© Libro N° 6207.
Leibniz, Una Biografia. Aiton, Eric J.. Emancipación. Julio 13 de 2019.
Título
original: © Leibniz, Una Biografia. Eric J.Aiton
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Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LEIBNIZ, UNA BIOGRAFIA
Eric J.Aiton
CONTENIDO
Prólogo
Índice
de grabados
Introducción
Infancia
y juventud (1646-1667)
Primeros
pasos en el mundo de la política y la enseñanza (1667-1672)
París
(1672-1676)
Hannover
bajo el duque Juan Federico (1676-1679)
Hannover
bajo el duque Ernesto Augusto (1680-1687)
Largo
viaje por el sur de Alemania, Austria e Italia (1687-1690)
Hannover
bajo el duque Ernesto Augusto (1690-1698)
Hannover
y Berlín (1698-1705)
Hannover,
Wolfenbüttel y Berlín (1705-1710)
Hannover
y Viena(1711-1716)
Epílogo
Referencias
Prólogo
Leibniz
gozó en vida del reconocimiento de los estudiosos y, a su muerte, las revistas
eruditas publicaron diversas necrológicas. A fines del siglo dieciocho los
ciudadanos de Hannover, donde había residido más de cuarenta años al servicio
de los príncipes gobernantes, erigieron en su memoria un templete circular con
un busto en mármol blanco y la inscripción «Genio Leibnitii». Leibniz encamó el
ideal renacentista del hombre universal y, al mismo tiempo, marcó el comienzo
del Siglo de las Luces. La existencia en Hannover de una Sociedad Leibniz, que
organiza congresos y simposios internacionales sobre Leibniz además de editar
la revista Studia Leibnitiana, testimonia el constante interés
de los estudiosos por la obra de Leibniz, a quien se atribuye un papel
fundamental en la historia del pensamiento europeo. Incluso si únicamente
hubiera contribuido con su aportación a uno de los campos en los que trabajó:
derecho, historia, política, lingüística, teología, lógica, tecnología,
matemáticas, ciencias o filosofía, sus logros le harían merecedor de un puesto
en la historia.
Y, sin embargo, contribuyó con su aportación a todos y cada uno de estos campos
y no como un mero dilettante, sino como innovador capaz de ser
guía para los especialistas de cada campo. En el de las matemáticas el logro
más sobresaliente de Leibniz fue la invención, de forma independiente, del
cálculo diferencial, que él y sus amigos desarrollaron como una poderosa
herramienta para resolver problemas de geometría y física.
Mediante la edición de Erdmann, su proyecto de una característica universal y
los cálculos lógicos subsiguientes, que no había publicado en vida,
desempeñaron un papel significativo en la historia de la lógica simbólica
moderna. Por otra parte, su trabajo pionero sobre determinantes solo vio la luz
cuando las propiedades de éstos ya habían sido redescubiertas.
Entre sus aportaciones más notables a la filosofía natural se cuentan una
noción de materia activa, la determinación de la relación existente entre
la vis viva y la altura a la que ésta puede elevar un cuerpo
(de hecho, la convertibilidad de las energías cinética y potencial) y la
demostración de la conservación de la vis vivaen los choques (a
pesar de la pérdida aparente en el caso de choques inelásticos).
Otra
aportación fértil fue la deducción de las leyes de la óptica, pues con ello
demostró la utilidad de los principios estacionarios en física, los cuales
Euler, Lagrange y Hamilton aplicaron más tarde con buenos resultados. Algunos
de los principios generales de Leibniz, incluidos el principio de continuidad
(del que había hecho uso para refutar las reglas cartesianas para el choque),
el principio de razón suficiente y, sobre todo, la distinción entre
proposiciones necesarias y contingentes (es decir, entre verdades de razón y
verdades de hecho), ejercieron influencia en la metodología científica.
Así, esta última distinción proporcionó una base firme para la combinación de
la teoría y la experimentación, mientras que el principio de razón suficiente
permitió dar explicaciones científicas en términos de causación física y, al
mismo tiempo, en términos de los principios teleológicos que había aplicado en
óptica. Entre sus aportaciones a la ciencia y la tecnología, y no en último
lugar, se encuentran la invención y el perfeccionamiento, a lo largo de más de
cuarenta años, de una máquina aritmética y la creación (de hecho) de la
Academia de Ciencias de Berlín, de la cual fue el primer presidente.
Una
vez hubo finalizado sus estudios universitarios, Leibniz declinó la oferta de
un puesto de profesor titular, y prefirió entrar al servicio de un poderoso
príncipe. Pues sólo así podría cumplir el objetivo de aplicar utilitariamente
sus aportaciones al desarrollo de la ciencia y la tecnología, en beneficio de
una sociedad cristiana universal capaz de vivir en paz y armonía.
Su
primer nombramiento al servicio del elector de Maguncia le llevó a París, donde
habría permanecido de habérsele presentado la oportunidad de ejercer su
influencia como miembro remunerado de la Academia Real de Ciencias. Los
académicos, sin embargo, no quisieron nombrar a otro extranjero (además de
Huygens y Cassini) y Leibniz aceptó reluctante la invitación de entrar al
servicio del príncipe gobernante de Hannover, donde había de permanecer el
resto de su vida, con la excepción de algunos periodos pasados en Berlín y
Viena.
En
las Cortes de Hannover, Celle, Wolfenbüttel, Berlín y Viena mantuvo encuentros
con los principales hombres de estado, diplomáticos y generales, y mantuvo
además una estrecha amistad con algunos príncipes y princesas, en particular
con Antonio Ulrico de Wolfenbüttel, Sofía, duquesa de Hannover, y su hija Sofía
Carlota, reina de Prusia.
En sus últimos años, cuando estos tres amigos habían muerto y él había perdido
el favor del último príncipe de Hannover a cuyo servicio estuvo, Jorge I de
Inglaterra, la disputa con Newton por la prioridad en la invención del cálculo
se encontraba en su momento más álgido. A pesar de las críticas y los
problemas, sin embargo, nunca perdió su optimismo, de tal forma que su
secretario, Eckhart, pudo escribir a su muerte que siempre había hablado bien
de todo el mundo y procurado hacer lo óptimo.
Siguiendo el principio adoptado por la Academia en la edición de las obras de
Leibniz, se ha dividido esta biografía por capítulos cronológicos, los cuales
incluyen a su vez un tratamiento sistemático por temas en cada uno de ellos.
Esto hace posible trazar la evolución del pensamiento de Leibniz en el marco
del contexto social, político e intelectual y caracterizar al mismo tiempo sus
etapas significativas, al estudiar cada tema por separado. Los primeros años
presentan especial dificultad, debido a la escasez de datos fiables.
Se ha hecho uso, en un intento de dar una visión completa, de las memorias que
el propio Leibniz escribió años después, con el fin de rellenar las múltiples
lagunas existentes entre hechos conocidos. No obstante, esta mirada
retrospectiva se identifica siempre como tal, para que el lector pueda mantener
sus reservas. Pues, aunque reviste interés contemplar el retrato que el propio
Leibniz hizo de sus primeros años, es improbable que constituya un reflejo
totalmente exacto y objetivo.
Las fuentes primarias en que se basa esta biografía son los escritos, obras y
correspondencia de Leibniz, principalmente las ediciones impresas pero también
algunos manuscritos.
Se
ha hecho un esfuerzo por dar cuenta de la vida de Leibniz y el desarrollo de
sus ideas, especialmente en matemáticas, ciencias y filosofía, de acuerdo con
los estudios leibnizianos más recientes: es decir, con una investigación bien
documentada basada en fuentes primarias. Si bien se han evitado detalles
puntuales de interpretación que son actualmente motivo de polémica, pues se han
considerado de interés sólo para los especialistas, sí se han eliminado una
serie de mitos surgidos en torno a Leibniz, al mostrar la poca fiabilidad de
los datos que los sostenían.
He tenido la oportunidad, en Conferencias y Simposios, de conversar con algunos
amigos sobre la obra de Leibniz. Tres de ellos: el doctor Heinz-Jürgen Hess,
del Archivo Leibniz (Niedersáchsische Landesbibliothek de Hannover); el
profesor doctor Eberhard Knobloch, de la Universidad Técnica de Berlín, y el
profesor Frederick C. Kreiling, del Instituto Politécnico de Nueva York,
leyeron el primer borrador a máquina e hicieron observaciones muy valiosas.
Es
un placer para mí agradecer su valiosísima ayuda al permitirme introducir
importantes mejoras. Mi agradecimiento también a los responsables del Museum
für Geschichte der Stadt Leipzig, del Historisches Museum de Hannover, a los de
los Staatliche Schlösser und Garren del Schloss Charlottenburg de Berlín, a los
de la Niedersächsische Landesbibliothek de Hannover, de la British Library y la
Bodleian Library, así como al profesor E. Shimao, de la Universidad Doshisha de
Kyoto, al profesor doctor Karl Arndt, de la Georg-August-Universität de
Gotinga, y al doctor E. A. Fellmann, del Archivo Euler de Basilea, por su
generosa aportación de ilustraciones.
Eric
J. Aiton
Manchester,
Pascua de 1985
Índice
de grabados
·
Escuela Nicolás de Leipzig, 1716
·
El Palacio de la Leinstrasse (Hannover) en el siglo XVII.
·
Palacio y parque de Herrenbausen hacia 1710.
·
Electora Sofía de Hannover. Retrato de Andreas Scheits, hacia
1710.
·
Casa en la que Leibniz vivió en Hannover. Dibujo realizado en
1828.
·
Palacio de Liitzenburgo (Charlottenburgo, Berlín) hacia 1702.
·
Reina Sofía Carlota. Retrato de F. W. Weidemann.
·
Princesa Carlota de Ansbacb. Retrato de Johann Karl Zierle,
realizado en 1704.
Abreviaturas
Se utilizan las siguientes abreviaturas para obras citadas con frecuencia.
·
A = Leibniz, G.W.: Samtliche Schriften und Briefe (Berlín:
Akademie Verlag, 1923-). El número de serie se indica en números romanos y el
número del volumen en números arábigos.
·
AE = Acta Eruditorum (Leipzig).
·
D = Dutens, L. (ed.): G.W. Leibniz. Opera omnia; 6 vols.
(Ginebra 1768).
·
DS = Guhrauer, G.E. (ed.): G.W. Leibniz, Deutsche Schriften', 2
vols. (1838-40; reimp. 1966, Hildesheim: Olms).
·
FC = Foucher de Carcil, L.A.: Oeuvres de Leibniz-, 7 vols.
(reimp. 1969, Hildesheim: Olms).
·
FCa = Foucher de Careil, L.A.: Lettres et opuscules inédits de
Leibniz (1854; reimp. 1975, Hildesheim: Olms).
·
GBM = Gerhardt, C.I.: Der Briefwechsel Von G.W. Leibniz mit
Mathe- matikem (1899, Berlín).
·
GM — Gerhardt, C.I.: G.W.Leibniz, Mathematische Schriften; 7
vols.(1849-63; reimp. 1971, Hildesheim: Olms).
·
GP = Gerhardt, C.I.: Die Philosophischen Schriften Von G.W.
Leibniz; 7 vols. (1875-90; reimp. 1978, Hildesheim: Olms).
·
HO = Oeuvres completes de Christiaan Huygens; 22 vols.
(1888-1950, La Haya: Société Hollandaise des Sciences).
·
K = KJopp, O.: Die Werke Von Leibniz; 11 vols. (1864-84; vols.
7-11 reimp. 1970-73, Hildesheim: Olms).
·
LH = Leibniz Handschriften de la Niedersachsische
Landesbibliothek, Hannover.
·
MK = Müller, K. y Krónert, G.: Leben und Werk Von G.W. Leibniz,
Eine Chronik (1969, Francfort del Meno: Klostermann).
·
NC = The correspondente of Isaac Newton; 7 vols. (1959-77,
Cambrid¬ge: publicado por la Royal Society).
·
NP = Whiteside, D.T.: The Mathematical papers of Isaac Newton; 8
vols. (1967-81, Cambridge).
·
P = Pertz, G.H.: Leibnizens Gesammelte Werke, Reihe I, vol. 4
(1847), Hannover).
·
RJ = Leibniz, G.W.: Reise-Joumal (1966, Hildesheim: Olms).
·
SL = Studia Leibnitiana (Wiesbaden: Steiner).
·
W = Gerhardt, C.I.: Briefwechsel zwischen Leibniz und Christian
Wolff (1860; reimp. 1971, Hildesheim: Olms).
·
ZHN = Zeitschrift des historischen Vereins für Niedersachsen
(Hannover).
Introducción
Contexto social, político e intelectual
En
1648, dos años después del nacimiento de Leibniz, la Paz de Westfalia puso fin
a la Guerra de los Treinta Años. Alemania había sido el principal teatro de
operaciones de un conflicto que había comenzado con una revuelta protestante en
Bohemia para extenderse a continuación hasta implicar a la mayoría de los
países de Europa, que se sumaban aparentando apoyar la causa protestante o
católica pero buscando, generalmente, ventajas políticas para sí. Fueron tales
los estragos que los ejércitos de mercenarios, indisciplinados y mal
entrenados, causaron a la población civil de Alemania, viviendo a costa del
país y devastando su agricultura e industria, que la población decreció desde
veintiún millones a trece millones en el transcurso de la guerra.
Francia emergió como el estado europeo más fuerte. Mientras los Habsburgo
habían ganado supremacía como gobernantes en las tierras de sus antepasados
—Austria, Bohemia y Hungría— y Francia los veía conjuntamente como un peligroso
rival, el Sacro Imperio Romano-Germánico, desde 1437 bajo un emperador
Habsburgo, se convirtió en poco más que una ficción legal sin poder real,
aunque retuviese las formas externas de la autoridad, como la Dieta de
Ratisbona y una Cámara Imperial para la administración de Justicia. La política
del Imperio se vio complicada por el hecho de que algunos príncipes alemanes
gobernaban territorios fuera de las fronteras (el elector de Sajonia, por
ejemplo, era además rey de Polonia), mientras que gobernantes extranjeros
poseían territorio en su interior (el rey de Dinamarca, por ejemplo, era además
duque de Holstein). Desde 1356 al emperador lo elegían siete príncipes alemanes
conocidos como electores, que afirmaban ser los sucesores del Senado romano.
Estos electores eran los príncipes-arzobispos de Maguncia, Colonia y Tréveris,
y cuatro príncipes laicos: el duque católico de Baviera y los príncipes
protestantes de Sajonia, Brandeburgo y el Palatinado. Al haber perdido Baviera,
durante las primeras etapas de la guerra, el Alto Palatinado junto con su título,
se creó un nuevo Electorado en el Bajo Palatinado para el hijo del primer
elector, como parte de la dote. Junto a los Electorados existían unas 350
entidades políticas separadas, la mayoría de ellas muy pequeñas, nominalmente
en posesión de territorios del emperador. Al final de la guerra, sin embargo,
dos de los mejores miembros, las Provincias Unidas (hoy Holanda) y Suiza se
separaron formalmente del Imperio.El principal resultado de la Paz de Westfalia
fue la consolidación del protestantismo en el norte de Alemania y del
catolicismo en el sur. De acuerdo con sus términos, los gobernantes católicos y
protestantes estaban obligados a respetar la libertad de culto donde hubiera
existido en 1624, mientras el calvinismo, gracias a la insistencia del elector
de Brandeburgo, se reconoció como religión lícita en el Imperio en los mismos
términos en que el luteranismo lo había sido desde 1555.
Tras la devastación de la Guerra de los Treinta Años se reconocía en general la
necesidad de reformas en el gobierno, la diplomacia y la defensa nacional
—sobre todo en cuanto a la manera de reclutar, aprovisionar y disciplinar a los
soldados—. El gobierno fuerte, centralizado y eficaz que se requería se vio
provisto de un nuevo estilo de monarquía absoluta que le llevó, a su vez, a un
conservadurismo que lo inutilizaba. El fundamento teórico para esta forma de
gobierno lo aportaban los escritos de Juan Bodin en Francia tras la masacre de
los Hugonotes el Día de San Bartolomé de 1575; y el modelo de «déspota benévolo»
lo constituía Luis XIV. Así, imitar a los franceses llegó a verse como el
culmen de la modernidad. En teoría, el monarca no tenía más límite que la Ley
divina. Después de 1648 la mayoría de los estados europeos comenzaron a
reclutar ejércitos profesionales estables, capaces de apagar rebeliones y
defender al estado eficazmente. Para costear sus ejércitos, los príncipes se
volvían hacia la industria, los negocios y el comercio, viendo en ellos una
fuente de riqueza de la que obtener impuestos. Ansiosos de evitar los horrores
de otra Guerra de Treinta Años, muchos gobernantes adoptaron una política
exterior tendente a preservar la estabilidad obtenida, emprendiendo acciones
para ello contra cualquier príncipe que por su cuenta amenazara con romper el
equilibrio.
Francia
adoptó, con Luis XIV, una agresiva política exterior que hacía valer argumentos
dudosamente legales como pretexto para conquistas militares. A la muerte de
Felipe IV de España en 1665 Luis reclamó para su esposa los Países Bajos
españoles. Esto le llevó a un enfrentamiento con las Provincias Unidas (hoy
Holanda) y, tras una tregua que le dio tiempo para prepararse, ocupó la Lorena
en 1671 a fin de despejar su flanco y llegó a Utrecht, tras una corta campaña,
la primavera siguiente. Alarmados ante estos hechos, el Imperio, Brandeburgo,
España y la Lorena formaron una alianza a la que pronto se unieron Dinamarca,
el Palatinado y otros estados alemanes, con el fin de evitar nuevas conquistas
francesas. Sin embargo Luis devastó el Palatinado y ocupó muchas plazas fuertes
en los Países Bajos españoles antes de la firma (en 1678) del Tratado de
Nimega, que dejó las Provincias Unidas intactas pero a la Lorena bajo ocupación
francesa.
El
Tratado de Nimega había cedido poblaciones y distritos en estados fronterizos
«junto con sus dependencias», las cuales no estaban definidas. Habiendo
establecido tribunales que identificaran esas dependencias, Luis reforzó sus
decisiones por medio de la acción militar, ocupando Estrasburgo y Alsacia junto
a otras poblaciones y obispados. A la revocación del Edicto de Nantes en 1685,
que privaba a los Hugonotes de todos sus derechos civiles y obligó a un gran
número de ellos a buscar refugio en países protestantes, le siguió en 1686 la
formación de una nueva alianza contra Francia, conocida como la Liga de
Augsburgo. Los miembros de la Liga, integrada originariamente por el Imperio,
España, las Provincias Unidas, Suecia y Sajonia y a la que se unieron Baviera y
Saboya un año después, estaban obligados a defender la Paz de Westfalia. A
finales de 1688 Luis precipitó la Guerra de la Liga de Augsburgo al someter al
Palatinado a una segunda devastación. Cuando se coronó a Guillermo y María
conjuntamente como soberanos de Inglaterra, en abril de 1689, Inglaterra se
unió a la Liga y ello arrojó como resultado la derrota de la flota francesa por
parte de la armada inglesa en 1692. Dado que las batallas por tierra
continuaron en casi toda Europa, las malas cosechas, el hambre y el descontento
civil hicieron que ambos bandos anhelaran la paz, finalmente acordada en el
Tratado de Ryswick en 1697. Francia conservó Alsacia y Estrasburgo pero
devolvió la Lorena y puso fin a sus conquistas en el Palatinado.
Al
cabo de cuatro años Luis XIV y el emperador Leopoldo I entraron de nuevo en
conflicto, esta vez a causa de su rivalidad al reclamar la sucesión española.
Hacia septiembre de 1701 Inglaterra y Provincias Unidas (hoy Holanda) habían
firmado una alianza secreta con Leopoldo contra Francia, si bien sus objetivos
eran diferentes. Mientras el emperador quería una sucesión indivisa para el
demandante Habsburgo, Inglaterra y Holanda se conformaban con dejar al duque de
Anjou, segundo hijo del delfín, como rey de España, siempre y cuando las
coronas francesa y española no se unificaran jamás; pero prometían a Austria
los Países Bajos y la Italia españolas. Cuando los aliados abrieron
hostilidades contra Francia en abril de 1702, a la Gran Alianza se habían unido
Dinamarca, Prusia, Hannover y el Palatinado. Luis planeaba atacar Viena a
través de Baviera (ahora su aliado), pero se vio forzado a retroceder hasta el
Rin. En Holanda las victorias de los aliados se sucedieron; pero cuando, en
1711, el Habsburgo que reclamaba la corona española se convirtió en el
emperador Carlos VI, el ministerio tory en Inglaterra puso fin
a las hostilidades y entró en negociaciones con Francia, pues temía que una
unión de los Habsburgo de España y Austria desequilibrara la balanza del poder
tanto como una unión entre España y Francia. El Tratado de Utrecht, firmado en
1713, reconocía al duque de Anjou como rey de España y las colonias, contenía
una declaración en el sentido de que las coronas española y francesa nunca se
unirían, c incorporaba los Países Bajos y la Italia españolas (excepto Sicilia)
a Austria. El emperador rechazó el acuerdo y continuó batallando solo durante
algún tiempo, pero la lucha llegó a su fin con el Tratado de Rastatt en 1714.
Ese mismo año el elector de Hannover se convirtió en rey de Inglaterra.
Otro conflicto que tuvo lugar a principios del siglo XVIII fue la Gran Guerra
del Norte. Comenzó cuando Dinamarca, Polonia y Rusia creyeron que podrían
aprovecharse de la inexperiencia del joven rey Carlos XII de Suecia para
recuperar parte del territorio que habían perdido en guerras anteriores. Dado
que había pactado una alianza con el rey Guillermo III de Inglaterra el año
anterior, Carlos pudo pedir el apoyo de la marina, lo que le permitió en primer
lugar invadir Dinamarca y, más tarde, en noviembre de 1700, derrotar a los
rusos que sitiaban Narva antes de invadir Polonia y Sajonia, obligando al
elector en 1707 a renunciar a su corona polaca y a abandonar la alianza junto a
Rusia. En 1708 invadió la propia Rusia, pero en junio de 1704 Pedro el Grande
obtuvo una aplastante victoria. Carlos XII huyó a Turquía y Rusia se convirtió
en el poder dominante en el Báltico. Doce años antes Pedro el Grande había
visitado Europa occidental durante dieciocho meses, con el fin de estudiar
recursos y técnicas y reclutar expertos para el servicio en Rusia. Cuando hubo
aprendido de qué forma el comercio, la manufactura y el conocimiento podían
aportar poder y prosperidad a una nación quiso obtener estas ventajas en su
propio Imperio, pero no tuvo piedad a la hora de aplastar cualquier oposición.
También
en los primeros años del siglo XVIII se pusieron los cimientos del poder
prusiano. En 1701, el elector de Brandeburgo se había coronado a sí mismo rey
de Prusia. Además de continuar la obra del gran elector, construyendo
carreteras y canales y reclamando terrenos de pantanos para la agricultura,
concedió un amplio margen de tolerancia religiosa e intentó conseguir para
Prusia el liderazgo en la promoción de la cultura germana, especialmente al
fundar la Universidad de La Haya, en la Sajonia prusiana, para la enseñanza de
los nuevos estudios de historia y ciencias.
La agricultura era aún la ocupación más importante; los campesinos sumaban las
tres cuartas partes de la población total en Europa. Al este del Elba, el
régimen de servidumbre —es decir, de sujeción hereditaria a la tierra— era la
norma. Al oeste del Elba era la excepción, aunque todavía sobrevivía en muchas
áreas del sur y del oeste de Alemania. En Polonia y Hungría los siervos de la
gleba tenían derecho a una parcela de terreno y a los medios para cultivarla;
pero en Rusia su situación era la de esclavos que podían venderse como ganado,
y carecían incluso de la seguridad de la sujeción a la tierra que al menos
permitía a los familiares permanecer unidos. Muchos de los campesinos libres de
occidente eran arrendatarios más que propietarios de las tierras. Estaban
sobrecargados con un pago de diezmos (para el mantenimiento del clero) e
impuestos que se llevaban una parte importante de sus ganancias. Todos los
miembros de la familia, incluso los niños pequeños, tenían que trabajar muchas
horas para poder competir económicamente con las vastas posesiones de la
nobleza y la iglesia.
Las poblaciones eran pequeñas y estaban a menudo rodeadas de murallas, de tal
forma que la sobrepoblación las convertía en caldo de cultivo de enfermedades.
Los salarios eran mejores que en el campo. Aunque los impuestos directos eran
bajos, se imponían medidas proteccionistas en la aduana a productos básicos
destinados al comercio interior. La gran mayoría de los habitantes de estas
poblaciones se ganaban la vida; el grupo más numeroso lo constituían los
sirvientes domésticos. Las capitales y los centros regionales vivieron periodos
de auge en que las familias prominentes aumentaban su demanda de sirvientes y
artículos de lujo. Con excepción de los centros comerciales y manufactureros
más en auge, las clases dirigentes proporcionaban la mayor fuente de empleo.
La
industria desarrolló la tendencia a alejarse de las poblaciones a fin de estar
más cerca de las fuentes de energía —madera y agua— y evitar las imposiciones
de los gremios de comerciantes, aunque éstos fueron perdiendo parte de su poder
a medida que el estado intervenía más. Una gran parte de la industria
manufacturera, que incluía por ejemplo la de hilado y la textil, tenía un
sistema de organización domestico según el cual los propietarios de un capital
modesto proporcionaban las materias primas, y en ocasiones la maquinaria, a
artesanos que trabajaban en sus domicilios. Junto a trabajos de imprenta,
aserraderos, fábricas de cerveza, curtidurías y astilleros, había factorías
donde se fabricaban velas, tintes, azúcar, chocolate, tabaco y algodón. También
la minería del hierro, plata, estaño y cobre requería una organización
profesional a gran escala.
El abaratamiento del transporte, sobre todo por agua, favoreció el crecimiento
del comercio por medio de intercambios de productos regionales y bienes de lujo.
Esto llevó a una mayor distribución de la riqueza entre las clases medias. AI
tiempo que los artículos de lujo se hacían de uso frecuente entre quienes
podían permitírselo, el aumento en la productividad se hizo ampliamente
realidad gracias a procedimientos y técnicas ya conocidas. Durante casi un
siglo el volumen de población permaneció fijo y los precios estables. Las
condiciones sociales cambiaron muy poco. Una gran parte del comercio y las
finanzas estaba en manos de los judíos, que a causa de su religión se veían
excluidos de los puestos de poder y responsabilidad oficiales. En casi todas
partes las élites de la sociedad despreciaban el comercio como bajo y
degradante. Las clases medias incluían, junto a los comerciantes y maestros
artesanos, a profesionales como los médicos, maestros, funcionarios públicos y
abogados. £1 costo que suponía la formación de estos profesionales los
restringía a los hijos de padres de ciase media.
En las grandes poblaciones, hasta un cuarto de sus habitantes carecía de empleo
legal o domicilio fijo. Aunque la Iglesia católica disponía de una buena
organización para ejercer la caridad y los necesitados recibían en ocasiones
asistencia en forma de empleo público (por ejemplo, en Dinamarca), en los
países protestantes la ayuda a los necesitados estaba en manos de responsables
parroquiales que trabajaban voluntariamente y no era tan eficaz.
La
primera parte del siglo XVIIfue un periodo de avances revolucionarios en
filosofía y ciencia. Además de descubrir las leyes del movimiento planetario,
Johannes Kepler aportó una nueva forma de aproximarse a la astronomía, al
prescindir de los círculos ficticios que los primeros astrónomos habían usado
para representar los movimientos aparentes a través de la esfera celeste en
favor de una explicación de los movimientos reales de los planetas en términos
de causas naturales. Aunque sus resultados llegaron a aceptarse en general como
leyes empíricas, las teorías físicas de Kepler no tuvieron prácticamente
continuación debido a que la teoría aristotélica del movimiento en que se
basaban se vio pronto superada. Galileo puso los cimientos para una nueva teoría
del movimiento terrestre en sus Discursos sobre las nuevas ciencias,
publicados en Leiden en 1638. Francis Bacon se vio a sí mismo como el Cristóbal
Colón de un nuevo mundo intelectual, en el que la ciencia se pondría al
servicio de la humanidad. Pensaba que esto no podía tener lugar a partir del
tipo de razonamientos utilizado por los escolásticos, sino sólo por aplicación
de un nuevo método de generalizaciones inductivas a partir de la observación
sistemática y la experimentación; expuso esto en su Novum organum (El
nuevo método), publicado en 1620. Su utopía La nueva Atlántida, publicada
posteriormente en 1627, con su retrato de una institución para la investigación
científica organizada (la Casa de Salomón) fue sin duda fuente de inspiración
para la fundación, a finales de siglo, de la Royal Society.
El tipo de estudio por el que Bacon abogaba se vio favorecido por la invención
y perfeccionamiento de los instrumentos científicos, en particular el
telescopio y el microscopio. Los descubrimientos telescópicos de los satélites
de Júpiter debidos a Galileo, las fases de Venus y las montañas y valles de la
superficie lunar sirvieron para refutar la visión aristotélica del universo en
dos regiones de naturaleza enteramente diferente. Evidentemente, los cielos estaban
integrados por los mismos elementos que la tierra y sujetos a las mismas leyes
naturales. El alcance del conocimiento en biología se vio grandemente ampliado
gracias al microscopio, que descubrió un mundo antes ignorado de pequeñas
criaturas y permitió a Antoni van Leeuwenhoek observar la circulación completa
de la sangre, ya enunciada teóricamente con anterioridad por William Harvey.
También
René Descartes, descontento con el escolasticismo como Bacon, halló un nuevo
método y lo aplicó después para formular una explicación del mundo natural en
términos únicamente de materia y movimiento. A pesar de que Huygens pudo
describir a Descartes como el autor de « un beau román de physique»
—pues se equivocó al suponer que la materia no tenía cualidades esenciales
aparte de la extensión (como resultado de la creencia, en exceso optimista, de
que lo que es claro y distinto tiene que ser verdadero)—, su concepción
mecanicista de la naturaleza ejerció gran influencia entre filósofos y
científicos durante casi un siglo. Sustituyó el cosmos ordenado de Aristóteles
por un sistema de vórtices fluidos, que arrastraban cada uno una estrella o un
planeta y se extendían indefinida y homogéneamente a través del espacio.
Concebía a los animales como meras máquinas o autómatas carentes de pensamiento
o percepción consciente. Consideraba al cuerpo humano como una máquina, pero
creía que la mente (o alma) era una sustancia no material. Así, llegaba a
establecer dos mundos distintos, hechos de una sustancia material y espiritual
respectivamente y puestos en correspondencia de alguna forma por una
intervención sobrenatural de Dios; sus seguidores intentaron definirla con más
claridad mediante la doctrina filosófica del ocasionalismo.
En su primera etapa, el cartesianismo tuvo un rival influyente. Este vino a
través de Pierre Gassendi, que combinó una filosofía natural atomista derivada
de Epicuro con una metafísica cristiana. Aunque Descartes suponía que la
materia era divisible hasta el infinito, Gassendi afirmaba haber demostrado que
las leyes de la naturaleza han hecho que la materia creada adopte desde el
principio tres formas o elementos, de tal manera que las partes (o corpúsculos)
de cada elemento tengan aproximadamente el mismo tamaño y las rapideces de los
distintos elementos sean inversas a sus tamaños. El primer elemento,
consistente en los corpúsculos más pequeños y por tanto en rápido movimiento,
formaba el sol y las estrellas. El segundo elemento, consistente en partículas
esféricas demasiado pequeñas para ser vistas al microscopio, formaba el éter.
Finalmente, los corpúsculos más gruesos y lentos formaban la tierra y los
planetas. Puesto que los corpúsculos del primer elemento eran de tamaño y forma
indeterminados, podían llenar los intersticios entre los corpúsculos de los
otros elementos, impidiendo así la existencia del vacío. Prescindiendo de
diferencias metafísicas, el sistema de Gassendi y la física corpuscular de
Descartes podían considerarse como esencialmente lo mismo. Esta fue la posición
que adoptó, por ejemplo, el químico Robert Boyle.
Existía
un acuerdo general en cuanto a la importancia de las matemáticas por su posible
aplicación al desarrollo de la filosofía mecánica; pero la dificultad de
diseñar experimentos que llevaran a resultados susceptibles de análisis
matemático, y el abismo existente entre la complejidad de los problemas físicos
y las limitaciones de las técnicas matemáticas disponibles para su solución,
impidieron el desarrollo temprano de una física matemática general. Se progresó
en ámbitos precisos, especialmente los de la óptica geométrica y la mecánica;
este progreso raramente se debió a los cartesianos, demasiado rígidos en su
adherencia a las ideas de Descartes. Tras la aportación de Galileo, que sentó
los cimientos para una ciencia del movimiento, los siguientes avances
significativos en el campo de la mecánica se debieron al matemático y filósofo
natural Christiaan Huygens, que no asumió la filosofía cartesiana aunque sí
estaba influido por ella y sí aprobó, en particular, la eliminación debida a
Descartes de las formas sustanciales escolásticas del dominio de la física.
En
la primera mitad del siglo XVII una serie de destacados matemáticos
desarrollaron nuevas técnicas de análisis matemático. Al tiempo que Kepler
ideaba su propio procedimiento numérico para resolver los problemas que había
encontrado en astronomía, las innovaciones más generales en matemática pura
tuvieron lugar fuera de Alemania. En Francia, Descartes y Fermat crearon la
geometría analítica junto a métodos de construcción de tangentes y de
determinación de máximos y mínimos. Frans van Schooten, profesor de matemáticas
de Huygens en Holanda, publicó versiones latinas de la geometría de Descartes e
incluyó resultados de Jan Hudde relativos a máximos y mínimos y a la teoría de
ecuaciones en sus propias publicaciones. En Italia, Buenaventura Cavalieri,
alumno de Galileo, creó el método de los indivisibles para hallar áreas y
volúmenes, el cual era mucho más simple que el pesado procedimiento de
Arquímedes. El importante trabajo de Cavalieri no estaba bien escrito, pero,
afortunadamente, Evangelista Torricelli hizo una exposición clara de su método.
En Inglaterra Isaac Barrow y John Wallis contribuyeron, respectivamente, a la
teoría de tangentes y de cuadraturas. Entre los matemáticos que trabajaron en
el campo del análisis puede mencionarse a James Gregory en Escocia y a Gregory
de St. Vincent en los Países Bajos españoles. Blaise Pascal, además de aplicar
el método de los indivisibles al estudio de la cicloide, diseñó la primera
máquina aritmética para el cálculo de sumas y restas que logró funcionar. La
invención previa, debida a John Napier, de los logaritmos, había proporcionado
otra ayuda útil para el cálculo.
Dado que las universidades se veían aún forzadas a enseñar a Aristóteles, los
practicantes de la nueva ciencia experimental buscaron apoyo mutuo en
encuentros informales. Un grupo se reunía en el Gresham College de Londres bajo
el liderazgo de John Wallis, quien, al trasladarse a Oxford, organizó allí un
grupo similar que se reunía en el domicilio de Robert Boyle. Estas reuniones
informales llevaron, a su debido tiempo, a la creación de la Royal Society en
1662. El rey no proporcionó ni fondos ni edificios, de forma que la
supervivencia de la Sociedad dependió de la elección de miembros ricos e
influyentes que quisieran prestar apoyo financiero. El núcleo de la nueva
Sociedad lo integraban, sin embargo, miembros de los grupos de Londres y
Oxford, y los primeros encuentros tuvieron lugar en el Gresham College. También
en París existían reuniones informales parecidas; la más prominente era la de
Habert de Montmor, que mantuvo estrechas relaciones con la Royal Society. Tanto
el secretario de la Sociedad Montmor, Samuel Sorbiere, como el rico aficionado
Melchisedech Thevenot, que encabezó otro grupo, apelaron al primer ministro
Colbert en demanda de un patronazgo real sin el cual creían que la organización
de un trabajo experimental sería imposible. Como resultado de ello se creó la
Académie Royale des Sciences de París en 1666, con Christiaan Huygens a su
cargo. Los miembros recibían una remuneración y se dispuso de dinero para la
construcción de un observatorio, que se finalizó en 1672. Pocos de entre los
vinculados a las viejas Sociedades —Huygens fue la excepción más notable— se
convirtieron en miembros de la nueva Academia, puesto que se excluyó a cartesianos
y jesuitas en virtud de su adherencia rígida a una filosofía particular y,
consecuentemente, su falta de apertura. Entre los miembros, sin embargo, había
varios simpatizantes del cartesianismo, y el método baconiano se combinó
frecuentemente con la formulación de hipótesis explicativas de tipo
especulativo semejantes a las que el cartesianismo había propuesto.
El decorado estaba dispuesto para la aparición, en la escena internacional, del
joven Leibniz. Pero no se encontraba solo; pues, casi simultáneamente a su
primer encuentro con Huygens en París, el joven Newton enviaba a Henry
Oldenburg, secretario de la Royal Society, una nueva teoría de los colores.
Capítulo
1
Infancia y juventud (1646-1667)
Contenido:
§.
Infancia y despertar intelectual
§. Estudios universitarios
§. De arte combinatoria
§. Graduación como Doctor en Derecho
Gottfried
Wilhelm Leibniz nació a las 6.45 de la tarde del domingo 1 de julio (NS) de
1646 en la ciudad protestante de Leipzig, que había sido un centro prominente
para la enseñanza y la ciencia desde el Renacimiento. El capellán de la Corte,
Martin Geier, el abogado Johann Frisch y Catharina Scherl fueron los padrinos
en su bautizo, que tuvo lugar en la iglesia de san Nicolás a las 2 de la tarde
del 3 de julio.
Su padre cuenta que, mientras el diácono Daniel Moller sostenía al bebé en sus
brazos, el infante alzó su mirada como invitándole a rociarlo con agua. Este
fue uno de los signos que despertaron en el padre de Leibniz grandes esperanzas
en el futuro de su hijo. Otro hecho que dio mucho que hablar en el pueblo, y
provocó las bromas de los amigos de su padre, tuvo lugar cuando el joven
Leibniz tenía unos dos años de edad (P, p. 165).
En años sucesivos recordaba el incidente como si hubiera tenido lugar dos días
antes. Ocurrió un domingo por la mañana, después de que la madre hubiese salido
para participar en el servicio religioso y mientras el padre, enfermo, guardaba
cama. El pequeño trepó a una mesa y, cuando una tía intentaba sujetarlo, dio un
paso hacia atrás y cayó al suelo. Cuando el padre vio que su hijo estaba ileso,
lo interpretó como una intervención de la Providencia y envió inmediatamente un
emisario a la iglesia con el fin de que se observara la costumbre de orar para
dar las gracias una vez hubiera finalizado el servicio.
El padre de Leibniz, Friedrich, había nacido el 4 de diciembre de 1597; era
hijo de Ambrosius Leibniz y Anna Deuerlin, hija de un noble de Leipzig. En el
momento del nacimiento de su famoso hijo, Friedrich era vicedecano de la
Facultad de Filosofía y profesor de filosofía moral en la Universidad de
Leipzig, además de ejercer como notario.
Era, sin duda, un estudioso competente aunque no original, que consagraba su
tiempo a sus obligaciones y a su familia como el padre piadoso y cristiano que
era. Friedrich se casó tres veces. De su primer matrimonio en 1625 tenía un
hijo, Johann Friedrich, y una hija, Anna Rosina, quien se casó a su vez con un
doctor en teología. Leibniz describía a su hermanastro como un hombre piadoso y
de buen carácter, que se conformaba con su suerte como maestro de escuela. La
segunda mujer de Friedrich murió sin dejar hijos en 1643.
En 1644 se casó con Catharina Schmuck, hija de un célebre abogado de Leipzig.
Ella sería la madre de Leibniz. Nacida en Leipzig en 1621 y huérfana desde los
once años, se había educado en casa de Johann Hopner, profesor de teología, y
antes de casarse había vivido en casa de Quirinus Schacher, profesor de
derecho. Era inteligente, piadosa y gentil. Una de sus hermanas se había casado
con un abogado y otra con un doctor en teología. Así, los parientes de Leibniz
gozaban, por ambas partes, de una posición social elevada y de prestigio
intelectual. Entre sus antepasados, además de juristas y teólogos había músicos
e ingenieros de minas. El origen de la familia podía trazarse hasta Sajonia, de
forma que la creencia del propio Leibniz en sus orígenes eslavos debe verse
como un mito (Kroker 1898).
Leibniz tenía una hermana, Anna Catharina, que había nacido el 11 de agosto de
1648. Se casó con el archidiácono de la iglesia de santo Tomás de Leipzig y
murió el 3 de marzo de 1672, dejando a su único hijo Friedrich Simón Löffler,
nacido el 19 de agosto de 1669, como su único heredero.
§.Infancia y despertar intelectual
Cuando el joven Leibniz contaba tan sólo seis años de edad, su padre murió. Uno
de sus recuerdos más intensos era el empeño que éste había puesto en inspirar a
su hijo un cariño bíblico, e incluso fue capaz de prever la forma en que se
distinguiría en el futuro. Tras la muerte del padre el 15 de diciembre de 1652,
la madre de Leibniz se consagró al cuidado y educación de sus hijos. Pero
cuando Leibniz tenía tan solo diecisiete años, y su hermana quince, la madre
murió de una enfermedad respiratoria.En el funeral se dijo de ella que no sólo
había sido un ejemplo para sus propios hijos, sino también un modelo de piedad
para muchos. Esforzándose por vivir con todos en paz y armonía, nunca pensó mal
de nadie; y, perdonando con sencillez a quienes la ofendieron, sobrepasó a
todos en paciencia. Con su ejemplo plantó tempranamente la semilla de la
religiosidad y la virtud en el joven Leibniz. Los inequívocos rasgos de
carácter en el ser moral de éste coinciden, prácticamente, con el retrato aquí
trazado de su madre.
De niño Leibniz mostró poca inclinación al juego, y prefería en lugar de ello
leer historia, poesía y literatura. En julio de 1653 ingresó en la Escuela
Nicolás de Leipzig, donde permaneció hasta la Pascua de 1661. El director de
tan estimable escuela, Johann Homschuch, era también profesor de griego en la
universidad. Leibniz recordaba que había comenzado a estudiar latín en la
escuela, y seguramente sus progresos habrían sido tan lentos como los de los
otros muchachos si no hubiera tropezado, casualmente, con dos libros que otro
estudiante que también residía en la casa había dejado mal colocados. Uno era
una edición Livy ilustrada y el otro un Thesaurus cronológico
de Sethus Calvisius.
Leibniz tenía un libro alemán de historia general que con frecuencia hablaba de
lo mismo que el Calvisius, así que fue capaz de entender este último con
facilidad. En la edición Livy leía palabras sueltas en el pie de las
ilustraciones. Más tarde recordaría como, tras repetidos intentos de penetrar
más profundamente en el sentido sin utilizar diccionario, la mayor parte del
texto se le mostró con claridad. Comenzó entonces a aprender a leer el latín
por su cuenta, basándose en la instrucción que recibía en la escuela.
Cuando el maestro descubrió lo que el joven Leibniz estaba intentando leer,
solicitó de los responsables de su educación (es decir, la madre y las tías)
que se le impidiera el acceso a libros tan inapropiados para su edad. Un amigo
de la familia, noble y cultivado, que vivía en la vecindad, escuchó casualmente
las conversaciones sobre el tema. Tras interrogar al joven Leibniz para
convencerse de sus aptitudes, este noble hizo prometer a los familiares de
Leibniz que le permitirían el acceso a la biblioteca de su padre, la cual había
permanecido cerrada con llave durante mucho tiempo.
Escuela Nicolás de Leipzig. De las regulaciones de 1716. (Por cortesía del
Museum für Geschichte der Stadt Leipzig.)
De
esta forma, Leibniz tuvo acceso a la biblioteca de su padre en 1654, a los ocho
años de edad. Dejándose guiar por sus propios impulsos leyó a los clásicos
latinos y a los padres de la Iglesia. El mismo recordaba que, en su duodécimo
cumpleaños, entendía el latín sin dificultad y comenzaba a balbucear el griego,
lengua que había estudiado en la escuela durante unos dos años. En la semana de
Pentecostés de 1659, a los trece años de edad, Leibniz compuso y recitó en una
fiesta escolar un poema en hexámetros latinos, cuando el muchacho originalmente
encargado de ello cayó enfermo tres días antes.
El estudio de la tradición lógica silogística de Aristóteles, impartida en los
cursos superiores de la escuela, fue lo que hizo despertar el genio inventivo
del joven Leibniz. Como recordaba años más tarde (P, p. 167), no sólo le
resultaba fácil aplicar las reglas a casos particulares —algo que, para
sorpresa de su maestro, sólo Leibniz de entre todos sus compañeros era capaz de
hacer—, sino que incluso ya en esta época se daba cuenta de las limitaciones de
la lógica aristotélica y ocupaba su mente con ideas nuevas que anotaba para no
olvidarlas. Más tarde disfrutaría releyendo lo que había anotado a los catorce
años.
Las «categorías» revistieron un interés especial para él; ello le llevó a
examinar muchos libros de lógica, con el fin de encontrar las listas más
exhaustivas y mejores (GP 7, pp. 516-17).
Le pareció que de todas las categorías aristotélicas —sustancia (con su
división en especies y géneros), cantidad, calidad, relación, lugar, tiempo,
posición, estado, acción y pasión— al menos las dos (o quizá las cuatro)
últimas estaban incluidas en las demás o no podían aplicarse, mientras que, por
el contrario, muchas cosas quedaban por completo excluidas.
Leibniz recordaba haber utilizado estas categorías como forma de adivinar o
recordar algo olvidado, eliminando para ello los datos irrelevantes hasta que
era capaz de dar con lo que había desaparecido. Le parecía que quizá
Nebuchadnezzar podría haber reconstruido de esta forma su sueño olvidado.
Leibniz buscó respuesta en sus maestros a algunas de sus preguntas e ideas
nuevas; entre ellas la de si, puesto que los términos simples o conceptos
pueden ordenarse según categorías conocidas, era posible establecer una nueva
especie de categorías para ordenar las expresiones complejas o verdades y las
propias proposiciones. En esa época, como Leibniz recordaba más tarde, no sabía
aún que lo que estaba buscando era la noción de demostración matemática. Decía
que, cuando estaba profundizando en su estudio, se le ocurrió la magnífica idea
de que tal vez pudiera encontrarse un alfabeto del pensamiento humano que
permitiría, mediante combinaciones de las letras de ese alfabeto y el análisis
de las palabras construidas con él, descubrir e incluso demostrar todo. Hacer
realidad esta magnífica idea habría de constituir más tarde una de sus
principales líneas de investigación.
Junto a los ejercicios de lógica que realizaba en la escuela, Leibniz
continuaba en casa, en la biblioteca de su padre, con el estudio de la
metafísica, tanto la escolástica como la más reciente, así como el de la
teología, concentrándose en particular en la obra de los famosos polemistas
protestantes y católicos (P, p. 168). El estudio de la teología
contribuyó a confirmar su aceptación de la Confesión de Augsburgo, aunque
también disfrutó con el estudio de Zabarella, Rubius, Fonseca y otros
escolásticos, al igual que antes había disfrutado con los historiadores. Recordaba
en especial haber leído al padre Francisco Suárez [1] con tanta
facilidad como si se tratara de una novela.
§. Estudios universitarios
En la Pascua de 1661 Leibniz ingresó en la Universidad de Leipzig, donde siguió
las clases de filosofía (en particular sobre la filosofía de Aristóteles) y de
introducción a Euclides que impartía Johann Kühn. Las clases de matemáticas
eran tan oscuras que apenas nadie, excepto Leibniz, las entendía. De entre
todos los estudiantes, él era el único que discutía con el profesor y
preguntaba con el fin de aclarar los teoremas a sus compañeros. Más tarde habló
del bajo nivel que tenía Leipzig en la enseñanza de las matemáticas y añadió
que si él hubiera podido pasar su juventud en París, como Pascal, probablemente
habría estado antes en condiciones de enriquecer las ciencias. Leibniz tuvo más
suerte con sus profesores de filosofía, especialmente con Jacob Thomasius, a
quien durante toda su vida continuó teniendo en gran estima.
Thomasius, que había fundado el estudio científico de la historia de la
filosofía en Alemania, dirigió la disertación de Leibniz para la obtención del
grado de bachiller en filosofía. Leibniz defendió y publicó este ensayo,
titulado Disputatio metaphysica de principio individui(Disputación
metafísica sobre el principio de individuación) (A VI 1, p. 3; Quillet
1979), en 1663, a los diecisiete años; trata de un tema que sería fundamental
para el desarrollo maduro de su metafísica.
En la introducción al ensayo de Leibniz, Thomasius señalaba que el origen de la
polémica acerca del principio de individuación era el problema de la
diferenciación de mentes que proceden de una fuente común.
Según la interpretación de Thomasius, Aristóteles distingue dos clases de
individuos: los «monádicos», donde cada individuo constituye una
especie, como es el caso de los planetas inmateriales en movimiento, y los «esporádicos»,
donde innumerables individuos se agrupan bajo la misma especie. La segunda
clase aplica al mundo sublunar de los elementos terrestres, donde Aristóteles
puso en la materia el principio o causa de individuación.
Santo Tomás de Aquino había seguido en esto la doctrina de Aristóteles, por lo
que supuso que la materia era el principio de individuación entre las especies
terrestres, mientras que los ángeles, que eran formas puras, podían definirse
como especies separadas.
Es interesante observar que el término «mónada», que Leibniz adoptó más tarde
como definitivo en su metafísica, se lo había dado a conocer Thomasius a esta
temprana edad. Incluso más tarde Leibniz, en carta al landgrave Ernesto de
Hessen-Rheinfels, decía que aceptaba las enseñanzas de Aquino sobre los ángeles
siempre que el término especie no se tomara en sentido físico sino
metafísico (GP2, p. 131). En otras palabras, en el plano metafísico
todos los individuos son monádicos.
La pregunta de Boethius acerca de la relación entre los universales y los
objetos individuales que los ejemplificaban había dado lugar a dos escuelas de
pensamiento entre los escolásticos, seguidores de Aristóteles en la Edad Media.
Según los realistas los universales existían por derecho propio, mientras que
los nominalistas los veían como simples nombres. Las interpretaciones de
Aristóteles que se hacían en las universidades luteranas en el siglo XVII
estaban muy influidas por los escritos de los jesuitas españoles y en
particular por Suárez, cuyas enseñanzas seguía Thomasius y de cuyos escritos
había dicho Leibniz, como se recordará, que podía leerlos con la misma
facilidad que si se tratara de una novela.
De las cuatro concepciones del principio de individuación, Leibniz adoptó el
punto de vista nominalista de Suárez: el de que, en la realidad, es la entidad
completa la que constituye el principio de individuación; en otras palabras, es
la propia entidad completa la que hace de sí un individuo. Leibniz demostraba,
en forma de silogismo, que la unidad o unicidad no añade nada al ser.
Premisa
mayor: Todo aquello por lo cual algo es, es por esto por lo que
es numéricamente uno.
Premisa menor: Todo es por su entidad.
Conclusión: Luego todo es uno por su propia entidad.
La
idea del principio de identidad de los indiscernibles, enunciada más tarde por
Leibniz, podría considerarse un mero corolario de lo anterior. De acuerdo con
este principio, no pueden existir dos individuos idénticos.
Aunque la concepción del principio de individuación que Leibniz adoptó en su
ensayo no es original, es la que continuó manteniendo toda su vida. En el
ensayo defiende con habilidad esta concepción mediante demostraciones
silogísticas y refuta las concepciones opuestas, aunque su conocimiento de
éstas parece estar basado más en exposiciones de contemporáneos suyos que en
las fuentes originales.
Rechazó en particular lo que Duns Scoto había llamado «haecceidad» —la
cualidad o modo de ser en virtud del cual algo llega a ser un individuo
definido—, porque desde el punto de vista nominalista un individuo no puede
concebirse como compuesto de formas universales reales. Señalaba que todos los
individuos eran individuos en su totalidad.
Quedaba abierto el problema de la relación, por ejemplo, entre «humanidad»
(forma universal y, por tanto, un mero nombre) y la propiedad real de
«humanidad» que poseen los seres humanos individuales. Suárez había sentado las
bases para una solución de este problema en su ontología de relaciones, la cual
influyó al parecer en la metafísica de mónadas adoptada finalmente por Leibniz
(Mccullough 1978, pp. 254-70).
Cuando los escritos de los modernos cayeron en sus manos, Leibniz se vio
forzado a escoger entre la filosofía escolástica y la nueva física. Como
recordaba más tarde en una carta dirigida a Nicolas François Remond, había
reflexionado sobre esto mientras paseaba por un bosquecillo de las afueras de
Leipzig conocido como Rosenthal (GP 3, pp. 605-8).
Probablemente le fallaba la memoria al fijar este incidente a la edad de quince
años. Parece más probable que tuviera lugar al obtener el grado de bachiller, o
poco después, pues fue entonces cuando abandonó las formas sustanciales a favor
de la filosofía mecánica. Esta decisión, explicaba a Remond, le llevó a
dedicarse a las matemáticas.
Leibniz pasó el semestre de verano de 1663 en la Universidad de Jena, donde
recibió la influencia del profesor de matemáticas Erhard Weigel (Moll 1978, pp.
42-59). A principios de año un estudiante se había doctorado con una
disertación sobre la aceleración de cuerpos que caen, y parece probable que
este tipo de cuestiones de filosofía natural se discutieran con los alumnos.
Weigel no era meramente un matemático (aunque se tratara en su caso de uno de
la máxima categoría) sino también un filósofo, en especial un filósofo moral, y
contribuyó con ideas originales al campo del derecho natural. El objetivo de
su Analysis Aristotélica ex Euclide restituta, publicado en
Jena en 1658, era nada menos que una reforma completa de la filosofía y la
ciencia mediante una reconciliación entre Aristóteles y los modernos, entre los
que contaba a Bacon, Hobbes y Gassendi [2], basada en el
método matemático: es decir, en el método demostrativo que seguía el modelo de
Euclides. Esta obra ejerció una influencia decisiva y profunda en la
orientación filosófica del joven Leibniz.
Hasta ese momento había aplicado el método de discusión de la filosofía
escolástica, pero más tarde recordaba cómo Weigel, al forzar a sus oponentes
escolásticos a reproducir en la lengua alemana corriente su terminología y sus
vacías definiciones, les ponía en ridículo. El método de demostración matemática
de Weigel liberaba a la filosofía de los juegos de palabras de los
escolásticos; y, al englobar toda la filosofía con coherencia sistemática como
una scientia generalis, garantizaba la unidad de las ciencias.
Leibniz observaba que en el libro de Weigel había encontrado muchas buenas
ideas para el perfeccionamiento de la lógica y para la demostración en
filosofía (Couturat 1903, p. 179).
Durante su estancia en Jena, Leibniz se hizo miembro de una sociedad académica
denominada Societas quaerentium. Sus miembros, profesores y
estudiantes, se reunían semanalmente bajo la presidencia de Weigel para
intercambiar puntos de vista y discutir sobre libros antiguos y recientes.
Leibniz asistía también a algunos encuentros similares entre estudiantes que
tenían lugar en Leipzig.
En octubre de 1663 Leibniz regresó a Leipzig a comienzos del semestre de
invierno, con el fin de iniciar su especialización en derecho bajo la dirección
de los profesores Quirinus Schacher y Bartholomaeus
Schwendendörffer. Como resultado de los conocimientos adquiridos en sus
estudios de historia y filosofía, Leibniz encontró la nueva
disciplina fácil de entender; dado que la teoría no presentaba ninguna
dificultad para él, pudo concentrar su atención en la aplicación práctica. Un
juez ayudante del Alto Tribunal de Leipzig, con quien el joven Leibniz tenía
amistad, le invitaba a menudo a su casa y allí le mostraba con
ejemplos cómo debía dictarse un veredicto. Leibniz se sintió atraído por la
función de los jueces, pero le repelían las intrigas de los abogados (P, p.
168). Más tarde recordaba que éste había sido el motivo por el que nunca había
deseado llevar un juicio, aunque decían de él que redactaba muy bien en alemán,
su lengua materna.
A comienzos de febrero de 1664 Leibniz obtuvo el grado de Maestro en Filosofía
con la disertación Specimen quaestionum philosophicarum ex jure
collectarum,que fue publicada en diciembre de ese mismo año (A VI
1, pp. 69-96). En esta obra Leibniz reconocía la deuda contraída con su
maestro, Weigel. Un estudio de las relaciones entre filosofía y derecho,
afirmaba, ayudaría a hacer desaparecer el desprecio de los estudiantes de
derecho hacia la filosofía. Aún más, sin la filosofía la mayoría de las
cuestiones que se planteaban en derecho serían un callejón sin salida. Entre
las cuestiones que discutía se encontraba la de si una persona dormida está
«presente», o si las abejas, palomas y pavos reales son animales salvajes.
A los nueve días justos de leer su disertación Leibniz perdió a su madre, que
murió de «un catarro que obstruyó las vías respiratorias». Junto a su
hermana y él mismo, su tía, casada con el famoso estudioso de derecho Johann
Strauch, compartió la herencia de su madre. Leibniz visitó a su tío en
Brunswick con el fin de llegar a un acuerdo en el complicado reparto. Strauch
se dio cuenta, en el transcurso de esta visita, de las notables aptitudes de su
sobrino; poco después le envió una erudita carta sobre legislación de la que
Leibniz hizo uso para preparar la disertación, dirigida por Schwendendörffer, De
conditionibus, que formaba parte de sus estudios para la obtención del
grado de bachiller en derecho ( A VI 1, pp. 97-150). De nuevo
hay en este trabajo un marcado sesgo filosófico, pues Leibniz desarrolla una
teoría del juicio hipotético o condicional aplicado al derecho. La hipótesis
(antecedente) recibe el nombre de conditio y la tesis
(consecuente) el de conditionatum. Entre los teoremas se
encuentran los siguientes:
1. Del
establecimiento de la hipótesis se sigue la tesis.
2. De
la supresión de la tesis se sigue la supresión de la hipótesis.
Leibniz
observaba que un juicio hipotético no afirma nada categóricamente, ni la
hipótesis ni la tesis. Al aplicarlo al derecho, consideraba el caso de una ley
sujeta a una determinada condición. Si esta condición es imposible, la ley es
nula. Si la condición es necesaria (por tanto, satisfecha con certeza), la ley
es absoluta. Si la condición es contingente o dudosa, la ley es condicional.
Estos resultados se muestran en la tabla siguiente, que tiene interés por los
valores numéricos 0, 1 y ½ atribuidos a leyes nulas, absolutas y dudosas
respectivamente. El símbolo ½,observaba, representa cualquier
fracción entre 0 y 1.
|
Conditio: |
impossibilis |
contingens |
necessaria |
|
0 |
½ |
1 |
|
|
Jus: |
nullum |
conditionale |
purum |
Lo que hay aquí es la sugerencia de un cálculo de probabilidades. Sin embargo,
ni esta original idea, ni la de juicio condicional dependiente de otros juicios
(es decir, los juicios secundarios que George Boole introduciría de nuevo en el
siglo diecinueve) vuelven a aparecer en los escritos de Leibniz sobre lógica
(Couturat 1901, pp. 552-4).
Tras
obtener el grado de bachiller en derecho Leibniz trabajó en su Habilitationsschrift para
la facultad de filosofía, que llevaba por título Disputaria arithmetica
de complexionibus. Este fue el comienzo de la Dissertatio de
arte combinatoria ( Disertación sobre el arte combinatoria), publicado
en 1666 sin referencia a la universidad. De entre las primeras obras de
Leibniz, la Dissertatio de arte combinatoria (A VI
1, p. 163) sobresalía por su originalidad.
Los nuevos resultados en lógica y matemáticas contenidos en esta obra
proporcionaban el terreno común a sus diversos intereses filosóficos y
señalaban la dirección que seguirían algunos de sus grandes descubrimientos y
proyectos. Escrita antes de haberse iniciado realmente en ninguna ciencia en
concreto (desde luego, no en matemáticas), Leibniz, se arrepintió a menudo de
haber publicado esta obra de juventud. Con todo, por medio de ella dio a
conocer sus descubrimientos y logró que su reputación creciera enormemente
entre los estudiosos de su tiempo [3].
§. De arte combinatoria
En De arte combinatoria Leibniz desarrolló la magnífica idea
que se le había ocurrido en la escuela acerca de un alfabeto del pensamiento
humano. Pensaba que todos los conceptos son únicamente combinaciones de un
número relativamente pequeño de conceptos simples o fundamentales, al igual que
las palabras y las frases no son sino variaciones indeterminadas de
combinaciones de las letras del alfabeto. Por combinación de los conceptos
simples podían llegarse a descubrir todas las verdades que sus relaciones expresaban.
Ello llevó a Leibniz a considerar que la principal aplicación del arte
combinatoria tenía que ser una lógica de la invención, distinta de la lógica
demostrativa tradicional implícita en la silogística de Aristóteles.Leibniz
adoptó el punto de vista, que se convertiría en principio fundamental para la
elaboración de su metafísica, de que todas las proposiciones consisten en una
combinación de sujeto y predicado (o, al menos, pueden reducirse a esta forma).
Así, la lógica del descubrimiento o la invención trataría de encontrar todas
las proposiciones verdaderas en que aparece un concepto dado, ya sea como
sujeto o como predicado; en otras palabras:
I. dado
un sujeto, encontrar todos los predicados posibles, y
II. dado
un predicado, encontrar todos los sujetos posibles.
Leibniz
se inspiró en el enciclopedista catalán Ramón Llull, cuya «Gran Arte» consistía
en un método general que permitía la formación de todas las proposiciones que
podían concebirse. Llull había elaborado una especie de tabla de categorías en
seis series; había distinguido nueve atributos absolutos, nueve relaciones,
nueve preguntas, nueve sujetos, nueve virtudes y nueve vicios. Dado que
desconocía las leyes de la aritmética combinatoria, había utilizado un
procedimiento mecánico para efectuar algunas de estas combinaciones. De esta
forma había construido seis círculos concéntricos con radios crecientes que
rotaban independientemente alrededor de sus centros, y había inscrito los nueve
términos de cada serie en un círculo distinto. A continuación había hecho girar
los círculos; al tomar los seis términos situados sobre el mismo radio en cada
posición, podían obtenerse varias combinaciones. Leibniz aludía al método
mecánico de Llull y hacía referencia a varios inventores que habían utilizado
dispositivos similares. Criticaba la «Gran Arte» por su elección arbitraria de
conceptos, lo artificioso de fijar en nueve el número de cada categoría, y el
hecho de que virtudes y vicios no son conceptos universales o primitivos.
Concluía que la invención de Llull era más un dispositivo útil para la retórica
que una tabla de categorías apropiada para las necesidades de la
filosofía [4].
Leibniz había estudiado los resultados en combinatoria, sobre todo, a partir de
las obras de Daniel Schwenter y Philipp Harsdörffer, aunque también conocía de
primera mano el comentario al texto de astronomía elemental conocido como
la Esfera de Sacrobosco, donde el jesuita matemático y
astrónomo Christoph Clavius trataba de cuestiones de combinatoria (Knobloch
1973, p. 1).
Para las permutaciones Leibniz utilizaba el término variationes ordinis y
distinguía entre combinaciones de distintas clases, reservando el propio
término combinationes para selecciones formadas por dos
objetos. A las selecciones de tres objetos las llamaba " con3nationes" (contemationes) y
así sucesivamente, mientras que a las combinaciones en general las
denominaba complexiones; los números de las clases eran los exponentes. La
tabla de combinaciones (tabla 1.1) elaborada por Leibniz es en esencia el
triángulo de Pascal [5], aunque la
forma de la tabla difiere de otras disposiciones anteriores y Leibniz creía que
el procedimiento de generalizar a partir de mediante la relación
era
original. Cabe observar que en la terminología de Leibniz n es
el número y rel exponente.
La
idea de incluir combinaciones de la primera clase
sí
era original de Leibniz. Que las entradas en la fila correspondiente a r
= 1 (llamadas uniones) pretendían verse como
combinaciones (así como los valores de los numen) lo prueba la
inclusión de estos valores en el número total de combinaciones, 2n -
1, que se da en la fila marcada con "*". Otro rasgo interesante de la
tabla es que implica
como
lo indica la fila de unos correspondiente al valor r = 0.
Dado que esta fila está separada de las correspondientes a complexiones,
y que sus unos no están sumados a los totales dados en la fila marcada con
"*", está claro que Leibniz no consideraba que la clase del cero
definiera una clase de complexiones. Evidentemente, la fila
marcada con "u" indica simplemente que, cuando se añade 1 al número
total de combinaciones de cada clase, el resultado es 2n.
Algunas de las aplicaciones de la combinatoria que Leibniz describe incluyen
ejemplos tomados del derecho, del registro musical de un órgano y de la teoría
aristotélica de la generación de los elementos a partir de las cuatro
cualidades primarias [6]. Puesto que
los elementos se generan al combinarse dos cualidades, parecería que el número
de elementos posibles ha de ser
Pero
cualidades opuestas son incompatibles, con lo cual dos combinaciones de entre
las posibles no tienen aplicación y sólo restan cuatro: las correspondientes a
la tierra, el agua, el aire y el fuego. Al considerar las permutaciones de
posiciones relativas en un círculo, Leibniz introdujo una idea nueva. Entre los
ejemplos que mencionaba se encuentra la aplicación de permutaciones con
repetición a la combinación de letras en una palabra y de notas musicales en
una melodía.
Las aplicaciones filosóficas eran para Leibniz más importantes que los
resultados matemáticos. Tras hacer referencia a la ingeniosa idea de Hobbes de
que todo razonamiento es un cálculo, Leibniz hizo su propio intento de formular
los rudimentos de un cálculo lógico. Suponía que un cierto número de conceptos
simples constituye el alfabeto del pensamiento humano (mencionado antes). Para
ilustrar esta idea se valía de un ejemplo en el que los números 3, 6, 7 y 9
representaban cuatro conceptos simples. Estos constituían la primera clase. Una
segunda clase de conceptos nuevos se construía formando las combinaciones de
pares de conceptos simples tomados en orden; estos conceptos estaban
representados por 3.6, 3.7, 3.9, 6.7, 6.9 y 7.9. De manera análoga, se formaba
una tercera clase tomando combinaciones de triplos. Uno de ellos es 3.6.9, que
también viene dado por ½.9, 3/2.6 ó 5/2.3
(donde p/q estaba por el término p-ésimo de la
clase q -ésima).
Así, existían varias expresiones para un mismo objeto y su equivalencia se
verificaba al descomponerlas en los términos que representaban los conceptos
simples. Leibniz suponía entonces que los conceptos complejos se construían a
partir de los simples por un método de combinaciones análogo al de la
multiplicación en aritmética.
Como ejemplo de aplicación de esta lógica del descubrimiento, Leibniz intentó
definir los conceptos elementales de la geometría mediante combinaciones de
términos primitivos. Tomaba como conjunto de términos primitivos (denotado como
Clase 1) veintisiete ítems que incluyen los siguientes:
1
Punctum, 2 Spatium, 3 Intersitum,...9 Pan, 10 Totum, ...,
14 Numerus, 15 Plura, ..., 20 Fit, ...
A
partir de éstos construía veinticuatro clases de definiciones, parte de las
cuales incluían:
Clase
II.1. Quantitas est 14 τών 9(15) que
significa
«La cantidad es el número de las partes (varias)».
Clase III. 1. Intervallum est 2.3.10 que significa
«El intervalo es el espacio total incluido».
Clase IV.3. Linea, 1/3τών 1(2) que significa
«La línea es el intervalo entre dos puntos».
Importa
observar que los números cardinales se colocaban entre paréntesis para
distinguirlos de los números simbólicos y que el número de clase de una
definición era la suma de los denominadores de los números simbólicos, tomando
los enteros como fracciones con denominador uno. Importa observar también que
el griego proporcionaba las partículas lingüísticas que faltaban en latín.
Leibniz comparaba lo anterior a una escritura o lenguaje universal similar a la
escritura egipcia o la china, donde las ideas se representan mediante una
combinación de signos que se corresponden con las partes que las componen. Este
sistema era el primer paso hacia la característica universal que estaba
buscando y que no sólo proporcionaría una representación directa de las ideas,
sino que permitiría además razonar y demostrar mediante un cálculo análogo a
los de la aritmética y el álgebra.
Para alcanzar este objetivo sería preciso reemplazar verbos, preposiciones,
artículos y casos por signos. A Leibniz esto le parecía en principio posible,
puesto que los ítems en cuestión representaban relaciones y las relaciones,
bajo su punto de vista, podían reducirse a predicados de sujetos. El análisis
que se necesitaría a continuación habría de hacerse extensivo incluso a la
Clase I, pues esta incluía términos que representaban tanto relaciones como
categorías.
Como apéndice a su ensayo, y después de la sinopsis, Leibniz incluía una
demostración de la existencia de Dios, desarrollando el argumento ontológico
según el modelo de demostración euclídea. Es probable que encontrara en Weigel
inspiración para esta prueba; causa extrañeza, sin embargo, que su profesor en
Jena no aparezca mencionado en ningún punto en De arte combinatoria.
§. Graduación como Doctor en Derecho
A pesar de su erudición y de la reputación académica de que gozaba en su propia
ciudad y fuera de ella, la Universidad de Leipzig le negó a Leibniz el grado de
doctor.Su propia explicación arroja alguna luz sobre las oscuras circunstancias
de esta extraña decisión. Además de los profesores, la facultad de derecho de
Leipzig incluía a doce ayudantes, que se elegían por orden de antigüedad de
entre los doctores en derecho de la universidad. Dado que una admisión temprana
al cuerpo de la facultad representaba una ayuda evidente a su carrera, algunos
candidatos al grado de doctor intrigaban para eliminar a sus rivales; para
ello, se aseguraban de que la graduación de los candidatos más jóvenes se
pospusiera. Leibniz cuenta que la mayor parte del cuerpo de la facultad estaba
de acuerdo en posponer su graduación; como consecuencia de ello, decidió
cambiar de planes y dejar Leipzig (P, p. 169). Pero su secretario,
Eckhart, daba otra versión de este mismo suceso; afirmaba que Leibniz le había
contado muchas veces que fue la esposa del decano, movida por antipatía hacia
él, quien convenció a su marido para que rehusara concederle el doctorado (Ross
1974, p. 222).
A comienzos de octubre de 1666 Leibniz se matriculó en la facultad de derecho
de la Universidad de Altdorf, situada en la pequeña república de Nüremberg. Sin
más tardanza presentó su disertación,De casibus perplexis in jure(Sobre
casos difíciles en derecho), que ya había elaborado en Leipzig. La obra se
publicó en noviembre de 1666 (A VI 1, p. 231). El 22 de
febrero de 1667 recibió formalmente el grado de doctor, como él mismo cuenta, a
los veintiún años y por unanimidad. Al describir las circunstancias de la
defensa oral, señalaba que la audiencia había mostrado admiración por la
claridad y penetración de su exposición y que incluso sus oponentes se
declararon extraordinariamente satisfechos. Desde Leipzig recibió la
felicitación de sus profesores Thomasius y Schwendendörffer.
Al hablar en su disertación de la noción de «caso», Leibniz establecía un
paralelo (citando a Weigel) entre los geómetras, primeros en utilizar el
término, y los juristas. Contrariamente a esos profesionales del derecho que
creían que no había solución posible para algunos casos difíciles con que
tropezaban, o que tomaban una decisión echándola a suertes o aceptando la
opinión personal de un árbitro, Leibniz sostenía que el derecho siempre tiene
una respuesta. Pues en los casos dudosos era a la razón natural a quien debía
invocarse en busca de ayuda, y las decisiones debían basarse en los principios
de la ley natural y el derecho internacional, que limitan y determinan el
derecho civil. Leibniz resolvía algunos ejemplos de casos difíciles con enorme
habilidad y dominio técnico.
Las autoridades de Nüremberg quisieron obtener los servicios de tan brillante y
joven estudioso para la Universidad de Altdorf. Leibniz cuenta cómo el ministro
responsable de la educación, Johann Michael Dilherr, le hizo saber que podía
asegurarle un pronto nombramiento como profesor si sentía inclinación por ello.
Pero Leibniz declinó el ofrecimiento, alegando que su espíritu le guiaba en una
dirección completamente distinta (P, p. 170). Al parecer había
llegado a la conclusión de que la reforma y mejora de las ciencias, de acuerdo
con el modelo que tenía en mente, no podía lograrse dentro del recinto de una
universidad.
Capítulo 2
Primeros pasos en el mundo de la política y la enseñanza (1667-1672)
Contenido:
El
proyecto polaco
§. Estudios de teología y filosofía
§. Cartas a Thomasius
§. Comisiones para Boineburg
§. La edición de Nizolius
§. Ensayos sobre el movimiento
§. Correspondencia con el duque Juan Federico
§. Visita a Estrasburgo
§. El proyecto egipcio
Una
vez finalizados sus estudios universitarios, cuenta Leibniz, partió de viaje
con la intención de llegar más allá de Holanda; pero a su paso por Maguncia
conoció al elector Juan Felipe de Schönborn, quien le nombró juez del Alto
Tribunal de Apelación, el más alto tribunal del Electorado y la Archidiócesis,
cuando apenas tenía veinticinco años de edad (MK, p. 11).
Antes de ocupar su residencia en Maguncia, Leibniz ya había encontrado un
director y un amigo en el distinguido hombre de Estado barón Johann Christian
von Boineburg; este había sido durante mucho tiempo ministro de Schönborn, pero
en 1668 una intriga de Francia había causado su cese.
A comienzos de 1668, momento en que Leibniz llegó a Maguncia, Boineburg se
había reconciliado con el elector gracias al matrimonio de su hija mayor con el
sobrino del elector, el barón von Schönborn. El encuentro de Leibniz con
Boineburg tuvo que ser anterior a la reconciliación, pues en carta a Hermann
Conring fechada el 26 de abril de 1668 Boineburg comentaba que conocía a
Leibniz muy bien y que el joven y brillante estudioso estaba residiendo en
Maguncia por recomendación suya. No obstante, las circunstancias del primer
encuentro entre Leibniz y Boineburg son algo oscuras. Según una de las
versiones, habrían coincidido por casualidad en una posada de Nüremberg; según
otra, Leibniz le habría sido presentado a Boineburg por un alquimista amigo
suyo.
Como muchos otros estudiosos de su tiempo, Boineburg estaba algo interesado en
la alquimia. Es cierto que Leibniz formó parte, durante un breve período de
tiempo, de una sociedad alquímica de Nüremberg; pero se han conservado muy
pocos datos fiables de este período de su vida.
En una carta escrita muchos años después, Leibniz explicaba que fue en
Nüremberg donde le introdujeron en el estudio de la química, y que no lamentaba
haber aprendido de joven cosas que deben mirarse con precaución (Ross 1974, p.
242). Pues estos conocimientos le fueron de utilidad más tarde, cuando alguno
de los príncipes que trató, maestro alquímico, le sugirió que llevara a cabo
una investigación en el campo de la química. Johann Georg Eckhart, secretario y
primer biógrafo de Leibniz, cuenta que Leibniz le decía a menudo que había
logrado ingresar en la sociedad alquímica valiéndose de un engaño.
De acuerdo con su relato, Leibniz escribió una carta utilizando una
terminología alquímica oscura que él mismo no entendía y la envió al clérigo
que ocupaba el cargo de presidente solicitando su admisión. El clérigo creyó,
por la carta, que Leibniz era un verdadero adepto, y no sólo le permitió entrar
en el laboratorio sino que le ofreció un puesto remunerado como ayudante y
secretario, a lo que Leibniz accedió.
Otra versión sugiere que fue Daniel Wülfers, a quien Leibniz visitó a menudo en
Nüremberg, el que le introdujo en la sociedad. En esta misma ciudad Leibniz
conoció a otros eruditos. Parece plausible que fuera el propio Leibniz quien,
en años posteriores, inventó la historia del engaño para quitar importancia a
su temprano interés por la alquimia.
Tampoco hay razones para creer que la sociedad fuera rosacruz, como se sugirió
al principio en el siglo XIX; sí podría haber nacido a raíz de la división del
movimiento rosacruz que tuvo lugar en la primera parte del siglo XVII.
Durante los pocos meses que perteneció a la sociedad alquímica, Leibniz pudo
haber residido en Nüremberg, que está a unas pocas horas de viaje desde
Altdorf. Sin embargo, el 25 de noviembre de 1667 ya había establecido su
residencia en Frankfurt; quizá lo hizo a instancias de Boineburg, que en ese
momento vivía allí. Durante el viaje, Leibniz escribió elNova methodus
discendae docendaeque jurisprudentiae(Nuevo método de aprendizaje y enseñanza
de la jurisprudencia),que dedicó al elector de Maguncia con la esperanza de
obtener un puesto en la Corte. El mismo explicó que, aunque la obra contenía
algunas buenas ideas, había sido escrita en posadas sin la ayuda de otros
textos, y era más un guión que un texto bien redactado. La obra se publicó en
Frankfurt como anónimo a finales de 1667.
Entre quienes acogieron favorablemente las nuevas ideas expuestas en la obra de
Leibniz se encontraba el conocido estudioso Hermann Conring, a quien Boineburg
había enviado una copia pidiéndole su opinión. La obra está dividida en dos
partes. La primera trata del aprendizaje y el estudio en general, y la segunda
de jurisprudencia en particular; ésta incluye un análisis filosófico de los
principios del derecho, así como la propuesta de una nueva asignatura que
ayudaría a los alumnos a adquirir a la vez los fundamentos teóricos y
competencia práctica. Leibniz creía que el arte del juicio podía reducirse, en
su generalidad, a las dos reglas siguientes (A VI 1, p. 279):
1. No
aceptar ningún término sin definición.
2. No
aceptar ninguna proposición sin demostración.
Añadía
que estas reglas tenían un carácter más absoluto que las cuatro reglas
cartesianas del Discours de la méthode (al no disponer de los
textos, las localizó erróneamente en las Meditationes de prima
philosophia). Rechazaba la primera regla de Descartes —que aquello que
se percibe clara y distintamente es verdadero— por considerar que inducía a
error. Cuando se aplican a la interpretación del derecho, las dos reglas de
Leibniz requieren, en primer lugar, determinar el sentido de cada palabra; y,
en segundo lugar, determinar la intención de la legislación.
En la segunda parte Leibniz adoptaba, en su tratamiento de la jurisprudencia,
las mismas divisiones de la teología, y apelaba para ello a las analogías entre
los dos campos. Así, tomaba en consideración sucesivamente los aspectos
didácticos, históricos, exegéticos y polémicos de la jurisprudencia. Junto a la
exégesis, donde distingue entre el análisis filosófico de los principios y la
interpretación del derecho basada en dicho análisis, la línea de estudio que
propone incluye también la polémica, bajo la forma de discusiones sobre los
casos llevadas como en un juicio, lo que constituiría una preparación práctica
excelente (Kalinowski 1977).
Leibniz presentó la obra personalmente al elector de Maguncia, quien le invitó,
a cambio de un salario semanal, a ayudar al asesor de la Corte y consejero
privado Hermann Andreas Lasser en la mejora del código civil romano, con el fin
de adaptarlo a las necesidades del Estado. Juntos elaboraron en 1668 un
programa para abordar la tarea y, mientras el trabajo estuvo en curso, Leibniz
residió junto a Lasser; hay evidencia de esto en una carta de Boineburg a
Conring fechada el 22 de abril de 1670, en la que el primero señalaba que
Leibniz estaba viviendo en Maguncia con Lasser. Los pagos se hicieron durante
algún tiempo pero después cesaron, por lo que a principios de 1669 Leibniz tuvo
que recordarle al elector su promesa y solicitar el pago de atrasos que no
había recibido (A Vl.p. 20).
§. El proyecto polaco
Además de ayudar a Lasser, Leibniz desempeñó ocasionalmente las funciones de
secretario, asistente, bibliotecario, abogado y consejero de Boineburg, al
tiempo que se convertía en amigo personal del barón y su familia. Poco después
de su reconciliación con el elector de Maguncia y su regreso a la Corte,
Boineburg se responsabilizó de una importante misión diplomática para la cual
su independencia de cualquier facción política era un mérito añadido.
La abdicación de Juan Casimiro, rey de Polonia, hacía necesario elegir un nuevo
rey. El palsgrave de Neuburg, que contaba con el apoyo del elector de Maguncia,
pidió a Boineburg que se responsabilizara de una misión en Polonia en apoyo de
su candidatura. Leibniz pasó el invierno de 1668 catalogando la biblioteca del
barón y elaborando un documento para esta misión polaca. El documento adoptó la
forma de un escrito titulado Specimen demonstrationum politicarum pro
rege Polonorum eligendo (Modelo de indicaciones políticas para la elección de
rey en Polonia) (A IV 1, pp. 3-98), supuestamente publicado en Vilna
(Lituania) por un noble polaco desconocido, Georgius Ulicovius Lithuanus, en el
cual se exponían las alegaciones del palsgrave. Tanto Boineburg como Schönborn
debieron dar el visto bueno al engaño. Tras hacer referencia en el prólogo al
ideal de demostración matemático introducido en la ciencia por Galileo,
Descartes, Hobbes y Bacon, el ficticio autor aplica este método al problema
político de la elección y lo resuelve a favor del palsgrave de Neuburg (Voisé
1967).
En el curso de la argumentación, las consideraciones éticas y políticas pasaban
a ser elementos de un cálculo de probabilidades; en años posteriores, Leibniz
valoró el escrito por ese único motivo.
La obra se publicó en Königsberg y no en Vilna, como se decía en la
portada (A IV 1, p. xviii). Además, y como resultado de
retrasos imprevistos, sólo pudo salir a la luz después de que, el 19 de junio
de 1669, se hubiera tomado la decisión; pero la alocución de Boineburg en apoyo
del palsgrave de Neuburg se basó en los argumentos de Leibniz (Guhrauer 1846 1,
apéndice, p. 13). La fecha de 1659 erróneamente impresa en la portada ha hecho
pensar que Leibniz pretendía inducir al lector a creer que la obra se había
escrito diez años antes con visión profética. Pero esto es un error, pues a
cada paso se encuentran referencias a acontecimientos que tuvieron lugar
después de 1659 y que cualquier lector conocía.
§. Estudios de teología y filosofía
Al tiempo que se preparaba para la misión polaca, Boineburg pidió a Leibniz que
elaborara una respuesta a la carta que había recibido en 1665 del socinista
polaco Andrés Wissowatius [7].
En la respuesta que escribió para Boineburg, tituladaDefensio Trinitatis per
nova reperta lógica(Defensa de la Trinidad a partir de nuevos argumentos) (A VI
1, pp. 518-30; cf. Korcik 1967), Leibniz no introducía una nueva base
especulativa para el misterio de la Trinidad, sino que ponía al descubierto
errores en la dialéctica de Wissowatius. El propio Boineburg era un piadoso
converso al catolicismo que durante años había trabajado sin éxito por la
reunificación de las Iglesias luterana y católica en Alemania. Leibniz seguía
siendo luterano, pero también quería la reunificación de las Iglesias. Ambos
estaban firmemente resueltos a trabajar contra los enemigos comunes del
cristianismo y la religión. Poco después de su primer encuentro Leibniz había
enviado a Boineburg un ensayo sin título ni número de referencia, escrito en
una posada sin elaboración previa, en el que defendía la existencia de Dios y
la inmortalidad del alma contra materialistas y ateos. Importa recordar que dos
años antes había otorgado a la demostración de la existencia de Dios un lugar
prominente en De arte combinatoria. El ensayo pasó por las
manos de Boineburg y por muchas otras más, hasta que finalmente llegó a las del
teólogo augsburgo Gottlieb Spitzel, quien lo publicó en 1669 sin conocer la
identidad de su autor en la Epístola ad Reiserum de eradicando atheismo bajo
el título Confessio naturae contra atheistas (Confesión de la
naturaleza contra los ateos) (A VI 1, pp. 489-93).
En la primera parte del ensayo, que trata de la demostración de la existencia
de Dios, Leibniz intenta probar que los cuerpos no pueden existir por sí mismos
sin un principio incorpóreo. En esa época había aceptado la filosofía mecánica
en el sentido general en que la entendía Robert Boyle, quien veía las doctrinas
de Gassendi y Descartes como constitutivas de una única filosofía corpuscular a
la que también pertenecían Galileo, Bacon y Hobbes.
Tras definir los cuerpos como aquello que existe en el espacio, Leibniz pasa a
demostrar que las cualidades de tamaño, forma y movimiento no pueden deducirse
de la naturaleza de los cuerpos y concluye que dichas cualidades no pueden, por
tanto, existir en cuerpos abandonados a sí mismos. Si bien es verdad que tamaño
y forma surgen de los límites del espacio en el cual un cuerpo existe, no hay
nada en la definición de cuerpo —aquello que existe en el espacio— a partir de
lo cual puedan deducirse un tamaño y una forma determinados. De igual manera,
la movilidad nace de la naturaleza de los cuerpos, pero no así un movimiento
determinado; para este último debe haber alguna razón. Explicar estas
cualidades como efecto de otros cuerpos no resuelve nada, pues ello sólo
llevaría a una regresión al infinito. Tampoco es posible encontrar en la
definición de cuerpo la causa de la cohesión de las partículas últimas. Sería
absurdo atribuir la cohesión al vacío entre las partículas, pues en ese caso
cuerpos puestos en contacto una única vez serían inseparables. Si se postulan
ganchos y anillos, sólo se está transfiriendo el problema a la explicación de
la cohesión de las partículas que constituyen estos mecanismos. Se precisa, por
tanto, un principio incorpóreo para explicar las propiedades cuantitativas de
los cuerpos, ya que si se les abandona a sí mismos no tendrían ni tamaño ni
forma determinados ni un movimiento absoluto. Leibniz supone que la unidad de
este principio incorpóreo, al que identifica con Dios, es la causa de la
armonía de todas las cosas entre sí. Vale la pena observar que en estas ideas
ya están contenidos los importantes principios leibnizianos de razón suficiente
y armonía preestablecida.
En la segunda parte del ensayo, Leibniz expone la demostración de la
inmortalidad del alma a la manera de los eslabones de una cadena. El argumento
puede resumirse como sigue. La actividad del alma es el pensamiento y el
pensamiento (la experiencia inmediata de la conciencia) no tiene partes. Si una
actividad no tiene partes, entonces no es movimiento; pues, como establecen la
demostración de Aristóteles y el acuerdo ordinario, todo movimiento tiene
partes. Puesto que el movimiento es la actividad de los cuerpos, algo cuya
actividad no consiste en movimiento no es un cuerpo. Esto prueba que el alma es
incorpórea, por lo cual Leibniz concluye que no se da en el espacio. Por tanto,
es indisoluble, pues la disolución es movimiento de las partes. Es además
incorruptible, pues la corrupción es disolución en el tiempo. Por consiguiente,
es inmortal. El argumento es similar al que da Platón basándose en la unidad
del alma (Fedón 100C-105E, Fedro 245C-246A).
Leibniz aludía a este ensayo en una carta del 30 de abril de 1669 dirigida a su
profesor Jacob Thomasius. Tras mostrar su preocupación por el hecho de que
muchos hombres brillantes a los que conocía eran ateos, observaba que, si bien
no desaprobaba que Spitzel hubiera publicado el ensayo, sí lamentaba el
confusionismo que algunos cambios hechos en lo que había escrito habían
introducido en su demostración de la inmortalidad del alma. Leibniz solicitaba
encarecidamente a su profesor la opinión que esta demostración le merecía y
añadía que, después de escribir el ensayo, había sido capaz de penetrar con
mayor profundidad en los problemas que allí se trataban. Esta carta de Leibniz,
escrita con motivo de la publicación de la segunda edición de la obra de
Thomasius sobre historia de la filosofía antigua, es particularmente valiosa
para conocer la evolución de su pensamiento; pues contiene lo que podría
describirse como primer esbozo de su propia filosofía, si bien algunas de las
ideas ya habían aparecido en una carta anterior a Thomasius y en la Confesión
de la naturaleza contra los ateos.
§. Cartas a Thomasius
En las cartas a Thomasius (A II 1, pp. 10-11, 14-24) Leibniz
intentaba mostrar que Aristóteles estaba notablemente de acuerdo con los
filósofos modernos, con cuyas ideas en general coincidía, y que las oscuridades
atribuidas en ocasiones a Aristóteles no eran sino producto del pensamiento
algo confuso de los escolásticos. Únicamente rechazaba la afirmación de
Aristóteles de la imposibilidad del vacío, algo acerca de lo cual los modernos
estaban divididos. Para Leibniz, ni el vacío ni el lleno eran necesarios.
Había, desde luego, evidencia a favor del vacío en el experimento de Guericke
de 1654. Aunque se mostraba de acuerdo con los filósofos modernos en que solo
debían utilizarse magnitud, figura y movimiento para explicar las propiedades
de los cuerpos, Leibniz establecía una diferencia entre Descartes y otros
modernos como Bacon, Hobbes y Gassendi [8]y, tras
declarar que él no era cartesiano, rechazaba el concepto cartesiano de materia
como mera extensión. Leibniz sostenía que la materia prima era la propia masa,
que consistía en extensión e impenetrabilidad. Aunque utilizaba el término
masa (massa), nada sugiere aún que la materia posea la
propiedad de la inercia. Tras aceptar la definición aristotélica de cuerpo como
lo constituido por materia y forma, Leibniz consideró que la forma era
simplemente la figura. Afirmó además que seguía a Aristóteles al suponer que el
espacio, del cual las figuras son determinaciones, es sustancia. Así, en esta
etapa Leibniz consideraba el espacio como una entidad real. De hecho veía en el
espacio algo casi más real que los cuerpos: pues el espacio puede existir sin
los cuerpos, pero no los cuerpos sin el espacio. Para Leibniz, por
consiguiente, la forma sustancial de los cuerpos —aquello que los distingue
entre sí— era su figura. Pensaba que a partir de las nociones de cuerpo y forma
sustancial podía deducirse una demostración matemática (es decir, una prueba a
la manera de Euclides) de la necesidad de un motor incorpóreo. Pues, dado que
los cuerpos no constan sino de materia y figura y que de estos conceptos no
puede deducirse una explicación del movimiento, era preciso que la causa del
movimiento se encontrara fuera de los cuerpos; se trataba, por tanto, de la
mente. Importa observar que la impenetrabilidad sólo implica movilidad, y no un
movimiento determinado en sí mismo. Pero Leibniz añade que, si se admiten
formas incorpóreas y cuasi-espirituales (como las concebidas por los
escolásticos) mediante las cuales los cuerpos pueden moverse por sí mismos,
entonces el camino hacia una demostración de la existencia de un primer motor,
Dios, quedaba cerrado.
Para Leibniz, por tanto, la mente era el primer principio del movimiento.
Figura, magnitud y movimiento eran propiedades de los cuerpos causadas por la
mente. El problema que planteaba la filosofía mecánica era si todos los cambios
sufridos por un cuerpo pueden explicarse únicamente en términos de estas
propiedades: figura, magnitud y movimiento. Leibniz y los filósofos modernos
respondieron afirmativamente. Leibniz explicaba en primer lugar que, si la masa
o materia primera hubiese sido creada discontinua o separada en partes por la
intervención del vacío, inmediatamente habrían surgido determinadas formas
concretas de materia: es decir, cuerpos. Si, por el contrario, la materia
hubiera sido en su origen continua, entonces la división en cuerpos sólo podría
haber sido causada por el movimiento. Pues el movimiento relativo de las partes
señalaría los límites de los cuerpos y les daría así una figura y una magnitud
determinadas. También el movimiento podía explicar los cambios introducidos en
los movimientos de los cuerpos. Pues, debido a la impenetrabilidad de la
materia, un cuerpo debe apartarse cuando otro lo golpea, o bien causar su
reposo. Leibniz suponía que, cuando un cuerpo se mueve porque ha chocado con
otro, este segundo era la causa del movimiento impreso en el primero, pero que
era la propia figura de éste primero la que causaba el movimiento recibido. Por
ejemplo, una esfera se aparta con más facilidad que un cuerpo igual que posea
distinta figura cuando otro cuerpo les golpea en un choque. Leibniz aceptaba,
como él mismo señala, que la forma es el principio del movimiento del cuerpo
del cual es forma, y que el propio cuerpo es el principio del movimiento de
otros cuerpos. Pero añade que el primer principio del movimiento es la mente,
que constituye la causa eficiente.
Leibniz creía que los filósofos modernos habían demostrado suficientemente que
todos los cambios de un cuerpo podían explicarse en términos de movimientos
locales, de manera que el calor y el color, por ejemplo, eran meros efectos de
movimientos sutiles. Sin embargo, y como ya se ha señalado, el movimiento en sí
mismo no puede deducirse de la naturaleza de los cuerpos. Leibniz concluía que,
por tanto, no hay en los cuerpos un movimiento que pueda considerarse una
entidad en sentido estricto. Leibniz había definido el movimiento como cambio
en el espacio y le parecía que éste sólo podía estar causado por una recreación
de los cuerpos que tenía lugar en cada instante en que pudiera asignárseles un
movimiento. Creía que la idea de una creación continua era a un tiempo novedosa
y claramente necesaria; servía, además, para acallar a los ateos.
Leibniz señalaba que la mente imprime movimiento a la materia con el fin de
obtener figuras y estados de cosas gratos y buenos. Hace esta afirmación
después de introducir algunas reflexiones sobre la belleza de la armonía
existente entre las ciencias y, con ello, está abriendo camino a la Teodicea, que
sería su filosofía definitiva. Leibniz explicaba que la teología y la filosofía
se ocupan de la causa eficiente (la mente); la filosofía moral —es decir: la
ética o el derecho, que eran, como había aprendido de Thomasius, una y la misma
ciencia— de la causa final (el bien), y las matemáticas de la forma o figura;
frente a ellas, la física se ocupa de la materia de las cosas y su única
modalidad, el movimiento, que resulta de la combinación de la materia con las
otras causas.
§. Comisiones para Boineburg
A su regreso de la infructuosa misión en Polonia, Boineburg encargó a Leibniz
que trabajara en una nueva edición del libro Anti-Barbarus seu de veris
principiis et vera ratione philosophandi contra Pseudophilosophos (Sobre los
principios y el razonamiento verdaderos en filosofía contra
pseudofilósofos), del italiano Marius Nizolius, que había sido
publicado por primera vez en 1553. La nueva edición, que contiene un prólogo de
Leibniz especialmente interesante para su filosofía del lenguaje, apareció en
la Feria del Libro de Frankfurt en abril del año siguiente, 1670.
En agosto de 1669 Leibniz acompañó a Boineburg en su visita a Bad Schwalbach,
donde su patrón iba a seguir un tratamiento. Allí coincidió con el jurista
Erich Mauritius, quien llamó su atención acerca de las publicaciones de
Christopher Wren y Christiaan Huygens en las Philosophical Transactions sobre
choques de cuerpos; éstas dieron lugar a la obra de Leibniz Hypothesis
physica nova ( Nuevas hipótesis físicas). Leibniz
comenzó a redactar un primer borrador en Bad Schwalbach. Después lo revisó y
amplió, como consecuencia sobre todo de su estudio intensivo de Hobbes en 1670,
y la obra se publicó como anónimo (bajo las iniciales G.G.L.L.) en
1671. Adoptó la forma final de dos ensayos complementarios titulados Theoria
motus concreti y Theoria motus abstracti, que dedicó
respectivamente a la Royal Society de Londres y a la Academia Real de Ciencias
de París.
finales de 1669 y por recomendación de Christian Habbeus Von Lichtenstern,
embajador de Suecia en Frankfurt, el duque Juan Federico invitó a Leibniz a
Hannover. Pero éste declinó la invitación, sin duda porque prefería vivir y
trabajar con Lasser en la reforma del código civil y asistir a su patrón y
amigo Boineburg en múltiples tareas; mientras, esperaba obtener un puesto en la
Corte de Maguncia, lo que se hizo pronto realidad con su nombramiento para el
Alto Tribunal de Apelación. En agosto de 1670 acompañó de nuevo a Boineburg a
Bad Schwalbach, donde sus conversaciones en torno a la preservación de la paz
en Europa dieron lugar a la primera formulación de la idea de un «Consilium
Aegyptiacum», un proyecto diplomático secreto que habría de llevarle
finalmente a París.
§. La edición de Nizolius
Tras realizar por encargo de Boineburg la nueva edición de Nizolius, obra cuyo
único interés era de tipo histórico (y en la cual Leibniz detectó varios
errores), aprovechó la oportunidad y utilizó esta publicación como vehículo
para la difusión y aclaración de algunas ideas propias. Así, en el prólogo
declaraba que era su intención, aunque fuera a través de la obra de otro autor,
contribuir en alguna medida a la instauración de una mejor filosofía, algo que
los esfuerzos conjuntos de los mayores genios del momento ya estaban
impulsando (GP 4, pp. 129-74).
Leibniz había visto en la obra de Nizolius dos aportaciones valiosas que
justificaban una nueva edición de la misma. En primer lugar, su estilo
literario presentaba las cualidades requeridas para hacer posible un discurso
filosófico más claro. En segundo lugar, y al igual que los reformadores de la
filosofía moderna, Nizolius era nominalista. Los nominalistas sostenían, como
Leibniz recordaba a sus lectores, que las cosas que no fueran sustancias
individuales no eran sino nombres. Con todo, uno de los errores más serios que
Leibniz descubría en Nizolius concernía a la naturaleza de los universales. Si,
como sostenía Nizolius, los universales no eran sino colecciones de individuos,
sólo se podría adquirir conocimiento por inducción y no por demostración. De hecho,
Nizolius había llegado a esta misma conclusión; pero para Leibniz el
conocimiento no sería entonces posible. Según Leibniz, se precisaba la ayuda de
proposiciones universales que no dependieran de la inducción, sino de una idea
universal o una definición de los términos. Afirma que bastaría con lo
siguiente:
1. Si
la causa es en todos los casos la misma o similar, el efecto será en todos los
casos el mismo o similar.
2. No
se supondrá la existencia de algo que no se percibe mediante los sentidos.
3. Si
algo no se asume, no se tomará en consideración en la práctica mientras no haya
sido probado.
La
primera proposición corresponde a lo que después se denominó el principio de
uniformidad de la naturaleza. Leibniz añade que, incluso con la ayuda de estas
proposiciones, no cabe esperar una certeza absoluta a partir de la inducción.
Pero el mayor desliz que Leibniz encontró en Nizolius fue su atribución de los
errores de los escolásticos al propio Aristóteles. Para responder a esta
incorrecta interpretación que Nizolius hacía de Aristóteles, Leibniz hizo
imprimir a continuación de su prólogo la carta que había escrito a Thomasius;
de esta forma daba a conocer un esbozo de su propia filosofía.
Nizolius merecía el reconocimiento de Leibniz por su defensa de que todo lo que
no pudiera ser descrito con palabras simples en la lengua vernácula debía
considerarse como inexistente, ficticio e inútil. Quizá teniendo en mente el
ejemplo de Weigel durante su época de estudiante en Jena, Leibniz explicaba
cómo algunos filósofos invitaban a sus oponentes a explicar significados en una
lengua viva y hasta qué punto los últimos se mostraban confusos cuando lo
intentaban. Evidentemente, lo oscuro del estilo filosófico escolástico no
residía en su traducción a una lengua vernácula; por esta razón, sugería
Leibniz, este estilo se había vuelto obsoleto en Inglaterra y Francia, donde
los estudiosos usaban la lengua vernácula. Creía que el alemán, aunque
compatible con la verdadera filosofía, no se ajustaba bien como forma de
expresión a las ficciones escolásticas y, dado que éstas solo se habían
desestimado recientemente, se había tardado en hacer un uso filosófico de él.
Leibniz sostenía que una mayor claridad, tanto en alemán como en latín, se
conseguía con palabras corrientes que mantuvieran su uso común. Aunque admitía
que no había ciencia que no reuniera términos técnicos —por ejemplo, cuando la
materia tratada no fuera inmediatamente obvia al entendimiento o de uso
frecuente—, estos términos debían evitarse en la medida de lo posible, ya que
siempre contenían cierta oscuridad. A fin de lograr un estilo filosófico claro,
Leibniz recomendaba evitar las jergas y preferir los verbos concretos antes que
los nombres abstractos. Afirmaba que Aristóteles se había guiado en general por
estos principios.
§. Ensayos sobre el movimiento
En Hypothesis physica nova(GP 4, pp. 177-240) Leibniz
continuaba desarrollando las líneas principales de su filosofía contenidas en
la carta a Thomasius. La idea de distinguir dos tipos de movimiento, uno
concreto y otro abstracto, era esencialmente cartesiana. Si bien el problema
consistía en explicar el movimiento concreto, el movimiento tal y como tiene
lugar en el mundo —por ejemplo, en los experimentos sobre choques elásticos
debidos a Wren y a Huygens—, tanto Descartes como Leibniz establecían, como
primer paso a dar, la formulación de los principios básicos del movimiento en
sí mismo, es decir, del movimiento abstracto. Ni la masa ni la elasticidad
intervienen en la determinación del movimiento en sí mismo. Se considera a la
materia prima impenetrable y extensa, como en la carta a Thomasius, pero en la
teoría de Leibniz del movimiento abstracto un cuerpo en reposo evita la
penetración simplemente al moverse; no se sugiere, en cambio, ninguna
resistencia inherente o esencial al movimiento.
Leibniz comienza su investigación de los principios fundamentales del
movimiento abstracto tomando en consideración el problema del continuo [9]. Puesto que el
continuo es divisible hasta el infinito, concluye que existen realmente una
infinidad de partes; lo indefinido en Descartes sería, por el contrario, una
idea sin correspondencia con la realidad. Lo que no existe, sin embargo, es un
mínimo en el espacio o en los cuerpos; es decir, no hay ninguna parte en ellos
de magnitud cero. Esto es así porque la existencia de este mínimo entrañaría
tantos mínimos en la parte como en el todo, lo que para Leibniz suponía una
contradicción. No obstante, deben existir seres indivisibles o inextensos, pues
en otro caso los cuerpos y el movimiento no tendrían ni comienzo ni final.
Leibniz tenía en mente los indivisibles de Cavalieri, es decir, comienzos de
líneas o figuras más pequeños que cualquier magnitud dada. El problema del
continuo que Leibniz se esforzaba en resolver puede enunciarse básicamente como
sigue. Los puntos geométricos, considerados como partes del espacio de magnitud
cero, no existen. Por ello, si hay que definir el comienzo y el final de un espacio
y un cuerpo dados es preciso investir a estos puntos geométricos inextensos de
algún tipo de realidad. Este es el problema que condujo finalmente a Leibniz a
su metafísica, en la cual el continuo real se construye a partir de mónadas
inextensas. En relación con este punto, Leibniz encontró inspiración para la
construcción del continuo del movimiento en una idea de Thomas Hobbes, cuya
obra había estudiado intensamente y a quien había dirigido una carta sobre el
tema en julio de 1670 —que, sin embargo, quedó sin respuesta. El término y la
idea mecánica que tomó de Hobbes son los de conatus, que
Hobbes había traducido por «tendencia». Leibniz definió conatus como
el comienzo del movimiento y, por consiguiente, el comenzar a existir en el
lugar en que el cuerpo está en tensión.
Leibniz suponía que el movimiento es continuo —es decir, que no está
interrumpido por intervalos de reposo, como creía Gassendi—, pues, si un cuerpo
está en reposo, permanecerá en reposo mientras no tenga lugar algo que sea
causa de su movimiento. Conversamente, un cuerpo en movimiento permanecerá en
movimiento con la misma velocidad y la misma dirección si se le abandona a sí
mismo. Estos principios eran, de hecho, generalmente aceptados y se encontraban
formulados en la obra de Descartes, Gassendi y Hobbes.
Leibniz supone que todo lo que se mueve dirigirá su conatus total
contra cualquier obstáculo hasta el infinito. Cuando un cuerpo se ve detenido,
tiende a moverse y comienza por mover los cuerpos obstructores, sea cual sea su
dimensión. El efecto del conatus es evidentemente la velocidad
virtual. Resulta claro también que un conatus puede ser mayor
que otro; y, puesto que los instantes (o indivisibles del tiempo) se consideran
¡guales, Leibniz concluye que un «punto» (el indivisible del espacio que un
cuerpo «atraviesa» en un instante dado) puede ser mayor que otro (si a este segundo
lo atraviesa un cuerpo más lento). Estas paradojas eran inherentes a la teoría
de los indivisibles y sólo pudieron resolverse más tarde gracias a los conceptos
del cálculo infinitesimal.
Un cuerpo puede poseer simultáneamente varios conatus. Estos conatus se
combinarán siempre que sea posible y darán lugar a un movimiento compuesto. En
un choque directo prevalecerá el más potente de los dos conatus, de
tal forma que la medida del efecto vendrá dada por la diferencia de ambos.
El concepto de conatus permitió a Leibniz proponer lo que él
creía una nueva explicación de la verdadera distinción entre cuerpo y mente.
Pensaba que el cuerpo era una mente momentánea; es decir, una mente sin
memoria. La percepción reflexiva de sus propias acciones y pasiones era lo que
constituía la base de la memoria y el pensamiento de la mente. Pues sin acción
y reacción (es decir, oposición) seguidas de armonía no había sensación. Las
acciones y pasiones de los cuerpos consistían en sus propios conatus y
en los conatus de signo opuesto que se originaban en los
encuentros con otros cuerpos. Pero los cuerpos no podían retener conjuntamente
su propio conatus y el conatus opuesto más de
un momento, de forma que tampoco podían percibir cómo sus propias acciones y
pasiones se resolvían en una armonía; y sin esta percepción no podía haber
memoria. Esto permitía explicar por qué un cuerpo que se mueve sobre una línea
curva experimenta un conatus que le empuja a moverse a lo
largo de la tangente; la razón es que no posee ninguna memoria de su movimiento
sobre la curva hasta la posición en que se encuentra. En una carta dirigida a
Henry Oldenburg, secretario de la Royal Society, Leibniz afirmaba haber sido el
primero en demostrar este importante principio (A II 1, p.
167).
Tras establecer los principios del movimiento abstracto Leibniz los aplicaba a
casos particulares de choques. Como ya se ha señalado, la elasticidad y la masa
(inercia) no desempeñaban ninguna función en la determinación del movimiento
considerado en sí mismo, por lo que Leibniz sólo tuvo en cuenta la rapidez. Los
cuerpos únicamente ofrecían resistencia en la medida en que poseían un conatusde
signo contrario, por lo que un cuerpo en reposo no ofrecía resistencia alguna.
Cuando un cuerpo en movimiento choca contra un cuerpo en reposo, tras el choque
ambos se mueven juntos con la rapidez original del primero. Sin embargo, cuando
dos cuerpos en movimiento chocan directamente, tras el choque ambos se mueven
juntos con una rapidez igual a la diferencia de las dos rapideces originales.
Leibniz sabía bien que lo predicho por la teoría del movimiento abstracto muy
raramente concordaba con lo observado. Dos problemas, en particular, requerían
solución: en primer lugar, por qué los cuerpos se separan tras el choque, como
habían mostrado los experimentos de Wren y Huygens; en segundo lugar, por qué
el movimiento no decrece en el universo continuamente y las distintas
direcciones no se reducen a una sola. Esto debería ser así si se tenía en
cuenta que, en la mayoría de los choques, hay una pérdida de rapidez, y tras el
primer instante los dos conatus combinan sus direcciones en
una única línea recta. Las respuestas a estas cuestiones vienen dadas por la
teoría del movimiento concreto.
Esta teoría introducía hipótesis que no eran inconsistentes con los principios
establecidos a priori por la teoría abstracta, sino que
entrañaban las modificaciones requeridas para explicar los fenómenos. La teoría
que Leibniz formuló es similar a la que Descartes había expuesto en la tercera
parte de sus Principia philosophiae. Un éter universal, cuya
existencia atestiguaba la transmisión de la luz, servía para dar una
explicación mecánica de todos los fenómenos, aunque las explicaciones concretas
fueran a menudo vagas. Para explicar que los efectos de los choques dependieran
de las masas de los cuerpos, de acuerdo con la observación, Leibniz suponía que
los cuerpos no eran continuos sino que estaban compuestos de corpúsculos
separados por éter. Suponía además que cada corpúsculo poseía su propio conatus,
de tal forma que la resistencia era proporcional al número de corpúsculos en el
cuerpo: es decir, a su dimensión o masa. Por otra parte, la separación de los
cuerpos tras el choque era efecto de la elasticidad debida a la acción del
éter. Importa observar que la resistencia de los cuerpos, según la concebía
Leibniz, no era aún efecto de una inercia natural sino únicamente de su conatus (que
se oponía al conatus del cuerpo que chocaba contra él), por lo
que un cuerpo en reposo no ofrecía resistencia alguna al impacto de otro
cuerpo. Suponía, sin embargo, que no pueden existir cuerpos que carezcan por
completo de movimiento, pues serían indistinguibles del espacio puro (GP 7,
p. 259). Tanto el peso como la elasticidad eran efecto del éter; lo primero
surgía de la circulación del éter alrededor de la tierra y lo segundo de la
tendencia a la dispersión del éter que se encuentra en los intersticios entre
las partes de los cuerpos.
Inmediatamente después de la publicación de Hypothesis physica nova,
a mediados de 1671, la Royal Society publicó una segunda edición y su
secretario, Oldenburg, escribió a Huygens revelándole la identidad del autor y
diciéndole que éste había incluido comentarios acerca de las leyes de choques
descubiertas por Wren y el propio Huygens (HO 7, p. 56). Hacia la
misma época Leibniz entró en contacto con Pierre de Carcavy, bibliotecario real
en París, y habló con él por vez primera de su máquina aritmética. El teólogo
Johann Leyser comunicó a Leibniz que Carcavy y el matemático Jean Gallois
querían hacerle miembro de la Academia de París y que él mismo debía acudir a
París tan pronto como le fuera posible (A I 1, pp. 158-9). El
propio Carcavy le invitó a enviar la máquina aritmética a París a fin de poder
mostrarla a Colbert, ministro de Luis (A II 1, p. 125).
§. Correspondencia con el duque Juan Federico
En mayo de 1671 Leibniz envió al duque Juan Federico [10] dos
escritos sobre temas religiosos titulados De usu et necessitate
demonstrationum immortalitatis artimae (Sobre la utilidad y necesidad de una
demostración de la inmortalidad del alma) y De resurrectione corporum (Sobre la
resurrección de los cuerpos), junto a una breve explicación de algunas
de las ideas contenidas en Hypothesis physica nova {A II 1,
pp. 105-17). Tiene especial interés la referencia de Leibniz a un núcleo vital
en la sustancia de todo cuerpo, ya se trate de seres humanos, animales, plantas
o minerales, tan sutil que permanece en las cenizas de lo que se hace arder y
que puede al mismo tiempo contraerse en un centro invisible. Junto a ejemplos
obvios que confirman esto, como la regeneración de las plantas, Leibniz cita la
experiencia de personas que han sufrido la amputación de algún miembro y que
continúan sintiéndolo. Esta noción de un centro vital inextenso, que permanece
a través de cambios como la regeneración y la corrupción, anticipa con claridad
el concepto de mónada.
En otra carta al duque, escrita en octubre de 1671, parece probable que Leibniz
mantuviera un encuentro personal con el duque a principios de mes, ofrece un
informe autobiográfico detallado de sus investigaciones en distintos campos, y
hace referencia en particular al proyecto de un alfabeto del pensamiento humano
(al que denomina Scientia Generalis) y a sus ideas sobre el
movimiento (A II 1, pp. 159-65). Al explicar al duque que la
causa del movimiento es la mente, Leibniz aclaró sus ideas acerca del papel
desempeñado por Dios. Desde un punto de vista científico era preciso explicar
cómo Dios regenera el movimiento a cada instante. Leibniz explicaba que Dios es
la causa de la armonía universal de todo lo que hay, la cual rige las leyes del
movimiento. Así, en lugar de ser causa directa del movimiento, Dios pasaba a
ser causa formal. Unos meses antes, en carta a Magnus Wedderkopf (A II
1, pp. 117-18), Leibniz ya había introducido algunas de las ideas más
importantes que, acerca de la armonía y de Dios, habían de figurar en su
metafísica posterior; por ejemplo, la distinción entre posibilidad y existencia
y el principio de optimización. Así, Leibniz explicaba cómo Dios quiere las
cosas que cree mejores y más armoniosas y las elige, por decirlo así, de entre
una infinidad de posibilidades.
Leibniz confiaba al duque su deseo de visitar París, donde tendría la
oportunidad de aplicar los talentos de que Dios le había hecho entrega al
perfeccionamiento de las ciencias. Tras señalar que Colbert ya había mostrado
interés por el diseño de la máquina aritmética, pedía al duque consejos que le
ayudaran en el viaje.
§. Visita a Estrasburgo
Tras una corta estancia en Bad Schwalbach en agosto de 1671, Leibniz viajó a
Estrasburgo; lo hizo probablemente a instancias de Boineburg, ya que su hijo
Philipp Wilhelm se había matriculado allí en la universidad para el semestre de
invierno. En Estrasburgo conversó sobre filosofía cartesiana con el historiador
Johann Heinrich Boeckler, quien había residido junto a Descartes en la Corte de
la reina Cristina de Suecia. Regresó por barco descendiendo el Rin, en cuyas
orillas las viñas doradas saludaban el otoño. Dos años después, en una
composición titulada Dialogas de religione rustici(Diálogo sobre
religión rústica ) (A VI 3, pp. 152-4), describía sus
impresiones de este viaje a través de un hermoso paisaje y las conversaciones
que había mantenido con los tripulantes del barco. En aquella profunda calma se
podía creer, escribía, que las montañas lanzaban exclamaciones de júbilo y las
ninfas danzaban en la Selva Negra. Presintió, sin embargo, que lo que vivía
simbolizaba la calma anterior a la tempestad política que se avecinaba.
A su regreso a Maguncia comenzó a trabajar en el « Consilium
Aegyptiacum», el proyecto secreto para la preservación de la paz en Europa
que ya había discutido con Boineburg en Bad Schwalbach en el verano de 1670. Al
mismo tiempo escribió la carta autobiográfica para el duque Juan Federico y,
tras una conversación con Boineburg sobre la doctrina de la Eucaristía, envió
una carta a París dirigida al jansenista Antoine Arnauld. Esta carta, que quedó
sin respuesta, contiene una descripción de sus estudios filosóficos que en
cierta manera complementa la dirigida al duque (A II 1, pp.
169-81). Hay dos puntos que merecen una particular atención. Según Leibniz, del
principio de que ningún cuerpo está en reposo se sigue una demostración de la
hipótesis copernicana. Concluía además que no puede existir movimiento circular
alrededor de distintos centros salvo si existe un vacío. Así, en la época en
que se carteaba con Otto Von Guericke, Leibniz parece pasar de considerar que
el vacío es posible a creer en su existencia real.
§. El proyecto egipcio
En su formulación original, la idea de Leibniz de desviar el agresivo afán de
conquista que Luis XIV mostraba por Europa, y dirigirlo hacia Egipto, aparecía
como una mera especulación política al final de un memorándum escrito, tras las
conversaciones con Boineburg en Bad Schwalbach, durante el verano de 1670 (AIV
1, pp. 167, 181). En la época que nos ocupa la idea adoptó la forma de una
sugerencia: una cruzada general contra bárbaros e infieles. Esta idea no era
nueva, sino que representaba una tendencia usual en la política europea
transferir los conflictos internos al resto del mundo; de hecho, Leibniz
utilizó una obra de principios del siglo XIV en la cual el veneciano Marino
Canuto hacía al papa una sugerencia similar. Las conversaciones entre Boineburg
y Leibniz sobre el problema del equilibrio político en Europa habían tenido
lugar tras el encuentro en Bad Schwalbach, un mes antes, entre los electores de
Maguncia y Tréveris, con el fin de decidir cuál iba a ser su respuesta a la
insistente petición del duque de Lorena, con quien habían firmado una alianza,
de que le garantizaran su ayuda en caso de una amenaza por parte de Luis XIV.
De acuerdo con Leibniz, Boineburg desestimó la alianza por considerarla frágil
y aconsejó un mejor entendimiento con Francia. Pocas semanas después los
franceses expulsaron al duque de Lorena de sus tierras. Leibniz y Boineburg,
sin embargo, guardaron para sí la idea del proyecto egipcio.
Aparte de las consideraciones políticas, Boineburg tenía motivos personales
para querer buscar el favor del rey francés. Durante mucho tiempo había
intentado sin éxito recuperar retrasos significativos de una renta de propiedad
y una pensión que se le debía en Francia. Ahora tenía motivos para creer que
podría obtener ambas cosas si se presentaba personalmente en la Corte francesa.
Desde comienzos de 1671 el elector de Maguncia, aconsejado por Boineburg, había
entrado en negociaciones con Francia en un intento de mantener buenas
relaciones. Por ello, Boineburg confiaba en que el elector le enviara con
alguna misión a Francia. Pero habían surgido varios obstáculos. El primero fue
la muerte del ministro francés de asuntos exteriores, lo que obligó a posponer
la visita de Boineburg hasta que se nombrara un sucesor. El nuevo ministro,
Simón Arnauld de Pomponne, ocupó su cargo en enero de 1672. Para entonces, sin
embargo, la visita diplomática de Boineburg era superflua, pues en diciembre de
1671 el propio Luis XIV había enviado un embajador a Maguncia para comunicar su
intención de atacar Holanda y solicitar del elector el libre paso de sus barcos
por el Rin, así como la promesa de que utilizaría su influencia sobre el
emperador para persuadir a los estados alemanes de no interferir.
Coincidiendo con la misión francesa en Maguncia, Leibniz estaba trabajando, con
el apoyo de Boineburg, en los detalles del proyecto egipcio. Boineburg decidió
que Leibniz presentara el proyecto secretamente en la Corte francesa y al mismo
tiempo procurara asegurarse del pago de las rentas y la pensión que se le
debían. Con este fin, Leibniz escribió una breve nota exponiendo las ventajas
que el rey podía obtener de una cierta «empresa» que el autor del proyecto se
sentiría feliz de poder discutir personalmente con un representante nombrado
por el rey. El objetivo principal del proyecto seguía siendo evitar el ataque
contra Holanda. Boineburg revisó la nota y la tradujo al francés. Se la envió
al rey el 20 de enero de 1672. El documento (A I 1, pp. 250-8)
es tan vago que no se detecta en él ninguna referencia a Egipto o al este (A IV
1, p. xxv). Una respuesta favorable del ministro de asuntos exteriores,
motivada quizá sólo por la curiosidad y recibida el 12 de febrero de 1672,
solicitaba mayor información mediante la presencia de Boineburg en la Corte o
de cualquier otro medio que el barón considerara oportuno (K 2,
p. 115). En una carta del 4 de marzo de 1672, Boineburg comunicó al ministro
que enviaba a Leibniz en su nombre.
Los preparativos se hicieron tan rápido como fue posible y el 19 de marzo de
1672 Leibniz partió hacia París en compañía de un sirviente, llegando doce días
después. Boineburg le había otorgado plenos poderes en relación con la renta y
la pensión, un adelanto para gastos de viaje que más tarde tendría que devolver
(AI 1, p. 381) y una carta de presentación al ministro (K 2,
p. 124). Boineburg insistía en dicha carta al ministro en la necesidad de
mantener el secreto y solicitaba para Leibniz comodidad y tranquilidad, así
como el reembolso de los gastos de viaje. Boineburg añadía que Leibniz no
contaba « con más retribución que el estudio, la fidelidad y la
aplicación, los cuales sabría emplear perfectamente en la ejecución de las
órdenes de Su Majestad ».
Aunque, como ya se ha visto, Leibniz se sintió feliz de poder pasar algún
tiempo en París, a sus familiares y amigos les debió resultar extraña la manera
en que abandonó súbitamente Maguncia para viajar a París, de donde no
regresaba. Pero el proyecto egipcio era un secreto entre Boineburg y él. En
aquel momento todo el mundo supuso que había acompañado al hijo del barón a
París como tutor suyo.
Justo antes de salir hacia París, Leibniz había perdido a su hermana Anna
Catharina Löffler. El 22 de enero, sólo un mes antes de su muerte, había
escrito a su hermano advirtiéndole que en Leipzig corría el rumor de que se
había hecho calvinista y de que, a causa del favor que le mostraba el elector
de Maguncia, tenía enemigos en la Corte (A II, pp. 231-2). Sin
duda, sus temores eran exagerados.
Contenido:
§.Primeros
encuentros con los estudiosos de París
§. Visita a Londres
§. Regreso a París
§. Asuntos de familia
§. Estudio intensivo de matemáticas
§. Dudas y motivos de discordia
§. Amistad con Tschirnhaus
§. La invención del cálculo
§. Últimos meses en París
§. Segunda visita a Londres
§. Travesía a Hannover
Cuando
Leibniz llegó a París a finales de marzo de 1672, Inglaterra [11] acababa
de declarar la guerra a Holanda y Francia lo hizo una semana después, de forma
que el objetivo principal de la diplomacia secreta de Boineburg y Leibniz,
prevenir esta guerra, ya no podía alcanzarse. No obstante, el plan aún podía
desempeñar la función de salvar a Alemania tras la resolución de paz con
Holanda, algo que no podía posponerse más. Se había hecho necesario revisar el
plan a fin de tener en cuenta las nuevas circunstancias políticas, pero para
entonces Leibniz ya no dedicaba sus esfuerzos a su desarrollo. Es evidente que
no se le dio otra oportunidad de discutir el proyecto con el ministro de
asuntos exteriores, Simón Arnauld de Pomponne, pues seis meses después aún
estaba intentando obtener una cita valiéndose de los buenos oficios del tío del
ministro, el jansenista Antoine Arnauld [12], con quien
ya había conversado sobre problemas filosóficos en varias ocasiones (K
2, p. 139).Leibniz permaneció en París —aunque en mayo había considerado la
posibilidad de regresar (A I 1, p. 271)— con el fin de dar
curso a las reclamaciones financieras de Boineburg y proseguir sus propios
estudios mientras esperaba la anunciada llegada de Boineburg y su hijo. Es
evidente que, al tiempo que Leibniz se carteaba con el funcionario de hacienda
Morel acerca de las rentas de Boineburg, éste había decidido intentar ganar el
apoyo del elector para el proyecto egipcio. Pues, cuando el marqués de
Feuquiéres llegó a Maguncia en la primera semana de junio como emisario de la
Corte de Francia, el elector le explicó las líneas fundamentales del proyecto.
Esto dio lugar a una respuesta del ministro de asuntos exteriores, en nombre
del rey, rechazando la idea. Pero Leibniz no abandonó la causa y en otoño
elaboró un documento más detallado con el título «Consilium Aegyptiacum»,
con el fin de que Boineburg lo discutiera con el elector (A IV
1, p. 383).
A principios de noviembre Boineburg advirtió a Leibniz de la inminente llegada
de su hijo Philipp Wilhelm y le pidió que supervisara y apoyara sus estudios en
París (A I 1, p. 282). El joven Boineburg llegó el 16 de
noviembre en compañía de Melchior Friedrich von Schönborn, sobrino del elector
y yerno de Boineburg, que viajaba a París en representación del elector y la
Dieta del Imperio para tomar parte en las negociaciones de paz oficiales. El
propósito de su misión era obtener la conformidad de Luis XIV para que Colonia
fuera sede de un congreso general de pacificación. Leibniz escribió el borrador
de la carta en la que se solicitaba una audiencia con el rey francés. Cuando
llegaron a Versalles, Melchior Friedrich se entrevistó con el rey, pero a
Leibniz se le negó el tomar parte en el protocolo y no tuvo oportunidad de
hablar del proyecto egipcio.
Antes de finales de año Leibniz sufrió otro infortunio de carácter personal,
pues el 15 de diciembre el barón Johann Christian von Boineburg murió
súbitamente. Más tarde Leibniz describiría a su patrón, a cuya influencia y
apoyo debía su posición en la Corte de Maguncia, como « uno de los más
grandes hombres de este siglo, que me honró con una amistad muy especial. » (A I
1, p. 476).
§. Primeros encuentros con los estudiosos de París
Además de los encuentros mantenidos con Antoine Arnauld a los que ya se ha
hecho referencia, Leibniz estuvo en contacto con Pierre de Carcavy,
bibliotecario real, durante el verano de su primer año en París. Escribió para
él un informe sobre la obra de Otto von Guericke sobre experimentos en el
vacío (A 11 1, pp. 221-2). Animado sin duda por el interés que
Carcavy ya había mostrado hacia el diseño de la máquina aritmética, Leibniz se
dedicó activamente a este proyecto y a comienzos de 1673 había logrado
construir un modelo que funcionaba (HO 7, p. 244).
En el otoño de 1672 Leibniz visitó a Christiaan Huygens, famoso científico
holandés a quien Colbert había encomendado la planificación y organización de
la Académie Royale des Sciences, fundada en 1666. Durante este
encuentro, que probablemente tuvo lugar en las habitaciones de Huygens en la
Biblioteca Real, Leibniz habló de que había encontrado un método para sumar
series infinitas. Además de recomendarle que leyera la Arithmetica
infinitorum de John Wallis y el Opus geometricum de
Gregory de St. Vincent, Huygens planteó un problema con el fin de poner a
prueba al joven estudioso, de quien Oldenburg le había enviado un informe muy
favorable (HO 7, p. 56). Se trataba de un problema que el
propio Huygens había resuelto en 1665: encontrar la suma de la serie infinita
de los números triangulares recíprocos.
El primer gran descubrimiento matemático de Leibniz en París surgió de su
continuado interés por el método de demostración como medio para la creación de
una base lógica adecuada para la filosofía. En un principio Leibniz sólo quería
admitir dos tipos de verdades no probadas en las demostraciones: definiciones e
identidades. El problema que le interesó de modo inmediato hacía referencia al
axioma de Euclides de que el todo es mayor que la parte, al que había dirigido
su atención a raíz de la lectura de Hobbes. Dado que el axioma no era ni una
definición ni una identidad, Leibniz lo vio como un teorema que podía probarse
y buscó una demostración. Esta aparece en el manuscrito «Demonstratio
propositionum primarum», donde la describía como un excelente ejemplo de
este tipo de demostraciones (A VI 2, pp. 479-86). Toma la
forma de un silogismo en el que la premisa mayor es una definición, la premisa
menor una proposición de identidad y la conclusión el teorema dado.
Teorema: El todo cde es mayor que la parte de.
Figura 3.1
Premisa
mayor (definición):
De dos cuerpos, es mayor aquel cuya parte es igual al todo del otro.
Premisa menor (proposición de identidad):
La parte de del todo cde es igual al
todo de (es decir, a sí mismo).
Conclusión: Por tanto, el todo cde es mayor que la
parte de.
A
partir del axioma de identidad Leibniz deducía el método general para la suma
de series que había comunicado a Huygens en su primer encuentro (GM 5,
p. 396).
Tomando O < a1 < a2 < ...
<any b0 = a1 -a0, b1 = a2 -a1 ..., bn-1 = an -
an-1 de la identidad a0 — a0 +
a1 - a1 + a 2 — a2 + ...
+ an - an = O, se sigue queb0+ b1+ b2 +
... + bn-1 = an - a0.
Así, la suma de una serie de diferencias es igual a la diferencia de los
términos situados en los extremos de la serie original. Un ejemplo que Leibniz
cita a menudo —así en una carta a la princesa Sofía (K 8, p.
175)— es el de la suma de una serie de números impares consecutivos escrita
como una diferencia de cuadrados. Leibniz creía que por medio de este método
general sería posible sumar cualquier serie de términos construida de acuerdo
con alguna regla; incluso series infinitas, siempre y cuando fueran
convergentes.
Inmediatamente después de su encuentro con Huygens, Leibniz pidió prestada la
obra de Gregory de St. Vincent en la Biblioteca Real y logró adaptar el
procedimiento para sumar series allí expuesto y aplicarlo a su propio principio
de las diferencias. En vez de colocar los segmentos de línea representados por
los términos de la serie extremo contra extremo, como había hecho Gregory,
Leibniz los colocó de forma que todos partieran del mismo punto (figura 3.2).
Las diferencias de dos términos sucesivos eran entonces proporcionales a los
términos de la serie original. El reconocimiento de esta propiedad era en sí
mismo una observación importante, pero generalizar el procedimiento condujo a
resultados nuevos e interesantes; no sólo dio la suma de números triangulares
recíprocos que antes Huygens había obtenido, sino también una deducción
sistemática de las sumas de otros números poligonales recíprocos.
Figura 3.2
Figura 3.3
Se
parte de la serie (figura 3.3)
AB =
1, AC = 1/2, AD = 1/3, AE = 1/4;
las
diferencias son entonces
BC =
1/2, CD = 1/6, DE = 1/12, EF = 1/20
y
BC +
CD + DE + EF + ... = AB,
de
manera que
1/2
+ 1/6 + 1/12 + 1/20 + ... = 1.
Al
multiplicar por 2 se obtiene la suma de los números triangulares recíprocos
1 +
1/3 + 1/6 + 1/10 + ... = 2.
Análogamente,
si se parte de la serie
AB =
1, AC = 1/3, AD = 1/6, AE = 1/10, ...,
las
diferencias son
BC =
2/3, CD = 2/12, DE = 2/30, EF = 2/60, ...,
de
forma que
2/3
+ 2/12 + 2/30 + 2/60 + ... = 1,
o
bien
1 +
1/4 + 1/10 + 1/20 + ... = 3/2,
que
es la suma de los números piramidales recíprocos. Es fácil ver que este proceso
puede extenderse indefinidamente.
Leibniz anotó estos resultados sin las demostraciones, a las que describía como
difíciles y requiriendo varios lemas, e intentó enviarlos a Jean Gallois para
su publicación en el Journal des Sçavans (A III 1, pp. 1-20).
Pero la revista dejó de publicarse a finales de 1672 y, cuando se reanudó la
publicación en 1674, Leibniz había reconocido que la única originalidad que
podía reclamar para su «Accessio ad arithmeticam infinitorum» era el
método de sumación y no los resultados en sí mismos, por lo que renunció a
publicar el trabajo.
§. Visita a Londres
Dado que la misión política en Francia había fracasado, se decidió que Melchior
von Schönborn, acompañado por Leibniz, viajara a Londres con el fin de
presentar al gobierno inglés la misma propuesta de un congreso de paz y
regresara después a Maguncia pasando por Holanda; aprovecharía así la
oportunidad de buscar apoyo al proyecto en este país. Tras un retraso de varios
días en Calais debido al mal tiempo, la delegación llegó a Dover el 21 de enero
de 1673 y a Londres tres días después. En cuanto tuvo oportunidad Leibniz
visitó a Oldenburg, quien dispuso lo necesario para que éste pudiera hacer una
demostración del modelo en madera de la máquina aritmética que Leibniz había
llevado consigo en la reunión de la Royal Society que tuvo lugar el 1 de
febrero. En esta ocasión Roben Hooke examinó detenidamente la máquina (Birch
1756-7 3, pp. 72-3).
En una carta a Oldenburg, Huygens había descrito la máquina como un proyecto
prometedor aunque por el momento distara de ser perfecto. Una semana después
Leibniz asistió a otra reunión de la Royal Society, en la que Oldenburg leyó la
famosa carta de Sluse sobre la tangente [13] .Tras
la reunión mantuvo un encuentro con Roben Moray, quien le informó acerca de la
máquina aritmética de Samuel Morland. Uno o dos días más tarde tuvo lugar un
encuentro entre Leibniz y Morland en presencia de Oldenburg, en el curso del
cual se hicieron demostraciones del funcionamiento de ambas máquinas. No había,
de hecho, comparación posible; pues, mientras la máquina de Leibniz estaba
diseñada para efectuar las cuatro operaciones aritméticas básicas, la de
Morland se basaba en la aplicación de los huesos de Napier para multiplicar y
dividir.
El 12 de febrero Leibniz visitó a Robert Boyle, quien le presentó al matemático
John Pell. Cuando Leibniz le explicó que estaba en posesión de un método
general para representar e interpolar series mediante la construcción de series
de diferencias, Pell hizo notar que François Regnauld había obtenido resultados
similares que aparecían expuestos en la obra de Gabriel Mouton Observaciones
diametrorum solis et lunae apparentium. Arisco y enfermo, Pell no
manifestó simpatía alguna hacia el joven alemán y Leibniz creyó percibir una
velada acusación de plagio. Al día siguiente consultó la obra de Mouton en la
biblioteca de la Royal Society y comprobó que la afirmación de Pell era
correcta. Siguiendo el consejo de Oldenburg, escribió inmediatamente una
explicación de todo ello para entregarla en depósito en la Royal Society (A III
1, pp. 22-9). Como ejemplo de su método general Leibniz describía la
representación de la serie de los cubos. Comenzaba tomando nota de las diferencias;
a continuación, añadiendo el triángulo aritmético, adaptándolo a la
determinación de coeficientes binomiales y usando para ello el procedimiento
aditivo descrito en De arte combinatoria (del que afirmaba,
erróneamente, que no podía encontrarse ni en la obra de Mouton ni en la de
Pascal), llegaba a la representación que en notación moderna se escribe como
Finalmente,
describía las sumas de series infinitas formadas a partir de números figurales
recíprocos.
Leibniz no estuvo presente en la siguiente reunión de la Royal Society, el 15
de febrero, y no pudo escuchar los comentarios despectivos que Hooke dedicó a
su máquina aritmética. Al informar a Leibniz de esta crítica Oldenburg le dijo
también que no debía preocuparse demasiado, pues Hooke tenía fama de
quisquilloso; pero aconsejó a su joven compatriota que se apresurara a mejorar
técnicamente la máquina.
Aún no llevaban un mes en Londres Leibniz y su compañero cuando llegó la
noticia de la muerte, el 12 de febrero, del elector de Maguncia, Juan Felipe de
Schönborn, acontecimiento que había de tener una influencia decisiva en el
futuro de Leibniz; por lo pronto le permitió regresar a París, en vez de tener
que volver a Maguncia pasando por Holanda. Los preparativos para la marcha
fueron tan rápidos que Leibniz no pudo despedirse personalmente de Oldenburg;
éste le hizo llegar una breve nota con una carta para Huygens y una copia, para
el propio Leibniz, del número de las Philosophical Transactions donde
se encontraba el método de la tangente de Sluse.
El día de su partida, el 20 de febrero, Leibniz escribió a Oldenburg
solicitando su admisión como miembro de la Royal Society (A III 1, pp. 33-4).
§. Regreso a París
A su regreso a París, Leibniz estuvo alojado en la Rue Garantière, Quartier de
Luxembourg, en el Faubourg St. Germain (Guhrauer 1846 1, app., p. 20). A
Melchior Friedrich von Schönborn le expresó su confianza en que el nuevo
elector, Lothar Federico de Metternich, le mantuviera en su puesto y le pagara
el salario de los dos últimos años, que aún se le debía (A I
1, pp. 312-13). Solicitó además un salario actualizado que le permitiera
regresar a Maguncia al menos una vez al año mientras siguiera en París al
servicio del elector, valiéndose de sus contactos allí para informar sobre
asuntos políticos, científicos y culturales (A I 1, p. 316).
Gracias a la recomendación de su amigo Melchior Friedrich von Schönborn,
Leibniz recibió en mayo la autorización del elector para permanecer en París
«durante algún tiempo» sin que su puesto peligrara (A I 1, p. 349).
Sin embargo, no se le abonó su salario ni se le encargó tampoco de la misión
política o científica que había solicitado (A I 1, p. xxxi).
A pesar de su situación incierta, Leibniz tenía claramente la intención de
permanecer en París tanto tiempo como le fuera posible. Si hubiera querido una
mayor seguridad económica, las oportunidades se le presentaban solas. La
primera le llegó a través de su amigo Christian Habbeus von Lichtenstern, quien
le escribió el 25 de marzo de 1673 para ofrecerle un nombramiento como
secretario del primer ministro del rey danés; recibiría a cambio un atractivo
salario, más el viaje y el alojamiento gratis. Las observaciones de Leibniz
acerca de las condiciones bajo las cuales encontraría el puesto satisfactorio
—condiciones que, con bastante claridad, no podían serle concedidas— pueden
verse como una forma elegante de rehusar (A I 1, pp. 415-18).
Por otra parte, su mayor aspiración no era económica, sino la de gozar de la
libertad necesaria para hacer algo útil por el bien común.
Una segunda invitación, igualmente atractiva en términos económicos, vino del
duque Juan Federico de Hannover, quien le escribió el 25 de abril de 1673 para
ofrecerle un puesto de consejero. Un mes antes había sido él quien había
escrito al duque describiendo su visita a Londres y sus actividades en París (A I
1, pp. 487-90). Se trataba de una iniciativa lógica, si se tiene en cuenta que
ya con anterioridad había hablado al duque, quien se mostraba muy interesado
por todo lo relativo a la religión, acerca de sus investigaciones y proyectos.
Explicaba al duque que tanto en París como en Londres había tenido la
oportunidad de conocer a gente interesada en religión y en política, así como
en la ciencia. Mencionaba en especial a Antoine Arnauld, quien al igual que el
malogrado Boineburg mostraba una preocupación especial por la religión. Lo más
destacable de su visita a Londres había sido la demostración, ante la Royal
Society, del funcionamiento de su máquina aritmética. Aunque se trataba aún de
un modelo imperfecto, tanto en Londres como en París se la había calificado de
uno de los inventos más notables de su tiempo. Una vez perfeccionada sería útil
en el desempeño de muchas tareas, tanto en su aplicación al gobierno como a la
ciencia. Ya le había supuesto una inversión considerable tanto en tiempo como
en dinero y había tenido que reformarla más de un centenar de veces, pero
estaba en condiciones de asegurar al duque, aunque confidencialmente, que
esperaba poder tenerla acabada en unas pocas semanas.
Leibniz estaba aún al servicio de la familia Boineburg, y en abril de 1673 Anna
Christine von Boineburg le dio autoridad para organizar y supervisar la
educación superior de su hijo Philipp Wilhelm (A I 1, p. 336). El
programa que Leibniz propuso consistía en un plan de estudios que tendría
ocupado al joven Boineburg desde las 6 de la mañana hasta las 10 de la noche,
dejándole muy poco tiempo libre (A I 1, pp. 332-3).
Aunque la familia Boineburg dio su aprobación y el barón, de diecisiete años,
marchó a residir junto a Leibniz, sentía poca inclinación por el estudio y
prefería divertirse con sus jóvenes amigos (A I 1, p. 338). Era
inevitable que surgieran roces, de modo que a los pocos meses Leibniz tuvo que
quejarse ante la familia de su falta de aplicación ( A I 1,
pp. 369-73). Leibniz explicaba en su informe que había intentado razonar con el
joven barón, el cual tenía talento pero carecía de voluntad y ponía mil excusas
a su negligencia. A finales de año Leibniz pidió los retrasos de algunos gastos
y solicitó el pago de una asignación anual en tanto fuera responsable del joven
barón en París (A I 1, pp. 397-81).
Al mismo tiempo se quejaba por no haber recibido ninguna recompensa a cambio de
los servicios prestados al otro hermano Boineburg en Maguncia. Los roces y los
malentendidos entre Leibniz y la familia Boineburg continuaron hasta que la
madre del joven barón le despidió fríamente el 1 de septiembre de 1674 (A I 1,
p. 396). Al parecer, el propio Philipp Wilhelm dejó París en 1676. Más tarde,
sus logros en el desempeño de cometidos políticos del más alto nivel serían más
dignos de la figura de su padre, primer patrón y amigo respetado de Leibniz.
§. Asuntos de familia
Leibniz llevaba más de un año ausente de Maguncia cuando recibió una carta de
su cuñado, Simón Löffler, invitándole a su boda con Regina Koch (A I
1, p. 412). Su primera esposa, Anna Catharina, hermana de Leibniz, había muerto
justo antes de que Leibniz dejara Maguncia. Al parecer, las cartas que Leibniz
dirigió a su familia durante ese periodo se extraviaron, pues las únicas
noticias que ellos habían recibido, como señala Löffler, llegaron a través de
un conocido de Maguncia que les dijo que el elector había enviado a Leibniz a
cumplir una misión en las Cortes de Francia e Inglaterra, y que pronto
regresaría (A I 1, p. 411). Löffler recibió de Leibniz una respuesta a su carta
en la que éste pedía a su cuñado que reclamara ante la Hacienda de
Sachsen-Altenburg lo que sus padres les habían legado. Löffler pensaba que
había pocas posibilidades de éxito mientras Leibniz estuviera ausente en París
(A I 1, pp. 419-20).
Era comprensible que su religión y su patriotismo resultaran sospechosos
mientras estuvo al servicio de un príncipe católico en Maguncia, y que la
desconfianza de sus parientes y amigos de Leipzig creciera como resultado de la
prolongación de su estancia en París, motivada por razones que no conocían con
claridad. Dejar de recibir cartas suyas debió parecerles una confirmación de
sus temores respecto a que había renegado de familia y patria. Tras permanecer
en París por espacio de dos años, su hermano Johann Friedrich le reprochó su
silencio y le recordó sus obligaciones morales para con su familia y su patria
(A I 1, pp. 420-1). En su respuesta, que desgraciadamente también
se extravió, Leibniz aseguraba a su hermano que había escrito más de una vez a
sus parientes y le preguntaba con mucho interés por todos y cada uno de los
miembros de la familia, incluyendo a los más pequeños y especialmente a la
anciana tía que había ayudado a criarle y había sido testigo de cómo había
resultado milagrosamente ileso cuando, siendo muy niño, se cayó desde la mesa
(Guhrauer 1846 1, p. 160).
Tras otro año más de silencio el hermano de Leibniz escribió de nuevo, el 6 de
mayo de 1675, renovando los reproches y recalcando que ya había pasado medio
año desde que le comunicó la muerte de su cuñado Simón Löffler (A I
1, pp. 423-4). Leibniz contestó el 11 de octubre de 1675 para explicar a su
hermano que, antes de recibir su carta, no sabía nada de la muerte de Löffler,
noticia que le había resultado muy dolorosa (A I 1, pp.
431-3). En esta carta a su hermano y en otra dirigida a otro pariente,
Christian Freiesleben (A I 1, pp. 427-31), Leibniz explicaba
que aquellos que cuestionaban su patriotismo o su fe cometían una injusticia
contra él. Pues nunca renunciaría a su religión para medrar y jamás había
desaprovechado la ocasión de hablar bien de su patria. Defendía también sus
actividades en París, que habían sido provechosas y honorables, y manifestaba
su intención de hacer un viaje a Italia durante la primavera siguiente y
aprovechar la oportunidad para visitar Leipzig, donde esperaba poder ver a sus
parientes y amigos antes de regresar a París viajando por Holanda e Inglaterra.
§. Estudio intensivo de matemáticas
Aunque Leibniz fue elegido por unanimidad miembro de la Royal Society el 19 de
abril de 1673 (Birch 1756-7, 3, pp. 82-3), sus encuentros con científicos
ingleses habían distado de ser un éxito indiscutible. En primer lugar, no había
sido capaz de demostrar que su máquina aritmética podía efectivamente
multiplicar y dividir de forma automática, finalidad para la que había sido
diseñada. En segundo lugar, los resultados acerca de series infinitas que había
obtenido ponían de manifiesto su desconocimiento de la matemática más reciente
y, lo que era peor, le habían hecho sospechoso de plagio.
De regreso a París no demoró el intento de reparar el daño que su reputación
había sufrido y quiso conocer la opinión de Pell en relación con la declaración
sobre series que había leído ante la Royal Society, especialmente en relación
con Mengoli (A III 1, p. 43). John Collins, asesor de
matemáticas de Oldenburg y a quien Leibniz no había conocido durante su visita
a Londres, preparó para el primero una detallada réplica (A III
1, pp. 50-63). Describía, en primer lugar, los logros de los matemáticos
ingleses en relación con la teoría de interpolación de Regnauld. A continuación
explicaba que Mengoli daba las sumas de números figurales recíprocos. Collins
afirmaba también que podía sumar series armónicas y cuadrados y cubos
recíprocos, aunque Mengoli no podía, y ponía el ejemplo de una
serie de cien términos referente a la devolución de préstamos con interés y que
podía sumarse aplicando su método. A partir de este ejemplo Leibniz tuvo la
impresión de que Collins únicamente reivindicaba para Mengoli la suma de un
número infinito de números figúrales recíprocos. Razonó entonces que Huygens no
le había planteado un problema que ya estuviera resuelto. Ello le hizo sentirse
seguro de sí mismo al reclamar como aportación suya la suma de una serie
infinita de números figúrales recíprocos (A III 1, pp. 83-9).
Pero Oldenburg tuvo que explicarle que Mengoli también había hallado la suma
para las series infinitas (A III 1, pp. 96-9).
Naturalmente, la originalidad de Leibniz estaba en el método; pero para los
matemáticos ingleses lo que contaba eran los resultados. Quedaba una única cosa
que Leibniz podía reivindicar como propia: había probado que las series
armónicas divergen (A III 1, pp. 92-5). Collins le hizo saber
que Mengoli también lo había demostrado. Añadía además que los ingleses podían
encontrar sumas parciales de las series armónicas, en referencia a la
aproximación logarítmica de Newton. Leibniz no podía adivinar que lo que se le
decía era concerniente tan sólo a una aproximación a la suma, y sus esfuerzos
por encontrar la solución estaban necesariamente condenados al fracaso.
Leibniz era ahora dolorosamente consciente de su falta de conocimientos en
matemática superior. Con el fin de cubrir esa laguna, consagró un año entero a
estudiarla intensivamente; al mismo tiempo interrumpió su correspondencia con
Oldenburg, quien le había recordado repetidamente su promesa de perfeccionar la
máquina aritmética tan pronto como le fuera posible.
A su regreso a París Leibniz había conocido a Jacques Ozanam y gracias a él se
familiarizó con problemas de análisis indeterminado y de teoría de
números (A III 1, pp. 34-8). Había logrado resolver uno de los
problemas de Ozanam: encontrar tres números cuya suma fuera un cuadrado y la
suma de cuyos cuadrados fuera una potencia a la cuarta (Hofmann 1969, p. 107).
Sin embargo, un problema más difícil propuesto por Ozanam —encontrar tres
números x, y, z tales que x -y, x -
z,y — z, x2 - y2,x2 - z2, y2 -
z2fueran todos cuadrados— le hizo fracasar. Más tarde Leibniz se
mostró impresionado cuando supo la solución que James Gregory había dado al
problema (Hofmann 1974, pp. 89-93).
La carta que Oldenburg le había dado para que la entregara a Huygens dio a
Leibniz la oportunidad de visitar de nuevo al científico holandés. Con ocasión
de esta visita Huygens le regaló una copia de la obra que acababa de
publicar, Horologium oscillatorium, en la que estudiaba el
movimiento pendular, y le explicó que todo ello procedía de los métodos de
Arquímedes para centros de gravedad (GM 5, p. 398). Como lista
de lecturas para ayudarle a entender estos problemas, Huygens le recomendó las
obras de Pascal, Fabri, James Gregory, Gregory de St. Vincent, Descartes y
Sluse. Leibniz se puso inmediatamente a trabajar en el estudio de estas
fuentes, pidiendo los libros en préstamo en la Biblioteca Real.
El primer logro de Leibniz fue una generalización de un resultado de Pascal.
Para calcular el momento de un cuadrante de círculo sobre el eje de las x (en
notación moderna:
Pascal
había hecho uso de la semejanza entre el triángulo característico dx, dy, dz y
el triángulo y, a — x, a (figura 3.4).
Figura 3.4
De esta semejanza se sigue que y ds = adx, de forma que
Leibniz
se dio cuenta de que el método podía generalizarse a cualquier curva si se
reemplazaba el radio del círculo por la normal a la curva. Huygens le hizo la
observación de que él había utilizado ese mismo método en otros casos
particulares; por ejemplo, para hallar la superficie del paraboloide de
revolución (HO 14, p. 234).
Fue también la obra de Pascal la que inspiró el descubrimiento del primer
teorema importante de Leibniz en geometría infinitesimal. Aplicando este
teorema, al que se hará referencia como teorema de transmutación de Leibniz,
halló el área de un segmento de cicloide. Comunicó este resultado a
Huygens (AIII 1, p. 115) y a Oldenburg (A III 1,
p. 120) durante el verano de 1674, pero la demostración detallada del teorema
sólo aparecería por primera vez un año más tarde, en cartas dirigidas a La
Roque y a Gallois (A III 1, pp. 342-4,347-50,360-1). Leibniz
explicaba que el teorema de transmutación era uno de los más generales y
fértiles de toda la geometría infinitesimal y que proporcionaba un método para
la demostración de todas las cuadraturas conocidas, así como una fundamentación
para la aritmética del infinito, que Wallis solo había sido capaz de establecer
en un principio por inducción (A III 1, p. 361).
Mientras Cavalieri y otros autores habían resuelto las figuras en rectángulos
de igual base infinitesimal, Leibniz las resolvía en triángulos concurrentes en
un punto.
Figura 3.5
De
la semejanza de los triángulos OWT y PNQ (figura
3.5) se sigue que zdx = hds. Entonces, y puesto que el área
del triángulo OPQ = ½hds y el área del rectángulo RSVU = zdx,
se sigue también que el área OPQ = ½ x área RSVU. Por consiguiente, ΣOPQ
= ½ Σ RSVU, de manera que el área de la figura OAPO (figura
3.6) iguala a la mitad del área bajo la línea de puntos, cuya ordenada es z.
Figura 3.6
Dado
que z puede computarse utilizando la regla de la tangente de
Sluse, el teorema de Leibniz establece una relación entre la teoría de
tangentes y la teoría de cuadraturas.
Al principio Leibniz probó el teorema para el caso en que PR y QS se toman
perpendiculares al eje, pero más tarde lo extendió al caso general en que PR y
QS son paralelas entre sí pero con una inclinación de un cierto ángulo con
respecto al eje. Evidentemente, el teorema presuponía transformaciones afines
en las que el área se conserva.
La idea básica del teorema de Leibniz es muy simple y a Huygens le pareció
evidente cuando éste se lo demostró. El método consiste, en esencia, en
transformar una integral por sustitución en la integral de una función
racional, que puede hallarse escribiendo ésta en forma de serie e integrando
término a término. Uno de los resultados más elegantes que Leibniz dedujo
aplicando el teorema de transmutación fue la cuadratura aritmética del círculo.
Figura 3.7
La
aplicación de la regla de la tangente de Sluse a la ecuación del círculo
(figura 3.7), y2 = 2ax - x2, arroja
de
forma que x - 2az2/(a2 +z2).
Esta curva aparece representada mediante una línea de puntos. A partir de y2 =
2ax — x2, se tiene y/(2a - x) = x/y, y puesto
que z/a—x/y de ello se sigue que ay—z(2a - x).
Así, el área del triángulo OPC = ½ ay = ½z(2a -
x). Además, en el diagrama se ve claramente que
Por
el teorema de transmutación, el área del segmento OUPO=½ ∫0xzdx.
Por tanto, el área del sector COP = área del triángulo OPC + área de la figura
OUPO
A
continuación, y por aplicación del método que Mercator y Wallis utilizaron en
la cuadratura de la hipérbole, Leibniz calcula la integral dividiendo e
integrando termino a término, hasta llegar al resultado de que el área del
sector COP del círculo = az — z3/3a + zs/5a3 — z7/7a3 +
...
Haciendo z = a, la expresión anterior queda reducida a
π/4 =
1 - 1/3 + 1/5 - 1/7 + ...
o,
equivalentemente,
π/8
= 1/(1 x 3) + 1/(5 x 7) + 1/(9 x 11) + ...
Leibniz
tomó en consideración también la serie
1/(2
x 4) + 1/(6 x 8) + 1/(10 x 12) + ... = 1/4 log 2,
dependiente
de la cuadratura de la hipérbole obtenida por Brouncker, estableciendo así una
relación entre la hipérbole y el círculo.
En respuesta a la petición de Huygens de que le explicara la cuadratura
aritmética del círculo, Leibniz elaboró un borrador de la prueba en latín y en
francés, además de hacer una copia en limpio destinada al Journal des
Sçavans (A III 1, pp. 141-69). En la carta dirigida a Oldenburg (A III
1, p. 120) sólo hacía referencia a su teorema general y a la cuadratura del
círculo en términos de una serie infinita, pero no daba más detalles. Al no
recibir respuesta de Oldenburg volvió a escribir el 16 de octubre de 1674 (A III
1, pp. 126-31). Esta vez sí recibió contestación, fechada el 18 de diciembre de
1674 (A III 1, pp. 171-5). Oldenburg escribe que tanto Newton
como Gregory habían desarrollado métodos para hallar las cuadraturas de todo
tipo de curvas geométricas y mecánicas y, en particular, la del círculo. Si la
aritmética hacía posible la cuadratura del círculo, Leibniz merecía una
felicitación. Pero, dado que Gregory estaba trabajando en una prueba de la
imposibilidad de obtener una cuadratura exacta del círculo, era preciso
considerar la cuestión más cuidadosamente. La incapacidad de Oldenburg para
darse cuenta de que las afirmaciones de Leibniz y Gregory sobre el círculo no
eran incompatibles podría haberse debido a un conocimiento imperfecto en
matemáticas; pero no cabe duda de que el tono de la carta es bastante frío.
Ello no es difícil de entender. Leibniz había permanecido en silencio durante
más de un año y había incumplido la promesa hecha ante la Royal Academy, la
cual le había reconocido como miembro, en el sentido de enviar un modelo
perfeccionado de la máquina aritmética. Oldenburg tampoco podía haber olvidado
el embarazoso enfrentamiento con Pell. No podía saber que, después de su visita
a Londres, Leibniz se había convertido en un auténtico matemático, lleno de
conocimientos y creatividad.
§. Dudas y motivos de discordia
A comienzos de 1675, y tras varios intentos, Leibniz había conseguido mejorar
su máquina aritmética, y pudo hacer una demostración ante la Academia de
Ciencias de París que resultó un éxito (A I 1, pp. 495). Esto
motivó que Colbert ordenara fabricar tres modelos: uno para el rey, otro para
el Observatorio Real y otro para la oficina de hacienda del propio Colbert. Al
describir la máquina en una carta dirigida al duque Juan Federico de Hannover (A I
1, pp. 491-3), Leibniz explicaba que las multiplicaciones y divisiones de
grandes números sólo requerían unas pocas vueltas de rueda, y que era posible
efectuar páginas enteras de sumas y restas en menos tiempo del que llevaría
escribirlas; todo ello, sin tener que pensar ni hacer esfuerzos. Leibniz añadía
que, si el duque quería una, fabricarla sólo costaría lo que a continuación
especificaba.
El objetivo principal de la carta de Leibniz al duque era el de aceptar, aunque
tarde y evidentemente sin mucho entusiasmo, la invitación de éste para que
entrara a su servicio en Hannover. Sin duda, Leibniz veía esta posibilidad como
la única viable después de no haber logrado entrar al servicio del emperador,
como quería, y ante la aparente falta de oportunidades de encontrar un puesto
remunerado en París (A I 1, p. 393).
Con la observación de que confiaba en poder dar por terminado su trabajo en
París durante el invierno, Leibniz intentaba que al duque no le cupiera ninguna
duda acerca de lo que esperaba de su patrón a su regreso a Hannover. Leibniz
decía al duque que, durante su estancia en París, había cambiado la dedicación
al derecho, las belles lettres y las polémicas que le habían
tenido ocupado en Alemania, por el estudio de la nueva matemática. Añadía que
todo lo que deseaba era libertad para continuar sus estudios de ciencias y
letras en beneficio de la humanidad.
Además de la máquina aritmética, Leibniz había presentado otra invención ante
la Academia de Ciencias de París a comienzos de 1675; se trataba de un
cronómetro que había diseñado cuatro años antes (A III 1, p.
245).
La secuencia de acontecimientos que le condujeron a esta invención se había
iniciado en enero, cuando Huygens discutió con él su propia invención de un
muelle de balanza; éste consistía en una aplicación de la propiedad de
isocronía de las oscilaciones elásticas para regular el mecanismo de un reloj.
Colbert había garantizado a Huygens la patente y éste la había registrado
además ante Oldenburg mediante un anagrama (HO 7, p. 400).
Cuando el fabricante de relojes junto a otros quiso que se reconociera su
contribución al invento, Huygens reveló el secreto de su anagrama y envió a
Oldenburg una copia de la descripción que quería publicar en el Journal
des Sçavans. Cuando, el 18 de febrero de 1675, se leyeron ante la
Royal Society la carta de Huygens y la copia de este artículo —en la primera
reunión a la que asistió Newton—, Hooke afirmó inmediatamente que él estaba en
posesión de ese invento desde hacía mucho tiempo. A esto siguió una agria
disputa en la que Hooke acusó a Oldenburg, en primer lugar, de haberle
traicionado dando a conocer a Huygens una idea que era fundamentalmente suya y,
en segundo lugar y en un tono más desabrido, de ser espía y confidente de
Francia (HO 7, p. 513). Finalmente, la Royal Society respaldó
a Oldenburg en aquel asunto (Birch 1756-7 3, p. 324).
Leibniz se vio arrastrado a entrar en la discusión al enviar a Oldenburg una
copia del artículo que había elaborado para el Journal des Sçavans describiendo
su propia invención (A III 1, pp. 208-13). Su ingenio para regular
el mecanismo de un reloj, del que hace notar que es completamente distinto del
aclamado invento de Huygens, utiliza dos muelles, coordinados de tal forma que
cada uno de ellos permite, al retornar a su posición de partida, que el otro se
destense, manteniéndose entonces en estado de tensión hasta que se le destensa
de nuevo. Oldenburg publicó una traducción inglesa del artículo de Leibniz en
las Philosophical Transactions(A III 1, pp. 192-201), pero
tuvo que informarle de que en la Royal Society habían surgido algunas dudas en
relación con su ingenio. Con ello, sin duda, hacía referencia educadamente a la
crítica formulada por Hooke, para quien el invento carecía de utilidad
práctica. En esta ocasión, al menos, el juicio de Hooke no estaba alejado de la
realidad.
En respuesta a las objeciones de Oldenburg en relación con la cuadratura
aritmética del círculo, Leibniz explicó que se trataba de algo completamente
distinto al problema de la cuadratura analítica en el que trabajaba
Gregory (A III 1, pp. 208-13). En un primer borrador de la
carta (A III 1, pp. 201-5), aunque no en la versión enviada a
Oldenburg, Leibniz señalaba que la cuadratura analítica hacía entrar en juego
números racionales, irracionales e incluso trascendentales —término que
introduce aquí por primera vez.
La cuadratura aritmética, sin embargo, envolvía una serie infinita de números
racionales. La cuadratura de la hipérbole llevada a cabo por Brouncker
representaba la primera cuadratura aritmética, y Leibniz vindicaba la
cuadratura aritmética del círculo para sí. Explicaba a Oldenburg que esta cuadratura
se lograba mediante la aplicación de un método que podía generalizarse, lo que
abría el camino a muchos resultados nuevos. Afirmaba que la cuadratura del
círculo permitía sustituir al método de Collins, y sumar un número finito de
términos en el caso de series armónicas o de cuadrados y cubos inversos. En el
resumen que quería publicar hacía referencia en el prólogo a los resultados de
Newton y Gregory, y pedía por ello información a Oldenburg de los métodos
utilizados por éstos. Oldenburg con-testó el 22 de abril de 1675, remitiendo a
Leibniz una versión en latín del borrador ingles que Collins había elaborado y
en el que describía con detalle las investigaciones más recientes de Gregory y
Newton (A III 1, pp. 217-43). Esta comunicación hizo a Leibniz
consciente de que Collins le tomaba en serio como matemático y estaba dispuesto
a revelarle información concerniente a trabajos no publicados de Gregory y
Newton. Pero sólo comunicaba resultados, y no los métodos. E incluso los
resultados que le fueron comunicados no eran exactos. Por ejemplo, la
transcripción que Oldenburg hacía de la serie de Gregory para el círculo era
incorrecta, y el error cometido por el propio Gregory al escribir la serie de
la tangente no había sido corregido ni por Collins ni por Oldenburg. Incluso si
no hubiera habido errores es difícil suponer que Leibniz, teniendo a la vista
únicamente los resultados, pudiera deducir algo sobre los métodos. Con todo,
esta carta se utilizó más tarde como evidencia contra Leibniz en el curso de la
polémica que le enfrentó a Newton por la prioridad en la invención del cálculo.
Se alegó, en particular, que el descubrimiento por parte de Leibniz de la serie
de la tangente inversa había tenido lugar después de recibir esta carta de
Oldenburg. Pero, de hecho, él ya había hecho referencia a este descubrimiento
en cartas a Oldenburg escritas el año anterior; y su método para derivar, del
que también había informado a Huygens el año anterior, no le debe nada a
Gregory (A III 1, pp. 141-69).
Hacia finales de 1675, Leibniz aún mantenía la esperanza de poder permanecer, a
pesar de todo, en París. Pues la muerte de Gilles Personne de Roberval, en
octubre de ese año, había dejado una vacante en la Academia de Ciencias de
París, y Leibniz contaba para ocuparla con el apoyo de Jean Gallois y del duque
de Chevreuse, yerno de Colbert y a quien había mostrado su máquina
aritmética (AII 1, p. 556). Por algún extraño motivo, sin embargo,
el quisquilloso Gallois retiró su apoyo a Leibniz, con lo que sus posibilidades
de lograr el nombramiento pasaron a ser escasas. Más tarde Leibniz rememoró lo
que el duque de Chevreuse le había explicado acerca de la opinión de algunas
personalidades influyentes, quienes consideraban que con el holandés Huygens y
el italiano Cassini la Academia ya tenía demasiados extranjeros en puestos
remunerados.
Fuera del círculo de la Academia Leibniz conoció a Nicolás Malebranche, quien
además de matemático era en ese momento el filósofo cartesiano más importante.
Su obra fundamental, Recherche de la vérité, se publicó por
primera vez en dos volúmenes entre 1674 y 1675; aún en vida del autor llegaron
a aparecer cinco ediciones más, corregidas y aumentadas. Las principales
aportaciones de Malebranche a la filosofía cartesiana eran dos: el desarrollo
de la doctrina del ocasionalismo, que Cordemoy y De la Forge habían introducido
en un intento de resolver el problema del dualismo cartesiano, y la concepción
de la materia sutil de Descartes como constituida por pequeños vórtices
elásticos, lo que le permitía dar una explicación plausible de los fenómenos de
la luz y el calor (Aitón 1972b, pp. 69-71). Las primeras conversaciones entre
Malebranche y Leibniz giraron en torno a la doctrina cartesiana de que la
extensión es la esencia de la materia (GP 1, pp. 321-7).
§. Amistad con Tschirnhaus
A finales de agosto de 1675 llegó a París un joven de la nobleza de Sajonia,
Eherenfried Walther von Tschirnhaus, con cartas de presentación de Oldenburg
para Huygens y Leibniz (A 111 1, p. 275). Pronto entabló
amistad con Leibniz, quien comunicó a Oldenburg que disfrutaba mucho con su
compañía y que reconocía en él a un joven de inteligencia brillante y muy
prometedor (A III 1, pp. 326-34).
Este joven compatriota de Leibniz había estudiado en Leiden, donde se vinculó
al cartesianismo y desarrolló una destreza considerable en el cálculo
algebraico formal. Durante una estancia en Amsterdam en 1673 algunos amigos de
Spinoza le dieron a conocer las doctrinas de este ermitaño de La Haya, con
quien quizá mantuvo un encuentro personal en 1674. Más tarde, en mayo de 1675,
Tschirnhaus visitó Inglaterra, donde gozó de un recibimiento amistoso. Con una
carta de presentación de Oldenburg fue a ver a Wallis, a quien comunicó sus
resultados en álgebra. El 9 de agosto de 1675 mantuvo un encuentro con Collins
para discutir sobre matemáticas. Aunque Collins reconoció la habilidad de
Tschirnhaus para el álgebra, su afirmación de que las nuevas contribuciones de
Sluse y Barrow a la resolución de ecuaciones, así como toda la teoría de cuadraturas,
rectificaciones y determinación de centros de gravedad, no eran sino
derivaciones de la aportación de Descartes, le parecía excesiva. Mientras
Collins formó la opinión de que Tschirnhaus disponía de métodos comprehensivos
para la resolución de ecuaciones superiores —en realidad, las ecuaciones que
seleccionaba para su estudio eran las que obtenía yendo hacia atrás a partir de
soluciones dadas—, Gregory quedó mucho menos impresionado por alguien que
sobrevaloraba a Descartes de modo tan excesivo.
En los meses que siguieron a su primer encuentro, que tuvo lugar a finales de
septiembre de 1675, Tschirnhaus y Leibniz intercambiaron resultados e ideas
matemáticos y llevaron a cabo algunos estudios en común. Este trabajo en
colaboración incluyó el examen de los manuscritos dejados por Pascal. Aunque
Leibniz recomendó enfáticamente su publicación —señalando que el tratado sobre
cónicas ya se encontraba a punto para la imprenta—, ésta nunca se llevó a
cabo (A III 1, pp. 587-91). Esos manuscritos se encuentran perdidos
en la actualidad, y todo lo que queda de ellos es el resumen que Leibniz hizo
de su contenido. Otro motivo de colaboración lo constituyó el intento
infructuoso de hallar sumas parciales de series armónicas. Mientras Leibniz era
capaz de ver y de señalar a su amigo, imaginativo pero acrítico, las
limitaciones del trabajo algebraico que realizaba, Tschirnhaus no era capaz, a
su vez, de apreciar la importancia y el significado del método infinitesimal de
Leibniz. Cuando las primeras conversaciones sobre matemáticas tuvieron lugar,
en noviembre de 1675, Leibniz ya estaba en posesión de los principios y
notación del cálculo infinitesimal. Por ejemplo, una nota manuscrita de este
periodo presenta la regla de derivación del producto como un teorema interesante
y válido para cualquier curva (Hofmann 1974, p. 175). Qué poco había llegado a
entender Tschirnhaus se pone de manifiesto en el hecho de que Leibniz tuvo que
recordarle más tarde que, en la época de sus conversaciones en París, había
mostrado desprecio hacia la nueva notación calificándola de conjunto de
símbolos inútiles que sólo servían para oscurecer las cosas, y no se había
mostrado dispuesto a escuchar a Leibniz cuando este intentó poner un ejemplo (GBM 1,
p. 375). Esta anécdota tiene importancia para la posterior disputa por la
prioridad entre Leibniz y Newton. Pues parece improbable, a la vista de su
evidente falta de comprensión, que Tschirnhaus pudiera informar a Leibniz de
datos recogidos en Londres en relación con el trabajo que, en el campo del
análisis, estaban llevando a cabo los matemáticos ingleses. No hay, desde
luego, evidencia documental de que Leibniz pudiera haber aprendido algo
significativo de él en relación con el trabajo de los matemáticos ingleses. En
el verano de 1676 Tschirnhaus recibió de Collins, por mediación de Oldenburg,
información relativa al método infinitesimal inglés, incluida la regla de la
tangente de Newton. Pero está claro que, para entonces, era tarde para que esta
in-formación le fuera útil a Leibniz en la invención del cálculo. Sin embargo,
esta correspondencia se utilizó como evidencia contra Leibniz por el simple
procedimiento de ponerle fecha de un año antes (Hofmann 1974, p. 171).
§. La invención del cálculo
Leibniz dio el paso decisivo que le llevaría a la invención del nuevo cálculo
en unos pocos días del mes de octubre de 1675. Desde 1673 se había interesado
por problemas de infinitésimos, como la determinación de centros de gravedad,
cuadraturas y rectificaciones de curvas, incluido el problema inverso de la
tangente. Se dio cuenta de que este último tipo de problemas, que piden
determinar la ecuación de una curva cuando se conoce la ley que define su
tangente, podían reducirse a problemas de cuadraturas. Fue en el contexto de un
problema inverso de la tangente cuando, en octubre de 1675, sustituyó por
primera vez la abreviatura omn (de omnes) mediante ∫ (de summa) (Child
1920, p. 60). Por entonces todas las integrales se tomaban definidas aunque
todavía no se contaba con una notación especial para indicar los límites, de
forma que la notación ∫ydx (escrita originalmente como ∫y) representaba
lo que hoy se escribiría como ∫0xy dx. Consciente
de que la operación ∫ eleva el grado, Leibniz representó inicialmente la
operación inversa por medio de una d en el denominador, a fin
de enfatizar que dicha operación hacía descender el grado. Así, ∫y = z era
equivalente a y = z/d. Un poco más tarde convirtió
la notación x/den dx, que conservó en todos los trabajos
posteriores.
En los ejemplos que Leibniz toma para ilustrar la nueva notación resulta
evidente que ya conocía algunas de las reglas que rigen el nuevo cálculo. Los
factores constantes, por ejemplo, aparecen delante del signo de la integral y
la suma de integrales se toma como equivalente a la integral de la suma.
A comienzos de noviembre Leibniz estuvo trabajando en cinco problemas
concernientes a la derivación de ecuaciones de curvas de subnormal dada.
Consideró en primer lugar la curva cuya subnormal p = ydy/dx es a2/y.Evidentemente,
∫a2dx = ∫y2dy, y de ello
infería que la ecuación de la curva era a2x = 1/3y3,
de acuerdo con su costumbre de tomar el comienzo de la curva en el origen. Tras
obtener la solución, Leibniz la comprobó por medio de la regla de Sluse. El
siguiente problema tomaba en consideración la curva de subnormal a2/xy
arrojaba sin dificultad la curva ½ y2 = a2∫dx/x.
Leibniz señalaba que se trataba de una curva trascendental que puede
construirse usando la curva logarítmica. Dos de los problemas restantes tienen
un interés especial por lo que hace a la evolución de las ideas de Leibniz. En
uno de ellos, relativo a la curva de subnormal(a2/y.) - x, cometió
un error al creer que ∫ dx/yes un logaritmo, lo que suponía no
distinguir entre el integrando y la variable del denominador. Es mientras
resolvía este problema cuando cambió la notación de x/d a dx.
Por último, cuando Leibniz halló que la curva de subnormal
era
intentó
encontrar una aproximación a la integral por medio de una serie.
El nuevo simbolismo algebraico proporcionó a Leibniz una perspectiva general en
la consideración de problemas de infinitésimos y facilitó considerablemente su
resolución. Por ejemplo, cuando el matemático Claude François Milliet Deschales
le planteó el problema de calcular la parte de un cono circular que quedaba
comprendida entre la base y un plano paralelo al eje, fue capaz de encontrar la
solución esa misma tarde al demostrar que dependía de la cuadratura del círculo
y la hipérbole (Hofmann 1974, p. 195). Además pudo calcular la cuadratura de un
sector y la tangente de la curva de Bertet (hacia la cual Ozanam había dirigido
su atención; la curva se genera partiendo de un círculo y añadiendo al radio la
longitud de arco a partir de un punto dado de la circunferencia), y de
generalizar este resultado reemplazando el círculo por una curva arbitraria.
Con ello, estaba reduciendo de nuevo la cuadratura de la hipérbole equilateral
a una integral que podía evaluarse en términos de una serie infinita.
La idea que Leibniz se hacía de estos últimos logros en la resolución de
problemas de cálculo infinitesimal puede investigarse en las observaciones que,
por esta época, incluía en cartas dirigidas a Gallois y Oldenburg. El 2 de
noviembre comunicó a Gallois, a quien no había podido visitar la semana
anterior por encontrarse enfermo, su intención de hacer públicos los resultados
obtenidos hasta el momento mediante cartas a personalidades conocidas, incluido
el propio Gallois (A III 1, pp. 304-6). Escribió la carta que
había prometido a Gallois a finales de año (A III 1, pp.
356-60). En esta carta Leibniz describía la cuadratura aritmética del círculo y
hacía la interesante observación de que la cuadratura no era geométrica, puesto
que él no afirmaba estar describiendo un cuadrado de área igual ala del círculo;
pero tampoco era esta cuadratura simplemente mecánica, pues, yendo más allá de
una mera aproximación, daba la razón verdadera y exacta entre el círculo y el
cuadrado circunscrito en él en la medida en que esta razón podía venir
expresada mediante números racionales. Leibniz afirmaba que esta noción de
cantidad definida mediante una serie infinita convergente suponía un avance
considerable en el método analítico de investigación de las propiedades de
figuras curvilineales. Leibniz explicaba a Gallois que el motivo de este logro
residía en el empleo de triángulos infinitesimales, junto a los tradicionales
rectángulos, para la resolución de figuras. Pues mediante este procedimiento
había llegado al teorema de transmutación, que constituía un resultado muy
general y capaz de unificar que permitía, por ejemplo, probar mediante una
única demostración todas las cuadraturas que Wallis sólo había podido encontrar
por inducción, así como otras muchas que él mismo había obtenido.
En cartas a Oldenburg de finales de 1675 Leibniz prometía resolver, mediante un
nuevo método de aproximación, un problema geométrico que hasta el momento se
había mostrado intratable (A III 1, pp. 326-34). Esta
solución, que comunicaría tan pronto como tuviera tiempo para completarla,
permitiría a Oldenburg darse cuenta, o al menos así lo esperaba, de que no sólo
había resuelto problemas sino que había inventado además nuevos métodos; hacía
referencia con ello al cálculo infinitesimal. Enfatizaba a Oldenburg que, más
que los resultados, eran los métodos lo que de verdad valoraba. El problema que
Leibniz tenía en mente, y con el que pretendía impresionar a Oldenburg, era
probablemente uno de los varios problemas inversos de la tangente que Florimond
Debeaune había propuesto.
§. Últimos meses en París
A comienzos de 1676, y justo cuando Leibniz se encontraba a medio escribir una
felicitación de Año Nuevo para el duque Juan Federico, el funcionario de la
Corte Johann Karl Kahm le ofreció formalmente un puesto de consejero; Leibniz
terminó la carta confirmando su aceptación del puesto (A II, pp.
504-5). Con todo, no había renunciado a la esperanza de poder permanecer en
París, pues ese mismo día dirigió una carta al propio Colbert, cuyo yerno había
apoyado su candidatura a la vacante en la Academia, solicitando ayuda para
llevar a cabo su trabajo científico y recordando a Colbert que éste no había
sido estéril (A I 1, p. 457). Fue entonces cuando el nuevo elector
de Maguncia, Damian Hartard von der Leyen, confirmó su nombramiento como
consejero, algo que había estado posponiendo hasta ese momento.
Al parecer, Leibniz debió pensar que, dadas las circunstancias, tenía alguna
posibilidad de prolongar su estancia en París como emisario político del
elector de Maguncia y del duque de Hannover. Pues, en su respuesta, Leibniz
hacía referencia de su reciente nombramiento en Hannover y pedía al elector que
tuviera en cuenta su deseo de poder estar a su servicio de vez en cuando (A I
1, pp. 398-9). Sin embargo, el 11 de febrero su amigo Melchior Friedrich von
Schönborn, que le había acompañado en su primera visita a Londres, le informó
confidencialmente de que, a pesar de su propio apoyo, que debería haber tenido
un peso considerable en razón de los importantes servicios que había prestado,
no le quedaba ninguna esperanza. Tras asegurar a Leibniz que tenía muy alto
concepto de él, Schönborn comentaba que en los tiempos que corrían la
liberalidad de los príncipes no sobrepasaba la ruina de sus estados (A I
1, pp. 400-1).
El nombramiento formal de Leibniz como consejero del duque Juan Federico tuvo
lugar el 27 de enero de 1676 (A I 1, p. 508). En la carta de
nombramiento Kahm incluía una lista de los miembros más importantes y con mayor
antigüedad de la Corte que iban a ser compañeros de Leibniz y le explicaba que
no podía prometerle que pudiera ser nombrado consejero privado. Una carta
dirigida a Christian Habbeus von Lichtenstern, quien le había recomendado con
anterioridad al duque, muestra con claridad que Leibniz no tenía intención de
asentarse en Hannover de forma definitiva (A I 1, pp. 444-6).
En ésta Leibniz decía a su amigo que estaba dispuesto a ser una especie de
anfibio, residiendo a veces en Alemania y a veces en Francia, mientras pudiera
encontrar, con la ayuda de Dios, medios para pasar algún tiempo aquí y alguno
allá, hasta que tuviera la oportunidad de asentarse. Por lo que hace a su
nombramiento, sólo dice que el duque le ha hecho merced de un gran favor cuya
naturaleza describirá en otro momento.
Cuando, el 28 de febrero, Kahm comunicó a Leibniz (A I 1, pp.
510-11) que el duque le quería en Hannover tan pronto como fuera posible,
señalando que le pagaría su salario con efectos al 1 de enero, Leibniz rogó que
le concedieran dos o tres semanas para dejar cerrados sus asuntos en París. Un
mes más tarde todavía estaba allí y, aunque de mala gana, el duque le concedió
permiso para que permaneciera hasta el Domingo de Pentecostés (A I
1, p. 515). Pero ni siquiera entonces dio paso alguno para dejar París. De
hecho, hizo un último y desesperado intento para conseguir un puesto en la
Academia, escribiendo para ello a Huygens a mediados de junio buscando su
apoyo (HO 22, p. 696). Huygens había estado enfermo desde
finales de 1675 y la carta de Leibniz llegó justo cuando estaba a punto de
regresar a su casa de La Haya para pasar un periodo de convalecencia. Al no
disponer de tiempo antes de su marcha para hablar personalmente con Leibniz, le
dejó una carta en la que le aseguraba que había mediado ante Colbert y Gallois
(quien, como ya se ha visto, se había vuelto contra Leibniz) y aún esperaba
respuesta.
El dilema al que se enfrentaba Leibniz estaba causado por su dedicación al
desarrollo de la ciencia en beneficio de la humanidad. A su modo de ver,
obtendría los mejores resultados quedándose en París, en contacto directo con
la Academia y los matemáticos y filósofos que vivían allí o visitaban la
ciudad. Pero incluso un optimista como Leibniz tenía que darse cuenta de que
las perspectivas de obtener un empleo remunerado que le permitiera quedarse
eran escasas. Por ello aceptó, de mala gana y por necesidad, el ofrecimiento
del duque, aunque sin abandonar la esperanza de conseguir un puesto en la
Academia; creía, sin duda, que podría aceptarlo sin enemistarse con el duque. A
pesar de esta incertidumbre en relación con su futuro y la ansiedad que su
situación personal debió suponerle durante sus últimos meses en París, Leibniz
continuó con sus investigaciones sin que disminuyera su entusiasmo.
A comienzos de año, como ya se ha dicho, examinó junto a Tschirnhaus los
papeles de Pascal. En abril mantuvo un encuentro con el matemático holandés
Georg Mohr, quien había viajado a París desde Londres y le informó de las conversaciones
que había mantenido allí con Collins. Cuando Mohr mostró a Leibniz los
desarrollos en serie del seno y de la inversa del seno que Collins le había
pasado, Leibniz escribió a Oldenburg (A III 1, pp. 374-81)
enfatizando en particular la elegancia del desarrollo en serie del seno,
como
si la viera por primera vez. De hecho, Oldenburg le había dado a conocer ambos
desarrollos un año antes (A III 1, p. 233). Años después,
Leibniz atribuyó este fallo de memoria a la presión de su situación en París en
esta época. Leibniz solicitó a Collins, por mediación de Oldenburg, una
demostración del desarrollo en serie del seno y prometía enviar a cambio su
propia demostración de la cuadratura aritmética del círculo, a la que estaba
dando los últimos toques. Tras comentar brevemente otros problemas en los que
estaba trabajando, Leibniz cerraba su carta con el ruego de que los papeles de
Gregory (que había muerto el año anterior) se conservaran con precaución y
manifestaba interés por su contenido.
Dos días antes de escribir a Oldenburg, Leibniz había dirigido otra carta al
jurista de Hamburgo Vencent Placcius, quien había hecho referencia a los
escritos sobre derecho de Leibniz en una publicación suya (A II
1, pp. 259-60). Leibniz explicaba que desde su marcha a París había centrado su
interés más en las matemáticas que en el derecho y añadía que confiaba en poder
retomar el estudio del derecho, pues había comenzado varias cosas sin terminar
ninguna. También en estos difíciles momentos Leibniz mantuvo correspondencia
con matemáticos y filósofos acerca de una diversidad de temas. Por ejemplo,
envió a Claude Perrault una crítica detallada de la teoría de la gravedad que
Perrault había propuesto a la Academia en el curso de un debate sobre el tema,
en 1669 (A II 1, pp. 262-8). El propio Leibniz adoptó más
tarde una modificación de la teoría que Huygens había presentado con este
motivo. Dirigió cartas al filósofo natural y experimentalista Edme Mariotte en
las que subrayaba el valor de la física en la búsqueda de causas y de
demostraciones lógicas (A II 1, pp. 268-71).
En matemáticas, Leibniz continuó y llevó a término su investigación acerca del
problema de Debeaune que ya se ha mencionado. Tal y como lo enuncia Debeaune,
el problema es equivalente a encontrar la curva que pasa por el origen y
satisface (en coordenadas rectangulares) la ecuación diferencial dy/dx =
(x — y)/a, donde a es una constante. Leibniz
no hizo muchos progresos hasta que adoptó el método de aproximación de
Descartes, que consistía en referir la curva a un sistema de coordenadas
oblicuas y donde uno de los ejes, la asíntota, tenía una inclinación de 45°. En
este caso, la curva (figura 3.8) ya no pasa por el origen B sino
por un punto A (0,c). Además, la subtangente t =
RN es constante, de forma que t = BC=√2c. Si se toman
SX = dx y SV = dy, de la semejanza de los
triángulos SVX y RXN se sigue que dy/dx = y/t. Así, dy/dx
= y/t.
Al principio Leibniz no reconoció la integral, pero después recordó haber
demostrado, unos meses antes, que se trataba de un logaritmo (Scriba 1964). Si
se inserta el signo menos omitido por Leibniz (ya que sus dx y dy son
de signo opuesto), se toma t = √2c y se hace
uso de la condición de que la curva pasa por A (0,c), la
ecuación de la curva resulta ser
x =
- √(2c log(y/c)).
A
comienzos de julio y a instancias del duque, Kahm escribió de nuevo a Leibniz y
le urgió a dirigirse a Hannover tan pronto como fuera posible ( A I
1, pp. 515-16).
Figura 3.8
Kahm
recordó a Leibniz que había transcurrido medio año desde su nombramiento
oficial como consejero y le expresó su extrañeza ante el hecho de que hubiera
pospuesto tanto tiempo su salida de París. Kahn añadía que, además de los
oficios de consejero, Leibniz estaría a cargo de la Biblioteca Ducal tan pronto
como el primer bibliotecario Tobías Fleischer, se marchara en septiembre para
ocupar el cargo de consejero del rey danés en Copenhague.
Cuando Christophe Brosseau [14], embajador
de Hannover en París, pagó a finales de julio a Leibniz los gastos de viaje y
le urgió a marcharse, Leibniz debió considerar difícil permanecer por más
tiempo. Sin embargo, fue precisamente entonces cuando mantuvo su primer cambio
de impresiones con Newton.
Oldenburg estaba resuelto a satisfacer la petición de Leibniz de recibir
información sobre los importantes datos contenidos en la correspondencia de
Gregory y, además, a pasarle los últimos resultados de Newton a que tuviera
acceso, convenciendo para ello a Newton de que los cediera con este fin. La
necesidad de poner a disposición de Leibniz y de sus amigos de la Academia de
París los logros de los matemáticos ingleses se le hizo evidente a Oldenburg
cuando, a mediados de junio, recibió una carta de Tschirnhaus en la que éste
insistía en afirmar que Descartes había sido el auténtico fundador del nuevo
método matemático y de que las contribuciones de sus sucesores no eran más que
continuación y elaboración de las ideas de Descartes (A III 1,
pp. 408-24).
Para Oldenburg, se hacía necesario mostrar con claridad que los ingleses habían
dado pasos importantes más allá de Descartes. Con este fin, Oldenburg obtuvo de
Collins un elaborado documento de cincuenta páginas que hoy se conoce como
la Historiola.
Al encontrarlo demasiado extenso, Collins escribió un «Compendio» (A III
1, pp. 504-16) que Oldenburg tradujo al latín y constituyó la base de la
respuesta que dirigió conjuntamente a Leibniz y Tschirnhaus el 5 de agosto de
1676 (A III 1, pp. 517-33).
Collins daba, en primer lugar, la regla para hallar los coeficientes del
desarrollo en serie de la inversa del seno, que no creía inferior en elegancia
al desarrollo en serie del seno en el que Leibniz se había fijado. Así,
y
así hasta el infinito. Collins añadía la opinión expresada por Gregory de que
el método de desarrollo en serie alejaba todas las dificultades, y de que la
diferencia con lo conocido antes era como de la noche al día. Con el fin de
ilustrar la potencia del método de Gregory, Collins citaba su forma de tratar
el problema de Kepler: la división del área de un semicírculo en una razón dada
mediante una línea trazada desde algún punto del diámetro hasta la
circunferencia. Pero sólo ofrecía el resultado, sin dar indicación alguna de la
regla que permitía hallar los términos de la serie. Collins daba dos series
más, cuya transcripción es inexacta ya que contiene un error:
Leibniz
ya había recibido el desarrollo en serie de la tangente (con el mismo error) en
la carta de Oldenburg fechada el 22 de abril de 1675. Collins no daba ninguna
indicación del método de derivaciones reiteradas que Gregory había utilizado
para obtener la serie.
De hecho, Collins jamás había recibido de Gregory una explicación del método,
de manera que no podía comunicárselo a Leibniz aunque lo deseara. Para
finalizar, Collins manifestaba su esperanza en que los resultados que citaba
satisficieran la curiosidad de los matemáticos de París y de que ellos, a su
vez, dieran a conocer sus propios trabajos.
Junto a su carta, Oldenburg hacía llegar una copia de la carta que Newton le
había enviado para que la comunicara a Leibniz y Tschirnhaus. Pero antes de
exponer el contenido de la carta es preciso decir algo acerca de la finalidad
de estos intercambios entre estudiosos, así como de la situación de la Royal
Society en ese momento. A causa de la reticencia de los editores a la hora de
aceptar libros de matemáticas, debido a la dificultad de componer los tipos y
el reducido número de lectores potenciales, enunciar resultados en cartas,
especialmente cuando éstas quedaban archivadas en la Royal Society o en la
Academia de París, proporcionaba la manera de vindicar una invención como
propia mientras se estaba pendiente de poder publicarla más adelante. Las
posesiones más preciadas para un matemático eran, naturalmente, los métodos
originales que permitían obtener resultados nuevos. Cuando un matemático
comunicaba resultados a fin de mostrar que había descubierto un nuevo método,
al cual hacía referencia en ocasiones de forma oscura, tenía buen cuidado de
eliminar cualquier pista que pudiera permitir al receptor adivinar el método y
aplicarlo él mismo en el descubrimiento de nuevos resultados. Como ya se ha
visto, Leibniz le había hecho saber a Oldenburg que estaba dispuesto a revelar
su método a cambio de otro que deseaba conocer; pero tanto él como Newton eran
muy precavidos y temían revelar algo valioso sin recibir nada a cambio.
Desde el otoño de 1675 Newton se había visto envuelto en disputas relativas a
su teoría de los colores; Hooke, por ejemplo, había afirmado que lo esencial de
la «Hipótesis de la luz» de Newton estaba sacado de su propia Micrographia. Incluso
después del éxito con que Newton demostró sus experimentos ante la Royal
Society, las disputas continuaron. Inmerso en el ambiente que las disputas
habían causado, es fácil que Newton sospechara que Leibniz, que ya había
comprometido su reputación durante su primera visita a Londres, estaba
fingiendo poseer métodos propios a fin de acceder a los resultados más
importantes de los ingleses.
Al comienzo de su carta a Oldenburg (A III 1, pp. 533-54),
Newton hace con educación algunas observaciones acerca de Leibniz. Si bien
Leibniz había mostrado su reconocimiento por la teoría de las series infinitas
de los ingleses, a Newton no le cabía duda alguna de que Leibniz había descubierto
no sólo un método para reducir cualesquiera cantidades a estas series, como afirmaba,
sino incluso procedimientos más breves semejantes a los de los ingleses, si no
mejores. Newton explicaba a continuación que él había tropezado con la teoría
de las series infinitas varios años antes, y que remitía algunas de las ideas
que se le habían ocurrido con el fin de satisfacer los deseos de Leibniz.
Enunciaba en primer lugar el teorema del binomio, que permitía simplificar la
extracción de raíces como series infinitas y efectuar divisiones simples o
reiteradas, y después varios ejemplos de dificultad variable. Daba a
continuación un ejemplo de su procedimiento para transformar ecuaciones en
series, pero omitía la explicación de los pasos cruciales « por mor de
la brevedad».
Señalaba que una explicación de cómo calcular áreas y longitudes de curvas,
volúmenes y superficies de sólidos o partes de estas figuras, y centros de
gravedad a partir de ecuaciones transformadas en series, sería excesivamente
larga. Newton continuaba el catálogo de resultados con su solución al problema
de Kepler, desconociendo evidentemente que ya Collins había comunicado la
solución de Gregory a este mismo problema, y dando desarrollos en serie para el
arco de la elipse y el área de la hipérbole. Newton añadía que había pensado en
otras cosas que no tenía tiempo de explicar.
Todos los teoremas y ejemplos que Newton citaba ya eran conocidos bajo una
forma u otra. Y, por supuesto, enunciaba únicamente los resultados y no los
métodos para obtenerlos. En otras palabras, la carta de Newton no contenía nada
que Leibniz no hubiera podido aprender en algún otro lugar. Al final de la
carta Newton añadía un comentario en inglés para Oldenburg acerca de su teoría
de los colores, con lo que forzaba a Oldenburg a enviar a Leibniz una copia en
lugar del original.
En una posdata a su copia de la carta de Newton, Oldenburg recordaba de nuevo a
Leibniz su promesa de hacer llegar la máquina aritmética a la Royal Society.
Oldenburg señalaba que el hecho de que Leibniz, alemán y miembro de la Royal
Society, no hubiera cumplido lo prometido ante los miembros de la Sociedad,
había sido motivo de embarazo para él.
Las cartas de Oldenburg y Newton le fueron remitidas a Leibniz el 5 de agosto
de 1676. Para asegurarse de que las recibía le fueron confiadas a Samuel König,
matemático alemán que estaba a punto de salir para París, en lugar de
enviárselas por correo ordinario. Al no encontrar a Leibniz en casa dejó el
envío al boticario del lugar, de cuya casa lo recogió Leibniz el 24 de agosto
al pasar casualmente por allí. Aunque Leibniz en su respuesta hizo hincapié en
las circunstancias que habían demorado la recepción de estas cartas, Oldenburg
omitió esta alusión, por considerarla carente de importancia, al transcribir la
carta de Leibniz para el Registro de Cartas de la Royal Society. Por este motivo
Newton pudo mantener más tarde, en el transcurso de la disputa por la
prioridad, que Leibniz había dispuesto de seis semanas para estudiar la carta
antes de redactar su respuesta el 26 de agosto de 1676. De hecho sólo había
dispuesto de tres días.
Leibniz se dio cuenta inmediatamente de la importancia del contenido de la
carta de Newton y comprendió que debía comunicar sus propios hallazgos
rápidamente si quería evitar que recayera sobre él la sospecha de que estaban
basados en un detenido estudio de los resultados de Newton. Escribió su
respuesta con prisas, cometiendo errores en la transcripción de las fórmulas y
con una letra más difícil de descifrar aún de lo que en él era habitual; como
resultado de ello, la copia que hizo Collins para Newton contenía algunos
errores importantes (A III 1, pp. 558-86).
Por ejemplo, parecía que Leibniz había calificado a la curva de Debeaune de «capricho
de la naturaleza», cuando en realidad él había hecho referencia a una curva
«de dicha naturaleza», es decir, en la que la subtangente es constante.
Tras comentar que la carta de Oldenburg contenía « ideas relativas al
análisis más importantes y en mayor número que muchos gruesos volúmenes que se
han publicado sobre el tema », Leibniz elogiaba los hallazgos de
Newton. Pero añadía que el método de Newton para hallar raíces de ecuaciones y
áreas de figuras a partir de series infinitas era muy distinto del suyo propio,
al que caracterizaba de corolario de un método general de transformaciones con
ayuda del cual una figura dada se transforma en otra figura analíticamente
equivalente, de tal forma que los valores sobre la ordenada pueden escribirse
como una serie infinita por aplicación de la división de Mercator. La
cuadratura aritmética del círculo, que había comunicado a sus amigos de París,
mostraba que estaba en posesión de un potente método. Hacía una presentación de
los fundamentos de este método a Oldenburg, con el fin de que los ingleses no
le negaran su aportación a unos resultados que consideraba brillantes.
Su método de transformaciones consistía, esencialmente, en dividir una figura
en partes y a continuación unirlas de nuevo —esas primeras u otras
equivalentes— en otras posiciones o de forma distinta, para que compusieran una
figura de la misma área que la primera pero con forma distinta. Tomaba como
ejemplo la cuadratura aritmética del círculo, comenzando con la ecuación y2 = 2ax
- x2 y efectuando la sustitución ay = xz.
Sin embargo, al omitir la relación entre z y la tangente
estaba ocultando un elemento esencial de su teorema de transmutación general.
Puesto que tanto Collins como Newton se habían limitado a comunicar resultados,
Leibniz estaba justificado al esconder la pista que daba acceso a su propio método.
Como una prueba más de que estaba en posesión de importantes descubrimientos,
Leibniz comunicaba a Oldenburg que había resuelto el problema de Debeaune; en
realidad, lo había resuelto mediante un análisis preciso el primer día que lo
tomó en consideración, aunque reconocía que la solución aún no le parecía suficientemente
satisfactoria.
Resulta extraño que Leibniz ponga en duda la potencia del método de series
infinitas al afirmar, contradiciendo a Newton, que había muchos problemas que
no dependían ni de ecuaciones ni de cuadraturas, como el problema del método de
tangentes inversas de Debeaune. Pues previamente había resaltado la conexión
estrecha existente entre el problema de la inversa de la tangente y el de
cuadraturas.
Finalmente, Leibniz decía a Oldenburg que, tan pronto como dispusiera de
tiempo, abordaría la reducción de la mecánica a la geometría, así como
problemas de elasticidad, fluidos, péndulos, proyectiles, resistencia de
sólidos y fricción; de hecho, existen manuscritos del periodo de París en los
cuales se abordan estos temas (Hess 1978). Con respecto a la promesa incumplida
relativa a la máquina aritmética, sobre la cual Oldenburg había manifestado su
malestar, Leibniz mantenía un absoluto silencio.
Leibniz todavía se encontraba en París el 13 de septiembre cuando Brosseau le
hizo saber que su proyecto de viajar pasando por la Holanda española no era
posible, ya que las formalidades para la obtención del pasaporte supondrían una
demora de varios meses (A I 1, pp. 516-17). A finales de
septiembre Brosseau le hizo saber que el duque se estaba impacientando y a
Leibniz se le hizo evidente que no podía posponer la partida. Por ello, y tras
despedirse del embajador el 2 de octubre, abandonó París la mañana del sábado 4
de octubre de 1676 y viajó en el coche correo vía Abbeville hasta Calais; nunca
jamás retomaría a su ciudad más querida (A I 2, p. 3).
§. Segunda visita a Londres
La decisión de viajar vía Londres permitió a Leibniz dar continuidad a sus
recientes intercambios con Oldenburg y Collins mediante un encuentro personal.
Tras llegar el 10 de octubre a Calais se vio retenido durante cinco días a
causa de las tormentas y vientos desaforados que azotaban el canal. Tras cruzar
hasta Dover, donde pernoctó, llegó a Londres al final de la tarde del 18 de
octubre. Leibniz permaneció en Londres una semana, en el transcurso de la cual
mostró por fin a Oldenburg la máquina aritmética. No fue posible hacer una
demostración ante la Royal Society porque las reuniones aún no se habían
reiniciado tras las vacaciones de verano. Otro acontecimiento importante
durante esta visita fue el encuentro que mantuvo con Collins, a quien el joven
alemán impresionó favorablemente a pesar de no encontrarse bien de salud y de
las dificultades de idioma, ya que el latín de Collins era limitado y Leibniz
podía leer en inglés pero no debía hablarlo suficientemente bien (NC 2,
p. 109). Aparte de Oldenburg y Collins, no hay evidencia de que Leibniz
mantuviera encuentros con otros miembros de la Royal Society, aunque le habría
gustado reunirse con Wallis o Newton, si la oportunidad se hubiera presentado.
Durante su estancia en Londres, Collins, que era el bibliotecario de la Royal
Society, autorizó a Leibniz a copiar extractos del manuscritoDe analysi de
Newton (A III 1, pp. 664-77) y de su propia « Historiola»,
que había elaborado con idea de hacérsela llegar a Leibniz (LH xxxv,
8, 23, f. 1-2).
De la obra de Newton, Leibniz copió únicamente las expansiones en serie y no
prestó ninguna atención a las secciones relativas a infinitésimos,
presumiblemente porque no contenían nada nuevo para él. La « Historiola»
incluye una transcripción del método de la tangente que Newton había expuesto a
Collins en una carta de 1672 (NC 1, pp. 247-55).
Leibniz copió únicamente el ejemplo de Newton y añadió la regla general que
había recibido antes por mediación de Oldenburg. Posteriormente, en el contexto
de la disputa por la prioridad, Newton acusó a Leibniz de haberse apropiado de
la regla de la tangente como si fuera de su autoría. Pero Leibniz pudo
argumentar que su método diferencial no era el mismo y que, en cualquier caso,
su fuente de inspiración no había sido Newton, sino Sluse. El simple hecho de
que Leibniz copiara extractos de la «Historiola» en Londres prueba que,
al contrario de lo que creía Newton, no le habían remitido este documento a
París. En la cubierta hay una nota en la que se le pide que devuelva el
manuscrito cuando lo haya examinado, pero esta nota alude, naturalmente, a su
estudio del manuscrito en Londres.
Aunque esta segunda y última visita a Londres fue breve, Leibniz podía sentirse
satisfecho con la acogida amistosa que le habían dispensado. Tras cumplir la
promesa hecha a Oldenburg en relación con la máquina aritmética y haber causado
una buena impresión a Collins, tenía motivos para confiar en la continuidad de
sus buenas relaciones con la Royal Society; de esta forma, y a pesar del
aislamiento al que tendría que hacer frente en Hannover, podría mantenerse
informado de los desarrollos más recientes de la matemática en Inglaterra.
§. Travesía a Hannover
En una carta dirigida a Kahm (A I 2, pp. 3-4) y enviada desde
Holanda a finales de noviembre, Leibniz daba cuenta de los detalles de sus
viajes y actividades desde que había dejado París. Tras dar por cerrados sus
asuntos relativos a la Royal Society había visitado al príncipe. Roberto von
der Pfalz, cuya hermana Sofía se convertiría después en duquesa de Hannover e
íntima amiga suya. El príncipe ofreció a Leibniz la posibilidad de embarcarse
en un yate que iba a enviar a Alemania en unos pocos días con un cargamento de
vino. Leibniz subió a bordo el 29 de octubre y la mañana de dos días después el
yate abandonó el puerto, llegando a Gravesend ese mismo día; allí hubo de
esperar cuatro días mientras se recogía el cargamento. Después se vio retenido
durante otros seis días, por culpa de un fuerte viento, en Sheerness, en la
desembocadura del Támesis. Finalmente, el viento cambió en dirección noroeste y
en veinticuatro horas Leibniz llegó a Rotterdam. En total había estado retenido
catorce días, pero cuando las condiciones fueron las adecuadas la travesía se
hizo rápida.
Durante la incómoda espera a bordo del yate en Sheerness, Leibniz escribió el
diálogo «Pacidius Philalethi prima de motu philosophia» y meditó su idea
de una característica real o lenguaje universal, que le hablase al
entendimiento antes que a la vista, así como de una característica universal
más potente que permitiera el razonamiento y la demostración en ética y
metafísica por medio de un cálculo análogo al de la aritmética y el álgebra.
Ocupó su mente con esta magnífica idea que ya había avanzado en De arte
combinatoria porque, como decía en una carta dirigida a Gallois (GP 7,
pp. 21-2) no tenía a nadie con quien hablar si se exceptuaba a los marineros.
El diálogo escrito por Leibniz sobre los principios filosóficos del movimiento
era uno más de entre las obras que escribió en esta forma.
Otro diálogo, escrito probablemente ese mismo año, tiene como tema la teoría de
Platón del aprendizaje como «rememoración» (Knobloch 1976). El hijo de Areteo,
en cuyo jardín tiene lugar el diálogo, representa al joven esclavo del Menón de
Platón [15] y
Charinus (pseudónimo de Leibniz) demuestra la teoría aplicándola a una
introducción completa a la aritmética y al álgebra, en lugar de valerse del
problema particular utilizado por Sócrates. Charinus vuelve a aparecer en el
diálogo escrito en el yate, pero en esta ocasión quien representa al propio
Leibniz es el personaje de Pacidius. Guilielmus Pacidius, un espíritu
conciliador que intenta unir a todos los estudiosos en una tarea común, era el
pseudónimo bajo el cual pretendía publicar su «Enciclopedia», obra que
precisaría la ayuda de muchos colaboradores.
En el diálogo Leibniz retoma uno de sus temas favoritos, al que ya había
aludido en la carta del 11 de marzo de 1671 dirigida a Oldenburg (A II
1, pp. 88-91) y que más tarde le llevaría a su teoría metafísica de las
mónadas: el laberinto del continuo. Leibniz afirma que sin internarse en este
laberinto no es posible penetrar en la naturaleza del movimiento (Couturat
1903, pp. 609-10). Puesto que el espacio no puede ser simplemente un agregado
de puntos ni el tiempo un agregado de instantes, la composición del continuo se
revela como uno de los problemas fundamentales que han de ser resueltos antes
de poder construir una teoría racional del movimiento.
Desde Rotterdam Leibniz viajó hasta Amsterdam, donde llegó el 13 de noviembre.
Allí conoció al microscopista Jan Swammerdam, famoso por sus investigaciones
sobre los insectos, y al matemático Jan Hudde, cuyos escritos, como Leibniz
explicó a Oldenburg, contenían importantes hallazgos. Leibniz añadía que conocía
desde hacía mucho tiempo el método de la tangente de Sluse, el cual había
mejorado, y desde 1662 la cuadratura de la hipérbole de Mercator.
Tras unos pocos días en Amsterdam, Leibniz hizo una pequeña travesía
recorriendo Haarlem, Leyden, Delft y La Haya durante la cual durmió en el
barco, el cual solía dejar el puerto a media noche si soplaba un buen viento.
La humedad, el aire frío invernal de Holanda y los rigores de unas diez noches
a bordo acabaron afectando a su salud, por lo que a su regreso a Amsterdam se
vio obligado a permanecer varios días en un ambiente cálido con el fin de
recuperar el apetito y las fuerzas. No obstante, aseguró a Kahm que estaría en
condiciones de continuar el viaje a Hannover hacia el final de la semana —la
última de noviembre.
En Delft Leibniz conoció a Antoni van Leeuwenhoek, cuyo estudio de los
microorganismos, al revelar un mundo microscópico lleno de vida, podría haber
influido en el desarrollo de su teoría de las mónadas. En efecto, las
investigaciones de Leeuwenhoek parecían confirmar la idea de preformación que
esta teoría requería. Al parecer, Leibniz permaneció más tiempo en La Haya, ya
que le fue posible mantener largas conversaciones con el gran Baruch
Spinoza (AII 1, pp. 378-81). Los más importantes de entre los temas
de discusión fueron los concernientes a ética y teología. Previamente, a bordo
del yate en Sheerness, Leibniz había reflexionado sobre uno de los dos famosos
laberintos en los cuales creía que se extravía nuestra razón: el laberinto del
continuo, que hacía referencia al problema de la continuidad y las antinomias
del infinito. En ese momento, sus conversaciones con Spinoza le condujeron al
segundo laberinto: el problema de la libertad humana.
La obra más importante de Spinoza, la Etica, apareció
póstumamente en 1677, aunque el manuscrito había circulado entre sus amigos y
Leibniz pudo haber conocido parte de su contenido a través de Tschirnhaus.
Con Leibniz, Spinoza discutió las ideas básicas de su obra. Estas constituían
una metafísica que Leibniz consideró extraña y llena de paradojas, como observó
poco después en una carta dirigida a Gallois (A II1, pp.
378-81). En particular, la identificación panteísta de Spinoza entre el
universo y Dios, y su estricto determinismo, eran inaceptables para Leibniz.
Una de las cuestiones que Leibniz discutió con Spinoza fue el argumento
ontológico, es decir: la demostración de la necesidad de la existencia de Dios,
y al ver que no conseguía convencer a Spinoza con su razonamiento lo puso por
escrito y se lo entregó. Este escrito se titulaba « Quod ens
perfectissimum existit» (A II 1, pp. 271-3).
Leibniz comienza definiendo las perfecciones simplemente como cualidades
positivas y absolutas. Estas cualidades expresan lo que expresan sin límites.
Por ello, las perfecciones no se pueden definir, pues la definición impondría
límites. Considera a continuación la proposición que afirma que dos
perfecciones, A y B, son incompatibles. Esto no puede demostrarse. Para verlo,
basta observar que una demostración necesitaría contar con definiciones de A y
de B, pues en otro caso la naturaleza de A y de B no entrarían en el argumento;
pero entonces la demostración podría aplicarse a cualesquiera dos cualidades,
lo cual es claramente absurdo. Dado que todas las proposiciones que son necesariamente
verdaderas pueden ser demostradas, se sigue que la proposición anterior no es
necesariamente verdadera. En otras palabras, es posible que A y B se den en el
mismo sujeto. Generalizando más, un ser que posea todas las cualidades puede
existir; y, puesto que la existencia se incluye entre las varias perfecciones,
este ser (Dios) existe necesariamente.
Al día siguiente a su conversación con Spinoza Leibniz añadió a este escrito la
observación de que no todos los posibles pueden coexistir unos con otros, pues
esta coexistencia llevaría a absurdos (Couturat 1903, pp. 529-30). Por ejemplo,
aunque Dios existiera por el simple hecho de ser posible, carecería de razón
para existir; en particular carecería de la libertad de acción que se atribuye
al Dios judío y cristiano. Leibniz adoptó el principio de que todo lo que es en
sí mismo posible y compatible con todo lo demás, existe necesariamente. Al
sustituir posibilidad por composibilidad (término que él introdujo) como
condición de existencia, Leibniz abrió una vía a la libertad de acción de Dios,
que decide qué composibles de entre los posibles van a existir. Pero, al mismo
tiempo, debilitó el argumento ontológico. Pues ahora ya no bastaba con
demostrar que Dios es posible para inferir su existencia. Era preciso otro
criterio. Leibniz encontró este principio adicional en la idea de lo óptimo o
más perfecto. Puesto que Dios posee todas las perfecciones, tiene las más
poderosas razones para existir; y, de acuerdo con su propia perfección, elige
crear el mejor de los mundos posibles.
Las circunstancias de su demora en Sheerness y sus conversaciones con Spinoza
dieron lugar a que Leibniz centrara su atención en los dos problemas esenciales
cuya resolución le llevaría definitivamente a la metafísica de las mónadas. En
los cuatro años que Leibniz pasó en París, los problemas filosóficos jamás
abandonaron su mente. Pues, aunque sus esfuerzos se centraron sobre todo en las
matemáticas, existen muchas notas manuscritas de este periodo que tratan de
cuestiones metafísicas fundamentales [16].
Finalmente, hacia finales de diciembre de 1676, casi siete años exactos después
de que Habbeus von Lichtenstern le recomendara ante el duque, Leibniz llegó a
Hannover para asumir las funciones de consejero y bibliotecario, cargos que él
habría preferido estar en condiciones de rehusar.
Capítulo 4
Hannover bajo el Duque Juan Federico (1676-1679)
Contenido:
§.
EPrimeros contactos en Hannover
§. Molanus y Eckhard
§. Renovado interés por la química
§. Recepción de la segunda carta de Newton
§. Reacción a la Ética de Spinoza
§. La biblioteca de Martin Fogel
§. Memoranda para el duque
§. El proyecto Harz
§. Elizabeth y Malebranche
§. La característica universal y otras cuestiones relacionadas
§. Retorno al proyecto de las Demostraciones católicas
Tras
fijar su residencia en la Biblioteca, que por entonces se encontraba en el
Palacio, Leibniz tuvo la oportunidad de exponer ante el duque su plan de
trabajo (A I 2, pp. 15-18). Propuso ampliar el número de
adquisiciones de la Biblioteca, con vistas a transformar los 3.310 volúmenes y
158 manuscritos existentes en una colección omnicomprensiva que cubriese los
campos de conocimiento más importantes. La calidad de los libros era más
importante que la cantidad, lo que hacía necesaria una selección cuidadosa;
Leibniz explicaba al duque que precisamente él se encontraba en una situación
excelente para hacerla, debido a su conocimiento de publicaciones recientes,
catálogos y bibliotecas y sus muchos contactos entre los estudiosos.
Si pudiera disponer de los servicios de un copista, Leibniz proyectaba también
elaborar un nuevo tipo de índices que facilitarían y harían más rápida la
búsqueda de referencias. Leibniz proponía que, entre sus funciones como
consejero y además de ocuparse de las comisiones que el duque le asignara
directamente, podría ir recogiendo —por medio del intercambio de
correspondencia con los estudiosos de Italia, Francia, Inglaterra, Holanda y
Alemania que conocía— todos los resultados científicos de importancia. Tras
hacer una lista con invenciones de utilidad práctica, Leibniz mencionaba su
propia máquina aritmética y sus investigaciones en teología natural, derecho,
física, geometría y mecánica, a las que esperaba que el duque prestara apoyo.
Un mes más tarde Leibniz le recordó al duque (A I 2, pp.
19-21) su alta cualificación y experiencia, con referencia expresa a su
nombramiento como juez en el Alto Tribunal de Apelación de Maguncia a una edad
muy temprana, y solicitó ser nombrado consejero privado. Pensaba que su
historial lo justificaba y que representaría un importante respaldo a su
fortuna personal y reputación. Tras reiterar esta petición al duque en
octubre (A I 2, pp. 35-6), Leibniz recibió finalmente el
nombramiento de consejero privado hacia finales de 1677, momento en que contrató
a Jobst Dietrich Brandshagen como ayuda de cámara y secretario.
Durante el servicio religioso del día de Navidad en la iglesia de la Ciudad
Nueva, Leibniz ocupó un asiento entre los reservados a los consejeros privados;
sólo entonces se dio cuenta de que había ofendido a Jakob Franz Kotzebue,
médico del duque, quien, aunque no era uno de los consejeros privados, se
molestó al ver que Leibniz ocupaba el que consideraba su sitio. Leibniz
escribió una larga carta al duque para explicarle este enojoso incidente (A I
2, pp. 43-5) y, aunque permaneció alejado de la iglesia durante todo un año
para no dar lugar a un enfrentamiento, Kotzebue no sólo le siguió siendo hostil
sino que manifestó en público su opinión de que Leibniz, al ausentarse, estaba
admitiendo su equivocación. Puesto que Leibniz no había cometido ninguna ofensa
y se daba cuenta además de que la reclamación de preeminencia por parte de
Kotzebue causaría probablemente más problemas cuando se nombraran los nuevos
consejeros privados, sugirió al duque, quien hasta el momento no había adoptado
ninguna medida, una solución de compromiso que resolvería el asunto a
satisfacción de todos (A I 2, pp. 107-9).
Además de verse privado en la iglesia del lugar que correspondía a su rango,
Leibniz sufrió otra indignidad cuando recibió únicamente 500 táleros [17] en
lugar de los 600 que recibían otros consejeros privados. Pero probablemente se
trataba sólo de un error, sobre el cual llamó la atención del duque en carta de
noviembre de 1678.
A comienzos de 1678, después de haber sido nombrado consejero privado, Leibniz
llegó a la conclusión de que aceptar el ofrecimiento del duque había sido,
después de todo, una decisión acertada. En una carta a Gallois señalaba que su
salario era más alto del que le habían ofrecido inicialmente y que se sentía
satisfecho de estar al servicio de un príncipe con un alto grado de
discernimiento y que le tenía en tan alta estima (MK, pp.
52-3). En una carta de junio dirigida a Conring (A II 11, pp.
418-20) expresaba nuevamente su satisfacción por su puesto en Hannover, pues el
duque le eximía de deberes rutinarios, como el de estar presente en las
reuniones, cuando esto era necesario para el cumplimiento de sus deberes
personales, entre los cuales se encontraban la Biblioteca, la correspondencia
con otros estudiosos y gestiones privadas para el duque. Leibniz escribió a
Martin Geier, de Leipzig, que prefería estar al servicio de un príncipe cuyas
cualidades eran tan notables antes que cualquier clase de libertad (A I
2, pp. 398-9).
El duque era un piadoso converso al catolicismo a quien Leibniz elogiaba por su
moderación, hasta el punto de que nunca dio el menor motivo de queja a los
protestantes (GP 3, p. 212). La generosidad con que trató a
Leibniz, sobre todo en lo concerniente a concederle amplia libertad para que
prosiguiese sus propios estudios, podría haberse debido en parte a una nota que
Antoine Arnauld envió a uno de los franciscanos de la Corte, en la cual
afirmaba que lo único que le faltaba a Leibniz para ser uno de los grandes
hombres del siglo era la religión verdadera (es decir, el catolicismo). El
duque quedó profundamente impresionado por este testimonio del gran teólogo. El
propio Leibniz había traído la carta desde París, ignorante de su
contenido (DS 2, app., pp. 66-7).
§. Primeros contactos en Hannover
A finales de febrero de 1677 el pastor de Hattorf, Jakob Schwachheim, escribió
a Leibniz con la intención de visitarle pronto para solicitarle un intercambio
entre las copias duplicadas que había encontrado en la Biblioteca del duque y
algunos libros de la propiedad del pastor.
El Palacio de la Leinstrasse en el siglo XVI. (Por cortesía del
Historisches Museum. Hannover.)
La
descripción de los libros que quería, en términos de «al lado de la ventana» y
«según se entra, a la izquierda», sugerían quizá la necesidad del nuevo sistema
de clasificación que Leibniz tenía en mente. También a comienzos de año Leibniz
conoció a Gerhard Wolter Molanus (van der Muelen), presidente del Tribunal
Eclesiástico de Hannover y abad de Loccum, y antiguo profesor de teología y
matemáticas en Helmstedt. Molanus tenía un amigo, Arnold Eckhard, a la sazón
catedrático de matemáticas en Rinteln, que quería conocer a Leibniz para hablar
con él sobre filosofía cartesiana, de la que era un ardiente admirador. Molanus
facilitó el encuentro organizando un debate entre Leibniz y Eckhard sobre la
demostración cartesiana de la existencia de Dios. Este debate tuvo lugar en
presencia de Molanus y otros monjes de la abadía el 15 de abril de 1677 (A II
1, pp. 311-14).
Al mes siguiente Leibniz recibió en Hannover la visita de Johann Daniel
Crafft [18], experto en
la manufactura de la lana y antiguo amigo suyo de sus días en Maguncia.
Contratado al servicio del elector de Sajonia, en el transcurso de sus visitas
a Inglaterra y Holanda, Crafft había adquirido un amplio conocimiento de los
procesos de fabricación; entre éstos se encontraba la preparación de tintes,
algo que ya había aplicado con éxito en Sajonia en la manufactura de la lana.
Sabedor del interés que tenía el duque en la manufactura de la lana, tras su
conversación con Crafft Leibniz sugirió al duque la conveniencia de contar con
los servicios de Crafft como consejero, siempre que esto no fuera incompatible
con sus obligaciones en Sajonia. Incluso podría servir como pretexto para
negociar algo más importante, como era la cooperación entre Hannover y
Dresde (A I 2, pp. 23-4).
Además de la manufactura de la lana, Crafft también trató con Leibniz acerca de
la producción de fósforo. Lo había descubierto Heinrich Brand, de Hamburgo,
hacia 1674. El inesperado descubrimiento se produjo por casualidad, al seguir
el proceso descrito en un libro de alquimia para extraer, a partir de la orina,
un fluido que supuestamente transformaba la plata en oro. Brand había vendido
el secreto de fabricación a Crafft. Fascinado por las propiedades de esta
extraña sustancia, Leibniz publicó una descripción en el Journal des
Sçavans en agosto de 1677 y más tarde, a petición de Tschirnhaus,
envió a éste un informe que leería ante la Academia Real de Ciencias durante
una de sus visitas a París (Ravier 1937, p. 47).
Leibniz vio la oportunidad de trabar conocimiento a través de Crafft con el
obispo Cristóbal de Rojas y Spínola, principal impulsor de las negociaciones
irenistas, y de darse a conocer por mediación de éste al emperador Leopoldo I
(Miller y Spielman 1962). En carta escrita en la residencia de caza de
Linsburgo el 3 de junio de 1677, donde se encontraba como parte de la Corte,
Leibniz pidió a Crafft que le recomendara ante Rojas (A I 2,
pp. 272-5). Leibniz tuvo la oportunidad de conocer al obispo a principios de 1679,
cuando éste visitó Hannover para tratar de cuestiones políticas en nombre del
emperador (A I 2, pp. 408-9). Leibniz aclaraba que estas
conversaciones apenas guardaban relación con el resultado del Tratado de Paz de
Nimega [19], para el
cual había estado preparando un documento político por las mismas fechas en que
pidió a Crafft que le recomendara a Rojas.
Este documento, titulado De jure suprematus ac legationis principum
Germaniaey publicado en Amsterdam en 1677 bajo el pseudónimo de Caesarinus
Fürstenerius (A IV 2, pp. 13-270), revelaba una lucidez
notable al analizar la naturaleza del gobierno y la aplicación de teorías
políticas y jurídicas en una situación compleja. La cuestión principal era la
de si los representantes en el Congreso de los electores alemanes y otros
príncipes debían ser considerados como representantes de estados soberanos;
pues, si bien estos estados poseían ejércitos propios y muchas de las
características externas de soberanía, eran sin embargo súbditos de la Corte
Imperial. Leibniz escribió también un diálogo sobre el tema, Entretien
de Philarete et d’Eugene sur la question du temps agitée a Nimwegue touchant le
droit d'ambassade des électeurs et princes de l'Empire (AIV 2, pp.
293-338), que se distribuyó a los delegados en forma de panfleto en el Congreso
de Paz.
Por las fechas en que Leibniz estaba dedicado a la redacción de este documento
político, recibió una segunda carta de Newton en la que éste le comunicaba la
clave de su cálculo infinitesimal mediante dos anagramas indescifrables. Le
contestó inmediatamente con otra carta en la que exponía claramente los
principios de su propio cálculo infinitesimal.
A finales de 1677, el duque invitó a Hannover al teólogo danés Nicolaus Steno
en calidad de vicario apostólico. Steno, que había sido doctor en medicina, al
incorporarse al catolicismo abandonó la anatomía y la ciencia natural para
convertirse, en expresión de Leibniz, en un teólogo mediocre ( GP 6,
p. 158).
Leibniz manifestó a Conring su pesar por el hecho de que Steno no se mostrara
inclinado a continuar con sus estudios científicos, para los cuales estaba
extraordinariamente dotado (A II 1, p. 385). Sus estudios en paleontología
inspiraron a Leibniz investigaciones similares, que llevó a cabo en el monte
Harz y de las que dio cuenta en su Protogaea (D 2, 2, p. 181).
La impresión que, al parecer, Leibniz se formó de Steno a partir de una
discusión con él sobre el tema de la libertad humana, fue la de que era un
pobre teólogo. Leibniz dio forma literaria a esta discusión en el inédito Dialogue
entre Poliandre et Théophile (Baruzi 1905). Tras una larga discusión,
Teófilo (que representa a Leibniz) lleva a Poliandro a aceptar el principio de
que la existencia está determinada por la elección que hace Dios del mejor
entre todos los composibles.
Leibniz se mantuvo en contacto con París a través del embajador Christophe
Brosseau, que le hacía llegar información de nuevas publicaciones; Friedrich
Adolf Hansen, que actuaba como su representante general, y Henri Justel,
secretario del rey, que más tarde trasladó su hogar a Inglaterra. Leibniz llevó
a cabo para Justel una breve investigación genealógica sobre los antepasados de
los condes de Löwenstein (A I 2, pp. 335-7). F.ste trabajo,
escrito con bastante precipitación, fue su primer estudio puramente histórico.
En Amsterdam, Leibniz había conocido a Georg Hermann Schuller, amigo de
Spinoza, con quien mantuvo correspondencia en Hannover. Fue precisamente
Schuller quien distribuyó su panfleto en el Congreso de Paz de Nimega. Cuando,
en enero de 1678, Schuller envió a Leibniz una copia de la Opera
posthuma de Spinoza, Leibniz informó a Justel de que por fin se habían
publicado las obras de Spinoza, siendo la parte más importante la Etica;
decía que en ésta había encontrado muchas ideas acordes con las suyas, pero
también algunas paradojas.
§. Molanus y Eckhard
En el transcurso del debate que Molanus había propiciado entre Eckhard y
Leibniz sobre la demostración cartesiana de la existencia de Dios, Eckhard
había defendido la postura cartesiana y Leibniz había señalado fallos en la
demostración, aunque sin enunciar explícitamente su propia versión del
argumento ontológico. Tras este debate público Eckhard escribió una cana a
Leibniz el 19 de abril de 1677 (A II 1, pp. 317-21), a la cual
Leibniz contestó una semana después (A II 1, pp. 321-4). Más
tarde, en mayo, Eckhard volvió a escribir una extensa cana sobre el mismo
tema (A II 1, pp. 326-62). Además de contestar con
brevedad (A II 1, pp. 362-6), Leibniz añadió sus propias notas
a la carta manuscrita de Eckhard. Una de éstas es especialmente interesante
porque contiene implícitamente el reconocimiento de la existencia del
subconsciente: Leibniz ponía en duda la afirmación de Eckhard de que no hay
nada en la mente de lo que no seamos conscientes.
A pesar de sus muchas críticas Leibniz mostraba respeto hacia Eckhard, pues su
verdadero objetivo era Descartes y, en particular, el método cartesiano, que
gozaba de un gran prestigio pero al que en su opinión se había sobrevalorado.
¿Qué clase de método era ése, se preguntaba Leibniz, del que ni Arquímedes ni
Galileo habían sabido nada? Más aún, los avances conseguidos a partir de
Descartes no eran resultado de la aplicación del método cartesiano, ya que
parecían deberse a todo el mundo excepto a los cartesianos. Leibniz decía a
Eckhard que lo que había logrado parecía ser más un resultado del propio
Eckhard que uno cartesiano, pues Descartes ni siquiera había intentado
demostrar que el ser más perfecto es posible; y sólo a partir de esta
posibilidad podía llegarse a la existencia de Dios. Leibniz elogiaba a Eckhard
por comenzar la demostración de forma acertada, procurando demostrar que el
concepto del ser más perfecto no era compuesto y por tanto no podía ser
contradictorio; pero había muchos fallos en la argumentación que Leibniz le
puso de manifiesto. De hecho, Leibniz no podía aceptar muchas de las ideas
cartesianas que Eckhard había mezclado en el proceso. Por ejemplo, la idea
cartesiana de que todas las verdades dependen de la voluntad de Dios le parecía
implicar una contradicción. Leibniz desarrolló este punto en una de las
anotaciones que hizo a la carta de Eckhard (A II 1, p. 35, n.74). Según la
concepción cartesiana, la voluntad de Dios era a la vez anterior y posterior a
sí misma, puesto que la necesidad de la existencia de Dios, y por tanto de la
voluntad de Dios, depende de la voluntad de Dios. Había de nuevo verdades
evidentes que no dependían de la voluntad de Dios; pues ¿quién podría sostener,
preguntaba Leibniz, que A no era no-A únicamente porque Dios así lo había
decretado? Puede que Dios no desee determinar aquellas cosas que están
previamente determinadas por sí mismas, tales como las verdades de razón o las
elecciones libres de cada mente individual. Hay aquí una indicación de la
distinción fundamental leibniziana entre posibilidades determinadas por el entendimiento
de Dios y la existencia determinada por la voluntad de Dios.
Gracias a la intercesión de Molanus y Leibniz, Eckhard recibió en 1678 una
parroquia cercana a Hannover; esto debió permitirle, sin duda, encontrarse con
sus amigos con más frecuencia, aunque no queda constancia de posteriores
encuentros (GP 1, pp. 209-10). Para poner a prueba la
habilidad matemática de Eckhard y también el método cartesiano que tanto
valoraba, sus amigos le propusieron un problema de análisis indeterminado
supuestamente formulado por un noble de la Corte, pero que en realidad le había
propuesto Mariotte a Leibniz (Hofmann 1974, p. 201). Tras prologar la obra de
Ozanam sobre análisis indeterminado, Leibniz había discutido estos problemas
con Arnauld y Mariotte en París (A III 1, pp. 311-26). Molanus
se limitó a actuar como un intermediario a quien tanto Eckhard como Leibniz
enviaban sus contribuciones a la discusión. El problema que Molanus propuso a
Eckhard requería encontrar un triángulo rectángulo cuyos lados fueran números
racionales y cuya área fuera el cuadrado de un número racional (GP 1,
p. 272). Eckhard envió una solución a Molanus a principios de 1679; había
cometido algunos errores elementales que Leibniz le señaló con mucho tacto en
la respuesta que remitió a Molanus (GP 1, pp. 276-8), pues no
quería encontrar las causas del fracaso a la hora de resolver el problema en la
falta de talento de Eckhard, sino en el método cartesiano que Eckhard afirmaba
aplicar.
Al recibir de Eckhard una segunda solución, Leibniz manifestó a Molanus que su
amigo había probado ser un hombre hábil capaz de llegar tan lejos como el
método cartesiano permitía (GP 1, pp. 283-6). Eckhard había
llegado a la conclusión correcta de que no había solución posible, pero no
llegaba a dar una demostración. En una posdata de su carta a Molanus, Leibniz
se disculpaba por escribir en francés (idioma que, según creía, Eckhard
conocía) y decía que escribir una carta entera en latín le suponía más trabajo
del que la solución del problema le iba a dar a su amigo. Puesto que Leibniz
escribía en latín con facilidad, hay que entender este comentario como una
broma.
En cartas posteriores retornó al problema del método. Señalaba que hasta ese
momento se habían limitado a hacer girar la rueda de Ixión en sus cartas,
alusión clásica que significa dar vueltas en círculo (GP 1, p.
293). Observaba que era muy fácil cometer errores en álgebra si no se razonaba
con el rigor de los antiguos geómetras (GP 1, p. 300).
Generalmente Leibniz demolía las afirmaciones erróneas de Eckhard por medio de
contraejemplos y razonamientos silogísticos.
Al darse cuenta de que Eckhard no estaba dispuesto a dejarse convencer de que
había fracasado en su intento de resolver el problema, Leibniz sugirió
finalmente a Molanus el 8 de junio de 1679 que, mediando el consentimiento de
Eckhard, hiciese llegar la correspondencia a la Academia Real de Ciencias de
París para someterla al juicio de Huygens y otros estudiosos versados en
análisis (GP 1, p. 303). En respuesta a esta sugerencia
Eckhard envió a Molanus una copia final de su solución (GP 1,
pp. 306-14) para que la remitiera al matemático que desease. Leibniz había
anotado su propia solución a finales de 1678, cuando se enfrentó al
problema (GM 7, pp. 120-5).
§. Renovado interés por la química
En la época de sus conversaciones con Crafft, Leibniz escribió un ensayo, De
modo perveniendi ad veram corporum analysin et rerum naturalium causas (Sobre
el método para llegar al verdadero análisis de los cuerpos y las causas de las
cosas naturales ) (GP 7, pp. 265-9), en el cual
aplicaba el método de análisis y síntesis a problemas de química. El análisis
era de dos tipos; uno consistía en analizar las diversas cualidades de los
cuerpos mediante experimentos, y el otro en analizar las causas de las
cualidades sensibles mediante el razonamiento. Pues un efecto se entendía
cuando se había entendido su causa. Aquellos experimentos en los cuales se
utilizaban unos pocos ingredientes eran más útiles, pues en esos casos era más
fácil identificar el ingrediente que contenía oculta la causa. Proponía
comenzar con experimentos que sólo implicasen a un cuerpo único y homogéneo
(además de los agentes generales necesarios); a continuación, ensayar tantos
experimentos como fuera posible con dos tipos diferentes de cuerpos,
tratándolos de diversas formas mediante el fuego, agua y aire; seguir con
experimentos con tres tipos diferentes de cuerpos y así sucesivamente,
siguiendo el modelo de combinaciones propuesto en De arte combinatoria.
Durante el verano, Leibniz viajó a Hamburgo para adquirir la biblioteca del
difunto Martin Fogel a beneficio del duque. Allí trabó conocimiento con
Heinrich Brand, el descubridor del fósforo, con quien llegó a un acuerdo, tras
consultar con el duque, por el cual Brand se comprometía a dar a conocer los
resultados de sus investigaciones sobre la fabricación del fósforo y otros
experimentos químicos a cambio de un salario anual de 120 táleros (A I
2, pp. 60-1). Brand llegó a Hannover el verano siguiente y pronto encontró, en
las afueras de la ciudad, un sitio adecuado para trabajar en la fabricación del
fósforo (A I 2, p. 184). Se recogía la orina de los soldados
de un campamento próximo y se almacenaba en barriles. Brand dejaba evaporar y
destilaba esta orina hasta producir fósforo. Leibniz dio fe de que Brand le
había dado a conocer honestamente los de-talles de su secreto, pues él mismo
había sido capaz de repetir el proceso con sus propios trabajadores en otro
laboratorio.
El 8 de septiembre Leibniz envió una muestra de fósforo a Huygens, prometiendo
más si era preciso ya que podía obtenerlo. Proponía experimentar con ¿1 en el
vacío —Boyle concluyó más tarde que el fósforo sólo brilla en el aire— y pedía
a Huygens que hiciera una demostración de su efecto ante Colbert, el duque de
Chevreuse y la Academia (GM 2, pp. 19-20).
Mientras aún estaba en Hannover, Leibniz conoció también a Johann Joachim
Becher, considerado como el químico más importante de Alemania a semejanza de
Boyle en Inglaterra y Lèmery en Francia. Fue Becher quien sentó las bases para
la teoría del flogisto, teoría que tras ser desarrollada por Stahl mantuvo la
preeminencia en este campo hasta que tuvieron lugar los descubrimientos de
Lavoisier. Becher era un hombre de temperamento difícil, lleno de envidia y
mala voluntad hacia aquellos de sus contemporáneos que destacaban, e incluso
llegó a escribir un libro ridiculizando a los estudiosos de la época. Este
libro, Närrische Weisheit und weise Narrheit, se publicó
póstumamente en 1683 y llegó a las manos del duque Ernesto Augusto (sucesor de
Johann Friedrich en Hannover), a quien Leibniz tuvo que explicar por qué motivo
Becher le atacaba a él (Guhrauer 1846 1, app., p. 26).
Becher se había sentido ofendido cuando Leibniz impidió el fraude alquímico que
Becher planeaba llevar a cabo. Pretendía poder transformar la arena en oro y
Leibniz había puesto en cuestión esto en la carta que había enviado a Huygens
junto con la muestra de fósforo.
Como revancha Becher recurrió al pretexto de una de las conversaciones que
había mantenido con Leibniz en Hamburgo, en la que éste había hecho algunos
comentarios sobre cómo mejorar los carruajes. Becher distorsionó sus
comentarios y atribuyó a Leibniz la ridícula afirmación de que podía diseñar un
carruaje capaz de cubrir la distancia entre Hannover y Amsterdam en seis horas.
Leibniz señaló al duque que se encontraba en buena compañía, pues Becher había
ridiculizado también a hombres de la talla y la reputación de Huygens y el rey
de Francia.
§. Recepción de la segunda carta de Newton
Newton creyó que Leibniz había dispuesto de seis semanas para estudiar su
primera carta (epístola prior) antes de escribir su respuesta,
cuando en realidad había contestado inmediatamente. En opinión de Newton,
Leibniz no había inventado nada esencialmente nuevo, sino que durante las
supuestas seis semanas había sido capaz de reformular el contenido de la carta
de Newton para así poder afirmar que había descubierto los mismos resultados
aplicando un método distinto. En realidad, Leibniz había descubierto los mismos
resultados aplicando, efectivamente, un método distinto; pero al contestar a
Newton ocultó el elemento más original de este método: el teorema general de
transmutación. Los newtonianos nunca llegaron a apreciar la importancia de este
resultado mientras duró la disputa por la prioridad que había de tener lugar
más tarde. Newton creía firmemente que Leibniz le había plagiado cuando
escribió su segunda carta(epístola posterior) el 24 de octubre (3
de noviembre) de 1676 (NC2, pp. 110-61). Oldenburg envió a Hannover
una copia incompleta (GBM, pp. 203-25) el 2 (12) de mayo de 1677.
Leibniz la recibió el 21 de junio (1 de julio) de 1677 y contestó ese mismo
día (NC 2, pp. 212-31). Importa observar que el calendario
juliano estuvo vigente en Hannover hasta 1700.
Aunque la carta de Newton está escrita con educación, se trasluce una evidente
falta de entusiasmo o de calor en la correspondencia. Newton manifestaba a
Oldenburg (NC 2, p. 110) su esperanza de que Leibniz se diera
por satisfecho y no fuera preciso escribir más sobre el tema, dado que él
personalmente estaba más interesado en otros. Resulta evidente que la intención
de Newton era poner fin, con esta carta extensa y cuidadosamente escrita, al
diálogo con un interlocutor al que consideraba un oponente sin valía, un
plagiador.
Al comienzo de su carta, Newton hacía una vaga alusión al método de desarrollo
en series de Leibniz. El escueto comentario de que conocía tres métodos para
llegar a un desarrollo en serie y de que no contaba con recibir la comunicación
de uno nuevo, podría describirse como una descalificación disfrazada de elogio
débil. Tras una breve referencia a sus tres métodos Newton explicaba, como
Leibniz le había solicitado, la forma en que había llegado al teorema del
binomio.
Pasaba a continuación a ocuparse de su método para hallar la tangente. Afirmaba
que cualquiera que conociese lo fundamental del método se daría cuenta de que
no había ninguna otra forma de hallar la tangente, salvo si renunciaba
deliberadamente al camino más corto. Sin embargo, ocultaba el fundamento del
método en un anagrama:6accdael3eff7i3l9n4o4qrr4s8tl2vx. Incluso una
vez descifrado (NP 2, p. 191, n.25): « a partir de la
ecuación que contiene los fluyentes hallar las fluxiones, y viceversa »,
decía muy poco a cualquiera que no estuviese ya familiarizado con el método. A
partir de este principio Newton intentaba llegar a algunos teoremas generales
que permitieran hallar la cuadratura; enunciaba uno de ellos para Leibniz y
ponía varios ejemplos. El teorema evalúa la integral de
como
una serie. Newton no daba ninguna explicación, pero en nota al margen (GBM,
pp. 208-9) Leibniz explicaba cómo creía que se había obtenido la serie:
aplicando integración por partes hasta llegar a una fórmula reducida.
Entre los ejemplos de Newton se encuentran las integrales de
El
teorema general que Newton describía en la carta es un caso especial de la
integral multinomial más general de
que
se encuentra en su obra De cuadratura curvarum.
Tras hacer algunas observaciones sobre cómo combinar series para que converjan
más rápidamente y sobre la construcción de tablas de logaritmos y senos, Newton
explicaba su método para hallar la inversa de una serie. Finalmente explicaba
que, para los problemas inversos de la tangente y otras cuestiones aún más
difíciles, aplicaba dos métodos, uno general y otro particular; los ocultaba
escribiéndolos en forma de un extenso anagrama erróneamente transcrito en la
copia que recibió Leibniz. Los dos métodos consisten en hallar el fluyente a
partir de una ecuación que incluye la fluxión (es decir, en integrar ecuaciones
diferenciales) y en derivar series infinitas con coeficientes indeterminados.
Newton continuaba diciendo que los problemas planteados por Debeaune, que
Leibniz había resuelto, no precisaban la aplicación de sus métodos generales y
que él no los calificaría de «capricho de la naturaleza» —como creía que
Leibniz había hecho, al ignorar que esta expresión era fruto de un error en la
transcripción de la carta que Leibniz había enviado a la Royal Society. Al no
comprender el verdadero carácter de la teoría general de transmutaciones de
Leibniz, a Newton le debió parecer que Leibniz sólo se había ocupado de
cuestiones secundarias y no de las ideas centrales que los anagramas
encerraban.
A cambio de la explicación de Newton concerniente al teorema del binomio,
Leibniz expuso en detalle su método general para determinar la tangente de una
curva de la forma
f(x,y)
= a + by + cx + dyx + ey2 + fx2 +
gy2x + hyx2 + ... = 0,
introduciendo
con ello los principios y la notación de su cálculo diferencial. Mediante
ejemplos particulares, mostraba cómo extender el procedimiento al caso de
números irracionales haciendo uso de la regla de derivación de una función
compuesta. Tres semanas después de haber contestado a la segunda carta de
Newton, Leibniz envió una breve carta a Oldenburg para decirle que ya no
necesitaba la aclaración que había solicitado en relación con la inversa de una
serie, ya que en una segunda lectura había sido capaz de entender la deducción
(NC 2, pp. 231-4).
Al final de la carta Leibniz pedía a Oldenburg que le enviara todos los meses
las Transactions, así como copias de todos los trabajos de interés
que cayeran en sus manos; añadía que podía pagar lo que costaran las copias.
Las esperanzas de Leibniz de permanecer en contacto con Londres se vieron
pronto frustradas; pues un mes después de que Oldenburg diera noticia de haber
recibido las dos cartas de Leibniz y le dijera que no cabía esperar una
respuesta pronta por parte de Newton o de Collins, puesto que ambos se
encontraban fuera de la ciudad y ocupados en otros asuntos, el propio Oldenburg
moría.
En el mes de mayo del siguiente año Leibniz envió al Journal des
Sçavans (GM 5, pp. 116-17) la cuadratura de un segmento
cicloidal, algo que constituía su primer resultado en el campo de la nueva
geometría infinitesimal y que ya había comunicado a Oldenburg en 1674 y a
varios de sus amigos de París. Aunque hacía referencia al teorema general de
transmutación, que estaba en la base de la cuadratura del segmento cicloidal,
reservó para otra ocasión el dar una explicación detallada de este resultado.
Dicha ocasión se presentó con la publicación de su obra De quadratura
arithmetica circuli ellipseos et hyperbolae cuius corollarium est trigonometría
sine tabulis, que había finalizado antes de dejar París.
En el período comprendido entre 1677 y 1680 Leibniz intentó varias veces que se
publicara en París o Amsterdam, pero todos fracasaron (Hofmann 1974, p. 245,
n.78). En 1698 Johann Bernoulli le hizo una propuesta tardía para publicarlo,
pero para entonces Leibniz no veía ninguna utilidad en publicar una obra ya
superada por nuevos desarrollos (GM 3, p. 537). En la
actualidad únicamente existe impresa una versión abreviada (Ravier 1937, p.
530). No obstante, esta obra contiene una demostración rigurosa y que no debe
obviarse del paso quizá más importante dado por Leibniz en su camino hacia el
nuevo cálculo: el teorema general de transmutación. Aunque en su carta a Justel
del 14 de febrero de 1678 (A I 2, pp. 317-18) afirmaba haber
encontrado en la Ética de Spinoza muchas ideas acordes con las
suyas propias, no dio lugar a que a este amigo le quedaran dudas de sus
desacuerdos de fondo con Spinoza, c incluso advertía que la Éticaera
un libro peligroso para aquellos que hicieran el esfuerzo de llegar a
conocerlo. Los motivos de desacuerdo aparecen resumidos con elegancia en una
lista de las paradojas que había encontrado. Estas eran:
1. que
hay una única sustancia: Dios;
2. que
las criaturas son modos o accidentes de Dios;
3. que
nuestra mente no percibe nada después de esta vida;
4. que
Dios piensa, pero ni comprende ni desea;
5. que
todo ocurre por una suerte de fatal necesidad;
6. que
Dios no actúa con un propósito, sino sólo a partir de una especie de necesidad
de la naturaleza.
Añadía
que Spinoza había conservado a la divina providencia y a la inmortalidad en los
términos pero que, de hecho, las había negado. En una nota añadida en 1671 a
una carta que Spinoza había dirigido a Oldenburg, Leibniz hacía un comentario
aún más convincente: Spinoza había «destruido los principios de la ética» (GP 1,
p. 124, n.3).
Leibniz se oponía sobre todo al monismo o panteísmo de Spinoza: a la idea de
que Dios es la única sustancia y las criaturas no son sino modos o accidentes
de Dios. En una de las largas notas que escribió a la Ética (GP t,
pp. 139-52) Leibniz comentaba que, aunque no le parecía cierto que los cuerpos
fueran sustancias [20], en el caso
de las mentes no era lo mismo. Desde su juventud había creído en una pluralidad
de sustancias, y el tema de su primera disertación había sido una prueba del
principio de individuación. En este punto era fácil refutar a Spinoza; su
definición de sustancia era oscura y su razonamiento incorrecto. Leibniz
reprodujo estas observaciones en una carta del 10 de diciembre de 1679 (GM 2,
p. 34) en la cual preguntaba a Huygens si había leído los escritos de Spinoza,
y añadía que Spinoza no había llegado a dar una verdadera definición de
sustancia.
Otra de las proposiciones que Leibniz rechazaba era la que afirma que la
existencia pertenece necesariamente a la sustancia. Pues no todo lo que puede
concebirse, argumentaba, puede crearse, ya que lo concebido podría resultar ser
incompatible con cosas más importantes. En otras palabras, y usando una
expresión introducida antes, no todos los posibles pueden existir, sino
únicamente aquellos que son composibles. Para establecer la existencia Leibniz
apela, en general, a la experiencia, aunque sigue creyendo que la existencia
necesaria de Dios puede demostrarse. Pero, en opinión de Leibniz, Spinoza
también había fallado en esto. Pues no había hecho ningún intento para
demostrar que la idea de Dios es posible.
Como Leibniz señala, tras definir a Dios como una sustancia integrada por
infinitos atributos debería haber demostrado que éstos son compatibles. Acerca
de la proposición de Spinoza de que Dios no podía crear el mundo de forma
distinta a como lo ha creado, Leibniz se mostraba de acuerdo con que, bajo la
hipótesis de que Dios elige lo mejor, sólo podía crear este mundo. Pero, si se
considera la naturaleza del mundo en sí misma, entonces sí podría haber creado
otro mundo. Por oposición al necesitarismo de Spinoza, Leibniz afirma su
creencia en que la existencia está determinada por una elección libre que Dios
hace del mejor entre todos los composibles.
Un corolario de una de las proposiciones de Spinoza fue la ocasión para que
Leibniz elaborara una de sus propias teorías filosóficas, una epistemología
basada en la representación simbólica. Spinoza había afirmado que los objetos
particulares no son sino modos o atributos de Dios, y que expresan estos
atributos de una forma en particular. Para Leibniz las cosas particulares en sí
mismas no eran tales modos, sino que la manera de concebir esos objetos se
corresponde con la manera de concebir los atributos divinos. Desarrolla este
principio con mayor detalle en un breve escrito, Quid sit idea (¿Qué es
una idea?)(GP 7, pp. 263-4), que escribió como respuesta a una
definición de Spinoza incluida en la sección de la Ética dedicada
a la naturaleza y origen de la mente. Leibniz opinaba que la idea era la
facultad de pensar (o de llevar a la mente) que dirigía la mente al objeto y al
mismo tiempo expresaba a esta última. Las relaciones presentes en el símbolo
correspondían a las relaciones presentes en la cosa que expresaba. Esto
significa, explica Leibniz, que Dios, creador por igual de las cosas y de la
mente, ha puesto en lamente el poder de pensar para que ésta, mediante sus
propias operaciones, pueda alcanzar deducciones en perfecta correspondencia con
la naturaleza de las cosas. Por ejemplo, la idea de círculo expresa el círculo
en el sentido de que permite deducir verdades que se verían confirmadas si se
investigara el propio círculo.
§. La biblioteca de Martin Fogel
Leibniz tuvo conocimiento de la venta inminente de la biblioteca de Martin
Fogel, muerto en 1675, a través de dos antiguos alumnos de Joachim Jungius en
Hamburgo: Vincent Placcius, que le escribió el 23 de abril de 1678 (A II 1, pp.
407-9) para decirle que el catálogo estaba en prensa, y Heinrich Siver, que le
escribió el 16 de junio (A II 1, pp. 415-17) para informarle
de que la venta tendría lugar en otoño. Tras recibir el catálogo de la venta
por mediación de Placcius (A I 2, p. 71) y mostrándoselo al
duque (A I 2, p. 55), a quien describió la biblioteca como
pequeña pero una de las más selectas de Alemania, Leibniz partió hacia Hamburgo
a principios de julio tras recibir la comisión, por encargo del duque, de
adquirir la colección. Las negociaciones llegaron a su fin a mediados de agosto
y Leibniz compró los 3.600 libros por 2.000 táleros. Explicó al duque que había
tenido que regatear para lograr ese precio (A I 2, pp. 60,
70-1), pero que las nuevas adquisiciones completarían la colección existente
del duque en un campo en particular, el de las ciencias naturales, de
importancia para la medicina y la economía.
Al abandonar Hamburgo el 2 de septiembre Leibniz llevó consigo en préstamo 86
de los manuscritos de Fogel, que más tarde devolvió (A i 3, p.
391). Los gastos del viaje y la estancia en Hamburgo habían sido elevados,
sobre todo porque necesitaba ayuda de cámara y secretario; por ello, a su
regreso a Hannover solicitó al duque 5 táleros extra por semana con el fin de
cubrir estos gastos (A I 2, p. 68).
Esta visita a Hamburgo proporcionó a Leibniz la oportunidad de conocer a
algunos de los primeros alumnos de Jungius, como Siver, Placcius y Johann
Vagetius, así como la de examinar los manuscritos inéditos de Jungius, a quien
admiraba desde hacía mucho tiempo (Kangro, 1969). En su carta a Thomasius del
30 de abril de 1669, Leibniz hablaba de Jungius como defensor de la lógica de
Aristóteles contra los escolásticos. Cuando, en agosto de ese mismo año,
Leibniz visitó Bad Schwalbach con Boineburg, el jurista Erich Mauritius —con
quien, como se recordará, estaba en deuda por la información concerniente a los
experimentos de Huygens, Wren y Wallis sobre choques elásticos— le dijo que
Jungius era el autor del manifiesto rosacruz Fama.
Es probable que, en el curso de la conversación, Mauritius mencionase también
el nombre de Martin Fogel, alumno de Jungius en Hamburgo y de quien se esperaba
que editase las obras póstumas de este último. Pues, en el prólogo a su edición
de Nizolius, publicada la primavera siguiente, Leibniz manifestaba su confianza
en que el ¡lustrado Fogel editase pronto las obras de Jungius.
A comienzos de 1671 había escrito a Fogel para preguntar por la publicación de
las obras de Jungius e interesándose en particular por la que trataba de las
especies de insectos (A II 1, pp. 77-8). Los repetidos ruegos
de sus amigos de Hamburgo a lo largo de varios años para que se publicasen las
obras de Jungius tampoco lograron nada y, en 1691, una parte importante de este
tesoro, como Leibniz lo describía, se perdió irremisiblemente en un incendio en
casa de Vagetius [21]. Por la
época de su visita a Hamburgo, cuando Siver le dijo que no tenía seguridad de
que Jungius fuera el autor de Fama> Leibniz publicó un
artículo en el Journal des Sçavans (Ravier 1937, p. 93) en el
que describía a Jungius como uno de los más grandes matemáticos y filósofos de
su tiempo y uno de los hombres más capaces que Alemania había tenido nunca.
Además de los encuentros ya mencionados con alumnos de Jungius y con algunos
químicos, en el transcurso de su estancia en Hamburgo, Leibniz mantuvo varios
encuentros con Christian Philipp, emisario del elector de Sajonia. Juntos
visitaron al diplomático sueco Esaias von Pufendorf, con el que conversaron
sobre la filosofía de Descartes. Un año después Philipp recordó la conversación
y pidió a Leibniz que refrescara su memoria con los detalles de ésta. En su
respuesta, Leibniz resumió la argumentación de la forma siguiente (A II
1, p. 495). Al contrario que Descartes, opinaba:
i. que
las leyes de la mecánica, que constituyen la base de todo el sistema, dependen
de causas finales;
ii. que
la materia no adopta todas las formas posibles, sino únicamente las más
perfectas.
Añadía
que, si Descartes hubiese prestado mayor atención al experimento y menos a sus
hipótesis imaginarias, su física habría sido más digna de seguirse. Su
metafísica, además, contenía varios errores. Descartes había ignorado la fuente
auténtica de verdad y el análisis general de los conceptos, algo que, en
opinión de Leibniz, Jungius había entendido mejor. Leibniz observaba finalmente
que la lectura de Descartes era, a pesar de todo, muy útil, ya que su filosofía
era preferible a la de otras escuelas y había que verla como la antesala de la
verdad. En otro lugar (GP 7, p. 186) Leibniz manifestó que, si
a Jungius se le hubiera conocido mejor y apoyado más, podría haber llevado la
reforma de las ciencias más allá de Descartes.
§. Memoranda para el duque
A su regreso de Hamburgo, Leibniz escribió tres memoranda para el duque,
anotando sus ideas sobre la forma de mejorar la administración pública, la
organización de archivos, la práctica de la agricultura y el trabajo en
granjas (A I 2, pp. 74-9).
Es evidente que Leibniz creía que, para conducir los negocios de forma que
contribuyeran a la armonía y prosperidad del pueblo, los administradores y
dirigentes debían contar, para estar informados, con un análisis comprehensivo
del estado de la economía en ese momento. Si además podían obtenerse análisis
similares para 1618 y 1648 (lo que requeriría un estudio histórico), serían
valiosos como indicativos de la tendencia a largo plazo durante dos
generaciones. Entre los aspectos que el análisis debía abarcar, Leibniz incluía
recursos naturales del tipo de materias primas, bosques y corrientes, y
recursos humanos en términos de población, artesanos y mercaderes. Consideraba
de especial importancia el equilibrio entre importación y exportación y el
dinero disponible para el gasto público.
Para promover el comercio Leibniz sugería la creación de una Academia de
Comercio e Idiomas, donde los jóvenes pudieran ser instruidos en las prácticas
al uso y adquirir los conocimientos necesarios. Esta idea se inspiraba en una
academia de este tipo que ya existía en Turín. Recomendó también la creación de
una Oficina de Información donde la gente de todo el país pudiera informarse de
detalles relativos a la compraventa de bienes de consumo, cosas en alquiler y
todo lo que podía aprenderse o verse. Añadía que la Oficina podía editar una
revista. Presentaba también algunas propuestas de reforma social, como el
aprovisionamiento de almacenes departamentales donde todo podría comprarse a
bajo precio y un plan de pensiones contributivas para viudas y huérfanos. Entre
otras propuestas cabe mencionar la adopción de la práctica inglesa de anotar en
un registro oficial la causa de la defunción.
La propuesta más original del primer memorándum consistía en la creación de
la Ordre de la Charité, Societas Theophilorum, que
comenzaría allí donde los jesuitas no llegaban: en el estudio de los secretos
de la naturaleza, procurando tratamiento médico a los necesitados e instruyendo
a los jóvenes en materias clásicas, en particular en la teología mística y la
química. La teología escolástica y la filosofía quedaban para los jesuitas. La
idea de Leibniz casi tiene resonancias neoplatónicas o hermenéuticas. Imaginaba
una Orden extendida por el mundo entero que, de acuerdo con el ideal de armonía
religiosa, mantuviese buenas relaciones con los jesuitas y las demás
órdenes [22].
En un segundo memorándum Leibniz argumentaba a favor de la necesidad de crear
una Oficina de Archivos, integrada por departamentos y secretarios trabajando
bajo la supervisión general de un director. Cumpliría la misma función de cara
al estado que su nuevo sistema de clasificación en la biblioteca: facilitar el
acceso a la información. En la Cancillería, por ejemplo, apenas se sabía a qué
oficina debía uno dirigirse para cada cuestión particular, y los secretarios se
mostraban a menudo reacios a buscar material que suponían perteneciente a otra
sección. Para poner remedio a esta situación la nueva oficina compilaría una
serie de libros de referencia inmediata. Uno de los volúmenes contendría el
reglamento de todos los comités y oficinas y la muy importante reglamentación
forestal, y permanecería en la Cancillería junto al código jurídico de
Brunswick (Corpus Juris Brunsvicense). Otros volúmenes
contendrían un índice general de toda la correspondencia y documentos de la
Cancillería, procedimientos jurídicos y títulos de propiedad y privilegios
otorgados a comunidades como ciudades, familias, gremios y profesiones.
En el tercer memorándum Leibniz observaba la necesidad de incentivar el trabajo
en granjas y señalaba la importancia de aspectos sociales y culturales como la
música y danza populares, así como la introducción en el campo de una buena
cerveza.
Leibniz pidió al duque que tratase sus memoranda y propuestas como
confidenciales, pero le rogaba que tomase alguna decisión con respecto a
ellos (AI 2, pp. 79-89). Señalaba que cualquier propuesta novedosa
despertaba una desconfianza lógica y que siempre dudaba antes de sugerir algo,
pues existía el riesgo de que una presentación torpe impidiera que una buena
idea se tomara en consideración. Le parecía evidente que las propuestas de
reforma debían basarse en un conocimiento preciso de los hechos, pero a menudo
se carecía de acceso a esa información. Este era uno de los problemas que
quedaría resuelto si se nombraba un director de Archivos; Leibniz señalaba, con
falsa modestia, que no dudaba de que había otros más cualificados que él para
ocupar el cargo, pero aseguraba al duque que ningún otro desempeñaría esas
tareas con mayor entrega.
La propuesta más importante de entre las que Leibniz tenía en mente cuando
escribió esta carta al duque era, en realidad, un proyecto completamente nuevo
que no explicaba en los memoranda. Indicaba en tono misterioso que esta
propuesta podría llevar, finalmente, a la creación de una Academia de Ciencias
que superaría a las de Londres y París en su promoción de las aplicaciones
útiles para la ciencia, además de satisfacer la curiosidad por el saber. La propuesta
en sí misma consistía en un proyecto que permitiría incrementar, de manera
extraordinaria, la producción minera en la comarca del Harz, mediante la
utilización de un nuevo invento de Leibniz para el drenaje de agua. Para
disipar el temor de que una extracción más intensiva pudiera privar a las
generaciones futuras de recursos, Leibniz recordaba al duque la opinión
generalizada entre los geólogos de que los minerales aumentan y disminuyen, lo
que hacía probable que en unos cien años no quedara nada en el Harz incluso si
toda la actividad minera cesaba de inmediato [23].
A cambio de los enormes beneficios que el estado obtendría por la utilización
de su maquinaria, Leibniz esperaba, naturalmente, alguna recompensa. Leibniz le
confiaba al duque que se trataba del invento más importante de los que conocía
y manifestaba sin pudor su deseo de que el duque (como muestra de aprecio) le
hiciera su confidente en materias de importancia, mostrándole mayor preferencia
de la que otorgaba a otros.
§. El proyecto Harz
Leibniz ya había planeado viajar a la comarca del Harz en mayo de 1678, antes
de su visita a Hamburgo. Había recibido desde París cartas en las que se hacía
referencia a la extracción de hierro por fundición de la ganga y sugirió al
duque enviar muestras de ganga para comprobar las afirmaciones de los
franceses. Ahora bien, con el fin de adquirir experiencia de primera mano por
sí mismo, como explicaba al duque (A I 2, pp. 53-4), quería
visitar las minas en compañía de Christoph Pratisius, un médico que entendía de
metales e iba a salir hacia allá en pocos días. Leibniz añadía que, en caso de
que el duque atendiera la solicitud, quería hacer también alguna excursión para
conocer la biblioteca de Wolfenbüttel [24] (lo que
sería de gran ayuda para su propia oficina de Hannover) y quizá a Hamburgo, con
el fin de examinar algunos libros y cartas. Aunque finalmente su proyecto de
viajar al Harz no llegó a realizarse, Leibniz no tardó en tener oportunidad de
visitar Hamburgo cuando el duque le comisionó para adquirir la biblioteca de
Martin Fogel.
Leibniz hizo al duque una primera descripción general de su proyecto para el
drenaje de las minas del Harz en una carta que acompañaba a los memoranda
escritos tras su regreso de Hamburgo. Es probable que Leibniz diera más
detalles en conversaciones privadas con el duque que en sus cartas y memoranda.
Pues en los documentos escritos enfatiza la utilidad práctica de su invención
pero evita, en la medida de lo posible, dar detalles de la operación,
presumiblemente con el fin de proteger su valioso secreto de cualquiera que
pudiera tener acceso a la correspondencia de la Cancillería. Los detalles
emergen gradualmente a medida que progresan las negociaciones, primero con el
duque y después con la Oficina de Minas de Clausthal.
La idea general del proyecto de Leibniz era utilizar molinos de viento junto a
la energía hidráulica para hacer funcionar las bombas. Se utilizaría la energía
generada por los molinos de viento siempre que fuera posible, y ésta se
suplementaria con energía hidráulica cuando fuera necesario. No sólo se
dispondría de suficiente energía para el bombeo en todas las estaciones sino
que se contaría además con un excedente adecuado de energía hidráulica para
hacer funcionar las piedras del molino (A I 2, pp. 195-6).
La primera vez que habló del proyecto con el duque, Leibniz explicó que su
invención produciría una corriente constante capaz de actuar tanto en invierno
como en verano y que proporcionaría energía para elevar el agua y otras
operaciones en la mina. Aún más, estas bombas serían más eficaces que las de
uso corriente, ya que aprovechaban tres cuartas partes de la energía que
habitualmente se perdía por fricción y requerían poco mantenimiento. Al
parecer, poco después de que Leibniz presentara su propuesta volvió a tomarse
en consideración un antiguo proyecto. Este consistía en un circuito completo
del agua destinada a proporcionar energía, que se dejaba correr desde los
depósitos que la almacenaban con el fin de hacer funcionar la maquinaria de una
mina tras otra para, finalmente, reintegrarla a los depósitos mediante bombeo.
En un memorándum del 9 de diciembre de 1678 (A 1 2, pp.
99-103) Leibniz descalificaba esta idea por considerarla sin valor, debido
sobre todo a la pérdida de agua que se produciría por evaporación y otras
causas, y volvía a insistir en las ventajas de su propio proyecto. Cabe
inferir, a partir de este memorándum, que una de las objeciones presentadas a
su proyecto era la del gasto que representarían las nuevas bombas. En respuesta
a esta objeción Leibniz señalaba que su proyecto podía llevarse a cabo también
con las viejas bombas existentes, aunque no con el mismo rendimiento, y que en
cualquier caso las nuevas bombas no serían excesivamente caras. Al final del
memorándum resumía las líneas principales del proyecto. Estas eran: en primer
lugar, introducir un nuevo tipo de molino de viento que funcionara incluso con
vientos de poca intensidad, y con mayor rendimiento que los antiguos molinos (Gerland
1906, pp. 181-8); y, en segundo lugar, utilizar bombas incomparablemente más
eficaces que las utilizadas hasta el momento, ya que eliminaban la fricción
(Gerland 1906, pp. 159-69).
Al empezar el nuevo año, Leibniz señaló al duque dos aspectos del proyecto para
el drenaje de minas que había presentado y que éste habría visto ya: que el
coste del proyecto resultaba ser el más bajo posible, y su eficacia tan grande
como podía desearse. Al excluir el recurso a ruedas dentadas del diseño de los
nuevos molinos, había eliminado a la vez, prácticamente, fricción y
resistencia.
Había eliminado también la fricción de las bombas, que ahora podían extraer
agua con facilidad desde una profundidad de mil pies. Señalaba al duque que, si
había en mecánica algún secreto que mereciese serlo (en razón de su novedad y
de su potencial como aplicación rentable), esta invención lo era. El proyecto
maximizaba la utilización de dos fuerzas de la naturaleza: la del viento y la
del agua, ya que éstas se le presentaban directamente al objeto y la fricción
quedaba así eliminada, con lo que no había pérdidas. Leibniz mostraba su
confianza en que las fuerzas cólica e hidráulica, al ser utilizadas de forma
que actuaran a la vez o alternativamente de la forma más provechosa (es decir:
de la que él proponía), podrían mantener secas las minas. Sugería que una parte
de los beneficios obtenidos en la empresa se reinvirtieran en promover la
investigación en minería.
Cuando el duque mostró en principio su conformidad, Leibniz quiso asegurarse de
que sería el único director a cargo de las máquinas para el drenaje de las
minas y que tendría libertad total para disponerlas como creyera mejor (A I
2, pp. 130-2). En una carta del 8 de abril de 1679 (A 1 2, pp.
133-61) en la que agradecía al duque su apoyo en el proyecto Harz, Leibniz
revelaba que había tenido la idea en mente durante algún tiempo. De hecho,
había elaborado el diseño del plan en París, cuando el duque le llamó a su
servicio, pues se había dado cuenta de la importancia del problema y confiaba
en tener la oportunidad de aplicar sus conocimientos, de manera útil, en la
búsqueda de una solución que beneficiara al Estado. Tras confesar al duque cuán
larga y cuidadosamente había pensado en el proyecto Harz, a Leibniz le pareció
llegado el momento de explicar con detalle lo que consideraba su proyecto más
importante, así como de sugerir cómo podría llevarse a cabo gracias a los
beneficios obtenidos con el primero. Explicaba entonces que, cuando sugirió
reinvertir parte de los beneficios del proyecto Harz en investigación, lo que
tenía en mente no era simplemente la investigación en minería sino la creación
de una Academia de Ciencias, algo de lo que había hablado a menudo y que
permitiría llegar a la característica universal. Añadía que esta Academia sería
una institución permanente que continuaría existiendo después de su propia
muerte. Hacía votos por el potencial que encerraba una Academia de ese tipo;
pues, mientras las Academias de París y Londres se limitaban a hacer
descubrimientos específicos, la característica universal, una vez obtenida,
sería un órgano o instrumento tan poderoso para la razón como el microscopio lo
era para el ojo.
A principios de agosto (A I 2, pp. 188-9) Leibniz hizo saber
al duque su deseo de visitar el Harz de incógnito, a fin de encontrar un
carpintero para la construcción. Partió para su primera visita al Harz a
mediados de septiembre y a finales de mes llegó a un acuerdo con la Oficina de
Minas de Clausthal (A I 2, pp. 200-3). Tras un periodo de
prueba de un año, durante el cual se responsabilizaría del drenaje de una mina
corriendo con todos los gastos, el inventor recibiría 1.200 táleros anuales de
por vida. El 2 de octubre Kahm escribió en nombre del duque, requiriendo la
presencia de Leibniz en Hannover para efectuar algunas consultas (A I
2, p. 205).
Lejos del lugar de los hechos, se habían presentado objeciones y se había
puesto en cuestión el proyecto entero. Leibniz sólo tuvo conciencia de estas
dificultades en Hannover, en el curso de las consultas. El mayor problema era
referente al coste de las máquinas adicionales que se iban a necesitar para
refinar una producción de ganga mayor. Leibniz defendió ante el duque que ese
era un problema aparte y que no tenía nada que ver con él, puesto que sólo
había aceptado la responsabilidad del trabajo realizado bajo tierra. En
cualquier caso, se habría necesitado maquinaria nueva para el refinado incluso
si nadie hubiese oído hablar de su invención. Tras una audiencia con el duque,
se le explicó que lo más procedente era dar a conocer esta invención a un grupo
de expertos en mecánica para que lo juzgaran. Leibniz señaló al duque (A I
2, pp. 207-12) que tenía motivos para mostrarse sorprendido ante una propuesta
semejante, que cambiaba las cosas por completo. En cualquier caso, el grupo de
expertos le inspiraba poca confianza e insistió en que el año de prueba era
suficiente.
Tras rebatir todas las objeciones en varias cartas escritas a mediados de
octubre, inmediatamente a continuación de la serie de consultas en
Hannover (A I 2, pp. 206-17), Leibniz se vio recompensado con
la decisión que el duque adoptó a su favor y que adquirió carácter formal con
la ratificación del acuerdo entre Leibniz y la Oficina de Minas el 25 de
octubre de 1679 (A 1 2, pp. 218-21).
§. Elizabeth y Malebranche
Poco después de su visita a Hamburgo y la redacción de los memoranda sobre el
proyecto Harz y otros temas para el duque, Leibniz tuvo la oportunidad de
renovar sus críticas contra la filosofía de Descartes, tema de sus primeros
encuentros en Hannover con Molanus y Eckhard. La ocasión para este nuevo ataque
la proporcionó un encuentro con la palsgravina Elizabeth, abadesa de Herford,
en el transcurso de su visita a Hannover en el invierno de 1678, cuando ella le
dio a conocer las Conversations Chrétiennes de
Malebranche (A II 1, p. 455). Tras copiar extensos extractos
junto a sus propios comentarios críticos (A II 1, pp. 442-54),
en los que de nuevo hace referencia a la existencia del subconsciente, Leibniz
hizo llegar a la princesa su opinión sobre el cartesianismo (A II
1, pp. 433-8).
En relación con la demostración de la existencia de Dios a partir de su
esencia, Leibniz explica que, en este punto, Dios juega con ventaja en
comparación con otros entes, pues basta con demostrar que es posible para
demostrar que existe. La presunción de posibilidad (en ausencia de una prueba
de la imposibilidad) es suficiente en la vida práctica, pero no basta para la
demostración. Leibniz explica a la princesa que los cartesianos con .quienes
había discutido esto no habían conseguido demostrar que Dios es posible. Las
observaciones que introduce a continuación aclaran significativamente su propia
posición y ponen de manifiesto la importancia capital que atribuía al que
consideraba su proyecto más importante: la característica universal. Explica
que los cartesianos no podían tener éxito porque carecían de la noción adecuada
de sustancia individual. Para demostrar que un concepto está libre de
contradicción, y que es por tanto posible, es necesario, en
primer lugar, contar con una definición lógicamente consistente de dicho
concepto. Leibniz creía contar con una definición así a partir de la idea de un
concepto que es combinación de formas o cualidades simples (es decir,
indefinibles). Este concepto de Dios, como ser que posee todas las cualidades,
constituía la base de la prueba que Leibniz había anotado para Spinoza durante
su visita a La Haya. En su carta a la princesa Leibniz afirmaba explícitamente
que la base de su propia demostración, es decir: la compatibilidad de formas
simples, constituía el fundamento de la característica universal, ya que las
formas simples eran los elementos de esta característica. Como disculpa por no
dar su demostración, decía que ésta requería una larga explicación sobre el
fundamento de la característica universal.
Leibniz escribió a Malebranche el 23 de enero de 1679 (A II 1,
pp. 455-6) para decirle que Elisabeth le había mostrado las Conversations
Chrétiennes; pero Malebranche negó ser el autor de la obra y afirmó
que había sido escrita por un discípulo suyo, el abad Catelan (A II
1, pp. 467-9). En su carta a Malebranche, Leibniz era muy crítico con
Descartes; afirmaba que se encontraba muy lejos de un análisis verdadero y del
arte del descubrimiento en general. Su mecánica estaba plagada de errores, su
física era especiosa, su geometría limitada y su metafísica adolecía de todas
esas cosas juntas. Leibniz daba a entender que el propio Malebranche había
superado a Descartes, aunque no había ido mucho más lejos. Por ejemplo, la idea
de Malebranche de que es imposible que una sustancia que sólo posea extensión
interactúe con una sustancia que sólo posea pensamiento era, sin duda,
correcta; pero, en opinión de Leibniz, la materia debía diferenciarse de la
mera extensión, algo que podía demostrar. Leibniz se congratulaba de coincidir
con Malebranche en que Dios actúa de la manera más perfecta posible y aprobaba
el buen uso que Malebranche hacía de las causas finales; Descartes le había
causado una pobre impresión al rechazarlas. Tras asegurar a Malebranche que, a
pesar de sus desacuerdos en cosas fundamentales, había leído sus escritos con
interés y provecho, le pedía que transmitiera sus saludos a Arnauld cuando tuviera
oportunidad.
Malebranche contestó en marzo de 1679 (A II 1, pp. 467-8),
dando a Leibniz noticias de París y preguntándole por las razones de su
oposición a Descartes. En su respuesta, escrita el 2 de julio de 1679 (A II
1, pp. 472-80), Leibniz enumeraba una serie de proposiciones cartesianas de
filosofía acerca de las cuales invitaba a Malebranche a que disipara sus dudas,
y otras proposiciones de ciencias naturales que parecían entrar en
contradicción con la experiencia. Reiteraba además el comentario qua ya había
hecho a Eckhard acerca del fracaso de los cartesianos a la hora de hacer
progresos, a pesar de estar en posesión del magnífico método que su maestro les
había dejado en herencia. Finalmente, explicaba a Malebranche los fallos del
intento, por parte de Descartes, de demostrar la existencia de Dios.
§. La característica universal y otras cuestiones relacionadas
La magnífica idea de un alfabeto del pensamiento humano, que le había
sobrevenido a Leibniz en la escuela, fue la semilla que dio origen al concepto
de característica universal. Leibniz creía que, al igual que las palabras
(representaciones de sonidos) se forman a partir de letras (representaciones de
sonidos simples), las ideas complejas se forman a partir de combinaciones de un
pequeño número de ideas simples. Esto le llevó a concebir una escritura o
lenguaje universal (una característica real) tal que las ideas estarían
representadas por combinaciones de signos que se corresponderían con las partes
componentes de esas ideas. Un lenguaje de este tipo arrojaría una
representación directa de las ideas y hablaría al entendimiento antes que a la
vista.
Si el lenguaje contase además con una gramática, consistente en un conjunto de
reglas para combinar los signos, se podrían llevar a cabo razonamientos y
demostraciones formales de manera análoga a como se hace en un cálculo
aritmético o algebraico. En esto consistía la idea de la característica
universal. Era esencialmente un instrumento para descubrir cosas, el cual
Leibniz había intentado hacer realidad en el ensayo de juventud De arte
combinatoria.Mantenía que ni Llull, ni otros que habían intentado reformar
la filosofía, habían soñado jamás con un análisis verdadero del pensamiento
humano (GP 7, p. 293).
Leibniz había descrito con claridad los principios de la característica
universal en una carta a Oldenburg (GP 7, pp. 11-15) escrita
mientras aún estaba en París, y en otra a Gallois (GP 7, pp.
22-3) escrita en diciembre de 1678, cuando más inmerso estaba en el proyecto
Harz. En ambas cartas aludía a la escritura china como ejemplo de
característica universal [25].
Poco después de proponer al duque la creación de una Academia para la obtención
de la característica universal, Leibniz tuvo oportunidad de aprender más sobre
la escritura y el lenguaje chinos; el médico en Berlín del elector de
Brandeburgo, Johann Sigismund Elsholz, ante quien Crafft había recomendado a
Leibniz en su viaje de regreso a Dresde (A I 2, pp. 378-9), le
envió un trabajo de Andreas Müller, preboste de la iglesia de san Nicolás de
Berlín y asesor para asuntos chinos del elector de Brandeburgo, en el cual
Leibniz leyó que Müller había escrito el inédito Clavis Sínica(Clave de
China) (A I 2, p. 462). En su respuesta a Elsholz, escrita el 4 de
julio de 1679 (A 1 2, pp. 491-3), Leibniz dirigía catorce
preguntas a Müller; entre ellas, la de si la escritura revelaba la naturaleza
de las cosas y la de si, en su opinión, los chinos no conocían la clave de su
escritura.
En otra carta, escrita el 15 de agosto, Leibniz pedía a Müller que le
explicara, parcialmente o en su totalidad, un libro en chino de ochenta páginas
que obraba en su poder y en el que sedaban los significados y las
pronunciaciones en caracteres latinos. Müller accedió (A I 2,
p. 516) a traducir el libro y a transcribir la pronunciación, pero únicamente
lo haría si le parecía que valía la pena. Antes de tomar una decisión quería
conocer el título y el contenido, y hacía falta, por tanto, que Leibniz le
hiciera llegar el libro o el título. Al final resultó que el libro de Leibniz
ya había sido traducido por Prosper Intorcetta (A I 2, p.
517).
En un primer momento Leibniz concibió la característica como un lenguaje
universal, y afirmó que la gran ventaja sobre otros proyectos similares (que
habían consistido, esencialmente, en la formulación de algún tipo de código)
residía en que el suyo no sólo presentaría las ideas directamente al
entendimiento, como ocurría en los jeroglíficos egipcios y la escritura china,
sino que haría posible además el razonamiento por un proceso análogo al del
cálculo aritmético o algebraico. En febrero de 1678 redactó un borrador para
este lenguaje universal, Lingua generalis (Couturat 1903, pp.
277-9), basado en la representación de ideas simples mediante números
primos y la representación de los conceptos formados a partir
de las combinaciones de estas ideas simples (es decir, todos los conceptos
posibles) mediante los productos de los números primos correspondientes. Para
poder entender el lenguaje el lector tendría que memorizar una lista con las
ideas simples esenciales representadas mediante números primos, y adquirir
destreza en descomponer, de un solo golpe de vista, números grandes en sus
factores primos. Para convertir las expresiones numéricas en un lenguaje
hablado hizo uso de una idea de George Dalgarno, que consistía en representar
1, 10, 100,... mediante las vocales a, e, i,...
(utilizando diptongos para prolongar la serie cuando fuese necesario) y los
números del 1 al 9 mediante las nueve primeras consonantes. Así, 546 está
representado por gifeha o cualquier otra permutación de las
sílabas, ya que el número es independiente de ese orden; una propiedad, observa
Leibniz, que permitía escribir poesía en un lenguaje artificial.
Al darse cuenta de que el problema era menos fácil de lo que había supuesto al
principio, Leibniz abandonó pronto este esquema para adoptar uno basado en las
lenguas vivas; de hecho recurrió al latín, que era la lengua internacional de
los estudiosos de la época. Esta nueva idea aparece por primera vez en un
escrito de abril de 1678 (Couturat 1903, pp. 280-1) y en un proyecto esbozado
en el manuscrito Analysis linguarum, escrito en septiembre de ese
mismo año (Couturat 1903, pp. 351-4). Aunque el objetivo final es el análisis
de los conceptos, éste puede encontrar apoyo en, o ser sustituido por, un
análisis del lenguaje. Esto supone, en primer lugar, transformar todos los
términos del discurso, por medio de definiciones, en términos irreductibles
simples; en segundo lugar, reducir la gramática y la sintaxis a sus elementos
esenciales.
Ahora Leibniz veía claro que, a fin de descubrir el alfabeto del pensamiento
humano y hacer realidad la característica universal, sería necesario analizar
todos los conceptos y reducirlos a sus elementos simples mediante definiciones;
a continuación, representar estos conceptos simples mediante símbolos apropiados
y crear símbolos para sus relaciones y combinaciones; finalmente, y ya que el
análisis de los conceptos es al mismo tiempo el análisis de las verdades,
demostrar todas las verdades conocidas por el método de reducirlas a principios
simples y evidentes. En otras palabras, antes de lograr obtener la
característica universal sería preciso elaborar una Enciclopedia,
en la cual se clasificara, analizara y diesen demostraciones de todo el
conocimiento existente. Para esta grandiosa tarea Leibniz necesitaría
colaboradores, organizados en una Academia como la que había propuesto al
duque.
Incluso con anterioridad a sus días en París, Leibniz había tomado en
consideración la idea de elaborar una Enciclopedia. Primero
pensó en una compilación de las obras de otros autores, para la que elaboró un
índice de contenido que se conserva (GP 7, pp. 37-8), y más tarde
tuvo en mente corregir y completar la Enciclopedia que Johann
Heinrich Alsted había publicado en 1620.
Leibniz proyectaba publicar, bajo el pseudónimo de Pacidius (que tenía la
connotación, como ya se vio, de un espíritu conciliador que uniría a todos los
estudiosos en una tarea común), una introducción a estaEnciclopedia que
llevaría por título Initia et specimina scientiae generalis. Los initia son
los principios de método general (scientia generalis) que
conduciría a la elaboración de la Enciclopedia, y los specimina son
ejemplos que muestran cómo aplicar el método a las ciencias particulares. El
índice de la Enciclopedia, que se encuentra en esta obra (GP
7, pp. 49-51), data de mediados de 1679 y es la versión revisada de un
índice algo anterior (Couturat 1903, pp. 129-33).
La scientia generalis de Leibniz, o método universal aplicable
a todas las ciencias, consiste en la lógica en el sentido más amplio. La teoría
de la definición ocupa un lugar central, como explicó a Conring (A II
1, pp. 385-9, 397-402) y a Tschirnhaus (GM 4, pp. 451-63) en
cartas escritas en la primera parte de 1678. Explica, en primer lugar, que el
análisis de los elementos simples procede por definiciones. En segundo lugar,
que, si bien el análisis de las verdades consiste en su demostración, este
análisis descansa también sobre definiciones. Pues una demostración procede
mediante la descomposición de los términos de la proposición, de tal manera que
el análisis de las verdades se ve reducido a un análisis de conceptos; es
decir, a definiciones. Naturalmente, en toda demostración también entra en
juego un elemento sintáctico por lo que hace a la combinación de definiciones y
que lleva a nuevos teoremas. El único principio a priori que
Leibniz admitía en su teoría de la definición es el principio de identidad.
Sostiene que todas las verdades pueden reducirse a definiciones, proposiciones
de identidad o proposiciones empíricas. Las verdades de razón, que no dependen
de la experiencia, pueden reducirse siempre a definiciones o a proposiciones de
identidad.
En respuesta a la objeción de Conring de que, además de las proposiciones de
identidad, hay proposiciones indemostrables, es decir, axiomas, Leibniz explica
que, por conveniencia y para el progreso de la ciencia, pueden admitirse
postulados y axiomas que no han sido demostrados; pero todos los axiomas así
admitidos deberían ser susceptibles de prueba. Si bien los axiomas y postulados
matemáticos, por ejemplo, no pueden reducirse a definiciones, pueden
demostrarse a partir del principio de no contradicción (que es equivalente al
principio de identidad). En otras palabras, son necesarios porque sus
contrarios implicarían contradicción. De ello se sigue que, para Leibniz, la
verdad de una proposición que ha sido demostrada no es nominal y subjetiva,
como lo era para Hobbes, sino real y objetiva. Leibniz explica a Tschirnhaus
que una definición sólo es real si pone de manifiesto la posibilidad o la
existencia del objeto. Lo que es más, no puede deducirse nada con certeza a
partir de una definición salvo si se sabe que el objeto definido es posible.
Junto al plan general de los Initia et specimina scientiae
generalis, Leibniz preparó en 1679 estudios para dos de los ejemplos
de aplicación del método destinados a constituir la segunda parte. Eran
intentos de formular un cálculo lógico y una geometría de la situación, que
podrían considerarse como contribuciones encaminadas a la realización de la
característica universal.
El primer intento de un cálculo lógico (Couturat 1903, pp. 41-9) está basado en
la analogía entre la combinación de conceptos y la multiplicación aritmética y
entre la descomposición de conceptos y la descomposición en factores primos.
Para Leibniz esta analogía es correcta, pues toma la combinación de conceptos
como conmutativa. Sostiene, por ejemplo, que la definición de «ser humano» como
«animal (ser) racional» y como «racional animal (ser)» son equivalentes, y que
la aparente diferencia es puramente verbal.
En un manuscrito de abril de 1679 titulado Elementa calculi (Couturat
1903, pp. 49-57) Leibniz explica que su manera de considerar la relación entre
términos es opuesta a la utilizada por los escolásticos. Mientras los
escolásticos suponen que la especie está contenida en el género, Leibniz
sostiene que es el género el que está contenido en la especie. Por ejemplo,
interpreta la proposición «El oro es un metal» en el sentido de que el concepto
de metal está contenido en el concepto de oro, ya que el oro contiene todas las
propiedades del metal y además otras, como la de ser el metal más pesado. Es
decir, la «especie» oro contiene al «género» metal. Explica que los
escolásticos se expresan de otra manera porque no están tomando en
consideración conceptos, sino instancias subsumidas bajo conceptos universales.
Hoy en día esta diferencia se expresaría diciendo que los escolásticos
interpretan las proposiciones en términos de intensión de cualidades. Reconoce
que, mediante una inversión de su propio cálculo, todas las leyes de la lógica
podrían probarse adoptando el punto de vista escolástico; pero prefiere
considerar conceptos universales y su composición porque éstos no dependen de la
existencia de individuos particulares. En otras palabras, su interés se centra
en las verdades de razón antes que en las verdades de hecho.
Puesto que toda proposición afirmativa universal de la forma «Todo S es P» es
verdadera si el sujeto contiene al predicado (por consiguiente, si el número
que representa al sujeto es divisible por el número que representa al
predicado), Leibniz expresa esta proposición comoS = Py, donde y es
un número adecuado. Evidentemente, Py es una especie de P, de
forma que S = Py significa que S es idéntico
a una especie de P. Análogamente, toda proposición afirmativa
particular de la forma «Algún S es P» puede
escribirse como Sx = Py; pero, dado que xpuede
escogerse siempre de manera que sea divisible por el número que representa
a P, todas las proposiciones afirmativas particulares (por
ejemplo, algunos seres humanos son piedras) serían verdaderas, lo cual es
absurdo. Otro defecto de este sistema es el de que las proposiciones negativas
(por ejemplo, ningún ser humano es una piedra) quedarían excluidas (Couturat
1903, pp. 329-30).
A fin de poder dar cuenta de las proposiciones negativas, Leibniz introdujo
números negativos para representar no-predicados. Así, cada término está
representado por dos números, uno positivo y otro negativo, que son coprimos.
Si hubiera un factor común, éste aparecería positiva y negativamente, con lo
que el término contendría elementos contradictorios y sería en sí mismo
contradictorio. Es preciso tener cuidado al asignar números a los conceptos, a
fin de asegurarse de que los números que representan sus combinaciones son
también coprimos.
Por ejemplo, si se toman animal = +13 - 5 y racional = +8 - 7,
entonces ser humano (animal racional) = +104 - 35. Pero si se toma racional =
+10—7, entonces ser humano = +130 - 35, lo cual contiene una contradicción
puesto que 130 y 35 tienen un factor en común.
Una proposición negativa universal será verdadera si dos números de signo
opuesto y pertenecientes a los dos términos tienen un factor en común. Por
ejemplo, si se toman ser humano = +10 - 3 e infeliz = +5 - 14, la proposición
«Ningún ser humano es infeliz» queda probada, ya que 10 y 14 tienen en común el
factor 2 y ello significa que los términos «ser humano» e «infeliz» son
incompatibles. La proposición afirmativa universal equivalente sería «Todos los
seres humanos son felices». Pero ser humano = +10 - 3 y feliz = +14 - 5
implican que la proposición es falsa, puesto que 14 no es divisor de 10 y 5 no
es divisor de 3. Así, de este esquema se sigue una contradicción y por tanto no
es válido.
Leibniz mencionaba el proyecto de una geometría de la situación en una carta a
Gallois de finales de 1678 (GM 1, pp. 182-90).
Había llegado a la conclusión de que la manera natural de resolver problemas en
geometría no era aplicar el álgebra, y había encontrado para la primera una
característica mejor. Desarrolló el proyecto de una característica geométrica
en dos ensayos: Characteristica geométrica (GM 5, pp. 141-71),
fechada el 10 (20) de agosto de 1679, y De analysi situs (GM 5,
pp. 178-83), sin fechar y que probablemente data de 1693. Además de estos
ensayos sobre la característica geométrica, Leibniz escribió a comienzos de
1679 otro estudio sobre los fundamentos de la geometría, Demonstratio
axiomatum Euclidis (Couturat 1903, p. 539), en el cual daba una
demostración de los axiomas de Euclides a partir de dos definiciones propias.
A principios de septiembre de 1679 Leibniz estaba en condiciones de dar a
conocer algunos detalles de su nuevo proyecto; pues, en el paquete que envió a
Huygens con la muestra de fósforo ya mencionada, incluyó también un ensayo
basado en la Characteristica geométrica al tiempo que pedía a
Huygens su opinión. No se equivocaba, sin duda, al confiar en que este nuevo
trabajo, junto al valor de curiosidad del fósforo, causaría una buena impresión
entre el círculo de miembros de la Academia de Ciencias de París.
En la carta a Huygens Leibniz expresaba su insatisfacción ante la aplicación
del álgebra a la geometría, ya que no proporcionaba ni caminos más cortos ni
mejores construcciones. Hacía ver esto con claridad en un apéndice a la Characteristica
geométrica, valiéndose para ello de una comparación entre la construcción
algebraica de un triángulo a partir de una base, altura y ángulo del vértice ya
dados, por un lado, y por otro una construcción geométrica basada en la
intersección de lugares. Otro defecto de la geometría algebraica residía en que
obligaba a presuponer los teoremas de la geometría elemental, como los
resultados de semejanza y el teorema de Pitágoras, y no descansaba, por tanto,
sobre axiomas primarios. El análisis matemático, entendido a la manera usual,
tenía que ver con el análisis de magnitudes y por consiguiente sólo podía
aplicarse, en opinión de Leibniz, indirectamente en geometría, una ciencia en
la cual el concepto fundamental era el de situación y no el de magnitud. Por
ello, había concebido su característica geométrica de manera que expresara
directamente situaciones, ángulos y movimientos valiéndose de símbolos. Leibniz
afirmaba que este nuevo cálculo no sólo permitía llegar a las soluciones,
construcciones y demostraciones geométricas de manera a un tiempo analítica y
natural, sino que permitía desarrollar aplicaciones ignoradas hasta ese
momento, y ello tanto en el diseño de nuevas máquinas y la descripción de los
mecanismos de la naturaleza como en geometría.
Leibniz tomó semejanza y congruencia como relaciones básicas entre las figuras
de su nueva geometría. Definió la noción de figuras semejantes como aquellas
que son indiscernibles cuando se las considera separadamente. En De
analysi sitamostraba cómo hacer uso de la definición para demostrar de
forma sencilla teoremas a los que Euclides solo había podido llegar dando un
largo rodeo. Por ejemplo, el teorema que afirma que dos círculos son el uno al
otro como ¡os cuadrados de sus diámetros se sigue de forma inmediata a partir
de la definición de semejanza. Pues, si no fuera así, se daría en los dos una
diferencia en la relación entre el cuadrado del diámetro del círculo (figura
4.1) que permitiría identificarlos cuando se mirasen por separado; es decir,
serían discernibles por sus formas. Leibniz observaba que Euclides sólo pudo
demostrar este teorema en el Libro X de los Elementos haciendo
uso de figuras inscritas y circunscritas y reductio ad absurdum.
Figura 4.1
Al
darse cuenta de que muchas de las propiedades de una figura podían expresarse
con total claridad si se identificaban sus puntos, Leibniz consideró que el
problema consistía en encontrar una característica de situación adecuada. Esta
característica debía permitir formular todas las definiciones verdaderas de los
elementos de la geometría, y todo lo obtenido por Euclides a partir de sus
definiciones, axiomas y postulados debía poderse deducir, antes de que el
cálculo pudiera aplicarse, en sentido propio, a la resolución de problemas
geométricos. Los Datos de Euclides fueron su fuente de
inspiración. Pues la orientación de esta obra parecía consistir en una especie
de análisis referido a la situación y que trataba de datos y posiciones de
figuras desconocidas o de sus localizaciones. En el ensayo que envió a Huygens,
Leibniz adoptaba la congruencia como relación básica y establecía expresiones
simbólicas para las localizaciones. Los puntos fijos venían representados por
las primeras letras del alfabeto, los puntos variables por las últimas letras y
la congruencia por el símbolo Q. Así, A Q B
representaba la localización de un punto congruente con A: es decir, todo el
espacio, puesto que todos los puntos se tomaban como congruentes entre sí. Otro
ejemplo viene dado por la localización ABC Q ABY (figura 4.2).
Es fácil ver que se trata de un círculo.
Figura 4.2
Para
¡lustrar el uso de la característica en razonamientos, Leibniz mostraba la
naturaleza de la intersección de varías localizaciones. Por ejemplo, de la
expresión ABC Q ABY, que representa un círculo, se siguen AC
AY y BC BY. Pero estas expresiones representan superficies esféricas con
centros en A y B. Por consiguiente, se ha demostrado que la intersección de dos
superficies esféricas es un círculo.
El peor defecto del sistema es que, mientras la relación de congruencia (en la
que Leibniz reconocía una relación de equivalencia que satisfacía las
propiedades de simetría y transitividad) mediante la cual se definían las
localizaciones y que era la única relación que Leibniz admitía, puede
determinar, por ejemplo, una línea o un plano, no puede describir los conceptos
de línea y plano en sí mismos considerados. En otras palabras, la
característica de Leibniz no procura definiciones de los elementos de su
geometría ni subsume la relación de incidencia que se requiere para expresar
simbólicamente, por ejemplo, que un punto dado se encuentra sobre una línea
dada (Münzenmayer 1979).
Huygens acogió el ensayo de Leibniz sin entusiasmo y sólo al verse presionado
dio su opinión. Leibniz debió sentirse decepcionado, pues Huygens, de quien
esperaba una reacción favorable a lo que consideraba un logro importante, no
había entendido el sentido de la característica geométrica. Comentaba, en
primer lugar, que no veía la manera de aplicar la característica a cuadraturas
o tangentes, mostrando así que no había llegado a comprender que el cálculo
geométrico y el análisis infinitesimal eran complementarios. A continuación
lamentaba que todos los resultados ofrecidos por Leibniz fueran de sobra
conocidos, sin ver que lo que Leibniz ofrecía era un método general muy potente
que prometía importantes resultados de cara al futuro (GM 2,
pp. 29-32). Estos resultados, sin embargo, no llegaron a hacerse realidad.
Varios años después, en 1695, Leibniz escribió al marqués de L’Hôpital
explicando que no se había atrevido a publicar su proyecto de la characteristica
situs porque, a menos que lo pudiera hacer plausible mediante ejemplos
de resultados, iba a considerarse una fantasía (GM 2, p. 258).
§. Retorno al proyecto de las Demostraciones católicas
Después de que las dificultades y frustraciones del proyecto Harz quedaran
solventadas con la ratificación, por parte del duque, de su acuerdo con la
Oficina de Minas, Leibniz intentó dirigir la atención del duque hacia otro
asunto y conseguir su apoyo para el proyecto de promover la reunificación de
las Iglesias, algo que ambos deseaban. Tras recordar al duque (A II
1, pp. 487-9) que había conversado con Boineburg a menudo sobre las polémicas
en materias teológicas, Leibniz reiteraba la opinión común de que las
decisiones del Concilio de Trento [26] podían
aceptarse si se dejaban al margen unos pocos pasajes. Leibniz explicaba que
podía darse una interpretación de estos pasajes que no era contraría ni a la
palabra ni a las enseñanzas de la Iglesia católica, aunque sí estuviese alejada
de la opinión común de algunos teólogos escolásticos con poder dentro de la
Iglesia. Por entonces había acordado con Boineburg que, si podía obtener una
declaración de Roma afirmando que esta interpretación, que le parecía
verdadera, podía tolerarse y no contenía nada herético ni contrario a la fe, en
tal caso escribiría una obra apologética, Demonstrationes Catholicae,
que podría servir a la causa de la reconciliación entre católicos y
protestantes. AI morir el barón de forma inesperada no creyó oportuno buscar en
París el apoyo de Arnauld, para quien Boineburg le había dado una carta de
presentación, sobre todo cuando supo que Boineburg había intentado hablar con
el duque sobre el tema; ello hizo que el proyecto quedara paralizado.
A principios de año Leibniz había comenzado a cartearse con Jacques Bénigne
Bossuet (A I 2, pp. 428-9), cuya Exposition de la foi de l’église
catholique había recibido la aprobación del papa y había sido bien
acogida por el duque Juan Federico. Bossuet decía a Leibniz (A I 2, pp. 468-9)
que, de haber sabido que su obra iba a ser bien recibida en Alemania, habría
añadido varios artículos para los luteranos. Puesto que también Leibniz creía
que el papa no sólo era un buen hombre, sino además un ilustrado y un hombre de
talento, era evidente que había llegado el momento de retornar a su antiguo
proyecto, siempre que pudiera obtener de Roma la declaración deseada. Sería
preciso obrar con prudencia si se querían evitar malentendidos. Leibniz sugería
que, si la petición provenía de una figura tan respetada como la del propio
duque, no cabría la sospecha de que obedecía a los más nobles motivos.
La petición de Leibniz llegó en el momento oportuno, pues el duque estaba a
punto de hacer una visita a Italia antes de retirarse de los asuntos de
gobierno para mejorar su salud y seguir la vida de ascetismo religioso que
deseaba.
Las Demonstrationes Catholicae iban a constar de tres partes.
La primera abarcaría la demostración de la existencia de Dios y la teología
natural, la segunda comprendería una defensa de la teología revelada y la
tercera expondría en detalle las relaciones entre Iglesia y Estado. Leibniz
señalaba que las verdades de la teología revelada, en su calidad de verdades de
hecho, sólo podían establecerse sobre la base de una certeza moral. Además de
la obra principal proyectaba escribir una introducción filosófica y, con el fin
de que las demostraciones fueran incontestables, añadiría un ensayo sobre la
característica o lenguaje universal. Las afirmaciones en exceso optimistas
sobre la característica universal (todavía en estado de proyecto) estaban
encaminadas quizá a persuadir al duque de que creara la Academia de Ciencias
que había propuesto para hacerla posible.
Juan Federico partió con destino a Italia el 26 de diciembre, tras enviar a su
esposa y a las princesas a París con sus parientes. Mientras tanto Leibniz
había viajado a Herford, donde visitó a la palsgravina Isabel —que por entonces
se encontraba muy enferma. Allí coincidió con su hermana Sofía y el médico
François Mercure van Helmont, al que conocía de sus días en Maguncia y que
atendía a la princesa.
El 4 de enero de 1680 Leibniz recibió la noticia de que el duque había muerto
en Augsburgo. Abandonó entonces su idea previa de viajar hasta Osnabrück y
Paderbom para visitar al obispo y a su secretario, a quienes había conocido en
Hannover, y regresó inmediatamente a Hannover (A I 3, pp.
12-13). De nuevo todo estaba en el aire. Por segunda vez, su proyecto de
las Demonstrationes Catholicae se había visto detenido a causa
de la muerte de su patrón cuando se encontraba a punto de tener éxito; y, sin
el apoyo del duque, tenía motivos para temer el restablecimiento de la
oposición al proyecto Harz y, en consecuencia, que las esperanzas puestas en la
creación de la Academia de Ciencias y la realización de su característica
universal se vieran frustradas.
Capítulo 5
Hannover bajo el duque Ernesto Augusto (1680-1687)
Contenido:
§.
Asuntos de familia
§. El proyecto Harz...
§. Nuevo intento de formular un cálculo lógico
§. Primeras publicaciones en las Acta Eruditorum
§. Negocios, política y arte
§. Religión y reunificación de la Iglesia
§. La invención de los determinantes
§. Un error memorable de Descartes
§. Correspondencia con Arnauld sobre el Discurso de metafísica
§. Consecuencias del proyecto Harz
§. Una nueva comisión
Durante
la travesía de regreso a Hannover, Leibniz escribió una carta de pésame para
Benedicta, viuda de Juan Federico (A I 3, pp. 6-8) y un poema
de consolación para su amiga la duquesa Sofía, que se había quedado en
Herford (A I 3, pp. 8-11). Su esposo, el nuevo duque Ernesto
Augusto, que había estado aguardando a su hermano en Venecia, marchó
rápidamente a Augsburgo con el fin de disponer lo necesario para el entierro;
el funeral tuvo lugar en Hannover el 1 de mayo. Antes de finales de enero
Leibniz ya había recibido una invitación para que aceptara el cargo de
consejero del conde Ahlefeldt de Oldenburg; pero el 8 de febrero estaba en
condiciones de declinar la oferta (A I 3, p. 350), pues el
nuevo duque ya le había confirmado en su puesto.
Una vez asegurado su puesto oficial en la Corte, Leibniz se apresuró a
presentar al nuevo primer ministro y gran mariscal, conde Franz Ernst von
Platen, así como al propio duque, detalles de su carrera y de los muchos
proyectos para los cuales esperaba ganar su apoyo. En un memorándum dirigido a
Platen sugería la posibilidad de escribir una breve historia de la Casa de
Brunswick-Lüneburgo [27];explicaba su
proyecto de ampliación de la Biblioteca, la cual incluiría un laboratorio y un
museo, y proponía la creación de una Imprenta Ducal (A I 3,
pp. 16-21).
Sugería al duque que, si la responsabilidad de ocuparse de los Archivos quedaba
de alguna manera asociada a su tarea de bibliotecario, podría ayudar al duque
en la dirección de diversos asuntos mediante la elaboración de sumarios y
memoranda que permitieran ponerse al tanto, en un solo golpe de vista, de la
información esencial concerniente a un tema dado (A I 3, pp.
23-5). Al mismo tiempo informaba al duque de su contrato con la Oficina de
Minas para el drenaje de las minas en el Harz y pedía su apoyo para el
proyecto.
Palacio y parque de Herrenhausen hacia 1710. (Por cortesía del Historisches
Museum, Hannover.)
Antes
de fijar su residencia en Hannover el 13 de marzo, Ernesto Augusto había
regresado a Osnabrück, donde hasta ese momento había desempeñado el cargo de
obispo príncipe. Leibniz viajó a Osnabrück con el fin de presentarse
personalmente ante el duque.
Durante su estancia, que duró aproximadamente un mes, mantuvo sin duda varios
encuentros con la duquesa Sofía. En los años siguientes entablaría con ella una
estrecha amistad. Cuando ambos coincidían en Hannover, casi todos los días
estaba invitado en Herrenhausen[28]y acompañaba
a la duquesa en sus acostumbrados paseos por el parque (K 7,
p. XIV). Es posible darse cuenta de hasta qué punto su relación era estrecha a
partir de un comentario que hizo Sofía en 1690, afirmando que valoraba la
felicitación de Año Nuevo de Leibniz más que las que recibía de reyes y
príncipes (A I 5, p. 519), o de la confesión que hizo en 1701,
cuando aseguró que escribía con el único objeto de recibir las cartas de
él (K 8, p. 295). Su extensa correspondencia, en francés,
tocaba temas de política, religión y filosofía.
Leibniz encontró en Sofía una compañera receptiva a los temas elevados que
antes había compartido con el duque Juan Federico. El duque Ernesto Augusto
parece haber tenido poco interés en las cuestiones teológicas y filosóficas
puramente académicas.
Le interesó el problema de la reunificación de las Iglesias, por ejemplo, pero
sólo por sus implicaciones políticas, mientras que su preocupación fundamental
era la de aumentar el brillo y el poder de su Casa.
En su correspondencia con el duque, Leibniz confina su atención a cuestiones de
interés práctico para el Estado y evita los temas fundamentales de religión y
filosofía. No hace mención alguna, por ejemplo, a su característica universal o
a la Academia de Ciencias que se necesitaría para lograrla. Como ejemplo de la
diferencia de intereses entre los duques puede citarse el hecho de que, en tres
años, Juan Federico llegó a invertir 4.500 táleros en la Biblioteca, mientras
que en siete años Ernesto Augusto invirtió únicamente 700 táleros, de los
cuales 440 correspondían a facturas de 1679, el año anterior a su ascenso (A I
3, p. XXXIII).
Electora Sofía de Hannover. Retrato de Andreas Scheits, 1710. (Por cortesía
del Historisches Museum, Hannover.)
Desde
el primer momento el duque Ernesto Augusto reconoció el talento de Leibniz y
sin duda le prometió su ayuda en el perfeccionamiento de varios instrumentos de
utilidad práctica. Pues, al tiempo que agradecía al duque su generosidad a este
respecto, Leibniz explicaba que el arsenal, sobre todo si quien lo dirigía era
un oficial de artillería versado en mecánica, podía proporcionar los
trabajadores necesarios para construir modelos y prototipos a escala real de
cosas tales como bombas y molinos de viento ( A I 3, pp.
30-3).
Entre los inventos que quería desarrollar, Leibniz aludía a alguno que
permitiera un transporte más eficaz de cañones y otras cargas, así como su
máquina aritmética, cuyo modelo tanta admiración había despertado en París.
También por esta época Leibniz esbozó el diseño de una máquina aritmética que
operaría con las cuatro reglas en aritmética binaria, aunque reconoció que
hacer realidad esta máquina no sería tarea fácil. Debido al gran número de
engranajes necesario, los problemas de fricción y facilitación del movimiento
con que ya tropezaba en las máquinas aritméticas ordinarias se verían
agravados; pero la peor dificultad consistiría además en la conversión mecánica
de números ordinarios en números binarios y de resultados binarios en los
correspondientes ordinarios.
Quizá debido a estos obstáculos, aparentemente insuperables, Leibniz no llegó a
mencionar la máquina aritmética binaria en su correspondencia (Mackensen 1974).
Con respecto a la «progresión binaria» considerada en sí misma, en 1682
señalaba a Tschirnhaus que su aplicación permitía anticipar descubrimientos en
teoría de números que otras progresiones ni siquiera dejaban entrever (GM 4,
pp. 491-8).
Tras el memorándum dirigido al duque en el que daba respuesta a las objeciones
presentadas a su proyecto para el drenaje de minas en el Harz (A I
3, pp. 35-45), Leibniz vio premiados sus esfuerzos, el 24 de abril de 1680, con
una decisión favorable del duque (A I 3, pp. 47-8). El coste del
ensayo, que se llevaría a cabo en la mina Catharina con tres molinos de viento,
se dividiría a partes iguales entre el duque, la Oficina de Minas de Clausthal
y el propio Leibniz. Sujetas sólo a la finalización con éxito del ensayo, las
condiciones financieras del acuerdo fueron confirmadas el 25 de octubre de
1679.
Leibniz redactó para el obispo Ferdinand de Paderborn un extenso poema en latín
en memoria del duque Juan Federico (A I 3, pp. 374-84) y
colaboró además con una semblanza en alemán que se leyó en la capilla del
Palacio (aunque sin mencionar el nombre del autor) el domingo siguiente al
funeral del 1 de mayo (Guhrauer 1846 1, p. 367). Leibniz envió copias de estos
poemas en francés y latín, escritos en memoria de Juan Federico, a su amigo
Brosseau, embajador en París, para que los hiciera llegar a las personas cuyos
nombres proporcionaba (A I 3, p. 440). Fontenelle describió
más tarde el poema compuesto para el obispo de Paderborn como una de las más
elegantes manifestaciones de la poesía neolatina (Hankins 1972, P-3).
Junto a Brosseau, también Justel siguió escribiendo a Leibniz desde París; en
julio de 1680 le envió, por ejemplo, datos sobre la variación magnética
registrada en Santa Elena y el Cabo de Buena Esperanza. Christian Philipp
continuó mandándole cartas frecuentes desde Hamburgo y actuó como intermediario
de la correspondencia entre Leibniz y Hansen, su primer agente general en
París, que se había trasladado a Oxford.
Tras reiteradas peticiones de Christian Philipp, finalmente Leibniz pasó
información acerca del tumor que había acabado con la vida del duque (A
I 3, p. 387). Entre los temas de diálogo estaba el del valor de los
experimentos; mostrándose de acuerdo con Leibniz en que un buen experimento
valía tanto como un centenar de discursos, Philipp expresaba su admiración por
el método de Bacon tal como aparece expuesto en su obra Sylva Sylvarum (A 1
3, p. 354).
Aunque Leibniz había sido confirmado en su puesto directamente y estaba seguro
de la buena voluntad del nuevo duque, aún soñaba con un puesto en París que le
diera independencia con respecto a las incertidumbres que rodeaban cualquier
cambio en la Corte. Confió esto a Huygens en una carta del 5 de febrero que
contenía, además, información relativa a la muerte del duque y su proyecto para
el drenaje de minas en el Harz, así como un comentario a la demostración de
Fermat de la ley de refracción mediante el principio de tiempo mínimo (GM 2,
pp. 36-8). Algo más urde, ese mismo año, manifestó a Johann Lincker, de Viena,
su interés por el puesto vacante de bibliotecario imperial; pero sólo aceptaría
este nombramiento en caso de que el emperador uniese, a las funciones de
bibliotecario, las de consejero privado (A I 3, pp. 412-14).
Los esfuerzos de Lincker en su favor fueron estériles.
El mismo día del funeral por Juan Federico, Leibniz inició lo que sería una
larga correspondencia con el landgrave Ernesto de Hessen-Rheinfels. El motivo
fue la solicitud del landgrave para que la Biblioteca Ducal devolviese la
obra Un católico sincero y discreto, que había estado
circulando tras hacerse imprimir por un particular. Leibniz explicaba que el
libro en cuestión no se encontraba en la Biblioteca y que, muy probablemente,
había estado en poder del duque a título privado; sin embargo, él mismo había
leído la obra con interés y aprobación durante su estancia en Maguncia junto a
Boineburg (A I 3, p. 243). Del landgrave, un converso al
catolicismo profundamente interesado por la religión y en estrecho contacto con
el gran teólogo Antoine Arnauld, quien había recibido tan favorable impresión
de él en París, Leibniz podía esperar un señorial apoyo a sus propios proyectos
relativos a la reunificación de las Iglesias, posibilidad que con la muerte de
Juan Federico parecía haber desaparecido.
A finales de mes elaboró un memorándum para el duque, reiterando algunas
propuestas anteriores y sugiriendo la creación de una Academia para la nobleza
en Gottinga que siguiera el modelo de la que existía en Turín y para la que
recomendaba al holandés Jacques Ferguson como profesor de matemáticas. A
continuación pedía dinero para cubrir los gastos del forraje de los caballos y
de un sirviente durante el viaje que tendría que hacer al Harz, donde contaba
con permanecer todo el verano a fin de hacer construir los molinos de viento;
añadía que, si el proyecto ya estuviera en marcha, no necesitaría esa
ayuda (A I 3, pp. 61-2).
De hecho, Leibniz hizo únicamente una breve visita al Harz antes de viajar a
Walbeck, cerca de Helmstedt, con el fin de consultar al molinero que iba a
construir los molinos de viento. Escribió desde allí el 17 de junio a Friedrich
Casimir zu Eltz, el inspector de minas, para sugerirle distintas formas de
mejorar el funcionamiento de las fuentes ornamentales de Walbeck, que había
contemplado con admiración, y anunciar que confiaba en estar de regreso en
Osteroda, en el Harz, en un plazo de dos semanas, tan pronto como el molinero
hubiese finalizado su trabajo en Walbeck y se trasladara a Osteroda (A I
3, p. 63). Llegado a este punto, sin embargo, y pensando quizá que los arreglos
para la construcción de molinos de viento estaban bien encauzados y podían
progresar, al menos por una vez, sin su supervisión personal, aprovechó la
oportunidad para hacer la visita a Leipzig que había planeado el año anterior,
con el fin de ocuparse de asuntos familiares relacionados con su herencia.
§. Asuntos de familia
Durante la visita a su familia en Leipzig, Leibniz aprovechó la oportunidad
para ver de nuevo a su amigo Johann Daniel Crafft, de Dresde. Uno de los
resultados de este encuentro fue un plan para que el emperador llegara a
conocer a Leibniz a través de Philipp von Hörnigk y el margrave Hermann von
Baden (A I 3, pp. 400-3).
Precisamente por entonces escribió a Johann Lincker sobre el tema del puesto
vacante de bibliotecario imperial en Viena y el plan, si tenía éxito,
aumentaría sin duda sus posibilidades de obtener el nivel de consejero privado
imperial junto al cargo de bibliotecario, como era su deseo. Para ayudar a
Crafft, a cambio de sus buenos oficios, Leibniz elaboró para él un memorándum
sobre las ventajas de la industria textil, destinado al elector de
Brandeburgo (A I 3, p. 408).
Leibniz llegó a un acuerdo con su hermano Johann Friedrich sobre la cuestión de
la herencia el 10 de julio de 1680. Pero tan pronto como regresó a Hannover
recibió de su hermano la noticia de la muerte de Christian Freiesleben, cuya
viuda, Clara Elizabeth, reclamó a Leibniz inmediatamente 476 táleros de deudas
no pagadas y exigió además que la biblioteca de su suegro, que ocupaba una gran
cantidad de espacio, se sacara de su casa y se trasladara a otro lugar o se
vendiera (A I 3, pp. 601-2). La biblioteca comprendía no sólo
los libros del padre de Leibniz, sino también los de su abuelo Wilhelm Schmuck
y un montón de volúmenes sin cubierta que provenían de la herencia de la
segunda esposa de su padre, la hija del librero Bartholomaeus Voigt (A I
3, p. XLVII). Durante muchos años Christian Freiesleben, con quien Leibniz
estaba emparentado, había hecho de administrador suyo —recogiendo, por ejemplo,
la pequeña renta de la herencia de su madre— y le había prestado además dinero
que Leibniz nunca le había devuelto. A causa del desorden en los papeles de
ambos, se sucedieron varías disputas hasta que Leibniz llegó a un acuerdo con
el hermano de Clara, Quintus Rivinus, que actuó como asesor legal de ella.
Aunque Leibniz se sentía reluctante a disponer de la biblioteca, finalmente
delegó en su hermano la organización de una subasta (A 1 4, p.
668); al mismo tiempo le envió un poema en alemán, «Jesús en la Cruz», en honor
a su piedad (A I 4, p. 667). Tras confeccionar un catálogo de
64 páginas para la subasta, Johann Friedrich Leibniz vendió los libros en
septiembre de 1685 (A I 4, pp. 700-2). Después de cubrir los
gastos a Leibniz le quedaron 238 táleros, cantidad insuficiente para pagar lo
que Clara Freiesleben reclamaba.
Con anterioridad, el departamento de hacienda de Altenburgo le había devuelto
la parte que le correspondía de la herencia de su madre y otras reclamaciones
de menos entidad, todo lo cual sumaba 761 táleros (A I 3, pp. XLVII, 614). Con
ello había cubierto la cantidad correspondiente a los gastos para la
construcción de los molinos de viento hasta 1683. Cuando en 1685 llegó a un
compromiso con Clara Freiesleben en relación con la deuda, el proyecto del Harz
todavía suponía una carga económica fuerte; por ello intentó de nuevo solicitar
una herencia que le debía el departamento de hacienda de Weimar. Encargó a su
sobrino Johann Friedrich Freiesleben, que por entonces estaba estudiando en
Jena, que prosiguiese con la reclamación. Le ayudaba en esta tarea Aegidius
Strauch, primo de Leibniz, quien con anterioridad había solicitado de Leibniz
ayuda para obtener un puesto gubernamental (A I 3, pp. 603-4).
El joven Freiesleben era hijo de Anna Rosina, hermanastra de Leibniz que se
había casado con Heinrich Freiesleben. Le faltaba experiencia a la hora de
tratar con los burócratas de Weimar. La reclamación se vio complicada además
por las consecuencias políticas de la división territorial de Sajonia en 1672.
Cuando, en 1687, Johann Friedrich Freiesleben solicitó un préstamo a su tío
para doctorarse en derecho (A I 4, pp. 711-12), pudo
recordarle los esfuerzos que había hecho por él aunque, desgraciadamente, sólo
hubiera logrado escuchar promesas (A I 4, p. IV), y afirmar
que con su estudio se había ganado el derecho a la ayuda que Leibniz le había
prometido.
Leibniz mencionó a otro miembro de su familia en la correspondencia de esta época.
En una carta dirigida a su hermano el 28 de marzo de 1687 Leibniz le enviaba
saludos para el hijo de su hermana, Friedrich Simón Löffler, de dieciséis años
de edad (A I 4, pp. 714-15).
§. El proyecto Harz
En épocas de sequía, el volumen de agua corriente disponible era insuficiente
para mantener en funcionamiento continuo las bombas de las minas del Harz; los
beneficios obtenidos en un año malo podían llegar a alcanzar tan sólo el
sesenta por ciento de los obtenidos en un buen año. La idea de utilizar la
energía eólica para suplementar la energía hidráulica no era original de
Leibniz sino de Peter Hartzingk, ingeniero holandés de la Oficina de Minas de
Clausthal, que murió en 1680 no sin que antes el duque Johann Friedrich hubiera
decidido a favor del plan de Leibniz, quien afirmaba que sus molinos de viento
y bombas serían más eficaces que las de Hartzingk (A 1 3, p.
XXXV). Hartzingk había propuesto que, tras hacer funcionar las bombas para
drenar el agua que inundaba la mina, se almacenase agua corriente en depósitos
bajo tierra; esta agua se elevaría por medio de molinos de viento para su
reutilización en hacer funcionar los engranajes que movían las bombas de
drenaje. De esta manera, se utilizaría la misma agua una y otra vez; en la
superficie habría también depósitos de almacenamiento con una reserva de agua
para reponer pérdidas. En su memorándum del 9 de diciembre de 1678, Leibniz
había manifestado su desdén por esta idea; recomendaba, por el contrario,
drenar el agua que inundaba la mina directamente mediante los molinos de
viento.
A su regreso a Hannover tras dejar sus asuntos de Leipzig resueltos, Leibniz
pasó el mes de agosto de 1680 en Clausthal y Zellerfeld, poblaciones vecinas y
enclaves centrales de la industria minera, en el transcurso del cual propuso un
nuevo proyecto (A I 3, pp. 66-80); se trataba, de hecho, del
mismo plan de Hartzingk que antes había criticado. No puede extrañar que los
profesionales ingenieros de minas de Clausthal se resintieran por la injerencia
de un extraño, que además no era en ningún sentido un especialista y cuyo
proyecto les había sido impuesto en preferencia al de su propio experto. La
posición final de Leibniz, que retomaba el sistema de «almacenaje mediante
bombeo» original de Hartzingk como si se tratara de un nuevo proyecto de su
autoría, debió parecerles como mínimo un fraude y consideraron sin duda que la
recompensa económica que iba a recibir, según los términos del acuerdo
ratificado por el duque, no guardaba proporción alguna con la contribución de Leibniz.
Aunque la Oficina de Minas presentó una propuesta, alegando que el proyecto
acordado incorporaba molinos de viento alternados con energía hidráulica para
hacer funcionar las bombas, una comisión encabezada por el consejero privado
Otto Grote resolvió que Leibniz ensayase ambas posibilidades; el duque confirmó
esta decisión el 21 de octubre de 1680 (MK, p. 62). El molino
de viento que ya había comenzado a construirse en la mina Catharina se
utilizaría directamente para el bombeo, mientras que los otros dos se
construirían junto a la corriente del Zellbach con el fin de poner a prueba el
segundo proyecto. Los gastos se dividirían a partes iguales entre el duque, la
Oficina de Minas y el propio Leibniz.
Entre 1680 y 1686 Leibniz realizó unas treinta visitas al Harz y pasó allí un
total de 165 semanas. Además de la oposición de la Oficina de Minas, que dio
lugar a repetidas apelaciones ante el duque, Leibniz encontró también
considerables dificultades técnicas y condiciones meteorológicas desfavorables.
Es posible hacerse una idea de la disposición en su contra por parte de la
comunidad minera a partir de las cartas que escribió en la primavera de 1681 a
Hieronymus von Witzendorff, que sucedería a Eltz como inspector de minas en
1683, y al consejero de minas Christian Berwardt, uno de sus detractores más
hostiles. Se quejaba a Witzendorff de las cosas tan injustas que se decían de
él; por ejemplo, que sólo buscaba su propio beneficio y no el de las
minas (A I 3, pp. 109-10).
Sin embargo, Leibniz estaba resuelto a que aquella gente no triunfara en su
propósito de provocarle y arrastrarle a discusiones impropias. También le
acusaban de haber estado perdiendo el tiempo; como respuesta, le recordaba a
Berwardt que no había permitido que los gastos ni los rigores de un invierno
duro le impidieran emprender los viajes necesarios de ida y vuelta al
Harz (A I 3, pp. 112-13).
A su regreso a Hannover a mediados de septiembre de 1681, después de una visita
al Harz que había durado cuatro o cinco semanas, Leibniz escribió un memorándum
para el duque informando de la marcha del trabajo (A 1 3, pp.
124-6). También expresaba al duque su preocupación por el almacenaje de los
libros de la Biblioteca mientras se ponía fin a la construcción del nuevo
edificio en el ala posterior del Palacio.
En el transcurso de la anterior visita al Harz a comienzos de año, su
secretario Jobst Dietrich Brandshagen, que había permanecido en Hannover, le
había mantenido informado de los progresos de la edificación (A I
3, pp. 113-16). Los libros se habían retirado ya de las antiguas salas, pero
las nuevas aún requerían trabajo de albañilería y decoración. Mientras, los
libros no sólo permanecían inaccesibles sino que estaban mal protegidos contra
daños.
Es probable que no se volvieran a colocar en estantes hasta 1683 ó 1684.
También en este memorándum Leibniz recomendaba al duque buscar un acuerdo con
los representantes del emperador y el elector de Sajonia, quienes tenían
previsto asistir a la próxima conferencia política en Francfort, acerca de un
aumento del precio de la plata. Ello sería beneficioso para los estados
productores de plata que ambos representaban y naturalmente también para
Hannover, sobre todo si la producción minera del Harz experimentaba un aumento
significativo gracias a la introducción de las nuevas bombas y molinos de
viento. De hecho, Leibniz había recibido el encargo del duque de acompañar a
Otto Grote a la conferencia de Francfort o de unírsele poco después, como
confió a Justus von Dransfeld, profesor de Gottinga (A I 3,
pp. 491-2). El 12 de septiembre de 1681 Leibniz y Grote cenaron juntos en
Osteroda, en el Harz, y sin duda hablaron de la conferencia inminente y de los
progresos en la construcción de los molinos de viento (A I 3,
p. 123). Leibniz confió a su amigo Christian Philipp, embajador de Sajonia en
Hamburgo, que se sentía reluctante a asistir a la conferencia política de
Francfort, dado que se sabía con antelación que no había ningún mecanismo de
carácter jurídico al que pudiera recurrirse; por ello había pospuesto esta asistencia
todo lo que había podido, poniendo como excusa el asunto del Harz (AI
3, p. 514).
Al final resultó que Grote no necesitó a Leibniz y éste no se vio presionado
para acudir a Francfort. En la época en que escribió el memorándum para el
duque, Leibniz alegaba que aún tendría que permanecer varias semanas más en el
Harz con el fin de llevar su proyecto a un punto en el que no cupiera dudar de
su éxito completo. Le preocupaba no haber cumplido esto antes de iniciar viaje
a Francfort e insistía al duque en que sólo quería para sí mismo la
satisfacción de ser útil (A I 3, pp. 123-4).
Leibniz permaneció en el Harz, una vez más, desde comienzos de octubre de 1681
hasta mediados de enero de 1682, cuando al parecer hubo de suspender los
trabajos debido al mal tiempo.
Un mes más tarde, cuando el tiempo comenzó a mejorar, se sintió inquieto por
regresar y poner a trabajar a sus hombres. Antes de partir, sin embargo,
solicitó una audiencia breve con el duque para explicar que regresaría a
Hannover tan pronto como pudiera encontrarse allí con Casimir zu Eltz, con el
fin de dirimir sus disputas; pues se sentía incapaz de razonar con los
funcionarios de minas. Se quejaba ante el duque (A I 3, pp.
143-6) de que el trabajo se suspendía con frecuencia por razones triviales y
que a menudo se le negaba la ayuda prometida; los funcionarios habían llegado a
mantener una actitud obstruccionista, valiéndose de mentiras y amenazas para
desanimar a quienes trabajaban para él. No obstante, se habían llegado a
construir tres molinos de viento que había hecho funcionar varias veces para
ponerlos a prueba, pero utilizando únicamente las bombas antiguas. Quería
probar primero las bombas nuevas con el procedimiento de energía hidráulica
antiguo, a fin de poner de manifiesto la mayor eficacia de estas bombas. Con
respecto a las quejas de los funcionarios de minas relativas al aumento en los
costes, Leibniz señalaba que los pequeños desperfectos sufridos por los molinos
de viento se habían debido a la falta de un control correcto y que la mayor
parte de los gastos no provenían del molino de viento, del cual sólo él era
responsable, sino de las construcciones que se necesitaban para las operaciones
de drenaje y minería.
A pesar de las muchas dificultades, el entusiasmo de Leibniz permaneció
inalterable y en marzo pudo escribir un memorándum al duque (A I
3, pp. 149-66) relativo a la mejora en general de la minería en el Harz. Tras
hacer referencia a la inmensa riqueza de las minas del Harz, que contenían
ricos filones de cobre, hierro, plomo y plata, presentaba un informe completo
que incluía propuestas relativas a topografía, legislación minera, organización
industrial y química.
En septiembre de 1682, Leibniz regresó por un breve periodo de tiempo a
Hannover y solicitó a von Platen que organizara una reunión urgente con el
duque y los funcionarios de minas para resolver nuevas objeciones (A I
3, pp. 198-9). Estas no hacían referencia a la fuerza del molino de viento, que
ya no se ponía en duda, sino al equilibrio entre las ventajas y desventajas de
usarlo. Leibniz señaló que disponía de invenciones que permitirían aumentar las
ventajas y disminuir las desventajas. Por ejemplo, podía ofrecer un molino de
viento a la mitad del coste habitual que funcionaría con cualquier tipo de
viento sin necesidad de reajustarlo y sabía también cómo transmitir la fuerza a
gran distancia, sin importar los obstáculos y giros.
A fin de obtener un movimiento suave proyectaba introducir un mecanismo de
velas que se desplegarían y recogerían según la fuerza del viento (A I
3, p. XXXVIII), mientras que la transmisión de fuerza a las bombas se
efectuaría mediante aire comprimido. En noviembre de 1682 comunicó esta última
idea a Hieronymus von Witzendorff, que había aceptado el puesto de inspector de
minas vacante tras la muerte de Casimir zu Eltz. Leibniz halagó a Witzendorff
diciéndole que, si Eltz hubiera compartido su opinión o si Witzendorff hubiera
aparecido en escena antes, también habría logrado realizar antes su proyecto y
con un gasto menor (A I 3, pp. 210-12).
En su respuesta, Witzendorff prometía prestar a Leibniz toda la ayuda que
pudiera (A I 3, p. 212) y, en febrero de 1683, Leibniz
escribió un poema para él (A I 3, p. 219). Pero la idea de utilizar
aire comprimido para la transmisión de la fuerza hubo de ser abandonada, porque
no podían fabricarse conducciones de grosor y resistencia suficientes.
A mediados de 1683 los gastos ascendían a 2.270 táleros, cuando originariamente
Leibniz había calculado 300 táleros para la construcción de cada molino de
viento. Finalmente, el duque tuvo que mostrarse de acuerdo con los funcionarios
de minas en que ya no había justificación para seguir financiando el proyecto.
Comunicó a Leibniz esta decisión el 6 de diciembre de 1683 (A I
3, pp. 237-8); pero Leibniz aceptó la opción de que el trabajo continuara a sus
expensas hasta finales de 1684, con el fin de demostrar que su invención era
útil (A I 4, pp. 5-8).
En 1684 tuvieron lugar dos series de ensayos con los molinos de viento, la
primera en primavera y la segunda en otoño. Como supervisores actuaron el
secretario de Leibniz, Jobst Dietrich Brandshagen, y otro ayudante, Christoph
Köhler.
Después de pasar largos periodos en el Harz con los preparativos y una vez
éstos llegaron a su fin, Leibniz había regresado a Hannover, donde Brandshagen
le había mantenido informado de los progresos. Aparte de las interrupciones
causadas por los fallos en la maquinaria, hubo numerosas ocasiones en que los
molinos no podían entrar en funcionamiento debido a la falta de viento. De
hecho, era preciso estar preparados a cualquier hora del día o de la noche para
aprovechar cualquier soplo de viento. El primer ensayo con éxito tuvo lugar,
precisamente, de noche, y el único funcionario que pudo ser localizado fue un
comisionado de una mina próxima, que presentó un informe confuso y
ambiguo (A I 4, pp. 20-1).
Leibniz no había previsto la falta de viento; al parecer, su entusiasmo le
llevó a pasar por alto la medida de sentido común de estudiar, en primer lugar,
la prevalencia, dirección y variación del viento en el Harz. Para superar este
inconveniente propuso la construcción de un nuevo tipo de molino que funcionase
con muy poco viento; el 31 de enero (A I 4, p. XLIII) el duque
ya le había concedido 200 táleros para construirlo. El nuevo invento de Leibniz
consistía en un molino de viento horizontal que funcionaba casi como una noria
y que no necesitaría más atención, afirmaba, que el mecanismo tradicional (A I
4, p. 43). Uno de los inventos que había diseñado para asegurar un movimiento
suave en sus máquinas y reducir el riesgo de un fallo en el mecanismo era un
regulador de velocidad en forma de un «control de retroalimentación»
(Münzenmayer 1976, pp. 113-19).
Aunque Leibniz creía que la idea de un molino de viento horizontal era
original, ya había aparecido el diseño de un molino de este tipo en la obra de
Fausto Veranzio Machinete novae[29] ,
publicada en Venecia a principios del siglo XVII.
Figura 5.1. Paneles de dirección para los túneles de ventilación. Tomado de
G. Agrícola, De rerum metallica, Basilea 1556. (Por cortesía de la British
Library.)
La
idea podía estar inspirada en los paneles direccionales (figura 5.1) que se
erigían a menudo para dirigir el viento hacia el interior de los túneles de
ventilación de las minas. En el molino de viento diseñado por Leibniz (figura
5.2) eran cubiertas direccionales las que dirigían el viento, fuera cual fuese
la dirección de la que proviniera, hasta unos paneles sujetos a una rueda
colocada sobre un eje vertical. Las ventajas de este nuevo molino residían en
que era barato, podía funcionar día y noche con cualquier tipo de viento y poca
atención y soportaría las tormentas sin sufrir daños (A I 4,
pp. 41-4).
Figura 5.2. Diseño de Leibniz de un molino de viento horizontal, incluyendo
el trazado de los paneles rotatorios y las cubiertas direccionales. L. H.
XXXVIII, B1 313. (Por cortesía de la Niedersachsische Landesbibliothek,
Hannover.)
Sin
embargo, tan sólo el 20% de la energía cólica era transformada en trabajo útil,
frente al 60% en el caso de los molinos corrientes. Esto hacía que los molinos
de viento horizontales no fueran realmente eficaces.
Durante el verano de 1684 la batalla entre Leibniz v la Oficina de Minas
continuó sin tregua y, cuando en el otoño tuvo lugar la segunda serie de
pruebas, los informes semanales del observador oficial sólo contenían quejas.
Por ejemplo, el viento era demasiado débil para mover la maquinaria, o los
fallos en el mecanismo eran causa de interrupciones y éste iba a requerir una
larga reparación.
Los informes de Brandshagen eran ligeramente más optimistas, pues en una
ocasión, en noviembre, los molinos trabajaron de forma continuada durante
veinticuatro horas (A I 4, pp. 129-30) y, a finales de mes,
durante tres días seguidos (A I 4, pp. 130-1). El 21 de
noviembre (A I 4, pp. 133-4) Brandshagen informó que el molino
de viento horizontal ya estaba suficientemente avanzado como para hacer un
ensayo sin carga. Aunque el viento apenas movía las hojas de los árboles, el
molino había funcionado bien; y cuando Brandshagen quiso pararlo de nuevo,
hicieron falta cinco trabajadores robustos para detenerlo.
El 1 de diciembre (A I 4, pp. 134-6) Leibniz envió un informe
a Otto Arthur von Ditfurdt, comisionado de Witzendorff, preguntándole si los
asesores oficiales estaban o no de acuerdo y requiriéndole para que la justicia
y la razón prevalecieran sobre el engaño. Poco después, habiendo llegado él
mismo al Harz, informó al ministro Albrecht Philipp von dem Bussche de Hannover
de que el molino de viento horizontal había sufrido un ligero retraso; la causa
era que el carpintero había hecho las cubiertas direccionales de tal forma que
golpeaban contra los paneles rotacionales. Pero desde su llegada este fallo se
había corregido y confiaba en que el nuevo molino estaría elevando agua antes
de mediados de diciembre (A I 4, pp. 140-2).
Leibniz se quedó en el Harz a fin de supervisar personalmente la tercera serie
de ensayos, que tuvieron lugar en enero y febrero de 1685 de nuevo con un éxito
sólo parcial. La Oficina de Minas le exigía que probara que sus molinos de
viento eran capaces de drenar la mina más rápidamente, o mantenerla seca por
más tiempo de lo que era posible con la energía hidráulica (A I 4, p. XL). En
su último memorándum de justificación, y tras pasar revista a la historia del
proyecto desde 1678, rechazaba esta obligación por no considerarla parte del
acuerdo (A I 4, pp. 176-84); por ello la reunión del 20 de
febrero, como había ocurrido antes, resultó una discusión estéril. Llegados a
ese punto, en Hannover se reconoció que no era posible lograr los resultados
inicialmente esperados y que el proyecto debía abandonarse. Finalmente, el 14
de abril de 1685 Otto Grote comunicó a Leibniz la decisión del duque de que
cesara el trabajo de construcción de los molinos de viento (A I
4, p. 189). De esta forma llegó a su fin el proyecto en el que Leibniz había
puesto tantas esperanzas, pues proporcionaría los recursos económicos
necesarios para la realización de otro proyecto: la característica universal,
que creía con un potencial incalculable para el bien de la humanidad. Aunque la
naturaleza y la obstinación de los seres humanos le habían derrotado, su
optimismo permaneció inalterable.
§. Nuevo intento de formular un cálculo lógico
Después de haber abandonado su primer intento de un cálculo lógico basado en la
aritmética, Leibniz intentó otra aproximación en dos manuscritos:Specimen
calculi universalis y Ad specimen calculi universalis
addenda(GP 7, pp. 218-27; Couturat 1903, pp. 239-43), escritos
probablemente en 1680 al tiempo que se ocupaba de los comienzos del proyecto
Harz. Consideró que el resultado de este nuevo esfuerzo era mucho más
coherente.
Los términos aparecen representados por letras, no hay signo de igualdad y la
teoría únicamente trata de proposiciones universales afirmativas. Así, a es bsignifica
«Todo a es b». Leibniz introduce dos
axiomas (propositiones per se verae):
1. El
principio de identidad, a es a (un animal es
un animal).
2. El
principio de simplificación, ab es a (un
animal racional es un animal).
Como
tercer axioma admite el principio del silogismo (consequentia per se
vera):si a es b y b es c, entonces a es c. La
identidad lógica de dos términos se define como la posibilidad de sustituir uno
en el lugar del otro sin alterar el valor de verdad.
Entre los teoremas demostrados por Leibniz se encuentra el siguiente:
Si a es b, entonces ac es bc.
Prueba
ac es a por el principio de simplificación, a es b por
hipótesis.
Por tanto, ac es b por el principio del
silogismo.
Asimismo, ac es c por el principio de simplificación.
Por tanto, ac es bc por composición de
predicados con el mismo sujeto.
A partir de este resultado Leibniz derivó otro, que calificó de teorema
notable: si a es b y c es d, entonces ac es bd.
Prueba
a es b por hipótesis.
Por tanto, ac es bc por el teorema anterior.
Análogamente, bc es bd.
Por tanto, ac es bd por la regla del
silogismo.
Este «notable» teorema aparece de nuevo en los Principia Mathematica de
Russell y Whitehead.
§. Primeras publicaciones en las ActaEruditorum
Cuando el profesor de filosofía moral y política de Leipzig, Otto Mencke,
visitó Hannover en la primavera de 1681, discutió con Leibniz su proyecto de
editar una nueva revista especializada, las Acta Eruditorum, que
mantendría a los estudiosos alemanes en contacto con las nuevas publicaciones.
Tras hacer referencia a esta conversación en una carta del 24 de septiembre de
1681, Mencke pedía a Leibniz que enviara alguna colaboración. La revista
comenzó a publicarse a principios de 1682 y Leibniz pasó a ser un colaborador
habitual, usando las iniciales G.G.L. en lugar de su nombre completo. Su primer
artículo en la revista, sobre la cuadratura aritmética del círculo, apareció en
febrero de 1682 (AE feb. 1682, pp. 41-6). A continuación, en
junio, colaboró con un artículo de óptica, «Unicum opticae, catoptricae et
dioptricae principium» (Principio común de la óptica, catóptrica y
dióptrica) (AE junio 1682, pp. 185-90).
Figura 5.3
El
principio unificador a que Leibniz hace referencia en este artículo sobre
óptica es el de que la luz viaja siguiendo la trayectoria en la que encuentra
la mínima resistencia. A partir de este principio deduce las leyes de reflexión
y refracción. Considérese, por ejemplo, el rayo de luz CEG (figura 5.3) que se
refracta al pasar del aire al agua. Si m y n representan
las resistencias del aire y el agua respectivamente, entonces CEG será la
trayectoria de mínima resistencia siempre que m CE + nEG
sea siempre menor que mCF + nFG, donde F es cualquier
punto arbitrario próximo a E. Tomando CH = c, GL = g,
HL = hy HE = y,se sigue que
y
Puesto
que C y G están dados, el problema consiste en determinar el valor de ypara el
cual
alcanza
un mínimo. Leibniz señala que, usando este método aún inédito de máximos y
mínimos, del que afirma que simplifica el cálculo enormemente en comparación a
los métodos conocidos, se puede ver casi sin hacer cálculos que
o,
tomando CE = GE, que
de
manera que el cociente entre el seno del ángulo de incidencia y el de
refracción es una constante que depende de las resistencias ópticas de los
medios.
Leibniz afirma que, para este artículo, ha deducido todas las leyes de la
óptica establecidas experimentalmente por medio de la matemática, utilizando un
único principio que, cuando se entiende adecuadamente, proviene de una causa
final. No se trata de que el propio rayo de luz opte por la trayectoria más
fácil, sino de que Dios ha conformado la luz de forma tal que este bello
resultado acontezca de manera natural. Opinaba que Descartes y otros autores,
al rechazar las causas finales, habían cometido un error, pues éstas pueden
ayudar a encontrar aquellas propiedades de las cosas cuya naturaleza interior
no nos resulta clara. Leibniz señalaba que todas estas consideraciones llevaban
a la conclusión de que no debían desdeñarse las especulaciones de los antiguos.
Incluso le parecía probable que los grandes geómetras Snell y Fermat, ambos
bien versados en la geometría antigua, hubieran ¡legado a sus descubrimientos
aplicando en dióptrica el mismo método que los antiguos habían utilizado en
catóptrica (Lohne 1966).
Hacia finales de 1683 Leibniz colaboró con un artículo sobre el descuento en
facturas —es decir, el cálculo del valor actual de una cantidad de dinero a
pagar en una fecha futura (GM 7, pp. 125-32). Después, en
1684, en un momento en que la carga del proyecto del Harz se vio aumentada por
la retirada de la subvención económica, mantuvo su colaboración en la revista
con no menos de cinco artículos. El primero de ellos, publicado en mayo, tenía
la forma de una respuesta a Johann Christoph Sturm, quien había pedido la
opinión de Leibniz acerca de un artículo sobre cuadraturas con el que había
colaborado dos meses antes y en el cual afirmaba haber aplicado el método de
Leibniz para la cuadratura aritmética del círculo. Leibniz señalaba a Sturm en
su artículo la insuficiencia de la geometría cartesiana, en la que había
confiado, como base para la cuadratura en general, y le indicaba a continuación
su propio método (GM5, pp. 123-6); completaba la explicación en un
artículo suplementario publicado en diciembre (GM 5, pp.
126-7).
Dos de los artículos trataban de matemáticas. Uno de ellos, publicado en junio,
estudiaba la resistencia de una viga fijada a un muro y con carga en su extremo
libre (GM 6, pp. 106-12), un problema que ya antes había
tratado Galileo; el otro, publicado en octubre (GM 5, pp.
220-6) bajo el título «Nova methodus pro maximis et minimis» (Nuevo
método de máximos y mínimos), daba las reglas para derivar sumas, productos y
cocientes, incluyendo cantidades que envuelven potencias fracciónales y números
irracionales, así como su aplicación al cálculo de tangentes y valores
extremos. Al final del artículo se da una solución al problema de Debeaune; en
particular, la solución a la ecuación diferencial que genera la curva
logarítmica. Muchos años después, en carta a la condesa de Kielmansegg, Leibniz
explicaba que fue la aparición de varios artículos de Tschirnhaus sobre el tema
lo que le había empujado a dar a conocer su método de las diferencias después
de haberlo guardado en secreto durante casi nueve años (D 3,
p. 458). A Arnauld, en una carta del 14 de julio de 1686 (GP 2,
p. 61), le explicaba que su método iba más allá de los de Hudde y Sluse al
permitir derivar convenientemente cantidades que envuelven fracciones o
irracionales; además su ámbito de aplicación era más general, al permitir
calcular la tangente de curvas trascendentales y algebraicas. Estas
observaciones muestran con claridad cómo percibía Leibniz sus propias
innovaciones, en las que basó luego su afirmación de haber inventado el cálculo
diferencial.
Justo un mes después del artículo sobre el cálculo diferencial Leibniz envió
otro artículo sobre filosofía, en el que desarrollaba su definitiva teoría del
conocimiento; en obras posteriores habría de hacer con frecuencia referencia a
él. Llevaba por título « Meditationes de cognitione, veritate et ideis»
(Meditaciones sobre el conocimiento, la verdad y las ideas) (GP 4,
pp. 422-6) y estuvo motivado por la aparición, en 1683, de la obra de
Arnauld Des vraies et des fausses idées,en la cual Arnauld dirigía
un ataque a la teoría del conocimiento de Malebranche. Leibniz no conocía con
detalle la polémica, como se deduce de una carta que escribió a
Tschirnhaus (A II 1, pp. 541-2) en la que manifiesta su
sorpresa ante el hecho de que Arnauld y Malebranche, tan buenos amigos durante
sus días en París, se atacaran entre sí. Le confiaba a Tschirnhaus que
Malebranche no había llegado a penetrar en profundidad en el análisis o en el
arte del descubrimiento en general; opinaba que Arnauld escribía con mayor
discernimiento. Pero el objetivo real de este artículo no era resolver la
disputa entre Arnauld y Malebranche, sino criticar y corregir la teoría del
conocimiento de Descartes. Los primeros esbozos de la teoría que Leibniz
describía ahora en detalle al público eran los que ya había mostrado a Spinoza
en la travesía de París a Hannover y a Molanus y sus monjes en el transcurso
del debate con Eckhard.
Leibniz explicaba que el conocimiento más perfecto es aquél que es a la vez
adecuado e intuitivo. Es adecuado cuando todos los elementos de un concepto
distinto (es decir, el que puede distinguirse de todos los demás) se conocen
distintamente, o bien cuando el análisis es completo. Es intuitivo cuando todos
los elementos pertenecientes a la composición de un concepto distinto pueden
pensarse al mismo tiempo. El conocimiento de un concepto primitivo distinto es
siempre intuitivo, mientras que el conocimiento de conceptos compuestos es casi
siempre, como lo llama Leibniz, ciego o simbólico. Pone como ejemplo el
concepto compuesto de polígono de mil lados iguales.
Al pensarlo, no se toma en consideración la naturaleza de un lado, ni la de la
igualdad, ni la del millar, sino que se utilizan esas palabras como símbolos de
ideas; señala que se conoce el significado de las palabras pero que no es
necesario interpretarlas para hacer este juicio. Ocurre a menudo que, puesto
que nos damos por satisfechos con un pensamiento simbólico, no intentamos hacer
un análisis de los conceptos, pues creemos que ya hemos entendido antes los
símbolos; como resultado de ello podemos pasar por alto contradicciones que
este concepto compuesto contenga. Así, Leibniz rechaza la doctrina cartesiana
de que lo que puede concebirse clara y distintamente acerca de algo es
verdadero y puede predicarse del sujeto.
Pues lo que puede parecerle claro y distinto al pensamiento simbólico es a
menudo oscuro y confuso. Leibniz prefiere adoptar la posición de que una idea
es verdadera cuando su concepto es posible, y falsa cuando su concepto implica
una contradicción. En respuesta a la sugerencia de Hobbes de que las verdades son
arbitrarias porque dependen de una elección libre de las definiciones,
distingue entre definiciones nominales y reales. La primera contiene solo
símbolos para distinguir una cosa de las demás. Una definición real, a su vez,
es aquella mediante la cual se afirma la posibilidad de algo; no está, por
tanto, abierta a una libre elección, puesto que no todos los conceptos pueden
combinarse entre sí.
Una definición nominal, por tanto, no es suficiente para un conocimiento
perfecto, excepto si se llega a establecer por otros medios que, aquello que se
define, es posible. El argumento de la existencia de Dios propuesto por los
escolásticos y retomado por Descartes, en particular, es incompleto, pues no
prueba que el concepto del Ser más perfecto es posible. Con todo, aunque
Leibniz afirma que el Ser más perfecto es de hecho posible y por tanto
necesario, no incluye su propia demostración en este ensayo.
Al año siguiente, cuando tenía tanto que hacer para llevar a término el
proyecto del Harz, el tipo de colaboraciones que Leibniz envió a las Acta
Eruditorumcambió. Publicó únicamente un artículo sobre mecánica de planos
inclinados (GM6, pp. 112-17), motivado de nuevo por otra
publicación sobre el mismo tema, pero colaboró con nada menos que trece
recensiones. Estas incluían la obra de Philippe de la HireSecciones cónicas,
las tablas trigonométricas de Ozanam y el anónimo Ensayos de física, demostrados
experimentalmente y confirmados por las Sagradas Escrituras (Ravier
1937, pp. 93-6).
En marzo de 1686 Leibniz publicó un artículo en el que criticaba los
fundamentos de la física cartesiana, el cual se discutirá en una sección
posterior. Una de las dos recensiones con las que colaboró ese mismo año tenía
por tema el Algebra de John Wallis (AE junio
1686, pp. 283-9). Esta obra contenía un método para calcular la curvatura de
una curva dada; esto movió a Leibniz a exponer su propio método en un artículo
publicado inmediatamente después de la recensión (GM 7, pp. 326-9).
Otro artículo, que presentó en junio (GM 5, pp. 226-33),
también estaba motivado por un libro publicado en Inglaterra. Se trataba del
libro de John Craig sobre cuadraturas, publicado en 1685 y sobre el cual
Tschirnhaus había publicado una recensión en el número de marzo de las Acta
Eruditorum.
Aunque Leibniz tenía motivos para sentirse halagado por el uso que hacía Craig
de su propia notación diferencial, quedó sorprendido y sin duda preocupado ante
el hecho de que Craig le atribuyera a él un artículo publicado en las Acta
Eruditorum en octubre de 1683 y que en realidad era obra de
Tschirnhaus. Con el fin de corregir cualquier falsa impresión concerniente a
los principios de sus propios métodos, envió a las Acta Eruditorum una
exposición de su propio cálculo integral, introduciendo la notación y
demostrando que la cuadratura no es sino un caso particular del método inverso
de la tangente (GM 5, pp. 226-33).
§. Negocios, política y arte
Hacia el final de 1680, cuando aún mantenía la esperanza en el éxito del
proyecto del Harz, Leibniz escribió un memorándum para el duque en el cual
sugería que podían obtenerse grandes beneficios si se llegaba a un acuerdo con
los holandeses para refinar la ganga procedente de las minas de oro y plata que
la Compañía de las Indias del Este había abierto en Sumatra (A I
3, pp. 104-8). Si, además, podía venderse la ganga refinada a cambio de lino
manufacturado, que la Compañía de las Indias del Este necesitaba en cantidad,
los beneficios serían aún mayores. Pero era esencial darse prisa, pues si los
propios holandeses descubrían el secreto del proceso de refinado se perdería la
oportunidad de hacer negocio.
Alrededor de esa misma época Leibniz intentó conseguir un ejemplar de la olla a
presión con válvula de seguridad que Denis Papin había inventado en 1679.
El digestor de Papin, como se le llamó, permitía utilizar
huesos como alimento humano y con ello se obtenía comida para los pobres. Este
invento inspiró a Leibniz una obra satírica, presumiblemente para el duque, en
la cual los perros citan a Homero y las Sagradas Escrituras para defender su
derecho a los huesos (A 1 3, pp. 94-6). Aludió al digestor en
una carta a Christian Philipp, embajador sajón en Hamburgo (A I
3, p. 517), y como respuesta (A I 3, pp. 520-1) recibió la
información de que Papin era la misma persona que había inventado la bomba
descrita en las obras de Robert Hooke.
En relación con las deliberaciones de la Dieta Imperial sobre la seguridad del
Imperio, Leibniz escribió en la primavera de 1681 un memorándum sobre las
formas de mejorar la organización y la moral del ejército. Además de sugerir
mejoras como la adquisición de armas nuevas y un liderazgo carismático,
subrayaba la necesidad de favorecer el bienestar físico y psíquico de los
soldados. Además de procurarles una alimentación adecuada, ropa y medicinas,
debía prestarse atención al problema de la paga y, sobre todo, al de
procurarles actividades deportivas en su tiempo libre y hacerles realizar
trabajos útiles como el drenaje de terrenos pantanosos, proyectos de
canalización y la edificación de fortificaciones; todo ello contribuiría a
aliviar la monotonía del entrenamiento militar (A IV 2, pp. 577-602).
La ocupación de Estrasburgo por parte de los franceses en el otoño de 1681
motivó un amargo comentario de Leibniz: «el rey lo necesitaba para garantizar
la seguridad de su reino; es decir, si quería conservar lo que había robado al
Imperio tenía que robar más» (FC 3, p. 88). En esta época
existía también otra amenaza exterior a la que Leibniz prestó atención. Se
trataba del peligro de que se extendiera la epidemia que parecía avanzar desde
los confines de Europa hacia la frontera alemana en el Harz. En un memorándum
presumiblemente escrito para el duque (A I 3, pp. 131-6)
sugería que, puesto que los médicos no habían encontrado un remedio, se
necesitarían medidas preventivas de carácter político. Pensaba que el peligro
mayor no procedía de la contaminación del aire o el agua de ríos y lagos, sino
de las personas o animales que hubieran contraído la enfermedad. En
consecuencia, debía dedicarse una mayor vigilancia a impedir la entrada en el
país de personas contagiadas y a garantizar la detección y aislamiento de
cualquiera que hubiese burlado esta vigilancia. Si se declaraba la epidemia,
sería esencial restringir el movimiento de entrada y salida del área infectada
e incluso confinar a los enfermos en sus casas. No obstante, las medidas
preventivas adoptadas para minimizar el alcance de la epidemia deberían estar
en armonía con los principios de la justicia natural y la compasión humana. Por
ejemplo, a los familiares sanos se les debería permitir abandonar la casa de
una víctima y a los propios enfermos no se les debería privar del consuelo de
amigos, de tratamiento médico o de lo necesario para vivir. Leibniz daba
recomendaciones detalladas acerca de cómo cubrir estas necesidades con un
mínimo de riesgo para quienes tuvieran que hacerlo.
Por mediación de Christian Philipp, el embajador sajón en Hamburgo, Leibniz
conoció a Polycarp Marci. Poco después de su encuentro con Leibniz en marzo de
1681 (A I 3, p. 465) Marci aceptó ser nombrado embajador sajón
en Estocolmo, donde permaneció hasta el final de 1683. Durante todo ese tiempo
mantuvo informado a Leibniz sobre los acontecimientos que tenían lugar en
Suecia. El 27 de agosto de 1681, sin embargo, escribió a Leibniz sobre un
asunto personal, que es de interés porque en su respuesta Leibniz expresó su
opinión acerca de las representaciones teatrales y de la ópera en particular.
Ya se vio cómo abogaba por los valores sociales de la música y la danza
populares; cabe esperar, por tanto, que dé su aprobación a la ópera que se
representaba en una gran ciudad como Hamburgo. El pastor Antón Reiser había
publicado un escrito, Theatromania, en el que condenaba la
ópera como obra del diablo (A I 3, pp. 496-7). Marci se sintió
herido, pues, como recordaba a Leibniz, él mismo había escrito la ópera Vespasian y
agradecería un juicio imparcial de su distinguido amigo. Cuando recibió la
respuesta de Leibniz, Marci manifestó su satisfacción ante el hecho de que
personas cultivadas estuvieran de acuerdo con él en lo relativo a la
ópera (A I 3, pp. 517-19). Leibniz describía la ópera como un
instrumento poderoso para conmover el espíritu humano, al combinar imágenes
sugerentes, una expresión elegante, buena poesía, música grandiosa, hermosas
escenas y un movimiento lleno de gracia que causaba placer a los sentidos,
tanto al interno como a los dos externos más importantes. Al igual que la
retórica podía usarse para fines buenos y malos, y nadie la condenaba por ello,
lo mismo ocurría con este innovador medio de expresión. Por ello daba su
aprobación a la ópera, la cual, señalaba, al parecer había tenido su origen en
la música religiosa, como instrumento poderoso para gobernar las pasiones e
inspirar sentimientos nobles y virtuosos y una piedad natural en el pueblo
llano (A I 3, pp. 513-14).
A petición del landgrave Ernesto de Hessen-Rheinfels, Leibniz escribió en 1683
una sátira política contra Luis XIV y el imperialismo francés. El landgrave se
responsabilizó de hacer imprimir el panfleto como anónimo y prometió no revelar
la identidad del autor al duque, si Leibniz así lo deseaba (A 1
3, p. 275). En este escrito, titulado Man Christianissimus (La guerra
cristiana de Dios) (A IV 2, pp. 446-502), Leibniz observa que «el ser
más poderoso del mundo, con excepción del diablo, es sin duda su Muy Cristiana
Majestad». Tras señalar la resolución adoptada en Francia de «no reconocer por
más tiempo a otro juez que la espada», observaba que, mientras los acuerdos y
escrúpulos morales atan a la gente corriente, existía una ley por encima de las
demás, y conforme sin embargo a la justicia soberana, que dispensaba al rey de
su obligación de respetar aquellos. Con mucha ironía Leibniz mostraba que a
Luis, merced a las profecías y milagros qua había realizado, se le había
otorgado un control absoluto sobre todos los asuntos de la Cristiandad en
general. En el último párrafo ofrecía una respuesta maliciosa a la cuestión de
por qué Luis no había comenzado mostrando sus hermosos designios derrotando
definitivamente a los turcos en lugar de afligir a los pobres cristianos. La
razón debía residir en que su conciencia le obligaba a seguir los dictados del
Nuevo Testamento, que ordenaba comenzar con los judíos y sólo después volverse
hacia los gentiles. Siguiendo este ejemplo, explica Leibniz, el rey creará para
sí mismo, si reduce a los cristianos, un pasaje seguro que algún día le
conducirá hasta los infieles. De entre los muchos escritos de Leibniz contra
los franceses, ninguno es tan malévolo y tan incisivo como éste.
A instancias de Otto Grote, Leibniz trabajó entre el invierno de 1684 y el
otoño de 1685 en otro importante memorándum para el duque (A 1
4, pp. 221-37). Hacía referencia a la creación de un nuevo Electorado
protestante. Leibniz comenzaba argumentando a favor de aumentar hasta nueve el
número de Electorados. Los protestantes se encontraban en doble desventaja. Por
una parte, sólo tenían tres Electorados —los de Sajonia, Brandeburgo y el
Palatinado— mientras que los católicos tenían cinco, incluyendo tres Obispados-Principados;
por otra parte, todos los Electorados protestantes se podían perder si el
Elector o sus sucesores cambiaban de religión, mientras que la continuidad
católica de los Electorados eclesiásticos estaba asegurada. Poco después de la
redacción del memorándum el problema se vio agravado al morir el elector del
Palatinado sin heredero varón y recaer la sucesión en un duque católico, con lo
que los Electorados protestantes se vieron reducidos a dos.
Leibniz sugería que el primer paso fuera el de comunicar al emperador la idea
mediante una discreta acción diplomática en un segundo plano. Esta primera
aproximación debía estar encaminada, además, a predisponer al emperador y al
Colegio Electoral a favor de la opción de cualquier príncipe protestante, sin
mencionar nombres. Se podía esperar una oposición por parte de los electores
eclesiásticos, pero cooperación por parte de la mayoría de los restantes.
Incluso aunque el emperador pudiera actuar por sí mismo sin el consenso de los
electores, era deseable que estuvieran de acuerdo en interés de la armonía
general. Leibniz era partidario de un acercamiento directo al emperador y a los
católicos antes de seguir con el procedimiento instituido de llevar la
propuesta, en primer lugar, ante la asamblea de ministros de Estado de
Regensburgo, donde se decidían los asuntos concernientes a los protestantes.
Pues, de seguirse esta vía, se producirían retrasos innecesarios al tener que
esperar la decisión de la asamblea, sin duda una mera formalidad, antes de poder
presentar la propuesta ante los católicos y las asambleas del Imperio.
Después de sugerir la mejor estrategia, Leibniz pasaba a defender a
Brunswick-Lüneburgo como elección más adecuada para el nuevo Electorado
protestante. En primer lugar, y según las mejores genealogías de que se
disponía, los príncipes de Brunswick o Este descendían de Carlomagno por línea
masculina y, en aquel momento, todo el mundo les reconocía el rango más alto
después de los electores. En segundo lugar, y en virtud de su poderío político
y su situación geográfica, la Casa de Brunswick-Lüneburgo era la más capaz de
contrarrestar la influencia francesa en el Colegio Electoral. De los cuatro
Electorados situados cerca del Rin, tres eran eclesiásticos y Leibniz los
suponía más flexibles a la voluntad de Francia, ya que un obispo príncipe sólo
tenía que tomar en consideración a su propia persona y a su familia, mientras
que un príncipe laico tenía que proteger la honra y la herencia de su Casa; y
esto, para Leibniz, se identificaba con la protección del país.
Leibniz manifestó su opinión de que Brunswick-Lüneburgo podría contar,
probablemente, con el apoyo de los electores laicos. En particular la Casa
mantenía buenas relaciones con Sajonia, Electorado protestante que ostentaba el
liderazgo, y con el Palatinado; y el matrimonio reciente de la hija del duque,
Sofía Carlota, con el elector de Brandeburgo (con ocasión del cual Leibniz
había escrito un poema y diseñado una medalla conmemorativa) (A I
4, pp. 120-5), había estrechado los lazos entre las dos Casas.
La batalla por el noveno Electorado dividió a las dos ramas de la Casa de
Brunswick-Lüneburgo, la de Hannover y la de Wolfenbüttel. Esto se convirtió en
un asunto delicado para Leibniz; pues, aunque debía lealtad al duque Ernesto
Augusto de Hannover, también tenía amistad con el duque Antonio Ulrico y su
hermano, el duque Rodolfo Augusto, que gobernaban conjuntamente en
Wolfenbüttel [30] y
compartían con Leibniz un interés común por la teología y el problema de la
reunificación de las Iglesias. Probablemente había conocido a Antonio Ulrico en
marzo de 1683, durante una breve visita a Brunswick. El 23 de agosto de 1685,
durante una visita a Wolfenbüttel, conversó con el duque acerca del derecho de
sucesión del príncipe primogénito (A I 4, pp. 206-8) y ese
mismo año comenzó también a cartearse con Rodolfo Augusto (A 14,
pp. 541-3).
Finalmente, en 1692 se le otorgó a Hannover el estatuto de Electorado, después
de que Leibniz realizara un largo recorrido por el sur de Alemania e Italia en
busca de vestigios históricos que reforzaran la reclamación del duque.
§. Religión y reunificación de la Iglesia
Al regreso de su visita a Brunswick en marzo de 1683, Leibniz tuvo otro
encuentro con Cristóbal de Rojas y Spínola, obispo de Thina, quien estaba de
visita en Hannover para hablar de reunificación con los teólogos protestantes.
Leibniz habla de este encuentro en una carta al landgrave Ernesto de Hessen-Rheinfels (A I
3, pp. 276-80), quien con anterioridad le había enviado un escrito sobre el
problema de la reunificación con la petición de que lo mostrara también al
duque Antonio Ulrico (A I 3, pp. 275-6). Aunque tenía previsto
visitar Wolfenbüttel en pocos días, en lugar de ello se dirigió a Zellerfeld y
desde allí escribió al duque Antonio Ulrico el 7 de mayo, enviándole una serie
de artículos sobre el problema de la reunificación que había recibido, a su
vez, del landgrave Ernesto.
En el otoño de 1683 el landgrave Ernesto intentó convertir a Leibniz al
catolicismo, desplegando sus argumentos en forma de carta dirigida a su
«estimado e inteligente» amigo (A I 3, pp. 324-7) e
invitándole a mostrarla confidencialmente al duque Antonio Ulrico (A I
3, p. 328), que era también luterano. En una carta escrita desde el Harz el 11
de enero de 1684 Leibniz explicaba sus motivos para seguir siendo
luterano (A I 4, pp. 319-22). Tras distinguir entre la
comunión interna de la Iglesia católica (la Iglesia tal y como debería ser) y
la comunión externa (la Iglesia visible), aceptaba que la Iglesia era infalible
en todas las cuestiones de fe de las que dependía la salvación; pero objetaba
que la Iglesia visible exigía además de sus miembros que aceptaran algunos
errores en cuestiones de ciencia y filosofía, incluso aun cuando pudiera
probarse lo contrario. En estos casos, las creencias que la Iglesia condenaba
—el copemicanismo, por ejemplo— no se oponían a las Sagradas Escrituras, a la
tradición o a las declaraciones de Concilio alguno. Leibniz añadía que si
hubiera nacido dentro de la Iglesia católica habría seguido siendo católico,
salvo en el caso de que le hubieran excomulgado; pero, puesto que había nacido
y le habían educado fuera de la Iglesia católica, no sería honesto por su parte
integrarse en una institución que se oponía a proposiciones de la filosofía y
de la ciencia que él consideraba verdaderas e importantes.
Dos meses después, Leibniz recriminaba al landgrave Ernesto haber ofendido a
Philipp Jakob Spener [31], el fundador
del pietismo, al comparar sus sentimientos hacia el emperador con los que
tendría un cristiano turco hacia un emperador otomano (A I 4,
pp. 323-6); pues este cristiano nunca rezaría para que se tomara Viena,
mientras que Spener sí rezaba para que la intercesión divina permitiera al
emperador, aunque era papista, llegar hasta el Bósforo [32].
Leibniz añadía que las recriminaciones personales debían evitarse en cualquier
caso, pues sólo daban lugar a replicas del mismo tipo. Así, si los católicos
afirmaban que Dios difícilmente podía haber utilizado a un hombre como Lutero
para sus propósitos, los luteranos podían responder que tampoco parecía
razonable que algunos papas hubieran sido vicarios de Cristo. Tras asegurar al
landgrave que sus desacuerdos filosóficos no eran relativos a los dogmas
teológicos católicos, Leibniz aludía a su proyecto de las Demostraciones
católicas al comunicar a su amigo su deseo de redactar, algún día, un
escrito que contuviera los puntos polémicos entre católicos y protestantes.
A fin de que la argumentación se pudiera leer sin prejuicios, sería necesario
ocultar el hecho de que el autor no era católico. Fue probablemente en los años
inmediatamente siguientes cuando Leibniz escribió su Systema
theologicum, en el que abordaba el problema de la reunificación desde
la perspectiva de un católico. Esta obra se publicó por primera vez en 1845
(Ravier 1937, p. 369).
Hacia finales de 1683 el landgrave intentó de nuevo convertir a Leibniz,
diciéndole que su conversión constituiría un gran ejemplo (i4 I 4, pp. 337-8).
En opinión del landgrave, las dificultades filosóficas que Leibniz había puesto
como excusa para seguir siendo luterano no constituían ningún obstáculo
insuperable para su conversión; él mismo, aunque era un buen católico, también
rechazaba algunas de las condenas llevadas a cabo por la Inquisición. Pero
Leibniz ya había explicado que él, al igual que el landgrave, de haber sido
católico no habría abandonado la Iglesia en razón de la condena de
proposiciones filosóficas que no guardaban relación con los artículos de fe.
Sin embargo no era católico, y eso hacía que su posición difiriera de la del
landgrave.
En un tono menos serio, Leibniz escribió al landgrave Ernesto el 20 de enero de
1686 (A I 4, pp. 397-8) acerca de un incidente que encontraba
divertido y curioso. Con motivo de la celebración de la Navidad se había interpretado
un oratorio cantado en italiano en la iglesia ducal de Wolfenbüttel. El texto
italiano incluía unas palabras de elogio hacia el papa reinante, Inocencio XI,
que aludían a sus esfuerzos para unir a los cristianos contra los turcos.
Aunque el significado de estas palabras había escapado a la mayoría de los
presentes, Leibniz estaba seguro de que el duque Antonio Ulrico las había
entendido. Pensaba que era la primera vez que se cantaba una canción de elogio
a un papa en una iglesia luterana.
Leibniz informó al landgrave de otro incidente curioso a comienzos de 1687(A I
4, pp. 419-20): la aparición de un libro titulado Tuba parís, obra
de un ministro prusiano de la Iglesia luterana (Praetorius), quien mantenía que
las polémicas debían dirimirse apelando a las Sagradas Escrituras según la
interpretación de la Iglesia católica; afirmaba que los principales teólogos
luteranos de Königsberg compartían esa idea. Sin embargo, el landgrave estaba
en condiciones de hacer saber a Leibniz (A I 4, pp. 423-5) que
el autor ya había decidido abandonar su religión y su ministerio cuando
escribió el libro, por lo que no podía tomarse como una contribución sería al
problema de la reunificación.
§. La invención de los determinantes
En la época de su encuentro en París con Jacques Ozanam, Leibniz había
trabajado en problemas de álgebra y, en particular, en la resolución de
ecuaciones cúbicas, bicuadráticas y de orden superior. Casi desde el principio
se había dado cuenta de que no era posible llegar a una solución general para
las ecuaciones de orden superior, que era lo que Tschirnhaus y él habían estado
buscando en París, por el método de eliminar los términos intermedios, y
reprochó a Tschirnhaus que en 1683 publicara en las Acta Eruditorum una
supuesta solución basada en esta idea (GM 7, p. 5). Ese mismo
año Tschirnhaus publicó otro artículo en las Acta Eruditorum, sobre
la cuadratura de curvas algebraicas, que motivó una discusión con Leibniz y la
suspensión de la correspondencia entre ambos durante varios años (GM 7,
p. 375). Según Leibniz, Tschirnhaus tenía por costumbre publicar las ideas de
otros como si fueran suyas propias (GM 2, pp. 51, 130) y
presentar como generales resultados que sólo había obtenido para un caso
particular (GM2, p. 233).
Leibniz consideraba el álgebra como parte del art combinatoria (arte
combinatoria). Esto resulta evidente en el diálogo, ya mencionado, en el que
utiliza ideas de álgebra y geometría para explicar la teoría de Platón del
aprendizaje como «rememoración». El personaje de Charinus (el propio Leibniz)
lleva al muchacho desde la multiplicación de sumas algebraicas hasta la fórmula
combinatoria
que
sirve para construir el triángulo de Pascal y, por tanto, permite caracterizar
el álgebra como parte del arte combinatoria. Tras plantear la cuestión de la
relación entre la multiplicación y las dimensiones, Charinus enseña a calcular
áreas y volúmenes, construye a continuación conceptos físicos en cuarta y
quinta dimensiones y ofrece, finalmente, un monólogo sobre formas algebraicas
racionales aproximándose a ellas por medio del arte combinatoria.
Desde su llegada a Hannover, Leibniz había trabajado en la resolución de
sistemas de ecuaciones lineales y de orden superior. Poco después de la
discusión con su amigo Tschirnhaus y la decisión del duque de suspender el
apoyo financiero al proyecto Harz, Leibniz cubrió una etapa decisiva para el
desarrollo de su aportación original en álgebra: la invención de los
determinantes y el estudio de sus propiedades, que podían aplicarse a la
resolución de los problemas planteados. El manuscrito (Knobloch 1972) en el que
consigue formular, tras muchos intentos (Knobloch 1980), una teoría de los
determinantes válida, está fechado el 22 de enero de 1684.
La práctica de utilizar letras para representar los coeficientes de una
ecuación no permitía mostrar su orden y relaciones. Para poner remedio a esta
insuficiencia Leibniz introdujo números simbólicos o «ficticios» para
representar a los coeficientes. Un par de ecuaciones lineales con coeficientes
abstractos, por ejemplo, se escribiría:
10 +
11x + 12y = 0
20 + 21x + 22y = 0
Esta
notación, que utilizó desde 1678, se corresponde con la notación moderna
aquí,
la función del «símbolo de coeficiente» a consiste simplemente
en distinguir los números simbólicos de los números aritméticos.
En el manuscrito clave de 1684 Leibniz considera, sucesivamente, desde sistemas
de ecuaciones lineales de una sola ecuación con una incógnita hasta sistemas de
cinco ecuaciones con cuatro incógnitas, llegando a la solución general
comúnmente conocida como regla de Cramer. Aunque ya había descubierto la regla
para la formación de términos mucho antes, en 1678, sólo ahora, como él mismo
reconocía, había sido capaz de encontrar la regla correcta para los signos.
En el caso de dos ecuaciones con una incógnita,
el
resultado de eliminar x es
Leibniz
escribe el determinante, al que no da un nombre especial, como
A
continuación muestra cómo puede irse simplificando sucesivamente la notación,
primero a
después
a
(los
números pequeños se sobreentienden) y finalmente
Es
fácil ver que
Con
esta notación, la solución de dos ecuaciones lineales con dos incógnitas se
convierte en
El
resultado de eliminar tres incógnitas en tres ecuaciones lineales se escribe
bien
de las formas alternativas
Cada
una de ellas es equivalente, en notación moderna, a
Evidentemente,
representan expansiones a lo largo de la tercera, segunda o primera filas
respectivamente. Obsérvese que la notación 0.1, por ejemplo, puede representar
ya
que, en la notación de Leibniz, éstos solo pueden distinguirse entre sí por el
contexto. En lugar de las formas anteriores, para el determinante de tercer
orden escribe simplemente . En general, ,
Leibniz
dedujo fácilmente las principales propiedades de los determinantes que hacen
entrar en juego intercambios de filas y columnas. Obtuvo también el resultado
general de la eliminación de la incógnita en dos ecuaciones de orden superior,
mediante el procedimiento de reducir el problema a uno relativo a un sistema de
ecuaciones lineales (Knobloch 1974, p. 38).
Aunque escribió un número considerable de manuscritos sobre estos problemas,
Leibniz no publicó nada sobre la teoría de determinantes. Sin embargo, en 1700
y 1710 sí publicó el método consistente en utilizar números ficticios para
representar los coeficientes de una ecuación (Knobloch 1974, p. 37). Asimismo
discutió estos problemas por carta años después; entre quienes intercambiaron
correspondencia con él estaban Jakob Bernoulli, el marqués de L'Hôpital y Jakob
Hermann. Junto al método descrito arriba utilizó otros, llevado por su deseo de
contribuir al arte de la invención (Knobloch 1982).
§. Un error memorable de Descartes
La crítica a Descartes había sido un lugar común en muchos de los primeros
artículos que Leibniz publicó en las Acta Eruditoram. Sus
propios métodos de la tangente y la cuadratura, por ejemplo, habían puesto de
manifiesto las limitaciones de la geometría cartesiana; y la posibilidad de
demostrar las leyes de reflexión y refracción mediante el principio de
resistencia mínima indicaba que Descartes se había equivocado al despreciar las
causas finales en física. En el mismo artículo en el que exponía su teoría del
conocimiento definitiva y opuesta a la de Descartes, Leibniz presentaba, una
vez más, una exposición del argumento ontológico para la existencia de Dios
propuesto por los escolásticos y retomado por Descartes.
Hasta ese momento Leibniz había dirigido sus críticas contra aspectos
particulares, aunque importantes, de la filosofía de Descartes. Sin embargo, en
su artículo « Brevis demonstrado erroris memorabilis Cartesii»
(Breve demostración de un error notable de Descartes), publicado en las Acta
Eruditorum en marzo de 1686 (GM 6, pp. 117-23), lanzó
un ataque contra los fundamentos mismos de la física cartesiana: el principio
cartesiano de la conservación del movimiento.
Leibniz comienza señalando que varios matemáticos habían calculado la fuerza de
un cuerpo en movimiento como el producto de la masa por la velocidad y que
habían observado que, en los cinco mecanismos más usados [33], la masa y
la velocidad se compensan una a la otra.
Puesto que parecía razonable pensar que la suma de las fuerzas motrices se
conserva en la naturaleza, Descartes, que creía que la fuerza motriz y la
cantidad de movimiento eran equivalentes, se vio llevado a afirmar que Dios
conserva una misma cantidad de movimiento en el mundo. Acerca de la
conservación de la fuerza no había desacuerdo. Pues Leibniz aceptaba, por una
parte, que nunca se ve a un cuerpo perder fuerza sin que ésta no sea
transferida a otro; y, por otra parte, los argumentos de Pardies sobre la
imposibilidad de un movimiento perpetuo y la defensa de Huygens de su propio
principio, según el cual, el centro de gravedad de un sistema de cuerpos no
puede elevarse por sí mismo, principio que había sido motivo de polémica con
Catelan entre 1681 y 1684, confirmaban su creencia de que la cantidad de fuerza
total existente en el universo no puede aumentar por sí misma. Leibniz
localizaba el error de Descartes en la asunción de que la fuerza motriz y la
cantidad de movimiento son equivalentes. Con el fin de mostrar la gran
diferencia que existe entre ambos conceptos y hacer ver así este error
fundamental de la física cartesiana, seleccionó un caso en el cual, si bien se
admitía en general que las fuerzas eran iguales, el análisis revelaba que las
cantidades de movimiento diferían bastante.
Partiendo del ejemplo del péndulo, Leibniz supone que, en el caso general, un
cuerpo que cae desde una cierta altura posee la fuerza que sería necesaria para
devolverlo a su altura inicial en ausencia de la resistencia del aire o de
otras interferencias externas.
Figura 5.4
Supone
además que se necesita la misma fuerza para elevar el cuerpo A (figura 5.4), de
una libra de peso, hasta la altura CD, de 4 pies, que para elevar el cuerpo B,
de 4 libras de peso, hasta la altura EF, de un pie. Señala que tanto los
cartesianos como otros filósofos y matemáticos admiten estos supuestos. Se
sigue de ellos que el cuerpo A, después de caer desde C a D, tendrá la misma
fuerza que el cuerpo B después de caer desde E a F.
Para calcular sus velocidades aplica la ley enunciada por Galileo, según la
cual la velocidad es proporcional a la raíz cuadrada de la altura de caída.
Esto implica que, al final de sus respectivas caídas, la velocidad de A será
dos veces la velocidad de B y, por ende, que la cantidad de movimiento de A (de
masa una libra) será igual a la mitad de la cantidad de movimiento de B (de
masa 4 libras).
A Leibniz le parecía, por consiguiente, que la fuerza ha de calcularse a partir
de la cantidad del efecto que es capaz de producir: por ejemplo, a partir de la
altura a la cual puede elevar un cuerpo; pero no a partir de la velocidad que
puede imprimir a dicho cuerpo. Enuncia esto diciendo que la fuerza de un cuerpo
es proporcional a la causa o al efecto de su velocidad: es decir, a la altura
que ha causado la velocidad o que puede ser causada por ésta, o bien al
cuadrado de la velocidad.
Añade que es meramente accidental el hecho de que en los cinco mecanismos más
utilizados, en los cuales se da un equilibrio (puesto que las diferencias entre
las masas de los dos cuerpos se ven compensadas por la diferencia entre las
velocidades), el cálculo de la fuerza coincida con la cantidad de movimiento.
Desde la perspectiva privilegiada de hoy en día, puede decirse que Leibniz
estaba utilizando el término «fuerza» para denotar nociones diferentes que, en
ese momento, no había distinguido.
En septiembre de 1686, seis meses después de su primera publicación en lasActa
Eruditorum, apareció una traducción al francés de las «Brevis
demonstrado» junto con una crítica del abad Catelan(GP 3, pp.
40-2) en la revista holandesa Nouvelles de la république des lettres. Catelan
declaraba que no era Descartes (como había afirmado Leibniz) quien se había
extraviado por un exceso de confianza en su propio genio. En opinión de
Catelan, las cantidades de movimiento en las dos caídas que Leibniz describía
eran distintas porque los tiempos de caída eran distintos.
Leibniz se alegró de la oportunidad que le daba la crítica de Catelan para
cartearse con el editor de Nouvelles de la république des lettres, Pierre
Bayle (GP3, pp. 39-40), a quien envió una respuesta para su
publicación en la revista. Esta apareció en febrero de 1687 (GP 3,
pp. 42-9). La idea de Catelan, según la interpretaba Leibniz, era que el
principio cartesiano de la equivalencia entre la fuerza motriz y la cantidad de
movimiento quedaba restringida a los casos en los cuales las fuerzas se habían
adquirido en tiempos iguales, como ocurría en el caso de los cinco mecanismos
más utilizados. Pero no podía creer que Catelan hubiera tropezado con algún
cartesiano, al menos entre los que pasaban por geómetras, que estuviera de
acuerdo con esta restricción. A Leibniz no le cabía duda de que, si Bayle lo
consultaba con algún amigo suyo que fuera un cartesiano competente, éste
confirmaría que siempre había calculado la fuerza a partir de la cantidad de
movimiento y sostenido que la cantidad de fuerza total se conserva. Leibniz
añadía que no era su deseo sacar provecho de la débil defensa que Catelan había
hecho de la posición cartesiana.
Entre los cartesianos, Catelan era el único, por lo que Leibniz sabía, que
suponía que la fuerza motriz de un cuerpo, que ellos calculaban a partir de la
cantidad de movimiento, dependía del tiempo que éste había tardado en
adquirirla. Obviamente, la fuerza sólo dependía del estado actual del cuerpo.
Si dos cuerpos ¡guales han adquirido la misma velocidad, uno por impacto súbito
y otro por una caída que ha durado cierto intervalo de tiempo, sería absurdo
decir que estos cuerpos no han adquirido la misma fuerza motriz. En cualquier caso,
en el ejemplo anterior los tiempos de caída podían igualarse si se hacía que
los dos cuerpos se movieran sobre planos inclinados de ángulos apropiados.
Al llegar a este punto Leibniz intentaba aclarar más su objeción al principio
cartesiano. Si un cuerpo de 4 libras, que se mueve con 1 grado de rapidez a lo
largo de un plano horizontal, le transfiere su movimiento a un cuerpo de 1
libra, la rapidez de este segundo cuerpo sería de cuatro grados, lo que le
permitiría, si se le fijaba a una cuerda que le hiciera moverse como un
péndulo, elevarse hasta una altura de 16 pies. Pero un cuerpo de 4 libras
necesita la misma fuerza para elevarse un pie que un cuerpo de 1 libra para
elevarse 4 pies. Así, la transferencia de movimiento según el principio
cartesiano daría lugar a un aumento triple de la fuerza a partir de la nada, lo
que es absurdo. Después de refutar de esta manera el principio cartesiano,
Leibniz introducía el suyo propio: que siempre se da una equivalencia perfecta
entre la causa total y el efecto total. Puesto que el efecto total de la fuerza
motriz consiste en elevar el cuerpo hasta una cierta altura, este efecto se
convierte en una medida de la fuerza. De esta manera, deductivamente, Leibniz
establece que la medida de la fuerza es mv.[34]
A partir de este nuevo principio de equivalencia entre causa y efecto Leibniz
obtuvo también una consecuencia metafísica: que la fuerza o potencia (puissance),
aunque sólo se midiera por el efecto futuro, era algo real en ese momento
presente; por tanto, había que admitir en los cuerpos algo más que extensión y
velocidad. Para una exposición más extensa de su crítica al concepto cartesiano
de cuerpo y su propia teoría del conocimiento remitía al lector a sus «Meditaciones»,
publicadas en las Acta Eruditorum de mayo de 1684. Importa
observar que en 1668 Huygens había establecido que la suma total de mv1 se
conserva en los choques elásticos.
En junio de 1687 Catelan publicó otro débil intento de defender el principio
cartesiano, siempre y cuando se restringiera su aplicación a casos en los que
las velocidades se han adquirido en tiempos iguales. Leibniz contestó en un
artículo que se publicó en el número de septiembre de la revista Nouvelles
de la république des lettres(GP 3, pp. 49-51), en el que retaba a
Catelan a encontrar la trayectoria de caída uniforme. Leibniz afirmaba proponer
este delicioso problema, inspirado en el deseo de Catelan de medir la fuerza en
función del tiempo, con el fin de que la polémica sirviera para el avance de la
ciencia. Como era predecible, Catelan no contestó; pero en el número de octubre
se publicó, sin demostración, una solución de Huygens. El propio Leibniz publicó,
en abril de 1689 y en las Acta Eruditorum(GM 5, pp. 234-43),
una solución junto a la prueba de su corrección (aunque sin la deducción de la
trayectoria); había obtenido éstas aplicando el cálculo infinitesimal 8.
§. Correspondencia con Arnauld sobre el Discurso de metafísica
En carta al landgrave Ernesto de Hessen-Rheinfels del 11 de febrero de
1686 (A I 4, p. 399) Leibniz explicaba que, durante unos pocos
días en que no había tenido nada que hacer, se había mantenido ocupado
escribiendo un breve Discurso de metafísica(GP 4, pp. 427-63)
acerca del cual le gustaría conocer la opinión de Arnauld. Incluía un
resumen (GP 2, pp. 12-14) para que el landgrave lo enviara al
filósofo y teólogo francés que, desde 1679 (a la muerte de la duquesa de
Longueville, dirigente jansenista con mayor influencia en la Corte), había
vivido voluntariamente exiliado en la Holanda española. En su respuesta,
Arnauld (GP 2, pp. 15-16) ponía en cuestión la utilidad de un
escrito que todo el mundo rechazaría; le había parecido extraño, en particular,
el concepto de Leibniz de sustancia individual, la cual negaba, a su parecer,
la libertad de Dios. Pues Arnauld argumentaba que, si era correcta la
suposición de Leibniz de que el concepto de Adán comprende todo lo que ha de
pasarles a él y a su descendencia, ello privaba a Dios de toda libertad de
acción respecto a la especie humana en el presente. Leibniz escribió al
landgrave (A I 4, pp. 400-2) diciéndole que había leído esta
respuesta entre divertido y entristecido, pues el bueno de Arnauld parecía
haber perdido parte de su lucidez. Ahora entendía por qué Malebranche y otros
amigos suyos habían perdido la paciencia con él.
Leibniz explicaba a Ernesto que Arnauld razonaba como los socinistas, que
concebían a Dios según un patrón humano e imaginaban que Dios elegía a medida
que se presentaba la ocasión; con ello su libertad quedaría restringida, pues
sus elecciones presentes estarían limitadas por las que había adoptado antes;
en realidad, las elecciones de Dios estaban interrelacionadas entre sí y se
habían adoptado todas a la vez. Lo que era más, el concepto de Adán presuponía
esta libertad de acción. Leibniz señalaba que ya había explicado todo esto en
su resumen. Pues, tras afirmar que el concepto de individuo contenía todo lo que
había de pasarle, de tal forma que dicho concepto proporcionaba la prueba a
priori o razón de la verdad de cada acontecimiento, añadía que estas
verdades, aunque ciertas, eran con todo contingentes, pues estaban basadas en
la libre voluntad de Dios y sus criaturas. Era cierto que cualquier elección
siempre respondía a razones, pero éstas «inclinaban sin necesidad».
El 13 de mayo de 1686 Arnauld (GP 2, pp. 25-34) pidió
disculpas a Leibniz por su falta de tacto y solicitó una mayor aclaración del
concepto de individuo. Tras responder a la solicitud en carta del 14 de julio
de 1686, Leibniz añadía una explicación de algunas de las otras doctrinas
importantes de su Discurso(GP 2, pp. 37-59). Comienza haciendo
referencia al principio de lógica que proporciona pruebas a priori a
partir de su concepto de la totalidad de lo que acontece a una sustancia
individual. Este principio enuncia que en toda proposición afirmativa
verdadera, tanto si es necesaria como contingente, el concepto predicado está
contenido en el del sujeto. A partir de este principio Leibniz infiere el de
razón suficiente o, como lo llama aquí, el axioma común de que todo lo que
acontece tiene una causa. A Arnauld (GP 2, p. 62) le expresaba
su opinión de que no siempre está a nuestro alcance el análisis preciso para
una demostración a priori.En un manuscrito de esta misma época, sin
embargo (Couturat 1903, pp. 376), Leibniz introducía la distinción entre
verdades necesarias y contingentes que habría de desempeñar una función
esencial en su metafísica. Aquí explicaba que una demostración a priori de
cualquier proposición requiere un análisis que muestre de qué manera el
predicado está contenido en el sujeto. En el caso de las verdades necesarias o
verdades de razón, este análisis implicaría un número finito de operaciones y
se encontraría, por tanto, al alcance de la capacidad humana. Pero en el caso
de verdades contingentes o verdades de hecho sería necesario un análisis
infinito, algo que sólo Dios podría llevar a cabo. Una distinción real entre
verdades necesarias y contingentes, como la que aquí se señala, es un requisito
previo para la noción de libertad tal como la entiende Leibniz. Una verdad es
necesaria si su contraria implica contradicción. La contraria de una verdad
contingente no implica contradicción, pero debe existir alguna razón que la
hace verdadera. El principio de razón suficiente proporciona la razón a
priori; pero esto se da en la naturaleza de una causa que presupone la
libertad sin obligarla. Por consiguiente, las proposiciones contingentes
cuentan con pruebas a priori de su propia verdad, pero no con
demostraciones de su necesidad.
Otra consecuencia de la doctrina de la verdad de Leibniz, comprendida en el
principio de que, en toda proposición verdadera, el concepto predicado está
comprendido en el del sujeto, es el de que toda sustancia individual expresa el
universo entero a su manera y es como un mundo separado, independiente de todo
excepto de Dios. No obstante, esta independencia, como explica Leibniz a
Arnauld, no impide el intercambio entre las sustancias, pues todas las
sustancias creadas lo han sido por Dios según un mismo proyecto y expresan un
mismo universo, guardan entre sí una misma armonía exacta. La interacción entre
las sustancias debería entenderse, por tanto, como un reflejo de esta armonía
más que como una influencia física real. Así, Leibniz interpreta la afirmación
de que una sustancia actúa sobre otra en el sentido de que una expresa más
distintamente que otra la causa o razón del cambio que se da entre ambas —de forma
semejante a como atribuimos movimiento a un bajel antes que al mar. Añade que
muchos filósofos se han visto obligados a aceptar, en relación con el problema
de la unión de cuerpo y mente o el de la relación activa o pasiva de una mente
con otra, que es inconcebible pensar en una interacción directa. Leibniz
desestimaba la doctrina de la causalidad ocasional, formulada para resolver
estas dificultades, porque, en su opinión, requería un milagro continuo
mediante el cual Dios cambiaba constantemente las leyes que afectan a los
cuerpos con ocasión del pensamiento de la mente. Sólo quedaba en pie, por
tanto, su tesis de la concomitancia o armonía entre las sustancias. Lo que
ocurre en la mente nace en lo más profundo de ella y sin que tenga que
adaptarse después al cuerpo, como tampoco el cuerpo tiene que adaptarse a la
mente. Aunque cada uno de ellos obedece sus propias leyes, la mente actuando
libremente y el cuerpo sin elección, concuerdan ambos en los fenómenos.
Para terminar, Leibniz explica a Arnauld que, si el cuerpo es sustancia y no
mero fenómeno, como el arco iris, no puede consistir simplemente en extensión
sino que debe poseer lo que se denomina forma sustancial, que es similar al
alma. Con todo, él se consideraba partidario de la teoría corpuscular cuando se
trataba de explicar fenómenos particulares. Señalaba que siempre debería
explicarse la naturaleza según pautas matemáticas y mecánicas, siempre y cuando
se reconozca que los principios de la mecánica no dependen sólo de la extensión
matemática sino además de algunas razones metafísicas.
En septiembre de 1686 Arnauld (GP 2, pp. 63-8) expresó su
satisfacción por la explicación de Leibniz sobre el concepto total de
individuo, que en un primer momento le había producido tanta extrañeza, y pidió
una explicación más detallada de la tesis de la concomitancia o armonía entre
sustancias y de la forma sustancial de los cuerpos. En esta carta Arnauld alude
además a la «Brevis demonstrado» de Leibniz y comenta que, según cree
recordar, aunque no ha vuelto sobre esos temas desde hace veinte años, en los
resultados concernientes a mecanismos Descartes no había tenido en cuenta la
velocidad. Termina preguntando a Leibniz por las últimas noticias relativas a
la máquina aritmética y el reloj en los que había estado trabajando en sus
últimos días en París.
En su respuesta del 8 de diciembre de 1686 (GP 22, pp. 73-81),
Leibniz decía a Arnauld que quizá él mismo había conseguido ya entender la
tesis de la armonía. Sobre la cuestión de las formas sustanciales, sin embargo,
Leibniz elabora sus ideas en una serie de detalladas respuestas a las preguntas
de Arnauld. La primera observación de Arnauld era la de que, puesto que cuerpo
y mente son sustancias distintas, no parece que una pueda ser forma sustancial
de la otra. A esto Leibniz contestaba que, en su opinión, el cuerpo en sí mismo
(es decir, el cadáver) no es una sustancia, pues, al igual que un montón de
piedras, carece de unidad sustancial. Estaba además en condiciones de afirmar
que su posición era acorde con la declaración del Quinto Concilio de Letrán
(1512-17), en el sentido de que el alma es la forma sustancial del cuerpo. Otra
objeción de Arnauld era la de que, si la forma sustancial ha de dar unidad al
cuerpo, tendría que ser inextensa, indivisible y, por tanto, indestructible,
como el alma. Leibniz estaba de acuerdo en que las formas sustanciales tienen
las propiedades enunciadas por Arnauld, y se inclinaba a pensar que la
generación de animales que carecen de razón y que no merecen ser creados de
nuevo consistía en la mera transformación de otro animal vivo que no era
perceptible; como ejemplo citaba la transformación que sufre el gusano de seda.
Así, las almas no racionales habrían sido creadas en los comienzos del mundo,
de acuerdo con la fertilidad de la semilla de que habla el Génesis; pero las
almas racionales se distinguían por completo de estas mencionadas, pues eran
capaces de pensamiento e imitaban la naturaleza de Dios. Estas precisaban una
creación especial.
Acerca de los cuerpos en general Leibniz señalaba a Arnauld que no podía decir
con absoluta certeza si éstos —por ejemplo: el sol, la tierra, la luna, los
árboles o incluso los animales— eran animados, o al menos sustancias o incluso
simples agregados de una pluralidad de sustancias. Pero si no existían
sustancias corpóreas (es decir, cuerpos unidos por formas sustanciales) había
que concluir que los cuerpos no eran sino fenómenos, similares al arco iris;
pues, al ser la materia infinitamente divisible, nunca sería posible llegar a
algo que pudiera describirse como una entidad, salvo si se trataba de un
mecanismo animado cuya forma sustancial creaba una unidad sustancial
independiente de la unión externa o contigüidad. Añadía además que, si no
existieran sustancias corpóreas, se seguiría que, con excepción del ser humano,
no habría aparentemente nada sustancial en el mundo visible.
En el intercambio de correspondencia que mantuvieron a lo largo de 1687 Leibniz
respondió a otras cuestiones de Arnauld, en ocasiones introduciendo ideas
nuevas pero usualmente reincidiendo en puntos ya tratados. En su carta del 9 de
octubre de 1687 (GP 2, pp. 111-29) explica con claridad a
Arnauld que la materia, considerada como masa en sí misma [35], es sólo un
puro fenómeno, una apariencia bien fundada, como lo son el espacio y el tiempo;
pero la verdadera entidad es la sustancia animada a la cual la materia
pertenece. Explica además a Arnauld que no considera que toda sustancia sea una
mente: el gusano no piensa. Objeta que, puesto que no tenemos experiencia de
las funciones que desempeñan otras formas, no podemos tener una noción clara de
ellas. Sobre la base de un análisis anatómico, sin embargo, Malpighi se
inclinaba a pensar que las plantas pueden incluirse en la misma categoría que
los animales; a su vez, los experimentos de Leeuwenhoek habían revelado la
existencia de casi una infinitud de animales pequeñísimos en cada gota de agua;
y el trabajo de Swammerdam parecía confirmar la idea de la preformación y
transformación de animales que su teoría implicaba.
En varias ocasiones Leibniz pensó en publicar la correspondencia intercambiada
con Arnauld y la revisó con este propósito; pero la idea no se llevó -a cabo.
Hay una referencia clara a esta correspondencia y al Discurso al
comienzo de la primera exposición de su metafísica, que publicó en el Journal
des Sçavans en 1695 con el título « Systéme nouveau de la
nature et de la communication des substances»; aquí señala que había
concebido el sistema algunos años atrás y que lo había discutido con uno de los
más grandes teólogos y filósofos de la época. Una prueba de que Leibniz
consideraba el Discurso de metafísica como un momento decisivo
en el desarrollo de su propia filosofía se puede ver en el comentario que le
hace a Thomas Bumet, en una carta del mes de mayo de 1697, en el sentido de que
sólo estaba satisfecho con las ideas filosóficas que había mantenido a partir
de 1685 (GP 3, p. 205). Aunque muchas de estas ideas habían
estado germinando desde su época universitaria y se encuentran en sus primeros
trabajos —por ejemplo: la lógica de sujeto y predicado, enDe arte
combinatoria; la noción de armonía, en la Confesión de la
naturaleza contra los ateosi el principio de razón suficiente, en la
carta de Wedderkopf; la noción de forma sustancial, en la carta a Thomasius; la
idea de un principio de optimización, en una nota escrita tras su encuentro con
Spinoza—, el Discurso de metafísica es el primer escrito de
Leibniz que las recoge de forma unificada en un sistema coherente.
Existen datos que indican que Leibniz pensaba en elDiscurso de metafísica como
introducción a sus proyectadas Demostraciones católicas; pues, al
tiempo que respondía a las cuestiones de Arnauld, pedía al landgrave Ernesto
que obtuviera de Arnauld una declaración de que las opiniones que expresaba
(incluso si Arnauld las creía falsas) no contenían nada contrario a la fe
católica. Leibniz recordaba al landgrave que Arnauld había escrito, en otro
lugar, que la Iglesia no debía poner dificultades a opiniones filosóficas que
no tenían relación alguna con cuestiones de fe (A I 4, pp.
404-6). Pero Arnauld y el landgrave estaban más interesados en la conversión de
Leibniz que en sus ruegos de tolerancia religiosa hacia concepciones filosóficas.
Así, Arnauld comentaba al landgrave (A 1 4, pp. 443-4) que
Leibniz sostenía en física puntos de vista que a él le parecían difícilmente
defendibles, y que haría mejor olvidándose de ese género de especulaciones y
aplicándose en la elección de la religión verdadera.
El landgrave, a su vez, advirtió a Leibniz (A I 4, p. 444) que
no podía esperar salvarse si no se convertía al catolicismo.
§. Consecuencias del proyecto Harz
A pesar de la decepción que había sufrido cuando el duque decidió abandonar el
proyecto de drenar las minas con molinos de viento, Leibniz no pudo
desentenderse del Harz de forma inmediata (A I 4, p. XLIV).
Poco después de la toma de decisión expresó al duque su convencimiento (A I
4, pp. 197-8) de que los funcionarios de minas reconocerían algún día la
utilidad de su proyecto y muy especialmente las ventajas del molino de viento
horizontal, que creía haber mostrado con claridad. A partir de ese momento,
hizo renovados esfuerzos para encontrar formas de mejorar la tecnología minera.
Propuso, por ejemplo, un mecanismo que consistía en una cadena continua de
contenedores subiendo y bajando y que permitía que la energía hidráulica se
aplicara por entero a la extracción de ganga (A I 4, pp.
210-11). El comentario que hace a Otto Grote en una carta del mes de marzo de
1686 (A I 4, pp. 259-60), acerca de que los funcionarios de
minas se mostraban de acuerdo con él en conversaciones privadas pero parecían
sufrir de pérdida de memoria cuando tenían que tomar decisiones en la Oficina
de Minas, indica que no consiguió una cooperación mayor con respecto a su nueva
invención de la que había obtenido en el caso de los molinos de viento.
Si se pudiera poner este mecanismo en funcionamiento, la eficacia en el
rendimiento sería considerablemente mayor; pues, como señalaba Leibniz, el peso
de la única cadena que se utilizaba habitualmente podía, en una mina profunda,
llegar a ser mayor que el de la ganga que se sacaba; su mecanismo, por el
contrario, eliminaba el gasto de energía empleado en elevar la cadena (A I
4, p. 261). No hay duda de que se llegó a efectuar una prueba con éxito, pues
en una cana a Grote del 1 de abril de 1686 (A I 4, p. 264)
Leibniz afirmaba que se sentía satisfecho. Añadía que los funcionarios de minas
tardaban en aceptar las nuevas ideas; pero que, una vez había quedado
demostrado que su invención representaba una ventaja, confiaba en que entraran
en razón. Terminaba diciendo a Grote que, tan pronto como le reembolsasen el
dinero que había invertido, se despediría de las minas; pues su único deseo
había sido tener la satisfacción de mostrar algo útil y de provecho, que
pudieran aplicar si así lo querían. Las cuentas relativas a la totalidad del
proyecto Harz se cerraron, finalmente, en diciembre de 1686; Leibniz recibió de
la Oficina de Minas de Clausthal la suma de 300 táleros (A I
4, p. 305).
Las visitas de Leibniz a la comarca del Harz relacionadas con sus proyectos
relativos a la tecnología minera le dieron la oportunidad de alimentar su
interés por la geología. Sin embargo, la visita más fértil a este respecto tuvo
lugar en el otoño de 1685, cuando bombas y molinos de viento ya no eran
problemas que le preocuparan. En esta ocasión pasó alrededor de una semana
visitando enclaves y buscando especímenes geológicos en compañía de su secretario,
Brandshagen, y otro ayudante, Christian Essken, viajando en un carro de granja.
Visitaron grutas que contenían huesos y dientes de animales prehistóricos.
Leibniz consiguió especímenes que luego describió en su Protogaea, escrita
en 1691 (D 2, 2, p. 181), donde amplía los hallazgos
geológicos que hizo en el Harz con lo que observó en el sur de Alemania,
Dalmacia e Italia en el curso de un largo recorrido en busca de vestigios
históricos.
§. Una nueva comisión
Cuando el duque Ernesto Augusto sucedió a su hermano en enero de 1680, Leibniz
había escrito a Franz Ernst von Platen sugiriendo la elaboración de una
historia, breve pero exacta, de la Casa de Brunswick-Lüneburgo, que se centrase
sobre todo en el periodo más reciente (A I 3, p. 20). Es en
este momento cuando prestó mayor atención a este asunto, después de que la
historia de los Guelf escrita por Philipp Jakob Spener y publicada en
1677 (MK, p. 59) despertara su interés. Más tarde volvió a
dirigir su atención al tema de los antepasados del duque cuando, en abril de
1685, el poeta de la Corte Bartolomeo Ortensio Mauro, quien por entonces se
encontraba con el duque en Venecia, solicitó su opinión acerca de un extracto
de la obra que sobre genealogía había escrito el abad Teodoro Damaideno, quien
afirmaba haber rastreado los orígenes de la Casa de Este hasta la ¿poca
romana (A I 4, pp. 495-6). En el informe que dirigió al
duque (A I 4, pp. 191-6), Leibniz señalaba que la historia y
la genealogía se habían convertido en una ciencia y ello, sobre todo, gracias a
los historiadores holandeses y franceses —él, en particular, había recibido la
influencia de Jean Mabillon—; este carácter científico exigía una documentación
basada en fuentes primarias y autores contemporáneos [36]. No creía
que el origen de la Casa de Este pudiera trazarse hasta la época romana y él
mismo no contemplaba la posibilidad de retroceder más de doscientos años, pues
los estudios de su tiempo encontrarían una pretensión más ambiciosa tan
divertida como la de cierto teólogo de Venecia, que aspiraba a trazar el origen
de los Habsburgo hasta los tiempos bíblicos del arca de Noé. Leibniz explicaba
al duque que, si era capaz de cubrir un par de lagunas, podría trazar el origen
de la Casa hasta poco más o menos el año 600 d.C. Pero para ello necesitaba
viajar hasta las fuentes, que habitualmente se habían conservado en los
monasterios.
Tras conocer a través de Otto Grote la decisión del duque de poner fin al
proyecto Harz el 14 de abril de 1685, Leibniz parece haberse concentrado en la
investigación histórica con un entusiasmo creciente. El 22 de mayo de
1685 (A I 4, pp. 197-8) recordaba al duque que, siguiendo sus
deseos, se había dedicado durante algún tiempo a estudiar la historia de la
Casa de Brunswick-Lüneburgo. Sin embargo, para poder continuar le era necesario
emprender viaje en busca de materiales fuente, y solicitaba del duque un
respaldo económico que le permitiera trabajar en el estudio histórico sin tener
que pedir dinero constantemente para cubrir gastos. Grote ayudó a Leibniz en su
intento de asegurarse independencia económica, comunicando al duque que Leibniz
no se comprometería a escribir la historia de la Casa de Brunswick-Lüneburgo
mientras su salario no se viera transformado en pensión vitalicia (MK, p.
75). El duque accedió a esta petición en un documento formal del 10 de agosto
de 1685 (i4 I 4, pp. 205-6). En consideración a su nuevo cometido se le relevó
también de las tareas ordinarias de la Cancillería, se le concedieron los
gastos de viaje y un secretario permanente y se le elevó al rango de consejero
privado vitalicio.
A partir de ese momento, la obligación oficial más importante de Leibniz pasó a
ser la elaboración de la historia de la Casa de Brunswick-Lüneburgo. Esto le
dio la oportunidad de viajar y conocer a hombres de estado y estudiosos
influyentes y no le impidió hacer contribuciones propias a la ciencia y la
filosofía. En el otoño de 1685 Leibniz recibió más información acerca de las
genealogías de Damaideno por mediación de Gerhard Corfey, secretario de guerra
en la Corte de Hannover, a quien expresó su opinión de que, por mucho que las
pruebas de Damaideno pudieran considerarse válidas en Italia, no serían
aceptadas en ningún otro sitio (A I 4, pp. 213-16). En diciembre envió un informe
detallado de sus críticas al propio Damaideno(A I 4, pp. 534-9).
Más tarde, a principios de enero de 1686 (AI 4, pp. 544-5),
escribió a Daniel Papebroch, jesuita de Amberes, quien creía que le podría
aconsejar acerca de fuentes medievales.
Un año después Leibniz ya había comenzado a investigar en los alrededores de
Hannover. El 30 de abril de 1687 escribió al landgrave Ernesto desde Gottinga,
para decirle que no había parado de viajar durante quince días, visitando
distritos administrativos y abadías, en busca de documentos históricos (A 1
4, pp. 431-2). Una semana o dos después comunicó al landgrave que proyectaba
hacer un largo viaje que duraría todo el verano (A I 4, pp.
432-9) y que esperaba poder visitarlo entonces en Rheinfels. Más urde, en
otoño, hizo los preparativos para viajar al sur de Alemania y Viena. Sin
embargo, y a resultas de los hallazgos hechos en Augsburgo, el viaje en busca
de los orígenes de la Casa de Brunswick-Lüneburgo tuvo que extenderse hasta
Módena, en Italia.
Capítulo 6
Largo viaje por el sur de Alemania, Austria e Italia (1687-1690)
Contenido:
§.
Invitado del landgrave Ernesto de Hessen-Rheinfels
§. De camino a Münich
§. Münich y Augsburgo
§. Viena
§. Artículos sobre medios resistentes y el movimiento planetario
§. Roma
§. Tratado de dinámica
§. Florencia y Módena
§. Regreso a Venecia
§. Ultima carta conocida a Arnauld
§. Regreso a casa
Cuando
Leibniz partió de Hannover, a finales de octubre de 1687, llevaba consigo
cartas de recomendación que Bartolomeo Ortensio Mauro, secretario de la duquesa
Sofía y poeta de la Corte, le había dado para el famoso músico y diplomático
Agostino Steffani y para su hermano, el subsecretario de Estado bávaro Ventura
Terzago, a quienes esperaba conocer en Münich (A 1 4, p. 657). Si bien el
objetivo primordial de este viaje era buscar documentos históricos relativos al
origen de la Casa de Brunswick-Lüneburgo, Leibniz no dejó pasar ninguna
oportunidad de mantener encuentros con estudiosos y visitar muscos y otros
lugares de interés sobre la marcha, para lo cual dio muchos rodeos y prolongó
visitas. Entre sus muchos intereses, que incluían la geología, tecnología
minera, historia natural, reforma de la moneda y cultura china, la
reunificación de las Iglesias ocupaba un lugar preeminente en sus pensamientos
en esta época; ello, en particular, después de sus conversaciones con Cristóbal
de Rojas y Spínola, que desde 1685 era obispo de Wiener-Neustadt, población a
unas cuarenta millas al sur de Viena. Además de redactar numerosos memoranda,
que incluían proyectos para un Colegio Imperial de Historia y una biblioteca de
referencia general en Viena, y de finalizar con éxito una importante misión
diplomática y política para la duquesa Sofía en Módena, Leibniz encontró tiempo
también para colaborar en las Acta Eruditorum con artículos en los que aplicaba
el cálculo infinitesimal a problemas de medios resistentes y de movimiento
planetario, así como para escribir el borrador de la primera parte de un
tratado de dinámica. Si alguien pensaba que estaba perdiendo el tiempo,
escribía a Otto Grote (A 1 5, pp. 325-6) después de una enfermedad que le había
retenido en casa durante tres semanas, cometía con él una injusticia; pues a
menudo había pasado noches enteras leyendo manuscritos y, como añadía, lo único
que una persona necesitaba no era vivir, sino trabajar y cumplir con sus
obligaciones. Aunque esta última observación aparece en un contexto preciso,
podría utilizarse para describir en general la actitud de Leibniz: de completa
dedicación a su tarea de estudioso al servicio de la humanidad.
A su llegada a Hildesheim, el 1 de noviembre, Leibniz hizo dos visitas; la
primera al capuchino Dionysius Werlensis, quien le informó de sus
conversaciones con el obispo Rojas y Spínola acerca del problema de la
reunificación de la Iglesia, y la segunda al musco de curiosidades de la
naturaleza del difunto doctor Friedrich Lachmund, donde pudo ver fósiles de
plantas y animales que después analizaría en su Protogaea. Al día siguiente
visitó otra colección de historia natural en la biblioteca de Kassel [37] a
continuación pasó cuatro días en Frankenberg con el director de minas de
Hessen, Johann Christian Orschall. Allí conversó con su anfitrión sobre Henry
More y Johann Baptista van Helmont y disfrutó con la lectura de una obra del
místico protestante Valentín Weigel: Der goldene Griff: das ist, alie Dinge
ohne Irrthum zu erkennen. En Marburgo, su siguiente parada, Leibniz visitó la
iglesia de santa Isabel y conversó con el doctor Johann Jakob Waldschmidt,
médico personal del landgrave Carlos de Hessen-Kassel, sobre experimentos tales
como provocar la muerte de animales inyectándoles aire en las venas y la
observación de plantas introducidas en un vacío. Justo antes de mediados de
noviembre alcanzó el primer objetivo de su viaje hacia el sur cuando llegó a la
pequeña fortaleza de Rheinfels para hacer la visita prometida, aunque algo más
urde de lo planeado, a su amigo el landgrave Ernesto.
§. Invitado del landgrave Ernesto de Hessen-Rheinfels
Todos los días, durante las dos semanas que permaneció como invitado del
landgrave Ernesto de Hessen-Rheinfels, Leibniz conversó con su anfitrión sobre
temas de historia y religión, en especial sobre el problema de la reunificación
de la Iglesia. Al finalizar la visita, Leibniz presentó a su anfitrión un
memorándum (A I 5, pp. 10-21) que contenía sus propias ideas acerca de la mejor
manera de lograr la reconciliación que ambos deseaban. Leibniz veía en la
reunificación de la Iglesia un problema político cuya solución era necesaria
para que Europa recuperara la unidad perdida, sobre todo frente a la agresión
francesa (A I 5, p. XXXV). Después de que, en 1685, Luis XIV revocara el Edicto
de Nantes, la persecución de los protestantes en Francia se había intensificado
hasta el punto de privarles de todos los derechos civiles. Algunos estados
crearon en 1686 una alianza defensiva, conocida como la Liga de Augsburgo; pero
estaba claro que el aislamiento político de Francia y la estabilidad política
de Inglaterra se verían enormemente impulsados si tenía lugar una reconciliación
general y la reunificación de las Iglesias católica y protestante.
De todos los procedimientos de reunificación propuestos, Leibniz afirmaba que
el más razonable era el que habían negociado, con la aprobación del emperador,
de una parte Rojas y Spínola, obispo de Wiener-Neustadt, y de otra varios
teólogos protestantes; opinaba, sin embargo, que sin el apoyo y el entusiasmo
de alguna personalidad importante, como el papa, el emperador o algún príncipe
gobernante, católico o protestante, las dificultades prácticas serían
insuperables.
La tolerancia era un primer paso necesario, pero no suficiente. Las
conferencias y discusiones, a su vez, se habían revelado estériles a menudo, al
igual que las polémicas mantenidas por escrito, pues los participantes habían
buscado más impresionar a su propio bando que alcanzar una solución. El gran
mérito del procedimiento propuesto por el obispo católico Rojas, tras consultar
con teólogos protestantes, residía en que podía armonizar por igual con los
principios de católicos y protestantes. Leibniz explicaba que, por lo que había
podido entender, el principio católico más importante es el de que un cristiano
pertenece a la comunión interior de la Iglesia y no cae en herejía ni en cisma
cuando mantiene una actitud de sumisión y está pronto a creer y deseoso de
conocer la revelación divina, no sólo a través de las Sagradas Escrituras sino
también de las interpretaciones supuestamente reveladas por inspiración divina
y formuladas en Concilios ecuménicos legítimos. De ello se sigue que, si
alguien mantiene esta actitud de sumisión y cree por ignorancia en alguna
herejía, no será por ello formalmente un hereje ni, si se le excomulga, un
cismático. Aunque por entonces los católicos habían reconocido tácitamente el
Concilio de Trento, quedaban católicos, como señalaba Leibniz, que rechazaban
otros Concilios y no habían sido declarados herejes por ello. El principio
protestante había que buscarlo, a su vez, en la Confesión de Augsburgo. Todos
aquellos que se hubiesen adherido a esta Confesión estaban obligados, por la
declaración que se hace en la introducción, a aceptar el juicio de la Iglesia
según quedara establecido en un Concilio general convocado y desarrollado en la
forma adecuada. Mantenían que este Concilio aún no había tenido lugar, pues
rechazaban como ilegítimo el Concilio de Trento. Como primer paso hacia la
reconciliación, Rojas había solicitado en la Corte de varios electores y
príncipes protestantes una declaración positiva de su voluntad de someterse a
un Concilio general, así como su opinión acerca de cómo debería desarrollarse
dicho Concilio, a fin de evitar todo desacuerdo en cuanto a su legitimidad. En
el supuesto de que se obtuviera una respuesta favorable, también había sugerido
la posibilidad de poner todos los medios que hicieran posible una reunificación
preliminar pero auténtica; de esta forma, los protestantes de Alemania y
Hungría en particular podrían reconciliarse con los católicos mientras se
aguardaba a que el futuro Concilio tuviera lugar, a pesar de su rechazo del
Concilio de Trento.
Si, al rechazar el Concilio de Trento, los protestantes caían en un error por
ignorancia, no cometían herejía. En cuanto a las doctrinas específicas
defendidas en el Concilio de Trento, resultaba claro que sostener errores
específicos que no eran contrarios al principio católico más importante no
llevaba a ser un hereje; si no fuera así, algunos santos que no habían tenido
conciencia de esos errores serían herejes. Leibniz señalaba que existía un
precedente en la aceptación, por parte de los católicos, de que los
protestantes aún no estuvieran dispuestos a reconocer el Concilio de Trento y
de considerarles a pesar de ello como sus hermanos en Cristo. Esto es lo que
había tenido lugar cuando san Pablo, al circuncidar a Timoteo, hizo una
concesión a los judíos de su tiempo, pues había comprendido que aún no estaban
preparados para que se les persuadiera de la validez del Concilio de Jerusalén.
Añadía que los católicos no deberían poner dificultades a la hora de llegar a
un acuerdo con los protestantes acerca de cuestiones como el matrimonio de los
clérigos, las órdenes de los ministerios o la comunión de los laicos en las dos
maneras posibles; a cambio, los protestantes no condenarían a los hermanos
cristianos que practicaran ritos y creyeran en dogmas acordados en el Concilio
de Trento.
Durante su estancia en Rheinfels, el landgrave comunicó a Leibniz una propuesta
de Karl Paul von Zimmermann, consejero privado del arzobispo de Colonia, para
que considerase la posibilidad de ser nombrado canciller de la diócesis de
Hildesheim. Sus obligaciones y su religión no le permitieron, naturalmente,
aceptar; pero, con el fin de conservar un recuerdo permanente para su propia
satisfacción, pidió al landgrave que reprodujera por escrito lo que le había
transmitido de parte de Zimmermann (A I 5, p. 4). El landgrave envió una nota a
este efecto en la que se excusaba además por haber descuidado a su invitado esa
mañana debido a una ligera indisposición (A 1 5, pp. 7-8). Cuando, el 2 de
diciembre, Leibniz se despidió del landgrave, llevaba consigo una recomendación
dirigida al elector del Palatinado, Felipe Guillermo (A I 5, pp. 23-5).
§. De camino a Münich
Tras dejar Rheinfels, Leibniz se dirigió a Francfort del Meno, donde llegó a
mediados de diciembre. Durante su estancia de tres días de duración estudió la
colección de historia natural y los libros sobre orugas de María Sibylla
Merian [38](MK, p. 84) y
estrechó su amistad con el orientalista Hiob Ludolf (A I 5, p. 25), a quien
habló del plan propuesto por Franz Christian Paullini y W. E. Tentzel para la
creación de un Colegio Imperial de Historia. Discutió además con Ludolf sobre
la edición de Confucio que habían hecho P. Couplet y otros jesuitas, publicada
recientemente y que el editor de Francfort Johann David Zunner acababa de
recibir de París.
Decía que esperaba el día en que la lengua china original y los medios para
comprenderla fueran accesibles en Europa. Leibniz tuvo además la buena fortuna
de encontrarse de nuevo con otro antiguo conocido, el diplomático sueco Esaias
von Pufendorf, con quien había conversado sobre la filosofía de Descartes en
Hamburgo y que se encontraba en Francfort de camino hacia París. Parece ser
que, también mientras estuvo en Francfort, alguno de sus amigos habló a Leibniz
de la posibilidad de contraer matrimonio con una joven soltera y rica; para
ello debía ganarse el favor de su tío, el capellán de la Corte Hermann
Barckhaus (Bodemann 1895, p. 224).
Leibniz dejó Francfort en compañía de un joven estudioso, Friedrich Heyn, que
había aceptado ser su ayudante durante el viaje a Viena y hacer extractos de
manuscritos y libros difíciles de encontrar. Antes de salir, Leibniz informó a
su amigo el landgrave Ernesto de sus encuentros y conversaciones (A I 5, pp.
25-8), indicando que la próxima etapa del viaje le llevaría a Aschaffenburgo.
En su respuesta, el landgrave decía a Leibniz que el viento y la lluvia habían
sido constantes desde su partida (A I 5, pp. 33-5). Era evidente que le
sorprendía que Leibniz hubiera decidido, finalmente, no visitar en Heidelberg
al elector del Palatinado.
El interés de Leibniz por Aschaffenburgo residía en la colección de manuscritos
históricos pertenecientes a un antiguo conocido ya difunto, el jesuita Johann
Gamans, quien había tenido en proyecto escribir una historia de Maguncia que
incluyera las diócesis sufragáneas de los obispos de Halberstadt, Hildesheim y
Eichsfeld. Leibniz hizo saber a Otto Grote (A I 5, pp. 305-7) que no había
nadie en Aschaffenburgo cualificado para estudiar tan valiosa colección de
documentos históricos y le aconsejó que aprovechara cualquier oportunidad de
comprarla para Hannover.
El 25 de diciembre, cuatro días después de dejar Aschaffenburgo, Leibniz llegó
a Würzburgo. Allí visitó el monasterio de los benedictinos, que poseían dos
bibliotecas: una para la literatura reciente y otra para libros antiguos, y
visitó además las bibliotecas de los jesuitas. Además de ver libros
interesantes recogió información sobre los obispos de Würzburgo [39] y
Bamberg, y le dijeron que en Schweinfurt existía una crónica alemana que
llegaba hasta 1009 (RJ, folio 3r).
Desde Würzburgo, Leibniz viajó a través de Fürth, donde, según anotó en su
diario, vivían quinientos judíos que tenían su propia escuela— para llegar
finalmente, el 31 de diciembre, a Nüremberg. Además de reencontrarse a los
viejos amigos de sus días de estudiante, se dedicó a recorrer la ciudad; estas
visitas incluyeron una curiosa colección de armas y el ayuntamiento, donde se
conservaban dos cuadros de Durero: «Adán y Eva» y su impresionante obra
maestra, «Los cuatro Evangelistas» [40].
Tras dejar Nüremberg el 7 de enero de 1688, dos días después llegó a Sulzbach;
allí permaneció como invitado del conocido cabalista y alquimista Christian
Knorr von Rosenroth, quien en 1680 había publicado una traducción de la
Hypothesis physica nova sin permiso de Leibniz. Uno de los temas de
conversación fue la obra de Knorr Messias puer, que nunca llegó a aparecer
impresa; trataba de la vida de Jesús cuando era un muchacho y estaba basada en
los datos de los antiguos cabalistas. Leibniz quedó impresionado por Knorr y su
obra, como lo testifican los comentarios laudatorios que hizo ante el landgrave
Ernesto, Molanus y Ludolf (A I 5, pp. 43, 109, 235).
Durante su estancia en Sulzbach, Leibniz conoció también a Elias Wolfgang
Talientschger de Glänegg, coleccionista de fósiles con quien discutió de
mineralogía, y visitó las minas de plomo de los alrededores (RJ, folio 6).
Desde Sulzbach, Leibniz dio un rodeo por parte del norte de Bohemia con el fin
de visitar a su amigo Johann Daniel Crafft. El 20 de enero escribió al
landgrave Ernesto (A I 5, pp. 39-44) desde Chodenschloss, en la frontera, donde
sus expectativas de encontrar al elusivo amigo se habían visto frustradas;
incluía cartas para que el landgrave las enviara a Arnauld y a Huygens. A
Huygens le decía que no contaba con que el problema de la trayectoria de caída
uniforme, que había propuesto a Catelan, se viera honrado con una solución de
éste (GM 2, pp. 39-40).
A finales de enero consiguió localizar a Crafft en Graupen (A I 5, p. 55),
donde los dos amigos conversaron sobre la extracción de la ganga, el lavado del
oro, la fabricación de tintes, diversas innovaciones técnicas y la reforma de
la acuñación de la moneda; trazaron planes de proyectos que pensaban presentar
al emperador durante una estancia de los dos en Viena que tendría lugar a
finales de año (MK, p. 86). Leibniz se puso a escribir de inmediato el borrador
de un memorándum sobre la reforma de la acuñación de moneda (A I 5, pp. 47-51)
y en abril comunicó sus ideas al ministro Albrecht Philipp von dem Bussche (A 1
5, pp. 98-105) y al propio duque (A 1 5, pp. 114-29).
Aunque las monedas del Imperio y las de Brunswick tenían el mismo valor
nominal, las monedas de Brunswick contenían más plata refinada, lo que hacía
que Brunswick perdiera dinero todos los años al seguir fabricando moneda con la
plata más fina extraída del Harz. Puesto que toda la plata provenía de las
minas de Austria, Sajonia y Brunswick, Leibniz sugería que sería ventajoso para
estas potencias introducir pesos equivalentes de plata fina en las monedas del
mismo valor nominal y llegar a un acuerdo en el precio de la plata.
El regreso desde Graupen, en la primera mitad de febrero, le llevó a Friburgo,
Marienberg, Annaberg y Ehrenfriedersdorf, donde visitó una nueva instalación de
bombeo diseñada por el ingeniero inglés Kirkby, para continuar por Geyer, Ave y
Schneeberg hasta Karlsbad. Escogió esta ruta para visitar varios pueblos
mineros, donde entró en contacto con los funcionarios de minas y recogió
información sobre la calidad, clase y cantidad de los minerales de cada sitio,
además de hacerse una idea general de las técnicas mineras empleadas. Desde
Karlsbad regresó a Sulzbach y continuó hacia Amberg, donde llegó el 21 de
febrero y permaneció alrededor de una semana; allí asistió a una representación
teatral y visitó en las montañas próximas una capilla esférica conocida como de
«María Hülfe», ante cuyo altar colgaban doce muletas dejadas por inválidos que
habían obtenido la curación (RJ, folio 8).
Desde Amberg, Leibniz viajó a Regensburgo, donde llegó el 12 de marzo.
Permaneció allí dos semanas, respirando la atmósfera de la ciudad en que la
Dieta Imperial permanente llevaba a cabo sus deliberaciones y estrechando su
amistad con el secretario imperial (más tarde archivero del obispo príncipe de
Passau) Philipp Wilhelm von Hörnigk, a quien había conocido en Hannover en 1679
durante la visita de Rojas y Spínola. El 25 de marzo Leibniz informó al
landgrave Ernesto (A 1 5, pp. 63-79) de que continuaría viaje hacia Münich y
Augsburgo, indicando que podía recibir cartas a través de Hörnigk. Al día
siguiente dejó Regensburgo, aunque dejando parte de su equipaje a Hörnigk, y
llegó a Münich hacia las doce del mediodía del 30 de marzo.
§. Münich y Augsburgo
Tras reservar alojamiento en el «Cisne Blanco», en la Weinstrasse, Leibniz
visitó al maestro de capilla Agostino Steffani, quien consiguió permiso del
elector para que visitara la biblioteca. Steffani le presentó a los
bibliotecarios el lunes 5 de abril (A I 5, pp. 80-1). Ese día y el siguiente
trabajó en la biblioteca; mientras, y siguiendo las instrucciones de los
bibliotecarios, dirigió al elector una solicitud formal que le permitiera hacer
uso de la biblioteca durante más tiempo (A I 5, pp. 93-4). Para su sorpresa, el
elector, haciendo caso de algunos consejeros que sospechaban de los motivos de
Leibniz, le negó todo acceso a los manuscritos. Steffani, azorado, le prometió
resolver la situación, pero sus esfuerzos resultaron inútiles (.A 1 5, p. 95).
No tuvo problemas, sin embargo, para conseguir que Leibniz visitara la
residencia del duque y la galería de arte. Estas visitas le costaron catorce
gulden [41]. Leibniz
pasó el resto de la semana visitando la ciudad, fijándose especialmente en los
cuadros de las iglesias, los frescos en los muros de las casas y cuatro
fábricas en las que trabajaban muchos niños y unas cuarenta muchachas, todos
completamente vestidos de azul (RJ folios 10v-11r).
En el transcurso de sus dos visitas a la biblioteca, Leibniz leyó el manuscrito
alemán que constituía la base de la obra sobre historia bávara que había
encargado el elector Maximiliano y publicado en latín el famoso escritor de
temas históricos Johann Turmair, también conocido como Aventin. La versión
alemana contenía referencias a fuentes que no aparecían en la obra impresa;
Leibniz se dio cuenta de que hacían referencia a un viejo manuscrito de un
monasterio de Augsburgo.
El domingo 11 de abril dejó Münich y llegó a Augsburgo al mediodía del día
siguiente. Con ayuda del secretario del ayuntamiento, el doctor Daniel Mayr,
encontró el códice «Historia de Guelfis principibus», aunque no sin algunas
dificultades, en el monasterio benedictino. El estudio de este manuscrito dio
lugar a lo que quizá fue el descubrimiento histórico más importante de todo el
viaje, pues le permitió demostrar sin ningún género de dudas el origen común de
los Guelf y los condes de Este. Esto ya se sospechaba, pero faltaban las
pruebas. Descubrió que, en una escritura antigua pero clara, los condes
aparecían designados como Estensem, de manera que la designación Astensem que
daba Aventin, y que había hecho dudar de la conexión entre los Brunswick-Lüneburgo
y la Casa de Este, se mostraba como una corrupción. Tan pronto como descubrió
el origen común de los Guelf y la Casa de Este, Leibniz escribió a Francesco de
Floramonti, embajador de Brunswick-Lüneburgo en Venecia (A 1 5, pp. 129-30),
con la esperanza de obtener una carta de presentación para la Corte de Módena
que le permitiera proseguir con sus investigaciones sobre el origen de la Casa
de Este.
Tras un breve recorrido turístico por Augsburgo, que incluyó visitas al
arsenal, los depósitos de agua y la catedral, Leibniz regresó a Münich, donde
llegó al mediodía del lunes de Pascua, el 19 de abril. Su estancia de diez días
allí le dio la oportunidad de establecer contacto con amigos y funcionarios de
la Corte de Hannover antes de continuar hacia Viena. Antes que nada contestó a
una carta de la duquesa Sofía, que le estaba esperando a su regreso a Münich.
Decía que se había sentido muy feliz al ver la carta dirigida a su secretario,
Mauro, en la que Leibniz hablaba de la ayuda que Steffani y Terzago le habían
prestado; pues, desde su marcha, nadie había sabido nada de él y en Hannover se
había rumoreado que estaba en el otro mundo investigando el origen de la Casa
de Brunswick (K 7, pp. 13-14). Leibniz contestó a Sofía (K 7, pp. 10-13)
diciéndole que se alegraba de haber finalizado casi sus investigaciones en
Baviera, pues algunos de los consejeros del país —evidentemente, aquellos que
le habían impedido el acceso a la biblioteca— no tenían muy buena educación.
Narraba además dos hechos curiosos de que había sido testigo en sus viajes. El
Viernes Santo había visto una procesión cruzando un puente en un pueblo próximo
a Münich. En medio de la comitiva, cuatro hombres rodeaban y golpeaban a otro
que representaba al Salvador. Uno de los cuatro, al pasar bajo un crucifijo que
había sobre el puente, había golpeado al crucifijo en vez de al actor; había
resultado extraño. Dos días después, el Lunes de Pascua, existía la costumbre
de que el predicador leyera una narración, conocida como «fábula de Pascua»
(Oster-mährle). La que él escuchó estaba sacada de una obra humorística
alemana, aunque con algunas modificaciones [42].
Leibniz contó a su amigo Molanus (A I 5, pp. 107-9) que había visto una Biblia
con anotaciones a mano, debidas al jurista Georg Ramus, que consistían en citas
relevantes de autores seculares. Describió sus descubrimientos históricos y las
dificultades que había encontrado en Munich en cartas al ministro Albrecht
Philipp von dem Bussche (A I 5, pp. 98-105) y al propio duque Ernesto Augusto
(A I 5, pp. 114-29); explicaba a este último que había emprendido el viaje a
Münich con el propósito expreso de inspeccionar los manuscritos de Aventin,
pues había sabido que estaban allí. También comunicó sus descubrimientos a Otto
Grote (A I 5, p. 139), quien se alegró de tener noticias suyas después de meses
sin saber nada. Tras felicitarle por haber demostrado el origen común de las
Casas de Brunswick y Este, Grote le urgía a regresar a Hannover, pues el duque
quería producir una ópera sobre la Historia de Enrique el León y su presencia y
asesoramiento podían ser esenciales (A 1 5, pp. 138-40).
Leibniz dejó Münich a finales de abril y se dirigió a Passau, donde embarcó
para seguir Danubio abajo. Pasó por Linz el 5 de mayo y tres días más tarde
llegaba a Viena.
§. Viena
Nada más llegar a Viena, Leibniz hizo una visita al consejero privado y
embajador de Hannover y Celle, Christoph von Weselow, a quien ofreció
asistencia jurídica en la reclamación del Ducado de Friesland del este a favor
de Brunswick-Lüneburgo —que se oponía a la presentada por Brandeburgo. Leibniz
pudo presentar pruebas documentales —en el pasado, miembros de la Casa habían
gobernado en Friesland por línea sucesoria femenina— que apoyaban la
reclamación que Weselow ya había presentado en Hannover sin resultado alguno (A
I 5, pp. 142-3). El 30 de mayo informaba a Sofía de que la princesa de
Friesland del este, Cristina Carlota de Württemberg, había tenido una audiencia
con la emperatriz y Weselow confiaba en una resolución favorable (K 7, p. 18).
En carta a Otto Grote (A I 5, pp. 143-5) Leibniz informaba de que, de camino a
Viena, había visto varios monasterios fundados por los antiguos Guelf cerca del
río Inn, así como documentos y estatutos antiguos pertenecientes a los
antepasados de la Casa de Bavaria. Puesto que Weselow no había podido ayudarle
debido a una artritis que le había hecho guardar cama, intentaría darse a
conocer al bibliotecario del emperador, Daniel Nessel, con el fin de lograr
acceso a los manuscritos de la Biblioteca Imperial.
Tras admirar el tesoro del castillo, Leibniz hizo su primera visita a la
Biblioteca; allí pudo ver una biblia alemana escrita en pergamino por orden del
rey Wenceslao de Bohemia; una biblia latina luterana con anotaciones en latín y
alemán, y dos volúmenes de matemáticas en chino con numerosas figuras impresas
sobre seda (RJ, ff. 17r-19r). A finales de mayo, el príncipe Carlos Felipe, que
había combatido contra los turcos como oficial al servicio del emperador, llegó
a Viena con una carta para Leibniz de su madre, la duquesa Sofía (K 7, pp.
14-16). En su respuesta (K 7, pp. 16-19), Leibniz comentaba la situación política
y el despliegue de los ejércitos contra los turcos. En un tono más personal
expresaba su deseo de que el bebé que su hija Sofía Carlota esperaba para julio
diera a Brandeburgo un nuevo príncipe elector. Finalmente, confiaba a la
duquesa su intención de visitar durante dos o tres días al obispo de
Wiener-Neustadt, Cristóbal de Rojas y Spínola, quien creía que se alegraría de
verle.
Leibniz partió hacia Wiener-Neustadt y su cita con Rojas el martes después de
Pentecostés. Por primera vez pudo ver la extensa correspondencia que el obispo
había mantenido con motivo de la reunificación de la Iglesia, que incluía
documentos auténticos que mostraban con claridad que el papa, algunos
cardenales, el general de los jesuitas y el maestro de Palacio (tradicionalmente,
un dominico que se ocupaba de la censura de libros y doctrinas) habían aprobado
sus planes y negociaciones (A I 5, pp. 676-7). Al mismo tiempo que informaba a
Sofía de su visita a Wiener-Neustadt (K 7, pp. 37-40), Leibniz enviaba una
copia de la carta que, sobre este tema, el general de los jesuitas había
dirigido al confesor del emperador en 1684 (K 7, pp. 40-1) y defendía a Rojas
contra las críticas que había oído de que, después de haberse asegurado ciertas
ventajas terrenales, había abandonado su piadoso designio. Leibniz aseguraba a
la duquesa que, por el contrario, Rojas esperaba con impaciencia poder manejar
de nuevo los hilos de las negociaciones, tan pronto como hubiera de nuevo
perspectivas de éxito. De hecho, ese momento parecía haber llegado; pues
Bossuet había informado a Rojas de que el rey de Francia no se opondría a sus
planes y tanto el papa como el emperador se encontraban favorablemente
predispuestos ante la idea, mientras que los teólogos de Hannover ya habían
mostrado entusiasmo. La duquesa sería de enorme ayuda si usaba su influencia
para obtener el apoyo de Berlín, que ya había dado a conocer su desacuerdo por
mediación del difunto conde de Ravenac. El obispo y Leibniz aunaron esfuerzos
para conseguir la ayuda de Sofía. El propio Rojas escribió a Sofía y unto Rojas
como Leibniz incluyeron copias para Sofía en las cartas que escribieron a
Molanus. Leibniz informó también al landgrave Ernesto (A I 5, pp. 174-86) de lo
que había visto en su visita a Wiener-Neustadt.
En carta escrita desde Berlín el 24 de agosto de 1688 (K 7, pp. 44-5), donde
había ¡do para asistir al bautizo de su nieto —el príncipe elector nacido de su
hija Sofía Carlota en julio—, Sofía hacía saber a Leibniz que el estado de
ánimo en Berlín en ese momento no era proclive a considerar seriamente el
asunto de la reconciliación de las religiones. Acababa de tener lugar un
costoso funeral en memoria del anterior elector y la ciudad estaba llena de
refugiados hugonotes que exclamaban «anatema» cuando oían mencionar a Roma. Recordaba
a Leibniz que, incluso en la fórmula que a modo de oración se recitaba en la
iglesia, daban gracias a Dios por librarles de la ceguera papal. No obstante,
había hablado con su yerno, el elector de Sajonia; con el príncipe de Anhalt
(que no pasaba por ser un gran teólogo) y con dos ministros sobre el tema y
ninguno había objetado nada. Por supuesto, tampoco habían mostrado mucho
entusiasmo. Sofía recordaba a Leibniz la sugerencia de Molanus de que debería
haber primero una reconciliación entre católicos y luteranos antes de que se
acometiera la tarea, aún más difícil, de una reunificación entre todos los
protestantes. En la respuesta de él a esta carta (K 7, pp. 46-7), Leibniz
felicitaba a Sofía (también escribió a Sofía Carlota (K 7, p. 48)) por el nacimiento
del príncipe, y añadía que confiaba en poder estar en Hannover a finales de
año.
Declaró la guerra al Imperio, con el pretexto de que el emperador tenía el
propósito de firmar la paz con los turcos con el fin de atacar a Francia. Esto
marcó el comienzo de la guerra de la Liga de Augsburgo, una alianza defensiva
contra Francia. En carta a Leibniz del 16 de septiembre (K 7, pp. 49-50), Sofía
afirmaba que tenía la esperanza de que el príncipe de Orange se embarcara
pronto con alguna flota formidable para salir en defensa de la religión
reformada en Inglaterra. Mientras tanto, los duques de Celle y Wolfenbüttel y
el elector de Brandeburgo enviaban sus ejércitos a Holanda para hacer frente al
peligro de un ataque de Francia. Añadía que en Holanda se tenía la esperanza de
que el emperador firmara la paz con los turcos y quedara así con las manos
libres para ocuparse de Francia. Estos acontecimientos políticos no hicieron,
sin embargo, disminuir los esfuerzos en pro de la reunificación de las
Iglesias. Sofía decía a Leibniz que ya había contestado a Rojas, quien sin duda
le mostraría esta carta.
A lo largo del invierno, Leibniz mantuvo informada a Sofía de la situación
política en Viena. Pensaba (K 7, pp. 50-2) que el emperador continuaría
haciendo retroceder a los turcos mientras fuera posible, aunque un emisario
turco se encontraba ya de camino a Viena. En cuanto a las negociaciones con
Rojas, pensaba que los príncipes protestantes serían dignos de censura si no
sabían aprovechar la buena disposición del papa y del emperador para garantizar
lo que ellos mismos deberían buscar con entusiasmo. Porque ellos tenían todo
que ganar y nada que perder, mientras que los príncipes católicos tenían pocos
motivos para implicarse en el asunto. Sofía, a su vez, mantuvo informado a
Leibniz de los acontecimientos políticos que tenían lugar en el norte. En carta
del 4 de noviembre le decía que Guillermo de Orange había partido a finales de
octubre con cincuenta barcos en dirección a Inglaterra. Tiempo atrás, ella
misma había enviado a Inglaterra los acuerdos de Hannover concernientes a la
reunificación; pero no le sorprendía que no hubieran sido bien recibidos,
habida cuenta del conflicto religioso que se vivía. Con una visión más realista
sobre el tema de la que Leibniz tenía, le advertía que ese no era el momento
más oportuno para proseguir con el plan de Rojas.
Precisamente por mediación de Rojas, Leibniz pudo ser presentado a los
funcionarios de la Corte Imperial, en especial al canciller Theodor Althet
Heinrich von Strattmann —quien en 1669 había sido el responsable de hacer
imprimir su folleto sobre la elección del rey polaco (A 1 5, p. XXXVIII)— y al
conde Gottlieb Amadeus von Windischgrätz, que después sería vicecanciller. A su
regreso a Viena proveniente de Wiener-Neustadt a mediados de junio de 1688,
obtuvo permiso para hacer uso de la Biblioteca imperial. Pidió de una sola vez
un préstamo de más de treinta manuscritos, que confirmaban —entre otras cosas—
lo que ya había encontrado en Augsburgo sobre los orígenes de la Casa de
Brunswick-Lüneburgo (A I 5, pp. 232-4).
Mientras tanto, el vicearchivero de Hannover, Georg Michael Backmeister, le
envió notificación del traslado de la Biblioteca Ducal y de sus propias
pertenencias privadas a una casa en la ciudad, a fin de poder demoler el
edificio y dejar espacio para una nueva Casa de la Opera. Le aseguraba que su
asistente anterior, Balthasar Reimers, había supervisado el traslado, poniendo
un cuidado especial en el de sus pertenencias personales.
Leibniz encontró también en la Biblioteca Imperial algunos manuscritos sobre la
Lorena. Presentó una descripción a Claude François de Canon, ministro del duque
Carlos de Lorena, cuya reclamación quería apoyar con documentos (A I 5, pp.
206-7). Al verse expulsado de sus tierras por los franceses, el duque se había
refugiado junto al emperador, a quien Leibniz también habló acerca de los
materiales que había encontrado en la Lorena (A 15, pp. 271-4).
En septiembre Leibniz tuvo la oportunidad de conocer a algunos delegados de los
pueblos mineros húngaros, en particular de Schemnitz, que se encontraban de
visita en Viena, y de conocer por ellos detalles de la minería de su país. Hizo
planes para visitar Hungría, con el fin de ver las minas por sí mismo (A I 5,
pp. 233, 251), pero una enfermedad se lo impidió (A I 7, p. 354). Supo que los
húngaros querían comprar el plomo del Harz, porque los polacos, de quienes
obtenían previamente lo necesario, habían subido el precio. Informó de esto a
Otto Grote (A I 5, pp. 232-4) como una posibilidad comercial de interés para
Hannover y ofreció consejo acerca de un transporte por agua que sería más
económico.
En la segunda mitad de septiembre (MK, p. 91), Leibniz y Crafft —que había
llegado a Viena el mes anterior (A I 5, pp. 205, 208) visitaron Wiener-Neustadt
para ver a su común amigo Rojas, y sin duda aprovecharon la oportunidad para
discutir las propuestas que Leibniz quería presentar al emperador, en
particular las relativas a la acuñación de moneda y la industria textil.
Inmediatamente después de esta visita, Leibniz elaboró un manuscrito sobre el
movimiento en medios resistentes que pasó a formar parte fundamental del
artículo publicado en las Acta Eruditorum a comienzos del siguiente año (LH 35,
IX, 5, ff.22-5). A finales de octubre consiguió ver cumplida una ambición de
veinte años, cuando se le concedió audiencia con el emperador (A I 5, p. 270).
Presentó entonces una serie de propuestas desarrolladas en varios memoranda.
Incluían el proyecto de un Colegio Imperial de Historia (A 1 5, pp. 277-80), la
reforma de la moneda, la reorganización de la economía, la mejora del comercio
y la manufactura textil, la creación de un fondo para seguros y de impuestos
sobre vestidos de lujo (algo que ya estaba en marcha en Hannover), la fundación
de un Archivo Estatal central, la firma de un Concordato de Estado y la
creación de una biblioteca de referencia general (A I 5, pp. 339-43). Un poco
más tarde presentó otra propuesta para el alumbrado de las calles de Viena con
lámparas de aceite (utilizando aceite de colza), que Crafft pondría en marcha
(A 1 5, pp. 391-2).
Durante los meses de noviembre y diciembre Leibniz estuvo enfermo, con lo que
describió como el catarro más grave que había tenido en toda su vida. Se le
presentó con dolores de cabeza y toses, que se agravaban cuando se aventuraba a
salir al aire frío, y pérdida de apetito, lo que le dejó muy débil. Gracias a
la consideración del bibliotecario Daniel von Nessel, sin embargo, pudo
utilizar libros y manuscritos e incluso el catálogo de la Biblioteca Imperial
en su habitación del «Steyner-Hof» (A I 5, pp. 314-15, 348-50). En carta a Otto
Grote del 30 de diciembre (A I 5, pp. 325-6) señalaba que, debido a su
enfermedad, tenía que abandonar su proyecto de visitar las minas húngaras y no
pensaba más que en su viaje de regreso a Hannover. En carta a la duquesa Sofía
en la que confirmaba que su hijo Federico Augusto había sido ascendido a mayor
general de la Armada Imperial, afirmaba que, de no haber sido por su
enfermedad, se encontraría ya de camino a casa (K 7, p. 62).
A comienzos de enero de 1689, justo antes de que decidiera volver a Hannover,
Leibniz discutió con el consejero privado imperial Gottlieb Amadeus von
Windischgrätz (A I 5, p. 344) la propuesta de un nuevo concordato entre el papa
y el emperador acerca de la elección de príncipes eclesiásticos y otros
prelados imperiales y escribió un memorándum para él sobre el tema (A I 5, pp.
308-5). Pero a mediados de mes tuvo que cambiar de planes súbitamente al
recibir una contestación del embajador de Brunswick-Lüneburgo en Venecia,
Francesco de Floramonti, a su solicitud de ser introducido en la Corte de
Módena; se le informaba de que el duque Francisco II le daba permiso para
utilizar sus archivos en las investigaciones históricas y genealógicas que llevaba
a cabo. En carta a Otto Grote del 20 de enero explicaba este cambio de planes y
afirmaba que viajaría a Italia tan pronto como le fuera posible, tomando el
camino directo a Venecia y marchando desde allí a Módena (A I 5, pp. 360-2).
Explicaba a Grote que, cuando aún estaba en Augsburgo, había pedido ayuda a
Floramonti y el embajador había consultado a su vez con el conde Dragoni, que
hizo por Leibniz un viaje especial a Módena. Al transcurrir varios meses sin
recibir respuesta de Dragoni, Floramonti y Leibniz lo habían interpretado como
un rechazo tácito; por ello, la carta que Leibniz había recibido era una
agradable sorpresa. Explicaba a Grote que, puesto que recibir respuesta de
Hannover supondría cinco semanas por lo menos, y dado que estaba seguro de que
el duque aprobaría su plan, había decidido partir hacia Italia tan pronto como
fuera posible con el fin de no perder tiempo en Viena. Creía que aún
necesitaría una semana más antes de encontrarse lo suficientemente bien como
para poder viajar.
Hubieron de pasar casi tres semanas antes de que dejara Viena y emprendiera
viaje hacia el sur, tras escribir antes a la duquesa Sofía y a Von dem Bussche.
El 5 de febrero comunicó al ministro del duque (A I 5, pp. 392-7) que partiría
tres días después, porque tenía que darse prisa para cruzar los Alpes antes de
que la nieve se derritiera y el camino quedara embarrado. El principal motivo
de su carta a Bussche, sin embargo, era informar de sus conversaciones
políticas confidenciales con el conde Windischgrätz acerca de las relaciones de
desconfianza entre Hannover y Viena. Antes de su llegada a Viena, Sofía le
había advertido que, a causa de la alianza que había existido entre Hannover y
Francia durante muchos años, pudiera ser que no se le recibiera en forma amistosa
(K 7, p. 15). De hecho, pronto se ganó la confianza de los ministros de Viena y
aseguraba a Sofía (K 7, p. 18) que algunos veían esa alianza como una forma de
neutralidad que tendía a reforzar la paz, mientras que el Imperio quedaría en
deuda con la alianza si esta contribuía a recuperar Holstein de manos danesas.
En la nueva situación creada por la invasión francesa del Palatinado y la
declaración de guerra contra el Imperio, existía la necesidad de mejorar el
entendimiento entre Hannover y Viena. Windischgrätz opinaba, decía Leibniz a
Von dem Bussche, que el secretismo de Hannover, cuyas intenciones había que
adivinar, había hecho que las sospechas aumentaran; otros príncipes, en cambio,
comunicaban sus intenciones al emperador y le permitían acordar con ellos las
operaciones de la campaña que estaba a punto de comenzar.
Junto con la carta a Sofía (A I 5, pp. 366-7) Leibniz enviaba copia de una
carta de Rojas sobre el asunto de la reunificación. Pidió a Sofía que hablara
de ello al duque y que intentara con él comunicar la idea a Brandeburgo, como
si partiera de ellos y no de Rojas. Aunque no estaba de acuerdo con todo lo que
Rojas había dicho, Leibniz creía que su plan era razonable y útil. En su
respuesta (A 7, pp. 68-9), ella manifestaba su desilusión por el hecho de que
él, en lugar de regresar a casa a escuchar la ópera de Enrique el León, se
fuera más lejos a buscar el origen de la Casa de Brunswick, para que «los que
vienen detrás de nosotros no tengan que buscar el nuestro». Evidentemente, Sofía
no se tomaba esos temas tan en serio como Leibniz. Tras confesar que tenía
dificultad para recordar los nombres de los héroes de la historia, le decía que
se sentía inclinada a pensar, como Salomón, que todo es vanidad. Por otra
parte, la empresa de Rojas era laudable y sus razonamientos admirables, pero
nadie, según veía, se tomaba la molestia de razonar o de atender a razones. Con
respecto a ese asunto creía necesario confiar en un suceso extraordinario, y
con un fino sentido del humor declaraba que, así como el Cristianismo había
llegado al mundo por mediación de una mujer, se sentiría inmensamente feliz si
la reunificación de las Iglesias se llevaba a cabo por mediación suya.
Tras un retraso de último minuto que se prolongó durante dos días Leibniz
partió hacia Italia el 10 de febrero de 1689, dirigiéndose en primer lugar a
Wiener-Neustadt donde Rojas le dio una carta de recomendación para el cardenal
Decio Azzolini de Roma (A I 5, pp. 682). Después continuó hasta Graz y Trieste,
visitando de camino en Idria la famosa mina de mercurio. Es probable que desde
Trieste viajara por barco a Venecia, donde llegó el 4 de marzo. Mientras se
encontraba realizando este viaje, se publicó en las Acta Eruditorum el artículo
sobre el movimiento planetario que había descrito como un elegante ejemplo de
su cálculo infinitesimal.
En Venecia, donde permaneció impaciente un mes a la espera de una carta del
conde Dragoni que le permitiera establecer contactos en Módena, Leibniz comenzó
a elaborar, casi de memoria, un catálogo de libros para su propuesta de una
biblioteca de referencia imperial en Viena (A I 5, pp. 428-62), catálogo que
finalizaría en unos pocos meses en el transcurso de sus viajes y que envió a
Strattmann.
Leibniz informó a Sophie (K 7, pp. 70-72) de que había visitado a su hijo, el
príncipe Maximiliano Guillermo y que, mientras esperaba noticias de la Corte de
Módena, quería visitar Roma, donde esperaba ver a la reina Cristina de Suecia;
porque, a pesar de los rumores sobre su muerte, tenía el placer de informar a
la duquesa de que se encontraba fuera de peligro. También comentaba a Sofía que
a su marcha de Viena no se sabía si el barón von Platen tenía que llegar. De
hecho, lo que se decía en Viena era que, con su marido el duque, uno nunca
sabía a qué atenerse, porque nunca comunicaba sus intenciones al emperador.
Leibniz añadía que, sin embargo, la llegada a Viena del gran mariscal, que
contaba con la confianza del duque y conocía sus asuntos secretos, daría lugar
a un mejor entendimiento entre el duque y el emperador.
§. Artículos sobre medios resistentes y el movimiento planetario
En carta a Otto Mencke (NC 3, pp. 3-5) que adjuntaba a los artículos que envió
para su publicación en las Acta Eruditorum, Leibniz explicaba las
circunstancias de su elaboración. Dado que sus viajes le habían mantenido
alejado de las nuevas publicaciones, era un grato placer recibir de un amigo
algunos números de las Acta Eruditorum; en uno de ellos había tropezado con la
recensión de los Principia de Newton (AE, junio 1688, pp. 303-15). Tres
cuestiones habían llamado en particular su atención y constituían los temas de
sus artículos. El primero era el problema de las trayectorias ópticas, en
relación con el cual hacía tiempo que contaba con métodos propios muy
elegantes. El segundo era el problema de la resistencia ofrecida por un medio,
un tema sobre el cual había presentado algunos resultados ante la Academia Real
de Ciencias de París doce años antes. El tercero era una rápida improvisación
relativa a las causas del movimiento planetario, que la lectura de la obra de
Newton le había movido a publicar aunque otras ocupaciones le impidieran llevar
a cabo la comparación más cuidadosa de teoría y observación que tenía en mente.
Como ilustración de sus métodos relativos a trayectorias ópticas Leibniz daba
la solución de un problema de catóptrica, para lo que hacía uso del principio
que Tschirnhaus había publicado en las Acta Eruditorum de 1682. El segundo
artículo; «Schediasma de resistentia medii, & motu projectorum gravium ¡n
medio resistente» (Ensayos sobre la resistencia del medio y el movimiento de
proyectiles pesados en un medio resistente), era más sustancial e incorporaba
los resultados que había investigado en París. Algunos de los resultados
enunciados en relación con este tema aparecen en un manuscrito fechado en
«Hyeme, 1675» (Hess 1978, pp. 206-10).
En la introducción al artículo publicado en las Acta Eruditorum Leibniz
observaba que, aunque Galileo y sus seguidores habían despreciado la
resistencia del medio, una teoría que quisiera ser de utilidad en balística
debía tomar en cuenta esta resistencia. Sugería además que el cálculo
diferencial podía representar una ayuda de incalculable valor en la
construcción de esa teoría. En el artículo publicado únicamente se dan los
resultados, si bien el detalle de las derivaciones, con la correspondiente
aplicación de los principios y notaciones del cálculo, se conservan en un
manuscrito (Aitón 1972a). La resistencia, según Leibniz, era de dos tipos:
absoluta y relativa. La resistencia absoluta surge del roce del fluido contra
el sólido y es similar a la fricción que tiene lugar entre superficies sólidas.
Consiste en una fuerza entre el cuerpo y las partículas individuales del fluido
que es independiente de la velocidad. El efecto dinámico de la resistencia
absoluta —es decir, la reducción en la velocidad a que da lugar el rozamiento
del chorro de partículas— es proporcional al número de partículas encontradas
y, por consiguiente, a la distancia atravesada. En elementos de tiempo iguales,
el efecto de la resistencia absoluta es por tanto proporcional a la velocidad.
La resistencia relativa surge del impacto del fluido contra el cuerpo. La
fuerza del impacto contra el cuerpo de las partículas individuales es
proporcional a la densidad y a la velocidad; pero también aquí el efecto del
impacto de un chorro de partículas es proporcional al número de partículas
encontradas, es decir, al elemento de distancia atravesada. En elementos de
tiempo iguales, el efecto de la resistencia relativa es por tanto proporcional
al cuadrado de la velocidad.
Aunque Leibniz creía que las resistencias absoluta y relativa actúan juntas,
consideraba que un estudio conjunto era demasiado complejo y se limitó a
estudiar el movimiento de cuerpos sometidos sólo a una de ellas. En el caso de
la resistencia absoluta —es decir, de una resistencia proporcional a la
velocidad— consiguió determinar la ecuación de la trayectoria, por el
procedimiento de encontrar en primer lugar los movimientos horizontal y
vertical y combinar después estas dos componentes. Utilizando un razonamiento
similar intentó determinar la trayectoria en el caso de una resistencia
relativa —es decir, una resistencia proporcional al cuadrado de la velocidad—;
pero el resultado era erróneo, como Huygens le hizo notar, pues había supuesto
equivocadamente que, dadas las componentes horizontal y vertical del
movimiento, las resistencias podían tomarse proporcionales respectivamente a
los cuadrados de las componentes vertical y horizontal de la velocidad.
Probablemente este desliz, del que se dio cuenta tan pronto como se lo
señalaron, fue el resultado de las circunstancias de su vida en Viena por la
época en que escribía el trabajo.
En el artículo «Tentamen de motuum coelestium causis» (Ensayo relativo a las
causas de los movimientos de los cuerpos celestes) (GM 6, pp. 144-61), Leibniz
explicaba el movimiento planetario como efecto de la acción de tres fuerzas.
Suponía, en primer lugar, que el planeta se ve arrastrado por un vórtice
armónico cuyo centro está en el sol; es decir, un vórtice en el cual los
distintos estratos giran con rapideces inversamente proporcionales a sus
distancias al centro. El nombre hace referencia a la propiedad de que, si se
toman las distancias al centro en progresión aritmética, las rapideces de los
estratos se encuentran en progresión armónica. Mientras gira con el vórtice, el
planeta se mueve arriba y abajo a lo largo del radio vector en rotación debido
a la acción combinada de dos fuerzas contrarias: una fuerza centrífuga
producida por el movimiento de rotación del planeta con el vórtice y una fuerza
de gravitación hacia el sol; Leibniz pensaba que ésta estaba causada, a
semejanza de la atracción magnética, por las impulsiones de los fluidos.
A partir de la propiedad definitoria de los vórtices armónicos concluía que,
fuera cual fuese la ley de atracción, las áreas de los sectores barridos por el
planeta eran necesariamente proporcionales al tiempo, de acuerdo con la ley que
Kepler había establecido empíricamente. Al calcular la fuerza centrífuga
Leibniz cometió un error, pues tomó el efecto realizado por la fuerza en un
elemento infinitesimal de tiempo como si fuera un movimiento uniforme desde la
curva hasta la tangente dibujada por el punto precedente, en lugar de tomarlo
como un movimiento uniformemente acelerado. El error salió a la luz en 1704
como resultado de la correspondencia que mantuvo con Pierre Varignon; Leibniz
se dio cuenta entonces de que había subestimado la fuerza en un factor de dos.
Figura 6.1. Copia del diagrama de Leibniz aparecido en las Acta Eruditorum.
En
la concepción de Leibniz, del efecto ejercido por la fuerza centrífuga sobre un
cuerpo moviéndose sobre el arco circular M1P en el elemento de
tiempo dt (figura 6.1) resultaba el movimiento uniforme VP. Por tanto, la
fuerza centrífuga podía venir expresada como VP, o bien, como se sigue de la
geometría de la figura, por PN o D1T1. Pero en el vórtice
armónico se tiene r2dv = hdt, donde h es una constante, de tal modo
que el arco M2T1 = rdv = hdt/r, donde r = AM2.
Entonces, M2D1= arc M2T1,
aproximadamente.
Asimismo, D1T1 = (M2D1) 2/2r,
aproximadamente. Por tanto, la medida de la fuerza centrífuga D1T1 puede
tomarse como (h2/2r 3)dt2.
Esto significa que, en un vórtice armónico, la fuerza centrífuga engendrada por
el movimiento circular es inversamente proporcional al cubo de la distancia
desde el centro.
Existían dos estrategias para descomponer un elemento del movimiento del
planeta sobre su órbita en sus componentes. El elemento infinitesimal M 2M3puede
verse como compuesto por el movimiento inercial M2L y el movimiento
LM3que resulta de una nueva impresión de la gravedad, o bien,
alternativamente, como compuesto por el movimiento circular D2M3 (en
sentido estricto, T2M3) y el movimiento radial M2D 2 (en
sentido estricto, M2T2) ya adquirido.
Leibniz creía que la primera solución era puramente hipotética, pues
representaba lo que ocurriría en ausencia del vórtice armónico y, por tanto,
cuando la solicitación de la gravedad (como la llamaba) fuera la única causa
del alejamiento del camino inercial instantáneo. Por consiguiente, esta
solución permitía calcular el efecto de la gravedad. Importa observar que el
movimiento LM3 que resulta del efecto de la gravedad tenía
lugar a lo largo de una línea fijada que coincidía de forma instantánea con el
radio vector en rotación.
No entraban en juego ninguna rotación ni, por consiguiente, ninguna fuerza
centrifuga. La segunda solución representaba lo que ocurría realmente, pues
Leibniz suponía que el planeta era movido transversalmente por el vórtice
armónico y simultáneamente a lo largo del radio vector por la acción combinada
de la fuerza centrífuga (producida por el movimiento circular) y la solicitación
de la gravedad.
En notas manuscritas que Leibniz escribió como borrador preparatorio del
ensayo, la «tangente» M2L aparece descrita como igual y paralela a M1M2 (LH
35, X, 1, f.17r).
Es decir, la «tangente» se toma como la prolongación de la cuerda M 1M2.
Al parecer, Leibniz representaba de hecho la órbita planetaria mediante un
polígono de lados infinitesimales, suponiendo, por ejemplo, que el planeta se
veía alejado de la cuerda M1M2 y llevado hasta la
cuerda M2M 3 por la acción de un impulso
instantáneo que actuaba sobre el punto M2.
Figura 6.2. Interpretación del diagrama de Leibniz.
Esta
interpretación se ve corroborada por un diagrama manuscrito (LH 35, X, 1,
f.16r) y permite resolver además el enigma de varios errores aparentemente
triviales, pero incomprensibles, que aparecen en el ensayo. La figura 6.2 sirve
para aclarar la intención de Leibniz. El movimiento sobre la cuerda M1M3 (que
representa el movimiento sobre el arco M2M3) está
compuesto por un movimiento uniforme sobre la «tangente» M2L (vista
como una prolongación de la cuerda M1M2) y un movimiento
uniforme sobre LM 3.
Aunque esta representación del movimiento sobre una curva permite calcular la
fuerza centrípeta requerida, no escapa a una posible objeción que Leibniz nunca
llegó a ver.
Pues la diferencia entre la cuerda y el arco en medio del elemento
infinitesimal de tiempo es del mismo orden de magnitud que la línea que
representa la fuerza. El principio de Leibniz de que todos los movimientos
están compuestos de movimientos rectilíneos uniformes (GM 6, p. 502) es
verdadero, pero en ese caso la curva debe venir representada por un polígono
cuyos lados son infinitesimales de segundo orden.
Para calcular la aceleración del planeta a lo largo del radio vector en
rotación, Leibniz procede como sigue. A partir de M1 y M3 (figura
6.2) se construyen M1N y M3D 2 perpendiculares
a AM2 y M3G paralelo a LM2.
Más tarde explicó a Huygens que el impresor había omitido la letra G del
diagrama (figura 6.1) pero que su posición estaba indicada en el texto. De la
ley de áreas de Kepler se sigue que M1N = M3D2,
de forma que los triángulos M1NM2y M 3D2G
(figura 6.2) son congruentes. La diferencia entre los radios AM1 y
AM2, entonces, es PM 2 = NM2 +
NP = GD2 + NP, y la diferencia de los radios AM2 y
AM3 es T2M2 = M2G + GD2 —
D2T2. Por consiguiente, la diferencia de diferencias PM2 —
T2M2 = ddr = NP + D2T2 -
M2G = 2D 2T2 — M2 G,
pues al despreciar las terceras diferencias se tiene NP = D2T2.
Puesto que D2T2 representa la fuerza centrífuga y
M 2G (= LM3) la solicitación de la gravedad, el
resultado puede expresarse como ddr = 2 veces la fuerza centrífuga — la
gravedad. Al sustituir el valor de la fuerza centrífuga que ya se ha
determinado, lo anterior se convierte en
Suponiendo
que la órbita del planeta es una elipse con el sol en uno de sus focos, de la
geometría de la elipse deduce, aplicando las leyes de derivación que había
enunciado en el artículo de 1684, que
donde
a es el eje recto de la elipse. Comparando este resultado con el anterior se
sigue que, en el caso de una órbita elíptica, el efecto de la gravedad, M2G2 es
igual a
de
forma que la atracción es inversamente proporcional al cuadrado de la
distancia. El cálculo es correcto. Leibniz se equivoca únicamente al suponer
que (h2/r3)dt2 representa el efecto de
dos veces la fuerza centrífuga causada por el movimiento circular, en vez de
esa misma fuerza tomada sólo una vez.
Aún permanecía por resolver el problema del movimiento de los distintos
planetas según la tercera ley de Kepler y de una explicación detallada de la
gravedad como efecto de las impulsiones de los fluidos. Leibniz prometía tratar
estas cuestiones en un artículo separado (véase Aiton 1972b, 1984).
§. Roma
Desde Venecia, Leibniz viajó a lo largo de la costa como único pasajero de un
barco pequeño. Más tarde contó una interesante historia sobre esta travesía
(MK, p. 95). Al estallar una tormenta, los marineros, creyendo que no entendía
su lengua, se pusieron de acuerdo para arrojarle por la borda y repartirse sus
posesiones. Sin dejarles ver que les había entendido, Leibniz sacó un rosario
que llevaba consigo y fingió que rezaba. Esto hizo que uno de los marineros, al
darse cuenta de que el pasajero no era un hereje, convenciese a los otros de
que no debían matarle. Lina vez en Ferrara, viajó en el coche de postas a
través de Bolonia y Loreto hasta Roma, donde llegó el 14 de abril de 1689.
Pocos días después la reina Cristina de Suecia moría inesperadamente y, casi
simultáneamente, lo hacía el cardenal Azzolini, para quien Rojas le había
entregado una carta de presentación, lo que le impidió tener acceso a la
colección de manuscritos de la reina.
El 24 de abril Leibniz dirigió una carta a Melchisedech Thevenot (A I 5, pp.
680-1), bibliotecario real en París, en la que lamentaba que las cambiantes
circunstancias políticas de los últimos meses hubiesen puesto fin a su deseo de
visitar Francia y hacer ver a su amigo que no había dejado de trabajar en
ciencia y matemáticas. Sin embargo, en ocasiones había aprovechado la soledad
de las posadas para elaborar ideas que previamente había esbozado. Hacía
referencia a dos en particular. Afirmaba, en primer lugar, haber descubierto un
método general para resolver ecuaciones de hasta quinto grado (cuyos
fundamentos había explicado a Huygens), aunque los cálculos eran complicados y
tediosos. El otro descubrimiento al que hacía referencia era el de la causa de
las leyes del movimiento de los planetas, para lo que suponía que éstos se ven
arrastrados por un cielo fluido —de manera semejante a como las corrientes
marinas arrastran a los bajeles.
Con respecto a sus proyectos inmediatos, Leibniz decía a Thevenot que pensaba
hacer una visita breve a Nápoles antes del calor del verano y luego regresaría
a Roma, donde permanecería algunos meses antes de continuar hasta Florencia y
Módena. Antes de partir hacia Nápoles mantuvo algunas conversaciones en Roma
con el astrónomo Adrien Auzout, miembro fundador de la Academia de Ciencias de
París, y redactó unas líneas para el biógrafo de Descartes sobre la vida y la
obra del filósofo francés (GP 4, pp. 310-15).
Leibniz pasó alrededor de una semana en Nápoles, donde subió al Monte Vesubio y
conoció a algunos juristas y al historiador Lorenzo Crasso, con cuya mediación
pudo acceder a los Archivos Reales —donde vio manuscritos sobre la historia del
duque del siglo XIV Otto de Brunswick, casado con la reina Juana de Nápoles—
antes de regresar a Roma en la segunda mitad de mayo.
Durante el verano Leibniz conoció al misionero jesuita Claudio Filippo
Grimaldi, quien se encontraba de visita en Roma antes de regresar a Pekín como
presidente de la Oficina China de Matemáticas como sucesor de Ferdinand
Verbiest. Leibniz pudo discutir con Grimaldi asuntos relativos al intercambio
cultural entre Europa y China, y elaboró una lista de preguntas con la
esperanza de recibir información concerniente al lenguaje, grupos étnicos y
estado de la tecnología en China. Mostró un particular interés por los intentos
de los jesuitas de llegar a China por tierra. Más tarde, en el prólogo de su
Novissima Sínica, repitió lo que Grimaldi le había contado en Roma. Verbiest
impartía al emperador chino, príncipes, familiares y altos funcionarios, en el
palacio, una clase de tres o cuatro horas diarias sobre métodos matemáticos y
obras de matemáticas. El emperador entendía a Euclides y, con ayuda de la
geometría, podía calcular los movimientos de lo que aparecía en el cielo.
En varias ocasiones, durante su estancia en Roma, Leibniz visitó la Biblioteca
vaticana, donde vio muchos documentos diplomáticos y crónicas que incluían
información sobre la reina Juana de Nápoles (A I 5, p. 665). El cardenal
Casanata le invitó incluso a convertirse en custodio de la Biblioteca (cargo
que usualmente ostentaba algún cardenal); pero Leibniz declinó el cambio de
religión requerido y la idea quedó en nada. De sus primeros contactos con la
Curia, Leibniz sacó la impresión de que mostraban una receptividad liberal
hacia la nueva ciencia. Pues algunos días, y a iniciativa del cardenal
Barbarigo, tenían lugar en el «Collegium propaganda fidei» discusiones entre
estudiosos en las que participó a menudo y que versaban sobre los temas de
investigación más reciente en el campo de la ciencia natural (A I 7, pp.
495-9).
El papa Inocencio XI, que había apoyado el proyecto de Rojas para la
reunificación de las Iglesias, murió el 12 de agosto. Dos meses antes, Leibniz
había mostrado su preocupación escribiendo para él una breve oración en verso.
Cuando el Cónclave se reunió para elegir sucesor, Leibniz entró en contacto con
algunos de los cardenales visitantes, en particular con los franceses, y tras
la elección del 16 de octubre, sin duda con la esperanza de que continuara la
política de reunificación, felicitó al nuevo papa Alejandro VIII con un largo
poema (A I 5, pp. 477-83).
Mientras, Leibniz fue elegido en Roma miembro de la Academia físico-matemática.
Junto al astrónomo Adrien Auzout ya mencionado, conoció al fundador Giovanni
Giusti Ciampini y a otros miembros, entre ellos a Francesco Bianchini y a
Giovanni Battista del Palagio. Con Ciampini compartía el interés por la
cronología. Por mediación de Palagio conoció al jansenista Amable de Tourreil,
que le fue presentado bajo el seudónimo de Antonio Alberti. Este jansenista
escribió al landgrave Ernesto para decirle que era la filosofía y la
inteligencia de Leibniz lo que le mantenía indiferente ante la religión y que
algunas de las cosas que había visto en Roma no le iban a conducir a la Iglesia
verdadera (A 1 5, pp. 686-7). Quizá tenía en mente experiencias como la visita
de Leibniz a las catacumbas, donde el secretario del papa, Rafael Fabretti, le
había mostrado frascos que contenían la sangre de los mártires. Otro jansenista
confidente del landgrave Ernesto, Louis-Paul de Vaucel, que vivía en Italia
bajo el seudónimo de Dubois, también observó a Leibniz desde lejos e informó a
Rheinfels.
Los encuentros de Leibniz con los miembros de la Academia dieron lugar a su diálogo
«Phoranomus seu de potentia et legibus naturae», que incluye un prólogo en
defensa de la teoría copernicana. Fue probablemente poco después de elaborar
este diálogo cuando Leibniz leyó por primera vez los Principia de Newton. Las
anotaciones [43] hechas
en su propio ejemplar, que tratan de cuestiones relativas a las fuerzas
centrífuga y centrípeta, órbitas planetarias y medios resistentes —temas
principales de los artículos que escribió después de leer la recensión—,
sugieren que fueron escritas en Roma al mismo tiempo que comenzaba a redactar
su propio tratado sobre los fundamentos de la mecánica y las leyes del
movimiento (GP 4, p.412).
Poco después de su salida de Roma en la segunda mitad de noviembre, que tuvo
que retrasar por una ligera enfermedad, Leibniz consiguió por fin tener acceso
a los documentos de la reina Cristina de Suecia. Antigua alumna de Descartes,
había vivido en Roma durante treinta años y dejaba un rico legado de
manuscritos, monedas, pinturas y estatuas. Al salir en dirección a Florencia,
Leibniz llevaba consigo cartas de recomendación para Cosimo della Rena y
Vincenzo Viviani.
§. Tratado de dinámica
En su obra «Phoranomus» (foronomía o cinemática) [44] (Gerhardt
1888), Leibniz explica la manera en que su reflexión sobre el movimiento le
condujo a la formulación de una ciencia de la fuerza o acción, a la que llamó
dinámica. Desarrolló esta nueva ciencia de manera detallada en su obra Dynamica
de potentia et legibus naturae corporeae (Dinámica. Sobre la fuerza y las leyes
de los cuerpos naturales) (CM 6, pp. 281-514).
Leibniz explica en el «Phoranomus» que, cuando creía que la extensión y la
impenetrabilidad eran las únicas cualidades esenciales de los cuerpos, había
llegado a la conclusión de que era imposible que hubiera una inercia natural en
los cuerpos; por consiguiente, en el vacío, o en una superficie nivelada sin
resistencia, un cuerpo en reposo adquiriría la velocidad de otro cuerpo que
chocara contra él, por pequeño que este fuera. Pues la diferencia en cada
instante de tiempo entre un cuerpo en estado estacionario y un cuerpo en
movimiento consistía en que el cuerpo en movimiento poseía un cierto conatus o
tendencia a iniciar su recorrido (por decirlo, señalaba, en la expresión de
Erhard Weigel) y nada en el concepto de cuerpo parecía dar lugar a la
disminución de este conatus o impedir que el cuerpo en estado estacionario lo
recibiera.
Figura 6.3. Ejemplo de una de las anotaciones de Leibniz en su ejemplar de
los Principia de Newton. (Por cortesía del doctor E. A. Fellmann, Basilea.)
Naturalmente,
en el caso de un choque entre dos cuerpos en movimiento se produciría un
equilibrio parcial entre dos conatus contrarios y subsiguientemente una
disminución del movimiento. Una cinemática de este tipo, que no tomaba en
cuenta el tamaño o la masa de los cuerpos, no podía dar cuenta de la
resistencia inercia! de los cuerpos que la experiencia revelaba con claridad.
Lo que es más, no podían deducirse las leyes del choque porque el concepto de
cuerpo, definido en términos de extensión e impenetrabilidad, no podía contener
ni sus acciones futuras ni, en consecuencia, las leyes de su propio movimiento.
Por estas y otras razones, había llegado a la conclusión de que la naturaleza
de la materia aún no era suficientemente conocida y de que no se podría dar
cuenta de la fuerza de un cuerpo si no se suponía en el algo más que extensión
e impenetrabilidad. Ello le había llevado a introducir la fuerza como concepto
primitivo y a encontrar en el cálculo de las fuerzas, sujetas al principio
metafísico de que el efecto total es siempre igual a la causa total, un hilo de
Ariadna con el cual escapar del laberinto.
El largo tratado de la Dynamica está dividido en dos partes: dinámica abstracta
y dinámica concreta (una división similar a la utilizada en su obra anterior
Hypothesis physica nova), y organizado formalmente a la manera de Euclides,
como los Principia de Newton. En la introducción, Leibniz rechaza el principio
cartesiano de la conservación del movimiento como un error basado en la
confusión de los conceptos de fuerza y movimiento; vuelve a enunciar la
conclusión, que ya había publicado en su «Brevis demonstrado», de que la fuerza
activa de un cuerpo es proporcional al cuadrado de la velocidad. Este resultado
se prueba de cuatro formas diferentes. La primera demostración hace uso de la
ley de caída de Galileo como lema ya probado, junto al axioma de que la fuerza
necesaria para elevar 4 libras hasta 1 pie es la misma que la necesaria para
elevar 1 libra hasta 4 pies. El axioma de la imposibilidad de un movimiento
perpetuo y el axioma de que el centro de gravedad de un sistema de cuerpos no
puede elevarse por sí mismo proporcionan la base para otras dos demostraciones.
Finalmente, el resultado se prueba a priori a partir del concepto abstracto de
acción (GM 6, p. 346). Esta «acción» se mide no sólo por el efecto de la fuerza
activa de un cuerpo sino también por el vigor con el que este efecto se produce
(GM 6, p. 354). Por ejemplo, si un cuerpo se mueve sobre un plano horizontal
sin fricción, el efecto de su fuerza activa es la distancia que recorre en
movimiento (en un tiempo dado) y el vigor es la rapidez con que recorre esta
distancia. Supóngase que L es la acción de un cuerpo A, que recorre en
movimiento una distancia de 1 pie en 1 segundo; M la acción de un cuerpo B, que
recorre en movimiento una distancia de 2 pies en 2 segundos, y N la acción de
un cuerpo C, que recorre en movimiento una distancia de 2 pies en 1 segundo. Se
supone que los cuerpos tienen masas ¡guales. Entonces, N = 2M, puesto que el efecto
(distancia) es la misma en cada caso pero en C tiene lugar dos veces más rápido
que en B. Igualmente, M = 2L, ya que, aunque las velocidades son las mismas, el
efecto (distancia) es en B dos veces el de A. Consiguientemente, N = 4L, de
manera que la acción es proporcional al cuadrado de la velocidad. Puesto que la
acción es proporcional a la fuerza, se sigue que la fuerza de un cuerpo es
proporcional al cuadrado de la velocidad y, por tanto, a la altura a la cual un
cuerpo puede elevarse. En símbolos, para un cuerpo que se mueve con velocidad v
una distancia s a lo largo de un plano horizontal en un tiempo t,
acción
= msv = mvh.
Leibniz
se sentía especialmente satisfecho con esta demostración a priori de la
verdadera medida de la fuerza activa de un cuerpo, que previamente había
deducido a posteriori a partir de los fenómenos.
En la segunda parte de la Dynamica, Leibniz establece sus principios de
conservación de la fuerza activa total en el universo y de la igualdad de la
causa total y del efecto total; introduce además algunos principios dinámicos
nuevos relativos a las interacciones internas en un sistema de cuerpos y al
movimiento del sistema como un todo. En primer lugar distingue entre fuerza
absoluta, progresiva y relativa, cada una de las cuales supone que se conserva
en el mismo grado en el universo o en cada sistema aislado. La fuerza relativa
es aquella por la cual los miembros del sistema de cuerpos pueden interactuar
entre sí; la fuerza progresiva es aquella por la cual el sistema, considerado
como un todo, puede actuar externamente. De la conservación de la fuerza
relativa se sigue que el centro de gravedad del sistema no se ve afectado por
las interacciones internas, mientras que la conservación de la fuerza
progresiva implica, dicho en terminología moderna, la conservación del momento.
Tomadas conjuntamente, las fuerzas progresiva y relativa constituyen la fuerza
absoluta del sistema: es decir, mv1 (GM 6, p. 495).
§. Florencia y Módena
Durante varias semanas después de su llegada a Florencia a comienzos de
diciembre de 1689, Leibniz contó con el asesoramiento casi diario del
distinguido bibliotecario Antonio Magliabechi, a quien dio las gracias con un
poema (A I 5, pp. 485-7). A través de Cosimo della Rena, cuyos estudios
históricos se habían centrado en los príncipes de la Toscana, Leibniz supo que
un monje de Pisa, Teófilo Marchetti, había informado de la existencia de
documentos antiguos relativos a la historia de Este y de tumbas de duques
anteriores en el monasterio carmelitano de Vangadizza. Resultó ser una
información muy valiosa, porque en Módena no se sabía nada de ello (A I 5, pp.
665-6).
Con Vincenzo Viviani, el último alumno de Galileo, Leibniz discutió sobre
problemas matemáticos. Descubrió que Viviani admiraba profundamente el nuevo
método infinitesimal. Rudolf Christian von Bodenhausen, tutor de los hijos del
gran duque Cosimo III, quedó tan impresionado que se ofreció a escribir una
copia en limpio y a ocuparse de la impresión de la primera parte de la
Dynamica, que Leibniz había escrito en borrador en Roma; pero esto no tuvo
lugar finalmente. Cuando dejó Florencia en dirección a Bolonia el 22 de diciembre,
Leibniz llevaba consigo una cana de recomendación de Magliabechi para el médico
Domenico Guglielmini, quien le procuró la oportunidad de mantener largas
conversaciones con el anatomista Marcello Malpighi —cuya inteligencia y cultura
le impresionaron (A I 7, p. 353).
El 30 de diciembre, tras varios desvíos, Leibniz llegó por fin a Módena. Ese
mismo día escribió a Johann Friedrich Linsingen, que había sido chambelán del
duque Juan Federico y era en ese momento consejero privado imperial en Viena,
para presionar a favor de su propio nombramiento como consejero privado
imperial en el futuro (A I 5, pp. 495-6). Permaneció en Módena durante cinco
semanas, interrumpidas por un breve retorno de dos o tres días de visita a
Bolonia durante la segunda semana de enero. En una audiencia, el duque
Francisco II le prometió pleno apoyo en sus investigaciones históricas por
mediación de los funcionarios de la Corte. Hacia el final de su estancia
trabajó día y noche en actas y documentos (A I 7, p. 59) que incluían manuscritos
casi ininteligibles. La tensión a que sometió a su vista no fue en vano. Pues,
como informó al duque Ernesto Augusto (A 1 5, p. 666), había conseguido probar
de forma definitiva el vínculo auténtico entre las Casas de Brunswick y Este.
Regreso a Venecia
El 2 de febrero de 1690 Leibniz dejó Módena y al día siguiente llegaba a Parma,
donde conoció a Benedetto Bacchini, editor del Giomale de Letterati. Tras una
estancia de tres días con el conde Dragoni en Brescello, bajó en una amplia
barcaza por el río Po hasta Ferrara y desde allí hizo una excursión hasta el
monasterio carmelitano de Vangadizza, llamado La Badia, a fin de examinar los
documentos y tumbas de cuya existencia había sabido en Florencia. Además de las
tumbas de los antiguos margraves de Este encontró la de la condesa Kunigunde,
primera esposa del margrave Alberto Azzo 11, cuyo hijo Guelf IV (1070-1101) fue
duque de Baviera. La condesa Kunigunde era, por tanto, antepasada de la nueva
familia Guelf. Leibniz copió del códice su epitafio en pergamino: «Regula
monasteri Abbatiae Vangadiciensis» (A I 6, p. 343). Pocos días después de esta
fértil visita a Vangadizza regresó de nuevo a Venecia, donde permaneció durante
dos meses; mantuvo discusiones con varios estudiosos, entre ellos el arquitecto
Pietro Andreini, el coleccionista de monedas Girolamo Conaro y el astrónomo
Michel Angelo Fardella [45], a quien más
tarde intentó atraer a Wolfenbüttel. A través del médico del príncipe
Maximiliano Guillermo supo que había un inglés viviendo en la Corte de Módena,
Nathan Lacy, que era capaz de obtener agua fresca a partir del agua marina (A I
5, p. 519). Otro interesante encuentro fue el que mantuvo con el famoso
geógrafo Vincenzo Coronelli, quien en ese momento se encontraba trabajando en
su obra «Atlante Veneto».
A principios de marzo, Leibniz interrumpió su estancia en Venecia alrededor de
una semana, con el fin de visitar el lugar de origen de la Casa de Este,
incluidas las aldeas de Monselice y Este. En las ruinas de la iglesia de los
franciscanos en Este encontró el monumento a los margraves Taddeo y Bertoldo de
Este, que había escapado a la destrucción por el fuego.
A su regreso a Venecia, Leibniz encontró una carta de la duquesa Sofía escrita
el 3 de febrero (K 7, p. 80), en la que le pedía que se hiciera cargo de una
misión política destinada a asegurar el matrimonio de una de las hijas del
duque Juan Federico con la Casa de Módena. Durante algún tiempo el conde
Dragoni había promovido la idea de este matrimonio a favor de Hannover; pero,
en opinión de Sofía, las negociaciones no se habían llevado a cabo
correctamente, debido, según creía, a que el conde no se había encontrado en
condiciones por causa de una enfermedad. Pensaba que Leibniz tendría más éxito.
Desde Módena, Leibniz contestó a Sofía que él ya había pensado en hacer alguna
insinuación al duque que le hiciera pensar en un matrimonio con alguna de las
princesas (K 7, p. 77). Al requerírsele explícitamente para que actuara como
abogado con plenos poderes, elaboró una defensa bien argumentada que presentó
al canciller Camillo Marchesini (K 7, p. 82). Además de loar las virtudes de
las princesas y el hecho de que no carecían enteramente de fortuna, enfatizaba
que dicha alianza reinstauraría los antiguos lazos entre las dos Casas. £1 plan
se vio cumplido en 1695, cuando la princesa Carlota Felicidad, hija mayor de
Juan Federico, se casó con el duque Rinaldo de Módena, que había sucedido a
Francisco II en 1694. Más tarde Leibniz negoció con su antiguo alumno Philipp
Wilhelm von Boineburg, que había llegado a ser consejero privado imperial en
Viena, el matrimonio del rey romano José (después emperador José I) con la hija
pequeña del duque Juan Federico, la princesa Guillermina Amalia (Guhrauer 1846
2, p. 106). En una posdata a su carta, Sofía decía a Leibniz que su biblioteca
había sido transformada en una Casa de la Opera, que Rojas le había escrito para
decir que deseaba visitar de nuevo Hannover con el fin de continuar con las
negociaciones para la reunificación de la Iglesia y que los franceses aún no
habían prendido fuego a sus tierras —una aguda alusión a la devastación del
Palatinado, aún reciente en la memoria.
El 23 de marzo, un día antes de dejar Venecia, Leibniz escribió la última carta
conocida de las dirigidas a Antoine Arnauld. En esta carta, además de relatar a
Arnauld sus viajes y descubrimientos, Leibniz exponía varios añadidos importantes
de su propia filosofía.
§. Ultima carta conocida a Arnauld
Se recordará que, antes de salir de viaje, Leibniz había solicitado la opinión
de Arnauld en relación con las ideas que había desarrollado en su Discurso de
metafísica y que, tras algún malentendido inicial, Arnauld había manifestado
estar de acuerdo en general mientras, al mismo tiempo, le decía al landgrave
Ernesto von Hessen Rheinfels que Leibniz tenía extrañas opiniones en física. A
resultas de sus discusiones y meditaciones en el curso del viaje, éste había
podido introducir algunas aclaraciones y ahora invitaba a Arnauld a comentarlas
(GP 2, pp. 134-8).
Desde sus primeras cartas a Arnauld, Leibniz había hecho dos importantes
progresos en la formulación de su sistema filosófico. En primer lugar, había
resuelto en parte la ambigüedad relativa a la naturaleza de los seres corpóreos
que permanecía en su formulación anterior; en segundo lugar, interpretaba el
concepto de individuo como una ley que gobierna una serie continua. Ahora
piensa que un cuerpo no es, hablando con propiedad, una sustancia, sino un agregado
de sustancias. Por consiguiente, a través de todo el cuerpo se encontrarán
sustancias indivisibles incapaces de generación y corrupción, similares a las
almas. Añade que estas sustancias siempre han estado y siempre estarán unidas a
un cuerpo orgánico capaz de diversas transformaciones. Cada sustancia, además,
contiene en su naturaleza una ley de continuación de la serie de sus propias
operaciones y todo lo que le ha pasado y le pasará. Leibniz incorpora estas
aclaraciones en la carta junto con un resumen de los principios de su propia
filosofía. Estos incluyen la armonía preestablecida, que no sólo explica la
unión de cuerpo y alma sino también la actuación de una sustancia sobre otra, y
el principio de que toda sustancia expresa el universo entero según su propio
punto de vista. Leibniz añade que las inteligencias o almas capaces de un
conocimiento de las verdades eternas y de Dios poseen muchos privilegios que
las liberan de estar sujetas a los desórdenes de los cuerpos; por ello, a las
leyes físicas hay que añadir las leyes morales. Unidas, estas almas forman la
comunidad del universo, cuyo monarca es Dios.
Pasando a ocuparse de cuestiones físicas, Leibniz resume para Arnauld las
principales conclusiones a que había llegado en oposición a Descartes. Estas
eran, en primer lugar, que la fuerza es distinta del movimiento y que debe ser
medida por la cantidad del efecto que produce; en segundo lugar, que la
cantidad de movimiento no se conserva —porque en otro caso se seguiría un
movimiento perpetuo— pero que la cantidad total de fuerza en el universo sí se
conserva. Añadía a continuación varios enunciados nuevos relativos a las
fuerzas absoluta, relativa y progresiva tomados de su Dynamica. En ausencia de
más explicaciones, estos enunciados debieron parecerle bastante enigmáticos a
Arnauld. Leibniz aclaró el significado de estas nociones en su artículo
«Specimen dynamicum», publicado en las Acta Eruditorum en 1695 (GM 6, pp.
234-54).
Para cerrar el apartado de descubrimientos recientes, Leibniz explicaba a
Arnauld lo que creía haber probado en relación con el movimiento de los
planetas. En primer lugar, postulaba que todo movimiento de un cuerpo sobre una
curva o con rapidez variable estaba engendrado por el fluido que le rodeaba, de
lo cual se infería que los planetas eran arrastrados por esferas fluidas; en su
propia copia de la carta añadía que, siguiendo a los antiguos y a Descartes,
éstas podían recibir el nombre de vórtices. De la hipótesis de la acción
combinada entre una fuerza centrípeta (respondiendo a una ley arbitraria) y un
vórtice armónico deducía a continuación la ley de las áreas de Kepler.
Finalmente, y suponiendo, de acuerdo con las observaciones, que las órbitas
planetarias son elípticas, concluía que el movimiento radial (en combinación
con el movimiento circular) necesario para originar estas órbitas requiere una
ley de atracción en términos de la inversa del cuadrado.
En una versión revisada de esta carta, escrita con vistas a su publicación (GP
2, pp. 134-8), Leibniz especulaba acerca de la causa de la gravedad. Suponía
que la gravedad era análoga a la atracción magnética y que estaba causada por
rayos de materia que intentaban moverse alejándose del centro, con lo que
empujaban a los cuerpos que carecían de la tendencia a dirigirse hacia el
centro. Comparando los rayos de la atracción con los de la luz, infería que, al
igual que los cuerpos son iluminados, se verán atraídos en proporción inversa
al cuadrado de la distancia.
Envió esta carta de la manera usual a través del landgrave Ernesto, quien
escribió a Leibniz el 11 de junio de 1690 (A I 5, pp. 588-9) para decirle que
Arnauld se había visto obligado a dejar Bruselas y refugiarse en Holanda, a
causa de sus disputas con los jesuitas y el peligro que correría si permanecía
en los Países Bajos españoles. Al parecer, Arnauld no contestó a esta carta y
ya no hubo más intercambio de correspondencia hasta la muerte del gran teólogo
en 1694.
§. Regreso a casa
Tras dejar Venecia el 24 de marzo de 1690, Leibniz viajó hasta Mestre y por el
Paso de Brenner hasta Innsbruck, desde donde envió una última carta de
despedida y agradecimiento a Florencia para Amonio Magliabechi (A I 5, pp.
563-4), quien había sido de enorme ayuda para él. Al parecer, a su llegada a
Augsburgo recibió del duque Ernesto Augusto varios encargos que debía realizar
en Viena en su viaje de regreso. Así, tras una breve estancia en Regensburgo se
dirigió hacia el este con el fin de visitar a Philipp Wilhelm von Hörnigk en
Passau, donde había sido nombrado archivero del obispo príncipe (A I 5, p.
571), y a continuación se dirigió hacia Viena, donde llegó a finales de abril
(Guhrauer 1846 2, pp. 108-9).
Es extraño que, en la carta a Sofía del 11 de mayo, no haya ninguna alusión a
las instrucciones del duque de que regrese a Viena. Dice a Sofía (K 7, pp.
84-5) que ha decidido pasar por Viena porque había dejado allí todos sus
trajes, así como documentos que no desea arriesgar en un transporte en
solitario.
Durante su estancia en Viena, Leibniz mantuvo algunas conversaciones más con Rojas,
obispo de Wiener-Neustadt, sobre los últimos detalles de su proyecto para la
reunificación de las iglesias. Entre estos se encontraba la idea de una
aproximación diplomática conjunta por parte de Brunswick-Lüneburgo y Sajonia
hacia el emperador, para intentar que éste mostrara un trato más afable hacia
los protestantes húngaros. Rojas pensaba que, en el contexto de los
preparativos para la reunificación, este ruego de moderación podría tener más
éxito que las intercesiones previas de los embajadores de Sajonia y
Brandeburgo. Dado que el duque Ernesto Augusto estaba a punto de mantener un
encuentro con el elector de Sajonia en Leipzig y tendría, por tanto, la
oportunidad de poner en marcha esta idea, Leibniz decidió que debía poner en su
conocimiento sin más demora un informe confidencial sobre sus conversaciones
con Rojas. En un primer momento pensó en encontrarse con el duque personalmente
en Karlsbad (A I 5, p. 573); pero, al comprender que no podría estar a tiempo
ni en Karlsbad ni en Leipzig, en lugar de ello informó al duque por carta (A I
5, pp. 577-9). Para dar fuerza a la operación diplomática propuesta, recordaba
al duque que había sido una carta del anterior elector de Sajonia al emperador
a favor de los protestantes húngaros, precisamente, lo que había dado ocasión a
las primeras negociaciones de Rojas en materia de religión.
El canciller Strattmann le había dicho, en su primera visita a Viena, que el
emperador deseaba tomarle a su servicio como historiógrafo de la Corte
Imperial. Leibniz aprovechó la oportunidad de su visita de regreso para dirigir
una carta sobre el tema al emperador en la que pedía más información sobre la
intención y las condiciones de este nombramiento (A I 5, pp. 574-5). El conde
Windischgrätz le animó a creer que existía la posibilidad de un nombramiento en
la Corte de Viena en unos términos aceptables (A I 5, pp. 576-7).
Durante su breve estancia en Viena, Leibniz escribió además un artículo, «De
causa gravitatis, et defensio sententiae auctoris de veris naturae legibus contra
Cartesianos» (GM 6, pp. 193-203), para las Acta Eruditorum. En la carta de
cubierta al editor, Otto Mencke (A I 5, pp. 572-3), explica que a su regreso de
Italia había visto un ejemplar de las Acta Eruditorum de abril de 1689; éste
contenía una crítica de Denis Papin a su prueba del error cometido por
Descartes al suponer que la cantidad de movimiento se conserva en los choques.
Añadía que Papin no había entendido su prueba y que se encontraba en un error
en lo concerniente a la explicación de la gravedad. No obstante, le contestaba
en un tono indulgente y moderado. El artículo de Leibniz se publicó en mayo de
1690. En el mismo número de las Acta Eruditorum, Jakob Bernoulli hacía uso de
la notación diferencial e introducía el término «integral» para describir la
transición desde las condiciones diferenciales hasta la solución. El propio
Leibniz sólo se decidió reluctante y tardíamente a adoptar el término de
Bernoulli, pues le parecía que oscurecía el sentido de la operación (MK, p.
103).
En su carta a Sofía del 11 de mayo, Leibniz explicaba su cambio de planes con
respecto al viaje de regreso. Tras abandonar toda esperanza de encontrarse con
el duque en Karlsbad había decidido dejar Viena la semana siguiente, tomando la
ruta que atravesaba Praga y Dresde (K 7, pp. 84-6). Desde allí pasaría por
Leipzig sin detenerse a visitar a sus parientes, que residían aquí, y llegaría
a Hannover en la primera mitad de junio, después de una ausencia de dos años y
siete meses y medio.
Capítulo 7
Hannover bajo el duque Ernesto Augusto (1690-1698)
Contenido:
Historia
y política
§. Reunificación de las iglesias
§. Rosamunde von der Asseburg
§. Dinámica
§. Metafísica
§. François Mercure van Helmont
§. Matemáticas y lógica
§. Geología
§. Medicina
§. Asuntos de familia
§. Los últimos días del elector Ernesto Augusto
A su
regreso a Hannover, Leibniz parece haber querido mostrar que no había estado
ocioso durante su larga ausencia. Por ejemplo, presentó un informe de sus
investigaciones históricas y de los importantes resultados que había obtenido
en cartas dirigidas al primer ministro de Celle, Andreas Gottlieb von
Bernstorff (A I 5, pp. 601-2) y al archivero y consejero de
justicia, Chilian Schrader (A I 5, pp. 602-3). También en
carta a Otto Grote (A I 5, pp. 599-600), en la que reclamaba
el pago del balance de sus gastos, incluía un extracto de una carta de
Ramazzini a Magliabechi como evidencia de su diligencia y de la alta opinión
que se tenía de ¿1 en Italia (A I 5, p. 685). En total había
gastado 23.000 táleros, o alrededor de 2½ táleros por día,
incluyendo los gastos de secretario y sirviente. Había recibido 300 táleros
antes de partir y otros pagos de vez en cuando, por lo que confiaba en que el
balance de lo que se le debía no supondría un problema para la Cancillería.
A los ocho o diez días de su regreso, Leibniz respondió a la última carta del
landgrave Ernesto de Hessen-Rheinfels (A I 5, pp. 590-2). Tras
expresar su preocupación por el mal trato que Arnauld había recibido por parte
de aquellos que debieran honrarle, los jesuitas de Francia, explicaba a su
noble amigo que los jesuitas de Roma le habían parecido razonables, en particular
el padre Tolemei, procurador general, y el padre Grimaldi, el misionero que
regresaba a China. Añadía que a Grimaldi le habían denegado el permiso para
viajar por tierra a través de Rusia, como quería, y tendría que hacerlo por mar
desde Portugal. En relación con asuntos más próximos a casa, decía al landgrave
que el duque Ernesto Augusto estaba dispuesto a llevar una fuerza pequeña a
Holanda si se podía conseguir algo con ello. Pensaba que la alianza Augsburgo
emprendería alguna acción en el Rin, aunque dudaba que recuperase Philipsburgo.
En su siguiente carta al landgrave, escrita el 14 de julio de 1690, defendía a
Arnauld por su toma de posición contra los jesuitas en relación con el
relajamiento de la moral. Con la intención evidente de contrastar la posición
de Arnauld como estudioso con la de sus oponentes, Leibniz señalaba al duque
que el número de estudiosos auténticos entre los jesuitas era muy pequeño. No
había encontrado ni uno solo en Baviera o en Viena que tuviese un conocimiento
profundo de historia. Desde el comienzo del siglo su prestigio de estudiosos
estaba en decadencia y los malentendidos entre los jesuitas de Roma y Francia
haría disminuir aún más su reputación. Como confidencia, sin embargo, reconocía
sentir afecto por las órdenes religiosas y deploraba la disputa entre jesuitas
y jansenistas.
A finales de agosto Leibniz estaba en Brunswick esperando al duque Ernesto
Augusto, y allí presenció la representación de las óperas italianas Orfée y Hermione
y la ópera alemana Julia. Cerca de Wolfenbüttel el
duque Rodolfo Augusto le mostró una gran colección de libros de la época de la
Reforma. Fue con ocasión de esta visita cuando los dos duques, Rodolfo Augusto
y Antonio Ulrico, le invitaron a convertirse en director de la Biblioteca de
Wolfenbüttel. Desde Brunswick continuó con la Corte hasta Celle, donde el duque
Jorge Guillermo, siguiendo la sugerencia de su amiga la duquesa Sofía, le
concedió una pensión anual de 200 táleros como apoyo a su estudio sobre la
historia de la Casa de Brunswick. Sofía también apoyó su petición de permiso
para convertirse en director de la Biblioteca de Wolfenbüttel. El duque Ernesto
Augusto, a quien Leibniz comunicó su intención de visitar la Biblioteca de
Wolfenbüttel en cualquier caso, ya que contenía muchos libros que necesitaba
para su estudio histórico de la Casa de Brunswick, dio su consentimiento de
palabra el 10 de octubre de 1690 (A I 6, p. 3). Para entonces
Leibniz ya había entregado al duque formalmente un informe sobre sus hallazgos
históricos(A I 5, pp. 662-8) y había preparado varios borradores de
una « Brevis synopsis historiae Guelficae» (P, pp.
227-55).
Antes de fin de año ya había encontrado un alojamiento fijo para sus visitas a
Wolfenbüttel en casa del chambelán Johann Urban Müller (A I 6,
p. 11), que ocupó hasta marzo de 1692 (A I 7, p. 55); con esa
fecha se mudó a la casa del pastor Justus Lüders, y cenaba en la escuela local
para la nobleza. Durante los años siguientes hizo numerosas visitas a
Wolfenbüttel, quedándose durante varias semanas seguidas y en ocasiones viajando
hasta Hannover con motivo de una conferencia y regresando inmediatamente a
Wolfenbüttel. Pasar la Navidad en Wolfenbüttel se convirtió en una costumbre
para él.
A su regreso de Wolfenbüttel a mediados de enero de 1691, Leibniz presentó las
líneas generales de su proyecto de una historia de la Casa de Brunswick al
duque Ernesto Augusto, indicando con demasiado optimismo que creía que podría
finalizar el trabajo en dos años si recibía ayuda (A I 6, pp.
22-31). Desde el comienzo de 1691 recibió el pago extra de 150 táleros
(añadidos a su pensión de 600 táleros como consejero privado) para contratar a
un secretario que le ayudara con el estudio histórico. Siguiendo la
recomendación de su hermano Johann Friedrich, contrató para este puesto, hasta
el verano de 1693, a Gottfried Christian Otto, que había abandonado sus
estudios de derecho en Estrasburgo al perder su propiedad como consecuencia de
la invasión francesa a las tierras del Rin (A I 6, p. XXIII).
Poco después de su regreso de Italia, la duquesa Sofía encomendó a Leibniz otra
misión. Como explicaba al landgrave Ernesto en carta del 13 de octubre de
1690 (K 7, pp. 86-7), Sofía le había pedido que se pusiera en
contacto con Paul Pellisson-Fontanier con motivo de su obra Réflexions
sur les différends de la religión avec les preuves de la tradition
ecclésiastique , que se había publicado en París en 1686 y había
tenido mucha influencia a lo largo de varias ediciones. En opinión de Leibniz,
Pellisson, un hugonote converso y por esa época historiógrafo de Luis XIV, no
había tratado adecuadamente la situación de aquellos que se habían visto
excomulgados injustamente. La correspondencia con Pellisson tuvo lugar a través
de la duquesa Sofía, de su hermana Louise Hollandine, abadesa de Maubuisson, y
de la secretaria de la abadesa, Marie de Brinon. A partir de septiembre de
1691, también el dirigente de la Iglesia francesa y obispo de Meaux,
Jacques-Bénigne Bossuct, se sumó a las discusiones, que versaron sobre las
cuestiones de la reunificación y de la compatibilidad de la ciencia
contemporánea con la doctrina cristiana.
También en el otoño de 1690 Leibniz aprovechó la oportunidad que le brindaba el
nombramiento del barón Ludwig Justus Sinold von Schütz como embajador en
Londres para hacer llegar una carta a Henri Justel, que en esa época era el
bibliotecario del rey Guillermo, y reiniciar sus contactos con Inglaterra. Dado
que había estado alejado de Inglaterra durante varios años, pedía a Justel
noticias (AI 6, pp. 263-7). Por ejemplo, el último número de
las Philosophical Transactionsque tenía databa de 1678. Desde la
república de las letras informaba a Justel sobre la reciente publicación
del Traite de la lamiere de Huygens, con su extenso
suplemento Discours sur la cause de la pesanteur. Estas obras
de Huygens, junto con los Principia de Newton, eran en su
opinión las más importantes de este tipo desde Descartes; pues los pobres
cartesianos se limitaban a copiar y a parafrasear las ideas de su maestro sobre
estas cuestiones. En las obras de Huygens había podido encontrar apoyo para su
propio mantenimiento de los vórtices —sobre los cuales habían hablado Leucipo,
Bruno y Kepler mucho antes que Descartes— porque Huygens había usado los
vórtices para hablar de la gravedad terrestre. Señalaba a Justel que los
vórtices no estaban sujetos a tantas objeciones como Newton creía y que él
había dado en las Acta Eruditorum una prueba que servía para
reconciliar los vórtices con la matemática de Newton. Sin un vórtice deferente
común no podía concebir la razón de que los planetas rotaran todos en la misma
dirección y casi en el mismo plano, fenómeno que se podía observar tanto en los
satélites de Júpiter y Saturno como en los planetas. Sin duda, Leibniz esperaba
que Justel discutiera su carta con los miembros de la Royal Society y les diera
a conocer su artículo sobre movimientos celestes publicado en las Acta
Eruditorum. Pero Justel había estado muy enfermo y no había podido
acudir a las reuniones de la Royal Society durante mucho tiempo (AI
6, pp. 300-2).
Dos años después, y gracias a los buenos oficios de Justel, Leibniz entró en
contacto con el matemático y astrónomo Edmond Halley, que había pasado a ser
secretario de la Royal Society. Esto tuvo lugar seis meses después de que Fatio
de Duillier, en carta a Huygens (HO 10, p. 214), sembrara la
semilla de la famosa disputa por la prioridad al mostrar su sorpresa ante el
hecho de que Leibniz, en sus artículos sobre cálculo de las Acta
Eruditorum, no dedicara ni una palabra de agradecimiento a Newton.
Pues, según Fatio, Leibniz deducía sus cálculos a partir de lo que Newton le
había escrito sobre el tema. En marzo de 1693 Leibniz dirigió su primera cana a
Newton —los primeros contactos habían tenido lugar a través de intermediarios
de la Royal Society— y Newton contestó con bastante retraso en octubre de 1693,
excusándose porque la carta de Leibniz se había extraviado. No hubo ningún
indicio de animosidad en este intercambio.
A finales de 1692 Leibniz intentó ayudar a su viejo amigo Johann Daniel Crafft,
que había perdido a su patrón, consiguiendo para ¿1 un nombramiento en las
Cortes de Hannover o Wolfenbüttel. Explicaba al duque Ernesto Augusto (A I
8, pp. 108-9) que una pensión modesta sería suficiente para contratar los
servicios de un hombre de talento, en ese momento de visita en Hannover, que
tenía una gran experiencia en la organización y práctica de todo tipo de
industria de fabricación, incluidos textiles y cerámicas. Aunque Leibniz
contaba con el apoyo del embajador de Brunswick-Lüneburgo en Dresde, quien
conocía a Crafft desde su ¿poca de servicio en Sajonia, sus ruegos ante los
duques de Hannover (A I 8, pp. 99-100) y Wolfenbüttel (A I
9, pp. 45-7) a favor de su amigo no obtuvieron respuesta. Los dos amigos se
encontraron de nuevo en Hamburgo a finales de septiembre de 1693, donde
discutieron el proyecto para la creación de una destilería de brandy en
Holanda. En noviembre del siguiente año Leibniz visitó Amsterdam para continuar
discutiendo el proyecto, del cual presentó varios memoranda al rey Guillermo
III de Inglaterra. Durante el viaje de regreso hizo una excursión al castillo
de Arnstein, cercano a Eichenberg, donde la familia von Bodenhausen había
vivido desde 1430. Allí conoció a Wilke von Bodenhausen, hermano del abad de
Florencia, que aceptó ayudar a Crafft en su proyecto (A I 10, p. 646). Este
parece haber sido el último encuentro entre Leibniz y su amigo Crafft, que
murió en Amsterdam en abril de 1697.
Leibniz mantuvo el contacto con Italia sobre todo a través de Magliabechi y von
Bodenhausen. Brosseau siguió siendo su conexión principal con París, aunque la
correspondencia con Pellisson, con la duquesa Sofía y madame de Brinon actuando
como intermediarios, había abierto otra ruta. Continuó escribiéndose con
Huygens en La Haya sobre problemas de matemáticas, gravedad y movimiento
planetario hasta la muerte de Huygens en 1695. Una carta dirigida a Jakob
Bernoulli, que había estado esperándole en Hannover desde finales de 1687, marcó
el inicio de su correspondencia con los hermanos Jakob y Johann Bernoulli de
Basilea, que ya habían dado un gran paso en la aplicación de su cálculo
diferencial. Hacia finales de 1691 Johann Bernoulli visitó París, donde
instruyó a Guillaume François Antoine de L'Hôpital, marqués de Sainte-Mesme y
de Montellier, en el cálculo diferencial, primero en París y después durante
unos tres meses como invitado del marqués en su casa de Oucques (Spiess 1955,
p. 137). L'Hôpital no era ningún novicio y ya había leído y entendido el
artículo original de Leibniz de 1688, pero las explicaciones de Bernoulli le
ayudaron sin duda en la redacción del libro de texto que quería escribir
(Spiess 1955, p. 133).
A finales de 1692 entró en correspondencia con Leibniz. Dos años más tarde, al
oír que Leibniz estaba preparando el trabajo De scientia infiniti ,
dio a conocer a Leibniz su propio proyecto, señalando que había comenzado a
anotar los detalles de las explicaciones y pruebas de las reglas desde el
primer momento en que vio el artículo en las Acta Eruditorum ( GM 2,
p. 250). La excelente obra de L'Hôpital —primer libro de texto de cálculo
diferencial—, titulado Analyse des infiniment petits, se publicó en
París en 1696, con la promesa de que le seguiría otro de cálculo integral. En
el prólogo, L'Hôpital citaba el reconocimiento del propio Leibniz, en el Journal
des Sçavans del 30 de agosto de 1694, de que Newton había descubierto
algo similar al cálculo diferencial, pero añadía que la notación de Leibniz
hacía más fácil y rápida su aplicación (L'Hôpital 1696, p. XXX).
De la pluma de Leibniz continuaron mandando, como en una riada continua,
artículos y recensiones para las Acta Eruditorum y el Journal
des Sçavans. En 1692, por mediación de Magliabechi, colaboró con un
artículo en el Giornale de Letterati de Módena. En la feria de
Brunswick de 1692 conoció a Wilhelm Ernst Tentzel, editor de las Monatliche
Unterredungen que se publicaban en Hamburgo, con quien discutió la
filosofía de Malebranche. Además de enviar unas pocas colaboraciones a este
periódico, mantuvo correspondencia con Tentzel sobre muchos temas hasta 1706.
También en 1692 conoció a Henri de Beauval, que había sucedido a Pierre Bayle
como editor de la revista holandesa Nouvelles de la république des
lettres y había cambiado este título por el de Histoire des
ouvrages des savans. Basnage visitó Hannover en junio de ese año. Poco
después Leibniz le envió una copia de la recensión que había escrito para
las Acta Eruditorum sobre la cuarta parte de las Reflexions de
Pellisson, en la que éste había incluido, sin su permiso, extractos de sus
cartas. A Leibniz le preocupaba que sus comentarios sobre una cuestión tan
delicada como la religión, que no habían sido hechos pensando en verlos
publicados, pudieran malinterpretarse en su contra; por este motivo, pidió a
Basnage que le dejara publicar una recensión del libro de Pellisson en su
influyente diario, a fin de dejar su posición clara (GP 3, pp.
83-7). Basnage ya había publicado un artículo de Leibniz sobre una polémica de
tema histórico con anterioridad a su encuentro en Hannover (A I
6, pp. 381-4). A pesar de la carga que representaban su estudio sobre la
historia de la Casa de Brunswick y sus diversas obligaciones políticas, Leibniz
encontró tiempo no sólo para su voluminosa correspondencia y el desarrollo de
su matemática y su filosofía, sino para cultivar además otros intereses tan
diversos como China, la lingüística, la salud pública y las innovaciones
técnicas. Finalmente, en 1694 y con la ayuda de un artesano competente, había
construido un modelo de máquina aritmética que funcionaba y era capaz de
multiplicar números de doce dígitos, y contrató al artesano para fabricar más
máquinas (D 6, 1, p. 59). También durante este año, y a pesar
de sus primeras experiencias negativas, Leibniz intentó una vez más introducir
nuevas bombas y técnicas que utilizaban la energía hidráulica en las minas del
Harz (MK, pp. 121-2). Entre otros problemas técnicos a los que
prestó atención se encontraba la mejora de los carruajes (Gerland 1906, pp.
236-41).
En septiembre de 1695 le confió a Vincent Placcius, cuya ayuda solicitó para su
estudio de la historia de Brunswick, que era imposible describir sus muchas
ocupaciones. Mientras se atareaba con la búsqueda de documentos históricos, se
le ocurrían tantas ideas nuevas sobre matemáticas y filosofía, y se enteraba de
tantas novedades literarias a las que no quería perder la pista, que no sabía
por dónde empezar. Dos años después, en carta a Andreas Moreli, el famoso
numismático (Bodemann 1895, p. 190), se lamentaba de que, debido a sus muchas
obligaciones y a la gran cantidad de papeles que tenía, muchas de las cartas se
extraviaban en el montón antes de ser contestadas.
Aunque había hecho descubrimientos de importancia fundamental relativos al
origen de la Casa de Brunswick y había trabajado intensamente en la última
etapa de las negociaciones tendentes a garantizar el estatuto de Electorado
para Hannover en 1692, Leibniz tuvo que esperar hasta 1696 para obtener la
promoción que creía merecer. Ese año fue nombrado consejero privado de
Justicia, un puesto judicial de categoría inmediatamente inferior a la de
vicecanciller. Entonces comenzó a recibir anualmente 1000 táleros de Hannover,
200 táleros de Celle y 400 táleros de Wolfenbüttel (MK, p.
140).
Salario y estatuto, sin embargo, no lo eran todo. Pocos meses después de su
nombramiento, escribió al noble escocés Thomas Burnet de Kemney sobre su vida
en Hannover (GP 3, pp. 174-9); éste había visitado Hannover en
1695, cuando aún se pensaba en la posibilidad de que Hannover ocupara el trono
inglés por línea sucesoria femenina. Leibniz explicaba que, debido a su vida
sedentaria, se encontraba indispuesto a menudo; como remedio había pensado en
hacer ejercicio de cuando en cuando y viajar un poco. El peor inconveniente que
encontraba al vivir en Hannover, en lugar de en una gran ciudad como París o
Londres, era la dificultad de encontrar alguien con quien poder hablar. No
había nadie en la Corte —le confiaba a Burnet— con quien pudiera hablar sobre
temas eruditos; y sin Sofía, que no se mostraba en absoluto distante con él,
tendría aún menos oportunidades de mantener una conversación intelectual.
Leibniz añadía, como respuesta al rumor de su muerte que había corrido en
Inglaterra, que si la muerte le concedía tiempo suficiente para finalizar los
proyectos que ya había iniciado, a cambio le prometería no comenzar ninguno
más; e incluso si trabajaba con diligencia, habría ganado con el acuerdo una
ampliación de su vida. Pero dudaba de que la muerte tomara en consideración sus
deseos o el progreso de la ciencia.
§. Historia y política
Leibniz había completado la etapa más original e interesante de su
investigación histórica, que había comenzado con el hallazgo en el monasterio
benedictino de Augsburgo del manuscrito que establecía sin ningún género de
dudas el origen común de los Guelf y los condes de Este; confirmación que había
llevado a subsiguientes búsquedas en los archivos de Módena y, finalmente, a la
localización de la tumba de la condesa Kunigunde, figura clave en la historia
de los Guelf, en el monasterio carmelitano de Vangadizza. Ahora tenía ante sí
la penosa tarea de ensamblar los detalles menos interesantes que habrían de ser
incluidos en la versión definitiva de la historia de la Casa de Brunswick. Con
el propósito de recopilar todo ese material hizo numerosas visitas a los
archivos de Brunswick, Celle y en especial Wolfenbüttel, además de mantener
correspondencia con estudiosos que podían ayudarle y buscar encuentros
personales con estos siempre que era posible. Por ejemplo, en abril de 1691
envió a Huldreich von Eyben, juez de la Corte Suprema de Wetzlar y experto en
historia medieval, una transcripción del epitafio de Kunigunde (A I
6, pp. 436-43). Un mes después pasó alrededor de cuatro semanas en
Wolfenbüttel, con visitas a Brunswick y Celle, para ver al archivero Chilian
Schrader, a quien había comunicado sus hallazgos nada más regresar de Italia.
Más avanzado el año se interesó por la cuestión de si los sellos de los
documentos antiguos permitían decir si los animales del escudo de armas de
Brunswick eran leones o leopardos. En presencia de los archiveros de Celle,
Wolfenbüttel y Hannover, las tres ramas de la Casa de Brunswick, identificó a
los animales dibujados en los sellos de los documentos antiguos como leones (MK,
p. 112). Poco después, en respuesta a un requerimiento, escribió un memorándum
sobre la génesis del escudo de armas de Brunswick para el vicecanciller de
Hannover, Ludolf Hugo (A I 7, pp. 15-16).
Leibniz pasó a ser director de la Biblioteca de Wolfenbüttel a comienzos de
1691, puesto que desempeñó el resto de su vida. Sus obligaciones no eran
relativas a la rutina diaria de la Biblioteca sino a la organización y
planificación a largo plazo. Durante el verano conoció en Brunswick a quien
habría de ser su sucesor como director de la Biblioteca, Lorenz Hertel, en
aquella época diplomático en Brunswick y que trabajó como bibliotecario a sus
órdenes a partir de 1705. Hacia finales de 1691 había fijado como primer
objetivo la elaboración de un catálogo alfabético general por autores, que se
completó en 1699.
El primer fruto de la investigación de Leibniz entre los manuscritos de la
Biblioteca de Wolfenbüttel fue su Codex juris gentium diplomáticas,
publicado en Hannover en 1693. En diciembre de 1692 Tentzel había publicado en
sus Monatliche Unterredungen un avance que anunciaba este
importante trabajo (Ravier 1937, pp. 127-8) y otro, con una copia de la página
de cubierta, apareció en las Acta Eruditorum en marzo de 1693,
dos meses antes de la publicación efectiva. El trabajo consiste en una
recopilación de documentos constitucionales, en su mayor parte inéditos, de los
siglos XII al XV, con un prólogo que expone la teoría de Leibniz de una ley
natural, basada en el cristianismo, que debería gobernar las relaciones en el
interior de y entre los estados. En carta a Basnage de Beauval del 26 de
octubre de 1692 (GP 3, pp. 89-93), explicaba cómo había
llegado a escribir el trabajo. Cuando el bibliotecario imperial en Viena,
Daniel von Nessel, publicó en 1690 un catálogo de tratados internacionales,
había pedido a Leibniz información relativa a las omisiones. Al comenzar a
recopilar los ejemplares que pudieran tener valor, concibió la idea de publicar
su propia colección de documentos. Un volumen suplementario, bajo el
título Mantissa codicis juris gentium diplomatici, se publicó
en 1700.
Los progresos de su proyecto principal, la redacción de la historia de la Casa
de Brunswick, habían sido mucho más lentos de lo que Leibniz preveía cuando, a
comienzos de 1691, indicó al duque que esperaba completar el trabajo en dos
años. Pues, finalizado el plazo, se encontraba aún intentando lograr el
consentimiento del duque para escribir la historia de los Guelf del periodo
comprendido entre el 768 y el 1235 en forma de anales (MK, p.
125). De hecho la historia de la Casa de Brunswick nunca llegó a verse
terminada; aunque finalmente aparecieron tres volúmenes, esta urea continuó
atándole como una piedra de Sísifo —como él mismo lo expresó en carta al
matemático jesuita Adam Kochanski (MK, p. 121}— hasta el final
de su vida.
El consejo de Leibniz se buscaba para casi cualquier cuestión política que
surgiera en Hannover. Por ejemplo, el 23 de diciembre de 1690 Otto Grote le
hizo acudir a Hannover desde Wolfenbüttel para discutir la genealogía de los
duques de Anhalt con el secretario de Lüneburgo Johannes Walther, cuestión que
había surgido a raíz de la rivalidad entre Brunswick-Lüneburgo y Anhalt por la
sucesión de Sajonia-Lauenburgo. Era un asunto casi sin importancia comparado
con los grandes acontecimientos políticos que iban a tener lugar en Hannover en
los próximos años. El primero de ellos fue la conspiración del príncipe
Maximiliano Guillermo y el maestro de caza Otto Friedrich von Moltke, en
diciembre de 1691, contra el orden de primogenitura que su padre había
proclamado. La intención del príncipe era reclamar Hannover para sí y dejar
únicamente Celle al príncipe elector, su hermano Jorge Luis. El príncipe
Maximiliano era en ese momento el siguiente en la línea sucesoria después de
Jorge Luis, puesto que su hermano mayor Federico Augusto (así como un hermano
menor, Carlos Felipe) había resultado muerto en el campo de batalla en 1690.
Fue el embajador de Hannover en Viena, Johann Christoph Limbach, quien descubrió
la intriga (A I 7, p. XXVII) y fue recompensado con el puesto
de consejero de Delegación; el duque también recibió una advertencia de su hija
Sofía Carlota, electora de Brandeburgo (Guhrauer 1846 2, p. 145).
El conspirador principal, Otto Friedrich von Moltke, fue arrestado y llevado a
prisión la tarde del 5 de diciembre de 1691. Por la noche intentó escapar
trepando por una cuerda. Pero esta se rompió, un centinela lo vio y volvió a
ser encarcelado. Hubo una tensión creciente entre aquellos que rodeaban la
Corte, pues las puertas de Palacio permanecieron misteriosamente cerradas hasta
el siguiente mediodía. Al describir todo el asunto al landgrave Ernesto en
carta del 13 de enero de 1692, Leibniz explicaba que los conspiradores habían
comenzado incluso a negociar con Viena, Berlín y Copenhague y añadía que no
sabía si el duque atendería las súplicas de clemencia (A I 7,
pp. 242-3). En una carta posterior del 30 de enero (A I 7, pp.
256-62), informaba de que el propio príncipe había sido llevado bajo arresto a
Hamelin, donde permanecería hasta que se le rehabilitase. Después de varios
años, y una vez hubo renunciado a su reclamación, fue puesto en libertad y
vivió voluntariamente exiliado en Viena. El conspirador principal, Otto
Friedrich von Moltke, no tuvo tanta suerte, pues el duque no le otorgó su
clemencia. El 15 de julio de 1692 fue ejecutado y el cuerpo entregado a su
viuda para el entierro (Guhrauer 1846 2, p. 146).
El noveno Electorado vio la luz finalmente el 23 de marzo de 1692, cuando el
emperador confirió estatuto de Electorado a las tierras del duque de Calenberg
(Hannover) y del duque de Celle. Leibniz había tomado parte en las últimas
etapas de las negociaciones (A I 7, pp. 84-6) y participó
también en la culminación del proyecto que había iniciado cuando, en 1684, Otto
Grote le pidió que elaborara un memorándum para defender un nuevo Electorado
protestante. Para conmemorar el acuerdo alcanzado entre las Casas de Celle y
Hannover en relación con el Electorado, diseñó una medalla conmemorativa (A I
8, pp. 104-5). Cuando Otto Grote, en diciembre de 1692, recibió la corona
electoral en nombre del duque Ernesto Augusto de manos del emperador en Viena,
pronunció un discurso que incluía un resumen histórico escrito por
Leibniz (MK, p.120).
Los trágicos acontecimientos que tuvieron lugar en Hannover en 1694 implicaron
a las Cortes de Hannover, Celle y Wolfenbüttel. Estos fueron el misterioso
asesinato del comandante de la Guardia en Hannover, el conde Philipp Christoph
von Königsmarck, y el encarcelamiento de la princesa Sofía Dorotea, esposa del
príncipe Jorge Luis, heredero del Electorado de Hannover, en el Castillo de
Ahlden. [46]
La historia se retrotrae a 1681, cuando la duquesa Sofía de Hannover,
valiéndose de su influencia ante el duque Jorge Guillermo de Celle, llevó
adelante el compromiso entre la hija de él, Sofía Dorotea, y su hijo Jorge
Luis. La princesa había estado comprometida con el heredero de Wolfenbüttel, el
hijo del duque Antonio Ulrico, antes de que su padre, sin el conocimiento de su
madre, dispusiera de su mano en una alianza política destinada a asegurar que
las tierras de Celle pasarían a Hannover. La duquesa de Celle se sintió
profundamente entristecida ante esta boda, que tuvo lugar en secreto el 28 de
noviembre de 1682. Era inevitable que este matrimonio entre la bella,
inteligente y afectuosa Sofía Dorotea y el frío, severo y formal Jorge Luis no
fuera feliz. Cuando la querida del elector, la condesa von Platen, acusó a la
princesa de que el conde von Königsmarck era su amante, y su marido acrecentó
en consecuencia la actitud hostil hacia ella, la princesa pidió a sus padres
que la acogieran y sólo obtuvo reproches por parte de su padre. En esas
circunstancias, decidió huir a un convento en Francia y pidió para ello ayuda
al conde. La noche elegida para la huida, el 2 de julio de 1694, cuatro
enmascarados tendieron una emboscada al conde cuando se encontraba en la
galería del Palacio, lo asesinaron y enterraron su cuerpo en las bodegas. A la
mañana siguiente la dama de compañía de la princesa, señorita von dem
Knesebeck, informó a ésta de la desaparición del conde, y dos semanas después
el conde von Platen le dijo que éste había muerto. Las cartas de ella que el
conde llevaba consigo la noche de su asesinato hablaban del injusto trato que
su marido le infligía y ridiculizaban al elector, que cambiaba a su Sofía por
una querida sin valor [47]. El 17 de
julio la princesa fue llevada en un carruaje cerrado al castillo de Ahlden,
próximo a Celle, donde permaneció el resto de su vida alejada de sus hijos.
Aunque el elector, por motivos políticos, intentó una reconciliación, ella se
negó a regresar con su marido y pidió el divorcio. Se nombró entonces un
tribunal especial para el divorcio presidido por von dem Bussche. Como director
del Consejo eclesiástico, Molanus desempeñó un importante papel en las vistas,
que concluyeron el 28 de diciembre con la concesión del divorcio (Guhrauer 1846
2, pp. 148-52). Aunque por entonces Leibniz se encontraba en Hannover, no hay
evidencia de que desempeñara ningún papel en el proceso de divorcio. La versión
oficial sostuvo que la princesa había dejado Hannover para vivir separada de su
marido. Con respecto a la misteriosa desaparición de Königsmarck, el tribunal
declaró no tener ninguna información[48].
Al año siguiente el heredero de Wolfenbüttel, el príncipe Augusto Guillermo, se
casó con la princesa Sofía Amalia von Holstein-Gottorp. En su informe a la
electora Sofía de la recepción que había tenido lugar en Brunswick (K 8,
pp. 6-8), Leibniz decía que le había extrañado oír hablar de la princesa como
heredera de Dinamarca y Noruega en un sermón en la catedral. Pero el propio
príncipe le había asegurado que fue declarada heredera al trono de Dinamarca
cuando contaba tan sólo con tres años de edad, al parecer para excluir a sus
hermanos, los príncipes de Gottorp, por entonces uno nacido y el otro no. Era
hija de la hermana mayor del rey.
Un mes más tarde, Leibniz estuvo presente en Hannover en la boda de la princesa
Carlota Felicidad de Brunswick-Lüneburgo, hija del duque Juan Federico, y el
duque Rinaldo d'Este de Módena. La ceremonia tuvo lugar el 28 de noviembre de
1695, cinco años después de que Leibniz, en nombre de la duquesa Sofía,
impulsara la idea de esa alianza en la Corte de Módena. La ceremonia religiosa
se llevó a cabo según el rito católico, pero de tal manera que las mismas
palabras (excepto quizá la fórmula de la consagración) habría podido
pronunciarlas un clérigo protestante. En la descripción del acto que hace en
una carta dirigida a Thomas Burnet (GP 3, pp. 164-71), Leibniz
comentaba que había diseñado una medalla para conmemorar la nueva unión de las
Casas de Brunswick y Módena tras una separación de más de 650 años. Con ocasión
de la boda, la Corte de Hannover publicó una Lettre sur la connexion
des Maisons de Brunsvic et d’Este, en la cual Leibniz resumía los
resultados más importantes de sus investigaciones históricas en Augsburgo,
Módena y Vangadizza. Preparó además una traducción italiana que se publicó al
mismo tiempo (Ravier 1937, pp. 23-4). Esta provocó en Magliabechi un comentario
de admiración, ante el hecho de que Leibniz pudiera escribir en italiano con
tanta elegancia y tanto conocimiento del espíritu de esta lengua (Bodemann
1895, p. 162).
Como en años anteriores, Leibniz visitó Brunswick para la feria en el verano de
1695, aprovechando la oportunidad —como señalaba en carta a Sofía (K 8,
pp. 1-3)— de trabajar también en la Biblioteca de Wolfenbüttel. Además de
asistir a la ópera y al teatro para ver al actor Christian Bressand, a quien
describía a Sofía como un segundo Molière, mantuvo interesantes conversaciones
con el conde Antón Günther von Arnstadt, numismático, sobre tres monedas de
Enrique el León. Una de éstas, que servía para explicar las otras dos, tenía la
imagen del duque y de un obispo en el anverso y una imagen de san Pedro
llevando una llave en una mano y un pez en la otra en el reverso. Explicaba a
Sofía que el clérigo representado en el anverso era el arzobispo de Bremen,
cuya Iglesia catedralicia estaba dedicada a san Pedro. Añadía que estas monedas
gustarían a Molanus y servirían de ilustraciones para la Historia de la Casa de
Brunswick. En la feria conoció además a Andreas Morell, un suizo que había
estado encarcelado en la Bastilla para intentar obligarle a cambiar de
religión. Tras su liberación, había obtenido permiso para sacar impresiones de
las monedas antiguas de la Colección Real de París. Tenía 20.000 impresiones en
total, incluyendo casi todas las monedas griegas y latinas del mundo antiguo
que habían sobrevivido y que él quería hacer grabar y publicar en un volumen.
Sofía, que había estado alojada en la residencia de caza de Linsburgo, se
sintió encantada al recibir una cana de Leibniz tan llena de interés. Comparaba
sus actividades en medio de la estéril compañía de Brunswick con la de las
abejas que liban miel en cualquier sitio que encuentran (K 8,
pp. 3-4). Le advenía, sin embargo, que el conde von Arnstadt era sospechoso de
falta de honradez en sus negocios con monedas. A su regreso a Hannover, Leibniz
escribió a Sofía el 11 de septiembre de 1695; le decía que confiaba en verla
con buena salud cuando volviese de Linsburgo, así como a su hija Sofía Carlota
que se encontraba de visita en Hannover con su marido.
Además de llevar a cabo sus propias investigaciones históricas, Leibniz siempre
estaba dispuesto a prestar su apoyo a los buenos trabajos de otros. Por
ejemplo, en octubre de 1695 dio a conocer en las Acta Eruditorum (Ravier
1937, p. 101) que un médico de Hildesheim, Konrad Barthold Behrens, estaba
escribiendo una genealogía de las familias que se habían extinguido, y a
finales de enero de 1696 escribió un memorándum solicitando apoyo para Johann
Andreas Schmid, que quería investigar un monumento pagano cercano a
Helmstedt (MK, p. 137).
En noviembre de 1696 Leibniz adquirió 3.000 libros de derecho y política para
la Biblioteca de Hannover. El lote, comprado bajo su supervisión y
perteneciente a la colección del difunto secretario de Hannover, Melchior
Ludwig Westenholz, costó 1.800 táleros. En el invierno de 1696 diseñó,
asimismo, una medalla para la princesa Cristina de Friesland del este, que
finalmente había renunciado a la administración del gobierno en favor de su
hijo; compuso un poema para el cumpleaños del elector (P, p.
384), e intercambió correspondencia con Gilbert Bumet, obispo de Salisbury,
sobre historia y política inglesas. Durante los años 1696 y 1697, sin embargo,
su tarea política más importante fue la concerniente a la obtención, con
carácter permanente, del obispado de Osnabrück, que en esa época llevaba
personalmente el elector Ernesto Augusto.
§. Reunificación de las iglesias
Al mes de haber recibido la solicitud de Sofía para que respondiera al ensayo
de Pellisson sobre polémicas religiosas y la defensa de la tradición católica,
Leibniz había redactado una respuesta (K 7, pp. 87-96) en la
que citaba a una serie de teólogos católicos que apoyaban su propia posición en
contra de la de Pellisson. Explicaba que los teólogos católicos y protestantes
estaban de acuerdo en que los fundamentos de la religión católica eran de dos
tipos: de un lado, la persuasión mediante argumentos racionales, y de otro una
íntima convicción que se suponía reflejo de la luz divina. Resultaba evidente
la necesidad de examinar la conciencia si se quería impedir que la religión se
convirtiera en algo arbitrario, e invitaba a Pellisson a estudiar el problema
de cómo definir las características de esa luz divina verdadera que la
distinguían de una ilusión. Dejando pendiente esta cuestión, pasaba a examinar
el problema de la persuasión mediante argumentos racionales. Suponía que,
debido a que este tipo de argumentos no podía por sí mismo resolver polémicas
religiosas, Pellisson creía que la infalibilidad era necesaria. Hacía una
reconstrucción de la demostración que Pellisson daba de la infalibilidad de la
Iglesia católica romana sobre la base de dos premisas:
1. La
infalibilidad es necesaria para resolver polémicas.
2. Si
la infalibilidad existe, sólo puede existir dentro de la Iglesia católica
romana.
Leibniz
argumentaba, en contra de la primera premisa, que basta con creer en la verdad
de algunas ideas necesarias sin tener que haber llegado al conocimiento de la
verdad por argumentación. Para las personas cultivadas es suficiente con
comprender las ventajas del cristianismo sobre otras religiones, y para los
demás es suficiente con que crean en la palabra de los sacerdotes. Otro
argumento, que sabía no contaba con la aprobación de todos los teólogos
protestantes pero estaba en conformidad con la opinión de eminentes teólogos
católicos, era el de que la justicia divina no sería perfecta si la salvación
dependía de polémicas o de haber tenido la suerte de recibir una buena
educación. En su opinión, en todas las religiones la salvación está al alcance
de aquellos que aman a Dios. Entre los eminentes católicos que defendían esto
mismo se encontraba Jacques Paiva Andradius, uno de los principales teólogos
del Concilio de Trento, quien había afirmado que la redención de toda la
especie humana gracias a Jesucristo estaba contenida implícitamente en la
universalidad de la divina providencia. Tras haber destruido de este modo la
primera premisa de la demostración de Pellisson, Leibniz consideraba
innecesario discutir la segunda.
El 1 de octubre de 1690 (K 7, pp. 97-8) Sofía envió a Leibniz
desde Linsburgo la respuesta de Pellisson, señalando que éste parecía querer
llevarle a una disputa sobre polémicas de religión de la que no sacaría nada en
limpio. Pues no le iba a gustar repetir la misma travesía en busca de «la
verdad» que había tenido que emprender para su estudio de la historia de la
Casa de Brunswick. En una posdata le informaba de que la dama que había hecho
llegar su memoria a Pellisson se llamaba Marie de Brinon. Había sido una de las
directoras de la escuela de St Cyr antes de convertirse en la secretaría de la
hermana de Sofía, la abadesa de Maubuisson. Sofía añadía que era de una
elocuencia extraordinaria, pues nunca dejaba de hablar.
En su respuesta, escrita desde Versalles el 4 de septiembre de 1690 y enviada a
Marie de Brinon (A 1 6, pp. 83-104), Pellisson desestimaba el
llamamiento que hacía Leibniz a la conciencia individual y defendía la
infalibilidad de la Iglesia católica romana. Sostenía que la Iglesia romana era
la depositaría de verdades universales que Dios había escrito en los corazones
de los humanos, y que las creencias individuales que las contradecían no eran
sino ilusiones fruto de la imaginación. A partir de esto concluía que el mínimo
error de fe, si iba acompañado de rebeldía (es decir, de la negativa a
abandonar el error), bastaba para privar al individuo de su salvación. En
cuanto a los escolásticos que Leibniz citaba para apoyar sus opiniones, ningún
católico estaba obligado a compartir todo lo que habían escrito. De hecho, era
peligroso fiarse de esos escritos y preferible guiarse por las decisiones de
los Concilios y las confesiones de fe autorizadas por la Iglesia. No había oído
hablar de la obra de Andradius, pero sólo por curiosidad intentaría hacerse con
una copia cuando fuera a París.
Hacia finales de octubre, Leibniz contestó a la respuesta de Pellisson con otra
memoria (A I 6, pp. 115-21) en la que lamentaba que Pellisson
no hubiera estudiado con el suficiente detenimiento las opiniones de eminentes
teólogos católicos respecto a los herejes materiales; es decir, a aquellos que
se encuentran aparentemente fuera de la comunión de la Iglesia pero a los que
se juzga como no mereciendo la condenación eterna, porque su falta se basa en
la ignorancia o en un error insuperable. Leibniz consideraba que ésta era la
cuestión central, pues, desde su punto de vista, que los católicos aceptaran a
los protestantes como pertenecientes a esta categoría era un requisito previo a
la reunificación.
En su respuesta, dirigida a Marie de Brinon en diciembre de 1690 (A I
6, pp. 140-9), Pellisson sostenía que los herejes materiales eran aquellos que
desconocían la decisión de la Iglesia en un aspecto concreto de la doctrina, o
que cayeron en falta antes de que la decisión se tomara. Aquellos que conocían
esta decisión, y se resistían a ella por razones de conciencia (lo que incluía
a los protestantes), eran en su opinión herejes materiales que se ponían a sí
mismos más allá de toda redención posible.
Leibniz respondió (A I 6, pp. 162-71) afirmando que, desde el
punto de vista católico, los protestantes únicamente deberían considerarse
herejes materiales, pues desconocían que las doctrinas que rechazaban eran
doctrinas de la Iglesia católica. Opinaban que el Concilio de Trento no era
ecuménico y que, por tanto, las doctrinas en cuestión no estaban formalmente
decididas. En cualquier caso, las conclusiones del Concilio de Trento relativas
a la doctrina no eran distintas de las de la Confesión de Augsburgo. Eran las
injurias, más que los dogmas especulativos, lo que impedía la reunificación.
Recordaba a Pellisson que Francia nunca se había retractado de sus protestas al
Concilio. Además, las discusiones relativas a la validez de los concilios no
eran nuevas; los Concilios de Constanza y Basilea, por ejemplo, no se habían
aceptado en Italia.
En este punto, Leibniz rompía el marco teológico dentro del cual el debate
había estado confinado hasta ese momento y entraba en los aspectos más
ampliamente políticos del problema de la reunificación. Puesto que acababa de
tener una audiencia con el duque Ernesto Augusto (a su regreso de Wolfenbüttel
a mediados de enero de 1691), en la cual había presentado sus planes para la
historia de la Casa de Brunswick, parece probable que surgiera también el tema
de su correspondencia con Pellisson y que este nuevo acercamiento contara con
la aprobación del duque (K 7, p. XLIII). Tras relatar la
historia de sus negociaciones con Rojas, emprendidas con la aprobación del
difunto papa por orden del emperador y que habían contado con el apoyo activo
del duque y la duquesa, pedía a Marie de Brinon que asegurase a Pellisson que
lo único que impedía la paz entre las Iglesias era la consideración de
determinadas ventajas temporales por parte de algunos príncipes. Los
desgraciados acontecimientos de la época no favorecían las cosas, pero quizá la
capacidad de persuasión de Pellisson y de altos prelados como el obispo de
Meaux, a quien él mismo había enviado una carta de Rojas con detalles de su
plan, podrían ejercer alguna influencia sobre personalidades influyentes de su
bando y hacer revivir así la esperanza de una reunificación. En alusión a Luis
sin llegar a mencionar su nombre, Leibniz señalaba que ese rey tenía en su
poder la restauración de la paz y quizá también de la paz entre las Iglesias.
Antes de que Pellisson pudiera estudiar esta comunicación, se perdió cuando el
amanuense a quien la había entregado para que hiciera una copia para la abadesa
de Maubuisson sufrió un robo. Desde Hannover se envió otra copia(A I
6, pp. 190-1) y Pellisson respondió el 23 de abril de 1691 (A I
6, pp. 192-4). El intercambio de pareceres había tenido lugar hasta ese momento
por mediación de Marie de Brinon, con la máxima cortesía y no exento de algunos
halagos mutuos. Esto pudo contribuir a que Pellisson no llegara a darse cuenta
del espacio tan pequeño que les separaba, pues expresó a Marie de Brinon su
creencia en que tan sólo la oración podría lograr la conversión de Leibniz,
como había logrado la suya propia. AI enterarse por Marie de Brinon de que
Pellisson estaba enfermo, Leibniz le dirigió personalmente una carta (A I
6, pp. 195-7) en la que le manifestaba sus buenos deseos, así como los de la
duquesa Sofía, por una pronta curación, y aprovechaba la ocasión para hablar a
Pellisson de los días que pasó en París y de su presente estudio sobre la
historia de la Casa de Brunswick. Esto movió a Pellisson (A 1
6, pp. 209-14) a ofrecer los resultados de sus propias investigaciones
históricas por si eran de utilidad para la redacción de la historia de la Casa
de Brunswick, al tiempo que solicitaba la opinión de Leibniz, y de su heroína
Sofía, sobre el tema de la eucaristía, sobre lo cual Pellisson estaba
escribiendo.
Tras comunicar a Sofía la petición de Pellisson en carta del 30 de junio de
1691 (K7, pp. 114-17), Leibniz contaba una divertida historia que
había oído narrar al landgrave Ernesto relativa a un capuchino belga, que
estaba convencido de que el rey Guillermo era católico en el fondo de su
corazón y asistía a misa en secreto. El landgrave fue incapaz de persuadirle de
lo contrario, aunque su creencia equivalía a la afirmación de que Inocencio XI
era luterano o que Luis XIV recibiría a los hugonotes de nuevo con todos los
honores. Leibniz sentía no tener un político de esa clase en Loccum. Sofía
había pasado un periodo deprimida; un mes antes había confiado a Leibniz, quien
por entonces se encontraba en Wolfenbüttel, que intentaba alejar sus tristes
pensamientos escuchando el canto de los ruiseñores en el jardín de Herrenhausen (K 7,
p. 109). En ese momento estaba siguiendo una cura de reposo y comentaba con
agudeza (K 7, pp. 117-18) que la carta de Leibniz era más
agradable de leer que de contestar, pues el ejercicio de las piernas era más
saludable que el que tenía que hacer la cabeza para dar su opinión sobre la
eucaristía. Pensaba que debía tratarse de un milagro, pues sin inspiración
divina no era posible creer en algo cuando se está viendo lo contrario. Para no
ser menos que Leibniz, narraba una historia de humor negro sobre el rey
Guillermo. En una iglesia de París, un hombre había preguntado a un sacerdote
que se encontraba junto al agua bendita dónde podía encontrar al príncipe de
Orange; el sacerdote, en broma, había señalado a un hombre que estaba orando.
Un poco después, el que había preguntado dio muerte a este hombre en un campo
próximo a la iglesia.
Hacia el final de julio de 1691, Leibniz explicó a Marie de Brinon con mayor
detalle (A 1 6, pp. 235-7) los términos de la misión que el
emperador había encomendado al obispo de Neustadt y el acuerdo a que había
llegado con los teólogos de Brunswick-Lüneburgo, señalando que Pellisson,
Bossuet y otros como ellos deberían aprovechar una oportunidad tan favorable y
que quizá sólo se presentaría una vez cada cien años. En respuesta a una
petición de Marie de Brinon de los artículos que había acordado con Rojas (K 7,
p. 123) y que quería hacer comunicar a Pellisson y Bossuet, Leibniz respondió
que Molanus ya los había hecho llegar a Bossuet algún tiempo atrás. En este
punto, Bossuet entra en la correspondencia. Efectivamente, había recibido los
artículos de Molanus en 1683, pero los había dejado aparte y se habían
extraviado, por lo que pedía otra copia al tiempo que afirmaba que Roma nunca
renunciaría a ninguna decisión acordada por el Concilio de Trento (K 7,
pp. 134-8). Molanus, principal teólogo oficial como Leibniz lo describía a
Marie de Brinon, redactó un nuevo memorándum sobre las negociaciones con Rojas
que hizo llegar a Bossuet en dos envíos a finales de 1691 y comienzos de 1692.
Mientras tanto, Leibniz había recibido de Marie de Brinon la cuarta parte de
las Reflexions de Pellisson (Ravier 1937, p. 125), que
incluían sus objeciones a las dos primeras panes junto con fragmentos de la
correspondencia hasta enero de 1691. En 1692 se publicaron varias nuevas
ediciones con correcciones sugeridas por Leibniz (A I 7, pp.
176-7). Este lamentó que su nombre apareciera, pues personas malintencionadas
podrían interpretar mal sus palabras.
Leibniz envió una copia de la cuarta parte de las Reflexions de
Pellisson, recibidas desde Francia, a su viejo amigo el landgrave Ernesto de
Hessen-Rheinfels (A I 7, pp. 256-62) al tiempo que le pedía,
sin embargo, que no la mostrara a otros, pues temía que alguien pudiera no
darse cuenta de que lo que Pellisson llamaba su elogio de Luis XIV era en
realidad expresión de su deseo de que este rey utilizara su enorme poder para
fines más nobles. En esa misma cana insistía en su opinión de que el plan de
Rojas era la única vía de acabar con el cisma sin derramar más sangre con
nuevas guerras. El landgrave, sin embargo, estaba más bien de acuerdo con el
jurista barón Heinrich Julius von Blum de Praga, que consideraba que la
reunificación era una causa perdida ante la realidad de la política (A I
7, p. 300).
El 13 de julio de 1692 (K 7, pp. 200-1) Leibniz escribió a
Marie de Brinon diciéndole que Bossuet y Pellisson escribían muy bien, pero
que, cuando examinaba sus argumentos con lógica y un cálculo frío, dejaban de
serle comprensibles. A su vez, Leibniz y Sofía se incomodaron ante una carta de
la abadesa de Maubuisson que parecía sugerir que existía el proyecto de
publicar las cartas y escritos. Leibniz explicaba que esto sería
contraproducente, e insistía en la necesidad de guardar el secreto. Bossuet le
aseguró, sin embargo, que no había ningún proyecto de publicación (K 7,
pp. 208-10) y que el malentendido había surgido probablemente a raíz de una
solicitud que Marie de Brinon le había hecho para que tradujese los escritos en
latín para princesas.
La largamente esperada respuesta de Bossuet al memorándum de Molanus llegó a
Hannover en septiembre de 1692 (K 7, pp. 213-17). De hecho,
Bossuet rechazaba el plan de Rojas, pues concluía que las decisiones del
Concilio de Trento no estaban abiertas a discusión y que los protestantes eran
herejes formales, cuyos errores no podían excusarse. En carta a Pellisson de
noviembre (K 7, pp. 227-8), Leibniz manifestaba su decepción
ante la respuesta negativa de Bossuet, y en una carta posterior escrita en
diciembre (K 7, pp. 230-2) se lamentaba de las alusiones de
tipo personal que Bossuet le había dirigido, pues afirmaba que no podía
disculparse al propio Leibniz de la obstinación que hacía de ¿1 un hereje.
Pellisson envió a Leibniz una disculpa en nombre de Bossuet, quien fue incapaz
de presentarla él mismo personalmente, junto con una felicitación de Año
Nuevo (K 7, p. 232). Un mes más tarde, el 7 de febrero de
1693, Pellisson moría en Versalles.
A finales de marzo de 1693, Leibniz informó a Bossuet (K 7,
pp. 239-43) de que Molanus tenía la intención de escribir una respuesta cuando
regresara a su monasterio en Cuaresma. Pero debido a otras demandas que tuvo
que atender por esta época, seguidas de una enfermedad, el documento no estuvo
listo hasta agosto (K 7, p. 247). Mientras, el 12 de mayo de
1693, el viejo amigo de Leibniz, el landgrave Ernesto, con quien había
dialogado por carta sobre filosofía, religión y política durante trece años,
moría en Colonia.
En el otoño de 1693, Leibniz defendió los argumentos de Molanus presentando a
Bossuet los precedentes históricos de la posición protestante en el Concilio de
Trento (K 7, pp. 252-60). Decepcionado por su respuesta,
acusaba a Bossuet de no tomar en consideración los argumentos y cerrar las
puertas a la reunificación (K 7, pp. 266-71). Ese mismo día,
el 23 de octubre, escribió a Marie de Brinon para decirle que, si creían que
iban a lograr un acuerdo completo sobre todas las decisiones de Trento, «adieu
la réunion» (K 7, pp. 260-4). Tras un silencio de varios
meses, Bossuet anunció el 22 de abril de 1694 que su respuesta a Molanus estaba
casi lista. En este punto, Leibniz decidió hacer entrar en juego a la duquesa
Benedicta (viuda del duque Juan Federico), quien por entonces vivía en
Hannover. Leibniz sugería a Marie de Brinon (K 7, pp. 276-82)
que, aunque eran católicas, la duquesa y sus hijas podrían ayudar a la causa de
la reunificación tanto con el ejemplo de su actitud ecuménica como con la
lucidez de sus mentes. Añadía que Marie de Brinon y la Abadesa debían tomar la iniciativa.
Marie de Brinon respondió con una carta a Bossuet escrita el 18 de julio de
1694 (K 7, pp. 292-4), en la que le decía que la abadesa, su
hermana Sofía y la duquesa Benedicta deseaban que le colaborase en la
reunificación y añadía que ella misma había consultado a un amigo suyo de la
Sorbona, quien era de la opinión de que debían aceptar las condiciones que
ponían los luteranos.
Mientras esperaban respuesta, llegó a Hannover la noticia de que se había
desatado en París una polémica entre teólogos y actores que mostraba hasta qué
punto los teólogos eran intolerantes, incluso en cuestiones que no envolvían
artículos de fe. Uno de ellos, Francesco Caffaro, se había puesto de parte de
los actores y defendía su reclamación del derecho a recibir los santos
sacramentos, pero tuvo que retractarse cuando todos los teólogos de la Sorbona
y algunos otros se pusieron en su contra. Los poetas habían apoyado entonces a
los actores. Leibniz envió un poema escrito por él a Sofía (A I 10, pp. 70-1),
expresando su convencimiento de que el teatro proporcionaba un medio de
instrucción excelente. A Claude Nicaise, canónigo de Dijon, le envió el mismo
poema aunque sin reconocer que lo había escrito él mismo, y mostró su sorpresa
ante la actitud de los teólogos ante los miembros de una profesión autorizada
por el rey a hacer representaciones públicas (GP 2, pp. 594-51).
Con una impaciencia creciente, Leibniz recordó a Marie de Brinon el 24 de enero
de 1695 (K 7, pp. 312-13) que hacía nueve meses que esperaban
la respuesta de Bossuet a Molanus; estaban ansiosos por saber si existía alguna
posibilidad de lograr la reunificación o si habría que archivar el asunto
durante otros cien años. El 17 de marzo informó a Benedicta (K 7,
pp. 315-17) de que Bossuet parecía haber abandonado todo deseo de paz.
Recordaba además incidentalmente a Marie de Brinon (K 7, pp.
320-6) que había entrado en correspondencia con Bossuet por sugerencia suya.
Ella, a su vez (A’7, pp. 326-31) se sintió ofendida por la afirmación de
Leibniz, que interpretó en el sentido de que era ella quien edificaba una torre
de Babel y estaba unida al Anticristo. Después, el 2 de junio de 1695 (K 7,
pp. 332-3) Leibniz le pidió que preguntara a Bossuet directamente si opinaba
como ella que las demandas de los protestantes eran imposibles y si rechazaba
la opinión de quienes, estando en su mismo bando, sí las creían posibles.
Evidentemente, esto no provocó ninguna respuesta por parte de Bossuet. AI
parecer, después de que la causa de la reunificación sufriera un revés en
Alemania con la muerte de Rojas el 12 de marzo de 1695, la búsqueda de acuerdo
con los católicos franceses había llegado a un punto muerto.
Marie de Brinon entra en escena de nuevo dos años más tarde, en julio de 1697,
cuando Sofía mostró a Leibniz una carta que había recibido de la secretaria de
su hermana en la que ésta rogaba su conversión (K 8, pp.
31-2). En su comentario a Sofía (K 8, pp. 32-4), Leibniz se
mostró muy severo con la pobre Marie de Brinon en relación con su opinión de
que el camino de Roma era el único que ascendía a los cielos. Sofía, sin
embargo, respondió con su agudeza habitual (K 8, pp. 34-5).
Tras agradecer a Marie de Brinon que le mostrara mejor camino hacia el cielo
que el que la Divina Providencia le había mostrado, repetía las palabras de
Jesucristo: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas.» Y añadía: «Cuando tú
estés en la tuya y yo en la mía, no dejaré de hacerte la primera visita.»
§. Rosamunde von der Asseburg
En otoño de 1691, Sofía escribió a Leibniz desde Ebsdorf para conocer su
opinión acerca de una joven de buena familia a quien se le aparecía el Salvador
para dictarle escritos al estilo de los Evangelios de san Juan (K 7,
pp. 139-40, 150-1). La joven vidente, Rosamunde Juliane von der Asseburg
(nacida en 1672), era la mediana de tres hermanas que vivían en Lüneburgo.
Desde su infancia había visto a Dios. Un día, cuando tenía diez años, El puso
la mano sobre su cabeza; ella, asustada, se lo dijo a su madre, y ésta le dio
instrucciones para que, cuando el Salvador volviera a aparecérsele, le
preguntara qué tarca tenía reservada a su sierva (K 7, pp.
140-2); ella lo hizo así. Desde entonces, El se le aparecía a menudo y le
dictaba lo que debía escribir. En esa época, sus extraños poderes se habían
hecho conocidos fuera del círculo familiar y era sujeto de curiosidad. Su madre
había muerto recientemente. Leibniz confiaba al landgrave Ernesto (A I
7, pp. 188-91) que, si ella viviera aún, impediría que aquello se hiciera
público. Sofía contaba que habían dado a la joven un sobre sellado que contenía
tres preguntas en inglés, a las que ella contestó en alemán sin abrirlo.
También profetizó que Cristo se mostraría con toda su gloria en 1693 y reinaría
en la tierra durante miles de años. Sin embargo, Sofía se apresuraba a corregir
esta información, ya que había oído que la profetisa no había dado una fecha
fija sino que había dicho que sólo Dios la conocía. Rosamunde recibió una
confirmación de sus afirmaciones cuando tuvo una visión de su hermana muerta,
quien le explicó que tenía permiso de Dios para aparecerse a su hermana y
decirle que estaba al lado de Cristo, como afirmaba. Sofía lamentaba que el
superintendente de Lüneburgo, Johann Wilhelm Petersen, corriera el riesgo de
perder su posición al aceptar la profecía de Rosamunde sobre el reinado de
miles de años de duración de Cristo en la tierra. Añadía que tenía la intención
de ver a Rosamunde de incógnito en casa del superintendente en Lüneburgo.
También se había informado a Molanus y se le esperaba en Lüneburgo, a fin de
que examinase a Rosamunde en su calidad de jefe del Tribunal Consistorial.
Sofía manifestó a Molanus indirectamente su deseo de que Rosamunde no fuera
objeto de burla (K 7, p. 142).
Leibniz y Molanus manifestaron sus puntos de vista, muy distintos, en un
intercambio de cartas escritas el 22 de octubre de 1691. Leibniz (K 7,
p. 143) pensaba que Rosamunde podía entrar en la historia de la Iglesia y no
dudaba de que, si estuviera en Hannover, Molanus iría a verla e incluso la
invitaría en su casa, como habían hecho los Petersen en Lüneburgo.
Molanus (K 7, pp. 143-4), por su parte, sentía muy poca
simpatía hacia el asunto. Pensaba que debería llevársela tan pronto como fuera
posible a las aguas de Pyrmont para curar su estreñimiento, condición a la cual
atribuía sus visiones.
En su respuesta a Sofía, escrita el 23 de octubre de 1691 (A I
7, pp. 33-7), Leibniz expresaba su firme convicción de que las visiones de
Rosamunde tenían lugar de manera natural. Se maravillaba ante la naturaleza de
la mente humana, de la que sólo tenía un conocimiento limitado, y consideraba
que los poderes de Rosamunde eran un don. Esas personas no debían sufrir
reproches ni coerciones para que cambiaran, sino ser preservadas en su elevada
condición. Sin embargo, y como sospechaba, se había adornado la historia sobre
las preguntas encerradas en el sobre. Además, Rosamunde nunca había afirmado
que Cristo respondería a todas las preguntas; decidir eso era asunto suyo (K 7,
pp. 150-1).
Leibniz explicaba a Sofía que había dos maneras de distinguir las percepciones
reales de las ilusiones. En primer lugar, las percepciones reales guardan
relación con el mundo cotidiano en el que se vive, que a menudo está falto de
ensoñaciones. En segundo lugar, las percepciones reales son más vividas y
distintas que las imágenes que sólo provienen de los recuerdos de impresiones
pasadas. Sin embargo, una persona que tenga mucha imaginación puede tener
visiones tan vivas que parezcan reales. Cuando esto ocurre, aquello que se
aparece guarda relación con las cosas del mundo o con cosas que se toman por
tales. Por ello, jóvenes que hayan sido educadas en conventos, donde han
escuchado viejas historias de milagros y apariciones, si tienen mucha
imaginación son susceptibles de tener estas visiones, porque su mente está
llena de ellas y su creencia en que los espíritus del otro mundo se comunican a
menudo con nosotros no les permite concebir las dudas que el resto tendría en
circunstancias semejantes. Rosamunde veía a Cristo porque los protestantes
apenas hablaban de los santos. De la misma forma, Ezequiel tenía visiones de
edificios probablemente porque era arquitecto de la Corte y Osés y Amos, al
vivir en el campo, tenían sólo visiones rústicas. Tras comparar a Rosamunde con
los profetas de Israel, Leibniz señalaba a Sofía que no era necesario que todos
los dones de Dios fueran un milagro. Cada vez que él hacía uso de una
disposición natural de la mente y de las cosas que nos rodean para aportar una
luz al entendimiento o un sentimiento elevado al corazón, también eso era un
don. Reconocía, sin embargo, que los grandes profetas habían tenido dones
sobrenaturales, porque la maravillosa conexión de todas las cosas del universo
—como ponía en evidencia, por ejemplo, lo que el microscopio revelaba— mostraba
que las causas de los acontecimientos eran demasiado complejas como para
permitir profetizar sin poderes sobrenaturales. Temía que, si Rosamunde profetizaba
sobre acontecimientos particulares, hubiera venido al mundo para recibir daño.
Leibniz se mostraba disgustado por el comentario de Sofía de que Petersen se
arriesgaba a un despido al mostrar una opinión tan conforme con el Apocalipsis.
Pues la Confesión de Augsburgo se había opuesto únicamente a los milenaristas
que alteraban el orden público, pero el error de aquellos que, como Petersen y
Rosamunde, esperaban pacientemente el reino de Jesucristo en la tierra le
parecía muy inocente.
Sofía contestó el 25 de octubre (A I 7, pp. 37-8) diciéndole
que pensaba lo mismo, como podían testificar quienes estaban próximos a ella,
aunque no había sabido explicarlo tan bien como Leibniz. Opinaba que su carta
era más digna de publicación que la enviada a Pellisson sobre la reunificación
de la Iglesia. Al recibir su respuesta, Leibniz escribió inmediatamente a
Sofía (A I 7, pp. 38-40) para expresar su confianza en que el
duque y la duquesa de Celle, que habían estado con ella en Ebsdorf, fueran de
su misma opinión. Creía que era mejor dejar a los que eran como Rosamunde en
paz, siempre que no interfirieran en nada que pudiera tener consecuencias. Las
sectas surgían generalmente por oposición a alguna opinión en particular y con
el pretexto de impedir la herejía. En una posdata expresaba su deseo de que
Rosamunde no se viera sometida a más exámenes con sobres sellados. Sofía reveló
en su siguiente carta (A I 7, pp. 43-4) que la madre de
Rosamunde había consagrado a su hija a Jesús cuando aún se encontraba en su vientre;
ello llevó a Leibniz a concluir que la influencia había sido en parte
hereditaria. Después, el 10 de noviembre (A I 7, p. 53), Sofía
explicó a Leibniz que Rosamunde se había sentido atemorizada y entristecida
cuando se le pidió que contestara a un montón de preguntas estúpidas encerradas
en un sobre sellado y vio que el Salvador se había disgustado. Sofía añadía que
el duque Antonio Ulrico no tenía aún una opinión clara sobre Rosamunde pero
había comentado que el espíritu que se le aparecía era un mentiroso, puesto que
afirmaba que era el Salvador.
Por entonces Sofía regresó a Hannover, por lo que conversaciones posteriores
sobre Rosamunde pudieron tener lugar frente a frente en Herrenhausen. El
informe que Leibniz presentó al landgrave Ernesto el 23 de noviembre de
1691 (AI 7, pp. 188-91) parece haberse beneficiado de esas
conversaciones. Por ejemplo, observa que casi todos los que se aproximaban a
ella la tomaban por una semiprofetisa, debido a las cosas tan sorprendentes que
decía. Leibniz comentaba a su amigo que, si Rosamunde viviera en Italia o
España, habría sido capaz de fundar una nueva orden. La comparaba con santa
Teresa y con santa Catalina de Siena.
El 20 de febrero de 1692 Leibniz escribió sobre Rosamunde a la hija de Sofía,
la electora de Brandeburgo (A 1 7, pp. 101-4). Sofía Carlota
ya había oído hablar del asunto, como Leibniz sabía (K 7, pp.
164-5), al pietista Philipp Jakob Spener, por entonces preboste de san Nicolás
en Berlín; éste ponía en duda que Rosamunde hubiese recibido una revelación
divina pero, mientras careciese de mayor información, prefería no tomar una
decisión por el momento, Leibniz comenzaba informando a la electora de que el
proceso contra Petersen había concluido con su despido, por lo que éste se
había retirado a Wolfenbüttel. Se había alegado en su contra que Petersen había
contravenido la orden de no propagar su creencia en un reino milenario; pero su
peor crimen había sido el de publicar una obra sobre las visiones de
Rosamunde [49] en
donde afirmaba que Jesucristo se le aparecía a ella en persona. Tras rechazar
las afirmaciones de Petersen, Molanus había argumentado que, dejando de lado el
hecho de que las expresiones que el Salvador usaba para dirigirse a Rosamunde
—mi reina, mi palomita— no eran muy acordes al estilo de la cancillería
celestial (al menos, en la medida en que él podía conocerlo), había errores de
fe en la afirmación del supuesto Salvador cuando aseguraba que todos eran los
elegidos y que todos se salvarían. Leibniz decía a la electora que creía que
Spener, que había defendido a Petersen, diría ahora cuál era su decisión, y que
confiaba en que coincidiera con la suya propia. Hacía entonces la observación
de que, si personas nacidas en condiciones adversas y sujetas a malas
influencias en su juventud llegaban a imaginarse que podían convocar a los
malos espíritus, no había razón para no pensar que causas contrarías no
pudieran tener un efecto opuesto en una muchacha nacida en condiciones
favorables y bien educada, que quizá había recibido desde el momento de su
nacimiento la disposición a tener bellas visiones. Leibniz acababa diciendo a
Sofía Carlota que lamentaba pertenecer a una época en la que parecían estar de
moda las manifestaciones de una piedad puramente externa, y elogiaba a Spener
por su ejemplo de moderación y caridad, virtudes que constituían las auténticas
piedras de toque del auténtico amor a Dios.
Sofía comunicó a Leibniz desde Celle, el 12 de marzo de 1692 (K 7,
p. 194), que Rosamunde estaba en Berlín con la señora Sweinitz. Más tarde se
convirtió en dama de compañía de una condesa de Sajonia, donde Petersen la
visitó en 1708. A partir de este momento ya no se tienen más noticias de ella.
§. Dinámica
Hacia finales de 1691 hubo dos motivos que impulsaron a Leibniz a informar de
su nueva ciencia de la dinámica a sus amigos de París. A comienzos de año había
defendido su concepto de medida de la fuerza contra el ataque de Papin (GM 6,
pp. 204-11). Uno de los motivos fue la petición que le dirigieron el abad Simón
Foucher y el bibliotecario real Thevenot, ambos viejos amigos de sus días en
París y con quienes había restablecido contacto a través de Brosseau. En carta
a Leibniz del 31 de diciembre de 1691, Foucher comentaba la queja de Thevenot
de que no les hubiera entregado alguna parte de la mecánica que había dejado en
Florencia (GP 1, pp. 400-2). En su respuesta a Foucher,
Leibniz explicaba que había dejado su «Dinámica» en Florencia porque su amigo
Bodenhausen se había ofrecido a publicarla allí. Pero prometía que, en unos
pocos días y a modo de ejemplo, enviaría a Thevenot un teorema general sacado
de su dinámica (GP 1, pp. 402-6). El otro motivo fue una
petición de Pellisson, a quien había explicado algunas de las ideas
fundamentales durante el verano y el otoño de 1691. Sin entrar en cuestiones
teológicas, explicaba a Pellisson (A I 6, pp. 224-8) que
siempre había considerado por motivos naturales que la esencia de los cuerpos
consiste en algo distinto de la extensión. Había puesto por escrito la prueba
más simple para un hombre cultivado (el jansenista Amable de Tourreil), cuyo
nombre no mencionaba a Pellisson (GP 7, p. 447). Gracias a los
buenos oficios de Foucher, ésta apareció en el Journal des Sçavans del
18 de junio de 1691 (GP 4, pp. 464-6). Leibniz decía a
Pellisson que lo que había encontrado en los cuerpos como nuevo era la fuerza y
que a partir de este concepto había elaborado la nueva ciencia de la dinámica.
En una carta posterior (A 1 7, pp. 191-9) describía su
polémica con Catelan y Malebranche, además de mencionar su correspondencia con
Arnauld sobre la naturaleza de las sustancias corporales, y manifestaba a
Pellisson su deseo de que la disputa fuera examinada por geómetras competentes.
En su respuesta, escrita el 30 de diciembre de 1691 (A I 7,
pp. 225-8), Pellisson señalaba que a Catelan le iba a resultar difícil admitir
los errores que, evidentemente, había cometido, y sugería a Leibniz que
elaborase algo sobre la nueva dinámica para que fuera discutido por los
miembros de la Academia de Ciencias de París.
En respuesta a la sugerencia de Pellisson, Leibniz escribió un Essay de
dynamiqueen el que ordenaba mejor sus ideas y las desarrollaba con más
detalle que como habían aparecido en los artículos relacionados con la
controversia. Al enviar el manuscrito a Pellisson el 18 de enero de 1692 (A I
7, pp. 245-51) pidiéndole que se lo mostrara primero a Malebranche y después a
otros estudiosos, incluidos miembros de la Academia Real de Ciencias, comentaba
que durante su estancia en París había conocido a Thevenot, Cassini, Gallois y
Du Hamel, que por entonces era el secretario. En una nueva carta a principios
de febrero (A I 7, pp. 263-4) explicaba a Pellisson que no había
llegado a comunicar un número para el cual el copista había dejado un espacio y
que iba a enviar además una corrección. Sin embargo, olvidó incluir en la carta
el número o la corrección y tuvo que enviarlas unos días después (A I
7, p. 280). Esto puede dar una idea de la presión bajo la cual tenía que
trabajar al ocuparse de su voluminosa correspondencia.
Aunque Pellisson había prometido en abril enviar una copia del Essay de
dynamique a Malebranche a través de un amigo común, Gilles Filleau des
Billettes —que había conocido a Leibniz en París en casa de Arnauld (A I
7, pp. 304-6)—, todavía no la había enviado en octubre, cuando Malebranche
estaba ausente de París (A I 8, pp. 174-9). Al parecer, Malebranche
nunca llegó a recibir la copia, porque al reanudar la correspondencia personal
con Leibniz el 8 de diciembre de 1692 (GP 1, pp. 343-4) no
hacía mención alguna del Essay de dynamique. Con el pretexto
de aguardar el momento oportuno, Pellisson pospuso también durante varios meses
el envío del Essay de dynamique a la Academia Real de
Ciencias. El 29 de junio de 1692 comunicó a Leibniz que había enviado una copia
al abad Bignon unos días antes (A 1 8, pp. 118-21). De hecho,
se leyó en una reunión de la Academia el sábado 28 de junio y al parecer
después se olvidó. Aunque Des Billettes hizo una copia e inició correspondencia
con Leibniz ese mismo mes (A I 8, pp. 284-5), nunca aludió
al Essay. En una reunión del 14 de marzo de 1693, Pierre
Varignon presentó un estudio sobre la afirmación de Leibniz de que había
demostrado que la cantidad de movimiento no se conserva, pero hacía referencia
únicamente a la Brevis demonstratio que había aparecido en
las Acta Eruditorumen 1686 sin mencionar elEssay de dynamique. Se
diría que, o bien había olvidado el Essay, o creía que no
contenía nada nuevo. En cualquier caso, el manuscrito no estaba a su
disposición en ese momento, porque, como Foucher revelaba en carta a Leibniz
del 12 de marzo de 1693 (FCa, p. 104), su Essay se
encontraba entre los papeles de Thevenot, que había muerto el 29 de octubre de
1692.
Mientras tanto, el 6 de mayo de 1692 (A I 7, pp. 326-8),
Leibniz envió a Pellisson para su publicación en el Journal des Sçavans el
manuscrito de su Régle genérale sur la composition des mouvemens, trabajo
concorde con su dinámica y que contenía una regla que había descubierto años
antes. Sin duda este artículo llamó la atención de la Academia antes de
publicarse, porque Des Billettes hizo una copia que archivó junto con su copia
del Essay de dynamique. De nuevo Pellisson retrasó la publicación,
con la esperanza de recibir una respuesta de la Academia sobre el Essay
de dynamique. El artículo se publicó en el Journal des Sçavans el
7 de septiembre de 1693 (GM 6, pp. 231-3), siete meses después
de la muerte de Pellisson. Según una carta de Leibniz a Bossuet, había
permitido —con la aprobación de Pellisson— que el artículo apareciera en
el Journal des Sçavans con el fin de apelar al público en
general, después de no haber obtenido de la Academia ninguna respuesta a
su Essay de dynamique.
El propio Leibniz tenía la culpa de que Bodenhausen no publicara su Dynamica,
porque había retrasado una y otra vez el envío de la última parte. Esta
situación se mantenía aún en 1696, cuando escribió a L'Hôpital (GM 2, p.
305) que había sido incapaz de terminar el trabajo —el cual contemplaba sin
duda como un tratado definitivo que podría completar los Principia de
Newton— debido a las ideas nuevas que se le ocurrían continuamente. Sin
embargo, apremiado por sus amigos (GP 3, p. 162), elaboró un
resumen de su nueva dinámica bajo el título de Specimen
dynamicum(Ensayo de dinámica). La primera parte se publicó en
las Acta Eruditorum de abril de 1695; pero la segunda parte,
prevista para el número de mayo, no llegó a aparecer.
En su Essay de dynamique (Costabel 1960, pp. 97-106) Leibniz
manifestaba claramente su deseo de evitar una disputa que lo sería sólo de
lenguaje. Si otros querían dar a la fuerza otro significado él estaba dispuesto
a concederles la misma libertad que a sí mismo para que explicaran en qué
sentido usaban el término. La verdadera cuestión sobre la que quería llegar a
un acuerdo era que aquello a lo que él llamaba fuerza se conservaba, y no así
lo que otros habían nombrado con ese mismo término. Leibniz logró la claridad
que estaba buscando al exponer su argumento como si fuera una demostración
lógica formal y evitar el recurso a consideraciones metafísicas en términos de
causa y efecto, aunque recordaba al lector de pasada su principio de que el
efecto global era igual a la causa tota). Comenzaba definiendo las nociones de
fuerza igual, mayor y menor. Decía que, si al pasar de un estado a otro sin que
hubiese una acción externa resultaba un movimiento mecánico perpetuo, entonces
la fuerza del primer estado sería menor y la del segundo mayor; en caso
contrario serían iguales. A continuación suponía como axioma que la cantidad de
fuerza se conserva, y postulaba que toda la fuerza de un cuerpo se puede
transferir a otro. Suponiendo además la ley de caída de los graves que Galileo,
Huygens y otros habían demostrado, probaba que mv1 se
conserva, de modo que esta cantidad da la medida de la fuerza. Finalmente,
mostraba que no siempre se conserva la misma cantidad de movimiento, pues en
caso contrario podría obtenerse un movimiento mecánico perpetuo y eso es
imposible. Observaba, sin embargo, que la cantidad total de progresión (momento en
términos modernos) sí se conserva.
Entre sus conclusiones enunciaba una que explica la distinción entre fuerza
estática (forcé morte) y fuerza cinética (forcé vive). La
primera consiste en un único esfuerzo o conatos, la cual está
en la misma relación con la forcé vive (la cual resulta de una
suma de conatos) que el punto con la línea. Explicaba que, en
el inicio de la caída, momento en que el movimiento es infinitesimal, los
elementos de la rapidez son como las distancias, pero que tras la suma, cuando
la fuerza ha pasado a ser vive, las distancias son como los
cuadrados de las rapideces.
En la actualidad, la composición de movimientos se considera un problema
puramente cinemático. Leibniz, sin embargo, pudo ofrecer su Régle
générale de la composición des mouvemens como un resultado conforme
con su dinámica, pues veía el problema esencialmente como relativo al efecto de
las fuerzas sobre un cuerpo físico. Para simplificar, suponía un cuerpo en
movimiento que experimenta cuatro tendencias o movimientos representados por
AB, AC, AD, y AE (figura 7.1).
Figura 7.1
A
continuación imagina que el cuerpo está dividido en cuatro partes iguales y que
cada una de ellas asume uno de los cuatro movimientos. Cada parte tendría que
llegar cuatro veces más lejos que si todo el cuerpo siguiera esa tendencia, si
es que la cantidad de progreso (momento) ha de conservarse. Al no ser capaz de
moverse simultáneamente en cuatro direcciones, el cuerpo se mueve en realidad
en la misma dirección en que se movería el centro de gravedad de los puntos B,
C, D y E (GM 6, pp. 231-3).
Una semana después de la publicación de su artículo sobre la composición de
movimientos, Leibniz envió al Journal des Sçavans dos ejemplos
de problemas que podían resolverse usando su regla. También explicaba algo más
su noción de forcé morte y decía que usaba el término
«solicitación» para describir el esfuerzo infinitesimal o conatos (como
el de la acción de la gravedad o de la tendencia centrífuga) por medio del cual
un cuerpo se ve solicitado o incitado al movimiento, y del cual se necesitan
una infinidad de impresiones para producir un efecto finito (GM 6,
pp. 233-4).
Al comienzo del Specimen dynamicum, Leibniz declara responder
a peticiones de una exposición más completa de la nueva dinámica y, tras
recordar al lector la demostración que ha dado en otro lugar de que la fuerza
es un atributo real y esencial de los cuerpos, pasa a exponer con algún detalle
cuál es la naturaleza de esta fuerza. Considera en primer lugar la fuerza
activa, que es de dos tipos: primitiva y derivada. Al igual que la entelequia
primera, que corresponde al alma o forma sustancial, la fuerza primitiva
refiere sólo a las causas generales, que no pueden ser suficientes para
explicar los fenómenos; en otras palabras, la fuerza primitiva opera por entero
en el nivel metafísico. El conflicto de unos cuerpos con otros da lugar a una
limitación, por decirlo así, de la fuerza primitiva, que se manifiesta entonces
como fuerza derivada. En el plano físico, por tanto, la fuerza de un cuerpo
para actuar es esta fuerza derivada. Pasando a continuación a la fuerza pasiva,
Leibniz explica que también ésta es de dos tipos: primitiva y derivada. La
fuerza primitiva de sufrimiento o resistencia constituye, cuando se la
interpreta correctamente, lo que los escolásticos llaman materia prima. En
virtud de esta fuerza primitiva los cuerpos son impenetrables y poseen además
una especie de pereza (ignavia), por decirlo así, o
repugnancia al movimiento, de tal forma que no permiten que se les ponga en
movimiento sin un efecto sobre la fuerza de los cuerpos que los golpean. De
nuevo, la fuerza pasiva primitiva opera únicamente en el nivel metafísico, pues
la materia prima (es decir, la materia sin forma) es una abstracción. Los
cuerpos corpóreos reales constan de materia prima provista de forma (es decir,
fuerza activa) y Leibniz tos describe como materia segunda. Una vez los cuerpos
se encuentran en movimiento, su resistencia a la influencia externa (fuerza
pasiva primitiva en el nivel metafísico) se manifiesta de diversas maneras en
la materia segunda (la materia de la dinámica física) como fuerza derivada de
sufrimiento o resistencia. Es extraño que Leibniz no use aquí el término
«inercia natural» de los cuerpos como había hecho en el Journal des
Sçavans en 1691, al argumentar en contra de la noción cartesiana de
cuerpo (GP 4, pp. 464-6).
Al igual que Aristóteles, Leibniz supuso entonces que los cuerpos constaban de
materia y forma. Todos los cuerpos actuaban de acuerdo con su forma
(entelequia) y sufrían de acuerdo con su materia (materia prima). Las fuerzas
primarias, la activa y la pasiva, operaban sólo en el nivel metafísico; esto le
permitía rechazar la acusación de que estaba retomando las batallas
lingüísticas de los escolásticos al introducir las formas sustanciales como
causas físicas. Por otra parte, consideraba que era un exceso de la filosofía
corpuscular, excelente en sí misma, asumir una cruda noción de sustancia
corpórea basada únicamente en las apariencias, sin penetrar hasta su fundamento
metafísico. Puesto que, sin embargo, las fuerzas primitivas manifestaban su
actividad y pasividad por medio de fuerzas y resistencias derivadas en conexión
con el movimiento local, las leyes del movimiento se aplicaban a estas fuerzas
derivadas, conocidas no sólo por medio de la razón sino verificadas también a
través de la observación. Por tanto, la dinámica física se ocupaba
exclusivamente de las fuerzas derivadas.
Dirigiendo luego su atención a la doctrina de las fuerzas derivadas y al
problema de cómo los cuerpos interactúan entre sí, Leibniz define en primer
lugar los términos conatus e Ímpetus. La
tendencia o conatus viene medida por la velocidad (es decir,
por la rapidez combinada con la dirección), mientras que el ímpetus viene
medido por mv, el producto de la masa (moles) [50] por la
velocidad. Así, la medida del ímpetus es lo que los
cartesianos llaman cantidad de movimiento. Sin embargo, y puesto que el
movimiento es un cambio de posición continuo que requiere tiempo, Leibniz pensó
que sería más correcto definir la cantidad de movimiento como una suma de los Ímpetus existentes
en el cuerpo en movimiento multiplicados por los intervalos correspondientes.
Así, aunque estaba dispuesto a aceptar la terminología cartesiana, habría
preferido definir la cantidad de movimiento como m∫vdf = ms o,
dado que s era proporcional a v2, como mv2; es
decir, la medida de la fuerza que había adoptado en la Brevis
demonstratio de 1686.
Continúa diciendo que el propio ímpetus surge de una sucesión
infinita de impactos sobre el mismo cuerpo en movimiento, de manera que
contiene también un cierto elemento a partir del cual puede surgir únicamente
por medio de infinitas repeticiones. Al ímpetus infinitesimal
(o conatus) lo llama solicitación. Añade que estas entidades
matemáticas no se encuentran en la naturaleza como tales, sino que únicamente
proporcionan un medio para hacer cálculos abstractos. Lo que realmente existe
en la naturaleza es la fuerza. Explica entonces la distinción entre fuerza
estática (vis mortua) y fuerza cinética (vis viva). A
los ejemplos de vis mortua (forcé morte) publicados en
el Journal des Sçavans —la tendencia centrífuga y la
solicitación de la gravedad— añade la fuerza con que un muelle estirado tiende
a recuperarse. En el impacto, sin embargo, la fuerza es viva y surge de una
infinidad de impresiones de la fuerza estática. Opina que esto es lo que
Galileo quería decir cuando señaló de forma enigmática que la fuerza del
impacto era infinita en comparación con el impulso único de la gravedad.
Al llegar a este punto, Leibniz explica la distinción entre las fuerzas
absoluta, progresiva y relativa que había introducido en la segunda parte de
su Dynamica(véase el capítulo 6) y los principios de conservación
que siguen.
Tras señalar que los antiguos únicamente conocían la fuerza estática, Leibniz
se atribuía a sí mismo la explicación de la verdadera noción de fuerza.
Señalaba que aún no la poseía cuando escribió las Hypothesis physica
nova, porque en ese momento no se había dado cuenta de la resistencia
interna de los cuerpos. Al descubrir que la definición de cuerpo estaba
incompleta sin la atribución de la fuerza, pudo establecer un cierto número de
reglas sistemáticas para el movimiento: que todo cambio tiene lugar
gradualmente, que toda acción conlleva una reacción, que ninguna fuerza tiene
lugar sin que disminuya la fuerza anterior y que no hay más ni menos fuerza en
el efecto que en la causa. Leibniz consideraba irrelevante que al nuevo
principio necesario para completar la definición de cuerpo se le llamase forma,
entelequia o fuerza, siempre y cuando no se olvide que sólo se le puede
explicar inteligiblemente mediante la noción de fuerza. No podía mostrarse de
acuerdo con los ocasionalistas, que habían retirado toda fuerza de acción de
las cosas mismas y atribuían su movimiento a la acción directa de Dios. Pues,
si bien admitía que todo proviene de una creación continua de Dios, no podía
ver ninguna verdad natural en cosas cuya causa había que encontrarla en una
acción divina y prefería creer que Dios había puesto en las cosas mismas desde
siempre propiedades que permitían dar una explicación de todos sus predicados.
Desestimaba el principio hilárquico de Henry More por considerarlo una doctrina
ingenua, introducida bajo el supuesto erróneo de que existían cosas en la
naturaleza que no se podían explicar mecánicamente y de que aquellos que
defendían explicaciones mecánicas pretendían negar a los seres incorpóreos. En
opinión de Leibniz, la mejor solución —acorde por igual con la piedad y con la
ciencia— consistía en reconocer que todos los fenómenos pueden explicarse a
partir de causas mecánicas eficientes, pero que estas leyes mecánicas tienen
que derivarse en general de razones más elevadas.
Leibniz sostiene, sin embargo, que existen dos formas de explicar los
fenómenos: como un dominio de potencia o de causas eficientes y como un dominio
de sabiduría o de causas finales. Pues Dios regula a los cuerpos como a
máquinas según las leyes de la matemática, pero lo hace por el bien de las
almas según las leyes de la bondad o la moralidad. Los dos dominios se
interpenetran mutuamente y sus leyes son armónicas, de tal modo que lo máximo
en el dominio de la potencia y lo óptimo en el dominio de la sabiduría tienen
lugar juntos. Como ejemplo del uso de las causas finales en física citaba su obtención
de las leyes de la óptica a partir del principio de mínima resistencia, que
Molyneux había elogiado.
Pasando a ocuparse de la verdadera estimación de las fuerzas, promete dar en
otro lugar un método a priori basado en los conceptos de
espacio, tiempo y acción, y da a continuación el método a posteriori que
ya había expuesto en la Brevis demonstratio.
Aunque la segunda parte del Specimen dynamicum no apareció,
como había prometido, en el número de mayo, su contenido revela algunas de las
ideas nuevas que Leibniz estaba en ese momento intentando poner en claro.
Comenzaba subrayando que, mientras la fuerza era absolutamente real, el espacio
y el tiempo, así como el movimiento, no eran reales como aquélla sino en la
medida en que incluían los atributos divinos de la inmensidad, eternidad y
actividad o fuerza de las sustancias creadas. De ello deducía que no puede
darse el vacío en el espacio y en el tiempo y que el movimiento, considerado
por separado de la fuerza, era relativo. Puesto que, en cualquier instante,
sólo existen la fuerza y el efecto que resulta de ella, y todo esfuerzo tiende
a la línea recta, de ello se sigue, concluía Leibniz, que todo movimiento tiene
lugar en línea recta o está compuesto de movimientos que se desarrollan en
línea recta. Deducía además, a partir del principio de que todo cambio es
continuo, que no puede haber átomos, es decir, cuerpos de dureza máxima. Pues,
si tales átomos existieran, sus rapideces cambiarían instantáneamente con los
choques. Todos los rebotes, sostenía, deben provenir de la elasticidad, de
manera que todo cuerpo, por pequeño que sea, está penetrado por un fluido aún
más sutil (causa de la elasticidad), en un proceso que se repite hasta el
infinito. Otra conclusión interesante alcanzada por Leibniz era que, en
relación con los movimientos relativos al centro de gravedad común a dos
cuerpos, el movimiento de cada uno de ellos después del choque proviene de su
propia fuerza interna. Así, puede derivarse el efecto sobre cada cuerpo a
partir de la fuerza que hay en su interior, sin necesidad de suponer ninguna
influencia de uno sobre el otro, y esto incluso si la acción de uno de ellos es
la ocasión para que el otro produzca un cambio en su interior. Esta idea
encontrará un paralelismo en su doctrina metafísica de las sustancias o
mónadas, como las llamará más tarde.
En un Essay de dynamique posterior (GM 6, pp.
215-31), que pretendía ser un intento más de propagar sus ideas sobre dinámica
(las cuales creía que no habían sido bien entendidas), Leibniz explicaba que,
en el caso de un choque inelástico, la pérdida de vis viva que
se observaba era sólo aparente. Pues sostenía que la ley de la conservación
de vis viva en el mundo, que había demostrado, era inviolable.
Aunque las partes del cuerpo fueran perfectamente elásticas y conservasen, por
tanto, el total de vis viva que habían recibido en el choque,
no estaban lo suficientemente bien organizadas como para transferir ésta a la
masa global. En consecuencia, parte de la vis viva recibida
por el cuerpo en el choque se distribuía entre sus partes en forma de
movimientos al azar que eran causa de choques internos.
§. Metafísica
Debido a la estrecha relación entre su metafísica y su dinámica —puesto que una
trataba del concepto de sustancia en general y la otra de la sustancia corpórea
en particular—, era lógico que Leibniz quisiera poner en claro y difundir sus
ideas filosóficas al mismo tiempo que las relativas a su nueva ciencia de la
dinámica. Además, y dado que su punto de partida había sido el rechazo de la
filosofía de Descartes, elaboró una crítica detallada de los apartados
generales de los Principia philosophiae de Descartes (GP 4,
pp. 350-92) y se la envió a Basnage de Beauval a mediados de 1692, con la
esperanza de que encontrara un editor en Holanda. Un año más tarde Basnage
todavía tenía el manuscrito (GP 3, p. 97), ya que no había
encontrado a nadie dispuesto a publicarlo, sobre todo porque estaba escrito en
latín (GP 3, pp. 81-3). Mientras tanto, se lo había mostrado a
Huygens, quien (GM 2, p. 139) afirmó estar de acuerdo con Leibniz
en que la esencia de los cuerpos no era la extensión pero se le oponía al
mantener que la resistencia a la penetración implicaba la existencia de átomos
de dureza perfecta; también se lo había mostrado a Bayle, que había estado
demasiado ocupado para poder escribir un comentario (GP 3, p.
108). Huygens (GM 2, pp. 136-41) sugirió a Leibniz la idea de
ofrecer su escrito como apéndice a la segunda edición de la Censura
philosophiae Cartesianae, obra de Pierre Daniel Huet, obispo de Avranches.
La tesis de este libro, publicado por primera vez en 1689, defendía que la
filosofía cartesiana es peligrosa para la religión. La idea, sin embargo, quedó
en nada. Leibniz. señalaba a Basnage (GP 3, pp. 104-5) que
podría haber sido posible si hubiera podido obtener algún comentario de los
eruditos cartesianos de Holanda.
En marzo de 1694 Leibniz publicó en las Acta Eruditorum un
breve artículo, De primae philosophiae emendatione et de notione
substantiae (Sobre la corrección de la metafísica y el concepto de sustancia)
(GP 4, pp. 468-70), en el cual explicaba la diferencia entre su
concepto de «fuerza activa» (vis activa) y la «mera
potencia» (potentia nuda) de los escolásticos. Mientras la
potencia de los escolásticos era una potencialidad que necesitaba un estímulo
externo, por decirlo así, para transformarse en acción, su propio concepto de
fuerza activa contenía una entelequia y envolvía un esfuerzo, de tal forma que
se ponía en acción a sí misma sin necesidad de ayudas, sino únicamente con la
eliminación de los impedimentos. El poder de actuar era inherente a todas las
sustancias y siempre surgía de él algún tipo de acción, de tal modo que las
sustancias corpóreas, al igual que las sustancias espirituales, nunca dejaban
de actuar. Era fácil ver, añadía, que lo que una sustancia creada recibe de otra
no es la propia fuerza para actuar, sino únicamente los límites y determinación
de su propio poder de actuar. Dejaba para otra ocasión el difícil problema de
la acción mutua de unas sustancias sobre otras.
En carta a Bossuet del 12 de julio de 1694 (A I 10, pp.
136-44) Leibniz explicaba que había publicado el artículo aparecido en
las Acta Eruditorum a petición de un amigo de Leipzig. Se
trataba tan sólo de un sencillo ejemplo del tipo de los que se conformaba con
dar hasta que tuviera tiempo suficiente para poner en orden sus ideas
filosóficas. Pero confiaba a Bossuet que en ese momento se encontraba
escribiendo un ensayo en el cual daría a conocer su concepción de las
relaciones entre cuerpo y mente, algo en lo que llevaba varios años trabajando.
El ensayo prometido apareció en junio de 1695 en el Journal des
Sçavans(CP 4, pp. 477-87). Se titulaba Systéme nouveau de la
nature et de la communication des substances, aussi bien que de l'unión qu'ily
a entre l'áme et le corps y contenía la primera exposición publicada
de la metafísica de Leibniz.
Al comienzo del ensayo, Leibniz dice al lector que, tras haber concebido su
sistema filosófico varios años atrás, lo había discutido con eruditos y en
particular con uno de los más grandes teólogos y filósofos de la época
(Arnauld, cuyo nombre no menciona), quien había escuchado la opinión de una
personalidad de la más alta nobleza (el landgrave Ernesto de Hessen-Rheinfels,
cuyo nombre tampoco menciona). En un principio este gran teólogo había
encontrado algunas de sus ideas paradójicas; pero tras escuchar las
explicaciones de Leibniz se había mostrado de acuerdo con algunas y había
pospuesto el pronunciarse sobre otras. Leibniz hace a continuación una
exposición autobiográfica de su aceptación inicial de la filosofía mecánica y
de cómo se dio cuenta más tarde de la necesidad de rehabilitar las formas
sustanciales de forma que resultaran inteligibles. Por ello, y tras liberarse a
sí mismo de las ataduras de Aristóteles, había comenzado aceptando la
existencia de los átomos y el vacío, pero tras rechazar más tarde la existencia
de átomos materiales —pues eran inconsistentes con el principio de continuidad,
como había explicado a Foucher, por ejemplo, en una carta publicada en el Journal
des Sçavans en junio de 1692 (GP 1, pp. 402-6)— había
comprendido que era imposible encontrar los principios de una unidad verdadera
en la materia, que era pasiva y divisible hasta el infinito. Pues un agregado
únicamente podía derivar su realidad de unidades verdaderas, y éstas tienen que
diferir de los puntos, ya que era evidente que el continuo no puede estar
compuesto de puntos. Había concluido que esas unidades reales sólo podían
encontrarse en átomos formales y era necesario, por tanto, rehabilitar las
formas sustanciales, pero de tal manera que resultasen inteligibles y evitasen
el mal uso a que se habían visto sometidas con anterioridad. Leibniz explica
entonces que la naturaleza de esos átomos formales es la fuerza (es decir, la
actividad), de tal forma que poseen algo parecido a los sentidos y al apetito y
pueden ser vistos, por tanto, como análogos de alguna manera a las almas. Estas
formas no deben utilizarse, sin embargo, para explicar cuestiones particulares
en la naturaleza, aunque son necesarias para establecer sus verdaderos principios
generales. Aristóteles las había denominado entelequias primeras; Leibniz las
denomina fuerzas primitivas, y son tales que contienen no sólo la actualización
o realización de sus posibilidades, sino también una actividad originaria.
Leibniz diferencia a las mentes o almas racionales de aquellas que están
hundidas en la materia y se encuentran en todas partes. Pues las mentes o almas
racionales han sido creadas a imagen divina y siguen las leyes morales
especiales que las sitúan más allá de las revoluciones de la materia. Puesto
que toda sustancia que contenga una unidad verdadera únicamente puede
originarse y llegar a su fin mediante un milagro, Leibniz sostiene que las
demás formas o almas materiales fueron creadas a la vez que el mundo y subsistirán
siempre. Sin embargo, desecha la idea de una transmigración de las almas de un
cuerpo a otro como una ficción alejada de la verdadera naturaleza de las cosas.
Pues las observaciones de Swammerdam, Malpighi y Leeuwenhoek le habían llevado
a creer que lo que aparece como generación de los animales es en realidad
desarrollo y crecimiento de animales ya formados. De igual manera, cuando los
animales parecen morir debido a la destrucción de sus partes más grandes, en
realidad sobreviven, aunque su cuerpo orgánico se reduce a un tamaño tan
pequeño que resulta invisible, semejante al que tenía antes de su nacimiento.
Las máquinas de la naturaleza —es decir, los animales y otras sustancias
corpóreas que dependen de leyes mecánicas más que morales— siguen siendo las
mismas máquinas a través de todas las transformaciones. Cuando una sustancia
orgánica se ha contraído por completo, hasta el punto de aparecer ante nosotros
como un punto físico, todos sus órganos se hallan concentrados en ese punto.
Esto significa que los puntos físicos son indivisibles sólo en apariencia. A
las unidades reales, que carecen verdaderamente de partes y son los elementos
últimos en el análisis de las sustancias, Leibniz las denomina puntos
metafísicos. Estas formas o almas poseen una especie de vitalidad y percepción;
los puntos matemáticos constituyen los puntos de vista desde los cuales las
primeras expresan el universo.
Pasando al problema de la unión del alma con el cuerpo, Leibniz comienza
diciendo que no ha encontrado modo alguno de explicar de qué manera cuerpo y
alma pueden interactuar, o de qué manera una sustancia creada puede comunicarse
con otra. Reflexionar sobre la imposibilidad de esas interacciones le había
llevado a una conclusión sorprendente: la de que Dios ha creado originariamente
las almas, y todas las demás entidades reales, de tal forma que toda su
actividad haya de surgir espontáneamente de sus propias naturalezas y, sin
embargo, en perfecta conformidad con los objetos externos a ellas. Las
percepciones del alma son simplemente fenómenos que surgen de su propia
naturaleza y su capacidad de representar el universo, aunque esto último con
grados de distinción variables y desde su propio punto de vista. La secuencia
de las representaciones que se originan en el alma se corresponderá de forma
natural con la secuencia de los cambios que tienen lugar en el propio universo.
El cuerpo es lo que el alma expresa o representa de forma más inmediata, y
actúa de acuerdo con las leyes de los mecanismos corpóreos en el mismo instante
en que el alma lo quiere, pero sin que ninguno de ellos influya en las leyes
del otro. Este acuerdo mutuo o armonía, establecido con antelación para todas
las sustancias del universo, hace surgir lo que se denomina su comunicación y
constituye la unión de cuerpo y alma.
Leibniz señala que su hipótesis presenta algunas ventajas que la hacen
recomendable. Por ejemplo, en lugar de tener que decir que sólo somos libres en
apariencia —como algunos partidarios de la filosofía mecánica han pensado—
permite decir que sólo estamos determinados en apariencia y que en un sentido
metafísico estricto nos encontramos en un estado de independencia perfecta con
respecto a la influencia de otras cosas creadas. A principios de año había
escrito el diálogo Sur la liberté de l'homme et sur l’origine du mal después
de mantener una conversación con el consejero de Brandeburgo, F. von Dobrzensky
(Bodemann 1895, p. 45). La hipótesis proporciona también una nueva prueba de la
existencia de Dios como fuente del perfecto acuerdo de untas sustancias que no
se comunican entre sí. Finalmente, reivindica para su metafísica algo más que
el estatuto de hipótesis, pues le parece difícilmente posible explicar
inteligiblemente las cosas de otra forma. Añade, sin embargo, que puede
conservarse la manera usual de hablar; así, cuando tengan lugar cambios
relacionados entre sí, podemos pensar que una sustancia actúa sobre otra
—siempre y cuando recordemos que no se da una interacción real.
La publicación del Systéme nouveau en el Journal des
Sçavans provocó una respuesta inmediata del abad Foucher (GP 4,
pp. 487-90), que no podía entender en qué sentido el principio de armonía o
concomitancia —como él lo llamaba— presentaba alguna ventaja sobre las
explicaciones de los cartesianos. Al creer que Foucher se encontraba de viaje,
Leibniz envió su respuesta directamente al editor del Journal des
Sçavans a través de L'Hôpital, pensando en ahorrar tiempo (GM 2,
pp. 297-302). Indicaba a L'Hôpital que mediante esta respuesta podría ver en
qué respectos su hipótesis de la armonía preestablecida difería de la de
Malebranche y los cartesianos. Sin embargo, confiaba en que Malebranche
estuviera dispuesto a aceptar su hipótesis, que debía verse no como un rechazo
de la doctrina del ocasionalismo sino como una mejora y subsiguiente desarrollo
de ésta. En la respuesta publicada, que apareció en el Journal des
Sçavans en abril de 1696 (GP4, pp. 493-8), Leibniz sugería
que la repugnancia que Foucher sentía hacia su hipótesis se debía,
probablemente, a que pensaba que era arbitraria y no había entendido que había
sido deducida de su concepto de unidad o sustancia.
También Basnage de Beauval debió hacer algunas críticas, porque Leibniz sintió
la necesidad de aclarar para él el principio de la armonía preestablecida en
carta del 13 de enero de 1696 (GP 3, pp. 120-3; 4, pp.
498-500). Un mes más tarde, Basnage publicó las explicaciones de Leibniz en
su Histoire des ouvrages des Savans (GP 4, pp. 490-3). En
noviembre de 1696 Leibniz añadió aún más aclaraciones en una colaboración
enviada al Journal des Sçavans (GP 4, pp. 500-3); aquí utilizó
la expresión «armonía preestablecida» por primera vez en un escrito impreso. A
las objeciones de Pierre Bayle, que aparecieron en el segundo volumen de suDictionnaire
historique et critique —publicado en Rotterdam en 1697 (GP 4,
p. 418)—, les siguió una larga disputa. Otra disputa, bastante desagradable y
que Leibniz habría preferido evitar, se inició a raíz de la publicación en
el Journal des Sçavans de una carta escrita en febrero de 1697
a Claude Nicaise (que era compañero de Foucher) y que no estaba destinada a ser
publicada (GP 2, pp. 562-5). En esta carta Leibniz comentaba el
peligro que suponía para la religión el rechazo por parte de Descartes de las
causas finales y la subsiguiente negación de que la sabiduría divina cumpliese
alguna función con respecto al orden de las cosas. Esto originó una agria
réplica del cartesiano Pierre Sylvain Régis (GP 2, p. 575), publicada en
el Journal des Sçavans en julio de 1697, en la que sugería a
Leibniz que se limitara a ocuparse de matemáticas, donde sobresalía, y no se
inmiscuyera en filosofía, donde no contaba con la misma ventaja. En su defensa,
publicada un mes después (GP 4, pp. 336-42), Leibniz explicaba que se había
limitado a hacer una crítica a Descartes que ya había hecho más de una vez
Huet, obispo de Avranches, cuyos puntos de vista habían constituido el tema de
su correspondencia con Nicaise en aquella época. No tenía ninguna necesidad,
como había sugerido Régis con impertinencia, de construir su reputación sobre
las ruinas de Descartes.
§. François Mercure van Helmont
A Leibniz se le presentó la oportunidad de explicar su metafísica y discutirla
con la electora Sofía cuando, en el verano de 1694, ella le envió dos obras
recientemente publicadas que había recibido a su vez de su viejo amigo el barón
François Mercure van Helmont, al tiempo que le pedía su opinión. En relación
con la primera obra, Verhandeling van de Helle (Tratado sobre el
infierno), publicado anónimamente en Groningen, Leibniz era de la opinión
de que van Helmont no deseaba probablemente admitir su autoría, aunque su
rechazo del concepto de condenación eterna tenía muchos precedentes tanto en c)
mundo antiguo como en el pasado reciente. La otra obra, Het Godlyk
Weezen (El Ser divino) contenía una exposición ordenada de la teología
de van Helmont escrita por su amigo Paulus Buchius, médico de Amsterdam. Si
bien estaba de acuerdo con van Helmont en su reprobación de gassendistas y
cartesianos por su adscripción exclusiva a la filosofía corpuscular, que
explicaba toda la naturaleza mediante el concepto de materia o extensión, hacía
notar que muchas de las ideas de van Helmont estaban basadas más en la Cábala
judía que en razonamientos incontestables. A continuación decía a Sofía que,
mediante la elaboración de algunos principios metafísicos, había formulado el
concepto de fuerza, que proporcionaba la clave para explicar la conexión entre
lo espiritual y lo corpóreo. Aunque estaba de acuerdo con van Helmont en que
las almas, una vez creadas, eran indestructibles, no podía creer en la
transmigración. Describía entonces a Sofía su teoría de la transformación del
mismo animal, de la que afirmaba que existía un precedente clásico en una obra
atribuida a Hipócrates, y señalaba que no pretendía aplicar la misma teoría a
los humanos; pues, habiendo sido creados a imagen de Dios, los humanos estaban
gobernados por leyes especiales que sólo podían comprenderse en todos sus
detalles mediante la revelación. Por la época en que escribió esta explicación
para Sofía, fechada el 13 de septiembre de 1694 (A I 10, pp.
57-65), un fuerte catarro y la fiebre le habían obligado a dejar la feria de
Brunswick y regresar a casa.
Dos años más tarde, van Helmont permaneció algunos meses en Hannover como
invitado de la electora Sofía. Poco después de su llegada, en marzo de 1696,
Leibniz se unió a las conversaciones entre él y Sofía mientras éstas tuvieron
lugar. En carta a Thomas Burnet describía cómo se desarrollaban (CP 3,
pp. 174-9). A las 9 en punto de la mañana acompañaba al barón hasta las
habitaciones de Sofía. El barón solía sentarse en el escritorio y explicaba sus
ideas. Leibniz escuchaba y, de vez en cuando, interrumpía cuando las
explicaciones de Van Helmont no eran suficientemente claras.
Leibniz consideraba que, si bien van Helmont tenía algunas ideas magníficas,
tenía además un excelente sentido práctico. El 13 de agosto, precisamente, se
presentó la oportunidad de recurrir a su consejo práctico, cuando Leibniz
recibió la confirmación oficial de su nombramiento como consejero privado de
Justicia. Tras dedicar la mañana a discutir con el presidente de la Cámara su
proyecto para la instalación de fuentes en el jardín de Herrenhausen,
inspeccionó por la tarde la zona en compañía de van Helmont y dos asesores con
el fin de decidir la localización del canal que llevaría el agua a las fuentes.
A lo largo de la semana siguiente tuvieron lugar a diario otros encuentros en
las habitaciones de Sofía; el tema de conversación versó en tomo a las ideas de
van Helmont sobre la inmortalidad y la transmigración de las almas. Después de
que Leibniz hiciera una visita a Wolfenbüttel los intercambios continuaron,
hasta que el 23 de septiembre van Helmont regresó a Amsterdam. Cuando van
Helmont se hubo marchado, Leibniz escribió un informe sobre las conversaciones,
que Sofía envió a su sobrina, la duquesa Isabel Carlota de Orleáns, a
París (K 8, pp. 8-11). Describía al barón como un viejo amigo
de la electora de Hannover, quien acostumbraba a decir, al hablar de él, que no
se entendía a sí mismo. Aunque católico romano en sus comienzos, después se
había hecho cuáquero; vestía un hábito con capucha de color marrón mortecino
que le daba el aspecto de un artesano más que el de un barón. A sus 79 años de
edad, se conservaba despierto y activo; era un conocedor en campos tan diversos
como el arte de tejer, la pintura y la medicina. La idea más importante de
todas las que sostenía era la de la transmigración de las almas. Llegado a este
punto, Leibniz enunciaba algunos de los principios de su propia metafísica
sobre la naturaleza de las almas. En noviembre envió a Sofía una exposición más
detallada de su metafísica, explicando en particular su teoría de la
representación (K 8, pp. 14-18).
A pesar de su desacuerdo de fondo con van Helmont, Leibniz admiraba sin duda
las cualidades personales del barón. A Andreas Morell le escribió que van
Helmont era una de las pocas personas de extraordinario talento que había
conocido que compartía su opinión de que la caridad representa un principio
fundamental (MK, p. 143) [51].
§. Matemáticas y lógica
Cuando Leibniz retó al abad Catelan en 1687 a que encontrara la curva de caída
uniforme, introdujo con ello una estrategia útil para promover su nuevo cálculo
que se seguiría aplicando en años posteriores. Por ejemplo, Jakob Bernoulli
propuso en 1690 el problema de la catenaria y en 1696 su hermano Johann el de
la braquistócrona o trayectoria de caída más rápida. En ambos casos se pidió a
los participantes que no publicaran sus soluciones antes de que finalizara el
plazo, sino que las entregaran a un tercero. De esta manera se confiaba en
recibir varias soluciones, todas basadas en el nuevo análisis, y se demostraría
su superioridad sobre el de Descartes.
De hecho, fue Leibniz quien estableció un plazo de un año para hallar la
solución al problema de la catenaria, después de aceptar la invitación de
Bernoulli para resolverlo. Tanto Huygens como Johann Bernoulli enviaron
soluciones a las Acta Eruditorum antes de que expirara el
plazo. Se publicaron después de la de Leibniz, que apareció en junio de 1691
( GM 5, pp. 243-7). Se sintió satisfecho al ver que las tres
soluciones coincidían (GM 5, pp. 255-8). Leibniz volvió a
publicar su solución en marzo de 1692 en el Journal des Sçavans (GM 5,
pp. 258-63), enfatizando que había sido posible hallar la solución gracias a su
nuevo análisis infinitesimal, que era completamente distinto a los de Cavalieri
y Wallis e iba más allá del de Descartes. Al final del artículo muestra cómo
aplicar la catenaria en navegación, en caso de que el capitán extravíe su tabla
de logaritmos. Magliabechi incluyó en el Giomale de Letterati, publicado
en Módena, una tercera versión de la solución como ejemplo del nuevo
análisis (GM 5, pp. 263-6).
Otra oportunidad de mostrar el poder del nuevo análisis surgió el 27 de mayo de
1692, cuando Leibniz recibió del príncipe Fernando de la Toscana la petición de
que resolviera un problema que había propuesto Viviani con el pseudónimo de Don
Lisci Pusillo. El problema era relativo a un templo semiesférico con cuatro
ventanas idénticas y diseñado de tal modo que, cuando las ventanas estaban
abiertas, la superficie restante era cuadrable. Tras encontrar la solución ese
mismo día, Leibniz la envió al príncipe en el correo siguiente. En junio se
publicó su solución en las Acta Eruditorum (GM 5, pp. 273-8).
En un breve artículo que envió al Journal des Sçavans (GM 5,
pp. 278-9) por mediación de Nicaise (GP 2, p. 537) en julio de
1692, Leibniz señalaba que Descartes se había visto obligado a excluir los
números trascendentales de su geometría para poder mantener que todos los
problemas geométricos se podían resolver con su método. Al describir las
ventajas de su propio análisis en una colaboración posterior, publicada en
el Journal des Sçavans en agosto de 1694 (GM 5,
pp. 306-8), Leibniz explicaba que los números trascendentales, que se originan
a menudo en aplicaciones de las matemáticas a la física, podían escribirse
siempre como una serie de números racionales. Ya había dado varios ejemplos de
números trascendentales expresados bajo la forma de una serie infinita un año
antes, en un artículo publicado en las Acta Eruditorum (GM 5,
pp. 285-8); había obtenido series infinitas para logaritmos, exponenciales y
senos por el procedimiento de suponer una serie de potencias y determinar a
continuación los coeficientes derivando repetidamente. Decía a los lectores
del Journal des Sçavans que los Bernoulli habían sido los
primeros en aplicar su nuevo cálculo para resolver problemas de física.
L'Hôpital les siguió y sus métodos habían merecido la aprobación de Huygens.
Añadía que Newton poseía algo similar, aunque su notación era inferior.
Cuando Leibniz dirigió su primera carta personal a Newton el 17 de marzo de
1693 (NC 3, pp. 257-60) confiaba en poder descubrir cuál era la
colaboración, relativa al método inverso de la tangente, que Newton incluía en
la nueva edición latina del Algebra de Wallis, que se iba a
publicar a finales de año como parte del segundo volumen de su Opera
mathematica (Hofmann 1973, pp. 255-66). Los primeros problemas de este
tipo que Leibniz había encontrado habían sido los propuestos por Debeaune, a
los que había dirigido su atención poco después de descubrir su nuevo cálculo
en París. Más recientemente, Huygens le había escrito en el verano de
1690 (GM 2, pp. 44-6) para proponerle el problema de encontrar
la curva cuya subtangente es
pues
había leído que la determinación de una curva a partir de su tangente
pertenecía al tipo de problemas a los que podía aplicarse el nuevo cálculo. Al
cabo de dos meses Leibniz contestó que la ecuación de la curva (en notación
moderna) es
donde c es
una constante, y demostraba que la curva satisface la propiedad requerida
—aunque no revelaba el método de resolución (GM 2, pp. 49-55).
A comienzos de 1693 Huygens preguntó a Leibniz si disponía de un método para
resolver los problemas de Debeaune, ya que L'Hôpital le había planteado la
pregunta después de que habían reiniciado el intercambio de correspondencia y
él le había proporcionado las soluciones a varios problemas de tangentes
inversas. Huygens explicaba que no quería tomarse la molestia de resolver él
mismo los problemas porque estaba seguro de que ya se habían superado todas las
dificultades, bien por parte del propio marqués, bien por parte de Newton (en
la obra de Wallis, que creía ya publicada) o, naturalmente, por parte de
Leibniz, que había estudiado en profundidad un dominio en el cual Huygens era
tan sólo un novicio (GM 2, pp. 148-53). En su respuesta,
Leibniz (GM 2, pp. 154-60) afirmaba que tenía la idea de un
método pero que no había tenido ni tiempo ni paciencia suficientes para desarrollarlo
y tenía que conformarse con considerar casos particulares. Daba entonces la
solución a uno de los problemas de Debeaune. Además de los problemas inversos
de la tangente, Leibniz discutió con Huygens correcciones y detalles relativos
a sus trabajos sobre medios resistentes, movimiento planetario y la explicación
de la gravedad. La correspondencia sobre estas cuestiones continuó hasta la
muerte de Huygens en 1695 [52]. Es posible
hacerse una idea de la presión tan fuerte bajo la cual Leibniz trabajaba a
partir de una observación que hizo a Huygens, en el sentido de que en todo
momento tenía hasta cuarenta cartas que requerían una respuesta que iba más
allá de las fórmulas de cortesía habituales.
Cuando L'Hôpital (GM 2, pp. 249-55), hacia finales de 1694,
comentó a Leibniz su proyecto de escribir un libro de texto de cálculo, incluyó
en la carta un ejemplo de problema inverso de la tangente de entre los que
había sido capaz de resolver, aunque no pensaba que contuvieran nada nuevo para
Leibniz. Se trataba de encontrar la curva cuya subtangente era
o,
en otras palabras, la solución de la ecuación diferencial
L'Hôpital
comenzaba eliminando la raíz mediante la sustitución ay + x2 =
u2, con lo que la ecuación se transformaba en
2u2du
= (2ux + u2 - x2)dx.
A
continuación, mediante la sustitución u = xz,
reducía la ecuación a la forma
donde
las variables aparecían separadas; así, la ecuación de la curva quedaba
determinada —suponiendo únicamente las cuadraturas. Añadía que el mismo método
podía aplicarse a cualquier ecuación homogénea. Conviene decir, sin embargo,
que en una carta anterior (GM 2, p. 220) el propio Leibniz
había afirmado disponer de un método general para resolver estas ecuaciones. En
la respuesta escrita el 27 de diciembre de 1694 (GAf 2, pp. 255-62), Leibniz
decía que parecía innecesario explicar nada a L'Hôpital, puesto que había
encontrado por sí mismo el método de resolución de ecuaciones diferenciales
homogéneas. Leibniz alentaba a L'Hôpital a que continuara con la redacción de
su libro de texto y le confiaba que se sentía incapaz de prestar atención él
mismo a esas cuestiones, pues eran muchos los asuntos que a veces le
sobrepasaban y amenazaban su salud. Expresaba entonces su opinión de que era
inminente el perfeccionamiento del método inverso de la tangente. Ya había
encontrado un resultado general que servía para resolver varios problemas y era
susceptible de otros desarrollos. Se trataba de la solución general para
ecuaciones diferenciales lineales de primer orden. Así, explicaba que la
ecuación
m + ny + dy/dx =
0,
donde m
y n son función de x, queda reducida a
∫mpdx
+ py = 0
al
tomar
∫dp/p
= ∫ndx.
Puesto
que p es función de x, las variables están
separadas; así, la ecuación ha quedado reducida a cuadraturas. Leibniz
comprobaba la solución derivando. Un año más tarde Jakob Bernoulli propuso la
ecuación
ady = ypdx + bynqdx
donde p
y q son función de x. Se trataba, sin duda, de uno de
los desarrollos a los que había aludido, puesto que en marzo de 1696 observaba
en las Acta Eruditorum (CM 5, pp. 329-31) que la ecuación de
Bernoulli se podía reducir a la suya propia. Johann Bernoulli publicó esta
reducción en 1697, tras haberla comunicado a Leibniz en agosto de 1696 (GM 3,
pp. 323-4).
En 1695, el matemático holandés Bernard Nieuwentijt envió a Leibniz copias de
dos obras que había publicado recientemente en Amsterdam y que
contenían críticas a determinados aspectos del nuevo cálculo, al cual, sin
embargo, no se oponía por completo, pues —como explicaba en carta a Thomas
Burnet (GP 3, p. 164)— el propio Nieuwentijt lo utilizaba en parte.
A L'Hôpital, Leibniz (GM pp. 287-9) le informaba de que las
objeciones no estaban dirigidas únicamente contra él mismo, sino también contra
L'Hôpital y los Bernoulli.
Según Nieuwentijt, los cuatro aplicaban el nuevo cálculo a la resolución de
problemas sin haber demostrado los principios. Leibniz decía a L'Hôpital que
pensaba contestar a las objeciones de Nieuwentijt en las Acta
Eruditorum y le expresaba su deseo de que el libro apareciese pronto,
pues cabía esperar que entonces ese tipo de críticas cesaran.
Además de formular objeciones contra el concepto de infinitésimo, en particular
el de infinitésimo de orden superior, que rechazaba por completo, Nieuwentijt
afirmaba que el método no se podía aplicar a curvas cuyas ecuaciones envolvían
exponenciales. Leibniz publicó su respuesta en las Acta Eruditorum en
julio de 1695, intentando resolver las dificultades relativas a infinitésimos y
poniendo ejemplos de aplicación de su nuevo análisis a curvas trascendentales,
mostrando cómo derivar exponenciales (CM 5, pp. 320-7). Un mes
después publicó una adenda en la que hacía referencia a la muerte de Huygens
con desaliento y urgía a su hermano para que publicara sus manuscritos (GM 5,
pp. 327-8). De la polémica con Nieuwentijt se hizo cargo Jakob Hermann, alumno
de Jakob Bernoulli en Basilea, quien publicó en 1697 una respuesta detallada a
las objeciones (Ranvier 1937, p. 70).
En septiembre de 1696, poco después de que Johann Bernoulli —por entonces
profesor de matemáticas en Groningen— propusiera el problema de la
braquistócrona o curva de caída más rápida, en carta a Leibniz (GM 3,
1, p. 283) y en las Acta Eruditorum, Leibniz publicó el reto en
el Journal des Sçavans (GP 4, pp. 50 12), invitando a proponer
soluciones también a quienes aplicaban métodos distintos al del nuevo análisis
que habían utilizado Bernoulli y él mismo para llegar a soluciones
independientes (GM 3, 1, pp. 290-5, 302-9) que, sin embargo,
concordaban. Comunicaba a los lectores que Bernoulli aceptaría soluciones hasta
Pascua del siguiente año. Dado que el propósito de este reto era demostrar la
superioridad del nuevo cálculo sobre los métodos de Descartes, Leibniz pudo
sentirse satisfecho con el resultado. Pues, aparte de Bernoulli y él mismo, los
únicos matemáticos que resolvieron el problema y descubrieron que la curva era
una cicloide fueron Jakob Bernoulli, L'Hôpital y Newton.
En la primavera de 1696, durante una de sus visitas a Wolfenbüttel, Leibniz
describió el sistema de aritmética binaria que había inventado años antes en
conversaciones con el duque Rodolfo Augusto. No hay duda de que al duque le
impresionó la forma en que se generaban los números a partir del 0 y el 1, y le
hizo pensar en que guardaba analogía con la Creación bíblica del mundo por Dios
a partir de la nada. Como regalo de Año Nuevo envió al duque, a principios de
1697, el diseño de una medalla conmemorativa que representaba el sistema
binario y su analogía con la Creación (figura 7.2) (Loosen y Vonessen 1968, pp.
19-23) [53]. El reverso
de la medalla muestra una imagen de oscuridad sobre el agua con una luz que
proviene de arriba, y que representa la historia de la Creación.
Figura 7.2 Medalla que representa la analogía entre el sistema binario y la
creación bíblica. Se ha modificado la presentación de la ilustración que
aparece en C. G. Ludovici, Ausführlicher Entwurf einer vollständigen Historie
der Leibnitzischen Philosophie, Leipzig 1737. (Por cortesía de la British
Library.)
En
el centro de la imagen, una tabla con números binarios y sus equivalentes en
sistema decimal representa el significado del sistema, al tiempo que aparecen
en los laterales ejemplos de suma y multiplicación en sistema binario.
Alrededor del margen de la medalla se lee: « 2, 3, 4, 5, etc. Omnibus
ex nihilo ducendis. Sufficit unum.» Bajo la imagen se lee: «Imago
Creationis Ann. Chr. Inven. G.G.L. MDCXCVII.» En el anverso de la medalla
se encuentra el símbolo
En
su carta Leibniz explica que el símbolo Φ con la corona arriba, rodeado por las
iniciales del duque, representa al 0 con un 1 sobre él. El hecho de que Φ es un
símbolo griego nos recuerda que «unum necessarium» (una cosa se necesita), que
se trata de una cita bíblica (Lucas 10:42) [54].
Aunque el duque había sugerido la idea de una imagen de la creación teniendo en
mente la narración bíblica, Leibniz adoptó la idea de ver en el sistema binario
una representación de su propio sistema filosófico. Para Leibniz la creación
era continua, en el sentido de que Dios tiene guardadas todas las mónadas
creadas y las hace surgir mediante una especie de emanación continua, del mismo
modo que nosotros hacemos surgir nuestros pensamientos. Así, como decía en
carta a Johann Christian Schulenburg (GM 7, pp. 238-40) de
Bremen, había encontrado en el sistema binario una bella representación de la
creación continua de las cosas a partir de la nada y su dependencia de Dios
para continuar existiendo.
Leibniz recordaba su precoz interés por la lógica y defendía su valor en una
carta de 16% dirigida a Gabriel Wagner (GP 7, pp. 514-27),
quien había publicado un feroz ataque contra esta disciplina en el semanario
alemán que editaba en Hamburgo. Puesto que la lógica era el arte del
razonamiento e incluía no sólo el arte del juicio sino también el arte del
descubrimiento, Leibniz mantenía que debía considerársela como la llave de
todos los demás artes y ciencias. Aunque, como decía a Wagner, había encontrado
algunos de los fundamentos del arte del razonamiento cuando no era más que un
novicio en matemáticas, y había publicado de hecho alguna cosa sobre ello a los
veinte años —De arte combinatoria—, se había dado cuenta finalmente de
que sus verdaderos fundamentos se encontraban en la matemática.
En los años que siguieron a su regreso de Italia, Leibniz amplió su cálculo
lógico algebraico de varias formas. Por ejemplo, introdujo una constante de
predicado, ens, que puede considerarse precursora del cuantificador
existencial. Desarrolló además un método para interpretar los predicados como
proposiciones en vez de como conceptos, de tal forma que la inclusión entre
conceptos pasaba a ser implicación entre proposiciones y la constante de
predicado ens aparecía como el valor de verdad (verum). Las
formulaciones más completas de un cálculo lógico alcanzadas por Leibniz están
contenidas en dos manuscritos; el primero llevaba originalmente el título, más
tarde borrado, de Non inelegans specimen demonstrandi in abstractis (Un
ejemplo no carente de elegancia de demostración en abstracto) (GP 7, pp.
228-35). Aquí hacía la transición desde una lógica intensional de conceptos
hasta un cálculo de clases puro. Introducía una nueva constante de
predicado, nihil (para no-ens), y además una
relación de incompatibilidad y su negación, junto a la disyunción, simbolizada
mediante +, este cálculo contenía también otra relación simbolizada mediante —.
Por ejemplo, ser humano - racional = bestia. Una de las proposiciones de este
cálculo era que A - B = C si y sólo si A = B + C y B y C son incompatibles. El
cálculo que desarrolló en el segundo manuscrito (GP 7, pp.
236-47) carece de la relación de sustracción, mientras que tanto la conjunción
como la disyunción aparecen simbolizadas mediante + (o, más bien, +) y por consiguiente
el significado viene dado por el contexto. Para este cálculo se dan,
explícitamente, una interpretación extensional y otra intensional. Leibniz no
distinguía suficientemente entre la estructura formal de su cálculo lógico y la
interpretación de su contenido y trataba los comienzos axiomáticamente y las
reglas de transformación como principios de deducción. Con todo, este trabajo
representa una aproximación a los elementos de un cálculo lógico o lenguaje
formal [55] y, por
tanto, constituye un ejemplo de characteristica universalis (Mittelstrass
1970, pp. 444-8).
§. Geología
Leibniz había comenzado a interesarse por la geología en la época de sus
visitas al Harz y nunca dejó pasar la oportunidad de estudiar fósiles y
formaciones en el transcurso de su viaje a Italia. En el verano de 1692 llegó a
su conocimiento el hallazgo de un diente prehistórico en las proximidades de
Wolfenbüttel y se le pidió una opinión sobre él. Al describir el hallazgo a
Sofía (K 7, pp. 201-2) explicaba que, si hubiera pertenecido a
un gigante, como algunos creían, sus cálculos mostraban que el gigante habría
tenido que ser tan grande como una casa. Tomando como referencia las
descripciones que había leído, parecía posible que el diente hubiera
pertenecido a un elefante; pero, puesto que los elefantes no habitan países
fríos —al menos en los tiempos modernos— le parecía más probable que el
hallazgo fuera un resto de algún enorme monstruo marino, dado que el
descubrimiento de fósiles de animales marinos probaba que la tierra había
estado en el pasado cubierta por el océano. A fin de conseguir otros datos que
permitieran una interpretación más fiable, había pedido que se recogieran
tantas piezas del esqueleto como fuera posible.
En abril de 1691, Leibniz comentó a Huldreich von Eyben (A I
6, pp. 436-43) que estaba escribiendo sobre la historia geológica de la tierra.
Esta obra, titulada Protogaea, no se publicó en vida de Leibniz,
pero en 1693 apareció un anuncio breve en las Acta Eruditorum y se
incluyó un resumen divulgativo sobre su teoría de la historia de la tierra en
su Théodicée, publicada en 1710 (GP 6, pp. 262-3).Suponía
que la tierra estaba originariamente en estado líquido y que las rocas que
forman la base de la corteza terrestre son la escoria que resultó de una gran
fusión. La presencia en su interior de metales y minerales
semejantes a los que se encuentran en los hornos prestaba apoyo a esta teoría
de la formación de las rocas mediante el fuego. Al enfriarse la superficie de
la tierra, el vapor que el fuego había soltado en el aire descendió y disolvió
la sal que quedaba en las cenizas, formando así los océanos. Siguieron teniendo
lugar violentas transformaciones en la corteza, como el colapsamiento en
cavidades que Thomas Burnet [56] había
descrito en su Telluris theoria sacra, y los efectos de varios
diluvios e inundaciones quedaban reflejados en la existencia de fósiles marinos
en lugares muy alejados del mar. Finalmente, sin embargo, estos violentos
desórdenes cesaron y el globo terráqueo tomó la forma que conserva en la
actualidad. Al final de este breve resumen de la Théodicée Leibniz
señalaba que Moisés había expuesto la historia de la tierra en muy pocas
palabras; la separación de la luz y las tinieblas era una descripción de la
fusión causada por el fuego, y la separación de las aguas y la tierra narraba
los efectos de las inundaciones.
En la propia Protogaea Leibniz hace una breve referencia a la
opinión, defendida por algunos, de que los animales que habitan la tierra en la
actualidad eran originariamente acuáticos; según esta teoría, a medida que las
aguas se retiraban los animales se habrían ido haciendo anfibios, y finalmente
habrían abandonado las aguas y ocupado la superficie terrestre. Señala que esta
conjetura, además de contradecir las Sagradas Escrituras, presenta otras
dificultades (Saint Germain 1859, p. 16). Sin embargo, a la objeción de que el
mar no contiene en la actualidad ninguno de los animales cuya existencia
atestiguan los fósiles responde que, en primer lugar, las profundidades marinas
no han sido rastreadas y que, en segundo lugar, es forzoso suponer que en el
transcurso de tantas revoluciones geológicas un gran número de formas animales
se han transformado (Saint Germain 1859, pp. 65-8).
§. Medicina
Siempre que tenía oportunidad, Leibniz intentaba llevar a cabo alguna mejora en
el estado, aún primitivo, de la ciencia de la medicina y en la eficacia de la
práctica médica, por medio de recomendaciones a las autoridades competentes.
Después de conocer a Leibniz en Módena, el médico Bernardino Ramazzini
—conocido como el padre de la medicina industrial— había escrito a Magliabechi
para decirle que jamás había conocido antes a alguien con tanto conocimiento en
todos los campos del saber (A I 5, p. 685). Sin duda, uno de
los temas de discusión fue el valor de la estadística médica. Pues Ramazzini
dio esta estadística para el año 1690, al parecer después de que Leibniz le
alentara a ello (GM 4, p. 519); éste, a su vez, recomendó a
las autoridades de Alemania y Francia seguir el ejemplo de Ramazzini. Primero
convenció al médico de Nüremberg Georg Volckamer (Bodemann 1895, p. 366), por
entonces presidente de la Academia Leopoldina de Viena —fundada en 1672 a
imitación de la Royal Society de Londres—, para que incluyera las estadísticas
de Ramazzini como apéndice en las Ephemerides de la Academia
para 1691 (Ravier 1937, pp. 123-4). Más tarde, en 1694, envió una carta
al Journal des Sçavans en la que solicitaba que se publicaran
anualmente las estadísticas médicas correspondientes a París, la Isla de
Francia y las demás provincias, siguiendo el modelo que Ramazzini había
establecido (D 2, 2, pp. 162-3). Se trataba de un tema que retomó con
frecuencia.
Cuando en 1691 Leibniz tuvo conocimiento, a través de una carta de Juste! desde
Inglaterra, de que se había descubierto un remedio para la disentería, dio los
pasos necesarios para introducirlo en Alemania. Por ejemplo, envió un informe
al presidente de la Academia Leopoldina —quien publicó su carta—, aunque en ese
momento todavía no podía decir el nombre de la planta (K 7, p.
125). A través de Magliabechi, en Florencia, a quien comentó el descubrimiento
de este remedio, recibió la información adicional de que el marqués de Louvoy
había ordenado a los médicos militares que adquiriesen cantidades de esta
planta. Al informar a Sofía (K 7, pp. 123-4) Leibniz explicaba
que ignoraba en qué consistía el remedio pero que parecía ser algo muy
importante, y sugería que el propio duque se ocupase de averiguar los detalles.
Cuatro años más larde, tras descubrir que el remedio era la raíz de ipecacuanha
proveniente de América del Sur, Leibniz envió un memorándum sobre sus
aplicaciones a Sofía y pidió además a la condesa María Aurora von Königsmarck
(AI 11, pp. 453-5), hermana del conde asesinado, que promoviese su uso en
Sajonia. Elaboró un informe detallado para la Academia Leopoldina que se
publicó por separado en enero de 1696 (Ravier 1937, p. 24).
Cuando, en 1693 y en el transcurso de la correspondencia con la electora Sofía,
surgió el problema del estado primitivo en que se encontraba la ciencia de la
medicina, Leibniz (A I 9, pp. 38-41) manifestó su opinión de que, para avanzar
en el conocimiento y en la eficacia de los tratamientos, había que facilitar la
investigación médica y la difusión de los resultados; y esto era algo que sólo
los gobiernos podían procurar. Creía, además, que los gobiernos tenían la
obligación moral de contribuir al bienestar de aquellos a quienes gobernaban.
Señalaba que la medicina se encontraba aún en la infancia. Por ejemplo, la
circulación de la sangre se había descubierto hacía tan sólo sesenta años.
Estaba de acuerdo con Sofía en que algunos médicos no eran más que charlatanes
—como el descubridor de metales Jacques Aymar, que había sido puesto al descubierto
en el Journal des Sçavans—; pero había otros, observaba, que habían
descubierto remedios excelentes, y no se debía desanimar a estos médicos
responsables de que continuaran con sus investigaciones por culpa de una
actitud desdeñosa por parte del público en general. Los médicos corrientes,
obligados a ganarse la vida con su actividad, se veían en ocasiones
obstaculizados por las demandas irrazonables de sus pacientes. Era fundamental
que el diagnóstico precediera al tratamiento. Había que observar los síntomas
cuidadosamente y anotar por escrito la evolución de la enfermedad y la
respuesta al tratamiento. Se podrían publicar entonces informes de los casos
más interesantes y el conocimiento adquirido aplicarse lo más ampliamente
posible. Los grandes hospitales podían proporcionar, sugería, amplias
posibilidades para la observación e investigación sistemáticas, pero ello
requería personal y financiación adecuados. La importancia de disponer de
buenos médicos y cirujanos en los ejércitos y navíos era bastante obvia; pero
Leibniz iba más lejos aún, al abogar por la idea de una medicina preventiva.
Recomendaba a Sofía la creación de un Consejo de Salud permanente, integrado
conjuntamente por consejeros políticos y médicos, que se encargase de adoptar
medidas para paliar los efectos de las epidemias que sobrevenían casi todos los
años y que causaban tantas muertes, sobre todo entre los más necesitados. Para
el tratamiento de sus propias dolencias, fuertes catarros y ronqueras
frecuentes, Leibniz buscó ayuda en el conde Francesco Palmieri, pues pensaba
que, como director de la Opera, conocería los remedios tradicionales y fiables
de los cantantes (Bodemann 1895, P- 213).
§. Asuntos de familia
Hacia finales de 1690 el sobrino de Leibniz, Friedrich Simón Löffler, buscó el
consejo de su famoso tío en relación con la continuación de sus estudios (A I
6, pp. 605-7). Tras haber obtenido en 1689 el título de maestro en teología en
la Universidad de Leipzig se había trasladado a la Universidad de Wittenberg.
Leibniz aconsejó a su sobrino que se centrara en el estudio de las Sagradas
Escrituras y la historia de la Iglesia (A I 6, p. 610). Sin
duda con el propósito de adquirir un mayor conocimiento de las Sagradas
Escrituras, el joven Löffler pasó los años 1692 y 1693 en Hamburgo estudiando
hebreo y griego. Mientras tanto mantuvo informado a su tío de los
acontecimientos relacionados con la política de la Iglesia en Sajonia,
incluyendo la oposición al pietismo en Leipzig y el traslado del pietista
Philipp Jakob Spener desde Dresde a Berlín (A I 6, pp.
615-16). Tras finalizar sus estudios de idiomas en Hamburgo Löffler hizo un
viaje por el norte de Alemania y Holanda con el fin de contactar con los
teólogos e historiadores más importantes, antes de hacerse pastor luterano en
Probstheida, población cercana a Leipzig. En el transcurso de su viaje ayudó a
su tío distribuyendo la portada impresa del Codex juris gentium
diplomaticus y solicitando información sobre documentos adicionales
para su inclusión en el segundo volumen (A I 9, p. IXVIII).
Leibniz, a cambio, asesoró a su sobrino en la preparación de una disertación
sobre la Trinidad (A I II, pp. 222-34).
Cuando Anna Elizabeth, la hija de su hermanastro Johann Friedrich, se casó en
diciembre de 1690, Leibniz felicitó a su sobrina con un pareado (A I
6, pp. 607-9). Johann Friedrich era profesor en la Escuela Thomas de Leipzig y
miembro del círculo de Spener. Era muy crítico con el edicto que los duques de
Wolfenbüttel habían publicado en 1692 contra los pietístas y chilianistas después
de que Johann Wilhelm Petersen, al dejar Lüneburgo y retirarse a Wolfenbüttel,
respaldara a Rosamunde von der Asseburg en sus sermones (i4 1 8, pp. 605-6), y
esperaba que su hermano adoptara un punto de vista análogo. Pero, aunque
Leibniz había mostrado su simpatía por Rosemunde y también por Petersen,
defendía la iniciativa tomada por los duques; señalaba a su hermano que ésta
era necesaria si se quería impedir que los fanáticos alterasen la disciplina
pública de la Iglesia. Añadía, sin embargo, que ello no era óbice para que
personas moderadas como Spener pudieran promover la piedad en reuniones
privadas (A 1 8, p. 614). De hecho, Spener fue bien recibido
como capellán de la Corte en Berlín.
La producción de una ópera en Leipzig, a comienzos de 1694, por parte del
italiano Girolamo Sartori, movió a Leibniz (A I 10, pp. 673-4)
a expresar a su hermano sus puntos de vista sobre las representaciones
teatrales. Tras informarle de que Sartori había estado en el pasado al servicio
del duque Juan Federico antes de marchar a Brunswick y Hamburgo, continuaba
diciendo que no consideraba a esta forma de entretenimiento digna de descrédito
y que, como forma de relajarse, era muy preferible a la bebida o el juego.
Aunque Juan Federico no se mostrara tan entusiasta de los valores morales del
teatro, es poco verosímil que fuera más indulgente con las diversiones que su
famoso hermano sugería como alternativas. Este hombre piadoso y sin
pretensiones murió el 19 de marzo de 1696, a la edad de 64 años, 2 meses, 2
días y 3 horas, como Leibniz anotó para su sobrino, Friedrich Simón Löffler.
En el otoño de 1697 Leibniz pudo enviar un poema de felicitación a su sobrino
Johann Friedrich Freiesleben, el hijo de su hermanastra Anna Rosina, con motivo
de su graduación en La Haya como doctor en derecho (Bodemann 1895, p. 63).
Según su biógrafo, Johann Georg Eckhart, Leibniz pensó en el matrimonio en el
año 1696, a los cincuenta años de edad; pero, mientras la dama se tomaba tiempo
para considerar la proposición, las inclinaciones de Leibniz se desvanecieron y
dejó pasar la oportunidad. Después de esto repetía que siempre había creído que
habría tiempo suficiente, hasta que se dio cuenta de que era demasiado tarde
(Eckhart 1779, p. 198). Al parecer le gustaban los niños, pues se sabía que a
menudo repartía dulces entre los que jugaban en el vecindario (Guhrauer 1846 2,
p. 364).
§. Los últimos días del elector Ernesto Augusto
El elector había estado enfermo a comienzos de 1697 y Leibniz envió sus mejores
deseos de un pronto restablecimiento. Al darle las gracias, Sofía (K 8,
pp. 21-2) citaba una observación que había oído en una ocasión similar: que era
una lástima que los buenos deseos no ayudaran; añadía, sin embargo, que su
esposo se encontraba mejor. A comienzos de agosto, su estado llevó a consultar
de nuevo con los doctores. En esta ocasión, Leibniz manifestó a Sofía (K 8,
pp. 35-6) su sorpresa ante el hecho de que uno de los médicos más competentes
del momento no hubiera sido consultado, aunque se encontraba cerca. Se trataba
de Heinrich Meibom y era de Helmstedt. Leibniz afirmaba que, si fuera el mismo
quien estuviese enfermo, no conocía otro mejor a quien acudir, y que no podía
dar una mejor recomendación. A partir de ese momento, la salud del elector
comenzó a deteriorarse rápidamente.
El acontecimiento político más importante de 1697 fue la firma del Tratado de
Ryswick, que puso fin al conflicto entre Francia y la Liga de Augsburgo. En
opinión de Leibniz, sin embargo, este Tratado era el más desafortunado de todos
los que el Imperio había firmado nunca (K 8, p. 40; 6, pp.
162-70) —no podía encontrar palabras para expresar su dolor ante la pérdida
definitiva de Estrasburgo— y veía en ello un peligro para la religión
protestante. Después de que el elector de Sajonia se hubiese convertido al
catolicismo, la defensa de la causa protestante en Alemania necesitaba más que
nunca la cooperación de las Casas de Brunswick y Brandeburgo.
Incluso con el telón de fondo de esta incertidumbre, Leibniz podía mirar al
futuro con optimismo. En carta a Magliabechi del 30 de septiembre de 1697 (D 5,
p. 118) trazaba las líneas fundamentales de los trabajos que quería realizar.
Estos incluían la redacción de la Teodicea y la realización de
sus investigaciones e invenciones científicas y técnicas. Había además muchos
problemas en matemáticas, historia y filosofía que quería resolver; pero el
éxito en estos campos, añadía, dependería de la ayuda que pudiera recibir de
hombres más jóvenes o de otros estudiosos diligentes y sagaces.
Ya había establecido y publicado los principios de su dinámica y de su
metafísica, y algunos de los matemáticos más capaces de esa época habían
aceptado su cálculo y lo habían aplicado con éxito.
Hacía poco había recogido el fruto de una de sus invenciones técnicas, cuando
aceptó la entrega de un carruaje fabricado a partir de su propio diseño
(Gerland 1906, pp. 236-41). En otros asuntos, Leibniz había alcanzado en esta
época logros importantes o un estadio prometedor. Por ejemplo, en abril
publicó, bajo el título Novissima Sínica (Ultimas noticias desde
China), una colección de cartas y ensayos escritos por miembros de la
misión jesuita en China. Fue el resultado de los contactos que había
establecido con miembros de la misión después de conocer en Roma a Grimaldi.
Por mediación de un diplomático de París recibió, en 1692, un regalo del
director de la misión, el P. Verjus, y Cario Mauritio Vota le proporcionó mucha
información después de que Leibniz iniciara un intercambio de correspondencia
con él en 1694. Una de las copias de la Novissima Sínica que
Leibniz envió a Verjus llegó a las manos de Joachim Bouvet, uno de los miembros
de la misión que acababa de regresar a París con un permiso. Bouvet escribió a
Leibniz el 18 de octubre de 1697 elogiando la Novissima Sínica y
dándole noticias más recientes de China. Con la carta, Bouvet enviaba una copia
de su obra, recientemente publicada, Portrait historique de l'Empereur
de la Chine. Dándose cuenta de que esta biografía del emperador sería
un complemento muy adecuado para su propia obra, Leibniz solicitó permiso para
incluirla en una nueva edición y, una vez obtenida ésta, preparó una versión en
latín que apareció con la segunda edición de la Novissima Sinica en
1699. A Andreas Morell (Bodemann 1895, p. 190) Leibniz le expresó su opinión de
que también los protestantes deberían enviar misioneros a China. Pensaba que la
conversión de un hombre tan influyente como el emperador de la China sería más
útil que vencer en cien batallas. En los años que siguieron, la correspondencia
con Bouvet resultó de enorme importancia para la difusión de la aritmética
binaria de Leibniz.
Durante muchos años Leibniz había estado interesado en el estudio de las
lenguas nacionales. Puesto que aceptaba un origen único para todo el género
humano, pensaba que debió existir un lenguaje originario y que quedaban trazas
de él diseminadas entre todas las lenguas existentes, pues no creía que ninguna
de las que se utilizaban hubiera sido la original. Esto le llevó a una búsqueda
de ejemplos lingüísticos de todas las partes del mundo. Veía el estudio de las
lenguas nacionales como complementario al estudio de la historia y capaz de
constituirse en fuente de conocimiento con respecto al origen y las migraciones
de las naciones. Si se acepta que el principio de continuidad opera en el
desarrollo natural del lenguaje, la existencia de una discontinuidad indica una
migración. A su regreso de Italia escribió a Huldreich von Eyben (A I
6, p. 442) y le expuso sus objeciones contra una influyente tesis sueca, según
la cual las naciones germánicas provenían de Escandinavia (Aarsleff 1975, p.
125). Pensaba que responder a esta cuestión requería un mejor conocimiento de
las lenguas asiáticas y de las regiones del sureste europeo que estaban en
contacto con el mundo griego. En esa situación, creía preferible recoger
material antes que hacer generalizaciones prematuras (Schulenburg 1973, p.
119). Después de una interrupción de más de veinte años, reanudó su
correspondencia con el jesuita Adam Adamandus Kochanski de Varsovia, en parte porque
aún confiaba en que el rey polaco concediese permiso a los misioneros para
viajar a través de Rusia con destino a China —lo que les permitiría recoger
ejemplos de lenguas— y en parte por la información que podía proporcionarle el
propio Kochanski (A 1 8, pp. 596-7). Leibniz deseaba promover
el estudio de la lengua alemana y a finales de 1696 propuso, con este fin, la
creación de la Sociedad Alemana de Wolfenbüttel bajo la dirección del duque
Antonio Ulrico.
En 1691 Leibniz había recibido de Georg Friedrich Mithoff, magistrado de
Lüchow (A I 6, pp. 513-19), información que le permitía
estudiar las influencias eslavas existentes en la lengua de los «Wend», que por
entonces vivían en el área de Lüneburgo. Para obtener ejemplos de las lenguas
de Rusia y Siberia tuvo que esperar hasta agosto de 1697, cuando el zar Pedro
pasó de incógnito por Coppenbrügge junto a la delegación rusa en su viaje de
Berlín a Holanda. Leibniz confiaba en ser presentado, por mediación del conde
Palmieri, al general ruso Franz Lefort, y obtener a través de éste una
audiencia con el zar. Mientras la electora Sofía y su hija Sofía Carlota,
electora de Brandeburgo, visitaban al zar en Coppenbrügge, Leibniz viajó a
Minden, donde consiguió la ayuda del sobrino del general, Peter Lefort, para
obtener ejemplos de las lenguas de Rusia y Siberia. Únicamente pudo ver pasar a
la delegación rusa desde lejos; pero, a mi regreso a Hannover, estableció un
intercambio de correspondencia con Peter Lefort durante unos dos meses,
relativa a los ejemplos lingüísticos. Asimismo, y en el mismo año de la
enfermedad del elector, Leibniz publicó un breve libreto sobre el origen de la
nación alemana que se basaba, sobre todo, en pruebas deducidas de las lenguas
nacionales (D 4, 2, pp. 198-205) y en el que refutaba la tesis
sueca.
En octubre de 1697 a Leibniz le llegó la noticia, a través del diplomático de
Brandeburgo Johann Jakob Chuno —a quien había conocido dos años antes—, de que
en Berlín se iba a construir un observatorio. A Leibniz le pareció que este
proyecto inesperado abría la posibilidad de hacer realidad una de sus mayores
ambiciones: la creación de una Academia de Ciencias, si no en Hannover, sí al
menos en Berlín. La propuesta de construir el observatorio procedía de la
propia Sofía Carlota y el primer ministro Eberhard von Danckelmann se había
hecho cargo de ella antes de caer en desgracia de manera súbita. Al parecer,
Sofía Carlota se había lamentado de que en Berlín, punto de encuentro de tantos
estudiosos, no se elaborase ningún calendario ni existiese ningún observatorio
astronómico. Leibniz hizo saber a Chuno que estaba dispuesto a asesorar y
escribió además a Sofía Carlota (K 8, pp. 47-50),
reproduciendo fielmente la información que había recibido de Berlín (a fin de
evitar malentendidos) y sugiriendo, entre halagos, que el proyecto podría
ampliarse e incluir la creación de una Academia de Ciencias de la categoría de
las de París y Londres.
Aunque Leibniz estaba impaciente por aprovechar la propuesta de Sofía Carlota,
era consciente de la necesidad de una actitud circunspecta y diplomática que
evitara ofender al elector de Brandeburgo, que estaba celoso de su autoridad.
Elaboró una estrategia basada en dos circunstancias: en primer lugar, la
necesidad de un acuerdo y entendimiento mutuo más estrechos entre las Casas de
Brunswick y Brandeburgo, en vista del peligro que el Tratado de Ryswick suponía
para la religión protestante; en segundo lugar, el hecho de que Sofía Carlota
era un enlace entre las dos Casas. En un memorándum que envió a Sofía Carlota y
a su madre (K 8, pp. 53-5) les proponía actuar como mensajero
confidencial entre las dos Casas, facilitando así una cooperación estrecha y la
ayuda mutua en la persecución de sus intereses comunes, evitando accidentes con
las cartas. En la carta a Sofía Carlota (K 8, pp. 50-3)
subrayaba la necesidad de que las dos Casas trabajaran juntas para preservar la
religión protestante y señalaba que sus visitas a Berlín no resultarían
sospechosas. Puesto que tenía que visitar la Biblioteca de Wolfenbüttel, podía
ampliar ocasionalmente el viaje hasta Berlín con la excusa de prestar su
asesoramiento en materias científicas —para lo que estaba, obviamente, bien
cualificado—, sin despertar la sospecha de que existía la intención de
interferir en los asuntos de Brandeburgo. Antes de fin de año, el diplomático
de Brandeburgo Ezechiel Spanheim comunicó a Leibniz que Sofía Carlota quería
recibirle en Berlín. Al final de su carta de agradecimiento (K10,
pp. 40-2) aludía a su correspondencia con los misioneros jesuitas en China y se
ofrecía a enviarle a ella información relativa al gran filósofo Confucio o a
los antiguos reyes chinos, quienes (añadía, seguramente como una broma) se
encontraban próximos a la Inundación y, por consiguiente, entre los primeros
descendientes de Noé.
El 15 de noviembre se requirió a Leibniz en Herrenhausen, donde el estado del
elector era motivo de preocupación. A las 8 de la tarde comunicó a Bartolomeo
Ortensio Mauro que había estado en Herrenhausen hacía una hora, hablando con
Sofía y los doctores en la antecámara. El elector se encontraba mucho mejor y
había tomado algo sólido ese día. Había estado gravemente enfermo durante
varios meses y, según el informe de Leibniz a Sofía Carlota (A 10, pp. 45-8),
la electora Sofía le había atendido con una devoción infatigable y poniendo a
prueba su propia salud. Con excepción de una breve visita a Brunswick a
mediados de diciembre, Leibniz pasó los dos meses siguientes en Hannover.
Durante algún tiempo la Corte de Brandeburgo se esforzó por lograr la unificación
de los protestantes y, con Leibniz como intermediario, tuvieron lugar
negociaciones secretas entre los teólogos de Berlín y Hannover, que pertenecían
respectivamente a las sectas reformada (calvinista) y luterana. Cuando Ezechiel
Spanheim, que falleció en diciembre, le comunicó la invitación de Sofía Carlota
para mantener con él una audiencia en Berlín, el propósito oficial de su viaje
a Hannover a través de caminos invernales era presentar al elector enfermo un
memorándum del capellán de la Corte, Daniel Ernst Jablonski, relativo a los
acuerdos y diferencias de las sectas luterana y reformada. En realidad a los
luteranos no se les había mostrado mucha deferencia en la Corte de Brandeburgo,
ya que los nombramientos habían recaído en general sobre miembros de la secta
reformada antes que sobre luteranos de gran valía (A 10, p. 38). Tras su
encuentro con Spanheim, Leibniz regresó a casa sufriendo un fuerte dolor de
cabeza. Exactamente tres semanas después, el 23 de junio de 1698, el elector
Ernesto Augusto moría en Herrenhausen, dejando tras sí un reinado en el
transcurso del cual Hannover había sido elevado al rango de Electorado, pero
que había sido testigo también de tragedias cuyas causas había que buscarlas,
al menos en parte, en la ambición del elector por aumentar la grandeza de su
Casa.
Capítulo 8
Hannover y Berlín (1698-1705)
Contenido:
§.
Historia y política
§. Filosofía
§. Matemáticas
§. China
§. Correspondencia con Fontenelle
§. La Sociedad de Ciencias de Berlín
§. Proyecto de una Sociedad de Ciencias en Dresde
§. Conversaciones con Sofía Carlota
§. Tragedia y búsqueda de consuelo
Cuando
al elector Ernesto Augusto le sucedió su hijo mayor, Jorge Luis, la posición de
Leibniz no sufrió aparentemente ningún cambio; pero, en realidad, nunca más
disfrutó de la misma confianza por parte del príncipe gobernante ni del apoyo a
sus múltiples actividades que había recibido de Ernesto Augusto. De hecho, el
nuevo elector parece haber mostrado poco interés por sus actividades o no haber
sabido valorarlas; pues si bien tenía que mostrarse de acuerdo con la opinión
generalizada de que su consejero privado de Justicia era un hombre muy capaz,
tendía a ver sus fallos más que a reconocer que su espíritu libre siempre
buscaba lo útil.
Un ejemplo de la actitud crítica del nuevo elector hacia Leibniz lo constituyen
las quejas, repetidas durante años, relativas a su compromiso de escribir la
historia de la Casa de Brunswick-Lüneburgo. Así, la asignación anual que se le
había concedido en 1691 (con motivo de su promoción) para pagar a alguien que
le ayudara en su estudio histórico fue cancelada en octubre de 1698, debido a
que aún no había presentado ningún borrador. A comienzos de 1699 intentó que
Leonor d'Olbreuse, duquesa de Celle, le ayudara a conseguir de nuevo esta
asignación ( MK , p. 157); argumentaba que nunca había
pretendido escribir una historia de Brunswick que pudiera leerse como
entretenimiento, sino una historia sin precedente en Alemania o Italia por la
exactitud de su erudición. Añadía que nadie debería pretender que consagrase
todo su tiempo a este trabajo, pues a la mayoría de la gente se le concedía
tiempo libre. El había decidido dedicar su tiempo libre a trabajar por el
progreso de la ciencia y sobre otros problemas, y el reconocimiento que había
recibido este trabajo era motivo de prestigio tanto para Brunswick-Lüneburgo
como para él mismo. Dos años más tarde, mientras recibía críticas por servir a
tantos señores a la vez, se le concedió un amanuense que le ayudara con el
trabajo histórico y que tenía como tarea, además, informar de sus
progresos (MK, p. 137). Pero Leibniz se mantuvo firme y
persistió en defender su causa. En abril de 1702 presentó un memorándum en el
que reclamaba el pago de los gastos originados por sus investigaciones
históricas y proponía además que, cuando finalizase la historia de Brunswick,
se le concediese una pensión anual de 2.000 táleros; de este modo, en su vejez,
si Dios le concedía vida y capacidad suficientes, tendría medios, oportunidad y
libertad para terminar sus propias investigaciones.
Una carta escrita por el elector Jorge Luis en octubre de 1703 desde la
residencia de caza de Linsburgo y dirigida a su madre, la noble electora viuda
Sofía (MK, p. 186), prueba su actitud hostil hacia Leibniz. El elector decía a
su madre que, después de que se había ocupado de que tuviera alojamiento,
Leibniz, por quien su hermana Sofía Carlota suspiraba tanto, no se había
presentado. Al parecer, Leibniz llegó a Linsburgo ese mismo día (K 9, p. 46),
después de que el elector le negara primero el permiso para ir y a continuación
cambiara de idea. Siguiendo con sus quejas, Jorge Luis señalaba que nunca sabía
dónde estaba Leibniz y que, cuando le preguntaba por qué se mostraba tan
elusivo, siempre ponía la excusa de que estaba trabajando en sus libros
invisibles. El elector añadía que probar la existencia de éstos requeriría tanta
dedicación como la que Jaquelot (capellán de la colonia francesa en Berlín)
había consagrado a los libros de Moisés.
Entre los libros que el elector no podía ver se encontraban dos volúmenes de
crónicas inéditas de historia alemana titulados Accessione
shistoricae, que editó y publicó en 1698 y 1700 respectivamente,
además de un suplemento a su primera recopilación de documentos
constitucionales que publicó en 1700, el Codex juris gentium
diplomaticus, y varios ensayos breves sobre política. De su pluma
continuaron saliendo colaboraciones para revistas especializadas. Estas
consistían, en su mayor parte, en respuestas a las críticas que se le hacían
por cana, e incluyen aclaraciones importantes a su filosofía y a sus
matemáticas. Como ejemplo de su interés por cuestiones prácticas puede citarse
su crítica contra todos aquellos que se oponían al uso de una máquina
trilladora que había inventado el alguacil de Oertzen. En contra de quienes
afirmaban que esa máquina privaba a personas pobres de su medio de
subsistencia, argumentaba que siempre existía la posibilidad de encontrar otro
trabajo útil, aunque al principio fuese nuevo (Bodemann 1895, p. 66).
A comienzos de 1700 se eligió a Leibniz como miembro extranjero de la
reconstituida Academia Real de Ciencias de París. Esto le llevó a iniciar un
intercambio de correspondencia con Fontenelle y, un año más tarde, con Pierre
Varignon, quien defendía en la Academia el cálculo diferencial frente a los
ataques de Michell Rolle y aplicaba las nuevas técnicas a problemas de
movimiento debido a la acción de fuerzas centrales. Algunas observaciones que
leyó en las Mémoires de Trevoux(GM 4, p. 95) movieron a
Leibniz a ofrecer una justificación del fundamento lógico de su cálculo. A
cambio de su elección a la Academia, envió artículos sobre el sistema binario
de la aritmética.
En noviembre de 1698 el abad Le Thorel, a quien había conocido en Hannover,
transmitió a Leibniz el ardiente deseo de Antoine Verjus, director de la misión
jesuita en China, de que Leibniz pasara a ser bibliotecario real en París ( MK ,
p. 155). Tras explicar que había preferido declinar la invitación de ser
nombrado director de la Biblioteca vaticana (con perspectivas de llegar a
cardenal) antes que cambiar de religión, decía que era el mismo obstáculo el
que le impedía ir a París. Dos años más tarde (Bodemann 1895, p. 360) ofreció a
Verjus asesoramiento en el arte misionero, apelando al método utilizado por san
Pablo en Atenas cuando vio un altar consagrado a un dios desconocido. Aplicando
este punto de vista acomodaticio al trabajo misionero, pensaba que las
doctrinas y prácticas chinas debían recibir —en la medida de lo posible— una
interpretación cristiana. A su vez preguntaba a Verjus si podía conseguir en
China el Antiguo Testamento hebreo de los judíos de allí, con el objeto de
poder detectar las alteraciones que los judíos europeos, [57] llevados
de su odio a los cristianos, habían realizado. El clímax de su relación con la
misión jesuita en China tuvo lugar el 1 de abril de 1703, cuando recibió de
Pekín una carta de Bouvet en la que éste afirmaba haber encontrado en su
aritmética binaria la clave para interpretar los hexagramas del I Ching y,
por consiguiente, para conocer el origen de la filosofía china.
A principios de 1704 Leibniz recibió de lady Damaris Masham, hija de Ralph
Cudworth, una copia de la obra más importante de su padre:Thetrueintellectualsystemoftheuniverse (1678).
El libro no le era desconocido, puesto que había visto una copia en Roma.
Debido, sobre todo, a su relación con Locke (quien, en sus últimos años,
convivió con la familia de lady Damaris), Leibniz aprovechó la oportunidad para
entablar correspondencia y se esforzó por transmitirle a ella con claridad su
sistema metafísico.
El 28 de mayo de 1704 Johann Friedrich Hodann, que había trabajado como
secretario para Leibniz durante dos años, finalizó el léxico alfabético de laEncyclopedia (Couturat
1903, p. 510). Las cinco tablas de definiciones, de las cuales ésa era la
última, constituían el borrador más completo de un proyecto fabuloso que
contemplaba como una etapa obligada en la consecución de su característica
universal. El sistema de clasificación que Leibniz adoptó, al igual que habían
hecho previamente otros lexicógrafos como George Dalgarno [58], estaba
basado en la distinción escolástica entre sustancias (seres y objetos) y
accidentes (atributos o cualidades) (Couturat 1901, p. 171).
Se continuó buscando y valorando el consejo de Leibniz en asuntos políticos. La
cuestión política más importante para Hannover entre las preocupaciones de la
época era la de promover la reclamación que la electora Sofía hacía de su
derecho y el de sus descendientes a la sucesión de la corona inglesa. Ello
requería acercamientos diplomáticos delicados en los cuales Leibniz desempeñó
un papel importante e incluso en ocasiones tomó la iniciativa. Otro problema
político al que Leibniz no dejó de dedicar una gran parte de su tiempo, a pesar
de las pocas perspectivas de éxito, era el de la reunificación de las Iglesias.
En cumplimiento de los deseos del elector pasó la primera semana de septiembre
de 1698 con Molanus en Loccum escribiendo el borrador de un memorándum para el
conde Franz von Buchhaim, nuevo obispo de Wiener-Neustadt, a quien el emperador
había asignado el cometido de continuar con las negociaciones iniciadas por su
predecesor para la reunificación de católicos y protestantes. El documento
contenía una serie de proposiciones relativas a las concesiones que cada
partido tendría que hacer antes de que la reunificación pudiera tener lugar,
seguidas de un catálogo de treinta controversias vacuas entre católicos y
protestantes (FC2, p. 172-93).
En la primavera de 1700 el elector recibió una solicitud del emperador Leopoldo
I(K 8, p. XXX) en la que éste le pedía que enviara a Leibniz a
Viena a deliberar sobre el asunto de la reunificación con el obispo von
Buchhaim, porque su experiencia, discreción y cualificaciones le hacían el
hombre más apto para este trabajo. La visita tuvo lugar en otoño, y durante su
estancia en Viena Leibniz visitó además la Abadía de Melk, mantuvo varias
conversaciones con el nuncio papal Da Via y examinó los papeles de Rojas, de
los que tomó muchos extractos. Transcribió en particular un resumen de Rojas
relativo a las negociaciones llevadas a cabo entre 1661 y 1693 (FC 1,
pp. 1-16). En una carta que el emperador le dio para que la entregara al
elector, aquél manifestaba su satisfacción por el trabajo de Leibniz, quien
había dado muestras de su capacidad de juicio, diligencia infatigable y una
amplitud de conocimiento infrecuente (K 8, p. XXXI).
A petición del duque Antonio Ulrico (FC2, pp. 205-6) Leibniz
reanudó su correspondencia con Bossuet en la primavera de 1699, después de
haber solicitado el permiso del elector —a quien expresaba su opinión de que,
aunque había pocas esperanzas de una reunificación entre católicos y
protestantes en ese momento, sería un motivo de prestigio para los príncipes
protestantes dar prueba de su buena fe no abandonando un proyecto
realizable (FC 2, pp. 247-50). Pero en lugar de dar respuesta,
como solicitaba Leibniz, a las cuestiones precisas que habían quedado sin
responder en 1695, Bossuet presentó una nueva exposición de los principios
católicos con su aplicación a problemas que planteaban los libros canónicos. Con
la colaboración del duque Antonio Ulrico, cuya Biblioteca de Wolfenbüttel
contenía una selección de obras relativas a la historia de la Reforma, Leibniz
contestó con ciento veinticuatro argumentos (FC 2, pp.
318-73). Afirmaba en particular que el decreto del Concilio de Trento relativo
a la canonicidad de los libros de la Biblia era demostrablemente falso (FC 2,
p. 384). Pensaba que ésta era razón suficiente (FC 2, p. 372)
para rechazar la validez del Concilio y eliminar el principal obstáculo para la
reunificación. Con la esperanza de salvar a Leibniz de lo que creía una postura
equivocada, Bossuet defendió el Concilio de Trento con sesenta y dos
argumentos. Leibniz respondió punto por punto en carta del 5 de febrero de
1702, lo que puso fin al intercambio de correspondencia.
En septiembre de 1698, cuando Leibniz y Molanus se encontraban discutiendo la
reunificación de católicos y protestantes en Loccum, el capellán de la Corte de
Brandeburgo, Jablonski, llegó a Hannover para mantener una entrevista personal
con ambos sobre la reunificación de las sectas luterana y reformada. Puesto que
las perspectivas de entendimiento en lo relativo a la eucaristía y la
predestinación parecían escasas, Leibniz se habría conformado con lograr
tolerancia civil y eclesiástica. El elector de Brandeburgo, sin embargo, quería
unidad de credo y una unificación completa en una única Iglesia, que recibiría
el nombre de evangélica (DS2, pp. 63, 233-5).
Casa en la que Leibniz vivió en Hannover. Dibujo realizado en 1828. (Por
cortesía del Historisches Museum, Hannover.)
Justo
antes de que Jablonski regresara, el 4 de octubre, para continuar las
conversaciones, la Biblioteca Electoral y la vivienda de Leibniz se trasladaron
al número 10 de Schmiedestrasse, domicilio de la viuda Sophie Elizabeth von
Lüde [59].
Este fue su hogar en Hannover durante el resto de su vida. Al mes siguiente
Leibniz hizo su primera visita breve a Berlín, donde pasó dos días en
conversaciones con Jablonski sobre la reunificación.
Un año más tarde, en octubre de 1699, manifestó a Jablonski su temor de que las
propuestas de reunificación fueran prematuras; pues, si no se acertaba al
elegir el momento adecuado, el resultado podría ser desastroso (DS 2,
pp. 109-14).
Otro motivo de preocupación para Leibniz en Hannover fueron las reiteradas
negativas del nuevo elector a concederle permiso para visitar Berlín
correspondiendo a las invitaciones de Sofía Carlota. La primera negativa siguió
a una visita que ella hizo a Hannover en agosto de 1698, cuando reiteró
personalmente a Leibniz la invitación que le había hecho llegar por mediación
de Ezechiel Spanheim a iniciales del año anterior. Cuando, dos meses después,
se le denegó el permiso de nuevo, Leibniz señaló al elector (K 10,
pp. 52-3) que Sofía Carlota había enviado la invitación a través de su madre,
por lo que creería sin duda que el permiso ya había sido concedido y estaría
esperando su llegada con impaciencia.
Leibniz añadía que si el elector no cambiaba de opinión, tendría que inventar
alguna excusa ante Sofía Carlota —por ejemplo, que a causa del mal tiempo había
caído enfermo. Esto equivalía a decirle al elector que no había justificación
real que impidiera su visita a Berlín.
Hubo de pasar otro año antes de que Leibniz recibiera del capellán de la Corte,
Jablonski (D5 2, pp. 151-2), una invitación, en nombre del propio elector de
Brandeburgo, para visitar Berlín, con el fin de asesorar para la creación de
una Academia de Ciencias.
Pocos días después, el 28 de marzo de 1700, Leibniz (K 8, pp.
150-1) escribió a su patrón diciendo que quería informarle antes de aceptar.
Leibniz pensaba que al igual que el honor que había recibido el mes anterior al
ser elegido miembro extranjero de la reorganizada Academia Real de Ciencias de
París (A 8, pp. 149-50), la decisión adoptada por el elector de Brandeburgo de
encomendarle la dirección de una Sociedad análoga que había resuelto crear en
Berlín (que podría desempeñar desde su hogar en Hannover) no podía desagradar a
la Corte de Hannover.
El Palacio de Lützenburgo hacia 1702. Tomado de J. Toland, Relations des
cours de Prusse et de Hanovre (La Haya 1706). (Por cortesía de la Bodleian
Library, Oxford.)
Explicaba
entonces que tenía necesidad de realizar viajes cortos por razones de salud,
pues llevaba una vida en exceso sedentaria debido a que trabajaba todo el día
al servicio del elector y su Casa o de la reputación de su
Corte. Por ejemplo, tendría que visitar un balneario en primavera para seguir
tratamiento; entonces (parece querer decir), ¿por qué no visitar también
Berlín? Añadía que el estudio histórico continuaría progresando en su ausencia,
puesto que consistía en ordenar material ya elaborado.
A finales de abril, Leibniz partió en viaje hacia Berlín, visitando de camino
Celle y Wolfenbüttel. Desde Wolfenbüttel la marcha se hizo lenta debido a que
cayó enfermo, por lo que no pudo llegar a Berlín hasta el 11 de mayo; allí tuvo
dificultades para encontrar alojamiento, pues la ciudad se encontraba llena de
visitantes con motivo de la boda entre la princesa Luisa Dorotea Sofía, hija de
la primera esposa del elector, y el príncipe Federico de Hessen-Kassel. Sin
dudarlo un momento se dirigió a Lützenburgo (después Charlottenburgo), donde la
electora Sofía Carlota le recibió amablemente y le asignó una habitación en su
delicioso palacio, que aún se encontraba en construcción (K 8,
pp. 151-5). Pocos días después confiaba a Sofía (K 8, pp.
151-5) que se encontraba fuera de su elemento, pues las exigencias de la vida
social de Lützenburgo le dejaban únicamente cuatro horas diarias de descanso y,
lógicamente, se encontraba muy cansado; pero se daba cuenta de que Sofía
Carlota merecía ese esfuerzo. Cuando, a principios de junio, finalizaron las
celebraciones de la boda, estuvo con fiebre y necesitó una cura de reposo (K 8,
pp. 167-9).
Después de la ratificación del acta de fundación de la Sociedad de Ciencias de
Berlín y de la confirmación de su propio nombramiento como presidente de dicha
Sociedad, el 20 de agosto Leibniz se despidió del elector de Brandeburgo en
Berlín y se dirigió a Lützenburgo para despedirse de la electora en la tarde de
ese mismo día. Ella le invitó a pasar allí la noche. Quizá una muestra de la
intensidad de sus sentimientos hacia la electora lo constituye el hecho de que
Leibniz se sintiera agraviado cuando, después de que ella se hubiera despedido,
su dama de compañía, señorita von Pöllnitz, le regaló unas medallas en su
nombre. Leibniz pensaba, sin duda, que debía haber sido ella en persona quien
se las entregase.
En carta a Sofía (K 8, pp. 207-8) se quejaba de que había sido
como si la electora le tomara por un extraño. Al día siguiente escribió a Sofía
Carlota desde Berlín, con la misma queja (K 10, p. 80). Decía
además que el calor le había producido dolor de cabeza y solicitaba otra
audiencia para justo antes del mediodía del día siguiente, cuando estuviera en
Lützenburgo de paso, pues no sabía cuándo tendría otra oportunidad de verla de
nuevo. A principios de septiembre las dos electoras, Sofía y Sofía Carlota,
invitaron a Leibniz para que las acompañara a Aachen; allí querían encontrar
apoyo, entre las realezas que se encontraban en el balneario internacional y en
la cercana Holanda, para elevar al elector de Brandeburgo al rango de rey de
Prusia. Por entonces Leibniz se encontraba en Wolfenbüttel proyectando una
visita al balneario de Töplitz, al norte de Bohemia, y según una carta que
dirigió a George Stepney (K 8, p. 239) sintió haber recibido
la invitación demasiado tarde para aceptar. Tras seguir tratamiento en Töplitz
durante la última semana de septiembre viajó desde allí a Praga y Viena, donde
llegó a finales de octubre para mantener las conversaciones con Buchhaim que el
emperador le había solicitado. Al comienzo del viaje volvió a encontrarse mal y
durante varios días sufrió un fuerte catarro y diarrea, con sudores nocturnos y
ronquera por las mañanas.
Leibniz estaba de regreso en Hannover cuando, el 18 de enero de 1701, el
elector de Brandeburgo se coronó a sí mismo rey Federico I de Prusia, título
inusual requerido por el hecho de que parte del Ducado era polaco (Schnath
1978, p. 557). Leibniz diseñó una medalla conmemorativa y le felicitó en nombre
de la Sociedad de Ciencias de Berlín (K 10, pp. 338-46). En
carta escrita a la reina en julio (K 10, p. 81) explicaba que
no había podido visitarla porque se le urgía a que adelantara el estudio
histórico. Confiaba sin embargo en que se le permitiera tomar un respiro y en
poder, antes del fin del verano, satisfacer su deseo de vería de nuevo. Pero el
verano se acabó y, a finales de agosto, tuvo que explicar que no podía dejar
Hannover (K 10, pp. 82-4) porque Lord Macclesfield había hecho
entrega a la electora Sofía del Acta del Establecimiento firmada el 1 de junio,
que resolvía el derecho de sucesión a la corona inglesa a favor de Hannover.
Prometía que, tan pronto como la delegación inglesa se hubiera marchado, se
apresuraría a ir a Berlín. Señalaba que los ingleses querían que la electora y
el príncipe elector se trasladaran a Inglaterra, posibilidad que él contemplaba
con temor porque significaría que, además de no poder ver a Sofía Carlota más
que con muy poca frecuencia, se vería privado por completo de la compañía de
Sofía.
Desde Wolfenbüttel, Leibniz escribió a Sofía el 23 de septiembre (K 8,
pp. 287-8) para decirle que tenía intención de visitar a su hija en Lützenburgo
pero que regresaría pronto, porque quería pasar el invierno encerrado en su
refugio de Hannover a fin de hacer progresar su propio trabajo. Cuando Sofía
mostró esta carta a su hijo, éste se quejó de que Leibniz nunca le hiciera
saber dónde se dirigía, pues luego nunca sabía dónde encontrarle (K 8,
pp. 290-1).
Leibniz llegó a Berlín a comienzos de octubre, donde dividió su tiempo en
conversar de filosofía y política con Sofía Carlota en Lützenburgo y mantener
consultas con los funcionarios de la Corte sobre la organización y el trabajo
de la Sociedad de Ciencias. El 2 de diciembre la reina le otorgó poderes para
ser su representante político ante el elector Jorge Luis (K 10,
pp. 91-2). Pocos días después regresó a Hannover para informar de temas
políticos (K 10, pp. 95-102). Tanto en Hannover y Celle como
en Brandeburgo y Prusia producía inquietud el ejército que el duque Antonio
Ulrico, con ayuda francesa, había reunido en Wolfenbüttel.
Leibniz regresó a Berlín el 23 de diciembre con una carta de su hermano para la
reina (K 10, p. 114) e instrucciones (A 10, pp. 103-5)
referentes a los contactos diplomáticos que debía realizar en la Corte. Los
últimos tres días del año apenas dejó su habitación debido a un dolor de
cabeza, y luego perdió la voz (K 10, p. 130), antes de
acompañar a la reina en una visita a Hannover en la segunda mitad de enero de
1702 (GP 3, p. 287).
Nada más regresar a Berlín, Sofía Carlota invitó a Leibniz a visitarla por
Pascua (K10, p. 136). Le decía que su dama de compañía había
comprado un libro de matemáticas, pero los términos y las nociones eran tan
difíciles que necesitaban que él se los explicara. Poco después la señorita von
Pöllnitz (la dama de compañía) le dijo que debía acudir inmediatamente, pues,
como dice el proverbio alemán, «Wann die Katze nicht zu Haus ist danzen die
Mäuse auf den Bänken» [60]; además, la
reina se encontraba sin compañía (Guhrauer 1846 2, app., p. 24). Después de
reiterar varios ruegos similares, sólo pudo decir que iría a Berlín tan pronto
como el elector se lo permitiera. A poco de presentar al elector, el 22 de
mayo, un memorándum sobre la ampliación de la Biblioteca ( MK ,
p. 179), debió conseguir permiso para emprender el viaje, puesto que el 11 de
junio llegaba a Lützenburgo. Para estas visitas la reina le procuró un
documento que le facultaba para recibir, de los representantes de Prusia en las
poblaciones del camino —como Distorf, Neuendorf y Tangermunde—, un relevo de
seis caballos sin ningún desembolso (K 10, p. 218). En esta
ocasión pasó un año entero en Berlín, aunque habría regresado antes si una
enfermedad no le hubiera impedido viajar.
Cuando Sofía Carlota visitó Hannover en enero de 1703, con motivo del carnaval
anual, Leibniz decidió que, en lugar de acompañarla, permanecería en Berlín,
con el fin de conocer cuál era la intención del rey en lo relativo a sus propuestas
para financiar la Sociedad de Ciencias (K 10, pp. 381-3).
Friedrich von Hamrath, ministro del rey, le informó de ello el 5 de
febrero (K 10, pp. 383-4). Expresó entonces a Sofía (K 9,
pp. 8-10) su deseo de regresar a casa, a fin de atender sus asuntos y porque,
debido a su larga estancia y a las fricciones que existían entre las dos Casas
en esa época (centradas en el duque de Celle), se sospechaba que él era un
espía. En su respuesta (K 9, pp. 4-5) Sofía le decía que la
reina estaba de regreso por orden del rey y que confiaba en que él se quedara
algún tiempo con ella antes de volver a casa.
En carta del 6 de marzo dirigida al ministro de Estado, barón von Goertz (K 9,
pp. 12-13), en Hannover, le manifestaba su deseo de regresar tan pronto como se
lo permitiera su salud. La falta de cuidados había hecho que la recuperación
fuese lenta y, aunque había recuperado el apetito, continuaba padeciendo de
insomnio. Aseguraba al barón que su estudio sobre la historia de Brunswick
había progresado casi tanto como si él hubiera estado en Hannover, puesto que
había tenido la oportunidad de utilizar los libros de la Biblioteca Real. Hacia
finales de marzo se presentó una hinchazón recurrente en su pie (no era gota)
que ya había padecido en el mes de diciembre anterior y que le impidió
acompañar a la reina a Lützenburgo y Potsdam, donde ella iba a asistir a una
boda. En mayo, cuando se encontraba con la reina en Lützenburgo, escribió a
Hans Caspar von Bothmer a Hannover diciéndole que ella se mostraba reacia a dejarle
marchar (MK, p. 184) y añadiendo que se sentía muy ofendido
por los rumores que corrían en Hannover, en el sentido de que su deseo era
abandonar sus servicios allí para vivir en Berlín. Leibniz le decía que eso
equivalía a cambiar su libertad por esclavitud. Después de un año en Berlín, el
1 de junio de 1703 regresaba a Hannover.
Dos meses más tarde Leibniz quiso acompañar a Sofía en una visita a Berlín,
pero el elector le denegó el permiso. En esta ocasión, Sofía le dejó un
apartamento en Herrenhausen donde podía trabajar en paz; fue por entonces
cuando comenzó a estudiar seriamente a Locke. En carta a Sofía del 22 de
agosto (K 9, pp. 34-7) decía que, poco después de su marcha,
había sufrido una fiebre debida al calor. Cuando la fiebre hubo remitido no fue
capaz de trabajar en nada y decidió visitar al duque Rodolfo Augusto en
Brunswick. Al día siguiente pensaba regresar a Hannover y, si el elector no
estaba en Herrenhausen, haría una visita breve a Berlín. Esta, sin embargo, no
tuvo lugar.
La siguiente visita de Leibniz a Berlín tuvo lugar en enero de 1704, cuando
mantuvo conversaciones con Jablonski sobre la reunificación de las Iglesias
protestantes. Sofía (K 9, pp. 71-2) esperaba que regresase con
su hija por Carnaval, pero, a continuación de una discusión política en
Wolfenbüttel con el duque Antonio Ulrico —cuyo hermano, el duque Rodolfo
Augusto, había muerto el 22 de enero— hizo una breve visita a Dresde para
promover la idea de crear una Sociedad de Ciencias allí, antes de regresar a
Brunswick para la feria. A Sofía (K9, pp. 72-3) le comentaba que,
dado que la feria no tenía mucho interés, había intentado regresar a Hannover
tras la primera semana; pero el duque Antonio Ulrico le había pedido que se
quedara unos días más y le diera consuelo por la muerte de su esposa, la
duquesa Isabel Juliana. A mediados de febrero se encontraba de nuevo en
Hannover, donde pronto recibió otra invitación de la reina Sofía Carlota para
que la visitara en Berlín. Le escribió en marzo (K 10, pp.
224-6) para explicarle que tenía que permanecer en Hannover hasta que estuviera
pintado su retrato, que el gran duque Cosimo III de Toscana había encargado.
Ella le respondió (K 10, p. 140) que confiaba en que, tan
pronto como el retrato estuviera acabado, él iría a visitarla sin tardanza en
compañía de la condesa von Kielmansegg —hija natural del padre de Sofía Carlota
y su querida, la condesa von Platen—, pues quería conocer su opinión sobre
Locke (K 10, pp. 230-1). Al mismo tiempo, Leibniz apelaba a
ella para que diera a Gabriel Wagner, filósofo venido a menos, algún puesto
modesto como microscopista, para que pudiera dedicarse a observar en miniatura
las maravillas de la naturaleza que permitirían conocer mejor la composición de
los cuerpos mayores (K 10, pp. 224-6). Su hermano, el elector,
no había dado respuesta a la misma llamada. Cuando el pobre filósofo indigente
cayó enfermo con fiebre en Hannover, Leibniz le dio 2 táleros para que se
curara de su enfermedad. Tras elogiar a la condesa de Kielmansegg por su
paciencia al intentar ayudar a Wagner, que prefería morir de hambre antes que
dar su nombre en la beneficencia (Bodemann 1895, p. 373), señalaba que, cuando
se hubiera ido —y parecía estar impaciente por enviarle a Berlín tan pronto
como fuera posible— sólo les quedaría encomendarle a la Providencia (K 10,
P 228).
Leibniz partió hacia Berlín en junio, pero tuvo que regresar desde Brunswick
cuando Sofía necesitó su consejo acerca de una carta que había recibido desde
Inglaterra. Después, en julio, se demoró a causa de un dolor en el tobillo que
le impedía caminar (K 9, pp. 89-90). El 9 de agosto partió de
nuevo y, tras realizar alguna investigación histórica en Wolfenbüttel, llegó a
Lützenburgo a finales de agosto (K 9, pp. 92-5).
Cuando el vicecanciller, Ludolf Hugo, murió en septiembre, Leibniz pidió a la
reina que le recomendara ante su hermano para el puesto, ya que él era el
siguiente por grado de veteranía (K 9, pp. 95-6). Como un
gesto de amistad, ella aceptó poner el interés de Leibniz por encima del suyo
propio; pues, si tenía éxito en su cometido, nunca más disfrutaría del placer
de verle de nuevo en Lützenburgo (K9, p. 96). Leibniz también
solicitó al elector la alcaldía de Ilefeld, otro de los puestos que Hugo
desempeñaba, a fin de poder llevar a término el proyecto de Hugo de volver a
crear allí una escuela. Si bien Sofía no podía pensar en nadie con mejores cualidades
de equidad y justicia para el puesto de vicecanciller (K 9,
pp. 96-7), tanto ella como Molanus (K 9, pp. 99-100) se
extrañaban de que quisiera tener que ocuparse de asuntos tan tediosos. Le
decía (K 9, pp. 101-2) que el elector parecía quejarse «de que
tus muchos méritos, que él estima infinitamente, no le son de ninguna utilidad,
y de que os ve a ti raramente y en absoluto a la historia que te has
comprometido a escribir». No creía, además, que Leibniz pudiera encontrar
agradables las obligaciones que el cargo conllevaba. El puesto de canciller
había desaparecido en Hannover en 1669 y el elector Jorge Luis quería abolir el
de vicecanciller. Al dejar que este puesto desapareciera rindió, probablemente,
servicio a Leibniz.
§. Histona y política
A finales de 1698, cuando su asistente Joachim Friedrich Feller fue despedido
de su cargo por abuso de confianza, Leibniz consiguió dos nuevos ayudantes para
su estudio histórico. Uno de ellos era Johann Georg Eckhart (Eckhart 1779, p.
170), que por entonces vivía en Hannover aunque en 1706 llegó a ser catedrático
de Historia en Helmstedt. Con la cooperación de Leibniz, Eckhart editó además
una revista de crítica en lengua alemana, Monatlicher Auszug ,
que se publicó en Hannover entre 1700 y 1702[61]. El otro
ayudante era Friedrich August Hackmann, que también llegó a ser catedrático en
Helmstedt. En 1698 el duque de Celle encargó a Hackmann la búsqueda de
documentos históricos en Londres (Guhrauer 1846 2, app., p. 98). Más tarde, en
1699, diez años después del viaje del propio Leibniz a Italia, la Corte de
Hannover le encargó que emprendiera un viaje semejante a fin de recoger más
material para la historia de Brunswick. En la primavera de 1699 Leibniz intentó
obtener reconocimiento oficial para otro ayudante en la recopilación de
documentos históricos, el genealogista e historiador francés Charles René
d'Hozier, proponiendo que se le concediera una medalla. Al mismo tiempo sugirió
que se prepararan en Hannover planchas de cobre para grabar sellos y medallas
para su inclusión en la obra, una vez terminada (MK, p. 157).
Al año siguiente, durante su primera visita prolongada a Berlín, solicitó
permiso para usar los archivos de Brandeburgo con el fin de poder continuar
allí su trabajo histórico.
Uno de los primeros cometidos políticos de Leibniz al servicio del nuevo
elector había sido la redacción de la oración que se leyó en el funeral del
elector Ernesto Augusto, el 2 de abril de 1698 (P, pp. 45-82).
Ahora, el problema de la sucesión en Inglaterra se convirtió para Hannover en
un problema político que requería una delicada diplomacia. Cuando el rey
Guillermo III de Inglaterra permaneció con el duque de Celle en su residencia
de caza en Göhrde, cerca de Lüneburgo, en octubre de 1698, Leibniz tomó la
iniciativa al sugerir a la duquesa de Celle que intentase hablar con el rey
sobre ese tema (A 11, pp. 15-17). Propuso al rey que nombrase a la electora
Sofía y sus descendientes como pertenecientes a la línea sucesoria directa y
que acordase el matrimonio (cuando tuviese edad suficiente) del duque de
Gloucester, de salud delicada y nueve años de edad (siguiente en la línea
sucesoria después de su madre, la princesa Ana) con la joven princesa de
Hannover. La duquesa informó a Leibniz de que el rey había respondido favorablemente
a estas propuestas; Leibniz, a su vez, había hablado del tema con el embajador
inglés, George Stepney. Es evidente que Sofía no tomó parte personalmente en
estos contactos, y el rey tampoco le hizo declaración alguna.
Dos años más tarde, el 20 de agosto de 1700, cuando se despedía de la electora
Sofía Carlota en Berlín antes de regresar a Hannover, Leibniz tuvo conocimiento
de la muerte del duque de Gloucester. Al día siguiente, en carta a Sofía (K 8,
pp. 207-8), señalaba que en ese momento era más necesario que nunca pensar en
la sucesión. A su vez Sofía, en carta escrita a Leibniz al mismo tiempo (K 8,
pp. 205-7), decía que si fuera joven se sentiría halagada ante la corona, pero
que ahora, si pudiera elegir, preferiría prolongar su vida antes que aumentar
su grandeza. Si bien el rey, tras la muerte del duque de Gloucester, mantuvo a
sus ministros ignorantes de cuáles eran sus intenciones (K 8,
p. XXXII), al parecer puso su confianza en Stepney y trató de obtener
directamente por mediación suya una respuesta de Sofía. Pues Stepney explicaba
en carta a Sofía (K 8, pp. 208-13) que, si después de hablar
con el rey mostraba su conformidad con una sola palabra por mediación de
Leibniz, él trabajaría a favor de su causa en Inglaterra. Así, Leibniz se vio
oficialmente implicado en el asunto al autorizar el rey a Stepney que le
mencionara en su carta a Sofía (K 8, p. XXXV). En su respuesta
a Stepney, Sofía (K 8, pp. 214-15) mostraba poco entusiasmo
(tenía por entonces 71 años de edad) y hacía referencia al derecho de sucesión
del joven príncipe de Gales (hijo de Jacobo II), de quien creía que se sentiría
feliz convirtiéndose al protestantismo si así recuperaba el trono que su padre
había perdido. Señalando que se encontraba en Aachen con su hija, que había
estado tomando las aguas, informaba a Stepney de que pronto tendría la
oportunidad de discutir el asunto con el propio rey, puesto que cuando dejaran
Aachen querían visitar al rey de Holanda.
A principios de 1701 tanto Sofía como Leibniz estaban de regreso en casa y el
18 de enero mantuvieron una reunión con el duque de Celle y el embajador inglés
John Cresset sobre el problema de la sucesión en Inglaterra. A continuación
Sofía escribió al rey para pedirle consejo acerca de lo que debía hacer (K 8,
p. 240). Es evidente que él consideró esto una indicación de que ella estaba
dispuesta a cumplir sus deseos. El 21 de febrero pronunció un discurso ante el
Parlamento incidiendo en la necesidad de asegurar la sucesión por línea
protestante a través de él mismo y de la princesa Ana (K 8, p.
LII), aunque no llegó a mencionar a Sofía. Mientras, Leibniz (K 8,
pp. 239-43) escribía confidencialmente a Stepney indicando que, de entre los
ingleses, sólo Cresset —además de él mismo— conocía todas las deliberaciones y
sugiriendo que se impulsara la causa a favor de Hannover mediante la
publicación de folletos que pareciesen tener otra procedencia. El 1 de mayo
Stepney contestó desde Viena, donde había sido enviado como embajador, para
decir que los ingleses estaban favorablemente dispuestos a aceptar lo que el
rey aconsejara con respecto a la sucesión y que no había necesidad de folletos
que crearan opinión entre la gente (K 8, pp. 257-8). El 14 de
agosto Lord Macclesfield hizo entrega a Sofía del Acta del Establecimiento que
decretaba la sucesión por línea protestante a favor de Hannover. Llevaba
también una carta de recomendación en la que Gilbert Burnet, obispo de Salisbury,
le presentaba —por decirlo con las palabras del obispo— a un hombre cuya fama
no sólo honraba a la Casa de Brunswick, sino a toda Alemania ( MK ,
p. 173).
Si bien la reluctante Sofía y el elector (que fue admitido en la Orden de la
Jarretera) aceptaron en principio la sucesión, no dieron ningún paso conducente
a hacer efectiva su reclamación. Leibniz, sin embargo, no perdió ocasión de
promover la causa, tanto en correspondencia con diplomáticos como en
conversaciones con las influyentes personalidades inglesas que visitaban
Hannover. Preocupado sin duda por la falta de relaciones entre Inglaterra y el elector,
Leibniz hizo uso de uno de sus recursos literarios favoritos —en este caso, un
artículo anónimo supuestamente escrito por un inglés— para explicar que, aparte
del compromiso que suponía el Acta del Establecimiento, era muy conveniente
para Inglaterra actuar en alianza estrecha con Hannover (K 9,
pp. 61-6). Quería evitar el peligro de que, si la aparente frialdad entre las
dos cortes continuaba, los enemigos de Hannover aprovecharan la oportunidad
para acabar con el Acta del Establecimiento.
Otro problema político importante en el cual Leibniz se vio implicado fue el
relativo a las relaciones de Hannover y Brandeburgo con Wolfenbüttel, que había
firmado una alianza de neutralidad con Francia al comienzo de la guerra de
sucesión española. Al morir Carlos II de España, en noviembre de 1700, dejó un
testamento en el que ofrecía la sucesión indivisa al segundo hijo del delfín,
el duque de Anjou Felipe, que contaba con dieciséis años de edad, dejando de
lado el Tratado de Partición previamente acordado y prescindiendo igualmente de
la reclamación rival presentada por el emperador Leopoldo I. En septiembre de
1701, Inglaterra y Holanda habían firmado un tratado secreto con Leopoldo; este
tratado dio lugar a la Gran Alianza contra Francia a la que se unieron
Inglaterra, Holanda, Austria, Dinamarca, Prusia, Hannover, el Palatinado y más
tarde Saboya, que cambió de bando en 1703. Poco después de la muerte de
Guillermo III, en la primavera de 1702, los aliados comenzaron a luchar en
Europa occidental poniendo sitio a Kaiserswerth, junto al Rin.
A principios de 1701, Leibniz argumentó a favor de la legitimidad de la
sucesión austríaca en España en una carta que supuestamente había escrito un
ciudadano de Amsterdam, como respuesta a otra carta supuestamente escrita por
un ciudadano de Amberes en la que se defendía el gesto de Francia de prestar
apoyo al duque de Anjou (FC 3, pp. 308-44). Ambas cartas, que
comenzaron apareciendo como panfletos, se publicaron, junto a una traducción al
alemán y acompañadas de una introducción y extractos de los documentos
constitucionales relevantes, con el título La justice encouragée. En
una conversación con Sofía el 8 de abril de 1701 Leibniz intentaba adivinar el
futuro y especulaba con las consecuencias que se seguirían si, como parecía
probable, el elector de Baviera, que se había aliado con Francia, heredaba el
trono de Austria. Aunque Prusia podía repartir con Baviera los despojos del
emperador, no saldría beneficiada con ello, pues la relación de ambas con
Francia sería la de los animalitos con el león de la fábula (Guhrauer 1846 2,
app., P32).
Poco antes de recibir, a principios de diciembre de 1701, la autorización de la
reina Sofía Carlota para actuar como agente político en su nombre en lo
concerniente a sus relaciones con su hermano, el elector Jorge Luis, Leibniz le
presentó un memorándum sobre los esfuerzos de Francia para dividir el Imperio
comprando a Colonia, Bavaria y Wolfenbüttel y permitiendo que Wolfenbüttel, en
particular, crease un ejército desproporcionado para sus necesidades
defensivas, a cambio de tratados de neutralidad (K 10, pp.
88-91). Después, en nombre de la reina, aconsejó al elector acerca de los pasos
que debería dar, en colaboración con Prusia, para evitar el peligro (K 10,
pp. 95-100). Tras regresar a Berlín con instrucciones del elector (K 10,
pp. 103-5), informó a éste a finales de diciembre acerca de las negociaciones
que estaban teniendo lugar entre Prusia y Wolfenbüttel (K 10,
pp. 114-17, 119-21). Tanto Leibniz como la reina estuvieron de acuerdo en que
era la persuasión, más que las medidas de fuerza, lo que debía utilizarse para
lograr que Wolfenbüttel renunciara al compromiso de su alianza con Francia.
Finalmente, el asunto quedó resuelto mediante negociaciones después de que las
tropas de Celle y Hannover cruzaran la frontera con Wolfenbüttel en la noche
del 19 de marzo de 1702 y tomaran las poblaciones de Peine y Goslar. Leibniz
envió un informe completo de las razones para esta acción al conde von
Buchhaim, obispo de Wiener-Neustadt, en carta fechada el 30 de marzo (K 10,
pp. 133-6). Los mediadores, como explicaba a Sofía Carlota en carta del 22 de
abril, habían testimoniado la moderación de Celle y Hannover al exigir
únicamente lo necesario para garantizar su seguridad y el bien común,
prescindiendo de aprovechar su posición ventajosa para lograr que Wolfenbüttel
reconociese al noveno Electorado (K 10, pp. 143-5).
A finales de 1703 la marcha de la guerra parecía haber alcanzado, en opinión de
Leibniz, un punto de letargo mortal. En un memorándum (K 9,
pp. 51-61) presumiblemente escrito para Sofía y, a través suyo, para el
elector, indicaba la necesidad de una mayor coordinación de las estrategias y
los recursos. Con este fin aconsejaba el establecimiento de dos cuarteles
generales, uno en Holanda y otro en el Imperio. Entre otras sugerencias rogaba
que se cuidase mejor de los soldados, no sólo proporcionándoles ayuda médica
sino también intentando prevenir las bajas innecesarias. Esto podía lograrse
mediante una estrategia mejor y un buen mando; en otras palabras, aplicando la
ciencia en lugar de la fuerza bruta. En otro memorándum (K 9,
pp. 66-70), dirigido evidentemente a Viena, aconsejaba nombrar al elector —que
había dado pruebas de su capacidad como general— comandante en jefe de las
Fuerzas Imperiales. Esto tuvo lugar, de hecho, pocos años después, bajo el
emperador José I. Al tiempo que intentaba, con estos memoranda, influir en la
marcha de la guerra, colaboró también con propaganda destinada a ganar el apoyo
popular en Inglaterra y Holanda (cuyos gobernantes estaban a favor de la
partición del Imperio español) al derecho de Austria a una sucesión indivisa.
Como ya era costumbre, hizo pasar su escrito (FC3, pp. 360-431) por
una obra originalmente redactada en español que una personalidad influyente le
había hecho llegar y que merecía ser publicada en Inglaterra y Holanda. Se
publicaron varias ediciones en Holanda, en francés y holandés, durante los años
1703 y 1704.
Leibniz había recibido una buena acogida en sus primeras visitas a Berlín, no
sólo por parte de Sofía Carlota sino también de los funcionarios de la Corte y
del propio elector de Brandeburgo. Tras visitar a Sofía Carlota en Lützenburgo
durante el verano de 1700, pasó una semana en Oranienburgo con el consejero
privado prusiano Heinrich Rüdiger von Ilgen, a quien el elector había dado
autorización para que le explicara confidencialmente sus puntos de vista en lo
concerniente a las relaciones de Brandeburgo con Hannover y Celle, las cuales,
debido a sus diferentes intereses políticos, habían sido en ocasiones bastante
frías e incluso tirantes. Después de que Leibniz hubiera discutido los
distintos asuntos con Sofía Carlota (K 10, pp. 70-6), ésta le
encargó que comunicara a Von Ilgen sus propias observaciones sobre lo que él
había dicho (K 10, pp. 76-9). Al tener mucha más información
sobre la política de Brandeburgo, Leibniz estaba en mejor posición para
asesorar a Sofía y a la Corte de Hannover en todas las cuestiones relacionadas.
Por mediación de Von Ilgen, el elector buscó el asesoramiento de Leibniz acerca
de la administración de justicia, aunque al parecer no siguió sus consejos.
Leibniz los había expuesto en dos memoranda dirigidos a Von Ilgen (K 10,
pp. 331-6), en los que explicaba que había comenzado a pensar en ello a los 21
años y por encargo del elector de Maguncia, y que más tarde se habían llevado a
la práctica en Sajonia. Las recomendaciones específicas, relativas a
procedimientos oficiales, necesidades defensivas y lagunas legales, parten del
principio general de que la justicia es la caridad de la persona justa y que el
juez debe ayudar a quienes no pueden ayudarse a sí mismos.
En el otoño de 1704, cuando pudo pascar por última vez en el jardín de
Lützenburgo junto a Sofía Carlota y su madre, Leibniz conoció a la princesa
Carolina de Ansbach, de dieciocho años, cuya presencia alegraba a la
reina (K 9, p. 93). El elector Juan Guillermo del Palatinado
quería que Carolina se casara con su sobrino, el aspirante austríaco al trono
español, y había enviado a su confesor, Ferdinand Orban, a Lützenburgo, con el
fin de lograr el acuerdo de la princesa y su conversión. Puesto que había
decidido mantenerse fiel a su religión, le vino bien tener a Leibniz a mano
para redactar la carta oficial en la que declinaba el matrimonio (K 9,
pp. 108-9). Su boda con el nieto de Sofía, el príncipe elector, que tuvo lugar
al año siguiente, fue un matrimonio por amor (K 11, p. 3). Más
tarde se convirtió en princesa de Gales y, finalmente, en reina de Inglaterra.
§. Filosofía
En el segundo volumen del Dictionnaire historique et critique Pierre
Bayle había incluido un artículo sobre Jerome Rorarius, nuncio papal de
Clemente VII en la corte de Femando, rey de Hungría durante el siglo XVI, y
autor de un libro en el que afirmaba haber demostrado que los animales no sólo
tienen almas racionales sino que pueden razonar mejor que los humanos. Bayle
explicaba que había muchos datos en la descripción del comportamiento animal
que hacía Rorarius que dejaban en una situación comprometida tanto a
Aristóteles como a Descartes. Describía a continuación la nueva teoría de
Leibniz, a quien calificaba como uno de los grandes intelectos de Europa, si
bien observaba que había tropezado con problemas en su teoría. Estos eran
relativos, sobre todo, a la explicación de las relaciones entre cuerpo y alma.
Leibniz envió una respuesta a Basnage de Beauval para su inclusión en la Histoire
des ouvrages des savans , que apareció publicada en julio de
1698 (GP 4, pp. 517-24).
Bayle no podía entender de qué manera la actividad del alma surge
espontáneamente de su naturaleza; por ejemplo, cómo podía el alma de un perro
sentir espontáneamente dolor después de haber sentido placer. Leibniz sugería
que lo que Bayle tenía en mente era el axioma de que todo permanece en el mismo
estado en que se encuentra si no hay algo que le obligue a cambiar. Este axioma
era, de hecho, uno de los principios de su propio sistema filosófico. Pues,
mientras que un cuerpo en reposo permanece en reposo, un cuerpo en movimiento
retiene su movimiento, o su proceso de cambio, si no hay nada que lo impida. En
su opinión, sin embargo, formaba parte de la naturaleza de las sustancias
creadas cambiar espontáneamente siguiendo un orden determinado que constituía
su individualidad y se encontraba en un acuerdo exacto con lo que le ocurre a
cualquier otra sustancia y en cualquier punto del universo. Aunque afirmaba
haber demostrado todo esto, en ese momento consideraba suficiente con que se
aceptase como una hipótesis adecuada para explicar los fenómenos. Pues la ley
del cambio en el alma del perro le lleva del placer al dolor en el mismo
instante en que se le golpea con un palo, ya que esta ley del cambio estaba
destinada a representar todo lo que le ocurre al cuerpo según la manera en que
el animal lo experimenta, e incluso a representar, a través de esta relación
con el cuerpo, todo lo que tiene lugar en el universo.
Otra idea que planteaba problemas a Bayle era la supuesta implicación de que el
alma del perro, construida de manera que sienta dolor en el mismo instante en
que el perro recibe el golpe, debería seguir sintiendo dolor aunque nadie
golpeara al perro. Leibniz contesta que esta situación no puede darse dentro
del orden natural de las cosas, pues el alma del perro está construida de forma
que represente sucesivamente los cambios que realmente tienen lugar en la
materia en todo el universo. Dios podría haber dotado a cada sustancia de
fenómenos independientes de los fenómenos de las demás sustancias (en cuyo caso
la situación que Bayle imaginaba podría liarse), pero en ese caso Dios habría
creado tantos mundos inconexos, por decirlo así, como sustancias.
Bayle afirmaba, finalmente, que el rechazo de Leibniz del sistema cartesiano de
las causas ocasionales se basaba en una suposición falsa; pues, dado que la
intervención de Dios se guiaba únicamente por causas naturales, no había
recurso a un milagro perpetuo, como creía Leibniz. Este contestó que, dentro
del sistema ocasionalista, Dios era un supervisor perpetuo, semejante a un
relojero encargado de sincronizar constantemente dos relojes defectuosos
incapaces de marchar al unísono, mientras que dentro de su propio sistema lo
que se asumía era un acuerdo natural. El ocasionalismo presuponía un milagro,
pues Dios había decretado reglas sin proporcionar recursos naturales que
permitieran seguirlas. Añadía que la gravitación de Newton era análogamente
milagrosa. Pues no bastaba con atribuir a los cuerpos una gravitación
primitiva; se precisaban además medios naturales que le permitieran actuar.
En la respuesta a las aclaraciones de Leibniz que apareció en la segunda
edición del Dictionnaire , publicado en 1702 (GP 4,
pp. 524-54), Bayle afirmaba que, si se diera el caso de que la hipótesis de la
armonía preestablecida estuviera bien fundada, sería preferible a la
interacción escolástica entre cuerpo y mente o a la hipótesis de la asistencia
continua de los ocasionalistas, puesto que transmitía una idea muy noble del
Creador y eliminaba cualquier rastro «le conducción milagrosa alejada del curso
ordinario de la naturaleza.
Leibniz intentó dar respuesta a las reservas de Bayle en un artículo, Reponte
aux réflexions contenues dans la seconde édition du Dictionnaire Critique de M.
Bayle, article Rorarius, sur le système de l'Harmonie preétablie, que
se publicó en la Histoire critique de la république des lettres de
Masson en 1702 (GP 4, pp. 554-71).
A Bayle le parecía improbable que un autómata, pues así era u uno Leibniz
—desde el punto de vista de la física— concebía al cuerpo, pudiera tener un
destino fijado. Pues era como si se fijase el destino de un barco para que
navegase en el puerto sin piloto.
Leibniz se mostró sorprendido de que Bayle le negase a Dios esta posibilidad,
pero sugirió que quizá no había entendido la hipótesis si pensaba que ésta
requería imprimir en el cuerpo una facultad en el sentido escolástico,
semejante a las que se adscribían a los cuerpos en la Edad Media para atraerlos
hacia el centro. Si lo que tenía en mente, sin embargo, era una facultad que
podía explicarse mediante las leyes de la mecánica, desde el punto de vista de
Dios no podía haber dificultad alguna. Dado que los cuerpos eran infinitamente
divisibles y estaban de hecho infinitamente divididos, incluso el corpúsculo más
pequeño recibía alguna impresión cuando se producía el menor cambio en los
demás y debía ser, por ello, un espejo que reflejaba con exactitud el universo;
por ello, una mente de penetración infinita podía ver en este corpúsculo todo
lo que había tenido lugar y todo lo que tendría lugar no sólo en éste, sino en
todos los cuerpos y en cualquier lugar.
Leibniz no había llegado a dar respuesta satisfactoria a la primera objeción de
Bayle, cuando afirmaba no entender cómo surge la actividad del alma
espontáneamente por su naturaleza. Retomando esta dificultad, Bayle afirmaba
ahora que el alma carece de medios que le permitan ejecutar sus propias leyes.
Comparando al alma (que Leibniz concebía como una mónada, o un átomo, o una
sustancia) con un átomo de Epicuro rodeado de vacío, Bayle sostenía que el
alma, si ha experimentado placer o dolor en alguna ocasión, debería retenerlos
siempre, al igual que el átomo retiene su movimiento. Leibniz respondía a esto
que el átomo (aunque, en realidad, no existe tal cosa) tiene una tendencia
simple al movimiento, mientras que el alma, aunque es indivisible, posee una
tendencia compuesta, de tal forma que cada una de las múltiples ideas presentes
en un instante dado tiende a un cambio particular que es acorde a la relación que
mantiene con todos los demás objetos del universo. No debería compararse al
alma, por tanto, con un átomo, sino con el universo que representa. Cualquier
cambio en el universo se refleja en las ideas que están en el alma, y esto es
lo que explica la multiplicidad de sus modificaciones. Leibniz explica que el
instrumento mediante el cual el alma se mueve de una percepción a la siguiente
de la serie lo constituyen las ideas presentes en un instante dado (tanto
claras como confusas) y a partir de las cuales van a nacer las ideas futuras.
En el curso del artículo Leibniz aprovecha la oportunidad para señalar que la
armonía preestablecida es un buen intérprete entre el cuerpo y el alma y afirma
que este resultado muestra que su doctrina combina lo más valioso de las
hipótesis de Epicuro y Platón, el mayor materialista y el mayor idealista.
Una polémica entre Johann Christoph Sturm, profesor de matemáticas en Altdorf,
y el físico Günther Christoph Schelhammer de Kiel, proporcionó a Leibniz la
oportunidad de exponer las ideas fundamentales de su filosofía con ocasión de
una revisión crítica de la disputa. Se publicó en las Acta
Eruditorum en 1698 (GP4, pp. 504-16) bajo el título De
ipsa natura(Acerca de la propianaturaleza). Sturm aceptaba la posición
de Roben Boyle, quien proponía que el término «naturaleza» fuera reemplazado
por el de «mecanismo», mientras que Schelhammer defendía la noción de
naturaleza como algo que no es sólo material. En su crítica Leibniz no sólo
respondía a Sturm, con quien había intercambiado correspondencia a raíz de la
publicación de su Systéme nouveau en 1695, sino que dirigía
sus críticas de manera general contra los ocasionalistas y otros que negaban la
realidad del mundo físico. Opinaba que la doctrina del ocasionalismo tenía una
consecuencia peligrosa que sus defensores no habían previsto: implicaba un
panteísmo; pues, dado que lo que no actúa no puede ser una sustancia, la
doctrina implica que las meas creadas no son sino modificaciones de una única
sustancia divina y de este modo, al igual que Spinoza, hace de Dios la propia
naturaleza del mundo.
Durante una visita a Leiden en 1698, Bernoulli defendió la dinámica de Leibniz
en conversaciones con el profesor de matemáticas y filosofía Burchard De
Volder, que había tomado partido por Papin en su disputa con Leibniz. Esto dio
lugar a un intercambio de correspondencia entre De Volder y Leibniz por
mediación de Bernoulli, en el transcurso de la cual Leibniz defendió en primer
lugar los principios de su dinámica para a continuación exponer y aclarar su
fundamentación metafísica en la idea de sustancia; en cierto sentido, pin
tanto, esta correspondencia constituye la continuación de la mantenida con
Arnauld.
En una de sus cartas a De Volder, Leibniz explica sus razones para empezar por
la dinámica y continuar con la metafísica (GP 2, p 192-5).
Describe la estimación de la fuerza como la puerta de acceso a la verdadera
metafísica; pues mediante esas estimaciones la mente se va liberando
gradualmente de los falsos conceptos de materia, movimiento y sustancia
corpórea que habitualmente se tienen en particular los cartesianos— cuando se
llega a comprender que las reglas de la fuerza y la acción no se pueden deducir
a partir de estas nociones y que, por tanto, hay algo más elevado en los
propios cuerpos. Puesto que pensaba que De Volder, a quien Huygens había
designado como albacea literario, era un investigador con talento en busca de
la verdad, Leibniz decidió contestar a sus objeciones de forma tan completa
como fuera posible. Sin embargo, sus repetidos esfuerzos para explicar a De
Volder el concepto de sustancia fueron inútiles, puesto que De Volder continuó
rechazando esta noción por considerarla compleja y prefiriendo lo que llamaba
una aproximación lógica, que consistía en definir la sustancia como aquello que
posee un atributo simple. En el caso de la sustancia corpórea este atributo
simple era la extensión, lo que suponía que De Volder se adhería de hecho a la
posición cartesiana. Leibniz indicó pacientemente las inconsistencias lógicas
del concepto de sustancia de De Volder e insistió en la necesidad de que
tuviera un carácter metafísico si había que dotar de realidad al mundo físico.
Cuando el intercambio de correspondencia entró en su sexto año, 1704, Leibniz
se mostró crecientemente irritado ante lo que consideraba la incapacidad de De
Volder para entender sus argumentos. Esta correspondencia, como la mantenida
con Arnauld, quedó sin publicar; pero, mientras intentaba convencer a De
Volder, Leibniz había logrado aclararse a sí mismo algunas de sus ideas.
Una exposición particularmente clara del punto de vista de Leibniz se encuentra
en una carta del 20 de junio de 1703 (GP 2, pp. 248-53), donde manifestaba a De
Volder la esperanza de que su respuesta a Bayle (quien, como señala, había
aceptado para entonces su posición aunque con reservas respecto al pensamiento
espontáneo del alma) habrían hecho sus ideas más claras también para él.
Leibniz explicaba que consideraba a la sustancia, puesto que está dotada de una
potencia prima activa y pasiva, como una mónada individual. Las mónadas eran
reales, mientras que la materia era tan sólo un fenómeno bien fundado: es
decir, una apariencia generada a partir de un agregado de mónadas, derivada
estrictamente de características monádicas. Las fuerzas que surgen de la masa y
la velocidad, puesto que pertenecen a agregados o fenómenos, son por tanto
derivadas, y se encuentran en continuo cambio. Cuando hablaba de la fuerza
primitiva como algo que permanecía no estaba refiriéndose a la conservación de
la potencia motora total, sino a una entelequia que expresaba su fuerza total
además de otras cosas. Las fuerzas derivadas no eran sino modificaciones y ecos
de las fuerzas primitivas. Puesto que cualquier modificación presuponía la
existencia de algo que permanecía, rechazaba la hipótesis de De Volder de que
no existe en los cuerpos nada distinto de las fuerzas mecánicas o derivadas.
La misma carta contiene también una aclaración relativa al concepto de
sustancia corpórea orgánica. Los agregados o mónadas eran de dos tipos: objetos
inanimados constituidos por meros agregados a los cuales tan sólo la mente
confería unidad, y objetos orgánicos constituidos por agregados unidos por
formas sustanciales. Leibniz explica a De Volder que, si la masa se piensa como
un agregado que contiene varias sustancias, es posible aún concebir en ella una
única sustancia preeminente o entelequia primaria. Esta mónada preeminente, o
mónada dominante —como la denomina—, hace del agregado, de alguna manera que no
se especifica, una unidad real. En las cartas a Arnauld, Leibniz había
explicado que puede decirse de una mónada que actúa sobre otra cuando la
primera expresa más distintamente que la segunda la causa o razón de los
cambios que tienen lugar en las dos. Esto sugiere que, en algún sentido, la
mónada dominante es capaz de usar a las otras como órganos de percepción y
actividad, pero una explicación más extensa quedaba pospuesta para una etapa
posterior. Con el fin de resumir para De Volder su noción de sustancia corpórea
orgánica, Leibniz distingue:
i. entelequia primitiva o alma,
ii. materia prima o potencia pasiva prima,
iii. la mónada completa integrada por las dos anteriores,
iv. masa o materia segunda (órganos en los cuales concurren innumerables
monadas subordinadas), y
v. la planta o animal que la mónada dominante convierte en una máquina.
En carta a la electora Sofía escrita desde Berlín el 11 de noviembre de
1702 (K 8, pp. 385-6), Leibniz le decía que Isaak Jaquelot le
habría visitado para pedirle consejo en relación con una nueva edición de
la Dissertation sur l'existence de Dieu, que había aparecido
en La Haya en 1697. Tras abandonar Francia a raíz de la revocación del edicto
de Nantes, Jaquelot había pasado algún tiempo en Heidelberg yen La Haya antes
de ser nombrado capellán de la Corte de la colonia francesa en Berlín. Después
de este encuentro, Leibniz escribió para Jaquelot su crítica a la demostración
cartesiana de la existencia de Dios: Descartes no había probado que la
existencia de Dios era posible (GP 3, pp. 442-7). En su
segundo intento, Jaquelot argumentaba que, puesto que existen seres
contingentes para los cuales tiene que haber una causa, el ser necesario
existe. Al tiempo que manifestaba su aprobación hacia este argumento, del que
él mismo había hecho uso en una crítica contra François Lamy publicada en las Mémoires
de Trevoux en 1701 (GP 4, pp. 405-6), Leibniz
señalaba que una demostración completa debía probar que ese ser necesario posee
todas las perfecciones (GP 5, pp. 448-54).
A comienzos de febrero de 1704 Jaquelot (GP 3, pp. 462-4)
pidió a Leibniz que le explicara algunas dificultades que había encontrado en
el sistema de la armonía preestablecida y sobre las que había estado
reflexionando mientras una enfermedad le mantuvo junto al fuego. Leibniz le
contestó inmediatamente con una carta escrita desde Wolfenbüttel (GP 3,
pp. 464-6) en la que exponía brevemente las principales ideas de su sistema
filosófico. Pero Jaquelot no pudo entenderlo. Llegó a la conclusión de que las
diferencias entre el sistema de Leibniz y el sistema cartesiano de las causas
ocasionales eran insignificantes, excepto en un respecto que no jugaba a favor
de la armonía preestablecida. Desde su punto de vista, este sistema destruía
por completo la libertad humana(GP 3, pp. 466-7). Al parecer,
Jaquelot envió a Leibniz una prueba de imprenta de su Conformité de la
foy avec la raison (1705), la cual contenía un apéndice en el que se
criticaba el principio de la armonía preestablecida. En cana de septiembre de
1704, Leibniz reaccionaba con dureza contra lo que consideraba la acusación
injusta de que había propuesto un sistema de consecuencias peligrosas para la
religión (GP 6, pp. 558-60). Con respecto a la libertad
humana, Leibniz explicaba que nuestras actuaciones futuras están en nosotros,
pero sólo a la manera de una inclinación que no lleva aparejada necesidad
alguna, si bien Dios tiene certeza de ellas. En otras palabras, Dios conoce
cuáles van a ser las decisiones que libremente tomaremos. En una carta
posterior (GP 6, pp. 567-73), Leibniz señalaba que no
encontraba ni placer ni beneficio en recibir una comunicación en la que se le
imputaban opiniones que no mantenía y que había sido escrita sin prestar
atención a lo que realmente decía o a los argumentos que daba.
La correspondencia con Lady Masham sí fue una fuente de satisfacción para
Leibniz, pues creía, como señalaba en carta a Thomas Burnet (GP 3,
pp. 297-9), que el amigo de ella y gran filósofo inglés John Locke tomaba parte
también. Agradeciéndole el envío de una copia de la obra escrita por su padre,
Leibniz (GP3, pp. 336-7) señalaba que había añadido, al mundo
inteligible descrito allí, el sistema de la armonía preestablecida entre las
sustancias al que Bayle había hecho referencia en dos ediciones de su Dictionnaire —con
mayor amplitud en la segunda, en la que introducía nuevas objeciones. Tras
consultar el artículo de Rorarius de la primera edición delDictionnaire (no
disponía de la segunda) y el artículo de Leibniz,Systéme nouveau, que
Bayle citaba, Lady Masham escribió a Leibniz (GP 3, pp. 337-8)
pidiéndole una mayor explicación de la noción de turma a partir de la cual
parecía construir su hipótesis. Pues les daba el nombre de fuerzas primitivas,
almas, formas sustanciales, incluso sustancias sin más, pero de un tipo tal que
no eran ni espirituales ni materiales, por lo que ella no llegaba a hacerse una
idea clara de la noción. Le pedía también que le enviara un resumen con sus
respuestas a las nuevas objeciones de Bayle. En su contestación(GP 3,
pp. 338-43) Leibniz exponía los principios fundamentales de su filosofía,
adoptando una aproximación que se basaba en la observación y la uniformidad de
la naturaleza más que en el análisis de la materia como infinitamente
divisible. Así, por ejemplo, la observaron de que en nosotros hay un ser único
dotado de acción y percepción nos lleva a creer que existen estos seres activos
en toda la materia y que difieren entre sí sólo en su forma de percibir. Con el
fin de confirmar que su comprensión era correcta, Lady Masham n pena los
principios de la metafísica de Leibniz con sus propias palabras y solicitaba
que la corrigiera si era necesario (GP 3, pp 148-52). A lo
largo del verano y otoño de 1704 Leibniz continuó respondiendo a las peticiones
de Lady Masham y consiguió convencerla de que su sistema de la armonía
preestablecida era más natural que el sistema cartesiano de las causas
ocasionales. Una de sus preguntas era relativa a la necesidad de los cuerpos,
puesto que —según ni parecer— no servían a ningún propósito si la mente era
suficiente.
En su respuesta, Leibniz observaba que Dios había deseado una infinidad de
otros seres. Nuestro cuerpo es como un mundo lleno de una infinidad de pequeñas
criaturas que también merecen la existencia; y, si nuestro cuerpo no estuviera
organizado, nuestro microcosmos no tendría todas las perfecciones que debe
tener y nuestro microcosmos no poseería tanta riqueza como posee (GP 3,
pp 152-7). Con respecto a su temor de que la libertad humana quede destruida en
su sistema, le aseguraba que no era así (GP 3, pp 161 -4).
En la época de este intercambio de correspondencia, Locke estaba demasiado
enfermo como para proseguir con sus estudios de filosofía; pero mostró su
satisfacción ante el hecho de que Leibniz hiciera algunas correcciones a
su Essay conceming human understanding (GP 3, p. 351). El
24 de noviembre de 1704 Lady Masham (GP 3, pp. 364-6) escribió
a Leibniz para comunicarle la muerte de Locke, su amigo de media vida.
§. Matemáticas
En octubre de 1699 John Wallis publicó el tercer volumen de su Opera
mathematica, el cual proporcionaba parte de la base que permitía
entender la invención del cálculo matemático; pues, además de la
correspondencia entre Leibniz y Wallis, contenía las cartas de Leibniz a
Oldenburg y las dos famosas cartas de Newton —«Epístola prior» y «Epístola
posterior»— dirigidas a Leibniz. Este explicaba a Magliabechi (Bodemann 1895,
p. 163) que, cuando Wallis le pidió permiso para publicar estas cartas, se
había conformado con dejar la selección a Wallis, puesto que en otro caso
habría tenido que buscar los originales entre una masa de papeles que en su
mayoría andaban ilocalizables; pero el resultado no le parecía insatisfactorio.
Envió una crítica de la obra a las Acta Eruditorum en mayo de
1700. Una publicación menos agradable para Leibniz fue el trabajo de Fatio de
Duillier sobre la braquistócrona, en el cual se aludía a Leibniz como el
segundo inventor del cálculo después de Newton; se le acusaba de arrogancia al
reclamar todo el mérito para él y no darse cuenta de las aportaciones de otros.
En qué medida Leibniz había tomado cosas prestadas de Newton era algo que Fatio
dejaba al juicio de quienes, como él mismo, hubiesen leído las cartas de Newton
y otros papeles manuscritos ( NC 5, p. 98). Leibniz publicó
una réplica en las Acta Eruditorum ( GM 5,
pp. 340-50) y manifestó su confianza en que los lectores de la correspondencia
incluida en la obra de Wallis se darían cuenta de que las acusaciones de plagio
no tenían fundamento; pero mostraba su preocupación ante el hecho de que la
Royal Society hubiera dado su aprobación, aparentemente, al ataque de Fatio, al
conceder su imprimatur a esta obra. Cuando se quejó a Wallis,
éste le aseguró que las imputaciones descorteses de Fatio no contaban con el
apoyo de la Royal Society, aunque uno de los vicepresidentes había dado el
visto bueno a la publicación del libro al creer que se trataba de un simple
tratado de matemáticas (GM 4, pp. 71-3). Leibniz recibió
también las disculpas del secretario de la Royal Society, Hans Sloane (NC 5,
p. 96).
En 1703 George Cheyne publicó una exposición elemental de integración mediante
el método de fluxiones de Newton, bajo el título Fluxionum methodus
inversa(Sobre elmétodo de inversión de fluxiones). En esta obra, como
Johann Bernoulli indicaba en una carta dirigida a Leibniz a finales de
septiembre (GM 3, 2, pp. 722-5), Cheyne hacía de todos ellos
«monos de imitación de Newton dedicados a seguir, sin utilidad alguna, sus
pasos de tiempo atrás»; afirmaba, en particular, que el método de series consistente
en hacer uso de coeficientes indeterminados y de la comparación de términos,
publicado por Leibniz en 1693, era en realidad el método de series que Newton
había descubierto hacía al menos diecisiete años. En su réplica (GM 3,2,
pp. 726-30), Leibniz describía esta afirmación como una ineptitud, puesto que,
cuando publicó en 1693 el mismo método que ya había mostrado a Huygens y a
Tschirnhaus en París en 1675, ni él ni nadie tenían constancia de que Newton
también poseyera algo parecido; y en una carta del 25 de marzo de 1704
comentaba además que no había encontrado ninguna indicación de que el cálculo
diferencial, u otro equivalente, estuviera en conocimiento de Newton antes que
en el suyo propio (GM 3, 2, pp. 744-5). Resulta evidente que
su irritación hacia Cheyne le hizo endurecer su actitud hacia Newton, puesto
que en 1676 había aceptado que Newton poseía algo similar a su propio cálculo.
Los muchos errores que el libro de Cheyne contenía parecen haber motivado que
Newton se decidiera, finalmente, a publicar su propia exposición del método de
fluxiones. Puesto que Hooke había muerto en 1703, Newton podía publicar suOptica sin
arriesgarse a una reacción hostil por parte de su antiguo rival. Cuando, en
1704, apareció la primera edición, aprovechó la oportunidad para añadir dos
tratados matemáticos como apéndice, relativos al método de fluxiones y a la
clasificación de curvas cúbicas respectivamente. Leibniz quedó impresionado por
la Optica, pero en su crítica de los apéndices matemáticos,
publicada en las Acta Eruditorum en enero de 1705, manifestaba
una aprobación respetuosa sin grandes entusiasmos. Tras exponer el concepto de
fluxión mediante una contratación entre el punto de vista cinemático de Newton
en términos de variables y su propio punto de vista estático en términos de
diferencias, Leibniz remite al lector a los trabajos de Cheyne y Craig para más
información. A Johann Bernoulli le comentaba que no había liada en el trabajo
sobre fluxiones que fuera nuevo o presentara alguna dificultad para ellos (GM 3,
2, p. 760). En su correspondencia con Johann Bernoulli (GM 3,
2, pp. 702-8) y en los artículos enviados a las Acta
Eruditorum(GM 5, pp. 350-66) Leibniz continuó desarrollando técnicas
nuevas para integrar funciones racionales mediante su resolución en fracciones
parciales. También comunicó a Bernoulli, en el contexto de un problema
propuesto en el Journal des Sçavans, cómo aplicar el cálculo a
curvas cáusticas, algo que ya había introducido en el artículo sobre líneas
ópticas publicado en las Acta Eruditorum en 1689 (GM 3,
2, pp. 732-6) y a lo cual L'Hôpital había dedicado particular atención en su Analyse
des infiniment petits.
En la reconstituida Academia de Ciencias de París tuvo lugar, durante los años
1700 y 1701, un ataque a los principios del cálculo diferencial por parte de
Michel Rolle, matemático autodidacta que había logrado cierta reputación por su
habilidad en análisis diofántico y álgebra. Al parecer, Rolle, uno de los
matemáticos que recibía un salario de la Academia —los otros eran Jean Gallois
y Pierre Varignon—, se había visto incitado a hacer este ataque por parte de
personas influyentes. Johann Bernoulli envió a Pierre Varignon una exposición
de la conferencia en la que Rolle había presentado por primera vez sus
objeciones ante la Academia y éste la hizo llegar a Leibniz (GM 3,
2, pp. 635-42). La objeción principal de Rolle hacía referencia a la falta de
claridad en la noción de derivada y rechazaba por completo, aunque sin dar
razones, las nociones de infinito e infinitésimo de órdenes superiores. Dado
que L'Hôpital, miembro honorario de la Academia y un experto reconocido en
cálculo diferencial, no estaba presente, se pidió a Varignon que diera una
respuesta. Se hizo así porque Varignon, primer profesor de matemáticas en el Collège
Mazarin, había aplicado activamente el cálculo diferencial a problemas de
movimiento. Al encontrarse ausente el presidente, el abad Bignon, Varignon no
encontró apoyo a su propuesta de que Rolle publicase en primer lugar sus
objeciones en alguna revista, a fin de que un público amplio y ajeno a la
Academia tuviera la oportunidad de juzgar su validez. Varignon leyó su
respuesta ante la Academia a principios de agosto de 1700, afirmando que Rolle
tenía un desconocimiento total del cálculo que atacaba y demostrando los
órdenes de infinito e infinitésimos a la manera de los antiguos. Cuando Rolle
intentó entonces mostrar, tomando como ejemplos las curvas
que
la determinación de máximos y mínimos por medio del cálculo diferencial no
arrojaba los mismos resultados que el método de Jan Hudde (GM 3,
2, pp. 662-4), Leibniz expresó su satisfacción por la respuesta de Varignon,
que ponía en evidencia los errores en el razonamiento de Rolle. A partir de
1702 el debate se desplazó al exterior de la Academia, ya que Rolle se vio
enfrentado a Joseph Saurin —que era por entonces el director matemático
del Journal des Sçavansyfirme defensor del cálculo diferencial.
A finales de 1701 Varignon (GM 4, pp. 89-90) comunicó a
Leibniz su preocupación ante el hecho de que un escrito suyo aparecido en
el Journal de Trevoux(G 5, p. 350) había expuesto su noción de
infinitésimo a malas interpretaciones y le pidió una aclaración, que podía
dirigir tanto a Johann Bernoulli como a él mismo, que les ayudara a enfrentarse
a los oponentes del cálculo. Era evidente que el abad Gallois se había visto
inducido por el corto artículo a creer que lo que Leibniz entendía por derivada
o infinitésimo era tan sólo una magnitud muy pequeña, pero fija y determinada,
como la tierra en relación a los cielos. Leibniz (GM 4, pp.
91-7) contestó tan pronto como recibió la carta, que había tardado dos meses en
llegar a sus manos porque se había recibido en Berlín procedente de Groningen
cuando él ya había salido hacia Hannover con la reina. Explicaba a Varignon que
había enviado la carta aparecida en el Journal de Trevoux como
respuesta a algunas objeciones aparecidas en la propia revista y relativas a la
noción de infinitésimo, y con el objetivo de explicar lo infinitamente simple
mediante incomparables; es decir, entender los distintos órdenes del infinito
como cantidades incomparablemente mayores o menores que otras cantidades, sin
que hubiera ninguna necesidad de hacer depender el análisis matemático de
polémicas metafísicas. Los infinitésimos no eran rectas reales, sino nociones
ideales que expresaban analíticamente magnitudes reales, del mismo modo, por
ejemplo, que los números imaginarios en Álgebra. El cálculo que hacía uso de
infinitésimos era, sin embargo, riguroso, pues permitía tomar infinitésimos tan
pequeños como se quisiera, y este método únicamente difería del estilo de
Arquímedes en que su forma de expresión era más directa y más acorde con el
arte de la invención.
Leibniz ofreció una explicación pública de sus puntos de vista en otro artículo
aparecido en el Journal de Trevoux , titulado Justifuation
du calcul des infinitésimales parceluy dep'algebre ordinaire(GM 4, pp.
104-6). Aquí vuelve a enfatizar que su cálculo es riguroso, puesto que el error
puede tomarse menor que una cantidad dada. Además, infinitos e infinitésimos
están fundamentados de tal forma que todo ocurre en la geometría, e incluso en
la naturaleza, como si fueran perfectamente reales. Para ilustrar esto toma su
propia ley de continuidad, en virtud de la cual es legítimo considerar el
reposo como un movimiento infinitesimal, la coincidencia como una distancia
infinitesimal y la igualdad como un caso límite de desigualdad. Aunque los
límites no están incluidos en la serie en sentido riguroso —por ejemplo, el
círculo no es un polígono—, las propiedades que presentan son, sin embargo, las
mismas que si estuvieran incluidos, pues en otro caso se estaría violentando la
ley de continuidad.
Cuando Varignon (GM 4, pp. 99-104) dijo a Leibniz que
Fontenelle proyectaba escribir un libro sobre los elementos metafísicos del
cálculo, éste volvió a enfatizar (GM 4, pp. 106-10) que, en su
opinión, no era necesario considerar a los infinitos e infinitésimos como nada
más que objetos ideales o ficciones bien fundadas. Mencionaba a continuación su
propia noción metafísica de sustancia simple como verdaderamente indivisible;
pero añadía que se trataba únicamente de algo inmaterial y principio de la actividad.
Aunque Varignon (Aiton 1964) aplicaba el cálculo diferencial a los problemas de
movimiento planetario, pensaba que estos cuerpos sólo estaban sujetos a fuerzas
centrípetas y jamás hizo alusión a los vórtices armónicos de Leibniz. De hecho,
adoptó la posición newtoniana y elaboró una teoría matemática descriptiva sobre
la hipótesis de la atracción gravitacional en la que prescindía de
especulaciones relativas a la causa física de esta fuerza [62]. Partía de
dos leyes generales para el movimiento rectilíneo:
(donde x representa
la distancia, v la rapidez, f la fuerza
y t el tiempo); eliminando dt obtenía como
resultado fdx = vdv, donde reconocía una
expresión equivalente a la proposición 39 del libro I de los Principia de
Newton. Después, para el movimiento a lo largo de una curva bajo la acción de
una fuerza centrípeta obtenía el resultado f = — vdv/dr (donde r es
la distancia desde el centro de fuerza), aunque no llegaba a darse cuenta de su
equivalencia con la siguiente proposición de Newton. A partir de este
resultado, deducía las proposiciones de Newton para el movimiento planetario.
Por ejemplo, partiendo de la ecuación polar de la elipse y aplicando la ley de
áreas de Kepler, calculabavdv/dr, y con ello la fuerza centrípeta,
mediante derivación. Aunque la hipótesis de Kepler en relación con el tiempo
era «la plus physique», mostró que su propio método podía aplicarse también a
otras hipótesis como las de Seth Ward y Cassini. Se daba cuenta de que, en
ausencia de resistencia, la existencia de una fuerza centrípeta implicaba la
ley de áreas de Kepler, pero se conformó con reproducir la demostración que
Newton daba de esto. Presentó estos resultados a la Academia en 1700 y los
completó al año siguiente con un ensayo relativo a la fuerza centrípeta y el
radio de curvatura. Leibniz le alentó a seguir con sus investigaciones y le
sugirió que tomara en consideración problemas que envolvieran más de un centro
de atracción. Pues, como señalaba, el libro de astronomía de David Gregory
prestaba atención a la acción ejercida por el sol y un planeta sobre un
satélite, pero no a la acción que los principales planetas ejercían entre sí,
algo que también merecía consideración. En 1703 Varignon presentó a la Academia
un ensayo en el que se trataban casos bastante artificiales. Para poder
aplicarlos a los planetas en la realidad se necesitaba resolver de manera
general el problema inverso: es decir, determinar la órbita resultante cuando
existen varias fuerzas dirigidas hacia centros en movimiento. Incluso el caso
más simple del problema inverso, restringido a dos cuerpos, caía fuera del
alcance de Varignon, pues su habilidad técnica se limitaba al cálculo
diferencial. Aunque había intentado que Johann Bernoulli le instruyera en el
cálculo de integración, la idea se abandonó como consecuencia de un acuerdo
entre Bernoulli y L'Hôpital. En abril del siguiente año, 1704, Varignon comunicó
a Leibniz que L'Hôpital había muerto después de una mortal enfermedad, dejando
tan sólo una obra breve sobre secciones iónicas (en lugar del libro de texto
sobre el cálculo de integración que se esperaba) y en su respuesta Leibniz
comunicó a Varignon que también Wallis había muerto. Hacia finales de año,
Varignon (GM 4, pp. 113-27) envió la carta en la que pedía
asesoramiento en lo concerniente al cálculo de la fuerza centrífuga que llevó a
Leibniz a darse cuenta del error que había cometido en su propio ensayo sobre
movimiento planetario.
No hay duda de que, durante su visita a Berlín en el verano de 1700, Leibniz
intentó conseguir la colaboración del matemático de la Corte Philippe Naudé
para proseguir con su estudio del sistema binario. Pues, cuando regresó de
Viena después de haber mantenido conversaciones con Buchhaim sobre la
reunificación de las Iglesias, recibió una carta de Naudé que contenía tablas
de series numéricas en notación binaria, incluidos los números naturales hasta
el 1.023 (Zacher 1973, pp. 237-8). Tras agradecer a Naudé su dedicación a la
penosa tarea de compilar esas tablas, Leibniz (Zacher 1973, pp. 239-42)
explicaba que tenía la intención de estudiar los periodos de las columnas de
las distintas series de números binarios.
Tabla
8.1. Notaciones binarias triples
|
00000 |
0 |
|
00011 |
3 |
|
00110 |
6 |
|
01001 |
9 |
|
01100 |
12 |
|
01111 |
15 |
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10010 |
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21 |
Pues encontraba notable el hecho de que las series —tales como las de los
números naturales, triplos, cuadrados y números figurales en general— no sólo
presentan períodos en las columnas, sino que en todos los casos los intervalos
son los mismos: 2 en la columna unidad, 4 en la columna de los doses [la
segunda por la derecha], 8 en la columna de los cuatros [la tercera por la
derecha] y así sucesivamente.
En el caso de los múltiplos de tres (tabla 8.1), por ejemplo, los periodos de
las últimas tres columnas [tres primeras por la derecha] eran 01, 0110 y
00101101. Con ello había llegado a un teorema: que los periodos constan de dos
mitades en las cuales los ceros y los unos aparecen intercambiados con respecto
a la otra mitad; pero la regla general para los periodos de columnas sucesivas
todavía se le escapaba.
Leibniz consideraba los periodos como objetos resultantes de operaciones
algebraicas. Esto puede ilustrarse deduciendo los periodos para los múltiplos
de tres a partir de los de los números naturales.
Supóngase que a , b, c, d, e, ... representan
los periodos de las columnas unidad, de doses, de cuatros, de ochos, ... en la
secuencia de los números naturales. Asía = 01, b =
0011, c = 00001111 y así sucesivamente. Si se multiplica edeba por
11 (es decir, 3), se obtiene el periodo para los múltiplos de tres.
El producto es
edcba
edcba
Para
efectuar la suma, obsérvese que en la última columna se tiene a = 01.
Parab + a Leibniz escribe
Esto
es en realidad
Las
unidades se toman para el periodo 0110 y los doses para el resto 0001. Así,
0110 será el periodo de la segunda columna y 0001 es el resto que se arrastra
para el cálculo de la tercera columna. Por tanto, la tercera columna será c + b
+0001, es decir
Los
periodos para columnas sucesivas se calculan de la misma forma.
Disponer de las tablas de Naudé permitió a Leibniz escribir su Essay
d’une nouvelle Science des nombres, que envió desde Wolfenbüttel el 26
de febrero de 1701 a la Academia de Ciencias de París, como mérito para su
elección en calidad de miembro extranjero. En este ensayo (Zacher 1973, pp.
251-61) y en su carta a Fontenelle explicaba que el nuevo sistema de aritmética
no estaba pensado para hacer cálculos prácticos, sino más bien para contribuir
al desarrollo de la teoría de números. Decía a Fontenelle que antes de
publicarlo quizá era necesario añadir algo de mayor profundidad y que confiaba
en que algún joven estudioso se viera estimulado a colaborar con él con este
fin. L'Hôpital (GM 2, pp. 339-41) —a quien Leibniz confió su
creencia de que una de las principales aplicaciones consistiría en lograr una
representación de los números trascendentales mejor que la que los expresaba en
términos de series infinitas de fracciones racionales— le recomendó al joven
académico Antoine Parent, que aceptaría trabajar para é! a cambio de un puesto
remunerado en la nueva Academia que Leibniz presidía. Sin nombrar a Parent,
Leibniz (GM 2, pp. 341-3) señalaba en su contestación que,
aunque era presidente de la Sociedad de Ciencias de Berlín, sus poderes eran
limitados, y que en ese momento el presupuesto sólo podía cubrir gastos
esenciales. Con respecto a su decisión de dar a conocer su sistema binario
aunque las aplicaciones no se hubieran desarrollado todavía, Leibniz explicaba
que, a la vista de los muchos compromisos que le impedían completar su
investigación, temía que ese silencio pudiera hacer que se perdiera una idea
que parecía suficientemente valiosa como para conservarla.
§. China
En su respuesta del 2 de diciembre de 1697 a la primera carta de Bouvet,
Leibniz incluía una descripción de sus investigaciones, en el transcurso de las
cuales había probado, matemáticamente, que los cartesianos no estaban en
posesión de las verdaderas leyes de la naturaleza. Explicaba que para llegar a
éstas no bastaba con suponer que en la naturaleza existe la materia, sino
también la fuerza, y que las formas o entelequias de los antiguos no eran sino
fuerzas (Aiton y Shimao 1981, p. 73). Bouvet, en su carta del 28 de febrero de
1698 —escrita antes de su regreso a Pekín— expresaba su parecer de que la
filosofía china antigua no difería de la de Leibniz, pues suponía en la
naturaleza únicamente la existencia de materia y movimiento, que era lo mismo
que la forma o que lo que Leibniz llamaba fuerza. Añadía que la antigua
filosofía china estaba contenida en los hexagramas del I Ching, cuyo
verdadero significado había encontrado. En su opinión, representaban de forma
muy simple y natural los principios de todas las ciencias, o, más bien, un
sistema metafísico completo y perfecto, que los chinos habían perdido mucho
tiempo antes de Confucio. Es en el «Gran apéndice» del I Ching donde
las palabras «yin» y «yang» aparecen por primera vez como términos filosóficos
y se utilizan para describir las dos fuerzas fundamentales del universo,
simbolizadas por las líneas partidas y enteras de los triagramas y hexagramas.
Leibniz escribió a Bouvet el 15 de febrero de 1701, por la época en que se
encontraba redactando el ensayo para la Academia de París, y era lógico que
incluyera para el destinatario una descripción de los principios de su
aritmética binaria, incluida la analogía entre la formación de todos los
números a partir del 0 y el 1 y la creación del mundo por Dios a partir de la
nada. Bouvet se dio cuenta inmediatamente de la relación entre los hexagramas y
los números binarios y comunicó este descubrimiento en carta escrita desde
Pekín el 4 de noviembre de 1701. Leibniz la recibió en Berlín, después «le un
rodeo por Inglaterra, el 1 de abril de 1703. Junto a la carta Bouvet incluía un
grabado que reproducía la disposición de los hexagramas atribuida a Fu-Hsi, el
fundador mítico de la cultura china, que guarda la llave de su interpretación
(figura 8.1).
Dos disposiciones posibles de los hexagramas según el orden de Fu-Hsi, una en
forma de círculo y otra en forma de cuadrado, aparecen representadas en el
grabado. Las palabras en griego, escritas por Bouvet, indican las partes
superior e inferior de la disposición en cuadrado. En la esquina inferior
izquierda, bajo el diagrama, Leibniz ha escrito: « Ut apparet
conferendo characteres circuli et quadrati, respeetu circuli superius est quod
remotius a centro » (Al comparar los caracteres del círculo y del
cuadrado, resulta claro que, en el círculo, el extremo superior está más
alejado del centro). Leibniz suponía que Fu-Hsi había diseñado su disposición
en círculo siguiendo el modelo del globo terráqueo, donde las partes más
alejadas del centro se consideran las más elevadas. Tanto en la disposición en
circulo como en la disposición en cuadrado, leía el hexagrama de abajo arriba
como un número en notación binaria de izquierda a derecha, tomando las líneas
partidas como representación del 0 y las líneas enteras como representación del
1. Frente a cada hexagrama había escrito en rojo el número correspondiente en
notación decimal. En el círculo, los números van del 0 al 31, comenzando por
ahajo y avanzando hacia arriba en sentido contrario al de las agujas del reloj.
Se produce entonces un salto a través del círculo hasta el 12 y después los
números continúan hasta el 63 si se avanza en el sentido de las agujas del
reloj hasta arriba. Observaba que un rasgo tunoso de la disposición en cuadrado
era que los números seguían el patrón de la escritura europea.
Leibniz aceptó el descubrimiento de Bouvet con gran entusiasmo. Puesto que no
tenía motivos para dudar de la antigüedad de la ordenación de los hexagramas de
Fu-Hsi que Bouvet le había enviado, se sintió feliz al ver que esta figura
—«uno de los más antiguos monumentos de la ciencia», como lo describió—
concordara con su propia aritmética binaria.
Figura 8.1.—Ordenación Fu-Hsi de los hexagramas. Leibniz-Briefe 105
(Bouvet), Bl 27-8. (Por cortesía de la Niedersächsische Lindesbibliothek,
Hannover.)
En
su respuesta a Bouvet (Zacher 1973, pp. 175-86) sugería que la interpretación
de este antiguo documento, con la ayuda de un hallazgo nuevo procedente de
Europa, podría hacer que aumentara el respeto de China hacia la ciencia europea
y, por tanto, hacia la religión cristiana. Incluso sugería a Bouvet que podría
pensarse que el propio Fu-Hsi tenía en mente la creación bíblica cuando inventó
los triagramas, a partir de los cuales cabía suponer que surgían los hexagramas
cuando se les combinaba en pares. Pues, si se toma 0 como símbolo del vacío,
que precedió a la creación de los cielos y la tierra, al principio del primer
día sólo existía Dios. Al principio del séptimo día, sin embargo, ya existía
todo; y 7 se escribe en notación binaria 111, sin 0. Añadía que sólo cuando se
escribe de esta manera, en términos de 0 y 1, podemos ver la perfección del
séptimo día, que es un día santo —y es de nuevo sorprendente que su carácter
guarde relación con la Trinidad.
Antes de una semana después de haber recibido la carta de Bouvet, Leibniz había
comunicado el hallazgo a su amigo Cario Mauritio Vota, confesor del rey de
Polonia, y había enviado al abad Itignon, para su publicación en las Mémoires de
la Academia de Paris, su Explication del'arithmétique binaire, quise
sertdes seulscaracteres 0 et 1 avec des remarques sur son utilité et sur
cequ’elle donne le sens des anciennes figures Chinoisde FOHY (Zacher
1973, pp. 292-301). Diez días después envió una breve exposición a Hans Sloane,
secretario de la Royal Society (Aiton 1981).
Debido a su alejamiento de los auténticos estudiosos de su época, que por
razones políticas se mantenían a distancia de los círculos de la Corte en los
que él tenía que confiar a la hora de obtener información, Bouvet había caído
en un error al creer en la antigüedad de la disposición Fu-Hsi de los
hexagramas. Este ordenamiento era obra de Shao Yung (también conocido como Shao
K’ang-chie), que vivió en el siglo XI. Por otra parte, resulta fácil ver que su
derivación de chic ordenamiento, a partir de la tabla de segregación y
estableciendo una dicotomía constante entre los rectángulos blancos y
sombreados (figura 8.2), no guarda relación alguna con una interpretación
aritmética de los hexagramas. La disposición circular se obtiene dividiendo la
tabla en dos mitades, poniéndolas una al lado de otra en dos columnas y
abriéndolas en forma de círculo.
En el I Ching, los hexagramas están dispuestos con un orden
diferente, que se atribuye a King Wen (ca 1050 a.C.). En esta
disposición los hexagramas asimétricos se sitúan a continuación de sus imágenes
especulares y los simétricos a continuación de sus inversos (es decir, los
hexagramas obtenidos intercambiando las líneas partidas y las completas). Este
ordenamiento no guarda parecido, ni siquiera superficial, con un sistema
numérico.
El gran hallazgo de Bouvet, al que Leibniz prestó un apoyo entusiasta, era por
tanto una interpretación errónea basada en mala Sinología.
Figura 8.2.—Tabla de segregación de Shao Yutig. Tomado de Corai Kinzó, La
influencia del Confucionismo en el pensamiento político alemán (Tokyo 1929, en
japonés). (Por cortesía de Eikob Shimao, Universidad de Doshisha, Kyoto.)
Con
generosidad pero equivocadamente, Leibniz había seguido a Bouvet al atribuir su
propia invención a Fu-Hsi, prestando apoyo al mito de que la antigua China
poseía un conocimiento científico avanzado que las generaciones posteriores
habían olvidado.
§. Correspondencia con Fontenelle
Cuando Leibniz recibió de Bernard Le Bovier de Fontenelle, secretario de la
Academia de Ciencias de París, el diploma —fechado el 13 de marzo de 1700— que
acreditaba su elección como miembro extranjero, aprovechó la oportunidad que le
daba este nuevo honor para pedir información acerca del trabajo científico que
se estaba haciendo en Francia. Tras dar las gracias a Fontenelle en carta del 3
de septiembre (Cohen 1962, p. 76) por su envío del diploma y comentar la
esperanza que ha puesto en la nueva Sociedad de Ciencias de Berlín, Leibniz
pregunta si Cassini, De la Hire y otros se encuentran todavía satisfechos con
las elipses de Kepler o si creen que otras hipótesis sobre las órbitas
planetarias son más acordes a las observaciones. Incluía además correcciones a
las Tablas Rudolfinas de Kepler, relativas a los elementos del
sol y la luna, acerca de las cuales solicitaba la opinión de los astrónomos
franceses. La respuesta de Fontenelle del 8 de diciembre ( FCa ,
pp. 198-203) contiene información sobre gran variedad de cuestiones
científicas. Tras dar un resumen de los argumentos técnicos de los astrónomos
en lo concerniente a las Tablas Rudolfinas, Fontenelle
informaba a Leibniz de que hacía mucho tiempo que Cassini había abandonado las
elipses de Kepler, puesto que consideraba preferibles «elipses» en las cuales
el producto de las «distancias focales» es constante. De la Hire no parecía
optar por ninguna curva en particular y Fontenelle sospechaba que finalmente
llegaría a la conclusión de que los planetas se mueven dentro de ciertos
límites pero sin describir ninguna curva que sea regular y exacta. A
continuación Fontenelle describía el trabajo de Varignon, que había dado un
método general para determinar las fuerzas centrales (centrípeta y centrífuga)
que mueven los planetas. Fontenelle señala que, al comienzo de su
investigación, Varignon había reconocido que Leibniz y Newton habían sido los
primeros y los únicos en aplicar la geometría para descubrir la gravedad de los
planetas en dirección al sol. Fontenelle añadía que Varignon únicamente hacía
uso del cálculo diferencial y que consideraba un honor reconocer su deuda para
con su inventor.
Pasando a asuntos más personales, Fontenelle dice a Leibniz que los Académicos
han aplaudido la elección hecha por el elector de Brandeburgo en relación con
el presidente de su nueva Sociedad de Ciencias. Tras señalar que a Leibniz se
le consideraba también uno de los principales miembros de la Academia de París,
Fontenelle le invitaba a comunicar alguno de sus descubrimientos, pues sería
una satisfacción para él incluirlo en la Histoire. Se trataba
de una publicación anual, exigida por la nueva normativa de 1699, que contenía
las comunicaciones más importantes presentadas por los académicos el año
anterior. Como respuesta a esta invitación, Leibniz envió su Ensayo sobre
el sistema binario de la aritmética. No hay duda de que debió sentirse
decepcionado por la respuesta de la Academia, que Fontenelle le transmitió el
30 de abril de 1701 ( FCa , pp. 204-7), pues revelaba una
total falta de comprensión de sus objetivos. La respuesta hacía referencia, en
primer lugar, a lo inconveniente del gran número de cifras; pero esto sólo
ocurría en el cálculo práctico, algo que Leibniz había excluido expresamente.
En segundo lugar, los académicos decían esperar con impaciencia las
aplicaciones que había prometido, cuando él tenía la esperanza de encontrar
entre ellos algún colaborador con talento con quien continuar sus
investigaciones. Finalmente, su solicitud referente a las condiciones de
publicación se había visto desestimada, pues Fontenelle aseguraba que su ensayo
aparecería en la Histoirecorrespondiente a 1701, algo que Leibniz
consideraba prematuro. Un año después, en carta escrita desde Lützenburgo el 12
de julio de 1702 (FCa, pp. 207-16), Leibniz reiteraba su
petición a Fontenelle de que pospusiese la publicación hasta que ¿I mismo
pudiera proporcionar mejores ejemplos, puesto que no esperaba ya a ningún
colaborador de la Academia. En esta ocasión preguntaba a Fontenelle si el
cometa observado en Berlín se había visto también en Francia, y en el nombre de
otro astrónomo preguntaba si la luz zodiacal de Cassini se había observado al
sur del ecuador. En respuesta a algunas observaciones de Fontenelle trazaba la
historia del descubrimiento del fósforo, incluidos sus propios tratos con
Crafft y Brand. Tras criticar algunas proposiciones de Tschirnhaus que
Fontenelle le había enviado, defendía la superioridad de su propio método sobre
el de Descartes y Tschirnhaus. Notando el interés de Fontenelle por su noción
de infinitésimo, Leibniz le pedía opinión sobre sus ensayos filosóficos y, en
particular, por su explicación de la unión entre cuerpo y mente y la
comunicación entre las sustancias. Pues el concepto de infinito entraba en
juego en estas consideraciones, si bien de forma distinta a como lo hacía en el
caso de los infinitésimos, que consideraba objetos ideales. Había enviado a
Bayle una respuesta a las objeciones presentadas por éste en la segunda edición
de su Diccionario , pero le agradaría conocer la opinión de
Fontenelle antes de que esta respuesta fuera publicada, y por ello le aseguraba
que le enviaría una copia.
Tras esperar en vano esa respuesta a Bayle, Fontenelle escribió a Leibniz el 18
de noviembre de 1702 (FCa, pp. 216-21) para decirle que ya
conocía su sistema filosófico sobre la mente pero que, en su opinión, la
naturaleza de la mente humana era incomprensible para la mente humana, pues
ésta sólo podía conocer algo de orden inferior: es decir, la extensión y sus
propiedades. Informaba a Leibniz de que la luz zodiacal se había visto en Goa,
Sudamérica y el Cabo de Buena Esperanza, y que el cometa visto en Berlín se
había observado también en Roma y París el mismo mes de abril. Urgía de nuevo a
Leibniz a que le hiciera llegar las aplicaciones de su aritmética binaria, para
poder publicar el Ensayo.Siguiendo sus deseos, lo había retirado de
la Histoire correspondiente a 1701.
Cuando, a principios de abril de 1703, Leibniz envió al abad Bignon su
exposición del descubrimiento debido a Bouvet de la relación entre la
aritmética binaria y los hexagramas del I Ching, envió además
una carta a Fontenelle en el correo siguiente (FCa, pp. 224-8)
en la que explicaba que ese descubrimiento justificaba la publicación de su
sistema binario, pero pedía que en las Mémoires de la Academia
se incluyera ese nuevo ensayo en vez del antiguo. El nuevo era más breve e
incluía una explicación del descubrimiento de Bouvet. A continuación, hacía un
nuevo intento por explicar su metafísica. Comenzaba con algunas cuestiones que
Fontenelle había planteado en relación con las leyes del movimiento y señalaba
que, como había probado repetidamente en una de las revistas especializadas,
las leyes que se basan en la suposición de que el cuerpo está constituido sólo
por extensión e impenetrabilidad (como las de Descartes o Malebranche) resultan
en absurdos y, en particular, violentan el principio de continuidad. Explicaba
que las leyes del movimiento eran consecuencia de la entelequia o fuerza
primitiva que Dios había puesto en las sustancias corpóreas, pues si no fuera
así se requeriría un milagro continuo (como el que había explicado que
implicaba la doctrina del ocasionalismo). Tras rechazar el punto de vista de
Fontenelle de que Dios está obligado a crear necesariamente todo lo que es
posible, señala que, debido a la relación de todas las criaturas entre sí,
existen incompatibilidades entre los posibles. En una metáfora adecuada, pues
no en vano Fontenelle era un literato, Leibniz explicaba su propia concepción
de la elección que Dios hace de lo mejor o más perfecto comparando a Dios con
un poeta o arquitecto (algo que es verdaderamente) que selecciona lo bueno en
preferencia a lo malo.
El 6 de julio de 1703, Fontenelle (FCa, pp. 231-2) comunicó a
Leibniz por carta que su ingeniosa explicación de los hexagramas mediante la
aritmética binaria se había leído en la Academia y que aparecería publicada en
la Histoirecorrespondiente a 1703. Leibniz debía estar impaciente
por ver su memoria publicada, pues en carta del 9 de septiembre de 1704 (FCa, pp.
231-2) Fontenelle tuvo que explicarle que la memoria pertenecía a 1703 y que
aún se encontraban en imprenta las memorias correspondientes a 1702. Con
respecto a la metafísica de Leibniz, Fontenelle hacía algunos comentarios
corteses pero de hecho daba la discusión por cerrada. Esta memoria apareció
impresa en 1705, con la publicación del volumen correspondiente a 1703. La
relación entre Leibniz y Fontenelle se hizo más tirante debido a que Fontenelle
rechazó un ensayo dejado a su cargo para su publicación en el Journal
des Sçavans, en el cual Leibniz contestaba a algunas críticas de Lamy
relativas a la armonía preestablecida (FCa, pp. 233?5). Como
consecuencia de ello, la correspondencia llegó a su fin. El 19 de marzo de 1700
el elector de Brandeburgo dio su aprobación para la creación del Observatorio y
la Sociedad de Ciencias de Berlín. Antes de viajar a Berlín invitado por el elector,
Leibniz redactó dos memoranda en los que explicaba sus recomendaciones con
respecto al proyecto (FC 7, pp. 599-618). Estas hacen ver con
claridad los objetivos utilitarios y filantrópicos que quería para la Sociedad.
En contraste con las Sociedades de París, Londres y Florencia, que estaban
dedicadas a satisfacer la mera curiosidad por el saber y a promover
descubrimientos puramente científicos pero carentes de aplicación, Leibniz
recomienda que la Sociedad de Berlín combine la teoría con la práctica en
beneficio no sólo de las artes y las ciencias sino también del país y sus
habitantes, promoviendo la industria manufacturera y el comercio. La Sociedad
debería ocuparse, sobre todo, de las verdaderas ciencias, las matemáticas y la
física, a las cuales dividía a su vez en cuatro campos. Las matemáticas
comprendían
i. la geometría, incluido el análisis;
ii. la astronomía y campos relacionados, como la geografía, cronología y
óptica, a las que prestaría apoyo un observatorio dotado de todo el
instrumental necesario;
iii. la arquitectura civil, militar y naval, junto a la pintura y escultura, y
iv. la mecánica con sus aplicaciones a la tecnología.
La física comprendía la química y los tres reinos animal, vegetal y mineral. El
reino mineral se ocupaba fundamentalmente de la minería y la fundición de
metales; el reino vegetal comprendía la agricultura, horticultura y
silvicultura; y el reino animal incluía en su dominio el estudio de la
anatomía, el cuidado de los animales y la cinegética, sin olvidar la más alta
ciencia de la medicina. Leibniz añadía que el estudio de todas las ciencias se
vería enormemente facilitado mediante la dotación de bibliotecas y lo que
llamaba teatro de la naturaleza y de las artes, que incluiría muscos, jardines
botánicos y parques zoológicos. Para terminar, Leibniz aconsejaba que se
aprovecharan las buenas relaciones con Moscú para crear, con la mediación de la
Sociedad, una misión protestante en China. De ello se seguiría no sólo un
comercio de mercancías y productos manufacturados, sino también de
conocimientos y sabiduría, con esa antigua civilización.
Incluso antes de su llegada a Berlín el 11 de mayo, Leibniz se había carteado
con el capellán de la Corte Jablonski en relación con la Sociedad de Ciencias.
Con el fin de explicar a Jablonski su preferencia por el término «Sociedad»,
señalaba que en Alemania el término «Academia» estaba asociado generalmente con
la enseñanza (DS 2, pp. 153-61). [63] Para el
importante cargo de secretario indicaba mi preferencia por algún joven físico
con conocimientos de matemáticas, mecánica y química, capaz de entender francés
e inglés y de escribir en latín y alemán. El hermano mayor del capellán de la
corte, Johann Theodor, resultó elegido para el puesto. El primer nombramiento
llevado a cabo, sin embargo, fue el de Gottfried Kirch como astrónomo. Muy
conocido por sus calendarios y efemérides, es como por sus observaciones de
cometas, y recomendado por Leibniz a Jablonski en carta del 26 de marzo (DS 2,
p. 155), Kirch recibió inmediatamente la invitación de dirigirse a Berlín para
hacerse cargo del observatorio (DS 2, p. 167), cuya
construcción Jablonski confiaba en que fuera rápida, quizá con un exceso de
optimismo.
A su llegada a Berlín, Leibniz recibió el encargo de redactar los lucros de la
Sociedad (K 8, p. 172), que el elector ratificó el día de su
cumpleaños, el 11 de julio. Al día siguiente Leibniz recibió formalmente su
nombramiento de presidente(K 10, pp. 328-30). En el documento
oficial se hace referencia a él como Gottfried Wilhelm von Leibniz, aunque no
hay rastro alguno en los documentos oficiales de su ascenso a la nobleza [64]. Como
presidente recibía un pago anual de 600 táleros para cubrir los gastos de
correspondencia y viajes (K 10, p. 331). Se esperaba que
visitase Berlín una vez al año, como explicaba Jablonski en una carta que envió
a Danzig (MK, p. 167).
A comienzos de 1701, Leibniz inició correspondencia con el primer ministro de
Brandeburgo, Johann Casimir Kolbe von Wartenberg, y, además de felicitarle por
la coronación del rey en Königsberg, solicitaba su apoyo para obtener mayor
ayuda para la Sociedad de Ciencias (Bodemann 1895, p. 379). Más tarde, el 18 de
marzo, envió al secretario, Jablonski, un diseño para el diploma de miembro y
algunos detalles relativos a los miembros propuestos (DS 2,
pp. 188-94). Poco después de su llegada a Berlín en octubre informó a Sofía de
que había estado trabajando para la Sociedad (K 8, pp. 291-3)
y, al mes siguiente, redactó un memorándum en el que insistía de nuevo en la
oportunidad que se presentaba de crear una misión protestante en China bajo la
dirección de la Sociedad (K 10, pp. 353-66). En un memorándum
posterior, escrito sin duda después del 1 de abril de 1703 (pues contiene una
referencia al descubrimiento de Bouvet) (K 10, pp.
366-71) [65], vuelve
sobre el mismo tema y expresa su creencia en que el rey ya habría enviado una
misión evangélica si no fuera porque el triunfo de Suecia en la guerra contra
Rusia y Polonia había bloqueado la ruta hacia China.
Leibniz siempre había reconocido que su sueño de una Sociedad erudita no podía
hacerse realidad sin una fuente de ingresos adecuada. Con el propósito de
financiar esa Sociedad, había intentado mejorar la producción de las minas del
Harz mediante la introducción de molinos de viento. Para hacer realidad sus
proyectos de largo alcance relativos a la nueva Sociedad de Ciencias de Berlín
se necesitaba una enorme cantidad de dinero; y, si no se conseguía, existía el
peligro de que la Sociedad no existiera más que sobre el papel. Propuso varias
ideas para obtener ingresos, que incluían loterías (FC 7, p.
626) y los beneficios que dejara la comprobación de normas estándar de peso y
medida, en conexión con lo cual sugería la introducción de un sistema
métrico (FC 7, pp. 635, 642). Durante los primeros años se
lograron ingresos gracias al beneficio que dejaba la publicación y venta de
calendarios, para lo cual la Sociedad había logrado la concesión de un
monopolio (FC 7, p. 619). Después de la introducción del
calendario gregoriano a comienzos de 1700, Erhard Weigel había sugerido esto
como medio para proporcionar ingresos para el Observatorio. El 9 de mayo de
1704, Leibniz hubo de protestar ante von Wartenberg en relación con un editor
berlinés que había infringido el monopolio de calendarios (K 10,
pp. 387-8). Leibniz se tomó el asunto muy en serio y pidió un castigo, pues el
monopolio de calendarios, como señalaba a von Wartenberg, había sido la única
fuente de ingresos para la Sociedad hasta ese momento.
En el otoño de 1702 Leibniz propuso la introducción de la sedicultura como
principal fuente de ingresos para la Sociedad (FC 7, pp.
287*97). Pedía que se plantaran árboles de morera en los jardines reales de
Potsdam y en otros lugares para proporcionar alimento a los gusanos de seda.
Recordaba que, varios años antes, Juan Felipe de Schönborn, elector de
Maguncia, había comenzado a plantar morera en los alrededores de Würzburgo.
Explicaba que se trataba de árboles de fácil cultivo que requerían pocos
cuidados, pues sólo se necesitaban las hojas y no los frutos. Además, se podría
dar trabajo .i mucha gente; pues los ancianos, los niños y otras personas
desempleadas podían ocuparse de alimentar y cuidar de los gusanos de seda. Con
el fin de aumentar las posibilidades de éxito del proyecto solicitó el patronazgo
y la autoridad de la propia reina. El 8 de enero de 1703, Sofía Carlota le
otorgó la patente para la sedicultura en roda Prusia, en beneficio de la
Sociedad (K 10, p. 372). La guerra de sucesión española
aumentaba el interés de trasplantar a Prusia una industria para la cual
Alemania había estado dependiendo de Francia. Estaba claro que se trataba de un
proyecto a largo plazo, pues había que esperar a que crecieran los árboles de
morera antes de poder obtener ningún beneficio. Cuando Sofía Carlota visitó
Hannover en enero de 1703, Leibniz permaneció en Berlín a la espera de la
decisión del rey en lo concerniente a la plantación de moreras en Keppenich y
Potsdam. Sin duda se alegró al saber por el consejero privado Friedrich von
Hamrath, el 5 de febrero, que el rey había dado su aprobación al proyecto. Sin
embargo, y dado que había expresado a von Wartenberg su deseo de evitar
demoras, debió sentirse decepcionado ante la decisión del rey de posponer la
creación de las plantaciones hasta el año siguiente, sobre la base de que la
estación estaba demasiado avanzada como para disponer a tiempo lo necesario
para llevar a cabo la siembra dentro de 1703 (K 10, pp.
383-4). En la primavera de 1704 fue el propio Leibniz quien tomó la iniciativa.
En carta a la reina del 18 de mayo ( K 10, pp. 245-8) decía
que iba a enviar algunas semillas de morera que había recibido de Italia y le
pedía que encontrara un lugar en su jardín para dejarlas crecer, hasta que los
árboles estuvieran listos para ser trasplantados en los lugares que les
correspondiera. Incluía instrucciones para el jardinero acerca de cómo plantar
y cuidar las semillas y brotes (K 10, pp. 247-8). El mismo
llevó a cabo un pequeño experimento en su jardín de Hannover. El proyecto nunca
prosperó, pero el perseveró hasta el final de su vida. Pues, como su biógrafo
Eckhart señalaba, no estaba en su carácter el rendirse ante las dificultades
(Eckhart 1779, p. 174).
§. Proyecto de una Sociedad de Ciencias en Dresde
En carta desde Lützenburgo del 29 de septiembre de 1702, Leibniz (K 8,
p. 370) comentaba a Sofía que había conversado a menudo con el conde Jakob
Heinrich von Fleming, embajador sajón en Berlín. Uno de los temas de
conversación había sido el de la fabricación de seda, pues el conde deseaba
lograr para Leibniz y él mismo la patente de la sedicultura en Sajonia, algo
que el elector Federico Augusto de Sajonia (rey de Polonia) les otorgó el 11 de
mayo de 1703. La idea de crear una Sociedad de Ciencias en Dresde debió nacer,
probablemente, por esta época o poco después. Leibniz habla de ello en carta a
Carlo Mauritio Vota del 4 de septiembre de 1703 (Bodemann 1895, p. 368). Después
de haber gozado de un buen recibimiento en Berlín por parte de la reina durante
los primeros meses de 1703, y de otro igualmente caluroso en Hannover, lo que
le llevó a admirar por igual a Sofía Carlota y a su madre, el ánimo de Vota
estaba bien dispuesto a prestar una razonable atención a las peticiones de su
amigo Leibniz. Como confesor del elector de Sajonia, se hallaba en la posición
ideal para presentarle la idea de una Sociedad de Ciencias de Dresde. Esta
seguiría el modelo de la Sociedad de Berlín (FC 7, pp. 218-29)
y contaría con Leibniz como presidente. Los ingresos provendrían
fundamentalmente de un monopolio sobre los calendarios y los beneficios de la
fabricación de seda. Elaboró un memorándum para el elector y a comienzos de
1704 visitó Dresde durante unos días y casi de incógnito, con el fin de
promover la idea entre los funcionarios de la Corte. El 18 de agosto envió a su
secretario Johann Georg Eckhart a Sajonia, para que continuara con las
negociaciones (Eckhart 1779, p. 174). Después, en diciembre, pasó otras tres
semanas en Dresde, donde logró una audiencia con el elector gracias a la
mediación del conde Von Fleming, el general von der Schulenburg y su viejo
amigo Ehrenfried Walther von Tschirnhaus. Leibniz propuso a Tschirnhaus que
colaborase con él en la creación de la Sociedad. El elector se mostró de
acuerdo con esto e incluso mostró entusiasmo por el proyecto, pero dadas las
circunstancias de guerra con Suecia —el elector ya había sido expulsado del
reino polaco— la Sociedad de Ciencias de Dresde se quedó como un bonito sueño.
§. Conversaciones con Sofía Carlota
Cuando Sofía Carlota nació, en 1668, se le impusieron los nombres de su madre,
Sofía, y de la princesa Isabel Carlota (más tarde duquesa de Orleáns), sobrina
de Sofía y que había pasado gran parte de su infancia junto a su tía. Después
de su boda con el elector de Brandeburgo en 1684, cuando contaba con dieciséis
años de edad, Sofía Carlota no había tenido ninguna influencia política hasta
la caída de Danckelmann en 1697. Hasta ese momento había visto a Leibniz como
amigo de su madre, pero al cambiar las circunstancias de su propia posición
tomó la iniciativa y le invitó a Berlín como amigo suyo y maestro. Le comunicó
personalmente la invitación en agosto de 1698, cuando pasó tres semanas en
Linsburgo con Leibniz y su madre. Poco después de estas vacaciones de verano en
la residencia de caza, Isabel Carlota de Orleáns escribió a Sofía (quien
siempre había compartido con su sobrina lo esencial de su correspondencia y
conversaciones con Leibniz) diciéndole que no podía sentirse realmente triste
teniendo a Leibniz a su lado, pues podía adivinar, por lo que le decía por
carta, que debía ser muy buena compañía. A finales de año, Sofía y Leibniz
perdieron a un alegre y viejo amigo cuando murió en Amsterdam, a la edad de 81
años, el barón François Mercure van Helmont (Bodemann 1895, p. 86). En carta a
Sofía Carlota (K 10, p. 144) Leibniz daba por supuesto que
ella conocía bien la vivida descripción que Van Helmont había hecho del otro
mundo.
En carta del 1 de septiembre de 1699, Sofía Carlota decía a Leibniz que, a
partir de ese momento, podía ver en ella a su discípula y .i alguien que
valoraba sus muchos méritos (K 10, p. 54). Después de varios
aplazamientos Leibniz hizo su primera visita a Sofía Carlota en mayo de 1700, y
ésta le acogió calurosamente como invitado en su delicioso palacio. En esa
época el palacio se encontraba aún en construcción y, aparte del propio
Leibniz, sólo había otros tres invitados, aunque se recibiera a diario la visita
de embajadores y diplomáticos y las obligaciones sociales forzaran a recogerse
tarde. I n cana a Sofía (K 8, pp. 151-5) Leibniz decía que su
nieto, el joven príncipe elector, que le había parecido encantador, le había
estado preguntando acerca de Hannover y el Observatorio. Alguien había enviado
a la electora una propuesta para una máquina de movimiento perpetuo, y Leibniz
decía a Sofía que era algo de ese tipo lo que hacía falta en las fuentes, ya
que la corriente del río no bastaba; pero no creía que pudiera ser posible.
Se estaban haciendo los preparativos para la boda de la princesa Luisa Dorotea
Sofía, hija de la primera esposa del elector, con el príncipe Federico de
Hessen-Kassel, lo que hacía improbable que Sofía Carlota tuviera tiempo para
conversaciones filosóficas. Leibniz describió las celebraciones en cartas a
Sofía. El 28 de mayo el novio había hecho su aparición con un fastuoso
acompañamiento de carruajes, caballos y hombres. A ese día de oro, como Leibniz
lo describió a Sofía (K 10, p. 61), le siguió el día de
diamantes en el que tuvo lugar la ceremonia de la boda. Leibniz escribió en
honor del príncipe y la princesa un epigrama en alemán, latín y francés, en el
que les deseaba una felicidad tan radiante como el oro y tan duradera como el
diamante (K 10, p. 62). Las celebraciones continuaron hasta el
10 de junio e incluyeron representaciones de ballet, ópera, bailes de máscaras,
caza de osos y fuegos artificiales (K 8, pp. 157-8), además de
una fiesta en una flotilla de góndolas por un canal próximo a Lützenburgo (K 8,
p. 154). Cuando los participantes en la celebración llegaron a Oranienburgo, el
4 de junio, Leibniz tuvo un día de porcelana, pues el elector le mostró su
colección en compañía del landgrave de Hessen (K 8, pp.
159-61). En medio de toda esta actividad, Sofía Carlota encontró tiempo para
hablar con él sobre las noticias, procedentes de Francia y relativas a la
sucesión española, que ella había recibido a través de su madre.
Pocos días después de que finalizaran las celebraciones de la boda Leibniz
envió a la señorita von Pöllnitz algunas ideas acerca de la verdadera
distinción entre cuerpo y mente (K 10, pp. 62-70). Estaban
encaminadas a la formación de Sofía Carlota, pero Leibniz tenía dudas de que la
última parte, en la que utilizaba un argumento matemático, fuera adecuada.
Pues, como decía a la señorita von Pöllnitz, le parecía inapropiado presentar
argumentos muy complejos que envolvían números y figuras a la electora, excepto
cuando ella misma hubiera planteado la pregunta. En otras partes del escrito
probaba la distinción real entre mente y cuerpo mediante argumentos filosóficos
sencillos y añadía citas de la Biblia para confirmarlos.
Reina Sofía Carlota. Retrato de F. W. Weidemann, en el Castillo de
Charlottenburgo, Berlín. (Por Cortesía de la Verwaltung der Staatlichen
Schlösser und Garten.)
El
tema del primer escrito filosófico dirigido a Sofía Carlota le fue sugerido por
una petición que había recibido de su madre, solicitando su opinión acerca de
una disputa entre el elector Jorge Luis y Molanus (K 8, pp.
162-4). El elector defendía que el pensamiento es material, puesto que está
compuesto de cosas que nos llegan a través de los sentidos y no podemos pensar
más que en lo que hemos visto, oído o gustado. Sofía estaba de acuerdo con su
hijo, ya que los contraargumentos de Molanus no le habían convencido. En su
respuesta, Leibniz(K 8, pp. 173-8) decía a Sofía que él aprobaba el
punto de vista de Molanus, aunque tomaba otra vía para llegar a él; pues
Molanus era cartesiano y él había encontrado problemas en la filosofía de
Descartes. Afirmaba que el pensamiento no se limita a lo que nos llega a través
de los sentidos, pues podemos pensar en la fuerza, acción, tiempo, unidad,
verdad, bien y cientos de cosas de este tipo. Además, no era lo material lo que
le llega a la mente a través de los sentidos, sino su idea o representación,
que no es un cuerpo sino un esfuerzo o reacción. Si bien creía que este
argumento bastaría para aquellos que no deseaban enredarse en discusiones (el
elector), explicaba que añadía otros para quienes quisieran profundizar en la
cuestión (Sofía). Lo que sigue es una exposición de sus teorías acerca de la
sustancia y la representación, la cual, aunque redactada en lenguaje corriente,
ofrece más dificultad que el escrito redactado para Sofía Carlota. Esto era
lógico, si se tiene en cuenta que las discusiones filosóficas con Sofía habían
estado teniendo lugar desde hacía años.
Leibniz comienza demostrando para Sofía que el alma no es material. Puesto que
la materia es divisible hasta el infinito, de tal forma que sus partes, por
pequeñas que sean, incluyen una multiplicidad de sustancias, las verdaderas
unidades, cuya existencia presupone esta multiplicidad de sustancias, no pueden
ser materia. Debe existir además fuerza y percepción en las propias unidades,
pues en caso contrario no habría ni fuerza ni percepción en lo que forman, que
sólo puede contener repeticiones y relaciones de lo que ya está en las
unidades. Explica que estas unidades o mónadas no tienen el mismo grado de
nobleza y que en cada cuerpo orgánico hay una única mónada principal o
dominante, que es su alma. En nosotros se trata del «yo», que es superior a la
mayoría de las demás almas, pues es una mente que razona mediante verdades
universales, necesarias y eternas que no se fundan en los sentidos ni en la
inducción a partir de ejemplos, sino en la luz divina e interior de las ideas
en qué consiste una razón justa. Toma como ejemplo la propiedad de que la
diferencia de cuadrados sucesivos forma la serie de los números impares. La
inducción a partir de ejemplos siempre deja abierta la cuestión, pero el
resultado puede demostrarse mediante un razonamiento matemático basado en la
luz interior que es independiente de los sentidos.
Para probar que el pensamiento no es material, Leibniz explica que la materia
no puede formar parte de una unidad verdadera, pues en caso contrario no se
trataría ya de una unidad, sino de una multiplicidad. Por tanto, lo que está en
la mente no es material, sino una representación de lo material: una
representación inextensa de lo que es extenso. Como ejemplo —era esto lo que
dudaba en mostrar a Sofía Carlota— toma el caso de un ángulo recto (figura
8.3). Está claro que el ángulo no solo está barrido por el arco grande BCD,
sino también por el arco pequeño EPG —por pequeño que se tome éste. Estos arcos
están representados en el centro mediante la relación de inclinación al centro
de las líneas que salen de A. Las mentes son como centros que representan en sí
mismas lo que tiene lugar en las multiplicidades que perciben, según su propio
punto de vista. Observa finalmente que el problema de la unión entre cuerpo y
mente queda resuelto en el sistema filosófico que ya ha expuesto en otro lugar:
la armonía preestablecida.
Sofía contestó con brevedad (K 8, pp. 178-9) para plantear la
cuestión de si, en caso de que estas unidades se encontrasen solas, no tendrían
en común con la divinidad la propiedad de actuar siempre sobre otras cosas. El
resto de la carta incluye una miscelánea de cuestiones políticas y el delicioso
comentario de que los cisnes habían tenido tres crías, a las que portaban sobre
sus alas y espalda cuando se cansaban de nadar.
La pregunta de Sofía motivó que Leibniz (K 8, pp. 180-2)
escribiese una respuesta en la que aclaraba la diferencia entre Dios y las
mónadas en su teoría de la representación. Explica que las unidades nunca se
encuentran solas o privadas de compañía, pues en caso contrario carecerían de
función que cumplir y no tendrían nada que representar. Dios representa el
universo distintamente y con toda perfección según su origen, pues el universo
es como él lo hace. Pero las mentes representan el universo según los
acontecimientos y han de acomodarse a lo que está fuera de ellas. Por
consiguiente, Dios es completamente libre, pero nosotros estamos en parte
condicionados en la medida en que dependemos de otros objetos y nuestras
percepciones o representaciones son confusas. Dios es el centro universal y
nosotros somos centros particulares.
Figura 8.3
En
otras palabras, para Dios no hay punto de vista, sino que ve el universo como
realmente es.
Al mes de la celebración de la boda, Lützenburgo estaba de nuevo ocupado en
divertirse con un baile de disfraces organizado en el teatro para celebrar el
cumpleaños del elector. La puesta en escena simulaba una feria rural, con gran
variedad de puestos en los que se vendía jamón, salchichón ahumado, lengua de
buey, vino, limonada, té, café, chocolate, etc. La diversión comenzaba con un
desfile en el que un falso doctor hacía su entrada a lomos de una especie de
elefante, seguido por su esposa (a la que daba vida Sofía Carlota) en un sedán
tirado por turcos. Les seguían un payaso, bailarines y un dentista. Tras varias
representaciones, que incluían un pequeño ballet y cómicas extracciones de
dientes, el verdadero doctor aparecía y retaba al falso; finalmente, el elector
hacía su entrada disfrazado de marino holandés y hacía algunas compras en los
puestos. El papel asignado a Leibniz era el de un astrólogo que llevaba un
telescopio, pero el duque de Wittgenstein tuvo la amabilidad de sustituirle en
la representación e hizo algunas predicciones favorables para el elector (K 8,
pp. 196-9). Leibniz decía a Sofía que este tipo de diversión casera no
proporcionaba menos entretenimiento que una costosa gran ópera.
En septiembre, Sofía Carlota y Leibniz siguieron por caminos separados, ella a
Aachen junto a su madre y él a Viena. Hubo de pasar un año antes de que se
encontraran de nuevo en Lützenburgo, en octubre de 1701. A comienzos de año, la
reina decía a la señorita von Pöllnitz: « Esta carta que te envío es de
Leibniz. Aprecio a ese hombre. Pero me molesta que no me tome en serio »
(Guhrauer 1846 2, p. 248). Sin embargo, durante los dieciocho meses siguientes
tuvo la oportunidad de mantener con él discusiones filosóficas más profundas.
Leibniz pasó el invierno de 1701 sobre todo en Lützenburgo v acompañó a la
reina en su visita al Carnaval de Hannover a comienzos de 1702. Después, en
junio de ese mismo año, fue él quien viajó a Berlín, donde permaneció hasta
junio de 1703, siendo invitado con frecuencia por la reina a Lützenburgo.
Entre los invitados de la reina en Lützenburgo se encontraba a menudo el
librepensador inglés John Toland, quien había acompañado a Lord Macclesfield a
Hannover en agosto de 1701 como miembro de la delegación encargada de firmar el
Acta del Establecimiento antes de su primera visita a Berlín (K 10,
p. 82). Aunque su oposición a los católicos y a los Estuardo hacían de él un
decidido partidario de la causa de Hannover, Toland era un aliado peligroso,
como advirtió el barón Schütz a Leibniz en carta enviada desde Londres el 11 de
julio de 1702(K 8, pp. 356-7). El embajador explicaba que Toland no
les gustaba ni a los obispos, ni al clero, ni a Ion ministros
del estado, y confiaba en que tuviera la discreción suficiente como para no
aparecer en los lugares donde se encontrara la princesa Sofía. En carta del 26
de julio al primer ministro, conde von Platen (K 8, pp.
357-9), Leibniz explicaba que, a pesar de los esfuerzos de Sofía por mantenerle
alejado durante su visita estival a Lützenburgo, Toland estaba en Berlín. La
reina no se sentía capaz tic impedirle visitar Lützenburgo y Sofía prefería no
interferir en una corte extranjera. Poco después del regreso de Sofía a
Hannover, Toland leyó a la reina un discurso sobre la mente que seguía de cerca
Lis doctrinas materialistas de Lucrecio. Con sarcasmo, Leibniz comentaba en
carta a Sofía que, en lugar de meterse a filósofo, que no era su oficio, Toland
haría mejor en ocuparse de la investigación de hechos (K 8,
pp. 362-3).
En una casa nobiliaria situada en un bello paraje de Buckow, no lejos de
Berlín, vivía un viejo amigo de Leibniz, el general inválido Heinrich Heino von
Fleming, a quien la reina admiraba mucho. Leibniz estuvo allí unos días de
visita en octubre de 1701, e informó a Sofía de que su amigo había abandonado
la filosofía corpuscular por la suya (K 8, pp. 299-300). En
septiembre de 1702, el general sajón Jakob Heinrich von Fleming (sin relación
alguna con el amigo de Leibniz) visitó Berlín con su esposa y se sumó a las
conversaciones filosóficas que tenían lugar en Lützenburgo. También se
encontraba en Lützenburgo la hija del amigo de Leibniz (K 8,
p. 370) y los invitados sajones aprovecharon la oportunidad para acompañarla a
Buckow y visitar a su padre, cuya mente, decía Leibniz a Sofía, gozaba de una
libertad que ya no tenía su cuerpo. Cuando los visitantes sajones se hubieron
marchado, Sofía Carlota se quejó de que no tenía más compañía que la de Leibniz
y le pidió que mantuviera alguna conversación con Toland para
entretenerse (MK, p. 181). En el verano del siguiente año,
Sofía Carlota le confió a Leibniz como amigo (pidiéndole que no mostrara la
carta a nadie) que las obligaciones de su cargo en Berlín no le proporcionaban
ningún placer. Decía que preferiría permanecer paralítica en Buckow, como el
general von Fleming —pero únicamente en el caso de que su paciencia y su
inteligencia estuvieran incluidas en el mismo lote (K 10, pp.
210-12).
El verano de 1702 fue un periodo de muchas satisfacciones tanto para Leibniz
(Bodemann 1895, p. 122) como para Sofía, quien, tras regresar a Hannover,
agradeció a Leibniz las noticias de Lützenburgo, « donde he pasado los
mejores días de mi vida y aún permanece mi corazón » (K 8,
p. 359). La propia Sofía Carlota había introducido uno de los temas estivales
de conversación cuando, durante la visita al Carnaval de Hannover, pidió a
Leibniz que leyera en su presencia parte de una carta que supuestamente había dirigido
a Sofía un amigo del difunto señor de Guenebat de París ( K 10,
p. 141). Cuando Sofía Carlota regresó a Berlín, inició correspondencia con
Leibniz sobre ese tema. Leibniz explicaba que, si el amigo de Guenebat, a quien
el identificó tentativamente como Monte-Jean (K 13, pp.
140-1), había dicho que hubo un tiempo en que la mente permanecía sin cuerpo,
entonces estaba equivocado y se oponía a los antiguos, incluidos los padres de
la Iglesia, quienes pensaban que sólo Dios era incorpóreo. Aunque no podía
entrar en tantos detalles en relación con la otra vida como habría hecho Van
Helmont, aseguraba a la reina que era posible conocer algunas cosas sin verlas,
algo de lo cual la matemática era una prueba fehaciente. Esta afirmación era
una referencia clara a su convicción de que hay cosas en nuestra mente que no
provienen de los sentidos. El intercambio epistolar de puntos de vista se
mantiene, en general, en este nivel bastante superficial. Por ejemplo, Leibniz
y Sofía Carlota intercambian bromas acerca del rey Guillermo y la posibilidad
de que se produzca una transmigración de su alma a otro cuerpo más saludable.
En un tono más serio, la reina opinaba, con la aprobación de Leibniz, que la
búsqueda de la verdad debía ser desinteresada y no estar motivada por el temor
o el interés. Su carácter sosegado, observaba (K 10, pp.
136-7), la llevaba a creer que tenía menos que temer del futuro que del
presente, y que todo lo que había oído acerca del demonio no le hacía temer la
muerte. Decía a Leibniz que las matemáticas eran griego para ella, aparte de la
noción de unidad, sobre la cual entendía algo gracias a Leibniz. Leibniz
adjuntó en su carta del 22 de abril, que sin duda fue la última antes de su
visita a Berlín y en la que explicaba la distinción entre la unidad
matemática y la filosófica —la primera tiene partes, no así la
segunda—, una ilustración de su sistema binario destinada a la señorita von
Pöllnitz, que quería aprender matemáticas. Describía este sistema binario como
un método aritmético cómodo que se le había ocurrido un día v en el cual todos
los números se escribían en términos del 0 y el 1 (K 10, p.
145). Mientras, Sofía había recibido otra carta desde Paris; en esta ocasión la
enviaba su sobrina la duquesa de Orleáns, que había regalado un precioso
periquito a su costurera. Esto le hizo recordar la afirmación de Leibniz de que
los animales tienen entendimiento y no son máquinas, como creía Descartes, sino
que poseen .dinas inmortales (MK, p. 178).
Después de estas conversaciones en el jardín de la reina, Leibniz anotó sus
ideas sobre las dos cuestiones fundamentales en forma de una exposición
ordenada titulada Lettre touchant ce qui est indépendant dessens et del
amatiere(K 10, pp. 154-67). Esas dos cuestiones fundamentales eran:
1. Si hay algo en nuestros pensamientos que no provenga de los sentidos.
2. Si hay algo en la naturaleza que no sea material.
Leibniz comienza a responder a la primera cuestión comparando nuestro uso de
los sentidos externos con la forma en que un hombre luego utiliza su bastón.
Nos ayudan a conocer sus objetos particulares, como colores y sonidos, pero no
nos ayudan a conocer qué son esas cualidades sensibles. Se trata, de hecho, de
cualidades ocultas, de modo que, lejos de poder afirmar que sólo conocemos los
objetos sensibles, son precisamente éstos los que menos conocemos. Además de
estas cualidades ocultas (cuyos conceptos son claros, puesto que sirven para
reconocerlas, pero no distintos, ya que no podemos determinar su contenido),
los sentidos nos permiten conocer otras cualidades cuyos conceptos son más
distintos. Estas son las que Aristóteles adscribía al sentido común, que
Leibniz entiende como un sentido interno en el cual se unen las percepciones de
los distintos sentidos externos. A esta clase pertenecen las de los números y
las figuras. Existen también objetos de otra naturaleza, objetos que únicamente
pertenecen al entendimiento. A esta clase pertenece la idea del yo. Puesto que
podemos pensar en otros seres que perciben objetos sensibles, es mediante el
entendimiento como podemos pensar a las sustancias en general. Leibniz resume
su posición diciendo que no hay nada en el entendimiento que no provenga de los
sentidos, excepto el entendimiento mismo, o el sujeto que intelige. Ello le
lleva a mostrarse de acuerdo con los platónicos en que la existencia de los
objetos inteligibles, en particular la de la mente o el alma, es
incomparablemente más cierta que la existencia de los objetos sensibles. Esta
afirmación presta plausibilidad a la idea de Leibniz de que, hablando con rigor
matemático, en última instancia sólo existen sustancias inteligibles, de las
cuales los objetos sensibles son sólo apariencias. El hecho de que tengamos
conocimiento de verdades necesarias, que son independientes de los sentidos,
muestra que debe haber en nosotros una luz natural.
Pasando a la segunda cuestión, Leibniz argumenta que tiene que haber alguna
sustancia separada de materia; es Dios, causa última de las cosas materiales.
Puesto que la fuerza activa y la percepción no pueden explicarse mediante
ningún mecanismo, concluye que tiene que existir algo inmaterial en toda cosa
creada y en especial en nosotros, pues aquí esa fuerza aparece acompañada por
una percepción muy distinta. Se inclinaba a pensar que todas las sustancias
inmateriales finitas estaban unidas a órganos y acompañaban a alguna forma de
materia, y que incluso las almas o fuerzas activas podían encontrarse en algún
lugar.
Sofía Carlota mostró esta exposición de Leibniz a Toland, quien respondió con
falsa modestia (citando a san Juan Bautista) pero rechazó las conclusiones de
su autor sin identificarse el mismo (K 10, pp. 167-77).
Leibniz expresó a su vez sus impresiones a Sofía Carlota, despreciando con
dureza a su anónimo crítico como alguien que no se había tomado la molestia de
intentar entender su posición (K10, pp. 181-8). Leibniz acusa a su
crítico de intentar probar contra él que niega algo que no niega: el hecho de
que necesitamos los órganos de los sentidos para tener pensamientos. Mediante
el principio de la armonía preestablecida, Leibniz había establecido una
correspondencia exacta entre la mente y el cuerpo, de modo que incluso las
ideas más abstractas estaban representadas por alguna marca en el cerebro.
La armonía preestablecida, y en particular la respuesta de Leibniz a las
críticas de Bayle, constituyó otro de los temas de las conversaciones
estivales. Sofía Carlota había conocido a Bayle en Holanda y había conversado
con él tras su visita a Aachen (GP 6, pp. 8-9), por lo que la
publicación de su Diccionario en 1702 revistió gran interés
para ella. Leibniz se había esforzado por explicarle a la reina que las
objeciones de Bayle relativas a la armonía entre la fe y la tazón no eran tan
duras como algunos enemigos de la religión querían hacer creer, y ella le alentó
para que pusiera sus comentarios por escrito para poder estudiarlos con más
detenimiento. Este fue el origen de la Teodicea , reunida a
partir de fragmentos escritos en esta época y más tarde ampliada con otros, y
que Leibniz publicó algunos años después de la muerte de la reina (GP 6,
pp. 9-10).
El mes de agosto de 1703 (K 10, pp. 212-13), cuando el elector
le impidió acompañar a Sofía a Lützenburgo, Leibniz informó a la rema de que
había defendido su sistema de mónadas y de la unión entre cuerpo y mente contra
los ataques del benedictino francés François Lamy. Le contó también una inusual
conversación filosófica con el elector, en presencia de Sofía, relativa al
problema de si la bondad y la justicia eran arbitrarias o se fundaban en
razones eternas. En abril de 1704, mientras la reina esperaba impaciente su
visita a Berlín (K 10, p. 230), Leibniz le dijo que casi había
terminado su comentario sobre Locke. Quince días después, encontrándose aún en
Hannover, le habló por primera vez de su correspondencia con Lady Masham (K 10,
pp. 237-45) y reprodujo para ella la exposición divulgativa de su metafísica
que había hecho llegar a la amiga de Locke.
Leibniz llegó a Lützenburgo a finales de agosto (K 9, pp.
92-5) V Sofía hizo una visita a principios de octubre. La tarde de su llegada,
y aunque todo su almuerzo había sido una taza de chocolate, pascó durante dos
horas por el parque con la reina, Leibniz y las premisas de Kassel y Ansbach.
Leibniz pasó casi todo el mes de diciembre en Dresde, intentando crear allí una
Sociedad de Ciencias. A su regreso a Berlín, su trabajo para la Sociedad de
Berlín le impidió acompañar a Sofía Carlota al Carnaval de Hannover; ello le
llevo a hacer una visita a Lützenburgo el 11 de enero de 1705, a fin de verla
antes de partir. Ni Leibniz ni la reina podían imaginar que este iba a ser su
último encuentro.
§. Tragedia y búsqueda de consuelo
A comienzos de 1705 Leibniz (K 10, pp. 394-9) escribió un
memorándum para el rey en el que daba cuenta de sus servicios a la Corte, que
incluían la organización de la Sociedad de Ciencias de Berlín y su
participación en las negociaciones entre los teólogos de Brandeburgo y
Brunswick encaminadas a lograr la reunificación de las Iglesias luterana y
reformada, así como diversos cometidos de carácter diplomático y político. En
el último año había incurrido en gastos que excedían su asignación en 2.000
táleros, pero consideraba ésta una pérdida menor en comparación con la de su
valiosísimo tiempo. El rey mostró su aprobación haciéndole entrega de un regalo
de 1.000 táleros. En carta escrita a Sofía Carlota el 31 de enero (K 10,
p. 262), prometía regresar a Hannover tan pronto como hubiera recibido el pago
del dinero. Pero la reina había caído mortalmente enferma, de forma inesperada
y en lo mejor de su vida. El pastor calvinista Claude de la Bergerie fue
llamado a su lecho de muerte en el Palacio de la Leinstrasse y permaneció junto
a ella hasta que murió, en las primeras horas del 1 de febrero [66]. Leibniz
recibió la noticia el 2 de febrero a través de Joachim Heinrich von Bülow, que
la llevó a Berlín. Era tal su afecto hacia la reina que la trágica noticia de
su muerte le puso al borde de una seria enfermedad. Todo el mundo en la Corte
reconoció que, de entre los particulares, era uno de los que más había sufrido
con la pérdida; incluso los embajadores extranjeros le dieron el pésame. Ese
mismo día escribió a la señorita von Pöllnitz (K 10, p. 264)
para decirle que, aunque no se le viera llorar o lamentarse, se sentía
destrozado. Añadía que su carta era más filosófica que su corazón. Le pedía que
transmitiera su condolencia a Sofía y confesaba que no se había atrevido a
escribirla él mismo porque no sabía cuál era el estado de su mente. A pesar de
su dolor, intentó convencer a los funcionarios de la Corte de que devolvieran a
sus remitentes los paquetes de cartas que la malograda reina tenía
guardados (K 10, pp. 265-7), con el fin de que no fueran a
parar a las llamas; pues, por orden del rey, ya habían corrido esta suerte
muchas de las cartas que ella había enviado (Guhrauer 1846, 2, pp.
261-2) y algunas de las que había recibido. Un mes más tarde Leibniz escribió a
Johann Matthias von der Schulenburg (K 10, p. 270) y le
confesó que, aunque la razón le decía que lamentarse era inútil y que la reina
merecía que se honrara su memoria y no que se la llorase, veía constantemente a
la princesa en su imaginación con todas sus perfecciones y recordaba que había
perdido uno de los mayores motivos de satisfacción que podía esperar en la
vida.
Leibniz buscó consuelo en la composición de un largo poema en alemán en memoria
de la reina (K 10, pp. 291-5). El poema comienza (Hankins
1972) elogiando la belleza, virtud e inteligencia de la reina y lamentando su
muerte; concluye diciendo —a la manera de las metáforas mitológicas habituales
en estos poemas— que la excelencia que había en ella era algo más que humana:
« Ein Engel muss es seyn, der Fleisch und Beine nimt». La tristeza
es sustituida por insatisfacción ante las limitaciones del poder divino: «Wo
bleibt die Weissheit dann?» La respuesta a esta pregunta—« Die
Weissheit lasir t sich in alien Dingen spiiren»— arranca un rayo de
esperanza a tuya luz la tragedia puede contemplarse desde la perspectiva más
amplia de la filosofía monádica. A continuación hace una exposición sublime de
su filosofía, en la que cada una de las almas o mónadas, tumo un espejo, refleja
la totalidad del universo y donde la comunidad de las almas racionales busca
libremente su perfección bajo el mandato divino. Alcanza el consuelo con la
seguridad de que la reina pertenece ya a esta comunidad eterna:
Die
Seelen die mit Gott in Innung konnen treten,
Die fdhig ihr Verstand gemacht Ihn anzubeten,
Die kleine Gótter seyn und ordnen was wie Er,
Die bleiben seines Staats Mitglieder immermehr[67].
Capítulo 9
Hannover, Wolfenbüttel y Berlín (1705-1710)
Contenido:
§.
Política sucesoria en Inglaterra
§. Boda en Berlín
§. Avances del estudio histórico y visitas a Wolfenbüttel
§. Viaje en secreto a Viena
§. Correspondencia con Lady Masham y Pierre Coste
§. Correspondencia filosófica con Sofía
§. Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano
§. Correspondencia con Des Bosses
§. Correspondencia con Hartsoeker
§. Correspondencia con matemáticos
§. La Sociedad de Ciencias de Berlín
§. Essais de Théodicée
§. Leibniz, en casa
§. Nueva comisión para Antonio Ulrico y una decepción inesperada
Al
dejar Berlín a finales de febrero de 1705, Leibniz hizo una visita al duque
Antonio Ulrico en Wolfenbüttel antes de regresar a Hannover a comienzos de
marzo. Allí encontró algún consuelo —como explicaba a Carolina de Ansbach
(K 9, pp. 116-19)— al saber que Sofía Carlota había dicho:
«Ich sterbe einen gemachlichcn Tod, denn ich fühle nichts» [68] y que
había muerto con la mente serena y el alma en paz, aceptando con resignación
los designios de la Divina Providencia [69]. Leibniz no
permaneció en Hannover por mucho tiempo. Explicaba a Sofía (K 9, pp. 120-1)
que, puesto que el elector se encontraba en Celle, había aprovechado su
ausencia para regresar a Wolfenbüttel, donde el duque Antonio Ulrico le había
invitado a discutir el proyecto de devolver a la Biblioteca Ducal su antiguo
esplendor. Desde Wolfenbüttel viajó hasta Berlín, a fin de comentar la reseña
que, sobre la vida de Sofía Carlota en Hannover con anterioridad a su
matrimonio, se le había pedido para la acostumbrada oración pública. La acabó
(K 10, pp. 273-84) poco después de regresar a Hannover, a finales de mayo, y
encontrarse a sí mismo sujeto de nuevo al hostigamiento del elector. Jorge Luis
consideraba que, a causa de sus frecuentes viajes y su voluminosa correspondencia,
Leibniz se dispersaba demasiado y se olvidaba del estudio histórico de la Casa
de Brunswick, y temía que, si fallecía, el estudio quedaría inacabado; emitió
por ello una orden en la que le prohibía emprender nuevos viajes sin permiso
expreso del propio elector. Al mismo tiempo, el duque Jorge Guillermo de Celle,
que moriría a finales de año, le urgía para que hiciera avanzar el estudio
histórico.
En julio, Leibniz reanudó su correspondencia con Lady Masham, explicando que la
muerte de la reina había sido el motivo de tan larga interrupción (GP 3, pp.
366-8). Le daba el pésame por el fallecimiento de su amigo Locke y le
comunicaba que había finalizado sus observaciones a la excelente obra de Locke,
aunque añadía que se sumaba al parecer de quienes opinaban que el origen de las
verdades necesarias era innato a la mente. Además de escribir a Lady Masham
sobre la filosofía de su padre, Leibniz retomó, en sus cartas a Sofía, el hilo
de sus discursos en el jardín de la reina en Lützenburgo.
Antes del fin del verano escribió un memorándum para el elector sobre las
diferencias entre las Casas de Brunswick y Brandeburgo, aprovechando la
oportunidad para recordar a su despreciativo patrón sus servicios a la Casa de
Brunswick durante más de treinta años. Estos incluían, junto al estudio
histórico, escritos y discursos relativos a la primogenitura, el noveno
Electorado, la sucesión en Lauenburgo y la sucesión por parte de la Casa de
Hannover en Inglaterra. Cuando iba a Berlín intentaba promover la unidad entre
las dos Casas, lo cual era muy deseable a la vista de la amenaza que
representaba Francia. Poco después de escribir esta réplica a la orden del
elector prohibiéndole viajar, marchó a la feria de Brunswick y continuó hasta
Wolfenbüttel, donde durante los años que siguieron continuó siendo un visitante
habitual.
A comienzos de 1706, Leibniz debió recibir la visita del profesor de filosofía,
matemáticas y teología y jesuita Bartolomaeus Des Bosses (GP 2, p. 291), con
quien mantuvo después un fértil intercambio de correspondencia sobre filosofía.
Aunque no fuera un estudioso de primera línea, Des Bosses era un hombre con
quien Leibniz podía discutir seriamente de cuestiones filosóficas, por carta y,
en una ocasión, personalmente, puesto que enseñaba en el Colegio de los
Jesuitas próximo a Hildesheim —hasta que se trasladó a Colonia a finales de
1709. Entre los estudiosos con quienes Leibniz inició, por esta época, un
intercambio de correspondencia, se encontraban: el filósofo natural Nicolaus
Hartsocker; Johann Wilhelm Petersen, que había ejercido como profesor
particular desde el asunto Rosamunde; Christian Maximilian Spener, hijo del
renombrado pietista, y el filólogo y naturalista Johann Leonhard Frisch, que le
dio clases de ruso. A los matemáticos con quienes se escribía se añadieron
Jakob Hermann, Christian Wolff y Conrad Henfling.
§. Política sucesoria en Inglaterra
Cuando a la muerte del duque Jorge Guillermo, el 28 de agosto de 1705, Celle se
unió a Hannover, dos de sus ministros, Andreas Gottlieb von Bernstorff y Jean
Robethan, entraron al servicio del elector Jorge Luis. A partir de este momento
Robethan, que había sido un refugiado francés al servicio del rey Jorge antes
de trasladarse a Celle, se convirtió en consejero encargado de los comunicados
oficiales en nombre de Hannover —en lo concerniente a la sucesión inglesa. Así,
Leibniz ejerció su influencia de forma no oficial a través de sus amigos
ingleses. A principios de 1706 escribió para Sir Rowland Gwynne, por entonces
de visita en Hannover, una carta abierta al conde de Stamford (K 9, pp.
188-200) en la que criticaba la política de los whig —que se
habían opuesto a la moción presentada por el tory Lord Haversham para invitar a
la electora Sofía a Inglaterra. Los whig habían acusado a los tory de querer
invitar a Sofía con el único propósito de oponer otra Corte a la de la reina
Ana y, al sembrar la disensión, favorecer a Francia y al pretendiente
jacobista, el príncipe de Gales. El autor de la carta (supuestamente Gwynne)
afirmaba que eran precisamente los que se oponían a invitar a Sofía quienes
favorecían la causa jacobita. Argumentaba que no había precedentes de que se
hubiera mantenido al heredero alejado en vida de un monarca. De hecho, la
historia de Inglaterra estaba llena de ejemplos de herederos excluidos por
estar ausentes;
y, en este caso, la exclusión del heredero conduciría al fin de la religión protestante
y de la libertad en Inglaterra. Tras elogiar las cualidades personales de la
electora Sofía el autor señalaba que su decisión de evitar mezclarse en los
asuntos de Inglaterra había llevado a algunos a acusarla de indiferencia; pero
esto era un error, puesto que ella sentía un gran afecto por la reina. Ya había
manifestado sus sentimientos en una carta dirigida al arzobispo de Canterbury
(K 9, pp. 177-9), y había autorizado al autor a darla a conocer a sus amigos.
En esta carta declaraba que, aunque se encontraba satisfecha con su situación
presente, estaba dispuesta a poner en riesgo su vida y cruzar el mar con el fin
de asegurar la sucesión protestante —si esto se consideraba lo adecuado. No
obstante, dejaba que fueran la reina y el Parlamento quienes adoptaran la
decisión más oportuna.
Después de que Gwynne tradujera la carta, Leibniz la hizo imprimir en Holanda y
difundir por Inglaterra. No tuvo una buena acogida en el Parlamento, donde se
la describió como un libelo malintencionado tendente a crear un mal
entendimiento entre la reina y la princesa Sofía (K 9, p. XL). La Cámara de los
Comunes condenó la carta en una votación de 141 en contra y 97 a favor,
votación seguida de una petición a la reina —a la que la Cámara de los Lores
dio su conformidad— para que se buscase al impresor y al editor, con vistas a
imponerles un castigo. La reina observó que nada podía complacerla más que ver
el celo que ponían las dos Cámaras en asegurar el buen entendimiento entre ella
misma y la electora Sofía.
La autoría de Leibniz no llegó a descubrirse, pero al año siguiente a Gwynne se
le denegó el permiso para visitar Hannover de nuevo. En carta a Thomas Burnet
fechada el 26 de mayo (K 9, pp. 215-20), Leibniz escribe como si no tuviera
nada que ver en el asunto. Comenta que la carta no había recibido la aprobación
de la corte y que Gwynne había negado tener responsabilidad alguna en la
publicación. Sin embargo, Leibniz se preocupaba por poner de manifiesto los
méritos de la carta. Indicaba a Burnet que contenía muchas cosas positivas,
puesto que mostraba la necesidad de asegurar la sucesión designando al heredero
de forma concluyente, así mismo de la presencia en Londres de un representante
de la Casa de Hannover. Consideraba, además, que la reprimenda de Stamford a
Gwynne —por hablar de la carta que Sofía había dirigido al arzobispo de
Canterbury— era injusta, ya que la propia Sofía había querido que esta carta se
diera a conocer.
A finales de mayo Lord Halifax [70] presentó
en Hannover dos actas que habían recibido el visto bueno del Parlamento inglés
en las que se confirmaba la sucesión a favor de Hannover. Se trataba del «Acta
de Regencia», que establecía la creación de un consejo regente bajo la
dirección del arzobispo de Canterbury para el periodo que mediara entre la
renuncia de la reina Ana y la coronación de su sucesor, y del «Acta de
Naturalización», que declaraba que la electora y sus descendientes eran
ingleses. Con este motivo se admitió al príncipe elector Jorge Augusto en la
Orden de la Jarretera, al igual que lo había sido su padre en la época del
«Acta del Establecimiento».
Lord Halifax estuvo acompañado, durante su visita, por el crítico inglés Joseph
Addison y el experto en heráldica Van Bruck, que era además poeta y arquitecto.
Leibniz encontró su compañía muy estimulante (K 9, p. 226). Al informar a
Thomas Burnet de su encuentro con Lord Halifax (K 9, pp. 220-4), Leibniz
expresaba su opinión de que las victorias de los aliados contra Francia
garantizaban mejor la sucesión protestante que cualquier acta del Parlamento.
Francia había dejado de ser quien tomaba la iniciativa tras la decisiva
victoria de Marlborough y el príncipe Eugenio en Blenheim en 1704, y se había
visto obligada a retirarse al oeste del Rin. La victoria de 1706 en Ramilles
les había expulsado de Holanda y al mismo tiempo el príncipe Eugenio les estaba
echando de Italia. Todo ello hacía que las perspectivas del aspirante, el
príncipe de Gales, no fueran muy alentadoras. En carta a Davenant (K 9, pp.
224-7), embajador inglés en Francfort, fechada el 26 de julio de 1706, Leibniz
reiteraba la opinión que había expresado a Burnet y añadía que los electores,
el príncipe y la princesa, progresaban rápidamente en su estudio del inglés.
§. Boda en Berlín
En junio de 1706 el hijo de la princesa Sofía, el príncipe coronado Federico
Guillermo de Prusia, pasó a ser el prometido de la princesa Sofía Dorotea, hija
del elector de Hannover y la desaparecida princesa de Ahlden. Debido a las
diferencias políticas entre Hannover y Berlín, los detalles de la organización
de la boda no estuvieron exentos de problemas (Schnath 1978, pp. 581-4). La
boda tuvo lugar en Hannover por poderes el 14 de noviembre, con la presencia
del príncipe Jorge Augusto en representación del novio; tres días más tarde la
princesa viajó a Berlín. A petición del elector,
Leibniz compuso un memorándum mostrando la validez del matrimonio por poderes;
éste había sido puesto en cuestión por el maestro de ceremonias de Berlín,
Johann von Besser, quien quería halagar al elector afirmando que la auténtica
boda era la ceremonia que iba a tener lugar en Berlín.
Debido a la reticencia de la princesa a cambiar de religión, Leibniz había
propuesto lo que le parecía una solución aceptable a la que ambas partes podían
asentir con la conciencia limpia: que se casaran por los ritos y la liturgia de
la Iglesia anglicana. El motivo era que ambos, al ser descendientes de la
electora Sofía, estaban amparados por el «Acta de Naturalización»; además se
sabía que el rey sentía inclinación por los ritos y la liturgia de la Iglesia
anglicana. La idea encontró una fuerte oposición por parte del obispo
reformista Benjamin Ursinus von Bär y motivó una reprimenda del rey al capellán
tic la Corte Jablonski, a causa de la «correspondencia, completamente
impropia», que mantenía con Leibniz. En Hannover, el elector dictó un decreto
en el que prohibía a Leibniz promover nuevas colaboraciones en el esfuerzo de
reunificar las iglesias protestantes. Puesto que había garantizado la libertad
religiosa de su hija al imponerla como condición para el matrimonio,
consideraba por ello la reunificación superflua como objetivo político. Leibniz
se encontró en la embarazosa situación de no poder hablar del decreto con los
teólogos con los que había colaborado previamente. Escribió a Fabricius de
Helmstedt: «Tal y como están las cosas, ya no tengo ninguna esperanza con
respecto al asunto de la reunificación. Algún día la fuerza de las cosas lo
hará realidad.»
La boda proporcionó a Leibniz una oportunidad para visitar Berlín. De camino se
detuvo unos días en Wolfenbüttel y Salzdahlum [71] —en una
más de las varias visitas que hizo ese año—; allí conoció a Pius Nicolás
Garelli (más tarde consejero imperial y médico del emperador), que había sido
enviado por la emperadora con el fin de mantener conversaciones secretas con el
duque Antonio Ulrico relativas al acuerdo de matrimonio entre la nieta del
duque, Isabel Cristina, y su segundo hijo, el rey de España (más tarde
Emperador Carlos VI) (K 9, pp. 241-4). A petición de Sofía (K 9, pp. 239-40)
Leibniz recomendó a Ferdinand Orban, el jesuita que había intentado convertir a
Carolina de Ansbach, como instructor para la joven princesa. Esta ingresó en la
Iglesia católica el 1 de mayo de 1707 en la Catedral de Bamberg, con quince
años de edad. Desde allí se dirigió a Viena y a continuación a España para la
boda. Los esponsales de la princesa con un católico causaron una violenta
reacción tanto por parte de la ciudadanía como del funcionariado; el clero, en
particular, mostró su desagrado con duras palabras, amenazando incluso al duque
con la exclusión de la eucaristía (Bodemann 1888, p. 91).
A la mañana siguiente de su llegada a Berlín desde Wolfenbüttel el 15 de
noviembre de 1706, Leibniz fue recibido en audiencia por el rey, quien se
sentía impaciente por conocer a su nueva nuera. Ese mismo día Leibniz escribió
a Sofía (K 9, pp. 241-4), para informarle de que el rey de Suecia había firmado
un tratado de paz con Polonia; según los términos del acuerdo, Augusto (elector
de Sajonia) renunciaría a la corona a favor de Stanislaus Lesczenski, aunque la
mayoría de los polacos consideraban ilegal la elección de Stanislaus. Añadía
que el rey de Prusia y el elector de Hannover habían sido designados como
árbitros del tratado.
El 26 de noviembre Leibniz visitó a la princesa coronada en Spandau y dos días
más tarde asistió a la ceremonia de ratificación del matrimonio en la Capilla
Real. Esa tarde, finalizado el banquete, el rey le hizo llamar y le manifestó
su pesar por el hecho de que la reina no pudiera estar allí presenciando el
feliz acontecimiento (K 9, pp. 248-51). Leibniz se tomó la libertad de sugerir
al rey que la nueva princesa (sobrina de Sofía Carlota) quizá le recordara a la
malograda reina, a lo cual el rey contestó que sus ojos eran como los de la
reina. Pocos días después tuvieron lugar un baile de máscaras y un ballet en
Charlottenburgo (como se llamaba ahora al Lützenburgo de Sofía Carlota) y se
planeó que tuvieran lugar fuegos artificiales tan pronto como el tiempo
mejorase. Leibniz comunicó a Sofía que la princesa había accedido a cortarse el
cabello. Aunque esto agradó al príncipe coronado, Leibniz lo describía como una
terrible ejecución (K 9, pp. 252-4).
En carta a su nieta, Sofía le decía que, si quería poder ver a menudo a ese
buen hombre (Leibniz), el rey debía otorgarle un salario regular como el que
recibía en Wolfenbüttel, lugar que visitaba con mucha frecuencia. Al parecer,
la idea de ganarse el favor del príncipe le fue sugerida a Sofía por el propio
Leibniz (K 9, p. 254). También buscó en Sofía Dorotea el tipo de apoyo que
había recibido de Sofía Carlota para la realización del proyecto de una
Sociedad de Ciencias de Berlín. Aprovechando su visita permaneció seis meses en
Berlín trabajando para la Sociedad.
Desde Berlín, Leibniz envió a Sofía, el 4 de marzo de 1707, un poema titulado «Le
carneval des dieux», inspirado en un divertido incidente de la Corte (K 9,
pp. 273-4). Al parecer, el rey había actuado de casamentero en un acuerdo de
matrimonio entre su ayuda de cámara y una sirviente de Sofía Dorotea que era
muy popular en la Corte.
A finales de mayo Leibniz dejó Berlín para dirigirse a Leipzig, donde convenció
al conde Antón Günther von Arnstadt de que publicara las ilustraciones
relativas a la colección de monedas de Andreas Morell (D 5, p. 422) y, sin
duda, contempló los manuscritos de Kepler que se encontraban en posesión de
Michael Gottlieb Hansch. En una visita a su amigo Jakob Heinrich von Fleming
conoció también al consejero de la delegación, Ernst Christoph von Manteuffel
(Guhrauer 1846 1, app., p. 8). Al visitar el campamento sueco cercano a
Altranstädt pudo ver a los tres reyes: Carlos XII de Suecia, Augusto (el
depuesto rey de Polonia) y Stanislaus, el nuevo rey de Polonia. En cana a
Thomas Wentworth (Lord Raby) (Guhrauer 1846 2, app., p. 27) afirmaba haber
visto a Carlos XII al mediodía, mientras comía. La comida duró media hora,
durante la cual el rey no dijo ni una palabra. Leibniz esperó durante más de
una semana, confiando en obtener una audiencia cuando el rey regresara de pasar
revista a sus tropas, dispersas en el campo. Sin duda no se sintió decepcionado
en exceso al no poder conocer al rey, ya que habría sido difícil encontrar un
tema de conversación; al parecer, el rey sólo entendía de cuestiones militares.
Antes de dejar Leipzig para encaminarse a La Haya, donde quería reunirse con
Christian Wolff, Leibniz hizo una excursión a Probstheida con el fin de ver a
su sobrino Friedrich Simón Löffler (Bodemann 1895, p. 153). Se dirigió a
continuación a Wolfenbüttel, donde esperó el regreso del duque Antonio Ulrico
durante dos días y, finalmente, el 16 de junio llegó a Hannover. Al informar a
su nieta de la llegada de Leibniz, Sofía comentaba que había visto a los tres
reyes.
§. Avances del estudio histórico y visitas a Wolfenbüttel
El mismo mes del regreso a casa de Leibniz se publicó en Hannover el primer
volumen del estudio histórico, bajo el título Scriptores rerum
Brunsvicensium illustrationi. Esto le dio la oportunidad de volver a pedir
apoyo para el avance de una obra que el elector se había sentido ansioso de ver
completada. En el memorándum concerniente a la continuación de la obra Leibniz
solicitaba un salario para sus ayudantes, a los que había pagado él mismo hasta
ese momento, el pago por adelantado de los costes de imprenta del segundo
volumen, y la compra de 120 copias del primer volumen, con el fin de
distribuirlas a los estudiosos que habían colaborado proporcionando materiales
fuente. Peticiones reiteradas de que se aprobara la solicitud no obtuvieron
respuesta alguna de la Corte de Hannover, si bien el duque de Wolfenbüttel
accedió a pagar un tercio de los costes de imprenta del primer volumen.
Después de tres meses en Hannover, Leibniz hizo otra visita al duque Antonio
Ulrico en Salzdahlum, esta vez en compañía de la electora Sofía, y continuó el
viaje hasta Hessen. Durante su estancia en Kassel conoció al landgrave Carlos,
que estaba interesado en las matemáticas y la física, y también a Denis Papin,
quien estaba a punto de marcharse a Inglaterra. Aunque no pudo conseguirle a
Papin permiso para que hiciera la primera parte de su viaje en el barco que él
mismo había construido, río abajo a lo largo del Weser atravesando Münden,
Leibniz pudo entregarle una carta de presentación dirigida al secretario de la
Royal Society, Hans Sloane. También en Kassel Leibniz diseñó un ingenio para
elevar pesos con la ayuda de una caída de agua (Bodemann 1889, p. 332). En el
viaje de regreso se detuvo dos días en Gottinga con Justus von Dransfeld para
estudiar documentos históricos (D 5, p. 486). En Hildesheim mantuvo una conversación
con el misionero Nicolás Agostino Cima, que acababa de regresar de China, sobre
las posibilidades de difundir el conocimiento de la cultura china en Europa y
le entregó una recomendación para el orientalista berlinés Mathurin Veysiere La
Croze (D 5, p. 485). De regreso en Hannover, escribió al duque Antonio Ulrico
el 11 de octubre para explicarle que debía permanecer inmóvil a causa de una
lesión en el pie que se había visto agravada durante su último viaje.
Hacia mediados de noviembre Leibniz recordó un curioso sueño; se había visto
cantar un villancico de año nuevo del que sólo podía recordar la última
estrofa:
Der
du von um weg genommen
Alies Weh, alies Weh
Hilf, dass wir bald zu dir kommen
O Christe! O Christe!
A
finales de mes escribió un poema para el rey Federico I de Prusia, en el que le
felicitaba por el nacimiento de un hijo a la princesa Sofía Dorotea (K 10, pp.
416-18). Sus buenos deseos, sin embargo, no se vieron cumplidos, pues el
príncipe no sobrevivió.
A comienzos de 1708, el teólogo de Leipzig Adam Rechenberg recordó a Leibniz
que habían pasado cuarenta años desde su último encuentro en Leipzig, cuando
Leibniz había dicho adiós al « ingrato pueblo del que era nativo».
Esto movió a Leibniz a precisar que él nunca había sentido resentimiento contra
la ciudad de Leipzig, a la que apreciaba por ser su patria de nacimiento. De
joven había sido impaciente. Pero no lamentaba haber dejado Leipzig, porque los
errores de los humanos estaban guiados por la Divina Providencia y era
frecuente que de malas decisiones resultara algo bueno (Bodemann 1895, p. 231).
Entre dos visitas a Wolfenbüttel, en la primavera de 1708, Leibniz tuvo un
encuentro con John Toland, quien se había detenido brevemente en Hannover en su
viaje de regreso después de visitar Berlín y Viena (GP 3, p. 317). Al informar
de este encuentro por carta a Thomas Burnet, Leibniz añadía que el joven
príncipe de Hannover (el hijo de Carolina) se criaba muy bien y ya estaba
echando los dientes. Es probable que Leibniz conociese por esta época al
príncipe Eugenio de Saboya, que en abril hizo una breve visita a Hannover.
En julio, Leibniz expuso al elector su proyecto de emprender viaje a Münich,
después de una cura de salud en Karlsbad, con el fin de examinar el material
fuente de los archivos para su estudio histórico. El elector accedió, pero puso
la condición de que fuera él mismo quien se hiciera cargo de los gastos del
viaje. Esto representaba demasiado para Leibniz, que aún estaba recuperándose
de los gastos de impresión del primer volumen de la historia, y renunció a la
idea de visitar Münich. Al presidente de la Cámara, Friedrich Wilhelm von
Goertz, le explicaba en carta del 30 de julio: « No soy lo bastante
rico como para seguir el ejemplo del duque de la Feullade, quien erigió un
monumento en honor de los reyes franceses pagándolo de su bolsillo. Dejaré que
los Guelf bávaros descansen en sus viejos documentos hasta que sea rico »
(MK, p. 210). Al mismo tiempo declaraba su intención de hacer el viaje de cura
de salud a Karlsbad después de una corta visita a Berlín y a la feria de
Michaelmas de Leipzig, para estar de regreso en Hannover al cabo de unos dos
meses. Mientras, había realizado una corta visita a Detmold, residencia del
conde de Lippe, para ver a la reina María Ana de Portugal. Allí conoció también
al médico del conde, Engelbert Kämpfer, famoso por sus viajes por Persia, el
este de India y Japón.
§. Viaje en secreto a Viena
Hacia finales de octubre de 1708 Leibniz se encontraba en Brunswick, planeando
con el duque Antonio Ulrico una misión secreta a Viena con objeto de recuperar
el Obispado de Hildesheim para Brunswick-Wolfenbüttel (Hohnstein 1908, p. 380).
Este Obispado le había sido entregado al elector de Colonia con motivo de la
Paz de Westfalia en 1648. El duque Antonio Ulrico le dio una carta de
recomendación para el emperador José I; en ella se explicaba que, aunque
viajaba de incógnito, el emperador podía poner toda su confianza en él. Leibniz
dejó Brunswick en dirección a Viena a mediados de noviembre y viajó a través de
Halberstadt y Erfurt; allí se encontró con su antiguo alumno Philipp Wilhelm
von Boineburg, por entonces embajador de Maguncia en Erfurt. Siguiendo a través
de Eger y Karlsbad, el 28 de noviembre llegó a Regensburgo. Desde allí envió un
detallado informe de su viaje al duque Antonio Ulrico; pero, en carta a Sofía,
fingía estar tomando una larga cura de salud en Karlsbad (K 9, p. 290).
Siguiendo viaje en barco por el Danubio llegó a Viena a principios de
diciembre. Se alojó en casa del médico del emperador, Pius Nicolás Garelli, a
quien había conocido antes en Wolfenbüttel. Por mediación de Garelli tuvo
acceso a la emperadora Amalia, hija del difunto duque Juan Federico de
Hannover. Con respecto al Obispado de Hildesheim sostuvo varias conversaciones
con el príncipe Salm, quien decidió que debían presentar una alegación formal
apoyada en argumentos legales si querían que la cuestión prosperase. En el
transcurso de su visita, Leibniz escribió un memorándum para el embajador del
duque de Módena concerniente a la reclamación por parte de la Casa de Este de
la ciudad de Comachio (Ravier 1937, p. 82). A petición del embajador de Rusia,
el Barón Johann Christoph von Urbich, elaboró un plan para el desarrollo y
difusión de la ciencia en Rusia. El 28 de diciembre dejó Viena en dirección a
Leipzig en compañía del embajador ruso, con quien conversó de las relaciones
políticas de Hannover con Suecia y Rusia, así como de la posibilidad de
celebrar un matrimonio entre el Zarévich Alejandro y alguna princesa de
Brunswick. El duque Antonio Ulrico mantenía la esperanza de que su nieta
Carlota, hermana de la reina de España, se convirtiera en la esposa del
heredero del trono de Rusia (Bodemann 1888, p. 97). A su llegada a Leipzig, a
principios de enero de 1709, conoció a la esposa del Primer Lord del Tesoro
polaco, Johann Georg Prebendowsky, y mantuvo conversaciones con su amigo el
jesuita Cario Mauritio Vota (K 9, p. 296) antes de continuar su camino a
Berlín. Allí visitó a la princesa coronada Sofía Dorotea y conoció además a la
nueva reina de Prusia, Sofía Luisa. Al informar a Sofía de estos encuentros le
comentaba también que había en Berlín un astrónomo de notable talento que
trabajaba a menudo en el observatorio por las noches. A fin de justificar su
larga ausencia de Hannover inventaba la excusa de que, tras pasar tres semanas
en Karlsbad, había visitado las universidades de Sajonia en busca de un
ayudante para su estudio de historia. Esto es lo que explicó a Sofía y al
primer ministro de Hannover, von Bernstorff (K 9, p. 291).
Sofía respondió (K 9, p. 294) que el elector había hablado de ofrecer una
recompensa a cualquiera que conociese sus actividades una vez se supo que
estaba en Berlín. Por desgracia, también habían llegado a Hannover noticias de
su viaje a Viena. Alguien que había cenado con él y con el embajador ruso había
traicionado el secreto. Al conocer esta visita, el embajador de Hannover en
Viena, Daniel Erasmi von Huldeberg (a quien Leibniz había evitado
cuidadosamente), informó inmediatamente al elector.
Tras permanecer en Berlín algunas semanas trabajando para la Sociedad de
Ciencias, a principios de marzo de 1709 Leibniz regresó a Hannover; en un
encuentro que tuvo lugar en las habitaciones de Sofía, el elector Jorge Luis le
expresó su malestar por el viaje en secreto a Viena. Arrepentido, Leibniz
redactó una explicación (K 9, pp. 297-300) en la cual el lenguaje cortés no
ocultaba una dura crítica al elector por su actitud hacia Leibniz y la historia
de los Guelf. Con el fin de no desvelar el verdadero propósito de su viaje a
Viena inventaba otra excusa. A su llegada a Karlsbad había oído que la
emperadora deseaba conocer su opinión en lo relativo a la disputa entre el papa
y el duque de Módena. Puesto que se encontraba ya a medio camino de allí había
decidido continuar viaje a Viena, aunque viajando de incógnito para no atraer
la atención sobre su propósito. Había escrito a Sofía pidiéndole que informara
al elector de su intención de partir hacia Viena antes de recibir su permiso (a
fin de evitar pérdidas de tiempo); pero, debido a la negligencia de alguien en
Karlsbad, la carta no había llegado a su destino. A continuación hablaba de la
frialdad que el elector mostraba hacia él y la aparente falta de aprecio hacia
su estudio histórico, y contraponía este trato del elector al apoyo y el
aprecio que había recibido de Ernesto Augusto y Juan Federico; añadía que sus
trabajos habían merecido en general reconocimiento en el mundo entero salvo en
Hannover. Comparaba su situación con la del autor de la historia del difunto
elector de Brandeburgo, cuya tarea había sido incomparablemente más fácil y que
había recibido un salario de 3.000 táleros anuales, y se quejaba de que él ni
siquiera conseguía el pago acordado. Incluso cuando solicitaba únicamente la
compra de los libros que necesitaba para su estudio encontraba tantos
obstáculos que tenía que acabar comprándolos él mismo. Finalmente, acusaba al
elector de no preocuparse de la gloria que sus antepasados podían proyectar
sobre él porque se encontraba satisfecho con su propia gloria y grandeza. Si de
verdad estaba interesado en el estudio, era preferible que le prestara más
apoyo.
A pesar de sus tensas relaciones con el elector, Leibniz continuó prestándole
consejo político en lo relativo a los asuntos de Hannover. Por ejemplo, redactó
varios memoranda sobre sus conversaciones con el embajador ruso, von Urbich.
Además, y aunque no le habían sido reembolsados los gastos de publicación del
primer volumen de la historia de Brunswick, trabajó con renovado afán en la
realización del siguiente volumen. Tan pronto como regresó a Hannover, solicitó
a los consejeros privados que pusieran a su disposición los documentos que
Friedrich August Hackmann había traído de Italia; y antes de fin de año pudo presentar
para su aprobación al primer ministro, Andreas Gottlieb von Bernstorff, el
borrador de la redacción de los anales de la historia de los Guelf entre los
años 768 y 785. Se encontraba, con todo, lo suficientemente insatisfecho con su
vida en Hannover como para pedir al duque Antonio Ulrico que le tomara a su
servicio (Guerrier 1873, pp. 170-4). Añadía que era mejor que la sugerencia
aparentara ser del propio Antonio Ulrico.
§. Correspondencia con Lady Masham y Pierre Coste
En mayo de 1705 apareció en la Histoire des ouvrages des savans, en forma de
una carta dirigida al editor, Basnage de Beauval, un ensayo de Leibniz tituladoConsidérations
sur les principes de vie et sur les natures plastiques (GP 6, pp.
539-46). Esto dio lugar a una petición por parte de Jean Le Clerc, director de
la Bibliotbéque choisie, de su opinión, basada en el principio de
la armonía preestablecida, acerca de la disputa entre Bayle y Le Clerc relativa
a la existencia de principios vitales y naturalezas plásticas —del tipo de las
propuestas por el padre de Lady Masham, Ralph Cudworth. Bayle afirmaba que el
sistema filosófico de Cudworth favorecía la causa del ateísmo, puesto que, si
las naturalezas plásticas cumplían su función, Dios era innecesario. Cudworth
había argumentado, por ejemplo, que estas naturalezas plásticas inmateriales
eran necesarias para formar al animal, puesto que este no podía originarse
únicamente a partir de leyes mecánicas. En opinión de Leibniz, tanto More como
Cudworth, los dos celebrados autores que habían ocasionado la disputa con sus
principios vitales y naturalezas plásticas, habían errado al suponer que las
almas pueden influir en los cuerpos. Tras describir su propia doctrina, en la
cual los principios vitales (es decir, las sustancias indivisibles o unidades)
se encuentran repartidos en toda la naturaleza, Leibniz explica que el curso
del movimiento de los cuerpos no se ve modificado en absoluto dentro del orden
de la naturaleza; ello, porque Dios lo ha preestablecido tal y como debe ser.
De hecho, su sistema filosófico proporciona una nueva prueba de la existencia
de Dios, puesto que el acuerdo de tantas sustancias, ninguna de las cuales
influye sobre las otras, sólo puede tener lugar mediante una causa general de
poder y sabiduría infinitas.
En carta a Lady Masham (GP 3, pp. 366-8) de julio de 1705, después del largo
paréntesis que siguió a la muerte de Sofía Carlota, Leibniz enumeraba los
puntos de acuerdo entre la filosofía de su padre y la suya propia. Si bien
estaba de acuerdo con que los animales no se han formado mecánicamente a partir
de algo inorgánico, opinaba que la propia fuerza plástica era ella misma
mecánica y consistía en una preformación: es decir, en órganos que ya existían
y que eran los únicos capaces de formar otros órganos. Leibniz identifica, así,
la naturaleza plástica de Cudworth con su propia concepción de la naturaleza
orgánica de la materia. Señala a Lady Masham que ha añadido simplemente una
explicación que su padre había omitido.
En su respuesta, fechada el 20 de Octubre de 1705 (GP 3, pp. 369-73), Lady
Masham explica que la acusación de que las naturalezas plásticas de su padre
favorecen el ateísmo no se sostiene. Cudworth había supuesto, de hecho, que el
funcionamiento de las naturalezas plásticas dependía de forma esencial de las
ideas del entendimiento divino. Incluso si se suponía que la materia tenía por
sí misma el poder del que se afirmaba que las naturalezas plásticas habían
recibido de Dios, ello no favorecía al ateísmo. Pues el poder otorgado a las
naturalezas plásticas era únicamente el poder de ejecutar las ideas de una
mente perfecta, y este poder permanecería eternamente dormido e improductivo si
una mente tal no existiera en el universo.
En una nota personal, Lady Masham aludía a la posibilidad de encontrarse con
Leibniz en Hannover al cabo de un año, pues proyectaba realizar un viaje en
compañía de su hijo con el fin de abrir su mente viajando, antes de que éste
emprendiese los estudios de derecho. Un cambio de aires, añadía, podría mejorar
también su propia pobre salud. Leibniz manifestó su alegría ante la posibilidad
de verla en Hannover (GP 3, pp. 373-5). Añadía que también Sofía se sentiría
feliz al poder verla, porque disfrutaba siendo la anfitriona de personas de
habla inglesa y nada podía agradarle más que una dama inglesa aficionada a la
filosofía. Con respecto a la filosofía de su padre, se mostraba de acuerdo en
que no abría las puertas al ateísmo —aunque él mismo no recurriese a las
naturalezas plásticas.
La propia Lady Masham redactó una obra sobre el Amor divino en la que criticaba
las ideas de John Norris, un seguidor de Malebranche. Pierre Coste, el tutor de
su hijo, la tradujo al francés e inició correspondencia con Leibniz al mandarle
una copia. Tras agradecer a Coste (GP 3, pp. 382-6), en carta del 4 de julio de
1706, el envío de su traducción, Leibniz le indicaba que ya había tenido
ocasión de disfrutar con su traducción del Essay conceming human
understanding de Locke. Señalaba a Coste que Lady Masham, en su obra
sobre el Amor divino, se había acercado a su propia definición, que había
expuesto en el prólogo a su Codex juris gentium diplomáticas (1693) y donde
examinaba el origen de la justicia. Junto a la carta incluía una copia del
párrafo más relevante de este prólogo (GP 3, pp. 386-9). Se sentía totalmente
de acuerdo con su amiga inglesa en su declaración de que la doctrina de
Malebranche de las causas ocasionales tenía poca aplicación al amor de Dios y
sus criaturas. De hecho, creía que la causa de la relación entre alma y cuerpo,
tanto si se trataba de causas ocasionales como de una armonía preestablecida,
era irrelevante para la cuestión. Tras hacer referencia François Lamy, como
otro autor que había escrito sobre el mismo tema en su obra Connoissance
de soy meme, Leibniz observaba de pasada que las objeciones de Lamy a la
armonía preestablecida se podían refutar fácilmente. De hecho, publicó una
refutación en 1709 en un suplemento del Journal des Sçavans (GP 4, pp. 577-95).
Al final de su carta Leibniz pedía a Coste que transmitiera su saludo a Lady
Masham.
Debido a un largo retraso en la recepción de la carta, Coste no estuvo en
situación de contestar hasta el 20 de abril de 1707 (GP 3, pp. 389-91); informó
entonces a Leibniz de que Lady Masham, que le enviaba saludos, había pasado en
Londres algunos meses y que allí había caído víctima de una enfermedad de la
que aún no estaba restablecida por completo. Al darse cuenta de que Leibniz
había hecho ciertas críticas a Locke, se sentía impaciente por enviarle algunas
correcciones a la traducción —pues no quería que se refutaran cosas que Locke
no había dicho. Prometía enviar también algunos añadidos al capítulo sobre la
libertad que Locke había redactado poco antes de su muerte, a raíz de una
polémica por carta con Mr. Limborch. Leibniz explicó entonces a Coste (GP 3,
pp. 391-2) que, después de iniciar correspondencia con Lady Masham, había
confiado en poder dialogar con el propio Locke. Su propósito, más que refutar
las ideas de éste, había sido el de aclarar algunos puntos. Aunque daba su obra
por acabada, consideraba un placer poder beneficiarse de los añadidos y
correcciones que Coste prometía enviarle.
Coste envió estas correcciones a Leibniz el 25 de agosto de 1707 (GP 3, pp.
392-9), al mismo tiempo que narraba un curioso acontecimiento que había tenido
lugar en Londres. Algunos refugiados del sur de Francia habían estado
convirtiendo a la gente con sus profecías. Un hombre rico, que se encontraba
entre los conversos, había publicado un libro de profecías escrito en idiomas
que Coste no conocía. Pero estas eran, sin duda, críticas con el clero. Más
tarde, estos profetas habían perdido toda credibilidad al predecir la
resurrección de uno de los suyos (GP 3, pp. 405-7).
Después de haber leído las aclaraciones que Locke había hecho a raíz de la
polémica con Limborch, Leibniz (GP 3, pp. 400-4) resumió para Coste su propia
posición en lo referente a la libertad humana. Puesto que Dios había escogido,
entre una infinitud de posibles, el que juzgaba el mejor, era preciso aceptar
que todo está comprendido en su elección y nada puede someterse a cambio. Pero
esta necesidad hipotética, que todo filósofo y teólogo asumía (con excepción de
los socinianos), no destruye —en opinión de Leibniz— la contingencia de las
cosas. Cuando se presenta una elección —por ejemplo: salir o no fuera—, la
cuestión es si la proposición «Elijo salir fuera» es contingente o necesaria.
Leibniz responde que es contingente, ya que ni él ni ninguna otra mente pueden
demostrar que lo contrario a esta verdad implica contradicción. Nuestra
libertad, así como la de Dios, está exenta de necesidad, si bien no de
determinación y certeza. Nada tiene lugar sin una causa o razón determinadas;
consiguientemente, hay algo que nos inclina sin que haya necesidad en ello.
A esta carta siguió una larga interrupción de la correspondencia entre Leibniz
y Coste. Mientras, Lady Masham moría en su casa de Oates el 20 de abril de
1708.
§. Correspondencia filosófica con Sofía
Un extracto que leyó en la recensión de un libro de matemáticas escrito por el
duque de Borgoña fue el pretexto que sirvió a Leibniz para recordar a Sofía (K
9, pp. 145-55) las conversaciones que habían tenido lugar en el jardín de la
reina en Charlottenburgo, en el transcurso de las cuales les había explicado a
su hija y a ella su teoría de las sustancias simples y las unidades verdaderas.
El extracto exponía la teoría de la sustancia de Leibniz de forma admirable,
pero finalizaba con una paradoja que precisaba de aclaración. Pues el duque
concluía: «La geometría nos enseña la divisibilidad de la materia hasta el
infinito y encontramos al mismo tiempo que ésta está compuesta de
indivisibles.» Leibniz explica a Sofía que, resolviendo esta dificultad, cree
haber rendido un servicio importante y haber establecido la verdadera filosofía
de las sustancias incorpóreas.
En su carta a Sofía, Leibniz expone en detalle su teoría de las sustancias
simples. Comienza haciendo referencia a las conversaciones en Charlottenburgo y
recordándole que las almas son unidades verdaderas y los cuerpos sólo agregados;
por ello los cuerpos perecen al disgregarse sus partes constituyentes, mientras
que las almas ion inmortales.
Si se quiere entender la división real de la materia hasta el infinito (aunque
no todas las partes se encuentran, de hecho, separadas) es preciso tener en
cuenta, dice Leibniz a Sofía, que Dios ya ha introducido todo el orden y toda
la armonía posibles hasta el momento, v lo ha hecho de tal modo que nada
permanece indeterminado y no hay dos objetos exactamente iguales. Un fragmento
de una piedra, por ejemplo, está compuesto de partículas que, vistas al
microscopio, parecen rocas que exhibieran una infinidad de formas naturales. La
propia Sofía se había dado cuenta de este orden y esta variedad; pues él
recordaba una ocasión, en el parque de Herrenhausen, en que ella había retado
al difunto Cari August von Alvensleben a que encontrara dos hojas iguales. La
materia tenía la apariencia de un continuo únicamente al modo en que una rueda
dentada, cuando gira rápidamente, aparenta ser uniformemente transparente. Así,
podía concluirte que una masa de agua no es una verdadera sustancia —su unidad
es sólo ideal— sino un agregado de una infinitud de sustancias verdaderas, un
fenómeno bien fundado. Del mismo modo, el espacio y el tiempo no eran sustancias
sino fenómenos bien fundados, principios de relación —el tiempo fundaba el
orden de las cosas cuando éstas se concebían como existiendo en sucesión y el
espacio lo hacía cuando éstas se concebían como existiendo simultáneamente. De
la naturaleza ideal del tiempo se seguía una prueba de la importante verdad,
defendida por teólogos y filósofos cristianos, de la preservación de las cosas
mediante una creación continua. Leibniz afirmaba que aquí residía la mejor
aplicación del famoso problema de la composición del continuo; el análisis de
la duración real de las cosas en el tiempo demostraba la existencia de Dios,
mientras que el análisis de la materia que se encontraba realmente en el
espacio demostraba la existencia de unidades de sustancia y, por tanto, de almas
inmortales.
Sofía hizo llegar la carta de Leibniz a su sobrina Isabel Carlota de Orleáns,
quien contestó el 27 de diciembre diciendo que entendía las unidades de Leibniz
tan poco como si se las hubieran descrito en latín o griego. Sin embargo,
cuando su hijo regresó de París le preguntó si él entendía de qué iba aquello.
El 21 de febrero el duque de Orleáns escribió a Leibniz, expresándole su
admiración por la forma en que había mostrado el error en que caían quienes
confundían materia y extensión y haciendo dos objeciones (K 9, pp. 169-70): en
primer lugar, se preguntaba cómo podía cambiar una unidad y, en segundo lugar,
confesaba que no podía entender la diferencia o la relación entre las unidades
espirituales y las unidades materiales. El duque hacía referencia además a una
segunda carta de Leibniz sin mencionar su contenido. Esta había sido enviada
por la duquesa de Orleáns a su hijo el 9 de febrero de 1706 (K 9, pp. 163-9) y
era relativa a un informe, leído en la Academia de Ciencias de París, acerca de
la falta de desarrollo que en materia de religión sufría un joven de Chartres,
sordomudo, que había aprendido a hablar después de recuperar inesperadamente el
sentido del oído. Leibniz no creía que el desarrollo mental del joven sufriese
tanto retraso como el informe parecía sugerir. Señalaba que algunos de estos
jóvenes podían llegar a realizar lo mismo que cualquier otra persona si
recibían una educación adecuada. Las palabras no eran esenciales y la
comunicación podía tener lugar mediante caracteres equivalentes (como los de
los chinos) o mediante imágenes. Por ejemplo, conocía a un caballero alemán que
había aprendido a leer y a escribir, a una muchacha nacida en Alemania de
padres franceses que ayudaba en las tareas domésticas en casa de su padre y a
un pintor de talento que trabajaba para el anterior duque reinante de
Oldenburg; todos ellos eran sordomudos de nacimiento. Manifestaba al duque de
Orleáns su confianza en que la publicidad dada al caso en cuestión sirviese
para que magistrados y eclesiásticos velaran porque estos niños recibieran una
educación adecuada. Pues los medios para procurarles esta formación existían;
incluso algunos niños sordos habían aprendido a hablar.
Mientras, en carta del 6 de febrero de 1706, Leibniz hacía a Sofía algunas
aclaraciones más sobre su sistema filosófico (K 9, pp. 155-63); explicaba que
Dios es una sustancia simple que se distingue de las demás, capaz de ver el
universo claramente (es decir, tal y como es realmente), y que cada alma es un
mundo aparte que representa las cosas externas a sí misma confusamente desde su
propio punto de vista. Añadía además que, así como hay dos tipos de
percepciones: las simples, y las que están acompañadas de reflexión, también
hay «los tipos de almas: las almas ordinarias, que poseen percepción simple, y
las almas racionales, que además poseen reflexión; mientras las primeras son
tan sólo espejos del universo, las segundas son además imágenes de la
divinidad.
En marzo de 1706 Leibniz volvió a escribir a Sofía con una mayor elaboración de
su filosofía y respuestas a las preguntas que el duque de Orleáns había
planteado (K 9, pp. 170-7). Para poder explicar lo que el duque encontraba aún
oscuro en relación con la naturaleza de las unidades o sustancias simples, le
habría sido de utilidad poder contar con un cálculo lógico o característica
universal. Si bien había propuesto esto como proyecto en diversas ocasiones, le
confiaba a Sofía que dudaba de encontrarse nunca en situación de hacerlo
realidad, pues era algo que no podía llevar a cabo una perdona sola. Por tanto,
y puesto que se veía privado del instrumento necesario para la demostración, se
tenía que limitar a prestar alguna ayuda para que el duque pudiera llegar por
sí mismo a las conclusiones. Tras afirmar, en una adulación cortés, que había
aprendido de las observaciones del duque, pasaba a resolver estas dificultades
basándose en el principio de razón suficiente —o, como lo denomina aquí, el
principio de que siempre hay un por qué. Considera, en primer lugar, la
cuestión de que por qué hay algo. Explica que no habría razón para la
existencia de nada si no hubiera una razón última, que tiene en sí misma la
razón de su existencia. Por tanto, la razón última de las cosas no es otra que
una sustancia necesariamente absoluta, que no está sujeta a cambio. El duque la
consideraba la única unidad verdadera. Leibniz observa, sin embargo, que la
experiencia nos muestra que hay cambios y que las sustancias están sujetas a
ellos. Añade además que esto se ve confirmado por la razón. Pues, por la misma
razón por la que hay algo en vez de nada, hay más en vez de menos; y, si las
cosas permanecieran siempre iguales, habría menos, pues todo lo que se sigue de
ellas quedaría excluido. Puesto que todos los cambios son modificaciones de
sustancias simples, se sigue que la naturaleza de las sustancias consiste en
esta relación y que es la naturaleza de cada sustancia lo que la luce pasar de
un estado a otro. Leibniz establece así la existencia de sustancias simples o
unidades sujetas a cambio y pasa a explicar cuál es la relación entre las
distintas unidades y, en particular, entre la mente y el cuerpo orgánico, en
términos de la armonía preestablecida.
Al final de la carta manifestaba a Sofía, con su habitual optimismo, su
confianza en que el joven duque de Orleáns, que ya era conocido por su apoyo a
la investigación en París, vería a lo largo de su vida grandes progresos en el
mundo, a los cuales él mismo habría contribuido de forma notable.
§. Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano
Aunque Leibniz había dedicado mucho tiempo y esfuerzo a la redacción de
sus Nouveaux essais sur l’entendement humain, su aversión a
publicar refutaciones de autores fallecidos (GP 3, p. 612) hizo que esta obra
no se publicara mientras vivió. Al parecer, algunos extractos de sus notas
habían llegado hasta Locke, quien los trató con desdén. Esto no le sorprendió,
pues se daba cuenta de que los principios que avanzaba eran muy distintos de
los de Locke y que a él le debían resultar paradójicos. A pesar de diferencias
fundamentales, sin embargo, Leibniz adoptó una aproximación conciliadora e
intentó mostrar, siempre que le era posible, que Locke se encontraba a un paso
de su propia posición.
Los ensayos (GP 5, pp. 39-509) adoptan la forma de un diálogo entre dos amigos:
Filias, seguidor de Locke, y Teófilo, que habla por Leibniz. Esta forma
literaria permite a Leibniz exponer los argumentos de Locke antes de dar sus
propias respuestas. Ya que la división en libros y capítulos sigue la de la
obra de Locke, en la cual la misma idea aparece expresada de diferentes
maneras, hay muchas repeticiones. Filias (GP 5, pp. 62-3) ha tenido
conversaciones con Locke en Londres y también en Oates, el hogar de Lady
Masham. Comienza diciendo que Locke está en contra de las ideas innatas y cree
que nosotros no siempre pensamos. Teófilo (GP 5, pp. 63-6) comienza diciendo
que le ha impresionado un nuevo sistema acerca del cual ha leído algo en las
revistas filosóficas de París, Leipzig y Holanda, así como en el Diccionario de
Bayle. Junto a una explicación comprensible de la unión de mente y cuerpo
encuentra en las unidades y su armonía preestablecida, que este sistema
introduce, los principios verdaderos de todas las cosas. En este sistema,
naturalmente, todos los pensamientos y actividades de la mente son innatos. Sin
embargo, y para facilitar el debate, pasará a examinar cómo debe decirse, en su
opinión, que incluso dentro del sistema ordinario (es decir, hablando de la
acción del cuerpo sobre la mente del mismo modo en que los copernicanos hablaban
con otros del movimiento del sol) hay ideas innatas y principios que no se
originan en los sentidos (GP 5, pp. 66-7).
Al principio del prólogo Leibniz observa que Locke está más próximo a
Aristóteles y él mismo a Platón, aunque ambos se alejan en muchos aspectos de
las doctrinas de los antiguos. La cuestión fundamental es la de si la mente
está completamente vacía, como una cuartilla en blanco, como Locke cree
siguiendo a Aristóteles, o si contiene originariamente los principios de
nociones que los objetos externos se limitan a despertar en ocasiones, como
Leibniz cree siguiendo a Platón e incluso a san Pablo, quien escribió que la
Ley «le Dios está escrita en el corazón (Rom 2:15). Las matemáticas, la lógica,
la metafísica y la ética —explica Leibniz— están llenas de verdades necesarias,
independientes del testimonio de los sentidos y que, por consiguiente, sólo
pueden demostrarse a partir de principios internos innatos. Locke, dice
Leibniz, dedicó todo el libro primero a negar las ideas innatas, y a continuación
inicia el segundo .«Afirmando que las ideas que no tienen su origen en la
sensación provienen de la reflexión. Según Leibniz, sin embargo, la reflexión
no consiste más que en la atención a lo que está en nosotros, y los sentidos no
nos dan lo que ya llevamos en nosotros. Si esto es así, se pregunta si puede
negarse que hay mucho de innato en nuestras mentes, si tenemos en cuenta que
nosotros mismos somos innatos, por decirlo así, en nosotros mismos, y que hay
en nosotros mismos ser, unidad, sustancia, duración, cambio, acción, percepción
y mil cosas más que constituyen los objetos de las ideas en nuestro intelecto.
Afirma que, si se interpreta así la reflexión, la concepción de Locke no
difiere realmente de la suya propia. Leibniz supone a las ideas y verdades tan
innatas como las inclinaciones, disposiciones y capacidades naturales. La
mente, sin embargo, no sólo es capaz de entender estas verdades sino que las
encuentra en su propio interior (GP 5, p. 76).
Al contrario que Locke, quien creía que la mente podía encontrarse sin ningún
pensamiento (al dormir sin soñar, por ejemplo), Leibniz encontraba miles de
indicios de la existencia de lo que llamaba estados mentales inconscientes (GP
5, pp. 46-7). Distingue entre la percepción, que consiste en ser consciente de
algo, y la apercepción, que consiste en ser consciente de una percepción
distinta (GP 5, pp. 121-2). La percepción de la luz, por ejemplo, de la cual
somos conscientes, está compuesta de varias percepciones pequeñísimas, y un
sonido, el cual percibimos pero que no esperábamos, se conviene en perceptible
gracias a una adición o a un aumento pequeños. Leibniz piensa que en todo
momento hay en nosotros innumerables percepciones, sin que haya ni apercepción
ni reflexión; es decir, hay cambios en la mente de los cuales no somos
conscientes, porque las impresiones son demasiado pequeñas o demasiado
numerosas como para distinguirlas. Incluso cuando dormimos profundamente
experimentamos sentimientos débiles y confusos; y sería imposible que el mayor
estruendo nos despertara si no se diera alguna percepción de su comienzo más
débil, del mismo modo que no sería posible romper una cuerda con el mayor
esfuerzo si no se la estirase un poco mediante un esfuerzo menor. Si algunos
pensamientos y percepciones no fueran inconscientes no seríamos capaces de
prestar atención a los que son importantes, pues en ese caso nos veríamos
obligados a pensar con atención en una infinidad de cosas al mismo tiempo,
incluidas no sólo las impresiones de nuestros sentidos sino también las trazas
de todos los pensamientos pasados que permanecen en nuestra mente.
Para fundamentar la doctrina de que las percepciones conscientes se construyen
de forma gradual, a partir de percepciones insensibles pequeñísimas, Leibniz
recurre a la ley de continuidad, de acuerdo con la cual la naturaleza nunca
deja vacíos (GP 5, pp. 48-9). Afirma que, a partir de la noción de percepciones
insensibles, es posible explicar un gran número de principios de su propia
filosofía. En primer lugar, como consecuencia de esas percepciones pequeñísimas
«el presente tiene pregnancia para el futuro y está unido por una escalera con
el pasado», de forma que «en la más pequeña de las sustancias, una mirada tan
penetrante como la de Dios podría leer el curso completo de lo acontecido en el
universo». En segundo lugar, constituyen «la identidad del individuo,
caracterizada por las trazas o expresiones que [estas percepciones] conservan
de los estados precedentes del propio individuo, al establecer la conexión con
el estado presente». En tercer lugar, explican la armonía preestablecida entre
mente y cuerpo —de hecho, entre todas las mónadas o sustancias simples. En
cuarto lugar, impiden una indiferencia en el equilibrio —el estado del asno de
Buridán, que moría de inanición al no encontrar razón suficiente que le
permitiera elegir entre uno de los dos fardos de heno situados a la misma
distancia con respecto a él. Leibniz explica que son estas percepciones
pequeñísimas las que nos determinan en más de una situación alternativa sin que
pensemos en ello. En quinto lugar, el hecho de que no haya dos objetos
particulares exactamente iguales tiene lugar en virtud de variaciones
insensibles. Esto, a su vez —el principio de identidad de los indiscernibles—
acaba con la cuartilla en blanco que sería la mente, las mentes sin
pensamientos, las sustancias sin acción, los vacíos en el espacio, los átomos y
la quietud absoluta y uniformidad completa en cualquier parte del tiempo, el
espacio o la materia.
Tras ensalzar a Locke por su rechazo de las cualidades ocultas, Leibniz se
sintió incapaz de ocultar que había cometido una especie de retractación (GP 5,
pp. 53-6) en cartas a Edward Stillingfleet, obispo de Worcester. Aquí había
afirmado que, después de leer los Principia de Newton, había llegado a ver que
hay mucha presunción ni el deseo de limitar el poder de Dios mediante nuestras
limitadas concepciones. Sostenía que la gravitación de la materia hacia la
materia no era sólo una demostración de que Dios puede poner en los cuerpos poderes
inconcebibles para nosotros, sino un ejemplo incontestable de que efectivamente
lo ha hecho. En este punto, en opinión de Leibniz, Locke va de un extremo al
otro. Se había mosu.ulo reticente en lo relativo a las operaciones de la mente
cuando se trataba simplemente de admitir lo que no es sensible, y ahora
concedía a los cuerpos lo que no es siquiera inteligible y lo hacía para
defender una opinión no menos incomprensible: la posibilidad de que, dentro del
orden natural, la materia pueda pensar. Esta última idea de Locke no era, de
hecho, más que lateral y especulativa. Al considerar a la sustancia como algo
puramente indeterminado, sugirió que no nos era posible saber si Dios no podía
haber dotado a algunos sistemas materiales, adecuadamente organizados, del
poder de percibir y pensar.
Leibniz manifestaba su reprobación ante el recurso a apelar a milagros dentro
del curso ordinario de la naturaleza. Esto dejaría mucho campo libre a los
malos filósofos y, si se admitían fuerzas centrípetas actuando a distancia, se
estaba abriendo la puerta a las cualidades ocultas de los escolásticos. En un
intento de explicarse con claridad (GP 5, pp. 58-9), afirmaba que era preciso
considerar cuáles serían las modificaciones que pertenecerían de forma natural
a un sujeto como resultado de las limitaciones o la variación de una naturaleza
originaria constante y absoluta. Bajo esta hipótesis, dentro del orden de la
naturaleza no era opcional para Dios otorgar a las sustancias cualidades
distintas de las que se seguían de su naturaleza como modificaciones
explicables. Leibniz afirma (GP 5, p. 59) que, si rechazamos la distinción
entre lo que es natural y explicable y lo que es inexplicable y milagroso,
renunciamos a la filosofía y a la razón, y abrimos refugios a la ignorancia al
aceptar una doctrina que no sólo admite cualidades que no comprendemos (o que
son demasiadas en número), sino incluso algunas que tampoco Dios comprende:
cualidades que serían milagrosas o carentes de armonía o razón.
En una época en que mucha gente apenas sentía respeto por la religión revelada
y los milagros, Leibniz veía en aquellos que querían acabar con la religión
natural —como si la razón no nos enseñara nada— un pobre servicio a la causa de
la religión y la moral. Pero no incluía a Locke entre ellos, pues había
defendido una demostración de la existencia de Dios y atribuido a la
inmortalidad del alma una probabilidad en grado máximo (lo que podía,
consiguientemente, verse como certeza moral) (GP 5, pp. 60-1). Dando un paso
pequeño podía incluirse a sí mismo entre los defensores de la doctrina de la
inmortalidad natural de las almas inmateriales, incluidas las de los animales,
algo que Leibniz creía de importancia esencial en toda filosofía racional.
§. Correspondencia con Des Bosses
Si en su correspondencia con la electora Sofía y Lady Masham, Leibniz
representaba el papel de un maestro, podía ver en Des Bosses un colaborador que
le ayudaba a poner en claro y desarrollar sus propias ideas. En su primera
carta a Des Bosses (GP 2, pp. 294-6), escrita el 2 de febrero de 1706,
explicaba que sus puntos de vista sobre la naturaleza de los cuerpos y los
fundamentos de su filosofía; habían permanecido inmodificados desde sus años
juveniles, cuando le impresionó su grado de acuerdo con el verdadero Aristóteles.
Des Bosses accedió inmediatamente a la solicitud de Leibniz de que le ayudara a
sacar a la luz las raíces aristotélicas de su filosofía. Con este fin
intentaría adaptar, en la medida de lo posible, el modo de expresión de
Aristóteles a las ideas propuestas por Leibniz, así como poner a ambos en
armonía con los dogmas de la Iglesia. Para comenzar (GP 2, pp. 296-9) enumeró
cinco proposiciones, tomadas de la metafísica de Aristóteles, que creía acordes
con los principios de Leibniz. Estas proposiciones eran:
1. El ser y la unidad son términos intercambiables.
2. continuo es infinitamente divisible.
3. No existe en la naturaleza un infinito real.
4. La unidad constituye el comienzo de los números.
5. Las causas y principios de las cosas no proceden hasta el infinito.
Aunque dudaba con respecto a la tercera, ya que Leibniz asumía la existencia de
infinitos reales, pensaba que la intención de Leibniz podía expresarse
satisfactoriamente en términos del infinito potencial aristotélico.
Estas cinco proposiciones llevaron a discutir algunas de las ideas mas
importantes de Leibniz y constituyen el tema de su correspondencia hasta
finales de 1708. Con respecto a la primera proposición, Leibniz (GP 2, p. 304)
se muestra de acuerdo con que el Ser y la unidad son términos intercambiables,
pero explica que, junto a las entidades y unidades reales, existen también
entidades y unidades semireales. Así, al igual que hay un Ser por agregación,
también hay una unidad por agregación. Pero, en este caso, el todo es meramente
un fenómeno aunque sus constituyentes sean reales. Leibniz (GP2, pp. 300-1)
sólo podía dar su aprobación a la cuarta proposición. Si bien estaba de acuerdo
con que la unidad constituye el comienzo de los números cuando se consideran
proporciones o una prioridad natural, señalaba que la proposición no era
verdadera cuando entraban en juego magnitudes, ya que éstas incluyen
fracciones, que son menores que la unidad —hasta el infinito. La segunda
proposición —que el continuo es infinitamente divisible— se demostraba
fácilmente a partir de la simple constatación de que parte de una línea recta
es similar al todo; de tal forma que, si el todo puede dividirse, también puede
serlo la parte, y análogamente cualquier parte de esa parte. Señalaba que los
puntos no eran partes del continuo, y que no podía tomarse una parte de una
línea como la menor sin que hubiera una menor fracción de la unidad
correlativamente. I ras confirmar su creencia en un infinito real, Leibniz
observaba (GP 2, pp. 304-8) que sus oponentes suponían que ello implicaba la
existencia de un número infinito y la igualdad de todos los infinitos. Desde su
punto de vista, sin embargo, un agregado infinito no es mu totalidad ni posee
magnitud; de hecho, no era consistente con el número. De este modo, defendía su
creencia en la existencia de un infinito real al tiempo que negaba la de un
número infinito. Explicaba que pertenecía a la esencia del número ser
determinado, de tal forma que, incluso si el mundo fuera infinito en magnitud,
no habría totalidad más que en sentido verbal. La existencia de un infinito
real se seguía del hecho de que no había parte de materia, por pequeña que
fuera (y había supuesto que la materia era divisible hasta el infinito) que no
contuviera mónadas (GP 2, p. 301).
A principios de 1709, Des Bosses planteó la pregunta de si la materia prima y
la entelequia eran inseparables y habían sido creadas al mismo tiempo (GP 2,
pp. 367-8). Se sentía manifiestamente perplejo ante la posibilidad de que
Leibniz supusiera que toda la masa de materia fue creada en el origen y
sostuviera al mismo tiempo, siguiendo el relato del Génesis, que las almas de
los animales y los seres humanos no fueron creadas hasta el tercer día (GP 2,
pp. 368-9).
Para responder a esta dificultad, Leibniz (GP 2 pp. 369-72) señalaba que
prefería dejar como cuestión abierta en qué momento habían sido creadas las
almas de los animales pero sí explicaba cómo era posible que fueran creadas
nuevas almas sin una nueva creación de materia. Por materia, naturalmente,
Leibniz estaba entendiendo materia segunda o masa, y parece probable que la
dificultad de Des Bosses fuera debida, al menos en parte, a que la confundía
con la materia prima de las mónadas. Como explica Leibniz, Dios podría crear
una infinidad de nuevas mónadas sin aumentar la masa, pues bastaría con añadir
mónadas antiguas a los cuerpos orgánicos de las nuevas. La nueva mónada, en
este caso, simplemente confiere nueva realidad a un agregado de mónadas ya
existentes, sin cambiar los fenómenos. Pues Leibniz estaba dispuesto a aceptar
algún tipo de unión metafísica entre el alma y el cuerpo orgánico. Pero, como
ya había señalado al defender el principio de la armonía preestablecida contra
las críticas del jesuita parisino René Joseph de Tournemine (GP 6, pp. 595-8),
puesto que una cosa tal no podía encontrar explicación en los fenómenos ni
podía cambiarlos, no había buscado la razón formal de esta unión. Como decía en
esta carta a Des Bosses, bastaba con que quedase asentada en la
correspondencia. Parece sugerirse aquí que el cuerpo orgánico es algo más que
un fenómeno bien fundado, pues la unión le conferiría una cierta realidad
metafísica o sustancialidad.
Tras hacer observar que, hasta ese momento, había estado hablando de la unión
del alma o mónada con la masa o agregado de otras mónadas, Leibniz dirigía su
atención al problema de la composición de la mónada —que era el que Des Bosses
había comenzado planteando. Explica que la materia prima y la entelequia son
creadas al mismo tiempo, pues juntas constituyen la mónada. Cuando se crea una
mónada, por tanto, se produce un aumento de materia prima; pero, puesto que se
trata únicamente de una potencia pasiva interna a la mónada y causa de
percepción confusa, no afecta el fenómeno.
Aunque Leibniz había mostrado que Dios puede crear nuevas monadas, no estaba
afirmando con ello que se crearan nuevas mónadas sino que lo contrario le
parecía más probable. En el caso de almas racionales, le parecía más probable
que tuviera lugar una transustanciación de ese alma racional a partir de un
alma no racional (mediante la adicción milagrosa de un grado de perfección
esencial) en vez de una creación absoluta.
En carta a Leibniz del 6 de septiembre de 1709 (GP 2, pp. 385-8), Des Bosses
observaba que, si Dios podía crear una infinidad de nuevas mónadas sin aumentar
la masa, también parecía posible que reuniese una infinidad de nuevas mónadas y
estableciese entre ellas conexión tal que no resultase de ella extensión
alguna. Sugería que esto podía tener aplicación al problema de la
transustanciación, que requería introducir una nueva realidad —el cuerpo de
Cristo— en que hubiera cambios en los fenómenos, y pedía la opinión de Leibniz.
Leibniz respondió inmediatamente (GP 2, pp. 389-91) recordando que, según los
luteranos, lo que había no era la transustanciación del pan sino únicamente la
idea de que, cuando se recibe el pan, lo que se percibe es el cuerpo de Cristo;
por tanto, lo único que había que explicar era la presencia del cuerpo de
Cristo. Pero la presencia pertenecía al ámbito de lo metafísico, como la unión,
no podía explicarse a partir de los fenómenos —como ya había lucho ver en su
respuesta a Tournemine. A comienzos de 1710 (GP 1, pp. 398-400) Leibniz volvió
a repetir esta explicación, al tiempo que intentaba aclarar la línea de razonamiento
seguida por Des Bosses.
Puesto que el pan no es una verdadera sustancia sino un agregado, debe derivar
su realidad, o sustancialidad, de una unión que se le ha superpuesto. La
realidad del pan reside, por tanto, en la unión y no en las propias mónadas. En
opinión de Leibniz, es esto lo que lleva a Des Bosses a concluir que Dios puede
sin más destruir esta unión y reemplazarla con otra que liga las nuevas mónadas
bajo la forma de una nueva realidad: el cuerpo de Cristo. Puesto que las
monadas que constituyen el agregado son las mismas, los fenómenos permanecen
sin cambios y el cuerpo de Cristo aparece bajo la forma de pan.
Además de estas discusiones sobre la eucaristía y el problema de la
sustancialidad de los cuerpos compuestos o agregados, que continuaron durante
varios años, la correspondencia de esta época incluía una serie de intercambios
sobre China. En agosto de 1709, por ejemplo, Leibniz envió a Des Bosses un
artículo que había escrito sobre la religión china y el sistema binario (GP 2,
pp. 380-4). En carta de agosto de 1710 (GP 2, 409-10) Leibniz lamenta el hecho
evidente de que Bouvet haya puesto fin a la colaboración y, en carta del 18 de
noviembre (GP 2, pp. 413-14), se mostró muy crítico con el delegado papal
Charles de Tournon, cuya falta de diplomacia en China había incomodado al
emperador de tal modo que éste había decidido aceptar únicamente a misioneros
que prometieran regirse por la práctica de Matteo Ricci, quien sí había
respetado las tradiciones chinas.
§. Correspondencia con Hartsoeker
Leibniz discutió otros aspectos fundamentales de su filosofía con el estudioso
holandés Nicolaus Hartsoeker, que vivía en Düsseldorf al servicio del elector
del Palatinado y en octubre de 1706 le envió una copia de sus Principes
de physiquepor mediación del consejero privado prusiano barón de Croseck.
Al iniciar la correspondencia, Leibniz invitó a Hartsoeker a enviar
colaboraciones para la Miscellanea de la Sociedad de Ciencias
de Berlín. Cuando Hartsoeker visitó Alemania, Leibniz mantuvo en Hannover
algunas conversaciones con él.
Con respecto al libro de Hartsoeker, Leibniz hacía una serie de comentarios (GP
3, pp. 488-94) simplemente con el fin, explicaba, de dar a Hartsoeker la
oportunidad de desarrollar y aclarar mejor sus ideas, pues no quería polemizar
sobre cuestiones que tenían el carácter de conjeturas y prefería dejar esto a
la posteridad, cuando se contara con mayor número de datos experimentales y la
física hubiera alcanzado un nivel de rigor analítico semejante al de la
geometría.
Leibniz se oponía totalmente, como es natural, a la creencia de Hartsoeker en
la existencia de átomos, y explicaba a éste que la infinita divisibilidad de la
materia era efecto de la sabiduría y poder de Dios. Con respecto a otras
cuestiones, se limitaba a dar su opinión. Le parecía improbable, por ejemplo,
que los planetas flotaran en un éter denso o que la atmósfera se extendiese
hasta la luna, pues el aire era denso y su densidad decrecía continuamente en
proporción a la altura. Conjeturaba además que el océano contenía una
disolución (lessive) de sales que eran el remanente de una conflagración
antigua que tuvo lugar en la superficie del globo terráqueo. Además de exponer
sus opiniones sobre geología, la teoría de los colores de Newton y la hipótesis
de Halley relativa a la variación magnética, Leibniz manifestaba su
escepticismo en lo concerniente a las pretensiones de los alquimistas —señalaba
que se consideraba igualmente un químico escéptico (GP 3, pp. 494-6), tal y
como Boyle lo era en su libro— e insistía en la necesidad de practicar una
medicina aplicada.
Después de que Hartsoeker publicara en 1710 sus Eclaircissemens sur les
conjectures physiques, la correspondencia, que hasta ese momento había
estado confinada a cuestiones de física, adquirió un carácter más filosófico y
general. Este cambio tuvo lugar como consecuencia de las objeciones que
Hartsoeker puso a la explicación dada por Leibniz de la cohesión como
consecuencia de un movimiento coordinado de las partes. Además de afirmar que
esos movimientos coordinados requerirían un milagro (GP 3, p. 501), Hartsoeker
comentaba que la teoría en cuestión le recordaba a la expuesta por Malebranche
(GP 3, p. 498). En su respuesta, Leibniz señalaba (GP 3, p. 500) que su teoría
había aparecido en el ensayo sobre el movimiento de 1671 —es decir, con
anterioridad a la publicación del libro de Malebranche— y aludía a los
experimentos realizados con imanes donde se logra reunir hilos de hierro
mediante el movimiento de materia magnetizada como analogía para su explicación
de la cohesión. Hartsoeker encontró que la teoría de Leibniz era más difícil de
asimilar que los átomos en los que él mismo creía. Ofreció entonces a Leibniz
(GP 3, p. 502) su propia concepción de la constitución del universo: éste
estaba compuesto de dos sustancias complemente diferentes, una activa y la otra
pasiva. La sustancia activa, la que denominaba primer elemento (fuego puro),
era el alma del universo, mientras que la sustancia pasiva o materia constaba
de una infinidad de átomos. Con estos comentarios, Hartsoeker estaba invitando
a Leibniz, de hecho, a explicar su propio sistema filosófico.
Lo hizo en una carta del 30 de octubre de 1710 (GP 3, pp. 504-10), en la que
daba las líneas principales de su teoría de la sustancia y del principio de la
armonía preestablecida. Concluía que los átomos eran sino efecto de la
debilidad de la imaginación; pues, si bien satisfacían a la imaginación, creía
haber mostrado que entraban en conflicto con la superioridad de la razón.
§. Correspondencia con matemáticos
En carta a Varignon de julio de 1705, en la que le pedía noticias de la
Academia de Ciencias de París (GM 4, pp. 127-31), Leibniz incluía un artículo
que había escrito sobre la controversia entre Saurin y Rolle acerca del
cálculo. Explicaba que el artículo no era para publicar sino únicamente para
que el abad Bignon lo leyera en la Academia, con la esperanza de que sus
miembros quedaran satisfechos con la respuesta que daba a las objeciones más
fútiles imaginables y se diera por concluida una disputa tan improcedente. Si
esto no ocurría, Leibniz aconsejaba a Varignon que abandonara cualquier intento
de buscar justicia para Saurin y el cálculo dentro de la Academia y solicitara
en vez de ello el juicio de otros. También había oído que De la Hire había
construido un instrumento para predecir eclipses —Tschirnhaus aseguraba haberlo
visto— y pedía a Varignon que le informase del coste de las versiones en cartón
y estaño, ya que quería comprarlas. Al mismo tiempo informaba a Varignon de que
había aprendido algo importante al estudiar su demostración de la fórmula para
la fuerza centrífuga y que en otro momento le explicaría una notable
consecuencia que había descubierto (de hecho, la corrección para su propio
cálculo). Si bien se mostraba de acuerdo con tomar la «tangente» en A (figura
9.1) como prolongación de la cuerda EA, pensaba que Varignon estaba en un error
al suponer que el movimiento a lo largo de FG es uniformemente acelerado. Bajo
la hipótesis de que el movimiento sobre la curva podía aproximarse mediante el
movimiento sobre un polígono de lados infinitesimales como EA y AG, Leibniz
podía considerar que el movimiento sobre el arco AG estaba compuesto del
movimiento inercial uniforme a lo largo de AF y un movimiento uniforme a lo
largo de FG causado por la fuerza centrífuga que actúa instantáneamente sobre
A.
Figura 9.1
En
su respuesta, fechada el 9 de octubre de 1705 (GM 4, pp. 131-9), Varignon
informaba a Leibniz de que el abad Bignon había nombrado a Cassini, De la Hire,
Gallois y Fontenelle para que mediaran en la controversia entre Saurin y Rolle
sobre el cálculo. Tras reunirse varías veces, los jueces habían entregado un
informe cada uno al abad Bignon; pero Varignon ignoraba cuándo haría público el
resultado.
Con respecto al cálculo de la fuerza centrífuga, Varignon defendía su
afirmación de que el movimiento sobre FG era uniformemente acelerado, pero se
encontraba evidentemente preocupado por la falta de acuerdo entre su resultado
y el de Huygens. Además de pedir a Leibniz que le mostrara el nuevo cálculo
confirmativo del resultado de Huygens al cual había hecho referencia en una
carta anterior, Varignon incluía, para someterla a su juicio, una demostración
del resultado ordinariamente aceptado que había recibido de Johann Bernoulli
junto a su propia crítica.
Menos de un mes después de recibir la carta de Varignon, Leibniz envió una
versión mejorada de su ensayo relativo a las causas del movimiento planetario,
tituladoIllustratio tentaminis de motuum toelestium causis ( Elucidación
del ensayo sobre las causas de los movimientos celestes) a Otto Mencke,
para su publicación en las Acta Eruditorum (GM 6, pp. 254-76).
El texto, dividido en dos partes, incluye una corrección del cálculo de la
fuerza centrífuga acorde con sugerencia de Varignon de tomar la «tangente» (o
línea del movimiento inercial) en un vértice del polígono como continuación del
cálculo del polígono que finaliza en ese punto; incluye, asimismo, una
respuesta a la crítica de David Gregory relativa al movimiento de los cometas y
la inconsistencia de un movimiento circular armónico con la tercera ley de Kepler.
En respuesta a la segunda objeción, explicaba que el movimiento circular
armónico quedaba restringido a los estrechos límites dentro de los cuales se
movían los planetas, mientras que suponía que los cometas se movían libremente
a través del vórtice, ya que no habían tenido tiempo suficiente para acomodarse
a la rapidez del fluido que describía el movimiento circular. Mencke declinó
publicar el artículo, sin embargo, debido a su extensión, y aconsejó a Leibniz
que lo publicase separadamente. Por ello, únicamente un breve extracto, que
incluía las respuestas de Gregory y la corrección para el cálculo de la fuerza
centrífuga (con el debido reconocimiento hacia Varignon), llegó a aparecer en
las Acta Eruditorum de octubre de 1706 (GM 6, pp. 276-80).
Mientras, Varignon se dio cuenta de su propio error en el cálculo de la fuerza
centrífuga. Como explica a Leibniz en carta del 26 de noviembre de 1705 (GM 4,
pp. 139-48), la solución se le ocurrió mientras paseaba. El elemento AG del
recorrido debe verse como un verdadero arco, y no como el lado de un polígono.
En ese caso, el movimiento a lo largo del recorrido está compuesto por el
movimiento inercial uniforme a lo largo de la tangente AD y un movimiento
uniformemente acelerado sobre DG. Añadía que el instrumento de De la Hire para
determinar eclipses costaba unas 8 ó 10 pistolas si era de cobre [72]. El 29 de
abril de 1706, tras una enfermedad de varios meses volvió a escribir a Leibniz
(GM 4, pp. 149-50) para decirle en confidencia que su propia hipótesis relativa
al movimiento sobre el arco era verdadera, mientras que el movimiento que
defendía Leibniz sobre la cuerda era tan sólo equivalente, en el sentido de que
arrojaba un resultado correcto. Leibniz, sin embargo, no se dejó convencer,
pues insistió en que era más sencillo mantener la aceleración al margen de los
demás elementos. Explicó a Varignon que este era el método que había utilizado
durante más de treinta años (GM 4, pp. 150-1).
Durante los años siguientes Varignon continuó comunicando a Leibniz sus
investigaciones sobre el movimiento en medios resistentes y le mantuvo
informado de los acontecimientos que tenían lugar en París. Aunque conocía los
resultados de Leibniz sobre movimiento en medios resistentes, Varignon se vio
obligado a reconstruir las demostraciones por sí mismo, ya que éstas no
aparecían en el artículo publicado en las Acta Eruditorum. Hacia finales de
1709 había llegado al mismo punto muerto que Huygens y Leibniz habían alcanzado
antes que él, al intentar determinar la trayectoria de un proyectil en un medio
resistente como el cuadrado de la velocidad (GM 4, pp. 167-8). En relación con
los acontecimientos de París, Varignon comentaba que la señora marquesa de
L'Hôpital había decidido guardar cuidadosamente los papeles del difunto marqués
para su hijo, que por entonces contaba tan sólo con catorce o quince años de
edad (GM 4, pp. 165-7). Otro tema que consideraba de interés era que, a la
muerte del abad Gallois en 1707, Rolle se había arrepentido del daño que había
hecho a su reputación al criticar el cálculo y afirmaba que había actuado a
instigación de Gallois, quien se había comportado de manera arpía al utilizarle
de esa forma (GM 4, p. 158). Dos años más tarde, Rolle se vio envuelto en una
nueva disputa con De la Hire relativa a la resolución de ecuaciones; esto hizo
comentar a Leibniz (GM 4, pp. 168-70) que Rolle parecía haber nacido para crear
problemas.
A la muerte de Jakob Bernoulli, el 16 de agosto de 1705, Johann abandonó
Groningen para suceder a su hermano en Basilea y, el 14 de noviembre,
Fontenelle leyó el elogio acostumbrado ante la Academia de Ciencias de París.
Al informar de ello a Leibniz (GM 4, p. 148), Varignon comentaba que el elogio
contenía una alabanza del cálculo. Sin duda, no había escuchado con atención,
pues no se dio cuenta de que Fontenelle había atribuido la invención del
cálculo a los hermanos Bernoulli. El elogio apareció en las Nouvelles
de la republique des lettres en febrero de 1706. Tres meses después,
el propio Johann Bernoulli escribió a Leibniz para manifestarle su reprobación
(GM 3, 2, p. 792). Leibniz envió una réplica que apareció en la revista en
noviembre (GM 5, pp. 389-92). En ella, afirmaba haber inventado el cálculo en
1674. A su regreso de Alemania no había tenido ni tiempo ni ganas de preparar
una publicación, pues prefería ocuparse con ideas nuevas antes que volver sobre
lo que ya estaba en su poder. Cuando algunos viejos amigos, y muy en especial
Mencke, comenzaron a publicar las Acta Eruditorum, se sintió
honrado al poder contribuir con algunos ejemplos relativos a sus reflexiones
sobre geometría. Finalmente, había publicado los elementos del cálculo y dado
nuevos ejemplos al aplicarlo al estudio del movimiento de los planetas, para lo
cual había hecho uso de infinitésimos de segundo orden. Los Bernoulli siempre
le habían atribuido a él la invención del cálculo, si bien ellos habían
aportado algunas aplicaciones. Añadía que no había nadie que hubiese hecho
tanto como los Bernoulli y L'Hôpital para impulsar el desarrollo del cálculo, y
que la obra de L'Hôpital se había publicado con su aprobación.
Cuando apareció en las Mémoires de Trevoux la misma atribución
del cálculo a los Bernoulli, Leibniz solicitó una rectificación similar
(GP 6, pp. 595-7), aunque esta vez indicaba que Fontenelle
consideraba que sus comentarios se habían malinterpretado.
Si bien a Leibniz le había sido fácil salir al paso de los malentendidos que
creó el elogio de Fontenelle a Jakob Bernoulli, pronto iba a producirse un
ataque más serio a su afirmación de haber inventado el cálculo. Pues en una
carta a Halley que apareció en el volumen de las Philosophical
Transactions correspondientes a 1708 (que apareció en 1710) John Keill
acusaba a Leibniz de haberle robado el cálculo a Newton. Según Keill, era la
aritmética de fluxiones de Newton lo que más tarde había publicado Leibniz en
las Acta Eruditorum con título y simbolismo nuevos (Keill
1708, p. 185).
Leibniz continuó carteándose con Johann Bernoulli acerca de la literatura sobre
matemáticas de la época. En enero de 1705 (GM 3, 2, pp. 760-1) comentó la
noticia, recibida de Londres, de que Flamsteed estaba a punto de publicar las
observaciones lunares que había hecho durante treinta años. Pensaba que esto
tendría un valor enorme a la hora de establecer una teoría verdadera de la
luna. Entre otros temas de diálogo se encontraban las críticas de Gregory a la
teoría planetaria de Leibniz y las ideas de Varignon relativas al cálculo de la
fuerza centrífuga (GM 3, 2, pp. 761, 770). Hacia el final de 1705, Bernoulli
hizo que Leibniz se molestara, debido a los torpes comentarios que incluyó en
un artículo publicado en las Acta Eruditorum (GM 3, 1, pp.
127-9) y relativo a la resolución de un problema que, supuestamente, le había
presentado un matemático de Groningen en 1703. El problema consistía en
transformar una curva geométrica dada en otra de igual longitud que la dada
inicialmente. Aunque mencionaba que Leibniz también había encontrado la
solución —se la había enviado el 3 de enero de 1704—, afirmaba que no era
suficientemente general. Además de requerir de Bernoulli una explicación,
Leibniz redactó una réplica para publicar en las Acta Eruditorum (GM,
3, 2, pp. 779-81) que, sin embargo, no llegó a enviar. En lugar de ello, envió
un artículo original sobre la construcción de curvas mediante el movimiento (el
mismo método utilizado por Bernoulli en su solución) que estaba plagado de
errores, probablemente por culpa de la precipitación y de su malestar hacia
Bernoulli. Se publicó en enero de 1706 (GM 7, pp. 339-44).
La solución que Leibniz había comunicado a Bernoulli era la siguiente (GM 3, 2,
pp. 734-6).
Figura 9.2
Sea
BB' (figura 9.2) la curva dada; se toma la curva FF' a modo de espejo, de tal
modo que los rayos de la forma de BF (tangentes a BB') se reflejan en el espejo
dando lugar a rayos de la forma de FL, siendo la suma BF + FL la misma para
todos los rayos.
La curva que se busca es LL'; y, puesto que el espejo puede hacerse variar a
voluntad, resultarán una infinidad de curvas. La solución parece bastante
general. Sin embargo, Leibniz continua explicando que en 1692 había mostrado,
en las Acta Eruditorum (GM 5, pp. 279-85), de qué manera podía
hallarse la curva LL' (o envolvente de las líneas FL) aplicando el cálculo
diferencial.
Señalaba que la línea FF' es la envolvente de todas las elipses cuyos focos se
encuentran en la relación de B y L. En enero de 1689, también en las Acta
Eruditorum (GM 7, pp. 329-31), había mostrado que estas ideas
proporcionan un método general para la resolución de problemas en catóptrica y
dióptrica. Afirmaba que esto marcaba el comienzo de la teoría de curvas
causticas, que L'Hôpital había desarrollado competentemente.
Bernoulli intentó justificar sus críticas alegando (GM 3, 2, IT 785-7) que el
espejo podría ser un círculo, algo que Leibniz había excluido, y que la curva
especular tenía que encontrarse a una cierta distancia mínima de la curva dada
originalmente. Leibniz alegó en su defensa que había ejemplificado su método
recurriendo al caso singular en que la curva especular es una elipse. A
comienzos de 1707, como respuesta al reto de Leibniz, Bernoulli dio una
construcción de la curva transformada aplicando su método y mostró con ello la
existencia de círculos entre medias de los cuales se encontraban los límites de
la curva transformada (GM 3, 2, pp. 803-10).
Jakob Hermann, uno de los estudiantes de más talento de Jakob Bernoulli, llamó
la atención de Leibniz al responder en 1700 a la crítica que Nieuwentijt había
hecho a los principios del cálculo diferencial; ello hizo que, por
recomendación de Leibniz, se le aceptara como miembro en la Sociedad de
Ciencias de Berlín. Leibniz se carteó con Hermann desde 1704 en adelante y, en
1707, le recomendó para la cátedra vacante de matemáticas en Padua. Leibniz
pensó que había encontrado en Hermann al joven matemático con talento al que
podría animar a desarrollar las ideas que, por falta de tiempo, no había podido
continuar él mismo. En su primera carta, escrita como respuesta a una
comunicación de Hermann sobre el radio de curvatura, Leibniz intentó dirigir su
atención hacia alguna de estas ideas: en particular, al concepto de derivada y al
sistema binario (GM 4, pp. 263-6). A continuación inició a Hermann en el método
consistente en usar números simbólicos o ficticios para representar
coeficientes generales en las ecuaciones, que él había desarrollado en 1678.
Pues, en carta del 10 de marzo de 1705 (GM 4, pp. 268-70), escribía un par de
ecuaciones simultáneas en la forma
0 =
100 + 110x + 101y + 111xy + 120xx +
102 yy
0 =
200 + 210x + 201y + 211xy + 220xx +
202 yy
donde
el primer dígito hace referencia a la ecuación y el otro indica el término al
cual pertenece el coeficiente. Por ejemplo, 102 hace referencia al término que
contiene x0y2 en la primera
ecuación. A partir de las expresiones que se obtienen por eliminación usando
este simbolismo habían surgido las primeras ideas de la teoría de
determinantes.
Otro tema al que Leibniz animaba a Hermann a dirigir su atención era la teoría
de ecuaciones polinomiales. Comenzó enviándole su propio intento de
demostración del teorema «de Harriot» (la regla de signos de Descartes) (GM 4,
pp. 315-17). Después, cuando en 1707 apareció la Arithmetica
uriversalis de Newton, le envió una copia del método que Newton había
utilizado para encontrar los divisores de una ecuación y pedía a Hermann que
aplicara este método a ecuaciones de grado mayor que dos (GM 4, pp. 324-5). Al
mismo tiempo le indicaba un método para derivar, a partir de una ecuación dada,
una nueva ecuación cuya raíz era igual a la diferencia tic dos raíces de la
primera (GM 4, pp. 327-8). Finalmente, en carta del 6 de septiembre de 1708 (GM
4, pp. 335-9), explicaba su propio método de divisores. Después de esto Leibniz
parece haber abandonado todo intento de interesar a Hermann en el estudio de
problemas algebraicos, pues la correspondencia subsiguiente se ocupa casi
exclusivamente de dinámica.
Uno de los principales temas de discusión en 1709 era el cálculo de la fuerza
centrífuga. Hermann (GM 4, pp. 342-4) abrió el debate al hacer algunas
objeciones a la medida de la fuerza centrífuga debida a Antoine Parent. Los
puntos de vista de Parent son curiosos —Varignon había comentado a Leibniz que
su libro era tan oscuro que no había tenido la paciencia de leerlo—, pues
discutió con Huygens al tiempo que aceptaba su fórmula. Leibniz (GM 4, pp.
344-5) manifestó estar de acuerdo con Huygens y Parent al tiempo que hacía la
curiosa afirmación de que la corrección de su propio cálculo, que había
publicado en las Acta Eruditorum en 1706, no era tanto la
corrección de un error como una mejora en la expresión. Desestimó también la
idea de Hermann de que la fuerza centrífuga estaba conectada de forma esencial
con el movimiento circular. Un cuerpo que se mueve sobre una curva, señalaba,
experimentaba una tendencia a moverse a lo largo de la tangente; la tendencia a
retroceder desde la curva hasta la tangente constituye su fuerza centrífuga. Lo
que continuaba siendo motivo de confusión para Hermann era el no darse cuenta
de que, de acuerdo con la teoría de Huygens, la medida de la fuerza centrífuga
era equivalente a un movimiento uniformemente acelerado a lo largo de DG
(figura 9.1) y no a un movimiento uniforme (G 4, pp. 346-55).
A finales de 1710 Hermann y Johann Bernoulli marcaron un hito en la aplicación
del cálculo diferencial, al dar soluciones independientes al problema de la
inversa de una fuerza central; demostraron la proposición que afirma que un
cuerpo que se mueva bajo la acción tic una fuerza dirigida hacia un punto fijo,
y que varía inversamente al cuadrado de la distancia al punto, describe una
sección cónica. Ambas soluciones fueron presentadas ante una asamblea de la
Academia de Ciencias de París el 13 de diciembre (Aiton 1964, pp. 93-7).
Entre quienes mantenían correspondencia con Leibniz se encontraba Adolph
Theobaldus Overbeck, profesor de la escuela de Wolfenbüttel, con quien discutió
sobre álgebra, cálculo diferencial y el sistema binario (Bodemann 1895, pp.
212-13), y el consejero de Ansbach Conrad Henfling, quien le había dirigido una
carta el 25 de marzo de 1705 a instancias de la princesa Carolina (Haase 1982,
pp. 44-7). La correspondencia hacía referencia sobre todo a un trabajo de
Henfling sobre teoría musical (Haase 1982, pp. 59-81) que más tarde Leibniz
incluyó en el primer volumen de la Miscellanea de la Academia
de Ciencias de Berlín. Otro matemático con quien Leibniz entró en contacto en
esta época fue Christian Wolff, que adquiriría fama como fiel discípulo suyo.
Educado en Jena con Erhard Weigel, Wolff había comenzado enseñando matemáticas
en Leipzig, donde escribió una disertación sobre el cálculo. Siguiendo el
consejo de Otto Mencke dedicó su ensayo a Leibniz, a quien envió una copia (W,
pp. 14-15). Dándose cuenta de su talento, Leibniz le recomendó inmediatamente
para el puesto vacante de profesor de matemáticas de Giessen (W, p. 15). En vez
de intentar desarrollar un trabajo propio, Wolff se impuso la tarea de
sistematizar el trabajo de otros, tanto en matemáticas como en filosofía,
reuniendo y ordenando el material desperdigado por libros y revistas. Cuando comunicó
su intención a Leibniz en carta del 4 de abril (W, pp. 21-4) recibió a cambio
un resumen de la teoría de la armonía preestablecida, que era nueva para él (W,
pp. 24-8). A finales de 1706, de nuevo por recomendación de Leibniz, obtuvo el
puesto de profesor de matemáticas en La Haya. Antes de tomar posesión se
encontró con Leibniz en Berlín (D 5, p. 160). Al trasladarse a La Haya, se
encontró con que las matemáticas estaban en un estado de pobreza y que la
filosofía estaba dominada por Christian Thomasius, cuyas enseñanzas no eran de
su gusto (W, p. 10) [73]. Thomasius,
sin embargo, tenía una alta opinión de Leibniz, de quien decía que era una
biblioteca viviente (Bodemann 1895, p. 336). Siguiendo el ejemplo de su
maestro, a quien consultaba respecto a cualquier problema, Wolff trabajó en
varios campos que incluían la filosofía, matemáticas, física e historia
natural. Aproximadamente un año después de que, a la muerte de su padre en
1707, Johann Burchard Mencke le sucediera como editor de las Acta Eruditorum,
Wolff asumió la tarea «le escribir las recensiones críticas de los libros sobre
matemática, si bien al parecer enviaba previamente todos los trabajos a Leibniz
para someterlos a su aprobación. Una de sus primeras colaboraciones, la
recensión de la obra de Parent, Recherches de mathématique et de
physique, incluía una defensa de la armonía preestablecida y pidió a
Leibniz que le indicara todos los cambios o correcciones que quisiera hacer
antes de publicarla. En una posdata a su carta, Wolff (W, pp. 100-2) expresaba
su condolencia por el fallecimiento del viejo amigo de Leibniz, Tschirnhaus,
acaecido el 11 de octubre de 1708.
§. La Sociedad de Ciencias de Berlín
Leibniz pasó unos seis meses en Berlín durante el invierno de 1706 y la
primavera de 1707, trabajando para la Sociedad de Ciencias de Berlín. El 27 de
diciembre de 1706, finalizado un encuentro presidido por él, pronunció un
discurso ante los matemáticos miembros (K 10, pp. 40S-7). Tras expresar su
confianza en que el rey diese las órdenes oportunas para la construcción del
Observatorio y el pabellón prometidos, les decía que podían ser de mucha ayuda
si impulsaban el estudio de la astronomía tanto como lo permitieran los exiguos
recursos económicos y buscaban aplicaciones de la matemática y la mecánica que
pudieran utilizarse para aumentar los fondos de la Sociedad. Les recordaba que,
hasta ese momento, tan sólo se habían obtenido ingresos mediante la venta de
calendarios. Les pedía además que pusieran su talento al servicio del proyecto
de publicar, al menos una vez por año, un volumen de Miscellanea que
recogiera artículos y recensiones.
El 10 de enero de 1707, Leibniz (K 10, pp. 407-9) publicó un programa detallado
para la prometida patente relativa a la plantación de árboles de morera y a la
silvicultura. Se plantarían árboles en los jardines reales, paseos, caminos,
terraplenes y en todos los lugares adecuados; no sólo árboles aislados, sino
avenidas enteras. No sólo serían útiles para la silvicultura, sino que
servirían para dar sombra y como ornamento, al igual que los tilos. El 28 de
enero dio ejemplo » los otros matemáticos miembros al presentar al rey un
memorándum sobre el drenaje de tierras pantanosas con la ayuda de modernos
métodos de supervisión, con el objetivo de que parte de los beneficios fueran a
parar a la Sociedad. Antes de dejar Berlín en mayo presentó al rey un informe
detallado de su trabajo para la Sociedad desde 1700, y el rey se mostró
conforme con la compra de una casa situada frente al Observatorio a nombre de
la Sociedad (Bodemann 1889, p. 223). Sin embargo, la Hacienda pública se negó a
financiar la compra de la casa hasta que Leibniz, en carta escrita desde
Hannover el 17 de febrero de 1708, elevó su queja al rey. La respuesta de éste
consistió en ordenar que se hicieran tres pagos anuales de 700 táleros, lo que
permitió a la Sociedad asegurarse una hipoteca de 2.100 táleros para pagar la
entrada.
También en 1708 el rey solicitó a la Sociedad su opinión en lo concerniente a
la propuesta que había recibido de un residente de Berlín, Caspar Rödecke, para
la creación de una escritura universal. Fue Leibniz —que sin duda había
mantenido conversaciones con Rödecke sobre el tema— quien redactó el informe en
nombre de la Sociedad; .éste le fue entregado al consejero privado von Ilgen en
julio de 1709 (CP 7, pp. 33-7). Tras un entendido análisis de las dificultades
inherentes al perfeccionamiento y desarrollo del proyecto, Leibniz explicaba
que Rödecke, al igual que Wilkins y otros que lo habían intentado antes, no
podría tener éxito si trabajaba solo.
Figura 9.3. La máquina aritmética de Leibniz. Tomado de C. G. Ludovici,
Ausführlicher Entwurf einer vollständigen Historie der Leibnitzischen
Philosophie, Leipzig, 1737. (Por cortesía de la British Library.)
Sí
no tenía la buena fortuna de encontrar apoyo para su proyecto en las altas
esferas y la aprobación de personalidades distinguidas, le advertía Leibniz,
era mejor que se dedicara a tareas más modestas que sin embargo pudiesen
aportar algo dentro de su campo específico; por ejemplo, a la traducción de la
obra de Wilkins al alemán o al latín.
A comienzos de 1709, durante su estancia en Berlín en el viaje de regreso
después de su misión secreta en Viena, Leibniz pronunció una vez más una
conferencia acerca de la publicación de la Miscellanea, cuyo primer
volumen apareció finalmente en 1710 (Ravier 1937, pp. 143-4). Contenía un buen
número de contribuciones del propio Leibniz, que incluían artículos sobre el
valor de la evidencia lingüística para el estudio del origen de las naciones,
el descubrimiento del fósforo y la Aurora Boreal, así como otros artículos de
matemáticas y mecánica y una descripción de la máquina aritmética (figura 9.3).
§. Essais de Théodicée
Leibniz escribió los Essais de Théodicée a modo de homenaje a
la memoria de su amiga Sofía Carlota, la fallecida reina de Prusia. Cuando la
obra se encontraba en prensa, le describió su origen por carta a Thomas
Burnet (GP 3, p. 321). Explicaba que había escrito la mayor
parte a trozos, en la época de sus conversaciones con la reina en el jardín de
Charlottenburgo. En tales ocasiones había intentado probar que los argumentos
de Pierre Bayle, cuyos escritos eran bien conocidos en la Corte, no eran tan
poderosos como pretendían algunas personas poco amigas de la religión. La reina
le había animado a menudo a enviar sus respuestas por escrito a Bayle, para que
las pudiera estudiar con detenimiento. A su muerte, y siguiendo el consejo de
algunos amigos, había reunido esos escritos y les había dado la forma de esa
extensa obra sobre la Divina Providencia, la libertad humana y el origen del
mal. El libro se publicó por primera vez, como anónimo, en Amsterdam en 1710
—Leibniz prefería no figurar como autor de un ensayo teológico (aunque su
autoría sólo se ocultaba débilmente)—, pero en la segunda edición, de 1712, se
añadió su nombre. Resulta curioso saber que algunos de los lectores de la
primera edición creyeron que el término Théodicée era el
nombre del autor, mientras que otros pensaron que era el pseudónimo de Leibniz.
En realidad designa una justificación de la obra de Dios o, cabe decir, un
enjuiciamiento de la creación del mal por parte de Dios.
Escrita en francés para un público cultivado, la obra incluye extensas
disquisiciones sobre las polémicas teológicas de la época y una crítica
detallada de los puntos de vista de Pierre Bayle, cuya enorme influencia y el
interés del tema en general le hacían un objetivo legítimo incluso después de
su muerte, en 1706. Contiene además exposiciones y aclaraciones de los
principios fundamentales de la filosofía de Leibniz. Hay tres apéndices en los
cuales Leibniz proporciona un resumen del tema y recensiones críticas de las
obras de Hobbes y William King, obispo de Derry, sobre el origen del pecado.
En el prólogo (GP 6, pp. 25-48) hace referencia a los dos laberintos en cuyo
interior la razón se extravía a menudo. Mientras que uno de ellos, relativo a
la continuidad, sólo pone a prueba las mentes de los filósofos, el otro, que va
a constituirse en tema de su obra, interesa a todos. Trata el problema de la
libertad y la necesidad —en particular en relación con el origen del mal—, de
la libertad humana y de la justicia de Dios. Tras explicar que el origen de la
obra está en las conversaciones mantenidas con una inteligente princesa (Sofía)
y una reina sin igual (Sofía Carlota) el anónimo autor comenta que ha hecho
público un nuevo sistema filosófico —el de la armonía preestablecida— que
proporciona una mejor explicación de la unión de cuerpo y alma que la doctrina
del ocasionalismo defendida por Bayle, y una exposición más satisfactoria de la
formación de los animales que las naturalezas plásticas que Cudworth postulaba.
Afirma que el sistema de la armonía preestablecida se ve confirmado de hecho
por la evidencia observacional de la preformación, que muestra que los
organismos nuevos no son sino una consecuencia mecánica de una constitución
orgánica precedente. Por lo que hace a la conexión entre cuerpo y alma, al
tiempo que rechaza cualquier influencia mutua —es decir, cualquier influencia
que suponga interferir en las otras leyes— admite una unión real (como ya había
explicado a Tournemine); pero observa que esta unión es metafísica y no
introduce cambio alguno en los fenómenos. Leibniz añade que, según su sistema,
las leyes de la naturaleza no son ni necesarias (como creía Spinoza) ni
arbitrarias (como defendía Bayle), sino que dependen del principio de
optimización.
La obra comienza con un «Discurso preliminar sobre el acuerdo entre la fe y la
razón» (GP 6, pp. 49-101), en el cual Leibniz reconstruye la historia del
problema desde los primeros días de la Iglesia y defiende, en oposición a
Bayle, que las verdades de la revelación divina y las que alcanza la luz
natural de la razón no pueden contradecirse. Explica que este es un punto
importante para el tema principal que va a desarrollar en la mayor parte de la
obra.
Leibniz divide las verdades de razón en dos clases: las verdades eternas, que
son absolutamente necesarias, de tal modo que su contraria implica
contradicción —son las verdades de la lógica, la metafísica y las matemáticas—
y las verdades positivas, que son leyes que Dios ha elegido dar a la
naturaleza. Conocemos las últimas a través de la experiencia (a posteriori) o a
priori, cuando consideramos la adecuación o armonía que han determinado su
elección (en otro lugar describe esto como el principio de razón suficiente).
La necesidad física, de este modo, encuentra su fundamento en la necesidad
moral (GP 6, p. 50). La bondad y la justicia de Dios, así como su sabiduría,
tan sólo difieren de las nuestras en su perfección infinita. Por tanto, las
verdades necesarias y las consecuencias que se derivan de ellas (siendo
perfectamente comprendidas por Dios) no pueden ser contrarias a la revelación
(GP 6, p. 51), de donde Leibniz concluye que las verdades necesarias y eternas
no deben abandonarse nunca para defender un dogma religioso (GP 6, p. 64). De
hecho, si las objeciones de la razón contra un artículo de fe son insuperables,
debe concluirse que ese supuesto artículo de fe es falso; tal es el caso,
opina, de la doctrina de la condenación de los niños que no han sido
bautizados. Los misterios de la religión revelada, con todo, pueden estar más
allá de la razón sin ser contrarios a la razón. Pues pertenecen al dominio de lo
que Dios elige y son, por tanto, posibles aunque sus razones o explicaciones
permanezcan ocultas para nosotros.
Bayle había dicho que se debía justificar a Dios a la manera de un acusado que
eleva su súplica ante el juez; en opinión de Leibniz, esta era una de las cosas
que contribuían más a su punto de vista de que la razón y la fe son
incompatibles. Bayle sostenía, por ejemplo, que no era posible afirmar la
bondad de Dios a la vista de cómo permitía el pecado; que esto era así, era
evidente, puesto que un ser humano que se encontrara en una situación con toda
la apariencia tic esta permisividad, era muy probable que acabara pecando (GP
6, p. 69). Dios podía prever que la serpiente tentaría a Eva si la dejaba en el
jardín junto a la bestia y, sin embargo, la dejó allí. En el caso de un tutor
que pone a su pupilo en una situación de peligro, ningún juez se dejaría
impresionar por el argumento de que el tutor se había limitado a permitir el
mal sin causarlo o quererlo. Leibniz responde afirmando que, aunque la ley
moral universal para Dios y para los humanos es la misma, las circunstancias
son enteramente diferentes (GP 6, p. 70). Pues Dios tiene que ocuparse de todo
el universo, cuyas partes se encuentran conectadas entre sí; por consiguiente,
tiene que tener en cuenta una infinidad de factores, y esto es lo que le lleva
a concluir que no es conveniente evitar determinados males en concreto. Ver en
su elección razones de tipo general (más que una explicación para casos
particulares) era suficiente para borrar toda presunción de culpa; y esto era
algo que la razón debía comprender si se querían evitar contradicciones entre
la fe y la razón.
Justificar a Dios por permitir el pecado es uno de los principales objetivos de
la obra. Leibniz explica que la existencia de Dios es necesaria como causa
primera de las cosas, pues todas las que vemos son finitas y contingentes y no
hay nada en ellas que haga su existencia necesaria (GP 6, p. 106). El
entendimiento de Dios es la fuente de la que manan las esencias y su voluntad es
el origen de las existencias particulares. Puesto que el mundo real es uno
entre una infinidad de mundos posibles, Dios ha tenido que elegir éste. Y,
puesto que la sabiduría y la bondad de Dios son perfectas, no puede haberse
equivocado al elegir el mejor.
El mal no podía evitarse al crear este mundo, el mejor entre todos los
posibles; pues, debido a la forma en que todas las partes están conectadas
entre sí, el menor cambio alteraría la totalidad del mundo (GP 6, p. 108).
Leibniz continúa explicando que, aunque Dios tenía que admitir el mal como
consecuencia de su decisión de crear el mejor de los mundos posibles, no eligió
crear el mal. En primer lugar, Leibniz distingue entre el mal metafísico, que
es simplemente imperfección, y el mal físico y moral, que consisten en el dolor
y el pecado respectivamente (GP 6, p. 115). Con respecto al mal metafísico
explica que Dios no tuvo elección: sus criaturas deben tener alguna
imperfección natural, ya que en otro caso ellas mismas serían dioses. De
acuerdo con la interpretación de Leibniz, cuando decimos que las criaturas
dependen de Dios, quien las conserva por medio de una creación continua,
queremos decir que Dios es la fuente de toda perfección que pueda haber en su
naturaleza y acción (GP 6, pp. 120-1); pero sus imperfecciones, tanto en su
esencia como en su comportamiento, son resultado de su limitación necesaria.
Piensa que esta limitación es una especie de privación o pasividad que atenúa,
a causa de su carácter receptivo, el efecto de la gracia de Dios. Encuentra una
imagen y un ejemplo perfectos (GP h, pp. 119-20) de la limitación originaría de
las criaturas en la inercia natural de Kepler, que no establece la privación de
rapidez haciendo disminuir la propia rapidez cuando ya ha sido adquirida (esto
significaría actuar), sino atenuando, a causa de su carácter receptivo, el
efecto de las impresiones que recibe.
Los males físico y moral no son necesarios, sino que, en virtud de verdades
eternas, son posibles. Aunque existen, Leibniz defiende que Dios no los ha
elegido. Distingue entre una volición antecedente, que está relacionada con
objetos individuales considerados en sí mismos con independencia de otros, y
una volición consecuente, que surge del concurso y el conflicto entre todas las
voliciones antecedentes (GP 6, pp. 115-17). Dios tiene la volición antecedente
de salvar a todos los humanos, excluir el pecado y evitar la condenación, y
esto es lo que ocurriría si no hubiera algún motivo poderoso que lo impide. Sin
embargo, sólo la volición consecuente tiene un efecto. Los males físico y moral
deben admitirse como resultado de la obligación moral de Dios de crear un
universo que contenga el mayor bien. Se sigue de ello que Dios quiere
antecedentemente lo bueno y consecuentemente lo mejor. No quiere el mal moral y
no quiere, en un sentido absoluto, el mal físico o sufrimiento; no hay una
predestinación absoluta a la condenación y el mal físico tiene, con frecuencia,
una consecuencia positiva, pues conduce a quienes sufren a una mayor
perfección.
Tras eximir a Dios de toda responsabilidad en la existencia del mal, Leibniz
pasa a ocuparse de la segunda cuestión de importancia: la libertad humana, que
requiere —en su opinión— verse exenta de condicionamientos externos y de toda
necesidad (GP 6, p. 122). Opina, no obstante, que los individuos se sienten
inclinados según su estado precedente, de tal forma que siempre hay una razón
que conduce a la voluntad hasta su elección. Pues para preservar la libertad,
sostiene Leibniz, es suficiente con que la razón incline sin que haya en ello
necesidad (GP 6, pp. 127-8). Hay una aparente contradicción, sin embargo, entre
esta concepción de la libertad y la opinión generalmente aceptada por los
filósofos contemporáneos de Leibniz de que los futuros contingentes están ya
determinados (GP 6, pp. 123-4), puesto que parece que lo que Dios prevé no
puede dejar de existir. Por ejemplo, hacía un siglo era verdadero —observa
Leibniz— que él estaría escribiendo en ese día, igual que sería verdadero
cuando pasara otro siglo que en ese día él había estado escribiendo. Si bien
está de acuerdo con que lo que Dios prevé tendrá lugar, lo describe como una
necesidad hipotética, mientras que únicamente una necesidad absoluta (cuya
contraria implique una contradicción) podría probar que su acción de escribir
no es ni contingente ni efecto de una elección libre.
De este modo, y al igual que ocurre con todo lo demás, todo está determinado
con certeza en el ser humano, de tal forma que el alma humana es una especie de
autómata espiritual (GP 6, p. 131), si bien las acciones contingentes en
general y las acciones libres en . particular no están sujetas a ninguna
necesidad absoluta —lo que sería verdaderamente incompatible con la
contingencia. Si bien es cierto que realizaremos acciones voluntarias particulares,
no es menos cierto que elegiremos realizarlas. Dios prevé tanto la acción como
la elección que efectuaremos. Prever todo esto tendrá lugar libremente, y Dios
ha ordenado otras cosas incluso en función de los rezos que le dirigiremos (GP
6, p. 132). Así, ni la capacidad de predicción infalible de Dios ni la
predeterminación de las causas pueden eliminar la contingencia y la libertad.
En respuesta a la pregunta de cómo deberíamos comportamos, si sabemos que todo
está determinado de antemano, Leibniz recomienda que, ya que no sabemos ni cómo
está determinado el futuro ni qué ha sido previsto o resuelto, nos esforcemos
en llevar a cabo lo que presumiblemente es la voluntad de Dios, guiándonos por
la razón que nos ha dado y los mandamientos que nos ha prescrito. Con respecto
a lo demás, deberíamos conformarnos con dejárselo a Dios, puesto que sabemos
que no dejará de realizar lo mejor —tanto en lo general como en lo particular
para aquellos que verdaderamente confían en él (GP 6, p. 134).
Aunque la acción voluntaria responde a causas, Leibniz intenta dejar claro que
esta dependencia no impide que en nosotros se dé una magnífica espontaneidad
que, en cierto modo, hace a las resoluciones de la mente independientes de la
influencia física de cualquier otra criatura (GP 6, p. 135). Esta espontaneidad
es consecuencia de la armonía preestablecida, acerca de la cual considera
adecuado dar alguna explicación. De acuerdo con este sistema filosófico la
mente, al igual que todas las demás sustancias simples distribuidas en la
naturaleza, tiene en su interior el principio de todas sus acciones y pasiones
(GP 6, pp. 137-8), si bien sólo las mentes o almas
racionales tienen libertad. En el habla ordinaria, sin embargo, podemos decir
que la mente depende del cuerpo en el mismo sentido en que Copérnico habla de
la salida del sol. La armonía preestablecida es la causa de la perfecta
correlación entre las acciones de mente y cuerpo. En el origen Dios creó la
mente de tal forma que ésta ha de desarrollar a partir de sí misma y
representar de manera ordenada iodo lo que tiene lugar en el cuerpo, y el
cuerpo a su vez debe hacer surgir de sí mismo todo lo que la mente ordena. Cada
uno sigue sus propias reglas: la mente las de la moral y las causas finales, el
cuerpo las del mecanismo y las causas eficientes, pero ambos en una armonía
perfecta —de tal forma que el cuerpo actúe en el instante exacto en que la
mente lo quiere.
Para aclarar mejor la relación entre mente y cuerpo Leibniz (GP b, pp. 138-9)
explica que, en la medida en que la mente presenta un cierto grado de
perfección y pensamientos distintos, Dios ha acomodado el cuerpo a la mente;
pero, en aquellos aspectos en los que la mente es imperfecta, ha acomodado la
mente al cuerpo, de tal turma que la mente se abandona a inclinaciones y
pasiones que tienen su origen en representaciones corporales. Ello produce un
efecto análogo al que produciría que uno dependiera directamente del otro a
través de una influencia física.
§. Leibniz, en casa
El 10 de enero de 1710, al atardecer, Leibniz recibió la visita de dos
viajeros, Zacharias Konrad von Uffenbach y su hermano, cuyo relato de este
encuentro proporciona uno de los escasos datos que permiten conocer a Leibniz
en la cotidianeidad de su hogar. Bien entrado en la sesentena, recuerdan el
impresionante efecto que, sin embargo, les hizo Leibniz, con sus calzones de
piel, su toga de noche ribeteada en piel, amplios calcetines de fieltro gris en
vez de zapatillas y una larga peluca. Vestía este cómodo atuendo en razón de su
gota (Eckhart 1779, p. 225). Les recibió con la mayor amabilidad y les
entretuvo conversando sobre temas políticos y académicos. Aunque rehusó
mostrarles la Biblioteca Electoral porque se encontraba en desorden, y la suya
propia por el mismo motivo, sacó algunos de los códices más valiosos para que
pudieran verlos (Uffenbach 1753, pp. 409-11). Dos días después Leibniz les
devolvió la visita en el «León Rojo» de Neustadt.
Nueva comisión para Antonio Ulrico y una decepción inesperada Leibniz no había
podido ver al duque Antonio Ulrico cuando visitó Wolfenbüttel a finales de
marzo de 1710, pues éste acababa de salir hacia Bamberg, donde, quince días
después, fue admitido oficialmente en el seno de la Iglesia católica. El duque
había intentado hablar con Leibniz antes de partir y había enviado a buscarle,
pero no había recibido respuesta. Dio su palabra de que, cuando volviese, ambos
expresarían con libertad su opinión respecto a la conversión, aunque sin entrar
en discusiones sobre el tema (Bodemann 1888, pp. 189-90). El rey Federico I de
Prusia manifestó a Sofía su preocupación ante el abandono por parte del duque
de la religión evangélica. Había habido tantos abandonos en los últimos
tiempos, señalaba, que daba la impresión de que se acercaba el día del Juicio
Final y el diablo campaba a sus anchas (Bodemann 1888, pp. 95-6). El duque
había asegurado a sus súbditos, sin embargo, que su conversión personal no
acarrearía cambios políticos o religiosos en el país. De hecho, la única
consecuencia pública de la conversión del duque fue la edificación de una
Catedral en Brunswick.
En junio, Leibniz se encontraba de nuevo en Wolfenbüttel, esta vez para
discutir la compra, para la Biblioteca Ducal, de la colección de manuscritos
del consejero de Estado e historiador danés Marquard Gude. Durante mucho
tiempo, Sebastian Kortholt, profesor de retórica en Kiel, se había carteado con
él en relación con esta valiosa colección. Para acordar su compra por 2.490
táleros viajó hasta Holstein, a continuación atravesó Schirensee hasta Kiel y
Gottorp y finalmente llegó a Hamburgo. Desde allí informó al duque que los
manuscritos se encontraban en dos grandes cajas que podían transportarse hasta
Lüneburgo por barco y que, además de los manuscritos, había apalabrado trece
retratos de estudiosos y diecisiete inscripciones romanas.
Leibniz tenía motivos para sentirse orgulloso de su propia producción literaria
en 1710. Además de su obra principal, los Essais de Théodicée,
también había aparecido el largamente esperado primer volumen de las memorias
de la Sociedad de Ciencias de Berlín, Miscellanea Berolinensia.
Otra publicación, que debió agradar al elector, fue el segundo volumen de la
historia de los Guelf, Scriptorum Brunsvicensia illustrantium[74] .
Por fin le habían pagado la contribución de
Hannover a los costes de imprenta del primer volumen, aunque tuvo que insistir
para que le pagaran la contribución que Wolfenbüttel le había prometido.
Animado sin duda por estos logros, Leibniz redactó un memorándum para la
emperatriz Amalia durante una visita a Brunswick; en él exponía sus proyectos
relativos a Viena y, en particular, la ambición largamente acariciada de ser
nombrado consejero privado imperial. Fue entonces cuando, a finales de año, le
llegaron de Berlín noticias tan inesperadas como dolorosas para su estado de
ánimo. Supo, a través de un amigo, que tos miembros de la Sociedad de Ciencias
residentes en Berlín habían elegido al barón von Printzen como nuevo
director [75]. Puesto que
ignoraba s¡ él seguía siendo presidente y se sentía incapaz de comprender por
qué se le había tratado tan mal, pidió a la princesa coronada Sofía Dorotea que
utilizara su influencia para restablecer la justicia, aunque sólo fuera porque
había dedicado todo el año anterior a trabajar en la Miscellanea,
que había recibido toda clase de elogios en el extranjero si bien no en Berlín
(K 10, pp. 418-21). Aquellos que deberían haberle consultado y haberle tenido
informado de todo lo concerniente a la Sociedad —sobre todo el secretario,
Jablonski— no le habían dicho nada. Quizá, decía a la princesa, se sentían
demasiado avergonzados de su conducta como para escribirle. Sugería que quizá
el barón von Printzen se había visto utilizado por alguna intriga.
El mismo día que escribía a la princesa, Leibniz envió también una cana con sus
quejas al barón Von Printzen (K 10, pp. 421-2). En su contestación (K 10, pp.
422-3), el barón afirmaba que era el rey quien le había elegido como director e
invitaba a Leibniz a darle su consejo, aunque no contestaba a la pregunta de
Leibniz de si él seguía siendo presidente. Leibniz supo, por otra fuente, que
el rey le había confirmado en su puesto (K 10, pp. 423-4) [76]. En una
nueva cana a von Printzen, fechada el 30 de diciembre, Leibniz le pedía que
ordenara al secretario, Jablonski, consultarle por adelantado cualquier
decisión y tenerle informado de todo lo que ocurriera en la Sociedad (K 10, pp.
424-6). Leibniz envió también a von Printzen un memorándum quejándose de la
falta de cooperación que recibía de los miembros de la Sociedad. Hasta la
fecha, tan sólo se había publicado un volumen de la Miscellanea, y era él quien
había enviado la mayoría de los artículos.
Capítulo 10
Hannover y Viena (1711-1716)
Contenido:
§.
Boda en Torgau
§. Consejero privado imperial en Viena
§. Aislamiento en Hannover
§. Nicolás Remond y la teología natural china
§. Correspondencia con Des Bosses
§. Obras filosóficas de divulgación
§. Correspondencia con matemáticos
§. Correspondencia con Clarke
§. Últimos meses en Hannover
El
19 de enero de 1711 tuvo lugar en Berlín la inauguración de la Sociedad de
Ciencias con la ausencia de Leibniz. Al parecer, sin embargo, tanto la princesa
coronada Sofía Dorotea como el director de la Sociedad, von Printzen, le
invitaron a Berlín, y en cana al primer ministro de Hannover, von Bernstorff,
escrita desde Wolfenbüttel el 17 de febrero, Leibniz declaraba su intención de
visitar Berlín antes de regresar a Hannover. Habían pasado más de dos años
desde la última vez que estuvo allí y durante ese tiempo había trabajado con
dedicación en la historia —de hecho, de camino quería detenerse algún tiempo en
Helmstedt, donde sus ayudantes Eckhan y Hackmann trabajaban como profesores, a
fin de elaborar el índice conjunto de los tres volúmenes de los Scriptores.
Ahora necesitaba descansar para reponer fuerzas y poder continuar con la
redacción de la historia (Doebner 1881, p. 255). Manifestaba a von Bernstorff
su confianza en que el elector tuviera la amabilidad de concederle permiso para
hacer el viaje.
Leibniz llegó a Berlín el 25 de febrero y ese mismo día firmó el documento por
el que se admitía a Christian Wolff como miembro de la Sociedad. Durante los
tres meses siguientes presidió varias reuniones en las que se trató, entre
otras cosas, de la dirección de la Miscellanea, la promoción de la silvicultura
para lograr ingresos económicos y la admisión de nuevos miembros. En nombre de
la Sociedad pidió además al rey que diera órdenes para que les fueran
procuradas nuevas fuentes de ingresos (Hamack 1900 2, p. 222).
Nada más llegar a Berlín, en un momento de tensión política creciente entre los
gobiernos de Berlín y Hannover debido a la intervención militar de Hannover en
el asunto del Obispado de Hildesheim, recayó sobre Leibniz la sospecha de que
era un espía. El elector Jorge Luis (Schnath 1978, p. 598) justificó su
decisión de tomar la ciudad fortificada de Peine, y obligar a la ciudad de
Hildesheim a acoger a una guarnición de Hannover, en razón de que su política
de requisamiento de los beneficios del Obispado en su Electorado, vigente desde
hacía varios años, no había logrado impedir que la administración católica
oprimiese a la población luterana. En esta época, la ciudad de Hildesheim había
protestado por el daño que el cultivo y la crianza no autorizados en las
propiedades de la Iglesia causaban a sus intereses comerciales. El elector
afirmaba que se estaba limitando a ejercer el derecho de protección que el
Tratado de Westfalia le había otorgado, y que, tan pronto como se pusiera fin a
los abusos, retiraría a sus tropas. En Berlín, sin embargo, se temía que
intentara tomar el Obispado, aprovechando el interregno de diez años provocado
porque el arzobispo de Colonia, a quien correspondía el derecho de sucesión, no
había podido tomar posesión, debido a que su alianza con Francia durante la
guerra de sucesión española le había convertido en enemigo del Imperio (Schnath
1978, p. 563). El rey Federico I de Prusia se quejaba de que la ocupación de
Peine y Hildesheim le impedían dejar su país sin verse obligado a cruzar el
territorio del elector. A esto, Sofía respondía, en carta a Leibniz (K 9, p.
332), que al rey le bastaba con mirar un mapa para darse cuenta de que tenía
que cruzar territorio de Brunswick tanto si Hildesheim estaba ocupada como si
no. El 11 de julio, el Capítulo de la Catedral de Hildesheim firmó un tratado
(que el papa Clemente XI declararía nulo en 1712) para reparar los agravios
sufridos por los protestantes, y el 16 de noviembre se llegaba a un acuerdo que
ponía fin a la polémica relativa al cultivo y crianza (Schnath 1978, p. 601).
La mayoría de las tropas de Hannover se retiraron entonces, permaneciendo tan
sólo una pequeña fuerza de protección en Hildesheim.
Durante su estancia en Berlín, Leibniz sufrió una mala caída que le obligó a
guardar cama durante bastante tiempo. El elector consideró este desgraciado
incidente, con sorna, como el premio que le correspondía por preferir Berlín a
Hannover (K 9, pp. 324-5). Sofía se mostró más caritativa cuando, en carta a su
nieta la princesa coronada Sofía Dorotea fechada el 7 de marzo, escribía que
lamentaba que el pobre Leibniz aún estuviera enfermo y añadía que al elector no
le gustaba que Leibniz viajara tanto porque disfrutaba con su conversación. Al
propio Leibniz (K 9, pp. 328-9) le manifestó su simpatía por las molestias que
la herida le estaba causando, y observaba que ese viaje había sido doblemente
desafortunado; pues, al mismo tiempo que en Berlín recaía sobre él la sospecha
de que era un espía, marcharse sin pedir permiso había creado una mala
impresión en Hannover, aunque allí nadie dudaba de su fidelidad. En carta a
Sofía del 21 de marzo (K 9, pp. 326-8), Leibniz señalaba que uno de los médicos
de la Corte le había visitado con el fin aparente de ofrecerle consejo sobre su
herida pero cuyo verdadero propósito —sospechaba— era informar acerca de si él
era realmente un espía. Puesto que tan sólo veía a científicos y no hablaba de
nada más, debería estar claro —añadía— que no era ningún espía, y confiaba en
que el rey estuviera pronto mejor informado. Sobre el asunto del permiso para
el viaje, recordaba a Sofía que había escrito a von Bernstorff y que eso
equivalía a escribir al elector.
En un intento más de neutralizar las críticas por el viaje, Leibniz explicaba
que había estado trabajando en el estudio histórico y que había encontrado en
Berlín varios libros que no había ni en Hannover ni en Wolfenbüttel, además de
haber recibido desde Módena grandes paquetes de material sobre los antepasados
italianos de la Casa de Brunswick; de manera que el trabajo que consagraba a la
historia no podía evaluarse en función del tiempo que pasaba en Hannover. El
material histórico procedente de Italia al que hacía referencia había sido
enviado por el bibliotecario y archivero ducal de Módena, Ludovico Antonio
Muratori, quien deseaba ver su genealogía de la Casa de Este incluida en la
historia de Brunswick que Leibniz estaba elaborando; si no era posible, la
publicaría él mismo en Módena (Bodemann 1895, p. 197). A Leibniz no le
satisfizo el trabajo de Muratori y el 27 de enero le comunicó la decisión de la
Corte de Hannover, en el sentido de que la publicación de una genealogía
conjunta de las Casas de Brunswick y de Este originaria de Azo no era
apropiada. El 23 de abril redactó para Bernstorff el borrador de una carta al
duque de Módena, en la que aconsejaba que no se publicara la genealogía de
Muratori hasta que no estuviese completo todo el estudio. Un resumen del
trabajo de Muratori, en forma de carta a Leibniz, apareció no obstante en el
tercer volumen del Scriptorum Brunsvicensia illustrantium, publicado en 1711.
Después de visitar en mayo la feria de Leipzig con la idea de encontrar un
nuevo ayudante para su estudio histórico, Leibniz pasó unos quince días como
invitado del duque Moritz Wilhelm von Sachsen-Zeitz. Esta fue la primera de las
varias visitas que hizo a Zeitz en sus últimos años. En el palacio del duque
pudo admirar la colección de libros y conoció al diácono de la Corte, Gottfried
Teuber, que aceptó ayudarle en el segundo diseño de una máquina aritmética
(Bodemann 1895, pp. 330-3). Hacia el final de su estancia, también estaba allí
como invitado Christian Thomasius (Schmiedecke 1969). Desde Zeitz, Leibniz se
dirigió a Brunswick y permaneció allí algunos días antes de regresar a
Hannover, donde llegó a mediados de junio.
En carta a uno de sus conocidos ingleses, el doctor Hutton, Leibniz explicaba
que, aunque las relaciones entre Berlín y Hannover eran algo tirantes, había
estado trabajando por la reunificación de los protestantes en los dos sitios,
algo que beneficiaría también a la Iglesia anglicana (K 9, pp. 337-41). En las
habitaciones de Sofía, añadía, había conversado en numerosas ocasiones con el
elector sobre los dogmas de la Iglesia anglicana y había intentado mostrar cómo
alguien de la Confesión de Augsburgo podía aceptar, sin problemas de
conciencia, los treinta y nueve artículos.
Tres meses después de su regreso a Hannover, Leibniz recibió del elector Jorge
Luis (en nombre del elector de Maguncia) el encargo de investigar el problema
de si los electores de Sajonia y el Palatinado, vicegerentes desde la muerte
del emperador José I el 17 de abril de 1711, tenían autoridad para continuar la
Dieta Imperial en el interregno (Schnath 1978, pp. 434, 440). Se consideraba en
general que el cargo de emperador debía estar desempeñado por un Habsburgo y,
antes de fines de abril, el rey Federico 1 de Prusia ya había decidido a favor
de Carlos, hermano menor de José y rey de España. Valiéndose de contactos
diplomáticos secretos, Luis XIV había intentado ocultar la elección de Carlos.
Confiaba en poder persuadir a los electores protestantes de que aprovecharan el
apoyo sueco y francés para erigirse uno de ellos en emperador. La intriga quedó
al descubierto cuando se interceptó en La Haya y se descifró en Hannover un
mensaje de Luis XIV a su embajador en Polonia. El elector Jorge Luis informó
inmediatamente de ello a Viena, haciendo buena así la confianza que la familia
del emperador había puesto en él (Schnath 1978, pp. 435-7). Durante el acto de
la elección, en agosto, como delegados de Hannover estuvieron presentes el
presidente de la cámara, barón von Goertz, y el embajador ante la Dieta
Imperial, Christoph von Schrader. A su regreso de España, d nuevo emperador
Carlos VI fue coronado en Francfort del Meno ti 22 de diciembre de 1711.
El duque Antonio Ulrico, que se encontraba en Francfort para la coronación,
utilizó su relación personal con el nuevo emperador -cuya esposa, la nieta del
duque, Isabel Cristina, aún se encontraba en Barcelona— para obtener de él la
promesa de que otorgaría a su amigo Leibniz el título de consejero privado
imperial que deseaba. Al no coincidir con Leibniz en Hannover, el duque le
escribió desde Brunswick el 3 de febrero de 1712 para decirle que había logrado
obtener esa promesa del emperador (Bodemann 1888, p. 212). Sin embargo, cuando
el canciller de la Corte, el conde Philipp Ludwig von Sinzendorf, le confirmó
la promesa, Leibniz sufrió una decepción al encerarse de que lo que se le
concedía era un título honorífico sin remuneración. En carta dirigida a la
emperatriz y enviada al barón Jakob Wilhelm Imhof a Barcelona el 27 de
septiembre de 1712 (K 9, pp. 365-70), señalaba que, en el curso de su estudio
de la historia de Brunswick, había realizado importantes descubrimientos, sobre
todo en Italia, que permitían establecer ciertos derechos del Imperio. Incluso
si, como deseaba, se veía exento de tareas rutinarias y se le permitía
continuar con su estudio de la historia de Brunswick, seguía pensando que sus
servicios al Imperio merecían los emolumentos correspondientes al cargo. Por
ello, pedía a la emperatriz que utilizase su influencia a su favor y adjuntaba
el borrador del documento que ella debía enviar a su marido a Viena (K 9, p.
371). Al final de la carta para von Imhof explicaba que tenía la intención de
visitar Karlsbad por motivos de salud y que, en caso de que la respuesta fuera
afirmativa, continuaría viaje a Viena.
El auténtico motivo de la visita de Leibniz a Karlsbad era aceptar la
invitación del zar, Pedro el Grande, para reunirse allí con él. Como
consecuencia de la audiencia que había mantenido con el zar el año anterior,
gracias a la mediación del duque Antonio Ulrico con ocasión de la boda de su
nieta Carlota y el zarévich Alejandro, el zar había encomendado a Leibniz
promover el desarrollo de las matemáticas y la ciencia en Rusia, en razón de lo
cual se le había concedido un salario anual de 1.000 táleros y el título de
consejero privado de justicia en Rusia (Guerrier 1873, p. 270). En Karlsbad,
sin embargo, asumió un papel nuevo, pues el duque Antonio Ulrico le había
encomendado que trabajase en Karlsbad y Viena a favor de una alianza entre
Rusia y Austria que permitiera al nuevo emperador poner fin, con éxito, a la
guerra que mantenía con Francia (Bodemann 1888, p. 102).
§. Boda en Torgau
Se recordará que Leibniz, con motivo de su visita en secreto a Viena en 1708,
había discutido con el embajador ruso von Urbich la posibilidad de matrimonio
entre el zarévich y alguna princesa de Brunswick-Wolfenbüttel. La elección del
zar recayó en Carlota, nieta del duque y hermana de la emperatriz Isabel
Cristina. La princesa, de quince años de edad, educada en la Corte de Sajorna y
que apenas veía a sus padres, se asustó enormemente con la promesa de
matrimonio; estos temores se vieron trágicamente confirmados por los
acontecimientos que siguieron. Tal y como explica Sofía en carta a Leibniz del
1 de abril de 1711 (K 9, pp. 331-2), la princesa y el zarévich habían
experimentado un «violento amor» el uno por el otro cuando Alejandro visitó
Dresde en febrero, momento en que los esponsales habían tenido lugar. La boda
proporcionó a Leibniz la oportunidad de tener un encuentro con el zar. La
ceremonia tuvo lugar el 25 de octubre de 1711 en la Corte de Sajonia, en
Torgau; todos los gastos corrieron a cargo de Augusto, el elector de Sajonia
(ahora repuesto en el trono de Polonia), quien se alegró de poder reconciliarse
de este modo con el zar, a quien había abandonado durante la guerra del norte.
Leibniz llegó a Torgau al atardecer del 19 de octubre, el mismo día que el
duque Antonio Ulrico, procedente de Wolfenbüttel, y permaneció allí hasta
finales de mes. Escribió a Sofía (K 9, pp. 349-50) para decirle que había sido
el duque Antonio Ulrico quien había querido que él fuera a Torgau y que el
tiempo era excelente. Sofía se mostró a un tiempo sorprendida y encantada por
esta visita a Torgau y comentó que le habría gustado poder estar ella misma
allí para conocer al zar (K 9, p. 350). En carta a Sofía escrita desde Leipzig
el 31 de octubre, Leibniz explicaba que, una hora y media después de la
ceremonia de la boda, que había tenido lugar en ruso y de acuerdo con el rito
ortodoxo griego (aunque la princesa dio su consentimiento en latín), se había
sentido un temblor de tierra en Leipzig y sus alrededores, aunque no en Torgau
(Bodemann 1889, pp. 258-9). Durante su visita, el zar había hablado con él en
varias ocasiones, siempre en un tono exquisitamente correcto, y él había cenado
en la mesa del zar. A las dos horas de la marcha del zar, él mismo había dejado
la ciudad; y, puesto que se encontraba ya en Leipzig, aseguraba a Sofía que
pronto estaría de nuevo en Hannover. En camino, sin embargo, se detuvo diez
días en Zeitz invitado por sus nuevos amigos, el duque y la duquesa. En Zeitz tuvo
la oportunidad de tratar con Teuber sobre problemas técnicos relacionados con
su máquina aritmética (Bodemann 1895, p. 330). Finalmente, y tras otra estancia
de algunos días en Wolfenbüttel, el 28 de noviembre llegaba a Hannover.
El hijo menor de Sofía, el príncipe Ernesto Augusto, hizo un comentario
hiriente —no por vez primera— contra Leibniz cuando afirmó que el zar debía
haberle tomado evidentemente por el bufón del duque de Wolfenbüttel, pues se le
parecía mucho. En realidad, el zar había reaccionado positivamente a los
consejos de Leibniz relativos a impulsar el desarrollo de la ciencia en Rusia y
había prometido, en particular, que se harían observaciones de la declinación
magnética a lo largo de todo su vasto Imperio (D 5, p. 294). También había aconsejado
al zar que iniciase contactos con China, con el fin de tener acceso a un arte y
una ciencia que se conocían en el este pero no en Europa, y le había hablado de
la relación existente entre los hexagramas del I Ching y su aritmética binaria,
si bien había presentado el descubrimiento de Bouvet como si fuera suyo propio
(FC 7, pp. 395-403). Continuó desarrollando estas ideas en cartas dirigidas,
sobre todo, al diplomático von Urbich y al general ruso James Bruce, a quien
envió proyectos de investigación detallados para el estudio de los idiomas y
para la realización de observaciones magnéticas en el Imperio ruso (Guerrier
1873, pp. 239-49). Intentó conseguir también el apoyo, en la forma adecuada, de
la Sociedad de Ciencias de Berlín para llevar a cabo mediciones magnéticas en
Rusia (Guerrier 1873, pp. 195-7). En un informe al canciller ruso del 5 de
marzo de 1712, von Urbich señalaba que nadie tenía tantos conocimientos como
Leibniz en materia tanto de historia y antigüedades como de matemáticas, y que
varios años atrás él mismo se lo había recomendado al zar como alguien capaz de
introducir la ciencia en Moscú (Guerrier 1873, p. 209).
Leibniz pasó casi todo el mes de septiembre en Wolfenbüttel y en esta época es
cuando contrató al pintor Wilhelm Dinninger [77] como
secretario. Ese mismo mes recibió la invitación del zar para reunirse con él en
Karlsbad, lo que le permitió comenzar a trabajar en la tarea que el duque
Antonio Ulrico le había encomendado de promover una alianza entre el zar y el
emperador (Guerrier 1873, p. 252). El 9 de noviembre, Leibniz dio a conocer a
Sofía (K 9, pp. 373-4) su viaje a Karlsbad y su encuentro con el zar, quien le
había encomendado la elaboración de propuestas para la reforma del derecho y la
administración de justicia en el Imperio ruso. Aseguraba a Sofía que esta
invitación de convertirse en el Solón ruso —Solón había dado las leyes a
Atenas— no le supondría mucho tiempo, pues era de la opinión de que las leyes
más breves, como los diez mandamientos y las doce tablas romanas, eran las
mejores, y se trataba de un tema que había estudiado desde su juventud. Aunque,
respondiendo a una solicitud del zar, le siguiera hasta Töplitz en compañía del
diplomático ruso conde Nariskin, quien acababa de regresar procedente de Viena,
no tenía la intención de llegar más lejos que hasta Berlín al servicio del zar.
De hecho, el zar le autorizó a partir en Dresde el 24 de noviembre. Al día
siguiente escribió al duque Antonio Ulrico (Bodemann 1888, pp. 221-2), quien
había encontrado divertido su comentario de convertirse en otro Solón (repetido
probablemente por Sofía) y llevaba la broma más lejos diciendo que confiaba en
que tampoco se convirtiese en otro Andrés. Pues, según la leyenda, el apóstol
Andrés había ido a Kiev a predicar el Evangelio y allí fue crucificado. Leibniz
replicó con ingenio que no le importaría convertirse en la cruz de Andrés si
ésta estuviera incrustada de diamantes —Pedro el Grande había fundado la orden
de san Andrés en 1698.
El 10 de diciembre la duquesa de Orleáns, que había tenido conocimiento por su
tía del viaje de Leibniz y su encuentro con el zar, observaba que había sido
una sabia decisión la de no llegar hasta Moscú, ya que debía tratarse de un
sitio salvaje, pero que confiaba en que quisiera seguir al zar hasta Berlín
para visitar al príncipe y la princesa coronados (MK, p. 232). Para entonces se
encontraba ya en Praga y pocos días después llegó a Viena, sin haber informado
a nadie en Hannover de su intención de dirigirse allí.
§. Consejero privado imperial en Viena
Leibniz escribió desde Praga al obispo von Buchhaim el 8 de diciembre de 1712,
avisándole de que pronto estaría en Viena e intentando obtener por su mediación
una entrevista con el vice-canciller imperial Friedrich Karl von Schönborn,
sobrino del elector de Maguncia. A los pocos días de su llegada escribió un
memorándum para el emperador Carlos VI en el que daba cuenta con detalle de las
actividades y servicios rendidos al imperio, para dar fuerza así a su solicitud
de ser nombrado consejero privado imperial. El 23 de diciembre escribió al
primer ministro de Hannover von Bernstorff para explicar su viaje a Viena. En
un principio, su intención había sido la de regresar a Hannover tan pronto como
el zar autorizara mi marcha en Dresde, pero se había visto obligado a
permanecer más tiempo debido a una herida en el pie [78]. Le había
surgido entonces la oportunidad de viajar a Viena con casi todos los gastos
pagados. Ese mismo día su amanuense, Johann Friedrich Hodann, le informó de que
el elector estaba molesto por su larga ausencia y muy especialmente por no
haber informado de sus planes con detalle antes de salir para Karlsbad, y que
von Bernstorff le urgía a regresar cuanto antes.
Antes de fin de año, Leibniz visitó a la emperatriz viuda Amalia y al hijo de
Sofía, el príncipe Maximiliano Guillermo, que vivía en Viena en un exilio
voluntario. Explicó a Sofía que, después de visitar al zar en Karlsbad, le
había llegado desde Viena la noticia de que sería bien recibido si, ya que se
encontraba a medio camino de allí, hada una visita al emperador (K 9, p. 378).
En otra carta a von Bernstorff (K 9, pp. 376-7) afirmaba que su estancia en
Viena no era obstáculo para su estudio histórico y que, en cualquier caso, el
trabajo que realizaba en Hannover se había visto detenido en ese momento a
causa de la enfermedad de su ayudante Eckhart, que le obligaba a permanecer en
Helmstedt.
Tras su primer encuentro con el emperador, a mediados de enero de 1713, Leibniz
escribió de nuevo a von Bernstorff para decirle que el emperador, dándose
cuenta de que la historia de la Casa de Brunswick no podía escribirse sin tener
en cuenta la historia del Imperio, había mostrado un gran interés por su
estudio histórico y le había ofrecido la utilización de su biblioteca,
celosamente guardada. Explicaba a von Bernstorff que aún no había podido hacer
uso de este privilegio debido al mal tiempo, pero le señalaba que, aunque sólo
fuera por este motivo, quería permanecer en Viena hasta la primavera. Dos meses
más tarde, tras presentar al emperador un memorándum sobre la manera de
continuar la guerra (FC 4, pp. 239-47) y propuestas para una investigación
cartográfica del país y el establecimiento de una Sociedad de Ciencias en Viena
(FC 7, pp. 328-31), daba a conocer a la Corte de Hannover el verdadero motivo
de su viaje al pedir a von Bernstorff que obtuviese para él el permiso del
elector para aceptar el título de consejero privado imperial. Para defender su
solicitud en Hannover, pidió al emperador que le escribiese una carta que él
pudiese hacer llegar al elector (FC 7, p. 331). Se le otorgó el permiso, aunque
el elector había intentado, secretamente, impedir la confirmación del título.
En efecto, el embajador de Hannover en Viena, Daniel Erasmi Huldeberg, en
conversación con la emperatriz Amalia mantenida el 25 de febrero, le comunicó
el deseo del elector de advertir al emperador que Leibniz era la persona menos
adecuada para el cargo; pues su deseo de hacerlo todo le llevaba a encontrar un
gran placer en intercambios de correspondencia y viajes interminables, pero le
faltaban talento o ganas a la hora de terminar algo (Doebner 1881, p. 217).
A pesar de la falta de apoyo de Hannover, Leibniz recibió el documento que
confirmaba su nombramiento como consejero privado imperial en abril de 1713.
Este llevaba fecha del 2 de enero de 1712 [79] el día
en que el emperador había hecho formalmente su promesa, y finalmente recibió un
salario con efectos a esa misma fecha. También se le procuró alojamiento
permanente en Sweckat, cerca de Viena, aunque se le advirtió que llevase una
cama porque la que había allí era incómoda.
El duque Antonio Ulrico expresó en carta a Leibniz (Bodemann 1888, pp. 228-9)
su satisfacción por el hecho de que el emperador hubiera reconocido su mérito
tan bien, incluso mejor, si le estaba permitido decirlo, que sus propios paisanos;
añadía que nadie era profeta en su tierra. En efecto, el emperador había
concedido a Leibniz., como privilegio especial, el mismo derecho de audiencia
que a sus ministros (K 9, pp. 412-14).
En Viena acogieron a Leibniz como a un amigo el príncipe Eugenio de Saboya (FC
4, p. LII), el general al mando de los ejércitos del imperio y los más altos
hombres de estado de Alemania. El príncipe sabía más de teología que Leibniz de
asuntos militares, puesto que el primero había estudiado teología en su juventud
mientras que Leibniz nunca había estado en ninguna guerra. Entre los temas de
conversación estuvo el de la doctrina acomodacionista de los misioneros
jesuitas en China, que retenía el auténtico confucionismo antiguo como un
elemento social en la cristiandad china. El príncipe Eugenio argumentaba en
contra de la posición de los jesuitas, a quienes Leibniz defendía. Sobre la
cuestión de continuar la guerra con I rancia, el príncipe Eugenio y Leibniz
estuvieron completamente de acuerdo. Cuando los emisarios de Luis XIV llevaron
propuestas de paz a Viena, el príncipe Eugenio tomó parte en las
deliberaciones; éstas tuvieron como resultado que el emperador rechazase el
Tratado de Utrecht, que sus aliados habían firmado el 11 de abril de 1713. Casi
con toda seguridad, Leibniz redactó el ensayo Paix d'Utrecht inexcusable (FC 4,
pp. 1-140) para el príncipe Eugenio. En este ensayo explica que el príncipe
Eugenio y Marlborough se encontraban a punto de entrar en Francia y restaurar
en Europa el equilibrio del Tratado de Westfalia cuando Inglaterra y Holanda,
que habían aceptado apoyar a Austria en su reclamación de la sucesión española,
decidieron escindirse de la alianza y firmar su propia paz por separado.
Afirmaba que Alemania no estaría segura mientras no se le reintegrasen
Estrasburgo y Alsacia.
Poco después de su llegada a Viena, Leibniz recibió una carta de Wolfenbüttel
(Bodemann 1888, pp. 223-4) en la que su viejo amigo el duque Antonio Ulrico le
confiaba noticias preocupantes relativas a su nieta Carlota. El 1 de diciembre
de 1712 la princesa, de diecisiete años de edad, había abandonado la magnífica
Corte de Dresde para seguir a su marido a Torun, en Polonia, donde se había
visto aislada entre cortesanos hostiles. En su marido no había encontrado apoyo
alguno, pues éste, además de tener que dejarla sola durante largos periodos
debido a sus obligaciones militares, se había entregado a la bebida y a una
vida vulgar. El 13 de diciembre comunicó a su padre que, puesto que la
distancia no era mucha y el zarévich se encontraba lejos, le parecía un
sinsentido perder la oportunidad de verle al menos una vez más en su vida. A
los pocos días estaba de regreso en Wolfenbüttel, sin haber pedido permiso a su
marido o al zar. El duque Antonio Ulrico estaba preocupado por la reacción del
zar, y cuando, un mes más tarde, comunicó a Leibniz que la princesa aún estaba
en casa, hacía la observación de que, cuando los jóvenes intentan gobernarse
solos, raramente salen bien las cosas. Leibniz (Bodemann 1888, pp. 224-5)
intentó calmar a su amigo y excusar a la princesa, quien evidentemente temía no
volver a ver a su familia nunca más.
A comienzos de marzo de 1713, el zar visitó Hannover para discutir
personalmente con el elector las operaciones militares contra Suecia. Desde
Hannover se dirigió a Wolfenbüttel, donde el duque Antonio Ulrico le acogió
como huésped; éste comunicó a Leibniz encantado que todo había ido bien y que
el zar se había mostrado muy amable con su nuera y los familiares de ésta
(Bodemann 1888, pp. 231-2). La princesa viajó a Rusia en abril de 1713, pero su
situación se fue haciendo cada vez más desesperada. Escribió a su madre
explicando que, aunque siempre había intentado ocultar el carácter de su
esposo, la máscara que le tapaba había caído sin ella desearlo. Se sentía más
desgraciada de lo que nadie podía creer y más de lo que se podía expresar con
palabras, y rogaba al cielo que se apiadara de ella y se la llevara de este
mundo. Después de otros dos años y medio de infortunio, a finales de octubre de
1715, la joven princesa moría diez días después de haber dado a luz a su hijo.
En el inicio del verano de 1713 el duque Antonio Ulrico vivió una experiencia
más agradable, al encontrarse con su nieta la emperatriz Isabel Cristina. El 3
de abril pidió a Leibniz que se enterase en Viena (Bodemann 1888, p. 232) de
cuál era la mejor ruta para viajar desde Barcelona, pues ella le había escrito
para decirle que, de camino, le gustaría verle. El duque, que contaba con 79
años de edad, se encontró con su nieta en Innsbruck antes de que ella entrara
en Viena el 2 de junio. De regreso en Wolfenbüttel, escribió a Leibniz el 19 de
junio para transmitirle su alegría ante el hecho de que, como el propio Leibniz
tendría ocasión de comprobar, todo el mundo apreciaba a la emperatriz y la
adoraban como a una diosa (Bodemann 1888, pp. 234-5). Ese mismo día le
aguardaba otro motivo de satisfacción, pues esperaba la llegada a Salzdahlum de
Sofía y Molanus.
Al informar a Leibniz de la visita del zar a Hannover en marzo de 1713, Sofía
comentaba que el zar había hablado muy bien de él (K 9, pp. 389-90). Hacía
referencia también a Federico I de Prusia, quien había muerto el 25 de febrero
de 1713, como un rey muy cristiano (K 9, pp. 388-9). Esto hizo decir a Leibniz
que un título tal estaba bien aplicado si se juzgaba el exterior, pero que sólo
Dios conocía su interior. Añadía, sin embargo, que el gesto del joven rey al
rehabilitar a Danckelmann (a quien no se había podido probar ninguna ofensa)
era más cristiano que el que había tenido su padre al alejarle de la Corte y
confiscar su propiedad; aún quedaba por ver si ésta le sería reintegrada. Decía
a Sofía que todo el mundo se había dado cita en Viena con motivo del
tratado [80] ,
pero que el emperador sería el último en firmarlo y ello con razón. En carta a
Leibniz de finales de abril (K 9, pp. 393-5), Sofía señalaba que había tenido
la esperanza de verle en Hannover con anterioridad a la última carta de él.
Hablaba de su dolor por la pérdida de sus hijos, en especial del que vivía
(Maximiliano) pero no quería verla más —Leibniz había prometido intentar
convencer a Maximiliano para que visitara a su madre en Hannover. Con respecto
al trato recibido por Danckelmann, opinaba que el juicio de él era correcto;
pero añadía, no sin cierto toque de ironía, que su observatorio de Berlín no
estaría tan bien cuidado con el nuevo rey como lo había estado el impuesto
sobre los horóscopos. El 16 de mayo pudo informarle del nacimiento de una princesita
en Berlín que aumentaría el número de sus nietos. Le decía que ese mismo día
salían para Herrenhausen, donde el aire de mayo, el canto de los pájaros y el
croar de las ranas le harían feliz, aunque no así el pensamiento de que los
árboles permanecen cuando nosotros nos hemos ido. Comentaba un crimen reciente,
en el cual un miembro de la guardia del elector había comandado una banda que
había golpeado a un pobre pastor y a su familia hasta causarles la muerte para
robar su dinero; a ella le había entristecido que en tierras de Brunswick
pudieran nacer tales monstruos. Los melancólicos pensamientos de Sofía
encontraron eco en la respuesta de Leibniz (K 9, pp. 400-2). Tras informar de
que la emperatriz llegaría a Viena por barco en pocos días, añadía que los
numerosos puentes y la rapidez de la corriente exigían precaución si se quería
evitar chocar contra los pilares. Recordaba que, en una ocasión, un tal conde
von Sternberg se había ahogado junto a toda su familia, pero no dudaba de que
la emperatriz tomaría todas las precauciones. En la siguiente carta (K 9, pp.
408-10) fantaseaba con romanticismo sobre los asuntos relativos a Inglaterra.
Afirmaba que una triple alianza entre Sofía, el emperador y el zar sería muy
grata. Ella aportaría un sucesor, el emperador las tropas y el zar la flota. Se
trataría de una acción digna de los antiguos heroicos caballeros de la Tabla
Redonda. Pues el rey Arturo, recordaba a Sofía, procedía de la Gran Bretaña.
La visita de Pedro el Grande a Hannover y Wolfenbüttel dio un nuevo impulso al
proyecto de una alianza entre Rusia y el Imperio. En carta a Leibniz del 3 de
abril de 1713, el duque Antonio Ulrico (Bodemann 1888, pp. 232-2) informaba de
que el zar estaba dispuesto a aportar 20.000 soldados con el fin de llevar a cabo
alguna acción en el Rin y que le había pedido que comunicara esto a Viena por
mediación de su «Solón». Estas palabras del duque animaron a Leibniz a renovar
sus esfuerzos para evitar la desastrosa paz con Francia y le proporcionaron, al
mismo tiempo, un motivo patriótico para prolongar su estancia en Viena. Al año
siguiente presentó al emperador varios memoranda con propuestas para la
continuación de la guerra, con el fin de forzar que se reintegrasen Estrasburgo
y Alsacia al Imperio. Por ejemplo, en mayo de 1713 propuso una serie de medidas
que podían adoptarse para recuperar el apoyo de Inglaterra y Holanda, las
cuales habían firmado el Tratado de Utrecht por desesperación al no poder
obtener algo más (K 9, pp. 403-7). Opinaba que Francia removería cielo y tierra
con tal de impedir una sucesión protestante en Inglaterra; y, dado que
Inglaterra estaría desarmada en tiempos de paz (puesto que no contaba con un
ejército fijo), el pretendiente jacobita encontraría el camino abierto para
invadirla. Bajo su punto de vista, la posibilidad de que el emperador y el zar
se moviesen contra Francia motivaría el apoyo del elector c incluso el del rey
de Prusia, quien estaba interesado en la sucesión inglesa por ser el heredero
más inmediato por la línea del príncipe elector (FC 4, pp. 189-206). Hacia el
15 de julio de 1713, momento en que presentó un nuevo memorándum al emperador
(FC 4, pp. 214-17), la lectura que Leibniz hacía de la situación política
sugería que una alianza abierta con el zar resultaría inadmisible, pues los
franceses la utilizarían propagandísticamente para alarmar a la Corte otomana.
Por ello proponía que se urgiese al zar a actuar en secreto valiéndose de la
mediación de los dos reyes que eran sus aliados, persuadiéndoles de que, en su
propio interés, unieran sus contingentes a las fuerzas del emperador. Justo
antes de la firma del Tratado de Rastatt el 7 de marzo de 1714, el cual
concedía España al duque de Anjou y la Holanda española a Austria (junto con
los territorios italianos, con la excepción de Sicilia), pero dejaba
Estrasburgo y Alsacia en manos de Francia, Leibniz presentó al emperador un
análisis de los pasos políticos, económicos y militares que debían darse bajo
el supuesto de que la guerra iba a continuar durante varios años (FC 4, pp.
148-53). Tiene particular interés su idea de que no podría hacerse frente a los
costes mediante la elevación de los impuestos únicamente. Es preciso dar al
pueblo la oportunidad de pagar, bien reactivando la industria o bien
proporcionando la posibilidad de obtener beneficios a partir de los recursos
naturales. Proponía que se creara una comisión para investigar los distintos
procedimientos que permitirían hacer al país más próspero.
A comienzos de 1714, un escocés, John Ker de Kersland, llegó a Viena con una
extraña propuesta dirigida al emperador y relativa a ciertas operaciones contra
Francia. Se dirigió a Leibniz, quien le ofreció su ayuda para que pudiera
exponer su plan en la Corte. La idea consistía en que Ker, por encargo de
algunos protestantes ingleses, dirigiese una guerra pirata financiada por
particulares (aunque con la aprobación del emperador) contra Francia y España
en las Indias del este. Estos ataques no sólo privarían a Francia de vastos
recursos de riqueza, sino que dividirían además a su fuerza naval de tal modo
que impedirían cualquier ataque contra Inglaterra en apoyo del pretendiente. En
el memorándum que escribió para la Corte, Ker (FC 4, pp. 292-308) advertía que
los escoceses, que estaban por naturaleza predispuestos a aventurarse en
cualquier empresa que satisficiera esta inclinación sin pensar en las
consecuencias, eran fácilmente manipulables; los habitantes de las tierras
altas, hombres incapaces de reflexionar, se levantarían en armas a favor del
pretendiente con poco que se les animara a ello. Aunque ofreció al emperador
una parte en todos los botines y la supremacía en todas las conquistas, éste
encontró motivos para no aceptar la propuesta de Ker, tal y como Leibniz
comunicó a Von Bernstorff el 30 de junio de 1714 (Doebner 1881, pp. 288-9). El
propio Leibniz se mostró a favor del plan y ofreció al emperador su
asesoramiento en lo relativo a las implicaciones legales y al mejor
procedimiento para el establecimiento de colonias alemanas en las Indias del
este. Es evidente que no consideraba el Tratado de Rastatt como un obstáculo
para este tipo de ataque contra Francia y su aliado España.
En verano, cuando Ker estaba a punto de regresar a Inglaterra, Leibniz informó
a von Bernstorff de que éste atravesaría Hannover de incógnito y le aconsejó
que se pusiera en contacto con él, en razón de su conocimiento de la situación
en Gran Bretaña y en particular en Escocia. Al mismo tiempo avisó a Sofía (K 9,
pp. 438-41) del viaje de Ker a través de Hannover y aconsejó que se entrase en
correspondencia con él. Como persona adecuada para el intercambio epistolar
propuso a la sobrina de Sofía, la raugräfina Luisa.
Pocas semanas después de la firma del Tratado de Rastatt, Leibniz perdía a uno
de sus más leales y mejores amigos, al morir el duque Antonio Ulrico el 27 de
marzo de 1714. En su última carta a Leibniz, fechada el 6 de marzo (Bodemann
1888, pp. 237-8), expresaba el deseo de verse pronto trasladado a un Salzdahlum
mejor, donde tendría acceso a un conocimiento completo de todas las ciencias
que en la tierra tan sólo conocía imperfectamente. Según Sofía (K 9, pp.
433-4), en sus últimas horas le acompañó un pastor luterano, a quien confesó
que no creía en supersticiones católicas, y un sacerdote católico que le
administró los últimos sacramentos. Profundamente afectado por la muerte del
duque, que le parecía demasiado temprana aunque aquél ya contara con 81 años,
explicaba a Sofía que la emperatriz, que había recibido una carta de su abuelo
pocos días antes de su muerte y cuando éste ya estaba demasiado débil para
sostener la pluma, no encontraba consuelo (Bodemann 1888, pp. 109-10).
Poco después de que le fuera concedido el permiso para aceptar el título de
consejero privado imperial, el elector encomendó a Leibniz la tarea de
presentar al emperador la reclamación que Brunswick-Lüneburgo hacía del ducado
de Lauenburgo en la frontera norte. Sin demora, Leibniz redactó un memorándum
para el emperador y lo discutió con él en una audiencia el 14 de mayo de 1713
(FC 7, pp. 332-6). Se llegó a una decisión en junio de 1714, momento en que
Leibniz pudo comunicar a von Bernstorff que la reclamación había tenido éxito.
Mientras, el elector presionaba cada vez más a Leibniz para que volviera a
Hannover. En el verano de 1713 Von Bernstorff le conminó a que regresara.
Después, en octubre, y tras repetidas advertencias de su secretario Hodann
acerca del creciente enfado que su ausencia estaba causando en la Corte,
Leibniz recibió la noticia de que se le había dejado de pagar su retribución.
Incluso entonces utilizó todos los pretextos a su alcance para demorar su
regreso. Primero, una epidemia que hubo en Viena motivó que cualquiera que
intentase abandonar la ciudad quedara expuesto al peligro mortal de las iras de
quienes habían permanecido en áreas no infectadas. Después, como explicaba a
Sofía en carta del 29 de noviembre (K 9, pp. 412-14), había sufrido un ataque
de artritis que le impedía caminar y le hacía sentirse más descansado en la
cama. Sofía le respondió en tono burlón que el aire pestilente de Viena parecía
serle más grato que el de Hannover (K 9, pp. 415-16). Sin duda, la buena
acogida que le habían dispensado el emperador y las dos emperatrices bastaba
para retenerle, pero algunos ingleses de paso por Hannover, añadía, habían
sentido su ausencia. Por entonces, uno de los temas de diálogo en su
correspondencia con Sofía era el de la autenticidad de la cabeza de san
Gregorio Nacianceno que se había enviado a Viena desde Hannover. Amalia le
había pedido que consultara con Molanus, pues corría el rumor de que la cabeza
verdadera estaba en otro lugar (K 9, pp. 412-14). Al contárselo a Sofía,
Leibniz recordaba que un célebre autor francés había escrito un libro muy
erudito sobre la multiplicidad de cabezas de san Juan Bautista. Ella le explicó
(K 9, pp. 419-21) que Molanus no tenía más autoridad sobre el tema de la
reliquia que Enrique el León. Le había desilusionado que él, en su última
carta, no hubiese dicho nada respecto a su regreso. También la princesa
Carolina le pidió que volviera (K 9, p. 417-19), asegurándole el sentimiento de
amistad suyo y de su marido hacia él.
A finales de enero de 1714, Leibniz comunicó a Sofía que, a instancias de
algunos amigos que temían por su salud, pospondría
su salida de Viena hasta que llegara el buen tiempo (K 9, pp. 425-8). Suponía
que Sofía estaría disfrutando con el Carnaval anual de Hannover. En Viena se
estaba organizando una ópera pero él no sentía ningún interés por ir a
presenciarla, pues el auditorio era pequeño y los molestos vestidos de una
«infinidad de damas» lo harían muy incómodo.
A finales de marzo de 1714, von Bernstorff le comunicó que el elector se
impacientaba y le aconsejó, como amigo, que volviese. Su respuesta fue pedir
permiso para tomar una cura de salud para su artritis en un balneario próximo.
En carta a Sofía del 9 de mayo (K 9 pp. 438-41) explicaba que, tras cinco días
en el balneario, había experimentado alguna mejoría, pero se le había
aconsejado que interrumpiese el tratamiento en ese punto y lo continuara
después de un intervalo de tiempo. Añadía que nada le impediría ya regresar a
Hannover ese mismo verano. El 20 de mayo, Sofía dirigió su última carta a
Leibniz (K 9, pp. 446-8); en ella expresaba su deseo de tenerle en Hannover,
pues encontraba más grato conversar que escribir cartas. En relación con la
salud de la reina Ana, citaba el proverbio flamenco: «Krakende Wagens gän lang»
(los carruajes que crujen llegan lejos). En cuanto a ella misma, veía su edad
como un peligro, pues había cumplido ya 83 años; pero, en sus circunstancias,
se encontraba magníficamente bien. Algo más de dos semanas después, el 8 de
junio de 1714, Sofía moría en el jardín de Herrenhausen.
Fue Johann Mathias von der Schulenburg quien, en carta del 13 de junio (K 9,
pp. 481-3), informó a Leibniz de la muerte de Sofía. Además de explicarle las
circunstancias de la muerte, que aparecen descritas con mayor detalle en una
carta de la condesa von Bückeburg a la raugräfina Luisa (K 9, pp. 457-62),
atribuía su muerte a la tristeza que le había causado una carta poco amistosa
que había recibido de la reina Ana (K 9, pp. 454-5). Debido a un malentendido,
la reina había creído que Hannover quería enviar al príncipe elector a Londres
sin advertirlo a su Corte, y había querido dejar muy clara su oposición a la
presencia del príncipe en Londres mientras ella viviera. El 9 de junio
(ignorando que Sofía había muerto el día anterior) Leibniz envió una carta a
von der Schulenburg (K 9, pp. 478-9) en la que defendía el gesto del embajador
Ludwig Justus von Schütz al dirigir su solicitud relativa al príncipe al
canciller en vez de a la reina, ya que ese era el procedimiento diplomático
correcto. No cabe duda de que la carta de la reina entristeció a Sofía (así
como las dos cartas similares dirigidas al elector y al príncipe elector), pues,
dos días antes de su muerte, había comentado a la condesa von Bückeburg que el
asunto le iba a hacer enfermar y que moriría por ello. El viernes del triste
suceso, Sofía cenó en compañía y, al atardecer, salió a pasear por el jardín
comentando con Carolina el asunto de Inglaterra. Volviéndose hacia la condesa
von Bückeburg, que por respeto caminaba unos pocos pasos atrás, tomó su mano y
caminó entre la condesa y la princesa, charlando de todo un poco —por ejemplo,
de la belleza de madame Bousch, que paseaba junto a su hermana al otro extremo
de la avenida. Cuando se encontraban en el centro del jardín y habían
atravesado la avenida hasta la primera fuente, Sofía comenzó a vacilar.
Carolina le preguntó si se encontraba enferma. Ella asintió y señaló su estómago.
Comenzó a llover con fuerza, y el jardín quedó vacío. Ella intentó, con
dificultad, recorrer los diez pasos que había hasta el refugio más próximo.
Entonces, dijo: «Estoy muy enferma; dadme la mano». La dejaron tumbarse en el
suelo y la apoyaron sobre sus rodillas. Un instante después había muerto.
Leibniz manifestó a Carolina su profundo sentimiento de pérdida (K 9, p. 462-5)
y añadía, a modo de consuelo, que era el tipo de muerte que la propia Sofía
habría deseado (en su amado jardín, sin médico ni sacerdote). Escribió un breve
poema conmemorativo (K 9, p. 465) y urgió para que se encargase a la duquesa de
Orleáns de guardar su correspondencia.
Leibniz no estaba aún dispuesto a dejar Viena, ya que quedaba por hacer una
importante parte de su misión: la creación de la Sociedad de Ciencias. Tras
haber obtenido, al comienzo de su estancia en Viena, el visto bueno del
emperador al proyecto, había redactado varios memoranda con propuestas
concretas y sugerencias para la obtención de ingresos. Proyectaba que la
Sociedad de Ciencias no fuera únicamente para Austria, sino para toda Alemania,
y proponía que alguno de los prelados principales de las propiedades
hereditarias ostentase la dirección global como presidente (FC 7, pp. 343-7).
Además de miembros remunerados con tareas específicas y adjuntos o ayudantes,
debería haber miembros honorarios, tales como nobles, clérigos y caballeros,
que aportasen tono y excelencia. La organización propuesta seguía el modelo de
la Sociedad de Berlín y los recursos incluirían un observatorio, laboratorios,
jardines botánicos y reservas de animales escasos. Podrían obtenerse ingresos
por alguno de los medios que se habían adoptado en la Sociedad de Berlín, como
el monopolio sobre los horóscopos, así como imponiendo una tasa sobre el papel
sellado, si bien Leibniz solicitaba que los más pobres estuvieran exentos de
esta tasa (FC 7, pp. 302-11).
En agosto de 1713 el emperador nombró presidente al propio Leibniz. Este era un
honor que no había buscado, quizá porque le parecía inapropiado que un luterano
ocupase ese cargo; pero lo cierto es que no podía crear la Sociedad él solo,
por lo que en el verano de 1714 el proyecto continuaba existiendo únicamente
sobre el papel. Con el fin de lograr que en la Corte se interesaran por su
realización, escribió un memorándum para el príncipe Eugenio en el que hacía
notar los grandes avances del conocimiento que habían tenido lugar en los
últimos tiempos, tales como el descubrimiento de casi la mitad del globo
mediante el compás magnético, un mejor conocimiento de los cielos gracias al
telescopio y la revelación al microscopio de un micromundo en la constitución
de las partes del mundo mayor. La invención de la imprenta había proporcionado
un instrumento para conservar y transmitir este conocimiento en expansión, al
cual una Sociedad de Ciencias contribuiría de forma notable. Era cierto,
señalaba, que el difunto rey de Prusia había creado «une espéce de Société des
Sciences», pero la época difícil que se vivía la habían limitado mucho. La
perspectiva de paz sobre la mejor zona de Europa, y de un largo reinado para un
emperador joven, creaban circunstancias que parecían conspirar a favor de
mantener la esperanza en el progreso de la utilidad del conocimiento, muy
especialmente bajo los auspicios de la nueva Sociedad de Ciencias. El 23 de
junio de 1714, al regreso de una de sus estancias en el balneario cercano,
completó el memorándum al príncipe Eugenio con una solicitud al emperador para
que nombrara una comisión encargada de crear la Sociedad (FC 7, pp. 337-8).
Precisamente cuando más ocupado estaba con la creación de la Sociedad de
Ciencias en Viena, Leibniz recibió por mediación de Eckhart una solicitud de
von Bernstorff para que decidiese pronto si pensaba o no regresar a Hannover.
Como respuesta envió una justificación detallada de su estancia en Viena,
señalando que había servido fielmente a la Corte de Hannover durante casi
cuarenta años. Aproximadamente un mes después, el 12 de agosto de 1714, la
reina Ana moría y el elector Jorge Luis se convertía en el rey Jorge I de
Inglaterra. Había sido Leibniz quien, por iniciativa propia, había dado el
primer paso al sugerir a la duquesa de Celle que intentase conseguir de
Guillermo III la designación de Sofía y sus descendientes como línea sucesoria,
y quien había promovido con lealtad desde entonces la causa de Hannover; por
todo ello, tenía motivos para esperar alguna muestra de reconocimiento por los
servicios prestados. Decidió, por tanto, regresar a Hannover para ver al nuevo
rey antes de que éste partiese hacia Inglaterra. A finales de mes dirigió unas
palabras de despedida a los estudiosos de Viena y el 3 de septiembre salió
hacia Hannover. Al día siguiente y a petición de Leibniz, el canciller imperial
von Sinzendorf escribió a los ministros de Hannover, Hans Caspar von Bothmer y
Friedrich Wilhelm von Goertz, para comunicarles que el emperador había sentido
la marcha de Leibniz y confiaba en que volviera pronto (K 11, p. XX).
§. Aislamiento en Hannover
Tras atravesar Dresde y Leipzig, Leibniz visitó a su amigo el duque Moritz
Wilhelm de Zeitz, permaneció un tiempo breve en Wolfenbüttel y llegó a Hannover
en la tarde del 14 de septiembre, sólo para encontrarse con que el rey Jorge I
y el nuevo príncipe de Gales habían partido hacia Inglaterra tres días antes (K
11, p. 12). Al día siguiente hizo una visita a Carolina, ahora princesa de
Gales, quien le invitó a quedarse en Herrenhausen hasta que ella tuviera que
marcharse a Inglaterra (K 11, pp. 14-15). Leibniz se sintió sorprendido al
saber por Carolina que el rey había dicho de él: «sólo viene cuando he llegado
a ser rey», y manifestó a su marido, Jorge Augusto, su confianza en que sólo se
tratase de una broma (A 11, pp. 9-11). En carta a von Bernstorff, en la que de
nuevo volvía a justificar su permanencia en Viena, señalaba que la falta de
aprecio hacia su trabajo que el rey había mostrado le había herido más que la
retirada de su salario. Al parecer, cuando Europa entera le hacía justicia, no
la encontraba donde más derecho tenía a esperarla.
Leibniz informó al emperador por mediación del presidente del consejo imperial,
Ernst Friedrich von Windischgrätz (Bodemann 1895, pp. 389-90), que la princesa
Carolina quería que la acompañara a Inglaterra. Después de esa visita a
Inglaterra, aseguraba al emperador, tenía la intención de regresar a Viena.
Princesa Carlota de Ansbach. Retrato de Johann Kart Zierle, realizado en
1704. (Por cortesía de la Verwaltung der Kunstsammlung, Universidad
Georg-August, Gottinga.)
Carolina
salió hacia Inglaterra el 12 de octubre de 1714, sin Leibniz. Este explicó por
cana (GP 3, pp. 634-40) que la razón para retrasar su viaje residía en lo
incierto de su salud. Carolina se llevó a sus hijos con ella con excepción del
mayor, Federico Luis, que contaba con diecisiete años y se quedó en calidad de
regente, forza do a no volver a ver a sus padres durante catorce años. Leibniz
buscó consuelo a su depresión visitando Zeitz, donde permaneció un mes como
invitado del duque Moritz Wilhelm. El duque dispuso lo necesario para que
presenciara el espectáculo de un perro que podía hablar; pronunciaba unas
treinta palabras, tales como té, café, chocolate, y recitaba el alfabeto.
Leibniz se sintió vivamente impresionado (Schmiedecke 1969, pp. 139-40).
A su regreso a Hannover, el 3 de diciembre de 1714, Leibniz recibió una carta
del primer ministro von Bernstorff en la que éste le aconsejaba que no fuera a
Londres, donde habían llegado algunas cartas dirigidas a su nombre (A 11, p.
22). En lugar de ello, más valía que permaneciera en su casa y que en la
siguiente visita del rey a Hannover le presentara, para compensar su larga
ausencia en Viena, una parte extensa del estudio histórico que tanto tiempo
llevaba esperando. En su respuesta a von Bernstorff (Alt, pp. 22-5) Leibniz
prometía que en el invierno terminaría un volumen, con lo que el estudio
llegaría hasta los comienzos de la Casa actual. Para finalizar el trabajo aún
haría falta otro volumen. Estos volúmenes constituirían los Annales Imperii Occidentis
Brunsvicenses, basados en las fuentes que contenían los Scriptores rerum
Brunsvicensium illustrationi [81] .
Señalaba a von Bernstorff que, aun en el caso de que no viviese lo suficiente
para finalizar el segundo volumen, el primero tenía entidad suficiente como
para constituir un estudio sobre las antigüedades de Brunswick. Al mismo tiempo
solicitaba al rey, por mediación del primer ministro y de Carolina, que le
nombrara historiógrafo de Inglaterra, ya que en el transcurso de su estudio
sobre la Casa de Brunswick se había visto obligado a menudo a tocar el tema de
la historia de Inglaterra.
A comienzos de 1715, el rey emitió una orden para Leibniz por la que le
prohibía emprender viajes largos hasta que el estudio histórico estuviera
completo (Doebner 1881, p. 308). Tanto von Bernstorff como su amiga Carolina le
respondieron que únicamente estarían en situación de ayudarle si mostraba los
resultados tangibles que el rey deseaba. El primer ministro le explicaba que el
principal obstáculo para la concesión de cualquier favor era la creencia del
rey de que nunca vería la historia completa. Carolina perseveraría a su favor.
En febrero de 1715 (A 11, pp. 34-5) le manifestó su creencia en que, si se
consagraba a la historia durante el invierno, el rey escucharía los ruegos en
su favor. Después, en septiembre (A 11, pp. 46-7), le dijo que había hablado de
nuevo al rey de su deseo de convertirse en historiógrafo de Inglaterra, y que
la respuesta había sido: «tiene que demostrarme primero que puede escribir
sobre historia; he oído que es diligente». Ella había interpretado esto como
una buena señal y rogó a Leibniz que hiciera todo lo posible para satisfacer al
rey. A comienzos de 1716 (K 11, pp. 71-3) le comunicó que creía que sus
peticiones para que se le reintegrase su salario habían tenido éxito. Se le
comenzó a pagar de nuevo, de hecho, a partir del 29 de mayo de 1716, tras una
interrupción de dos años y medio.
El 5 de marzo de 1715 Eckhart escribió a un amigo que, si Leibniz trabajaba en
la historia con la misma diligencia con que lo estaba haciendo él, pronto
estaría acabada. Mostrando poca comprensión hacia el estado de salud de
Leibniz, daba a entender que la gota no era sino una excusa. Pues, aparte de
las demoras originadas por sus viajes, tenía tendencia a alargar el trabajo
hasta el infinito. Evidentemente, no estaba dispuesto a comprometer su grado de
erudición en beneficio de la rapidez, aunque, como señalaba a von Bernstorff,
podía engañar fácilmente a la mayoría de los lectores (Doebner 1881, p. 355).
Estaba de nuevo resuelto a incluir, como introducción, dos capítulos sobre la
historia geológica del país y el origen de sus habitantes. Con todo, hacia el
final de 1715 estuvo en condiciones de comunicar al presidente de la cámara,
von Goertz, que un volumen ya estaba listo para la imprenta. Sin embargo, y
puesto que tendría que supervisar ese trabajo y aún faltaban las ilustraciones,
prefería posponer la impresión hasta que el segundo volumen estuviera completo,
lo que tendría lugar en 1716 —si Dios le daba salud suficiente. El rey mostró
su satisfacción ante los informes que le llegaban y afirmó que, en su próxima
visita a Hannover, recompensaría a Leibniz de modo que éste se sintiera
totalmente satisfecho. Pero el 21 de febrero, ante los rumores de que Leibniz
quería marcharse a Viena, el rey encomendó a Eckhart que continuara con el
estudio histórico a partir del año 1024, aunque a Leibniz no se le había dicho
nada con antelación (Doebner 1881, p. 363).
En abril de 1716, Leibniz escribió al duque de Módena para decirle que Muratori
tenía demasiada prisa por ver su estudio publicado, ya que aún se necesitaba
investigar más (Bodemann 1895, pp. 200-1). Su principal preocupación parece
haber sido la de evitar que el estudio de Muratori se publicara antes que el
suyo propio, sobre la base de que Muratori apenas mencionaba sus propias
investigaciones, aunque eran éstas las que habían dado a los italianos los
primeros datos sobre el origen común de las casas de Este y Brunswick, y porque
caía en numerosos errores por omisión y comisión. Para Leibniz era una cuestión
de justicia que, si su estudio no aparecía el primero, los dos aparecieran al
mismo tiempo.
Poco después de su regreso a Hannover procedente de Viena, Leibniz había
escrito a la reina Sofía Dorotea de Prusia (K 10, pp. 455-7) para decirle que,
si los importantes cambios que habían tenido lugar en la Corte de Hannover no
le hubieran obligado a apresurarse, habría pasado por Berlín para detenerse
allí algún tiempo trabajando en la Sociedad de Ciencias, a la que querría ver
más activa. El mismo había estado ocupado en asuntos relativos a la Sociedad,
pues había preparado varios artículos para el segundo volumen de la
Miscellanea, que aparecería pronto. Se sintió, por ello, decepcionado cuando,
el 6 de abril de 1715, supo por el secretario que su salario de presidente le
había sido reducido a la mitad (Harnack 1900 1, 1, p. 198). Aunque se resignó a
ver esta reducción sin hacer un solo comentario, cuando el capellán de la Corte
Jablonski le informó, el 3 de septiembre de 1715 (Harnack 1900 1, 1, p. 205),
de que iba a dejar de percibir retribución alguna, escribió una carta de
protesta a von Printzen (K 10, pp. 458-9) en la que señalaba que su ausencia de
Berlín no le había impedido trabajar para la Sociedad y que, por ejemplo, había
encargado algunos artículos para un nuevo volumen de la Miscellanea. Decía a
von Printzen que le había extrañado que el propio rey cancelara su retribución.
En su respuesta, von Printzen (K 10, pp. 459-60) explicaba que habían sido
funcionarios, y no el propio rey, quienes habían puesto fin a esa retribución.
En un intento de justificar este gesto, explicaba a Leibniz que no había
dirigido carta alguna a la Sociedad ni la había visitado durante tres o cuatro
años, y que parecía haber perdido todo contacto con ella; añadía que la
retribución no le había sido ofrecida como salario, sino como compensación por
los gastos de viajes y correspondencia. Con dignidad y argumentando
razonadamente, Leibniz intentó hacer ver en su última comunicación oficial a la
Sociedad, fechada el 19 de noviembre de 1715 (Harnack 1900 1, 1, pp. 207-9), lo
injusto del trato que había recibido de sus miembros. De hecho, había escrito a
Jablonski y se había carteado con varios estudiosos, entre ellos Varignon y
Bernoulli, en relación con artículos para la Miscellanea. Durante su última
visita a Berlín había encargado material para la Miscellanea a Naudé y
d’Angicourt, además de iniciar otros estudios. Por otra parte, el secretario no
le había dado ninguna información aunque se la había pedido. Se había admitido
a nuevos miembros sin consultarle ni informarle siquiera. Señalaba que algunos
de ellos se limitaban a ampliar la lista, pero no aportaban nada. Consideraba
que su presencia no era indispensable, puesto que los funcionarios de la
Sociedad habían recibido instrucciones para actuar con su consejo. Con respecto
a su retribución, ni pedía imposibles ni quería llevarle al rey quejas contra
nadie, pues ese tipo de comportamientos no eran propios de alguien como él. Tan
sólo pedía a von Printzen que le hiciera justicia ante el rey, que decidiría lo
más razonable teniéndole en cuenta a él mismo y si su consejo podía ser útil
para restablecer la tambaleante reputación de la Sociedad. El capellán de la
Corte, Jablonski, que era el vicepresidente de la Sociedad, emitió un informe
el 11 de diciembre de 1715 dirigido a von Printzen (Harnack 1900 1, 1, pp.
209-10) en el que culpaba a Leibniz de la interrupción de la correspondencia y
el retraso en la finalización del segundo volumen de la Miscellanea, lo que
atribuía al hecho de que no había pasado por Berlín. No se conoce la respuesta
de von Printzen a Leibniz, pero parece probable que Jablonski lamentara el tono
agrio de su informe (el cual, afortunadamente, Leibniz no llegó a ver), pues
pronto entró de nuevo en correspondencia con Leibniz de forma amistosa,
manteniéndole informado de los asuntos de la Sociedad y solicitando su consejo.
En carta del 7 de julio de 1716 se mostraba optimista, si Leibniz tenía
paciencia, con respecto a una restauración de su remuneración anual (Harnack
1900 1, 11, p. 212).
En la segunda mitad de junio de 1716 Leibniz visitó al zar, Pedro el Grande, en
Bad Pyrmont, donde había permanecido desde el 26 de mayo para descansar. El zar
conversó con él varias veces y Leibniz le presentó una serie de memoranda
relativos a observaciones magnéticas, la mejora de las artes y las ciencias en
Rusia y la creación de ministerios del gobierno (Guerrier 1873, pp. 346-69).
Durante su estancia allí, Leibniz hizo amistad con el médico Johann Philipp
Seip, autor de un libro sobre Bad Pyrmont (Bodemann 1895, p. 279).
Después de dejar el balneario, Leibniz se detuvo algún tiempo en Brunswick y
Wolfenbüttel y continuó hasta Zeitz, donde visitó a sus amigos el duque y la
duquesa e inspeccionó los progresos en la construcción de la nueva máquina
aritmética. Regresó a Hannover el 26 de julio, justo antes de la llegada del
rey Jorge 1, con quien cenó al día siguiente. A Carolina (K 11, pp. 128-30) le
explicó que el rey parecía contento; el rey, sin embargo, dijo a Leibniz que él
parecía estarlo menos que antes. En agosto siguió al rey a Bad Pyrmont, donde
continuaron conversando. Por lo que cuenta a Carolina, parece que no quedaba ya
ningún rastro de la fricción motivada por su larga ausencia en Viena.
A pesar de la carga que suponía el estudio histórico y las distracciones de su
vida en Viena, unidas a las incidencias de su mala salud y el dolor por la
pérdida de sus patronos, el duque Antonio Ulrico y la electora Sofía, Leibniz
continuó desarrollando y aclarando sus ideas y ello especialmente en su
correspondencia con amigos y estudiosos, de tal forma que, en sus últimos años,
produjo algunos de sus mejores escritos. Entre éstos se encontraba el Discurso
sobre la teología natural china, en el cual hacía una exposición sistemática de
su propia interpretación de la ciencia y filosofía chinas. Su correspondencia
con Des Bosses le llevó a poner un mayor énfasis en la realidad del mundo
físico, pues tuvo que reconocer que los cuerpos físicos compuestos tenían una
unidad real y eran, por tanto, algo más que un mero fenómeno bien fundado. Este
importante desarrollo de su concepción del mundo natural se refleja en dos
obras escritas en sus últimos años: los Principios de la naturaleza y de la
gracia, basados en la razón, que consistía en una introducción de carácter
divulgativo a su filosofía de la naturaleza y su metafísica, y la Monadología,
donde ofrecía a sus seguidores una explicación más rigurosa de sus principios.
En la época de su visita a Viena la polémica por la prioridad en la invención
del cálculo se encontraba en su punto álgido, pues la Royal Society, de la cual
era miembro distinguido, había tomado partido contra él sin escucharle. Fue
probablemente este hecho, más que ningún otro, lo que le llevó a enviar a la
princesa Carolina una carta sobre el declinar de la religión natural en
Inglaterra, carta que abrió la correspondencia con Clarke. lista polémica le
proporcionó la excusa para expresar sus críticas más agudas contra la filosofía
newtoniana.
§. Nicolás Remond y la teología natural china
Leibniz escribió su obra filosófica más importante sobre China, el Discours sur
la théologie naturelle des Chinois [82] , como
respuesta a la petición del platónico francés Nicolás Remond respecto a su
opinión sobre los escritos de dos misioneros en China, el jesuita Nichola
Longobardi y el franciscano Antoine de Sainte-Marie (Antonio Caballero a Santa
María). Remond, que era el consejero principal del duque de Orleáns, entró en
correspondencia con Leibniz en 1713 cuando le escribió para manifestarle su
admiración por la Teodicea (GP 3, pp. 603-4).
Al recibir la carta de Remond en Viena, tras un retraso de varios meses, Leibniz
contestó a comienzos de 1714 (GP 3, pp. 605-8) haciendo un repaso de la
evolución de su pensamiento filosófico, comenzando con la lectura de Platón y
Aristóteles en su juventud, la de los modernos y sus reflexiones en Rosenthal.
En esta época imperaba el mecanicismo y ello le condujo al estudio de las
matemáticas, que estudió intensamente tras conocer a Huygens en París. Pero, al
preguntarse por las últimas razones de las cosas, su investigación le llevó a
la metafísica, a las entelequias y, tras muchos pasos, a las mónadas o
sustancias simples como únicas entidades reales. Los platónicos y los
aristotélicos estaban en lo cierto al buscar el origen de las cosas en las
causas formales y finales, pero se equivocaban al rechazar las causas
eficientes y materiales y al inferir de ello, como Henry More, por ejemplo, que
había fenómenos que no se podían explicar mecánicamente. Por otra parte, los
materialistas, o aquellos que únicamente aceptaban la filosofía mecánica, se
equivocaban al rechazar las consideraciones metafísicas. Su propia contribución
distintiva, explicaba a Remond, consistía en haber penetrado en la armonía de
estos dominios diferentes, de tal forma que, mediante el principio de la
armonía preestablecida, podía probar que todo tiene lugar en la naturaleza
mecánicamente y al mismo tiempo metafísicamente, si bien el origen del
mecanismo se encuentra en la metafísica.
Leibniz ofrecía también a Remond una descripción de su proyecto de una
característica universal y le decía que, si estuviera menos disperso, o fuera
más joven, o contara con la ayuda de jóvenes con talento, aún mantendría la
esperanza de crear algún tipo de simbolismo universal (spécieuse genérale)
mediante el cual todas las verdades de razón se vieran reducidas a una especie
de cálculo. Esto constituiría, al mismo tiempo, una especie de lenguaje o
escritura universal, aunque infinitamente diferente de todos los que se habían
proyectado previamente, pues los caracteres y las palabras dirigirían la razón
y los errores (con excepción de los de hecho) serían tan sólo errores de
cálculo. No había conseguido, sin embargo, despertar mucho interés por el
proyecto. Cuando les había hablado a L'Hôpital y a otros acerca de ello, habían
prestado la misma atención que si les hubiera estado contando un sueño (GP 3,
pp. 611-13).
Al parecer, a Leibniz le resultaba grato cultivar la amistad de Remond, cuya
influyente posición al servicio del duque de Orleáns —patrono de la ciencia y
destinado a convertirse en regente a la muerte de Luis XIV, en septiembre de
1715— le podía permitir promocionar sus ideas entre los círculos más
influyentes de París. En carta del 2 de septiembre de 1714 (GP 3, pp. 626-9),
tras hacer referencia a la tristeza de madame (la duquesa de Orleáns) por la
muerte de su tía Sofía, Remond señalaba que él mismo tenía en muy alta estima
los merecimientos de la electora, debido a la enorme confianza que ésta había
puesto en él. Sugería también que, tan pronto como se lograse la paz en Europa,
Leibniz podía aprovechar la oportunidad para hacer otra visita a Francia, país
donde sus méritos gozaban de reconocimiento. La duquesa de Orleáns, con quien
Sofía había compartido la correspondencia con Leibniz, le hizo saber, por
mediación del abad de Saint Pierre, que también ella se sentiría feliz de verle
en Francia. Leibniz inició correspondencia directa con la duquesa (a quien se
conocía como Liselotte) en septiembre de 1715 (Bodemann 1884).
Remond mencionó por primera vez la obra de Longobardi en carta del 12 de
octubre de 1714 (GP 3, pp. 629-30), en la cual hacía referencia también a un
diálogo breve entre un filósofo cristiano y un filósofo chino escrito por
Malebranche. Al año siguiente, Leibniz recibió de Remond copias de las obras de
Longobardi y Sainte-Marie. Dos meses más tarde, en enero de 1716, comunicó a
Remond que había escrito un discurso completo sobre los chinos, pero en marzo
explicó que necesitaría más tiempo para acabarlo. De hecho, nunca llegó a
finalizar esta obra, que termina abruptamente en medio de un párrafo.
Matteo Ricci (Mungeilo 1977, pp. 26-32), el primer misionero en China, había
adoptado una posición acomodacionista con respecto a la conversión de los
chinos, pues había llegado a la conclusión de que sus costumbres y ritos
—elementos muy arraigados de su civilización y que no podían abandonar
fácilmente— eran compatibles con las creencias y prácticas del cristianismo.
Longobardi, que sucedió por un breve periodo a Ricci al frente de la misión,
era casi el único jesuita que mantenía una postura opuesta a la de Ricci, aunque
le apoyaban la mayoría de los misioneros de otras órdenes, incluido el
franciscano Sainte-Marie. Los oponentes de Ricci habían adoptado el punto de
vista de que los chinos antiguos eran materialistas y los chinos modernos,
ateos, de modo que la conversión al cristianismo requería renunciar a las
creencias confucionistas tradicionales. En Roma, la «polémica del rito», como
se la denominó, continuó durante casi 150 años, hasta que el papa Benedicto XIV
tomó partido, en 1742, en contra de la posición acomodacionista. En 1710,
Leibniz se había manifestado de acuerdo con la posición jesuítica en carta a
Louis Bourguet (GP 3, pp. 549-54) y, dos años más tarde, defendía de nuevo esta
posición en conversaciones con el príncipe Eugenio. Por tanto, cabía esperar que,
cuando Remond le envió las obras de Longobardi y Sainte-Marie, que habían
vuelto a publicarse en traducción francesa en los primeros años del siglo XVIII
(aunque hacía tiempo que los autores habían muerto), Leibniz aprovechara la
ocasión para defender lo que él y el misionero y amigo suyo Bouvet consideraban
la posición ilustrada de Ricci, pues debe haber parecido obvio que sólo la
posición acomodacionista ofrecía a la misión perspectivas de éxito en la
consecución de la conversión de los chinos.
Si bien Leibniz aceptaba el punto de vista de Longobardi y Sainte-Marie
relativo a que los chinos modernos eran ateos, en el Discurso intentaba probar
que los chinos antiguos habían creado una religión natural (compatible con el
cristianismo) de la que luego se habían desviado los practicantes posteriores.
Con respecto a las fuentes chinas, se conformaba con confiar en las citas de
Longobardi y Sainte-Marie, aunque se disponía de extractos más extensos en la
recopilación que los jesuitas habían publicado en París en 1687 bajo el título
Confucius Sinarum philosophus. El texto citado con más frecuencia era el
Compendium, recopilado en 1415 y que Longobardi consideraba un sumario de los
textos clásicos, pero que era en realidad producto de la escuela neo-confucionista
de interpretación, mucho más posterior. Como en el caso de la interpretación de
los hexagramas del I Ching, Leibniz se vio inducido a confusión en su
atribución de una religión natural a los antiguos chinos a causa de una falsa
suposición en lo relativo a la antigüedad de las fuentes en que se basaba.
El recurso favorito de Leibniz en el Discurso fue el de mostrar que algunos
aspectos del antiguo pensamiento chino eran compatibles con su propia
filosofía. Puesto que su propia filosofía era compatible con el cristianismo,
de ello se seguía que también lo eran esos aspectos de la teología natural
china en particular.
En la primera parte del Discurso Leibniz comienza mostrando que los antiguos
chinos poseían los conceptos de Dios y de las sustancias espirituales. Es
posible que no reconocieran esas sustancias como separadas y existiendo aparte
de la materia; pero, en lo concerniente a las sustancias creadas, Leibniz no
veía un grave perjuicio en ello, pues incluso él se sentía inclinado a creer
que los ángeles tienen cuerpo, opinión que también habían compartido algunos de
los primeros padres de la Iglesia. Además, en el sistema filosófico de Leibniz
ni las almas de los animales ni las almas racionales de los humanos estaban
completamente separadas de algún cuerpo, por sutil o etéreo que éste fuera. Con
respecto a Dios, es posible que algunos chinos le atribuyeran un cuerpo y le
consideraran el alma del mundo, cayendo con ello en el mismo error de los
griegos. Leibniz argumentaba que, sin embargo, cuando los autores más antiguos
atribuían al primer principio o li —en realidad, un término neo-confucionista—
la creación de la materia o ki, demostraban su creencia en una sustancia
puramente espiritual que podía identificarse con el Dios cristiano. Para
reforzar esta conclusión Leibniz establece un paralelismo entre afirmaciones
chinas relativas al li e imágenes cristianas de Dios. Así, los chinos hablan de
li como un globo o círculo, lo que Leibniz compara con la afirmación de Hermes
Trismegisto de que Dios es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes
y su superficie en ninguna.
Leibniz consideraba que el término li, tal como lo usaban los chinos, resultaba
ambiguo, pues algunas veces significaba Dios y otras las sustancias
espirituales en general, siendo equivalente, ya dentro de su propio sistema
filosófico, a las mónadas. Al desconocer la armonía preestablecida, sin
embargo, habían caído en el mismo error de algunos filósofos occidentales, al
buscar la diversidad de los espíritus en sus cuerpos. Pero creía poder defender
en los antiguos chinos la creencia en espíritus semejantes a los de los humanos
o a los ángeles, que eran sustancias distintas del li aunque emanaban de él.
Había otro nombre para Dios, Xangti, que significaba Señor de las-alturas (en
realidad, perteneciente al período clásico) y era más comprensible para la
gente común que el concepto más abstracto de li.
La segunda parte, la más extensa del Discurso, trata de las doctrinas chinas
concernientes a las creaciones de Dios: materia y espíritu. Según la
interpretación de Leibniz, los filósofos chinos más antiguos, y Confucio
después de ellos, tenían conocimiento de Dios y los espíritus celestiales que
están a su servicio, y los designaban con los nombres de Xangti y Kuei-Xin.
Pues estos filósofos atribuían al Kuei-Xin la defensa y protección de los
humanos y las ciudades, provincias y reinos, no en calidad de almas o formas
sustanciales de estas cosas sino como si fueran pilotos o bajeles, al modo de
las inteligencias vigilantes de los filósofos occidentales. Opinaba que era muy
verosímil que los chinos hubiesen llegado al conocimiento de estas cosas
mediante las tradiciones guardadas por los patriarcas. Era evidente que, o bien
los sabios antiguos creían en la existencia de ciertos ángeles que, como
ministros de Xangti, presidían las cosas terrenales, o bien querían que se
alabara a Dios a través de las cualidades de las cosas particulares, que la
imaginación popular podía representarse más fácilmente bajo los nombres de los
espíritus de esas cosas. Si bien la primera opción no era incompatible con el
cristianismo, la segunda era preferible; pues, según ésta, el espíritu de las
estaciones, las montañas y los ríos era el mismo Xangti que gobernaba los
cielos. Para explicar el silencio del propio Confucio en relación con los
espíritus o las cosas naturales, Leibniz conjeturaba que él pensaba que lo que
debía reverenciarse en las cosas inanimadas era tan sólo el espíritu supremo,
Xangti o li, pero que no creía a la gente capaz de distinguir este espíritu
supremo de los objetos que caían bajo sus sentidos. Respecto a este problema,
Leibniz encontraba incluso satisfactoria la interpretación de los chinos
modernos, pues preferían las explicaciones en términos de causas naturales a
las que apelaban a milagros. Los nuevos descubrimientos europeos, que
proporcionaban virtualmente explicaciones matemáticas para algunas de las
maravillas de la naturaleza, podían utilizarse para ilustrarlos; pero era
preciso también, añadía Leibniz, familiarizarles con lo que la razón exigía:
esas causas naturales no podían desplegar sus efectos sin mecanismos creados
por la sabiduría y poder de la sustancia suprema, que, siguiéndoles a ellos,
podía designarse li.
Para completar esta exposición de la teología natural de los antiguos chinos,
Leibniz ofrecía, en la tercera parte del Discurso, una interpretación de sus
afirmaciones sobre las almas humanas. Aunque éstas aparecían incluidas, de
alguna manera, entre los espíritus, opinaba que merecían un tratamiento
independiente si se quería determinar las doctrinas chinas relativas a su
naturaleza y a su situación después de esta vida. De la constatación de que los
antiguos chinos hablaban del espíritu de sus antepasados, a los que
reverenciaban como si tuvieran el poder de llevar la felicidad o la desgracia a
sus descendientes, Leibniz afirmaba que estaba justificado concluir que
concebían el alma humana como si continuara existiendo después de esta vida.
Añadía que era verdad que los chinos no hablaban ni del infierno ni del
purgatorio, pero era posible que algunos de entre ellos creyeran que las almas
que vagan por montañas y bosques se encuentran en una especie de purgatorio.
Aquí, de nuevo, pudo encontrar un análogo occidental en la vida de san Conrado,
obispo de Constancia, cuya biografía se había incluido en los Scriptores rerum
Brunsvicensium illustrationi, quien descubrió almas con forma de pájaros
condenadas a las cataratas del Rin y las salvó con sus oraciones.
En la cuarta y última parte del Discurso Leibniz exponía su sistema binario y
el descubrimiento, que ahora afirmaba haber realizado junto con Bouvet, de la
relación existente entre éste y los hexagramas del I Ching. La suposición de
que había sido Fu-Hsi, el mítico fundador de la cultura china, el inventor del
sistema binario cientos de años antes de que Leibniz lo redescubriera,
constituía un elemento esencial en su defensa de la posición acomodacionista
entre los misioneros. Pues no podía haber mejor forma de crear entre los chinos
modernos el respeto por los textos antiguos y la teología natural que
contenían, la cual podía predisponerles al cristianismo en razón de las
sorprendentes similaridades que mantenía con éste, que mostrando que contenían
también una matemática de un nivel que únicamente se había alcanzado en Europa
en las últimas décadas.
§. Correspondencia con Des Bosses
En carta a Des Bosses del 5 de febrero de 1712 (GP 2, pp. 433-8), Leibniz
introducía un nuevo término en su discusión sobre la naturaleza de los cuerpos
compuestos. Durante mucho tiempo había dejado abierta la cuestión de si esos
agregados de mónadas eran meramente fenómenos bien fundados o sustancias
corpóreas con una existencia metafísica real. Ahora explica a Des Bosses que,
si las sustancias corpóreas son algo real, deben estar constituidas por un
unificador real o cadena sustancial (vinculum substantiale) que Dios añadía a
las mónadas. Aunque el diálogo con Des Bosses tiene lugar en un contexto
específico: el de la búsqueda de una explicación de la eucaristía satisfactoria
para los católicos —el propio Leibniz, como luterano, no creía en la
transustanciación—, su interés por el problema de la realidad de los cuerpos
era, evidentemente, más filosófico que meramente teológico. Pues no hay mención
alguna de la eucaristía en las notas que tomó para preparar la carta a Des
Bosses (GP 2, pp. 438-9), mientras que la realidad metafísica de los cuerpos
subyace a los escritos filosóficos de sus últimos años. Con todo, en la
correspondencia dirigida a Des Bosses enfatiza con frecuencia el punto de vista
alternativo de que los cuerpos no son más que fenómenos bien fundados, si bien
el hecho de que no utilice el término vinculum substantiale más que en las
cartas a Des Bosses indica quizá que no se sentía completamente satisfecho con
esta nueva teoría (Blondel 1972, pp. 281-7).
Leibniz considera dos uniones distintas. Existe, en primer lugar, una unión
real entre cuerpo y alma que efectúa la mónada dominante; y hay, en segundo
lugar, una reunión de todas las mónadas subordinadas en una sustancia corpórea
real a la que ha dado lugar la cadena sustancial. De hecho, Leibniz identifica
la sustancia corpórea o cuerpo con la cadena sustancial. Las propias mónadas no
son partes de esta cadena. Mientras las mónadas —que son sustancias simples e
indivisibles— permanecen intactas, sus elementos pasivo y activo (materia prima
y entelequia) se combinan por separado para formar la cadena, que queda así
constituida por materia extensa, que surge de la materia prima, y forma
sustancial, compuesta por la suma de las entelequias. Cualquier cosa que se
origine de esta forma, explica, puede extinguirse y de hecho se destruye cuando
cesa la unión, excepto si Dios la conserva por medio de un milagro. Se sigue de
ello que la cadena sustancial o sustancia corpórea difiere de manera esencial
de un alma o mónada. Mientras esta última es una sustancia simple e
indivisible, la cadena sustancial se encuentra en un flujo permanente,
exactamente igual que la materia.
En este punto de la correspondencia, Leibniz manifiesta su preferencia por el
punto de vista de que únicamente las mónadas son reales y de que la unión en
los fenómenos viene proporcionada por la acción de un alma que percibe. Añade
entonces que, si la fe nos urge a asentir ante las sustancias corpóreas (si
queremos explicar la eucaristía), éstas tienen que consistir en esa realidad
unificadora que añade algo de carácter absoluto y por tanto sustancial, aun en
el caso de un fluido, a las cosas que han de unirse.
En carta a Des Bosses escrita desde Wolfenbüttel el 20 de septiembre de 1712
(GP 2, pp. 456-61), Leibniz manifestaba su satisfacción ante la traducción de
la Teodicea al latín obra de su amigo, de la que decía que era bella y
arrojaría luz sobre la obra. Explicaba además de qué manera la doctrina
católica relativa a la eucaristía podía encontrar acomodo dentro de su sistema
filosófico por medio del vinculum substantiale. En el momento de la
consagración, Dios no tendría más que reemplazar la cadena sustancial del pan y
el vino por otra que uniese el cuerpo de Cristo a las mónadas del pan y el
vino. Puesto que las mónadas no son parte de la cadena y no se ven afectadas
por ella, los fenómenos de las mónadas del pan y el vino permanecerían
inalterados. Incluso si el pan y el vino no fueran sustancias, sino meros
agregados de mónadas, seguirían siendo agregados de cuerpos orgánicos (ya que
todas las mónadas poseen un cuerpo) y constituirían unidades reales, cuyas
cadenas sustanciales podrían verse destruidas y reemplazadas por la cadena
sustancial del cuerpo de Cristo.
Des Bosses hizo algunas objeciones relativas a la naturaleza de la cadena
sustancial; afirmó que podría no tratarse de una sustancia, puesto que no había
en ella un principio de acción. No estaba convencido, además, de que el punto
de vista que quería defender —el de que la cadena era un accidente más que una
sustancia— fuera contradictorio, y en consecuencia la discusión se prolongó sin
llegar a una solución. Tras su regreso de Viena y después de un invierno
sufriendo a causa de la gota, Leibniz escribió a Des Bosses el 15 de marzo de
1715 (GP 2, pp. 492-3) para enfatizar la naturaleza real de los cuerpos. Tras
desestimar al obispo Berkeley, que atacaba la realidad de los cuerpos a la
manera de un hombre que quisiera ser conocido por sus paradojas, Leibniz añadía
que era correcto considerar a los cuerpos como objetos, pues también los
fenómenos eran reales. En el contexto de su sistema filosófico, como era de
esperar, esta realidad surgía del hecho de estar bien fundados, lo que a su vez
era resultado de la armonía preestablecida entre las mónadas. Pero explicaba
que, cualquiera que quisiera considerar a los cuerpos como sustancias (es
decir, metafísicamente reales como las mónadas), necesitaría algún nuevo
principio para la unión real similar a su cadena sustancial. En cartas escritas
durante la primavera y el verano de 1715 dio respuesta a la objeción de Des
Bosses relativa a que la cadena sustancial carecía de un principio de acción.
Si bien las mónadas influyen en la cadena, la propia cadena no puede cambiar
nada en las leyes de las mónadas, pues cualquier modificación que reciba de
ellas la tendrá al modo de un eco (GP 2, pp. 495-6). Un cuerpo que devuelve un
eco, sostiene, está actuando (GP 2, pp. 502-5). Leibniz deja también muy clara
su opinión de que únicamente es preciso suponer que poseen cadena los cuerpos
orgánicos —es decir, aquellos que poseen una mónada dominante— y que la cadena
se adherirá siempre a la mónada dominante.
§. Obras filosóficas de divulgación
En 1714, mientras se encontraba en Viena, Leibniz redactó dos exposiciones
divulgativas de su filosofía que contenían, sobre todo, resúmenes legibles de
los principios fundamentales. Estas obras eran los Principes de la nature et de
la grace, fondés en raison, escrita para su amigo el príncipe Eugenio, y un
ensayo que un editor posterior tituló La Monadologie y que escribió para su
nuevo amigo de París, Nicolás Remond. Ninguna de las dos obras llegó a
publicarse en vida de Leibniz, pero los Principios aparecieron en La Haya en
1718 y la Monadologia se publicó por primera vez en una traducción al alemán en
1720.
En cana a Remond de julio de 1714 (GP 3, pp. 618-21) Leibniz explicaba que la
exposición relativa a las mónadas que le había pedido progresaba, pero que
debido a otras ocupaciones no había podido terminarla. Añadía que, para
entender la totalidad de su sistema filosófico, era necesario completar la
lectura de la Teodicea con varios de los artículos publicados en revistas. Un
mes más tarde (GP 3, pp. 624-5), habiendo terminado los Principios, envió a
Remond una copia de éstos mientras estaba pendiente la finalización de la
Monadologia. Remond (GP 3, pp. 629-30) encontró estas aclaraciones muy útiles y
aconsejó a Leibniz que añadiese un segundo volumen a la Teodicea. Este debería
comenzar con la dinámica (que parecía ser el fundamento del sistema
filosófico), incluir los artículos de revista y finalizar con los Principios
(GP 3, pp. 640-4). En carta del 22 de junio de 1715, Leibniz hacía la
observación de que la dinámica, que aún no había terminado, requeriría un
volumen entero (GP 3, pp. 644-7).
Ninguna de las obras menciona fenómenos bien fundados y ambas hacen referencia
a sustancias compuestas. Esto puede ser indicativo de un cambio en la posición
de Leibniz, que se alejaría del fenomenalismo y se acercaría a la creencia en
la realidad del mundo natural. No se menciona, por supuesto, la cadena
sustancial, pues incluso aunque se hubiera sentido completamente satisfecho con
este concepto, el tipo de explicaciones detalladas que aparecen en la
correspondencia con Des Bosses habrían estado fuera de lugar en una exposición
de carácter divulgativo.
Los Principios de la naturaleza y de la gracia (CP 6, pp. 598-606) comienzan
con una definición de la sustancia como lo que es capaz de acción, de la
sustancia simple como lo que no tiene partes, y de la sustancia compuesta como
una reunión de sustancias simples o mónadas. La palabra griega monas, se hace
observar, significa unidad. Puesto que no puede haber sustancias compuestas o
cuerpos sin sustancias simples, se llega a la conclusión de que las sustancias
simples o mónadas deben existir en todas partes, de tal forma que la totalidad
de la naturaleza está llena de vida. Como Leibniz subraya en la Monadología (GP
6, pp. 607-23), las mónadas son los verdaderos átomos de la naturaleza; es
decir, los elementos de las cosas. En la continuación de esta exposición en los
Principios, Leibniz explica que, puesto que las mónadas no tienen partes, no
pueden crearse ni destruirse. Sus cualidades internas y actividades consisten
en:
i. percepciones: representaciones de lo que está fuera, y
§. ii. apetitos: su tendencia a pasar de una percepción a otra.
Distingue entre percepción —que consiste en el estado interno de la mónada
cuando representa cosas externas— y apercepción, a la que describe como
conciencia (es decir, autoconciencia) o conocimiento reflexivo del propio
estado interno, algo que no les es dado a todas las almas ni a algún alma de
forma permanente. Señala que, al carecer de esta distinción, los cartesianos
cayeron en el error de suponer que únicamente los seres autoconscientes tienen
percepciones, lo que les llevó a creer que los animales no tienen alma. En su
opinión, sin embargo, la percepción de los animales está acompañada de memoria
—de tal modo que durante bastante tiempo se conserva un eco de la percepción,
el cual en ocasiones resulta audible— y ello implica que los animales tienen
alma. Cuando este alma se eleva hasta el nivel de la razón, como en los humanos
y los ángeles, recibe el nombre de espíritu.
Puesto que la naturaleza está llena, Leibniz infiere que hay mónadas por todas
partes, separadas unas de otras por su propia acción y en continua
transformación de sus interrelaciones. En unión con un cuerpo particular,
constituido a partir de las mónadas situadas a su alrededor y que domina, cada
mónada constituye una sustancia viviente, de tal forma que no sólo hay vida por
todas partes sino una gradación infinita de ella, puesto que las mónadas están
organizadas según jerarquías cada vez más complejas. Tras explicar la armonía
preestablecida entre las percepciones de la mónada y los movimientos de su
cuerpo, Leibniz dirige su atención al problema de la generación de los animales
y lo expone con más detalle que en sus explicaciones previas. Comienza observando
que la conexión existente entre las percepciones de los animales guarda cierto
parecido con la razón. Esta conexión se basa tan sólo en la memoria de los
hechos o efectos, y no en el conocimiento de las causas. El verdadero
razonamiento depende de verdades necesarias o eternas, como las de la lógica,
el número y la geometría, y únicamente se encuentra en las almas racionales.
Estas almas tienen la capacidad de realizar actos de reflexión y es esto,
observa, lo que nos permite adquirir el conocimiento de las ciencias y de las
verdades demostrables. Leibniz supone que las plantas y los animales proceden
de semillas preformadas y, por tanto, de las transformaciones sufridas por
seres vivos que existían con anterioridad a ellos; cita la transformación del gusano
de seda en mariposa como ejemplo obvio de transformación del mismo animal.
Explica que, en las semillas de los animales grandes, existen animales pequeños
que asumen, en el momento de la concepción, una nueva cubierta que les provee
de un medio para nutrirse y crecer, de forma tal que puedan emerger a un
estadio superior y propagar a los animales grandes. Define a los animales
espermáticos como aquellos que, mediante la concepción, se ven elevados al
nivel de animales más grandes. Tan sólo un pequeño número de elegidos hace su
aparición en el gran escenario del mundo. Los propios animales espermáticos son
agrandamientos de otros animales espermáticos más pequeños y así sucesivamente,
de acuerdo con la organización jerárquica de las mónadas, hasta el infinito. De
este modo, no sólo las almas, sino también los animales, no se generan ni se
destruyen —no perecen completamente en lo que llamamos muerte— sino que se
transforman. Las almas jamás abandonan la totalidad de sus cuerpos, ni pasan de
uno a otro que sea completamente nuevo para ellas. Los animales cambian, y lo
que pierden y adquieren son únicamente partes; en la nutrición, esto tiene
lugar de forma imperceptible pero continua, mientras que en la concepción y en
la muerte los cambios tienen lugar súbitamente y de forma muy perceptible. En
el caso de tos seres humanos, las almas de los animales espermáticos no son
originariamente racionales, sino que llegan a serlo únicamente cuando la
concepción determina en ellos una naturaleza humana.
Al llegar a este punto, la exposición de Leibniz abandona el piano de las
ciencias naturales y se sitúa en el de la metafísica, donde hace uso del
principio de razón suficiente para demostrar la existencia de Dios y la
creación del mundo de acuerdo con el principio de optimización. En particular,
señala el hecho de que las leyes de la naturaleza no podrían explicarse
únicamente tomando en consideración las causas eficientes o la materia, sino
que requieren apelar a causas finales en forma de una elección basada en una sabiduría
perfecta, como una de las evidencias más útiles de la existencia de Dios. A
esta prueba a posteriori a partir de la existencia de los contingentes, Leibniz
había añadido, en la Monadología, una prueba a priori a partir de la realidad
de las verdades eternas. En esta versión del argumento ontológico, Leibniz
utiliza de hecho el concepto de entendimiento, más que el de perfección, para
concluir la posibilidad de un Ser necesario. Pues la realidad de las verdades
eternas (es decir, su significación como enunciados verdaderos) tiene que
depender de la existencia de una mente para la cual constituyen los objetos del
entendimiento. Lo mismo ocurre en el caso de las esencias o posibilidades,
puesto que, si un Ser necesario cuya esencia incluye la existencia (es decir,
cuya posibilidad implica su existencia) no existe, entonces no hay nada posible
y no puede haber verdades eternas. Pero, dado que hay verdades eternas, la
posibilidad y, por tanto, la existencia de Dios (el Ser que las entiende)
quedan establecidas.
Tanto los Principios de la naturaleza y de la gracia como la Monadología
finalizan con una exposición de la función especial del ser humano en el
proyecto divino. Para mostrar la diferencia esencial entre Dios y las mónadas,
Leibniz recurre de nuevo a la imagen de Dios como una esfera cuyo centro está
en todas partes y la superficie en ninguna. Mientras cada mónada representa el
universo confusamente desde su punto de vista, Dios lo ve todo distintamente
tal y como en realidad es. Piensa que las almas racionales, o espíritus, son
algo más que mónadas e incluso más que espíritus simples (que es el caso de las
de los animales), pues no son sólo espejos del universo de las criaturas de
Dios, sino del propio Dios. Así, cuando descubrimos las ciencias según las
cuales Dios ha regulado las cosas, el alma imita (en el interior de su dominio)
lo que Dios realiza en el inundo exterior. Leibniz piensa que, por este motivo,
los espíritus (las almas de los humanos y de los ángeles) establecen algún tipo
de sociedad con Dios y son miembros de la Ciudad de Dios. Esto no tiene lugar
mediante una dislocación de la naturaleza, sino en virtud tic la armonía
preestablecida entre los dominios de la naturaleza y de la gracia, de tal modo
que los planes de Dios para las almas son acordes con las leyes que rigen los
cuerpos. Acaba diciendo, respecto a la visión beatífica o conocimiento de Dios,
que nunca pueden ser completos, pues Dios, al ser infinito, no puede ser objeto
de un conocimiento perfecto. Nunca nos encontraremos en la situación de no
tener nada que desear, algo que paralizaría nuestro espíritu.
§. Correspondencia con matemáticos
Guido Grandi, profesor de filosofía en Pisa, había estudiado el cálculo por sus
propios medios y entró en correspondencia con Leibniz en 1703, cuando le envió
un libro que había escrito sobre el tema. En 1710 publicó un artículo sobre lo
infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, en el cual afirmaba haber
demostrado que la suma infinita de la serie
1/(1
+ x) = 1 - x + x2 - x3 + ...
resultante
de sustituir x = 1, es decir 1 - 1 + 1 - 1+..., era igual a Este resultado, que
comparaba con el misterio de la creación a partir de la nada (pues 1 - 1 + 1 -
1+... puede escribirse como 0 + 0 + 0 + ..., luego 0 + 0 + 0 + ... = ½, había
sido motivo de polémica con el profesor de matemáticas en Pisa, a quien sucedió
en 1714. El resultado de Grandi pasó a ser tema de discusión entre Leibniz y
algunos de los matemáticos con quienes se carteaba, sobre todo después de que
publicara una carta dirigida a Wolff que contenía lo que creía la solución a la
paradoja. En esta carta, publicada en las Acta Eruditorum (GM 5, pp. 382-7) en
1713, Leibniz aceptaba el resultado de Grandi. Pues, a pesar de su apariencia
de absurdo, pensaba que podía justificarse. En el caso de un número par de
términos, la suma de la serie es 0, y en el caso de un número impar de
términos, la suma es 1. Si el número de términos es infinito, sin embargo,
Leibniz sostiene que la distinción entre par e impar desaparece y que es razonable,
por tanto, tomar ’/2 como resultado de la suma. Aunque parece
mostrar cierta inseguridad en su carta a Grandi del 6 de septiembre de 1713 (GM
4, pp. 217-20), Leibniz defiende su solución a la paradoja en cartas a Varignon
y a Bourguet.
En carta a Leibniz del 19 de noviembre de 1712 (GM 4, pp. 187-91), Varignon
ridiculizaba la comparación que Grandi había establecido con la creación y
sugería que la paradoja podía evitarse si se escribía
1/(1
+ 1) = 1/(3 - 1) = 1/3 + 1/9 + 1/27 + ... = 1/2.
Señalaba
además que podían encontrarse una infinidad de series que arrojaban la misma
suma. Louis Bourguet, que residió en Venecia entre 1711 y 1715 y sentía un
interés especial por los idiomas antiguos, se carteó con Leibniz sobre temas
diversos, que incluían el de China, la filosofía y las matemáticas. A comienzos
de 1714 (GP 3, pp. 561-4) Leibniz le sugirió que, si podía ejercer alguna
influencia, recomendara que se invitase a Johann Bernoulli para suceder a
Hermann como profesor de matemáticas en Padua. En caso de que Johann Bernoulli,
a quien describía como «una luminaria de nuestro siglo», no se dejara seducir
por un salario adecuado, añadía que su sobrino Nikolaus representaba la
siguiente mejor elección. Pocos meses después expresó a Bourguet (GP 3, pp.
576-8) su esperanza de que el conde Jacopo Riccati y Bernardo Zendrini
continuaran con la labor de introducir las nuevas ciencias en Italia, y
preguntaba si habían visto su solución a la paradoja en las Acta Eruditorum. En
nueva carta a Bourguet del 3 de abril de 1716 (GP 3, pp. 591-3), esta vez en un
contexto filosófico, hacía la interesante observación de que, si bien las sumas
de las series
1 +
1 + 1 + ... y
1 +
1/2 + 1/3 + 1/4 + ...
eran
ambas infinitas, la suma de la primera era infinitamente más grande que la de
la segunda.
Con Johann Bernoulli discutió el problema de la existencia de logaritmos de
números negativos. Según Bernoulli (GM 3, 2, pp. 885-8),
log
(x) = log (-x)
resultado
al que llegaba a partir de la relación
d(log
x) = dx/x = d(-x)/(-x) = d(log(-x))
Leibniz
(GM 3, 2, pp. 895-6) mostró que el resultado de Bernoulli implicaba una
contradicción y defendió que los números negativos no tienen logaritmos [83]. Leibniz
continuó recibiendo noticias de Varignon relativas a la Academia de Ciencias y
a sus amigos de París. Cuando Hermann y Bernoulli presentaron ante la Academia
su solución al problema de la inversa de la fuerza central —es decir, la
demostración de que, en el caso de una fuerza centrípeta que varía inversamente
al cuadrado de la distancia, la órbita descrita es una sección cónica—, Leibniz
aprovechó la oportunidad para alentar a sus amigos a que fueran perseverantes
en sus propias investigaciones. Una vez resuelto el problema de la inversa (al
cual, señalaba, Newton no había prestado atención suficiente), aconsejaba a
Varignon que estudiara cuál es la órbita en el caso de un cuerpo que se ve
atraído por dos o más centros en movimiento. Añadía que esto podía proporcionar
el medio de determinar con más precisión el movimiento de la luna (GM 4, pp.
174-6). En carta del 19 de noviembre de 1712, en la que agradecía a Leibniz su
admisión como miembro de la Sociedad de Ciencias de Berlín, Varignon informaba de
que, aunque había estudiado la órbita de un cuerpo que se ve atraído por una
multiplicidad de centros, incluso en un medio resistente, aún no había obtenido
ningún resultado para centros en movimiento, que sólo había considerado de
pasada. En la misma carta aludía al fallecimiento de Cassini a los 88 años de
edad, «sin sufrir enfermedad alguna y simplemente por la necesidad de morir», y
le transmitía además un saludo de parte del viejo amigo de Leibniz, Des
Billettes, que contaba por entonces con 80 años de edad. Varignon decía también
a Leibniz que había dedicado dos meses a leer una extensa obra sobre cubos
mágicos para la Academia. Algunos años después, el 27 de febrero de 1716,
Leibniz le envió un cubo mágico con 27 células. Fue presentado ante la Academia
y examinado por De la Hire, quien llegó a la conclusión de que era correcto
pero no fue capaz de descubrir el método de construcción.
Un amigo íntimo de Varignon, el abad Cari Irenaeus Castel de Saint Pierre,
abogó por la creación de una especie de Tribunal Internacional en el que se
resolvieran las disputas políticas. El abad envió a Leibniz, por mediación de
Varignon, una copia de su Projet d'une paix perpétuelle al tiempo que
solicitaba su opinión (GM 4, pp. 195-6). Tuvo la satisfacción de recibir una
detallada respuesta de Leibniz a principios de 1715 (FC 4, pp. 328-36). Leibniz
señalaba que el landgrave Ernesto de Hessen-Rheinfels, que había mandado
ejércitos durante la gran guerra antes del Tratado de Westfalia, había
propuesto un proyecto similar. Manifestando su aprobación ante la concepción de
Saint Pierre del Imperio como un modelo de sociedad cristiana, Leibniz se
mostraba de acuerdo con que las cosas debían dejarse, en la medida de lo
posible, tal cual eran. Por este motivo, prefería la propuesta de dejar que
fuera el emperador quien hablara por el Imperio, antes que la de desmantelar el
Imperio y conceder al emperador un voto (como en el caso de los electores) como
heredero a gobernante, algo que Saint Pierre proponía como alternativa. A Leibniz
le parecía importante que no se tomara ninguna iniciativa que pudiera debilitar
la influencia del emperador en el mundo cristiano. Por el mismo motivo,
prefería la Cámara Imperial existente, en la que los jueces tenían libertad de
conciencia, a la propuesta de Saint Pierre de que los jueces siguieran los
dictados de los príncipes.
Las cuestiones del movimiento planetario y de la gravedad continuaron siendo el
tema de la correspondencia de Leibniz con Hartsoeker, quien creía que los
planetas flotan en equilibrio sobre el fluido que les rodea, sin que sean
necesarias ni la gravedad ni la fuerza centrífuga. Puesto que no era un
matemático, Hartsoeker quería que Leibniz le explicara, «en tres palabras», las
órbitas elípticas (GP 3, pp. 530-2). Mostrándose de acuerdo con Hartsoeker en
que la atracción no podía ser una cualidad esencial de los cuerpos (pues
afirmarlo supondría volver a las cualidades ocultas que la filosofía había
abandonado), Leibniz sostenía que sí existe una fuerza tal, y que tiene su origen
en los impulsos de los fluidos. Había demostrado matemáticamente que, cuando un
planeta se ve arrastrado alrededor del sol mediante un movimiento circular con
velocidad inversa a la distancia, la combinación de este movimiento circular
con la gravedad da lugar, con total perfección, a las leyes planetarias de
Kepler. Añadía que ese mismo movimiento circular surge cuando, de acuerdo con
Newton, se combina la misma gravedad simplemente con la fuerza de proyección.
Para justificar esos resultados se requerían, sin embargo, largas
demostraciones matemáticas, respecto a las cuales remitía a Hartsoeker a las
Acta Eruditarum y a los Principia de Newton.
En los últimos años de su vida, el principal tema de la correspondencia entre
Leibniz y otros matemáticos fue el de la disputa por la prioridad en la
invención del cálculo. En carta escrita desde Berlín el 4 de marzo de 1711 (NC
5, pp. 96-8), daba las gracias a Hans Sloane, secretario de la Royal Society,
por el envío del último número de las Philosophical Transactions, en el cual
Keill lanzaba la acusación de plagio contra Leibniz en relación con la
invención del cálculo. En un intento de obtener de la Royal Society alguna
reparación, en forma de una rectificación de Keill, Leibniz señalaba a Sloane
que nadie mejor que Newton sabía hasta qué punto la acusación era falsa y
añadía que nunca había oído pronunciar la expresión cálculo de fluxiones ni
visto el simbolismo utilizado por Newton antes de su aparición en los trabajos
de Wallis. Si eso era así, Leibniz se preguntaba cómo había podido publicar
entonces la aritmética de fluxiones que Newton había inventado, tras alterar el
nombre y el estilo de notación —como Keill afirmaba. La Royal Society pidió a
Keill que expusiera por carta su versión de los hechos y Sloane se la remitió a
Leibniz en mayo de 1711 (NC 5, pp. 132-52).
Al tiempo que explicaba que no había pretendido sugerir que Leibniz tuviera
conocimiento del nombre o el simbolismo utilizados por Newton, afirmaba que, en
dos cartas que Oldenburg había hecho llegar a Leibniz (la Epístola prior y la
Epístola posterior), Newton daba «indicaciones muy claras ... a partir de las
cuales Leibniz había derivado los principios del cálculo o, cuanto menos,
podría haberlos derivado». En carta del 29 de diciembre de 1711 (NC 5, pp.
207-9), Leibniz apelaba de nuevo a la Royal Society pidiendo justicia. En
respuesta, la Royal Society nombró un comité para estudiar el caso. El informe,
que el propio Newton redactó y en el que se condenaba a Leibniz, fue
evidentemente aceptado por la Sociedad, así como la recomendación de que se
publicara junto a los documentos relevantes para el caso. El Commercium
epistolicum apareció a principios de 1713, pero Leibniz no vio ninguna copia
hasta su regreso de Viena en el otoño de 1714.
Fue Johann Bernoulli quien informó a Leibniz del contenido del Commecium
epistolicum en carta del 7 de junio de 1713 (NC 6, pp. 1-6); su sobrino
Nikolaus había llevado a Basilea la única copia que le había dado en París el
abad Bignon, una de las varias enviadas desde Londres para su distribución
entre los eruditos. Al tiempo que expresaba su disgusto por «estas maneras tan
poco civilizadas de hacer las cosas», Bernoulli decía a Leibniz que se le había
acusado ante un tribunal integrado por los propios testigos e implicados en el
asunto; se habían hecho aparecer documentos contra él y se había dictado
sentencia: el caso había quedado resuelto en su contra, y se le había
condenado. En la misma carta, Bernoulli llamaba la atención sobre un error que
su sobrino había encontrado en la proposición 10 del Libro II de los Principia
de Newton, el cual servía para demostrar, afirmaba, que Newton no entendía las
derivadas segundas y de orden superior. Existe, efectivamente, una incorrección
que Newton corrigió más tarde, pero su origen no está en el supuesto error que
Bernoulli había detectado (Whiteside 1970, pp. 128-9). Si, como Bernoulli
afirmaba, Newton había identificado los términos del desarrollo binomial de (x
+ o) n con derivadas, ello revelaría una confusión
relativa a las derivadas de orden superior; pero Newton siempre afirmó que lo
único que había dicho era que los términos eran proporcionales a las derivadas,
lo cual era, naturalmente, cierto. Tras haber proporcionado a Leibniz una
evidencia bastante dudosa que podía utilizar contra Newton, Bernoulli pedía a
Leibniz que se mantuviera al margen de la disputa.
Antes del final de julio, Leibniz había redactado una declaración en la que
explicaba su propia posición y que su amigo Wolff se ocupó de hacer imprimir y
distribuir. En este documento, que se conoce como Charta volans (hoja voladora)
(NC 6, pp. 15-21), Leibniz, oculto bajo el anonimato, expresaba su opinión de
que quizá había sido demasiado generoso con Newton al suponer que podía poseer
algo similar al cálculo diferencial, ya que el subsiguiente injusto proceder de
los ingleses le había llevado a sospechar que era el cálculo de fluxiones el
que se había desarrollado imitando el cálculo diferencial. A continuación, y
citando la carta de Bernoulli, añadía que Newton estaba confundido en relación
con las derivadas de orden superior incluso al escribir los Principia, como
cierto matemático eminente (el autor de la carta) había mostrado. Una
traducción al francés de la Charta volans, junto a algunas observaciones
anónimas de Leibniz sobre la disputa (NC 6, pp. 30-2), fueron enviadas por
Wolff al Journal litéraire de La Haya y publicadas a finales de 1713. Una
versión latina apareció también en las Deutsche Acta Eruditorum oder Geschichte
der Gelehrten.
Varignon hizo llegar a Leibniz su apoyo en carta del 9 de agosto de 1713, y, a
su regreso de Viena, Leibniz explicó a Varignon (GM 4, pp. 198-9) que pensaba
publicar algún día su propio Commercium epistolicum, pero que antes tenía que
revisar viejos papeles. En ese momento se encontraba muy ocupado con el estudio
histórico e indispuesto por culpa de su gota.
Justo antes del regreso de Leibniz a Han no ver, en el otoño de 1714, Keill
publicó en el Journal litéraire una respuesta a la Charta volans y a las
observaciones de Leibniz que habían aparecido en esta revista. Utilizando
material que había recibido de Newton, Keill intentaba probar que Leibniz había
cometido errores concernientes a derivadas segundas en su artículo sobre el
movimiento planetario. Si se acepta la interpretación de los cálculos de
Leibniz que se hizo antes, y que está justificada a la vista de la evidencia
documental, esta crítica carece de base (Aiton 1962). Wolff, que temía que los
ingleses pudieran interpretar el silencio de Leibniz a su favor, se apresuró a
responder a la crítica de Keill (W, pp. 164-7). En carta a Wolff del 18 de mayo
de 1715, Leibniz explicaba, sin embargo, que prefería no entrar en tratos con
un hombre como Keill. En su artículo sobre movimientos celestes, declaraba, no
haber error alguno; tan sólo una expresión relativa a la fuerza centrífuga que
luego había formulado con mayor precisión. Pues, lo que había probado —que las
elipses de Kepler resultaban de la composición de un movimiento circular
armónico con la gravedad— era, sin ningún género de dudas, verdadero y seguiría
siéndolo. Dejando aparte el curioso eufemismo con que designa un error
corregido después, la descripción era exacta. Hacia el otoño de 1715 Wolff
había adoptado hacia Keill la misma actitud de Leibniz y afirmó que no podía
manifestar su aprobación ante la excelencia cuando ésta insiste en replicar a
un estúpido. Sin embargo, aconsejó a Leibniz que hiciera público su propio
Commercium epistolicum (M7, pp. 174-6).
A fines de 1715, Leibniz supo que había encontrado un abogado para su causa en
Londres. Pues recibió una carta, escrita varios meses antes, del abad
Antonio-Schinella Conti de París (NC 6, pp. 215-16) en la que éste le decía que
estaba a punto de salir para Londres y que pensaba defender su causa allí, tal
y como había hecho antes en París. Nacido en Padua, el abad había viajado hasta
Francia en 1713 buscando información para una historia general de la filosofía.
En el viaje a Inglaterra le acompañaba otro conocido de Leibniz con quien se
carteaba, el matemático Pierre Remond de Monmort, hermano mayor de Nicolás
Remond, primer ministro del duque de Orleáns. En carta a Conti del 6 de
diciembre de 1715 (NC 6, pp. 250-5) —la idea era que la carta le fuera enseñada
a Newton— Leibniz defendía su posición y añadía como apéndice, a modo de reto,
un problema sobre curvas ortogonales (que había planteado Johann Bernoulli)
destinado a los matemáticos ingleses. De acuerdo con la narración que Conti
escribió años después (NC 7, pp. 137-40), Newton le pidió que invitara a los
embajadores extranjeros a examinar los documentos originales que se guardaban
en los archivos de la Royal Society, con el fin de comprobar la exactitud del
Commercium epistolicum. Cuando esto se hubo hecho, el barón von Kielmansegg,
que hablaba en nombre de los embajadores, declaró que no era suficiente y
aconsejó, con el fin de poner fin a la disputa, que el propio Newton escribiera
una cana a Leibniz exponiendo su punto de vista y pidiéndole una respuesta
directa. Se consultó al rey, y éste dio su aprobación. Para entonces, Newton ya
había escrito una cana para Leibniz (NC 6, pp. 285-90); se trataba, de hecho,
de una versión abreviada de la recensión anónima del Commercium epistolicum que
había publicado hacía poco en las Philosophical Transactions. La condesa de
Kielmansegg hizo que Pierre Coste la tradujese al francés y le fue remitida a
Leibniz con una cana de presentación de Conti en marzo de 1716 (NC 6, pp.
295-6). El tono de la carta de Conti es el de un observador imparcial más que
el de un partidario de Leibniz, pues al parecer se había aficionado a la
filosofía newtoniana.
En la respuesta dirigida a Conti y destinada a Newton, escrita el 9 de abril de
1716 (NC 6, pp. 304-14), Leibniz explicaba que no había querido saltar a la
arena junto a los «niños perdidos» que Newton había enviado contra él, incluido
el autor del prefacio a la nueva edición de los Principia, que estaba plagado
de sórdidas observaciones relativas a quienes no aceptaban la gravedad
(entendida como una cualidad esencial de los cuerpos) ni el vacío. Pero, puesto
que Newton se dignaba hacer acto de presencia, era un placer satisfacerle.
Señalaba, en primer lugar, que no tenía referencia alguna del «comité de
caballeros de varías naciones» que, según Newton, había recopilado y publicado
los documentos que integraban el Commercium epistolicum, pues nadie se había
puesto en contacto con él. Incluso ahora seguía sin conocer los nombres de los
miembros del comité, sobre todo los de quienes no eran ingleses, y no creía que
aprobaran todo lo que se había escrito contra él en la obra. Afirmaba, en
segundo lugar, que la Charta volans había sido escrita por un fiel amigo cuando
él se encontraba en Viena y no había visto el Commercium epistolicum. Aunque
Newton la había descrito como una carta difamatoria, no era más dura, añadía,
que lo que se había publicado contra él mismo. Leibniz explicaba, en tercer
lugar, que cuando pudo ver por fin el Commercium epistolicum a su regreso a
Hannover, se había encontrado con que todas las cartas trataban de series e
incluían glosas que lanzaban sospechas sin base, pero que eran irrelevantes
para la cuestión real. Opinaba que no había una sola palabra que pudiera
arrojar la menor sombra de duda sobre su autoría en la invención del cálculo
diferencial. Responder punto por punto requeriría una obra de al menos la misma
extensión y le obligaría a revolver laboriosamente entre una masa de viejos
papeles, algunos de los cuales estaban extraviados, y ello era algo para lo
cual sus otras ocupaciones (muy en especial la redacción de la historia) no le
dejaban tiempo libre. Dadas las circunstancias, se conformaba con desdeñar el
juicio de quienes se pronunciaban en su contra sobre la base de una obra tal,
sobre todo teniendo en cuenta que la propia Royal Society no lo había hecho
—como había podido comprobar a partir de un extracto de su informe. Leibniz
continuaba con una exposición detallada de su descubrimiento del cálculo
diferencial. Pocos días después, envió una exposición similar a su amiga la
condesa de Kielmansegg (NC 6, pp. 324-30).
§. Correspondencia con Clarke
Leibniz informó por primera vez a la princesa Carolina de su disputa con Newton
en carta del. 10 de mayo de 1715 (K 11, pp. 37-40); en ella hacía referencia a
la opinión de un periodista francés que escribía desde Holanda y que sostenía
que la discusión implicaba más a Inglaterra y Alemania que a los propios
individuos. Leibniz sugería a Carolina, con el fin de restaurar el honor de
Hannover y Alemania, que el rey le nombrara historiógrafo de Inglaterra,
haciendo ver así que a él no se le apreciaba menos que al Maestro de la Mente.
Le explicaba que no tenía tiempo para contestar a Newton o a sus partidarios,
si bien personas muy capaces de Francia y Suiza le habían defendido. Sin
embargo, sus amigos le habían presionado para que él mismo examinase la nueva
filosofía de Newton, que en ciertos aspectos era sorprendente. Creían, por
ejemplo, que un grano de arena ejerce una fuerza atractiva que llega hasta el
sol, sin valerse de ningún medio o instrumento., Pero consideraban que la
presencia del cuerpo y la sangre de Cristo en la eucaristía luterana (sin
obstáculos ni distancias) era un absurdo. La crítica de Leibniz atacaba desde
dos frentes. Consideraba, en primer lugar, que los newtonianos merecían ser
censurados por denigrar la religión de Hannover, y, en segundo lugar, que se
contradecían al negar el milagro de la eucaristía luterana y proponer una
fuerza de atracción que era igual de milagrosa. Leibniz añadía que, bajo su
punto de vista, los milagros debían reservarse para los misterios divinos y no
utilizarse en la explicación de la naturaleza. Se congratulaba de que la propia
Carolina se hubiese dado cuenta de la debilidad de la filosofía de Locke, según
la cual todo era material y la materia podía pensar, afirmaciones que conducían
a la destrucción de la religión. Añadía que Locke era menos filósofo de lo que
había creído; este cambio de actitud se debía, probablemente, a que en una
caita a Molineux, Locke había tratado sus objeciones con desdén. La falsa
modestia no le impedía decir a Carolina que, si su carta se hubiese publicado
en una recopilación de obras póstumas de Locke, cualquier crítico avisado se
habría dado cuenta de que sus objeciones eran lo mejor de la recopilación.
Carolina (K 11, pp. 52-3) quería tener alguna traducción al inglés de la
Teodicea y, cuando pidió consejo a su amigo el obispo de Lincoln, éste
recomendó para la tarea a Samuel Clarke, que era capellán del rey. A ella le
pareció que la elección no era buena, pues Clarke era amigo de Newton y, por
tanto, demasiado contrario a sus opiniones como para mantener la necesaria
imparcialidad. Tras enviar copias de los libros de Clarke, escribió a Leibniz
el 26 de noviembre para decirle que ella misma se había enzarzado en una
disputa con Clarke y que necesitaba su ayuda. En respuesta a la petición de
Carolina, Leibniz (K 11, pp. 54-5) envió una breve declaración con su opinión
de que la religión natural parecía estar en declive en Inglaterra. Después de
repetir la crítica a Locke que ya había comentado con Carolina en la primavera,
exponía lo que consideraba que eran los dos errores fundamentales de la
filosofía de Newton. Este sostenía, en primer lugar, que el espacio era el
sensorio de Dios, un órgano que utilizaba para percibir las cosas. Leibniz
explicaba que, si Dios tuviera necesidad de un tal órgano, de ello se seguiría
que los objetos percibidos no dependían de él por entero y, por consiguiente,
que no podían haber sido creados por él. Newton y sus seguidores sostenían, en
segundo lugar, que Dios tenía que intervenir en el mundo natural de vez en
cuando con el fin de hacer los ajustes oportunos para su funcionamiento, al
modo en que un relojero tiene que reparar sus mecanismos para que funcionen
bien. Leibniz pensaba que la máquina de la naturaleza se había creado perfecta
desde el comienzo. Como resultado de la conservación de la vis viva que él
había establecido, en el mundo hay siempre la misma cantidad de fuerza y ésta
tan sólo se limita a pasar de unas partes a otras de la materia según las leyes
de la naturaleza. Leibniz concluía que, cuando Dios hace milagros, no es para
satisfacer las necesidades de la naturaleza, sino las de la gracia.
Carolina mostró este escrito a Clarke y le pido que respondiera. De este modo
se inició la correspondencia entre Leibniz y Clarke. En total, Leibniz escribió
cinco cartas en francés. Las respuestas de Clarke estaban escritas en inglés, y
la última se recibió en Hannover cuando a Leibniz le quedaban tan sólo unos
pocos días de vida. Carolina conservó cuidadosamente todas las cartas, que se
publicaron en francés y en inglés, en páginas enfrentadas, en 1717 [84]. En
respuesta a las críticas contenidas en la primera carta de Leibniz, Clarke
afirmaba que Newton no había descrito el espacio como el sensorio de Dios en un
sentido literal, sino tan sólo en sentido figurado, y atacaba la idea de
Leibniz de que el mundo es como un reloj perfecto, tachándola de propia de un
materialista, pues excluye la providencia de Dios y su gobierno. Leibniz
señalaba a Clarke que Newton, en la Optica [85] , había
descrito el espacio explícitamente como el sensorio de Dios, y explicaba a
continuación que, lejos de excluir la influencia de Dios, sostenía que Dios
crea continuamente el universo. La verdadera providencia, sin embargo, requiere
que Dios haya previsto con antelación todo y haya dispuesto lo adecuado. El
tipo de intervención que Clarke consideraba tenía que ser o natural o
sobrenatural. Si era sobrenatural, no era posible explicar la naturaleza sin
recurrir a milagros. Si era natural, Dios quedaba comprendido en la naturaleza
de las cosas; es decir, Dios sería el alma del mundo. Confiaba en que Clarke y
sus amigos no defendiesen esta doctrina herética, y les aconsejaba que tuvieran
cuidado para no dar inadvertidamente pasos en falso. Leibniz señalaba, contra
la acusación de materialismo, que en la Teodicea había enunciado principios
metafísicos que eran opuestos a esta concepción. Explica que, al igual que las
matemáticas encuentran su fundamento en el principio de no contradicción, para
proceder desde éstas hasta la filosofía natural se necesita otro principio: el
principio de razón suficiente. Partiendo de este principio, que se enuncia
diciendo que nada tiene lugar sin que haya una razón para que sea así y no de
otra manera, había demostrado la existencia de Dios y todas las demás partes de
la metafísica o teología natural. Por ejemplo, podía usarse este principio para
demostrar que los newtonianos caían en un error al suponer la existencia del
vacío. Pues, cuanta más materia existe, más oportunidades tiene Dios de ejercer
su sabiduría y su poder, de donde se concluye que la sabiduría y el poder de
Dios son razón suficiente para que haya lleno.
Cuando Carolina envió a Clarke la segunda carta de Leibniz, el 10 de enero de
1716 (/f 11, pp. 71-3), hizo la observación de que las respuestas de Clarke
habían sido escritas con el asesoramiento de Newton. Añadía que, con la ayuda
de Conti, le gustaría lograr que Newton y el propio Leibniz se reconciliaran.
El 25 de febrero, Leibniz (K II, pp. 78-9) envió su tercera carta a Clarke, al
tiempo que explicaba a Carolina los obstáculos que había para que él se
reconciliara con Newton. Le decía que Newton había reclutado en secreto la
colaboración de otros para atacarle y que incluso había utilizado el nombre de
la Roya! Society. Pensaba que la Roya! Society estaba en deuda con él mientras
no hiciera una declaración a su favor.
La principal queja de Clarke en su segunda carta era que Leibniz, al suponer
que Dios no puede ejecutar un acto de voluntad arbitrario (es decir, un acto
sin causa predeterminada), estaba de hecho privando a Dios de toda capacidad de
elección. En su respuesta, Leibniz hacía notar a Clarke que él estaba
defendiendo de palabra el principio de razón suficiente pero negándolo de
hecho, pues, cuando afirmaba que esta razón suficiente es a menudo la mera
voluntad de Dios, estaba afirmando que Dios actúa en ocasiones sin una razón
suficiente para su elección. Leibniz, por su parte, mantiene que Dios tiene
poder de elección y que lo ejerce de acuerdo con su sabiduría, de tal forma que
su elección es siempre la mejor. Dado que Clarke había utilizado el concepto de
espacio real para ilustrar ese punto, Leibniz aprovechó la oportunidad para
mostrar de qué manera el principio de razón suficiente prestaba apoyo a su
propia concepción relacional del espacio. Pues, si el espacio fuera absoluto y
real, no habría una razón suficiente que explicara por qué Dios ha situado a
los cuerpos en él de una forma y no de otra que preservase las posiciones
relativas. Lo mismo era cierto del tiempo, pues, si el tiempo fuera absoluto y
real, no habría una razón suficiente que explicara por qué Dios ha creado el
universo en un momento dado y no en otro.
En su tercera carta, Clarke insistía en su creencia en la realidad del espacio
y en la mera voluntad de Dios como razón suficiente de muchas cosas. Afirmaba
además que la disminución natural de las fuerzas activas (es decir, del
movimiento) en el universo, de forma tal que, por decirlo con las palabras de
Newton en la Optica, «existe la necesidad de conservarlo y restablecerlo por
medio de principios activos», no implicaba que la labor de artesanía de Dios
fuera imperfecta. Afirmaba que la comparación con una máquina que fuera obra
humana no podía establecerse, pues una máquina de este tipo continuaría
trabajando con independencia del artesano, mientras que el universo dependía
continuamente de su creador.
Leibniz envió su cuarta carta para Clarke a Carolina el 12 de mayo (K 11, pp.
100-3) al tiempo que se quejaba de que Conti parecía un camaleón, pues daba la
impresión de que se había convertido a algunas de las doctrinas newtonianas.
Carolina (K 11, pp. 90-1) confesaba que ella misma había estado a punto de
convertirse y creer en el vacío gracias al claro razonamiento de Clarke, que
había pasado muchas horas conversando con ella, en ocasiones en compañía de
Conti y en ocasiones también en compañía de Newton. Para su ilustración,
Leibniz le envió un artículo sobre el vacío (separado de la carta dirigida a
Clarke) que ella mostró al rey, para que éste tuviera a Leibniz presente (K 11,
pp. 112-13).
Para apoyar su afirmación de que, en algunas ocasiones al menos, Dios tiene que
hacer una elección arbitraria, Clarke había argumentado que, incluso en el caso
de que el espacio fuera ideal, como Leibniz sostenía, tampoco habría una razón
que explicara que tres partículas se encuentren en un orden particular y no en
el opuesto. Esto dio a Leibniz la oportunidad de explicar el principio de la
identidad de los indiscernibles. Comenzaba describiendo la anécdota del jardín
de Herrenhausen relativa a las dos hojas idénticas e infería a partir de este
principio que la situación que Clarke consideraba era una ficción imposible.
Tras unas palabras duras con respecto al espacio como sensorio de Dios y una
extensa exposición de su modo de entender la relación entre cuerpo y mente,
Leibniz dirigía su atención al tema central de la tercera carta de Clarke, que
desestimaba con la observación de que aquellos que imaginaban que la fuerza
activa (vis viva) disminuye por sí misma en el mundo no habían entendido bien
las principales leyes de la naturaleza.
El 26 de junio, Carolina (K 11, pp. 114-16) envió a Leibniz la cuarta carta de
Clarke junto a una nueva súplica para que se reconciliara con Newton. ¿Qué
importancia tenía, preguntaba, cuál de los dos hubiera inventado el cálculo?
Los dos eran ya los grandes hombres de su siglo. Contaba también una visita que
había hecho a Greenwich, donde Flamsteed la había recibido en el observatorio.
Este le había dicho que Leibniz era un hombre honesto, pero que Newton era un
gran villano que le había robado dos estrellas. No había podido evitar reírse.
Su hogar y su aspecto hacían pensar en el mago Merlín.
En carta a Carolina de finales de julio (K 11, pp. 128-30) Leibniz intentaba
justificar su continuada animosidad hacia Newton diciéndole que, si supiera de
qué modo le habían atacado los seguidores de Newton, aprobaría su moderación.
El 18 de agosto le envió la primera mitad de su quinta carta a Clarke,
prometiendo el resto en el correo siguiente. Dado que había oído que Picrre des
Maizeaux, miembro de la Royal Society, había encontrado un traductor para la
Teodicea, pedía permiso a Carolina para dedicarle a ella la traducción y hacer
explícito en el prólogo que había sido ella quien había querido mandarla hacer.
Ella estuvo de acuerdo.
Leibniz se había ido sintiendo cada vez más frustrado ante la incapacidad de
Clarke para entender su filosofía —se preguntaba si Clarke había leído la
Teodicea— y confiaba en que las explicaciones incluidas en su quinta carta
hicieran que Clarke entrara en razón. Si no era así, prefería poner punto final
a la correspondencia. En su cuarta carta, Clarke había desestimado la armonía
preestablecida como una mera palabra que no explicaba en absoluto la causa de
un efecto tan milagroso. Por ello Leibniz explicaba, con algún detalle, la
relación entre alma y cuerpo mediante el principio de la armonía
preestablecida. Decía que esta armonía no era un milagro perpetuo, como Clarke
suponía, sino un milagro originario que había tenido lugar en el momento de la
creación al igual que todo lo demás en la naturaleza. Puesto que una sustancia
simple, alma o mónada, era tal que todos sus estados posteriores eran
consecuencia de un estado precedente, a Dios le bastaba con tener, en el
comienzo, una representación del universo desde su punto de vista, ya que este
permanecería entonces eternamente igual. Las almas percibían lo que tenía lugar
en el exterior a partir de lo que pasaba en el interior y respondían a las cosas
externas en virtud de la armonía preestablecida, en función de la cual toda
sustancia simple, por su misma naturaleza, concentraba en sí y era un espejo
viviente del universo entero según su propio punto de vista. Una vez más,
explicaba a Clarke que alma y cuerpo no interfieren en las leyes del otro; el
alma actuaba libremente, de acuerdo con las reglas de las causas finales,
mientras que el cuerpo actuaba mecánicamente, de acuerdo con las leyes de las
causas eficientes. Esto era posible porque Dios, previendo qué elecciones
adoptaría el alma libremente, regulaba la máquina desde el comienzo de tal
forma que no podía dejar de coincidir.
En el curso de la carta Leibniz aclaraba una serie de puntos relativos al
gobierno del universo, la naturaleza del espacio, la existencia del vacío y la
libertad humana. Clarke había objetado que dos cuerpos inelásticos que se
encuentran pierden parte de su fuerza. Leibniz contesta que no es así. El todo
la pierde, pero las partes la reciben. En otras palabras, la fuerza (vis viva)
no se pierde sino que se reparte entre las partes más pequeñas. Por
consiguiente, la fuerza total no disminuye y no es necesario volver a dar
cuerda al universo. Clarke afirmaba que el espacio era una propiedad y afirmaba
que la semejanza de las partes del espacio contradecía el principio de Leibniz
de la identidad de los indiscernibles. En su respuesta, Leibniz desestimaba en
primer lugar la idea de que el espacio fuera una propiedad —pues no había nada
de lo cual fuera propiedad— y a continuación explicaba que, cuando decía que
dos gotas de agua no eran idénticas, no quería decir que fuera imposible
concebirlas así (como Clarke suponía) sino que tal cosa era contraria a la
sabiduría divina. No había ninguna dificultad en concebir partes del espacio y
del tiempo como idénticas puesto que eran ideales, como había probado a partir
del principio de razón suficiente. Distinguía, sin embargo, en los cuerpos un
movimiento absolutamente verdadero del mero cambio relativo. Pues, cuando la
causa inmediata del cambio se encontraba en un cuerpo en particular, ese cuerpo
se hallaba verdaderamente en movimiento. Dado que ningún cuerpo se encontraba
en un estado totalmente inerte, se seguía que ningún cuerpo se encontraba
completamente en reposo.
Clarke había hecho referencia a los experimentos de Guericke como evidencia de
la existencia del vacío. Leibniz declaraba ser de la misma opinión que los
aristotélicos y los cartesianos, quienes afirmaban que el vacío no existía
verdaderamente. Hacía referencia a los experimentos de Torricelli y observaba
que el vidrio tenía pequeños poros a través de los cuales podían pasar rayos de
luz, efluvios de filón de roca y otros fluidos muy finos. Pensaba que el fluido
que causaba la gravedad era de este tipo; la atracción, repetía, era una
cualidad oculta.
En relación con el problema de la libertad humana, Leibniz acusaba a Clarke de
una obstinación poco razonable al negarse a aceptar los argumentos expuestos en
la Teodicea. Allí había distinguido cuidadosamente entre una necesidad absoluta
(tal que su contraria implica contradicción) y una necesidad moral, que hace
que un ser sabio elija lo mejor y que todas las almas sigan la inclinación más
fuerte. Explicaba de nuevo con alguna extensión que la necesidad moral de
ninguna manera renuncia a la libertad. Si la respuesta de Clarke a esta última
carta hubiese llegado a tiempo, cuando aún podía prestarle atención, Leibniz se
habría sentido decepcionado al ver que el último intento de que su oponente
entrara en razón había fracasado.
§. Últimos meses en Hannover
Durante la primavera de 1716 Leibniz y Jablonski retomaron el proyecto de la
reunificación de las dos Iglesias evangélicas. Lo hicieron a petición del rey
Federico Guillermo I de Prusia, que quería entrar en negociaciones también con
la Iglesia anglicana (Bodemann 1895, p. 101). Después de relatar a Carolina las
primeras negociaciones, cuyo fracaso atribuía a la falta de resolución del
anterior rey de Prusia (que se había dejado influir por las poco razonables
demandas de los pietistas), Leibniz afirmaba que la posibilidad de lograr la
reunificación nunca había sido tan favorable. Por una parte, el elector de
Hannover se había convertido en rey de Gran Bretaña y había pasado a formar
parte de la Iglesia anglicana sin abandonar su religión, de lo cual cabía
inferir que no veía ninguna diferencia esencial en la religión de las Iglesias
anglicana y luterana. Por otra parte, los anglicanos creían que su religión era
la misma que la de la Iglesia reformada. De estos enunciados, tomados como
premisas, se seguía que las Iglesias luterana y reformada compartían la misma
religión. Por tanto, ya estaban unidas de hecho y tan sólo quedaba hacer que la
gente lo supiese mediante una declaración de los reyes con el respaldo de los
teólogos. Leibniz sugería a Carolina que hablase en secreto con alguien que
pudiera explicárselo al arzobispo de Canterbury. Cuando había terminado de
escribir la carta, Leibniz supo que el arzobispo de Canterbury había muerto y
que el rey había elegido como sucesor al amigo de Carolina, el obispo de
Lincoln. Añadió entonces una posdata en la que proponía que fuera ella misma
quien hablase con el arzobispo, subrayando que sería mejor si la iniciativa
parecía venir por completo de los ingleses. Añadía que bajo ningún concepto
debía citarse su nombre (K 11, pp. 85-90). A su vez, Carolina, en carta del 26
de mayo de 1716 (K 11, pp. 112-13), hacía constar su parecer de que el rey
consideraba que la reunificación carecía de utilidad práctica y era casi
imposible de llevar a cabo para los obispos, que harían objeciones en relación
con la validez de las órdenes. Debido a la falta de interés del rey, las
negociaciones oficiales entre las Iglesias anglicana y luterana en las que
Leibniz había puesto su esperanza no tuvieron lugar. En la primera mitad de
octubre, sin embargo, invitó a Jablonski a Wolfenbüttel para discutir en
privado las propuestas que Jablonski había presentado al rey de Prusia para
lograr la reunificación de las Iglesias luterana y reformada. Al tiempo que informaba
de estas conversaciones en carta a von Printzen del 3 de noviembre, Leibniz
expresaba su confianza en que la Sociedad de Ciencias de Berlín hiciese
progresos bajo la protección del nuevo rey.
Aunque sufría de gota y de artritis, estas enfermedades le resultaban
soportables e incluso no le producían dolores cuando permanecía en reposo, como
explicaba a Remond en carta del 27 de marzo de 1716 (GP 3, pp. 673-5). No le
habían impedido hacer una visita a Brunswick para ver a la duquesa antes de que
ella visitara Viena con motivo del parto de su hija Isabel, emperatriz
reinante. Más avanzado el año, durante su visita a la feria de Brunswick, pasó
algunos días como invitado del duque Femando Alberto II de Brunswick-Bevern y
su esposa, hermana de la emperatriz. La princesa de Bevern, según informó a
Carolina (A 11, pp. 182-6), era tan radiante como su hermana.
Poco después de su regreso de la feria de Brunswick, a Leibniz le llegaron
rumores procedentes de Viena de que su salario como consejero privado imperial
se iba a ver suspendido. El 20 de septiembre escribió por separado a la
emperatriz viuda Amalia (A 11, pp. 192-5), a su camarera la señorita von Klenck
(A 11, pp. 191-2) y a su amigo Theobald Schöttel, administrador de sus asuntos
financieros en Viena, para pedir su ayuda, pues, si el rumor era cierto, no
podría regresar a Viena, como deseaba. Explicaba que casi había terminado de
redactar la historia de la Casa de Brunswick y que, puesto que esto era lo
único que le retenía en Hannover, proyectaba regresar a Viena tan pronto como
el rey hubiese cruzado de nuevo el mar en dirección a Inglaterra. Sentía como
una degradación que se le viera únicamente como ostentador de un título
honorífico, a pesar del decreto del emperador, sus servicios efectivos, el
enorme doble impuesto que tenía que pagar y sus muchos gastos, que habían
consumido toda la subvención que había recibido hasta la fecha; por no
mencionar la pérdida de los dos años que había pasado en Viena, algo que a su
edad representaba un enorme precio. Casi desde su juventud había rendido
servicio al Imperio mediante su investigación histórica y otros trabajos, al
tiempo que había ido seleccionando a personas de talento para que fueran
miembros de la Sociedad de Ciencias tan pronto como se creara ésta. Convencida
de que el rumor era completamente falso, la señorita von Klenck (A 11, pp.
195-6) decidió, junto a Schöttel, impedir que la emperatriz adoptara medida
alguna antes de comprobar si el siguiente pago, que debía hacerse efectivo en
unos pocos días, se recibía. Karl Gustav Heraeus (A-11, pp. 233-5),
inspector de antigüedades del emperador, explicó cuál era la situación en una
carta escrita el 18 de noviembre, demasiado tarde para que Leibniz pudiera
recibirla. Era cierto que se habían abolido todas las subvenciones a los
antiguos consejeros, y el caso de Leibniz requería una explicación. Les daba
las gracias a Amalia y a la señorita von Klenck por el interés que habían
mostrado, pero en realidad todos los ministros con una formación conocían sus
méritos y el vice-canciller nunca pretendió incluirle entre aquellos cuyas
subvenciones iban a verse suprimidas.
La princesa Carolina no había perdido la esperanza de ver a Leibniz en
Inglaterra y, en una carta que le dirigió a finales de agosto (K 11, pp.
181-2), expresaba su confianza en que el rey le volviese a llevar consigo a
Londres cuando regresara de su visita a Hannover. En su respuesta (K 11, pp.
186-90), Leibniz mostraba muy pocas esperanzas de volver a verla una vez más.
Explicaba que el estudio histórico le iba a mantener ocupado casi todo el año
siguiente y que su estado de salud hacía improbable que más urde estuviera en
condiciones de ir a Inglaterra. En la misma carta le decía que su hijo pequeño,
a quien ella le había pedido que visitara siempre que pudiera, cazaba ratones y
seducía a los visitantes procedentes de Inglaterra, aunque todavía no sabía
hablar inglés. En cana a Leibniz del 15 de septiembre (K 11, p. 190), Carolina
explicaba que no era culpa suya si su hijo aún no hablaba inglés. Temía que los
responsables de su educación lo dejaran para demasiado tarde y ya no llegara a
adquirir un buen acento. Sentía que Leibniz no fuera a ir a Inglaterra de
momento. Decía que no veía ninguna razón para que no pudiera trabajar en el
estudio histórico en Londres en vez de en Hannover, lo que permitiría a sus
amigos gozar del placer de su compañía y su conversación.
A comienzos de octubre, Leibniz envió un informe a Hans Caspar von Bothmer a
Londres sobre los avances del estudio histórico. En su contestación, Bothmer (K
11, p. 198) expresaba su creencia en que, como reconocimiento a su trabajo y
dedicación, el primer ministro von Bernstorff utilizaría su influencia ante el
rey para conseguirle a Leibniz, a cambio, el nombramiento de historiógrafo de
Inglaterra que tanto deseaba. De hecho, Leibniz no terminó la historia de la
Casa de Brunswick [86] y
tampoco tuvo que decidir si marchar a Londres o a Viena, pues el final estaba
más próximo de lo que creía. Durante los primeros días de noviembre, la gota le
alcanzó las manos y tuvo que dejar de escribir. Tras permanecer en cama durante
ocho días, al cuidado de su amanuense, Johann Hermann Vogler, y de su cochero,
Heinrich, aceptó, al atardecer del viernes 13 de noviembre, consultar con un
médico [87] . Como
el doctor Seip, con quien había hecho amistad a principios de año en Pyrmont,
se encontraba en Hannover, se le fue a buscar. Este hizo saber a Leibniz que su
estado era grave y le recetó una medicina que le permitió descansar un poco
durante la noche. Al mediodía del día siguiente, el doctor Seip confirmó que no
había esperanza de recuperación y Vogler pidió permiso para llamar a un abogado
y a un pastor luterano. Leibniz declinó el ofrecimiento con delicadeza,
argumentando que al día siguiente habría tiempo. Al atardecer, Vogler había
salido un momento a la antecámara cuando escuchó un ruido y acudió rápidamente;
encontró a Leibniz intentando quemar una hoja de papel en la llama de la
candela. Mientras, el cochero había regresado. El doctor Seip volvió a pasarse
de nuevo a las 9 de la noche y una hora más tarde, a las 10 de la noche del
sábado 14 de noviembre de 1716, Leibniz moría en paz a la edad de 70 años.
Vogler informó inmediatamente a Eckhart, secretario de Leibniz, quien se hizo
cargo de todas las formalidades.
El domingo por la tarde tuvo lugar la conducción del féretro a la iglesia de
Neustädter. Después de que, el 26 de noviembre, llegara el hijo de su hermana,
Friedrich Simón Löffler, que era su único heredero, se encomendó a una comisión
oficial el examen del legado. Además de su biblioteca, manuscritos y la máquina
aritmética [88] , que
se dejaron al cuidado de la Biblioteca Electoral, dejaba una caja negra con
dinero y valores cuya suma superaba los 12.000 táleros.
El funeral y el entierro tuvieron lugar el 14 de diciembre en la iglesia de
Neustadter. Eckhart había cubierto el féretro con terciopelo negro y había
puesto el escudo de armas de Leibniz en la cabecera. El capellán principal de
la Corte, H. Erythropel, dirigió el servicio, que estuvo acompañado por el coro
de una escuela y en el que estuvieron presentes los parientes y conocidos más
próximos de Leibniz. Eckhart cuenta en su biografía que, aunque se había
invitado a toda la Corte, nadie apareció (con excepción de él mismo) (Eckhart
1779, p. 192). En ese momento, el rey y su séquito se encontraban en la
residencia de caza de Göhrde, cercana a Lüneburgo y de fácil acceso desde
Hannover. Eckhart conjetura si el desinterés del rey y sus ministros pudo
deberse a la extendida opinión de que Leibniz no era creyente. Durante los
diecinueve años que duró su relación, Eckhart no le había visto comulgar nunca.
Recordaba que, en numerosas ocasiones, Leibniz se había descrito a sí mismo
como un sacerdote de la justicia natural y había observado que esto era lo
único que encontraba en el Nuevo Testamento. Eckhart da testimonio de que Leibniz
siempre habló bien de todo el mundo y en todo buscó lo mejor. Una razón más
probable para explicar la indiferencia oficial sería que había incurrido en el
disfavor real.
John Ker de Kersland (K 11, pp. XXXV-VI) rememoró más tarde el gesto de caridad
cristiana que tuvo Leibniz hacia él, al pagar sus deudas en Viena cuando se
encontraba en dificultades financieras, y contaba cómo había llegado a Hannover
el mismo día de la muerte de su amigo y se había sentido sorprendido al ver el
poco respeto que los hannoverinos mostraban hacia sus cenizas, pues se le había
enterrado más como a un ladrón que como quien realmente era: un orgullo para su
país. Ni la Corte, a la que había servido durante más de cuarenta años, ni su
sobrino, que había heredado una buena suma de dinero, encargaron algún
monumento; y, durante más de cincuenta años después de su muerte, su tumba
careció de inscripción alguna. Hoy en día puede identificarse gracias a una
placa de cobre con la sencilla inscripción «Ossa Leibnitii».
Ni la Roya! Society ni la Academia de Ciencias de Berlín dedicaron a Leibniz,
con motivo de su muerte, un discurso conmemorativo o una publicación. El 13 de
noviembre de 1717, sin embargo, Fontenelle leyó un elogio ante la Academia de
Ciencias de París. Estaba basado en una corta biografía que la duquesa de
Orleáns había conseguido de Eckhart para la ocasión (Eckhart 1779, p. 125).
Cuando supo los detalles de la muerte de Leibniz, la duquesa escribió a
Friedrich von Harling a Hannover para decirle que Leibniz no necesitaba
sacerdotes a su alrededor; no había nada que pudieran enseñarle, pues él sabía
más de lo que sabían ellos, y ella no tenía ninguna duda de su salvación
(Bodemann 1895a, pp. 102-4) [89] . Así,
fue la sobrina de Sofía, Liselotte (con quien nunca llegó a encontrarse), quien
se mostró como su amiga más leal entre los grandes y le aseguró, en un país
extranjero, la ceremonia de reconocimiento que sus propios paisanos, por
indiferencia o intolerancia, le habían negado.
La
práctica totalidad del legado de manuscritos de Leibniz, así como su biblioteca
privada, se conservan en la actualidad en la Niedersächsische Landesbibliothek,
sucesora de la Biblioteca Electoral (y más tarde Real) de Hannover. Al final de
su biografía, Eckhart, que sucedió a Leibniz como bibliotecario, declaraba su
intención de publicar los escritos que había dejado tras él. Calculaba que una
edición completa de las obras de Leibniz requeriría tres volúmenes. En el
primero proyectaba reunir todos los escritos ya publicados. El segundo volumen
incluiría todos los escritos completos no publicados, y el tercer volumen
consistiría en las Leibnitiana, incluidos los pensamientos de Leibniz, sus
discursos y reflexiones breves sobre todo tipo de temas, así como sus poemas.
Aunque Eckhart llegó a publicar una selección de los escritos lingüísticos de
Leibniz bajo el título Collectanea Etymologica, su proyecto de una
edición completa de las obras de Leibniz quedó en nada.
En 1718 J. F. Feller, que había sido secretario de Leibniz entre 1696 y 1698,
editó y publicó un volumen con la correspondencia de Leibniz de esos años. Tres
volúmenes más de cartas, recopilados por Sebastian Kortholt, fueron publicados
por su hijo Christian entre 1734 y 1738. En 1745 aparecieron todavía otras tres
importantes
selecciones de cartas. Eran la edición debida a J.M. Bousquet de la
correspondencia con Johann Bernoulli, la edición debida a J.E. Kapp de parte de
los escritos alemanes, incluida parte de la correspondencia con Jablonski, y los
primeros dos volúmenes de la edición proyectada por J. D. Gruber de la
correspondencia completa de Leibniz. Tan sólo tres cartas dirigidas a o
escritas por Leibniz aparecen incluidas en los volúmenes de Gruber, que están
dedicados a la correspondencia de Boineburg y Conring desde 1651 —introducción
innecesariamente larga si se tiene en cuenta que Leibniz conoció a Boineburg en
1667. El estado de salud de Gruber le impidió continuar con el proyecto. En
1749, C. L. Scheidt, por entonces bibliotecario en Hannover, publicó la Protogaea en
latín y alemán. Le siguieron cuatro volúmenes sobre el origen de los Guelf, que
había preparado Eckhart como primera etapa del proyecto de una historia de la
Casa de Brunswick. En 1765, R. E. Raspe publicó un volumen con los escritos
filosóficos de Leibniz que incluía, como trabajo más importante, los Nouveaux
Essais.
La primera edición de una selección de las obras de Leibniz se debió a L.
Dutens y se publicó en seis volúmenes en Ginebra en 1768. Aunque se le negó el
acceso a los manuscritos de Hannover, Dutens incluía canas inéditas de Leibniz
que había encontrado en bibliotecas francesas e italianas, así como trabajos y
canas desperdigados en revistas y obras de otros autores. Las publicaciones de
Bousquet, Kapp y Raspe, sin embargo, le pasaron inadvertidas.
A comienzos del siglo XIX, J. G. H. Feder, que por entonces
era bibliotecario en Hannover, intentó continuar con el proyecto de Gruber,
tomando en orden alfabético a quienes se habían carteado con Leibniz. Sólo
consiguió publicar un volumen incompleto, pues faltaba toda la correspondencia
con Arnauld. En 1837 G. E. Guhrauer publicó la segunda edición del De
principio individui, obra tan escasa incluso en el siglo XVIII que
Dutens no había podido conseguir copia. Le siguieron dos volúmenes con los
escritos en lengua alemana (que intentaban poner de relieve la importancia de
Leibniz para la historia de la literatura alemana) y un volumen sobre el
Electorado de Maguncia en 1672 que incluía los documentos relativos a la misión
política de Leibniz en París. En 1842 publicó la primera edición de su
biografía de Leibniz, en la cual se citaban muchas cartas escritas en latín y
francés en una traducción alemana muy pobre. En 1846, con ocasión del
bicentenario del nacimiento de Leibniz, publicó una segunda edición bastante
mejorada. J. E. Erdmann publicó tres volúmenes con las obras filosóficas de
Leibniz en 1840, consiguiendo atraer la atención hacia la característica
universal, la lógica y el método científico.
Otro bibliotecario de Hannover del XIX, G. H. Pertz, se embarcó en la
gigantesca empresa de hacer realidad una edición completa de las obras de
Leibniz. Se ocupó personalmente de las obras históricas y consiguió completar
en tres volúmenes, por fin, la historia de la Casa de Brunswick, a la que
siguió un cuarto volumen de escritos que señalaban distintos acontecimientos
políticos y estaban ordenados cronológicamente. Las obras filosóficas le fueron
asignadas a C. L. Grotefend, quien publicó la correspondencia con Arnauld y
Ernesto de Hessen-Rheinfels. Las obras matemáticas, asignadas a C. I. Gerhardt,
se publicaron entre 1849 y 1860 en siete volúmenes. Esta edición incluía, por
primera vez, manuscritos matemáticos que se encontraban en la Biblioteca de
Hannover. L. A. Foucher de Careil propuso a la Academia de Ciencias de Viena
editar una selección de las obras de Leibniz. Entre 1859 y 1875 publicó siete
volúmenes, que incluían (algo desordenadamente) documentos sobre la reunificación
de católicos y protestantes y otros históricos y políticos. O. Klopp publicó,
entre 1864 y 1884, once volúmenes con escritos políticos e históricos ordenados
cronológicamente. Incluían la correspondencia con Sofía, con Sofía Carlota y
con Carolina, además de documentos relacionados con la creación de la Sociedad
(más tarde Academia) de Ciencias de Berlín. Finalmente, C. I. Gerhardt publicó
(entre 1875 y 1890) una edición razonablemente completa de las obras
filosóficas en siete volúmenes.
A comienzos del siglo XX, L. Couturat publicó dos importantes selecciones de
manuscritos sobre lógica, y E. Gerland otra relativa a cuestiones de física,
mecánica y tecnología. La edición definitiva de las obras de Leibniz, en siete
series, emprendida por la Academia Prusiana de Ciencias (más tarde Akademie der
Wissenschaften der DDR) ha estado en curso desde 1923. La primera serie ha
comprendido la publicación de once volúmenes con la correspondencia general,
política e histórica hasta octubre de 1695. Hasta ahora tan sólo han aparecido
unos pocos volúmenes de las otras series. Estos comprenden cuatro volúmenes de
escritos filosóficos y un volumen con la correspondencia matemática, científica
y técnica, si bien el segundo volumen se encuentra en la etapa final de preparación.
En la actualidad, sin embargo, tan sólo existe en edición impresa un pequeño
porcentaje (quizá tan sólo del 10 por ciento) de la gran cantidad de
manuscritos sobre temas matemáticos y científicos en posesión de la
Niedersächsische Landesbibliothek.
A Leibniz no le prestó un buen servicio su discípulo Christian Wolff, que
influyó para que en las universidades se enseñara una versión de su filosofía
simplificada y trivializada. A través de los Nouveaux Essais, sin
embargo, su teoría del conocimiento, que ponía el énfasis en la actividad de la
mente (incluido el subconsciente) ejerció una poderosa influencia en Kant, que
completó la distinción entre proposiciones necesarias y contingentes
introduciendo la noción de lo sintético a frión. Aunque
la Teodicea mantuvo su fama durante el siglo XVIII a pesar de
la ridiculización de Voltaire, la doctrina de las mónadas y su armonía
preestablecida sufrió, en última instancia, la suerte común a las teorías
metafísicas especulativas. Sin embargo, esta teoría no dejó de tener
influencia, pues Boscovitch, reconocido como uno de los fundadores de la teoría
de campos, señaló la semejanza existente entre la teoría de Leibniz y su propio
sistema de centros de fuerza puntuales totalmente interrelacionados y
funcionando en armonía unos con otros. Como punto de partida para derivar una
interpretación fisicalista de la monadología, Boscovitch recurrió a otro
principio de Leibniz: el principio de continuidad. Las cuestiones abiertas por
los profundos problemas que preocupaban a Leibniz cuando formuló su teoría
metafísica de las mónadas, tales como el dualismo entre mente y materia, el
origen del mal y la responsabilidad del ser humano en un mundo de determinismo
físico, están lejos de haber encontrado solución en nuestros días. Lo que
buscaba era nada menos que la reconciliación entre una física determinada
mecánicamente y una metafísica espiritual y racionalista en la que tuvieran
cabida la libertad de Dios y la libertad humana.
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Zacher, H. J., 1973: Die Hauptschriften zur Dyadik von G.W.
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Bibliografía
La
literatura sobre Leibniz es tan extensa que una presentación completa
requeriría un volumen enorme. La selección que se da a continuación pretende
ser un complemento a las fuentes incluidas en la lista anterior; contiene obras
clásicas y recientes de interés especial y traducciones de algunas de las
principales obras de Leibniz, así como algunas selecciones de sus
escritos.
Puede encontrarse información bibliográfica adicional en Ravier (1937), Müller
(1967) y las bibliografías anuales publicadas desde 1969 en Studia Leibnitiana.
Puede encontrarse información sobre los manuscritos de Leibniz guardados en la
Niedersachsischc Landesbibliothek en Bodemann (1889, 1895) y Rivaud (1914).
Algunos números especiales (Sonderheften) de la revista Studia Leibnitiana y de
la serie Studia Leibnitiana Supplementa incluyen monografías y actas de
simposios y congresos internacionales promovidos por la Sociedad Leibniz de
Hannover.
También es posible encontrar bibliografías selectas en Mittelstrass y Aiton
(1973) y en Mittelstrass (1984).
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Belaval, Y., 1969: Leibniz critique de Descartes (París:
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Woolhouse, R. S. (ed.), 1981: Leibniz: metaphysics and
philosophy of Science (Londres: Oxford University Press).
Traducciones al castellano de obras de Leibniz
·
Obras. Trad. de Patricio Azcárate. Madrid, 1877 (contiene el
Discurso de Metafísica, la Teodicea y correspondencia filosófica).
·
Discurso de Metafísica. Introducción, traducción y notas de
Julián Marías. Madrid: Alianza, 1982.
·
Discurso de Metafísica. Traducción de Alfonso Piñán. Madrid:
Aguilar, 1959.
·
La profesión de fe del filósofo. Trad. de Francisco Samaranch.
Madrid: Aguilar, 1966.
·
Sistema nuevo de la naturaleza. Trad. de Enrique Pareja. Madrid:
Aguilar, 2.' ed., 1969.
·
Nuevo sistema de la naturaleza. Trad. de Eduardo Ovejero y
Maury. Madrid [impr. L. Rubio], 1929 (contiene varias obras).
·
Monadología. Edición trilingüe, con prólogo de Gustavo Bueno;
trad. de Julián Velardc. Oviedo: Pentalfa, 1981.
·
Monadología. Discurso de Metafísica. La profesión de fe del
filósofo. Trad. de Manuel Fuentes. Barcelona: Orbis, 1983.
·
Monadología. Trad. de Pere Amau. Madrid: Alhambra, 1986.
·
Monadología. Principios de la naturaleza y de la gracia. Trad.
de Manuel G. Morentc. Madrid, 1984 (reeditados en México: Porrúa, 1977, con
introducción de Francisco Larroyo, junto al Nuevo Tratado traducido por Ovejero
y el Discurso de Metafísica traducido por Azcárate).
·
Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano. Edic. y trad. de
Javier Echeverría. Madrid: Editora Nacional, 1983.
·
Nuevo tratado sobre el entendimiento humano. Trad. de Eduardo
Ovejero, 3 vols. Madrid: Aguilar, 1971.
·
Opúsculos filosóficos. Trad. de Manuel G. Morente. Madrid:
Espasa Cal pe, 1919.
·
Escritos filosóficos. Edic. de E. de Olaso. Buenos Aires:
Charcas, 1982.
·
Escritos en tomo a la libertad, el azar y el destino. Trad. de
R. Rodríguez y C. Roldan. Madrid: Tecnos, 1990.
·
Teodicea o Tratado sobre la libertad del hombre y el origen del
mal. Trad. de Eduardo Ovejero y Maury. Madrid: Aguilar, 1928.
·
Filosofía para princesas. Trad. de Javier Echeverría. Madrid:
Alianza, 1989.
·
La polémica Leihniz-Clarke. Ed. y trad. de Eloy Rada. Madrid:
Taurus, 1980.
·
Análisis infinitesimal. Trad. de Teresa Martín Santos. Madrid:
Tecnos, 1987.
·
Escritos de dinámica. Trad. de J. Arana y M. Rodríguez. Madrid:
Tecnos, 1991.
·
Nota del traductor:Se da una relación de las obras de Leibniz
traducidas al castellano, junto a una selección de trabajos, clásicos o
recientes, de interés especial sobre Leibniz, escritos originalmente o
traducidos al castellano.
·
Escritos políticos. Selec., trad., notas y prólogo de Jaime de
Salas. Madrid: Centro de Estudios Constitucionales, 1979.
·
Escritos políticos (tomo 2). Prep. y trad. de Enrique Tierno y
Primitivo Mariño. Madrid: Centro de Estudios Constitucionales, 1985.
·
Escritos de filosofía jurídica y política. Ed. y trad. de Jaime
de Salas. Madrid: Editora Nacional, 1984.
·
Algunos trabajos en castellano sobre Leibniz
·
Deleuze, G.: El pliegue: Leibniz y el Barroco. Barcelona: Paidós
Ibérica, 1989.
·
Echeverría, J.: Leibniz. Barcelona; Barcanova, 1981 (próxima
reedición en Alianza Editorial).
·
Holz, H. H.: Leibniz. Madrid: Tecnos, 1970.
·
Martínez Marzoa, F.: Cálculo y ser: aproximación a Leibniz.
Madrid: Visor, 1991.
·
Ortega y Gasset, J.: La idea de principio en Leibniz y la
evolución de la teoría deductiva. Madrid: Alianza, 1979.
·
Pérez de Laborda, A.: Leibniz y Newton. Salamanca: Universidad
Pontificia, 1981.
·
Russell, B.: Exposición crítica de la filosofía de Leibniz.
Buenos Aires: Siglo XXI, 1977 (apéndice con los pasajes más importantes).
·
Saame, O.: El principio de razón suficiente en Leibniz.
Barcelona: Laia, 1988.
·
Salazar, I.: Leibniz y el concepto de fuerza en el siglo XVII.
Sevilla: Universidad, 1986.
·
Salas Ortueta, J. de: El conocimiento del mundo externo y el
problema crítico en Leibniz y en Hume. Granada: Universidad, 1977.
·
Sánchez Mazas, M.: Fundamentos matemáticos de la lógica formal.
Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1963.
·
Xirau, J.: Leibniz: las condiciones de la verdad eterna.
Barcelona, 1921.
·
«G. W. Leibniz (1646-1716). Sus cálculos lógicos, hoy, a los 325
años de su obra juvenil Dissertatio de arte combinatoria (1666)*. Número
monográfico de la revista Theoria 6 (1991). (Incluye un inédito de Leibniz:
Circa Geométrica Generaba, transcrito y editado por J. Echeverría a partir del
manuscrito del Leibniz-Archiv de Hannover, pp. 55-66).
Notas
al fin del libro:
[1] Sobre
la influencia de Suárez, véanse Robinet (1981) y Mccullough (1978)
[2] Weigel
sólo hace comentarios críticos sobre Descartes. En este momento, sin embargo,
la oposición al cartesianismo en las universidades alemanas, tanto católicas
como protestantes, y en particular en las facultades de teología, hacía
imposible que ningún profesor defendiera ideas cartesianas en público sin
perder su posición académica (Hestermeyer 1969, p. 51)
[3] Sin
embargo, al publicarse una segunda edición en 1690 sin su conocimiento, sintió
la necesidad de escribir una crítica anónima en la que señalaba que este ensayo
era una obra de juventud (GP4, pp. 103-4). Al matemático y jesuita Kochanski le
explicó que, si se le hubiera consultado, habría incluido muchas mejoras. Véase
Knolloch (1973), p. 55.
[4] El
propósito original de Llull fue proporcionar un método de argumentación
racional que los cristianos pudieran utilizar en sus discusiones con los
musulmanes, quienes no reconocían la autoridad de las Sagradas Escrituras.
[5] El
Traitédutrianglearithmitiquede Pascal se publicó en 1665, aunque el «triangle»
tenía su origen en China en 1303 (Needham 1959, p. 135).
[6] Las
cuatro cualidades primarias eran: frío, caliente, húmedo y seco.
[7] Andrzej
Wiszowaty había nacido en 1608 en Lituania. Era nieto, por parte de madre, de
Faustus Socinus, el teólogo italiano que, junto a su tío Laelius, fundó la
doctrina que se conoce como socinismo y que se parece al unitarismo moderno.
Educado en Leiden, llegó a ser ministro en Volinia (Polonia); pero después hubo
de refugiarse en Hungría, el Palatinado y finalmente Holanda, donde murió en
1678.
[8] Molí
(1982) ha defendido que Leibniz recibió de Gassendi su primera orientación en
la tradición del atomismo antiguo y que allanó el camino hacia su atomismo
aristotélico al trabajar sobre problemas que el propio Gassendi había pasado
por alto o a los que había dado respuestas eclécticas.
[9] Este
problema tiene una larga historia que se retrotrae a las paradojas de Zenón
[10] A
la muerte de su hermano mayor Christian Ludwig, que era el primogénito, en
1665, Juan Federico sacó partido de la ausencia de su otro hermano. Jorge
Guillermo, mayor que él, para tomar posesión de Lüneburgo (Celle) con el
pretexto de que el testamento de su padre le autorizaba a elegir entre uno de
los dos principados, Lüneburgo (Celle) o Calenberg (Hannover). Gracias a la
mediación de los reyes de Francia y Suecia y los electores de Colonia y
Brandeburgo, se llegó a un acuerdo por el cual podía conservar Calenberg
(Hannover) si dejaba Lüneburgo (Celle) a su hermano (Spangenberg 1826, pp.
48-9). Asumiendo el papel de un gobernante absoluto en su principado, que por
esta época se conocía como Hannover, puso en práctica una política exterior de
apoyo a Francia a cambio de ayuda financiera. Aunque se convirtió al
catolicismo, la libertad religiosa de sus súbditos, predominantemente
protestantes, no se vio en absoluto restringida (Hohnstein 1908, p. 370).
[11] Carlos
II había aceptado aliarse con Francia en la guerra contra Holanda a cambio de
una remuneración anual de 100.000 libras.
[12] Comelius
Jansen, obispo de Ypres, amigo de Saint-Cyran y en tiempos director espiritual
de la comunidad religiosa de Port Royal, a la cual estuvieron ligadas las
familias Arnauld y Pascal, finalizó su obra sobre san Agustín, que constituyó
la base de su movimiento para la reforma moral, poco antes de su muerte en
1638. A causa del ataque a la doctrina de la gracia jesuítica que incluía en la
portada, esta obra de Jansen provocó, al publicarse en 1640, la hostilidad de
la Orden Jesuita, lo que finalmente condujo a la destrucción de Port Royal a
comienzos del siglo XVIII. En este momento, sin embargo, las religiosas de Port
Royal ejercían gran influencia sobre algunas damas nobles y otros miembros de
la Corte, al tiempo que Arnauld, que había sido expulsado de la Sorbona en 1656
por sus opiniones jansenistas, era recibido en Versalles.
[13] Rene
François de Sluse enunció una regla para encontrar la tangente de cualquier
curva cuya ecuación pudiera escribirse como un polinomio de la forma f(x,y) =
0. En notación moderna la regla es equivalente a
[14] Sobre
Leibniz y Brosseau, véase Jurgens y Orzschig (1984).
[15] En
el Menón de Platón, Sócrates enseña a un joven esclavo un caso particular del
teorema de Pitágoras por el procedimiento de hacer preguntas que requieren
simplemente una respuesta afirmativa.
[16] Algunas
de éstas aparecen tratadas en SL. Supplementa 18 (1978).
[17] El
tálero era la unidad de moneda (una moneda de plata) establecida en el Imperio,
llamada así porque se acuñaba en el pueblo de St Joachimsthal. En 1704, 1
medida (unos 100 kg) de centeno costaba 3 táleros. Los 6.000 habitantes del
pueblo minero de Clausthal consumían 300 unidades de centeno por semana
(Schnath 1978, pp. 284-5).
[18] Acerca
de Crafft, véase Forberger (1964).
[19] El
Tratado de Nimega (1678) puso fin al conflicto entre Francia y Holanda. Aunque
Holanda permaneció intacta, Francia conservó la Lorena y «Luis el Grande», como
se le llamó oficialmente desde 1680, usó su posición de fuerza para continuar
con su expansión territorial mediante la diplomacia y el soborno, reclamando
sus derechos sobre los «territorios dependientes» situados al este de la
frontera.
[20] Es
decir, unidades reales (metafísicas).
[21] Las
25.000 páginas manuscritas que se salvaron del fuego apenas han sido
estudiadas. la colección principal se encuentra actualmente en la Staats y la
Universitatsbibliothek de Hamburgo.
[22] Francés
A. Yates (1972, p. 154) ha señalado que las reglas de la Sociedad constituyen
prácticamente una cita extraída de la obra Fama de los rosacruces.
[23] Es
cierto que los minerales aumentan y disminuyen, pero sólo en el transcurso de
millones de años.
[24] Esta
famosa biblioteca, que contenía una selección de obras sobre la Reforma, había
sido creada por el duque Augusto el Joven, fundador en 1635 de la Casa de
Brunswick-Wolfenbüttel. A su muerte, en 1666, la biblioteca contenía 118.000
volúmenes (Hohnstein 1908, p. 361).
[25] Sobre
la influencia de la escritura china en los proyectos de Leibniz, véase Widmaier
(1981).
[26] El
Concilio de Tremo duró desde 1545 hasta 1563 y estuvo dominado por los jesuitas
españoles, que dirigieron la Contrarreforma.
[27] En
este momento el Ducado de Brunswick-Lüneburgo estaba dividido entre la nueva
Casa de Lüneburgo, que gobernaba en Celle y Hannover, y la nueva Casa de
Brunswick, que gobernaba en Brunswick y Wolfenbüttel.
[28] El
Palacio de Herrenhausen, junto con el parque adyacente, constituía la
residencia de verano. Habitualmente, el duque y su Corte residían en el Palacio
de la Leinstrasse.
[29] Existe
una edición facsímil de la obra de Veranzio (Münich 1965: Heinz Moos). Para más
información acerca del trabajo de Leibniz sobre el molino de viento horizontal,
véanse Stiegler (1968) y Horst y Gottschalk (1973).
[30] Los
dos duques gobernaron conjuntamente desde 1685 hasta la muerte de Rodolfo
Augusto en 1704. Desde 1666 hasta 1685 el duque Rodolfo Augusto había gobernado
en solitario.
[31] El
movimiento fundado por Spener, pastor luterano, ponía el énfasis en la vida
religiosa personal e interior, y ganó rápidamente apoyo en Alemania.
[32] Aprovechando
una revuelta en Hungría, en 1683 los turcos habían invadido este país, habían
cruzado el Danubio y sitiado Viena durante sesenta días. El sitio fue levantado
y los turcos vencidos por el ejército polaco con ayuda de contingentes habsburgos,
sajones y bávaros.
[33] Es
decir: palanca, manivela, polea, cuña y hélice
[34] Habitualmente
se considera que la polémica sobre la vis viva quedó resuelta
en 1743 gracias a D’Alembert, quien la describió como una disputa acerca de
palabras (Hankins 1965). Sin embargo, D’Alembert tuvo poco que ver con la
finalización de la polémica en sentido teórico, práctico o histórico; hubo que
esperar hasta mediados de¡ siglo XIX para que el empleo simultáneo del momento
y la energía cinética en la resolución de problemas de choques elásticos
comenzara a aparecer en los libros de texto (Iltis 1970).
[35] Como
señala en el resumen que se encuentra al final de la carta, se trata de la masa
cuando se toma en consideración únicamente lo que es divisible en ella.
[36] Sobre
Leibniz como fundador de la historiografía moderna, véase Meinecke (1959).
[37] Lo
que se exhibe en estas colecciones está catalogado por Leibniz en RJ, ff. 25-9.
[38] María
Sibylla Merian. Der Raupen wunderbare Verwandelung uttd sonderbare
Blumen-Nahrung, 2 vols. (1679-83. Frankfurt am Main). Esta obra contiene una
maravillosa colección de grabados coloreados a mano. A principios de 1695,
Crafft comentó a Leibniz en una carta escrita desde La Haya que los había
contemplado en Amsterdam, donde por entonces vivía el artista. Decía también
que eran incomparablemente mejores que los productos sin vida elaborados por
el procedimiento de coloreado en imprenta (y necesitados de retoque con
acuarelas), procedimiento inventado por Johannes Teyler (Grieser 1969, p.
226).
[39] Se
trataba de miembros de la familia Schönborn
[40] «Adán
y Eva» se encuentra ahora en el Museo del Prado de Madrid, y «Los cuatro
Evangelistas» en la Alte Pinakothek de Münich.
[41] El
gulden equivalía a dos tercios de tálero.
[42] Se
trataba de una obra muy conocida de Hans Jacob Christoffel von Grimmetshusen,
Der abtnteuerhche Simplicissimus, publicada por vez primera en 1669.
[43] El
ejemplo que se muestra en la figura 6.3 es relativo a una órbita elíptica con
la fuerza en dirección a uno de los focos. Al parecer, Leibniz estaba
intentando demostrar que QT es inversamente proporcional a SP, de acuerdo con
su definición del movimiento circular armónico (Fellmann 1973, p. 79).
[44] El
prólogo, omitido por Gerhardt, se encuentra publicado en Couturat (1903), pp.
590-3.
[45] Sobre
la relación entre Leibniz y Fardella, véase Femiano (1982).
[46] La
correspondencia aparece publicada en Schnath (1952).
[47] La
historia aparece narrada en un escrito anónimo, Histoire secrette de la
Duchttse d'Hanover (Londres, 1732).
[48] En
la primavera de 1695 y presumiblemente a petición de Sofía, Leibniz hizo
algunos comentarios sobre un informe relativo a este asunto que la duquesa de
Orleáns había dado a conocer a su tía. Calificado por la duquesa de falso, el
origen de este informe estuvo probablemente en el embajador danés en
Wolfenbüttel. Leibniz apoyó la postura oficial de Hannover, que culpabilizaba
de la separación y el divorcio únicamente a la princesa (d MI, pp. $0-5).
[49] |J.
W. Petersen], A letter to same divines... with an exact accaunt of what
Cod hath bestotved upon a noble maid , traducido al inglés (1695,
Londres).
[50] En
cana a Johann Bernoulli (GM 3, 2, p. 537), Leibniz explica la distinción entre
massa y moles: «la materia en sí misma, o moles, que podría denominarse materia
prima, no es una sustancia y ni siquiera un agregado de sustancias, sino algo
que está incompleto. La materia segunda, o massa, no es una sustancia sino una
pluralidad de sustancias.»
[51] La
relación entre Leibniz y van Helmont aparece descrita en Becco (1978).
[52] Leibniz
adquirió 121 libros provenientes de la venta de la biblioteca privada de
Huygens. En la actualidad, se conservan en la Niedersächsische
Landesbibliothek, en Hannover (Hess 1980).
[53] Aunque
la carta en sí misma sólo contiene una descripción verbal de la medalla
propuesta, Leibniz hizo también tres esbozos (Zacher 1973, pp. 51-2). La figura
muestra un diseño basado en uno de estos esbozos, publicado por Ludovici
(1737).
[54] Esto
puede interpretarse como símbolo de la necesidad de la existencia de Dios.
[55] Hay
que entender que, en lógica moderna, las nociones de cálculo lógico y lenguaje
formal son sintáctica y semántica respectivamente; la primera puede definirse
como un conjunto de fórmulas bien formadas y la segunda presupone al menos una
función de interpretación definida sobre el cálculo. [N. del T.]
[56] Este
Thomas Burnet era un clérigo anglicano que había trabajado con Cudworth y Henry
More durante los años que pasó en Cambridge.
[57] En
su China illustrata, Athanasius Kircher había escrito que los
descendientes de uno de los hijos de Noé se establecieron en Bactría, y
saliendo de allí los colonizadores habían llegado a la China.
[58] Leibniz
estuvo influido por los escritos de Dalgamo (Couturat 1901, pp. 544-8)
[59] Esta
casa fue destruida durante la Segunda Guerra Mundial. La fachada ha sido
reconstruida ahora en una nueva localización.
[60] [Cuando
el gato no está en casa, los ratones bailan sobre los bancos.] [N. del
T.]
[61] Las
colaboraciones de Leibniz a esta revista han sido reeditadas en D S 2, pp.
313-438.
[62] Varignon
había defendido con anterioridad la explicación cartesiana de la gravedad
terrestre en sus Nouvelletconjectures sur lapesanteur (París,
1690). En esta obra, escrita antes de que tuviera conocimiento del cálculo
infinitesimal, aplicaba la matemática para determinar la velocidad y la
aceleración de cuerpos que caen en el aire.
[63] Federico
el Grande, por un estatuto fechado el 24 de enero de 1744, renombró a la
Sociedad «Die Königliche Akademie der Wissenschaften» (Hamack 2, p. 263).
[64] El
propio Leibniz añadió el «von» y los funcionarios de Berlín lo aceptaron. 1.1
tatarabuelo de Leibniz tuvo un sobrino que recibió un título nobiliario en 1600
de manos del emperador Rodolfo. El escudo de armas (con añadidos ornamentales)
(Ekhart 1779, p. 191) del susodicho Paul von Leibniz, que murió sin dejar
descendencia, fue el que adoptó Leibniz cuando entró al servicio de los Guelf.
Aparte de las cartas dirigidas a Bossuet, donde firmaba como «de Leibniz» (A I
7, p. 272), su mu (más bien, mal uso) del título parece haberse limitado a las
cartas escritas en alemán (Müller 1966, pp. 8-10).
[65] Klopp
lo fecha incorrectamente.
[66] Sofía
Carlota murió de neumonía. Ya había contraído un fuerte catarro en el
transcurso de su viaje a Berlín. Con la muerte de Sofía Carlota, la electora
Sofía, entonces de 75 años de edad, había perdido a cuatro de sus hijos y a su
única hija (Schnath 1978, pp. 572-3).
[67] «Ein
Engel... nimt» » [Debía tratarse de un ángel, de carne y hueso]; «Wo bleibt...
dan»?* = [Dónde está su Sabiduría?]; «Die Weissheit... spüren» (Su Sabiduría se
ve en todas las cosas]; «Die Seelen... immermehr» = [Almas que pueden caminar
en comunión con Dios/ Cuyo entendimiento es capaz de adorarle/ Y que, como
pequeños dioses, disponen todo como El/ Esas habitan en su Reino por toda la
eternidad], [Nota del T]
[68] [Muero
de una muerte dulce, pues ya no siento nada.] (N. del T.]
[69] Aunque
esta descripción de sus últimas horas se debe a testigos presenciales, que
pusieron en sus labios la frase: «Meine Seele ist schon bei Gott», parece ser
que su reacción a las palabras de consuelo del sacerdote fue de reserva. Esto
pudo dar lugar a la leyenda que relató su nieto, Federico el Grande, de que
murió como una librepensadora irrespetuosa. Según esta versión, en su lecho de
muerte habría dicho: «No me atormentéis, pues por fin podré satisfacer mi
curiosidad sobre el fundamento de aquello que Leibniz no pudo explicarme; sobre
el espacio, la infinitud, el ser y la nada. Y dejo a mi esposo el espectáculo
de un funeral en el que tendrá una nueva oportunidad de desplegar su grandeza»
(Schnath 1978, p. 572).
[70] Lord
Halifax era amigo de Newton. Como canciller del Tesoro había nombrado a Newton
director de la Casa de la Moneda y más tarde tomó a su servicio a la sobrina de
Newton, Catherine Barton, como «superintendente de asuntos domésticos»,
dejándole en su testamento cierta cantidad de dinero (Westfall 1980, pp.
594-600).
[71] Se
trata del palacio del duque Antonio Ulrico, próximo a Wolfenbüttel. La
edificación de su «Versalles» del norte de Alemania, que finalizó en 1694,
llevó al ducado a la bancarrota. En 1813 fue demolido, cuando los edificios de
madera se encontraban en reparación.
[72] 1
pistola = 5 táleros.
[73] Sobre
Leibniz y Christian Thomasius, véanse Utermóhlen (1979) y Heinekamp (1979).
[74] Esta
es una versión ligeramente alterada del título del primer volumen, Scriptortt rerum
Brunsvicensium illustrationi intervientes (Escritos destinados
a ilustrar sobre asuntos de Brunswick).
[75] En
realidad, von Printzen había comprado el título de presidente honorario (Hamack
1900 2, p. 192).
[76] En
el directorio de 1712 se describe a von Printzen como presidente y director
(Pracsident und Director) y a Leibniz como presidente ordinario (Praeses
ordinarius) (Hamack 1900 1, 1, p. 175).
[77] En
1730, el director del Recueil de Littérature, que se publicaba
en Amsterdam, alegó que Dinninger era hijo natural de Leibniz y citaba al
astrónomo Gottfried Kirch, quien en numerosas ocasiones había comentado el
parecido entre Dinninger y Leibniz. Los documentos eclesiásticos muestran que
Dinninger había nacido el 15 de diciembre de 1686 en Saarmund. Es difícil
probar que Leibniz hubiera podido estar en Saarmund en 1686 (Guhrauer 1846 2,
p. 365 y ap., p. 43)
[78] Probablemente
se trataba de una reincidencia del mismo motivo que había retrasado su viaje a
Berlín durante el verano de 1704. Parece que, de hecho, se encontraba
permanentemente afectado, en algún grado, por una lesión abierta en su rodilla
derecha (Eckhart 1779, p. 197). El 20 de Febrero de 1712, la duquesa de Orleáns
observaba en carta a su tía que, mientras la herida permaneciera abierta,
Leibniz viviría con buena salud, pero que, si cerraba, moriría. Basaba su
diagnóstico en lo que había visto en otros casos.
[79] Eberhard
(1795, p. 174) afirma en su biografía que Leibniz fue nombrado barón del
Imperio en 1711, al tiempo que se le prometía el puesto de consejero privado.
Si comparan el borrador redactado por Leibniz del documento en el que se le
nominaba consejero privado imperial y el del decreto original, se ve que el
«von» delante de su apellido se suprimió. Es evidente que los funcionarios
vieneses, encargados de registrar todos los documentos relativos a la nobleza,
denegaron la reclamación del título interpuesta por Leibniz. Ni siquiera hay en
los archivos huella alguna de que estuviera tramitando la creación de algún
título nobiliario. Parece estar fuera de duda que Leibniz nunca recibió el
título de barón (Müller 1966, pp. 9-10).
[80] El
Tratado de Utrecht, que el emperador no firmó.
[81] Este
es el título del primer volumen, que se alteró ligeramente en los otros dos.
[82] La
mejor edición del texto en francés, con una traducción al alemán, es la de
Loosen y Vonessen (1968). Existe una traducción inglesa debida a Rosemont y
Cook (1977).
[83] Sobre
esta polémica, véase Marchi (1974).
[84] Las
cartas habían aparecido en sus respectivos idiomas originales en CP7, pp.
347-440. Existe una traducción al inglés debida a Alexander (1956).
[85] Más
precisamente en la traducción latina de la Optiks. Al parecer,
Leibniz había leído una copia de esta traducción. Optice (1706),
en la cual el espacio aparece descrito explícitamente como sensorio de Dios. En
la mayoría de las copias, sin embargo, se había sustituido la página en
cuestión (antes de coser las páginas) por otra en la que el espacio aparece
descrito «como si fuera el sensorio de Dios». Véase Koyré y Cohen
[86] En
un principio, Leibniz proyectaba que la historia llegara hasta Ernesto Augusto,
pero las dificultades con las que tropezó en la primera parte le llevaron a
limitar su atención a los Atinóles del 768 al 1024 y a dejar a
sus sucesores la redacción de la historia posterior, cuyo material fuente se
encontraba en los Archivos de la Casa. Después de su muerte, una serie de
historiógrafos se sucedieron en el esfuerzo de completar el trabajo, hasta que
en 1746 Jorge II decidió dar prioridad en la publicación a los tratados
genealógicos que Eckhart había preparado. Durante setenta años no se hizo nada
más, hasta que en 1832 G.H. Pertz fue nombrado historiógrafo y publicó
los Amules Impertí Occidentis Bnmsvicenses en tres volúmenes
entre 1843-6.
[87] Vogler,
en dos cartas incluidas en Ritter (1916), recoge la narración de un testigo que
presenció la muerte y el funeral de Leibniz.
[88] Su
sobrino Johann Freiesleben también redamó la herencia, pero se rechazó esta
reclamación. A continuación, el gobierno de Hannover y la familia Löffler
mantuvieron una larga disputa relativa al pago de una importante suma de dinero
a cambio de los libros y manuscritos retenidos en la Biblioteca Electoral
(Lackmann 1969).
[89] Friedrich
von Harling era el marido de la difunta Anna Katharina, quien había estado a
cargo de los hijos de Sofía y de los de la propia duquesa. En su última carta a
Leibniz, escrita poco antes de que él muriera, la duquesa le confiaba su dolor
al pensar que la vieja duquesa de Celle (que acababa de recibir la visita de su
nieta, la reina de Prusia) aún vivía, mientras que su adorada tía Sofía ya no
estaba junto a ella (Bodemann 1884, pp. 53-4).

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