a la intervención de otra gran potencia, también
imperialista, que compite con la primera, y que, de este modo, toda guerra
nacional se convierte en guerra imperialista. Mas también este argumento es
falso. Eso puede suceder, pero no
siempre
![]()
55 55 "Jugend-Internationale"
("La Internacional de la Juventud"): órgano de la Unión Internacional
de Organizaciones Socialistas de la Juventud, adherida a la izquierda de
Zimmerwald; apareció de septiembre de 1915 a mayo de 1918 en Zúrich, dirigido
por G. Münzenberg
56 "Neues Leben" ("Vida Nueva"): revista mensual, órgano
del Partido Socialdemócrata Suizo; se organización publicó en Berna desde enero
de 1915 hasta diciembre de 1917. La revista sostenía los puntos de vista de los
zimmerwaldianos de derecha; a partir de 1917 adoptó una posición
socialchovinista.
El imperialismo y la escisión del socialismo
sucede así. Muchas guerras
coloniales, entre 1900 y 1914, han seguido otro camino. Y sería sencillamente
ridículo decir que, por ejemplo, después de la guerra actual, si termina por un
agotamiento extremo de los países beligerantes, “no puede” haber “ninguna”
guerra nacional, progresista, revolucionaria, por parte de China, pongamos por
caso, en unión de la India, Persia, Siam, etc., contra las grandes potencias.
Negar toda posibilidad de
guerras nacionales bajo el imperialismo es teóricamente falso, erróneo a todas
luces desde el punto de vista histórico y equivalente en la práctica al
chovinismo europeo: ¡nosotros, que pertenecemos a naciones que oprimen a centenares
de millones de personas en Europa, en África, en Asia, etc., tenemos que decir
a los pueblos oprimidos que su guerra contra “nuestras” naciones es
“imposible”!
En segundo lugar, las
guerras civiles también son guerras. Quien admita la lucha de clases no puede
menos de admitir las guerras civiles, que en toda sociedad clasista representan
la continuación, el desarrollo y el recrudecimiento —naturales y en determinadas
circunstancias inevitables— de la lucha de clases. Todas las grandes
revoluciones lo confirman. Negar las guerras civiles u olvidarlas sería caer en
un oportunismo extremo y renunciar a la revolución socialista.
51
En tercer lugar, el socialismo triunfante en un país no excluye
en modo alguno, de golpe, todas las guerras en general. Al contrario, las
presupone. El desarrollo del capitalismo sigue un curso extraordinariamente
desigual en los diversos países. De otro modo no puede ser bajo el régimen de
la producción mercantil. De aquí la conclusión irrefutable de que el socialismo
no puede triunfar simultáneamente en todos
los países. Empezará triunfando en uno o en varios países, y los demás seguirán
siendo, durante algún tiempo, países burgueses o preburgueses. Esto habrá de
provocar no sólo rozamientos, sino incluso la tendencia directa de la burguesía
de los demás países a aplastar al proletariado triunfante del Estado
socialista. En tales casos, la guerra sería, de nuestra parte, una guerra
legítima y justa. Sería una guerra por el socialismo, por liberar de la
burguesía a los otros pueblos. Engels tenía completa razón cuando, en su carta
a Kautsky del 12 de septiembre de 1882, reconocía inequívocamente la posibilidad
de “guerras de defensivas” del socialismo ya
triunfante . Se refería precisamente a la defensa del proletariado
triunfante contra la burguesía de los demás países.
Sólo cuando hayamos
derribado, cuando hayamos vencido y expropiado definitivamente a la burguesía
en todo el mundo, y no sólo en un país, serán imposibles las guerras. Y desde
un punto de vista científico, sería completamente erróneo y antirrevolucionario
pasar por alto o velar lo que tiene precisamente más importancia: el
aplastamiento de la resistencia de la burguesía, que es lo más difícil, lo que
más lucha exige durante el paso al
socialismo. Los popes “sociales” y los oportunistas están siempre dispuestos a
soñar con un futuro socialismo pacífico, pero se distinguen de los
socialdemócratas revolucionarios precisamente en que no quieren pensar siquiera
en la encarnizada lucha de clases y en las guerras
de clases para alcanzar ese bello porvenir.
No debemos consentir que se
nos engañe con palabras. Por ejemplo: a muchos les es odiosa la idea de la
“defensa de la patria”, porque los oportunistas y los kautskianos manifiestos
encubren y velan con ella las mentiras de la burguesía en la actual guerra de rapiña. Esto es un
hecho. Pero de él no se deduce que debamos perder la costumbre de meditar en el
sentido de las consignas políticas. Aceptar la “defensa de la patria” en la
guerra actual equivaldría a considerarla “justa”, adecuada a los intereses del
proletariado, y nada más, absolutamente nada más, porque la invasión no está
descartada en ninguna guerra. Sería sencillamente una necedad negar la “defensa
de la patria” por parte de los
pueblos oprimidos en su guerra contra
las grandes potencias imperialistas o por parte del proletariado victorioso en su guerra contra cualquier Gallifet de
un Estado burgués.
El programa militar de la revolución proletaria
Desde el punto de vista
teórico, sería totalmente erróneo olvidar que toda guerra no es más que la
continuación de la política con otros medios. La actual guerra imperialista es
la continuación de la política imperialista de dos grupos de grandes potencias,
y esa política es originada y nutrida por el conjunto de las relaciones de la
época imperialista. Pero esta misma época ha de originar y nutrir también,
inevitablemente, la política de lucha contra la opresión nacional y de lucha
del proletariado contra la burguesía, y por ello mismo, la posibilidad y la
inevitabilidad, en primer lugar, de las insurrecciones y de las guerras
nacionales revolucionarias; en segundo lugar, de las guerras y de las
insurrecciones del proletariado contra
la burguesía; en tercer lugar, de la fusión de los dos tipos de guerras
revolucionarias, etc.
II
A lo dicho hay que añadir la siguiente consideración de carácter
general.
Una clase oprimida que no
aspirase a aprender el manejo de las armas, a tener armas, esa clase oprimida
sólo merecería que se la tratara como a los esclavos. Nosotros, si no queremos
convertirnos en pacifistas burgueses o en oportunistas, no podemos olvidar que
vivimos en una sociedad de clases, de la que no hay ni puede haber otra salida
que la lucha de clases. En toda sociedad de clases —ya se funde en la
esclavitud, en la servidumbre, o, como ahora, en el trabajo asalariado—, la
clase opresora está armada. No sólo el ejército regular moderno, sino también
la milicia actual —incluso en las repúblicas burguesas más democráticas, como,
por ejemplo, en Suiza— representan el armamento de la burguesía contra el proletariado. Esta es una
verdad tan elemental, que apenas si hay necesidad de detenerse especialmente en
ella. Bastará recordar el empleo de tropas contra los huelguistas en todos los
países capitalistas.
El armamento de la burguesía
contra el proletariado es uno de los hechos más considerables, fundamentales e
importantes de la actual sociedad capitalista. ¡Y ante semejante hecho se
propone a los socialdemócratas revolucionarios que planteen la “exigencia” del
“desarme”! Esto equivale a renunciar por completo al punto de vista de la lucha
de clases, a renegar de toda idea de revolución. Nuestra consigna debe ser:
armar al proletariado para vencer, expropiar y desarmar a la burguesía. Esta es
la única táctica posible para la clase revolucionaria, táctica que se desprende
de todo el desarrollo objetivo del
militarismo capitalista y que es prescrita por este desarrollo. Sólo después de haber desarmado a la
burguesía podrá el proletariado, sin traicionar su misión histórica universal,
convertir en chatarra toda clase de armas en general, y así lo hará
indudablemente el proletariado, pero sólo
entonces; de ningún modo antes.
Si la guerra actual sólo
despierta en los reaccionarios socialistas cristianos y en los lloricones
pequeños burgueses susto y horror, repugnancia hacia todo empleo de las armas,
hacia la sangre, la muerte, etc., nosotros, en cambio, debemos decir: la sociedad
capitalista ha sido y es siempre un horror
sin fin. Y si hora la guerra actual, la más reaccionaria de todas las
guerras, prepara a esa sociedad un fin
con horror no tenemos ningún motivo para entregarnos a la desesperación. Y
en una época en que, a la vista de todo el mundo, se está preparando por la
misma burguesía la única guerra legítima y revolucionaria, a saber: la guerra
civil contra la burguesía imperialista, la “exigencia” del desarme, o mejor
dicho, la ilusión del desarme es única y exclusivamente, por su significado
objetivo, una prueba de desesperación.
52
El imperialismo y la escisión del socialismo
Al que diga que esto es una
teoría al margen de la vida, le recordaremos dos hechos de alcance histórico
universal: el papel de los trusts y del trabajo de las mujeres en las fábricas,
por un lado, y la Comuna de 1871 y la insurrección de diciembre de 1905 en
Rusia, por otro.
La burguesía desarrolla los
trusts, obliga a los niños y a las mujeres a ir a las fábricas, donde los
tortura, los pervierte y los condena a la extrema miseria. Nosotros no
“exigimos” semejante desarrollo, no lo “apoyamos”, luchamos contra él. Pero ¿cómo luchamos? Sabemos que los trusts y
el trabajo de las mujeres en las fábricas son progresivos. No queremos volver
atrás, a los oficios artesanos, al capitalismo premonopolista, al trabajo
doméstico de la mujer. ¡Adelante, a través de los trusts, etc., y más allá,
hacia el socialismo!
Este razonamiento, con las
correspondientes modificaciones, es también aplicable a la actual
militarización del pueblo. Hoy, la burguesía imperialista militariza no sólo a
todo el pueblo, sino también a la juventud. Mañana tal vez empiece a
militarizar a las mujeres. Nosotros debemos decir ante esto: ¡tanto mejor!
¡Adelante, rápidamente! Cuanto más rápidamente tanto más cerca se estará de la
insurrección armada contra el capitalismo. ¿Cómo pueden los socialdemócratas
dejarse intimidar por la militarización de la juventud, etc., si no olvidan el
ejemplo de la Comuna? Eso no es una “teoría al margen de la vida”, no es un
sueño, sino un hecho. Y sería en verdad malísimo que los socialdemócratas, pese
a todos los hechos económicos y políticos, comenzaran a dudar de que la época
imperialista y las guerras imperialistas deben conducir inevitablemente a la
repetición de tales hechos.
Un observador burgués de la
Comuna escribía en mayo de 1871 en un periódico inglés: “¡Si en la nación
francesa no hubiera más que mujeres, qué nación más horrible sería!” Mujeres y
niños de trece años en adelante lucharon en los días de la Comuna al lado de
los hombres. Y no podrá suceder de otro modo en las futuras batallas por el
derrocamiento de la burguesía. Las mujeres proletarias no contemplarán
pasivamente cómo la burguesía, bien armada, fusila a los obreros, mal armados o
inermes.
Tomarán las armas, como en
1871, y de las asustadas naciones de ahora, o mejor dicho, del actual
movimiento obrero, desorganizado más por los oportunistas que por los
gobiernos, surgirá indudablemente, tarde o temprano, pero de un modo
absolutamente indudable, la unión internacional de las “horribles naciones” del
proletariado revolucionario.
La militarización penetra
ahora toda la vida social. El imperialismo es una lucha encarnizada de las
grandes potencias por el reparto y la redistribución del mundo, y por ello
tiene que conducir inevitablemente a un reforzamiento de la militarización en todos
los países, incluso en los neutrales y pequeños. ¿Qué harán frente a esto las
mujeres proletarias? ¿Limitarse a maldecir toda guerra y todo lo militar,
limitarse a exigir el desarme? Nunca se conformarán con el papel tan vergonzoso
las mujeres de una clase oprimida que sea verdaderamente revolucionaria. Les
dirán a sus hijos: “Pronto serás grande. Te darán un fusil. Tómalo y aprende
bien a manejar las armas. Es una ciencia imprescindible para los proletarios, y
no para disparar contra tus hermanos, los obreros de otros países, como sucede
en la guerra actual y como te aconsejan que lo hagas los traidores al
socialismo, sino para luchar contra la burguesía de tu propio país, para poner
fin a la explotación, a la miseria y a las guerras, no con buenos deseos, sino
venciendo a la burguesía y desarmándola”.
De renunciar a esta
propaganda, precisamente a esta propaganda, en relación con la guerra actual,
mejor es no decir más palabras solemnes sobre la socialdemocracia
revolucionaria internacional, sobre la revolución socialista sobre la guerra
contra la guerra.
III
El programa militar de la revolución proletaria
Los partidarios del desarme
se pronuncian contra el punto del programa referente al “armamento del pueblo”,
entre otras razones porque, según dicen, esta reivindicación conduce más
fácilmente a las concesiones al oportunismo. Hemos examinado más arriba lo más
importante: la relación entre el desarme, de un lado, y la lucha de clases y la
revolución social, de otro. Veamos ahora qué relación guarda la exigencia del
desarme con el oportunismo. Una de las razones más importantes de que esta
exigencia sea inadmisible consiste precisamente en que ella y las ilusiones a
que da origen debilitan y enervan inevitablemente nuestra lucha contra el
oportunismo.
No cabe duda de que esta
lucha es el principal problema inmediato de la Internacional. Una lucha contra
el imperialismo que no esté indisolublemente ligada a la lucha contra el
oportunismo es una frase vacía o un engaño. Uno de los principales defectos de
Zimmerwald y de Kienthal57, una de las principales causas del
posible fracaso de estos gérmenes de la III Internacional, consiste
precisamente en que ni siquiera se ha planteado abiertamente el problema de la
lucha contra el oportunismo, sin hablar ya de una solución de este problema que
señale la necesidad de romper con los oportunistas.
53
El oportunismo ha triunfado,
temporalmente, en el seno del movimiento obrero europeo. En los países más
importantes han aparecido dos matices fundamentales del oportunismo: primero,
el socialimperialismno declarado, cínico, y por ello menos peligroso, de los
Plejánov, los Scheidermann, los Legien, los Alberto Thomas y los Sembat, los
Vandervelde, los Hyndman, los Henderson, etc.; segundo, el oportunismo
encubierto, kautskiano: Kautsky-Haase y el Grupo Socialdemócrata del Trabajo58, en Alemania; Longuet, Pressemanne, Mayéras, etc., en Francia;
Ramsay MacDonald y otros jefes del Partido Laborista Independiente, en
Inglaterra59; Mártov, Chjeídze, etc., en Rusia;
Treves y otros reformistas llamados de izquierda en Italia.
![]()
57 La
Conferencia de Zimmerwald o Primera Conferencia Socialista Internacional se celebró del 5 al 8 de septiembre de
1915. Asistieron 38 delegados socialistas de 11 países europeos: Alemania,
Francia, Italia, Rusia, Polonia, Rumania, Bulgaria, Suecia, Noruega, Holanda y
Suiza. Lenin presidió la delegación del CC del POSDR.
La conferencia aprobó el
manifiesto A los proletarios de Europa,
redactado por una comisión, en el que, gracias a la insistencia de Lenin y de
los socialdemócratas de izquierda, se logró incluir varias tesis fundamentales
del marxismo revolucionario. Además, la conferencia aprobó una declaración
común de las delegaciones alemana y francesa y una resolución de simpatía con
las víctimas de la guerra y con los perseguidos por actividades políticas.
Eligió también la Comisión Socialista Internacional.
En la conferencia se formó el grupo de izquierda de Zimmerwald
(véase la nota 15). La Segunda
Conferencia Socialista Internacional se celebró en Kienthal (Suiza), del 24
al 30 de abril de 1916. Asistieron 43 delegados socialistas de 10 países: Rusia, Alemania, Francia,
Suiza, Italia, Polonia, Noruega, Austria, Serbia y Portugal. El CC del POSDR
estuvo representado en la conferencia por 3 delegados con Lenin en cabeza.
Lenin, ocupó en la Conferencia de Kienthal posiciones más firmes
que en Zimmerwald, lo que reflejaba el cambio de la correlación de fuerzas en
el movimiento obrero internacional a favor del internacionalismo.
La conferencia aprobó un manifiesto ¡A los pueblos condenados a la ruina y la muerte! y resoluciones en
las que se criticaba el pacifismo y al Buró Socialista Internacional. Lenin
conceptuó los acuerdos de la conferencia como un paso adelante en la cohesión
de los internacionalistas para luchar contra la guerra imperialista.
58 Arbeitsgemeinschaft (Grupo Socialdemócrata del Trabajo, "Liga del
Trabajo"): organización de los centristas alemanes fundada en marzo de
1916. Los centristas preconizaban consignas pacifistas, pero en realidad eran
aliados de los socialchovinistas y dirigían sus golpes
principales contra el grupo La Internacional, que combatía la guerra
imperialista. El Grupo Socialdemócrata del Trabajo fue el núcleo fundamental
del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, constituido en abril de
1917 y que justificaba a los socialchovinistas declarados y propugnaba el
mantenimiento de la unidad con ellos.
59 Partido
Laborista Independiente de Inglaterra (Independent Labour Party): organización reformista fundada en
1893 en un ambiente de reanimación de la lucha huelguística e intensificación
del movimiento por la independencia de la clase obrera inglesa respecto a los
partidos burgueses. Lo encabezaban, James Keir Hardie y R. MacDonald. Desde su
constitución el PLI ocupó posiciones reformistas burguesas, dedicando la
atención fundamental a las formas parlamentarias de lucha y a las componendas
parlamentarias con el Partido Liberal.
Al comienzo de la guerra imperialista
mundial, el PLI lanzó un manifiesto contra la guerra, mas poco después adoptó
una posición socialchovinista.
El imperialismo y la escisión del socialismo
El oportunismo declarado
está directa y abiertamente contra la revolución y contra los movimientos y
explosiones revolucionarios que se están iniciando, y ha establecido una
alianza directa con los gobiernos, por muy diversas que sean las formas de esta
alianza, desde la participación en los ministerios hasta la participación en
los comités de la industria de guerra (en Rusia60). Los oportunistas encubiertos, los kautskianos, son mucho más
nocivos y peligrosos para el movimiento obrero, porque la defensa que hacen de
la alianza con los primeros la encubren con palabrejas igualmente “marxistas” y
consignas pacifistas que suenan plausiblemente. La lucha contra estas dos
formas del oportunismo dominante debe ser desarrollada en todos los terrenos de la política proletaria: parlamento,
sindicatos, huelgas, esfera militar, etc. La particularidad principal que
distingue a estas dos formas del
oportunismo dominante consiste en que el problema concreto de la relación entre la guerra actual y la
revolución y otros problemas concretos de la revolución se silencian y se
encubren, o se tratan con la mirada
puesta en las prohibiciones policíacas. Y eso a pesar de que antes de la guerra
se había señalado infinidad de veces, tanto en forma no oficial como con
carácter oficial en el Manifiesto de Basilea61, la
relación que guardaba precisamente esa guerra inminente con la revolución
proletaria. Mas el defecto principal de la exigencia del desarme consiste
precisamente en que se pasan por alto todos los problemas concretos de la
revolución. ¿O es que los partidarios del desarme están a favor de un tipo
completamente nuevo de revolución sin armas?
Prosigamos. En modo alguno
estamos contra la lucha por las reformas. No queremos desconocer la triste
posibilidad de que la humanidad —en el peor de los casos— pase todavía por una
segunda guerra imperialista, si la revolución no surge de la guerra actual, a
pesar de las numerosas explosiones de efervescencia y descontento de las masas
y a pesar de nuestros esfuerzos. Nosotros somos partidarios de un programa de
reformas que también debe ser
dirigido contra los oportunistas. Los oportunistas no harían sino alegrarse en
el caso de que les dejásemos por entero la lucha por las reformas y nos
eleváramos a las nubes de un vago “desarme”, para huir de una realidad
lamentable. El “desarme” es precisamente la huida frente a una realidad
detestable, y en modo alguno la lucha contra ella.
En semejante programa
nosotros diríamos aproximadamente: “La consigna y el reconocimiento de la
defensa de la patria en la guerra imperialista de 1914-1916 no sirven más que
para corromper el movimiento obrero con mentiras burguesas”. Esa respuesta
concreta a cuestiones concretas sería teóricamente más justa, mucho más útil
para el proletariado y más insoportable para los oportunistas que la exigencia
del desarme y la renuncia a “toda” defensa de la patria. Y podríamos añadir:
“La burguesía de todas las grandes potencias imperialistas, de Inglaterra,
Francia, Alemania,
Austria, Rusia, Italia, el
Japón y Estados Unidos, es hoy hasta tal punto reaccionaria y está tan
penetrada de la tendencia a la dominación mundial, que toda guerra por parte de
la burguesía de estos países no puede
ser más que reaccionaria. El proletariado no sólo debe oponerse a toda guerra de este tipo, sino que debe desear la
derrota de “su” gobierno en
![]()
60 . Los
comités de la industria de guerra fueron creados en mayo de 1915 en Rusia
por la gran burguesía imperialista para ayudar al zarismo a hacer la guerra.
Tratando de someter a los obreros a su influencia y de inculcarles ideas
defensistas, la burguesía organizó "grupos obreros" anejos a esos
comités para mostrar así que en Rusia se había establecido la "paz
social" entre la burguesía y el proletariado. Los bolcheviques declararon
el boicot a los comités de la industria de guerra y lo aplicaron eficazmente con
el apoyo de la mayoría de los obreros.
61 El Manifiesto
de Basilea sobre la guerra fue aprobado en el Congreso Extraordinario
Socialista Internacional,
celebrado en Basilea (Suiza)
el 24 y 25 de noviembre de 1912. El manifiesto ponía en guardia a los pueblos
ante el peligro de la guerra imperialista mundial que se avecinaba, denunciaba
los fines rapaces de esta guerra y llamaba a los obreros de todos los países a
luchar resueltamente por la paz. En el Manifiesto de Basilea fue incluido un
punto de la resolución del Congreso de Stuttgart (1907), formulado por Lenin,
en el que se decía que en caso de estallar una guerra imperialista los
socialistas debían aprovechar la crisis económica y política provocada por la
guerra para luchar por la revolución socialista
El programa militar de la revolución proletaria
tales guerras y utilizar esa
derrota para una insurrección revolucionaria, sino se logra la insurrección
destinada a impedir la guerra”.
En lo que se refiere a la milicia, deberíamos decir no somos
partidarios de la milicia burguesa, sino únicamente de una milicia proletaria.
Por eso, “ni un céntimo ni un hombre”, no sólo para el ejército regular, sino
tampoco para la milicia burguesa, incluso en países como Estados Unidos o
Suiza, Noruega, etc. Además, porque en los países republicanos más libres (por
ejemplo, en Suiza) observamos una adaptación cada vez mayor de la milicia al
modelo prusiano, sobre todo en 1907 y 1911, y que se la prostituye para poder
movilizar las tropas contra los huelguistas. Nosotros podemos exigir que los
oficiales sean elegidos por el pueblo, que sea abolida toda justicia militar,
que los obreros extranjeros tengan los mismos derechos que los obreros del país
(punto de especial importancia para los Estados imperialistas que, como Suiza,
explotan cada vez en mayor número y cada vez con mayor descaro a obreros
extranjeros, sin otorgarles derechos). Y, además, que cada cien habitantes, por
ejemplo, de un país tengan derecho a formar asociaciones libres para aprender
el arte militar en todos sus detalles, eligiendo libremente instructores
retribuidos por el Estado, etc. Sólo en tales condiciones podría el
proletariado aprender dicho arte efectivamente para sí, y no para sus esclavizadores, y los intereses del
proletariado exigen, indiscutiblemente, ese aprendizaje. La revolución rusa ha
demostrado que todo éxito, incluso un éxito parcial, del movimiento
revolucionario —por ejemplo, la conquista de una ciudad, un poblado fabril, una
parte del ejército— obligará
inevitablemente al proletariado vencedor a poner en práctica precisamente ese
programa.
54
Por último, cae de su peso que contra el oportunismo no se puede
luchar limitándose a redactar programas, sino tan sólo vigilando sin descanso
para que esos programas se pongan en práctica de una manera efectiva. El mayor
error, el error fatal de la fracasada II Internacional, consistió en que sus
palabras no correspondían con sus hechos, en que se cultivaba la costumbre de
recurrir a la hipocresía y a una desvergonzada fraseología revolucionaria
(véase la actitud de hoy de Kautsky y Cía. ante el Manifiesto de Basilea). El
desarme como idea social —es decir, como idea engendrada por determinado
ambiente social, como idea capaz de actuar sobre determinado medio social, y no
como simple extravagancia de un individuo— tiene su origen, evidentemente, en
las condiciones particulares de vida, “tranquilas” como excepción, de algunos
Estados pequeños, que durante un período bastante largo han estado al margen
del sangriento camino mundial de las guerras y que confían en que podrán seguir
apartados de él. Para convencerse de ello, basta reflexionar, por ejemplo, en
los argumentos de los partidarios del desarme en Noruega: “Somos un país
pequeño, nuestro ejército es pequeño, nada podemos hacer contra las grandes
potencias” (y por ello nada pueden hacer tampoco si se les impone por la fuerza
una alianza imperialista con uno u
otro grupo de grandes potencias)... “queremos seguir en paz en nuestro apartado
rinconcito y proseguir nuestra política pueblerina, exigir el desarme,
tribunales de arbitraje obligatorios, una neutralidad permanente, etc.”
(¿”permanente”, como la de Bélgica?).
La mezquina aspiración de
los pequeños Estados a quedarse al margen, el deseo pequeñoburgués de estar lo
más lejos posible de las grandes batallas de la historia mundial, de aprovechar
su situación relativamente monopólica para seguir en una pasividad rutinaria,
tal es el ambiente social objetivo
que puede asegurar cierto éxito y cierta difusión a la idea del desarme en
algunos pequeños Estados. Claro que semejante aspiración es reaccionaria y
descansa sólo en ilusiones, pues el imperialismo, de uno u otro modo, arrastra
a los pequeños Estados a la vorágine de la economía mundial y de la política
mundial.
A Suiza, por ejemplo, su
ambiente imperialista le prescribe objetivamente dos líneas del movimiento obrero: los oportunistas, en alianza con
la burguesía, aspiran a hacer de Suiza una federación republicano-democrática
que monopolice las ganancias del turismo burgués
El imperialismo y la escisión del socialismo
de las naciones
imperialistas y a aprovechar del modo más lucrativo y más tranquilo posible
esta “tranquila” situación monopólica.
Los verdaderos
socialdemócratas de Suiza aspiran a utilizar la relativa libertad del país y su
situación “internacional” para ayudar a la estrecha alianza de los elementos
revolucionarios de los partidos obreros europeos a alcanzar la victoria. En
Suiza no se habla, gracias a Dios, un idioma “propio”, sino tres idiomas
universales, los tres, precisamente, que se hablan en los países beligerantes
que limitan con ella.
Si los 20.000 miembros del
partido suizo contribuyeran semanalmente con dos céntimos como “impuesto
extraordinario de guerra”, obtendríamos al año 20.000 francos, cantidad más que
suficiente para imprimir periódicamente y difundir en tres idiomas, entre los
obreros y soldados de los países beligerantes, a pesar de las prohibiciones de
los Altos
Estados Mayores todo cuanto
diga la verdad sobre la indignación que comienza a cundir entre los obreros,
sobre su confraternización en las trincheras, sobre sus esperanzas de utilizar
revolucionariamente las armas contra la burguesía imperialista de sus “propios”
países, etc.
Nada de esto es nuevo.
Precisamente es lo que hacen los mejores periódicos, como La Sentinelle, Volksrecht62 y Berner Tagwacht, pero, por desgracia, en
medida insuficiente. Sólo semejante
actividad puede hacer de la magnífica resolución del Congreso del partido en
Aarau63 algo más que una mera resolución
magnífica.
La cuestión que ahora nos
interesa se plantea en la forma siguiente: ¿corresponde la exigencia del
desarme a la tendencia revolucionaria entre los socialdemócratas suizos? Es
evidente que no. El “desarme” es, objetivamente, el programa más nacional, específicamente
nacional, de los pequeños Estados, pero en manera alguna el programa
internacional de la socialdemocracia revolucionaria internacional.
Escrito en alemán en septiembre de 1916. Publicado por vez
primera en septiembre y octubre de 1917 en los núms. 9 y 10 del periódico
“Jugend— Intenationale”. En ruso se publicó por vez primera en 1929 en el t.
XIX de las ediciones 2 y 3, de las “Obras” de V. I. Lenin.
T. 30, págs. 131-143.
![]()
62
"La Sentinelle" ("El
Centinela"): portavoz de la organización socialdemócrata del cantón de
Neuchatel (Suiza), fundado en Chaux de Fonds en 1890. De 1906 a 1910 no se
publicó. En los años de la guerra imperialista (1914-1918) el periódico ocupó
una posición internacionalista. "Volksrecht"
("El Derecho del Pueblo"): diario órgano del Partido Socialdemócrata
Suizo. Se publica en Zúrich desde 1898. En los años de la guerra imperialista
mundial de 1914-1918 publicó artículos de los zimmerwaldianos de izquierda
63 Lenin se refiere al Congreso
del Partido Socialdemócrata Suizo, celebrado en Aarau el 20 y 21 de
noviembre de 1915. El punto central del orden del día del congreso fue la
cuestión de la actitud de la socialdemocracia suiza ante la unión de Zimmerwald
de los internacionalistas; en torno a este punto se entabló la lucha de las
tres tendencias de la socialdemocracia suiza: los antizimmerwaldianos, los
partidarios de la derecha de Zimmerwald y los partidarios de la izquierda de
Zimmerwald. R. Grimm presentó una resolución en la que se proponía al Partido
Socialdemócrata Suizo que se adhiriese a la unión de Zimmerwald y que aprobase
la línea política de los zimmerwaldianos de derecha. Los socialdemócratas
suizos de izquierda, en nombre de la sección de Lausana, presentaron una enmienda
a la resolución de Grimm por la que se reconocía la necesidad de desplegar la
lucha revolucionaria de masas contra la guerra y se declaraba que sólo la
revolución victoriosa del proletariado podría poner fin a la guerra
imperialista. Bajo la presión de Grimm la enmienda de la sección de Lausana fue
retirada, pero la presentó de nuevo el bolchevique M. Jaritónov, que
representaba en el congreso con voz y voto a una de las organizaciones
socialdemócratas suizas. Por consideraciones tácticas, Grimm y sus partidarios
no tuvieron más remedio que apoyar la enmienda. El congreso aprobó por mayoría
de votos la enmienda propuesta por los de izquierda.
El imperialismo y la escisión del socialismo
55
EL IMPERIALISMO Y LA
ESCISIÓN DEL SOCIALISMO.
¿Existe relación entre el
imperialismo y la monstruosa y repugnante victoria que el oportunismo (en forma
de socialchovinismo) ha obtenido sobre el movimiento obrero en Europa?
Este es el problema
fundamental del socialismo contemporáneo. Después de haber dejado plenamente
sentado en las publicaciones de nuestro partido, en primer lugar, el carácter
imperialista de nuestra época y de la guerra actual, y, en segundo lugar, el nexo
histórico indisoluble que existe entre el socialchovinismo y el oportunismo,
así como la igualdad de su contenido ideológico y político, podemos y debemos
pasar a examinar este problema fundamental.
Hay que empezar por definir,
del modo más exacto posible y completo, lo que es el imperialismo. El
imperialismo es una fase histórica especial del capitalismo que tiene tres
peculiaridades; el imperialismo es: 1) capitalismo monopolista; 2) capitalismo
parasitario o en descomposición; 3) capitalismo agonizante. La sustitución de
la libre competencia por el monopolio es el rasgo económico fundamental, la esencia del imperialismo. El monopolismo
se manifiesta en cinco formas principales: 1) cárteles, consorcios y trusts; la
concentración de la producción ha alcanzado el grado que da origen a estas
asociaciones monopólicas de los capitalistas; 2) situación monopólica de los
grandes bancos: de tres a cinco bancos gigantescos manejan toda la vida
económica de los EE.UU., Francia y Alemania; 3) conquista de las fuentes de materias primas por los trusts y la
oligarquía financiera (el capital financiero es el capital industrial
monopolista fundido con el capital bancario); 4) se ha iniciado el reparto (económico) del mundo entre los cárteles
internacionales. ¡Son ya más de cien
los cárteles internacionales que dominan todo
el mercado mundial y se lo reparten “amigablemente”, mientras que la guerra no
lo reparte de nuevo! La exportación
del capital, a diferencia de la exportación de mercancías bajo el capitalismo
no monopolista, es un fenómeno particularmente característico, que guarda
estrecha relación con el reparto económico y político— territorial del mundo.
5) Ha terminado el reparto
territorial del mundo (de las colonias).
El imperialismo, como fase
superior del capitalismo en América y en Europa, y después en Asia, estaba ya
plenamente formado hacia 1898-1914. Las guerras hispano-americana (1898),
anglo— bóer (1899-1902) y ruso-japonesa (1904-1905) y la crisis económica de
Europa en 1900 son los principales jalones históricos de esta nueva época de la
historia mundial.
Que el imperialismo es el
capitalismo parasitario o en descomposición se manifiesta, ante todo, en la
tendencia a la descomposición que distingue a todo monopolio en el régimen de la propiedad privada sobre los
medios de producción. La diferencia entre la burguesía imperialista
republicano-democrática y monárquico-reaccionaria se borra, precisamente,
porque una y otra se pudren vivas (lo que no elimina, en modo alguno, el
desarrollo asombrosamente rápido del capitalismo en ciertas ramas industriales,
en ciertos países, en ciertos períodos). En segundo lugar, la descomposición
del capitalismo se manifiesta en la formación de un enorme sector de rentistas, de capitalistas que viven de
“cortar el cupón”. En los cuatro países imperialistas avanzados —Inglaterra,
América del Norte, Francia y Alemania—, el capital en valores asciende de cien
a ciento cincuenta mil millones de
francos, lo cual significa, por lo menos, una renta anual de cinco mil a ocho
mil millones de francos por país. En tercer lugar, la exportación de capital es
el parasitismo elevado al cuadrado. En cuarto lugar, “el capital financiero
tiende a la dominación, y no a la libertad”. La reacción
El imperialismo y la escisión del socialismo
política en toda la línea es propia del
imperialismo. Venalidad, soborno en proporciones gigantescas, un Panamá de todo
género. En quinto lugar, la explotación de las naciones oprimidas, ligada
indisolublemente a las anexiones, y, sobre todo, la explotación de las colonias
por un puñado de “grandes” potencias, convierte cada vez más el mundo
“civilizado” en un parásito que vive sobre el cuerpo de centenares de millones
de hombres de los pueblos no civilizados. El proletario romano vivía a expensas
de la sociedad. La sociedad actual vive a expensas del proletario moderno. Marx
subrayaba especialmente esta profunda observación de Sismondi64. El imperialismo introduce algunas modificaciones: una capa
privilegiada del proletariado de las potencias imperialistas vive, en parte, a
expensas de los centenares de millones de hombres de los pueblos no
civilizados.
56
Se comprende la razón de que
el imperialismo sea un capitalismo agonizante,
en transición hacia el socialismo: el
monopolio, que nace del capitalismo,
es ya su agonía, el comienzo de su
tránsito al socialismo. La misma significación tiene la gigantesca socialización del trabajo por el
imperialismo (lo que sus apologistas, los economistas burgueses, llaman
“entrelazamiento”).
Al definir de este modo el imperialismo, nos colocamos en plena
contradicción con C. Kautsky, que se niega a ver en el imperialismo una “fase
del capitalismo” y lo define como
política “preferida” del capital financiero, cómo tendencia de los países
“industriales” a anexionarse los
países “agrarios”*. Desde el punto de vista teórico, esta definición de Kautsky
es completamente falsa. La peculiaridad del imperialismo no es precisamente el dominio del capital industrial, sino el del
capital financiero, precisamente la tendencia a anexionarse no sólo países agrarios, sino toda clase de países. Kautsky separa la política del imperialismo de
su economía, separa el monopolismo en política del monopolismo en economía,
para desbrozar el camino a su vulgar reformismo burgués como en el caso del
“desarme”, del “ultraimperialismo” y demás necedades por el estilo. El sentido
y el objeto de esta falsedad teórica se reducen exclusivamente a velar las
contradicciones más profundas del
imperialismo y a justificar de este modo la teoría de la “unidad” con sus
apologistas: con los oportunistas y socialchovinistas descarados.
* "El imperialismo es un producto del
capitalismo industrial altamente desarrollado. Consiste en la tendencia de toda
nación capitalista industrial a someter o anexionarse cada vez más regiones agrarias cualquiera que sea el origen
étnico de sus habitantes" (véase Kautsky. Die Neue Zeit, 11 de septiembre de 1914).
Ya hemos hablado bastante de
esta ruptura de Kautsky con el marxismo, tanto en el Sotsial— Demokrat como en el Kommunist65.
Nuestros kautskianos rusos, los del CO con Axelrod y Spectator al frente, sin excluir a Mártov y, en grado
considerable, a Trotski, han preferido silenciar el kautskismo como tendencia.
Les ha dado miedo defender lo que Kautsky ha escrito durante la guerra y salen
del paso elogiando sencillamente a Kautsky (Axeirod en su folleto alemán que el
Comité de Organización ha prometido
publicar en ruso) o aludiendo a cartas particulares de Kautsky (Spectator) en
las que afirma que pertenece a la oposición y trata de anular jesuíticamente
sus declaraciones chovinistas.
Observemos que, en su
“interpretación” del imperialismo —que equivale a embellecerlo—, Kautsky
retrocede no sólo en relación a El
capital financiero de Hilferding (¡por muy empeñadamente que el mismo
Hilferding defienda ahora a Kautsky y la “unidad” con los socialchovinistas!),
sino también en relación al social-liberal
J. A. Hobson. Este economista inglés, que ni por asomo pretende merecer el
título de marxista, define de un modo mucho más profundo el imperialismo y pone
de manifiesto sus contradicciones en su obra de 1902**. Veamos lo que dice este
autor (en cuyas obras podemos encontrar casi todas las
![]()
64 64 C. Marx. El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Prólogo del autor a la
segunda edición. (C. Marx y F. Engels. Obras
Escogidas en tres tomos, ed. en español, t. 1, págs. 405-406.)
65
"Kommunist" ("El
Comunista"): revista organizada por Lenin. La editó en 1915, en Ginebra,
la redacción del periódico Sotsial-Demokrat.
Apareció (en septiembre de 1915) un solo número (doble).
El imperialismo y la escisión del socialismo
trivialidades pacifistas y
“conciliadoras” de Kautsky) sobre la cuestión, que tiene singular importancia,
del carácter parasitario del imperialismo:
** J. A. Hobson. Imperialismo,
Londres, 1902
Dos clases de circunstancias
han debilitado, a juicio de Hobson, la potencia de los viejos imperios: 1) el
“parasitismo económico” y 2) la formación de ejércitos con hombres de los
pueblos dependientes. “La primera es la costumbre del parasitismo económico, en
virtud de la cual el Estado dominante utiliza sus provincias, sus colonias y
los países dependientes, con objeto de enriquecer a su clase dirigente y de
sobornar a sus clases inferiores para que se estén quietas”. Refiriéndose a la
segunda circunstancia Hobson escribe:
“Uno de los síntomas más
extraños de la ceguera del imperialismo” (en boca del social-liberal Hobson
estas cantinelas de la “ceguera” de los imperialistas están más en su sitio que
en el caso del “marxista” Kautsky) “es la despreocupación con que la Gran
Bretaña, Francia y otras naciones imperialistas emprenden este camino. La Gran
Bretaña ha ido más lejos que nadie. La mayor parte de las batallas por medio de
las cuales conquistamos nuestro Imperio indio las sostuvieron tropas indígenas;
en la India, como últimamente en Egipto, grandes ejércitos permanentes se
hallan bajo el mando de británicos; casi todas nuestras guerras de conquista en
África, con excepción del Sur, las hicieron para nosotros los indígenas”.
La perspectiva del reparto
de China suscita en Hobson el siguiente juicio económico: “La mayor parte de
Europa Occidental podría adquirir entonces el aspecto y el carácter que tienen
actualmente ciertas partes de los países que la componen: el Sur de Inglaterra,
la Riviera y los lugares de Italia y Suiza más frecuentados por los turistas y
que son residencia de gente rica, es decir: un puñado de ricos aristócratas,
que perciben dividendos y pensiones del Lejano Oriente, con un grupo algo más
considerable de empleados profesionales y de comerciantes y un número mayor de
sirvientes y de obreros ocupados en el transporte y en la industria dedicada a
la terminación de artículos manufacturados. En cambio, las ramas principales de
la industria desaparecerían y los productos alimenticios de gran consumo y los
artículos semimanufacturados corrientes afluirían, como un tributo, de Asia y
de África”.
57
“He aquí qué posibilidades
abre ante nosotros una alianza más vasta de los Estados occidentales, una
federación europea de las grandes potencias; dicha federación lejos de impulsar
la civilización mundial, podría implicar un peligro gigantesco de parasitismo
occidental: formar un grupo de las naciones industriales avanzadas, cuyas
clases superiores percibirían enormes tributos de Asia y de África; esto les
permitiría mantener a grandes masas de sumisos empleados y criados, ocupados no
ya en la producción agrícola e industrial de artículos de gran consumo, sino en
el servicio personal o en el trabajo industrial secundario, bajo el control de
una nueva aristocracia financiera. Que los que se hallen dispuestos a
desentenderse de esta teoría” (debería decirse: perspectiva) “como indigna de
ser examinada reflexionen sobre las condiciones económicas y sociales de las
regiones del Sur de la Inglaterra actual que se hallan ya en esta situación.
Que piensen en las inmensas proporciones que podría adquirir dicho sistema si
China se fuese sometida al control económico de tales grupos financieros, de
los “inversionistas” (rentistas), de sus agentes políticos y empleados
comerciales e industriales que extraerán beneficios del más grande depósito
potencial que jamás haya conocido el mundo, con objeto de consumir los dichos
beneficios en Europa. Naturalmente, la situación es excesivamente compleja, el
juego de las fuerzas mundiales es demasiado difícil de calcular para que
resulte muy verosímil esa u otra previsión del futuro en una sola dirección.
Pero las influencias que gobiernan el imperialismo de Europa Occidental en la
actualidad se orientan en este sentido y, si no
El imperialismo y la escisión del socialismo
chocan con una resistencia, si no son
desviadas hacia otra parte, avanzarán precisamente hacia tal culminación de
este proceso”.
El social-liberal Hobson ve
que esta “resistencia” sólo puede oponerla el proletariado revolucionario, y
sólo en forma de revolución social. ¡Por algo es social-liberal! Pero ya en
1902 abordaba admirablemente tanto el problema de la significación de los
“Estados Unidos de Europa” (¡sépalo el kautskiano Trotski!) como todo lo que
tratan de disimular los kautskianos
hipócritas de diversos países, a saber: que los oportunistas (socialchovinistas)
colaboran con la burguesía imperialista precisamente
para formar una Europa imperialista sobre los hombros de Asia y de África; que
los oportunistas son, objetivamente,
una parte de la pequeña burguesía y de algunas capas de la clase obrera, parte sobornada con las superganancias
imperialistas, convertida en mastín
del capitalismo, en elemento corruptor
del movimiento obrero.
Más de una vez, y no sólo en
artículos, sino también en resoluciones de nuestro partido, hemos señalado esta
relación económica, la más honda, precisamente de la burguesía imperialista con
el oportunismo, que ahora (¿será por mucho tiempo?) ha vencido al movimiento
obrero. De ello deducíamos, entre otras cosas, que es inevitable la escisión
con el socialchovinismo. ¡Nuestros kautskianos han preferido eludir este
problema! Mártov, por ejemplo, ya en sus conferencias, recurría al sofisma que
se ha expresado del modo siguiente en Izvestia
Zagraníchnogo Sekretariata OK66 (núm. 4, del 10 de abril de 1916):
“...Muy mala, incluso
desesperada, sería la situación de la socialdemocracia revolucionaria si los
grupos de obreros, que por su mentalidad están más cerca de los
“intelectuales”, y los más calificados, la abandonaran fatalmente para pasar al
oportunismo…”
¡Empleando la necia
palabreja “fatalmente” y con un poco de “trampa”, se soslaya el hecho de
que ciertas capas obreras se han pasado al oportunismo y a la
burguesía imperialista! ¡Y lo único que querían los sofistas del Comité de
Organización era soslayar este hecho!
Salen del paso con el “optimismo formal” de que ahora hacen gala tanto el
kautskiano Hilferding como muchos otros, ¡diciendo que las condiciones
objetivas garantizan la unidad del proletariado y la victoria de la tendencia
revolucionaria!, ¡diciendo que son “optimistas” en lo que respecta al
proletariado!
Y, en realidad, todos estos kautskianos,
Hilferding, los del CO, Mártov y Cía. son optimistas...
en lo que respecta al oportunismo.
¡Este es el quid de la cuestión!
El proletariado es fruto del
capitalismo, pero del capitalismo mundial, y no sólo del europeo, no sólo del
imperialista. En escala mundial, cincuenta años antes o cincuenta años después
—en tal escala esto es
un problema secundario— , el “proletariado”, naturalmente, “llegará” a la
unidad, y en él triunfará “ineludiblemente” la socialdemocracia revolucionaria.
No se trata de esto, señores kautskianos, sino de que ustedes, ahora en los países imperialistas de Europa, se prosternan como lacayos ante los
oportunistas, que son extraños al
proletariado como clase, que son servidores, agentes y portadores de la
influencia de la burguesía y, si no se
desembaraza de ellos, el movimiento obrero seguirá siendo un movimiento obrero burgués. Su prédica de
la “unidad” con los oportunistas, con los Legien y los David, los Plejánov y los Chjenkeli, los Potrésov,
etc., es, objetivamente, la defensa de la esclavización
de los obreros por la burguesía imperialista a través de sus mejores agentes en
el movimiento obrero. La victoria de la socialdemocracia revolucionaria en
escala mundial es absolutamente ineludible, pero se produce y se seguirá
produciendo, viene y llegará sólo contra
ustedes, será una victoria sobre
ustedes.
![]()
66 Izvestia
Zagraníchnogo Sekretariata O K ("Noticias del Secretariado del CO del POSDR en el
Extranjero"): periódico menchevique que se publicó en Ginebra desde
febrero de 1915 hasta marzo de 1917. Aparecieron diez números. El periódico
sostenía posiciones centristas
El imperialismo y la escisión del socialismo
58
Las dos tendencias, incluso
los dos partidos del movimiento
obrero contemporáneo, que tanclaramente se han escindido en todo el mundo en
1914-1916, fueron observadas por Engels y
Marx en Inglaterra durante varios decenios,
aproximadamente entre 1858 y 1892.
Ni Marx ni Engels alcanzaron
la época imperialista del capitalismo mundial, que sólo se inicia entre 1898 y
1900. Pero ya a mediados del siglo XIX, era característica de Inglaterra la
presencia, por lo menos, de dos
principales rasgos distintivos del imperialismo: 1) inmensas colonias y 2)
ganancias monopolistas (a consecuencia de su situación monopólica en el mercado
mundial). En ambos sentidos, Inglaterra representaba entonces una excepción
entre los países capitalistas, y Engels y Marx, analizando esta excepción,
indicaban en forma completamente clara y definida que estaba en relación con la victoria (temporal)
del oportunismo en el movimiento obrero inglés.
En una carta a Marx, del 7
de octubre de 1858, escribía Engels: “El proletariado inglés se va
aburguesando, de hecho, cada día más; así que esta nación, la más burguesa de
todas, aspira a tener, en resumidas cuentas, al lado de la burguesía una aristocracia burguesa y un proletariado
burgués. Naturalmente, por parte de una nación que explota al mundo entero,
esto es, hasta cierto punto, lógico”. En una carta a Sorge, fechada el 21 de
septiembre de 1872, Engels comunica que Hales promovió en el Consejo Federal de
la Internacional un gran escándalo, logrando un voto de censura contra Marx por
sus palabras de que los “líderes obreros ingleses se habían vendido”. Marx
escribe a Sorge el 4 de agosto de 1874: “En lo que respecta a los obreros
urbanos de aquí (en Inglaterra), es de lamentar que toda la banda de líderes no
haya ido al Parlamento. Sería el camino más seguro para librarse de esa
canalla”. En una carta a Marx, del 11 de agosto de 1881, Engels habla de las
“peores tradeuniones inglesas, que permiten que las dirija gente vendida a la
burguesía, o, cuando menos, pagada por ella”. En una carta a Kautsky, del 12 de
septiembre de 1882, escribía Engels: “Me pregunta usted ¿qué piensan los
obreros ingleses acerca de la política colonial? Lo mismo que piensan de la
política en general. Aquí no hay un partido obrero, no hay más que radicales
conservadores y liberales, y los obreros se aprovechan con ellos, con la mayor
tranquilidad del mundo, del monopolio colonial de Inglaterra y de su monopolio
en el mercado mundial”.
El 7 de diciembre de 1889,
escribía Engels a Sorge: “...Lo más repugnante aquí (en Inglaterra) es la
“respetabilidad” (respectability)
burguesa que se ha hecho carne y sangre de los obreros...; incluso Tomás Mann,
al que considero como el mejor de todos ellos, se complace en hablar de que va
a almorzar con el alcalde. Y únicamente al compararlo con los franceses, se
convence uno de lo que es la revolución”. En otra carta, del 19 de abril de
1890: “El movimiento (de la clase obrera en Inglaterra) avanza bajo la superficie, abarca sectores cada
vez más amplios, que, en la mayoría de los casos, pertenecen a la masa más inferior (subrayado por Engels),
inerte hasta ahora; y no está ya lejano el día en que esta masa se encuentre a sí misma, en que
comprenda que es ella misma, precisamente, la colosal masa en movimiento”. El 4 de marzo de 1891: “El revés del fracasado
sindicato de los obreros portuarios, las “viejas” tradeuniones conservadoras, ricas y por ello mismo cobardes, quedan
solas en el campo de batalla...” El 14 de septiembre de 1891: en el Congreso de
las tradeuniones, celebrado en New Castle, son derrotados los viejos
tradeunionistas, enemigos de la jornada de 8 horas, “y los periódicos burgueses
reconocen la derrota del partido obrero
burgués” (subrayado en todas partes por Engels).
El prólogo de Engels a la
segunda edición de La situación de la
clase obrera en Inglaterra (1892) demuestra que estos pensamientos,
repetidos durante decenios, fueron también expresados por Engels públicamente,
en letras de molde. En dicho prólogo habla de la “aristocracia en el seno de la
clase obrera”, de la “minoría privilegiada de obreros” frente a la “gran masa
obrera”. “Una pequeña minoría, privilegiada y protegida”, de la clase obrera
El imperialismo y la escisión del socialismo
es la única que obtuvo
“prolongadas ventajas” de la situación privilegiada de Inglaterra en 1848-1868,
mientras que la “gran masa, en el mejor de los casos, sólo gozaba de breves
mejoras”... “Cuando quiebre el monopolio industrial de Inglaterra, la clase
obrera inglesa perderá su situación privilegiada”... Lo miembros de las
“nuevas” tradeuniones, los sindicatos de obreros no calificados, “tienen una
enorme ventaja: su mentalidad es todavía un terreno virgen, absolutamente
exento de los “respetables” prejuicios burgueses heredados, que trastornan las
cabezas de los “viejos tradeunionistas” mejor organizados”... En Inglaterra se
habla de los “llamados representantes obreros” refiriéndose a gentes “a las que
se perdona su pertenencia a la clase obrera porque ellas mismas están
dispuestas a ahogar esta cualidad suya en el océano de su liberalismo...”
Con toda intención hemos
dado citas bastante detalladas de manifestaciones directas de Marx y Engels,
para que los lectores puedan estudiarlas en
conjunto. Es imprescindible estudiarlas y merece la pena de que se
reflexione atentamente sobre ellas. Porque son la clave de la táctica del movimiento obrero que prescriben las
condiciones objetivas de la época
imperialista.
También aquí Kautsky ha
intentado ya “enturbiar el agua” y sustituir el marxismo por una conciliación
dulzona con los oportunistas. Polemizando con los socialimperialistas francos y
cándidos (como Lensch), que justifican la guerra por parte de Alemania como
destrucción del monopolio de Inglaterra, Kautsky “corrige” esta evidente
falsedad con otra falsedad igualmente palmaria. ¡En lugar de una falsedad
cínica coloca una falsedad dulzona! El monopolio industrial de Inglaterra, dice, está hace tiempo roto, destruido:
ni se puede ni hay por qué destruirlo.
59
¿Por qué es falso este argumento?
En primer lugar, porque pasa
por alto el monopolio colonial de Inglaterra. ¡Y Engels, como hemos visto, ya
en 1882, hace 34 años, lo indicaba con toda claridad! ¡Si está deshecho el
monopolio industrial de Inglaterra, en cambio, el colonial no sólo se mantiene,
sino que se ha recrudecido extraordinariamente porque todo el mundo está ya
repartido! Con sus mentiras dulzonas, Kautsky hace pasar de contrabando la
despreciable idea pacifista— burguesa y oportunista filistea de que “no hay por
qué hacer la guerra”. Por el contrario, no sólo tienen ahora por qué hacer la
guerra los capitalistas, sino que no pueden dejar de hacerla, si quieren
conservar el capitalismo, porque sin un nuevo reparto de las colonias por la
fuerza, los nuevos países
imperialistas no podrán obtener los privilegios de que disfrutan las potencias
imperialistas más viejas (y menos fuertes).
En segundo lugar, ¿por qué
explica el monopolio de Inglaterra la victoria (temporal) del oportunismo en
este País? Porque el monopolio da superganancias,
es decir, un exceso de ganancias por encima de las ganancias normales,
ordinarias del capitalismo en todo el mundo. Los capitalistas pueden gastar una parte de estas
superganancias (¡e incluso una parte no pequeña!) para sobornar a sus obreros, creando algo así como una
alianza (recuérdense las famosas “alianzas” de las tradeuniones inglesas con
sus patronos descritas por los Webb), alianza de los obreros de una nación dada
con sus capitalistas contra los demás
países. A fines del siglo XIX, el monopolio industrial de Inglaterra estaba ya
deshecho. Eso es indiscutible. Pero ¿cómo
se produjo esa destrucción? ¿Es cierto que todo
monopolio ha desaparecido?
Si así fuera, la “teoría” de
Kautsky de la conciliación (con el oportunismo) estaría hasta cierto punto
justificada. Pero precisamente se trata de que no es así. El imperialismo es
el capitalismo monopolista. Cada cártel, cada trust, cada consorcio, cada banco
gigantesco es un monopolio. Las
superganancias no han desaparecido, sino que prosiguen. La explotación por un
país privilegiado, financieramente rico, de todos
los demás, sigue y es aún más intensa. Un puñado de países ricos —son en total
cuatro, si se tiene en cuenta una riqueza
El imperialismo y la escisión del socialismo
independiente y
verdaderamente gigantesca, una riqueza “moderna”: Inglaterra, Francia, los
Estados Unidos y Alemania— ha extendido los monopolios en proporciones
inabarcables, obtiene centenares, si no miles de millones de superganancias, “vive explotando” a
centenares y centenares de millones de hombres de otros países, entre luchas
intestinas por el reparto de un botín de lo más suntuoso, de lo más pingüe, de
lo más fácil.
En esto consiste
precisamente la esencia económica y política del imperialismo, cuyas
profundísimas contradicciones Kautsky vela en vez de ponerlas al descubierto.
La burguesía de una “gran”
potencia imperialista tiene capacidad
económica para sobornar a las capas superiores de “sus” obreros, dedicando
a ello alguno que otro centenar de millones de francos al año, ya que sus superganancias se elevan probablemente a
cerca de mil millones. Y la cuestión de cómo se reparte esa pequeña migaja
entre los ministros obreros, los “diputados obreros (recordad el espléndido
análisis que de este concepto hace Engels), los obreros que forman parte de los
comités de la industria de guerra, los funcionarios obreros, los obreros
organizados en sindicatos de carácter estrictamente gremial, los empleados,
etc., etc., es ya una cuestión secundaria.
De 1848 a 1868, y en parte
después, Inglaterra era el único país monopolista; por eso pudo vencer allí, para decenios, el oportunismo; no había más países ni con riquísimas
colonias ni con monopolio industrial.
El último tercio del siglo
XIX es un período de transición a una nueva época, a la época imperialista.
Disfruta del monopolio no el capital
financiero de una sola gran potencia, sino el de unas cuantas, muy pocas. (En
el Japón y en Rusia, el monopolio de la fuerza militar, de un territorio
inmenso o de facilidades especiales para despojar a los pueblos alógenos, a
China, etc., en parte complementa y en parte sustituye el monopolio del capital
financiero más moderno.) De esta diferencia se deduce que el monopolio de
Inglaterra pudo ser indiscutido durante decenios. En cambio,
el monopolio del capital financiero actual se discute furiosamente; ha comenzado la época de las guerras imperialistas.
Entonces se podía sobornar, corromper para decenios a la clase obrera de un
país. Ahora esto es inverosímil, y quizá hasta imposible. Pero en cambio, cada “gran” potencia imperialista puede
sobornar y soborna a capas más reducidas
(que en Inglaterra entre 1848 y 1868) de la “aristocracia obrera”. Entonces,
como dice con admirable profundidad Engels, sólo en un país podía constituirse
un “partido obrero burgués”, porque
sólo un país disponía del monopolio, pero, en cambio, por largo tiempo. Ahora,
el “partido obrero burgués” es inevitable y típico en todos los países imperialistas, pero,
teniendo en cuenta la desesperada lucha de éstos por el reparto del botín, no es probable que semejante partido triunfe
por largo tiempo en una serie de países. Pues los trusts, la oligarquía
financiera, la carestía, etc., permiten
sobornar a un puñado de las capas superiores y de esta manera oprimen,
subyugan, arruinan y atormentan con creciente intensidad a la masa de proletarios y semiproletarios.
60
Por una parte, tenemos la
tendencia de la burguesía y de los oportunistas a convertir el puñado de
naciones más ricas, privilegiadas, en “eternos” parásitos sobre el cuerpo del
resto de la humanidad, a “dormir sobre los laureles” de la explotación de negro
s, hindúes, etc., teniéndolos sujetos por medio del militarismo moderno,
provisto de una magnífica maquinaria de exterminio. Por otra parte, la
tendencia de las masas, que son más
oprimidas que antes, que soportan todas las calamidades de las guerras imperialistas,
tendencia a sacudirse ese yugo, a derribar a la burguesía. La historia del
movimiento obrero se desarrollará ahora, inevitablemente, en la lucha entre
estas dos tendencias, pues la primera de ellas no es resultado de la
casualidad, sino que tiene un “fundamento” económico. La burguesía ha dado ya a
luz, ha criado y se ha asegurado “partidos obreros burgueses” de los
socialchovinistas en todos los
países. Carecen de importancia las diferencias entre un partido oficialmente
formado, como el de Bissolati en Italia, partido a todas luces
socialimperialista,
El imperialismo y la escisión del socialismo
y, digamos, el cuasipartido,
a medio formar, de los Potrésov, los Gvózdiev, los Bulkin, los Chjeídze, los
Skóbelev y Cía. Lo importante es que, desde el punto de vista económico, ha
madurado y se ha consumado el paso de la aristocracia obrera a la burguesía;
este hecho económico, este desplazamiento en las relaciones entre las clases,
encontrará sin gran “dificultad” una u otra forma política.
Sobre la indicada base
económica, las instituciones políticas del capitalismo moderno — prensa,
Parlamento, sindicatos, congresos, etc.— han creado prebendas y privilegios políticos correspondientes a los
económicos, para los empleados y obreros respetuosos, mansitos, reformistas y
patrioteros. La burguesía imperialista atrae y premia a los representantes y
adeptos de los “partidos obreros burgueses” con lucrativos y tranquilos cargos
en el gobierno o en el Comité de la Industria de Guerra, en el Parlamento y en
diversas comisiones, en las redacciones de periódicos legales “serios” o en la
dirección de sindicatos obreros no menos serios y “obedientes a la burguesía”.
En este mismo sentido actúa el mecanismo de la democracia
política. En nuestro siglo no se puede pasar sin elecciones; no se puede
prescindir de las masas, pero en la época de la imprenta y del parlamentarismo no es posible llevar tras de sí a las
masas sin un sistema ampliamente ramificado, metódicamente aplicado,
sólidamente organizado de adulación, de mentiras, de trapicheos, de
prestidigitación con palabrejas populares y de moda, de promesas a diestro y
siniestro de toda clase de reformas beneficios para los obreros, con tal de que
renuncien a la lucha revolucionaria por derribar a la burguesía. Yo llamaría a
este sistema lloydgeorgismo, por el nombre de uno de sus representantes más
hábiles y avanzados en el país clásico del “partido obrero burgués”, el
ministro inglés Lloyd George. Negociante burgués de primera clase y zorro
político, orador popular, capaz de pronunciar toda clase de discursos, incluso
revolucionarios, ante un auditorio obrero; capaz de conseguir, para los obreros
dóciles, gajes considerables como son las reformas sociales (seguros, etc.),
Lloyd George sirve admirablemente a la burguesía* y la sirve precisamente entre los obreros, extendiendo su
influencia precisamente en el
proletariado, donde le es más
necesario y más difícil someter moralmente a las masas.
* Hace poco he visto en una revista
inglesa un artículo de un tory, adversario político de Lloyd George: Lloyd George desde el punto de vista de los
tories. ¡La guerra ha abierto los ojos a este adversario haciéndole ver qué
magnífico servidor de la burguesía es
Lloyd George! ¡Y los tories se han reconciliado con él!
¿Pero es tanta la diferencia
entre Lloyd George y los Scheidemann, los Legien, los Henderson, los Hyndman,
los Plejánov, los Renaudel y Cía.? Se nos objetará que, de estos últimos,
algunos volverán al socialismo revolucionario de Marx. Es posible, pero ésta es
una diferencia insignificante en proporción, si se considera el problema en
escala política, es decir, masiva. Algunos de los actuales líderes
socialchovinistas pueden volver al proletariado. Pero la corriente socialchovinista o (lo que es lo mismo) oportunista no
puede desaparecer ni “volver” al
proletariado revolucionario Donde el marxismo es popular entre los obreros,
esta corriente política, este “partido obrero burgués”, invocará a Marx y
jurará en su nombre. No hay modo de prohibírselo, como no se le puede prohibir
a una empresa comercial que emplee cualquier etiqueta, cualquier rótulo
cualquier anuncio. En la historia ha sucedido siempre que, después de muertos
los jefes revolucionarios cuyos nombres eran populares en las clases oprimidas,
sus enemigos intentaron apropiárselos para engañar a estas clases.
El hecho es que en todos los países capitalistas avanzados
se han constituido ya “partidos obreros burgueses”, como fenómeno político, y
que sin una lucha enérgica y despiadada, en toda la línea, contra esos partidos
—o, lo mismo da, grupos, corrientes, etc.— no puede ni hablarse de lucha contra
el imperialismo, ni de marxismo, ni de movimiento obrero socialista.
El imperialismo y la escisión del socialismo
La fracción de Chjeídze67, Nashe Dielo y Golos Trudá68 en Rusia, y los del CO en el
extranjero, no son sino una variante de uno de estos partidos. No tenernos ni asomo de fundamento para pensar que
estos partidos pueden desaparecer antes
de la revolución social. Por el contrario, cuanto más cerca esté esa
revolución, cuanto más poderosamente se encienda, cuanto más bruscos y fuertes
sean las transiciones y los saltos en el proceso de su desarrollo, tanto mayor
será el papel que desempeñe en el movimiento obrero la lucha de la corriente
revolucionaria, de masas, contra la corriente oportunista, pequeñoburguesa.
61
El kautskismo no es ninguna
tendencia independiente, pues no tiene raíces ni en las masas ni en la capa
privilegiada que se ha pasado a la burguesía. Pero el peligro que entraña el
kautskisrno consiste en que, utilizando la ideología del pasado, se esfuerza
por conciliar al proletariado con el “partido obrero burgués”, por mantener su
unidad con este último y levantar de tal modo el prestigio de dicho partido.
Las masas no siguen ya a los socialchovinistas descarados: Lloyd George ha sido
abucheado en Inglaterra en asambleas obreras, Hyndman ha abandonado el partido;
a los Renaudel y los Scheidemann, a los Potrésov y los Gvózdiev les protege la
policía. Lo más peligroso es la defensa encubierta que los kautskianos hacen de
los socialchovinistas.
Uno de los sofismas más
difundidos del kautskismo es el remitirse a las “masas”, diciendo que no quiere
separarse de ellas ni de sus organizaciones. Pero reflexionad sobre la forma en
que plantea Engels esta cuestión. Las “organizaciones de masas” de las
tradeuniones inglesas estuvieron en el siglo XIX al lado del partido obrero
burgués. Por eso Marx y Engels no se conformaron con este partido, sino que lo
desenmascararon. No olvidaban, en primer lugar, que las organizaciones de las
tradeuniones abarcan, en forma inmediata, una minoría del proletariado. Tanto entonces en Inglaterra como ahora
en Alemania está organizada no más de
una quinta parte del proletariado. Bajo el capitalismo no puede pensarse
seriamente en la posibilidad de organizar a la mayoría de los proletarios. En
segundo lugar —y esto es lo principal—, no se trata tanto del número de
miembros de una organización, como del sentido real, objetivo, de su política:
de si esa política representa a las masas, sirve a las masas, es decir, sirve
para libertarlas del capitalismo, o representa los intereses de una minoría, su
conciliación con el capitalismo. Precisamente esto último, que era justo en
relación con Inglaterra en el siglo XIX, es justo hoy día en relación con
Alemania, etc.
Del “partido obrero burgués”
de las viejas tradeuniones, de la
minoría privilegiada, distingue Engels la “masa inferior”, la verdadera mayoría, y apela a ella, que no está contagiada de “respetabilidad
burguesa”. ¡Ese es el quid de la táctica marxista!
Ni nosotros ni nadie puede
calcular exactamente qué parte del proletariado es la que sigue y seguirá a los
socialchovinistas y oportunistas. Sólo la lucha lo pondrá de manifiesto, sólo
la revolución socialista lo decidirá definitivamente. Pero lo que sí sabemos
con certeza es que los “defensores de la patria” en la guerra imperialista sólo
representan una minoría. Por eso, si
queremos seguir siendo socialistas, nuestro deber es ir más abajo y más a lo hondo, a las verdaderas masas: en ello está el
sentido de la lucha contra el oportunismo y todo el contenido de esta lucha.
Poniendo al descubierto que los oportunistas y los socialchovinistas traicionan
y venden de hecho los intereses de las masas, que defienden privilegios
pasajeros de una minoría obrera, que extienden ideas e influencias burguesas,
que, en realidad, son aliados y agentes de la burguesía, enseñamos de este modo
a las masas a comprender cuáles
![]()
67 Fracción
de Chjeídze: fracción
menchevique de la IV Duma de Estado, que encabezaba N. Chjeídze. Durante la
guerra imperialista mundial, ocupando posiciones centristas, respaldaba de
hecho sin reservas la política de los socialchovinistas rusos
68
"Nashe Dielo" ("Nuestra
Causa"): revista mensual menchevique, principal órgano de los liquidadores
y socialchovinistas en Rusia. Se publicó en 1915, en Petrogrado, en lugar de la
revista Nasha Zariá, clausurada en
1914. Aparecieron seis números. "Golos
Trudá" ("La Voz del Trabajo"): periódico menchevique legal
que se publicó en 1916, en Samara. Aparecieron tres números nada más.
El imperialismo y la escisión del socialismo
son sus verdaderos intereses
políticos, a luchar por el socialismo y por la revolución, a través de todas
las largas y dolorosas peripecias de las guerras imperialistas y de los
armisticios imperialistas.
La única línea marxista en
el movimiento obrero mundial consiste en explicar a las masas que la escisión
con el oportunismo es inevitable e imprescindible, en educarlas para la
revolución mediante una lucha despiadada contra él, en aprovechar la experiencia
de la guerra para desenmascarar todas las infamias de la política obrera
nacional liberal, y no para encubrirlas.
En el artículo siguiente
trataremos de resumir los principales rasgos distintivos de esta línea, en
contraposición al kautskismo.
Escrito en octubre de 1916. Publicado en diciembre de 1916 en el
núm. 2 de “Sbórnik Sotsial-Demokrata”.
T. 30, págs. 163-179.
La Internacional de la Juventud
62
LA INTERNACIONAL DE
LA JUVENTUD
(NOTA)
Con este título se publica
en Suiza, desde el 1 de septiembre de 1915, en idioma alemán, un “órgano de
combate y propaganda de la Unión Internacional de Organizaciones Socialistas de
la Juventud”. En total han salido ya seis números de esta publicación que es
preciso destacar en general y, además, recomendar con insistencia a todos los
miembros de nuestro partido que tienen la posibilidad de ponerse en contacto
con los partidos socialdemócratas extranjeros y con las organizaciones
juveniles.
La mayoría de los partidos
socialdemócratas oficiales de Europa adoptan ahora la posición del
socialchovinismo y del oportunismo más bajo y más ruin. Tales son los partidos
alemán, francés, fabiano69 y “laborista”70 ingleses, sueco, holandés (partido de Troelstra), danés,
austriaco, etc. En el partido suizo, a pesar de la segregación (para gran
beneficio del movimiento obrero) de los extremos oportunistas que formaron al
margen del partido la “Grütli-Unión”, quedan dentro del Partido Socialdemócrata
numerosos dirigentes oportunistas, socialchovinistas y de opiniones kautkianas,
cuya influencia en los asuntos del partido es
enorme
Con este estado de cosas en
Europa, a la Unión de Organizaciones Socialistas de la Juventud le corresponde
una tarea inmensa, noble y difícil: luchar por
el internacionalismo revolucionario, por
el auténtico socialismo, con el oportunismo reinante, que se ha colocado de
parte de la burguesía imperialista. En La
Internacional de la Juventud se ha publicado una serie de buenos artículos
en defensa del internacionalismo revolucionario, y todos sus números están
impregnados de un excelente espíritu de odio ardiente a los traidores al
socialismo que “defienden la patria” en la presente guerra, de una aspiración
sincera a depurar el movimiento obrero internacional del chovinismo y del
oportunismo que lo corroen.
Se sobrentiende que aún no
hay claridad teórica ni firmeza en el órgano juvenil y quizá nunca las haya,
precisamente porque es un órgano de la juventud impetuosa, apasionada,
indagadora. Pero frente a la falta de claridad teórica de tales personas hay que asumir una actitud del todo distinta de la
que consecuencia de consecuencia revolucionaria en los
![]()
69 Fabianos: miembros de la Sociedad Fabiana,
organización reformista inglesa fundada en 1884. La Sociedad tomó su nombre del
caudillo romano Fabio Máximo llamado Cunctátor (s. III. a. de n. e.), el
Contemporizador, por su táctica expectante, en virtud de la cual rehuía los
combates decisivos en la guerra con Aníbal. Los miembros de la Sociedad Fabiana
eran primordialmente intelectuales burgueses: hombres de ciencia, escritores y
políticos (S. y B. Webb, B. Shaw, R. MacDonald y otros); negaban la necesidad
de la lucha de clase del proletariado y la revolución socialista y afirmaban
que el paso del capitalismo al socialismo era posible únicamente por medio do
reformas y de transformaciones paulatinas de la sociedad. En 1900, la Sociedad
Fabiana ingresó en el Partido Laborista. El "socialismo fabiano" es
una de las fuentes de la ideología laborista. Durante la guerra imperialista
mundial de 1914-1918 los fabianos ocuparon una posición socialchovinista
70 Partido
Laborista (Labour
Party) de Inglaterra. Fue fundado en 1900 como una liga de sindicatos y
organizaciones y grupos socialistas con objeto de llevar representantes obreros
al Parlamento ("Comité de Representación Obrera"). En 1906, el Comité
pasó a denominarse Partido Laborista. Los afiliados a los sindicatos son
automáticamente miembros del partido con la condición de que abonen las cuotas
de militante.
El Partido Laborista, que
fue al comienzo un partido obrero por su composición (más tarde ingresaron en
él numerosos elementos pequeñoburgueses) es, por su ideología y por su táctica,
una organización oportunista. Desde que surgió, sus líderes siguen una política
de colaboración con la burguesía. Durante la guerra imperialista mundial de
1914-1918, los líderes del Partido Laborista adoptaron una posición
socialchovinista
La Internacional de la Juventud
corazones de los del CO,
“socialistas-revolucionarios”71,
tolstoianos72, anarquistas, kautskianos paneuropeos
(“centro”), etc. Una cosa son los adultos que confunden al proletariado, que
pretenden guiar y enseñar a los demás; contra ellos hay que luchar despiadadamente. Otra cosa son las
organizaciones de la juventud, que
declaran en forma abierta que aún están aprendiendo, que su tarea fundamental
es preparar cuadros de los partidos socialistas. A esta gente hay que ayudarla
por todos los medios, encarando con la mayor paciencia sus errores, tratando de
corregirlos poco a poco, sobre todo con la
persuasión y no con la lucha. No pocas veces sucede que los representantes
de las generaciones maduras y viejas no saben
tratar debidamente a la juventud que, necesariamente tiene que aproximarse al
socialismo de una manera distinta, no
por el mismo camino, ni en la misma forma, ni en las mismas circunstancias en que lo han hecho sus padres. Por lo
tanto, entre otras cosas, debemos estar incondicionalmente a favor de la independencia orgánica de la unión juvenil, y no sólo porque los oportunistas temen
esa independencia, sino por la esencia misma del asunto. Porque sin una
independencia absoluta, la juventud no
podrá formar de sí misma nuevos socialistas ni prepararse para llevar el
socialismo adelante.
¡Por la independencia plena
de las uniones juveniles, pero también por la plena libertad de crítica
fraternal de sus errores! No debemos adular a la juventud.
Entre los errores del
excelente órgano mencionado por nosotros, figuran, en primer lugar, los tres
siguientes:
1)
Sobre
la cuestión del desarme (o la “desmilitarización”) se ha adoptado una posición
incorrecta, que criticamos más arriba en artículo aparte*. Hay motivos para
creer que el error ha sido provocado por el excelente propósito de subrayar la
necesidad de aspirar a una “total exterminación del militarismo” (lo cual es
muy justo) olvidándose del papel que desempeñan las guerras civiles en una
revolución socialista.
* Véase V. I. Lenin. Acerca
de la consigna del “desarme”. (N. de
la Edit.)
2)
Sobre
la cuestión de la diferencia entre socialistas y anarquistas en su actitud
frente a adoptamos y debemos adoptar frente al embrollo teórico existente en
las mentes y a la ausencia de Estado, se ha cometido un error muy grave en el
artículo del camarada Nota Bene (núm. 6) (así como sobre algunas otras
cuestiones: por ejemplo, la argumentación
de
![]()
71 Socialistas-revolucionarios (abreviado, eseristas): partido
pequeñoburgués formado en Rusia a fines de 1901 y comienzos de 1902 como
consecuencia de la unificación de diversos grupos y círculos populistas. Los
eseristas se llamaban socialistas, pero su socialismo era utópico y pequeñoburgués.
El programa agrario de los eseristas contenía las
reivindicaciones de poner fin a los latifundios, abolir la propiedad privada de
la tierra y entregarla toda a las comunidades campesinas, según el principio de
su usufructo igualitario, por el número de bocas o de miembros de la familia
aptos para el trabajo, reiterándose periódicamente el reparto (la denominada
"socialización" de la tierra). En realidad, el "usufructo
igualitario del suelo", al conservarse las relaciones de producción
capitalistas, no habría significado el paso al socialismo y sólo habría
conducido a suprimir las relaciones semifeudales en el campo y acelerar el
desarrollo del capitalismo.
El método principal de lucha de los eseristas contra el zarismo
era el terrorismo individual.
Los eseristas no veían las diferencias de clase entre el
proletariado y el campesinado, velaban la disociación del campesinado en clases
y las contradicciones en su seno y rechazaban el papel dirigente del
proletariado en la revolución.
Al ser derrotada la primera
revolución rusa de 1905-1907, el partido de los socialistas-revolucionarios
sufrió una crisis: sus dirigentes abjuraron prácticamente de la lucha
revolucionaria contra el zarismo. Durante la primera guerra mundial, la mayoría
de los socialistas-revolucionarios mantuvo posiciones socialchovinistas.
Derrocado el zarismo en febrero de 1917, los líderes eseristas formaron parte
del Gobierno Provisional burgués, lucharon contra la clase obrera, que
preparaba la revolución socialista, y participaron en la represión del
movimiento campesino en el verano de 1917. Después de la Revolución Socialista
de Octubre los eseristas lucharon activamente contra el Poder soviético
72 Tolstoianos: adeptos del tolstoísmo, corriente
utópica religiosa en el pensamiento social y el movimiento social de Rusia a
fines del siglo XIX y comienzos del XX, basada en la doctrina del escritor y
filósofo ruso León Tolstói. Los seguidores de Tolstói predicaban el "amor
de todos a todos", la no resistencia al mal mediante la violencia y el
perfeccionamiento moral y religioso como medio de transformar la sociedad.
La Internacional de la Juventud
nuestra lucha contra la
consigna de “defensa de la patria”). El autor quiere dar una “idea clara acerca
del Estado en general” (junto con la idea de un Estado imperialista de
bandidos). Cita algunas declaraciones de Marx y Engels. Llega, entre otras, a las
dos conclusiones siguientes:
63
a)
“...Es
completamente erróneo buscar la diferencia entre socialistas y anarquistas en
el hecho de que los primeros sean partidarios y los segundos adversarios del
Estado. En realidad, la diferencia consiste en que la socialdemocracia
revolucionaria quiere organizar una nueva producción social, centralizada, es
decir, técnicamente más progresista, mientras que la producción anárquica
descentralizada tan sólo implicaría un paso atrás hacia la vieja técnica, hacia
la vieja forma de empresa”. Esto no es justo. El autor pregunta cuál es la
diferencia de actitud entre socialistas y anarquistas frente al Estado; pero no
contesta a esta pregunta, sino a otra referente a la actitud de ellos
frente a la base económica de la sociedad futura. Es un problema muy importante
y necesario, por cierto. Pero ello no implica que se pueda olvidar lo principal en las diferentes actitudes de
socialistas y anarquistas ante el Estado. Los socialistas defienden la
utilización del Estado contemporáneo y de sus instituciones en la lucha por la
liberación de la clase obrera, y también la necesidad de servirse del Estado
para realizar una forma singular de transición del capitalismo al socialismo.
Esta forma transitoria es la dictadura del proletariado, que también es un Estado.
Los anarquistas quieren
“suprimir” el Estado, “hacerlo volar” (“sprengen”), como expresa en un pasaje
el camarada Nota Bene, atribuyendo equivocadamente ese punto de vista a los
socialistas. Los socialistas —el autor cita en una forma muy incompleta, por
desgracia, las palabras de Engels alusivas— reconocen la “extinción”, el
“adormecimiento” gradual del Estado después
de la expropiación de la burguesía.
b) “La socialdemocracia, que es, o por lo
menos debe ser, la educadora de las masas, más que nunca debe destacar ahora su
hostilidad de principios hacia el Estado... La guerra actual ha demostrado cuán
profundamente han penetrado en el alma de los obreros las raíces de la
institucionalidad”. Así escribe el camarada Nota Bene. Para “destacar” la
“hostilidad de principios” hacia el Estado hay que comprenderla realmente “con
claridad”, y el autor carece de ella. En cuanto a la frase relativa a las
“raíces de la institucionalidad”, es del todo confusa: ni marxista ni
socialista. No es la “institucionalidad” la que ha chocado con la negación del
Estado, sino la política
oportunista (es decir, una actitud oportunista, reformista, burguesa, frente al
Estado) que ha chocado con la política socialdemócrata revolucionaria (es
decir, con una actitud socialdemócrata revolucionaria frente al Estado burgués
y frente a la posibilidad de utilizarlo contra la burguesía para su
derrocamiento). Son cosas total, enteramente distintas. Esperamos poder volver
a esta cuestión tan importante en un artículo especial.
3) En la “declaración de principio de la
Unión Internacional de Organizaciones Socialistas de la Juventud”, publicada en
el número 6 como “proyecto del Secretariado”, no son pocas las inexactitudes y
falta por completo lo principal: una
confrontación clara de las tres
tendencias radicales (socialchovinismo; “centro”; izquierda) que hoy luchan en
el socialismo de todo el mundo.
Repito: estos errores deben
ser refutados y esclarecidos, buscando establecer, sin escatimar esfuerzos, un
contacto y un acercamiento con las organizaciones juveniles, ayudándolas por
todos los medios posibles; pero hay que saber
abordarlas.
Publicado en
diciembre de 1916 en el núm. 2 de “Sbórnik Sotsial-Demokrata”.
T. 30, págs. 225-229.
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
64
PACIFISMO BURGUÉS Y
PACIFISMO SOCIALISTA
Artículo (o capítulo)
I. Un viraje en la política mundial.
Hay síntomas de que tal
viraje se produjo o está a punto de producirse. Se trata, concretamente, del
viraje de la guerra imperialista a la paz imperialista.
He aquí los síntomas
principales: ambas coaliciones imperialistas están, sin duda, muy extenuadas;
se ha hecho difícil continuar la guerra; es difícil para los capitalistas, en
general, y para el capital financiero, en particular, desplumar a los pueblos
más sustancialmente de lo que ya lo hicieron en forma de escandalosas ganancias
“de guerra”; el capital financiero de los países neutrales, Estados Unidos,
Holanda, Suiza, etc., que obtuvo enormes ganancias de la guerra y al que no es
fácil continuar este “ventajoso” negocio por escasez de materias primas y de
víveres, está saciado; Alemania empeña tenaces esfuerzos por inducir a uno u
otro aliado de Inglaterra, su principal rival imperialista, a que la abandone;
el gobierno alemán ha hecho declaraciones pacifistas, a las que han seguido
declaraciones similares de varios gobiernos de países neutrales.
¿Existen probabilidades de una pronta terminación de la guerra?
Es muy difícil dar una
respuesta positiva a esta pregunta. A nuestro parecer, se perfilan dos
posibilidades bastante claras.
Primera, la conclusión de
una paz por separado entre Alemania y Rusia, aunque quizá no en la forma
corriente de un tratado formal por escrito. Segunda, esa paz no se concluye;
Inglaterra y sus aliados todavía están en condiciones de aguantar uno o dos años
más, etc. En el primer casó la guerra terminaría con seguridad, si no
inmediatamente, en un futuro muy próximo, y no se pueden esperar cambios
importantes en su curso. En el segundo caso la guerra podría continuar
indefinidamente.
Examinemos el primer caso.
Es indudable que se estuvo
negociando recientemente una paz por separado entre Alemania y Rusia; que el
propio Nicolás II o la influyente camarilla palaciega son partidarios de una
paz semejante; que en la política mundial se perfila un viraje de la alianza
imperialista entre Rusia e Inglaterra contra Alemania, hacia una alianza, no
menos imperialista, entre Rusia y Alemania contra Inglaterra.
La sustitución de Shtümer
por Trépov, la declaración pública del zarismo de que el “derecho” de Rusia
sobre Constantinopla ha sido reconocido por todos los aliados y la creación por
Alemania de un Estado polaco separado parecen indicios de que las negociaciones
sobre una paz por separado terminaron en un fracaso. ¿Quizás el zarismo sostuvo
estas negociaciones sólo para
extorsionar a Inglaterra, para lograr de ella un reconocimiento formal e
inequívoco del “derecho” de Nicolás
el Sanguinario sobre Constantinopla y ciertas garantías “de peso” de ese
derecho?
Esta suposición no tiene
nada de improbable, dado que el propósito principal fundamental, de la actual
guerra imperialista es el reparto del botín entre los tres principales rivales
imperialistas, entre los tres bandoleros: Rusia, Alemania e Inglaterra.
Por otra parte, mientras más
claro es para el zarismo que no existe posibilidad práctica militar de
recuperar Polonia, conquistar Constantinopla, romper el férreo frente de
Alemania, que ésta endereza, reduce y refuerza magníficamente con sus recientes
victorias en Rumania,
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
más se ve obligado el zarismo a concluir una paz por separado con
Alemania, esto es, a trocar su
alianza imperialista con Inglaterra contra Alemania por una alianza
imperialista con Alemania contra Inglaterra. ¿Por qué no? ¿No estuvo acaso
Rusia al borde de una guerra con Inglaterra debido a la rivalidad imperialista
de ambas potencias por reparto del botín en Asia Central? ¿Y no estuvieron,
acaso, Inglaterra y Alemania negociando una alianza contra Rusia, en 1898? ¡Acordaron entonces, secretamente, repartirse
las colonias portuguesas en la “eventualidad” de que Portugal no cumpliera sus
obligaciones financieras!
La tendencia creciente entre
los círculos imperialistas dirigentes de Alemania hacia una alianza con Rusia
contra Inglaterra estaba ya claramente definida varios meses atrás. La base de
esta alianza, evidentemente, ha de ser el reparto de Galitzia (es muy
importante para el zarismo estrangular el centro de la agitación ucraniana y de
la libertad ucraniana), de Armenia ¡y
quizá de Rumania! En efecto, ¡en un diario alemán se deslizó la
“insinuación” de que Rumania podría ser repartida entre Austria, Bulgaria y
Rusia! Alemania podría acordar algunas “concesiones menores” al zarismo, a
cambio de una alianza con Rusia y quizá también con Japón, contra Inglaterra.
65
Una paz por separado entre Nicolás II y Guillermo II pudo haber
sido concluida en secreto. Ha habido casos, en la historia de la diplomacia, de
tratados que nadie conocía, ni siquiera los ministros, a excepción de dos o
tres personas. En la historia de la diplomacia ha habido casos de “grandes
potencias” que se reunían en congresos “europeos”, después que los principales
rivales habían decidido, entre ellos, secretamente, las cuestiones
fundamentales (por ejemplo, el acuerdo secreto entre Rusia e Inglaterra para
saquear Turquía antes del Congreso de Berlín de 1878). ¡No tendría nada de
sorprendente que el zarismo rechazara una paz formal por separado entre los
gobiernos, considerando, entre otras cosas, que dada la situación actual en
Rusia, Miliukov y Guchkov o Miliukov y Kerenski podrían apoderarse del
gobierno, y que, al mismo tiempo, concluyera un tratado secreto, informal, pero
no menos “sólido” con Alemania, estipulando que las dos “altas partes
contratantes” seguirían juntas una determinada
política en el futuro congreso de paz!
Es imposible decir si esta
suposición es o no cierta. De todos modos está mil veces más cerca de la verdad, es una descripción mucho mejor del real estado de cosas que las
continuas frases melifluas sobre la paz que intercambian los gobiernos actuales
o cualquier gobierno burgués, basadas en el rechazo de las anexiones, etc. Esas
frases son, o bien ingenuos deseos, o bien hipocresía y mentiras destinadas a
ocultar la verdad. Y la verdad del momento actual, de la guerra actual, de las
actuales tentativas de concluir la paz, consiste en el reparto del botín imperialista. Ese es el quid, comprender esta
verdad, manifestarla, “mostrar el real estado de cosas” es la tarea fundamental
de la política socialista, a diferencia de la política burguesa, cuyo objetivo
principal es ocultar, disimular esta verdad.
Ambas coaliciones
imperialistas se apoderaron de una determinada cantidad de botín, y los dos
principales y más fuertes bandoleros, Alemania e Inglaterra, fueron los que más
arrebataron. Inglaterra no perdió un palmo de su territorio ni de sus colonias;
“adquirió” las colonias alemanas y parte de Turquía (Mesopotamia). Alemania
perdió casi todas sus colonias, pero adquirió territorios inconmensurablemente
más valiosos en Europa, al apoderarse de Bélgica, Serbia, Rumania, parte de
Francia, parte de Rusia, etc. Ahora se lucha por el reparto de ese botín, y el
“cabecilla” de cada banda de ladrones, es decir, Inglaterra y Alemania, en
cierto grado debe recompensar a sus aliados, los cuales, a excepción de
Bulgaria y en menor medida Italia, sufrieron pérdidas muy grandes. Los aliados
más débiles fueron los que más perdieron: en la coalición inglesa, Bélgica,
Serbia, Montenegro, Rumania fueron aplastados; en la coalición alemana, Turquía
perdió Armenia y parte de la Mesopotamia.
Hasta ahora
el botín de Alemania es, indudablemente, mucho mayor que el de Inglaterra.
Hasta ahora ha vencido Alemania, demostró ser mucho más fuerte de lo que se
previera
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
antes de la guerra. Por lo
tanto, como es natural, a Alemania le convendría concluir la paz cuanto antes,
pues su rival aún podría, de ofrecérsele la oportunidad más ventajosa
concebible (aunque poco probable), movilizar una más numerosa reserva de reclutas,
etc.
Tal es la situación objetiva. Tal es la situación actual en
la lucha por el reparto del botín imperialista. Es muy natural que esta
situación délugar a tendencias, declaraciones y manifestaciones pacifistas,
primero entre la burguesía y los gobiernos de la coalición alemana y luego de
los países neutrales. Es igualmente natural que la burguesía y sus gobiernos se vean obligados a hacer
todos los esfuerzos imaginables para engañar a los pueblos, para encubrir la
horrible desnudez de una paz imperialista —el reparto del botín —, mediante
frases, frases enteramente falsas sobre una paz democrática, la libertad de las
naciones pequeñas, la reducción de armamentos, etc.
Pero si es natural que la
burguesía trate de engañar a los pueblos, ¿de qué manera cumplen su deber los
socialistas? De esto nos ocuparemos en el próximo artículo (o capítulo).
Artículo (o capítulo)
II. El pacifismo de Kautsky y de Turati.
Kautsky es el teórico de
mayor autoridad de la II Internacional, el más destacado dirigente del llamado
“centro marxista” en Alemania, el representante de la oposición que organizó en
el Reichstag un grupo aparte: el Grupo Socialdemócrata del Trabajo (Haase,
Ledebour y otros). En varios periódicos socialdemócratas de Alemania se
publican ahora artículos de Kautsky sobre las condiciones de paz, parafraseando
la declaración oficial del Grupo Socialdemócrata del Trabajo sobre la conocida
nota del gobierno alemán que proponía negociar la paz. La declaración que
exhorta al gobierno a proponer determinadas condiciones de paz contiene la
siguiente frase característica:
“…Para que dicha nota (del
gobierno alemán) conduzca a la paz, todos los países deben renunciar
inequívocamente a toda idea de anexarse territorios ajenos, de someter
política, económica o militarmente a cualquier pueblo de otro Estado...”
Kautsky parafrasea y
concreta este aserto y “demuestra” circunstanciadamente en sus artículos que
Constantinopla no debe pasar a poder de Rusia y que Turquía no debe convertirse
en Estado vasallo de nadie.
Examinemos más atentamente
esas consignas y esos argumentos políticos de Kautsky y de sus
correligionarios.
66
Cuando se trata de Rusia, es
decir, el rival imperialista de Alemania, Kautsky no plantea exigencias
abstractas o “generales”, sino una exigencia muy concreta, precisa y de
terminada:
Constantinopla no debe pasar
a poder de Rusia. Con ello desenmascara
las verdaderas intenciones
imperialistas... de Rusia. Sin embargo, cuando se trata de Alemania, es decir,
del país en el cual la mayoría del partido que no deja de considerar a Kautsky
un afiliado suyo (y que lo nombró director de su principal órgano teórico, Die Neue Zeit) ayuda a la burguesía y al
gobierno a hacer una guerra Imperialista, Kautsky no desenmascara las intenciones imperialistas concretas de su propio
gobierno, sino que se limita a un deseo o una proposición “general”: ¡¡Turquía
no debe convertirse en Estado vasallo de nadie!!
¿En qué se distingue, en
esencia, la política deKautsky de la de los, por así decirlo, socialchovinistas
belicosos (es decir, socialistas de palabra, pero chovinistas en los hechos) de
Francia e Inglaterra? Desenmascaran francamente los actos imperialistas
concretos de Alemania y al mismo tiempo no van más allá de los deseos o
proposiciones “generales”
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
cuando se trata de países y
de pueblos conquistados por Inglaterra y Rusia. Gritan a propósito de la
ocupación de Bélgica y Serbia, pero no dicen nada sobre la incautación de
Galitzia, de Armenia y de las colonias africanas.
En realidad, tanto la
política de Kautsky como la de Sembat y Henderson ayudan a sus respectivos gobiernos imperialistas, centrando la atención en
la perversidad de su rival y enemigo
y arrojando un velo de frases vagas, genera les y de deseos bondadosos en torno
de la conducta igualmente
imperialista de “su propia”
burguesía. Dejaríamos de ser marxistas, dejaríamos de ser socialistas en
general, si nos limitáramos a una contemplación cristiana, por así decirlo, de
la bondad de las bondadosas frases generales y nos abstuviéramos de
desenmascarar su significado político real.
¿Acaso no vemos continuamente a la diplomacia de todas las potencias
imperialistas hacer alarde de magnánimas frases “generales” y de declaraciones
“democráticas”, a fin de encubrir el
saqueo, la violación y el estrangulamiento de las naciones pequeñas?
“Turquía no debe convertirse
en Estado vasallo de nadie...” Si no digo más que eso, parece que soy
partidario de la total libertad de Turquía. Pero en realidad no hago más que
repetir una frase que pronuncian habitualmente los diplomáticos alemanes que mienten
y recurren a la hipocresía deliberadamente,
y que utilizan esa frase para encubrir el hecho
de que Alemania ¡ya ha convertido a
Turquía en su vasallo financiero y militar! Y si yo soy un socialista alemán,
mis frases “generales” sólo podrán beneficiar
a la diplomacia alemana, porque su significado real es que embellecen el imperialismo alemán.
“...Todos los países deben renunciar a
la idea de las anexiones..., del sometimiento económico de cualquier pueblo…”
¡Cuánta generosidad! Miles
de veces los imperialistas “han renunciado a la idea” de las anexiones y al
estrangulamiento financiero de las naciones débiles, pero ¿no convendría
comparar esas renuncias con los hechos
que demuestran que cualquier gran banco de Alemania, Inglaterra, Francia, o
Estados Unidos tiene “sometidas” a naciones pequeñas? ¿Puede,
acaso, un gobierno burgués actual de un país rico renunciar realmente a las anexiones y al
sometimiento económico de pueblos extranjeros, cuando se han invertido miles y
miles de millones en los ferrocarriles y otras empresas de las naciones
débiles?
¿Quienes luchan realmente
contra las anexiones, etc.? ¿Aquellos que lanzan hipócritamente frases
generosas que, objetivamente, significan lo mismo que el agua bendita cristiana
con que se rocía a los ladrones coronados y capitalistas? ¿O aquellos que explican
a los obreros que, sin derrocar a la burguesía imperialista y a sus gobiernos,
es imposible poner fin a las anexiones y al estrangulamiento financiero?
He aquí un ejemplo italiano del tipo de pacifismo que predica
Kautsky.
En el órgano central del
Partido Socialista Italiano, Avanti!73, del
25 de diciembre de 1916, el conocido reformista Felipe Turati publicó un
artículo titulado Abracadabra. El 22
de noviembre de 1916 – dice— el grupo socialista presentó, en el Parlamento
italiano, una moción sobre la paz. Declaró “su conformidad con los principios
proclamados por los representantes de Inglaterra y Alemania, principios que
deberían constituir la base de una posible paz, e invitó al gobierno a iniciar
negociaciones de paz con la mediación de Estados Unidos y otros países
neutrales”. Esta es la versión de Turati de la proposición socialista.
El 6 de diciembre de 1916 la
Cámara “entierra” la resolución socialista, “postergando” el debate en torno a
ella. El 12 de diciembre el canciller alemán propone en el Reichstag la
mismísima cosa que habían propuesto los socialistas italianos. El 22 de diciembre
Wilson publica su nota, que, según F. Titrati, “parafrasea y repite las ideas y
los argumentos de la
![]()
73 Avanti! ("¡Adelante!"): diario,
órgano central del Partido Socialista Italiano. Fundado en diciembre de 1896 en
Roma.
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
proposición socialista”. El
23 de diciembre otros Estados neutrales salen a la palestra y parafrasean la
nota de Wilson.
Nos acusan de habernos
vendido a Alemania, exclama Turati. ¿Se han vendido también a Alemania Wilson y
los países neutrales?
El 17 de diciembre Turati
pronunció un discurso en el Parlamento, uno de cuyos pasajes provocó una
desacostumbrada y merecida sensación. He aquí ese pasaje, según la información
de Avanti!:
67
“...Supongamos que en una
discusión parecida a la que propone Alemania sea posible resolver, en lo
fundamental, cuestiones tales como la evacuación de Bélgica y Francia, la
restauración de Rumania, Serbia y, si se quiere, de Montenegro; yo agregaría la
rectificación de las fronteras italianas en lo que se refiere a lo
indiscutiblemente italiano y que corresponde a garantías de carácter
estratégico...” En este punto, la Cámara burguesa y chovinista interrumpo a
Turati, y de todas partes se oyen exclamaciones: “¡Magnifico! ¡De modo que
también usted quiere todo eso! ¡Viva Turati! ¡Viva Turati!...”
Por lo visto, Turati comprendió que algo
no estaba bien en ese entusiasmo burgués y trató de “corregirse” o
“explicarse”:
“...Señores –dijo— no es
momento para bromas inoportunas. Una cosa es admitir la conveniencia y el
derecho de la unidad nacional, que siempre hemos reconocido; pero es algo muy
diferente provocar o justificar la guerra por ese motivo”.
Pero ni la “explicación” de
Turati, ni los artículos de Avanti!
defendiéndolo, ni la carta de Turati del 21 de diciembre, ni el artículo de un
tal “bb” aparecido en el Volksrecht de Zúrich pueden “enmendar” o
suprimir el hecho de que ¡Turati enseñó
la oreja! ... o, más correctamente, no sólo Turati, enseñó la oreja todo el
pacifismo socialista, representado también por Kautsky y, como veremos más
adelante, por los “kautskianos” franceses. La prensa burguesa de Italia tuvo
razón cuando recogió ese pasaje del discurso de Turati regocijándose al
respecto.
El mencionado “bb” intentó defender a Turati arguyendo
que éste sólo aludía al “derecho de autodeterminación de las naciones”.
¡Pobre defensa! ¿Qué tiene
que ver esto con el “derecho de autodeterminación de las naciones”, que, como
todos saben, se refiere en el programa de los marxistas — y siempre se ha
referido en el programa de la democracia internacional— a la defensa de los
pueblos oprimidos? ¿Qué tiene que ver
con el “derecho de autodeterminación de las naciones” la guerra imperialista,
es decir, una guerra por el reparto de colonias, una guerra por la opresión de otros países, una guerra entre potencias rapaces y opresoras, para
decidir cuál de ellas oprimirá más
naciones extranjeras?
¿En qué se diferencia este
argumento de la autodeterminación de las naciones usado para justificar una
guerra imperialista, y no una guerra nacional, de los discursos de Aléxinski,
Hervé, Hyndman? Ellos oponen la república
en Francia a la monarquía en Alemania, aunque todos saben que esta guerra no se
debe al conflicto entre los principios republicanos y monárquicos, sino que es
una guerra entre dos coaliciones imperialistas por el reparto de las colonias,
etc.
Turati explicó y alegó que él de ninguna manera “justifica” la guerra.
Admitamos las explicaciones
del reformista y kautskiano Turati, de que no fue su intención justificar la guerra, ¿pero quién ignora que en política
no son las intenciones lo que cuenta, sino los actos, no las buenas
intenciones, sino los hechos, no lo imaginario, sino lo real?
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
Admitamos que Turati no haya
querido justificar la guerra, que Kautsky no haya querido justificar que
Alemania hiciera de Turquía un país vasallo del imperialismo alemán. Pero el hecho sigue siendo que estos dos
bondadosos pacifistas ¡justificaron la
guerra! Este es el fondo del
asunto. Si Kautsky hubiera declarado que “Constantinopla no debe pasar a poder
de Rusia, Turquía no debe ser un Estado vasallo de nadie”, no en una revista,
tan aburrida que nadie la lee, sino en el Parlamento, ante un público burgués
vivaz, impresionable, de temperamento meridional, no habría sido sorprendente
que los ingeniosos burgueses exclamaran:“¡Magnifico! ¡Bien dicho! ¡Viva
Kautsky!”
Lo quisiera o no,
deliberadamente o no, lo cierto es que expuso el punto de vista de un
comisionista burgués al proponer un arreglo amistoso entre los piratas
imperialistas. La “liberación” de las regiones italianas pertenecientes a
Austria sería, en la práctica, una
recompensa disimulada a la burguesía italiana por su participación en la guerra
imperialista de una gigantesca coalición imperialista. Sería una migaja que se
sumaría al reparto de colonias en África, y zonas de influencia en Dalmacia y
Albania. Es natural, quizá, que el reformista Turati adopte un punto de vista
burgués, pero Kautsky en realidad no se diferencia absolutamente en nada de
Turati.
Para no embellecer la guerra
imperialista y no ayudar a la burguesía a hacerla pasar falsamente por una
guerra nacional, por una guerra de liberación de los pueblos, para no
deslizarse a la posición del reformismo burgués, hay que hablar, no con el
lenguaje de Kautsky y Turati, sino con el lenguaje de Carlos Liebknecht: decir
a la propia burguesía que es
hipócrita cuando habla de liberación nacional, que esta guerra no puede
terminar en una paz democrática, a no ser que el proletariado “vuelva sus
armas” contra sus propios gobiernos.
Esta es la única posición
posible de un verdadero marxista, de un verdadero socialista y no de un
reformista burgués. No trabajan realmente en beneficio de una paz democrática
aquellos que repitan los bondadosos y generales deseos del pacifismo, que nada
dicen y a nada obligan. Sólo trabaja para esa paz quien desenmascara el
carácter imperialista de la guerra actual y de la paz imperialista que se está
preparando y llama a los pueblos a rebelarse contra los gobiernos criminales.
68
Algunos tratan a veces de
defender a Kautsky y a Turati diciendo que, legalmente, no podían más que
“insinuar” su oposición al gobierno; y, por cierto, los pacifistas de esa clase
hacen tales “insinuaciones”. A esto hay que contestar, primero, que la imposibilidad
de decir legalmente la verdad no es un argumento a favor del ocultamiento de la
verdad, sino a favor de la necesidad de crear una organización y una prensa
ilegales, libres de la vigilancia policial y de la censura; segundo, que
existen momentos históricos en que al socialista se le exige que rompa con toda legalidad; tercero, que aun en la época de
la servidumbre en Rusia, Dobroliúbov y Chernyshevski se ingeniaban para decir
la verdad ora con su silencio como a propósito del Manifiesto del 19 de febrero
de 1861,74 ora ridiculizando y fustigando a los
liberales de entonces que pronunciaban discursos idénticos a los de Turati y
Kautsky. En el próximo artículo nos ocuparemos del pacifismo francés, que halló
expresión en las resoluciones aprobadas por los dos congresos de organizaciones
obreras y socialistas de Francia, recientemente celebrados.
Artículo
(o capítulo) III. El pacifismo de los socialistas y sindicalistas franceses.
![]()
74 Se tiene en cuenta el Manifiesto del 19 de febrero de 1861 en
el que el gobierno zarista anunció la abolición de la servidumbre en Rusia. La
reforma se llevó a cabo de tal manera que benefició al máximo a los
latifundistas.
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
Acaban de celebrarse los
congresos de la CGT francesa (Confédération
générale du Travail)75 y del Partido Socialista Francés76. En estos congresos se puso de manifiesto con toda precisión el
verdadero significado y el verdadero papel del pacifismo socialista en el
momento actual.
He aquí la resolución
aprobada por unanimidad en el
congreso sindical. La mayoría de los chovinistas empedernidos, encabezados por
el tristemente conocido Jouhaux, el anarquista Broutchoux y... el
“zimmerwaldiano” Merrheim, todos votaron por la resolución:
“La conferencia de
federaciones gremiales nacionales, sindicatos y bolsas de trabajo, tomando en
cuenta la Nota del presidente de Estados Unidos que “invita a todas las
naciones que están ahora en guerra a exponer públicamente sus opiniones sobre
las condiciones en las que se podría poner fin a la contienda”;
solicita del gobierno francés que preste su conformidad a dicha
propuesta;
invita al gobierno a tomar
la iniciativa de realizar una proposición similar a sus aliados para apresurar
la hora de la paz;
declara que la federación de
naciones, que es una de las garantías de una paz definitiva, puede ser factible
sólo a condición de que se respeten la independencia, la inviolabilidad
territorial y la libertad política y económica de todas las naciones, grandes y
pequeñas.
Las organizaciones
representadas en esta conferencia se comprometen a apoyar y difundir esta idea
entre las masas de obreros para poner fin a la presente situación indefinida y
ambigua que sólo puede beneficiar a la diplomacia secreta contra la cual siempre
se reveló la clase obrera”.
He aquí un ejemplo de un
pacifismo “puro”, enteramente en el estilo de Kautsky, un pacifismo aprobado
por una organización obrera oficial que nada tiene de común con el marxismo y
compuesta en su mayoría por chovinistas. Tenemos ante nosotros un documento
relevante —merecedor de la más seria atención— de la unidad política de los chovinistas y de los “kautskianos”, basada
en vacías frases pacifistas. En el artículo anterior hemos tratado de explicar
la base teórica de la unidad de ideas
de los chovinistas y los pacifistas, de los burgueses y los reformistas
socialistas. Vemos ahora esa unidad realizada en la práctica en otro país imperialista.
![]()
75 Confédération
générale du Travail
(Confederación General del Trabajo de Francia): fundada en 1895, se hallaba
bajo la influencia de anarcosindicalistas y reformistas, sus líderes reconocían
solamente la formas económicas de lucha y se oponían a que el partido del
proletariado dirigiera el movimiento sindical. Durante la guerra imperialista
mundial de 1914-1918, los dirigentes de la Confederación se pusieron al lado de
la burguesía imperialista y aplicaron la política de colaboración clasista y
"defensa de la patria".
El Congreso de la Confederación General del Trabajo mencionado
por Lenin se celebró en París
del 24 al 26 de diciembre de 1916. En la sesión de clausura del
26 de diciembre, el secretario confederal dio cuenta de la nota del presidente
de los EE. UU. Wilson a los países beligerantes sobre el problema de la
terminación de la guerra. La Confederación aprobó casi unánimemente la
resolución que cita Lenin
76
Partido Socialista Francés,
fundado en 1905 a consecuencia de la fusión del Partido Socialista de Francia
(guesdistas) y del Partido Socialista Francés (jauresistas). Al frente del
partido unificado se pusieron los reformistas. Desde el comienzo de la guerra
imperialista mundial, la dirección del partido sostuvo las posiciones del
socialchovinismo, del sostuvo las posiciones del socialchovinismo, del apoyo
abierto a la guerra imperialista y de la participación en el gobierno burgués.
En el partido existía una corriente centrista encabezada por J. Longuet, que
mantenía las posiciones del socialpacifismo y seguía una política conciliadora
con los socialchovinistas. En el PSF había también un ala revolucionaria de
izquierda que mantenía posiciones internacionalistas, representada principalmente
por los afiliados de base del partido. El Congreso del Partido Socialista
Francés que menciona Lenin se celebró del 25 al 30 de diciembre de 1916. La
cuestión fundamental debatida en el congreso fue el problema de la paz. Como
resultado de los debates se adoptaron varias resoluciones, entre ellas una
contra la propaganda de las ideas zimmerwaldianas y la resolución de Renaudel,
que aprobaba la participación de los representantes del partido en el
Ministerio de Defensa
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
En la Conferencia de
Zimmerwald, 5-8 de septiembre de 1915, Merrheim declaró: “El partido, los Jouhaux, el gobierno, no son sino tres cabezas bajo un
mismo bonete”, es decir son una misma cosa. En la Conferencia de la CGT del
26 de diciembre de 1916 Merrheim votó junto
con Jouhaux, a favor de una resolución pacifista. El 23 de diciembre de
1916 uno de los órganos periodísticos
más francos y extremistas de lossocialimperialistas alemanes, el Volksstimme77 de Chemnitz, publicó un editorial
titulado: La descomposición de los
partidos burgueses y el restablecimiento de la unidad socialdemócrata. Como
es de imaginar, en él se elogia el
pacifismo de Südekum, Legien, Scheidemann y Cía., de toda la mayoría del
Partido Socialdemócrata Alemán, y también del gobierno alemán. Proclama que:
“el primer congreso del partido que ha de convocarse después de la guerra debe
restablecer la unidad del partido, excepción hecha de los pocos fanáticos que
se niegan a pagar las cuotas del partido” (es decir ¡de los partidarios de Carlos
Liebknecht!), “...unidad del partido basada en la política de la dirección del
partido, del grupo socialdemócrata del Reichstag y de los sindicatos”.
Aquí con claridad meridiana
se expresa la idea y se proclama la política de “unidad” de los
socialchovinistas alemanes declarados con Kautsky y Cía., con el Grupo
Socialdemócrata del Trabajo, unidad basada en frases pacifistas, ¡“unidad” como
la lograda en Francia el 26 de diciembre de 1916 entre Jouhaux y Merrheim!
El órgano central del
Partido Socialista Italiano, Avanti!,
dice en un editorial del 28 de diciembre de 1916:
“Si bien Bissolati y
Südekum, Bonomi y Scheidemann, Sembat y David, .Jouhaux y Legien se han pasado
al campo del nacionalismo burgués y han traicionado (hanno tradito) la unidad
ideológica internacionalista, que prometieron servir leal y fielmente, nosotros
nos quedaremos junto a nuestros camaradas alemanes como Liebknecht Ledebour,
Hoffmann, Meyer, y a nuestros camaradas franceses como Merrheim, Blanc, Brizon,
Raffin-Dugens, quienes no han cambiado ni vacilado”.
Obsérvese el embrollo de esta declaración:
Bissolati y Bonomi fueron expulsados antes de la guerra del
Partido Socialista Italiano por ser reformistas y chovinistas. Avanti! los coloca en el mismo nivel que
a Südekum y Legien, y con toda razón por cierto; pero Südekum, David y Legien
están a la cabeza del pretendido Partido Socialdemócrata Alemán, que en
realidad es un partido socialchovinista, y este mismo Avanti! se opone a su expulsión, se opone a una ruptura con ellos,
y se opone a la formación de una III
Internacional. Avanti! califica con
justa razón a Legien y Jouhaux de desertores que se han pasado al campo del
nacionalismo burgués, y contrapone su conducta a la de Liebknecht, Ledebour,
Merrheim y Brizon. Pero hemos visto que Merrheim vota junto con Jouhaux y que Legien manifiesta, en el Volksstimme de Chemnitz, su confianza en
el restablecimiento de la unidad del
partido, con la única excepción de
los partidarios de Liebknecht, es decir, ¡¡“unidad” con el Grupo Socialdemócrata del Trabajo (incluyendo a Kautsky) al
cual pertenece Ledebour!
Ese embrollo surge del hecho
de que Avanti! confunde el pacifismo
burgués con el internacionalismo socialdemócrata revolucionario, mientras que
los politiqueros experimentados como Legien y Jouhaux comprenden perfectamente
que el pacifismo socialista y el pacifismo burgués son idénticos.
¡Cómo no iban a regocijarse
el señor Jouhaux y su periódico, el chovinista La Bataille78, con la “unanimidad” de Jouhaux y de
Merrheim , cuando, en realidad, la
resolución adoptada por
![]()
77 "Volksstimme" ("La Voz del Pueblo"): órgano del
Partido Socialdemócrata Alemán. Se publicó en Chemnitz de 1891 a 1933.
78 "La Bataille" ("La Batalla"): órgano de los
anarcosindicalistas franceses. Se publicó en París de 1915 a 1920. En los años
de la guerra imperialista mundial el periódico ocupó una posición
socialchovinista.
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
unanimidad, que hemos
reproducido íntegramente más arriba, no contiene nada salvo frases pacifistas
burguesas, ni asomo de conciencia
revolucionaria, ni una sola idea
socialista!
¿No es ridículo hablar de
“libertad económica de todas las naciones, grandes y pequeñas”, y no decir una
sola palabra sobre el hecho de que mientras no sean derrocados los gobiernos
burgueses y no se expropie a la burguesía, esos discursos sobre “libertad
económica” engañan al pueblo, del
mismo modo que los discursos sobre la “libertad económica” de los ciudad en general, de los campesinos pequeños y ricos, de los obreros y
los capitalistas, en la sociedad moderna?
La resolución que votaron
por unanimidad Jouhaux y Merrheim está totalmente saturada con las ideas del
“nacionalismo burgués” que Avanti!
señala muy acertadamente en Jouhaux, mientras que, cosa bastante extraña, no alcanza ver en Merrheim.
Los nacionalistas burgueses
han hecho alarde, siempre y en todas partes, de frases “generales” sobre una
“federación de naciones” en general,
y sobre la “libertad económica de todas las naciones grandes y pequeñas”. Pero
los socialistas, a diferencia de los nacionalistas burgueses, siempre han dicho
y dicen ahora: la retórica acerca de la “libertad económica de las naciones
grandes y pequeñas” es una hipocresía repugnante, en tanto ciertas naciones (por ejemplo Inglaterra y Francia) hagan
inversiones en el extranjero, es decir,
concedan préstamos de decenas y decenas
de miles de millones de francos con intereses usurarios a las naciones
pequeñas y atrasadas, y en tanto las naciones pequeñas y débiles se encuentren
sometidas a ellas.
Los socialistas no podrían
haber dejado pasar sin una protesta decidida una sola frase de la resolución que votaron por unanimidad Jouhaux
y Merrheim. Los socialistas habrían declarado, en contraposición abierta a
dicha resolución, que la declaración de Wilson es pura mentira e hipocresía,
porque Wilson representa a la burguesía que ha ganado miles de millones con la
guerra, porque es el jefe de un gobierno que armó frenéticamente a los Estados
Unidos con el evidente propósito de desencadenar una segunda gran guerra imperialista. Los socialistas habrían declarado
que el gobierno burgués francés está atado de pies y manos por el capital
financiero, del cual es esclavo, y por los tratados secretos imperialistas,
enteramente rapaces y reaccionarios, con Inglaterra, Rusia, etc., y por ello no
está en condiciones de decir ni de hacer nada que no sea proferir las mismas
mentiras sobre una paz democrática y “justa”. Los socialistas habrían declarado
que la lucha por una paz semejante no se libra repitiendo frases pacifistas
generales, afables, melifluas, vacías, que no hacen nada y a nada obligan, y
que sólo sirven para embellecer la ruindad del imperialismo. Esa lucha se puede
librar solamente diciendo a los pueblos la verdad,
diciéndoles que para obtener una paz justa y democrática es preciso derrocar a
los gobiernos burgueses de todos los países beligerantes y aprovechar para ello
el hecho de que millones de obreros están armados, y que el alto costo de vida
y los horrores de la guerra imperialista han provocado la cólera de las masas.
Eso es lo que deberían haber
dicho los socialistas en lugar de lo que se dice en la resolución de Jouhaux y
Merrheim.
El Congreso del Partido
Socialista Francés, que se realizó en París simultáneamente con el de la CGT,
no sólo se abstuvo de decir eso, sino que adoptó una resolución aún peor que la mencionada más arriba.
Fue aprobada por 2838 votos contra 119 y 20 abstenciones, es decir, ¡¡por el
bloque de los socialchovinistas (Renaudel y Cía., los llamados “mayoritarios”)
y de los longuetistas (partidarios de
Longuet, kautskianos franceses)!! ¡¡Además votaron por esa resolución el zimmerwaldiano Bourderon y el kienthaliano
Raffin-Dugens!!
70
No vamos a reproducir la resolución,
pues es desmedidamente larga y carece en absoluto de interés: contiene frases
afables y melifluas sobre la paz seguidas
inmediatamente de
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
declaraciones afirmando
estar dispuestos a seguir apoyando la llamada “defensa nacional” de Francia, es
decir, la guerra imperialista que libra Francia en alianza con bandoleros más
grandes y más fuertes, tales corno Inglaterra y Rusia.
Por consiguiente, en
Francia, la unidad de los socialchovinistas con los pacifistas (o kautskianos)
y un sector de los zimmerwaldianos se ha convertid en un hecho, no sólo en la
CGT, sino también en el Partido Socialista.
Artículo (o capítulo)
IV. Zimmerwald en la encrucijada.
El 28 de diciembre llegaron
a Berna los periódicos franceses con la información sobre el Congreso de la
CGT, y el 30 de diciembre, los periódicos socialistas de Berna y de Zúrich
publicaron otro manifiesto de la ISK de Berna (Internationa Sozialistische Kommission ), la Comisión Socialista
Internacional, el organismo ejecutivo del grupo de Zimmerwald. En ese
manifiesto, fechado a fines de diciembre de 1916, se habla de las propuesta de
paz sugeridas por Alemania, Wilson y otros neutrales; y todos esos pasos
gubernamentales son llamados, y con justa razón, por cierto, una “farsa de
paz”, “un juego para engañar a sus propios pueblos”, “gesticulaciones
diplomáticas pacifistas e hipócritas”.
En oposición a este sainete
y esta falsedad, el manifiesto declara que la “única fuerza” capaz de lograr la
paz, etc., es la “firme voluntad” del proletariado internacional de “volver las
armas, no contra sus hermanos, sino contra el enemigo dentro de sus propio
país”.
Los pasajes citados revelan
claramente dos líneas políticas fundamentales diferentes que, por así decirlo,
convivieron hasta ahora en el grupo zimmerwaldiano, pero que ahora se han
separado definitivamente.
Por una parte, Turati
declara, muy definida y correctamente, que la propuesta de Alemania, Wilson,
etc., es sólo una “paráfrasis” del
pacifismo “socialista” italiano; la declaración de los socialchovinistas
alemanes y la votación de los franceses han demostrado que tanto unos como
otros aprecian en su justo valor la utilidad del encubrimiento pacifista de su
política.
Por otra parte, el
Manifiesto de la Comisión Socialista Internacional califica de sainete e
hipocresía el pacifismo de todos los gobiernos beligerantes y neutrales.
Por una parte, Jouhaux se
une a Merrheim; Bourderon, Longuet y Raffin-Dugens se unen a Renaudel, Sembat y
Thomas, mientras que los socialchovinistas alemanes Südekum, David y
Scheidemann anuncian el próximo “restablecimiento de la unidad socialdemócrata”
con Kautsky y con el Grupo Socialdemócrata del Trabajo.
Por otra parte, la Comisión
Socialista Internacional llama a las “minorías socialistas” a luchar
enérgicamente contra “sus propios gobiernos” y contra “sus mercenarios
socialpatriotas” (Söldlinge).
Una u otra cosa.
O desenmascarar la
futilidad, la estupidez y la hipocresía del pacifismo burgués, o
“parafraseando” transformándolo en pacifismo “socialista”. Luchar contra los
Jouhaux, los Renaudel, los Legien y los David por ser “mercenarios” de los
gobiernos, o unirse a ellos en vacías declamaciones pacifistas según modelo
francés o alemán.
Esta es ahora la línea
divisoria entre la derecha de Zimmerwald, que siempre se opuso enérgicamente a
una ruptura con los socialchovinistas, y la izquierda, que en la Conferencia de
Zimmerwald tuvo la previsión de separarse públicamente de la derecha y de
presentar, en la conferencia, y más tarde, en la prensa, su propia plataforma.
No es casual, sino inevitable que la proximidad de la paz o al menos la intensa
discusión del problema de la paz
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
por algunos elementos
burgueses, llevara a una divergencia manifiesta entre ambas líneas políticas.
Para los pacifistas burgueses y sus imitadores o remedadores “socialistas”, la
paz siempre ha sido y es un concepto fundamentalmente distinto, pues ni los
unos ni los otros nunca comprendieron que “la guerra es la continuación de la
política de paz, y la paz, la continuación de la política de guerra”. Ni los
burgueses, ni los socialchovinistas quieren ver que la guerra imperialista de
1914-1917 es la continuación de la política imperialista de 1898-1914, si no de
un período todavía anterior. Ni los pacifistas burgueses, ni los socialistas
pacifistas comprenden que sin el derrocamiento revolucionario de los gobiernos
burgueses, la paz sólo puede ser ahora
una paz imperialista, una continuación de la guerra imperialista.
Al valorar la guerra actual,
ellos emplean frases adocenadas, vulgares y sin sentido sobre la agresión o la
defensa en general, y emplean los mismos lugares comunes filisteos al valorar
la paz, olvidando la situación histórica concreta, la realidad concreta de la
lucha entre las potencias imperialistas. Y es completamente natural que los
socialchovinistas, esos agentes de los gobiernos y de la burguesía dentro de
los partidos obreros, aprovechen la proximidad de la paz en particular, o
inclusive las meras conversaciones de paz, para disfrazar la profundidad de su reformismo y su oportunismo
desenmascarada por la guerra, y restablecer así su quebrantada influencia sobre
las masas. De ahí que los socialchovinistas de Alemania y de Francia, como
hemos visto, empeñen esfuerzos denodados por “unirse” con el sector pacifista,
vacilante y sin principios de la “oposición”.
71
También en el grupo
zimmerwaldiano se harán, con toda seguridad, tentativas de velar la diferencia
entre las dos líneas políticas irreconciliables. Se puede prever que las
tentativas de este género seguirán dos direcciones. Una conciliación
“utilitaria”, combinando mecánicamente sonoras frases revolucionarias (tales
como las del Manifiesto de la Comisión Socialista Internacional) con una
práctica pacifista y oportunista. Así sucedió en la II Internacional. Las
frases ultrarrevolucionarias de los manifiestos de Huysmans y Vandervelde y de
algunas resoluciones de los congresos sólo sirvieron de pantalla para ocultar
la práctica archioportunista de la mayoría de los partidos europeos, pero no
modificaron, ni desbarataron, ni combatieron esa práctica. Es dudoso que esa
táctica pueda prosperar de nuevo en el grupo zimmerwaldiano.
Los “conciliadores de
principios” intentarán falsificar el marxismo diciendo, por ejemplo, que las
reformas no excluyen la revolución; que una paz imperialista, con determinadas
“mejoras” en las fronteras nacionales, en el derecho internacional, o en los
gastos de armamento, etc., es posible, a la par del movimiento revolucionario
como “uno de los aspectos del desarrollo” de ese movimiento; y así
sucesivamente.
Eso sería una falsificación
del marxismo. Las reformas, por supuesto, no excluyen la revolución. Pero no se
trata de esto ahora, sino de que los revolucionarios no deben excluirse ellos mismos ante los reformistas, es
decir, que los socialistas no deben remplazar su labor revolucionaria por una labor reformista. Europa atraviesa una
situación revolucionaria. La guerra y la carestía agravan la situación. La
transición de la guerra a la paz no suprimirá necesariamente la situación
revolucionaria porque no hay ninguna base para creer que los millones de
obreros, que tienen ahora en sus manos armas excelentes, permitirán sin falta
ser “pacíficamente desarmados” por la burguesía en lugar de seguir el consejo
de Liebknecht, o sea, volver las armas contra su propia burguesía
El problema no es como lo
plantean los pacifistas, los kautskianos: o bien una campaña política
reformista o el rechazo de reformas. Ese es un planteamiento burgués del
problema. El problema es: o bien lucha revolucionaria, cuya consecuencia, en
caso de no alcanzar un éxito total, son las reformas (esto ha sido demostrado
por la historia de las revoluciones en todo el mundo), o nada más que discursos
sobre reformas y promesas de reformas.
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
El reformismo de Kautsky,
Turati y Bourderon, que se presenta ahora en forma de pacifismo, no sólo deja
de lado el problema de la revolución (lo que es de por sí una traición al socialismo), no sólo renuncia en la
práctica a toda labor revolucionaria sistemática y persistente, sino que llega
a declarar incluso que las manifestaciones en las calles son acciones
aventureras (Kautsky en Die Neue Zeit,
26 de noviembre de 1915). Llega hasta el punto de defender y realizar la unidad
con los adversarios francos y decididos de la lucha revolucionaria los Südekum,
los Legien, los Renaudel, los Thomas, etc., etc.
Ese reformismo es
absolutamente incompatible con el marxismo revolucionario, cuya obligación es
aprovechar, lo más posible, la presente situación revolucionaria en Europa para
preconizar abiertamente la revolución, el derrocamiento de los gobiernos burgueses,
la conquista del poder por el proletariado armado, sin renunciar ni negarse, en
absoluto, a utilizar las reformas para desarrollar la lucha por la revolución y
en el curso de ella.
El futuro inmediato nos
indicará cuál será el curso de los acontecimientos en Europa, en particular la
lucha entre el pacifismo reformista y el marxismo revolucionario, incluyendo la
lucha entre los dos sectores zimmerwaldianos.
Zúrich, 1 de enero de 1917
Publicado por vez
primera en 1924 en la “Recopilación Leninista II”.
T. 30, págs. 239-260.
Informe sobre la Revolución de 1905
72
INFORME SOBRE LA
REVOLUCIÓN DE 1905. 79
Jóvenes amigos y camaradas:
Hoy se cumple el duodécimo
aniversario del “Domingo Sangriento”, considerado con plena razón como el
comienzo de la revolución rusa.
Millares de obreros —gentes
no socialdemócratas, sino creyentes, súbditos leales—, dirigidos por un
sacerdote llamado Gapón, afluyen de todas las partes de la ciudad al centro de
la capital, a la plaza del Palacio de Invierno, para entregar una petición al
zar. Los obreros llevan iconos; su jefe de entonces, Gapón, se había dirigido
al zar por escrito, garantizándole la seguridad personal y rogándole que se
presentara ante el pueblo.
Se llama a las tropas.
Ulanos y cosacos se lanzan sobre la multitud con el sable desenvainado,
ametrallan a los inermes obreros que, puestos de rodillas, suplicaban a los
cosacos que se les permitiera ver al zar. Según los partes policíacos, hubo más
de mil muertos y de dos mil heridos. La indignación de los obreros era
indescriptible.
Tal es, en sus rasgos más
generales, el cuadro del 22 de enero de 1905, del “Domingo Sangriento”.
Para que comprendan mejor la
significación histórica de este acontecimiento, voy a leer algunos pasajes de
la petición que formulaban los obreros. La petición comienza con estas
palabras:
“Nosotros, obreros, vecinos
de San Petersburgo, acudimos a Ti Somos unos esclavos desgraciados y
escarnecidos; el despotismo y la arbitrariedad nos abruman. Cuando se colmó
nuestra paciencia, dejemos el trabajo y solicitamos de nuestros amos que nos
diesen lo mínimo, que la vida exige para no ser un martirio. Mas todo ha sido
rechazado, tildado de ilegal por los fabricantes. Los miles y miles aquí
reunidos igual que todo el pueblo ruso, carecemos en absoluto de derechos
humanos. Por culpa de Tus funcionarios hemos sido reducidos a la condición de
esclavos”.
La petición exponía las
siguientes reivindicaciones amnistía, libertades públicas, salario normal,
entrega gradual de la tierra al pueblo, convocación de una Asamblea
Constituyente elegida por sufragio universal, y terminaba con estas palabras:
“¡Majestad! ¡No niegues la ayuda a Tu pueblo!
¡Derriba el muro que se alza entre Ti y Tu pueblo!
Dispón y júranoslo, que
nuestros ruegos sean cumplidos, y harás la felicidad de Rusia; si no lo haces,
estamos dispuestos a morir aquí mismo. Sólo tenemos dos caminos: la libertad y
la felicidad, o la tumba”.
Cuando leemos ahora esta
petición de obreros sin instrucción, analfabetos, dirigidos por un sacerdote
patriarcal, experimentamos un sentimiento extraño. Impónese el paralelo entre
esa ingenua petición y las actuales resoluciones de paz de los socialpacifistas,
es decir, de gentes que quieren ser socialistas, pero que en realidad no son
sino charlatanes burgueses. Los obreros no conscientes de la Rusia
prerrevolucionaria no sabían que el zar es el jefe de la clase dominante, de la clase de los grandes terratenientes, ligados
ya por miles de vínculos a la gran
burguesía y dispuestos a defender por toda clase de medios violentos su
monopolio,
![]()
79 . Informe
sobre la revolución de 1905. Fue leído por Lenin en alemán el 9 (22) de
enero de 1917, en la Casa del Pueblo de Zúrich, durante una reunión de jóvenes
obreros suizos. Lenin empezó a trabajar en el informe en los días veinte de
diciembre de 1916
Informe sobre la Revolución de 1905
sus privilegios y
granjerías. Los socialpacifistas de hoy día, que — ¡dicho sea sin chanzas!—
quieren parecer personas “muy cultas”, no saben que esperar una paz
“democrática” de los gobiernos burgueses que sostienen una guerra imperialista
rapaz, es tan estúpido como la idea de que el sanguinario zar puede ser
inclinado a las reformas democráticas mediante peticiones pacíficas.
A pesar de todo, la gran
diferencia que media entre ellos estriba en que los socialpacifistas de hoy día
son en gran medida hipócritas, que, mediante tímidas insinuaciones, tratan de
apartar al pueblo de la lucha revolucionaria, mientras que los incultos obreros
rusos de la Rusia prerrevolucionaria demostraron con hechos que eran hombres
sinceros en los que por vez primera despertaba la conciencia política.
Y precisamente en ese
despertar de la conciencia política y del deseo de lucha revolucionaria en
inmensas masas populares, estriba la significación histórica del 22 de enero de
1905.
Dos días antes del “Domingo Sangriento”, el Sr. Piotr Struve, entonces jefe do
los liberales rusos, director de un órgano ilegal libre editado en el
extranjero, escribía: “En Rusia no hay todavía un pueblo revolucionario”. Tan
absurda le parecía a este “cultísimo”, presuntuoso y archinecio jefe de los
reformistas burgueses la idea de que un país campesino analfabeto pueda
engendrar un pueblo revolucionario. Tan profundamente convencidos estaban los
reformistas de entonces —como lo están los de ahora— de que una verdadera
revolución era imposible.
73
Hasta el 22 de enero (el 9
según el viejo calendario) de 1905, el partido revolucionario de Rusia lo
formaba un pequeño grupo de personas. Los reformistas de entonces (exactamente
como los de ahora) se burlaban de nosotros tildándonos de “secta”. Varios centenares
de organizadores revolucionarios, unos cuantos miles de afiliados a las
organizaciones locales, media docena de hojas revolucionarias, que no salían
arriba de una vez al mes, se editaban sobre todo en el extranjero y llegaban a
Rusia de contrabando, después de vencer increíbles dificultades y a costa de
muchos sacrificios: esto eran en Rusia, antes del 22 de enero de 1905, los
partidos revolucionarios y, en primer término, la socialdemocracia
revolucionaria. Esta circunstancia autorizaba formalmente a los obtusos y
altaneros reformistas a afirmar que en Rusia no había aún un pueblo
revolucionario.
No obstante, el panorama
cambió por completo en el curso de unos meses. Los centenares de
socialdemócratas revolucionarios se transformaron “de pronto” en millares, los
millares se convirtieron en jefes de dos o tres millones de proletarios. La
lucha proletaria suscitó una gran efervescencia, que en parte fue movimiento
revolucionario, en el seno de una masa campesina de cincuenta a cien millones
de personas; el movimiento campesino repercutió en el ejército y provocó
insurrecciones de soldados, choques armados de una parte del ejército con otra.
Así pues, un país enorme, de 130.000.000 de habitantes, se lanzó a la
revolución; así pues, la Rusia aletargada se convirtió en la Rusia del
proletariado revolucionario y del pueblo revolucionario.
Es necesario estudiar esta
transición, comprender cómo se hizo posible, cuáles fueron, por así decirlo,
sus métodos y caminos.
El medio principal de esta
transición fue la huelga de masas. La
peculiaridad de la revolución rusa estriba precisamente en que, por su
contenido social, fue una revolución democrática
burguesa, mientras que, por sus medios de lucha, fue una revolución proletaria. Fue democrática burguesa, puesto que el objetivo inmediato que se
proponía, y que podía alcanzar directamente con sus propias fuerzas, era la
república democrática, la jornada de 8 horas y la confiscación de los inmensos
latifundios de la nobleza: medidas todas ellas que la revolución burguesa de
Francia llevó casi plenamente a cabo en 1792 y 1793.
Informe sobre la Revolución de 1905
La revolución rusa fue a la
vez revolución proletaria, no sólo por ser el proletariado su fuerza dirigente,
la vanguardia del movimiento, sino también porque el medio específicamente
proletario de lucha, la huelga, fue el medio principal para poner en movimiento
a las masas y el fenómeno más característico del desarrollo, en oleadas
crecientes, de los acontecimientos decisivos.
La revolución rusa es la primera gran revolución de la historia
mundial — y sin duda no será la última- en que la huelga política de masas ha
desempeñado un papel extraordinario. Se puede incluso afirmar que es imposible
comprender los acontecimientos de la revolución rusa y la sucesión de sus
formas políticas si no se estudia el fondo
de esos acontecimientos y de esa sucesión de formas a través de la estadística de las huelgas.
Sé muy bien que los escuetos
datos estadísticos están muy fuera de lugar en un informe oral y que son
capaces de asustar a los oyentes. Sin embargo, no puedo dejar de citar algunos
números redondos para que ustedes puedan apreciar la base objetiva real de todo
el movimiento. Durante los diez años que precedieron a la revolución, el
promedio anual de huelguistas en Rusia ascendió a 43.000. Por consiguiente, el
número total de huelguistas durante el decenio anterior a la revolución fue de
430.000. En enero de 1905, en el primer mes de la revolución, el número de
huelguistas llegó a 440.000. O sea, que ¡en
un solo mes hubo más huelguistas
que en todo el decenio precedente!
En ningún país capitalista
del mundo, ni siquiera en los países más avanzados, como Inglaterra, los
Estados Unidos y Alemania, se ha visto un movimiento huelguístico tan grandioso
como el de 1905 en Rusia. El número total de huelguistas ascendió a 2.800.000,
es decir, al doble del total de obreros fabriles. Ello, naturalmente, no quiere
decir que los obreros fabriles urbanos de Rusia fueran más cultos, o más
fuertes, o estuvieran más adaptados a la lucha que sus hermanos de Europa
Occidental. Lo cierto es lo contrario.
Pero eso demuestra lo grande
que puede ser la energía latente del proletariado. Eso indica que en la época
revolucionaria —lo digo sin ninguna exageración, fundándome en los datos más
exactos de la historia rusa—, el proletariado puede desarrollar una energía combativa cien veces mayor que en períodos corrientes de calma. Eso indica
que la humanidad no conoció hasta
1905 lo inmensa, lo grandiosa que puede ser y será la tensión de fuerzas del
proletariado cuando se trate de luchar por objetivos verdaderamente grandes, de
luchar de un modo verdaderamente revolucionario.
La historia de la revolución
rusa nos muestra que quien luchó con la mayor tenacidad y la mayor abnegación
fue la vanguardia, fueron los elementos selectos de los obreros asalariados.
Cuanto más grandes eran las fábricas, más porfiadas eran las huelgas, mayor era
la frecuencia con que se repetían en un mismo año. Cuanto más grande era la
ciudad, más importante era el papel del proletariado en la lucha. Las tres
grandes ciudades, donde reside la población obrera más numerosa y más
consciente — San Petersburgo, Riga y Varsovia—, dan, con relación al número
total de obreros, un porcentaje de huelguistas incomparablemente mayor que
todas las demás ciudades, sin hablar ya del campo.
74
Los metalúrgicos son en
Rusia —probablemente lo mismo que en otros países capitalistas— el destacamento
de vanguardia del proletariado. Y a este respecto observamos el siguiente hecho
instructivo: por cada 100 obreros fabriles hubo en 1905 en Rusia 160 huelguistas;
mientras que a cada 100 metalúrgicos
correspondían ese mismo año ¡320 huelguistas! Se ha calculado que cada obrero
fabril ruso perdió en 1905, a consecuencia de las huelgas, un promedio de 10
rublos —unos 26 francos según la cotización de anteguerra—, dinero que, por así
decirlo, entregó para la lucha. Pero si tomamos sólo a los metalúrgicos,
obtendremos una cantidad ¡tres veces
mayor! Delante iban los mejores elementos de la clase obrera, arrastrando
tras de sí a los vacilantes, despertando a los dormidos y animando a los
débiles.
Informe sobre la Revolución de 1905
Extraordinario por su
peculiaridad fue el entrelazamiento de las huelgas económicas y políticas en el
período de la revolución. Está fuera de toda duda que sólo la ligazón más
estrecha entre estas dos formas de huelga fue lo que aseguró la gran fuerza del
movimiento. Si las amplias masas de los explotados no hubieran visto ante sí
ejemplos diarios de cómo los obreros asalariados de las diferentes ramas de la
industria obligaban a los capitalistas a mejorar de un modo directo e inmediato
su situación, no habría sido posible en modo alguno atraerlas al movimiento
revolucionario. Gracias a esta lucha, un nuevo espíritu alentó al pueblo ruso
en su conjunto. Y fue sólo entonces cuando la Rusia feudal, sumida en un sueño
letárgico, la Rusia patriarcal, devota y sumisa, se despidió del Adán bíblico;
sólo entonces tuvo el pueblo ruso una educación verdaderamente democrática,
verdaderamente revolucionaria.
Cuando los señores burgueses
y los socialistas reformistas, que les hacen coro sin sentido crítico, hablan
con tanta petulancia de la “educación” de las masas, de ordinario entienden por
educación algo escolar y pedantesco, algo que desmoraliza a las masas y les
inocula los prejuicios burgueses.
La verdadera educación de
las masas no puede ir nunca separada de la lucha política independiente y,
sobre todo, de la lucha revolucionaria de las propias masas. Sólo la lucha
educa a la clase explotada, sólo la lucha le descubre la magnitud de su fuerza,
amplía sus horizontes, eleva su capacidad, aclara su inteligencia y forja su
voluntad. Por eso, incluso los reaccionarios han tenido que reconocer que el
año 1905, año de lucha, “año de locura”, enterró para siempre la Rusia
patriarcal.
Examinemos más de cerca la
proporción de obreros metalúrgicos y textiles durante las luchas huelguísticas
de 1905 un Rusia. Los metalúrgicos son los proletarios mejor retribuidos, los
más conscientes y más cultos. Los obreros textiles, cuyo número, en la Rusia de
1905, sobrepasaba en más de un 15% el de los metalúrgicos, representan a las
masas más atrasadas y peor retribuidas, a unas masas que con frecuencia no han
roto aún definitivamente sus vínculos familiares con el campo. Y a este
respecto nos encontramos con la siguiente importantísima circunstancia.
Las huelgas sostenidas por
los metalúrgicos durante todo el año de 1905 nos dan un mayor número de
acciones políticas que económicas, aunque ese predominio dista mucho de ser tan
grande a principios como a finales de año. Al contrario, entre los obreros textiles
observamos a comienzos de 1905 un formidable predominio de las huelgas
económicas, que tan sólo a fines de año es sustituido por el predominio de las
huelgas políticas. De ahí se deduce con toda claridad que sólo la lucha
económica, que sólo la lucha por un mejoramiento directo e inmediato de su
situación es capaz de poner en movimiento a las capas más atrasadas de las
masas explotadas, de educarlas verdaderamente y de convertirlas —en una época
de revolución—, en el curso de pocos meses, en un ejército de luchadores
políticos.
Cierto, para eso era
necesario que el destacamento de vanguardia de los obreros no entendiera por
lucha de clases la lucha por los intereses de una pequeña capa superior, como
con harta frecuencia han tratado de hacer creer a los obreros los reformistas,
sino que los proletarios actuaran realmente como vanguardia de la mayoría de
los explotados, incorporaran esa mayoría a la lucha, como ocurrió en Rusia en
1905 y como deberá suceder y sucederá sin duda alguna en la futura revolución
proletaria en Europa.
El comienzo de 1905 trajo la
primera gran ola del movimiento huelguístico que se extendió por todo el país.
En la primavera de ese mismo año observamos ya el despertar del primer gran movimiento campesino , no sólo
económico, sino también político, habido en Rusia. Para comprender la
importancia de ese hecho, que representa un viraje en la historia, hay que
recordar que los campesinos no se emanciparon en Rusia de la más penosa
dependencia feudal hasta 1861, que los campesinos son en su mayoría
analfabetos, que viven en una
Informe sobre la Revolución de 1905
miseria indescriptible,
abrumados por los terratenientes, embrutecidos por los curas y aislados unos de
otros por enormes distancias y por la falta casi absoluta de caminos.
Rusia vio por primera vez un
movimiento revolucionario contra el zarismo en 1825, pero ese movimiento fue
casi exclusivamente cosa de la nobleza. Desde entonces y hasta 1881, año en que
Alejandro II es muerto por los terroristas, se encontraron al frente del
movimiento intelectuales salidos de las capas medias, quienes dieron pruebas
del más grande espíritu de sacrificio, suscitando con su heroico método
terrorista de lucha el asombro del mundo entero. Es indudable que estas
víctimas no cayeron en vano, es indudable que contribuyeron
— directa o indirectamente—
a la educación revolucionaria del pueblo ruso en años posteriores. Sin embargo,
no alcanzaron ni podían alcanzar su objetivo inmediato: despertar la revolución
popular.
75
Esto lo consiguió sólo la lucha revolucionaria del proletariado.
Sólo la oleada de huelgas de masas, extendida por todo el país a consecuencia
de las duras lecciones de la guerra imperialista ruso— japonesa, despertó a las
amplias masas campesinas de su sueño letárgico. La palabra “huelguista”
adquirió para los campesinos un sentido completamente nuevo, viniendo a ser
algo así como rebelde o revolucionario, conceptos que antes se expresaban con
la palabra “estudiante”. Pero como el “estudiante” pertenecía a las capas
medias, a la “gente de letras”, a los “señores”, era extraño al pueblo. El
“huelguista”, por el contrario, había salido del pueblo, él mismo figuraba
entre los explotados. Cuando lo desterraban de San Petersburgo, muy a menudo
retornaba al campo y hablaba a sus compañeros de la aldea del incendio que
envolvía a las ciudades y que debía eliminar a los capitalistas y a los nobles.
En la aldea rusa apareció un tipo nuevo: el joven campesino consciente. Este
mantenía relaciones con los “huelguistas”, leía periódicos, refería a los
campesinos los acontecimientos que se producían en las ciudades, explicaba a
sus compañeros del lugar la significación de las reivindicaciones políticas y
los llamaba a la lucha contra los grandes terratenientes nobles, contra los
curas y los funcionarios.
Los campesinos se reunían en
grupos, hablaban de su situación y poco a poco se iban incorporando a la lucha:
lanzábanse en masa contra los grandes terratenientes, prendían fuego a sus
palacios y fincas o se incautaban de sus reservas, se apropiaban del trigo y de
otros víveres, mataban a los policías y exigían que se entregara al pueblo la
tierra de las inmensas posesiones de la nobleza.
En la primavera de 1905 el
movimiento campesino estaba aún en germen y abarcaba sólo una pequeña parte de
los distritos, la séptima parte aproximadamente.
Pero la unión de la huelga
proletaria de masas en las ciudades con el movimiento campesino en las aldeas
fue suficiente para tambalear el último y más “firme” sostén del zarismo. Me
refiero al ejército.
Comienza un período de insurrecciones militares en la marina y
en el ejército. Cada ascenso en la oleada del movimiento huelguístico y
campesino durante la revolución va acompañado de insurrecciones de soldados en
toda Rusia. La más conocida de ellas es la insurrección del acorazado Príncipe Potemkin , de la Flota del Mar
Negro. Este buque, que cayó en manos de los sublevados, tomó parte en la
revolución en Odesa, y después de la derrota de la revolución y tras algunas
tentativas infructuosas de apoderarse de otros puertos (por ejemplo, de
Feodosia, en Crimea), se entregó a las autoridades rumanas en Constantza.
A fin de proporcionarles un
cuadro concreto de los acontecimientos en su punto culminante, me permitirán
que les lea un pequeño episodio de esa insurrección de la Flota del Mar Negro:
“Se celebraban reuniones de
obreros y marinos revolucionarios, que eran cada vez más frecuentes. Como a los
militares les estaba prohibido asistir a los mítines obreros, masas de obreros
comenzaron a frecuentar los mítines militares. Se reunían miles de
Informe sobre la Revolución de 1905
personas. La idea de actuar
conjuntamente tuvo un vivo eco. En las compañías más conscientes se eligieron
delegados.
El mando militar decidió
entonces tomar medidas. Los intentos de algunos oficiales de pronunciar en los
mítines discursos “patrióticos” daban los resultados más deplorables: los
marinos, acostumbrados a la controversia, ponían en vergonzosa fuga a sus jefes.
En vista de tales fracasos, se decidió prohibir toda clase de mítines.
El 24 de noviembre de 1905,
por la mañana, junto a las puertas de los cuarteles de la marina montó guardia
una compañía de fusileros con dotación de campaña. El contralmirante Pisarevski
ordenó en voz alta: “¡Que nadie salga de los cuarteles! En caso de desobediencia,
abrid fuego”. De la compañía que acababa de recibir esta orden se destacó el
marinero Petrov cargó su fusil a los ojos de todos y mató de un disparo al
capitán ayudante Stein, del regimiento de Bialystok, hiriendo del segundo
disparo al contralmirante Pisarevski. Se oyó la voz de mando de un oficial:
“¡Arrestarlo!” Nadie se movió del sitio. Petrov arrojó su fusil al suelo. “¿No
oísteis la orden? ¡Detenedme!” Fue arrestado. Los marineros, que afluían de
todas partes, exigieron en forma ruidosa que fuera puesto en libertad,
declarando que respondían por él. La efervescencia llegó a su apogeo.
— Petrov, ¿no es cierto que el disparo
se ha producido casualmente? —preguntó el oficial, buscando salida a la
situación.
— ¿Por qué casualmente? He salido de
filas, he cargado el fusil y he apuntado, ¿qué tiene eso de casual?
— Los marineros exigen tu libertad...
Y Petrov fue puesto en
libertad. Pero los marineros no se dieron por satisfechos: arrestaron a todos
los oficiales de guardia, los desarmaron y los condujeron a las oficinas... Los
delegados de los marineros —unos cuarenta— deliberaron durante toda la noche,
decidiendo poner en libertad a los oficiales, prohibiéndoles en adelante la
entrada en los cuarteles...”
76
Esta pequeña escena muestra muy a lo vivo cómo transcurrieron en
su mayoría las insurrecciones militares. La efervescencia revolucionaria
reinante en el pueblo no podía dejar de extenderse al ejército. Es
característico que los jefes del movimiento surgieran de aquellos elementos de la marina y del ejército que antes habían
sido principalmente obreros industriales
y de las unidades para las cuales se exigía una mayor preparación técnica,
como, digamos, los zapadores. Pero las amplias masas eran todavía demasiado
ingenuas, tenían un espíritu demasiado pacífico, demasiado benévolo, demasiado
cristiano. Se infamaban con bastante facilidad; cualquier injusticia, el trato
demasiado grosero de los oficiales, la mala comida y otras cosas por el estilo
podían provocar su indignación. Pero faltaba firmeza, faltaba una conciencia
clara de su misión: no alcanzaban a comprender suficientemente que la única
garantía del triunfo de la revolución sólo es la más enérgica continuación de
la lucha armada, la victoria sobre todas las autoridades militares y civiles,
el derrocamiento del gobierno y la conquista del poder en todo el país.
Las amplias masas de marinos
y soldados se rebelaban con facilidad. Pero con esa misma facilidad incurrían
en la ingenua estupidez de poner en libertad a los oficiales presos, se dejaban
apaciguar por las promesas y exhortaciones de sus mandos; esto daba a los
mandos un tiempo precioso, les permitía recibir refuerzos y derrotar a los
insurrectos, o después a la más cruel represión y ejecutando a los jefes.
Ofrece particular interés comparar las insurrecciones militares
de 1905 en Rusia con la
Informe sobre la Revolución de 1905
insurrección militar de los
decembristas en 1825, cuando la dirección del movimiento político se encontraba
casi exclusivamente en manos de oficiales, de oficiales nobles, que se habían
contagiado de las ideas democráticas de Europa al entrar en contacto con ellas
durante las guerras napoleónicas. La tropa, formada entonces aún por campesinos
siervos, permanecía pasiva.
La historia de 1905 nos
ofrece un cuadro diametralmente opuesto. Los oficiales, salvo raras
excepciones, estaban influenciados por un espíritu liberal burgués, reformista,
o eran abiertamente contrarrevolucionarios. Los obreros y campesinos vestidos
de uniforme militar fueron el alma de las insurrecciones; el movimiento se hizo
popular. Por primera vez en la historia de Rusia, abarcó a la mayoría de los
explotados. Lo que a este movimiento le faltó fue, de una parte, firmeza y
resolución en las masas, que adolecían de un exceso de confianza; de otra
parte, faltó la organización de los obreros revolucionarios socialdemócratas
que se hallaban bajo las armas no supieron tomar la dirección en sus manos,
ponerse a la cabeza del ejército revolucionario y pasar a la ofensiva contra el
poder gubernamental.
Señalaremos de pasada que
esos dos defectos serán eliminados —infaliblemente, aunque tal vez más despacio
de lo que nosotros desearíamos—, no sólo por el desarrollo general del
capitalismo, sino también por la guerra actual...
En todo caso, la historia de
la revolución rusa, lo mismo que la historia de la Comuna de París de 1871, nos
ofrece la enseñanza irrefutable de que el militarismo jamás ni en caso alguno
puede ser derrotado y eliminado por otro método que no sea la lucha victoriosa
de una parte del ejército popular contra la otra parte. No basta con fulminar,
maldecir y “negar” el militarismo, criticarlo y demostrar su nocividad; es
estúpido negarse pacíficamente a prestar el servicio militar. La tarea consiste
en mantener en tensión la conciencia revolucionaria del proletariado, y
preparar no sólo en general, sino concretamente a sus mejores elementos para
que, llegado un momento de profundísima efervescencia del pueblo, se pongan al
frente del ejército revolucionario.
Así nos lo enseña también la
experiencia diaria de cualquier Estado capitalista. Cada una de sus “pequeñas”
crisis nos muestra en miniatura elementos y gérmenes de los combates que habrán
de repetirse ineluctablemente a gran escala en un período de gran crisis. ¿Y
qué es, por ejemplo, cualquier huelga sino una pequeña crisis de la sociedad
capitalista? ¿No tenía acaso razón el ministro prusiano del Interior, señor von
Puttkamer, al pronunciar aquella conocida sentencia de que “en cada huelga se
oculta la hidra de la revolución”? ¿Es que la utilización de los soldados
durante las huelgas, incluso en los países capitalistas más pacíficos, más
“democráticos” —con perdón sea dicho— , no nos indica cómo van a ser las cosas cuando se produzcan crisis verdaderamente grandes?
Pero volvamos a la historia
de la revolución rusa. He tratado de mostrarles cómo las huelgas obreras
sacudieron el país entero y a las capas explotadas más amplias y más atrasadas,
cómo se inició el movimiento campesino y cómo fue acompañado de insurrecciones
militares.
El movimiento alcanzó su
apogeo en el otoño de 1905. El 1916) de agosto apareció el manifiesto del zar
sobre la institución de una asamblea representativa. ¡La llamada Duma de
Bulyguin debía ser fruto de una ley que concedía derecho electoral a un número
irrisorio de personas y no reservaba a este original “parlamento” atribución
legislativa alguna, reconociéndole únicamente funciones consultivas!
La burguesía, los liberales
y los oportunistas estaban dispuestos a aferrarse con ambas manos a esta
“dádiva” del asustado zar. Nuestros reformistas de 1905 eran incapaces de
comprender —al igual que todos los reformistas— que hay situaciones históricas en
las cuales las reformas, y en particular las promesas de reformas, persiguen exclusivamente un
Informe sobre la Revolución de 1905
fin: contener la
efervescencia del pueblo, obligar a la clase revolucionaria a terminar o por lo
menos a debilitar la lucha.
77
La socialdemocracia
revolucionaria de Rusia comprendió muy bien el verdadero carácter de esta
concesión, de esta dádiva de una Constitución fantasma hecha en agosto de 1905.
Por eso, sin perder un instante, lanzó las consignas de ¡Abajo la Duma
consultiva! ¡Boicot a la Duma! ¡Abajo el gobierno zarista! ¡Continuación de la
lucha revolucionaria para derrocar al gobierno! ¡No es el zar, sino un gobierno
provisional revolucionario quien debe convocar la primera institución
representativa auténticamente popular de Rusia!
La historia demostró la
razón que asistía a los socialdemócratas revolucionarios, pues la Duma de Bulyguin nunca llegó a reunirse.
Fue barrida por el vendaval revolucionario antes de reunirse. Ese vendaval obligó al zar a decretar una nueva ley
electoral, que ampliaba considerablemente el censo, y a reconocer el carácter
legislativo de la Duma.
Octubre y diciembre de 1905
son los meses que marcan el punto culminante en el ascenso de la revolución
rusa. Todos los manantiales de la energía revolucionaria del pueblo se abrieron
mucho más ampliamente que antes. El número de huelguistas, que, como ya he
dicho, había alcanzado en enero de 1905 la cifra de 440.000, en octubre de 1905
pasó del medio millón (¡sólo en un mes!). Pero a ese número, que comprende únicamente a los obreros fabriles, hay
que agregar aún varios cientos de miles de obreros ferroviarios, empleados de
Correos y Telégrafos, etc.
La huelga general de
ferroviarios interrumpió en toda Rusia el tráfico y paralizó del modo más
rotundo las fuerzas del gobierno. Abriéronse las puertas de las universidades,
y las aulas
— destinadas exclusivamente
en tiempos pacíficos a embrutecer a los jóvenes cerebros con la sabiduría
académica de doctos catedráticos y a convertirlos en mansos criados de la
burguesía y del zarismo— se transformaron en lugar de reunión de miles y miles
de obreros, artesanos y empleados, que discutían abierta y libremente los
problemas políticos.
Se conquistó la libertad de
prensa. La censura fue simplemente eliminada. Ningún editor se atrevía a
presentar a las autoridades el ejemplar obligatorio, ni las autoridades se
atrevían a adoptar medida alguna contra ello. Por primera vez en la historia de
Rusia aparecieron libremente en San Petersburgo y en otras ciudades periódicos
revolucionarios. Sólo en San Petersburgo se publicaban tres diarios
socialdemócratas con una tirada de 50.000 a 100.000 ejemplares.
El proletariado marchaba a
la cabeza del movimiento. Su objetivo era conquistar la jornada de 8 horas por
vía revolucionaria. La consigna de lucha del proletariado de San Petersburgo
era: “¡Jornada de 8 horas y armas!”
Para una masa cada vez mayor de obreros se hizo evidente que la suerte de la
revolución podía decidirse, y que en efecto se decidiría, sólo por la lucha
armada. En el fragor de la lucha se formó una organización de masas original:
los célebres Soviets de diputados obreros
o asambleas de delegados de todas las fábricas. Estos Soviets de diputados obreros comenzaron a desempeñar, cada vez más,
en algunas ciudades de Rusia, el
papel de gobierno provisional revolucionario, el papel de órganos y de
dirigentes de las insurrecciones. Se hicieron tentativas de organizar Soviets
de diputados soldados y marineros y de unificarlos con los Soviets de diputados
obreros.
Ciertas ciudades de Rusia
vivieron en aquellos días un período de pequeñas “repúblicas” locales, donde
las autoridades habían sido destituidas y el Soviet de diputados obreros
desempeñaba realmente la función de nuevo poder público. Esos períodos fueron,
por desgracia, demasiado breves, las “victorias” fueron demasiado débiles,
demasiado aisladas.
El movimiento campesino
alcanzó en el otoño de 1905 proporciones aún mayores. Los llamados “desórdenes
campesinos” y las verdaderas insurrecciones campesinas afectaron entonces a más de un tercio de todos los distritos
del país. Los campesinos prendieron fuego
Informe sobre la Revolución de 1905
a unas 2.000 fincas de
terratenientes y se repartieron los medios de subsistencia robados al pueblo
por los rapaces nobles. Por desgracia, ¡esta labor se hizo demasiado poco a
fondo! Desgraciadamente, los campesinos sólo destruyeron entonces la quinzava parte
del número total de fincas de los nobles, sólo la quinzava parte de lo que
hubieran debido destruir para barrer
del suelo ruso, de una vez para siempre, esa vergüenza del latifundio feudal.
Por desgracia, los campesinos actuaron demasiado dispersos, demasiado
desorganizadamente y con insuficiente brío en la ofensiva, siendo ésta una de
las causas fundamentales de la derrota de la revolución.
Entre los pueblos oprimidos
de Rusia estalló un movimiento de liberación nacional. Más de la mitad, casi las tres quintas partes (exactamente el 57%) de la población de Rusia sufre opresión nacional, no goza siquiera de
libertad para expresarse en su lengua materna y es rusificada a la fuerza. Los
musulmanes, por ejemplo, que en Rusia son decenas de millones, organizaron
entonces, con una rapidez asombrosa —se vivía en general una época de
crecimiento gigantesco de las diferentes organizaciones—, una liga musulmana.
Para dar a los aquí
reunidos, y en particular a los jóvenes, una muestra de cómo, bajo la
influencia del movimiento obrero, crecía el movimiento de liberación nacional
en la Rusia de aquel entonces, citaré un pequeño ejemplo.
78
En diciembre de 1905, los
muchachos polacos quemaron en centenares de escuelas todos los libros y cuadros
rusos y los retratos del zar, apalearon y expulsaron de las escuelas a los
maestros rusos y a sus condiscípulos rusos al grito de “¡Fuera de aquí, a
Rusia!”. Los alumnos polacos de los centros de segunda enseñanza presentaron,
entre otras, las siguientes reivindicaciones: “1) Todas las escuelas de
enseñanza secundaria deben pasar a depender del Soviet de diputados obreros; 2)
celebración de reuniones conjuntas de estudiantes y obreros en los edificios
escolares; 3) autorización para llevar en los liceos blusas rojas en señal de
adhesión a la futura república proletaria”, etc.
Cuanto más ascendía la
oleada del movimiento, tanto mayor era la energía y el ánimo con que se armaban
las fuerzas reaccionarias para luchar contra la revolución. La revolución rusa
de 1905 justificó las palabras escritas por Kautsky en 1902 (cuando, por
cierto, todavía era marxista revolucionario, y no como ahora, defensor de los
socialpatriotismo y oportunistas) en su libro La revolución social. He aquí lo que decía Kautsky:
“...La futura revolución… se parecerá
menos a una insurrección por sorpresa contra el gobierno que a una guerra civil
prolongada”.
¡Así sucedió! ¡Indudablemente, así sucederá también en la futura
revolución europea!
El zarismo descargó su odio
sobre todo contra los hebreos. De una parte, éstos daban un porcentaje
especialmente elevado de dirigentes del movimiento revolucionario (considerando
el total de la población hebrea). Hoy, por cierto, los hebreos tienen también
el mérito de dar un porcentaje relativamente elevado, en comparación con otros
pueblos, de componentesde la corriente internacionalista. De otro lado, el
zarismo supo aprovechar muy bien los abominables prejuicios de las capas más
ignorantes de la población contra los hebreos. Así se produjeron los pogromos apoyados en la mayoría de los
casos por la policía, cuando no dirigidos por ella de manera inmediata, esos
monstruosos apaleamientos de hebreos pacíficos, de sus esposas y sus hijos —en
100 ciudades se registraron durante ese período más de 4.000 muertos y más de
10.000 mutilados — , que han provocado la repulsa de todo el mundo civilizado.
Me refiero, naturalmente, a la repulsa de los verdaderos elementos democráticos
del mundo civilizado, que son exclusivamente
los obreros socialistas, los proletarios.
La burguesía, incluso la
burguesía de los países más libres, incluso de las repúblicas de Europa
Occidental, sabe combinar magníficamente sus frases hipócritas acerca de las
“ferocidades
Informe sobre la Revolución de 1905
rusas” con los negocios más
desvergonzados, especialmente con el apoyo financiero al zarismo y con la
explotación imperialista de Rusia mediante la exportación de capitales, etc.
La revolución de 1905
alcanzó su punto culminante con la insurrección de diciembre en Moscú. Un
pequeño número de insurrectos, obreros organizados y armados —no serían más de ocho mil—, ofrecieron resistencia
durante nueve días al gobierno zarista, que no sólo llegó a perder la confianza
en la guarnición de Moscú, sino que se vio obligado a mantenerla rigurosamente
acuartelada; únicamente la llegada del regimiento Semiónovski de San Petersburgo
permitió al gobierno sofocar la insurrección.
A la burguesía le gusta
escarnecer y motejar de artificiosa la insurrección de Moscú. Por ejemplo, el
señor catedrático Max Weber, representante de la llamada literatura
“científica” alemana, en su voluminosa obra sobre el desarrollo político de
Rusia, la tildó de “putsch”. “El grupo leninista — escribe este “archierudito”
señor catedrático— y una parte de los socialistas-revolucionarios hacía ya
tiempo que venían preparando esta descabellada
insurrección”.
Para apreciar en lo que vale
esta sabiduría académica de la cobarde burguesía, basta con refrescar en la
memoria las cifras escuetas de la estadística de huelgas. Las huelgas puramente
políticas de enero de 1905 en Rusia abarcaron sólo a 123.000 hombres; en
octubre fueron 330.000; el número de participantes en huelgas puramente
políticas llegó al máximo en diciembre,
alcanzando la cifra de 370.000 ¡en el curso de un solo mes! Recordemos el incremento de la revolución, las insurrecciones de
campesinos y soldados, y al instante nos convenceremos de que el juicio de la
“ciencia” burguesa sobre la insurrección de diciembre, además de ser un
absurdo, constituye un subterfugio verbalista de los representantes de la
cobarde burguesía, que ve en el proletariado a su más peligroso enemigo de
clase.
En realidad, todo el
desarrollo de la revolución rusa impulsaba de modo inevitable a la lucha armada
decisiva entre el gobierno zarista y la vanguardia del proletariado con
conciencia de clase.
En las consideraciones antes
expuestas, he indicado ya en qué consistió la debilidad de la revolución rusa,
debilidad que condujo a su derrota temporal.
Al ser aplastada la
insurrección de diciembre se inicia la línea descendente de la revolución. En
este período hay también aspectos extraordinariamente interesantes; basta
recordar el doble intento de los elementos más combativos de la clase obrera
para poner fin al repliegue de la revolución y preparar una nueva ofensiva.
Pero he agotado casi el
tiempo de que dispongo, y no quiero abusar de la paciencia de mis oyentes. Creo
haber esbozado ya, en la medida en que es posible hacerlo tratándose de un
breve informe y de un tema tan amplio, lo más importante para comprender la
revolución rusa: su carácter de clase, sus fuerzas motrices y sus medios de
lucha.
79
Me limitaré a unas breves
observaciones más en cuanto a la significación mundial de la revolución rusa.
Desde el punto de vista
geográfico, económico e histórico, Rusia no pertenece sólo a Europa, sino
también a Asia. Por eso vemos que la revolución rusa no se ha limitado a
despertar definitivamente de su sueño al país más grande y más atrasado de
Europa y a forjar un pueblo revolucionario dirigido por un proletariado
revolucionario.
Ha conseguido más. La
revolución rusa ha puesto en movimiento a toda Asia. Las revoluciones de
Turquía, Persia y China demuestran que la potente insurrección de 1905 ha
dejado huellas profundas y que su influencia, puesta de manifiesto en el
movimiento progresivo de cientos y
cientos de millones de personas, es inextirpable.
Informe sobre la Revolución de 1905
La revolución rusa ha
ejercido también una influencia indirecta en los países de Occidente. No
debemos olvidar que la noticia del manifiesto constitucional del zar, en cuanto
llegó a Viena el 30 de octubre de 1905, contribuyó decisivamente a la victoria definitiva
del sufragio universal en Austria.
Durante una de las sesiones
del Congreso de la socialdemocracia austriaca, cuando el camarada Ellenbogen
—que entonces no era aún socialpatriota, que entonces era un camarada— hacía su
informe sobre la huelga política, fue colocado ante él el telegrama. Los
debates se suspendieron inmediatamente. ¡Nuestro puesto está en la calle!, fue
el grito que resonó en toda la sala en que se hallaban reunidos los delegados
de la socialdemocracia austriaca. En los días inmediatos se vieron imponentes
manifestaciones en las calles de Viena y barricadas en las de Praga. El triunfo
del sufragio universal en Austria estaba asegurado.
Muy a menudo se encuentran
europeos occidentales que hablan de la revolución rusa como si los
acontecimientos, relaciones y medios de lucha en este país atrasado tuvieran
muy poco de común con las relaciones de sus propios países, por lo que
difícilmente puedan tener la menor importancia práctica.
Nada más erróneo que semejante opinión.
Es indudable que las formas
y los motivos de los futuros combates de la futura revolución europea se
distinguirán en muchos aspectos de las formas de la revolución rusa.
Mas, a pesar de ello, la
revolución rusa, gracias precisamente a su carácter proletario, en la acepción
especial de esta palabra a que ya me he referido, sigue siendo el prólogo de la futura revolución europea.
Es indudable que ésta sólo puede ser una revolución proletaria, y en un sentido
todavía más profundo de la palabra: proletaria y socialista también por su
contenido. Esa revolución futura mostrará en mayor medida aún, por una parte,
que sólo los más duros combates, las guerras civiles, pueden emancipar al
género humano del yugo del capital; y, por otra, que sólo los proletarios con
conciencia de clase pueden actuar y actuarán como jefes de la inmensa mayoría
de los explotados.
No nos debe engañar el
silencio sepulcral que ahora reina en Europa. Europa lleva en sus entrañas la
revolución. Las monstruosidades de la guerra imperialista y los tormentos de la
carestía hacen germinar en todas partes el espíritu revolucionario, y las
clases dominantes, la burguesía, y sus servidores, los gobiernos, se adentran
cada día más en un callejón sin salida del que no podrán escapar en modo alguno
sino a costa de las más grandes conmociones.
Lo mismo que en la Rusia de
1905 comenzó bajo la dirección del proletariado la insurrección popular contra
el gobierno zarista y por la conquista de la república democrática, los años
próximos traerán a Europa, precisamente como consecuencia de esta guerra de
pillaje, insurrecciones populares dirigidas por el proletariado contra el poder
del capital financiero, contra los grandes bancos, contra los capitalistas. Y
estas conmociones no podrán terminar más que con la expropiación de la
burguesía, con el triunfo del socialismo.
Nosotros, los viejos, quizá
no lleguemos a ver las batallas decisivas de esa revolución futura. No
obstante, yo creo que puedo expresar con plena seguridad la esperanza de que
los jóvenes, que tan magníficamente actúan en el movimiento socialista de Suiza
y de todo el mundo, no sólo tendrán la dicha de luchar, sino también la de
triunfar en la futura revolución proletaria.
Escrito en alemán antes del 9 (22) de enero de 1917. Publicado
por vez primera el 22 de enero de 1925 en el núm. 18 el periódico “Pravda”.
T. 30, págs. 306-328.
80
ESTADÍSTICA Y
SOCIOLOGÍA.
Introducción.
Algunos de los ensayos que
ofrecemos a la atención del lector no habían sido publicados hasta ahora. Otros
son reproducciones de artículos aparecidos antes de la guerra en diversas
publicaciones periódicas. El problema que estos ensayos abarcan —el significado
y el papel de los movimientos nacionales y la correlación de lo nacional y lo
internacional — suscita, naturalmente, especial interés en la hora presente.
Las discusiones sobre este problema adolecen en la mayoría de los casos y con
la mayor frecuencia, de falta de concreción y de un enfoque histórico. Es muy
corriente pasar cualquier contrabando encubriéndolo con frases comunes.
Creemos, por lo tanto, que un poco de estadística no estará de más. La
confrontación de lo que decíamos antes de la guerra con las enseñanzas de la
misma no nos parece ociosa. Estos ensayos están ligados entre sí por la unidad
de la teoría y del punto de vista.
Enero de 1917
El Autor
El ámbito histórico
de los movimientos nacionales.
Los hechos son tozudos, dice
un proverbio inglés. Este proverbio nos viene a menudo a la memoria,
especialmente cuando algún escritor, trinando como un ruiseñor, canta loas a la
grandeza del “principio de la nacionalidad” en sus diversos sentidos y correlaciones.
Por cierto que, en la mayoría de los casos, este “principio” se aplica con
tanta fortuna como acertadas y oportunas fueron las exclamaciones de un célebre
personaje de un cuento popular que, a la vista de un entierro, deseó a los que
formaban la comitiva: “¡Ojalá tengáis siempre uno que llevar!”
Hechos exactos, hechos
indiscutibles: he ahí lo particularmente insoportable para esta clase de
escritores y lo especialmente necesario, si se desea orientarse con seriedad en
el complejo y difícil problema, a menudo enredado con toda premeditación. Pero
¿cómo reunir los hechos?, ¿cómo establecer su nexo e interdependencia?
En el terreno de los
fenómenos sociales no existe procedimiento más difundido y más inconsistente
que aferrarse a los pequeños hechos aislados,
jugar a los ejemplos. Escoger ejemplos en general no cuesta gran cosa, pero eso
no tiene ningún significado, o lo tiene puramente negativo, pues el quid está
en la situación histórica concreta de cada caso. Los hechos, tomados en su conjunto, en su conexión , no sólo son “tozudos”, sino
absolutamente demostrativos. En cambio, los pequeños hechos tomados al margen
del todo y sin conexión, fragmentaria y arbitrariamente, se transforman en un
juguete o en algo peor. Por ejemplo, si un escritor que era en otros tiempos
persona seria, deseoso de seguir siendo considerado como tal, toma el caso del
yugo mongólico y lo pone como ejemplo para aclarar ciertos acontecimientos
acaecidos en la Europa del siglo XX, ¿podrá considerarse su proceder sólo como
un juego, o será más correcto incluirlo en el charlatanismo político? El yugo
mongol es un hecho histórico, ligado indudablemente al problema nacional.
También en la Europa del siglo XX se observa una serie de hechos ligados
indudablemente a este problema. Sin embargo, serán pocas las personas —del tipo
que los franceses tildan de “payasos
nacionales”—
capaces de pretender seriedad y, al mismo tiempo, valerse del “hecho” del yugo
mongol para ilustrar lo que sucede en la Europa del siglo XX.
La conclusión es clara: hay
que intentar establecer una base de hechos exactos e indiscutibles sobre la
cual sea posible apoyarse para comparar cualesquiera de esas “generales” y
“ejemplares” argumentaciones, de las que tan desmedidamente se abusa hoy en
algunos países. Para que sea una base verdadera, hace falta tomar no hechos
aislados, sino todo el conjunto de hechos que atañen al problema que se
examina, sin una sola excepción,
pues, de otro modo, surgirá inevitablemente la sospecha, muy legítima, de que
los hechos han sido escogidos o reunidos de forma arbitraria; de que, en lugar
de una ligazón y una interdependencia objetivas de los fenómenos históricos en
su conjunto, se nos sirve un guisote “subjetivo” para justificar, tal vez, un
asunto turbio. Porque eso ocurre... y más a menudo de lo que parece.
Partiendo de estas
consideraciones, hemos resuelto empezar por la estadística, plenamente
conscientes, como es natural, de la gran antipatía que suele despertar en
algunos lectores, que prefieren “las mentiras que nos enaltecen”80 a las “verdades bajas”, y en ciertos escritores, aficionados a
pasar contrabando político encubriéndolo con divagaciones “generales” acerca
del internacionalismo, el cosmopolitismo, el nacionalismo, el patriotismo, etc.
81
Capítulo I. Un poco
de estadística.
I
Para pasar revista realmente
a todo el conjunto de datos sobre los
movimientos nacionales, hay que tomar a toda
la población de la Tierra. Dos rasgos deben ser establecidos con la mayor
exactitud posible e investigados con la máxima plenitud: 1) la pureza o el
abigarramiento de la composición nacional de cada Estado, y 2) la división de
los Estados (o de las formaciones semejantes a Estados, cuando surja la duda de
si puede hablarse propiamente de Estados) en dependientes e independientes
políticamente.
Tomemos los más recientes
datos, publicados en 1916 y basémonos en dos fuentes: una, alemana, son las Tablas geográfico-estadísticas de Otto
Hübner; la otra, inglesa, el Anuario
Político (The Statesman’s Year-Book
). Tendremos que tomar como base la primera fuente, ya que es mucho más completa en lo que atañe al problema que nos
interesa. La segunda la utilizaremos para hacer comprobaciones y algunas
correcciones, parciales en su mayoría.
Comencemos nuestra revista
por los Estados políticamente independientes y más “puros”, en el sentido de la
homogeneidad de su composición nacional. Destaca en el acto, en primer lugar,
el grupo de Estados de Europa Occidental,
es decir, los que se hallan al Oeste de Rusia y de Austria.
Contamos 17 Estados, de los
cuales, empero, cinco son Estados de juguete por sus insignificantes
dimensiones, si bien muy puros por su composición nacional: Luxemburgo, Mónaco,
San Marino, Lichtenstein y Andorra, que totalizan una población de 310.000 habitantes.
No cabe duda de que será mejor no incluirlos en absoluto en el número de
Estados. De los 12 Estados restantes, siete son de composición nacional
completamente pura: en Italia, Holanda, Portugal, Suecia y Noruega corresponde
a una sola nación el 99% de la población de cada país, y en España y Dinamarca,
el 96%. Siguen luego tres Estados de composición nacional casi pura: Francia,
Inglaterra y Alemania. En Francia, tan sólo el 1,3%
![]()
80 “Más que montones de verdades bajas yo
estimo las mentiras que nos enaltecen". Palabras de la poesía de Pushkin El héroe
de la población son
italianos, anexionados por Napoleón III, violando y falsificando la voluntad
popular. En Inglaterra, la anexionada es Irlanda, cuya población, de 4.400.000
almas, constituye algo menos de una décima parte de la población global de Inglaterra
(46.800.000). En Alemania, que cuenta con 64.900.000 habitantes, el elemento
alógeno (oprimido nacionalmente casi por completo, como los irlandeses en
Inglaterra) comprende a los polacos (5,47% de la población), daneses (0,25%) y
alsacianos-loreneses (1.870.000). Sin embargo, cierta parte de estos últimos
(su número exacto es desconocido) se inclina hacia Alemania, no sólo por el
idioma, sino también por sus intereses económicos y por sus simpatías. En
total, alrededor de 5 millones de habitantes de Alemania pertenecen a
nacionalidades ajenas, cercenadas en sus derechos y hasta oprimidas.
Sólo dos pequeños Estados de
Europa Occidental tienen una población mixta: Suiza, de algo menos de 4
millones de habitantes, se compone de 69% de alemanes, 21% de franceses y 8% de
italianos; y Bélgica, cuya población no llega a 8 millones de habitantes, se
compone de un 53%, aproximadamente, de flamencos y un 47% de franceses. Es de
notar, empero, que por muy abigarrada que sea la composición nacional de esos
Estados, no puede hablarse de opresión de las naciones. Según las
Constituciones de ambos Estados, todas las naciones gozan de los mismos
derechos; en Suiza, esta igualdad de derechos es real y completa; en Bélgica,
el elemento flamenco no goza de plenos derechos, pese a constituir la mayoría
del país; pero esta desigualdad es ínfima en comparación, por ejemplo, con la
que sufrieron los polacos en Alemania o los irlandeses en Inglaterra, sin
hablar ya de lo que se observa generalmente en otros países no pertenecientes
al grupo que examinamos. Por eso, entre otras cosas, el término “Estado
multinacional”, puesto de moda con tanta ligereza por los oportunistas en el
problema nacional —los escritores austriacos C. Renner y O. Bauer—, es correcto
sólo en un sentido muy limitado, a saber: de un lado, si no se olvida el lugar
histórico particular que ocupa la mayoría de los Estados de este tipo (de eso
hablaremos aún más adelante), y de otro lado, si no se admite el empleo de este
término para encubrir la diferencia fundamental que existe entre la verdadera
igualdad de las naciones y la opresión de las mismas.
Si unimos los Estados que
acabamos de examinar, obtendremos un grupo de 12 países eurooccidentales, con
una población global de 242 millones de personas. De estos 242 millones, sólo
cerca de9.500.000, o sea, el 4%, son naciones oprimidas (en Inglaterra y
Alemania). Si sumamos todas las partes de la población de esos Estados que no
pertenece a la nación principal de cada uno de ellos resultará un total de 15
millones de habitantes, es decir, el 6%.
Por consiguiente, este grupo
de países se caracteriza, en su conjunto, por los siguientes rasgos: son los
países capitalistas más adelantados y más desarrollados económica y
políticamente. Su nivel cultural es también el más alto. Desde el punto de
vista nacional, la mayoría de estos Estados cuenta con una población homogénea
o casi homogénea. La desigualdad nacional, como fenómeno político especial,
desempeña un papel totalmente insignifican te. Nos encontramos ante el tipo de
“Estado nacional” de que se habla con tanta frecuencia, olvidando, en la
mayoría de los casos, el carácter históricamente convencional y transitorio de
este tipo en el desarrollo capitalista general de la humanidad. Pero de esto
hablaremos con mayor detenimiento en el lugar correspondiente.
82
Cabe preguntarse: ¿se limita
este tipo de Estado a Europa Occidental? Evidentemente, no. Todas las
características fundamentales de este tipo — económicas (el alto y rapidísimo
desarrollo del capitalismo), políticas (el régimen representativo), culturales
y nacionales— se observan también en los países adelantados de América y de
Asia: en los Estados Unidos y en el Japón. La composición nacional de este
último, es, de antiguo, estable y completamente pura: su población es japonesa
en más del 99%. En los Estados Unidos, los negros (así como los mulatos y los
indios) constituyen únicamente el 11,1% de la población y deben ser
considerados
como nación oprimida, por cuanto la igualdad conquistada en la Guerra de
Secesión de 1861-1865 y respaldada por la Constitución de la República fue
restringiéndose cada vez más, en muchos aspectos, en los sitios de mayor
densidad de población negra (en el Sur). Ello está vinculado a la transición
del capitalismo progresivo, premonopolista, de los años 1860-1870 al
capitalismo reaccionario, monopolista (imperialismo), de la época
contemporánea, delimitada en América con particular claridad por la guerra
imperialista (es decir, provocada por el reparto del botín entre dos bandidos)
que sostuvieron España y Norteamérica en 1898.
Del 88,7% de la población
blanca de los Estados Unidos, el 74,3% se compone de norteamericanos, y sólo el
14,4% de elemento inmigratorio. Como es sabido, las condiciones particularmente
favorables del desarrollo capitalista en Norteamérica y la rapidez especial de
este desarrollo determinaron, como en ninguna otra parte del mundo, un
desaparición rápida y radical de las enormes diferencias nacionales para formar
una sola nación “norteamericana”.
Si sumamos los Estados
Unidos y el Japón a los precitados países de Europa Occidental, tendremos 14
Estados con una población global de 394 millones, de los cuales 26 millones, o
sea, el 7% carecen de igualdad de derechos en el aspecto nacional. Adelantándonos,
señalaremos que la mayoría precisamente de esos 14 países avanzados se lanzaron
con particular impulso —en el período de fines del siglo XIX y comienzos del
siglo XX, es decir, exactamente en el período de transformación del capitalismo
en imperialismo— por el camino de la política colonial, como resultado de la
cual estos Estados “disponen” hoy de más de medio millar de millones de
habitantes en los países dependientes, en las colonias.
II
El grupo de Estados de
Europa Oriental: Rusia, Austria y Turquía (hoy sería más correcto considerar a
esta última geográficamente como Estado asiático y económicamente como
“semicolonia”) y 6 pequeños países balcánicos (Rumania, Bulgaria, Grecia,
Serbia, Montenegro y Albania) no muestra en el acto un cuadro radicalmente
distinto al anterior. ¡Ni un solo
Estado de composición nacional pura! Sólo los pequeños Estados balcánicos
pueden ser considerados como Estados
nacionales. Empero, conviene no olvidar que también allí hay un elemento
alógeno, que constituye del 5 al 10% de la población; que una cantidad inmensa
(comparada con la totalidad de habitantes de esas naciones) de rumanos y
serbios está fuera de las fronteras se “sus” Estados, y que, en general, la
“construcción de Estados” en los Balcanes, en el sentido nacional-burgués, no
quedó terminada siquiera con las guerras “de ayer”, por así decirlo, con las
guerras de los años 1911 y 1912. Entre los pequeños Estados balcánicos no hay ningún Estado nacional que se asemeje a
España, Suecia, etc. Y en los tres grandes Estados de Europa Oriental, el
porcentaje de población de la nación “propia” y principal llega tan sólo al
43%. Más de la mitad de los habitantes (el 57%) de cada uno de estos tres
grandes Estados pertenece a la población “alógena”. Desde el punto de vista de
la estadística, la diferencia entre los dos grupos de Estados (el de Europa
Occidental y el de Europa Oriental) se expresa del modo siguiente:
En el primer grupo tenemos
10 Estados nacionales homogéneos o casi homogéneos, con una población de 231
millones, y sólo 2 Estados “abigarrados” en el aspecto nacional, pero sin
opresión de las naciones y con igualdad de derechos de las mismas, proclamada
por la Constitución y ejercida en la práctica, con 11.500.000 habitantes.
En el segundo grupo figuran
6 Estados casi homogéneos con una población de 23 millones, y tres Estados
“abigarrados” o “mixtos”, sin igualdad de derechos de las naciones y con una
población de 249 millones.
En su conjunto, la población
de otras naciones (es decir, no perteneciente a la nación principal* de cada
Estado) representa en Europa Occidental el 6%, y si agregamos los Estados
Unidos y el Japón, el 7%. En cambio, la población extranacional de Europa Oriental
llega ¡al 53%! (Aquí termina el manuscrito)
* En rusia, los rusos; en Austria, los alemanes y magiares; en
Turquía, los turcos.
Escrito en enero de 1917.
Firmado: P. Piriuchev.
Publicado por vez
primera en 1935 en el núm. 2 de la revista “Bolshevik”.
T. 30, págs. 349-256.
83
CARTAS DESDE LEJOS.
Primera carta. La
primera etapa de la primera revolución.
La primera revolución, engendrada por la guerra imperialista
mundial, ha estallado.
Seguramente, esta primera revolución no será la última.
A juzgar por los escasos
datos de que se dispone en Suiza, la primera etapa de esta primera revolución,
concretamente la revolución rusa del 1 de marzo de 1917, ha terminado.
Seguramente, esta primera etapa no será la última de nuestra revolución.
¿Cómo ha podido producirse
el “milagro” de que sólo en 8 días —según ha afirmado el señor Miliukov en su
jactancioso telegrama a todos los representantes de Rusia en el extranjero— se
haya desmoronado una monarquía que se había mantenido a lo largo de siglos y
que se mantuvo, pese a todo, durante tres años —1905-1907— de gigantescas
batallas de clases en las que participó todo el pueblo?
Ni en la naturaleza ni en la
historia se producen milagros, pero todo viraje brusco de la historia, incluida
cualquier revolución, ofrece un contenido tan rico, desarrolla combinaciones
tan inesperadas y originales de formas de lucha y de correlación de las fuerzas
en pugna, que muchas cosas deben parecer milagrosas a la mentalidad
pequeñoburguesa.
Para que la monarquía
zarista pudiera desmoronarse en unos días, fue precisa la conjugación de varias
condiciones de importancia histórica universal. Indiquemos las principales.
Sin los tres años de
formidables batallas de clases, sin la energía revolucionaria desplegada por el
proletariado ruso en 1905-1907, hubiera sido imposible una segunda revolución
tan rápida, en el sentido de que ha culminado su etapa inicial en unos cuantos días. La primera revolución (1905)
removió profundamente el terreno, arrancó de raíz prejuicios seculares,
despertó a la vida política y a la lucha política a millones de obreros y a
decenas de millones de campesinos, reveló a cada clase y al mundo entero el
verdadero carácter de todas las clases (y todos los principales partidos) de la
sociedad rusa, la verdadera correlación de sus intereses, sus fuerzas, sus
modos de acción, sus objetivos inmediatos y posteriores. La primera revolución
y la época de contrarrevolución que le siguió (1907-1914) pusieron al desnudo
la verdadera naturaleza de la monarquía zarista, llevaron ésta a sus “último
extremo”, descubrieron toda su putrefacción, toda la ignominia, todo el cinismo
y todo el libertinaje de la banda zarista con el monstruo de Rasputin a la
cabeza; descubrieron toda la ferocidad de la familia de los Románov, esos
pogromistas que anegaron Rusia en sangre de judíos, de obreros, de
revolucionarios, esos terratenientes,
“los primeros entre sus iguales”,
poseedores de millones de desiatinas de tierra y dispuestos a todas las
atrocidades, a todos los crímenes,
dispuestos a arruinar y a estrangular a no importa cuántos ciudadanos para
resguardar la “propiedad sacrosanta” suya y
de su clase.
Sin la revolución de
1905-1907, sin la contrarrevolución de 1907 -1914, habría sido imposible una
“autodefinición” tan precisa de todas las clases del pueblo ruso y de todos los
pueblos que habitan en Rusia, la definición de la actitud de esas clases —de
unas hacia otras y de cada una de ellas hacia la monarquía zarista— que se
reveló durante los 8 días de la revolución de febrero-marzo de 1917. Esta
revolución de 8 días fue “representada”, si puede permitirse la metáfora, como
si se hubiera procedido con anterioridad a unos diez ensayos principales y
secundarios; los “actores” se conocían, sabían sus papeles, sus puestos,
conocían su situación a lo largo y a lo ancho, en todos los detalles, conocían
hasta los menores matices de las tendencias políticas y de las formas de
acción.
Pero, para que la primera,
la gran revolución de 1905, condenada como “una gran rebelión” por los señores
Guchkov, Miliukov y sus acólitos, condujera a los doce años a la “brillante” y
“gloriosa” revolución de 1917, que los Guchkov y los Miliukov declaran
“gloriosa” porque les ha dado (por el
momento) el poder, se precisaba, además, un “director de escena” grande,
vigoroso, omnipotente y capaz, por una parte, de acelerar extraordinariamente
la marcha de la historia universal, y, por otra, de engendrar crisis mundiales
económicas, políticas, nacionales e internacionales de una fuerza inusitada.
Aparte de una aceleración extraordinaria de la historia universal, se
precisaban virajes particularmente bruscos de ésta para que en uno de ellos
pudiera volcar, de golpe, la carreta de la sangrienta y enlodada monarquía de
los Románov.
Este “director de escena”
omnipotente, este acelerador vigoroso ha sido la guerra imperialista mundial.
84
Hoy ya no cabe duda de que
la guerra es mundial, pues Estados Unidos y China están ya participando a
medias en ella, y mañana lo harán totalmente.
Hoy ya no cabe duda de que
la guerra es imperialista por ambas
partes. Sólo los capitalistas y sus secuaces, los socialpatriotas y los
socialchovinistas —o, aplicando en lugar de definiciones críticas generales
nombres de políticos bien conocidos en Rusia—, sólo los Guchkov y los Lvov, los
Miliukov y los Shingariov, de un lado, y, de otro, sólo los Gvózdiev, los
Potrésov, los Chjenkeli, los Kerenski y los Chjeídze pueden negar o velar este
hecho. Tanto la burguesía alemana como la burguesía anglo-francesa hacen
la guerra para saquear otros países, para estrangular a los pequeños pueblos,
para establecer su dominación financiera en el mundo, para proceder al reparto
y redistribución de las colonias, para salvar, engañando y dividiendo a los
obreros de los distintos países, el agonizante régimen capitalista.
La guerra imperialista debía
—ello era objetivamente inevitable — acelerar extraordinariamente y recrudecer
de manera inusitada la lucha de clase del proletariado contra la burguesía,
debía transformarse en una guerra civil entre las clases enemigas.
Esta transformación ha comenzado con la revolución de febrero-marzo de
1917, cuya primera etapa nos ha mostrado, en primer lugar, el golpe conjunto
infligido al zarismo por dos fuerzas: toda la Rusia burguesa y terrateniente
con todos sus acólitos inconscientes y con todos sus orientadores conscientes,
los embajadores y capitalistas anglo— franceses, por una parte, y, por otra, el
Soviet de diputados obreros, que ha
empezado a ganarse a los diputados soldados y campesinos81.
Estos tres campos políticos,
estas tres fuerzas políticas fundamentales que son: 1) la monarquía zarista,
cabeza de los terratenientes feudales, cabeza de la vieja burocracia del
generalato; 2) la Rusia burguesa y terrateniente de los octubristas y los demócratas-constitucionalistas82, detrás de los cuales se arrastraba la pequeña burguesía (cuyos
![]()
81 Lenin se refiere al Soviet de diputados obreros de Petrogrado, surgido en los primeros
días de la Revolución de febrero.
El Soviet se proclamó órgano de los diputados obreros y soldados
y de hecho, hasta el I Congreso de los Soviets (junio de 1917), fue un
organismo con atribuciones en toda Rusia.
La dirección del Soviet —el Comité Ejecutivo Provisional—
resultó en manos de los conciliadores. No obstante, bajo la presión de los
obreros y soldados revolucionarios, el Soviet adoptó varias medidas
revolucionarias: la detención de los representantes del viejo poder y la
excarcelación de los presos políticos, etc.
Pero en el momento decisivo,
el 2 (15) de marzo, los conciliadores del Comité Ejecutivo del Soviet cedieron
voluntariamente el poder a la burguesía sancionando la formación del Gobierno
Provisional con burgueses y latifundistas. Este acto de capitulación ante la
burguesía no se conocía en el extranjero, pues no se permitía el envío de
periódicos que ocuparan posiciones más izquierdistas que los
demócratas-constitucionalistas.
Lenin se enteró de ello al llegar a Rusia
82 Octubristas: véase la nota 23.
Demócratas-constitucionalistas: véase la nota 40
representantes más señalados
son Kerenski y Chjeídze); 3) el Soviet de diputados obreros, que trata de hacer
aliados suyos a todo el proletariado y a todos los sectores pobres de la
población; estas tres fuerzas políticas fundamentales
se han revelado con plena claridad, incluso en los 8 días de la “primera
etapa”, incluso para un observador obligado a contentarse con los escuetos
telegramas de los periódicos extranjeros y tan alejado de los sucesos como lo
está quien escribe estas líneas.
Pero antes de desarrollar
esta idea, debo volver a la parte de mi carta consagrada al factor de mayor
importancia: la guerra imperialista mundial.
La guerra ha atado entre sí con cadenas de hierro a las potencias
beligerantes, a los grupos beligerantes de capitalistas, a los “amos” del
régimen capitalista, a los señores de la esclavitud capitalista. Un amasijo sanguinolento: ese es la vida
social y política del momento histórico que vivimos.
Los socialistas que
desertaron al campo de la burguesía en el comienzo de la guerra, todos esos
David y Scheidemann en Alemania, los Plejánov, Potrésov, Gvózdiev y Cía. en
Rusia, vociferaron largamente y a grito pelado contra las “ilusiones” de los
revolucionarios, contra las “ilusiones” del Manifiesto de Basilea, contra el
“sueño-farsa” de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil.
Ensalzaron en todos los tonos la fuerza, la vitalidad, la facultad de
adaptación reveladas, según ellos, por el capitalismo; ¡ellos, que han ayudado a los capitalistas a “adaptar”, domesticar,
engañar y dividir a la clase obrera de los distintos países!
Pero “quien ría el último,
ríe mejor”. La burguesía no consiguió aplazar por largo tiempo la crisis
revolucionaria engendrada por la guerra. Esta crisis se agrava con una fuerza
irresistible en todos los países, empezando por Alemania, que sufre, según la
expresión de un observador que la ha visitado recientemente, “un hambre
genialmente organizada”, y terminando con Inglaterra y Francia, donde el hambre se acerca también y donde la organización es mucho menos “genial”.
Es natural que la crisis
revolucionaria estallara antes que en
otras partes en la Rusia zarista, donde la desorganización era la más
monstruosa y el proletariado el más revolucionario (no debido a sus cualidades
singulares, sino a las tradiciones, aún vivas, del “año 1905”) Aceleraron esta
crisis las durísimas derrotas sufridas por Rusia y sus aliados. Estas derrotas
sacudieron todo el viejo mecanismo gubernamental y todo el viejo orden de
cosas, enfurecieron contra él a todas
las clases de la población, exasperaron al ejército, exterminaron a muchísimos
de los viejos mandos, salidos de una nobleza rutinaria y de una burocracia
extraordinariamente podrida, y los remplazaron con elementos jóvenes, nuevos,
principalmente burgueses, raznochintsi83
pequeñoburgueses. Los lacayos descarados de la burguesía o los hombres
simplemente faltos de carácter, que clamaban y vociferaban contra el
“derrotismo”, se ven hoy ante el hecho de la ligazón histórica entre la derrota
de la monarquía zarista, la más atrasada y bárbara, y el comienzo del incendio revolucionario.
Pero si las derrotas al
empezar la guerra desempeñaron el papel de un factor negativo, que aceleró la
explosión, el vínculo entre el capital financiero anglo-francés, el
imperialismo anglo— francés y el capital octubrista y demócrata—
constitucionalista de Rusia ha sido el factor que ha acelerado esta crisis,
mediante la organización directa de
un complot contra Nicolás Románov.
85
Por razones bien
comprensibles, la prensa anglo— francesa silencia este aspecto,
extraordinariamente importante, de la cuestión, mientras que la prensa alemana
lo subraya con maliciosa alegría. Nosotros, los marxistas, debernos mirar la
verdad cara a cara,
![]()
83 Raznochintsi: intelectuales de la sociedad rusa no
procedentes de la nobleza, sino de la pequeña burguesía, el clero, los
comerciantes y el campesinado
serenamente, sin dejarnos
desconcertar por la mentira oficial, por la mentira diplomática y dulzarrona de
los diplomáticos y de los ministros del primer grupo beligerante de
imperialistas, ni por los guiños y las risitas burlonas de sus competidores
financieros y militares del otro grupo beligerante. Todo el curso de los
sucesos en la revolución de febrero-marzo muestra claramente que las embajadas
inglesa y francesa, con sus agentes y sus “influencias”, que llevaban mucho
tiempo haciendo los esfuerzos más desesperados para impedir los acuerdos
“separados” y una paz separada entre Nicolás II (esperamos y haremos lo
necesario para que sea el último) y Guillermo II, organizaron directamente un
complot con los octubristas y los demócratas— constitucionalistas, con parte
del generalato y de la oficialidad del ejército, sobre todo, de la guarnición
de San Petersburgo, para deponer a
Nicolás Románov.
No nos hagamos ilusiones. No
incurramos en el error de quienes —como algunos miembros del “CO” o
“mencheviques”84 que vacilan entre la posición de los
Gvózdiev y los Potrésov y el internacionalismo, deslizándose con excesiva
frecuencia hacia el pacifismo pequeñoburgués— están dispuestos a ensalzar el
“acuerdo” entre el partido obrero y los demócratas-constitucionalistas, el
“apoyo” del primero a los últimos, etc. Esa gente, rindiendo tributo a su vieja
y manoseada doctrina (que nada tiene de marxista), echa un velo sobre el
complot tramado por los imperialistas anglo-franceses con los Guchkov y los
Miliukov para destronar a Nicolás Románov, el “primer espadón”, y poner en su
sitio a espadones más enérgicos,
menos gastados, más capaces.
Si la revolución ha
triunfado tan rápidamente y de una manera tan radical —en apariencia y a
primera vista—, es únicamente porque, debido a una situación histórica original
en extremo, se fundieron, con
“unanimidad” notable, corrientes
absolutamente diferentes, intereses de clase absolutamente heterogéneos, aspiraciones políticas y sociales absolutamente opuestas. A saber: la
conjuración de los imperialistas anglo— franceses, que empujaron a Miliukov, Guchkov y Cía. a adueñarse del poder para continuar la guerra imperialista ,
para continuarla con más encarnizamiento y tenacidad, para asesinar a nuevos millones de obreros y campesinos de
Rusia a fin de dar Constantinopla... a los Guchkov, Siria… a los capitalistas
franceses, Mesopotamia... a los capitalistas ingleses, etc. Esto de una parte.
Y de otra parte, un profundo movimiento proletario y de las masas del pueblo
(todos los sectores pobres de la población de la ciudad y del campo),
movimiento de carácter revolucionario, por el
pan, la paz y la verdadera libertad.
Sería necio hablar de
“apoyo” por parte del proletariado revolucionario de Rusia al imperialismo
demócrata-constitucionalista y octubrista, “amasado” con dinero inglés y tan
repugnante como el imperialismo zarista. Los obreros revolucionarios han estado
demoliendo, han demolido ya en gran parte y seguirán demoliendo la ignominiosa
monarquía zarista hasta acabar con ella, sin entusiasmarse ni inmutarse si en
ciertos momentos históricos, de breve duración y de coyuntura excepcional,
viene a ayudarles la lucha de
Buchanan, Guchkov, Miliukov y Cía., con vistas
a sustituir a un monarca por otro,
¡y preferiblemente por otro Románov!
Las cosas han ocurrido así,
y solamente así. Así, y solamente así, puede considerar las cosas el político
que no teme la verdad, que sopesa con lucidez la correlación de las fuerzas
sociales en la revolución, que aprecia cada “momento actual”, no sólo en todo
lo que tiene de original en el instante dado, sino también desde el punto de
vista de resortes más profundos, de una correlación más profunda de los
intereses del proletariado y de la burguesía, tanto en Rusia como en todo el
mundo.
![]()
84 CO: véase la nota 9.
Mencheviques: véase la nota 14
Los obreros de Petrogrado,
lo mismo que los obreros de toda Rusia, han combatido con abnegación contra la
monarquía zarista por la libertad, por la tierra para los campesinos, por la paz, contra la matanza
imperialista. El capital imperialista anglo-francés, para continuar e intensificar esta matanza, urdió
intrigas palaciegas, tramó un complot con los oficiales de la guardia, instigó
y alentó a los Guchkov y a los Miliukov, tenía completamente formado un nuevo gobierno, que fue el que tomó el poder en cuanto el proletariado
hubo asestado los primeros golpes al
zarismo.
Este nuevo gobierno en el
que los octubristas y los “renovadores pacíficos”85, Lvov y Guchkov, ayer cómplices de Stolypin el Verdugo, ocupan
puestos de verdadera importancia,
puestos cardinales, puestos decisivos, tienen en sus manos el ejército y la
burocracia, este gobierno, en el que Miliukov y otros
demócratas-constitucionalistas figuran más que nada como adorno, como rótulo,
para pronunciar melifluos discursos profesorales, y el “trudovique” Kerenski
desempeña el papel de flauta para engañar a los obreros y a los campesinos, ese
gobierno no es una agrupación accidental de personas.
86
Son los representantes de una nueva clase llegada al poder
político en Rusia, la clase de los terratenientes capitalistas y de la
burguesía, que desde hace largo tiempo dirige económicamente nuestro país y que
tanto durante la revolución de 1905-1907 como durante la contrarrevolución de
1907-1914 y, finalmente, durante la guerra de 1914 a 1917 —en este período con
singular celeridad—, se ha organizado políticamente con extraordinaria rapidez,
apoderándose de las administraciones locales, de la instrucción pública, de
congresos de todo género, de la Duma, de los comités de la industria de guerra,
etc. Esta nueva clase estaba ya “casi del todo” en el poder en 1917; por eso
los primeros golpes han sido suficientes para que el zarismo se desmoronase,
abandonando el campo a la burguesía. La guerra imperialista, al exigir una
increíble tensión de fuerzas, aceleró a tal extremo el proceso de desarrollo de
la Rusia atrasada, que, “de golpe” —en realidad aparentemente de golpe—, hemos
alcanzado a Italia, a Inglaterra y casi a Francia, hemos obtenido un
gobierno “parlamentario”, de
“coalición”, “nacional” (es decir, adaptado para continuar la matanza
imperialista y para engañar al pueblo).
Al lado de este gobierno
—que no es, en el fondo, más que un simple agente de las “firmas” de
multimillonarios, “Inglaterra y Francia”, desde el punto de vista de la guerra presente— ha aparecido un gobierno obrero, el gobierno principal,
no oficial, no desarrollado aún, relativamente débil, que expresa los intereses
del proletariado y de todos los elementos pobres de la población de la ciudad y
del campo. Este gobierno es el Soviet de
diputados obreros de Petrogrado que busca ligazón con los soldados y con
los campesinos, así como con los
obreros agrícolas; como es natural, con éstos, sobro todo, más que con los
campesinos.
Tal es la verdadera situación política que
nosotros debemos ante todo esforzarnos por establecer con la máxima precisión y
objetividad, a fin de dar a la táctica marxista la única base sólida que ha de
tener: los hechos.
La monarquía zarista ha sido derrocada, pero todavía no ha sido
rematada.
El gobierno octubrista y
demócrata- constitucionalista, gobierno burgués, que quiere llevar la guerra
imperialista “hasta el final”, es en realidad agente de la firma financiera
“Inglaterra
![]()
85 Renovadores
pacíficos: miembros del Partido de la Renovación Pacífica, organización
monárquico-constitucionalista de la gran burguesía y los latifundistas, formada
definitivamente en 1906, después de la disolución de la I Duma de Estado
Por su programa este partido
se hallaba próximo a los octubristas. La actividad del partido se orientaba a
defender los intereses de la burguesía industrial y comercial y de los
latifundistas que explotaban sus haciendas al estilo capitalista. En la III Duma
de Estado el Partido de la Renovación Pacífica se unificó con el Partido de
Reformas Democráticas, formando la fracción de los "progresistas"
y Francia”, y se ve obligado a prometer al pueblo
todas las libertades y todas las dádivas compatibles con el mantenimiento del
poder sobre el pueblo y con la continuación de la matanza imperialista.
El Soviet de diputados
obreros es una organización obrera, es el embrión del gobierno obrero,
representante de los intereses de todas las masas pobres de la población, es decir, de las nueve décimas partes de la
población, que busca la paz, el pan y la
libertad.
La lucha de estas tres
fuerzas determina la situación presente, que es el paso de la primera a la segunda etapa de la revolución.
La contradicción entre la
primera fuerza y la segunda no es
profunda, es una contradicción temporal, suscitada solamente por la coyuntura del momento, por un brusco viraje de los
acontecimientos en la guerra imperialista. En el nuevo gobierno todos son monárquicos, pues el
republicanismo verbal de Kerenski no
es serio ni digno de un político; es, objetivamente,
politiquería. Aún no había el nuevo gobierno asestado el golpe de gracia a la
monarquía zarista, cuando ya estaba entrando
en tratos con la dinastía de los terratenientes Románov. La burguesía
octubrista y demócrata-constitucionalista necesita
la monarquía como cabeza de la burocracia y del ejército, para salva guardar
los privilegios del capital contra los trabajadores.
Quien pretenda que los
obreros deben apoyar al nuevo
gobierno en nombre de la lucha contra la reacción del zarismo (y eso es lo que
pretenden, por lo visto, los Potrósov, los Gvózdiev, los Chjenkeli y, también,
pese a su posición evasiva, los
Chjeídze), traiciona a los obreros, traiciona la causa del proletariado, la
causa de la paz y de la libertad. Porque, de hecho, precisamente este nuevo gobierno ya está atado de pies y manos por el capital imperialista, por la
política imperialista belicista, de
rapiña; ya ha iniciado las
transacciones (¡sin consultar al pueblo!) con la dinastía; ya se afana por restaurar la monarquía zarista; ya invita a un
candidato a reyezuelo, a Mijaíl Románov; ya se preocupa de afianzar su trono,
de sustituir la monarquía legítima (legal, basada en viejas leyes) por una
monarquía bonapartista, plebiscitaria (basada en un sufragio popular amañado).
¡Para combatir realmente
contra la monarquía zarista, para asegurar realmente la libertad, y no sólo de
palabra, no en las promesas de los picos de oro de Miliukov y Kerenski, no son los obreros quienes deben apoyar
al nuevo gobierno, sino este gobierno quien debe “apoyar” a los obreros! Porque
la única garantía de la libertad y de
la destrucción completa del zarismo es
armar al proletariado, consolidar, extender, desarrollar el papel, la
importancia y la fuerza del Soviet de
diputados obreros.
Todo lo demás son frases y
mentiras, ilusiones de politiqueros del campo liberal y radical, maquinaciones
fraudulentas.
Ayudad al armamento de los
obreros o, al menos, no lo estorbéis, y la libertad será invencible en Rusia,
nadie conseguirá restaurar la monarquía, y la república se verá asegurada.
De lo contrario, los Guchkov
y los Miliukov restaurarán la monarquía y no harán nada, absolutamente nada, de lo que han prometido en cuanto a las
“libertades”. Todos los politiqueros burgueses en todas las revoluciones burguesas han “alimentado” al pueblo y
embaucado a los obreros con promesas.
Nuestra revolución es
burguesa, y por eso los obreros deben
apoyar a la burguesía, dicen los Potrésov, los Gvózdiev y los Chjeídze, como
dijera ayer Plejánov.
87
Nuestra revolución es
burguesa, decimos nosotros, los marxistas, y por eso los obreros deben abrir los ojos al pueblo para que vea la
mentira de los politiqueros burgueses y enseñarle a no creer en las palabras, a
confiar únicamente en sus propias
fuerzas, en su propia organización,
en su propia unión, en su propio armamento.
El gobierno de octubristas y
demócratas— constitucionalistas, de los Guchkov y los Miliukov, no puede dar al pueblo —aunque lo
quisiera sinceramente (sólo niños de pecho pueden creer en la sinceridad de Guchkov y Lvov)— ni la paz, ni el pan, ni la libertad.
La paz, porque es un
gobierno de guerra, un gobierno de continuación de la matanza imperialista, un
gobierno de rapiña que desea saquear Armenia, Galitzia, Turquía, conquistar
Constantinopla, reconquistar Polonia, Cunandia, el país lituano, etc.
Este gobierno está atado de
pies y manos por el capital imperialista anglo-francés. El capital ruso no es
más que una sucursal de la “firma” universal que maneja centenares de miles de millones de rublos y que se llama
“Inglaterra y Francia”.
El pan, porque este gobierno
es burgués. Cuanto más, dará al
pueblo, como lo ha hecho Alemania, “un hambre genialmente organizada”. Pero el
pueblo no querrá tolerar el hambre. El pueblo llegará a saber, y sin duda bien
pronto, que hay pan y que se puede obtener, pero únicamente con medidas desprovistas de todo respeto hacia la
santidad del capital y de la propiedad de la tierra.
La libertad, porque este
gobierno es un gobierno de terratenientes y capitalistas, que teme al pueblo y ha entrado ya en tratos
con la dinastía de los Románov.
En otro artículo trataremos
de los objetivos tácticos de nuestra conducta inmediata respecto a este
gobierno. Mostraremos en qué consiste la peculiaridad del momento actual, del
paso de la primera a la segunda etapa de la revolución, y por qué la consigna,
la “tarea del día”, en este momento
debe ser: ¡Obreros! Habéis hecho
prodigios de heroísmo proletario y popular en la guerra civil contra el
zarismo. Tendréis que hacer prodigios de organización del proletariado y de
todo el pueblo para preparar vuestro triunfo en la segunda etapa de la
revolución.
Limitándonos por el momento a analizar la lucha de
clases y la correlación de fuerzas de clase en la etapa actual de la
revolución, debemos plantear aún esta cuestión: ¿Quiénes son los aliados del proletariado en la presente revolución?
Estos aliados son dos: en primer lugar, la amplia masa de
los semiproletarios y, en parte, de los pequeños campesinos de Rusia, masa que
cuenta con decenas de millones de hombres y constituye la inmensa mayoría de la
población. Esta masa necesita la paz,
el pan, la libertad y la tierra. Esta masa sufrirá inevitablemente cierta
influencia de la burguesía, y sobre todo de la pequeña burguesía, a la que se
acerca más por sus condiciones de existencia, vacilando entre la burguesía y el
proletariado. Las duras lecciones de la guerra, que serán tanto más duras cuanto más enérgicamente sea hecha la guerra por
Guchkov, Lvov, Miliukov y Cía., empujarán a esta masa inevitablemente hacia el proletariado, la obligarán a seguirle.
Ahora debemos aprovechar la libertad relativa del nuevo régimen y los Soviets
de diputados obreros para esforzarnos en ilustrar
y organizar, sobre todo y por encima de todo, a esta masa. Los Soviets de
diputados campesinos, los Soviets de obreros agrícolas, son una de las tareas
más esenciales. No sólo nos esforzaremos por que los obreros agrícolas formen
sus Soviets propios, sino también porque los campesinos pobres e indigentes se
organicen separadamente de los
campesinos acomodados. En la carta siguiente trataremos de las tareas especiales y de las formas
especiales de la organización, cuya necesidad se impone hoy día con gran
fuerza.
En segundo lugar, aliado del
proletariado ruso es el proletariado de todos los países beligerantes y de
todos los países en general. Hoy este aliado se encuentra en gran medida
abrumado por la guerra y sus portavoces son con excesiva frecuencia los socialchovinistas,
que en Europa se han pasado, como Plejanov, Gvozdiev y Potresov en Rusia al
campo de la burguesía. Pero cada mes de guerra imperialista ha ido liberando de
su influencia al
proletariado, y la
revolución rusa acelerará infaliblemente
este proceso en enormes proporciones.
Con estos dos aliados, el
proletariado puede marchar y marchará, aprovechando
las particularidades del actual momento de transición, primero a la
conquista de la república democrática
y de la victoria completa de los campesinos sobre los terratenientes, en lugar
de la semimonarquía guchkoviano-miliukoviana, y después al socialismo, pues sólo éste dará a los pueblos, extenuados por la
guerra, la paz, el pan y la libertad.
N. Lenin
Escrita el 7 (20) de marzo de 1917. Se publicó resumida el 21 y
el 22 de marzo de 1917 en los núms. 14 y 15 del periódico “Pravda”. Apareció
íntegra por vez primera en 1949 en la cuarta edición de las “Obras” de V. I.
Lenin, tomo 23.
T.31, págs. 11-22.
Segunda carta. El
nuevo gobierno y el proletariado.
El principal documento de
que dispongo hoy (8 (21) de marzo) es un número del Times86 — periódico inglés archiconservador y
archiburgués— del 16 de marzo con un resumen de noticias acerca de la
revolución en Rusia. Está claro que sería difícil encontrar una fuente más bien
dispuesta —por no decir otra cosa— hacia el gobierno de Guchkov y de Miliukov.
88
El corresponsal de este
periódico comunica desde San Petersburgo el miércoles 1(14) de marzo — cuando
sólo existía el primer Gobierno Provisional, es decir, el Comité Ejecutivo de
la Duma, encabezado por Rodzianko y compuesto por 13 miembros87, entre los que figuran, según se expresa el periódico, dos
“socialistas”, Kerenski y Chjeídze— lo siguiente:
“Un grupo de 22 miembros
elegidos del Consejo de Estado88
—Guchkov, Stajóvich, Trubetskói, el profesor Vasíliev, Grimm, Vernadski y
otros— envió ayer un telegrama al zar”, rogándole que, para salvar la
“dinastía”, etc., etc., convocase la Duma y nombrase un jefe de gobierno que
gozara de la “confianza de la nación”. “No se sabe en estos momentos —escribe
el corresponsal— cuál será la decisión del emperador, que debe llegar hoy; sin
embargo, una cosa es indudable. Si su Majestad no satisface inmediatamente los
deseos de los elementos más moderados entre sus leales súbditos, la influencia
que hoy ejerce el Comité Provisional de la Duma de Estado pasará íntegramente a
manos de los socialistas, que quieren establecer una república, pero que son
incapaces de instituir cualquier gobierno de orden y que precipitarían
infaliblemente el país en la anarquía interior y en una catástrofe en el
exterior…”
¡Qué sabiduría estatal, qué
claridad!, ¿no es cierto? ¡Qué bien comprende el correligionario (y quizá
dirigente) inglés de los Guchkov y los Miliukov la correlación de fuerzas e
intereses de las clases! “Los elementos más moderados entre sus leales súbditos”,
es decir, los terratenientes y capitalistas monárquicos, desean ver el poder en
sus manos, pues comprenden perfectamente que, de no ocurrir así, la
“influencia” pasaría a manos de los
![]()
86
"The Times" ("Los
Tiempos"): diario fundado en 1785 en Londres, principal órgano de la
burguesía conservadora inglesa
87 Primer Gobierno
Provisional .– Comité Provisional de la
Duma de Estado: se formó el 27 de febrero (12 de marzo) de 1917.
Integraron el Comité Provisional derechistas, octubristas,
"progresistas", demócratas— constitucionalistas, el trudovique A.
Kerenski y el menchevique N. Chjeídze. El presidente era el octubrista
Rodzianko
88 Consejo de Estado: una de las más altas instituciones estatales de la Rusia
zarista.
“socialistas”. ¿Por qué,
precisamente, a las de los “socialistas”, y no a las de alguien más? Porque el
guchkoviano inglés ve a la perfección que en la arena política no hay ni puede haber otra fuerza
social. La revolución ha sido obra del proletariado, que ha dado muestras de
heroísmo, que ha vertido su sangre, que ha sabido llevar a la lucha a las más
amplias masas trabajadoras y a las capas pobres de la población; que exige pan,
paz y libertad, que exige la república y simpatiza con el socialismo. Y un puñado
de terratenientes y capitalistas, encabezados por los Guchkov y los Miliukov,
quiere burlar la voluntad y los anhelos de la inmensa mayoría de la población,
cerrar trato con la monarquía tambaleante
para sostenerla y salvarla: ponga, vuestra majestad, el gobierno en manos de
Lvov y Guchkov y nosotros estaremos con la monarquía, contra el pueblo. ¡Este
es el sentido, ésta es la esencia de la política del nuevo gobierno!
Pero, ¿cómo justificar el
engaño de que se quiere hacer víctima al pueblo, cómo justificar esa burla, esa
violación de la voluntad de la mayoría gigantesca de la población?
Para ello hay que aplicar un
procedimiento viejo, pero eternamente nuevo, de la burguesía: calumniar al
pueblo. Y el guchkoviano inglés calumnia, insulta, escupe y suelta espumarajos:
¡¡“anarquía interior, catástrofe en el exterior”, “ningún gobierno de orden”!!
¡Eso es mentira, honorable
guchkoviano! Los obreros quieren la república, y la república es un gobierno de
“mayor orden” que la monarquía. ¿Quién garantiza al pueblo que el segundo
Románov no se buscará un segundo Rasputin? La catástrofe es acarreada, precisamente,
por la continuación de la guerra, es decir, precisamente por el nuevo gobierno.
Sólo la república proletaria, apoyada por los obreros agrícolas y por los
sectores más pobres del campo y de la ciudad, puede asegurar la paz y dar pan,
orden y libertad.
Los berridos contra la
anarquía no hacen más que velar los mezquinos intereses de los capitalistas,
que desean lucrarse a cuenta de la guerra y de los empréstitos de guerra, que
desean el restablecimiento de la monarquía contra
el pueblo.
“... Ayer — continúa el
corresponsal— el Partido Socialdemócrata lanzó un llamamiento, sedicioso en
sumo grado, que se difundió por toda la ciudad. Ellos” (es decir, el Partido
Socialdemócrata) “son meros doctrinarios, pero en tiempos como los que corren
pueden causar un daño inmenso. Los señores Kerenski y Chjeídze, quienes
comprenden que no pueden confiar en prevenir la anarquía sin el apoyo de los
oficiales y los elementos más moderados del pueblo, se ven constreñidos a tener
en cuenta a sus camaradas menos prudentes y les hacen insensiblemente ir
adoptando una actitud que complica la tarea del Comité Provisional…
¡Oh, gran diplomático
guchkoviano inglés! ¡Cuán “imprudentemente” ha dejado usted escapar la verdad!
El “Partido Socialdemócrata”
y los “camaradas menos prudentes”, a quienes “se ven constreñidos a tener en
cuenta a Kerenski y Chjeídze”, son, por lo visto, el Comité Central o de San
Petersburgo, de nuestro partido, restaurado por la Conferencia de enero de 191289,
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89 Lenin llama Conferencia de enero a la VI Conferencia Nacional del POSDR,
celebrada en Praga del 5 al 17 (18 al 30) de enero de 1912, que de hecho
desempeñó el papel de un congreso. Dirigió la conferencia Lenin, que hizo los
informes sobre el momento actual y las tareas del partido y sobre la labor del
Buró Socialista Internacional e intervino también sobre otras cuestiones. Lenin
fue el autor de los proyectos de resolución sobre todos los puntos más
importantes del orden del día de la conferencia.
La Conferencia de Praga del
POSDR cumplió un papel relevante en la construcción del Partido Bolchevique,
partido de nuevo tipo, y en el fortalecimiento de su unidad. Hizo balance de
toda una fase histórica de la lucha de los bolcheviques contra los mencheviques
y al expulsar a los mencheviques liquidadores del partido, afianzó el triunfo
de los bolcheviques.
La Conferencia de Praga tuvo
gran significado internacional. Fue para los elementos revolucionarios de los
partidos de la II Internacional un ejemplo de lucha resuelta contra el
oportunismo llevando esta lucha hasta la completa ruptura orgánica con los oportunistas
esos mismos “bolcheviques” a
quienes los burgueses tildan siempre de “doctrinarios” por su fidelidad a la
“doctrina”, es decir, a los fundamentos, a los principios, a la teoría, a los
objetivos del socialismo. Está claro
que el guchkoviano inglés tilda de sediciosos y de doctrinarios el llamamiento 90 y el proceder de nuestro partido porque
éste llama a luchar por la república, por la paz, por la destrucción completa
de la monarquía zarista, por el pan para el pueblo.
89
El pan para el pueblo y la
paz son sedición, y las carteras ministeriales para Guchko y Miliukov son
“orden” ¡Viejos y conocidos discursos!
¿Cuál es la táctica de Kerenski y de Chjeídze, según el
guchkoviano inglés?
Es una táctica vacilante: de
una parte, el guchkoviano les alaba porque “comprenden” (¡excelentes
muchachos!, ¡muy inteligentes!) que sin el “apoyo” de los oficiales y de los
elementos más moderados es imposible evitar la anarquía (en cambio nosotros pensábamos
y seguimos pensando, de acuerdo con nuestra doctrina, con nuestra teoría del
socialismo, que son precisamente los capitalistas quienes introducen en la
sociedad humana la anarquía y las guerras, que sólo el paso de todo el poder político a manos del proletariado
y de las capas más pobres del pueblo puede librarnos de las guerras, de la
anarquía, del hambre). De otra parte, Kerenski y Chjeídze “se ven constreñidos
a tener en cuenta” “a sus camaradas menos prudentes”, es decir, a los
bolcheviques, al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, restaurado y unido
por el Comité Central.
¿Qué fuerza “obliga” a
Kerenski y a Chjeídze a “tener en cuenta” al Partido Bolchevique, al que jamás han pertenecido, al que ellos
mismos o sus representantes literarios (“socialistas— revolucionarios”,
“socialistas populares”91, “mencheviques-miembros del CO”, etc.)
siempre han insultado, condenado, declarado grupo ilegal insignificante, secta
de doctrinarios, etc., etc.? ¿Dónde y cuándo se ha visto que en tiempos de
revolución, cuando actúan sobre todo las masas,
políticos que estén en sus cabales, “tengan en cuenta” a “doctrinarios”??
Nuestro pobre guchkoviano
inglés se ha hecho un lío, no da pie con bola, no ha sabido ni mentir hasta el
fin ni decir toda la verdad; lo único que ha hecho es desenmascararse.
Lo que ha obligado a
Kerenski y a Chjeídze a tener en cuenta al Partido Socialdemócrata del Comité
Central ha sido la influencia de este partido en el proletariado, en las masas.
Nuestro partido ha resultado estar con las masas, con el proletariado revolucionario,
a pesar de la detención y la
deportación de nuestros diputados a Siberia ya en 1914,92 a pesar de las terribles persecuciones y de las detenciones de
que fue objeto nuestro comité de San
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90 Lenin denomina llamamiento al Manifiesto del Partido Obrero
Socialdemócrata de Rusia a todos los ciudadanos de Rusia, del CC del POSDR,
publicado el 28 de febrero (13 de marzo) de 1917.
91 Enesistas ("socialistas populares"):
miembros del Partido Socialista Popular del Trabajo, partido pequeñoburgués
desgajado del ala derecha del de los socialistas-revolucionarios (eseristas) en
1906. Los "socialistas populares" se pronunciaban a favor de un
bloque con los demócratas— constitucionalistas. En los años de la primera
guerra mundial, los "socialistas populares" sostenían posiciones
socialchovinistas. Después de la Revolución democrática burguesa de febrero de
1917, el partido de los "socialistas populares" se fundió con los
trudoviques y apoyó activamente la labor del Gobierno Provisional burgués, en
el cual estaba representado. Después de la Revolución Socialista de Octubre,
los "socialistas populares" participaron en complots contrarrevolucionarios
y acciones armadas contra el Poder soviético. Este partido dejó de existir
durante la intervención militar extranjera y la guerra civil.
92 92 Al comenzar la guerra, los diputados
bolcheviques a la IV Duma de Estado A. Badáiev, M. Muránov, G. Petrovski, F.
Samóilov y N. Shágov se pronunciaron resueltamente en defensa de los intereses
de la clase obrera. Aplicando la línea del partido, se negaron a votar por la
concesión de créditos de guerra al zarismo, denunciaron el carácter
imperialista y antipopular de la guerra, explicaron a los obreros la verdad de
la guerra y los alzaron a la lucha contra el zarismo, la burguesía y los
latifundistas. Por su actividad revolucionaria durante la guerra, los diputados
bolcheviques fueron procesados y deportados a Siberia
Petersburgo por su trabajo
clandestino, durante la conflagración, contra la guerra y contra el zarismo.
“Los hechos son tozudos”,
dice un refrán inglés. ¡Permítame que se lo recuerde, honorabilísimo
guchkoviano inglés! El hecho de que nuestro partido ha dirigido a los obreros
de San Petersburgo, o por lo menos les ha prestado una ayuda abnegada en los
grandes días de la revolución, ha tenido
que reconocerlo el “propio”
guchkoviano inglés. El hecho de que Kerenski y Chjeídze vacilen entre la burguesía y el proletariado
también ha tenido que reconocerlo. Los partidarios de Gvózdiev, los
“defensistas”, es decir, los socialchovinistas, es decir, los defensores de la
guerra imperialista, guerra de rapiña, siguen hoy, de cuerpo entero, a la
burguesía; Kerenski, al entrar en el gabinete, es decir, en el segundo Gobierno
Provisional93, también se ha marchado íntegramente
con ella; Chjeídze no, Chjeídze continúa
vacilando como el Gobierno Provisional de la burguesía, entre los Guchikov
y los Miliukov, y el “gobierno provisional” del proletariado y las capas pobres
del pueblo, el Soviet de diputados obreros y el Partido Obrero Socialdemócrata
de Rusia unido por el Comité Central.
La revolución ha confirmado,
por consiguiente, lo que nosotros afirmábamos con particular insistencia al
invitar a los obreros a que esclareciesen con nitidez la diferencia de clase
entre los partidos fundamentales y las principales tendencias en el movimiento
obrero y en la pequeña burguesía, ha confirmado lo que nosotros escribimos, por
ejemplo, en el núm. 47 de Sotsial-Demokrat
de Ginebra hace casi año y medio, el 13 de octubre de 1915:
“Como antes, consideramos
admisible la participación de los socialdemócratas en el Gobierno Provisional
revolucionario con la pequeña burguesía democrática, pero de ningún modo con los chovinistas revolucionarios. Consideramos
chovinistas revolucionarios a quienes desean la victoria sobre el zarismo para
obtener la victoria sobre Alemania, para saquear a otros países, para
fortalecer el dominio de los rusos sobre los demás pueblos de Rusia, etc. La
base del chovinismo revolucionario es la posición de clase de la pequeña
burguesía. Esta vacila siempre entre la burguesía y el proletariado. Ahora
vacila entre el chovinismo (que le impide ser consecuentemente revolucionaria
incluso en el sentido de la revolución democrática) y el internacionalismo
proletario. Los representantes políticos de esta pequeña burguesía son hoy en
Rusia los trudoviques94, los socialistas-revolucionarios, Nasha Zariá95 (hoy Dielo), la fracción de Chjeídze, el Comité de Organización, el
señor Plejánov, etc. Si los chovinistas revolucionarios vencieran en Rusia,
estaríamos en contra de la defensa de su
“patria” en la guerra presente. Nuestra consigna es: contra los chovinistas,
aunque se llamen revolucionarios y republicanos, contra ellos y por la
unión del proletariado internacional para la revolución socialista”*.
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93 Se tiene en cuenta el Gobierno
Provisional formado el 2 (15) de marzo de 1917 por un acuerdo del Comité
Ejecutivo Provisional de la Duma de Estado con los líderes eseristas y
mencheviques del Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y soldados de
Petrogrado. Integraron el Gobierno: el príncipe G. Lvov (presidente del Consejo
de Ministros y ministro del Interior); P. Miliukov, líder de los
demócratas-constitucionalistas (ministro de Negocios Extranjeros); A. Guchkov,
líder de los octubristas (ministro de la Guerra y, con carácter interino,
ministro de Marina) y otros representantes de la gran burguesía y de los
latifundistas, así como el trudovique A. Kerenski (ministro de Justicia)
94 Trudoviques (Grupo del Trabajo): grupo de
demócratas pequeñoburgueses de la Duma de Estado, constituido por campesinos e
intelectuales de tendencia populista. Lo fundaron en abril de 1906 los
diputados campesinos a la I Duma de Estado. Vacilaban en la Duma entre los
demócratas— constitucionalistas y los socialdemócratas revolucionarios. Estas
vacilaciones se debían a la naturaleza misma de clase de los campesinos, o sea,
pequeños propietarios. Debido a que los trudoviques representaban, pese a todo,
a las masas campesinas, los bolcheviques aplicaban en la Duma la táctica de los
acuerdos con ellos en algunos problemas para la lucha común contra la
autocracia zarista y los demócratas-constitucionalistas. En los años de la
primera guerra mundial la mayoría de los trudoviques sostuvo posiciones
socialchovinistas. Después de la Revolución democrática burguesa de febrero,
los trudoviques, interpretando los intereses de los campesinos ricos, apoyaron
activamente al Gobierno Provisional
95 Nasha
Zariá
("Nuestra Aurora"): revista mensual legal de los mencheviques
liquidadores. Apareció en San Petersburgo desde enero de 1910 hasta septiembre
de 1914. Al comenzar la primera guerra mundial, la revista adoptó una posición
socialchovinista
* Véase V. I. Lenin. Algunas
Tesis. (N. de la Edit.)
— — —
Pero, volvamos al guchkoviano inglés.
“...Apreciando los peligros
que tiene por delante —sigue el guchkoviano—, el Comité Provisional de la Duma
de Estado se ha abstenido intencionadamente de llevar a cabo su plan original
de detener a los ministros, aunque ayer lo hubiera podido hacer con la menor
dificultad. Por tanto, está abierta la puerta para las negociaciones, gracias a
lo cual nosotros” (“nosotros” = capital financiero o imperialismo ingleses)
“podremos obtener todos los beneficios del nuevo régimen sin pasar por la
horrible prueba de la Comuna y la anarquía de la guerra civil…”
Los partidarios de Guchkov
estaban por la guerra civil a su favor, están contra la guerra civil a favor del pueblo, es decir, de la mayoría
indiscutible de los trabajadores.
“...Las relaciones entre el
Comité Provisional de la Duma, representante de toda la nación” (¡eso se dice
del Comité de la IV Duma de terratenientes y capitalistas!) “y el Soviet de
diputados obreros, que representa intereses meramente de clase” (lenguaje de
diplomático que ha oído a medias palabras sabias y desea ocultar que el Soviet
de diputados obreros representa al proletariado y a las capas pobres de la
población, es decir, a 9/10 de la misma), “pero que en tiempos de crisis como
los que corren tiene una influencia enorme, han suscitado gran inquietud entre
los hombres juiciosos, que ven la posibilidad de un conflicto entre uno y otro,
de un conflicto cuyos resultados podrían ser demasiado terribles.
Felizmente, este peligro ha
sido eliminado, al menos por el presente” (¡ atención a este “al menos”!),
“gracias a la influencia del señor Kerenski, joven abogado con grandes dotes
oratorias que comprende claramente” (¿diferencia de Chjeidze, que también “comprendía”,
aunque, por lo visto, con menos claridad, según nuestro guchkoviano?) “la
necesidad de colaborar con el Comité en interés de sus electores de la clase
obrera” (es decir, para asegurarse los votos de los obreros, para coquetear con
ellos). “Hoy (miércoles 1 (14) de marzo) se ha llegado a un acuerdo
satisfactorio96, que evitará todo roce innecesario”.
¿Qué acuerdo ha sido ése?,
¿ha participado en él todo el Soviet
de diputados obreros? ¿Cuáles son las condiciones del acuerdo? No lo sabemos.
Esta vez el guchkoviano inglés ha silenciado en absoluto lo principal. ¡Es lógico! ¡A la burguesía
no le conviene que esas condiciones sean claras y precisas, que las conozca
todo el mundo, pues entonces le sería más difícil incumplirlas!
— — —
Llevaba ya escritas las
líneas precedentes, cuando leí dos noticias muy importantes. En primer lugar,
el llamamiento del Soviet de diputados obreros “apoyando” al nuevo
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96 Se refiere al acuerdo sobre la formación
del Gobierno Provisional burgués, concluido en la noche del 1 al 2 (14-15) de
marzo de 1917 por el Comité Provisional de la Duma de Estado y los líderes
eseristas y mencheviques del Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y
soldados de Petrogrado. Los eseristas y mencheviques entregaron voluntariamente
el poder a la burguesía concediendo al Comité Provisional de la Duma de Estado
el derecho de formar a su albedrío el Gobierno Provisional
gobierno97, publicado el 20 de marzo en Le Temps98 periódico parisiense archiconservador y
archiburgués, y, en segundo lugar, un extracto del discurso pronunciado el 1
(14) de marzo por Skóbeliev en la Duma de Estado, extracto impreso por un
periódico de Zurich (el Neue Zürche
Zeitung, 1 Mit.-bl., 21/III) que lo tomó de un periódico berlinés (el National-Zeitung).99
El llamamiento del Soviet de
diputados obreros, si el texto no ha sido falseado por los imperialistas
franceses, es un documento notable, ilustrativo de que el proletariado de San
Petersburgo se hallaba, por lo menos cuando fue lanzado el llamamiento, influido
sobremanera por los políticos pequeñoburgueses. Hago memoria de que yo cuento
entre esos políticos, como lo he señalado anteriormente, a hombres del tipo de
Kerenski y de Chjeídze.
En el llamamiento vemos dos ideas políticas y, en
correspondencia, dos consignas.
Primero. El llamamiento dice
que el gobierno (el nueve gobierno) lo componen “elementos moderados”.
Definición extraña y muy incompleta, de carácter puramente liberal, no
marxista. También yo estoy dispuesto a admitir que, en cierto sentido — en mi
próxima carta especificaré en cuál precisamente— , ahora —una vez terminada la
primera etapa de la revolución— todo gobierno debe ser “moderado”. Pero es del
todo inadmisible ocultarse a sí mismo y ocultar al pueblo que este gobierno
quiere la continuación de la guerra imperialista; que es un agente del capital
inglés; que anhela la restauración de la monarquía y el fortalecimiento de la
dominación de los terratenientes y los capitalistas.
El llamamiento declara que
todos los demócratas deben “apoyar” al nuevo gobierno y que el Soviet de
diputados obreros ruega a Kerenski que participe en el Gobierno Provisional y
le faculta para ello. Las condiciones, realización de las reformas prometidas
ya durante la guerra, garantía del “libre desarrollo cultural” de las naciones
(programa puramente demócrata-constitucionalista, de una indigencia liberal) y
constitución de un Comité especial
— formado por miembros del Soviet de
diputados obreros y por “militares”100—
encargado de vigilar la actividad del Gobierno Provisional.
De este Comité de Vigilancia,
relacionado con ideas y consignas de importancia secundaria, hablaremos
especialmente más adelante.
Puede decirse que el nombramiento de un
Luis Blanc ruso, Kerenski, y el llamamiento invitando a apoyar al nuevo
gobierno son un ejemplo clásico de traición a la revolución y al
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97 El Llamamiento
del Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y soldados, publicado
el 3 (16) de marzo de 1917 en el núm. 4 de Izvestia
a la vez que el comunicado del Gobierno Provisional sobre la formación del
primer gabinete de ministros con el príncipe G. Lvov a la cabeza, fue redactado
por el Comité Ejecutivo conciliador del Soviet de Petrogrado. En el llamamiento
se decía que la democracia prestaría apoyo al nuevo poder "en la medida en
que el naciente poder actúe en el sentido de cumplir... los compromisos y luche
resueltamente contra el viejo poder".
En el llamamiento no se daba la noticia de que el Soviet había
facultad o a Kerenski para participar en el Gobierno Provisional, ya que el
Comité Ejecutivo había acordado el 1 (14) de abril no dar "representantes
de la democracia" al gobierno. Le
Temps se atenía a la información de su corresponsal. El 2 (15) de marzo, el
Soviet, "con la protesta de la minoría", aprobó la entrada no
autorizada de Kerenski en el gobierno como ministro de Justicia.
98 "Le Temps"
("El Tiempo"): diario, se publicó en París de 1861 a 1942. Reflejaba
los intereses de las esferas gobernantes de Francia y era de hecho órgano
oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores
99 "Neue Zürcher Zeitung
und schweizerisches Handelsblatt" ("Nueva Gaceta Comercial de
Zurich y Suiza"): periódico burgués. Se publica en Zúrich desde 1780.
"National-Zeitung"
("Gaceta Nacional"): periódico burgués. Se editó en Berlín de 1848 a
1938
100 Basándose en las informaciones de la prensa extranjera sobre la
institución por el Soviet de Petrogrado de un órgano especial para controlar al
Gobierno Provisional, Lenin al principio vio con buenos ojos este hecho
señalando al propio tiempo que sólo la experiencia mostraría si tal órgano se
justificaba. La "Comisión de Enlace", designada el 8 (21) de marzo
por el Comité Ejecutivo conciliador del Soviet para "influir" y
"controlar" la actividad del Gobierno Provisional, en realidad ayudó
al gobierno a utilizar la autoridad del Soviet para encubrir su política
contrarrevolucionaria. Valiéndose de la "Comisión de Enlace" se
trataba de impedir que las masas se lanzasen a una lucha revolucionaria activa
por el paso de todo el poder a los Soviets. La "Comisión de Enlace"
fue disuelta a mediados de abril de 1917 y sus funciones se transfirieron al
Buró del Comité Ejecutivo
proletariado, traición
semejante a las que dieron al traste con muchas revoluciones en el siglo XIX,
independientemente del grado de sinceridad y de lealtad al socialismo por parte
de los dirigentes y los partidarios de tal política.
El proletariado no puede y
no debe apoyar al gobierno de la guerra, al gobierno de la restauración. Lo que
hace falta para combatir la reacción, para rechazar las tentativas posibles y
probables de los Románov y de sus amigos con vistas a la restauración de la
monarquía y la formación de un ejército contrarrevolucionario no es apoyar a
Guchkov y Cía., sino organizar, ampliar y robustecer la milicia proletaria,
armar al pueblo bajo la dirección de los obreros. Sin esta medida principal,
básica, radical, ni hablar se puede de ofrecer una resistencia seria a la
restauración de la monarquía y a las tentativas de escamotear o de castrar las
libertades prometidas ni, tampoco, marchar firmemente por el camino que lleva a
la conquista del pan, de la paz, de la libertad.
91
Si Chjeídze, que con
Kerenski formaba parte del primer Gobierno Provisional (Comité de los Trece de
la Duma), no ha entrado en el segundo Gobierno Provisional por las razones
verdaderamente de principio arriba expuestas o por otras semejantes, esa actitud
le honra. Eso debe decirse con toda franqueza. Por desgracia, otros hechos,
sobre todo el discurso de Skóbeliev, que siempre ha ido del brazo de Chijeídze,
contradicen esta interpretación.
Skóbeliev ha dicho, de creer
en la fuente citada, que “el grupo social (¿por lo visto, socialdemócrata?) y
los obreros no tienen más que un ligero contacto con los objetivos del Gobierno
Provisional”; que los obreros reclaman la paz y que, si se continúa la guerra,
de todos modos en primavera ha de producirse la catástrofe; que “los obreros
han concertado con la Sociedad (con la sociedad liberal) un acuerdo temporal (eine volölufige Waffenfreundschaft),
aunque sus objetivos políticos están tan lejos de los de la sociedad como la
tierra del cielo”; que “los liberales deben renunciar a los insensatos
(unssinnige) objetivos de guerra”, etc.
Este discurso es un ejemplo
de lo que más arriba hemos llamado, al citar el Sotsial-Demokrat, “vacilaciones” entre la burguesía y el
proletariado. Los liberales, mientras sean liberales, no pueden “renunciar” a los fines “insensatos” de guerra, que —
diremos de pasada— no son determinados
por ellos solos, sino por el capital financiero anglo- francés, potencia cuya
fuerza mundial se cifra en centenares de mi les de millones. Lo que se precisa
no es “persuadir” a los liberales, sino explicar
a los obreros por qué los liberales se han metido en un callejón sin salida,
por qué ellos se ven atados de pies y
manos, por qué ocultan los tratados
concluidos por el zarismo con Inglaterra, etc., y los acuerdos del capital ruso
con el capital anglo-francés, etc.
Si Skóbeliev dice que los
obreros han concertado un acuerdo cualquiera con la sociedad liberal y no
protesta contra él, si no explica desde la tribuna de la Duma el daño que causa
a los obreros ese acuerdo, resulta que él mismo lo aprueba. Y eso no debía hacerlo en ningún caso.
La aprobación directa o
indirecta por Skóbeliev, claramente expresada o tácita del acuerdo del Soviet
de diputados obreros con el Gobierno Provisional, muestra que Skóbeliev se
inclina hacia la burguesía. La declaración de que los obreros reclaman la paz,
de que sus objetivos distan como la tierra del cielo de los objetivos
perseguidos por los liberales, muestra que Skóbeliev se inclina hacia el
proletariado.
Puramente proletaria,
auténticamente revolucionaria y profundamente acertada por su concepción es la
segunda idea política que contiene el llamamiento del Soviet de diputados
obreros que estamos estudiando, a saber: la idea de constituir un “Comité de Vigilancia”
(no sé si es precisamente así como se llama en ruso, yo traduzco libremente del
francés), de
vigilancia por parte de los
proletarios y los soldados, precisamente, sobre el Gobierno Provisional.
¡Eso si que está bien! ¡Eso
sí que es digno de los obreros, que han vertido su sangre por la libertad, por
la paz y por el pan para el pueblo! ¡Eso sí que es un paso real hacia las garantías
reales contra el zarismo, contra la monarquía, contra los monárquicos
Guchkov, Lvov y Cía.! ¡Eso sí que es
un indicio de que el proletariado ruso, a pesar de todo, ha ido más allá que el
proletariado francés en 1848, que “dio plenos poderes” a Luis Blanc! Eso sí que
es una prueba de que el instinto y la inteligencia de la masa proletaria no se
dan por satisfechos con declamaciones, exclamaciones, promesas de reformas y de
libertades, con el título de “ministro mandatario de los obreros” y demás
oropel análogo, sino que buscan un apoyo allí donde solamente puede existir, en las masas populares armadas, organizadas y dirigidas por el
proletariado, por los obreros conscientes.
Este es un paso por el buen camino, pero no es más que el primer paso.
Si este “Comité de
Vigilancia” se limita a ser una institución de tipo puramente parlamentario,
sólo político, es decir, una comisión llamada a “hacer preguntas” al Gobierno
Provisional y a recibir respuestas de él, no será más que un juguete, no será
nada.
Pero si el Comité conduce a
la organización inmediata y a toda costa de una milicia obrera en la que participe efectivamente todo el pueblo,
todos los hombres y todas las mujeres, una milicia
que no se limite a remplazar a la policía diezmada y eliminada, que no sólo
haga imposible su restablecimiento
por cualquier gobierno
monárquico-constitucional o republicano-democrático
tanto en Petrogrado como en cualquier otro lugar de Rusia,
entonces los obreros avanzados de Rusia habrán entrado verdaderamente en un
camino que les llevará a nuevas y grandes victorias, en el camino que lleva a
la victoria sobre la guerra, al cumplimiento real de la consigna que podía
leerse, según los periódicos, en las banderas de las tropas de caballería, que
desfilaron en Petrogrado ante la Duma de Estado:
“¡Vivan las repúblicas socialistas de todos los países!”
En la carta próxima expondré mis ideas sobre esta milicia
obrera.
92
Me esforzaré en demostrar,
de una parte, que precisamente la creación de una milicia popular dirigida por
los obreros es la consigna acertada del día, por responder a los objetivos
tácticos del peculiar período de transición que atraviesa la revolución rusa (y
la revolución mundial), y, de otra parte, que, para tener éxito, la milicia
obrera debe, en primer lugar, comprender a todo el pueblo, abarcar a las masas hasta llegar a ser general, englobar
realmente a toda la población de ambos sexos, apta para el trabajo, y, en
segundo lugar, conjugar no solo las funciones puramente policíacas, sino las de
interés para todo el Estado con las funciones militares y con el control de la
producción y distribución social de los productos.
Zúrich, 22 (9) de marzo de 1917.
N. Lenin
P. S. Me olvidé de fechar mi carta precedente, del 7 (20) de
marzo.
Publicada por vez
primera en 1924 en el núm. 3-4 de la revista “Bolshevik”.
T. 31, págs. 23-33.
Tercera carta. Acerca
de la milicia proletaria.
Dos documentos han
confirmado plenamente hoy, 10 (23) de marzo, la conclusión que hice ayer acerca
de la táctica vacilante de Chjeídze. El primero de esos documentos es un
extracto
—comunicado por telégrafo
desde Estocolmo a La Gaceta de Francfort101— del
manifiesto lanzado en Petrogrado por el Comité Central de nuestro partido, el
Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Este documento no dice en absoluto que
se deba apoyar o derrocar al gobierno de Guchkov; en él se llama a los obreros
y a los soldados a organizarse en torno al Soviet de diputados obreros, a
enviar a él a sus representantes para luchar contra el zarismo, por la
república, por la jornada de 8 horas, por la confiscación de las tierras de los
terratenientes y de las existencias de trigo y, sobre todo, por poner fin a la
guerra de rapiña. Es particularmente importante y particularmente actual la
opinión en absoluto acertada de nuestro Comité Central cuando afirma que para
obtener la paz es preciso establecer relaciones con los proletarios de todos los países beligerantes.
Esperar la paz de
conversaciones y de relaciones entre los gobiernos burgueses significaría
engañarse y engañar al pueblo.
El segundo documento es otra
noticia también comunicada por telégrafo desde Estocolmo a otro periódico
alemán (La Gaceta de Voss102)
acerca de la reunión celebrada por la fracción de Chjeídze en la Duma con el
grupo de los trudoviques (¿Arbeiterfraction?)
y los representantes de los 15 sindicatos obreros el 2 (15) de marzo y dando a
conocer el llamamiento publicado al día siguiente. De los once puntos que
contiene el llamamiento, el telegrama sólo expone tres: el 1º que reivindica la
república; el 7º, que exige la paz y la iniciación inmediata de negociaciones
con vistas a su establecimiento, y el 3º, que reclama “una participación
suficiente de representantes de la clase obrera rusa en el gobierno”.
Si este punto ha sido
expuesto exactamente, comprendo por qué la burguesía elogia a Chjeídze.
Comprendo por qué al elogio precitado de los guchkovianos ingleses en el Times se ha sumado el elogio de los
guchkovianos franceses publicado en Le
Temps. Este periódico de los millonarios e imperialistas franceses escribió
el 22 de marzo: “Los jefes de los partidos obreros, y sobre todo el señor
Chjeídze, aplican toda su influencia para moderar los deseos de las clases
obreras”.
En efecto, exigir la
“participación” de los obreros en el gobierno de Guchkov-Miliukov es un absurdo
teórico y político: participar en minoría equivaldría a ser un simple peón;
participar en “condiciones de igualdad” es imposible, porque no se puede conciliar
la exigencia de continuar la guerra con la de concertar un armisticio y
entablar negociaciones de paz; “participar” siendo mayoría sería posible si se
contase con la fuerza suficiente para derrocar
el gobierno de Guchkov-Miliukov. En la práctica, exigir la “participación” es
caer en el peor de los luisblancismos, es decir, olvidar la lucha de clases y
sus condiciones reales, entusiasmarse con la más huera frase rimbombante y
sembrar ilusiones entre los obreros, perder en negociaciones con Miliukov o con
Kerenski un tiempo precioso, que debería emplearse en crear una fuerza
verdaderamente de clase y revolucionaria, la milicia proletaria, capaz de inspirar confianza a todas las capas
pobres de la población —que forman la mayoría absoluta—, capaz de ayudarles a organizarse, capaz de ayudar
a estas capas a luchar por el pan,
por la paz, por la libertad.
Este error del llamamiento
de Chjeídze y de su grupo (no hablo del partido
del Comité de Organización, pues no he encontrado ni una sílaba acerca de este
Comité en las fuentes de que dispongo), ese error es sobre todo extraño porque
Skóbeliev el correligionario más cercano de Chjeídze, dijo en la conferencia
del 2 (15) de marzo, según los periódicos: “Rusia
![]()
101 "Frankturter Zeitung" ("La Gaceta de Fráncfort"):
diario de los grandes bolsistas alemanes. Se publicó en Fráncfort del Meno
desde 1856 hasta 1943
102 "Vossische Zeitung"
("La Gaceta de Voss"): periódico liberal moderado alemán. Se editó en
Berlín de 1704 a 1934.
se halla en vísperas de una
segunda, de una verdadera (wirklich:
literalmente, efectiva) revolución”.
Es ésta una verdad de la que
Skóbeliev y Chjeídze han olvidado sacar conclusiones prácticas. No puedo juzgar
desde aquí, desde mi maldita lejanía, hasta qué punto es inminente la segunda
revolución Skóbeliev está mejor situado para saberlo. Por ello yo no me planteo
cuestiones para cuya solución no dispongo ni puedo disponer de datos concretos.
Me limito a subrayar la confirmación por parte de un “testigo indiferente”, es
decir, ajeno a nuestro partido, la confirmación por parle de Skóbeliev de la
conclusión real a que llegué yo en mi
primera carta, a saber: que la revolución de febrero-marzo no ha sido más que
la primera etapa de la revolución.
Rusia está viviendo una fase histórica muy particular: el paso a la etapa siguiente
de la revolución o, como lo dice Skóbeliev, a la “segunda revolución”.
93
Si queremos ser marxistas y
sacar partido de la experiencia de las revoluciones del mundo entero, debemos
esforzarnos por comprender en qué consiste precisamente la originalidad de esta fase de paso
y qué táctica dimana de sus peculiaridades objetivas.
La originalidad de la
situación es que el gobierno de Guchkov-Miliukov ha obtenido su primera
victoria con una facilidad extrema gracias a las tres condiciones principales
que enuncio a continuación: 1) el apoyo del capital financiero anglo-francés y
de sus agentes; 2) el apoyo de parte de la alta jerarquía del ejército; 3) la
organización ya existente de toda la burguesía rusa en los zemstvos103, las instituciones urbanas, la Duma de Estado, los comités de
la industria de guerra, etc.
El gobierno de Guchkov se
encuentra apresado: trabado por los intereses del capital, se ve constreñido a
procurar la continuación de la guerra de rapiña y de saqueo, a defender los
escandalosos beneficios del capital y de los terratenientes, restaurar la
monarquía. Trabado por su origen revolucionario y por la necesidad de una
brusca transición del zarismo a la democracia, presionado por las masas
hambrientas que exigen la paz, el gobierno se ve constreñido a mentir, a
maniobrar, a ganar tiempo, a “proclamar” y prometer lo más posible (las
promesas son la única cosa muy barata incluso en un período de la mayor
carestía) y a cumplir lo menos posible, a hacer concesiones con una mano y a
quitarlas con la otra.
En determinadas
circunstancias y en el mejor de los casos para él, el nuevo gobierno puede
diferir un tanto el hundimiento apoyándose en toda la capacidad de organización
de toda la burguesía rusa y de los intelectuales burgueses. Pero ni aun así podrá evitar el hundimiento, porque es imposible eludir las garras del monstruo
espantoso engendrado por el capitalismo mundial — la guerra imperialista y el
hambre —sin abandonar el terreno de las relaciones burguesas, sin tomar medidas
revolucionarias, sin apelar al inmenso heroísmo histórico del proletariado ruso
e internacional.
De aquí la conclusión: no
podremos derribar de un sólo golpe al nuevo gobierno, y si pudiésemos (en
tiempos de revolución los límites de lo posible se dilatan mil veces), no
lograríamos conservar el poder sin oponer
a la magnífica organización de toda la burguesía rusa y de todos los
intelectuales burgueses una no menos magnifica organización del proletariado, que dirige la incalculable masa de
las capas pobres de la ciudad y del campo,
del semiproletariado y los pequeños propietarios.
Independientemente de que la
“segunda revolución” haya estallado ya en Petrogrado (he dicho que sería por
completo absurdo apreciar desde el extranjero el ritmo concreto de su
gestación), haya sido aplazada por cierto tiempo o haya comenzado ya en algunas
partes de
![]()
103 Zemstvo: sedicente administración autónoma
local encabezada por la nobleza en las provincias centrales de la Rusia
zarista. Fue instituida en 1864. Sus atribuciones estaban limitadas a los
asuntos económicos puramente locales (construcción de hospitales y caminos,
estadísticas, seguros, etc.). Controlaban su actividad los gobernadores y el
ministro del Interior que podían suspender las disposiciones inconvenientes
para el gobierno
Rusia (hay, por lo visto,
ciertos indicios de que es así), la consigna del momento debe ser en todo caso —tanto en vísperas de la nueva
revolución como durante la misma o inmediatamente
después de ella— la organización
proletaria.
¡Camaradas obreros! Habéis
realizado prodigios de heroísmo proletario ayer, al derrocar a la monarquía
zarista. En un futuro más o menos cercano (o quizá ahora, en el momento en que
yo escribo estas líneas), tendréis inevitablemente que realizar nuevos idénticos
prodigios de heroísmo para derrocar el poder de los terratenientes y los
capitalistas, que hacen la guerra imperialista. ¡No podréis obtener una victoria sólida en esta
nueva revolución, en la “verdadera” revolución, si no realizáis prodigios de organización proletaria!
La consigna del momento es
la organización. Pero limitarse a esto equivaldría a no decir nada, porque, de
una parte, la organización siempre es
necesaria; por tanto, reducirse a indicar la necesidad de “organizar a las
masas” no explica absolutamente nada; de otra parte, quien se limitase a ello
no sería más que un acólito de los liberales, porque son los liberales, quienes precisamente desean, para afianzar su dominación, que los obreros no vayan más allá de las organizaciones habituales, “legales” (desde el punto de vista de la sociedad
burguesa “normal”), es decir, que los obreros se limiten simplemente a afiliarse a su partido, a su sindicato, a
su cooperativa, etc., etc.
Gracias a su instinto de
clase, los obrero han comprendido que en un período de revolución necesitan una
organización completamente distinta, no
sólo habitual, y han emprendido con acierto el camino señalado por la
experiencia de nuestra revolución de 1905 y de la Comuna de París de 1871: han
creado el Soviet de diputados obreros,
se han puesto a desarrollarlo, ampliarlo y fortalecerlo, atrayendo a él a
diputados de los soldados y, sin duda
alguna, también a diputados de los obreros asalariados
rurales y, además (en una u otra forma), de todos los campesinos pobres.
La creación de semejantes
organizaciones en todos los lugares de Rusia sin excepción, para todas las
profesiones y todas las capas de la población proletaria y semiproletaria sin
excepción, es decir, para todos los trabajadores y todos los explotados, es, si
empleamos una expresión más popular, aunque menos precisa desde el punto de
vista económico, una tarea de las más urgentes, una tarea de importancia
primordial. Señalaré, anticipándome, que nuestro partido (espero exponer en una
de mis cartas próximas su papel peculiar
en las organizaciones proletarias de nuevo tipo) debe recomendar
particularmente a toda la masa campesina la formación de Soviets especiales de obreros asalariados y de
pequeños agricultores que no venden su trigo, de Soviets en los que no deben entrar los campesinos
acomodados; sin esta condición será en general* imposible tanto aplicar una
política proletaria auténtica como abordar con acierto la cuestión práctica de
mayor importancia, cuestión de vida o muerte para millones de hombres: la
contingentación equitativa del trigo,
el aumento de su producción, etc.
* En el campo se desarrollará ahora la lucha por los pequeños
campesinos y, en parte, por los campesinos medios. Los terratenientes,
apoyándose en los campesinos ricos, tratarán de subordinar a aquéllos a la
burguesía. Nosotros debemos llevarlos, apoyándonos en los obreros asalariados
rurales y en los campesinos pobres, a la más estrecha unión con el proletariado
urbano.
94
Pero surge la pregunta: ¿qué
deben hacer los Soviets de diputados obreros? “Deben ser considerados como
Órganos de la insurrección, como órganos del poder revolucionario”, escribimos
nosotros en el número 47 de Sotsial-Demokrat,
de Ginebra, el 13 de octubre de 1915**.
** Véase V. I. Lenin. Algunas
tesis. (N. de la Edit.)
Este principio teórico,
deducido de la experiencia de la Comuna de París de 1871 y de la revolución
rusa de 1905 debe ser aclarado y desarrollado con mayor concreción basándose en
las indicaciones prácticas precisamente de la etapa actual, precisamente de la
revolución actual de Rusia.
Necesitamos un poder revolucionario, necesitamos (para
cierto período de transición) un Estado.
En esto nos distinguimos de los anarquistas. La diferencia entre los marxistas revolucionarios y los anarquistas no
sólo consiste en que los primeros son partidarios de la gran producción
comunista centralizada, y los segundos, de la pequeña producción dispersa. No,
la diferencia precisamente en la cuestión del poder, del Estado, consiste en
que nosotros estamos por la
utilización revolucionaria de las formas revolucionarias de Estado en la lucha
por el socialismo, y los anarquistas están en
contra.
Necesitamos un Estado. Pero no como el Estado que ha creado por
doquier la burguesía, empezando por las monarquías constitucionales y acabando
por las repúblicas más democráticas. Precisamente en ello nos distinguimos de
los oportunistas y los kautskianos de los viejos partidos socialistas en
proceso de putrefacción, que han deformado u olvidado las enseñanzas de la
Comuna de París y el análisis que de estas enseñanzas hicieran Marx y
Engels.***
*** En una de las cartas siguientes o en un
articulo especial me detendré con detalle en este análisis —hecho, en
particular, en La guerra civil en Francia
de Marx, en el prefacio de Engels a la tercera edición de esta obra y en las
cartas de Marx del 12 de abril de
1871 y de Engels del 18-28 de marzo de 1875—, así como en la forma en
queKautsky tergiversó por completo el marxismo en la polémica que sostuvo en
1912 contra Pannekoek sobre el problema de la "destrucción del
Estado"104.
Necesitamos un Estado, pero no
como el que necesita la burguesía, con los órganos de poder
—en forma de policía,
ejército, burocracia— separados del pueblo y en contra de él. Todas las
revoluciones burguesas se han limitado a perfeccionar esta máquina del Estado, a hacer pasar esta máquina de manos de un partido a las de otro.
Si quiere salvaguardar las
conquistas de la presente revolución y seguir adelante, si quiere conquistar la
paz, el pan y la libertad, el proletariado debe, empleando la palabra de Marx,
“demoler” esa máquina del Estado “ya
hecha” y sustituirla por otra, fundiendo
la policía, el ejército y la burocracia con todo
el pueblo en armas. Siguiendo la ruta indicada por la experiencia de la
Comuna de París de 1871 y de la revolución rusa de 1905, el proletariado debe
organizar y armar a todos los
elementos pobres y explotados de la población, a fin de que ellos mismos tomen directamente en sus manos
los organismos del poder del Estado y formen
ellos mismos las instituciones de ese poder.
Los obreros de Rusia han emprendido ya esa ruta en la primera
etapa de la primera revolución, en febrero-marzo de 1917. Ahora todo estriba en
comprender claramente cuál es esta nueva ruta, en seguirla con audacia, firmeza
y tenacidad.
Los capitalistas
anglo-franceses y rusos “sólo” han querido apartar a Nicolás II o incluso
“asustarle”, dejando intacta la vieja máquina del Estado, la policía, el
ejército y la burocracia.
Los obreros han ido más
lejos y han demolido esa máquina. Y ahora no sólo los capitalistas
anglo-franceses, sino también los alemanes, aúllan
de furor y de espanto al ver, entre otras cosas, que los soldados rusos fusilan
a sus oficiales, por ejemplo, al almirante Nepenin, partidario de Guchkov y de
Miliukov.
He dicho que los obreros han
demolido la vieja máquina del Estado. Mejor dicho: han comenzado a demolerla.
Tomemos un ejemplo concreto.
Parte de la policía ha sido
aniquilada físicamente, parte ha sido destituida en Petrogrado y en otros
muchos lugares. El gobierno de Guchkov-Miliukov no podrá restaurar la monarquía en, en general, mantenerse en el
poder sin restablecer antes la
policía como una organización especial de hombres armados a las órdenes de la
burguesía, como una organización separada del pueblo y opuesta a él. Esto es
claro como la luz del día.
![]()
104 Véase el libro de Lenin El
Estado y la revolución
De otra parte, el nuevo
gobierno se ve forzado a tomar en consideración al pueblo revolucionario, a
taparle la boca con concesiones a medias y con promesas, a ganar tiempo. Por
ello toma una medida a medias: organiza la “milicia popular” con jefes designados
por elección (¡esto suena muy decentemente!, ¡es muy democrático,
revolucionario y bello!), pero... pero, en primer lugar, la pone bajo el
control, a las órdenes de los zemstvos y de las municipalidades, es decir, ¡¡a las órdenes de los terratenientes y
los capitalistas elegidos según las leyes de Nicolás el Sanguinario y de
Stolypin el Verdugo!! En segundo lugar, llama “popular” a la milicia para
desorientar al “pueblo”, pero, en
realidad, no invita al pueblo a participar en su totalidad en esta milicia y no obliga a los patronos y a los
capitalistas a pagar a los obreros y
a los empleados el salario habitual por
las horas y los días que consagran al servicio
social, es decir, a la milicia.
95
Y es aquí donde hay gato
encerrado. Por estos procedimientos, el gobierno de los Guchkov y los Miliukov,
gobierno de l os terratenientes y los capitalistas, consigue que la “milicia
popular” quede en el papel y que, de hecho, se vaya restableciendo poco a poco,
bajo cuerda, la milicia burguesa,
antipopular, formada al principio por “8.000 estudiantes y profesores” (así
describen los periódicos extranjeros la actual milicia de Petrogrado) —¡esa
milicia es con toda evidencia un juguete!— y después, poco a poco, de viejos y
nuevos policías.
¡No dejar que renazca la
policía! ¡No ceder el poder público en las localidades! ¡Crear una milicia
auténticamente popular, que abarque al pueblo entero, dirigida por el
proletariado! Esta es la tarea del día, ésta es la consigna del momento, que
responde por igual a los intereses bien comprendidos de la lucha de clases
ulterior, del movimiento revolucionario ulterior, y al instinto democrático de
cada obrero, de cada campesino, de cada trabajador y de cada explotado, que no
puede por menos de odiar a la policía urbana y rural, el hecho de que los
terratenientes y los capitalistas tengan a sus órdenes gente armada a la que se
da poder sobre el pueblo.
¿Qué policía es la que
necesitan ellos, los Guchkov y los
Miliukov, los terratenientes y los capitalistas? Una policía igual a la de la
monarquía zarista. Todas las
repúblicas burguesas y democrático -burguesas del mundo han instituido o han
hecho renacer en sus países, después de períodos revolucionarios muy breves,
una policía precisamente de ese género,
una organización especial de hombres armados, separados del pueblo y opuestos a
él, subordinados, de una u otra forma, a la burguesía.
¿Qué milicia es la que
necesitamos nosotros, el proletariado, todos los trabajadores? una milicia
auténticamente popular , es decir,
una milicia que, en primer lugar, esté formada por la población entera, por todos los ciudadanos adultos
de ambos sexos y que, en segundo
lugar, conjugue las funciones de ejército popular con las de la policía, con
las funciones de órgano primero y principal de mantenimiento del orden público
y de administración del Estado.
Para que estas ideas sean
más comprensibles pondré un ejemplo puramente esquemático. Huelga decir que
sería absurdo querer trazar un “plan” de la milicia proletaria: cuando los
obreros y el pueblo entero pongan verdaderamente en masa y de manera práctica
manos a la obra, trazarán y presentarán ese plan cien veces mejor que cualquier
teórico. Yo no propongo un “plan”, yo sólo quiero ilustrar mi pensamiento.
Petrogrado cuenta con una
población de casi dos millones de habitantes, de los que más de la mitad tiene
de 15 a 65 años. Tomemos la mitad, un millón. Deduzcamos de este número hasta
una cuarta parte: los enfermos y otros ciudadanos que no participan hoy en el
servicio social por causas justificadas. Quedan 750.000 personas que, sirviendo
en la milicia un día de cada 15, pongamos por caso (y percibiendo el salario de
este día de sus patronos), formarían un ejército de 50.000 hombres.
¡Ese es el tipo de
“Estado” que necesitamos nosotros!
Esa milicia sí que sería de hecho, y no sólo de palabra, una
“milicia popular”.
Ese es el camino que debemos
seguir para que sea imposible
restablecer una policía especial o un ejército especial, separado del pueblo.
Esa milicia estaría
compuesta en el 95% de obreros y de campesinos y expresaría realmente el pensamiento, la voluntad,
la fuerza y el poder de la inmensa mayoría del pueblo. Esa milicia armaría de
verdad a todo el pueblo y le daría una instrucción militar, garantizándole —no a la manera de Guchkov ni a la manera
de Miliukov— contra todas las tentativas de resurgimiento de la reacción,
contra todas las maquinaciones de los agentes del zar. Esa milicia sería el
organismo ejecutivo de los “Soviets de diputados obreros y soldados”, gozaría
de la estima y la confianza absolutas
de la población, ella misma sería una organización del pueblo entero. Esta
milicia transformaría la democracia, de bello rótulo destinado a encubrir la
esclavización del pueblo por los capitalistas y las burlas de que los
capitalistas hacen objeto al pueblo, en una verdadera escuela que educaría a las masas para hacerlas
participar en todos los asuntos del
Estado. Esta milicia incorporaría a los jóvenes a la vida política, enseñándoles no sólo con palabras, sino
mediante la acción, mediante el trabajo.
Esta milicia desempeñaría las funciones que, empleando el lenguaje científico,
corresponden a la “policía del bienestar público”, la vigilancia sanitaria,
etc., incorporando a esta labor a toda la población femenina adulta. Sin
incorporar a las mujeres al cumplimiento de las funciones sociales, al servicio
en la milicia y a la vida política, sin arrancar a las mujeres del ambiente
embrutecedor de la casa y de la cocina, es imposible
asegurar la verdadera libertad, es imposible
incluso construir la democracia, sin hablar ya del socialismo.
96
Esta milicia sería una
milicia proletaria, porque los obreros industriales y urbanos conquistarían en
ella una influencia dirigente sobre la masa de los pobres de manera tan natural
e inevitable como desempeñaron el papel rector en toda la lucha revolucionaria
del pueblo, lo mismo en 1905-1907 que en 1917.
Esta milicia aseguraría un
orden absoluto y una disciplina basada en la camaradería y observada con una
abnegación a toda prueba. Al mismo tiempo, en el período de grave crisis por
que atraviesan todos los países en guerra, esta milicia permitiría combatir
dicha crisis por medios verdaderamente democráticos, proceder con acierto y
rapidez a la contingentación del trigo y de otros víveres, poner en práctica el
“trabajo obligatorio para todos”, al que los franceses llaman hoy “movilización
cívica” y los alemanes, “obligación de servicio civil”, y sin el cual es imposible —ha resultado ser imposible—
restañar las heridas que la terrible guerra de rapiña ha causado y continúa
causando.
¿Será posible que el
proletariado de Rusia haya vertido su sangre sólo para recibir promesas
grandilocuentes de reformas democráticas de carácter meramente político? ¿Será
posible que no exija y no consiga que todo
trabajador vea y perciba palpablemente y
de manera inmediata cierta mejoría de sus condiciones de vida, que toda
familia tenga pan, que cada niño
tenga su botella de buena leche y que ni un solo adulto de familia rica se
atreva a consumir más de su ración de leche mientras no esté asegurado el abastecimiento
de los niños, que los palacios y los ricos apartamentos dejados por el zar y la
aristocracia no queden desocupados y sirvan de albergue a los hombres sin hogar
y sin recursos?
¿Quién puede aplicar todas
esas medidas de no ser la milicia popular, en la que las mujeres deben
participar, sin falta, al igual que los hombres?
Esas medidas no son aún
el socialismo. Conciernen a la regulación del consumo, y no a la
reorganización de la
producción. Eso no sería aún la “dictadura del proletariado”, sino solamente la
“dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos
pobres”. No se trata en este momento de hacer una clasificación teórica.
Sería un grave error querer
colocar los objetivos prácticos de la revolución, complejos, inmediatos y en
desarrollo rápido, en el lecho de Procusto de una “teoría” estrechamente
comprendida, en lugar de ver ante todo y sobre todo en la teoría una guía para la acción.
¿Tendrá la masa de los
obreros rusos suficiente conciencia, firmeza y heroísmo para hacer “prodigios
de organización proletaria” después de haber realizado en la lucha
revolucionaria directa prodigios de audacia, de iniciativa y de espíritu de
sacrificio? No lo sabemos, y entregarse a conjeturas sobre el particular sería
vano, pues sólo la práctica puede dar
respuesta a semejantes preguntas.
Lo que sabemos bien y
debemos, como partido, aclarar a las masas es que, de una parte, existe un
motor histórico de enorme potencia, que engendra una crisis sin precedente, el
hambre y calamidades innumerables. Este motor es la guerra que los capitalistas
de las dos coaliciones beligerantes
hacen con fines de rapiña. Ese “motor” ha conducido al borde del abismo a
varias naciones de las más ricas, más libres y más ilustradas. Ese motor constriñe a los pueblos a poner en
tensión, hasta el extremo, todas sus fuerzas, los coloca en una situación
insoportable, pone a la orden del día no la realización de esta o la otra
“teoría” (de eso no se puede ni hablar y contra esta ilusión siempre previno
Marx a los socialistas), sino la aplicación de las medidas más extremas
prácticamente posibles porque sin medidas extremas es inevitable la muerte por
hambre, inmediata y cierta, de millones de hombres.
Huelga demostrar que el
entusiasmo revolucionario de la clase avanzada puede mucho cuando la situación objetiva exige de todo el pueblo la adopción de medidas extremas. Este aspecto de la cuestión es en Rusia
visible y tangible para todo el
mundo.
Lo importante es comprender
que en tiempos de revolución la situación objetiva cambia tan rápida y
bruscamente como corre la vida en general. Y nosotros debemos saber adaptar nuestra táctica y nuestras
tareas inmediatas a las particularidades
de cada situación dada, hasta febrero de 1917 estaba a la orden del día la
tarea de realizar una audaz propaganda revolucionaria internacionalista, llamar
a las masas a la lucha, despertarlas. Las jornadas de febrero-marzo exigieron
heroísmo y abnegación en la lucha por aplastar cuanto antes al enemigo más
inmediato, el zarismo. Ahora nos encontramos en un período de transición de esta primera etapa de la
revolución a la segunda, de paso de la “pelea” con el zarismo a la “pelea” con
el imperialismo guchkoviano miliukoviano de los terratenientes y los
capitalistas. La organización está a
la orden del día, pero de ninguna manera en el sentido estereotipado de un
trabajo consagrado únicamente a organizaciones ordinarias, sino en el sentido
de agrupar en organizaciones, en proporciones nunca vistas, a amplias masas de
las clases oprimidas y de hacer participar a esas organizaciones en el
cumplimiento de las tareas militares, estatales y económicas.
El proletariado ha abordado
y abordará de diversas maneras esta tarea original. En algunos lugares de
Rusia, la revolución de febrero-marzo ha puesto en sus manos casi la totalidad
del poder; en otros, quizá se ponga a crear y ampliar “arbitrariamente” la
milicia proletaria; en otros, probablemente, se esfuerce por conseguir que se
proceda a elecciones inmediatas sobre la base del sufragio universal, etc. a
las dumas municipales y a los zemstvos, para hacer de ellos centros de la
revolución, y así sucesivamente, hasta el momento en que el grado de
organización proletaria, el reforzamiento de los lazos entre soldados y
obreros, el movimiento de los campesinos y la desilusión que muchos
experimentarán respecto al gobierno belicista e imperialista, encabezado por
Guchkov y Miliukov, no hayan acercado la hora de sustituir ese gobierno por el
“gobierno” del Soviet de diputados obreros.
97
Tampoco nos olvidemos de que
muy cerca de Petrogrado se encuentra uno de los países más avanzados, un país
republicano en realidad, Finlandia, que desde 1905 hasta 1917, al socaire de
las batallas revolucionarias de Rusia y por medios relativamente pacíficos, ha
desarrollado su democracia y ha conquistado para el socialismo a la mayoría de su población. El
proletariado de Rusia
asegurará a la República Finlandesa una libertad completa, incluida la libertad
de separación (ahora que el demócrata-constitucionalista Ródichev chalanea tan
indignamente en Helsingfors con vistas a arrancar cachitos de privilegios para
los rusos, difícilmente se encontrará un socialdemócrata que abrigue dudas al
respecto105), y precisamente por ello se ganará
toda la confianza de los obreros finlandeses y su ayuda fraterna a la causa del
proletariado de toda Rusia. Los errores son inevitables en toda obra difícil y
grande. Nosotros tampoco lograremos evitarlos, y los obreros finlandeses,
mejores organizadores, nos ayudarán en este aspecto, impulsando, a su manera, la instauración de la
república socialista.
Las victorias
revolucionarias en la propia Rusia; los éxitos pacíficos de organización en
Finlandia, obtenidos al abrigo de estas victorias; el paso de los obreros rusos
a las tareas revolucionarias de organización en una nueva escala; la conquista
del poder por el proletariado y las capas pobres de la población; el fomento y
el desarrollo de la revolución socialista en Occidente: tal es la vía que nos
ha de conducir a la paz y al socialismo.
N. Lenin
Zúrich, 11(24) de marzo de 1917.
Publicada por vez
primera en 1924 en el núm. 3-4 de la revista “La Internacional Comunista”.
T. 31, págs. 34-47
Cuarta carta. Como
obtener la paz.
Acabo de leer hoy (12 (25) de marzo) en el Neu Zürcher Zeitung (núm. 517, del 24 de marzo)
el siguiente despacho transmitido por telégrafo desde Berlín:
“Comunican de Suecia que
Máximo Gorki ha enviado al gobierno y al Comité Ejecutivo un saludo entusiasta.
Gorki celebra la victoria del pueblo sobre los prebostes de la reacción y llama
a lodos los hijos de Rusia a contribuir a la construcción del nuevo edificio
del Estado ruso. Al mismo tiempo, invita al gobierno a coronar su obra de
liberación concluyendo la paz. Esta no debe ser una paz a toda costa, pues en
el presente Rusia tiene menos motivos que nunca para aspirar a una paz a toda
costa. Debe ser una paz que permita a Rusia llevar una existencia digna entre
los otros pueblos del mundo. La humanidad ha vertido ya bastante sangre; el
nuevo gobierno contraería grandes méritos, no sólo ante Rusia, sino ante todo
el género humano, si consiguiera concertar rápidamente la paz”.
En estos términos ha sido transmitida la carta de Gorki.
Se siente amargura al leer esta carta,
impregnada de prejuicios corrientes entre los filisteos. El autor de estas
líneas tuvo ocasión, en sus entrevistas con Gorki en la isla de Capri, de
![]()
105 En los primeros días de su existencia,
el Gobierno Provisional nombró al octubrista M. Stajóvich gobernador general de
Finlandia y al demócrata— constitucionalista F. Ródichev ministro (o comisario)
para los Asuntos de Finlandia. El 8 (21) de marzo se publicó el Manifiesto sobre la aprobación de la
Constitución del gran principado de Finlandia y su aplicación íntegra. Se
reconocía a Finlandia el derecho a la autonomía debiendo ratificar el gobierno de Rusia las leyes adoptadas por la
Dieta finlandesa. Las leyes impuestas a los finlandeses durante la guerra y que
estaban en pugna con su legislación conservaban su vigencia durante todo el
tiempo que durase la guerra.
El Gobierno Provisional
pretendía que la Dieta introdujera en la Constitución un artículo que
equiparase "a los ciudadanos rusos con los finlandeses en el comercio y la
industria", ya que bajo el gobierno zarista las leyes finesas no
reconocían este derecho que se ejercía por vía violenta. La negativa del
Gobierno Provisional a resolver el problema de la autodeterminación de
Finlandia "hasta la Asamblea Constituyente" provocó un grave
conflicto con Finlandia que sólo se resolvió después de la Gran Revolución
Socialista de Octubre. El 18 (31) de diciembre de 1917, el Gobierno soviético
concedió a Finlandia la plena independencia
ponerle en guardia contra
sus errores políticos y de reprochárselos. Gorki paraba los reproches
declarando sinceramente, con inefable y encantadora sonrisa: “Yo sé que soy un
mal marxista. Además, los artistas somos todos un poco irresponsables”. Resulta
difícil discutir tales argumentos.
Gorki es, no cabe duda, un
artista de prodigioso talento, que ha prestado ya y prestará grandes servicios
al movimiento proletario mundial.
Pero, ¿qué necesidad tiene Gorki de meterse en política?
La carta de Gorki expresa, a
mi parecer, prejuicios extraordinariamente extendidos no sólo entre la pequeña
burguesía, sino también entre ciertos medios obreros sometidos a su influencia.
Todas las energías de nuestro partido, todos los esfuerzos de los obreros
conscientes deben ser aplicados a una lucha tenaz, empeñada y múltiple contra
estos prejuicios.
El gobierno zarista empezó e
hizo la guerra presente como una guerra imperialista,
de rapiña y saqueo, a fin de expoliar y estrangular a los pueblos débiles. El
gobierno de los Guchkov y los Miliukov es un gobierno de terratenientes y
capitalistas, que se ve obligado a continuar y quiere continuar precisamente esta misma guerra. Pedirle
a este gobierno que concluya una paz democrática es lo mismo que predicar la
virtud a quienes sostienen casas públicas.
Expliquemos nuestro pensamiento.
¿Qué es el imperialismo?
En mi folleto El imperialismo, fase superior del
capitalismo enviado a la Editorial Parus antes de la revolución, aceptado
por dicha editorial y anunciado en la revista Létopis106, contesto a dicha pregunta del
siguiente modo:
“El imperialismo es el
capitalismo en la fase de desarrollo en que ha tomado cuerpo la dominación de
los monopolios y del capital financiero, ha adquirido señalada importancia la
exportación de capitales, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales
y ha terminado el reparto de toda la Tierra entre los países capitalistas más
importantes” (cap. VII del folleto citado, anunciado en Létopis, cuando había aún censura, como sigue: V. Ilín. El capitalismo contemporáneo)*.
* Véase la presente edición, Tomo 5. (N. de la Edit.)
98
El asunto consiste en que el
capital ha alcanzado proporciones formidables. Las asociaciones formadas por un
reducido número de grandes capitalistas (los cárteles, los consorcios, los
trusts) manejan miles de millones y
se reparten el universo. Toda la
superficie del globo terrestre se halla distribuida. La guerra ha sido motivada
por el choque de dos poderosísimos grupos de multimillonarios, el grupo
anglo-francés y el grupo alemán, con vistas a un nuevo reparto del mundo.
El grupo anglo-francés de
capitalistas quiere desvalijar, en primer término, a Alemania, quitarle sus
colonias (ya se las ha quitado casi todas) y, después, a Turquía.
El grupo alemán de
capitalistas quiere quedarse con
Turquía y resarcirse de la pérdida de las colonias conquistando pequeños
Estados vecinos (Bélgica, Serbia, Rumania).
Tal es la verdad auténtica,
encubierta por toda suerte de mentiras burguesas sobre la guerra “liberadora”,
“nacional”, “la guerra por el derecho y la justicia” y demás zarandajas con que
los capitalistas embaucan siempre a la gente.
![]()
106 106 Parus
("La Vela"): editorial fundada por M. Gorki en Petrogrado. Existió
desde 1915 hasta 1918. Létopis
("Anales"): revista literaria, científica y política fundada por M.
Gorki en Petrogrado. Se publicó desde diciembre de 1915 hasta diciembre de 1917
Rusia no hace la guerra con
dinero propio. El capital ruso es partícipe
del capital anglo-francés. Rusia hace la guerra para despojar a Armenia, a
Turquía y a Galitzia.
Guchkov, Lvov, Miliukov,
nuestros ministros actuales, no son hombres llegados a sus puestos por azar.
Son representantes y jefes de toda la clase de los terratenientes y los
capitalistas. Están ligados por los
intereses del capital. Los capitalistas no pueden renunciar a sus intereses,
del mismo modo que un hombre no puede levantarse en vilo tirándose del pelo.
En segundo lugar,
Guchkov-Miliukov y Cía. están ligados
por el capital anglo-francés. Han hecho y hacen la guerra con dinero ajeno. Han
prometido pagar anualmente, por los
miles de millones que les han prestado, intereses que suman centenares de millones y estrujar a los
obreros y a los campesinos rusos para arrancarles ese tributo.
En tercer lugar,
Guchkov-Miliukov y Cía. están ligados
por tratados directos, relativos a
los fines de rapiña de esta guerra, con Inglaterra, Francia, Italia, el Japón y
otros grupos de bandidos capitalistas. Esos tratados fueron concluidos aún por
el zar Nicolás II.
Guchkov-Miliukov y Cía. se
han aprovechado de la lucha de los obreros contra la monarquía zarista para
adueñarse del poder, pero han sancionado
los tratados que el zar concertara.
Esto lo ha hecho el gobierno
de Guchkov en el manifiesto que la Agencia Telegráfica de San Petersburgo
comunicó al extranjero el 7 (20) de marzo. “El gobierno” (de Guchkov y
Miliukov) “será fiel a todos los tratados que nos unen a otras potencias”, se
dice en el manifiesto. Miliukov, nuevo ministro de Negocios Extranjeros, hizo
una declaración idéntica en su
telegrama del (18) de marzo de 1917, dirigido a todos los representantes de
Rusia en el extranjero.
Estos tratados son todos
ellos secretos y Miliukov y Cía. no quieren hacerlos públicos por dos
razones 1) tienen miedo al pueblo, que no quiere la guerra de rapiña; 2) están
ligados por el capital anglo-francés, que impone se mantengan en secreto los
tratados. Pero todo hombre que lea los periódicos y estudie la cuestión sabe
que en esos tratados se habla del saqueo de China por el Japón, del saqueo de
Persia, Armenia, Turquía (sobre todo Constantinopla) y Galitzia por Rusia, del
saqueo de Albania por Italia, del saqueo de Turquía y de las colonias alemanas
por Francia e Inglaterra, etc.
Tal es la situación.
Por eso proponer al gobierno
de Guchkov— Miliukov que concluya cuanto antes una paz honrada, democrática y
de buena vecindad es lo mismo que si un “buen pope” de aldea pidiera en su
sermón a los terratenientes y a los comerciantes que viviesen “según los
mandamientos de la ley de Dios”, amasen al prójimo y ofreciesen la mejilla
derecha cuando se les golpea en la izquierda. Los terratenientes y los
comerciantes escucharían el sermón y continuarían oprimiendo y saqueando al
pueblo, admirados de la habilidad con que el “buen pope” sabía consolar y
calmar a los “mujiks”.
Todo el que durante esta
guerra imperialista dirige melifluos discursos acerca de la paz a los gobiernos
burgueses, desempeña, consciente o inconscientemente, un papel idéntico al del
pope en cuestión. A veces, los gobiernos burgueses se niegan en absoluto a
escuchar tales discursos y hasta los prohíben; otras veces, los autorizan, y
prodigan las promesas a diestro y siniestro, afirman que hacen la guerra con el
único fin de concertar cuanto antes la paz “más justa” y asegurar que el
enemigo es el único culpable. Hablar de la paz con los gobiernos burgueses es, en realidad, engañar al pueblo.
Los grupos de capitalistas
que han anegado en sangre el mundo por el reparto de la tierra, de los
mercados, de las concesiones, no pueden
concluir una paz “honrosa”. Sólo pueden concertar una paz vergonzosa, una paz para el
reparto del botín, una paz para el
reparto de Turquía y de las colonias.
99
Ello aparte, el gobierno de
Guchkov-Miliukov no está en general de acuerdo con la paz en este momento, pues
hoy su “botín” lo constituirían “sólo” Armenia y parte de Galitzia,
mientras que desea saquear, además,
Constantinopla y también reconquistar
a los alemanes Polonia, país que siempre fue tan inhumana y cínicamente
oprimido por el zarismo. Diremos a renglón seguido que el gobierno de
Guchkov-Miliukov no es, en realidad, más que un lugarteniente del capital
anglo-francés, que quiere quedarse con las colonias arrebatadas a Alemania y, además, obligar a ésta a devolver
Bélgica y parte de Francia. El capital anglo-francés ha ayudado a los Guchkov y
los Miliukov a destronar a Nicolás II para que ellos le ayuden a “vencer” a
Alemania.
¿Qué hacer entonces?
Para obtener la paz (y con
mayor razón para obtener una paz auténticamente democrática, auténticamente
honrosa), es necesario que el poder del Estado no pertenezca a los
terratenientes y a los capitalistas, sino a los obreros y a los campesinos pobres. Los terratenientes y los
capitalistas constituyen una minoría insignificante de la población; todo el
mundo sabe que los capitalistas sacan de la guerra ganancias astronómicas.
Los obreros y los campesinos
pobres constituyen la inmensa mayoría
de la población. Lejos de enriquecerse en la guerra, se arruinan y pasan
hambre. No están ligados ni por el capital ni por tratados concluidos entre
grupos de bandidos capitalistas; pueden
y quieren sinceramente poner fin a la guerra.
Si el poder del Estado
perteneciera en Rusia a los Soviets
de diputados obreros, soldados y campesinos, estos Soviets y el Soviet de toda Rusia que ellos eligieran
podrían, y con toda seguridad querrían, aplicar el programa de paz propuesto
por nuestro partido (el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia) ya el 13 de
octubre de 1915 en el número 47 de su órgano central, Sotsial-Demokrat (que se editaba a la sazón en Ginebra debido a la
censura zarista).
Este programa de paz sería con seguridad el siguiente:
1) El Soviet de diputados obreros, soldados
y campesinos de toda Rusia (o el Soviet de San Petersburgo, que le remplaza
provisionalmente) declararía sin dilación que no estaba ligado por ningún
tratado ni de la monarquía zarista ni de los gobiernos burgueses.
2) Publicaría sin dilación todos estos tratados para denunciar la
infamia de los fines de rapiña perseguidos por la monarquía zarista y por todos los gobiernos burgueses sin
excepción.
3)
Invitaría
inmediata y abiertamente a todas las
potencias beligerantes a concertar sin
dilación un armisticio.
4)
Haría
públicas inmediatamente, para que las conociera todo el pueblo, nuestras
condiciones de paz, las condiciones
de paz de los obreros y de los campesinos: liberación de todas las colonias; liberación de todos los pueblos dependientes, oprimidos o que no gozan de plenos derechos.
5) Declararía que no espera nada bueno de
los gobiernos burgueses y propone a los obreros de todos los países que los
derroquen y pongan todo el poder del Estado en manos de los Soviets de
diputados obreros.
6) Declararía que los miles de millones de
las deudas contraídas por los gobiernos burgueses para hacer esta guerra
criminal y rapaz pueden pagarlos los propios
señores capitalistas, pero que los obreros y los campesinos no reconocen esas deudas. Pagar los
intereses de los empréstitos significa pagar un tributo durante largos años a
los capitalistas porque éstos han tenido la bondad de autorizar a los obreros a
que se maten en aras del reparto del botín capitalista.
¡Obreros y campesinos!
—diría el Soviet de diputados y obreros-. ¿Estáis de acuerdo con pagar anualmente centenares de millones de
rublos a los señores capitalistas como recompensa por la guerra hecha con
vistas a repartirse las colonias africanas,
Turquía, etc.?
Pienso que por estas condiciones de paz, el Soviet de
diputados obreros estaría de acuerdo en hacer la guerra contra cualquier
gobierno burgués y contra todos los
gobiernos burgueses del mundo, porque sería ésta una guerra verdaderamente
justa, a cuyo feliz desenlace contribuirían
todos los obreros, todos los
trabajadores de todos los países.
El obrero alemán ve hoy que
en Rusia la monarquía belicista está siendo remplazada por una república belicista, por una república de
capitalistas deseosos de continuar la guerra imperialista y que sancionan los
tratados de rapiña que concertara la monarquía zarista.
Juzgad vosotros mismos: ¿puede el obrero alemán fiarse de tal república?
Juzgad vosotros mismos:
¿podrá continuar la guerra, podrá mantenerse en el mundo la dominación de los
capitalistas si el pueblo ruso, al que han ayudado y ayudan hoy los recuerdos
vivos de la gran revolución del “año 1905”, conquista la libertad completa y
pone todo el poder del Estado en manos de los Soviets de diputados obreros y
campesinos?
N. Lenin
Zúrich, 12 (25) de marzo de 1917.
Publicada por vez
primera en 1924 en el núm. 3-4 de la revista “La Internacional Comunista”.
T. 31, págs. 48-54.
Quinta
carta. Las tareas de la organización proletaria revolucionaria del estado.
100
En las cartas anteriores,
las tareas actuales del proletariado revolucionario de Rusia han sido
formuladas como Sigue: (1) Saber llegar por la vía más acertada a la etapa
siguiente de la revolución, o a la segunda revolución, que (2) debe hacer pasar
el poder del Estado de manos del gobierno de los terratenientes y los
capitalistas (los Guchkov, los Lvov, los Miliukov, los Kerenski) a manos del
gobierno de los obreros y los campesinos pobres. (3) Este último gobierno debe
organizarse según el modelo de los Soviets de diputados obreros y campesinos.
Concretamente (4) debe demoler y liquidar por completo la vieja máquina del
Estado habitual en todos los países
burgueses —ejército, policía, burocracia—, remplazándola (5) por una
organización del pueblo en armas que no sólo se limite a abarcar grandes masas,
sino que comprenda al pueblo entero. (6) Sólo
“tal” gobierno, “tal” por su composición clasista (“dictadura democrática
revolucionaria del proletariado y de los campesinos”) y por sus órganos de
administración (“milicia proletaria”), estará
en condiciones de resolver eficazmente el problema esencial del momento, problema en extremo difícil y de absoluta urgencia, a saber: lograr la paz,
una paz que no sea imperialista, que no sea un trato entre las potencias
imperialistas para repartirse el botín que los capitalistas y sus gobiernos han
obtenido mediante el saqueo, sino una paz verdaderamente duradera y
democrática, que no se puede conseguir sin la revolución proletaria en varios
países. (7) En Rusia la victoria del proletariado será posible en el futuro más
próximo sólo a condición de que el
primer paso de la revolución se manifieste en el apoyo a los obreros por la
inmensa mayoría de los campesinos en lucha por la confiscación de toda la
propiedad terrateniente (y la nacionalización de toda la tierra, si se
considera que el programa agrario
de “los 104” 107 continúa siendo en el fondo el programa
agrario del campesinado). (8) En
relación con esta revolución campesina y sobre su base son posibles y
necesarios nuevos pasos del proletariado en alianza con los elementos pobres del campesinado, pasos dirigidos
a lograr el control de la producción
y de la distribución de los productos más importantes, la implantación del
“trabajo obligatorio para todos”, etc. Estos pasos los imponen de manera
inevitable en absoluto las condiciones creadas por la guerra, y que la
posguerra ha de agravar en muchos aspectos. En su conjunto y en su desarrollo,
estos pasos serían la transición al
socialismo, el cual en Rusia no puede ser realizado de modo directo, de
golpe, sin medidas transitorias, pero que es perfectamente realizable e
imperiosamente necesario gracias a semejantes medidas transitorias. (9) Se
impone con toda perentoriedad la tarea de formar sin tardanza una organización
especial de Soviets de diputados obreros en
el campo, es decir, Soviets de obreros asalariados
agrícolas, independientes de los
Soviets de los demás diputados campesinos.
Tal es, en breve, el
programa formulado por nosotros y basado en la estimación de las fuerzas de
clase de la revolución rusa y mundial y en la experiencia de 1871 y de 1905.
A continuación trataremos de
lanzar una mirada a este programa en su conjunto y analizaremos, de paso, cómo
este problema ha sido tratado por C. Kautsky, el teórico más eminente de la
“segunda” Internacional108 (1889 -1914) y el representante más
destacado de la corriente “centrista”, observada en todos los países, de la
“charca”, que oscila entre los socialchovinistas y los internacionalistas
revolucionarios. Kautsky ha abordado este problema en su revista Die Neue Zeit, del 6 de abril de 1917, en un
artículo titulado Las perspectivas de la
revolución rusa.
“En primer término —escribe
Kautsky—, debemos esclarecer las tareas planteadas ante el régimen proletario
revolucionario” (ante la organización revolucionaria del Estado).
“Dos cosas —sigue Kautsky—
son imperiosamente necesarias al proletariado: la democracia y el socialismo”.
Esta tesis, absolutamente
indiscutible, la presenta por desgracia Kautsky en una forma tan general, que,
en realidad, no da ni esclarece nada. Miliukov y
Kerenski, miembros de un
gobierno burgués e imperialista, suscribirían gustosamente esta tesis general,
el uno en su primera parte y el otro en la segunda... (Aquí se termina el
manuscrito)
Escrita el 26 de marzo (8 de abril) de 1917. Publicada por vez
primera en 1924 en el núm. 3-4 de la revista “Bolshevik”.
T. 31, págs. 55-57.
![]()
107 Programa
agrario de los 104:
proyecto de ley agraria firmado por 104 miembros de la I Duma de Estado. Los
trudoviques reclamaban la constitución de un "fondo agrario nacional"
que debía estar integrado por todas las tierras pertenecientes al Estado, la
corona, el zar, los conventos y la Iglesia, así como a los particulares si la
extensión de la propiedad excedía de la norma de trabajo establecida; se
preveía el pago de una indemnización por las tierras enajenadas a los
propietarios privados.
La aplicación de la reforma agraria se confiaba a comités
campesinos locales elegidos por sufragio universal, directo, igual y secreto
108 II
Internacional: unión
internacional de partidos socialistas, fundada en 1889. Con el advenimiento de
la época imperialista fueron prevaleciendo cada vez más en su seno las
tendencias oportunistas. Cuando comenzó la guerra imperialista mundial de
1914-1918, los líderes oportunistas de la II Internacional salieron
abiertamente en defensa de la política imperialista de los gobiernos burgueses
de sus respectivos países y la II Internacional se disgregó
Guion para la quinta
carta desde lejos.109
No se puede ir a las elecciones para la
Asamblea Constituyente con el viejo programa. Hay que modificarlo:
1) agregar sobre el imperialismo, como última fase del capitalismo
2) sobre la guerra imperialista, las guerras imperialistas y la
“defensa de la patria”
+2 bis: sobre la lucha y la escisión con los socialchovinistas
3) agregar sobre el Estado
que necesitamos y sobre la extinción
del Estado
4) Modificar los 2 últimos párrafos anteriores al programa político (contra
la monarquía en general y contra las medidas para su restauración)
5) agregar al apartado 3 de la parte
política: ningún funcionario desde arriba
(Cfr. Engels en la crítica del año
1891)
+ sueldo de todos los
funcionarios: no mayor que el salario de los obreros
+ derecho de destituir a todos
los diputados y funcionarios en cualquier momento
101
+ 5 bis: corregir el apartado 9 sobre la autodeterminación
+ carácter internacional de la revolución socialista, en detalle
6) corregir muchas cosas en el programa mínimo y actualizarlas.
7) En el programa agrario:
(a)
nacionalización
en lugar de municipalización (enviaré a Petrogrado mi manuscrito sobre el
particular, que fue quemado en 1909)110
(b) haciendas modelo en las fincas de los terratenientes.
8) “Trabajo obligatorio para todos” (Zivildienstpflicht).
9) eliminar: apoyo a “cualquier”
movimiento de “oposición”
(revolucionario es otra cosa).
10) Cambiar el nombre, porque
(a) es erróneo
(b) los socialchovinistas lo han ensuciado
(c) desorientará al pueblo en las
elecciones, porque socialdemócrata = Chjeídze, Potrésov y Cía.
Este es el guión para la
“carta núm. 5”. Devuélvalo en seguida. ¿No tiene usted algunos apuntes o notas
sobre las modificaciones para la parte práctica del programa mínimo?
((¿Recuerda que hemos hablado de eso en
más de una ocasión?))
![]()
109 Guión
para la quinta "Carta desde lejos" está consagrado al problema de la reelaboración del programa
del partido. En un principio Lenin se proponía dedicar a este tema la cuarta
carta y luego la quinta. Pero tanto en la cuarta carta como en la quinta, que
quedó inconclusa, fueron elaborados otros temas. El manuscrito del plan
incluido en la presente edición evidencia que Lenin lo completó más tarde con
nuevos puntos (2 bis, 5 bis y los puntos marcados con el signo +).
El plan fue tomado como base para trabajar sobre el programa del
partido a la llegada a Rusia. La nota al margen del guión, como atestigua V.
Karpinski, iba dirigida a él.
110 El libro que quemó la censura zarista
—la obra de Lenin El programa agrario de
la socialdemocracia en la primera revolución rusa de 1905-1907— fue escrito
a fines de 1907. En 1908 fue impreso en San Petersburgo, pero cuando estaba aún en la imprenta, el libro fue
recogido y destruido por la policía. En 1917 se había conservado un solo
ejemplar. El libro vio la luz por primera vez en 1917
Hay que abordar este trabajo en seguida.
Escrita
entre el 7 y 12 (20 y 2.5) de marzo de 1917. Publicada por vez primera en 1959
en la “Recopilación Leninista XXXVI”.
T. 31, págs. 58-59.
Carta de despedida a los obreros suizos
102
CARTA DE DESPEDIDA A
LOS OBREROS SUIZOS.
Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (Unificado por el Comité
Central)
¡Proletarios de todos
los países, uníos!
Camaradas obreros suizos:
Al partir de Suiza para
Rusia con el fin de proseguir en nuestra patria la labor revolucionaria
internacionalista, nosotros, miembros del Partido Obrero Socialdemócrata de
Rusia unificado por el Comité Central (a diferencia del otro partido que lleva el mismo nombre, pero que ha sido
unificado por el Comité de Organización), os enviamos un saludo fraternal y la
expresión de nuestra profunda gratitud de camaradas por vuestro compañerismo
para con los emigrados.
Mientras que los
socialpatriotas y oportunistas descarados,
los “gütlianos” suizos, que como los socialpatriotas de todos los países han
desertado del campo del proletariado al campo de la burguesía; mientras que
esta gente os ha invitado abiertamente
a luchar contra la perniciosa influencia de los extranjeros en el movimiento
obrero suizo; mientras que los socialpatriotas y oportunistas encubiertos, que constituyen la mayoría
entre los líderes del Partido Socialista Suizo111, han seguido en forma solapada
esa misma política, nosotros debemos declarar que hemos encontrado una calurosa
simpatía entre los obreros socialistas revolucionarios de Suiza, que sustentan
un punto de vista internacionalista, y hemos sacado mucho provecho de la
camaradería con ellos.
Hemos sido siempre muy
prudentes al hablar de problemas del movimiento suizo cuyo conocimiento
requiere una larga labor en el movimiento local. Pero aquellos de los nuestros
—apenas de diez o quince—
que han sido miembros del Partido Socialista Suizo han considerado su deber
defender con firmeza nuestro punto de vista, el punto de vista de la “izquierda
de Zimmerwald”, sobre los problemas generales y cardinales del movimiento
socialista internacional y luchar resueltamente no sólo contra el
social-patriotismo, sino también contra la tendencia del llamado “centro”, al
que pertenecen R. Grimm, F. Schneider, J. Schmid y otros, en Suiza; Kautsky,
Haase y “Arbeitsgemeinschaft ”, en Alemania112; Longuet, Pressemanne y otros, en Francia; Snowden, Ramsay
MacDonald y otros, en Inglaterra; Turati, Treves y sus amigos, en Italia, y el
ya mencionado partido del “Comité de Organización” (Axeirod, Mártov, Chjeídze,
Skóbeliev y otros), en Rusia.
Hemos actuado solidariamente
con los socialdemócratas revolucionarios de Suiza agrupados en parte alrededor
de la revista Freie Jugend113, que
han redactado y difundido la motivación del referéndum (en alemán y francés)
con la demanda de convocar para abril de 1917 un
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111
Lenin
se refiere al Partido Socialdemócrata
Suizo, fundado en los años 70 del siglo XIX y adherido a la I
Internacional. Fue reconstituido en 1888. En el partido gozaban de gran
influencia los oportunistas, que durante la primera guerra mundial ocuparon una
posición socialchovinista. En el otoño de 1916 se separó del partido el ala
derecha, que formó su propia organización. La mayoría del partido, encabezada
por R. Grimm, ocupó una posición centrista, socialpacifista. El ala izquierda
del partido mantuvo una posición internacionalista. Bajo la influencia de la
Gran Revolución Socialista de Octubre en Rusia, se reforzó el ala izquierda del
PSDS. En diciembre de 1920, los militantes de izquierda abandonaron el partido
y en 1921 se unieron al Partido Comunista de Suiza (hoy Partido Suizo del
Trabajo), fundado en 1919
112 Véase la nota 58
113 "Freie Jugend" ("Juventud Libre"): portavoz de la
organización juvenil socialdemócrata suiza. Se publicó en Zúrich de 1906 a
febrero de 1918. En los años de la guerra imperialista mundial de 1914-1918 se
adhirió a la izquierda de Zimmerwald
Carta de despedida a los obreros suizos
congreso del partido con el
fin de resolver el problema de la actitud ante la guerra; que han presentado en
el Congreso cantonal de Zúrich, en Töss, la resolución de los jóvenes y los
“izquierdistas” sobre el problema de la guerra114; que han editado y distribuido en marzo de 1917 en algunas
localidades de la Suiza francesa una hoja, en alemán y francés, titulada Nuestras condiciones de paz, etc.
Enviamos un saludo fraternal
a estos camaradas, con los que hemos trabajado hombro a hombro como
correligionarios.
No hemos dudado ni dudamos
lo más mínimo de que el gobierno imperialista de Inglaterra no permitirá por
nada del mundo el regreso a Rusia de los internacionalistas rusos, enemigos
inconciliables del gobierno imperialista de Guchkov-Miliukov y Cía., enemigos
inconciliables de que Rusia continúe la guerra imperialista.
En relación con ello,
debemos exponer brevemente cómo entendemos nosotros las tareas de la revolución
rusa. Consideramos tanto más necesario hacerlo, puesto que por conducto de los
obreros suizos podemos y debemos dirigirnos a los obreros alemanes, franceses e
italianos, que hablan en los mismos idiomas que la población de Suiza y gozan
hasta ahora de los bienes de la paz y de la mayor libertad política,
relativamente.
Seguimos siendo fieles sin
reservas a la declaración que hicimos el 13 de octubre de 1913 en el núm. 47
del periódico Sotsial-Demokrat,
órgano central de nuestro partido, que se publicaba en Ginebra. Dijimos allí
que si en Rusia triunfaba la revolución y subía al poder un gobierno republicano que deseara continuar la
guerra imperialista, la guerra en
alianza con la burguesía imperialista de Inglaterra y Francia, la guerra por la
conquista de Constantinopla, Armenia, Galitzia, etc., etc., seríamos enemigos decididos
de semejante gobierno y estaríamos en
contra de la “defensa de la patria” en esa
guerra.
103
Se ha producido,
aproximadamente, un caso así. El nuevo gobierno de Rusia, que ha sostenido
conversaciones con el hermano de Nicolás II para restaurar la monarquía en
Rusia y en el que los puestos principales y decisivos pertenecen a los monárquicos Lvov y Guchkov; este
gobierno intenta engañar a los obreros rusos con la consigna de los “alemanes
deben derrocar a Guillermo” (¡Justo! Pero ¿¿por qué no añadir: los ingleses,
los italianos, etc., deben derrocar a sus reyes, y los rusos, a sus monárquicos,
a Lvov y Guchkov??). Con ayuda de esa consigna, y no publicando los tratados imperialistas, expoliadores, que el
zarismo firmó con Francia. Inglaterra, etc., y que son apoyados por el gobierno de Guchkov-Miliukov-Kerenski,
este gobierno intenta hacer pasar por “defensiva” (es decir, justa y legítima
incluso desde el punto de vista del proletariado) su guerra imperialista contra Alemania; intenta
presentar como “defensa” de la república rusa (¡que en Rusia no existe todavía y que los Lvov y los Guchkov no han prometido siquiera proclamar!) la
defensa de los fines rapaces, imperialistas y expoliadores del capital ruso,
inglés, etc.
Si los últimos despachos
telegráficos dicen la verdad al señalar que entre los socialpatriotas rusos
manifiestos (como los señores Plejánov, Zasúlich, Potrésov, etc.) y el partido
del “centro”, el partido del “Comité de Organización”, el partido de Chjeídze,
Skóbeliev y demás, se ha producido una especie de acercamiento sobre la base de
la consigna de “mientras los alemanes no derroquen a Guillermo, nuestra guerra
es defensiva”; si eso es cierto, libraremos con redoblada energía la lucha
contra el partido de Chjeídze, Skóbeliev, etc., una lucha que también antes hemos sostenido siempre
contra ese partido por su comportamiento político oportunista, vacilante e
inestable.
Nuestra consigna es: ¡Ningún
apoyo al gobierno de Guchkov-Miliukov! Engañan al pueblo quienes dicen que ese
apoyo es imprescindible para luchar contra la restauración del zarismo. Por el
contrario, es precisamente el gobierno de Guchkov el que ha sostenido ya
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114 La propuesta sobre los
cambios en la resolución acerca del problema de la guerra fue escrita por
Lenin.
Carta de despedida a los obreros suizos
negociaciones sobre la
restauración de la monarquía en Rusia. Únicamente
el armamento y la organización del proletariado podrán impedir a los Guchkov y Cía. restaurar
la monarquía en Rusia.
¡Solamente el proletariado
revolucionario de Rusia y de toda Europa,
que permanece fiel al internacionalismo, será capaz de librar a la humanidad de
los horrores de la guerra imperialista!
No cerramos los ojos ante
las enormes dificultades que ha de afrontar la vanguardia revolucionaria
internacionalista del proletariado de Rusia. En momentos como los que vivimos
son posibles los cambios más bruscos y rápidos. En el número 47 de Sotsial-Demokrat hemos contestado
abierta y claramente a una pregunta que surge de modo natural: ¿qué haría
nuestro partido si la revolución lo llevara al poder ahora mismo? Hemos respondido:
(1) propondríamos inmediatamente la paz a todos los pueblos beligerantes; (2)
publicaríamos nuestras condiciones de paz, que consisten en la liberación
inmediata de todas las colonias y de todos los pueblos oprimidos o con
derechos mermados; (3) empezaríamos inmediatamente y llevaríamos hasta el fin
la liberación de los pueblos oprimidos por los rusos; (4) no nos engañamos ni
un instante al pensar que esas condiciones serían inaceptables no sólo para la burguesía monárquica, sino también
para la burguesía republicana de
Alemania, y no sólo para Alemania,
sino asimismo para los gobiernos capitalistas de Inglaterra y Francia.
Tendríamos que sostener una
guerra revolucionaria contra la burguesía alemana, y no sólo alemana. La
sostendríamos. No somos pacifistas. Somos enemigos de las guerras imperialistas
por el reparto del botín entre los capitalistas, pero hemos declarado siempre
que sería absurdo que el proletariado revolucionario renunciase a las guerras
revolucionarias, que pueden ser
necesarias en interés del socialismo.
La tarea que trazamos en el
número 47 de Sotsial— Demokrat es
gigantesca. Puede ser cumplida sólo en una larga serie de grandes batallas
clasistas entre el proletariado y la burguesía. Pero no es nuestra impaciencia,
no son nuestros deseos, sino las condiciones
objetivas creadas por la guerra imperialista las que han conducido a toda la humanidad a un atolladero y la han colocado ante un
dilema: o permitir que perezcan nuevos millones de hombres y que se destruya
hasta el fin toda la cultura europea, o entregar el poder en todos los países civilizados al
proletariado revolucionario, realizar la revolución socialista.
Al proletariado ruso le ha
correspondido el gran honor de empezar
una serie de revoluciones, engendradas de manera ineluctable y objetiva por la
guerra imperialista. Pero nos es ajena en absoluto la idea de considerar al
proletariado ruso un proletariado revolucionario elegido entre los obreros de
los demás países. Sabemos muy bien que el proletariado de Rusia está menos organizado y preparado y es menos consciente que los obreros de
otros países. No son unas cualidades
especiales, sino sólo las singulares condiciones históricas creadas las que han
hecho del proletariado de Rusia por
cierto tiempo, quizá muy corto,
la vanguardia del proletariado revolucionario del mundo entero.
Rusia es un país campesino,
uno de los países europeos más atrasados. En ella no puede triunfar el
socialismo inmediatamente, de un modo
directo . Pero, sobre la base de la experiencia de 1905, el carácter
campesino del país —en el que se conserva un enorme fondo agrario de los
terratenientes nobles— puede dar
enorme impulso a la revolución democrática burguesa en Rusia y hacer de nuestra
revolución el prólogo de la
revolución socialista universal, un peldaño
hacia ella.
104
En la lucha por estas ideas,
confirmadas plenamente con la experiencia de 1905 y de la primavera de 1917, se
ha formado nuestro partido, combatiendo sin cuartel a todos los demás partidos,
y por estas ideas seguiremos luchando en adelante.
Carta de despedida a los obreros suizos
En Rusia no puede triunfar
el socialismo de manera directa e inmediata. Pero la masa campesina puede llevar la revolución agraria,
ineluctable y en sazón, hasta la confiscación
de toda la inmensa propiedad terrateniente. Esta consigna la hemos planteado
siempre y la plantean ahora en San Petersburgo el Comité Central de nuestro
partido y el periódico de nuestro partido, “Pravda”115. Por esta consigna
luchará el proletariado, sin cerrar los ojos lo más mínimo ante la
ineluctabilidad de encarnizados choques clasistas entre los obreros agrícolas
asalariados, con los campesinos pobres adheridos a ellos, y los campesinos acomodados, que se vieron
fortalecidos por la “reforma” agraria stolypiniana (1907- 1914).116 No debe olvidarse que 104 diputados campesinos presentaron en
la primera Duma (1906) y en la segunda (1907) un proyecto agrario
revolucionario, en el cual se exige que sean nacionalizadas todas las tierras y
que se disponga de ellas a través de comités locales elegidos sobre la base de
la democracia completa.
Semejante revolución, por sí
sola, no sería todavía socialista, ni mucho menos. Pero daría un impulso
gigantesco al movimiento obrero mundial. Reforzaría extraordinariamente las
posiciones del proletariado socialista en Rusia y su influencia entre los obreros
agrícolas y los campesinos pobres. Permitiría al proletariado urbano,
apoyándose en esta influencia, formar organizaciones revolucionarias como los
“Soviets de diputados obreros”, sustituir con ellos los viejos instrumentos de
opresión de los Estados burgueses (el ejército, la policía y la burocracia) y
aplicar —bajo la presión de la guerra imperialista, insoportablemente dura, y
de sus consecuencias— una serie de medidas revolucionarias para controlar la producción y la
distribución de los productos.
El proletariado ruso no
puede culminar victoriosamente la
revolución socialista sólo con sus propias fuerzas. Pero puede dar a la
revolución rusa tal envergadura que cree las mejores condiciones para ella, que
la empiece, en cierto sentido. Puede
aliviar la situación para que entre en las batallas decisivas su colaborador principal, más fiel y más seguro, el
proletariado socialista europeo y
americano.
Dejemos que los incrédulos
caigan en la desesperación con motivo de la victoria temporal en el socialismo
europeo de lacayos tan repulsivos de la burguesía imperialista como los
Scheidemann, los Legien, los David y Cía. en Alemania; los Sembat, los Guesde,
los Benaudel y Cía. en Francia, y los fabianos y “laboristas”117 en Inglaterra. Estamos firmemente convencidos de que las olas
de la revolución barrerán rápidamente esta espuma
sucia en el movimiento obrero mundial.
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115 "Pravda" ("La Verdad"): primer diario legal
bolchevique. Empezó a publicarse en San Petersburgo el 22 de abril (5 de mayo)
de 1912. Pravda sufrió la constante
persecución de la policía, el gobierno zarista lo suspendió infinidad de veces,
pero volvía a aparecer con otro nombre. El 8 (21) de julio de 1914, en vísperas
de la primera guerra mundial, fue suspendido el periódico.
La publicación de Pravda
se reanudó sólo después de la Revolución de febrero de 1917. De julio a octubre
de 1917, Pravda, perseguido por el
Gobierno Provisional contrarrevolucionario, cambió cuatro veces de título y
salió como Listok "Pravdi"
("La Hoja de "La Verdad"), Proletari
("El Proletario"), Rabochi
("El Obrero") y Rabochi Puf
("La Senda Obrera").
Después de la Revolución Socialista de Octubre, desde el 27 de octubre (9 de
noviembre) de 1917, el periódico reanudó su publicación con el viejo título de Pravda
116 Reforma
agraria stolypiniana:
trátase de la reforma agraria aplicada por el gobierno zarista, que encabezaba
Stolypin, a raíz de las agitaciones de los campesinos y la ocupación por ellos
de latifundios en los años de la revolución de 1905-1907. El 9 (22) de
noviembre de 1906 se promulgó un decreto del zar que permitía a los campesinos
separarse de la comunidad y recibir en propiedad las parcelas comunales que
antes tenían en usufructo formando caseríos. Se les permitía también comprar y
vender tierra. Se fundó un Banco Campesino que hacía préstamos a los campesinos
acomodados para fortalecer su hacienda. Y era precisamente esta élite del campo
la que formaba caseríos. El objetivo de la reforma agraria stolypiniana
consistía en fortalecer las haciendas de los campesinos ricos asegurando así
puntales de la autocracia zarista en el campo. La reforma hizo todavía más
penosa la situación de los campesinos pobres, que eran la mayoría.
117 Véase las notas 69 y 70
Carta de despedida a los obreros suizos
En Alemania hierve ya el
estado de ánimo de la masa proletaria, que tanto ha dado a la humanidad y al
socialismo con su labor de organización tenaz, perseverante y firme durante los
largos decenios de “calma” europea de 1871 a 1914. El porvenir del socialismo
alemán no lo representa ni traidores como los Scheidemann, los Legien, los
David y Cía., ni los políticos vacilantes, pusilánimes, abatidos por la rutina
del período “pacífico”, como los señores Haase, Kautsky y sus semejantes.
Ese porvenir pertenece a la
corriente que ha dado un Carlos Liebknecht, que ha creado el Grupo Espartaco118 y que ha hecho propaganda en el Arbeiterpolitik119 de Bremen.
Las condiciones objetivas de
la guerra imperialista son garantía de que la revolución no se limitara a la primera etapa de la revolución rusa, de
que la revolución no se limitará a Rusia.
El proletariado alemán es el aliado más fiel y más seguro de la
revolución proletaria rusa y mundial.
Cuando nuestro partido lanzó
en noviembre de 1914 la consigna de “transformar la guerra imperialista en
guerra civil” de los oprimidos contra los opresores, por el socialismo, esta
consigna fue acogida con hostilidad y burlas malignas por los socialpatriotas,
con un silencio desconfiado y escéptico, pusilánime y expectante de los
socialdemócratas del “centro”. El socialimperialista y socialchovinista alemán
David la calificó de “locura”, y el señor Plejánov, representante del
socialchovinismo ruso (y anglo-francés), socialismo de palabra e imperialismo
de hecho, la denominó “sueño-farsa” (Mittelding
zwischen Traum und Komödie). Y los representantes del centro salieron del
paso con el silencio o con bromas chabacanas
acerca de esta “línea recta trazada en el vacío”.
Ahora, después de marzo de
1917, sólo un ciego puede dejar de ver que esta consigna es justa. La
transformación de la guerra imperialista en guerra civil pasa a ser un hecho. ¡Viva la naciente revolución proletaria en
Europa!
Por encargo de los camaradas
miembros del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (unificado por el Comité
Central) que se repatrían y que han aprobado esta carta en la reunión del 8 de
abril (según el nuevo calendario) de 1917.
N. Lenin
Publicada en alemán el 1 de mayo de 1917 en el núm. 8 del
periódico “Jugend-Internationale”. En ruso se publicó por vez primera el 21 de
septiembre de 1917 en el núm. 145 del periódico “Edinstvo”.
T. 31, págs. 87-94.
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118 Véase la nota 2
119 "Arbeiterpolitik" ("Política Obrera"): revista
semanal de socialismo científico, órgano del grupo de radicales de izquierda de
Bremen que en 1919 ingresó en el Partido Comunista de Alemania. Se publicó en
Bremen de 1916 a 1919. La revista combatió el socialchovinismo en el movimiento
obrero alemán e internacional
Las tareas del proletariado en la presente revolución
106
LAS TAREAS DEL
PROLETARIADO EN LA PRESENTE REVOLUCIÓN.
Habiendo llegado a
Petrogrado únicamente el 3 de abril por la noche, es natural que sólo en nombre
propio y con las consiguientes reservas, debidas a mi insuficiente preparación,
pude pronunciar en la asamblea del 4 de abril un informe acerca de las tareas
del proletariado revolucionario.
Lo único que podía hacer
para facilitarme la labor —y facilitársela también a los opositores de buena fe— era preparar unas tesis por escrito. Las leí y entregué el texto
al camarada Tsereteli. Las leí muy despacio y por dos veces : primero en la reunión de bolcheviques y después en
la de bolcheviques y mencheviques.
Publico estas tesis
personales mías acompañadas únicamente de brevísimas notas explicativas, que en
mi informe fueron desarrolladas con mucha mayor amplitud.
Tesis.
1. En nuestra actitud ante la guerra, que
por parte de Rusia sigue siendo indiscutiblemente una guerra imperialista, de
rapiña, también bajo el nuevo gobierno de Lvov y Cía., en virtud del carácter
capitalista de este gobierno, es intolerable la más pequeña concesión al
“defensismo revolucionario”.
El proletariado consciente
sólo puede dar su asentimiento a una guerra revolucionaria, que justifique
verdaderamente el defensismo revolucionario, bajo las siguientes condiciones:
a) paso del poder a manos del proletariado y de los sectores más pobres del
campesinado a él adheridos; b) renuncia de hecho, y no de palabra, a todas las
anexiones; e) ruptura completa de hecho con todos los intereses del capital.
Dada la indudable buena fe
de grandes sectores de defensistas revolucionarios de filas, que admiten la
guerra sólo como una necesidad y no para fines de conquista, y dado su engaño
por la burguesía, es preciso aclararles su error de un modo singularmente
minucioso, paciente y perseverante, explicarles la ligazón indisoluble del
capital con la guerra imperialista y demostrarles que sin derrocar el capital es imposible poner fin a la guerra con
una verdaderamente democrática y no con una paz impuesta por la violencia.
Organizar la propaganda más amplia de este punto de vista en el
ejército de operaciones.
Confraternización en el frente.
2. La peculiaridad del momento actual en
Rusia consiste en el paso de la
primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer
el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el
poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado.
Este tránsito se caracteriza
de una parte, por el máximo de legalidad (Rusia es hoy el más libre de todos los países beligerantes); de otra parte,
por la ausencia de violencia contra las masas y, finalmente, por la confianza
inconsciente de éstas en el gobierno de los capitalistas, los peores enemigos
de la paz y del socialismo.
Esta peculiaridad exige de
nosotros habilidad para adaptarnos a las condiciones especiales de la labor del partido entre masas inusitadamente
amplias del proletariado, que acaban de despertar a la vida política.
Las tareas del proletariado en la presente revolución
3.
Ningún
apoyo al Gobierno Provisional: explicar la completa falsedad de todas sus
promesas, sobre todo de la renuncia a las anexiones. Desenmascarar a este gobierno, que es un gobierno de
capitalistas, en vez de propugnar la inadmisible e ilusoria “exigencia” de que deje de ser imperialista.
4.
Reconocer
que, en la mayor parte de los Soviets de diputados obreros, nuestro partido
está en minoría y, por el momento, en una minoría reducida, frente al bloque de todos los elementos
pequeñoburgueses y oportunistas —sometidos a la influencia de la burguesía y
que llevan dicha influencia al seno del proletariado—, desde los socialistas
populares y los socialistas-revolucionarios hasta el Comité de Organización
(Chjeídze, Tsereteli, etc.), Steklov, etc., etc.
Explicar a las masas que los
Soviets de diputados obreros son la única
forma posible de gobierno
revolucionario y que, por ello, mientras este
gobierno se someta a la influencia de la burguesía, nuestra misión sólo puede
consistir en explicar los errores de
su táctica de un modo paciente, sistemático, tenaz y adaptado especialmente a
las necesidades prácticas de las masas.
Mientras estemos en minoría,
desarrollaremos una labor de crítica y esclarecimiento de los errores,
propugnando al mismo tiempo la necesidad de que todo el poder del Estado pase a
los Soviets de diputados obreros, a fin de que, sobre la base de la experiencia,
las masas corrijan sus errores.
107
5.
No
una república parlamentaria —volver a ella desde los Soviets de diputados
obreros sería dar un paso atrás—, sino una república de los Soviets de
diputados obreros, braceros y campesinos en todo el país, de abajo arriba.
Supresión de la policía, del ejército y de la burocracia*.
* Es decir, sustitución del ejército permanente con el armamento
general del pueblo.
La remuneración de los funcionarios,
todos ellos elegibles y amovibles en cualquier momento, no deberá exceder del
salario medio de un obrero calificado.
6. En el programa agrario, trasladar el
centro de gravedad a los Soviets de diputados braceros. Confiscación de todas
las tierras de los latifundistas.
Nacionalización de todas las tierras del país, de las que
dispondrán los Soviets locales de diputados braceros y campesinos. Creación de
Soviets especiales de diputados campesinos pobres. Hacer de cada gran finca
(con una extensión de unas 100 a 300 deciatinas, según las condiciones locales
y de otro género y a juicio de las instituciones locales) una hacienda modelo
bajo el control de diputados braceros y a cuenta de la administración local.
7. Fusión inmediata de todos los bancos del
país en un Banco Nacional único, sometido al control de los Soviets de
diputados obreros.
8. No “implantación” del socialismo como
nuestra tarea inmediata, sino pasar
únicamente a la instauración inmediata del control
de la producción social y de la distribución de los productos por los Soviets
de diputados obreros.
9. Tareas del partido:
a) celebración inmediata de un congreso del partido;
b) modificación del programa del partido,
principalmente: 1) sobre el
imperialismo y la guerra imperialista, 2) sobre la posición ante el Estado y nuestra reivindicación de mi
“Estado-Comuna”**, 3) reforma del programa mínimo, ya anticuado;
** Es decir, de un Estado cuyo prototipo dio la Comuna de París.
c) cambio de denominación del partido***.
Las tareas del proletariado en la presente revolución
*** En lugar de
"socialdemocracia", cuyos líderes oficiales han traicionado al
socialismo en el mundo entero,
pasándose a la burguesía (lo mismo los "defensistas" que los
vacilantes "kautskianos"), debemos denominarnos Partido Comunista.
10. Renovación de la Internacional.
Iniciativa de constituir una
Internacional revolucionaria, una Internacional contra los socialchonistas y
contra el “centro”****.
**** En la socialdemocracia internacional se
llama "centro" a la tendencia que vacila entre los chovinistas (o
"defensistas") y los internacionalistas, es decir: Kautsky y Cía. en
Alemania, Longuet y Cía. en Francia, Chjeídze y Cía. en Rusia, Turati y Cía. en
Italia, MacDonald y Cía. en Inglaterra, etc.
Para que el lector comprenda
por qué hube de resaltar de manera especial, como rara excepción, el “caso” de
opositores de buena fe, le invito a comparar estas tesis con la siguiente
objeción del señor Goldenberg: Lenin –dice— “ha enarbolado la bandera de la
guerra civil en el seno de la democracia revolucionaria”. (Citado en el
periódico Edinstvo120, del
señor Plejánov, núm. 5.)
Una perla, ¿verdad?
Escribo, leo y machaco:
“Dada la indudable buena fe de grandes
sectores de defensistas revolucionarios de
filas..., dado su engaño por la burguesía, es preciso aclararles su error
de un modo singularmente minucioso, paciente y perseverante...”
Y esos señores de la
burguesía, que se llaman socialdemócratas, que no pertenecen ni a los grandes
sectores ni a los defensistas revolucionarios de filas, tienen la osadía de
reproducir sin escrúpulos mis opiniones, interpretándolas así: “ha enarbolado (!)
la bandera (!) de la guerra civil” (¡ni en las tesis ni en el informe se habla
de ella para nada!) “en el seno (!!) de la democracia revolucionaria...”
¿Qué significa eso? ¿En qué
se distingue de una incitación al pogromo?, ¿en qué se diferencia de Rússkaya Volia121?
Escribo, leo y machaco: “Los
Soviets de diputados obreros son la única
forma posible de gobierno
revolucionario y, por ello, nuestra misión sólo puede consistir en explicar los errores de su táctica de un
modo paciente, sistemático, tenaz y adaptado especialmente a las necesidades
prácticas de las masas...”
Pero cierta clase de
opositores exponen mis puntos de vista ¡¡como un llamamiento a la “guerra civil
en el seno de la democracia revolucionaria”!!
He atacado al Gobierno
Provisional por no señalar un plazo,
ni próximo ni remoto, para la convocatoria de la Asamblea Constituyente y
limitarse a simples promesas. Y he demostrado que sin los Soviets de diputados obreros y soldados no está garantizada
la convocatoria de la Asamblea Constituyente ni es posible su éxito.
¡¡¡Y se me imputa que soy
contrario a la convocatoria inmediata de la Asamblea Constituyente!!!
Calificaría todo eso de
expresiones “delirantes” si decenas de años de lucha política no me hubiesen
enseñado a considerar una rara excepción la buena fe de los opositores.
En su periódico, el señor
Plejánov ha calificado mi discurso de “delirante”. ¡Muy bien, señor Plejánov!
Pero fíjese cuán torpón, inhábil y poco perspicaz es usted en su polémica. Si
me pasé dos horas delirando, ¿por qué aguantaron cientos de oyentes ese “delirio”?
¿Y para qué
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120 "Edinstvo" ("Unidad"): diario que se publicó en
Petrogrado de 1914 a 1918. Expresaba las opiniones de la extrema derecha de los
mencheviques defensistas encabezados por J. Plejánov
121 "Rússkaya Volia"
("La Libertad Rusa"): diario burgués fundado por el ministro zarista
del Interior
A. Protopópov y financiado
por los grandes bancos, que inició su publicación en Petrogrado en diciembre de
1916. Después de la Revolución democrática burguesa de febrero sostuvo una
campaña de difamación contra los bolcheviques. El 25 de octubre de 1911 fue
clausurado por el Comité Militar Revolucionario
Las tareas del proletariado en la presente revolución
dedica su periódico toda una
columna a reseñar un “delirio”? Mal liga eso, Señor Plejánov, muy mal.
108
Es mucho más fácil,
naturalmente, gritar, insultar y vociferar que intentar exponer, explicar y
recordar cómo enjuiciaban Marx y Engels en 1871, 1872 y 1875 las experiencias
de la Comuna de París y qué decían acerca del tipo de Estado que necesita el proletariado.
Por lo visto, el ex marxista señor Plejánov no desea recordar el
marxismo.
He citado las palabras de
Rosa Luxemburgo, que el 4 de agosto de 1914122
denominó a la socialdemocracia alemana
“cadáver maloliente”. Y los señores Plejánov, Goldenberg y Cía. se sienten
“ofendidos”... ¿en nombre de quién? ¡En nombre de los chovinistas alemanes, calificados de chovinistas!
Los pobres socialchovinistas
rusos, socialistas de palabra y chovinistas de hecho, se han armado un lío.
Escrito el 4 y el 5 (17 y 18) de abril de 1917. Publicado el 7
de abril de 1917 en el núm. 26 del periódico “Pravda”.
T. 31, págs. 113-118.
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122 El 4 de agosto de 1914, la fracción
socialdemócrata del Reichstag votó junto con los diputados burgueses por la
concesión de un empréstito de guerra de cinco mil millones al gobierno del
kaiser, aprobando así la política imperialista de Guillermo II. Como se aclaró
más tarde, los socialdemócratas de izquierda al discutirse este asunto en la
fracción socialdemócrata antes de la reunión del Reichstag, estuvieron en
contra de la concesión de los créditos de guerra al gobierno, pero,
sometiéndose a la decisión de la mayoría oportunista de la fracción
socialdemócrata, votaron los créditos
Los adepotos de Luis Blanc en Rusia
109
LOS ADEPTOS DE LUIS
BLANC EN RUSIA
El socialista francés Luis
Blanc logró una poco envidiable celebridad durante la revolución de 1848 al
cambiar su posición de lucha de clases por la posición de las ilusiones
pequeñoburguesas, ilusiones aderezadas con una fraseología seudosocialista, pero,
que, en realidad, tendía a fortalecer la influencia de la burguesía sobre el
proletariado. Luis Blanc esperaba ayuda de la burguesía, confiaba y trataba de
infundir en otros la confianza de que la burguesía podía ayudar a los obreros
en el problema de la “organización del trabajo”, término vago que debía
expresar tendencias “socialistas”.
El luisblancismo ha
resultado ahora triunfante en el ala derecha de la “socialdemocracia”, en el
partido del Comité de Organización en Rusia. Chjeídze, Tsereteli, Steklov y
muchos otros, actuales dirigentes del Soviet de diputados soldados y obreros de
Petrogrado, y que también fueron dirigentes de la reciente Conferencia de los
Soviets de toda Rusia, han asumido la misma posición que Luis Blanc.
En todos los problemas
fundamentales de la vida política actual, esos dirigentes, que ocupan
aproximadamente la misma posición que la tendencia “centrista” internacional
representada por Kautsky, Longuet, Turati y muchos otros, han adoptado el
criterio pequeñoburgués de Luis Blanc. Veamos, por ejemplo, el problema de la
guerra.
El punto de vista proletario
ante este problema consiste en una clara caracterización de clase de la guerra y en una hostilidad irreductible hacia la
guerra imperialista, o sea, hacia una guerra entre grupos de países capitalistas (ya sean monarquías o repúblicas),
por el reparto del botín capitalista.
El punto de vista
pequeñoburgués difiere del punto de vista burgués (abierta justificación de la
guerra, abierta “defensa de la patria”, es decir, defensa de los intereses de
los capitalistas propios, defensa de su “derecho” a las anexiones) en que el
pequeño burgués “renuncia” a las anexiones, “condena” el imperialismo, “exige”
de la burguesía que deje de ser imperialista, siempre dentro del marco de las
relaciones imperialistas mundiales y del sistema económico capitalista. Al
limitarse a estas declamaciones indulgentes, inofensivas y vacuas, en la práctica, el pequeño burgués se
arrastra incapaz de nada en pos de la
burguesía, “mostrando su simpatía” de palabra en algunos puntos con el
proletariado, dependiendo de hecho de la burguesía, no comprendiendo, o no
queriendo comprender, cuál es el camino que conduce al derrocamiento del yugo
capitalista, el único camino que puede librar del imperialismo a la humanidad.
“Exigir” de los gobiernos
burgueses que haga ni una “solemne declaración”
renunciando a las anexiones es el colmo de la audacia para el pequeño burgués y
un ejemplo de firmeza antiimperialista “zimmerwaldiana”. No es difícil percibir
que esto es luisblancismo de la peor especie. En primer lugar, a ningún
politiquero burgués, con cierta experiencia, jamás lo resultará difícil
pronunciar contra las anexiones “en general” una sarta de frases “brillantes”,
efectistas, sonoras, tan vacías como no comprometidas. Pero cuando se trate de hechos, siempre se podrá recurrir a
algún malabarismo, a la manera de Riech,
que hace días tuvo el lamentable coraje de declarar que Curlandia (anexada hoy
por los rapaces imperialistas de la Alemania burguesa), ¡¡no había sido anexada por Rusia!!
Los adepotos de Luis Blanc en Rusia
Esto es malabarismo
indignante, el más intolerable engaño a los obreros por la burguesía, pues
hasta los menos versados en política han de saber que Curlandia siempre estuvo anexada por Rusia.
Desafiamos a Riech abierta y directamente: (1) a que
dé al pueblo una definición política del concepto de “anexión” que pueda
aplicarse por igual a todas las
anexiones del mundo, alemanas, inglesas y rusas, del pasado y del presente, a
todas sin excepción; (2) a que diga clara y concretamente qué significa, según
él, renunciar a las anexiones, de
palabra, sino de hecho. A que dé una definición política del concepto
“renunciar de hecho a las anexiones” que pueda aplicarse no sólo a los
alemanes, sino también a los ingleses y a todas las naciones que alguna vez
hayan realizado anexiones.
Afirmamos que Riech o bien no aceptará nuestro desafío
o bien será desenmascarado por nosotros ante todo el pueblo. Y es precisamente
este problema de Curlandia al que Riech
se ha referido, lo que hace que nuestra polémica no sea teórica, sino práctica,
impostergable y de candente actualidad.
En segundo lugar,
supongamos, aunque sea por un instante, que los ministros burgueses son un
ideal de honestidad, que los Guchkov, Lvov, Miliukov, y Cía. creen sinceramente
en la posibilidad de renunciar a las anexiones, conservando el capitalismo, y
que realmente quieren renunciar a
ellas.
110
Supongámoslo por un instante, hagamos esta suposición
luisblancista.
Pues bien, ¿puede una
persona adulta contentarse con lo que la gente piensa de sí misma sin confrontarlo con lo que hace? ¿Puede un marxista no
distinguir entre los buenos deseos, las declaraciones y la realidad objetiva?
No. No puede.
Las anexiones se mantienen
por los vínculos del capital financiero, del capital bancario, del capital
imperialista. Esta es la base
económica de las anexiones contemporáneas. Desde este ángulo, las anexiones
representan beneficios políticamente
garantizados de los miles de millones de capital “invertido” en millares de
empresas de los países anexados.
Es imposible, ni
aun queriéndolo, renunciar a las anexiones sin
dar pasos decisivos para derribar el yugo del capital.
¿Significa esto, como
parecen dispuestos a concluir, y concluyen Edinstvo,
Rabóchaya Gazeta123 y
otros “Luis Blanc” de nuestra pequeña burguesía, que no debemos dar ningún paso
decisivo para derribar el capital? ¿Qué debemos aceptar aunque sea un mínimo de
anexiones?
No. Deben darse pasos decisivos para el derrocamiento del capital.
Deben darse en forma hábil y gradual, apoyándose únicamente en la conciencia y organización de la aplastante mayoría
de los obreros y los campesinos pobres. Pero deben darse. En muchos lugares de
Rusia, los Soviets de diputados obreros ya
han comenzado a darlos.
La consigna del momento es:
deslindarnos resuelta e irrevocablemente de los Luis Blanc, los Chjeídze, los
Tsereteli, los Steklov, del partido del Comité de Organización, del Partido de
los Socialistas-Revolucionarios, etc., etc. Es necesario hacer ver a las masas
que el luisblancismo está malogrando y acabará por malograr del todo la
revolución, incluso el ejercicio de las libertades, si las masas no comprenden
lo perjudiciales que son esas ilusiones
![]()
123
"Rabóchaya Gazeta" ("La Gaceta
Obrera"): diario menchevique que se publicó en Petrogrado de marzo a
noviembre de 1917. Ocupó una posición defensista, apoyó al Gobierno Provisional
burgués y luchó contra Lenin y el Partido Bolchevique.
Los adepotos de Luis Blanc en Rusia
pequeñoburguesas y no se unen a los
obreros conscientes, que dan pasos prudentes, graduales, bien pensados y a la
vez firmes y resueltos hacia el socialismo.
Fuera del socialismo para la humanidad no hay salvación de las guerras, el
hambre y el aniquilamiento de otros muchos millones de seres humanos.
“Pravda”, núm. 27, 8
de abril de 1917. T. 31, págs. 127-130.
111
CARTAS SOBRE TÁCTICAS
Prefacio.
El 4 de abril de 1917 hube
de pronunciar un informe en Petrogrado, sobre el tema que figura en el título,
primeramente en una reunión de bolcheviques: los delegados a la Conferencia de
los Soviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia. Los delegados debían
regresar a sus lugares de procedencia, por lo que no podían concederme ninguna
dilación. Al final de la reunión, su presidente, camarada G. Zinóviev, me
propuso en nombre de todos los presentes que repitiera en el acto mi informe en
una asamblea de delegados bolcheviques y mencheviques, que deseaban discutir el
problema de la unificación del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia.
Por difícil que fuera para
mí repetir inmediatamente mi informe, no me consideré con derecho a negarme, ya
que lo pedían tanto mis correligionarios
como los mencheviques, los cuales, a causa de su partida, no podían, en efecto,
concederme ninguna dilación.
En el informe leí mis tesis, publicadas en el núm. 26 de Pravda del 7 de abril de 1917*.
* En el apéndice a esta carta reproduzco
dichas tesis, acompañadas de unas breves observaciones aclaratorias, del citado
número de Pravda. (Véase el presente volumen. N. de la Edit.)
Tanto las tesis como mi
informe suscitaron discrepancias entre los propios bolcheviques y en la
redacción misma de Pravda. Tras una
serie de reuniones, llegamos por unanimidad a la conclusión de que lo más
oportuno sería discutir públicamente
estas discrepancias, proporcionando así material para la Conferencia de toda
Rusia de nuestro partido (el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, unificado
por el Comité Central) que debería celebrarse en Petrogrado el 20 de abril de
1917.
Precisamente en cumplimiento
de este acuerdo sobre la discusión publico las cartas siguientes, sin pretender estudiar en ellas el problema en todos sus aspectos; sólo deseo
esbozar los argumentos principales, especialmente esenciales para las tareas prácticas del movimiento de la clase
obrera.
Carta I. Apreciación
del momento.
El marxismo exige de
nosotros el análisis más exacto, objetivamente comprobable, de la correlación
de las clases y de las peculiaridades concretas de cada momento histórico.
Nosotros, los bolcheviques, hemos procurado siempre ser fieles a esta
exigencia, indiscutiblemente obligatoria desde el punto de vista de toda
fundamentación científica de la política.
“Nuestra doctrina no es un
dogma, sino una guía para la acción”124: así
decían siempre Marx y Engels, quienes se burlaban, con razón, del aprendizaje
mecánico y de la simple repetición de “fórmulas” que, en el mejor de los casos,
sólo sirven para trazar las tareas generales,
que cambian necesariamente de acuerdo con las condiciones económicas y
políticas concretas de cada fase particular del proceso histórico.
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124 Véase la carta de F. Engels
a F. Sorge, del 29 de noviembre de 1886
¿Cuáles son los hechos objetivos, establecidos con
exactitud, que deben servir hoy de guía al partido del proletariado
revolucionario para determinar las tareas y las formas de su actuación?
Ya en mi primera Carta desde lejos (La primera etapa de la primera revolución), publicada en Pravda, números 14 y 15, del 21 y 22 de
marzo de 1917, y también en mis tesis determiné “la peculiaridad del momento actual en Rusia”, como fase de transición de la primera etapa de la
revolución a la segunda. Por lo tanto, consideraba que la consigna fundamental,
la “tarea del día”, en ese momento
era: “¡Obreros! Habéis hecho prodigios de heroísmo proletario y popular en la
guerra civil contra el zarismo. Tendréis que hacer prodigios de organización
del proletariado y de todo el pueblo para preparar vuestro triunfo en la
segunda etapa de la revolución” (Pravda,
núm. 15).*
* Ver el presente volumen.
¿En qué consiste, pues, la primera etapa?
En el paso del poder del Estado a manos de la burguesía.
Hasta la revolución de
febrero -marzo de 1917, el poder del Estado en Rusia se encontraba en manos de
una vieja clase, a saber: la nobleza feudal— terrateniente, encabezada por
Nicolás Románov.
Después de esta revolución,
el poder ha pasado a manos de otra
clase, de una clase nueva, a saber: la burguesía.
El paso del poder del Estado
de manos de una clase a manos de otra
es el primer rasgo, el principal, el fundamental de la revolución, tanto en el significado rigurosamente científico como
en el sentido político-práctico de este concepto.
112
Por tanto, la revolución burguesa o democrática burguesa en
Rusia ha terminado.
Aquí oímos el alboroto de
las réplicas de aquellos a quienes gusta llamarse “viejos bolcheviques”: ¿Acaso
no he dicho siempre que la revolución democrática burguesa sería terminada
solamente por la “dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de
los campesinos”? ¿Acaso la revolución agraria, también democrática burguesa, ha
terminado? ¿Acaso no es, por el contrario, un hecho que esta última todavía no ha comenzado?
Contesto: las consignas y
las ideas bolcheviques, en general,
han sido plenamente confirmadas por la historia, pero, concretamente , las cosas han resultado de otro modo de lo que podía (quienquiera que fuese) esperar, de un
modo más original, más peculiar, más variado.
Desconocer, olvidar este
hecho, significaría semejarse a aquellos “viejos bolcheviques”, que ya más de
una vez desempeñaron un triste papel en la historia de nuestro partido,
repitiendo una fórmula tontamente aprendida,
en vez de dedicarse al estudio de las
nuevas peculiaridades de la nueva y viva realidad.
“La dictadura democrática
revolucionaria del proletariado y de los campesinos” ya se ha realizado en la revolución rusa en cierta forma y hasta
cierto grado, puesto que esta “fórmula” sólo prevé una correlación de clases y no una institución
política concreta llamada a realizar esta correlación, esta colaboración.
El “Soviet de diputados obreros y soldados” es ya la realización, impuesta por la vida, de la “dictadura
democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos”.
Esta fórmula ha caducado ya.
La vida la ha trasladado del reino de las fórmulas al reino de la realidad,
haciéndola de carne y hueso, concretándola, y, con ello, transformándola.
A la orden del día se
plantea ya otra nueva tarea: la escisión entre los elementos proletarios
(antidefensistas, internacionalistas, “comunistas”, partidarios del paso a la
comuna) dentro
de esta dictadura y los
elementos partidarios de la pequeña
propiedad o pequeñoburgueses
(Chjeídze, Tsereteli, Steklov, los socialistas-revolucionarios y otros tantos
defensistas revolucionarios, enemigos de tomar el camino de la comuna,
partidarios del “apoyo” a la burguesía y al gobierno burgués).
Quien ahora hable solamente de la “dictadura democrática revolucionaria
del proletariado y de los campesinos”, se ha rezagado de la realidad y, por
esta razón, se ha pasado de hecho a
la pequeña burguesía contra la lucha proletaria de clase y hay que mandarlo al
archivo de las curiosidades “bolcheviques” prerrevolucionarias (al archivo que
podríamos llamar “de los viejos bolcheviques”).
La dictadura democrática
revolucionaria del proletariado y de los campesinos se ha realizado ya, pero de
un modo sumamente original, con una serie de importantísimos cambios. De ellos
hablaré aparte en una de mis cartas posteriores. Por ahora es necesario
asimilarse la verdad indiscutible de que un marxista debe tener en cuenta la
vida real, los hechos exactos de la
realidad, y no seguir aferrándose a la teoría de ayer, que, como toda
teoría, en el mejor de los casos,
sólo traza lo fundamental, lo general, sólo abarca de un modo aproximado la complejidad de la vida.
“La teoría, amigo mío, es gris; pero el árbol de la vida es
eternamente verde”125.
Quien plantee la cuestión de
la “terminación” de la revolución burguesa al
viejo estilo, sacrifica el marxismo vivo en aras de la letra muerta.
Con arreglo al viejo estilo
resulta que tras el dominio de la
burguesía puede y debe llegar el dominio del proletariado y del campesinado, su
dictadura.
Pero en la vida real las
cosas han resultado ya de otro modo:
ha resultado un entrelazamiento de lo uno
y de lo otro en forma extraordinariamente original, nueva e inaudita.
Existen paralelamente, juntos,
simultáneamente, tanto el dominio de
la burguesía (gobierno de Lvov y Guchkv) como
la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado, que
voluntariamente entrega el poder a la
burguesía, convirtiéndose voluntariamente en apéndice suyo.
Pues no se debe olvidar que,
de hecho, en Petrogado el poder está en manos de los obreros y soldados: el
nuevo gobierno no ejerce, ni puede
ejercer, violencia alguna contra ellos, puesto que no existe policía, ni ejército separado del pueblo, ni burocracia
que se sitúe de un modo omnipotente por
encima del pueblo. Esto es un hecho. Este es precisamente el hecho
característico de un Estado del tipo de la Comuna de París. Este hecho no
encaja en los esquemas antiguos. Es necesario saber adaptarse a los esquemas a
la vida y no repetir las palabras sobre la “dictadura del proletariado y de los
campesinos” en general, que se han
vuelto absurdas.
Para enfocarla mejor, abordemos la cuestión desde otro aspecto.
Un marxista no debe
apartarse del terreno exacto del análisis de las relaciones entre clases. En el
poder se encuentra la burguesía. ¿Pero acaso la masa de campesinos no es también una burguesía de otra capa, de
otro género, de un carácter distinto? ¿De dónde se deduce que esta capa no puede llegar al poder, “terminando” la revolución democrática
burguesa? ¿Por qué no es posible?
Así razonan con frecuencia los viejos bolcheviques.
Contesto: esto es muy
posible. Pero un marxista, al apreciar el momento dado, no debe partir de lo posible, sino
de lo real.
113
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125 Lenin cita aquí unas palabras de
Mefistófeles de la tragedia de Goethe Fausto (véase J. W. Goethe, Fausto.
Primera parte. Escena IV. El despacho de Fausto
Y la realidad nos demuestra
el hecho de que los diputados soldados y campesinos, libremente elegidos,
entran libremente a formar parte del segundo gobierno, del gobierno paralelo
completándolo, desarrollándolo perfeccionándolo también libremente. Y con la
misma libertad entregan el poder a la
burguesía: fenómeno que no “contradice” en lo más mínimo la teoría del
marxismo, puesto que siempre hemos sabido e indicado reiteradamente que la
burguesía se mantiene no sólo por
medio de la violencia, sino también gracias a la falta de conciencia, la
rutina, la ignorancia y la desorganización de las masas.
Y ante esta realidad de hoy,
es francamente ridículo volver la espalda a los hechos y hablar de las
“posibilidades”.
Es posible que los
campesinos tomen toda la tierra y todo el poder. Yo no sólo no pierdo de vista
esta posibilidad ni limito mi horizonte al día de hoy, sino que formulo,
directa y exactamente, el programa agrario teniendo en cuenta un nuevo fenómeno: la escisión más
profunda entre los jornaleros del campo y los campesinos pobres, de un lado, y
los propietarios campesinos, de otro.
Pero también es posible que
suceda otra cosa: es posible que los campesinos sigan los consejos del partido
pequeñoburgués eserista, influenciado por la burguesía y que se ha pasado a la
posición defensista, que les aconseja esperar hasta la Asamblea Constituyente,
¡a pesar de que, hasta ahora, ni siquiera se ha fijado la fecha de su
convocatoria!*
* Para que no sean tergiversadas mis
palabras, diré ahora adelantándome: soy partidario incondicional de que los Soviets de los braceros y campesinos se
apoderen inmediatamente de toda la
tierra, pero que observen del modo más riguroso ellos mismos el orden y la disciplina, sin permitir el más mínimo
daño de máquinas, edificios, ganado, y sin que, de ninguna manera, desorganicen la hacienda y la
producción del trigo, sino la intensifiquen,
puesto que los soldados necesitan el
doble de pan y el pueblo no debe sufrir hambre.
Es posible que los
campesinos conserven , continúen su
pacto con la burguesía, pacto concertado por ellos en la actualidad por medio
de los Soviets de diputados obreros y soldados no sólo de un modo formal, sino
también de hecho.
Son posibles muchas cosas.
Sería el más craso de los errores olvidarse del movimiento agrario y del
programa agrario. Pero un error igual
constituiría el olvidarse de la realidad,
que nos indica el hecho del acuerdo —o
empleando un término más exacto, menos jurídico, de mayor sentido
económico-clasista—, el hecho de la colaboración
entre las clases: la burguesía y el campesinado.
Cuando este hecho deje de
ser un hecho, cuando el campesinado se separe de la burguesía, tome la tierra,
a pesar de ella, se adueñe del poder, contra ella, entonces ésta será una nueva
etapa de la revolución democrática burguesa, de la que hablaremos aparte.
El marxista que ante la
posibilidad de semejante etapa futura olvide sus deberes en la actualidad, cuando el campesinado pacta con la burguesía, se convertirá en un pequeño burgués. Pues de hecho predicará al
proletariado confianza en la pequeña
burguesía (“ella, la pequeña burguesía, el campesinado, todavía dentro de los
límites de la revolución democrática burguesa, tendrá que separarse de la
burguesía”). Ante la “posibilidad” de un futuro agradable y dulce, en que el
campesinado no vaya a remolque de la burguesía,
y los socialistas— revolucionarios los Chjeídze, los Tsereteli y los Steklov, no sean apéndice del gobierno burgués,
ante esta “posibilidad”, dicho marxista olvidará el presente desagradable, en que el campesinado sigue yendo a remolque
de la burguesía, en que los eseristas y socialdemócratas no han abandonado
todavía su papel de apéndice del gobierno burgués, su papel de la oposición de
“Su Majestad”126 Lvov.
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126
La
expresión "oposición de Su Majestad" pertenece a P. Miliukov, líder
del partido de los demócratas— constitucionalistas. En un lunch ofrecido por el
lord alcalde de Londres el 19 de junio (2 de julio) de
1909, Miliukov declaró:
"...mientras en Rusia exista la cámara legislativa que controla el
presupuesto, la oposición rusa seguirá siendo la oposición de Su Majestad, y no
a Su Majestad”
Este hombre supuesto por
nosotros se asemejaría al dulzón Luis Blanc o a un empalagoso kautskiano, pero
de ningún modo a un marxista revolucionario.
¿Pero quizá corremos el
peligro de caer en el subjetivismo, de querer “saltar por encima” de la
revolución de carácter democrático burgués, aún no terminada —trabada todavía
por el movimiento campesino—, a la revolución socialista?
Si yo hubiese dicho: “Sin
zar, por un gobierno obrero”127, me amenazaría semejante peligro. Pero yo no he dicho eso, he dicho otra cosa distinta. Yo he afirmado que fuera de los Soviets de diputados
obreros, braceros, soldados y campesinos no
puede haber otro gobierno en Rusia (sin contar el gobierno burgués). Yo he
afirmado que el poder en Rusia puede pasar, ahora, de Guchkov y Lvov únicamente a estos Soviets, y en ellos justamente prevalecen los campesinos,
prevalecen los soldados, prevalece la pequeña burguesía, para expresarlo en
términos científicos, marxistas, y no empleando una caracterización habitual,
filistea, ni profesional, sino una caracterización clasista.
En mis tesis, me aseguré
completamente de todo salto por encima del movimiento campesino o, en general,
pequeñoburgués aún latente, de todo juego
a la “conquista del poder” por parte de un gobierno obrero, de cualquier
aventura blanquista, puesto que me refería directamente a la experiencia de la
Comuna de París. Como se sabe, y como lo indicaron detalladamente Marx en 1871
y Engels en 1891,128 esta experiencia excluía totalmente el
blanquismo129, asegurando completamente el dominio
directo, inmediato e incondicional de la mayoría
y la actividad de las masas, sólo en la medida de la actuación consciente de la mayoría misma.
En las tesis reduje la
cuestión, con plena claridad, a la lucha
por la influencia dentro de los Soviets de diputados obreros, braceros,
campesinos y soldados. Para no dejar asomo de duda a este respecto, subrayé dos veces, en las tesis, la necesidad de
un trabajo de paciente e insistente “explicación”, “que se adapte a las
necesidades prácticas de las masas”.
114
Gente ignorante o renegados del marxismo, como el señor Plejánov
y otros, pueden gritar sobre anarquismo, blanquismo, etc. Quien quiera meditar
y estudiar deberá comprender que el blanquismo significa la conquista del poder
por una minoría, mientras que los Soviets de diputados obreros, etc.,
constituyen evidentemente una
organización directa e inmediata de la
mayoría del pueblo. El trabajo o la lucha por la influencia dentro de tales Soviets no puede, sencillamente no puede, desviarse a la charca del blanquismo. Y tampoco puede
caer en la charca del anarquismo, puesto que el anarquismo es la negación de la
necesidad del Estado y del poder estatal
en la época de transición del dominio
de la burguesía al dominio del proletariado.
Mientras que yo defiendo, con una
claridad que excluye toda posibilidad de confusión, la necesidad del Estado en
esta época, pero —de acuerdo con Marx y con la experiencia de la Comuna de
París—, no de un Estado parlamentario burgués de tipo corriente, sino de un
Estado sin un ejército permanente, sin una policía opuesta al pueblo, sin una burocracia situada por encima
del pueblo.
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127 "Sin
zar, por un gobierno obrero": consigna antibolchevique que Parvus lanzó por primera vez en
1905. Esta consigna era uno de los postulados fundamentales de la
"teoría" trotskista de la revolución permanente —revolución sin el
campesinado— que se contraponía a la teoría leninista de la transformación de
la revolución democrática burguesa en revolución socialista con la hegemonía
del proletariado en el movimiento popular
128 Véase C. Marx. La guerra civil en Francia. Manifiesto
del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores. F.
Engels. Introducción (a la obra de C.
Marx La guerra civil en Francia). (C.
Marx y F. Engels. Obras Escogidas en
tres tomos, ed. en español, t. II, págs. 230-244; 188-200.)
129
Blanquismo: corriente del
movimiento socialista francés encabezada por Luis Augusto Blanqui (1805-1881),
eminente revolucionario y destacado representante del comunismo utópico
francés.
Los blanquistas negaban la
lucha de clases, sustituían la labor del partido revolucionario con acciones de
un puñado de conspiradores, no tenían en cuenta la situación concreta necesaria
para el triunfo de la insurrección y desdeñaban el contacto con las masas.
Si el señor Plejánov, en su Edinstvo, grita a voz en cuello sobre
anarquismo, con ello sólo demuestra, una vez más, que ha roto con el marxismo.
Al reto, lanzado por mí en Pravda
(núm. 26), de exponer lo que en 1871, 1872 y 1875 enseñaron Marx y Engels
acerca del Estado, el señor Plejánov tiene y tendrá que responder sólo con el
silencio respecto a la esencia de la cuestión y con gritos al estilo de la
burguesía enfurecida.
El ex marxista señor
Plejánov no ha comprendido en absoluto
la doctrina del marxismo sobre el Estado. De paso sea dicho, los gérmenes de
esta incomprensión se ven ya, también, en su folleto sobre el anarquismo,
editado en alemán130.
* * *
Veamos ahora cómo formula el
camarada Y. Kámenev, en el comentario del número 27 de Pravda, sus “discrepancias” con mis tesis y concepciones expuestas
más arriba. Ello nos ayudará a esclarecerlas con mayor exactitud.
“En lo que respecta al
esquema general del camarada Lenin —dice el camarada Kámenev— nos parece
inaceptable, ya que arranca del reconocimiento de que la revolución democrática
burguesa ha terminado y confía en la
transformación inmediata de esta revolución en socialista...”
Tenemos aquí dos grandes errores.
Primero. El
problema de la “terminación” de la revolución democrática burguesa está planteado erróneamente. Este
problema es enfocado de una manera abstracta, simple, unicolor, por así
decirlo, que no corresponde a la
realidad objetiva. Quien plantea así
la cuestión, quien pregunta ahora si
“está terminada o no la revolución democrática burguesa”, y nada más, se priva a sí mismo de la
posibilidad de comprender la realidad, extraordinariamente compleja y, por lo
menos, “bicolor”. Eso en el terreno de la teoría. Y en el terreno de la
práctica, se rinde impotente ante el revolucionarismo
pequeñoburgués.
En efecto. La realidad nos muestra tanto el paso del poder a la burguesía (la revolución democrática
burguesa de tipo corriente “terminada”) como
la existencia, al lado del gobierno auténtico, de otro accesorio, que
representa la “dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los
campesinos”. Este último “también-gobierno” ha cedido él mismo el poder a la burguesía, se ha atado él mismo al gobierno burgués.
¿Abarca esta realidad la
fórmula de viejos bolcheviques del camarada Kámenev: “la revolución democrática
burguesa no ha terminado”?
No, la fórmula ha
envejecido. No sirve para nada. Está muerta. Y serán inútiles las tentativas de
resucitarla.
Segundo. La
cuestión práctica. Se desconoce si ahora puede todavía existir en Rusia una
“dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos” independiente, apartada del gobierno burgués. No se debe basar la táctica
marxista en lo desconocido.
Pero si eso puede ocurrir
aún, el camino para llegar a ello es uno y sólo uno: la separación inmediata,
resuelta e irreversible entre los elementos proletarios, comunistas, del
movimiento y los elementos pequeñoburgueses.
¿Por qué?
Porque toda la pequeña
burguesía no ha girado de manera casual, sino necesariamente, hacia el
chovinismo (=defensismo), hacia el “apoyo” a la burguesía, hacia la dependencia
de ella, hacia el temor de pasarse
sin ella, etc., etc.
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130 Lenin se refiere a la obra de J.
Plejánov Anarquismo y socialismo, que
se publicó por primera vez en alemán en Berlín, el año 1894
¿Cómo se puede “empujar” a
la pequeña burguesía al poder si esta pequeña burguesía puede tomarlo ya, hoy,
pero no lo quiere?
Únicamente con la separación
del partido proletario, comunista, con la lucha de clase proletaria exenta de la timidez de esos pequeños
burgueses. Sólo la cohesión de los proletarios, libres de hecho, y no de
palabra, de la influencia de la pequeña burguesía, es capaz de hacer “arder” de
tal modo la tierra bajo las plantas de la pequeña burguesía que ésta, en
determinadas condiciones, se vea obligada
a tomar el poder; no está excluido, incluso, que Guchkov y Miliukov se declaren
partidarios —también en determinadas circunstancias— del poder ilimitado, del
poder absoluto de Chjeídze, de Tsereteli, de los eseristas, de Steklov, porque,
pese a todo, ¡son “defensistas”!
115
Quien separa ahora mismo,
inmediata e irreversiblemente, a los elementos proletarios, que forman parte de
los Soviets (es decir, al partido proletario, comunista), de los elementos
pequeñoburgueses, expresa con acierto los intereses del movimiento en ambos
casos posibles: tanto en el caso de
que Rusia pase aún por la “dictadura del proletariado y del campesinado”
independiente, separada, no subordinada a la burguesía, como en el caso de que la pequeña burguesía no sepa desligarse de
la burguesía y vacile eternamente (es decir, hasta el socialismo) entre ella y
nosotros.
Quien se guía en su
actividad únicamente por la simple fórmula de la “revolución democrática
burguesa no ha terminado”, contrae en cierto sentido el compromiso de
garantizar que la pequeña burguesía tiene la probabilidad de ser independiente
de la burguesía. Y con ello se entrega impotente, en el momento actual, a
merced de la pequeña burguesía A propósito. Al hablar de la “fórmula” de la
dictadura del proletariado y de los campesinos, será oportuno recordar que en Dos tácticas (julio de 1905) subrayaba
especialmente (pág. 43 de En doce años):
“La dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos
tiene, como todo el mundo, su pasado y su porvenir. Su pasado es la autocracia,
el régimen feudal, la monarquía, los privilegios... Su porvenir es la lucha
contra la propiedad privada, la lucha del obrero asalariado contra el patrono,
la lucha por el socialismo...”*
* Véase la presente edición, tomo III. (N. de la Edit.)
El error del camarada
Kámenev consiste en que en 1917 sigue mirando sólo al pasado de la dictadura democrática revolucionaria del
proletariado y de los campesinos. Mas para ella ha empezado ya, de hecho, el porvenir, pues los intereses y la política del obrero asalariado
y del pequeño patrono se han divorciado ya de
hecho y, además, ante un problema tan importantísimo como el “defensismo”,
como la actitud frente a la guerra imperialista.
Y llego así al segundo error
de las mencionadas consideraciones del camarada Kámenev. Me reprocha que mi
esquema “confía” en la “transformación inmediata de esta revolución (la
democrática burguesa) en socialista”.
Eso no es justo. Lejos de
“confiar” en la “transformación inmediata” de nuestra revolución en socialista, pongo en guardia francamente
contra ello, declaro sin rodeos en la tesis número 8: “...No “implantación” del socialismo como nuestra tarea inmediata.”**
** Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
¿No está claro que quien
confiase en la transformación inmediata de nuestra revolución en socialista no
podría levantarse contra la tarea inmediata de implantar el socialismo?
Es más. En Rusia es incluso imposible implantar “inmediatamente el
“Estado-Comuna” (es decir, el Estado organizado según el tipo de la Comuna de
París), pies para ello es necesario que la
mayoría de los diputados en todos los Soviets (o en su mayor parte)
comprendan claramente hasta qué extremo son erróneas y nocivas la táctica y la
política de los eseristas, Chjeídze, Tsereteli, Steklov y demás. ¡Pero yo he
declarado con toda precisión que en este
terreno “confío” sólo en el
esclarecimiento “paciente” (¿hace falta, acaso, tener paciencia para conseguir
un cambio que se puede realizar “inmediatamente”?)!
El camarada Kámenev ha
procedido un poquito “impacientemente” y ha repetido el prejuicio burgués de
que la Comuna de París quería implantar “inmediatamente” el socialismo. Eso no
es así. La Comuna, por desgracia, demoró demasiado la implantación del socialismo.
La esencia auténtica de la Comuna no está donde la buscan habitualmente los
burgueses, sino en la creación de un Estado
de tipo especial. ¡Y ese Estado ha nacido ya
en Rusia, son precisamente los Soviets de diputados obreros y soldados!
El camarada Kámenev no ha
reflexionado sobre el hecho, sobre la
significación de los Soviets existentes,
sobre su identidad con el Estado de la Comuna por el tipo, por el carácter sociopolítico, y en vez de estudiar el hecho, ha hablado de algo en lo que yo
“confío”, según él, como en un futuro “inmediato”. Ha resultado,
lamentablemente, una repetición del procedimiento que emplean muchos burgueses:
se desvía la atención del problema de qué
son los Soviets de diputados obreros y soldados, de si son por su tipo superiores a la república parlamentaria, de si son más útiles para el pueblo, de si son más democráticos, de si son más adecuados para luchar, por ejemplo,
contra la falta de pan etc.: se desvía la atención de este problema candente, real, puesto por la vida a la orden del día,
hacia el problema fútil, aparentemente científico, pero de hecho baladí,
escolástico, de la “confianza en la transformación inmediata”.
Es un problema fútil,
planteado falsamente. Yo “confío” única y
exclusivamente en que los obreros, los soldados y los campesinos resolverán
mejor que los funcionarios, mejor que los policías, los difíciles problemas prácticos de intensificarla producción
de cereales, de mejorar su distribución, de abastecer mejor a los soldados,
etc., etc.
Estoy profundísimamente
convencido de que los Soviets de diputados obreros y soldados llevarán a la
práctica la independencia de la masa
del pueblo con mayor rapidez y mejor que la república parlamentaria (en otra
carta compararemos con más detalle ambos tipos de Estado). Los Soviets de
diputados obreros y soldados decidirán mejor, de manera más práctica y con
mayor acierto qué pasos hay que dar
hacia el socialismo y cómo darlos. El control del banco y la fusión de todos
los bancos en uno solo no es todavía
el socialismo, pero es un paso hacia
el socialismo. Hoy dan pasos de ese tipo contra el pueblo los junkers y los
burgueses de Alemania. Mañana sabrá darlos muchísimo mejor en beneficio del
pueblo el Soviet de diputados obreros y soldados, si tiene en sus manos todo el
poder del Estado.
116
¿Y qué es lo que obliga
a dar esos pasos?
El hambre. El desbarajuste
de la economía. La bancarrota amenazante. Los horrores de la guerra. Los
horrores de las heridas causadas por la guerra la humanidad.
El camarada Kámenev termina
su comentario declarando que “espera defender su punto de vista en una amplia
discusión como único posible para la socialdemocracia revolucionaria, ya que
ésta quiere y deberá ser hasta el fin el partido de las masas revolucionarias
del proletariado, y no convertirse en un grupo de propagandistas comunistas”.
Me parece que estas palabras
evidencian una apreciación profundamente errónea del momento. El camarada
Kámenev contrapone el “Partido de las masas a “un grupo de propagandistas”.
Pero las “masas” se han dejado llevar precisamente ahora por la embriaguez del
defensismo “revolucionario”. ¿No será más decoroso también para los
internacionalistas saber oponerse en un momento como éste a la embriaguez
“masiva” que “querer seguir” con las masas, es decir, contagiarse de la
epidemia general?
¿Es que no hemos visto en
todos los países beligerantes europeos cómo se justificaban los chovinistas con
el deseo de “seguir” con las masas?
¿No es obligatorio, acaso,
saber estar en minoría durante cierto tiempo frente a la embriaguez “masiva”?
¿No es precisamente el trabajo de los propagandistas en el momento actual el
punto central para liberar la línea
proletaria de la embriaguez defensista y pequeñoburguesa “masiva”? Cabalmente
la unión de las masas, proletarias y no proletarias, sin importar las
diferencias de clase en el seno de las masas, ha sido una de las premisas de la
epidemia defenisista. No creemos que esté bien hablar con des precio de “un
grupo de propagandistas” de la línea proletaria.
Escrito entre el 8 y el 13 (21 y 26) de abril de 1917. Publicado
en abril de 1917 en un folleto en Petrogrado, por la Editorial “Pribói”.
T. 31, págs. 131-144.
117
LA DUALIDAD DE
PODERES
El problema del poder del
Estado es el fundamental en toda revolución. Sin comprenderlo claramente no
puede ni pensarse en participar de modo consciente en la revolución y mucho
menos en dirigirla.
Una particularidad notable
en grado sumo de nuestra revolución consiste en que ha engendrado una dualidad de poderes. Es necesario, ante
todo, explicarse este hecho, pues sin ello será imposible seguir adelante. Es
menester saber completar y corregir las viejas “fórmulas”, por ejemplo, las del
bolchevismo, acertadas en general, como se ha demostrado, pero cuya realización
concreta ha resultado ser diferente. Nadie pensaba ni podía pensar antes en
la dualidad de poderes.
¿En qué consiste la dualidad
de poderes? En que junto al Gobierno Provisional, gobierno de la burguesía, se ha formado otro
gobierno, débil aún, embrionario, pero existente sin duda alguna y en vías de desarrollo: los
Soviets de diputados obreros y soldados.
¿Cuál es la composición de
clase de este otro gobierno? El proletariado y los campesinos (estos últimos
con uniforme de soldado). ¿Cuál es el carácter político de este gobierno? Es
una dictadura revolucionaria, es decir, un poder que se apoya directamente en
la conquista revolucionaria, en la iniciativa directa de las masas populares
desde abajo, y no en la ley
promulgada por el poder centralizado del Estado. Es un poder completamente
diferente del de la república parlamentaria democrático-burguesa del tipo
general que impera hasta ahora en los países avanzados de Europa y América.
Esta circunstancia se olvida con frecuencia, no se medita sobre ella, a pesar
de que en ella reside toda la esencia del problema. Este poder es un poder del
mismo tipo que la Comuna de París de 1871. Los rasgos fundamentales de este
tipo de poder son: 1) la fuente del poder no está en una ley, previamente
discutida y aprobada por el Parlamento, sino en la iniciativa directa de las
masas populares desde abajo y en cada lugar, en la “conquista” directa del
poder, para emplear un término en boga; 2) sustitución de la policía y del
ejercito, como instituciones apartadas del pueblo y contrapuestas a él, por el
armamento directo de todo el pueblo; con este poder guardan el orden público
los propios obreros y campesinos
armados, el propio pueblo en armas;
3) los funcionarios y la burocracia son sustituidos también por el poder
directo del pueblo o, al menos, sometidos a un control especial, se transforman
en simples mandatarios, no sólo elegibles, sino amovibles en todo momento, en cuanto el pueblo lo exija; se
transforman de casta privilegiada, con una elevada retribución, con una
retribución burguesa de sus “puestecitos”, en obreros de un “arma” especial,
cuya remuneración no excede el
salario corriente de un obrero calificado.
En esto, y sólo en esto, radica la esencia de la
Comuna de París como tipo especial de Estado. Y esta esencia es la que han
olvidado y desfigurado los señores Plejánov (los chovinistas manifiestos, que
han traicionado el marxismo) los señores Kautsky (los “centristas”, es decir,
los que vacilan entre el chovinismo y el marxismo) y, en general, todos los
socialdemócratas, socialistas-revolucionarios, etc. que dominan hoy día.
Salen del paso con frases,
se refugian en el silencio, escurren el bulto, se felicitan mutuamente una y
mil veces por la revolución y no quieren reflexionar
en qué son los Soviets de diputados
obreros y soldados. No quieren ver la verdad manifiesta de que en la medida en
que esos Soviets existen, en la medida
en que son un poder, existe en Rusia un Estado del tipo de la Comuna de París
Subrayo “en la medida”, pues
sólo se trata de un poder en estado embrionario. Este poder, pactando directa y
voluntariamente con el Gobierno Provisional burgués y haciendo una serie de
concesiones efectivas, ha cedido y cede
sus posiciones a la burguesía.
¿Por qué? ¿Quizá porque
Chjeídze, Tsereteli, Steklov y Cía. cometan un “error”? ¡Tonterías! Así puede
pensar un filisteo, pero no un marxista. La causa está en el insuficiente grado de conciencia y en la
insuficiente organización de los proletarios y de los campesinos. El “error” de los jefes mencionados reside en su
posición pequeñoburguesa, en que embotan
la conciencia de los obreros en vez de abrirles los ojos, en que les inculcan ilusiones pequeñoburguesas en
vez de destruirlas, en que refuerzan
la influencia de la burguesía sobre las masas en vez de emanciparlas de esa
influencia.
Lo dicho debiera bastar para
comprender por qué también nuestros camaradas cometen tantos errores al
formular “simplemente” esta interrogante: ¿se debe derribar inmediatamente al
Gobierno Provisional?
118
Respondo: 1) se le debe
derribar, pues es un gobierno oligárquico, un gobierno burgués, y no de todo el
pueblo; un gobierno que no puede dar
ni paz, ni pan, ni plena libertad; 2) no se le puede derribar inmediatamente,
pues se sostiene gracias a un pacto
directo e indirecto, formal y efectivo, con los Soviets de diputados obreros y,
sobre todo, con el principal de ellos, el Soviet de Petrogrado; 3) en general,
no se le puede “derribar” por la vía habitual, pues se asienta en el “apoyo” que presta a la burguesía el segundo gobierno, el Soviet de diputados
obreros, y éste es el único gobierno revolucionario posible, que expresa
directamente la conciencia y la voluntad de la mayoría de los obreros y
campesinos. La humanidad no ha creado hasta hoy, ni nosotros conocemos, un tipo
de gobierno superior ni mejor que los Soviets de diputados obreros, braceros,
campesinos y soldados.
Para convertirse en poder,
los obreros conscientes tienen que ganarse a la mayoría: mientras no exista violencia contra las masas, no habrá otro camino
para llegar al poder. No somos blanquistas, no somos partidarios de la
conquista del poder por una minoría. Somos marxistas, partidarios de la lucha
proletaria clasista contra la embriaguez pequeñoburguesa, contra el defensismo
chovinista, contra las frases hueras, contra la dependencia respecto de la
burguesía.
Formemos un partido
comunista proletario; los mejores militantes del bolchevismo han creado ya los
elementos de ese partido; unámonos estrechamente en la labor proletaria
clasista y veremos cómo vienen a nosotros, en masas cada vez mayores, los
proletarios y los campesinos pobres.
Porque la vida se encargará de
destruir cada día las ilusiones pequeñoburguesas de los “socialdemócratas”, de
los Chjeídze, de los Tsereteli, de los Steklov, etc., de los “socialistas—
revolucionarios”, de los pequeños burgueses todavía más “puros”, etc., etc.
La burguesía defiende el poder único de la burguesía.
Los obreros conscientes
defienden el poder único de los Soviets de diputados obreros, braceros,
campesinos y soldados, el poder único que es necesario preparar esclareciendo la conciencia proletaria, emancipando al proletariado de la
influencia de la burguesía, y no por medio de aventuras.
La pequeña burguesía —los
“socialdemócratas’’, los socialistas-revolucionarios, etc., etc.— vacila, entorpeciendo este esclarecimiento, esta
emancipación.
Tal es la verdadera correlación de las fuerzas de clases, que determina nuestras
tareas.
“Pravda”, núm. 28, 9
de abril de 1917. T. 31, págs. 145-148.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
119
LAS TAREAS DEL
PROLETARADO EN NUESTRA REVOLUCIÓN 131
(Proyecto de
plataforma del partido proletario)
El momento histórico que vive Rusia se caracteriza por los
siguientes rasgos fundamentales:
Carácter de clase de
la revolución realizada.
1.
El
viejo poder zarista, que sólo representaba a un puñado de terratenientes
feudales, dueños de toda la máquina del Estado (ejército, policía, burocracia),
ha sido destruido, suprimido, pero no rematado. La monarquía no está
formalmente aniquilada. La banda de los Románov continua urdiendo intrigas
monárquicas. Las gigantescas posesiones de los terratenientes feudales no han
sido liquidadas.
2. El poder de Estado ha pasado en Rusia a
manos de una nueva clase: la clase de
la burguesía y de los terratenientes aburguesados. En esa medida, la revolución democrática burguesa en Rusia está
terminada.
La burguesía instaurada en
el poder ha formado un bloque (una alianza) con elementos manifiestamente
monárquicos, que se distinguieron de 1906 a 1914 por el apoyo, celoso en
extremo, prestado a Nicolás el Sanguinario y a Stolypin el Verdugo (Guchkov y
otros políticos, más derechistas que los demócratas-constitucionalistas). El
nuevo gobierno burgués de Lvov y Cía. ha intentado e iniciado negociaciones con
los Románov para restaurar la monarquía en Rusia. Encubriéndose con una
fraseología revolucionaria, este gobierno entrega los puestos dirigentes a los
partidarios del antiguo régimen. Se esfuerza por reformar lo menos posible todo
el aparato del Estado (ejército, policía, burocracia), poniéndolo en manos de
la burguesía. El nuevo gobierno ha empezado ya a impedir por todos los medios
la iniciativa revolucionaria de las acciones de masas y la toma del poder por
el pueblo desde abajo, única garantía de los verdaderos éxitos
de la revolución.
Hasta hoy, este gobierno no
ha señalado siquiera el plazo de convocatoria de la Asamblea Constituyente.
Deja intacta la propiedad terrateniente del suelo, base material del zarismo
feudal. Este gobierno no piensa siquiera en investigar, hacer públicos y controlar
los manejos de las organizaciones financieras monopolistas, de los grandes
bancos, de los consorcios y cárteles capitalistas, etc.
Las carteras más importantes
y decisivas del nuevo gobierno (los ministerios del Interior y de la Guerra, es
decir, el mando del ejército, de la policía y de la burocracia, de todo el
aparato destinado a oprimir a las masas) se hallan en manos de monárquicos
notorios y de partidarios reconocidos de la gran propiedad terrateniente. A los
demócratas— constitucionalistas, republicanos de la última hornada,
republicanos bien a pesar suyo, se les han concedido puestos secundarios, que
no tienen relación directa ni con el mando
del pueblo ni con el aparato de poder del Estado. A. Kerenski, representante de
los trudoviques
![]()
131 Véase la historia de cómo se escribió la
obra Las tareas del proletariado en
nuestra revolución en el Epílogo
a la citada obra
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
y “también— socialista”, no
desempeña más papel que el de adormecer con frases sonoras la vigilancia y la
atención del pueblo.
Por todas estas razones, el
nuevo gobierno burgués no merece, ni aun en el campo de la política interior,
ninguna confianza del proletariado, y es inadmisible que éste le preste el
menor apoyo.
La política exterior
del nuevo gobierno.
3. En el campo de la política exterior, que
las circunstancias objetivas colocan hoy en primer plano, el nuevo gobierno es
un gobierno de continuación de la guerra imperialista, de una guerra en alianza
con las potencias imperialistas, con Inglaterra, Francia, etc., por el reparto
del botín capitalista y por la estrangulación de los pueblos pequeños y
débiles.
A pesar de los deseos
expresados con la mayor claridad a través del Soviet de diputados soldados y
obreros en nombre de la mayoría indudable de los pueblos de Rusia, el nuevo
gobierno —subordinado a los intereses del capital ruso y a los de su poderoso amo
y protector, el capital imperialista anglo-francés, el más rico del mundo— no
ha dado ningún paso efectivo para poner fin a esa matanza de pueblos,
organizada en interés de los capitalistas. Ni siquiera ha hecho públicos los
apartados secretos, manifiestamente rapaces (sobre el reparto de Persia, el
saqueo de China, el saqueo de Turquía, el reparto de Austria, la anexión de la
Prusia Oriental, la anexión de las colonias alemanas, etc.), que encadenan a
Rusia, sin duda alguna, al rapaz capital imperialista anglo-francés. Ha refrendado esos tratados concertados
por el zarismo, que en el transcurso de varios siglos ha expoliado y oprimido a
más pueblos que los demás déspotas y tiranos; por el zarismo, que no sólo
oprimía al pueblo ruso, sino que lo deshonraba y corrompía, convirtiéndolo en
verdugo de otros pueblos.
120
El nuevo gobierno, que ha
refrendado esos tratados rapaces bochornosos, no ha propuesto a todos los
pueblos beligerantes un armisticio inmediato, a pesar de haberlo exigido
claramente la mayoría de los pueblos de Rusia a través de los Soviets de
diputados obreros y soldados. El gobierno se ha limitado a simples
declaraciones y frases solemnes, sonoras y pomposas, pero completamente hueras,
que en boca de los diplomáticos burgueses han servido y sirven siempre para
engañar a las masas ingenuas y crédulas del pueblo esclavizado.
4.
Por
ello, el nuevo gobierno no sólo no merece la más mínima confianza en su
política exterior, sino que seguir exigiéndole que proclame los deseos de paz
de los pueblos de Rusia, que renuncie a las anexiones, etc., etc., significa,
en realidad, engañar al pueblo, hacerle concebir esperanzas irrealizables,
retrasar el esclarecimiento de su conciencia; significa contribuir
indirectamente a conciliar al pueblo con la continuación de la guerra, cuyo
verdadero carácter social no está determinado por las buenas intenciones, sino
por el carácter de clase del gobierno que la hace, por los nexos que ligan a la
clase representada por ese gobierno con el capital financiero imperialista de
Rusia, Inglaterra, Francia, etc., por la
política real y efectiva que esa clase sigue.
La original dualidad
de poderes y su significación de clase.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
5. La peculiaridad esencial de nuestra
revolución,la que más imperiosamente requiere una atención reflexiva, es la dualidad de poderes surgida ya en los
primeros días que siguieron al triunfo de la revolución.
Esta dualidad de poderes se
manifiesta en la existencia de dos
gobiernos: el gobierno principal, auténtico y efectivo de la burguesía, el
“Gobierno Provisional” de Lvov y Cía., que tiene en sus manos lodos los órganos
del poder, y un gobierno suplementario, accesorio, de “control”, encarnado en
el Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado, que no dispone de los
órganos de poder del Estado, pero que se apoya directamente en la indudable
mayoría absoluta del pueblo, en los obreros y soldados armados.
El origen y la significación
de clase de esta dualidad de poderes residen en que la revolución rusa de marzo
de 1917, además de barrer toda la monarquía zarista y entregar todo el poder a
la burguesía, se acercó de lleno a la
dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos.
Precisamente esa dictadura (es decir, un poder que no se basa en la ley, sino
en la fuerza directa de las masas armadas de la población), y precisamente de
las clases mencionadas, son el Soviet de Petrogrado y los Soviets locales de
diputados obreros y soldados.
6.
Otra
peculiaridad importantísima de la revolución rusa consiste en que el Soviet de
diputados soldados y obreros de Petrogrado, el cual goza, según lodos los
indicios, de la confianza de la mayoría de los Soviets locales, entrega voluntariamente el poder del Estado a la
burguesía y a su Gobierno
Provisional, le cede voluntariamente
la primacía suscribiendo con él el compromiso de apoyarle, y se contenta con el
papel de observador, de fiscalizador de la convocatoria de la Asamblea
Constituyente (hasta hoy, el Gobierno Provisional no ha señalado siquiera el
plazo de su convocatoria).
Esta circunstancia
extraordinariamente original, que la historia no había conocido bajo semejante
forma, ha entrelazado, formando un todo, dos dictaduras: la dictadura de la burguesía (pues el gobierno de
Lvov y Cía. es una dictadura, es decir, un poder que no se apoya en la ley ni
en la voluntad previamente expresada del pueblo, sino que ha sido tomado por la
fuerza y, además, por una clase determinada, la burguesía) y la dictadura del
proletariado y de los campesinos (el Soviet de diputados obreros y soldados).
No cabe la menor duda de que
ese “entrelazamiento” no está en
condiciones de sostenerse mucho tiempo. En un Estado no pueden existir dos poderes. Uno de ellos tiene que reducirse a
la nada, y toda la burguesía de Rusia labora ya con todas sus fuerzas, por
doquier y por todos los medios, para eliminar, debilitar y reducir a la nada
los Soviets de diputados obreros y soldados, para crear el poder único de la
burguesía.
La dualidad de poderes no
expresa más que un momento transitorio
en el curso de la revolución, el momento en que ésta ha rebasado ya los cauces
de la revolución democrática burguesa corriente, pero no ha llegado todavía al tipo “puro” de dictadura del
proletariado y de los campesinos.
La significación de clase (y
la explicación de clase) de esta situación transitoria e inestable consiste en
lo siguiente: nuestra revolución, como todas las revoluciones, ha requerido de
las masas el mayor heroísmo, los más grandes sacrificios en la lucha contra el
zarismo, y ha arrastrado al movimiento,
de golpe, a un número inmenso de pequeños burgueses.
Una de las principales
características científicas y político-prácticas de toda verdadera revolución consiste en que engrosa de un modo
increíblemente rápido, brusco, súbito el número de los “hombres de la calle”
que empiezan a tomar parte activa, independiente y efectiva en la vida
política, en la organización del Estado.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
En Rusia sucede lo mismo.
Rusia está hoy en ebullición. Millones y decenas de millones de hombres que se
habían pasado diez años aletargados políticamente, en quienes el espantoso yugo
del zarismo y los trabajos forzados al servicio de los terratenientes y de los
fabricantes habían matado, toda sensibilidad política, han despertado y comenzado a incorporarse a la vida política. ¿Y
quiénes son esos millones y decenas de millones de hombres? Son, en su mayoría, pequeños propietarios, pequeños
burgueses, gentes que ocupan un lugar intermedio entre los capitalistas y los
obreros asalariados. Rusia es el país más pequeñoburgués de toda Europa.
121
Esta gigantesca ola
pequeñoburguesa lo ha inundado todo, ha arrollado al proletariado consciente no
sólo por la fuerza de número, sino también ideológicamente; es decir, ha
arrastrado y contaminado con sus concepciones pequeñoburguesas de la política a
grandes sectores de la clase obrera.
En la vida real, la pequeña
burguesía depende de la burguesía: su vida es (por el lugar que ocupa en la producción
social) la del propietario, no la del proletario, y en su forma de pensar sigue
a la burguesía.
Una actitud de confianza
inconsciente hacia los capitalistas, los peores enemigos de la paz y del
socialismo: eso es lo que caracteriza la política actual de las masas en Rusia, ése es el fenómeno que
ha brotado con rapidez revolucionaria
en el terreno económico-social del país más pequeñoburgués de
Europa. Tal es el cimiento
de clase sobre el que descansa el “acuerdo” (insisto en que, al decir esto,
no me refiero tanto al acuerdo formal como al apoyo efectivo, al acuerdo tácito, a la cesión inconsciente y confiada
del poder) entre el Gobierno Provisional y el Soviet de diputados obreros y
soldados, acuerdo que ha proporcionado a los Guchkov una buena tajada, el
verdadero poder, mientras que al Soviet no le ha dado más que promesas, honores
(hasta cierto momento), adulaciones, frases, seguridades y reverencias por
parte de los Kerenski.
La debilidad numérica del
proletariado en Rusia, su insuficiente grado de conciencia y de organización:
he ahí el reverso de la misma medalla.
Todos los partidos
populistas, incluyendo a los eseristas, han sido siempre pequeñoburgueses, lo
mismo que el partido del Comité de Organización (Chjeídze, Tsereteli, etc.);
los revolucionarios sin partido (Steklov y otros) se han dejado también
arrastrar por la ola o no se han impuesto a ella, no han tenido tiempo de
imponerse.
Peculiaridad de la
táctica que se deriva de lo expuesto.
7.
De
la peculiaridad de la situación real, tal como queda expuesta, se desprende
obligatoriamente para el marxista —que debe tener en cuenta los hechos
objetivos, las masas y las clases, y no los individuos, etc.— la peculiaridad
de la táctica del momento presente.
Esta peculiaridad destaca a
primer plano la necesidad de “echar vinagre y bilis en el jarabe de las frases
democrático-revolucionarias” (para decirlo con la felicísima frase empleada por
Teodoróvich, un camarada mío del Comité Central de nuestro partido, en la
sesión de ayer del Congreso de empleados y obreros ferroviarios de toda Rusia,
que se está celebrando en Petrogrado132).
Es necesaria, por tanto, una labor de crítica y esclarecimiento
![]()
132 La Conferencia de empleados y obreros
ferroviarios de toda Rusia se celebró en Petrogrado del 6 al 20 de abril (19 de
abril-3 de mayo) de 1917. La conferencia, dirigida por los partidos
oportunistas, ocupó una posición defensista y declaró su pleno apoyo al
Gobierno Provisional burgués
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
de los errores de los
partidos pequeñoburgueses —el eserista y el socialdemócrata— una labor de
preparación y cohesión de los elementos del partido proletario consciente, del
Partido Comunista, una labor de liberación
del proletariado de la embriaguez pequeñoburguesa “general”.
Aparentemente, esto “no es más” que una labor de mera propaganda. Pero, en
realidad, es la labor revolucionaria más
práctica, pues es imposible impulsar una revolución que se ha estancado,
que se ahoga entre frases y se dedica a “marcar el piso sin moverse del sitio”, no por obstáculos exteriores, no porque la burguesía emplee contra ella la violencia (por el
momento, Guchkov sólo amenaza con emplear la violencia contra la masa de
soldados), sino por la inconsciencia confiada de las masas.
Sólo luchando contra esa
inconsciencia confiada (lucha que puede y debe librarse únicamente con las
armas ideológicas, por la persuasión amistosa, invocando la experiencia de la vida), podremos
desembarazarnos del desenfreno de frases
revolucionarias imperante e
impulsar de verdad tanto la conciencia del proletariado como la conciencia de
las masas, la iniciativa local, audaz
y resuelta, de las mismas y fomentar la realización, desarrollo y consolidación
no autorizados de las libertades, de la democracia, del principio de posesión
de toda la tierra por la totalidad del pueblo.
8. La experiencia de los gobiernos
burgueses y terratenientes del mundo entero ha creado dos métodos para mantener
la esclavización del pueblo. El primero es la violencia. Nicolás Románov I
(Nicolás el Garrote) y Nicolás II (el Sanguinario) enseñaron al pueblo ruso
todo lo posible e imposible en este método de verdugo. Pero hay, además, otro
método, que han elaborado mejor que nadie las burguesías inglesa y francesa,
“aleccionadas” por una serie de grandes revoluciones y movimientos
revolucionarios de masas. Es el método del engaño, de la adulación, de las
frases, de las promesas sin fin, de las míseras limosnas, de las concesiones en
las cosas insignificantes para conservar lo esencial.
La peculiaridad de la
situación actual en Rusia estriba en el tránsito vertiginosamente rápido del
primer método al segundo, del método de la violencia contra el pueblo al método
de las adulaciones y del engaño del
pueblo con promesas.
122
Como el gato de la fábula,
Miliukov y Guchkov escuchan y hacen lo que les parece. Detentan el poder,
protegen las ganancias del capital, hacen la guerra imperialista en interés del
capital ruso y anglo-francés y se limitan a contestar con promesas, declamaciones
y declaraciones efectistas a los discursos de tales “amos del gato” como
Chjeídze, Tsereteli y Steklov, que amenazan, apelan a la conciencia, conjuran,
imploran, exigen, proclaman... El gato escucha y sigue haciendo lo que le
parece.
Pero cada día que pase, la
inconsciencia confiada y la confianza inconsciente irán desapareciendo, sobre
todo entre los proletarios y los campesinos pobres,
a quienes la vida (su situación económico— social) enseña a no confiar en los
capitalistas.
Los líderes de la pequeña
burguesía “tienen” que enseñar al pueblo a confiar en la burguesía. Los
proletarios tienen que enseñarle a desconfiar de ella.
El defensismo
revolucionario y su significación de clase.
9. El fenómeno más importante y destacado
de la ola pequeñoburguesa que lo ha inundado “casi todo” es el defensismo revolucionario. Es éste,
precisamente, el peor enemigo del desarrollo y del triunfo de la revolución
rusa.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
Quien haya cedido en este
punto y no haya sabido sobreponerse, está perdido para la revolución. Pero las
masas ceden de otro modo que los líderes y se sobreponen de otro modo, por otro procedimiento, por
otro proceso de desarrollo.
El defensismo revolucionario
es, de una parte, fruto del engaño de las masas por la burguesía, fruto de la
confiada inconsciencia de los campesinos y de un sector de los obreros, y, de
otra parte, expresión de los intereses y del punto de vista del pequeño
propietario, interesado hasta cierto punto en las anexiones y ganancias
bancarias y que conserva “religiosamente” las tradiciones del zarismo, el cual
corrompía a los rusos convirtiéndolos en verdugos de otros pueblos.
La burguesía engaña al
pueblo especulando con el noble orgullo de éste por la revolución y presenta
las cosas como si el carácter político-social
de la guerra hubiese cambiado, por lo que a Rusia se refiere, a consecuencia de
esta etapa de la revolución, de la sustitución de la monarquía de los zares por
la casi república de Guchkov y Miliukov. Y el pueblo lo ha creído —hasta cierto
tiempo—, gracias, sobre todo, a los viejos prejuicios que le hacían ver en
cualquier pueblo de Rusia que no fuera el ruso una especie de propiedad o feudo
de éste. La infame corrupción del pueblo ruso por el zarismo, que lo habituó a
ver en los demás pueblos algo inferior, algo que pertenecía “por derecho
propio” a Rusia, no podía borrarse de
golpe.
Debemos saber explicar a las
masas que el carácter político-social de la guerra no se determina por la
“buena voluntad” de personas, de grupos ni aun de pueblos enteros, sino por la
situación de la clase que hace la
guerra; por la política de esta
clase, que tiene su continuación en la guerra; por los vínculos del capital, como fuerza económica dominante de la
sociedad moderna; por el carácter
imperialista del capital internacional; por el vasallaje financiero,
bancario y diplomático de Rusia respecto de Inglaterra y Francia, etc. No es fácil exponer hábilmente todo
esto, de modo que lo entiendan las masas. Ninguno de nosotros sería capaz de hacerlo de buenas a primeras sin
incurrir en errores.
Sin embargo, la orientación,
o mejor dicho, el contenido de nuestra propaganda tiene que ser así y sólo así.
La más insignificante concesión al defensismo revolucionario es una traición al socialismo, una renuncia
total al internacionalismo, por muy
bellas que sean las frases y muy
“prácticas” las razones con que se justifique.
La consigna de “¡Abajo la
guerra!” es, naturalmente, justa, pero no tiene en cuenta la peculiaridad de
las tareas del momento, la necesidad de cambiar
la actitud ante las grandes masas. Recuerda, a mi parecer, la consigna de
“¡Abajo el zar!”, con que los desmañados agitadores de los “buenos tiempos
pasados” se lanzaban al campo, sin pararse a pensar, para volver cargados de
golpes. La masa de partidarios del defensismo revolucionario obra de buena fe, no en un sentido personal,
sino en un sentido de clase, es
decir, pertenece a unas clases (obreros y campesinos pobres) que realmente no tienen nada que ganar con
las anexiones ni con la estrangulación de otros pueblos. Es distinta de los
burgueses y los señores “intelectuales”, quienes saben muy bien que es imposible renunciar a las anexiones
sin renunciar a la hegemonía del capital, y que engañan vilmente a las masas
con bellas frases y promesas sin cuenta ni tasa.
La masa de partidarios del
defensismo ve las cosas de un modo simple, pequeñoburgués: “No quiero
anexiones, pero los alemanes “arremeten” contra mí y, por tanto, defiendo una causa justa y no unos intereses
imperialistas”. A hombres de este tipo hay que explicarles sin cesar que no se
trata de sus deseos personales, sino de las relaciones y condiciones políticas,
de masas, de clases, del entronque de
la guerra con los intereses del capital y con la red internacional de bancos,
etc. Ese es el único modo serio de luchar contra el defensismo, el único que
nos promete el éxito, lento tal vez, pero seguro y duradero.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
¿Cómo se puede poner
fin a la guerra?
10.
A la
guerra no se le puede poner fin por “deseo propio”. No se le puede poner fin
por decisión de una sola de las partes. No se le puede poner fin “clavando la
bayoneta en la tierra”, según la frase de un soldado defensista.
123
A la guerra no se le puede
poner fin mediante un “acuerdo” entre los socialistas de diferentes países, por
medio de una “acción” de los proletarios de todos los países, por la “voluntad”
de los pueblos, etc. Todas las frases de este tipo, que colman los artículos de
los periódicos defensistas, semidefensistas y semiinternacionalistas, así como
las innumerables resoluciones, proclamas y manifiestos y las resoluciones del
Soviet de diputados soldados y obreros, no son más que bondadosos, inofensivos
y vacuos deseos de pequeños burgueses. No hay nada más nocivo que esas frases
en torno a la “expresión de la voluntad de paz de los pueblos”, el turno que han de seguir las acciones
revolucionarias del proletariado (después del proletariado ruso, le “toca” al
alemán), etc. Todo eso es actuar a lo Luis Blanc, son sueños melifluos; es
jugar a las “campañas políticas”, es, en realidad, repetir la fábula del gato.
La guerra no ha sido
engendrada por la voluntad maligna de los bandidos capitalistas, aunque es
indudable que se hace sólo en interés
suyo y sólo a ellos enriquece. La guerra es el producto de medio siglo de
desarrollo del capital mundial, de sus miles de millones de hilos y vínculos. Es imposible salir de la guerra
imperialista, es imposible conseguir
una paz democrática, una paz no impuesta por la violencia, sin derribar el
poder del capital y sin que el poder del Estado pase a manos de otra clase, del proletariado.
Con la revolución rusa de
febrero-marzo de 1917, la guerra imperialista comenzó a transformarse en guerra
civil. Esta revolución ha dado el primer
paso hacia el cese de la guerra. Pero sólo un segundo paso puede asegurar
ese cese, a saber: el paso del poder del Estado a manos del proletariado. Eso
será el comienzo de la “ruptura del frente” en todo el mundo, del frente de los
intereses del capital; y sólo rompiendo ese
frente, puede el proletariado redimir
a la humanidad de los horrores de la guerra y asegurarle el bien de una paz
duradera.
La revolución rusa, al crear
los Soviets de diputados obreros, ha llevado ya al proletariado de Rusia hasta el umbral de esa “ruptura del
frente” del capital.
El nuevo tipo de
estado que brota en nuestra revolución.
11.
Los
Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, etc., son incomprendidos no
sólo en el sentido de que la mayoría no ve con claridad su significación de
clase ni su papel en la revolución rusa;
son incomprendidos también en el sentido de que representan una nueva forma, o
más exactamente, un nuevo tipo de Estado.
El tipo más perfecto, más
avanzado de Estado burgués es la república
democrática parlamentaria. El poder pertenece al Parlamento; la máquina del
Estado, el aparato y los órganos de
gobierno son los usuales: ejército permanente, policía y una burocracia
prácticamente inamovible, privilegiada y situada por encima del pueblo.
Pero desde finales del siglo XIX, las épocas revolucionarias
hacen surgir un tipo superior de
Estado democrático; un Estado que, en ciertos aspectos, deja ya de ser, según
la expresión de Engels, un Estado. “no es ya un Estado en el verdadero sentido
de la palabra” 133. Nos referimos al Estado del tipo de la Comuna de París, que sustituye el ejército y la policía,
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133 Véase la carta de F. Engels a A. Bebel, 18-28 de marzo de 1875
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
separados del pueblo, con el
armamento directo e inmediato del pueblo. En
esto reside la esencia de la Comuna, calumniada por los escritores
burgueses, y a la que, entre otras cosas, atribuían erróneamente la intención
de “implantar” en el acto el socialismo.
La revolución rusa comenzó a crear, primero en 1905, y
luego en 1917, un Estado precisamente de ese tipo. La República de los Soviets
de diputados obreros, soldados, campesinos, etc., congregados en la Asamblea
Constituyente de los representantes del pueblo de toda Rusia, o en el Consejo
de los Soviets, etc.: he ahí lo que está
encarnando ya en la vida de nuestro país, ahora, en este momento, por
iniciativa de un pueblo de millones y
millones de hombres, que crea la democracia, sin previa autorización, a su manera, sin esperar a que los
señores profesores demócratas -constitucionalistas escriban sus proyectos de
ley para crear una república parlamentaria burguesa, y sin esperar tampoco a
que los pedantes y rutinarios de la “socialdemocracia” pequeñoburguesa, como
los señores Plejánov o Kautsky, renuncien a sus tergiversaciones de la teoría
marxista del Estado.
El marxismo se distingue del
anarquismo en que reconoce la necesidad
del Estado y del poder estatal durante el período revolucionario, en general, y
en la época del tránsito del capitalismo al socialismo, en particular.
El marxismo se distingue del
“socialdemocratismo” pequeñoburgués y oportunista de los señores Plejánov,
Kautsky y Cía. en que el Estado que considera necesario para esos períodos no es un Estado como la república
parlamentaria burguesa corriente, sino un Estado del tipo de la Comuna de
París.
Las diferencias
fundamentales entre este último tipo de Estado y el antiguo estriban en lo
siguiente:
De la república
parlamentaria burguesa es muy fácil volver a la monarquía (la historia lo
demuestra), ya que queda intacta toda la máquina de opresión: el ejército, la
policía y la burocracia. La Comuna y los Soviets de diputados obreros,
soldados, campesinos, etc., destruyen
y eliminan esa máquina.
La república parlamentaria
burguesa dificulta y ahoga la vida política independiente de las masas, su participación directa en la
edificación democrática de todo el
Estado, de abajo arriba. Los Soviets
de diputados obreros y soldados hacen lo contrario.
124
Los Soviets reproducen el
tipo de Estado que iba formando la Comuna de París y que Marx calificó de “la
forma política al fin descubierta para llevar
a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo”134.
Suele objetarse que el
pueblo ruso no está preparado todavía para “implantar” la Comuna. Es el mismo
argumento que empleaban los defensores del régimen de la servidumbre, cuando
decían que los campesinos no estaban preparados aún para la libertad. La Comuna,
es decir, los Soviets de diputados obreros y campesinos, no “implanta”, no se
propone “implantar” ni debe implantar ninguna
transformación que no esté ya perfectamente madura en la realidad económica y
en la conciencia de la inmensa mayoría del pueblo. Cuanto mayores son la
bancarrota económica y la crisis engendrada por la guerra, más apremiante es la
necesidad de una forma política, lo más perfecta posible, que facilite la curación de las horrendas
heridas causadas por la guerra a la humanidad. Y cuanto menos experiencia tenga
el pueblo ruso en punto a organización, tanto más resueltamente habrá que emprender la labor de organización del pueblo mismo y no exclusivamente de los
politiqueros burgueses y funcionarios con “puestecitos lucrativos”.
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134 Véase C. Marx. La guerra civil en Francia. Manifiesto
del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores. (C.
Marx y F. Engels. Obras Escogidas en
tres tomos, ed. en español, t. II, pág. 236.)-292.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
Cuanto más rápidamente nos
desembaracemos de los viejos prejuicios del seudomarxismo, del marxismo
desnaturalizado por los señores Plejánov, Kautsky y Cía.; cuanto más
celosamente ayudemos al pueblo a crear sin demora y por doquier Soviets de
diputados obreros y campesinos, a que éstos se hagan cargo de toda la vida; cuanto más largas den los
señores Lvov y Cía. a la convocatoria de la Asamblea Constituyente, más fácil
resultará al pueblo pronunciarse a favor de la República de los Soviets de
diputados obreros y campesinos (por medio de la Asamblea Constituyente o sin
ella, si Lvov tarda mucho en convocarla). En esta nueva labor de organización
del pueblo mismo serán inevitables al principio ciertos errores, pero es mejor
equivocarse y avanzar que esperar a
que los profesores y juristas reunidos por el señor Lvov escriban las leyes
acerca de la convocatoria de la Asamblea Constituyente, de la perpetuación de
la república parlamentaria burguesa y de la estrangulación de los Soviets de
diputados obreros y campesinos.
Si nos organizamos y hacemos
con habilidad nuestra propaganda, conseguiremos que no sólo los proletarios,
sino nueve décimas partes de los campesinos estén contra la restauración de la
policía, contra la burocracia inamovible y privilegiada y contra el ejército
separado del pueblo y precisamente en eso, y sólo en eso, estriba el nuevo tipo
de Estado.
12. La sustitución de la policía por la
milicia del pueblo es una transformación que ha derivado de todo el proceso
revolucionario y que se está realizando actualmente en la mayoría de los
lugares de Rusia. Debemos explicar a las masas que, en la mayoría de las
revoluciones burguesas de tipo corriente, esta transformación ha sido muy
efímera y que la burguesía, incluso la más democrática y republicana, ha
restablecido la vieja policía de tipo zarista, separada del pueblo, colocada
bajo las órdenes de los elementos burgueses y capaz de oprimir al pueblo por
todos los medios.
Sólo hay un medio de impedir la restauración de la policía:
crear una milicia popular y fusionarla con el ejército (sustitución del
ejército permanente por el armamento de todo el pueblo). A esta milicia deberán
pertenecer absolutamente todos los ciudadanos y ciudadanas, desde los quince
hasta los sesenta y cinco años, edades que sólo tomamos a título de ejemplo
para determinar la participación en ella de los adolescentes y ancianos. Los
capitalistas deberán abonar a los obreros asalariados, criados, etc., el jornal
de los días en que presten servicio social en la milicia. Sin incorporar a la
mujer a la participación independiente tanto en la vida política en general
como en el servicio social permanente que deben prestar todos los ciudadanos,
es inútil hablar no sólo de socialismo, sino ni siquiera de una democracia
completa y estable. Hay, además, funciones de “policía’’, como el cuidado de
los enfermos y de los niños abandonados, la inspección de la alimentación,
etc., que no pueden cumplirse satisfactoriamente sin conceder a la mujer plena
igualdad de derechos no sólo en el papel , sino en la realidad.
Impedir el restablecimiento
de la policía, incorporar las fuerzas organizadoras de todo el pueblo a la
creación de una milicia que abarque a toda la población: tales son las tareas
que el proletariado ha de llevar a las masas para proteger, consolidar y desarrollar
la revolución.
El programa agrario y
el programa nacional.
13. En los momentos actuales no podemos
saber con precisión si se desarrollará en un futuro próximo una poderosa
revolución agraria en el campo ruso.
No podemos saber hasta dónde llega la
división de clase del campesinado —acentuada indudablemente en los últimos
tiempos— en braceros, obreros asalariados y campesinos
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
pobres (“semiproletarios”),
de un lado, y campesinos ricos y medios (capitalistas y pequeños capitalistas),
de otro. Sólo la experiencia puede dar, y dará, respuestas a estas
interrogantes.
Pero como partido del
proletariado, tenemos la obligación absoluta no sólo de presentar sin demora un
programa agrario (un programa de la tierra), sino también de propugnar, en interés de la revolución agraria
campesina en Rusia, diversas medidas prácticas de realización inmediata.
Debemos exigir la
nacionalización de todas las tierras:
es decir, que todas las tierras existentes en el país pasen a ser propiedad del
poder central del Estado. Este poder deberá determinar las proporciones, etc.,
del fondo de tierras destinado a asentamientos, promulgar las leyes necesarias
para la protección forestal, mejoramiento del suelo, etc., y prohibir en
absoluto toda mediación entre el propietario de la tierra, es decir el Estado,
y su arrendatario, o sea, el agricultor (prohibir todo subarriendo de la
tierra). Mas el derecho a disponer de
la tierra y a determinar todas las condiciones
locales para su posesión y disfrute no debe encontrarse en modo alguno en
manos de la burocracia, de los funcionarios, sino plena y exclusivamente en
manos de los Soviets de diputados
campesinos regionales y locales.
125
Para mejorar la técnica de
la producción de cereales, aumentar las proporciones de ésta, desarrollar las
grandes haciendas agrícolas racionales y efectuar el control social de las
mismas debemos tender dentro de los comités de campesinos a transformar cada
finca terrateniente confiscada en una gran hacienda modelo, bajo el control de
los Soviets de diputados braceros.
En contraposición a las
frases y la política pequeñoburguesas imperantes entre los eseristas,
principalmente en su frívola charlatanería acerca de la forma de “consumo” o de
“trabajo”135, de la “socialización de la tierra”,
etc., el partido del proletariado debe explicar que el sistema de la pequeña
hacienda, existiendo la producción mercantil, no está en condiciones de liberar a la humanidad de la miseria de
las masas ni de sin opresión.
Sin escindir inmediata y
obligatoriamente los Soviets de diputados campesinos, el partido del
proletariado debe explicar la necesidad de organizar Soviets especiales de
diputados braceros y Soviets especiales de diputados campesinos pobres
(semiproletarios), o, por lo menos, asambleas especiales permanentes de los
diputados de estos sectores de clase,
como fracciones o partidos especiales dentro de los Soviets generales de
diputados campesinos. De otro modo, todas esas melifluas frases
pequeñoburguesas de los populistas acerca de los campesinos en general servirán
para encubrir el engafo de las masas desposeídas por parte de los campesinos
ricos, que no son otra cosa que una variedad de capitalistas.
Frente a las prédicas
liberales burguesas o puramente burocráticas de muchos socialistas—
revolucionarios y de diversos Soviets de diputados obreros y soldados, que
aconsejan a los campesinos no apoderarse de las tierras de los terratenientes
ni empezar las transformaciones agrarias hasta que se reúna la Asamblea
Constituyente, el partido del proletariado debe exhortar a los campesinos a
efectuar sin tardanza ni previa autorización las transformaciones agrarias y la
confiscación inmediata de las tierras de los terratenientes por acuerdo de los
diputados campesinos en cada lugar.
Tiene singular importancia,
a este respecto, insistir en la necesidad de aumentar la producción de víveres para los soldados que se hallan
en el frente y para las ciudades,
![]()
135 Norma de consumo: reparto de la tierra entre las familias campesinas por el
número de bocas.
Norma
de trabajo: reparto
de la tierra entre las familias campesinas por el número de miembros aptos para
el trabajo.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
haciendo ver que es absolutamente
intolerable destruir o inferir daños al ganado, deteriorar los aperos,
máquinas, edificios, etc.
14.
En
el problema nacional, el partido del proletariado debe defender, ante todo, la
proclamación y realización inmediata de la plena libertad a separarse de Rusia
para todas las naciones y minorías nacionales oprimidas por el zarismo, que han
sido incorporadas por la fuerza o retenidas violentamente dentro de las
fronteras del Estado, es decir, anexadas.
Todas las manifestaciones,
declaraciones y proclamas renunciando a las anexiones, pero que no lleven
aparejada la realización efectiva de la libertad de separación, no son más que
un engaño burgués del pueblo o ingenuos deseos pequeñoburgueses.
El partido del proletariado
aspira a crear un Estado lo más grande posible, ya que eso beneficia a los
trabajadores; aspira al acercamiento y la
sucesiva fusión de las naciones; mas no quiere alcanzar ese objetivo por la
violencia, sino exclusivamente por medio de una unión libre y fraternal de los
obreros y las masas trabajadoras de todas las naciones.
Cuanto más democrática sea
la República Rusa, cuanto mejor consiga organizarse como una República de los
Soviets de diputados obreros y campesinos, tanto más poderosa será la fuerza de
atracción voluntaria hacia esta
república para las masas trabajadoras de todas
las naciones.
Plena libertad de
separación, la más amplia autonomía local (y nacional), garantías detalladas de
los derechos de las minorías nacionales: tal es el programa del proletariado
revolucionario.
Nacionalización de
los bancos y de los consorcios capitalistas.
15.
El
partido del proletariado no puede proponerse, en modo alguno, “implantar” el
socialismo en un país de pequeños campesinos mientras la inmensa mayoría de la
población no haya tomado conciencia de la necesidad de la revolución
socialista.
Pero sólo los sofistas
burgueses, que se esconden tras tópicos “casi marxistas”, pueden deducir de
este axioma la justificación de una política que diferiría la aplicación
inmediata de medidas revolucionarias plenamente maduras desde el punto de vista
práctico, realizadas no pocas veces, en el transcurso de la guerra, por toda una
serie de Estados burgueses y perentoriamente necesarias para luchar contra
la completa desorganización económica
que nos amenaza y contra el hambre inminente.
Medidas corno la
nacionalización de la tierra y de todos los bancos y consorcios de los
capitalistas, o, por lo menos, el establecimiento urgente del control de
los mismos por los Soviets de diputados obreros, etc., que no significan en
modo alguno la “implantación” del socialismo, deben ser defendidas
incondicionalmente y aplicadas, dentro de lo posible, por vía revolucionaria.
Sin estas medidas, que no son más que pasos hacia el socialismo, y
perfectamente realizables desde el punto de vista económico, será imposible
curar las heridas causadas por la guerra e impedir la inminente bancarrota; y
el partido del proletariado revolucionario jamás vacilará en atentar contra los
beneficios inauditos de los capitalistas y banqueros, que se enriquecen
precisamente “con la guerra” de un modo particularmente escandaloso.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
La situación en el
seno de la internacional socialista.
16. Los deberes internacionales de la clase
obrera de Rusia se sitúan precisamente ahora en primer plano y cobran un
especial relieve.
Hoy, todo el mundo, a excepción de los que tienen pereza de
hacerlo, jura confesar el
internacionalismo; hasta los
defensistas chovinistas, hasta los señores Plejánov y Potrésov, hasta Kerenski,
se llaman internacionalistas. Por eso, urge que el partido proletario,
cumpliendo con su deber, oponga con toda claridad, con toda precisión y con
toda nitidez al internacionalismo palabrero el internacionalismo efectivo.
Los llamamientos platónicos
dirigidos a los obreros de todos los países; las aseveraciones va de fidelidad
al internacionalismo; las tentativas de establecer, directa o indirectamente,
un “turno” en las acciones del proletariado revolucionario de los diversos
países beligerantes; los forcejeos por l legar a un “acuerdo” entre los
socialistas de los países beligerantes respecto
a la lucha revolucionaria; el ajetreo en torno a la organización de congresos
socialistas para desarrollar una
campaña en pro de la paz, etc., etc., todo eso por su significación objetiva, por sinceros que sean los
autores de esas ideas, de esas tentativas y de esos planes, no es más que vacua
palabrería, y, en el mejor de los
casos, la expresión de deseos inocentes y piadosos, que sólo sirven para
encubrir el engaño de que los
chovinistas hacen víctimas a las masas. Los socialchovinistas franceses, los más avezados y más
diestros en todos los trucos y mañas del fraude parlamentario, hace mucho ya
que han batido el récord en punto a las frases pacifistas e internacionalistas
increíblemente pomposas, que van acompañadas
de una traición inauditamente descarada al socialismo y a la Internacional, de
la participación en los ministerios que hacen la guerra imperialista, de la
votación de créditos o de empréstitos
(como lo han hecho en Rusia, últimamente. Chjeídze, Skóbeliev, Tsereteli y
Steklov), de la resistencia a la lucha revolucionaria dentro de su propio país, etc., etc.
Las gentes bondadosas
olvidan con frecuencia la dura y cruel realidad de la guerra imperialista
mundial. Y esta realidad no admite frases, se burla de todos los deseos
candorosos y melifluos.
Sólo hay un
internacionalismo efectivo, que consiste en entregarse por completo al
desarrollo del movimiento revolucionario y de la lucha revolucionaria dentro de su propio país, en apoyar (por
medio de la propaganda, con la ayuda moral y material) esta lucha, esta línea de conducta, y sólo ésta en todos los países sin excepción.
Todo lo demás es engaño y manilovismo136.
El movimiento socialista y
obrero internacional ha originado durante más de dos años de guerra, en todos
los países, tres corrientes de opinión; y quien abandone el terreno real del reconocimiento y del análisis
de estas tres corrientes y de la lucha consecuente por la tendencia
verdaderamente internacionalista, se condenará a sí mismo a la impotencia, a la
incapacidad y a las equivocaciones.
Estas corrientes son:
1) Los socialchovinistas, es decir, los
socialistas de palabra y chovinistas de hecho son los que admiten la “defensa
de la patria” en la guerra imperialista (y, sobre todo, en la guerra
imperialista actual).
Estos elementos son nuestros enemigos de clase. Se han pasado al
campo de la burguesía.
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136 Manilovismo: denominación debida al nombre del
terrateniente Manílov, personaje de la obra del escritor ruso N. Gógol Las almas muertas. Es sinónimo de
placidez, sentimentalismo melifluo y fantasía ilusoria
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
En este grupo figura la
mayoría de los líderes oficiales de la socialdemocracia oficial de todos los países. Los señores Plejánov y
Cía. en Rusia, los Scheidemann en Alemania, Renaudel, Guesde y Sembat en
Francia, Bissolati y Cía. en Italia, Hyndman, los fabianos y los dirigentes
laboristas en Inglaterra. Branting y Cía. en Suecia, Troelstra y su partido en
Holanda, Stauning y su partido en Dinamarca, Víctor Berger y otros “defensores
de la patria” en los Estados Unidos, etc.
2) La segunda corriente —el llamado
“centro”— está formada por los que oscilan entre los socialchovinistas y los
internacionalistas verdaderos.
Todos los “centristas” juran
y perjuran que ellos son marxistas, internacionalistas, partidarios de la paz,
que están dispuestos a “presionar” por todos los medios a gobiernos, dispuestos
a “exigir” de mil maneras a su propio gobierno que “consulte al pueblo para que
éste exprese su voluntad de paz”, propicios a mantener toda suerte de campañas
a favor de la paz, de una paz sin anexiones, etc., etc., y propicios también a sellar la paz con los socialchovinistas. El
“centro” quiere la “unidad”; el centro es enemigo de la escisión.
El “centro” es el reino de
las bondadosas frases pequeñoburguesas, del internacionalismo de palabra, del
oportunismo pusilánime y de la complacencia servil ante los socialchovinistas
de hecho.
El quid de la cuestión
reside en que el “centro” no está convencido de la necesidad de una revolución
contra sus propios gobiernos, no propaga esa necesidad, no sostiene una lucha
revolucionaria abnegada, sino que encuentra siempre los más vulgares subterfugios —de una magnífica sonoridad
archi“marxista”— para no hacerla.
127
Los socialchovinistas son
nuestros enemigos de clase, son burgueses dentro del movimiento obrero.
Representan a una capa, a los grupos y sectores de la clase obrera
objetivamente sobornados por la burguesía (mejores salarios, cargos
honoríficos, etc.) y que ayudan a la burguesía de su propio país a saquear y estrangular a los pueblos pequeños y
débiles y a luchar por el reparto del
botín capitalista.
El “centro” lo forman los
elementos rutinarios, corroídos por la podrida legalidad, corrompidos por la
atmósfera de parlamentarismo, etc. Son funcionarios acostumbrados a los
puestecitos confortables y al trabajo “tranquilo”. Considerados histórica y económicamente,
no representan ninguna capa social específica,
no pueden valorarse más que como un fenómeno
de transición del período ya superado, del movimiento obrero de 1871 a 1914
—período que ha dado no pocas cosas de valor, sobre todo en el arte imprescindible
para el proletariado de la labor lenta, consecuente y sistemática de
organización sobre bases cada vez más amplias— a un nuevo período objetivamente necesario desde que estalló la primera guerra
imperialista mundial, que abrió la era de
la revolución social.
El jefe y representante más
destacado del “centro” es Carlos Kautsky, primera autoridad de la II
Internacional (1889-1914), caso típico de la más completa bancarrota del
marxismo y un ejemplo de inaudito apocamiento, de las más miserables
vacilaciones y traiciones desde agosto de 1914. La tendencia “centro” está
representada por Kautsky, Haase, Ledebour, la llamada “Liga Obrera o del
Trabajo”137 en el Reichstag; en Francia son
Longuet, Pressemanne y los llamados “minoritarios”138 (mencheviques) en general; en Inglaterra,
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137 Véase la nota 58.
138
Minoritarios o longuetistas: minoría del Partido Socialista
Francés, formada en 1915 y encabezada por Jean Longuet. Los longuetistas
sostenían puntos de vista centristas y aplicaban una política de conciliación
con los socialchovinistas. Durante la primera guerra mundial, los longuetistas
adoptaron una posición socialpacifista. Después del triunfo de la Revolución
Socialista de Octubre en Rusia, se declararon partidarios de la dictadura del
proletariado, pero, de hecho, estaban contra ella. Al quedar en minoría en el
Congreso del Partido Socialista Francés celebrado en Tours en diciembre de
1920, en el que triunfó el ala izquierda, los longuetistas, unidos a los
reformistas
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
Felipe Snowden, Rainsay
MacDonald y muchos otros líderes del Partido Laborista Independiente139 y algunos del Partido Socialista Británico140; en los Estados Unidos, Mauricio Hillquit y muchos otros; en
Italia. Turati, Treves, Modigliani, etc.; en Suiza, Roberto Grimm y otros; en
Austria, Víctor Adler y Cía.; en Rusia, el partido del Comité de Organización,
Axelrod, Mártov, Chjeídze, Tsereteli, etc., etc.
Es natural que haya personas
que, sin advertirlo ellas mismas, se pasen de la posición del socialchovinismo
a la del “centro” y viceversa. Todo marxista sabe que las clases se mantienen
deslindadas unas de otras, aunque las personas cambien libremente de clase; lo
mismo ocurre con las tendencias en la
vida política, que no se confunden por que una o varias personas se pasen
libremente de un campo a otro, ni a pesar de los esfuerzos y tentativas que se
hacen por fundir esas tendencias.
3) La tercera corriente es la que
representan los internacionalistas de hecho, cuya expresión más fiel la
constituye la “izquierda de Zimmerwald”141. (En
el apéndice insertamos su manifiesto de septiembre de 1915, para que el lector
pueda conocer de primera mano el origen de esta tendencia.)
Su principal rasgo
distintivo es: la ruptura completa con el socialchovinismo y con el “centro”,
la abnegada lucha revolucionaria contra el gobierno imperialista propio y contra la burguesía
imperialista propia. Su principio es:
“el enemigo principal está dentro del país propio”. Lucha sin cuartel contra
las melifluas frases socialpacifistas (el socialpacifista es socialista de
palabra y pacifista burgués de hecho; los pacifistas burgueses sueñan con la
paz perpetua sin derrocar el yugo ni el dominio del capital) y contra todos los
subterfugios con que se pretende
negar la posibilidad, la oportunidad o la conveniencia de la lucha
revolucionaria del proletariado y de la revolución proletaria, socialista, en relación con la guerra actual.
Los representantes más
destacados de esta tendencia son: en Alemania, el Grupo Espartaco o Grupo de la
Internacional del que forma parte Carlos Liebknecht, el representante más
famoso de esta corriente y de la nueva y verdadera Internacional proletaria.
Carlos Liebknecht ha hecho
un llamamiento a los obreros y soldados de Alemania, invitándoles a volver las armas contra su propio gobierno. Y lanzó este
llamamiento abiertamente, desde la tribuna del
Parlamento (Reichstag).
Luego, llevando consigo proclamas impresas clandestinamente, se encaminó a la
plaza de Potsdam, una de las mayores de Berlín, para participar en una
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declarados, se separaron del partido y
se adhirieron a la llamada Internacional II y 1/2; después de disolverse ésta,
volvieron a la II Internacional
139 Véase la nota 59
140 El Partido Socialista
Británico (British Socialist Party) fue fundado en 1911, en Manchester,
mediante la unificación del Partido Socialdemócrata con otros grupos
socialistas. El PSB hizo propaganda en el espíritu de las ideas marxistas. Era
un partido "no oportunista, verdaderamente
independiente respecto a los liberales" (V. I. Lenin. Obras Completas, 5a edición en ruso, t. 23, pág. 344). Sin embargo,
el escaso número de militantes y sus débiles vínculos con las masas le daban un carácter algo sectario.
Durante la primera guerra
mundial se entabló en el partido una dura lucha entre la corriente
internacionalista (W. Gallacher, A. Inkpin, D. Maclean, F. Rothstein y otros) y
la socialchovinista, encabezada por Hyndman. En la corriente internacionalista
había elementos inconsecuentes, que ocupaban una posición centrista en diversas
cuestiones.
En febrero de 1916, un grupo
de dirigentes del PSB fundó el periódico The
Call ("Llamamiento"), que contribuyó en gran medida a la cohesión
de los internacionalistas. La Conferencia anual del PSB, celebrada en abril de
1916 en Salford, condenó la posición socialchovinista de Hyndman y sus
correligionarios y éstos abandonaron el partido.
El Partido Socialista Británico desempeñó el papel principal,
junto con el Grupo de Unidad Comunista, en la constitución del Partido
Comunista de la Gran Bretaña. En el I Congreso, el de unificación, celebrado en
1920, la inmensa mayoría de las organizaciones locales del PSB se fusionó con
el Partido Comunista
141 Véase la nota 15.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
manifestación bajo la
consigna de “¡Abajo el gobierno!” Fue detenido y condenado a presidio, donde está actualmente
recluido, como cientos o quizá miles
de verdaderos socialistas alemanes
encarcelados por luchar contra la guerra.
Carlos Liebknecht luchó
implacablemente en sus discursos y en sus cartas no sólo contra los Plejánov y
los Potrésov de su propio país (los
Scheidemann, Legien. David y Cía.), sino
también contra los “centristas” alemanes, contra los Chjeídze y los
Tsereteli de puertas adentro
(Kautsky, Haase, Ledebour y Cía.).
Carlos Liebknecht y su amigo
Otto Rühle fueron, entre los 110 diputados, los únicos que rompieron la
disciplina, echaron por tierra la “unidad’ con el “centro” y con los
chovinistas y se enfrentaron a todos.
Liebknecht es el único que representa
el socialismo, la causa del proletariado, la revolución proletaria. Todo el resto de la socialdemocracia
alemana no es más, para decirlo con la frase feliz de Rosa Luxemburgo (afiliada
también y dirigente del Grupo Espartaco), que un cadáver maloliente.
Otro grupo de
internacionalistas de hecho es el que se ha formado en Alemania en torno al
periódico de Bremen Política Obrera.
128
En Francia, los elementos
más afines a los internacionalistas de hecho son: Loriot y sus amigos
(Bourderon y Merrheim se han pasado al socialpacifismo) y el francés Enrique
Guilbeaux, que publica en Ginebra la revista Demain142; en Inglaterra, el periódico The Trade-Unionist143 y una parte de los miembros del Partido
Socialista Británico y del Partido Laborista
Independiente (por ejemplo, Williams Russell, que ha proclamado abiertamente la
necesidad de romper con los jefes traidores
al socialismo); el maestro de escuela y socialista escocés Maclean, condenado a presidio
por el gobierno burgués de Inglaterra, por haber luchado revolucionariamente
contra la guerra, como cientos de socialistas ingleses que expían en las
cárceles delitos del mismo género. Ellos, sólo ellos, son internacionalistas de hecho; en los Estados Unidos, el
Partido Socialista Obrero 144 y los elementos del oportunista Partido Socialista 145 que
publican desde enero de 1917 el periódico The
Internationalist146; en Holanda , el partido de los
“tribunistas”147, que publican el periódico
![]()
142
Demain ("Mañana"): revista mensual literaria, publicística y
política, fundada por el escritor y periodista E. Guilbeaux, internacionalista
francés. Se publicó desde enero de 1916 hasta 1919, primero en Ginebra y luego
en Moscú
143 "The Trade-Unionist"
("El Tradeunionista"): periódico sindical inglés que se editó en
Londres desde noviembre de 1915 hasta noviembre de 1916
144 El Partido Socialista
Obrero de Norteamérica (Socialist Labour Party) se constituyó en el
Congreso de unificación de Filadelfia, celebrado en 1876, como resultado de la
fusión de las secciones norteamericanas de la I Internacional y otras
organizaciones socialistas. La inmensa mayoría del partido eran inmigrados
débilmente unidos a los obreros naturales de Norteamérica. En los primeros años
ocuparon una posición dirigente en el partido los lassalleanos, que cometieron
errores de carácter dogmático y sectario. Las vacilaciones ideológicas y
tácticas de la dirección debilitaron el partido y apartaron de él a varios
grupos.
En los años 90 ascendió a la dirección del Partido Socialista
Obrero el ala izquierda encabezada por D. De Leon, que cometió errores de
carácter anarcosindicalista. Durante la primera guerra mundial de 1914-1918, el
Partido Socialista Obrero se inclinó hacia el internacionalismo. La parte más
revolucionaria del PSO tomó activa participación en la creación del Partido
Comunista de Norteamérica
145 El Partido
Socialista de Norteamérica se constituyó en julio de 1901, en el Congreso
de Indianápolis, por la fusión de varios grupos socialistas. Durante la primera
guerra mundial en el Partido Socialista se formaron tres corrientes: los
socialchovinistas, que apoyaban la política imperialista del gobierno; los
centristas, que se oponían a la guerra imperialista solamente de palabra, y la
minoría revolucionaria, que sostenía posiciones internacionalistas y luchaba
contra la guerra.
En 1919, el Partido Socialista se escindió. El ala izquierda
abandonó el partido y fue la iniciadora de la fundación y el núcleo principal
del Partido Comunista de los EE.UU
146 "The Internationalist"
("El Internacionalista"): semanario, órgano del ala izquierda de los
socialistas. Lo publicó a comienzos de 1917 en Boston la Liga de Propaganda
Socialista de Norteamérica
147
Tribunistas: miembros del Partido Socialdemócrata
Holandés, cuyo órgano era el periódico De
Tribune ("La Tribuna"). Los tribunistas no eran un partido
consecuentemente revolucionario, pero representaban el ala izquierda
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
De Tribune
(Pannekoek, Hermann Gorter, Wijnkoop, Henrietta Roland-Holst, que en Zimmerwald
figuraba en el centro, pero que ahora se ha pasado a nuestro campo); en Suecia,
el partido de los jóvenes o de los izquierdistas148, acaudillado por hombres como Lindhagen, Ture Nerman, Carleson,
Ström y Z. Höglund, que en Zimmerwald intervino personalmente en la fundación
de la “izquierda zimmerwaldiana” y se halla hoy en la cárcel luchar
revolucionariamente contra la guerra; en Dinamarca, Trier y sus amigos, que han
abandonado el Partido “Socialdemócrata” Dinamarqués, completamente aburguesado y presidido por el ministro Stauning; en Bulgaria, los
“tesniakí”149; en Italia, los más cercanos son
Constantino Lazzari, secretario del partido, y Serrati, redactor de Avanti!150, su órgano central; en Polonia, Rádek,
Hanecki y otros dirigentes de la socialdemocracia unificada en la “Dirección
Territorial”; Rosa Luxemburgo, Tyszka y otros líderes de la socialdemocracia
unificada en la “Dirección Central”151; en
Suiza, los izquierdistas que, en enero de 1917, redactaron la fundamentación de
un “referéndum” para luchar contra los socialchovinistas y contra el “centro”
de su propio país y que en el
Congreso socialista del cantón de Zúrich, celebrado en Töss el 11 de febrero de
1917, presentaron una resolución verdaderamente revolucionaria contra la
guerra; en Austria, los jóvenes amigos de izquierda de Federico Adler, que
tenían, en parte, su centro de acción en el club vienés Carlos Marx, clausurado ahora por el gobierno austriaco,
reaccionario hasta la médula, que se ensaña con Federico Adler por su atentado
heroico, aunque mal pensado, contra uno de los ministros, etc., etc.
No importan los matices, que
se dan también entre los izquierdistas. Lo esencial es la corriente misma. El nervio de la cuestión está en que, en estos
tiempos de espantosa guerra imperialista,
no es fácil ser internacionalista de hecho. Estos elementos no abundan, pero sólo ellos representan el porvenir del
socialismo, sólo ellos son los jefes de las masas y no sus corruptores.
Era objetivamente forzoso
que la guerra imperialista hiciese cambiar de aspecto las diferencias
establecidas entre los reformistas y los revolucionarios en el seno de la
socialdemocracia y de los socialistas en general. Todo el que se contenta con
“exigir” de los gobiernos burgueses que concierten la paz o que “manifiesten la
voluntad de paz de los pueblos”, etc., se desliza en realidad al campo de las reformas. Porque, objetivamente considerado, el problema de la guerra sólo se plantea de modo revolucionario.
Para acabar con la guerra,
para conseguir una paz democrática y no una paz impuesta por la violencia, para
liberar a los pueblos del tributo esclavizador que suponen los intereses de
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del movimiento obrero en
Holanda y durante la guerra imperialista mundial de 1914-1918 sostuvieron en lo
fundamental posiciones internacionalistas.
En 1918, los tribunistas fundaron el Partido Comunista de
Holanda. "De Tribune"
("La Tribuna"): periódico fundado en 1907 por el ala izquierda del
Partido Obrero Socialdemócrata Holandés. A partir de 1909, después de la
expulsión de los izquierdistas del partido y de la organización por éstos del
Partido Socialdemócrata Holandés, el periódico pasó a ser órgano de este
partido; desde 1918 De Tribune era
órgano del Partido Comunista de Holanda. Se publicó con este título hasta 1940
148 148 Lenin llamaba partido
de los jóvenes o de los izquierdistas a la corriente izquierdista de la
socialdemocracia sueca. Durante la guerra imperialista mundial, los
"jóvenes" adoptaron una posición internacionalista y se adhirieron a
la izquierda de Zimmerwald. En mayo de 1917 fundaron el Partido Socialdemócrata
de Izquierda de Suecia. En el Congreso celebrado por este partido en 1919 se
acordó adherirse a la Internacional Comunista. En 1921, el ala revolucionaria
del partido fundó el Partido Comunista de Suecia
149 "Tesniakí" ("Los estrechos"): Partido Obrero
Socialdemócrata Búlgaro revolucionario fundado en 1903 después de la escisión
del Partido Socialdemócrata. En 1914-1918, los "tesniakí" lucharon
contra la guerra imperialista. En 1919 ingresaron en la Internacional Comunista
y formaron el Partido Comunista de Bulgaria, que más tarde adoptó el nombre de
Partido Obrero Búlgaro (de los comunistas).
150 Véase la nota 73
151 Dirección
Territorial y Dirección Central de la SDRP y L: organismos dirigentes de la
Socialdemocracia del Reino de Polonia y Lituania
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
miles de millones pagados a los señores capitalistas enriquecidos en la “guerra”,
no hay más salida que la revolución del proletariado.
Se puede y se debe exigir a
los gobiernos burgueses las más diversas reformas; lo que no se puede, sin caer
en el espejismo, en el reformismo, es pedir a estas gentes y a estas clases
envueltas una y mil veces en la red del capital imperialista que desgarren esa red; y si esa red no se
desgarra, cuanto pueda predicarse sobre la guerra contra la guerra no serán más
que frases vacuas y engañosas.
Los “kautskianos”, el
“centro”, son revolucionarios de palabra y reformistas de hecho;
internacionalistas de palabra, pero, de hecho, auxiliares del socialchovinismo.
Bancarrota
de la internacional zimmerwaldiana. Necesidad de fundar la tercera
internacional.
17. La Internacional zimmerwaldiana adoptó desde el primer momento
una actitud vacilante,
“kautskiana”, “centrista”,
lo que obligó a la izquierda de
Zimmerwald a separarse inmediatamente, a independizarse y lanzar un
manifiesto propio (manifiesto
publicado en Suiza en ruso, alemán y francés).
El principal defecto de la
Internacional zimmerwaldiana —causa de su bancarrota
(pues está ya en bancarrota, tanto en el terreno ideológico como en el
político)— son sus vacilaciones, su indecisión en el problema más importante de
todos y el que prácticamente condiciona
todos los demás: el problema de la completa ruptura con el socialchovinismo
y con la vieja Internacional
socialchovinista, acaudillada en La Haya (Holanda) por Vandervelde, Huysmans y
algunos más.
129
En nuestro país se ignora
todavía que la mayoría de Zimmerwald está formada precisamente por kautskianos. Y éste es un hecho fundamental, que
es necesario tener en cuenta y que ya
es generalmente conocido en los países de Europa Occidental. Hasta el
chovinista, el ultrachovinista alemán Heilmann, director de la archichovinista Gaceta de Chemnitz y colaborador de la
también archichovinista La Campana152 de
Parvus, hasta ese Heilmann (que es
también, naturalmente, “socialdemócrata” y celoso defensor de la “unidad” en el
seno de la socialdemocracia) hubo de reconocer en la prensa que el centro, o
sea, los “kautskianos”, y la mayoría
zimmerwaldiana son una y la misma cosa.
A fines de 1916 y a
principios de 1917 se confirmó definitivamente este hecho. Aunque en el
Manifiesto de Kienthal153 se condena el socialpacifismo, toda la
derecha zimmerwaldiana, toda la mayoría zimmerwaldiana, se ha deslizado al
campo socialpacifista: Kautsky y Cía. en una serie de manifestaciones hechas en
enero y febrero de 1917; Bourderon y Merrheim, en Francia, al votar en unanimidad con los socialchovinistas
a favor de las resoluciones pacifistas del Partido Socialista (diciembre de
1916)154 y de la Confederación General del
Trabajo (organización nacional de los sindicatos franceses, también en
diciembre de 1916); Turati y Cía., en Italia, donde todo el partido adoptó una
actitud socialpacifista, y el propio Turati (y no por casualidad, naturalmente),
cometió el “desliz”, en su discurso del 17 de
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152 Lenin se refiere al periódico Volksstimme ("La Voz del
Pueblo"). Véase la nota 77. "Die
Clocke" ("La Campana"): véase la nota 32
153 Véase la nota 57
154 Lenin dedicó el capítulo El pacifismo de los socialistas y
sindicalistas franceses en su trabajo Pacifismo
burgués y pacifismo socialista a la crítica de las resoluciones del Partido
Socialista Francés. Ambas resoluciones aplaudían al presidente de los EE.UU. Wilson que, haciendo de ángel de la paz,
había propuesto a todas las naciones "exponer públicamente sus puntos de
vista acerca de las condiciones en que podría terminarse la guerra", o
sea, había propuesto terminar la guerra imperialista con una paz imperialista
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
diciembre de 1016, al
pronunciar una retahíla de frases nacionalistas
que embellecían la guerra imperialista.
El presidente de las
conferencias de Zimmerwald y Kienthal, Roberto Grimm, estableció, en enero de
1917, una alianza con los socialchovinistas de su propio partido (Greulich, Pflüger, Gustavo Müller y otros)
contra los internacionalistas efectivos.
En dos reuniones de zimmerwaldianos de distintos países,
celebradas en enero y febrero de 1917, esa ambigüedad e hipocresía de la
mayoría zimmerwaldiana fue estigmatizada formalmente por los internacionalistas
de izquierda de varios países: por Münzenberg, secretario de la Organización Internacional
de la Juventud y director del magnífico periódico internacionalista titulado La Internacional de la Juventud155.
Zinóviev, representante del Comité Central de nuestro partido; K. Rádek, por el
Partido Socialdemócrata Polaco (“Dirección Territorial”), y Hartstein,
socialdemócrata alemán, afiliado al Grupo Espartaco.
Al proletariado ruso le ha
sido dado mucho; en parte alguna del mundo ha habido una clase obrera que haya
conseguido desplegar una energía revolucionaria comparable a la que despliega
la clase obrera de Rusia. Pero a quien mucho se le ha dado, mucho se le exige.
No puede tolerarse por más
tiempo la charca zimmerwaldiana. No podemos permitir que por culpa de los
“kautskianos” de Zimmerwald sigamos aliados a medias con la Internacional
chovinista de los Plejánov y los Scheidemann. Hay que romper inmediatamente con
esta Internacional, permaneciendo en Zimmerwald sólo con fines de información.
Estamos obligados, nosotros
precisamente, y ahora mismo, sin pérdida de tiempo, a fundar una nueva
Internacional revolucionaria, proletaria; mejor dicho, debemos reconocer sin
temor, abiertamente, que esa Internacional ya
ha sido fundada y actúa.
Esa Internacional es la que
forman los “internacionalistas de hecho” que he enumerado minuciosamente más
arriba. Ellos y sólo ellos, son los representantes de las masas revolucionarias
internacionalistas y no sus corruptores.
Si son pocos esos socialistas, que los obreros rusos
se pregunten si había en Rusia muchos revolucionarios conscientes en vísperas de la revolución de
febrero-marzo de 1917.
Lo importante no es el
número, sino que expresen de un modo justo las ideas y la política del
proletariado verdaderamente revolucionario. Lo esencial no es que “proclamen”
el internacionalismo, sino que sepan ser, incluso en los momentos más
difíciles, internacionalistas de hecho.
No nos hagamos ninguna
ilusión en cuanto a los acuerdos y los congresos internacionales. Mientras dure
la guerra imperialista, pesará sobre las relaciones internacionales el puño
férreo de la dictadura militar imperialista burguesa. Si hasta el “republicano”
Miliukov, que se ve obligado a tolerar junto al suyo al gobierno del Soviet de
diputados obreros, deniega en abril
de 1917 el permiso paraentrar en Rusia al socialista suizo Fritz Platten, secretario del partido, internacionalista y delegado
a las conferencias de Zimmenwald y Kienthal —y se lo deniega a pesar de estar
casado con una rusa, cuya familia venia a visitar, y a pesar de haber tomado
parte en Riga en la revolución de 1905, viéndose por ello recluido en una
cárcel rusa y habiendo tenido que entregar una fianza al gobierno zarista para
conseguir su libertad, fianza que ahora pretendía recuperar-; si hasta el
“republicano” Miliukov ha podido hacer
eso en Rusia en abril de 1917, júzguese qué valor tendrán las promesas y
seguridades, todas esas frases y declaraciones de la burguesía acerca de la paz
sin anexiones, etc., etc.
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155 Véase la nota 55
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
¿Y la detención de Trotski por el gobierno inglés?
¿Y la retención de Mártov en
Suiza y las esperanzas de atraerle con engaños a Inglaterra, donde le espera la
suerte de Trotski?
No nos hagamos ilusiones. Nada de engañarnos a nosotros mismos.
“Esperar” congresos y
conferencias internacionales sería traicionar
al internacionalismo, estando probado, como lo está, que incluso de Estocolmo
no dejan salir para Rusia a ningún socialista de cuantos se han mantenido
fieles al internacionalismo, ni siquiera
sus cartas, a pesar de todas las posibilidades y de toda la ferocidad de la
censura militar.
130
No “esperar”, sino proceder
inmediatamente a fundar la III Internacional: tal es la misión de nuestro
partido. Cientos de socialistas, recluidos en cárceles alemanas e inglesas,
respirarán con alivio; miles y miles de obreros alemanes que hoy se lanzan a la
huelga y organizan manifestaciones con gran horror de Guillermo II, ese canalla
y bandolero, se enterarán por las proclamas clandestinas
de nuestra decisión, de nuestra confianza fraternal en Carlos Liebknecht y sólo
en él, de nuestra resolución de luchar
también ahora contra el “defensismo revolucionario”. Y esto reforzará en ellos
el espíritu del internacionalismo revolucionario.
A quien mucho se le ha dado,
mucho se le exige. No hay en el mundo país en que reine, actualmente, la libertad que reina en Rusia. Aprovechemos esta
libertad no para predicar el apoyo a
la burguesía o al “defensismo revolucionario” burgués, sino para dar un paso
valiente y honrado, proletario, digno de Liebknecht, fundando la III Internacional, una Internacional que se alce
resueltamente y de un modo irreconciliable, no sólo contra los traidores,
contra los socialchovinistas, sino también contra los personajes vacilantes del
“centro”.
18.
Después
de lo que antecede, creo innecesario gastar muchas palabras para demostrar que
no puede ni hablarse de una unificación de los socialdemócratas de Rusia.
Antes quedarnos solos, como
Liebknecht —y quedarse solos así
significa quedarse con el proletariado revolucionario— , que abrigar,
aunque sólo sea un minuto, la idea de una unión con el partido del Comité de Organización, con Chjeídze y
Tsereteli, los cuales toleran un bloque con Potrésov en la Rabóchaya Gazeta, votan en el Comité Ejecutivo del Soviet de
diputados obreros a favor del empréstito156 y
han rodado al terreno del “defensismo”.
¡Dejad que los muertos
entierren a sus muertos! Quien quiera ayudar
a los vacilantes, debe comenzar por dejar de serlo él mismo.
¿Cómo
debe denominarse nuestro partido para que su nombre, además de ser
científicamente exacto, contribuya políticamente a esclarecer la conciencia del
proletariado?
19.
Paso
al punto final: al nombre que debe ostentar nuestro partido. Debemos llamarnos Partido Comunista, como se llamaban Marx
y Engels.
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156 El 7 (20) de abril de 1917, por mayoría
de 21 votos contra 14, el Comité Ejecutivo del Soviet de Petrogrado tomó la
decisión de apoyar activamente el "Empréstito de la libertad",
emitido por el Gobierno Provisional para financiar la continuación de la guerra
imperialista. Los miembros bolcheviques del Comité Ejecutivo se opusieron al
empréstito y presentaron una resolución en la que argumentaban detalladamente
su posición.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
Debemos repetir que somos
marxistas y que nos basamos en el Manifiesto
Comunista, desfigurado y traicionado por la socialdemocracia en dos puntos
sustanciales: 1. Los obreros no tienen patria: la “defensa de la patria” en la
guerra imperialista es una traición al socialismo. 2. La teoría marxista del
Estado ha sido desnaturalizada por la II Internacional.
El nombre de
“socialdemocracia” es científicamente
inexacto, como demostró Marx reiteradas veces, entre otras obras, en Crítica del Programa de Gotha en 1875, y
como repitió Engels, en un lenguaje más popular, en 1894.157 La humanidad sólo puede pasar del capitalismo directamente al
socialismo, es decir, a la propiedad común de los medios de producción y a la
distribución de los productos según el trabajo de cada cual. Nuestro partido va
más allá: afirma que el socialismo deberá transformarse inevitablemente y de
modo gradual en comunismo, en cuya bandera campea este lema: “De cada cual,
según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades”.
He ahí mi primer
argumento.
Segundo argumento: la segunda parte de la denominación de nuestro partido (socialdemócrata) tampoco es exacta desde
el punto de vista científico. La democracia es una de las formas del Estado, y nosotros, los marxistas, somos
enemigos de todo Estado.
Los líderes de la II
Internacional (1889-1914), los señores Plejánov, Kautsky y consortes han
envilecido y desnaturalizado el marxismo.
El marxismo se distingue del
anarquismo en que reconoce la necesidad
del Estado para el paso al socialismo, pero —y esto lo distingue de Kautsky
y Cía.— no de un Estado al modo de la
república democrática parlamentaria burguesa corriente, sino de un Estado como
la Comuna de París de 1871, como los Soviets de diputados obreros de 1905 y
1917.
Mi tercer argumento es éste: la realidad,
la revolución, ha creado ya prácticamente
en nuestro país, aunque en forma débil y embrionaria, ese nuevo “Estado”, que
no es un Estado en el sentido estricto de la palabra.
Esto es ya un problema práctico de las masas y no sólo una
teoría de los líderes.
El Estado, en el sentido
estricto de la palabra, es un poder de mando sobre las masas ejercido por
destacamentos de hombres armados separados del pueblo.
Nuestro nuevo Estado naciente es también un Estado, pues
necesitamos de destacamentos de hombres armados, necesitamos del orden más severo, necesitamos recurrir a la
violencia para reprimir despiadadamente
todos los intentos de la contrarrevolución, ya sea zarista o burguesa, a la
manera de Guchkov.
Pero nuestro nuevo Estado naciente no es ya un Estado en el
sentido estricto de la palabra, pues en muchas regiones de Rusia los
destacamentos armados están integrados por la
propia masa, por todo el pueblo, y no por alguien entronizado sobre él,
aislado de él, dotado de privilegios
y prácticamente inamovible.
131
Hay que mirar hacia adelante
y no hacia atrás, no hacia la democracia de tipo burgués habitual, queafianzaba
la dominación de la burguesía con ayuda de los viejos, monárquicos, órganos de administración, policía, ejército y
burocracia.
Hay que mirar hacia
adelante, hacia la nueva democracia naciente, que va dejando ya de ser una
democracia, pues democracia significa dominación del pueblo, y el propio pueblo
armado no puede dominar sobre sí mismo.
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157 Véase C. Marx. Crítica del Programa de Gotha; F. Engels. Prefacio a la recopilación "Internationales aus dem Volksstaat
(1871-1875)".
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
La palabra “democracia”,
aplicada al Partido Comunista, no es sólo científicamente inexacta. Después de
marzo de 1917, es una anteojera
puesta al pueblo revolucionario que le impide
emprender con libertad, intrepidez y sin previa autorización la edificación de
lo nuevo: los Soviets de diputados obreros, campesinos, etc., etc., como único poder dentro del “Estado”, como
precursor de la “extinción” de todo
Estado.
Mi cuarto argumento consiste en que hay que tener en cuenta la
situación objetiva del socialismo en el mundo entero.
Esta situación no es ya la
misma que en la época de 1871 a 1914 en la que Marx y Engel se resignaron a
admitir conscientemente el término inexacto y oportunista de
“socialdemocracia”. Porque entonces,
después de derrotada la Comuna de París, la historia había puesto a la orden
del día una labor lenta de organización y educación. No había otra. Los
anarquistas no sólo no tenían ninguna razón teóricamente (y siguen sin
tenerla), sino tampoco desde el punto de vista económico y político. Apreciaban
erróneamente el momento, sin comprender la situación internacional: el obrero
inglés corrompido por las ganancias imperialistas, la Comuna de París
aplastada, el movimiento nacional— burgués que acababa de triunfar (1871) en
Alemania, la Rusia semifeudal sumida en un letargo secular.
Marx y Engels tuvieron en
cuenta certeramente el momento, comprendieron la situación internacional y las
tareas de la aproximación lenta hacia
el comienzo de la revolución social.
Sepamos también nosotros
comprender las tareas y peculiaridades de la nueva época. No imitemos a
aquellos malhadados marxistas de quienes decía Marx: “He sembrado dragones y he
cosechado pulgas”158.
La necesidad objetiva del
capitalismo, que al crecer se ha convertido en imperialismo, ha engendrado la
guerra imperialista. Esta guerra ha llevado a toda la humanidad al borde del abismo, de la ruina de toda la
cultura, al embrutecimiento y a la muerte de millones, de un sinnúmero de millones de hombres.
No hay más salida que la revolución del proletariado.
Y en un momento así, en que
esta revolución comienza, en que da sus primeros pasos, tímidos, inseguros,
inconscientes, demasiado confiados en la burguesía; en un momento así, la
mayoría (y esto es verdad, es un hecho) de los líderes “socialdemócratas”, de
los parlamentarios “socialdemócratas”, de los periódicos “socialdemócratas” —y
son precisamente órganos de
influencia sobre las masas—, traiciona
al socialismo, vende al socialismo y
deserta al campo de “su” burguesía nacional.
Esos líderes han confundido a las masas, las han desorientado y
engañado.
¡Y se pretende que nosotros
fomentemos ahora ese engaño, que lo facilitemos, aferrándonos a esa vieja y
caduca denominación, tan podrida ya como la II Internacional!
No importa que “muchos”
obreros interpreten honradamente el
nombre de socialdemocracia. Pero es hora ya de aprender a distinguir lo
subjetivo de lo objetivo.
Subjetivamente, esos obreros
socialdemócratas son guías fidelísimos de las masas proletarias.
Pero la situación objetiva
internacional es tal que la vieja denominación de nuestro partido facilita el engaño de las masas, frena el avance, pues a cada paso, en
cada periódico, en cada grupo
parlamentario, la masa ve a los líderes,
es decir, a hombres cuyas palabras tienen más resonancia y cuyos hechos se ven
desde más lejos, y observa que todos ellos
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158 Esta expresión, según Marx y Engels,
pertenece a R. Heine y la citaron por primera vez en la obra La ideología alemana (t. II, cap. IV, 4.
La escuela de los sansimonianos).
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
son “también
-socialdemócratas”, que todos ellos abogan “por la unidad” con los tra idores
al socialismo, con los socialchovinistas, que todos ellos presentan al cobro
las viejas letras firmadas por la “socialdemocracia”...
¿Cuáles son los argumentos en contra? “...Se nos confundirá con
los anarcocomunistas…”
¿Y por qué no tememos que se
nos confunda con los social-nacionales y social-liberales, con los radicales
socialistas, con ese partido burgués, el más avanzado y más hábil en el engaño
burgués de las masas en la República Francesa? “...Las masas se han habituado,
los obreros “se han encariñado” con su Partido Socialdemócrata...”
Es el único argumento que se
invoca; pero es un argumento que rechaza la ciencia marxista, las tareas de
mañana en la revolución, la situación objetiva del socialismo mundial, la
bancarrota ignominiosa de la II Internacional y el perjuicio que causan a la
labor práctica los enjambres de elementos, “también— socialdemócratas”, que
rondan en torno al proletariado.
Es un argumento de rutina, de aletargamiento, de inercia.
Pero nosotros queremos
transformar el mundo. Queremos poner término a la guerra imperialista mundial,
en la que se ven envueltos centenares de millones de hombres, en la que están
mezclados los intereses de muchos cientos de miles de millones de capital y a
la que no se podrá poner fin con una paz verdaderamente democrática sin la más
grandiosa revolución proletaria que haya conocido la historia de la humanidad.
132
Tenemos miedo de nosotros mismos. No nos
decidimos a quitarnos la camisa sucia a que estamos “habituados” y a la que
hemos tomado “apego”...
Mas ha llegado la hora de quitarse la camisa sucia, ha llegado
la hora de ponerse ropa limpia.
Petrogrado, 10 de
abril de 1917.
Epilogo.
Mi folleto ha envejecido a
consecuencia del desbarajuste económico y de la incapacidad de las imprentas de
San Petersburgo. Fue escrito el 10 de abril de 1917, hoy estamos ya a 28 de
mayo, ¡y aún no ha salido!
Escribí este folleto como proyecto de plataforma para propagar mis
puntos de vista antes de la
Conferencia de toda Rusia de nuestro partido, el Partido Obrero Socialdemócrata
(bolchevique) de Rusia. Copiado a máquina y distribuido en varios ejemplares
entre los afiliados al partido antes de la conferencia y durante ella, el
folleto ha cumplido, pese a todo, una parte de su cometido. Pero ahora, la
conferencia se ha celebrado ya159 —del
24 al 29 de abril de 1917—, sus resoluciones han sido publicadas hace tiempo
(véase el anexo al núm. 13 de Soldátskaya
Pravda160), y el lector atento notará con
facilidad que mi folleto es, en muchos casos, el anteproyecto de estas
resoluciones.
Réstame expresar la
esperanza de que, a pesar de todo, el folleto reportará algún beneficio en
relación con estas resoluciones, con su explicación y después detenerme en dos
puntos.
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159 Se tiene en cuenta la VII Conferencia
(de Abril) de toda Rusia del POSD(b)R, celebrada del 24 al 29 de abril (7-12 de
mayo) de 1917 en Petrogrado
160 Soldátskaya
Pravda ("La
Verdad del Soldado"): diario bolchevique que se publicó desde abril de
1917 hasta marzo de 1918, primero como portavoz de la Organización militar
aneja al comité petersburgués del POSD(b)R y luego como portavoz de la
Organización militar aneja al CC del POSD(b)R.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
En la página 27 propongo que
continuemos en Zimmerwald sólo con fines de información*. La conferencia no ha
estado de acuerdo conmigo en este punto y he tenido que votar contra la
resolución sobre la Internacional. Ya ahora se ve claramente que la conferencia
ha cometido un error y que el curso de los acontecimientos lo enmendará
rápidamente. Continuando en Zimmerwald, participamos (aunque sea contra nuestra
voluntad) en el aplazamiento de la creación de la III Internacional; frenamos
indirectamente su constitución, trabados por el peso muerto de la Internacional
de Zimmerwald, muerta ya en el aspecto ideológico y político.
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
La situación de nuestro
partido ante todos los partidos obreros del mundo entero es hoy tal que tenemos el deber de fundar
inmediatamente la III Internacional. Fuera de nosotros, nadie podrá hacerlo ahora y las dilaciones son
perjudiciales. Continuando en Zimmerwald sólo con fines de información,
habríamos tenido en el acto las manos libres para fundar la nueva Internacional
(pudiendo, al mismo tiempo, utilizar
Zimmerwald, si las circunstancias lo hicieran posible).
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Ahora, en cambio, a causa
del error cometido por la conferencia, nos vemos obligados a esperar
pasivamente hasta el 5 de julio de 1917, por lo menos (fecha de la convocatoria
de la Conferencia de Zimmerwald, ¡eso si no la aplazan de nuevo!, pues ya lo ha sido una vez...)161.
Pero el acuerdo adoptado unánimemente por el Comité Central de
nuestro partido después de la conferencia y publicado en el núm. 55 de Pravda, correspondiente al 12 de mayo,
ha corregido a medias el error, al decidir que nos iremos de la Internacional
de Zimmerwald si ésta va a conferenciar con los ministros. Me permito expresar
la esperanza de que la otra mitad del error será subsanada en cuanto
convoquemos la primera conferencia internacional de “los de izquierda” (la
“tercera corriente”, los “internacionalistas de hecho”; véase más arriba, págs.
23-25)*.
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
El segundo punto en que debo
detenerme es la formación del “ministerio de coalición” el 6 de mayo de 1917.162 Parece que el folleto
ha envejecido sobre todo en este punto.
En realidad, precisamente en
este punto no ha envejecido en absoluto. El folleto lo basa todo en el análisis de clase, que tornen como al fuego los mencheviques y los
populistas, los cuales han dado seis ministros en rehenes a los diez ministros
capitalistas. Precisamente porque mi folleto lo basa todo en el análisis de
clase, no ha envejecido, pues la entrada de Tsereteli,
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161 La Comisión Socialista Internacional
proyectaba convocar la III Conferencia de
Zimmerwald para el 31 de mayo de 1917, pero luego fue postergada varias
veces para otras fechas. Lenin consideraba que los bolcheviques debían romper
con la unión de Zimmerwald, en la que los centristas habían puesto rumbo a la
entrega de todas las posiciones al socialchovinismo, y emprender inmediatamente
la organización de la III Internacional. Admitía la participación en la III
Conferencia de Zimmerwald solamente a título informativo.
La conferencia se celebró del 5 al 12 de septiembre de 1917
162 El Gobierno Provisional de coalición se
formó a consecuencia de la crisis provocada por la nota del ministro de
Negocios Extranjeros P. Miliukov a los gobiernos aliados, del 18 de abril (1 de
mayo) de 1917, en la que se confirmaba que el Gobierno Provisional observaría
todos los tratados concluidos por el gobierno zarista con las potencias
imperialistas aliadas: Inglaterra y Francia. Ante las manifestaciones de
protesta que surgieron espontáneamente y que se convirtieron el 20 y 21 de
abril (3 y 4 de mayo) en un poderoso movimiento de los obreros y soldados, el
Gobierno Provisional, queriendo dar la impresión de que imprimía un viraje a su
política, destituyó al ministro de Negocios Extranjeros P. Miliukov y al
ministro de la Guerra A. Guchkov y pidió al Soviet de Petrogrado su
consentimiento para formar un gobierno de coalición.
El Comité Ejecutivo, a pesar
de la decisión del 1 (14) de marzo sobre la no participación de representantes
del Soviet en el Gobierno Provisional, en una reunión extraordinaria, celebrada
por la tarde y la noche del 1 (14) de mayo, aceptó la propuesta del Gobierno
Provisional. Después de las conversaciones, el 5 (18) de mayo se llegó a un
acuerdo sobre la distribución de carteras en el nuevo gobierno al que debían
incorporarse cinco ministros socialistas: A. Kerenski, ministro de la Guerra y
de Marina; M. Skóbeliev, ministro de Trabajo; V. Chernov, ministro de
Agricultura; A. Peshejónov, ministro de Abastos, e I. Tsereteli, ministro de
Correos y Telégrafos
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
Chernov y Cía. en el
ministerio sólo ha modificado, en grado insignificante,
la forma del acuerdo del Soviet de
Petrogrado con el gobierno de los capitalistas, y yo subrayé intencionadamente
en la página 8 del folleto que “no me refiero tanto al acuerdo formal como al
apoyo efectivo”**.
** Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
Cada día está más claro que
Tsereteli, Chernov y Cía. son meros rehenes de los capitalistas y que el
gobierno “renovado” no quiere ni puede cumplir absolutam ente ninguna de sus
pomposas promesas ni en la política exterior ni en la interior. Chernov, Tsereteli
y Cía. se han suicidado políticamente, han resultado ser ayudantes de los
capitalistas, que en la práctica estrangulan la revolución. Kerenski ha llegado al extremo de emplear la
violencia contra las masas (cfr. la página 9 del folleto: “por el momento,
Guchkov sólo amenaza con emplear la violencia contra las masas”***, mientras
que Kerenski ha tenido que cumplir estas amenazas...)163 Chernov, Tsereteli y Cía. se han suicidado políticamente y han
dado muerte política a sus partidos, el menchevique y el
socialista-revolucionario. El pueblo verá todo eso con mayor claridad cada día.
*** Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
133
El ministerio de coalición
no es más que un momento de transición en el desarrollo de las fundamentales
contradicciones de clase de nuestra revolución, brevemente analizadas en mi
folleto. Las cosas no pueden seguir así mucho tiempo. O hacia atrás, hacia la
contrarrevolución en toda la línea, o hacia adelante, hacia el paso del poder a
manos de otras clases. En tiempos de revolución, en plena guerra imperialista
mundial, es imposible permanecer inmóvil.
N. Lenin
San Petersburgo, 28 de mayo de 1917.
Escrito el 10 (23) de
abril de 1917. El epílogo fue escrito el 28 de mayo (10 de junio) de 1917.
Publicado en
septiembre de 1917 en un folleto, en Petrogrado, por la Editorial “Pribói”.
T. 31, págs. 149-186.
![]()
163 Lenin se refiere a la orden del ministro
de la Guerra A. Kerenski, publicada el 11 (24) de mayo de 1917, que contenía la
Declaración de los derechos del soldado.
Un punto de esta Declaración autorizaba al jefe, en condiciones de campaña, a
hacer uso de la fuerza militar contra los subordinados que no cumplieran las
órdenes. Este punto iba dirigido contra los soldados y oficiales que se negaban
a participar en la ofensiva. Al mismo tiempo que publicaba esta orden, Kerenski
emprendió la disolución de los regimientos y la entrega a los tribunales de los
oficiales y soldados "instigadores del desacato" a los jefes
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
134
LOS
PARTIDOS POLÍTICOS EN RUSIA Y LAS TAREAS DEL PROLETARIADO.
Prefacio a la segunda
edición.
Este folleto fue escrito a
comienzos de abril de 1917, antes de que se formara el ministerio de coalición.
Desde entonces ha llovido mucho, pero las peculiaridades fundamentales de los
partidos
políticos principales se han
manifestado y confirmado en el transcurso de todas las etapas posteriores de la
revolución: durante el “ministerio de coalición” formado el 6 de mayo de 1917,
durante la unión de los mencheviques y eseristas en junio (y julio) de 1917
contra los bolcheviques, durante la sublevación de Kornílov164, durante la Revolución de Octubre de 1917 y después de ella.
La justedad de la presente
caracterización de los partidos principales y de sus bases clasistas ha sido confirmada por todo el desarrollo de la
revolución rusa. Ahora, el crecimiento de la revolución en Europa Occidental
muestra que, también allí, la correlación fundamental de los partidos
principales es la misma. El papel de los mencheviques y eseristas lo desempeñan
los socialchovinistas de todos los países (socialistas de palabra y chovinistas
de hecho), así como los kautskianos en Alemania, los longuetistas en Francia,
etc.
N. Lenin
Moscú, 22 de octubre de 1918.
Publicado en 1918, en el folleto: N. Lenin. “Los partidos
políticos en Rusia y las tareas del proletariado”, Moscú, Edil. “Kommunist”.
Cuanto decimos a
continuación es un intento de formular las preguntas y respuestas, primero más
esenciales y después menos esenciales, que caracterizan la actual situación
política de Rusia y su valoración por los distintos partidos
PREGUNTAS:
1)
¿Cuáles son los grupos principales de los partidos políticos en
Rusia?
RESPUESTAS:
A (más derechistas que los
d-c.). Partidos y grupos más derechistas que los
demócratas-constitucionalistas.
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164 Sublevación
de Komílov: complot
contrarrevolucionario de la burguesía y los latifundistas en agosto de 1917,
encabezado por el general zarista Kornílov, jefe supremo del ejército.
Los conspiradores se proponían
apoderarse de Petrogrado, destrozar el Partido Bolchevique, disolver los
Soviets, implantar una dictadura militar en el país y preparar la restauración
de la monarquía.
La sublevación comenzó el 25 de agosto
(7 de septiembre). Kornílov lanzó sobre Petrogrado el 3er Cuerpo de Caballería.
En el mismo Petrogrado se disponían a actuar las organizaciones
contrarrevolucionarias kornilovianas. Los obreros y campesinos, dirigidos por
el Partido Bolchevique, sofocaron la sublevación de Kornílov. Presionado por
las masas, el Gobierno Provisional se vio obligado a ordenar la detención de
Kornílov y de sus cómplices y entregarlos a los tribunales.
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
B
(d-c). Partido Demócrata Constitucionalista (demócratas-constitucionalistas,
Partido de la Libertad del Pueblo) y grupos afines a él.
C (s-d y s-r). Socialdemócratas, socialistas-revolucionarios y
grupos afines a ellos.
D
(“bolcheviques”). Partido que debería denominarse Partido Comunista y que hoy
se llama “Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia unificado por el Comité
Central” y, en lenguaje popular, “bolcheviques”.
2) ¿A qué clase
representan estos partidos? ¿Cuál es la clase cuyo punto de vista expresan?
A
(más derechistas que los d-c). A los terratenientes feudales y a los sectores
más atrasados de la burguesía (de los capitalistas).
B
(d-c). A toda la burguesía, es decir, a la clase de los capitalistas, y a los
terratenientes aburguesados, o sea, a los que se han convertido en
capitalistas.
C
(s-d y s-r). A los pequeños propietarios, a los campesinos pequeños y medios, a
la pequeña burguesía y a la parte de los obreros influenciados por la
burguesía.
D
(“bolcheviques”). A los proletarios conscientes, a los obreros asalariados y a
la parte, afín a ellos, de los campesinos pobres (semiproletarios).
3) ¿Cuál es su
actitud ante el socialismo?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). Absolutamente hostil, pues el
socialismo pone en peligro las ganancias de los capitalistas y de los
terratenientes.
C
(s-d y s-r). A favor del socialismo, pero consideran que es pronto para pensar
en él y para dar inmediatamente pasos prácticos hacia su realización.
D
(“bolcheviques”). A favor del socialismo. Es necesario que los Soviets de
diputados obreros, etc., den inmediatamente los pasos prácticos posibles hacia
la realización del socialismo*.
* En lo que respecta a cuáles deben ser estos pasos, véase las
preguntas 20 y 22.
4) ¿Qué régimen
político quieren en la actualidad?
A
(más derechistas que los d-c). La monarquía constitucional, el poder omnímodo
de los funcionarios y la policía.
B
(d-c). La república parlamentaria burguesa, es decir, el afianzamiento de la
dominación de los capitalistas conservando la vieja burocracia y la policía.
C
(s-d y s-r). La república parlamentaria burguesa, con reformas para los obreros
y los campesinos.
135
D
(“bolcheviques”). La República de los Soviets de diputados obreros, soldados,
campesinos, etc. La disolución del ejército permanente y de la policía y su
sustitución con el armamento general del pueblo; no sólo elegibilidad, sino
también amovilidad de los funcionarios, cuyo sueldo no deberá ser superior al
salario de un obrero calificado.
5) ¿Cuál es su
actitud ante la restauración de la monarquía de los Románov?
A
(más derechistas que los d-c). A favor, pero actúan en secreto y cautelosamente
por temor al pueblo.
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
B
(d-c). Cuando los Guchkov parecían una fuerza, los
demócratas-constitucionalistas eran partidarios de sentar en el trono al
hermano o al hijo de Nicolás; pero cuando el pueblo empezó a parecer una
fuerza, los demócratas-constitucionalistas se manifestaron en contra.
C
(s-d y s-r), D (“bolcheviques”). Absolutamente en contra de toda restauración
de la monarquía.
6) ¿Qué opinan de la
toma del poder? ¿A qué denominan orden y a qué anarquía?
A
(más derechistas que los d-c). Si el zar o un bizarro general toma el poder,
eso es la voluntad de Dios, es el orden. Lo demás, la anarquía.
B
(d-c). Si los capitalistas toman el poder, aunque sea por la violencia, eso es
el orden. Tomar el poder contra los capitalistas sería la anarquía.
C
(s-d y s-r). Si los Soviets de diputados obreros, soldados, etc., toman solos
todo el poder, eso amenazará con la anarquía. Que los capitalistas tengan por
ahora el poder, y los Soviets de diputados obreros y soldados, una “Comisión de
Enlace”165
D
(“bolcheviques”). Todo el poder debe pertenecer únicamente a los Soviets de
diputados obreros, soldados, campesinos, braceros, etc. Hay que orientar
inmediatamente a este fin toda la propaganda, la agitación y la organización de
millones y millones de personas*.
* Se denomina anarquía a la negación de
todo poder político, pero los Soviets de diputados obreros y soldados son también un poder político.
7) ¿Hay que apoyar al
Gobierno Provisional?
A
(más derechistas que los d-c), B (d -c). Hay que apoyarlo, indudablemente, pues
en el momento actual es el único posible para proteger los intereses de los
capitalistas.
C
(s-d y s-r). Hay que apoyarlo, pero a condición de que cumpla el acuerdo con el
Soviet de diputados obreros y soldados y frecuente la “Comisión de Enlace”.
D
(“bolcheviques”). No hay que apoyarlo; que lo apoyen los capitalistas. Tenemos
que preparar a todo el pueblo para el poder omnímodo y único de los Soviets de
diputados obreros, soldados, etc.
8) ¿Por el poder
único o por la dualidad de poderes?
A (más derechistas que los d-c), B (d-c). Por el poder único de
los capitalistas y terratenientes.
C
(s-d y s-r). Por la dualidad de poderes: “control” de los Soviets de diputados
obreros y soldados sobre el Gobierno Provisional. — Es nocivo pensar si el
control es eficaz sin el poder.
D
(“bolcheviques”). Por el poder único de los Soviets de diputados obreros,
soldados, campesinos, etc., de abajo arriba, en todo el país.
9) ¿Hay que convocar
la Asamblea Constituyente?
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165 Véase la nota 100
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
A
(más derechistas que los d-c). No hay que convocarla, pues puede perjudicar a
los terratenientes. No quiera Dios que los campesinos decidan en la Asamblea
Constituyente que deben confiscarse todas las tierras a los terratenientes
B
(d-c). Hay que convocarla, pero sin señalar el plazo. Discutir la cuestión el
mayor tiempo posible con los profesores juristas, pues, primero, ya Bebel dijo
que los juristas son la gente más reaccionaria del mundo; y, segundo, la
experiencia de todas las revoluciones enseña que la causa de la libertad del
pueblo fracasa cuando se la confía a los profesores.
C
(s-d y s-r). Hay que convocarla, y con la mayor rapidez. Es preciso fijar un
plazo; hemos hablado ya de ello 200 veces en la “Comisión de Enlace” y mañana
lo repetiremos por 201 vez definitivamente.
D
(“bolcheviques”). Hay que convocarla, y con la mayor rapidez. Pero sólo hay una
garantía de su éxito y de su con vocación: aumentar el número de Soviets de
diputados obreros, soldados, campesinos, etc., y acrecentar su fuerza; la
organización y el armamento de las
masas obreras es la única garantía.
10) ¿Necesita el
Estado la policía de tipo corriente y el ejército permanente?
A
(más derechistas que los d -c), B (d-c). Los necesitamos y son imprescindibles
en absoluto, pues constituyen la única garantía firme de la dominación de los
capitalistas y en caso de apuro, como enseña la experiencia de todos los
países, facilitan la transición inversa de la república a la monarquía.
C
(s-d y s-r). De una parte, quizá, no los necesitamos. De otra parte, ¿no serán
prematuros los cambios radicales? Por lo demás, hablaremos en la “Comisión de
Enlace”.
D
(“bolcheviques”). Indudablemente, no los necesitamos. Hay que llevar a cabo sin
demora y de manera obligatoria en todas partes el armamento general del pueblo
y su fusión con la milicia y el ejército: los capitalistas deben pagar a los
obreros los días de servicio en la milicia.
11) ¿Necesita el
Estado unos funcionarios de tipo corriente?
A
(más derechistas que lo d-c), B (d-c). Indudablemente, sí. Son en sus nueve
décimas partes hijos y hermanos de los terratenientes y los capitalistas. Deben
seguir siendo un grupo de personas privilegiadas y, de hecho, inamovibles.
C
(s-d y s-r). Es poco probable que sea oportuno plantear de golpe una cuestión
que fue planteada prácticamente por la Comuna de París.
D
(“bolcheviques”). No los necesita en absoluto. Son precisas no sólo la
elegibilidad, sino también la amovilidad en cualquier momento de todos los
funcionarios y de todos y cada uno de los diputados. Su sueldo no debe ser
mayor que el salario de un obrero calificado. Hay que sustituirlos
(paulatinamente) con la milicia de todo el pueblo y sus destacamentos.
12) ¿Es necesario que
los oficiales sean elegidos por los soldados?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). No. Eso es perjudicial pata los
terratenientes y los capitalistas. Si es imposible dominar de otro modo a los
soldados, hay que prometerles temporalmente esta reforma y después despojarles
de ella con la mayor rapidez.
C (s-d y s-r). Es
necesario.
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
D
(“bolcheviques”). No sólo hay que elegirlos, sino que cada paso de los
oficiales y los generales debe ser controlado por delegados especiales de los
soldados.
13) ¿Es útil la
destitución de los jefes por los soldados?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). Es absolutamente perjudicial. Guchkov
lo ha prohibido ya. Ha amenazado ya con la violencia. Hay que apoyar a Guchkov.
C
(s-d y s-r). Es útil, pero no está claro todavía si hay que destituir primero y
plantearlo después en la “Comisión de Enlace”, o viceversa.
D
(“bolcheviques”). Es útil y necesario en todos los aspectos. Los soldados
obedecen únicamente a los mandos elegibles, respetan
sólo a ellos.
14) ¿En pro o en
contra de la guerra actual?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). Absolutamente en pro, pues proporciona
ganancias inusitadas a los capitalistas y promete afianzar su dominación
gracias a la desunión de los obreros y al azuzamiento de unos contra otros.
Embaucaremos a los obreros, calificando la guerra de defensiva y tendente nada
más que a derrocar a Guillermo.
C
(s-d y s-r). Somos enemigos, en general, de la guerra imperialista; pero
estamos dispuestos a dejarnos engañar y denominar “defensismo revolucionario”
al apoyo a la guerra imperialista que sostiene el gobierno imperialista de
Guchkov— Miliukov y Cía.
D
(“bolcheviques”). Absolutamente en contra de la guerra imperialista en general;
en contra de todos los gobiernos
burgueses que la sostienen; en contra también de nuestro Gobierno Provisional;
absolutamente en contra del “defensismo revolucionario” en Rusia.
15) ¿En
pro o en contra de los tratados internacionales expoliadores (sobre la
estrangulación de Persia, el reparto de China, Turquía, Austria, etc.) firmados
por el zar con Inglaterra, Francia, etc.?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). Completa y absolutamente en pro. Además, no se pueden publicar
los tratados porque el capital imperialista anglo-francés y sus gobiernos no lo
permitirán y, también, porque el capital ruso no puede descubrir a todo el
mundo sus sucios manejos.
C
(s-d y s-r) . En contra, pero tenemos aún la esperanza de que se pueda
“influir” en el gobierno de los capitalistas a través de la “Comisión de
Enlace” y de una serie de “campañas” entre las masas.
D
(“bolcheviques”). En contra. Toda la tarea consiste en explicar a las masas que
no se puede esperar absolutamente nada de los gobiernos capitalistas en este
sentido y que es preciso que el poder pase al proletariado y a los campesinos
pobres.
16) ¿En pro o en
contra de las anexiones?
A
(más derechistas que los d -c), B (d-c). Si las anexiones son realizadas por
los capitalistas alemanes y su bandidesco jefe, Guillermo, estamos en contra.
Si las realizan los ingleses, no estamos en contra, pues son “nuestros”
aliados. Si las realizan nuestros capitalistas, que retienen por la fuerza en
las fronteras de Rusia a los pueblos que sojuzgó el zar, estamos en pro,
nosotros no denominamos a eso anexiones.
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
C
(s-d y s-r). En contra de las anexiones, pero tenemos aún la esperanza de que
se pueda conseguir también del gobierno de los capitalistas la “promesa” de
renunciar a ellas.
D
(“bolcheviques”). En contra de las anexiones. Todas las promesas de los
gobiernos capitalistas de renunciar a las anexiones son puro engaño. Existe
sólo un medio para desenmascararlo: exigir la liberación de los pueblos
oprimidos por los capitalistas propios.
17) ¿En pro o en
contra del “empréstito de la libertad”?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). Absolutamente en pro, pues facilita el
sostenimiento de la guerra imperialista, es decir, de una guerra paradecidir qué grupo de capitalistas ha
de dominar en el mundo.
137
C
(s-d y s-r). En pro , ya que la
errónea posición del “defensismo revolucionario” nos condena a esta evidente
abjuración del internacionalismo.
D
(“bolcheviques”). En contra, pues la guerra sigue siendo imperialista, la
sostienen los capitalistas en alianza con los capitalistas y en interés de los
capitalistas.
18) ¿En
pro o en contra de que los gobiernos capitalistas manifiesten la voluntad de
paz de los pueblos?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). En pro, pues la experiencia de los
socialchovinistas republicanos franceses ha mostrado mejor que nada la
posibilidad de engañar así a los pueblos: se puede decir lo que se quiera; en
realidad, retendremos el botín saqueado por nosotros a los alemanes (sus
colonias), pero despojaremos a los alemanes del botín que han saqueado esos bandidos.
C
(s-d y s-r). En pro, pues no hemos
perdido aún, en general, muchas de las esperanzas infundadas que deposita la
pequeña burguesía en los capitalistas.
D
(“bolcheviques”). En contra, pues los obreros conscientes no cifran ninguna
esperanza de los capitalistas, y nuestra tarea consiste en explicar a las masas
la falta de base de esas esperanzas.
19) ¿Hay que derrocar
en general a todos los monarcas?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). No, al inglés, al italiano y, en
general, a los aliados, no hay que derrocarlos; hay que derrocar únicamente al
alemán, al austriaco, al turco y al búlgaro, pues la victoria sobre ellos
decuplicará nuestras ganancias.
C
(s-d y s-r). Hay que establecer un “turno” y empezar sin falta por el
derrocamiento de Guillermo; con los monarcas aliados se puede, quizá, esperar.
D
(“bolcheviques”). No se puede establecer un turno para la revolución. Hay que
ayudar únicamente a los
revolucionarios de verdad y derrocar a todos los monarcas en todos los
países, sin excepción alguna.
20) ¿Deben
los campesinos apoderarse inmediatamente de toda la tierra de los
terratenientes?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). De ninguna manera. Hay que esperar
hasta la Asamblea Constituyente. Shingariov ha aclarado ya que si los
capitalistas arrancan el poder al zar, eso es una revolución grande y gloriosa;
pero si los campesinos despojan de
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
la tierra a los
terratenientes, eso es una arbitrariedad. Hacen falta comisiones conciliadoras,
en las que los terratenientes y los campesinos estarán representados por igual,
y cuyos presidentes serán designados de entre los funcionarios, es decir, de entre
los mismos capitalistas y terratenientes.
C (s-d y s-r). Será mejor que los campesinos esperen hasta la
Asamblea Constituyente.
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
D
(“bolcheviques”). Hay que apoderarse inmediatamente de toda la tierra;
establecer el orden más riguroso a través de los Soviets de diputados
campesinos. La producción de cereales y de carne debe aumentar: los soldados
tienen que alimentarse mejor. Es absolutamente intolerable echar a perder el
ganado, los aperos, etc.
21) ¿Es
posible limitarse a los Soviets de diputados campesinos para disponer de la
tierra y dirigir todos los asuntos rurales en general?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). Los terratenientes y los capitalistas
están en general contra el poder único y omnímodo de los Soviets de diputados
campesinos en las aldeas. Pero si es ya imposible eludir estos Soviets, será
mejor, naturalmente, limitarse a ellos, pues los campesinos ricos son también
capitalistas.
C (s-d y
s-r). Por ahora, sin duda, es posible limitarse a ellos, aunque los s-d no
niegan, “en principio”, la necesidad de una organización especial de obreros
agrícolas asalariados.
D
(“bolcheviques”). Es imposible limitarse a los Soviets de diputados campesinos
comunes, pues los campesinos ricos son también capitalistas, que se inclinarán
siempre a ofender a engañar a los braceros, jornaleros y campesinos pobres. Hay
que constituir inmediatamente organizaciones especiales de estos últimos
sectores de la población rural tanto dentro de los Soviets de diputados
campesinos como en forma de Soviets especiales de diputados obreros agrícolas.
22) ¿Debe
tomar el pueblo en sus manos las organizaciones monopolistas más importantes y
más fuertes de los capitalistas, los bancos, los consorcios, etc.?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). De ninguna manera, pues eso puede
perjudicar a los terratenientes y a los capitalistas.
C
(s-d y s- r). Hablando en general, somos partidarios de que esas organizaciones
pasen a manos de todo el pueblo, pero ahora es temprano para pensar en ello y
prepararlo.
D
(“bolcheviques”). Hay que preparar
sin demora a los Soviets de diputados obreros, a los Soviets de diputados
empleados de la Banca, etc., con el fin de empezar a dar los pasos
prácticamente posibles y plenamente realizables, primero, para fusionar todos
los bancos en un solo Banco Nacional; después, para establecer el control de
los Soviets de diputados obreros sobre los bancos y los consorcios, y luego,
para nacionalizarlos, es decir, para convertirlos en propiedad de todo el
pueblo.
23) ¿Qué
Internacional Socialista, que aplique y realice la unión fraternal entre los
obreros de todos los países, necesitan ahora los pueblos?
138
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). Hablando en general, para los
capitalistas y terratenientes es nociva y peligrosa cualquier Internacional
Socialista; pero si el Plejánov alemán, es decir, Scheidemann, coincide y se
pone de acuerdo con el Scheidemann ruso, o sea, Plejánov; si se descubren
mutuamente vestigios de conciencia socialista, nosotros, los capitalistas,
debemos, quizá, aplaudir semejante
Internacional de semejantes
socialistas, que se colocan al lado de sus gobiernos.
C
(s-d y s-r). Hace falta una Internacional Socialista que agrupe a todos: a los
Scheidemann, a los Plejánov y a los “centristas”, es decir, a los que vacilan
entre el social chovinismo y el internacionalismo. Cuanto más revoltijo, tanta
mayor “unidad”: ¡viva la gran unidad socialista!
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
D
(“bolcheviques”). Los pueblos sólo necesitan una Internacional que agrupe a los
obreros verdaderamente revolucionarios, capaces de poner fin a la horrible y
criminal matanza de pueblos, y que sepa liberar al género humano del yugo del
capital. Únicamente hombres (grupos, partidos, etc.) como el socialista alemán
Carlos Liebknecht, que se encuentra en presidio; únicamente hombres que luchen
con abnegación contra su gobierno, y contra su burguesía, y contra sus
socialchovinistas, y contra su
“centro”, pueden y deben formar sin demora la Internacional que necesitan los
pueblos.
24) ¿Es
necesario fomentar la confraternización en el frente entre los soldados de los
países beligerantes?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). No. Eso perjudica los intereses de los
terratenientes y capitalistas, pues puede acelerar la liberación de la
humanidad de la opresión a que la tienen sometida.
C
(s-d y s-r). Sí. Es útil. Pero no todos nosotros estamos firmemente convencidos
de que sea necesario fomentar inmediatamente la confraternización en todos los
países beligerantes.
D
(“bolcheviques”). Sí. Es útil e imprescindible. Es necesario en absoluto
fomentar inmediatamente en todos los países beligerantes la confraternización
entre los soldados de ambos grupos en
guerra.
25) ¿Deben los
emigrados regresar a Rusia a través de Inglaterra?
A
(más derechistas que los d-c) y B (d-c). Indudablemente. Si Inglaterra detiene
a los internacionalistas manifiestos, enemigos de la guerra, como Trotski,
nosotros, los capitalistas, nos alegraremos en nuestro fuero interno, y para
distraer la atención del pueblo enviaremos un cortés telegrama al gobierno
capitalista inglés con el ruego de que tenga la amabilidad de comunicarnos si
la detención no es debida a una lamentable confusión.
C
(s-d y s-r). Deben hacerlo. Si Inglaterra los detiene, aprobaremos la más
enérgica resolución de protesta y plantearemos la cuestión en la “Comisión de
Enlace”.
D
(“bolcheviques”). No deben hacerlo en absoluto. Inglaterra detendrá o no dejará
salir de su territorio a los internacionalistas, a los enemigos de la guerra.
Los capitalistas ingleses no se dejan intimidar ni con corteses telegramas ni
con terribles resoluciones de protesta: son hombres prácticos. Los capitalistas
ingleses deben ser derrocados, y estamos firmemente convencidos de que los
derrocará la revolución obrera mundial que surge de la guerra imperialista
mundial.
26) ¿Deben los
emigrados regresar a Rusia a través de Alemania?
A
(más derechistas que los d-c) y B (d-c). No, en absoluto. Porque, primero,
pueden llegar así sin el menor peligro y con rapidez. Y segundo, eso es
deshonroso, inmoral y constituye un ultraje al alma popular auténticamente
rusa. Otra cosa es que los ricos, como el profesor liberal Maxim Kovalevski,
organicen precisamente a través de hombres ilustres y precisamente a través del
gobierno, aunque sea zarista, el canje de los rusos internados en Alemania por
los alemanes internados en Rusia. Tratar de organizar ese canje no a través del
gobierno, sino a través de algún socialista de izquierda de un país neutral es
el colmo de la inmoralidad.
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
C
(s-d y s-r). Es absolutamente intolerable la violenta agitación contra los
socialistas que han regresado a través de Alemania y cuya honradez no pone en
duda ni siquiera Deutsch, partidario de Plejánov. Pero no hemos decidido aún si
se debe regresar a través de Alemania. Por una parte, ¿no convendría emprender
primero una “campaña” de desenmascaramiento de Miliukov, esperar y ver hasta
qué punto es inculto nuestro pueblo, hasta qué extremo puede dejarse
influenciar por la violenta agitación de Rússkaya
Volia? Por otra parte, después de la detención de Trotski en Inglaterra y
del indignado telegrama de Mártov,
habrá que reconocer, quizá, que es preciso regresar a través de Alemania.
D
(“bolcheviques”). Hay que regresar a través de Alemania, pero observando las
siguientes condiciones: 1) los socialistas de los países neutrales deben
sostener negociaciones con el gobierno imperialista y firmar un protocolo
acerca del viaje para que el asunto sea público, a la luz del día, para que sea
posible una comprobación completa; 2) los repatriados deben presentar
inmediatamente un informe al Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y
soldados, que goza de la confianza y del respeto de la mayoría de los soldados
y obreros de Petrogrado.
27) ¿Qué
color de la bandera correspondería al carácter y la naturaleza de los distintos
partidos políticos?
139
A (más derechistas que los d-c). El negro, pues son verdaderas
centurias negras166.
B
(d-c). El amarillo, pues ésta es la bandera internacional de lo obreros que
sirven al capital en cuerpo y alma.
C (s-d y s-r). El rosado, pues toda su política es una política
de agua rosada.
D (“bolcheviques”). El rojo, pues ésta es la bandera de la
revolución proletaria mundial.
Este folleto fue escrito a
comienzos de abril de 1917. A la pregunta de si no ha envejecido ahora, después
del 6 de mayo de 1917, después de formarse el “nuevo” gobierno, el de
coalición, yo respondería:
– No, pues la Comisión de
Enlace no ha desaparecido, en esencia, sino que únicamente se ha mudado a otra
habitación, a una habitación común con los señores ministros. Por el hecho de
que los Chernov y los Tsereteli se hayan trasladado a otra habitación no han
cambiado ni su política ni la política de sus partidos.
Escrito
a comienzos de abril de 1917. Publicado el 6, 9 y 10 de mayo (23, 26 y 27 de
abril) de 1917 en los núm. 20, 22 y 23 del periódico “Volná”.
T. 31, págs. 191-206.
![]()
166 Centurias
negras: se
llamaba así a los reaccionarios ultraderechistas y a las bandas de pogromistas
organizadas por la policía zarista para luchar contra el movimiento
revolucionario. Las centurias negras asesinaban a revolucionarios, agredían a
los intelectuales progresistas y perpetraban pogromos antihebreos
El Congreso de Diputados Campesinos
140
EL CONGRESO DE
DIPUTADOS CAMPESINOS.
En el Palacio de Táurida se
está celebrando desde el 13 de abril el Congreso de representantes de las
organizaciones campesinas y de los Soviets de diputados campesinos, reunidos
para confeccionar las normas de convocación del Soviet de diputados campesinos
de toda Rusia y examinar la constitución de Soviets análogos en las distintas
localidades.
Según el periódico Dielo Naroda167, en el congreso toman parte
representantes de más de 20 provincias.
Han sido aprobadas
resoluciones sobre la necesidad de organizar con la mayor rapidez al
“campesinado” de abajo “arriba”. Como la “mejor forma de organización del
campesinado” han sido reconocidos los “Soviets de diputados campesinos de las
distintas zonas de acción”.
Byjovski, miembro del Buró
provisional encargado de convocar el congreso actual, ha declarado que el
Congreso cooperativista de Moscú168, en
el que estaban representados 12.000.000 de miembros organizados (ó 50.000.000
de habitantes), había acordado organizar al campesinado constituyendo el Soviet
de diputados campesinos de toda Rusia.
Es una obra de gigantesca
importancia, que debemos apoyar con todas nuestras fuerzas. Si esa obra se
lleva a cabo sin tardanza, si el campesinado, a pesar de la opinión de
Shingariov, toma en sus manos inmediatamente toda la tierra por decisión de la
mayoría y no por “acuerdo voluntario” con los terratenientes, saldrán g anando
no sólo los soldados, que recibirán más pan y más carne, sino también la causa
de la libertad.
Porque la organización de
los propios campesinos indefectiblemente por la base, sin los funcionarios, sin
“el control y la vigilancia” de los terratenientes y sus testaferros, es la más
fiel y única garantía del éxito de la revolución, del éxito de la libertad, del
éxito de la emancipación de Rusia del yugo y de la opresión de los
terratenientes.
No cabe duda de que todos
los miembros de nuestro partido, todos los obreros conscientes, apoyarán sin
regatear energías la organización de los Soviets de diputados campesinos, se
preocuparán de multiplicarlos y de robustecerlos y harán esfuerzos, por su
parte, para que su labor en el seno de estos Soviets siga una orientación
consecuente y estrictamente proletaria, de clase.
Para llevar a cabo esa labor
es necesario unir por separado a los elementos proletarios (braceros,
jornaleros, etc.) en el seno de los
Soviets generales de campesinos u (y a veces y) organizar aparte Soviets de diputados braceros.
Con esto no perseguimos
fraccionar las fuerzas; al contrario, para intensificar y ampliar el movimiento
es necesario elevar a la capa, o más exactamente, a la clase más “baja”, según la terminología de los
terratenientes y de los capitalistas.
![]()
167 "Dielo Naroda" ("La Causa del Pueblo"): diario,
órgano de los elementos centristas del partido eserista. Se publicó en
Petrogrado desde marzo de 1917 hasta julio de 1918 (después de la Revolución de
Octubre fue suspendido en distintas ocasiones y aparecía con otros títulos).
168 Lenin se refiere al Congreso de las cooperativas de toda Rusia,
celebrado en Moscú del 25 al 28 de marzo (7-10 de abril) de 1917. Asistieron
cerca de 800 delegados. El congreso examinó los problemas de la organización de
una Unión de Cooperativas de toda Rusia, la preparación para las elecciones a
la Asamblea Constituyente, la participación de las cooperativas en el
abastecimiento, etc. En el congreso predominó la influencia de los mencheviques
y eseristas. El congreso se pronunció por el apoyo al Gobierno Provisional y
por la continuación de la guerra imperialista, pero reclamó el paso de toda la
tierra a manos del pueblo trabajador y la democratización del aparato estatal y
de la administración local.
El Congreso de Diputados Campesinos
Para impulsar el movimiento
hay que liberarlo de la influencia de la burguesía, hay que tratar de depurarlo
de las inevitables debilidades, vacilaciones y errores de la pequeña burguesía.
Hay que efectuar esta labor
valiéndose de la persuasión amistosa, sin adelantarse a los acontecimientos,
sin apresurarse a “consolidar” orgánicamente lo que todavía no ha sido
suficientemente reconocido, meditado, comprendido y sentido por los propios representantes de los
proletarios y semiproletarios del campo. Mas esta labor debe ser realizada,
debe ser iniciada inmediatamente y por doquier.
Las cuestiones actuales
palpitantes, de la propia vida, las reivindicaciones prácticas, las consignas,
mejor dicho, las propuestas a plantear para centrar en ellas la atención de los campesinos deben ser:
La primera cuestión es la de
la tierra. Los proletarios del campo serán partidarios del paso total e
inmediato de toda la tierra sin excepción a todo el pueblo y de que las tierras
sean puestas en el acto a disposición de los comités locales. Pero la tierra no
se puede comer. Millones y millones de familias campesinas sin caballos, sin
aperos, sin semillas no ganarán nada con el paso de la tierra al “pueblo”.
Hay que someter
inmediatamente a discusión el problema de que, si existe la más mínima
posibilidad, las grandes haciendas sigan administrándose como tales bajo la
dirección de los agrónomos y de los Soviets de diputados braceros, con las
mejores máquinas, con semillas y aplicando los mejores métodos agrotécnicos, y
adoptar medidas prácticas para ello.
No podemos ocultar a los
campesinos, y con mayor motivo a los proletarios y semiproletarios del campo,
que la pequeña hacienda, conservándose la
El congreso de diputados
campesinos economía mercantil y el capitalismo, no está en condiciones de librar a la humanidad de la miseria de
las masas; que es necesario pensar en el paso a la gran hacienda sobre bases
colectivas y emprenderlo sin tardanza,
enseñando a las masas y aprendiendo de
ellas las medidas prácticamente convenientes para ese paso.
141
Otra cuestión importantísima
y actual es la estructura y administración del Estado. No basta pregonar la
democracia, no basta proclamarla y decretarla, no basta confiar su realización
a los “representantes” del pueblo en las instituciones representativas. Hay que
edificar la democracia
inmediatamente, desde abajo, con la iniciativa de las propias masas, con su
participación eficaz en toda la vida
del Estado, sin “vigilancia” desde arriba, sin los funcionarios.
Se puede y se debe emprender
inmediatamente una tarea práctica: sustituir la policía, los funcionarios y el
ejército permanente por el armamento general de todo el pueblo, por la milicia general de todo el pueblo, en la
que participen sin falta las mujeres. Cuanto mayores sean la iniciativa, la variedad, la audacia y la creatividad de
las masas en esta cuestión, tanto mejor. No sólo los proletarios y
semiproletarios del campo, sino las nueve décimas partes del campesinado nos
seguirán, evidentemente, si somos capaces de explicar con claridad y sencillez,
de un modo comprensible, con ejemplos vivos y con las enseñanzas de la vida
nuestras proposiciones:
— impedir el restablecimiento de la policía;
— impedir el restablecimiento del poder
omnímodo de los funcionarios, de hecho inamovibles y que pertenecen a la clase
de los terratenientes o de los capitalistas;
— impedir el restablecimiento de un
ejército permanente aislado del pueblo, fuente constante detodos los intentos
de arrebatar la libertad, de retornar a la monarquía;
El Congreso de Diputados Campesinos
— enseñar el arte de dirigir
el Estado al pueblo, hasta sus capas más bajas, no sólo por métodos librescos,
sino pasando inmediatamente y por doquier a la práctica, a aplicación de la
experiencia de las masas.
Democracia desde abajo,
democracia sin los funcionarios, sin la policía y sin ejército permanente.
Servicio social de una milicia
integrada por todo el pueblo en armas. En eso reside la garantía de una
libertad que no podrán arrebatar ni los zares, ni los bravos generales, ni los
capitalistas.
“Pravda”, núm. 34, 16
de abril de 1917. T. 31, págs. 270-273.
142
UNA MILICIA
PROLETARIA
El 14 de abril, nuestro
periódico publicó la información de un corresponsal en Kanávino, provincia de
Nizhni Nóvgorod, según la cual “prácticamente
en todas las fábricas había sido creada una milicia obrera pagada por la
administración de cada empresa”.
En el distrito de Kanávino
hay, nos informa el corresponsal, 16 fábricas con unos 30.000 obreros, sin
contar los ferroviarios. Por lo tanto, la organización de una milicia obrera
pagada por los capitalistas abarca un número considerable de las más grandes
empresas del lugar.
La organización de una
milicia obrera pagada por los capitalistas es una medida que tiene una
importancia enorme —no será exageración decir gigantesca y decisiva—, tanto
desde el punto de vista práctico como desde el punto de vista de los
principios. La revolución no puede ser garantizada, sus conquistas no pueden
ser aseguradas, su desarrollo ulterior es imposible,
si esa medida no se generaliza, si no se aplica a fondo, si no se implanta en
todo el país.
Los republicanos burgueses y
terratenientes, que se han hecho republicanos una vez convencidos de que era
imposible dominar al pueblo de otro modo,
se esfuerzan por instituir una república lo más monárquica posible, por el
estilo de la que existe en Francia, que Schedrín llamó una república sin
republicanos.
Lo principal para los
terratenientes y capitalistas actualmente, cuando se han convencido de la
fuerza de las masas revolucionarias, es
conservar las instituciones más importantes del antiguo régimen, conservar
los viejos instrumentos de opresión: la policía, la burocracia, el ejército
regular. Se esfuerzan por reducir la “milicia civil” a una institución al viejo
estilo, es decir, a pequeños destacamentos de hombres armados desvinculados del
pueblo, lo más próximos posible a la burguesía y bajo el mando de elementos
burgueses.
El programa mínimo de la
socialdemocracia exige la sustitución del ejército regular por el armamento
general del pueblo. No obstante, la mayoría de los socialdemócratas oficiales
de Europa y la mayoría de los dirigentes mencheviques rusos han “olvidado” o
dejado de lado el programa del partido, sustituyendo el internacionalismo por
el chovinismo (“defensismo”), la táctica revolucionaria por el reformismo.
Pero ahora más que nunca, en
el momento revolucionario actual, es necesario que se realice el armamento de
todo el pueblo. Sería un mero engaño y un subterfugio afirmar que habiendo un
ejército revolucionario no hay necesidad de armar al proletariado o que “no hay
suficientes armas”. Se trata de empezar a organizar inmediatamente una milicia
general, de modo que cada uno aprenda a manejar las armas, aun cuando “no las
haya suficientes”, pues no es necesario que todo el mundo tenga un arma. Todos
sin excepción deben aprender a manejar las armas; todos sin excepción deben
pertenecer a la milicia llamada a sustituir a la policía y al ejército regular.
Los obreros no quieren un
ejército divorciado del pueblo, quieren que los soldados y obreros se fusionen en una milicia única que
abarque a todo el pueblo.
De otro modo seguirá en pie
el aparato de opresión, listo para servir hoy a Guchkov y a sus amigos, los
generales contrarrevolucionarios, y mañana quizá a Radko Dimitriev o a
cualquier pretendiente al trono y a la proclamación de una monarquía plebiscitaria.
Hoy los capitalistas
necesitan una república, pues de otra manera no pueden “manejar” al pueblo.
Pero lo que necesitan es una república “parlamentaria”, es decir, una república
en la cual la democracia se limite a elecciones
democráticas, al derecho de enviar al
Parlamento a personas que,
dicho con una frase muy atinada y certera de Marx, representan al pueblo y oprimen
al pueblo169.
Los oportunistas de la
socialdemocracia contemporánea, que han sustituido a Marx por Scheidemann, se
han aprendido de memoria el precepto de que “debe utilizarse” el
parlamentarismo (eso es indiscutible); pero han olvidado las enseñanzas de Marx
acerca de la democracia proletaria a diferencia
del parlamentarismo burgués.
El pueblo necesita la
república para que las masas se eduquen en los métodos de la democracia.
Necesitamos no sólo una representación de tipo democrático, sino también la
administración del Estado por abajo, por las propias masas, la participación
efectiva de éstas en toda la vida del
143
Estado, su papel activo en
la dirección. Sustituir los viejos órganos de opresión —la policía, la
burocracia, el ejército regular— por el armamento de todo el pueblo, por una
milicia realmente general: ése es el único camino que garantizará al país un máximo
de seguridad contra la restauración de la monarquía, que le permitirá avanzar consecuente, firme y
resueltamente hacia el socialismo, no “implantándolo” desde arriba, sino
elevando a las grandes masas de proletarios y semiproletarios hasta el arte de
gobernar el Estado, hasta la facultad de disponer de todo el poder del Estado.
El servicio social
representado por una policía, que está por encima del pueblo, por los
burócratas, que son los servidores más fieles de la burguesía, y por un
ejército regular bajo el mando de terratenientes y capitalistas: éste es el
ideal de la república parlamentaria burguesa la cual pretende eternizar el
dominio del capital.
El servicio social
representado por una milicia popular realmente general, compuesta de hombres y
mujeres, una milicia capaz de sustituir en parte a los burócratas, y la
observancia del principio de que todos los funcionarios públicos sean electivos
y amovibles en cualquier momento, retribuidos no según las normas del “señor”,
del burgués, sino según las normas proletarias: ése es el ideal de la clase
obrera.
Este ideal no sólo es parte
de nuestro programa, no sólo ha sido registrado en la historia del movimiento
obrero de Occidente, concretamente en la experiencia de la Comuna de París, no
sólo ha sido valorado, subrayado, explicado y recomendado por Marx, sino que
fue puesto ya en práctica por los obreros rusos en los años 1905 y 1917,
Los Soviets de diputados
obreros, por su significación, por el tipo de gobierno que ellos crean, son
instituciones precisamente de esa forma de democracia que elimina los viejos
órganos de opresión y toma el camino de una milicia de todo el pueblo.
Pero, ¿cómo hacer que la
milicia sea de todo el pueblo, cuando los proletarios y semiproletarios pasan
todo su tiempo en las fábricas, trabajando como forzados en beneficio de los
capitalistas y terratenientes?
Hay un solo medio: la milicia obrera debe ser pagada por los
capitalistas.
Los capitalistas deben pagar
a los obreros las horas o días que éstos consagran al servicio social.
Las propias masas obreras
empiezan a tomar este certero camino. La experiencia de los obreros de Nizhn
Nóvgorod debe servir de ejemplo a toda Rusia.
¡Camaradas obreros!
¡Convenced a los campesinos y al resto del pueblo de la necesidad de crear una
milicia general en lugar de la policía y la vieja burocracia! ¡Implantad esa
milicia y sólo ésa! ¡Implantadla por medio de los Soviets de diputados obreros,
por medio de los
![]()
169 Véase C. Marx. La guerra civil en Francia. Manifiesto
del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores. (C.
Marx y F. Engels. Obras Escogidas en
tres tomos, ed. en español, t. II, pág. 235.)
Soviets de diputados
campesinos, por medio de los órganos municipales que estén en manos de la clase
obrera! ¡No os deis por satisfechos, en modo alguno, con una milicia burguesa!
¡Incorporad a las mujeres a los servicios públicos, en pie de igualdad con los
hombres! ¡Conseguid sin falta que los capitalistas paguen a los obreros los
días que éstos dediquen al servicio social en la milicia!
¡Aprended los métodos de la
democracia en la práctica, en seguida, vosotros mismos, desde abajo; incitad a
las masas a que participen efectiva e inmediatamente y de modo general en la
dirección! Esto y sólo esto asegurará el triunfo completo de la revolución y su
avance firme, preciso y consecuente.
“Pravda” núm. 36, 3
de mayo (20 de abril) de 1917.
T. 31, págs. 286-289.
143
UN PROBLEMA
FUNDAMENTAL
(Como razonan los
socialistas que se han pasado a la burguesía)
El señor Plejánov lo explica
perfectamente. En su carta “con motivo del Primero de Mayo” a la “Cohorte de
estudiantes socialistas”, publicada hoy en Riech,
Dielo Naroda y Edinstvo, dice:
“El (Congreso Socialista
Internacional de 1889) comprendió que la revolución social, o mejor dicho,
socialista, presupone una amplia labor de esclarecimiento y organización en el
seno de la clase obrera. Esto ha sido olvidado ahora por los hombres que llaman
a las masas trabajadoras rusas a tomar el poder político, lo que sólo tendría
sentido si se diesen las condiciones objetivas necesarias para la revolución
social. Estas condiciones aún no existen...”
Y así sucesivamente, hasta
terminar en un llamado para que se preste “unánime apoyo” al Gobierno
Provisional.
Este razonamiento del señor
Plejánov es el razonamiento típico de un puñado de la “ex élite” que se llaman
a sí mismos socialdemócratas. Y porque es típico, merece la pena analizarlo
detenidamente.
En primer lugar, ¿es razonable y honrado
referirse al Primer Congreso de la II Internacional y no al último?
El Primer Congreso de la II
Internacional (1889 -1914) se celebró en 1889, el último tuvo lugar en Basilea
en 1912. El Manifiesto de Basilea, que fue adoptado por unanimidad, habla en forma directa, precisa, clara y definida (de
modo tal que ni los mismos señores Plejánov pueden tergiversar el sentido) de
una revolución proletaria y precisamente en relación con la misma
guerra que estalló en 1914.
No es difícil comprender por
qué esos socialistas que se han pasado a la burguesía son propensos a “olvidar”
todo el Manifiesto de Basilea, o ese pasaje, el más importante.
En segundo lugar, la toma
del poder político por las “masas trabajadoras rusas — escribe nuestro autor—
sólo tendría sentido si se diesen las condiciones necesarias para la revolución
social”. Esto es un embrollo, no una idea.
Admitamos incluso que la palabra “social” es una
errata por “socialista”; éste no es el único embrollo.
¿De qué clases se componen
las masas trabajadoras rusas? Todo el mundo sabe que están formadas por obreros
y campesinos. ¿Cuál de estas clases es mayoría? Los campesinos. ¿Quiénes son
estos campesinos por su posición de clase? Pequeños propietarios. Surge la
pregunta: si los pequeños propietarios forman la mayoría de la población y si
faltan las condiciones objetivas para el socialismo, entonces, ¡¿cómo puede la mayoría de la población
declararse partidaria del socialismo?! ¡¿Quién puede hablar o quién habla de implantar el socialismo contra la
voluntad de la mayoría?!
El señor Plejánov se ha armado un lío del modo más ridículo.
Caer en una situación
ridícula es el castigo menor para un hombre que, siguiendo el ejemplo de la
prensa capitalista, crea un “enemigo” con su propia imaginación en vez de citar
fielmente las palabras de uno u otro adversario político.
Continuemos. ¿En manos de
quién debe estar el “poder político”, aun
desde el punto de vista de un vulgar demócrata burgués de Riech ? En manos de la mayoría de la población. ¿Constituyen las
“masas trabajadoras rusas”, de las que habla con tan poca fortuna nuestro
embrollado socialchovinista, la mayoría de la población en Rusia?
¡Indiscutiblemente una mayoría aplastante!
¿Cómo, entonces, sin
traicionar a la democracia, incluso la democracia como la concibe Miliukov, se puede estar en contra de la “toma del
poder político” por las “masas trabajadoras rusas”?
El abismo llama al abismo. A
cada paso que damos en nuestro análisis, descubrimos en las ideas del señor
Plejánov nuevos abismos de confusión.
¡El socialchovinista está en
contra de que el poder político pase a manos de la mayoría de la población en
Rusia!
El señor Plejánov ha oído
campanas y no sabe dónde. Ha confundido también las “masas trabajadoras” con la
masa de los proletarios y semiproletarios170, a
pesar de que ya en 1875 Marx prevenía especialmente contra esa confusión.
Explicaremos la diferencia al ex marxista señor Plejánov.
¿Puede la mayoría de los
campesinos en Rusia exigir y realizar la nacionalización de la tierra?
Indudablemente que puede. ¿Sería eso una revolución socialista? No. Sería todavía una revolución burguesa, pues la
nacionalización de la tierra es una medida compatible con la existencia del
capitalismo. Es, sin embargo, un golpe
a la propiedad privada de un importantísimo medio de producción. Y ese golpe fortalecería a los proletarios y
semiproletarios muchísimo más si comparamos con todas las revoluciones de los
siglos XVII, XVIII y XIX.
145
Sigamos. ¿Puede la mayoría
de los campesinos en Rusia abogar por la fusión de todos los bancos en un banco
único? ¿Puede abogar por tener en cada aldea una sucursal de un único Banco
Nacional del Estado?
Puede, pues las ventajas y
comodidades de semejante medida para el pueblo son indiscutibles.
Hasta
“los defensistas” pueden estar por esa medida, pues con ella se eleva
enormemente la capacidad de Rusia para la “defensa”.
¿Sería económicamente
posible implantar inmediatamente esa fusión de todos los bancos? Es
perfectamente posible, sin duda.
¿Sería eso una medida socialista? No, eso no es todavía el socialismo.
Continuemos. ¿Podría la
mayoría de los campesinos en Rusia abogar por que el consorcio de azúcar pase a
manos del gobierno, que sea controlado por los obreros y los campesinos y que
el precio del azúcar sea rebajado?
Puede, sin duda, pues esto conviene a la mayoría del pueblo.
¿Sería económicamente
posible? Es perfectamente posible, pues el consorcio de azúcar no sólo se ha
desarrollado económicamente en un único organismo industrial a escala nacional,
sino que ha estado ya, bajo el
zarismo, sujeto al control del “Estado” (es decir, de funcionarios al servicio
de los capitalistas).
![]()
170 Véase C. Marx. Crítica del Programa de Gotha. (C. Marx y F. Engels. Obras Escogidas en tres tomos, ed. en
español, t. III, págs. 21-22.)
¿Sería una medida socialista
la toma de posesión del consorcio por el Estado democrático burgués, campesino?
No, eso no es todavía el
socialismo. El señor Plejánov podría haberse convencido fácilmente de ello si
hubiese recordado los axiomas del marxismo comúnmente conocidos.
Cabe preguntar: ¿Esas
medidas como la fusión de los bancos, el paso del consorcio de azúcar a manos
del gobierno democrático, campesino, refuerzan
o debilitan la importancia, el papel,
la influencia de los proletarios y semiproletarios en el conjunto de la masa de
la población?
Los refuerzan,
indudablemente, porque estas medidas no son de “pequeños propietarios” y su
posibilidad se debe precisamente a las “condiciones objetivas” que faltaban aún
en 1889, pero que ahora ya existen.
Esas medidas refuerzan
inevitablemente la importancia, el papel y la influencia que tienen entre la
población, más que nadie, los obreros urbanos, vanguardia de los proletarios y
semiproletarios de la ciudad y del campo.
Después que
esas medidas sean puestas en práctica será perfectamente posible el progreso ulterior hacia el socialismo en
Rusia, y con la ayuda prestada a nuestros obreros por sus compañeros más
avanzados y experimentados de Europa Occidental, que han roto con sus
respectivos Plejánov, el paso de Rusia al verdadero
socialismo será inevitable y el éxito
de ese paso, asegurado.
Así es cómo debe razonar
todo marxista y todo socialista que no se haya pasado al campo de “su”
burguesía nacional.
Escrito el 20 de abril (3 de mayo) de 1917. Publicado el 4 de
mayo (21 de abril) de 1917, en el núm. 37 del periódico “Pravda”.
T. 31, págs. 300-303.
El defensismo de buena fe hace acto de presencia
146
EL DEFENSISMO DE
BUENA FE HACE ACTO DE PRESENCIA.
Los acontecimientos
registrados en Petrogrado durante los últimos días, sobre todo ayer, muestran
patentemente cuánta razón teníamos al hablar del defensismo “de buena fe” de
las masas, a diferencia del
defensismo de los jefes y de los partidos.
El grueso de la población
está compuesto de proletarios, semiproletarios y campesinos pobres. Es la
inmensa mayoría del pueblo. Estas
clases no están interesadas, efectivamente, en las anexiones, en la política
imperialista, en los beneficios del capital bancario, en las ganancias que
proporcionan los ferrocarriles de Persia, en los puestos lucrativos en Galitzia
o en Armenia, en la restricción de la libertad en Finlandia; dichas clases no están interesadas en nada de eso.
Mas todo ello, tomado en su
conjunto, representa precisamente lo que en la ciencia y en los periódicos se
denomina de ordinario política imperialista, anexionista, rapaz.
El quid de la cuestión está
en que los Guchkov, los Miliukov y los Lvov —aun en el caso de que todos ellos
fueran personalmente dechados de virtudes, de desinterés y de amor al prójimo—
son representantes, jefes y mandatarios de la clase de los capitalistas, y esta
clase está interesada en la política anexionista y rapaz. Esta clase ha
invertido miles de millones “en la guerra” y gana centenares de millones “con
la guerra” y las anexiones (es decir, con la supeditación violenta o la incorporación violenta de naciones
ajenas).
Confiar en que la clase de los capitalistas puede
“corregirse”, dejar de ser la clase capitalista y renunciar a sus ganancias es
una esperanza ilusoria, un sueño vaho, que, en la práctica, se convierte en un
engaño al pueblo. Solamente los políticos pequeñoburgueses, que vacilan entre
la política capitalista y la proletaria, pueden abrigar o apoyar semejantes
esperanzas ilusorias. En esto consiste precisamente el error de los jefes
actuales de los partidos populistas y de los mencheviques, de Chjeídze, Tsereteli,
Chernov y demás.
Las masas de defensistas no
conocen en absoluto la política: no han podido aprender política en los libros,
ni participando en la Duma de Estado, ni observando de cerca a los hombres que
hacen política.
Las masas de defensistas no
saben aún que la guerra la hacen los gobiernos,
que los gobiernos expresan los intereses de unas u otras clases, que la guerra
actual la hacen los capitalistas de ambos grupos de potencias beligerantes en
defensa de los intereses y objetivos bandidescos de los capitalistas.
Como ignoran eso, las masas
de defensistas razonan simplemente: nosotros no queremos anexiones, reclamamos
una paz democrática, no queremos pelear por Constantinopla, por la
estrangulación de Persia, por el saqueo de Turquía, etc., “exigimos” que el
Gobierno Provisional renuncie a las anexiones.
Las masas de defensistas
quieren sinceramente eso, no en el
sentido personal, sino en el de clase, pues representan a clases que no están interesadas en las anexiones.
Sin embargo, las masas de defensistas ignoran que los capitalistas y el
gobierno de los capitalistas pueden renunciar de palabra a las anexiones,
pueden “salir del paso” con promesas y bellas palabras, pero, en realidad, no pueden renunciar a las anexiones.
Esa es la razón de que las
masas de defensistas se hayan indignado con tanta fuerza y con tanta razón al
conocer la nota del 18 de abril del Gobierno Provisional.
El defensismo de buena fe hace acto de presencia
Las personas duchas en
política no podían sorprenderse por esta nota, pues saben perfectamente que
todas las “renuncias a las anexiones” por parte de los capitalistas son pura
evasiva, no más que subterfugios y frases habituales de diplomáticos.
Pero las masas de
defensistas “de buena fe” han quedado sorprendidas, irritadas y rebosantes de
indignación. Han sentido —no lo han
comprendido aún con toda claridad, pero lo han sentido— que han sido engañadas.
En esto consiste la esencia de la crisis, que debe
distinguirse rigurosamente de las opiniones, esperanzas y suposiciones de las
personas y los partidos.
Se puede, naturalmente,
“tapar” esta crisis por corto tiempo con una nueva declaración, con una nueva
nota, con una nueva evasiva (a eso se reducen el consejo del señor Plejánov en Edinstvo y las aspiraciones de los
Miliukov y Cía., por un lado, y de Chjeídze, Tsereteli y demás, por otro); se
puede, naturalmente, “tapar” la grieta con una nueva “evasiva”; pero de ello no
resultará nada, excepto perjuicios. Porque, con una nueva evasiva, las masas
serán engañadas inevitablemente; será inevitable un nuevo estallido de
indignación, y si este estallido es inconsciente, puede fácilmente resultar muy
perjudicial.
147
Hay que decir toda la verdad
a las masas. El gobierno de los capitalistas no puede renunciar a las anexiones; se ha enredado, no tiene
salida. Siente, comprende y ve que sin medidas revolucionarias (de las que es
capaz únicamente la clase revolucionaria) no
hay salvación. Y da bandazos, comete locuras, promete una cosa y hace otra,
tan pronto amenaza a las masas con la violencia (Guchkov y Shingariov), como
les propone que tomen el poder de sus manos.
Ruina, crisis, horrores de
la guerra, una situación sin salida: a eso han conducido los capitalistas a todos los pueblos.
No hay, en efecto, salida, si se exceptúa el paso del poder a la
clase revolucionaria, al proletariado revolucionario, único capaz —siempre que
le apoye la mayoría de la población— de ayudar al éxito de la revolución en todos los países beligerantes y de
llevar al género humano a una paz duradera, a la liberación del yugo
capitalista.
“Pravda”, núm. 38, 5
de mayo (22 de abril) de 1917.
T. 31, págs. 314-316.
148
LAS ENSEÑANZAS DE LA
CRISIS
Petrogrado y toda Rusia han
vivido una seria crisis política, la primera crisis política desde la
revolución.
El 18 de abril, el Gobierno
Provisional aprobó su nota, tristemente célebre, confirmando los rapaces
objetivos anexionistas de la guerra con claridad suficiente para provocar la
indignación de las amplias masas, que habían creído honradamente en los deseos
(y la capacidad) de los capitalistas de “renunciar a las anexiones”. El 20 y 21
de abril
Petrogrado era un hervidero.
Las calles estaban llenas de gente; día y noche se formaban por doquier
pequeños y grandes grupos y se celebraban mítines de variadas proporciones; no
cesaban las manifestaciones y demostraciones de masas. Según parece, la crisis,
o al menos su primera etapa, ha terminado ayer, el 21 de abril, por la noche.
El Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y soldados, y a
continuación el propio Soviet, han declarado satisfactorias las
“explicaciones”, las enmiendas a la nota, las “aclaraciones” del gobierno (que
se reducen a frases quo no dicen absolutamente nada, ni cambian nada, ni
obligan a nada171) y han dado por “terminado el
incidente”.
El futuro mostrará si las
amplias masas del pueblo consideran “terminado el incidente”. Nuestra misión
consiste ahora en estudiar atentamente qué fuerzas,
qué clases se han revelado en la crisis y sacar de ello enseñanzas para el
partido del proletariado. Porque la gran importancia de toda crisis consiste en
que pone al descubierto lo oculto, deja a un lado lo convencional, lo
superficial y mezquino, barre la escoria política y revela los verdaderos
resortes de la lucha de clases que se
libra en realidad.
Con su nota del 18 de abril,
el gobierno de los capitalistas no hizo más, en rigor, que reiterar sus notas
anteriores, en las que recubría la guerra imperialista con salvedades
diplomáticas. Las masas de soldados se indignaron, pues creían honradamente en
la sinceridad y en el deseo de paz de los capitalistas. Las manifestaciones
empezaron como manifestaciones de soldados
con una consigna contradictoria, inconsciente e incapaz de conducir a parte
alguna: “¡Abajo Miliukov!” (¡como si
un cambio de personas o de grupos pudiera cambiar la esencia de la política!).
Esto significa que la gran
masa inestable y vacilante, la más próxima al campesinado y pequeñoburguesa en
un sentido científico clasista, se apartó
de los capitalistas y se puso de lado
de los obreros revolucionarios. Esta fluctuación o movimiento de las masas,
capaces por su fuerza de decidirlo todo, es precisamente lo que
produjo la crisis.
Inmediatamente comenzaron a
ponerse en movimiento, a actuar en la calle y a organizarse no los elementos intermedios, sino los
extremos, no la masa pequeñoburguesa
intermedia, sino la burguesía y el
proletariado.
La burguesía ocupa la
Avenida Nevski (la avenida “Miliukov”, como dijo un periódico) y los barrios
adyacentes del Petrogrado rico, del Petrogrado de los capitalistas y los
funcionarios. Oficiales, estudiantes y “clases medias” se manifiestan a favor del Gobierno Provisional, y
![]()
171 Lenin se refiere al Comunicado del Gobierno Provisional, publicado en la prensa el 22
de abril (5 de mayo) de 1917, en el que "en vista de las dudas que han
surgido en la interpretación de la nota del ministro de Negocios
Extranjeros", el Gobierno Provisional aclaraba que la nota del 18 de abril
(1 de mayo) había sido aprobada unánimemente por el gobierno; que la victoria
sobre los enemigos, proclamada en la nota como condición del fin de la guerra,
no presupone la anexión violenta de territorios ajenos; que "las sanciones
y garantías" de una paz firme, mencionadas en la nota, había que
entenderlas como limitación de los armamentos y creación de tribunales
internacionales
entre las consignas se
encuentra con frecuencia en las banderas una inscripción: “¡Abajo Lenin!”
El proletariado se lanza a
la calle desde sus centros, desde los suburbios obreros, organizado en torno a
los llamamientos y las consignas del Comité Central de nuestro partido. El 20 y
21, el Comité Central adopta resoluciones que el aparato de la organización
hace llegar inmediatamente a las masas del proletariado. Las manifestaciones
obreras inundan los barrios no ricos y menos céntricos de la ciudad; y,
después, penetran por partes en la Nevski. Las manifestaciones de los
proletarios se distinguen a todas luces de las de la burguesía porque abarcan a
mayores masas y están más unidas. En sus banderas se lee entre otras
inscripciones: “¡Todo el poder al Soviet de diputados obreros y soldados!”
En la Nevski se producen
choques. Las banderas de las manifestaciones “contrarias” son desgarradas.
Desde distintos lugares se comunica por teléfono al Comité Ejecutivo que ambos
bandos han disparado y hay muertos y heridos; las noticias, no comprobadas, son
contradictorias en extremo.
La burguesía expresa con
gritos sobre “el espectro de la guerra civil” su temor a que las verdaderas
masas, la verdadera mayoría del pueblo, tomen el poder en sus manos. Los
líderes pequeñoburgueses del Soviet, los mencheviques y los populistas, que ni
después de la revolución, en general, ni durante los días de la crisis, en
particular, han tenido una línea de partido bien definida, se dejan amedrentar.
En el Comité Ejecutivo, donde la víspera había votado casi la mitad contra el
Gobierno Provisional, se reúnen 34 votos (frente a 19) a favor del retorno a la política de confianza en los capitalistas
y de conciliación con ellos.
149
Se da por “terminado” el “incidente”.
¿Cuál es el fondo de la
lucha de clases? Los capitalistas están a
favor de la prolongación de la guerra, quieren en cubrirlo con frases y
promesas; están presos en las redes del capital bancario ruso, anglo-francés y norteamericano. El proletariado,
representado por su vanguardia consciente, está a favor de que el poder pase a la clase revolucionaria, a la clase
obrera y los semiproletarios; a favor
del desarrollo de la revolución obrera mundial, que crece evidentemente también
en Alemania, a favor de la terminación
de la guerra por medio de esa
revolución.
La gran masa, principalmente
pequeñoburguesa, que presta crédito aún a los líderes mencheviques y
populistas, que está asustada hasta la médula por la burguesía y sigue, con
algunas reservas, la línea de ésta,
oscila tan pronto a la derecha como a la izquierda.
La guerra es espantosa. Las
amplias masas son precisamente las que más lo sienten; es en sus filas donde
cunde la conciencia todavía no clara, ni mucho menos, de que esta guerra es
criminal, de que su causa son las rivalidades y discordias de los capitalistas
por el reparto de su botín. La situación mundial se embrolla más y más. No hay otra salida que la revolución
obrera mundial, que en Rusia ha adelantado actualmente
a otros países, pero que también en Alemania hace avances visibles (huelgas,
confraternización en el frente). Y las masas vacilan entre la confianza en sus
antiguos señores, los capitalistas, y la cólera contra ellos; entre la
confianza en la clase nueva, que abre el camino de un porvenir luminoso para
todos los trabajadores, en la única clase consecuentemente revolucionaria, el
proletariado, y la comprensión confusa de su papel histórico-mundial.
¡No es ésta la primera ni tampoco la última vacilación de la
masa pequeñoburguesa y semiproletaria!
¡La enseñanza es clara,
camaradas obreros! El tiempo no espera. Tras la primera crisis vendrán otras.
¡Consagrad todas las fuerzas a
ilustrar a los rezagados, a estrechar en masa las relaciones fraternales y
directas (no sólo en los mítines) con cada regimiento, con cada grupo de las
capas trabajadoras que no ven todavía claro! ¡Consagrad todas las fuerzas a
vuestra propia cohesión, a
organizar a los obreros de abajo arriba, hasta el último distrito, hasta la
última fábrica, hasta la última barriada de la capital y sus suburbios! ¡No os dejéis desorientar por los
“conciliadores” pequeñoburgueses, dispuestos a pactar con los capitalistas, por
los defensistas, por los partidarios de la “política de apoyo”, ni por
individuos aislados, inclinados a apresurarse y a exclamar, antes de haber
logrado una sólida cohesión de la mayoría del pueblo: “¡Abajo el Gobierno Provisional!”
La crisis no puede ser superada por la violencia de algunas personas aisladas
sobre otras, mediante acciones parciales de pequeños grupos armados, mediante
intentonas blanquistas de “conquista del poder”, “detención” del Gobierno
Provisional, etc.
La consigna del momento es:
explicar con mayor exactitud, claridad y amplitud la línea del proletariado, su camino para poner fin a la guerra.
¡Formad por doquier más firme y ampliamente las filas y columnas proletarias!
¡Cerrad filas alrededor de vuestros Soviets y, dentro de ellos, tratad de unir
en torno vuestro a la mayoría mediante la persuasión fraternal y la renovación
de algunos de sus miembros!
Escrito el 22 de abril (5 de mayo) de 1917. Publicado el 6 de
mayo (23 de abril) de 1917 en el núm. 39 del periódico “Pravda”.
T. 31, págs. 324-327.
Que entienden por “ignominia” los capitlaistas y que entienden
por “ignominia” los proletarios
150
QUE
ENTIENDEN POR “IGNOMINIA” LOS CAPITALISTAS Y QUE ENTIENDEN POR “IGNOMINIA” LOS
PROLETARIOS
Edinstvo de hoy publica en primera plana, y en negrilla, un manifiesto
firmado por los señores
Plejánov, Deutsch y Zasúlich. En él leemos:
“...Todo pueblo tiene
derecho a disponer libremente de sus destinos. Con esto no estarán jamás de
acuerdo Guillermo de Alemania ni Carlos de Austria. Al combatir contra ellos,
defendemos nuestra libertad y la ajena. Rusia no puede ser desleal a sus aliados.
Eso cubriría a nuestro país de ignominia...”
Así opinan todos los
capitalistas. Para ellos es ignominia no respetar los tratados concertados entre los capitalistas, del mismo modo
que los monarcas consideran ignominioso no cumplir los tratados concertados entre monarcas.
¿Y los obreros? ¿Consideran
también ellos una ignominia el incumplimiento de los tratados sellados entre
monarcas y capitalistas?
¡Naturalmente que no! Los
obreros conscientes están a favor de
la anulación de todos los tratados de
esta índole y por el reconocimiento únicamente de los acuerdos concluidos entre los obreros y soldados de todos
los países no en interés de los capitalistas, sino en interés del pueblo, es decir, en interés de los
obreros y campesinos pobres.
Entre los obreros de todos
los países existe otro tratado: el
Manifiesto de Basilea de 1912 (firmado también y traicionado por Plejánov). En
este “tratado” de los obreros se califica de “crimen” el que los trabajadores
de los distintos países disparen unos contra otros en aras de las ganancias de los
capitalistas.
Quienes escriben Edinstvo discurren como capitalistas (Riech y demás discurren exactamente
igual), y no como obreros.
Es completamente lógico que
ni el monarca alemán ni el monarca austriaco reconozcan la libertad de cada
pueblo, pues ambos son bandoleros coronados, como Nicolás II. Pero, en primer
lugar, los monarcas inglés, italiano y demás (“aliados” de Nicolás II) no son
nada mejores. Y quien olvide esto es un monárquico o un abogado de los
monárquicos.
En segundo lugar, los
bandoleros no coronados, es decir,
los capitalistas, han mostrado en la guerra actual no ser nada mejores que los
monarcas. ¿Es que la “democracia” norteamericana, es decir, los capitalistas
democráticos, no han saqueado Filipinas y no están saqueando México?
Los Guchkov y los Miliukov
alemanes, si sustituyeran a Guillermo II, serían también bandoleros, no mejores que los capitalistas ingleses o
rusos.
Y en tercer lugar, ¿es que
los capitalistas rusos “aceptarán” la “libertad” de los pueblos oprimidos por
ellos: Armenia, Jiva, Ucrania y Finlandia?
Al eludir esta cuestión,
quienes escriben Edinstvo se
convierten, de hecho, en defensores de “sus” capitalistas en su guerra rapaz
contra otros capitalistas.
Los obreros
internacionalistas del mundo entero están por el derrocamiento de todos los gobiernos capitalistas, contra
todo pacto y todo entendimiento con los capitalistas, cualesquiera que sean,
por una paz general concertada por
los obreros revolucionarios de todos
los países y capaz de garantizar realmente la libertad a “cada” pueblo.
Que entienden por “ignominia” los capitlaistas y que entienden
por “ignominia” los proletarios
Escrito
el 22 de abril (5 de mayo) de 1917. Publicado el 6 de mayo (23 de abril) de
1917 en el núm. 39 del periódico “Pravda”.
T. 31, págs. 328-329.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
151
VII CONFERENCIA DE
TODA RUSIA DEL POSD(B)R.
24-29 de abril (7-12 de mayo) de 1917
1. Discurso de apertura de la conferencia, 24 de abril, (7 de
mayo).
Camaradas: Nuestra
conferencia se reúne como la I Conferencia del partido proletario en
condiciones de avance no sólo de la revolución rusa, sino también de la
revolución internacional. Llega la hora en que se justifica por doquier la
afirmación de los fundadores del socialismo científico y la previsión unánime
de los socialistas reunidos en el Congreso de Basilea de que la guerra mundial
conduce inevitablemente a la revolución.
En el siglo XIX, Marx y
Engels, observando el movimiento proletario de los distintos países y
analizando las posibles perspectivas de la revolución social, afirmaron más de
una vez que los papeles de dichos países se repartirían, en general,
proporcionalmente, conforme a las peculiaridades históricas nacionales de cada
uno de ellos. Esta idea, formulada brevemente, la expresaron así: el obrero
francés comenzará la obra y el alemán la llevará a cabo.
Al proletariado ruso le ha
correspondido el gran honor de empezar, pero no debe olvidar que su movimiento
y su revolución son solamente una parte del movimiento proletario
revolucionario mundial, que en Alemania, por ejemplo, aumenta de día en día con
fuerza creciente. Sólo desde este ángulo visual podemos determinar nuestras
tareas.
Declaro abierta la Conferencia de toda Rusia y ruego que se
proceda a elegir la Mesa.
Publicado en forma de reseña el 12 mayo (29 de abril) de 1917 en
el núm. 43 del periódico “Sotsial— Demokrat”. Publicado íntegramente por vez
primera en 1921 en las “Obras” N. Lenin (V. Uliánov), t. XIV, parte 2.
T. 31, págs. 341.
2. Informe sobre el
momento actual, 24 de abril, (7 de mayo).
Acta taquigráfica.
Camaradas: Al abordar el
problema del momento actual y enjuiciarlo, tendré que abarcar un tema
extraordinariamente extenso, que se divide, a mi parecer, en tres partes:
primero, apreciación de la situación política propiamente dicha en nuestro
país, en Rusia, actitud ante el gobierno y ante la dualidad de poderes;
segundo, actitud ante la guerra, y tercero, situación creada en el movimiento
obrero internacional, que le ha colocado directamente, hablando en escala
mundial, ante la revolución socialista.
Creo que sólo podré tocar
brevemente algunos de estos puntos. Además, he de someter a vuestra
consideración un proyecto de resolución sobre todas estas cuestiones, si bien
haciendo la salvedad de que la extrema escasez de fuerzas de que disponemos y
la crisis política surgida aquí, en Petrogrado, nos han impedido no sólo
discutir esta resolución, sino ni siquiera comunicarla a su debido tiempo a las
distintas organizaciones locales. Repito, pues, que no se trata más que de
proyectos preliminares, que facilitarán el trabajo de la comisión y le
permitirán concentrarse en algunas de las cuestiones más sustanciales.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
Comienzo por la primera
cuestión. Si no estoy equivocado, la Conferencia de Moscú ha aprobado la misma
resolución que la Conferencia de Petrogrado (Voces: “¡Con enmiendas!”). No he visto esas enmiendas y, por tanto,
no puedo juzgar. Pero como la resolución de Petrogrado ha sido publicada en Pravda, puedo considerar, si no hay
objeciones, que es conocida de todos. Esta resolución es la que someto hoy,
como proyecto, a la presente Conferencia de toda Rusia.
La mayoría de los partidos
del bloque pequeñoburgués que reina en el Soviet de Petrogrado presenta nuestra
política, a diferencia de la suya, como una política de pasos precipitados.
Nuestra política se distingue por el hecho de que exigimos, ante todo, una
exacta definición de clase de lo que está ocurriendo. El pecado capital del
bloque pequeñoburgués consiste en que oculta al pueblo, valiéndose de frases
hueras, la verdad acerca del carácter de clase del gobierno.
Si los camaradas de Moscú tienen enmiendas que presentar,
podrían leerlas ahora.
(Lee la resolución de Conferencia de la ciudad de Petrogrado sobre la
actitud ante el Gobierno Provisional.)
“Considerando:
“1) que el Gobierno
Provisional es, por su carácter de clase, un órgano de dominación de los
terratenientes y de la burguesía;
152
“2) que este gobierno y las
clases por él representadas se hallan ligados de modo indisoluble, económica y
políticamente al imperialismo ruso y anglo-francés;
“3) que inclusive el
programa anunciado por él lo cumple de modo incompleto y sólo bajo la presión
del proletariado revolucionario y, en parte, de la pequeña burguesía;
“4) que las fuerzas de la
contrarrevolución burguesa y terrateniente que se organizan,encubriéndose con
la bandera del Gobierno Provisional y, con la evidente tolerancia de éste, han
iniciado ya el ataque contra la democracia revolucionaria;
“5) que el Gobierno
Provisional difiere la convocatoria de elecciones a la Asamblea Constituyente,
pone obstáculos al armamento general del pueblo, impide que toda la tierra pase
a manos del pueblo, le impone el método terrateniente de solución del problema
agrario, frena la implantación de la jornada de ocho horas, favorece la
agitación contrarrevolucionaria (de Guchkov y Cía.) en el ejército, organiza a
los altos oficiales contra los soldados, etc...”
He leído la primera parte de
la resolución, que contiene la característica de clase del Gobierno
Provisional. Las divergencias con la resolución de los moscovitas, en cuanto
puede juzgarse sólo por el texto, no creo que sean muy sustanciales; pero
considero que caracterizar en general al gobierno como contrarrevolucionario
sería inexacto. Cuando se habla en general, hay que aclarar a qué revolución
nos referimos. Desde el punto de vista de la revolución burguesa, no puede
decirse eso puesto que ha terminado ya. Desde el punto de vista de la
revolución proletaria campesina, es prematuro decirlo, pues no podemos estar
seguros de que los campesinos vayan sin falta más allá que la burguesía; y, a
mi juicio, es infundado expresar nuestra seguridad en el campesinado, sobre
todo ahora, cuando ha virado hacia el imperialismo y el defensismo, es decir,
hacia el apoyo a la guerra. Y ahora ha entrado en una serie de acuerdos con los
demócratas-constitucionalistas. Por eso considero incorrecto políticamente este
punto de la resolución de los camaradas moscovitas. Queremos que el campesinado
vaya más allá que la burguesía, que tome la tierra a los terratenientes, pero
hoy no puedo decirse nada concreto sobre su conducta futura.
Nosotros rehuimos
cuidadosamente las palabras “democracia revolucionaria”. Cuando se trata de una
agresión del gobierno, puede hablarse así; pero, en la actualidad, esa frase
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
encubre el mayor de los
engaños, ya que es dificilísimo diferenciar las clases confundidas en este
caos. Nuestra tarea consiste en liberar a quienes van a la zaga. Para nosotros,
los Soviets no son importantes como forma; lo importante son las clases que
representan esos Soviets. Por eso es necesaria una larga labor de
esclarecimiento de la conciencia proletaria...
(Continúa leyendo la
resolución.)
“...6) que, al mismo tiempo,
este gobierno se apoya actualmente en la confianza y, hasta cierto punto, en un
acuerdo directo con el Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado, el
cual agrupa hoy a la evidente mayoría de los obreros y soldados, es decir, del
campesinado;
“7) que cada paso del
Gobierno Provisional, tanto en la política exterior como en la interior, abrirá
los ojos no sólo a los proletarios de la ciudad y del campo y los
semiproletarios, sino también a grandes sectores de la pequeña burguesía,
haciéndoles ver el carácter auténtico de este gobierno;
“la conferencia acuerda que:
“1) para que todo el poder
del Estado pase a los Soviets de diputados obreros y soldados o a otros órganos
que expresen directamente la voluntad del pueblo, es necesaria una prolongada
labor de esclarecimiento de la conciencia de clase del proletariado y de
cohesión de los proletarios de la ciudad y del campo contra las vacilaciones de
la pequeña burguesía, pues sólo esa labor garantizará de verdad el avance
victorioso de todo el pueblo revolucionario;
“2) para ello es preciso
desplegar una actividad múltiple dentro de los Soviets de diputados obreros y
soldados, aumentar su número, consolidar sus fuerzas y aglutinar en su seno a
los grupos proletarios internacionalistas de nuestro partido;
“3) es necesario organizar
en mayor escala nuestras fuerzas socialdemócratas para que la nueva ola del
movimiento revolucionario se desarrolle bajo la bandera de la socialdemocracia
revolucionaria”.
En esto reside la clave de
toda nuestra política. Actualmente, toda la pequeña burguesía vacila y encubre
sus vacilaciones con la frase “democracia revolucionaria”, y nosotros debemos
oponer a esas vacilaciones la línea proletaria. Los contrarrevolucionarios
desean hacer fracasar esa línea provocando acciones prematuras. Nuestras tareas
son: aumentar el número de Soviets, consolidar sus fuerzas y aglutinar en su
seno los elementos de nuestro partido.
En el punto tercero, los
moscovitas añaden el control. Es el control representado por Chjeídze, Steklov,
Tsereteli y otros líderes del bloque pequeñoburgués. El control sin el poder no
es más que una frase huera. ¿Cómo voy a controlar yo a Inglaterra? Para ello
habría que apoderarse de su flota. Comprendo que la masa atrasada de obreros y
soldados pueda confiar candorosa e inconscientemente en el control, pero basta
reflexionar sobre los elementos fundamentales del control para convencerse de
que esta confianza es una desviación de los principios básicos de la lucha de
clases. ¿Qué es el control? Si yo escribo un papel o una resolución, ellos
escribirán una contrarresolución. Para controlar hay que tener el poder. Si
esto es incomprensible para la gran masa del bloque pequeñoburgués, hay que
tener la paciencia de explicárselo, pero en ningún caso mentirle. Mas si yo
velo esta condición fundamental con el control, no digo la verdad y hago el
juego a los capitalistas e imperialistas. “Ten la bondad de controlarme —dicen
ellos—, pero yo tendré los cañones. Hártate de control”. Saben que, hoy por
hoy, no puede negarse nada al pueblo. Sin el poder, el control no es más que
una frase pequeñoburguesa, que frena la marcha y el desarrollo de la revolución
rusa. Por eso me opongo al punto tercero de los camaradas moscovitas.
153
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
Por lo que se refiere a este
original entrelazamiento de dos poderes, en el cual el Gobierno Provisional —
sin tener el poder, ni los cañones, ni los soldados, ni la masa de hombres
armados— se apoya en los Soviets, los cuales, fiándose por ahora de promesas,
siguen una política de apoyo a esas promesas, diremos que si queréis participar
en ese juego, fracasaréis. Nuestra misión es no tomar parte en ese juego.
Continuaremos explicando al proletariado toda la inconsistencia de esa
política, y la vida real se encargará de demostrar a cada paso nuestra razón.
Hoy estamos en minoría, las masas no nos creen aún. Sabremos esperar; ya
vendrán a nosotros cuando el gobierno se arranque la careta. Las vacilaciones
del gobierno podrán apartarlas de él y las volcarán hacia nosotros, y entonces,
pulsando la correlación de fuerzas, diremos: nuestra hora ha llegado.
Paso al problema de la
guerra, en el que coincidíamos, prácticamente, cuando nos declaramos contra el
empréstito; las actitudes adoptadas ante el empréstito mostraron palpablemente
en el acto cómo se dividen las fuerzas políticas. Como ha escrito Riech, todos vacilan, con la sola
excepción de Edinstvo; toda la masa
pequeñoburguesa está a favor del empréstito, con reservas. Los capitalistas
ponen gesto avinagrado, se echan la resolución al bolsillo con una sonrisa y
dicen: “¡Hablad cuanto queráis, pues, pese a todo, seremos nosotros quienes
actuaremos!” En el mundo entero se denomina socialchovinistas a todos los que
votan actualmente a favor del empréstito.
Pasaré directamente a lee el proyecto de resolución sobre la
guerra. Se divide en tres partes:
1)
característica
de la guerra desde el punto de vista de su significación de clase; 2)
defensismo revolucionario de las masas, que no existe en ningún país, y 3) cómo
poner fin a la guerra.
Muchos de nosotros, entre
ellos yo, hemos tenido ocasión de hablar, sobre todo ante los soldados, y creo
que cuando se les explica todo desde el punto de vista de clase, lo que menos
claro ven en nuestra posición es cómo queremos poner fin a la guerra y de qué
modo creemos posible terminarla. Entre las amplias masas existe un sinnúmero de
confusiones, una incomprensión absoluta de nuestra posición; por eso debemos
explicarles este punto con el lenguaje más popular.
(Lee el proyecto de
resolución sobre la guerra.)
“La guerra
actual es, por parte de ambos grupos de potencias beligerantes, una guerra
imperialista, es decir, una guerra que hacen los capitalistas por el dominio
mundial, por el reparto del botín capitalista, por los mercados ventajosos del
capital financiero y bancario, por el estrangulamiento de los pueblos débiles.
“El paso del poder en Rusia
de manos de Nicolás II a las del gobierno de Guchkov, Lvov, etc., gobierno de
terratenientes y capitalistas, no ha cambiado ni podía cambiar ese carácter de
clase ni el significado de la guerra por parte de Rusia.
“El hecho de que el nuevo
gobierno prosigue la misma guerra, una guerra igualmente imperialista, una
guerra rapaz, de conquista, se ha manifestado con evidencia particular en la
siguiente circunstancia: el nuevo gobierno, lejos de publicar los tratados secretos
concluidos por el ex zar, Nicolás II, con los gobiernos capitalistas de
Inglaterra, Francia, etc., los ha ratificado formalmente. Se ha hecho esto sin
consultar la voluntad del pueblo y con la intención manifiesta de engañarlo,
pues es del dominio público que esos tratados secretos del ex zar son tratados
bandidescos hasta la médula, que prometen a los capitalistas rusos el saqueo de
China, de Persia, de Persia, de Turquía, de Austria, etc.
“Por eso, el partido
proletario no puede apoyar en modo alguno ni la guerra en curso, ni al gobierno
actual, ni sus empréstitos, sean cuales fueren las pomposas palabras con que se
denomine a esos
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
empréstitos, sin romper por
completo con el internacionalismo, es decir, con la solidaridad fraternal de
los obreros de todos los países en la lucha contra el yugo del capital.
“No merece tampoco ningún
crédito la promesa del gobierno actual de renunciar a las anexiones, es decir,
a la conquista de otros países, o a la retención por la fuerza en los límites
de Rusia de cualquier nacionalidad. Porque, en primer lugar, los capitalistas,
unidos por miles de hilos del capital bancario ruso y anglo-francés y que
defienden los intereses del capital, no pueden renunciar a las anexiones en
esta guerra sin dejar de ser capitalistas, sin renunciar a las ganancias que
proporcionan los miles de millones invertidos en empréstitos, en concesiones,
en fábricas de guerra, etc. En segundo lugar, el nuevo gobierno, que renunció a
las anexiones para embaucar al pueblo, declaró por boca de Miliukov el 9 de
abril de 1917 en Moscú, que no renuncia a las anexiones. En tercer lugar, como
ha denunciado Dielo Naroda, periódico
en el que colaboro el ministro Kerenski, Miliukov no ha cursado siquiera al
exterior su declaración sobre la renuncia a las anexiones.
154
“Al poner en guardia al
pueblo contra las vanas promesas de los capitalistas, la conferencia declara,
por ello, que es necesario establecer una rigurosa diferencia en la renuncia a
las anexiones de palabra y la renuncia de hecho, es decir, la publicación
inmediata de todos los bandidescos tratados secretos, de todos los documentos
referentes a la política exterior, y proceder sin demora a la liberación más
completa de todas las naciones que la clase capitalista oprimir o mantiene
encadenadas por la fuerza a Rusia o carentes de plenos derechos, siguiendo la
política, oprobiosa para nuestro pueblo, del ex zar Nicolás II”.
La segunda mitad de esta
parte de la resolución trata de las promesas que hace el gobierno. Para un
marxista, esta parte estaría tal vez de más, pero para el pueblo tiene
importancia. De ahí que sea necesario agregar por qué no damos crédito a esas
promesas, por qué no debemos confiar en el gobierno. Las promesas del gobierno
actual de renunciar a la política imperialista no merecen ninguna confianza.
Nuestra línea en esta cuestión no debe consistir en indicar que exigimos al
gobierno la publicación de los tratados. Eso sería una ilusión. Exigir eso a un
gobierno de capitalistas sería igual que exigir que se descubran los fraudes
comerciales. Si decimos que es necesario renunciar a las anexiones y
contribuciones, debemos señalar, además, cómo ha de hacerse; y si se nos
pregunta quién tiene que hacerlo, diremos que se trata, en esencia, de un paso
revolucionario y que ese paso sólo puede darlo el proletariado revolucionario.
De otro modo no serán más que promesas vacías, buenos deseos, con que los
capitalistas llevan de las riendas al pueblo.
(Sigue leyendo el proyecto
de resolución.)
“El llamado “defensismo
revolucionario”, que hoy se ha apoderado en Rusia de casi todos los partidos
populistas (socialistas populares, trudoviques, socialistas-revolucionarios),
del partido oportunista de los socialdemócratas mencheviques (Comité de Organización,
Chjeídze, Tsereteli y otros) y de la mayoría de los revolucionarios sin
partido, representa, ateniéndonos a su significación de clase, por un lado, los
intereses y el punto de vista de la pequeña burguesía, de los pequeños
propietarios, de los campesinos acomodados, quienes, al igual que los
capitalistas, sacan provecho de la violencia contra los pueblos débiles, y, por
otro lado, es resultado del engaño de las masas del pueblo por los
capitalistas, que no hacen públicos los tratados secretos y salen del paso con
promesas y frases elocuentes.
“Debemos reconocer que masas
muy amplias de “defensistas revolucionarios” obran de buena fe, es decir, no
desean efectivamente ninguna clase de
anexión ni conquista, ni actos de violencia contra los pueblos débiles, quieren
verdaderamente una paz democrática, y
no una paz impuesta, entre todos los
países beligerantes. Es preciso reconocer esto porque la situación de clase de
los proletarios y semiproletarios de la ciudad y del campo (es decir, de los
hombres que viven total o parcialmente de la venta de su fuerza de trabajo a
los capitalistas) hace que dichas clases no estén interesadas en las ganancias
de los capitalistas.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
“Por ello, reconociendo
absolutamente inadmisible cualquier concesión al “defensismo revolucionario”,
que equivaldría de hecho a la ruptura completa con el internacionalismo y el
socialismo, la conferencia declara al mismo tiempo que mientras los capitalistas
rusos y su Gobierno
Provisional se limiten a
amenazar al pueblo con la violencia (como, por ejemplo el tristemente célebre
decreto de Guchkov conminando con represalias a los soldados que destituyan por
propia iniciativa a sus superiores); mientras los capitalistas no pasen al empleo de la violencia
contra los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, braceros, etc.,
libremente organizados y con atribuciones para elegir y deponer libremente a todas las autoridades, nuestro partido
propugnará la renuncia a la violencia en general y combatirá el grave y funesto
error de los partidarios del “defensismo revolucionario” exclusivamente con
métodos de persuasión camaraderil, explicando la verdad de que la confianza
inconsciente de las vastas masas en el gobierno de los capitalistas, los peones
enemigos de la paz y del socialismo, es en el momento actual en Rusia el
obstáculo principal para la rápida terminación de la guerra”.
Es indudable que una parte
de la pequeña burguesía está interesada en esta política de los capitalistas;
por ello, es imperdonable para el partido proletario cifrar ahora sus
esperanzas en la comunidad de intereses con el campesinado. Luchamos por conseguir
que los campesinos pasen a nuestro lado, pero ahora están, y hasta cierto punto
conscientemente, al lado de los capitalistas.
No cabe la menor duda de que
el proletariado y el semiproletariado, como clase, no están interesados en la
guerra. Van a remolque de las tradiciones y el engaño. Carecen aún de
experiencia política. De ahí nuestra tarea de efectuar una larga labor explicativa.
No les hacernos la menor concesión de principio, pero no podemos tratarlos
igual que a los socialchovinistas. Estos elementos de la población no han sido
jamás socialistas ni tienen la menor idea del socialismo, no hacen más que
despertar a la vida política. Pero su conciencia crece y se amplía con una
rapidez extraordinaria. Hay que saber llegar hasta ellos con nuestra labor
explicativa y ésta es la tarea más difícil, sobre todo para un partido que
todavía ayer se encontraba en la clandestinidad.
155
Habrá quienes piensen que al decir esto renegamos de nosotros
mismos, por cuanto antes propugnábamos la transformación de la guerra
imperialista en guerra civil y ahora nos pronunciamos contra nuestra propia
actitud. Pero en Rusia ha terminado la primera guerra civil y pasamos ahora a
la segunda guerra: entre el imperialismo y el pueblo en almas. Y en este
período de transición, mientras la fuerza armada se encuentre en manos de los
soldados, mientras Miliukov y Guchkov no apelen a la violencia, esta guerra
civil se convierte para nosotros en una labor de propaganda clasista pacífica,
larga y paciente. Si hablamos de la guerra civil antes de que la gente haya
comprendido su necesidad, caeremos inevitablemente en el blanquismo. Somos
partidarios de la guerra civil, pero sólo cuando la sostiene una clase
consciente. Puede derrocarse a quien el pueblo considera un avasallador. Pero
en la actualidad no hay ningún avasallador, pues los cañones y los fusiles los
tienen los soldados y no los capitalistas; éstos no se imponen ahora por la
violencia, sino por el engaño, y gritar que nos avasallar es un absurdo. Hay
que saber situarse en el punto de vista del marxismo, el cual nos dice que esta
transformación de la guerra imperialista en guerra civil se basa en condiciones
objetivas y no en condiciones subjetivas. Nosotros renunciamos de momento a
esta consigna, pero sólo de momento. Las armas están ahora en manos de los
soldados y de los obreros y no en manos de los capitalistas. Mientras el
gobierno no rompa las hostilidades, predicamos pacíficamente.
Al gobierno le convendría
que el primer paso irreflexivo a la acción lo diéramos nosotros: eso le
convendría. Está furioso porque nuestro partido ha lanzado la consigna de una
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
manifestación pacífica. No
debemos ceder ni un ápice de nuestros principios a la pequeña burguesía hoy a
la expectativa. Para un partido proletario no hay error más peligroso que basar
su táctica en deseos subjetivos allí donde lo que hace falta es organización.
No podemos decir que la mayoría está con nosotros; en este caso es necesario
desconfiar, desconfiar y desconfiar. Basar sobre deseos la táctica proletaria
significaría matarla.
El tercer punto se refiere
al problema de cómo terminar la guerra. La posición de los marxistas al
respecto es conocida, pero la dificultad estriba en cómo hacerla llegar a las
masas en la forma más clara posible. No somos pacifistas y no podemos renunciar
a la guerra revolucionaria. ¿En qué se distingue una guerra revolucionaria de
una guerra capitalista? Se distingue, ante todo, por la clase que está
interesada en ella y por la política que aplica la clase interesada en esa
guerra... Cuando se habla a las masas, hay que darles respuestas concretas. La
primera cuestión es, pues, ésta: ¿cómo distinguir una guerra revolucionaria de
una guerra capitalista? El hombre del pueblo no comprende en qué consiste la
diferencia, no comprende que se trata de la diferencia de clases. No debemos
expresarnos sólo teóricamente, sino mostrando de modo práctico que sólo
libraremos una guerra verdaderamente revolucionaria cuando el poder esté en
manos del proletariado. Me parece que semejante planteamiento de la cuestión da
la respuesta más clara a la pregunta de qué guerra es ésta y quién la hace.
En Pravda se ha publicado un proyecto de llamamiento a los soldados de
todos los países beligerantes. Tenemos noticias de que en el frente se
confraterniza, pero todavía de modo semiespontáneo. A esta confraternización le
falta un pensamiento político claro. Los soldados han sentido instintivamente
que había que obrar desde abajo. Su instinto de clase, de gente imbuida de
espíritu revolucionario, les ha hecho ver que éste es el verdadero camino. Mas
eso no basta para la revolución. Nosotros queremos dar una contestación
política clara. Para que la guerra termine, el poder debe pasar a manos de la
clase revolucionaria. Yo propondría que, en nombre de la conferencia, se
dirigiese un llamamiento a los soldados de todos los países beligerantes y que
ese llamamiento fuese publicado en todos los idiomas. Si en lugar de todas las
frases en boga sobre conferencias de paz —en las que la mitad de los reunidos
son siempre agentes solapados o manifiestos de los gobiernos imperialistas—
lanzamos dicho llamamiento, avanzaremos mil veces más deprisa hacia nuestra
meta que con todas las conferencias pacifistas. No queremos nada con los
Plejánov alemanes. Cuando cruzamos Alemania en tren, esos señores
socialchovinistas, los Plejánov alemanes, intentaron subir a nuestro vagón,
pero les hicimos saber que ni un solo socialista de esa clase pondría los pies
en él, y que si entraban, a pesar de todo, no los dejaríamos salir sin un gran
escándalo. En cambio, si hubieran dejado entrar, por ejemplo, a Carlos
Liebknecht, habríamos hablado con él. Cuando publiquemos ese llamamiento a los
trabajadores de todos los países y demos en él nuestra respuesta a la pregunta
de cómo debe terminarse la guerra, y cuando los soldados lean esa respuesta,
que da una salida política a la guerra, la confraternización dará un paso
gigantesco. Ello es necesario para que ésta deje de ser un pavor instintivo
ante la guerra y se convierta en una clara conciencia política de cómo salir de
esta guerra.
Paso a la tercera cuestión,
esto es, a la apreciación del momento actual desde el punto de vista de la
situación del movimiento obrero internacional y del estado en que se encuentra
el capitalismo internacional. Desde el punto de vista marxista, sería absurdo
examinar la situación de un solo país al hablar del imperialismo, ya que los
diferentes países capitalistas están vinculados entre sí del modo más estrecho.
Y hoy, en plena guerra, esta vinculación es inconmensurablemente mayor. Toda la
humanidad se ha convertido en un amasijo sanguinolento y es imposible salir de
él aisladamente. Si bien hay países más desarrollados y menos desarrollados, la
guerra actual los ha atado a todos de tal manera que es imposible y disparatado
que ningún país pueda salir él solo de la conflagración.
156
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
Todos estamos de acuerdo en
que el poder deben tenerlo los Soviets de diputados obreros y soldados. Pero
¿qué pueden y deben hacer éstos cuando el poder pase a sus manos, es decir,
cuando pase a manos de los proletarios y semiproletarios? Es una situación
complicada y difícil. Y al hablar de la toma del poder, surge un peligro que ya
en revoluciones anteriores desempeñó un gran papel: el peligro de que la clase
revolucionaria se haga cargo del poder y no sepa qué hacer con él. En la
historia de las revoluciones existen ejemplos de revoluciones que fracasaron
precisamente por eso. Los Soviets de diputados obreros y soldados que envuelven
hoy como una red a toda Rusia son actualmente el eje de toda la revolución; sin
embargo, me parece que no los hemos comprendido y estudiado suficientemente. Si
los Soviets toman el poder, no se tratará ya de un Estado en el sentido usual
de la palabra. Hasta hoy no ha existido nunca un Estado de ese tipo que se haya
sostenido mucho tiempo, pero todo el movimiento obrero mundial ha tendido hacia
él. Será precisamente un Estado del tipo de la Comuna de París. Este poder es
una dictadura, es decir, no se apoya en la ley ni en la voluntad formal de la
mayoría, sino de modo directo e inmediato en la violencia. La violencia es un instrumento
de poder.
¿Cómo emplearán los Soviets
este poder? ¿Volverán a los antiguos métodos de gobierno a través de la
policía, administrarán el país por medio de los viejos órganos de poder? A mi
juicio, no podrán hacerlo y, en todo caso, se alza ante ellos la tarea inmediata
de organizar un Estado no burgués. He empleado, hablando entre bolcheviques, la
comparación de este Estado con la Comuna de París en el sentido de que esta
última destruyó los antiguos órganos administrativos y los sustituyó por
órganos completamente nuevos, por órganos directos, inmediatos, de los obreros.
Se me acusa de haber utilizado en este momento la palabra que más asusta a los
capitalistas, ya que han empezado a comentarla como el deseo de implantar
inmediatamente el socialismo. Pero la he empleado únicamente en el sentido de
sustitución de los viejos órganos por otros nuevos, proletarios. Marx decía que
esto representaba el avance más importante de todo el movimiento proletario
mundial172. La cuestión de las tareas sociales del
proletariado tiene para nosotros una importancia práctica inmensa, un lado,
porque nos vemos atados ahora a los demás países y no podemos salir de ese
ovillo: o el proletariado sale en su totalidad o lo estrangularán; por otro
lado, porque los Soviets de diputados obreros y soldados son un hecho. No cabe
duda para nadie que cubren toda Rusia, son un poder y no puede haber otro. Y si
es así, debemos tener una idea clara de cómo pueden utilizar ese poder. Se dice
que este poder es igual que el existente en Francia y en Norteamérica; pero
allí no se da nada semejante, no existe un poder directo como éste.
La resolución sobre el
momento actual se divide en tres partes. En la primera se caracteriza la
situación objetiva creada por la guerra imperialista la situación en que se ha
visto el capitalismo mundial; en la segunda, se exponen las condiciones del movimiento
proletario internacional, y en la tercera, las tareas de la clase obrera rusa
al hacerse cargo del poder. En la primera parte formulo la conclusión de que el
capitalismo se ha desarrollado durante la guerra más aún que antes de ella. Se
ha adueñado de ramas enteras de la producción. Ya en 1891, hace 27 años, cuando
los alemanes aprobaron su Programa de Erfurt173,
“Engels decía
![]()
172 Véase la carta de C. Marx a L. Kugelmann, del 17 de abril de
1871
173 El Programa de Erfurt
del Partido Socialdemócrata Alemán
fue aprobado en el Congreso de Erfurt de 1891. Se basaba en la doctrina
marxista sobre la inevitabilidad del hundimiento del modo de producción
capitalista y de la sustitución de éste por el modo de producción socialista;
se recalcaba en él la necesidad de que la clase obrera desplegara la lucha
política y se indicaba el papel del partido como dirigente de esta lucha; pero
en él se hacían también serias concesiones al oportunismo. F. Engels sometió el
proyecto de Programa de Erfurt a extensa crítica (véase Contribución a la crítica del proyecto de programa socialdemócrata de
1891), lo que, de hecho, constituyó una crítica del oportunismo de toda la
II Internacional, para cuyos partidos el Programa de Erfurt era algo así como
un modelo. Sin embargo, los dirigentes de la socialdemocracia alemana ocultaron
a las masas del partido la crítica de Engels, y sus observaciones más
importantes no fueron tomadas en consideración al redactarse el texto
definitivo del programa. Lenin consideraba que el defecto principal del
Programa de Erfurt, concesión cobarde hecha al oportunismo, consistió en que
silenciaba la dictadura del proletariado.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
que no podía interpretarse
el capitalismo según se venía haciendo, como un régimen carente de todo plan.
Esta interpretación es ya anticuada: donde hay trusts no hay carencia de
planes. Durante el siglo XX, sobre todo, el desarrollo del capitalismo siguió
avanzando a pasos agigantados, y la guerra hizo lo que no se había hecho en 25
años. La estatificación de la industria no sólo ha hecho progresos en Alemania,
sino también en Inglaterra. De los monopolios en general se ha pasado a los
monopolios de Estado. La situación objetiva ha demostrado que la guerra ha
acelerado el desarrollo del capitalismo, la transformación del capitalismo en
imperialismo, el de monopolio a estatificación. Todo ello ha aproximado la
revolución socialista y ha creado las condiciones objetivas para ella. De este
modo, el curso de la guerra ha acercado la revolución socialista.
Inglaterra fue antes de la
guerra el país de máxima libertad, como señalan en todo momento los políticos
del tipo demócrata-constitucionalista. Pero había libertad por que no existía
movimiento revolucionario. La guerra lo cambió todo de golpe. Un país en el que
no se recordaba desde hacía muchísimos años un solo atentado contra la libertad
de la prensa socialista ha implantado de repente una censura puramente zarista
y ha llenado sus cárceles de socialistas. Los capitalistas aprendieron allí
durante siglos a gobernar al pueblo sin violencias, y si han recurrido ahora a
ellas es porque se han dado cuenta de que el movimiento revolucionario crece,
de que no pueden obrar de otra manera. Cuando señalábamos que Liebknecht
representaba a una masa, a pesar de estar solo y tener enfrente a cien Plejánov
alemanes, se nos decía que eso era una utopía, una ilusión. Sin embargo, basta
haber asistido a una sola asamblea obrera en el extranjero para convencerse de
que la simpatía de las masas por Liebknecht es un hecho indudable. Sus más
furiosos enemigos tuvieron que recurrir a ardides ante las masas, y si no se
presentaron como adeptos suyos, por lo menos nadie se atrevió a hablar contra
él abiertamente. Hoy las cosas han ido aún más lejos. Ahora se trata de huelgas
de masas y de confraternización en el frente. Aventurarse a profetizar sobre el
particular sería el más grave de los errores, pero es un hecho que la simpatía
hacia la Internacional va en aumento y que en el ejército alemán empieza la
efervescencia revolucionaria. Y ese hecho demuestra que la revolución madura en
Alemania.
157
Veamos ahora cuáles son las tareas del proletariado
revolucionario. El defecto principal y el error principal de todos los
razonamientos de los socialistas consiste en que el problema se plantea en
términos demasiado generales —transición al socialismo—, cuando lo que
corresponde es hablar de los pasos y medidas concretos. Unos han madurado ya,
otros no. Vivimos un momento de transición. Es evidente que hemos promovido
formas que no se parecen a las de los Estados burgueses: los Soviets de
diputados obreros y soldados son una forma de Estado que no existe ni ha
existido nunca en ningún país. Son una forma que representa los primeros pasos
hacia el socialismo y que es inevitable en los comienzos de la sociedad
socialista. Este es un hecho decisivo. La revolución rusa ha creado los
Soviets. En ningún país burgués existen ni pueden existir instituciones
estatales semejantes, y ninguna revolución socialista puede operar con otro
poder que no sea éste. Los Soviets de diputados obreros y soldados deben tomar
el poder, pero no para implantar una república burguesa corriente ni para pasar
directamente al socialismo. Eso es imposible.
¿Para qué, entonces? Deben
tomar el poder para dar los primeros pasos concretos, que pueden y deben darse,
hacia esa transición. El miedo es en este sentido el enemigo principal. Debemos
explicar a las masas que es menester dar esos pasos inmediatamente, pues, de
otro modo, el poder de los Soviets de diputados obreros y soldados carecerá de
sentido y no dará nada al pueblo.
Intentaré contestar a la
pregunta de cuáles son los pasos concretos que podemos proponer al pueblo, sin
caer en contradicción con nuestras convicciones marxistas.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
¿Para qué queremos que el
poder pase a manos de los Soviets de diputados obreros y soldados?
La primera medida que deberán aplicar los Soviets es la
nacionalización de la tierra. Todos los pueblos hablan de ella. Se dice que
esta medida es la más utópica de todas y, sin embargo, todos van a parar a
ella, precisamente porque la posesión de la tierra en Rusia está tan embrollada
que no cabe más salida que quitar todos los lindes y transformar todo el suelo
del país en propiedad del Estado. Hay que abolir la propiedad privada de la
tierra. Tal es la tarea que tenemos planteada, pues la mayoría del pueblo la
requiere. Para eso necesitamos los Soviets. Esta medida no puede llevarse a
cabo con la vieja burocracia del Estado.
Segunda medida. No podemos sustentar que el socialismo sea “implantado”, pues
eso seria el mayor de los disparates. Lo que debemos hacer es predicar el
socialismo. La mayoría de la población de Rusia está formada por campesinos,
por pequeños propietarios, que no pueden ni pensar en el socialismo. Pero, ¿qué
pueden decir en contra de que en cada pueblo funcione un banco que les dé la
posibilidad de mejorar su hacienda? Contra esto no tendrán a que objetar.
Debemos difundir estas medidas prácticas entre lo campesinos y afianzar en
ellos la conciencia de que son necesarias.
Otra cosa es, evidentemente,
el consorcio de fabricantes de azúcar. Esto ya es un hecho. En este punto,
nuestra proposición debe ser directamente práctica: es preciso que esos
consorcios ya maduros se conviertan en propiedad del Estado. Si los Soviets quieren
tomar el poder ha de ser sólo para esos fines. Si no es para eso, no tienen por
qué tomarlo. La cuestión está planteada así: o los Soviets siguen
desarrollándose o morirán sin pena ni gloria, como sucedió durante la Comuna de
París. Si lo que se necesita es una república burguesa, pueden hacerla los
demócratas-constitucionalistas.
Voy a terminar refiriéndome
a un discurso que me ha producido la mayor impresión. Un minero pronunció un
magnífico discurso en el que, sin emplear ni solo término libresco, relató cómo
habían hecho ellos la revolución. No se plantearon el problema de si debían
tener un presidente. Lo que les interesaba era esto: proteger los cables,
cuando tomaron las minas, para que no se paralizase la producción. Se planteó
después el problema del pan, que no tenían, y también en este punto llegaron a
un acuerdo respecto al modo de conseguirlo. He ahí un verdadero programa
revolucionario, un programa no sacado de los libros. He ahí la verdadera
conquista del poder local.
La burguesía no ha adquirido
en ninguna parte un grado tal de formación como en Petrogrado; los capitalistas
tienen aquí el poder en sus manos; pero en las localidades rurales, los
campesinos, sin entregarse a planes socialistas, adoptan medidas puramente
prácticas. A mi parecer, este programa del movimiento revolucionario es el
único que señala certeramente el verdadero camino de la revolución. Somos
partidarios de que estas medidas sean abordadas con la mayor prudencia y
precaución, pero deben ser llevadas a cabo, sólo en esa dirección debe mirarse
adelante, no hay otra salida. De otro modo, los Soviets de diputados obreros y
soldados serán disueltos y morirán sin gloria; pero si el poder pasa
efectivamente a manos del proletariado revolucionario, será únicamente para
avanzar. Y avanzar significa dar pasos concretos, y no asegurar sólo con
palabras la salida de la guerra. Esos pasos sólo podrán triunfar por completo
con la revolución mundial, si la revolución ahoga la guerra y es respaldada por
los obreros de todos los países. Por eso, la toma del poder es la única medida
concreta, la única salida.
158
Publicado
íntegramente por vez primera en 1921 en las “Obras” de N. Lenin (V. Uliánov),
t.
XIV, parte 2.
T. 31, págs. 342-358.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
3. Discurso
de resumen de la discusión del informe sobre el momento actual, 24 d abril, (7
de mayo).
El camarada Kámenev ha
montado hábilmente el caballo de batalla de la línea aventurera. Es necesario
detenernos en esto. El camarada Kámenev sostiene, y está persuadido de ello,
que nosotros, al desautorizar la consigna de “¡Abajo el Gobierno Provisional!”,
hemos dado muestras de vacilación. Estoy de acuerdo con él; ha habido,
naturalmente, vacilaciones que nos han desviado de la línea política
revolucionaria, y esas vacilaciones es menester evitarlas. Creo que nuestras
discrepancias con el camarada Kámenev no son muy grandes, porque al declararse
de acuerdo con nosotros, adopta otra posición. ¿En qué consistió nuestra línea
aventurera?
En el intento de apelar a
medidas de violencia. No sabíamos si las masas, en aquel momento angustioso, se
inclinaban decididamente a nuestro lado, y el problema hubiera sido otro si
ellas hubiesen vacilado fuertemente. Nosotros lanzamos la consigna de manifestaciones
pacíficas, mas algunos camaradas del comité de San Petersburgo lanzaron otra,
que hemos anulado, pero tarde y, por ello, sin poder evitar que las masas
fuesen detrás de dicha consigna.
Nosotros decimos que la
consigna de “¡Abajo el Gobierno Provisional!” es una consigna aventurera;
entendemos que ahora no puede derrocarse al gobierno y por eso lanzamos la
consigna de manifestaciones pacíficas. Sólo queríamos pulsar pacíficamente las
fuerzas enemigas, sin dar una batalla; en cambio, el comité de San Petersburgo
timoneó un poquito más a la izquierda, cosa que, en aquellas circunstancias,
constituía, evidentemente, un gravísimo crimen. El aparato de organización no
ha demostrado ser lo bastante fuerte no todos ponen en práctica nuestras
resoluciones. Junto con la consigna acertada de “¡Vivan los Soviets de
diputados obreros y soldados!” se lanzó la consigna falsa de “¡Abajo el
Gobierno Provisional!” En el momento de la acción no era tolerable que alguien
quisiese timonear “un poquito más a la izquierda”. Consideramos eso como el
mayor de los crímenes, como un crimen de desorganización. Y no hubiéramos
permanecido ni un minuto más en el CC si hubiéramos autorizado conscientemente
dicho paso. La culpa de lo ocurrido se debe a las imperfecciones del aparato de
organización. Sí, en nuestra organización ha habido defectos. Y el problema de
mejorar la organización ha sido planteado ya.
Los mencheviques y Cía.
agitan a todos los vientos el concepto de “línea aventurera”, pero, en
realidad, ellos sí que han carecido de organización y de línea de ninguna
clase. Nosotros tenemos una organización y una línea.
En aquel momento, la
burguesía movilizó todas sus fuerzas, el centro se escondió y nosotros
organizamos una manifestación pacífica. Sólo nosotros teníamos una línea
política. ¿Hubo errores? Sí, hubo. Sólo no comete errores el que no hace nada,
y organizarse bien no es cosa fácil.
Pasemos ahora al punto del control.
Marchamos juntos con el
camarada Kámenev, excepto en el problema del control. El lo juzga un acto
político. Pero, subjetivamente, entiende esta palabra mejor que Chjeídze y
otros. Por nuestra parte, no nos embarcaremos en lo del control. Se nos dice:
ustedes se han aislado, han echado a volar palabras terribles sobre el
comunismo, han atemorizado al burgués hasta hacer que le diera un patatús...
¡Sea!... Pero no es esto lo que nos ha aislado. Lo que nos ha aislado ha sido
la cuestión del empréstito; eso y no otra cosa es lo que nos ha llevado al
aislamiento. En este punto nos hemos quedado en minoría. Sí, estamos en
minoría. Pero, ¿qué importa eso? Ser socialista, en estos tiempos de borrachera
chovinista, es estar en
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
minoría, pero estar en
mayoría es ser chovinista. Hoy, el campesino, junto a Miliukov, golpea al
socialismo con el empréstito. El campesino sigue a Miliukov y a Guchkov. Es un
hecho. La dictadura democrática burguesa de los campesinos es una fórmula vieja.
Para empujar a los
campesinos a la revolución hay que apartar al proletariado, deslindar el
partido proletario, pues el campesinado es chovinista. Querer atraerse hoy al
mujik sería entregarse a merced de Miliukov.
Hay que derribar al Gobierno
Provisional, mas no ahora ni por la vía acostumbrada. Estamos de acuerdo con el
camarada Kámenev. Pero debemos explicar las cosas. Y sobre esta palabra cabalga
el camarada Kámenev. No obstante, es lo único que podemos hacer.
El camarada Rykov entiende
que el socialismo tiene que venir de otros países de industria más
desarrollada. Esto no es cierto. No puede decirse quién comenzará ni quién
acabará lo comenzado. Esto no es marxismo, sino una parodia del marxismo.
Marx dijo que Francia
comenzaría y el alemán llevaría a cabo la obra. Y el proletariado ruso ha
conseguido más que nadie.
Si nosotros hubiéramos dicho: “sin zar, dictadura del
proletariado”, ello habría significado
saltar por encima de la
pequeña burguesía. Pero lo que nosotros decimos es: ayudad a la revolución a
través del Soviet de diputados obreros y soldados. No hay que deslizarse al
reformismo. No luchamos para ser vencidos, sino para salir vencedores. Y en el
peor de los casos contamos con obtener un triunfo parcial. De salir derrotados,
conseguiremos, a pesar de todo, un triunfo parcial. Conseguiremos reformas. Y
las reformas son un instrumento auxiliar de la lucha de clases.
159
El camarada Rykov ha dicho
también que no hay fase de transición entre el capitalismo y el socialismo. Eso
no es verdad. Eso es romper con el marxismo.
La línea trazada por
nosotros es justa y en el futuro adoptaremos todas las medidas para conseguir
una organización en la que no haya miembros del comité de San Petersburgo que
no acaten los mandatos del CC. Crecernos como corresponde a un verdadero partido.
Publicado por vez
primera en 1921 en las
“Obras” de N. Lenin
(V. Uliánov), t. XIV, parte 2.
T. 31, págs. 361-363.
4. Discurso
a favor de la resolución sobre la guerra, 27 de abril. (10 de mayo).
Acta taquigráfica.
Camaradas: El anteproyecto
de resolución sobre la guerra fue leído por mí en la Conferencia de la ciudad
de Petrogrado. A causa de la crisis que absorbió en Petrogrado la atención y
las fuerzas de todos los camaradas, no pudimos corregir ese anteproyecto. Pero
entre ayer y hoy, la comisión ha trabajado con éxito y el anteproyecto ha sido
corregido, sensiblemente reducido y, a nuestro juicio, mejorado.
Diré algunas palabras sobre
la estructura de esta resolución, que se divide en tres partes: la primeratraza
un análisis de clase de la guerra, completado con una declaración de principios
explicando las razones que mueven a nuestro partido a sostener que no se debe
prestar el menor crédito a las promesas del gobierno ni apoyar en lo más mínimo
al Gobierno
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
Provisional. La segunda
parte de la resolución está dedicada al problema del defensismo revolucionario
como una corriente extraordinariamente extendida entre las masas y que de
momento aúna contra nosotros a la inmensa mayoría del pueblo. El problema está
en determinar la significación de clase de ese defensismo revolucionario, su
esencia, la verdadera correlación de fuerzas, y en puntualizar cómo podemos
luchar contra esa corriente. La tercera parte de la resolución trata de cómo
terminar la guerra. A este problema práctico, de gran importancia para nuestro
partido, era necesario contestar en detalle y creemos haberlo conseguido de
modo satisfactorio. En una serie de artículos de Pravda y de periódicos de provincias (que recibimos muy
irregularmente, pues el correo no funciona y tenemos que aprovechar las
ocasiones para conseguir los periódicos locales para el CC), en los que se
publicaron un número considerable de artículos acerca de la guerra, se ha
puesto de relieve claramente nuestra actitud contraria a ésta y a la cuestión
del empréstito. Me parece que la votación contra el empréstito resolvió la
cuestión sobre la actitud negativa frente al defensismo revolucionario. Me es
imposible detenerme más en esto.
“La guerra actual es, por
parte de ambos grupos de potencias beligerantes, una guerra imperialista, es
decir, una guerra que hacen los capitalistas por el reparto de los beneficios
que proporciona la dominación mundial, por los mercados del capital financiero
(bancario), por el sometimiento de los pueblos débiles, etc.”.
La primera y fundamental
tesis se refiere al problema del contenido de la guerra, problema de carácter
general y político, problema litigioso, que los capitalistas y
socialchovinistas eluden cuidadosamente. Por eso nosotros debemos colocar este
problema en primer plano y hacer la siguiente adición:
“Cada día de guerra
enriquece a la burguesía financiera e industrial y arruina y agota las fuerzas
del proletariado y del campesinado de todos los países beligerantes y, también,
de los países neutrales. Por lo que se refiere a Rusia, la prolongación de la
guerra pone, además, en grandísimo peligro las conquistas de la revolución y su
desarrollo ulterior.
El paso del poder en Rusia
al Gobierno Provisional, gobierno de terratenientes y capitalistas, no ha
cambiado ni podía cambiar ese carácter ni el significado de la guerra por parte
de Rusia”.
Esta última frase, leída por
mí, tiene una gran importancia para toda nuestra propaganda y agitación. ¿Ha
cambiado o puede cambiar el carácter de clase de la guerra? Nuestra
contestación se basa en el hecho de que el poder ha pasado a manos de los
terratenientes y los capitalistas, a manos del mismo gobierno que ha preparado
esta guerra. Veamos ahora un hecho que pone de relieve con la mayor evidencia
posible el carácter de la guerra. Una cosa es el carácter de clase que se
expresa en toda la política mantenida durante decenios por determinadas clases,
y otra cosa, el evidente carácter de clase de la guerra.
“Este hecho se manifiesta
con evidencia particular en que el nuevo gobierno, lejos de publicar los
tratados secretos concluidos por el zar Nicolás II con los gobiernos
capitalistas de Inglaterra, Francia, etc., ha ratificado formalmente, sin
consultar al pueblo, estos tratados secretos, que prometen a los capitalistas
rusos el saqueo de China, de Persia, de Turquía, de Austria, etc. Con la
ocultación de esos tratados se engaña al pueblo ruso acerca del verdadero
carácter de la guerra”.
160
Subrayo, pues, una vez más,
que nosotros destacamos la más evidente confirmación del carácter de la guerra.
Aun cuando no hubiese tratados, no por ello cambiaría en lo más mínimo el
carácter de la guerra, pues para llegar a un acuerdo los grupos capitalistas
pueden prescindir muy a menudo de los tratados. Pero estos tratados existen, su
significación no puede ser más evidente, y nosotros, para unificar la labor de
agitación y de propaganda,
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
consideramos necesario
subrayarlo de un modo especial, por lo cual hemos acordado tratar por separado
ese punto. La atención del pueblo está fija en este hecho y es natural que así
sea, tanto más que esos tratados fueron concertados por el destronado zar; es
necesario, pues, hacer ver al pueblo que los gobiernos prosiguen la guerra a
base de tratados firmados por los viejos gobiernos. Creo que en este punto se
ponen de manifiesto con el mayor relieve las contradicciones entre los
intereses de los capitalistas y la voluntad del pueblo, y la tarea de los
agitadores consiste en descubrir esas contradicciones y hacer recaer sobre
ellas la atención del pueblo; esforzarse por esclarecer la conciencia de las
masas, apelando a su conciencia de clase. El contenido de esos tratados es tal
que no puede existir la menor duda de que prometen a los capitalistas ganancias
inmensas mediante el saqueo de otros países, ya que esos tratados siempre se
mantienen secretos en todos los países. No hay en el mundo una sola república
que desarrolle a la luz del día su política exterior. Mientras exista el
régimen capitalista, no se espere que los capitalistas abran sus libros
comerciales a todo el que quiera verlos. La propiedad privada sobre los medios
de producción incluye también la propiedad privada sobre las acciones y las
operaciones financieras. El principal fundamento de la diplomacia actual
consiste en operaciones financieras, que se reducen todas al saqueo y
estrangulación de los pueblos débiles. Tales son, desde nuestro punto de vista,
las tesis fundamentales de las que se deriva toda apreciación acerca de la
guerra. De ellas, deducimos:
“Por eso, el partido
proletario no puede apoyar ni la guerra en curso, ni al gobierno actual, ni sus
empréstitos sin romper por completo con el internacionalismo, es decir, con la
solidaridad fraternal de los obreros de todos los países en la lucha contra el
yugo del capital”.
Tal es nuestra principal y
fundamental conclusión, que determina toda nuestra táctica y nos separa de
todos los demás partidos, por muy socialistas que se denominen. Con esta tesis,
indiscutible para todos nosotros, queda determinada la cuestión de nuestra
actitud ante todos los demás partidos políticos.
A continuación se dice que
nuestro gobierno ha planteado profusamente la cuestión de las promesas.
En torno a esas promesas se
hace una interminable campaña de los Soviets, que se han enredado con ellas y
ponen a prueba al pueblo. Por eso creemos necesario añadir al análisis
puramente objetivo de la situación de clase una apreciación de esas promesas,
las cuales, naturalmente, no tienen de por sí el menor valor para un marxista,
aunque para las grandes masas significan mucho y para la política todavía más.
El Soviet de Petrogrado se ha enredado en esas promesas y les da importancia al
prometer apoyarlas. Eso es lo que nos mueve a añadir a este punto la siguiente
fórmula:
“No merecen ningún crédito
las promesas del gobierno actual de renunciar a las anexiones, es decir, a la
conquista de otros países, o a la retención por la fuerza en los límites de
Rusia de cualquier nacionalidad”.
Y como la palabra “anexión”
es una palabra extranjera, la definimos políticamente en términos precisos,
como no pueden hacerlo ni el partido de los demócratas-constitucionalistas ni
los partidos de lo demócratas pequeñoburgueses (populistas y mencheviques).
Ninguna palabra ha sido usada de un modo tan absurdo y tan sucio como ésta.
“Porque, en primer lugar,
los capitalistas, unidos por miles de hilos del capital bancario, no pueden
renunciar a las anexiones en esta guerra sin renunciar a las ganancias que
proporcionan los miles de millones invertidos en empréstitos, en concesiones,
en fábricas de guerra, etc. En segundo lugar, el nuevo gobierno, que renunció a
las anexiones para embaucar al pueblo, declaró por boca de Miliukov el 9 de
abril de 1917 en Moscú que no renuncia a las anexiones y la nota del 18 de
abril, así como la
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
explicación a la misma del
22 de dicho mes, vino a confirmar el carácter rapaz de su política.
“Al poner en guardia al
pueblo contra las vanas promesas de los capitalistas, la conferencia declara,
por ello, que es necesario establecer una rigurosa diferencia entre la renuncia
a las anexiones de palabra y la renuncia de hecho, es decir, la publicación
inmediata y la anulación de todos los bandidescos tratados secretos y la
concesión inmediata a todas las naciones del derecho a decidir por votación
libre la cuestión de si desean constituirse en Estados independientes o formar
parte de un Estado cualquiera”.
Hemos creído necesario
indicar esto porque el problema de una paz sin anexiones es el problema básico
en todos estos debates acerca de las condiciones de paz. Todos los partidos
reconocen que la paz será una alternativa y que una paz con anexiones representará
una catástrofe inaudita para todos los países. Ante el pueblo, en un país en
que impera la libertad política, el problema de la paz no puede plantearse sino
como una paz sin anexiones. Es necesario, pues, manifestarse por una paz sin
anexiones, y no queda sino mentir, enturbiando el concepto de anexión o
eludiendo el punto. Riech, por
ejemplo, grita que la devolución de Curlandia equivale precisamente a renunciar
a las anexiones.
161
Hablando yo ante el Soviet
de diputados obreros y soldados, un soldado me hizo llegar un papel con esta
pregunta: “Debemos batirnos para reconquistar Curlandia. ¿Acaso reconquistar
Curlandia significa apoyar las anexiones?” Yo tuve que contestarle afirmativamente.
Nosotros nos oponemos a que Alemania se adueñe de Curlandia por la fuerza, pero
nos oponemos también a que Rusia retenga por la fuerza a ese país. Por ejemplo,
nuestro gobierno ha lanzado un manifiesto sobre la independencia de Polonia,
atiborrado de frases vacías y sin sentido. En él se dice que Polonia deberá
tener una libre alianza militar con Rusia. En estas tres palabras se encierra
todo lo que el manifiesto contiene de verdad. La libre alianza militar de la
pequeña Polonia con la gigantesca Rusia significa, en realidad, la completa
esclavización militar de Polonia. Podrá darle la libertad a Polonia
políticamente, pero, con eso y todo, sus fronteras serán trazadas por el
imperativo de la alianza militar.
Si nosotros luchásemos por
conseguir que los capitalistas rusos se adueñasen de Curlandia y Polonia, en
sus fronteras antiguas, reconoceríamos a los capitalistas alemanes el derecho
de saquear Curlandia. Planteadas así las cosas, podrían objetar: hemos saqueado
a Polonia juntos. Cuando comenzamos a despedazar Polonia a fines del siglo
XVIII, Prusia era un Estado pequeño y débil, y Rusia un Estado inmenso, por
cuya razón sacó un mayor botín. Ahora nos hemos hecho más fuertes: permitidnos,
pues, arrancar una parte mayor. No hay nada que oponer a esta lógica de los
capitalistas. En 1863, el Japón, comparado con Rusia, no era nada; en 1905
zurró a Rusia. En los años de 1863 a 1873, Alemania, comparada con Inglaterra,
no era nada; hoy es más poderosa que ésta. Y pueden objetar: cuando nos
quitaron Curlandia éramos débiles; ahora somos más fuertes que ustedes y
queremos reconquistarla. No renunciar a las anexiones equivale a justificar una
serie interminable de guerras por la conquista de los pueblos débiles. Renunciar
a las anexiones equivale dar a todos los pueblos el derecho a decidir
libremente si quieren vivir solos o unirse a otras naciones. Naturalmente que
para ello deberán retirarse las tropas. Admitir la más insignificante
vacilación en el problema de las anexiones equivale a justificar guerras
interminables. Por eso, no podíamos permitir en este punto la menor vacilación.
En lo tocante a las anexiones, nuestra respuesta es: libre determinación de los
pueblos. ¿Qué debe hacerse para que esta libertad política sea también una
libertad económica? Poner el poder en manos del proletariado y sacudir el yugo
capitalista.
Paso ahora a la segunda
parte de la resolución.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
“El llamado “defensismo
revolucionario”, que hoy se ha apoderado en Rusia de todos los partidos
populistas (socialistas populares, trudoviques, socialistas-revolucionarios),
del partido oportunista de los socialdemócratas mencheviques (Comité de
Organización, Chjeídze, Tsereteli y otros) y de la mayoría de los
revolucionarios sin partido, representa, ateniéndonos a su significación de
clase, por un lado, los intereses y el punto de vista de los campesinos
acomodados y de un sector de los pequeños propietarios, quienes, al igual que
los capitalistas, sacan provecho de la violencia contra los pueblos débiles;
por otro lado, el defensismo revolucionario es el resultado del engaño por los
capitalistas de una parte de los proletarios y semiproletarios de la ciudad y
del campo, quienes, por su situación de clase, no están interesados en las
ganancias de los capitalistas ni en la guerra imperialista”.
Nuestra misión consiste, pues, en
puntualizar de qué capas sociales pudo brotar y brotó el defensismo. Rusia es
el país más pequeñoburgués, y las capas
superiores de la pequeña
burguesía están directamente interesadas en la continuación de esta guerra. El
campesino rico, al igual que los capitalistas, saca beneficios de ella. Por
otro lado, las masas del proletariado y semiproletariado no tienen interés en
las anexiones, puesto que no reciben ningún beneficio del capital bancario.
¿Cómo pudieron entonces esas clases adoptar el punto de vista del defensismo
revolucionario? La actitud de estas clases ante el defensismo revolucionario es
el resultado de la influencia ideológica de los capitalistas, a lo que en la
resolución corresponde la palabra “engaño”. Esas clases no aciertan a
distinguir entre los intereses de los capitalistas y los de la nación. De ahí,
para nosotros, la conclusión siguiente:
“La conferencia declara
absolutamente inadmisible cualquier concesión al defensismo revolucionario, ya
que equivaldría de hecho a la ruptura completa con el internacionalismo y el
socialismo. En cuanto al estado de animo defensista de las grandes masas populares,
nuestro partido luchará incansablemente contra él mediante el esclarecimiento,
explicando la verdad de que la confianza inconsciente en el gobierno de los
capitalistas es, en este momento, uno de los principales obstáculos para la
rápida terminación de la guerra”.
Aquí, en estas últimas
palabras, se expresa la particularidad que distingue claramente a Rusia de
todos los demás países capitalistas occidentales y de todas las repúblicas
democráticas capitalistas. Pues no puede decirse que la confianza de las masas
inconscientes sea en estos países la causa principal de la continuación de la
guerra. Allí, las masas se hallan actualmente en las tenazas de hierro de la
disciplina militar, tanto más rigurosa cuanto más democrática es la república,
ya que en ella el derecho se apoya en la “voluntad del pueblo”. En Rusia no
existe, gracias a la revolución, esa disciplina. Las masas eligen libremente
sus representantes a los Soviets, fenómeno que no se da hoy en ningún otro país
del mundo. Pero esas masas confían ciegamente, por eso se las utiliza de un
determinado modo en la lucha. Aquí, fuera de esclarecer, no cabe otra cosa.
Esta labor esclarecedora deberá referirse a las tareas y métodos de acción
directamente revolucionarios. Cuando las masas son libres, intentar hacer algo
en nombre de la minoría, sin explicarlo a las masas, sería un absurdo
blanquismo, una simple tentativa aventurera. Sólo conquistando a las masas —si
es posible conquistarlas—, sólo así crearemos una base firme para el triunfo de
la lucha proletaria de clase.
162
Paso a la tercera parte
de la resolución.
“En lo que concierne a la
cuestión principal, es decir, la de cómo terminar lo más pronto posible esta
guerra de los capitalistas, mediante una paz verdaderamente democrática, y no
impuesta, la conferencia declara y resuelve:
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
“La negativa de los soldados
de una sola de las partes a continuar la guerra, o el simple cese de las
hostilidades por una de las partes beligerantes, no puede poner fui a esta
contienda”.
Esta idea, la de poner fin
de ese modo a la guerra, nos es atribuida con frecuencia por gentes que gustan
de hacerse fácil la lucha, desfigurando las opiniones del adversario; es el
método usual de los capitalistas, quienes nos achacan la idea insensata de
poner fin a la guerra por la negativa de una de las partes. No, replican, “la
guerra no se terminará clavando la bayoneta en el suelo”, como dijo un soldado,
típico partidario del defensismo revolucionario. Pero ésa, digo yo, no es una
objeción. Es una idea anarquista pensar que la guerra puede terminarse sin que
cambien las clases gobernantes. Es una idea anarquista que no tiene la menor
significación ni el menor sentido estatal, o una idea nebulosamente pacifista,
extraña a toda relación que media entre la política y la clase opresora. La
guerra es un mal, la paz es un bien... Naturalmente, debemos aclarar esta idea
ante las masas, hacerla asequible para ellas. En términos generales, todas
nuestras resoluciones están escritas para los sectores dirigentes, para los
marxistas; no sirven en absoluto como lecturas de masas, pero deben dar a todos
los propagandistas y agitadores una especie de directriz general de toda la
política. Con este fin, se ha añadido el siguiente párrafo:
“La conferencia protesta una
vez más con motivo de la vil calumnia, difundida por los capitalistas contra
nuestro partido, de que simpatizamos con una paz por separado con Alemania.
Consideramos a los capitalistas alemanes tan bandidos como a los capitalistas
rusos, ingleses, franceses y otros, y al emperador Guillermo tan bandido
coronado como Nicolás II, los monarcas inglés, italiano, rumano y todos los
demás”.
Este punto suscitó ciertas
discrepancias en el seno de la comisión; había quienes opinaban que este
párrafo estaba redactado en términos demasiado populares; había quien entendía
que los monarcas de Inglaterra, Italia y Rumania no merecían el honor de ser
mencionados. Pero, después de amplias discusiones, llegamos al acuerdo unánime
de que en estos momentos, cuando nos interesa rechazar las calumnias dirigidas
contra nosotros, las calumnias que Birzhovka174
trata de difundir de un modo casi siempre grosero, Riech de un modo más sutil y Edinstvo
por medio de alusiones directas, acordamos, digo, que ante esta cuestión
debíamos proceder a una crítica clara y tajante de dichos conceptos teniendo en
cuenta a las grandes masas. Y como se nos dice: ya que consideráis a Guillermo
un bandolero, ayudadnos a derribarlo, podemos replicar que también lo son los
demás y que también contra ellos hay que luchar por lo que no se debe olvidar a
los reyes de Italia y Rumania, ya que semejantes bandoleros existen también
entre nuestros aliados. Estos dos párrafos son una refutación de las calumnias
que pretenden llevar el asunto al terreno del pogromo y de los mutuos insultos.
Por eso, continuando, debemos pasar a la cuestión seria y práctica de cómo
terminar esta guerra.
“Nuestro partido va a
explicar al pueblo con paciencia, pero también con insistencia, la verdad de
que las guerras son sostenidas por los gobiernos,
que las guerras están siempre inseparablemente ligadas a la política de clases determinadas, que sólo puede lograrse una paz democrática
en esta guerra si todo el poder del Estado pasa, por lo menos en algunos países
beligerantes, a manos de la clase de los proletarios y semiproletarios, que es
la única verdaderamente capaz de poner fin al yugo del capital”.
![]()
174 Birzhevíe
Viédomosti ("El
Noticiero de la Bolsa"): periódico burgués fundado en 1880 en San
Petersburgo. Su venalidad y falta de principios hicieron que su título se
convirtiera en nombre genérico despectivo ("birzhovka"). Después de la Revolución democrática burguesa de
febrero, el periódico hizo una furiosa agitación contra el Partido Bolchevique
y contra Lenin. Suspendido por el Comité Militar Revolucionario del Soviet de
Petrogrado a fines de octubre de 1917
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
Para un marxista, estas
verdades acerca de que las guerras son sostenidas por los capitalistas y se
hallan vinculadas a sus intereses de clase son verdades absolutas. El marxista
no necesita pararse a examinar tales afirmaciones. Pero todos los propagandistas
y agitadores hábiles deben procurar explicar a las grandes masas esta verdad,
sin palabras exóticas, ya que en nuestro país las polémicas degeneran por lo
común en broncas inútiles, que no dan nada. Y a eso vamos en cada parte de la
resolución. Decimos: para comprender la guerra hay que preguntarse a quién
beneficia; para comprender de qué modo se le puede poner fin, hay que
preguntarse a qué clases perjudica. La ligazón es clara, y de ella se deriva la
siguiente conclusión:
“La clase revolucionaria,
después de tomar en sus manos el poder del Estado en Rusia, adoptaría una serie
de medidas orientadas a destruir el dominio económico de los capitalistas, a
reducirlos a la impotencia política y propondría inmediata y públicamente a
todos los pueblos una paz democrática, sobre la base de la renuncia total a las
anexiones, cualesquiera que fueran”.
163
Cuando hablamos en nombre de
la clase revolucionaria, el pueblo tiene derecho a preguntar: “Bien, y ustedes,
¿qué harían en su lugar para poner fin a la guerra?” Es una pregunta
inevitable. El pueblo nos elige ahora como sus representantes, y hemos de darle
una contestación muy precisa. La clase revolucionaria, después de tomar el
poder, comenzaría socavando el dominio de los capitalistas y propondría a todos
los pueblos condiciones de paz precisas, pues sin anular el dominio económico
de los capitalistas no sería más que un papel mojado. Eso sólo puede hacerlo la
clase triunfante; sólo ella puede implantar un cambio en la política.
Repito una vez más que,
tratándose de las masas atrasadas, esta verdad requiere, para su comprensión,
aquellos eslabones intermedios que sirven para iniciar en el problema a gentes
no preparadas. Todo el error y toda la mentira de las publicaciones populares
acerca de la guerra consiste en eludir esta cuestión, en silenciarla y exponer
el asunto como si no existiese tal lucha de clases, como si dos países hubiesen
vivido hasta entonces en paz y armonía, basta que uno de ellos, lanzándose
sobre el otro, obligase a éste a defenderse. Modo vulgar de ver las cosas, en
el que no hay ni rastro de objetividad; engaño consciente de que los hombres
cultos hacen víctima al pueblo. Si sabemos abordar esta cuestión, todo
representante del pueblo captará la esencia, pues una cosa son los intereses de
las clases dominantes, y otra, los intereses de las clases oprimidas.
¿Qué ocurriría si la clase revolucionaria conquistase el poder?
“Estas medidas y esta franca proposición
de paz crearían una confianza plena entre los obreros de los países
beligerantes...”
Hoy, esta confianza no puede
existir, ni conseguiremos crearla a fuerza de manifiestos. Sí, como dijo un
pensador, la lengua ha sido dada al hombre para encubrir sus pensamientos, los
diplomáticos siempre afirman: “Las conferencias se reúnen para engañar a las
masas populares”. Y no sólo piensan así los capitalistas, sino también los
socialistas. En particular, esto puede aplicarse a la conferencia convocada por
Borgbjerg.
“...y provocarían inevitablemente las
insurrecciones del proletariado contra los gobiernos imperialistas que se
opusieran a la paz propuesta”.
Cuado un gobierno
capitalista dice: “Nosotros abogamos por una paz sin anexiones”, nadie lo cree
ahora. Las masas populares tienen el instinto de las clases oprimidas, el cual
les dice que nada ha cambiado. Sólo cuando cambiase real y verdaderamente la política
de un país, aparecería la confianza y surgiría la tentativa de insurrecciones.
Decimos “insurrecciones”
porque aquí se habla de todos los países. “Ha estallado la revolución en un
país y ahora debe estallar también en Alemania”. Este modo de enfocar las
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
cosas es falso. Se pretende
establecer un orden de sucesión, pero esto no puede ser. Todos hemos vivido la
revolución de 1905, todos hemos podido oír o ver cómo esa revolución dio un
impulso a las ideas revolucionarias en el mundo entero, confirmando lo que Marx
había dicho siempre. No se puede fabricar la revolución ni establecer un turno
para ella. La revolución no se hace por encargo, sino que brota. Lo que hoy en
Rusia se le dice generalmente al pueblo no es más que charlatanería. Se le
dice: “Vosotros, los rusos, ya habéis hecho la revolución, ahora le toca el
turno al alemán”. Si las condiciones objetivas cambian, la insurrección será
inevitable. Lo que no sabemos es en qué orden, en qué momento, ni con qué
resultado. Se nos dice: si la clase revolucionaria de Rusia se adueña del
poder, y en los demás países no se produce la insurrección, ¿qué debe hacer el
partido revolucionario? ¿Qué hacer entonces? A estas preguntas contesta el
último punto de nuestra resolución:
“Pero mientras la clase
revolucionaria en Rusia no haya tomado todo el poder del Estado, nuestro
partido seguirá apoyando por todos los medios a los partidos y grupos
proletarios del extranjero que ya durante la guerra sostienen de hecho la lucha
revolucionaria contra sus propios gobiernos imperialistas y contra su propia
burguesía”.
Eso es todo lo que por el
momento podemos prometer y debemos hacer. La revolución se está gestando en
todos los países, pero nadie puede decir en qué medida va madurando y cuándo
madurará. En todos los países hay hombres que sostienen una lucha revolucionaria
contra sus gobiernos. A esos hombres y sólo a ellos debemos apoyar. Eso es lo
justo, lo demás es mentira. Y añadimos:
“Y sobre todo, el partido apoyará la
confraternización en masa —que ya ha empezado-entre los soldados de todos los
países beligerantes en el frente...”
Con esto se contesta a la
objeción de Plejánov. “¿Qué conseguiréis así? —dice Plejánov-.
Confraternizaréis, y después, ¿qué? Ello envuelve, indudablemente, la
posibilidad de una paz separada en el frente”. Esto es malabarismo, no un
argumento serio. Nosotros queremos la confraternización en todos los frentes y
nos ocupamos de ello. Cuando estábamos en Suiza, difundimos el texto de una
proclama en dos idiomas, en francés y alemán, en la que exhortábamos a lo mismo
a que llevamos hoy a los soldados rusos. Y no nos limitamos a predicar la
confraternización entre Rusia y Alemania solamente, sino que llamamos a todos a
confraternizar. Ahora bien, ¿cómo ha de concebirse esta confraternización?
“...tratando de transformar esta manifestación espontánea de solidaridad de los
oprimidos en un movimiento consciente y lo mejor organizado posible para que
todo el poder del Estado pase en todos los países beligerantes a manos del
proletariado revolucionario”.
164
Hoy, la confraternización se
desarrolla de un modo espontáneo, y no hay que hacerse ilusiones al respecto.
Es necesario reconocerlo así para no inducir al pueblo al error. Los soldados
que confraternizan no tienen una idea política clara. En ellos habla el
instinto de hombres oprimidos, cansados y agotados, que van dejando de creer en
los capitalistas: “Mientras vosotros seguís hablando de paz —pues venimos
oyéndolo desde hace ya dos años y medio—, nosotros mismos empezaremos a ponerla
en práctica”. Ese es el instinto certero de clase. Sin ese instinto, la causa
de la revolución estaría perdida, pues sabéis que nadie habría emancipado a los
obreros si ellos mismos no se hubiesen emancipado. Pero ¿basta con ese
instinto? Con el instinto solo no se consigue gran cosa; por ello, es necesario
que el instinto se transforme en conciencia.
En la proclama A los soldados de todos los países
beligerantes contestamos a esta pregunta: ¿en qué debe transformarse esta
confraternización? En el paso del poder político a los Soviets de diputados
obreros y soldados. Ya se sabe que los obreros alemanes darán a sus Soviets un
nombre distinto, pero esto importa poco. Lo fundamental es que nosotros
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
reconocemos justo, sin duda
alguna, que la confraternización presenta hoy un carácter espontáneo y que no
podemos limitarnos a estimularla, sino que debemos plantearnos como objetivo
convertir ese acercamiento espontáneo de los obreros y los campesinos de todos
los países vestidos de uniforme en un movimiento consciente cuya meta sea el
paso del poder, en todos los países beligerantes, a manos del proletariado
revolucionario. Ya se sabe que es ésta una tarea muy difícil, pero también la
situación a que se ve arrastrada la humanidad por el poder de los capitalistas
es increíblemente difícil y la conduce directamente a la catástrofe. Ello
provocará esa explosión de indignación que es una garantía para la revolución
proletaria.
Tal es la resolución que sometemos a examen de la conferencia.
Publicado
íntegramente por vez primera en 1921 en las “Obras” de N. Lenin (V. Uliánov),
t.
XIV, parte 2.
T. 31, págs. 387-400.
5. Resolución sobre
la guerra.
I
La guerra actual es, por
parte de ambos grupos de potencias beligerantes, una guerra imperialista, es
decir, la hacen los capitalistas por el reparto de los beneficios que
proporciona la dominación mundial, por los mercados del capital financiero
(bancario), por el sometimiento de los pueblos débiles, etc. Cada día de guerra
enriquece a la burguesía financiera e industrial y arruina y agota las fuerzas
del proletariado y del campesinado de todos los países beligerantes y, también,
de los países neutrales. Por lo que se refiere a Rusia, la prolongación de la
guerra pone, además, en grandísimo peligro las conquistas de la revolución y su
desarrollo ulterior.
El paso del poder en Rusia al Gobierno
Provisional, gobierno de
terratenientes y capitalistas, no ha cambiado ni podía cambiar ese carácter y
significado de la guerra por parte de Rusia.
Este hecho se manifiesta con
evidencia particular en que el nuevo gobierno, lejos de publicar los tratados
secretos concluidos por el zar Nicolás II con los gobiernos capitalistas de
Inglaterra, Francia, etc., ha ratificado formalmente, sin consultar al pueblo,
esos tratados secretos, que prometen a los capitalistas rusos el saqueo de
China, de Persia, de Turquía, de Austria, etc. Con la ocultación de esos
tratados se engaña al pueblo ruso acerca del verdadero carácter de la guerra.
Por eso, el partido
proletario no puede apoyar ni la guerra en curso, ni al gobierno actual, ni sus
empréstitos sin romper por completo con el internacionalismo, es decir, con la
solidaridad fraternal de los obreros de todos los países en la lucha contra el
yugo del capital.
No merecen ningún crédito
las promesas del gobierno actual de renunciar a las anexiones, es decir, a la
conquista de otros países, o a la retención por la fuerza en los límites de
Rusia de cualquier nación. Porque, en primer lugar, los capitalistas, unidos
por miles de hilos del capital bancario, no pueden renunciar a las anexiones en
esta guerra sin renunciar a las ganancias que proporcionan los miles de
millones invertidos en empréstitos, en concesiones, en fábricas de guerra, etc.
En segundo lugar, el nuevo gobierno, que renunció a las anexiones para embaucar
al pueblo, declaró por boca de Miliukov el 9 de abril de 1917 en Moscú que no
renuncia a las anexiones, y la nota del 18 de abril, así como la explicación a
la misma del 22 de dicho mes, vino a confirmar el carácter rapaz de su
política. Al poner en guardia al
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
pueblo contra las vanas
promesas de los capitalistas, la conferencia declara, por ello, que es
necesario establecer una rigurosa diferencia entre la renuncia a las anexiones
de palabra y la renuncia de hecho, es decir, la publicación inmediata y la
anulación de todos los bandidescos tratados secretos y la concesión inmediata a
todas las naciones del derecho a decidir por votación libre la cuestión de si
desean constituirse en Estados independientes o formar parte de un Estado
cualquiera.
II
165
El llamado “defensismo revolucionario”, que hoy se ha apoderado
en Rusia de todos los partidos populistas (socialistas populares, trudoviques,
socialistas-revolucionarios), del partido oportunista de los socialdemócratas
mencheviques (Comité de Organización, Chjeídze, Tsereteli y otros) y de la
mayoría de los revolucionarios sin partido, representa, ateniéndonos a su
significación de clase, por un lado, los intereses y el punto de vista de los
campesinos acomodados y de un sector de los pequeños propietarios, quienes, al
igual que los capitalistas, sacan provecho de la violencia contra los pueblos
débiles; por otro lado, el “defensismo revolucionario” es el resultado del
engaño por los capitalistas de una parte de los proletarios y semiproletarios
de la ciudad y del campo, quienes, por su situación de clase, no están
interesados en las ganancias de los capitalistas ni en la guerra imperialista.
La conferencia declara
absolutamente inadmisible cualquier concesión al “defensismo revolucionario”,
ya que equivaldría de hecho a la ruptura completa con el internacionalismo y el
socialismo. En cuanto al estado de ánimo defensista de las grandes masas populares,
nuestro partido luchará incansablemente contra él mediante el esclarecimiento,
explicando la verdad de que la confianza inconsciente en el gobierno de los
capitalistas es, en este momento, uno de los principales obstáculos para la
rápida terminación de la guerra.
III
En lo que concierne a la
cuestión principal, es decir, la de cómo terminar lo más pronto posible esta
guerra de los capitalistas, mediante una paz verdaderamente democrática, y no
impuesta, la conferencia declara y resuelve:
La negativa de los soldados
de una sola de las partes a continuar la guerra, o el simple cese de las
hostilidades por una de las partes beligerantes, no puede poner fin a esta
contienda.
La conferencia protesta una
vez más con motivo de la vil calumnia, difundida por los capitalistas contra
nuestro partido, de que simpatizamos con una paz por separado con Alemania.
Consideramos a los capitalistas alemanes tan bandidos como a los capitalistas
rusos, ingleses, franceses y otros, y al emperador Guillermo tan bandido
coronado como Nicolás II, los monarcas inglés, italiano, rumano y todos los
demás.
Nuestro partido va a
explicar al pueblo con paciencia, pero también con insistencia, la verdad de
que las guerras son sostenidas por los gobiernos,
que las guerras están siempre inseparablemente ligadas a la política de clases determinadas, que sólo puede lograrse una paz democrática
en esta guerra si todo el poder del Estado pasa, por lo menos en algunos países
beligerantes, a manos de la clase de los proletarios y semiproletarios, que es
la única verdaderamente capaz de poner fin al yugo del capital.
La clase revolucionaria,
después de tomar en sus manos el poder del Estado en Rusia, adoptaría una serie
de medidas orientadas a destruir el dominio económico de los capitalistas, a
reducirlos a la impotencia política y propondría inmediata y públicamente a
todos los pueblos una paz democrática, sobre la base de la renuncia total a las
anexiones y contribuciones, cualesquiera que fueran. Estas medidas y esta
franca proposición de paz
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
crearían una confianza plena
entre los obreros de los países beligerantes y provocarían inevitablemente las
insurrecciones del proletariado contra los gobiernos imperialistas que se
opusieran a la paz propuesta.
Pero mientras la clase
revolucionaria en Rusia no haya tomado todo el poder del Estado, nuestro
partido seguirá apoyando por todos los medios a los partidos y grupos
proletarios del extranjero que ya durante la guerra sostienen de hecho la lucha
revolucionaria contra sus propios gobiernos imperialistas y contra su propia
burguesía. Y sobre todo, el Partido apoyará la confraternización en masa —que
ya ha empezado— entre los soldados de todos los países beligerantes en el
frente, tratando de transformar esta manifestación espontánea de solidaridad de
los oprimidos en un movimiento consciente y lo mejor organizado posible para
que todo el poder del Estado pase en todos los países beligerantes a manos del
proletariado revolucionario.
“Pravda”, núm. 44, 12
de mayo (29 de abril) de 1917.
T. 31, págs. 403-406.
6. Resolución sobre
la actitud ante el gobierno provisional.
La Conferencia de toda Rusia del POSDR declara:
1) El Gobierno Provisional es, por su
carácter, un órgano de dominación de los terratenientes y de la burguesía;
2) este gobierno y las clases por él
representadas se ha han ligados de modo indisoluble, económica y políticamente,
al imperialismo ruso y anglo-francés;
3)
inclusive
el programa anunciado por él lo cumple de modo incompleto y sólo bajo la
presión del proletariado revolucionario y, en parte, de la pequeña burguesía;
4)
las
fuerzas de la contrarrevolución burguesa y terrateniente que se organizan,
encubriéndose con la bandera del Gobierno Provisional y, con la evidente
cooperación de éste, han iniciado ya el ataque contra la democracia
revolucionaria; por ejemplo: el Gobierno Provisional difiere la convocatoria de
elecciones a la Asamblea Constituyente, pone obstáculos al armamento general
del pueblo, impide que toda la tierra pase a manos del pueblo, le impone el
método terrateniente de solución del problema agrario, frena la implantación de
la jornada de ocho horas, favorece la agitación contrarrevolucionaria (de
Guchkov y Cía.) en el ejército, organiza a los altos oficiales contra los
soldados, etc.;
166
5) el Gobierno Provisional, que protege las
ganancias de los capitalistas y los terratenientes, no es capaz de adoptar
medidas revolucionarias en el campo de la economía (abastecimiento, etc.),
medidas imprescindibles e impostergables ante la amenaza de una inminente
catástrofe económica;
6)
al
mismo tiempo, este gobierno se apoya actualmente en la confianza y en el
acuerdo directo con el Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado,
que es hasta el momento la organización dirigente para la mayoría de los
obreros y de los soldados, es decir, del campesinado;
7) cada paso del Gobierno Provisional,
tanto en la política exterior como en la interior, abrirá los ojos a los
proletarios de la ciudad y del campo y a los semiproletarios y obligará a las
distintas capas de la pequeña burguesía a elegir una u otra posición política.
Partiendo de las tesis expuestas, la conferencia resuelve:
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
1)
Es
necesaria una prolongada labor de esclarecimiento de la conciencia de clase del
proletariado y de cohesión de los proletarios de la ciudad y del campo contra
las vacilaciones de la pequeña burguesía, pues sólo esa labor garantizará el
feliz paso de todo el poder del Estado a manos de los Soviets de diputados
obreros y soldados o de otros órganos que expresen directamente la voluntad de
la mayoría del pueblo (los órganos de administración local, la Asamblea
Constituyente, etc.).
2) Para ello es preciso desplegar una
actividad múltiple dentro de los Soviets de diputados obreros y soldados,
aumentar su número, consolidar sus fuerzas y aglutinar en su seno a los grupos
proletarios internacionalistas de nuestro partido.
3)
Para
afianzar y ampliar de inmediato las conquistas de la revolución en cada lugar,
es necesario, apoyándose en una firme mayoría de la población local,
desarrollar, organizar e intensificar en todos los sentidos las iniciativas de
abajo, orientadas a hacer efectivas las libertades, a destituir a las
autoridades contrarrevolucionarias y a poner en práctica medidas de carácter
económico, tales como el control de la producción y de la distribución, etc.
4)
La
crisis política del 19-21 de abril, originada por la nota del Gobierno
Provisional, demostró que el partido gubernamental de los demócratas—
constitucionalistas, al organizar de hecho a los elementos
contrarrevolucionarios tanto en el ejército como en la calle, pasa a los
intentos de fusilamiento de obreros. Como consecuencia de esta situación
inestable, derivada de la dualidad de poderes, la repetición de tales
tentativas es inevitable, y el partido del proletariado está obligado a decir
enérgicamente al pueblo que es necesario organizar y armar al proletariado,
lograr su más estrecha unión con el ejército revolucionario romper con la
política de confianza en el Gobierno Provisional, para conjurar el serio e
inminente peligro de fusilamientos en masa del proletariado, como los que
tuvieron lugar en París en los días de junio de 1848.
“Pravda”, núm. 42, 10
de mayo (27 de abril) de 1917.
T. 31, págs. 407-409.
7. Resolución sobre
la revisión del programa del partido.
La conferencia considera necesario revisar el programa del
partido en el sentido siguiente:
1) apreciación del imperialismo y de la
época de las guerras imperialistas en relación con la inminente revolución
socialista; lucha contra la desfiguración del marxismo por los llamados
“defensistas” que han olvidado el lema de Marx: “los obreros no
tienen patria”;
2) rectificación de las tesis y párrafos
sobre el Estado. No exigir una república parlamentaria burguesa, sino una
república democrática proletario— campesina (es decir, un tipo de Estado sin
policía, sin ejército regular, sin burocracia privilegiada);
3) eliminación o rectificación de las partes anticuadas del
programa político;
4)
reelaboración
de algunos puntos del programa político mínimo, indicando con mayor precisión
las reivindicaciones democráticas más consecuentes;
5)
reelaboración
completa de la parte económica del programa mínimo, anticuada en muchos
aspectos, y de los puntos referentes a la instrucción pública;
6)
modificación
del programa agrario de acuerdo con la resolución adoptada sobre este problema;
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
7) adición de la exigencia de nacionalizar los consorcios, etc.,
más preparados para ello;
8) agregar las características de las corrientes fundamentales del
socialismo contemporáneo.
La conferencia encomienda al
Comité Central que redacte sobre esta base el proyecto de programa del partido
en el plazo de dos meses, a fin de someterlo al congreso para su aprobación. La
conferencia llama a todas las organizaciones y a todos los miembros del partido
a discutir los proyectos de programa, a corregirlos y a elaborar
contraproyectos.
Publicado el 16 (3) de mayo
de 1917 como anejo al núm. 13 del periódico “Soldátskaya Pravda”.
T. 31, págs. 414-415.
8. Informe sobre el
problema agrario, 28 de abril, (11 de mayo).
Acta taquigráfica.
167
Camaradas: El problema
agrario ha sido discutido por nuestro partido tan detalladamente, aún durante
la primera revolución, que estamos, creo yo, lo suficientemente preparados para
abordar el mismo, cosa que viene a confirmar indirectamente la comisión de la
conferencia, formada por camaradas que conocen de cerca este problema y se han
interesado por él, al aprobar el proyecto de resolución propuesto sin enmiendas
de importancia. Por eso me limitaré a unas breves observaciones. Puesto que el
proyecto, distribuido en pruebas de imprenta, está en posesión de todos los
miembros, no es necesario leerlo en su totalidad.
El crecimiento del movimiento agrario en toda Rusia es hoy el
hecho más evidente e indiscutible para todos. El programa de nuestro partido,
adoptado en el Congreso de Estocolmo en 1906175 a propuesta de los
mencheviques, ha sido refutado ya por el desarrollo de la primera revolución
rusa. En ese congreso, los mencheviques hicieron aprobar su concepto de
municipalización, cuya esencia se reduce a lo siguiente: las tierras campesinas
—tanto las asignadas a las
comunidades176 como las de las familias campesinas—
siguen siendo propiedad de los campesinos; los latifundios pasan de manos de
sus propietarios a manos de los órganos de administración local. Uno de los
argumentos principales de los mencheviques a favor de tal programa era que los
campesinos nunca comprenderían el paso de las tierras campesinas a manos de
alguien que no sea el propio campesinado. Quien haya estudiado las actas del
Congreso de Estocolmo recordará que sobre este argumento insistieron
particularmente tanto el informante Máslov como Kostrov. No hay que olvidar — y
a menudo se olvida— que esto sucedió antes de la primera Duma, cuando no se
disponía de los hechos objetivos que mostraran el carácter del movimiento campesino
y su fuerza. Todos sabían que en Rusia ardía el incendio de la revolución
agraria, pero nadie sabía cómo sería organizado el movimiento agrario, qué
formas tendría ese movimiento de la revolución campesina. Hasta qué punto ese
congreso representaba la opinión seria y práctica de los
![]()
175 Se trata del IV Congreso (de Unificación) del POSDR, que se
celebró en Estocolmo en abril de
1906. El congreso pasó a la
historia del partido como el Congreso de Unificación del POSDR. Pero la
unificación no dejó de ser formal. En realidad, mencheviques y bolcheviques
tenían opiniones y plataformas distintas sobre problemas importantísimos, constituyendo
en la práctica dos partidos.
176 Comunidad (rural) en Rusia: forma de usufructo
mancomunado de la tierra por los campesinos que se distinguía por la rotación
forzosa de los cultivos y el aprovechamiento indiviso de los bosques y los
pastos. Los rasgos más importantes de la comunidad rural rusa eran la caución
solidaria (responsabilidad colectiva y obligatoria de los campesinos por el
aprontamiento oportuno y completo de los pagos en dinero y la ejecución de las
prestaciones de todo género a favor del Estado y de los latifundistas), el
reparto periódico de las tierras entre los miembros de la comunidad, la falta
del derecho a renunciar al lote y la prohibición de la compraventa de la
tierra.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
propios campesinos, no era
posible comprobarlo, y de ahí que esos argumentos de los mencheviques
desempeñaran un papel tan importante. Poco después de nuestro Congreso de
Estocolmo recibimos por vez primera una rotunda confirmación de cómo encaraba
este problema la masa campesina. Tanto en la I como en la II Duma fue planteado
por los propios campesinos el proyecto trudovique conocido como “proyecto de
los 104”. Yo estudié especialmente las firmas al pie de este proyecto y me
informé al detalle de las opiniones de los diputados y a qué clase social
pertenecían, hasta qué punto se les podía llamar campesinos. En el libro que la
censura zarista quemó, y que a pesar de todo volveré a editar, yo afirmaba
categóricamente que la enorme mayoría de estas 104 firmas pertenecía a
auténticos campesinos. Este proyecto exigía la nacionalización de la tierra.
Los campesinos sostenían que toda la tierra debía pasar a manos del Estado.
La cuestión consiste en
explicar cómo en la Duma, dos veces convocada, los representantes de los
campesinos de toda Rusia prefirieron la nacionalización a la medida que los
mencheviques proponían en ella desde el punto de vista de los intereses
campesinos. Los mencheviques proponían que los campesinos se quedaran con sus
propias tierras y que sólo la tierra de los latifundistas fuese entregada al
pueblo, mientras los campesinos querían traspasar toda la tierra a manos del
pueblo. ¿Cómo explicar esto? Los socialistas-revolucionarios sostienen que los
campesinos rusos por su espíritu de comunidad simpatizan con la socialización,
con el principio del trabajo. En toda esta fraseología no existe el menor
sentido común: son meras frases.
¿Pero cómo se explica? Yo
pienso que los campesinos han llegado a esta conclusión porque todo el sistema
de propiedad agraria rusa, campesina y latifundista, comunal y parcelaria, se
halla impregnado hasta la médula de las condiciones del viejo régimen semifeudal,
y los campesinos, desde el punto de vista de las condiciones del mercado,
debían exigir el paso de la tierra a manos de todo el pueblo. Los campesinos
dicen que la enredada situación de la vida agraria anterior puede ser
desenredada solamente por la nacionalización. Su punto de vista es burgués: el
usufructo igualitario de la tierra lo entienden como despojo a los
latifundistas de sus tierras y no como igualación de propietarios aislados. La
nacionalización significa la entrega de todas las tierras para una nueva
distribución. Es el más grande proyecto burgués. Ni un solo campesino habló de
igualitarismo y la socialización, pero todos decían que es imposible esperar
más, que es necesario levantar las cercas de toda la tierra, es decir, que es
imposible en las condiciones del siglo XX administrar la economía a la manera
antigua. Desde entonces la reforma de Stolypin enredó aún más el problema
agrario. Esto es lo que quieren decir los campesinos cuando exigen la
nacionalización. Quiere decir que todas las tierras en general deben ser
entregadas para una nueva distribución. No debe existir ninguna variedad de
formas de propiedad de la tierra. Esto no es en modo alguno socialización. Esta
exigencia de los campesinos se llama igualitaria porque, como lo indica el
breve balance estadístico de la propiedad agraria del año 1905, a 300 familias
campesinas y a una latifundista correspondía por igual 2.000 deciatinas de
tierra; en este sentido es, naturalmente, igualitaria, pero de ahí no se deduce
que esto significa igualar todas las economías pequeñas entre sí. El proyecto
de los 104 dice lo contrario.
Esto es, en esencia, lo que
debe decirse para fundamentar científicamente que la nacionalización en Rusia,
desde el punto de vista democrático burgués, resulta imprescindible. Pero es
imprescindible, además, porque es un gigantesco golpe asestado a la propiedad
privada sobre los medios de producción. Creer que después de la abolición de la
propiedad privada de la tierra en Rusia todo quedará como antes, es simplemente
un absurdo.
168
Más adelante, en el proyecto
de resolución se establecen las conclusiones y reivindicaciones prácticas.
Entre las enmiendas pequeñas destacaré las siguientes en el punto 1 se dice:
“El partido del proletariado apoya con todas sus fuerzas la confiscación inmediata
y completa de
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
todas las tierras de los
latifundistas...” En lugar de “apoya”, corresponde decir “lucha por...”
Nosotros no nos basamos en que los campesinos posean poca tierra y necesiten
más. Esta es una opinión vulgar; nosotros decimos que la propiedad agraria de
los latifundistas es la base del yugo que oprime al campesinado y lo sume en el
atraso. No se trata de si los campesinos tienen poca tierra o no; ¡abajo el
régimen de la servidumbre!: así debe plantearse el problema desde el punto de
vista de la lucha de clases revolucionaria, y no de aquellos funcionarios que
calculan cuánta tierra poseen y de acuerdo a qué normas debe ser distribuida.
Propongo cambiar de lugar los puntos 2 y 3, porque para nosotros es importante
la iniciativa revolucionaria, y la ley debe ser su resultado. Si vosotros esperáis a que la ley se escriba
y no desplegáis personalmente ninguna energía revolucionaria, no tendréis ley
ni tierra.
Muy a menudo se hacen
objeciones a la nacionalización, diciendo que ella presupone un gigantesco
aparato burocrático. Es cierto, pero la propiedad del Estado significa que todo
campesino arrienda la tierra al Estado. El subarriendo queda prohibido. Pero,
en qué medida arrienda el campesino, qué tierra toma en arriendo, lo resuelve
por entero el correspondiente organismo democrático y no el burocrático.
En lugar de “braceros” se
pone “obreros agrícolas”. Varios camaradas declararon que la palabra “braceros”
es ofensiva y se opusieron a ella. Debe ser eliminada.
Hablar en este momento de
comités proletario — campesinos o de Soviets en la resolución del problema
agrario no es lo indicado, porque, como vemos, los campesinos han creado los
Soviets de diputados soldados y, de esta manera, ha surgido ya la separación
del proletariado y el campesinado.
Como es sabido, los partidos
pequeñoburgueses defensistas están por que se espere hasta la Asamblea
Constituyente para solucionar el problema agrario. Nosotros nos pronunciamos
por el paso inmediato de la tierra a manos de los campesinos con el máximo de
organización. Estamos absolutamente en contra de las incautaciones anárquicas.
Vosotros proponéis a los campesinos que se pongan de acuerdo con los
latifundistas. Nosotros decimos que se debe tomar la tierra ahora mismo y
sembrarla, a fin de luchar contra la falta de pan, a fin de librar al país de
la bancarrota que se avecina con una rapidez prodigiosa. No se pueden aceptar
las recetas de Shingariov y de los demócratas-constitucionalistas, que proponen
esperar hasta la Asamblea Constituyente, cuya fecha de convocatoria se
desconoce, o bien llegar a un acuerdo con los latifundistas acerca del
arriendo. Los campesinos toman ya la tierra sin pagar indemnización o pagando
la cuarta parte del arriendo.
Un camarada ha traído de su
localidad, en la provincia de Penza, una resolución en la que se dice que los
campesinos se apoderan de los aperos de labranza de los latifundistas, pero no
los distribuyen por fincas, sino que los convierten en propiedad común.
Establecen un determinado turno, un orden, para cultivar, sirviéndose de ellos,
todas las tierras. Al aplicar estas medidas, se guían por la conveniencia de
elevar la producción agrícola. Este hecho tiene un enorme significado de
principio, a pesar de los latifundistas y los capitalistas, quienes gritan que
esto es la anarquía. Y si vosotros charláis y gritáis también que esto es la
anarquía, mientras los campesinos esperan, entonces sí habrá anarquía. Los
campesinos demuestran que entienden las condiciones económicas y el control
social mejor que los funcionarios, y los aplican cien veces mejor. Semejante
medida, que, sin duda, es de fácil realización en una aldea pequeña, empuja
inevitablemente hacia medidas más amplias. Si el campesino aprende esto, y ya
ha empezado a aprenderlo, no tendrá necesidad de la ciencia de los profesores
burgueses; llegará por sí solo a la conclusión de que los instrumentos de labor
no deben utilizarse únicamente en las haciendas pequeñas, sino también en el
cultivo de toda la tierra. De cómo lo llevará a la práctica, carece de
importancia: si reúne las parcelas para ararlas y sembrarlas en común es algo
que no sabemos, y no tiene importancia si lo hace de
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
diferentes modos. Lo
importante es que ellos no tienen, por suerte, ante si esa gran cantidad de
intelectuales pequeñoburgueses, que se llaman a sí mismos marxistas,
socialdemócratas, y que con aire de importancia enseñan al pueblo que no ha
llegado aún el momento para la revolución socialista, por lo cual no
corresponde que los campesinos tomen ahora la tierra. Por suerte, en las aldeas
rusas hay pocos señores de ésos. Si los campesinos se limitaran a apoderarse de
la tierra sobre la base de un acuerdo con los latifundistas, sin aplicar su
propia experiencia colectivamente, el desastre sería inevitable y entonces los
comités campesinos resultarían ser un juguete, una cosa nula. He aquí por qué
proponemos agregar al proyecto de resolución el punto 8.
169
Puesto que nosotros sabemos
que los propios campesinos han comenzado a aplicar esta iniciativa en sus
localidades, nuestra obligación, nuestro deber es decir que nosotros apoyamos y
recomendamos esta iniciativa. Sólo en ello está la garantía de que la revolución
no se limitará a tomar medidas de carácter formal, de que la lucha contra la
crisis no seguirá siendo objeto de debates burocráticos y de elucubraciones de
Shingariov, sino que, realmente, los campesinos marcharán hacia adelante por un
camino organizado en la lucha contra la falta de pan y por el aumento de la
producción.
Publicado por vez
primera en 1921 en las “Obras” de N. Lenta (V. Uliánov), t. XIV, parte 2.
T. 31, 416-421.
9. Resolución sobre
el problema agrario.
La existencia de la
propiedad agraria terrateniente en Rusia constituye la base material del poder
de los grandes terratenientes feudales y una premisa de la posible restauración
de la monarquía. Este sistema de propiedad agraria condena inexorablemente a la
inmensa mayoría de la población de Rusia, al campesinado, a vivir en la
miseria, el vasallaje y la ignorancia, y al país en su conjunto, al atraso en
todas las esferas de la vida.
En Rusia, la propiedad
campesina de la tierra — tanto las tierras parcelarias177 (asignadas a las comunidades o a las familias campesinas) como
las de posesión privada (arrendadas o compradas)— está envuelta de abajo
arriba, a lo largo y a lo ancho, por una red de viejos vínculos y relaciones de
semiservidumbre, división de los campesinos en categorías heredadas del régimen
de la servidumbre, fragmentación de las parcelas, etc., etc. La necesidad de
romper todas estas trabas anticuadas y nocivas, de “levantar las cercas”, de
reestructurar sobre una base nueva todas las relaciones de la propiedad agraria
y de la agricultura, en consonancia con las nuevas condiciones de la economía
nacional y mundial, constituye la base material de la aspiración del campesinado
a la nacionalización de todas las tierras del país.
Cualquiera que sean las
utopías pequeñoburguesas con que los distintos partidos y grupos populistas
revistan la lucha de las masas campesinas contra la propiedad agraria feudal
latifundista y, en general, contra todas las trabas feudales en la posesión y
usufructo de la tierra en Rusia, esta lucha expresa por sí misma la aspiración
— plenamente democrática burguesa, progresista en absoluto y necesaria desde el
punto de vista económico— a romper resueltamente todas estas trabas.
![]()
177 Tierra
parcelaria: tierra
dejada en usufructo a los campesinos después de ser abolida la servidumbre en
Rusia en 1861. Los campesinos no tenían derecho a venderla; en una parte
considerable de Rusia estaba en posesión comunal y se distribuía en usufructo
entre los campesinos mediante repartos periódicos
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
La nacionalización de la
tierra, que es una medida burguesa, significa despejar la lucha de clases y el
disfrute de la tierra, en el mayor grado posible y concebible en la sociedad
capitalista, de todos los aditamentos no burgueses. Además, la nacionalización
de la tierra, como abolición de la propiedad privada sobre ésta, representaría
en la práctica un golpe tan demoledor a la propiedad privada sobre todos los
medios de producción en general, que el partido del proletariado debe prestar
todo su concurso a esa transformación.
Por otro lado, los
campesinos ricos de Rusia han creado hace ya tiempo los elementos de una
burguesía campesina, que han sido, sin duda, reforzados, multiplicados y
consolidados por la reforma agraria de Stolypin. En el polo opuesto del campo
se han reforzado y multiplicado en la misma proporción los obreros agrícolas
asalariados, los proletarios y la masa de campesinos semiproletarios afines a
ellos.
Cuanto mayores sean la
decisión y el carácter consecuente con que se quebrante y elimine la propiedad
agraria latifundista, cuanto más resuelta y consecuente sea, en general, la
transformación agraria democrática burguesa en Rusia, mayores serán la fuerza y
la rapidez con que se desarrollará la lucha de clase del proletariado agrícola
contra los campesinos ricos (contra la burguesía campesina).
Debido a que la revolución
proletaria que comienza a alzarse en Europa no ejercerá una influencia directa
y poderosa sobre nuestro país, la suerte y el desenlace de la revolución rusa
dependerán de si el proletariado urbano logra atraerse al proletariado agrícola
e incorporar a éste la masa de semiproletarios del campo o si esta masa sigue a
la burguesía campesina, propensa a aliarse con Guchkov y Miliukov, con los
capitalistas y latifundistas y con la contrarrevolución en general.
Basándose en esta situación
y correlación de las fuerzas de clase, la conferencia acuerda:
1.
El
partido del proletariado lucha con todas sus fuerzas por la confiscación
inmediata y completa de todas las tierras de los latifundistas de Rusia (así
como de las pertenecientes a la Corona, a la Iglesia, al zar, etc., etc.).
2. El partido aboga resueltamente por el
paso inmediato de todas las tierras a manos de los campesinos, organizados en
los Soviets de diputados campesinos o en otros organismos de administración
local, elegidos de un modo plena y realmente democrático e independientes en
absoluto de los latifundistas y de los funcionarios.
3. El partido del proletariado exige la
nacionalización de todas las tierras existentes en el país, que, poniendo el
derecho de propiedad de todas las tierras en manos del Estado, entregue el
derecho a disponer de ellas a las instituciones democráticas locales.
4. El partido debe luchar enérgicamente
tanto contra el Gobierno Provisional —que por boca de Shingariov y con sus
actos colectivos impone a los campesinos un “acuerdo voluntario con los
latifundistas”, lo que equivale en la práctica a imprimir a la reforma un
carácter latifundista, y que amenaza con castigar a los campesinos por sus
“arbitrariedades”, es decir, con pasar a la violencia de la minoría de la
población (los latifundistas y capitalistas) contra la mayoría— como contra las
vacilaciones pequeñoburguesas de la mayoría de los populistas y
socialdemócratas mencheviques, quienes aconsejan a los campesinos no tomar toda
la tierra hasta que se reúna la Asamblea Constituyente.
170
5. El partido aconseja a los campesinos que
tomen la tierra de modo organizado, sin permitir en modo alguno el menor
deterioro de los bienes y preocupándose de aumentar la producción.
6.
Todas
las transformaciones agrarias, cualesquiera que sean, sólo podrán ser eficaces
y firmes si se democratiza por completo todo el Estado, es decir, por un lado,
si se suprime la policía, el ejército regular y la burocracia privilegiada de
hecho, y, por otro lado, si se implanta
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
el más amplio régimen de administración
local, libre en absoluto de toda fiscalización y tutela desde arriba.
7.
Es
necesario emprender inmediatamente y por doquier la organización especial e
independiente del proletariado agrícola, tanto en Soviets de diputados obreros
agrícolas (y en Soviets especiales de diputados campesinos semiproletarios)
como en grupos o fracciones proletarios en el seno de los Soviets generales de
diputados campesinos, en todos los organismos de administración local y
municipal, etc., etc.
8. El partido debe apoyar la iniciativa de
los comités campesinos que en diversas comarcas de Rusia entregan el ganado de
labor, los aperos de labranza, etc., de los latifundistas a los campesinos
organizados en esos comités, a fin de que sean utilizados colectivamente y de
un modo reglamentado en el cultivo de toda la tierra.
9. El partido del proletariado debe
aconsejar a los proletarios y semiproletarios del campo que traten de conseguir
la transformación de cada latifundio en una hacienda modelo bastante grande,
administrada por los Soviets de diputados obreros agrícolas con recursos
pertenecientes a la sociedad, bajo la dirección de agrónomos y empleando los
mejores medios técnicos.
“Pravda”, núm. 45, 13
de mayo (30 de abril) de 1917.
T. 31, págs. 425-428.
10. Resolución sobre los soviets de diputados obreros y
soldados.
Después de discutir los
informes y comunicaciones de los camaradas que trabajan en los Soviets de
diputados obreros y soldados de las diferentes regiones de Rusia, la
conferencia hace constar lo siguiente:
En toda una serie de
localidades provinciales, la revolución avanza mediante la organización en
Soviets del proletariado y del campesinado por propia iniciativa; la
destitución violenta de las viejas autoridades; la creación de una milicia
proletaria y campesina; la entrega de todas las tierras a los campesinos; el
establecimiento del control obrero en las fábricas; la implantación de la
jornada de trabajo de ocho horas; el aumento de los salarios; el mantenimiento
del ritmo de la producción; el establecimiento del control obrero sobre la
distribución de los víveres, etc.
Este crecimiento en amplitud
y profundidad de la revolución en las provincias viene, de un lado, a ser un
impulso del movimiento por el paso de todo el poder a los Soviets y por el
control de la producción por los propios obreros y campesinos, y, de otro lado,
sirve de garantía de preparación de fuerzas en toda Rusia para la segunda etapa
de la revolución, la cual pondrá todo el poder del Estado en manos de los
Soviets o de otros órganos que expresen directamente la voluntad de la mayoría
del pueblo (órganos de administración local, Asamblea Constituyente, etc.).
En las capitales y en
algunas grandes ciudades, la tarea de hacer efectivo el paso del poder a los
Soviets tropieza con dificultades particularmente grandes y exige una
preparación muy prolongada de las fuerzas proletarias. Aquí se concentran las
fuerzas más grandes de la burguesía. Aquí, la política de pactos con la
burguesía, política que no pocas veces entorpece la iniciativa revolucionaria
de las masas y debilita su independencia, cobra proporciones más agudas, lo que
es particularmente peligroso, dada la importancia dirigente que estos Soviets
tienen para las provincias.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
Es, pues, deber del partido
proletario, de un lado, apoyar en todos sus aspectos el desarrollo de la
revolución en las provincias, y, de otro lado, luchar sistemáticamente, dentro
de Soviets (mediante la propaganda y la renovación de éstos), por el triunfo de
la línea proletaria; todos los esfuerzos y toda la atención deben concentrarse
en la masa de obreros y soldados, en separar la línea proletaria de la línea
pequeñoburguesa, la línea internacionalista de la defensista, la línea
revolucionaria de la oportunista, en organizar y armar a los obreros, en
preparar sus fuerzas para la etapa siguiente de la revolución.
La conferencia declara, una
vez más, que es necesaria una actividad múltiple dentro de los Soviets de
diputados obreros y soldados para aumentar su número, consolidar sus fuerzas y
aglutinar en su seno a los grupos proletarios internacionalistas de nuestro
partido.
“Pravda”, núm. 46, 15
(2) de mayo de 1917.
T.
31, págs. 430-431.
11.
Discurso sobre el problema nacional, 29 de abril, (12 de mayo).
171
Acta taquigráfica.
Desde el año 1903, en que
nuestro partido adoptó su programa, hemos tropezado siempre con la obstinada
oposición de los camaradas polacos. Si estudiáis las actas del II Congreso,
veréis que ya entonces exponían los mismos argumentos que encontramos ahora.
Los socialdemócratas polacos abandonaron aquel congreso por considerar
inaceptable que se reconociera a las naciones el derecho a la
autodeterminación. Y desde ese momento chocamos, una y otra vez, con la misma
cuestión. En 1903 existía ya el imperialismo, pero entre los argumentos
invocados ninguno hablaba de él; hoy, como entonces, la posición de la
socialdemocracia polaca sigile siendo un extraño y monstruoso error; esa gente
quiere que nuestro partido descienda a la posición de los chovinistas.
La política de Polonia es
una política plenamente nacional como consecuencia de los largos años de
opresión de ese país por Rusia, y todo el pueblo polaco está dominado por una
idea: vengarse de los moscovitas. Nadie ha oprimido tanto a los polacos como el
pueblo ruso, que, en manos de los zares, sirvió de verdugo de la libertad
polaca. Ningún pueblo se ha impregnado tanto de odio a Rusia, ningún pueblo
detesta tan terriblemente a Rusia como los polacos, y de ello se desprende un
raro fenómeno. Polonia es, a causa de la burguesía polaca, un obstáculo para el
movimiento socialista. ¡Que arda el mundo entero con tal de que Polonia sea
libre! Plantear así el problema significa, naturalmente, mofarse del
internacionalismo. Sin duda, Polonia es actualmente víctima de la violencia;
pero que los nacionalistas polacos puedan esperar de Rusia su emancipación, es
traicionar a la Internacional. Y los nacionalistas polacos han empapado con sus
ideas al pueblo polaco hasta tal punto, que éste así ve las cosas.
El inmenso mérito histórico
de los camaradas socialdemócratas polacos consiste en haber lanzadola consigna
del internacionalismo, diciendo: lo más importante para nosotros es sellar una
alianza fraternal con el proletariado de todos los demás países, y jamás nos
lanzaremos a una guerra por la liberación de Polonia. Ese es su mérito, y por
ello hemos considerado siempre socialistas únicamente a estos camaradas
socialdemócratas polacos. Los otros son patrioteros, son los Plejánov polacos.
Pero de esta situación original, en la que unos hombres, para salvar el
socialismo, se han visto obligados a luchar contra un nacionalismo furioso y
enfermizo, se deriva un fenómeno extraño: los camaradas vienen a nosotros y nos
dicen que debemos renunciar a la libertad de Polonia, a su separación.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
¿Por qué nosotros, los
rusos, que oprimimos a más naciones que ningún otro pueblo, hemos de renunciar
a proclamar el derecho de Polonia, Ucrania y Finlandia a separarse de Rusia? Se
nos propone que nos convirtamos en chovinistas porque con ello facilitaremos la
posición de los socialdemócratas polacos. No aspiramos a la liberación de
Polonia porque el pueblo polaco vive entre dos Estados capaces de luchar. Pero
en vez de decir que los obreros polacos deben razonar así: sólo son fieles a la
democracia los socialdemócratas que opinan que el pueblo polaco debe ser libre,
pues en las filas del Partido Socialista no hay cabida para los chovinistas,
los socialdemócratas polacos dicen: estamos en contra de la separación de
Polonia precisamente porque creemos ventajosa la alianza con los obreros rusos.
Y están en su pleno derecho. Pero hay quienes no quieren comprender que para
reforzar el internacionalismo no es necesario repetir las mismas palabras, y
que en Rusia debe insistirse en la libertad de separación de las naciones
oprimidas, mientras en Polonia debe subrayarse la libertad de unión. La
libertad de unión presupone la libertad de separación. Nosotros, los rusos,
debemos subrayar la libertad de separación, y en Polonia, la libertad de unión.
Nos encontramos aquí con una
serie de sofismas, que conducen a la abjuración total del marxismo. El punto de
vista del camarada Piatakov no es más que una repetición del punto de vista de
Rosa Luxemburgo...* (el ejemplo de Holanda)...* Así razona el camarada
Piatakov, y al razonar de ese modo se refuta a sí mismo, pues en teoría niega
la libertad de separación, pero le dice al pueblo: quien niega la libertad de
separación no es un socialista. Cuanto ha dicho aquí el camarada Piatakov es un
embrollo increíble. En Europa Occidental predominan países en los que el
problema nacional ha sido resuelto hace ya mucho. Cuando se dice que el
problema nacional está resuelto se alude a Europa Occidental. El camarada
Piatakov traslada eso a un terreno que no tiene nada que ver con ello, a los
países de Europa Oriental, cayendo así en una situación ridícula.
* Hay una laguna en el acta. (N. de la Edit.)
¡Fijaos qué espantoso lío
resulta! Tenemos a Finlandia cerca. El camarada Piatakov no nos da sobre ella
una contestación concreta; se ha metido en un atolladero. Habréis leído ayer en
Rabóchaya Gazeta que en Finlandia
crece el movimiento separatista. Los finlandeses vienen y nos dicen que en su país toma incremento el separatismo porque
los demócratas-constitucionalistas no conceden a Finlandia la plena autonomía.
En Finlandia madura la crisis, el descontento con el gobernador general
Ródichev es cada vez mayor; pero Rabóchaya
Gazeta escribe que los finlandeses deben esperar la Asamblea Constituyente,
pues en ella se llegará a un acuerdo
entre Finlandia y Rusia. Pero ¿qué significa “acuerdo”? Los finlandeses deben
decir que pueden tener derecho a disponer de sus destinos como crean
conveniente, y el ruso que niegue ese derecho será un chovinista. Otra cosa
sería si le dijéramos al obrero finlandés: decide según te...*
* Hay una laguna en el acta. (N. de la Edit.)
172
El camarada Piatakov se
limita a rechazar nuestra consigna, diciendo que es lo mismo que no dar
consigna para la revolución socialista, pero no ofrece la que corresponde. El
método de la revolución socialista bajo la consigna de “¡Abajo las fronteras!”
entraña la más completa confusión. No hemos conseguido publicar el artículo en
que calificaba yo esta idea de “economismo imperialista”. ¿Qué significa el
“método” de la revolución socialista bajo la consigna de “¡Abajo las
fronteras!”? Nosotros defendemos la necesidad del Estado, y el Estado presupone
fronteras. El Estado puede, naturalmente, incluir un gobierno burgués, mientras
que nosotros necesitamos los Soviets. Pero también a los Soviets se les plantea
el problema de las fronteras. ¿Qué quiere decir “ las fronteras!”? Ahí comienza
la anarquía... El “método” de la revolución socialista bajo la consigna de
“¡Abajo las fronteras!” es un verdadero galimatías. Cuando madure la revolución
socialista, cuando estalle, se extenderá también a otros países, y nosotros la
ayudaremos, aunque no sepamos aún cómo. El “método de la revolución socialista”
es una frase vacía. Por cuanto existen problemas no resueltos del todo por la
revolución burguesa, somos partidarios de que se resuelvan. Ante el movimiento
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
separatista somos
indiferentes, neutrales. Si Finlandia, Polonia o Ucrania se separan de Rusia,
no hay ningún mal en ello. ¿Qué mal puede haber? Quien lo afirme es un
chovinista. Hace falta haber perdido el juicio para continuar la política del
zar Nicolás. ¿No se ha separado Noruega de Suecia?... En otros tiempos.
Alejandro I y Napoleón cambiaban pueblos entre sí, en otros tiempos los zares
utilizaban a Polonia como moneda de cambio.
¿Es que vamos a continuar
nosotros esa táctica de los zares? Ello equivaldría a renunciar a la táctica
del internacionalismo, sería un chovinismo de la peor especie. ¿Qué hay de malo
en que Finlandia se separe? En ambos pueblos, en el proletariado de Suecia y de
Noruega, se ha fortalecido la confianza mutua después de la separación. Los
terratenientes suecos quisieron lanzarse a una guerra, pero los obreros de
Suecia se opusieron, diciendo: no contéis con nosotros para esa guerra.
Los finlandeses no quieren
hoy más que la autonomía. Nosotros opinamos que debe darse a Finlandia plena
libertad; entonces se reforzará su confianza en la democracia rusa, y
precisamente entonces, cuando eso se lleve a la práctica, no se separará. El
señor Ródichev va a Finlandia y regatea sobre la autonomía. Los camaradas
finlandeses vienen a nosotros y nos dicen: necesitamos la autonomía. Y desde
todas las baterías abren fuego contra ellos, diciéndoles: “¡Esperad a que se
reúna la Asamblea Constituyente!” Nosotros, en cambio, decimos: “El socialista
ruso que niega la libertad de Finlandia es un chovinista”.
Nosotros decimos que las
fronteras se fijan por voluntad de la población. ¡Rusia, no te lances a
combatir por Curlandia! ¡Alemania, retira tus tropas de Curlandia! Así
resolvemos nosotros el problema de la separación. El proletariado no puede
apelar a la violencia, pues no debe obstaculizar la libertad de los pueblos. La
consigna de “¡Abajo las fronteras!” será justa cuando la revolución socialista
sea una realidad y no un método; entonces podremos decir: ¡Camaradas, venid a
nosotros!...
Cuestión muy distinta es la
de la guerra. En caso de necesidad, no renunciaremos a una guerra
revolucionaria. No somos pacifistas... Cuando en Rusia manda Miliukov y envía a
Ródichev a Finlandia para que regatee desvergonzadamente con el pueblo
finlandés, nosotros decimos: ¡No, pueblo ruso, no te atrevas a avasallar a
Finlandia: el pueblo que oprime a otros pueblos no puede ser libre!178 En la resolución sobre Borgbjerg decimos: retirad las tropas y
dejad que la nación decida el asunto por su cuenta. Y si el Soviet toma mañana
el poder, no se tratará ya de un “método de la revolución socialista” y
entonces diremos: ¡Alemania, fuera tus tropas de Polonia! ¡Rusia, fuera tus
tropas de Armenia! De otra manera sería un engaño.
El camarada Dzerzhinski nos
dice de su Polonia oprimida que allí todos son chovinistas. Pero ¿por qué no ha
dicho ningún polaco ni una sola palabra acerca de lo que debe hacerse con
Finlandia y Ucrania? Tanto hemos discutido ya de todo esto desde 1903 que
resulta difícil hablar de ello. ¡Ve donde quieras!... Quien no adopte este
punto de vista será un anexionista, un chovinista. Queremos una alianza
fraternal de todos los pueblos. Cuando existan una República Ucrania y una
República Rusa, habrá entre ellas más ligazón y más confianza. Y si los
ucranios ven que en Rusia se ha proclamado la República de los Soviets, no se
separarán; pero si nuestra república es una república de Miliukov, se
separarán. Cuando el camarada Piatakov, en plena contradicción con sus puntos
de vista, dice: nos oponemos a que se retenga a nadie por la violencia dentro
de las fronteras, no hace más que reconocer el derecho de las naciones a la
autodeterminación. No queremos en modo alguno que el campesino de Jiva viva
bajo el yugo del kan de Jiva. Con el desarrollo de nuestra revolución
influiremos sobre las masas oprimidas. Sólo así puede plantearse la agitación
entre las masas sojuzgadas.
![]()
178 Véase F. Engels. Publicaciones de los emigrados. I.
Proclama polaca
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
Pero todo socialista ruso
que no reconozca la libertad de Finlandia y de Ucrania se deslizará al
chovinismo. Y no habrá jamás sofisma ni invocación de “método” que pueda
justificarle.
Publicado por vez
primera en 1921 en las “Obras” de N. Lenin (V. Uliánov), XIV, parte 2.
T. 31, págs. 432-437.
173
12. Resolución sobre
el problema nacional.
La política de opresión
nacional, herencia de la autocracia y de la monarquía, es defendida por los
latifundistas, los capitalistas y la pequeña burguesía en aras de la
conservación de sus privilegios de clase y de la desunión de los obreros de
distintas naciones.
El imperialismo
contemporáneo, al reforzar la tendencia a someter a los pueblos débiles, es un
nuevo factor de acentuación del yugo nacional.
La supresión del yugo
nacional, en la medida en que es posible en la sociedad capitalista, sólo es
realizable bajo un régimen republicano consecuentemente democrático y una
gobernación del Estado que garantice la plena igualdad de derechos de todas las
naciones y lenguas.
Debe reconocerse a todas las
naciones componentes de Rusia el derecho a separarse libremente y a formar
Estados independientes. La negación de este derecho y la no adopción de medidas
encaminadas a garantizar el ejercicio del mismo, equivalen a apoyar la política
de conquistas o anexiones. El reconocimiento por el proletariado del derecho de
las naciones a su separación es lo único que garantiza la plena solidaridad de
los obreros de distintas naciones y facilita un acercamiento verdaderamente
democrático entre ellas.
El conflicto surgido en la
actualidad entre Finlandia y el Gobierno Provisional ruso muestra con
particular nitidez que negar el derecho a la libre separación lleva de lleno a
continuar la política del zarismo.
El derecho de las naciones a
la separación libre no debe confundirse con la conveniencia de que se separe
una u otra nación en tal o cual momento. Esto último problema deberá resolverlo
el partido del proletariado de un modo absolutamente independiente en cada caso
concreto, desde el punto de vista de los intereses de todo el desarrollo social
y de la lucha de clase del proletariado por el socialismo.
El partido exige una amplia
autonomía regional, la abolición de la fiscalización desde arriba, la supresión
de una lengua oficial obligatoria y la delimitación de las fronteras de las
regiones independientes y autónomas, teniendo en cuenta la opinión de la propia
población local en cuanto a las condiciones económicas y de vida, la
composición nacional de la región, etc.
El partido del proletariado
rechaza resueltamente la llamada “autonomía nacional cultural”, que consiste en
sustraer de la competencia del Estado los asuntos escolares, etc., para
ponerlos en manos de una especie de dietas nacionales. Este plan crea fronteras
artificiales entre los obreros que viven en la misma localidad y que incluso
trabajan en la misma empresa, según su pertenencia a una u otra “cultura
nacional”, es decir, refuerza los lazos entre los obreros y la cultura burguesa
de cada nación por separado, mientras que la tarea de la socialdemocracia
consiste en fortalecer la cultura internacional del proletariado del mundo
entero.
El partido exige que se
incluya en la Constitución una ley fundamental que anule toda clase de
privilegios a favor de una nación y toda clase de violaciones de los derechos
de las minorías nacionales.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
Los intereses de la clase
obrera exigen la fusión de los obreros de todas las naciones de Rusia en
organizaciones proletarias únicas, tanto políticas como sindicales,
cooperativistas, culturales, etc. Sólo esta fusión de los obreros de las
distintas naciones en organizaciones únicas da al proletariado la posibilidad
de librar una lucha victoriosa contra el capital internacional y contra el
nacionalismo burgués.
Publicado el 16 (3) de mayo de 1917 como anejo al núm. 13 del
periódico “Soldátskaya Pravda”.
T. 31, págs. 439-440.
13. Resolución sobre
el momento actual.
La guerra mundial, provocada
por la lucha de los trusts mundiales y del capital bancario por la dominación
en el mercado mundial, ha acarreado ya la destrucción de una masa inmensa de
valores materiales, el agotamiento de las fuerzas productivas y una expansión
tal de la industria de guerra, que hasta la producción del mínimo
imprescindible de artículos de consumo y medios de producción resulta
imposible.
De este modo, la guerra
actual ha llevado a la humanidad a un callejón sin salida y la ha colocado al
borde del abismo.
Las premisas objetivas de la
revolución socialista, que indudable existían ya antes de la guerra en los
países más avanzados y desarrollados, seguían y siguen madurando a consecuencia
de ésta, con vertiginosa rapidez. El desplazamiento y la ruina de las haciendas
pequeñas y medias se aceleran más y más. La concentración e
internacionalización del capital asume proporciones gigantescas. El capitalismo
monopolista se convierte en capitalismo monopolista de Estado. Las
circunstancias obligan a una serie de países a implantar la regulación social
de la producción y de la distribución; algunos de ellos pasan a establecer el
trabajo obligatorio para todos.
Dentro de un régimen de
propiedad privada sobre los medios de producción, todos esos pasos hacia una
mayor monopolización y una mayor estatificación de la producción van
acompañados inevitablemente de una intensificación de la explotación de las
masas trabajadoras, del reforzamiento de la opresión, de trabas a la lucha
contra los explotadores, acentúan la reacción y el despotismo militar y al
mismo tiempo conducen inevitablemente a un increíble acrecentamiento de las
ganancias de los grandes capitalistas a expensas de todas las demás capas de la
población, a esclavizar por muchos decenios a las masas trabajadoras,
imponiéndoles tributos a pagar a los capitalistas bajo la forma de miles de
millones de intereses de los empréstitos. En cambio, una vez abolida la
propiedad privada sobre los medios de producción, y con el paso de todo el
poder del Estado a manos del proletariado, esas mismas condiciones garantizará
el triunfo de una transformación social que pondrá fin a la explotación del
hombre por el hombre y asegurará el bienestar de todos.
* * *
Por otra parte, la marcha de
los acontecimientos ha venido a confirmar, sin lugar a dudas, la previsión de
los socialistas del mundo entero, quienes en el Manifiesto de Basilea de 1912
señalaron unánimemente la inevitabilidad de la revolución proletaria, en relación precisamente con la guerra
imperialista que entonces se avecinaba y hoy hace estragos.
La revolución rusa no es más
que la primera etapa de la primera de las revoluciones proletarias engendradas
inevitablemente por la guerra.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
En todos los países crecen
la indignación de las amplias masas populares contra la clase capitalista y la
conciencia del proletariado de que sólo el paso del poder a sus manos y la
abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción salvarán a la
humanidad de la ruina.
En todos los países, y
particularmente en los más avanzados, en Inglaterra y Alemania, cientos de
socialistas que no se han pasado al lado de “su” burguesía nacional han sido
arrojados a las cárceles por los gobiernos de los capitalistas que, con estas persecuciones,
no hacen más que demostrar su temor a la revolución proletaria que va creciendo
en el seno de las masas populares. Su maduración en Alemania se nota en las
huelgas de masas, que en las últimas semanas han tomado un incremento
considerable como también en la creciente confraternización de los soldados
alemanes y rusos en el frente.
La confianza y unión
fraternales entre los obreros de los distintos países que hoy se exterminan
unos a otros por los intereses de los capitalistas, se van restableciendo poco
a poco de ese modo, y esto crea, a su vez, las premisas para las acciones revolucionarias
conjuntas de los obreros de distintos países. Sólo esas acciones pueden
garantizar el desarrollo sistemático y el éxito más seguro de la revolución
socialista mundial.
* * *
El proletariado de Rusia,
que actúa en uno de los países más atrasados de Europa, con una inmensa
población de pequeños campesinos, no puede proponerse como meta inmediata la
realización de transformaciones socialistas.
Pero sería el más funesto de
los errores, error que en la práctica equivaldría a pasarse al campo de la
burguesía, deducir de ello la necesidad de que la clase obrera apoye a la
burguesía, de que limite su táctica al marco de lo que es aceptable para la pequeña
burguesía, o de que el proletariado renuncie a su papel dirigente en la tarea
de explicar al pueblo la urgencia de una serie de pasos prácticamente maduros
hacia el socialismo.
Tales pasos son, en primer
término, la nacionalización de la tierra. Esta medida, que no rebasa
directamente los límites del régimen burgués, sería al mismo tiempo un fuerte
golpe asestado a la propiedad privada sobre los medios de producción, y por eso
acrecentaría la influencia del proletariado socialista sobre los
semiproletarios del campo.
Otra de esas medidas es la
implantación del control del Estado sobre todos los bancos y la fusión de los
mismos en un banco central único, y sobre los institutos de seguros y los
consorcios capitalistas más importantes (v. gr., el consorcio de fabricantes de
azúcar, el Prodúgol, el Prodamet179,
etc.), con la transición gradual a un sistema más justo de impuestos
progresivos sobre la renta y la riqueza. No cabe duda de que estas medidas ya
maduras en el terreno económico son susceptibles técnicamente de una aplicación
inmediata, y políticamente pueden contar con el apoyo de la mayoría aplastante
de los campesinos, a quienes esas reformas favorecerán en todos los aspectos.
Los Soviets de diputados
obreros, soldados, campesinos, etc., que hoy cubren a Rusia con una red cada
vez más tupida, podrían, además de las mencionadas medidas, implantar el
trabajo obligatorio para todos, pues el carácter de estas instituciones asegura,
por una parte, el paso hacia todas esas nuevas transformaciones sólo en la
medida en que su necesidad práctica sea reconocida, consciente y firmemente,
por la inmensa mayoría del pueblo, y, por otra parte, el carácter de estas
instituciones garantiza la realización de estas transformaciones, no por la vía
policiaco-burocrática, sino por la participación voluntaria de
![]()
179 Prodúgol: Sociedad rusa de comercio del
combustible mineral de la cuenca del Donets. Prodamet: Sociedad para la venta de artículos de las fábricas
metalúrgicas.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
las masas organizadas y
armadas del proletariado y del campesinado en la regulación de su propia
economía.
Todas estas medidas y otras
semejantes no sólo pueden y deben ser discutidas y preparadas, para
implantarlas en todo el país, una vez que el poder pase íntegro a manos de los
proletarios y semiproletarios, sino que pueden y deben ser realizadas por los órganos
revolucionarios locales del poder popular cuando haya la posibilidad de
hacerlo.
Para llevar a la práctica
estas medidas, es necesario observar una extraordinaria prudencia y serenidad;
hay que conquistar una sólida mayoría popular y llevar a ella la conciencia de
que las medidas que se implanten son ya prácticamente factibles, y es ésa
precisamente la dirección en que deben concentrarse la atención y los esfuerzos
de la vanguardia consciente de las masas obreras, que han de ayudar a las masas
campesinas a encontrar salida del actual desastre.
Publicado el 16 (3) de mayo de 1917 como anejo al núm. 13 del
periódico “Soldátskaya Pravda”.
T. 31, págs. 449-452.
Introducción a las resoluciones de la VII Conferencia de toda
Rusia del POSD(B)R
176
INTRODUCCIÓN
A LAS RESOLUCIONES DE LA VII CONFERENCIA DE TODA RUSIA DEL PSOD(B)R
Camaradas obreros:
La Conferencia de toda Rusia
del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, unido por el Comité Central y
denominado comúnmente Partido Bolchevique, ha terminado.
La conferencia ha adoptado
acuerdos muy importantes sobre todas las cuestiones fundamentales de la
revolución, cuyo texto reproducimos íntegro más abajo.
La revolución está en
crisis, como pudo verse en las calles de Petrogrado y de Moscú del 19 al 21 de
abril. Lo ha reconocido el Gobierno Provisional. Lo ha reconocido el Comité
Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado. Lo confirma
una vez más, en el momento en que escribimos estas líneas, la dimisión de
Guchkov.
La crisis del poder, la
crisis de la revolución, no es casual. El Gobierno Provisional es un gobierno
de latifundistas y capitalistas, unidos por el capital ruso y anglo-francés y
obligados a continuar la guerra imperialista. Pero los soldados están extenuados
por la guerra, ven cada vez más claramente que ésta se hace en interés de los
capitalistas, no quieren la guerra. Y, al mismo tiempo, se cierne sobre Rusia,
igual que sobre otros países, el amenazador fantasma de una horrible
bancarrota, de la falta de pan y de la completa ruina económica.
El Soviet de diputados
obreros y soldados de Petrogrado se ha metido asimismo en un atolladero al
concluir un acuerdo con el Gobierno Provisional y apoyar a éste, al apoyar el
empréstito y, por consiguiente, la guerra. El Soviet responde por el Gobierno Provisional
y, al ver la situación sin salida, se ha embrollado también a causa de su
acuerdo con el gobierno de los capitalistas.
En este gran momento
histórico en que está en juego todo el porvenir de la revolución, en que los
capitalistas se debaten entre la desesperación y la idea de ametrallar a los
obreros, nuestro partido se dirige al pueblo y en los acuerdos de su conferencia
le dice:
Hay que comprender qué clases impulsan la revolución. Hay que
tener en cuenta serenamente sus diferentes aspiraciones. El capitalista no
puede seguir el mismo camino que el obrero. Los pequeños propietarios no pueden
confiar plenamente en los capitalistas ni decidirse todos y en el acto a una
estrecha alianza fraternal con los obreros. Sólo comprendiendo la diferencia de
estas clases podrá encontrarse un camino acertado para la revolución.
Y los acuerdos de nuestra
conferencia sobre todas las cuestiones fundamentales de la vida popular
establecen una diferenciación precisa entre los intereses de las distintas
clases, muestran que es imposible en absoluto salir del atolladero con una
política de confianza en el gobierno de los capitalistas o apoyando a ese
gobierno.
La situación es
inusitadamente difícil. No hay más que una salida: el paso de todo el poder del
Estado a los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, etc., en toda
Rusia, de abajo arriba. Sólo si el poder pasa a manos de la clase obrera y ésta
es apoyada por la mayoría de los campesinos podrá esperarse un rápido
restablecimiento de la confianza de los obreros de otros países, una poderosa
revolución europea que rompa el yugo del capital y destruya las férreas tenazas
de la criminal matanza de los pueblos. Sólo si el poder pasa a manos de la
clase obrera y ésta es apoyada por la mayoría de los campesinos podrá tenerse
la firme esperanza de que todas las masas trabajadoras depositarán la más plena
confianza en este
Introducción a las resoluciones de la VII Conferencia de toda
Rusia del POSD(B)R
poder y se alzarán
unánimemente, como un solo hombre, para efectuar una abnegada labor de
reestructuración de toda la vida popular en interés de las masas trabajadoras y
no de los capitalistas y latifundistas. Sin esta labor abnegada, sin una
gigantesca tensión de las fuerzas de todos y de cada uno, sin la firmeza y la
decisión de reorganizar la vida de manera nueva, sin la organización más rígida
y la disciplina camaraderil de todos los obreros y de todos los campesinos
pobres, sin todo eso no hay salida.
La guerra ha colocado a toda
la humanidad al borde del abismo. Los capitalistas se lanzaron a la guerra y
son impotentes para salir de ella. Todo el mundo se halla ante la catástrofe.
Camaradas obreros: Se acerca
el instante en que los acontecimientos exigirán de vosotros un heroísmo nuevo
—un heroísmo de millones y decenas de millones de seres—, mayor aún que en los
días gloriosos de la revolución de febrero y de marzo. Preparaos.
Preparaos y tener presente
que si junto con los capitalistas pudisteis vencer en unos cuantos días con una
simple explosión de la ira popular, para triunfar en la lucha contra los
capitalistas hace falta algo más. Para una victoria de ese género, para que los
obreros y los campesinos pobres tomen el poder, para que se mantengan en él y
lo utilicen con acierto hace falta organización, organización y organización.
177
Nuestro partido os ayuda
como puede, ante todo, haciéndoos comprender la diferente situación de las
distintas clases y su distinta fuerza. A ello están consagrados los acuerdos de
nuestra conferencia. Sin esta comprensión clara, la organización no significa
nada. Sin organización es imposible la acción de millones de seres, es
imposible todo éxito.
No creed en las palabras. No
os dejéis arrastrar por las promesas. No exageréis vuestras fuerzas. Organizaos
en cada fábrica, en cada regimiento y en cada compañía, en cada barriada.
Realizad un trabajo perseverante de organización cada día, cada hora; trabajad
vosotros mismos, ya que esta labor no puede confiarse a nadie. Conseguid con
vuestra labor que las masas vayan depositando su plena confianza en los obreros
de vanguardia paulatina, firme e indestructiblemente. Ese es el contenido
fundamental de todos los acuerdos de nuestra conferencia. Esa es la enseñanza
principal de todo el curso de la revolución. En eso consiste la única garantía
de éxito.
Camaradas obreros: Os
exhortamos a realizar una labor difícil, seria y tesonera, que una al
proletariado consciente, revolucionario, de todos los países. Este camino, y
sólo éste, conduce a la salida, a salvar a la humanidad de los horrores de la
guerra, del yugo del capital.
Publicado el 16 (3) de mayo de 1917 como anejo al núm. 13 del
periódico “Soldátskaya Pravda”.
T. 31, págs..
454-457.
A qué conduce los pasos contrarrevolucionarios del Gobienrno
Provisional
178
A
QUE CONDUCE LOS PASOS CONTRARREVOLUCIONARIOS DEL GOBIERNO PROVISIONAL
Hemos recibido el
siguiente telegrama:
“Eniseisk. El Soviet de diputados obreros y soldados ha conocido un
telegrama con instrucciones enviado a Eniseisk por el ministro Lvov a
Krutovski, que ha sido designado comisario de la provincia de Eniseisk.
Protestamos contra el deseo
de restablecer la burocracia y declaramos: primero, no permitiremos que nos
dirijan funcionarios designados; segundo, no hay retorno para los jefes de los
zemstvos destituidos; tercero, reconocemos únicamente los organismos creados en
el distrito de Eniseisk por el propio pueblo; cuarto, los funcionarios
designados sólo podrán mandar pasando por encima de nuestros cadáveres.
El Soviet de diputados de Eniseisk”.
Así pues, el Gobierno
Provisional designa desde Petrogrado “comisarios” para “dirigir” el Soviet de
diputados obreros y soldados de Eniseisk o, en general, el organismo de
administración autónoma local de Eniseisk. Además, el Gobierno Provisional ha
hecho esta designación de tal forma que el Soviet de diputados obreros y
soldados de Eniseisk protesta contra “el deseo de restablecer la burocracia”.
Por si fuera poco, el Soviet
de diputados obreros y soldados de Eniseisk declara que “los funcionarios
designados sólo podrán mandar pasando por encima de nuestros cadáveres”. La
conducta del Gobierno Provisional ha llevado al lejano distrito siberiano, personificado
por la institución dirigente que ha elegido todo el pueblo, al extremo de
amenazar directamente al gobierno con la resistencia
armada.
¡Hasta dónde ha llegado la administración de los señores del
Gobierno Provisional!
¡Y luego gritarán — como han
gritado hasta ahora— contra la gente malintencionada que “predica” la “guerra
civil”!
¿Qué falta hacía designar
desde Petrogrado, o desde cualquier otro centro, “comisarios” para “dirigir”
una institución local electiva? ¿Es
que un forastero puede conocer mejor las necesidades locales y “dirigir” a la
población local? ¿Qué motivo han dado los habitantes de Eniseisk para que se
adopte medida tan absurda? Si los habitantes de Eniseisk han chocado en algo
con las decisiones de la mayoría de los ciudadanos de otras localidades, ¿por
qué no limitarse primeramente a tratar de informarse,
sin dar pretexto para que se hable de “burocracia” y sin provocar el
descontento y la indignación legítimos de la población local?
A todas estas preguntas sólo
se puede dar una respuesta. Los señores representantes de los terratenientes y
capitalistas que sesionan en el Gobierno Provisional quieren conservar sin falta el viejo aparato administrativo zarista: los
funcionarios “designados” desde arriba. Así han procedido casi siempre todas
las repúblicas parlamentarias burguesas del mundo, excepto durante los cortos
períodos de revolución en algunos países. Así han procedido, facilitando y
preparando con ello el retorno de la
república a la monarquía, a los Napoleones, a los dictadores militares. Así han
procedido, y los señores demócratas— constitucionalistas quieren repetir sin
falta esos tristes ejemplos.
A qué conduce los pasos contrarrevolucionarios del Gobienrno
Provisional
El problema es serio en
extremo. No hay por qué engañarse. Con esos pasos, precisamente con esos pasos,
el Gobierno Provisional prepara —no
importa si consciente o inconscientemente— la restauración de la monarquía en
Rusia.
Toda la responsabilidad por
los intentos posibles —y, hasta cierto punto inevitable— de restaurar la
monarquía en Rusia recae sobre el Gobierno Provisional, que da semejantes pasos
contrarrevolucionarios. Porque la burocracia “designada” desde arriba —para
“dirigir” a la población local— ira sido y será siempre la garantía más segura
de la restauración de la monarquía, lo mismo que lo son el ejército permanente
y la policía.
El Soviet de diputados
obreros y soldados de Eniseisk tiene mil veces razón tanto desde el punto de
vista de la táctica como del de los principios. No se debe permitir el retorno
de los jefes de los zemstvos destituidos. No se puede tolerar la instauración
de la burocracia “designada”. Hay que reconocer “únicamente los organismos
creados por el propio pueblo” en cada localidad.
La idea de que es necesario
“dirigir” a través de funcionarios “designados” desde arriba es una aventura cesarista o blanquista,
profundamente falsa y antidemocrática. Engels tenía toda la razón cuando en
1891, al criticar el proyecto de programa de los socialdemócratas alemanes
—contagiados de burocratismo en grado considerable—, insistía en que no hubiese
ninguna fiscalización desde arriba de la administración autónoma local; Engels
tenía razón al recordar la experiencia de Francia, que de 1792 a 1798 se gobernó
por organismos locales electivos, sin ninguna fiscalización de ese tipo, y no
se “disgregó” ni se “desmoronó” lo más mínimo, sino que se fortaleció, se
cohesionó y organizó democráticamente180.
179
Los estúpidos prejuicios
burocráticos, la rutina de los hábitos zaristas y las ideas profesorales
reaccionarias sobre la necesidad del burocratismo, los propósitos y las
tendencias contrarrevolucionarias de los terratenientes y capitalistas: tal es
el terreno en que han brotado y maduran actos del Gobierno Provisional como el
que examinamos.
El Soviet de diputados
obreros y soldados de Eniseisk ha puesto de manifiesto el sano sentido
democrático de los obreros y los campesinos, indignados por la ultrajante
tentativa de “designar” desde arriba a los funcionarios para que “dirijan” a la
población adulta local, a la inmensa mayoría, que ha elegido a sus propios
representantes.
El pueblo necesita una
república verdaderamente democrática, una república obrera y campesina que no
conozca otras autoridades que las elegidas por la población y que puedan ser
revocadas por ella en cualquier momento, si así lo desea. Y por esa república
deben luchar todos los obreros y campesinos contra las tentativas del Gobierno
Provisional de restablecer los métodos y los aparatos administrativos
monárquicos, zaristas.
“Pravda”, núm. 43, 11
de mayo (28 de abril) de 1917.
T. 31, págs. 462-464.
![]()
180 Véase F. Engels. Contribución a la crítica del proyecto de
programa socialdemócrata de 1891.
I. G. Tsereleti y la lucha de clases
180
I. G. TSERETELI Y LA
LUCHA DE CLASES
Todos los periódicos
publican, íntegro o resumido, el discurso pronunciado por I. G. Tsereteli el 27
de abril en la sesión solemne de los diputados a la Duma de Estado de todas las
legislaturas.
Ha sido un discurso
absolutamente ministerial. El discurso de un ministro sin cartera. No obstante,
creemos que no es pecado, incluso
cuando un ministro sin cartera pronuncia discursos ministeriales, dedicar un
pensamiento al socialismo, al marxismo y a la lucha de clases. A cada cual lo
suyo. Es natural que la burguesía rehúya hablar de la lucha de clases,
analizarla, estudiarla y hacer de ella una base para determinar la política.
Corresponde a la burguesía descartar estos asuntos “desagradables”, “poco delicados”,
como se dice en los salones, y cantar loas a la “unión” de “todos los amigos de
la libertad”. Corresponde al partido proletario no olvidar la lucha de clases.
A cada cual lo suyo.
Dos ideas políticas
fundamentales se destacan en el discurso de Tsereteli. La primera es que se
puede yse debe distinguir dos “sectores” de la burguesía. Un sector “ha llegado
a un acuerdo con la democracia”; la posición de esta burguesía es “firme”. El otro
está formado por “elementos irresponsables de la burguesía que provocan la
guerra civil”, o, como también dice Tsereteli, “muchos de los llamados
elementos censatarios moderados”.
La segunda idea política del
orador es ésta: “Cualquier tentativa de proclamar (!!?) ahora mismo la
dictadura del proletariado y del campesinado” sería una tentativa
“desesperada”, y él, Tsereteli, estaría de acuerdo con esa tentativa
desesperada si pudiese creer sólo por un minuto que las ideas de Shulguín son
realmente “compartidas por toda la burguesía censataria”.
Examinemos estas dos ideas
políticas de I. G. Tsereteli, que, como cuadra a un ministro sin cartera o a un
candidato a ministro, ha adoptado una posición “centrista”: ¡ni por la reacción
ni por la revolución! Ni con Shulguín ni con los partidarios de “tentativas
desesperadas”.
¿Qué diferencia de clase
hace Tsereteli entre los dos sectores de la burguesía que menciona?
Absolutamente ninguna. A Tsereteli no se le ha ocurrido siquiera que no es un
pecado fundamentar la política desde el punto de vista de la lucha de clases.
Los dos “sectores” de la
burguesía son, por su esencia de clase, los terratenientes y los capitalistas.
Tsereteli no dice ni una palabra acerca de que Shulguín no representa las
mismas clases o sus subgrupos que Guchkov (este último, miembro del Gobierno
Provisional y uno de los más importantes...). Tsereteli separó las ideas de
Shulguín de las de “toda” la burguesía censataria, pero no dio ninguna razón para ello. Y no podía dar ninguna. Las “ideas” de Shulguín —a
favor del poder indiviso del Gobierno Provisional, contra la fiscalización de
este gobierno por los soldados armados, contra la “propaganda anti-inglesa”,
contra la “incitación” de los soldados a reñir con la “casta de oficiales”,
contra la propaganda de Petrográdskaya Storoná181, etc.— son las mismas que el lector encuentra a diario en las
páginas de Riech, en los discursos y
manifiestos de los ministros con cartera, etc.
La única diferencia es que
Shulguín habla más “abiertamente”, mientras que el Gobierno Provisional, como
gobierno que es, habla con más
discreción; Shulguín habla con voz de bajo,
![]()
181 Petrográdskaya
Storoná: distrito
de Petrogrado donde se encontraban los Comités Central y petersburgués del
Partido Bolchevique, la Organización militar aneja al CC del POSD(b)R, el club
de los soldados y otras organizaciones de los obreros y soldados que tenían su
sede en el antiguo palacio de Kshesínskaya.
I. G. Tsereleti y la lucha de clases
Miliukov lo hace en falsete.
Miliukov es partidario de un acuerdo con el Soviet de diputados obreros y
soldados, y Shulguín tampoco tiene nada
en contra de ese acuerdo. Shulguín y Miliukov, ambos, están por “otras
formas de control” (no el control por los soldados armados).
¡Tsereteli ha arrojado por
la borda toda idea de lucha de clases! No
ha mencionado las diferencias de clase o ninguna otra diferencia política seria
entre los “dos sectores” de la burguesía. ¡Ni siquiera pensó en mencionarlas!
En una parte de su discurso,
Tsereteli entiende por “democracia” “el proletariado y el campesinado
revolucionario”. Examinemos esta definición de clase. La burguesía ha accedido
a un acuerdo con esta democracia. Pues bien, cabe preguntar: ¿en qué se basa este acuerdo? ¿En qué
intereses de clase se apoya?
¡Tsereteli no dice ni una
palabra de esto! Se limita a hablarnos de la “plataforma democrática general
que en estos momentos es aceptable para todo el país”, es decir, evidentemente
para los proletarios y los campesinos, pues el “país” son, en realidad, los
obreros y campesinos, menos los censatarios.
¿Excluye esta plataforma,
digamos, el problema de la tierra? No. La plataforma elude esto.
Pero,¿desaparecen los intereses de clase, sus antagonismos, porque se los eluda
en los documentos diplomáticos, en las actas de los “acuerdos”, en los
discursos y declaraciones de los ministros?
181
Tsereteli se “olvidó” de plantear este
problema, se olvidó de un “detalle insignificante”: se olvidó “simplemente” de
los intereses de clase y de la lucha de clases...
“Todas las tareas de la
revolución rusa —canta agradablemente, como un ruiseñor, I. G. Tsereteli—, su
verdadera esencia (!!??), dependen de si las clases poseedoras censatarias (es
decir, los terratenientes y los capitalistas) “pueden comprender que ésa es una
plataforma nacional y no una plataforma especialmente proletaria...”
¡Pobres terratenientes y capitalistas!
Son “brutos”. Ellos “no entienden”. Necesitan que un ministro especial,
demócrata, les enseñe las cosas más elementales...
¿Acaso este representante de
la “democracia” se ha olvidado de la lucha de clases, ha adoptado la posición
de Luis Blanc, eludiendo con simples frases el antagonismo de los intereses de
clase?
¿Son Shulguín, Guchkov y
Miliukov los que “no comprenden” que se
puede conciliar a los campesinos con los terratenientes mediante una
plataforma en la que se eluda el problema de la tierra, o es Tsereteli el que
“no comprende” que eso es imposible?
Los obreros y campesinos
deben limitarse a lo que es “aceptable” para los terratenientes y los
capitalistas: ésta es la verdadera esencia
(no la esencia verbal, sino de clase) de la posición de
Shulguín-Miliukov-Plejánov. Y ellos lo “comprenden” mejor que Tsereteli.
Llegamos así a la segunda
idea política de Tsereteli: la dictadura del proletariado y del campesinado (la
dictadura, dicho sea de paso, no se “proclama”, sino se conquista...) sería una
tentativa desesperada. En primer lugar, hoy no se estila hablar con tal
simpleza de esa dictadura, eso puede hacer que Tsereteli vaya a parar al
archivo de los “viejos bolcheviques”*... En segundo lugar –y esto es lo más
importante– , ¿acaso los obreros y los campesinos no constituyen la inmensa
mayoría de la población? ¿Y acaso la “democracia” no significa el ejercicio de
la voluntad de la mayoría?
* Véanse mis Cartas sobre táctica. (Véase el presente volumen. N. de la Edit.)
¿Cómo es posible, sin dejar de ser
demócrata, estar contra la “dictadura
del proletariado y del campesinado”? ¿Cómo se puede temer de ella la “guerra
civil”? (¿Y qué guerra civil? ¿La
I. G. Tsereleti y la lucha de clases
de un puñado de
terratenientes y capitalistas contra los obreros y campesinos? ¿La de una
minoría insignificante contra una aplastante mayoría?)
I. G. Tsereteli se ha hecho
un lío definitivamente, olvidando incluso que, si Lvov y Cía. cumplen su
promesa de convocar la Asamblea Constituyente, ¡ésta se convertirá en la
“dictadura” de la mayoría! ¿Acaso los obreros y campesinos deben limitarse
también en la Asamblea Constituyente a lo que es “aceptable” para los
terratenientes y capitalistas?
Los obreros y los campesinos son la
inmensa mayoría. Entregar todo el poder a esta mayoría es, si me permiten, una
“tentativa desesperada”...
Tsereteli se ha hecho un lío
porque ha olvidado completamente la lucha de clases. Ha abandonado el punto de
vista del marxismo adoptando por entero el de Luis Blanc, quien con meras
frases se “desentendió” de la lucha de clases.
La misión de un dirigente
proletario es explicar la diferencia de los intereses de clase y convencer a
determinados sectores de la pequeña burguesía (precisamente, a los campesinos
pobres) de que deben elegir entre los obreros y los capitalistas, poniéndose de
parte de los obreros.
La misión de los Luis Blanc
pequeñoburgueses es velar la diferencia de los intereses de clase y convencer a
determinados sectores de la burguesía (principalmente a los intelectuales y
parlamentarios) de que deben “entenderse” con los obreros; a éstos, “entenderse”
con los capitalistas; y a los campesinos, “entenderse” con los terratenientes.
Luis Blanc trató celosamente
de convencer a la burguesía parisiense y, como sabemos, casi la convenció de
renunciar a los fusilamientos masivos de 1848 y 1871...
“Pravda”, núm. 44, 12
de mayo (29 de abril) de 1917. Firmado: N. Lenin.
T. 31, págs. 468-472.
Un triste apartamiento de la democracia
182
UN TRISTE APARTAMIENO
DE LA DEMOCRACIA
Izvestia182 publica hoy una reseña de la reunión celebrada por la sección
de soldados del
Soviet de diputados obreros y soldados. En esta reunión, entre
otras cosas:
‘Se discutió la posibilidad
de que los soldados desempeñen las funciones de milicianos.
La Comisión Ejecutiva propuso a la reunión la siguiente
resolución:
En vista de que los soldados
deben cumplir su misión directa , la
Comisión Ejecutiva del Soviet de diputados soldados se pronuncia en contra de que los soldados participen en la milicia
y propone que todos los soldados que forman parte de la milicia sean reincorporados inmediatamente a sus
unidades.
Tras breves debates, la
resolución fue aprobada con una enmienda,
que admite la posibilidad de que desempeñen funciones
de milicianos los soldados evacuados del ejército de operaciones y los heridos”.
Es muy lamentable que no se
haya publicado el texto exacto de la enmienda y de la resolución. Y es más
lamentable aún que la Comisión Ejecutiva haya propuesto, y la reunión haya
aprobado, una resolución que constituye un apartamiento total de los principios
fundamentales de la democracia.
Es poco probable que pueda
encontrarse en Rusia un partido democrático que no acepte la reivindicación
programática de sustituir el ejército permanente con el armamento general del
pueblo. Es poco probable que pueda encontrarse un socialista- revolucionario o
un socialdemócrata menchevique que se atreva a alzarse contra esta
reivindicación. Pero la desgracia está en que, “en los tiempos actuales”, “es
usual” aceptar “en principio” — encubriéndose con frases sonoras sobre la
“democracia revolucionaria”— los programas democráticos (y no hablemos ya del
socialismo) y renegar de ellos en la práctica.
Pronunciarse contra la
participación de los soldados en la milicia, basándose en que los “soldados
deben cumplir su misión directa”, significa olvidar por completo los principios
de la democracia y aceptar —quizá involuntaria e inconscientemente— el punto de
vista del ejército permanente. El soldado es un profesional, su misión directa
no es un servicio social: así piensan los partidarios del ejército permanente.
Esta opinión no es democrática. Es la opinión de un Napoleón. Es la opinión de
los partidarios del viejo régimen y de los capitalistas, que sueñan con un
fácil retroceso de la república a la monarquía constitucional.
El que es demócrata está en
contra, por principio, de esa opinión. La participación de los soldados en la
milicia significa derribar el muro que se alza entre el ejército y el pueblo.
Significa romper con el maldito pasado del “cuartel”, en el que, al margen del
pueblo y contra el pueblo, se “amaestraba”, domesticaba y entrenaba a un sector
especial de ciudadanos con la “misión directa” de dedicarse únicamente a la
profesión militar. La participación de los soldados en la milicia es un
problema cardinal, que consiste en reeducar a “los soldados”
![]()
182 "Izvestia Petrográdskogo Sovieta Rabóchij i Soldátskij Deputátov"
("Noticias del Soviet de Diputados Obreros y Soldados de
Petrogrado"): diario que empezó a publicarse en febrero de 1917.
Determinaban la línea
política del periódico los representantes del bloque menchevique-eserista que
aplicaba una política oportunista de apoyo al Gobierno Provisional burgués y
combatía las acciones revolucionarias del proletariado.
Después del II Congreso de
los Soviets de toda Rusia, fue cambiada la redacción de Izvestia y el periódico pasó a ser órgano oficial del Poder
soviético; en él se publicaron los primeros documentos más importantes del
Gobierno soviético, artículos y discursos de Lenin. En marzo de 1918, el
periódico se trasladó a Moscú. Aparece actualmente con el nombre de Izvestia Soviétov Deputátov Trudiáschijsia
Un triste apartamiento de la democracia
para hacer de ellos
ciudadanos milicianos, en reeducar a la población para transformar a los
habitantes corrientes en ciudadanos armados. La democracia no pasará de ser una
frase huera y falaz o una semimedida si no se concede inmediata e
incondicionalmente a todo el pueblo
la posibilidad de aprender a manejar las armas. Y eso es irrealizable sin la
participación sistemática, permanente y amplia de los soldados en la milicia.
Se nos objetará, quizá, que
no se puede apartar a los soldados de
su misión directa . Pero nadie dice
eso. Hablar especialmente de eso es ridículo. Como sería ridículo decir
especialmente que un médico que se halla junto a la cabecera de un enfermo
grave no tiene derecho a apartarse de él para emitir su sufragio. O que un
obrero, ocupado en una producción cuyo carácter ininterrumpido es considerado
por todos absolutamente necesario, no tiene derecho a abandonar su trabajo,
hasta que lo releve otro obrero, para ejercer sus derechos políticos.
Semejantes salvedades serían en verdad poco serias o incluso deshonestas.
La participación en la
milicia es una de las reivindicaciones más importantes y cardinales de la
democracia, una de las garantías más esenciales de la libertad. (Agreguemos,
entre paréntesis, que no hay medio más seguro de elevar las cualidades
puramente militares y la fuerza militar del ejército que sustituir el ejército
permanente con el armamento general del pueblo y utilizar a los soldados para
instruir al pueblo; en toda guerra auténticamente revolucionaria se ha empleado
y se empleará este método.) La organización inmediata, incondicional y general
de la milicia de todo el pueblo y la múltiple participación de los soldados en
la milicia: en eso radica el interés vital tanto de los obreros como de los
campesinos y los soldados, de toda la inmensa mayoría de la población, de la
mayoría no interesada en proteger las ganancias de los terratenientes y de los
capitalistas.
Escrito el 10 (23) de mayo de 1917. Publicado el 25 (12) de mayo
de 1917 en el núm. 55 del periódico “Pravda”.
T. 32, págs. 63-65.
184
LA GUERRA Y LA
REVOLUCIÓN
Conferencia
pronunciada el 14 (27) de mayo de1917.
La cuestión de la guerra y la revolución se plantea
con tanta frecuencia en los
últimos tiempos en la prensa y en cada reunión popular que, probablemente,
muchos de vosotros conoceréis bastante sus aspectos e incluso estaréis hartos
de ellos. Hasta hoy no había tenido la posibilidad de hablar, ni de estar
presente siquiera, en ninguna asamblea de partido ni en ninguna reunión popular
de este distrito. Por ello, corro, posiblemente, el riesgo de incurrir en
repeticiones o de no analizar con detalle suficiente aspectos de la cuestión
que os interesen mucho.
A mi juicio, hay algo
principal que se olvida corrientemente al tratar de la guerra, algo que no es
objeto de la atención debida, algo principal en torno a lo cual se sostienen
tantas discusiones, que yo calificaría de fútiles, sin perspectivas, vanas. Me
refiero al olvido de la cuestión fundamental: cuál es el carácter de clase de
la guerra, por qué se ha desencadenado, qué clases la sostiene, qué condiciones
históricas e histórico-económicas la han originado. En los mítines y en las
asambleas del partido he observado cómo se plantea entre nosotros el problema
de la guerra y he llegado a la conclusión de que gran número de las
incomprensiones que surgen en torno a este problema se deben precisamente a
que, al analizarlo, hablamos a cada paso en lenguajes completamente distintos.
Desde el punto de vista del
marxismo, es decir, del socialismo científico contemporáneo, la cuestión
fundamental que deben tener presente los socialistas al discutir cómo debe
juzgarse una grerra y la actitud a adoptar frente a ella es por qué se hace esa
guerra, qué clases la han preparado y dirigido. Nosotros, los marxistas, no
figuramos entre los enemigos incondicionales de toda guerra. Decimos: nuestro
objetivo es el régimen socialista, el cual, al suprimir la división de la
humanidad en clases, al suprimir toda explotación del hombre por el hombre y de
una nación por otras naciones, suprimirá ineluctablemente toda posibilidad de
guerra. Pero en la lucha por este régimen socialista encontraremos
ineludiblemente condiciones en las que la lucha de clases en el seno de cada
nación puede chocar con una guerra entre naciones distintas, engendrada por
esta lucha de clases. Por eso no podemos negar la posibilidad de las guerras
revolucionarias, es decir, de guerras derivadas de la lucha de clases, de
guerras sostenidas por las clases revolucionarias y que tienen una
significación revolucionaria directa e inmediata. No podernos llegar esto, con
mayor motivo, porque en la historia de las revoluciones europeas del último
siglo, de los 125 ó 135 años últimos, además de una mayoría de guerras
reaccionarias, ha habido también guerras revolucionarias, como, por ejemplo, la
guerra de las masas revolucionarias del pueblo francés contra la Europa
monárquica, atrasada, feudal y semifeudal coaligada. Y en la actualidad, el medio
más extendido de engañar a las masas en Europa Occidental, y últimamente
también en nuestro país, en Rusia, es invocar el ejemplo de las guerras
revolucionarias. Hay guerras y guerras. Se debe comprender de qué condiciones
históricas ha surgido una guerra concreta, qué clases la sostienen y con qué
fines. Sin comprender esto, todas nuestras disquisiciones acerca de la guerra
se verán condenadas a ser una vacuidad completa, a ser discusiones puramente
verbales y estériles. Por eso me permito analizar con detalle este aspecto de
la cuestión, por cuanto habéis señalado como tenia la correlación entre la
guerra y la revolución.
Es conocido el aforismo de
uno de los más célebres escritores de filosofía e historia de las guerras,
Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política con otros medios”.
Esta frase pertenece a un escritor que ha estudiado la historia de las guerras
y sacado las enseñanzas filosóficas de esta historia inmediatamente después de
la época de las guerras napoleónicas.
Este escritor, cuyos
pensamientos fundamentales son en la actualidad patrimonio imprescindible de
todo hombre que piense, luchaba, hace ya cerca de ochenta años, contra el
prejuicio filisteo, hijo de la ignorancia, de que es posible separar la guerra
de la política de los gobiernos correspondientes, de las clases
correspondientes; de que la guerra puede ser considerada, a veces, como una
simple agresión que altera la paz y que termina con el restablecimiento de esa
paz violada. ¡Se han peleado y han hecho las paces! Este tosco e ignorante
punto de vista fue refutado decenas de años atrás, y es refutado por todo
análisis más o menos atento de cualquier época histórica de guerras.
La guerra es la continuación
de la política con otros medios. Toda guerra está inseparablemente unida al
régimen político del que surge. La misma política que ha seguido una
determinada potencia, una determinada clase dentro de esa potencia durante un
largo período antes de la guerra, es continuada por esa misma clase, de modo
fatal e inevitable, durante la guerra, variando únicamente la forma de acción.
La guerra es la continuación
de la política con otros medios. Cuando los vecinos revolucionarios franceses
de la ciudad y del campo de fines del siglo XVIII derribaron por vía
revolucionaria la monarquía e instauraron la república democrática —ajustando las
cuentas a su monarca y ajustándoselas también, de modo revolucionario, a sus
terratenientes— , esta política de la clase revolucionaria no podía dejar de
sacudir hasta los cimientos al resto de la Europa autocrática, zarista,
realista y semifeudal. Y la continuación inevitable de esa política de la clase
revolucionaria triunfante en Francia fueron las guerras sostenidas contra la
Francia revolucionaria por todos los pueblos monárquicos de Europa, que,
habiendo formado su famosa coalición, se lanzaron sobre ella con una guerra
contrarrevolucionaria. De la misma manera que el pueblo revolucionario francés
reveló entonces, por vez primera en el transcurso de siglos, una energía
revolucionaria sin precedente en la lucha dentro del país, en la guerra de fines
del siglo XVIII mostró igual genio revolucionario al reestructurar todo el
sistema de la estrategia, rompiendo con todos los viejos cánones y usos bélicos
y creando, en lugar del ejército antiguo, un ejército nuevo, revolucionario,
popular y nuevos métodos de guerra. A mi juicio, este ejemplo merece una
atención especial, porque nos muestra palmariamente lo que olvidan ahora a cada
paso los publicistas de la prensa burguesa. Ellos especulan con los prejuicios
y la ignorancia pequeñoburguesa de las masas populares completamente incultas,
las cuales no comprenden el inseparable nexo económico e histórico de toda
guerra con la precedente política de cada país, de cada clase, que dominaba
antes de la guerra y aseguraba la consecución de sus objetivos por los llamados
medios “pacíficos”. Decimos llamados, pues las represiones necesarias, por
ejemplo, para la dominación “pacífica” en las colonias es dudoso que puedan
calificarse de pacíficas.
En Europa reinaba la paz,
pero ésta se mantenía debido a que el dominio de los pueblos europeos sobre los
centenares de millones de habitantes de las colonias se efectuaba únicamente
por medio de guerras incesantes, continuas, ininterrumpidas, que nosotros, los
europeos, no consideramos guerras porque, con demasiada frecuencia, más que
guerras parecían matanzas feroces y exterminadoras de pueblos inermes. Las
cosas están planteadas precisamente de tal forma, que para comprender la guerra
contemporánea necesitamos, ante todo, echar una ojeada general sobre la
política de las potencias europeas en conjunto. Es necesario tomar no ejemplos
aislados, casos aislados, que siempre es fácil desgajar de los fenómenos
sociales, pero que carecen de todo valor, pues del mismo modo puede citarse un
ejemplo opuesto. Es necesario considerar toda la política de todo el sistema de
Estados europeos en sus mutuas relaciones económicas y políticas, para
comprender cómo ha surgido de este sistema, fatal e ineludiblemente, esta guerra.
Observamos constantemente
que se hacen intentos, sobre todo por los periódicos capitalistas —lo mismo
monárquicos que republicanos—, de dar a la guerra actual un contenido histórico
que le es ajeno. Por ejemplo, en la República Francesa no hay
procedimiento más corriente
que los intentos de presentar esta guerra por parte de Francia como algo que
sigue y se asemeja a las guerras de la Gran Revolución Francesa de 1792. No hay
método más difundido para engañar a las masas populares francesas, a los
obreros de Francia y de todos los países, que trasladar a nuestra época el
“argot” de aquella época, algunas de sus consignas, e intentar presentar las
cosas como si la Francia republicana defendiera también ahora su libertad
contra la monarquía. Olvidan una “pequeña” circunstancia: que entonces, en
1792, la guerra de Francia la hacía la clase revolucionaria, que había llevado
a cabo una revolución sin precedente, que había destruido hasta los cimientos,
con el heroísmo inaudito de las masas, la monarquía francesa y se había alzado
contra la Europa monárquica coaligada, sin perseguir otra finalidad que la de
continuar su lucha revolucionaria.
La guerra en Francia fue la
continuación de la política de la clase revolucionaria que hizo la revolución,
conquistó la república, ajusté las cuentas a los capitalistas y terratenientes
franceses con una energía jamás vista, y que en nombre de esa política, de su
continuación, sostuvo la guerra revolucionaria contra la Europa monárquica
coaligada.
Pero ahora nos encontramos,
sobre todo, ante dos grupos de potencias capitalistas. Nos encontramos ante las
más grandes potencias capitalistas del mundo —Inglaterra, Francia, Norteamérica
y Alemania—, cuya política en el curso de una serie de decenios ha consistido
en una rivalidad económica ininterrumpida por dominar en el mundo entero,
estrangular a las naciones pequeñas, asegurar beneficios triplicados y
decuplicados al capital bancario, que ha encadenado a todo el mundo con su
influencia. En esto consiste la verdadera política de Inglaterra y Alemania. Lo
subrayo. Jamás hay que cansarse de subrayarlo, porque si lo echamos en olvido,
no podremos comprender nada de la guerra contemporánea y nos hallaremos
indefensos, a merced de cualquier periodista burgués que nos quiera embaucar
con frases embusteras.
186
La política auténtica de ambos grupos de los mayores gigantes
capitalistas —Inglaterra y Alemania, que, con sus aliados, arremetieron la una
contra la otra—, practicada durante una serie de décadas anteriores al
conflicto, debe ser estudiada y comprendida en su conjunto. Si no lo hiciéramos
así, olvidaríamos la exigencia principal del socialismo científico y de toda la
ciencia social en general y, además, nos privaríamos de la posibilidad de
comprender nada de la guerra actual. Caeríamos en poder de Miliukov, embaucador
que atiza el chovinismo y el odio de un pueblo contra otro con métodos que se
emplean en todas partes, sin excepción alguna, con métodos de los que escribía
hace ya ochenta años Clausewitz, mencionado por mí al comienzo, el cual
ridiculizaba ya entonces el punto de vista de los que piensan: ¡vivían los
pueblos en paz y luego se han peleado! ¡Como si eso fuese verdad! ¿Es que se
puede explicar la guerra sin relacionarla con la política precedente de este o
aquel Estado, de este o aquel sistema de Estados, de estas o aquellas clases?
Repito una vez más: ésta es la cuestión cardinal, que siempre se olvida, y cuya
incomprensión hace que de diez discusiones sobre la guerra, nueve resulten una
disputa vana y mera palabrería. Nosotros decimos: si no habéis estudiado la
política practicada por ambos grupos de potencias beligerantes durante decenios
— para evitar casualidades, para no escoger ejemplos aislados—, ¡si no habéis
demostrado la ligazón de esta guerra con la política precedente, no habéis entendido
nada de esta guerra!
Y esa política nos muestra a
cada paso una sola cosa: la incesante rivalidad económica de los dos mayores
gigantes del mundo, de dos economías capitalistas. De un lado, Inglaterra,
Estado que es dueño de la mayor parte del globo, Estado que ocupa el primer
lugar por sus riquezas, amasadas no tanto por el esfuerzo de sus obreros, como,
principalmente, por la explotación de un infinito número de colonias, por la
inmensa fuerza de los bancos ingleses. Estos bancos han formado, a la cabeza de
todos los demás, un grupo de bancos-gigantes, insignificante por su número
—tres, cuatro o cinco—, que manejan centenares de miles de
millones de rublos de tal
suerte, que puede decirse sin ninguna exageración: no hay un trozo de tierra en
todo el globo en el que este capital no haya clavado su pesada garra, no hay un
trozo de tierra que no esté envuelto por miles de hilos del capital inglés.
Este capital alcanzó tales proporciones a finales del siglo XIX y principios
del XX, que trasladó su actividad mucho más allá de los límites de cada país,
formando un grupo de bancos— gigantes con una riqueza inaudita. Valiéndose de
ese número insignificante de bancos, este capital envolvió al mundo entero con
una red de centenares de miles de millones de rublos. He ahí lo fundamental en
la política económica de Inglaterra y en la política económica de Francia, de
la que los propios escritores franceses, colaboradores, por ejemplo, de L’Humanité183, periódico dirigido en la actualidad
por ex socialistas (por ejemplo, Lysis, conocido publicista, especializado en
asuntos financieros), escribían ya varios años antes de la guerra: “La
República Francesa es una monarquía financiera... es una oligarquía
financiera... es el usurero del universo”.
De otro lado, frente a este
grupo, principalmente anglo- francés, se ha destacado otro grupo de
capitalistas más rapaz aún, más bandidesco aún: un grupo que ha llegado a la
mesa del festín capitalista cuando todos los sitios estaban ya ocupados, pero
que ha introducido en la lucha nuevos métodos de desarrollo de la producción
capitalista, una técnica mejor, una organización incomparable, que transforma
al viejo capitalismo, al capitalismo de la época de la libre competencia, en
capitalismo de los gigantescos trusts, consorcios y cárteles. Este grupo ha
introducido el principio de la estatificación de la producción capitalista, de
la fusión en un solo mecanismo de la fuerza gigantesca del capitalismo con la
fuerza gigantesca del Estado, mecanismo que enrola a decenas de millones de
personas en una sola organización del capitalismo de Estado. Esa es la historia
económica, la historia diplomática de varias decenas de años, que nadie puede
eludir. Es la única que os brinda el camino hacia la solución acertada del
problema de la guerra y os lleva a la conclusión de que esta guerra es también
producto de la política de las clases que se han enzarzado en ella, de los dos
mayores gigantes, que mucho antes del conflicto habían envuelto a todo el
mundo, a todos los países, con las redes de su explotación financiera y se
habían repartido el mundo en el terreno económico. Tenían que chocar porque el
nuevo reparto de ese dominio se había hecho inevitable desde el punto de vista
del capitalismo.
El antiguo reparto basábase
en que Inglaterra, por espacio de varios siglos, llevó a la ruina a sus
anteriores rivales. Su rival anterior fue Holanda, que extendía su dominio por
todo el mundo; su anterior competidor fue Francia, que durante casi un siglo
hizo guerras por ese dominio. Mediante guerras prolongadas, Inglaterra,
basándose en su potencia económica, en la de su capital mercantil, afianzó su
dominio indisputado del mundo. Pero surgió una nueva fiera: en 1871 se formó
otra potencia capitalista, que se desarrolló muchísimo más rápidamente que
Inglaterra. Este es un hecho fundamental. No encontraréis ningún libro de
historia económica que no reconozca este hecho indiscutible: el desarrollo más
acelerado de Alemania. El rápido desarrollo del capitalismo en Alemania fue el
desarrollo de una fiera joven y fuerte, que apareció en el concierto de las
potencias europeas y dijo: “Vosotros habéis arruinado a Holanda, habéis
destrozado a Francia, os habéis apoderado de medio mundo; tomaos la molestia de
entregarnos la parte correspondiente”.
187
Pero ¿qué significa “la
parte correspondiente”? ¿Cómo determinarla en el mundo capitalista, en el mundo
de los bancos? Allí, en el mundo capitalista, la fuerza se determina por el
número de bancos. Allí, la fuerza se determina, como lo ha definido cierto
órgano de los multimillonarios norteamericanos con la franqueza y el cinismo
genuinamente
![]()
183 "L'Humanité" ("La Humanidad"): diario fundado por J.
Jaurès en 1904 como órgano del Partido Socialista Francés. Durante la primera
guerra mundial de 1914-1918, el periódico estuvo en manos del ala
ultraderechista del Partido Socialista Francés y mantuvo una posición
socialchovinista. Desde diciembre de 1920, después de la escisión del Partido
Socialista Francés y la formación del Partido Comunista de Francia, el
periódico pasó a ser órgano central de este último
norteamericanos, del
siguiente modo: “En Europa se hace la guerra por la hegemonía mundial. Para
dominar el mundo se necesitan dos cosas: dólares y bancos. Dólares tenemos, los
bancos los crearemos y seremos dueños del mundo”. Esta declaración pertenece al
periódico portavoz de los multimillonarios norteamericanos. Debo manifestar que
en esta cínica frase norteamericana del multimillonario engreído e insolente
hay mil veces más verdad que en miles de artículos de los embusteros burgueses,
los cuales presentan esta guerra como una guerra por ciertos intereses
nacionales, por ciertos problemas nacionales y otras mentiras por el estilo,
tan claras, que saltan a la vista, que echan por la borda toda la historia en
su conjunto y toman un ejemplo aislado, como es el que la fiera germana se haya
lanzado sobre Bélgica. Este caso es, indudablemente, verídico. En efecto, esa
bandada de buitres cayó sobre Bélgica184 con
una ferocidad inusitada, pero ha hecho lo mismo que hizo ayer el otro grupo,
valiéndose de otros métodos, y que hace hoy con otros pueblos.
Cuando discutimos sobre la
cuestión de las anexiones —que forma parte de lo que he tratado de exponeros
brevemente a título de historia de las relaciones económicas y diplomáticas que
han originado la presente guerra—, nos olvidamos siempre de que ellas son
corrientemente la causa de la guerra: el reparto de lo conquistado o, dicho en
un lenguaje más popular, el reparto del botín robado por dos grupos de
bandidos. Y cuando discutimos sobre las anexiones, nos encontramos siempre con
métodos que desde el punto de vista científico no resisten ninguna crítica, y
desde el social y periodístico no pueden ser calificados sino de burdo engaño.
Preguntadle al chovinista o socialchovinista ruso, y él os explicará
magníficamente lo que son las anexiones por parte de Alemania: esto lo
comprende a la perfección. Pero jamás os dará respuesta si le pedís que dé una
definición general de las anexiones aplicable tanto a Alemania como a
Inglaterra y Rusia. ¡Jamás lo hará! El periódico Riech (para pasar de la teoría a la práctica), burlándose de
nuestro periódico Pravda, dijo:
“¡Estos pravdistas consideran lo de Curlandia como una anexión! ¿Qué discusión
puede haber con esta gente?” Y cuando respondimos: “Tened la bondad de darnos
una definición tal de las anexiones que pueda aplicarse a los alemanes,
ingleses y rusos, y añadimos que o bien trataréis de e ludirla, o bien os
desenmascararemos inmediatamente”*, Riech
dio la callada por respuesta. Afirmamos que ningún periódico, ni de los
chovinistas en general —quienes dicen simplemente que es necesario defender la
patria—, ni de los socialchovinistas, ha dado jamás una definición de las
anexiones que pueda aplicarse tanto a Alemania como a Rusia, que pueda
aplicarse a cualquiera de los beligerantes. Y no puede darla, porque toda esta
guerra es la continuación de la política de anexiones, es decir, de conquistas,
de saqueo capitalista por las dos partes, por los dos grupos que hacen la
guerra. Se comprende, por ello, que la cuestión de cuál de estos dos bandidos
desenvaino primero el cuchillo no tiene para nosotros ninguna importancia.
Tomemos la historia de los gastos navales y militares de ambos grupos durante
varios decenios, o la historia de las pequeñas guerras que han sostenido con
anterioridad a la grande. “Pequeñas” porque en ellas perecían pocos europeos;
pero, en cambio, morían centenares de miles de los pueblos oprimidos, a los
cuales ni siquiera consideran pueblos (asiáticos, africanos, ¿son, acaso,
pueblos?). Contra esos pueblos se hacían guerras del siguiente tipo: estaban
inermes y los barrían con fuego de ametralladoras. ¿Son guerras, acaso?
Propiamente hablando, ni siquiera son guerras y se las puede olvidar. Así
enfocan este engaño completo de las masas populares.
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit).
La presente guerra es la
continuación de la política de conquistas, de exterminio de naciones enteras,
de inauditas atrocidades cometidas por alemanes e ingleses en África, por
ingleses y rusos en Persia —no sé cual de ellos más—, por lo que los capitalistas
alemanes les consideraban como enemigos. ¡Ah! ¿Vosotros sois fuertes por ser
ricos? Pero nosotros
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184 Al comienzo de la primera guerra mundial
de 1914-1918, Alemania violó groseramente la neutralidad belga y ocupó Bélgica
con el propósito de utilizar su territorio para asestar el golpe decisivo a
Francia. La ocupación duró hasta el fin de la guerra causando grandes daños a
la economía y arruinando la industria del país.
Después de la derrota de Alemania en 1918, Bélgica fue liberada
somos más fuert es que
vosotros, y por eso tenemos el mismo derecho “sagrado” al saqueo. A esto se
reduce la verdadera historia del capital financiero inglés y alemán durante los
varios decenios que precedieron a la guerra. A esto se reduce la historia de
las relaciones ruso-alemanas, ruso-inglesas y germano-inglesas. Ahí está la
clave para comprender el motivo de la guerra. He ahí por qué no es más que
charlatanería y engaño la leyenda corriente sobre la causa de esta guerra.
Olvidando la historia del capital financiero, la historia de cómo se venía
incubando esta guerra por un nuevo reparto del mundo, se presenta el asunto
así: dos pueblos vivían en paz, y luego unos agredieron y otros se defendieron.
Se olvida toda la ciencia, se olvidan los bancos; se invita a los pueblos a
tomar las armas, se invita a tomar las armas al campesino, el cual ignora qué
es la política. ¡Hay que defender y basta! De razonar así, sería lógico
suspender todos los periódicos, quemar todos los libros y prohibir que se
mencionen en la prensa las anexiones; por esa vía se puede llegar a la
justificación de semejante punto de vista sobre las anexiones.
188
Ellos no pueden decir la verdad sobre las anexiones, porque toda
la historia de Rusia, de Inglaterra y de Alemania, es una guerra continua,
cruenta y despiadada, por las anexiones. En Persia, en África, han hecho
guerras sin cuartel los liberales, los mismos que han apaleado a los
delincuentes políticos en la India por atreverse a formular reivindicaciones
semejantes a aquellas por las que se luchaba en Rusia. También las tropas
coloniales francesas han oprimido a los pueblos. ¡Ahí tenéis la historia precedente,
la verdadera historia del despojo inaudito! ¡Ahí tenéis la política de esas
clases cuya continuación es la guerra actual! Ahí tenéis por qué, en la
cuestión de las anexiones, no pueden dar la respuesta que damos nosotros cuando
decimos: todo pueblo que está unido a otro no por voluntad expresa de la
mayoría, sino por decreto del zar o del gobierno, es un pueblo anexado, un
pueblo conquistado. Renunciar a las anexiones significa conceder a cada pueblo
el derecho a formar un Estado aparte, o a vivir en unión con quienquiera.
Semejante respuesta está completamente clara para todo obrero más o menos
consciente.
En cualquiera de las decenas
de resoluciones que se aprueban, y que se publican, aunque sea en el periódico Zemliá y Volia185,
encontraréis una respuesta mal expresada: no queremos la guerra para dominar a
otros pueblos, luchamos por nuestra libertad; así hablan todos los obreros y
campesinos, expresando de esta forma la opinión del obrero, la opinión del
trabajador acerca de cómo entienden ellos la guerra. Con esto quieren decir: si
la guerra se hiciera en interés de los trabajadores contra los explotadores,
estaríamos a favor de la guerra. También nosotros estaríamos entonces a favor
de la guerra, y ni un solo partido revolucionario podría estar en contra de
semejante guerra. Los autores de esas numerosas resoluciones no tienen razón,
porque se imaginan las cosas como si fueran ellos los que hacen la guerra.
Nosotros, los soldados; nosotros, los obreros; nosotros, los campesinos,
luchamos por nuestra libertad. Jamás olvidaré la pregunta que me hizo uno de
ellos después de un mitin: “¿Por qué está arremetiendo constantemente contra
los capitalistas?
¿Es que yo soy capitalista?
Nosotros somos obreros, defendemos nuestra libertad”. No es verdad, vosotros
peleáis porque obedecéis a vuestro gobierno de capitalistas; la guerra no la
hacen los pueblos, sino los gobiernos. No me sorprende que un obrero o un
campesino que no ha aprendido política, que no ha tenido la suerte o la
desgracia de estudiar los secretos de la diplomacia, el cuadro de este saqueo
financiero (de esta opresión de Persia por Rusia y por Inglaterra, al menos),
no me sorprende que olvide esta historia y pregunte ingenuamente: ¿qué me
importan a mí los capitalistas si el que pelea soy yo? No comprende la ligazón
de la guerra con el gobierno, no comprende que la guerra la hace el gobierno y
que él es un instrumento manejado por el gobierno. Ese obrero o ese campesino
puede llamarse a sí mismo pueblo revolucionario y escribir elocuentes
resoluciones: esto significa ya mucho
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185 "Zemliá y Volia" ("Tierra y Libertad"): diario que
editó en Petrogrado el comité regional del partido eserista desde marzo hasta
octubre de 1917.
para los rusos, pues sólo
hace poco ha empezado a practicarse. Recientemente se publicó una declaración
“revolucionaria” del Gobierno Provisional. Las cosas no cambian por ello.
También otros pueblos, con mayor experiencia que nosotros en el arte de los capitalistas
de engañar a las masas escribiendo manifiestos “revolucionarios”, han batido
hace ya mucho todos los récords del mundo en este terreno. Si tomamos la
historia parlamentaria de la República Francesa desde que ésta es una república
que apoya al zarismo, a lo largo de decenios de esa historia encontraremos
decenas de ejemplos, en los que los manifiestos llenos de las frases más
elocuentes encubrían la política del más abyecto saqueo colonial y financiero.
Toda la historia de la Tercera República Francesa186 es la historia de este saqueo. De esas fuentes ha brotado la
guerra actual. No es resultado de la mala voluntad de los capitalistas, no es
una política equivocada de los monarcas. Sería un error enfocar así las cosas.
No, esta guerra ha sido originada de manera inevitable por ese desarrollo del
capitalismo gigantesco, especialmente del bancario, desarrollo que condujo a
que unos cuatro bancos de Berlín y cinco o seis de Londres dominaran sobre todo
el mundo, se apoderasen de todos los recursos, refrendasen su política
financiera con toda la fuerza armada y, por último, chocasen en una contienda
de ferocidad inaudita debido a que no había ya a dónde ir libremente en plan de
conquista. Uno u otro debe renunciar a la posesión de sus colonias. Y semejantes
cuestiones no se resuelven voluntariamente en este mundo de los capitalistas.
Esto sólo puede resolverse por medio de la guerra. De ahí que sea ridículo
culpar a este o aquel bandido coronado. Esos bandidos coronados son todos
iguales. De ahí también que sea absurdo acusar a los capitalistas de uno u otro
país. Son culpables únicamente de haber establecido semejante sistema. Pero así
se hace de acuerdo con todas las leyes, protegidas por todas las fuerzas del
Estado civilizado. “Tengo pleno derecho a comprar acciones. Todos los
tribunales, toda la policía, todo el ejército permanente y todas las flotas del
mundo protegen este sacrosanto derecho mío a adquirir acciones”. Si se fundan
bancos que manejan centenares de millones de rublos, si estos bancos han
tendido las redes de la expoliación bancaria en el mundo entero y han chocado
en una batalla a muerte, ¿quién es el culpable? ¡Vete a buscarle! El culpable
es el desarrollo del capitalismo durante medio siglo, y no hay más salida que
el derrocamiento de la dominación de los capitalistas y la revolución obrera.
Esta es la respuesta a que ha llegado nuestro partido después de analizar la
guerra, ésta es la razón de que digamos: la sencillísima cuestión de las
anexiones está tan embrollada, los representantes de los partidos burgueses han
mentido tanto que pueden presentar las cosas como si Curlandia no fuese una
anexión de Rusia. Curlandia y Polonia fueron repartidas conjuntamente por esos
tres bandidos coronados. Se las repartieron a lo largo de cien años, arrancaron
pedazos de carne viva y el bandido ruso sacó mayor tajada porque entonces era
más fuerte. Y cuando la joven fiera que participó entonces en el reparto se
transforma en una potencia capitalista fuerte, en Alemania, dice: ¡Repartamos
de nuevo! ¿Queréis conservar lo viejo? ¿Pensáis que sois más fuertes? ¡Midamos
nuestras fuerzas!
189
A eso se reduce esta guerra.
Está claro que ese llamamiento —“¡midamos nuestras fuerzas!”— es únicamente la
expresión de la decenal política de saqueo, de la política de los grandes
bancos. De ahí que nadie pueda decir como nosotros la verdad de las anexiones,
la verdad sencilla y comprensible para cada obrero y cada campesino. De ahí que
la cuestión de los tratados, tan sencilla, sea embrollada con tanta
desvergüenza por toda la prensa. Decís que tenemos un gobierno revolucionario,
que han entrado en ese gobierno revolucionario ministros casi socialistas,
populistas y mencheviques. Pero cuando hablan de la paz sin anexiones, mas a
condición de no puntualizar qué es la paz sin anexiones (y esto significa:
arrebata las anexiones alemanas, pero conserva las propias), nosotros decimos:
¿qué valor pueden tener vuestro ministerio “revolucionario”, vuestras
declaraciones, vuestras manifestaciones de que no queréis una guerra de
conquista si, al mismo tiempo, se invita al
![]()
186
Tercera República Francesa: república burguesa instaurada en
Francia a consecuencia de la revolución de septiembre de 1870. Existió hasta
julio de 1940.
ejército a pasar a la
ofensiva? ¿No sabéis, acaso, que tenéis unos tratados, que los concluyó Nicolás
el Sanguinario de la manera más bandidesca? ¿Es que no sabéis eso? Se puede
perdonar que no sepan eso los obreros, los campesinos, los cuales no han saqueado
ni han leído libros sabios; pero cuando lo predican
demócratas-constitucionalistas instruidos, saben magníficamente lo que
contienen dichos tratados. Estos tratados son “secretos”; sin embargo, la
prensa diplomática de todos los países dice de ellos: “Tú recibirás los
Estrechos; tú, Armenia; tú, Galitzia; tú, Alsacia y Lorena; tú, Trieste, y
nosotros nos repartiremos definitivamente Persia”. Y el capitalista alemán
dice: “Pues yo me apoderaré de Egipto, yo estrangularé a los pueblos europeos,
si no me devolvéis mis colonias, y con intereses”. Las acciones son
inconcebibles sin intereses. Esta es la razón de que el problema de los
tratados, tan sencillo y tan claro, haya originado la gran cantidad de mentiras
escandalosas, inauditas e insolentes que lanzan a raudales todos los periódicos
capitalistas.
Tomad el número de hoy de Dien187. Vodovózov, al que no puede acusarse en
absoluto de bolchevismo, pero que es un demócrata honrado, declara allí: soy
enemigo de los tratados secretos, permítaseme hablar del tratado con Rumania.
Existe un tratado secreto con Rumania, y ese tratado consiste en que Rumania
recibirá toda una serie de pueblos ajenos si pelea al lado de los aliados. Así
son también todos los tratados de los demás aliados. Sin un tratado no se
lanzarían a estrangular a todos. Para conocer el contenido de dichos tratados
no hace falta rebuscar en las revistas especiales. Basta con recordar los
hechos fundamentales de la historia económica y diplomática. Porque es sabido
que Austria se orientó durante decenios hacia los Balcanes para estrangular allí...
Y si han chocado en la guerra es porque no podían dejar de chocar. Y ésa es la
razón de que los ministros, el antiguo, Miliukov, y el actual, Teréschenko (uno
en el gobierno sin ministros socialistas y otro con varios ministros casi
socialistas), en respuesta a todos los llamamientos de las masas populares,
cada día más insistentes, de que se publiquen los tratados secretos, declaren:
la publicación de los tratados significaría el rompimiento con los aliados.
Sí, no se pueden publicar
los tratados porque todos formáis parte de una misma pandilla de bandoleros.
Estamos de acuerdo con Miliukov y Teréschenko en que es imposible publicar los
tratados. De ahí se pueden deducir dos conclusiones distintas. Si estamos de
acuerdo con Miliukov y Teréschenko en que es imposible publicar los tratados,
¿qué se deduce de ello? Si es imposible publicar los tratados, hay que ayudar a
los ministros capitalistas a continuar la guerra. La otra deducción es la
siguiente: como es imposible que los propios capitalistas publiquen los
tratados, hay que derribar a los capitalistas. Os propongo que decidáis
vosotros mismos cuál de las dos deducciones consideráis más acertada, pero os
invito a que reflexionéis sin falta sobre las consecuencias. De razonar como lo
hacen los ministros populistas y mencheviques resultará lo siguiente: puesto
que el gobierno dice que es imposible publicar los tratados, hay que lanzar un
nuevo manifiesto. El papel no es todavía tan caro que no se puedan escribir
nuevos manifiestos. Escribiremos un nuevo manifiesto y llevaremos a cabo la
ofensiva. ¿Para qué? ¿Con qué fines? ¿Quién va a disponer de esos fines? Se
exhorta a los soldados a aplicar los expoliadores tratados con Rumania y
Francia. Enviad este artículo de Vodovózov al frente y lamentaos después: todo
eso son cosas de los bolcheviques, son, sin duda, los bolcheviques quienes han
inventado ese tratado con Rumania. Pero entonces no habrá solamente que hacer
la vida imposible a Pravda, habrá que
desterrar incluso a Vodovózov por haber estudiado la historia, habrá que quemar
todos los libros de Miliukov, inauditamente peligrosos. Probad a abrir
cualquier libro del jefe del partido de la “libertad popular”188 y ex ministro de Negocios Extranjeros. Son buenos libros.
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187 "Dien" ("El Día"): diario de tendencia burguesa
liberal. Se publicó en San Petersburgo desde 1912. En el periódico colaboraban
los mencheviques liquidadores, a cuyas manos pasó por completo después de la
Revolución democrática burguesa de febrero de 1917. Clausurado por el Comité
Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado el 26 de octubre (8 de
noviembre) de 1917
188 Véase la nota 40
¿De qué hablan? De que Rusia
tiene “derecho” a los Estrechos, a Armenia, Galitzia y Prusia Oriental. Lo ha
repartido todo, incluso ha adjuntado un mapa. No sólo habrá que mandar a
Siberia a los bolcheviques y a Vodovózov por escribir tales artículos revolucionarios;
también habrá que quemar los libros de Miliukov, porque si se reúnen ahora unas
citas de estos libritos y se envían al frente, no se encontrará ni una sola
proclama incendiaria que produzca un efecto tan incendiario.
190
Me resta, de acuerdo con el
breve plan que me he trazado para la charla de hoy, tocar la cuestión del
“defensismo revolucionario”. Creo que, después de cuanto he tenido el honor de
informaros, podré ser corto al hablar de esta cuestión.
Se denomina “defensismo
revolucionario” al encubrimiento de la guerra invocando que hemos hecho la
revolución, que somos un pueblo revolucionario, una democracia revolucionaria.
Pero ¿qué responderemos a eso? ¿Qué revolución hemos hecho? Hemos derrocado a
Nicolás. La revolución no ha sido muy difícil si se la compara con una
revolución que hubiese derrocado a toda la clase de los terratenientes y
capitalistas. ¿Quién ha subido al poder después de nuestra revolución? Los
terratenientes y los capitalistas, los mismos que se encuentran en el poder en
Europa desde hace mucho tiempo. Allí hubo revoluciones como ésta hace cien
años, allí se encuentran en el poder desde hace mucho los Teréschenko, los
Miliukov y los Ronoválov y es lo de menos si pagan o no la lista civil189 a sus régulos o se pasan sin este renglón de lujo. Lo mismo en
la república que en la monarquía, un banco sigue siendo un banco, y si se
invierten centenares de capitales en concesiones, las ganancias siguen siendo
ganancias. Si algún país salvaje se atreve a desobedecer a nuestro capital
civilizado, que organiza bancos tan magníficos en las colonias, en África y en
Persia; si algún pueblo salvaje desobedece a nuestro banco civilizado, enviamos
tropas que implantan la cultura, el orden y la civilización, como lo hizo
Liájov en Persia, como lo hicieron las tropas “republicanas” francesas, que
exterminaron con igual ferocidad a los pueblos de África. ¿No es igual, acaso?
Es el mismo “defensismo revolucionario”, sólo que manifestado por las grandes
masas populares inconscientes, que no ven los vínculos de la guerra con el
gobierno, que ignoran que esta política ha sido refrendada por los tratados.
Los tratados siguen existiendo, los bancos siguen existiendo, las concesiones
siguen existiendo. En Rusia se encuentran en el gobierno los mejores hombres de
su clase, pero ello no ha hecho cambiar absolutamente en nada el carácter de la
guerra mundial. El nuevo “defensismo revolucionario” no significa otra cosa que
encubrir, con el gran concepto de revolución, la guerra sucia y sangrienta por
culpa de sucios y repugnantes tratados.
La revolución rusa no ha
modificado el carácter de la guerra, pero ha creado organizaciones que no hay
ni ha habido en ningún país en la mayoría de las revoluciones de Occidente. La
mayoría de las revoluciones se limitaron a que saliera de ellas un nuevo
gobierno semejante al de nuestros Teréschenko y Konoválov, mientras que el país
permanecía en la pasividad y la desorganización. La revolución rusa ha ido más
lejos. En este hecho se encuentra el germen de que pueda vencer a la guerra.
Este hecho consiste en que, además del gobierno de ministros “casi
socialistas”, del gobierno de la guerra imperialista, del gobierno de la
ofensiva, del gobierno ligado al capital anglo-francés; en que, además de eso e
independientemente de eso, tenemos en toda Rusia una red de Soviets de
diputados obreros, soldados y campesinos. He ahí la revolución que no ha dicho
todavía su última palabra. He ahí la revolución que no ha habido, en
condiciones semejantes, en Europa Occidental. He ahí las organizaciones de las
clases que no necesitan efectivamente las anexiones, que no han depositado
millones en los bancos y que, sin duda, no están interesadas en si se han
repartido equitativamente Persia el coronel ruso Liájov y el embajador liberal
inglés. En eso está la garantía de que esta revolución puede ir más lejos. La
garantía está en que las clases no
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189 Lista
civil: parte del
presupuesto nacional, en las monarquías constitucionales, destinada a los
gastos personales del monarca y al mantenimiento de su Corte
interesadas de verdad en las
anexiones han sabido crear organizaciones en las que se hallan representadas
las masas de las clases oprimidas; han sabido crearlas, a pesar de toda su
excesiva confianza en el gobierno de los capitalistas, a pesar de ese terrible
embrollo, de ese terrible fraude que implica el concepto mismo de “defensismo
revolucionario”, a pesar de que apoyan el empréstito, de que apoyan al gobierno
de la guerra imperialista. Esas organizaciones son los Soviets de diputados
obreros, soldados y campesinos, que en numerosísimas localidades de Rusia han
ido mucho más lejos en su labor que en Petrogrado. Y es completamente natural,
porque en Petrogrado tenemos el órgano central de los capitalistas.
Y cuando Skóbeliev dijo ayer
en su discurso: Nos apoderaremos de todos los beneficios, tomaremos el 100%,
exageró, exageró al estilo ministerial. Si leéis el periódico Riech de hoy, veréis cómo fue acogido
este pasaje del discurso de Skóbeliev. Allí se dice: “¡Pero eso es el hambre,
es la muerte, el 100% significa todo!” El ministro Skóbeliev va más lejos que
el bolchevique más extremista. Es una calumnia decir que los bolcheviques somos
los más izquierdistas. El ministro Skóbeliev es mucho más “izquierdista”. A mí
se me insulto con las palabras más soeces, diciendo que había propuesto poco
menos que desnudar a los capitalistas. Por lo menos, Shulguín dijo: “¡Que nos
desnuden!” Imaginaos a un bolchevique que se acerca al ciudadano Shúlguín y
empieza a desnudarlo. Podría haber acusado de eso con mayor éxito al ministro
Skóbeliev. Nosotros jamás hemos ido tan lejos. Jamás hemos propuesto tomar el
100% de los beneficios.
191
De todos modos, esta promesa es valiosa. Si tomáis la resolución
de nuestro partido, veréis que en ella proponemos, en forma más argumentada, lo
mismo que propuse yo. Debe establecerse el control sobre los bancos y, después,
un justo impuesto de utilidades. ¡Y nada más! Skóbeliev propone tomar cien
kopeks de cada rublo. No hemos propuesto ni proponemos nada semejante. Y el
propio Skóbeliev ha exagerado, simplemente. No se propone en serio hacer eso. Y
si se lo propone, no podrá hacerlo, por la sencilla razón de que prometer eso
después de haberse hecho amigo de Teréschenko y Konoválov resultará un poco
ridículo. Se puede tomar de los millonarios el ochenta o el noventa por ciento
de las ganancias, pero no yendo del brazo de tales ministros. Si el poder lo tuvieran
los Soviets de diputados obreros y soldados, lo tomarían, efectivamente; mas,
aun así, no todo: no lo necesitan. Tomarían una gran parte de las ganancias.
Ningún otro poder público puede hacerlo. Y en cuanto al ministro Skóbeliev, él
puede tener lo mejores deseos. Conozco desde hace varios decenios esos
partidos, llevo ya treinta años en el movimiento revolucionario. Por eso, lo
que menos se me ocurre es dudar de sus buenas intenciones. Mas no se trata de
eso, no se trata de sus buenas intenciones. El infierno está empedrado de
buenas intenciones. Y todas las oficinas están llenas de papeles firmados por
los ciudadanos ministros, sin que por ello hayan cambiado las cosas. ¡Empiecen,
si quieren implantar el control, empiecen! Nuestro programa es tal que, al leer
el discurso de Skóbeliev, podemos decir: no exigimos nada más. Somos mucho más
moderados que el ministro Skóbeliev. El propone el control y el 100%. Nosotros
no queremos tomar el 100% y decirnos: “Hasta que no empiecen a hacer algo no
les creemos”. En eso consiste la diferencia entre ellos y nosotros: en que
nosotros no creemos en las palabras ni en las promesas y no aconsejamos a los
demás que crean. La experiencia de las repúblicas parlamentarias nos enseña que
no se pueden creer las declaraciones de papel. Si quieren el control, hay que
empezarlo. Es suficiente un solo día para promulgar la ley que establezca ese
control. El Soviet de empleados de cada banco, el Soviet de obreros de cada
fábrica y cada partido tendrán derecho de control. ¡Eso es imposible, se nos
dirá, eso es secreto comercial, es la sacrosanta propiedad privada! Bien, como
quieran, elijan una de las dos cosas. Si quieren proteger todos esos libros,
cuentas y operaciones de los trusts, no hay por qué charlatanear del control,
no hay por qué decir que el país perece.
La situación en Alemania es
todavía peor. En Rusia se puede conseguir pan, en Alemania es imposible. En
Rusia se pueden hacer muchas cosas con organización. En Alemania no se puede
hacer ya nada. No hay ya pan y el perecimiento de todo el pueblo es inevitable.
Ahora se escribe que Rusia está a punto de perecer. Si esto es así, proteger la
“sacrosanta” propiedad privada constituye un crimen. Y por ello, ¿qué
significan las palabras sobre el control? ¿Se han olvidado, acaso, que también
Nicolás Románov escribió mucho acerca del control? En sus documentos
encontrarán mil veces las palabras control estatal, control social y
nombramiento de senadores. Los industriales han saqueado toda Rusia en los dos
meses transcurridos después de la revolución. El capital ha amasado centenares
de porcentajes de beneficio, cada balance lo prueba. Y cuando los obreros, en
dos meses de revolución, han tenido la “insolencia” de decir que quieren y
vivir como personas, toda la prensa capitalista del país ha empezado a aullar.
Cada número de Reich es un aullido salvaje proclamando que los obreros saquean
el país, en tanto que nosotros prometemos únicamente el control contra los
capitalistas. ¿No se puede prometer menos y hacer más? Si lo que quieren es un
control burocrático, un control a través de organismos como los de antes,
nuestro partido expresa su profundo convencimiento de que no se les puede
apoyar en esta empresa, aunque allá, en el gobierno, hubiera una docena de
ministros populistas y mencheviques en vez de media docena. El control puede
efectuarlo únicamente el pueblo mismo. Ustedes deben organizar el control —
Soviets de empleados de la banca, Soviets de ingenieros, Soviets de obreros— y
empezarlo mañana mismo. Hay que exigir responsabilidades a cada funcionario,
bajo amenaza de sanciones penales, en el caso de que facilite datos falsos a
cualquiera de estos organismos. Esté en juego la vida del país. Querernos saber
cuánto trigo hay, cuántas materias primas y cuánta mano de obra existen y cómo
emplearlos.
Paso a la última cuestión:
cómo poner fin a la guerra. Se nos atribuye el absurdo de querer una paz por
separado. Los bandidos capitalistas alemanes dan pasos hacia la paz, diciendo:
te daré un pedacito de Turquía y Armenia si tú me das tierras metalíferas. ¡De
eso hablan los diplomáticos en cada ciudad neutral! Eso lo sabe todo el inundo,
aunque se encubran con frases diplomáticas convencionales. Para eso son
diplomáticos: para hablar en un lenguaje diplomático. ¡Qué insensatez decir que
somos partidarios de poner fin a la guerra con una paz por separado! Terminar
mediante la renuncia a las hostilidades por una de las partes beligerantes una
guerra que hacen los capitalistas de todas las potencias más ricas, una guerra
engendrada por la historia decenal del desarrollo económico, es tan estúpido
que nos parece ridículo incluso refutarlo. Y si hemos escrito especialmente una
resolución para refutarlo es porque tenemos en cuenta a las grandes masas, a
las que se lanzan calumnias contra nosotros. Pero de esto ni siquiera cabe
hablar en serio.
192
Es imposible poner fin a la
guerra que hacen los capitalistas de todos los países sin llevar a cabo la
revolución obrera contra esos capitalistas. Mientras el control no pase del
terreno de las frases al terreno de los hechos, mientras el gobierno de los
capitalistas no sea sustituido con el gobierno del proletariado revolucionario,
el gobierno estará condenado a decir únicamente: perecemos, pereceremos,
pereceremos. En la “libre” Inglaterra se encarcela ahora a los socialistas
porque dicen lo mismo que yo. En Alemania está en la cárcel Liebknecht, que ha
dicho lo mismo que digo yo; en Austria esté encarcelado Federico Adler (quizá
lo hayan ejecutado ya), que ha dicho lo mismo por medio de un revólver. Las
masas obreras de todos los países simpatizan con esos socialistas, y no con los
que han desertado al campo de sus capitalistas. La revolución obrera crece en
el mundo entero. Naturalmente, en otros países le es más difícil. Allí no hay
medio locos como Nicolás y Rasputin. Allí están al frente de la administración
pública los mejores hombres de su clase. Allí no existen condiciones para una
revolución contra la autocracia, allí existe ya el gobierno de la clase
capitalista. Y son los representantes de más talento de esta clase los que
gobiernan allí desde hace mucho. De allí que la revolución, aunque no haya
llegado todavía, sea allí inevitable por muchos revolucionarios que caigan,
aunque caiga Federico Adler, aunque caiga Carlos
Liebknecht. El futuro les
pertenece y los obreros de todos los países les apoyan. Y los obreros de todos
los países deben triunfar.
En cuanto a la entrada de
Norteamérica en la guerra, he de deciros lo siguiente. Se invoca el hecho de
que en Norteamérica hay democracia, de que allí existe la Casa Blanca. Yo digo:
la esclavitud fue abolida hace medio siglo. La guerra contra la esclavitud
finalizó en 1865. Pero desde entonces han aparecido allí los multimillonarios,
que tienen en su puño financiero a toda Norteamérica, preparan la
estrangulación de México y llegarán a una guerra inevitable con el Japón por el
reparto del Océano Pacífico. Esta guerra se está gestando desde hace ya varios
decenios. Todas las publicaciones hablan de ella. Y el objetivo real de la
entrada de Norteamérica en la guerra es prepararse para la futura guerra con el
Japón. El pueblo norteamericano, no obstante, goza de una libertad
considerable, y es difícil suponer que soporte el servicio militar obligatorio,
la creación de un ejército para determinados fines de conquista, para la lucha
con el Japón, por ejemplo. Los norteamericanos ven en el ejemplo de Europa a dónde
conduce eso. Y los capitalistas norteamericanos han necesitado intervenir en
esta guerra para contar con un pretexto que les permita crear un fuerte
ejército permanente, ocultándose tras los altos ideales de la lucha por los
derechos de las pequeñas naciones.
Los campesinos se niegan a
entregar trigo a cambio de dinero y exigen aperos, calzado y ropa. Esta
decisión encierra una parte inmensa de verdad extraordinariamente profunda. En
efecto, el país ha llegado a una ruina tal que en Rusia se observa, aunque en
menor grado, lo que ocurre hace ya mucho en otros países: el dinero ha perdido
su poder. La marcha de los acontecimientos socava hasta tal extremo la
dominación del capitalismo que los campesinos, por ejemplo, se niegan a aceptar
el dinero. Dicen: “¿Para qué lo queremos?” Y tienen razón. La dominación del
capitalismo no se ve socavada porque alguien quiera conquistar el poder. La
“conquista” del poder sería un disparate. Sería imposible acabar con la
dominación del capitalismo si no condujese a ello todo el desarrollo económico
de los países capitalistas. La guerra ha acelerado este proceso, y eso ha hecho
imposible el capitalismo. No habría fuerza capaz de destruir el capitalismo si
no lo socavara y horadara la historia.
He aquí un ejemplo
patentísimo. Ese campesino expresa lo que observan todos: el poder del dinero
ha sido minado. La única salida de esta situación es que los Soviets de
diputados obreros y campesinos acuerden dar aperos, calzado y ropa a cambio de
trigo. Hacia eso marchan las cosas, ésa es la respuesta que sugiere la vida.
Sin eso, decenas de millones de personas deberán seguir hambrientas, descalzas
y desnudas. Decenas de millones de personas se hallan a punto de perecer y en
esa situación no cabe proteger los intereses de los capitalistas. La única
salida está en el paso de todo el poder a los Soviets de diputados obreros,
soldados y campesinos, que representan a la mayoría de la población. Es posible
que al proceder así se cometan errores. Nadie asegura que se pueda realizar de
golpe una obra tan difícil. Nosotros no afirmamos nada semejante. Se nos dice:
queremos que el poder se encuentre en manos de los Soviets, pero éstos no
quieren. Nosotros decimos que la experiencia de la vida les sugerirá, y lo verá
todo el pueblo, que no hay otra salida. No queremos “conquistar” el poder, pues
la experiencia de todas las revoluciones enseña que sólo es firme el poder que
se apoya en la mayoría de la población. Por eso, la “conquista” del poder sería
una aventura, y nuestro partido no se lanzaría a ella. Si llega a existir un
gobierno de la mayoría, quizá aplique una política que resulte equivocada en
los primeros momentos, pero no hay otra salida. Entonces se producirá un cambio
pacífico de la orientación de la política dentro de esas mismas organizaciones.
No se pueden inventar otras organizaciones. Por eso decimos que es imposible
imaginarse otra solución del problema.
193
¿Cómo poner fin a la guerra?
¿Qué haríamos si el Soviet de diputados obreros y soldados asumiera el poder y
los alemanes continuasen la guerra? Quienes se interesan por los puntos de
vista de nuestro partido habrán podido leer días atrás en nuestro periódico Pravda una
cita exacta de lo que
decíamos, todavía en el extranjero, en 1915: si la clase revolucionaria de
Rusia, la clase obrera, sube al poder, deberá proponer la paz. Y si los
capitalistas de Alemania o de cualquier otro país, el que sea, responden con
una negativa a nuestras condiciones, toda la clase obrera será partidaria de la
guerra. No proponemos acabar la guerra de golpe. No lo prometemos. No
propugnamos algo tan imposible e irrealizable como la terminación de la guerra
por voluntad de una de las partes. Esas promesas son fáciles de hacer, pero
imposibles de cumplir. No se puede salir fácilmente de esta guerra horrible. Se
combate ya tres años. Combatiréis diez años, o iréis a una revolución difícil y
dura. No hay otra salida. Nosotros decimos: la guerra empezada por los
gobiernos de los capitalistas sólo puede terminarla la revolución obrera. Quien
se interesa por el movimiento socialista que lea el Manifiesto de Basilea de
1912, aprobado unánimemente por todos los partidos socialistas del mundo; el
manifiesto que publicamos en nuestro Pravda
y que hoy es imposible publicar en ningún país beligerante, ni en la Inglaterra
“libre”, ni en la Francia republicana, porque en él se decía la verdad acerca
de la guerra antes incluso de que ésta empezara. En él se decía: será una
guerra entre Inglaterra y Alemania debida a la rivalidad entre los
capitalistas. En él se decía: se irá acumulado tanta pólvora que las armas
dispararán solas. En el manifiesto se explicaba por qué habría guerra y que
ésta habría de conducir a la revolución proletaria. Por eso decimos a los
socialistas firmantes de este manifiesto que se han puesto al lado de sus
gobiernos capitalistas: habéis traicionado el socialismo. Los socialistas se
han dividido en todo el mundo. Unos están en los ministerios; otros, en las
cárceles. En el mundo entero, una parte de los socialistas propugna la
preparación de la guerra; otra como Eugenio Debs, el Bebel norteamericano, que
goza de un respeto inmenso entre los obreros norteamericanos, dice: “Aunque me
fusilen no daré ni un solo centavo para esta guerra. Estoy dispuesto a combatir
únicamente a favor de la guerra del proletariado contra los capitalistas del
mundo entero”. Así se han dividido los socialistas en todo el orbe. Los
socialpatriotas de todo el mundo creen que defienden la patria. Se equivocan:
defienden los intereses de un puñado de capitalistas contra otro. Nosotros
preconizamos la revolución proletaria, la única causa justa por la que decenas
de hombres han subido al cadalso y centena y miles se encuentran en las
cárceles. Estos socialistas encarcelados son la minoría, pero les apoya la
clase obrera, les apoya el desarrollo económico. Todo eso nos prueba que no hay
otra salida. Esta guerra sólo puede terminarse por medio de la revolución
obrera en varios países. Pero, entre tanto, debemos preparar esa revolución,
apoyarla. Mientras era el zar quien hacía la guerra, el pueblo ruso, a pesar de
todo su odio a la guerra y de toda su voluntad de conseguir la paz, sólo pudo
luchar contra la guerra preparando la revolución contra el zar y el
derrocamiento del zar. Y así fue. La historia os lo confirmó ayer y os lo
confirmará mañana. Hace ya mucho que dijimos: hay que ayudar a la creciente
revolución rusa. Lo dijimos a fines de 1914. Por decirlo, nuestros diputados a
la Duma fueron desterrados a Siberia. Pero se nos decía: “No dais una
respuesta. ¡Habláis de la revolución cuando han cesado las huelgas, cuando los
diputados están en presidio, cuando no se publica ni un solo periódico!” Y se
nos acusaba de que rehuíamos la respuesta. Oímos esas acusaciones, camaradas,
durante muchos años. Y respondíamos: podéis indignaros, pero mientras el zar no
sea derrocado, no se podrá hacer nada contra la guerra. Y nuestra predicción se
ha confirmado. No se ha cumplido plenamente todavía, pero ha empezado ya a
cumplirse. La revolución comienza a cambiar el carácter de la guerra por parte
de Rusia. Los capitalistas prosiguen aún la guerra, y nosotros decimos: la
guerra no podrá cesar hasta que no llegue la revolución obrera en varios
países, pues siguen en el poder hombres que quieren esta guerra. Se nos dice:
“Todo parece dormido en una serie de países. En Alemania, todos los socialistas
están unánimemente a favor de la guerra; Liebknecht es el único que está en
contra”. Yo respondo: este Liebknecht, único, representa a la clase obrera,
sólo en él, en sus partidarios, en el proletariado alemán está la esperanza de
todos. ¿No lo creéis? ¡Continuad la guerra! No hay otro camino. ¡Si no creéis
en Liebknecht, si no creéis en la
revolución de los obreros,
en la revolución que está madurando; si no creéis en eso, creed a los
capitalistas!
En esta guerra no triunfará
nadie, excepto la revolución obrera en varios países. La guerra no es un
juguete, la guerra es una cosa inaudita, cuesta millones de víctimas y no es
tan fácil terminarla.
Los soldados que están en el
frente no pueden separar el frente y el Estado y buscar una salida a su manera.
Lo soldados que están en el frente son una parte del país. Mientras el Estado
guerree, sufrirá también el frente. No hay nada que hacer. La guerra ha sido
provocada por las clases dominantes y la terminará únicamente la revolución de
la clase obrera. De cómo se desarrolle la revolución depende el que recibáis
pronto la paz. Por sensibles que sean las cosas que se afirmen, por mucho que
os digan: “Pongamos fin a la guerra inmediatamente”, ese fin es imposible sir
el desarrollo de la revolución. Cuando el poder pase a lo Soviets de diputados
obreros, soldados y campesinos, los capitalistas se manifestarán en contra de
nosotros: el Japón en contra; Francia, en contra; Inglaterra, en contra; se
manifestarán en contra los gobiernos de todos los países. Los capitalistas
estarán en contra de nosotros; los obreros, a nuestro favor. Y entonces llegará
el fin de la guerra que empezaron los capitalistas. Tal es la respuesta a la
pregunta de cómo poner fin a la guerra.
Publicado por vez
primera el 23 de abril de 1929, en el núm. 93 del periódico “Pravda”.
T. 32, págs. 77-102.
¿Ha desaparecido la dualidad de poderes?
195
¿HA DESAPARECIDO LA
DUALIDAD DE PODERES?
No. La dualidad de poderes
continúa. El problema cardinal de toda revolución, el problema del poder del
Estado, sigue pendiente en una situación indefinida, inestable y de manifiesta
transición.
Comparad los periódicos
ministeriales, por ejemplo, Riech, de
una parte, e Izvestia. Dielo Naroda y Rabóchaya Gazeta, de otra. Examinad los comunicados oficiales,
pobres, por desgracia demasiado
pobres, acerca de lo que se hace en las reuniones del Gobierno Provisional y de
cómo “aplaza” éste la discusión de los problemas más esenciales, impotente para
tomar un rumbo determinado. Leed con atención la resolución aprobada el 16 de
mayo por el Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y soldados sobre el
problema más esencial, más importante —medidas para combatir la ruina y la
inminente catástrofe que amenaza— y os convenceréis de la más completa
intangibilidad de la dualidad de poderes.
Todos reconocen que el país
se acerca con enorme rapidez a la catástrofe, pero se desentienden del problema
con evasivas.
¿No es una evasiva que una
resolución sobre el problema de la catástrofe, adoptada en un momento como el
que vivimos, se limite a acumular comisiones sobre comisiones, departamentos
sobre departamentos y subdepartamentos sobre subdepartamentos? ¿No es una
evasiva que ese mismo Comité Ejecutivo apruebe una resolución, en la que sólo
hay también buenos deseos, sobre el escandaloso e inaudito asunto de los
industriales hulleros del Donets, convictos de desorganización consciente de la
producción? Fijar los precios, regular las ganancias, establecer el salario
mínimo, emprender la creación de trusts controlados por el Estado... ¿a través
de quién? ¿Cómo? ¡“A través de las instituciones centrales y locales de la
cuenca del Donets-Krivói Rog. Estas instituciones deben tener un carácter
democrático y estar compuestas de representantes de los obreros, de los
patronos, del gobierno y de las organizaciones revolucionarias democráticas”!
Sería cómico si no fuese trágico.
Porque se sabe a ciencia
cierta que semejantes instituciones “democráticas”, tanto en las localidades
como en Petrogrado (el propio Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros
y soldados), han existido y existen, pero son incapaces de hacer absolutamente
nada. Desde fines de marzo —¡de marzo!— se vienen celebrando reuniones de los
obreros y los industriales del Donets. Ha transcurrido más de mes y medio. ¡El
resultado es que los obreros del Donets se ven obligados a reconocer que los
industriales desorganizan conscientemente la producción!
¡Y de nuevo se obsequia al
pueblo con promesas, comisiones, reuniones de representantes de los obreros y
los industriales (¿paritarias quizá?), empezando una y otra vez el cuento de
nunca acabar!
La raíz del mal está en la
dualidad de poderes. La raíz del error de los populistas y mencheviques está en
que no comprenden la lucha de clases, la cual quieren sustituir, ocultar o
conciliar por medio de frases, promesas, evasivas y comisiones “con participación”
de representantes... ¡de ese mismo gobierno basado en la dualidad de poderes!
Los capitalistas se han
enriquecido escandalosamente, de manera inaudita, durante la guerra. Cuentan
con la mayoría en el gobierno. Quieren el poder omnímodo desde el punto de
vista de su situación de clase, tienen forzosamente que tratar de conseguirlo y
defenderlo.
¿Ha desaparecido la dualidad de poderes?
Las masas obreras, que
constituyen la mayoría gigantesca de la población, que tienen los Soviets en
sus manos, que sienten su fuerza como mayoría, que ven por doquier promesas de
“democratización” de la vida, que saben que la democracia es la dominación de
la mayoría sobre la minoría (y no al
revés , como quieren los capitalistas), que tratan de mejorar sus
condiciones de vida sólo desde el comienzo de la revolución —y no en todas
partes— y no desde el comienzo de la guerra; las masas obreras no pueden dejar
de aspirar al poder omnímodo del pueblo, es decir, de la mayoría de la
población, o sea, a la solución de los problemas por la mayoría obrera contra
la minoría capitalista, y no mediante un “acuerdo” de la mayoría con la minoría
La dualidad de poderes
continúa. El gobierno de los capitalistas sigue siendo el gobierno de los
capitalistas, a pesar de su apéndice de populistas y mencheviques en forma de
minoría. Los Soviets siguen siendo la organización de la mayoría. Los líderes populistas
y mencheviques se agitan impotentes, deseando nadar entre dos aguas.
196
Pero la crisis aumenta. Se
ha llegado al extremo de que los capitalistas de la industria hullera cometan crímenes increíblemente descarados, de
que desorganicen y paren la
producción. Crece el desempleo. Se habla de lock-outs. En realidad, los
lock-outs empiezan precisamente bajo
la forma de desorganización de la producción por los capitalistas (pues el
carbón es el pan de la industria),
precisamente bajo la forma de creciente paro forzoso.
Toda la responsabilidad por
esta crisis y por la catástrofe que se avecina recae sobre los líderes
populistas y mencheviques. Porque precisamente ellos son en la actualidad los
líderes de los Soviets, es decir, de la mayoría. Es ineluctable que la minoría
(los capitalistas) no desee someterse a la mayoría. Quien no haya olvidado lo
que enseñan la ciencia y la experiencia de todos los países, quien no haya
olvidado la lucha de clases, no esperará crédulamente un “acuerdo” con los
capitalistas en un problema tan cardinal, tan candente.
La mayoría de la población,
es decir, los Soviets, o sea, los obreros y los campesinos, tendría la plena
posibilidad de salvar la situación, de impedir que los capitalistas
desorganicen y paralicen la producción y de ponerla inmediatamente, de verdad,
bajo su propio control, si no se
aplicara lo política “conciliadora” de los líderes populistas y mencheviques.
Sobre estos últimos recae la plena responsabilidad por la crisis y por la
catástrofe.
Pero no hay otra salida que la decisión de la mayoría de obreros y
campesinos contra la minoría de capitalistas. Ninguna dilación ayudará: no hará
más que agravar la enfermedad.
Desde el punto de vista del
marxismo, la “política de conciliación” de los líderes populistas y
mencheviques es una manifestación de las vacilaciones de la pequeña burguesía,
que teme confiar en los obreros, que teme romper con los capitalistas. Estas vacilaciones
son inevitables, de la misma manera que es inevitable nuestra lucha, la lucha
del partido proletario, por vencer las vacilaciones, por explicar al pueblo la
necesidad de restablecer, organizar y aumentar la producción contra los
capitalistas.
No hay otra salida. O
retroceder hacia el poder omnímodo de los capitalistas, o avanzar hacia la
democracia de verdad, hacia la decisión por la mayoría. La actual dualidad de
poderes no puede durar mucho tiempo.
“Pravda”, núm. 62, 2
de junio (20 de mayo) de 1917.
T. 32, págs. 127-130.
I Congreso de los Sovites de Diputados Obreros y Soldados de
toda Rusia
197
I
CONGRESO DE LOS SOVIETS DE DIPUTADOS OBREROS Y SOLDADOS DE TODA RUSIA
3-24 de junio (16 de Junio — 7 de julio) de 1917
I.
Discurso acerca de la actitud hacia el gobierno provisional, 4 (17) de junio.
Camaradas: dado el escaso
tiempo de que dispongo, sólo podré detenerme —y creo que es lo mejor— en los
problemas de principio planteados por el informante del Comité Ejecutivo y por
los oradores que le siguieron.
El primero y fundamental problema que se nos planteó fue el de que es esta asamblea a la que asistimos,
qué son estos Soviets reunidos ahora en el Congreso de toda Rusia, y qué es
esta democracia revolucionaria, de la cual se habla tanto aquí para ocultar el
hecho de que no se la comprende en absoluto y se la rechaza por completo. Pues
hablar de democracia revolucionaria en el Congreso de los Soviets de toda Rusia
y velar el carácter de esta institución, su composición de clase y su papel en
la revolución, no decir una palabra sobre esto y reivindicar no obstante el
título de demócratas, es realmente algo extraño. Se nos esboza el programa de
una república burguesa parlamentaria, tipo de programa que ha habido en toda
Europa Occidental; se nos esboza un programa de reformas reconocidas hoy por
todos los gobiernos burgueses, incluso el nuestro, y se nos habla a la vez de
democracia revolucionaria. ¿Y ante quién se habla? Ante los Soviets. Pero ¿es
que hay un país en Europa, pregunto yo, un país burgués, democrático,
republicano, donde exista algo parecido a estos Soviets? Necesariamente tendrán
que responder que no, que no lo hay. En ninguna parte existe, ni puede existir,
una institución semejante, pues, una de dos: o bien un gobierno burgués con “planes” de reforma como los que se
nos ha esbozado, que fueron propuestos decenas de veces en todos los países y
quedaron en el papel, o bien la
institución de que ahora se trata, el “gobierno” de nuevo tipo creado por la
revolución y del que sólo pueden encontrarse ejemplos en la época de los más
grandes ascensos revolucionarios, como en Francia en 1792 y en 1871, o en Rusia
en 1905. Los Soviets son una institución que no existe en ninguno de los
Estados burgueses parlamentarios de tipo corriente, ni puede coexistir con un
gobierno burgués. Son ese tipo nuevo y más democrático de Estado al que
nosotros, en las resoluciones de nuestro partido, hemos llamado república
democrática proletario-campesina, en que el poder pertenece exclusivamente a
los Soviets de diputados obreros y soldados. Es erróneo creer que se trata de
un problema teórico; es erróneo imaginar que puede ser eludido; es erróneo
alegar que actualmente coexisten, con los Soviets de diputados obreros y
soldados, instituciones de tal o cual carácter. Sí, es cierto, coexisten. Pero
precisamente eso es lo que engendra un sinfín de errores, de conflictos y
rozamientos. Y precisamente por eso el primer ascenso, el primer avance de la
revolución rusa ha cedido su puesto al estancamiento y al retroceso que hoy observamos
en nuestro gobierno de coalición, en toda su política interior y exterior, en
relación con la ofensiva imperialista que se está preparando.
Una de dos: o el gobierno
burgués corriente, en cuyo caso son inútiles los Soviets de campesinos,
obreros, soldados y otros, y serán disueltos por los generales, por esos
generales contrarrevolucionarios
I Congreso de los Sovites de Diputados Obreros y Soldados de
toda Rusia
que tienen en sus manos las fuerzas armadas y no prestan la
menor atención a los bellos discursos del ministro Kerenski, o morirán
ignominiosamente. Para esas instituciones no hay otra alternativa. No pueden
retroceder ni estancarse. Sólo pueden existir si avanzan. Ese es el tipo de
Estado que no inventaron los rusos, sino que promovió la revolución, porque la
revolución no puede triunfar de otro modo. Dentro del Consejo de los Soviets de
toda Rusia, los rozamientos y la lucha de los partidos por el Poder son
inevitables. Peto eso será la superación de los posibles errores e ilusiones
por la propia experiencia política de las masas (agitación en la sala) y no por los discursos de los ministros,
quienes se refieren a lo que dijeron ayer, a lo que escribirán mañana o a lo
que prometerán pasado mañana. Esto, camaradas, es ridículo desde el punto de
vista de la institución creada por la revolución rusa y que está hoy ante el
dilema: ser o no ser. Los Soviets no pueden seguir existiendo como hasta hoy.
¡Se reúne a personas adultas, obreros y campesinos, para aprobar resoluciones o
escuchar informes que no pueden someterse a ninguna verificación documental!
Instituciones de esta naturaleza constituyen la transición a una república que
instaurará un poder estable sin policía ni ejército regular, no de palabra,
sino de hecho, un poder que en Europa occidental no puede existir todavía, y
sin el cual la revolución rusa no puede triunfar, entendiendo esto como el
triunfo sobre los terratenientes, como el triunfo sobre los imperialistas.
198
Sin ese poder no se puede
habla ni siquiera de que alcancemos tal victoria nosotros mismos. Y cuanto más
meditamos sobre el programa que aquí se nos aconseja y sobre los hechos ante
los que nos encontramos, con mayor fuerza resalta la contradicción fundamental.
¡Se nos dice, como lo hicieron el informante y otros oradores, que el primer
Gobierno Provisional era malo! Pero entonces, cuando los bolcheviques, los
desgraciados bolcheviques dijeron: “ningún apoyo a este gobierno, ninguna
confianza en él”, ¡cuántas veces fuimos acusados de “anarquismo”! Hoy todos
dicen que el gobierno anterior fue un gobierno malo. Pero ¿en qué se distingue
el gobierno de coalición, con sus ministros casi socialistas, del anterior
gobierno? ¿No se ha hablado ya bastante de programas y de proyectos? ¿No es
suficiente? ¿No es hora de poner manos a la obra? Ha transcurrido un mes desde
que el 6 de mayo se formó el gobierno de coalición. ¡Veamos los hechos, veamos
la ruina existente en Rusia y en otros países arrastrados a la guerra imperialista!
¿Cuál es la causa de la ruina? El carácter rapaz de los capitalistas. Ahí
tienen la verdadera anarquía. Y esto se admite en declaraciones que no han sido
publicadas precisamente en nuestro periódico ni en ningún periódico bolchevique
(¡Dios nos libre!), sino en el ministerial Rabóchaya
Gazeta, el cual ha informado que los precios industriales para el
suministro de carbón han sido elevados
¡¡por el gobierno “revolucionario”!! El gobierno de coalición no ha cambiado
nada en este aspecto. Se nos pregunta si en Rusia puede implantarse el
socialismo y si, en general, pueden realizarse inmediatamente cambios
radicales. Todo eso son frases vacías, camaradas. La doctrina de Marx y de
Engels, como lo explicaban constantemente, dice: “Nuestra teoría no es un
dogma, sino una guía para la acción”190. En
ninguna parte del mundo existe capitalismo puro que se transforme en socialismo
puro, ni puede existir durante la guerra. Pero existe algo intermedio, algo
nuevo y sin precedentes, porque sucumben cientos de millones de hombres,
arrastrados a la criminal guerra entre capitalistas. No se trata de promesas de
reformas: eso son simples frases. Se trata de tomar las medidas que nos exige
el momento actual.
Si quieren alegar la
democracia “revolucionaria”, deben
distinguir este concepto del de la democracia reformista bajo un ministerio capitalista, pues ya es hora de
acabar con esas frases sobre la “democracia revolucionaria” y con las
felicitaciones mutuas a propósito de la “democracia revolucionaria”, y atenerse
a la definición de clase, como nos
han enseñado el marxismo y el socialismo científico en general. Lo que se nos
propone es el paso a la
![]()
190 Véase la carta de F. Engels a F. A. Sorge, 29.11.1886
I Congreso de los Sovites de Diputados Obreros y Soldados de
toda Rusia
democracia reformista bajo
un ministerio capitalista. Eso podrá ser magnífico desde el punto de vista de
los modelos usuales de Europa Occidental. Pero hay una serie de países que hoy
están al borde de la catástrofe, y las medidas prácticas que según el orador
que me ha precedido, el ministro de Correos y Telégrafos, son tan complicadas
que es difícil llevarlas a cabo sin un estudio especial, no pueden ser más
claras. El decía que no existe en Rusia ningún partido político que esté
dispuesto a asumir todo el poder. Yo contesto: “¡Si, existe! Ningún partido
puede renunciar a eso, y el nuestro ciertamente no renuncia. Está dispuesto en
cualquier instante a asumir todo el poder”. (Aplausos y risas.) Pueden reírse cuanto quieran, pero si el
ministro nos compara, en este problema, con un partido de derecha, recibirá una
contestación adecuada. Ningún partido puede renunciar a eso. Y en un momento en
que todavía reina la libertad, en que las amenazas de arresto y de destierro a
Siberia, las amenazas por parte de los contrarrevolucionarios con quienes
nuestros ministros casi socialistas comparten el gobierno, no son más que
amenazas, en un momento como éste, todo partido dice: confíen en nosotros y les
daremos nuestro programa.
Nuestra conferencia del 29
de abril dio ese programa191. Desgraciadamente, se lo ignora y no se
lo toma como guía. Es necesario, por lo visto, exponerlo de una manera
sencilla. Intentaré ofrecer al ministro de Correos y Telégrafos una exposición
sencilla de nuestra resolución y de nuestro programa. Con respecto a la crisis
económica, nuestro programa consiste en exigir inmediatamente —para eso no hace
falta ninguna demora— la publicación de todas las ganancias fabulosas, que
llegan del 500 al 800 por ciento y que los capitalistas no obtienen como
capitalistas en el mercado libre, en un capitalismo “puro”, sino por medio de
los suministros militares. He ahí donde el control obrero es realmente
necesario y posible. He ahí una medida que ustedes, si se llaman demócratas
“revolucionarios”, deben llevar a la práctica en nombre del Soviet, una medida
que puede llevarse a la práctica de la noche a la mañana. Eso no es socialismo.
Es abrirle al pueblo los ojos acerca de la verdadera anarquía y del verdadero
juego con el imperialismo, del juego con el patrimonio del pueblo, con los
cientos de miles de vidas humanas que mañana se perderán porque continuamos
estrangulando a Grecia. Hagan públicas las ganancias de los señores
capitalistas, arresten a 50 ó 100 de los más grandes millonarios. Bastará con
tenerlos unas cuantas semanas presos
—aunque sea en las mismas
condiciones de privilegio en que se mantiene a Nicolás Románov— con la simple
finalidad de que revelen los resortes ocultos, los manejos fraudulentos, la
inmundicia y la codicia que aún bajo el nuevo gobierno están costando a nuestro
país miles y millones todos los días. Esa es la causa fundamental de la
anarquía y de la ruina. Por eso decimos que en Rusia todo sigue como antes, que
el gobierno de coalición nada ha cambiado y únicamente ha añadido un montón de
declaraciones, de frases altisonantes. Por muy sinceros que sean los hombres,
por muy sinceramente que aspiren al bienestar de los trabajadores, las cosas no
han cambiado, la misma clase sigue en
el poder. La política que aplica no es una política democrática.
199
Se nos habla de la
“democratización del poder central y local”. ¿Acaso ignoran que esas palabras
son una novedad sólo en Rusia, que en otras partes decenas de ministros casi
socialistas han hecho a sus países promesas semejantes? ¿De qué sirven cuando
presenciamos el hecho concreto, real, de que mientras la población local elige
a sus autoridades, el poder central, en nombre del derecho de designar o
confirmar a las autoridades locales, viola los principios más elementales de la
democracia? El saqueo del patrimonio del pueblo por los capitalistas continúa.
La guerra imperialista continúa. Y no obstante se nos prometen reformas,
reformas y más reformas, cuya ejecución es absolutamente imposible en las
condiciones actuales, porque la guerra lo aplasta todo, lo determina todo. ¿Por
qué no están de acuerdo con quienes dicen que esta guerra no se libra
![]()
191 Lenin se refiere a la VII Conferencia
(de Abril) de toda Rusia del POSD(b)R, celebrada en Petrogrado del 24 al 29 de
abril (7-12 de mayo) de 1917
I Congreso de los Sovites de Diputados Obreros y Soldados de
toda Rusia
por las ganancias de los
capitalistas? ¿Cuál es el criterio? Es, ante todo y sobre todo, qué clase está
en el poder, qué clase continúa dominando, qué clase continúa embolsando
cientos y miles de millones con sus operaciones bancarias y financieras. Es la
misma clase capitalista, y por eso la guerra sigue siendo imperialista. Ni el
primer Gobierno Provisional ni el gobierno con los ministros casi socialistas
han cambiado nada. Los tratados secretos siguen siendo secretos. Rusia combate
por los Estrechos, combate por la continuación de la política de Liájov en
Persia, etc.
Ya sé que ustedes no quieren
eso, que la mayoría de ustedes no lo quieren y que los ministros no lo quieren,
porque nadie puede quererlo, porque significa la matanza de cientos de millones
de hombres. Pero fijémonos en la ofensiva de la que tanto hablan ahora los
Miliukov y los Maklakov. Ellos saben perfectamente qué significa. Saben que
está relacionada con el problema del poder, con el problema de la revolución.
Se nos dice que debemos distinguir entre problemas políticos y estratégicos. Es
ridículo plantear siquiera esta cuestión. Los demócratas-constitucionalistas
saben perfectamente que se trata de un problema político.
Decir que la lucha
revolucionaria por la paz, que se ha iniciado desde abajo, puede conducir a un
tratado de paz por separado, es una calumnia. La primera medida que nosotros
tomaríamos si tuviésemos el poder sería arrestar a los más grandes capitalistas
y romper todos los hilos de sus intrigas.
Sin eso, todas las frases
acerca de una paz sin anexiones y ni contribuciones carecen en absoluto de
sentido. Nuestra segunda medida sería declarar a los pueblos, por encima de los
gobiernos, que para nosotros todos los capitalistas son bandidos: tanto Teréschenko,
que no es ni un ápice mejor que Miliukov, sólo que aquél es un poco más tonto,
como los capitalistas franceses, como los ingleses, como todos los demás.
El propio periódico de
ustedes, Izvestia, se ha hecho un lío
y propone, en vez de una paz sin anexiones ni indemnizaciones, mantener el
statu quo. Nuestra idea de la paz “sin anexiones” es diferente. Hasta el
Congreso de campesinos se acerca más a la verdad cuando habla de una república
“federativa”192, expresando así la idea de que la
república rusa no desea oprimir a ninguna nación con procedimientos nuevos ni
viejos, de que no desea coexistir sobre la base de la violencia con ninguna
nación, ni con Finlandia ni con Ucrania, con las que el ministro de la Guerra
se muestra tan agresivo y con las que se plantean conflictos imperdonables e
inadmisibles. Nosotros aspiramos a una república de Rusia, única e indivisa,
con un poder firme. Pero un poder firme sólo puede asegurarse por el acuerdo
voluntario de todo el pueblo interesado. “Democracia revolucionaria” son
palabras grandes. Pero se aplican a un gobierno que está complicando con
enredos mezquinos el problema de Ucrania y Finlandia, que ni siquiera desean separarse.
Se limitan a decir: “¡No aplacen la aplicación de los principios elementales de
la democracia hasta que la Asamblea Constituyente se reúna!”
Es imposible concertar un
tratado de paz sin anexiones ni contribuciones, mientras ustedes no renuncien a
sus propias anexiones. Eso es ridículo, es una farsa. Todos los obreros
europeos se ríen de eso y dicen: “Ellos son muy elocuentes invitan a los pueblos
a derrocar a los banqueros, pero colocan a sus propios banqueros en el
ministerio”. Arréstenlos, pongan al descubierto sus manipulaciones, den a
conocer sus móviles ocultos. Pero no, no lo hacen, a pesar de que tienen
organizaciones poderosas a las que es imposible oponerse. Ustedes han pasado
por 1905 y 1917. Saben que las revoluciones no se hacen por encargo, que en
otros países las revoluciones han seguido siempre el duro y sangriento camino
de la insurrección y que en Rusia no existe un solo grupo, una sola clase que
pueda oponerse al poder de los Soviets. En Rusia, la revolución, como
excepción, puede ser pacífica. Si esa
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192 Se trata del Primer Congreso de
diputados campesinos de toda Rusia, celebrado del 4 al 28 de mayo (17 de mayo
al 10 de junio) de 1917, que aprobó una resolución sobre la futura estructura
política de Rusia
I Congreso de los Sovites de Diputados Obreros y Soldados de
toda Rusia
revolución ofreciese hoy o
mañana la paz a todos los pueblos, rompiendo con todas las clases capitalistas,
Francia y Alemania, sus pueblos la aceptarían en un plazo brevísimo, porque
esos países perecen, porque la situación de Alemania es desesperada, porque
Alemania no puede salvarse y porque Francia...
(El presidente: “Su
tiempo se ha cumplido”.)
200
Termino en medio minuto.... (Rumores,
y voces: “¡Que siga hablando!” Protestas.
Aplausos.)
(El presidente: “Comunico al congreso que la presidencia propone
aumentar el plazo concedido al orador. ¿Alguien se opone? La mayoría está por
que continúe”.)
Quedamos en que si la
democracia revolucionaria en Rusia fuese democracia no de palabra, sino de
hecho, impulsaría la revolución y no se entenderíacon los capitalistas ni
hablaría sobre la paz sin anexiones ni contribuciones, sino que suprimiría las
anexiones por parte de Rusia y declararía abiertamente que considera toda
anexión como un pillaje y un crimen. Entonces podría impedirse laofensiva
imperialista que amenaza con la muerte a miles y millones de hombres para
asegurar el reparto de Persia y de los Balcanes. Entonces quedaría expedito el
camino hacia la paz, que no es un camino llano —eso no lo decimos—, sino un
camino que no excluye la posibilidad de una guerra realmente revolucionaria.
Nosotros no planteamos este
problema como lo plantea hoy Bazárov en Nóvaya
Zhizn193; decimos solamente que la situación de
Rusia, en el período final de la guerra imperialista, es tal que sus tareas son
más fáciles de lo que podrían parecer. Además, la posición geográfica de Rusia
es tal que cualquier potencia que se arriesgase a usar el capital y sus
intereses rapaces para lanzarse contra la clase obrera rusa y el
semiproletariado aliado con ella —es decir, los campesinos pobres—, se vería
ante una empresa difícil. Alemania está al borde de la derrota y, después de la
entrada en la guerra de Estados Unidos que quiere devorar a México y que
probablemente mañana comenzará a luchar contra el Japón, situación de Alemania
se ha vuelto desesperada: Alemania será aniquilada. Francia, que por su
posición geográfica es la que más padece y se agota en extremo, pasa menos
hambre que Alemania, pero ha perdido incomparablemente más vidas que Alemania.
Pues bien, si como primer paso se hubiesen restringido las ganancias de los
capitalistas rusos y se les hubiese privado de toda posibilidad de embolsar
ganancias de centenares de millones; si ustedes hubiesen propuesto a todas las naciones un tratado de paz
contra los capitalistas de todos los
países y declarado abiertamente que no entablarán ningún género de
negociaciones ni de relaciones con los capitalistas alemanes ni con quienes,
directa o indirectamente, les favorecen o tienen algo que ver con ellos, y que
se niegan a negociar con los capitalistas franceses e ingleses, habrían seguido
una conducta que condenaría a esos capitalistas ante los obreros. No
considerarían como un triunfo el que se haya otorgado pasaporte a MacDonald194, un hombre que jamás ha sostenido una lucha revolucionaria
contra el capital y a quien se deja pasar porque nunca ha expresado las ideas,
los principios, la práctica ni la experiencia de la lucha revolucionaria contra
los capitalistas ingleses, lucha por la que nuestro camarada Maclean y cientos
de otros socialistas ingleses están en la cárcel, así como nuestro camarada
Liebknecht está recluido en presidio por haber dicho: “¡Soldados alemanes,
disparen contra su káiser!”
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193 Lenin se refiere al artículo de V.
Bazárov Y luego ¿qué?, publicado en
el núm. 40 del periódico Nóvaya Zhizn
el 4 (17) de junio de 1917 y dedicado al problema de cómo poner fin a la
guerra. Bazárov abogaba por continuar una guerra separada para "salvar la
revolución".
"Nóvaya Zhizn"
("Vida Nueva"): diario, órgano del grupo de mencheviques
internacionalistas. Se publicó en Petrogrado desde abril de 1917 hasta julio de
1918
194 Lenin se refiere a la entrega del
pasaporte por el gobierno inglés a Ramsay MacDonald, líder del Partido
Laborista Independiente de Inglaterra, para trasladarse a Rusia a donde había
sido invitado por el Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y
soldados de Petrogrado. El viaje lo impidió el sindicato de marinos inglés, que
se negó a conducir el barco en el que debía llegar MacDonald.
I Congreso de los Sovites de Diputados Obreros y Soldados de
toda Rusia
¿No sería más acertado
mandar a los capitalistas imperialistas a ese presidio que la mayoría de los
miembros del Gobierno Provisional nos preparan y prometen diariamente en la III
Duma —dicho sea de paso, no sé si es la III o la IV—, reconstituida expresamente,
y acerca del cual el ministro de Justicia elabora ya nuevos proyectos de ley?
Maclean y Liebknecht: he ahí los nombres de los socialistas que llevan a la
práctica la idea de la lucha revolucionaria contra el imperialismo. Eso es lo
que debemos decir a todos los gobiernos si querernos luchar por la paz. Debemos
denunciarlos ante sus pueblos. De ese modo ustedes colocarán a todos los
gobiernos imperialistas en una situación difícil.
Ahora, los que están en una
situación difícil son ustedes, al dirigir al pueblo el llamamiento de paz del
14 de marzo195, donde se dice: “¡Derroquen a sus
emperadores, sus reyes y sus banqueros!”, mientras que nosotros, que poseemos
una organización tan extraordinariamente rica en número, experiencia y fuerza
material como el Soviet de diputados obreros y soldados, nos aliamos con
nuestros banqueros, formamos un gobierno de coalición, casi socialista, y
redactamos proyectos de reformas como los que se redactan en Europa desde hace
muchas décadas. Allí, en Europa, se ríen de semejante lucha por la paz. Allí
sólo la comprenderán cuando los Soviets tomen el poder y actúen de un modo
revolucionario.
Sólo un país en el mundo
puede hoy dar los pasos necesarios para poner fin a la guerra imperialista en
escala de clase, a despecho de los capitalistas, y sin una revolución
sangrienta. Sólo un país puede hacerlo, y ese país es Rusia. Y seguirá siendo
el único mientras exista el Soviet de diputados obreros y soldados. El Soviet
no podrá existir mucho tiempo junto con un Gobierno Provisional de tipo
corriente. Seguirá siendo lo que es sólo mientras no se pase a la ofensiva. La
ofensiva será un viraje en toda la política de la revolución rusa, es decir,
será una transición de la espera, de la preparación de la paz por medio de un
alzamiento revolucionario desde abajo, a la reanudación de la guerra. El camino
que se proponía era el paso de la confraternización en un frente a la
confraternización en todos los frentes, de la confraternización espontánea, tal
como el intercambio con un proletario alemán hambriento de un pedazo de pan por
un cortaplumas —lo cual se castiga con el presidio—, a la confraternización consciente.
201
Cuando nosotros tomemos el
poder, pondremos freno a los capitalistas, y la guerra no seguirá siendo ya la misma que hoy se libra, pues el
carácter de una guerra depende de qué clase la sostiene y no de lo que se
escriba en el papel. En el papel se puede escribir cualquier cosa. Pero
mientras la clase capitalista forme la mayoría en el gobierno, la guerra,
escriban lo que escriban, por muy elocuentes que sean, por muchos ministros
casi socialistas que tengan, seguirá siendo una guerra imperialista. Esto lo saben
y lo ven todos. ¡El ejemplo de Albania, el ejemplo de Grecia, de Persia 196 lo han puesto de relieve de un modo tan
claro y tangible, que me sorprende que todo el mundo ataque nuestra declaración
escrita sobre la
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195 El
llamamiento del Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado "A
los pueblos de todo el mundo" fue aprobado en la reunión del Soviet del 14 (27) de marzo de
1917, por la mayoría menchevique-eserista del Soviet bajo la presión del vasto
movimiento de los trabajadores que luchaban por el cese de la guerra.
En el llamamiento abundaban las frases pomposas sobre la paz.
Sin embargo, no denunciaba el carácter rapaz de la guerra, no formulaba ninguna
medida práctica de lucha por la paz y en esencia justificaba la continuación de
la guerra imperialista por el Gobierno Provisional burgués
196 En junio de 1917, Italia ocupó Albania y proclamó la
independencia de este país convirtiéndolo de hecho en su protectorado.
Bajo la presión de
Inglaterra y Francia se dio un golpe de Estado en Grecia. Mediante el bloqueo
económico, que provocó un hambre terrible en el país, y también por la
ocupación de varias regiones griegas por las tropas anglo-francesas los aliados
obligaron al rey Constantino a abdicar poniendo en el poder a su partidario
Venizelos. Grecia fue arrastrada a la guerra al lado de la Entente, pese a la
voluntad de la inmensa mayoría de la población. Durante la guerra, Persia
(Irán) sufrió la ocupación de las tropas inglesas y rusas. A comienzos de 1917,
Persia, que había perdido toda independencia, fue ocupada en el Norte por las
tropas rusas y en el Sur por las inglesas.
Todos estos actos de grosera violencia imperialista fueron
apoyados por los diplomáticos del Gobierno Provisional
I Congreso de los Sovites de Diputados Obreros y Soldados de
toda Rusia
ofensiva197, sin que nadie diga una palabra sobre los hechos concretos! Es
fácil prometer planes, pero las medidas concretas se van postergando y
postergando. Es fácil escribir una declaración sobre la paz sin anexiones, pero
los acontecimientos de Albania, de Grecia, de Persia son posteriores a la constitución del gobierno de coalición. Después de
todo, fue Dielo Naroda, que no es un
órgano de nuestro partido, sino un órgano del gobierno, un órgano ministerial, quien dijo que se somete a
la democracia rusa a esta humillación y que se estrangula a Grecia. Y este
mismísimo Miliukov, de quien ustedes se forman Dios sabe qué idea —a pesar de
que no es más que un simple miembro de su partido y que no se diferencia en
nada de Teréschenko—, escribía que la diplomacia de la Entente ejercía presión
sobre Grecia. La guerra sigue siendo una guerra imperialista, y por mucho que
deseen ustedes la paz, por muy sincera que sea su simpatía hacia los
trabajadores y por muy sincero que sea su deseo de paz —yo estoy plenamente
convencido de que en la mayoría de los casos es sincero—, ustedes no podrán
hacer nada, pues sólo se puede poner fin a la guerra impulsando el desarrollo
de la revolución. Cuando en Rusia comenzó la revolución, comenzó también la
lucha revolucionaria desde abajo por la paz. Si tomaran el poder en sus manos,
si el poder pasase a las organizaciones revolucionarias y fuese utilizado para
combatir a los capitalistas rusos, los trabajadores de otros países les
creerían y ustedes podrían proponer la paz. Entonces nuestra paz quedaría
garantizada, al menos por dos partes, por las dos naciones que se están
desangrando y cuya causa es desesperada: Alemania y Francia. Y si las
circunstancias nos obligaran entonces a sostener una guerra revolucionaria
—cosa que nadie sabe y cuya posibilidad no descartamos—, nosotros diríamos: “No
somos pacifistas, no renunciamos a la guerra cuando la clase revolucionaria
está en el poder, cuando real y verdaderamente ha despojado a los capitalistas
de la posibilidad de influir en la marcha de las cosas, de acentuar el desastre
económico que les permite embolsarse cientos de millones”. El gobierno
revolucionario explicaría a todos los pueblos sin excepción que todas las
naciones deben ser libres, que del mismo modo que la nación alemana no debe
luchar por la conservación de Alsacia y Lorena, la nación francesa tampoco debe
luchar por sus colonias. Pues si Francia lucha por sus colonias, Rusia tiene a
Jiva y a Bujará, que son también una especie de colonias. Entonces comenzará el
reparto de las colonias. ¿Y cómo podrían repartirse, sobre qué base? De acuerdo
con la fuerza. Pero la fuerza ha cambiado. La situación de los capitalistas es
tal que su única salida es la guerra. Cuando ustedes tomen el poder
revolucionario, se les abrirá un camino revolucionario para asegurar la paz:
dirigirán a todas las naciones un llamamiento revolucionario y les explicarán
la táctica con su propio ejemplo. De ese modo, se les abrirá el camino para una
paz asegurada por medios revolucionarios y tendrán las más grandes
probabilidades de evitar la muerte de cientos de miles de hombres. De ese modo,
pueden estar seguros de que el pueblo alemán y el francés se declararán a favor
de ustedes. Y si los capitalistas ingleses, norteamericanos y japoneses
quisieran una guerra contra la clase obrera revolucionaria —cuya fuerza se
decuplicará tan pronto como se haya puesto freno y abatido a los capitalistas,
y el control haya pasado a manos de la clase obrera—, si los capitalistas
norteamericanos, ingleses y japoneses optaran por la guerra, habría noventa y
nueve probabilidades contra una de que no serían capaces de librarla. Para
asegurar la paz, bastará con que ustedes declaren que no son pacifistas, que
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197
Se
tiene en cuenta la declaración del buró de la fracción bolchevique y del buró
de los socialdemócratas internacionalistas unidos en el I Congreso de los
Soviets de toda Rusia en la que se exigía plantear ante el I congreso en primer
término el problema de la ofensiva en el frente que venía preparando el
Gobierno Provisional. En la declaración se indicaba que esta ofensiva era
dictada por los magnates del imperialismo al lado, que los círculos
contrarrevolucionarios de Rusia calculaban concentrar así el poder en manos de
los grupos militares-diplomáticos y capitalistas y asestar el golpe a la lucha
revolucionaria por la paz y a las posiciones conquistadas por la democracia
rusa. La declaración advertía a la clase obrera, al ejército y al campesinado
la amenaza que se cernía sobre el país y exhortaba al congreso a dar una
réplica inmediata a la acometida contrarrevolucionaria.
La propuesta del buró de la fracción del POSD(b)R fue rechazada
por el congreso
I Congreso de los Sovites de Diputados Obreros y Soldados de
toda Rusia
están dispuestos a defender
su república, su democracia obrera, proletaria, contra los capitalistas
alemanes, franceses y otros.
He ahí por qué atribuimos
una importancia tan fundamental a nuestra declaración sobre la ofensiva. Ha
llegado la hora de un viraje radical en toda la historia de la revolución rusa.
La revolución rusa comenzó apoyada por la burguesía imperialista de Inglaterra,
que creyó que Rusia era algo así como China o la India. Pero resultó que al
lado del gobierno, en que hoy tienen mayoría los terratenientes y los
capitalistas, surgieron los Soviets, institución representativa sin paralelo ni
precedentes en todo el mundo por su fuerza, institución que ustedes están
matando con su participación en un ministerio de coalición de la burguesía. En
realidad, la revolución rusa ha conseguido triplicar en todas partes, en todos
los países, la simpatía por la lucha revolucionaria desde abajo contra el
gobierno capitalista. El problema está planteado en estos términos: avanzar o
retroceder. La revolución no admite el estancamiento. Por eso, la ofensiva es
un viraje en la revolución rusa, pero no en el sentido estratégico de la ofensiva,
sino político y económico. Una ofensiva significa hoy, objetivamente,
independientemente de la voluntad o de la conciencia de este o de aquel
ministro, la continuación de la matanza imperialista y de la muerte de cientos
de miles, de millones de seres, con el objetivo de estrangular a Persia y a
otras naciones débiles. El paso del poder al proletariado revolucionario,
apoyado por los campesinos pobres, significa el tránsito a la lucha
revolucionaria por la paz bajo las formas más seguras y menos dolorosas que
haya conocido nunca la humanidad, el tránsito hacia un estado de cosas en que
quedarán asegurados el poder y el triunfo de los obreros revolucionarios en
Rusia y en el mundo entero. (Aplausos de
una parte de la audiencia.)
“Pravda”, núms. 82 y
83, 28 (15) y 29 (16) de junio de 1917.
T. 32, págs. 263-276.
La política exterior de la revolución rusa
203
LA POLÍTICA EXTERIOR
DE LA REVOLUCIÓN RUSA
No hay idea más errónea ni
más nociva que separar la política exterior de la política interior. La
monstruosa falacia de esta separación se hace más monstruosa aun precisamente
en tiempos de guerra. Pero la burguesía hace todo lo posible e imposible para
inculcar y apoyar esta idea. El desconocimiento de la política exterior por las
masas de la población está incomparablemente más extendido que su ignorancia en
materia de política interior. El “secreto” de las relaciones diplomáticas se
observa como cosa sagrada en los países capitalistas más libres, en las
repúblicas más democráticas.
El engaño de las masas
populares en lo que respecta a los “asuntos” de la política exterior se ha
convertido en un verdadero arte, y este engaño causa un gravísimo daño a
nuestra revolución. Millones de ejemplares de periódicos burgueses esparcen por
doquier la ponzoña del engaño. Con uno o con otro de los dos grupos
gigantescamente ricos y gigantescamente poderosos de buitres imperialistas: así
plantea la realidad capitalista el problema fundamental de la política exterior
de nuestros días. Así plantea este problema la clase capitalista. Y así lo
plantea también, por supuesto, la gran masa pequeñoburguesa, que conserva los
viejos prejuicios y opiniones capitalistas.
Para quienes circunscriben
su pensamiento a los límites de las relaciones capitalistas es incomprensible
que la clase obrera, si es consciente, no pueda apoyar ni a un solo grupo de
buitres imperialistas. Y viceversa, al obrero le son incomprensibles las
acusaciones de inclinarse hacia la paz por separado con los alemanes, o de
servir de hecho a esa paz, lanzadas contra los socialistas que permanecen
fieles a la unión fraternal de los obreros de todos los países contra los
capitalistas de todos los países. Estos socialistas (y, por consiguiente,
también los bolcheviques) no pueden aceptar ninguna paz por separado entre los
capitalistas. Ni paz por separado con los capitalistas alemanes ni alianza con
los capitalistas anglo-franceses: tal es la base de la política exterior del
proletariado consciente.
Nuestros mencheviques y
eseristas, que se rebelan contra este programa y temen romper con “Inglaterra y
Francia”, aplican en la práctica un programa capitalista de política exterior,
adornándolo con una elocuencia florida e inocente, en la que abundan frases
como “revisión de los tratados” y declaraciones a favor de la “paz sin
anexiones”, etc. Todos esos buenos deseos están condenados a seguir siendo
vacuidades, pues la mentalidad capitalista
plantea la cuestión categóricamente: o subordinación a los imperialistas de uno
de los grupos, o lucha revolucionaria contra todo imperialismo.
¿Existen aliados para esta
lucha? Existen. Son las clases oprimidas de Europa, en primer término, el
proletariado; son los pueblos oprimidos por el imperialismo, en primer término,
los pueblos de Asia, como vecinos nuestros.
Los mencheviques y
eseristas, que se denominan “demócratas revolucionarios”, siguen en realidad
una política exterior contrarrevolucionaria y antidemocrática. Si fueran
revolucionarios, aconsejarían a los obreros y campesinos de Rusia que se
pusieran al frente de todos los pueblos oprimidos por el imperialismo y de
todas las clases oprimidas.
“Entonces se unirán contra
Rusia los capitalistas de los demás países”, objetan los pequeños burgueses
acoquinados. Eso no es imposible. El demócrata “revolucionario” no tiene derecho a negar la posibilidad de toda
guerra revolucionaria. Pero la probabilidad práctica de una guerra de ese tipo
no es grande. Los imperialistas ingleses y alemanes no podrán “reconciliarse”
contra la Rusia revolucionaria. La revolución rusa, que ya en 1905 originó
revoluciones en Turquía, Persia y China, colocaría en una situación muy
difícil, tanto a los
La política exterior de la revolución rusa
imperialistas ingleses como
a los alemanes, si estableciera una alianza verdaderamente revolucionaria con
los obreros y los campesinos de las colonias y semicolonias, contra los
déspotas, contra los kanes, por la expulsión de los alemanes de Turquía, por la
expulsión de los ingleses de Turquía, Persia, India, Egipto, etc.
A los socialchovinistas,
franceses y rusos, les gusta remitirse a 1793 para encubrir con esta referencia
efectista su traición a la revolución. Pero en nuestro país no se quiere pensar
precisamente en que la democracia verdaderamente
“revolucionaria” de Rusia podría y debería actuar, con respecto a los pueblos
oprimidos y atrasados, en el espíritu
de 1793.
204
En “alianza” con los
imperialistas, es decir, en vergonzosa dependencia de ellos: tal es la política
exterior de los capitalistas y de los pequeños burgueses. En alianza con los
revolucionarios de los países avanzados y con todos los pueblos oprimidos, contra
todos los imperialistas: tal es la política exterior del proletariado.
“Pravda”, núm. 81, 27
(14) de junio de 1917. T. 32, págs. 335-337.
¿De qué fuente clásica surgen y “surgirán” los Cavaignac?
205
¿DE
QUE FUENTE CLÁSICA SURGEN Y “SURGIRÁN” LOS CAVAIGNAC?
“Cuando
surja un verdadero Cavaignac, lucharemos a vuestro lado, en las mismas filas”,
nos decía en su número 80 Rabóchaya
Gazeta, órgano de ese mismo partido menchevique al que pertenece el
ministro Tsereteli, el cual ha llegado en su tristemente célebre discurso a
amenazar con desarmar a los obreros de Petrogrado.
La frase de Rabóchaya Gazeta que acabamos de citar
muestra con singular relieve los errores fundamentales de los dos partidos
gobernantes de Rusia, el menchevique y el eserista, y por ello es digna de
atención. No buscáis a Cavaignac en el momento y el lugar debidos: tal es el
sentido de los razonamientos del órgano ministerial.
Recordemos el papel de clase
que desempeñó Cavaignac. En febrero de 1848 fue derrocada la monarquía en
Francia. Los republicanos burgueses subieron al poder. Como nuestros
demócratas— constitucionalistas, querían el “orden”, entendiendo por tal la
restauración y el afianzamiento de los instrumentos monárquicos de opresión de
las masas: la policía, el ejército permanente y la burocracia privilegiada.
Como nuestros demócratas— constitucionalistas, querían poner fin a la
revolución, pues odiaban al proletariado revolucionario y sus aspiraciones
“sociales” (es decir, socialistas), muy vagas aún en aquellos tiempos. Como
nuestros demócratas-constitucionalistas, eran enemigos implacables de la
política orientada a extender la revolución francesa a toda Europa, de la
política orientada a transformarla en revolución proletaria mundial. Como
nuestros demócratas— constitucionalistas, utilizaron hábilmente el “socialismo”
pequeñoburgués de Luis Blanc, nombrando a éste ministro y transformándolo, de
jefe de los obreros socialistas, que es lo que quería ser, en un apéndice, en
un lacayo de la burguesía.
Tales eran los intereses clasistas, la posición y la política de
la clase dominante.
Otra fuerza social básica
era la pequeña burguesía, vacilante, asustada por el fantasma rojo e
influenciada por los gritos contra los “anarquistas”. La pequeña burguesía,
soñadora y “socialista” — vanilocuente en sus aspiraciones, que se denominaba
con agrado “democracia socialista” (¡incluso este mismo término precisamente
adoptan ahora los eseristas y los mencheviques!)—, temía confiar en la
dirección del proletariado revolucionario, sin comprender que ese temor la
condenaba a confiar en la burguesía. Porque en una sociedad en la que se libra
una encarnizada lucha de clases entre la burguesía y el proletariado, sobre
todo cuando la revolución exacerba inevitablemente esta lucha, no puede haber una posición
“intermedia”. Y toda la esencia de la posición de clase y de las aspiraciones
de la pequeña burguesía consiste en querer lo imposible, en aspirar a lo
imposible, es decir, precisamente a esa “posición intermedia”.
La tercera fuerza de clase
decisiva era el proletariado, que no aspiraba a “reconciliarse” con la
burguesía, sino a vencerla, a desarrollar y hacer avanzar intrépidamente la
revolución a escala internacional.
Esa fue la situación
histórica objetiva que engendró a
Cavaignac. Las vacilaciones de la pequeña burguesía la “apartaron” de su papel
activo y, aprovechando su temor a confiar en el proletariado, el
demócrata-constitucionalista francés, general Cavaignac, decidió desarmar a los obreros de París y
fusilarlos en masa.
Aquellos fusilamientos
históricos pusieron fin a la revolución; la pequeña burguesía, que predominaba
en el aspecto numérico, era y siguió siendo un apéndice políticamente
¿De qué fuente clásica surgen y “surgirán” los Cavaignac?
impotente de la burguesía. Y
tres años después, en Francia se restauró de nuevo la monarquía cesarista en
una forma singularmente abyecta.
El histórico discurso de
Tsereteli del 11 de junio, inspirado a todas luces por los Cavaignac
demócratas-constitucionalistas (quizá inspirado directamente por los ministros
burgueses o quizá sugerido indirectamente por la prensa y la opinión pública
burguesas, la diferencia no importa); este histórico discurso es notable, es
histórico precisamente porque Tsereteli se
ha ido de la lengua y ha revelado en él, con ingenuidad inimitable, la
“enfermedad secreta” de toda la pequeña burguesía, tanto menchevique como
eserista. Esta “enfermedad secreta” consiste: primero, en la completa
incapacidad para aplicar una política independiente; segundo, en el temor a
confiar en el proletariado revolucionario y a apoyar sin reservas su política
independiente; tercero, en el sometimiento, derivado inevitablemente de ello, a
los demócratas-constitucionalistas o a la burguesía en general (es decir, en el sometimiento a los Cavaignac).
206
Esa es la esencia de la
cuestión. Ni Tsereteli o Chernov, ni siquiera Kerenski, están llamados a
desempeñar personalmente el papel de Cavaignac; se encontrarán para ello otros
hombres, que en el momento oportuno dirán a los Luis Blanc rusos: “Apártense”.
Pero los Tsereteli y los Chernov son los líderes de esa política
pequeñoburguesa, que hace posible y necesario el surgimiento de los Cavaignac.
“Cuando surja un verdadero
Cavaignac, estaremos a vuestro lado”: ¡magnífica promesa, excelente propósito!
Lamentablemente, revela la incomprensión de la lucha de clases, típica de la
pequeña burguesía sentimental o medrosa. Porque Cavaignac no es una casualidad
y su “surgimiento” no es un fenómeno aislado. Cavaignac es el representante de
una clase (la burguesía contrarrevolucionaria), el vehículo de su política. ¡Y
precisamente esa clase, precisamente esa política, es lo que apoyan ustedes ya
ahora, señores eseristas y mencheviques! Ustedes,
que tienen en este momento la mayoría evidente en el país, dan a esa clase y a
su política el predominio en el
gobierno, es decir, una excelente base para trabajar.
En efecto. En el Congreso
campesino de toda Rusia, los eseristas han reinado casi por completo. En el
Congreso de diputados obreros y soldados de toda Rusia, la inmensa mayoría ha
apoyado al bloque de los eseristas y mencheviques. Lo mismo ha ocurrido en las
elecciones a las dumas distritales de Petrogrado. El hecho está claro: los
eseristas y los mencheviques son hoy el partido gobernante. ¡¡Y este partido
gobernante cede voluntariamente el poder (la mayoría en el gobierno) al partido de los Cavaignac!!
Cebo haya en el palomar, que
palomas no faltarán. Haya una pequeña burguesía inestable, vacilante y temerosa
del desarrollo de la revolución, que el surgimiento de los Cavaignac estará
asegurado.
En Rusia hay ahora muchas
cosas que diferencian nuestra revolución de la revolución francesa de 1848: la
guerra imperialista, la vecindad de países más avanzados (y no más atrasados,
como le ocurrió entonces a Francia), el movimiento agrario y el movimiento
nacional. Pero todo eso puede cambiar únicamente la forma de acción de los
Cavaignac, el momento, los pretextos aparentes, etc. No puede cambiar la
esencia de la cuestión, pues la esencia radica en las relaciones entre las clases.
De palabra, también Luis
Blanc estaba tan lejos de Cavaignac como el cielo de la tierra. Luis Blanc hizo
igualmente innumerables promesas de “luchar en las mismas filas” al lado de los
obreros revolucionarios para combatir a los contrarrevolucionarios burgueses.
Y, sin embargo, ningún historiador marxista, ningún socialista, se atreverá a
poner en duda que precisamente la debilidad y las vacilaciones de los Luis
Blanc y su confianza en la burguesía engendraron a Cavaignac y aseguraron su
éxito.
206
¿De qué fuente clásica surgen y “surgirán” los Cavaignac?
De la firmeza, la vigilancia
y la fuerza de los obreros revolucionarios de Rusia depende exclusivamente la
victoria o la derrota de los Cavaignac rusos, engendrados inevitablemente por
el carácter contrarrevolucionario de la burguesía rusa, con los demócratas-constitucionalistas
a la cabeza, y por la inestabilidad, la pusilanimidad y las vacilaciones de los
partidos pequeñoburgueses de los eseristas y mencheviques.
“Pravda”, núm. 83, 29
(16) de junio de 1917. T. 32, págs. 343-436.
207
DESPLAZAMIENTOS DE
CLASE
Toda revolución, si es una
verdadera revolución, implica un desplazamiento de clases. Y por eso, el modo
mejor de esclarecer la conciencia de las masas —y de luchar para impedir que
sean engañadas en nombre de la revolución — consiste en analizar qué desplazamiento
de clases se ha producido y se está produciendo en la presente revolución.
De 1904 a 1916 se perfiló
con singular relieve la correlación de clases en Rusia en los últimos años del
zarismo. Un puñado de terratenientes partidarios de la servidumbre, encabezado
por Nicolás I ocupaba el poder en estrechísima alianza con los magnates del
capital financiero, que obtenían ganancias inauditas en Europa y en provecho de
los cuales se firmaron los expoliadores tratados de política exterior.
La burguesía liberal,
encabezada por los demócratas-constitucionalistas, estaba en la oposición.
Temiendo al pueblo más que a la reacción, se acercaba al poder mediante la
conciliación con la monarquía.
El pueblo, es decir, los
obreros y los campesinos, cuyos líderes se veían obligados a luchar en la
clandestinidad, era revolucionario y constituía la “democracia revolucionaria”,
proletaria y pequeñoburguesa.
La revolución del 27 de
febrero de 1917 barrió la monarquía y llevó al poder a la burguesía liberal.
Esta última, de completo acuerdo con los imperialistas anglo-franceses, quería
un pequeño golpe de Estado palaciego. No deseaba en modo alguno ir más allá de
una monarquía constitucional estamental. Y cuando la revolución fue de verdad
más allá, cuando suprimió por completo la monarquía y creó los Soviets (de
diputados obreros, soldados y campesinos), la burguesía liberal se hizo
enteramente contrarrevolucionaria.
Hoy, cuatro meses después de
la revolución, es tan claro como la luz del día el carácter
contrarrevolucionario de los demócratas-constitucionalistas, el partido
principal de la burguesía liberal. Todos lo ven. Todos tienen que reconocerlo.
Pero no todos, ni mucho menos, están dispuestos a mirar cara a cara esta verdad
y reflexionar sobre su significado.
Rusia es hoy una república
democrática gobernada por un acuerdo voluntario de partidos políticos, que hacen libremente agitación entre el pueblo.
Los cuatro meses transcurridos desde
el 27 de febrero han agrupado y dado forma a todos los partidos más o menos
importantes, los han dado a conocer en las elecciones (a los Soviets y a las
instituciones locales) y han puesto de manifiesto sus vínculos con las
distintas clases.
En Rusia se encuentra hoy en
el poder la burguesía contrarrevolucionaria, con relación a la cual la
democracia pequeñoburguesa —exactamente, los partidos eserista menchevique—
desempeña el papel de “oposición de Su Majestad” 198. La
esencia de la política de estos partidos consiste en la conciliación con la burguesía contrarrevolucionaria. La
democracia pequeñoburguesa va subiendo al poder, llenando primero las
instituciones locales (de la misma manera que los liberales, bajo el zarismo,
conquistaron primeramente los zemstvos199).
Esta democracia pequeñoburguesa quiere compartir
el poder con la burguesía, pero no derrocarla, exactamente igual que los
demócratas— constitucionalistas querían compartir el poder con la monarquía,
pero no derrocarla. Y la conciliación de la democracia pequeñoburguesa
(eseristas y mencheviques) con los demócratas— constitucionalistas tiene su
origen en la profunda afinidad de clase de los burgueses pequeños y grandes, de
la misma
![]()
198 Véase la nota 126.
199 Véase la nota 103
manera que la afinidad de
clase del capitalista y del terrateniente que vive en el siglo XX les obligó a
abrazarse alrededor del “idolatrado” monarca.
Ha cambiado la forma de la conciliación. En la
monarquía era burda: el zar dejaba entrar al demócrata-constitucionalista sólo
en la antesala de la Duma de Estado. En la república democrática, la
conciliación se ha hecho más refinada, al estilo europeo: se permite a los pequeños
burgueses formar una minoría inofensiva y desempeñar papeles inofensivos (para
el capital) en el ministerio.
Los
demócratas-constitucionalista ocuparon el lugar de la monarquía. Los Tsereteli
y los Chernov han ocupado el lugar de los demócratas— constitucionalistas. La
democracia proletaria ha ocupado el lugar de la democracia verdaderamente revolucionaria.
La guerra imperialista ha
acelerado en grado extraordinario todo el desarrollo. Sin ella, los eseristas y
los mencheviques podrían pasarse decenas de años suspirando por cargos
ministeriales. Pero la propia guerra sigue acelerando el desarrollo, pues plantea los problemas de una manera
revolucionaria, y no reformista.
208
Los partidos eserista y
menchevique podrían, de acuerdo con la burguesía, dar a Rusia no pocas
reformas. Pero la situación objetiva en la política mundial es revolucionaria y
con reformas no se saldrá de ella.
La guerra imperialista
atormenta a los pueblos y amenaza con aniquilarlos. La democracia
pequeñoburguesa quizá esté en condiciones de aplazar el desastre, aunque no por
mucho tiempo. Sólo el proletariado revolucionario puede salvar del desastre.
“Pravda”, núm. 92, 10
de julio (27 de junio) de 1917.
T. 32, págs. 384-386.
209
¡TODO EL PODER A LOS
SOVIETS!
“Echa a la naturaleza por la
puerta y entrará por la ventalla...” Como se ve, los partidos gobernantes
eserista y menchevique se ven obligados a “aprender” una y otra vez, por
experiencia propia, esta simple verdad. Quisieron ser “demócratas revolucionarios”,
se han encontrado en la situación de los demócratas revolucionarios y ahora
deben sacar las conclusiones obligatorias para todo demócrata revolucionario.
La democracia es la
dominación de la mayoría. Mientras la voluntad de la mayoría seguía sin
aclarar, mientras se pudo afirmar —por lo menos con ciertos visos de
verosimilitud— que no estaba clara, se dio al pueblo un gobierno de burgueses
contrarrevolucionarios bajo el rótulo de gobierno “democrático”. Pero esta
dilación no podía ser larga. En los pocos meses transcurridos desde el 27 de
febrero, la voluntad de la mayoría de los obreros y los campesinos, de la
inmensa mayoría de la población del país, se ha aclarado, y no sólo en forma
general. Esta voluntad se ha visto expresada en las organizaciones de masas: en
los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos.
¿Cómo es posible, entonces,
oponerse a que todo el poder del Estado pase a estos Soviets? ¡Eso no es otra
cosa que abjurar de la democracia! Eso significa, ni más ni menos, imponer al
pueblo un gobierno que, sin lugar a dudas,
no puede surgir ni sostenerse por vía democrática,
es decir, por medio de elecciones auténticamente libres, en las que participe
de verdad todo el pueblo.
El hecho está ahí, por
extraño que parezca a simple vista: ¡los eseristas y los mencheviques han olvidado precisamente esta verdad,
simple, evidente y palpable en grado superlativo! Su posición es tan falsa, y les ha enredado y embrollado tanto, que
no pueden “atrapar” esta verdad, perdida por ellos.
Después de las elecciones en
Petrogrado y en Moscú, después de la convocación del Soviet de campesinos de
toda Rusia y después del Congreso de los Soviets, las clases y los partidos se
han definido con tal claridad, precisión y evidencia en toda Rusia que la gente
no puede, en verdad, equivocarse a este respecto, a no ser que se haya vuelto
loca o haya caído en una situación premeditadamente embrollada.
Soportar a los ministros
demócratas-constitucionalistas o al gobierno demócrata — constitucionalista o
la política demócrata— constitucionalista significa lanzar un reto a la
democracia y al espíritu democrático. Ahí está el origen de las crisis políticas
producidas después del 27 de febrero; ahí está el origen de la inestabilidad y
las vacilaciones de nuestro sistema de gobierno. A cada paso, cada día e
incluso cada hora, se apela al revolucionarismo del pueblo y a su espíritu
democrático en nombre de instituciones estatales y de congresos del mayor
prestigio. Pero, al mismo tiempo, la política general del gobierno,
especialmente su política exterior y, sobre todo, su política económica,
constituyen un abandono del espíritu revolucionario y una trasgresión de la
democracia.
Estas cosas no pueden tolerarse.
Las manifestaciones de
inestabilidad de semejante situación, por un motivo o por otro, son
inevitables. Y empecinarse no es una política muy inteligente. Aunque a
empujones y a saltos, los acontecimientos se desarrollan de tal manera que se
hará realidad el paso del poder a los Soviets, proclamado hace mucho por
nuestro partido.
“Pravda”, núm. 99, 18
(5) de julio d 1917. T. 32, págs. 408-409.
210
TRES CRISIS.
Cuanto mayor sea la furia
con que en estos días se lancen calumnias y mentiras contra los bolcheviques,
tanto más serenamente debemos nosotros, refutando esas mentiras y esas
calumnias, profundizar en la concatenación histórica de los acontecimientos y en
la significación política, es decir, en
la significación clasista, de la actual marcha de la revolución.
Para refutar esas mentiras y
esas calumnias basta con que nos remitamos una vez más a Listok “Pravdi”200 del 6 de julio y con qué fijemos de
modo especial la atención de los lectores
en el artículo que publicamos más abajo, en el que se prueba
documentalmente que el 2 de julio (según confesión del órgano del partido de
los socialistas— revolucionarios) los bolcheviques hicieron campaña en contra del movimiento que se
proyectaba; que el 3 de julio se desbordó la indignación de las masas y empezó
el movimiento, a despecho de nuestros consejos; que el 4 de julio, en una
proclama (que reproduce el mismo periódico de los eseristas Dielo Naroda), hicimos un llamamiento a
favor de una manifestación pacífica y
organizada, y que en la noche de aquel mismo día tomamos la decisión de
poner fin a la manifestación.
¡Calumniad, calumniadores! ¡Por mucho que calumniéis, no conseguiréis refutar
estos hechos ni el significado decisivo que tienen en su concatenación!
Y con esto pasemos al
problema de la conexión histórica de los acontecimientos. Cuando, ya en los
primeros días de abril, nos declaramos contrarios a todo lo que significase
apoyo al Gobierno Provisional, fuimos atacados por los eseristas y
mencheviques. ¿Y qué ha venido a demostrar la realidad?
¿Qué han venido a demostrar
las tres crisis políticas, la del 20 y 21 de abril, la del 10 y 18 de junio y
la del 3 y 4 de julio?
Han venido a demostrar, en
primer lugar, el creciente descontento de las masas con la política burguesa
seguida por la mayoría burguesa del Gobierno Provisional.
No deja de ser interesante
consignar que en su número del 6 de julio, el órgano del partido gobernante de
los eseristas, Dielo Naroda, a pesar
de toda su hostilidad hacia los bolcheviques, se ve obligado a confesar que el
movimiento del 3 y 4 de julio obedece a causas económicas y políticas
profundas. La necia, torpe y vil mentira de que ese movimiento fue provocado
artificialmente, de que los bolcheviques hicieron campaña a favor de esa acción, va haciéndose más y más evidente a medida
que el tiempo.
La causa general, la fuente
general, la raíz profunda general de las tres crisis políticas mencionadas es
evidente, sobre todo para quien las enfoque en su concatenación, como manda la
ciencia que se enfoque la política. Es absurdo pensar que tres crisis como ésas
hayan podido ser provocadas deliberadamente.
En segundo lugar, es muy
instructivo tratar de ver qué tienen de común esas tres crisis y cuál es la
característica de cada una de ellas.
Las tres tienen de común el
descontento irrefrenable de las masas, su indignación contra la burguesía y su gobierno. Quien olvida o silencia o
empequeñece este punto cardinal,
reniega de las verdades elementales expresadas por el socialismo acerca de la
lucha de clases.
![]()
200 Uno de los títulos del periódico Pravda.
La lucha de clases en la
revolución rusa: he ahí acerca de lo cual deben meditar los que se llaman a sí
mismos socialistas y que algo saben de cómo se desarrolló la lucha de clases en
las revoluciones europeas.
La característica peculiar
de cada una de estas tres crisis es su forma de manifestarse: la primera
crisis(20 y 21 de abril) se manifiesta de un modo turbulento y espontáneo, sin
la menor organización, que culminó en el tiroteo de las centurias negras contra
los manifestantes y desencadenó contra los bolcheviques una campaña de
acusaciones mentirosas y absurdas. A la explosión sigue una crisis política.
En el segundo caso: la
organización por los bolcheviques de una manifestación que suspenden después
del amenazador ultimátum y de la prohibición categórica del Congreso de los
Soviets, y la manifestación en común del 18 de junio que dio una evidente preponderancia
a las consignas bolcheviques. Según confesión de los propios eseristas y
mencheviques, en la noche del 18 de junio, habría estallado de seguro la crisis
política, si la ofensiva desencadenada en el frente no la hubiese contenido.
La tercera crisis se
desencadena espontáneamente el 3 de julio, a pesar de los esfuerzos hechos el
día 2 por los bolcheviques para contenerla y, después de alcanzar su punto
máximo el día 4, conduce en los días 5 y 6 al apogeo de la contrarrevolución.
Las vacilaciones de los eseristas y mencheviques se manifiestan en el hecho de
que Spiridónova y muchos otros eseristas se expresan a favor de la entrega del
poder a los Soviets, y en el mismo sentido se pronuncian también los
mencheviques internacionalistas, que hasta ese momento se habían declarado
contrarios a ello.
211
Finalmente, la última —y
acaso la más instructiva— conclusión que se deriva del estudio de los
acontecimientos, enfocados en su conexión, consiste en que las tres crisis vienen a revelarnos una forma, nueva en la historia
de nuestra revolución, de manifestaciones de un tipo más complejo, de
movimiento por oleadas que ascienden velozmente y descienden de un modo súbito,
que avivan la revolución y la contrarrevolución y “barren”, por un período más
o menos largo, a los elementos medios.
Por su forma, el movimiento
tiene en las tres crisis el carácter de una manifestación.
Una manifestación antigubernamental sería, formalmente, la descripción más
exacta de los acontecimientos. Pero, y ahí está el quid, no se trata de una
manifestación corriente. Trátase de algo que representa bastante más que una
manifestación y menos que una revolución. Es un estallido simultáneo de la revolución y de la contrarrevolución, es una
oleada violenta y a veces casi súbita, que “barre” a los elementos medios y al
mismo tiempo coloca en primer plano de manera turbulenta a los elementos
proletarios y burgueses.
A este respecto, es muy
característico que todos los elementos medios acusen por cada uno de esos movimientos a las dos fuerzas concretas de clase: al proletariado y a la burguesía.
No tenemos más que fijarnos en los eseristas y en los mencheviques:
desaforados, gritan con toda la fuerza de sus pulmones que los bolcheviques,
con sus extremismos, no hacen más que dar alas a la contrarrevolución, al mismo
tiempo que confiesan, una y otra vez, que los demócratas— constitucionalistas
(con quienes forman bloque en el gobierno) son contrarrevolucionarios. “Es
necesario — escribía ayer Dielo Naroda—
que tracemos una profunda divisoria entre nosotros y todos los elementos de
derecha incluyendo al belicoso Edinstvo
(con el que, añadimos nosotros, los eseristas formaron un bloque en las
elecciones): tal es nuestra tarea más
apremiante”.
Compárese esto con Edinstvo de hoy (7 de julio), en que
Plejánov se ve obligado a reconocer, en el editorial, el hecho indiscutible de
que los Soviets (es decir, los eseristas y los mencheviques) se han tomado “dos
semanas para reflexionar”, y de que el paso del poder a los Soviets
“equivaldría a un triunfo de los leninistas”. “Si los demócratas-
constitucionalistas
no se atienen a la regla:
cuanto peor, tanto mejor... — escribe Plejánov—, ellos mismos tendrán que
reconocer que han cometido un grave error” (al salir del gobierno), “allanando
de ese modo el camino a los leninistas”.
¿No es esto elocuente? ¡¡Los
elementos medios acusando a los demócratas-constitucionalistas de allanar el
camino a los bolcheviques, y a los bolcheviques de hacer el juego a los
demócratas— constitucionalistas!! ¿Tan difícil es comprender que no hay más que
cambiar los nombres políticos por las denominaciones de clase para ver
proyectarse ante nuestros ojos los sueños de la pequeña burguesía de que
desaparezca la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado? ¿Las
lamentaciones de los pequeños burgueses acerca de la lucha de clases entre la
burguesía y el proletariado? ¿Tan difícil es comprender que ningún partido
bolchevique del mundo sería capaz de “provocar” un “movimiento popular”, y
mucho menos tres, si no concurrieran causas económicas y políticas muy
profundas que se encargan de poner en acción al proletariado? ¿Y que todos los
demócratas-constitucionalistas y monárquicos juntos serían incapaces de
provocar ni un solo movimiento “derechista” si no se diesen causas no menos
profundas, que vienen a engendrar la posición contrarrevolucionaria de la
burguesía como clase?
Al tratarse del movimiento
de los días 20 y 21 de abril se nos acusó, a nosotros y a los demócratas—
constitucionalistas, de obstinación, de extremismo, de exacerbar los ánimos,
llegando hasta el colmo de acusar a los bolcheviques (por disparatado que ello
parezca) de haber provocado el tiroteo en la Avenida Nevski; y cuando el
movimiento tocó a su fin, esos mismos eseristas y mencheviques escribieron en
las columnas de su órgano fusionado y oficial, Izvestia, que el “movimiento popular” “había barrido a los
imperialistas de Miliukov y otros”, es decir, ¡¡glorificaban el movimiento!! ¿No es esto elocuente? ¿No revela bien
a las claras que la pequeña burguesía no comprende el mecanismo, la esencia, de
la lucha de clase del proletariado contra la burguesía?
La situación objetiva es
ésta: la inmensa mayoría de la población es, por su modo de vivir y sobre todo
por su ideología, pequeñoburguesa. Pero en nuestro país reina, a través
principalmente de los bancos y los consorcios, el gran capital. En nuestro país
hay un proletariado urbano lo suficientemente desarrollado para adoptar un
camino propio, pero que todavía no es capaz de atraerse inmediatamente para su
causa a la mayoría de los semiproletarios. De este hecho fundamental, clasista,
se desprenden la inevitabilidad de crisis como estas tres que estamos
analizando y sus formas.
Claro está que en el futuro
las formas de las crisis podrán variar, pero su sustancia no variará, aun
cuando, por ejemplo, en octubre empiece a funcionar una Asamblea Constituyente
eserista. Los eseristas han prometido a los campesinos: 1) la abolición de la
propiedad privada de la tierra; 2) la entrega de la tierra a los trabajadores;
3) la confiscación de las tierras de los latifundistas y su entrega a los
campesinos sin indemnización. La realización de estas gigantescas
transformaciones es absolutamente imposible sin adoptar las medidas
revolucionarias más decididas contra la burguesía, medidas que únicamente podrán realizarse mediante la
alianza de los campesinos pobre con el proletariado, únicamente decretando la nacionalización de los bancos y los
consorcios.
212
Los confiados campesinos,
que han creído y creen, hasta cierto tiempo, que es posible conseguir esas
cosas tan hermosas pactando con la burguesía, se sentirán inevitablemente
desengañados y... “descontentos” (para emplear una expresión suave) de la aguda
lucha de clase del proletariado contra la burguesía por la realización efectiva
de las promesas eseristas. Así fue y así será.
Escrito
el 7 (20) de julio de 1917. Publicado el 19 de julio de 1917 en el núm. 7 de la
revista “Rabótnitsa”.
T. 32, págs. 428-432.
¿Deben los dirigentes bolcheviques comparecer ante los
tribunales?
213
¿DEBEN
LOS DIRIGNTTES BOLCHEVIQUES COMPARECER ANTE LOS TRIBUNALES?
A juzgar por las conversaciones privadas, existen dos opiniones
sobre esta cuestión.
Los camaradas que se dejan
influenciar por la “atmósfera de los Soviets” se inclinan a menudo por la
comparecencia.
Otros, más ligados a las masas obreras, se inclinan, al parecer,
por la no comparecencia.
Desde el punto de vista de
los principios, la cuestión se reduce más que nada a aquilatar lo que se ha
convenido en llamar ilusiones constitucionalistas.
Si se considera que en Rusia
existe y es posible un gobierno normal, una justicia normal y que es probable
la convocatoria de la Asamblea Constituyente, en ese caso se puede llegar a la
conclusión a favor de la comparecencia.
Pero semejante opinión es
errónea hasta la médula. Precisamente los últimos acontecimientos, después del
4 de julio, han demostrado del modo más palpable que la convocatoria de la
Asamblea Constituyente es improbable (sin una nueva revolución), que no existe
ni puede haber (ahora) en Rusia un gobierno normal ni una justicia normal.
Los tribunales son un órgano
de poder. Lo olvidan a veces los liberales. Para un marxista, olvidar esto es
un pecado.
¿Y dónde está el poder? ¿Quién lo ejerce?
No tenemos gobierno. El gobierno cambia cada día. Es inoperante.
Actúa la dictadura militar.
En este caso es ridículo hablar de “juicio”. No se trata de “juicio”, sino de
un episodio de la guerra civil. Esto
es lo que, por desgracia, no quieren comprender los partidarios de la
comparecencia ante los tribunales.
¡¡Perevérzev y Aléxinski son
los promotores del “proceso”!! ¿No es ridículo hablar aquí de juicio? ¿No es
ingenuo pensar que cualquier tribunal, en estas condiciones, pueda analizar,
establecer, examinar algo?
El poder está en manos de
una dictadura militar, y sin una nueva revolución, este poder puede sólo
consolidarse por un cierto tiempo, mientras dure la guerra por lo menos.
“Yo no hice nada ilegal. El
tribunal es justo. El tribunal aclarará. El juicio será público. El pueblo
comprenderá. Compareceré”.
Este razonamiento es de una
ingenuidad pueril. Lo que el poder
necesita no es un proceso judicial, sino la represión de los
internacionalistas. Encerrarlos y tenerlos presos: eso es lo que precisan los
señores Kerenski y Cía. Así fue (en Inglaterra y Francia) y así será (en
Rusia).
¡Que los internacionalistas
trabajen ilegalmente en la medida de sus fuerzas, pero que no cometan la
tontería de una comparecencia voluntaria!
Escrito el 8 (21) de julio de 1917. Publicado por vez primera en
1925 en el núm. 1 de la revista “Proletárskaya Revoliutsia”.
T. 32, págs. 433-434.
OBRAS ESCOGIDAS, TOMO VI (1916-1917)
![]()
V.I. LENIN
Nota de EHK sobre la
conversión
a libro digital para
facilitar su estudio.
En el lateral de la
izquierda aparecerán
los
números de las páginas que
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El corte de página no
es exacto,
porque
no hemos querido cortar
ni palabras ni
frases,
es simplemente una
referencia.
Este trabajo ha sido convertido a libro digital
para uso interno y para el estudio e investigación
del pensamiento marxista.
Euskal Herriko
Komunistak
http://www.abertzalekomunista.net
TOMO 6-12
Índice
Prefacio................................................................................................................. 1
Sobre el folleto de
Junius................................................................................... 3
Balance de la
discusión sobre la autodeterminación.................................. 10
Sobre la caricatura
del marxismo y el “economismo imperialista”.......... 28
El programa militar de
la revolución proletaria.......................................... 50
El imperialismo y la
escisión del socialismo............................................... 55
La internacional de la
juventud...................................................................... 62
Pacifismo burgués y
pacifismo socialista..................................................... 64
Informe sobre la
revolución de 1905............................................................ 72
Estadística y
sociología.................................................................................... 80
Cartas desde lejos.............................................................................................. 83
Carta de despedida a
los obreros suizos...................................................... 102
Las tareas del
proletariado en la presente revolución............................... 106
Los adeptos de Luis
Blanc en Rusia............................................................ 109
Cartas sobre tácticas...................................................................................... 111
La dualidad de poderes................................................................................. 117
Las tareas del
proletariado en nuestra revolución.................................... 119
Los partidos políticos
en Rusia y las tareas del proletariado................. 134
El congreso de
diputados campesinos....................................................... 140
Una milicia
proletaria.................................................................................... 142
Un problema
fundamental............................................................................ 144
El defensismo de buena
fe hace acto de presencia................................... 146
Las enseñanzas de la
crisis............................................................................. 148
Que entiende por “ignominia” los capitalistas y que entienden
por “ignominia” los
proletarios................................................................. 150
VII conferencia de
toda Rusia del POSD(b)R............................................ 151
Introducción a las resoluciones de la VII conferencia
de toda Rusia del
POSD(b)R....................................................................... 176
A que conduce los pasos contrarrevolucionarios
del gobierno
provisional............................................................................. 178
I. G. Tsereteli y la
lucha de clases............................................................... 180
Un triste apartamiento
de la democracia................................................... 182
La guerra y la
revolución............................................................................... 184
¿Ha desaparecido la
dualidad de poderes?................................................ 195
I congreso de los soviets de diputados obreros y soldados
de toda Rusia................................................................................................ 197
La política exterior
de la revolución rusa.................................................. 203
¿De que fuente clásica
surgen y “surgirán” los Cavaignac?................... 205
Desplazamiento de
clases............................................................................. 207
¡Todo el poder a los
soviets!......................................................................... 209
Tres crisis.......................................................................................................... 210
¿Deben los dirigentes
bolcheviques comparecer ante los tribunales?.. 213
Notas................................................................................................................. 214
1
PREFACIO
En el sexto tomo de la
presente edición se insertan obras escritas por Vladimir Ilich Lenin durante el
período comprendido entre julio de 1916 y julio de 1917, en los años de la
guerra imperialista mundial y de la revolución iniciada en Rusia en febrero de
1917.
En sus artículos, informes,
discursos y folletos, Lenin elaboró la teoría del imperialismo y de la
revolución socialista, fundamentó científicamente la solución de los problemas
más candentes de la época: la actitud hacia la guerra, el problema nacional y
la transformación de la revolución dernocrát.ica burguesa en revolución
socialista.
Apoyándose en un profundo
estudio del imperialismo, Lenin descubrió la ley de la desigualdad del
desarrollo económico y político del capitalismo en la época del imperialismo y,
partiendo de esta ley, llegó a la conclusión de la posibilidad del triunfo del
socialismo inicialmente en un solo país o en varios países. "La
desigualdad del desarrollo económico y político es una ley absoluta del
capitalismo —escribió Lenin en el artículo La
consigna de los Estados Unidos de Europa-— De aquí se deduce que es posible
que el socialismo triunfo primeramente
en unos cuantos países capitalistas, o incluso en un solo país
capitalista". Lenin volvió a tratar este problema en su trabajo Sobre la caricatura del marxismo y el
"economismo imperialista" (1916) y en el artículo El programa militar de la revolución
proletaria (1916).
Estrechamente unida a esta
deducción está otra que hizo Lenin sobre la base de un exhaustivo análisis del
proceso revolucionario mundial en la época imperialista: la diversidad de vías
de transición de los distintos pueblos al socialismo. En el artículo
Sobre la caricatura del marxismo y el "economismo
imperialista",
Lenin destaca la especificidad de las condiciones socioeconómicas y políticas
en diferentes países y subraya que "la misma diversidad aparecerá en el
camino que ha de recorrer la humanidad desde el imperialismo de hoy hasta la
revolución socialista del mañana. Todas las naciones llegarán al socialismo,
eso es inevitable, pero no llegarán de la misma manera; cada una de ellas
aportará sus elementos peculiares a una u otra forma de la democracia, a una u
otra variante de la dictadura del proletariado, a uno u otro ritmo de las
transformaciones socialistas de los diversos aspectos de la vida social".
No obstante, toda la diversidad de formas del paso del capitalismo al
socialismo en distintos países, el contenido de estas formas será siempre el
mismo: dictadura del proletariado. En sus obras de este período Lenin
desarrolló la teoría marxista de la dictadura de la clase obrera, de sus tareas
y formas: "La dictadura del proletariado, única clase revolucionaria hasta
el fin —escribió Lenin—, es imprescindible para derrocar a la burguesía y
rechazar sus tentativas contrarrevolucionarias".
En las Tesis de Abril (Las tareas del proletariado en la presente revolución)
(1917), señero documento programático del marxismo creador, Lenin, al analizar
el problema de la forma de la dictadura de la clase obrera que se instauraría
en Rusia, tenía en cuenta la experiencia de la Comuna de París de 1871, primer
gobierno obrero que conoce la historia, y la experiencia de las dos
revoluciones rusas. El estudio de estas experiencias llevó a Lenin al
convencimiento de que la forma política de la dictadura del proletariado debía
ser la república de los Soviets y no una república parlamentaria de tipo,
tradicional. Los Soviets de diputados obreros, cam— pesinos y soldados, que
surgieron en los primeros días de la Revolución de febrero por todo el país y
que realizaron por sí mismos transformaciones
democráticas, eran
organizaciones revolucionarias de las masas, interpretaban directa e
inmediatamente la voluntad de la mayoría del pueblo y eran más democráticos que
cualquier parlamento. "La humanidad no ha creado hasta hoy, ni nosotros
conocemos, un tipo de
gobierno superior ni mejor
que los Soviets de diputados obrero, braceros, campesinos y soldados"
—escribió Lenin en el articulo La
dualidad de poderes.
El problema nacional y
colonial pasó a ser una cuestión vital de la teoría y la práctica
revolucionarias, una parte integrante del problema de la revolución socialista.
Le imprimió singular trascendencia la polémica acerca del derecho a la
autodeterminación de las naciones, entablada en 1916 en la prensa socialista
internacional de izquierda. En sus obras dedicadas al problema nacional y
colonial, Lenin desarrolló los postulados marxistas acerca de la necesidad de
unir el movimiento proletario con la lucha de los pueblos oprimidos de las
colonias y los países dependientes. En los artículos Sobre el folleto de Junius y Balance
de la discusión sobre la autodeterminación, Lenin reveló la inconsistencia
de la concepción de ciertos líderes
del ala izquierda de la socialdemocracia alemana (Rosa Luxemburgo y otros) de
que bajo el imperialismo son imposibles las guerras de liberación nacional.
2
Lenin mostró que la opresión nacional y colonial engendra
inevitablemente un antagonismo irreconciliable entre los pueblos esclavizados
de las colonias y los países dependientes, de un lado, y el capital
monopolista, de otro, y lanza a los pueblos sojuzgados a la lucha libertadora
contra el imperialismo. Así lo demostraban los hechos históricos concretos de
la lucha liberadora de los pueblos oprimidos durante los años de la guerra (en
Indochina, en África y en Irlanda) que desmentían las afirmaciones de que las
guerras de liberación nacional son imposibles bajo el imperialismo. Lenin
recalcaba el carácter revolucionario de las insurrecciones de liberación
nacional, destacaba lo progresivo de la formación, en caso de triunfar estas
insurrecciones, de nuevos Estados nacionales independientes. Lenin pensaba que
la clase obrera tiene el deber de defender con la mayor decisión el derecho de
todas las naciones a la autodeterminación e incluso a la separación y formación
de su propio Estado, y de ayudar al levantamiento de los pueblos oprimidos
contra las potencias imperialistas opresoras. En el artículo La revolución socialista y el derecho de las
naciones a la autodeterminación escribió que la clase obrera y su partido
marxista en las metrópolis deben respaldar
la lucha de los pueblos oprimidos por su liberación, por reivindicaciones
democráticas, por la autode — terminación; deben contribuir a esta lucha
ensanchándola e impulsándola hasta el asalto directo a la burguesía, es decir,
hasta la revolución socialista.
Una parte considerable de
las obras incluidas en el presente volumen se refiere al período de la
Revolución de febrero en Rusia. En las Cartas
desde lejos, escritas en Suiza inmediatamente después de recibirse la
noticia sobre el comienzo de la revolución en Rusia, Lenin aquilató las fuerzas
motrices, el carácter y la orientación de la revolución consumada y planteó el
problema de transformar la revolución democrática burguesa en revolución
socialista. El programa de paz formulado por los bolcheviques en 1915,
subrayaba Lenin, conserva su valor: renuncia a cumplir los tratados zaristas,
armisticio inmediato, paz sin anexiones ni contribuciones, llamamiento a los
obreros de todos los países a tomar el poder en sus manos: tales son los
principales planteamientos de este programa.
Después de la Revolución de
febrero, el Partido Bolchevique pasó a la legalidad y Lenin obtuvo la
posibilidad de volver a Rusia.
Entre las obras de Lenin de
este período ocupan el lugar central las Tesis
de Abril, que tienen como continuación las Cartas sobre táctica, y otros varios artículos. Estos trabajos de
Lenin pertrecharon a la clase obrera de Rusia y al Partido Bolchevique con un
plan científicamente fundamentado para pasar de la revolución democrática
burguesa a la revolución socialista. En las Tesis
de Abril Lenin dilucidó los problemas más actuales que se planteaban
después del triunfo de la Revolución de febrero: cómo salir de la guerra
imperialista, qué forma debía adoptar el nuevo poder estatal, qué medidas
económicas urgentes había que tomar, con qué medios se debía combatir el hambre
y la ruina y cuál debía ser la táctica del Partido Bolchevique para pasar a la
revolución socialista.
Tras haber demostrado que la
política del Gobierno Provisional burgués llevaba inevitablemente el país a una
catástrofe económica, Lenin escribía: "Hay que preparar sin demora a los Soviets de diputados obreros, a los
Soviets de diputados empleados de la Banca, etc., con el fin de empezar a dar
los pasos prácticamente posibles y plenamente realizables, primero para
fusionar todos los bancos en un solo Banco Nacional; después, para establecer
el control de los Soviets de diputados obreros sobre los bancos y los
consorcios, y luego, para nacionalizarlos, es decir, para convertirlos en
propiedad de todo el pueblo".
En las obras de Lenin de
aquellos años se presta una gran atención a la política del Partido Bolchevique
en relación con el campesinado. Las Tesis
de Abril preveían la confiscación de todos los latifundios, la
nacionalización de toda la tierra del país y la administración de la tierra por
los Soviets locales de diputados braceros y campesinos.
En los artículos de este
período, Lenin denuncia la política antipopular del Gobierno Provisional, quo
no había cumplido ninguna de las demandas de las masas populares y que
intentaba continuar la guerra imperialista en interés de la burguesía rusa la
cual se lucraba con ella. En sus obras, Lenin critica ásperamente a los
partidos pequeñoburgueses de los eseristas y mencheviques, quo apoyaban al
Gobierno Provisional (¿De qué fuente
clasista surgen y "surgirán" los Cavaignac?, Los adeptos de Luis
Blanc en Rusia, etc.).
Tal es, a grandes rasgos, el
contenido del presente volumen. Igual que los anteriores, va provisto de unas
notas aclaratorias preparados por la redacción.
* * *
Los trabajos que figuran en
el presente volumen han sido traducidos de la 5ª edición rusa de las Obras Completas de V. I. Lenin,
preparada por el Instituto de Marxismo-Leninismo adjunto al CC del PCUS. Al
final de cada trabajo se indican el tomo y las páginas correspondientes.
LA EDITORIAL
3
SOBRE EL FOLLETO DE
JUNIUS
¡Por fin apareció en
Alemania, ilegalmente, sin ninguna adaptación a la infame censura junker, un
folleto socialdemócrata dedicado a los problemas de la guerra! El autor, que
evidente pertenece al sector de la “izquierda radical” del partido, firma con el
nombre de Junius (que en latín significa el más joven) y titula su folleto La crisis de la socialdemocracia. En un
apéndice se incluyen las “tesis sobre las tareas de la socialdemocracia
internacional” que fueron propuestas ya a la ISK de Berna (Comisión Socialista
Internacional) y publicadas en el número 3 del Boletín de la Comisión.1 Dichas tesis fueron escritas por el grupo La Internacional, 2 que en la primavera de 1915 publicó un
número de una revista con ese título (con artículos de Zetkin, Mehring, R.
Luxemburgo, Thalheimer, Duncker, Ströbel y otros) y organizó, el invierno de
1915-1916, una reunión de socialdemócratas de todas las regiones de Alemania,
en la que se aprobaron las mencionadas tesis.
Como dice su autor en la
introducción, fechada el 2 de enero de 1916, el folleto fue escrito en abril de
1915 y publicado “sin ninguna modificación”. “Circunstancias externas”
impidieron publicarlo antes. El folleto está dedicado, no tanto a la “crisis de
la socialdemocracia”, como a un análisis de la guerra, para refutar la leyenda
de que es una guerra de liberación nacional, para probar que es una guerra
imperialista tanto por parte de Alemania como por parte de las otras grandes
potencias, y a una crítica revolucionaria de la conducta del partido oficial.
Escrito con extraordinaria viveza, no cabe duda de que el folleto de Junius ha
desempeñado y desempeñará un gran papel en la lucha contra el ex Partido
Socialdemócrata de Alemania que ha desertado al campo de la burguesía y de los
junkers, y nosotros felicitamos cordialmente al autor.
Al lector ruso, que conoce
las publicaciones socialdemócratas en ruso aparecidas en el exterior entre 1914
y 1916, el folleto de Junius no le ofrece nada nuevo en principio. Al leer este
folleto y comparar los argumentos de este marxista revolucionario alemán con
los expuestos, por ejemplo, en el manifiesto del Comité Central de nuestro
partido (septiembre-
![]()
1 Comisión
Socialista Internacional (ISK — Internationale Sozialistische
Kommission) de Berna: órgano ejecutivo de la Unión zimmerwaldiana,
constituido en la Conferencia Socialista Internacional que se celebró del 5 al
8 de septiembre en Zimmerwald.
Poco después de la Conferencia de Zimmerwald se formó una
Comisión Socialista Internacional ampliada, integrada por representantes de
todos los partidos que se adhirieron a los acuerdos de la Conferencia de
Zimmerwald.
El órgano de la ISK era el Boletín,
que se editó en alemán, francés e inglés de septiembre de 1915 a enero de 1917.
Aparecieron 6 números.
En el núm. 3 del Boletín
de la ISK (febrero de 1916) se publican las tesis del grupo La
Internacional, que fijaron la posición de los socialdemócratas de izquierda
alemanes en los problemas más importantes de la teoría y la política durante la
primera guerra mundial.
2 Grupo La Internacional: organización revolucionaria de los
socialdemócratas de izquierda alemanes; se formó en enero de 1916 y la
encabezaban C. Liebknecht, R. Luxemburgo, F. Mehring, C. Zetkin y otros. En
abril de 1915 R. Luxemburgo y F. Mehring fundaron la revista Die Internationale, en torno a la cual
se cohesionó el grupo fundamental de socialdemócratas de izquierda de Alemania.
A partir de 1916, el grupo La Internacional, además de las proclamas políticas
que lanzaba en 1915, empezó a editar y difundir clandestinamente las Cartas políticas con la firma de Espartaco (aparecieron regularmente
hasta octubre de 1918) y pasó a llamarse Grupo Espartaco. Los espartaquistas
hacían propaganda revolucionaria entre las masas, organizaban grandes
manifestaciones contra la guerra, dirigían las huelgas y denunciaban el
carácter imperialista de la guerra mundial y la traición de los líderes
oportunistas de la socialdemocracia. Pero los espartaquistas cometieron graves
errores en los problemas de la teoría y la política. Lenin criticó
reiteradamente los errores de los socialdemócratas de izquierda alemanes.
En noviembre de 1918, en el
curso de la revolución en Alemania, los componentes del grupo formaron la Liga
Espartaco y en el Congreso Constituyente, celebrado del 30 de diciembre de 1918
al 1 de enero de 1919, fundaron el Partido Comunista de Alemania.
noviembre de 1914), en las
resoluciones de Berna (marzo de 1915) y en numerosos comentarios sobre ellas,
sólo se advierte que los argumentos de Junius son muy incompletos y que ha
cometido dos errores. Al dedicar lo que sigue a la crítica de los defectos y
errores de Junius, debemos subrayar ante todo que lo hacemos como parte de la
autocrítica necesaria para los marxistas, y para verificar en todos sus
aspectos los conceptos que deben servir de base ideológica a la III
Internacional. En términos generales, el folleto de Junius es un excelente
trabajo marxista, y es muy posible que sus defectos sean, hasta cierto punto,
accidentales.
El principal defecto del
folleto de Junius, que constituye un evidente paso atrás en comparación con la
revista legal (aunque prohibida en cuanto apareció) La Internacional, es que silencia la vinculación entre el
socialchovinismo (el autor no usa este término, ni la expresión
socialpatriotismo, menos exacta) y el oportunismo. El autor se refiere con toda
razón a la “capitulación” y bancarrota del Partido Socialdemócrata Alemán, a la
“traición” de sus “dirigentes oficiales”, pero no va más allá. Sin embargo, ya
la revista La Internacional criticó
el “centro”, es decir, el kautskismo, colmándolo de burlas, con toda razón, por
su blandenguería, su prostitución del marxismo, su servilismo ante los
oportunistas. Y la misma revista empezó
a desenmascarar el verdadero papel de los oportunistas al revelar, por ejemplo,
el importantísimo hecho de que el 4 de agosto de 1914, los oportunistas habían
presentado un ultimátum, una resolución tomada de antemano, para que se votaran
los créditos en cualquier caso. ¡Ni
el folleto de Junius, ni las tesis, se refieren en absoluto al oportunismo, ni al kautskismo! Esto es un error
teórico, pues es imposible explicar
la “traición” sin vincularla con el oportunismo como tendencia que tiene una larga historia, la historia de toda la II
Internacional. Esto es un error en el sentido político práctico, pues es
imposible comprender la “crisis de la socialdemocracia”, ni superarla sin haber
aclarado el sentido y el papel de estas dos
tendencias: la abiertamente oportunista (Legien, David, etc.) y la
tácitamente oportunista (Kautsky y Cía.). Es un paso atrás en comparación, por
ejemplo, con el histórico artículo de Otto Rühle en Vorwärts,3 del 12 de enero de 1916, donde el
autor, franca y abiertamente, demuestra que es inevitable una división del Partido Socialdemócrata Alemán (la
redacción de Vorwärts contestó,
repitiendo melosas e hipócritas frases a lo Kautsky, sin encontrar un solo
argumento de fondo para refutar el hecho ya
evidente de que existían dos partidos y era imposible reconciliarlos). Es de
una inconsecuencia asombrosa, ya que la tesis 2ª de La Internacional habla sin rodeos de la necesidad de crear una
“nueva” Internacional en vista de la “traición de las representaciones
oficiales de los partidos socialistas de los principales países” y su “adhesión
a la política imperialista burguesa”. Está claro que resulta simplemente
absurdo insinuar que el viejo Partido Socialdemócrata Alemán o el partido que
tolera a Legien, David y Cía. pueda participar en la “nueva” Internacional.
4
No sabemos por qué el grupo
La Internacional dio este paso atrás. El mayor defecto en el marxismo
revolucionario de Alemania es la falta de una organización ilegal consolidada,
que aplique su línea en forma sistemática y eduque a las masas en el espíritu
de las nuevas tareas: tal organización debería también tomar una postura
definida ante el oportunismo y ante el kautskismo. Esto es tanto más necesario,
por cuanto ahora los socialdemócratas revolucionarios alemanes han perdido sus
dos últimos diarios: el de Bremen (Bremer
Bürger— Zeitung)4 y el de Brunswick (Volksfreund)5, que se pasaron ambos a los
kautskianos.
![]()
3 3 "Vorwärts" ("Adelante"): diario, órgano central del
Partido Socialdemócrata Alemán; apareció en Berlín desde 1891 hasta 1933.
Engels combatió desde sus páginas toda manifestación de oportunismo. A partir
de la segunda mitad de los años 90, después de la muerte de Engels, la
redacción de Vorwärts se vio en manos
del ala derecha del partido y publicó regularmente artículos de los
oportunistas.
Durante la guerra imperialista mundial de 1914-1918, Vorwärts mantuvo una posición
socialchovinista
4 "Bremer
Bürger-Zeitung" ("La Gaceta Civil de Bremen"): diario
socialdemócrata; se publicó en Bremen desde 1890 hasta 1919
5 "Volksfreund" ("El Amigo del Pueblo"): diario
socialdemócrata; fundado en 1871, en Brunswick
Únicamente el
grupo Socialistas Internacionalistas de Alemania (ISD) permanece en su puesto
de modo claro y evidente para todos.6
Parece que algunos miembros
del grupo La Internacional se han deslizado otra vez a la charca del kautskismo
sin principios. Por ejemplo, Ströbel llegó, en Neue Zeit, ¡a hacer reverencias a Bernstein y Kautsky! Y hace muy
pocos días, el 15 de julio de 1916, publicó en los periódicos su artículo Pacifismo y socialdemocracia, donde
defiende el más ramplón pacifismo kautskiano. En cuanto a Junius, se opone
categóricamente a los irrealizables proyectos kautskianos, como los de
“desarme”, “abolición de la diplomacia secreta”, etc. Es posible que en el
grupo La Internacional haya dos tendencias: una revolucionaria y otra que se
inclina hacia el kautskismo.
La primera de las
definiciones erróneas de Junius ha sido refrendada en la 5ª tesis del grupo La
Internacional: “…En la época (era) de este desenfrenado imperialismo no puede
haber ya ninguna guerra nacional. Los intereses nacionales sirven únicamente como
medio de engaño para colocar a las masas populares trabajadoras al servicio de
su mortal enemigo: el imperialismo...” El comienzo de la 5ª tesis, que termina
con esta definición, está dedicado a definir la guerra actual como
imperialista. Es posible que la negación de las guerras nacionales en general
sea un descuido o un apasionamiento casual al destacar la idea, absolutamente
justa, de que la presente guerra es
una guerra imperialista, y no nacional. Pero como puede tratarse también de lo
contrario, como en algunos socialdemócratas se observa la negación equivocada
de todas las guerras nacionales
debido a que la guerra actual es presentada falsamente bajo el aspecto de una
guerra nacional, es obligado detenerse en este error.
Junius tiene perfecta razón
cuando destaca la influencia decisiva de la “situación imperialista” en la
guerra actual, cuando dice que tras
Serbia está Rusia, que “tras el nacionalismo serbio se encuentra el
imperialismo ruso”, que la participación de Holanda, por ejemplo, en la guerra
sería también imperialista, pues
ella, primero, defendería sus colonias y, segundo, sería aliada de una de las
coaliciones imperialistas. Esto es
indiscutible con relación a la guerra actual. Y cuando Junius subraya
especialmente lo que tiene para él importancia primordial —la lucha contra el
“fantasma de la guerra nacional”, “que predomina actualmente en la política
socialdemócrata” (pág. 81)—, hay que reconocer que su razonamiento es justo y
plenamente oportuno.
Lo erróneo sería
hiperbolizar esta verdad, apartarse de la exigencia marxista de ser concreto,
trasplantar la apreciación de la presente guerra a todas las guerras posibles
bajo el imperialismo, olvidar los movimientos nacionales contra el imperialismo. El único argumento en defensa de la tesis
de que “no puede haber ya ninguna guerra nacional” consiste en que el mundo
está repartido entre un puñado de “grandes” potencias imperialistas y que, por
ello, toda guerra, aunque sea nacional al principio, se transforma en imperialista al afectar los intereses de una de
las potencias o coaliciones imperialistas (pág. 81 del folleto de Junius).
La incongruencia de este
argumento es evidente. Claro está que la tesis fundamental de la dialéctica
marxista consiste en que todas las fronteras, tanto en la Naturaleza como en la
sociedad, son relativas y variables, que no existe ni un solo fenómeno que no pueda, en determinadas condiciones,
transformarse en su antítesis. Una guerra nacional puede transformarse en
imperialista, y viceversa. Ejemplo:
las guerras de la Gran Revolución Francesa comenzaron como nacionales y lo
eran. Esas guerras eran revolucionarias por que
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6 Socialistas
Internacionalistas de Alemania (ISD, Internationale Sozialisten Deutschlands): grupo de
socialdemócratas de izquierda alemanes que se reunieron en los años de la
guerra imperialista mundial en torno a la revista Lichtstrahlen ("Rayos de Luz"). Los Socialistas
Internacionalistas de Alemania junto con el grupo La Internacional constituían
la oposición izquierdista en el seno del Partido Socialdemócrata Alemán. Los
ISD combatían la guerra y el oportunismo. El grupo no tenía amplios vínculos
con las masas y no tardó en disolverse
defendían la gran revolución
frente a la coalición de monarquías contrarrevolucionarias. Pero cuando
Napoleón creó el Imperio francés, esclavizando a toda una serie de grandes
Estados nacionales de Europa, formados mucho antes y con capacidad vital, las guerras
francesas dejaron de ser nacionales para convertirse en imperialistas,
engendrando a su vez las guerras de
liberación nacional contra el imperialismo de Napoleón.
Sólo un sofista podría
borrar la diferencia entre la guerra imperialista y la guerra nacional
basándose en que una puede
transformarse en la otra. La dialéctica ha servido más de una vez —también en
la historia de la filosofía griega— de puente que conduce a la sofistería. Pero
nosotros seguiremos siendo dialécticos y lucharemos contra los sofismas, no
negando la posibilidad de toda transformación en general, sino analizando de
modo concreto la presente en su
entono y en su desarrollo.
5
Es inverosímil en alto grado que la presente guerra imperialista
(1914-1916) se transforme en nacional, pues la clase que representa el progreso es el proletariado, el cual
tiende objetivamente a transformarla en guerra civil contra la burguesía. Y,
además, porque las fuerzas de ambas coaliciones no se diferencian mucho y el
capital financiero internacional ha creado en todas partes una burguesía
reaccionaria. Pero no se puede declarar imposible
semejante transformación: si el
proletariado de Europa resultase sin
fuerzas durante 20 años; si la guerra actual terminase con victorias semejantes a las napoleónicas y con el
sojuzgamiento de una serie de Estados nacionales viables; si el imperialismo extra — europeo (el japonés y el norteamericano
en primer lugar) se mantuviese también 20 años sin pasar al socialismo, por
ejemplo, como resultado de una guerra nipo-norteamericana, entonces sería
posible una gran guerra nacional en Europa. Eso significaría el retroceso de
Europa en varios decenios. Eso es improbable. Pero no imposible, pues
imaginarse que la historia universal avanza suave y ordenadamente, sin
gigantescos saltos atrás en algunas ocasiones, no es dialéctico, es
acientífico, falso desde el punto de vista teórico.
Prosigamos. En la época del
imperialismo no sólo son probables, sino inevitables
las guerras nacionales por parte de las colonias y semicolonias. En las
colonias y semicolonias (China, Turquía, Persia) viven cerca de 1.000 millones
de almas, es decir, más de la mitad
de la población de la Tierra. En esos países, el movimiento de liberación
nacional o bien es ya muy fuerte, o bien crece y madura. Toda guerra es la
continuación de la política con otros medios. Las guerras nacionales de las
colonias contra el imperialismo serán
inevitablemente una continuación de
la política de liberación nacional de las mismas. Esas guerras pueden conducir a una guerra
imperialista de las “grandes” potencias imperialistas actuales, pero pueden
también no conducir a ella: eso dependerá de muchas circunstancias.
Un ejemplo: Inglaterra y
Francia pelearon en la Guerra de los Siete Años7 por las colonias, es decir, sostuvieron una guerra imperialista
(la cual es posible tanto sobre la base de la esclavitud y del capitalismo
primitivo como sobre la base moderna del capitalismo altamente desarrollado).
Francia es derrotada y pierde parte de sus colonias. Unos años después empieza
la guerra de liberación nacional de los Estados de América del Norte contra
Inglaterra8 sola. Francia y España, que siguen
poseyendo ciertas partes de los actuales
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7 La
Guerra de los Siete Años
(1756-1763): guerra europea provocada por las apetencias anexionistas de las
potencias absolutistas feudales y la rivalidad colonial de Francia e
Inglaterra. Aliada a Prusia, Inglaterra luchó contra la coalición de Austria,
Francia, Rusia, Sajonia y Suecia. Como resultado de la guerra, Francia vióse
obligada a ceder a Inglaterra sus colonias más importantes (Canadá, las
posesiones en las Indias Orientales, etc.); Prusia, Austria y Sajonia
conservaron las fronteras de preguerra
8 Se tiene en cuenta la
guerra por la independencia de las colonias norteamericanas de Inglaterra
(1775-
1783). El levantamiento de
las colonias norteamericanas contra la dominación inglesa, motivado por el
anhelo de independencia de la nación burguesa norteamericana en proceso de
formación y por su deseo de destruir las barreras que obstaculizaban el desarrollo
del capitalismo, tuvo el carácter de una revolución burguesa. Como resultado de
la victoria de los norteamericanos se formó un Estado burgués independiente:
los Estados Unidos de América
Estados Unidos, movidas por
su hostilidad a Inglaterra, es decir, por sus intereses imperialistas,
concluyen un tratado de amistad con los Estados de América del Norte,
insurreccionados contra Inglaterra. Las tropas francesas, con las americanas,
derrotan a los ingleses. Nos encontramos ante una guerra de liberación
nacional, en la que la rivalidad imperialista es un elemento accesorio, carente
de seria importancia, o sea, lo contrario de lo que vemos en la guerra de
1914-1916 (en la guerra austro-serbia, el elemento nacional no tiene seria
importancia, en comparación con la rivalidad imperialista, que es
determinante). Esto nos muestra cuán absurdo sería emplear el concepto de
imperialismo con arreglo a un patrón fijo, deduciendo de él la “imposibilidad” de
las guerras nacionales. La guerra de liberación nacional, por ejemplo, de una
alianza de Persia, India y China contra unas u otras potencias imperialistas es
muy posible y probable, pues deriva del movimiento de liberación nacional de
esos países. Y la transformación de semejante guerra en guerra imperialista
entre las actuales potencias imperialistas dependería de muchísimas
circunstancias concretas, cuyo advenimiento sería ridículo garantizar.
En tercer lugar, ni siquiera
en Europa se puede considerar imposibles las guerras de liberación nacional en
la época del imperialismo. “La época del imperialismo” ha hecho imperialista la
presente guerra, engendrará ineludiblemente (mientras no se llegue al
socialismo) nuevas guerras imperialistas y ha hecho imperialista hasta la
médula la política de las grandes potencias actuales; pero esta “época” no
excluye en lo más mínimo las guerras nacionales, por ejemplo, por parte de los
pequeños Estados (supongamos que anexionados u oprimidos nacionalmente) contra las potencias imperialistas, de
la misma manera que no excluye los movimientos nacionales en gran escala en el
Este de Europa. Junius opina de Austria, por ejemplo, de forma muy sensata,
tomando en consideración tanto lo “económico” como el peculiar factor político,
señalando la “carencia de vitalidad interior de Austria” y reconociendo que la
“monarquía de los Habsburgo no es una organización política del Estado burgués,
sino sólo un sindicato, débilmente vinculado, de unas cuantas camarillas de
parásitos sociales” y que la “liquidación de Austria-Hungría no es más, desde
el punto de vista histórico, que la continuación del desmoronamiento de Turquía
y, con él, una exigencia del proceso histórico de desarrollo”. No mejor es la
situación en lo que se refiere a algunos Estados balcánicos y a Rusia. Y si se
dan las condiciones de un fuerte agotamiento de las “grandes” potencias en la
guerra actual o del triunfo de la revolución en Rusia, las guerras nacionales,
incluso victoriosas, son plenamente posibles. La intervención de las potencias
imperialistas es prácticamente realizable no
en todas las condiciones. Eso de una parte. Y de otra parte, cuando se dice “a
humo de pajas” que la guerra de un Estado pequeño contra un gigante carece de
perspectivas, debe advertirse que una guerra sin perspectivas es también una
guerra; además, determinados fenómenos en el seno de los “gigantes” —por
ejemplo, el comienzo de la revolución — pueden convertir una guerra “sin perspectivas”
en una guerra con muchas “perspectivas”.
6
Hemos analizado con detalle
la tesis desacertada de que “no puede haber ya ninguna guerra nacional” no sólo
porque es errónea a todas luces desde el punto de vista teórico. Sería muy
triste, naturalmente, que los “izquierdistas” comenzasen a dar muestras de
despreocupación por la teoría marxista en un momento en que la fundación de la
III Internacional sólo es posible sobre la base de un marxismo no vulgarizado.
Mas esa equivocación es muy perjudicial también en el sentido político
práctico: de ella se deduce la estúpida propaganda del “desarme”, como si no
pudiera haber más guerras que las reaccionarias; de ella se deduce asimismo la
indiferencia, más estúpida todavía y claramente reaccionaria, ante los
movimientos nacionales. Esa indiferencia se convierte en chovinismo cuando los
miembros de las “grandes” naciones europeas, es decir, de las naciones que
oprimen a una masa de pueblos pequeños y coloniales, declaran con aire de
sabihondos: ¡“no puede haber ya ninguna guerra nacional”! Las guerras nacionales
contra las potencias imperialistas no
sólo son posibles y probables, sino también inevitables y progresistas, revolucionarias,
aunque,
claro está, para que tengan éxito es imprescindible aunar los
esfuerzos de un inmenso número de habitantes de los países oprimidos
(centenares de millones en el ejemplo de la India y de China, aportado por
nosotros) o que se dé una conjugación especialmente
favorable de los factores que caracterizan la situación internacional (por
ejemplo, paralización de la intervención de las potencias imperialistas como
consecuencia de su agotamiento, de su guerra, de su antagonismo, etc.), o la
insurrección simultánea del
proletariado de una de las grandes potencias contra la burguesía (este caso, el
último en nuestra enumeración, es el primero desde el punto de vista de lo
deseable y ventajoso para la victoria del proletariado).
Debemos indicar, sin
embargo, que sería injusto acusar a Junius de indiferencia por los movimientos
nacionales. Junius señala, al menos, entre los pecados de la minoría
socialdemócrata el silencio de ésta ante la ejecución por “traición”
(seguramente, por el intento de sublevarse con motivo de la guerra) de un jefe
indígena en el Camerún, subrayando especialmente en otro lugar (para los
señores Legien, Lensch y otros canallas que se consideran “socialdemócratas”)
que las naciones coloniales son también naciones. Junius declara con la mayor
precisión: el “socialismo reconoce a cada pueblo el derecho a la independencia
y a la libertad, a disponer libremente de su destino”; el “socialismo
internacional reconoce el derecho de las naciones libres, independientes e
iguales; pero sólo él puede crear esas naciones, sólo él puede llevar a la
práctica el derecho de las naciones a la autodeterminación. Y esta consigna del
socialismo —señala con razón el autor— sirve, igual que todas las demás, no
como justificación de lo existente, sino como guía del camino a seguir, como
estímulo de la política activa, revolucionaria y transformadora, del
proletariado” (págs. 77 y 78). Por tanto, se e quivocarían profundamente
quienes pensasen que todos los socialdemócratas de izquierda alemanes han caído
en la estrechez de criterio y la caricatura del marxismo a que han llegado
algunos socialdemócratas holandeses y polacos al negar la autodeterminación de
las naciones incluso en el socialismo. Pero de los orígenes holandeses y polacos
especiales de este error hablamos en otro lugar.
Otro de los razonamientos
equivocados de Junius se relaciona con el problema de la defensa de la patria.
Es éste un problema político cardinal durante una guerra imperialista. Y Junius
refuerza nuestra convicción de que nuestro partido indicó el único enfoque
correcto del problema: el proletariado está en contra de la defensa de la
patria en esta guerra imperialista debido
a su carácter rapaz, esclavista y reaccionario, debido a la posibilidad y necesidad de contraponer a esta guerra (y de bregar por transformarla en) una
guerra civil por el socialismo.
Sin embargo, Junius, que por
una parte expuso brillantemente el carácter imperialista de la presente guerra,
diferenciándola de una guerra nacional, por otra parte cometió un error muy
extraño, al intentar arrancar de un programa nacional en esta guerra no nacional.
Suena casi increíble, pero es así. Los socialdemócratas adocenados, tanto los
de la calaña de Legien como de Kautsky, en su servilismo a la burguesía (que
gritó más que nadie sobre la “invasión” extranjera para ocultar a las masas del
pueblo el carácter imperialista de la guerra), repitieron con especial afán
este argumento de la “invasión”. Kautsky, que ahora asegura a la gente cándida
y confiada (dicho sea de paso, por intermedio de Spectator, miembro del CO
ruso)9 que a fines de 1914 se ha pasado a la
oposición, ¡continúa usando ese “argumento”! Para refutarlo, Junius cita
ejemplos históricos muy ilustrativos, que prueban que “invasión y lucha de
clases no son una contradicción en la historia burguesa, como afirma la leyenda
oficial,
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9 CO
(Comité de Organización):
centro dirigente de los mencheviques constituido en 1912. En los años de la
primera guerra mundial, el CO mantuvo la posición del socialchovinismo,
justificaba la guerra por parte del zarismo y predicaba las ideas del
nacionalismo y el chovinismo. El CO funcionó hasta la elección del CC del
partido menchevique en agosto de 1917. Además del CO que actuaba en Rusia,
existía el Secretariado del CO en el Extranjero, que ocupaba una posición
próxima al centrismo y, encubriéndose con una fraseología internacionalista, de
hecho apoyaba a los socialchovinistas rusos
sino que una es el medio y
la expresión de la otra”. Ejemplos: los Borbones en Francia recurrieron a la
invasión extranjera contra los jacobinos;10 la
burguesía en 1871, contra la Comuna.11 Marx
escribió en La guerra civil en Francia:
7
“El más heroico esfuerzo de
que aún era capaz la vieja sociedad es la guerra nacional. Y ahora resulta que
ésta no es más que un fraude del gobierno cuyo único objetivo es diferir la
lucha de clases. Mas cuando la lucha de clases se enciende como guerra civil,
el fraude salta hecho añicos”.12
“El clásico ejemplo de todos
les tiempos — escribe Junius refiriéndose a 1793— es la Gran Revolución
Francesa”. De todo ello extrae la siguiente conclusión: “La experiencia secular
demuestra, por consiguiente, que la mejor defensa, la mejor protección de un
país contra el enemigo exterior no es el estado de sitio, sino la abnegada
lucha de clases que despierta el sentido de la dignidad, el heroísmo y la
fuerza moral de las masas populares”.
La conclusión práctica de Junius es ésta:
“Sí, es deber de los
socialdemócratas defender su país durante una gran crisis histórica. Ahora
bien, la grave culpa del grupo socialdemócrata del Reichstag consiste en haber
proclamado solemnemente, en su declaración del 4 de agosto de 1914: “En la hora
del peligro no dejaremos sin defensa a nuestra patria”, y en haber abjurado, al
mismo tiempo, de sus palabras. El grupo dejó
sin defensa a la patria en la hora de mayor peligro. Pues su primer deber hacia
la patria en esa hora era mostrar a la patria el verdadero trasfondo de esta
guerra imperialista, romper la maraña de mentiras patrioteras y diplomáticas
que envolvía este atentado contra la patria; proclamar en voz alta y claramente
que tanto la victoria como la derrota en la presente guerra son igualmente
funestas para el pueblo alemán, oponerse a ultranza al estrangulamiento de la
patria por el estado de sitio; proclamar la necesidad de armar inmediatamente
al pueblo y dejarle que resolviera él mismo el problema de la guerra o la paz;
exigir resueltamente una asamblea en sesión permanente de la representación
popular, mientras durase la guerra, para garantizar el riguroso control de la
representación popular sobre el gobierno, y del pueblo sobre la representación
popular; exigir la inmediata abolición de todas las restricciones de los
derechos políticos, pues sólo un pueblo libre puede defender con eficacia a su
país, y finalmente, contraponer al programa imperialista de guerra —programa
destinado a conservar Austria y Turquía, es decir, mantener la reacción en
Europa y en Alemania— el viejo y auténtico programa nacional de los patriotas y
demócratas de 1848, el programa de Marx, Engels y Lassalle: la consigna de una
gran república alemana unida. Tal es la bandera que tendría que haberse
desplegado ante el país, que hubiera sido verdaderamente nacional,
verdaderamente liberadora, y que hubiese estado en consonancia con las mejores
tradiciones de Alemania y de la política internacional de clase del
proletariado” … “De esta manera, el grave dilema entre los intereses del país y
la solidaridad internacional del proletariado, el trágico conflicto que impulsó
a nuestros parlamentarios a ponerse “con el corazón oprimido” al lado de la
guerra imperialista, es pura imaginación, una ficción nacionalista burguesa.
Por el contrario, entre los intereses del país y los intereses de clase de la
Internacional proletaria existe, en
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10 Jacobinos: durante la revolución burguesa en
Francia de fines del siglo XVIII, representantes del ala izquierda de la
burguesía francesa que defendían con la mayor decisión y consecuencia la
necesidad de acabar con el absolutismo y el feudalismo.
11 Se tiene en cuenta la Comuna de París de 1871, primera
experiencia conocida en la historia de dictadura del proletariado, de gobierno
revolucionario de la clase obrera. Este gobierno fue creado por la revolución
proletaria en París y existió 72 días: desde el 18 de marzo hasta el 28 de mayo
de 1871.
12 Véase C. Marx y F. Engels. Obras
Escogidas en tres tomos, ed. en español, t. II, pág. 254
tiempos de guerra y en
tiempos de paz, una completa armonía: tanto la guerra como la paz exigen el más
enérgico desarrollo de la lucha de clases, la más decidida defensa del programa
socialdemócrata”.
Así argumenta Junius. Lo
erróneo de sus razonamientos salta a la vista, y si nuestros lacayos del
zarismo, francos o encubiertos, los señores Plejánov y Chjenkeli, y quizás
hasta los señores Mártov y Chjeídze, se aferran con malsana alegría a las
palabras de Junius, no para establecer la verdad teórica, sino para salir por
la tangente, borrando sus huellas y embaucando a los obreros, debemos aclarar
minuciosamente las fuentes teóricas
del error de Junius.
Propone “oponer” a la guerra
imperialista un programa nacional. ¡Le propone a la clase de vanguardia que
mire al pasado y no al porvenir! En 1793 y en 1848, tanto en Francia como en
Alemania y en toda Europa, estaba objetivamente
a la orden del día una revolución democrática burguesa. A esta situación histórica objetiva correspondía un programa “verdaderamente nacional”, es
decir, el programa nacional burgués
de la democracia existente entonces, que realizaron en 1793 los elementos más
revolucionarios de la burguesía y la plebe, y que en 1848 fue proclamado por
Marx en nombre de toda la democracia avanzada. Objetivamente, a las guerras feudales y dinásticas se oponían en
aquel entonces las guerras democráticas revolucionarias, las guerras de
liberación nacional. Ese fue el contenido de las tareas históricas de la época.
En la actualidad, la
situación objetiva en los grandes
países adelantados de Europa es distinta. El progreso —si no se toman en cuenta
los posibles y transitorios pasos atrás— es factible sólo en dirección a la
sociedad socialista, a la revolución socialista. Desde el punto de
vista del progreso, desde el punto de vista de la clase de vanguardia, a la
guerra burguesa imperialista, a la guerra del capitalismo altamente
desarrollado puede, objetivamente,
contraponerse sólo una guerra contra
la burguesía, es decir, ante todo la guerra civil por el poder entre el
proletariado y la burguesía, pues sin
tal guerra es imposible un serio
progreso; y como segunda etapa — sólo en ciertas condiciones especiales — una
eventual guerra para defender el Estado socialista contra los Estados
burgueses. Por eso, los bolcheviques (afortunadamente muy pocos, y rápidamente
cedidos por nosotros al grupo Priziv)13 que
estaban dispuestos a adoptar el punto de vista de una defensa condicional, es
decir, defensa de la patria a condición de que hubiera una revolución
victoriosa y el triunfo de una república en Rusia, seguían siendo fieles a la letra del bolchevismo, pero traicionaban
su espíritu; porque siendo arrastrada
a la guerra imperialista de las principales potencias europeas, Rusia ¡también libraría una guerra imperialista
inclusive con una forma republicana de gobierno!
8
Diciendo que la lucha de
clases es el mejor medio de defensa contra una invasión, Junius aplica la
dialéctica marxista sólo a medias, dando un paso por el camino justo y
desviándose en seguida de él. La dialéctica marxista exige un análisis concreto
de cada situación histórica particular. Es verdad que la lucha de clases es el
mejor medio contra una invasión, tanto
cuando la burguesía derroca al feudalismo, como cuando el proletariado derroca a la burguesía. Precisamente porque es verdad con respecto a cualquier forma de opresión de clase, es
demasiado general, y por eso insuficiente en el presente caso particular. La guerra civil contra la
burguesía es también una de las
formas de la lucha de clases, y sólo esta forma de la lucha de clases salvaría
a Europa (a toda Europa, no sólo a un país) del peligro de invasión. La “Gran
Alemania republicana” si hubiera existido en 1914-1916, también hubiese librado una guerra imperialista.
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13 Grupo Priziv: creado por los mencheviques y eseristas en septiembre de
1915, sostenía posiciones en extremo socialchovinistas. Editó el periódico
Priziv ("Llamamiento"), que apareció en París desde octubre de 1915
hasta marzo de 1917.
Junius estuvo muy cerca de
la correcta solución del problema y de la consigna correcta: guerra civil
contra la burguesía por el socialismo; pero, como si hubiera tenido miedo de
decir toda la verdad, volvió atrás, hacia la fantasía de una “guerra nacional”
en los años 1914, 1915 y 1916. Si examinamos el problema, no desde el ángulo
teórico, sino puramente práctico, el error de Junius aparece no menos claro.
Toda la sociedad burguesa, todas las clases de Alemania, incluyendo el
campesinado, estaban a favor de la
guerra (con toda probabilidad en Rusia también;
por lo menos una mayoría del campesinado rico y mediano, y una parte muy
considerable de campesinos pobres, se encontraban evidentemente bajo el hechizo
del imperialismo burgués). La burguesía estaba armada hasta los dientes. En
tales circunstancias, “proclamar” el programa de una república, de un
parlamento en sesión permanente, de elección de los oficiales por el pueblo
(“armamento del pueblo”), etc., significaría en la práctica “proclamar” una revolución (¡con el programa
revolucionario erróneo!).
Al mismo tiempo, Junius
dice, con todo acierto, que no se puede “fabricar” una revolución. Oculta en
las entrañas de la guerra, emergiendo
de ella, la revolución estaba a la orden del día en 1914-1916. Había que “proclamarlo” así en nombre de la clase
revolucionaria enunciando completamente y sin temor su programa: el socialismo, en tiempos de guerra, es imposible sin
una guerra civil contra la archirreaccionario y criminal burguesía que condena
al pueblo a indecibles calamidades. Era necesario pensar en acciones
sistemáticas, consecuentes, prácticas, absolutamente
realizables, cualquiera que fuese
el ritmo de desarrollo de la crisis revolucionaria, y que estuviesen de acuerdo
con la revolución que maduraba. Estas acciones se indican en la resolución de
nuestro partido: 1) votación contra los créditos; 2) ruptura de la “paz
social”; 3) creación de una organización ilegal; 4) confraternización entre los
soldados; 5) respaldo a todas las acciones revolucionarias de las masas. El
éxito de todos estos pasos lleva inevitablemente a la guerra civil.
La proclamación de un gran
programa histórico tuvo indudablemente una importancia gigantesca; mas no se
trata del viejo programa nacional germano, anticuado en 1914-1916, sino del
programa proletario internacionalista y socialista. Ustedes, los burgueses,
guerrean para robar; nosotros, los obreros de todos los países beligerantes, les declaramos la guerra, la guerra
por el socialismo: éste es el tipo de discurso que deberían haber pronunciado
en los parlamentos el 4 de agosto de 1914 los socialistas que no habían
traicionado al proletariado como lo habían hecho los Legien, David, Kautsky,
Plejánov, Guesde, Sembat, etc.
Evidentemente, el error de
Junius se debe a dos clases de equivocaciones. Es indudable que Junius está
decididamente contra la guerra imperialista y decididamente por la táctica revolucionaria: es un hecho, y no lo podrá eliminar la malsana
alegría de los señores Plejánov con respecto al “defensismo” de Junius. Es
necesario responder inmediata y claramente a las posibles y probables calumnias
de este tipo.
Pero Junius, en primer
lugar, no se liberó totalmente del “medio” de los socialdemócratas alemanes,
incluso de los de izquierda, que temen la escisión y temen enunciar
completamente las consignas revolucionarias*. Es un falso temor, y los
socialdemócratas alemanes de izquierda tendrán que librarse y se librarán de él. La marcha de su lucha
contra los socialchovinistas conducirá
a ello. Y ellos combaten a sus
socialchovinistas con decisión, con firmeza y con sinceridad, y ésa es su enorme y fundamental diferencia de
principio con los Mártov y los Chjeídze, quienes con una mano (a lo Skóbeliev)
despliegan la bandera con el saludo “a los Liebknecht de todos los países” y
con la otra ¡abrazan tiernamente a Chjenkeli y Potrésov!
* Igual error encontramos en los
razonamientos de Junius sobre qué es mejor, ¿la victoria o la derrota? Su
conclusión es que ambas son igualmente malas (ruina, aumento de armamentos,
etc.). Este es el punto de vista no del proletariado revolucionario, sino de la
pequeña burguesía pacifista. Ahora bien, si se habla de la "intervención
revolucionaria" del proletariado —y de eso hablan, aunque, por desgracia,
en términos demasiado generales tanto Junius como las tesis del grupo La
Internacional, entonces es obligatorio
plantear el problema desde otro punto
de vista: 1) ¿Es posible una "intervención revolucionaria" sin el
riesgo de una derrota? 2) ¿Es posible fustigar a la burguesía y al gobierno del
país "propio" sin correr
ese riesgo? 3) ¿No hemos
afirmado siempre, y no
prueba la experiencia histórica de las guerras reaccionarias, que las derrotas
ayudan a la causa de la clase revolucionaria?
9
En segundo lugar, Junius, al
parecer, quiso realizar algo semejante a la tristemente célebre “teoría de las
etapas” menchevique,14 quiso empezar a aplicar un programa revolucionario desde el extremo “más
cómodo”, “popular” y aceptable para la pequeña
burguesía. Algo así como un plan para “ganar en astucia a la historia”,
ganar en astucia a los filisteos. Parece decir si nadie puede oponerse a la mejor manera de defender la verdadera
patria, y la verdadera patria es, por cierto, la Gran Alemania republicana, la
mejor defensa es una milicia, un
parlamento en sesión permanente, etc. Una vez aceptado, este programa —dice—
llevaría automáticamente a la etapa siguiente: la revolución socialista.
Probablemente, semejantes
razonamientos hayan determinado de manera consciente o semiconsciente la
táctica de Junius. Ni que decir tiene que son equivocados. El folleto de Junius
evoca en nuestra mente a un solitario
que no tiene compañeros en una organización ilegal habituada a pensar
totalmente las consignas revolucionarias y a educar sistemáticamente a las
masas en el espíritu de estas consignas. Pero este defecto no es — sería un
grave error olvidarlo— un defecto personal de Junius, sino el resultado de la
debilidad de todos los izquierdistas alemanes, enredados por todos lados en la
vil maraña de la hipocresía kautskiana la pedantería y la “amistad” con los
oportunistas. Los partidarios de Junius supieron, a pesar de su aislamiento, iniciar
la publicación de volantes ilegales y comenzar
la guerra contra el kautskismo. Sabrán seguir adelante por el buen camino.
Escrito en julio de 1915. Publicado en octubre de 1916 en el
núm. 1 de “Sbórnik Sotsial-Demokrata”.
T. 30, págs. 1-16.
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14
Mencheviques: partidarios de la corriente
oportunista de la socialdemocracia rusa. En las elecciones de los organismos
centrales del partido, en el II Congreso del POSDR, celebrado en 1903, los
socialdemócratas revolucionarios, encabezados por Lenin, obtuvieron la mayoría
("bolshinstvó", y de ahí su denominación de
"bolcheviques"), y los oportunistas quedaron en minoría
("menshinstvó", y de ahí su denominación de
"mencheviques").
Durante la revolución de
1905-1907, los mencheviques se pronunciaron contra la hegemonía del
proletariado en la revolución y contra la alianza de la clase obrera y los
campesinos, exigiendo un entendimiento con la burguesía liberal. Durante la
reacción que siguió a la derrota de la revolución de 1905-1907, la mayoría de
los mencheviques reclamó la liquidación del partido revolucionario ilegal de la
clase obrera, por lo que les llamaron liquidadores. En los años de la primera
guerra mundial de 1914-1918, los mencheviques mantuvieron una posición
socialchovinista. Después del triunfo de la Revolución democrática burguesa de
febrero de 1917, los mencheviques entraron junto con los eseristas en el
Gobierno Provisional burgués, apoyaron su política imperialista e impugnaron la
revolución socialista que se avecinaba.
Al triunfar la Revolución
Socialista de Octubre, los mencheviques se convirtieron en un partido
abiertamente contrarrevolucionario, organizador y participante de complots y
levantamientos encaminados a derrocar el Poder soviético.
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
10
BALANCE DE LA DISCUSIÓN SOBRE LA AUTODETERMINACIÓN
En el número 2 de la revista
marxista El Precursor (Vorbote, abril de 1916), que edita la
izquierda de Zimmerwald,15 se han publicado las tesis en pro y en
contra de la autodeterminación de las naciones, firmadas por la redacción de
nuestro órgano central, Sotsial-Demokrat,16 y por la redacción del órgano de la oposición socialdemócrata
polaca, Gazeta Robotnicza.17 El lector encontrará más arriba el texto de las primeras y la
traducción de las segundas. Es quizá
la primera vez que se plantea el problema con tanta amplitud en la palestra
internacional: en la discusión que sostuvieron en la revista marxista alemana Die Neue Zeit18 hace veinte años (en 1895- 1896), antes
del Congreso Socialista Internacional de Londres
de 1896, Rosa Luxemburgo, C. Kautsky y los “independistas” polacos (los
partidarios de la independencia de Polonia, el PSP),19 que representaban tres puntos de vista distintos, el problema
se planteaba únicamente con relación a Polonia.20 Hasta ahora, a juzgar por las
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15 El
grupo de izquierda de Zimmerwald se organizó por iniciativa de Lenin en la Conferencia
Socialista Internacional, celebrada en septiembre de 1915 en Zimmerwald. Unía a
8 delegados representantes del CC del POSDR y de los socialdemócratas de
izquierda de Suecia, Noruega, Suiza, Alemania, de la oposición socialdemócrata
polaca y de los socialdemócratas de Letonia. El grupo de izquierda de
Zimmerwald, encabezado por Lenin, luchó contra la mayoría centrista de la
conferencia. La izquierda de Zimmerwald editaba en alemán su órgano de prensa,
la revista Vorbote ("El
Precursor"), en el que se publicaron varios artículos de Lenin.
En el grupo de
izquierda de Zimmerwald la fuerza rectora eran los bolcheviques, que ocupaban
la única posición consecuente e internacionalista hasta el fin. En torno a la
izquierda de Zimmerwald empezaron a unirse los elementos internacionalistas de
la socialdemocracia internacional.
16 "Sotsial-Demokrat"
("El Socialdemócrata"): periódico ilegal, órgano central del POSDR;
se
publicó desde febrero de 1908 hasta enero de 1917, primero en
París y luego en Ginebra. Aparecieron 58 números.
Lenin redactó Sotsial-Demokrat
desde diciembre de 1911.
17
Lenin
se refiere al periódico Gazeta
Robotnicza, editado de julio de 1911 a febrero de 1916 en Cracovia por el
comité opositor de Varsovia. Gazeta
Robotnicza estaba adherida a la izquierda de Zimmerwald. En el problema de
la guerra ocupaba una posición internacionalista, pero en varias cuestiones
importantes (ruptura orgánica con los centristas, actitud ante las exigencias
del programa mínimo durante la guerra) vacilaba hacia el centrismo. En el
problema nacional, la redacción de Gazeta
Robotnicza impugnaba el derecho de las naciones a la autodeterminación.
Aquí se trata de las tesis escritas por Lenin La revolución socialista y el derecho de las naciones a la
autodeterminación y de las tesis Sobre
elimperialismo y la opresión nacional de la redacción de Gazeta Robotnicza
18 "Die Neue Zeit"
("Tiempos Nuevos"): revista teórica del Partido Socialdemócrata
Alemán; apareció en Stuttgart desde 1883 hasta 1923
19 PSP: Partido Socialista Polaco (Polska Partia Socjalistyczna):
partido reformista y nacionalista fundado en 1892. El PSP hacía propaganda
nacionalista y separatista entre los obreros polacos y pretendía apartarlos de
la lucha al lado de los obreros rusos contra la autocracia y el capitalismo.
A lo largo de toda la historia del PSP y bajo la presión de los
obreros de base, en el seno del partido surgieron grupos izquierdistas. Algunos
se adhirieron posteriormente al ala revolucionaria del movimiento obrero
polaco.
En 1906, el PSP se escindió en PSP izquierdista y PSP derechista
("fracción revolucionaria" o "fraquistas"), que continuó la
política nacionalista del PSP. Durante la guerra imperialista mundial de
1914-1918 y posteriormente los "fraquistas" siguieron una política
nacionalchovinista
20 La polémica en torno al problema
nacional, desplegada en el Die Neue Zeit
en vísperas del Congreso de Londres de la II Internacional, se inició con un
artículo de R. Luxemburgo. El artículo iba dirigido contra la política
nacionalista de los líderes del Partido Socialista Polaco (PSP), que, al
socaire de la lucha por la independencia de Polonia, hacían propaganda
nacionalista y separatista entre los obreros polacos y pretendían apartarlos de
la lucha conjunta con el proletariado ruso contra el zarismo y el capitalismo.
R. Luxemburgo consideraba que los socialistas polacos no debían exigir la
independencia de Polonia. Por ello rechazaba la reivindicación del derecho de
las naciones a la autodeterminación.
Contra el punto de vista de R. Luxemburgo intervino en la
polémica S. Hecker, en nombre de los "Independistas"
—el ala derecha del PSP—, defendiendo la posición nacionalista
de los líderes del PSP e insistiendo en que la Internacional reconociera en su
programa la reivindicación de la independencia de Polonia.
El tercer punto de vista lo
formuló C. Kautsky quien aceptaba la tesis de R. Luxemburgo de que únicamente
el triunfo de la democracia en Rusia llevaría a la liberación nacional de
Polonia, pero al mismo tiempo se oponía
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
noticias de que disponemos,
el problema de la autodeterminación ha sido discutido de modo más o menos
sistemático únicamente por los holandeses y los polacos. Tenemos la esperanza
de que El Precursor conseguirá
impulsar la discusión de este problema, tan esencial en nuestros días, entre
los ingleses, norteamericanos, franceses, alemanes e italianos. El socialismo
oficial, representado tanto por los partidarios declarados de “su” gobierno,
los Plejánov, los David y Cía., como por los defensores encubiertos del
oportunismo, los kautskianos (incluidos Axelrod, M Chjeídze y otros), ha
mentido tanto en esta cuestión que durante mucho tiempo serán inevitables, de
una parte, los esfuerzos por guardar silencio y eludir la respuesta y, de otra
parte, las exigencias de los obreros de que se les den “respuestas concretas” a
las “preguntas malditas”. Procuraremos informar oportunamente a nuestros
lectores del desarrollo de la lucha de opiniones entre los socialistas del
extranjero.
Para nosotros, los
socialdemócratas rusos, el problema tiene, además, una importancia particular;
esta discusión es continuación de la sostenida en 1903 y 1913;21 el problema suscitó durante la guerra ciertas vacilaciones
ideológicas entre los miembros de nuestro partido, y se exacerbó a consecuencia
de los subterfugios a que recurrieron jefes tan destacados del partido obrero
de Gvózdiev o chovinista como Mártov y Chjeídze para soslayar la esencia de la
cuestión. Por ello es preciso hacer un balance, aunque sea previo, de la
discusión iniciada en el ágora internacional.
Como se ve por las tesis,
nuestros camaradas polacos replican directamente a algunos de nuestros
argumentos, por ejemplo, acerca del marxismo y el proudhonismo.22 Pero en la mayoría de los casos no nos responden de modo
directo, sino indirecto, contraponiendo sus afirmaciones. Examinemos sus
respuestas directas e indirectas.
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terminantemente a su tesis
de que los socialdemócratas polacos no debían plantear la reivindicación de la
independencia de Polonia.
El Congreso Socialista Internacional de 1896 en Londres aprobó
la resolución Acciones políticas de la
clase obrera en la que se reconocía francamente el pleno derecho a la
autodeterminación de todas las naciones y se exhortaba a los obreros a la
unidad internacional de su lucha de clase
21 En 1903, durante la preparación del II
Congreso del POSD R y en el mismo congreso, se desplegó una polémica acerca de
la reivindicación del derecho de las naciones a la autodeterminación con motivo
de la discusión del proyecto de programa del POSDR. Los socialdemócratas
polacos, considerando que esta reivindicación hacía el juego a los
nacionalistas polacos, propusieron sustituirla por la de autonomía nacional
cultural. Esta era también la posición de los bundistas. El congreso rechazó el
punto de vista de los socialdemócratas polacos y los bundistas, aprobó un punto
sobre la autodeterminación de las naciones y el principio internacionalista en
la estructuración del partido.
En los años 1913-1914, debido al auge del movimiento de
liberación nacional, por un lado, y al reforzamiento del chovinismo de gran
potencia y del nacionalismo localista, por otro, brotó de nuevo la polémica
sobre el problema nacional. Los mencheviques liquidadores, los bundistas y los
oportunistas ucranios impugnaron el programa marxista en el problema nacional y
la reivindicación del derecho de las naciones a la autodeterminación e incluso
a la separación, oponiéndole la demanda nacionalista de una autonomía nacional
cultural. R. Luxemburgo también tuvo una posición errónea en este problema
22 Proudhonismo, corriente del socialismo pequeñoburgués hostil al marxismo, a
la que se dio el nombre de su ideólogo, el anarquista francés Pedro José
Proudhon. Proudhon criticaba duramente el capitalismo, pero no veía la salida
en la destrucción del modo capitalista de producción que engendra
ineluctablemente la miseria, la desigualdad y la explotación de los
trabajadores, sino en "perfeccionar" el capitalismo y eliminar sus
defectos y abusos mediante una serie de reformas. Proudhon soñaba con eternizar
la pequeña propiedad privada, proponía organizar un "Banco del
Pueblo" y un "Banco de Cambio", con ayuda de los cuales podrían
los obreros, según él, adquirir medios de producción propios, hacerse artesanos
y asegurar la venta "equitativa" de sus productos. No comprendía la
misión histórica del proletariado, adoptaba una actitud negativa ante la lucha
de clases, la revolución proletaria y la dictadura del proletariado y negaba
con criterio anarquista la necesidad del Estado. Marx y Engels sostuvieron una
lucha consecuente contra las tentativas de Proudhon de imponer sus concepciones
a la I Internacional. La enérgica lucha de Marx, Engels y sus partidarios
contra el proudhonismo en la I Internacional acabó con una victoria completa
del marxismo
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
1. El socialismo y la
autodeterminación de las naciones.
Hemos afirmado que
constituiría una traición al socialismo renunciar a llevar a la práctica la
autodeterminación de las naciones en el socialismo. Se nos contesta: “El
derecho de autodeterminación no es aplicable a la sociedad socialista”. La
discrepancia es cardinal. ¿Cuál es su origen?
“Sabemos —objetan nuestros
contradictores— que el socialismo acabará por completo con toda opresión
nacional, ya que acaba con los intereses de clase que conducen a ella...” ¿A
cuento de qué esa consideración acerca de las premisas económicas de la abolición de la opresión nacional, conocidas e
indiscutibles desde hace mucho, cuando la discusión gira en torno a una de las formas de opresión política, a saber, de la retención
violenta de una nación dentro de las fronteras del Estado de otra nación? ¡Es
simplemente un intento de esquivar las cuestiones políticas! Y las
consideraciones posteriores nos reafirman más aún en esta apreciación:
“No poseemos ningún
fundamento para suponer que la nación tendrá en la sociedad socialista el
carácter de una unidad político— económica. Lo más probable es que tenga
únicamente el carácter de una unidad cultural y lingüística, ya que la división
territorial de la esfera cultural socialista, siempre que exista, sólo podrá
efectuarse de acuerdo con las necesidades de la producción. Con una
particularidad: esa división no deberán decidirla, como es natural, las
distintas naciones, cada una por su cuenta, con toda la plenitud de su propio
poder (como exige el “derecho de autodeterminación”), sino que la decidirán conjuntamente todos los
ciudadanos interesados...”
11
A los camaradas polacos les
gusta tanto este último argumento de la determinación conjunta en vez de la autodeterminación
que lo repiten tres veces en sus
tesis. Pero la frecuencia de la repetición no transforma este argumento
octubrista 23 y reaccionario en socialdemócrata.
Porque todos los reaccionarios y burgueses conceden a las naciones retenidas
por la violencia en las fronteras del Estado correspondiente el derecho de
“determinar conjuntamente” su destino en el Parlamento general. También
Guillermo II concede a los belgas el derecho de “determinar conjuntamente” el
destino del Imperio alemán en el Parlamento general alemán.
Nuestros contradictores se
esfuerzan por dar de lado precisamente lo que es controvertible, lo único
sometido a discusión: el derecho de separación. ¡Sería ridículo si no fuera tan
triste!
En nuestra primera tesis
decimos ya que la liberación de las naciones oprimidas presupone, en el terreno
político, una transformación doble: 1) plena igualdad de derechos de las
naciones. Esto no suscita discusión y se refiere exclusivamente a lo que ocurre
dentro del Estado; 2) libertad de separación política. Esto se refiere a la
determinación de las fronteras del Estado. Sólo
eso es discutible. Y nuestros contradictores guardan silencio precisamente
sobre eso. No desean pensar ni en las fronteras del Estado ni incluso en el
Estado en general. Es una especie de “economismo imperialista’’ semejante al
viejo “economismo”24 de los años
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23 Octubristas: miembros del partido del mismo nombre
(o Unión del 17 de Octubre), formado en Rusia después de publicarse el
manifiesto del zar del 17 de octubre de 1905 que prometía implantar las
libertades constitucionales en Rusia. Era un partido contrarrevolucionario;
representaba y defendía los intereses de la gran burguesía y de los
terratenientes que explotaban su hacienda al estilo capitalista. Los
octubristas apoyaban totalmente la política interior y exterior del gobierno
zarista.
24
"Economismo": tendencia oportunista
de la socialdemocracia rusa de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Los
"economistas" limitaban las tareas de la clase obrera a la lucha
económica por el aumento de los salarios, por la mejora de las condiciones de
trabajo, etc., afirmando que la lucha política era cosa de la burguesía
liberal. Negaban el papel dirigente del partido de la clase obrera y estimaban
que el partido debe limitarse a contemplar el proceso espontáneo del movimiento
y registrar los acontecimientos. Se prosternaban ante el movimiento obrero
espontáneo, restaban importancia a la teoría revolucionaria y a la conciencia y
afirmaban que la ideología socialista
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
1894-1902, que razonaba así:
el capitalismo ha triunfado, por eso
no vienen al caso las cuestiones políticas. ¡El imperialismo ha triunfado, por eso no vienen al caso las cuestiones
políticas! Semejante teoría apolítica es profundamente hostil al marxismo.
Marx decía en la Crítica del Programa de Gotha: “Entre la
sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de transformación
revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también
un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la
dictadura revolucionaria del proletariado”25.
Hasta ahora ha sido indiscutible para los socialistas esta verdad, que encierra
el reconocimiento del Estado hasta
que el socialismo triunfante se transforme en comunismo completo. Es conocida
la expresión de Engels acerca de la extinción
del Estado. Hemos subrayado adrede, ya en nuestra primera tesis, que la
democracia es una forma del Estado, que deberá desaparecer junto con él. Y
mientras nuestros contradictores no sustituyan el marxismo por cualquier nuevo
punto de vista “a— estadista”, sus consideraciones serán un error desde el
comienzo hasta el fin.
El lugar de hablar del
Estado (¡y por tanto, de la
determinación de sus fronteras!),
hablan de la “esfera cultural socialista”, es decir, ¡eligen intencionadamente
una expresión vaga en el sentido de que se borran todas las cuestiones
relacionadas con el Estado! Resulta una tautología ridícula: si el Estado no
existe, tampoco existe, naturalmente, el problema de sus fronteras. Y entonces
está de más todo el programa
político-democrático. La república tampoco existirá cuando “se extinga” el
Estado.
En los artículos del
chovinista alemán Lensch a que nos hemos referido en la tesis 5 (nota) se cita
un interesante pasaje de la obra de Engels El
Po y el Rin. Engels dice allí, entre otras cosas, que en el curso del
desarrollo histórico, que se engulló una serie de naciones pequeñas y carentes
de vitalidad, las fronteras de las “naciones europeas grandes y viables” fueron
determinándose cada vez más por “la lengua y las simpatías” de la población.
Engels califica esas fronteras de “naturales”. Así ocurrió en la época del
capitalismo progresivo, en Europa, alrededor de 1845-1871. Ahora, el
capitalismo reaccionario, imperialista demuele
con frecuencia creciente esas fronteras, determinadas democráticamente. Todos
los síntomas predicen que el imperialismo dejará en herencia al socialismo, que
viene a remplazarlo, fronteras menos democráticas, una serie de anexiones en
Europa y en otras partes del mundo. Y bien, ¿es que el socialismo triunfante,
al restaurar y llevar a su término la democracia completa en todos los
terrenos, renunciará a la determinación democrática
de las fronteras del Estado?, ¿no deseará tener en cuenta las “simpatías” de la
población? Basta hacer esas preguntas para ver con la mayor claridad que
nuestros colegas polacos ruedan del marxismo al “economismo imperialista”.
Los viejos “economistas”,
que convertían el marxismo en una caricatura, enseñaban a los obreros que para
los marxistas “sólo” tiene importancia lo “económico”. Los nuevos “economistas”
piensan o bien que el Estado democrático del socialismo triunfante existirá sin
fronteras (como un “complejo de sensaciones” sin la materia), o bien que las
fronteras serán determinadas “sólo” de acuerdo con las necesidades de la
producción. En realidad, esas fronteras serán determinadas democráticamente, es
decir, de acuerdo con la voluntad y las “simpatías” de la población. El
capitalismo violenta estas simpatías, agregando con ello nuevas dificultades al
acercamiento de las naciones. El socialismo, al organizar la producción sin la opresión clasista y asegurar el
bienestar de todos los miembros del
Estado, brinda plena posibilidad de
manifestarse a las “simpatías” de la población y, precisamente como
consecuencia de ello, alivia y acelera de modo gigantesco el acercamiento y la
fusión de las naciones.
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puede surgir del movimiento
obrero espontáneo. Los "economistas" defendían la dispersión y el
primitivismo del movimiento socialdemócrata, proclamándose contra la necesidad
de crear un partido centralizado de la clase obrera 25 Véase C. Marx y F. Engels. Obras
Escogidas en tres tomos, ed. en español, t. III, pág. 23.
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
Para que el lector descanse
un poco del “economismo” pesado y torpón, citaremos el criterio de un escritor
socialista ajeno a nuestra disputa. Ese escritor es Otto Bauer, que tiene
también su “punto flaco”, la “autonomía nacional cultural”26, pero que razona muy acertadamente en una serie de cuestiones
importantísimas. Por ejemplo, en la pág. 29 de su libro La cuestión nacional y la socialdemocracia ha destacado con
extraordinaria exactitud el encubrimiento de la política imperialista con la ideología nacional. En la pág. 30, El socialismo y el principio de la
nacionalidad, dice:
12
“La comunidad socialista jamás estará en condiciones de incluir
por la violencia en su composición a naciones enteras. Imaginaros unas masas
populares dueñas de todos los bienes de la cultura nacional, y que toman parte
activa e íntegra en la labor legislativa y en la administración y, por último,
que están provistas de armas. ¿Es que sería posible someter por la violencia
esas naciones a la dominación de un organismo social extraño? Todo poder
estatal se asienta en la fuerza de las armas. El actual ejército popular,
gracias a un hábil mecanismo, sigue siendo un arma en manos de determinada
persona, familia o clase, exactamente igual que las huestes mercenarias y las
mesnadas de los caballeros en la antigüedad. En cambio, el ejército de la
comunidad democrática de la sociedad socialista no será otra cosa que el pueblo
armado, pues estará compuesto por personas de elevada cultura que trabajarán de
modo voluntario en los talleres sociales y participarán plenamente en todos los
dominios de la vida del Estado. En tales condiciones desaparecerá toda
posibilidad de dominación por parte de otra nación”.
Eso sí es exacto. En el
capitalismo no es posible suprimir la
opresión nacional (y política, en general). Para conseguirlo es imprescindible abolir las clases, es
decir, implantar el socialismo. Pero, basándose en la economía, el socialismo
no se reduce íntegramente a ella, ni mucho menos. Para eliminar la opresión
nacional hace falta una base: la producción socialista; mas sobre esa base son
precisos, además, la organización
democrática del Estado, el ejército democrático, etc. Transformando el
capitalismo en socialismo, el proletariado abre la posibilidad de suprimir por completo la opresión nacional; esta
posibilidad se convierte en realidad
“sólo” —“¡sólo!”— con la aplicación completa de la democracia en todos los terrenos, comprendida la determinación
de las fronteras del Estado en consonancia con las “simpatías” de la población,
comprendida la plena libertad de separación. Sobre esta base se desarrollará a
su vez, prácticamente, la eliminación
absoluta de los más mínimos roces nacionales, de la más mínima desconfianza
nacional; se producirán el acercamiento acelerado y la fusión de las naciones,
que culminaran en la extinción del
Estado. Tal es la teoría del marxismo, de la que se han apartado erróneamente
nuestros colegas polacos.
2. ¿Es “realizable”
la democracia en el imperialismo?
Toda la vieja polémica de
los socialdemócratas polacos contra la autodeterminación de las naciones se
apoya en el argumento de que ésta es “irrealizable” en el capitalismo. Ya en
1903, en la comisión del II Congreso del POSDR encargada de elaborar el programa
del partido, los
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26 Autonomía
nacional cultural:
programa oportunista en el problema nacional formulado en los años 90 del siglo
pasado por los socialdemócratas austriacos O. Bauer y C. Renner. Este programa
rechazaba el derecho de las naciones a la autodeterminación e incluso a la
separación; su esencia consistía en que en un país las personas de
igual nacionalidad,
independientemente de la parte del país donde vivan, forman una unión nacional
autónoma
a
la
que el Estado entrega por entero la administración de las escuelas (escuelas
aparte para los niños de distintas nacionalidades) y otras ramas de la
instrucción y la cultura. De haberse realizado este programa habría conducido a
un reforzamiento de la influencia del clero y de la ideología nacionalista
reaccionaria en el seno de cada grupo nacional y habría dificultado la
organización de la clase obrera profundizando la división de los obreros según
el rasgo nacional.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
iskristas27 nos reímos de este argumento y dijimos que repetía la
caricatura del marxismo hecha por los “economistas” (de triste memoria). En
nuestras tesis nos hemos ocupado con especial detalle de este error, y
precisamente en esta cuestión, que representa la base teórica de toda la
discusión, los camaradas polacos no han querido (¿no han podido?) replicar a ninguno de nuestros argumentos.
La imposibilidad económica
de la autodeterminación debería ser demostrada por medio de un análisis
económico, igual que nosotros demostramos que es irrealizable la prohibición de
las máquinas o la implantación de los bonos de trabajo28, etc. Nadie intenta siquiera hacer ese análisis. Nadie afirmar
que se ha logrado implantar en el capitalismo los “bonos de trabajo”, aunque
sea en un país, “a título de excepción”; en cambio, un pequeño país, a título
de excepción, ha logrado en la era del más desenfrenado imperialismo realizar
la irrealizable autodeterminación e incluso sin guerra y sin revolución
(Noruega en 1905).
En general, la democracia
política no es más que una de las formas
posibles (aunque sea normal teóricamente para el capitalismo “puro”) de
superestructura sobre el capitalismo.
Los hechos demuestran que tanto el capitalismo como el imperialismo se
desarrollan con cualesquiera formas
políticas, supeditando todas ellas a
sus intereses. Por ello es profundamente
erróneo desde el punto de vista teórico decir que son “irrealizables” una forma
y una reivindicación de la democracia.
La falta de respuesta de los
colegas polacos a estos argumentos obliga a considerar terminada la discusión
sobre este punto. Para mayor evidencia, por así decirlo, hemos hecho la
afirmación más concreta de que sería “ridículo” negar que la restauración de
Polonia es “realizable” ahora en dependencia de los factores estratégicos,
etc., de la guerra actual. ¡Pero no se nos ha contestado!
Los camaradas polacos se han
limitado a repetir una afirmación
evidentemente equivocada (§ II, 1), diciendo: “en los problemas de la anexión
de regiones ajenas han sido eliminadas las formas de la democracia política; lo
que decide es la violencia manifiesta... El capital no permitirá nunca al
pueblo que resuelva el problema de sus fronteras estatales...” ¡Como si e!
“capital” pudiera “permitir al pueblo” que elija a sus funcionarios (del capital), que sirven al imperialismo! ¡O como
si fueran concebibles en general sin
la “violencia manifiesta” cualesquiera soluciones a fondo de importantes
problemas democráticos, por ejemplo, la república en vez de la monarquía o la
milicia popular en vez del ejército permanente! Subjetivamente, los camaradas
polacos desean “profundizar” el marxismo, pero lo hacen sin ninguna fortuna. Objetivamente, sus frases acerca de que
la autodeterminación es “irrealizable” son oportunismo, pues lo llevan
implícito tácitamente: es “irrealizable” sin una serie de revoluciones, como es
irrealizable también en el imperialismo toda
la democracia, todas sus
reivindicaciones en general.
13
Una sola vez, al final mismo
del § II, 1, al hablar de Alsacia, los colegas polacos han abandonado la
posición del “economismo imperialista”, abordando las cuestiones de una de las
formas de la democracia con una respuesta concreta y no con una alusión general
al factor
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27 "Iskra" ("La Chispa"): primer periódico marxista
clandestino de toda Rusia. Lo fundó Lenin en diciembre de 1900 en el
extranjero, de donde era enviado ilegalmente a Rusia. Iskra desempeñó un papel
inmenso en la cohesión ideológica de los socialdemócratas rusos y en los
preparativos para unificar en un partido marxista revolucionario las
organizaciones socialdemócratas locales, que estaban dispersas. Después de la
escisión del partido durante el II Congreso del POSDR (1903) en bolcheviques
(revolucionarios consecuentes) y mencheviques (corriente oportunista), Iskra pasó a manos de los mencheviques
(a partir del núm. 52, noviembre de 1903) y empezó a denominarse nueva Iskra, a diferencia de la vieja Iskra leninista. Los mencheviques
convirtieron Iskra en un órgano de
lucha contra el marxismo, contra el
partido, en una tribuna del oportunismo.
28 Los utopistas Owen, Gray y Bray
consideraban que se puede poner fin a las calamidades sociales del capitalismo
conservando el modo capitalista de producción, modificando únicamente el
sistema de cambio y aboliendo el dinero. Proponían crear mercados obreros en
los que los productores canjeasen las mercancías mediante "bonos de
trabajo". Los bonos deberían corresponder a la cantidad de tiempo de
trabajo invertido en la producción de la mercancía.
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
“económico”. ¡Y precisamente
ese enfoque ha resultado equivocado! Sería “particularista, antidemocrático”
–escriben— que solamente los
alsacianos, sin preguntar a los franceses, “impusieran” a éstos la
incorporación de Alsacia a Francia, ¡¡¡aunque una parte de Alsacia se inclinara
hacia los alemanes y esto amenazara con una guerra!!! El embrollo es
divertidísimo: la autodeterminación presupone (esto está claro de por sí y lo
hemos subrayado de modo especial en nuestras tesis) la libertad de separarse del Estado opresor. En
política “no es usual” hablar de que la incorporación
a un Estado determinado presupone su
conformidad de la misma manera que en economía no se habla de “conformidad” del
capitalista para obtener ganancias o del obrero para percibir su salario!
Hablar de eso es ridículo.
Si se quiere ser un político
marxista, al hablar de Alsacia habrá que atacar a los canallas del socialismo
alemán porque no luchan en pro de la libertad de separación de Alsacia; habrá
que atacar a los canallas del socialismo francés porque se reconcilian con la
burguesía francesa, la cual desea la incorporación violenta de toda Alsacia;
habrá que atacar a unos y otros porque sirven al imperialismo de “su” país,
temiendo la existencia de un Estado separado, aunque sea pequeño; habrá que
mostrar de qué modo resolverían los
socialistas el problema en unas cuantas semanas, reconociendo la
autodeterminación, sin violar la voluntad de los alsacianos. Hablar, en lugar
de eso, del terrible peligro de que los alsacianos franceses se “impongan” a
Francia es sencillamente el acabóse.
3. ¿Qué es la
anexión?
Esta pregunta fue formulada
con toda precisión en nuestras tesis (§ 7). Los camaradas polacos no han contestado a ella, la han dado de lado, 1) declarando
insistentemente que son enemigos de las anexiones y 2) explicando por qué se
oponen a ellas. Son cuestiones muy importantes, desde luego. Pero son otras cuestiones. Si nos preocupamos,
por poco que sea, de la seria fundamentación teórica de nuestros principios, de
formularlos con claridad y precisión, no podemos dar de lado al interrogante de que es la anexión, toda vez que este
concepto figure en nuestra propaganda y agitación políticas. Rehuir este asunto
en una discusión colectiva sólo puede ser interpretado como abjuración de las
posiciones mantenidas.
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¿Por qué planteamos esta
cuestión? Lo hemos explicado al hacerlo. Porque la “protesta contra las
anexiones no es otra cosa que el reconocimiento del derecho de
autodeterminación”. El concepto de anexión comprende habitualmente: 1) la idea
de violencia (incorporación forzosa); 2) la idea de opresión nacional
extranjera (incorporación de una región “ajena”,
etc.), y, a veces, 3) la idea de alteración del statu quo. También esto lo
hemos señalado en las tesis, sin que nuestras indicaciones hayan sido objeto de
crítica.
Surge una pregunta: ¿pueden
los socialdemócratas ser enemigos de la violencia en general? Está claro que
no. Entonces, no estamos contra las anexiones porque representen una violencia,
sino por alguna otra cosa. De la misma manera los socialdemócratas no pueden
ser partidarios del statu quo. Por muchas vueltas que se le dé, no podréis
rehuir la conclusión: la anexión es una violación
de la autodeterminación de las naciones, es la delimitación de las fronteras de un Estado en contra de la voluntad de la población.
Ser enemigo de las anexiones
significa estar a favor del derecho
de autodeterminación. Estar “contra la retención violenta de cualquier nación
dentro de las fronteras de un Estado dado” (hemos utilizado adrede también esta fórmula, apenas modificada,
de la misma idea en el apartado 4 de nuestras tesis, y los camaradas polacos
nos han contestado con claridad plena, declarando en su § I, 4, al
comienzo, que están “contra la retención violenta de las naciones
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
oprimidas dentro de las
fronteras de un Estado anexionador”) es
lo mismo que estar a favor de la autodeterminación de las naciones.
No queremos discutir sobre
las palabras. Si hay un partido que diga en su programa (o e una resolución
obligatoria para todos, no se trata de la forma) que está contra las
anexiones*, contra la retención violenta de las naciones oprimidas dentro de
las fronteras de su Estado, declararemos que, por principio, estamos
completamente de acuerdo con ese partido. Sería absurdo aferrarse a la palabra “autodeterminación”. Y si hay en
nuestro partido quienes deseen modificar en este espíritu las palabras, la fórmula del apartado 9 de
nuestro programa, consideraremos que las discrepancias con esos camaradas no tienen en modo alguno carácter de principio
* “Contra las anexiones viejas y nuevas”,
dice la fórmula de K. Radek en uno de los artículos publicados por el en Berner Tagwacht.29
14
El quid de la cuestión está
únicamente en la claridad política y en la fundamentación teórica de nuestras
consignas.
En las discusiones verbales
sobre este problema — cuya importancia nadie niega, sobre todo ahora, con
motivo de la guerra— se ha expuesto el siguiente argumento (no lo hemos
encontrado en la prensa): la protesta
contra un mal conocido no significa obligatoriamente el reconocimiento de
un concepto positivo que suprime el mal. Es evidente que el argumento carece de
base y quizá por ello no ha sido reproducido en la prensa en parte alguna. Si
un partido socialista declara que está “contra la retención violenta de una
nación oprimida dentro de las fronteras del Estado anexionador”, ese partido se compromete, con ello, a renunciar a
la retención violenta cuando llegue
al poder.
No dudamos ni un instante
que si Hindenburg semivence mañana a Rusia y esa semivictoria se manifiesta
(con motivo del deseo de Inglaterra y de Francia de debilitar un poco el
zarismo) en la creación de un nuevo Estado polaco, plenamente “realizable” desde
el punto de vista de las leyes económicas del capitalismo y del imperialismo, y
si pasado mañana triunfa la revolución socialista en Petrogrado, Berlín y
Varsovia, el Gobierno socialista polaco, a semejanza del ruso y del alemán,
renunciará a la “retención violenta”, por ejemplo, de los ucranios “dentro de
las fronteras del Estado polaco”. Y si en ese gobierno figuran miembros de la
redacción de Gazeta Robotnicza,
sacrificarán, indudablemente, sus “tesis” y refutarán con ello la “teoría” de
que el “derecho de autodeterminación es inaplicable a la sociedad socialista”.
Si pensáramos de otra manera, no plantearíamos a la orden del día la discusión
fraternal con los socialdemócratas de Polonia, sino la lucha implacable contra
ellos como chovinistas.
Admitamos que salgo a la
calle en cualquier ciudad europea y expreso públicamente, repitiéndolo después
en la prensa, mi “protesta” contra el hecho de que no se me permita comprar a
un hombre como esclavo. No cabe la menor duda de que se me considerará, con
razón, un esclavista, un partidario del principio o del sistema, como queráis,
de la esclavitud. No cambia nada el hecho de que mis simpatías por la
esclavitud adopten la forma negativa de la protesta, y no una forma positiva
(“estoy a favor de la esclavitud”). La “protesta” política equivale por completo a un programa político.
Esto es tan evidente, que incluso resulta violento verse obligado a explicarlo.
En todo caso, estamos firmemente seguros de que la izquierda de Zimmerwald, al
menos —no hablamos de todos los zimmerwaldianos porque entre ellos figuran
Mártov y otros kautskianos—, no “protestará” si decimos que en la III
Internacional no habrá lugar para quienes sean capaces de separar la protesta
política del programa político, de oponer la una al otro, etc.
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29 . "Berner Tagwacht" ("El Centinela de Berna"):
periódico, órgano del Partido Socialdemócrata Suizo; se publica desde 1893 en
Berna
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
Como no deseamos discutir
sobre las palabras, nos permitimos expresar la firme esperanza de que los
socialdemócratas polacos procurarán formular oficialmente con la mayor rapidez
su protesta de excluir el apartado 9 de nuestro (y suyo también) programa del
partido, así como del programa de la Internacional (resolución del Congreso de
Londres de 1896), y su definición de las correspondientes ideas políticas
acerca de las “anexiones viejas y nuevas” y de la “retención violenta de una
nación oprimida dentro de las fronteras del Estado anexionador”.
Pasemos a la cuestión siguiente.
4. ¿A favor de las
anexiones o en contra de las anexiones?
En el § 3 de la primera
parte de sus tesis, los camaradas polacos declaran con toda precisión que están
en contra de toda clase de anexiones. Lamentablemente, en el § 4 de esa misma
parte encontramos afirmaciones que no podemos menos de considerar anexionistas.
Ese § comienza con la siguiente... ¿cómo decirlo más suavemente?... frase
extraña:
“La lucha de la
socialdemocracia contra las anexiones, contra la retención violenta de las
naciones oprimidas dentro de las fronteras del Estado anexionador tiene como
punto de partida el rechazamiento de toda
defensa de la patria (la cursiva es de los autores), que en la era del
imperialismo es la defensa de los derechos de la propia burguesía a oprimir y
saquear pueblos ajenos...”
¿Qué es eso? ¿Cómo es eso?
“La lucha contra las
anexiones tiene como punto de partida el rechazamiento de toda defensa de la patria...” ¡Pero si se puede denominar “defensa
de la patria”, y hasta ahora estaba generalmente
admitido dar esa denominación, a toda guerra nacional y a toda insurrección
nacional! Estamos en contra de las anexiones, pero... entendemos esto en el sentido de que estamos en contra de
la guerra de los anexados por
liberarse de los anexionadores, estamos en contra de la insurrección de los
anexados con el fin de liberarse de los anexionadores. ¿No es ésta una
afirmación anexionista?
Los autores de las tesis
argumentan su... extraña afirmación diciendo que, “en la era del imperialismo”,
la defensa de la patria es la defensa de los derechos de su propia burguesía a
oprimir pueblos ajenos. ¡Pero eso es cierto sólo
con relación a la guerra imperialista, es decir, a la guerra entre potencias imperialistas, o entre
grupos de potencias, cuando ambas
partes beligerantes, además de oprimir “pueblos ajenos”, hacen la guerra para decidir quién debe oprimir más pueblos ajenos!
15
Por lo visto, los autores
plantean el problema de la “defensa de la patria” de una manera completamente
distinta a como lo plantea nuestro partido. Nosotros rechazamos la “defensa de
la patria” en la guerra imperialista.
Esto está dicho con claridad meridiana en el manifiesto del Comité Central de
nuestro partido y en las resoluciones de Berna,30 reproducidas en el
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30 Se alude a las resoluciones adoptadas en la Conferencia de
Secciones Extranjeras del POSDR,
que tuvo lugar del 27 de febrero al 4 de marzo de 1915 en Berna.
La conferencia fue convocada por iniciativa de Lenin y tuvo la importancia de
una conferencia nacional del partido ya que no era posible reunir durante la
guerra un congreso o una conferencia nacional del POSDR.
Asistieron a la conferencia
representantes del CC del POSDR, del periódico Sotsial-Demokrat, órgano central del POSDR, de la Organización
Socialdemócrata Femenina y representantes de las secciones extranjeras del
POSDR: de París, Zúrich, Berna, Lausana, Ginebra, Londres y del grupo baugiano
(que debía su nombre al pueblecito de Baugy, Suiza).
Lenin dirigió toda la labor
de la conferencia y presentó el informe sobre el punto principal del orden del
día: la guerra y las tareas del partido. En las resoluciones adoptadas sobre el
informe de Lenin, la Conferencia de Berna fijó las tareas y la táctica del
Partido Bolchevique, en las condiciones de una guerra imperialista.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
folleto El socialismo y la guerra, que ha sido publicado en alemán y en
francés. Hemos subrayado eso dos veces
también en nuestras tesis (notas al apartado 4 y al apartado 6). Al parecer,
los autores de las tesis polacas rechazan la defensa de la patria en general, es decir, también en una guerra nacional,
considerando, quizá, que en la “era del imperialismo” son imposibles las guerras nacionales. Decimos “quizá” porque los
camaradas polacos no han expuesto en sus tesis semejante opinión.
Semejante opinión ha sido
expresada con claridad en las tesis del grupo alemán La Internacional y en el
folleto de Junius, al que dedicamos un artículo especial*. Señalemos, como
adición a lo dicho allí, que la insurrección nacional de una región o país anexados
contra los anexionadores puede ser denominada precisamente insurrección, y no
guerra (hemos oído esa objeción y por eso la citamos, a pesar de considerar que
esta disputa terminológica no es seria). En todo caso, es poco probable que
haya quien se atreva a negar que Bélgica, Serbia, Galitzia y Armenia, anexadas,
denominaran a su “insurrección” contra el anexionador “defensa de la Patria”, y la denominarán justamente. Resulta que
los camaradas polacos están en contra
de semejante insurrección debido a que en esos países anexados hay también
burguesía, que oprime también pueblos
ajenos, o, mejor dicho, que puede oprimirlos, pues se trata únicamente de “su derecho a oprimir”. Por consiguiente,
para apreciar una guerra dada o una insurrección dada no se toma su verdadero contenido social (la lucha de
la nación oprimida contra la opresora por su independencia), sino el eventual
ejercicio por la burguesía hoy oprimida de su “derecho a oprimir”. Si Bélgica, por ejemplo, es anexada por
Alemania en 1917, pero en 1918 se levanta para liberarse, los camaradas polacos
estarán en contra de la insurrección, basándose en que ¡la burguesía belga
tiene “derecho a oprimir pueblos ajenos”!
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
Este razonamiento no tiene
nada de marxismo ni de revolucionario en general. Sin traicionar al socialismo,
debemos apoyar toda insurrección contra nuestro enemigo principal, la burguesía de
los grandes Estados, si no se trata de la insurrección de una clase
reaccionaria. Al negarnos a apoyar la insurrección de las regiones anexadas nos
convertimos – objetivamente— en anexionistas. Precisamente en la “era del
imperialismo”, que es la era de la incipiente revolución social, el
proletariado apoyará hoy con particular energía la insurrección de las regiones
anexadas, a fin de atacar mañana, o al mismo tiempo, a la burguesía de la
“gran” potencia, debilitada por esa insurrección.
Sin embargo, los camaradas
polacos van más lejos aún en su anexionismo. No están en contra únicamente de
la insurrección de las regiones anexadas; ¡están en contra también de todo restablecimiento de su
independencia, aunque sea pacífico! Escuchad:
“La socialdemocracia, al
declinar toda responsabilidad por las consecuencias de la política opresora del
imperialismo, al luchar contra ellas del modo más enérgico, no se pronuncia en modo alguno a favor de la
colocación de nuevos postes fronterizos en Europa, a favor del restablecimiento
de los arrancados por el imperialismo” (la cursiva es de los autores).
En la actualidad “han sido
arrancados por el imperialismo los postes fronterizos” entre Alemania y
Bélgica, entre Rusia y Galitzia. ¡Y resulta que la socialdemocracia
internacional debe estar en contra de su restablecimiento en general,
cualquiera que sea la forma en que se efectúe! En 1905, “en la era del
imperialismo”, cuando la Dieta autónoma de Noruega proclamó la separación de
Suecia, y la guerra de Suecia contra Noruega, preconizada por los reaccionarios
suecos, no llegó a desencadenarse como consecuencia de la resistencia de los
obreros suecos y de la situación imperialista internacional, ¡¡la
socialdemocracia debería haber estado en contra de la separación de Noruega,
pues significaba, indudablemente, la “colocación de nuevos postes fronterizos
en Europa”!!
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
Eso es ya anexionismo franco
y manifiesto. No hace falta refutarlo, porque él mismo se refuta. Ningún
partido socialista se atreverá a adoptar semejante posición: “estamos en contra
de las anexiones en general, pero en lo que se refiere a Europa, sancionamos
las anexiones o nos conformamos con ellas puesto que han sido efectuadas…”
Debemos detenernos
únicamente en los orígenes teóricos del error que ha hecho llegar a nuestros
camaradas polacos a una... “incapacidad” tan manifiesta. Más adelante
hablaremos de cuán infundado es separar a “Europa”. Las dos frases siguientes
de las tesis explican otras fuentes del error:
“…Donde ha
pasado la rueda del imperialismo sobre un Estado capitalista ya formado,
aplastándolo, tiene lugar —bajo la forma salvaje dela opresión imperialista— la
concentración política y económica del mundo capitalista, concentración que
prepara el socialismo...”
Esta justificación de la
anexión es struvismo31, pero no marxismo. Los socialdemócratas
rusos, que recuerdan la década del 90 en Rusia, conocen perfectamente esta
manera de desnaturalizar el marxismo, común a los señores Struve, Cunow, Legien
y Cía. Justamente en otra tesis de los camaradas polacos (II, 3) leemos lo que
sigue acerca de los struvistas alemanes, los llamados “socialimperialistas”.
16
...(La consigna de
autodeterminación) “permite a los socialimperialistas, tratando siempre de
demostrar el carácter ilusorio de esta consigna, presentar nuestra lucha contra
la opresión nacional como un sentimentalismo infundado desde el punto de vista
histórico, minando con ello la confianza del proletariado en los fundamentos
científicos del programa socialdemócrata…”
¡Eso significa que los autores consideran “científica” la
posición de los struvistas alemanes!
¡Les felicitamos!
Pero una “minucia” destruye
este sorprendente argumento, que nos amenaza con que los Lensch, los Cuinow y
los Parvus tengan razón frente a
nosotros: esos Lensch son hombres consecuentes a su manera, y en el número 8-9
de Die Glocke32
chovinista alemán —en nuestras tesis hemos citado adrede precisamente este
número—, Lensch pretende demostrar al
mismo tiempo ¡¡”la falta de base científica” de la consigna de
autodeterminación (los socialdemócratas polacos, lo visto, han considerado
irrefutable esta argumentación de
Lensch, como se desprende de los razonamientos de sus tesis reproducidos por
nosotros...) y la “falta de base
científica” de la consigna contra las anexiones!!
Porque Lensch ha comprendido
magníficamente la sencilla verdad que señalábamos a nuestros colegas polacos,
los cuales no han deseado responder a nuestra indicación: no existe diferencia
“ni económica, ni política”, ni en general lógica, entre el “reconocimiento” de
la autodeterminación y la “protesta” contra las anexiones. Si los camaradas
polacos consideran irrefutables los argumentos de los Lensch contra la
autodeterminación, no se podrá dejar de reconocer un hecho: los Lensch enfilan todos
esos argumentos también contra la lucha con las anexiones.
![]()
31 Struvismo o "marxismo legal":
deformación liberal burguesa del marxismo que recibió su nombre de R. Struve,
principal representante del "marxismo, legal" en Rusia.
El "marxismo
legal" surgió, como corriente política y social entre la intelectualidad
burguesa liberal de Rusia en los años 90 del siglo XIX. Los "marxistas
legales", encabezados por Struve, intentaban utilizar el marxismo en
interés de la burguesía. Lenin señaló que el struvismo toma del marxismo todo
lo aceptable para la burguesía liberal y rechaza el alma viva del marxismo: su
espíritu revolucionario, la doctrina acerca del inevitable hundimiento del
capitalismo, acerca de la revolución proletaria y la dictadura del proletariado
32 "Die Glocke" ("La Campana"): revista quincenal que
editaba en Múnich y luego en Berlín (1915-1925) el socialchovinista alemán
Parvus (Helphand).
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
El error teórico en que se
basan todos los razonamientos de nuestros colegas polacos les ha llevado tan
lejos, que han resultado ser anexionistas
inconsecuentes.
5. ¿Por qué esta la
socialdemocracia en contra de las anexiones?
Desde nuestro punto de
vista, la respuesta es clara: porque la anexión viola la autodeterminación de
las naciones o, dicho de otro modo, es una de las formas de la opresión
nacional.
Desde el punto de vista de
los socialdemócratas polacos, es necesario que se explique de modo especial por qué estamos en contra de las anexiones, y
estas explicaciones (I, 3 en las tesis)
enredan ineludiblemente a los autores en una nueva serie de contradicciones.
Exponen dos razones para
“justificar” por qué (a despecho de los argumentos “fundamentados
científicamente” de los Lensch) estamos en contra de las anexiones. Primera:
“...A la afirmación de que
las anexiones en Europa son imprescindibles para la seguridad militar del
Estado imperialista vencedor, la socialdemocracia opone el hecho de que las
anexiones no hacen más que exacerbar los antagonismos y, con ello, acrecentar
el peligro de guerra…”
Es una respuesta
insuficiente a los Lensch, pues su argumento principal no es la necesidad
militar, sino el carácter económico
progresivo de las anexiones, que significan la concentración bajo el
imperialismo. ¿Dónde está, en este caso, la lógica, si los socialdemócratas
polacos reconocen el carácter progresivo de semejante
concentración, negándose a restablecer en Europa los postes fronterizos
arrancados por el imperialismo y, al mismo tiempo, se oponen a las anexiones?
Prosigamos. ¿Qué clases de
guerras son aquellas cuyo peligro acrecientan las anexiones? No las guerras
imperialistas, pues éstas son engendradas por otras causas; los antagonismos
principales en la actual guerra imperialista son, indiscutiblemente, los antagonismos
entre Inglaterra y Alemania, entre Rusia y Alemania. En este caso no ha habido
ni hay anexiones. Se trata del acrecentamiento del peligro de guerras nacionales y de insurrecciones
nacionales.
Pero ¿cómo es posible, por
una parte, declarar que las guerras nacionales son imposibles “en la era del imperialismo” y, por otra, hablar del
“peligro” de las guerras nacionales? Eso no es lógico.
Segunda razón:
Las anexiones “abren un
abismo entre el proletariado de la nación dominante y el de la nación
oprimida”... “el proletariado de la nación oprimida se uniría a su burguesía y
vería un enemigo en el proletariado de la nación dominante. La lucha de clase
del proletariado internacional contra la burguesía internacional sería
sustituida por la escisión del proletariado, por su corrupción ideológica...”
Compartimos por entero estos
argumentos. Pero ¿es lógico presentar al mismo tiempo y sobre una misma
cuestión argumentos que se excluyen mutuamente? En el § 3 de la parte I de las
tesis leemos los argumentos citados, que ven en las anexiones la escisión del proletariado; pero junto a
él, en el § 4, se nos dice que en Europa es preciso estar en contra de la
abolición de las anexiones ya efectuadas y a favor de la “educación de las
masas obreras de las naciones oprimidas y opresoras para la lucha solidaria”. Si
la abolición de las anexiones es “sentimentalismo” reaccionario, entonces no se puede argumentar que las anexiones
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
abren “un abismo” entre “el
proletariado” y provocan su “escisión”; por el contrario, habrá que ver en las
anexiones una condición del acercamiento del proletariado de las distintas
naciones.
17
Nosotros decimos: para que
podamos hacer la revolución socialista y derrocar a la burguesía, los obreros
deben unirse más estrechamente, y la lucha en pro de la autodeterminación, es
decir, contra las anexiones, contribuye a esa unión estrecha. Seguimos siendo
consecuentes. Los camaradas polacos, en cambio, al reconocer la
“irrevocabilidad” de las anexiones europeas, al reconocer la “imposibilidad” de
las guerras nacionales, se golpean a sí mismos cuando discuten “contra” las
anexiones ¡precisamente con argumentos de
las guerras nacionales! ¡Precisamente con argumentos como el de que las
anexiones dificultan el acercamiento
y la fusión de los obreros de las distintas naciones!
Dicho con otras palabras:
para objetar contra las anexiones, los socialdemócratas polacos se ven
obligados a tomar sus argumentos del bagaje teórico que ellos mismos rechazan por principio.
Esto lo vemos con muchísima más claridad en el problema de las
colonias.
6. ¿Se puede
contraponer las colonias a “Europa” en esta cuestión?
En nuestras tesis se dice
que la reivindicación de liberación inmediata de las colonias es tan
“irrealizable” en el capitalismo (es decir, irrealizable sin una serie de
revoluciones e inconsistente sin el socialismo) como la autodeterminación de
las naciones, la elección de los funcionarios por el pueblo, la república
democrática, etc., y, por otro lado, que la reivindicación de liberación de las
colonias no es otra cosa que el “reconocimiento de la autodeterminación de las
naciones”.
Los camaradas polacos no han
contestado a ninguno de estos argumentos. Han intentado establecer una
diferencia entre “Europa” y las colonias. Son anexionistas inconsecuentes sólo
para Europa, negándose a abolir las anexiones por cuanto han sido ya efectuadas.
Para las colonias proclaman una reivindicación absoluta: “¡Fuera de las
colonias!”
Los socialistas rusos deben
exigir: “¡Fuera de Turquestán, de Jiva, de Bujará, etc.!”; pero caerán, según
ellos, en la “utopía”, el “sentimentalismo” “acientífico”, etc., si reivindican
esa misma libertad de separación para Polonia, Finlandia, Ucrania y demás. Los
socialistas ingleses deben exigir: “¡Fuera de África, de la India, de
Australia!”, pero no fuera de Irlanda. ¿Qué fundamentos teóricos pueden
explicar esta diferenciación que salta a la vista por su incongruencia? Es
imposible eludir esta cuestión.
La “base” principal de los
enemigos de la autodeterminación consiste en que ésta es “irrealizable”. Esa
misma idea, con un ligero matiz, está expresada en la alusión a la
“concentración económica y política”.
Está claro que la
concentración se efectúa también por
medio de la anexión de colonias. La diferencia económica entre las colonias y
los pueblos europeos — la mayoría de estos últimos, por lo menos— consistía
antes en que las colonias eran arrastradas al intercambio de mercancías, pero no aún a la producción capitalista. El imperialismo
ha cambiado esa situación. El imperialismo es, entre otras cosas, la
exportación de capital. La producción
capitalista se trasplanta con creciente rapidez a las colonias. Es imposible
arrancar a éstas de la dependencia del capital financiero europeo. Desde el
punto de vista militar, lo mismo que desde el punto de vista de la expansión,
la separación de las colonias es realizable, como regla general, sólo con el
socialismo; con el capitalismo, esa separación es realizable a título
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
de excepción o mediante una
serie de revoluciones e insurrecciones tanto en las colonias como en las
metrópolis.
En Europa, la mayor parte de
las naciones dependientes (aunque no todas: los albaneses y muchos alógenos de
Rusia) están más desarrolladas, desde el punto de vista capitalista, que en las
colonias. ¡Más precisamente eso suscita mayor resistencia a la opresión
nacional y a las anexiones! Precisamente como consecuencia de ello está más asegurado el desarrollo del
capitalismo en Europa — cualesquiera que sean las condiciones políticas,
comprendida la separación— que en las colonias... “Allí —dicen los camaradas
polacos, refiriéndose a las colonias (I, 4)—, el capitalismo deberá afrontar
aún la tarea del desarrollo independiente de las fuerzas productivas...” En
Europa esto es más visible todavía: en Polonia, Finlandia, Ucrania y Alsacia el
capitalismo desarrolla, indudablemente, las fuerzas productivas con mayor
energía, rapidez e independencia que en la India, el Turquestán, Egipto y otras
colonias del tipo más puro. En una sociedad basada en la producción mercantil,
el desarrollo independiente —y, en general, cualquier desarrollo— es imposible
sin el capital. En Europa, las naciones dependientes tienen capital propio y una fácil posibilidad
de conseguirlo en las condiciones más diversas. Las colonias no disponen, o
casi no disponen, de capital propio,
y en la situación creada por la existencia del capital financiero, sólo pueden
conseguirlo a condición de someterse políticamente.
¿Qué significa, en virtud de
todo eso, la reivindicación de liberar inmediata y absolutamente a las
colonias? ¿No está claro que es mucho más “utópica”, en el sentido vulgar, de
caricatura del “marxismo”, en que usan la palabra “utopía” los Struve, los Lensch
y los Cunow y tras ellos, por desgracia, los camaradas polacos? En este caso se
entiende por “utopía”, hablando en propiedad, el apartamiento de lo
mezquinamente habitual, y también todo lo revolucionario. Pero en la situación
de Europa, los movimientos revolucionarios de todos los tipos —comprendidos los nacionales— son más posibles, más
realizables, más tenaces, más conscientes y más difíciles de aplastar que en
las colonias.
18
El socialismo — dicen los camaradas polacos (I, 3)— “sabrá
prestar a los pueblos no desarrollados de las colonias una ayuda cultural desinteresada , sin
dominar sobre ellos”. Completamente justo. Pero ¿qué fundamentos hay para
pensar que una nación grande, un Estado grande, al pasar al socialismo, no
sabrá atraer a una pequeña nación oprimida de Europa por medio de la “ayuda
cultural desinteresada”? Precisamente la libertad de separación, que los
socialdemócratas polacos “conceden” a
las colonias, atraerá a la alianza con los Estados socialistas grandes a las
pequeñas naciones europeas oprimidas, pero cultas y exigentes en el terreno político, pues un Estado grande significará
en el socialismo: tantas horas menos
de trabajo al día y tanto y tanto más de ingreso
al día. Las masas trabajadoras, liberadas del yugo de la burguesía, tenderán con todas sus fuerzas a la
alianza y la fusión con las naciones socialistas grandes y avanzadas, en aras
de esa “ayuda cultural”, siempre que los opresores de ayer no ultrajen el
sentimiento democrático, altamente desarrollado, de la dignidad de la nación
tanto tiempo oprimida; siempre que se conceda a ésta igualdad en todo, incluida
la igualdad en la edificación del Estado, en la experiencia de edificar “su”
Estado. En el capitalismo esa “experiencia” implica guerras, aislamiento,
particularismo y egoísmo estrecho de las pequeñas naciones privilegiadas
(Holanda, Suiza). En el socialismo, las propias masas trabajadoras no aceptarán
en ningún sitio el particularismo por los motivos puramente económicos
expuestos más arriba; y la diversidad de formas políticas, la libertad de
separarse del Estado, la experiencia de edificación del Estado constituirán —en
tanto no se extinga todo Estado en general— la base de una pletórica vida cultural,
la garantía del proceso más acelerado de acercamiento y fusión voluntarios de
las naciones.
Al segregar las colonias y
contraponerlas a Europa, los camaradas polacos caen en una contradicción de tal
naturaleza, que hace trizas en el acto toda su errónea argumentación.
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
7. ¿Marxismo o
proudionismo?
Nuestra alusión a la actitud
adoptada por Marx con respecto a la separación de Irlanda es contrarrestada por
los camaradas polacos, a título de excepción, no de modo indirecto, sino
directo. ¿En qué consiste su objeción? Según ellos, las alusiones a la posición
de Marx en 1848-1871 no tienen “el más mínimo valor”. Esta afirmación, irritada
y categórica en extremo, se razona diciendo que Marx se manifiesta “al mismo
tiempo” contra los anhelos de independencia “de los checos, de los eslavos del
Sur, etc., etc.”33
Esta argumentación es
irritada en extremo precisamente porque carece de toda base. Según los
marxistas polacos resulta que Marx era un simple confusionista, que afirmaba
“al mismo tiempo” cosas opuestas! Esto, además de ser completamente falso, no
tiene nada que ver con el marxismo. Precisamente la exigencia de un análisis
“concreto”, que formulan los camaradas polacos para no aplicarla, nos obliga a examinar si la diferente actitud de
Marx ante los distintos movimientos “nacionales” concretos no partía de una sola concepción socialista.
Como es sabido, Marx era
partidario de la independencia de Polonia desde el punto de vista de los
intereses de la democracia europea en
su lucha contra la fuerza e influencia —bien podría decirse: contra la
omnipotencia y la predominante influencia reaccionaria— del zarismo. El acierto
de este punto de vista encontró su confirmación más palmaria y real en 1849,
cuando el ejército feudal ruso aplastó la insurrección nacional-liberadora y
democrático— revolucionaria en Hungría. Y desde entonces hasta la muerte de
Marx, e incluso más tarde, hasta 1890, cuando se cernía la amenaza de una
guerra reaccionaria del zarismo, en alianza con Francia, contra la Alemania no imperialista, sino nacionalmente
independiente, Engels se mostraba partidario, ante todo y sobre todo, de la
lucha contra el zarismo. Por eso, y solamente por eso, Marx y Engels se
manifestaron contra el movimiento nacional de los checos y de los eslavos del
Sur. La simple consulta de cuanto escribieron Marx y Engels en 1848-1849
demostrará a todos los que se interesen por el marxismo, no para renegar de él,
que Marx y Engels contraponían a la
sazón, de modo directo y concreto, “pueblos enteros reaccionarios” que servían
de “puestos de avanzada de Rusia” en Europa a los “pueblos revolucionarios”:
alemanes, polacos y magiares. Esto es un hecho. Y este hecho fue señalado entonces con indiscutible acierto: en
1848, los pueblos revolucionarios combatían por la libertad, cuyo principal
enemigo era el zarismo, mientras que los checos y otros eran realmente pueblos
reaccionarios, puestos de avanzada del zarismo.
¿Qué nos enseña este ejemplo
concreto, que debe ser analizado concretamente
si se quiere permanecer fiel al marxismo? Únicamente que: 1) los intereses de
la liberación de varios pueblos grandes y muy grandes de Europa están por
encima de los intereses del movimiento liberador de las pequeñas naciones; 2)
que la reivindicación de democracia debe ser considerada en escala europea
(ahora habría que decir: en escala mundial), y no aisladamente.
19
Y nada más. Ni sombra de
refutación del principio socialista elemental que olvidan los polacos y al que
Marx siempre guardó fidelidad: no
puede ser libre el pueblo que oprime a otros pueblos34. Si la situación concreta ante la que se hallaba Marx en la
época de la influencia predominante del zarismo en la política internacional
volviera a repetirse baja otra forma, por ejemplo, si varios pueblos iniciasen
la revolución socialista (como en 1848 iniciaron en Europa la revolución
democrática burguesa), y otros
pueblos resultasen ser los pilares
![]()
33 Véase F. Engels. El
paneslavismo democrático
34 Véase F. Engels. Publicaciones
de los emigrados, 1. Proclama polaca.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
principales de la reacción
burguesa, nosotros también deberíamos ser partidarios de la guerra
revolucionaria contra ellos, abogar por “aplastarlos”, por destruir todos sus
puestos de avanzada, cualesquiera que fuesen los movimientos de pequeñas
naciones que allí surgiesen. Por tanto, no debemos rechazar, ni mucho menos,
los ejemplos de la táctica de Marx —lo que significaría reconocer de palabra el
marxismo y romper con él de hecho—, sino, a base de su análisis concreto,
extraer enseñanzas inapreciables para el futuro. Las distintas reivindicaciones
de la democracia, incluyendo la de la autodeterminación, no son algo absoluto,
sino una partícula de todo el
movimiento democrático (hoy socialista) mundial.
Puede suceder que, en un caso dado, una partícula se halle en contradicción con
el todo; entonces hay que desecharla.
Es posible que en un país, el movimiento republicano no sea más que un
instrumento de las intrigas clericales o financiero-monárquicas de otros
países; entonces, nosotros no
deberemos apoyar ese movimiento concreto. Pero sería ridículo excluir por ese
motivo del programa de la socialdemocracia internacional la consigna de la
república.
¿Cómo cambió la situación
concreta desde 1848 -1871 hasta 1898-1916 (considerando los jalones más
importantes del imperialismo como un período: desde la guerra imperialista
hispano-norteamericana hasta la guerra imperialista europea)? El zarismo dejó
de ser, manifiesta e indiscutiblemente, el baluarte principal de la reacción;
primero, a consecuencia del apoyo que le prestó el capital financiero
internacional, sobre todo el de Francia; segundo, como resultado del año 1905.
En aquel entonces, el sistema de los grandes Estados nacionales —de las
democracias de Europa— llevaba al mundo la democracia y el socialismo, a pesar
del zarismo*.
* Riazánov ha publicado en el Archivo de la historia del socialismo,
de Grünberg (1916, t. I) un interesante artículo de Engels sobre el problema
polaco, fechado en 1866. Engels subraya que el proletariado debe reconocer la
independencia política y la "autodeterminación" (right to dispose of itself) de las naciones grandes, importantes
de Europa, remarcando la absurdidad del "principio de las
nacionalidades" (sobre todo en su aplicación bonapartista), es decir, de
equiparar cualquier nación pequeña a estas grandes. "Rusia —dice Engels— posee
una enorme cantidad de propiedades robadas" (es decir, de naciones
oprimidas), "que tendrá que devolver el día del ajuste de cuentas"35.
Tanto el bonapartismo36 como el zarismo aprovechan
los movimientos de pequeñas naciones en beneficio propio y contra la
democracia europea.
Marx y Engels no llegaron a
vivir hasta la época del imperialismo. En nuestros días se ha formado un
sistema de un puñado de “grandes” potencias imperialistas (5 ó 6), cada una de
las cuales oprime a otras naciones. Esta opresión es una de las fuentes del
retraso artificial del hundimiento del capitalismo y del apoyo artificial al
oportunismo y al socialchovinismo de las naciones imperialistas que dominan el
mundo. Entonces, la democracia de Europa Occidental, que liberaba a las
naciones más importantes, era enemiga del zarismo, el cual aprovechaba con
fines reaccionarios algunos movimientos de pequeñas naciones. Ahora, la alianza del imperialismo zarista con el
de los países capitalistas europeos más adelantados, basada en la opresión por todos ellos de una serie de naciones, se
enfrenta con el proletariado socialista, dividido en dos campos: el chovinista,
“socialimperialista”, y el revolucionario.
¡He ahí el cambio concreto
de la situación, del que hacen caso omiso los socialdemócratas polacos, a pesar
de su promesa de ser concretos! De él se desprende también un cambio concreto
en la aplicación de esos mismos
principios socialistas: entonces,
ante todo, “contra el zarismo” (así como contra algunos movimientos nacionales
pequeños utilizados por él con una
orientación antidemocrática) y a favor de los pueblos revolucionarios de
Occidente agrupados en grandes naciones. Ahora,
contra el frente único formado por las potencias imperialistas, la burguesía
imperialista y los socialimperialistas, y a
favor del
![]()
35 Véase F. Engels. ¿Qué le
importa Polonia a la clase obrera?
36 "Se denomina bonapartismo (palabra
derivada de Bonaparte, apellido de dos emperadores franceses) a un gobierno que
pretende aparecer al margen de los partidos, aprovechando la durísima lucha que
sostienen entre sí los partidos de los capitalistas y de los obreros. Semejante
gobierno, sirviendo de hecho a los capitalistas, es el que más engaña a los
obreros con promesas y pequeñas limosnas" (Lenin).
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
aprovechamiento, para los
fines de la revolución socialista, de
todos los movimientos nacionales dirigidos contra el imperialismo. Cuanto más pura sea hoy la lucha del
proletariado contra el frente común imperialista, tanto más vital será,
evidentemente, el principio internacionalista de que “no puede ser libre el
pueblo que oprime a otros pueblos”.
Los proudhonistas, en nombre de la revolución social
interpretada de modo doctrinario, hacían caso omiso del papel internacional de
Polonia y no querían saber nada de los movimientos nacionales.
Del mismo modo doctrinario
proceden los socialdemócratas polacos, que rompen
el frente internacional de lucha contra los socialimperialistas y ayudan
(objetivamente) a éstos con sus vacilaciones en el problema de las anexiones.
Porque es precisamente el frente internacional de lucha proletaria el que ha
cambiado en lo que se refiere a la posición concreta de las pequeñas naciones:
entonces (1848-1871), las pequeñas naciones eran posibles aliados, ya de la
“democracia occidental” y de los pueblos revolucionarios, ya del zarismo; ahora
(1898-1914), las pequeñas naciones han perdido ese significado y son una de las
fuentes que alimentan el parasitismo y, como consecuencia, el
socialimperialismo de las “grandes potencias”. Lo importante no es que antes de
la revolución socialista se libere 1/50 ó 1/100 de las pequeñas naciones; lo
importante es que el proletariado, en la época imperialista y por causas
objetivas, se ha dividido en dos campos internacionales, uno de los cuales está
corrompido por las migajas que le caen de la mesa de la burguesía imperialista
—a costa, por cierto, de la explotación doble o triple de las pequeñas
naciones—, mientras que el otro no puede conseguir su propia libertad sin
liberar a las pequeñas naciones, sin educar a las masas en el espíritu
antichovinista, es decir, antianexionista, es decir, en el espíritu “de la
autodeterminación”.
20
Este aspecto de la cuestión,
el principal, es dado de lado por los camaradas polacos, quienes no consideran
las cosas desde la posición central en la época del imperialismo, desde el
punto de vista de la existencia de dos campos en el proletariado internacional.
He aquí otros ejemplos
palpables de su proudhonismo: 1) la actitud frente a la insurrección irlandesa
de 1916, de la que hablaremos más adelante, 2) la declaración en sus tesis (II,
3, al final del § 3) de que la consigna de revolución socialista “no debe ser
velada por nada”. Es profundamente antimarxista la idea de que se pueda “velar”
la consigna de revolución socialista, relacionándola
con una posición revolucionaria consecuente en cualquier problema, incluido el
nacional.
Los socialdemócratas polacos
opinan que nuestro programa es “nacional-reformista”. Comparad dos
proposiciones prácticas: 1) por la autonomía (tesis polacas, III, 4) y 2) por
la libertad de separación. ¡Es eso, y sólo eso, lo que diferencia nuestros
programas! ¿Y acaso no está claro que es reformista precisamente el primer
programa y no el segundo? Un cambio reformista es aquel que no socava las bases
del poder de la clase dominante y que representa únicamente una concesión de
ésta, pero conservando su dominio. Un cambio revolucionario es el que socava
las bases del poder. Lo reformista en el programa nacional no deroga todos los
privilegios de la nación dominante, no
establece la completa igualdad de derechos, no
elimina toda opresión nacional. Una
nación “autónoma” no tiene los mismos derechos que la nación “dominante”; los
camaradas polacos no podrían dejar de notarlo, si no se empeñasen
obstinadamente en pasar por alto (al igual que nuestros antiguos “economistas”)
el análisis de los conceptos y categorías políticos.
La Noruega autónoma, como parte de Suecia, gozaba hasta 1905 de la más amplia
autonomía, pero no tenía derechos iguales a Suecia. Sólo su libre separación
reveló de hecho y demostró su
igualdad de derechos (añadamos, entre paréntesis, que fue precisamente esta
libre separación la que creó las bases para un acercamiento más estrecho y más
democrático, asentado en la igualdad de derechos). Mientras Noruega era
únicamente autónoma, la aristocracia sueca tenía un
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
privilegio más, que con la
separación no fue “debilitado” (la esencia del reformismo consiste en atenuar el mal, pero no en eliminarlo),
sino eliminado por completo (lo que
constituye el exponente principal del carácter revolucionario de un programa).
A propósito: la autonomía,
como reforma, es distinta por principio de la libertad de separación, como
medida revolucionaria. Esto es indudable.
Pero, en la práctica, la
reforma —como sabe todo el mundo— no es en muchos casos más que un paso hacia
la revolución. Precisamente la autonomía permite a una nación mantenida por la
fuerza dentro de los límites de un Estado constituirse de modo definitivo como
nación, reunir, conocer y organizar sus fuerzas, elegir el momento más adecuado
para declarar… al modo “noruego”:
nosotros, la Dieta autónoma de tal o cual nación o comarca, declaramos que el
emperador de toda Rusia ha dejado de ser rey de Polonia, etc. A esto “se
objeta” habitualmente: semejantes problemas se resuelven por medio de las
guerras y no con declaraciones. Es justo: en la inmensa mayoría de los casos,
se resuelven por medio de las guerras (lo mismo que los problemas de la forma
de gobierno de los grandes Estados se resuelven también, en la aplastante
mayoría de los casos, únicamente por medio de guerras y revoluciones). Sin
embargo, no estará de más meditar en si es lógica semejante “objeción” contra el programa político de un partido
revolucionario.
¿Somos acaso contrarios a
las guerras y revoluciones en pro de
una causa justa y útil para el proletariado, en pro de la democracia y del socialismo? ¡“Pero no podemos ser
partidarios de la guerra entre los grandes pueblos, de la matanza de 20
millones de hombres, en aras de la liberación problemática de una nación
pequeña, integrada, quizá, por no más de 10 ó 20 millones de habitantes”!
¡Claro está que no podemos! Mas no porque hayamos eliminado de nuestro programa
la igualdad nacional completa, sino porque los intereses de la democracia de un país deben ser supeditados a los
intereses de la democracia de varios y de
todos los países. Imaginémonos que entre dos grandes monarquías se
encuentra una monarquía pequeña, cuyo reyezuelo está “ligado”, por lazos de
parentesco y de otro género, a los monarcas de ambos vecinos. Imaginémonos,
además, que la proclamación de la república en el país pequeño y el destierro
de su monarca significase, de hecho, una guerra entre los dos grandes países
vecinos por la restauración de tal o cual monarca del pequeño país. No cabe
duda que, en este caso concreto, toda la socialdemocracia internacional, lo
mismo que la parte verdaderamente internacionalista de la socialdemocracia del
pequeño país, estaría en contra de la
sustitución de la monarquía por la república.
21
La sustitución de la
monarquía por la república no es un objetivo absoluto, sino una de las
reivindicaciones democráticas subordinadas a los intereses de la democracia (y
más aún, naturalmente, a los intereses del proletariado socialista) en su
conjunto. Es seguro que un caso así no suscitaría ni sombra de divergencias
entre los socialdemócratas de los distintos países. Pero si cualquier
socialdemócrata propusiese con este
motivo eliminar en general del programa de la socialdemocracia internacional la
consigna de la república, seguramente lo tomarían por loco. Le dirían: a pesar
de todo, no se debe olvidar la diferencia lógica elemental que existe entre lo particular y lo general.
Este ejemplo nos hace ver un
aspecto algo diferente del problema de la educación internacionalista de la clase obrera. ¿Puede esta educación —sobre
cuya necesidad e importancia
imperiosa no se conciben divergencias entre la izquierda de Zimmerwald— ser concretamente igual en las grandes
naciones opresoras y en las pequeñas naciones oprimidas? ¿En las naciones anexionadoras y en las naciones
anexadas?
Evidentemente, no. El camino
hacia el objetivo único — la completa igualdad de derechos, el más estrecho
acercamiento y la ulterior fusión de
todas las naciones— sigue aquí, evidentemente, distintas rutas concretas, lo
mismo que, por ejemplo, el camino conducente a un punto situado en el centro de
esta página parte hacia la izquierda de una de sus
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
márgenes y hacia la derecha
de la margen opuesta. Si el socialdemócrata de una gran nación opresora,
anexionadora, profesando, en general, la teoría de la fusión de las naciones,
se olvida, aunque sólo sea por un instante, de que “su” Nicolás II, “su” Guillermo,
“su” Jorge, “su” Poincaré etc., etc., abogan
también por la fusión con las naciones pequeñas (por medio de anexiones)
—Nicolás II aboga por la “fusión” con Galitzia, Guillermo II por la “fusión”
con Bélgica, etc. —, ese socialdemócrata resultará ser, en teoría, un
doctrinario ridículo y, en la práctica, un cómplice del imperialismo.
El centro de gravedad de la
educación internacionalista de los obreros de los países opresores tiene que
estar necesariamente en la prédica y en la defensa de la libertad de separación
de los países oprimidos. De otra manera, no
hay internacionalismo. Tenemos el derecho y el deber de tratar de
imperialista y de canalla a todo socialdemócrata de una nación opresora que no realice tal propaganda. Esta es una
exigencia incondicional, aunque, prácticamente,
la separación no sea posible ni “realizable” antes del socialismo más que en el
uno por mil de los casos.
Tenemos el deber de educar a
los obreros en la “indiferencia” ante las diferencias nacionales. Esto es
indiscutible. Mas no se trata de la indiferencia de los anexionistas. El miembro de una nación opresora debe permanecer
“indiferente” ante el problema de si las naciones pequeñas pertenecen a su Estado, al Estado vecino o a sí
mismas, según sean sus simpatías: sin tal “indiferencia” no será socialdemócrata. Para ser socialdemócrata internacionalista
hay que pensar no sólo en la propia
nación, sino colocar por encima de ella los intereses de todas las naciones, la
libertad y la igualdad de derechos de todas. “Teóricamente”, todos están de
acuerdo con estos principios; pero, en la práctica, revelan precisamente una
indiferencia anexionista. Ahí está la raíz del mal.
Y, a la inversa, el
socialdemócrata de una nación pequeña debe tomar como centro de gravedad de sus
campañas de agitación la primera
palabra de nuestra fórmula general: “unión
voluntaria” de las naciones. Sin faltar a sus deberes de internacionalista,
puede pronunciarse tanto a favor de
la independencia política de su nación como a favor de su incorporación al
Estado vecino X, Y, Z, etc. Pero deberá luchar en todos los casos contra la
estrechez de criterio, el aislamiento, el particularismo de pequeña nación, por
que se tenga en cuenta lo total y lo general, por la supeditación de los
intereses de lo particular a los intereses de lo general.
A gentes que no han
penetrado en el problema, les parece “contradictorio” que los socialdemócratas
de las naciones opresoras exijan la “libertad de
separación” y
los socialdemócratas de las naciones oprimidas la “libertad de unión”. Pero, a poco que se reflexione,
se ve que, partiendo de la situación dada,
no hay ni puede haber otro camino
hacia el internacionalismo y la fusión de las naciones, no hay ni puede haber
otro camino que conduzca a este fin.
Y llegamos así a la situación peculiar de la socialdemocracia
holandesa y polaca.
8. Lo
peculiar y lo general en la posición de los socialdemócratas internacionalistas
holandeses y polacos.
No cabe la menor duda de que
los marxistas holandeses y polacos adversarios de la autodeterminación figuran
entre los mejores elementos internacionalistas y revolucionarios de la
socialdemocracia internacional. ¿Cómo puede,
entonces, darse el caso de que sus razonamientos teóricos constituyan, como
hemos visto, una tupida red de errores; de que no contengan ningún juicio
general acertado, nada, excepto “economismo imperialista”?
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
El hecho no se explica en
modo alguno por las malas cualidades subjetivas de los camaradas holandeses y
polacos, sino por las condiciones objetivas especiales
de sus países. Ambos países 1) son pequeños y desamparados en el “sistema”
contemporáneo de grandes potencias; 2) ambos se hallan enclavados
geográficamente entre los buitres imperialistas de fuerza gigantesca que
compiten con mayor encarnizamiento (Inglaterra y Alemania; Alemania y Rusia);
3) en ambos están terriblemente arraigados los recuerdos y las tradiciones de
los tiempos en que ellos mismos eran
“grandes potencias”: Holanda, como gran potencia colonial, era más fuerte que
Inglaterra; Polonia era una gran potencia más culta y más fuerte que Rusia y
Prusia; 4) ambos han conservado hasta hoy día privilegios, que consisten en la
opresión de pueblos ajenos: el burgués holandés es dueño de las riquísimas
Indias Holandesas; el terrateniente polaco oprime a los “siervos” ucranio y
bielorruso; el burgués polaco, a los judíos, etc.
22
Semejante peculiaridad, que
consiste en la combinación de esas cuatro condiciones especiales, no podrán
encontrarla en Irlanda, Portugal (en sus tiempos estuvo anexada por España),
Alsacia, Noruega, Finlandia, Ucrania, en los territorios letón y bielorruso ni
en otros muchos. ¡Y en esa peculiaridad está toda la esencia de la cuestión! Cuando los socialdemócratas
holandeses y polacos se pronuncian contra
la autodeterminación recurriendo a argumentos generales, es decir, que atañen al imperialismo en general, al
socialismo en general, a la democracia en general y a la opresión nacional en
general, se puede decir en verdad que cometen errores a montones. Pero basta
dejar a un lado esta envoltura, a
todas luces equivocada, de los argumentos generales y examinar la esencia de la cuestión desde el punto de vista de la originalidad de las
condiciones peculiares de Holanda y
de Polonia para que se haga comprensible
y completamente lógica su original posición. Puede decirse, sin temor a caer en
una paradoja, que cuando los marxistas holandeses y polacos se sublevan con
rabia contra la autodeterminación no dicen exactamente lo que quieren decir; o
con otras palabras: quieren decir algo diferente de lo que dicen*.
* Recordemos que en su declaración de
Zimmerwald, todos los
socialdemócratas polacos reconocieron
la autodeterminación en general
aunque formulada un poquito distintamente.
En nuestras tesis hemos
citado ya un ejemplo. ¡Gorter está en contra de la autodeterminación de su país, pero está en pro de la
autodeterminación de las Indias Holandesas, oprimidas por “su” nación! ¿Puede
sorprender que veamos en él a un internacionalista más sincero y un
correligionario más afín a nosotros que en quienes reconocen así la autodeterminación
(tan de palabra, tan hipócritamente) como Kautsky entre los alemanes y Trotski
y Mártov entre nosotros? De los principios generales y cardinales del marxismo
se deduce, indudablemente, el deber de luchar por la libertad de separación de
las naciones oprimidas por “mi propia” nación; pero no se deduce, ni mucho
menos, la necesidad de colocar por encima de todo la independencia precisamente
de Holanda, cuyos padecimientos se deben más que nada a su aislamiento
estrecho, fosilizado, egoísta y embrutecedor; aunque se hunda el mundo, nos
tiene sin cuidado “nosotros” estamos satisfechos de nuestra vieja presa y del
riquísimo “huesito” que nos queda, las Indias; ¡lo demás no nos importa!
Otro ejemplo. Karl Rádek, un
socialdemócrata polaco que ha contraído méritos singularmente grandes con su
lucha enérgica en defensa del internacionalismo en la socialdemocracia alemana
después de empezada la guerra, se levanta furioso contra la autodeterminación
en un artículo titulado El derecho de las
naciones a la autodeterminación que se publicó en Lichtstrahlen37, revista mensual radical de izquierda
dirigida por Borchardt y prohibida por la censura prusiana (1915, 5 de
diciembre, III año, número 3). Por cierto que Rádek cita en provecho propio únicamente a prestigiosos autores
polacos y holandeses y
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37 Lichtstrahlen ("Rayos de Luz"): revista
mensual, órgano del grupo de socialdemócratas de izquierda de Alemania. Se
editó irregularmente desde 1913 hasta 1921 en Berlín
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
expone, entre otros, el
siguiente argumento: la autodeterminación alimenta la idea de que la
“socialdemocracia tiene el deber de apoyar cualquier lucha por la
independencia”.
Desde el punto de vista de
la teoría general, este argumento
resulta indignante a todas luces, pues es claramente ilógico. Primero, no hay
ni puede haber una sola reivindicación parcial de la democracia que no engendre
abusos si no se supedita lo particular a lo general; nosotros no estamos obligados
a apoyar ni “cualquier” lucha por la independencia, ni “cualquier” movimiento
republicano o anticlerical. Segundo, no hay ni puede haber ni una sola fórmula de lucha contra la opresión nacional que no
adolezca de ese mismo “defecto”. El
mismo Rádek utilizó en Berner Tagwacht
la fórmula (1915, número 253) “contra las anexiones viejas y nuevas”. Cualquier
nacionalista polaco “deduce” legítimamente de esa fórmula: “Polonia es una
anexión, yo estoy en contra de la anexión, es
decir, estoy en pro de la independencia de Polonia”. También Rosa
Luxemburgo, en un artículo de 1908, si no me equivoco, expresaba la opinión de
que bastaba la fórmula “contra la opresión nacional”. Pero cualquier
nacionalista polaco dirá —y con pleno
derecho — que la anexión es una
de las formas de la opresión nacional y, por
consiguiente, etc., etc.
Tomen ustedes, sin embargo,
en lugar de esos argumentos generales, las condiciones peculiares de Polonia: su independencia es ahora “irrealizable” sin guerras o revoluciones. Estar a favor de
una guerra europea con el fin exclusivo de restablecer Polonia significa ser un
nacionalista de la peor especie, colocar los intereses de un pequeño número de
polacos por encima de los intereses de centenares de millones de hombres que
sufren las consecuencias de la guerra. Y tales son, por ejemplo, los
“fraquistas” (PSP de derecha)38, que
son socialistas sólo de palabra y frente a los cuales tienen mil veces razón
los socialdemócratas polacos. Lanzar la consigna de independencia de Polonia ahora, con la actual correlación de las potencias imperialistas vecinas, significa, en efecto, correr
tras una utopía, caer en un
nacionalismo estrecho, olvidar la premisa de la revolución europea o, por lo
menos, rusa y alemana. De la misma manera, lanzar como consigna aparte la de
libertad de coalición en la Rusia de 1908 -1914 hubiera significado correr tras
una utopía y ayudar objetivamente al partido obrero stolypiniano (hoy partido
de Potrésov y Gvózdiev, lo que, dicho sea de paso, es lo mismo). ¡Pero sería
una locura eliminar en general del programa socialdemócrata la reivindicación
de libertad de coalición!
23
Tercer ejemplo y, sin duda, el más importante. En las tesis
polacas (III, § 2, al final) se dice, condenando la idea de un Estado-tapón
polaco independiente, que eso es “una vana utopía de grupos pequeños e
impotentes. De llevarse a la práctica, esta idea significaría la creación de un
pequeño Estado— fragmento polaco, que sería una colonia militar de uno u otro
grupo de grandes potencias, un juguete de sus intereses militares y económicos,
una zona de explotación de capital extranjero, un campo de batalla en las
futuras guerras”. Todo eso es muy exacto
contra la consigna de independencia de Polonia ahora, pues incluso la revolución solamente en Polonia no cambiaría
nada en este terreno y distraería la atención de las masas polacas de lo principal: de los vínculos de su
lucha con la lucha del proletariado ruso y alemán. No es una paradoja, sino un
hecho que el proletariado polaco, como tal, puede coadyuvar ahora a la causa
del socialismo y de la libertad, incluida
también la polaca, sólo mediante la lucha conjunta con el proletariado de
los países vecinos, contra los estrechos
nacionalistas polacos. Es imposible
negar el gran mérito histórico de los socialdemócratas polacos en la lucha contra estos últimos.
Mas esos mismos argumentos,
acertados desde el punto de vista de las condiciones peculiares de Polonia en la época actual , son claramente desacertados en la forma general que se les ha dado. Mientras
existan las guerras, Polonia será siempre un campo de batalla en las guerras
entre Alemania y Rusia; eso no es un argumento contra la mayor libertad
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38 Véase la nota 19
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
política (y, por
consiguiente, contra la independencia política) durante los períodos entre las
guerras. Lo mismo puede decirse de las consideraciones acerca de la explotación
por el capital extranjero y del papel de juguete de intereses ajenos. Los socialdemócratas
polacos no están hoy en condiciones de lanzar la consigna de independencia de
Polonia, pues como proletarios internacionalistas no pueden hacer nada para ello sin caer, a semejanza de
los “fraquistas”, en el más rastrero servilismo ante una de las monarquías imperialistas. Pero a los obreros rusos y
alemanes no les es indiferente si habrán de participar en la anexión de Polonia
(eso significaría educar a los obreros y campesinos alemanes y rusos en el
espíritu de la más ruin villanía, de la resignación con el papel de verdugo de
otros pueblos) o si Polonia será independiente.
La situación es, sin duda
alguna, muy embrollada, pero hay una salida que permitiría a todos seguir
siendo internacionalistas: a los socialdemócratas rusos y alemanes, exigiendo
la absoluta “libertad de separación” de Polonia; a los socialdemócratas polacos,
luchando por la unidad de la lucha proletaria en un país pequeño y en los
países grandes sin propugnar en la época dada o en el período dado la consigna
de independencia de Polonia.
9. Una carta de
Engels a Kautsky.
En su folleto El socialismo y la política colonial
(Berlín, 1907), Kautsky, que a la sazón era todavía marxista, publicó la carta
que le había dirigido Engels el 12 de septiembre de 1882 y que ofrece inmenso
interés para el problema que nos ocupa. He aquí la parte esencial de dicha
carta:
“...A mi modo de ver, las colonias propiamente dichas, es decir,
las tierras ocupadas por población europea, como el Canadá, el Cabo y
Australia, se harán todas independientes; por el contrario, de las tierras que
están sometidas y cuya población es indígena, como la India, Argelia, las
posesiones holandesas, portuguesas y españolas, tendrá que hacerse cargo
temporalmente el proletariado y procurarles la independencia con la mayor
rapidez posible. Es difícil decir ahora cómo se desarrollará este proceso. La
India quizá haga la revolución — cosa muy probable— y, puesto que el
proletariado, al liberarse, no puede hacer guerras coloniales, habrá que
conformarse con ello, aunque, naturalmente, serán inevitables distintas
destrucciones. Pero estas cosas son inseparables de todas las revoluciones. Lo
mismo puede ocurrir también en otros sitios, por ejemplo, en Argelia y en
Egipto, lo que sería para nosotros,
sin duda, lo mejor. Tendremos bastante que hacer en nuestra propia casa. Una
vez reorganizadas Europa y América del Norte, esto dará tan colosal impulso y
tal ejemplo, que los países semicivilizados nos seguirán ellos mismos, pues así
lo impondrán, aunque sólo sea, sus necesidades económicas. Por lo que se
refiere a las fases sociales y políticas que habrán de atravesar estos países
hasta llegar también a la organización socialista, creo que sólo podríamos
hacer hipótesis bastante ociosas. Una cosa es indudable: el proletariado triunfante no puede imponer a ningún otro pueblo
felicidad alguna sin socavar con este acto su propia victoria. Como es
natural, esto no excluye en modo alguno las guerras defensivas de distinto
género…”
24
Engels no cree, ni mucho
menos, que sólo lo “económico” salvará de por sí y directamente todas las
dificultades. La revolución económica impulsará a todos los pueblos a tender
hacia el socialismo; sin embargo, son posibles también revoluciones —contra el
Estado socialista— y guerras. La adaptación de la política a la economía se
producirá inevitablemente, pero no de golpe ni sin obstáculos, no de un modo
sencillo y directo. Engels plantea como “indudable” un solo principio,
indiscutiblemente internacionalista, que aplica a todos los “pueblos ajenos”, es decir, no sólo a los coloniales:
imponerles la felicidad significaría socavar la victoria del proletariado.
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
El proletariado no se
convertirá en santo ni quedará a salvo de errores y debilidades por el mero
hecho de haber llevado a cabo la revolución social. Pero los posibles errores
(y también los intereses
egoístas de intentar montar
en lomo ajeno) le llevarán inexcusablemente a comprender esta verdad. Todos
nosotros, los de la izquierda zimmerwaldiana, tenemos la misma convicción que
tenía, por ejemplo, Kautsky antes de su viraje en 1914 del marxismo a la
defensa del chovinismo, a saber: la revolución socialista es completamente
posible en el futuro más próximo, “de
hoy a mañana”, como se expresó el propio Kautsky en cierta ocasión. Las antipatías nacionales no desaparecerán
tan pronto; el odio — completamente legitimo— de la nación oprimida a la nación
opresora continuará existiendo
durante cierto tiempo; sólo se disipará después
de la victoria del socialismo y después
de la implantación definitiva de relaciones plenamente democráticas entre las
naciones. Si queremos ser fieles al socialismo debemos ya ahora dedicarnos a la
educación internacionalista de las masas, imposible de realizar entre las
naciones opresoras sin propugnar la libertad de separación de las naciones
oprimidas.
10. La insurrección
irlandesa de 1916.
Nuestras tesis fueron
escritas antes de esta insurrección que debe servirnos para contrastar los
puntos de vista teóricos.
Los puntos de vista de los
enemigos de la autodeterminación llevan a la conclusión de que se ha agotado la
vitalidad de las naciones pequeñas oprimidas por el imperialismo, de que no
pueden desempeñar ningún papel contra el imperialismo, de que el apoyo a sus
aspiraciones puramente nacionales no conducirá a nada, etc. La experiencia de
la guerra imperialista de 1914-1916 refuta de
hecho semejantes conclusiones.
La guerra ha sido una época
de crisis para las naciones de Europa Occidental, para todo el imperialismo.
Toda crisis aparta lo convencional, arranca la envoltura exterior, barre lo
caduco, pone al desnudo los resortes y fuerzas más profundos. ¿Qué ha puesto al
desnudo esta crisis desde el punto de vista del movimiento de las naciones
oprimidas? En las colonias, diversos intentos de insurrección, que las naciones
opresoras, como es natural, han tratado de ocultar por todos los medios
valiéndose de la censura militar. Se sabe, no obstante, que los ingleses han
aplastado ferozmente en Singapur una sublevación de sus tropas indias; que ha
habido conatos de insurrección en el Anam francés (véase Nashe Slovo39) y en el Camerún alemán (véase el
folleto de Junius*); que en Europa, de una parte, se ha insurreccionado
Irlanda, a la que los ingleses “amantes de la libertad” han apaciguado por
medio de ejecuciones, sin atreverse a extender a los irlandeses el servicio
militar obligatorio; de otra parte, el gobierno austriaco ha condenado a muerte
“por traición” a los diputados a la Dieta checa y ha fusilado por el mismo
“delito” a regimientos enteros checos.
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
Se sobrentiende que esta
enumeración está lejos, muy lejos, de ser completa. Sin embargo, demuestra que
las llamas de las insurrecciones nacionales con
motivo de la crisis del imperialismo se han encendido tanto en las colonias como
en Europa, que las simpatías y antipatías nacionales se han manifestado a pesar
de las draconianas amenazas y medidas represivas. Y eso que la crisis del
imperialismo se encontraba lejos todavía del punto culminante de su desarrollo:
el poderío de la burguesía imperialista no estaba aún socavado
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39 "Nashe Slovo" ("Nuestra Palabra"): periódico
menchevique. Se publicó en París desde enero de 1915 hasta septiembre de 1916
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
(la guerra “hasta el
agotamiento” puede llevar a ello, pero todavía no ha llevado); los movimientos
proletarios en el seno de las potencias imperialistas son aún muy débiles.
¿Qué ocurrirá cuando la
guerra conduzca al agotamiento total o cuando en una potencia, por lo menos, el
poder de la burguesía vacile bajo los golpes de la lucha proletaria, como
vaciló el poder del zarismo en 1905?
El periódico Berner Tagwacht, órgano de los
zimmerwaldianos e incluso de algunos de izquierda, publicó el 9 de mayo de 1916
un artículo sobre la insurrección irlandesa, firmado con las iniciales K. R. y
titulado Le ha llegado su hora. En
dicho artículo se calificaba de “putsch” la insurrección irlandesa —¡ni más ni
menos!—, pues, según el autor, “la cuestión irlandesa era una cuestión
agraria”, los campesinos se habían tranquilizado con reformas, el movimiento
nacionalista se había convertido en “un movimiento puramente urbano,
pequeñoburgués, tras el que se encontraban pocas fuerzas sociales, a pesar del
gran alboroto que levantó”.
No es sorprendente que esta
apreciación, monstruosa por su doctrinarismo y pedantería, haya coincidido con
la del demócrata-constitucionalista40,
señor A. Kulisher (Riech41,
número 102, 15 de abril de 1916), nacional-liberal ruso, que ha calificado
también la insurrección de “putsch de Dublín”.
Es de esperar que, de
acuerdo con el proverbio de “no hay mal que por bien no venga”, mucho camaradas
que no comprendían a qué charca se deslizaban al negar la “autodeterminación” y
adoptar una actitud desdeñosa ante los movimientos nacionales de las naciones
pequeñas, abrirán ahora los ojos al influjo de esta coincidencia “fortuita” en
las apreciaciones ¡¡de un representante de la burguesía imperialista y de un
socialdemócrata!!
25
Se puede hablar de “putsch”, en el sentido científico de la
palabra, únicamente cuando el intento de insurrección no revela nada, excepto
la existencia de un grupito de conspiradores o de maniáticos absurdos, y no
despierta ninguna simpatía entre las masas. El movimiento nacional irlandés,
que tiene siglos a sus espaldas y ha pasado por distintas etapas y
combinaciones de intereses de clase, se ha manifestado, entre otras cosas, en
el Congreso nacional irlandés de masas celebrado en América (Vorwärts, 20 de marzo de 1916), que se
pronunció a favor de la independencia de Irlanda; se ha manifestado en los
combates de calle de una parte de la pequeña burguesía urbana y de una parte de los obreros, después de
una larga agitación de masas, de manifestaciones, de prohibición de periódicos,
etc. Quien denomine putsch a una insurrección de esa naturaleza es un reaccionario de marca mayor o un doctrinario
incapaz en absoluto de imaginarse la revolución social como un fenómeno vivo.
Porque pensar que la
revolución social es concebible sin
insurrecciones de las naciones pequeñas en las colonias y en Europa, sin
explosiones revolucionarias de una parte de la pequeña burguesía, con todos sus prejuicios, sin el
movimiento de las masas proletarias y semiproletarias inconscientes contra la
opresión terrateniente, clerical, monárquica, nacional, etc.; pensar así,
significa abjurar de la revolución social.
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40
Demócratas-constitucionalistas: afiliados al Partido Demócrata
Constitucionalista, principal partido de la burguesía monárquica liberal de
Rusia, que se fundó en octubre de 1905; lo integraban burgueses, terratenientes
e intelectuales de la burguesía. Para embaucar a las masas trabajadoras se
denominaron a sí mismos "partido de la libertad popular", pero, en
realidad, no iban más allá de pedir una monarquía constitucional. Durante la
primera guerra mundial, apoyaron activamente la rapaz política exterior del
gobierno zarista. Durante la Revolución democrática burguesa de febrero de 1917
procuraron salvar la monarquía. Ocuparon los puestos rectores en el Gobierno
Provisional burgués y aplicaron una política contrarrevolucionaria antipopular.
Después de la Gran Revolución Socialista de Octubre de 1917 actuaron como
enemigos irreconciliables del Poder soviético y participaron activamente en
todas las acciones armadas contrarrevolucionarias y campañas de los
intervencionistas
41
"Riech" ("La Palabra"):
diario, órgano central del Partido Demócrata Constitucionalista. Se publicó en
San Petersburgo desde 1906 hasta octubre de 1917
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
En un sitio, se piensa, por
lo visto, forma un ejército y dice: “Estamos por el socialismo”; en otro sitio
forma otro ejército y proclama: “Estamos por el imperialismo”, ¡y eso será la
revolución social! Únicamente basándose en semejante punto de vista ridículo y
pedante se puede ultrajar a la insurrección irlandesa, calificándola de
“putsch”.
Quien espere la revolución
social “pura”, no la verá jamás. Será
un revolucionario de palabra, que no comprende la verdadera revolución.
La revolución rusa de 1905
fue democrática burguesa. Constó de una serie de batallas de todas las clases, grupos y elementos
descontentos de la población. Entre ellos había masas con los prejuicios más salvajes, con los objetivos de lucha más
confusos y fantásticos; había grupitos que tomaron dinero japonés, había
especuladores y aventureros, etc. Objetivamente,
el movimiento de las masas quebrantaba al zarismo y desbrozaba el camino para la democracia; por eso, los
obreros conscientes lo dirigieron.
La revolución socialista en
Europa no puede serotra cosa que una
explosión de la lucha de masas de todos y cada uno de los oprimidos y
descontentos. En ella participarán inevitablemente partes de la pequeña
burguesía y de los obreros atrasados —sin esa participación no es posible una lucha de masas , no es posible ninguna revolución—, que aportarán al
movimiento, también de modo inevitable, sus prejuicios, sus fantasías
reaccionarias, sus debilidades y sus errores. Pero objetivamente atacarán al capital,
y la vanguardia consciente de la revolución, el proletariado avanzado,
expresando esta verdad objetiva de la lucha de masas de pelaje y voces
distintas, abigarrada y aparentemente desmembrada, podrá unirla y dirigirla,
tomar el poder, adueñarse de los bancos, expropiar a los trusts, odiados por
todos (¡aunque por motivos distintos!), y aplicar otras medidas dictatoriales,
que llevan en su conjunto, al derrocamiento de la burguesía y a la victoria del
socialismo, victoria que no podrá “depurarse” en el acto, ni mucho menos, de
las escorias pequeñoburguesas.
La socialdemocracia —leemos
en las tesis polacas (I, 4)— “debe aprovechar la lucha de la joven burguesía
colonial, dirigida contra el imperialismo europeo, para exacerbar la crisis revolucionaria en Europa”. (La cursiva es
de los autores.)
¿No está claro que donde
menos puede permitirse la contraposición de Europa a las colonias es en este terreno? La lucha de las naciones
oprimidas en Europa, capaz de llegar
a insurrecciones y batallas de calle, de quebrantar la férrea disciplina de las
tropas y provocar el estado de sitio, esta lucha “exacerbará la crisis
revolucionaria en Europa” con una fuerza incomparablemente mayor que una
insurrección mucho más desarrollada en una colonia lejana. El golpe asestado al
poder de la burguesía imperialista inglesa por la insurrección en Irlanda tiene
una importancia política cien veces mayor que otro golpe de igual fuerza en
Asia o en África.
La prensa chovinista
francesa informó hace poco que en Bélgica ha aparecido el número 80 de la
revista clandestina La Bélgica Libre.
Es claro que la prensa chovinista francesa miente con mucha frecuencia, pero
esta noticia tiene visos de verosimilitud. Mientras que la socialdemocracia
alemana, chovinista y kautskiana, no se ha creado en dos años de guerra una
prensa libre, soportando lacayunamente el yugo de la censura militar (tan sólo
los elementos radicales de izquierda han editado, dicho sea en su honor,
folletos y proclamas sin pasarlos por la censura), ¡una nación culta oprimida
responde a las inauditas ferocidades de la opresión militar creando un órgano
de protesta revolucionaria!
La dialéctica de la historia
es tal que las pequeñas naciones, impotentes como factor independiente en la lucha contra el imperialismo, desempeñan su
papel como uno de los fermentos o
bacilos que ayudan a que entre en escena la verdadera
fuerza contra el imperialismo: el proletariado socialista.
26
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
En la guerra actual, los
Altos Estados Mayores se esfuerzan meticulosamente por aprovechar
todomovimiento nacional y revolucionario en el campo enemigo: los alemanes, la
insurrección irlandesa; los franceses, el movimiento checo, etc. Y, desde su
punto de vista, proceden con todo acierto. No se puede adoptar una actitud
seria ante una guerra seria sin utilizar la más mínima debilidad del
adversario, sin aprovechar cada oportunidad, tanto más que es imposible saber
por anticipado en qué momento y con qué fuerza “volará” acá o allá uno u otro
polvorín. Seríamos muy malos revolucionarios, si en la gran guerra liberadora
del proletariado por el socialismo no supiéramos aprovechar cualquier movimiento popular contra diversas calamidades del imperialismo, a
fin de exacerbar y ampliar la crisis. Si, por un lado, proclamáramos y
repitiéramos de mil modos que estamos “contra” toda opresión nacional y, por
otro lado, denominásemos “putsch” a la heroica insurrección de la parte más
dinámica e inteligente de algunas clases de una nación oprimida contra los
opresores, descenderíamos a un nivel de torpeza igual al de los kautskianos.
La desgracia de los
irlandeses consiste en que se han lanzado a la insurrección en un momento
inoportuno: cuando la insurrección europea del proletariado no ha madurado todavía . El capitalismo no está
organizado tan armónicamente como para que las distintas fuentes de la insurrección se fundan de golpe por sí mismas, sin
reveses ni derrotas. Por el contrario, precisamente la diversidad de tiempo, de
carácter y de lugar de las insurrecciones garantiza la amplitud y profundidad
del movimiento general. Sólo en la experiencia de los movimientos
revolucionarios inoportunos, parciales, fraccionados y por ello, fracasados,
las masas adquirirán experiencia, aprenderán, reunirán fuerzas, verán a sus
verdaderos guías, a los proletarios socialistas, y prepararán así el embate
general, del mismo modo que las huelgas aisladas, las manifestaciones urbanas y
nacionales, los motines entre las tropas, las explosiones entre los campesinos,
etc., prepararon el embate general de 1905.
11. Conclusión.
Pese a la afirmación
equivocada de los socialdemócratas polacos, la reivindicación de
autodeterminación de las naciones ha desempeñado en la agitación de nuestro
partido un papel no menos importante que, por ejemplo, el armamento del pueblo,
la separación de la Iglesia y el Estado, la elección de los funcionarios por el
pueblo y otros puntos calificados de “utópicos” por los filisteos. Por el
contrario, la animación de los movimientos nacionales después de 1905 suscitó
también lógicamente una animación de nuestra agitación: una serie de artículos
en 1912-1913 y la resolución aprobada por nuestro partido en 1913, que dio una
definición exacta y “antikautskiana” (es decir, intransigente con el
“reconocimiento” puramente verbal) de la esencia
de la cuestión.
Entonces ya se puso al
descubierto un hecho que es intolerable soslayar: oportunistas de distintas
naciones, el ucranio Yurkévich, el bundista Libman, el lacayo ruso de Potrésov
y Cía., Semkovski, ¡se pronunciaron en
pro de los argumentos de Rosa Luxemburgo contra la autodeterminación! Lo que en la socialdemócrata polaca
era únicamente una generalización teórica equivocada de las condiciones peculiares del movimiento en Polonia, se
convirtió en el acto (en una situación más amplia, en las condiciones de un Estado
no pequeño, sino grande, en escala internacional y no en la estrecha escala de
Polonia), de hecho y objetivamente,
en un apoyo oportunista al imperialismo ruso. La historia de las corrientes del pensamiento político (no de las opiniones de algunas personas) ha
venido a confirmar el acierto de nuestro programa.
Y ahora, los
socialimperialistas francos del tipo de Lensch se alzan abiertamente contra la
autodeterminación y contra la negación de las anexiones. En cambio, los
kautskianos reconocen hipócritamente la autodeterminación: en nuestro país, en
Rusia, siguen ese
Balance de la discusión sobre la autodeterminación
camino Trotski y Mártov. De
palabra, ambos están a favor de la
autodeterminación, como Kautsky. ¿Y de hecho? Trotski —tomad su artículo La nación y la economía, en Nashe Slovo— nos muestra su eclecticismo
habitual: de una parte, la economía fusiona las naciones; de otra, la opresión
nacional las desune.
¿Conclusión? La conclusión
consiste en que la hipocresía reinante sigue sin desenmascarar, la agitación
resulta exánime, no aborda lo principal, lo cardinal, lo esencial, lo cercano a
la práctica: la actitud ante la nación oprimida por “mi” nación. Mártov y otros
secretarios del extranjero han preferido olvidar —¡provechosa falta de
memoria!— la lucha de su colega y compañero Semkovski contra la
autodeterminación. Mártov ha escrito en la prensa legal de los partidarios de
Gvózdiev ( Nash Golos42) en pro de la autodeterminación,
demostrando la verdad incontestable de que ésta en la guerra imperialista no
obliga todavía a participar, etc.,
pero rehuyendo lo principal ¡lo rehúye incluso en la prensa ilegal, en la
prensa libre!—, que consiste en que Rusia ha batido también durante la paz el récord mundial de opresión de las
naciones sobre la base de un imperialismo mucho más brutal, medieval, atrasado
económicamente, burocrático y militar. El socialdemócrata ruso que “reconoce”
la autodeterminación de las naciones aproximadamente igual que lo hacen los
señores Plejánov, Potrésov y Cía., es decir, sin luchar en defensa de la
libertad de separación de las naciones oprimidas por el zarismo, es, de hecho, un imperialista y un lacayo
del zarismo.
27
Cualesquiera que sean los
“buenos” propósitos subjetivos de Trotski y Mártov, objetivamente apoyan con
sus evasivas el socialimperialismo ruso. La época imperialista ha convertido a
todas las “grandes” potencias en opresoras de una serie de naciones, y el
desarrollo del imperialismo llevará ineluctablemente a una división más clara
de las corrientes en torno a esta cuestión también en la socialdemocracia
internacional.
Escrito en julio de 1916. Publicado en octubre de 1916 en el
núm. 1 de “Sbórnik Sotsial-Demokrata”.
T. 30, págs. 17-58.
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42 "Nash Golas" ("Nuestra Voz"): periódico legal
menchevique. Apareció en Samara en los años 1915 y 1916. Ocupó una posición
socialchovinista
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
28
SOBRE
LA CARICATURA DEL MARXISMO Y EL “ECONOMISMO IMPERIALISTA”.43
“Nadie
comprometerá a la socialdemocracia revolucionaria si ella misma no se
desacredita”. Hay que recordar y tener presente esta sentencia siempre que
triunfa o, por lo menos, se pone a la orden del día algún importante precepto
teórico o táctico del marxismo y siempre que “arremeten” contra él, además de enemigos patentes y serios,
ciertos amigos que lo comprometen —lo deshonran— irremisiblemente,
convirtiéndole en una caricatura. Así ha ocurrido repetidas veces en la
historia de la socialdemocracia rusa. El triunfo del marxismo en el movimiento
revolucionario, a comienzos de los años 90 del siglo pasado, fue acompañado de
una caricatura del marxismo, representada por el “economismo” o “huelguismo” de
entonces; sin una larga lucha contra este “economismo” o “huelguismo”, los
“iskristas” no habrían podido mantener las bases de la teoría y la política
proletarias ni frente al populismo44
pequeñoburgués ni frente al liberalismo burgués. Así ha ocurrido con el
bolchevismo, que triunfó en el movimiento obrero de masas de 1905 gracias,
entre otras cosas, a la justa aplicación de la consigna de “boicot a la Duma
zarista”45 durante el período de importantísimas
batallas de la revolución rusa, en el otoño de 1905, y que hubo de sufrir
![]()
43 El artículo Sobre la caricatura del marxismo y el "economismo
imperialista" fue escrito en respuesta al artículo de P. Kíevski El proletariado y "el derecho de las
naciones a la autodeterminación" en la época del capital financiero
44 Populismo: corriente pequeñoburguesa en el movimiento revolucionario
ruso, surgida en los años 60-70 del siglo XIX. Los populistas propugnaban el
derrocamiento de la autocracia y la entrega de la tierra de los latifundistas a
los campesinos. Se consideraban socialistas, pero su socialismo era utópico.
Negaban la legitimidad del desarrollo de las relaciones capitalistas en Rusia
y, de conformidad con ello, consideraban que la principal fuerza revolucionaria
era el campesinado, y no el proletariado; veían en la comunidad rural un
embrión de socialismo. Negaban asimismo el papel de las masas populares en el
proceso histórico y afirmaban que la historia la hacen los grandes hombres, los
"héroes", que ellos oponían a la multitud, inerte según el populismo.
Deseosos de alzar a los campesinos a la lucha contra la autocracia, los
populistas iban a las aldeas, "al pueblo" (y de ahí su denominación);
pero no encontraron apoyo.
El populismo atravesó varias etapas, evolucionando de la
democracia revolucionaria al liberalismo.
En los años 80-90, los populistas emprendieron el camino de la
conciliación con el zarismo, expresaban los intereses de los campesinos ricos y
combatían el marxismo.
45 El 6 (19) de agosto de 1905 se hicieron públicos el manifiesto
del zar con la ley de institución de la Duma de Estado y el reglamento de las
elecciones a ésta. La Duma fue denominada bulyguiniana por haber encargado el
zar la redacción de su proyecto a A. Bulyguin, a la sazón ministro del
Interior. Los bolcheviques exhortaron a los obreros y campesinos a boicotear
activamente la Duma bulyguiniana concentrando toda la campaña de agitación en
torno a las consignas: insurrección armada, ejército revolucionario y Gobierno
Provisional revolucionario. Los bolcheviques aprovecharon la campaña de boicot
a la Duma bulyguiniana para movilizar todas las fuerzas revolucionarias, para
efectuar grandes huelgas políticas y preparar el levantamiento armado. Las
elecciones a la Duma bulyguiniana no llegaron a celebrarse y el gobierno no
consiguió reunirla; el auge creciente de la revolución y la huelga política de
octubre en toda Rusia en 1905 barrieron la Duma
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
—y vencer en lucha— una
caricatura del bolchevismo en los años 1908-1910 46,
cuando Aléxinski y otros levantaron gran alboroto contra la participación en la
III Duma47.
Así ocurre también ahora. El
reconocimiento del carácter imperialista de la guerra actual , de sus profundos vínculos con la época imperialista del
capitalismo, encuentra, además de enemigos serios, amigos nada serios que se
han aprendido de memoria la palabreja
imperialismo —“de moda” para ellos— y siembran entre los obreros el más atroz
confusionismo teórico, resucitando todo un cúmulo de viejos errores del pasado
“economismo”. El capitalismo ha triunfado; por
eso, no hay que pensar en los problemas políticos, razonaban los viejos
“economistas” en 1894-1901, llegando a negar la lucha política en Rusia. El
imperialismo ha triunfado; por eso,
no hay que pensar en los problemas de la democracia política, razonan los
“economistas imperialistas” contemporáneos. Como botón de muestra de semejante
estado de ánimo, de semejante caricatura del marxismo, es significativo el
artículo de P. Kíevski que publicamos más arriba, primer intento de exposición
literaria más o menos completa de los vaivenes del pensamiento observados en
algunos círculos de nuestro partido en el extranjero desde comienzos de 1915.
La difusión del “economismo
imperialista” en las filas de los marxistas que se han pronunciado con decisión
contra el socialchovinismo y por el internacionalismo revolucionario en la gran
crisis actual del socialismo sería un durísimo golpe a nuestra tendencia —y a
nuestro partido—, pues lo comprometería desde dentro, desde sus propias filas,
convirtiéndolo en representante de un marxismo caricaturizado. Por ello, habrá
que analizar circunstanciadamente, al menos, los principales de los
innumerables errores que contiene el artículo de P. Kíevski, por “poco
interesante” que sea esta labor y aunque nos lleve a cada paso a una rumia
excesivamente elemental de verdades rudimentarias, archiconocidas y
comprendidas desde hace tiempo por el lector atento y reflexivo a través de
nuestras publicaciones de 1914 y 1915.
Empezaremos por el punto
“central” de los razonamientos de P. Kíevski para llevar en el acto al lector a
la “esencia” de la nueva corriente del “economismo imperialista”.
1. La actitud
marxista ante las guerras y ante la “defensa de la patria”.
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46 46 Otzovismo
(de la palabra "otozvat", revocar, retirar): corriente oportunista
aparecida entre una parte de los bolcheviques después de la derrota de la
revolución de 1905-1907. Encubriéndose con frases revolucionarias, los
otzovistas exigían que se revocara a los diputados socialdemócratas de la III
Duma de Estado y se dejara de trabajar en las organizaciones legales.
Declarando que, dada la reacción, el partido debe realizar únicamente labor
clandestina, los otzovistas se negaban a participar en la Duma, en los
sindicatos obreros, en las cooperativas y en otras organizaciones legales y
semilegales de masas; creían necesario concentrar todo el trabajo del partido
en el seno de la organización ilegal. El ultimatismo
era una variedad del otzovismo y se distinguía de éste sólo en la forma. Los
ultimatistas proponían que se presentara un ultimátum a la fracción
socialdemócrata de la Duma exigiendo la subordinación incondicional de la
fracción a las decisiones del CC del partido y que, en caso de que no lo
acataran, se retirase de la Duma a los diputados socialdemócratas
47 Duma
de Estado:
institución representativa que el gobierno zarista se vio obligado a convocar
como consecuencia de los acontecimientos revolucionarios de 1905. Formalmente,
la Duma de Estado era un órgano legislativo; pero, en realidad, no tenía ningún
poder efectivo. Las elecciones a la Duma de Estado eran indirectas, desiguales
y restringidas. Los derechos electorales de las clases trabajadoras, así como
de los pueblos alógenos de Rusia, estaban muy limitados, y gran parte de los
obreros y campesinos carecían totalmente de derecho a voto. Según la ley
electoral del 11 (24) de diciembre de 1905, un voto de un latifundista se
equiparaba a tres votos de representantes de la burguesía urbana, a quince
votos de campesinos y a cuarenta y cinco de obreros.
La I Duma de Estado
(abril-julio de 1906) y la II Duma de Estado (febrero-junio de 1907) fueron
disueltas por el gobierno zarista. El 3 de junio de 1907, el gobierno zarista
dio un golpe de Estado proclamando una nueva ley electoral que cercenó aún más
los derechos de los obreros, de los campesinos y de la pequeña burguesía urbana
y aseguró el dominio absoluto del bloque reaccionario de los latifundistas y
grandes capitalistas en la III Duma de Estado (1907-1912) y en la IV Duma
(1912-1917).
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
P. Kíevski está convencido y quiere convencer a los lectores de
que él “discrepa” únicamente en la
autodeterminación de las naciones, en el apartado 9 del programa de nuestro
partido. Intenta, muy enfadado, rechazar la acusación de que se aparta por
completo del marxismo en general en
la cuestión de la democracia, de que es “un traidor” (las venenosas comillas son de P. Kíevski) al marxismo en algo
fundamental. Mas el quid de la cuestión está en que en cuanto nuestro autor
empieza a razonar acerca de su disconformidad supuestamente parcial, en cuanto
empieza a aducir argumentos, consideraciones, etc., se aparta del marxismo
precisamente en toda la línea. Tomad el apartado b (sec. 2) del artículo de P. Kievski. “Esta reivindicación” (es
decir, la autodeterminación de las naciones) “lleva directamente (!!) al
socialpatriotismo”, proclama nuestro autor, y explica que la “traicionera”
consigna de la defensa de la patria es una deducción “sacada con la más plena
(!!) legitimidad lógica (!!) del derecho de las naciones a la
autodeterminación...” A su juicio, la autodeterminación significa “sancionar la
traición de los socialpatriotas franceses y belgas, que defienden esa
independencia” (la independencia nacional y estatal de Francia y Bélgica) “con
las armas en la mano: ellos hacen lo
que los partidarios de la “autodeterminación” sólo dicen...” “La defensa de la
patria forma parte del arsenal de nuestros más encarnizados enemigos”... “Nos
negamos resueltamente a comprender cómo se puede estar al mismo tiempo en contra de la defensa de la patria y a favor de
la autodeterminación, en contra de la
patria y a su favor”.
29
Así escribe P. Kíevski. Es
evidente que no ha comprendido nuestras resoluciones contra la consigna de la
defensa de la patria en la guerra actual. Habrá que tomar lo que está escrito
con toda nitidez en dichas resoluciones y explicar una vez más el sentido de
sus claras palabras.
La resolución aprobada por
nuestro partido en la Conferencia de Berna (marzo de 1915), que lleva por
título Acerca de la consigna de la
defensa de la patria , empieza con las siguientes palabras: “La verdadera esencia de la guerra actual
consiste” en esto y en lo otro.
Se trata de la guerra
actual. Es imposible decirlo más claro. Las palabras la “verdadera esencia”
muestran que es preciso distinguir lo aparente de lo real, lo externo de lo
esencial, las frases de los hechos. Las frases sobre la defensa de la patria en
la guerra actual presentan falsamente la guerra imperialista de 1914-1916, la
guerra por el reparto de las colonias, por el saqueo de tierras ajenas, etc.,
como una guerra nacional. Para que no quede la más mínima posibilidad de
tergiversar nuestros puntos de vista, la resolución contiene un párrafo
especialdedicado a “las guerras verdaderamente
nacionales” que “tuvieron lugar
especialmente (observad: ¡especialmente no significa exclusivamente!) en la
época de 1789 a 1871”.
La resolución aclara que
esas guerras “verdaderamente” nacionales “tuvieron por base” “un largo proceso
de movimientos nacionales masivos, de lucha contra el absolutismo y el
feudalismo, de derrocamiento de la opresión nacional...”
¿Está claro, no? En la
actual guerra imperialista, que ha sido engendrada por todas las condiciones de
la época imperialista, es decir, que no ha sido casual, que no ha sido una
excepción, un apartamiento de lo general y típico, las frases sobre la defensa
de la patria sirven en el fondo para engañar al pueblo, pues esta guerra no es nacional. En una guerra verdaderamente nacional, las palabras
“defensa de la patria” no son en modo
alguno un engaño y nosotros no estamos en contra de ella en
absoluto. Guerras de este género (nacionales de verdad) tuvieron lugar
“especialmente” entre 1789 y 1871, y la resolución, que no niega con una sola
palabra su posibilidad también hoy, aclara cómo es preciso diferenciar una
guerra verdaderamente nacional de una guerra imperialista encubierta con
fraudulentas consignas nacionales. Esto es, para diferenciar hay que analizar
si “tienen por
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
base” “un largo proceso de
movimientos nacionales masivos”, “de derrocamiento de la opresión nacional”.
En la resolución acerca del
“pacifismo” se dice claramente: “Los socialdemócratas no pueden negar la
significación positiva de las guerras revolucionarias, es decir, de las guerras
no imperialistas, sino de las que se sostuvieron, por ejemplo” (observad este
“por ejemplo”), “desde 1789 hasta 1871 para derrocar la opresión nacional...”
¿Podría una resolución de
nuestro partido hablar en 1915 de las guerras nacionales, de las que hubo
ejemplos en 1789-1871, y señalar que no negamos su significación positiva, si
no se reconociera que esas guerras son posibles también hoy? Está claro que no
podría.
El folleto de Lenin y
Zinóviev El socialismo y la guerra es
un comentario de las resoluciones de nuestro partido, es decir, una explicación
popular de las mismas. En la página 5 de este folleto se dice con toda claridad
que “los socialistas admitían y admiten hoy la legitimidad, lo progresista y
justo de la defensa de la patria o de la guerra defensiva” sólo en el sentido de “derrocamiento del yugo extranjero”. Se cita
un ejemplo: Persia contra Rusia, “etcétera”,
y se dice: “Estas guerras serían guerras justas, guerras defensivas, cualquiera
que fuese el país que atacara primero, y todo socialista desearía la victoria
de los Estados oprimidos, dependientes, de derechos mermados, en la lucha
contra las “grandes” potencias opresoras, esclavizadoras, expoliadoras”.
El folleto se publicó en
agosto de 1915, apareció en alemán y francés. P. Kíevski lo conoce muy bien. Ni
P. Kíevski ni nadie en general nos ha hecho una sola vez objeciones ni a la
resolución sobre la consigna de la defensa de la patria, ni a la resolución
sobre el pacifismo, ni a la interpretación de esas resoluciones en el folleto.
¡Ni una sola vez! Surge una pregunta: ¿calumniamos a P. Kíevski al decir que no
ha comprendido en absoluto el marxismo si este escritor, que desde marzo de
1915 no ha hecho la menor objeción a las opiniones de nuestro partido sobre la
guerra, ahora, en agosto de 1916, en un artículo sobre la autodeterminación, es
decir, en un artículo dedicado aparentemente a una cuestión parcial, revela una
pasmosa incomprensión del problema general?
P. Kíevski califica de
“traicionera” la consigna de la defensa de la patria. Podemos asegurarle con
toda tranquilidad que toda consigna
es y será siempre “traicionera” para
quienes la repitan mecánicamente sin comprender su significado, sin
reflexionar sobre la cuestión, limitándose a recordar las palabras sin analizar
su sentido.
30
¿Qué es la “defensa de la
patria”, hablando en general? ¿Es un concepto científico de dominio de la
economía, la política, etc.? No. Es sencillamente la expresión más corriente,
de uso general, a veces simplemente filistea, que significa justificación de la guerra . ¡Y nada
más, absolutamente nada más! Lo único “traicionero” que puede haber en ella es
la capacidad de los filisteos de justificar cualquier
guerra diciendo “defendemos la patria”, en tanto que el marxismo, que no
desciende al terreno del filisteísmo, exige un análisis histórico de cada
guerra concreta para comprender si esa
guerra puede ser considerada progresista, si sirve a los intereses de la
democracia o del proletariado y, en este
sentido, si es legítima, justa, etc.
La consigna de la defensa de
la patria es muy a menudo una justificación filistea inconsciente de la guerra
en general, debida a la incapacidad de comprender históricamente la
significación y el sentido de cada guerra concreta.
El marxismo hace ese
análisis y dice: si la “verdadera esencia” de la guerra consiste, por ejemplo , en derrocar el yugo
extranjero (lo que fue especialmente
típico de la Europa de 1789 a 1871),
la guerra será progresista por parte del Estado o nación oprimidos. Si la “verdadera esencia” de la guerra
es un nuevo reparto de las colonias, la partición del botín, el saqueo de
tierras ajenas (y tal es la guerra de 1914 a 1916), entonces, la frase sobre la
defensa de la patria será “un puro engaño al pueblo”.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
¿Cómo descubrir la
“verdadera esencia” de la guerra, cómo determinarla? La guerra es la
continuación de la política. Hay que estudiar la política que precede a la
guerra, la política que lleva y ha llevado a la guerra. Si la política era
imperialista, es decir, defendía los intereses del capital financiero,
expoliaba y oprimía a las colonias y países ajenos, la guerra dimanante de esa
política será una guerra imperialista. Si la política era de liberación
nacional, es decir, si expresaba el movimiento masivo contra la opresión
nacional, la guerra dimanante de esa política será una guerra de liberación
nacional.
El filisteo no comprende que
la guerra es la “continuación de la política” y por eso se limita a decir que
el “enemigo ataca”, “el enemigo ha invadido a mi país”, sin analizar por qué se hace la guerra, qué clases la hacen, qué fin político persigue. P. Kíevski
desciende por completo al nivel de este filisteo cuando dice que Bélgica ha
sido ocupada por los alemanes y, por tanto, desde el punto de vista de la
autodeterminación, los “socialpatriotas belgas tienen razón”, o cuando afirma:
los alemanes han ocupado una parte de Francia, por tanto, “Guesde puede
sentirse satisfecho”, pues “se trata de un territorio poblado por la nación
dada” (y no de un territorio perteneciente a otra nación).
Para el filisteo, lo
importante es dónde se encuentran las
tropas, quién vence ahora . Para el
marxista, lo importante es por qué se
hace una guerra concreta, durante la
cual pueden resultar vencedoras ora unas tropas, ora otras.
¿Por qué se hace la guerra
actual? Se indica en nuestra resolución (basada en la política que siguieron durante decenios
antes de la guerra las potencias beligerantes). Inglaterra, Francia y Rusia
pelean para conservar las colonias robadas y saquear Turquía, etc. Alemania
pelea para conseguir colonias y saquear ella misma Turquía, etc. Admitamos que
los alemanes tomen incluso París y San Petersburgo.
¿Cambiará por ello el
carácter de la guerra actual? En lo más mínimo. El objetivo de los alemanes —y,
lo que es más importante, la política que se aplicará si triunfan los alemanes—
consistirá entonces en arrebatar las colonias a otros, dominar en Turquía,
apoderarse de regiones pobladas por naciones ajenas, por ejemplo, de Polonia,
etc., pero en modo alguno imponer el yugo extranjero a los franceses o a los
rusos. La verdadera esencia de la guerra actual no es nacional, sino
imperialista. Dicho de otro modo: la guerra no se hace porque una parte trate
de acabar con la opresión nacional y otra la defienda. La guerra se hace entre
dos grupos de opresores, entre los bandidos, para decidir cómo repartirse el
botín, quién ha de saquear Turquía y las colonias.
Resumiendo: la guerra entre las grandes potencias
imperialistas (es decir, entre potencias que oprimen a toda una serie de
pueblos ajenos, los envuelven en las redes de la dependencia del capital
financiero, etc.) o en alianza con
ellas es una guerra imperialista. Tal es la guerra de 1914 a 1916. La “defensa
de la patria” es un engaño en esta
guerra, es su justificación.
La guerra contra las potencias imperialistas, o
sea, opresoras, es por parte de los oprimidos (por ejemplo, de los pueblos de
las colonias) una guerra verdaderamente nacional. Esta guerra es posible
también hoy. La “defensa de la patria” por parte del país oprimido nacionalmente
contra el país opresor no es un engaño, y los socialistas no están en contra en modo alguno de la “defensa de la patria” en esa guerra.
La autodeterminación de las
naciones es lo mismo que la lucha por la liberación nacional completa, por la
independencia completa, contra las anexiones, y los socialistas no pueden renunciar a esta lucha — cualquiera que sea su
forma, incluso la insurrección o la guerra— sin dejar de ser socialistas.
P. Kíevski piensa que lucha
contra Plejánov: ¡Plejánov, viene a decir, ha señalado el nexo que existe entre
la autodeterminación de las naciones y la defensa de la patria! P. Kíevski ha
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
creído a
Plejánov, ha creído que ese nexo es realmente,
tal y como lo presenta Plejánov. Mas después de creer a Plejánov, P.
Kíevski se asusta y decide que es preciso negar la autodeterminación para
salvarse de las conclusiones de Plejánov... ¡La credulidad en Plejánov es
grande, el susto también es grande, pero no hay ni rastro de reflexión sobre en qué consiste el error
de Plejánov!
31
Para presentar esta guerra
como nacional, los socialchovinistas invocan la autodeterminación de las
naciones. La lucha acertada contra ellos puede ser sólo una: hay que mostrar
que esta guerra no se hace por la liberación de las naciones, sino para determinar
cuál de los grandes carniceros oprimirá mayor
número de naciones. En cambio, llegar a negar una guerra hecha verdaderamente en aras de la liberación
de las naciones significa presentar la peor caricatura del marxismo. Plejánov y
los socialchovinistas franceses invocan la república en Francia para justificar
su “defensa” frente a la monarquía en Alemania. ¡¡De razonar como lo hace P.
Kíevski, deberíamos estar contra la república o contra una guerra hecha verdaderamente para defender la
república!! Los socialchovinistas alemanes invocan el sufragio universal y la
alfabetización general obligatoria en Alemania para justificar la “defensa” de
ésta frente al zarismo. ¡De razonar como lo hace P. Kievski, deberíamos estar o
contra el sufragio universal y la alfabetización general o contra una guerra
hecha verdaderamente para proteger la
libertad política frente a los intentos de suprimirla!
C. Kautsky fue marxista
hasta la guerra de 1914-1916, y toda una serie de importantísimas obras y
declaraciones suyas quedarán para siempre como modelo de marxismo. El 26 de
agosto de 1910 escribía en Neue Zeit
acerca de la guerra inminente:
“En una guerra entre
Alemania e Inglaterra no estará en juego la democracia, sino la dominación
mundial, es decir, la explotación del mundo. No será una cuestión en la que los
socialdemócratas deban colocarse al lado de los explotadores de su nación (Neue Zeit, 28. Jahrg., Bd. 2, S. 776).
He aquí una excelente
fórmula marxista, coincidente por completo con las nuestras, que desenmascara
de pies a cabeza al Kautsky actual —el
cual ha vuelto la espalda al marxismo para defender el socialchovinismo— y que
aclara con toda precisión los principios de la actitud marxista ante las
guerras (volveremos aún a ocuparnos de esta fórmula en la prensa). Las guerras
son la continuación de la política; por ello, puesto que tiene lugar la lucha
por la democracia, es posible también
la guerra por la democracia; la autodeterminación de las naciones es sólo una
de las reivindicaciones democráticas, que no se distingue en nada, por
principio, de las demás. La “dominación mundial” es, dicho brevemente, el
contenido de la política imperialista cuya continuación es la guerra
imperialista. Negar la “defensa de la patria”, es decir, la participación en una guerra democrática, es un absurdo
que no tiene nada de común con el marxismo. Embellecer la guerra imperialista
aplicándole el concepto de “defensa de la patria”, es decir, presentarla como
democrática, significa engañar a los obreros, ponerse al lado de la burguesía
reaccionaria.
2.
“Nuestra concepción de la nueva época”.
P. Kíevski, a quien pertenece la expresión
puesta entre comillas, habla constantemente de la “nueva época”. Por desgracia,
sus consideraciones son erróneas también en este caso.
Las resoluciones de nuestro
partido hablan de la guerra actual, engendrada por las condiciones generales de
la época imperialista. La correlación de “época” y “guerra actual” está
planteada por nosotros correctamente desde el punto de vista marxista: para ser
marxista hay que valorar cada guerra de una manera concreta. Para comprender
por qué podía y debía surgir una guerra imperialista, es decir, la más
reaccionaria y antidemocrática
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
por su significado político,
entre las grandes potencias, muchas de las cuales figuraron desde 1789 hasta
1871 a la cabeza de la lucha por la democracia, hay que comprender las
condiciones generales de la época imperialista, es decir, de la transformación
del capitalismo de los países avanzados en imperialismo.
P. Kíevski tergiversa por
completo esta correlación de “época” y “guerra actual”. ¡Resulta, según él, que
hablar concretamente significa hablar
de la “época”! Y eso precisa mente es erróneo.
La época de 1789 a 1871 es
una época especial en Europa. Esto es indiscutible. No se puede comprender ni
una sola de las guerras de liberación nacional, especialmente típicas de
aquellos tiempos, sin comprender las condiciones generales de la época. ¿Significa
esto que todas las guerras de dicha época fueron de liberación nacional? Está
claro que no. Decir eso significaría llegar a un absurdo y sustituir con un
patrón ridículo el estudio concreto de cada guerra. Entre 1789 y 1871 hubo
también guerras coloniales y guerras entre imperios reaccionarios que oprimían
a toda una serie de naciones ajenas.
Surge una pregunta: ¿se
desprende, acaso, por el hecho de que el capitalismo avanzado europeo (y
norteamericano) haya entrado en la nueva época del imperialismo, que hoy sean
posibles únicamente guerras imperialistas? Afirmar eso sería absurdo, sería no saber
diferenciar un fenómeno concreto de toda la suma de variados fenómenos posibles
de una época. La época se llama precisamente época porque abarca toda una suma
de diversos fenómenos y guerras, típicos y no típicos, grandes y pequeños,
propios de los países avanzados y de los atrasados. Eludir estas cuestiones
concretas por medio de frases generales acerca de la “época”, como hace P.
Kíevski, significa abusar del concepto “época”. Para no hablar gratuitamente,
citaremos un ejemplo entre muchos.
32
Mas antes será preciso recordar que un grupo de izquierdistas —concretamente: el grupo alemán La
Internacional— hace una afirmación evidentemente errónea en el § 5 de sus
tesis, publicadas en el núm. 3 (29 de febrero de 1916) del Boletín de la
Comisión Ejecutiva de Berna: “En la era de este desenfrenado imperialismo no puede haber ya ninguna guerra
nacional”. Hemos analizado esta afirmación en “Sbórnik Sotsial-Demokrata”*. Aquí nos limitaremos a señalar que,
aunque cuantos se interesan por el movimiento internacionalista conocen hace
mucho esta tesis teórica (la hemos combatido ya en la primavera de 1916, en la
reunión ampliada de la Comisión Ejecutiva de Berna), hasta ahora no ha sido
repetida ni aceptada por ningún grupo.
Tampoco P. Kíevski, en agosto de 1916, cuando escribió su artículo, dijo una sola palabra en ese sentido o en otro
semejante.
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
Debemos destacar esto por lo
siguiente: si se hubiera hecho tal afirmación teórica u otra semejante, podría
hablarse de divergencias teóricas. Pero cuando no se hace ninguna afirmación de
esa naturaleza, nos vemos obligados a decir: no se trata de otra concepción de
la “época”, de una divergencia teórica, sino únicamente de una frase lanzada a
voleo, sólo de un abuso de la palabra “época”.
Un ejemplo: “¿No se parece
(la autodeterminación) –escribe P. Kíevski al comienzo mismo de su artículo— al
derecho a recibir gratuitamente 10.000 hectáreas en Marte? A esta pregunta sólo
se puede contestar del modo más concreto, teniendo en cuenta toda la época
actual; porque una cosa es el derecho de las naciones a la autodeterminación en
la época en que se formaron los Estados nacionales, como mejores formas de
desarrollo de las fuerzas productivas en su nivel de entonces, y otra cosa es
ese mismo derecho cuando dichas formas, las formas del Estado nacional, se han
convertido en trabas de su desarrollo. Entre la época del autoafianzamiento del
capitalismo y del Estado nacional y la época del hundimiento del Estado
nacional y de
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
la víspera del hundimiento del propio
capitalismo, hay una enorme distancia. Hablar “en general”, fuera del tiempo y
del espacio, no es cosa de un marxista”.
Este razonamiento es un
modelo de empleo caricaturesco del concepto “época imperialista”. ¡Precisamente
porque este concepto es nuevo e importante hay que luchar contra la caricatura!
¿De qué se trata al decir que las formas del Estado nacional se han convertido
en trabas, etc.? De los países capitalistas avanzados, ante todo, de Alemania,
Francia e Inglaterra, cuya participación en la guerra actual ha hecho de ella,
en primer término, una guerra imperialista. En estos países, que hasta ahora
habían llevado adelante a la humanidad, especialmente entre 1789 y 1871, ha
terminado el proceso de formación de Estados nacionales; en estos países, el movimiento nacional es
un pasado irrevocable y resucitarlo constituiría la más absurda utopía
reaccionaria. El movimiento nacional de los franceses, ingleses y alemanes
concluyó hace mucho; en el turno de la historia se plantea allí otra cosa: las naciones que antaño lucharon por liberarse se
han transformado en naciones opresoras, en naciones de saqueo imperialista, que
viven la “víspera del hundimiento del capitalismo”.
¿Y las demás naciones?
P. Kíevski repite, como una
regla aprendida de memoria, que los marxistas deben razonar “de modo concreto”,
pero no la aplica. Mas nosotros, en
nuestras tesis, hemos dado adrede un modelo de respuesta concreta, y P. Kíevski
no ha deseado señalarnos nuestro error, si es que ha visto en ello algún error.
En nuestras tesis (§ 6) se
dice que, para ser concretos, hay que distinguir no menos de tres tipos diferentes de países en el
problema de la autodeterminación. (Está claro que en unas tesis generales era
imposible hablar de cada país.) Primer tipo: los países avanzados del Oeste de
Europa (y de América), en los que el movimiento nacional es lo pasado. Segundo tipo: el Este de Europa,
donde dicho movimiento es lo presente
. Tercer tipo: las semicolonias y colonias, en la que es —en grado
considerable— lo futuro.
¿Es esto cierto o no? P.
Kíevski ha debido dirigir su crítica contra esto.
¡Pero no nota siquiera en qué
consisten las cuestiones teóricas! No ve que en tanto no refute el
planteamiento de nuestras tesis (en
el § 6) —y es imposible refutarlo porque es exacto—, sus consideraciones acerca
de la “época” recuerdan al hombre que “blande” una espada, pero no asesta el
golpe.
“En contra de la opinión de
V. Ilín —escribe al final del artículo—, consideramos que el problema nacional
no está resuelto para la mayoría (!) de los países occidentales (!)”...
Así pues, ¿resulta que el
movimiento nacional de los franceses, españoles, ingleses, holandeses, alemanes
e italianos no concluyó en los siglos XVII, XVIII, XIX y antes? Al comienzo del
artículo se tergiversa el concepto “época del imperialismo”, presentando las
cosas como si el movimiento nacional hubiese concluido en general, y no sólo en
los países occidentales adelantados. Al final de ese mismo artículo se declara
que el “problema nacional” “no está resuelto” ¡¡precisamente en los países occidentales!! ¿No es un embrollo?
En los países occidentales,
el movimiento nacional es un pasado lejano. En Inglaterra, Francia, Alemania,
etc., la “patria” ha dado de sí todo lo que podía dar, ha desempeñado ya su
papel histórico, es decir, el
movimiento nacional no puede ya dar allí nada progresista, algo que eleve a una
nueva vida económica y política a nuevas masas humanas. Allí no está a la orden
del día de la historia la transición del feudalismo o del salvajismo patriarcal
al progreso nacional, a la patria culta y libre políticamente, sino el paso de
la “patria” capitalista demasiado madura, que ha caducado, al socialismo.
33
En el Este de Europa la
situación es distinta. Sólo una persona que viva soñando y en Marte podría
negar que para los ucranios y bielorrusos, por ejemplo, no ha concluido todavía
el movimiento nacional, que en las masas se está despertando aún el deseo de
poseer su lengua vernácula y su literatura (y esto es condición y acompañante
indispensable del desarrollo
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
total del capitalismo, de la
penetración completa del intercambio hasta en la última familia campesina). La
“patria” no ha cumplido allí todavía
por completo su misión histórica. La “defensa de la patria” puede ser allí aún la defensa de la democracia, de la
lengua materna y de la libertad política contra las naciones opresoras, contra
el medievo; en cambio, los ingleses, franceses, alemanes e italianos mienten
hoy al hablar de la defensa de la patria en la guerra actual, pues, de hecho,
no defienden ni su lengua ni la libertad de su desarrollo
nacional, sino sus derechos esclavistas, sus colonias, las “esferas de
influencia” de su capital financiero en países ajenos, etc.
En las semicolonias y
colonias, el movimiento nacional es más joven aún, desde el punto de vista
histórico, que en el Este de Europa.
P. Kíevski no ha comprendido
en absoluto a qué se refiere las
palabras sobre los “países altamente desarrollados” y sobre la época
imperialista; en qué consiste la
situación “especial” de Rusia (título del apartado d del capítulo 2 del
artículo de P. Kíevski), y no sólo de Rusia; dónde es una frase falaz el movimiento de liberación nacional, y dónde es una realidad viva y
progresista.
3. ¿Qué es el
análisis económico?
El meollo de los
razonamientos que exponen los enemigos de la autodeterminación es su
“irrealizabilidad” en el capitalismo en general o en el imperialismo. El
terminacho “irrealizabilidad” se emplea a menudo con significados diversos y no
determinados exactamente. Por ello hemos pedido en nuestras tesis algo
indispensable en toda discusión teórica: aclarar en qué sentido se habla de
“irrealizabilidad”. Y no limitándonos a eso, hemos emprendido dicha aclaración.
En el sentido de dificultad o imposibilidad política de su realización, todas las reivindicaciones de la
democracia son “irrealizables” en el imperialismo sin una serie de
revoluciones.
En el sentido de
imposibilidad económica, constituye un profundo error decir que la
autodeterminación es irrealizable.
Tal era nuestra definición.
En ella está el quid de la divergencia teórica y, en una discusión más o menos
seria, nuestros adversarios deberían haber centrado toda su atención en este
problema.
Sin embargo, vean cómo razona P. Kíevski sobre esta cuestión.
Rechaza expresamente la
interpretación de la irrealizabilidad en el sentido de “difícil realizabilidad”
por causas políticas. Y responde de manera concreta a la pregunta en el sentido
de la imposibilidad económica.
“¿Significa —escribe— que la
autodeterminación es tan irrealizable en el imperialismo como los bonos de
trabajo en la producción mercantil?” Y P. Kíevski responde: “¡Si, significa
eso! Porque nosotros hablamos precisamente de la contradicción lógica entre dos
categorías sociales —el “imperialismo” y la “autodeterminación de las
naciones”—
,
de
una contradicción tan lógica como la que existe entre otras dos categorías: los
bonos de trabajo y la producción mercantil. El imperialismo es la negación de
la autodeterminación, y ningún prestidigitador conseguirá hacer compatible la
autodeterminación con el imperialismo”.
Por terrible que sea la
enojada palabra “prestidigitadores” que P. Kíevski lanza contra nosotros,
debemos hacerle notar, pese a todo, que no comprende simplemente lo que
significa el análisis económico. La “contradicción lógica” —a condición, claro
está, de que el pensamiento lógico sea correcto— no debe existir ni en el análisis económico ni en el político.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
Por eso, es imposible de
todo punto hablar de “contradicción lógica” en
general cuando se trata precisamente de hacer un análisis económico y no político. En las “categorías
sociales” figuran tanto lo económico como lo político. Por consiguiente, P.
Kíevski, que responde al comienzo clara y categóricamente: “sí, significa eso”
(es decir, la autodeterminación es tan
irrealizable como los bonos de trabajo en la producción mercantil), sale del
paso, en realidad, dando vueltas, pero sin hacer un análisis económico.
¿Cómo se demuestra que los
bonos de trabajo son imposibles en la producción mercantil? Con un análisis
económico. Este análisis, que, como cualquier otro, no admite la “contradicción
lógica”, toma en económicas, sólo
económicas (y no “sociales” en general) y deduce de ellas la imposibilidad de
los bonos de trabajo. En el capítulo primero de El Capital no se habla en absoluto de ninguna política, de ninguna
forma política, de ninguna “categoría social” en general: el análisis toma únicamente lo económico, el intercambio
de mercancías, el desarrollo del intercambio de mercancías. El análisis
económico muestra —por medio, naturalmente, de razonamientos “lógicos”— que los
bonos de trabajo son irrealizables en la producción mercantil.
34
¡P. Kíevski no intenta
siquiera emprender un análisis económico! Confunde
la esencia económica del imperialismo con sus tendencias políticas, como puede
verse ya en la primera frase del primer párrafo de su artículo. He aquí esa
frase:
“El capital industrial es la
síntesis de la producción precapitalista y del capital comercial y de préstamo.
El capital de préstamo se ha convertido en un servidor del capitalismo
industrial. El capitalismo supera ahora los distintos tipos de capital y surge
su tipo superior, unificado, el capital financiero, por lo que toda la época
puede ser denominada época del capital financiero, cuyo sistema adecuado de
política exterior es el imperialismo”.
Toda esta definición es
inservible por completo desde el punto de vista económico: en lugar de
categorías económicas exactas contiene únicamente frase. Pero es imposible
detenerse ahora en esta cuestión. Lo importante es que P. Kíevski define el
imperialismo como “sistema de política exterior”.
En primer lugar, esto
significa, en el fondo, una repetición errónea de la errónea idea de Kautsky.
En segundo lugar, es una
definición política, puramente política, del imperialismo. Con la definición
del imperialismo como “sistema de política”, P. Kíevski quiere eludir el
análisis económico que había
prometido al declarar que la autodeterminación “es tan” irrealizable en el imperialismo, es decir, irrealizable
desde el punto de vista económico, como los bonos de trabajo en la producción
mercantil.
En su discusión con los
izquierdistas, Kautsky declaró que el imperialismo es “únicamente un sistema de
política exterior” (concretamente: de
anexión) y que no se puede calificar de imperialismo cierta fase económica,
grado de desarrollo, del capitalismo.
Kautsky no tiene razón. No
es inteligente, desde luego, discutir acerca de las palabras. Es imposible
prohibir emplear la “palabra” imperialismo de uno u otro modo. Pero si se
quiere discutir, hay que aclarar con exactitud los conceptos.
Desde el punto de vista
económico, el imperialismo (o “época” del capital financiero, no se trata de
palabras) es el grado superior de desarrollo del capitalismo, precisamente el
grado en que la producción se hace tan grande y gigantesca que la libertad de competencia es sustituida por
el monopolio. En esto consiste la esencia económica del imperialismo. El
monopolio se manifiesta en los trusts, consorcios, etc.; en la omnipotencia
de los bancos gigantescos, en el acaparamiento de fuentes de materias primas,
etc.; en la concentración del capital bancario, etc. Todo el quid de la
cuestión está en el monopolio económico.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
El viraje de la democracia a
la reacción política constituye la superestructura política de la nueva
economía, del capitalismo monopolista (el imperialismo es el capitalismo
monopolista). La democracia corresponde a la libre competencia. La reacción
política corresponde al monopolio. “El capital financiero tiende a la
dominación y no a la libertad”, dice justamente R. Hilferding en su libro El capital financiero.
La idea de separar la
“política exterior” de la política en general o incluso de oponer la política
exterior a la interior es profundamente equivocada, no marxista, no científica.
Tanto en la política exterior como en la interior, el imperialismo tiende por
igual a conculcar la democracia, tiende a la reacción. En este sentido resulta
indiscutible que el imperialismo es la “negación” de la democracia en general, de
toda la democracia , y no sólo, en modo alguno, de una de las reivindicaciones de la democracia, a saber: la
autodeterminación de las naciones.
Siendo como es la “negación”
de la democracia, el imperialismo “niega” también, de la misma manera, la democracia en el problema nacional (o sea,
la autodeterminación de las naciones): “de la misma manera”, es decir, tiende a
conculcarla; su realización es en la misma medida y en idéntico sentido más
difícil en el imperialismo que la realización en él (en comparación con el
capitalismo premonopolista) de la república, la milicia popular, la elección de
los funcionarios por el pueblo, etc. No puede ni hablarse de que sea
irrealizable desde el punto de vista “económico”.
Es probable que P. Kíevski
haya sido inducido a error, en este caso, por otra circunstancia (aparte de la
incomprensión general de las exigencias del análisis económico): la
circunstancia de que, desde el punto de vista filisteo, la anexión (es decir,
la incorporación de territorios de una nación ajena contra la voluntad de sus
habitantes, es decir, la violación de la autodeterminación) se equipara a la
“ampliación” (expansión) del capital financiero a un territorio económico más
vasto.
Pero con conceptos filisteos es improcedente abordar cuestiones
teóricas.
Desde el punto de vista
económico, el imperialismo es el capitalismo monopolista. Para que el monopolio
sea completo hay que eliminar a los competidores no sólo del mercado interior
(del mercado del Estado), sino también del mercado exterior, del mundo entero.
¿Existe “en la era del capital financiero” la posibilidad económica de suprimir la competencia incluso en un Estado
extranjero? Existe, en efecto: los medios para ello son la dependencia
financiera y el acaparamiento de las fuentes de materias primas y, después, de
todas las empresas del competidor.
35
Los trusts norteamericanos
son la máxima expresión de la economía del imperialismo o capitalismo
monopolista. Para eliminar al competidor no se limitan a los medios económicos,
sino que recurren constantemente a medios políticos e incluso delictuosos. Pero
sería un gravísimo error considerar que el monopolio de los trusts es
irrealizable en el aspecto económico con los métodos de lucha puramente
económicos. Al contrario, la realidad demuestra a cada paso que es
“realizable”: los trusts minan el crédito del competidor por intermedio de los
bancos (los dueños de los trusts son los dueños de los bancos: acaparamiento de
acciones); los trusts torpedean los suministros de material a los competidores
(los dueños de los trusts son los dueños de los ferrocarriles: acaparamiento de
acciones); los trusts disminuyen los propios, durante cierto tiempo, por debajo
del costo de producción, gastando en ello millones para arruinar al competidor
y comprar sus empresas, sus fuentes
de materias primas (minas, tierras, etc.).
He ahí un análisis puramente
económico de la fuerza de los trusts y de su ampliación. He ahí el camino
puramente económico de su ampliación: la compra
de empresas, establecimientos y fuentes de materias primas.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
El gran capital financiero
de un país puede también comprar siempre a los competidores de un país
extranjero independiente políticamente, y lo hace siempre. Esto es plenamente
realizable desde el punto de vista económico. La “anexión” económica es plenamente “realizable” sin anexión
política y se da en todo momento. En las obras sobre el imperialismo se
encuentran a cada paso indicaciones de que, por ejemplo, Argentina es en
realidad una “colonia comercial” de Inglaterra, que Portugal es de hecho un
“vasallo” de Inglaterra, etc. Es cierto: la dependencia económica respecto de
los bancos ingleses, las deudas a Inglaterra y la compra por Inglaterra de los
ferrocarriles, minas, tierras, etc., convierte a tales países en “anexiones” de
Inglaterra en el sentido económico, sin violar la independencia política de los
mismos.
Se da el nombre de
autodeterminación de las naciones a su independencia política. El imperialismo
trata de vulnerarla —exactamente igual que trata de remplazar la democracia en
general con la oligarquía—, pues con la anexión política, la económica es frecuentemente
más cómoda, más barata (es más fácil sobornar a los funcionarios, obtener
concesiones, hacer aprobar leyes ventajosas, etc.), más factible y más
tranquila. Pero hablar de la “irrealizabilidad” económica de la autodeterminación en el imperialismo es simplemente
un galimatías.
P. Kíevski da de lado las
dificultades teóricas con un procedimiento extraordinariamente fácil y manido,
que en alemán se denomina expresiones “burschikos”, es decir, expresiones
estudiantiles un tanto vulgarotas y groseras, usuales (y naturales) durante las
juergas estudiantiles. He aquí una muestra:
“El
sufragio universal, la jornada de ocho horas e incluso la república — escribe
P. Kíevski— son compatibles lógicamente
con el imperialismo, aunque no le hagan ninguna gracia (!), por lo que su
realización se ve dificultada en extremo”.
No tendríamos absolutamente
nada en contra de la expresión “burschikos” de que la república “no le hace
ninguna gracia” al imperialismo —¡una palabreja alegre a veces hace más amenas
las materias científicas!– si en los razonamientos acerca de un problema serio
hubiera también, además de esa
expresión, un análisis económico y político de los conceptos. P. Kíevski
sustituye ese análisis, oculta su ausencia, con expresiones “burschikos”.
¿Qué significa “la república
no le hace ninguna gracia al imperialismo”? ¿Y por qué ocurre eso?
La república es una de las
formas posibles de superestructura política de la sociedad capitalista y, por
cierto, la más democrática en las condiciones modernas. Decir que la república
“no le hace ninguna gracia” al imperialismo significa decir que existe
contradicción entre el imperialismo y la democracia. Es muy posible que esta
deducción nuestra “no haga gracia” e incluso “ninguna gracia” a P. Kíevski,
pero, pese a ello, es indiscutible.
Prosigamos. ¿Qué carácter
tiene esa contradicción entre el imperialismo y la democracia? ¿Es lógica o
ilógica? P. Kíevski emplea la palabra “lógica” irreflexivamente, por lo que no
se da cuenta de que dicha palabra le sirve, en este caso, para ocultar (tanto de los ojos y la
inteligencia del lector como de los ojos y la inteligencia del autor) ¡precisamente el problema que se había
propuesto tratar! Este problema es la relación de la economía con la política,
la relación de las condiciones económicas y del contenido económico del
imperialismo con una de sus formas políticas. Toda “contradicción” que se
observa en los razonamientos humanos es una contradicción lógica; esto es vana
tautología. Y P. Kíevski se vale de ella para eludir la esencia del problema: ¿se trata de una contradicción “lógica” entre
dos tesis o fenómenos económicos (1)
o políticos (2), o uno de ellos es económico y el otro, político (3)?
¡Ahí está el quid, puesto
que se ha planteado la cuestión de la irrealizabilidad o realizabilidad
económica, dada una u otra forma política!
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
Si P. Kíevski no hubiera
dado de lado esa esencia, habría visto, probablemente, que la contradicción
entre el imperialismo y la república es una contradicción entre la economía del
capitalismo moderno (exactamente: el capitalismo monopolista) y la democracia
política en general. Porque P. Kíevski jamás podrá demostrar que cualquier
medida democrática importante y radical (la elección de los funcionarios u
oficiales por el pueblo, la más amplia libertad de asociación y de reunión,
etc.) contradice menos al imperialismo (le hace “más gracia”, si así se quiere)
que la república.
36
Resulta precisamente la
misma proposición que nosotros hemos
defendido en la tesis: el imperialismo está en contradicción, en contradicción
“lógica”, con toda la democracia política en
general. A P. Kíevski “no le hace gracia” esta proposición nuestra porque
echa por tierra sus ilógicas lucubraciones; pero ¿qué hacer? ¿Resignarse con
que se haga pasar de contrabando precisamente las conocidas tesis que se
aparenta querer refutar, recurriendo para ello a la expresión “la república no
le hace ninguna gracia al imperialismo”?
Prosigamos. ¿Por qué la
república no le hace ninguna gracia al imperialismo? ¿Y cómo “hace compatible”
el imperialismo su economía con la república?
P. Kíevski no ha pensado en
esto. Le recordaremos las siguientes palabras de Engels. Se trata de la
república democrática. La cuestión se plantea así: ¿puede dominar la riqueza
con esta forma de gobierno? Es decir, se trata precisamente de la “contradicción”
entre la economía y la política.
Engels responde: “La
república democrática... no reconoce oficialmente diferencias de fortuna”
(entre los ciudadanos). “En ella, la riquez a ejerce su poder indirectamente,
pero de un modo más seguro. De una parte, bajo la forma de corrupción directa
de los funcionarios” (“de lo cual es Norteamérica un modelo clásico”) “y, de
otra parte, bajo la forma de alianza entre el gobierno y la Bolsa...”48
¡Ahí tenéis un modelo de
análisis económico de la “realizabilidad” de la democracia en el capitalismo,
cuestión de la que es partícula otra cuestión: la “realizabilidad” de la
autodeterminación en el imperialismo!
La república democrática
está en contradicción “lógica” con el capitalismo, pues iguala “oficialmente”
al rico y al pobre. Se trata de una contradicción entre el régimen económico y
la superestructura política. La república tiene esa misma contradicción con el
imperialismo, ahondada o agravada por el hecho de que la sustitución de la
libre competencia con el monopolio “dificulta” más aún la realización de
cualquier libertad política.
¿Cómo se hace compatible el
capitalismo con la democracia? ¡Mediante el ejercicio indirecto del poder
omnímodo del capital! Para ello existen dos medios económicos: 1) el soborno
directo; 2) la alianza del gobierno con la Bolsa. (En nuestras tesis se expresa
esto con las siguientes palabras: en el régimen burgués, el capital financiero
“comprará y sobornará libremente a cualquier gobierno y a los funcionarios”.)
Puesto que domina la
producción mercantil, la burguesía, el poder del dinero, es “realizable” el
soborno (directo y a través de la Bolsa) con cualquier forma de gobierno, con
cualquier democracia.
Puede preguntarse: ¿qué
cambia en la relación analizada al ser remplazado el capitalismo con el
imperialismo, es decir, el capitalismo premonopolista con el monopolista?
¡Lógicamente que el poder de
la Bolsa aumenta! Porque el capital financiero es el gran capital industrial,
que ha crecido hasta el monopolio y se ha fundido con el capital bancario. Los
grandes bancos se funden con la Bolsa, absorbiéndola. (En las obras sobre el
imperialismo se
![]()
48 F. Engels. El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. (C. Marx
y F. Engels. Obras Escogidas en tres
tomos, ed. en español, t. m, pág. 347.)-80
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
dice que decrece la
importancia de la Bolsa, pero sólo en el sentido de que cada banco gigantesco
es de por sí una Bolsa.)
Prosigamos. Si para la
“riqueza” en general es plenamente realizable la dominación sobre cualquier
república democrática por medio del soborno y de la Bolsa, ¿cómo puede afirmar
P. Kíevski, sin caer en una divertida “contradicción lógica”, que la grandísima
riqueza de los trusts y de los bancos, que manejan miles de millones, no puede
“realizar” el poder del capital financiero sobre una república ajena, es decir,
independiente políticamente?
¿En qué quedamos? ¿Es
“irrealizable” el soborno de los funcionarios en un Estado extranjero? ¿O la
“alianza del gobierno con la Bolsa” es sólo una alianza del gobierno propio?
* * *
El lector verá ya, por
cuanto queda dicho, que para deshacer y explicar con un lenguaje popular un
embrollo que ocupa diez líneas hacen falta cerca de diez páginas de imprenta.
Nos es imposible analizar con el mismo detalle cada razonamiento de P. Kíevski
—¡no tiene literalmente ni uno solo exento de embrollo!— y, además, no es
necesario, puesto que hemos analizado lo principal. Hablaremos brevemente del
resto.
4. El ejemplo de
Noruega
Noruega “realizó” el
supuestamente irrealizable derecho de autodeterminación en 1905, en la época
del más desenfrenado imperialismo. Por ello, hablar de su carácter
“irrealizable” es no sólo absurdo teóricamente, sino ridículo.
P. Kíevski quiere refutarlo,
llamándonos enojado “racionalistas” (¿a cuento de qué?; el racionalista se
limita a hacer consideraciones, por cierto abstractas, en tanto que nosotros
¡hemos señalado un hecho concretísimo!; ¿no empleará P. Kíevski la palabreja
extranjera “racionalista” tan... ¿cómo decirlo con mayor mesura?... tan
“acertadamente” como utiliza al comienzo de su artículo la palabra
“extractiva”, presentando sus consideraciones “en forma extractiva”?)
P. Kíevski nos reprocha que
para nosotros “tiene importancia la apariencia de los fenómenos, pero no la
verdadera esencia”. Examinemos, pues, la verdadera esencia.
La refutación empieza con un
ejemplo: la promulgación de una ley contra los trusts no demuestra que sea
irrealizable la prohibición de los mismos. Es cierto. Mas se trata de un
ejemplo desafortunado, pues se vuelve contra
P. Kíevski. Una ley es una medida política, es política. La economía no puede
ser prohibida con ninguna medida política. Ninguna forma política de Polonia,
ya sea ésta una partícula de la Rusia zarista o de Alemania, o una región
autónoma o un Estado independiente políticamente, puede prohibir ni abolir su
dependencia del capital financiero de las potencias imperialistas, la compra de
las acciones de sus empresas por dicho capital.
37
La independencia de Noruega
se “realizó” en 1905 sólo políticamente. No se proponía tocar, ni podía
hacerlo, la dependencia económica. De ello precisamente hablan nuestras tesis.
En ellas señalamos que la autodeterminación afecta sólo a la política, por lo
que es equivocado plantear siquiera la cuestión de su irrealizabilidad desde el
punto de vista económico. ¡Y P. Kíevski nos “refuta” citando un ejemplo de
impotencia de las prohibiciones políticas contra la economía! ¡Buena
“refutación”!
Prosigamos.
“Un ejemplo o incluso muchos ejemplos de
victoria de las empresas pequeñas sobre las grandes no bastan para rebatir la
acertada tesis de Marx de que la marcha general
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
del capitalismo va acompañada de la
concentración y la centralización de la producción”.
Este argumento representa de
nuevo un ejemplo desafortunado, que
se escoge para desviar la atención (del lector y del autor) de la verdadera
esencia de la disputa.
Nuestra tesis dice que es
equivocado hablar de la irrealizabilidad económica de la autodeterminación en
el mismo sentido en que son irrealizables los bonos de trabajo en el
capitalismo. No puede haber ni un solo “ejemplo” de semejante realizabilidad. P. Kíevski reconoce en silencio nuestra
razón en este punto, pues pasa a otra
interpretación de la “irrealizabilidad”.
¿Por qué no lo hace
directamente? ¿Por qué no formula abierta y exactamente su tesis: “la autodeterminación, siendo irrealizable en el sentido
de su posibilidad económica en el capitalismo, está en contradicción con el
desarrollo, por lo que es reaccionaria o constituye solamente una excepción”?
Porque la fórmula franca de
la contratesis desenmascararía en el acto al autor, y éste se ve obligado a
esconderse.
La ley de la concentración
económica, de la victoria de la gran producción sobre la pequeña, es admitida
tanto por nuestro programa como por el de Erfurt. P. Kíevski oculta el hecho de
que en ningún sitio ha sido reconocida la ley de la concentración política o
estatal. Si eso es la misma ley o también una ley, ¿por qué no la expone P.
Kíevski y no propone completar nuestro programa? ¿Es justo por su parte que nos
deje con un programa malo, incompleto, cuando ha descubierto esa nueva ley de
la concentración estatal, una ley que tiene importancia práctica, pues eximiría
a nuestro programa de conclusiones erróneas?
P. Kíevski no formula la ley
ni propone que se complete nuestro programa, pues presiente vagamente que, de
hacerlo, quedaría en ridículo. Todos se reirían a carcajadas del curioso
“economismo imperialista” si este punto de vista saliera a la superficie y,
paralelamente a la ley del desplazamiento de la pequeña producción por la
grande, se expusiese la “ley” (en
relación con aquélla o junto a ella) ¡del desplazamiento de los pequeños
Estados por los grandes!
Para aclarar esta cuestión,
nos limitaremos a hacer una pregunta a P. Kíevski: ¿por qué los economistas sin
comillas no hablan de “disgregación”
de los trusts o de los grandes bancos modernos, de que esa disgregación es
posible y realizable?, ¿por qué hasta el “economista imperialista” entre
comillas se ve obligado a reconocer que es posible y realizable la disgregación
de los grandes Estados y no sólo la disgregación en general, sino, por ejemplo,
la separación de “las pequeñas naciones” (¡observad esto!) de Rusia (apartado d
del cap. 2 del artículo de P. Kíevski)?
Por último, para aclarar más
patentemente hasta qué extremo llega el autor en sus consideraciones y
prevenirle, señalaremos lo siguiente: todos nosotros exponemos públicamente la
ley del desplazamiento de la pequeña producción por la grande y nadie teme calificar
de fenómeno reaccionario los “ejemplos” aislados de “victoria de las pequeñas
empresas sobre las grandes”. Hasta ahora, ningún
adversario de la autodeterminación se ha atrevido a denominar reaccionaria la
separación de Noruega de Suecia, aunque nosotros venimos planteando esta
cuestión desde 1914 en nuestras publicaciones.
La gran producción es
irrealizable si se conservan, por ejemplo, las máquinas a brazo: es
completamente absurda la idea de la “disgregación” de una fábrica mecánica en
talleres manuales. La tendencia imperialista a los grandes imperios es
plenamente realizable y se realiza, con frecuencia, como alianza imperialista
de Estados autónomos e independientes en el sentido político de la palabra.
Esta alianza es posible y se observa no sólo bajo la forma de entroncamiento
económico de los capitales financieros de dos países, sino también bajo
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
la forma de “colaboración”
militar en una guerra imperialista. La lucha nacional, la insurrección nacional
y la separación nacional son completamente “realizables” y se observan de
verdad en el imperialismo; es más,
incluso se intensifican, pues el imperialismo no detiene el desarrollo del
capitalismo ni el crecimiento de las tendencias democráticas en la masa de la
población, sino que exacerba el
antagonismo entre dichas tendencias democráticas y la tendencia antidemocrática
de los trusts.
38
Sólo desde el punto de vista del “economismo imperialista”, es
decir, de un marxismo caricaturesco, se puede dar de lado, por ejemplo, el
siguiente fenómeno específico de la política imperialista: De una parte, la
actual guerra imperialista nos brinda ejemplos de cómo se consigue arrastrar a
un Estado pequeño, independiente políticamente, a la lucha entre las grandes
potencias (Inglaterra y Portugal) por medio de los vínculos financieros y de
los intereses económicos. De otra parte, la violación de la democracia con
respecto a las naciones pequeñas, mucho más débiles (tanto económica como
políticamente) que sus “protectores” imperialistas, origina la insurrección
(Irlanda) o el paso de regimientos enteros al campo enemigo (los checos). En
tal estado de cosas, es no sólo “realizable” desde el punto de vista del
capital financiero, sino a veces
francamente ventajoso para los
trusts, para su política
imperialista, para su guerra
imperialista, conceder la mayor libertad democrática posible, incluso la
independencia estatal, a algunas
pequeñas naciones, a fin de no correr el riesgo de ver perturbadas “sus”
operaciones militares. Olvidar la originalidad de los alineamientos políticos y
estratégicos y repetir, venga o no a cuento, una sola palabreja aprendida de
memoria —“imperialismo”— no es en modo alguno marxismo.
P. Kíevski nos dice de
Noruega, en primer lugar, que “ha sido siempre un Estado independiente”. Esto
es falso, y tal falsedad puede explicarse únicamente por la incuria
“burschikos” del autor y su despreocupación por los problemas políticos.
Noruega no fue un Estado
independiente hasta 1905, sino que gozó de una autonomía extraordinariamente
amplia. Suecia reconoció la independencia estatal de Noruega sólo después de que esta última se separara
de ella. Si Noruega “hubiera sido siempre un Estado independiente”, el gobierno
sueco no habría podido comunicar a las potencias extranjeras el 26 de octubre
de 1905 que a partir de aquel momento reconocía a Noruega como país
independiente.
En segundo lugar, P. Kíevski
esgrime una serie de citas para demostrar que Noruega miraba hacia el Oeste y
Suecia hacia el Este, que en una “operaba” primordialmente el capital
financiero inglés, y en la otra, el alemán, etc. De ahí saca una conclusión triunfal:
“este ejemplo” (Noruega) “cabe íntegramente en nuestros esquemas”.
¡Ahí tenéis una muestra de
la lógica del “economismo imperialista”! En nuestras tesis se dice que el
capital financiero puede dominar en “cualquier país”, “aunque sea
independiente”, y que, por ello, todas las consideraciones acerca de la
“irrealizabilidad” de la autodeterminación desde el punto de vista del capital
financiero son un tremendo embrollo. Se nos citan datos que confirman nuestra tesis sobre el papel del capital financiero
extranjero en Noruega antes y después de la separación ¡¡como si eso
la refutara!!
¿Es que hablar del capital
financiero olvidando los problemas
políticos significa razonar sobre política?
No. Los errores lógicos del
“economismo” no han hecho desaparecer los problemas políticos. El capital
financiero inglés “operó” en Noruega antes y después de la separación. El
capital financiero alemán “operó” en Polonia antes de que se separara de Rusia
y “operará” cualquiera que sea la
situación política de Polonia. Esto es tan elemental que resulta violento
repetirlo: pero ¿qué hacer cuando se olvida lo más elemental?
¿Desaparece por ello el
problema político de una u otra situación de Noruega, de su pertenencia a
Suecia o del comportamiento de los obreros cuando se planteó la separación?
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
P. Kíevski elude estas
cuestiones, pues golpean de firme a los “economistas”. Pero estas cuestiones
han sido y son planteadas en la práctica. En la práctica se ha planteado la
cuestión de si puede ser socialdemócrata el obrero sueco que no reconozca el derecho
de Noruega a la separación. No puede
serlo.
Los aristócratas suecos eran
partidarios de la guerra contra Noruega; los curas, también. Este hecho no ha
desaparecido por la circunstancia de que P. Kíevski haya “olvidado” leer algo
sobre él en las historias del pueblo noruego. El obrero sueco podía, sin dejar
de ser socialdemócrata, aconsejar a los noruegos que votasen contra la
separación (el referéndum acerca de la separación se celebró en Noruega el 13
de agosto de 1905, participaron en él cerca del 80% de los ciudadanos con
derecho al sufragio y dio los siguientes resultados: 368.200 votos en pro de la
separación y 184 en contra). Pero el obrero sueco que, a semejanza de la
aristocracia y la burguesía suecas, negase el derecho de los noruegos a decidir
esta cuestión por sí mismos, sin los suecos e independientemente de su
voluntad, sería un socialchovinista y
un canalla intolerable en el Partido
Socialdemócrata.
En eso consiste la
aplicación del apartado 9 del programa de nuestro partido, que ha intentado saltarse nuestro “economista
imperialista”. ¡No se lo saltarán, señores, sin caer en brazos del chovinismo!
¿Y el obrero noruego?
¿Estaba obligado, desde el punto de vista del internacionalismo, a votar a favor de la separación? En absoluto.
Podía votar en contra sin dejar por ello de ser socialdemócrata. Habría
incumplido su deber de miembro del Partido Socialdemócrata sólo en el caso de
que hubiera tendido su mano de camarada al obrero ultrarreaccionario sueco que
se manifestase contra la libertad de
separación de Noruega.
Algunas personas no quieren
ver esta diferencia elemental en la situación del obrero noruego y del sueco.
Pero se desenmascaran a sí mismas cuando eluden
esta cuestión política, la más concreta entre las concretas, que les planteamos
a quemarropa. Callan, esquivan y, con ello, ceden la posición.
39
Para demostrar que el
problema “noruego” puede surgir en Rusia hemos formulado adrede esta tesis en
condiciones de carácter estrictamente
militar y estratégico, ahora es
también plenamente realizable un Estado polaco independiente. P. Kíevski desea
“discutir” ¡¡y guarda silencio!!
Agreguemos: también
Finlandia, por consideraciones estrictamente militares y estratégicas, con
cierto desenlace de la guerra imperialista actual
(por ejemplo, la adhesión de Suecia a los alemanes y una semivictoria de estos
últimos), puede perfectamente
convertirse en un
Estado separado, sin socavar
la “realizabilidad” de una sola operación del capital financiero, sin hacer
“irrealizable’’ la compra de acciones de los ferrocarriles y demás empresas en
Finlandia*.
* Si con un desenlace de la guerra actual es plenamente
"realizable" la formación de nuevos Estados en Europa, de los Estados
polaco, finlandés, etc., sin alterar lo más mínimo las condiciones de
desarrollo del imperialismo ni sus fuerzas —al contrario, acentuando la influencia, los vínculos y la presión del capital
financiero—, con otro desenlace de la guerra es de la misma manera "realizable" la formación de nuevos
Estados: húngaro, checo, etc. Los imperialistas ingleses apuntan ya ahora ese
segundo desenlace para el caso de que triunfen. La época imperialista no
suprime ni las aspiraciones a la independencia política de las naciones ni la
"realizabilidad" de estas aspiraciones en los límites de las relaciones imperialistas mundiales. Fuera de eses límites es
"irrealizable" sin una serie de revoluciones, e inconsistente sin el
socialismo, tanto la república en Rusia como, en general, toda transformación
democrática muy importante en cualquier lugar del mundo. P. Kíevski no ha
comprendido en absoluto, sí, en absoluto, la postura del imperialismo frente a
la democracia.
P. Kíevski esquiva las
cuestiones políticas, desagradables para él, amparándose en una frase
magnífica, excelentemente característica de todo su “razonamiento”: ...“Cada
minuto”... (así se dice textualmente al final del apartado b del capítulo I)... “puede caer la espada de
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
Damocles49 y poner fin a la existencia del taller “independiente”
(“alusión” a la pequeña Suecia y a Noruega).
Ese es, por lo visto, el
verdadero marxismo: El Estado noruego separado, cuya separación de Suecia fue
calificada por el gobierno sueco de
“medida revolucionaria”, existe unos diez años nada más.
Pero ¿merece la pena que
examinemos las cuestiones políticas
que dimanan de ello si hemos leído El
capital financiero de Hilferding y lo hemos “entendido” en el sentido de
que “cada minuto” —¡puesto a decir tonterías no te pares en barras!— puede
desaparecer un Estado pequeño? ¿Merece la pena prestar atención a que hemos
adulterado el marxismo, convirtiéndolo en “economismo”, y hemos transformado
nuestra política en una repetición de los discursos de los chovinistas
verdaderamente rusos?
¡Cómo se equivocaron, por lo
visto, los obreros rusos en 1905 al tratar de conseguir la república!
¡Porque el capital
financiero se movilizó ya contra ella en Francia, en Inglaterra, etc., y “cada
minuto”, si hubiera surgido, podría haberla decapitado con la “espada de
Damocles”!
* * *
“La reivindicación de
autodeterminación nacional no es... utópica en el programa mínimo: no está en
contradicción con el desarrollo social, ya que su realización no detendría ese
desarrollo”. P. Kíevski pone en duda estas palabras de Mártov en el mismo párrafo
de su artículo en que aporta las “citas” sobre
Noruega, las cuales
demuestran una y otra vez el hecho, por todos conocido, de que ni el desarrollo en general, ni el crecimiento de las operaciones del
capital financiero en particular, ni
la compra de Noruega por los ingleses han
sido detenidos por la “autodeterminación” y separación de Noruega.
Entre nosotros ha habido más
de una vez bolcheviques, por ejemplo, Aléxinski en 1908-1910, que han discutido
con Mártov ¡precisamente cuando éste
tenía razón! ¡Líbranos, Señor, de semejantes “aliados”!
5.
Sobre “monismo y dualismo”.
P. Kíevski nos acusa de “interpretación dualista de la
reivindicación” y escribe:
“La acción monista de la Internacional es remplazada con la propaganda dualista”.
Esto suena completamente a
marxista, a materialista: la acción, que es única, se opone a la propaganda,
que es “dualista”. Lamentablemente, al analizarlo más de cerca, debemos decir
que se trata de un “monismo” tan verbal
como el “monismo” de Dühring. “No basta que yo clasifique un cepillo de botas
entre los animales mamíferos —escribía Engels contra el “monismo” de Dühring—,
para que en él broten glándulas mamarias”50.
Esto significa que sólo se
puede declarar la “unidad” de cosas,
propiedades, fenómenos y acciones que están unidos
en la realidad objetiva. ¡Y nuestro autor se ha olvidado precisamente de esta “pequeñez”!
![]()
49 Espada
de Damocles: espada
suspendida de una crin de caballo sobre la cabeza de Damocles, palaciego del
tirano de Siracusa Dionisio el Viejo, durante el festín. Sinónimo de un peligro
que amenaza constantemente.
50 F. Engels. Anti-Dühring.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
Ve nuestro “dualismo”,
primero, en que no exijamos a los
obreros de las naciones oprimidas, en primer término —se trata únicamente del
problema nacional—, lo mismo que
exigimos a los obreros de las naciones opresoras.
Para comprobar si el
“monismo” de P. Kíevski es, en este caso, el “monismo” de Dühring habrá que
analizar el estado de cosas en la realidad
objetiva.
¿Es igual, desde el punto de
vista del problema nacional, la situación real
de los obreros en las naciones opresoras y en las oprimidas?
40
No, no es igual.
(1) En el aspecto económico, la diferencia consiste en que una parte de la clase
obrera de los países opresores percibe las migajas de las superganancias que obtienen los burgueses de las naciones opresoras
mediante la redoblada explotación permanente de los obreros de las naciones
oprimidas. Los datos económicos prueban, además, que el porcentaje de obreros
que se hacen “maestrillos” en las naciones opresoras es mayor que en las naciones oprimidas, que es mayor el porcentaje que
se incorpora a la aristocracia de la
clase obrera*. Esto es un hecho. Los obreros de una nación opresora son en cierta medida cómplices de su burguesía, en el saqueo de los
obreros (y de la masa de la población) de la nación oprimida.
* Véase, por ejemplo, el libro de Gúrvich,
editado en Inglaterra, sobre la inmigración y la situación de la clase obrera
en América. (Immigration and Labor)
(2) En el aspecto político, la diferencia consiste en que los obreros de las naciones
opresoras ocupan una situación privilegiada,
en comparación con los obreros de la nación oprimida, en toda una serie de
dominios de la vida política.
(3)
En
el aspecto ideológico o espiritual,
la diferencia consiste en que los obreros de las naciones opresoras son
educados siempre, por la escuela y por la vida, en un espíritu de desprecio o
desdén hacia los obreros de las naciones oprimidas. Por ejemplo, cualquier ruso
que se haya educado o vivido entre rusos lo ha
experimentado.
Así pues, en la realidad
objetiva existe una diferencia en toda la
línea, es decir, “dualismo” en el mundo objetivo, que no depende de la
voluntad ni de la conciencia de los hombres.
¿Cómo considerar, después de
esto, las palabras de P. Kíevski sobre “la acción monista de la Internacional”?
Como una huera frase altisonante, y nada más.
Para que la
acción de la Internacional —que en la
vida está compuesta de obreros divididos
en pertenecientes a las naciones opresoras y a las oprimidas— sea única, es imprescindible hacer la
propaganda en forma no idéntica en
uno y otro caso: ¡así hay que razonar desde el punto de vista del “monismo”
auténtico (y no del de Dühring), desde el punto de vista del materialismo de
Marx!
¿Ejemplos? Hemos aportado ya
uno (¡hace más de dos años en la prensa legal!) con relación a Noruega y nadie
ha intentado desmentirnos. La acción
de los obreros noruegos y suecos, en este caso concreto tomado de la vida, fue
“monista”, única, internacionalista, sólo
en tanto y por cuanto los obreros suecos defendieron incondicionalmente la libertad de separación de Noruega, y los
obreros noruegos plantearon condicionalmente
esta separación. Si los obreros suecos no hubieran defendido incondicionalmente la libertad de
separación de los noruegos, habrían sido chovinistas,
cómplices del chovinismo de los terratenientes suecos, que querían “retener” a
Noruega por la fuerza, por la guerra. Si los obreros noruegos no hubieran planteado la separación condicionalmente , es decir, de modo que
también los miembros del Partido Socialdemócrata pudiesen votar y hacen
propaganda contra la separación, habrían faltado al deber de los
internacionalistas y caído en un estrecho nacionalismo burgués noruego. ¿Por qué? ¡Pues porque la separación la realizaba
la
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
burguesía y no el
proletariado! ¡Porque la burguesía
noruega (como cualquiera otra) trata siempre
de escindir a los obreros de su propio país y del “ajeno”! Porque, para los
obreros conscientes, cualquiera reivindicación democrática (comprendida también
la autodeterminación) está subordinada
a los intereses supremos del socialismo. Si, por ejemplo, la separación de
Noruega de Suecia hubiese significado la guerra, cierta o probable, de
Inglaterra contra Alemania, los obreros noruegos habrían debido estar, por esta causa, en contra de la
separación. Y en tales circunstancias, los obreros suecos habrían tenido el
derecho y la posibilidad, sin dejar por ello de ser socialistas, de hacer
propaganda contra la separación sólo
en el caso de que lucharan de modo sistemático, consecuente y constante contra el gobierno sueco por la libertad de separación de Noruega. De lo
contrario, los obreros y el pueblo
noruegos no habrían creído ni habrían
podido creer en la sinceridad del consejo de los obreros suecos.
La desgracia de los
adversarios de la autodeterminación tiene su origen en que pretenden salir del
paso con abstracciones inertes, temiendo
analizar hasta el fin aunque sólo sea un ejemplo concreto tomado de la vida
real. La indicación concreta, expuesta en nuestras tesis, de que el nuevo
Estado polaco es plenamente “realizable” ahora,
dada una determinada conjugación de condiciones exclusivamente militares,
estratégicas, no ha encontrado objeciones ni por parte de los polacos ni por
parte de P. Kíevski. Pero nadie ha deseado pensar
en qué se desprende de esta aceptación tácita de nuestra razón. Y lo que se desprende con toda evidencia es que la
propaganda de los internacionalistas no
puede ser idéntica entre los rusos y entre los polacos, si es que quiere
educar a unos y a otros para la “unidad de acción”. El obrero ruso (y el
alemán) tiene la obligación de apoyar incondicionalmente la libertad de
separación de Polonia, pues de otro modo será de hecho, ahora, un
lacayo de Nicolás II o de Hindenburg. El obrero polaco podrá estar por la separación
sólo condicionalmente, pues especular (como hacen los fraquistas51) con la victoria de una u
otra burguesía imperialista significa convertirse en lacayo suyo. No
comprender esta diferencia, que es condición de la “acción monista” de la
Internacional, es lo mismo que no comprender por qué el ejército
revolucionario, para una “acción monista” contra el ejército zarista en las
cercanías de Moscú, por ejemplo, debería marchar desde Nizhni Nóvgorod hacia el
Oeste y desde Smolensk hacia el Este.
* * *
41
En segundo lugar, nuestro
nuevo partidario del monismo de Dühring nos reprocha que no nos preocupamos de
“la más estrecha cohesión orgánica de las diferentes secciones nacionales de la
Internacional” durante la revolución social.
En el socialismo —dice P.
Kíevski—, la autodeterminación desaparece, ya que desaparece el Estado. ¡Y esto
se escribe con el supuesto propósito de desmentirnos! Ahora bien, nosotros, en tres líneas —las tres líneas últimas del
§ 1 de nuestras tesis— hemos dicho con claridad y precisión que “la democracia
es también una forma del Estado, que deberá desaparecer junto con él”. Esta es,
precisamente, la verdad que P. Kíevski repite, por cierto tergiversándola —¡para “desmentirnos”, claro!— en varias páginas
del apartado c (capítulo I). “Nos imaginamos y nos hemos
imaginado siempre el régimen socialista –escribe— como un sistema de economía
rigurosamente centralizado democráticamente (!!?), en el cual el Estado, como
aparato de dominación de una parte de la población sobre otra, desaparece”.
Esto es un galimatías, pues la democracia es también la dominación “de una parte de la población sobre otra”, es
también el Estado. El autor no ha
comprendido, evidentemente, en qué consiste la extinción del Estado después del triunfo del socialismo y cuáles
son las condiciones de este proceso.
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51 Véase la nota 19
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
Pero lo principal son sus
“objeciones” acerca de la época de la revolución social. Después de insultarnos
con la terrible expresión de “exégetas de la autodeterminación”, el autor dice:
“Concebimos este proceso (la revolución social) como una acción unida de los
proletarios de todos (!!) los países, que destruyen las fronteras del Estado
burgués (!!), arrancan los postes fronterizos” (¿independientemente de la
“destrucción de las fronteras”?), “hacen saltar (!!) la comunidad nacional e
implantan la comunidad de clase”.
No lo decimos para irritar
al severo juez de los “exégetas”, pero aquí hay muchas frases y no se ve en
absoluto el “pensamiento”
La revolución social no
puede ser una acción unida de los proletarios de todos los países, por la sencilla razón de que la mayoría de los
países y la mayoría de la población de la Tierra no se encuentran todavía en la
fase capitalista o se hallan apenas en la fase inicial del desarrollo
capitalista. Hemos hablado de esto en el § 6 de nuestras tesis, y P. Kíevski
“no ha notado”, seguramente por descuido o por incapacidad para pensar, que
este § no lo hemos incluido en vano, sino justamente para refutar las deformaciones
caricaturescas del marxismo. Únicamente
los países avanzados del Occidente y de América del Norte han madurado para el socialismo, y P. Kíevski puede
encontrar en la carta de Engels a Kautsky (“Sbórnik
Sotsial-Demokrata”52) una ilustración concreta del “pensamiento” —real, y no sólo prometido—
de que soñar con la “acción unida de
los proletarios de todos los países”
significa aplazar el socialismo hasta las calendas griegas, es decir, hasta
“nunca”.
El socialismo será realizado
por la acción unida de los proletarios, pero no de todos los países, sino de
una minoría de ellos que han llegado al grado de desarrollo del capitalismo avanzado. Precisamente la incomprensión
de esto ha dado origen al error de P. Kíevski. En esos países avanzados (Inglaterra, Francia, Alemania, etc.), el
problema nacional está resuelto desde hace mucho, la comunidad nacional ha
vivido su época hace mucho, y objetivamente
no hay “tareas nacionales generales”. Por ello, sólo en dichos países es
posible “hacer saltar” ahora mismo la
comunidad nacional e implantar la comunidad de clase.
Otra cosa sucede en los
países no desarrollados, en los países que hemos clasificado (en el § 6 de
nuestras tesis) en los grupos segundo y tercero, es decir, en todo el Este de
Europa y en todas las colonias y semicolonias. Allí existen todavía, por regla general, naciones
oprimidas y no desarrolladas desde el punto de vista del capitalismo. En tales
naciones hay todavía objetivamente
tareas nacionales generales, a saber: tareas democráticas, tareas de
derrocamiento del yugo extranjero.
Engels cita precisamente a
la India como ejemplo de tales naciones, diciendo que este país puede hacer una
revolución contra el socialismo victorioso, pues Engels estaba muy lejos del
ridículo “economismo imperialista” que se imagina que el proletariado,
triunfante en los países avanzados, destruirá por doquier el yugo nacional
“automáticamente”, sin determinadas medidas democráticas.
El proletariado triunfante reorganizará los países en que haya vencido. Esto no
se puede hacer de golpe, de la misma manera que no se puede “vencer” de golpe a
la burguesía. Lo hemos subrayado adrede en nuestras tesis, pero P. Kíevski
tampoco se ha preguntado esta vez por qué
subrayamos esto en relación con el problema nacional.
Mientras el proletariado de
los países avanzados derroca a la burguesía y rechaza sus intentonas
contrarrevolucionarias, las naciones oprimidas y poco desarrolladas no esperan,
no dejan de vivir, no desaparecen. Y si aprovechan para insurreccionarse (las
colonias, Irlanda) incluso una crisis de la burguesía imperialista tan
pequeñísima, en comparación con
![]()
52 "Sbórnik
"Sotsial-Demokrata"" ("Recopilación del
"Sotsial-Demokrat""): fundada por Lenin y publicada por la
redacción del periódico Sotsial—
Demokrat. Aparecieron dos números nada más: el núm. 1 en octubre y el núm.
2 en diciembre de 1916.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
la revolución social, como
la guerra de 1915-1916, es indudable que con tanto mayor motivo aprovecharán
para la insurrección la gran crisis
de la guerra civil en los países avanzados.
42
La revolución social sólo
puede producirse bajo la forma de una época que una la guerra civil del
proletariado contra la burguesía en los países avanzados con toda una serie de movimientos
democráticos y revolucionarios, comprendidos los movimientos de liberación
nacional, en las naciones subdesarrolladas, atrasadas y oprimidas.
¿Por qué? Porque el
capitalismo se desarrolla de manera desigual, y la realidad objetiva nos
muestra que, a la par con las naciones capitalistas altamente desarrolladas,
existe toda una serie de naciones muy poco desarrolladas o no desarrolladas en
absoluto en el aspecto económico. P. Kíevski no ha pensado para nada en las
condiciones objetivas de la
revolución social desde el punto de vista de la madurez económica de los
distintos países. Por eso, su reproche de que nosotros “nos sacamos de la cabeza” dónde aplicar la
autodeterminación significa, en verdad, hacer pagar a justos por pecadores.
Con un empeño digno de mejor
causa, P. Kíevski repite muchas veces citas de Marx y Engels acerca de que los
medios para desembarazar a la humanidad de unas u otras calamidades sociales
“no debemos sacárnoslos de la cabeza, sino descubrirlos, valiéndonos de ella,
en las condiciones materiales existentes”. Al leer estas repetidas citas, no
puedo por menos de recordar a los “economistas”, de triste memoria, que de
forma igualmente aburrida… rumiaban su “nuevo descubrimiento” del triunfo del
capitalismo en Rusia. P. Kíevski quiere “fulminarnos” con estas citas, pues,
según él, ¡nos sacamos de la cabeza las condiciones para aplicar la
autodeterminación de las naciones en la época imperialista! Pero en el artículo
del mismo P. Kíevski leemos la siguiente “confesión imprudente”:
“El solo hecho de que
estemos en contra (subrayado por el
autor) de la defensa de la patria, prueba con la mayor claridad que nos
oponemos activamente a todo aplastamiento de la insurrección nacional, ya que
de este modo lucharemos contra nuestro enemigo mortal: el imperialismo” (cap.
II, apartado c del artículo de P. Kíevski).
Es imposible criticar a un
autor, es imposible responderle sin
citar íntegramente, por lo menos, las tesis principales de su artículo. ¡Pero
en cuanto se cita íntegramente una sola tesis de P. Kíevski, resulta siempre
que en cada frase hay dos o tres errores o irreflexiones que adulteran el
marxismo!
1)
¡P.
Kíevski no ha observado que la insurrección nacional es también la “defensa de la patria”! Y, sin embargo, la más mínima
reflexión puede convencer a cualquiera de que es así, pues toda “nación insurreccionada” “se defiende” de la nación que la
oprime, defiende su idioma, su territorio, su patria.
Cualquier yugo nacional
provoca la resistencia de las grandes
masas del pueblo, y la tendencia
de toda resistencia de la población oprimida nacionalmente es la insurrección nacional. Si observamos a menudo (sobre
todo en Austria y Rusia) que la burguesía de las naciones oprimidas sólo habla de la insurrección nacional,
mientras que, de hecho, concluye tratados reaccionarios con la burguesía de la
nación opresora, a espaldas y en contra
de su propio pueblo, en tales casos, los marxistas revolucionarios deben
dirigir su crítica, no contra el movimiento nacional, sino contra su
empequeñecimiento, vulgarización y desnaturalización, que lo reducen a una
disputa mezquina. A propósito: muchísimos socialdemócratas de Austria y Rusia
olvidan esto y convierten su odio legítimo a las querellas nacionales
mezquinas, triviales y míseras —como las disputas y las peleas en torno a qué
idioma debe estar arriba y cuál abajo en los rótulos de las calles—, convierten
su odio legítimo a todo eso en la negación de apoyo a la lucha nacional. No
“apoyaremos” el cómico juego a la república en algún principado como Mónaco o
las aventuras “republicanas” de los “generales” en los pequeños países de
América del Sur o en cualquier isla del Pacífico, pero
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
de ahí no se deduce que sea
permisible olvidar la consigna de la república para los movimientos
democráticos y socialistas serios. Ridiculizamos y debemos ridiculizar las
mezquinas disputas nacionales y el chalaneo nacional de las naciones de Rusia y
Austria, pero de ahí no se deduce que sea permisible negar el apoyo a la
insurrección nacional o a cualquier lucha importante, de todo un pueblo, contra
el yugo nacional.
2) Si las insurrecciones nacionales son
imposibles en la “época del imperialismo”, P. Kíevski no tiene derecho a hablar
de ellas. Si son posibles, todas sus interminables frases acerca del “monismo”,
acerca de que “nos sacamos de la cabeza” ejemplos de autodeterminación durante
el imperialismo, etc., todo queda
pulverizado. P. Kíevski se golpea a sí mismo.
Si “nosotros” “nos oponemos
activamente al aplastamiento” de la “insurrección nacional” — caso considerado
como posible “por el mismo” P.
Kíevski—, ¿qué significa eso?
Significa que la acción es doble, “dualista”, si usamos
este término filosófico tan inadecuadamente como lo hace nuestro autor. (a) En
primer lugar, “acción” del proletariado y del campesinado oprimidos
nacionalmente junto con la burguesía
oprimida nacionalmente contra la
nación opresora; (b) en segundo lugar, “acción” del proletariado o de su parte
consciente en la nación opresora contra
la burguesía y todos los elementos de la nación opresora que la siguen.
La infinita cantidad de
frases empleadas por P. Kíevski contra el “bloque nacional”, contra las
“ilusiones” nacionales, contra el “veneno” del nacionalismo, contra el
“atizamiento del odio nacional”, etc., resultan bagatelas, pues al aconsejar al
proletariado de los países opresores (no olvidemos que el autor considera a
este proletariado una fuerza importante) que se “oponga activamente al
aplastamiento de la insurrección nacional”, el autor atiza el odio nacional, apoya
el “bloque” de los obreros de los países oprimidos “con la burguesía”.
43
3) Si son posibles las insurrecciones
nacionales en el imperialismo, son posibles también las guerras nacionales. En
el sentido político no existe ninguna diferencia sería entre unas y otras. Los
historiadores militares de las guerras tienen completa razón cuando incluyen
las insurrecciones en las guerras. P. Kíevski, sin pensarlo, no sólo se golpea
a sí mismo, sino que golpea también a Junius y al grupo La Internacional, que
niegan la posibilidad de las guerras
nacionales en el imperialismo. Ahora bien, esta negación es la única
fundamentación teórica imaginable del punto de vista que niega la
autodeterminación de las naciones en el imperialismo.
4)
Pues
¿qué es una insurrección “nacional”? Una insurrección que aspira a crear la
independencia política de una nación
oprimida, es decir, un Estado nacional separado.
Si el proletariado de la
nación opresora es una fuerza seria (como presupone y debe presuponer el autor
para la época del imperialismo), la decisión de este proletariado de “oponerse
activamente al aplastamiento de la insurrección nacional”, ¿no contribuye, acaso, a crear un Estado
nacional separado? ¡Claro que sí!
¡Nuestro valiente negador de
la “realizabilidad” de la autodeterminación llega a decir que el proletariado
consciente de los países avanzados debe contribuir
a la realización de esta medida “irrealizable”!
5)
¿Por qué debemos “nosotros” “oponernos
activamente” al aplastamiento de la insurrección nacional? P. Kíevski presenta
un solo argumento: “Ya que de este modo lucharemos contra nuestro enemigo
mortal: el imperialismo”. Todo el efecto
de este argumento se reduce a una palabreja efectista
— “mortal”—, de la misma manera que, en general, el autor sustituye el
efecto de los argumentos con el efectismo de las frases sugestivas y
altisonantes, como “clavar una estaca en el cuerpo tembloroso de la burguesía”,
y otros adornos estilísticos a la manera de Aléxinski.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
Ahora bien, este argumento
de P. Kíevski es falso. El
imperialismo es tan enemigo “mortal” nuestro como el capitalismo. Esto es así.
Pero ningún marxista olvidará que el capitalismo es progresivo en comparación
con el feudalismo y que el imperialismo lo es también en comparación con el
capitalismo premonopolista. Por consiguiente, no tenemos derecho a apoyar cualquier lucha contra el imperialismo.
Nosotros no apoyaremos la lucha de
las clases reaccionarias contra el imperialismo, no apoyaremos la insurrección de las clases reaccionarias contra el
imperialismo y el capitalismo.
Esto significa que si el
autor reconoce la necesidad de ayudar a la insurrección de las naciones
oprimidas (“oponerse activamente” al aplastamiento significa ayudar a la
insurrección), reconoce con ello el carácter progresivo de la insurrección nacional, el carácter progresivo de la creación de un Estado
nuevo, separado, del establecimiento de nuevas fronteras, etc., en caso de
triunfar dicha insurrección.
¡El autor no ata cabos literalmente en ninguno de sus razonamientos políticos!
La insurrección irlandesa de
1916, producida después de haberse publicado nuestras tesis en el núm. 2 de Vorbote, demostró, dicho sea de paso,
¡que no se había hablado en vano de la posibilidad de las insurrecciones
nacionales incluso en Europa!
6. Las
demás cuestiones políticas planteadas y tergiversadas por P. Kíevski.
Hemos declarado en nuestras
tesis que la liberación de las colonias no es otra cosa que la
autodeterminación de las naciones. Los europeos olvidan a menudo que los
pueblos coloniales son también
naciones, mas tolerar esta “falta de memoria” significa tolerar el chovinismo.
P. Kíevski “objeta”:
“El proletariado, en el
sentido propio de la palabra, no existe”
en las colonias de tipo puro (final del apartado c del capítulo II). “¿Para quién debemos plantear, entonces, la
“autodeterminación”? ¿Para la burguesía colonial? ¿Para los fellahs? ¿Para los
campesinos? Claro que no. Es absurdo que los socialistas (la cursiva es de P. Kíevski) planteen la consigna de
la autodeterminación en relación con las colonias, porque, en general, es
absurdo plantear las consignas del partido obrero para los países donde no hay
obreros”.
Por muy terrible que sea la
ira de P. Kíevski, que declara “absurdo” nuestro punto de vista, nos
atreveremos, sin embargo, a indicarle con todo respeto que sus argumentos son
erróneos. Sólo los “economistas”, de triste memoria, pensaban que las “consignas
del partido obrero” se plantean únicamente
para los obreros*. No, estas consignas se plantean para toda la población
trabajadora, para todo el pueblo. Con la parte democrática de nuestro programa
—sobre cuyo significado no ha reflexionado “en absoluto” P.
Kíevski— nos dirigimos especialmente a todo el pueblo y por eso hablamos en
ella del “pueblo”**.
* Aconsejamos a P. Kíevski que relea los
escritos de A. Martínov y Cía. de los años 1899-1901. Encontrará allí muchos de
"sus" argumentos.
** Ciertos curiosos adversarios de la "autodeterminación de
las naciones" argumentan, objetándonos, que las "naciones" ¡se
hallan divididas en clases! A estos marxistas de caricatura les indicamos
habitualmente que en la parte democrática de nuestro programa se habla del
"poder soberano del pueblo".
44
Hemos calculado en 1.000
millones la población de las colonias y semicolonias, pero P. Kíevski no se ha
dignado refutar nuestra concretísima afirmación. De esta población de 1.000
millones, más de 700 millones (China, India, Persia, Egipto) pertenecen a países
donde hay obreros. Pero aun en las
colonias donde no hay obreros, donde no hay más que esclavistas y esclavos,
etc., no
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
sólo no es absurdo, sino que es obligatorio
para todo marxista plantear la “autodeterminación”. Después de pensar un
poquito P. Kíevski probablemente lo comprenderá, como comprenderá también que
la “autodeterminación” se plantea siempre “para” dos naciones: la oprimida y la opresora.
Otra “objeción” de P. Kíevski:
“Por esa razón, nos
limitarnos con relación a las colonias a una consigna negativa, es decir, a una
exigencia de los socialistas a sus gobiernos: “¡Fuera de las colonias!” Esta
exigencia, irrealizable en el marco del capitalismo, exacerba la lucha contra
el imperialismo, pero no está en contradicción con el desarrollo, pues la
sociedad socialista no poseerá colonias”.
¡Es asombrosa la incapacidad
o falta de deseo del autor para reflexionar, por poco que sea, sobre el
contenido teórico de las consignas políticas! ¿Es que cambiaron las cosas
porque empleemos, en vez de un término político teóricamente exacto, una frase de
agitación? Decir “Fuera de las colonias” significa, precisamente, eludir un
análisis teórico ocultándose detrás de una frase de agitación. Todo agitador de
nuestro partido, al hablar de Ucrania, Polonia, Finlandia, etc., tiene derecho
a decir al zarismo (“a su gobierno”) “fuera de Finlandia, etc...”; pero un
agitador inteligente comprenderá que no se deben lanzar consignas positivas o
negativas nada más que para “exacerbar”. Sólo gente del tipo de Aléxinski pudo
insistir en que la consigna “negativa” “¡Fuera de la Duma negra!” podía
justificarse por el deseo de “exacerbar” la lucha contra cierto mal.
La exacerbación de la lucha
es una frase huera de los subjetivistas, quienes olvidan que el marxismo exige,
para justificar toda consigna, un análisis exacto de la realidad económica, de la situación política y del significado político de
esta consigna. Resulta violento repetir esto, pero ¿qué podemos hacer si se nos
obliga a ello?
Interrumpir una discusión
teórica sobre una cuestión teórica con gritos de agitación es una manera de
proceder que conocemos de sobra en Aléxinski, pero es una mala manera. El
contenido político y económico de la consigna “fuera de las colonias” es uno y
sólo uno: ¡la libertad de separación para las naciones coloniales, la libertad
de formación de un Estado aparte! Si las leyes generales del imperialismo impiden la autodeterminación de las
naciones, la hacen utópica, ilusoria, etc., etc., según piensa P. Kíevski,
¿cómo se puede, entonces, sin reflexionar, hacer una excepción de estas leves
generales para la mayoría de las
naciones del mundo? Está claro que la “teoría” de P. Kíevski no es más que una
caricatura de teoría.
La producción mercantil y el
capitalismo, los hilos de las relaciones del capital financiero, existen en la
inmensa mayoría de las colonias. ¿Cómo se puede, entonces, exhortar a los
Estados, a los gobiernos de los países imperialistas, a “largarse de las
colonias”, si desde el punto de vista
de la producción mercantil, del capitalismo y del imperialismo esto es una exigencia “acientífica”, “utópica”,
“refutada” por el mismo Lensch, por
Cunow, etcétera?
¡No hay ni asomo de pensamiento
en los razonamientos del autor!
El autor no ha pensado en
que la liberación de las colonias “no es realizable” sólo en un sentido: “es
irrealizable sin una serie de revoluciones”. Tampoco ha pensado en que es
realizable en relación con la
revolución socialista en Europa. No ha pensado en que la “sociedad socialista
no poseerá” no sólo colonias, sino
tampoco naciones oprimidas en general.
No ha pensado en que, en la cuestión planteada, no hay ninguna diferencia ni económica
ni política entre la “posesión” de Polonia o Turquestán por Rusia. No ha
pensado en que la “sociedad socialista” quiere “largarse de las colonias” sólo en el sentido de conceder a éstas
el derecho de separarse libremente,
pero de ninguna manera en el sentido
de recomendarles esa separación.
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
P. Kíevski nos ha insultado
llamándonos “prestidigitadores” por esta distinción entre el derecho a la
separación y la recomendación de la separación, y para “fundamentar
científicamente” este juicio ante los obreros, escribe:
“¡Qué pensará el obrero al
preguntar al propagandista cómo debe proceder un proletario ante el problema de
la samostínost” (es decir, la independencia política de Ucrania) “cuando le
contesten: los socialistas quieren lograr el derecho a la separación y hacen
propaganda contra la separación?”
Creo poder contestar con
bastante exactitud a esta pregunta: supongo que todo obrero inteligente pensará que P. Kíevski no sabe pensar.
Todo obrero inteligente “pensará”: ¡Pero si el mismo P. Kíevski
nos enseña a los obreros a
gritar: “fuera de las colonias”! Entonces, nosotros, los obreros
rusos, debemos exigir a nuestro gobierno que se largue de Mongolia, de
Turquestán, de Persia; los obreros ingleses, que el gobierno inglés se largue
de Egipto, de la India, de Persia, etc. Pero ¿significa esto que nosotros, los proletarios, queramos separarnos de los obreros y los
fellahs egipcios, de los obreros y campesinos mongoles o turquestanos o
hindúes? ¿Significa esto que nosotros
aconsejemos a las masas trabajadoras de las colonias que se “separen” del
proletariado europeo consciente? Nada de eso. Siempre hemos estado, estamos y
estaremos por el acercamiento más estrecho y la fusión de los obreros
conscientes de los países avanzados con los obreros, campesinos y esclavos de todos los países oprimidos. Siempre
hemos aconsejado y seguiremos aconsejando a todas las clases oprimidas de todos
los países oprimidos, incluidas las colonias, que no se separen de nosotros, sino que se unan y se fundan con
nosotros lo más estrechamente posible.
45
Si exigimos a nuestros gobiernos que se larguen de las colonias,
o sea — para expresarnos en términos políticos exactos y no en gritos de
agitación—, que otorguen a las
colonias plena libertad de
separación, derecho real a la autodeterminación; si nosotros mismos
pondremos en práctica, sin falta,
este derecho y otorgaremos esta libertad en cuanto conquistemos el poder; si lo
exigimos al gobierno actual y lo haremos
cuando nosotros mismos seamos gobierno, no es en absoluto para “recomendar” la separación, sino al contrario:
para facilitar y acelerar el acercamiento y la fusión democrática de las naciones. No escatimaremos esfuerzos para
acercarnos y fundirnos con los mongoles, persas, hindúes y egipcios;
consideramos que hacer esto es nuestro deber y nuestro interés, pues, de lo contrario, el socialismo en Europa no será sólido. Trataremos de prestar a estos
pueblos, más atrasados y oprimidos que nosotros, una “ayuda cultural
desinteresada”, según la magnífica expresión de los socialdemócratas polacos,
es decir, les ayudaremos a pasar al uso de máquinas, al alivio del trabajo, a
la democracia, al socialismo.
Si nosotros exigimos la
libertad de separación para los mongoles, persas, egipcios y, sin excepción,
para todas las naciones oprimidas y
de derechos mermados no es porque estemos
a favor de su separación, sino sólo
porque somos partidarios del acercamiento y la fusión libres y voluntarios, y no violentos. ¡Sólo por eso!
En tal sentido, la única diferencia entre el campesino y
obrero mongol o egipcio, de una parte, y el polaco o finlandés, de otra,
consiste en que los últimos son gente altamente desarrollada, con mayor
experiencia política que los rusos, más preparada en el aspecto económico, etc.,
y, por eso, convencerán muy pronto,
probablemente, a sus pueblos —que en la actualidad odian con toda razón a los
rusos por el papel de verdugos que están representando— de que es insensato
hacer extensivo ese odio a los obreros socialistas
y a la Rusia socialista, de que tanto el interés económico como el instinto y
la conciencia del internacionalismo y de la democracia exigen el más rápido
acercamiento y la fusión de todas las naciones en la sociedad socialista.
Puesto que los polacos y finlandeses son gente altamente culta, se convencerán
muy pronto, con toda probabilidad, de la justedad de este razonamiento, y la
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
separación de Polonia y
Finlandia después de la victoria del socialismo puede durar poquísimo tiempo.
Los fellahs, mongoles y persas, inmensamente menos cultos, pueden separarse por
un período más largo, pero trataremos de acortarlo, como hemos dicho ya, con
una ayuda cultural desinteresada.
No existe ni puede existir ninguna otra diferencia en nuestra
actitud hacia los polacos y los mongoles.
No existe ni puede existir ninguna
“contradicción”
entre la propaganda a favor
de la libertad de las naciones a separarse y la firme decisión de poner en
práctica esta libertad cuando nosotros
seamos gobierno, de una parte, y la propaganda para el acercamiento y la fusión
de las naciones, de otra. Esto es lo que “pensará”, estamos convencidos de
ello, todo obrero inteligente, verdaderamente socialista, verdaderamente
internacionalista, acerca de nuestra discusión con P. Kíevski*.
* Al parecer, P. Kíevski ha repetido simplemente, en pos de
algunos marxistas alemanes y holandeses, la consigna "fuera de las
colonias" sin pensar ni en el contenido y el significado teóricos de esta
consigna ni en la peculiaridad concreta de Rusia. A un marxista holandés o alemán
se le puede perdonar —hasta cierto punto— que se limite a la consigna
"fuera de las colonias", pues, primero, la opresión de las colonias
es, para la mayoría de los países europeos occidentales,
el caso típico de opresión de las
naciones, y, segundo, en los países de Europa Occidental es particularmente
claro, evidente y vivo el concepto de "colonia". ¿Y en Rusia? ¡Su
peculiaridad consiste cabalmente en que la diferencia entre "nuestras" "colonias" y
"nuestras" naciones oprimidas no es clara, concreta ni viva!
Olvidarse de esta peculiaridad de Rusia es tan
imperdonable en P. Kíevski como perdonable en un marxista que escriba, por
ejemplo, en alemán. Para un socialista ruso que quiera no sólo repetir, sino pensar, debería estar claro que es particularmente absurdo tratar
de hacer en Rusia alguna diferencia seria entre naciones oprimidas y colonias.
En todo el artículo de P.
Kíevski resalta esta perplejidad principal: ¿para qué predicar la libertad de separación de las naciones, y ponerla en
práctica cuando estemos en el poder, si todo el desarrollo lleva a la fusión de las naciones? Por la misma
razón —le respondemos— que predicamos la dictadura del proletariado, y la
pondremos en práctica cuando estemos en el poder, a pesar de que todo el
desarrollo lleva a la supresión de la dominación violenta de una parte de la
sociedad sobre otra. La dictadura es la dominación de una parte de la sociedad
sobre toda la sociedad, una dominación, por cierto, que se apoya directamente
en la violencia. La dictadura del proletariado, única clase revolucionaria
hasta el fin, es imprescindible para derrocar a la burguesía y rechazar sus
tentativas contrarrevolucionarias. La cuestión de la dictadura del proletariado
tiene tanta importancia que quien la niega o la reconoce sólo de palabra no
puede ser miembro del Partido Socialdemócrata.
46
Ahora bien, no se puede
negar que en casos particulares, a título de excepción —por ejemplo, en algún
Estado pequeño después de que un país vecino grande haya realizado la
revolución social—, sea posible la
cesión pacífica del poder por la burguesía, si ésta se convence de que su
resistencia será inútil y prefiere conservar la cabeza. Pero es más probable,
naturalmente, que el socialismo tampoco
se realice en los países pequeños sin una guerra civil; por ello, el único programa de la socialdemocracia
internacional debe consistir en reconocer esa guerra, a pesar de que en nuestro ideal no haya lugar para la violencia
sobre los individuos. Lo mismo, mutatis
mutandis (con los cambios correspondientes),
se puede decir de las naciones. Somos partidarios
de su fusión; pero, en la actualidad,
sin la libertad de separación no se puede pasar de la fusión por medio de la
violencia, de las anexiones, a la fusión voluntaria. Reconocemos —y con toda
razón— la primacía del factor económico; mas interpretarla a lo P. Kíevski
significa caer en una caricatura del marxismo. En el imperialismo moderno,
incluso los trusts y los bancos, siendo igualmente inevitables en el
capitalismo desarrollado, no son idénticos por su forma concreta en los
distintos países. Tanto más diferentes son, pese a su homogeneidad en lo
fundamental, las formas políticas en los países imperialistas avanzados:
EE.UU., Inglaterra, Francia y Alemania. La misma diversidad aparecerá en el
camino que ha de recorrer la humanidad desde el imperialismo de hoy hasta la
revolución socialista del mañana. Todas las naciones llegarán al socialismo,
eso es inevitable, pero no llegarán de la misma manera; cada una de ellas
aportará sus elementos peculiares a una u otra forma de la
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
democracia, a una u otra
variante de la dictadura del proletariado, a uno u otro ritmo de las
transformaciones socialistas de los diversos aspectos de la vida social. No hay
nada más mezquino en el aspecto teórico ni más ridículo en el aspecto práctico
que, “en nombre del materialismo histórico”, imaginarse el futuro en este terreno pintado de un uniforme
color grisáceo: eso no sería más que un pintarrajo. Y aun en el caso de que la
realidad de la vida demostrase que antes del primer triunfo del proletariado
socialista se liberará y separará sólo 1/500 parte de las naciones actualmente
oprimidas; que antes de la victoria
final del proletariado socialista en la Tierra (es decir, en el curso de las
peripecias de la revolución socialista ya iniciada) se separará también, y por
el tiempo más breve, sólo 1/500 parte de las naciones oprimidas, incluso en ese caso, tendríamos razón
desde el punto de vista teórico y político-práctico al aconsejar a los obreros
que no permitan ya ahora pisar el umbral de sus partidos socialdemócratas a los
socialistas de las naciones opresoras que no reconozcan ni prediquen la
libertad de separación de todas las
naciones oprimidas. Porque, en realidad, no sabemos ni podemos saber cuántas
naciones oprimidas necesitarán en la práctica la separación para aportar su
óbolo a la diversidad de formas de la
democracia y de formas de transición
al socialismo. Pero sí sabemos, vemos y percibimos cada día que la negación de
la libertad de separación en la actualidad es una infinita falsedad teórica y
un servicio práctico a los chovinistas de las naciones opresoras.
“Subrayamos —escribe P. Kíevski en una
nota al pasaje que hemos citado— nuestro pleno apoyo a la reivindicación
“contra las anexiones por la fuerza…”
¡El autor no contesta ni una
sola palabra a nuestra declaración, sumamente precisa, de que esta
“reivindicación” equivale al reconocimiento de la autodeterminación, de que es
imposible definir de manera correcta el concepto de “anexión” sin referirlo a la
autodeterminación! ¡Piensa, por lo visto, que para discutir basta con plantear
tesis y reivindicaciones sin necesidad de fundamentarlas!
“...En general — el autor—
aceptamos plenamente, en su fórmula negativa,
una serie de reivindicaciones que aguzan la conciencia del proletariado contra
el imperialismo; sin embargo, no hay ninguna posibilidad de encontrar las
correspondientes fórmulas positivas
sobre la base del régimen actual. Contra la guerra pero no por la paz
democrática...”
Esto es falso desde la
primera palabra hasta la última. El autor ha leído nuestra resolución El pacifismo y la consigna de la paz
(págs. 44-45 del folleto El socialismo y
la guerra) y, según parece, hasta
la ha aprobado, pero es evidente que no la ha comprendido. Estamos en pro de la paz democrática, poniendo
en guardia a los obreros sólo contra el engaño de que ésta sea posible con los
gobiernos burgueses actuales, “sin una serie de revoluciones”, como se dice en
la resolución. Hemos declarado que la prédica “abstracta” de la paz, es decir, sin tener en cuenta la verdadera
naturaleza de clase —más particularmente: la naturaleza imperialista— de los
gobiernos actuales de los países
beligerantes significa embaucar a los obreros. Hemos declarado taxativamente en
las tesis del periódico Sotsial— Demokrat
(núm.
47) que nuestro partido, si fuera llevado al
poder por una revolución ya durante la guerra actual, propondría en el acto una
paz democrática a todos los países beligerantes.
Pero P. Kíevski, tratando de
convencerse a sí mismo y de convencer a los demás de que está “únicamente”
contra la autodeterminación y en modo alguno contra la democracia en general,
llega a decir que nosotros “no estamos por una paz democrática”. ¿No es curioso?
47
No hay necesidad de
detenerse en cada uno de otros ejemplos de P. Kíevski, pues no merece la pena
gastar papel y tinta para refutar errores lógicos igualmente ingenuos que
provocarán sonrisas en cada lector. No hay ni puede haber una sola consigna
“negativa” de la socialdemocracia que sirva únicamente para “aguzar la
conciencia del proletariado contra el imperialismo”, sin dar al mismo tiempo
una respuesta positiva a la pregunta de cómo
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
resolverá la
socialdemocracia el problema correspondiente cuando llegue al poder. Una
consigna “negativa” desvinculada de una solución positiva concreta no “aguza”,
sino que embota la conciencia, pues una consigna así es pura ficción, vana
palabrería, una declamación sin contenido.
P. Kíevski no comprende la
diferencia existente entre las consignas que “niegan” o estigmatizan los males políticos y los económicos. Esta diferencia consiste en que ciertos males
económicos son propios del capitalismo en general, cualquiera que sea su
superestructura política; que es imposible
desde el punto de vista económico suprimir esos males sin suprimir el
capitalismo, y nadie podrá citar un solo ejemplo de semejante supresión. Al
contrario, los males políticos consisten en los apartamientos de la democracia,
la cual es plenamente posible desde el punto de vista económico “sobre la base
del régimen existente”, es decir, en el capitalismo, y que, como excepción, se
realiza en él: en un Estado, una de sus partes, y en otro Estado, otra. ¡El
autor no comprende una y otra vez precisamente las condiciones generales que
hacen realizable la democracia en general!
Lo mismo ocurre con la
cuestión del divorcio. Recordemos al lector que esta cuestión la planteó por
vez primera Rosa Luxemburgo al discutirse el problema nacional. Ella expresó la justa opinión de que, al defender la
autonomía dentro del Estado (región, territorio, etc.), nosotros,
socialdemócratas centralistas, debemos propugnar que los problemas estatales
más importantes, entre los que figura la legislación sobre el divorcio, sean
resueltos por el poder de todo el Estado, por el Parlamento de todo el Estado.
El ejemplo del divorcio patentiza que
no se puede ser demócrata y socialista sin exigir inmediatamente la plena
libertad de divorcio, pues la falta de esta libertad implica la supervejación
del sexo oprimido, de la mujer, aunque no es nada difícil comprender que el
reconocimiento de la libertad de
dejar a los maridos ¡no significa invitar
a todas las mujeres a que procedan así!
P. Kíevski “objeta”:
“¿Cómo sería ese derecho”
(del divorcio) “si en estos casos”
(cuando la mujer quiere dejar al
marido) “la mujer no lo pudiese
ejercer? ¿O si su realización dependiese de la voluntad de terceras personas, o, peor aún, de la voluntad de los pretendientes
“a la mano” de la mujer en cuestión? ¿Trataríamos de obtener la proclamación de
tal derecho? ¡Claro que no!
Esta objeción muestra la más
completa incomprensión de la relación que existe entre la democracia en general y el capitalismo. En el
capitalismo son habituales, no como caso aislado, sino como fenómeno típico,
las condiciones que hacen imposible para las clases oprimidas “realizar” sus
derechos democráticos. El derecho al divorcio seguirá siendo irrealizable en el
capitalismo, en la mayoría de los casos, pues el sexo oprimido se halla
aplastado económicamente, pues la mujer sigue siendo en el capitalismo, en
cualquier clase de democracia, “una esclava doméstica”, una esclava encerrada
en el dormitorio, la habitación de los niños y la cocina. El derecho a elegir
jueces populares, funcionarios, maestros, jurados, etc., “propios” es también
irreal izable en el capitalismo, en la mayoría de los casos, precisamente a
causa del aplastamiento económico de los obreros y campesinos. Lo mismo sucede
con la república democrática: nuestro programa la “proclama” como “poder
soberano del pueblo”, aunque todos los socialdemócratas saben muy bien que, en
el capitalismo, la república más democrática sólo conduce al soborno de los
funcionarios por la burguesía y a la alianza de la Bolsa con el gobierno.
Únicamente gente incapaz en
absoluto de pensar, o que desconoce en absoluto el marxismo, deduce de esto:
¡Entonces la república no sirve para nada; la libertad de divorcio no sirve
para nada; la democracia no sirve para nada; la autodeterminación de las naciones
no sirve para nada! Los marxistas, en cambio, saben que la democracia no suprime la opresión de clase, sino
que hace la lucha de clases más pura, más amplia, más abierta, más nítida, que
es,
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
precisamente, lo que
necesitamos. Cuanto más amplia sea la libertad de divorcio, tanto más claro
será para la mujer que la fuente de su “esclavitud doméstica” es el
capitalismo, y no la falta de derechos. Cuanto más democrático sea el régimen
político, tanto más claro será para los obreros que la raíz del mal es el
capitalismo y no la falta de derechos. Cuanto más amplia sea la igualdad
nacional (que no es completa sin la
libertad de separación), tanto más claro será para los obreros de la nación
oprimida que el quid de la cuestión está en el capitalismo, y no en la falta de
derechos. Y así sucesivamente.
Repetimos una y otra vez: es
violento rumiar el abecé del marxismo, pero ¿qué hacer si P. Kíevski lo
desconoce?
P. Kíevski razona sobre el
divorcio de manera semejante a como lo hacía —en Golos53 de París, si mal no recuerdo—
Semkovski, uno de los secretarios del CO en el extranjero. Es cierto, decía,
que la libertad de divorcio no es una invitación a todas las mujeres a que
abandonen a sus maridos, pero si empezamos a demostrar a una mujer que los
demás maridos son mejores que el suyo, ¡¡el resultado será el mismo!!
48
Al razonar así, Semkovski
olvidaba que ser extravagante no significa faltar al deber de socialista y de
demócrata. Si Semkovski hubiera pretendido convencer a cualquier mujer de que
todos los maridos son mejores que el suyo, nadie vería en ello una falta al
deber de demócrata; lo más que hubieran dicho sería: ¡En un partido grande es
inevitable que haya grandes excéntricos! Pero si a Semkovski se le hubiera
ocurrido defender y llamar demócrata a una persona que negase la libertad de
divorcio y recurriese, por ejemplo, a los tribunales, o a la policía, o a la
Iglesia contra su mujer que lo abandonaba, estamos seguros de que hasta la mayoría de los colegas de
Semkovski del Secretariado en el extranjero, a pesar de ser flojillos como
socialistas, le negarían su solidaridad.
Tanto Semkovski como P.
Kíevski “han hablado” del divorcio, han revelado incomprensión del problema y
han eludido lo esencial: en el capitalismo, el derecho al divorcio, como todos los derechos democráticos sin
excepción, es difícil de ejercer, es convencional, limitado, estrecho y formal;
no obstante, ni un solo socialdemócrata honesto tendrá por socialista ni
siquiera por demócrata a quien niega este derecho. Ahí está lo esencial. Toda la “democracia” consiste en
proclamar y realizar “derechos”, cuya realización en el capitalismo es muy
escasa y muy convencional; pero sin esa proclamación, sin la lucha por la
concesión inmediata de los derechos, sin la educación de las masas en el
espíritu de tal lucha, el socialismo es
imposible.
Al no comprender esto, P.
Kíevski ha eludido también en su artículo la cuestión más importante,
relacionada con su tema especial, a saber: ¿cómo
suprimiremos los socialdemócratas la opresión nacional? P. Kíevski ha salido
del paso con frases acerca de cómo
“se bañará el mundo en sangre”, etc. (que no tiene absolutamente nada que ver
con el asunto). En el fondo sólo ha
quedado una cosa: ¡la revolución socialista lo resolverá todo! O como dicen a
veces quienes comparten las opiniones de P. Kíevski: la autodeterminación es
imposible en el capitalismo y está de más en el socialismo.
Esta opinión es absurda en
el aspecto teórico y chovinista en el aspecto político-práctico. Es una prueba
de incomprensión del significado de la democracia. El socialismo es imposible
sin la democracia en dos sentidos: (1) el proletariado no puede llevar a cabo
la revolución socialista si no se prepara para ella a través de la lucha por la
democracia; (2) el socialismo triunfante no puede afianzar su victoria y llevar
a la humanidad a la desaparición del Estado sin realizar la democracia
completa. Por ello, decir que la autodeterminación está de más en
![]()
53 "Golos" ("La Voz"): diario menchevique; se publicó en
París desde septiembre de 1914 hasta enero de 1915. Trotski desempeñó un papel
dirigente en el periódico
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
el socialismo es tan absurdo
e implica el mismo embrollo impotente que si se dijera: la democracia está de
más en el socialismo.
La autodeterminación no es más imposible en el capitalismo y
está tan de más en el socialismo como
la democracia en general.
La revolución económica crea
las premisas indispensables para destruir todos
los tipos de opresión política. Por eso, precisamente, no es lógico ni correcto
limitarse a hablar de la revolución económica cuando la cuestión se plantea
así: ¿cómo destruir el yugo nacional?
Es imposible destruirlo sin una revolución económica. Esto es indiscutible.
Pero limitarse a eso significa caer
en el ridículo y deplorable “economismo imperialista”.
Hay que implantar la igualdad de derechos de las naciones;
hay que proclamar, formular y poner en práctica “derechos” iguales para todas
las naciones.
Todos
están conformes con esto, a excepción, tal vez, de P. Kíevski. Pero aquí
precisamente surge la cuestión que se elude: negar el derecho a tener un
Estado nacional propio, ¿no significa negar la igualdad de
derechos?
¡Claro que sí! La democracia
consecuente, es decir, la democracia
socialista, proclama, formula y hará realidad este derecho, sin el cual no
existe el camino que lleve al acercamiento y la fusión, plenos y voluntarios,
de las naciones.
7. Conclusión. Los
métodos de Aléxinski.
No hemos analizado, ni mucho
menos, todos los razonamientos de P. Kíevski. Analizarlos todos significaría
escribir un artículo cinco veces mayor que éste, pues entre los razonamientos
de P. Kíevski no hay uno solo que sea justo. Lo único correcto — suponiendo que no haya errores en las cifras— es su nota
acerca de los bancos. Todo lo demás es una insoportable madeja de confusiones,
sazonada con frases como “clavar una estaca en el cuerpo tembloroso”, “no sólo
juzgaremos a los héroes triunfantes, sino que los condenaremos a morir y
desaparecer”, “el nuevo mundo nacerá entre dolorosísimas convulsiones”, “no se
tratará de cartas y derechos ni de proclamar la libertad de los pueblos, sino
de establecer relaciones auténticamente libres, de destruir la esclavitud
secular, de suprimir la opresión social en general y la opresión nacional en
particular”, etc., etc.
Estas frases encubren y expresan dos “cosas”:
En primer lugar, se basan en
la “idea” del “economismo imperialista”,
una caricatura tan monstruosa del marxismo, una incomprensión tan absoluta de
la actitud del socialismo ante la democracia como el “economismo”, de triste
memoria, de los años 1894-1902.
En segundo lugar, en estas
frases vemos con nuestros propios ojos la repetición de los métodos de
Aléxinski, de los que deberemos de hablar de manera especial, pues P. Kíevski
ha compuesto exclusivamente con esos
métodos un párrafo íntegro de su artículo (capítulo II, apartado e, La
situación especial de los hebreos).
49
En el Congreso de Londres de
190754, los bolcheviques se apartaban ya de
Aléxinski cuando éste, en respuesta a argumentos teóricos, adoptaba poses de
agitador y gritaba, completamente fuera del tema, frases altisonantes contra
cualquier forma de explotación y opresión. “¡Vaya ya empiezan los chillidos!”,
decían nuestros delegados en tal caso. Y los “chillidos” no llevaron a
Aléxinski a nada bueno.
![]()
54 Se refiere al V Congreso del POSDR,
celebrado en Londres del 30 de abril al 19 de mayo (13 de mayo al 1 de junio)
de 1907
Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”
P. Kíevski lanza idénticos
“chillidos”. Sin saber qué contestar a las distintas cuestiones y
consideraciones teóricas planteadas en las tesis, adopta poses de agitador y
empieza a vociferar sobre la opresión de los hebreos, aunque para toda persona
capaz de pensar, por poco que sea, está claro que ni el problema de los hebreos
en general ni todas las “vociferaciones” de P. Kíevski tienen nada que ver con
el tema.
Los métodos de Aléxinski no llevarán a nada bueno.
Escrito entre agosto y octubre de 1916. Publicado por vez
primera en 1924 en los núms. 1 y 2 de la revista “Zviezdá”.
T. 30, págs. 77-130.
El programa militar de la revolución proletaria
50
EL PROGRAMA MILITAR
DE LA REVOLUCIÓN PROLETARIA.
En Holanda, Escandinavia y
Suiza, entre los socialdemócratas revolucionarios que luchan contra esa mentira
socialchovinista de la “defensa de la patria” en la actual guerra imperialista,
suenan voces a favor de la sustitución del antiguo punto del programa mínimo
socialdemócrata: “milicia” o “armamento del pueblo”, por uno nuevo: “desarme”. Jugend-Internationale55 ha
abierto una discusión sobre este problema, y en su número 3 ha publicado un editorial a favor del desarme. En
las últimas tesis de R. Grimm encontramos también, por desgracia, concesiones a
la idea del “desarme”. Se ha abierto una discusión en las revistas Neues Leben56 y Vorbote.
Examinemos la posición de los defensores del desarme.
I
Como argumento fundamental
se aduce que la reivindicación del desarme es la expresión más franca, decidida
y consecuente de la lucha contra todo militarismo y contra toda guerra.
Pero precisamente en este
argumento fundamental reside la equivocación fundamental de los partidarios del
desarme. Los socialistas, si no dejan de serlo, no pueden estar contra toda
guerra.
En primer lugar, los
socialistas nunca han sido ni podrán ser enemigos de las guerras
revolucionarias. La burguesía de las “grandes” potencias imperialistas es hoy
reaccion aria de pies a cabeza, y nosotros reconocemos que la guerra que ahora
hace esa burguesía es una guerra
reaccionaria, esclavista y criminal. Pero, ¿qué podría decirse de una guerra contra esa burguesía, de una guerra, por
ejemplo, de los pueblos que esa burguesía oprime y que de ella dependen, o de
los pueblos coloniales por su liberación? En el 5° punto de las tesis del grupo
La Internacional leemos: “En la época de este imperialismo desenfrenado ya no
puede haber guerras nacionales de ninguna clase”, afirmación evidentemente
errónea.
La historia del siglo XX, el
siglo del “imperialismo desenfrenado”, está llena de guerras coloniales. Pero
lo que nosotros, los europeos, opresores imperialistas de la mayoría de los
pueblos del mundo, con el repugnante chovinismo europeo que nos es propio,
llamamos “guerras coloniales”, son a menudo guerras nacionales o insurrecciones
nacionales de esos pueblos oprimidos. Una de las propiedades más esenciales del
imperialismo consiste, precisamente, en que acelera el desarrollo del
capitalismo en los países más atrasados, ampliando y redoblando así la lucha
contra la opresión nacional. Esto es un hecho. Y de él se deduce
inevitablemente que, en muchos casos, el imperialismo tiene que engendrar
guerras nacionales. Junius que en un
folleto suyo defiende las “tesis” arriba mencionadas, dice que en la época
imperialista toda guerra nacional contra una de las grandes potencias
imperialistas conduce a la intervención de otra gran potencia, también
imperialista, que compite con la primera, y que, de este modo, toda guerra
nacional se convierte en guerra imperialista. Mas también este argumento es
falso. Eso puede suceder, pero no
siempre
![]()
55 55 "Jugend-Internationale"
("La Internacional de la Juventud"): órgano de la Unión Internacional
de Organizaciones Socialistas de la Juventud, adherida a la izquierda de
Zimmerwald; apareció de septiembre de 1915 a mayo de 1918 en Zúrich, dirigido
por G. Münzenberg
56 "Neues Leben" ("Vida Nueva"): revista mensual, órgano
del Partido Socialdemócrata Suizo; se organización publicó en Berna desde enero
de 1915 hasta diciembre de 1917. La revista sostenía los puntos de vista de los
zimmerwaldianos de derecha; a partir de 1917 adoptó una posición
socialchovinista.
El imperialismo y la escisión del socialismo
sucede así. Muchas guerras
coloniales, entre 1900 y 1914, han seguido otro camino. Y sería sencillamente
ridículo decir que, por ejemplo, después de la guerra actual, si termina por un
agotamiento extremo de los países beligerantes, “no puede” haber “ninguna”
guerra nacional, progresista, revolucionaria, por parte de China, pongamos por
caso, en unión de la India, Persia, Siam, etc., contra las grandes potencias.
Negar toda posibilidad de
guerras nacionales bajo el imperialismo es teóricamente falso, erróneo a todas
luces desde el punto de vista histórico y equivalente en la práctica al
chovinismo europeo: ¡nosotros, que pertenecemos a naciones que oprimen a centenares
de millones de personas en Europa, en África, en Asia, etc., tenemos que decir
a los pueblos oprimidos que su guerra contra “nuestras” naciones es
“imposible”!
En segundo lugar, las
guerras civiles también son guerras. Quien admita la lucha de clases no puede
menos de admitir las guerras civiles, que en toda sociedad clasista representan
la continuación, el desarrollo y el recrudecimiento —naturales y en determinadas
circunstancias inevitables— de la lucha de clases. Todas las grandes
revoluciones lo confirman. Negar las guerras civiles u olvidarlas sería caer en
un oportunismo extremo y renunciar a la revolución socialista.
51
En tercer lugar, el socialismo triunfante en un país no excluye
en modo alguno, de golpe, todas las guerras en general. Al contrario, las
presupone. El desarrollo del capitalismo sigue un curso extraordinariamente
desigual en los diversos países. De otro modo no puede ser bajo el régimen de
la producción mercantil. De aquí la conclusión irrefutable de que el socialismo
no puede triunfar simultáneamente en todos
los países. Empezará triunfando en uno o en varios países, y los demás seguirán
siendo, durante algún tiempo, países burgueses o preburgueses. Esto habrá de
provocar no sólo rozamientos, sino incluso la tendencia directa de la burguesía
de los demás países a aplastar al proletariado triunfante del Estado
socialista. En tales casos, la guerra sería, de nuestra parte, una guerra
legítima y justa. Sería una guerra por el socialismo, por liberar de la
burguesía a los otros pueblos. Engels tenía completa razón cuando, en su carta
a Kautsky del 12 de septiembre de 1882, reconocía inequívocamente la posibilidad
de “guerras de defensivas” del socialismo ya
triunfante . Se refería precisamente a la defensa del proletariado
triunfante contra la burguesía de los demás países.
Sólo cuando hayamos
derribado, cuando hayamos vencido y expropiado definitivamente a la burguesía
en todo el mundo, y no sólo en un país, serán imposibles las guerras. Y desde
un punto de vista científico, sería completamente erróneo y antirrevolucionario
pasar por alto o velar lo que tiene precisamente más importancia: el
aplastamiento de la resistencia de la burguesía, que es lo más difícil, lo que
más lucha exige durante el paso al
socialismo. Los popes “sociales” y los oportunistas están siempre dispuestos a
soñar con un futuro socialismo pacífico, pero se distinguen de los
socialdemócratas revolucionarios precisamente en que no quieren pensar siquiera
en la encarnizada lucha de clases y en las guerras
de clases para alcanzar ese bello porvenir.
No debemos consentir que se
nos engañe con palabras. Por ejemplo: a muchos les es odiosa la idea de la
“defensa de la patria”, porque los oportunistas y los kautskianos manifiestos
encubren y velan con ella las mentiras de la burguesía en la actual guerra de rapiña. Esto es un
hecho. Pero de él no se deduce que debamos perder la costumbre de meditar en el
sentido de las consignas políticas. Aceptar la “defensa de la patria” en la
guerra actual equivaldría a considerarla “justa”, adecuada a los intereses del
proletariado, y nada más, absolutamente nada más, porque la invasión no está
descartada en ninguna guerra. Sería sencillamente una necedad negar la “defensa
de la patria” por parte de los
pueblos oprimidos en su guerra contra
las grandes potencias imperialistas o por parte del proletariado victorioso en su guerra contra cualquier Gallifet de
un Estado burgués.
El programa militar de la revolución proletaria
Desde el punto de vista
teórico, sería totalmente erróneo olvidar que toda guerra no es más que la
continuación de la política con otros medios. La actual guerra imperialista es
la continuación de la política imperialista de dos grupos de grandes potencias,
y esa política es originada y nutrida por el conjunto de las relaciones de la
época imperialista. Pero esta misma época ha de originar y nutrir también,
inevitablemente, la política de lucha contra la opresión nacional y de lucha
del proletariado contra la burguesía, y por ello mismo, la posibilidad y la
inevitabilidad, en primer lugar, de las insurrecciones y de las guerras
nacionales revolucionarias; en segundo lugar, de las guerras y de las
insurrecciones del proletariado contra
la burguesía; en tercer lugar, de la fusión de los dos tipos de guerras
revolucionarias, etc.
II
A lo dicho hay que añadir la siguiente consideración de carácter
general.
Una clase oprimida que no
aspirase a aprender el manejo de las armas, a tener armas, esa clase oprimida
sólo merecería que se la tratara como a los esclavos. Nosotros, si no queremos
convertirnos en pacifistas burgueses o en oportunistas, no podemos olvidar que
vivimos en una sociedad de clases, de la que no hay ni puede haber otra salida
que la lucha de clases. En toda sociedad de clases —ya se funde en la
esclavitud, en la servidumbre, o, como ahora, en el trabajo asalariado—, la
clase opresora está armada. No sólo el ejército regular moderno, sino también
la milicia actual —incluso en las repúblicas burguesas más democráticas, como,
por ejemplo, en Suiza— representan el armamento de la burguesía contra el proletariado. Esta es una
verdad tan elemental, que apenas si hay necesidad de detenerse especialmente en
ella. Bastará recordar el empleo de tropas contra los huelguistas en todos los
países capitalistas.
El armamento de la burguesía
contra el proletariado es uno de los hechos más considerables, fundamentales e
importantes de la actual sociedad capitalista. ¡Y ante semejante hecho se
propone a los socialdemócratas revolucionarios que planteen la “exigencia” del
“desarme”! Esto equivale a renunciar por completo al punto de vista de la lucha
de clases, a renegar de toda idea de revolución. Nuestra consigna debe ser:
armar al proletariado para vencer, expropiar y desarmar a la burguesía. Esta es
la única táctica posible para la clase revolucionaria, táctica que se desprende
de todo el desarrollo objetivo del
militarismo capitalista y que es prescrita por este desarrollo. Sólo después de haber desarmado a la
burguesía podrá el proletariado, sin traicionar su misión histórica universal,
convertir en chatarra toda clase de armas en general, y así lo hará
indudablemente el proletariado, pero sólo
entonces; de ningún modo antes.
Si la guerra actual sólo
despierta en los reaccionarios socialistas cristianos y en los lloricones
pequeños burgueses susto y horror, repugnancia hacia todo empleo de las armas,
hacia la sangre, la muerte, etc., nosotros, en cambio, debemos decir: la sociedad
capitalista ha sido y es siempre un horror
sin fin. Y si hora la guerra actual, la más reaccionaria de todas las
guerras, prepara a esa sociedad un fin
con horror no tenemos ningún motivo para entregarnos a la desesperación. Y
en una época en que, a la vista de todo el mundo, se está preparando por la
misma burguesía la única guerra legítima y revolucionaria, a saber: la guerra
civil contra la burguesía imperialista, la “exigencia” del desarme, o mejor
dicho, la ilusión del desarme es única y exclusivamente, por su significado
objetivo, una prueba de desesperación.
52
El imperialismo y la escisión del socialismo
Al que diga que esto es una
teoría al margen de la vida, le recordaremos dos hechos de alcance histórico
universal: el papel de los trusts y del trabajo de las mujeres en las fábricas,
por un lado, y la Comuna de 1871 y la insurrección de diciembre de 1905 en
Rusia, por otro.
La burguesía desarrolla los
trusts, obliga a los niños y a las mujeres a ir a las fábricas, donde los
tortura, los pervierte y los condena a la extrema miseria. Nosotros no
“exigimos” semejante desarrollo, no lo “apoyamos”, luchamos contra él. Pero ¿cómo luchamos? Sabemos que los trusts y
el trabajo de las mujeres en las fábricas son progresivos. No queremos volver
atrás, a los oficios artesanos, al capitalismo premonopolista, al trabajo
doméstico de la mujer. ¡Adelante, a través de los trusts, etc., y más allá,
hacia el socialismo!
Este razonamiento, con las
correspondientes modificaciones, es también aplicable a la actual
militarización del pueblo. Hoy, la burguesía imperialista militariza no sólo a
todo el pueblo, sino también a la juventud. Mañana tal vez empiece a
militarizar a las mujeres. Nosotros debemos decir ante esto: ¡tanto mejor!
¡Adelante, rápidamente! Cuanto más rápidamente tanto más cerca se estará de la
insurrección armada contra el capitalismo. ¿Cómo pueden los socialdemócratas
dejarse intimidar por la militarización de la juventud, etc., si no olvidan el
ejemplo de la Comuna? Eso no es una “teoría al margen de la vida”, no es un
sueño, sino un hecho. Y sería en verdad malísimo que los socialdemócratas, pese
a todos los hechos económicos y políticos, comenzaran a dudar de que la época
imperialista y las guerras imperialistas deben conducir inevitablemente a la
repetición de tales hechos.
Un observador burgués de la
Comuna escribía en mayo de 1871 en un periódico inglés: “¡Si en la nación
francesa no hubiera más que mujeres, qué nación más horrible sería!” Mujeres y
niños de trece años en adelante lucharon en los días de la Comuna al lado de
los hombres. Y no podrá suceder de otro modo en las futuras batallas por el
derrocamiento de la burguesía. Las mujeres proletarias no contemplarán
pasivamente cómo la burguesía, bien armada, fusila a los obreros, mal armados o
inermes.
Tomarán las armas, como en
1871, y de las asustadas naciones de ahora, o mejor dicho, del actual
movimiento obrero, desorganizado más por los oportunistas que por los
gobiernos, surgirá indudablemente, tarde o temprano, pero de un modo
absolutamente indudable, la unión internacional de las “horribles naciones” del
proletariado revolucionario.
La militarización penetra
ahora toda la vida social. El imperialismo es una lucha encarnizada de las
grandes potencias por el reparto y la redistribución del mundo, y por ello
tiene que conducir inevitablemente a un reforzamiento de la militarización en todos
los países, incluso en los neutrales y pequeños. ¿Qué harán frente a esto las
mujeres proletarias? ¿Limitarse a maldecir toda guerra y todo lo militar,
limitarse a exigir el desarme? Nunca se conformarán con el papel tan vergonzoso
las mujeres de una clase oprimida que sea verdaderamente revolucionaria. Les
dirán a sus hijos: “Pronto serás grande. Te darán un fusil. Tómalo y aprende
bien a manejar las armas. Es una ciencia imprescindible para los proletarios, y
no para disparar contra tus hermanos, los obreros de otros países, como sucede
en la guerra actual y como te aconsejan que lo hagas los traidores al
socialismo, sino para luchar contra la burguesía de tu propio país, para poner
fin a la explotación, a la miseria y a las guerras, no con buenos deseos, sino
venciendo a la burguesía y desarmándola”.
De renunciar a esta
propaganda, precisamente a esta propaganda, en relación con la guerra actual,
mejor es no decir más palabras solemnes sobre la socialdemocracia
revolucionaria internacional, sobre la revolución socialista sobre la guerra
contra la guerra.
III
El programa militar de la revolución proletaria
Los partidarios del desarme
se pronuncian contra el punto del programa referente al “armamento del pueblo”,
entre otras razones porque, según dicen, esta reivindicación conduce más
fácilmente a las concesiones al oportunismo. Hemos examinado más arriba lo más
importante: la relación entre el desarme, de un lado, y la lucha de clases y la
revolución social, de otro. Veamos ahora qué relación guarda la exigencia del
desarme con el oportunismo. Una de las razones más importantes de que esta
exigencia sea inadmisible consiste precisamente en que ella y las ilusiones a
que da origen debilitan y enervan inevitablemente nuestra lucha contra el
oportunismo.
No cabe duda de que esta
lucha es el principal problema inmediato de la Internacional. Una lucha contra
el imperialismo que no esté indisolublemente ligada a la lucha contra el
oportunismo es una frase vacía o un engaño. Uno de los principales defectos de
Zimmerwald y de Kienthal57, una de las principales causas del
posible fracaso de estos gérmenes de la III Internacional, consiste
precisamente en que ni siquiera se ha planteado abiertamente el problema de la
lucha contra el oportunismo, sin hablar ya de una solución de este problema que
señale la necesidad de romper con los oportunistas.
53
El oportunismo ha triunfado,
temporalmente, en el seno del movimiento obrero europeo. En los países más
importantes han aparecido dos matices fundamentales del oportunismo: primero,
el socialimperialismno declarado, cínico, y por ello menos peligroso, de los
Plejánov, los Scheidermann, los Legien, los Alberto Thomas y los Sembat, los
Vandervelde, los Hyndman, los Henderson, etc.; segundo, el oportunismo
encubierto, kautskiano: Kautsky-Haase y el Grupo Socialdemócrata del Trabajo58, en Alemania; Longuet, Pressemanne, Mayéras, etc., en Francia;
Ramsay MacDonald y otros jefes del Partido Laborista Independiente, en
Inglaterra59; Mártov, Chjeídze, etc., en Rusia;
Treves y otros reformistas llamados de izquierda en Italia.
![]()
57 La
Conferencia de Zimmerwald o Primera Conferencia Socialista Internacional se celebró del 5 al 8 de septiembre de
1915. Asistieron 38 delegados socialistas de 11 países europeos: Alemania,
Francia, Italia, Rusia, Polonia, Rumania, Bulgaria, Suecia, Noruega, Holanda y
Suiza. Lenin presidió la delegación del CC del POSDR.
La conferencia aprobó el
manifiesto A los proletarios de Europa,
redactado por una comisión, en el que, gracias a la insistencia de Lenin y de
los socialdemócratas de izquierda, se logró incluir varias tesis fundamentales
del marxismo revolucionario. Además, la conferencia aprobó una declaración
común de las delegaciones alemana y francesa y una resolución de simpatía con
las víctimas de la guerra y con los perseguidos por actividades políticas.
Eligió también la Comisión Socialista Internacional.
En la conferencia se formó el grupo de izquierda de Zimmerwald
(véase la nota 15). La Segunda
Conferencia Socialista Internacional se celebró en Kienthal (Suiza), del 24
al 30 de abril de 1916. Asistieron 43 delegados socialistas de 10 países: Rusia, Alemania, Francia,
Suiza, Italia, Polonia, Noruega, Austria, Serbia y Portugal. El CC del POSDR
estuvo representado en la conferencia por 3 delegados con Lenin en cabeza.
Lenin, ocupó en la Conferencia de Kienthal posiciones más firmes
que en Zimmerwald, lo que reflejaba el cambio de la correlación de fuerzas en
el movimiento obrero internacional a favor del internacionalismo.
La conferencia aprobó un manifiesto ¡A los pueblos condenados a la ruina y la muerte! y resoluciones en
las que se criticaba el pacifismo y al Buró Socialista Internacional. Lenin
conceptuó los acuerdos de la conferencia como un paso adelante en la cohesión
de los internacionalistas para luchar contra la guerra imperialista.
58 Arbeitsgemeinschaft (Grupo Socialdemócrata del Trabajo, "Liga del
Trabajo"): organización de los centristas alemanes fundada en marzo de
1916. Los centristas preconizaban consignas pacifistas, pero en realidad eran
aliados de los socialchovinistas y dirigían sus golpes
principales contra el grupo La Internacional, que combatía la guerra
imperialista. El Grupo Socialdemócrata del Trabajo fue el núcleo fundamental
del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, constituido en abril de
1917 y que justificaba a los socialchovinistas declarados y propugnaba el
mantenimiento de la unidad con ellos.
59 Partido
Laborista Independiente de Inglaterra (Independent Labour Party): organización reformista fundada en
1893 en un ambiente de reanimación de la lucha huelguística e intensificación
del movimiento por la independencia de la clase obrera inglesa respecto a los
partidos burgueses. Lo encabezaban, James Keir Hardie y R. MacDonald. Desde su
constitución el PLI ocupó posiciones reformistas burguesas, dedicando la
atención fundamental a las formas parlamentarias de lucha y a las componendas
parlamentarias con el Partido Liberal.
Al comienzo de la guerra imperialista
mundial, el PLI lanzó un manifiesto contra la guerra, mas poco después adoptó
una posición socialchovinista.
El imperialismo y la escisión del socialismo
El oportunismo declarado
está directa y abiertamente contra la revolución y contra los movimientos y
explosiones revolucionarios que se están iniciando, y ha establecido una
alianza directa con los gobiernos, por muy diversas que sean las formas de esta
alianza, desde la participación en los ministerios hasta la participación en
los comités de la industria de guerra (en Rusia60). Los oportunistas encubiertos, los kautskianos, son mucho más
nocivos y peligrosos para el movimiento obrero, porque la defensa que hacen de
la alianza con los primeros la encubren con palabrejas igualmente “marxistas” y
consignas pacifistas que suenan plausiblemente. La lucha contra estas dos
formas del oportunismo dominante debe ser desarrollada en todos los terrenos de la política proletaria: parlamento,
sindicatos, huelgas, esfera militar, etc. La particularidad principal que
distingue a estas dos formas del
oportunismo dominante consiste en que el problema concreto de la relación entre la guerra actual y la
revolución y otros problemas concretos de la revolución se silencian y se
encubren, o se tratan con la mirada
puesta en las prohibiciones policíacas. Y eso a pesar de que antes de la guerra
se había señalado infinidad de veces, tanto en forma no oficial como con
carácter oficial en el Manifiesto de Basilea61, la
relación que guardaba precisamente esa guerra inminente con la revolución
proletaria. Mas el defecto principal de la exigencia del desarme consiste
precisamente en que se pasan por alto todos los problemas concretos de la
revolución. ¿O es que los partidarios del desarme están a favor de un tipo
completamente nuevo de revolución sin armas?
Prosigamos. En modo alguno
estamos contra la lucha por las reformas. No queremos desconocer la triste
posibilidad de que la humanidad —en el peor de los casos— pase todavía por una
segunda guerra imperialista, si la revolución no surge de la guerra actual, a
pesar de las numerosas explosiones de efervescencia y descontento de las masas
y a pesar de nuestros esfuerzos. Nosotros somos partidarios de un programa de
reformas que también debe ser
dirigido contra los oportunistas. Los oportunistas no harían sino alegrarse en
el caso de que les dejásemos por entero la lucha por las reformas y nos
eleváramos a las nubes de un vago “desarme”, para huir de una realidad
lamentable. El “desarme” es precisamente la huida frente a una realidad
detestable, y en modo alguno la lucha contra ella.
En semejante programa
nosotros diríamos aproximadamente: “La consigna y el reconocimiento de la
defensa de la patria en la guerra imperialista de 1914-1916 no sirven más que
para corromper el movimiento obrero con mentiras burguesas”. Esa respuesta
concreta a cuestiones concretas sería teóricamente más justa, mucho más útil
para el proletariado y más insoportable para los oportunistas que la exigencia
del desarme y la renuncia a “toda” defensa de la patria. Y podríamos añadir:
“La burguesía de todas las grandes potencias imperialistas, de Inglaterra,
Francia, Alemania,
Austria, Rusia, Italia, el
Japón y Estados Unidos, es hoy hasta tal punto reaccionaria y está tan
penetrada de la tendencia a la dominación mundial, que toda guerra por parte de
la burguesía de estos países no puede
ser más que reaccionaria. El proletariado no sólo debe oponerse a toda guerra de este tipo, sino que debe desear la
derrota de “su” gobierno en
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60 . Los
comités de la industria de guerra fueron creados en mayo de 1915 en Rusia
por la gran burguesía imperialista para ayudar al zarismo a hacer la guerra.
Tratando de someter a los obreros a su influencia y de inculcarles ideas
defensistas, la burguesía organizó "grupos obreros" anejos a esos
comités para mostrar así que en Rusia se había establecido la "paz
social" entre la burguesía y el proletariado. Los bolcheviques declararon
el boicot a los comités de la industria de guerra y lo aplicaron eficazmente con
el apoyo de la mayoría de los obreros.
61 El Manifiesto
de Basilea sobre la guerra fue aprobado en el Congreso Extraordinario
Socialista Internacional,
celebrado en Basilea (Suiza)
el 24 y 25 de noviembre de 1912. El manifiesto ponía en guardia a los pueblos
ante el peligro de la guerra imperialista mundial que se avecinaba, denunciaba
los fines rapaces de esta guerra y llamaba a los obreros de todos los países a
luchar resueltamente por la paz. En el Manifiesto de Basilea fue incluido un
punto de la resolución del Congreso de Stuttgart (1907), formulado por Lenin,
en el que se decía que en caso de estallar una guerra imperialista los
socialistas debían aprovechar la crisis económica y política provocada por la
guerra para luchar por la revolución socialista
El programa militar de la revolución proletaria
tales guerras y utilizar esa
derrota para una insurrección revolucionaria, sino se logra la insurrección
destinada a impedir la guerra”.
En lo que se refiere a la milicia, deberíamos decir no somos
partidarios de la milicia burguesa, sino únicamente de una milicia proletaria.
Por eso, “ni un céntimo ni un hombre”, no sólo para el ejército regular, sino
tampoco para la milicia burguesa, incluso en países como Estados Unidos o
Suiza, Noruega, etc. Además, porque en los países republicanos más libres (por
ejemplo, en Suiza) observamos una adaptación cada vez mayor de la milicia al
modelo prusiano, sobre todo en 1907 y 1911, y que se la prostituye para poder
movilizar las tropas contra los huelguistas. Nosotros podemos exigir que los
oficiales sean elegidos por el pueblo, que sea abolida toda justicia militar,
que los obreros extranjeros tengan los mismos derechos que los obreros del país
(punto de especial importancia para los Estados imperialistas que, como Suiza,
explotan cada vez en mayor número y cada vez con mayor descaro a obreros
extranjeros, sin otorgarles derechos). Y, además, que cada cien habitantes, por
ejemplo, de un país tengan derecho a formar asociaciones libres para aprender
el arte militar en todos sus detalles, eligiendo libremente instructores
retribuidos por el Estado, etc. Sólo en tales condiciones podría el
proletariado aprender dicho arte efectivamente para sí, y no para sus esclavizadores, y los intereses del
proletariado exigen, indiscutiblemente, ese aprendizaje. La revolución rusa ha
demostrado que todo éxito, incluso un éxito parcial, del movimiento
revolucionario —por ejemplo, la conquista de una ciudad, un poblado fabril, una
parte del ejército— obligará
inevitablemente al proletariado vencedor a poner en práctica precisamente ese
programa.
54
Por último, cae de su peso que contra el oportunismo no se puede
luchar limitándose a redactar programas, sino tan sólo vigilando sin descanso
para que esos programas se pongan en práctica de una manera efectiva. El mayor
error, el error fatal de la fracasada II Internacional, consistió en que sus
palabras no correspondían con sus hechos, en que se cultivaba la costumbre de
recurrir a la hipocresía y a una desvergonzada fraseología revolucionaria
(véase la actitud de hoy de Kautsky y Cía. ante el Manifiesto de Basilea). El
desarme como idea social —es decir, como idea engendrada por determinado
ambiente social, como idea capaz de actuar sobre determinado medio social, y no
como simple extravagancia de un individuo— tiene su origen, evidentemente, en
las condiciones particulares de vida, “tranquilas” como excepción, de algunos
Estados pequeños, que durante un período bastante largo han estado al margen
del sangriento camino mundial de las guerras y que confían en que podrán seguir
apartados de él. Para convencerse de ello, basta reflexionar, por ejemplo, en
los argumentos de los partidarios del desarme en Noruega: “Somos un país
pequeño, nuestro ejército es pequeño, nada podemos hacer contra las grandes
potencias” (y por ello nada pueden hacer tampoco si se les impone por la fuerza
una alianza imperialista con uno u
otro grupo de grandes potencias)... “queremos seguir en paz en nuestro apartado
rinconcito y proseguir nuestra política pueblerina, exigir el desarme,
tribunales de arbitraje obligatorios, una neutralidad permanente, etc.”
(¿”permanente”, como la de Bélgica?).
La mezquina aspiración de
los pequeños Estados a quedarse al margen, el deseo pequeñoburgués de estar lo
más lejos posible de las grandes batallas de la historia mundial, de aprovechar
su situación relativamente monopólica para seguir en una pasividad rutinaria,
tal es el ambiente social objetivo
que puede asegurar cierto éxito y cierta difusión a la idea del desarme en
algunos pequeños Estados. Claro que semejante aspiración es reaccionaria y
descansa sólo en ilusiones, pues el imperialismo, de uno u otro modo, arrastra
a los pequeños Estados a la vorágine de la economía mundial y de la política
mundial.
A Suiza, por ejemplo, su
ambiente imperialista le prescribe objetivamente dos líneas del movimiento obrero: los oportunistas, en alianza con
la burguesía, aspiran a hacer de Suiza una federación republicano-democrática
que monopolice las ganancias del turismo burgués
El imperialismo y la escisión del socialismo
de las naciones
imperialistas y a aprovechar del modo más lucrativo y más tranquilo posible
esta “tranquila” situación monopólica.
Los verdaderos
socialdemócratas de Suiza aspiran a utilizar la relativa libertad del país y su
situación “internacional” para ayudar a la estrecha alianza de los elementos
revolucionarios de los partidos obreros europeos a alcanzar la victoria. En
Suiza no se habla, gracias a Dios, un idioma “propio”, sino tres idiomas
universales, los tres, precisamente, que se hablan en los países beligerantes
que limitan con ella.
Si los 20.000 miembros del
partido suizo contribuyeran semanalmente con dos céntimos como “impuesto
extraordinario de guerra”, obtendríamos al año 20.000 francos, cantidad más que
suficiente para imprimir periódicamente y difundir en tres idiomas, entre los
obreros y soldados de los países beligerantes, a pesar de las prohibiciones de
los Altos
Estados Mayores todo cuanto
diga la verdad sobre la indignación que comienza a cundir entre los obreros,
sobre su confraternización en las trincheras, sobre sus esperanzas de utilizar
revolucionariamente las armas contra la burguesía imperialista de sus “propios”
países, etc.
Nada de esto es nuevo.
Precisamente es lo que hacen los mejores periódicos, como La Sentinelle, Volksrecht62 y Berner Tagwacht, pero, por desgracia, en
medida insuficiente. Sólo semejante
actividad puede hacer de la magnífica resolución del Congreso del partido en
Aarau63 algo más que una mera resolución
magnífica.
La cuestión que ahora nos
interesa se plantea en la forma siguiente: ¿corresponde la exigencia del
desarme a la tendencia revolucionaria entre los socialdemócratas suizos? Es
evidente que no. El “desarme” es, objetivamente, el programa más nacional, específicamente
nacional, de los pequeños Estados, pero en manera alguna el programa
internacional de la socialdemocracia revolucionaria internacional.
Escrito en alemán en septiembre de 1916. Publicado por vez
primera en septiembre y octubre de 1917 en los núms. 9 y 10 del periódico
“Jugend— Intenationale”. En ruso se publicó por vez primera en 1929 en el t.
XIX de las ediciones 2 y 3, de las “Obras” de V. I. Lenin.
T. 30, págs. 131-143.
![]()
62
"La Sentinelle" ("El
Centinela"): portavoz de la organización socialdemócrata del cantón de
Neuchatel (Suiza), fundado en Chaux de Fonds en 1890. De 1906 a 1910 no se
publicó. En los años de la guerra imperialista (1914-1918) el periódico ocupó
una posición internacionalista. "Volksrecht"
("El Derecho del Pueblo"): diario órgano del Partido Socialdemócrata
Suizo. Se publica en Zúrich desde 1898. En los años de la guerra imperialista
mundial de 1914-1918 publicó artículos de los zimmerwaldianos de izquierda
63 Lenin se refiere al Congreso
del Partido Socialdemócrata Suizo, celebrado en Aarau el 20 y 21 de
noviembre de 1915. El punto central del orden del día del congreso fue la
cuestión de la actitud de la socialdemocracia suiza ante la unión de Zimmerwald
de los internacionalistas; en torno a este punto se entabló la lucha de las
tres tendencias de la socialdemocracia suiza: los antizimmerwaldianos, los
partidarios de la derecha de Zimmerwald y los partidarios de la izquierda de
Zimmerwald. R. Grimm presentó una resolución en la que se proponía al Partido
Socialdemócrata Suizo que se adhiriese a la unión de Zimmerwald y que aprobase
la línea política de los zimmerwaldianos de derecha. Los socialdemócratas
suizos de izquierda, en nombre de la sección de Lausana, presentaron una enmienda
a la resolución de Grimm por la que se reconocía la necesidad de desplegar la
lucha revolucionaria de masas contra la guerra y se declaraba que sólo la
revolución victoriosa del proletariado podría poner fin a la guerra
imperialista. Bajo la presión de Grimm la enmienda de la sección de Lausana fue
retirada, pero la presentó de nuevo el bolchevique M. Jaritónov, que
representaba en el congreso con voz y voto a una de las organizaciones
socialdemócratas suizas. Por consideraciones tácticas, Grimm y sus partidarios
no tuvieron más remedio que apoyar la enmienda. El congreso aprobó por mayoría
de votos la enmienda propuesta por los de izquierda.
El imperialismo y la escisión del socialismo
55
EL IMPERIALISMO Y LA
ESCISIÓN DEL SOCIALISMO.
¿Existe relación entre el
imperialismo y la monstruosa y repugnante victoria que el oportunismo (en forma
de socialchovinismo) ha obtenido sobre el movimiento obrero en Europa?
Este es el problema
fundamental del socialismo contemporáneo. Después de haber dejado plenamente
sentado en las publicaciones de nuestro partido, en primer lugar, el carácter
imperialista de nuestra época y de la guerra actual, y, en segundo lugar, el nexo
histórico indisoluble que existe entre el socialchovinismo y el oportunismo,
así como la igualdad de su contenido ideológico y político, podemos y debemos
pasar a examinar este problema fundamental.
Hay que empezar por definir,
del modo más exacto posible y completo, lo que es el imperialismo. El
imperialismo es una fase histórica especial del capitalismo que tiene tres
peculiaridades; el imperialismo es: 1) capitalismo monopolista; 2) capitalismo
parasitario o en descomposición; 3) capitalismo agonizante. La sustitución de
la libre competencia por el monopolio es el rasgo económico fundamental, la esencia del imperialismo. El monopolismo
se manifiesta en cinco formas principales: 1) cárteles, consorcios y trusts; la
concentración de la producción ha alcanzado el grado que da origen a estas
asociaciones monopólicas de los capitalistas; 2) situación monopólica de los
grandes bancos: de tres a cinco bancos gigantescos manejan toda la vida
económica de los EE.UU., Francia y Alemania; 3) conquista de las fuentes de materias primas por los trusts y la
oligarquía financiera (el capital financiero es el capital industrial
monopolista fundido con el capital bancario); 4) se ha iniciado el reparto (económico) del mundo entre los cárteles
internacionales. ¡Son ya más de cien
los cárteles internacionales que dominan todo
el mercado mundial y se lo reparten “amigablemente”, mientras que la guerra no
lo reparte de nuevo! La exportación
del capital, a diferencia de la exportación de mercancías bajo el capitalismo
no monopolista, es un fenómeno particularmente característico, que guarda
estrecha relación con el reparto económico y político— territorial del mundo.
5) Ha terminado el reparto
territorial del mundo (de las colonias).
El imperialismo, como fase
superior del capitalismo en América y en Europa, y después en Asia, estaba ya
plenamente formado hacia 1898-1914. Las guerras hispano-americana (1898),
anglo— bóer (1899-1902) y ruso-japonesa (1904-1905) y la crisis económica de
Europa en 1900 son los principales jalones históricos de esta nueva época de la
historia mundial.
Que el imperialismo es el
capitalismo parasitario o en descomposición se manifiesta, ante todo, en la
tendencia a la descomposición que distingue a todo monopolio en el régimen de la propiedad privada sobre los
medios de producción. La diferencia entre la burguesía imperialista
republicano-democrática y monárquico-reaccionaria se borra, precisamente,
porque una y otra se pudren vivas (lo que no elimina, en modo alguno, el
desarrollo asombrosamente rápido del capitalismo en ciertas ramas industriales,
en ciertos países, en ciertos períodos). En segundo lugar, la descomposición
del capitalismo se manifiesta en la formación de un enorme sector de rentistas, de capitalistas que viven de
“cortar el cupón”. En los cuatro países imperialistas avanzados —Inglaterra,
América del Norte, Francia y Alemania—, el capital en valores asciende de cien
a ciento cincuenta mil millones de
francos, lo cual significa, por lo menos, una renta anual de cinco mil a ocho
mil millones de francos por país. En tercer lugar, la exportación de capital es
el parasitismo elevado al cuadrado. En cuarto lugar, “el capital financiero
tiende a la dominación, y no a la libertad”. La reacción
El imperialismo y la escisión del socialismo
política en toda la línea es propia del
imperialismo. Venalidad, soborno en proporciones gigantescas, un Panamá de todo
género. En quinto lugar, la explotación de las naciones oprimidas, ligada
indisolublemente a las anexiones, y, sobre todo, la explotación de las colonias
por un puñado de “grandes” potencias, convierte cada vez más el mundo
“civilizado” en un parásito que vive sobre el cuerpo de centenares de millones
de hombres de los pueblos no civilizados. El proletario romano vivía a expensas
de la sociedad. La sociedad actual vive a expensas del proletario moderno. Marx
subrayaba especialmente esta profunda observación de Sismondi64. El imperialismo introduce algunas modificaciones: una capa
privilegiada del proletariado de las potencias imperialistas vive, en parte, a
expensas de los centenares de millones de hombres de los pueblos no
civilizados.
56
Se comprende la razón de que
el imperialismo sea un capitalismo agonizante,
en transición hacia el socialismo: el
monopolio, que nace del capitalismo,
es ya su agonía, el comienzo de su
tránsito al socialismo. La misma significación tiene la gigantesca socialización del trabajo por el
imperialismo (lo que sus apologistas, los economistas burgueses, llaman
“entrelazamiento”).
Al definir de este modo el imperialismo, nos colocamos en plena
contradicción con C. Kautsky, que se niega a ver en el imperialismo una “fase
del capitalismo” y lo define como
política “preferida” del capital financiero, cómo tendencia de los países
“industriales” a anexionarse los
países “agrarios”*. Desde el punto de vista teórico, esta definición de Kautsky
es completamente falsa. La peculiaridad del imperialismo no es precisamente el dominio del capital industrial, sino el del
capital financiero, precisamente la tendencia a anexionarse no sólo países agrarios, sino toda clase de países. Kautsky separa la política del imperialismo de
su economía, separa el monopolismo en política del monopolismo en economía,
para desbrozar el camino a su vulgar reformismo burgués como en el caso del
“desarme”, del “ultraimperialismo” y demás necedades por el estilo. El sentido
y el objeto de esta falsedad teórica se reducen exclusivamente a velar las
contradicciones más profundas del
imperialismo y a justificar de este modo la teoría de la “unidad” con sus
apologistas: con los oportunistas y socialchovinistas descarados.
* "El imperialismo es un producto del
capitalismo industrial altamente desarrollado. Consiste en la tendencia de toda
nación capitalista industrial a someter o anexionarse cada vez más regiones agrarias cualquiera que sea el origen
étnico de sus habitantes" (véase Kautsky. Die Neue Zeit, 11 de septiembre de 1914).
Ya hemos hablado bastante de
esta ruptura de Kautsky con el marxismo, tanto en el Sotsial— Demokrat como en el Kommunist65.
Nuestros kautskianos rusos, los del CO con Axelrod y Spectator al frente, sin excluir a Mártov y, en grado
considerable, a Trotski, han preferido silenciar el kautskismo como tendencia.
Les ha dado miedo defender lo que Kautsky ha escrito durante la guerra y salen
del paso elogiando sencillamente a Kautsky (Axeirod en su folleto alemán que el
Comité de Organización ha prometido
publicar en ruso) o aludiendo a cartas particulares de Kautsky (Spectator) en
las que afirma que pertenece a la oposición y trata de anular jesuíticamente
sus declaraciones chovinistas.
Observemos que, en su
“interpretación” del imperialismo —que equivale a embellecerlo—, Kautsky
retrocede no sólo en relación a El
capital financiero de Hilferding (¡por muy empeñadamente que el mismo
Hilferding defienda ahora a Kautsky y la “unidad” con los socialchovinistas!),
sino también en relación al social-liberal
J. A. Hobson. Este economista inglés, que ni por asomo pretende merecer el
título de marxista, define de un modo mucho más profundo el imperialismo y pone
de manifiesto sus contradicciones en su obra de 1902**. Veamos lo que dice este
autor (en cuyas obras podemos encontrar casi todas las
![]()
64 64 C. Marx. El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Prólogo del autor a la
segunda edición. (C. Marx y F. Engels. Obras
Escogidas en tres tomos, ed. en español, t. 1, págs. 405-406.)
65
"Kommunist" ("El
Comunista"): revista organizada por Lenin. La editó en 1915, en Ginebra,
la redacción del periódico Sotsial-Demokrat.
Apareció (en septiembre de 1915) un solo número (doble).
El imperialismo y la escisión del socialismo
trivialidades pacifistas y
“conciliadoras” de Kautsky) sobre la cuestión, que tiene singular importancia,
del carácter parasitario del imperialismo:
** J. A. Hobson. Imperialismo,
Londres, 1902
Dos clases de circunstancias
han debilitado, a juicio de Hobson, la potencia de los viejos imperios: 1) el
“parasitismo económico” y 2) la formación de ejércitos con hombres de los
pueblos dependientes. “La primera es la costumbre del parasitismo económico, en
virtud de la cual el Estado dominante utiliza sus provincias, sus colonias y
los países dependientes, con objeto de enriquecer a su clase dirigente y de
sobornar a sus clases inferiores para que se estén quietas”. Refiriéndose a la
segunda circunstancia Hobson escribe:
“Uno de los síntomas más
extraños de la ceguera del imperialismo” (en boca del social-liberal Hobson
estas cantinelas de la “ceguera” de los imperialistas están más en su sitio que
en el caso del “marxista” Kautsky) “es la despreocupación con que la Gran
Bretaña, Francia y otras naciones imperialistas emprenden este camino. La Gran
Bretaña ha ido más lejos que nadie. La mayor parte de las batallas por medio de
las cuales conquistamos nuestro Imperio indio las sostuvieron tropas indígenas;
en la India, como últimamente en Egipto, grandes ejércitos permanentes se
hallan bajo el mando de británicos; casi todas nuestras guerras de conquista en
África, con excepción del Sur, las hicieron para nosotros los indígenas”.
La perspectiva del reparto
de China suscita en Hobson el siguiente juicio económico: “La mayor parte de
Europa Occidental podría adquirir entonces el aspecto y el carácter que tienen
actualmente ciertas partes de los países que la componen: el Sur de Inglaterra,
la Riviera y los lugares de Italia y Suiza más frecuentados por los turistas y
que son residencia de gente rica, es decir: un puñado de ricos aristócratas,
que perciben dividendos y pensiones del Lejano Oriente, con un grupo algo más
considerable de empleados profesionales y de comerciantes y un número mayor de
sirvientes y de obreros ocupados en el transporte y en la industria dedicada a
la terminación de artículos manufacturados. En cambio, las ramas principales de
la industria desaparecerían y los productos alimenticios de gran consumo y los
artículos semimanufacturados corrientes afluirían, como un tributo, de Asia y
de África”.
57
“He aquí qué posibilidades
abre ante nosotros una alianza más vasta de los Estados occidentales, una
federación europea de las grandes potencias; dicha federación lejos de impulsar
la civilización mundial, podría implicar un peligro gigantesco de parasitismo
occidental: formar un grupo de las naciones industriales avanzadas, cuyas
clases superiores percibirían enormes tributos de Asia y de África; esto les
permitiría mantener a grandes masas de sumisos empleados y criados, ocupados no
ya en la producción agrícola e industrial de artículos de gran consumo, sino en
el servicio personal o en el trabajo industrial secundario, bajo el control de
una nueva aristocracia financiera. Que los que se hallen dispuestos a
desentenderse de esta teoría” (debería decirse: perspectiva) “como indigna de
ser examinada reflexionen sobre las condiciones económicas y sociales de las
regiones del Sur de la Inglaterra actual que se hallan ya en esta situación.
Que piensen en las inmensas proporciones que podría adquirir dicho sistema si
China se fuese sometida al control económico de tales grupos financieros, de
los “inversionistas” (rentistas), de sus agentes políticos y empleados
comerciales e industriales que extraerán beneficios del más grande depósito
potencial que jamás haya conocido el mundo, con objeto de consumir los dichos
beneficios en Europa. Naturalmente, la situación es excesivamente compleja, el
juego de las fuerzas mundiales es demasiado difícil de calcular para que
resulte muy verosímil esa u otra previsión del futuro en una sola dirección.
Pero las influencias que gobiernan el imperialismo de Europa Occidental en la
actualidad se orientan en este sentido y, si no
El imperialismo y la escisión del socialismo
chocan con una resistencia, si no son
desviadas hacia otra parte, avanzarán precisamente hacia tal culminación de
este proceso”.
El social-liberal Hobson ve
que esta “resistencia” sólo puede oponerla el proletariado revolucionario, y
sólo en forma de revolución social. ¡Por algo es social-liberal! Pero ya en
1902 abordaba admirablemente tanto el problema de la significación de los
“Estados Unidos de Europa” (¡sépalo el kautskiano Trotski!) como todo lo que
tratan de disimular los kautskianos
hipócritas de diversos países, a saber: que los oportunistas (socialchovinistas)
colaboran con la burguesía imperialista precisamente
para formar una Europa imperialista sobre los hombros de Asia y de África; que
los oportunistas son, objetivamente,
una parte de la pequeña burguesía y de algunas capas de la clase obrera, parte sobornada con las superganancias
imperialistas, convertida en mastín
del capitalismo, en elemento corruptor
del movimiento obrero.
Más de una vez, y no sólo en
artículos, sino también en resoluciones de nuestro partido, hemos señalado esta
relación económica, la más honda, precisamente de la burguesía imperialista con
el oportunismo, que ahora (¿será por mucho tiempo?) ha vencido al movimiento
obrero. De ello deducíamos, entre otras cosas, que es inevitable la escisión
con el socialchovinismo. ¡Nuestros kautskianos han preferido eludir este
problema! Mártov, por ejemplo, ya en sus conferencias, recurría al sofisma que
se ha expresado del modo siguiente en Izvestia
Zagraníchnogo Sekretariata OK66 (núm. 4, del 10 de abril de 1916):
“...Muy mala, incluso
desesperada, sería la situación de la socialdemocracia revolucionaria si los
grupos de obreros, que por su mentalidad están más cerca de los
“intelectuales”, y los más calificados, la abandonaran fatalmente para pasar al
oportunismo…”
¡Empleando la necia
palabreja “fatalmente” y con un poco de “trampa”, se soslaya el hecho de
que ciertas capas obreras se han pasado al oportunismo y a la
burguesía imperialista! ¡Y lo único que querían los sofistas del Comité de
Organización era soslayar este hecho!
Salen del paso con el “optimismo formal” de que ahora hacen gala tanto el
kautskiano Hilferding como muchos otros, ¡diciendo que las condiciones
objetivas garantizan la unidad del proletariado y la victoria de la tendencia
revolucionaria!, ¡diciendo que son “optimistas” en lo que respecta al
proletariado!
Y, en realidad, todos estos kautskianos,
Hilferding, los del CO, Mártov y Cía. son optimistas...
en lo que respecta al oportunismo.
¡Este es el quid de la cuestión!
El proletariado es fruto del
capitalismo, pero del capitalismo mundial, y no sólo del europeo, no sólo del
imperialista. En escala mundial, cincuenta años antes o cincuenta años después
—en tal escala esto es
un problema secundario— , el “proletariado”, naturalmente, “llegará” a la
unidad, y en él triunfará “ineludiblemente” la socialdemocracia revolucionaria.
No se trata de esto, señores kautskianos, sino de que ustedes, ahora en los países imperialistas de Europa, se prosternan como lacayos ante los
oportunistas, que son extraños al
proletariado como clase, que son servidores, agentes y portadores de la
influencia de la burguesía y, si no se
desembaraza de ellos, el movimiento obrero seguirá siendo un movimiento obrero burgués. Su prédica de
la “unidad” con los oportunistas, con los Legien y los David, los Plejánov y los Chjenkeli, los Potrésov,
etc., es, objetivamente, la defensa de la esclavización
de los obreros por la burguesía imperialista a través de sus mejores agentes en
el movimiento obrero. La victoria de la socialdemocracia revolucionaria en
escala mundial es absolutamente ineludible, pero se produce y se seguirá
produciendo, viene y llegará sólo contra
ustedes, será una victoria sobre
ustedes.
![]()
66 Izvestia
Zagraníchnogo Sekretariata O K ("Noticias del Secretariado del CO del POSDR en el
Extranjero"): periódico menchevique que se publicó en Ginebra desde
febrero de 1915 hasta marzo de 1917. Aparecieron diez números. El periódico
sostenía posiciones centristas
El imperialismo y la escisión del socialismo
58
Las dos tendencias, incluso
los dos partidos del movimiento
obrero contemporáneo, que tanclaramente se han escindido en todo el mundo en
1914-1916, fueron observadas por Engels y
Marx en Inglaterra durante varios decenios,
aproximadamente entre 1858 y 1892.
Ni Marx ni Engels alcanzaron
la época imperialista del capitalismo mundial, que sólo se inicia entre 1898 y
1900. Pero ya a mediados del siglo XIX, era característica de Inglaterra la
presencia, por lo menos, de dos
principales rasgos distintivos del imperialismo: 1) inmensas colonias y 2)
ganancias monopolistas (a consecuencia de su situación monopólica en el mercado
mundial). En ambos sentidos, Inglaterra representaba entonces una excepción
entre los países capitalistas, y Engels y Marx, analizando esta excepción,
indicaban en forma completamente clara y definida que estaba en relación con la victoria (temporal)
del oportunismo en el movimiento obrero inglés.
En una carta a Marx, del 7
de octubre de 1858, escribía Engels: “El proletariado inglés se va
aburguesando, de hecho, cada día más; así que esta nación, la más burguesa de
todas, aspira a tener, en resumidas cuentas, al lado de la burguesía una aristocracia burguesa y un proletariado
burgués. Naturalmente, por parte de una nación que explota al mundo entero,
esto es, hasta cierto punto, lógico”. En una carta a Sorge, fechada el 21 de
septiembre de 1872, Engels comunica que Hales promovió en el Consejo Federal de
la Internacional un gran escándalo, logrando un voto de censura contra Marx por
sus palabras de que los “líderes obreros ingleses se habían vendido”. Marx
escribe a Sorge el 4 de agosto de 1874: “En lo que respecta a los obreros
urbanos de aquí (en Inglaterra), es de lamentar que toda la banda de líderes no
haya ido al Parlamento. Sería el camino más seguro para librarse de esa
canalla”. En una carta a Marx, del 11 de agosto de 1881, Engels habla de las
“peores tradeuniones inglesas, que permiten que las dirija gente vendida a la
burguesía, o, cuando menos, pagada por ella”. En una carta a Kautsky, del 12 de
septiembre de 1882, escribía Engels: “Me pregunta usted ¿qué piensan los
obreros ingleses acerca de la política colonial? Lo mismo que piensan de la
política en general. Aquí no hay un partido obrero, no hay más que radicales
conservadores y liberales, y los obreros se aprovechan con ellos, con la mayor
tranquilidad del mundo, del monopolio colonial de Inglaterra y de su monopolio
en el mercado mundial”.
El 7 de diciembre de 1889,
escribía Engels a Sorge: “...Lo más repugnante aquí (en Inglaterra) es la
“respetabilidad” (respectability)
burguesa que se ha hecho carne y sangre de los obreros...; incluso Tomás Mann,
al que considero como el mejor de todos ellos, se complace en hablar de que va
a almorzar con el alcalde. Y únicamente al compararlo con los franceses, se
convence uno de lo que es la revolución”. En otra carta, del 19 de abril de
1890: “El movimiento (de la clase obrera en Inglaterra) avanza bajo la superficie, abarca sectores cada
vez más amplios, que, en la mayoría de los casos, pertenecen a la masa más inferior (subrayado por Engels),
inerte hasta ahora; y no está ya lejano el día en que esta masa se encuentre a sí misma, en que
comprenda que es ella misma, precisamente, la colosal masa en movimiento”. El 4 de marzo de 1891: “El revés del fracasado
sindicato de los obreros portuarios, las “viejas” tradeuniones conservadoras, ricas y por ello mismo cobardes, quedan
solas en el campo de batalla...” El 14 de septiembre de 1891: en el Congreso de
las tradeuniones, celebrado en New Castle, son derrotados los viejos
tradeunionistas, enemigos de la jornada de 8 horas, “y los periódicos burgueses
reconocen la derrota del partido obrero
burgués” (subrayado en todas partes por Engels).
El prólogo de Engels a la
segunda edición de La situación de la
clase obrera en Inglaterra (1892) demuestra que estos pensamientos,
repetidos durante decenios, fueron también expresados por Engels públicamente,
en letras de molde. En dicho prólogo habla de la “aristocracia en el seno de la
clase obrera”, de la “minoría privilegiada de obreros” frente a la “gran masa
obrera”. “Una pequeña minoría, privilegiada y protegida”, de la clase obrera
El imperialismo y la escisión del socialismo
es la única que obtuvo
“prolongadas ventajas” de la situación privilegiada de Inglaterra en 1848-1868,
mientras que la “gran masa, en el mejor de los casos, sólo gozaba de breves
mejoras”... “Cuando quiebre el monopolio industrial de Inglaterra, la clase
obrera inglesa perderá su situación privilegiada”... Lo miembros de las
“nuevas” tradeuniones, los sindicatos de obreros no calificados, “tienen una
enorme ventaja: su mentalidad es todavía un terreno virgen, absolutamente
exento de los “respetables” prejuicios burgueses heredados, que trastornan las
cabezas de los “viejos tradeunionistas” mejor organizados”... En Inglaterra se
habla de los “llamados representantes obreros” refiriéndose a gentes “a las que
se perdona su pertenencia a la clase obrera porque ellas mismas están
dispuestas a ahogar esta cualidad suya en el océano de su liberalismo...”
Con toda intención hemos
dado citas bastante detalladas de manifestaciones directas de Marx y Engels,
para que los lectores puedan estudiarlas en
conjunto. Es imprescindible estudiarlas y merece la pena de que se
reflexione atentamente sobre ellas. Porque son la clave de la táctica del movimiento obrero que prescriben las
condiciones objetivas de la época
imperialista.
También aquí Kautsky ha
intentado ya “enturbiar el agua” y sustituir el marxismo por una conciliación
dulzona con los oportunistas. Polemizando con los socialimperialistas francos y
cándidos (como Lensch), que justifican la guerra por parte de Alemania como
destrucción del monopolio de Inglaterra, Kautsky “corrige” esta evidente
falsedad con otra falsedad igualmente palmaria. ¡En lugar de una falsedad
cínica coloca una falsedad dulzona! El monopolio industrial de Inglaterra, dice, está hace tiempo roto, destruido:
ni se puede ni hay por qué destruirlo.
59
¿Por qué es falso este argumento?
En primer lugar, porque pasa
por alto el monopolio colonial de Inglaterra. ¡Y Engels, como hemos visto, ya
en 1882, hace 34 años, lo indicaba con toda claridad! ¡Si está deshecho el
monopolio industrial de Inglaterra, en cambio, el colonial no sólo se mantiene,
sino que se ha recrudecido extraordinariamente porque todo el mundo está ya
repartido! Con sus mentiras dulzonas, Kautsky hace pasar de contrabando la
despreciable idea pacifista— burguesa y oportunista filistea de que “no hay por
qué hacer la guerra”. Por el contrario, no sólo tienen ahora por qué hacer la
guerra los capitalistas, sino que no pueden dejar de hacerla, si quieren
conservar el capitalismo, porque sin un nuevo reparto de las colonias por la
fuerza, los nuevos países
imperialistas no podrán obtener los privilegios de que disfrutan las potencias
imperialistas más viejas (y menos fuertes).
En segundo lugar, ¿por qué
explica el monopolio de Inglaterra la victoria (temporal) del oportunismo en
este País? Porque el monopolio da superganancias,
es decir, un exceso de ganancias por encima de las ganancias normales,
ordinarias del capitalismo en todo el mundo. Los capitalistas pueden gastar una parte de estas
superganancias (¡e incluso una parte no pequeña!) para sobornar a sus obreros, creando algo así como una
alianza (recuérdense las famosas “alianzas” de las tradeuniones inglesas con
sus patronos descritas por los Webb), alianza de los obreros de una nación dada
con sus capitalistas contra los demás
países. A fines del siglo XIX, el monopolio industrial de Inglaterra estaba ya
deshecho. Eso es indiscutible. Pero ¿cómo
se produjo esa destrucción? ¿Es cierto que todo
monopolio ha desaparecido?
Si así fuera, la “teoría” de
Kautsky de la conciliación (con el oportunismo) estaría hasta cierto punto
justificada. Pero precisamente se trata de que no es así. El imperialismo es
el capitalismo monopolista. Cada cártel, cada trust, cada consorcio, cada banco
gigantesco es un monopolio. Las
superganancias no han desaparecido, sino que prosiguen. La explotación por un
país privilegiado, financieramente rico, de todos
los demás, sigue y es aún más intensa. Un puñado de países ricos —son en total
cuatro, si se tiene en cuenta una riqueza
El imperialismo y la escisión del socialismo
independiente y
verdaderamente gigantesca, una riqueza “moderna”: Inglaterra, Francia, los
Estados Unidos y Alemania— ha extendido los monopolios en proporciones
inabarcables, obtiene centenares, si no miles de millones de superganancias, “vive explotando” a
centenares y centenares de millones de hombres de otros países, entre luchas
intestinas por el reparto de un botín de lo más suntuoso, de lo más pingüe, de
lo más fácil.
En esto consiste
precisamente la esencia económica y política del imperialismo, cuyas
profundísimas contradicciones Kautsky vela en vez de ponerlas al descubierto.
La burguesía de una “gran”
potencia imperialista tiene capacidad
económica para sobornar a las capas superiores de “sus” obreros, dedicando
a ello alguno que otro centenar de millones de francos al año, ya que sus superganancias se elevan probablemente a
cerca de mil millones. Y la cuestión de cómo se reparte esa pequeña migaja
entre los ministros obreros, los “diputados obreros (recordad el espléndido
análisis que de este concepto hace Engels), los obreros que forman parte de los
comités de la industria de guerra, los funcionarios obreros, los obreros
organizados en sindicatos de carácter estrictamente gremial, los empleados,
etc., etc., es ya una cuestión secundaria.
De 1848 a 1868, y en parte
después, Inglaterra era el único país monopolista; por eso pudo vencer allí, para decenios, el oportunismo; no había más países ni con riquísimas
colonias ni con monopolio industrial.
El último tercio del siglo
XIX es un período de transición a una nueva época, a la época imperialista.
Disfruta del monopolio no el capital
financiero de una sola gran potencia, sino el de unas cuantas, muy pocas. (En
el Japón y en Rusia, el monopolio de la fuerza militar, de un territorio
inmenso o de facilidades especiales para despojar a los pueblos alógenos, a
China, etc., en parte complementa y en parte sustituye el monopolio del capital
financiero más moderno.) De esta diferencia se deduce que el monopolio de
Inglaterra pudo ser indiscutido durante decenios. En cambio,
el monopolio del capital financiero actual se discute furiosamente; ha comenzado la época de las guerras imperialistas.
Entonces se podía sobornar, corromper para decenios a la clase obrera de un
país. Ahora esto es inverosímil, y quizá hasta imposible. Pero en cambio, cada “gran” potencia imperialista puede
sobornar y soborna a capas más reducidas
(que en Inglaterra entre 1848 y 1868) de la “aristocracia obrera”. Entonces,
como dice con admirable profundidad Engels, sólo en un país podía constituirse
un “partido obrero burgués”, porque
sólo un país disponía del monopolio, pero, en cambio, por largo tiempo. Ahora,
el “partido obrero burgués” es inevitable y típico en todos los países imperialistas, pero,
teniendo en cuenta la desesperada lucha de éstos por el reparto del botín, no es probable que semejante partido triunfe
por largo tiempo en una serie de países. Pues los trusts, la oligarquía
financiera, la carestía, etc., permiten
sobornar a un puñado de las capas superiores y de esta manera oprimen,
subyugan, arruinan y atormentan con creciente intensidad a la masa de proletarios y semiproletarios.
60
Por una parte, tenemos la
tendencia de la burguesía y de los oportunistas a convertir el puñado de
naciones más ricas, privilegiadas, en “eternos” parásitos sobre el cuerpo del
resto de la humanidad, a “dormir sobre los laureles” de la explotación de negro
s, hindúes, etc., teniéndolos sujetos por medio del militarismo moderno,
provisto de una magnífica maquinaria de exterminio. Por otra parte, la
tendencia de las masas, que son más
oprimidas que antes, que soportan todas las calamidades de las guerras imperialistas,
tendencia a sacudirse ese yugo, a derribar a la burguesía. La historia del
movimiento obrero se desarrollará ahora, inevitablemente, en la lucha entre
estas dos tendencias, pues la primera de ellas no es resultado de la
casualidad, sino que tiene un “fundamento” económico. La burguesía ha dado ya a
luz, ha criado y se ha asegurado “partidos obreros burgueses” de los
socialchovinistas en todos los
países. Carecen de importancia las diferencias entre un partido oficialmente
formado, como el de Bissolati en Italia, partido a todas luces
socialimperialista,
El imperialismo y la escisión del socialismo
y, digamos, el cuasipartido,
a medio formar, de los Potrésov, los Gvózdiev, los Bulkin, los Chjeídze, los
Skóbelev y Cía. Lo importante es que, desde el punto de vista económico, ha
madurado y se ha consumado el paso de la aristocracia obrera a la burguesía;
este hecho económico, este desplazamiento en las relaciones entre las clases,
encontrará sin gran “dificultad” una u otra forma política.
Sobre la indicada base
económica, las instituciones políticas del capitalismo moderno — prensa,
Parlamento, sindicatos, congresos, etc.— han creado prebendas y privilegios políticos correspondientes a los
económicos, para los empleados y obreros respetuosos, mansitos, reformistas y
patrioteros. La burguesía imperialista atrae y premia a los representantes y
adeptos de los “partidos obreros burgueses” con lucrativos y tranquilos cargos
en el gobierno o en el Comité de la Industria de Guerra, en el Parlamento y en
diversas comisiones, en las redacciones de periódicos legales “serios” o en la
dirección de sindicatos obreros no menos serios y “obedientes a la burguesía”.
En este mismo sentido actúa el mecanismo de la democracia
política. En nuestro siglo no se puede pasar sin elecciones; no se puede
prescindir de las masas, pero en la época de la imprenta y del parlamentarismo no es posible llevar tras de sí a las
masas sin un sistema ampliamente ramificado, metódicamente aplicado,
sólidamente organizado de adulación, de mentiras, de trapicheos, de
prestidigitación con palabrejas populares y de moda, de promesas a diestro y
siniestro de toda clase de reformas beneficios para los obreros, con tal de que
renuncien a la lucha revolucionaria por derribar a la burguesía. Yo llamaría a
este sistema lloydgeorgismo, por el nombre de uno de sus representantes más
hábiles y avanzados en el país clásico del “partido obrero burgués”, el
ministro inglés Lloyd George. Negociante burgués de primera clase y zorro
político, orador popular, capaz de pronunciar toda clase de discursos, incluso
revolucionarios, ante un auditorio obrero; capaz de conseguir, para los obreros
dóciles, gajes considerables como son las reformas sociales (seguros, etc.),
Lloyd George sirve admirablemente a la burguesía* y la sirve precisamente entre los obreros, extendiendo su
influencia precisamente en el
proletariado, donde le es más
necesario y más difícil someter moralmente a las masas.
* Hace poco he visto en una revista
inglesa un artículo de un tory, adversario político de Lloyd George: Lloyd George desde el punto de vista de los
tories. ¡La guerra ha abierto los ojos a este adversario haciéndole ver qué
magnífico servidor de la burguesía es
Lloyd George! ¡Y los tories se han reconciliado con él!
¿Pero es tanta la diferencia
entre Lloyd George y los Scheidemann, los Legien, los Henderson, los Hyndman,
los Plejánov, los Renaudel y Cía.? Se nos objetará que, de estos últimos,
algunos volverán al socialismo revolucionario de Marx. Es posible, pero ésta es
una diferencia insignificante en proporción, si se considera el problema en
escala política, es decir, masiva. Algunos de los actuales líderes
socialchovinistas pueden volver al proletariado. Pero la corriente socialchovinista o (lo que es lo mismo) oportunista no
puede desaparecer ni “volver” al
proletariado revolucionario Donde el marxismo es popular entre los obreros,
esta corriente política, este “partido obrero burgués”, invocará a Marx y
jurará en su nombre. No hay modo de prohibírselo, como no se le puede prohibir
a una empresa comercial que emplee cualquier etiqueta, cualquier rótulo
cualquier anuncio. En la historia ha sucedido siempre que, después de muertos
los jefes revolucionarios cuyos nombres eran populares en las clases oprimidas,
sus enemigos intentaron apropiárselos para engañar a estas clases.
El hecho es que en todos los países capitalistas avanzados
se han constituido ya “partidos obreros burgueses”, como fenómeno político, y
que sin una lucha enérgica y despiadada, en toda la línea, contra esos partidos
—o, lo mismo da, grupos, corrientes, etc.— no puede ni hablarse de lucha contra
el imperialismo, ni de marxismo, ni de movimiento obrero socialista.
El imperialismo y la escisión del socialismo
La fracción de Chjeídze67, Nashe Dielo y Golos Trudá68 en Rusia, y los del CO en el
extranjero, no son sino una variante de uno de estos partidos. No tenernos ni asomo de fundamento para pensar que
estos partidos pueden desaparecer antes
de la revolución social. Por el contrario, cuanto más cerca esté esa
revolución, cuanto más poderosamente se encienda, cuanto más bruscos y fuertes
sean las transiciones y los saltos en el proceso de su desarrollo, tanto mayor
será el papel que desempeñe en el movimiento obrero la lucha de la corriente
revolucionaria, de masas, contra la corriente oportunista, pequeñoburguesa.
61
El kautskismo no es ninguna
tendencia independiente, pues no tiene raíces ni en las masas ni en la capa
privilegiada que se ha pasado a la burguesía. Pero el peligro que entraña el
kautskisrno consiste en que, utilizando la ideología del pasado, se esfuerza
por conciliar al proletariado con el “partido obrero burgués”, por mantener su
unidad con este último y levantar de tal modo el prestigio de dicho partido.
Las masas no siguen ya a los socialchovinistas descarados: Lloyd George ha sido
abucheado en Inglaterra en asambleas obreras, Hyndman ha abandonado el partido;
a los Renaudel y los Scheidemann, a los Potrésov y los Gvózdiev les protege la
policía. Lo más peligroso es la defensa encubierta que los kautskianos hacen de
los socialchovinistas.
Uno de los sofismas más
difundidos del kautskismo es el remitirse a las “masas”, diciendo que no quiere
separarse de ellas ni de sus organizaciones. Pero reflexionad sobre la forma en
que plantea Engels esta cuestión. Las “organizaciones de masas” de las
tradeuniones inglesas estuvieron en el siglo XIX al lado del partido obrero
burgués. Por eso Marx y Engels no se conformaron con este partido, sino que lo
desenmascararon. No olvidaban, en primer lugar, que las organizaciones de las
tradeuniones abarcan, en forma inmediata, una minoría del proletariado. Tanto entonces en Inglaterra como ahora
en Alemania está organizada no más de
una quinta parte del proletariado. Bajo el capitalismo no puede pensarse
seriamente en la posibilidad de organizar a la mayoría de los proletarios. En
segundo lugar —y esto es lo principal—, no se trata tanto del número de
miembros de una organización, como del sentido real, objetivo, de su política:
de si esa política representa a las masas, sirve a las masas, es decir, sirve
para libertarlas del capitalismo, o representa los intereses de una minoría, su
conciliación con el capitalismo. Precisamente esto último, que era justo en
relación con Inglaterra en el siglo XIX, es justo hoy día en relación con
Alemania, etc.
Del “partido obrero burgués”
de las viejas tradeuniones, de la
minoría privilegiada, distingue Engels la “masa inferior”, la verdadera mayoría, y apela a ella, que no está contagiada de “respetabilidad
burguesa”. ¡Ese es el quid de la táctica marxista!
Ni nosotros ni nadie puede
calcular exactamente qué parte del proletariado es la que sigue y seguirá a los
socialchovinistas y oportunistas. Sólo la lucha lo pondrá de manifiesto, sólo
la revolución socialista lo decidirá definitivamente. Pero lo que sí sabemos
con certeza es que los “defensores de la patria” en la guerra imperialista sólo
representan una minoría. Por eso, si
queremos seguir siendo socialistas, nuestro deber es ir más abajo y más a lo hondo, a las verdaderas masas: en ello está el
sentido de la lucha contra el oportunismo y todo el contenido de esta lucha.
Poniendo al descubierto que los oportunistas y los socialchovinistas traicionan
y venden de hecho los intereses de las masas, que defienden privilegios
pasajeros de una minoría obrera, que extienden ideas e influencias burguesas,
que, en realidad, son aliados y agentes de la burguesía, enseñamos de este modo
a las masas a comprender cuáles
![]()
67 Fracción
de Chjeídze: fracción
menchevique de la IV Duma de Estado, que encabezaba N. Chjeídze. Durante la
guerra imperialista mundial, ocupando posiciones centristas, respaldaba de
hecho sin reservas la política de los socialchovinistas rusos
68
"Nashe Dielo" ("Nuestra
Causa"): revista mensual menchevique, principal órgano de los liquidadores
y socialchovinistas en Rusia. Se publicó en 1915, en Petrogrado, en lugar de la
revista Nasha Zariá, clausurada en
1914. Aparecieron seis números. "Golos
Trudá" ("La Voz del Trabajo"): periódico menchevique legal
que se publicó en 1916, en Samara. Aparecieron tres números nada más.
El imperialismo y la escisión del socialismo
son sus verdaderos intereses
políticos, a luchar por el socialismo y por la revolución, a través de todas
las largas y dolorosas peripecias de las guerras imperialistas y de los
armisticios imperialistas.
La única línea marxista en
el movimiento obrero mundial consiste en explicar a las masas que la escisión
con el oportunismo es inevitable e imprescindible, en educarlas para la
revolución mediante una lucha despiadada contra él, en aprovechar la experiencia
de la guerra para desenmascarar todas las infamias de la política obrera
nacional liberal, y no para encubrirlas.
En el artículo siguiente
trataremos de resumir los principales rasgos distintivos de esta línea, en
contraposición al kautskismo.
Escrito en octubre de 1916. Publicado en diciembre de 1916 en el
núm. 2 de “Sbórnik Sotsial-Demokrata”.
T. 30, págs. 163-179.
La Internacional de la Juventud
62
LA INTERNACIONAL DE
LA JUVENTUD
(NOTA)
Con este título se publica
en Suiza, desde el 1 de septiembre de 1915, en idioma alemán, un “órgano de
combate y propaganda de la Unión Internacional de Organizaciones Socialistas de
la Juventud”. En total han salido ya seis números de esta publicación que es
preciso destacar en general y, además, recomendar con insistencia a todos los
miembros de nuestro partido que tienen la posibilidad de ponerse en contacto
con los partidos socialdemócratas extranjeros y con las organizaciones
juveniles.
La mayoría de los partidos
socialdemócratas oficiales de Europa adoptan ahora la posición del
socialchovinismo y del oportunismo más bajo y más ruin. Tales son los partidos
alemán, francés, fabiano69 y “laborista”70 ingleses, sueco, holandés (partido de Troelstra), danés,
austriaco, etc. En el partido suizo, a pesar de la segregación (para gran
beneficio del movimiento obrero) de los extremos oportunistas que formaron al
margen del partido la “Grütli-Unión”, quedan dentro del Partido Socialdemócrata
numerosos dirigentes oportunistas, socialchovinistas y de opiniones kautkianas,
cuya influencia en los asuntos del partido es
enorme
Con este estado de cosas en
Europa, a la Unión de Organizaciones Socialistas de la Juventud le corresponde
una tarea inmensa, noble y difícil: luchar por
el internacionalismo revolucionario, por
el auténtico socialismo, con el oportunismo reinante, que se ha colocado de
parte de la burguesía imperialista. En La
Internacional de la Juventud se ha publicado una serie de buenos artículos
en defensa del internacionalismo revolucionario, y todos sus números están
impregnados de un excelente espíritu de odio ardiente a los traidores al
socialismo que “defienden la patria” en la presente guerra, de una aspiración
sincera a depurar el movimiento obrero internacional del chovinismo y del
oportunismo que lo corroen.
Se sobrentiende que aún no
hay claridad teórica ni firmeza en el órgano juvenil y quizá nunca las haya,
precisamente porque es un órgano de la juventud impetuosa, apasionada,
indagadora. Pero frente a la falta de claridad teórica de tales personas hay que asumir una actitud del todo distinta de la
que consecuencia de consecuencia revolucionaria en los
![]()
69 Fabianos: miembros de la Sociedad Fabiana,
organización reformista inglesa fundada en 1884. La Sociedad tomó su nombre del
caudillo romano Fabio Máximo llamado Cunctátor (s. III. a. de n. e.), el
Contemporizador, por su táctica expectante, en virtud de la cual rehuía los
combates decisivos en la guerra con Aníbal. Los miembros de la Sociedad Fabiana
eran primordialmente intelectuales burgueses: hombres de ciencia, escritores y
políticos (S. y B. Webb, B. Shaw, R. MacDonald y otros); negaban la necesidad
de la lucha de clase del proletariado y la revolución socialista y afirmaban
que el paso del capitalismo al socialismo era posible únicamente por medio do
reformas y de transformaciones paulatinas de la sociedad. En 1900, la Sociedad
Fabiana ingresó en el Partido Laborista. El "socialismo fabiano" es
una de las fuentes de la ideología laborista. Durante la guerra imperialista
mundial de 1914-1918 los fabianos ocuparon una posición socialchovinista
70 Partido
Laborista (Labour
Party) de Inglaterra. Fue fundado en 1900 como una liga de sindicatos y
organizaciones y grupos socialistas con objeto de llevar representantes obreros
al Parlamento ("Comité de Representación Obrera"). En 1906, el Comité
pasó a denominarse Partido Laborista. Los afiliados a los sindicatos son
automáticamente miembros del partido con la condición de que abonen las cuotas
de militante.
El Partido Laborista, que
fue al comienzo un partido obrero por su composición (más tarde ingresaron en
él numerosos elementos pequeñoburgueses) es, por su ideología y por su táctica,
una organización oportunista. Desde que surgió, sus líderes siguen una política
de colaboración con la burguesía. Durante la guerra imperialista mundial de
1914-1918, los líderes del Partido Laborista adoptaron una posición
socialchovinista
La Internacional de la Juventud
corazones de los del CO,
“socialistas-revolucionarios”71,
tolstoianos72, anarquistas, kautskianos paneuropeos
(“centro”), etc. Una cosa son los adultos que confunden al proletariado, que
pretenden guiar y enseñar a los demás; contra ellos hay que luchar despiadadamente. Otra cosa son las
organizaciones de la juventud, que
declaran en forma abierta que aún están aprendiendo, que su tarea fundamental
es preparar cuadros de los partidos socialistas. A esta gente hay que ayudarla
por todos los medios, encarando con la mayor paciencia sus errores, tratando de
corregirlos poco a poco, sobre todo con la
persuasión y no con la lucha. No pocas veces sucede que los representantes
de las generaciones maduras y viejas no saben
tratar debidamente a la juventud que, necesariamente tiene que aproximarse al
socialismo de una manera distinta, no
por el mismo camino, ni en la misma forma, ni en las mismas circunstancias en que lo han hecho sus padres. Por lo
tanto, entre otras cosas, debemos estar incondicionalmente a favor de la independencia orgánica de la unión juvenil, y no sólo porque los oportunistas temen
esa independencia, sino por la esencia misma del asunto. Porque sin una
independencia absoluta, la juventud no
podrá formar de sí misma nuevos socialistas ni prepararse para llevar el
socialismo adelante.
¡Por la independencia plena
de las uniones juveniles, pero también por la plena libertad de crítica
fraternal de sus errores! No debemos adular a la juventud.
Entre los errores del
excelente órgano mencionado por nosotros, figuran, en primer lugar, los tres
siguientes:
1)
Sobre
la cuestión del desarme (o la “desmilitarización”) se ha adoptado una posición
incorrecta, que criticamos más arriba en artículo aparte*. Hay motivos para
creer que el error ha sido provocado por el excelente propósito de subrayar la
necesidad de aspirar a una “total exterminación del militarismo” (lo cual es
muy justo) olvidándose del papel que desempeñan las guerras civiles en una
revolución socialista.
* Véase V. I. Lenin. Acerca
de la consigna del “desarme”. (N. de
la Edit.)
2)
Sobre
la cuestión de la diferencia entre socialistas y anarquistas en su actitud
frente a adoptamos y debemos adoptar frente al embrollo teórico existente en
las mentes y a la ausencia de Estado, se ha cometido un error muy grave en el
artículo del camarada Nota Bene (núm. 6) (así como sobre algunas otras
cuestiones: por ejemplo, la argumentación
de
![]()
71 Socialistas-revolucionarios (abreviado, eseristas): partido
pequeñoburgués formado en Rusia a fines de 1901 y comienzos de 1902 como
consecuencia de la unificación de diversos grupos y círculos populistas. Los
eseristas se llamaban socialistas, pero su socialismo era utópico y pequeñoburgués.
El programa agrario de los eseristas contenía las
reivindicaciones de poner fin a los latifundios, abolir la propiedad privada de
la tierra y entregarla toda a las comunidades campesinas, según el principio de
su usufructo igualitario, por el número de bocas o de miembros de la familia
aptos para el trabajo, reiterándose periódicamente el reparto (la denominada
"socialización" de la tierra). En realidad, el "usufructo
igualitario del suelo", al conservarse las relaciones de producción
capitalistas, no habría significado el paso al socialismo y sólo habría
conducido a suprimir las relaciones semifeudales en el campo y acelerar el
desarrollo del capitalismo.
El método principal de lucha de los eseristas contra el zarismo
era el terrorismo individual.
Los eseristas no veían las diferencias de clase entre el
proletariado y el campesinado, velaban la disociación del campesinado en clases
y las contradicciones en su seno y rechazaban el papel dirigente del
proletariado en la revolución.
Al ser derrotada la primera
revolución rusa de 1905-1907, el partido de los socialistas-revolucionarios
sufrió una crisis: sus dirigentes abjuraron prácticamente de la lucha
revolucionaria contra el zarismo. Durante la primera guerra mundial, la mayoría
de los socialistas-revolucionarios mantuvo posiciones socialchovinistas.
Derrocado el zarismo en febrero de 1917, los líderes eseristas formaron parte
del Gobierno Provisional burgués, lucharon contra la clase obrera, que
preparaba la revolución socialista, y participaron en la represión del
movimiento campesino en el verano de 1917. Después de la Revolución Socialista
de Octubre los eseristas lucharon activamente contra el Poder soviético
72 Tolstoianos: adeptos del tolstoísmo, corriente
utópica religiosa en el pensamiento social y el movimiento social de Rusia a
fines del siglo XIX y comienzos del XX, basada en la doctrina del escritor y
filósofo ruso León Tolstói. Los seguidores de Tolstói predicaban el "amor
de todos a todos", la no resistencia al mal mediante la violencia y el
perfeccionamiento moral y religioso como medio de transformar la sociedad.
La Internacional de la Juventud
nuestra lucha contra la
consigna de “defensa de la patria”). El autor quiere dar una “idea clara acerca
del Estado en general” (junto con la idea de un Estado imperialista de
bandidos). Cita algunas declaraciones de Marx y Engels. Llega, entre otras, a las
dos conclusiones siguientes:
63
a)
“...Es
completamente erróneo buscar la diferencia entre socialistas y anarquistas en
el hecho de que los primeros sean partidarios y los segundos adversarios del
Estado. En realidad, la diferencia consiste en que la socialdemocracia
revolucionaria quiere organizar una nueva producción social, centralizada, es
decir, técnicamente más progresista, mientras que la producción anárquica
descentralizada tan sólo implicaría un paso atrás hacia la vieja técnica, hacia
la vieja forma de empresa”. Esto no es justo. El autor pregunta cuál es la
diferencia de actitud entre socialistas y anarquistas frente al Estado; pero no
contesta a esta pregunta, sino a otra referente a la actitud de ellos
frente a la base económica de la sociedad futura. Es un problema muy importante
y necesario, por cierto. Pero ello no implica que se pueda olvidar lo principal en las diferentes actitudes de
socialistas y anarquistas ante el Estado. Los socialistas defienden la
utilización del Estado contemporáneo y de sus instituciones en la lucha por la
liberación de la clase obrera, y también la necesidad de servirse del Estado
para realizar una forma singular de transición del capitalismo al socialismo.
Esta forma transitoria es la dictadura del proletariado, que también es un Estado.
Los anarquistas quieren
“suprimir” el Estado, “hacerlo volar” (“sprengen”), como expresa en un pasaje
el camarada Nota Bene, atribuyendo equivocadamente ese punto de vista a los
socialistas. Los socialistas —el autor cita en una forma muy incompleta, por
desgracia, las palabras de Engels alusivas— reconocen la “extinción”, el
“adormecimiento” gradual del Estado después
de la expropiación de la burguesía.
b) “La socialdemocracia, que es, o por lo
menos debe ser, la educadora de las masas, más que nunca debe destacar ahora su
hostilidad de principios hacia el Estado... La guerra actual ha demostrado cuán
profundamente han penetrado en el alma de los obreros las raíces de la
institucionalidad”. Así escribe el camarada Nota Bene. Para “destacar” la
“hostilidad de principios” hacia el Estado hay que comprenderla realmente “con
claridad”, y el autor carece de ella. En cuanto a la frase relativa a las
“raíces de la institucionalidad”, es del todo confusa: ni marxista ni
socialista. No es la “institucionalidad” la que ha chocado con la negación del
Estado, sino la política
oportunista (es decir, una actitud oportunista, reformista, burguesa, frente al
Estado) que ha chocado con la política socialdemócrata revolucionaria (es
decir, con una actitud socialdemócrata revolucionaria frente al Estado burgués
y frente a la posibilidad de utilizarlo contra la burguesía para su
derrocamiento). Son cosas total, enteramente distintas. Esperamos poder volver
a esta cuestión tan importante en un artículo especial.
3) En la “declaración de principio de la
Unión Internacional de Organizaciones Socialistas de la Juventud”, publicada en
el número 6 como “proyecto del Secretariado”, no son pocas las inexactitudes y
falta por completo lo principal: una
confrontación clara de las tres
tendencias radicales (socialchovinismo; “centro”; izquierda) que hoy luchan en
el socialismo de todo el mundo.
Repito: estos errores deben
ser refutados y esclarecidos, buscando establecer, sin escatimar esfuerzos, un
contacto y un acercamiento con las organizaciones juveniles, ayudándolas por
todos los medios posibles; pero hay que saber
abordarlas.
Publicado en
diciembre de 1916 en el núm. 2 de “Sbórnik Sotsial-Demokrata”.
T. 30, págs. 225-229.
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
64
PACIFISMO BURGUÉS Y
PACIFISMO SOCIALISTA
Artículo (o capítulo)
I. Un viraje en la política mundial.
Hay síntomas de que tal
viraje se produjo o está a punto de producirse. Se trata, concretamente, del
viraje de la guerra imperialista a la paz imperialista.
He aquí los síntomas
principales: ambas coaliciones imperialistas están, sin duda, muy extenuadas;
se ha hecho difícil continuar la guerra; es difícil para los capitalistas, en
general, y para el capital financiero, en particular, desplumar a los pueblos
más sustancialmente de lo que ya lo hicieron en forma de escandalosas ganancias
“de guerra”; el capital financiero de los países neutrales, Estados Unidos,
Holanda, Suiza, etc., que obtuvo enormes ganancias de la guerra y al que no es
fácil continuar este “ventajoso” negocio por escasez de materias primas y de
víveres, está saciado; Alemania empeña tenaces esfuerzos por inducir a uno u
otro aliado de Inglaterra, su principal rival imperialista, a que la abandone;
el gobierno alemán ha hecho declaraciones pacifistas, a las que han seguido
declaraciones similares de varios gobiernos de países neutrales.
¿Existen probabilidades de una pronta terminación de la guerra?
Es muy difícil dar una
respuesta positiva a esta pregunta. A nuestro parecer, se perfilan dos
posibilidades bastante claras.
Primera, la conclusión de
una paz por separado entre Alemania y Rusia, aunque quizá no en la forma
corriente de un tratado formal por escrito. Segunda, esa paz no se concluye;
Inglaterra y sus aliados todavía están en condiciones de aguantar uno o dos años
más, etc. En el primer casó la guerra terminaría con seguridad, si no
inmediatamente, en un futuro muy próximo, y no se pueden esperar cambios
importantes en su curso. En el segundo caso la guerra podría continuar
indefinidamente.
Examinemos el primer caso.
Es indudable que se estuvo
negociando recientemente una paz por separado entre Alemania y Rusia; que el
propio Nicolás II o la influyente camarilla palaciega son partidarios de una
paz semejante; que en la política mundial se perfila un viraje de la alianza
imperialista entre Rusia e Inglaterra contra Alemania, hacia una alianza, no
menos imperialista, entre Rusia y Alemania contra Inglaterra.
La sustitución de Shtümer
por Trépov, la declaración pública del zarismo de que el “derecho” de Rusia
sobre Constantinopla ha sido reconocido por todos los aliados y la creación por
Alemania de un Estado polaco separado parecen indicios de que las negociaciones
sobre una paz por separado terminaron en un fracaso. ¿Quizás el zarismo sostuvo
estas negociaciones sólo para
extorsionar a Inglaterra, para lograr de ella un reconocimiento formal e
inequívoco del “derecho” de Nicolás
el Sanguinario sobre Constantinopla y ciertas garantías “de peso” de ese
derecho?
Esta suposición no tiene
nada de improbable, dado que el propósito principal fundamental, de la actual
guerra imperialista es el reparto del botín entre los tres principales rivales
imperialistas, entre los tres bandoleros: Rusia, Alemania e Inglaterra.
Por otra parte, mientras más
claro es para el zarismo que no existe posibilidad práctica militar de
recuperar Polonia, conquistar Constantinopla, romper el férreo frente de
Alemania, que ésta endereza, reduce y refuerza magníficamente con sus recientes
victorias en Rumania,
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
más se ve obligado el zarismo a concluir una paz por separado con
Alemania, esto es, a trocar su
alianza imperialista con Inglaterra contra Alemania por una alianza
imperialista con Alemania contra Inglaterra. ¿Por qué no? ¿No estuvo acaso
Rusia al borde de una guerra con Inglaterra debido a la rivalidad imperialista
de ambas potencias por reparto del botín en Asia Central? ¿Y no estuvieron,
acaso, Inglaterra y Alemania negociando una alianza contra Rusia, en 1898? ¡Acordaron entonces, secretamente, repartirse
las colonias portuguesas en la “eventualidad” de que Portugal no cumpliera sus
obligaciones financieras!
La tendencia creciente entre
los círculos imperialistas dirigentes de Alemania hacia una alianza con Rusia
contra Inglaterra estaba ya claramente definida varios meses atrás. La base de
esta alianza, evidentemente, ha de ser el reparto de Galitzia (es muy
importante para el zarismo estrangular el centro de la agitación ucraniana y de
la libertad ucraniana), de Armenia ¡y
quizá de Rumania! En efecto, ¡en un diario alemán se deslizó la
“insinuación” de que Rumania podría ser repartida entre Austria, Bulgaria y
Rusia! Alemania podría acordar algunas “concesiones menores” al zarismo, a
cambio de una alianza con Rusia y quizá también con Japón, contra Inglaterra.
65
Una paz por separado entre Nicolás II y Guillermo II pudo haber
sido concluida en secreto. Ha habido casos, en la historia de la diplomacia, de
tratados que nadie conocía, ni siquiera los ministros, a excepción de dos o
tres personas. En la historia de la diplomacia ha habido casos de “grandes
potencias” que se reunían en congresos “europeos”, después que los principales
rivales habían decidido, entre ellos, secretamente, las cuestiones
fundamentales (por ejemplo, el acuerdo secreto entre Rusia e Inglaterra para
saquear Turquía antes del Congreso de Berlín de 1878). ¡No tendría nada de
sorprendente que el zarismo rechazara una paz formal por separado entre los
gobiernos, considerando, entre otras cosas, que dada la situación actual en
Rusia, Miliukov y Guchkov o Miliukov y Kerenski podrían apoderarse del
gobierno, y que, al mismo tiempo, concluyera un tratado secreto, informal, pero
no menos “sólido” con Alemania, estipulando que las dos “altas partes
contratantes” seguirían juntas una determinada
política en el futuro congreso de paz!
Es imposible decir si esta
suposición es o no cierta. De todos modos está mil veces más cerca de la verdad, es una descripción mucho mejor del real estado de cosas que las
continuas frases melifluas sobre la paz que intercambian los gobiernos actuales
o cualquier gobierno burgués, basadas en el rechazo de las anexiones, etc. Esas
frases son, o bien ingenuos deseos, o bien hipocresía y mentiras destinadas a
ocultar la verdad. Y la verdad del momento actual, de la guerra actual, de las
actuales tentativas de concluir la paz, consiste en el reparto del botín imperialista. Ese es el quid, comprender esta
verdad, manifestarla, “mostrar el real estado de cosas” es la tarea fundamental
de la política socialista, a diferencia de la política burguesa, cuyo objetivo
principal es ocultar, disimular esta verdad.
Ambas coaliciones
imperialistas se apoderaron de una determinada cantidad de botín, y los dos
principales y más fuertes bandoleros, Alemania e Inglaterra, fueron los que más
arrebataron. Inglaterra no perdió un palmo de su territorio ni de sus colonias;
“adquirió” las colonias alemanas y parte de Turquía (Mesopotamia). Alemania
perdió casi todas sus colonias, pero adquirió territorios inconmensurablemente
más valiosos en Europa, al apoderarse de Bélgica, Serbia, Rumania, parte de
Francia, parte de Rusia, etc. Ahora se lucha por el reparto de ese botín, y el
“cabecilla” de cada banda de ladrones, es decir, Inglaterra y Alemania, en
cierto grado debe recompensar a sus aliados, los cuales, a excepción de
Bulgaria y en menor medida Italia, sufrieron pérdidas muy grandes. Los aliados
más débiles fueron los que más perdieron: en la coalición inglesa, Bélgica,
Serbia, Montenegro, Rumania fueron aplastados; en la coalición alemana, Turquía
perdió Armenia y parte de la Mesopotamia.
Hasta ahora
el botín de Alemania es, indudablemente, mucho mayor que el de Inglaterra.
Hasta ahora ha vencido Alemania, demostró ser mucho más fuerte de lo que se
previera
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
antes de la guerra. Por lo
tanto, como es natural, a Alemania le convendría concluir la paz cuanto antes,
pues su rival aún podría, de ofrecérsele la oportunidad más ventajosa
concebible (aunque poco probable), movilizar una más numerosa reserva de reclutas,
etc.
Tal es la situación objetiva. Tal es la situación actual en
la lucha por el reparto del botín imperialista. Es muy natural que esta
situación délugar a tendencias, declaraciones y manifestaciones pacifistas,
primero entre la burguesía y los gobiernos de la coalición alemana y luego de
los países neutrales. Es igualmente natural que la burguesía y sus gobiernos se vean obligados a hacer
todos los esfuerzos imaginables para engañar a los pueblos, para encubrir la
horrible desnudez de una paz imperialista —el reparto del botín —, mediante
frases, frases enteramente falsas sobre una paz democrática, la libertad de las
naciones pequeñas, la reducción de armamentos, etc.
Pero si es natural que la
burguesía trate de engañar a los pueblos, ¿de qué manera cumplen su deber los
socialistas? De esto nos ocuparemos en el próximo artículo (o capítulo).
Artículo (o capítulo)
II. El pacifismo de Kautsky y de Turati.
Kautsky es el teórico de
mayor autoridad de la II Internacional, el más destacado dirigente del llamado
“centro marxista” en Alemania, el representante de la oposición que organizó en
el Reichstag un grupo aparte: el Grupo Socialdemócrata del Trabajo (Haase,
Ledebour y otros). En varios periódicos socialdemócratas de Alemania se
publican ahora artículos de Kautsky sobre las condiciones de paz, parafraseando
la declaración oficial del Grupo Socialdemócrata del Trabajo sobre la conocida
nota del gobierno alemán que proponía negociar la paz. La declaración que
exhorta al gobierno a proponer determinadas condiciones de paz contiene la
siguiente frase característica:
“…Para que dicha nota (del
gobierno alemán) conduzca a la paz, todos los países deben renunciar
inequívocamente a toda idea de anexarse territorios ajenos, de someter
política, económica o militarmente a cualquier pueblo de otro Estado...”
Kautsky parafrasea y
concreta este aserto y “demuestra” circunstanciadamente en sus artículos que
Constantinopla no debe pasar a poder de Rusia y que Turquía no debe convertirse
en Estado vasallo de nadie.
Examinemos más atentamente
esas consignas y esos argumentos políticos de Kautsky y de sus
correligionarios.
66
Cuando se trata de Rusia, es
decir, el rival imperialista de Alemania, Kautsky no plantea exigencias
abstractas o “generales”, sino una exigencia muy concreta, precisa y de
terminada:
Constantinopla no debe pasar
a poder de Rusia. Con ello desenmascara
las verdaderas intenciones
imperialistas... de Rusia. Sin embargo, cuando se trata de Alemania, es decir,
del país en el cual la mayoría del partido que no deja de considerar a Kautsky
un afiliado suyo (y que lo nombró director de su principal órgano teórico, Die Neue Zeit) ayuda a la burguesía y al
gobierno a hacer una guerra Imperialista, Kautsky no desenmascara las intenciones imperialistas concretas de su propio
gobierno, sino que se limita a un deseo o una proposición “general”: ¡¡Turquía
no debe convertirse en Estado vasallo de nadie!!
¿En qué se distingue, en
esencia, la política deKautsky de la de los, por así decirlo, socialchovinistas
belicosos (es decir, socialistas de palabra, pero chovinistas en los hechos) de
Francia e Inglaterra? Desenmascaran francamente los actos imperialistas
concretos de Alemania y al mismo tiempo no van más allá de los deseos o
proposiciones “generales”
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
cuando se trata de países y
de pueblos conquistados por Inglaterra y Rusia. Gritan a propósito de la
ocupación de Bélgica y Serbia, pero no dicen nada sobre la incautación de
Galitzia, de Armenia y de las colonias africanas.
En realidad, tanto la
política de Kautsky como la de Sembat y Henderson ayudan a sus respectivos gobiernos imperialistas, centrando la atención en
la perversidad de su rival y enemigo
y arrojando un velo de frases vagas, genera les y de deseos bondadosos en torno
de la conducta igualmente
imperialista de “su propia”
burguesía. Dejaríamos de ser marxistas, dejaríamos de ser socialistas en
general, si nos limitáramos a una contemplación cristiana, por así decirlo, de
la bondad de las bondadosas frases generales y nos abstuviéramos de
desenmascarar su significado político real.
¿Acaso no vemos continuamente a la diplomacia de todas las potencias
imperialistas hacer alarde de magnánimas frases “generales” y de declaraciones
“democráticas”, a fin de encubrir el
saqueo, la violación y el estrangulamiento de las naciones pequeñas?
“Turquía no debe convertirse
en Estado vasallo de nadie...” Si no digo más que eso, parece que soy
partidario de la total libertad de Turquía. Pero en realidad no hago más que
repetir una frase que pronuncian habitualmente los diplomáticos alemanes que mienten
y recurren a la hipocresía deliberadamente,
y que utilizan esa frase para encubrir el hecho
de que Alemania ¡ya ha convertido a
Turquía en su vasallo financiero y militar! Y si yo soy un socialista alemán,
mis frases “generales” sólo podrán beneficiar
a la diplomacia alemana, porque su significado real es que embellecen el imperialismo alemán.
“...Todos los países deben renunciar a
la idea de las anexiones..., del sometimiento económico de cualquier pueblo…”
¡Cuánta generosidad! Miles
de veces los imperialistas “han renunciado a la idea” de las anexiones y al
estrangulamiento financiero de las naciones débiles, pero ¿no convendría
comparar esas renuncias con los hechos
que demuestran que cualquier gran banco de Alemania, Inglaterra, Francia, o
Estados Unidos tiene “sometidas” a naciones pequeñas? ¿Puede,
acaso, un gobierno burgués actual de un país rico renunciar realmente a las anexiones y al
sometimiento económico de pueblos extranjeros, cuando se han invertido miles y
miles de millones en los ferrocarriles y otras empresas de las naciones
débiles?
¿Quienes luchan realmente
contra las anexiones, etc.? ¿Aquellos que lanzan hipócritamente frases
generosas que, objetivamente, significan lo mismo que el agua bendita cristiana
con que se rocía a los ladrones coronados y capitalistas? ¿O aquellos que explican
a los obreros que, sin derrocar a la burguesía imperialista y a sus gobiernos,
es imposible poner fin a las anexiones y al estrangulamiento financiero?
He aquí un ejemplo italiano del tipo de pacifismo que predica
Kautsky.
En el órgano central del
Partido Socialista Italiano, Avanti!73, del
25 de diciembre de 1916, el conocido reformista Felipe Turati publicó un
artículo titulado Abracadabra. El 22
de noviembre de 1916 – dice— el grupo socialista presentó, en el Parlamento
italiano, una moción sobre la paz. Declaró “su conformidad con los principios
proclamados por los representantes de Inglaterra y Alemania, principios que
deberían constituir la base de una posible paz, e invitó al gobierno a iniciar
negociaciones de paz con la mediación de Estados Unidos y otros países
neutrales”. Esta es la versión de Turati de la proposición socialista.
El 6 de diciembre de 1916 la
Cámara “entierra” la resolución socialista, “postergando” el debate en torno a
ella. El 12 de diciembre el canciller alemán propone en el Reichstag la
mismísima cosa que habían propuesto los socialistas italianos. El 22 de diciembre
Wilson publica su nota, que, según F. Titrati, “parafrasea y repite las ideas y
los argumentos de la
![]()
73 Avanti! ("¡Adelante!"): diario,
órgano central del Partido Socialista Italiano. Fundado en diciembre de 1896 en
Roma.
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
proposición socialista”. El
23 de diciembre otros Estados neutrales salen a la palestra y parafrasean la
nota de Wilson.
Nos acusan de habernos
vendido a Alemania, exclama Turati. ¿Se han vendido también a Alemania Wilson y
los países neutrales?
El 17 de diciembre Turati
pronunció un discurso en el Parlamento, uno de cuyos pasajes provocó una
desacostumbrada y merecida sensación. He aquí ese pasaje, según la información
de Avanti!:
67
“...Supongamos que en una
discusión parecida a la que propone Alemania sea posible resolver, en lo
fundamental, cuestiones tales como la evacuación de Bélgica y Francia, la
restauración de Rumania, Serbia y, si se quiere, de Montenegro; yo agregaría la
rectificación de las fronteras italianas en lo que se refiere a lo
indiscutiblemente italiano y que corresponde a garantías de carácter
estratégico...” En este punto, la Cámara burguesa y chovinista interrumpo a
Turati, y de todas partes se oyen exclamaciones: “¡Magnifico! ¡De modo que
también usted quiere todo eso! ¡Viva Turati! ¡Viva Turati!...”
Por lo visto, Turati comprendió que algo
no estaba bien en ese entusiasmo burgués y trató de “corregirse” o
“explicarse”:
“...Señores –dijo— no es
momento para bromas inoportunas. Una cosa es admitir la conveniencia y el
derecho de la unidad nacional, que siempre hemos reconocido; pero es algo muy
diferente provocar o justificar la guerra por ese motivo”.
Pero ni la “explicación” de
Turati, ni los artículos de Avanti!
defendiéndolo, ni la carta de Turati del 21 de diciembre, ni el artículo de un
tal “bb” aparecido en el Volksrecht de Zúrich pueden “enmendar” o
suprimir el hecho de que ¡Turati enseñó
la oreja! ... o, más correctamente, no sólo Turati, enseñó la oreja todo el
pacifismo socialista, representado también por Kautsky y, como veremos más
adelante, por los “kautskianos” franceses. La prensa burguesa de Italia tuvo
razón cuando recogió ese pasaje del discurso de Turati regocijándose al
respecto.
El mencionado “bb” intentó defender a Turati arguyendo
que éste sólo aludía al “derecho de autodeterminación de las naciones”.
¡Pobre defensa! ¿Qué tiene
que ver esto con el “derecho de autodeterminación de las naciones”, que, como
todos saben, se refiere en el programa de los marxistas — y siempre se ha
referido en el programa de la democracia internacional— a la defensa de los
pueblos oprimidos? ¿Qué tiene que ver
con el “derecho de autodeterminación de las naciones” la guerra imperialista,
es decir, una guerra por el reparto de colonias, una guerra por la opresión de otros países, una guerra entre potencias rapaces y opresoras, para
decidir cuál de ellas oprimirá más
naciones extranjeras?
¿En qué se diferencia este
argumento de la autodeterminación de las naciones usado para justificar una
guerra imperialista, y no una guerra nacional, de los discursos de Aléxinski,
Hervé, Hyndman? Ellos oponen la república
en Francia a la monarquía en Alemania, aunque todos saben que esta guerra no se
debe al conflicto entre los principios republicanos y monárquicos, sino que es
una guerra entre dos coaliciones imperialistas por el reparto de las colonias,
etc.
Turati explicó y alegó que él de ninguna manera “justifica” la guerra.
Admitamos las explicaciones
del reformista y kautskiano Turati, de que no fue su intención justificar la guerra, ¿pero quién ignora que en política
no son las intenciones lo que cuenta, sino los actos, no las buenas
intenciones, sino los hechos, no lo imaginario, sino lo real?
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
Admitamos que Turati no haya
querido justificar la guerra, que Kautsky no haya querido justificar que
Alemania hiciera de Turquía un país vasallo del imperialismo alemán. Pero el hecho sigue siendo que estos dos
bondadosos pacifistas ¡justificaron la
guerra! Este es el fondo del
asunto. Si Kautsky hubiera declarado que “Constantinopla no debe pasar a poder
de Rusia, Turquía no debe ser un Estado vasallo de nadie”, no en una revista,
tan aburrida que nadie la lee, sino en el Parlamento, ante un público burgués
vivaz, impresionable, de temperamento meridional, no habría sido sorprendente
que los ingeniosos burgueses exclamaran:“¡Magnifico! ¡Bien dicho! ¡Viva
Kautsky!”
Lo quisiera o no,
deliberadamente o no, lo cierto es que expuso el punto de vista de un
comisionista burgués al proponer un arreglo amistoso entre los piratas
imperialistas. La “liberación” de las regiones italianas pertenecientes a
Austria sería, en la práctica, una
recompensa disimulada a la burguesía italiana por su participación en la guerra
imperialista de una gigantesca coalición imperialista. Sería una migaja que se
sumaría al reparto de colonias en África, y zonas de influencia en Dalmacia y
Albania. Es natural, quizá, que el reformista Turati adopte un punto de vista
burgués, pero Kautsky en realidad no se diferencia absolutamente en nada de
Turati.
Para no embellecer la guerra
imperialista y no ayudar a la burguesía a hacerla pasar falsamente por una
guerra nacional, por una guerra de liberación de los pueblos, para no
deslizarse a la posición del reformismo burgués, hay que hablar, no con el
lenguaje de Kautsky y Turati, sino con el lenguaje de Carlos Liebknecht: decir
a la propia burguesía que es
hipócrita cuando habla de liberación nacional, que esta guerra no puede
terminar en una paz democrática, a no ser que el proletariado “vuelva sus
armas” contra sus propios gobiernos.
Esta es la única posición
posible de un verdadero marxista, de un verdadero socialista y no de un
reformista burgués. No trabajan realmente en beneficio de una paz democrática
aquellos que repitan los bondadosos y generales deseos del pacifismo, que nada
dicen y a nada obligan. Sólo trabaja para esa paz quien desenmascara el
carácter imperialista de la guerra actual y de la paz imperialista que se está
preparando y llama a los pueblos a rebelarse contra los gobiernos criminales.
68
Algunos tratan a veces de
defender a Kautsky y a Turati diciendo que, legalmente, no podían más que
“insinuar” su oposición al gobierno; y, por cierto, los pacifistas de esa clase
hacen tales “insinuaciones”. A esto hay que contestar, primero, que la imposibilidad
de decir legalmente la verdad no es un argumento a favor del ocultamiento de la
verdad, sino a favor de la necesidad de crear una organización y una prensa
ilegales, libres de la vigilancia policial y de la censura; segundo, que
existen momentos históricos en que al socialista se le exige que rompa con toda legalidad; tercero, que aun en la época de
la servidumbre en Rusia, Dobroliúbov y Chernyshevski se ingeniaban para decir
la verdad ora con su silencio como a propósito del Manifiesto del 19 de febrero
de 1861,74 ora ridiculizando y fustigando a los
liberales de entonces que pronunciaban discursos idénticos a los de Turati y
Kautsky. En el próximo artículo nos ocuparemos del pacifismo francés, que halló
expresión en las resoluciones aprobadas por los dos congresos de organizaciones
obreras y socialistas de Francia, recientemente celebrados.
Artículo
(o capítulo) III. El pacifismo de los socialistas y sindicalistas franceses.
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74 Se tiene en cuenta el Manifiesto del 19 de febrero de 1861 en
el que el gobierno zarista anunció la abolición de la servidumbre en Rusia. La
reforma se llevó a cabo de tal manera que benefició al máximo a los
latifundistas.
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
Acaban de celebrarse los
congresos de la CGT francesa (Confédération
générale du Travail)75 y del Partido Socialista Francés76. En estos congresos se puso de manifiesto con toda precisión el
verdadero significado y el verdadero papel del pacifismo socialista en el
momento actual.
He aquí la resolución
aprobada por unanimidad en el
congreso sindical. La mayoría de los chovinistas empedernidos, encabezados por
el tristemente conocido Jouhaux, el anarquista Broutchoux y... el
“zimmerwaldiano” Merrheim, todos votaron por la resolución:
“La conferencia de
federaciones gremiales nacionales, sindicatos y bolsas de trabajo, tomando en
cuenta la Nota del presidente de Estados Unidos que “invita a todas las
naciones que están ahora en guerra a exponer públicamente sus opiniones sobre
las condiciones en las que se podría poner fin a la contienda”;
solicita del gobierno francés que preste su conformidad a dicha
propuesta;
invita al gobierno a tomar
la iniciativa de realizar una proposición similar a sus aliados para apresurar
la hora de la paz;
declara que la federación de
naciones, que es una de las garantías de una paz definitiva, puede ser factible
sólo a condición de que se respeten la independencia, la inviolabilidad
territorial y la libertad política y económica de todas las naciones, grandes y
pequeñas.
Las organizaciones
representadas en esta conferencia se comprometen a apoyar y difundir esta idea
entre las masas de obreros para poner fin a la presente situación indefinida y
ambigua que sólo puede beneficiar a la diplomacia secreta contra la cual siempre
se reveló la clase obrera”.
He aquí un ejemplo de un
pacifismo “puro”, enteramente en el estilo de Kautsky, un pacifismo aprobado
por una organización obrera oficial que nada tiene de común con el marxismo y
compuesta en su mayoría por chovinistas. Tenemos ante nosotros un documento
relevante —merecedor de la más seria atención— de la unidad política de los chovinistas y de los “kautskianos”, basada
en vacías frases pacifistas. En el artículo anterior hemos tratado de explicar
la base teórica de la unidad de ideas
de los chovinistas y los pacifistas, de los burgueses y los reformistas
socialistas. Vemos ahora esa unidad realizada en la práctica en otro país imperialista.
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75 Confédération
générale du Travail
(Confederación General del Trabajo de Francia): fundada en 1895, se hallaba
bajo la influencia de anarcosindicalistas y reformistas, sus líderes reconocían
solamente la formas económicas de lucha y se oponían a que el partido del
proletariado dirigiera el movimiento sindical. Durante la guerra imperialista
mundial de 1914-1918, los dirigentes de la Confederación se pusieron al lado de
la burguesía imperialista y aplicaron la política de colaboración clasista y
"defensa de la patria".
El Congreso de la Confederación General del Trabajo mencionado
por Lenin se celebró en París
del 24 al 26 de diciembre de 1916. En la sesión de clausura del
26 de diciembre, el secretario confederal dio cuenta de la nota del presidente
de los EE. UU. Wilson a los países beligerantes sobre el problema de la
terminación de la guerra. La Confederación aprobó casi unánimemente la
resolución que cita Lenin
76
Partido Socialista Francés,
fundado en 1905 a consecuencia de la fusión del Partido Socialista de Francia
(guesdistas) y del Partido Socialista Francés (jauresistas). Al frente del
partido unificado se pusieron los reformistas. Desde el comienzo de la guerra
imperialista mundial, la dirección del partido sostuvo las posiciones del
socialchovinismo, del sostuvo las posiciones del socialchovinismo, del apoyo
abierto a la guerra imperialista y de la participación en el gobierno burgués.
En el partido existía una corriente centrista encabezada por J. Longuet, que
mantenía las posiciones del socialpacifismo y seguía una política conciliadora
con los socialchovinistas. En el PSF había también un ala revolucionaria de
izquierda que mantenía posiciones internacionalistas, representada principalmente
por los afiliados de base del partido. El Congreso del Partido Socialista
Francés que menciona Lenin se celebró del 25 al 30 de diciembre de 1916. La
cuestión fundamental debatida en el congreso fue el problema de la paz. Como
resultado de los debates se adoptaron varias resoluciones, entre ellas una
contra la propaganda de las ideas zimmerwaldianas y la resolución de Renaudel,
que aprobaba la participación de los representantes del partido en el
Ministerio de Defensa
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
En la Conferencia de
Zimmerwald, 5-8 de septiembre de 1915, Merrheim declaró: “El partido, los Jouhaux, el gobierno, no son sino tres cabezas bajo un
mismo bonete”, es decir son una misma cosa. En la Conferencia de la CGT del
26 de diciembre de 1916 Merrheim votó junto
con Jouhaux, a favor de una resolución pacifista. El 23 de diciembre de
1916 uno de los órganos periodísticos
más francos y extremistas de lossocialimperialistas alemanes, el Volksstimme77 de Chemnitz, publicó un editorial
titulado: La descomposición de los
partidos burgueses y el restablecimiento de la unidad socialdemócrata. Como
es de imaginar, en él se elogia el
pacifismo de Südekum, Legien, Scheidemann y Cía., de toda la mayoría del
Partido Socialdemócrata Alemán, y también del gobierno alemán. Proclama que:
“el primer congreso del partido que ha de convocarse después de la guerra debe
restablecer la unidad del partido, excepción hecha de los pocos fanáticos que
se niegan a pagar las cuotas del partido” (es decir ¡de los partidarios de Carlos
Liebknecht!), “...unidad del partido basada en la política de la dirección del
partido, del grupo socialdemócrata del Reichstag y de los sindicatos”.
Aquí con claridad meridiana
se expresa la idea y se proclama la política de “unidad” de los
socialchovinistas alemanes declarados con Kautsky y Cía., con el Grupo
Socialdemócrata del Trabajo, unidad basada en frases pacifistas, ¡“unidad” como
la lograda en Francia el 26 de diciembre de 1916 entre Jouhaux y Merrheim!
El órgano central del
Partido Socialista Italiano, Avanti!,
dice en un editorial del 28 de diciembre de 1916:
“Si bien Bissolati y
Südekum, Bonomi y Scheidemann, Sembat y David, .Jouhaux y Legien se han pasado
al campo del nacionalismo burgués y han traicionado (hanno tradito) la unidad
ideológica internacionalista, que prometieron servir leal y fielmente, nosotros
nos quedaremos junto a nuestros camaradas alemanes como Liebknecht Ledebour,
Hoffmann, Meyer, y a nuestros camaradas franceses como Merrheim, Blanc, Brizon,
Raffin-Dugens, quienes no han cambiado ni vacilado”.
Obsérvese el embrollo de esta declaración:
Bissolati y Bonomi fueron expulsados antes de la guerra del
Partido Socialista Italiano por ser reformistas y chovinistas. Avanti! los coloca en el mismo nivel que
a Südekum y Legien, y con toda razón por cierto; pero Südekum, David y Legien
están a la cabeza del pretendido Partido Socialdemócrata Alemán, que en
realidad es un partido socialchovinista, y este mismo Avanti! se opone a su expulsión, se opone a una ruptura con ellos,
y se opone a la formación de una III
Internacional. Avanti! califica con
justa razón a Legien y Jouhaux de desertores que se han pasado al campo del
nacionalismo burgués, y contrapone su conducta a la de Liebknecht, Ledebour,
Merrheim y Brizon. Pero hemos visto que Merrheim vota junto con Jouhaux y que Legien manifiesta, en el Volksstimme de Chemnitz, su confianza en
el restablecimiento de la unidad del
partido, con la única excepción de
los partidarios de Liebknecht, es decir, ¡¡“unidad” con el Grupo Socialdemócrata del Trabajo (incluyendo a Kautsky) al
cual pertenece Ledebour!
Ese embrollo surge del hecho
de que Avanti! confunde el pacifismo
burgués con el internacionalismo socialdemócrata revolucionario, mientras que
los politiqueros experimentados como Legien y Jouhaux comprenden perfectamente
que el pacifismo socialista y el pacifismo burgués son idénticos.
¡Cómo no iban a regocijarse
el señor Jouhaux y su periódico, el chovinista La Bataille78, con la “unanimidad” de Jouhaux y de
Merrheim , cuando, en realidad, la
resolución adoptada por
![]()
77 "Volksstimme" ("La Voz del Pueblo"): órgano del
Partido Socialdemócrata Alemán. Se publicó en Chemnitz de 1891 a 1933.
78 "La Bataille" ("La Batalla"): órgano de los
anarcosindicalistas franceses. Se publicó en París de 1915 a 1920. En los años
de la guerra imperialista mundial el periódico ocupó una posición
socialchovinista.
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
unanimidad, que hemos
reproducido íntegramente más arriba, no contiene nada salvo frases pacifistas
burguesas, ni asomo de conciencia
revolucionaria, ni una sola idea
socialista!
¿No es ridículo hablar de
“libertad económica de todas las naciones, grandes y pequeñas”, y no decir una
sola palabra sobre el hecho de que mientras no sean derrocados los gobiernos
burgueses y no se expropie a la burguesía, esos discursos sobre “libertad
económica” engañan al pueblo, del
mismo modo que los discursos sobre la “libertad económica” de los ciudad en general, de los campesinos pequeños y ricos, de los obreros y
los capitalistas, en la sociedad moderna?
La resolución que votaron
por unanimidad Jouhaux y Merrheim está totalmente saturada con las ideas del
“nacionalismo burgués” que Avanti!
señala muy acertadamente en Jouhaux, mientras que, cosa bastante extraña, no alcanza ver en Merrheim.
Los nacionalistas burgueses
han hecho alarde, siempre y en todas partes, de frases “generales” sobre una
“federación de naciones” en general,
y sobre la “libertad económica de todas las naciones grandes y pequeñas”. Pero
los socialistas, a diferencia de los nacionalistas burgueses, siempre han dicho
y dicen ahora: la retórica acerca de la “libertad económica de las naciones
grandes y pequeñas” es una hipocresía repugnante, en tanto ciertas naciones (por ejemplo Inglaterra y Francia) hagan
inversiones en el extranjero, es decir,
concedan préstamos de decenas y decenas
de miles de millones de francos con intereses usurarios a las naciones
pequeñas y atrasadas, y en tanto las naciones pequeñas y débiles se encuentren
sometidas a ellas.
Los socialistas no podrían
haber dejado pasar sin una protesta decidida una sola frase de la resolución que votaron por unanimidad Jouhaux
y Merrheim. Los socialistas habrían declarado, en contraposición abierta a
dicha resolución, que la declaración de Wilson es pura mentira e hipocresía,
porque Wilson representa a la burguesía que ha ganado miles de millones con la
guerra, porque es el jefe de un gobierno que armó frenéticamente a los Estados
Unidos con el evidente propósito de desencadenar una segunda gran guerra imperialista. Los socialistas habrían declarado
que el gobierno burgués francés está atado de pies y manos por el capital
financiero, del cual es esclavo, y por los tratados secretos imperialistas,
enteramente rapaces y reaccionarios, con Inglaterra, Rusia, etc., y por ello no
está en condiciones de decir ni de hacer nada que no sea proferir las mismas
mentiras sobre una paz democrática y “justa”. Los socialistas habrían declarado
que la lucha por una paz semejante no se libra repitiendo frases pacifistas
generales, afables, melifluas, vacías, que no hacen nada y a nada obligan, y
que sólo sirven para embellecer la ruindad del imperialismo. Esa lucha se puede
librar solamente diciendo a los pueblos la verdad,
diciéndoles que para obtener una paz justa y democrática es preciso derrocar a
los gobiernos burgueses de todos los países beligerantes y aprovechar para ello
el hecho de que millones de obreros están armados, y que el alto costo de vida
y los horrores de la guerra imperialista han provocado la cólera de las masas.
Eso es lo que deberían haber
dicho los socialistas en lugar de lo que se dice en la resolución de Jouhaux y
Merrheim.
El Congreso del Partido
Socialista Francés, que se realizó en París simultáneamente con el de la CGT,
no sólo se abstuvo de decir eso, sino que adoptó una resolución aún peor que la mencionada más arriba.
Fue aprobada por 2838 votos contra 119 y 20 abstenciones, es decir, ¡¡por el
bloque de los socialchovinistas (Renaudel y Cía., los llamados “mayoritarios”)
y de los longuetistas (partidarios de
Longuet, kautskianos franceses)!! ¡¡Además votaron por esa resolución el zimmerwaldiano Bourderon y el kienthaliano
Raffin-Dugens!!
70
No vamos a reproducir la resolución,
pues es desmedidamente larga y carece en absoluto de interés: contiene frases
afables y melifluas sobre la paz seguidas
inmediatamente de
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
declaraciones afirmando
estar dispuestos a seguir apoyando la llamada “defensa nacional” de Francia, es
decir, la guerra imperialista que libra Francia en alianza con bandoleros más
grandes y más fuertes, tales corno Inglaterra y Rusia.
Por consiguiente, en
Francia, la unidad de los socialchovinistas con los pacifistas (o kautskianos)
y un sector de los zimmerwaldianos se ha convertid en un hecho, no sólo en la
CGT, sino también en el Partido Socialista.
Artículo (o capítulo)
IV. Zimmerwald en la encrucijada.
El 28 de diciembre llegaron
a Berna los periódicos franceses con la información sobre el Congreso de la
CGT, y el 30 de diciembre, los periódicos socialistas de Berna y de Zúrich
publicaron otro manifiesto de la ISK de Berna (Internationa Sozialistische Kommission ), la Comisión Socialista
Internacional, el organismo ejecutivo del grupo de Zimmerwald. En ese
manifiesto, fechado a fines de diciembre de 1916, se habla de las propuesta de
paz sugeridas por Alemania, Wilson y otros neutrales; y todos esos pasos
gubernamentales son llamados, y con justa razón, por cierto, una “farsa de
paz”, “un juego para engañar a sus propios pueblos”, “gesticulaciones
diplomáticas pacifistas e hipócritas”.
En oposición a este sainete
y esta falsedad, el manifiesto declara que la “única fuerza” capaz de lograr la
paz, etc., es la “firme voluntad” del proletariado internacional de “volver las
armas, no contra sus hermanos, sino contra el enemigo dentro de sus propio
país”.
Los pasajes citados revelan
claramente dos líneas políticas fundamentales diferentes que, por así decirlo,
convivieron hasta ahora en el grupo zimmerwaldiano, pero que ahora se han
separado definitivamente.
Por una parte, Turati
declara, muy definida y correctamente, que la propuesta de Alemania, Wilson,
etc., es sólo una “paráfrasis” del
pacifismo “socialista” italiano; la declaración de los socialchovinistas
alemanes y la votación de los franceses han demostrado que tanto unos como
otros aprecian en su justo valor la utilidad del encubrimiento pacifista de su
política.
Por otra parte, el
Manifiesto de la Comisión Socialista Internacional califica de sainete e
hipocresía el pacifismo de todos los gobiernos beligerantes y neutrales.
Por una parte, Jouhaux se
une a Merrheim; Bourderon, Longuet y Raffin-Dugens se unen a Renaudel, Sembat y
Thomas, mientras que los socialchovinistas alemanes Südekum, David y
Scheidemann anuncian el próximo “restablecimiento de la unidad socialdemócrata”
con Kautsky y con el Grupo Socialdemócrata del Trabajo.
Por otra parte, la Comisión
Socialista Internacional llama a las “minorías socialistas” a luchar
enérgicamente contra “sus propios gobiernos” y contra “sus mercenarios
socialpatriotas” (Söldlinge).
Una u otra cosa.
O desenmascarar la
futilidad, la estupidez y la hipocresía del pacifismo burgués, o
“parafraseando” transformándolo en pacifismo “socialista”. Luchar contra los
Jouhaux, los Renaudel, los Legien y los David por ser “mercenarios” de los
gobiernos, o unirse a ellos en vacías declamaciones pacifistas según modelo
francés o alemán.
Esta es ahora la línea
divisoria entre la derecha de Zimmerwald, que siempre se opuso enérgicamente a
una ruptura con los socialchovinistas, y la izquierda, que en la Conferencia de
Zimmerwald tuvo la previsión de separarse públicamente de la derecha y de
presentar, en la conferencia, y más tarde, en la prensa, su propia plataforma.
No es casual, sino inevitable que la proximidad de la paz o al menos la intensa
discusión del problema de la paz
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
por algunos elementos
burgueses, llevara a una divergencia manifiesta entre ambas líneas políticas.
Para los pacifistas burgueses y sus imitadores o remedadores “socialistas”, la
paz siempre ha sido y es un concepto fundamentalmente distinto, pues ni los
unos ni los otros nunca comprendieron que “la guerra es la continuación de la
política de paz, y la paz, la continuación de la política de guerra”. Ni los
burgueses, ni los socialchovinistas quieren ver que la guerra imperialista de
1914-1917 es la continuación de la política imperialista de 1898-1914, si no de
un período todavía anterior. Ni los pacifistas burgueses, ni los socialistas
pacifistas comprenden que sin el derrocamiento revolucionario de los gobiernos
burgueses, la paz sólo puede ser ahora
una paz imperialista, una continuación de la guerra imperialista.
Al valorar la guerra actual,
ellos emplean frases adocenadas, vulgares y sin sentido sobre la agresión o la
defensa en general, y emplean los mismos lugares comunes filisteos al valorar
la paz, olvidando la situación histórica concreta, la realidad concreta de la
lucha entre las potencias imperialistas. Y es completamente natural que los
socialchovinistas, esos agentes de los gobiernos y de la burguesía dentro de
los partidos obreros, aprovechen la proximidad de la paz en particular, o
inclusive las meras conversaciones de paz, para disfrazar la profundidad de su reformismo y su oportunismo
desenmascarada por la guerra, y restablecer así su quebrantada influencia sobre
las masas. De ahí que los socialchovinistas de Alemania y de Francia, como
hemos visto, empeñen esfuerzos denodados por “unirse” con el sector pacifista,
vacilante y sin principios de la “oposición”.
71
También en el grupo
zimmerwaldiano se harán, con toda seguridad, tentativas de velar la diferencia
entre las dos líneas políticas irreconciliables. Se puede prever que las
tentativas de este género seguirán dos direcciones. Una conciliación
“utilitaria”, combinando mecánicamente sonoras frases revolucionarias (tales
como las del Manifiesto de la Comisión Socialista Internacional) con una
práctica pacifista y oportunista. Así sucedió en la II Internacional. Las
frases ultrarrevolucionarias de los manifiestos de Huysmans y Vandervelde y de
algunas resoluciones de los congresos sólo sirvieron de pantalla para ocultar
la práctica archioportunista de la mayoría de los partidos europeos, pero no
modificaron, ni desbarataron, ni combatieron esa práctica. Es dudoso que esa
táctica pueda prosperar de nuevo en el grupo zimmerwaldiano.
Los “conciliadores de
principios” intentarán falsificar el marxismo diciendo, por ejemplo, que las
reformas no excluyen la revolución; que una paz imperialista, con determinadas
“mejoras” en las fronteras nacionales, en el derecho internacional, o en los
gastos de armamento, etc., es posible, a la par del movimiento revolucionario
como “uno de los aspectos del desarrollo” de ese movimiento; y así
sucesivamente.
Eso sería una falsificación
del marxismo. Las reformas, por supuesto, no excluyen la revolución. Pero no se
trata de esto ahora, sino de que los revolucionarios no deben excluirse ellos mismos ante los reformistas, es
decir, que los socialistas no deben remplazar su labor revolucionaria por una labor reformista. Europa atraviesa una
situación revolucionaria. La guerra y la carestía agravan la situación. La
transición de la guerra a la paz no suprimirá necesariamente la situación
revolucionaria porque no hay ninguna base para creer que los millones de
obreros, que tienen ahora en sus manos armas excelentes, permitirán sin falta
ser “pacíficamente desarmados” por la burguesía en lugar de seguir el consejo
de Liebknecht, o sea, volver las armas contra su propia burguesía
El problema no es como lo
plantean los pacifistas, los kautskianos: o bien una campaña política
reformista o el rechazo de reformas. Ese es un planteamiento burgués del
problema. El problema es: o bien lucha revolucionaria, cuya consecuencia, en
caso de no alcanzar un éxito total, son las reformas (esto ha sido demostrado
por la historia de las revoluciones en todo el mundo), o nada más que discursos
sobre reformas y promesas de reformas.
Pacifismo burgués y pacifismo socialista
El reformismo de Kautsky,
Turati y Bourderon, que se presenta ahora en forma de pacifismo, no sólo deja
de lado el problema de la revolución (lo que es de por sí una traición al socialismo), no sólo renuncia en la
práctica a toda labor revolucionaria sistemática y persistente, sino que llega
a declarar incluso que las manifestaciones en las calles son acciones
aventureras (Kautsky en Die Neue Zeit,
26 de noviembre de 1915). Llega hasta el punto de defender y realizar la unidad
con los adversarios francos y decididos de la lucha revolucionaria los Südekum,
los Legien, los Renaudel, los Thomas, etc., etc.
Ese reformismo es
absolutamente incompatible con el marxismo revolucionario, cuya obligación es
aprovechar, lo más posible, la presente situación revolucionaria en Europa para
preconizar abiertamente la revolución, el derrocamiento de los gobiernos burgueses,
la conquista del poder por el proletariado armado, sin renunciar ni negarse, en
absoluto, a utilizar las reformas para desarrollar la lucha por la revolución y
en el curso de ella.
El futuro inmediato nos
indicará cuál será el curso de los acontecimientos en Europa, en particular la
lucha entre el pacifismo reformista y el marxismo revolucionario, incluyendo la
lucha entre los dos sectores zimmerwaldianos.
Zúrich, 1 de enero de 1917
Publicado por vez
primera en 1924 en la “Recopilación Leninista II”.
T. 30, págs. 239-260.
Informe sobre la Revolución de 1905
72
INFORME SOBRE LA
REVOLUCIÓN DE 1905. 79
Jóvenes amigos y camaradas:
Hoy se cumple el duodécimo
aniversario del “Domingo Sangriento”, considerado con plena razón como el
comienzo de la revolución rusa.
Millares de obreros —gentes
no socialdemócratas, sino creyentes, súbditos leales—, dirigidos por un
sacerdote llamado Gapón, afluyen de todas las partes de la ciudad al centro de
la capital, a la plaza del Palacio de Invierno, para entregar una petición al
zar. Los obreros llevan iconos; su jefe de entonces, Gapón, se había dirigido
al zar por escrito, garantizándole la seguridad personal y rogándole que se
presentara ante el pueblo.
Se llama a las tropas.
Ulanos y cosacos se lanzan sobre la multitud con el sable desenvainado,
ametrallan a los inermes obreros que, puestos de rodillas, suplicaban a los
cosacos que se les permitiera ver al zar. Según los partes policíacos, hubo más
de mil muertos y de dos mil heridos. La indignación de los obreros era
indescriptible.
Tal es, en sus rasgos más
generales, el cuadro del 22 de enero de 1905, del “Domingo Sangriento”.
Para que comprendan mejor la
significación histórica de este acontecimiento, voy a leer algunos pasajes de
la petición que formulaban los obreros. La petición comienza con estas
palabras:
“Nosotros, obreros, vecinos
de San Petersburgo, acudimos a Ti Somos unos esclavos desgraciados y
escarnecidos; el despotismo y la arbitrariedad nos abruman. Cuando se colmó
nuestra paciencia, dejemos el trabajo y solicitamos de nuestros amos que nos
diesen lo mínimo, que la vida exige para no ser un martirio. Mas todo ha sido
rechazado, tildado de ilegal por los fabricantes. Los miles y miles aquí
reunidos igual que todo el pueblo ruso, carecemos en absoluto de derechos
humanos. Por culpa de Tus funcionarios hemos sido reducidos a la condición de
esclavos”.
La petición exponía las
siguientes reivindicaciones amnistía, libertades públicas, salario normal,
entrega gradual de la tierra al pueblo, convocación de una Asamblea
Constituyente elegida por sufragio universal, y terminaba con estas palabras:
“¡Majestad! ¡No niegues la ayuda a Tu pueblo!
¡Derriba el muro que se alza entre Ti y Tu pueblo!
Dispón y júranoslo, que
nuestros ruegos sean cumplidos, y harás la felicidad de Rusia; si no lo haces,
estamos dispuestos a morir aquí mismo. Sólo tenemos dos caminos: la libertad y
la felicidad, o la tumba”.
Cuando leemos ahora esta
petición de obreros sin instrucción, analfabetos, dirigidos por un sacerdote
patriarcal, experimentamos un sentimiento extraño. Impónese el paralelo entre
esa ingenua petición y las actuales resoluciones de paz de los socialpacifistas,
es decir, de gentes que quieren ser socialistas, pero que en realidad no son
sino charlatanes burgueses. Los obreros no conscientes de la Rusia
prerrevolucionaria no sabían que el zar es el jefe de la clase dominante, de la clase de los grandes terratenientes, ligados
ya por miles de vínculos a la gran
burguesía y dispuestos a defender por toda clase de medios violentos su
monopolio,
![]()
79 . Informe
sobre la revolución de 1905. Fue leído por Lenin en alemán el 9 (22) de
enero de 1917, en la Casa del Pueblo de Zúrich, durante una reunión de jóvenes
obreros suizos. Lenin empezó a trabajar en el informe en los días veinte de
diciembre de 1916
Informe sobre la Revolución de 1905
sus privilegios y
granjerías. Los socialpacifistas de hoy día, que — ¡dicho sea sin chanzas!—
quieren parecer personas “muy cultas”, no saben que esperar una paz
“democrática” de los gobiernos burgueses que sostienen una guerra imperialista
rapaz, es tan estúpido como la idea de que el sanguinario zar puede ser
inclinado a las reformas democráticas mediante peticiones pacíficas.
A pesar de todo, la gran
diferencia que media entre ellos estriba en que los socialpacifistas de hoy día
son en gran medida hipócritas, que, mediante tímidas insinuaciones, tratan de
apartar al pueblo de la lucha revolucionaria, mientras que los incultos obreros
rusos de la Rusia prerrevolucionaria demostraron con hechos que eran hombres
sinceros en los que por vez primera despertaba la conciencia política.
Y precisamente en ese
despertar de la conciencia política y del deseo de lucha revolucionaria en
inmensas masas populares, estriba la significación histórica del 22 de enero de
1905.
Dos días antes del “Domingo Sangriento”, el Sr. Piotr Struve, entonces jefe do
los liberales rusos, director de un órgano ilegal libre editado en el
extranjero, escribía: “En Rusia no hay todavía un pueblo revolucionario”. Tan
absurda le parecía a este “cultísimo”, presuntuoso y archinecio jefe de los
reformistas burgueses la idea de que un país campesino analfabeto pueda
engendrar un pueblo revolucionario. Tan profundamente convencidos estaban los
reformistas de entonces —como lo están los de ahora— de que una verdadera
revolución era imposible.
73
Hasta el 22 de enero (el 9
según el viejo calendario) de 1905, el partido revolucionario de Rusia lo
formaba un pequeño grupo de personas. Los reformistas de entonces (exactamente
como los de ahora) se burlaban de nosotros tildándonos de “secta”. Varios centenares
de organizadores revolucionarios, unos cuantos miles de afiliados a las
organizaciones locales, media docena de hojas revolucionarias, que no salían
arriba de una vez al mes, se editaban sobre todo en el extranjero y llegaban a
Rusia de contrabando, después de vencer increíbles dificultades y a costa de
muchos sacrificios: esto eran en Rusia, antes del 22 de enero de 1905, los
partidos revolucionarios y, en primer término, la socialdemocracia
revolucionaria. Esta circunstancia autorizaba formalmente a los obtusos y
altaneros reformistas a afirmar que en Rusia no había aún un pueblo
revolucionario.
No obstante, el panorama
cambió por completo en el curso de unos meses. Los centenares de
socialdemócratas revolucionarios se transformaron “de pronto” en millares, los
millares se convirtieron en jefes de dos o tres millones de proletarios. La
lucha proletaria suscitó una gran efervescencia, que en parte fue movimiento
revolucionario, en el seno de una masa campesina de cincuenta a cien millones
de personas; el movimiento campesino repercutió en el ejército y provocó
insurrecciones de soldados, choques armados de una parte del ejército con otra.
Así pues, un país enorme, de 130.000.000 de habitantes, se lanzó a la
revolución; así pues, la Rusia aletargada se convirtió en la Rusia del
proletariado revolucionario y del pueblo revolucionario.
Es necesario estudiar esta
transición, comprender cómo se hizo posible, cuáles fueron, por así decirlo,
sus métodos y caminos.
El medio principal de esta
transición fue la huelga de masas. La
peculiaridad de la revolución rusa estriba precisamente en que, por su
contenido social, fue una revolución democrática
burguesa, mientras que, por sus medios de lucha, fue una revolución proletaria. Fue democrática burguesa, puesto que el objetivo inmediato que se
proponía, y que podía alcanzar directamente con sus propias fuerzas, era la
república democrática, la jornada de 8 horas y la confiscación de los inmensos
latifundios de la nobleza: medidas todas ellas que la revolución burguesa de
Francia llevó casi plenamente a cabo en 1792 y 1793.
Informe sobre la Revolución de 1905
La revolución rusa fue a la
vez revolución proletaria, no sólo por ser el proletariado su fuerza dirigente,
la vanguardia del movimiento, sino también porque el medio específicamente
proletario de lucha, la huelga, fue el medio principal para poner en movimiento
a las masas y el fenómeno más característico del desarrollo, en oleadas
crecientes, de los acontecimientos decisivos.
La revolución rusa es la primera gran revolución de la historia
mundial — y sin duda no será la última- en que la huelga política de masas ha
desempeñado un papel extraordinario. Se puede incluso afirmar que es imposible
comprender los acontecimientos de la revolución rusa y la sucesión de sus
formas políticas si no se estudia el fondo
de esos acontecimientos y de esa sucesión de formas a través de la estadística de las huelgas.
Sé muy bien que los escuetos
datos estadísticos están muy fuera de lugar en un informe oral y que son
capaces de asustar a los oyentes. Sin embargo, no puedo dejar de citar algunos
números redondos para que ustedes puedan apreciar la base objetiva real de todo
el movimiento. Durante los diez años que precedieron a la revolución, el
promedio anual de huelguistas en Rusia ascendió a 43.000. Por consiguiente, el
número total de huelguistas durante el decenio anterior a la revolución fue de
430.000. En enero de 1905, en el primer mes de la revolución, el número de
huelguistas llegó a 440.000. O sea, que ¡en
un solo mes hubo más huelguistas
que en todo el decenio precedente!
En ningún país capitalista
del mundo, ni siquiera en los países más avanzados, como Inglaterra, los
Estados Unidos y Alemania, se ha visto un movimiento huelguístico tan grandioso
como el de 1905 en Rusia. El número total de huelguistas ascendió a 2.800.000,
es decir, al doble del total de obreros fabriles. Ello, naturalmente, no quiere
decir que los obreros fabriles urbanos de Rusia fueran más cultos, o más
fuertes, o estuvieran más adaptados a la lucha que sus hermanos de Europa
Occidental. Lo cierto es lo contrario.
Pero eso demuestra lo grande
que puede ser la energía latente del proletariado. Eso indica que en la época
revolucionaria —lo digo sin ninguna exageración, fundándome en los datos más
exactos de la historia rusa—, el proletariado puede desarrollar una energía combativa cien veces mayor que en períodos corrientes de calma. Eso indica
que la humanidad no conoció hasta
1905 lo inmensa, lo grandiosa que puede ser y será la tensión de fuerzas del
proletariado cuando se trate de luchar por objetivos verdaderamente grandes, de
luchar de un modo verdaderamente revolucionario.
La historia de la revolución
rusa nos muestra que quien luchó con la mayor tenacidad y la mayor abnegación
fue la vanguardia, fueron los elementos selectos de los obreros asalariados.
Cuanto más grandes eran las fábricas, más porfiadas eran las huelgas, mayor era
la frecuencia con que se repetían en un mismo año. Cuanto más grande era la
ciudad, más importante era el papel del proletariado en la lucha. Las tres
grandes ciudades, donde reside la población obrera más numerosa y más
consciente — San Petersburgo, Riga y Varsovia—, dan, con relación al número
total de obreros, un porcentaje de huelguistas incomparablemente mayor que
todas las demás ciudades, sin hablar ya del campo.
74
Los metalúrgicos son en
Rusia —probablemente lo mismo que en otros países capitalistas— el destacamento
de vanguardia del proletariado. Y a este respecto observamos el siguiente hecho
instructivo: por cada 100 obreros fabriles hubo en 1905 en Rusia 160 huelguistas;
mientras que a cada 100 metalúrgicos
correspondían ese mismo año ¡320 huelguistas! Se ha calculado que cada obrero
fabril ruso perdió en 1905, a consecuencia de las huelgas, un promedio de 10
rublos —unos 26 francos según la cotización de anteguerra—, dinero que, por así
decirlo, entregó para la lucha. Pero si tomamos sólo a los metalúrgicos,
obtendremos una cantidad ¡tres veces
mayor! Delante iban los mejores elementos de la clase obrera, arrastrando
tras de sí a los vacilantes, despertando a los dormidos y animando a los
débiles.
Informe sobre la Revolución de 1905
Extraordinario por su
peculiaridad fue el entrelazamiento de las huelgas económicas y políticas en el
período de la revolución. Está fuera de toda duda que sólo la ligazón más
estrecha entre estas dos formas de huelga fue lo que aseguró la gran fuerza del
movimiento. Si las amplias masas de los explotados no hubieran visto ante sí
ejemplos diarios de cómo los obreros asalariados de las diferentes ramas de la
industria obligaban a los capitalistas a mejorar de un modo directo e inmediato
su situación, no habría sido posible en modo alguno atraerlas al movimiento
revolucionario. Gracias a esta lucha, un nuevo espíritu alentó al pueblo ruso
en su conjunto. Y fue sólo entonces cuando la Rusia feudal, sumida en un sueño
letárgico, la Rusia patriarcal, devota y sumisa, se despidió del Adán bíblico;
sólo entonces tuvo el pueblo ruso una educación verdaderamente democrática,
verdaderamente revolucionaria.
Cuando los señores burgueses
y los socialistas reformistas, que les hacen coro sin sentido crítico, hablan
con tanta petulancia de la “educación” de las masas, de ordinario entienden por
educación algo escolar y pedantesco, algo que desmoraliza a las masas y les
inocula los prejuicios burgueses.
La verdadera educación de
las masas no puede ir nunca separada de la lucha política independiente y,
sobre todo, de la lucha revolucionaria de las propias masas. Sólo la lucha
educa a la clase explotada, sólo la lucha le descubre la magnitud de su fuerza,
amplía sus horizontes, eleva su capacidad, aclara su inteligencia y forja su
voluntad. Por eso, incluso los reaccionarios han tenido que reconocer que el
año 1905, año de lucha, “año de locura”, enterró para siempre la Rusia
patriarcal.
Examinemos más de cerca la
proporción de obreros metalúrgicos y textiles durante las luchas huelguísticas
de 1905 un Rusia. Los metalúrgicos son los proletarios mejor retribuidos, los
más conscientes y más cultos. Los obreros textiles, cuyo número, en la Rusia de
1905, sobrepasaba en más de un 15% el de los metalúrgicos, representan a las
masas más atrasadas y peor retribuidas, a unas masas que con frecuencia no han
roto aún definitivamente sus vínculos familiares con el campo. Y a este
respecto nos encontramos con la siguiente importantísima circunstancia.
Las huelgas sostenidas por
los metalúrgicos durante todo el año de 1905 nos dan un mayor número de
acciones políticas que económicas, aunque ese predominio dista mucho de ser tan
grande a principios como a finales de año. Al contrario, entre los obreros textiles
observamos a comienzos de 1905 un formidable predominio de las huelgas
económicas, que tan sólo a fines de año es sustituido por el predominio de las
huelgas políticas. De ahí se deduce con toda claridad que sólo la lucha
económica, que sólo la lucha por un mejoramiento directo e inmediato de su
situación es capaz de poner en movimiento a las capas más atrasadas de las
masas explotadas, de educarlas verdaderamente y de convertirlas —en una época
de revolución—, en el curso de pocos meses, en un ejército de luchadores
políticos.
Cierto, para eso era
necesario que el destacamento de vanguardia de los obreros no entendiera por
lucha de clases la lucha por los intereses de una pequeña capa superior, como
con harta frecuencia han tratado de hacer creer a los obreros los reformistas,
sino que los proletarios actuaran realmente como vanguardia de la mayoría de
los explotados, incorporaran esa mayoría a la lucha, como ocurrió en Rusia en
1905 y como deberá suceder y sucederá sin duda alguna en la futura revolución
proletaria en Europa.
El comienzo de 1905 trajo la
primera gran ola del movimiento huelguístico que se extendió por todo el país.
En la primavera de ese mismo año observamos ya el despertar del primer gran movimiento campesino , no sólo
económico, sino también político, habido en Rusia. Para comprender la
importancia de ese hecho, que representa un viraje en la historia, hay que
recordar que los campesinos no se emanciparon en Rusia de la más penosa
dependencia feudal hasta 1861, que los campesinos son en su mayoría
analfabetos, que viven en una
Informe sobre la Revolución de 1905
miseria indescriptible,
abrumados por los terratenientes, embrutecidos por los curas y aislados unos de
otros por enormes distancias y por la falta casi absoluta de caminos.
Rusia vio por primera vez un
movimiento revolucionario contra el zarismo en 1825, pero ese movimiento fue
casi exclusivamente cosa de la nobleza. Desde entonces y hasta 1881, año en que
Alejandro II es muerto por los terroristas, se encontraron al frente del
movimiento intelectuales salidos de las capas medias, quienes dieron pruebas
del más grande espíritu de sacrificio, suscitando con su heroico método
terrorista de lucha el asombro del mundo entero. Es indudable que estas
víctimas no cayeron en vano, es indudable que contribuyeron
— directa o indirectamente—
a la educación revolucionaria del pueblo ruso en años posteriores. Sin embargo,
no alcanzaron ni podían alcanzar su objetivo inmediato: despertar la revolución
popular.
75
Esto lo consiguió sólo la lucha revolucionaria del proletariado.
Sólo la oleada de huelgas de masas, extendida por todo el país a consecuencia
de las duras lecciones de la guerra imperialista ruso— japonesa, despertó a las
amplias masas campesinas de su sueño letárgico. La palabra “huelguista”
adquirió para los campesinos un sentido completamente nuevo, viniendo a ser
algo así como rebelde o revolucionario, conceptos que antes se expresaban con
la palabra “estudiante”. Pero como el “estudiante” pertenecía a las capas
medias, a la “gente de letras”, a los “señores”, era extraño al pueblo. El
“huelguista”, por el contrario, había salido del pueblo, él mismo figuraba
entre los explotados. Cuando lo desterraban de San Petersburgo, muy a menudo
retornaba al campo y hablaba a sus compañeros de la aldea del incendio que
envolvía a las ciudades y que debía eliminar a los capitalistas y a los nobles.
En la aldea rusa apareció un tipo nuevo: el joven campesino consciente. Este
mantenía relaciones con los “huelguistas”, leía periódicos, refería a los
campesinos los acontecimientos que se producían en las ciudades, explicaba a
sus compañeros del lugar la significación de las reivindicaciones políticas y
los llamaba a la lucha contra los grandes terratenientes nobles, contra los
curas y los funcionarios.
Los campesinos se reunían en
grupos, hablaban de su situación y poco a poco se iban incorporando a la lucha:
lanzábanse en masa contra los grandes terratenientes, prendían fuego a sus
palacios y fincas o se incautaban de sus reservas, se apropiaban del trigo y de
otros víveres, mataban a los policías y exigían que se entregara al pueblo la
tierra de las inmensas posesiones de la nobleza.
En la primavera de 1905 el
movimiento campesino estaba aún en germen y abarcaba sólo una pequeña parte de
los distritos, la séptima parte aproximadamente.
Pero la unión de la huelga
proletaria de masas en las ciudades con el movimiento campesino en las aldeas
fue suficiente para tambalear el último y más “firme” sostén del zarismo. Me
refiero al ejército.
Comienza un período de insurrecciones militares en la marina y
en el ejército. Cada ascenso en la oleada del movimiento huelguístico y
campesino durante la revolución va acompañado de insurrecciones de soldados en
toda Rusia. La más conocida de ellas es la insurrección del acorazado Príncipe Potemkin , de la Flota del Mar
Negro. Este buque, que cayó en manos de los sublevados, tomó parte en la
revolución en Odesa, y después de la derrota de la revolución y tras algunas
tentativas infructuosas de apoderarse de otros puertos (por ejemplo, de
Feodosia, en Crimea), se entregó a las autoridades rumanas en Constantza.
A fin de proporcionarles un
cuadro concreto de los acontecimientos en su punto culminante, me permitirán
que les lea un pequeño episodio de esa insurrección de la Flota del Mar Negro:
“Se celebraban reuniones de
obreros y marinos revolucionarios, que eran cada vez más frecuentes. Como a los
militares les estaba prohibido asistir a los mítines obreros, masas de obreros
comenzaron a frecuentar los mítines militares. Se reunían miles de
Informe sobre la Revolución de 1905
personas. La idea de actuar
conjuntamente tuvo un vivo eco. En las compañías más conscientes se eligieron
delegados.
El mando militar decidió
entonces tomar medidas. Los intentos de algunos oficiales de pronunciar en los
mítines discursos “patrióticos” daban los resultados más deplorables: los
marinos, acostumbrados a la controversia, ponían en vergonzosa fuga a sus jefes.
En vista de tales fracasos, se decidió prohibir toda clase de mítines.
El 24 de noviembre de 1905,
por la mañana, junto a las puertas de los cuarteles de la marina montó guardia
una compañía de fusileros con dotación de campaña. El contralmirante Pisarevski
ordenó en voz alta: “¡Que nadie salga de los cuarteles! En caso de desobediencia,
abrid fuego”. De la compañía que acababa de recibir esta orden se destacó el
marinero Petrov cargó su fusil a los ojos de todos y mató de un disparo al
capitán ayudante Stein, del regimiento de Bialystok, hiriendo del segundo
disparo al contralmirante Pisarevski. Se oyó la voz de mando de un oficial:
“¡Arrestarlo!” Nadie se movió del sitio. Petrov arrojó su fusil al suelo. “¿No
oísteis la orden? ¡Detenedme!” Fue arrestado. Los marineros, que afluían de
todas partes, exigieron en forma ruidosa que fuera puesto en libertad,
declarando que respondían por él. La efervescencia llegó a su apogeo.
— Petrov, ¿no es cierto que el disparo
se ha producido casualmente? —preguntó el oficial, buscando salida a la
situación.
— ¿Por qué casualmente? He salido de
filas, he cargado el fusil y he apuntado, ¿qué tiene eso de casual?
— Los marineros exigen tu libertad...
Y Petrov fue puesto en
libertad. Pero los marineros no se dieron por satisfechos: arrestaron a todos
los oficiales de guardia, los desarmaron y los condujeron a las oficinas... Los
delegados de los marineros —unos cuarenta— deliberaron durante toda la noche,
decidiendo poner en libertad a los oficiales, prohibiéndoles en adelante la
entrada en los cuarteles...”
76
Esta pequeña escena muestra muy a lo vivo cómo transcurrieron en
su mayoría las insurrecciones militares. La efervescencia revolucionaria
reinante en el pueblo no podía dejar de extenderse al ejército. Es
característico que los jefes del movimiento surgieran de aquellos elementos de la marina y del ejército que antes habían
sido principalmente obreros industriales
y de las unidades para las cuales se exigía una mayor preparación técnica,
como, digamos, los zapadores. Pero las amplias masas eran todavía demasiado
ingenuas, tenían un espíritu demasiado pacífico, demasiado benévolo, demasiado
cristiano. Se infamaban con bastante facilidad; cualquier injusticia, el trato
demasiado grosero de los oficiales, la mala comida y otras cosas por el estilo
podían provocar su indignación. Pero faltaba firmeza, faltaba una conciencia
clara de su misión: no alcanzaban a comprender suficientemente que la única
garantía del triunfo de la revolución sólo es la más enérgica continuación de
la lucha armada, la victoria sobre todas las autoridades militares y civiles,
el derrocamiento del gobierno y la conquista del poder en todo el país.
Las amplias masas de marinos
y soldados se rebelaban con facilidad. Pero con esa misma facilidad incurrían
en la ingenua estupidez de poner en libertad a los oficiales presos, se dejaban
apaciguar por las promesas y exhortaciones de sus mandos; esto daba a los
mandos un tiempo precioso, les permitía recibir refuerzos y derrotar a los
insurrectos, o después a la más cruel represión y ejecutando a los jefes.
Ofrece particular interés comparar las insurrecciones militares
de 1905 en Rusia con la
Informe sobre la Revolución de 1905
insurrección militar de los
decembristas en 1825, cuando la dirección del movimiento político se encontraba
casi exclusivamente en manos de oficiales, de oficiales nobles, que se habían
contagiado de las ideas democráticas de Europa al entrar en contacto con ellas
durante las guerras napoleónicas. La tropa, formada entonces aún por campesinos
siervos, permanecía pasiva.
La historia de 1905 nos
ofrece un cuadro diametralmente opuesto. Los oficiales, salvo raras
excepciones, estaban influenciados por un espíritu liberal burgués, reformista,
o eran abiertamente contrarrevolucionarios. Los obreros y campesinos vestidos
de uniforme militar fueron el alma de las insurrecciones; el movimiento se hizo
popular. Por primera vez en la historia de Rusia, abarcó a la mayoría de los
explotados. Lo que a este movimiento le faltó fue, de una parte, firmeza y
resolución en las masas, que adolecían de un exceso de confianza; de otra
parte, faltó la organización de los obreros revolucionarios socialdemócratas
que se hallaban bajo las armas no supieron tomar la dirección en sus manos,
ponerse a la cabeza del ejército revolucionario y pasar a la ofensiva contra el
poder gubernamental.
Señalaremos de pasada que
esos dos defectos serán eliminados —infaliblemente, aunque tal vez más despacio
de lo que nosotros desearíamos—, no sólo por el desarrollo general del
capitalismo, sino también por la guerra actual...
En todo caso, la historia de
la revolución rusa, lo mismo que la historia de la Comuna de París de 1871, nos
ofrece la enseñanza irrefutable de que el militarismo jamás ni en caso alguno
puede ser derrotado y eliminado por otro método que no sea la lucha victoriosa
de una parte del ejército popular contra la otra parte. No basta con fulminar,
maldecir y “negar” el militarismo, criticarlo y demostrar su nocividad; es
estúpido negarse pacíficamente a prestar el servicio militar. La tarea consiste
en mantener en tensión la conciencia revolucionaria del proletariado, y
preparar no sólo en general, sino concretamente a sus mejores elementos para
que, llegado un momento de profundísima efervescencia del pueblo, se pongan al
frente del ejército revolucionario.
Así nos lo enseña también la
experiencia diaria de cualquier Estado capitalista. Cada una de sus “pequeñas”
crisis nos muestra en miniatura elementos y gérmenes de los combates que habrán
de repetirse ineluctablemente a gran escala en un período de gran crisis. ¿Y
qué es, por ejemplo, cualquier huelga sino una pequeña crisis de la sociedad
capitalista? ¿No tenía acaso razón el ministro prusiano del Interior, señor von
Puttkamer, al pronunciar aquella conocida sentencia de que “en cada huelga se
oculta la hidra de la revolución”? ¿Es que la utilización de los soldados
durante las huelgas, incluso en los países capitalistas más pacíficos, más
“democráticos” —con perdón sea dicho— , no nos indica cómo van a ser las cosas cuando se produzcan crisis verdaderamente grandes?
Pero volvamos a la historia
de la revolución rusa. He tratado de mostrarles cómo las huelgas obreras
sacudieron el país entero y a las capas explotadas más amplias y más atrasadas,
cómo se inició el movimiento campesino y cómo fue acompañado de insurrecciones
militares.
El movimiento alcanzó su
apogeo en el otoño de 1905. El 1916) de agosto apareció el manifiesto del zar
sobre la institución de una asamblea representativa. ¡La llamada Duma de
Bulyguin debía ser fruto de una ley que concedía derecho electoral a un número
irrisorio de personas y no reservaba a este original “parlamento” atribución
legislativa alguna, reconociéndole únicamente funciones consultivas!
La burguesía, los liberales
y los oportunistas estaban dispuestos a aferrarse con ambas manos a esta
“dádiva” del asustado zar. Nuestros reformistas de 1905 eran incapaces de
comprender —al igual que todos los reformistas— que hay situaciones históricas en
las cuales las reformas, y en particular las promesas de reformas, persiguen exclusivamente un
Informe sobre la Revolución de 1905
fin: contener la
efervescencia del pueblo, obligar a la clase revolucionaria a terminar o por lo
menos a debilitar la lucha.
77
La socialdemocracia
revolucionaria de Rusia comprendió muy bien el verdadero carácter de esta
concesión, de esta dádiva de una Constitución fantasma hecha en agosto de 1905.
Por eso, sin perder un instante, lanzó las consignas de ¡Abajo la Duma
consultiva! ¡Boicot a la Duma! ¡Abajo el gobierno zarista! ¡Continuación de la
lucha revolucionaria para derrocar al gobierno! ¡No es el zar, sino un gobierno
provisional revolucionario quien debe convocar la primera institución
representativa auténticamente popular de Rusia!
La historia demostró la
razón que asistía a los socialdemócratas revolucionarios, pues la Duma de Bulyguin nunca llegó a reunirse.
Fue barrida por el vendaval revolucionario antes de reunirse. Ese vendaval obligó al zar a decretar una nueva ley
electoral, que ampliaba considerablemente el censo, y a reconocer el carácter
legislativo de la Duma.
Octubre y diciembre de 1905
son los meses que marcan el punto culminante en el ascenso de la revolución
rusa. Todos los manantiales de la energía revolucionaria del pueblo se abrieron
mucho más ampliamente que antes. El número de huelguistas, que, como ya he
dicho, había alcanzado en enero de 1905 la cifra de 440.000, en octubre de 1905
pasó del medio millón (¡sólo en un mes!). Pero a ese número, que comprende únicamente a los obreros fabriles, hay
que agregar aún varios cientos de miles de obreros ferroviarios, empleados de
Correos y Telégrafos, etc.
La huelga general de
ferroviarios interrumpió en toda Rusia el tráfico y paralizó del modo más
rotundo las fuerzas del gobierno. Abriéronse las puertas de las universidades,
y las aulas
— destinadas exclusivamente
en tiempos pacíficos a embrutecer a los jóvenes cerebros con la sabiduría
académica de doctos catedráticos y a convertirlos en mansos criados de la
burguesía y del zarismo— se transformaron en lugar de reunión de miles y miles
de obreros, artesanos y empleados, que discutían abierta y libremente los
problemas políticos.
Se conquistó la libertad de
prensa. La censura fue simplemente eliminada. Ningún editor se atrevía a
presentar a las autoridades el ejemplar obligatorio, ni las autoridades se
atrevían a adoptar medida alguna contra ello. Por primera vez en la historia de
Rusia aparecieron libremente en San Petersburgo y en otras ciudades periódicos
revolucionarios. Sólo en San Petersburgo se publicaban tres diarios
socialdemócratas con una tirada de 50.000 a 100.000 ejemplares.
El proletariado marchaba a
la cabeza del movimiento. Su objetivo era conquistar la jornada de 8 horas por
vía revolucionaria. La consigna de lucha del proletariado de San Petersburgo
era: “¡Jornada de 8 horas y armas!”
Para una masa cada vez mayor de obreros se hizo evidente que la suerte de la
revolución podía decidirse, y que en efecto se decidiría, sólo por la lucha
armada. En el fragor de la lucha se formó una organización de masas original:
los célebres Soviets de diputados obreros
o asambleas de delegados de todas las fábricas. Estos Soviets de diputados obreros comenzaron a desempeñar, cada vez más,
en algunas ciudades de Rusia, el
papel de gobierno provisional revolucionario, el papel de órganos y de
dirigentes de las insurrecciones. Se hicieron tentativas de organizar Soviets
de diputados soldados y marineros y de unificarlos con los Soviets de diputados
obreros.
Ciertas ciudades de Rusia
vivieron en aquellos días un período de pequeñas “repúblicas” locales, donde
las autoridades habían sido destituidas y el Soviet de diputados obreros
desempeñaba realmente la función de nuevo poder público. Esos períodos fueron,
por desgracia, demasiado breves, las “victorias” fueron demasiado débiles,
demasiado aisladas.
El movimiento campesino
alcanzó en el otoño de 1905 proporciones aún mayores. Los llamados “desórdenes
campesinos” y las verdaderas insurrecciones campesinas afectaron entonces a más de un tercio de todos los distritos
del país. Los campesinos prendieron fuego
Informe sobre la Revolución de 1905
a unas 2.000 fincas de
terratenientes y se repartieron los medios de subsistencia robados al pueblo
por los rapaces nobles. Por desgracia, ¡esta labor se hizo demasiado poco a
fondo! Desgraciadamente, los campesinos sólo destruyeron entonces la quinzava parte
del número total de fincas de los nobles, sólo la quinzava parte de lo que
hubieran debido destruir para barrer
del suelo ruso, de una vez para siempre, esa vergüenza del latifundio feudal.
Por desgracia, los campesinos actuaron demasiado dispersos, demasiado
desorganizadamente y con insuficiente brío en la ofensiva, siendo ésta una de
las causas fundamentales de la derrota de la revolución.
Entre los pueblos oprimidos
de Rusia estalló un movimiento de liberación nacional. Más de la mitad, casi las tres quintas partes (exactamente el 57%) de la población de Rusia sufre opresión nacional, no goza siquiera de
libertad para expresarse en su lengua materna y es rusificada a la fuerza. Los
musulmanes, por ejemplo, que en Rusia son decenas de millones, organizaron
entonces, con una rapidez asombrosa —se vivía en general una época de
crecimiento gigantesco de las diferentes organizaciones—, una liga musulmana.
Para dar a los aquí
reunidos, y en particular a los jóvenes, una muestra de cómo, bajo la
influencia del movimiento obrero, crecía el movimiento de liberación nacional
en la Rusia de aquel entonces, citaré un pequeño ejemplo.
78
En diciembre de 1905, los
muchachos polacos quemaron en centenares de escuelas todos los libros y cuadros
rusos y los retratos del zar, apalearon y expulsaron de las escuelas a los
maestros rusos y a sus condiscípulos rusos al grito de “¡Fuera de aquí, a
Rusia!”. Los alumnos polacos de los centros de segunda enseñanza presentaron,
entre otras, las siguientes reivindicaciones: “1) Todas las escuelas de
enseñanza secundaria deben pasar a depender del Soviet de diputados obreros; 2)
celebración de reuniones conjuntas de estudiantes y obreros en los edificios
escolares; 3) autorización para llevar en los liceos blusas rojas en señal de
adhesión a la futura república proletaria”, etc.
Cuanto más ascendía la
oleada del movimiento, tanto mayor era la energía y el ánimo con que se armaban
las fuerzas reaccionarias para luchar contra la revolución. La revolución rusa
de 1905 justificó las palabras escritas por Kautsky en 1902 (cuando, por
cierto, todavía era marxista revolucionario, y no como ahora, defensor de los
socialpatriotismo y oportunistas) en su libro La revolución social. He aquí lo que decía Kautsky:
“...La futura revolución… se parecerá
menos a una insurrección por sorpresa contra el gobierno que a una guerra civil
prolongada”.
¡Así sucedió! ¡Indudablemente, así sucederá también en la futura
revolución europea!
El zarismo descargó su odio
sobre todo contra los hebreos. De una parte, éstos daban un porcentaje
especialmente elevado de dirigentes del movimiento revolucionario (considerando
el total de la población hebrea). Hoy, por cierto, los hebreos tienen también
el mérito de dar un porcentaje relativamente elevado, en comparación con otros
pueblos, de componentesde la corriente internacionalista. De otro lado, el
zarismo supo aprovechar muy bien los abominables prejuicios de las capas más
ignorantes de la población contra los hebreos. Así se produjeron los pogromos apoyados en la mayoría de los
casos por la policía, cuando no dirigidos por ella de manera inmediata, esos
monstruosos apaleamientos de hebreos pacíficos, de sus esposas y sus hijos —en
100 ciudades se registraron durante ese período más de 4.000 muertos y más de
10.000 mutilados — , que han provocado la repulsa de todo el mundo civilizado.
Me refiero, naturalmente, a la repulsa de los verdaderos elementos democráticos
del mundo civilizado, que son exclusivamente
los obreros socialistas, los proletarios.
La burguesía, incluso la
burguesía de los países más libres, incluso de las repúblicas de Europa
Occidental, sabe combinar magníficamente sus frases hipócritas acerca de las
“ferocidades
Informe sobre la Revolución de 1905
rusas” con los negocios más
desvergonzados, especialmente con el apoyo financiero al zarismo y con la
explotación imperialista de Rusia mediante la exportación de capitales, etc.
La revolución de 1905
alcanzó su punto culminante con la insurrección de diciembre en Moscú. Un
pequeño número de insurrectos, obreros organizados y armados —no serían más de ocho mil—, ofrecieron resistencia
durante nueve días al gobierno zarista, que no sólo llegó a perder la confianza
en la guarnición de Moscú, sino que se vio obligado a mantenerla rigurosamente
acuartelada; únicamente la llegada del regimiento Semiónovski de San Petersburgo
permitió al gobierno sofocar la insurrección.
A la burguesía le gusta
escarnecer y motejar de artificiosa la insurrección de Moscú. Por ejemplo, el
señor catedrático Max Weber, representante de la llamada literatura
“científica” alemana, en su voluminosa obra sobre el desarrollo político de
Rusia, la tildó de “putsch”. “El grupo leninista — escribe este “archierudito”
señor catedrático— y una parte de los socialistas-revolucionarios hacía ya
tiempo que venían preparando esta descabellada
insurrección”.
Para apreciar en lo que vale
esta sabiduría académica de la cobarde burguesía, basta con refrescar en la
memoria las cifras escuetas de la estadística de huelgas. Las huelgas puramente
políticas de enero de 1905 en Rusia abarcaron sólo a 123.000 hombres; en
octubre fueron 330.000; el número de participantes en huelgas puramente
políticas llegó al máximo en diciembre,
alcanzando la cifra de 370.000 ¡en el curso de un solo mes! Recordemos el incremento de la revolución, las insurrecciones de
campesinos y soldados, y al instante nos convenceremos de que el juicio de la
“ciencia” burguesa sobre la insurrección de diciembre, además de ser un
absurdo, constituye un subterfugio verbalista de los representantes de la
cobarde burguesía, que ve en el proletariado a su más peligroso enemigo de
clase.
En realidad, todo el
desarrollo de la revolución rusa impulsaba de modo inevitable a la lucha armada
decisiva entre el gobierno zarista y la vanguardia del proletariado con
conciencia de clase.
En las consideraciones antes
expuestas, he indicado ya en qué consistió la debilidad de la revolución rusa,
debilidad que condujo a su derrota temporal.
Al ser aplastada la
insurrección de diciembre se inicia la línea descendente de la revolución. En
este período hay también aspectos extraordinariamente interesantes; basta
recordar el doble intento de los elementos más combativos de la clase obrera
para poner fin al repliegue de la revolución y preparar una nueva ofensiva.
Pero he agotado casi el
tiempo de que dispongo, y no quiero abusar de la paciencia de mis oyentes. Creo
haber esbozado ya, en la medida en que es posible hacerlo tratándose de un
breve informe y de un tema tan amplio, lo más importante para comprender la
revolución rusa: su carácter de clase, sus fuerzas motrices y sus medios de
lucha.
79
Me limitaré a unas breves
observaciones más en cuanto a la significación mundial de la revolución rusa.
Desde el punto de vista
geográfico, económico e histórico, Rusia no pertenece sólo a Europa, sino
también a Asia. Por eso vemos que la revolución rusa no se ha limitado a
despertar definitivamente de su sueño al país más grande y más atrasado de
Europa y a forjar un pueblo revolucionario dirigido por un proletariado
revolucionario.
Ha conseguido más. La
revolución rusa ha puesto en movimiento a toda Asia. Las revoluciones de
Turquía, Persia y China demuestran que la potente insurrección de 1905 ha
dejado huellas profundas y que su influencia, puesta de manifiesto en el
movimiento progresivo de cientos y
cientos de millones de personas, es inextirpable.
Informe sobre la Revolución de 1905
La revolución rusa ha
ejercido también una influencia indirecta en los países de Occidente. No
debemos olvidar que la noticia del manifiesto constitucional del zar, en cuanto
llegó a Viena el 30 de octubre de 1905, contribuyó decisivamente a la victoria definitiva
del sufragio universal en Austria.
Durante una de las sesiones
del Congreso de la socialdemocracia austriaca, cuando el camarada Ellenbogen
—que entonces no era aún socialpatriota, que entonces era un camarada— hacía su
informe sobre la huelga política, fue colocado ante él el telegrama. Los
debates se suspendieron inmediatamente. ¡Nuestro puesto está en la calle!, fue
el grito que resonó en toda la sala en que se hallaban reunidos los delegados
de la socialdemocracia austriaca. En los días inmediatos se vieron imponentes
manifestaciones en las calles de Viena y barricadas en las de Praga. El triunfo
del sufragio universal en Austria estaba asegurado.
Muy a menudo se encuentran
europeos occidentales que hablan de la revolución rusa como si los
acontecimientos, relaciones y medios de lucha en este país atrasado tuvieran
muy poco de común con las relaciones de sus propios países, por lo que
difícilmente puedan tener la menor importancia práctica.
Nada más erróneo que semejante opinión.
Es indudable que las formas
y los motivos de los futuros combates de la futura revolución europea se
distinguirán en muchos aspectos de las formas de la revolución rusa.
Mas, a pesar de ello, la
revolución rusa, gracias precisamente a su carácter proletario, en la acepción
especial de esta palabra a que ya me he referido, sigue siendo el prólogo de la futura revolución europea.
Es indudable que ésta sólo puede ser una revolución proletaria, y en un sentido
todavía más profundo de la palabra: proletaria y socialista también por su
contenido. Esa revolución futura mostrará en mayor medida aún, por una parte,
que sólo los más duros combates, las guerras civiles, pueden emancipar al
género humano del yugo del capital; y, por otra, que sólo los proletarios con
conciencia de clase pueden actuar y actuarán como jefes de la inmensa mayoría
de los explotados.
No nos debe engañar el
silencio sepulcral que ahora reina en Europa. Europa lleva en sus entrañas la
revolución. Las monstruosidades de la guerra imperialista y los tormentos de la
carestía hacen germinar en todas partes el espíritu revolucionario, y las
clases dominantes, la burguesía, y sus servidores, los gobiernos, se adentran
cada día más en un callejón sin salida del que no podrán escapar en modo alguno
sino a costa de las más grandes conmociones.
Lo mismo que en la Rusia de
1905 comenzó bajo la dirección del proletariado la insurrección popular contra
el gobierno zarista y por la conquista de la república democrática, los años
próximos traerán a Europa, precisamente como consecuencia de esta guerra de
pillaje, insurrecciones populares dirigidas por el proletariado contra el poder
del capital financiero, contra los grandes bancos, contra los capitalistas. Y
estas conmociones no podrán terminar más que con la expropiación de la
burguesía, con el triunfo del socialismo.
Nosotros, los viejos, quizá
no lleguemos a ver las batallas decisivas de esa revolución futura. No
obstante, yo creo que puedo expresar con plena seguridad la esperanza de que
los jóvenes, que tan magníficamente actúan en el movimiento socialista de Suiza
y de todo el mundo, no sólo tendrán la dicha de luchar, sino también la de
triunfar en la futura revolución proletaria.
Escrito en alemán antes del 9 (22) de enero de 1917. Publicado
por vez primera el 22 de enero de 1925 en el núm. 18 el periódico “Pravda”.
T. 30, págs. 306-328.
80
ESTADÍSTICA Y
SOCIOLOGÍA.
Introducción.
Algunos de los ensayos que
ofrecemos a la atención del lector no habían sido publicados hasta ahora. Otros
son reproducciones de artículos aparecidos antes de la guerra en diversas
publicaciones periódicas. El problema que estos ensayos abarcan —el significado
y el papel de los movimientos nacionales y la correlación de lo nacional y lo
internacional — suscita, naturalmente, especial interés en la hora presente.
Las discusiones sobre este problema adolecen en la mayoría de los casos y con
la mayor frecuencia, de falta de concreción y de un enfoque histórico. Es muy
corriente pasar cualquier contrabando encubriéndolo con frases comunes.
Creemos, por lo tanto, que un poco de estadística no estará de más. La
confrontación de lo que decíamos antes de la guerra con las enseñanzas de la
misma no nos parece ociosa. Estos ensayos están ligados entre sí por la unidad
de la teoría y del punto de vista.
Enero de 1917
El Autor
El ámbito histórico
de los movimientos nacionales.
Los hechos son tozudos, dice
un proverbio inglés. Este proverbio nos viene a menudo a la memoria,
especialmente cuando algún escritor, trinando como un ruiseñor, canta loas a la
grandeza del “principio de la nacionalidad” en sus diversos sentidos y correlaciones.
Por cierto que, en la mayoría de los casos, este “principio” se aplica con
tanta fortuna como acertadas y oportunas fueron las exclamaciones de un célebre
personaje de un cuento popular que, a la vista de un entierro, deseó a los que
formaban la comitiva: “¡Ojalá tengáis siempre uno que llevar!”
Hechos exactos, hechos
indiscutibles: he ahí lo particularmente insoportable para esta clase de
escritores y lo especialmente necesario, si se desea orientarse con seriedad en
el complejo y difícil problema, a menudo enredado con toda premeditación. Pero
¿cómo reunir los hechos?, ¿cómo establecer su nexo e interdependencia?
En el terreno de los
fenómenos sociales no existe procedimiento más difundido y más inconsistente
que aferrarse a los pequeños hechos aislados,
jugar a los ejemplos. Escoger ejemplos en general no cuesta gran cosa, pero eso
no tiene ningún significado, o lo tiene puramente negativo, pues el quid está
en la situación histórica concreta de cada caso. Los hechos, tomados en su conjunto, en su conexión , no sólo son “tozudos”, sino
absolutamente demostrativos. En cambio, los pequeños hechos tomados al margen
del todo y sin conexión, fragmentaria y arbitrariamente, se transforman en un
juguete o en algo peor. Por ejemplo, si un escritor que era en otros tiempos
persona seria, deseoso de seguir siendo considerado como tal, toma el caso del
yugo mongólico y lo pone como ejemplo para aclarar ciertos acontecimientos
acaecidos en la Europa del siglo XX, ¿podrá considerarse su proceder sólo como
un juego, o será más correcto incluirlo en el charlatanismo político? El yugo
mongol es un hecho histórico, ligado indudablemente al problema nacional.
También en la Europa del siglo XX se observa una serie de hechos ligados
indudablemente a este problema. Sin embargo, serán pocas las personas —del tipo
que los franceses tildan de “payasos
nacionales”—
capaces de pretender seriedad y, al mismo tiempo, valerse del “hecho” del yugo
mongol para ilustrar lo que sucede en la Europa del siglo XX.
La conclusión es clara: hay
que intentar establecer una base de hechos exactos e indiscutibles sobre la
cual sea posible apoyarse para comparar cualesquiera de esas “generales” y
“ejemplares” argumentaciones, de las que tan desmedidamente se abusa hoy en
algunos países. Para que sea una base verdadera, hace falta tomar no hechos
aislados, sino todo el conjunto de hechos que atañen al problema que se
examina, sin una sola excepción,
pues, de otro modo, surgirá inevitablemente la sospecha, muy legítima, de que
los hechos han sido escogidos o reunidos de forma arbitraria; de que, en lugar
de una ligazón y una interdependencia objetivas de los fenómenos históricos en
su conjunto, se nos sirve un guisote “subjetivo” para justificar, tal vez, un
asunto turbio. Porque eso ocurre... y más a menudo de lo que parece.
Partiendo de estas
consideraciones, hemos resuelto empezar por la estadística, plenamente
conscientes, como es natural, de la gran antipatía que suele despertar en
algunos lectores, que prefieren “las mentiras que nos enaltecen”80 a las “verdades bajas”, y en ciertos escritores, aficionados a
pasar contrabando político encubriéndolo con divagaciones “generales” acerca
del internacionalismo, el cosmopolitismo, el nacionalismo, el patriotismo, etc.
81
Capítulo I. Un poco
de estadística.
I
Para pasar revista realmente
a todo el conjunto de datos sobre los
movimientos nacionales, hay que tomar a toda
la población de la Tierra. Dos rasgos deben ser establecidos con la mayor
exactitud posible e investigados con la máxima plenitud: 1) la pureza o el
abigarramiento de la composición nacional de cada Estado, y 2) la división de
los Estados (o de las formaciones semejantes a Estados, cuando surja la duda de
si puede hablarse propiamente de Estados) en dependientes e independientes
políticamente.
Tomemos los más recientes
datos, publicados en 1916 y basémonos en dos fuentes: una, alemana, son las Tablas geográfico-estadísticas de Otto
Hübner; la otra, inglesa, el Anuario
Político (The Statesman’s Year-Book
). Tendremos que tomar como base la primera fuente, ya que es mucho más completa en lo que atañe al problema que nos
interesa. La segunda la utilizaremos para hacer comprobaciones y algunas
correcciones, parciales en su mayoría.
Comencemos nuestra revista
por los Estados políticamente independientes y más “puros”, en el sentido de la
homogeneidad de su composición nacional. Destaca en el acto, en primer lugar,
el grupo de Estados de Europa Occidental,
es decir, los que se hallan al Oeste de Rusia y de Austria.
Contamos 17 Estados, de los
cuales, empero, cinco son Estados de juguete por sus insignificantes
dimensiones, si bien muy puros por su composición nacional: Luxemburgo, Mónaco,
San Marino, Lichtenstein y Andorra, que totalizan una población de 310.000 habitantes.
No cabe duda de que será mejor no incluirlos en absoluto en el número de
Estados. De los 12 Estados restantes, siete son de composición nacional
completamente pura: en Italia, Holanda, Portugal, Suecia y Noruega corresponde
a una sola nación el 99% de la población de cada país, y en España y Dinamarca,
el 96%. Siguen luego tres Estados de composición nacional casi pura: Francia,
Inglaterra y Alemania. En Francia, tan sólo el 1,3%
![]()
80 “Más que montones de verdades bajas yo
estimo las mentiras que nos enaltecen". Palabras de la poesía de Pushkin El héroe
de la población son
italianos, anexionados por Napoleón III, violando y falsificando la voluntad
popular. En Inglaterra, la anexionada es Irlanda, cuya población, de 4.400.000
almas, constituye algo menos de una décima parte de la población global de Inglaterra
(46.800.000). En Alemania, que cuenta con 64.900.000 habitantes, el elemento
alógeno (oprimido nacionalmente casi por completo, como los irlandeses en
Inglaterra) comprende a los polacos (5,47% de la población), daneses (0,25%) y
alsacianos-loreneses (1.870.000). Sin embargo, cierta parte de estos últimos
(su número exacto es desconocido) se inclina hacia Alemania, no sólo por el
idioma, sino también por sus intereses económicos y por sus simpatías. En
total, alrededor de 5 millones de habitantes de Alemania pertenecen a
nacionalidades ajenas, cercenadas en sus derechos y hasta oprimidas.
Sólo dos pequeños Estados de
Europa Occidental tienen una población mixta: Suiza, de algo menos de 4
millones de habitantes, se compone de 69% de alemanes, 21% de franceses y 8% de
italianos; y Bélgica, cuya población no llega a 8 millones de habitantes, se
compone de un 53%, aproximadamente, de flamencos y un 47% de franceses. Es de
notar, empero, que por muy abigarrada que sea la composición nacional de esos
Estados, no puede hablarse de opresión de las naciones. Según las
Constituciones de ambos Estados, todas las naciones gozan de los mismos
derechos; en Suiza, esta igualdad de derechos es real y completa; en Bélgica,
el elemento flamenco no goza de plenos derechos, pese a constituir la mayoría
del país; pero esta desigualdad es ínfima en comparación, por ejemplo, con la
que sufrieron los polacos en Alemania o los irlandeses en Inglaterra, sin
hablar ya de lo que se observa generalmente en otros países no pertenecientes
al grupo que examinamos. Por eso, entre otras cosas, el término “Estado
multinacional”, puesto de moda con tanta ligereza por los oportunistas en el
problema nacional —los escritores austriacos C. Renner y O. Bauer—, es correcto
sólo en un sentido muy limitado, a saber: de un lado, si no se olvida el lugar
histórico particular que ocupa la mayoría de los Estados de este tipo (de eso
hablaremos aún más adelante), y de otro lado, si no se admite el empleo de este
término para encubrir la diferencia fundamental que existe entre la verdadera
igualdad de las naciones y la opresión de las mismas.
Si unimos los Estados que
acabamos de examinar, obtendremos un grupo de 12 países eurooccidentales, con
una población global de 242 millones de personas. De estos 242 millones, sólo
cerca de9.500.000, o sea, el 4%, son naciones oprimidas (en Inglaterra y
Alemania). Si sumamos todas las partes de la población de esos Estados que no
pertenece a la nación principal de cada uno de ellos resultará un total de 15
millones de habitantes, es decir, el 6%.
Por consiguiente, este grupo
de países se caracteriza, en su conjunto, por los siguientes rasgos: son los
países capitalistas más adelantados y más desarrollados económica y
políticamente. Su nivel cultural es también el más alto. Desde el punto de
vista nacional, la mayoría de estos Estados cuenta con una población homogénea
o casi homogénea. La desigualdad nacional, como fenómeno político especial,
desempeña un papel totalmente insignifican te. Nos encontramos ante el tipo de
“Estado nacional” de que se habla con tanta frecuencia, olvidando, en la
mayoría de los casos, el carácter históricamente convencional y transitorio de
este tipo en el desarrollo capitalista general de la humanidad. Pero de esto
hablaremos con mayor detenimiento en el lugar correspondiente.
82
Cabe preguntarse: ¿se limita
este tipo de Estado a Europa Occidental? Evidentemente, no. Todas las
características fundamentales de este tipo — económicas (el alto y rapidísimo
desarrollo del capitalismo), políticas (el régimen representativo), culturales
y nacionales— se observan también en los países adelantados de América y de
Asia: en los Estados Unidos y en el Japón. La composición nacional de este
último, es, de antiguo, estable y completamente pura: su población es japonesa
en más del 99%. En los Estados Unidos, los negros (así como los mulatos y los
indios) constituyen únicamente el 11,1% de la población y deben ser
considerados
como nación oprimida, por cuanto la igualdad conquistada en la Guerra de
Secesión de 1861-1865 y respaldada por la Constitución de la República fue
restringiéndose cada vez más, en muchos aspectos, en los sitios de mayor
densidad de población negra (en el Sur). Ello está vinculado a la transición
del capitalismo progresivo, premonopolista, de los años 1860-1870 al
capitalismo reaccionario, monopolista (imperialismo), de la época
contemporánea, delimitada en América con particular claridad por la guerra
imperialista (es decir, provocada por el reparto del botín entre dos bandidos)
que sostuvieron España y Norteamérica en 1898.
Del 88,7% de la población
blanca de los Estados Unidos, el 74,3% se compone de norteamericanos, y sólo el
14,4% de elemento inmigratorio. Como es sabido, las condiciones particularmente
favorables del desarrollo capitalista en Norteamérica y la rapidez especial de
este desarrollo determinaron, como en ninguna otra parte del mundo, un
desaparición rápida y radical de las enormes diferencias nacionales para formar
una sola nación “norteamericana”.
Si sumamos los Estados
Unidos y el Japón a los precitados países de Europa Occidental, tendremos 14
Estados con una población global de 394 millones, de los cuales 26 millones, o
sea, el 7% carecen de igualdad de derechos en el aspecto nacional. Adelantándonos,
señalaremos que la mayoría precisamente de esos 14 países avanzados se lanzaron
con particular impulso —en el período de fines del siglo XIX y comienzos del
siglo XX, es decir, exactamente en el período de transformación del capitalismo
en imperialismo— por el camino de la política colonial, como resultado de la
cual estos Estados “disponen” hoy de más de medio millar de millones de
habitantes en los países dependientes, en las colonias.
II
El grupo de Estados de
Europa Oriental: Rusia, Austria y Turquía (hoy sería más correcto considerar a
esta última geográficamente como Estado asiático y económicamente como
“semicolonia”) y 6 pequeños países balcánicos (Rumania, Bulgaria, Grecia,
Serbia, Montenegro y Albania) no muestra en el acto un cuadro radicalmente
distinto al anterior. ¡Ni un solo
Estado de composición nacional pura! Sólo los pequeños Estados balcánicos
pueden ser considerados como Estados
nacionales. Empero, conviene no olvidar que también allí hay un elemento
alógeno, que constituye del 5 al 10% de la población; que una cantidad inmensa
(comparada con la totalidad de habitantes de esas naciones) de rumanos y
serbios está fuera de las fronteras se “sus” Estados, y que, en general, la
“construcción de Estados” en los Balcanes, en el sentido nacional-burgués, no
quedó terminada siquiera con las guerras “de ayer”, por así decirlo, con las
guerras de los años 1911 y 1912. Entre los pequeños Estados balcánicos no hay ningún Estado nacional que se asemeje a
España, Suecia, etc. Y en los tres grandes Estados de Europa Oriental, el
porcentaje de población de la nación “propia” y principal llega tan sólo al
43%. Más de la mitad de los habitantes (el 57%) de cada uno de estos tres
grandes Estados pertenece a la población “alógena”. Desde el punto de vista de
la estadística, la diferencia entre los dos grupos de Estados (el de Europa
Occidental y el de Europa Oriental) se expresa del modo siguiente:
En el primer grupo tenemos
10 Estados nacionales homogéneos o casi homogéneos, con una población de 231
millones, y sólo 2 Estados “abigarrados” en el aspecto nacional, pero sin
opresión de las naciones y con igualdad de derechos de las mismas, proclamada
por la Constitución y ejercida en la práctica, con 11.500.000 habitantes.
En el segundo grupo figuran
6 Estados casi homogéneos con una población de 23 millones, y tres Estados
“abigarrados” o “mixtos”, sin igualdad de derechos de las naciones y con una
población de 249 millones.
En su conjunto, la población
de otras naciones (es decir, no perteneciente a la nación principal* de cada
Estado) representa en Europa Occidental el 6%, y si agregamos los Estados
Unidos y el Japón, el 7%. En cambio, la población extranacional de Europa Oriental
llega ¡al 53%! (Aquí termina el manuscrito)
* En rusia, los rusos; en Austria, los alemanes y magiares; en
Turquía, los turcos.
Escrito en enero de 1917.
Firmado: P. Piriuchev.
Publicado por vez
primera en 1935 en el núm. 2 de la revista “Bolshevik”.
T. 30, págs. 349-256.
83
CARTAS DESDE LEJOS.
Primera carta. La
primera etapa de la primera revolución.
La primera revolución, engendrada por la guerra imperialista
mundial, ha estallado.
Seguramente, esta primera revolución no será la última.
A juzgar por los escasos
datos de que se dispone en Suiza, la primera etapa de esta primera revolución,
concretamente la revolución rusa del 1 de marzo de 1917, ha terminado.
Seguramente, esta primera etapa no será la última de nuestra revolución.
¿Cómo ha podido producirse
el “milagro” de que sólo en 8 días —según ha afirmado el señor Miliukov en su
jactancioso telegrama a todos los representantes de Rusia en el extranjero— se
haya desmoronado una monarquía que se había mantenido a lo largo de siglos y
que se mantuvo, pese a todo, durante tres años —1905-1907— de gigantescas
batallas de clases en las que participó todo el pueblo?
Ni en la naturaleza ni en la
historia se producen milagros, pero todo viraje brusco de la historia, incluida
cualquier revolución, ofrece un contenido tan rico, desarrolla combinaciones
tan inesperadas y originales de formas de lucha y de correlación de las fuerzas
en pugna, que muchas cosas deben parecer milagrosas a la mentalidad
pequeñoburguesa.
Para que la monarquía
zarista pudiera desmoronarse en unos días, fue precisa la conjugación de varias
condiciones de importancia histórica universal. Indiquemos las principales.
Sin los tres años de
formidables batallas de clases, sin la energía revolucionaria desplegada por el
proletariado ruso en 1905-1907, hubiera sido imposible una segunda revolución
tan rápida, en el sentido de que ha culminado su etapa inicial en unos cuantos días. La primera revolución (1905)
removió profundamente el terreno, arrancó de raíz prejuicios seculares,
despertó a la vida política y a la lucha política a millones de obreros y a
decenas de millones de campesinos, reveló a cada clase y al mundo entero el
verdadero carácter de todas las clases (y todos los principales partidos) de la
sociedad rusa, la verdadera correlación de sus intereses, sus fuerzas, sus
modos de acción, sus objetivos inmediatos y posteriores. La primera revolución
y la época de contrarrevolución que le siguió (1907-1914) pusieron al desnudo
la verdadera naturaleza de la monarquía zarista, llevaron ésta a sus “último
extremo”, descubrieron toda su putrefacción, toda la ignominia, todo el cinismo
y todo el libertinaje de la banda zarista con el monstruo de Rasputin a la
cabeza; descubrieron toda la ferocidad de la familia de los Románov, esos
pogromistas que anegaron Rusia en sangre de judíos, de obreros, de
revolucionarios, esos terratenientes,
“los primeros entre sus iguales”,
poseedores de millones de desiatinas de tierra y dispuestos a todas las
atrocidades, a todos los crímenes,
dispuestos a arruinar y a estrangular a no importa cuántos ciudadanos para
resguardar la “propiedad sacrosanta” suya y
de su clase.
Sin la revolución de
1905-1907, sin la contrarrevolución de 1907 -1914, habría sido imposible una
“autodefinición” tan precisa de todas las clases del pueblo ruso y de todos los
pueblos que habitan en Rusia, la definición de la actitud de esas clases —de
unas hacia otras y de cada una de ellas hacia la monarquía zarista— que se
reveló durante los 8 días de la revolución de febrero-marzo de 1917. Esta
revolución de 8 días fue “representada”, si puede permitirse la metáfora, como
si se hubiera procedido con anterioridad a unos diez ensayos principales y
secundarios; los “actores” se conocían, sabían sus papeles, sus puestos,
conocían su situación a lo largo y a lo ancho, en todos los detalles, conocían
hasta los menores matices de las tendencias políticas y de las formas de
acción.
Pero, para que la primera,
la gran revolución de 1905, condenada como “una gran rebelión” por los señores
Guchkov, Miliukov y sus acólitos, condujera a los doce años a la “brillante” y
“gloriosa” revolución de 1917, que los Guchkov y los Miliukov declaran
“gloriosa” porque les ha dado (por el
momento) el poder, se precisaba, además, un “director de escena” grande,
vigoroso, omnipotente y capaz, por una parte, de acelerar extraordinariamente
la marcha de la historia universal, y, por otra, de engendrar crisis mundiales
económicas, políticas, nacionales e internacionales de una fuerza inusitada.
Aparte de una aceleración extraordinaria de la historia universal, se
precisaban virajes particularmente bruscos de ésta para que en uno de ellos
pudiera volcar, de golpe, la carreta de la sangrienta y enlodada monarquía de
los Románov.
Este “director de escena”
omnipotente, este acelerador vigoroso ha sido la guerra imperialista mundial.
84
Hoy ya no cabe duda de que
la guerra es mundial, pues Estados Unidos y China están ya participando a
medias en ella, y mañana lo harán totalmente.
Hoy ya no cabe duda de que
la guerra es imperialista por ambas
partes. Sólo los capitalistas y sus secuaces, los socialpatriotas y los
socialchovinistas —o, aplicando en lugar de definiciones críticas generales
nombres de políticos bien conocidos en Rusia—, sólo los Guchkov y los Lvov, los
Miliukov y los Shingariov, de un lado, y, de otro, sólo los Gvózdiev, los
Potrésov, los Chjenkeli, los Kerenski y los Chjeídze pueden negar o velar este
hecho. Tanto la burguesía alemana como la burguesía anglo-francesa hacen
la guerra para saquear otros países, para estrangular a los pequeños pueblos,
para establecer su dominación financiera en el mundo, para proceder al reparto
y redistribución de las colonias, para salvar, engañando y dividiendo a los
obreros de los distintos países, el agonizante régimen capitalista.
La guerra imperialista debía
—ello era objetivamente inevitable — acelerar extraordinariamente y recrudecer
de manera inusitada la lucha de clase del proletariado contra la burguesía,
debía transformarse en una guerra civil entre las clases enemigas.
Esta transformación ha comenzado con la revolución de febrero-marzo de
1917, cuya primera etapa nos ha mostrado, en primer lugar, el golpe conjunto
infligido al zarismo por dos fuerzas: toda la Rusia burguesa y terrateniente
con todos sus acólitos inconscientes y con todos sus orientadores conscientes,
los embajadores y capitalistas anglo— franceses, por una parte, y, por otra, el
Soviet de diputados obreros, que ha
empezado a ganarse a los diputados soldados y campesinos81.
Estos tres campos políticos,
estas tres fuerzas políticas fundamentales que son: 1) la monarquía zarista,
cabeza de los terratenientes feudales, cabeza de la vieja burocracia del
generalato; 2) la Rusia burguesa y terrateniente de los octubristas y los demócratas-constitucionalistas82, detrás de los cuales se arrastraba la pequeña burguesía (cuyos
![]()
81 Lenin se refiere al Soviet de diputados obreros de Petrogrado, surgido en los primeros
días de la Revolución de febrero.
El Soviet se proclamó órgano de los diputados obreros y soldados
y de hecho, hasta el I Congreso de los Soviets (junio de 1917), fue un
organismo con atribuciones en toda Rusia.
La dirección del Soviet —el Comité Ejecutivo Provisional—
resultó en manos de los conciliadores. No obstante, bajo la presión de los
obreros y soldados revolucionarios, el Soviet adoptó varias medidas
revolucionarias: la detención de los representantes del viejo poder y la
excarcelación de los presos políticos, etc.
Pero en el momento decisivo,
el 2 (15) de marzo, los conciliadores del Comité Ejecutivo del Soviet cedieron
voluntariamente el poder a la burguesía sancionando la formación del Gobierno
Provisional con burgueses y latifundistas. Este acto de capitulación ante la
burguesía no se conocía en el extranjero, pues no se permitía el envío de
periódicos que ocuparan posiciones más izquierdistas que los
demócratas-constitucionalistas.
Lenin se enteró de ello al llegar a Rusia
82 Octubristas: véase la nota 23.
Demócratas-constitucionalistas: véase la nota 40
representantes más señalados
son Kerenski y Chjeídze); 3) el Soviet de diputados obreros, que trata de hacer
aliados suyos a todo el proletariado y a todos los sectores pobres de la
población; estas tres fuerzas políticas fundamentales
se han revelado con plena claridad, incluso en los 8 días de la “primera
etapa”, incluso para un observador obligado a contentarse con los escuetos
telegramas de los periódicos extranjeros y tan alejado de los sucesos como lo
está quien escribe estas líneas.
Pero antes de desarrollar
esta idea, debo volver a la parte de mi carta consagrada al factor de mayor
importancia: la guerra imperialista mundial.
La guerra ha atado entre sí con cadenas de hierro a las potencias
beligerantes, a los grupos beligerantes de capitalistas, a los “amos” del
régimen capitalista, a los señores de la esclavitud capitalista. Un amasijo sanguinolento: ese es la vida
social y política del momento histórico que vivimos.
Los socialistas que
desertaron al campo de la burguesía en el comienzo de la guerra, todos esos
David y Scheidemann en Alemania, los Plejánov, Potrésov, Gvózdiev y Cía. en
Rusia, vociferaron largamente y a grito pelado contra las “ilusiones” de los
revolucionarios, contra las “ilusiones” del Manifiesto de Basilea, contra el
“sueño-farsa” de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil.
Ensalzaron en todos los tonos la fuerza, la vitalidad, la facultad de
adaptación reveladas, según ellos, por el capitalismo; ¡ellos, que han ayudado a los capitalistas a “adaptar”, domesticar,
engañar y dividir a la clase obrera de los distintos países!
Pero “quien ría el último,
ríe mejor”. La burguesía no consiguió aplazar por largo tiempo la crisis
revolucionaria engendrada por la guerra. Esta crisis se agrava con una fuerza
irresistible en todos los países, empezando por Alemania, que sufre, según la
expresión de un observador que la ha visitado recientemente, “un hambre
genialmente organizada”, y terminando con Inglaterra y Francia, donde el hambre se acerca también y donde la organización es mucho menos “genial”.
Es natural que la crisis
revolucionaria estallara antes que en
otras partes en la Rusia zarista, donde la desorganización era la más
monstruosa y el proletariado el más revolucionario (no debido a sus cualidades
singulares, sino a las tradiciones, aún vivas, del “año 1905”) Aceleraron esta
crisis las durísimas derrotas sufridas por Rusia y sus aliados. Estas derrotas
sacudieron todo el viejo mecanismo gubernamental y todo el viejo orden de
cosas, enfurecieron contra él a todas
las clases de la población, exasperaron al ejército, exterminaron a muchísimos
de los viejos mandos, salidos de una nobleza rutinaria y de una burocracia
extraordinariamente podrida, y los remplazaron con elementos jóvenes, nuevos,
principalmente burgueses, raznochintsi83
pequeñoburgueses. Los lacayos descarados de la burguesía o los hombres
simplemente faltos de carácter, que clamaban y vociferaban contra el
“derrotismo”, se ven hoy ante el hecho de la ligazón histórica entre la derrota
de la monarquía zarista, la más atrasada y bárbara, y el comienzo del incendio revolucionario.
Pero si las derrotas al
empezar la guerra desempeñaron el papel de un factor negativo, que aceleró la
explosión, el vínculo entre el capital financiero anglo-francés, el
imperialismo anglo— francés y el capital octubrista y demócrata—
constitucionalista de Rusia ha sido el factor que ha acelerado esta crisis,
mediante la organización directa de
un complot contra Nicolás Románov.
85
Por razones bien
comprensibles, la prensa anglo— francesa silencia este aspecto,
extraordinariamente importante, de la cuestión, mientras que la prensa alemana
lo subraya con maliciosa alegría. Nosotros, los marxistas, debernos mirar la
verdad cara a cara,
![]()
83 Raznochintsi: intelectuales de la sociedad rusa no
procedentes de la nobleza, sino de la pequeña burguesía, el clero, los
comerciantes y el campesinado
serenamente, sin dejarnos
desconcertar por la mentira oficial, por la mentira diplomática y dulzarrona de
los diplomáticos y de los ministros del primer grupo beligerante de
imperialistas, ni por los guiños y las risitas burlonas de sus competidores
financieros y militares del otro grupo beligerante. Todo el curso de los
sucesos en la revolución de febrero-marzo muestra claramente que las embajadas
inglesa y francesa, con sus agentes y sus “influencias”, que llevaban mucho
tiempo haciendo los esfuerzos más desesperados para impedir los acuerdos
“separados” y una paz separada entre Nicolás II (esperamos y haremos lo
necesario para que sea el último) y Guillermo II, organizaron directamente un
complot con los octubristas y los demócratas— constitucionalistas, con parte
del generalato y de la oficialidad del ejército, sobre todo, de la guarnición
de San Petersburgo, para deponer a
Nicolás Románov.
No nos hagamos ilusiones. No
incurramos en el error de quienes —como algunos miembros del “CO” o
“mencheviques”84 que vacilan entre la posición de los
Gvózdiev y los Potrésov y el internacionalismo, deslizándose con excesiva
frecuencia hacia el pacifismo pequeñoburgués— están dispuestos a ensalzar el
“acuerdo” entre el partido obrero y los demócratas-constitucionalistas, el
“apoyo” del primero a los últimos, etc. Esa gente, rindiendo tributo a su vieja
y manoseada doctrina (que nada tiene de marxista), echa un velo sobre el
complot tramado por los imperialistas anglo-franceses con los Guchkov y los
Miliukov para destronar a Nicolás Románov, el “primer espadón”, y poner en su
sitio a espadones más enérgicos,
menos gastados, más capaces.
Si la revolución ha
triunfado tan rápidamente y de una manera tan radical —en apariencia y a
primera vista—, es únicamente porque, debido a una situación histórica original
en extremo, se fundieron, con
“unanimidad” notable, corrientes
absolutamente diferentes, intereses de clase absolutamente heterogéneos, aspiraciones políticas y sociales absolutamente opuestas. A saber: la
conjuración de los imperialistas anglo— franceses, que empujaron a Miliukov, Guchkov y Cía. a adueñarse del poder para continuar la guerra imperialista ,
para continuarla con más encarnizamiento y tenacidad, para asesinar a nuevos millones de obreros y campesinos de
Rusia a fin de dar Constantinopla... a los Guchkov, Siria… a los capitalistas
franceses, Mesopotamia... a los capitalistas ingleses, etc. Esto de una parte.
Y de otra parte, un profundo movimiento proletario y de las masas del pueblo
(todos los sectores pobres de la población de la ciudad y del campo),
movimiento de carácter revolucionario, por el
pan, la paz y la verdadera libertad.
Sería necio hablar de
“apoyo” por parte del proletariado revolucionario de Rusia al imperialismo
demócrata-constitucionalista y octubrista, “amasado” con dinero inglés y tan
repugnante como el imperialismo zarista. Los obreros revolucionarios han estado
demoliendo, han demolido ya en gran parte y seguirán demoliendo la ignominiosa
monarquía zarista hasta acabar con ella, sin entusiasmarse ni inmutarse si en
ciertos momentos históricos, de breve duración y de coyuntura excepcional,
viene a ayudarles la lucha de
Buchanan, Guchkov, Miliukov y Cía., con vistas
a sustituir a un monarca por otro,
¡y preferiblemente por otro Románov!
Las cosas han ocurrido así,
y solamente así. Así, y solamente así, puede considerar las cosas el político
que no teme la verdad, que sopesa con lucidez la correlación de las fuerzas
sociales en la revolución, que aprecia cada “momento actual”, no sólo en todo
lo que tiene de original en el instante dado, sino también desde el punto de
vista de resortes más profundos, de una correlación más profunda de los
intereses del proletariado y de la burguesía, tanto en Rusia como en todo el
mundo.
![]()
84 CO: véase la nota 9.
Mencheviques: véase la nota 14
Los obreros de Petrogrado,
lo mismo que los obreros de toda Rusia, han combatido con abnegación contra la
monarquía zarista por la libertad, por la tierra para los campesinos, por la paz, contra la matanza
imperialista. El capital imperialista anglo-francés, para continuar e intensificar esta matanza, urdió
intrigas palaciegas, tramó un complot con los oficiales de la guardia, instigó
y alentó a los Guchkov y a los Miliukov, tenía completamente formado un nuevo gobierno, que fue el que tomó el poder en cuanto el proletariado
hubo asestado los primeros golpes al
zarismo.
Este nuevo gobierno en el
que los octubristas y los “renovadores pacíficos”85, Lvov y Guchkov, ayer cómplices de Stolypin el Verdugo, ocupan
puestos de verdadera importancia,
puestos cardinales, puestos decisivos, tienen en sus manos el ejército y la
burocracia, este gobierno, en el que Miliukov y otros
demócratas-constitucionalistas figuran más que nada como adorno, como rótulo,
para pronunciar melifluos discursos profesorales, y el “trudovique” Kerenski
desempeña el papel de flauta para engañar a los obreros y a los campesinos, ese
gobierno no es una agrupación accidental de personas.
86
Son los representantes de una nueva clase llegada al poder
político en Rusia, la clase de los terratenientes capitalistas y de la
burguesía, que desde hace largo tiempo dirige económicamente nuestro país y que
tanto durante la revolución de 1905-1907 como durante la contrarrevolución de
1907-1914 y, finalmente, durante la guerra de 1914 a 1917 —en este período con
singular celeridad—, se ha organizado políticamente con extraordinaria rapidez,
apoderándose de las administraciones locales, de la instrucción pública, de
congresos de todo género, de la Duma, de los comités de la industria de guerra,
etc. Esta nueva clase estaba ya “casi del todo” en el poder en 1917; por eso
los primeros golpes han sido suficientes para que el zarismo se desmoronase,
abandonando el campo a la burguesía. La guerra imperialista, al exigir una
increíble tensión de fuerzas, aceleró a tal extremo el proceso de desarrollo de
la Rusia atrasada, que, “de golpe” —en realidad aparentemente de golpe—, hemos
alcanzado a Italia, a Inglaterra y casi a Francia, hemos obtenido un
gobierno “parlamentario”, de
“coalición”, “nacional” (es decir, adaptado para continuar la matanza
imperialista y para engañar al pueblo).
Al lado de este gobierno
—que no es, en el fondo, más que un simple agente de las “firmas” de
multimillonarios, “Inglaterra y Francia”, desde el punto de vista de la guerra presente— ha aparecido un gobierno obrero, el gobierno principal,
no oficial, no desarrollado aún, relativamente débil, que expresa los intereses
del proletariado y de todos los elementos pobres de la población de la ciudad y
del campo. Este gobierno es el Soviet de
diputados obreros de Petrogrado que busca ligazón con los soldados y con
los campesinos, así como con los
obreros agrícolas; como es natural, con éstos, sobro todo, más que con los
campesinos.
Tal es la verdadera situación política que
nosotros debemos ante todo esforzarnos por establecer con la máxima precisión y
objetividad, a fin de dar a la táctica marxista la única base sólida que ha de
tener: los hechos.
La monarquía zarista ha sido derrocada, pero todavía no ha sido
rematada.
El gobierno octubrista y
demócrata- constitucionalista, gobierno burgués, que quiere llevar la guerra
imperialista “hasta el final”, es en realidad agente de la firma financiera
“Inglaterra
![]()
85 Renovadores
pacíficos: miembros del Partido de la Renovación Pacífica, organización
monárquico-constitucionalista de la gran burguesía y los latifundistas, formada
definitivamente en 1906, después de la disolución de la I Duma de Estado
Por su programa este partido
se hallaba próximo a los octubristas. La actividad del partido se orientaba a
defender los intereses de la burguesía industrial y comercial y de los
latifundistas que explotaban sus haciendas al estilo capitalista. En la III Duma
de Estado el Partido de la Renovación Pacífica se unificó con el Partido de
Reformas Democráticas, formando la fracción de los "progresistas"
y Francia”, y se ve obligado a prometer al pueblo
todas las libertades y todas las dádivas compatibles con el mantenimiento del
poder sobre el pueblo y con la continuación de la matanza imperialista.
El Soviet de diputados
obreros es una organización obrera, es el embrión del gobierno obrero,
representante de los intereses de todas las masas pobres de la población, es decir, de las nueve décimas partes de la
población, que busca la paz, el pan y la
libertad.
La lucha de estas tres
fuerzas determina la situación presente, que es el paso de la primera a la segunda etapa de la revolución.
La contradicción entre la
primera fuerza y la segunda no es
profunda, es una contradicción temporal, suscitada solamente por la coyuntura del momento, por un brusco viraje de los
acontecimientos en la guerra imperialista. En el nuevo gobierno todos son monárquicos, pues el
republicanismo verbal de Kerenski no
es serio ni digno de un político; es, objetivamente,
politiquería. Aún no había el nuevo gobierno asestado el golpe de gracia a la
monarquía zarista, cuando ya estaba entrando
en tratos con la dinastía de los terratenientes Románov. La burguesía
octubrista y demócrata-constitucionalista necesita
la monarquía como cabeza de la burocracia y del ejército, para salva guardar
los privilegios del capital contra los trabajadores.
Quien pretenda que los
obreros deben apoyar al nuevo
gobierno en nombre de la lucha contra la reacción del zarismo (y eso es lo que
pretenden, por lo visto, los Potrósov, los Gvózdiev, los Chjenkeli y, también,
pese a su posición evasiva, los
Chjeídze), traiciona a los obreros, traiciona la causa del proletariado, la
causa de la paz y de la libertad. Porque, de hecho, precisamente este nuevo gobierno ya está atado de pies y manos por el capital imperialista, por la
política imperialista belicista, de
rapiña; ya ha iniciado las
transacciones (¡sin consultar al pueblo!) con la dinastía; ya se afana por restaurar la monarquía zarista; ya invita a un
candidato a reyezuelo, a Mijaíl Románov; ya se preocupa de afianzar su trono,
de sustituir la monarquía legítima (legal, basada en viejas leyes) por una
monarquía bonapartista, plebiscitaria (basada en un sufragio popular amañado).
¡Para combatir realmente
contra la monarquía zarista, para asegurar realmente la libertad, y no sólo de
palabra, no en las promesas de los picos de oro de Miliukov y Kerenski, no son los obreros quienes deben apoyar
al nuevo gobierno, sino este gobierno quien debe “apoyar” a los obreros! Porque
la única garantía de la libertad y de
la destrucción completa del zarismo es
armar al proletariado, consolidar, extender, desarrollar el papel, la
importancia y la fuerza del Soviet de
diputados obreros.
Todo lo demás son frases y
mentiras, ilusiones de politiqueros del campo liberal y radical, maquinaciones
fraudulentas.
Ayudad al armamento de los
obreros o, al menos, no lo estorbéis, y la libertad será invencible en Rusia,
nadie conseguirá restaurar la monarquía, y la república se verá asegurada.
De lo contrario, los Guchkov
y los Miliukov restaurarán la monarquía y no harán nada, absolutamente nada, de lo que han prometido en cuanto a las
“libertades”. Todos los politiqueros burgueses en todas las revoluciones burguesas han “alimentado” al pueblo y
embaucado a los obreros con promesas.
Nuestra revolución es
burguesa, y por eso los obreros deben
apoyar a la burguesía, dicen los Potrésov, los Gvózdiev y los Chjeídze, como
dijera ayer Plejánov.
87
Nuestra revolución es
burguesa, decimos nosotros, los marxistas, y por eso los obreros deben abrir los ojos al pueblo para que vea la
mentira de los politiqueros burgueses y enseñarle a no creer en las palabras, a
confiar únicamente en sus propias
fuerzas, en su propia organización,
en su propia unión, en su propio armamento.
El gobierno de octubristas y
demócratas— constitucionalistas, de los Guchkov y los Miliukov, no puede dar al pueblo —aunque lo
quisiera sinceramente (sólo niños de pecho pueden creer en la sinceridad de Guchkov y Lvov)— ni la paz, ni el pan, ni la libertad.
La paz, porque es un
gobierno de guerra, un gobierno de continuación de la matanza imperialista, un
gobierno de rapiña que desea saquear Armenia, Galitzia, Turquía, conquistar
Constantinopla, reconquistar Polonia, Cunandia, el país lituano, etc.
Este gobierno está atado de
pies y manos por el capital imperialista anglo-francés. El capital ruso no es
más que una sucursal de la “firma” universal que maneja centenares de miles de millones de rublos y que se llama
“Inglaterra y Francia”.
El pan, porque este gobierno
es burgués. Cuanto más, dará al
pueblo, como lo ha hecho Alemania, “un hambre genialmente organizada”. Pero el
pueblo no querrá tolerar el hambre. El pueblo llegará a saber, y sin duda bien
pronto, que hay pan y que se puede obtener, pero únicamente con medidas desprovistas de todo respeto hacia la
santidad del capital y de la propiedad de la tierra.
La libertad, porque este
gobierno es un gobierno de terratenientes y capitalistas, que teme al pueblo y ha entrado ya en tratos
con la dinastía de los Románov.
En otro artículo trataremos
de los objetivos tácticos de nuestra conducta inmediata respecto a este
gobierno. Mostraremos en qué consiste la peculiaridad del momento actual, del
paso de la primera a la segunda etapa de la revolución, y por qué la consigna,
la “tarea del día”, en este momento
debe ser: ¡Obreros! Habéis hecho
prodigios de heroísmo proletario y popular en la guerra civil contra el
zarismo. Tendréis que hacer prodigios de organización del proletariado y de
todo el pueblo para preparar vuestro triunfo en la segunda etapa de la
revolución.
Limitándonos por el momento a analizar la lucha de
clases y la correlación de fuerzas de clase en la etapa actual de la
revolución, debemos plantear aún esta cuestión: ¿Quiénes son los aliados del proletariado en la presente revolución?
Estos aliados son dos: en primer lugar, la amplia masa de
los semiproletarios y, en parte, de los pequeños campesinos de Rusia, masa que
cuenta con decenas de millones de hombres y constituye la inmensa mayoría de la
población. Esta masa necesita la paz,
el pan, la libertad y la tierra. Esta masa sufrirá inevitablemente cierta
influencia de la burguesía, y sobre todo de la pequeña burguesía, a la que se
acerca más por sus condiciones de existencia, vacilando entre la burguesía y el
proletariado. Las duras lecciones de la guerra, que serán tanto más duras cuanto más enérgicamente sea hecha la guerra por
Guchkov, Lvov, Miliukov y Cía., empujarán a esta masa inevitablemente hacia el proletariado, la obligarán a seguirle.
Ahora debemos aprovechar la libertad relativa del nuevo régimen y los Soviets
de diputados obreros para esforzarnos en ilustrar
y organizar, sobre todo y por encima de todo, a esta masa. Los Soviets de
diputados campesinos, los Soviets de obreros agrícolas, son una de las tareas
más esenciales. No sólo nos esforzaremos por que los obreros agrícolas formen
sus Soviets propios, sino también porque los campesinos pobres e indigentes se
organicen separadamente de los
campesinos acomodados. En la carta siguiente trataremos de las tareas especiales y de las formas
especiales de la organización, cuya necesidad se impone hoy día con gran
fuerza.
En segundo lugar, aliado del
proletariado ruso es el proletariado de todos los países beligerantes y de
todos los países en general. Hoy este aliado se encuentra en gran medida
abrumado por la guerra y sus portavoces son con excesiva frecuencia los socialchovinistas,
que en Europa se han pasado, como Plejanov, Gvozdiev y Potresov en Rusia al
campo de la burguesía. Pero cada mes de guerra imperialista ha ido liberando de
su influencia al
proletariado, y la
revolución rusa acelerará infaliblemente
este proceso en enormes proporciones.
Con estos dos aliados, el
proletariado puede marchar y marchará, aprovechando
las particularidades del actual momento de transición, primero a la
conquista de la república democrática
y de la victoria completa de los campesinos sobre los terratenientes, en lugar
de la semimonarquía guchkoviano-miliukoviana, y después al socialismo, pues sólo éste dará a los pueblos, extenuados por la
guerra, la paz, el pan y la libertad.
N. Lenin
Escrita el 7 (20) de marzo de 1917. Se publicó resumida el 21 y
el 22 de marzo de 1917 en los núms. 14 y 15 del periódico “Pravda”. Apareció
íntegra por vez primera en 1949 en la cuarta edición de las “Obras” de V. I.
Lenin, tomo 23.
T.31, págs. 11-22.
Segunda carta. El
nuevo gobierno y el proletariado.
El principal documento de
que dispongo hoy (8 (21) de marzo) es un número del Times86 — periódico inglés archiconservador y
archiburgués— del 16 de marzo con un resumen de noticias acerca de la
revolución en Rusia. Está claro que sería difícil encontrar una fuente más bien
dispuesta —por no decir otra cosa— hacia el gobierno de Guchkov y de Miliukov.
88
El corresponsal de este
periódico comunica desde San Petersburgo el miércoles 1(14) de marzo — cuando
sólo existía el primer Gobierno Provisional, es decir, el Comité Ejecutivo de
la Duma, encabezado por Rodzianko y compuesto por 13 miembros87, entre los que figuran, según se expresa el periódico, dos
“socialistas”, Kerenski y Chjeídze— lo siguiente:
“Un grupo de 22 miembros
elegidos del Consejo de Estado88
—Guchkov, Stajóvich, Trubetskói, el profesor Vasíliev, Grimm, Vernadski y
otros— envió ayer un telegrama al zar”, rogándole que, para salvar la
“dinastía”, etc., etc., convocase la Duma y nombrase un jefe de gobierno que
gozara de la “confianza de la nación”. “No se sabe en estos momentos —escribe
el corresponsal— cuál será la decisión del emperador, que debe llegar hoy; sin
embargo, una cosa es indudable. Si su Majestad no satisface inmediatamente los
deseos de los elementos más moderados entre sus leales súbditos, la influencia
que hoy ejerce el Comité Provisional de la Duma de Estado pasará íntegramente a
manos de los socialistas, que quieren establecer una república, pero que son
incapaces de instituir cualquier gobierno de orden y que precipitarían
infaliblemente el país en la anarquía interior y en una catástrofe en el
exterior…”
¡Qué sabiduría estatal, qué
claridad!, ¿no es cierto? ¡Qué bien comprende el correligionario (y quizá
dirigente) inglés de los Guchkov y los Miliukov la correlación de fuerzas e
intereses de las clases! “Los elementos más moderados entre sus leales súbditos”,
es decir, los terratenientes y capitalistas monárquicos, desean ver el poder en
sus manos, pues comprenden perfectamente que, de no ocurrir así, la
“influencia” pasaría a manos de los
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86
"The Times" ("Los
Tiempos"): diario fundado en 1785 en Londres, principal órgano de la
burguesía conservadora inglesa
87 Primer Gobierno
Provisional .– Comité Provisional de la
Duma de Estado: se formó el 27 de febrero (12 de marzo) de 1917.
Integraron el Comité Provisional derechistas, octubristas,
"progresistas", demócratas— constitucionalistas, el trudovique A.
Kerenski y el menchevique N. Chjeídze. El presidente era el octubrista
Rodzianko
88 Consejo de Estado: una de las más altas instituciones estatales de la Rusia
zarista.
“socialistas”. ¿Por qué,
precisamente, a las de los “socialistas”, y no a las de alguien más? Porque el
guchkoviano inglés ve a la perfección que en la arena política no hay ni puede haber otra fuerza
social. La revolución ha sido obra del proletariado, que ha dado muestras de
heroísmo, que ha vertido su sangre, que ha sabido llevar a la lucha a las más
amplias masas trabajadoras y a las capas pobres de la población; que exige pan,
paz y libertad, que exige la república y simpatiza con el socialismo. Y un puñado
de terratenientes y capitalistas, encabezados por los Guchkov y los Miliukov,
quiere burlar la voluntad y los anhelos de la inmensa mayoría de la población,
cerrar trato con la monarquía tambaleante
para sostenerla y salvarla: ponga, vuestra majestad, el gobierno en manos de
Lvov y Guchkov y nosotros estaremos con la monarquía, contra el pueblo. ¡Este
es el sentido, ésta es la esencia de la política del nuevo gobierno!
Pero, ¿cómo justificar el
engaño de que se quiere hacer víctima al pueblo, cómo justificar esa burla, esa
violación de la voluntad de la mayoría gigantesca de la población?
Para ello hay que aplicar un
procedimiento viejo, pero eternamente nuevo, de la burguesía: calumniar al
pueblo. Y el guchkoviano inglés calumnia, insulta, escupe y suelta espumarajos:
¡¡“anarquía interior, catástrofe en el exterior”, “ningún gobierno de orden”!!
¡Eso es mentira, honorable
guchkoviano! Los obreros quieren la república, y la república es un gobierno de
“mayor orden” que la monarquía. ¿Quién garantiza al pueblo que el segundo
Románov no se buscará un segundo Rasputin? La catástrofe es acarreada, precisamente,
por la continuación de la guerra, es decir, precisamente por el nuevo gobierno.
Sólo la república proletaria, apoyada por los obreros agrícolas y por los
sectores más pobres del campo y de la ciudad, puede asegurar la paz y dar pan,
orden y libertad.
Los berridos contra la
anarquía no hacen más que velar los mezquinos intereses de los capitalistas,
que desean lucrarse a cuenta de la guerra y de los empréstitos de guerra, que
desean el restablecimiento de la monarquía contra
el pueblo.
“... Ayer — continúa el
corresponsal— el Partido Socialdemócrata lanzó un llamamiento, sedicioso en
sumo grado, que se difundió por toda la ciudad. Ellos” (es decir, el Partido
Socialdemócrata) “son meros doctrinarios, pero en tiempos como los que corren
pueden causar un daño inmenso. Los señores Kerenski y Chjeídze, quienes
comprenden que no pueden confiar en prevenir la anarquía sin el apoyo de los
oficiales y los elementos más moderados del pueblo, se ven constreñidos a tener
en cuenta a sus camaradas menos prudentes y les hacen insensiblemente ir
adoptando una actitud que complica la tarea del Comité Provisional…
¡Oh, gran diplomático
guchkoviano inglés! ¡Cuán “imprudentemente” ha dejado usted escapar la verdad!
El “Partido Socialdemócrata”
y los “camaradas menos prudentes”, a quienes “se ven constreñidos a tener en
cuenta a Kerenski y Chjeídze”, son, por lo visto, el Comité Central o de San
Petersburgo, de nuestro partido, restaurado por la Conferencia de enero de 191289,
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89 Lenin llama Conferencia de enero a la VI Conferencia Nacional del POSDR,
celebrada en Praga del 5 al 17 (18 al 30) de enero de 1912, que de hecho
desempeñó el papel de un congreso. Dirigió la conferencia Lenin, que hizo los
informes sobre el momento actual y las tareas del partido y sobre la labor del
Buró Socialista Internacional e intervino también sobre otras cuestiones. Lenin
fue el autor de los proyectos de resolución sobre todos los puntos más
importantes del orden del día de la conferencia.
La Conferencia de Praga del
POSDR cumplió un papel relevante en la construcción del Partido Bolchevique,
partido de nuevo tipo, y en el fortalecimiento de su unidad. Hizo balance de
toda una fase histórica de la lucha de los bolcheviques contra los mencheviques
y al expulsar a los mencheviques liquidadores del partido, afianzó el triunfo
de los bolcheviques.
La Conferencia de Praga tuvo
gran significado internacional. Fue para los elementos revolucionarios de los
partidos de la II Internacional un ejemplo de lucha resuelta contra el
oportunismo llevando esta lucha hasta la completa ruptura orgánica con los oportunistas
esos mismos “bolcheviques” a
quienes los burgueses tildan siempre de “doctrinarios” por su fidelidad a la
“doctrina”, es decir, a los fundamentos, a los principios, a la teoría, a los
objetivos del socialismo. Está claro
que el guchkoviano inglés tilda de sediciosos y de doctrinarios el llamamiento 90 y el proceder de nuestro partido porque
éste llama a luchar por la república, por la paz, por la destrucción completa
de la monarquía zarista, por el pan para el pueblo.
89
El pan para el pueblo y la
paz son sedición, y las carteras ministeriales para Guchko y Miliukov son
“orden” ¡Viejos y conocidos discursos!
¿Cuál es la táctica de Kerenski y de Chjeídze, según el
guchkoviano inglés?
Es una táctica vacilante: de
una parte, el guchkoviano les alaba porque “comprenden” (¡excelentes
muchachos!, ¡muy inteligentes!) que sin el “apoyo” de los oficiales y de los
elementos más moderados es imposible evitar la anarquía (en cambio nosotros pensábamos
y seguimos pensando, de acuerdo con nuestra doctrina, con nuestra teoría del
socialismo, que son precisamente los capitalistas quienes introducen en la
sociedad humana la anarquía y las guerras, que sólo el paso de todo el poder político a manos del proletariado
y de las capas más pobres del pueblo puede librarnos de las guerras, de la
anarquía, del hambre). De otra parte, Kerenski y Chjeídze “se ven constreñidos
a tener en cuenta” “a sus camaradas menos prudentes”, es decir, a los
bolcheviques, al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, restaurado y unido
por el Comité Central.
¿Qué fuerza “obliga” a
Kerenski y a Chjeídze a “tener en cuenta” al Partido Bolchevique, al que jamás han pertenecido, al que ellos
mismos o sus representantes literarios (“socialistas— revolucionarios”,
“socialistas populares”91, “mencheviques-miembros del CO”, etc.)
siempre han insultado, condenado, declarado grupo ilegal insignificante, secta
de doctrinarios, etc., etc.? ¿Dónde y cuándo se ha visto que en tiempos de
revolución, cuando actúan sobre todo las masas,
políticos que estén en sus cabales, “tengan en cuenta” a “doctrinarios”??
Nuestro pobre guchkoviano
inglés se ha hecho un lío, no da pie con bola, no ha sabido ni mentir hasta el
fin ni decir toda la verdad; lo único que ha hecho es desenmascararse.
Lo que ha obligado a
Kerenski y a Chjeídze a tener en cuenta al Partido Socialdemócrata del Comité
Central ha sido la influencia de este partido en el proletariado, en las masas.
Nuestro partido ha resultado estar con las masas, con el proletariado revolucionario,
a pesar de la detención y la
deportación de nuestros diputados a Siberia ya en 1914,92 a pesar de las terribles persecuciones y de las detenciones de
que fue objeto nuestro comité de San
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90 Lenin denomina llamamiento al Manifiesto del Partido Obrero
Socialdemócrata de Rusia a todos los ciudadanos de Rusia, del CC del POSDR,
publicado el 28 de febrero (13 de marzo) de 1917.
91 Enesistas ("socialistas populares"):
miembros del Partido Socialista Popular del Trabajo, partido pequeñoburgués
desgajado del ala derecha del de los socialistas-revolucionarios (eseristas) en
1906. Los "socialistas populares" se pronunciaban a favor de un
bloque con los demócratas— constitucionalistas. En los años de la primera
guerra mundial, los "socialistas populares" sostenían posiciones
socialchovinistas. Después de la Revolución democrática burguesa de febrero de
1917, el partido de los "socialistas populares" se fundió con los
trudoviques y apoyó activamente la labor del Gobierno Provisional burgués, en
el cual estaba representado. Después de la Revolución Socialista de Octubre,
los "socialistas populares" participaron en complots contrarrevolucionarios
y acciones armadas contra el Poder soviético. Este partido dejó de existir
durante la intervención militar extranjera y la guerra civil.
92 92 Al comenzar la guerra, los diputados
bolcheviques a la IV Duma de Estado A. Badáiev, M. Muránov, G. Petrovski, F.
Samóilov y N. Shágov se pronunciaron resueltamente en defensa de los intereses
de la clase obrera. Aplicando la línea del partido, se negaron a votar por la
concesión de créditos de guerra al zarismo, denunciaron el carácter
imperialista y antipopular de la guerra, explicaron a los obreros la verdad de
la guerra y los alzaron a la lucha contra el zarismo, la burguesía y los
latifundistas. Por su actividad revolucionaria durante la guerra, los diputados
bolcheviques fueron procesados y deportados a Siberia
Petersburgo por su trabajo
clandestino, durante la conflagración, contra la guerra y contra el zarismo.
“Los hechos son tozudos”,
dice un refrán inglés. ¡Permítame que se lo recuerde, honorabilísimo
guchkoviano inglés! El hecho de que nuestro partido ha dirigido a los obreros
de San Petersburgo, o por lo menos les ha prestado una ayuda abnegada en los
grandes días de la revolución, ha tenido
que reconocerlo el “propio”
guchkoviano inglés. El hecho de que Kerenski y Chjeídze vacilen entre la burguesía y el proletariado
también ha tenido que reconocerlo. Los partidarios de Gvózdiev, los
“defensistas”, es decir, los socialchovinistas, es decir, los defensores de la
guerra imperialista, guerra de rapiña, siguen hoy, de cuerpo entero, a la
burguesía; Kerenski, al entrar en el gabinete, es decir, en el segundo Gobierno
Provisional93, también se ha marchado íntegramente
con ella; Chjeídze no, Chjeídze continúa
vacilando como el Gobierno Provisional de la burguesía, entre los Guchikov
y los Miliukov, y el “gobierno provisional” del proletariado y las capas pobres
del pueblo, el Soviet de diputados obreros y el Partido Obrero Socialdemócrata
de Rusia unido por el Comité Central.
La revolución ha confirmado,
por consiguiente, lo que nosotros afirmábamos con particular insistencia al
invitar a los obreros a que esclareciesen con nitidez la diferencia de clase
entre los partidos fundamentales y las principales tendencias en el movimiento
obrero y en la pequeña burguesía, ha confirmado lo que nosotros escribimos, por
ejemplo, en el núm. 47 de Sotsial-Demokrat
de Ginebra hace casi año y medio, el 13 de octubre de 1915:
“Como antes, consideramos
admisible la participación de los socialdemócratas en el Gobierno Provisional
revolucionario con la pequeña burguesía democrática, pero de ningún modo con los chovinistas revolucionarios. Consideramos
chovinistas revolucionarios a quienes desean la victoria sobre el zarismo para
obtener la victoria sobre Alemania, para saquear a otros países, para
fortalecer el dominio de los rusos sobre los demás pueblos de Rusia, etc. La
base del chovinismo revolucionario es la posición de clase de la pequeña
burguesía. Esta vacila siempre entre la burguesía y el proletariado. Ahora
vacila entre el chovinismo (que le impide ser consecuentemente revolucionaria
incluso en el sentido de la revolución democrática) y el internacionalismo
proletario. Los representantes políticos de esta pequeña burguesía son hoy en
Rusia los trudoviques94, los socialistas-revolucionarios, Nasha Zariá95 (hoy Dielo), la fracción de Chjeídze, el Comité de Organización, el
señor Plejánov, etc. Si los chovinistas revolucionarios vencieran en Rusia,
estaríamos en contra de la defensa de su
“patria” en la guerra presente. Nuestra consigna es: contra los chovinistas,
aunque se llamen revolucionarios y republicanos, contra ellos y por la
unión del proletariado internacional para la revolución socialista”*.
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93 Se tiene en cuenta el Gobierno
Provisional formado el 2 (15) de marzo de 1917 por un acuerdo del Comité
Ejecutivo Provisional de la Duma de Estado con los líderes eseristas y
mencheviques del Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y soldados de
Petrogrado. Integraron el Gobierno: el príncipe G. Lvov (presidente del Consejo
de Ministros y ministro del Interior); P. Miliukov, líder de los
demócratas-constitucionalistas (ministro de Negocios Extranjeros); A. Guchkov,
líder de los octubristas (ministro de la Guerra y, con carácter interino,
ministro de Marina) y otros representantes de la gran burguesía y de los
latifundistas, así como el trudovique A. Kerenski (ministro de Justicia)
94 Trudoviques (Grupo del Trabajo): grupo de
demócratas pequeñoburgueses de la Duma de Estado, constituido por campesinos e
intelectuales de tendencia populista. Lo fundaron en abril de 1906 los
diputados campesinos a la I Duma de Estado. Vacilaban en la Duma entre los
demócratas— constitucionalistas y los socialdemócratas revolucionarios. Estas
vacilaciones se debían a la naturaleza misma de clase de los campesinos, o sea,
pequeños propietarios. Debido a que los trudoviques representaban, pese a todo,
a las masas campesinas, los bolcheviques aplicaban en la Duma la táctica de los
acuerdos con ellos en algunos problemas para la lucha común contra la
autocracia zarista y los demócratas-constitucionalistas. En los años de la
primera guerra mundial la mayoría de los trudoviques sostuvo posiciones
socialchovinistas. Después de la Revolución democrática burguesa de febrero,
los trudoviques, interpretando los intereses de los campesinos ricos, apoyaron
activamente al Gobierno Provisional
95 Nasha
Zariá
("Nuestra Aurora"): revista mensual legal de los mencheviques
liquidadores. Apareció en San Petersburgo desde enero de 1910 hasta septiembre
de 1914. Al comenzar la primera guerra mundial, la revista adoptó una posición
socialchovinista
* Véase V. I. Lenin. Algunas
Tesis. (N. de la Edit.)
— — —
Pero, volvamos al guchkoviano inglés.
“...Apreciando los peligros
que tiene por delante —sigue el guchkoviano—, el Comité Provisional de la Duma
de Estado se ha abstenido intencionadamente de llevar a cabo su plan original
de detener a los ministros, aunque ayer lo hubiera podido hacer con la menor
dificultad. Por tanto, está abierta la puerta para las negociaciones, gracias a
lo cual nosotros” (“nosotros” = capital financiero o imperialismo ingleses)
“podremos obtener todos los beneficios del nuevo régimen sin pasar por la
horrible prueba de la Comuna y la anarquía de la guerra civil…”
Los partidarios de Guchkov
estaban por la guerra civil a su favor, están contra la guerra civil a favor del pueblo, es decir, de la mayoría
indiscutible de los trabajadores.
“...Las relaciones entre el
Comité Provisional de la Duma, representante de toda la nación” (¡eso se dice
del Comité de la IV Duma de terratenientes y capitalistas!) “y el Soviet de
diputados obreros, que representa intereses meramente de clase” (lenguaje de
diplomático que ha oído a medias palabras sabias y desea ocultar que el Soviet
de diputados obreros representa al proletariado y a las capas pobres de la
población, es decir, a 9/10 de la misma), “pero que en tiempos de crisis como
los que corren tiene una influencia enorme, han suscitado gran inquietud entre
los hombres juiciosos, que ven la posibilidad de un conflicto entre uno y otro,
de un conflicto cuyos resultados podrían ser demasiado terribles.
Felizmente, este peligro ha
sido eliminado, al menos por el presente” (¡ atención a este “al menos”!),
“gracias a la influencia del señor Kerenski, joven abogado con grandes dotes
oratorias que comprende claramente” (¿diferencia de Chjeidze, que también “comprendía”,
aunque, por lo visto, con menos claridad, según nuestro guchkoviano?) “la
necesidad de colaborar con el Comité en interés de sus electores de la clase
obrera” (es decir, para asegurarse los votos de los obreros, para coquetear con
ellos). “Hoy (miércoles 1 (14) de marzo) se ha llegado a un acuerdo
satisfactorio96, que evitará todo roce innecesario”.
¿Qué acuerdo ha sido ése?,
¿ha participado en él todo el Soviet
de diputados obreros? ¿Cuáles son las condiciones del acuerdo? No lo sabemos.
Esta vez el guchkoviano inglés ha silenciado en absoluto lo principal. ¡Es lógico! ¡A la burguesía
no le conviene que esas condiciones sean claras y precisas, que las conozca
todo el mundo, pues entonces le sería más difícil incumplirlas!
— — —
Llevaba ya escritas las
líneas precedentes, cuando leí dos noticias muy importantes. En primer lugar,
el llamamiento del Soviet de diputados obreros “apoyando” al nuevo
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96 Se refiere al acuerdo sobre la formación
del Gobierno Provisional burgués, concluido en la noche del 1 al 2 (14-15) de
marzo de 1917 por el Comité Provisional de la Duma de Estado y los líderes
eseristas y mencheviques del Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y
soldados de Petrogrado. Los eseristas y mencheviques entregaron voluntariamente
el poder a la burguesía concediendo al Comité Provisional de la Duma de Estado
el derecho de formar a su albedrío el Gobierno Provisional
gobierno97, publicado el 20 de marzo en Le Temps98 periódico parisiense archiconservador y
archiburgués, y, en segundo lugar, un extracto del discurso pronunciado el 1
(14) de marzo por Skóbeliev en la Duma de Estado, extracto impreso por un
periódico de Zurich (el Neue Zürche
Zeitung, 1 Mit.-bl., 21/III) que lo tomó de un periódico berlinés (el National-Zeitung).99
El llamamiento del Soviet de
diputados obreros, si el texto no ha sido falseado por los imperialistas
franceses, es un documento notable, ilustrativo de que el proletariado de San
Petersburgo se hallaba, por lo menos cuando fue lanzado el llamamiento, influido
sobremanera por los políticos pequeñoburgueses. Hago memoria de que yo cuento
entre esos políticos, como lo he señalado anteriormente, a hombres del tipo de
Kerenski y de Chjeídze.
En el llamamiento vemos dos ideas políticas y, en
correspondencia, dos consignas.
Primero. El llamamiento dice
que el gobierno (el nueve gobierno) lo componen “elementos moderados”.
Definición extraña y muy incompleta, de carácter puramente liberal, no
marxista. También yo estoy dispuesto a admitir que, en cierto sentido — en mi
próxima carta especificaré en cuál precisamente— , ahora —una vez terminada la
primera etapa de la revolución— todo gobierno debe ser “moderado”. Pero es del
todo inadmisible ocultarse a sí mismo y ocultar al pueblo que este gobierno
quiere la continuación de la guerra imperialista; que es un agente del capital
inglés; que anhela la restauración de la monarquía y el fortalecimiento de la
dominación de los terratenientes y los capitalistas.
El llamamiento declara que
todos los demócratas deben “apoyar” al nuevo gobierno y que el Soviet de
diputados obreros ruega a Kerenski que participe en el Gobierno Provisional y
le faculta para ello. Las condiciones, realización de las reformas prometidas
ya durante la guerra, garantía del “libre desarrollo cultural” de las naciones
(programa puramente demócrata-constitucionalista, de una indigencia liberal) y
constitución de un Comité especial
— formado por miembros del Soviet de
diputados obreros y por “militares”100—
encargado de vigilar la actividad del Gobierno Provisional.
De este Comité de Vigilancia,
relacionado con ideas y consignas de importancia secundaria, hablaremos
especialmente más adelante.
Puede decirse que el nombramiento de un
Luis Blanc ruso, Kerenski, y el llamamiento invitando a apoyar al nuevo
gobierno son un ejemplo clásico de traición a la revolución y al
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97 El Llamamiento
del Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y soldados, publicado
el 3 (16) de marzo de 1917 en el núm. 4 de Izvestia
a la vez que el comunicado del Gobierno Provisional sobre la formación del
primer gabinete de ministros con el príncipe G. Lvov a la cabeza, fue redactado
por el Comité Ejecutivo conciliador del Soviet de Petrogrado. En el llamamiento
se decía que la democracia prestaría apoyo al nuevo poder "en la medida en
que el naciente poder actúe en el sentido de cumplir... los compromisos y luche
resueltamente contra el viejo poder".
En el llamamiento no se daba la noticia de que el Soviet había
facultad o a Kerenski para participar en el Gobierno Provisional, ya que el
Comité Ejecutivo había acordado el 1 (14) de abril no dar "representantes
de la democracia" al gobierno. Le
Temps se atenía a la información de su corresponsal. El 2 (15) de marzo, el
Soviet, "con la protesta de la minoría", aprobó la entrada no
autorizada de Kerenski en el gobierno como ministro de Justicia.
98 "Le Temps"
("El Tiempo"): diario, se publicó en París de 1861 a 1942. Reflejaba
los intereses de las esferas gobernantes de Francia y era de hecho órgano
oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores
99 "Neue Zürcher Zeitung
und schweizerisches Handelsblatt" ("Nueva Gaceta Comercial de
Zurich y Suiza"): periódico burgués. Se publica en Zúrich desde 1780.
"National-Zeitung"
("Gaceta Nacional"): periódico burgués. Se editó en Berlín de 1848 a
1938
100 Basándose en las informaciones de la prensa extranjera sobre la
institución por el Soviet de Petrogrado de un órgano especial para controlar al
Gobierno Provisional, Lenin al principio vio con buenos ojos este hecho
señalando al propio tiempo que sólo la experiencia mostraría si tal órgano se
justificaba. La "Comisión de Enlace", designada el 8 (21) de marzo
por el Comité Ejecutivo conciliador del Soviet para "influir" y
"controlar" la actividad del Gobierno Provisional, en realidad ayudó
al gobierno a utilizar la autoridad del Soviet para encubrir su política
contrarrevolucionaria. Valiéndose de la "Comisión de Enlace" se
trataba de impedir que las masas se lanzasen a una lucha revolucionaria activa
por el paso de todo el poder a los Soviets. La "Comisión de Enlace"
fue disuelta a mediados de abril de 1917 y sus funciones se transfirieron al
Buró del Comité Ejecutivo
proletariado, traición
semejante a las que dieron al traste con muchas revoluciones en el siglo XIX,
independientemente del grado de sinceridad y de lealtad al socialismo por parte
de los dirigentes y los partidarios de tal política.
El proletariado no puede y
no debe apoyar al gobierno de la guerra, al gobierno de la restauración. Lo que
hace falta para combatir la reacción, para rechazar las tentativas posibles y
probables de los Románov y de sus amigos con vistas a la restauración de la
monarquía y la formación de un ejército contrarrevolucionario no es apoyar a
Guchkov y Cía., sino organizar, ampliar y robustecer la milicia proletaria,
armar al pueblo bajo la dirección de los obreros. Sin esta medida principal,
básica, radical, ni hablar se puede de ofrecer una resistencia seria a la
restauración de la monarquía y a las tentativas de escamotear o de castrar las
libertades prometidas ni, tampoco, marchar firmemente por el camino que lleva a
la conquista del pan, de la paz, de la libertad.
91
Si Chjeídze, que con
Kerenski formaba parte del primer Gobierno Provisional (Comité de los Trece de
la Duma), no ha entrado en el segundo Gobierno Provisional por las razones
verdaderamente de principio arriba expuestas o por otras semejantes, esa actitud
le honra. Eso debe decirse con toda franqueza. Por desgracia, otros hechos,
sobre todo el discurso de Skóbeliev, que siempre ha ido del brazo de Chijeídze,
contradicen esta interpretación.
Skóbeliev ha dicho, de creer
en la fuente citada, que “el grupo social (¿por lo visto, socialdemócrata?) y
los obreros no tienen más que un ligero contacto con los objetivos del Gobierno
Provisional”; que los obreros reclaman la paz y que, si se continúa la guerra,
de todos modos en primavera ha de producirse la catástrofe; que “los obreros
han concertado con la Sociedad (con la sociedad liberal) un acuerdo temporal (eine volölufige Waffenfreundschaft),
aunque sus objetivos políticos están tan lejos de los de la sociedad como la
tierra del cielo”; que “los liberales deben renunciar a los insensatos
(unssinnige) objetivos de guerra”, etc.
Este discurso es un ejemplo
de lo que más arriba hemos llamado, al citar el Sotsial-Demokrat, “vacilaciones” entre la burguesía y el
proletariado. Los liberales, mientras sean liberales, no pueden “renunciar” a los fines “insensatos” de guerra, que —
diremos de pasada— no son determinados
por ellos solos, sino por el capital financiero anglo- francés, potencia cuya
fuerza mundial se cifra en centenares de mi les de millones. Lo que se precisa
no es “persuadir” a los liberales, sino explicar
a los obreros por qué los liberales se han metido en un callejón sin salida,
por qué ellos se ven atados de pies y
manos, por qué ocultan los tratados
concluidos por el zarismo con Inglaterra, etc., y los acuerdos del capital ruso
con el capital anglo-francés, etc.
Si Skóbeliev dice que los
obreros han concertado un acuerdo cualquiera con la sociedad liberal y no
protesta contra él, si no explica desde la tribuna de la Duma el daño que causa
a los obreros ese acuerdo, resulta que él mismo lo aprueba. Y eso no debía hacerlo en ningún caso.
La aprobación directa o
indirecta por Skóbeliev, claramente expresada o tácita del acuerdo del Soviet
de diputados obreros con el Gobierno Provisional, muestra que Skóbeliev se
inclina hacia la burguesía. La declaración de que los obreros reclaman la paz,
de que sus objetivos distan como la tierra del cielo de los objetivos
perseguidos por los liberales, muestra que Skóbeliev se inclina hacia el
proletariado.
Puramente proletaria,
auténticamente revolucionaria y profundamente acertada por su concepción es la
segunda idea política que contiene el llamamiento del Soviet de diputados
obreros que estamos estudiando, a saber: la idea de constituir un “Comité de Vigilancia”
(no sé si es precisamente así como se llama en ruso, yo traduzco libremente del
francés), de
vigilancia por parte de los
proletarios y los soldados, precisamente, sobre el Gobierno Provisional.
¡Eso si que está bien! ¡Eso
sí que es digno de los obreros, que han vertido su sangre por la libertad, por
la paz y por el pan para el pueblo! ¡Eso sí que es un paso real hacia las garantías
reales contra el zarismo, contra la monarquía, contra los monárquicos
Guchkov, Lvov y Cía.! ¡Eso sí que es
un indicio de que el proletariado ruso, a pesar de todo, ha ido más allá que el
proletariado francés en 1848, que “dio plenos poderes” a Luis Blanc! Eso sí que
es una prueba de que el instinto y la inteligencia de la masa proletaria no se
dan por satisfechos con declamaciones, exclamaciones, promesas de reformas y de
libertades, con el título de “ministro mandatario de los obreros” y demás
oropel análogo, sino que buscan un apoyo allí donde solamente puede existir, en las masas populares armadas, organizadas y dirigidas por el
proletariado, por los obreros conscientes.
Este es un paso por el buen camino, pero no es más que el primer paso.
Si este “Comité de
Vigilancia” se limita a ser una institución de tipo puramente parlamentario,
sólo político, es decir, una comisión llamada a “hacer preguntas” al Gobierno
Provisional y a recibir respuestas de él, no será más que un juguete, no será
nada.
Pero si el Comité conduce a
la organización inmediata y a toda costa de una milicia obrera en la que participe efectivamente todo el pueblo,
todos los hombres y todas las mujeres, una milicia
que no se limite a remplazar a la policía diezmada y eliminada, que no sólo
haga imposible su restablecimiento
por cualquier gobierno
monárquico-constitucional o republicano-democrático
tanto en Petrogrado como en cualquier otro lugar de Rusia,
entonces los obreros avanzados de Rusia habrán entrado verdaderamente en un
camino que les llevará a nuevas y grandes victorias, en el camino que lleva a
la victoria sobre la guerra, al cumplimiento real de la consigna que podía
leerse, según los periódicos, en las banderas de las tropas de caballería, que
desfilaron en Petrogrado ante la Duma de Estado:
“¡Vivan las repúblicas socialistas de todos los países!”
En la carta próxima expondré mis ideas sobre esta milicia
obrera.
92
Me esforzaré en demostrar,
de una parte, que precisamente la creación de una milicia popular dirigida por
los obreros es la consigna acertada del día, por responder a los objetivos
tácticos del peculiar período de transición que atraviesa la revolución rusa (y
la revolución mundial), y, de otra parte, que, para tener éxito, la milicia
obrera debe, en primer lugar, comprender a todo el pueblo, abarcar a las masas hasta llegar a ser general, englobar
realmente a toda la población de ambos sexos, apta para el trabajo, y, en
segundo lugar, conjugar no solo las funciones puramente policíacas, sino las de
interés para todo el Estado con las funciones militares y con el control de la
producción y distribución social de los productos.
Zúrich, 22 (9) de marzo de 1917.
N. Lenin
P. S. Me olvidé de fechar mi carta precedente, del 7 (20) de
marzo.
Publicada por vez
primera en 1924 en el núm. 3-4 de la revista “Bolshevik”.
T. 31, págs. 23-33.
Tercera carta. Acerca
de la milicia proletaria.
Dos documentos han
confirmado plenamente hoy, 10 (23) de marzo, la conclusión que hice ayer acerca
de la táctica vacilante de Chjeídze. El primero de esos documentos es un
extracto
—comunicado por telégrafo
desde Estocolmo a La Gaceta de Francfort101— del
manifiesto lanzado en Petrogrado por el Comité Central de nuestro partido, el
Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Este documento no dice en absoluto que
se deba apoyar o derrocar al gobierno de Guchkov; en él se llama a los obreros
y a los soldados a organizarse en torno al Soviet de diputados obreros, a
enviar a él a sus representantes para luchar contra el zarismo, por la
república, por la jornada de 8 horas, por la confiscación de las tierras de los
terratenientes y de las existencias de trigo y, sobre todo, por poner fin a la
guerra de rapiña. Es particularmente importante y particularmente actual la
opinión en absoluto acertada de nuestro Comité Central cuando afirma que para
obtener la paz es preciso establecer relaciones con los proletarios de todos los países beligerantes.
Esperar la paz de
conversaciones y de relaciones entre los gobiernos burgueses significaría
engañarse y engañar al pueblo.
El segundo documento es otra
noticia también comunicada por telégrafo desde Estocolmo a otro periódico
alemán (La Gaceta de Voss102)
acerca de la reunión celebrada por la fracción de Chjeídze en la Duma con el
grupo de los trudoviques (¿Arbeiterfraction?)
y los representantes de los 15 sindicatos obreros el 2 (15) de marzo y dando a
conocer el llamamiento publicado al día siguiente. De los once puntos que
contiene el llamamiento, el telegrama sólo expone tres: el 1º que reivindica la
república; el 7º, que exige la paz y la iniciación inmediata de negociaciones
con vistas a su establecimiento, y el 3º, que reclama “una participación
suficiente de representantes de la clase obrera rusa en el gobierno”.
Si este punto ha sido
expuesto exactamente, comprendo por qué la burguesía elogia a Chjeídze.
Comprendo por qué al elogio precitado de los guchkovianos ingleses en el Times se ha sumado el elogio de los
guchkovianos franceses publicado en Le
Temps. Este periódico de los millonarios e imperialistas franceses escribió
el 22 de marzo: “Los jefes de los partidos obreros, y sobre todo el señor
Chjeídze, aplican toda su influencia para moderar los deseos de las clases
obreras”.
En efecto, exigir la
“participación” de los obreros en el gobierno de Guchkov-Miliukov es un absurdo
teórico y político: participar en minoría equivaldría a ser un simple peón;
participar en “condiciones de igualdad” es imposible, porque no se puede conciliar
la exigencia de continuar la guerra con la de concertar un armisticio y
entablar negociaciones de paz; “participar” siendo mayoría sería posible si se
contase con la fuerza suficiente para derrocar
el gobierno de Guchkov-Miliukov. En la práctica, exigir la “participación” es
caer en el peor de los luisblancismos, es decir, olvidar la lucha de clases y
sus condiciones reales, entusiasmarse con la más huera frase rimbombante y
sembrar ilusiones entre los obreros, perder en negociaciones con Miliukov o con
Kerenski un tiempo precioso, que debería emplearse en crear una fuerza
verdaderamente de clase y revolucionaria, la milicia proletaria, capaz de inspirar confianza a todas las capas
pobres de la población —que forman la mayoría absoluta—, capaz de ayudarles a organizarse, capaz de ayudar
a estas capas a luchar por el pan,
por la paz, por la libertad.
Este error del llamamiento
de Chjeídze y de su grupo (no hablo del partido
del Comité de Organización, pues no he encontrado ni una sílaba acerca de este
Comité en las fuentes de que dispongo), ese error es sobre todo extraño porque
Skóbeliev el correligionario más cercano de Chjeídze, dijo en la conferencia
del 2 (15) de marzo, según los periódicos: “Rusia
![]()
101 "Frankturter Zeitung" ("La Gaceta de Fráncfort"):
diario de los grandes bolsistas alemanes. Se publicó en Fráncfort del Meno
desde 1856 hasta 1943
102 "Vossische Zeitung"
("La Gaceta de Voss"): periódico liberal moderado alemán. Se editó en
Berlín de 1704 a 1934.
se halla en vísperas de una
segunda, de una verdadera (wirklich:
literalmente, efectiva) revolución”.
Es ésta una verdad de la que
Skóbeliev y Chjeídze han olvidado sacar conclusiones prácticas. No puedo juzgar
desde aquí, desde mi maldita lejanía, hasta qué punto es inminente la segunda
revolución Skóbeliev está mejor situado para saberlo. Por ello yo no me planteo
cuestiones para cuya solución no dispongo ni puedo disponer de datos concretos.
Me limito a subrayar la confirmación por parte de un “testigo indiferente”, es
decir, ajeno a nuestro partido, la confirmación por parle de Skóbeliev de la
conclusión real a que llegué yo en mi
primera carta, a saber: que la revolución de febrero-marzo no ha sido más que
la primera etapa de la revolución.
Rusia está viviendo una fase histórica muy particular: el paso a la etapa siguiente
de la revolución o, como lo dice Skóbeliev, a la “segunda revolución”.
93
Si queremos ser marxistas y
sacar partido de la experiencia de las revoluciones del mundo entero, debemos
esforzarnos por comprender en qué consiste precisamente la originalidad de esta fase de paso
y qué táctica dimana de sus peculiaridades objetivas.
La originalidad de la
situación es que el gobierno de Guchkov-Miliukov ha obtenido su primera
victoria con una facilidad extrema gracias a las tres condiciones principales
que enuncio a continuación: 1) el apoyo del capital financiero anglo-francés y
de sus agentes; 2) el apoyo de parte de la alta jerarquía del ejército; 3) la
organización ya existente de toda la burguesía rusa en los zemstvos103, las instituciones urbanas, la Duma de Estado, los comités de
la industria de guerra, etc.
El gobierno de Guchkov se
encuentra apresado: trabado por los intereses del capital, se ve constreñido a
procurar la continuación de la guerra de rapiña y de saqueo, a defender los
escandalosos beneficios del capital y de los terratenientes, restaurar la
monarquía. Trabado por su origen revolucionario y por la necesidad de una
brusca transición del zarismo a la democracia, presionado por las masas
hambrientas que exigen la paz, el gobierno se ve constreñido a mentir, a
maniobrar, a ganar tiempo, a “proclamar” y prometer lo más posible (las
promesas son la única cosa muy barata incluso en un período de la mayor
carestía) y a cumplir lo menos posible, a hacer concesiones con una mano y a
quitarlas con la otra.
En determinadas
circunstancias y en el mejor de los casos para él, el nuevo gobierno puede
diferir un tanto el hundimiento apoyándose en toda la capacidad de organización
de toda la burguesía rusa y de los intelectuales burgueses. Pero ni aun así podrá evitar el hundimiento, porque es imposible eludir las garras del monstruo
espantoso engendrado por el capitalismo mundial — la guerra imperialista y el
hambre —sin abandonar el terreno de las relaciones burguesas, sin tomar medidas
revolucionarias, sin apelar al inmenso heroísmo histórico del proletariado ruso
e internacional.
De aquí la conclusión: no
podremos derribar de un sólo golpe al nuevo gobierno, y si pudiésemos (en
tiempos de revolución los límites de lo posible se dilatan mil veces), no
lograríamos conservar el poder sin oponer
a la magnífica organización de toda la burguesía rusa y de todos los
intelectuales burgueses una no menos magnifica organización del proletariado, que dirige la incalculable masa de
las capas pobres de la ciudad y del campo,
del semiproletariado y los pequeños propietarios.
Independientemente de que la
“segunda revolución” haya estallado ya en Petrogrado (he dicho que sería por
completo absurdo apreciar desde el extranjero el ritmo concreto de su
gestación), haya sido aplazada por cierto tiempo o haya comenzado ya en algunas
partes de
![]()
103 Zemstvo: sedicente administración autónoma
local encabezada por la nobleza en las provincias centrales de la Rusia
zarista. Fue instituida en 1864. Sus atribuciones estaban limitadas a los
asuntos económicos puramente locales (construcción de hospitales y caminos,
estadísticas, seguros, etc.). Controlaban su actividad los gobernadores y el
ministro del Interior que podían suspender las disposiciones inconvenientes
para el gobierno
Rusia (hay, por lo visto,
ciertos indicios de que es así), la consigna del momento debe ser en todo caso —tanto en vísperas de la nueva
revolución como durante la misma o inmediatamente
después de ella— la organización
proletaria.
¡Camaradas obreros! Habéis
realizado prodigios de heroísmo proletario ayer, al derrocar a la monarquía
zarista. En un futuro más o menos cercano (o quizá ahora, en el momento en que
yo escribo estas líneas), tendréis inevitablemente que realizar nuevos idénticos
prodigios de heroísmo para derrocar el poder de los terratenientes y los
capitalistas, que hacen la guerra imperialista. ¡No podréis obtener una victoria sólida en esta
nueva revolución, en la “verdadera” revolución, si no realizáis prodigios de organización proletaria!
La consigna del momento es
la organización. Pero limitarse a esto equivaldría a no decir nada, porque, de
una parte, la organización siempre es
necesaria; por tanto, reducirse a indicar la necesidad de “organizar a las
masas” no explica absolutamente nada; de otra parte, quien se limitase a ello
no sería más que un acólito de los liberales, porque son los liberales, quienes precisamente desean, para afianzar su dominación, que los obreros no vayan más allá de las organizaciones habituales, “legales” (desde el punto de vista de la sociedad
burguesa “normal”), es decir, que los obreros se limiten simplemente a afiliarse a su partido, a su sindicato, a
su cooperativa, etc., etc.
Gracias a su instinto de
clase, los obrero han comprendido que en un período de revolución necesitan una
organización completamente distinta, no
sólo habitual, y han emprendido con acierto el camino señalado por la
experiencia de nuestra revolución de 1905 y de la Comuna de París de 1871: han
creado el Soviet de diputados obreros,
se han puesto a desarrollarlo, ampliarlo y fortalecerlo, atrayendo a él a
diputados de los soldados y, sin duda
alguna, también a diputados de los obreros asalariados
rurales y, además (en una u otra forma), de todos los campesinos pobres.
La creación de semejantes
organizaciones en todos los lugares de Rusia sin excepción, para todas las
profesiones y todas las capas de la población proletaria y semiproletaria sin
excepción, es decir, para todos los trabajadores y todos los explotados, es, si
empleamos una expresión más popular, aunque menos precisa desde el punto de
vista económico, una tarea de las más urgentes, una tarea de importancia
primordial. Señalaré, anticipándome, que nuestro partido (espero exponer en una
de mis cartas próximas su papel peculiar
en las organizaciones proletarias de nuevo tipo) debe recomendar
particularmente a toda la masa campesina la formación de Soviets especiales de obreros asalariados y de
pequeños agricultores que no venden su trigo, de Soviets en los que no deben entrar los campesinos
acomodados; sin esta condición será en general* imposible tanto aplicar una
política proletaria auténtica como abordar con acierto la cuestión práctica de
mayor importancia, cuestión de vida o muerte para millones de hombres: la
contingentación equitativa del trigo,
el aumento de su producción, etc.
* En el campo se desarrollará ahora la lucha por los pequeños
campesinos y, en parte, por los campesinos medios. Los terratenientes,
apoyándose en los campesinos ricos, tratarán de subordinar a aquéllos a la
burguesía. Nosotros debemos llevarlos, apoyándonos en los obreros asalariados
rurales y en los campesinos pobres, a la más estrecha unión con el proletariado
urbano.
94
Pero surge la pregunta: ¿qué
deben hacer los Soviets de diputados obreros? “Deben ser considerados como
Órganos de la insurrección, como órganos del poder revolucionario”, escribimos
nosotros en el número 47 de Sotsial-Demokrat,
de Ginebra, el 13 de octubre de 1915**.
** Véase V. I. Lenin. Algunas
tesis. (N. de la Edit.)
Este principio teórico,
deducido de la experiencia de la Comuna de París de 1871 y de la revolución
rusa de 1905 debe ser aclarado y desarrollado con mayor concreción basándose en
las indicaciones prácticas precisamente de la etapa actual, precisamente de la
revolución actual de Rusia.
Necesitamos un poder revolucionario, necesitamos (para
cierto período de transición) un Estado.
En esto nos distinguimos de los anarquistas. La diferencia entre los marxistas revolucionarios y los anarquistas no
sólo consiste en que los primeros son partidarios de la gran producción
comunista centralizada, y los segundos, de la pequeña producción dispersa. No,
la diferencia precisamente en la cuestión del poder, del Estado, consiste en
que nosotros estamos por la
utilización revolucionaria de las formas revolucionarias de Estado en la lucha
por el socialismo, y los anarquistas están en
contra.
Necesitamos un Estado. Pero no como el Estado que ha creado por
doquier la burguesía, empezando por las monarquías constitucionales y acabando
por las repúblicas más democráticas. Precisamente en ello nos distinguimos de
los oportunistas y los kautskianos de los viejos partidos socialistas en
proceso de putrefacción, que han deformado u olvidado las enseñanzas de la
Comuna de París y el análisis que de estas enseñanzas hicieran Marx y
Engels.***
*** En una de las cartas siguientes o en un
articulo especial me detendré con detalle en este análisis —hecho, en
particular, en La guerra civil en Francia
de Marx, en el prefacio de Engels a la tercera edición de esta obra y en las
cartas de Marx del 12 de abril de
1871 y de Engels del 18-28 de marzo de 1875—, así como en la forma en
queKautsky tergiversó por completo el marxismo en la polémica que sostuvo en
1912 contra Pannekoek sobre el problema de la "destrucción del
Estado"104.
Necesitamos un Estado, pero no
como el que necesita la burguesía, con los órganos de poder
—en forma de policía,
ejército, burocracia— separados del pueblo y en contra de él. Todas las
revoluciones burguesas se han limitado a perfeccionar esta máquina del Estado, a hacer pasar esta máquina de manos de un partido a las de otro.
Si quiere salvaguardar las
conquistas de la presente revolución y seguir adelante, si quiere conquistar la
paz, el pan y la libertad, el proletariado debe, empleando la palabra de Marx,
“demoler” esa máquina del Estado “ya
hecha” y sustituirla por otra, fundiendo
la policía, el ejército y la burocracia con todo
el pueblo en armas. Siguiendo la ruta indicada por la experiencia de la
Comuna de París de 1871 y de la revolución rusa de 1905, el proletariado debe
organizar y armar a todos los
elementos pobres y explotados de la población, a fin de que ellos mismos tomen directamente en sus manos
los organismos del poder del Estado y formen
ellos mismos las instituciones de ese poder.
Los obreros de Rusia han emprendido ya esa ruta en la primera
etapa de la primera revolución, en febrero-marzo de 1917. Ahora todo estriba en
comprender claramente cuál es esta nueva ruta, en seguirla con audacia, firmeza
y tenacidad.
Los capitalistas
anglo-franceses y rusos “sólo” han querido apartar a Nicolás II o incluso
“asustarle”, dejando intacta la vieja máquina del Estado, la policía, el
ejército y la burocracia.
Los obreros han ido más
lejos y han demolido esa máquina. Y ahora no sólo los capitalistas
anglo-franceses, sino también los alemanes, aúllan
de furor y de espanto al ver, entre otras cosas, que los soldados rusos fusilan
a sus oficiales, por ejemplo, al almirante Nepenin, partidario de Guchkov y de
Miliukov.
He dicho que los obreros han
demolido la vieja máquina del Estado. Mejor dicho: han comenzado a demolerla.
Tomemos un ejemplo concreto.
Parte de la policía ha sido
aniquilada físicamente, parte ha sido destituida en Petrogrado y en otros
muchos lugares. El gobierno de Guchkov-Miliukov no podrá restaurar la monarquía en, en general, mantenerse en el
poder sin restablecer antes la
policía como una organización especial de hombres armados a las órdenes de la
burguesía, como una organización separada del pueblo y opuesta a él. Esto es
claro como la luz del día.
![]()
104 Véase el libro de Lenin El
Estado y la revolución
De otra parte, el nuevo
gobierno se ve forzado a tomar en consideración al pueblo revolucionario, a
taparle la boca con concesiones a medias y con promesas, a ganar tiempo. Por
ello toma una medida a medias: organiza la “milicia popular” con jefes designados
por elección (¡esto suena muy decentemente!, ¡es muy democrático,
revolucionario y bello!), pero... pero, en primer lugar, la pone bajo el
control, a las órdenes de los zemstvos y de las municipalidades, es decir, ¡¡a las órdenes de los terratenientes y
los capitalistas elegidos según las leyes de Nicolás el Sanguinario y de
Stolypin el Verdugo!! En segundo lugar, llama “popular” a la milicia para
desorientar al “pueblo”, pero, en
realidad, no invita al pueblo a participar en su totalidad en esta milicia y no obliga a los patronos y a los
capitalistas a pagar a los obreros y
a los empleados el salario habitual por
las horas y los días que consagran al servicio
social, es decir, a la milicia.
95
Y es aquí donde hay gato
encerrado. Por estos procedimientos, el gobierno de los Guchkov y los Miliukov,
gobierno de l os terratenientes y los capitalistas, consigue que la “milicia
popular” quede en el papel y que, de hecho, se vaya restableciendo poco a poco,
bajo cuerda, la milicia burguesa,
antipopular, formada al principio por “8.000 estudiantes y profesores” (así
describen los periódicos extranjeros la actual milicia de Petrogrado) —¡esa
milicia es con toda evidencia un juguete!— y después, poco a poco, de viejos y
nuevos policías.
¡No dejar que renazca la
policía! ¡No ceder el poder público en las localidades! ¡Crear una milicia
auténticamente popular, que abarque al pueblo entero, dirigida por el
proletariado! Esta es la tarea del día, ésta es la consigna del momento, que
responde por igual a los intereses bien comprendidos de la lucha de clases
ulterior, del movimiento revolucionario ulterior, y al instinto democrático de
cada obrero, de cada campesino, de cada trabajador y de cada explotado, que no
puede por menos de odiar a la policía urbana y rural, el hecho de que los
terratenientes y los capitalistas tengan a sus órdenes gente armada a la que se
da poder sobre el pueblo.
¿Qué policía es la que
necesitan ellos, los Guchkov y los
Miliukov, los terratenientes y los capitalistas? Una policía igual a la de la
monarquía zarista. Todas las
repúblicas burguesas y democrático -burguesas del mundo han instituido o han
hecho renacer en sus países, después de períodos revolucionarios muy breves,
una policía precisamente de ese género,
una organización especial de hombres armados, separados del pueblo y opuestos a
él, subordinados, de una u otra forma, a la burguesía.
¿Qué milicia es la que
necesitamos nosotros, el proletariado, todos los trabajadores? una milicia
auténticamente popular , es decir,
una milicia que, en primer lugar, esté formada por la población entera, por todos los ciudadanos adultos
de ambos sexos y que, en segundo
lugar, conjugue las funciones de ejército popular con las de la policía, con
las funciones de órgano primero y principal de mantenimiento del orden público
y de administración del Estado.
Para que estas ideas sean
más comprensibles pondré un ejemplo puramente esquemático. Huelga decir que
sería absurdo querer trazar un “plan” de la milicia proletaria: cuando los
obreros y el pueblo entero pongan verdaderamente en masa y de manera práctica
manos a la obra, trazarán y presentarán ese plan cien veces mejor que cualquier
teórico. Yo no propongo un “plan”, yo sólo quiero ilustrar mi pensamiento.
Petrogrado cuenta con una
población de casi dos millones de habitantes, de los que más de la mitad tiene
de 15 a 65 años. Tomemos la mitad, un millón. Deduzcamos de este número hasta
una cuarta parte: los enfermos y otros ciudadanos que no participan hoy en el
servicio social por causas justificadas. Quedan 750.000 personas que, sirviendo
en la milicia un día de cada 15, pongamos por caso (y percibiendo el salario de
este día de sus patronos), formarían un ejército de 50.000 hombres.
¡Ese es el tipo de
“Estado” que necesitamos nosotros!
Esa milicia sí que sería de hecho, y no sólo de palabra, una
“milicia popular”.
Ese es el camino que debemos
seguir para que sea imposible
restablecer una policía especial o un ejército especial, separado del pueblo.
Esa milicia estaría
compuesta en el 95% de obreros y de campesinos y expresaría realmente el pensamiento, la voluntad,
la fuerza y el poder de la inmensa mayoría del pueblo. Esa milicia armaría de
verdad a todo el pueblo y le daría una instrucción militar, garantizándole —no a la manera de Guchkov ni a la manera
de Miliukov— contra todas las tentativas de resurgimiento de la reacción,
contra todas las maquinaciones de los agentes del zar. Esa milicia sería el
organismo ejecutivo de los “Soviets de diputados obreros y soldados”, gozaría
de la estima y la confianza absolutas
de la población, ella misma sería una organización del pueblo entero. Esta
milicia transformaría la democracia, de bello rótulo destinado a encubrir la
esclavización del pueblo por los capitalistas y las burlas de que los
capitalistas hacen objeto al pueblo, en una verdadera escuela que educaría a las masas para hacerlas
participar en todos los asuntos del
Estado. Esta milicia incorporaría a los jóvenes a la vida política, enseñándoles no sólo con palabras, sino
mediante la acción, mediante el trabajo.
Esta milicia desempeñaría las funciones que, empleando el lenguaje científico,
corresponden a la “policía del bienestar público”, la vigilancia sanitaria,
etc., incorporando a esta labor a toda la población femenina adulta. Sin
incorporar a las mujeres al cumplimiento de las funciones sociales, al servicio
en la milicia y a la vida política, sin arrancar a las mujeres del ambiente
embrutecedor de la casa y de la cocina, es imposible
asegurar la verdadera libertad, es imposible
incluso construir la democracia, sin hablar ya del socialismo.
96
Esta milicia sería una
milicia proletaria, porque los obreros industriales y urbanos conquistarían en
ella una influencia dirigente sobre la masa de los pobres de manera tan natural
e inevitable como desempeñaron el papel rector en toda la lucha revolucionaria
del pueblo, lo mismo en 1905-1907 que en 1917.
Esta milicia aseguraría un
orden absoluto y una disciplina basada en la camaradería y observada con una
abnegación a toda prueba. Al mismo tiempo, en el período de grave crisis por
que atraviesan todos los países en guerra, esta milicia permitiría combatir
dicha crisis por medios verdaderamente democráticos, proceder con acierto y
rapidez a la contingentación del trigo y de otros víveres, poner en práctica el
“trabajo obligatorio para todos”, al que los franceses llaman hoy “movilización
cívica” y los alemanes, “obligación de servicio civil”, y sin el cual es imposible —ha resultado ser imposible—
restañar las heridas que la terrible guerra de rapiña ha causado y continúa
causando.
¿Será posible que el
proletariado de Rusia haya vertido su sangre sólo para recibir promesas
grandilocuentes de reformas democráticas de carácter meramente político? ¿Será
posible que no exija y no consiga que todo
trabajador vea y perciba palpablemente y
de manera inmediata cierta mejoría de sus condiciones de vida, que toda
familia tenga pan, que cada niño
tenga su botella de buena leche y que ni un solo adulto de familia rica se
atreva a consumir más de su ración de leche mientras no esté asegurado el abastecimiento
de los niños, que los palacios y los ricos apartamentos dejados por el zar y la
aristocracia no queden desocupados y sirvan de albergue a los hombres sin hogar
y sin recursos?
¿Quién puede aplicar todas
esas medidas de no ser la milicia popular, en la que las mujeres deben
participar, sin falta, al igual que los hombres?
Esas medidas no son aún
el socialismo. Conciernen a la regulación del consumo, y no a la
reorganización de la
producción. Eso no sería aún la “dictadura del proletariado”, sino solamente la
“dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos
pobres”. No se trata en este momento de hacer una clasificación teórica.
Sería un grave error querer
colocar los objetivos prácticos de la revolución, complejos, inmediatos y en
desarrollo rápido, en el lecho de Procusto de una “teoría” estrechamente
comprendida, en lugar de ver ante todo y sobre todo en la teoría una guía para la acción.
¿Tendrá la masa de los
obreros rusos suficiente conciencia, firmeza y heroísmo para hacer “prodigios
de organización proletaria” después de haber realizado en la lucha
revolucionaria directa prodigios de audacia, de iniciativa y de espíritu de
sacrificio? No lo sabemos, y entregarse a conjeturas sobre el particular sería
vano, pues sólo la práctica puede dar
respuesta a semejantes preguntas.
Lo que sabemos bien y
debemos, como partido, aclarar a las masas es que, de una parte, existe un
motor histórico de enorme potencia, que engendra una crisis sin precedente, el
hambre y calamidades innumerables. Este motor es la guerra que los capitalistas
de las dos coaliciones beligerantes
hacen con fines de rapiña. Ese “motor” ha conducido al borde del abismo a
varias naciones de las más ricas, más libres y más ilustradas. Ese motor constriñe a los pueblos a poner en
tensión, hasta el extremo, todas sus fuerzas, los coloca en una situación
insoportable, pone a la orden del día no la realización de esta o la otra
“teoría” (de eso no se puede ni hablar y contra esta ilusión siempre previno
Marx a los socialistas), sino la aplicación de las medidas más extremas
prácticamente posibles porque sin medidas extremas es inevitable la muerte por
hambre, inmediata y cierta, de millones de hombres.
Huelga demostrar que el
entusiasmo revolucionario de la clase avanzada puede mucho cuando la situación objetiva exige de todo el pueblo la adopción de medidas extremas. Este aspecto de la cuestión es en Rusia
visible y tangible para todo el
mundo.
Lo importante es comprender
que en tiempos de revolución la situación objetiva cambia tan rápida y
bruscamente como corre la vida en general. Y nosotros debemos saber adaptar nuestra táctica y nuestras
tareas inmediatas a las particularidades
de cada situación dada, hasta febrero de 1917 estaba a la orden del día la
tarea de realizar una audaz propaganda revolucionaria internacionalista, llamar
a las masas a la lucha, despertarlas. Las jornadas de febrero-marzo exigieron
heroísmo y abnegación en la lucha por aplastar cuanto antes al enemigo más
inmediato, el zarismo. Ahora nos encontramos en un período de transición de esta primera etapa de la
revolución a la segunda, de paso de la “pelea” con el zarismo a la “pelea” con
el imperialismo guchkoviano miliukoviano de los terratenientes y los
capitalistas. La organización está a
la orden del día, pero de ninguna manera en el sentido estereotipado de un
trabajo consagrado únicamente a organizaciones ordinarias, sino en el sentido
de agrupar en organizaciones, en proporciones nunca vistas, a amplias masas de
las clases oprimidas y de hacer participar a esas organizaciones en el
cumplimiento de las tareas militares, estatales y económicas.
El proletariado ha abordado
y abordará de diversas maneras esta tarea original. En algunos lugares de
Rusia, la revolución de febrero-marzo ha puesto en sus manos casi la totalidad
del poder; en otros, quizá se ponga a crear y ampliar “arbitrariamente” la
milicia proletaria; en otros, probablemente, se esfuerce por conseguir que se
proceda a elecciones inmediatas sobre la base del sufragio universal, etc. a
las dumas municipales y a los zemstvos, para hacer de ellos centros de la
revolución, y así sucesivamente, hasta el momento en que el grado de
organización proletaria, el reforzamiento de los lazos entre soldados y
obreros, el movimiento de los campesinos y la desilusión que muchos
experimentarán respecto al gobierno belicista e imperialista, encabezado por
Guchkov y Miliukov, no hayan acercado la hora de sustituir ese gobierno por el
“gobierno” del Soviet de diputados obreros.
97
Tampoco nos olvidemos de que
muy cerca de Petrogrado se encuentra uno de los países más avanzados, un país
republicano en realidad, Finlandia, que desde 1905 hasta 1917, al socaire de
las batallas revolucionarias de Rusia y por medios relativamente pacíficos, ha
desarrollado su democracia y ha conquistado para el socialismo a la mayoría de su población. El
proletariado de Rusia
asegurará a la República Finlandesa una libertad completa, incluida la libertad
de separación (ahora que el demócrata-constitucionalista Ródichev chalanea tan
indignamente en Helsingfors con vistas a arrancar cachitos de privilegios para
los rusos, difícilmente se encontrará un socialdemócrata que abrigue dudas al
respecto105), y precisamente por ello se ganará
toda la confianza de los obreros finlandeses y su ayuda fraterna a la causa del
proletariado de toda Rusia. Los errores son inevitables en toda obra difícil y
grande. Nosotros tampoco lograremos evitarlos, y los obreros finlandeses,
mejores organizadores, nos ayudarán en este aspecto, impulsando, a su manera, la instauración de la
república socialista.
Las victorias
revolucionarias en la propia Rusia; los éxitos pacíficos de organización en
Finlandia, obtenidos al abrigo de estas victorias; el paso de los obreros rusos
a las tareas revolucionarias de organización en una nueva escala; la conquista
del poder por el proletariado y las capas pobres de la población; el fomento y
el desarrollo de la revolución socialista en Occidente: tal es la vía que nos
ha de conducir a la paz y al socialismo.
N. Lenin
Zúrich, 11(24) de marzo de 1917.
Publicada por vez
primera en 1924 en el núm. 3-4 de la revista “La Internacional Comunista”.
T. 31, págs. 34-47
Cuarta carta. Como
obtener la paz.
Acabo de leer hoy (12 (25) de marzo) en el Neu Zürcher Zeitung (núm. 517, del 24 de marzo)
el siguiente despacho transmitido por telégrafo desde Berlín:
“Comunican de Suecia que
Máximo Gorki ha enviado al gobierno y al Comité Ejecutivo un saludo entusiasta.
Gorki celebra la victoria del pueblo sobre los prebostes de la reacción y llama
a lodos los hijos de Rusia a contribuir a la construcción del nuevo edificio
del Estado ruso. Al mismo tiempo, invita al gobierno a coronar su obra de
liberación concluyendo la paz. Esta no debe ser una paz a toda costa, pues en
el presente Rusia tiene menos motivos que nunca para aspirar a una paz a toda
costa. Debe ser una paz que permita a Rusia llevar una existencia digna entre
los otros pueblos del mundo. La humanidad ha vertido ya bastante sangre; el
nuevo gobierno contraería grandes méritos, no sólo ante Rusia, sino ante todo
el género humano, si consiguiera concertar rápidamente la paz”.
En estos términos ha sido transmitida la carta de Gorki.
Se siente amargura al leer esta carta,
impregnada de prejuicios corrientes entre los filisteos. El autor de estas
líneas tuvo ocasión, en sus entrevistas con Gorki en la isla de Capri, de
![]()
105 En los primeros días de su existencia,
el Gobierno Provisional nombró al octubrista M. Stajóvich gobernador general de
Finlandia y al demócrata— constitucionalista F. Ródichev ministro (o comisario)
para los Asuntos de Finlandia. El 8 (21) de marzo se publicó el Manifiesto sobre la aprobación de la
Constitución del gran principado de Finlandia y su aplicación íntegra. Se
reconocía a Finlandia el derecho a la autonomía debiendo ratificar el gobierno de Rusia las leyes adoptadas por la
Dieta finlandesa. Las leyes impuestas a los finlandeses durante la guerra y que
estaban en pugna con su legislación conservaban su vigencia durante todo el
tiempo que durase la guerra.
El Gobierno Provisional
pretendía que la Dieta introdujera en la Constitución un artículo que
equiparase "a los ciudadanos rusos con los finlandeses en el comercio y la
industria", ya que bajo el gobierno zarista las leyes finesas no
reconocían este derecho que se ejercía por vía violenta. La negativa del
Gobierno Provisional a resolver el problema de la autodeterminación de
Finlandia "hasta la Asamblea Constituyente" provocó un grave
conflicto con Finlandia que sólo se resolvió después de la Gran Revolución
Socialista de Octubre. El 18 (31) de diciembre de 1917, el Gobierno soviético
concedió a Finlandia la plena independencia
ponerle en guardia contra
sus errores políticos y de reprochárselos. Gorki paraba los reproches
declarando sinceramente, con inefable y encantadora sonrisa: “Yo sé que soy un
mal marxista. Además, los artistas somos todos un poco irresponsables”. Resulta
difícil discutir tales argumentos.
Gorki es, no cabe duda, un
artista de prodigioso talento, que ha prestado ya y prestará grandes servicios
al movimiento proletario mundial.
Pero, ¿qué necesidad tiene Gorki de meterse en política?
La carta de Gorki expresa, a
mi parecer, prejuicios extraordinariamente extendidos no sólo entre la pequeña
burguesía, sino también entre ciertos medios obreros sometidos a su influencia.
Todas las energías de nuestro partido, todos los esfuerzos de los obreros
conscientes deben ser aplicados a una lucha tenaz, empeñada y múltiple contra
estos prejuicios.
El gobierno zarista empezó e
hizo la guerra presente como una guerra imperialista,
de rapiña y saqueo, a fin de expoliar y estrangular a los pueblos débiles. El
gobierno de los Guchkov y los Miliukov es un gobierno de terratenientes y
capitalistas, que se ve obligado a continuar y quiere continuar precisamente esta misma guerra. Pedirle
a este gobierno que concluya una paz democrática es lo mismo que predicar la
virtud a quienes sostienen casas públicas.
Expliquemos nuestro pensamiento.
¿Qué es el imperialismo?
En mi folleto El imperialismo, fase superior del
capitalismo enviado a la Editorial Parus antes de la revolución, aceptado
por dicha editorial y anunciado en la revista Létopis106, contesto a dicha pregunta del
siguiente modo:
“El imperialismo es el
capitalismo en la fase de desarrollo en que ha tomado cuerpo la dominación de
los monopolios y del capital financiero, ha adquirido señalada importancia la
exportación de capitales, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales
y ha terminado el reparto de toda la Tierra entre los países capitalistas más
importantes” (cap. VII del folleto citado, anunciado en Létopis, cuando había aún censura, como sigue: V. Ilín. El capitalismo contemporáneo)*.
* Véase la presente edición, Tomo 5. (N. de la Edit.)
98
El asunto consiste en que el
capital ha alcanzado proporciones formidables. Las asociaciones formadas por un
reducido número de grandes capitalistas (los cárteles, los consorcios, los
trusts) manejan miles de millones y
se reparten el universo. Toda la
superficie del globo terrestre se halla distribuida. La guerra ha sido motivada
por el choque de dos poderosísimos grupos de multimillonarios, el grupo
anglo-francés y el grupo alemán, con vistas a un nuevo reparto del mundo.
El grupo anglo-francés de
capitalistas quiere desvalijar, en primer término, a Alemania, quitarle sus
colonias (ya se las ha quitado casi todas) y, después, a Turquía.
El grupo alemán de
capitalistas quiere quedarse con
Turquía y resarcirse de la pérdida de las colonias conquistando pequeños
Estados vecinos (Bélgica, Serbia, Rumania).
Tal es la verdad auténtica,
encubierta por toda suerte de mentiras burguesas sobre la guerra “liberadora”,
“nacional”, “la guerra por el derecho y la justicia” y demás zarandajas con que
los capitalistas embaucan siempre a la gente.
![]()
106 106 Parus
("La Vela"): editorial fundada por M. Gorki en Petrogrado. Existió
desde 1915 hasta 1918. Létopis
("Anales"): revista literaria, científica y política fundada por M.
Gorki en Petrogrado. Se publicó desde diciembre de 1915 hasta diciembre de 1917
Rusia no hace la guerra con
dinero propio. El capital ruso es partícipe
del capital anglo-francés. Rusia hace la guerra para despojar a Armenia, a
Turquía y a Galitzia.
Guchkov, Lvov, Miliukov,
nuestros ministros actuales, no son hombres llegados a sus puestos por azar.
Son representantes y jefes de toda la clase de los terratenientes y los
capitalistas. Están ligados por los
intereses del capital. Los capitalistas no pueden renunciar a sus intereses,
del mismo modo que un hombre no puede levantarse en vilo tirándose del pelo.
En segundo lugar,
Guchkov-Miliukov y Cía. están ligados
por el capital anglo-francés. Han hecho y hacen la guerra con dinero ajeno. Han
prometido pagar anualmente, por los
miles de millones que les han prestado, intereses que suman centenares de millones y estrujar a los
obreros y a los campesinos rusos para arrancarles ese tributo.
En tercer lugar,
Guchkov-Miliukov y Cía. están ligados
por tratados directos, relativos a
los fines de rapiña de esta guerra, con Inglaterra, Francia, Italia, el Japón y
otros grupos de bandidos capitalistas. Esos tratados fueron concluidos aún por
el zar Nicolás II.
Guchkov-Miliukov y Cía. se
han aprovechado de la lucha de los obreros contra la monarquía zarista para
adueñarse del poder, pero han sancionado
los tratados que el zar concertara.
Esto lo ha hecho el gobierno
de Guchkov en el manifiesto que la Agencia Telegráfica de San Petersburgo
comunicó al extranjero el 7 (20) de marzo. “El gobierno” (de Guchkov y
Miliukov) “será fiel a todos los tratados que nos unen a otras potencias”, se
dice en el manifiesto. Miliukov, nuevo ministro de Negocios Extranjeros, hizo
una declaración idéntica en su
telegrama del (18) de marzo de 1917, dirigido a todos los representantes de
Rusia en el extranjero.
Estos tratados son todos
ellos secretos y Miliukov y Cía. no quieren hacerlos públicos por dos
razones 1) tienen miedo al pueblo, que no quiere la guerra de rapiña; 2) están
ligados por el capital anglo-francés, que impone se mantengan en secreto los
tratados. Pero todo hombre que lea los periódicos y estudie la cuestión sabe
que en esos tratados se habla del saqueo de China por el Japón, del saqueo de
Persia, Armenia, Turquía (sobre todo Constantinopla) y Galitzia por Rusia, del
saqueo de Albania por Italia, del saqueo de Turquía y de las colonias alemanas
por Francia e Inglaterra, etc.
Tal es la situación.
Por eso proponer al gobierno
de Guchkov— Miliukov que concluya cuanto antes una paz honrada, democrática y
de buena vecindad es lo mismo que si un “buen pope” de aldea pidiera en su
sermón a los terratenientes y a los comerciantes que viviesen “según los
mandamientos de la ley de Dios”, amasen al prójimo y ofreciesen la mejilla
derecha cuando se les golpea en la izquierda. Los terratenientes y los
comerciantes escucharían el sermón y continuarían oprimiendo y saqueando al
pueblo, admirados de la habilidad con que el “buen pope” sabía consolar y
calmar a los “mujiks”.
Todo el que durante esta
guerra imperialista dirige melifluos discursos acerca de la paz a los gobiernos
burgueses, desempeña, consciente o inconscientemente, un papel idéntico al del
pope en cuestión. A veces, los gobiernos burgueses se niegan en absoluto a
escuchar tales discursos y hasta los prohíben; otras veces, los autorizan, y
prodigan las promesas a diestro y siniestro, afirman que hacen la guerra con el
único fin de concertar cuanto antes la paz “más justa” y asegurar que el
enemigo es el único culpable. Hablar de la paz con los gobiernos burgueses es, en realidad, engañar al pueblo.
Los grupos de capitalistas
que han anegado en sangre el mundo por el reparto de la tierra, de los
mercados, de las concesiones, no pueden
concluir una paz “honrosa”. Sólo pueden concertar una paz vergonzosa, una paz para el
reparto del botín, una paz para el
reparto de Turquía y de las colonias.
99
Ello aparte, el gobierno de
Guchkov-Miliukov no está en general de acuerdo con la paz en este momento, pues
hoy su “botín” lo constituirían “sólo” Armenia y parte de Galitzia,
mientras que desea saquear, además,
Constantinopla y también reconquistar
a los alemanes Polonia, país que siempre fue tan inhumana y cínicamente
oprimido por el zarismo. Diremos a renglón seguido que el gobierno de
Guchkov-Miliukov no es, en realidad, más que un lugarteniente del capital
anglo-francés, que quiere quedarse con las colonias arrebatadas a Alemania y, además, obligar a ésta a devolver
Bélgica y parte de Francia. El capital anglo-francés ha ayudado a los Guchkov y
los Miliukov a destronar a Nicolás II para que ellos le ayuden a “vencer” a
Alemania.
¿Qué hacer entonces?
Para obtener la paz (y con
mayor razón para obtener una paz auténticamente democrática, auténticamente
honrosa), es necesario que el poder del Estado no pertenezca a los
terratenientes y a los capitalistas, sino a los obreros y a los campesinos pobres. Los terratenientes y los
capitalistas constituyen una minoría insignificante de la población; todo el
mundo sabe que los capitalistas sacan de la guerra ganancias astronómicas.
Los obreros y los campesinos
pobres constituyen la inmensa mayoría
de la población. Lejos de enriquecerse en la guerra, se arruinan y pasan
hambre. No están ligados ni por el capital ni por tratados concluidos entre
grupos de bandidos capitalistas; pueden
y quieren sinceramente poner fin a la guerra.
Si el poder del Estado
perteneciera en Rusia a los Soviets
de diputados obreros, soldados y campesinos, estos Soviets y el Soviet de toda Rusia que ellos eligieran
podrían, y con toda seguridad querrían, aplicar el programa de paz propuesto
por nuestro partido (el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia) ya el 13 de
octubre de 1915 en el número 47 de su órgano central, Sotsial-Demokrat (que se editaba a la sazón en Ginebra debido a la
censura zarista).
Este programa de paz sería con seguridad el siguiente:
1) El Soviet de diputados obreros, soldados
y campesinos de toda Rusia (o el Soviet de San Petersburgo, que le remplaza
provisionalmente) declararía sin dilación que no estaba ligado por ningún
tratado ni de la monarquía zarista ni de los gobiernos burgueses.
2) Publicaría sin dilación todos estos tratados para denunciar la
infamia de los fines de rapiña perseguidos por la monarquía zarista y por todos los gobiernos burgueses sin
excepción.
3)
Invitaría
inmediata y abiertamente a todas las
potencias beligerantes a concertar sin
dilación un armisticio.
4)
Haría
públicas inmediatamente, para que las conociera todo el pueblo, nuestras
condiciones de paz, las condiciones
de paz de los obreros y de los campesinos: liberación de todas las colonias; liberación de todos los pueblos dependientes, oprimidos o que no gozan de plenos derechos.
5) Declararía que no espera nada bueno de
los gobiernos burgueses y propone a los obreros de todos los países que los
derroquen y pongan todo el poder del Estado en manos de los Soviets de
diputados obreros.
6) Declararía que los miles de millones de
las deudas contraídas por los gobiernos burgueses para hacer esta guerra
criminal y rapaz pueden pagarlos los propios
señores capitalistas, pero que los obreros y los campesinos no reconocen esas deudas. Pagar los
intereses de los empréstitos significa pagar un tributo durante largos años a
los capitalistas porque éstos han tenido la bondad de autorizar a los obreros a
que se maten en aras del reparto del botín capitalista.
¡Obreros y campesinos!
—diría el Soviet de diputados y obreros-. ¿Estáis de acuerdo con pagar anualmente centenares de millones de
rublos a los señores capitalistas como recompensa por la guerra hecha con
vistas a repartirse las colonias africanas,
Turquía, etc.?
Pienso que por estas condiciones de paz, el Soviet de
diputados obreros estaría de acuerdo en hacer la guerra contra cualquier
gobierno burgués y contra todos los
gobiernos burgueses del mundo, porque sería ésta una guerra verdaderamente
justa, a cuyo feliz desenlace contribuirían
todos los obreros, todos los
trabajadores de todos los países.
El obrero alemán ve hoy que
en Rusia la monarquía belicista está siendo remplazada por una república belicista, por una república de
capitalistas deseosos de continuar la guerra imperialista y que sancionan los
tratados de rapiña que concertara la monarquía zarista.
Juzgad vosotros mismos: ¿puede el obrero alemán fiarse de tal república?
Juzgad vosotros mismos:
¿podrá continuar la guerra, podrá mantenerse en el mundo la dominación de los
capitalistas si el pueblo ruso, al que han ayudado y ayudan hoy los recuerdos
vivos de la gran revolución del “año 1905”, conquista la libertad completa y
pone todo el poder del Estado en manos de los Soviets de diputados obreros y
campesinos?
N. Lenin
Zúrich, 12 (25) de marzo de 1917.
Publicada por vez
primera en 1924 en el núm. 3-4 de la revista “La Internacional Comunista”.
T. 31, págs. 48-54.
Quinta
carta. Las tareas de la organización proletaria revolucionaria del estado.
100
En las cartas anteriores,
las tareas actuales del proletariado revolucionario de Rusia han sido
formuladas como Sigue: (1) Saber llegar por la vía más acertada a la etapa
siguiente de la revolución, o a la segunda revolución, que (2) debe hacer pasar
el poder del Estado de manos del gobierno de los terratenientes y los
capitalistas (los Guchkov, los Lvov, los Miliukov, los Kerenski) a manos del
gobierno de los obreros y los campesinos pobres. (3) Este último gobierno debe
organizarse según el modelo de los Soviets de diputados obreros y campesinos.
Concretamente (4) debe demoler y liquidar por completo la vieja máquina del
Estado habitual en todos los países
burgueses —ejército, policía, burocracia—, remplazándola (5) por una
organización del pueblo en armas que no sólo se limite a abarcar grandes masas,
sino que comprenda al pueblo entero. (6) Sólo
“tal” gobierno, “tal” por su composición clasista (“dictadura democrática
revolucionaria del proletariado y de los campesinos”) y por sus órganos de
administración (“milicia proletaria”), estará
en condiciones de resolver eficazmente el problema esencial del momento, problema en extremo difícil y de absoluta urgencia, a saber: lograr la paz,
una paz que no sea imperialista, que no sea un trato entre las potencias
imperialistas para repartirse el botín que los capitalistas y sus gobiernos han
obtenido mediante el saqueo, sino una paz verdaderamente duradera y
democrática, que no se puede conseguir sin la revolución proletaria en varios
países. (7) En Rusia la victoria del proletariado será posible en el futuro más
próximo sólo a condición de que el
primer paso de la revolución se manifieste en el apoyo a los obreros por la
inmensa mayoría de los campesinos en lucha por la confiscación de toda la
propiedad terrateniente (y la nacionalización de toda la tierra, si se
considera que el programa agrario
de “los 104” 107 continúa siendo en el fondo el programa
agrario del campesinado). (8) En
relación con esta revolución campesina y sobre su base son posibles y
necesarios nuevos pasos del proletariado en alianza con los elementos pobres del campesinado, pasos dirigidos
a lograr el control de la producción
y de la distribución de los productos más importantes, la implantación del
“trabajo obligatorio para todos”, etc. Estos pasos los imponen de manera
inevitable en absoluto las condiciones creadas por la guerra, y que la
posguerra ha de agravar en muchos aspectos. En su conjunto y en su desarrollo,
estos pasos serían la transición al
socialismo, el cual en Rusia no puede ser realizado de modo directo, de
golpe, sin medidas transitorias, pero que es perfectamente realizable e
imperiosamente necesario gracias a semejantes medidas transitorias. (9) Se
impone con toda perentoriedad la tarea de formar sin tardanza una organización
especial de Soviets de diputados obreros en
el campo, es decir, Soviets de obreros asalariados
agrícolas, independientes de los
Soviets de los demás diputados campesinos.
Tal es, en breve, el
programa formulado por nosotros y basado en la estimación de las fuerzas de
clase de la revolución rusa y mundial y en la experiencia de 1871 y de 1905.
A continuación trataremos de
lanzar una mirada a este programa en su conjunto y analizaremos, de paso, cómo
este problema ha sido tratado por C. Kautsky, el teórico más eminente de la
“segunda” Internacional108 (1889 -1914) y el representante más
destacado de la corriente “centrista”, observada en todos los países, de la
“charca”, que oscila entre los socialchovinistas y los internacionalistas
revolucionarios. Kautsky ha abordado este problema en su revista Die Neue Zeit, del 6 de abril de 1917, en un
artículo titulado Las perspectivas de la
revolución rusa.
“En primer término —escribe
Kautsky—, debemos esclarecer las tareas planteadas ante el régimen proletario
revolucionario” (ante la organización revolucionaria del Estado).
“Dos cosas —sigue Kautsky—
son imperiosamente necesarias al proletariado: la democracia y el socialismo”.
Esta tesis, absolutamente
indiscutible, la presenta por desgracia Kautsky en una forma tan general, que,
en realidad, no da ni esclarece nada. Miliukov y
Kerenski, miembros de un
gobierno burgués e imperialista, suscribirían gustosamente esta tesis general,
el uno en su primera parte y el otro en la segunda... (Aquí se termina el
manuscrito)
Escrita el 26 de marzo (8 de abril) de 1917. Publicada por vez
primera en 1924 en el núm. 3-4 de la revista “Bolshevik”.
T. 31, págs. 55-57.
![]()
107 Programa
agrario de los 104:
proyecto de ley agraria firmado por 104 miembros de la I Duma de Estado. Los
trudoviques reclamaban la constitución de un "fondo agrario nacional"
que debía estar integrado por todas las tierras pertenecientes al Estado, la
corona, el zar, los conventos y la Iglesia, así como a los particulares si la
extensión de la propiedad excedía de la norma de trabajo establecida; se
preveía el pago de una indemnización por las tierras enajenadas a los
propietarios privados.
La aplicación de la reforma agraria se confiaba a comités
campesinos locales elegidos por sufragio universal, directo, igual y secreto
108 II
Internacional: unión
internacional de partidos socialistas, fundada en 1889. Con el advenimiento de
la época imperialista fueron prevaleciendo cada vez más en su seno las
tendencias oportunistas. Cuando comenzó la guerra imperialista mundial de
1914-1918, los líderes oportunistas de la II Internacional salieron
abiertamente en defensa de la política imperialista de los gobiernos burgueses
de sus respectivos países y la II Internacional se disgregó
Guion para la quinta
carta desde lejos.109
No se puede ir a las elecciones para la
Asamblea Constituyente con el viejo programa. Hay que modificarlo:
1) agregar sobre el imperialismo, como última fase del capitalismo
2) sobre la guerra imperialista, las guerras imperialistas y la
“defensa de la patria”
+2 bis: sobre la lucha y la escisión con los socialchovinistas
3) agregar sobre el Estado
que necesitamos y sobre la extinción
del Estado
4) Modificar los 2 últimos párrafos anteriores al programa político (contra
la monarquía en general y contra las medidas para su restauración)
5) agregar al apartado 3 de la parte
política: ningún funcionario desde arriba
(Cfr. Engels en la crítica del año
1891)
+ sueldo de todos los
funcionarios: no mayor que el salario de los obreros
+ derecho de destituir a todos
los diputados y funcionarios en cualquier momento
101
+ 5 bis: corregir el apartado 9 sobre la autodeterminación
+ carácter internacional de la revolución socialista, en detalle
6) corregir muchas cosas en el programa mínimo y actualizarlas.
7) En el programa agrario:
(a)
nacionalización
en lugar de municipalización (enviaré a Petrogrado mi manuscrito sobre el
particular, que fue quemado en 1909)110
(b) haciendas modelo en las fincas de los terratenientes.
8) “Trabajo obligatorio para todos” (Zivildienstpflicht).
9) eliminar: apoyo a “cualquier”
movimiento de “oposición”
(revolucionario es otra cosa).
10) Cambiar el nombre, porque
(a) es erróneo
(b) los socialchovinistas lo han ensuciado
(c) desorientará al pueblo en las
elecciones, porque socialdemócrata = Chjeídze, Potrésov y Cía.
Este es el guión para la
“carta núm. 5”. Devuélvalo en seguida. ¿No tiene usted algunos apuntes o notas
sobre las modificaciones para la parte práctica del programa mínimo?
((¿Recuerda que hemos hablado de eso en
más de una ocasión?))
![]()
109 Guión
para la quinta "Carta desde lejos" está consagrado al problema de la reelaboración del programa
del partido. En un principio Lenin se proponía dedicar a este tema la cuarta
carta y luego la quinta. Pero tanto en la cuarta carta como en la quinta, que
quedó inconclusa, fueron elaborados otros temas. El manuscrito del plan
incluido en la presente edición evidencia que Lenin lo completó más tarde con
nuevos puntos (2 bis, 5 bis y los puntos marcados con el signo +).
El plan fue tomado como base para trabajar sobre el programa del
partido a la llegada a Rusia. La nota al margen del guión, como atestigua V.
Karpinski, iba dirigida a él.
110 El libro que quemó la censura zarista
—la obra de Lenin El programa agrario de
la socialdemocracia en la primera revolución rusa de 1905-1907— fue escrito
a fines de 1907. En 1908 fue impreso en San Petersburgo, pero cuando estaba aún en la imprenta, el libro fue
recogido y destruido por la policía. En 1917 se había conservado un solo
ejemplar. El libro vio la luz por primera vez en 1917
Hay que abordar este trabajo en seguida.
Escrita
entre el 7 y 12 (20 y 2.5) de marzo de 1917. Publicada por vez primera en 1959
en la “Recopilación Leninista XXXVI”.
T. 31, págs. 58-59.
Carta de despedida a los obreros suizos
102
CARTA DE DESPEDIDA A
LOS OBREROS SUIZOS.
Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (Unificado por el Comité
Central)
¡Proletarios de todos
los países, uníos!
Camaradas obreros suizos:
Al partir de Suiza para
Rusia con el fin de proseguir en nuestra patria la labor revolucionaria
internacionalista, nosotros, miembros del Partido Obrero Socialdemócrata de
Rusia unificado por el Comité Central (a diferencia del otro partido que lleva el mismo nombre, pero que ha sido
unificado por el Comité de Organización), os enviamos un saludo fraternal y la
expresión de nuestra profunda gratitud de camaradas por vuestro compañerismo
para con los emigrados.
Mientras que los
socialpatriotas y oportunistas descarados,
los “gütlianos” suizos, que como los socialpatriotas de todos los países han
desertado del campo del proletariado al campo de la burguesía; mientras que
esta gente os ha invitado abiertamente
a luchar contra la perniciosa influencia de los extranjeros en el movimiento
obrero suizo; mientras que los socialpatriotas y oportunistas encubiertos, que constituyen la mayoría
entre los líderes del Partido Socialista Suizo111, han seguido en forma solapada
esa misma política, nosotros debemos declarar que hemos encontrado una calurosa
simpatía entre los obreros socialistas revolucionarios de Suiza, que sustentan
un punto de vista internacionalista, y hemos sacado mucho provecho de la
camaradería con ellos.
Hemos sido siempre muy
prudentes al hablar de problemas del movimiento suizo cuyo conocimiento
requiere una larga labor en el movimiento local. Pero aquellos de los nuestros
—apenas de diez o quince—
que han sido miembros del Partido Socialista Suizo han considerado su deber
defender con firmeza nuestro punto de vista, el punto de vista de la “izquierda
de Zimmerwald”, sobre los problemas generales y cardinales del movimiento
socialista internacional y luchar resueltamente no sólo contra el
social-patriotismo, sino también contra la tendencia del llamado “centro”, al
que pertenecen R. Grimm, F. Schneider, J. Schmid y otros, en Suiza; Kautsky,
Haase y “Arbeitsgemeinschaft ”, en Alemania112; Longuet, Pressemanne y otros, en Francia; Snowden, Ramsay
MacDonald y otros, en Inglaterra; Turati, Treves y sus amigos, en Italia, y el
ya mencionado partido del “Comité de Organización” (Axeirod, Mártov, Chjeídze,
Skóbeliev y otros), en Rusia.
Hemos actuado solidariamente
con los socialdemócratas revolucionarios de Suiza agrupados en parte alrededor
de la revista Freie Jugend113, que
han redactado y difundido la motivación del referéndum (en alemán y francés)
con la demanda de convocar para abril de 1917 un
![]()
111
Lenin
se refiere al Partido Socialdemócrata
Suizo, fundado en los años 70 del siglo XIX y adherido a la I
Internacional. Fue reconstituido en 1888. En el partido gozaban de gran
influencia los oportunistas, que durante la primera guerra mundial ocuparon una
posición socialchovinista. En el otoño de 1916 se separó del partido el ala
derecha, que formó su propia organización. La mayoría del partido, encabezada
por R. Grimm, ocupó una posición centrista, socialpacifista. El ala izquierda
del partido mantuvo una posición internacionalista. Bajo la influencia de la
Gran Revolución Socialista de Octubre en Rusia, se reforzó el ala izquierda del
PSDS. En diciembre de 1920, los militantes de izquierda abandonaron el partido
y en 1921 se unieron al Partido Comunista de Suiza (hoy Partido Suizo del
Trabajo), fundado en 1919
112 Véase la nota 58
113 "Freie Jugend" ("Juventud Libre"): portavoz de la
organización juvenil socialdemócrata suiza. Se publicó en Zúrich de 1906 a
febrero de 1918. En los años de la guerra imperialista mundial de 1914-1918 se
adhirió a la izquierda de Zimmerwald
Carta de despedida a los obreros suizos
congreso del partido con el
fin de resolver el problema de la actitud ante la guerra; que han presentado en
el Congreso cantonal de Zúrich, en Töss, la resolución de los jóvenes y los
“izquierdistas” sobre el problema de la guerra114; que han editado y distribuido en marzo de 1917 en algunas
localidades de la Suiza francesa una hoja, en alemán y francés, titulada Nuestras condiciones de paz, etc.
Enviamos un saludo fraternal
a estos camaradas, con los que hemos trabajado hombro a hombro como
correligionarios.
No hemos dudado ni dudamos
lo más mínimo de que el gobierno imperialista de Inglaterra no permitirá por
nada del mundo el regreso a Rusia de los internacionalistas rusos, enemigos
inconciliables del gobierno imperialista de Guchkov-Miliukov y Cía., enemigos
inconciliables de que Rusia continúe la guerra imperialista.
En relación con ello,
debemos exponer brevemente cómo entendemos nosotros las tareas de la revolución
rusa. Consideramos tanto más necesario hacerlo, puesto que por conducto de los
obreros suizos podemos y debemos dirigirnos a los obreros alemanes, franceses e
italianos, que hablan en los mismos idiomas que la población de Suiza y gozan
hasta ahora de los bienes de la paz y de la mayor libertad política,
relativamente.
Seguimos siendo fieles sin
reservas a la declaración que hicimos el 13 de octubre de 1913 en el núm. 47
del periódico Sotsial-Demokrat,
órgano central de nuestro partido, que se publicaba en Ginebra. Dijimos allí
que si en Rusia triunfaba la revolución y subía al poder un gobierno republicano que deseara continuar la
guerra imperialista, la guerra en
alianza con la burguesía imperialista de Inglaterra y Francia, la guerra por la
conquista de Constantinopla, Armenia, Galitzia, etc., etc., seríamos enemigos decididos
de semejante gobierno y estaríamos en
contra de la “defensa de la patria” en esa
guerra.
103
Se ha producido,
aproximadamente, un caso así. El nuevo gobierno de Rusia, que ha sostenido
conversaciones con el hermano de Nicolás II para restaurar la monarquía en
Rusia y en el que los puestos principales y decisivos pertenecen a los monárquicos Lvov y Guchkov; este
gobierno intenta engañar a los obreros rusos con la consigna de los “alemanes
deben derrocar a Guillermo” (¡Justo! Pero ¿¿por qué no añadir: los ingleses,
los italianos, etc., deben derrocar a sus reyes, y los rusos, a sus monárquicos,
a Lvov y Guchkov??). Con ayuda de esa consigna, y no publicando los tratados imperialistas, expoliadores, que el
zarismo firmó con Francia. Inglaterra, etc., y que son apoyados por el gobierno de Guchkov-Miliukov-Kerenski,
este gobierno intenta hacer pasar por “defensiva” (es decir, justa y legítima
incluso desde el punto de vista del proletariado) su guerra imperialista contra Alemania; intenta
presentar como “defensa” de la república rusa (¡que en Rusia no existe todavía y que los Lvov y los Guchkov no han prometido siquiera proclamar!) la
defensa de los fines rapaces, imperialistas y expoliadores del capital ruso,
inglés, etc.
Si los últimos despachos
telegráficos dicen la verdad al señalar que entre los socialpatriotas rusos
manifiestos (como los señores Plejánov, Zasúlich, Potrésov, etc.) y el partido
del “centro”, el partido del “Comité de Organización”, el partido de Chjeídze,
Skóbeliev y demás, se ha producido una especie de acercamiento sobre la base de
la consigna de “mientras los alemanes no derroquen a Guillermo, nuestra guerra
es defensiva”; si eso es cierto, libraremos con redoblada energía la lucha
contra el partido de Chjeídze, Skóbeliev, etc., una lucha que también antes hemos sostenido siempre
contra ese partido por su comportamiento político oportunista, vacilante e
inestable.
Nuestra consigna es: ¡Ningún
apoyo al gobierno de Guchkov-Miliukov! Engañan al pueblo quienes dicen que ese
apoyo es imprescindible para luchar contra la restauración del zarismo. Por el
contrario, es precisamente el gobierno de Guchkov el que ha sostenido ya
![]()
114 La propuesta sobre los
cambios en la resolución acerca del problema de la guerra fue escrita por
Lenin.
Carta de despedida a los obreros suizos
negociaciones sobre la
restauración de la monarquía en Rusia. Únicamente
el armamento y la organización del proletariado podrán impedir a los Guchkov y Cía. restaurar
la monarquía en Rusia.
¡Solamente el proletariado
revolucionario de Rusia y de toda Europa,
que permanece fiel al internacionalismo, será capaz de librar a la humanidad de
los horrores de la guerra imperialista!
No cerramos los ojos ante
las enormes dificultades que ha de afrontar la vanguardia revolucionaria
internacionalista del proletariado de Rusia. En momentos como los que vivimos
son posibles los cambios más bruscos y rápidos. En el número 47 de Sotsial-Demokrat hemos contestado
abierta y claramente a una pregunta que surge de modo natural: ¿qué haría
nuestro partido si la revolución lo llevara al poder ahora mismo? Hemos respondido:
(1) propondríamos inmediatamente la paz a todos los pueblos beligerantes; (2)
publicaríamos nuestras condiciones de paz, que consisten en la liberación
inmediata de todas las colonias y de todos los pueblos oprimidos o con
derechos mermados; (3) empezaríamos inmediatamente y llevaríamos hasta el fin
la liberación de los pueblos oprimidos por los rusos; (4) no nos engañamos ni
un instante al pensar que esas condiciones serían inaceptables no sólo para la burguesía monárquica, sino también
para la burguesía republicana de
Alemania, y no sólo para Alemania,
sino asimismo para los gobiernos capitalistas de Inglaterra y Francia.
Tendríamos que sostener una
guerra revolucionaria contra la burguesía alemana, y no sólo alemana. La
sostendríamos. No somos pacifistas. Somos enemigos de las guerras imperialistas
por el reparto del botín entre los capitalistas, pero hemos declarado siempre
que sería absurdo que el proletariado revolucionario renunciase a las guerras
revolucionarias, que pueden ser
necesarias en interés del socialismo.
La tarea que trazamos en el
número 47 de Sotsial— Demokrat es
gigantesca. Puede ser cumplida sólo en una larga serie de grandes batallas
clasistas entre el proletariado y la burguesía. Pero no es nuestra impaciencia,
no son nuestros deseos, sino las condiciones
objetivas creadas por la guerra imperialista las que han conducido a toda la humanidad a un atolladero y la han colocado ante un
dilema: o permitir que perezcan nuevos millones de hombres y que se destruya
hasta el fin toda la cultura europea, o entregar el poder en todos los países civilizados al
proletariado revolucionario, realizar la revolución socialista.
Al proletariado ruso le ha
correspondido el gran honor de empezar
una serie de revoluciones, engendradas de manera ineluctable y objetiva por la
guerra imperialista. Pero nos es ajena en absoluto la idea de considerar al
proletariado ruso un proletariado revolucionario elegido entre los obreros de
los demás países. Sabemos muy bien que el proletariado de Rusia está menos organizado y preparado y es menos consciente que los obreros de
otros países. No son unas cualidades
especiales, sino sólo las singulares condiciones históricas creadas las que han
hecho del proletariado de Rusia por
cierto tiempo, quizá muy corto,
la vanguardia del proletariado revolucionario del mundo entero.
Rusia es un país campesino,
uno de los países europeos más atrasados. En ella no puede triunfar el
socialismo inmediatamente, de un modo
directo . Pero, sobre la base de la experiencia de 1905, el carácter
campesino del país —en el que se conserva un enorme fondo agrario de los
terratenientes nobles— puede dar
enorme impulso a la revolución democrática burguesa en Rusia y hacer de nuestra
revolución el prólogo de la
revolución socialista universal, un peldaño
hacia ella.
104
En la lucha por estas ideas,
confirmadas plenamente con la experiencia de 1905 y de la primavera de 1917, se
ha formado nuestro partido, combatiendo sin cuartel a todos los demás partidos,
y por estas ideas seguiremos luchando en adelante.
Carta de despedida a los obreros suizos
En Rusia no puede triunfar
el socialismo de manera directa e inmediata. Pero la masa campesina puede llevar la revolución agraria,
ineluctable y en sazón, hasta la confiscación
de toda la inmensa propiedad terrateniente. Esta consigna la hemos planteado
siempre y la plantean ahora en San Petersburgo el Comité Central de nuestro
partido y el periódico de nuestro partido, “Pravda”115. Por esta consigna
luchará el proletariado, sin cerrar los ojos lo más mínimo ante la
ineluctabilidad de encarnizados choques clasistas entre los obreros agrícolas
asalariados, con los campesinos pobres adheridos a ellos, y los campesinos acomodados, que se vieron
fortalecidos por la “reforma” agraria stolypiniana (1907- 1914).116 No debe olvidarse que 104 diputados campesinos presentaron en
la primera Duma (1906) y en la segunda (1907) un proyecto agrario
revolucionario, en el cual se exige que sean nacionalizadas todas las tierras y
que se disponga de ellas a través de comités locales elegidos sobre la base de
la democracia completa.
Semejante revolución, por sí
sola, no sería todavía socialista, ni mucho menos. Pero daría un impulso
gigantesco al movimiento obrero mundial. Reforzaría extraordinariamente las
posiciones del proletariado socialista en Rusia y su influencia entre los obreros
agrícolas y los campesinos pobres. Permitiría al proletariado urbano,
apoyándose en esta influencia, formar organizaciones revolucionarias como los
“Soviets de diputados obreros”, sustituir con ellos los viejos instrumentos de
opresión de los Estados burgueses (el ejército, la policía y la burocracia) y
aplicar —bajo la presión de la guerra imperialista, insoportablemente dura, y
de sus consecuencias— una serie de medidas revolucionarias para controlar la producción y la
distribución de los productos.
El proletariado ruso no
puede culminar victoriosamente la
revolución socialista sólo con sus propias fuerzas. Pero puede dar a la
revolución rusa tal envergadura que cree las mejores condiciones para ella, que
la empiece, en cierto sentido. Puede
aliviar la situación para que entre en las batallas decisivas su colaborador principal, más fiel y más seguro, el
proletariado socialista europeo y
americano.
Dejemos que los incrédulos
caigan en la desesperación con motivo de la victoria temporal en el socialismo
europeo de lacayos tan repulsivos de la burguesía imperialista como los
Scheidemann, los Legien, los David y Cía. en Alemania; los Sembat, los Guesde,
los Benaudel y Cía. en Francia, y los fabianos y “laboristas”117 en Inglaterra. Estamos firmemente convencidos de que las olas
de la revolución barrerán rápidamente esta espuma
sucia en el movimiento obrero mundial.
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115 "Pravda" ("La Verdad"): primer diario legal
bolchevique. Empezó a publicarse en San Petersburgo el 22 de abril (5 de mayo)
de 1912. Pravda sufrió la constante
persecución de la policía, el gobierno zarista lo suspendió infinidad de veces,
pero volvía a aparecer con otro nombre. El 8 (21) de julio de 1914, en vísperas
de la primera guerra mundial, fue suspendido el periódico.
La publicación de Pravda
se reanudó sólo después de la Revolución de febrero de 1917. De julio a octubre
de 1917, Pravda, perseguido por el
Gobierno Provisional contrarrevolucionario, cambió cuatro veces de título y
salió como Listok "Pravdi"
("La Hoja de "La Verdad"), Proletari
("El Proletario"), Rabochi
("El Obrero") y Rabochi Puf
("La Senda Obrera").
Después de la Revolución Socialista de Octubre, desde el 27 de octubre (9 de
noviembre) de 1917, el periódico reanudó su publicación con el viejo título de Pravda
116 Reforma
agraria stolypiniana:
trátase de la reforma agraria aplicada por el gobierno zarista, que encabezaba
Stolypin, a raíz de las agitaciones de los campesinos y la ocupación por ellos
de latifundios en los años de la revolución de 1905-1907. El 9 (22) de
noviembre de 1906 se promulgó un decreto del zar que permitía a los campesinos
separarse de la comunidad y recibir en propiedad las parcelas comunales que
antes tenían en usufructo formando caseríos. Se les permitía también comprar y
vender tierra. Se fundó un Banco Campesino que hacía préstamos a los campesinos
acomodados para fortalecer su hacienda. Y era precisamente esta élite del campo
la que formaba caseríos. El objetivo de la reforma agraria stolypiniana
consistía en fortalecer las haciendas de los campesinos ricos asegurando así
puntales de la autocracia zarista en el campo. La reforma hizo todavía más
penosa la situación de los campesinos pobres, que eran la mayoría.
117 Véase las notas 69 y 70
Carta de despedida a los obreros suizos
En Alemania hierve ya el
estado de ánimo de la masa proletaria, que tanto ha dado a la humanidad y al
socialismo con su labor de organización tenaz, perseverante y firme durante los
largos decenios de “calma” europea de 1871 a 1914. El porvenir del socialismo
alemán no lo representa ni traidores como los Scheidemann, los Legien, los
David y Cía., ni los políticos vacilantes, pusilánimes, abatidos por la rutina
del período “pacífico”, como los señores Haase, Kautsky y sus semejantes.
Ese porvenir pertenece a la
corriente que ha dado un Carlos Liebknecht, que ha creado el Grupo Espartaco118 y que ha hecho propaganda en el Arbeiterpolitik119 de Bremen.
Las condiciones objetivas de
la guerra imperialista son garantía de que la revolución no se limitara a la primera etapa de la revolución rusa, de
que la revolución no se limitará a Rusia.
El proletariado alemán es el aliado más fiel y más seguro de la
revolución proletaria rusa y mundial.
Cuando nuestro partido lanzó
en noviembre de 1914 la consigna de “transformar la guerra imperialista en
guerra civil” de los oprimidos contra los opresores, por el socialismo, esta
consigna fue acogida con hostilidad y burlas malignas por los socialpatriotas,
con un silencio desconfiado y escéptico, pusilánime y expectante de los
socialdemócratas del “centro”. El socialimperialista y socialchovinista alemán
David la calificó de “locura”, y el señor Plejánov, representante del
socialchovinismo ruso (y anglo-francés), socialismo de palabra e imperialismo
de hecho, la denominó “sueño-farsa” (Mittelding
zwischen Traum und Komödie). Y los representantes del centro salieron del
paso con el silencio o con bromas chabacanas
acerca de esta “línea recta trazada en el vacío”.
Ahora, después de marzo de
1917, sólo un ciego puede dejar de ver que esta consigna es justa. La
transformación de la guerra imperialista en guerra civil pasa a ser un hecho. ¡Viva la naciente revolución proletaria en
Europa!
Por encargo de los camaradas
miembros del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (unificado por el Comité
Central) que se repatrían y que han aprobado esta carta en la reunión del 8 de
abril (según el nuevo calendario) de 1917.
N. Lenin
Publicada en alemán el 1 de mayo de 1917 en el núm. 8 del
periódico “Jugend-Internationale”. En ruso se publicó por vez primera el 21 de
septiembre de 1917 en el núm. 145 del periódico “Edinstvo”.
T. 31, págs. 87-94.
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118 Véase la nota 2
119 "Arbeiterpolitik" ("Política Obrera"): revista
semanal de socialismo científico, órgano del grupo de radicales de izquierda de
Bremen que en 1919 ingresó en el Partido Comunista de Alemania. Se publicó en
Bremen de 1916 a 1919. La revista combatió el socialchovinismo en el movimiento
obrero alemán e internacional
Las tareas del proletariado en la presente revolución
106
LAS TAREAS DEL
PROLETARIADO EN LA PRESENTE REVOLUCIÓN.
Habiendo llegado a
Petrogrado únicamente el 3 de abril por la noche, es natural que sólo en nombre
propio y con las consiguientes reservas, debidas a mi insuficiente preparación,
pude pronunciar en la asamblea del 4 de abril un informe acerca de las tareas
del proletariado revolucionario.
Lo único que podía hacer
para facilitarme la labor —y facilitársela también a los opositores de buena fe— era preparar unas tesis por escrito. Las leí y entregué el texto
al camarada Tsereteli. Las leí muy despacio y por dos veces : primero en la reunión de bolcheviques y después en
la de bolcheviques y mencheviques.
Publico estas tesis
personales mías acompañadas únicamente de brevísimas notas explicativas, que en
mi informe fueron desarrolladas con mucha mayor amplitud.
Tesis.
1. En nuestra actitud ante la guerra, que
por parte de Rusia sigue siendo indiscutiblemente una guerra imperialista, de
rapiña, también bajo el nuevo gobierno de Lvov y Cía., en virtud del carácter
capitalista de este gobierno, es intolerable la más pequeña concesión al
“defensismo revolucionario”.
El proletariado consciente
sólo puede dar su asentimiento a una guerra revolucionaria, que justifique
verdaderamente el defensismo revolucionario, bajo las siguientes condiciones:
a) paso del poder a manos del proletariado y de los sectores más pobres del
campesinado a él adheridos; b) renuncia de hecho, y no de palabra, a todas las
anexiones; e) ruptura completa de hecho con todos los intereses del capital.
Dada la indudable buena fe
de grandes sectores de defensistas revolucionarios de filas, que admiten la
guerra sólo como una necesidad y no para fines de conquista, y dado su engaño
por la burguesía, es preciso aclararles su error de un modo singularmente
minucioso, paciente y perseverante, explicarles la ligazón indisoluble del
capital con la guerra imperialista y demostrarles que sin derrocar el capital es imposible poner fin a la guerra con
una verdaderamente democrática y no con una paz impuesta por la violencia.
Organizar la propaganda más amplia de este punto de vista en el
ejército de operaciones.
Confraternización en el frente.
2. La peculiaridad del momento actual en
Rusia consiste en el paso de la
primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer
el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización, a su segunda etapa, que debe poner el
poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado.
Este tránsito se caracteriza
de una parte, por el máximo de legalidad (Rusia es hoy el más libre de todos los países beligerantes); de otra parte,
por la ausencia de violencia contra las masas y, finalmente, por la confianza
inconsciente de éstas en el gobierno de los capitalistas, los peores enemigos
de la paz y del socialismo.
Esta peculiaridad exige de
nosotros habilidad para adaptarnos a las condiciones especiales de la labor del partido entre masas inusitadamente
amplias del proletariado, que acaban de despertar a la vida política.
Las tareas del proletariado en la presente revolución
3.
Ningún
apoyo al Gobierno Provisional: explicar la completa falsedad de todas sus
promesas, sobre todo de la renuncia a las anexiones. Desenmascarar a este gobierno, que es un gobierno de
capitalistas, en vez de propugnar la inadmisible e ilusoria “exigencia” de que deje de ser imperialista.
4.
Reconocer
que, en la mayor parte de los Soviets de diputados obreros, nuestro partido
está en minoría y, por el momento, en una minoría reducida, frente al bloque de todos los elementos
pequeñoburgueses y oportunistas —sometidos a la influencia de la burguesía y
que llevan dicha influencia al seno del proletariado—, desde los socialistas
populares y los socialistas-revolucionarios hasta el Comité de Organización
(Chjeídze, Tsereteli, etc.), Steklov, etc., etc.
Explicar a las masas que los
Soviets de diputados obreros son la única
forma posible de gobierno
revolucionario y que, por ello, mientras este
gobierno se someta a la influencia de la burguesía, nuestra misión sólo puede
consistir en explicar los errores de
su táctica de un modo paciente, sistemático, tenaz y adaptado especialmente a
las necesidades prácticas de las masas.
Mientras estemos en minoría,
desarrollaremos una labor de crítica y esclarecimiento de los errores,
propugnando al mismo tiempo la necesidad de que todo el poder del Estado pase a
los Soviets de diputados obreros, a fin de que, sobre la base de la experiencia,
las masas corrijan sus errores.
107
5.
No
una república parlamentaria —volver a ella desde los Soviets de diputados
obreros sería dar un paso atrás—, sino una república de los Soviets de
diputados obreros, braceros y campesinos en todo el país, de abajo arriba.
Supresión de la policía, del ejército y de la burocracia*.
* Es decir, sustitución del ejército permanente con el armamento
general del pueblo.
La remuneración de los funcionarios,
todos ellos elegibles y amovibles en cualquier momento, no deberá exceder del
salario medio de un obrero calificado.
6. En el programa agrario, trasladar el
centro de gravedad a los Soviets de diputados braceros. Confiscación de todas
las tierras de los latifundistas.
Nacionalización de todas las tierras del país, de las que
dispondrán los Soviets locales de diputados braceros y campesinos. Creación de
Soviets especiales de diputados campesinos pobres. Hacer de cada gran finca
(con una extensión de unas 100 a 300 deciatinas, según las condiciones locales
y de otro género y a juicio de las instituciones locales) una hacienda modelo
bajo el control de diputados braceros y a cuenta de la administración local.
7. Fusión inmediata de todos los bancos del
país en un Banco Nacional único, sometido al control de los Soviets de
diputados obreros.
8. No “implantación” del socialismo como
nuestra tarea inmediata, sino pasar
únicamente a la instauración inmediata del control
de la producción social y de la distribución de los productos por los Soviets
de diputados obreros.
9. Tareas del partido:
a) celebración inmediata de un congreso del partido;
b) modificación del programa del partido,
principalmente: 1) sobre el
imperialismo y la guerra imperialista, 2) sobre la posición ante el Estado y nuestra reivindicación de mi
“Estado-Comuna”**, 3) reforma del programa mínimo, ya anticuado;
** Es decir, de un Estado cuyo prototipo dio la Comuna de París.
c) cambio de denominación del partido***.
Las tareas del proletariado en la presente revolución
*** En lugar de
"socialdemocracia", cuyos líderes oficiales han traicionado al
socialismo en el mundo entero,
pasándose a la burguesía (lo mismo los "defensistas" que los
vacilantes "kautskianos"), debemos denominarnos Partido Comunista.
10. Renovación de la Internacional.
Iniciativa de constituir una
Internacional revolucionaria, una Internacional contra los socialchonistas y
contra el “centro”****.
**** En la socialdemocracia internacional se
llama "centro" a la tendencia que vacila entre los chovinistas (o
"defensistas") y los internacionalistas, es decir: Kautsky y Cía. en
Alemania, Longuet y Cía. en Francia, Chjeídze y Cía. en Rusia, Turati y Cía. en
Italia, MacDonald y Cía. en Inglaterra, etc.
Para que el lector comprenda
por qué hube de resaltar de manera especial, como rara excepción, el “caso” de
opositores de buena fe, le invito a comparar estas tesis con la siguiente
objeción del señor Goldenberg: Lenin –dice— “ha enarbolado la bandera de la
guerra civil en el seno de la democracia revolucionaria”. (Citado en el
periódico Edinstvo120, del
señor Plejánov, núm. 5.)
Una perla, ¿verdad?
Escribo, leo y machaco:
“Dada la indudable buena fe de grandes
sectores de defensistas revolucionarios de
filas..., dado su engaño por la burguesía, es preciso aclararles su error
de un modo singularmente minucioso, paciente y perseverante...”
Y esos señores de la
burguesía, que se llaman socialdemócratas, que no pertenecen ni a los grandes
sectores ni a los defensistas revolucionarios de filas, tienen la osadía de
reproducir sin escrúpulos mis opiniones, interpretándolas así: “ha enarbolado (!)
la bandera (!) de la guerra civil” (¡ni en las tesis ni en el informe se habla
de ella para nada!) “en el seno (!!) de la democracia revolucionaria...”
¿Qué significa eso? ¿En qué
se distingue de una incitación al pogromo?, ¿en qué se diferencia de Rússkaya Volia121?
Escribo, leo y machaco: “Los
Soviets de diputados obreros son la única
forma posible de gobierno
revolucionario y, por ello, nuestra misión sólo puede consistir en explicar los errores de su táctica de un
modo paciente, sistemático, tenaz y adaptado especialmente a las necesidades
prácticas de las masas...”
Pero cierta clase de
opositores exponen mis puntos de vista ¡¡como un llamamiento a la “guerra civil
en el seno de la democracia revolucionaria”!!
He atacado al Gobierno
Provisional por no señalar un plazo,
ni próximo ni remoto, para la convocatoria de la Asamblea Constituyente y
limitarse a simples promesas. Y he demostrado que sin los Soviets de diputados obreros y soldados no está garantizada
la convocatoria de la Asamblea Constituyente ni es posible su éxito.
¡¡¡Y se me imputa que soy
contrario a la convocatoria inmediata de la Asamblea Constituyente!!!
Calificaría todo eso de
expresiones “delirantes” si decenas de años de lucha política no me hubiesen
enseñado a considerar una rara excepción la buena fe de los opositores.
En su periódico, el señor
Plejánov ha calificado mi discurso de “delirante”. ¡Muy bien, señor Plejánov!
Pero fíjese cuán torpón, inhábil y poco perspicaz es usted en su polémica. Si
me pasé dos horas delirando, ¿por qué aguantaron cientos de oyentes ese “delirio”?
¿Y para qué
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120 "Edinstvo" ("Unidad"): diario que se publicó en
Petrogrado de 1914 a 1918. Expresaba las opiniones de la extrema derecha de los
mencheviques defensistas encabezados por J. Plejánov
121 "Rússkaya Volia"
("La Libertad Rusa"): diario burgués fundado por el ministro zarista
del Interior
A. Protopópov y financiado
por los grandes bancos, que inició su publicación en Petrogrado en diciembre de
1916. Después de la Revolución democrática burguesa de febrero sostuvo una
campaña de difamación contra los bolcheviques. El 25 de octubre de 1911 fue
clausurado por el Comité Militar Revolucionario
Las tareas del proletariado en la presente revolución
dedica su periódico toda una
columna a reseñar un “delirio”? Mal liga eso, Señor Plejánov, muy mal.
108
Es mucho más fácil,
naturalmente, gritar, insultar y vociferar que intentar exponer, explicar y
recordar cómo enjuiciaban Marx y Engels en 1871, 1872 y 1875 las experiencias
de la Comuna de París y qué decían acerca del tipo de Estado que necesita el proletariado.
Por lo visto, el ex marxista señor Plejánov no desea recordar el
marxismo.
He citado las palabras de
Rosa Luxemburgo, que el 4 de agosto de 1914122
denominó a la socialdemocracia alemana
“cadáver maloliente”. Y los señores Plejánov, Goldenberg y Cía. se sienten
“ofendidos”... ¿en nombre de quién? ¡En nombre de los chovinistas alemanes, calificados de chovinistas!
Los pobres socialchovinistas
rusos, socialistas de palabra y chovinistas de hecho, se han armado un lío.
Escrito el 4 y el 5 (17 y 18) de abril de 1917. Publicado el 7
de abril de 1917 en el núm. 26 del periódico “Pravda”.
T. 31, págs. 113-118.
![]()
122 El 4 de agosto de 1914, la fracción
socialdemócrata del Reichstag votó junto con los diputados burgueses por la
concesión de un empréstito de guerra de cinco mil millones al gobierno del
kaiser, aprobando así la política imperialista de Guillermo II. Como se aclaró
más tarde, los socialdemócratas de izquierda al discutirse este asunto en la
fracción socialdemócrata antes de la reunión del Reichstag, estuvieron en
contra de la concesión de los créditos de guerra al gobierno, pero,
sometiéndose a la decisión de la mayoría oportunista de la fracción
socialdemócrata, votaron los créditos
Los adepotos de Luis Blanc en Rusia
109
LOS ADEPTOS DE LUIS
BLANC EN RUSIA
El socialista francés Luis
Blanc logró una poco envidiable celebridad durante la revolución de 1848 al
cambiar su posición de lucha de clases por la posición de las ilusiones
pequeñoburguesas, ilusiones aderezadas con una fraseología seudosocialista, pero,
que, en realidad, tendía a fortalecer la influencia de la burguesía sobre el
proletariado. Luis Blanc esperaba ayuda de la burguesía, confiaba y trataba de
infundir en otros la confianza de que la burguesía podía ayudar a los obreros
en el problema de la “organización del trabajo”, término vago que debía
expresar tendencias “socialistas”.
El luisblancismo ha
resultado ahora triunfante en el ala derecha de la “socialdemocracia”, en el
partido del Comité de Organización en Rusia. Chjeídze, Tsereteli, Steklov y
muchos otros, actuales dirigentes del Soviet de diputados soldados y obreros de
Petrogrado, y que también fueron dirigentes de la reciente Conferencia de los
Soviets de toda Rusia, han asumido la misma posición que Luis Blanc.
En todos los problemas
fundamentales de la vida política actual, esos dirigentes, que ocupan
aproximadamente la misma posición que la tendencia “centrista” internacional
representada por Kautsky, Longuet, Turati y muchos otros, han adoptado el
criterio pequeñoburgués de Luis Blanc. Veamos, por ejemplo, el problema de la
guerra.
El punto de vista proletario
ante este problema consiste en una clara caracterización de clase de la guerra y en una hostilidad irreductible hacia la
guerra imperialista, o sea, hacia una guerra entre grupos de países capitalistas (ya sean monarquías o repúblicas),
por el reparto del botín capitalista.
El punto de vista
pequeñoburgués difiere del punto de vista burgués (abierta justificación de la
guerra, abierta “defensa de la patria”, es decir, defensa de los intereses de
los capitalistas propios, defensa de su “derecho” a las anexiones) en que el
pequeño burgués “renuncia” a las anexiones, “condena” el imperialismo, “exige”
de la burguesía que deje de ser imperialista, siempre dentro del marco de las
relaciones imperialistas mundiales y del sistema económico capitalista. Al
limitarse a estas declamaciones indulgentes, inofensivas y vacuas, en la práctica, el pequeño burgués se
arrastra incapaz de nada en pos de la
burguesía, “mostrando su simpatía” de palabra en algunos puntos con el
proletariado, dependiendo de hecho de la burguesía, no comprendiendo, o no
queriendo comprender, cuál es el camino que conduce al derrocamiento del yugo
capitalista, el único camino que puede librar del imperialismo a la humanidad.
“Exigir” de los gobiernos
burgueses que haga ni una “solemne declaración”
renunciando a las anexiones es el colmo de la audacia para el pequeño burgués y
un ejemplo de firmeza antiimperialista “zimmerwaldiana”. No es difícil percibir
que esto es luisblancismo de la peor especie. En primer lugar, a ningún
politiquero burgués, con cierta experiencia, jamás lo resultará difícil
pronunciar contra las anexiones “en general” una sarta de frases “brillantes”,
efectistas, sonoras, tan vacías como no comprometidas. Pero cuando se trate de hechos, siempre se podrá recurrir a
algún malabarismo, a la manera de Riech,
que hace días tuvo el lamentable coraje de declarar que Curlandia (anexada hoy
por los rapaces imperialistas de la Alemania burguesa), ¡¡no había sido anexada por Rusia!!
Los adepotos de Luis Blanc en Rusia
Esto es malabarismo
indignante, el más intolerable engaño a los obreros por la burguesía, pues
hasta los menos versados en política han de saber que Curlandia siempre estuvo anexada por Rusia.
Desafiamos a Riech abierta y directamente: (1) a que
dé al pueblo una definición política del concepto de “anexión” que pueda
aplicarse por igual a todas las
anexiones del mundo, alemanas, inglesas y rusas, del pasado y del presente, a
todas sin excepción; (2) a que diga clara y concretamente qué significa, según
él, renunciar a las anexiones, de
palabra, sino de hecho. A que dé una definición política del concepto
“renunciar de hecho a las anexiones” que pueda aplicarse no sólo a los
alemanes, sino también a los ingleses y a todas las naciones que alguna vez
hayan realizado anexiones.
Afirmamos que Riech o bien no aceptará nuestro desafío
o bien será desenmascarado por nosotros ante todo el pueblo. Y es precisamente
este problema de Curlandia al que Riech
se ha referido, lo que hace que nuestra polémica no sea teórica, sino práctica,
impostergable y de candente actualidad.
En segundo lugar,
supongamos, aunque sea por un instante, que los ministros burgueses son un
ideal de honestidad, que los Guchkov, Lvov, Miliukov, y Cía. creen sinceramente
en la posibilidad de renunciar a las anexiones, conservando el capitalismo, y
que realmente quieren renunciar a
ellas.
110
Supongámoslo por un instante, hagamos esta suposición
luisblancista.
Pues bien, ¿puede una
persona adulta contentarse con lo que la gente piensa de sí misma sin confrontarlo con lo que hace? ¿Puede un marxista no
distinguir entre los buenos deseos, las declaraciones y la realidad objetiva?
No. No puede.
Las anexiones se mantienen
por los vínculos del capital financiero, del capital bancario, del capital
imperialista. Esta es la base
económica de las anexiones contemporáneas. Desde este ángulo, las anexiones
representan beneficios políticamente
garantizados de los miles de millones de capital “invertido” en millares de
empresas de los países anexados.
Es imposible, ni
aun queriéndolo, renunciar a las anexiones sin
dar pasos decisivos para derribar el yugo del capital.
¿Significa esto, como
parecen dispuestos a concluir, y concluyen Edinstvo,
Rabóchaya Gazeta123 y
otros “Luis Blanc” de nuestra pequeña burguesía, que no debemos dar ningún paso
decisivo para derribar el capital? ¿Qué debemos aceptar aunque sea un mínimo de
anexiones?
No. Deben darse pasos decisivos para el derrocamiento del capital.
Deben darse en forma hábil y gradual, apoyándose únicamente en la conciencia y organización de la aplastante mayoría
de los obreros y los campesinos pobres. Pero deben darse. En muchos lugares de
Rusia, los Soviets de diputados obreros ya
han comenzado a darlos.
La consigna del momento es:
deslindarnos resuelta e irrevocablemente de los Luis Blanc, los Chjeídze, los
Tsereteli, los Steklov, del partido del Comité de Organización, del Partido de
los Socialistas-Revolucionarios, etc., etc. Es necesario hacer ver a las masas
que el luisblancismo está malogrando y acabará por malograr del todo la
revolución, incluso el ejercicio de las libertades, si las masas no comprenden
lo perjudiciales que son esas ilusiones
![]()
123
"Rabóchaya Gazeta" ("La Gaceta
Obrera"): diario menchevique que se publicó en Petrogrado de marzo a
noviembre de 1917. Ocupó una posición defensista, apoyó al Gobierno Provisional
burgués y luchó contra Lenin y el Partido Bolchevique.
Los adepotos de Luis Blanc en Rusia
pequeñoburguesas y no se unen a los
obreros conscientes, que dan pasos prudentes, graduales, bien pensados y a la
vez firmes y resueltos hacia el socialismo.
Fuera del socialismo para la humanidad no hay salvación de las guerras, el
hambre y el aniquilamiento de otros muchos millones de seres humanos.
“Pravda”, núm. 27, 8
de abril de 1917. T. 31, págs. 127-130.
111
CARTAS SOBRE TÁCTICAS
Prefacio.
El 4 de abril de 1917 hube
de pronunciar un informe en Petrogrado, sobre el tema que figura en el título,
primeramente en una reunión de bolcheviques: los delegados a la Conferencia de
los Soviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia. Los delegados debían
regresar a sus lugares de procedencia, por lo que no podían concederme ninguna
dilación. Al final de la reunión, su presidente, camarada G. Zinóviev, me
propuso en nombre de todos los presentes que repitiera en el acto mi informe en
una asamblea de delegados bolcheviques y mencheviques, que deseaban discutir el
problema de la unificación del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia.
Por difícil que fuera para
mí repetir inmediatamente mi informe, no me consideré con derecho a negarme, ya
que lo pedían tanto mis correligionarios
como los mencheviques, los cuales, a causa de su partida, no podían, en efecto,
concederme ninguna dilación.
En el informe leí mis tesis, publicadas en el núm. 26 de Pravda del 7 de abril de 1917*.
* En el apéndice a esta carta reproduzco
dichas tesis, acompañadas de unas breves observaciones aclaratorias, del citado
número de Pravda. (Véase el presente volumen. N. de la Edit.)
Tanto las tesis como mi
informe suscitaron discrepancias entre los propios bolcheviques y en la
redacción misma de Pravda. Tras una
serie de reuniones, llegamos por unanimidad a la conclusión de que lo más
oportuno sería discutir públicamente
estas discrepancias, proporcionando así material para la Conferencia de toda
Rusia de nuestro partido (el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, unificado
por el Comité Central) que debería celebrarse en Petrogrado el 20 de abril de
1917.
Precisamente en cumplimiento
de este acuerdo sobre la discusión publico las cartas siguientes, sin pretender estudiar en ellas el problema en todos sus aspectos; sólo deseo
esbozar los argumentos principales, especialmente esenciales para las tareas prácticas del movimiento de la clase
obrera.
Carta I. Apreciación
del momento.
El marxismo exige de
nosotros el análisis más exacto, objetivamente comprobable, de la correlación
de las clases y de las peculiaridades concretas de cada momento histórico.
Nosotros, los bolcheviques, hemos procurado siempre ser fieles a esta
exigencia, indiscutiblemente obligatoria desde el punto de vista de toda
fundamentación científica de la política.
“Nuestra doctrina no es un
dogma, sino una guía para la acción”124: así
decían siempre Marx y Engels, quienes se burlaban, con razón, del aprendizaje
mecánico y de la simple repetición de “fórmulas” que, en el mejor de los casos,
sólo sirven para trazar las tareas generales,
que cambian necesariamente de acuerdo con las condiciones económicas y
políticas concretas de cada fase particular del proceso histórico.
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124 Véase la carta de F. Engels
a F. Sorge, del 29 de noviembre de 1886
¿Cuáles son los hechos objetivos, establecidos con
exactitud, que deben servir hoy de guía al partido del proletariado
revolucionario para determinar las tareas y las formas de su actuación?
Ya en mi primera Carta desde lejos (La primera etapa de la primera revolución), publicada en Pravda, números 14 y 15, del 21 y 22 de
marzo de 1917, y también en mis tesis determiné “la peculiaridad del momento actual en Rusia”, como fase de transición de la primera etapa de la
revolución a la segunda. Por lo tanto, consideraba que la consigna fundamental,
la “tarea del día”, en ese momento
era: “¡Obreros! Habéis hecho prodigios de heroísmo proletario y popular en la
guerra civil contra el zarismo. Tendréis que hacer prodigios de organización
del proletariado y de todo el pueblo para preparar vuestro triunfo en la
segunda etapa de la revolución” (Pravda,
núm. 15).*
* Ver el presente volumen.
¿En qué consiste, pues, la primera etapa?
En el paso del poder del Estado a manos de la burguesía.
Hasta la revolución de
febrero -marzo de 1917, el poder del Estado en Rusia se encontraba en manos de
una vieja clase, a saber: la nobleza feudal— terrateniente, encabezada por
Nicolás Románov.
Después de esta revolución,
el poder ha pasado a manos de otra
clase, de una clase nueva, a saber: la burguesía.
El paso del poder del Estado
de manos de una clase a manos de otra
es el primer rasgo, el principal, el fundamental de la revolución, tanto en el significado rigurosamente científico como
en el sentido político-práctico de este concepto.
112
Por tanto, la revolución burguesa o democrática burguesa en
Rusia ha terminado.
Aquí oímos el alboroto de
las réplicas de aquellos a quienes gusta llamarse “viejos bolcheviques”: ¿Acaso
no he dicho siempre que la revolución democrática burguesa sería terminada
solamente por la “dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de
los campesinos”? ¿Acaso la revolución agraria, también democrática burguesa, ha
terminado? ¿Acaso no es, por el contrario, un hecho que esta última todavía no ha comenzado?
Contesto: las consignas y
las ideas bolcheviques, en general,
han sido plenamente confirmadas por la historia, pero, concretamente , las cosas han resultado de otro modo de lo que podía (quienquiera que fuese) esperar, de un
modo más original, más peculiar, más variado.
Desconocer, olvidar este
hecho, significaría semejarse a aquellos “viejos bolcheviques”, que ya más de
una vez desempeñaron un triste papel en la historia de nuestro partido,
repitiendo una fórmula tontamente aprendida,
en vez de dedicarse al estudio de las
nuevas peculiaridades de la nueva y viva realidad.
“La dictadura democrática
revolucionaria del proletariado y de los campesinos” ya se ha realizado en la revolución rusa en cierta forma y hasta
cierto grado, puesto que esta “fórmula” sólo prevé una correlación de clases y no una institución
política concreta llamada a realizar esta correlación, esta colaboración.
El “Soviet de diputados obreros y soldados” es ya la realización, impuesta por la vida, de la “dictadura
democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos”.
Esta fórmula ha caducado ya.
La vida la ha trasladado del reino de las fórmulas al reino de la realidad,
haciéndola de carne y hueso, concretándola, y, con ello, transformándola.
A la orden del día se
plantea ya otra nueva tarea: la escisión entre los elementos proletarios
(antidefensistas, internacionalistas, “comunistas”, partidarios del paso a la
comuna) dentro
de esta dictadura y los
elementos partidarios de la pequeña
propiedad o pequeñoburgueses
(Chjeídze, Tsereteli, Steklov, los socialistas-revolucionarios y otros tantos
defensistas revolucionarios, enemigos de tomar el camino de la comuna,
partidarios del “apoyo” a la burguesía y al gobierno burgués).
Quien ahora hable solamente de la “dictadura democrática revolucionaria
del proletariado y de los campesinos”, se ha rezagado de la realidad y, por
esta razón, se ha pasado de hecho a
la pequeña burguesía contra la lucha proletaria de clase y hay que mandarlo al
archivo de las curiosidades “bolcheviques” prerrevolucionarias (al archivo que
podríamos llamar “de los viejos bolcheviques”).
La dictadura democrática
revolucionaria del proletariado y de los campesinos se ha realizado ya, pero de
un modo sumamente original, con una serie de importantísimos cambios. De ellos
hablaré aparte en una de mis cartas posteriores. Por ahora es necesario
asimilarse la verdad indiscutible de que un marxista debe tener en cuenta la
vida real, los hechos exactos de la
realidad, y no seguir aferrándose a la teoría de ayer, que, como toda
teoría, en el mejor de los casos,
sólo traza lo fundamental, lo general, sólo abarca de un modo aproximado la complejidad de la vida.
“La teoría, amigo mío, es gris; pero el árbol de la vida es
eternamente verde”125.
Quien plantee la cuestión de
la “terminación” de la revolución burguesa al
viejo estilo, sacrifica el marxismo vivo en aras de la letra muerta.
Con arreglo al viejo estilo
resulta que tras el dominio de la
burguesía puede y debe llegar el dominio del proletariado y del campesinado, su
dictadura.
Pero en la vida real las
cosas han resultado ya de otro modo:
ha resultado un entrelazamiento de lo uno
y de lo otro en forma extraordinariamente original, nueva e inaudita.
Existen paralelamente, juntos,
simultáneamente, tanto el dominio de
la burguesía (gobierno de Lvov y Guchkv) como
la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado, que
voluntariamente entrega el poder a la
burguesía, convirtiéndose voluntariamente en apéndice suyo.
Pues no se debe olvidar que,
de hecho, en Petrogado el poder está en manos de los obreros y soldados: el
nuevo gobierno no ejerce, ni puede
ejercer, violencia alguna contra ellos, puesto que no existe policía, ni ejército separado del pueblo, ni burocracia
que se sitúe de un modo omnipotente por
encima del pueblo. Esto es un hecho. Este es precisamente el hecho
característico de un Estado del tipo de la Comuna de París. Este hecho no
encaja en los esquemas antiguos. Es necesario saber adaptarse a los esquemas a
la vida y no repetir las palabras sobre la “dictadura del proletariado y de los
campesinos” en general, que se han
vuelto absurdas.
Para enfocarla mejor, abordemos la cuestión desde otro aspecto.
Un marxista no debe
apartarse del terreno exacto del análisis de las relaciones entre clases. En el
poder se encuentra la burguesía. ¿Pero acaso la masa de campesinos no es también una burguesía de otra capa, de
otro género, de un carácter distinto? ¿De dónde se deduce que esta capa no puede llegar al poder, “terminando” la revolución democrática
burguesa? ¿Por qué no es posible?
Así razonan con frecuencia los viejos bolcheviques.
Contesto: esto es muy
posible. Pero un marxista, al apreciar el momento dado, no debe partir de lo posible, sino
de lo real.
113
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125 Lenin cita aquí unas palabras de
Mefistófeles de la tragedia de Goethe Fausto (véase J. W. Goethe, Fausto.
Primera parte. Escena IV. El despacho de Fausto
Y la realidad nos demuestra
el hecho de que los diputados soldados y campesinos, libremente elegidos,
entran libremente a formar parte del segundo gobierno, del gobierno paralelo
completándolo, desarrollándolo perfeccionándolo también libremente. Y con la
misma libertad entregan el poder a la
burguesía: fenómeno que no “contradice” en lo más mínimo la teoría del
marxismo, puesto que siempre hemos sabido e indicado reiteradamente que la
burguesía se mantiene no sólo por
medio de la violencia, sino también gracias a la falta de conciencia, la
rutina, la ignorancia y la desorganización de las masas.
Y ante esta realidad de hoy,
es francamente ridículo volver la espalda a los hechos y hablar de las
“posibilidades”.
Es posible que los
campesinos tomen toda la tierra y todo el poder. Yo no sólo no pierdo de vista
esta posibilidad ni limito mi horizonte al día de hoy, sino que formulo,
directa y exactamente, el programa agrario teniendo en cuenta un nuevo fenómeno: la escisión más
profunda entre los jornaleros del campo y los campesinos pobres, de un lado, y
los propietarios campesinos, de otro.
Pero también es posible que
suceda otra cosa: es posible que los campesinos sigan los consejos del partido
pequeñoburgués eserista, influenciado por la burguesía y que se ha pasado a la
posición defensista, que les aconseja esperar hasta la Asamblea Constituyente,
¡a pesar de que, hasta ahora, ni siquiera se ha fijado la fecha de su
convocatoria!*
* Para que no sean tergiversadas mis
palabras, diré ahora adelantándome: soy partidario incondicional de que los Soviets de los braceros y campesinos se
apoderen inmediatamente de toda la
tierra, pero que observen del modo más riguroso ellos mismos el orden y la disciplina, sin permitir el más mínimo
daño de máquinas, edificios, ganado, y sin que, de ninguna manera, desorganicen la hacienda y la
producción del trigo, sino la intensifiquen,
puesto que los soldados necesitan el
doble de pan y el pueblo no debe sufrir hambre.
Es posible que los
campesinos conserven , continúen su
pacto con la burguesía, pacto concertado por ellos en la actualidad por medio
de los Soviets de diputados obreros y soldados no sólo de un modo formal, sino
también de hecho.
Son posibles muchas cosas.
Sería el más craso de los errores olvidarse del movimiento agrario y del
programa agrario. Pero un error igual
constituiría el olvidarse de la realidad,
que nos indica el hecho del acuerdo —o
empleando un término más exacto, menos jurídico, de mayor sentido
económico-clasista—, el hecho de la colaboración
entre las clases: la burguesía y el campesinado.
Cuando este hecho deje de
ser un hecho, cuando el campesinado se separe de la burguesía, tome la tierra,
a pesar de ella, se adueñe del poder, contra ella, entonces ésta será una nueva
etapa de la revolución democrática burguesa, de la que hablaremos aparte.
El marxista que ante la
posibilidad de semejante etapa futura olvide sus deberes en la actualidad, cuando el campesinado pacta con la burguesía, se convertirá en un pequeño burgués. Pues de hecho predicará al
proletariado confianza en la pequeña
burguesía (“ella, la pequeña burguesía, el campesinado, todavía dentro de los
límites de la revolución democrática burguesa, tendrá que separarse de la
burguesía”). Ante la “posibilidad” de un futuro agradable y dulce, en que el
campesinado no vaya a remolque de la burguesía,
y los socialistas— revolucionarios los Chjeídze, los Tsereteli y los Steklov, no sean apéndice del gobierno burgués,
ante esta “posibilidad”, dicho marxista olvidará el presente desagradable, en que el campesinado sigue yendo a remolque
de la burguesía, en que los eseristas y socialdemócratas no han abandonado
todavía su papel de apéndice del gobierno burgués, su papel de la oposición de
“Su Majestad”126 Lvov.
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126
La
expresión "oposición de Su Majestad" pertenece a P. Miliukov, líder
del partido de los demócratas— constitucionalistas. En un lunch ofrecido por el
lord alcalde de Londres el 19 de junio (2 de julio) de
1909, Miliukov declaró:
"...mientras en Rusia exista la cámara legislativa que controla el
presupuesto, la oposición rusa seguirá siendo la oposición de Su Majestad, y no
a Su Majestad”
Este hombre supuesto por
nosotros se asemejaría al dulzón Luis Blanc o a un empalagoso kautskiano, pero
de ningún modo a un marxista revolucionario.
¿Pero quizá corremos el
peligro de caer en el subjetivismo, de querer “saltar por encima” de la
revolución de carácter democrático burgués, aún no terminada —trabada todavía
por el movimiento campesino—, a la revolución socialista?
Si yo hubiese dicho: “Sin
zar, por un gobierno obrero”127, me amenazaría semejante peligro. Pero yo no he dicho eso, he dicho otra cosa distinta. Yo he afirmado que fuera de los Soviets de diputados
obreros, braceros, soldados y campesinos no
puede haber otro gobierno en Rusia (sin contar el gobierno burgués). Yo he
afirmado que el poder en Rusia puede pasar, ahora, de Guchkov y Lvov únicamente a estos Soviets, y en ellos justamente prevalecen los campesinos,
prevalecen los soldados, prevalece la pequeña burguesía, para expresarlo en
términos científicos, marxistas, y no empleando una caracterización habitual,
filistea, ni profesional, sino una caracterización clasista.
En mis tesis, me aseguré
completamente de todo salto por encima del movimiento campesino o, en general,
pequeñoburgués aún latente, de todo juego
a la “conquista del poder” por parte de un gobierno obrero, de cualquier
aventura blanquista, puesto que me refería directamente a la experiencia de la
Comuna de París. Como se sabe, y como lo indicaron detalladamente Marx en 1871
y Engels en 1891,128 esta experiencia excluía totalmente el
blanquismo129, asegurando completamente el dominio
directo, inmediato e incondicional de la mayoría
y la actividad de las masas, sólo en la medida de la actuación consciente de la mayoría misma.
En las tesis reduje la
cuestión, con plena claridad, a la lucha
por la influencia dentro de los Soviets de diputados obreros, braceros,
campesinos y soldados. Para no dejar asomo de duda a este respecto, subrayé dos veces, en las tesis, la necesidad de
un trabajo de paciente e insistente “explicación”, “que se adapte a las
necesidades prácticas de las masas”.
114
Gente ignorante o renegados del marxismo, como el señor Plejánov
y otros, pueden gritar sobre anarquismo, blanquismo, etc. Quien quiera meditar
y estudiar deberá comprender que el blanquismo significa la conquista del poder
por una minoría, mientras que los Soviets de diputados obreros, etc.,
constituyen evidentemente una
organización directa e inmediata de la
mayoría del pueblo. El trabajo o la lucha por la influencia dentro de tales Soviets no puede, sencillamente no puede, desviarse a la charca del blanquismo. Y tampoco puede
caer en la charca del anarquismo, puesto que el anarquismo es la negación de la
necesidad del Estado y del poder estatal
en la época de transición del dominio
de la burguesía al dominio del proletariado.
Mientras que yo defiendo, con una
claridad que excluye toda posibilidad de confusión, la necesidad del Estado en
esta época, pero —de acuerdo con Marx y con la experiencia de la Comuna de
París—, no de un Estado parlamentario burgués de tipo corriente, sino de un
Estado sin un ejército permanente, sin una policía opuesta al pueblo, sin una burocracia situada por encima
del pueblo.
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127 "Sin
zar, por un gobierno obrero": consigna antibolchevique que Parvus lanzó por primera vez en
1905. Esta consigna era uno de los postulados fundamentales de la
"teoría" trotskista de la revolución permanente —revolución sin el
campesinado— que se contraponía a la teoría leninista de la transformación de
la revolución democrática burguesa en revolución socialista con la hegemonía
del proletariado en el movimiento popular
128 Véase C. Marx. La guerra civil en Francia. Manifiesto
del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores. F.
Engels. Introducción (a la obra de C.
Marx La guerra civil en Francia). (C.
Marx y F. Engels. Obras Escogidas en
tres tomos, ed. en español, t. II, págs. 230-244; 188-200.)
129
Blanquismo: corriente del
movimiento socialista francés encabezada por Luis Augusto Blanqui (1805-1881),
eminente revolucionario y destacado representante del comunismo utópico
francés.
Los blanquistas negaban la
lucha de clases, sustituían la labor del partido revolucionario con acciones de
un puñado de conspiradores, no tenían en cuenta la situación concreta necesaria
para el triunfo de la insurrección y desdeñaban el contacto con las masas.
Si el señor Plejánov, en su Edinstvo, grita a voz en cuello sobre
anarquismo, con ello sólo demuestra, una vez más, que ha roto con el marxismo.
Al reto, lanzado por mí en Pravda
(núm. 26), de exponer lo que en 1871, 1872 y 1875 enseñaron Marx y Engels
acerca del Estado, el señor Plejánov tiene y tendrá que responder sólo con el
silencio respecto a la esencia de la cuestión y con gritos al estilo de la
burguesía enfurecida.
El ex marxista señor
Plejánov no ha comprendido en absoluto
la doctrina del marxismo sobre el Estado. De paso sea dicho, los gérmenes de
esta incomprensión se ven ya, también, en su folleto sobre el anarquismo,
editado en alemán130.
* * *
Veamos ahora cómo formula el
camarada Y. Kámenev, en el comentario del número 27 de Pravda, sus “discrepancias” con mis tesis y concepciones expuestas
más arriba. Ello nos ayudará a esclarecerlas con mayor exactitud.
“En lo que respecta al
esquema general del camarada Lenin —dice el camarada Kámenev— nos parece
inaceptable, ya que arranca del reconocimiento de que la revolución democrática
burguesa ha terminado y confía en la
transformación inmediata de esta revolución en socialista...”
Tenemos aquí dos grandes errores.
Primero. El
problema de la “terminación” de la revolución democrática burguesa está planteado erróneamente. Este
problema es enfocado de una manera abstracta, simple, unicolor, por así
decirlo, que no corresponde a la
realidad objetiva. Quien plantea así
la cuestión, quien pregunta ahora si
“está terminada o no la revolución democrática burguesa”, y nada más, se priva a sí mismo de la
posibilidad de comprender la realidad, extraordinariamente compleja y, por lo
menos, “bicolor”. Eso en el terreno de la teoría. Y en el terreno de la
práctica, se rinde impotente ante el revolucionarismo
pequeñoburgués.
En efecto. La realidad nos muestra tanto el paso del poder a la burguesía (la revolución democrática
burguesa de tipo corriente “terminada”) como
la existencia, al lado del gobierno auténtico, de otro accesorio, que
representa la “dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los
campesinos”. Este último “también-gobierno” ha cedido él mismo el poder a la burguesía, se ha atado él mismo al gobierno burgués.
¿Abarca esta realidad la
fórmula de viejos bolcheviques del camarada Kámenev: “la revolución democrática
burguesa no ha terminado”?
No, la fórmula ha
envejecido. No sirve para nada. Está muerta. Y serán inútiles las tentativas de
resucitarla.
Segundo. La
cuestión práctica. Se desconoce si ahora puede todavía existir en Rusia una
“dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos” independiente, apartada del gobierno burgués. No se debe basar la táctica
marxista en lo desconocido.
Pero si eso puede ocurrir
aún, el camino para llegar a ello es uno y sólo uno: la separación inmediata,
resuelta e irreversible entre los elementos proletarios, comunistas, del
movimiento y los elementos pequeñoburgueses.
¿Por qué?
Porque toda la pequeña
burguesía no ha girado de manera casual, sino necesariamente, hacia el
chovinismo (=defensismo), hacia el “apoyo” a la burguesía, hacia la dependencia
de ella, hacia el temor de pasarse
sin ella, etc., etc.
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130 Lenin se refiere a la obra de J.
Plejánov Anarquismo y socialismo, que
se publicó por primera vez en alemán en Berlín, el año 1894
¿Cómo se puede “empujar” a
la pequeña burguesía al poder si esta pequeña burguesía puede tomarlo ya, hoy,
pero no lo quiere?
Únicamente con la separación
del partido proletario, comunista, con la lucha de clase proletaria exenta de la timidez de esos pequeños
burgueses. Sólo la cohesión de los proletarios, libres de hecho, y no de
palabra, de la influencia de la pequeña burguesía, es capaz de hacer “arder” de
tal modo la tierra bajo las plantas de la pequeña burguesía que ésta, en
determinadas condiciones, se vea obligada
a tomar el poder; no está excluido, incluso, que Guchkov y Miliukov se declaren
partidarios —también en determinadas circunstancias— del poder ilimitado, del
poder absoluto de Chjeídze, de Tsereteli, de los eseristas, de Steklov, porque,
pese a todo, ¡son “defensistas”!
115
Quien separa ahora mismo,
inmediata e irreversiblemente, a los elementos proletarios, que forman parte de
los Soviets (es decir, al partido proletario, comunista), de los elementos
pequeñoburgueses, expresa con acierto los intereses del movimiento en ambos
casos posibles: tanto en el caso de
que Rusia pase aún por la “dictadura del proletariado y del campesinado”
independiente, separada, no subordinada a la burguesía, como en el caso de que la pequeña burguesía no sepa desligarse de
la burguesía y vacile eternamente (es decir, hasta el socialismo) entre ella y
nosotros.
Quien se guía en su
actividad únicamente por la simple fórmula de la “revolución democrática
burguesa no ha terminado”, contrae en cierto sentido el compromiso de
garantizar que la pequeña burguesía tiene la probabilidad de ser independiente
de la burguesía. Y con ello se entrega impotente, en el momento actual, a
merced de la pequeña burguesía A propósito. Al hablar de la “fórmula” de la
dictadura del proletariado y de los campesinos, será oportuno recordar que en Dos tácticas (julio de 1905) subrayaba
especialmente (pág. 43 de En doce años):
“La dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos
tiene, como todo el mundo, su pasado y su porvenir. Su pasado es la autocracia,
el régimen feudal, la monarquía, los privilegios... Su porvenir es la lucha
contra la propiedad privada, la lucha del obrero asalariado contra el patrono,
la lucha por el socialismo...”*
* Véase la presente edición, tomo III. (N. de la Edit.)
El error del camarada
Kámenev consiste en que en 1917 sigue mirando sólo al pasado de la dictadura democrática revolucionaria del
proletariado y de los campesinos. Mas para ella ha empezado ya, de hecho, el porvenir, pues los intereses y la política del obrero asalariado
y del pequeño patrono se han divorciado ya de
hecho y, además, ante un problema tan importantísimo como el “defensismo”,
como la actitud frente a la guerra imperialista.
Y llego así al segundo error
de las mencionadas consideraciones del camarada Kámenev. Me reprocha que mi
esquema “confía” en la “transformación inmediata de esta revolución (la
democrática burguesa) en socialista”.
Eso no es justo. Lejos de
“confiar” en la “transformación inmediata” de nuestra revolución en socialista, pongo en guardia francamente
contra ello, declaro sin rodeos en la tesis número 8: “...No “implantación” del socialismo como nuestra tarea inmediata.”**
** Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
¿No está claro que quien
confiase en la transformación inmediata de nuestra revolución en socialista no
podría levantarse contra la tarea inmediata de implantar el socialismo?
Es más. En Rusia es incluso imposible implantar “inmediatamente el
“Estado-Comuna” (es decir, el Estado organizado según el tipo de la Comuna de
París), pies para ello es necesario que la
mayoría de los diputados en todos los Soviets (o en su mayor parte)
comprendan claramente hasta qué extremo son erróneas y nocivas la táctica y la
política de los eseristas, Chjeídze, Tsereteli, Steklov y demás. ¡Pero yo he
declarado con toda precisión que en este
terreno “confío” sólo en el
esclarecimiento “paciente” (¿hace falta, acaso, tener paciencia para conseguir
un cambio que se puede realizar “inmediatamente”?)!
El camarada Kámenev ha
procedido un poquito “impacientemente” y ha repetido el prejuicio burgués de
que la Comuna de París quería implantar “inmediatamente” el socialismo. Eso no
es así. La Comuna, por desgracia, demoró demasiado la implantación del socialismo.
La esencia auténtica de la Comuna no está donde la buscan habitualmente los
burgueses, sino en la creación de un Estado
de tipo especial. ¡Y ese Estado ha nacido ya
en Rusia, son precisamente los Soviets de diputados obreros y soldados!
El camarada Kámenev no ha
reflexionado sobre el hecho, sobre la
significación de los Soviets existentes,
sobre su identidad con el Estado de la Comuna por el tipo, por el carácter sociopolítico, y en vez de estudiar el hecho, ha hablado de algo en lo que yo
“confío”, según él, como en un futuro “inmediato”. Ha resultado,
lamentablemente, una repetición del procedimiento que emplean muchos burgueses:
se desvía la atención del problema de qué
son los Soviets de diputados obreros y soldados, de si son por su tipo superiores a la república parlamentaria, de si son más útiles para el pueblo, de si son más democráticos, de si son más adecuados para luchar, por ejemplo,
contra la falta de pan etc.: se desvía la atención de este problema candente, real, puesto por la vida a la orden del día,
hacia el problema fútil, aparentemente científico, pero de hecho baladí,
escolástico, de la “confianza en la transformación inmediata”.
Es un problema fútil,
planteado falsamente. Yo “confío” única y
exclusivamente en que los obreros, los soldados y los campesinos resolverán
mejor que los funcionarios, mejor que los policías, los difíciles problemas prácticos de intensificarla producción
de cereales, de mejorar su distribución, de abastecer mejor a los soldados,
etc., etc.
Estoy profundísimamente
convencido de que los Soviets de diputados obreros y soldados llevarán a la
práctica la independencia de la masa
del pueblo con mayor rapidez y mejor que la república parlamentaria (en otra
carta compararemos con más detalle ambos tipos de Estado). Los Soviets de
diputados obreros y soldados decidirán mejor, de manera más práctica y con
mayor acierto qué pasos hay que dar
hacia el socialismo y cómo darlos. El control del banco y la fusión de todos
los bancos en uno solo no es todavía
el socialismo, pero es un paso hacia
el socialismo. Hoy dan pasos de ese tipo contra el pueblo los junkers y los
burgueses de Alemania. Mañana sabrá darlos muchísimo mejor en beneficio del
pueblo el Soviet de diputados obreros y soldados, si tiene en sus manos todo el
poder del Estado.
116
¿Y qué es lo que obliga
a dar esos pasos?
El hambre. El desbarajuste
de la economía. La bancarrota amenazante. Los horrores de la guerra. Los
horrores de las heridas causadas por la guerra la humanidad.
El camarada Kámenev termina
su comentario declarando que “espera defender su punto de vista en una amplia
discusión como único posible para la socialdemocracia revolucionaria, ya que
ésta quiere y deberá ser hasta el fin el partido de las masas revolucionarias
del proletariado, y no convertirse en un grupo de propagandistas comunistas”.
Me parece que estas palabras
evidencian una apreciación profundamente errónea del momento. El camarada
Kámenev contrapone el “Partido de las masas a “un grupo de propagandistas”.
Pero las “masas” se han dejado llevar precisamente ahora por la embriaguez del
defensismo “revolucionario”. ¿No será más decoroso también para los
internacionalistas saber oponerse en un momento como éste a la embriaguez
“masiva” que “querer seguir” con las masas, es decir, contagiarse de la
epidemia general?
¿Es que no hemos visto en
todos los países beligerantes europeos cómo se justificaban los chovinistas con
el deseo de “seguir” con las masas?
¿No es obligatorio, acaso,
saber estar en minoría durante cierto tiempo frente a la embriaguez “masiva”?
¿No es precisamente el trabajo de los propagandistas en el momento actual el
punto central para liberar la línea
proletaria de la embriaguez defensista y pequeñoburguesa “masiva”? Cabalmente
la unión de las masas, proletarias y no proletarias, sin importar las
diferencias de clase en el seno de las masas, ha sido una de las premisas de la
epidemia defenisista. No creemos que esté bien hablar con des precio de “un
grupo de propagandistas” de la línea proletaria.
Escrito entre el 8 y el 13 (21 y 26) de abril de 1917. Publicado
en abril de 1917 en un folleto en Petrogrado, por la Editorial “Pribói”.
T. 31, págs. 131-144.
117
LA DUALIDAD DE
PODERES
El problema del poder del
Estado es el fundamental en toda revolución. Sin comprenderlo claramente no
puede ni pensarse en participar de modo consciente en la revolución y mucho
menos en dirigirla.
Una particularidad notable
en grado sumo de nuestra revolución consiste en que ha engendrado una dualidad de poderes. Es necesario, ante
todo, explicarse este hecho, pues sin ello será imposible seguir adelante. Es
menester saber completar y corregir las viejas “fórmulas”, por ejemplo, las del
bolchevismo, acertadas en general, como se ha demostrado, pero cuya realización
concreta ha resultado ser diferente. Nadie pensaba ni podía pensar antes en
la dualidad de poderes.
¿En qué consiste la dualidad
de poderes? En que junto al Gobierno Provisional, gobierno de la burguesía, se ha formado otro
gobierno, débil aún, embrionario, pero existente sin duda alguna y en vías de desarrollo: los
Soviets de diputados obreros y soldados.
¿Cuál es la composición de
clase de este otro gobierno? El proletariado y los campesinos (estos últimos
con uniforme de soldado). ¿Cuál es el carácter político de este gobierno? Es
una dictadura revolucionaria, es decir, un poder que se apoya directamente en
la conquista revolucionaria, en la iniciativa directa de las masas populares
desde abajo, y no en la ley
promulgada por el poder centralizado del Estado. Es un poder completamente
diferente del de la república parlamentaria democrático-burguesa del tipo
general que impera hasta ahora en los países avanzados de Europa y América.
Esta circunstancia se olvida con frecuencia, no se medita sobre ella, a pesar
de que en ella reside toda la esencia del problema. Este poder es un poder del
mismo tipo que la Comuna de París de 1871. Los rasgos fundamentales de este
tipo de poder son: 1) la fuente del poder no está en una ley, previamente
discutida y aprobada por el Parlamento, sino en la iniciativa directa de las
masas populares desde abajo y en cada lugar, en la “conquista” directa del
poder, para emplear un término en boga; 2) sustitución de la policía y del
ejercito, como instituciones apartadas del pueblo y contrapuestas a él, por el
armamento directo de todo el pueblo; con este poder guardan el orden público
los propios obreros y campesinos
armados, el propio pueblo en armas;
3) los funcionarios y la burocracia son sustituidos también por el poder
directo del pueblo o, al menos, sometidos a un control especial, se transforman
en simples mandatarios, no sólo elegibles, sino amovibles en todo momento, en cuanto el pueblo lo exija; se
transforman de casta privilegiada, con una elevada retribución, con una
retribución burguesa de sus “puestecitos”, en obreros de un “arma” especial,
cuya remuneración no excede el
salario corriente de un obrero calificado.
En esto, y sólo en esto, radica la esencia de la
Comuna de París como tipo especial de Estado. Y esta esencia es la que han
olvidado y desfigurado los señores Plejánov (los chovinistas manifiestos, que
han traicionado el marxismo) los señores Kautsky (los “centristas”, es decir,
los que vacilan entre el chovinismo y el marxismo) y, en general, todos los
socialdemócratas, socialistas-revolucionarios, etc. que dominan hoy día.
Salen del paso con frases,
se refugian en el silencio, escurren el bulto, se felicitan mutuamente una y
mil veces por la revolución y no quieren reflexionar
en qué son los Soviets de diputados
obreros y soldados. No quieren ver la verdad manifiesta de que en la medida en
que esos Soviets existen, en la medida
en que son un poder, existe en Rusia un Estado del tipo de la Comuna de París
Subrayo “en la medida”, pues
sólo se trata de un poder en estado embrionario. Este poder, pactando directa y
voluntariamente con el Gobierno Provisional burgués y haciendo una serie de
concesiones efectivas, ha cedido y cede
sus posiciones a la burguesía.
¿Por qué? ¿Quizá porque
Chjeídze, Tsereteli, Steklov y Cía. cometan un “error”? ¡Tonterías! Así puede
pensar un filisteo, pero no un marxista. La causa está en el insuficiente grado de conciencia y en la
insuficiente organización de los proletarios y de los campesinos. El “error” de los jefes mencionados reside en su
posición pequeñoburguesa, en que embotan
la conciencia de los obreros en vez de abrirles los ojos, en que les inculcan ilusiones pequeñoburguesas en
vez de destruirlas, en que refuerzan
la influencia de la burguesía sobre las masas en vez de emanciparlas de esa
influencia.
Lo dicho debiera bastar para
comprender por qué también nuestros camaradas cometen tantos errores al
formular “simplemente” esta interrogante: ¿se debe derribar inmediatamente al
Gobierno Provisional?
118
Respondo: 1) se le debe
derribar, pues es un gobierno oligárquico, un gobierno burgués, y no de todo el
pueblo; un gobierno que no puede dar
ni paz, ni pan, ni plena libertad; 2) no se le puede derribar inmediatamente,
pues se sostiene gracias a un pacto
directo e indirecto, formal y efectivo, con los Soviets de diputados obreros y,
sobre todo, con el principal de ellos, el Soviet de Petrogrado; 3) en general,
no se le puede “derribar” por la vía habitual, pues se asienta en el “apoyo” que presta a la burguesía el segundo gobierno, el Soviet de diputados
obreros, y éste es el único gobierno revolucionario posible, que expresa
directamente la conciencia y la voluntad de la mayoría de los obreros y
campesinos. La humanidad no ha creado hasta hoy, ni nosotros conocemos, un tipo
de gobierno superior ni mejor que los Soviets de diputados obreros, braceros,
campesinos y soldados.
Para convertirse en poder,
los obreros conscientes tienen que ganarse a la mayoría: mientras no exista violencia contra las masas, no habrá otro camino
para llegar al poder. No somos blanquistas, no somos partidarios de la
conquista del poder por una minoría. Somos marxistas, partidarios de la lucha
proletaria clasista contra la embriaguez pequeñoburguesa, contra el defensismo
chovinista, contra las frases hueras, contra la dependencia respecto de la
burguesía.
Formemos un partido
comunista proletario; los mejores militantes del bolchevismo han creado ya los
elementos de ese partido; unámonos estrechamente en la labor proletaria
clasista y veremos cómo vienen a nosotros, en masas cada vez mayores, los
proletarios y los campesinos pobres.
Porque la vida se encargará de
destruir cada día las ilusiones pequeñoburguesas de los “socialdemócratas”, de
los Chjeídze, de los Tsereteli, de los Steklov, etc., de los “socialistas—
revolucionarios”, de los pequeños burgueses todavía más “puros”, etc., etc.
La burguesía defiende el poder único de la burguesía.
Los obreros conscientes
defienden el poder único de los Soviets de diputados obreros, braceros,
campesinos y soldados, el poder único que es necesario preparar esclareciendo la conciencia proletaria, emancipando al proletariado de la
influencia de la burguesía, y no por medio de aventuras.
La pequeña burguesía —los
“socialdemócratas’’, los socialistas-revolucionarios, etc., etc.— vacila, entorpeciendo este esclarecimiento, esta
emancipación.
Tal es la verdadera correlación de las fuerzas de clases, que determina nuestras
tareas.
“Pravda”, núm. 28, 9
de abril de 1917. T. 31, págs. 145-148.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
119
LAS TAREAS DEL
PROLETARADO EN NUESTRA REVOLUCIÓN 131
(Proyecto de
plataforma del partido proletario)
El momento histórico que vive Rusia se caracteriza por los
siguientes rasgos fundamentales:
Carácter de clase de
la revolución realizada.
1.
El
viejo poder zarista, que sólo representaba a un puñado de terratenientes
feudales, dueños de toda la máquina del Estado (ejército, policía, burocracia),
ha sido destruido, suprimido, pero no rematado. La monarquía no está
formalmente aniquilada. La banda de los Románov continua urdiendo intrigas
monárquicas. Las gigantescas posesiones de los terratenientes feudales no han
sido liquidadas.
2. El poder de Estado ha pasado en Rusia a
manos de una nueva clase: la clase de
la burguesía y de los terratenientes aburguesados. En esa medida, la revolución democrática burguesa en Rusia está
terminada.
La burguesía instaurada en
el poder ha formado un bloque (una alianza) con elementos manifiestamente
monárquicos, que se distinguieron de 1906 a 1914 por el apoyo, celoso en
extremo, prestado a Nicolás el Sanguinario y a Stolypin el Verdugo (Guchkov y
otros políticos, más derechistas que los demócratas-constitucionalistas). El
nuevo gobierno burgués de Lvov y Cía. ha intentado e iniciado negociaciones con
los Románov para restaurar la monarquía en Rusia. Encubriéndose con una
fraseología revolucionaria, este gobierno entrega los puestos dirigentes a los
partidarios del antiguo régimen. Se esfuerza por reformar lo menos posible todo
el aparato del Estado (ejército, policía, burocracia), poniéndolo en manos de
la burguesía. El nuevo gobierno ha empezado ya a impedir por todos los medios
la iniciativa revolucionaria de las acciones de masas y la toma del poder por
el pueblo desde abajo, única garantía de los verdaderos éxitos
de la revolución.
Hasta hoy, este gobierno no
ha señalado siquiera el plazo de convocatoria de la Asamblea Constituyente.
Deja intacta la propiedad terrateniente del suelo, base material del zarismo
feudal. Este gobierno no piensa siquiera en investigar, hacer públicos y controlar
los manejos de las organizaciones financieras monopolistas, de los grandes
bancos, de los consorcios y cárteles capitalistas, etc.
Las carteras más importantes
y decisivas del nuevo gobierno (los ministerios del Interior y de la Guerra, es
decir, el mando del ejército, de la policía y de la burocracia, de todo el
aparato destinado a oprimir a las masas) se hallan en manos de monárquicos
notorios y de partidarios reconocidos de la gran propiedad terrateniente. A los
demócratas— constitucionalistas, republicanos de la última hornada,
republicanos bien a pesar suyo, se les han concedido puestos secundarios, que
no tienen relación directa ni con el mando
del pueblo ni con el aparato de poder del Estado. A. Kerenski, representante de
los trudoviques
![]()
131 Véase la historia de cómo se escribió la
obra Las tareas del proletariado en
nuestra revolución en el Epílogo
a la citada obra
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
y “también— socialista”, no
desempeña más papel que el de adormecer con frases sonoras la vigilancia y la
atención del pueblo.
Por todas estas razones, el
nuevo gobierno burgués no merece, ni aun en el campo de la política interior,
ninguna confianza del proletariado, y es inadmisible que éste le preste el
menor apoyo.
La política exterior
del nuevo gobierno.
3. En el campo de la política exterior, que
las circunstancias objetivas colocan hoy en primer plano, el nuevo gobierno es
un gobierno de continuación de la guerra imperialista, de una guerra en alianza
con las potencias imperialistas, con Inglaterra, Francia, etc., por el reparto
del botín capitalista y por la estrangulación de los pueblos pequeños y
débiles.
A pesar de los deseos
expresados con la mayor claridad a través del Soviet de diputados soldados y
obreros en nombre de la mayoría indudable de los pueblos de Rusia, el nuevo
gobierno —subordinado a los intereses del capital ruso y a los de su poderoso amo
y protector, el capital imperialista anglo-francés, el más rico del mundo— no
ha dado ningún paso efectivo para poner fin a esa matanza de pueblos,
organizada en interés de los capitalistas. Ni siquiera ha hecho públicos los
apartados secretos, manifiestamente rapaces (sobre el reparto de Persia, el
saqueo de China, el saqueo de Turquía, el reparto de Austria, la anexión de la
Prusia Oriental, la anexión de las colonias alemanas, etc.), que encadenan a
Rusia, sin duda alguna, al rapaz capital imperialista anglo-francés. Ha refrendado esos tratados concertados
por el zarismo, que en el transcurso de varios siglos ha expoliado y oprimido a
más pueblos que los demás déspotas y tiranos; por el zarismo, que no sólo
oprimía al pueblo ruso, sino que lo deshonraba y corrompía, convirtiéndolo en
verdugo de otros pueblos.
120
El nuevo gobierno, que ha
refrendado esos tratados rapaces bochornosos, no ha propuesto a todos los
pueblos beligerantes un armisticio inmediato, a pesar de haberlo exigido
claramente la mayoría de los pueblos de Rusia a través de los Soviets de
diputados obreros y soldados. El gobierno se ha limitado a simples
declaraciones y frases solemnes, sonoras y pomposas, pero completamente hueras,
que en boca de los diplomáticos burgueses han servido y sirven siempre para
engañar a las masas ingenuas y crédulas del pueblo esclavizado.
4.
Por
ello, el nuevo gobierno no sólo no merece la más mínima confianza en su
política exterior, sino que seguir exigiéndole que proclame los deseos de paz
de los pueblos de Rusia, que renuncie a las anexiones, etc., etc., significa,
en realidad, engañar al pueblo, hacerle concebir esperanzas irrealizables,
retrasar el esclarecimiento de su conciencia; significa contribuir
indirectamente a conciliar al pueblo con la continuación de la guerra, cuyo
verdadero carácter social no está determinado por las buenas intenciones, sino
por el carácter de clase del gobierno que la hace, por los nexos que ligan a la
clase representada por ese gobierno con el capital financiero imperialista de
Rusia, Inglaterra, Francia, etc., por la
política real y efectiva que esa clase sigue.
La original dualidad
de poderes y su significación de clase.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
5. La peculiaridad esencial de nuestra
revolución,la que más imperiosamente requiere una atención reflexiva, es la dualidad de poderes surgida ya en los
primeros días que siguieron al triunfo de la revolución.
Esta dualidad de poderes se
manifiesta en la existencia de dos
gobiernos: el gobierno principal, auténtico y efectivo de la burguesía, el
“Gobierno Provisional” de Lvov y Cía., que tiene en sus manos lodos los órganos
del poder, y un gobierno suplementario, accesorio, de “control”, encarnado en
el Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado, que no dispone de los
órganos de poder del Estado, pero que se apoya directamente en la indudable
mayoría absoluta del pueblo, en los obreros y soldados armados.
El origen y la significación
de clase de esta dualidad de poderes residen en que la revolución rusa de marzo
de 1917, además de barrer toda la monarquía zarista y entregar todo el poder a
la burguesía, se acercó de lleno a la
dictadura democrática revolucionaria del proletariado y de los campesinos.
Precisamente esa dictadura (es decir, un poder que no se basa en la ley, sino
en la fuerza directa de las masas armadas de la población), y precisamente de
las clases mencionadas, son el Soviet de Petrogrado y los Soviets locales de
diputados obreros y soldados.
6.
Otra
peculiaridad importantísima de la revolución rusa consiste en que el Soviet de
diputados soldados y obreros de Petrogrado, el cual goza, según lodos los
indicios, de la confianza de la mayoría de los Soviets locales, entrega voluntariamente el poder del Estado a la
burguesía y a su Gobierno
Provisional, le cede voluntariamente
la primacía suscribiendo con él el compromiso de apoyarle, y se contenta con el
papel de observador, de fiscalizador de la convocatoria de la Asamblea
Constituyente (hasta hoy, el Gobierno Provisional no ha señalado siquiera el
plazo de su convocatoria).
Esta circunstancia
extraordinariamente original, que la historia no había conocido bajo semejante
forma, ha entrelazado, formando un todo, dos dictaduras: la dictadura de la burguesía (pues el gobierno de
Lvov y Cía. es una dictadura, es decir, un poder que no se apoya en la ley ni
en la voluntad previamente expresada del pueblo, sino que ha sido tomado por la
fuerza y, además, por una clase determinada, la burguesía) y la dictadura del
proletariado y de los campesinos (el Soviet de diputados obreros y soldados).
No cabe la menor duda de que
ese “entrelazamiento” no está en
condiciones de sostenerse mucho tiempo. En un Estado no pueden existir dos poderes. Uno de ellos tiene que reducirse a
la nada, y toda la burguesía de Rusia labora ya con todas sus fuerzas, por
doquier y por todos los medios, para eliminar, debilitar y reducir a la nada
los Soviets de diputados obreros y soldados, para crear el poder único de la
burguesía.
La dualidad de poderes no
expresa más que un momento transitorio
en el curso de la revolución, el momento en que ésta ha rebasado ya los cauces
de la revolución democrática burguesa corriente, pero no ha llegado todavía al tipo “puro” de dictadura del
proletariado y de los campesinos.
La significación de clase (y
la explicación de clase) de esta situación transitoria e inestable consiste en
lo siguiente: nuestra revolución, como todas las revoluciones, ha requerido de
las masas el mayor heroísmo, los más grandes sacrificios en la lucha contra el
zarismo, y ha arrastrado al movimiento,
de golpe, a un número inmenso de pequeños burgueses.
Una de las principales
características científicas y político-prácticas de toda verdadera revolución consiste en que engrosa de un modo
increíblemente rápido, brusco, súbito el número de los “hombres de la calle”
que empiezan a tomar parte activa, independiente y efectiva en la vida
política, en la organización del Estado.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
En Rusia sucede lo mismo.
Rusia está hoy en ebullición. Millones y decenas de millones de hombres que se
habían pasado diez años aletargados políticamente, en quienes el espantoso yugo
del zarismo y los trabajos forzados al servicio de los terratenientes y de los
fabricantes habían matado, toda sensibilidad política, han despertado y comenzado a incorporarse a la vida política. ¿Y
quiénes son esos millones y decenas de millones de hombres? Son, en su mayoría, pequeños propietarios, pequeños
burgueses, gentes que ocupan un lugar intermedio entre los capitalistas y los
obreros asalariados. Rusia es el país más pequeñoburgués de toda Europa.
121
Esta gigantesca ola
pequeñoburguesa lo ha inundado todo, ha arrollado al proletariado consciente no
sólo por la fuerza de número, sino también ideológicamente; es decir, ha
arrastrado y contaminado con sus concepciones pequeñoburguesas de la política a
grandes sectores de la clase obrera.
En la vida real, la pequeña
burguesía depende de la burguesía: su vida es (por el lugar que ocupa en la producción
social) la del propietario, no la del proletario, y en su forma de pensar sigue
a la burguesía.
Una actitud de confianza
inconsciente hacia los capitalistas, los peores enemigos de la paz y del
socialismo: eso es lo que caracteriza la política actual de las masas en Rusia, ése es el fenómeno que
ha brotado con rapidez revolucionaria
en el terreno económico-social del país más pequeñoburgués de
Europa. Tal es el cimiento
de clase sobre el que descansa el “acuerdo” (insisto en que, al decir esto,
no me refiero tanto al acuerdo formal como al apoyo efectivo, al acuerdo tácito, a la cesión inconsciente y confiada
del poder) entre el Gobierno Provisional y el Soviet de diputados obreros y
soldados, acuerdo que ha proporcionado a los Guchkov una buena tajada, el
verdadero poder, mientras que al Soviet no le ha dado más que promesas, honores
(hasta cierto momento), adulaciones, frases, seguridades y reverencias por
parte de los Kerenski.
La debilidad numérica del
proletariado en Rusia, su insuficiente grado de conciencia y de organización:
he ahí el reverso de la misma medalla.
Todos los partidos
populistas, incluyendo a los eseristas, han sido siempre pequeñoburgueses, lo
mismo que el partido del Comité de Organización (Chjeídze, Tsereteli, etc.);
los revolucionarios sin partido (Steklov y otros) se han dejado también
arrastrar por la ola o no se han impuesto a ella, no han tenido tiempo de
imponerse.
Peculiaridad de la
táctica que se deriva de lo expuesto.
7.
De
la peculiaridad de la situación real, tal como queda expuesta, se desprende
obligatoriamente para el marxista —que debe tener en cuenta los hechos
objetivos, las masas y las clases, y no los individuos, etc.— la peculiaridad
de la táctica del momento presente.
Esta peculiaridad destaca a
primer plano la necesidad de “echar vinagre y bilis en el jarabe de las frases
democrático-revolucionarias” (para decirlo con la felicísima frase empleada por
Teodoróvich, un camarada mío del Comité Central de nuestro partido, en la
sesión de ayer del Congreso de empleados y obreros ferroviarios de toda Rusia,
que se está celebrando en Petrogrado132).
Es necesaria, por tanto, una labor de crítica y esclarecimiento
![]()
132 La Conferencia de empleados y obreros
ferroviarios de toda Rusia se celebró en Petrogrado del 6 al 20 de abril (19 de
abril-3 de mayo) de 1917. La conferencia, dirigida por los partidos
oportunistas, ocupó una posición defensista y declaró su pleno apoyo al
Gobierno Provisional burgués
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
de los errores de los
partidos pequeñoburgueses —el eserista y el socialdemócrata— una labor de
preparación y cohesión de los elementos del partido proletario consciente, del
Partido Comunista, una labor de liberación
del proletariado de la embriaguez pequeñoburguesa “general”.
Aparentemente, esto “no es más” que una labor de mera propaganda. Pero, en
realidad, es la labor revolucionaria más
práctica, pues es imposible impulsar una revolución que se ha estancado,
que se ahoga entre frases y se dedica a “marcar el piso sin moverse del sitio”, no por obstáculos exteriores, no porque la burguesía emplee contra ella la violencia (por el
momento, Guchkov sólo amenaza con emplear la violencia contra la masa de
soldados), sino por la inconsciencia confiada de las masas.
Sólo luchando contra esa
inconsciencia confiada (lucha que puede y debe librarse únicamente con las
armas ideológicas, por la persuasión amistosa, invocando la experiencia de la vida), podremos
desembarazarnos del desenfreno de frases
revolucionarias imperante e
impulsar de verdad tanto la conciencia del proletariado como la conciencia de
las masas, la iniciativa local, audaz
y resuelta, de las mismas y fomentar la realización, desarrollo y consolidación
no autorizados de las libertades, de la democracia, del principio de posesión
de toda la tierra por la totalidad del pueblo.
8. La experiencia de los gobiernos
burgueses y terratenientes del mundo entero ha creado dos métodos para mantener
la esclavización del pueblo. El primero es la violencia. Nicolás Románov I
(Nicolás el Garrote) y Nicolás II (el Sanguinario) enseñaron al pueblo ruso
todo lo posible e imposible en este método de verdugo. Pero hay, además, otro
método, que han elaborado mejor que nadie las burguesías inglesa y francesa,
“aleccionadas” por una serie de grandes revoluciones y movimientos
revolucionarios de masas. Es el método del engaño, de la adulación, de las
frases, de las promesas sin fin, de las míseras limosnas, de las concesiones en
las cosas insignificantes para conservar lo esencial.
La peculiaridad de la
situación actual en Rusia estriba en el tránsito vertiginosamente rápido del
primer método al segundo, del método de la violencia contra el pueblo al método
de las adulaciones y del engaño del
pueblo con promesas.
122
Como el gato de la fábula,
Miliukov y Guchkov escuchan y hacen lo que les parece. Detentan el poder,
protegen las ganancias del capital, hacen la guerra imperialista en interés del
capital ruso y anglo-francés y se limitan a contestar con promesas, declamaciones
y declaraciones efectistas a los discursos de tales “amos del gato” como
Chjeídze, Tsereteli y Steklov, que amenazan, apelan a la conciencia, conjuran,
imploran, exigen, proclaman... El gato escucha y sigue haciendo lo que le
parece.
Pero cada día que pase, la
inconsciencia confiada y la confianza inconsciente irán desapareciendo, sobre
todo entre los proletarios y los campesinos pobres,
a quienes la vida (su situación económico— social) enseña a no confiar en los
capitalistas.
Los líderes de la pequeña
burguesía “tienen” que enseñar al pueblo a confiar en la burguesía. Los
proletarios tienen que enseñarle a desconfiar de ella.
El defensismo
revolucionario y su significación de clase.
9. El fenómeno más importante y destacado
de la ola pequeñoburguesa que lo ha inundado “casi todo” es el defensismo revolucionario. Es éste,
precisamente, el peor enemigo del desarrollo y del triunfo de la revolución
rusa.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
Quien haya cedido en este
punto y no haya sabido sobreponerse, está perdido para la revolución. Pero las
masas ceden de otro modo que los líderes y se sobreponen de otro modo, por otro procedimiento, por
otro proceso de desarrollo.
El defensismo revolucionario
es, de una parte, fruto del engaño de las masas por la burguesía, fruto de la
confiada inconsciencia de los campesinos y de un sector de los obreros, y, de
otra parte, expresión de los intereses y del punto de vista del pequeño
propietario, interesado hasta cierto punto en las anexiones y ganancias
bancarias y que conserva “religiosamente” las tradiciones del zarismo, el cual
corrompía a los rusos convirtiéndolos en verdugos de otros pueblos.
La burguesía engaña al
pueblo especulando con el noble orgullo de éste por la revolución y presenta
las cosas como si el carácter político-social
de la guerra hubiese cambiado, por lo que a Rusia se refiere, a consecuencia de
esta etapa de la revolución, de la sustitución de la monarquía de los zares por
la casi república de Guchkov y Miliukov. Y el pueblo lo ha creído —hasta cierto
tiempo—, gracias, sobre todo, a los viejos prejuicios que le hacían ver en
cualquier pueblo de Rusia que no fuera el ruso una especie de propiedad o feudo
de éste. La infame corrupción del pueblo ruso por el zarismo, que lo habituó a
ver en los demás pueblos algo inferior, algo que pertenecía “por derecho
propio” a Rusia, no podía borrarse de
golpe.
Debemos saber explicar a las
masas que el carácter político-social de la guerra no se determina por la
“buena voluntad” de personas, de grupos ni aun de pueblos enteros, sino por la
situación de la clase que hace la
guerra; por la política de esta
clase, que tiene su continuación en la guerra; por los vínculos del capital, como fuerza económica dominante de la
sociedad moderna; por el carácter
imperialista del capital internacional; por el vasallaje financiero,
bancario y diplomático de Rusia respecto de Inglaterra y Francia, etc. No es fácil exponer hábilmente todo
esto, de modo que lo entiendan las masas. Ninguno de nosotros sería capaz de hacerlo de buenas a primeras sin
incurrir en errores.
Sin embargo, la orientación,
o mejor dicho, el contenido de nuestra propaganda tiene que ser así y sólo así.
La más insignificante concesión al defensismo revolucionario es una traición al socialismo, una renuncia
total al internacionalismo, por muy
bellas que sean las frases y muy
“prácticas” las razones con que se justifique.
La consigna de “¡Abajo la
guerra!” es, naturalmente, justa, pero no tiene en cuenta la peculiaridad de
las tareas del momento, la necesidad de cambiar
la actitud ante las grandes masas. Recuerda, a mi parecer, la consigna de
“¡Abajo el zar!”, con que los desmañados agitadores de los “buenos tiempos
pasados” se lanzaban al campo, sin pararse a pensar, para volver cargados de
golpes. La masa de partidarios del defensismo revolucionario obra de buena fe, no en un sentido personal,
sino en un sentido de clase, es
decir, pertenece a unas clases (obreros y campesinos pobres) que realmente no tienen nada que ganar con
las anexiones ni con la estrangulación de otros pueblos. Es distinta de los
burgueses y los señores “intelectuales”, quienes saben muy bien que es imposible renunciar a las anexiones
sin renunciar a la hegemonía del capital, y que engañan vilmente a las masas
con bellas frases y promesas sin cuenta ni tasa.
La masa de partidarios del
defensismo ve las cosas de un modo simple, pequeñoburgués: “No quiero
anexiones, pero los alemanes “arremeten” contra mí y, por tanto, defiendo una causa justa y no unos intereses
imperialistas”. A hombres de este tipo hay que explicarles sin cesar que no se
trata de sus deseos personales, sino de las relaciones y condiciones políticas,
de masas, de clases, del entronque de
la guerra con los intereses del capital y con la red internacional de bancos,
etc. Ese es el único modo serio de luchar contra el defensismo, el único que
nos promete el éxito, lento tal vez, pero seguro y duradero.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
¿Cómo se puede poner
fin a la guerra?
10.
A la
guerra no se le puede poner fin por “deseo propio”. No se le puede poner fin
por decisión de una sola de las partes. No se le puede poner fin “clavando la
bayoneta en la tierra”, según la frase de un soldado defensista.
123
A la guerra no se le puede
poner fin mediante un “acuerdo” entre los socialistas de diferentes países, por
medio de una “acción” de los proletarios de todos los países, por la “voluntad”
de los pueblos, etc. Todas las frases de este tipo, que colman los artículos de
los periódicos defensistas, semidefensistas y semiinternacionalistas, así como
las innumerables resoluciones, proclamas y manifiestos y las resoluciones del
Soviet de diputados soldados y obreros, no son más que bondadosos, inofensivos
y vacuos deseos de pequeños burgueses. No hay nada más nocivo que esas frases
en torno a la “expresión de la voluntad de paz de los pueblos”, el turno que han de seguir las acciones
revolucionarias del proletariado (después del proletariado ruso, le “toca” al
alemán), etc. Todo eso es actuar a lo Luis Blanc, son sueños melifluos; es
jugar a las “campañas políticas”, es, en realidad, repetir la fábula del gato.
La guerra no ha sido
engendrada por la voluntad maligna de los bandidos capitalistas, aunque es
indudable que se hace sólo en interés
suyo y sólo a ellos enriquece. La guerra es el producto de medio siglo de
desarrollo del capital mundial, de sus miles de millones de hilos y vínculos. Es imposible salir de la guerra
imperialista, es imposible conseguir
una paz democrática, una paz no impuesta por la violencia, sin derribar el
poder del capital y sin que el poder del Estado pase a manos de otra clase, del proletariado.
Con la revolución rusa de
febrero-marzo de 1917, la guerra imperialista comenzó a transformarse en guerra
civil. Esta revolución ha dado el primer
paso hacia el cese de la guerra. Pero sólo un segundo paso puede asegurar
ese cese, a saber: el paso del poder del Estado a manos del proletariado. Eso
será el comienzo de la “ruptura del frente” en todo el mundo, del frente de los
intereses del capital; y sólo rompiendo ese
frente, puede el proletariado redimir
a la humanidad de los horrores de la guerra y asegurarle el bien de una paz
duradera.
La revolución rusa, al crear
los Soviets de diputados obreros, ha llevado ya al proletariado de Rusia hasta el umbral de esa “ruptura del
frente” del capital.
El nuevo tipo de
estado que brota en nuestra revolución.
11.
Los
Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, etc., son incomprendidos no
sólo en el sentido de que la mayoría no ve con claridad su significación de
clase ni su papel en la revolución rusa;
son incomprendidos también en el sentido de que representan una nueva forma, o
más exactamente, un nuevo tipo de Estado.
El tipo más perfecto, más
avanzado de Estado burgués es la república
democrática parlamentaria. El poder pertenece al Parlamento; la máquina del
Estado, el aparato y los órganos de
gobierno son los usuales: ejército permanente, policía y una burocracia
prácticamente inamovible, privilegiada y situada por encima del pueblo.
Pero desde finales del siglo XIX, las épocas revolucionarias
hacen surgir un tipo superior de
Estado democrático; un Estado que, en ciertos aspectos, deja ya de ser, según
la expresión de Engels, un Estado. “no es ya un Estado en el verdadero sentido
de la palabra” 133. Nos referimos al Estado del tipo de la Comuna de París, que sustituye el ejército y la policía,
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133 Véase la carta de F. Engels a A. Bebel, 18-28 de marzo de 1875
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
separados del pueblo, con el
armamento directo e inmediato del pueblo. En
esto reside la esencia de la Comuna, calumniada por los escritores
burgueses, y a la que, entre otras cosas, atribuían erróneamente la intención
de “implantar” en el acto el socialismo.
La revolución rusa comenzó a crear, primero en 1905, y
luego en 1917, un Estado precisamente de ese tipo. La República de los Soviets
de diputados obreros, soldados, campesinos, etc., congregados en la Asamblea
Constituyente de los representantes del pueblo de toda Rusia, o en el Consejo
de los Soviets, etc.: he ahí lo que está
encarnando ya en la vida de nuestro país, ahora, en este momento, por
iniciativa de un pueblo de millones y
millones de hombres, que crea la democracia, sin previa autorización, a su manera, sin esperar a que los
señores profesores demócratas -constitucionalistas escriban sus proyectos de
ley para crear una república parlamentaria burguesa, y sin esperar tampoco a
que los pedantes y rutinarios de la “socialdemocracia” pequeñoburguesa, como
los señores Plejánov o Kautsky, renuncien a sus tergiversaciones de la teoría
marxista del Estado.
El marxismo se distingue del
anarquismo en que reconoce la necesidad
del Estado y del poder estatal durante el período revolucionario, en general, y
en la época del tránsito del capitalismo al socialismo, en particular.
El marxismo se distingue del
“socialdemocratismo” pequeñoburgués y oportunista de los señores Plejánov,
Kautsky y Cía. en que el Estado que considera necesario para esos períodos no es un Estado como la república
parlamentaria burguesa corriente, sino un Estado del tipo de la Comuna de
París.
Las diferencias
fundamentales entre este último tipo de Estado y el antiguo estriban en lo
siguiente:
De la república
parlamentaria burguesa es muy fácil volver a la monarquía (la historia lo
demuestra), ya que queda intacta toda la máquina de opresión: el ejército, la
policía y la burocracia. La Comuna y los Soviets de diputados obreros,
soldados, campesinos, etc., destruyen
y eliminan esa máquina.
La república parlamentaria
burguesa dificulta y ahoga la vida política independiente de las masas, su participación directa en la
edificación democrática de todo el
Estado, de abajo arriba. Los Soviets
de diputados obreros y soldados hacen lo contrario.
124
Los Soviets reproducen el
tipo de Estado que iba formando la Comuna de París y que Marx calificó de “la
forma política al fin descubierta para llevar
a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo”134.
Suele objetarse que el
pueblo ruso no está preparado todavía para “implantar” la Comuna. Es el mismo
argumento que empleaban los defensores del régimen de la servidumbre, cuando
decían que los campesinos no estaban preparados aún para la libertad. La Comuna,
es decir, los Soviets de diputados obreros y campesinos, no “implanta”, no se
propone “implantar” ni debe implantar ninguna
transformación que no esté ya perfectamente madura en la realidad económica y
en la conciencia de la inmensa mayoría del pueblo. Cuanto mayores son la
bancarrota económica y la crisis engendrada por la guerra, más apremiante es la
necesidad de una forma política, lo más perfecta posible, que facilite la curación de las horrendas
heridas causadas por la guerra a la humanidad. Y cuanto menos experiencia tenga
el pueblo ruso en punto a organización, tanto más resueltamente habrá que emprender la labor de organización del pueblo mismo y no exclusivamente de los
politiqueros burgueses y funcionarios con “puestecitos lucrativos”.
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134 Véase C. Marx. La guerra civil en Francia. Manifiesto
del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores. (C.
Marx y F. Engels. Obras Escogidas en
tres tomos, ed. en español, t. II, pág. 236.)-292.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
Cuanto más rápidamente nos
desembaracemos de los viejos prejuicios del seudomarxismo, del marxismo
desnaturalizado por los señores Plejánov, Kautsky y Cía.; cuanto más
celosamente ayudemos al pueblo a crear sin demora y por doquier Soviets de
diputados obreros y campesinos, a que éstos se hagan cargo de toda la vida; cuanto más largas den los
señores Lvov y Cía. a la convocatoria de la Asamblea Constituyente, más fácil
resultará al pueblo pronunciarse a favor de la República de los Soviets de
diputados obreros y campesinos (por medio de la Asamblea Constituyente o sin
ella, si Lvov tarda mucho en convocarla). En esta nueva labor de organización
del pueblo mismo serán inevitables al principio ciertos errores, pero es mejor
equivocarse y avanzar que esperar a
que los profesores y juristas reunidos por el señor Lvov escriban las leyes
acerca de la convocatoria de la Asamblea Constituyente, de la perpetuación de
la república parlamentaria burguesa y de la estrangulación de los Soviets de
diputados obreros y campesinos.
Si nos organizamos y hacemos
con habilidad nuestra propaganda, conseguiremos que no sólo los proletarios,
sino nueve décimas partes de los campesinos estén contra la restauración de la
policía, contra la burocracia inamovible y privilegiada y contra el ejército
separado del pueblo y precisamente en eso, y sólo en eso, estriba el nuevo tipo
de Estado.
12. La sustitución de la policía por la
milicia del pueblo es una transformación que ha derivado de todo el proceso
revolucionario y que se está realizando actualmente en la mayoría de los
lugares de Rusia. Debemos explicar a las masas que, en la mayoría de las
revoluciones burguesas de tipo corriente, esta transformación ha sido muy
efímera y que la burguesía, incluso la más democrática y republicana, ha
restablecido la vieja policía de tipo zarista, separada del pueblo, colocada
bajo las órdenes de los elementos burgueses y capaz de oprimir al pueblo por
todos los medios.
Sólo hay un medio de impedir la restauración de la policía:
crear una milicia popular y fusionarla con el ejército (sustitución del
ejército permanente por el armamento de todo el pueblo). A esta milicia deberán
pertenecer absolutamente todos los ciudadanos y ciudadanas, desde los quince
hasta los sesenta y cinco años, edades que sólo tomamos a título de ejemplo
para determinar la participación en ella de los adolescentes y ancianos. Los
capitalistas deberán abonar a los obreros asalariados, criados, etc., el jornal
de los días en que presten servicio social en la milicia. Sin incorporar a la
mujer a la participación independiente tanto en la vida política en general
como en el servicio social permanente que deben prestar todos los ciudadanos,
es inútil hablar no sólo de socialismo, sino ni siquiera de una democracia
completa y estable. Hay, además, funciones de “policía’’, como el cuidado de
los enfermos y de los niños abandonados, la inspección de la alimentación,
etc., que no pueden cumplirse satisfactoriamente sin conceder a la mujer plena
igualdad de derechos no sólo en el papel , sino en la realidad.
Impedir el restablecimiento
de la policía, incorporar las fuerzas organizadoras de todo el pueblo a la
creación de una milicia que abarque a toda la población: tales son las tareas
que el proletariado ha de llevar a las masas para proteger, consolidar y desarrollar
la revolución.
El programa agrario y
el programa nacional.
13. En los momentos actuales no podemos
saber con precisión si se desarrollará en un futuro próximo una poderosa
revolución agraria en el campo ruso.
No podemos saber hasta dónde llega la
división de clase del campesinado —acentuada indudablemente en los últimos
tiempos— en braceros, obreros asalariados y campesinos
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
pobres (“semiproletarios”),
de un lado, y campesinos ricos y medios (capitalistas y pequeños capitalistas),
de otro. Sólo la experiencia puede dar, y dará, respuestas a estas
interrogantes.
Pero como partido del
proletariado, tenemos la obligación absoluta no sólo de presentar sin demora un
programa agrario (un programa de la tierra), sino también de propugnar, en interés de la revolución agraria
campesina en Rusia, diversas medidas prácticas de realización inmediata.
Debemos exigir la
nacionalización de todas las tierras:
es decir, que todas las tierras existentes en el país pasen a ser propiedad del
poder central del Estado. Este poder deberá determinar las proporciones, etc.,
del fondo de tierras destinado a asentamientos, promulgar las leyes necesarias
para la protección forestal, mejoramiento del suelo, etc., y prohibir en
absoluto toda mediación entre el propietario de la tierra, es decir el Estado,
y su arrendatario, o sea, el agricultor (prohibir todo subarriendo de la
tierra). Mas el derecho a disponer de
la tierra y a determinar todas las condiciones
locales para su posesión y disfrute no debe encontrarse en modo alguno en
manos de la burocracia, de los funcionarios, sino plena y exclusivamente en
manos de los Soviets de diputados
campesinos regionales y locales.
125
Para mejorar la técnica de
la producción de cereales, aumentar las proporciones de ésta, desarrollar las
grandes haciendas agrícolas racionales y efectuar el control social de las
mismas debemos tender dentro de los comités de campesinos a transformar cada
finca terrateniente confiscada en una gran hacienda modelo, bajo el control de
los Soviets de diputados braceros.
En contraposición a las
frases y la política pequeñoburguesas imperantes entre los eseristas,
principalmente en su frívola charlatanería acerca de la forma de “consumo” o de
“trabajo”135, de la “socialización de la tierra”,
etc., el partido del proletariado debe explicar que el sistema de la pequeña
hacienda, existiendo la producción mercantil, no está en condiciones de liberar a la humanidad de la miseria de
las masas ni de sin opresión.
Sin escindir inmediata y
obligatoriamente los Soviets de diputados campesinos, el partido del
proletariado debe explicar la necesidad de organizar Soviets especiales de
diputados braceros y Soviets especiales de diputados campesinos pobres
(semiproletarios), o, por lo menos, asambleas especiales permanentes de los
diputados de estos sectores de clase,
como fracciones o partidos especiales dentro de los Soviets generales de
diputados campesinos. De otro modo, todas esas melifluas frases
pequeñoburguesas de los populistas acerca de los campesinos en general servirán
para encubrir el engafo de las masas desposeídas por parte de los campesinos
ricos, que no son otra cosa que una variedad de capitalistas.
Frente a las prédicas
liberales burguesas o puramente burocráticas de muchos socialistas—
revolucionarios y de diversos Soviets de diputados obreros y soldados, que
aconsejan a los campesinos no apoderarse de las tierras de los terratenientes
ni empezar las transformaciones agrarias hasta que se reúna la Asamblea
Constituyente, el partido del proletariado debe exhortar a los campesinos a
efectuar sin tardanza ni previa autorización las transformaciones agrarias y la
confiscación inmediata de las tierras de los terratenientes por acuerdo de los
diputados campesinos en cada lugar.
Tiene singular importancia,
a este respecto, insistir en la necesidad de aumentar la producción de víveres para los soldados que se hallan
en el frente y para las ciudades,
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135 Norma de consumo: reparto de la tierra entre las familias campesinas por el
número de bocas.
Norma
de trabajo: reparto
de la tierra entre las familias campesinas por el número de miembros aptos para
el trabajo.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
haciendo ver que es absolutamente
intolerable destruir o inferir daños al ganado, deteriorar los aperos,
máquinas, edificios, etc.
14.
En
el problema nacional, el partido del proletariado debe defender, ante todo, la
proclamación y realización inmediata de la plena libertad a separarse de Rusia
para todas las naciones y minorías nacionales oprimidas por el zarismo, que han
sido incorporadas por la fuerza o retenidas violentamente dentro de las
fronteras del Estado, es decir, anexadas.
Todas las manifestaciones,
declaraciones y proclamas renunciando a las anexiones, pero que no lleven
aparejada la realización efectiva de la libertad de separación, no son más que
un engaño burgués del pueblo o ingenuos deseos pequeñoburgueses.
El partido del proletariado
aspira a crear un Estado lo más grande posible, ya que eso beneficia a los
trabajadores; aspira al acercamiento y la
sucesiva fusión de las naciones; mas no quiere alcanzar ese objetivo por la
violencia, sino exclusivamente por medio de una unión libre y fraternal de los
obreros y las masas trabajadoras de todas las naciones.
Cuanto más democrática sea
la República Rusa, cuanto mejor consiga organizarse como una República de los
Soviets de diputados obreros y campesinos, tanto más poderosa será la fuerza de
atracción voluntaria hacia esta
república para las masas trabajadoras de todas
las naciones.
Plena libertad de
separación, la más amplia autonomía local (y nacional), garantías detalladas de
los derechos de las minorías nacionales: tal es el programa del proletariado
revolucionario.
Nacionalización de
los bancos y de los consorcios capitalistas.
15.
El
partido del proletariado no puede proponerse, en modo alguno, “implantar” el
socialismo en un país de pequeños campesinos mientras la inmensa mayoría de la
población no haya tomado conciencia de la necesidad de la revolución
socialista.
Pero sólo los sofistas
burgueses, que se esconden tras tópicos “casi marxistas”, pueden deducir de
este axioma la justificación de una política que diferiría la aplicación
inmediata de medidas revolucionarias plenamente maduras desde el punto de vista
práctico, realizadas no pocas veces, en el transcurso de la guerra, por toda una
serie de Estados burgueses y perentoriamente necesarias para luchar contra
la completa desorganización económica
que nos amenaza y contra el hambre inminente.
Medidas corno la
nacionalización de la tierra y de todos los bancos y consorcios de los
capitalistas, o, por lo menos, el establecimiento urgente del control de
los mismos por los Soviets de diputados obreros, etc., que no significan en
modo alguno la “implantación” del socialismo, deben ser defendidas
incondicionalmente y aplicadas, dentro de lo posible, por vía revolucionaria.
Sin estas medidas, que no son más que pasos hacia el socialismo, y
perfectamente realizables desde el punto de vista económico, será imposible
curar las heridas causadas por la guerra e impedir la inminente bancarrota; y
el partido del proletariado revolucionario jamás vacilará en atentar contra los
beneficios inauditos de los capitalistas y banqueros, que se enriquecen
precisamente “con la guerra” de un modo particularmente escandaloso.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
La situación en el
seno de la internacional socialista.
16. Los deberes internacionales de la clase
obrera de Rusia se sitúan precisamente ahora en primer plano y cobran un
especial relieve.
Hoy, todo el mundo, a excepción de los que tienen pereza de
hacerlo, jura confesar el
internacionalismo; hasta los
defensistas chovinistas, hasta los señores Plejánov y Potrésov, hasta Kerenski,
se llaman internacionalistas. Por eso, urge que el partido proletario,
cumpliendo con su deber, oponga con toda claridad, con toda precisión y con
toda nitidez al internacionalismo palabrero el internacionalismo efectivo.
Los llamamientos platónicos
dirigidos a los obreros de todos los países; las aseveraciones va de fidelidad
al internacionalismo; las tentativas de establecer, directa o indirectamente,
un “turno” en las acciones del proletariado revolucionario de los diversos
países beligerantes; los forcejeos por l legar a un “acuerdo” entre los
socialistas de los países beligerantes respecto
a la lucha revolucionaria; el ajetreo en torno a la organización de congresos
socialistas para desarrollar una
campaña en pro de la paz, etc., etc., todo eso por su significación objetiva, por sinceros que sean los
autores de esas ideas, de esas tentativas y de esos planes, no es más que vacua
palabrería, y, en el mejor de los
casos, la expresión de deseos inocentes y piadosos, que sólo sirven para
encubrir el engaño de que los
chovinistas hacen víctimas a las masas. Los socialchovinistas franceses, los más avezados y más
diestros en todos los trucos y mañas del fraude parlamentario, hace mucho ya
que han batido el récord en punto a las frases pacifistas e internacionalistas
increíblemente pomposas, que van acompañadas
de una traición inauditamente descarada al socialismo y a la Internacional, de
la participación en los ministerios que hacen la guerra imperialista, de la
votación de créditos o de empréstitos
(como lo han hecho en Rusia, últimamente. Chjeídze, Skóbeliev, Tsereteli y
Steklov), de la resistencia a la lucha revolucionaria dentro de su propio país, etc., etc.
Las gentes bondadosas
olvidan con frecuencia la dura y cruel realidad de la guerra imperialista
mundial. Y esta realidad no admite frases, se burla de todos los deseos
candorosos y melifluos.
Sólo hay un
internacionalismo efectivo, que consiste en entregarse por completo al
desarrollo del movimiento revolucionario y de la lucha revolucionaria dentro de su propio país, en apoyar (por
medio de la propaganda, con la ayuda moral y material) esta lucha, esta línea de conducta, y sólo ésta en todos los países sin excepción.
Todo lo demás es engaño y manilovismo136.
El movimiento socialista y
obrero internacional ha originado durante más de dos años de guerra, en todos
los países, tres corrientes de opinión; y quien abandone el terreno real del reconocimiento y del análisis
de estas tres corrientes y de la lucha consecuente por la tendencia
verdaderamente internacionalista, se condenará a sí mismo a la impotencia, a la
incapacidad y a las equivocaciones.
Estas corrientes son:
1) Los socialchovinistas, es decir, los
socialistas de palabra y chovinistas de hecho son los que admiten la “defensa
de la patria” en la guerra imperialista (y, sobre todo, en la guerra
imperialista actual).
Estos elementos son nuestros enemigos de clase. Se han pasado al
campo de la burguesía.
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136 Manilovismo: denominación debida al nombre del
terrateniente Manílov, personaje de la obra del escritor ruso N. Gógol Las almas muertas. Es sinónimo de
placidez, sentimentalismo melifluo y fantasía ilusoria
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
En este grupo figura la
mayoría de los líderes oficiales de la socialdemocracia oficial de todos los países. Los señores Plejánov y
Cía. en Rusia, los Scheidemann en Alemania, Renaudel, Guesde y Sembat en
Francia, Bissolati y Cía. en Italia, Hyndman, los fabianos y los dirigentes
laboristas en Inglaterra. Branting y Cía. en Suecia, Troelstra y su partido en
Holanda, Stauning y su partido en Dinamarca, Víctor Berger y otros “defensores
de la patria” en los Estados Unidos, etc.
2) La segunda corriente —el llamado
“centro”— está formada por los que oscilan entre los socialchovinistas y los
internacionalistas verdaderos.
Todos los “centristas” juran
y perjuran que ellos son marxistas, internacionalistas, partidarios de la paz,
que están dispuestos a “presionar” por todos los medios a gobiernos, dispuestos
a “exigir” de mil maneras a su propio gobierno que “consulte al pueblo para que
éste exprese su voluntad de paz”, propicios a mantener toda suerte de campañas
a favor de la paz, de una paz sin anexiones, etc., etc., y propicios también a sellar la paz con los socialchovinistas. El
“centro” quiere la “unidad”; el centro es enemigo de la escisión.
El “centro” es el reino de
las bondadosas frases pequeñoburguesas, del internacionalismo de palabra, del
oportunismo pusilánime y de la complacencia servil ante los socialchovinistas
de hecho.
El quid de la cuestión
reside en que el “centro” no está convencido de la necesidad de una revolución
contra sus propios gobiernos, no propaga esa necesidad, no sostiene una lucha
revolucionaria abnegada, sino que encuentra siempre los más vulgares subterfugios —de una magnífica sonoridad
archi“marxista”— para no hacerla.
127
Los socialchovinistas son
nuestros enemigos de clase, son burgueses dentro del movimiento obrero.
Representan a una capa, a los grupos y sectores de la clase obrera
objetivamente sobornados por la burguesía (mejores salarios, cargos
honoríficos, etc.) y que ayudan a la burguesía de su propio país a saquear y estrangular a los pueblos pequeños y
débiles y a luchar por el reparto del
botín capitalista.
El “centro” lo forman los
elementos rutinarios, corroídos por la podrida legalidad, corrompidos por la
atmósfera de parlamentarismo, etc. Son funcionarios acostumbrados a los
puestecitos confortables y al trabajo “tranquilo”. Considerados histórica y económicamente,
no representan ninguna capa social específica,
no pueden valorarse más que como un fenómeno
de transición del período ya superado, del movimiento obrero de 1871 a 1914
—período que ha dado no pocas cosas de valor, sobre todo en el arte imprescindible
para el proletariado de la labor lenta, consecuente y sistemática de
organización sobre bases cada vez más amplias— a un nuevo período objetivamente necesario desde que estalló la primera guerra
imperialista mundial, que abrió la era de
la revolución social.
El jefe y representante más
destacado del “centro” es Carlos Kautsky, primera autoridad de la II
Internacional (1889-1914), caso típico de la más completa bancarrota del
marxismo y un ejemplo de inaudito apocamiento, de las más miserables
vacilaciones y traiciones desde agosto de 1914. La tendencia “centro” está
representada por Kautsky, Haase, Ledebour, la llamada “Liga Obrera o del
Trabajo”137 en el Reichstag; en Francia son
Longuet, Pressemanne y los llamados “minoritarios”138 (mencheviques) en general; en Inglaterra,
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137 Véase la nota 58.
138
Minoritarios o longuetistas: minoría del Partido Socialista
Francés, formada en 1915 y encabezada por Jean Longuet. Los longuetistas
sostenían puntos de vista centristas y aplicaban una política de conciliación
con los socialchovinistas. Durante la primera guerra mundial, los longuetistas
adoptaron una posición socialpacifista. Después del triunfo de la Revolución
Socialista de Octubre en Rusia, se declararon partidarios de la dictadura del
proletariado, pero, de hecho, estaban contra ella. Al quedar en minoría en el
Congreso del Partido Socialista Francés celebrado en Tours en diciembre de
1920, en el que triunfó el ala izquierda, los longuetistas, unidos a los
reformistas
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
Felipe Snowden, Rainsay
MacDonald y muchos otros líderes del Partido Laborista Independiente139 y algunos del Partido Socialista Británico140; en los Estados Unidos, Mauricio Hillquit y muchos otros; en
Italia. Turati, Treves, Modigliani, etc.; en Suiza, Roberto Grimm y otros; en
Austria, Víctor Adler y Cía.; en Rusia, el partido del Comité de Organización,
Axelrod, Mártov, Chjeídze, Tsereteli, etc., etc.
Es natural que haya personas
que, sin advertirlo ellas mismas, se pasen de la posición del socialchovinismo
a la del “centro” y viceversa. Todo marxista sabe que las clases se mantienen
deslindadas unas de otras, aunque las personas cambien libremente de clase; lo
mismo ocurre con las tendencias en la
vida política, que no se confunden por que una o varias personas se pasen
libremente de un campo a otro, ni a pesar de los esfuerzos y tentativas que se
hacen por fundir esas tendencias.
3) La tercera corriente es la que
representan los internacionalistas de hecho, cuya expresión más fiel la
constituye la “izquierda de Zimmerwald”141. (En
el apéndice insertamos su manifiesto de septiembre de 1915, para que el lector
pueda conocer de primera mano el origen de esta tendencia.)
Su principal rasgo
distintivo es: la ruptura completa con el socialchovinismo y con el “centro”,
la abnegada lucha revolucionaria contra el gobierno imperialista propio y contra la burguesía
imperialista propia. Su principio es:
“el enemigo principal está dentro del país propio”. Lucha sin cuartel contra
las melifluas frases socialpacifistas (el socialpacifista es socialista de
palabra y pacifista burgués de hecho; los pacifistas burgueses sueñan con la
paz perpetua sin derrocar el yugo ni el dominio del capital) y contra todos los
subterfugios con que se pretende
negar la posibilidad, la oportunidad o la conveniencia de la lucha
revolucionaria del proletariado y de la revolución proletaria, socialista, en relación con la guerra actual.
Los representantes más
destacados de esta tendencia son: en Alemania, el Grupo Espartaco o Grupo de la
Internacional del que forma parte Carlos Liebknecht, el representante más
famoso de esta corriente y de la nueva y verdadera Internacional proletaria.
Carlos Liebknecht ha hecho
un llamamiento a los obreros y soldados de Alemania, invitándoles a volver las armas contra su propio gobierno. Y lanzó este
llamamiento abiertamente, desde la tribuna del
Parlamento (Reichstag).
Luego, llevando consigo proclamas impresas clandestinamente, se encaminó a la
plaza de Potsdam, una de las mayores de Berlín, para participar en una
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declarados, se separaron del partido y
se adhirieron a la llamada Internacional II y 1/2; después de disolverse ésta,
volvieron a la II Internacional
139 Véase la nota 59
140 El Partido Socialista
Británico (British Socialist Party) fue fundado en 1911, en Manchester,
mediante la unificación del Partido Socialdemócrata con otros grupos
socialistas. El PSB hizo propaganda en el espíritu de las ideas marxistas. Era
un partido "no oportunista, verdaderamente
independiente respecto a los liberales" (V. I. Lenin. Obras Completas, 5a edición en ruso, t. 23, pág. 344). Sin embargo,
el escaso número de militantes y sus débiles vínculos con las masas le daban un carácter algo sectario.
Durante la primera guerra
mundial se entabló en el partido una dura lucha entre la corriente
internacionalista (W. Gallacher, A. Inkpin, D. Maclean, F. Rothstein y otros) y
la socialchovinista, encabezada por Hyndman. En la corriente internacionalista
había elementos inconsecuentes, que ocupaban una posición centrista en diversas
cuestiones.
En febrero de 1916, un grupo
de dirigentes del PSB fundó el periódico The
Call ("Llamamiento"), que contribuyó en gran medida a la cohesión
de los internacionalistas. La Conferencia anual del PSB, celebrada en abril de
1916 en Salford, condenó la posición socialchovinista de Hyndman y sus
correligionarios y éstos abandonaron el partido.
El Partido Socialista Británico desempeñó el papel principal,
junto con el Grupo de Unidad Comunista, en la constitución del Partido
Comunista de la Gran Bretaña. En el I Congreso, el de unificación, celebrado en
1920, la inmensa mayoría de las organizaciones locales del PSB se fusionó con
el Partido Comunista
141 Véase la nota 15.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
manifestación bajo la
consigna de “¡Abajo el gobierno!” Fue detenido y condenado a presidio, donde está actualmente
recluido, como cientos o quizá miles
de verdaderos socialistas alemanes
encarcelados por luchar contra la guerra.
Carlos Liebknecht luchó
implacablemente en sus discursos y en sus cartas no sólo contra los Plejánov y
los Potrésov de su propio país (los
Scheidemann, Legien. David y Cía.), sino
también contra los “centristas” alemanes, contra los Chjeídze y los
Tsereteli de puertas adentro
(Kautsky, Haase, Ledebour y Cía.).
Carlos Liebknecht y su amigo
Otto Rühle fueron, entre los 110 diputados, los únicos que rompieron la
disciplina, echaron por tierra la “unidad’ con el “centro” y con los
chovinistas y se enfrentaron a todos.
Liebknecht es el único que representa
el socialismo, la causa del proletariado, la revolución proletaria. Todo el resto de la socialdemocracia
alemana no es más, para decirlo con la frase feliz de Rosa Luxemburgo (afiliada
también y dirigente del Grupo Espartaco), que un cadáver maloliente.
Otro grupo de
internacionalistas de hecho es el que se ha formado en Alemania en torno al
periódico de Bremen Política Obrera.
128
En Francia, los elementos
más afines a los internacionalistas de hecho son: Loriot y sus amigos
(Bourderon y Merrheim se han pasado al socialpacifismo) y el francés Enrique
Guilbeaux, que publica en Ginebra la revista Demain142; en Inglaterra, el periódico The Trade-Unionist143 y una parte de los miembros del Partido
Socialista Británico y del Partido Laborista
Independiente (por ejemplo, Williams Russell, que ha proclamado abiertamente la
necesidad de romper con los jefes traidores
al socialismo); el maestro de escuela y socialista escocés Maclean, condenado a presidio
por el gobierno burgués de Inglaterra, por haber luchado revolucionariamente
contra la guerra, como cientos de socialistas ingleses que expían en las
cárceles delitos del mismo género. Ellos, sólo ellos, son internacionalistas de hecho; en los Estados Unidos, el
Partido Socialista Obrero 144 y los elementos del oportunista Partido Socialista 145 que
publican desde enero de 1917 el periódico The
Internationalist146; en Holanda , el partido de los
“tribunistas”147, que publican el periódico
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142
Demain ("Mañana"): revista mensual literaria, publicística y
política, fundada por el escritor y periodista E. Guilbeaux, internacionalista
francés. Se publicó desde enero de 1916 hasta 1919, primero en Ginebra y luego
en Moscú
143 "The Trade-Unionist"
("El Tradeunionista"): periódico sindical inglés que se editó en
Londres desde noviembre de 1915 hasta noviembre de 1916
144 El Partido Socialista
Obrero de Norteamérica (Socialist Labour Party) se constituyó en el
Congreso de unificación de Filadelfia, celebrado en 1876, como resultado de la
fusión de las secciones norteamericanas de la I Internacional y otras
organizaciones socialistas. La inmensa mayoría del partido eran inmigrados
débilmente unidos a los obreros naturales de Norteamérica. En los primeros años
ocuparon una posición dirigente en el partido los lassalleanos, que cometieron
errores de carácter dogmático y sectario. Las vacilaciones ideológicas y
tácticas de la dirección debilitaron el partido y apartaron de él a varios
grupos.
En los años 90 ascendió a la dirección del Partido Socialista
Obrero el ala izquierda encabezada por D. De Leon, que cometió errores de
carácter anarcosindicalista. Durante la primera guerra mundial de 1914-1918, el
Partido Socialista Obrero se inclinó hacia el internacionalismo. La parte más
revolucionaria del PSO tomó activa participación en la creación del Partido
Comunista de Norteamérica
145 El Partido
Socialista de Norteamérica se constituyó en julio de 1901, en el Congreso
de Indianápolis, por la fusión de varios grupos socialistas. Durante la primera
guerra mundial en el Partido Socialista se formaron tres corrientes: los
socialchovinistas, que apoyaban la política imperialista del gobierno; los
centristas, que se oponían a la guerra imperialista solamente de palabra, y la
minoría revolucionaria, que sostenía posiciones internacionalistas y luchaba
contra la guerra.
En 1919, el Partido Socialista se escindió. El ala izquierda
abandonó el partido y fue la iniciadora de la fundación y el núcleo principal
del Partido Comunista de los EE.UU
146 "The Internationalist"
("El Internacionalista"): semanario, órgano del ala izquierda de los
socialistas. Lo publicó a comienzos de 1917 en Boston la Liga de Propaganda
Socialista de Norteamérica
147
Tribunistas: miembros del Partido Socialdemócrata
Holandés, cuyo órgano era el periódico De
Tribune ("La Tribuna"). Los tribunistas no eran un partido
consecuentemente revolucionario, pero representaban el ala izquierda
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
De Tribune
(Pannekoek, Hermann Gorter, Wijnkoop, Henrietta Roland-Holst, que en Zimmerwald
figuraba en el centro, pero que ahora se ha pasado a nuestro campo); en Suecia,
el partido de los jóvenes o de los izquierdistas148, acaudillado por hombres como Lindhagen, Ture Nerman, Carleson,
Ström y Z. Höglund, que en Zimmerwald intervino personalmente en la fundación
de la “izquierda zimmerwaldiana” y se halla hoy en la cárcel luchar
revolucionariamente contra la guerra; en Dinamarca, Trier y sus amigos, que han
abandonado el Partido “Socialdemócrata” Dinamarqués, completamente aburguesado y presidido por el ministro Stauning; en Bulgaria, los
“tesniakí”149; en Italia, los más cercanos son
Constantino Lazzari, secretario del partido, y Serrati, redactor de Avanti!150, su órgano central; en Polonia, Rádek,
Hanecki y otros dirigentes de la socialdemocracia unificada en la “Dirección
Territorial”; Rosa Luxemburgo, Tyszka y otros líderes de la socialdemocracia
unificada en la “Dirección Central”151; en
Suiza, los izquierdistas que, en enero de 1917, redactaron la fundamentación de
un “referéndum” para luchar contra los socialchovinistas y contra el “centro”
de su propio país y que en el
Congreso socialista del cantón de Zúrich, celebrado en Töss el 11 de febrero de
1917, presentaron una resolución verdaderamente revolucionaria contra la
guerra; en Austria, los jóvenes amigos de izquierda de Federico Adler, que
tenían, en parte, su centro de acción en el club vienés Carlos Marx, clausurado ahora por el gobierno austriaco,
reaccionario hasta la médula, que se ensaña con Federico Adler por su atentado
heroico, aunque mal pensado, contra uno de los ministros, etc., etc.
No importan los matices, que
se dan también entre los izquierdistas. Lo esencial es la corriente misma. El nervio de la cuestión está en que, en estos
tiempos de espantosa guerra imperialista,
no es fácil ser internacionalista de hecho. Estos elementos no abundan, pero sólo ellos representan el porvenir del
socialismo, sólo ellos son los jefes de las masas y no sus corruptores.
Era objetivamente forzoso
que la guerra imperialista hiciese cambiar de aspecto las diferencias
establecidas entre los reformistas y los revolucionarios en el seno de la
socialdemocracia y de los socialistas en general. Todo el que se contenta con
“exigir” de los gobiernos burgueses que concierten la paz o que “manifiesten la
voluntad de paz de los pueblos”, etc., se desliza en realidad al campo de las reformas. Porque, objetivamente considerado, el problema de la guerra sólo se plantea de modo revolucionario.
Para acabar con la guerra,
para conseguir una paz democrática y no una paz impuesta por la violencia, para
liberar a los pueblos del tributo esclavizador que suponen los intereses de
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del movimiento obrero en
Holanda y durante la guerra imperialista mundial de 1914-1918 sostuvieron en lo
fundamental posiciones internacionalistas.
En 1918, los tribunistas fundaron el Partido Comunista de
Holanda. "De Tribune"
("La Tribuna"): periódico fundado en 1907 por el ala izquierda del
Partido Obrero Socialdemócrata Holandés. A partir de 1909, después de la
expulsión de los izquierdistas del partido y de la organización por éstos del
Partido Socialdemócrata Holandés, el periódico pasó a ser órgano de este
partido; desde 1918 De Tribune era
órgano del Partido Comunista de Holanda. Se publicó con este título hasta 1940
148 148 Lenin llamaba partido
de los jóvenes o de los izquierdistas a la corriente izquierdista de la
socialdemocracia sueca. Durante la guerra imperialista mundial, los
"jóvenes" adoptaron una posición internacionalista y se adhirieron a
la izquierda de Zimmerwald. En mayo de 1917 fundaron el Partido Socialdemócrata
de Izquierda de Suecia. En el Congreso celebrado por este partido en 1919 se
acordó adherirse a la Internacional Comunista. En 1921, el ala revolucionaria
del partido fundó el Partido Comunista de Suecia
149 "Tesniakí" ("Los estrechos"): Partido Obrero
Socialdemócrata Búlgaro revolucionario fundado en 1903 después de la escisión
del Partido Socialdemócrata. En 1914-1918, los "tesniakí" lucharon
contra la guerra imperialista. En 1919 ingresaron en la Internacional Comunista
y formaron el Partido Comunista de Bulgaria, que más tarde adoptó el nombre de
Partido Obrero Búlgaro (de los comunistas).
150 Véase la nota 73
151 Dirección
Territorial y Dirección Central de la SDRP y L: organismos dirigentes de la
Socialdemocracia del Reino de Polonia y Lituania
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
miles de millones pagados a los señores capitalistas enriquecidos en la “guerra”,
no hay más salida que la revolución del proletariado.
Se puede y se debe exigir a
los gobiernos burgueses las más diversas reformas; lo que no se puede, sin caer
en el espejismo, en el reformismo, es pedir a estas gentes y a estas clases
envueltas una y mil veces en la red del capital imperialista que desgarren esa red; y si esa red no se
desgarra, cuanto pueda predicarse sobre la guerra contra la guerra no serán más
que frases vacuas y engañosas.
Los “kautskianos”, el
“centro”, son revolucionarios de palabra y reformistas de hecho;
internacionalistas de palabra, pero, de hecho, auxiliares del socialchovinismo.
Bancarrota
de la internacional zimmerwaldiana. Necesidad de fundar la tercera
internacional.
17. La Internacional zimmerwaldiana adoptó desde el primer momento
una actitud vacilante,
“kautskiana”, “centrista”,
lo que obligó a la izquierda de
Zimmerwald a separarse inmediatamente, a independizarse y lanzar un
manifiesto propio (manifiesto
publicado en Suiza en ruso, alemán y francés).
El principal defecto de la
Internacional zimmerwaldiana —causa de su bancarrota
(pues está ya en bancarrota, tanto en el terreno ideológico como en el
político)— son sus vacilaciones, su indecisión en el problema más importante de
todos y el que prácticamente condiciona
todos los demás: el problema de la completa ruptura con el socialchovinismo
y con la vieja Internacional
socialchovinista, acaudillada en La Haya (Holanda) por Vandervelde, Huysmans y
algunos más.
129
En nuestro país se ignora
todavía que la mayoría de Zimmerwald está formada precisamente por kautskianos. Y éste es un hecho fundamental, que
es necesario tener en cuenta y que ya
es generalmente conocido en los países de Europa Occidental. Hasta el
chovinista, el ultrachovinista alemán Heilmann, director de la archichovinista Gaceta de Chemnitz y colaborador de la
también archichovinista La Campana152 de
Parvus, hasta ese Heilmann (que es
también, naturalmente, “socialdemócrata” y celoso defensor de la “unidad” en el
seno de la socialdemocracia) hubo de reconocer en la prensa que el centro, o
sea, los “kautskianos”, y la mayoría
zimmerwaldiana son una y la misma cosa.
A fines de 1916 y a
principios de 1917 se confirmó definitivamente este hecho. Aunque en el
Manifiesto de Kienthal153 se condena el socialpacifismo, toda la
derecha zimmerwaldiana, toda la mayoría zimmerwaldiana, se ha deslizado al
campo socialpacifista: Kautsky y Cía. en una serie de manifestaciones hechas en
enero y febrero de 1917; Bourderon y Merrheim, en Francia, al votar en unanimidad con los socialchovinistas
a favor de las resoluciones pacifistas del Partido Socialista (diciembre de
1916)154 y de la Confederación General del
Trabajo (organización nacional de los sindicatos franceses, también en
diciembre de 1916); Turati y Cía., en Italia, donde todo el partido adoptó una
actitud socialpacifista, y el propio Turati (y no por casualidad, naturalmente),
cometió el “desliz”, en su discurso del 17 de
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152 Lenin se refiere al periódico Volksstimme ("La Voz del
Pueblo"). Véase la nota 77. "Die
Clocke" ("La Campana"): véase la nota 32
153 Véase la nota 57
154 Lenin dedicó el capítulo El pacifismo de los socialistas y
sindicalistas franceses en su trabajo Pacifismo
burgués y pacifismo socialista a la crítica de las resoluciones del Partido
Socialista Francés. Ambas resoluciones aplaudían al presidente de los EE.UU. Wilson que, haciendo de ángel de la paz,
había propuesto a todas las naciones "exponer públicamente sus puntos de
vista acerca de las condiciones en que podría terminarse la guerra", o
sea, había propuesto terminar la guerra imperialista con una paz imperialista
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
diciembre de 1016, al
pronunciar una retahíla de frases nacionalistas
que embellecían la guerra imperialista.
El presidente de las
conferencias de Zimmerwald y Kienthal, Roberto Grimm, estableció, en enero de
1917, una alianza con los socialchovinistas de su propio partido (Greulich, Pflüger, Gustavo Müller y otros)
contra los internacionalistas efectivos.
En dos reuniones de zimmerwaldianos de distintos países,
celebradas en enero y febrero de 1917, esa ambigüedad e hipocresía de la
mayoría zimmerwaldiana fue estigmatizada formalmente por los internacionalistas
de izquierda de varios países: por Münzenberg, secretario de la Organización Internacional
de la Juventud y director del magnífico periódico internacionalista titulado La Internacional de la Juventud155.
Zinóviev, representante del Comité Central de nuestro partido; K. Rádek, por el
Partido Socialdemócrata Polaco (“Dirección Territorial”), y Hartstein,
socialdemócrata alemán, afiliado al Grupo Espartaco.
Al proletariado ruso le ha
sido dado mucho; en parte alguna del mundo ha habido una clase obrera que haya
conseguido desplegar una energía revolucionaria comparable a la que despliega
la clase obrera de Rusia. Pero a quien mucho se le ha dado, mucho se le exige.
No puede tolerarse por más
tiempo la charca zimmerwaldiana. No podemos permitir que por culpa de los
“kautskianos” de Zimmerwald sigamos aliados a medias con la Internacional
chovinista de los Plejánov y los Scheidemann. Hay que romper inmediatamente con
esta Internacional, permaneciendo en Zimmerwald sólo con fines de información.
Estamos obligados, nosotros
precisamente, y ahora mismo, sin pérdida de tiempo, a fundar una nueva
Internacional revolucionaria, proletaria; mejor dicho, debemos reconocer sin
temor, abiertamente, que esa Internacional ya
ha sido fundada y actúa.
Esa Internacional es la que
forman los “internacionalistas de hecho” que he enumerado minuciosamente más
arriba. Ellos y sólo ellos, son los representantes de las masas revolucionarias
internacionalistas y no sus corruptores.
Si son pocos esos socialistas, que los obreros rusos
se pregunten si había en Rusia muchos revolucionarios conscientes en vísperas de la revolución de
febrero-marzo de 1917.
Lo importante no es el
número, sino que expresen de un modo justo las ideas y la política del
proletariado verdaderamente revolucionario. Lo esencial no es que “proclamen”
el internacionalismo, sino que sepan ser, incluso en los momentos más
difíciles, internacionalistas de hecho.
No nos hagamos ninguna
ilusión en cuanto a los acuerdos y los congresos internacionales. Mientras dure
la guerra imperialista, pesará sobre las relaciones internacionales el puño
férreo de la dictadura militar imperialista burguesa. Si hasta el “republicano”
Miliukov, que se ve obligado a tolerar junto al suyo al gobierno del Soviet de
diputados obreros, deniega en abril
de 1917 el permiso paraentrar en Rusia al socialista suizo Fritz Platten, secretario del partido, internacionalista y delegado
a las conferencias de Zimmenwald y Kienthal —y se lo deniega a pesar de estar
casado con una rusa, cuya familia venia a visitar, y a pesar de haber tomado
parte en Riga en la revolución de 1905, viéndose por ello recluido en una
cárcel rusa y habiendo tenido que entregar una fianza al gobierno zarista para
conseguir su libertad, fianza que ahora pretendía recuperar-; si hasta el
“republicano” Miliukov ha podido hacer
eso en Rusia en abril de 1917, júzguese qué valor tendrán las promesas y
seguridades, todas esas frases y declaraciones de la burguesía acerca de la paz
sin anexiones, etc., etc.
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155 Véase la nota 55
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
¿Y la detención de Trotski por el gobierno inglés?
¿Y la retención de Mártov en
Suiza y las esperanzas de atraerle con engaños a Inglaterra, donde le espera la
suerte de Trotski?
No nos hagamos ilusiones. Nada de engañarnos a nosotros mismos.
“Esperar” congresos y
conferencias internacionales sería traicionar
al internacionalismo, estando probado, como lo está, que incluso de Estocolmo
no dejan salir para Rusia a ningún socialista de cuantos se han mantenido
fieles al internacionalismo, ni siquiera
sus cartas, a pesar de todas las posibilidades y de toda la ferocidad de la
censura militar.
130
No “esperar”, sino proceder
inmediatamente a fundar la III Internacional: tal es la misión de nuestro
partido. Cientos de socialistas, recluidos en cárceles alemanas e inglesas,
respirarán con alivio; miles y miles de obreros alemanes que hoy se lanzan a la
huelga y organizan manifestaciones con gran horror de Guillermo II, ese canalla
y bandolero, se enterarán por las proclamas clandestinas
de nuestra decisión, de nuestra confianza fraternal en Carlos Liebknecht y sólo
en él, de nuestra resolución de luchar
también ahora contra el “defensismo revolucionario”. Y esto reforzará en ellos
el espíritu del internacionalismo revolucionario.
A quien mucho se le ha dado,
mucho se le exige. No hay en el mundo país en que reine, actualmente, la libertad que reina en Rusia. Aprovechemos esta
libertad no para predicar el apoyo a
la burguesía o al “defensismo revolucionario” burgués, sino para dar un paso
valiente y honrado, proletario, digno de Liebknecht, fundando la III Internacional, una Internacional que se alce
resueltamente y de un modo irreconciliable, no sólo contra los traidores,
contra los socialchovinistas, sino también contra los personajes vacilantes del
“centro”.
18.
Después
de lo que antecede, creo innecesario gastar muchas palabras para demostrar que
no puede ni hablarse de una unificación de los socialdemócratas de Rusia.
Antes quedarnos solos, como
Liebknecht —y quedarse solos así
significa quedarse con el proletariado revolucionario— , que abrigar,
aunque sólo sea un minuto, la idea de una unión con el partido del Comité de Organización, con Chjeídze y
Tsereteli, los cuales toleran un bloque con Potrésov en la Rabóchaya Gazeta, votan en el Comité Ejecutivo del Soviet de
diputados obreros a favor del empréstito156 y
han rodado al terreno del “defensismo”.
¡Dejad que los muertos
entierren a sus muertos! Quien quiera ayudar
a los vacilantes, debe comenzar por dejar de serlo él mismo.
¿Cómo
debe denominarse nuestro partido para que su nombre, además de ser
científicamente exacto, contribuya políticamente a esclarecer la conciencia del
proletariado?
19.
Paso
al punto final: al nombre que debe ostentar nuestro partido. Debemos llamarnos Partido Comunista, como se llamaban Marx
y Engels.
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156 El 7 (20) de abril de 1917, por mayoría
de 21 votos contra 14, el Comité Ejecutivo del Soviet de Petrogrado tomó la
decisión de apoyar activamente el "Empréstito de la libertad",
emitido por el Gobierno Provisional para financiar la continuación de la guerra
imperialista. Los miembros bolcheviques del Comité Ejecutivo se opusieron al
empréstito y presentaron una resolución en la que argumentaban detalladamente
su posición.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
Debemos repetir que somos
marxistas y que nos basamos en el Manifiesto
Comunista, desfigurado y traicionado por la socialdemocracia en dos puntos
sustanciales: 1. Los obreros no tienen patria: la “defensa de la patria” en la
guerra imperialista es una traición al socialismo. 2. La teoría marxista del
Estado ha sido desnaturalizada por la II Internacional.
El nombre de
“socialdemocracia” es científicamente
inexacto, como demostró Marx reiteradas veces, entre otras obras, en Crítica del Programa de Gotha en 1875, y
como repitió Engels, en un lenguaje más popular, en 1894.157 La humanidad sólo puede pasar del capitalismo directamente al
socialismo, es decir, a la propiedad común de los medios de producción y a la
distribución de los productos según el trabajo de cada cual. Nuestro partido va
más allá: afirma que el socialismo deberá transformarse inevitablemente y de
modo gradual en comunismo, en cuya bandera campea este lema: “De cada cual,
según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades”.
He ahí mi primer
argumento.
Segundo argumento: la segunda parte de la denominación de nuestro partido (socialdemócrata) tampoco es exacta desde
el punto de vista científico. La democracia es una de las formas del Estado, y nosotros, los marxistas, somos
enemigos de todo Estado.
Los líderes de la II
Internacional (1889-1914), los señores Plejánov, Kautsky y consortes han
envilecido y desnaturalizado el marxismo.
El marxismo se distingue del
anarquismo en que reconoce la necesidad
del Estado para el paso al socialismo, pero —y esto lo distingue de Kautsky
y Cía.— no de un Estado al modo de la
república democrática parlamentaria burguesa corriente, sino de un Estado como
la Comuna de París de 1871, como los Soviets de diputados obreros de 1905 y
1917.
Mi tercer argumento es éste: la realidad,
la revolución, ha creado ya prácticamente
en nuestro país, aunque en forma débil y embrionaria, ese nuevo “Estado”, que
no es un Estado en el sentido estricto de la palabra.
Esto es ya un problema práctico de las masas y no sólo una
teoría de los líderes.
El Estado, en el sentido
estricto de la palabra, es un poder de mando sobre las masas ejercido por
destacamentos de hombres armados separados del pueblo.
Nuestro nuevo Estado naciente es también un Estado, pues
necesitamos de destacamentos de hombres armados, necesitamos del orden más severo, necesitamos recurrir a la
violencia para reprimir despiadadamente
todos los intentos de la contrarrevolución, ya sea zarista o burguesa, a la
manera de Guchkov.
Pero nuestro nuevo Estado naciente no es ya un Estado en el
sentido estricto de la palabra, pues en muchas regiones de Rusia los
destacamentos armados están integrados por la
propia masa, por todo el pueblo, y no por alguien entronizado sobre él,
aislado de él, dotado de privilegios
y prácticamente inamovible.
131
Hay que mirar hacia adelante
y no hacia atrás, no hacia la democracia de tipo burgués habitual, queafianzaba
la dominación de la burguesía con ayuda de los viejos, monárquicos, órganos de administración, policía, ejército y
burocracia.
Hay que mirar hacia
adelante, hacia la nueva democracia naciente, que va dejando ya de ser una
democracia, pues democracia significa dominación del pueblo, y el propio pueblo
armado no puede dominar sobre sí mismo.
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157 Véase C. Marx. Crítica del Programa de Gotha; F. Engels. Prefacio a la recopilación "Internationales aus dem Volksstaat
(1871-1875)".
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
La palabra “democracia”,
aplicada al Partido Comunista, no es sólo científicamente inexacta. Después de
marzo de 1917, es una anteojera
puesta al pueblo revolucionario que le impide
emprender con libertad, intrepidez y sin previa autorización la edificación de
lo nuevo: los Soviets de diputados obreros, campesinos, etc., etc., como único poder dentro del “Estado”, como
precursor de la “extinción” de todo
Estado.
Mi cuarto argumento consiste en que hay que tener en cuenta la
situación objetiva del socialismo en el mundo entero.
Esta situación no es ya la
misma que en la época de 1871 a 1914 en la que Marx y Engel se resignaron a
admitir conscientemente el término inexacto y oportunista de
“socialdemocracia”. Porque entonces,
después de derrotada la Comuna de París, la historia había puesto a la orden
del día una labor lenta de organización y educación. No había otra. Los
anarquistas no sólo no tenían ninguna razón teóricamente (y siguen sin
tenerla), sino tampoco desde el punto de vista económico y político. Apreciaban
erróneamente el momento, sin comprender la situación internacional: el obrero
inglés corrompido por las ganancias imperialistas, la Comuna de París
aplastada, el movimiento nacional— burgués que acababa de triunfar (1871) en
Alemania, la Rusia semifeudal sumida en un letargo secular.
Marx y Engels tuvieron en
cuenta certeramente el momento, comprendieron la situación internacional y las
tareas de la aproximación lenta hacia
el comienzo de la revolución social.
Sepamos también nosotros
comprender las tareas y peculiaridades de la nueva época. No imitemos a
aquellos malhadados marxistas de quienes decía Marx: “He sembrado dragones y he
cosechado pulgas”158.
La necesidad objetiva del
capitalismo, que al crecer se ha convertido en imperialismo, ha engendrado la
guerra imperialista. Esta guerra ha llevado a toda la humanidad al borde del abismo, de la ruina de toda la
cultura, al embrutecimiento y a la muerte de millones, de un sinnúmero de millones de hombres.
No hay más salida que la revolución del proletariado.
Y en un momento así, en que
esta revolución comienza, en que da sus primeros pasos, tímidos, inseguros,
inconscientes, demasiado confiados en la burguesía; en un momento así, la
mayoría (y esto es verdad, es un hecho) de los líderes “socialdemócratas”, de
los parlamentarios “socialdemócratas”, de los periódicos “socialdemócratas” —y
son precisamente órganos de
influencia sobre las masas—, traiciona
al socialismo, vende al socialismo y
deserta al campo de “su” burguesía nacional.
Esos líderes han confundido a las masas, las han desorientado y
engañado.
¡Y se pretende que nosotros
fomentemos ahora ese engaño, que lo facilitemos, aferrándonos a esa vieja y
caduca denominación, tan podrida ya como la II Internacional!
No importa que “muchos”
obreros interpreten honradamente el
nombre de socialdemocracia. Pero es hora ya de aprender a distinguir lo
subjetivo de lo objetivo.
Subjetivamente, esos obreros
socialdemócratas son guías fidelísimos de las masas proletarias.
Pero la situación objetiva
internacional es tal que la vieja denominación de nuestro partido facilita el engaño de las masas, frena el avance, pues a cada paso, en
cada periódico, en cada grupo
parlamentario, la masa ve a los líderes,
es decir, a hombres cuyas palabras tienen más resonancia y cuyos hechos se ven
desde más lejos, y observa que todos ellos
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158 Esta expresión, según Marx y Engels,
pertenece a R. Heine y la citaron por primera vez en la obra La ideología alemana (t. II, cap. IV, 4.
La escuela de los sansimonianos).
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
son “también
-socialdemócratas”, que todos ellos abogan “por la unidad” con los tra idores
al socialismo, con los socialchovinistas, que todos ellos presentan al cobro
las viejas letras firmadas por la “socialdemocracia”...
¿Cuáles son los argumentos en contra? “...Se nos confundirá con
los anarcocomunistas…”
¿Y por qué no tememos que se
nos confunda con los social-nacionales y social-liberales, con los radicales
socialistas, con ese partido burgués, el más avanzado y más hábil en el engaño
burgués de las masas en la República Francesa? “...Las masas se han habituado,
los obreros “se han encariñado” con su Partido Socialdemócrata...”
Es el único argumento que se
invoca; pero es un argumento que rechaza la ciencia marxista, las tareas de
mañana en la revolución, la situación objetiva del socialismo mundial, la
bancarrota ignominiosa de la II Internacional y el perjuicio que causan a la
labor práctica los enjambres de elementos, “también— socialdemócratas”, que
rondan en torno al proletariado.
Es un argumento de rutina, de aletargamiento, de inercia.
Pero nosotros queremos
transformar el mundo. Queremos poner término a la guerra imperialista mundial,
en la que se ven envueltos centenares de millones de hombres, en la que están
mezclados los intereses de muchos cientos de miles de millones de capital y a
la que no se podrá poner fin con una paz verdaderamente democrática sin la más
grandiosa revolución proletaria que haya conocido la historia de la humanidad.
132
Tenemos miedo de nosotros mismos. No nos
decidimos a quitarnos la camisa sucia a que estamos “habituados” y a la que
hemos tomado “apego”...
Mas ha llegado la hora de quitarse la camisa sucia, ha llegado
la hora de ponerse ropa limpia.
Petrogrado, 10 de
abril de 1917.
Epilogo.
Mi folleto ha envejecido a
consecuencia del desbarajuste económico y de la incapacidad de las imprentas de
San Petersburgo. Fue escrito el 10 de abril de 1917, hoy estamos ya a 28 de
mayo, ¡y aún no ha salido!
Escribí este folleto como proyecto de plataforma para propagar mis
puntos de vista antes de la
Conferencia de toda Rusia de nuestro partido, el Partido Obrero Socialdemócrata
(bolchevique) de Rusia. Copiado a máquina y distribuido en varios ejemplares
entre los afiliados al partido antes de la conferencia y durante ella, el
folleto ha cumplido, pese a todo, una parte de su cometido. Pero ahora, la
conferencia se ha celebrado ya159 —del
24 al 29 de abril de 1917—, sus resoluciones han sido publicadas hace tiempo
(véase el anexo al núm. 13 de Soldátskaya
Pravda160), y el lector atento notará con
facilidad que mi folleto es, en muchos casos, el anteproyecto de estas
resoluciones.
Réstame expresar la
esperanza de que, a pesar de todo, el folleto reportará algún beneficio en
relación con estas resoluciones, con su explicación y después detenerme en dos
puntos.
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159 Se tiene en cuenta la VII Conferencia
(de Abril) de toda Rusia del POSD(b)R, celebrada del 24 al 29 de abril (7-12 de
mayo) de 1917 en Petrogrado
160 Soldátskaya
Pravda ("La
Verdad del Soldado"): diario bolchevique que se publicó desde abril de
1917 hasta marzo de 1918, primero como portavoz de la Organización militar
aneja al comité petersburgués del POSD(b)R y luego como portavoz de la
Organización militar aneja al CC del POSD(b)R.
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
En la página 27 propongo que
continuemos en Zimmerwald sólo con fines de información*. La conferencia no ha
estado de acuerdo conmigo en este punto y he tenido que votar contra la
resolución sobre la Internacional. Ya ahora se ve claramente que la conferencia
ha cometido un error y que el curso de los acontecimientos lo enmendará
rápidamente. Continuando en Zimmerwald, participamos (aunque sea contra nuestra
voluntad) en el aplazamiento de la creación de la III Internacional; frenamos
indirectamente su constitución, trabados por el peso muerto de la Internacional
de Zimmerwald, muerta ya en el aspecto ideológico y político.
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
La situación de nuestro
partido ante todos los partidos obreros del mundo entero es hoy tal que tenemos el deber de fundar
inmediatamente la III Internacional. Fuera de nosotros, nadie podrá hacerlo ahora y las dilaciones son
perjudiciales. Continuando en Zimmerwald sólo con fines de información,
habríamos tenido en el acto las manos libres para fundar la nueva Internacional
(pudiendo, al mismo tiempo, utilizar
Zimmerwald, si las circunstancias lo hicieran posible).
![]()
Ahora, en cambio, a causa
del error cometido por la conferencia, nos vemos obligados a esperar
pasivamente hasta el 5 de julio de 1917, por lo menos (fecha de la convocatoria
de la Conferencia de Zimmerwald, ¡eso si no la aplazan de nuevo!, pues ya lo ha sido una vez...)161.
Pero el acuerdo adoptado unánimemente por el Comité Central de
nuestro partido después de la conferencia y publicado en el núm. 55 de Pravda, correspondiente al 12 de mayo,
ha corregido a medias el error, al decidir que nos iremos de la Internacional
de Zimmerwald si ésta va a conferenciar con los ministros. Me permito expresar
la esperanza de que la otra mitad del error será subsanada en cuanto
convoquemos la primera conferencia internacional de “los de izquierda” (la
“tercera corriente”, los “internacionalistas de hecho”; véase más arriba, págs.
23-25)*.
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
El segundo punto en que debo
detenerme es la formación del “ministerio de coalición” el 6 de mayo de 1917.162 Parece que el folleto
ha envejecido sobre todo en este punto.
En realidad, precisamente en
este punto no ha envejecido en absoluto. El folleto lo basa todo en el análisis de clase, que tornen como al fuego los mencheviques y los
populistas, los cuales han dado seis ministros en rehenes a los diez ministros
capitalistas. Precisamente porque mi folleto lo basa todo en el análisis de
clase, no ha envejecido, pues la entrada de Tsereteli,
![]()
161 La Comisión Socialista Internacional
proyectaba convocar la III Conferencia de
Zimmerwald para el 31 de mayo de 1917, pero luego fue postergada varias
veces para otras fechas. Lenin consideraba que los bolcheviques debían romper
con la unión de Zimmerwald, en la que los centristas habían puesto rumbo a la
entrega de todas las posiciones al socialchovinismo, y emprender inmediatamente
la organización de la III Internacional. Admitía la participación en la III
Conferencia de Zimmerwald solamente a título informativo.
La conferencia se celebró del 5 al 12 de septiembre de 1917
162 El Gobierno Provisional de coalición se
formó a consecuencia de la crisis provocada por la nota del ministro de
Negocios Extranjeros P. Miliukov a los gobiernos aliados, del 18 de abril (1 de
mayo) de 1917, en la que se confirmaba que el Gobierno Provisional observaría
todos los tratados concluidos por el gobierno zarista con las potencias
imperialistas aliadas: Inglaterra y Francia. Ante las manifestaciones de
protesta que surgieron espontáneamente y que se convirtieron el 20 y 21 de
abril (3 y 4 de mayo) en un poderoso movimiento de los obreros y soldados, el
Gobierno Provisional, queriendo dar la impresión de que imprimía un viraje a su
política, destituyó al ministro de Negocios Extranjeros P. Miliukov y al
ministro de la Guerra A. Guchkov y pidió al Soviet de Petrogrado su
consentimiento para formar un gobierno de coalición.
El Comité Ejecutivo, a pesar
de la decisión del 1 (14) de marzo sobre la no participación de representantes
del Soviet en el Gobierno Provisional, en una reunión extraordinaria, celebrada
por la tarde y la noche del 1 (14) de mayo, aceptó la propuesta del Gobierno
Provisional. Después de las conversaciones, el 5 (18) de mayo se llegó a un
acuerdo sobre la distribución de carteras en el nuevo gobierno al que debían
incorporarse cinco ministros socialistas: A. Kerenski, ministro de la Guerra y
de Marina; M. Skóbeliev, ministro de Trabajo; V. Chernov, ministro de
Agricultura; A. Peshejónov, ministro de Abastos, e I. Tsereteli, ministro de
Correos y Telégrafos
Las tareas del proletariado en nuestra revolución
Chernov y Cía. en el
ministerio sólo ha modificado, en grado insignificante,
la forma del acuerdo del Soviet de
Petrogrado con el gobierno de los capitalistas, y yo subrayé intencionadamente
en la página 8 del folleto que “no me refiero tanto al acuerdo formal como al
apoyo efectivo”**.
** Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
Cada día está más claro que
Tsereteli, Chernov y Cía. son meros rehenes de los capitalistas y que el
gobierno “renovado” no quiere ni puede cumplir absolutam ente ninguna de sus
pomposas promesas ni en la política exterior ni en la interior. Chernov, Tsereteli
y Cía. se han suicidado políticamente, han resultado ser ayudantes de los
capitalistas, que en la práctica estrangulan la revolución. Kerenski ha llegado al extremo de emplear la
violencia contra las masas (cfr. la página 9 del folleto: “por el momento,
Guchkov sólo amenaza con emplear la violencia contra las masas”***, mientras
que Kerenski ha tenido que cumplir estas amenazas...)163 Chernov, Tsereteli y Cía. se han suicidado políticamente y han
dado muerte política a sus partidos, el menchevique y el
socialista-revolucionario. El pueblo verá todo eso con mayor claridad cada día.
*** Véase el presente volumen. (N. de la Edit.)
133
El ministerio de coalición
no es más que un momento de transición en el desarrollo de las fundamentales
contradicciones de clase de nuestra revolución, brevemente analizadas en mi
folleto. Las cosas no pueden seguir así mucho tiempo. O hacia atrás, hacia la
contrarrevolución en toda la línea, o hacia adelante, hacia el paso del poder a
manos de otras clases. En tiempos de revolución, en plena guerra imperialista
mundial, es imposible permanecer inmóvil.
N. Lenin
San Petersburgo, 28 de mayo de 1917.
Escrito el 10 (23) de
abril de 1917. El epílogo fue escrito el 28 de mayo (10 de junio) de 1917.
Publicado en
septiembre de 1917 en un folleto, en Petrogrado, por la Editorial “Pribói”.
T. 31, págs. 149-186.
![]()
163 Lenin se refiere a la orden del ministro
de la Guerra A. Kerenski, publicada el 11 (24) de mayo de 1917, que contenía la
Declaración de los derechos del soldado.
Un punto de esta Declaración autorizaba al jefe, en condiciones de campaña, a
hacer uso de la fuerza militar contra los subordinados que no cumplieran las
órdenes. Este punto iba dirigido contra los soldados y oficiales que se negaban
a participar en la ofensiva. Al mismo tiempo que publicaba esta orden, Kerenski
emprendió la disolución de los regimientos y la entrega a los tribunales de los
oficiales y soldados "instigadores del desacato" a los jefes
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
134
LOS
PARTIDOS POLÍTICOS EN RUSIA Y LAS TAREAS DEL PROLETARIADO.
Prefacio a la segunda
edición.
Este folleto fue escrito a
comienzos de abril de 1917, antes de que se formara el ministerio de coalición.
Desde entonces ha llovido mucho, pero las peculiaridades fundamentales de los
partidos
políticos principales se han
manifestado y confirmado en el transcurso de todas las etapas posteriores de la
revolución: durante el “ministerio de coalición” formado el 6 de mayo de 1917,
durante la unión de los mencheviques y eseristas en junio (y julio) de 1917
contra los bolcheviques, durante la sublevación de Kornílov164, durante la Revolución de Octubre de 1917 y después de ella.
La justedad de la presente
caracterización de los partidos principales y de sus bases clasistas ha sido confirmada por todo el desarrollo de la
revolución rusa. Ahora, el crecimiento de la revolución en Europa Occidental
muestra que, también allí, la correlación fundamental de los partidos
principales es la misma. El papel de los mencheviques y eseristas lo desempeñan
los socialchovinistas de todos los países (socialistas de palabra y chovinistas
de hecho), así como los kautskianos en Alemania, los longuetistas en Francia,
etc.
N. Lenin
Moscú, 22 de octubre de 1918.
Publicado en 1918, en el folleto: N. Lenin. “Los partidos
políticos en Rusia y las tareas del proletariado”, Moscú, Edil. “Kommunist”.
Cuanto decimos a
continuación es un intento de formular las preguntas y respuestas, primero más
esenciales y después menos esenciales, que caracterizan la actual situación
política de Rusia y su valoración por los distintos partidos
PREGUNTAS:
1)
¿Cuáles son los grupos principales de los partidos políticos en
Rusia?
RESPUESTAS:
A (más derechistas que los
d-c.). Partidos y grupos más derechistas que los
demócratas-constitucionalistas.
![]()
164 Sublevación
de Komílov: complot
contrarrevolucionario de la burguesía y los latifundistas en agosto de 1917,
encabezado por el general zarista Kornílov, jefe supremo del ejército.
Los conspiradores se proponían
apoderarse de Petrogrado, destrozar el Partido Bolchevique, disolver los
Soviets, implantar una dictadura militar en el país y preparar la restauración
de la monarquía.
La sublevación comenzó el 25 de agosto
(7 de septiembre). Kornílov lanzó sobre Petrogrado el 3er Cuerpo de Caballería.
En el mismo Petrogrado se disponían a actuar las organizaciones
contrarrevolucionarias kornilovianas. Los obreros y campesinos, dirigidos por
el Partido Bolchevique, sofocaron la sublevación de Kornílov. Presionado por
las masas, el Gobierno Provisional se vio obligado a ordenar la detención de
Kornílov y de sus cómplices y entregarlos a los tribunales.
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
B
(d-c). Partido Demócrata Constitucionalista (demócratas-constitucionalistas,
Partido de la Libertad del Pueblo) y grupos afines a él.
C (s-d y s-r). Socialdemócratas, socialistas-revolucionarios y
grupos afines a ellos.
D
(“bolcheviques”). Partido que debería denominarse Partido Comunista y que hoy
se llama “Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia unificado por el Comité
Central” y, en lenguaje popular, “bolcheviques”.
2) ¿A qué clase
representan estos partidos? ¿Cuál es la clase cuyo punto de vista expresan?
A
(más derechistas que los d-c). A los terratenientes feudales y a los sectores
más atrasados de la burguesía (de los capitalistas).
B
(d-c). A toda la burguesía, es decir, a la clase de los capitalistas, y a los
terratenientes aburguesados, o sea, a los que se han convertido en
capitalistas.
C
(s-d y s-r). A los pequeños propietarios, a los campesinos pequeños y medios, a
la pequeña burguesía y a la parte de los obreros influenciados por la
burguesía.
D
(“bolcheviques”). A los proletarios conscientes, a los obreros asalariados y a
la parte, afín a ellos, de los campesinos pobres (semiproletarios).
3) ¿Cuál es su
actitud ante el socialismo?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). Absolutamente hostil, pues el
socialismo pone en peligro las ganancias de los capitalistas y de los
terratenientes.
C
(s-d y s-r). A favor del socialismo, pero consideran que es pronto para pensar
en él y para dar inmediatamente pasos prácticos hacia su realización.
D
(“bolcheviques”). A favor del socialismo. Es necesario que los Soviets de
diputados obreros, etc., den inmediatamente los pasos prácticos posibles hacia
la realización del socialismo*.
* En lo que respecta a cuáles deben ser estos pasos, véase las
preguntas 20 y 22.
4) ¿Qué régimen
político quieren en la actualidad?
A
(más derechistas que los d-c). La monarquía constitucional, el poder omnímodo
de los funcionarios y la policía.
B
(d-c). La república parlamentaria burguesa, es decir, el afianzamiento de la
dominación de los capitalistas conservando la vieja burocracia y la policía.
C
(s-d y s-r). La república parlamentaria burguesa, con reformas para los obreros
y los campesinos.
135
D
(“bolcheviques”). La República de los Soviets de diputados obreros, soldados,
campesinos, etc. La disolución del ejército permanente y de la policía y su
sustitución con el armamento general del pueblo; no sólo elegibilidad, sino
también amovilidad de los funcionarios, cuyo sueldo no deberá ser superior al
salario de un obrero calificado.
5) ¿Cuál es su
actitud ante la restauración de la monarquía de los Románov?
A
(más derechistas que los d-c). A favor, pero actúan en secreto y cautelosamente
por temor al pueblo.
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
B
(d-c). Cuando los Guchkov parecían una fuerza, los
demócratas-constitucionalistas eran partidarios de sentar en el trono al
hermano o al hijo de Nicolás; pero cuando el pueblo empezó a parecer una
fuerza, los demócratas-constitucionalistas se manifestaron en contra.
C
(s-d y s-r), D (“bolcheviques”). Absolutamente en contra de toda restauración
de la monarquía.
6) ¿Qué opinan de la
toma del poder? ¿A qué denominan orden y a qué anarquía?
A
(más derechistas que los d-c). Si el zar o un bizarro general toma el poder,
eso es la voluntad de Dios, es el orden. Lo demás, la anarquía.
B
(d-c). Si los capitalistas toman el poder, aunque sea por la violencia, eso es
el orden. Tomar el poder contra los capitalistas sería la anarquía.
C
(s-d y s-r). Si los Soviets de diputados obreros, soldados, etc., toman solos
todo el poder, eso amenazará con la anarquía. Que los capitalistas tengan por
ahora el poder, y los Soviets de diputados obreros y soldados, una “Comisión de
Enlace”165
D
(“bolcheviques”). Todo el poder debe pertenecer únicamente a los Soviets de
diputados obreros, soldados, campesinos, braceros, etc. Hay que orientar
inmediatamente a este fin toda la propaganda, la agitación y la organización de
millones y millones de personas*.
* Se denomina anarquía a la negación de
todo poder político, pero los Soviets de diputados obreros y soldados son también un poder político.
7) ¿Hay que apoyar al
Gobierno Provisional?
A
(más derechistas que los d-c), B (d -c). Hay que apoyarlo, indudablemente, pues
en el momento actual es el único posible para proteger los intereses de los
capitalistas.
C
(s-d y s-r). Hay que apoyarlo, pero a condición de que cumpla el acuerdo con el
Soviet de diputados obreros y soldados y frecuente la “Comisión de Enlace”.
D
(“bolcheviques”). No hay que apoyarlo; que lo apoyen los capitalistas. Tenemos
que preparar a todo el pueblo para el poder omnímodo y único de los Soviets de
diputados obreros, soldados, etc.
8) ¿Por el poder
único o por la dualidad de poderes?
A (más derechistas que los d-c), B (d-c). Por el poder único de
los capitalistas y terratenientes.
C
(s-d y s-r). Por la dualidad de poderes: “control” de los Soviets de diputados
obreros y soldados sobre el Gobierno Provisional. — Es nocivo pensar si el
control es eficaz sin el poder.
D
(“bolcheviques”). Por el poder único de los Soviets de diputados obreros,
soldados, campesinos, etc., de abajo arriba, en todo el país.
9) ¿Hay que convocar
la Asamblea Constituyente?
![]()
165 Véase la nota 100
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
A
(más derechistas que los d-c). No hay que convocarla, pues puede perjudicar a
los terratenientes. No quiera Dios que los campesinos decidan en la Asamblea
Constituyente que deben confiscarse todas las tierras a los terratenientes
B
(d-c). Hay que convocarla, pero sin señalar el plazo. Discutir la cuestión el
mayor tiempo posible con los profesores juristas, pues, primero, ya Bebel dijo
que los juristas son la gente más reaccionaria del mundo; y, segundo, la
experiencia de todas las revoluciones enseña que la causa de la libertad del
pueblo fracasa cuando se la confía a los profesores.
C
(s-d y s-r). Hay que convocarla, y con la mayor rapidez. Es preciso fijar un
plazo; hemos hablado ya de ello 200 veces en la “Comisión de Enlace” y mañana
lo repetiremos por 201 vez definitivamente.
D
(“bolcheviques”). Hay que convocarla, y con la mayor rapidez. Pero sólo hay una
garantía de su éxito y de su con vocación: aumentar el número de Soviets de
diputados obreros, soldados, campesinos, etc., y acrecentar su fuerza; la
organización y el armamento de las
masas obreras es la única garantía.
10) ¿Necesita el
Estado la policía de tipo corriente y el ejército permanente?
A
(más derechistas que los d -c), B (d-c). Los necesitamos y son imprescindibles
en absoluto, pues constituyen la única garantía firme de la dominación de los
capitalistas y en caso de apuro, como enseña la experiencia de todos los
países, facilitan la transición inversa de la república a la monarquía.
C
(s-d y s-r). De una parte, quizá, no los necesitamos. De otra parte, ¿no serán
prematuros los cambios radicales? Por lo demás, hablaremos en la “Comisión de
Enlace”.
D
(“bolcheviques”). Indudablemente, no los necesitamos. Hay que llevar a cabo sin
demora y de manera obligatoria en todas partes el armamento general del pueblo
y su fusión con la milicia y el ejército: los capitalistas deben pagar a los
obreros los días de servicio en la milicia.
11) ¿Necesita el
Estado unos funcionarios de tipo corriente?
A
(más derechistas que lo d-c), B (d-c). Indudablemente, sí. Son en sus nueve
décimas partes hijos y hermanos de los terratenientes y los capitalistas. Deben
seguir siendo un grupo de personas privilegiadas y, de hecho, inamovibles.
C
(s-d y s-r). Es poco probable que sea oportuno plantear de golpe una cuestión
que fue planteada prácticamente por la Comuna de París.
D
(“bolcheviques”). No los necesita en absoluto. Son precisas no sólo la
elegibilidad, sino también la amovilidad en cualquier momento de todos los
funcionarios y de todos y cada uno de los diputados. Su sueldo no debe ser
mayor que el salario de un obrero calificado. Hay que sustituirlos
(paulatinamente) con la milicia de todo el pueblo y sus destacamentos.
12) ¿Es necesario que
los oficiales sean elegidos por los soldados?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). No. Eso es perjudicial pata los
terratenientes y los capitalistas. Si es imposible dominar de otro modo a los
soldados, hay que prometerles temporalmente esta reforma y después despojarles
de ella con la mayor rapidez.
C (s-d y s-r). Es
necesario.
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
D
(“bolcheviques”). No sólo hay que elegirlos, sino que cada paso de los
oficiales y los generales debe ser controlado por delegados especiales de los
soldados.
13) ¿Es útil la
destitución de los jefes por los soldados?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). Es absolutamente perjudicial. Guchkov
lo ha prohibido ya. Ha amenazado ya con la violencia. Hay que apoyar a Guchkov.
C
(s-d y s-r). Es útil, pero no está claro todavía si hay que destituir primero y
plantearlo después en la “Comisión de Enlace”, o viceversa.
D
(“bolcheviques”). Es útil y necesario en todos los aspectos. Los soldados
obedecen únicamente a los mandos elegibles, respetan
sólo a ellos.
14) ¿En pro o en
contra de la guerra actual?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). Absolutamente en pro, pues proporciona
ganancias inusitadas a los capitalistas y promete afianzar su dominación
gracias a la desunión de los obreros y al azuzamiento de unos contra otros.
Embaucaremos a los obreros, calificando la guerra de defensiva y tendente nada
más que a derrocar a Guillermo.
C
(s-d y s-r). Somos enemigos, en general, de la guerra imperialista; pero
estamos dispuestos a dejarnos engañar y denominar “defensismo revolucionario”
al apoyo a la guerra imperialista que sostiene el gobierno imperialista de
Guchkov— Miliukov y Cía.
D
(“bolcheviques”). Absolutamente en contra de la guerra imperialista en general;
en contra de todos los gobiernos
burgueses que la sostienen; en contra también de nuestro Gobierno Provisional;
absolutamente en contra del “defensismo revolucionario” en Rusia.
15) ¿En
pro o en contra de los tratados internacionales expoliadores (sobre la
estrangulación de Persia, el reparto de China, Turquía, Austria, etc.) firmados
por el zar con Inglaterra, Francia, etc.?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). Completa y absolutamente en pro. Además, no se pueden publicar
los tratados porque el capital imperialista anglo-francés y sus gobiernos no lo
permitirán y, también, porque el capital ruso no puede descubrir a todo el
mundo sus sucios manejos.
C
(s-d y s-r) . En contra, pero tenemos aún la esperanza de que se pueda
“influir” en el gobierno de los capitalistas a través de la “Comisión de
Enlace” y de una serie de “campañas” entre las masas.
D
(“bolcheviques”). En contra. Toda la tarea consiste en explicar a las masas que
no se puede esperar absolutamente nada de los gobiernos capitalistas en este
sentido y que es preciso que el poder pase al proletariado y a los campesinos
pobres.
16) ¿En pro o en
contra de las anexiones?
A
(más derechistas que los d -c), B (d-c). Si las anexiones son realizadas por
los capitalistas alemanes y su bandidesco jefe, Guillermo, estamos en contra.
Si las realizan los ingleses, no estamos en contra, pues son “nuestros”
aliados. Si las realizan nuestros capitalistas, que retienen por la fuerza en
las fronteras de Rusia a los pueblos que sojuzgó el zar, estamos en pro,
nosotros no denominamos a eso anexiones.
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
C
(s-d y s-r). En contra de las anexiones, pero tenemos aún la esperanza de que
se pueda conseguir también del gobierno de los capitalistas la “promesa” de
renunciar a ellas.
D
(“bolcheviques”). En contra de las anexiones. Todas las promesas de los
gobiernos capitalistas de renunciar a las anexiones son puro engaño. Existe
sólo un medio para desenmascararlo: exigir la liberación de los pueblos
oprimidos por los capitalistas propios.
17) ¿En pro o en
contra del “empréstito de la libertad”?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). Absolutamente en pro, pues facilita el
sostenimiento de la guerra imperialista, es decir, de una guerra paradecidir qué grupo de capitalistas ha
de dominar en el mundo.
137
C
(s-d y s-r). En pro , ya que la
errónea posición del “defensismo revolucionario” nos condena a esta evidente
abjuración del internacionalismo.
D
(“bolcheviques”). En contra, pues la guerra sigue siendo imperialista, la
sostienen los capitalistas en alianza con los capitalistas y en interés de los
capitalistas.
18) ¿En
pro o en contra de que los gobiernos capitalistas manifiesten la voluntad de
paz de los pueblos?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). En pro, pues la experiencia de los
socialchovinistas republicanos franceses ha mostrado mejor que nada la
posibilidad de engañar así a los pueblos: se puede decir lo que se quiera; en
realidad, retendremos el botín saqueado por nosotros a los alemanes (sus
colonias), pero despojaremos a los alemanes del botín que han saqueado esos bandidos.
C
(s-d y s-r). En pro, pues no hemos
perdido aún, en general, muchas de las esperanzas infundadas que deposita la
pequeña burguesía en los capitalistas.
D
(“bolcheviques”). En contra, pues los obreros conscientes no cifran ninguna
esperanza de los capitalistas, y nuestra tarea consiste en explicar a las masas
la falta de base de esas esperanzas.
19) ¿Hay que derrocar
en general a todos los monarcas?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). No, al inglés, al italiano y, en
general, a los aliados, no hay que derrocarlos; hay que derrocar únicamente al
alemán, al austriaco, al turco y al búlgaro, pues la victoria sobre ellos
decuplicará nuestras ganancias.
C
(s-d y s-r). Hay que establecer un “turno” y empezar sin falta por el
derrocamiento de Guillermo; con los monarcas aliados se puede, quizá, esperar.
D
(“bolcheviques”). No se puede establecer un turno para la revolución. Hay que
ayudar únicamente a los
revolucionarios de verdad y derrocar a todos los monarcas en todos los
países, sin excepción alguna.
20) ¿Deben
los campesinos apoderarse inmediatamente de toda la tierra de los
terratenientes?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). De ninguna manera. Hay que esperar
hasta la Asamblea Constituyente. Shingariov ha aclarado ya que si los
capitalistas arrancan el poder al zar, eso es una revolución grande y gloriosa;
pero si los campesinos despojan de
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
la tierra a los
terratenientes, eso es una arbitrariedad. Hacen falta comisiones conciliadoras,
en las que los terratenientes y los campesinos estarán representados por igual,
y cuyos presidentes serán designados de entre los funcionarios, es decir, de entre
los mismos capitalistas y terratenientes.
C (s-d y s-r). Será mejor que los campesinos esperen hasta la
Asamblea Constituyente.
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
D
(“bolcheviques”). Hay que apoderarse inmediatamente de toda la tierra;
establecer el orden más riguroso a través de los Soviets de diputados
campesinos. La producción de cereales y de carne debe aumentar: los soldados
tienen que alimentarse mejor. Es absolutamente intolerable echar a perder el
ganado, los aperos, etc.
21) ¿Es
posible limitarse a los Soviets de diputados campesinos para disponer de la
tierra y dirigir todos los asuntos rurales en general?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). Los terratenientes y los capitalistas
están en general contra el poder único y omnímodo de los Soviets de diputados
campesinos en las aldeas. Pero si es ya imposible eludir estos Soviets, será
mejor, naturalmente, limitarse a ellos, pues los campesinos ricos son también
capitalistas.
C (s-d y
s-r). Por ahora, sin duda, es posible limitarse a ellos, aunque los s-d no
niegan, “en principio”, la necesidad de una organización especial de obreros
agrícolas asalariados.
D
(“bolcheviques”). Es imposible limitarse a los Soviets de diputados campesinos
comunes, pues los campesinos ricos son también capitalistas, que se inclinarán
siempre a ofender a engañar a los braceros, jornaleros y campesinos pobres. Hay
que constituir inmediatamente organizaciones especiales de estos últimos
sectores de la población rural tanto dentro de los Soviets de diputados
campesinos como en forma de Soviets especiales de diputados obreros agrícolas.
22) ¿Debe
tomar el pueblo en sus manos las organizaciones monopolistas más importantes y
más fuertes de los capitalistas, los bancos, los consorcios, etc.?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). De ninguna manera, pues eso puede
perjudicar a los terratenientes y a los capitalistas.
C
(s-d y s- r). Hablando en general, somos partidarios de que esas organizaciones
pasen a manos de todo el pueblo, pero ahora es temprano para pensar en ello y
prepararlo.
D
(“bolcheviques”). Hay que preparar
sin demora a los Soviets de diputados obreros, a los Soviets de diputados
empleados de la Banca, etc., con el fin de empezar a dar los pasos
prácticamente posibles y plenamente realizables, primero, para fusionar todos
los bancos en un solo Banco Nacional; después, para establecer el control de
los Soviets de diputados obreros sobre los bancos y los consorcios, y luego,
para nacionalizarlos, es decir, para convertirlos en propiedad de todo el
pueblo.
23) ¿Qué
Internacional Socialista, que aplique y realice la unión fraternal entre los
obreros de todos los países, necesitan ahora los pueblos?
138
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). Hablando en general, para los
capitalistas y terratenientes es nociva y peligrosa cualquier Internacional
Socialista; pero si el Plejánov alemán, es decir, Scheidemann, coincide y se
pone de acuerdo con el Scheidemann ruso, o sea, Plejánov; si se descubren
mutuamente vestigios de conciencia socialista, nosotros, los capitalistas,
debemos, quizá, aplaudir semejante
Internacional de semejantes
socialistas, que se colocan al lado de sus gobiernos.
C
(s-d y s-r). Hace falta una Internacional Socialista que agrupe a todos: a los
Scheidemann, a los Plejánov y a los “centristas”, es decir, a los que vacilan
entre el social chovinismo y el internacionalismo. Cuanto más revoltijo, tanta
mayor “unidad”: ¡viva la gran unidad socialista!
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
D
(“bolcheviques”). Los pueblos sólo necesitan una Internacional que agrupe a los
obreros verdaderamente revolucionarios, capaces de poner fin a la horrible y
criminal matanza de pueblos, y que sepa liberar al género humano del yugo del
capital. Únicamente hombres (grupos, partidos, etc.) como el socialista alemán
Carlos Liebknecht, que se encuentra en presidio; únicamente hombres que luchen
con abnegación contra su gobierno, y contra su burguesía, y contra sus
socialchovinistas, y contra su
“centro”, pueden y deben formar sin demora la Internacional que necesitan los
pueblos.
24) ¿Es
necesario fomentar la confraternización en el frente entre los soldados de los
países beligerantes?
A
(más derechistas que los d-c), B (d-c). No. Eso perjudica los intereses de los
terratenientes y capitalistas, pues puede acelerar la liberación de la
humanidad de la opresión a que la tienen sometida.
C
(s-d y s-r). Sí. Es útil. Pero no todos nosotros estamos firmemente convencidos
de que sea necesario fomentar inmediatamente la confraternización en todos los
países beligerantes.
D
(“bolcheviques”). Sí. Es útil e imprescindible. Es necesario en absoluto
fomentar inmediatamente en todos los países beligerantes la confraternización
entre los soldados de ambos grupos en
guerra.
25) ¿Deben los
emigrados regresar a Rusia a través de Inglaterra?
A
(más derechistas que los d-c) y B (d-c). Indudablemente. Si Inglaterra detiene
a los internacionalistas manifiestos, enemigos de la guerra, como Trotski,
nosotros, los capitalistas, nos alegraremos en nuestro fuero interno, y para
distraer la atención del pueblo enviaremos un cortés telegrama al gobierno
capitalista inglés con el ruego de que tenga la amabilidad de comunicarnos si
la detención no es debida a una lamentable confusión.
C
(s-d y s-r). Deben hacerlo. Si Inglaterra los detiene, aprobaremos la más
enérgica resolución de protesta y plantearemos la cuestión en la “Comisión de
Enlace”.
D
(“bolcheviques”). No deben hacerlo en absoluto. Inglaterra detendrá o no dejará
salir de su territorio a los internacionalistas, a los enemigos de la guerra.
Los capitalistas ingleses no se dejan intimidar ni con corteses telegramas ni
con terribles resoluciones de protesta: son hombres prácticos. Los capitalistas
ingleses deben ser derrocados, y estamos firmemente convencidos de que los
derrocará la revolución obrera mundial que surge de la guerra imperialista
mundial.
26) ¿Deben los
emigrados regresar a Rusia a través de Alemania?
A
(más derechistas que los d-c) y B (d-c). No, en absoluto. Porque, primero,
pueden llegar así sin el menor peligro y con rapidez. Y segundo, eso es
deshonroso, inmoral y constituye un ultraje al alma popular auténticamente
rusa. Otra cosa es que los ricos, como el profesor liberal Maxim Kovalevski,
organicen precisamente a través de hombres ilustres y precisamente a través del
gobierno, aunque sea zarista, el canje de los rusos internados en Alemania por
los alemanes internados en Rusia. Tratar de organizar ese canje no a través del
gobierno, sino a través de algún socialista de izquierda de un país neutral es
el colmo de la inmoralidad.
Los partidos políticos en Rusia y las tareas del proletariado
C
(s-d y s-r). Es absolutamente intolerable la violenta agitación contra los
socialistas que han regresado a través de Alemania y cuya honradez no pone en
duda ni siquiera Deutsch, partidario de Plejánov. Pero no hemos decidido aún si
se debe regresar a través de Alemania. Por una parte, ¿no convendría emprender
primero una “campaña” de desenmascaramiento de Miliukov, esperar y ver hasta
qué punto es inculto nuestro pueblo, hasta qué extremo puede dejarse
influenciar por la violenta agitación de Rússkaya
Volia? Por otra parte, después de la detención de Trotski en Inglaterra y
del indignado telegrama de Mártov,
habrá que reconocer, quizá, que es preciso regresar a través de Alemania.
D
(“bolcheviques”). Hay que regresar a través de Alemania, pero observando las
siguientes condiciones: 1) los socialistas de los países neutrales deben
sostener negociaciones con el gobierno imperialista y firmar un protocolo
acerca del viaje para que el asunto sea público, a la luz del día, para que sea
posible una comprobación completa; 2) los repatriados deben presentar
inmediatamente un informe al Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y
soldados, que goza de la confianza y del respeto de la mayoría de los soldados
y obreros de Petrogrado.
27) ¿Qué
color de la bandera correspondería al carácter y la naturaleza de los distintos
partidos políticos?
139
A (más derechistas que los d-c). El negro, pues son verdaderas
centurias negras166.
B
(d-c). El amarillo, pues ésta es la bandera internacional de lo obreros que
sirven al capital en cuerpo y alma.
C (s-d y s-r). El rosado, pues toda su política es una política
de agua rosada.
D (“bolcheviques”). El rojo, pues ésta es la bandera de la
revolución proletaria mundial.
Este folleto fue escrito a
comienzos de abril de 1917. A la pregunta de si no ha envejecido ahora, después
del 6 de mayo de 1917, después de formarse el “nuevo” gobierno, el de
coalición, yo respondería:
– No, pues la Comisión de
Enlace no ha desaparecido, en esencia, sino que únicamente se ha mudado a otra
habitación, a una habitación común con los señores ministros. Por el hecho de
que los Chernov y los Tsereteli se hayan trasladado a otra habitación no han
cambiado ni su política ni la política de sus partidos.
Escrito
a comienzos de abril de 1917. Publicado el 6, 9 y 10 de mayo (23, 26 y 27 de
abril) de 1917 en los núm. 20, 22 y 23 del periódico “Volná”.
T. 31, págs. 191-206.
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166 Centurias
negras: se
llamaba así a los reaccionarios ultraderechistas y a las bandas de pogromistas
organizadas por la policía zarista para luchar contra el movimiento
revolucionario. Las centurias negras asesinaban a revolucionarios, agredían a
los intelectuales progresistas y perpetraban pogromos antihebreos
El Congreso de Diputados Campesinos
140
EL CONGRESO DE
DIPUTADOS CAMPESINOS.
En el Palacio de Táurida se
está celebrando desde el 13 de abril el Congreso de representantes de las
organizaciones campesinas y de los Soviets de diputados campesinos, reunidos
para confeccionar las normas de convocación del Soviet de diputados campesinos
de toda Rusia y examinar la constitución de Soviets análogos en las distintas
localidades.
Según el periódico Dielo Naroda167, en el congreso toman parte
representantes de más de 20 provincias.
Han sido aprobadas
resoluciones sobre la necesidad de organizar con la mayor rapidez al
“campesinado” de abajo “arriba”. Como la “mejor forma de organización del
campesinado” han sido reconocidos los “Soviets de diputados campesinos de las
distintas zonas de acción”.
Byjovski, miembro del Buró
provisional encargado de convocar el congreso actual, ha declarado que el
Congreso cooperativista de Moscú168, en
el que estaban representados 12.000.000 de miembros organizados (ó 50.000.000
de habitantes), había acordado organizar al campesinado constituyendo el Soviet
de diputados campesinos de toda Rusia.
Es una obra de gigantesca
importancia, que debemos apoyar con todas nuestras fuerzas. Si esa obra se
lleva a cabo sin tardanza, si el campesinado, a pesar de la opinión de
Shingariov, toma en sus manos inmediatamente toda la tierra por decisión de la
mayoría y no por “acuerdo voluntario” con los terratenientes, saldrán g anando
no sólo los soldados, que recibirán más pan y más carne, sino también la causa
de la libertad.
Porque la organización de
los propios campesinos indefectiblemente por la base, sin los funcionarios, sin
“el control y la vigilancia” de los terratenientes y sus testaferros, es la más
fiel y única garantía del éxito de la revolución, del éxito de la libertad, del
éxito de la emancipación de Rusia del yugo y de la opresión de los
terratenientes.
No cabe duda de que todos
los miembros de nuestro partido, todos los obreros conscientes, apoyarán sin
regatear energías la organización de los Soviets de diputados campesinos, se
preocuparán de multiplicarlos y de robustecerlos y harán esfuerzos, por su
parte, para que su labor en el seno de estos Soviets siga una orientación
consecuente y estrictamente proletaria, de clase.
Para llevar a cabo esa labor
es necesario unir por separado a los elementos proletarios (braceros,
jornaleros, etc.) en el seno de los
Soviets generales de campesinos u (y a veces y) organizar aparte Soviets de diputados braceros.
Con esto no perseguimos
fraccionar las fuerzas; al contrario, para intensificar y ampliar el movimiento
es necesario elevar a la capa, o más exactamente, a la clase más “baja”, según la terminología de los
terratenientes y de los capitalistas.
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167 "Dielo Naroda" ("La Causa del Pueblo"): diario,
órgano de los elementos centristas del partido eserista. Se publicó en
Petrogrado desde marzo de 1917 hasta julio de 1918 (después de la Revolución de
Octubre fue suspendido en distintas ocasiones y aparecía con otros títulos).
168 Lenin se refiere al Congreso de las cooperativas de toda Rusia,
celebrado en Moscú del 25 al 28 de marzo (7-10 de abril) de 1917. Asistieron
cerca de 800 delegados. El congreso examinó los problemas de la organización de
una Unión de Cooperativas de toda Rusia, la preparación para las elecciones a
la Asamblea Constituyente, la participación de las cooperativas en el
abastecimiento, etc. En el congreso predominó la influencia de los mencheviques
y eseristas. El congreso se pronunció por el apoyo al Gobierno Provisional y
por la continuación de la guerra imperialista, pero reclamó el paso de toda la
tierra a manos del pueblo trabajador y la democratización del aparato estatal y
de la administración local.
El Congreso de Diputados Campesinos
Para impulsar el movimiento
hay que liberarlo de la influencia de la burguesía, hay que tratar de depurarlo
de las inevitables debilidades, vacilaciones y errores de la pequeña burguesía.
Hay que efectuar esta labor
valiéndose de la persuasión amistosa, sin adelantarse a los acontecimientos,
sin apresurarse a “consolidar” orgánicamente lo que todavía no ha sido
suficientemente reconocido, meditado, comprendido y sentido por los propios representantes de los
proletarios y semiproletarios del campo. Mas esta labor debe ser realizada,
debe ser iniciada inmediatamente y por doquier.
Las cuestiones actuales
palpitantes, de la propia vida, las reivindicaciones prácticas, las consignas,
mejor dicho, las propuestas a plantear para centrar en ellas la atención de los campesinos deben ser:
La primera cuestión es la de
la tierra. Los proletarios del campo serán partidarios del paso total e
inmediato de toda la tierra sin excepción a todo el pueblo y de que las tierras
sean puestas en el acto a disposición de los comités locales. Pero la tierra no
se puede comer. Millones y millones de familias campesinas sin caballos, sin
aperos, sin semillas no ganarán nada con el paso de la tierra al “pueblo”.
Hay que someter
inmediatamente a discusión el problema de que, si existe la más mínima
posibilidad, las grandes haciendas sigan administrándose como tales bajo la
dirección de los agrónomos y de los Soviets de diputados braceros, con las
mejores máquinas, con semillas y aplicando los mejores métodos agrotécnicos, y
adoptar medidas prácticas para ello.
No podemos ocultar a los
campesinos, y con mayor motivo a los proletarios y semiproletarios del campo,
que la pequeña hacienda, conservándose la
El congreso de diputados
campesinos economía mercantil y el capitalismo, no está en condiciones de librar a la humanidad de la miseria de
las masas; que es necesario pensar en el paso a la gran hacienda sobre bases
colectivas y emprenderlo sin tardanza,
enseñando a las masas y aprendiendo de
ellas las medidas prácticamente convenientes para ese paso.
141
Otra cuestión importantísima
y actual es la estructura y administración del Estado. No basta pregonar la
democracia, no basta proclamarla y decretarla, no basta confiar su realización
a los “representantes” del pueblo en las instituciones representativas. Hay que
edificar la democracia
inmediatamente, desde abajo, con la iniciativa de las propias masas, con su
participación eficaz en toda la vida
del Estado, sin “vigilancia” desde arriba, sin los funcionarios.
Se puede y se debe emprender
inmediatamente una tarea práctica: sustituir la policía, los funcionarios y el
ejército permanente por el armamento general de todo el pueblo, por la milicia general de todo el pueblo, en la
que participen sin falta las mujeres. Cuanto mayores sean la iniciativa, la variedad, la audacia y la creatividad de
las masas en esta cuestión, tanto mejor. No sólo los proletarios y
semiproletarios del campo, sino las nueve décimas partes del campesinado nos
seguirán, evidentemente, si somos capaces de explicar con claridad y sencillez,
de un modo comprensible, con ejemplos vivos y con las enseñanzas de la vida
nuestras proposiciones:
— impedir el restablecimiento de la policía;
— impedir el restablecimiento del poder
omnímodo de los funcionarios, de hecho inamovibles y que pertenecen a la clase
de los terratenientes o de los capitalistas;
— impedir el restablecimiento de un
ejército permanente aislado del pueblo, fuente constante detodos los intentos
de arrebatar la libertad, de retornar a la monarquía;
El Congreso de Diputados Campesinos
— enseñar el arte de dirigir
el Estado al pueblo, hasta sus capas más bajas, no sólo por métodos librescos,
sino pasando inmediatamente y por doquier a la práctica, a aplicación de la
experiencia de las masas.
Democracia desde abajo,
democracia sin los funcionarios, sin la policía y sin ejército permanente.
Servicio social de una milicia
integrada por todo el pueblo en armas. En eso reside la garantía de una
libertad que no podrán arrebatar ni los zares, ni los bravos generales, ni los
capitalistas.
“Pravda”, núm. 34, 16
de abril de 1917. T. 31, págs. 270-273.
142
UNA MILICIA
PROLETARIA
El 14 de abril, nuestro
periódico publicó la información de un corresponsal en Kanávino, provincia de
Nizhni Nóvgorod, según la cual “prácticamente
en todas las fábricas había sido creada una milicia obrera pagada por la
administración de cada empresa”.
En el distrito de Kanávino
hay, nos informa el corresponsal, 16 fábricas con unos 30.000 obreros, sin
contar los ferroviarios. Por lo tanto, la organización de una milicia obrera
pagada por los capitalistas abarca un número considerable de las más grandes
empresas del lugar.
La organización de una
milicia obrera pagada por los capitalistas es una medida que tiene una
importancia enorme —no será exageración decir gigantesca y decisiva—, tanto
desde el punto de vista práctico como desde el punto de vista de los
principios. La revolución no puede ser garantizada, sus conquistas no pueden
ser aseguradas, su desarrollo ulterior es imposible,
si esa medida no se generaliza, si no se aplica a fondo, si no se implanta en
todo el país.
Los republicanos burgueses y
terratenientes, que se han hecho republicanos una vez convencidos de que era
imposible dominar al pueblo de otro modo,
se esfuerzan por instituir una república lo más monárquica posible, por el
estilo de la que existe en Francia, que Schedrín llamó una república sin
republicanos.
Lo principal para los
terratenientes y capitalistas actualmente, cuando se han convencido de la
fuerza de las masas revolucionarias, es
conservar las instituciones más importantes del antiguo régimen, conservar
los viejos instrumentos de opresión: la policía, la burocracia, el ejército
regular. Se esfuerzan por reducir la “milicia civil” a una institución al viejo
estilo, es decir, a pequeños destacamentos de hombres armados desvinculados del
pueblo, lo más próximos posible a la burguesía y bajo el mando de elementos
burgueses.
El programa mínimo de la
socialdemocracia exige la sustitución del ejército regular por el armamento
general del pueblo. No obstante, la mayoría de los socialdemócratas oficiales
de Europa y la mayoría de los dirigentes mencheviques rusos han “olvidado” o
dejado de lado el programa del partido, sustituyendo el internacionalismo por
el chovinismo (“defensismo”), la táctica revolucionaria por el reformismo.
Pero ahora más que nunca, en
el momento revolucionario actual, es necesario que se realice el armamento de
todo el pueblo. Sería un mero engaño y un subterfugio afirmar que habiendo un
ejército revolucionario no hay necesidad de armar al proletariado o que “no hay
suficientes armas”. Se trata de empezar a organizar inmediatamente una milicia
general, de modo que cada uno aprenda a manejar las armas, aun cuando “no las
haya suficientes”, pues no es necesario que todo el mundo tenga un arma. Todos
sin excepción deben aprender a manejar las armas; todos sin excepción deben
pertenecer a la milicia llamada a sustituir a la policía y al ejército regular.
Los obreros no quieren un
ejército divorciado del pueblo, quieren que los soldados y obreros se fusionen en una milicia única que
abarque a todo el pueblo.
De otro modo seguirá en pie
el aparato de opresión, listo para servir hoy a Guchkov y a sus amigos, los
generales contrarrevolucionarios, y mañana quizá a Radko Dimitriev o a
cualquier pretendiente al trono y a la proclamación de una monarquía plebiscitaria.
Hoy los capitalistas
necesitan una república, pues de otra manera no pueden “manejar” al pueblo.
Pero lo que necesitan es una república “parlamentaria”, es decir, una república
en la cual la democracia se limite a elecciones
democráticas, al derecho de enviar al
Parlamento a personas que,
dicho con una frase muy atinada y certera de Marx, representan al pueblo y oprimen
al pueblo169.
Los oportunistas de la
socialdemocracia contemporánea, que han sustituido a Marx por Scheidemann, se
han aprendido de memoria el precepto de que “debe utilizarse” el
parlamentarismo (eso es indiscutible); pero han olvidado las enseñanzas de Marx
acerca de la democracia proletaria a diferencia
del parlamentarismo burgués.
El pueblo necesita la
república para que las masas se eduquen en los métodos de la democracia.
Necesitamos no sólo una representación de tipo democrático, sino también la
administración del Estado por abajo, por las propias masas, la participación
efectiva de éstas en toda la vida del
143
Estado, su papel activo en
la dirección. Sustituir los viejos órganos de opresión —la policía, la
burocracia, el ejército regular— por el armamento de todo el pueblo, por una
milicia realmente general: ése es el único camino que garantizará al país un máximo
de seguridad contra la restauración de la monarquía, que le permitirá avanzar consecuente, firme y
resueltamente hacia el socialismo, no “implantándolo” desde arriba, sino
elevando a las grandes masas de proletarios y semiproletarios hasta el arte de
gobernar el Estado, hasta la facultad de disponer de todo el poder del Estado.
El servicio social
representado por una policía, que está por encima del pueblo, por los
burócratas, que son los servidores más fieles de la burguesía, y por un
ejército regular bajo el mando de terratenientes y capitalistas: éste es el
ideal de la república parlamentaria burguesa la cual pretende eternizar el
dominio del capital.
El servicio social
representado por una milicia popular realmente general, compuesta de hombres y
mujeres, una milicia capaz de sustituir en parte a los burócratas, y la
observancia del principio de que todos los funcionarios públicos sean electivos
y amovibles en cualquier momento, retribuidos no según las normas del “señor”,
del burgués, sino según las normas proletarias: ése es el ideal de la clase
obrera.
Este ideal no sólo es parte
de nuestro programa, no sólo ha sido registrado en la historia del movimiento
obrero de Occidente, concretamente en la experiencia de la Comuna de París, no
sólo ha sido valorado, subrayado, explicado y recomendado por Marx, sino que
fue puesto ya en práctica por los obreros rusos en los años 1905 y 1917,
Los Soviets de diputados
obreros, por su significación, por el tipo de gobierno que ellos crean, son
instituciones precisamente de esa forma de democracia que elimina los viejos
órganos de opresión y toma el camino de una milicia de todo el pueblo.
Pero, ¿cómo hacer que la
milicia sea de todo el pueblo, cuando los proletarios y semiproletarios pasan
todo su tiempo en las fábricas, trabajando como forzados en beneficio de los
capitalistas y terratenientes?
Hay un solo medio: la milicia obrera debe ser pagada por los
capitalistas.
Los capitalistas deben pagar
a los obreros las horas o días que éstos consagran al servicio social.
Las propias masas obreras
empiezan a tomar este certero camino. La experiencia de los obreros de Nizhn
Nóvgorod debe servir de ejemplo a toda Rusia.
¡Camaradas obreros!
¡Convenced a los campesinos y al resto del pueblo de la necesidad de crear una
milicia general en lugar de la policía y la vieja burocracia! ¡Implantad esa
milicia y sólo ésa! ¡Implantadla por medio de los Soviets de diputados obreros,
por medio de los
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169 Véase C. Marx. La guerra civil en Francia. Manifiesto
del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores. (C.
Marx y F. Engels. Obras Escogidas en
tres tomos, ed. en español, t. II, pág. 235.)
Soviets de diputados
campesinos, por medio de los órganos municipales que estén en manos de la clase
obrera! ¡No os deis por satisfechos, en modo alguno, con una milicia burguesa!
¡Incorporad a las mujeres a los servicios públicos, en pie de igualdad con los
hombres! ¡Conseguid sin falta que los capitalistas paguen a los obreros los
días que éstos dediquen al servicio social en la milicia!
¡Aprended los métodos de la
democracia en la práctica, en seguida, vosotros mismos, desde abajo; incitad a
las masas a que participen efectiva e inmediatamente y de modo general en la
dirección! Esto y sólo esto asegurará el triunfo completo de la revolución y su
avance firme, preciso y consecuente.
“Pravda” núm. 36, 3
de mayo (20 de abril) de 1917.
T. 31, págs. 286-289.
143
UN PROBLEMA
FUNDAMENTAL
(Como razonan los
socialistas que se han pasado a la burguesía)
El señor Plejánov lo explica
perfectamente. En su carta “con motivo del Primero de Mayo” a la “Cohorte de
estudiantes socialistas”, publicada hoy en Riech,
Dielo Naroda y Edinstvo, dice:
“El (Congreso Socialista
Internacional de 1889) comprendió que la revolución social, o mejor dicho,
socialista, presupone una amplia labor de esclarecimiento y organización en el
seno de la clase obrera. Esto ha sido olvidado ahora por los hombres que llaman
a las masas trabajadoras rusas a tomar el poder político, lo que sólo tendría
sentido si se diesen las condiciones objetivas necesarias para la revolución
social. Estas condiciones aún no existen...”
Y así sucesivamente, hasta
terminar en un llamado para que se preste “unánime apoyo” al Gobierno
Provisional.
Este razonamiento del señor
Plejánov es el razonamiento típico de un puñado de la “ex élite” que se llaman
a sí mismos socialdemócratas. Y porque es típico, merece la pena analizarlo
detenidamente.
En primer lugar, ¿es razonable y honrado
referirse al Primer Congreso de la II Internacional y no al último?
El Primer Congreso de la II
Internacional (1889 -1914) se celebró en 1889, el último tuvo lugar en Basilea
en 1912. El Manifiesto de Basilea, que fue adoptado por unanimidad, habla en forma directa, precisa, clara y definida (de
modo tal que ni los mismos señores Plejánov pueden tergiversar el sentido) de
una revolución proletaria y precisamente en relación con la misma
guerra que estalló en 1914.
No es difícil comprender por
qué esos socialistas que se han pasado a la burguesía son propensos a “olvidar”
todo el Manifiesto de Basilea, o ese pasaje, el más importante.
En segundo lugar, la toma
del poder político por las “masas trabajadoras rusas — escribe nuestro autor—
sólo tendría sentido si se diesen las condiciones necesarias para la revolución
social”. Esto es un embrollo, no una idea.
Admitamos incluso que la palabra “social” es una
errata por “socialista”; éste no es el único embrollo.
¿De qué clases se componen
las masas trabajadoras rusas? Todo el mundo sabe que están formadas por obreros
y campesinos. ¿Cuál de estas clases es mayoría? Los campesinos. ¿Quiénes son
estos campesinos por su posición de clase? Pequeños propietarios. Surge la
pregunta: si los pequeños propietarios forman la mayoría de la población y si
faltan las condiciones objetivas para el socialismo, entonces, ¡¿cómo puede la mayoría de la población
declararse partidaria del socialismo?! ¡¿Quién puede hablar o quién habla de implantar el socialismo contra la
voluntad de la mayoría?!
El señor Plejánov se ha armado un lío del modo más ridículo.
Caer en una situación
ridícula es el castigo menor para un hombre que, siguiendo el ejemplo de la
prensa capitalista, crea un “enemigo” con su propia imaginación en vez de citar
fielmente las palabras de uno u otro adversario político.
Continuemos. ¿En manos de
quién debe estar el “poder político”, aun
desde el punto de vista de un vulgar demócrata burgués de Riech ? En manos de la mayoría de la población. ¿Constituyen las
“masas trabajadoras rusas”, de las que habla con tan poca fortuna nuestro
embrollado socialchovinista, la mayoría de la población en Rusia?
¡Indiscutiblemente una mayoría aplastante!
¿Cómo, entonces, sin
traicionar a la democracia, incluso la democracia como la concibe Miliukov, se puede estar en contra de la “toma del
poder político” por las “masas trabajadoras rusas”?
El abismo llama al abismo. A
cada paso que damos en nuestro análisis, descubrimos en las ideas del señor
Plejánov nuevos abismos de confusión.
¡El socialchovinista está en
contra de que el poder político pase a manos de la mayoría de la población en
Rusia!
El señor Plejánov ha oído
campanas y no sabe dónde. Ha confundido también las “masas trabajadoras” con la
masa de los proletarios y semiproletarios170, a
pesar de que ya en 1875 Marx prevenía especialmente contra esa confusión.
Explicaremos la diferencia al ex marxista señor Plejánov.
¿Puede la mayoría de los
campesinos en Rusia exigir y realizar la nacionalización de la tierra?
Indudablemente que puede. ¿Sería eso una revolución socialista? No. Sería todavía una revolución burguesa, pues la
nacionalización de la tierra es una medida compatible con la existencia del
capitalismo. Es, sin embargo, un golpe
a la propiedad privada de un importantísimo medio de producción. Y ese golpe fortalecería a los proletarios y
semiproletarios muchísimo más si comparamos con todas las revoluciones de los
siglos XVII, XVIII y XIX.
145
Sigamos. ¿Puede la mayoría
de los campesinos en Rusia abogar por la fusión de todos los bancos en un banco
único? ¿Puede abogar por tener en cada aldea una sucursal de un único Banco
Nacional del Estado?
Puede, pues las ventajas y
comodidades de semejante medida para el pueblo son indiscutibles.
Hasta
“los defensistas” pueden estar por esa medida, pues con ella se eleva
enormemente la capacidad de Rusia para la “defensa”.
¿Sería económicamente
posible implantar inmediatamente esa fusión de todos los bancos? Es
perfectamente posible, sin duda.
¿Sería eso una medida socialista? No, eso no es todavía el socialismo.
Continuemos. ¿Podría la
mayoría de los campesinos en Rusia abogar por que el consorcio de azúcar pase a
manos del gobierno, que sea controlado por los obreros y los campesinos y que
el precio del azúcar sea rebajado?
Puede, sin duda, pues esto conviene a la mayoría del pueblo.
¿Sería económicamente
posible? Es perfectamente posible, pues el consorcio de azúcar no sólo se ha
desarrollado económicamente en un único organismo industrial a escala nacional,
sino que ha estado ya, bajo el
zarismo, sujeto al control del “Estado” (es decir, de funcionarios al servicio
de los capitalistas).
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170 Véase C. Marx. Crítica del Programa de Gotha. (C. Marx y F. Engels. Obras Escogidas en tres tomos, ed. en
español, t. III, págs. 21-22.)
¿Sería una medida socialista
la toma de posesión del consorcio por el Estado democrático burgués, campesino?
No, eso no es todavía el
socialismo. El señor Plejánov podría haberse convencido fácilmente de ello si
hubiese recordado los axiomas del marxismo comúnmente conocidos.
Cabe preguntar: ¿Esas
medidas como la fusión de los bancos, el paso del consorcio de azúcar a manos
del gobierno democrático, campesino, refuerzan
o debilitan la importancia, el papel,
la influencia de los proletarios y semiproletarios en el conjunto de la masa de
la población?
Los refuerzan,
indudablemente, porque estas medidas no son de “pequeños propietarios” y su
posibilidad se debe precisamente a las “condiciones objetivas” que faltaban aún
en 1889, pero que ahora ya existen.
Esas medidas refuerzan
inevitablemente la importancia, el papel y la influencia que tienen entre la
población, más que nadie, los obreros urbanos, vanguardia de los proletarios y
semiproletarios de la ciudad y del campo.
Después que
esas medidas sean puestas en práctica será perfectamente posible el progreso ulterior hacia el socialismo en
Rusia, y con la ayuda prestada a nuestros obreros por sus compañeros más
avanzados y experimentados de Europa Occidental, que han roto con sus
respectivos Plejánov, el paso de Rusia al verdadero
socialismo será inevitable y el éxito
de ese paso, asegurado.
Así es cómo debe razonar
todo marxista y todo socialista que no se haya pasado al campo de “su”
burguesía nacional.
Escrito el 20 de abril (3 de mayo) de 1917. Publicado el 4 de
mayo (21 de abril) de 1917, en el núm. 37 del periódico “Pravda”.
T. 31, págs. 300-303.
El defensismo de buena fe hace acto de presencia
146
EL DEFENSISMO DE
BUENA FE HACE ACTO DE PRESENCIA.
Los acontecimientos
registrados en Petrogrado durante los últimos días, sobre todo ayer, muestran
patentemente cuánta razón teníamos al hablar del defensismo “de buena fe” de
las masas, a diferencia del
defensismo de los jefes y de los partidos.
El grueso de la población
está compuesto de proletarios, semiproletarios y campesinos pobres. Es la
inmensa mayoría del pueblo. Estas
clases no están interesadas, efectivamente, en las anexiones, en la política
imperialista, en los beneficios del capital bancario, en las ganancias que
proporcionan los ferrocarriles de Persia, en los puestos lucrativos en Galitzia
o en Armenia, en la restricción de la libertad en Finlandia; dichas clases no están interesadas en nada de eso.
Mas todo ello, tomado en su
conjunto, representa precisamente lo que en la ciencia y en los periódicos se
denomina de ordinario política imperialista, anexionista, rapaz.
El quid de la cuestión está
en que los Guchkov, los Miliukov y los Lvov —aun en el caso de que todos ellos
fueran personalmente dechados de virtudes, de desinterés y de amor al prójimo—
son representantes, jefes y mandatarios de la clase de los capitalistas, y esta
clase está interesada en la política anexionista y rapaz. Esta clase ha
invertido miles de millones “en la guerra” y gana centenares de millones “con
la guerra” y las anexiones (es decir, con la supeditación violenta o la incorporación violenta de naciones
ajenas).
Confiar en que la clase de los capitalistas puede
“corregirse”, dejar de ser la clase capitalista y renunciar a sus ganancias es
una esperanza ilusoria, un sueño vaho, que, en la práctica, se convierte en un
engaño al pueblo. Solamente los políticos pequeñoburgueses, que vacilan entre
la política capitalista y la proletaria, pueden abrigar o apoyar semejantes
esperanzas ilusorias. En esto consiste precisamente el error de los jefes
actuales de los partidos populistas y de los mencheviques, de Chjeídze, Tsereteli,
Chernov y demás.
Las masas de defensistas no
conocen en absoluto la política: no han podido aprender política en los libros,
ni participando en la Duma de Estado, ni observando de cerca a los hombres que
hacen política.
Las masas de defensistas no
saben aún que la guerra la hacen los gobiernos,
que los gobiernos expresan los intereses de unas u otras clases, que la guerra
actual la hacen los capitalistas de ambos grupos de potencias beligerantes en
defensa de los intereses y objetivos bandidescos de los capitalistas.
Como ignoran eso, las masas
de defensistas razonan simplemente: nosotros no queremos anexiones, reclamamos
una paz democrática, no queremos pelear por Constantinopla, por la
estrangulación de Persia, por el saqueo de Turquía, etc., “exigimos” que el
Gobierno Provisional renuncie a las anexiones.
Las masas de defensistas
quieren sinceramente eso, no en el
sentido personal, sino en el de clase, pues representan a clases que no están interesadas en las anexiones.
Sin embargo, las masas de defensistas ignoran que los capitalistas y el
gobierno de los capitalistas pueden renunciar de palabra a las anexiones,
pueden “salir del paso” con promesas y bellas palabras, pero, en realidad, no pueden renunciar a las anexiones.
Esa es la razón de que las
masas de defensistas se hayan indignado con tanta fuerza y con tanta razón al
conocer la nota del 18 de abril del Gobierno Provisional.
El defensismo de buena fe hace acto de presencia
Las personas duchas en
política no podían sorprenderse por esta nota, pues saben perfectamente que
todas las “renuncias a las anexiones” por parte de los capitalistas son pura
evasiva, no más que subterfugios y frases habituales de diplomáticos.
Pero las masas de
defensistas “de buena fe” han quedado sorprendidas, irritadas y rebosantes de
indignación. Han sentido —no lo han
comprendido aún con toda claridad, pero lo han sentido— que han sido engañadas.
En esto consiste la esencia de la crisis, que debe
distinguirse rigurosamente de las opiniones, esperanzas y suposiciones de las
personas y los partidos.
Se puede, naturalmente,
“tapar” esta crisis por corto tiempo con una nueva declaración, con una nueva
nota, con una nueva evasiva (a eso se reducen el consejo del señor Plejánov en Edinstvo y las aspiraciones de los
Miliukov y Cía., por un lado, y de Chjeídze, Tsereteli y demás, por otro); se
puede, naturalmente, “tapar” la grieta con una nueva “evasiva”; pero de ello no
resultará nada, excepto perjuicios. Porque, con una nueva evasiva, las masas
serán engañadas inevitablemente; será inevitable un nuevo estallido de
indignación, y si este estallido es inconsciente, puede fácilmente resultar muy
perjudicial.
147
Hay que decir toda la verdad
a las masas. El gobierno de los capitalistas no puede renunciar a las anexiones; se ha enredado, no tiene
salida. Siente, comprende y ve que sin medidas revolucionarias (de las que es
capaz únicamente la clase revolucionaria) no
hay salvación. Y da bandazos, comete locuras, promete una cosa y hace otra,
tan pronto amenaza a las masas con la violencia (Guchkov y Shingariov), como
les propone que tomen el poder de sus manos.
Ruina, crisis, horrores de
la guerra, una situación sin salida: a eso han conducido los capitalistas a todos los pueblos.
No hay, en efecto, salida, si se exceptúa el paso del poder a la
clase revolucionaria, al proletariado revolucionario, único capaz —siempre que
le apoye la mayoría de la población— de ayudar al éxito de la revolución en todos los países beligerantes y de
llevar al género humano a una paz duradera, a la liberación del yugo
capitalista.
“Pravda”, núm. 38, 5
de mayo (22 de abril) de 1917.
T. 31, págs. 314-316.
148
LAS ENSEÑANZAS DE LA
CRISIS
Petrogrado y toda Rusia han
vivido una seria crisis política, la primera crisis política desde la
revolución.
El 18 de abril, el Gobierno
Provisional aprobó su nota, tristemente célebre, confirmando los rapaces
objetivos anexionistas de la guerra con claridad suficiente para provocar la
indignación de las amplias masas, que habían creído honradamente en los deseos
(y la capacidad) de los capitalistas de “renunciar a las anexiones”. El 20 y 21
de abril
Petrogrado era un hervidero.
Las calles estaban llenas de gente; día y noche se formaban por doquier
pequeños y grandes grupos y se celebraban mítines de variadas proporciones; no
cesaban las manifestaciones y demostraciones de masas. Según parece, la crisis,
o al menos su primera etapa, ha terminado ayer, el 21 de abril, por la noche.
El Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y soldados, y a
continuación el propio Soviet, han declarado satisfactorias las
“explicaciones”, las enmiendas a la nota, las “aclaraciones” del gobierno (que
se reducen a frases quo no dicen absolutamente nada, ni cambian nada, ni
obligan a nada171) y han dado por “terminado el
incidente”.
El futuro mostrará si las
amplias masas del pueblo consideran “terminado el incidente”. Nuestra misión
consiste ahora en estudiar atentamente qué fuerzas,
qué clases se han revelado en la crisis y sacar de ello enseñanzas para el
partido del proletariado. Porque la gran importancia de toda crisis consiste en
que pone al descubierto lo oculto, deja a un lado lo convencional, lo
superficial y mezquino, barre la escoria política y revela los verdaderos
resortes de la lucha de clases que se
libra en realidad.
Con su nota del 18 de abril,
el gobierno de los capitalistas no hizo más, en rigor, que reiterar sus notas
anteriores, en las que recubría la guerra imperialista con salvedades
diplomáticas. Las masas de soldados se indignaron, pues creían honradamente en
la sinceridad y en el deseo de paz de los capitalistas. Las manifestaciones
empezaron como manifestaciones de soldados
con una consigna contradictoria, inconsciente e incapaz de conducir a parte
alguna: “¡Abajo Miliukov!” (¡como si
un cambio de personas o de grupos pudiera cambiar la esencia de la política!).
Esto significa que la gran
masa inestable y vacilante, la más próxima al campesinado y pequeñoburguesa en
un sentido científico clasista, se apartó
de los capitalistas y se puso de lado
de los obreros revolucionarios. Esta fluctuación o movimiento de las masas,
capaces por su fuerza de decidirlo todo, es precisamente lo que
produjo la crisis.
Inmediatamente comenzaron a
ponerse en movimiento, a actuar en la calle y a organizarse no los elementos intermedios, sino los
extremos, no la masa pequeñoburguesa
intermedia, sino la burguesía y el
proletariado.
La burguesía ocupa la
Avenida Nevski (la avenida “Miliukov”, como dijo un periódico) y los barrios
adyacentes del Petrogrado rico, del Petrogrado de los capitalistas y los
funcionarios. Oficiales, estudiantes y “clases medias” se manifiestan a favor del Gobierno Provisional, y
![]()
171 Lenin se refiere al Comunicado del Gobierno Provisional, publicado en la prensa el 22
de abril (5 de mayo) de 1917, en el que "en vista de las dudas que han
surgido en la interpretación de la nota del ministro de Negocios
Extranjeros", el Gobierno Provisional aclaraba que la nota del 18 de abril
(1 de mayo) había sido aprobada unánimemente por el gobierno; que la victoria
sobre los enemigos, proclamada en la nota como condición del fin de la guerra,
no presupone la anexión violenta de territorios ajenos; que "las sanciones
y garantías" de una paz firme, mencionadas en la nota, había que
entenderlas como limitación de los armamentos y creación de tribunales
internacionales
entre las consignas se
encuentra con frecuencia en las banderas una inscripción: “¡Abajo Lenin!”
El proletariado se lanza a
la calle desde sus centros, desde los suburbios obreros, organizado en torno a
los llamamientos y las consignas del Comité Central de nuestro partido. El 20 y
21, el Comité Central adopta resoluciones que el aparato de la organización
hace llegar inmediatamente a las masas del proletariado. Las manifestaciones
obreras inundan los barrios no ricos y menos céntricos de la ciudad; y,
después, penetran por partes en la Nevski. Las manifestaciones de los
proletarios se distinguen a todas luces de las de la burguesía porque abarcan a
mayores masas y están más unidas. En sus banderas se lee entre otras
inscripciones: “¡Todo el poder al Soviet de diputados obreros y soldados!”
En la Nevski se producen
choques. Las banderas de las manifestaciones “contrarias” son desgarradas.
Desde distintos lugares se comunica por teléfono al Comité Ejecutivo que ambos
bandos han disparado y hay muertos y heridos; las noticias, no comprobadas, son
contradictorias en extremo.
La burguesía expresa con
gritos sobre “el espectro de la guerra civil” su temor a que las verdaderas
masas, la verdadera mayoría del pueblo, tomen el poder en sus manos. Los
líderes pequeñoburgueses del Soviet, los mencheviques y los populistas, que ni
después de la revolución, en general, ni durante los días de la crisis, en
particular, han tenido una línea de partido bien definida, se dejan amedrentar.
En el Comité Ejecutivo, donde la víspera había votado casi la mitad contra el
Gobierno Provisional, se reúnen 34 votos (frente a 19) a favor del retorno a la política de confianza en los capitalistas
y de conciliación con ellos.
149
Se da por “terminado” el “incidente”.
¿Cuál es el fondo de la
lucha de clases? Los capitalistas están a
favor de la prolongación de la guerra, quieren en cubrirlo con frases y
promesas; están presos en las redes del capital bancario ruso, anglo-francés y norteamericano. El proletariado,
representado por su vanguardia consciente, está a favor de que el poder pase a la clase revolucionaria, a la clase
obrera y los semiproletarios; a favor
del desarrollo de la revolución obrera mundial, que crece evidentemente también
en Alemania, a favor de la terminación
de la guerra por medio de esa
revolución.
La gran masa, principalmente
pequeñoburguesa, que presta crédito aún a los líderes mencheviques y
populistas, que está asustada hasta la médula por la burguesía y sigue, con
algunas reservas, la línea de ésta,
oscila tan pronto a la derecha como a la izquierda.
La guerra es espantosa. Las
amplias masas son precisamente las que más lo sienten; es en sus filas donde
cunde la conciencia todavía no clara, ni mucho menos, de que esta guerra es
criminal, de que su causa son las rivalidades y discordias de los capitalistas
por el reparto de su botín. La situación mundial se embrolla más y más. No hay otra salida que la revolución
obrera mundial, que en Rusia ha adelantado actualmente
a otros países, pero que también en Alemania hace avances visibles (huelgas,
confraternización en el frente). Y las masas vacilan entre la confianza en sus
antiguos señores, los capitalistas, y la cólera contra ellos; entre la
confianza en la clase nueva, que abre el camino de un porvenir luminoso para
todos los trabajadores, en la única clase consecuentemente revolucionaria, el
proletariado, y la comprensión confusa de su papel histórico-mundial.
¡No es ésta la primera ni tampoco la última vacilación de la
masa pequeñoburguesa y semiproletaria!
¡La enseñanza es clara,
camaradas obreros! El tiempo no espera. Tras la primera crisis vendrán otras.
¡Consagrad todas las fuerzas a
ilustrar a los rezagados, a estrechar en masa las relaciones fraternales y
directas (no sólo en los mítines) con cada regimiento, con cada grupo de las
capas trabajadoras que no ven todavía claro! ¡Consagrad todas las fuerzas a
vuestra propia cohesión, a
organizar a los obreros de abajo arriba, hasta el último distrito, hasta la
última fábrica, hasta la última barriada de la capital y sus suburbios! ¡No os dejéis desorientar por los
“conciliadores” pequeñoburgueses, dispuestos a pactar con los capitalistas, por
los defensistas, por los partidarios de la “política de apoyo”, ni por
individuos aislados, inclinados a apresurarse y a exclamar, antes de haber
logrado una sólida cohesión de la mayoría del pueblo: “¡Abajo el Gobierno Provisional!”
La crisis no puede ser superada por la violencia de algunas personas aisladas
sobre otras, mediante acciones parciales de pequeños grupos armados, mediante
intentonas blanquistas de “conquista del poder”, “detención” del Gobierno
Provisional, etc.
La consigna del momento es:
explicar con mayor exactitud, claridad y amplitud la línea del proletariado, su camino para poner fin a la guerra.
¡Formad por doquier más firme y ampliamente las filas y columnas proletarias!
¡Cerrad filas alrededor de vuestros Soviets y, dentro de ellos, tratad de unir
en torno vuestro a la mayoría mediante la persuasión fraternal y la renovación
de algunos de sus miembros!
Escrito el 22 de abril (5 de mayo) de 1917. Publicado el 6 de
mayo (23 de abril) de 1917 en el núm. 39 del periódico “Pravda”.
T. 31, págs. 324-327.
Que entienden por “ignominia” los capitlaistas y que entienden
por “ignominia” los proletarios
150
QUE
ENTIENDEN POR “IGNOMINIA” LOS CAPITALISTAS Y QUE ENTIENDEN POR “IGNOMINIA” LOS
PROLETARIOS
Edinstvo de hoy publica en primera plana, y en negrilla, un manifiesto
firmado por los señores
Plejánov, Deutsch y Zasúlich. En él leemos:
“...Todo pueblo tiene
derecho a disponer libremente de sus destinos. Con esto no estarán jamás de
acuerdo Guillermo de Alemania ni Carlos de Austria. Al combatir contra ellos,
defendemos nuestra libertad y la ajena. Rusia no puede ser desleal a sus aliados.
Eso cubriría a nuestro país de ignominia...”
Así opinan todos los
capitalistas. Para ellos es ignominia no respetar los tratados concertados entre los capitalistas, del mismo modo
que los monarcas consideran ignominioso no cumplir los tratados concertados entre monarcas.
¿Y los obreros? ¿Consideran
también ellos una ignominia el incumplimiento de los tratados sellados entre
monarcas y capitalistas?
¡Naturalmente que no! Los
obreros conscientes están a favor de
la anulación de todos los tratados de
esta índole y por el reconocimiento únicamente de los acuerdos concluidos entre los obreros y soldados de todos
los países no en interés de los capitalistas, sino en interés del pueblo, es decir, en interés de los
obreros y campesinos pobres.
Entre los obreros de todos
los países existe otro tratado: el
Manifiesto de Basilea de 1912 (firmado también y traicionado por Plejánov). En
este “tratado” de los obreros se califica de “crimen” el que los trabajadores
de los distintos países disparen unos contra otros en aras de las ganancias de los
capitalistas.
Quienes escriben Edinstvo discurren como capitalistas (Riech y demás discurren exactamente
igual), y no como obreros.
Es completamente lógico que
ni el monarca alemán ni el monarca austriaco reconozcan la libertad de cada
pueblo, pues ambos son bandoleros coronados, como Nicolás II. Pero, en primer
lugar, los monarcas inglés, italiano y demás (“aliados” de Nicolás II) no son
nada mejores. Y quien olvide esto es un monárquico o un abogado de los
monárquicos.
En segundo lugar, los
bandoleros no coronados, es decir,
los capitalistas, han mostrado en la guerra actual no ser nada mejores que los
monarcas. ¿Es que la “democracia” norteamericana, es decir, los capitalistas
democráticos, no han saqueado Filipinas y no están saqueando México?
Los Guchkov y los Miliukov
alemanes, si sustituyeran a Guillermo II, serían también bandoleros, no mejores que los capitalistas ingleses o
rusos.
Y en tercer lugar, ¿es que
los capitalistas rusos “aceptarán” la “libertad” de los pueblos oprimidos por
ellos: Armenia, Jiva, Ucrania y Finlandia?
Al eludir esta cuestión,
quienes escriben Edinstvo se
convierten, de hecho, en defensores de “sus” capitalistas en su guerra rapaz
contra otros capitalistas.
Los obreros
internacionalistas del mundo entero están por el derrocamiento de todos los gobiernos capitalistas, contra
todo pacto y todo entendimiento con los capitalistas, cualesquiera que sean,
por una paz general concertada por
los obreros revolucionarios de todos
los países y capaz de garantizar realmente la libertad a “cada” pueblo.
Que entienden por “ignominia” los capitlaistas y que entienden
por “ignominia” los proletarios
Escrito
el 22 de abril (5 de mayo) de 1917. Publicado el 6 de mayo (23 de abril) de
1917 en el núm. 39 del periódico “Pravda”.
T. 31, págs. 328-329.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
151
VII CONFERENCIA DE
TODA RUSIA DEL POSD(B)R.
24-29 de abril (7-12 de mayo) de 1917
1. Discurso de apertura de la conferencia, 24 de abril, (7 de
mayo).
Camaradas: Nuestra
conferencia se reúne como la I Conferencia del partido proletario en
condiciones de avance no sólo de la revolución rusa, sino también de la
revolución internacional. Llega la hora en que se justifica por doquier la
afirmación de los fundadores del socialismo científico y la previsión unánime
de los socialistas reunidos en el Congreso de Basilea de que la guerra mundial
conduce inevitablemente a la revolución.
En el siglo XIX, Marx y
Engels, observando el movimiento proletario de los distintos países y
analizando las posibles perspectivas de la revolución social, afirmaron más de
una vez que los papeles de dichos países se repartirían, en general,
proporcionalmente, conforme a las peculiaridades históricas nacionales de cada
uno de ellos. Esta idea, formulada brevemente, la expresaron así: el obrero
francés comenzará la obra y el alemán la llevará a cabo.
Al proletariado ruso le ha
correspondido el gran honor de empezar, pero no debe olvidar que su movimiento
y su revolución son solamente una parte del movimiento proletario
revolucionario mundial, que en Alemania, por ejemplo, aumenta de día en día con
fuerza creciente. Sólo desde este ángulo visual podemos determinar nuestras
tareas.
Declaro abierta la Conferencia de toda Rusia y ruego que se
proceda a elegir la Mesa.
Publicado en forma de reseña el 12 mayo (29 de abril) de 1917 en
el núm. 43 del periódico “Sotsial— Demokrat”. Publicado íntegramente por vez
primera en 1921 en las “Obras” N. Lenin (V. Uliánov), t. XIV, parte 2.
T. 31, págs. 341.
2. Informe sobre el
momento actual, 24 de abril, (7 de mayo).
Acta taquigráfica.
Camaradas: Al abordar el
problema del momento actual y enjuiciarlo, tendré que abarcar un tema
extraordinariamente extenso, que se divide, a mi parecer, en tres partes:
primero, apreciación de la situación política propiamente dicha en nuestro
país, en Rusia, actitud ante el gobierno y ante la dualidad de poderes;
segundo, actitud ante la guerra, y tercero, situación creada en el movimiento
obrero internacional, que le ha colocado directamente, hablando en escala
mundial, ante la revolución socialista.
Creo que sólo podré tocar
brevemente algunos de estos puntos. Además, he de someter a vuestra
consideración un proyecto de resolución sobre todas estas cuestiones, si bien
haciendo la salvedad de que la extrema escasez de fuerzas de que disponemos y
la crisis política surgida aquí, en Petrogrado, nos han impedido no sólo
discutir esta resolución, sino ni siquiera comunicarla a su debido tiempo a las
distintas organizaciones locales. Repito, pues, que no se trata más que de
proyectos preliminares, que facilitarán el trabajo de la comisión y le
permitirán concentrarse en algunas de las cuestiones más sustanciales.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
Comienzo por la primera
cuestión. Si no estoy equivocado, la Conferencia de Moscú ha aprobado la misma
resolución que la Conferencia de Petrogrado (Voces: “¡Con enmiendas!”). No he visto esas enmiendas y, por tanto,
no puedo juzgar. Pero como la resolución de Petrogrado ha sido publicada en Pravda, puedo considerar, si no hay
objeciones, que es conocida de todos. Esta resolución es la que someto hoy,
como proyecto, a la presente Conferencia de toda Rusia.
La mayoría de los partidos
del bloque pequeñoburgués que reina en el Soviet de Petrogrado presenta nuestra
política, a diferencia de la suya, como una política de pasos precipitados.
Nuestra política se distingue por el hecho de que exigimos, ante todo, una
exacta definición de clase de lo que está ocurriendo. El pecado capital del
bloque pequeñoburgués consiste en que oculta al pueblo, valiéndose de frases
hueras, la verdad acerca del carácter de clase del gobierno.
Si los camaradas de Moscú tienen enmiendas que presentar,
podrían leerlas ahora.
(Lee la resolución de Conferencia de la ciudad de Petrogrado sobre la
actitud ante el Gobierno Provisional.)
“Considerando:
“1) que el Gobierno
Provisional es, por su carácter de clase, un órgano de dominación de los
terratenientes y de la burguesía;
152
“2) que este gobierno y las
clases por él representadas se hallan ligados de modo indisoluble, económica y
políticamente al imperialismo ruso y anglo-francés;
“3) que inclusive el
programa anunciado por él lo cumple de modo incompleto y sólo bajo la presión
del proletariado revolucionario y, en parte, de la pequeña burguesía;
“4) que las fuerzas de la
contrarrevolución burguesa y terrateniente que se organizan,encubriéndose con
la bandera del Gobierno Provisional y, con la evidente tolerancia de éste, han
iniciado ya el ataque contra la democracia revolucionaria;
“5) que el Gobierno
Provisional difiere la convocatoria de elecciones a la Asamblea Constituyente,
pone obstáculos al armamento general del pueblo, impide que toda la tierra pase
a manos del pueblo, le impone el método terrateniente de solución del problema
agrario, frena la implantación de la jornada de ocho horas, favorece la
agitación contrarrevolucionaria (de Guchkov y Cía.) en el ejército, organiza a
los altos oficiales contra los soldados, etc...”
He leído la primera parte de
la resolución, que contiene la característica de clase del Gobierno
Provisional. Las divergencias con la resolución de los moscovitas, en cuanto
puede juzgarse sólo por el texto, no creo que sean muy sustanciales; pero
considero que caracterizar en general al gobierno como contrarrevolucionario
sería inexacto. Cuando se habla en general, hay que aclarar a qué revolución
nos referimos. Desde el punto de vista de la revolución burguesa, no puede
decirse eso puesto que ha terminado ya. Desde el punto de vista de la
revolución proletaria campesina, es prematuro decirlo, pues no podemos estar
seguros de que los campesinos vayan sin falta más allá que la burguesía; y, a
mi juicio, es infundado expresar nuestra seguridad en el campesinado, sobre
todo ahora, cuando ha virado hacia el imperialismo y el defensismo, es decir,
hacia el apoyo a la guerra. Y ahora ha entrado en una serie de acuerdos con los
demócratas-constitucionalistas. Por eso considero incorrecto políticamente este
punto de la resolución de los camaradas moscovitas. Queremos que el campesinado
vaya más allá que la burguesía, que tome la tierra a los terratenientes, pero
hoy no puedo decirse nada concreto sobre su conducta futura.
Nosotros rehuimos
cuidadosamente las palabras “democracia revolucionaria”. Cuando se trata de una
agresión del gobierno, puede hablarse así; pero, en la actualidad, esa frase
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
encubre el mayor de los
engaños, ya que es dificilísimo diferenciar las clases confundidas en este
caos. Nuestra tarea consiste en liberar a quienes van a la zaga. Para nosotros,
los Soviets no son importantes como forma; lo importante son las clases que
representan esos Soviets. Por eso es necesaria una larga labor de
esclarecimiento de la conciencia proletaria...
(Continúa leyendo la
resolución.)
“...6) que, al mismo tiempo,
este gobierno se apoya actualmente en la confianza y, hasta cierto punto, en un
acuerdo directo con el Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado, el
cual agrupa hoy a la evidente mayoría de los obreros y soldados, es decir, del
campesinado;
“7) que cada paso del
Gobierno Provisional, tanto en la política exterior como en la interior, abrirá
los ojos no sólo a los proletarios de la ciudad y del campo y los
semiproletarios, sino también a grandes sectores de la pequeña burguesía,
haciéndoles ver el carácter auténtico de este gobierno;
“la conferencia acuerda que:
“1) para que todo el poder
del Estado pase a los Soviets de diputados obreros y soldados o a otros órganos
que expresen directamente la voluntad del pueblo, es necesaria una prolongada
labor de esclarecimiento de la conciencia de clase del proletariado y de
cohesión de los proletarios de la ciudad y del campo contra las vacilaciones de
la pequeña burguesía, pues sólo esa labor garantizará de verdad el avance
victorioso de todo el pueblo revolucionario;
“2) para ello es preciso
desplegar una actividad múltiple dentro de los Soviets de diputados obreros y
soldados, aumentar su número, consolidar sus fuerzas y aglutinar en su seno a
los grupos proletarios internacionalistas de nuestro partido;
“3) es necesario organizar
en mayor escala nuestras fuerzas socialdemócratas para que la nueva ola del
movimiento revolucionario se desarrolle bajo la bandera de la socialdemocracia
revolucionaria”.
En esto reside la clave de
toda nuestra política. Actualmente, toda la pequeña burguesía vacila y encubre
sus vacilaciones con la frase “democracia revolucionaria”, y nosotros debemos
oponer a esas vacilaciones la línea proletaria. Los contrarrevolucionarios
desean hacer fracasar esa línea provocando acciones prematuras. Nuestras tareas
son: aumentar el número de Soviets, consolidar sus fuerzas y aglutinar en su
seno los elementos de nuestro partido.
En el punto tercero, los
moscovitas añaden el control. Es el control representado por Chjeídze, Steklov,
Tsereteli y otros líderes del bloque pequeñoburgués. El control sin el poder no
es más que una frase huera. ¿Cómo voy a controlar yo a Inglaterra? Para ello
habría que apoderarse de su flota. Comprendo que la masa atrasada de obreros y
soldados pueda confiar candorosa e inconscientemente en el control, pero basta
reflexionar sobre los elementos fundamentales del control para convencerse de
que esta confianza es una desviación de los principios básicos de la lucha de
clases. ¿Qué es el control? Si yo escribo un papel o una resolución, ellos
escribirán una contrarresolución. Para controlar hay que tener el poder. Si
esto es incomprensible para la gran masa del bloque pequeñoburgués, hay que
tener la paciencia de explicárselo, pero en ningún caso mentirle. Mas si yo
velo esta condición fundamental con el control, no digo la verdad y hago el
juego a los capitalistas e imperialistas. “Ten la bondad de controlarme —dicen
ellos—, pero yo tendré los cañones. Hártate de control”. Saben que, hoy por
hoy, no puede negarse nada al pueblo. Sin el poder, el control no es más que
una frase pequeñoburguesa, que frena la marcha y el desarrollo de la revolución
rusa. Por eso me opongo al punto tercero de los camaradas moscovitas.
153
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
Por lo que se refiere a este
original entrelazamiento de dos poderes, en el cual el Gobierno Provisional —
sin tener el poder, ni los cañones, ni los soldados, ni la masa de hombres
armados— se apoya en los Soviets, los cuales, fiándose por ahora de promesas,
siguen una política de apoyo a esas promesas, diremos que si queréis participar
en ese juego, fracasaréis. Nuestra misión es no tomar parte en ese juego.
Continuaremos explicando al proletariado toda la inconsistencia de esa
política, y la vida real se encargará de demostrar a cada paso nuestra razón.
Hoy estamos en minoría, las masas no nos creen aún. Sabremos esperar; ya
vendrán a nosotros cuando el gobierno se arranque la careta. Las vacilaciones
del gobierno podrán apartarlas de él y las volcarán hacia nosotros, y entonces,
pulsando la correlación de fuerzas, diremos: nuestra hora ha llegado.
Paso al problema de la
guerra, en el que coincidíamos, prácticamente, cuando nos declaramos contra el
empréstito; las actitudes adoptadas ante el empréstito mostraron palpablemente
en el acto cómo se dividen las fuerzas políticas. Como ha escrito Riech, todos vacilan, con la sola
excepción de Edinstvo; toda la masa
pequeñoburguesa está a favor del empréstito, con reservas. Los capitalistas
ponen gesto avinagrado, se echan la resolución al bolsillo con una sonrisa y
dicen: “¡Hablad cuanto queráis, pues, pese a todo, seremos nosotros quienes
actuaremos!” En el mundo entero se denomina socialchovinistas a todos los que
votan actualmente a favor del empréstito.
Pasaré directamente a lee el proyecto de resolución sobre la
guerra. Se divide en tres partes:
1)
característica
de la guerra desde el punto de vista de su significación de clase; 2)
defensismo revolucionario de las masas, que no existe en ningún país, y 3) cómo
poner fin a la guerra.
Muchos de nosotros, entre
ellos yo, hemos tenido ocasión de hablar, sobre todo ante los soldados, y creo
que cuando se les explica todo desde el punto de vista de clase, lo que menos
claro ven en nuestra posición es cómo queremos poner fin a la guerra y de qué
modo creemos posible terminarla. Entre las amplias masas existe un sinnúmero de
confusiones, una incomprensión absoluta de nuestra posición; por eso debemos
explicarles este punto con el lenguaje más popular.
(Lee el proyecto de
resolución sobre la guerra.)
“La guerra
actual es, por parte de ambos grupos de potencias beligerantes, una guerra
imperialista, es decir, una guerra que hacen los capitalistas por el dominio
mundial, por el reparto del botín capitalista, por los mercados ventajosos del
capital financiero y bancario, por el estrangulamiento de los pueblos débiles.
“El paso del poder en Rusia
de manos de Nicolás II a las del gobierno de Guchkov, Lvov, etc., gobierno de
terratenientes y capitalistas, no ha cambiado ni podía cambiar ese carácter de
clase ni el significado de la guerra por parte de Rusia.
“El hecho de que el nuevo
gobierno prosigue la misma guerra, una guerra igualmente imperialista, una
guerra rapaz, de conquista, se ha manifestado con evidencia particular en la
siguiente circunstancia: el nuevo gobierno, lejos de publicar los tratados secretos
concluidos por el ex zar, Nicolás II, con los gobiernos capitalistas de
Inglaterra, Francia, etc., los ha ratificado formalmente. Se ha hecho esto sin
consultar la voluntad del pueblo y con la intención manifiesta de engañarlo,
pues es del dominio público que esos tratados secretos del ex zar son tratados
bandidescos hasta la médula, que prometen a los capitalistas rusos el saqueo de
China, de Persia, de Persia, de Turquía, de Austria, etc.
“Por eso, el partido
proletario no puede apoyar en modo alguno ni la guerra en curso, ni al gobierno
actual, ni sus empréstitos, sean cuales fueren las pomposas palabras con que se
denomine a esos
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
empréstitos, sin romper por
completo con el internacionalismo, es decir, con la solidaridad fraternal de
los obreros de todos los países en la lucha contra el yugo del capital.
“No merece tampoco ningún
crédito la promesa del gobierno actual de renunciar a las anexiones, es decir,
a la conquista de otros países, o a la retención por la fuerza en los límites
de Rusia de cualquier nacionalidad. Porque, en primer lugar, los capitalistas,
unidos por miles de hilos del capital bancario ruso y anglo-francés y que
defienden los intereses del capital, no pueden renunciar a las anexiones en
esta guerra sin dejar de ser capitalistas, sin renunciar a las ganancias que
proporcionan los miles de millones invertidos en empréstitos, en concesiones,
en fábricas de guerra, etc. En segundo lugar, el nuevo gobierno, que renunció a
las anexiones para embaucar al pueblo, declaró por boca de Miliukov el 9 de
abril de 1917 en Moscú, que no renuncia a las anexiones. En tercer lugar, como
ha denunciado Dielo Naroda, periódico
en el que colaboro el ministro Kerenski, Miliukov no ha cursado siquiera al
exterior su declaración sobre la renuncia a las anexiones.
154
“Al poner en guardia al
pueblo contra las vanas promesas de los capitalistas, la conferencia declara,
por ello, que es necesario establecer una rigurosa diferencia en la renuncia a
las anexiones de palabra y la renuncia de hecho, es decir, la publicación
inmediata de todos los bandidescos tratados secretos, de todos los documentos
referentes a la política exterior, y proceder sin demora a la liberación más
completa de todas las naciones que la clase capitalista oprimir o mantiene
encadenadas por la fuerza a Rusia o carentes de plenos derechos, siguiendo la
política, oprobiosa para nuestro pueblo, del ex zar Nicolás II”.
La segunda mitad de esta
parte de la resolución trata de las promesas que hace el gobierno. Para un
marxista, esta parte estaría tal vez de más, pero para el pueblo tiene
importancia. De ahí que sea necesario agregar por qué no damos crédito a esas
promesas, por qué no debemos confiar en el gobierno. Las promesas del gobierno
actual de renunciar a la política imperialista no merecen ninguna confianza.
Nuestra línea en esta cuestión no debe consistir en indicar que exigimos al
gobierno la publicación de los tratados. Eso sería una ilusión. Exigir eso a un
gobierno de capitalistas sería igual que exigir que se descubran los fraudes
comerciales. Si decimos que es necesario renunciar a las anexiones y
contribuciones, debemos señalar, además, cómo ha de hacerse; y si se nos
pregunta quién tiene que hacerlo, diremos que se trata, en esencia, de un paso
revolucionario y que ese paso sólo puede darlo el proletariado revolucionario.
De otro modo no serán más que promesas vacías, buenos deseos, con que los
capitalistas llevan de las riendas al pueblo.
(Sigue leyendo el proyecto
de resolución.)
“El llamado “defensismo
revolucionario”, que hoy se ha apoderado en Rusia de casi todos los partidos
populistas (socialistas populares, trudoviques, socialistas-revolucionarios),
del partido oportunista de los socialdemócratas mencheviques (Comité de Organización,
Chjeídze, Tsereteli y otros) y de la mayoría de los revolucionarios sin
partido, representa, ateniéndonos a su significación de clase, por un lado, los
intereses y el punto de vista de la pequeña burguesía, de los pequeños
propietarios, de los campesinos acomodados, quienes, al igual que los
capitalistas, sacan provecho de la violencia contra los pueblos débiles, y, por
otro lado, es resultado del engaño de las masas del pueblo por los
capitalistas, que no hacen públicos los tratados secretos y salen del paso con
promesas y frases elocuentes.
“Debemos reconocer que masas
muy amplias de “defensistas revolucionarios” obran de buena fe, es decir, no
desean efectivamente ninguna clase de
anexión ni conquista, ni actos de violencia contra los pueblos débiles, quieren
verdaderamente una paz democrática, y
no una paz impuesta, entre todos los
países beligerantes. Es preciso reconocer esto porque la situación de clase de
los proletarios y semiproletarios de la ciudad y del campo (es decir, de los
hombres que viven total o parcialmente de la venta de su fuerza de trabajo a
los capitalistas) hace que dichas clases no estén interesadas en las ganancias
de los capitalistas.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
“Por ello, reconociendo
absolutamente inadmisible cualquier concesión al “defensismo revolucionario”,
que equivaldría de hecho a la ruptura completa con el internacionalismo y el
socialismo, la conferencia declara al mismo tiempo que mientras los capitalistas
rusos y su Gobierno
Provisional se limiten a
amenazar al pueblo con la violencia (como, por ejemplo el tristemente célebre
decreto de Guchkov conminando con represalias a los soldados que destituyan por
propia iniciativa a sus superiores); mientras los capitalistas no pasen al empleo de la violencia
contra los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, braceros, etc.,
libremente organizados y con atribuciones para elegir y deponer libremente a todas las autoridades, nuestro partido
propugnará la renuncia a la violencia en general y combatirá el grave y funesto
error de los partidarios del “defensismo revolucionario” exclusivamente con
métodos de persuasión camaraderil, explicando la verdad de que la confianza
inconsciente de las vastas masas en el gobierno de los capitalistas, los peones
enemigos de la paz y del socialismo, es en el momento actual en Rusia el
obstáculo principal para la rápida terminación de la guerra”.
Es indudable que una parte
de la pequeña burguesía está interesada en esta política de los capitalistas;
por ello, es imperdonable para el partido proletario cifrar ahora sus
esperanzas en la comunidad de intereses con el campesinado. Luchamos por conseguir
que los campesinos pasen a nuestro lado, pero ahora están, y hasta cierto punto
conscientemente, al lado de los capitalistas.
No cabe la menor duda de que
el proletariado y el semiproletariado, como clase, no están interesados en la
guerra. Van a remolque de las tradiciones y el engaño. Carecen aún de
experiencia política. De ahí nuestra tarea de efectuar una larga labor explicativa.
No les hacernos la menor concesión de principio, pero no podemos tratarlos
igual que a los socialchovinistas. Estos elementos de la población no han sido
jamás socialistas ni tienen la menor idea del socialismo, no hacen más que
despertar a la vida política. Pero su conciencia crece y se amplía con una
rapidez extraordinaria. Hay que saber llegar hasta ellos con nuestra labor
explicativa y ésta es la tarea más difícil, sobre todo para un partido que
todavía ayer se encontraba en la clandestinidad.
155
Habrá quienes piensen que al decir esto renegamos de nosotros
mismos, por cuanto antes propugnábamos la transformación de la guerra
imperialista en guerra civil y ahora nos pronunciamos contra nuestra propia
actitud. Pero en Rusia ha terminado la primera guerra civil y pasamos ahora a
la segunda guerra: entre el imperialismo y el pueblo en almas. Y en este
período de transición, mientras la fuerza armada se encuentre en manos de los
soldados, mientras Miliukov y Guchkov no apelen a la violencia, esta guerra
civil se convierte para nosotros en una labor de propaganda clasista pacífica,
larga y paciente. Si hablamos de la guerra civil antes de que la gente haya
comprendido su necesidad, caeremos inevitablemente en el blanquismo. Somos
partidarios de la guerra civil, pero sólo cuando la sostiene una clase
consciente. Puede derrocarse a quien el pueblo considera un avasallador. Pero
en la actualidad no hay ningún avasallador, pues los cañones y los fusiles los
tienen los soldados y no los capitalistas; éstos no se imponen ahora por la
violencia, sino por el engaño, y gritar que nos avasallar es un absurdo. Hay
que saber situarse en el punto de vista del marxismo, el cual nos dice que esta
transformación de la guerra imperialista en guerra civil se basa en condiciones
objetivas y no en condiciones subjetivas. Nosotros renunciamos de momento a
esta consigna, pero sólo de momento. Las armas están ahora en manos de los
soldados y de los obreros y no en manos de los capitalistas. Mientras el
gobierno no rompa las hostilidades, predicamos pacíficamente.
Al gobierno le convendría
que el primer paso irreflexivo a la acción lo diéramos nosotros: eso le
convendría. Está furioso porque nuestro partido ha lanzado la consigna de una
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
manifestación pacífica. No
debemos ceder ni un ápice de nuestros principios a la pequeña burguesía hoy a
la expectativa. Para un partido proletario no hay error más peligroso que basar
su táctica en deseos subjetivos allí donde lo que hace falta es organización.
No podemos decir que la mayoría está con nosotros; en este caso es necesario
desconfiar, desconfiar y desconfiar. Basar sobre deseos la táctica proletaria
significaría matarla.
El tercer punto se refiere
al problema de cómo terminar la guerra. La posición de los marxistas al
respecto es conocida, pero la dificultad estriba en cómo hacerla llegar a las
masas en la forma más clara posible. No somos pacifistas y no podemos renunciar
a la guerra revolucionaria. ¿En qué se distingue una guerra revolucionaria de
una guerra capitalista? Se distingue, ante todo, por la clase que está
interesada en ella y por la política que aplica la clase interesada en esa
guerra... Cuando se habla a las masas, hay que darles respuestas concretas. La
primera cuestión es, pues, ésta: ¿cómo distinguir una guerra revolucionaria de
una guerra capitalista? El hombre del pueblo no comprende en qué consiste la
diferencia, no comprende que se trata de la diferencia de clases. No debemos
expresarnos sólo teóricamente, sino mostrando de modo práctico que sólo
libraremos una guerra verdaderamente revolucionaria cuando el poder esté en
manos del proletariado. Me parece que semejante planteamiento de la cuestión da
la respuesta más clara a la pregunta de qué guerra es ésta y quién la hace.
En Pravda se ha publicado un proyecto de llamamiento a los soldados de
todos los países beligerantes. Tenemos noticias de que en el frente se
confraterniza, pero todavía de modo semiespontáneo. A esta confraternización le
falta un pensamiento político claro. Los soldados han sentido instintivamente
que había que obrar desde abajo. Su instinto de clase, de gente imbuida de
espíritu revolucionario, les ha hecho ver que éste es el verdadero camino. Mas
eso no basta para la revolución. Nosotros queremos dar una contestación
política clara. Para que la guerra termine, el poder debe pasar a manos de la
clase revolucionaria. Yo propondría que, en nombre de la conferencia, se
dirigiese un llamamiento a los soldados de todos los países beligerantes y que
ese llamamiento fuese publicado en todos los idiomas. Si en lugar de todas las
frases en boga sobre conferencias de paz —en las que la mitad de los reunidos
son siempre agentes solapados o manifiestos de los gobiernos imperialistas—
lanzamos dicho llamamiento, avanzaremos mil veces más deprisa hacia nuestra
meta que con todas las conferencias pacifistas. No queremos nada con los
Plejánov alemanes. Cuando cruzamos Alemania en tren, esos señores
socialchovinistas, los Plejánov alemanes, intentaron subir a nuestro vagón,
pero les hicimos saber que ni un solo socialista de esa clase pondría los pies
en él, y que si entraban, a pesar de todo, no los dejaríamos salir sin un gran
escándalo. En cambio, si hubieran dejado entrar, por ejemplo, a Carlos
Liebknecht, habríamos hablado con él. Cuando publiquemos ese llamamiento a los
trabajadores de todos los países y demos en él nuestra respuesta a la pregunta
de cómo debe terminarse la guerra, y cuando los soldados lean esa respuesta,
que da una salida política a la guerra, la confraternización dará un paso
gigantesco. Ello es necesario para que ésta deje de ser un pavor instintivo
ante la guerra y se convierta en una clara conciencia política de cómo salir de
esta guerra.
Paso a la tercera cuestión,
esto es, a la apreciación del momento actual desde el punto de vista de la
situación del movimiento obrero internacional y del estado en que se encuentra
el capitalismo internacional. Desde el punto de vista marxista, sería absurdo
examinar la situación de un solo país al hablar del imperialismo, ya que los
diferentes países capitalistas están vinculados entre sí del modo más estrecho.
Y hoy, en plena guerra, esta vinculación es inconmensurablemente mayor. Toda la
humanidad se ha convertido en un amasijo sanguinolento y es imposible salir de
él aisladamente. Si bien hay países más desarrollados y menos desarrollados, la
guerra actual los ha atado a todos de tal manera que es imposible y disparatado
que ningún país pueda salir él solo de la conflagración.
156
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
Todos estamos de acuerdo en
que el poder deben tenerlo los Soviets de diputados obreros y soldados. Pero
¿qué pueden y deben hacer éstos cuando el poder pase a sus manos, es decir,
cuando pase a manos de los proletarios y semiproletarios? Es una situación
complicada y difícil. Y al hablar de la toma del poder, surge un peligro que ya
en revoluciones anteriores desempeñó un gran papel: el peligro de que la clase
revolucionaria se haga cargo del poder y no sepa qué hacer con él. En la
historia de las revoluciones existen ejemplos de revoluciones que fracasaron
precisamente por eso. Los Soviets de diputados obreros y soldados que envuelven
hoy como una red a toda Rusia son actualmente el eje de toda la revolución; sin
embargo, me parece que no los hemos comprendido y estudiado suficientemente. Si
los Soviets toman el poder, no se tratará ya de un Estado en el sentido usual
de la palabra. Hasta hoy no ha existido nunca un Estado de ese tipo que se haya
sostenido mucho tiempo, pero todo el movimiento obrero mundial ha tendido hacia
él. Será precisamente un Estado del tipo de la Comuna de París. Este poder es
una dictadura, es decir, no se apoya en la ley ni en la voluntad formal de la
mayoría, sino de modo directo e inmediato en la violencia. La violencia es un instrumento
de poder.
¿Cómo emplearán los Soviets
este poder? ¿Volverán a los antiguos métodos de gobierno a través de la
policía, administrarán el país por medio de los viejos órganos de poder? A mi
juicio, no podrán hacerlo y, en todo caso, se alza ante ellos la tarea inmediata
de organizar un Estado no burgués. He empleado, hablando entre bolcheviques, la
comparación de este Estado con la Comuna de París en el sentido de que esta
última destruyó los antiguos órganos administrativos y los sustituyó por
órganos completamente nuevos, por órganos directos, inmediatos, de los obreros.
Se me acusa de haber utilizado en este momento la palabra que más asusta a los
capitalistas, ya que han empezado a comentarla como el deseo de implantar
inmediatamente el socialismo. Pero la he empleado únicamente en el sentido de
sustitución de los viejos órganos por otros nuevos, proletarios. Marx decía que
esto representaba el avance más importante de todo el movimiento proletario
mundial172. La cuestión de las tareas sociales del
proletariado tiene para nosotros una importancia práctica inmensa, un lado,
porque nos vemos atados ahora a los demás países y no podemos salir de ese
ovillo: o el proletariado sale en su totalidad o lo estrangularán; por otro
lado, porque los Soviets de diputados obreros y soldados son un hecho. No cabe
duda para nadie que cubren toda Rusia, son un poder y no puede haber otro. Y si
es así, debemos tener una idea clara de cómo pueden utilizar ese poder. Se dice
que este poder es igual que el existente en Francia y en Norteamérica; pero
allí no se da nada semejante, no existe un poder directo como éste.
La resolución sobre el
momento actual se divide en tres partes. En la primera se caracteriza la
situación objetiva creada por la guerra imperialista la situación en que se ha
visto el capitalismo mundial; en la segunda, se exponen las condiciones del movimiento
proletario internacional, y en la tercera, las tareas de la clase obrera rusa
al hacerse cargo del poder. En la primera parte formulo la conclusión de que el
capitalismo se ha desarrollado durante la guerra más aún que antes de ella. Se
ha adueñado de ramas enteras de la producción. Ya en 1891, hace 27 años, cuando
los alemanes aprobaron su Programa de Erfurt173,
“Engels decía
![]()
172 Véase la carta de C. Marx a L. Kugelmann, del 17 de abril de
1871
173 El Programa de Erfurt
del Partido Socialdemócrata Alemán
fue aprobado en el Congreso de Erfurt de 1891. Se basaba en la doctrina
marxista sobre la inevitabilidad del hundimiento del modo de producción
capitalista y de la sustitución de éste por el modo de producción socialista;
se recalcaba en él la necesidad de que la clase obrera desplegara la lucha
política y se indicaba el papel del partido como dirigente de esta lucha; pero
en él se hacían también serias concesiones al oportunismo. F. Engels sometió el
proyecto de Programa de Erfurt a extensa crítica (véase Contribución a la crítica del proyecto de programa socialdemócrata de
1891), lo que, de hecho, constituyó una crítica del oportunismo de toda la
II Internacional, para cuyos partidos el Programa de Erfurt era algo así como
un modelo. Sin embargo, los dirigentes de la socialdemocracia alemana ocultaron
a las masas del partido la crítica de Engels, y sus observaciones más
importantes no fueron tomadas en consideración al redactarse el texto
definitivo del programa. Lenin consideraba que el defecto principal del
Programa de Erfurt, concesión cobarde hecha al oportunismo, consistió en que
silenciaba la dictadura del proletariado.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
que no podía interpretarse
el capitalismo según se venía haciendo, como un régimen carente de todo plan.
Esta interpretación es ya anticuada: donde hay trusts no hay carencia de
planes. Durante el siglo XX, sobre todo, el desarrollo del capitalismo siguió
avanzando a pasos agigantados, y la guerra hizo lo que no se había hecho en 25
años. La estatificación de la industria no sólo ha hecho progresos en Alemania,
sino también en Inglaterra. De los monopolios en general se ha pasado a los
monopolios de Estado. La situación objetiva ha demostrado que la guerra ha
acelerado el desarrollo del capitalismo, la transformación del capitalismo en
imperialismo, el de monopolio a estatificación. Todo ello ha aproximado la
revolución socialista y ha creado las condiciones objetivas para ella. De este
modo, el curso de la guerra ha acercado la revolución socialista.
Inglaterra fue antes de la
guerra el país de máxima libertad, como señalan en todo momento los políticos
del tipo demócrata-constitucionalista. Pero había libertad por que no existía
movimiento revolucionario. La guerra lo cambió todo de golpe. Un país en el que
no se recordaba desde hacía muchísimos años un solo atentado contra la libertad
de la prensa socialista ha implantado de repente una censura puramente zarista
y ha llenado sus cárceles de socialistas. Los capitalistas aprendieron allí
durante siglos a gobernar al pueblo sin violencias, y si han recurrido ahora a
ellas es porque se han dado cuenta de que el movimiento revolucionario crece,
de que no pueden obrar de otra manera. Cuando señalábamos que Liebknecht
representaba a una masa, a pesar de estar solo y tener enfrente a cien Plejánov
alemanes, se nos decía que eso era una utopía, una ilusión. Sin embargo, basta
haber asistido a una sola asamblea obrera en el extranjero para convencerse de
que la simpatía de las masas por Liebknecht es un hecho indudable. Sus más
furiosos enemigos tuvieron que recurrir a ardides ante las masas, y si no se
presentaron como adeptos suyos, por lo menos nadie se atrevió a hablar contra
él abiertamente. Hoy las cosas han ido aún más lejos. Ahora se trata de huelgas
de masas y de confraternización en el frente. Aventurarse a profetizar sobre el
particular sería el más grave de los errores, pero es un hecho que la simpatía
hacia la Internacional va en aumento y que en el ejército alemán empieza la
efervescencia revolucionaria. Y ese hecho demuestra que la revolución madura en
Alemania.
157
Veamos ahora cuáles son las tareas del proletariado
revolucionario. El defecto principal y el error principal de todos los
razonamientos de los socialistas consiste en que el problema se plantea en
términos demasiado generales —transición al socialismo—, cuando lo que
corresponde es hablar de los pasos y medidas concretos. Unos han madurado ya,
otros no. Vivimos un momento de transición. Es evidente que hemos promovido
formas que no se parecen a las de los Estados burgueses: los Soviets de
diputados obreros y soldados son una forma de Estado que no existe ni ha
existido nunca en ningún país. Son una forma que representa los primeros pasos
hacia el socialismo y que es inevitable en los comienzos de la sociedad
socialista. Este es un hecho decisivo. La revolución rusa ha creado los
Soviets. En ningún país burgués existen ni pueden existir instituciones
estatales semejantes, y ninguna revolución socialista puede operar con otro
poder que no sea éste. Los Soviets de diputados obreros y soldados deben tomar
el poder, pero no para implantar una república burguesa corriente ni para pasar
directamente al socialismo. Eso es imposible.
¿Para qué, entonces? Deben
tomar el poder para dar los primeros pasos concretos, que pueden y deben darse,
hacia esa transición. El miedo es en este sentido el enemigo principal. Debemos
explicar a las masas que es menester dar esos pasos inmediatamente, pues, de
otro modo, el poder de los Soviets de diputados obreros y soldados carecerá de
sentido y no dará nada al pueblo.
Intentaré contestar a la
pregunta de cuáles son los pasos concretos que podemos proponer al pueblo, sin
caer en contradicción con nuestras convicciones marxistas.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
¿Para qué queremos que el
poder pase a manos de los Soviets de diputados obreros y soldados?
La primera medida que deberán aplicar los Soviets es la
nacionalización de la tierra. Todos los pueblos hablan de ella. Se dice que
esta medida es la más utópica de todas y, sin embargo, todos van a parar a
ella, precisamente porque la posesión de la tierra en Rusia está tan embrollada
que no cabe más salida que quitar todos los lindes y transformar todo el suelo
del país en propiedad del Estado. Hay que abolir la propiedad privada de la
tierra. Tal es la tarea que tenemos planteada, pues la mayoría del pueblo la
requiere. Para eso necesitamos los Soviets. Esta medida no puede llevarse a
cabo con la vieja burocracia del Estado.
Segunda medida. No podemos sustentar que el socialismo sea “implantado”, pues
eso seria el mayor de los disparates. Lo que debemos hacer es predicar el
socialismo. La mayoría de la población de Rusia está formada por campesinos,
por pequeños propietarios, que no pueden ni pensar en el socialismo. Pero, ¿qué
pueden decir en contra de que en cada pueblo funcione un banco que les dé la
posibilidad de mejorar su hacienda? Contra esto no tendrán a que objetar.
Debemos difundir estas medidas prácticas entre lo campesinos y afianzar en
ellos la conciencia de que son necesarias.
Otra cosa es, evidentemente,
el consorcio de fabricantes de azúcar. Esto ya es un hecho. En este punto,
nuestra proposición debe ser directamente práctica: es preciso que esos
consorcios ya maduros se conviertan en propiedad del Estado. Si los Soviets quieren
tomar el poder ha de ser sólo para esos fines. Si no es para eso, no tienen por
qué tomarlo. La cuestión está planteada así: o los Soviets siguen
desarrollándose o morirán sin pena ni gloria, como sucedió durante la Comuna de
París. Si lo que se necesita es una república burguesa, pueden hacerla los
demócratas-constitucionalistas.
Voy a terminar refiriéndome
a un discurso que me ha producido la mayor impresión. Un minero pronunció un
magnífico discurso en el que, sin emplear ni solo término libresco, relató cómo
habían hecho ellos la revolución. No se plantearon el problema de si debían
tener un presidente. Lo que les interesaba era esto: proteger los cables,
cuando tomaron las minas, para que no se paralizase la producción. Se planteó
después el problema del pan, que no tenían, y también en este punto llegaron a
un acuerdo respecto al modo de conseguirlo. He ahí un verdadero programa
revolucionario, un programa no sacado de los libros. He ahí la verdadera
conquista del poder local.
La burguesía no ha adquirido
en ninguna parte un grado tal de formación como en Petrogrado; los capitalistas
tienen aquí el poder en sus manos; pero en las localidades rurales, los
campesinos, sin entregarse a planes socialistas, adoptan medidas puramente
prácticas. A mi parecer, este programa del movimiento revolucionario es el
único que señala certeramente el verdadero camino de la revolución. Somos
partidarios de que estas medidas sean abordadas con la mayor prudencia y
precaución, pero deben ser llevadas a cabo, sólo en esa dirección debe mirarse
adelante, no hay otra salida. De otro modo, los Soviets de diputados obreros y
soldados serán disueltos y morirán sin gloria; pero si el poder pasa
efectivamente a manos del proletariado revolucionario, será únicamente para
avanzar. Y avanzar significa dar pasos concretos, y no asegurar sólo con
palabras la salida de la guerra. Esos pasos sólo podrán triunfar por completo
con la revolución mundial, si la revolución ahoga la guerra y es respaldada por
los obreros de todos los países. Por eso, la toma del poder es la única medida
concreta, la única salida.
158
Publicado
íntegramente por vez primera en 1921 en las “Obras” de N. Lenin (V. Uliánov),
t.
XIV, parte 2.
T. 31, págs. 342-358.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
3. Discurso
de resumen de la discusión del informe sobre el momento actual, 24 d abril, (7
de mayo).
El camarada Kámenev ha
montado hábilmente el caballo de batalla de la línea aventurera. Es necesario
detenernos en esto. El camarada Kámenev sostiene, y está persuadido de ello,
que nosotros, al desautorizar la consigna de “¡Abajo el Gobierno Provisional!”,
hemos dado muestras de vacilación. Estoy de acuerdo con él; ha habido,
naturalmente, vacilaciones que nos han desviado de la línea política
revolucionaria, y esas vacilaciones es menester evitarlas. Creo que nuestras
discrepancias con el camarada Kámenev no son muy grandes, porque al declararse
de acuerdo con nosotros, adopta otra posición. ¿En qué consistió nuestra línea
aventurera?
En el intento de apelar a
medidas de violencia. No sabíamos si las masas, en aquel momento angustioso, se
inclinaban decididamente a nuestro lado, y el problema hubiera sido otro si
ellas hubiesen vacilado fuertemente. Nosotros lanzamos la consigna de manifestaciones
pacíficas, mas algunos camaradas del comité de San Petersburgo lanzaron otra,
que hemos anulado, pero tarde y, por ello, sin poder evitar que las masas
fuesen detrás de dicha consigna.
Nosotros decimos que la
consigna de “¡Abajo el Gobierno Provisional!” es una consigna aventurera;
entendemos que ahora no puede derrocarse al gobierno y por eso lanzamos la
consigna de manifestaciones pacíficas. Sólo queríamos pulsar pacíficamente las
fuerzas enemigas, sin dar una batalla; en cambio, el comité de San Petersburgo
timoneó un poquito más a la izquierda, cosa que, en aquellas circunstancias,
constituía, evidentemente, un gravísimo crimen. El aparato de organización no
ha demostrado ser lo bastante fuerte no todos ponen en práctica nuestras
resoluciones. Junto con la consigna acertada de “¡Vivan los Soviets de
diputados obreros y soldados!” se lanzó la consigna falsa de “¡Abajo el
Gobierno Provisional!” En el momento de la acción no era tolerable que alguien
quisiese timonear “un poquito más a la izquierda”. Consideramos eso como el
mayor de los crímenes, como un crimen de desorganización. Y no hubiéramos
permanecido ni un minuto más en el CC si hubiéramos autorizado conscientemente
dicho paso. La culpa de lo ocurrido se debe a las imperfecciones del aparato de
organización. Sí, en nuestra organización ha habido defectos. Y el problema de
mejorar la organización ha sido planteado ya.
Los mencheviques y Cía.
agitan a todos los vientos el concepto de “línea aventurera”, pero, en
realidad, ellos sí que han carecido de organización y de línea de ninguna
clase. Nosotros tenemos una organización y una línea.
En aquel momento, la
burguesía movilizó todas sus fuerzas, el centro se escondió y nosotros
organizamos una manifestación pacífica. Sólo nosotros teníamos una línea
política. ¿Hubo errores? Sí, hubo. Sólo no comete errores el que no hace nada,
y organizarse bien no es cosa fácil.
Pasemos ahora al punto del control.
Marchamos juntos con el
camarada Kámenev, excepto en el problema del control. El lo juzga un acto
político. Pero, subjetivamente, entiende esta palabra mejor que Chjeídze y
otros. Por nuestra parte, no nos embarcaremos en lo del control. Se nos dice:
ustedes se han aislado, han echado a volar palabras terribles sobre el
comunismo, han atemorizado al burgués hasta hacer que le diera un patatús...
¡Sea!... Pero no es esto lo que nos ha aislado. Lo que nos ha aislado ha sido
la cuestión del empréstito; eso y no otra cosa es lo que nos ha llevado al
aislamiento. En este punto nos hemos quedado en minoría. Sí, estamos en
minoría. Pero, ¿qué importa eso? Ser socialista, en estos tiempos de borrachera
chovinista, es estar en
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
minoría, pero estar en
mayoría es ser chovinista. Hoy, el campesino, junto a Miliukov, golpea al
socialismo con el empréstito. El campesino sigue a Miliukov y a Guchkov. Es un
hecho. La dictadura democrática burguesa de los campesinos es una fórmula vieja.
Para empujar a los
campesinos a la revolución hay que apartar al proletariado, deslindar el
partido proletario, pues el campesinado es chovinista. Querer atraerse hoy al
mujik sería entregarse a merced de Miliukov.
Hay que derribar al Gobierno
Provisional, mas no ahora ni por la vía acostumbrada. Estamos de acuerdo con el
camarada Kámenev. Pero debemos explicar las cosas. Y sobre esta palabra cabalga
el camarada Kámenev. No obstante, es lo único que podemos hacer.
El camarada Rykov entiende
que el socialismo tiene que venir de otros países de industria más
desarrollada. Esto no es cierto. No puede decirse quién comenzará ni quién
acabará lo comenzado. Esto no es marxismo, sino una parodia del marxismo.
Marx dijo que Francia
comenzaría y el alemán llevaría a cabo la obra. Y el proletariado ruso ha
conseguido más que nadie.
Si nosotros hubiéramos dicho: “sin zar, dictadura del
proletariado”, ello habría significado
saltar por encima de la
pequeña burguesía. Pero lo que nosotros decimos es: ayudad a la revolución a
través del Soviet de diputados obreros y soldados. No hay que deslizarse al
reformismo. No luchamos para ser vencidos, sino para salir vencedores. Y en el
peor de los casos contamos con obtener un triunfo parcial. De salir derrotados,
conseguiremos, a pesar de todo, un triunfo parcial. Conseguiremos reformas. Y
las reformas son un instrumento auxiliar de la lucha de clases.
159
El camarada Rykov ha dicho
también que no hay fase de transición entre el capitalismo y el socialismo. Eso
no es verdad. Eso es romper con el marxismo.
La línea trazada por
nosotros es justa y en el futuro adoptaremos todas las medidas para conseguir
una organización en la que no haya miembros del comité de San Petersburgo que
no acaten los mandatos del CC. Crecernos como corresponde a un verdadero partido.
Publicado por vez
primera en 1921 en las
“Obras” de N. Lenin
(V. Uliánov), t. XIV, parte 2.
T. 31, págs. 361-363.
4. Discurso
a favor de la resolución sobre la guerra, 27 de abril. (10 de mayo).
Acta taquigráfica.
Camaradas: El anteproyecto
de resolución sobre la guerra fue leído por mí en la Conferencia de la ciudad
de Petrogrado. A causa de la crisis que absorbió en Petrogrado la atención y
las fuerzas de todos los camaradas, no pudimos corregir ese anteproyecto. Pero
entre ayer y hoy, la comisión ha trabajado con éxito y el anteproyecto ha sido
corregido, sensiblemente reducido y, a nuestro juicio, mejorado.
Diré algunas palabras sobre
la estructura de esta resolución, que se divide en tres partes: la primeratraza
un análisis de clase de la guerra, completado con una declaración de principios
explicando las razones que mueven a nuestro partido a sostener que no se debe
prestar el menor crédito a las promesas del gobierno ni apoyar en lo más mínimo
al Gobierno
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
Provisional. La segunda
parte de la resolución está dedicada al problema del defensismo revolucionario
como una corriente extraordinariamente extendida entre las masas y que de
momento aúna contra nosotros a la inmensa mayoría del pueblo. El problema está
en determinar la significación de clase de ese defensismo revolucionario, su
esencia, la verdadera correlación de fuerzas, y en puntualizar cómo podemos
luchar contra esa corriente. La tercera parte de la resolución trata de cómo
terminar la guerra. A este problema práctico, de gran importancia para nuestro
partido, era necesario contestar en detalle y creemos haberlo conseguido de
modo satisfactorio. En una serie de artículos de Pravda y de periódicos de provincias (que recibimos muy
irregularmente, pues el correo no funciona y tenemos que aprovechar las
ocasiones para conseguir los periódicos locales para el CC), en los que se
publicaron un número considerable de artículos acerca de la guerra, se ha
puesto de relieve claramente nuestra actitud contraria a ésta y a la cuestión
del empréstito. Me parece que la votación contra el empréstito resolvió la
cuestión sobre la actitud negativa frente al defensismo revolucionario. Me es
imposible detenerme más en esto.
“La guerra actual es, por
parte de ambos grupos de potencias beligerantes, una guerra imperialista, es
decir, una guerra que hacen los capitalistas por el reparto de los beneficios
que proporciona la dominación mundial, por los mercados del capital financiero
(bancario), por el sometimiento de los pueblos débiles, etc.”.
La primera y fundamental
tesis se refiere al problema del contenido de la guerra, problema de carácter
general y político, problema litigioso, que los capitalistas y
socialchovinistas eluden cuidadosamente. Por eso nosotros debemos colocar este
problema en primer plano y hacer la siguiente adición:
“Cada día de guerra
enriquece a la burguesía financiera e industrial y arruina y agota las fuerzas
del proletariado y del campesinado de todos los países beligerantes y, también,
de los países neutrales. Por lo que se refiere a Rusia, la prolongación de la
guerra pone, además, en grandísimo peligro las conquistas de la revolución y su
desarrollo ulterior.
El paso del poder en Rusia
al Gobierno Provisional, gobierno de terratenientes y capitalistas, no ha
cambiado ni podía cambiar ese carácter ni el significado de la guerra por parte
de Rusia”.
Esta última frase, leída por
mí, tiene una gran importancia para toda nuestra propaganda y agitación. ¿Ha
cambiado o puede cambiar el carácter de clase de la guerra? Nuestra
contestación se basa en el hecho de que el poder ha pasado a manos de los
terratenientes y los capitalistas, a manos del mismo gobierno que ha preparado
esta guerra. Veamos ahora un hecho que pone de relieve con la mayor evidencia
posible el carácter de la guerra. Una cosa es el carácter de clase que se
expresa en toda la política mantenida durante decenios por determinadas clases,
y otra cosa, el evidente carácter de clase de la guerra.
“Este hecho se manifiesta
con evidencia particular en que el nuevo gobierno, lejos de publicar los
tratados secretos concluidos por el zar Nicolás II con los gobiernos
capitalistas de Inglaterra, Francia, etc., ha ratificado formalmente, sin
consultar al pueblo, estos tratados secretos, que prometen a los capitalistas
rusos el saqueo de China, de Persia, de Turquía, de Austria, etc. Con la
ocultación de esos tratados se engaña al pueblo ruso acerca del verdadero
carácter de la guerra”.
160
Subrayo, pues, una vez más,
que nosotros destacamos la más evidente confirmación del carácter de la guerra.
Aun cuando no hubiese tratados, no por ello cambiaría en lo más mínimo el
carácter de la guerra, pues para llegar a un acuerdo los grupos capitalistas
pueden prescindir muy a menudo de los tratados. Pero estos tratados existen, su
significación no puede ser más evidente, y nosotros, para unificar la labor de
agitación y de propaganda,
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
consideramos necesario
subrayarlo de un modo especial, por lo cual hemos acordado tratar por separado
ese punto. La atención del pueblo está fija en este hecho y es natural que así
sea, tanto más que esos tratados fueron concertados por el destronado zar; es
necesario, pues, hacer ver al pueblo que los gobiernos prosiguen la guerra a
base de tratados firmados por los viejos gobiernos. Creo que en este punto se
ponen de manifiesto con el mayor relieve las contradicciones entre los
intereses de los capitalistas y la voluntad del pueblo, y la tarea de los
agitadores consiste en descubrir esas contradicciones y hacer recaer sobre
ellas la atención del pueblo; esforzarse por esclarecer la conciencia de las
masas, apelando a su conciencia de clase. El contenido de esos tratados es tal
que no puede existir la menor duda de que prometen a los capitalistas ganancias
inmensas mediante el saqueo de otros países, ya que esos tratados siempre se
mantienen secretos en todos los países. No hay en el mundo una sola república
que desarrolle a la luz del día su política exterior. Mientras exista el
régimen capitalista, no se espere que los capitalistas abran sus libros
comerciales a todo el que quiera verlos. La propiedad privada sobre los medios
de producción incluye también la propiedad privada sobre las acciones y las
operaciones financieras. El principal fundamento de la diplomacia actual
consiste en operaciones financieras, que se reducen todas al saqueo y
estrangulación de los pueblos débiles. Tales son, desde nuestro punto de vista,
las tesis fundamentales de las que se deriva toda apreciación acerca de la
guerra. De ellas, deducimos:
“Por eso, el partido
proletario no puede apoyar ni la guerra en curso, ni al gobierno actual, ni sus
empréstitos sin romper por completo con el internacionalismo, es decir, con la
solidaridad fraternal de los obreros de todos los países en la lucha contra el
yugo del capital”.
Tal es nuestra principal y
fundamental conclusión, que determina toda nuestra táctica y nos separa de
todos los demás partidos, por muy socialistas que se denominen. Con esta tesis,
indiscutible para todos nosotros, queda determinada la cuestión de nuestra
actitud ante todos los demás partidos políticos.
A continuación se dice que
nuestro gobierno ha planteado profusamente la cuestión de las promesas.
En torno a esas promesas se
hace una interminable campaña de los Soviets, que se han enredado con ellas y
ponen a prueba al pueblo. Por eso creemos necesario añadir al análisis
puramente objetivo de la situación de clase una apreciación de esas promesas,
las cuales, naturalmente, no tienen de por sí el menor valor para un marxista,
aunque para las grandes masas significan mucho y para la política todavía más.
El Soviet de Petrogrado se ha enredado en esas promesas y les da importancia al
prometer apoyarlas. Eso es lo que nos mueve a añadir a este punto la siguiente
fórmula:
“No merecen ningún crédito
las promesas del gobierno actual de renunciar a las anexiones, es decir, a la
conquista de otros países, o a la retención por la fuerza en los límites de
Rusia de cualquier nacionalidad”.
Y como la palabra “anexión”
es una palabra extranjera, la definimos políticamente en términos precisos,
como no pueden hacerlo ni el partido de los demócratas-constitucionalistas ni
los partidos de lo demócratas pequeñoburgueses (populistas y mencheviques).
Ninguna palabra ha sido usada de un modo tan absurdo y tan sucio como ésta.
“Porque, en primer lugar,
los capitalistas, unidos por miles de hilos del capital bancario, no pueden
renunciar a las anexiones en esta guerra sin renunciar a las ganancias que
proporcionan los miles de millones invertidos en empréstitos, en concesiones,
en fábricas de guerra, etc. En segundo lugar, el nuevo gobierno, que renunció a
las anexiones para embaucar al pueblo, declaró por boca de Miliukov el 9 de
abril de 1917 en Moscú que no renuncia a las anexiones y la nota del 18 de
abril, así como la
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
explicación a la misma del
22 de dicho mes, vino a confirmar el carácter rapaz de su política.
“Al poner en guardia al
pueblo contra las vanas promesas de los capitalistas, la conferencia declara,
por ello, que es necesario establecer una rigurosa diferencia entre la renuncia
a las anexiones de palabra y la renuncia de hecho, es decir, la publicación
inmediata y la anulación de todos los bandidescos tratados secretos y la
concesión inmediata a todas las naciones del derecho a decidir por votación
libre la cuestión de si desean constituirse en Estados independientes o formar
parte de un Estado cualquiera”.
Hemos creído necesario
indicar esto porque el problema de una paz sin anexiones es el problema básico
en todos estos debates acerca de las condiciones de paz. Todos los partidos
reconocen que la paz será una alternativa y que una paz con anexiones representará
una catástrofe inaudita para todos los países. Ante el pueblo, en un país en
que impera la libertad política, el problema de la paz no puede plantearse sino
como una paz sin anexiones. Es necesario, pues, manifestarse por una paz sin
anexiones, y no queda sino mentir, enturbiando el concepto de anexión o
eludiendo el punto. Riech, por
ejemplo, grita que la devolución de Curlandia equivale precisamente a renunciar
a las anexiones.
161
Hablando yo ante el Soviet
de diputados obreros y soldados, un soldado me hizo llegar un papel con esta
pregunta: “Debemos batirnos para reconquistar Curlandia. ¿Acaso reconquistar
Curlandia significa apoyar las anexiones?” Yo tuve que contestarle afirmativamente.
Nosotros nos oponemos a que Alemania se adueñe de Curlandia por la fuerza, pero
nos oponemos también a que Rusia retenga por la fuerza a ese país. Por ejemplo,
nuestro gobierno ha lanzado un manifiesto sobre la independencia de Polonia,
atiborrado de frases vacías y sin sentido. En él se dice que Polonia deberá
tener una libre alianza militar con Rusia. En estas tres palabras se encierra
todo lo que el manifiesto contiene de verdad. La libre alianza militar de la
pequeña Polonia con la gigantesca Rusia significa, en realidad, la completa
esclavización militar de Polonia. Podrá darle la libertad a Polonia
políticamente, pero, con eso y todo, sus fronteras serán trazadas por el
imperativo de la alianza militar.
Si nosotros luchásemos por
conseguir que los capitalistas rusos se adueñasen de Curlandia y Polonia, en
sus fronteras antiguas, reconoceríamos a los capitalistas alemanes el derecho
de saquear Curlandia. Planteadas así las cosas, podrían objetar: hemos saqueado
a Polonia juntos. Cuando comenzamos a despedazar Polonia a fines del siglo
XVIII, Prusia era un Estado pequeño y débil, y Rusia un Estado inmenso, por
cuya razón sacó un mayor botín. Ahora nos hemos hecho más fuertes: permitidnos,
pues, arrancar una parte mayor. No hay nada que oponer a esta lógica de los
capitalistas. En 1863, el Japón, comparado con Rusia, no era nada; en 1905
zurró a Rusia. En los años de 1863 a 1873, Alemania, comparada con Inglaterra,
no era nada; hoy es más poderosa que ésta. Y pueden objetar: cuando nos
quitaron Curlandia éramos débiles; ahora somos más fuertes que ustedes y
queremos reconquistarla. No renunciar a las anexiones equivale a justificar una
serie interminable de guerras por la conquista de los pueblos débiles. Renunciar
a las anexiones equivale dar a todos los pueblos el derecho a decidir
libremente si quieren vivir solos o unirse a otras naciones. Naturalmente que
para ello deberán retirarse las tropas. Admitir la más insignificante
vacilación en el problema de las anexiones equivale a justificar guerras
interminables. Por eso, no podíamos permitir en este punto la menor vacilación.
En lo tocante a las anexiones, nuestra respuesta es: libre determinación de los
pueblos. ¿Qué debe hacerse para que esta libertad política sea también una
libertad económica? Poner el poder en manos del proletariado y sacudir el yugo
capitalista.
Paso ahora a la segunda
parte de la resolución.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
“El llamado “defensismo
revolucionario”, que hoy se ha apoderado en Rusia de todos los partidos
populistas (socialistas populares, trudoviques, socialistas-revolucionarios),
del partido oportunista de los socialdemócratas mencheviques (Comité de
Organización, Chjeídze, Tsereteli y otros) y de la mayoría de los
revolucionarios sin partido, representa, ateniéndonos a su significación de
clase, por un lado, los intereses y el punto de vista de los campesinos
acomodados y de un sector de los pequeños propietarios, quienes, al igual que
los capitalistas, sacan provecho de la violencia contra los pueblos débiles;
por otro lado, el defensismo revolucionario es el resultado del engaño por los
capitalistas de una parte de los proletarios y semiproletarios de la ciudad y
del campo, quienes, por su situación de clase, no están interesados en las
ganancias de los capitalistas ni en la guerra imperialista”.
Nuestra misión consiste, pues, en
puntualizar de qué capas sociales pudo brotar y brotó el defensismo. Rusia es
el país más pequeñoburgués, y las capas
superiores de la pequeña
burguesía están directamente interesadas en la continuación de esta guerra. El
campesino rico, al igual que los capitalistas, saca beneficios de ella. Por
otro lado, las masas del proletariado y semiproletariado no tienen interés en
las anexiones, puesto que no reciben ningún beneficio del capital bancario.
¿Cómo pudieron entonces esas clases adoptar el punto de vista del defensismo
revolucionario? La actitud de estas clases ante el defensismo revolucionario es
el resultado de la influencia ideológica de los capitalistas, a lo que en la
resolución corresponde la palabra “engaño”. Esas clases no aciertan a
distinguir entre los intereses de los capitalistas y los de la nación. De ahí,
para nosotros, la conclusión siguiente:
“La conferencia declara
absolutamente inadmisible cualquier concesión al defensismo revolucionario, ya
que equivaldría de hecho a la ruptura completa con el internacionalismo y el
socialismo. En cuanto al estado de animo defensista de las grandes masas populares,
nuestro partido luchará incansablemente contra él mediante el esclarecimiento,
explicando la verdad de que la confianza inconsciente en el gobierno de los
capitalistas es, en este momento, uno de los principales obstáculos para la
rápida terminación de la guerra”.
Aquí, en estas últimas
palabras, se expresa la particularidad que distingue claramente a Rusia de
todos los demás países capitalistas occidentales y de todas las repúblicas
democráticas capitalistas. Pues no puede decirse que la confianza de las masas
inconscientes sea en estos países la causa principal de la continuación de la
guerra. Allí, las masas se hallan actualmente en las tenazas de hierro de la
disciplina militar, tanto más rigurosa cuanto más democrática es la república,
ya que en ella el derecho se apoya en la “voluntad del pueblo”. En Rusia no
existe, gracias a la revolución, esa disciplina. Las masas eligen libremente
sus representantes a los Soviets, fenómeno que no se da hoy en ningún otro país
del mundo. Pero esas masas confían ciegamente, por eso se las utiliza de un
determinado modo en la lucha. Aquí, fuera de esclarecer, no cabe otra cosa.
Esta labor esclarecedora deberá referirse a las tareas y métodos de acción
directamente revolucionarios. Cuando las masas son libres, intentar hacer algo
en nombre de la minoría, sin explicarlo a las masas, sería un absurdo
blanquismo, una simple tentativa aventurera. Sólo conquistando a las masas —si
es posible conquistarlas—, sólo así crearemos una base firme para el triunfo de
la lucha proletaria de clase.
162
Paso a la tercera parte
de la resolución.
“En lo que concierne a la
cuestión principal, es decir, la de cómo terminar lo más pronto posible esta
guerra de los capitalistas, mediante una paz verdaderamente democrática, y no
impuesta, la conferencia declara y resuelve:
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
“La negativa de los soldados
de una sola de las partes a continuar la guerra, o el simple cese de las
hostilidades por una de las partes beligerantes, no puede poner fui a esta
contienda”.
Esta idea, la de poner fin
de ese modo a la guerra, nos es atribuida con frecuencia por gentes que gustan
de hacerse fácil la lucha, desfigurando las opiniones del adversario; es el
método usual de los capitalistas, quienes nos achacan la idea insensata de
poner fin a la guerra por la negativa de una de las partes. No, replican, “la
guerra no se terminará clavando la bayoneta en el suelo”, como dijo un soldado,
típico partidario del defensismo revolucionario. Pero ésa, digo yo, no es una
objeción. Es una idea anarquista pensar que la guerra puede terminarse sin que
cambien las clases gobernantes. Es una idea anarquista que no tiene la menor
significación ni el menor sentido estatal, o una idea nebulosamente pacifista,
extraña a toda relación que media entre la política y la clase opresora. La
guerra es un mal, la paz es un bien... Naturalmente, debemos aclarar esta idea
ante las masas, hacerla asequible para ellas. En términos generales, todas
nuestras resoluciones están escritas para los sectores dirigentes, para los
marxistas; no sirven en absoluto como lecturas de masas, pero deben dar a todos
los propagandistas y agitadores una especie de directriz general de toda la
política. Con este fin, se ha añadido el siguiente párrafo:
“La conferencia protesta una
vez más con motivo de la vil calumnia, difundida por los capitalistas contra
nuestro partido, de que simpatizamos con una paz por separado con Alemania.
Consideramos a los capitalistas alemanes tan bandidos como a los capitalistas
rusos, ingleses, franceses y otros, y al emperador Guillermo tan bandido
coronado como Nicolás II, los monarcas inglés, italiano, rumano y todos los
demás”.
Este punto suscitó ciertas
discrepancias en el seno de la comisión; había quienes opinaban que este
párrafo estaba redactado en términos demasiado populares; había quien entendía
que los monarcas de Inglaterra, Italia y Rumania no merecían el honor de ser
mencionados. Pero, después de amplias discusiones, llegamos al acuerdo unánime
de que en estos momentos, cuando nos interesa rechazar las calumnias dirigidas
contra nosotros, las calumnias que Birzhovka174
trata de difundir de un modo casi siempre grosero, Riech de un modo más sutil y Edinstvo
por medio de alusiones directas, acordamos, digo, que ante esta cuestión
debíamos proceder a una crítica clara y tajante de dichos conceptos teniendo en
cuenta a las grandes masas. Y como se nos dice: ya que consideráis a Guillermo
un bandolero, ayudadnos a derribarlo, podemos replicar que también lo son los
demás y que también contra ellos hay que luchar por lo que no se debe olvidar a
los reyes de Italia y Rumania, ya que semejantes bandoleros existen también
entre nuestros aliados. Estos dos párrafos son una refutación de las calumnias
que pretenden llevar el asunto al terreno del pogromo y de los mutuos insultos.
Por eso, continuando, debemos pasar a la cuestión seria y práctica de cómo
terminar esta guerra.
“Nuestro partido va a
explicar al pueblo con paciencia, pero también con insistencia, la verdad de
que las guerras son sostenidas por los gobiernos,
que las guerras están siempre inseparablemente ligadas a la política de clases determinadas, que sólo puede lograrse una paz democrática
en esta guerra si todo el poder del Estado pasa, por lo menos en algunos países
beligerantes, a manos de la clase de los proletarios y semiproletarios, que es
la única verdaderamente capaz de poner fin al yugo del capital”.
![]()
174 Birzhevíe
Viédomosti ("El
Noticiero de la Bolsa"): periódico burgués fundado en 1880 en San
Petersburgo. Su venalidad y falta de principios hicieron que su título se
convirtiera en nombre genérico despectivo ("birzhovka"). Después de la Revolución democrática burguesa de
febrero, el periódico hizo una furiosa agitación contra el Partido Bolchevique
y contra Lenin. Suspendido por el Comité Militar Revolucionario del Soviet de
Petrogrado a fines de octubre de 1917
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
Para un marxista, estas
verdades acerca de que las guerras son sostenidas por los capitalistas y se
hallan vinculadas a sus intereses de clase son verdades absolutas. El marxista
no necesita pararse a examinar tales afirmaciones. Pero todos los propagandistas
y agitadores hábiles deben procurar explicar a las grandes masas esta verdad,
sin palabras exóticas, ya que en nuestro país las polémicas degeneran por lo
común en broncas inútiles, que no dan nada. Y a eso vamos en cada parte de la
resolución. Decimos: para comprender la guerra hay que preguntarse a quién
beneficia; para comprender de qué modo se le puede poner fin, hay que
preguntarse a qué clases perjudica. La ligazón es clara, y de ella se deriva la
siguiente conclusión:
“La clase revolucionaria,
después de tomar en sus manos el poder del Estado en Rusia, adoptaría una serie
de medidas orientadas a destruir el dominio económico de los capitalistas, a
reducirlos a la impotencia política y propondría inmediata y públicamente a
todos los pueblos una paz democrática, sobre la base de la renuncia total a las
anexiones, cualesquiera que fueran”.
163
Cuando hablamos en nombre de
la clase revolucionaria, el pueblo tiene derecho a preguntar: “Bien, y ustedes,
¿qué harían en su lugar para poner fin a la guerra?” Es una pregunta
inevitable. El pueblo nos elige ahora como sus representantes, y hemos de darle
una contestación muy precisa. La clase revolucionaria, después de tomar el
poder, comenzaría socavando el dominio de los capitalistas y propondría a todos
los pueblos condiciones de paz precisas, pues sin anular el dominio económico
de los capitalistas no sería más que un papel mojado. Eso sólo puede hacerlo la
clase triunfante; sólo ella puede implantar un cambio en la política.
Repito una vez más que,
tratándose de las masas atrasadas, esta verdad requiere, para su comprensión,
aquellos eslabones intermedios que sirven para iniciar en el problema a gentes
no preparadas. Todo el error y toda la mentira de las publicaciones populares
acerca de la guerra consiste en eludir esta cuestión, en silenciarla y exponer
el asunto como si no existiese tal lucha de clases, como si dos países hubiesen
vivido hasta entonces en paz y armonía, basta que uno de ellos, lanzándose
sobre el otro, obligase a éste a defenderse. Modo vulgar de ver las cosas, en
el que no hay ni rastro de objetividad; engaño consciente de que los hombres
cultos hacen víctima al pueblo. Si sabemos abordar esta cuestión, todo
representante del pueblo captará la esencia, pues una cosa son los intereses de
las clases dominantes, y otra, los intereses de las clases oprimidas.
¿Qué ocurriría si la clase revolucionaria conquistase el poder?
“Estas medidas y esta franca proposición
de paz crearían una confianza plena entre los obreros de los países
beligerantes...”
Hoy, esta confianza no puede
existir, ni conseguiremos crearla a fuerza de manifiestos. Sí, como dijo un
pensador, la lengua ha sido dada al hombre para encubrir sus pensamientos, los
diplomáticos siempre afirman: “Las conferencias se reúnen para engañar a las
masas populares”. Y no sólo piensan así los capitalistas, sino también los
socialistas. En particular, esto puede aplicarse a la conferencia convocada por
Borgbjerg.
“...y provocarían inevitablemente las
insurrecciones del proletariado contra los gobiernos imperialistas que se
opusieran a la paz propuesta”.
Cuado un gobierno
capitalista dice: “Nosotros abogamos por una paz sin anexiones”, nadie lo cree
ahora. Las masas populares tienen el instinto de las clases oprimidas, el cual
les dice que nada ha cambiado. Sólo cuando cambiase real y verdaderamente la política
de un país, aparecería la confianza y surgiría la tentativa de insurrecciones.
Decimos “insurrecciones”
porque aquí se habla de todos los países. “Ha estallado la revolución en un
país y ahora debe estallar también en Alemania”. Este modo de enfocar las
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
cosas es falso. Se pretende
establecer un orden de sucesión, pero esto no puede ser. Todos hemos vivido la
revolución de 1905, todos hemos podido oír o ver cómo esa revolución dio un
impulso a las ideas revolucionarias en el mundo entero, confirmando lo que Marx
había dicho siempre. No se puede fabricar la revolución ni establecer un turno
para ella. La revolución no se hace por encargo, sino que brota. Lo que hoy en
Rusia se le dice generalmente al pueblo no es más que charlatanería. Se le
dice: “Vosotros, los rusos, ya habéis hecho la revolución, ahora le toca el
turno al alemán”. Si las condiciones objetivas cambian, la insurrección será
inevitable. Lo que no sabemos es en qué orden, en qué momento, ni con qué
resultado. Se nos dice: si la clase revolucionaria de Rusia se adueña del
poder, y en los demás países no se produce la insurrección, ¿qué debe hacer el
partido revolucionario? ¿Qué hacer entonces? A estas preguntas contesta el
último punto de nuestra resolución:
“Pero mientras la clase
revolucionaria en Rusia no haya tomado todo el poder del Estado, nuestro
partido seguirá apoyando por todos los medios a los partidos y grupos
proletarios del extranjero que ya durante la guerra sostienen de hecho la lucha
revolucionaria contra sus propios gobiernos imperialistas y contra su propia
burguesía”.
Eso es todo lo que por el
momento podemos prometer y debemos hacer. La revolución se está gestando en
todos los países, pero nadie puede decir en qué medida va madurando y cuándo
madurará. En todos los países hay hombres que sostienen una lucha revolucionaria
contra sus gobiernos. A esos hombres y sólo a ellos debemos apoyar. Eso es lo
justo, lo demás es mentira. Y añadimos:
“Y sobre todo, el partido apoyará la
confraternización en masa —que ya ha empezado-entre los soldados de todos los
países beligerantes en el frente...”
Con esto se contesta a la
objeción de Plejánov. “¿Qué conseguiréis así? —dice Plejánov-.
Confraternizaréis, y después, ¿qué? Ello envuelve, indudablemente, la
posibilidad de una paz separada en el frente”. Esto es malabarismo, no un
argumento serio. Nosotros queremos la confraternización en todos los frentes y
nos ocupamos de ello. Cuando estábamos en Suiza, difundimos el texto de una
proclama en dos idiomas, en francés y alemán, en la que exhortábamos a lo mismo
a que llevamos hoy a los soldados rusos. Y no nos limitamos a predicar la
confraternización entre Rusia y Alemania solamente, sino que llamamos a todos a
confraternizar. Ahora bien, ¿cómo ha de concebirse esta confraternización?
“...tratando de transformar esta manifestación espontánea de solidaridad de los
oprimidos en un movimiento consciente y lo mejor organizado posible para que
todo el poder del Estado pase en todos los países beligerantes a manos del
proletariado revolucionario”.
164
Hoy, la confraternización se
desarrolla de un modo espontáneo, y no hay que hacerse ilusiones al respecto.
Es necesario reconocerlo así para no inducir al pueblo al error. Los soldados
que confraternizan no tienen una idea política clara. En ellos habla el
instinto de hombres oprimidos, cansados y agotados, que van dejando de creer en
los capitalistas: “Mientras vosotros seguís hablando de paz —pues venimos
oyéndolo desde hace ya dos años y medio—, nosotros mismos empezaremos a ponerla
en práctica”. Ese es el instinto certero de clase. Sin ese instinto, la causa
de la revolución estaría perdida, pues sabéis que nadie habría emancipado a los
obreros si ellos mismos no se hubiesen emancipado. Pero ¿basta con ese
instinto? Con el instinto solo no se consigue gran cosa; por ello, es necesario
que el instinto se transforme en conciencia.
En la proclama A los soldados de todos los países
beligerantes contestamos a esta pregunta: ¿en qué debe transformarse esta
confraternización? En el paso del poder político a los Soviets de diputados
obreros y soldados. Ya se sabe que los obreros alemanes darán a sus Soviets un
nombre distinto, pero esto importa poco. Lo fundamental es que nosotros
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
reconocemos justo, sin duda
alguna, que la confraternización presenta hoy un carácter espontáneo y que no
podemos limitarnos a estimularla, sino que debemos plantearnos como objetivo
convertir ese acercamiento espontáneo de los obreros y los campesinos de todos
los países vestidos de uniforme en un movimiento consciente cuya meta sea el
paso del poder, en todos los países beligerantes, a manos del proletariado
revolucionario. Ya se sabe que es ésta una tarea muy difícil, pero también la
situación a que se ve arrastrada la humanidad por el poder de los capitalistas
es increíblemente difícil y la conduce directamente a la catástrofe. Ello
provocará esa explosión de indignación que es una garantía para la revolución
proletaria.
Tal es la resolución que sometemos a examen de la conferencia.
Publicado
íntegramente por vez primera en 1921 en las “Obras” de N. Lenin (V. Uliánov),
t.
XIV, parte 2.
T. 31, págs. 387-400.
5. Resolución sobre
la guerra.
I
La guerra actual es, por
parte de ambos grupos de potencias beligerantes, una guerra imperialista, es
decir, la hacen los capitalistas por el reparto de los beneficios que
proporciona la dominación mundial, por los mercados del capital financiero
(bancario), por el sometimiento de los pueblos débiles, etc. Cada día de guerra
enriquece a la burguesía financiera e industrial y arruina y agota las fuerzas
del proletariado y del campesinado de todos los países beligerantes y, también,
de los países neutrales. Por lo que se refiere a Rusia, la prolongación de la
guerra pone, además, en grandísimo peligro las conquistas de la revolución y su
desarrollo ulterior.
El paso del poder en Rusia al Gobierno
Provisional, gobierno de
terratenientes y capitalistas, no ha cambiado ni podía cambiar ese carácter y
significado de la guerra por parte de Rusia.
Este hecho se manifiesta con
evidencia particular en que el nuevo gobierno, lejos de publicar los tratados
secretos concluidos por el zar Nicolás II con los gobiernos capitalistas de
Inglaterra, Francia, etc., ha ratificado formalmente, sin consultar al pueblo,
esos tratados secretos, que prometen a los capitalistas rusos el saqueo de
China, de Persia, de Turquía, de Austria, etc. Con la ocultación de esos
tratados se engaña al pueblo ruso acerca del verdadero carácter de la guerra.
Por eso, el partido
proletario no puede apoyar ni la guerra en curso, ni al gobierno actual, ni sus
empréstitos sin romper por completo con el internacionalismo, es decir, con la
solidaridad fraternal de los obreros de todos los países en la lucha contra el
yugo del capital.
No merecen ningún crédito
las promesas del gobierno actual de renunciar a las anexiones, es decir, a la
conquista de otros países, o a la retención por la fuerza en los límites de
Rusia de cualquier nación. Porque, en primer lugar, los capitalistas, unidos
por miles de hilos del capital bancario, no pueden renunciar a las anexiones en
esta guerra sin renunciar a las ganancias que proporcionan los miles de
millones invertidos en empréstitos, en concesiones, en fábricas de guerra, etc.
En segundo lugar, el nuevo gobierno, que renunció a las anexiones para embaucar
al pueblo, declaró por boca de Miliukov el 9 de abril de 1917 en Moscú que no
renuncia a las anexiones, y la nota del 18 de abril, así como la explicación a
la misma del 22 de dicho mes, vino a confirmar el carácter rapaz de su
política. Al poner en guardia al
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
pueblo contra las vanas
promesas de los capitalistas, la conferencia declara, por ello, que es
necesario establecer una rigurosa diferencia entre la renuncia a las anexiones
de palabra y la renuncia de hecho, es decir, la publicación inmediata y la
anulación de todos los bandidescos tratados secretos y la concesión inmediata a
todas las naciones del derecho a decidir por votación libre la cuestión de si
desean constituirse en Estados independientes o formar parte de un Estado
cualquiera.
II
165
El llamado “defensismo revolucionario”, que hoy se ha apoderado
en Rusia de todos los partidos populistas (socialistas populares, trudoviques,
socialistas-revolucionarios), del partido oportunista de los socialdemócratas
mencheviques (Comité de Organización, Chjeídze, Tsereteli y otros) y de la
mayoría de los revolucionarios sin partido, representa, ateniéndonos a su
significación de clase, por un lado, los intereses y el punto de vista de los
campesinos acomodados y de un sector de los pequeños propietarios, quienes, al
igual que los capitalistas, sacan provecho de la violencia contra los pueblos
débiles; por otro lado, el “defensismo revolucionario” es el resultado del
engaño por los capitalistas de una parte de los proletarios y semiproletarios
de la ciudad y del campo, quienes, por su situación de clase, no están
interesados en las ganancias de los capitalistas ni en la guerra imperialista.
La conferencia declara
absolutamente inadmisible cualquier concesión al “defensismo revolucionario”,
ya que equivaldría de hecho a la ruptura completa con el internacionalismo y el
socialismo. En cuanto al estado de ánimo defensista de las grandes masas populares,
nuestro partido luchará incansablemente contra él mediante el esclarecimiento,
explicando la verdad de que la confianza inconsciente en el gobierno de los
capitalistas es, en este momento, uno de los principales obstáculos para la
rápida terminación de la guerra.
III
En lo que concierne a la
cuestión principal, es decir, la de cómo terminar lo más pronto posible esta
guerra de los capitalistas, mediante una paz verdaderamente democrática, y no
impuesta, la conferencia declara y resuelve:
La negativa de los soldados
de una sola de las partes a continuar la guerra, o el simple cese de las
hostilidades por una de las partes beligerantes, no puede poner fin a esta
contienda.
La conferencia protesta una
vez más con motivo de la vil calumnia, difundida por los capitalistas contra
nuestro partido, de que simpatizamos con una paz por separado con Alemania.
Consideramos a los capitalistas alemanes tan bandidos como a los capitalistas
rusos, ingleses, franceses y otros, y al emperador Guillermo tan bandido
coronado como Nicolás II, los monarcas inglés, italiano, rumano y todos los
demás.
Nuestro partido va a
explicar al pueblo con paciencia, pero también con insistencia, la verdad de
que las guerras son sostenidas por los gobiernos,
que las guerras están siempre inseparablemente ligadas a la política de clases determinadas, que sólo puede lograrse una paz democrática
en esta guerra si todo el poder del Estado pasa, por lo menos en algunos países
beligerantes, a manos de la clase de los proletarios y semiproletarios, que es
la única verdaderamente capaz de poner fin al yugo del capital.
La clase revolucionaria,
después de tomar en sus manos el poder del Estado en Rusia, adoptaría una serie
de medidas orientadas a destruir el dominio económico de los capitalistas, a
reducirlos a la impotencia política y propondría inmediata y públicamente a
todos los pueblos una paz democrática, sobre la base de la renuncia total a las
anexiones y contribuciones, cualesquiera que fueran. Estas medidas y esta
franca proposición de paz
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
crearían una confianza plena
entre los obreros de los países beligerantes y provocarían inevitablemente las
insurrecciones del proletariado contra los gobiernos imperialistas que se
opusieran a la paz propuesta.
Pero mientras la clase
revolucionaria en Rusia no haya tomado todo el poder del Estado, nuestro
partido seguirá apoyando por todos los medios a los partidos y grupos
proletarios del extranjero que ya durante la guerra sostienen de hecho la lucha
revolucionaria contra sus propios gobiernos imperialistas y contra su propia
burguesía. Y sobre todo, el Partido apoyará la confraternización en masa —que
ya ha empezado— entre los soldados de todos los países beligerantes en el
frente, tratando de transformar esta manifestación espontánea de solidaridad de
los oprimidos en un movimiento consciente y lo mejor organizado posible para
que todo el poder del Estado pase en todos los países beligerantes a manos del
proletariado revolucionario.
“Pravda”, núm. 44, 12
de mayo (29 de abril) de 1917.
T. 31, págs. 403-406.
6. Resolución sobre
la actitud ante el gobierno provisional.
La Conferencia de toda Rusia del POSDR declara:
1) El Gobierno Provisional es, por su
carácter, un órgano de dominación de los terratenientes y de la burguesía;
2) este gobierno y las clases por él
representadas se ha han ligados de modo indisoluble, económica y políticamente,
al imperialismo ruso y anglo-francés;
3)
inclusive
el programa anunciado por él lo cumple de modo incompleto y sólo bajo la
presión del proletariado revolucionario y, en parte, de la pequeña burguesía;
4)
las
fuerzas de la contrarrevolución burguesa y terrateniente que se organizan,
encubriéndose con la bandera del Gobierno Provisional y, con la evidente
cooperación de éste, han iniciado ya el ataque contra la democracia
revolucionaria; por ejemplo: el Gobierno Provisional difiere la convocatoria de
elecciones a la Asamblea Constituyente, pone obstáculos al armamento general
del pueblo, impide que toda la tierra pase a manos del pueblo, le impone el
método terrateniente de solución del problema agrario, frena la implantación de
la jornada de ocho horas, favorece la agitación contrarrevolucionaria (de
Guchkov y Cía.) en el ejército, organiza a los altos oficiales contra los
soldados, etc.;
166
5) el Gobierno Provisional, que protege las
ganancias de los capitalistas y los terratenientes, no es capaz de adoptar
medidas revolucionarias en el campo de la economía (abastecimiento, etc.),
medidas imprescindibles e impostergables ante la amenaza de una inminente
catástrofe económica;
6)
al
mismo tiempo, este gobierno se apoya actualmente en la confianza y en el
acuerdo directo con el Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado,
que es hasta el momento la organización dirigente para la mayoría de los
obreros y de los soldados, es decir, del campesinado;
7) cada paso del Gobierno Provisional,
tanto en la política exterior como en la interior, abrirá los ojos a los
proletarios de la ciudad y del campo y a los semiproletarios y obligará a las
distintas capas de la pequeña burguesía a elegir una u otra posición política.
Partiendo de las tesis expuestas, la conferencia resuelve:
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
1)
Es
necesaria una prolongada labor de esclarecimiento de la conciencia de clase del
proletariado y de cohesión de los proletarios de la ciudad y del campo contra
las vacilaciones de la pequeña burguesía, pues sólo esa labor garantizará el
feliz paso de todo el poder del Estado a manos de los Soviets de diputados
obreros y soldados o de otros órganos que expresen directamente la voluntad de
la mayoría del pueblo (los órganos de administración local, la Asamblea
Constituyente, etc.).
2) Para ello es preciso desplegar una
actividad múltiple dentro de los Soviets de diputados obreros y soldados,
aumentar su número, consolidar sus fuerzas y aglutinar en su seno a los grupos
proletarios internacionalistas de nuestro partido.
3)
Para
afianzar y ampliar de inmediato las conquistas de la revolución en cada lugar,
es necesario, apoyándose en una firme mayoría de la población local,
desarrollar, organizar e intensificar en todos los sentidos las iniciativas de
abajo, orientadas a hacer efectivas las libertades, a destituir a las
autoridades contrarrevolucionarias y a poner en práctica medidas de carácter
económico, tales como el control de la producción y de la distribución, etc.
4)
La
crisis política del 19-21 de abril, originada por la nota del Gobierno
Provisional, demostró que el partido gubernamental de los demócratas—
constitucionalistas, al organizar de hecho a los elementos
contrarrevolucionarios tanto en el ejército como en la calle, pasa a los
intentos de fusilamiento de obreros. Como consecuencia de esta situación
inestable, derivada de la dualidad de poderes, la repetición de tales
tentativas es inevitable, y el partido del proletariado está obligado a decir
enérgicamente al pueblo que es necesario organizar y armar al proletariado,
lograr su más estrecha unión con el ejército revolucionario romper con la
política de confianza en el Gobierno Provisional, para conjurar el serio e
inminente peligro de fusilamientos en masa del proletariado, como los que
tuvieron lugar en París en los días de junio de 1848.
“Pravda”, núm. 42, 10
de mayo (27 de abril) de 1917.
T. 31, págs. 407-409.
7. Resolución sobre
la revisión del programa del partido.
La conferencia considera necesario revisar el programa del
partido en el sentido siguiente:
1) apreciación del imperialismo y de la
época de las guerras imperialistas en relación con la inminente revolución
socialista; lucha contra la desfiguración del marxismo por los llamados
“defensistas” que han olvidado el lema de Marx: “los obreros no
tienen patria”;
2) rectificación de las tesis y párrafos
sobre el Estado. No exigir una república parlamentaria burguesa, sino una
república democrática proletario— campesina (es decir, un tipo de Estado sin
policía, sin ejército regular, sin burocracia privilegiada);
3) eliminación o rectificación de las partes anticuadas del
programa político;
4)
reelaboración
de algunos puntos del programa político mínimo, indicando con mayor precisión
las reivindicaciones democráticas más consecuentes;
5)
reelaboración
completa de la parte económica del programa mínimo, anticuada en muchos
aspectos, y de los puntos referentes a la instrucción pública;
6)
modificación
del programa agrario de acuerdo con la resolución adoptada sobre este problema;
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
7) adición de la exigencia de nacionalizar los consorcios, etc.,
más preparados para ello;
8) agregar las características de las corrientes fundamentales del
socialismo contemporáneo.
La conferencia encomienda al
Comité Central que redacte sobre esta base el proyecto de programa del partido
en el plazo de dos meses, a fin de someterlo al congreso para su aprobación. La
conferencia llama a todas las organizaciones y a todos los miembros del partido
a discutir los proyectos de programa, a corregirlos y a elaborar
contraproyectos.
Publicado el 16 (3) de mayo
de 1917 como anejo al núm. 13 del periódico “Soldátskaya Pravda”.
T. 31, págs. 414-415.
8. Informe sobre el
problema agrario, 28 de abril, (11 de mayo).
Acta taquigráfica.
167
Camaradas: El problema
agrario ha sido discutido por nuestro partido tan detalladamente, aún durante
la primera revolución, que estamos, creo yo, lo suficientemente preparados para
abordar el mismo, cosa que viene a confirmar indirectamente la comisión de la
conferencia, formada por camaradas que conocen de cerca este problema y se han
interesado por él, al aprobar el proyecto de resolución propuesto sin enmiendas
de importancia. Por eso me limitaré a unas breves observaciones. Puesto que el
proyecto, distribuido en pruebas de imprenta, está en posesión de todos los
miembros, no es necesario leerlo en su totalidad.
El crecimiento del movimiento agrario en toda Rusia es hoy el
hecho más evidente e indiscutible para todos. El programa de nuestro partido,
adoptado en el Congreso de Estocolmo en 1906175 a propuesta de los
mencheviques, ha sido refutado ya por el desarrollo de la primera revolución
rusa. En ese congreso, los mencheviques hicieron aprobar su concepto de
municipalización, cuya esencia se reduce a lo siguiente: las tierras campesinas
—tanto las asignadas a las
comunidades176 como las de las familias campesinas—
siguen siendo propiedad de los campesinos; los latifundios pasan de manos de
sus propietarios a manos de los órganos de administración local. Uno de los
argumentos principales de los mencheviques a favor de tal programa era que los
campesinos nunca comprenderían el paso de las tierras campesinas a manos de
alguien que no sea el propio campesinado. Quien haya estudiado las actas del
Congreso de Estocolmo recordará que sobre este argumento insistieron
particularmente tanto el informante Máslov como Kostrov. No hay que olvidar — y
a menudo se olvida— que esto sucedió antes de la primera Duma, cuando no se
disponía de los hechos objetivos que mostraran el carácter del movimiento campesino
y su fuerza. Todos sabían que en Rusia ardía el incendio de la revolución
agraria, pero nadie sabía cómo sería organizado el movimiento agrario, qué
formas tendría ese movimiento de la revolución campesina. Hasta qué punto ese
congreso representaba la opinión seria y práctica de los
![]()
175 Se trata del IV Congreso (de Unificación) del POSDR, que se
celebró en Estocolmo en abril de
1906. El congreso pasó a la
historia del partido como el Congreso de Unificación del POSDR. Pero la
unificación no dejó de ser formal. En realidad, mencheviques y bolcheviques
tenían opiniones y plataformas distintas sobre problemas importantísimos, constituyendo
en la práctica dos partidos.
176 Comunidad (rural) en Rusia: forma de usufructo
mancomunado de la tierra por los campesinos que se distinguía por la rotación
forzosa de los cultivos y el aprovechamiento indiviso de los bosques y los
pastos. Los rasgos más importantes de la comunidad rural rusa eran la caución
solidaria (responsabilidad colectiva y obligatoria de los campesinos por el
aprontamiento oportuno y completo de los pagos en dinero y la ejecución de las
prestaciones de todo género a favor del Estado y de los latifundistas), el
reparto periódico de las tierras entre los miembros de la comunidad, la falta
del derecho a renunciar al lote y la prohibición de la compraventa de la
tierra.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
propios campesinos, no era
posible comprobarlo, y de ahí que esos argumentos de los mencheviques
desempeñaran un papel tan importante. Poco después de nuestro Congreso de
Estocolmo recibimos por vez primera una rotunda confirmación de cómo encaraba
este problema la masa campesina. Tanto en la I como en la II Duma fue planteado
por los propios campesinos el proyecto trudovique conocido como “proyecto de
los 104”. Yo estudié especialmente las firmas al pie de este proyecto y me
informé al detalle de las opiniones de los diputados y a qué clase social
pertenecían, hasta qué punto se les podía llamar campesinos. En el libro que la
censura zarista quemó, y que a pesar de todo volveré a editar, yo afirmaba
categóricamente que la enorme mayoría de estas 104 firmas pertenecía a
auténticos campesinos. Este proyecto exigía la nacionalización de la tierra.
Los campesinos sostenían que toda la tierra debía pasar a manos del Estado.
La cuestión consiste en
explicar cómo en la Duma, dos veces convocada, los representantes de los
campesinos de toda Rusia prefirieron la nacionalización a la medida que los
mencheviques proponían en ella desde el punto de vista de los intereses
campesinos. Los mencheviques proponían que los campesinos se quedaran con sus
propias tierras y que sólo la tierra de los latifundistas fuese entregada al
pueblo, mientras los campesinos querían traspasar toda la tierra a manos del
pueblo. ¿Cómo explicar esto? Los socialistas-revolucionarios sostienen que los
campesinos rusos por su espíritu de comunidad simpatizan con la socialización,
con el principio del trabajo. En toda esta fraseología no existe el menor
sentido común: son meras frases.
¿Pero cómo se explica? Yo
pienso que los campesinos han llegado a esta conclusión porque todo el sistema
de propiedad agraria rusa, campesina y latifundista, comunal y parcelaria, se
halla impregnado hasta la médula de las condiciones del viejo régimen semifeudal,
y los campesinos, desde el punto de vista de las condiciones del mercado,
debían exigir el paso de la tierra a manos de todo el pueblo. Los campesinos
dicen que la enredada situación de la vida agraria anterior puede ser
desenredada solamente por la nacionalización. Su punto de vista es burgués: el
usufructo igualitario de la tierra lo entienden como despojo a los
latifundistas de sus tierras y no como igualación de propietarios aislados. La
nacionalización significa la entrega de todas las tierras para una nueva
distribución. Es el más grande proyecto burgués. Ni un solo campesino habló de
igualitarismo y la socialización, pero todos decían que es imposible esperar
más, que es necesario levantar las cercas de toda la tierra, es decir, que es
imposible en las condiciones del siglo XX administrar la economía a la manera
antigua. Desde entonces la reforma de Stolypin enredó aún más el problema
agrario. Esto es lo que quieren decir los campesinos cuando exigen la
nacionalización. Quiere decir que todas las tierras en general deben ser
entregadas para una nueva distribución. No debe existir ninguna variedad de
formas de propiedad de la tierra. Esto no es en modo alguno socialización. Esta
exigencia de los campesinos se llama igualitaria porque, como lo indica el
breve balance estadístico de la propiedad agraria del año 1905, a 300 familias
campesinas y a una latifundista correspondía por igual 2.000 deciatinas de
tierra; en este sentido es, naturalmente, igualitaria, pero de ahí no se deduce
que esto significa igualar todas las economías pequeñas entre sí. El proyecto
de los 104 dice lo contrario.
Esto es, en esencia, lo que
debe decirse para fundamentar científicamente que la nacionalización en Rusia,
desde el punto de vista democrático burgués, resulta imprescindible. Pero es
imprescindible, además, porque es un gigantesco golpe asestado a la propiedad
privada sobre los medios de producción. Creer que después de la abolición de la
propiedad privada de la tierra en Rusia todo quedará como antes, es simplemente
un absurdo.
168
Más adelante, en el proyecto
de resolución se establecen las conclusiones y reivindicaciones prácticas.
Entre las enmiendas pequeñas destacaré las siguientes en el punto 1 se dice:
“El partido del proletariado apoya con todas sus fuerzas la confiscación inmediata
y completa de
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
todas las tierras de los
latifundistas...” En lugar de “apoya”, corresponde decir “lucha por...”
Nosotros no nos basamos en que los campesinos posean poca tierra y necesiten
más. Esta es una opinión vulgar; nosotros decimos que la propiedad agraria de
los latifundistas es la base del yugo que oprime al campesinado y lo sume en el
atraso. No se trata de si los campesinos tienen poca tierra o no; ¡abajo el
régimen de la servidumbre!: así debe plantearse el problema desde el punto de
vista de la lucha de clases revolucionaria, y no de aquellos funcionarios que
calculan cuánta tierra poseen y de acuerdo a qué normas debe ser distribuida.
Propongo cambiar de lugar los puntos 2 y 3, porque para nosotros es importante
la iniciativa revolucionaria, y la ley debe ser su resultado. Si vosotros esperáis a que la ley se escriba
y no desplegáis personalmente ninguna energía revolucionaria, no tendréis ley
ni tierra.
Muy a menudo se hacen
objeciones a la nacionalización, diciendo que ella presupone un gigantesco
aparato burocrático. Es cierto, pero la propiedad del Estado significa que todo
campesino arrienda la tierra al Estado. El subarriendo queda prohibido. Pero,
en qué medida arrienda el campesino, qué tierra toma en arriendo, lo resuelve
por entero el correspondiente organismo democrático y no el burocrático.
En lugar de “braceros” se
pone “obreros agrícolas”. Varios camaradas declararon que la palabra “braceros”
es ofensiva y se opusieron a ella. Debe ser eliminada.
Hablar en este momento de
comités proletario — campesinos o de Soviets en la resolución del problema
agrario no es lo indicado, porque, como vemos, los campesinos han creado los
Soviets de diputados soldados y, de esta manera, ha surgido ya la separación
del proletariado y el campesinado.
Como es sabido, los partidos
pequeñoburgueses defensistas están por que se espere hasta la Asamblea
Constituyente para solucionar el problema agrario. Nosotros nos pronunciamos
por el paso inmediato de la tierra a manos de los campesinos con el máximo de
organización. Estamos absolutamente en contra de las incautaciones anárquicas.
Vosotros proponéis a los campesinos que se pongan de acuerdo con los
latifundistas. Nosotros decimos que se debe tomar la tierra ahora mismo y
sembrarla, a fin de luchar contra la falta de pan, a fin de librar al país de
la bancarrota que se avecina con una rapidez prodigiosa. No se pueden aceptar
las recetas de Shingariov y de los demócratas-constitucionalistas, que proponen
esperar hasta la Asamblea Constituyente, cuya fecha de convocatoria se
desconoce, o bien llegar a un acuerdo con los latifundistas acerca del
arriendo. Los campesinos toman ya la tierra sin pagar indemnización o pagando
la cuarta parte del arriendo.
Un camarada ha traído de su
localidad, en la provincia de Penza, una resolución en la que se dice que los
campesinos se apoderan de los aperos de labranza de los latifundistas, pero no
los distribuyen por fincas, sino que los convierten en propiedad común.
Establecen un determinado turno, un orden, para cultivar, sirviéndose de ellos,
todas las tierras. Al aplicar estas medidas, se guían por la conveniencia de
elevar la producción agrícola. Este hecho tiene un enorme significado de
principio, a pesar de los latifundistas y los capitalistas, quienes gritan que
esto es la anarquía. Y si vosotros charláis y gritáis también que esto es la
anarquía, mientras los campesinos esperan, entonces sí habrá anarquía. Los
campesinos demuestran que entienden las condiciones económicas y el control
social mejor que los funcionarios, y los aplican cien veces mejor. Semejante
medida, que, sin duda, es de fácil realización en una aldea pequeña, empuja
inevitablemente hacia medidas más amplias. Si el campesino aprende esto, y ya
ha empezado a aprenderlo, no tendrá necesidad de la ciencia de los profesores
burgueses; llegará por sí solo a la conclusión de que los instrumentos de labor
no deben utilizarse únicamente en las haciendas pequeñas, sino también en el
cultivo de toda la tierra. De cómo lo llevará a la práctica, carece de
importancia: si reúne las parcelas para ararlas y sembrarlas en común es algo
que no sabemos, y no tiene importancia si lo hace de
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
diferentes modos. Lo
importante es que ellos no tienen, por suerte, ante si esa gran cantidad de
intelectuales pequeñoburgueses, que se llaman a sí mismos marxistas,
socialdemócratas, y que con aire de importancia enseñan al pueblo que no ha
llegado aún el momento para la revolución socialista, por lo cual no
corresponde que los campesinos tomen ahora la tierra. Por suerte, en las aldeas
rusas hay pocos señores de ésos. Si los campesinos se limitaran a apoderarse de
la tierra sobre la base de un acuerdo con los latifundistas, sin aplicar su
propia experiencia colectivamente, el desastre sería inevitable y entonces los
comités campesinos resultarían ser un juguete, una cosa nula. He aquí por qué
proponemos agregar al proyecto de resolución el punto 8.
169
Puesto que nosotros sabemos
que los propios campesinos han comenzado a aplicar esta iniciativa en sus
localidades, nuestra obligación, nuestro deber es decir que nosotros apoyamos y
recomendamos esta iniciativa. Sólo en ello está la garantía de que la revolución
no se limitará a tomar medidas de carácter formal, de que la lucha contra la
crisis no seguirá siendo objeto de debates burocráticos y de elucubraciones de
Shingariov, sino que, realmente, los campesinos marcharán hacia adelante por un
camino organizado en la lucha contra la falta de pan y por el aumento de la
producción.
Publicado por vez
primera en 1921 en las “Obras” de N. Lenta (V. Uliánov), t. XIV, parte 2.
T. 31, 416-421.
9. Resolución sobre
el problema agrario.
La existencia de la
propiedad agraria terrateniente en Rusia constituye la base material del poder
de los grandes terratenientes feudales y una premisa de la posible restauración
de la monarquía. Este sistema de propiedad agraria condena inexorablemente a la
inmensa mayoría de la población de Rusia, al campesinado, a vivir en la
miseria, el vasallaje y la ignorancia, y al país en su conjunto, al atraso en
todas las esferas de la vida.
En Rusia, la propiedad
campesina de la tierra — tanto las tierras parcelarias177 (asignadas a las comunidades o a las familias campesinas) como
las de posesión privada (arrendadas o compradas)— está envuelta de abajo
arriba, a lo largo y a lo ancho, por una red de viejos vínculos y relaciones de
semiservidumbre, división de los campesinos en categorías heredadas del régimen
de la servidumbre, fragmentación de las parcelas, etc., etc. La necesidad de
romper todas estas trabas anticuadas y nocivas, de “levantar las cercas”, de
reestructurar sobre una base nueva todas las relaciones de la propiedad agraria
y de la agricultura, en consonancia con las nuevas condiciones de la economía
nacional y mundial, constituye la base material de la aspiración del campesinado
a la nacionalización de todas las tierras del país.
Cualquiera que sean las
utopías pequeñoburguesas con que los distintos partidos y grupos populistas
revistan la lucha de las masas campesinas contra la propiedad agraria feudal
latifundista y, en general, contra todas las trabas feudales en la posesión y
usufructo de la tierra en Rusia, esta lucha expresa por sí misma la aspiración
— plenamente democrática burguesa, progresista en absoluto y necesaria desde el
punto de vista económico— a romper resueltamente todas estas trabas.
![]()
177 Tierra
parcelaria: tierra
dejada en usufructo a los campesinos después de ser abolida la servidumbre en
Rusia en 1861. Los campesinos no tenían derecho a venderla; en una parte
considerable de Rusia estaba en posesión comunal y se distribuía en usufructo
entre los campesinos mediante repartos periódicos
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
La nacionalización de la
tierra, que es una medida burguesa, significa despejar la lucha de clases y el
disfrute de la tierra, en el mayor grado posible y concebible en la sociedad
capitalista, de todos los aditamentos no burgueses. Además, la nacionalización
de la tierra, como abolición de la propiedad privada sobre ésta, representaría
en la práctica un golpe tan demoledor a la propiedad privada sobre todos los
medios de producción en general, que el partido del proletariado debe prestar
todo su concurso a esa transformación.
Por otro lado, los
campesinos ricos de Rusia han creado hace ya tiempo los elementos de una
burguesía campesina, que han sido, sin duda, reforzados, multiplicados y
consolidados por la reforma agraria de Stolypin. En el polo opuesto del campo
se han reforzado y multiplicado en la misma proporción los obreros agrícolas
asalariados, los proletarios y la masa de campesinos semiproletarios afines a
ellos.
Cuanto mayores sean la
decisión y el carácter consecuente con que se quebrante y elimine la propiedad
agraria latifundista, cuanto más resuelta y consecuente sea, en general, la
transformación agraria democrática burguesa en Rusia, mayores serán la fuerza y
la rapidez con que se desarrollará la lucha de clase del proletariado agrícola
contra los campesinos ricos (contra la burguesía campesina).
Debido a que la revolución
proletaria que comienza a alzarse en Europa no ejercerá una influencia directa
y poderosa sobre nuestro país, la suerte y el desenlace de la revolución rusa
dependerán de si el proletariado urbano logra atraerse al proletariado agrícola
e incorporar a éste la masa de semiproletarios del campo o si esta masa sigue a
la burguesía campesina, propensa a aliarse con Guchkov y Miliukov, con los
capitalistas y latifundistas y con la contrarrevolución en general.
Basándose en esta situación
y correlación de las fuerzas de clase, la conferencia acuerda:
1.
El
partido del proletariado lucha con todas sus fuerzas por la confiscación
inmediata y completa de todas las tierras de los latifundistas de Rusia (así
como de las pertenecientes a la Corona, a la Iglesia, al zar, etc., etc.).
2. El partido aboga resueltamente por el
paso inmediato de todas las tierras a manos de los campesinos, organizados en
los Soviets de diputados campesinos o en otros organismos de administración
local, elegidos de un modo plena y realmente democrático e independientes en
absoluto de los latifundistas y de los funcionarios.
3. El partido del proletariado exige la
nacionalización de todas las tierras existentes en el país, que, poniendo el
derecho de propiedad de todas las tierras en manos del Estado, entregue el
derecho a disponer de ellas a las instituciones democráticas locales.
4. El partido debe luchar enérgicamente
tanto contra el Gobierno Provisional —que por boca de Shingariov y con sus
actos colectivos impone a los campesinos un “acuerdo voluntario con los
latifundistas”, lo que equivale en la práctica a imprimir a la reforma un
carácter latifundista, y que amenaza con castigar a los campesinos por sus
“arbitrariedades”, es decir, con pasar a la violencia de la minoría de la
población (los latifundistas y capitalistas) contra la mayoría— como contra las
vacilaciones pequeñoburguesas de la mayoría de los populistas y
socialdemócratas mencheviques, quienes aconsejan a los campesinos no tomar toda
la tierra hasta que se reúna la Asamblea Constituyente.
170
5. El partido aconseja a los campesinos que
tomen la tierra de modo organizado, sin permitir en modo alguno el menor
deterioro de los bienes y preocupándose de aumentar la producción.
6.
Todas
las transformaciones agrarias, cualesquiera que sean, sólo podrán ser eficaces
y firmes si se democratiza por completo todo el Estado, es decir, por un lado,
si se suprime la policía, el ejército regular y la burocracia privilegiada de
hecho, y, por otro lado, si se implanta
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
el más amplio régimen de administración
local, libre en absoluto de toda fiscalización y tutela desde arriba.
7.
Es
necesario emprender inmediatamente y por doquier la organización especial e
independiente del proletariado agrícola, tanto en Soviets de diputados obreros
agrícolas (y en Soviets especiales de diputados campesinos semiproletarios)
como en grupos o fracciones proletarios en el seno de los Soviets generales de
diputados campesinos, en todos los organismos de administración local y
municipal, etc., etc.
8. El partido debe apoyar la iniciativa de
los comités campesinos que en diversas comarcas de Rusia entregan el ganado de
labor, los aperos de labranza, etc., de los latifundistas a los campesinos
organizados en esos comités, a fin de que sean utilizados colectivamente y de
un modo reglamentado en el cultivo de toda la tierra.
9. El partido del proletariado debe
aconsejar a los proletarios y semiproletarios del campo que traten de conseguir
la transformación de cada latifundio en una hacienda modelo bastante grande,
administrada por los Soviets de diputados obreros agrícolas con recursos
pertenecientes a la sociedad, bajo la dirección de agrónomos y empleando los
mejores medios técnicos.
“Pravda”, núm. 45, 13
de mayo (30 de abril) de 1917.
T. 31, págs. 425-428.
10. Resolución sobre los soviets de diputados obreros y
soldados.
Después de discutir los
informes y comunicaciones de los camaradas que trabajan en los Soviets de
diputados obreros y soldados de las diferentes regiones de Rusia, la
conferencia hace constar lo siguiente:
En toda una serie de
localidades provinciales, la revolución avanza mediante la organización en
Soviets del proletariado y del campesinado por propia iniciativa; la
destitución violenta de las viejas autoridades; la creación de una milicia
proletaria y campesina; la entrega de todas las tierras a los campesinos; el
establecimiento del control obrero en las fábricas; la implantación de la
jornada de trabajo de ocho horas; el aumento de los salarios; el mantenimiento
del ritmo de la producción; el establecimiento del control obrero sobre la
distribución de los víveres, etc.
Este crecimiento en amplitud
y profundidad de la revolución en las provincias viene, de un lado, a ser un
impulso del movimiento por el paso de todo el poder a los Soviets y por el
control de la producción por los propios obreros y campesinos, y, de otro lado,
sirve de garantía de preparación de fuerzas en toda Rusia para la segunda etapa
de la revolución, la cual pondrá todo el poder del Estado en manos de los
Soviets o de otros órganos que expresen directamente la voluntad de la mayoría
del pueblo (órganos de administración local, Asamblea Constituyente, etc.).
En las capitales y en
algunas grandes ciudades, la tarea de hacer efectivo el paso del poder a los
Soviets tropieza con dificultades particularmente grandes y exige una
preparación muy prolongada de las fuerzas proletarias. Aquí se concentran las
fuerzas más grandes de la burguesía. Aquí, la política de pactos con la
burguesía, política que no pocas veces entorpece la iniciativa revolucionaria
de las masas y debilita su independencia, cobra proporciones más agudas, lo que
es particularmente peligroso, dada la importancia dirigente que estos Soviets
tienen para las provincias.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
Es, pues, deber del partido
proletario, de un lado, apoyar en todos sus aspectos el desarrollo de la
revolución en las provincias, y, de otro lado, luchar sistemáticamente, dentro
de Soviets (mediante la propaganda y la renovación de éstos), por el triunfo de
la línea proletaria; todos los esfuerzos y toda la atención deben concentrarse
en la masa de obreros y soldados, en separar la línea proletaria de la línea
pequeñoburguesa, la línea internacionalista de la defensista, la línea
revolucionaria de la oportunista, en organizar y armar a los obreros, en
preparar sus fuerzas para la etapa siguiente de la revolución.
La conferencia declara, una
vez más, que es necesaria una actividad múltiple dentro de los Soviets de
diputados obreros y soldados para aumentar su número, consolidar sus fuerzas y
aglutinar en su seno a los grupos proletarios internacionalistas de nuestro
partido.
“Pravda”, núm. 46, 15
(2) de mayo de 1917.
T.
31, págs. 430-431.
11.
Discurso sobre el problema nacional, 29 de abril, (12 de mayo).
171
Acta taquigráfica.
Desde el año 1903, en que
nuestro partido adoptó su programa, hemos tropezado siempre con la obstinada
oposición de los camaradas polacos. Si estudiáis las actas del II Congreso,
veréis que ya entonces exponían los mismos argumentos que encontramos ahora.
Los socialdemócratas polacos abandonaron aquel congreso por considerar
inaceptable que se reconociera a las naciones el derecho a la
autodeterminación. Y desde ese momento chocamos, una y otra vez, con la misma
cuestión. En 1903 existía ya el imperialismo, pero entre los argumentos
invocados ninguno hablaba de él; hoy, como entonces, la posición de la
socialdemocracia polaca sigile siendo un extraño y monstruoso error; esa gente
quiere que nuestro partido descienda a la posición de los chovinistas.
La política de Polonia es
una política plenamente nacional como consecuencia de los largos años de
opresión de ese país por Rusia, y todo el pueblo polaco está dominado por una
idea: vengarse de los moscovitas. Nadie ha oprimido tanto a los polacos como el
pueblo ruso, que, en manos de los zares, sirvió de verdugo de la libertad
polaca. Ningún pueblo se ha impregnado tanto de odio a Rusia, ningún pueblo
detesta tan terriblemente a Rusia como los polacos, y de ello se desprende un
raro fenómeno. Polonia es, a causa de la burguesía polaca, un obstáculo para el
movimiento socialista. ¡Que arda el mundo entero con tal de que Polonia sea
libre! Plantear así el problema significa, naturalmente, mofarse del
internacionalismo. Sin duda, Polonia es actualmente víctima de la violencia;
pero que los nacionalistas polacos puedan esperar de Rusia su emancipación, es
traicionar a la Internacional. Y los nacionalistas polacos han empapado con sus
ideas al pueblo polaco hasta tal punto, que éste así ve las cosas.
El inmenso mérito histórico
de los camaradas socialdemócratas polacos consiste en haber lanzadola consigna
del internacionalismo, diciendo: lo más importante para nosotros es sellar una
alianza fraternal con el proletariado de todos los demás países, y jamás nos
lanzaremos a una guerra por la liberación de Polonia. Ese es su mérito, y por
ello hemos considerado siempre socialistas únicamente a estos camaradas
socialdemócratas polacos. Los otros son patrioteros, son los Plejánov polacos.
Pero de esta situación original, en la que unos hombres, para salvar el
socialismo, se han visto obligados a luchar contra un nacionalismo furioso y
enfermizo, se deriva un fenómeno extraño: los camaradas vienen a nosotros y nos
dicen que debemos renunciar a la libertad de Polonia, a su separación.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
¿Por qué nosotros, los
rusos, que oprimimos a más naciones que ningún otro pueblo, hemos de renunciar
a proclamar el derecho de Polonia, Ucrania y Finlandia a separarse de Rusia? Se
nos propone que nos convirtamos en chovinistas porque con ello facilitaremos la
posición de los socialdemócratas polacos. No aspiramos a la liberación de
Polonia porque el pueblo polaco vive entre dos Estados capaces de luchar. Pero
en vez de decir que los obreros polacos deben razonar así: sólo son fieles a la
democracia los socialdemócratas que opinan que el pueblo polaco debe ser libre,
pues en las filas del Partido Socialista no hay cabida para los chovinistas,
los socialdemócratas polacos dicen: estamos en contra de la separación de
Polonia precisamente porque creemos ventajosa la alianza con los obreros rusos.
Y están en su pleno derecho. Pero hay quienes no quieren comprender que para
reforzar el internacionalismo no es necesario repetir las mismas palabras, y
que en Rusia debe insistirse en la libertad de separación de las naciones
oprimidas, mientras en Polonia debe subrayarse la libertad de unión. La
libertad de unión presupone la libertad de separación. Nosotros, los rusos,
debemos subrayar la libertad de separación, y en Polonia, la libertad de unión.
Nos encontramos aquí con una
serie de sofismas, que conducen a la abjuración total del marxismo. El punto de
vista del camarada Piatakov no es más que una repetición del punto de vista de
Rosa Luxemburgo...* (el ejemplo de Holanda)...* Así razona el camarada
Piatakov, y al razonar de ese modo se refuta a sí mismo, pues en teoría niega
la libertad de separación, pero le dice al pueblo: quien niega la libertad de
separación no es un socialista. Cuanto ha dicho aquí el camarada Piatakov es un
embrollo increíble. En Europa Occidental predominan países en los que el
problema nacional ha sido resuelto hace ya mucho. Cuando se dice que el
problema nacional está resuelto se alude a Europa Occidental. El camarada
Piatakov traslada eso a un terreno que no tiene nada que ver con ello, a los
países de Europa Oriental, cayendo así en una situación ridícula.
* Hay una laguna en el acta. (N. de la Edit.)
¡Fijaos qué espantoso lío
resulta! Tenemos a Finlandia cerca. El camarada Piatakov no nos da sobre ella
una contestación concreta; se ha metido en un atolladero. Habréis leído ayer en
Rabóchaya Gazeta que en Finlandia
crece el movimiento separatista. Los finlandeses vienen y nos dicen que en su país toma incremento el separatismo porque
los demócratas-constitucionalistas no conceden a Finlandia la plena autonomía.
En Finlandia madura la crisis, el descontento con el gobernador general
Ródichev es cada vez mayor; pero Rabóchaya
Gazeta escribe que los finlandeses deben esperar la Asamblea Constituyente,
pues en ella se llegará a un acuerdo
entre Finlandia y Rusia. Pero ¿qué significa “acuerdo”? Los finlandeses deben
decir que pueden tener derecho a disponer de sus destinos como crean
conveniente, y el ruso que niegue ese derecho será un chovinista. Otra cosa
sería si le dijéramos al obrero finlandés: decide según te...*
* Hay una laguna en el acta. (N. de la Edit.)
172
El camarada Piatakov se
limita a rechazar nuestra consigna, diciendo que es lo mismo que no dar
consigna para la revolución socialista, pero no ofrece la que corresponde. El
método de la revolución socialista bajo la consigna de “¡Abajo las fronteras!”
entraña la más completa confusión. No hemos conseguido publicar el artículo en
que calificaba yo esta idea de “economismo imperialista”. ¿Qué significa el
“método” de la revolución socialista bajo la consigna de “¡Abajo las
fronteras!”? Nosotros defendemos la necesidad del Estado, y el Estado presupone
fronteras. El Estado puede, naturalmente, incluir un gobierno burgués, mientras
que nosotros necesitamos los Soviets. Pero también a los Soviets se les plantea
el problema de las fronteras. ¿Qué quiere decir “ las fronteras!”? Ahí comienza
la anarquía... El “método” de la revolución socialista bajo la consigna de
“¡Abajo las fronteras!” es un verdadero galimatías. Cuando madure la revolución
socialista, cuando estalle, se extenderá también a otros países, y nosotros la
ayudaremos, aunque no sepamos aún cómo. El “método de la revolución socialista”
es una frase vacía. Por cuanto existen problemas no resueltos del todo por la
revolución burguesa, somos partidarios de que se resuelvan. Ante el movimiento
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
separatista somos
indiferentes, neutrales. Si Finlandia, Polonia o Ucrania se separan de Rusia,
no hay ningún mal en ello. ¿Qué mal puede haber? Quien lo afirme es un
chovinista. Hace falta haber perdido el juicio para continuar la política del
zar Nicolás. ¿No se ha separado Noruega de Suecia?... En otros tiempos.
Alejandro I y Napoleón cambiaban pueblos entre sí, en otros tiempos los zares
utilizaban a Polonia como moneda de cambio.
¿Es que vamos a continuar
nosotros esa táctica de los zares? Ello equivaldría a renunciar a la táctica
del internacionalismo, sería un chovinismo de la peor especie. ¿Qué hay de malo
en que Finlandia se separe? En ambos pueblos, en el proletariado de Suecia y de
Noruega, se ha fortalecido la confianza mutua después de la separación. Los
terratenientes suecos quisieron lanzarse a una guerra, pero los obreros de
Suecia se opusieron, diciendo: no contéis con nosotros para esa guerra.
Los finlandeses no quieren
hoy más que la autonomía. Nosotros opinamos que debe darse a Finlandia plena
libertad; entonces se reforzará su confianza en la democracia rusa, y
precisamente entonces, cuando eso se lleve a la práctica, no se separará. El
señor Ródichev va a Finlandia y regatea sobre la autonomía. Los camaradas
finlandeses vienen a nosotros y nos dicen: necesitamos la autonomía. Y desde
todas las baterías abren fuego contra ellos, diciéndoles: “¡Esperad a que se
reúna la Asamblea Constituyente!” Nosotros, en cambio, decimos: “El socialista
ruso que niega la libertad de Finlandia es un chovinista”.
Nosotros decimos que las
fronteras se fijan por voluntad de la población. ¡Rusia, no te lances a
combatir por Curlandia! ¡Alemania, retira tus tropas de Curlandia! Así
resolvemos nosotros el problema de la separación. El proletariado no puede
apelar a la violencia, pues no debe obstaculizar la libertad de los pueblos. La
consigna de “¡Abajo las fronteras!” será justa cuando la revolución socialista
sea una realidad y no un método; entonces podremos decir: ¡Camaradas, venid a
nosotros!...
Cuestión muy distinta es la
de la guerra. En caso de necesidad, no renunciaremos a una guerra
revolucionaria. No somos pacifistas... Cuando en Rusia manda Miliukov y envía a
Ródichev a Finlandia para que regatee desvergonzadamente con el pueblo
finlandés, nosotros decimos: ¡No, pueblo ruso, no te atrevas a avasallar a
Finlandia: el pueblo que oprime a otros pueblos no puede ser libre!178 En la resolución sobre Borgbjerg decimos: retirad las tropas y
dejad que la nación decida el asunto por su cuenta. Y si el Soviet toma mañana
el poder, no se tratará ya de un “método de la revolución socialista” y
entonces diremos: ¡Alemania, fuera tus tropas de Polonia! ¡Rusia, fuera tus
tropas de Armenia! De otra manera sería un engaño.
El camarada Dzerzhinski nos
dice de su Polonia oprimida que allí todos son chovinistas. Pero ¿por qué no ha
dicho ningún polaco ni una sola palabra acerca de lo que debe hacerse con
Finlandia y Ucrania? Tanto hemos discutido ya de todo esto desde 1903 que
resulta difícil hablar de ello. ¡Ve donde quieras!... Quien no adopte este
punto de vista será un anexionista, un chovinista. Queremos una alianza
fraternal de todos los pueblos. Cuando existan una República Ucrania y una
República Rusa, habrá entre ellas más ligazón y más confianza. Y si los
ucranios ven que en Rusia se ha proclamado la República de los Soviets, no se
separarán; pero si nuestra república es una república de Miliukov, se
separarán. Cuando el camarada Piatakov, en plena contradicción con sus puntos
de vista, dice: nos oponemos a que se retenga a nadie por la violencia dentro
de las fronteras, no hace más que reconocer el derecho de las naciones a la
autodeterminación. No queremos en modo alguno que el campesino de Jiva viva
bajo el yugo del kan de Jiva. Con el desarrollo de nuestra revolución
influiremos sobre las masas oprimidas. Sólo así puede plantearse la agitación
entre las masas sojuzgadas.
![]()
178 Véase F. Engels. Publicaciones de los emigrados. I.
Proclama polaca
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
Pero todo socialista ruso
que no reconozca la libertad de Finlandia y de Ucrania se deslizará al
chovinismo. Y no habrá jamás sofisma ni invocación de “método” que pueda
justificarle.
Publicado por vez
primera en 1921 en las “Obras” de N. Lenin (V. Uliánov), XIV, parte 2.
T. 31, págs. 432-437.
173
12. Resolución sobre
el problema nacional.
La política de opresión
nacional, herencia de la autocracia y de la monarquía, es defendida por los
latifundistas, los capitalistas y la pequeña burguesía en aras de la
conservación de sus privilegios de clase y de la desunión de los obreros de
distintas naciones.
El imperialismo
contemporáneo, al reforzar la tendencia a someter a los pueblos débiles, es un
nuevo factor de acentuación del yugo nacional.
La supresión del yugo
nacional, en la medida en que es posible en la sociedad capitalista, sólo es
realizable bajo un régimen republicano consecuentemente democrático y una
gobernación del Estado que garantice la plena igualdad de derechos de todas las
naciones y lenguas.
Debe reconocerse a todas las
naciones componentes de Rusia el derecho a separarse libremente y a formar
Estados independientes. La negación de este derecho y la no adopción de medidas
encaminadas a garantizar el ejercicio del mismo, equivalen a apoyar la política
de conquistas o anexiones. El reconocimiento por el proletariado del derecho de
las naciones a su separación es lo único que garantiza la plena solidaridad de
los obreros de distintas naciones y facilita un acercamiento verdaderamente
democrático entre ellas.
El conflicto surgido en la
actualidad entre Finlandia y el Gobierno Provisional ruso muestra con
particular nitidez que negar el derecho a la libre separación lleva de lleno a
continuar la política del zarismo.
El derecho de las naciones a
la separación libre no debe confundirse con la conveniencia de que se separe
una u otra nación en tal o cual momento. Esto último problema deberá resolverlo
el partido del proletariado de un modo absolutamente independiente en cada caso
concreto, desde el punto de vista de los intereses de todo el desarrollo social
y de la lucha de clase del proletariado por el socialismo.
El partido exige una amplia
autonomía regional, la abolición de la fiscalización desde arriba, la supresión
de una lengua oficial obligatoria y la delimitación de las fronteras de las
regiones independientes y autónomas, teniendo en cuenta la opinión de la propia
población local en cuanto a las condiciones económicas y de vida, la
composición nacional de la región, etc.
El partido del proletariado
rechaza resueltamente la llamada “autonomía nacional cultural”, que consiste en
sustraer de la competencia del Estado los asuntos escolares, etc., para
ponerlos en manos de una especie de dietas nacionales. Este plan crea fronteras
artificiales entre los obreros que viven en la misma localidad y que incluso
trabajan en la misma empresa, según su pertenencia a una u otra “cultura
nacional”, es decir, refuerza los lazos entre los obreros y la cultura burguesa
de cada nación por separado, mientras que la tarea de la socialdemocracia
consiste en fortalecer la cultura internacional del proletariado del mundo
entero.
El partido exige que se
incluya en la Constitución una ley fundamental que anule toda clase de
privilegios a favor de una nación y toda clase de violaciones de los derechos
de las minorías nacionales.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
Los intereses de la clase
obrera exigen la fusión de los obreros de todas las naciones de Rusia en
organizaciones proletarias únicas, tanto políticas como sindicales,
cooperativistas, culturales, etc. Sólo esta fusión de los obreros de las
distintas naciones en organizaciones únicas da al proletariado la posibilidad
de librar una lucha victoriosa contra el capital internacional y contra el
nacionalismo burgués.
Publicado el 16 (3) de mayo de 1917 como anejo al núm. 13 del
periódico “Soldátskaya Pravda”.
T. 31, págs. 439-440.
13. Resolución sobre
el momento actual.
La guerra mundial, provocada
por la lucha de los trusts mundiales y del capital bancario por la dominación
en el mercado mundial, ha acarreado ya la destrucción de una masa inmensa de
valores materiales, el agotamiento de las fuerzas productivas y una expansión
tal de la industria de guerra, que hasta la producción del mínimo
imprescindible de artículos de consumo y medios de producción resulta
imposible.
De este modo, la guerra
actual ha llevado a la humanidad a un callejón sin salida y la ha colocado al
borde del abismo.
Las premisas objetivas de la
revolución socialista, que indudable existían ya antes de la guerra en los
países más avanzados y desarrollados, seguían y siguen madurando a consecuencia
de ésta, con vertiginosa rapidez. El desplazamiento y la ruina de las haciendas
pequeñas y medias se aceleran más y más. La concentración e
internacionalización del capital asume proporciones gigantescas. El capitalismo
monopolista se convierte en capitalismo monopolista de Estado. Las
circunstancias obligan a una serie de países a implantar la regulación social
de la producción y de la distribución; algunos de ellos pasan a establecer el
trabajo obligatorio para todos.
Dentro de un régimen de
propiedad privada sobre los medios de producción, todos esos pasos hacia una
mayor monopolización y una mayor estatificación de la producción van
acompañados inevitablemente de una intensificación de la explotación de las
masas trabajadoras, del reforzamiento de la opresión, de trabas a la lucha
contra los explotadores, acentúan la reacción y el despotismo militar y al
mismo tiempo conducen inevitablemente a un increíble acrecentamiento de las
ganancias de los grandes capitalistas a expensas de todas las demás capas de la
población, a esclavizar por muchos decenios a las masas trabajadoras,
imponiéndoles tributos a pagar a los capitalistas bajo la forma de miles de
millones de intereses de los empréstitos. En cambio, una vez abolida la
propiedad privada sobre los medios de producción, y con el paso de todo el
poder del Estado a manos del proletariado, esas mismas condiciones garantizará
el triunfo de una transformación social que pondrá fin a la explotación del
hombre por el hombre y asegurará el bienestar de todos.
* * *
Por otra parte, la marcha de
los acontecimientos ha venido a confirmar, sin lugar a dudas, la previsión de
los socialistas del mundo entero, quienes en el Manifiesto de Basilea de 1912
señalaron unánimemente la inevitabilidad de la revolución proletaria, en relación precisamente con la guerra
imperialista que entonces se avecinaba y hoy hace estragos.
La revolución rusa no es más
que la primera etapa de la primera de las revoluciones proletarias engendradas
inevitablemente por la guerra.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
En todos los países crecen
la indignación de las amplias masas populares contra la clase capitalista y la
conciencia del proletariado de que sólo el paso del poder a sus manos y la
abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción salvarán a la
humanidad de la ruina.
En todos los países, y
particularmente en los más avanzados, en Inglaterra y Alemania, cientos de
socialistas que no se han pasado al lado de “su” burguesía nacional han sido
arrojados a las cárceles por los gobiernos de los capitalistas que, con estas persecuciones,
no hacen más que demostrar su temor a la revolución proletaria que va creciendo
en el seno de las masas populares. Su maduración en Alemania se nota en las
huelgas de masas, que en las últimas semanas han tomado un incremento
considerable como también en la creciente confraternización de los soldados
alemanes y rusos en el frente.
La confianza y unión
fraternales entre los obreros de los distintos países que hoy se exterminan
unos a otros por los intereses de los capitalistas, se van restableciendo poco
a poco de ese modo, y esto crea, a su vez, las premisas para las acciones revolucionarias
conjuntas de los obreros de distintos países. Sólo esas acciones pueden
garantizar el desarrollo sistemático y el éxito más seguro de la revolución
socialista mundial.
* * *
El proletariado de Rusia,
que actúa en uno de los países más atrasados de Europa, con una inmensa
población de pequeños campesinos, no puede proponerse como meta inmediata la
realización de transformaciones socialistas.
Pero sería el más funesto de
los errores, error que en la práctica equivaldría a pasarse al campo de la
burguesía, deducir de ello la necesidad de que la clase obrera apoye a la
burguesía, de que limite su táctica al marco de lo que es aceptable para la pequeña
burguesía, o de que el proletariado renuncie a su papel dirigente en la tarea
de explicar al pueblo la urgencia de una serie de pasos prácticamente maduros
hacia el socialismo.
Tales pasos son, en primer
término, la nacionalización de la tierra. Esta medida, que no rebasa
directamente los límites del régimen burgués, sería al mismo tiempo un fuerte
golpe asestado a la propiedad privada sobre los medios de producción, y por eso
acrecentaría la influencia del proletariado socialista sobre los
semiproletarios del campo.
Otra de esas medidas es la
implantación del control del Estado sobre todos los bancos y la fusión de los
mismos en un banco central único, y sobre los institutos de seguros y los
consorcios capitalistas más importantes (v. gr., el consorcio de fabricantes de
azúcar, el Prodúgol, el Prodamet179,
etc.), con la transición gradual a un sistema más justo de impuestos
progresivos sobre la renta y la riqueza. No cabe duda de que estas medidas ya
maduras en el terreno económico son susceptibles técnicamente de una aplicación
inmediata, y políticamente pueden contar con el apoyo de la mayoría aplastante
de los campesinos, a quienes esas reformas favorecerán en todos los aspectos.
Los Soviets de diputados
obreros, soldados, campesinos, etc., que hoy cubren a Rusia con una red cada
vez más tupida, podrían, además de las mencionadas medidas, implantar el
trabajo obligatorio para todos, pues el carácter de estas instituciones asegura,
por una parte, el paso hacia todas esas nuevas transformaciones sólo en la
medida en que su necesidad práctica sea reconocida, consciente y firmemente,
por la inmensa mayoría del pueblo, y, por otra parte, el carácter de estas
instituciones garantiza la realización de estas transformaciones, no por la vía
policiaco-burocrática, sino por la participación voluntaria de
![]()
179 Prodúgol: Sociedad rusa de comercio del
combustible mineral de la cuenca del Donets. Prodamet: Sociedad para la venta de artículos de las fábricas
metalúrgicas.
VII. Conferencia de toda Rusia del POSD(B)R
las masas organizadas y
armadas del proletariado y del campesinado en la regulación de su propia
economía.
Todas estas medidas y otras
semejantes no sólo pueden y deben ser discutidas y preparadas, para
implantarlas en todo el país, una vez que el poder pase íntegro a manos de los
proletarios y semiproletarios, sino que pueden y deben ser realizadas por los órganos
revolucionarios locales del poder popular cuando haya la posibilidad de
hacerlo.
Para llevar a la práctica
estas medidas, es necesario observar una extraordinaria prudencia y serenidad;
hay que conquistar una sólida mayoría popular y llevar a ella la conciencia de
que las medidas que se implanten son ya prácticamente factibles, y es ésa
precisamente la dirección en que deben concentrarse la atención y los esfuerzos
de la vanguardia consciente de las masas obreras, que han de ayudar a las masas
campesinas a encontrar salida del actual desastre.
Publicado el 16 (3) de mayo de 1917 como anejo al núm. 13 del
periódico “Soldátskaya Pravda”.
T. 31, págs. 449-452.
Introducción a las resoluciones de la VII Conferencia de toda
Rusia del POSD(B)R
176
INTRODUCCIÓN
A LAS RESOLUCIONES DE LA VII CONFERENCIA DE TODA RUSIA DEL PSOD(B)R
Camaradas obreros:
La Conferencia de toda Rusia
del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, unido por el Comité Central y
denominado comúnmente Partido Bolchevique, ha terminado.
La conferencia ha adoptado
acuerdos muy importantes sobre todas las cuestiones fundamentales de la
revolución, cuyo texto reproducimos íntegro más abajo.
La revolución está en
crisis, como pudo verse en las calles de Petrogrado y de Moscú del 19 al 21 de
abril. Lo ha reconocido el Gobierno Provisional. Lo ha reconocido el Comité
Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado. Lo confirma
una vez más, en el momento en que escribimos estas líneas, la dimisión de
Guchkov.
La crisis del poder, la
crisis de la revolución, no es casual. El Gobierno Provisional es un gobierno
de latifundistas y capitalistas, unidos por el capital ruso y anglo-francés y
obligados a continuar la guerra imperialista. Pero los soldados están extenuados
por la guerra, ven cada vez más claramente que ésta se hace en interés de los
capitalistas, no quieren la guerra. Y, al mismo tiempo, se cierne sobre Rusia,
igual que sobre otros países, el amenazador fantasma de una horrible
bancarrota, de la falta de pan y de la completa ruina económica.
El Soviet de diputados
obreros y soldados de Petrogrado se ha metido asimismo en un atolladero al
concluir un acuerdo con el Gobierno Provisional y apoyar a éste, al apoyar el
empréstito y, por consiguiente, la guerra. El Soviet responde por el Gobierno Provisional
y, al ver la situación sin salida, se ha embrollado también a causa de su
acuerdo con el gobierno de los capitalistas.
En este gran momento
histórico en que está en juego todo el porvenir de la revolución, en que los
capitalistas se debaten entre la desesperación y la idea de ametrallar a los
obreros, nuestro partido se dirige al pueblo y en los acuerdos de su conferencia
le dice:
Hay que comprender qué clases impulsan la revolución. Hay que
tener en cuenta serenamente sus diferentes aspiraciones. El capitalista no
puede seguir el mismo camino que el obrero. Los pequeños propietarios no pueden
confiar plenamente en los capitalistas ni decidirse todos y en el acto a una
estrecha alianza fraternal con los obreros. Sólo comprendiendo la diferencia de
estas clases podrá encontrarse un camino acertado para la revolución.
Y los acuerdos de nuestra
conferencia sobre todas las cuestiones fundamentales de la vida popular
establecen una diferenciación precisa entre los intereses de las distintas
clases, muestran que es imposible en absoluto salir del atolladero con una
política de confianza en el gobierno de los capitalistas o apoyando a ese
gobierno.
La situación es
inusitadamente difícil. No hay más que una salida: el paso de todo el poder del
Estado a los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, etc., en toda
Rusia, de abajo arriba. Sólo si el poder pasa a manos de la clase obrera y ésta
es apoyada por la mayoría de los campesinos podrá esperarse un rápido
restablecimiento de la confianza de los obreros de otros países, una poderosa
revolución europea que rompa el yugo del capital y destruya las férreas tenazas
de la criminal matanza de los pueblos. Sólo si el poder pasa a manos de la
clase obrera y ésta es apoyada por la mayoría de los campesinos podrá tenerse
la firme esperanza de que todas las masas trabajadoras depositarán la más plena
confianza en este
Introducción a las resoluciones de la VII Conferencia de toda
Rusia del POSD(B)R
poder y se alzarán
unánimemente, como un solo hombre, para efectuar una abnegada labor de
reestructuración de toda la vida popular en interés de las masas trabajadoras y
no de los capitalistas y latifundistas. Sin esta labor abnegada, sin una
gigantesca tensión de las fuerzas de todos y de cada uno, sin la firmeza y la
decisión de reorganizar la vida de manera nueva, sin la organización más rígida
y la disciplina camaraderil de todos los obreros y de todos los campesinos
pobres, sin todo eso no hay salida.
La guerra ha colocado a toda
la humanidad al borde del abismo. Los capitalistas se lanzaron a la guerra y
son impotentes para salir de ella. Todo el mundo se halla ante la catástrofe.
Camaradas obreros: Se acerca
el instante en que los acontecimientos exigirán de vosotros un heroísmo nuevo
—un heroísmo de millones y decenas de millones de seres—, mayor aún que en los
días gloriosos de la revolución de febrero y de marzo. Preparaos.
Preparaos y tener presente
que si junto con los capitalistas pudisteis vencer en unos cuantos días con una
simple explosión de la ira popular, para triunfar en la lucha contra los
capitalistas hace falta algo más. Para una victoria de ese género, para que los
obreros y los campesinos pobres tomen el poder, para que se mantengan en él y
lo utilicen con acierto hace falta organización, organización y organización.
177
Nuestro partido os ayuda
como puede, ante todo, haciéndoos comprender la diferente situación de las
distintas clases y su distinta fuerza. A ello están consagrados los acuerdos de
nuestra conferencia. Sin esta comprensión clara, la organización no significa
nada. Sin organización es imposible la acción de millones de seres, es
imposible todo éxito.
No creed en las palabras. No
os dejéis arrastrar por las promesas. No exageréis vuestras fuerzas. Organizaos
en cada fábrica, en cada regimiento y en cada compañía, en cada barriada.
Realizad un trabajo perseverante de organización cada día, cada hora; trabajad
vosotros mismos, ya que esta labor no puede confiarse a nadie. Conseguid con
vuestra labor que las masas vayan depositando su plena confianza en los obreros
de vanguardia paulatina, firme e indestructiblemente. Ese es el contenido
fundamental de todos los acuerdos de nuestra conferencia. Esa es la enseñanza
principal de todo el curso de la revolución. En eso consiste la única garantía
de éxito.
Camaradas obreros: Os
exhortamos a realizar una labor difícil, seria y tesonera, que una al
proletariado consciente, revolucionario, de todos los países. Este camino, y
sólo éste, conduce a la salida, a salvar a la humanidad de los horrores de la
guerra, del yugo del capital.
Publicado el 16 (3) de mayo de 1917 como anejo al núm. 13 del
periódico “Soldátskaya Pravda”.
T. 31, págs..
454-457.
A qué conduce los pasos contrarrevolucionarios del Gobienrno
Provisional
178
A
QUE CONDUCE LOS PASOS CONTRARREVOLUCIONARIOS DEL GOBIERNO PROVISIONAL
Hemos recibido el
siguiente telegrama:
“Eniseisk. El Soviet de diputados obreros y soldados ha conocido un
telegrama con instrucciones enviado a Eniseisk por el ministro Lvov a
Krutovski, que ha sido designado comisario de la provincia de Eniseisk.
Protestamos contra el deseo
de restablecer la burocracia y declaramos: primero, no permitiremos que nos
dirijan funcionarios designados; segundo, no hay retorno para los jefes de los
zemstvos destituidos; tercero, reconocemos únicamente los organismos creados en
el distrito de Eniseisk por el propio pueblo; cuarto, los funcionarios
designados sólo podrán mandar pasando por encima de nuestros cadáveres.
El Soviet de diputados de Eniseisk”.
Así pues, el Gobierno
Provisional designa desde Petrogrado “comisarios” para “dirigir” el Soviet de
diputados obreros y soldados de Eniseisk o, en general, el organismo de
administración autónoma local de Eniseisk. Además, el Gobierno Provisional ha
hecho esta designación de tal forma que el Soviet de diputados obreros y
soldados de Eniseisk protesta contra “el deseo de restablecer la burocracia”.
Por si fuera poco, el Soviet
de diputados obreros y soldados de Eniseisk declara que “los funcionarios
designados sólo podrán mandar pasando por encima de nuestros cadáveres”. La
conducta del Gobierno Provisional ha llevado al lejano distrito siberiano, personificado
por la institución dirigente que ha elegido todo el pueblo, al extremo de
amenazar directamente al gobierno con la resistencia
armada.
¡Hasta dónde ha llegado la administración de los señores del
Gobierno Provisional!
¡Y luego gritarán — como han
gritado hasta ahora— contra la gente malintencionada que “predica” la “guerra
civil”!
¿Qué falta hacía designar
desde Petrogrado, o desde cualquier otro centro, “comisarios” para “dirigir”
una institución local electiva? ¿Es
que un forastero puede conocer mejor las necesidades locales y “dirigir” a la
población local? ¿Qué motivo han dado los habitantes de Eniseisk para que se
adopte medida tan absurda? Si los habitantes de Eniseisk han chocado en algo
con las decisiones de la mayoría de los ciudadanos de otras localidades, ¿por
qué no limitarse primeramente a tratar de informarse,
sin dar pretexto para que se hable de “burocracia” y sin provocar el
descontento y la indignación legítimos de la población local?
A todas estas preguntas sólo
se puede dar una respuesta. Los señores representantes de los terratenientes y
capitalistas que sesionan en el Gobierno Provisional quieren conservar sin falta el viejo aparato administrativo zarista: los
funcionarios “designados” desde arriba. Así han procedido casi siempre todas
las repúblicas parlamentarias burguesas del mundo, excepto durante los cortos
períodos de revolución en algunos países. Así han procedido, facilitando y
preparando con ello el retorno de la
república a la monarquía, a los Napoleones, a los dictadores militares. Así han
procedido, y los señores demócratas— constitucionalistas quieren repetir sin
falta esos tristes ejemplos.
A qué conduce los pasos contrarrevolucionarios del Gobienrno
Provisional
El problema es serio en
extremo. No hay por qué engañarse. Con esos pasos, precisamente con esos pasos,
el Gobierno Provisional prepara —no
importa si consciente o inconscientemente— la restauración de la monarquía en
Rusia.
Toda la responsabilidad por
los intentos posibles —y, hasta cierto punto inevitable— de restaurar la
monarquía en Rusia recae sobre el Gobierno Provisional, que da semejantes pasos
contrarrevolucionarios. Porque la burocracia “designada” desde arriba —para
“dirigir” a la población local— ira sido y será siempre la garantía más segura
de la restauración de la monarquía, lo mismo que lo son el ejército permanente
y la policía.
El Soviet de diputados
obreros y soldados de Eniseisk tiene mil veces razón tanto desde el punto de
vista de la táctica como del de los principios. No se debe permitir el retorno
de los jefes de los zemstvos destituidos. No se puede tolerar la instauración
de la burocracia “designada”. Hay que reconocer “únicamente los organismos
creados por el propio pueblo” en cada localidad.
La idea de que es necesario
“dirigir” a través de funcionarios “designados” desde arriba es una aventura cesarista o blanquista,
profundamente falsa y antidemocrática. Engels tenía toda la razón cuando en
1891, al criticar el proyecto de programa de los socialdemócratas alemanes
—contagiados de burocratismo en grado considerable—, insistía en que no hubiese
ninguna fiscalización desde arriba de la administración autónoma local; Engels
tenía razón al recordar la experiencia de Francia, que de 1792 a 1798 se gobernó
por organismos locales electivos, sin ninguna fiscalización de ese tipo, y no
se “disgregó” ni se “desmoronó” lo más mínimo, sino que se fortaleció, se
cohesionó y organizó democráticamente180.
179
Los estúpidos prejuicios
burocráticos, la rutina de los hábitos zaristas y las ideas profesorales
reaccionarias sobre la necesidad del burocratismo, los propósitos y las
tendencias contrarrevolucionarias de los terratenientes y capitalistas: tal es
el terreno en que han brotado y maduran actos del Gobierno Provisional como el
que examinamos.
El Soviet de diputados
obreros y soldados de Eniseisk ha puesto de manifiesto el sano sentido
democrático de los obreros y los campesinos, indignados por la ultrajante
tentativa de “designar” desde arriba a los funcionarios para que “dirijan” a la
población adulta local, a la inmensa mayoría, que ha elegido a sus propios
representantes.
El pueblo necesita una
república verdaderamente democrática, una república obrera y campesina que no
conozca otras autoridades que las elegidas por la población y que puedan ser
revocadas por ella en cualquier momento, si así lo desea. Y por esa república
deben luchar todos los obreros y campesinos contra las tentativas del Gobierno
Provisional de restablecer los métodos y los aparatos administrativos
monárquicos, zaristas.
“Pravda”, núm. 43, 11
de mayo (28 de abril) de 1917.
T. 31, págs. 462-464.
![]()
180 Véase F. Engels. Contribución a la crítica del proyecto de
programa socialdemócrata de 1891.
I. G. Tsereleti y la lucha de clases
180
I. G. TSERETELI Y LA
LUCHA DE CLASES
Todos los periódicos
publican, íntegro o resumido, el discurso pronunciado por I. G. Tsereteli el 27
de abril en la sesión solemne de los diputados a la Duma de Estado de todas las
legislaturas.
Ha sido un discurso
absolutamente ministerial. El discurso de un ministro sin cartera. No obstante,
creemos que no es pecado, incluso
cuando un ministro sin cartera pronuncia discursos ministeriales, dedicar un
pensamiento al socialismo, al marxismo y a la lucha de clases. A cada cual lo
suyo. Es natural que la burguesía rehúya hablar de la lucha de clases,
analizarla, estudiarla y hacer de ella una base para determinar la política.
Corresponde a la burguesía descartar estos asuntos “desagradables”, “poco delicados”,
como se dice en los salones, y cantar loas a la “unión” de “todos los amigos de
la libertad”. Corresponde al partido proletario no olvidar la lucha de clases.
A cada cual lo suyo.
Dos ideas políticas
fundamentales se destacan en el discurso de Tsereteli. La primera es que se
puede yse debe distinguir dos “sectores” de la burguesía. Un sector “ha llegado
a un acuerdo con la democracia”; la posición de esta burguesía es “firme”. El otro
está formado por “elementos irresponsables de la burguesía que provocan la
guerra civil”, o, como también dice Tsereteli, “muchos de los llamados
elementos censatarios moderados”.
La segunda idea política del
orador es ésta: “Cualquier tentativa de proclamar (!!?) ahora mismo la
dictadura del proletariado y del campesinado” sería una tentativa
“desesperada”, y él, Tsereteli, estaría de acuerdo con esa tentativa
desesperada si pudiese creer sólo por un minuto que las ideas de Shulguín son
realmente “compartidas por toda la burguesía censataria”.
Examinemos estas dos ideas
políticas de I. G. Tsereteli, que, como cuadra a un ministro sin cartera o a un
candidato a ministro, ha adoptado una posición “centrista”: ¡ni por la reacción
ni por la revolución! Ni con Shulguín ni con los partidarios de “tentativas
desesperadas”.
¿Qué diferencia de clase
hace Tsereteli entre los dos sectores de la burguesía que menciona?
Absolutamente ninguna. A Tsereteli no se le ha ocurrido siquiera que no es un
pecado fundamentar la política desde el punto de vista de la lucha de clases.
Los dos “sectores” de la
burguesía son, por su esencia de clase, los terratenientes y los capitalistas.
Tsereteli no dice ni una palabra acerca de que Shulguín no representa las
mismas clases o sus subgrupos que Guchkov (este último, miembro del Gobierno
Provisional y uno de los más importantes...). Tsereteli separó las ideas de
Shulguín de las de “toda” la burguesía censataria, pero no dio ninguna razón para ello. Y no podía dar ninguna. Las “ideas” de Shulguín —a
favor del poder indiviso del Gobierno Provisional, contra la fiscalización de
este gobierno por los soldados armados, contra la “propaganda anti-inglesa”,
contra la “incitación” de los soldados a reñir con la “casta de oficiales”,
contra la propaganda de Petrográdskaya Storoná181, etc.— son las mismas que el lector encuentra a diario en las
páginas de Riech, en los discursos y
manifiestos de los ministros con cartera, etc.
La única diferencia es que
Shulguín habla más “abiertamente”, mientras que el Gobierno Provisional, como
gobierno que es, habla con más
discreción; Shulguín habla con voz de bajo,
![]()
181 Petrográdskaya
Storoná: distrito
de Petrogrado donde se encontraban los Comités Central y petersburgués del
Partido Bolchevique, la Organización militar aneja al CC del POSD(b)R, el club
de los soldados y otras organizaciones de los obreros y soldados que tenían su
sede en el antiguo palacio de Kshesínskaya.
I. G. Tsereleti y la lucha de clases
Miliukov lo hace en falsete.
Miliukov es partidario de un acuerdo con el Soviet de diputados obreros y
soldados, y Shulguín tampoco tiene nada
en contra de ese acuerdo. Shulguín y Miliukov, ambos, están por “otras
formas de control” (no el control por los soldados armados).
¡Tsereteli ha arrojado por
la borda toda idea de lucha de clases! No
ha mencionado las diferencias de clase o ninguna otra diferencia política seria
entre los “dos sectores” de la burguesía. ¡Ni siquiera pensó en mencionarlas!
En una parte de su discurso,
Tsereteli entiende por “democracia” “el proletariado y el campesinado
revolucionario”. Examinemos esta definición de clase. La burguesía ha accedido
a un acuerdo con esta democracia. Pues bien, cabe preguntar: ¿en qué se basa este acuerdo? ¿En qué
intereses de clase se apoya?
¡Tsereteli no dice ni una
palabra de esto! Se limita a hablarnos de la “plataforma democrática general
que en estos momentos es aceptable para todo el país”, es decir, evidentemente
para los proletarios y los campesinos, pues el “país” son, en realidad, los
obreros y campesinos, menos los censatarios.
¿Excluye esta plataforma,
digamos, el problema de la tierra? No. La plataforma elude esto.
Pero,¿desaparecen los intereses de clase, sus antagonismos, porque se los eluda
en los documentos diplomáticos, en las actas de los “acuerdos”, en los
discursos y declaraciones de los ministros?
181
Tsereteli se “olvidó” de plantear este
problema, se olvidó de un “detalle insignificante”: se olvidó “simplemente” de
los intereses de clase y de la lucha de clases...
“Todas las tareas de la
revolución rusa —canta agradablemente, como un ruiseñor, I. G. Tsereteli—, su
verdadera esencia (!!??), dependen de si las clases poseedoras censatarias (es
decir, los terratenientes y los capitalistas) “pueden comprender que ésa es una
plataforma nacional y no una plataforma especialmente proletaria...”
¡Pobres terratenientes y capitalistas!
Son “brutos”. Ellos “no entienden”. Necesitan que un ministro especial,
demócrata, les enseñe las cosas más elementales...
¿Acaso este representante de
la “democracia” se ha olvidado de la lucha de clases, ha adoptado la posición
de Luis Blanc, eludiendo con simples frases el antagonismo de los intereses de
clase?
¿Son Shulguín, Guchkov y
Miliukov los que “no comprenden” que se
puede conciliar a los campesinos con los terratenientes mediante una
plataforma en la que se eluda el problema de la tierra, o es Tsereteli el que
“no comprende” que eso es imposible?
Los obreros y campesinos
deben limitarse a lo que es “aceptable” para los terratenientes y los
capitalistas: ésta es la verdadera esencia
(no la esencia verbal, sino de clase) de la posición de
Shulguín-Miliukov-Plejánov. Y ellos lo “comprenden” mejor que Tsereteli.
Llegamos así a la segunda
idea política de Tsereteli: la dictadura del proletariado y del campesinado (la
dictadura, dicho sea de paso, no se “proclama”, sino se conquista...) sería una
tentativa desesperada. En primer lugar, hoy no se estila hablar con tal
simpleza de esa dictadura, eso puede hacer que Tsereteli vaya a parar al
archivo de los “viejos bolcheviques”*... En segundo lugar –y esto es lo más
importante– , ¿acaso los obreros y los campesinos no constituyen la inmensa
mayoría de la población? ¿Y acaso la “democracia” no significa el ejercicio de
la voluntad de la mayoría?
* Véanse mis Cartas sobre táctica. (Véase el presente volumen. N. de la Edit.)
¿Cómo es posible, sin dejar de ser
demócrata, estar contra la “dictadura
del proletariado y del campesinado”? ¿Cómo se puede temer de ella la “guerra
civil”? (¿Y qué guerra civil? ¿La
I. G. Tsereleti y la lucha de clases
de un puñado de
terratenientes y capitalistas contra los obreros y campesinos? ¿La de una
minoría insignificante contra una aplastante mayoría?)
I. G. Tsereteli se ha hecho
un lío definitivamente, olvidando incluso que, si Lvov y Cía. cumplen su
promesa de convocar la Asamblea Constituyente, ¡ésta se convertirá en la
“dictadura” de la mayoría! ¿Acaso los obreros y campesinos deben limitarse
también en la Asamblea Constituyente a lo que es “aceptable” para los
terratenientes y capitalistas?
Los obreros y los campesinos son la
inmensa mayoría. Entregar todo el poder a esta mayoría es, si me permiten, una
“tentativa desesperada”...
Tsereteli se ha hecho un lío
porque ha olvidado completamente la lucha de clases. Ha abandonado el punto de
vista del marxismo adoptando por entero el de Luis Blanc, quien con meras
frases se “desentendió” de la lucha de clases.
La misión de un dirigente
proletario es explicar la diferencia de los intereses de clase y convencer a
determinados sectores de la pequeña burguesía (precisamente, a los campesinos
pobres) de que deben elegir entre los obreros y los capitalistas, poniéndose de
parte de los obreros.
La misión de los Luis Blanc
pequeñoburgueses es velar la diferencia de los intereses de clase y convencer a
determinados sectores de la burguesía (principalmente a los intelectuales y
parlamentarios) de que deben “entenderse” con los obreros; a éstos, “entenderse”
con los capitalistas; y a los campesinos, “entenderse” con los terratenientes.
Luis Blanc trató celosamente
de convencer a la burguesía parisiense y, como sabemos, casi la convenció de
renunciar a los fusilamientos masivos de 1848 y 1871...
“Pravda”, núm. 44, 12
de mayo (29 de abril) de 1917. Firmado: N. Lenin.
T. 31, págs. 468-472.
Un triste apartamiento de la democracia
182
UN TRISTE APARTAMIENO
DE LA DEMOCRACIA
Izvestia182 publica hoy una reseña de la reunión celebrada por la sección
de soldados del
Soviet de diputados obreros y soldados. En esta reunión, entre
otras cosas:
‘Se discutió la posibilidad
de que los soldados desempeñen las funciones de milicianos.
La Comisión Ejecutiva propuso a la reunión la siguiente
resolución:
En vista de que los soldados
deben cumplir su misión directa , la
Comisión Ejecutiva del Soviet de diputados soldados se pronuncia en contra de que los soldados participen en la milicia
y propone que todos los soldados que forman parte de la milicia sean reincorporados inmediatamente a sus
unidades.
Tras breves debates, la
resolución fue aprobada con una enmienda,
que admite la posibilidad de que desempeñen funciones
de milicianos los soldados evacuados del ejército de operaciones y los heridos”.
Es muy lamentable que no se
haya publicado el texto exacto de la enmienda y de la resolución. Y es más
lamentable aún que la Comisión Ejecutiva haya propuesto, y la reunión haya
aprobado, una resolución que constituye un apartamiento total de los principios
fundamentales de la democracia.
Es poco probable que pueda
encontrarse en Rusia un partido democrático que no acepte la reivindicación
programática de sustituir el ejército permanente con el armamento general del
pueblo. Es poco probable que pueda encontrarse un socialista- revolucionario o
un socialdemócrata menchevique que se atreva a alzarse contra esta
reivindicación. Pero la desgracia está en que, “en los tiempos actuales”, “es
usual” aceptar “en principio” — encubriéndose con frases sonoras sobre la
“democracia revolucionaria”— los programas democráticos (y no hablemos ya del
socialismo) y renegar de ellos en la práctica.
Pronunciarse contra la
participación de los soldados en la milicia, basándose en que los “soldados
deben cumplir su misión directa”, significa olvidar por completo los principios
de la democracia y aceptar —quizá involuntaria e inconscientemente— el punto de
vista del ejército permanente. El soldado es un profesional, su misión directa
no es un servicio social: así piensan los partidarios del ejército permanente.
Esta opinión no es democrática. Es la opinión de un Napoleón. Es la opinión de
los partidarios del viejo régimen y de los capitalistas, que sueñan con un
fácil retroceso de la república a la monarquía constitucional.
El que es demócrata está en
contra, por principio, de esa opinión. La participación de los soldados en la
milicia significa derribar el muro que se alza entre el ejército y el pueblo.
Significa romper con el maldito pasado del “cuartel”, en el que, al margen del
pueblo y contra el pueblo, se “amaestraba”, domesticaba y entrenaba a un sector
especial de ciudadanos con la “misión directa” de dedicarse únicamente a la
profesión militar. La participación de los soldados en la milicia es un
problema cardinal, que consiste en reeducar a “los soldados”
![]()
182 "Izvestia Petrográdskogo Sovieta Rabóchij i Soldátskij Deputátov"
("Noticias del Soviet de Diputados Obreros y Soldados de
Petrogrado"): diario que empezó a publicarse en febrero de 1917.
Determinaban la línea
política del periódico los representantes del bloque menchevique-eserista que
aplicaba una política oportunista de apoyo al Gobierno Provisional burgués y
combatía las acciones revolucionarias del proletariado.
Después del II Congreso de
los Soviets de toda Rusia, fue cambiada la redacción de Izvestia y el periódico pasó a ser órgano oficial del Poder
soviético; en él se publicaron los primeros documentos más importantes del
Gobierno soviético, artículos y discursos de Lenin. En marzo de 1918, el
periódico se trasladó a Moscú. Aparece actualmente con el nombre de Izvestia Soviétov Deputátov Trudiáschijsia
Un triste apartamiento de la democracia
para hacer de ellos
ciudadanos milicianos, en reeducar a la población para transformar a los
habitantes corrientes en ciudadanos armados. La democracia no pasará de ser una
frase huera y falaz o una semimedida si no se concede inmediata e
incondicionalmente a todo el pueblo
la posibilidad de aprender a manejar las armas. Y eso es irrealizable sin la
participación sistemática, permanente y amplia de los soldados en la milicia.
Se nos objetará, quizá, que
no se puede apartar a los soldados de
su misión directa . Pero nadie dice
eso. Hablar especialmente de eso es ridículo. Como sería ridículo decir
especialmente que un médico que se halla junto a la cabecera de un enfermo
grave no tiene derecho a apartarse de él para emitir su sufragio. O que un
obrero, ocupado en una producción cuyo carácter ininterrumpido es considerado
por todos absolutamente necesario, no tiene derecho a abandonar su trabajo,
hasta que lo releve otro obrero, para ejercer sus derechos políticos.
Semejantes salvedades serían en verdad poco serias o incluso deshonestas.
La participación en la
milicia es una de las reivindicaciones más importantes y cardinales de la
democracia, una de las garantías más esenciales de la libertad. (Agreguemos,
entre paréntesis, que no hay medio más seguro de elevar las cualidades
puramente militares y la fuerza militar del ejército que sustituir el ejército
permanente con el armamento general del pueblo y utilizar a los soldados para
instruir al pueblo; en toda guerra auténticamente revolucionaria se ha empleado
y se empleará este método.) La organización inmediata, incondicional y general
de la milicia de todo el pueblo y la múltiple participación de los soldados en
la milicia: en eso radica el interés vital tanto de los obreros como de los
campesinos y los soldados, de toda la inmensa mayoría de la población, de la
mayoría no interesada en proteger las ganancias de los terratenientes y de los
capitalistas.
Escrito el 10 (23) de mayo de 1917. Publicado el 25 (12) de mayo
de 1917 en el núm. 55 del periódico “Pravda”.
T. 32, págs. 63-65.
184
LA GUERRA Y LA
REVOLUCIÓN
Conferencia
pronunciada el 14 (27) de mayo de1917.
La cuestión de la guerra y la revolución se plantea
con tanta frecuencia en los
últimos tiempos en la prensa y en cada reunión popular que, probablemente,
muchos de vosotros conoceréis bastante sus aspectos e incluso estaréis hartos
de ellos. Hasta hoy no había tenido la posibilidad de hablar, ni de estar
presente siquiera, en ninguna asamblea de partido ni en ninguna reunión popular
de este distrito. Por ello, corro, posiblemente, el riesgo de incurrir en
repeticiones o de no analizar con detalle suficiente aspectos de la cuestión
que os interesen mucho.
A mi juicio, hay algo
principal que se olvida corrientemente al tratar de la guerra, algo que no es
objeto de la atención debida, algo principal en torno a lo cual se sostienen
tantas discusiones, que yo calificaría de fútiles, sin perspectivas, vanas. Me
refiero al olvido de la cuestión fundamental: cuál es el carácter de clase de
la guerra, por qué se ha desencadenado, qué clases la sostiene, qué condiciones
históricas e histórico-económicas la han originado. En los mítines y en las
asambleas del partido he observado cómo se plantea entre nosotros el problema
de la guerra y he llegado a la conclusión de que gran número de las
incomprensiones que surgen en torno a este problema se deben precisamente a
que, al analizarlo, hablamos a cada paso en lenguajes completamente distintos.
Desde el punto de vista del
marxismo, es decir, del socialismo científico contemporáneo, la cuestión
fundamental que deben tener presente los socialistas al discutir cómo debe
juzgarse una grerra y la actitud a adoptar frente a ella es por qué se hace esa
guerra, qué clases la han preparado y dirigido. Nosotros, los marxistas, no
figuramos entre los enemigos incondicionales de toda guerra. Decimos: nuestro
objetivo es el régimen socialista, el cual, al suprimir la división de la
humanidad en clases, al suprimir toda explotación del hombre por el hombre y de
una nación por otras naciones, suprimirá ineluctablemente toda posibilidad de
guerra. Pero en la lucha por este régimen socialista encontraremos
ineludiblemente condiciones en las que la lucha de clases en el seno de cada
nación puede chocar con una guerra entre naciones distintas, engendrada por
esta lucha de clases. Por eso no podemos negar la posibilidad de las guerras
revolucionarias, es decir, de guerras derivadas de la lucha de clases, de
guerras sostenidas por las clases revolucionarias y que tienen una
significación revolucionaria directa e inmediata. No podernos llegar esto, con
mayor motivo, porque en la historia de las revoluciones europeas del último
siglo, de los 125 ó 135 años últimos, además de una mayoría de guerras
reaccionarias, ha habido también guerras revolucionarias, como, por ejemplo, la
guerra de las masas revolucionarias del pueblo francés contra la Europa
monárquica, atrasada, feudal y semifeudal coaligada. Y en la actualidad, el medio
más extendido de engañar a las masas en Europa Occidental, y últimamente
también en nuestro país, en Rusia, es invocar el ejemplo de las guerras
revolucionarias. Hay guerras y guerras. Se debe comprender de qué condiciones
históricas ha surgido una guerra concreta, qué clases la sostienen y con qué
fines. Sin comprender esto, todas nuestras disquisiciones acerca de la guerra
se verán condenadas a ser una vacuidad completa, a ser discusiones puramente
verbales y estériles. Por eso me permito analizar con detalle este aspecto de
la cuestión, por cuanto habéis señalado como tenia la correlación entre la
guerra y la revolución.
Es conocido el aforismo de
uno de los más célebres escritores de filosofía e historia de las guerras,
Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política con otros medios”.
Esta frase pertenece a un escritor que ha estudiado la historia de las guerras
y sacado las enseñanzas filosóficas de esta historia inmediatamente después de
la época de las guerras napoleónicas.
Este escritor, cuyos
pensamientos fundamentales son en la actualidad patrimonio imprescindible de
todo hombre que piense, luchaba, hace ya cerca de ochenta años, contra el
prejuicio filisteo, hijo de la ignorancia, de que es posible separar la guerra
de la política de los gobiernos correspondientes, de las clases
correspondientes; de que la guerra puede ser considerada, a veces, como una
simple agresión que altera la paz y que termina con el restablecimiento de esa
paz violada. ¡Se han peleado y han hecho las paces! Este tosco e ignorante
punto de vista fue refutado decenas de años atrás, y es refutado por todo
análisis más o menos atento de cualquier época histórica de guerras.
La guerra es la continuación
de la política con otros medios. Toda guerra está inseparablemente unida al
régimen político del que surge. La misma política que ha seguido una
determinada potencia, una determinada clase dentro de esa potencia durante un
largo período antes de la guerra, es continuada por esa misma clase, de modo
fatal e inevitable, durante la guerra, variando únicamente la forma de acción.
La guerra es la continuación
de la política con otros medios. Cuando los vecinos revolucionarios franceses
de la ciudad y del campo de fines del siglo XVIII derribaron por vía
revolucionaria la monarquía e instauraron la república democrática —ajustando las
cuentas a su monarca y ajustándoselas también, de modo revolucionario, a sus
terratenientes— , esta política de la clase revolucionaria no podía dejar de
sacudir hasta los cimientos al resto de la Europa autocrática, zarista,
realista y semifeudal. Y la continuación inevitable de esa política de la clase
revolucionaria triunfante en Francia fueron las guerras sostenidas contra la
Francia revolucionaria por todos los pueblos monárquicos de Europa, que,
habiendo formado su famosa coalición, se lanzaron sobre ella con una guerra
contrarrevolucionaria. De la misma manera que el pueblo revolucionario francés
reveló entonces, por vez primera en el transcurso de siglos, una energía
revolucionaria sin precedente en la lucha dentro del país, en la guerra de fines
del siglo XVIII mostró igual genio revolucionario al reestructurar todo el
sistema de la estrategia, rompiendo con todos los viejos cánones y usos bélicos
y creando, en lugar del ejército antiguo, un ejército nuevo, revolucionario,
popular y nuevos métodos de guerra. A mi juicio, este ejemplo merece una
atención especial, porque nos muestra palmariamente lo que olvidan ahora a cada
paso los publicistas de la prensa burguesa. Ellos especulan con los prejuicios
y la ignorancia pequeñoburguesa de las masas populares completamente incultas,
las cuales no comprenden el inseparable nexo económico e histórico de toda
guerra con la precedente política de cada país, de cada clase, que dominaba
antes de la guerra y aseguraba la consecución de sus objetivos por los llamados
medios “pacíficos”. Decimos llamados, pues las represiones necesarias, por
ejemplo, para la dominación “pacífica” en las colonias es dudoso que puedan
calificarse de pacíficas.
En Europa reinaba la paz,
pero ésta se mantenía debido a que el dominio de los pueblos europeos sobre los
centenares de millones de habitantes de las colonias se efectuaba únicamente
por medio de guerras incesantes, continuas, ininterrumpidas, que nosotros, los
europeos, no consideramos guerras porque, con demasiada frecuencia, más que
guerras parecían matanzas feroces y exterminadoras de pueblos inermes. Las
cosas están planteadas precisamente de tal forma, que para comprender la guerra
contemporánea necesitamos, ante todo, echar una ojeada general sobre la
política de las potencias europeas en conjunto. Es necesario tomar no ejemplos
aislados, casos aislados, que siempre es fácil desgajar de los fenómenos
sociales, pero que carecen de todo valor, pues del mismo modo puede citarse un
ejemplo opuesto. Es necesario considerar toda la política de todo el sistema de
Estados europeos en sus mutuas relaciones económicas y políticas, para
comprender cómo ha surgido de este sistema, fatal e ineludiblemente, esta guerra.
Observamos constantemente
que se hacen intentos, sobre todo por los periódicos capitalistas —lo mismo
monárquicos que republicanos—, de dar a la guerra actual un contenido histórico
que le es ajeno. Por ejemplo, en la República Francesa no hay
procedimiento más corriente
que los intentos de presentar esta guerra por parte de Francia como algo que
sigue y se asemeja a las guerras de la Gran Revolución Francesa de 1792. No hay
método más difundido para engañar a las masas populares francesas, a los
obreros de Francia y de todos los países, que trasladar a nuestra época el
“argot” de aquella época, algunas de sus consignas, e intentar presentar las
cosas como si la Francia republicana defendiera también ahora su libertad
contra la monarquía. Olvidan una “pequeña” circunstancia: que entonces, en
1792, la guerra de Francia la hacía la clase revolucionaria, que había llevado
a cabo una revolución sin precedente, que había destruido hasta los cimientos,
con el heroísmo inaudito de las masas, la monarquía francesa y se había alzado
contra la Europa monárquica coaligada, sin perseguir otra finalidad que la de
continuar su lucha revolucionaria.
La guerra en Francia fue la
continuación de la política de la clase revolucionaria que hizo la revolución,
conquistó la república, ajusté las cuentas a los capitalistas y terratenientes
franceses con una energía jamás vista, y que en nombre de esa política, de su
continuación, sostuvo la guerra revolucionaria contra la Europa monárquica
coaligada.
Pero ahora nos encontramos,
sobre todo, ante dos grupos de potencias capitalistas. Nos encontramos ante las
más grandes potencias capitalistas del mundo —Inglaterra, Francia, Norteamérica
y Alemania—, cuya política en el curso de una serie de decenios ha consistido
en una rivalidad económica ininterrumpida por dominar en el mundo entero,
estrangular a las naciones pequeñas, asegurar beneficios triplicados y
decuplicados al capital bancario, que ha encadenado a todo el mundo con su
influencia. En esto consiste la verdadera política de Inglaterra y Alemania. Lo
subrayo. Jamás hay que cansarse de subrayarlo, porque si lo echamos en olvido,
no podremos comprender nada de la guerra contemporánea y nos hallaremos
indefensos, a merced de cualquier periodista burgués que nos quiera embaucar
con frases embusteras.
186
La política auténtica de ambos grupos de los mayores gigantes
capitalistas —Inglaterra y Alemania, que, con sus aliados, arremetieron la una
contra la otra—, practicada durante una serie de décadas anteriores al
conflicto, debe ser estudiada y comprendida en su conjunto. Si no lo hiciéramos
así, olvidaríamos la exigencia principal del socialismo científico y de toda la
ciencia social en general y, además, nos privaríamos de la posibilidad de
comprender nada de la guerra actual. Caeríamos en poder de Miliukov, embaucador
que atiza el chovinismo y el odio de un pueblo contra otro con métodos que se
emplean en todas partes, sin excepción alguna, con métodos de los que escribía
hace ya ochenta años Clausewitz, mencionado por mí al comienzo, el cual
ridiculizaba ya entonces el punto de vista de los que piensan: ¡vivían los
pueblos en paz y luego se han peleado! ¡Como si eso fuese verdad! ¿Es que se
puede explicar la guerra sin relacionarla con la política precedente de este o
aquel Estado, de este o aquel sistema de Estados, de estas o aquellas clases?
Repito una vez más: ésta es la cuestión cardinal, que siempre se olvida, y cuya
incomprensión hace que de diez discusiones sobre la guerra, nueve resulten una
disputa vana y mera palabrería. Nosotros decimos: si no habéis estudiado la
política practicada por ambos grupos de potencias beligerantes durante decenios
— para evitar casualidades, para no escoger ejemplos aislados—, ¡si no habéis
demostrado la ligazón de esta guerra con la política precedente, no habéis entendido
nada de esta guerra!
Y esa política nos muestra a
cada paso una sola cosa: la incesante rivalidad económica de los dos mayores
gigantes del mundo, de dos economías capitalistas. De un lado, Inglaterra,
Estado que es dueño de la mayor parte del globo, Estado que ocupa el primer
lugar por sus riquezas, amasadas no tanto por el esfuerzo de sus obreros, como,
principalmente, por la explotación de un infinito número de colonias, por la
inmensa fuerza de los bancos ingleses. Estos bancos han formado, a la cabeza de
todos los demás, un grupo de bancos-gigantes, insignificante por su número
—tres, cuatro o cinco—, que manejan centenares de miles de
millones de rublos de tal
suerte, que puede decirse sin ninguna exageración: no hay un trozo de tierra en
todo el globo en el que este capital no haya clavado su pesada garra, no hay un
trozo de tierra que no esté envuelto por miles de hilos del capital inglés.
Este capital alcanzó tales proporciones a finales del siglo XIX y principios
del XX, que trasladó su actividad mucho más allá de los límites de cada país,
formando un grupo de bancos— gigantes con una riqueza inaudita. Valiéndose de
ese número insignificante de bancos, este capital envolvió al mundo entero con
una red de centenares de miles de millones de rublos. He ahí lo fundamental en
la política económica de Inglaterra y en la política económica de Francia, de
la que los propios escritores franceses, colaboradores, por ejemplo, de L’Humanité183, periódico dirigido en la actualidad
por ex socialistas (por ejemplo, Lysis, conocido publicista, especializado en
asuntos financieros), escribían ya varios años antes de la guerra: “La
República Francesa es una monarquía financiera... es una oligarquía
financiera... es el usurero del universo”.
De otro lado, frente a este
grupo, principalmente anglo- francés, se ha destacado otro grupo de
capitalistas más rapaz aún, más bandidesco aún: un grupo que ha llegado a la
mesa del festín capitalista cuando todos los sitios estaban ya ocupados, pero
que ha introducido en la lucha nuevos métodos de desarrollo de la producción
capitalista, una técnica mejor, una organización incomparable, que transforma
al viejo capitalismo, al capitalismo de la época de la libre competencia, en
capitalismo de los gigantescos trusts, consorcios y cárteles. Este grupo ha
introducido el principio de la estatificación de la producción capitalista, de
la fusión en un solo mecanismo de la fuerza gigantesca del capitalismo con la
fuerza gigantesca del Estado, mecanismo que enrola a decenas de millones de
personas en una sola organización del capitalismo de Estado. Esa es la historia
económica, la historia diplomática de varias decenas de años, que nadie puede
eludir. Es la única que os brinda el camino hacia la solución acertada del
problema de la guerra y os lleva a la conclusión de que esta guerra es también
producto de la política de las clases que se han enzarzado en ella, de los dos
mayores gigantes, que mucho antes del conflicto habían envuelto a todo el
mundo, a todos los países, con las redes de su explotación financiera y se
habían repartido el mundo en el terreno económico. Tenían que chocar porque el
nuevo reparto de ese dominio se había hecho inevitable desde el punto de vista
del capitalismo.
El antiguo reparto basábase
en que Inglaterra, por espacio de varios siglos, llevó a la ruina a sus
anteriores rivales. Su rival anterior fue Holanda, que extendía su dominio por
todo el mundo; su anterior competidor fue Francia, que durante casi un siglo
hizo guerras por ese dominio. Mediante guerras prolongadas, Inglaterra,
basándose en su potencia económica, en la de su capital mercantil, afianzó su
dominio indisputado del mundo. Pero surgió una nueva fiera: en 1871 se formó
otra potencia capitalista, que se desarrolló muchísimo más rápidamente que
Inglaterra. Este es un hecho fundamental. No encontraréis ningún libro de
historia económica que no reconozca este hecho indiscutible: el desarrollo más
acelerado de Alemania. El rápido desarrollo del capitalismo en Alemania fue el
desarrollo de una fiera joven y fuerte, que apareció en el concierto de las
potencias europeas y dijo: “Vosotros habéis arruinado a Holanda, habéis
destrozado a Francia, os habéis apoderado de medio mundo; tomaos la molestia de
entregarnos la parte correspondiente”.
187
Pero ¿qué significa “la
parte correspondiente”? ¿Cómo determinarla en el mundo capitalista, en el mundo
de los bancos? Allí, en el mundo capitalista, la fuerza se determina por el
número de bancos. Allí, la fuerza se determina, como lo ha definido cierto
órgano de los multimillonarios norteamericanos con la franqueza y el cinismo
genuinamente
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183 "L'Humanité" ("La Humanidad"): diario fundado por J.
Jaurès en 1904 como órgano del Partido Socialista Francés. Durante la primera
guerra mundial de 1914-1918, el periódico estuvo en manos del ala
ultraderechista del Partido Socialista Francés y mantuvo una posición
socialchovinista. Desde diciembre de 1920, después de la escisión del Partido
Socialista Francés y la formación del Partido Comunista de Francia, el
periódico pasó a ser órgano central de este último
norteamericanos, del
siguiente modo: “En Europa se hace la guerra por la hegemonía mundial. Para
dominar el mundo se necesitan dos cosas: dólares y bancos. Dólares tenemos, los
bancos los crearemos y seremos dueños del mundo”. Esta declaración pertenece al
periódico portavoz de los multimillonarios norteamericanos. Debo manifestar que
en esta cínica frase norteamericana del multimillonario engreído e insolente
hay mil veces más verdad que en miles de artículos de los embusteros burgueses,
los cuales presentan esta guerra como una guerra por ciertos intereses
nacionales, por ciertos problemas nacionales y otras mentiras por el estilo,
tan claras, que saltan a la vista, que echan por la borda toda la historia en
su conjunto y toman un ejemplo aislado, como es el que la fiera germana se haya
lanzado sobre Bélgica. Este caso es, indudablemente, verídico. En efecto, esa
bandada de buitres cayó sobre Bélgica184 con
una ferocidad inusitada, pero ha hecho lo mismo que hizo ayer el otro grupo,
valiéndose de otros métodos, y que hace hoy con otros pueblos.
Cuando discutimos sobre la
cuestión de las anexiones —que forma parte de lo que he tratado de exponeros
brevemente a título de historia de las relaciones económicas y diplomáticas que
han originado la presente guerra—, nos olvidamos siempre de que ellas son
corrientemente la causa de la guerra: el reparto de lo conquistado o, dicho en
un lenguaje más popular, el reparto del botín robado por dos grupos de
bandidos. Y cuando discutimos sobre las anexiones, nos encontramos siempre con
métodos que desde el punto de vista científico no resisten ninguna crítica, y
desde el social y periodístico no pueden ser calificados sino de burdo engaño.
Preguntadle al chovinista o socialchovinista ruso, y él os explicará
magníficamente lo que son las anexiones por parte de Alemania: esto lo
comprende a la perfección. Pero jamás os dará respuesta si le pedís que dé una
definición general de las anexiones aplicable tanto a Alemania como a
Inglaterra y Rusia. ¡Jamás lo hará! El periódico Riech (para pasar de la teoría a la práctica), burlándose de
nuestro periódico Pravda, dijo:
“¡Estos pravdistas consideran lo de Curlandia como una anexión! ¿Qué discusión
puede haber con esta gente?” Y cuando respondimos: “Tened la bondad de darnos
una definición tal de las anexiones que pueda aplicarse a los alemanes,
ingleses y rusos, y añadimos que o bien trataréis de e ludirla, o bien os
desenmascararemos inmediatamente”*, Riech
dio la callada por respuesta. Afirmamos que ningún periódico, ni de los
chovinistas en general —quienes dicen simplemente que es necesario defender la
patria—, ni de los socialchovinistas, ha dado jamás una definición de las
anexiones que pueda aplicarse tanto a Alemania como a Rusia, que pueda
aplicarse a cualquiera de los beligerantes. Y no puede darla, porque toda esta
guerra es la continuación de la política de anexiones, es decir, de conquistas,
de saqueo capitalista por las dos partes, por los dos grupos que hacen la
guerra. Se comprende, por ello, que la cuestión de cuál de estos dos bandidos
desenvaino primero el cuchillo no tiene para nosotros ninguna importancia.
Tomemos la historia de los gastos navales y militares de ambos grupos durante
varios decenios, o la historia de las pequeñas guerras que han sostenido con
anterioridad a la grande. “Pequeñas” porque en ellas perecían pocos europeos;
pero, en cambio, morían centenares de miles de los pueblos oprimidos, a los
cuales ni siquiera consideran pueblos (asiáticos, africanos, ¿son, acaso,
pueblos?). Contra esos pueblos se hacían guerras del siguiente tipo: estaban
inermes y los barrían con fuego de ametralladoras. ¿Son guerras, acaso?
Propiamente hablando, ni siquiera son guerras y se las puede olvidar. Así
enfocan este engaño completo de las masas populares.
* Véase el presente volumen. (N. de la Edit).
La presente guerra es la
continuación de la política de conquistas, de exterminio de naciones enteras,
de inauditas atrocidades cometidas por alemanes e ingleses en África, por
ingleses y rusos en Persia —no sé cual de ellos más—, por lo que los capitalistas
alemanes les consideraban como enemigos. ¡Ah! ¿Vosotros sois fuertes por ser
ricos? Pero nosotros
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184 Al comienzo de la primera guerra mundial
de 1914-1918, Alemania violó groseramente la neutralidad belga y ocupó Bélgica
con el propósito de utilizar su territorio para asestar el golpe decisivo a
Francia. La ocupación duró hasta el fin de la guerra causando grandes daños a
la economía y arruinando la industria del país.
Después de la derrota de Alemania en 1918, Bélgica fue liberada
somos más fuert es que
vosotros, y por eso tenemos el mismo derecho “sagrado” al saqueo. A esto se
reduce la verdadera historia del capital financiero inglés y alemán durante los
varios decenios que precedieron a la guerra. A esto se reduce la historia de
las relaciones ruso-alemanas, ruso-inglesas y germano-inglesas. Ahí está la
clave para comprender el motivo de la guerra. He ahí por qué no es más que
charlatanería y engaño la leyenda corriente sobre la causa de esta guerra.
Olvidando la historia del capital financiero, la historia de cómo se venía
incubando esta guerra por un nuevo reparto del mundo, se presenta el asunto
así: dos pueblos vivían en paz, y luego unos agredieron y otros se defendieron.
Se olvida toda la ciencia, se olvidan los bancos; se invita a los pueblos a
tomar las armas, se invita a tomar las armas al campesino, el cual ignora qué
es la política. ¡Hay que defender y basta! De razonar así, sería lógico
suspender todos los periódicos, quemar todos los libros y prohibir que se
mencionen en la prensa las anexiones; por esa vía se puede llegar a la
justificación de semejante punto de vista sobre las anexiones.
188
Ellos no pueden decir la verdad sobre las anexiones, porque toda
la historia de Rusia, de Inglaterra y de Alemania, es una guerra continua,
cruenta y despiadada, por las anexiones. En Persia, en África, han hecho
guerras sin cuartel los liberales, los mismos que han apaleado a los
delincuentes políticos en la India por atreverse a formular reivindicaciones
semejantes a aquellas por las que se luchaba en Rusia. También las tropas
coloniales francesas han oprimido a los pueblos. ¡Ahí tenéis la historia precedente,
la verdadera historia del despojo inaudito! ¡Ahí tenéis la política de esas
clases cuya continuación es la guerra actual! Ahí tenéis por qué, en la
cuestión de las anexiones, no pueden dar la respuesta que damos nosotros cuando
decimos: todo pueblo que está unido a otro no por voluntad expresa de la
mayoría, sino por decreto del zar o del gobierno, es un pueblo anexado, un
pueblo conquistado. Renunciar a las anexiones significa conceder a cada pueblo
el derecho a formar un Estado aparte, o a vivir en unión con quienquiera.
Semejante respuesta está completamente clara para todo obrero más o menos
consciente.
En cualquiera de las decenas
de resoluciones que se aprueban, y que se publican, aunque sea en el periódico Zemliá y Volia185,
encontraréis una respuesta mal expresada: no queremos la guerra para dominar a
otros pueblos, luchamos por nuestra libertad; así hablan todos los obreros y
campesinos, expresando de esta forma la opinión del obrero, la opinión del
trabajador acerca de cómo entienden ellos la guerra. Con esto quieren decir: si
la guerra se hiciera en interés de los trabajadores contra los explotadores,
estaríamos a favor de la guerra. También nosotros estaríamos entonces a favor
de la guerra, y ni un solo partido revolucionario podría estar en contra de
semejante guerra. Los autores de esas numerosas resoluciones no tienen razón,
porque se imaginan las cosas como si fueran ellos los que hacen la guerra.
Nosotros, los soldados; nosotros, los obreros; nosotros, los campesinos,
luchamos por nuestra libertad. Jamás olvidaré la pregunta que me hizo uno de
ellos después de un mitin: “¿Por qué está arremetiendo constantemente contra
los capitalistas?
¿Es que yo soy capitalista?
Nosotros somos obreros, defendemos nuestra libertad”. No es verdad, vosotros
peleáis porque obedecéis a vuestro gobierno de capitalistas; la guerra no la
hacen los pueblos, sino los gobiernos. No me sorprende que un obrero o un
campesino que no ha aprendido política, que no ha tenido la suerte o la
desgracia de estudiar los secretos de la diplomacia, el cuadro de este saqueo
financiero (de esta opresión de Persia por Rusia y por Inglaterra, al menos),
no me sorprende que olvide esta historia y pregunte ingenuamente: ¿qué me
importan a mí los capitalistas si el que pelea soy yo? No comprende la ligazón
de la guerra con el gobierno, no comprende que la guerra la hace el gobierno y
que él es un instrumento manejado por el gobierno. Ese obrero o ese campesino
puede llamarse a sí mismo pueblo revolucionario y escribir elocuentes
resoluciones: esto significa ya mucho
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185 "Zemliá y Volia" ("Tierra y Libertad"): diario que
editó en Petrogrado el comité regional del partido eserista desde marzo hasta
octubre de 1917.
para los rusos, pues sólo
hace poco ha empezado a practicarse. Recientemente se publicó una declaración
“revolucionaria” del Gobierno Provisional. Las cosas no cambian por ello.
También otros pueblos, con mayor experiencia que nosotros en el arte de los capitalistas
de engañar a las masas escribiendo manifiestos “revolucionarios”, han batido
hace ya mucho todos los récords del mundo en este terreno. Si tomamos la
historia parlamentaria de la República Francesa desde que ésta es una república
que apoya al zarismo, a lo largo de decenios de esa historia encontraremos
decenas de ejemplos, en los que los manifiestos llenos de las frases más
elocuentes encubrían la política del más abyecto saqueo colonial y financiero.
Toda la historia de la Tercera República Francesa186 es la historia de este saqueo. De esas fuentes ha brotado la
guerra actual. No es resultado de la mala voluntad de los capitalistas, no es
una política equivocada de los monarcas. Sería un error enfocar así las cosas.
No, esta guerra ha sido originada de manera inevitable por ese desarrollo del
capitalismo gigantesco, especialmente del bancario, desarrollo que condujo a
que unos cuatro bancos de Berlín y cinco o seis de Londres dominaran sobre todo
el mundo, se apoderasen de todos los recursos, refrendasen su política
financiera con toda la fuerza armada y, por último, chocasen en una contienda
de ferocidad inaudita debido a que no había ya a dónde ir libremente en plan de
conquista. Uno u otro debe renunciar a la posesión de sus colonias. Y semejantes
cuestiones no se resuelven voluntariamente en este mundo de los capitalistas.
Esto sólo puede resolverse por medio de la guerra. De ahí que sea ridículo
culpar a este o aquel bandido coronado. Esos bandidos coronados son todos
iguales. De ahí también que sea absurdo acusar a los capitalistas de uno u otro
país. Son culpables únicamente de haber establecido semejante sistema. Pero así
se hace de acuerdo con todas las leyes, protegidas por todas las fuerzas del
Estado civilizado. “Tengo pleno derecho a comprar acciones. Todos los
tribunales, toda la policía, todo el ejército permanente y todas las flotas del
mundo protegen este sacrosanto derecho mío a adquirir acciones”. Si se fundan
bancos que manejan centenares de millones de rublos, si estos bancos han
tendido las redes de la expoliación bancaria en el mundo entero y han chocado
en una batalla a muerte, ¿quién es el culpable? ¡Vete a buscarle! El culpable
es el desarrollo del capitalismo durante medio siglo, y no hay más salida que
el derrocamiento de la dominación de los capitalistas y la revolución obrera.
Esta es la respuesta a que ha llegado nuestro partido después de analizar la
guerra, ésta es la razón de que digamos: la sencillísima cuestión de las
anexiones está tan embrollada, los representantes de los partidos burgueses han
mentido tanto que pueden presentar las cosas como si Curlandia no fuese una
anexión de Rusia. Curlandia y Polonia fueron repartidas conjuntamente por esos
tres bandidos coronados. Se las repartieron a lo largo de cien años, arrancaron
pedazos de carne viva y el bandido ruso sacó mayor tajada porque entonces era
más fuerte. Y cuando la joven fiera que participó entonces en el reparto se
transforma en una potencia capitalista fuerte, en Alemania, dice: ¡Repartamos
de nuevo! ¿Queréis conservar lo viejo? ¿Pensáis que sois más fuertes? ¡Midamos
nuestras fuerzas!
189
A eso se reduce esta guerra.
Está claro que ese llamamiento —“¡midamos nuestras fuerzas!”— es únicamente la
expresión de la decenal política de saqueo, de la política de los grandes
bancos. De ahí que nadie pueda decir como nosotros la verdad de las anexiones,
la verdad sencilla y comprensible para cada obrero y cada campesino. De ahí que
la cuestión de los tratados, tan sencilla, sea embrollada con tanta
desvergüenza por toda la prensa. Decís que tenemos un gobierno revolucionario,
que han entrado en ese gobierno revolucionario ministros casi socialistas,
populistas y mencheviques. Pero cuando hablan de la paz sin anexiones, mas a
condición de no puntualizar qué es la paz sin anexiones (y esto significa:
arrebata las anexiones alemanas, pero conserva las propias), nosotros decimos:
¿qué valor pueden tener vuestro ministerio “revolucionario”, vuestras
declaraciones, vuestras manifestaciones de que no queréis una guerra de
conquista si, al mismo tiempo, se invita al
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186
Tercera República Francesa: república burguesa instaurada en
Francia a consecuencia de la revolución de septiembre de 1870. Existió hasta
julio de 1940.
ejército a pasar a la
ofensiva? ¿No sabéis, acaso, que tenéis unos tratados, que los concluyó Nicolás
el Sanguinario de la manera más bandidesca? ¿Es que no sabéis eso? Se puede
perdonar que no sepan eso los obreros, los campesinos, los cuales no han saqueado
ni han leído libros sabios; pero cuando lo predican
demócratas-constitucionalistas instruidos, saben magníficamente lo que
contienen dichos tratados. Estos tratados son “secretos”; sin embargo, la
prensa diplomática de todos los países dice de ellos: “Tú recibirás los
Estrechos; tú, Armenia; tú, Galitzia; tú, Alsacia y Lorena; tú, Trieste, y
nosotros nos repartiremos definitivamente Persia”. Y el capitalista alemán
dice: “Pues yo me apoderaré de Egipto, yo estrangularé a los pueblos europeos,
si no me devolvéis mis colonias, y con intereses”. Las acciones son
inconcebibles sin intereses. Esta es la razón de que el problema de los
tratados, tan sencillo y tan claro, haya originado la gran cantidad de mentiras
escandalosas, inauditas e insolentes que lanzan a raudales todos los periódicos
capitalistas.
Tomad el número de hoy de Dien187. Vodovózov, al que no puede acusarse en
absoluto de bolchevismo, pero que es un demócrata honrado, declara allí: soy
enemigo de los tratados secretos, permítaseme hablar del tratado con Rumania.
Existe un tratado secreto con Rumania, y ese tratado consiste en que Rumania
recibirá toda una serie de pueblos ajenos si pelea al lado de los aliados. Así
son también todos los tratados de los demás aliados. Sin un tratado no se
lanzarían a estrangular a todos. Para conocer el contenido de dichos tratados
no hace falta rebuscar en las revistas especiales. Basta con recordar los
hechos fundamentales de la historia económica y diplomática. Porque es sabido
que Austria se orientó durante decenios hacia los Balcanes para estrangular allí...
Y si han chocado en la guerra es porque no podían dejar de chocar. Y ésa es la
razón de que los ministros, el antiguo, Miliukov, y el actual, Teréschenko (uno
en el gobierno sin ministros socialistas y otro con varios ministros casi
socialistas), en respuesta a todos los llamamientos de las masas populares,
cada día más insistentes, de que se publiquen los tratados secretos, declaren:
la publicación de los tratados significaría el rompimiento con los aliados.
Sí, no se pueden publicar
los tratados porque todos formáis parte de una misma pandilla de bandoleros.
Estamos de acuerdo con Miliukov y Teréschenko en que es imposible publicar los
tratados. De ahí se pueden deducir dos conclusiones distintas. Si estamos de
acuerdo con Miliukov y Teréschenko en que es imposible publicar los tratados,
¿qué se deduce de ello? Si es imposible publicar los tratados, hay que ayudar a
los ministros capitalistas a continuar la guerra. La otra deducción es la
siguiente: como es imposible que los propios capitalistas publiquen los
tratados, hay que derribar a los capitalistas. Os propongo que decidáis
vosotros mismos cuál de las dos deducciones consideráis más acertada, pero os
invito a que reflexionéis sin falta sobre las consecuencias. De razonar como lo
hacen los ministros populistas y mencheviques resultará lo siguiente: puesto
que el gobierno dice que es imposible publicar los tratados, hay que lanzar un
nuevo manifiesto. El papel no es todavía tan caro que no se puedan escribir
nuevos manifiestos. Escribiremos un nuevo manifiesto y llevaremos a cabo la
ofensiva. ¿Para qué? ¿Con qué fines? ¿Quién va a disponer de esos fines? Se
exhorta a los soldados a aplicar los expoliadores tratados con Rumania y
Francia. Enviad este artículo de Vodovózov al frente y lamentaos después: todo
eso son cosas de los bolcheviques, son, sin duda, los bolcheviques quienes han
inventado ese tratado con Rumania. Pero entonces no habrá solamente que hacer
la vida imposible a Pravda, habrá que
desterrar incluso a Vodovózov por haber estudiado la historia, habrá que quemar
todos los libros de Miliukov, inauditamente peligrosos. Probad a abrir
cualquier libro del jefe del partido de la “libertad popular”188 y ex ministro de Negocios Extranjeros. Son buenos libros.
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187 "Dien" ("El Día"): diario de tendencia burguesa
liberal. Se publicó en San Petersburgo desde 1912. En el periódico colaboraban
los mencheviques liquidadores, a cuyas manos pasó por completo después de la
Revolución democrática burguesa de febrero de 1917. Clausurado por el Comité
Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado el 26 de octubre (8 de
noviembre) de 1917
188 Véase la nota 40
¿De qué hablan? De que Rusia
tiene “derecho” a los Estrechos, a Armenia, Galitzia y Prusia Oriental. Lo ha
repartido todo, incluso ha adjuntado un mapa. No sólo habrá que mandar a
Siberia a los bolcheviques y a Vodovózov por escribir tales artículos revolucionarios;
también habrá que quemar los libros de Miliukov, porque si se reúnen ahora unas
citas de estos libritos y se envían al frente, no se encontrará ni una sola
proclama incendiaria que produzca un efecto tan incendiario.
190
Me resta, de acuerdo con el
breve plan que me he trazado para la charla de hoy, tocar la cuestión del
“defensismo revolucionario”. Creo que, después de cuanto he tenido el honor de
informaros, podré ser corto al hablar de esta cuestión.
Se denomina “defensismo
revolucionario” al encubrimiento de la guerra invocando que hemos hecho la
revolución, que somos un pueblo revolucionario, una democracia revolucionaria.
Pero ¿qué responderemos a eso? ¿Qué revolución hemos hecho? Hemos derrocado a
Nicolás. La revolución no ha sido muy difícil si se la compara con una
revolución que hubiese derrocado a toda la clase de los terratenientes y
capitalistas. ¿Quién ha subido al poder después de nuestra revolución? Los
terratenientes y los capitalistas, los mismos que se encuentran en el poder en
Europa desde hace mucho tiempo. Allí hubo revoluciones como ésta hace cien
años, allí se encuentran en el poder desde hace mucho los Teréschenko, los
Miliukov y los Ronoválov y es lo de menos si pagan o no la lista civil189 a sus régulos o se pasan sin este renglón de lujo. Lo mismo en
la república que en la monarquía, un banco sigue siendo un banco, y si se
invierten centenares de capitales en concesiones, las ganancias siguen siendo
ganancias. Si algún país salvaje se atreve a desobedecer a nuestro capital
civilizado, que organiza bancos tan magníficos en las colonias, en África y en
Persia; si algún pueblo salvaje desobedece a nuestro banco civilizado, enviamos
tropas que implantan la cultura, el orden y la civilización, como lo hizo
Liájov en Persia, como lo hicieron las tropas “republicanas” francesas, que
exterminaron con igual ferocidad a los pueblos de África. ¿No es igual, acaso?
Es el mismo “defensismo revolucionario”, sólo que manifestado por las grandes
masas populares inconscientes, que no ven los vínculos de la guerra con el
gobierno, que ignoran que esta política ha sido refrendada por los tratados.
Los tratados siguen existiendo, los bancos siguen existiendo, las concesiones
siguen existiendo. En Rusia se encuentran en el gobierno los mejores hombres de
su clase, pero ello no ha hecho cambiar absolutamente en nada el carácter de la
guerra mundial. El nuevo “defensismo revolucionario” no significa otra cosa que
encubrir, con el gran concepto de revolución, la guerra sucia y sangrienta por
culpa de sucios y repugnantes tratados.
La revolución rusa no ha
modificado el carácter de la guerra, pero ha creado organizaciones que no hay
ni ha habido en ningún país en la mayoría de las revoluciones de Occidente. La
mayoría de las revoluciones se limitaron a que saliera de ellas un nuevo
gobierno semejante al de nuestros Teréschenko y Konoválov, mientras que el país
permanecía en la pasividad y la desorganización. La revolución rusa ha ido más
lejos. En este hecho se encuentra el germen de que pueda vencer a la guerra.
Este hecho consiste en que, además del gobierno de ministros “casi
socialistas”, del gobierno de la guerra imperialista, del gobierno de la
ofensiva, del gobierno ligado al capital anglo-francés; en que, además de eso e
independientemente de eso, tenemos en toda Rusia una red de Soviets de
diputados obreros, soldados y campesinos. He ahí la revolución que no ha dicho
todavía su última palabra. He ahí la revolución que no ha habido, en
condiciones semejantes, en Europa Occidental. He ahí las organizaciones de las
clases que no necesitan efectivamente las anexiones, que no han depositado
millones en los bancos y que, sin duda, no están interesadas en si se han
repartido equitativamente Persia el coronel ruso Liájov y el embajador liberal
inglés. En eso está la garantía de que esta revolución puede ir más lejos. La
garantía está en que las clases no
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189 Lista
civil: parte del
presupuesto nacional, en las monarquías constitucionales, destinada a los
gastos personales del monarca y al mantenimiento de su Corte
interesadas de verdad en las
anexiones han sabido crear organizaciones en las que se hallan representadas
las masas de las clases oprimidas; han sabido crearlas, a pesar de toda su
excesiva confianza en el gobierno de los capitalistas, a pesar de ese terrible
embrollo, de ese terrible fraude que implica el concepto mismo de “defensismo
revolucionario”, a pesar de que apoyan el empréstito, de que apoyan al gobierno
de la guerra imperialista. Esas organizaciones son los Soviets de diputados
obreros, soldados y campesinos, que en numerosísimas localidades de Rusia han
ido mucho más lejos en su labor que en Petrogrado. Y es completamente natural,
porque en Petrogrado tenemos el órgano central de los capitalistas.
Y cuando Skóbeliev dijo ayer
en su discurso: Nos apoderaremos de todos los beneficios, tomaremos el 100%,
exageró, exageró al estilo ministerial. Si leéis el periódico Riech de hoy, veréis cómo fue acogido
este pasaje del discurso de Skóbeliev. Allí se dice: “¡Pero eso es el hambre,
es la muerte, el 100% significa todo!” El ministro Skóbeliev va más lejos que
el bolchevique más extremista. Es una calumnia decir que los bolcheviques somos
los más izquierdistas. El ministro Skóbeliev es mucho más “izquierdista”. A mí
se me insulto con las palabras más soeces, diciendo que había propuesto poco
menos que desnudar a los capitalistas. Por lo menos, Shulguín dijo: “¡Que nos
desnuden!” Imaginaos a un bolchevique que se acerca al ciudadano Shúlguín y
empieza a desnudarlo. Podría haber acusado de eso con mayor éxito al ministro
Skóbeliev. Nosotros jamás hemos ido tan lejos. Jamás hemos propuesto tomar el
100% de los beneficios.
191
De todos modos, esta promesa es valiosa. Si tomáis la resolución
de nuestro partido, veréis que en ella proponemos, en forma más argumentada, lo
mismo que propuse yo. Debe establecerse el control sobre los bancos y, después,
un justo impuesto de utilidades. ¡Y nada más! Skóbeliev propone tomar cien
kopeks de cada rublo. No hemos propuesto ni proponemos nada semejante. Y el
propio Skóbeliev ha exagerado, simplemente. No se propone en serio hacer eso. Y
si se lo propone, no podrá hacerlo, por la sencilla razón de que prometer eso
después de haberse hecho amigo de Teréschenko y Konoválov resultará un poco
ridículo. Se puede tomar de los millonarios el ochenta o el noventa por ciento
de las ganancias, pero no yendo del brazo de tales ministros. Si el poder lo tuvieran
los Soviets de diputados obreros y soldados, lo tomarían, efectivamente; mas,
aun así, no todo: no lo necesitan. Tomarían una gran parte de las ganancias.
Ningún otro poder público puede hacerlo. Y en cuanto al ministro Skóbeliev, él
puede tener lo mejores deseos. Conozco desde hace varios decenios esos
partidos, llevo ya treinta años en el movimiento revolucionario. Por eso, lo
que menos se me ocurre es dudar de sus buenas intenciones. Mas no se trata de
eso, no se trata de sus buenas intenciones. El infierno está empedrado de
buenas intenciones. Y todas las oficinas están llenas de papeles firmados por
los ciudadanos ministros, sin que por ello hayan cambiado las cosas. ¡Empiecen,
si quieren implantar el control, empiecen! Nuestro programa es tal que, al leer
el discurso de Skóbeliev, podemos decir: no exigimos nada más. Somos mucho más
moderados que el ministro Skóbeliev. El propone el control y el 100%. Nosotros
no queremos tomar el 100% y decirnos: “Hasta que no empiecen a hacer algo no
les creemos”. En eso consiste la diferencia entre ellos y nosotros: en que
nosotros no creemos en las palabras ni en las promesas y no aconsejamos a los
demás que crean. La experiencia de las repúblicas parlamentarias nos enseña que
no se pueden creer las declaraciones de papel. Si quieren el control, hay que
empezarlo. Es suficiente un solo día para promulgar la ley que establezca ese
control. El Soviet de empleados de cada banco, el Soviet de obreros de cada
fábrica y cada partido tendrán derecho de control. ¡Eso es imposible, se nos
dirá, eso es secreto comercial, es la sacrosanta propiedad privada! Bien, como
quieran, elijan una de las dos cosas. Si quieren proteger todos esos libros,
cuentas y operaciones de los trusts, no hay por qué charlatanear del control,
no hay por qué decir que el país perece.
La situación en Alemania es
todavía peor. En Rusia se puede conseguir pan, en Alemania es imposible. En
Rusia se pueden hacer muchas cosas con organización. En Alemania no se puede
hacer ya nada. No hay ya pan y el perecimiento de todo el pueblo es inevitable.
Ahora se escribe que Rusia está a punto de perecer. Si esto es así, proteger la
“sacrosanta” propiedad privada constituye un crimen. Y por ello, ¿qué
significan las palabras sobre el control? ¿Se han olvidado, acaso, que también
Nicolás Románov escribió mucho acerca del control? En sus documentos
encontrarán mil veces las palabras control estatal, control social y
nombramiento de senadores. Los industriales han saqueado toda Rusia en los dos
meses transcurridos después de la revolución. El capital ha amasado centenares
de porcentajes de beneficio, cada balance lo prueba. Y cuando los obreros, en
dos meses de revolución, han tenido la “insolencia” de decir que quieren y
vivir como personas, toda la prensa capitalista del país ha empezado a aullar.
Cada número de Reich es un aullido salvaje proclamando que los obreros saquean
el país, en tanto que nosotros prometemos únicamente el control contra los
capitalistas. ¿No se puede prometer menos y hacer más? Si lo que quieren es un
control burocrático, un control a través de organismos como los de antes,
nuestro partido expresa su profundo convencimiento de que no se les puede
apoyar en esta empresa, aunque allá, en el gobierno, hubiera una docena de
ministros populistas y mencheviques en vez de media docena. El control puede
efectuarlo únicamente el pueblo mismo. Ustedes deben organizar el control —
Soviets de empleados de la banca, Soviets de ingenieros, Soviets de obreros— y
empezarlo mañana mismo. Hay que exigir responsabilidades a cada funcionario,
bajo amenaza de sanciones penales, en el caso de que facilite datos falsos a
cualquiera de estos organismos. Esté en juego la vida del país. Querernos saber
cuánto trigo hay, cuántas materias primas y cuánta mano de obra existen y cómo
emplearlos.
Paso a la última cuestión:
cómo poner fin a la guerra. Se nos atribuye el absurdo de querer una paz por
separado. Los bandidos capitalistas alemanes dan pasos hacia la paz, diciendo:
te daré un pedacito de Turquía y Armenia si tú me das tierras metalíferas. ¡De
eso hablan los diplomáticos en cada ciudad neutral! Eso lo sabe todo el inundo,
aunque se encubran con frases diplomáticas convencionales. Para eso son
diplomáticos: para hablar en un lenguaje diplomático. ¡Qué insensatez decir que
somos partidarios de poner fin a la guerra con una paz por separado! Terminar
mediante la renuncia a las hostilidades por una de las partes beligerantes una
guerra que hacen los capitalistas de todas las potencias más ricas, una guerra
engendrada por la historia decenal del desarrollo económico, es tan estúpido
que nos parece ridículo incluso refutarlo. Y si hemos escrito especialmente una
resolución para refutarlo es porque tenemos en cuenta a las grandes masas, a
las que se lanzan calumnias contra nosotros. Pero de esto ni siquiera cabe
hablar en serio.
192
Es imposible poner fin a la
guerra que hacen los capitalistas de todos los países sin llevar a cabo la
revolución obrera contra esos capitalistas. Mientras el control no pase del
terreno de las frases al terreno de los hechos, mientras el gobierno de los
capitalistas no sea sustituido con el gobierno del proletariado revolucionario,
el gobierno estará condenado a decir únicamente: perecemos, pereceremos,
pereceremos. En la “libre” Inglaterra se encarcela ahora a los socialistas
porque dicen lo mismo que yo. En Alemania está en la cárcel Liebknecht, que ha
dicho lo mismo que digo yo; en Austria esté encarcelado Federico Adler (quizá
lo hayan ejecutado ya), que ha dicho lo mismo por medio de un revólver. Las
masas obreras de todos los países simpatizan con esos socialistas, y no con los
que han desertado al campo de sus capitalistas. La revolución obrera crece en
el mundo entero. Naturalmente, en otros países le es más difícil. Allí no hay
medio locos como Nicolás y Rasputin. Allí están al frente de la administración
pública los mejores hombres de su clase. Allí no existen condiciones para una
revolución contra la autocracia, allí existe ya el gobierno de la clase
capitalista. Y son los representantes de más talento de esta clase los que
gobiernan allí desde hace mucho. De allí que la revolución, aunque no haya
llegado todavía, sea allí inevitable por muchos revolucionarios que caigan,
aunque caiga Federico Adler, aunque caiga Carlos
Liebknecht. El futuro les
pertenece y los obreros de todos los países les apoyan. Y los obreros de todos
los países deben triunfar.
En cuanto a la entrada de
Norteamérica en la guerra, he de deciros lo siguiente. Se invoca el hecho de
que en Norteamérica hay democracia, de que allí existe la Casa Blanca. Yo digo:
la esclavitud fue abolida hace medio siglo. La guerra contra la esclavitud
finalizó en 1865. Pero desde entonces han aparecido allí los multimillonarios,
que tienen en su puño financiero a toda Norteamérica, preparan la
estrangulación de México y llegarán a una guerra inevitable con el Japón por el
reparto del Océano Pacífico. Esta guerra se está gestando desde hace ya varios
decenios. Todas las publicaciones hablan de ella. Y el objetivo real de la
entrada de Norteamérica en la guerra es prepararse para la futura guerra con el
Japón. El pueblo norteamericano, no obstante, goza de una libertad
considerable, y es difícil suponer que soporte el servicio militar obligatorio,
la creación de un ejército para determinados fines de conquista, para la lucha
con el Japón, por ejemplo. Los norteamericanos ven en el ejemplo de Europa a dónde
conduce eso. Y los capitalistas norteamericanos han necesitado intervenir en
esta guerra para contar con un pretexto que les permita crear un fuerte
ejército permanente, ocultándose tras los altos ideales de la lucha por los
derechos de las pequeñas naciones.
Los campesinos se niegan a
entregar trigo a cambio de dinero y exigen aperos, calzado y ropa. Esta
decisión encierra una parte inmensa de verdad extraordinariamente profunda. En
efecto, el país ha llegado a una ruina tal que en Rusia se observa, aunque en
menor grado, lo que ocurre hace ya mucho en otros países: el dinero ha perdido
su poder. La marcha de los acontecimientos socava hasta tal extremo la
dominación del capitalismo que los campesinos, por ejemplo, se niegan a aceptar
el dinero. Dicen: “¿Para qué lo queremos?” Y tienen razón. La dominación del
capitalismo no se ve socavada porque alguien quiera conquistar el poder. La
“conquista” del poder sería un disparate. Sería imposible acabar con la
dominación del capitalismo si no condujese a ello todo el desarrollo económico
de los países capitalistas. La guerra ha acelerado este proceso, y eso ha hecho
imposible el capitalismo. No habría fuerza capaz de destruir el capitalismo si
no lo socavara y horadara la historia.
He aquí un ejemplo
patentísimo. Ese campesino expresa lo que observan todos: el poder del dinero
ha sido minado. La única salida de esta situación es que los Soviets de
diputados obreros y campesinos acuerden dar aperos, calzado y ropa a cambio de
trigo. Hacia eso marchan las cosas, ésa es la respuesta que sugiere la vida.
Sin eso, decenas de millones de personas deberán seguir hambrientas, descalzas
y desnudas. Decenas de millones de personas se hallan a punto de perecer y en
esa situación no cabe proteger los intereses de los capitalistas. La única
salida está en el paso de todo el poder a los Soviets de diputados obreros,
soldados y campesinos, que representan a la mayoría de la población. Es posible
que al proceder así se cometan errores. Nadie asegura que se pueda realizar de
golpe una obra tan difícil. Nosotros no afirmamos nada semejante. Se nos dice:
queremos que el poder se encuentre en manos de los Soviets, pero éstos no
quieren. Nosotros decimos que la experiencia de la vida les sugerirá, y lo verá
todo el pueblo, que no hay otra salida. No queremos “conquistar” el poder, pues
la experiencia de todas las revoluciones enseña que sólo es firme el poder que
se apoya en la mayoría de la población. Por eso, la “conquista” del poder sería
una aventura, y nuestro partido no se lanzaría a ella. Si llega a existir un
gobierno de la mayoría, quizá aplique una política que resulte equivocada en
los primeros momentos, pero no hay otra salida. Entonces se producirá un cambio
pacífico de la orientación de la política dentro de esas mismas organizaciones.
No se pueden inventar otras organizaciones. Por eso decimos que es imposible
imaginarse otra solución del problema.
193
¿Cómo poner fin a la guerra?
¿Qué haríamos si el Soviet de diputados obreros y soldados asumiera el poder y
los alemanes continuasen la guerra? Quienes se interesan por los puntos de
vista de nuestro partido habrán podido leer días atrás en nuestro periódico Pravda una
cita exacta de lo que
decíamos, todavía en el extranjero, en 1915: si la clase revolucionaria de
Rusia, la clase obrera, sube al poder, deberá proponer la paz. Y si los
capitalistas de Alemania o de cualquier otro país, el que sea, responden con
una negativa a nuestras condiciones, toda la clase obrera será partidaria de la
guerra. No proponemos acabar la guerra de golpe. No lo prometemos. No
propugnamos algo tan imposible e irrealizable como la terminación de la guerra
por voluntad de una de las partes. Esas promesas son fáciles de hacer, pero
imposibles de cumplir. No se puede salir fácilmente de esta guerra horrible. Se
combate ya tres años. Combatiréis diez años, o iréis a una revolución difícil y
dura. No hay otra salida. Nosotros decimos: la guerra empezada por los
gobiernos de los capitalistas sólo puede terminarla la revolución obrera. Quien
se interesa por el movimiento socialista que lea el Manifiesto de Basilea de
1912, aprobado unánimemente por todos los partidos socialistas del mundo; el
manifiesto que publicamos en nuestro Pravda
y que hoy es imposible publicar en ningún país beligerante, ni en la Inglaterra
“libre”, ni en la Francia republicana, porque en él se decía la verdad acerca
de la guerra antes incluso de que ésta empezara. En él se decía: será una
guerra entre Inglaterra y Alemania debida a la rivalidad entre los
capitalistas. En él se decía: se irá acumulado tanta pólvora que las armas
dispararán solas. En el manifiesto se explicaba por qué habría guerra y que
ésta habría de conducir a la revolución proletaria. Por eso decimos a los
socialistas firmantes de este manifiesto que se han puesto al lado de sus
gobiernos capitalistas: habéis traicionado el socialismo. Los socialistas se
han dividido en todo el mundo. Unos están en los ministerios; otros, en las
cárceles. En el mundo entero, una parte de los socialistas propugna la
preparación de la guerra; otra como Eugenio Debs, el Bebel norteamericano, que
goza de un respeto inmenso entre los obreros norteamericanos, dice: “Aunque me
fusilen no daré ni un solo centavo para esta guerra. Estoy dispuesto a combatir
únicamente a favor de la guerra del proletariado contra los capitalistas del
mundo entero”. Así se han dividido los socialistas en todo el orbe. Los
socialpatriotas de todo el mundo creen que defienden la patria. Se equivocan:
defienden los intereses de un puñado de capitalistas contra otro. Nosotros
preconizamos la revolución proletaria, la única causa justa por la que decenas
de hombres han subido al cadalso y centena y miles se encuentran en las
cárceles. Estos socialistas encarcelados son la minoría, pero les apoya la
clase obrera, les apoya el desarrollo económico. Todo eso nos prueba que no hay
otra salida. Esta guerra sólo puede terminarse por medio de la revolución
obrera en varios países. Pero, entre tanto, debemos preparar esa revolución,
apoyarla. Mientras era el zar quien hacía la guerra, el pueblo ruso, a pesar de
todo su odio a la guerra y de toda su voluntad de conseguir la paz, sólo pudo
luchar contra la guerra preparando la revolución contra el zar y el
derrocamiento del zar. Y así fue. La historia os lo confirmó ayer y os lo
confirmará mañana. Hace ya mucho que dijimos: hay que ayudar a la creciente
revolución rusa. Lo dijimos a fines de 1914. Por decirlo, nuestros diputados a
la Duma fueron desterrados a Siberia. Pero se nos decía: “No dais una
respuesta. ¡Habláis de la revolución cuando han cesado las huelgas, cuando los
diputados están en presidio, cuando no se publica ni un solo periódico!” Y se
nos acusaba de que rehuíamos la respuesta. Oímos esas acusaciones, camaradas,
durante muchos años. Y respondíamos: podéis indignaros, pero mientras el zar no
sea derrocado, no se podrá hacer nada contra la guerra. Y nuestra predicción se
ha confirmado. No se ha cumplido plenamente todavía, pero ha empezado ya a
cumplirse. La revolución comienza a cambiar el carácter de la guerra por parte
de Rusia. Los capitalistas prosiguen aún la guerra, y nosotros decimos: la
guerra no podrá cesar hasta que no llegue la revolución obrera en varios
países, pues siguen en el poder hombres que quieren esta guerra. Se nos dice:
“Todo parece dormido en una serie de países. En Alemania, todos los socialistas
están unánimemente a favor de la guerra; Liebknecht es el único que está en
contra”. Yo respondo: este Liebknecht, único, representa a la clase obrera,
sólo en él, en sus partidarios, en el proletariado alemán está la esperanza de
todos. ¿No lo creéis? ¡Continuad la guerra! No hay otro camino. ¡Si no creéis
en Liebknecht, si no creéis en la
revolución de los obreros,
en la revolución que está madurando; si no creéis en eso, creed a los
capitalistas!
En esta guerra no triunfará
nadie, excepto la revolución obrera en varios países. La guerra no es un
juguete, la guerra es una cosa inaudita, cuesta millones de víctimas y no es
tan fácil terminarla.
Los soldados que están en el
frente no pueden separar el frente y el Estado y buscar una salida a su manera.
Lo soldados que están en el frente son una parte del país. Mientras el Estado
guerree, sufrirá también el frente. No hay nada que hacer. La guerra ha sido
provocada por las clases dominantes y la terminará únicamente la revolución de
la clase obrera. De cómo se desarrolle la revolución depende el que recibáis
pronto la paz. Por sensibles que sean las cosas que se afirmen, por mucho que
os digan: “Pongamos fin a la guerra inmediatamente”, ese fin es imposible sir
el desarrollo de la revolución. Cuando el poder pase a lo Soviets de diputados
obreros, soldados y campesinos, los capitalistas se manifestarán en contra de
nosotros: el Japón en contra; Francia, en contra; Inglaterra, en contra; se
manifestarán en contra los gobiernos de todos los países. Los capitalistas
estarán en contra de nosotros; los obreros, a nuestro favor. Y entonces llegará
el fin de la guerra que empezaron los capitalistas. Tal es la respuesta a la
pregunta de cómo poner fin a la guerra.
Publicado por vez
primera el 23 de abril de 1929, en el núm. 93 del periódico “Pravda”.
T. 32, págs. 77-102.
¿Ha desaparecido la dualidad de poderes?
195
¿HA DESAPARECIDO LA
DUALIDAD DE PODERES?
No. La dualidad de poderes
continúa. El problema cardinal de toda revolución, el problema del poder del
Estado, sigue pendiente en una situación indefinida, inestable y de manifiesta
transición.
Comparad los periódicos
ministeriales, por ejemplo, Riech, de
una parte, e Izvestia. Dielo Naroda y Rabóchaya Gazeta, de otra. Examinad los comunicados oficiales,
pobres, por desgracia demasiado
pobres, acerca de lo que se hace en las reuniones del Gobierno Provisional y de
cómo “aplaza” éste la discusión de los problemas más esenciales, impotente para
tomar un rumbo determinado. Leed con atención la resolución aprobada el 16 de
mayo por el Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y soldados sobre el
problema más esencial, más importante —medidas para combatir la ruina y la
inminente catástrofe que amenaza— y os convenceréis de la más completa
intangibilidad de la dualidad de poderes.
Todos reconocen que el país
se acerca con enorme rapidez a la catástrofe, pero se desentienden del problema
con evasivas.
¿No es una evasiva que una
resolución sobre el problema de la catástrofe, adoptada en un momento como el
que vivimos, se limite a acumular comisiones sobre comisiones, departamentos
sobre departamentos y subdepartamentos sobre subdepartamentos? ¿No es una
evasiva que ese mismo Comité Ejecutivo apruebe una resolución, en la que sólo
hay también buenos deseos, sobre el escandaloso e inaudito asunto de los
industriales hulleros del Donets, convictos de desorganización consciente de la
producción? Fijar los precios, regular las ganancias, establecer el salario
mínimo, emprender la creación de trusts controlados por el Estado... ¿a través
de quién? ¿Cómo? ¡“A través de las instituciones centrales y locales de la
cuenca del Donets-Krivói Rog. Estas instituciones deben tener un carácter
democrático y estar compuestas de representantes de los obreros, de los
patronos, del gobierno y de las organizaciones revolucionarias democráticas”!
Sería cómico si no fuese trágico.
Porque se sabe a ciencia
cierta que semejantes instituciones “democráticas”, tanto en las localidades
como en Petrogrado (el propio Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros
y soldados), han existido y existen, pero son incapaces de hacer absolutamente
nada. Desde fines de marzo —¡de marzo!— se vienen celebrando reuniones de los
obreros y los industriales del Donets. Ha transcurrido más de mes y medio. ¡El
resultado es que los obreros del Donets se ven obligados a reconocer que los
industriales desorganizan conscientemente la producción!
¡Y de nuevo se obsequia al
pueblo con promesas, comisiones, reuniones de representantes de los obreros y
los industriales (¿paritarias quizá?), empezando una y otra vez el cuento de
nunca acabar!
La raíz del mal está en la
dualidad de poderes. La raíz del error de los populistas y mencheviques está en
que no comprenden la lucha de clases, la cual quieren sustituir, ocultar o
conciliar por medio de frases, promesas, evasivas y comisiones “con participación”
de representantes... ¡de ese mismo gobierno basado en la dualidad de poderes!
Los capitalistas se han
enriquecido escandalosamente, de manera inaudita, durante la guerra. Cuentan
con la mayoría en el gobierno. Quieren el poder omnímodo desde el punto de
vista de su situación de clase, tienen forzosamente que tratar de conseguirlo y
defenderlo.
¿Ha desaparecido la dualidad de poderes?
Las masas obreras, que
constituyen la mayoría gigantesca de la población, que tienen los Soviets en
sus manos, que sienten su fuerza como mayoría, que ven por doquier promesas de
“democratización” de la vida, que saben que la democracia es la dominación de
la mayoría sobre la minoría (y no al
revés , como quieren los capitalistas), que tratan de mejorar sus
condiciones de vida sólo desde el comienzo de la revolución —y no en todas
partes— y no desde el comienzo de la guerra; las masas obreras no pueden dejar
de aspirar al poder omnímodo del pueblo, es decir, de la mayoría de la
población, o sea, a la solución de los problemas por la mayoría obrera contra
la minoría capitalista, y no mediante un “acuerdo” de la mayoría con la minoría
La dualidad de poderes
continúa. El gobierno de los capitalistas sigue siendo el gobierno de los
capitalistas, a pesar de su apéndice de populistas y mencheviques en forma de
minoría. Los Soviets siguen siendo la organización de la mayoría. Los líderes populistas
y mencheviques se agitan impotentes, deseando nadar entre dos aguas.
196
Pero la crisis aumenta. Se
ha llegado al extremo de que los capitalistas de la industria hullera cometan crímenes increíblemente descarados, de
que desorganicen y paren la
producción. Crece el desempleo. Se habla de lock-outs. En realidad, los
lock-outs empiezan precisamente bajo
la forma de desorganización de la producción por los capitalistas (pues el
carbón es el pan de la industria),
precisamente bajo la forma de creciente paro forzoso.
Toda la responsabilidad por
esta crisis y por la catástrofe que se avecina recae sobre los líderes
populistas y mencheviques. Porque precisamente ellos son en la actualidad los
líderes de los Soviets, es decir, de la mayoría. Es ineluctable que la minoría
(los capitalistas) no desee someterse a la mayoría. Quien no haya olvidado lo
que enseñan la ciencia y la experiencia de todos los países, quien no haya
olvidado la lucha de clases, no esperará crédulamente un “acuerdo” con los
capitalistas en un problema tan cardinal, tan candente.
La mayoría de la población,
es decir, los Soviets, o sea, los obreros y los campesinos, tendría la plena
posibilidad de salvar la situación, de impedir que los capitalistas
desorganicen y paralicen la producción y de ponerla inmediatamente, de verdad,
bajo su propio control, si no se
aplicara lo política “conciliadora” de los líderes populistas y mencheviques.
Sobre estos últimos recae la plena responsabilidad por la crisis y por la
catástrofe.
Pero no hay otra salida que la decisión de la mayoría de obreros y
campesinos contra la minoría de capitalistas. Ninguna dilación ayudará: no hará
más que agravar la enfermedad.
Desde el punto de vista del
marxismo, la “política de conciliación” de los líderes populistas y
mencheviques es una manifestación de las vacilaciones de la pequeña burguesía,
que teme confiar en los obreros, que teme romper con los capitalistas. Estas vacilaciones
son inevitables, de la misma manera que es inevitable nuestra lucha, la lucha
del partido proletario, por vencer las vacilaciones, por explicar al pueblo la
necesidad de restablecer, organizar y aumentar la producción contra los
capitalistas.
No hay otra salida. O
retroceder hacia el poder omnímodo de los capitalistas, o avanzar hacia la
democracia de verdad, hacia la decisión por la mayoría. La actual dualidad de
poderes no puede durar mucho tiempo.
“Pravda”, núm. 62, 2
de junio (20 de mayo) de 1917.
T. 32, págs. 127-130.
I Congreso de los Sovites de Diputados Obreros y Soldados de
toda Rusia
197
I
CONGRESO DE LOS SOVIETS DE DIPUTADOS OBREROS Y SOLDADOS DE TODA RUSIA
3-24 de junio (16 de Junio — 7 de julio) de 1917
I.
Discurso acerca de la actitud hacia el gobierno provisional, 4 (17) de junio.
Camaradas: dado el escaso
tiempo de que dispongo, sólo podré detenerme —y creo que es lo mejor— en los
problemas de principio planteados por el informante del Comité Ejecutivo y por
los oradores que le siguieron.
El primero y fundamental problema que se nos planteó fue el de que es esta asamblea a la que asistimos,
qué son estos Soviets reunidos ahora en el Congreso de toda Rusia, y qué es
esta democracia revolucionaria, de la cual se habla tanto aquí para ocultar el
hecho de que no se la comprende en absoluto y se la rechaza por completo. Pues
hablar de democracia revolucionaria en el Congreso de los Soviets de toda Rusia
y velar el carácter de esta institución, su composición de clase y su papel en
la revolución, no decir una palabra sobre esto y reivindicar no obstante el
título de demócratas, es realmente algo extraño. Se nos esboza el programa de
una república burguesa parlamentaria, tipo de programa que ha habido en toda
Europa Occidental; se nos esboza un programa de reformas reconocidas hoy por
todos los gobiernos burgueses, incluso el nuestro, y se nos habla a la vez de
democracia revolucionaria. ¿Y ante quién se habla? Ante los Soviets. Pero ¿es
que hay un país en Europa, pregunto yo, un país burgués, democrático,
republicano, donde exista algo parecido a estos Soviets? Necesariamente tendrán
que responder que no, que no lo hay. En ninguna parte existe, ni puede existir,
una institución semejante, pues, una de dos: o bien un gobierno burgués con “planes” de reforma como los que se
nos ha esbozado, que fueron propuestos decenas de veces en todos los países y
quedaron en el papel, o bien la
institución de que ahora se trata, el “gobierno” de nuevo tipo creado por la
revolución y del que sólo pueden encontrarse ejemplos en la época de los más
grandes ascensos revolucionarios, como en Francia en 1792 y en 1871, o en Rusia
en 1905. Los Soviets son una institución que no existe en ninguno de los
Estados burgueses parlamentarios de tipo corriente, ni puede coexistir con un
gobierno burgués. Son ese tipo nuevo y más democrático de Estado al que
nosotros, en las resoluciones de nuestro partido, hemos llamado república
democrática proletario-campesina, en que el poder pertenece exclusivamente a
los Soviets de diputados obreros y soldados. Es erróneo creer que se trata de
un problema teórico; es erróneo imaginar que puede ser eludido; es erróneo
alegar que actualmente coexisten, con los Soviets de diputados obreros y
soldados, instituciones de tal o cual carácter. Sí, es cierto, coexisten. Pero
precisamente eso es lo que engendra un sinfín de errores, de conflictos y
rozamientos. Y precisamente por eso el primer ascenso, el primer avance de la
revolución rusa ha cedido su puesto al estancamiento y al retroceso que hoy observamos
en nuestro gobierno de coalición, en toda su política interior y exterior, en
relación con la ofensiva imperialista que se está preparando.
Una de dos: o el gobierno
burgués corriente, en cuyo caso son inútiles los Soviets de campesinos,
obreros, soldados y otros, y serán disueltos por los generales, por esos
generales contrarrevolucionarios
I Congreso de los Sovites de Diputados Obreros y Soldados de
toda Rusia
que tienen en sus manos las fuerzas armadas y no prestan la
menor atención a los bellos discursos del ministro Kerenski, o morirán
ignominiosamente. Para esas instituciones no hay otra alternativa. No pueden
retroceder ni estancarse. Sólo pueden existir si avanzan. Ese es el tipo de
Estado que no inventaron los rusos, sino que promovió la revolución, porque la
revolución no puede triunfar de otro modo. Dentro del Consejo de los Soviets de
toda Rusia, los rozamientos y la lucha de los partidos por el Poder son
inevitables. Peto eso será la superación de los posibles errores e ilusiones
por la propia experiencia política de las masas (agitación en la sala) y no por los discursos de los ministros,
quienes se refieren a lo que dijeron ayer, a lo que escribirán mañana o a lo
que prometerán pasado mañana. Esto, camaradas, es ridículo desde el punto de
vista de la institución creada por la revolución rusa y que está hoy ante el
dilema: ser o no ser. Los Soviets no pueden seguir existiendo como hasta hoy.
¡Se reúne a personas adultas, obreros y campesinos, para aprobar resoluciones o
escuchar informes que no pueden someterse a ninguna verificación documental!
Instituciones de esta naturaleza constituyen la transición a una república que
instaurará un poder estable sin policía ni ejército regular, no de palabra,
sino de hecho, un poder que en Europa occidental no puede existir todavía, y
sin el cual la revolución rusa no puede triunfar, entendiendo esto como el
triunfo sobre los terratenientes, como el triunfo sobre los imperialistas.
198
Sin ese poder no se puede
habla ni siquiera de que alcancemos tal victoria nosotros mismos. Y cuanto más
meditamos sobre el programa que aquí se nos aconseja y sobre los hechos ante
los que nos encontramos, con mayor fuerza resalta la contradicción fundamental.
¡Se nos dice, como lo hicieron el informante y otros oradores, que el primer
Gobierno Provisional era malo! Pero entonces, cuando los bolcheviques, los
desgraciados bolcheviques dijeron: “ningún apoyo a este gobierno, ninguna
confianza en él”, ¡cuántas veces fuimos acusados de “anarquismo”! Hoy todos
dicen que el gobierno anterior fue un gobierno malo. Pero ¿en qué se distingue
el gobierno de coalición, con sus ministros casi socialistas, del anterior
gobierno? ¿No se ha hablado ya bastante de programas y de proyectos? ¿No es
suficiente? ¿No es hora de poner manos a la obra? Ha transcurrido un mes desde
que el 6 de mayo se formó el gobierno de coalición. ¡Veamos los hechos, veamos
la ruina existente en Rusia y en otros países arrastrados a la guerra imperialista!
¿Cuál es la causa de la ruina? El carácter rapaz de los capitalistas. Ahí
tienen la verdadera anarquía. Y esto se admite en declaraciones que no han sido
publicadas precisamente en nuestro periódico ni en ningún periódico bolchevique
(¡Dios nos libre!), sino en el ministerial Rabóchaya
Gazeta, el cual ha informado que los precios industriales para el
suministro de carbón han sido elevados
¡¡por el gobierno “revolucionario”!! El gobierno de coalición no ha cambiado
nada en este aspecto. Se nos pregunta si en Rusia puede implantarse el
socialismo y si, en general, pueden realizarse inmediatamente cambios
radicales. Todo eso son frases vacías, camaradas. La doctrina de Marx y de
Engels, como lo explicaban constantemente, dice: “Nuestra teoría no es un
dogma, sino una guía para la acción”190. En
ninguna parte del mundo existe capitalismo puro que se transforme en socialismo
puro, ni puede existir durante la guerra. Pero existe algo intermedio, algo
nuevo y sin precedentes, porque sucumben cientos de millones de hombres,
arrastrados a la criminal guerra entre capitalistas. No se trata de promesas de
reformas: eso son simples frases. Se trata de tomar las medidas que nos exige
el momento actual.
Si quieren alegar la
democracia “revolucionaria”, deben
distinguir este concepto del de la democracia reformista bajo un ministerio capitalista, pues ya es hora de
acabar con esas frases sobre la “democracia revolucionaria” y con las
felicitaciones mutuas a propósito de la “democracia revolucionaria”, y atenerse
a la definición de clase, como nos
han enseñado el marxismo y el socialismo científico en general. Lo que se nos
propone es el paso a la
![]()
190 Véase la carta de F. Engels a F. A. Sorge, 29.11.1886
I Congreso de los Sovites de Diputados Obreros y Soldados de
toda Rusia
democracia reformista bajo
un ministerio capitalista. Eso podrá ser magnífico desde el punto de vista de
los modelos usuales de Europa Occidental. Pero hay una serie de países que hoy
están al borde de la catástrofe, y las medidas prácticas que según el orador
que me ha precedido, el ministro de Correos y Telégrafos, son tan complicadas
que es difícil llevarlas a cabo sin un estudio especial, no pueden ser más
claras. El decía que no existe en Rusia ningún partido político que esté
dispuesto a asumir todo el poder. Yo contesto: “¡Si, existe! Ningún partido
puede renunciar a eso, y el nuestro ciertamente no renuncia. Está dispuesto en
cualquier instante a asumir todo el poder”. (Aplausos y risas.) Pueden reírse cuanto quieran, pero si el
ministro nos compara, en este problema, con un partido de derecha, recibirá una
contestación adecuada. Ningún partido puede renunciar a eso. Y en un momento en
que todavía reina la libertad, en que las amenazas de arresto y de destierro a
Siberia, las amenazas por parte de los contrarrevolucionarios con quienes
nuestros ministros casi socialistas comparten el gobierno, no son más que
amenazas, en un momento como éste, todo partido dice: confíen en nosotros y les
daremos nuestro programa.
Nuestra conferencia del 29
de abril dio ese programa191. Desgraciadamente, se lo ignora y no se
lo toma como guía. Es necesario, por lo visto, exponerlo de una manera
sencilla. Intentaré ofrecer al ministro de Correos y Telégrafos una exposición
sencilla de nuestra resolución y de nuestro programa. Con respecto a la crisis
económica, nuestro programa consiste en exigir inmediatamente —para eso no hace
falta ninguna demora— la publicación de todas las ganancias fabulosas, que
llegan del 500 al 800 por ciento y que los capitalistas no obtienen como
capitalistas en el mercado libre, en un capitalismo “puro”, sino por medio de
los suministros militares. He ahí donde el control obrero es realmente
necesario y posible. He ahí una medida que ustedes, si se llaman demócratas
“revolucionarios”, deben llevar a la práctica en nombre del Soviet, una medida
que puede llevarse a la práctica de la noche a la mañana. Eso no es socialismo.
Es abrirle al pueblo los ojos acerca de la verdadera anarquía y del verdadero
juego con el imperialismo, del juego con el patrimonio del pueblo, con los
cientos de miles de vidas humanas que mañana se perderán porque continuamos
estrangulando a Grecia. Hagan públicas las ganancias de los señores
capitalistas, arresten a 50 ó 100 de los más grandes millonarios. Bastará con
tenerlos unas cuantas semanas presos
—aunque sea en las mismas
condiciones de privilegio en que se mantiene a Nicolás Románov— con la simple
finalidad de que revelen los resortes ocultos, los manejos fraudulentos, la
inmundicia y la codicia que aún bajo el nuevo gobierno están costando a nuestro
país miles y millones todos los días. Esa es la causa fundamental de la
anarquía y de la ruina. Por eso decimos que en Rusia todo sigue como antes, que
el gobierno de coalición nada ha cambiado y únicamente ha añadido un montón de
declaraciones, de frases altisonantes. Por muy sinceros que sean los hombres,
por muy sinceramente que aspiren al bienestar de los trabajadores, las cosas no
han cambiado, la misma clase sigue en
el poder. La política que aplica no es una política democrática.
199
Se nos habla de la
“democratización del poder central y local”. ¿Acaso ignoran que esas palabras
son una novedad sólo en Rusia, que en otras partes decenas de ministros casi
socialistas han hecho a sus países promesas semejantes? ¿De qué sirven cuando
presenciamos el hecho concreto, real, de que mientras la población local elige
a sus autoridades, el poder central, en nombre del derecho de designar o
confirmar a las autoridades locales, viola los principios más elementales de la
democracia? El saqueo del patrimonio del pueblo por los capitalistas continúa.
La guerra imperialista continúa. Y no obstante se nos prometen reformas,
reformas y más reformas, cuya ejecución es absolutamente imposible en las
condiciones actuales, porque la guerra lo aplasta todo, lo determina todo. ¿Por
qué no están de acuerdo con quienes dicen que esta guerra no se libra
![]()
191 Lenin se refiere a la VII Conferencia
(de Abril) de toda Rusia del POSD(b)R, celebrada en Petrogrado del 24 al 29 de
abril (7-12 de mayo) de 1917
I Congreso de los Sovites de Diputados Obreros y Soldados de
toda Rusia
por las ganancias de los
capitalistas? ¿Cuál es el criterio? Es, ante todo y sobre todo, qué clase está
en el poder, qué clase continúa dominando, qué clase continúa embolsando
cientos y miles de millones con sus operaciones bancarias y financieras. Es la
misma clase capitalista, y por eso la guerra sigue siendo imperialista. Ni el
primer Gobierno Provisional ni el gobierno con los ministros casi socialistas
han cambiado nada. Los tratados secretos siguen siendo secretos. Rusia combate
por los Estrechos, combate por la continuación de la política de Liájov en
Persia, etc.
Ya sé que ustedes no quieren
eso, que la mayoría de ustedes no lo quieren y que los ministros no lo quieren,
porque nadie puede quererlo, porque significa la matanza de cientos de millones
de hombres. Pero fijémonos en la ofensiva de la que tanto hablan ahora los
Miliukov y los Maklakov. Ellos saben perfectamente qué significa. Saben que
está relacionada con el problema del poder, con el problema de la revolución.
Se nos dice que debemos distinguir entre problemas políticos y estratégicos. Es
ridículo plantear siquiera esta cuestión. Los demócratas-constitucionalistas
saben perfectamente que se trata de un problema político.
Decir que la lucha
revolucionaria por la paz, que se ha iniciado desde abajo, puede conducir a un
tratado de paz por separado, es una calumnia. La primera medida que nosotros
tomaríamos si tuviésemos el poder sería arrestar a los más grandes capitalistas
y romper todos los hilos de sus intrigas.
Sin eso, todas las frases
acerca de una paz sin anexiones y ni contribuciones carecen en absoluto de
sentido. Nuestra segunda medida sería declarar a los pueblos, por encima de los
gobiernos, que para nosotros todos los capitalistas son bandidos: tanto Teréschenko,
que no es ni un ápice mejor que Miliukov, sólo que aquél es un poco más tonto,
como los capitalistas franceses, como los ingleses, como todos los demás.
El propio periódico de
ustedes, Izvestia, se ha hecho un lío
y propone, en vez de una paz sin anexiones ni indemnizaciones, mantener el
statu quo. Nuestra idea de la paz “sin anexiones” es diferente. Hasta el
Congreso de campesinos se acerca más a la verdad cuando habla de una república
“federativa”192, expresando así la idea de que la
república rusa no desea oprimir a ninguna nación con procedimientos nuevos ni
viejos, de que no desea coexistir sobre la base de la violencia con ninguna
nación, ni con Finlandia ni con Ucrania, con las que el ministro de la Guerra
se muestra tan agresivo y con las que se plantean conflictos imperdonables e
inadmisibles. Nosotros aspiramos a una república de Rusia, única e indivisa,
con un poder firme. Pero un poder firme sólo puede asegurarse por el acuerdo
voluntario de todo el pueblo interesado. “Democracia revolucionaria” son
palabras grandes. Pero se aplican a un gobierno que está complicando con
enredos mezquinos el problema de Ucrania y Finlandia, que ni siquiera desean separarse.
Se limitan a decir: “¡No aplacen la aplicación de los principios elementales de
la democracia hasta que la Asamblea Constituyente se reúna!”
Es imposible concertar un
tratado de paz sin anexiones ni contribuciones, mientras ustedes no renuncien a
sus propias anexiones. Eso es ridículo, es una farsa. Todos los obreros
europeos se ríen de eso y dicen: “Ellos son muy elocuentes invitan a los pueblos
a derrocar a los banqueros, pero colocan a sus propios banqueros en el
ministerio”. Arréstenlos, pongan al descubierto sus manipulaciones, den a
conocer sus móviles ocultos. Pero no, no lo hacen, a pesar de que tienen
organizaciones poderosas a las que es imposible oponerse. Ustedes han pasado
por 1905 y 1917. Saben que las revoluciones no se hacen por encargo, que en
otros países las revoluciones han seguido siempre el duro y sangriento camino
de la insurrección y que en Rusia no existe un solo grupo, una sola clase que
pueda oponerse al poder de los Soviets. En Rusia, la revolución, como
excepción, puede ser pacífica. Si esa
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192 Se trata del Primer Congreso de
diputados campesinos de toda Rusia, celebrado del 4 al 28 de mayo (17 de mayo
al 10 de junio) de 1917, que aprobó una resolución sobre la futura estructura
política de Rusia
I Congreso de los Sovites de Diputados Obreros y Soldados de
toda Rusia
revolución ofreciese hoy o
mañana la paz a todos los pueblos, rompiendo con todas las clases capitalistas,
Francia y Alemania, sus pueblos la aceptarían en un plazo brevísimo, porque
esos países perecen, porque la situación de Alemania es desesperada, porque
Alemania no puede salvarse y porque Francia...
(El presidente: “Su
tiempo se ha cumplido”.)
200
Termino en medio minuto.... (Rumores,
y voces: “¡Que siga hablando!” Protestas.
Aplausos.)
(El presidente: “Comunico al congreso que la presidencia propone
aumentar el plazo concedido al orador. ¿Alguien se opone? La mayoría está por
que continúe”.)
Quedamos en que si la
democracia revolucionaria en Rusia fuese democracia no de palabra, sino de
hecho, impulsaría la revolución y no se entenderíacon los capitalistas ni
hablaría sobre la paz sin anexiones ni contribuciones, sino que suprimiría las
anexiones por parte de Rusia y declararía abiertamente que considera toda
anexión como un pillaje y un crimen. Entonces podría impedirse laofensiva
imperialista que amenaza con la muerte a miles y millones de hombres para
asegurar el reparto de Persia y de los Balcanes. Entonces quedaría expedito el
camino hacia la paz, que no es un camino llano —eso no lo decimos—, sino un
camino que no excluye la posibilidad de una guerra realmente revolucionaria.
Nosotros no planteamos este
problema como lo plantea hoy Bazárov en Nóvaya
Zhizn193; decimos solamente que la situación de
Rusia, en el período final de la guerra imperialista, es tal que sus tareas son
más fáciles de lo que podrían parecer. Además, la posición geográfica de Rusia
es tal que cualquier potencia que se arriesgase a usar el capital y sus
intereses rapaces para lanzarse contra la clase obrera rusa y el
semiproletariado aliado con ella —es decir, los campesinos pobres—, se vería
ante una empresa difícil. Alemania está al borde de la derrota y, después de la
entrada en la guerra de Estados Unidos que quiere devorar a México y que
probablemente mañana comenzará a luchar contra el Japón, situación de Alemania
se ha vuelto desesperada: Alemania será aniquilada. Francia, que por su
posición geográfica es la que más padece y se agota en extremo, pasa menos
hambre que Alemania, pero ha perdido incomparablemente más vidas que Alemania.
Pues bien, si como primer paso se hubiesen restringido las ganancias de los
capitalistas rusos y se les hubiese privado de toda posibilidad de embolsar
ganancias de centenares de millones; si ustedes hubiesen propuesto a todas las naciones un tratado de paz
contra los capitalistas de todos los
países y declarado abiertamente que no entablarán ningún género de
negociaciones ni de relaciones con los capitalistas alemanes ni con quienes,
directa o indirectamente, les favorecen o tienen algo que ver con ellos, y que
se niegan a negociar con los capitalistas franceses e ingleses, habrían seguido
una conducta que condenaría a esos capitalistas ante los obreros. No
considerarían como un triunfo el que se haya otorgado pasaporte a MacDonald194, un hombre que jamás ha sostenido una lucha revolucionaria
contra el capital y a quien se deja pasar porque nunca ha expresado las ideas,
los principios, la práctica ni la experiencia de la lucha revolucionaria contra
los capitalistas ingleses, lucha por la que nuestro camarada Maclean y cientos
de otros socialistas ingleses están en la cárcel, así como nuestro camarada
Liebknecht está recluido en presidio por haber dicho: “¡Soldados alemanes,
disparen contra su káiser!”
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193 Lenin se refiere al artículo de V.
Bazárov Y luego ¿qué?, publicado en
el núm. 40 del periódico Nóvaya Zhizn
el 4 (17) de junio de 1917 y dedicado al problema de cómo poner fin a la
guerra. Bazárov abogaba por continuar una guerra separada para "salvar la
revolución".
"Nóvaya Zhizn"
("Vida Nueva"): diario, órgano del grupo de mencheviques
internacionalistas. Se publicó en Petrogrado desde abril de 1917 hasta julio de
1918
194 Lenin se refiere a la entrega del
pasaporte por el gobierno inglés a Ramsay MacDonald, líder del Partido
Laborista Independiente de Inglaterra, para trasladarse a Rusia a donde había
sido invitado por el Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y
soldados de Petrogrado. El viaje lo impidió el sindicato de marinos inglés, que
se negó a conducir el barco en el que debía llegar MacDonald.
I Congreso de los Sovites de Diputados Obreros y Soldados de
toda Rusia
¿No sería más acertado
mandar a los capitalistas imperialistas a ese presidio que la mayoría de los
miembros del Gobierno Provisional nos preparan y prometen diariamente en la III
Duma —dicho sea de paso, no sé si es la III o la IV—, reconstituida expresamente,
y acerca del cual el ministro de Justicia elabora ya nuevos proyectos de ley?
Maclean y Liebknecht: he ahí los nombres de los socialistas que llevan a la
práctica la idea de la lucha revolucionaria contra el imperialismo. Eso es lo
que debemos decir a todos los gobiernos si querernos luchar por la paz. Debemos
denunciarlos ante sus pueblos. De ese modo ustedes colocarán a todos los
gobiernos imperialistas en una situación difícil.
Ahora, los que están en una
situación difícil son ustedes, al dirigir al pueblo el llamamiento de paz del
14 de marzo195, donde se dice: “¡Derroquen a sus
emperadores, sus reyes y sus banqueros!”, mientras que nosotros, que poseemos
una organización tan extraordinariamente rica en número, experiencia y fuerza
material como el Soviet de diputados obreros y soldados, nos aliamos con
nuestros banqueros, formamos un gobierno de coalición, casi socialista, y
redactamos proyectos de reformas como los que se redactan en Europa desde hace
muchas décadas. Allí, en Europa, se ríen de semejante lucha por la paz. Allí
sólo la comprenderán cuando los Soviets tomen el poder y actúen de un modo
revolucionario.
Sólo un país en el mundo
puede hoy dar los pasos necesarios para poner fin a la guerra imperialista en
escala de clase, a despecho de los capitalistas, y sin una revolución
sangrienta. Sólo un país puede hacerlo, y ese país es Rusia. Y seguirá siendo
el único mientras exista el Soviet de diputados obreros y soldados. El Soviet
no podrá existir mucho tiempo junto con un Gobierno Provisional de tipo
corriente. Seguirá siendo lo que es sólo mientras no se pase a la ofensiva. La
ofensiva será un viraje en toda la política de la revolución rusa, es decir,
será una transición de la espera, de la preparación de la paz por medio de un
alzamiento revolucionario desde abajo, a la reanudación de la guerra. El camino
que se proponía era el paso de la confraternización en un frente a la
confraternización en todos los frentes, de la confraternización espontánea, tal
como el intercambio con un proletario alemán hambriento de un pedazo de pan por
un cortaplumas —lo cual se castiga con el presidio—, a la confraternización consciente.
201
Cuando nosotros tomemos el
poder, pondremos freno a los capitalistas, y la guerra no seguirá siendo ya la misma que hoy se libra, pues el
carácter de una guerra depende de qué clase la sostiene y no de lo que se
escriba en el papel. En el papel se puede escribir cualquier cosa. Pero
mientras la clase capitalista forme la mayoría en el gobierno, la guerra,
escriban lo que escriban, por muy elocuentes que sean, por muchos ministros
casi socialistas que tengan, seguirá siendo una guerra imperialista. Esto lo saben
y lo ven todos. ¡El ejemplo de Albania, el ejemplo de Grecia, de Persia 196 lo han puesto de relieve de un modo tan
claro y tangible, que me sorprende que todo el mundo ataque nuestra declaración
escrita sobre la
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195 El
llamamiento del Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado "A
los pueblos de todo el mundo" fue aprobado en la reunión del Soviet del 14 (27) de marzo de
1917, por la mayoría menchevique-eserista del Soviet bajo la presión del vasto
movimiento de los trabajadores que luchaban por el cese de la guerra.
En el llamamiento abundaban las frases pomposas sobre la paz.
Sin embargo, no denunciaba el carácter rapaz de la guerra, no formulaba ninguna
medida práctica de lucha por la paz y en esencia justificaba la continuación de
la guerra imperialista por el Gobierno Provisional burgués
196 En junio de 1917, Italia ocupó Albania y proclamó la
independencia de este país convirtiéndolo de hecho en su protectorado.
Bajo la presión de
Inglaterra y Francia se dio un golpe de Estado en Grecia. Mediante el bloqueo
económico, que provocó un hambre terrible en el país, y también por la
ocupación de varias regiones griegas por las tropas anglo-francesas los aliados
obligaron al rey Constantino a abdicar poniendo en el poder a su partidario
Venizelos. Grecia fue arrastrada a la guerra al lado de la Entente, pese a la
voluntad de la inmensa mayoría de la población. Durante la guerra, Persia
(Irán) sufrió la ocupación de las tropas inglesas y rusas. A comienzos de 1917,
Persia, que había perdido toda independencia, fue ocupada en el Norte por las
tropas rusas y en el Sur por las inglesas.
Todos estos actos de grosera violencia imperialista fueron
apoyados por los diplomáticos del Gobierno Provisional
I Congreso de los Sovites de Diputados Obreros y Soldados de
toda Rusia
ofensiva197, sin que nadie diga una palabra sobre los hechos concretos! Es
fácil prometer planes, pero las medidas concretas se van postergando y
postergando. Es fácil escribir una declaración sobre la paz sin anexiones, pero
los acontecimientos de Albania, de Grecia, de Persia son posteriores a la constitución del gobierno de coalición. Después de
todo, fue Dielo Naroda, que no es un
órgano de nuestro partido, sino un órgano del gobierno, un órgano ministerial, quien dijo que se somete a
la democracia rusa a esta humillación y que se estrangula a Grecia. Y este
mismísimo Miliukov, de quien ustedes se forman Dios sabe qué idea —a pesar de
que no es más que un simple miembro de su partido y que no se diferencia en
nada de Teréschenko—, escribía que la diplomacia de la Entente ejercía presión
sobre Grecia. La guerra sigue siendo una guerra imperialista, y por mucho que
deseen ustedes la paz, por muy sincera que sea su simpatía hacia los
trabajadores y por muy sincero que sea su deseo de paz —yo estoy plenamente
convencido de que en la mayoría de los casos es sincero—, ustedes no podrán
hacer nada, pues sólo se puede poner fin a la guerra impulsando el desarrollo
de la revolución. Cuando en Rusia comenzó la revolución, comenzó también la
lucha revolucionaria desde abajo por la paz. Si tomaran el poder en sus manos,
si el poder pasase a las organizaciones revolucionarias y fuese utilizado para
combatir a los capitalistas rusos, los trabajadores de otros países les
creerían y ustedes podrían proponer la paz. Entonces nuestra paz quedaría
garantizada, al menos por dos partes, por las dos naciones que se están
desangrando y cuya causa es desesperada: Alemania y Francia. Y si las
circunstancias nos obligaran entonces a sostener una guerra revolucionaria
—cosa que nadie sabe y cuya posibilidad no descartamos—, nosotros diríamos: “No
somos pacifistas, no renunciamos a la guerra cuando la clase revolucionaria
está en el poder, cuando real y verdaderamente ha despojado a los capitalistas
de la posibilidad de influir en la marcha de las cosas, de acentuar el desastre
económico que les permite embolsarse cientos de millones”. El gobierno
revolucionario explicaría a todos los pueblos sin excepción que todas las
naciones deben ser libres, que del mismo modo que la nación alemana no debe
luchar por la conservación de Alsacia y Lorena, la nación francesa tampoco debe
luchar por sus colonias. Pues si Francia lucha por sus colonias, Rusia tiene a
Jiva y a Bujará, que son también una especie de colonias. Entonces comenzará el
reparto de las colonias. ¿Y cómo podrían repartirse, sobre qué base? De acuerdo
con la fuerza. Pero la fuerza ha cambiado. La situación de los capitalistas es
tal que su única salida es la guerra. Cuando ustedes tomen el poder
revolucionario, se les abrirá un camino revolucionario para asegurar la paz:
dirigirán a todas las naciones un llamamiento revolucionario y les explicarán
la táctica con su propio ejemplo. De ese modo, se les abrirá el camino para una
paz asegurada por medios revolucionarios y tendrán las más grandes
probabilidades de evitar la muerte de cientos de miles de hombres. De ese modo,
pueden estar seguros de que el pueblo alemán y el francés se declararán a favor
de ustedes. Y si los capitalistas ingleses, norteamericanos y japoneses
quisieran una guerra contra la clase obrera revolucionaria —cuya fuerza se
decuplicará tan pronto como se haya puesto freno y abatido a los capitalistas,
y el control haya pasado a manos de la clase obrera—, si los capitalistas
norteamericanos, ingleses y japoneses optaran por la guerra, habría noventa y
nueve probabilidades contra una de que no serían capaces de librarla. Para
asegurar la paz, bastará con que ustedes declaren que no son pacifistas, que
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197
Se
tiene en cuenta la declaración del buró de la fracción bolchevique y del buró
de los socialdemócratas internacionalistas unidos en el I Congreso de los
Soviets de toda Rusia en la que se exigía plantear ante el I congreso en primer
término el problema de la ofensiva en el frente que venía preparando el
Gobierno Provisional. En la declaración se indicaba que esta ofensiva era
dictada por los magnates del imperialismo al lado, que los círculos
contrarrevolucionarios de Rusia calculaban concentrar así el poder en manos de
los grupos militares-diplomáticos y capitalistas y asestar el golpe a la lucha
revolucionaria por la paz y a las posiciones conquistadas por la democracia
rusa. La declaración advertía a la clase obrera, al ejército y al campesinado
la amenaza que se cernía sobre el país y exhortaba al congreso a dar una
réplica inmediata a la acometida contrarrevolucionaria.
La propuesta del buró de la fracción del POSD(b)R fue rechazada
por el congreso
I Congreso de los Sovites de Diputados Obreros y Soldados de
toda Rusia
están dispuestos a defender
su república, su democracia obrera, proletaria, contra los capitalistas
alemanes, franceses y otros.
He ahí por qué atribuimos
una importancia tan fundamental a nuestra declaración sobre la ofensiva. Ha
llegado la hora de un viraje radical en toda la historia de la revolución rusa.
La revolución rusa comenzó apoyada por la burguesía imperialista de Inglaterra,
que creyó que Rusia era algo así como China o la India. Pero resultó que al
lado del gobierno, en que hoy tienen mayoría los terratenientes y los
capitalistas, surgieron los Soviets, institución representativa sin paralelo ni
precedentes en todo el mundo por su fuerza, institución que ustedes están
matando con su participación en un ministerio de coalición de la burguesía. En
realidad, la revolución rusa ha conseguido triplicar en todas partes, en todos
los países, la simpatía por la lucha revolucionaria desde abajo contra el
gobierno capitalista. El problema está planteado en estos términos: avanzar o
retroceder. La revolución no admite el estancamiento. Por eso, la ofensiva es
un viraje en la revolución rusa, pero no en el sentido estratégico de la ofensiva,
sino político y económico. Una ofensiva significa hoy, objetivamente,
independientemente de la voluntad o de la conciencia de este o de aquel
ministro, la continuación de la matanza imperialista y de la muerte de cientos
de miles, de millones de seres, con el objetivo de estrangular a Persia y a
otras naciones débiles. El paso del poder al proletariado revolucionario,
apoyado por los campesinos pobres, significa el tránsito a la lucha
revolucionaria por la paz bajo las formas más seguras y menos dolorosas que
haya conocido nunca la humanidad, el tránsito hacia un estado de cosas en que
quedarán asegurados el poder y el triunfo de los obreros revolucionarios en
Rusia y en el mundo entero. (Aplausos de
una parte de la audiencia.)
“Pravda”, núms. 82 y
83, 28 (15) y 29 (16) de junio de 1917.
T. 32, págs. 263-276.
La política exterior de la revolución rusa
203
LA POLÍTICA EXTERIOR
DE LA REVOLUCIÓN RUSA
No hay idea más errónea ni
más nociva que separar la política exterior de la política interior. La
monstruosa falacia de esta separación se hace más monstruosa aun precisamente
en tiempos de guerra. Pero la burguesía hace todo lo posible e imposible para
inculcar y apoyar esta idea. El desconocimiento de la política exterior por las
masas de la población está incomparablemente más extendido que su ignorancia en
materia de política interior. El “secreto” de las relaciones diplomáticas se
observa como cosa sagrada en los países capitalistas más libres, en las
repúblicas más democráticas.
El engaño de las masas
populares en lo que respecta a los “asuntos” de la política exterior se ha
convertido en un verdadero arte, y este engaño causa un gravísimo daño a
nuestra revolución. Millones de ejemplares de periódicos burgueses esparcen por
doquier la ponzoña del engaño. Con uno o con otro de los dos grupos
gigantescamente ricos y gigantescamente poderosos de buitres imperialistas: así
plantea la realidad capitalista el problema fundamental de la política exterior
de nuestros días. Así plantea este problema la clase capitalista. Y así lo
plantea también, por supuesto, la gran masa pequeñoburguesa, que conserva los
viejos prejuicios y opiniones capitalistas.
Para quienes circunscriben
su pensamiento a los límites de las relaciones capitalistas es incomprensible
que la clase obrera, si es consciente, no pueda apoyar ni a un solo grupo de
buitres imperialistas. Y viceversa, al obrero le son incomprensibles las
acusaciones de inclinarse hacia la paz por separado con los alemanes, o de
servir de hecho a esa paz, lanzadas contra los socialistas que permanecen
fieles a la unión fraternal de los obreros de todos los países contra los
capitalistas de todos los países. Estos socialistas (y, por consiguiente,
también los bolcheviques) no pueden aceptar ninguna paz por separado entre los
capitalistas. Ni paz por separado con los capitalistas alemanes ni alianza con
los capitalistas anglo-franceses: tal es la base de la política exterior del
proletariado consciente.
Nuestros mencheviques y
eseristas, que se rebelan contra este programa y temen romper con “Inglaterra y
Francia”, aplican en la práctica un programa capitalista de política exterior,
adornándolo con una elocuencia florida e inocente, en la que abundan frases
como “revisión de los tratados” y declaraciones a favor de la “paz sin
anexiones”, etc. Todos esos buenos deseos están condenados a seguir siendo
vacuidades, pues la mentalidad capitalista
plantea la cuestión categóricamente: o subordinación a los imperialistas de uno
de los grupos, o lucha revolucionaria contra todo imperialismo.
¿Existen aliados para esta
lucha? Existen. Son las clases oprimidas de Europa, en primer término, el
proletariado; son los pueblos oprimidos por el imperialismo, en primer término,
los pueblos de Asia, como vecinos nuestros.
Los mencheviques y
eseristas, que se denominan “demócratas revolucionarios”, siguen en realidad
una política exterior contrarrevolucionaria y antidemocrática. Si fueran
revolucionarios, aconsejarían a los obreros y campesinos de Rusia que se
pusieran al frente de todos los pueblos oprimidos por el imperialismo y de
todas las clases oprimidas.
“Entonces se unirán contra
Rusia los capitalistas de los demás países”, objetan los pequeños burgueses
acoquinados. Eso no es imposible. El demócrata “revolucionario” no tiene derecho a negar la posibilidad de toda
guerra revolucionaria. Pero la probabilidad práctica de una guerra de ese tipo
no es grande. Los imperialistas ingleses y alemanes no podrán “reconciliarse”
contra la Rusia revolucionaria. La revolución rusa, que ya en 1905 originó
revoluciones en Turquía, Persia y China, colocaría en una situación muy
difícil, tanto a los
La política exterior de la revolución rusa
imperialistas ingleses como
a los alemanes, si estableciera una alianza verdaderamente revolucionaria con
los obreros y los campesinos de las colonias y semicolonias, contra los
déspotas, contra los kanes, por la expulsión de los alemanes de Turquía, por la
expulsión de los ingleses de Turquía, Persia, India, Egipto, etc.
A los socialchovinistas,
franceses y rusos, les gusta remitirse a 1793 para encubrir con esta referencia
efectista su traición a la revolución. Pero en nuestro país no se quiere pensar
precisamente en que la democracia verdaderamente
“revolucionaria” de Rusia podría y debería actuar, con respecto a los pueblos
oprimidos y atrasados, en el espíritu
de 1793.
204
En “alianza” con los
imperialistas, es decir, en vergonzosa dependencia de ellos: tal es la política
exterior de los capitalistas y de los pequeños burgueses. En alianza con los
revolucionarios de los países avanzados y con todos los pueblos oprimidos, contra
todos los imperialistas: tal es la política exterior del proletariado.
“Pravda”, núm. 81, 27
(14) de junio de 1917. T. 32, págs. 335-337.
¿De qué fuente clásica surgen y “surgirán” los Cavaignac?
205
¿DE
QUE FUENTE CLÁSICA SURGEN Y “SURGIRÁN” LOS CAVAIGNAC?
“Cuando
surja un verdadero Cavaignac, lucharemos a vuestro lado, en las mismas filas”,
nos decía en su número 80 Rabóchaya
Gazeta, órgano de ese mismo partido menchevique al que pertenece el
ministro Tsereteli, el cual ha llegado en su tristemente célebre discurso a
amenazar con desarmar a los obreros de Petrogrado.
La frase de Rabóchaya Gazeta que acabamos de citar
muestra con singular relieve los errores fundamentales de los dos partidos
gobernantes de Rusia, el menchevique y el eserista, y por ello es digna de
atención. No buscáis a Cavaignac en el momento y el lugar debidos: tal es el
sentido de los razonamientos del órgano ministerial.
Recordemos el papel de clase
que desempeñó Cavaignac. En febrero de 1848 fue derrocada la monarquía en
Francia. Los republicanos burgueses subieron al poder. Como nuestros
demócratas— constitucionalistas, querían el “orden”, entendiendo por tal la
restauración y el afianzamiento de los instrumentos monárquicos de opresión de
las masas: la policía, el ejército permanente y la burocracia privilegiada.
Como nuestros demócratas— constitucionalistas, querían poner fin a la
revolución, pues odiaban al proletariado revolucionario y sus aspiraciones
“sociales” (es decir, socialistas), muy vagas aún en aquellos tiempos. Como
nuestros demócratas-constitucionalistas, eran enemigos implacables de la
política orientada a extender la revolución francesa a toda Europa, de la
política orientada a transformarla en revolución proletaria mundial. Como
nuestros demócratas— constitucionalistas, utilizaron hábilmente el “socialismo”
pequeñoburgués de Luis Blanc, nombrando a éste ministro y transformándolo, de
jefe de los obreros socialistas, que es lo que quería ser, en un apéndice, en
un lacayo de la burguesía.
Tales eran los intereses clasistas, la posición y la política de
la clase dominante.
Otra fuerza social básica
era la pequeña burguesía, vacilante, asustada por el fantasma rojo e
influenciada por los gritos contra los “anarquistas”. La pequeña burguesía,
soñadora y “socialista” — vanilocuente en sus aspiraciones, que se denominaba
con agrado “democracia socialista” (¡incluso este mismo término precisamente
adoptan ahora los eseristas y los mencheviques!)—, temía confiar en la
dirección del proletariado revolucionario, sin comprender que ese temor la
condenaba a confiar en la burguesía. Porque en una sociedad en la que se libra
una encarnizada lucha de clases entre la burguesía y el proletariado, sobre
todo cuando la revolución exacerba inevitablemente esta lucha, no puede haber una posición
“intermedia”. Y toda la esencia de la posición de clase y de las aspiraciones
de la pequeña burguesía consiste en querer lo imposible, en aspirar a lo
imposible, es decir, precisamente a esa “posición intermedia”.
La tercera fuerza de clase
decisiva era el proletariado, que no aspiraba a “reconciliarse” con la
burguesía, sino a vencerla, a desarrollar y hacer avanzar intrépidamente la
revolución a escala internacional.
Esa fue la situación
histórica objetiva que engendró a
Cavaignac. Las vacilaciones de la pequeña burguesía la “apartaron” de su papel
activo y, aprovechando su temor a confiar en el proletariado, el
demócrata-constitucionalista francés, general Cavaignac, decidió desarmar a los obreros de París y
fusilarlos en masa.
Aquellos fusilamientos
históricos pusieron fin a la revolución; la pequeña burguesía, que predominaba
en el aspecto numérico, era y siguió siendo un apéndice políticamente
¿De qué fuente clásica surgen y “surgirán” los Cavaignac?
impotente de la burguesía. Y
tres años después, en Francia se restauró de nuevo la monarquía cesarista en
una forma singularmente abyecta.
El histórico discurso de
Tsereteli del 11 de junio, inspirado a todas luces por los Cavaignac
demócratas-constitucionalistas (quizá inspirado directamente por los ministros
burgueses o quizá sugerido indirectamente por la prensa y la opinión pública
burguesas, la diferencia no importa); este histórico discurso es notable, es
histórico precisamente porque Tsereteli se
ha ido de la lengua y ha revelado en él, con ingenuidad inimitable, la
“enfermedad secreta” de toda la pequeña burguesía, tanto menchevique como
eserista. Esta “enfermedad secreta” consiste: primero, en la completa
incapacidad para aplicar una política independiente; segundo, en el temor a
confiar en el proletariado revolucionario y a apoyar sin reservas su política
independiente; tercero, en el sometimiento, derivado inevitablemente de ello, a
los demócratas-constitucionalistas o a la burguesía en general (es decir, en el sometimiento a los Cavaignac).
206
Esa es la esencia de la
cuestión. Ni Tsereteli o Chernov, ni siquiera Kerenski, están llamados a
desempeñar personalmente el papel de Cavaignac; se encontrarán para ello otros
hombres, que en el momento oportuno dirán a los Luis Blanc rusos: “Apártense”.
Pero los Tsereteli y los Chernov son los líderes de esa política
pequeñoburguesa, que hace posible y necesario el surgimiento de los Cavaignac.
“Cuando surja un verdadero
Cavaignac, estaremos a vuestro lado”: ¡magnífica promesa, excelente propósito!
Lamentablemente, revela la incomprensión de la lucha de clases, típica de la
pequeña burguesía sentimental o medrosa. Porque Cavaignac no es una casualidad
y su “surgimiento” no es un fenómeno aislado. Cavaignac es el representante de
una clase (la burguesía contrarrevolucionaria), el vehículo de su política. ¡Y
precisamente esa clase, precisamente esa política, es lo que apoyan ustedes ya
ahora, señores eseristas y mencheviques! Ustedes,
que tienen en este momento la mayoría evidente en el país, dan a esa clase y a
su política el predominio en el
gobierno, es decir, una excelente base para trabajar.
En efecto. En el Congreso
campesino de toda Rusia, los eseristas han reinado casi por completo. En el
Congreso de diputados obreros y soldados de toda Rusia, la inmensa mayoría ha
apoyado al bloque de los eseristas y mencheviques. Lo mismo ha ocurrido en las
elecciones a las dumas distritales de Petrogrado. El hecho está claro: los
eseristas y los mencheviques son hoy el partido gobernante. ¡¡Y este partido
gobernante cede voluntariamente el poder (la mayoría en el gobierno) al partido de los Cavaignac!!
Cebo haya en el palomar, que
palomas no faltarán. Haya una pequeña burguesía inestable, vacilante y temerosa
del desarrollo de la revolución, que el surgimiento de los Cavaignac estará
asegurado.
En Rusia hay ahora muchas
cosas que diferencian nuestra revolución de la revolución francesa de 1848: la
guerra imperialista, la vecindad de países más avanzados (y no más atrasados,
como le ocurrió entonces a Francia), el movimiento agrario y el movimiento
nacional. Pero todo eso puede cambiar únicamente la forma de acción de los
Cavaignac, el momento, los pretextos aparentes, etc. No puede cambiar la
esencia de la cuestión, pues la esencia radica en las relaciones entre las clases.
De palabra, también Luis
Blanc estaba tan lejos de Cavaignac como el cielo de la tierra. Luis Blanc hizo
igualmente innumerables promesas de “luchar en las mismas filas” al lado de los
obreros revolucionarios para combatir a los contrarrevolucionarios burgueses.
Y, sin embargo, ningún historiador marxista, ningún socialista, se atreverá a
poner en duda que precisamente la debilidad y las vacilaciones de los Luis
Blanc y su confianza en la burguesía engendraron a Cavaignac y aseguraron su
éxito.
206
¿De qué fuente clásica surgen y “surgirán” los Cavaignac?
De la firmeza, la vigilancia
y la fuerza de los obreros revolucionarios de Rusia depende exclusivamente la
victoria o la derrota de los Cavaignac rusos, engendrados inevitablemente por
el carácter contrarrevolucionario de la burguesía rusa, con los demócratas-constitucionalistas
a la cabeza, y por la inestabilidad, la pusilanimidad y las vacilaciones de los
partidos pequeñoburgueses de los eseristas y mencheviques.
“Pravda”, núm. 83, 29
(16) de junio de 1917. T. 32, págs. 343-436.
207
DESPLAZAMIENTOS DE
CLASE
Toda revolución, si es una
verdadera revolución, implica un desplazamiento de clases. Y por eso, el modo
mejor de esclarecer la conciencia de las masas —y de luchar para impedir que
sean engañadas en nombre de la revolución — consiste en analizar qué desplazamiento
de clases se ha producido y se está produciendo en la presente revolución.
De 1904 a 1916 se perfiló
con singular relieve la correlación de clases en Rusia en los últimos años del
zarismo. Un puñado de terratenientes partidarios de la servidumbre, encabezado
por Nicolás I ocupaba el poder en estrechísima alianza con los magnates del
capital financiero, que obtenían ganancias inauditas en Europa y en provecho de
los cuales se firmaron los expoliadores tratados de política exterior.
La burguesía liberal,
encabezada por los demócratas-constitucionalistas, estaba en la oposición.
Temiendo al pueblo más que a la reacción, se acercaba al poder mediante la
conciliación con la monarquía.
El pueblo, es decir, los
obreros y los campesinos, cuyos líderes se veían obligados a luchar en la
clandestinidad, era revolucionario y constituía la “democracia revolucionaria”,
proletaria y pequeñoburguesa.
La revolución del 27 de
febrero de 1917 barrió la monarquía y llevó al poder a la burguesía liberal.
Esta última, de completo acuerdo con los imperialistas anglo-franceses, quería
un pequeño golpe de Estado palaciego. No deseaba en modo alguno ir más allá de
una monarquía constitucional estamental. Y cuando la revolución fue de verdad
más allá, cuando suprimió por completo la monarquía y creó los Soviets (de
diputados obreros, soldados y campesinos), la burguesía liberal se hizo
enteramente contrarrevolucionaria.
Hoy, cuatro meses después de
la revolución, es tan claro como la luz del día el carácter
contrarrevolucionario de los demócratas-constitucionalistas, el partido
principal de la burguesía liberal. Todos lo ven. Todos tienen que reconocerlo.
Pero no todos, ni mucho menos, están dispuestos a mirar cara a cara esta verdad
y reflexionar sobre su significado.
Rusia es hoy una república
democrática gobernada por un acuerdo voluntario de partidos políticos, que hacen libremente agitación entre el pueblo.
Los cuatro meses transcurridos desde
el 27 de febrero han agrupado y dado forma a todos los partidos más o menos
importantes, los han dado a conocer en las elecciones (a los Soviets y a las
instituciones locales) y han puesto de manifiesto sus vínculos con las
distintas clases.
En Rusia se encuentra hoy en
el poder la burguesía contrarrevolucionaria, con relación a la cual la
democracia pequeñoburguesa —exactamente, los partidos eserista menchevique—
desempeña el papel de “oposición de Su Majestad” 198. La
esencia de la política de estos partidos consiste en la conciliación con la burguesía contrarrevolucionaria. La
democracia pequeñoburguesa va subiendo al poder, llenando primero las
instituciones locales (de la misma manera que los liberales, bajo el zarismo,
conquistaron primeramente los zemstvos199).
Esta democracia pequeñoburguesa quiere compartir
el poder con la burguesía, pero no derrocarla, exactamente igual que los
demócratas— constitucionalistas querían compartir el poder con la monarquía,
pero no derrocarla. Y la conciliación de la democracia pequeñoburguesa
(eseristas y mencheviques) con los demócratas— constitucionalistas tiene su
origen en la profunda afinidad de clase de los burgueses pequeños y grandes, de
la misma
![]()
198 Véase la nota 126.
199 Véase la nota 103
manera que la afinidad de
clase del capitalista y del terrateniente que vive en el siglo XX les obligó a
abrazarse alrededor del “idolatrado” monarca.
Ha cambiado la forma de la conciliación. En la
monarquía era burda: el zar dejaba entrar al demócrata-constitucionalista sólo
en la antesala de la Duma de Estado. En la república democrática, la
conciliación se ha hecho más refinada, al estilo europeo: se permite a los pequeños
burgueses formar una minoría inofensiva y desempeñar papeles inofensivos (para
el capital) en el ministerio.
Los
demócratas-constitucionalista ocuparon el lugar de la monarquía. Los Tsereteli
y los Chernov han ocupado el lugar de los demócratas— constitucionalistas. La
democracia proletaria ha ocupado el lugar de la democracia verdaderamente revolucionaria.
La guerra imperialista ha
acelerado en grado extraordinario todo el desarrollo. Sin ella, los eseristas y
los mencheviques podrían pasarse decenas de años suspirando por cargos
ministeriales. Pero la propia guerra sigue acelerando el desarrollo, pues plantea los problemas de una manera
revolucionaria, y no reformista.
208
Los partidos eserista y
menchevique podrían, de acuerdo con la burguesía, dar a Rusia no pocas
reformas. Pero la situación objetiva en la política mundial es revolucionaria y
con reformas no se saldrá de ella.
La guerra imperialista
atormenta a los pueblos y amenaza con aniquilarlos. La democracia
pequeñoburguesa quizá esté en condiciones de aplazar el desastre, aunque no por
mucho tiempo. Sólo el proletariado revolucionario puede salvar del desastre.
“Pravda”, núm. 92, 10
de julio (27 de junio) de 1917.
T. 32, págs. 384-386.
209
¡TODO EL PODER A LOS
SOVIETS!
“Echa a la naturaleza por la
puerta y entrará por la ventalla...” Como se ve, los partidos gobernantes
eserista y menchevique se ven obligados a “aprender” una y otra vez, por
experiencia propia, esta simple verdad. Quisieron ser “demócratas revolucionarios”,
se han encontrado en la situación de los demócratas revolucionarios y ahora
deben sacar las conclusiones obligatorias para todo demócrata revolucionario.
La democracia es la
dominación de la mayoría. Mientras la voluntad de la mayoría seguía sin
aclarar, mientras se pudo afirmar —por lo menos con ciertos visos de
verosimilitud— que no estaba clara, se dio al pueblo un gobierno de burgueses
contrarrevolucionarios bajo el rótulo de gobierno “democrático”. Pero esta
dilación no podía ser larga. En los pocos meses transcurridos desde el 27 de
febrero, la voluntad de la mayoría de los obreros y los campesinos, de la
inmensa mayoría de la población del país, se ha aclarado, y no sólo en forma
general. Esta voluntad se ha visto expresada en las organizaciones de masas: en
los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos.
¿Cómo es posible, entonces,
oponerse a que todo el poder del Estado pase a estos Soviets? ¡Eso no es otra
cosa que abjurar de la democracia! Eso significa, ni más ni menos, imponer al
pueblo un gobierno que, sin lugar a dudas,
no puede surgir ni sostenerse por vía democrática,
es decir, por medio de elecciones auténticamente libres, en las que participe
de verdad todo el pueblo.
El hecho está ahí, por
extraño que parezca a simple vista: ¡los eseristas y los mencheviques han olvidado precisamente esta verdad,
simple, evidente y palpable en grado superlativo! Su posición es tan falsa, y les ha enredado y embrollado tanto, que
no pueden “atrapar” esta verdad, perdida por ellos.
Después de las elecciones en
Petrogrado y en Moscú, después de la convocación del Soviet de campesinos de
toda Rusia y después del Congreso de los Soviets, las clases y los partidos se
han definido con tal claridad, precisión y evidencia en toda Rusia que la gente
no puede, en verdad, equivocarse a este respecto, a no ser que se haya vuelto
loca o haya caído en una situación premeditadamente embrollada.
Soportar a los ministros
demócratas-constitucionalistas o al gobierno demócrata — constitucionalista o
la política demócrata— constitucionalista significa lanzar un reto a la
democracia y al espíritu democrático. Ahí está el origen de las crisis políticas
producidas después del 27 de febrero; ahí está el origen de la inestabilidad y
las vacilaciones de nuestro sistema de gobierno. A cada paso, cada día e
incluso cada hora, se apela al revolucionarismo del pueblo y a su espíritu
democrático en nombre de instituciones estatales y de congresos del mayor
prestigio. Pero, al mismo tiempo, la política general del gobierno,
especialmente su política exterior y, sobre todo, su política económica,
constituyen un abandono del espíritu revolucionario y una trasgresión de la
democracia.
Estas cosas no pueden tolerarse.
Las manifestaciones de
inestabilidad de semejante situación, por un motivo o por otro, son
inevitables. Y empecinarse no es una política muy inteligente. Aunque a
empujones y a saltos, los acontecimientos se desarrollan de tal manera que se
hará realidad el paso del poder a los Soviets, proclamado hace mucho por
nuestro partido.
“Pravda”, núm. 99, 18
(5) de julio d 1917. T. 32, págs. 408-409.
210
TRES CRISIS.
Cuanto mayor sea la furia
con que en estos días se lancen calumnias y mentiras contra los bolcheviques,
tanto más serenamente debemos nosotros, refutando esas mentiras y esas
calumnias, profundizar en la concatenación histórica de los acontecimientos y en
la significación política, es decir, en
la significación clasista, de la actual marcha de la revolución.
Para refutar esas mentiras y
esas calumnias basta con que nos remitamos una vez más a Listok “Pravdi”200 del 6 de julio y con qué fijemos de
modo especial la atención de los lectores
en el artículo que publicamos más abajo, en el que se prueba
documentalmente que el 2 de julio (según confesión del órgano del partido de
los socialistas— revolucionarios) los bolcheviques hicieron campaña en contra del movimiento que se
proyectaba; que el 3 de julio se desbordó la indignación de las masas y empezó
el movimiento, a despecho de nuestros consejos; que el 4 de julio, en una
proclama (que reproduce el mismo periódico de los eseristas Dielo Naroda), hicimos un llamamiento a
favor de una manifestación pacífica y
organizada, y que en la noche de aquel mismo día tomamos la decisión de
poner fin a la manifestación.
¡Calumniad, calumniadores! ¡Por mucho que calumniéis, no conseguiréis refutar
estos hechos ni el significado decisivo que tienen en su concatenación!
Y con esto pasemos al
problema de la conexión histórica de los acontecimientos. Cuando, ya en los
primeros días de abril, nos declaramos contrarios a todo lo que significase
apoyo al Gobierno Provisional, fuimos atacados por los eseristas y
mencheviques. ¿Y qué ha venido a demostrar la realidad?
¿Qué han venido a demostrar
las tres crisis políticas, la del 20 y 21 de abril, la del 10 y 18 de junio y
la del 3 y 4 de julio?
Han venido a demostrar, en
primer lugar, el creciente descontento de las masas con la política burguesa
seguida por la mayoría burguesa del Gobierno Provisional.
No deja de ser interesante
consignar que en su número del 6 de julio, el órgano del partido gobernante de
los eseristas, Dielo Naroda, a pesar
de toda su hostilidad hacia los bolcheviques, se ve obligado a confesar que el
movimiento del 3 y 4 de julio obedece a causas económicas y políticas
profundas. La necia, torpe y vil mentira de que ese movimiento fue provocado
artificialmente, de que los bolcheviques hicieron campaña a favor de esa acción, va haciéndose más y más evidente a medida
que el tiempo.
La causa general, la fuente
general, la raíz profunda general de las tres crisis políticas mencionadas es
evidente, sobre todo para quien las enfoque en su concatenación, como manda la
ciencia que se enfoque la política. Es absurdo pensar que tres crisis como ésas
hayan podido ser provocadas deliberadamente.
En segundo lugar, es muy
instructivo tratar de ver qué tienen de común esas tres crisis y cuál es la
característica de cada una de ellas.
Las tres tienen de común el
descontento irrefrenable de las masas, su indignación contra la burguesía y su gobierno. Quien olvida o silencia o
empequeñece este punto cardinal,
reniega de las verdades elementales expresadas por el socialismo acerca de la
lucha de clases.
![]()
200 Uno de los títulos del periódico Pravda.
La lucha de clases en la
revolución rusa: he ahí acerca de lo cual deben meditar los que se llaman a sí
mismos socialistas y que algo saben de cómo se desarrolló la lucha de clases en
las revoluciones europeas.
La característica peculiar
de cada una de estas tres crisis es su forma de manifestarse: la primera
crisis(20 y 21 de abril) se manifiesta de un modo turbulento y espontáneo, sin
la menor organización, que culminó en el tiroteo de las centurias negras contra
los manifestantes y desencadenó contra los bolcheviques una campaña de
acusaciones mentirosas y absurdas. A la explosión sigue una crisis política.
En el segundo caso: la
organización por los bolcheviques de una manifestación que suspenden después
del amenazador ultimátum y de la prohibición categórica del Congreso de los
Soviets, y la manifestación en común del 18 de junio que dio una evidente preponderancia
a las consignas bolcheviques. Según confesión de los propios eseristas y
mencheviques, en la noche del 18 de junio, habría estallado de seguro la crisis
política, si la ofensiva desencadenada en el frente no la hubiese contenido.
La tercera crisis se
desencadena espontáneamente el 3 de julio, a pesar de los esfuerzos hechos el
día 2 por los bolcheviques para contenerla y, después de alcanzar su punto
máximo el día 4, conduce en los días 5 y 6 al apogeo de la contrarrevolución.
Las vacilaciones de los eseristas y mencheviques se manifiestan en el hecho de
que Spiridónova y muchos otros eseristas se expresan a favor de la entrega del
poder a los Soviets, y en el mismo sentido se pronuncian también los
mencheviques internacionalistas, que hasta ese momento se habían declarado
contrarios a ello.
211
Finalmente, la última —y
acaso la más instructiva— conclusión que se deriva del estudio de los
acontecimientos, enfocados en su conexión, consiste en que las tres crisis vienen a revelarnos una forma, nueva en la historia
de nuestra revolución, de manifestaciones de un tipo más complejo, de
movimiento por oleadas que ascienden velozmente y descienden de un modo súbito,
que avivan la revolución y la contrarrevolución y “barren”, por un período más
o menos largo, a los elementos medios.
Por su forma, el movimiento
tiene en las tres crisis el carácter de una manifestación.
Una manifestación antigubernamental sería, formalmente, la descripción más
exacta de los acontecimientos. Pero, y ahí está el quid, no se trata de una
manifestación corriente. Trátase de algo que representa bastante más que una
manifestación y menos que una revolución. Es un estallido simultáneo de la revolución y de la contrarrevolución, es una
oleada violenta y a veces casi súbita, que “barre” a los elementos medios y al
mismo tiempo coloca en primer plano de manera turbulenta a los elementos
proletarios y burgueses.
A este respecto, es muy
característico que todos los elementos medios acusen por cada uno de esos movimientos a las dos fuerzas concretas de clase: al proletariado y a la burguesía.
No tenemos más que fijarnos en los eseristas y en los mencheviques:
desaforados, gritan con toda la fuerza de sus pulmones que los bolcheviques,
con sus extremismos, no hacen más que dar alas a la contrarrevolución, al mismo
tiempo que confiesan, una y otra vez, que los demócratas— constitucionalistas
(con quienes forman bloque en el gobierno) son contrarrevolucionarios. “Es
necesario — escribía ayer Dielo Naroda—
que tracemos una profunda divisoria entre nosotros y todos los elementos de
derecha incluyendo al belicoso Edinstvo
(con el que, añadimos nosotros, los eseristas formaron un bloque en las
elecciones): tal es nuestra tarea más
apremiante”.
Compárese esto con Edinstvo de hoy (7 de julio), en que
Plejánov se ve obligado a reconocer, en el editorial, el hecho indiscutible de
que los Soviets (es decir, los eseristas y los mencheviques) se han tomado “dos
semanas para reflexionar”, y de que el paso del poder a los Soviets
“equivaldría a un triunfo de los leninistas”. “Si los demócratas-
constitucionalistas
no se atienen a la regla:
cuanto peor, tanto mejor... — escribe Plejánov—, ellos mismos tendrán que
reconocer que han cometido un grave error” (al salir del gobierno), “allanando
de ese modo el camino a los leninistas”.
¿No es esto elocuente? ¡¡Los
elementos medios acusando a los demócratas-constitucionalistas de allanar el
camino a los bolcheviques, y a los bolcheviques de hacer el juego a los
demócratas— constitucionalistas!! ¿Tan difícil es comprender que no hay más que
cambiar los nombres políticos por las denominaciones de clase para ver
proyectarse ante nuestros ojos los sueños de la pequeña burguesía de que
desaparezca la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado? ¿Las
lamentaciones de los pequeños burgueses acerca de la lucha de clases entre la
burguesía y el proletariado? ¿Tan difícil es comprender que ningún partido
bolchevique del mundo sería capaz de “provocar” un “movimiento popular”, y
mucho menos tres, si no concurrieran causas económicas y políticas muy
profundas que se encargan de poner en acción al proletariado? ¿Y que todos los
demócratas-constitucionalistas y monárquicos juntos serían incapaces de
provocar ni un solo movimiento “derechista” si no se diesen causas no menos
profundas, que vienen a engendrar la posición contrarrevolucionaria de la
burguesía como clase?
Al tratarse del movimiento
de los días 20 y 21 de abril se nos acusó, a nosotros y a los demócratas—
constitucionalistas, de obstinación, de extremismo, de exacerbar los ánimos,
llegando hasta el colmo de acusar a los bolcheviques (por disparatado que ello
parezca) de haber provocado el tiroteo en la Avenida Nevski; y cuando el
movimiento tocó a su fin, esos mismos eseristas y mencheviques escribieron en
las columnas de su órgano fusionado y oficial, Izvestia, que el “movimiento popular” “había barrido a los
imperialistas de Miliukov y otros”, es decir, ¡¡glorificaban el movimiento!! ¿No es esto elocuente? ¿No revela bien
a las claras que la pequeña burguesía no comprende el mecanismo, la esencia, de
la lucha de clase del proletariado contra la burguesía?
La situación objetiva es
ésta: la inmensa mayoría de la población es, por su modo de vivir y sobre todo
por su ideología, pequeñoburguesa. Pero en nuestro país reina, a través
principalmente de los bancos y los consorcios, el gran capital. En nuestro país
hay un proletariado urbano lo suficientemente desarrollado para adoptar un
camino propio, pero que todavía no es capaz de atraerse inmediatamente para su
causa a la mayoría de los semiproletarios. De este hecho fundamental, clasista,
se desprenden la inevitabilidad de crisis como estas tres que estamos
analizando y sus formas.
Claro está que en el futuro
las formas de las crisis podrán variar, pero su sustancia no variará, aun
cuando, por ejemplo, en octubre empiece a funcionar una Asamblea Constituyente
eserista. Los eseristas han prometido a los campesinos: 1) la abolición de la
propiedad privada de la tierra; 2) la entrega de la tierra a los trabajadores;
3) la confiscación de las tierras de los latifundistas y su entrega a los
campesinos sin indemnización. La realización de estas gigantescas
transformaciones es absolutamente imposible sin adoptar las medidas
revolucionarias más decididas contra la burguesía, medidas que únicamente podrán realizarse mediante la
alianza de los campesinos pobre con el proletariado, únicamente decretando la nacionalización de los bancos y los
consorcios.
212
Los confiados campesinos,
que han creído y creen, hasta cierto tiempo, que es posible conseguir esas
cosas tan hermosas pactando con la burguesía, se sentirán inevitablemente
desengañados y... “descontentos” (para emplear una expresión suave) de la aguda
lucha de clase del proletariado contra la burguesía por la realización efectiva
de las promesas eseristas. Así fue y así será.
Escrito
el 7 (20) de julio de 1917. Publicado el 19 de julio de 1917 en el núm. 7 de la
revista “Rabótnitsa”.
T. 32, págs. 428-432.
¿Deben los dirigentes bolcheviques comparecer ante los
tribunales?
213
¿DEBEN
LOS DIRIGNTTES BOLCHEVIQUES COMPARECER ANTE LOS TRIBUNALES?
A juzgar por las conversaciones privadas, existen dos opiniones
sobre esta cuestión.
Los camaradas que se dejan
influenciar por la “atmósfera de los Soviets” se inclinan a menudo por la
comparecencia.
Otros, más ligados a las masas obreras, se inclinan, al parecer,
por la no comparecencia.
Desde el punto de vista de
los principios, la cuestión se reduce más que nada a aquilatar lo que se ha
convenido en llamar ilusiones constitucionalistas.
Si se considera que en Rusia
existe y es posible un gobierno normal, una justicia normal y que es probable
la convocatoria de la Asamblea Constituyente, en ese caso se puede llegar a la
conclusión a favor de la comparecencia.
Pero semejante opinión es
errónea hasta la médula. Precisamente los últimos acontecimientos, después del
4 de julio, han demostrado del modo más palpable que la convocatoria de la
Asamblea Constituyente es improbable (sin una nueva revolución), que no existe
ni puede haber (ahora) en Rusia un gobierno normal ni una justicia normal.
Los tribunales son un órgano
de poder. Lo olvidan a veces los liberales. Para un marxista, olvidar esto es
un pecado.
¿Y dónde está el poder? ¿Quién lo ejerce?
No tenemos gobierno. El gobierno cambia cada día. Es inoperante.
Actúa la dictadura militar.
En este caso es ridículo hablar de “juicio”. No se trata de “juicio”, sino de
un episodio de la guerra civil. Esto
es lo que, por desgracia, no quieren comprender los partidarios de la
comparecencia ante los tribunales.
¡¡Perevérzev y Aléxinski son
los promotores del “proceso”!! ¿No es ridículo hablar aquí de juicio? ¿No es
ingenuo pensar que cualquier tribunal, en estas condiciones, pueda analizar,
establecer, examinar algo?
El poder está en manos de
una dictadura militar, y sin una nueva revolución, este poder puede sólo
consolidarse por un cierto tiempo, mientras dure la guerra por lo menos.
“Yo no hice nada ilegal. El
tribunal es justo. El tribunal aclarará. El juicio será público. El pueblo
comprenderá. Compareceré”.
Este razonamiento es de una
ingenuidad pueril. Lo que el poder
necesita no es un proceso judicial, sino la represión de los
internacionalistas. Encerrarlos y tenerlos presos: eso es lo que precisan los
señores Kerenski y Cía. Así fue (en Inglaterra y Francia) y así será (en
Rusia).
¡Que los internacionalistas
trabajen ilegalmente en la medida de sus fuerzas, pero que no cometan la
tontería de una comparecencia voluntaria!
Escrito el 8 (21) de julio de 1917. Publicado por vez primera en
1925 en el núm. 1 de la revista “Proletárskaya Revoliutsia”.
T. 32, págs. 433-434.

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